16/5/19

Griselda Gambaro Querido Ibsen: soy Nora

Griselda Gambaro

Querido Ibsen: soy Nora

ESCENA 1

Nora: Él me prestó su voz. Antes de que yo me diera cuenta, él me advirtió
lo que sucedía. Era un hombre inteligente, despierto, mientras yo era
una mujer insomne sobre copos de algodón que escondían agujas. Y
esas agujas me pinchaban más y más a medida del tiempo que pasaba.
Una especie de dolor tibio, el desasosiego. Y sin embargo, mis amores
eran firmes, mi marido, mis tres hijos. Quizás en sueños o pesadillas
pedí su ayuda, y él vino.
Henrik: (entra. Atraviesa la habitación mientras se saca el sombrero de alta
copa, se sienta y coloca el sombrero a su lado, sobre el piso. Se miran
un momento. Henrik, llanamente) Difícil situación, ¿verdad?
Nora: No sé qué me ocurre. Lo que antes vivía con coraje, como un desafío,
hoy me fastidia. Y más me fastidia sentir irritación por una causa
despreciable.
Henrik: ¿Cuál?
Nora: ¿Usted me lo pregunta? El dinero, en primer lugar.
Henrik: La falta.
Nora: La falta, naturalmente. Solicitar, rogar, depender. Aun para lo mínimo.
Estas Navidades quiero comprar regalos. Para todos, Torvald, los
chicos, las sirvientas. Demasiado gasto, dice Torvald. Los chicos sí.
Las sirvientas… pueden pasar. Me trata como a una niña. Manirrota.
(Lo encara) ¿Para esto pedí su ayuda?
Henrik: Torvald es muy estricto. Cuida el dinero. Un préstamo, una deuda,
sería una mancha en su honor.
Nora: (se burla) ¡Qué correcto! Usted… podría interceder, ¿no? Torvald lo
escucharía.
Henrik: Me concede más poderes de los que tengo.
Nora: Es un hombre, un… correligionario de Torvald, podría decir.
Henrik: (ríe) ¡Nora…! También vivo en mi siglo, no puedo desconocer sus
reglas.
Nora: Usted igual las infringe.
Henrik: ¡Oh, en pequeñas cosas! Más adelante será el escándalo.
Nora: (inquieta) ¿Qué quiere decir?
Henrik: Que tomaré decisiones inesperadas… Para mi siglo.
Nora: ¿Y yo? ¿Cómo me afectarán a mí sus decisiones?
Henrik: La harán cambiar. No se impaciente. Debe esperar a que los hechos la
cambien.
Nora: (después de un silencio) Ya me cambiaron.
(Suena el timbre. Cruza a abrir Ana María, anciana nodriza de Nora)
Henrik: No, no. Ahora será dócil, reirá mucho.
Nora: No.
Henrik: Reirá como para que la crean una criatura dulce, encantadora… un
poco niña.
Nora: ¡No soy así!
Henrik: (se lleva un dedo a los labios) ¡Sssss!
Nora: Usted es quien me impulsa a reír. Demasiado. ¡Oh, qué alegre estoy
siempre! Como una pavota.
Henrik: ¡Sssss!
(Regresa Ana María)
Nora: ¿Quién es?
A. María: La espera una sorpresa, señora. Una persona amiga, la señora Linde.
Nora: ¿La señora Linde? ¡Que pase!
Henrik: Hace mucho que no la ve… ¿tres años?
Nora: No, mucho más, ¡diez, quince años! (Entra la señora Linde) ¡Cristina!
(La abraza) ¡Tanto tiempo!
Cristina: Me casé sin amor, por interés. Él tenía fortuna y con esa fortuna pude
cuidar a mi madre y a mis hermanos. Pero después, cuando murió,
solo dejó deudas, fortuna construida sobre pilares de barro. Quedé en
la ruina. Mi madre murió, mis hermanos crecieron, ya no me
necesitan. Estoy… increíblemente sola.
Nora: (interrogativa y fugazmente mira a Henrik) ¡Cuánta desdicha!
Cristina: Por tu casa veo que estás en buena posición.
Nora: Y estaré en una mejor. Mi marido, Torvald, fue ascendido a la
dirección del Banco. (A Henrik) Gracias. A veces pienso que usted es
duro pero con el ascenso de Torvald ha sido generoso.
Henrik: (sonríe) ¿Lo vio?
Nora: En el futuro, ¡adiós problemas de dinero! (a Cristina) Ahora puedo
ayudarte.
Cristina: ¿Sí?
Nora: Sí. En lo que precises, Cristina.
Cristina: Busco empleo.
Nora: Le hablaré a Torvald.
Cristina: Gracias. Creo que por suerte nunca conociste penas ni dificultades. Y
por no haberlas conocido me resulta más valioso tu gesto.
Nora: (ríe) ¿Que no las conocí? (a Henrik) ¡Oiga lo que dice!
Henrik: No sabe.
Nora: Hace tres años, Torvald enfermó. Lo único que lo salvaría sería un
viaje a otro país de un clima benigno, no con este frío, esta nieve, esta
oscuridad de invierno. (Protesta encarando a Henrik) ¡Realmente!
¡Que en el clima esté la curación!
Cristina: ¿Viajaron?
Nora: Sí, al mediodía de Francia. Un año estuvimos allí.
Henrik: En Italia.
Cristina: ¿Cómo pudieron?
Nora: (ligeramente desconcertada) ¿Cómo pudimos qué?
Cristina: Viajar. Naturalmente Torvald no trabajaría, tanto gasto…
Henrik: Un préstamo. No es posible que lo haya olvidado.
Nora: No lo olvidé. Ese préstamo me chupó la sangre.
Cristina: ¿Cómo lo obtuviste, Nora? En un banco es difícil.
Henrik: Más que difícil. Ningún banco le presta a una mujer.
Nora: Por otros medios. (Coquetea) Tenía… un amigo.
Cristina: ¿Qué estás diciendo?
Nora: (sonríe) Mal pensada.
Cristina: ¿Era usted el amigo?
Henrik: No era yo.
Nora: No. Él solo me dio la idea.
Cristina: Torvald se repuso.
Henrik: (vengativo) El clima cura. No es lo mismo vivir al sol que en las
tinieblas. Nora…
Nora: Se repuso, sí. ¡Y no sabés qué bien! Claro que le mentí. El préstamo:
un regalo de mi padre, que ya estaba muy enfermo. Dije además que
yo deseaba viajar. ¡Oh, cómo insistí! Me puse insoportable,
caprichosa. Yo soñaba con Francia…
Henrik: Con Italia.
Nora: Estaba embarazada, además, y a una mujer embarazada no se le niegan
caprichos. Ni aun a puertas de la muerte, Torvald hubiera soportado
deberme favores.
Cristina: Eras su mujer.
Nora: Ah, sí. Su mujer manirrota, alocada.
Cristina: ¿Cómo pudiste pagar ese préstamo? Porque…
Nora: ¡Oh, mis recursos! Quitándole horas al sueño, copiando escritos de
noche, haciendo trabajos de costura… (a Henrik) Dígame, ¿usted cree
realmente que con estos trabajos se puede pagar una gran suma?
Henrik: Sí, ahorrando cada centavo.
Nora: Cada centavo lo gasté: la ropa, la comida, los imprevistos… Guardé
migajas de cada centavo. Solo a usted se le puede ocurrir que…
(Mientras tanto ha sonado el timbre, ha cruzado Ana María hacia la
puerta, vuelve)
Ana María: Perdón, señora. Un señor desea ver a su marido. Y como su marido
está con el doctor Rank…
Henrik: (a Cristina) Rank es un amigo de la casa, médico.
Krogstad: (aparece) Soy yo, señora.
Nora: (se sobresalta, se vuelve hacia Henrik) ¿Por qué me lo mandó?
Henrik: ¿Se acuerda? Está unido a usted por el pasado.
Ana María: Perdón, señora. No me di cuenta…
Nora: Está bien, está bien. (Sale Ana María. Nora, a Krogstad) ¿Qué quiere?
¿Hablar con mi marido? ¿Qué pretende decirle?
Krogstad: Tengo un empleo en el Banco. De eso quiero hablarle. No de otro
tema.
Henrik: El señor abogado está con una visita. No puede atenderlo.
Nora: (no le presta atención. Alterada, a Krogstad) Entonces, si quiere
hablarle, tómese el trabajo de entrar a su estudio. (Señala) Es ahí. (Con
una inclinación, Krogstad sale)
Henrik: Nora, ¿para qué dije que no era oportuno…?
Nora: ¿Que viera a mi marido? ¿Cuántas veces se lo podré impedir? Por otra
parte pareciera que solo le preocupa su empleíto en el Banco.
Cristina: Conozco a ese hombre. Krogstad. Lo conocí cuando éramos jóvenes
y… Está muy cambiado. Para peor.
Nora: (ríe agriamente) ¡Y es decir mucho! Un mal matrimonio. Enviudó con
un montón de hijos. No tiene buena fama. En realidad, sé poco de él y
quisiera no saber nada.
Rank: (aparece, habla hacia el interior del estudio) No, no quiero molestarte.
Charlaré un rato con Nora. (Advierte la presencia de Cristina) Oh,
perdón. Me parece que molestaré aquí igualmente.
Nora: De ningún modo. El doctor Rank, la señora Linde. El señor Henrik.
Rank: Señora… (Pasa por alto a Henrik, solo le dirige una mirada
inamistosa)
(Un instante de incomodidad)
Nora: (rompe a reír) Pienso que Torvald podrá poner y quitar cabezas en el
Banco. ¡Ya sé la primera que caerá! ¡La de ese Krogstad!
Henrik: No será tan fácil.
Nora: ¡No me ponga palos en la rueda! Es un hombre odiado, odioso.
Cristina ocupará su puesto.
Cristina: (ríe) Nora, ¿no te apresurás?
Nora: (ríe también) ¡No! (Saca un paquete de peladillas del bolsillo) Doctor,
¿quiere una?
Rank: Peladillas. Creí que Torvald se las había prohibido.
Nora: Teme por mis dientes. (Irritada, a Henrik) ¿No es demasiado?
Henrik: Es demasiado, pero así es Torvald. Un hombre de su época.
Rank: No debería…
Nora: ¿Haberlas comprado? No las compré. Cristina me las dio.
Cristina: ¿Yo?
Nora: Vamos, no te asustés. No podías saber que Torvald me las había
prohibido. Por mi bien me prohíbe todo lo que me gusta. (Ríe) ¡Las
peladillas! ¡Las malas palabras!
Rank: (sonríe) ¿Cuáles?
Nora: (abre grande la boca dispuesta a decir una. La cierra al ver salir a
Torvald de su estudio. Esconde las peladillas) ¡Torvald! ¿Echaste a ese
señor?
Torvald: Se fue solo. Usó la puerta de mi estudio.
Nora: Torvald, quiero presentarte a una amiga de la infancia, la señora Linde.
Torvald: Encantado, señora.
Nora: Ha hecho un largo viaje para hablar conmigo.
Henrik: Con Torvald.
Nora: Con vos, mejor dicho. Cristina entiende mucho de trabajos de oficina.
Busca empleo. ¿Podrías hacer algo por ella, Torvald? Cuando se
enteró por los periódicos que te habían nombrado director del Banco…
Torvald: (a Cristina) ¿Tiene experiencia?
Cristina: Mucha. Y siempre soñé trabajar con un hombre superior, capaz.
Torvald: (halagado) ¿Sería yo?
Cristina: Precisamente.
Torvald: Entonces, es probable que le pueda proporcionar una plaza. Llegó en
buen momento.
Nora: ¡Lo ves!
Cristina: No sé cómo agradecerle…
Torvald: ¡Oh, no hablemos de eso! (Toma su abrigo) Ahora, si me disculpan…
Tengo que salir.
Rank: (lo imita) Yo también me voy.
Nora: No tardes mucho, Torvald.
Torvald: Solamente una hora.
Nora: (ve que Cristina toma su abrigo) ¿También te vas, Cristina?
Cristina: Necesito buscar alojamiento.
Nora: Qué lástima que en casa no pueda…
Cristina: Ni lo menciones. Adiós y gracias.
Nora: Hasta luego porque esta noche vendrás a cenar, ¿no es cierto? Y usted
también, doctor. ¿Cómo se siente hoy?
Rank: Bien. (Mira a Henrik con aversión) A pesar de algunos.
(Salen)
Nora: Tengo plazo hasta Año Nuevo para pagar mi deuda. El último pagaré.
Después libre. Como una alondra volando, diría Torvald. Fin de las
preocupaciones, de juntar dinero a hurtadillas. La plata se te escurre de
los dedos, me dice. Terminaré con las mentiras. (Directamente a
Henrik) Aunque mentir por obligación, porque los otros no dan
espacio a la verdad, no es exactamente mentir, ¿no le parece? ¿Se
queda? Voy a entretener un rato a los chicos…
Henrik: Espere. Le dije que no… no todo sería tan fácil.
Nora: Pero tampoco tan difícil, ¿no? Lo peor ya pasó. Aunque… hay
sombras… el desasosiego porque Torvald y yo… Torvald conmigo…
Está bien. Nunca ha existido aquello de lo que no se habla. Y yo no
hablaré y Torvald no se enterará… (Suspira) No sé… (Aparece
Krogstad)
Henrik: Creo que tiene visita.
Krogstad: Disculpe, señora.
Nora: ¿Qué se le ofrece ahora? ¿Cómo entró?
Krogstad: Olvidaron cerrar la puerta.
Nora: Mi esposo no está en casa.
Henrik: Ya lo sabe. Lo vio pasar acompañado.
Krogstad: La ocasión hace al ladrón. Por eso mismo vine. Porque su marido no
estaba en casa.
Nora: Cometió un abuso. Pero usted está acostumbrado. ¿Qué quiere?
Krogstad: Se lo diré. Permítame antes una pregunta: ¿la señora que lo
acompañaba era la viuda de Linde?
Nora: Sí, llegó hoy.
Krogstad: Yo la traté en otra época. ¿Me permite una pregunta más? ¿La señora
Linde espera obtener una colocación en el Banco?
Nora: Sí, la obtendrá gracias a mí. Hablé por ella. Ejerzo alguna influencia
sobre mi marido, así que usted mida sus palabras y tenga cuidado con
lo que dice, señor mío.
Krogstad: Digo esto. (Irónicamente) Con cuidado. Ya que tiene tanta influencia,
¿tendría la bondad de usar esa influencia en mi favor?
Nora: ¿Qué?
Krogstad: Su marido piensa reorganizar el personal. Me dejará cesante. Use su
influencia para que revierta su decisión.
Nora: Yo no tengo ninguna influencia, señor Krogstad.
Krogstad: Recién decía lo contrario.
Nora: (a Henrik) Tiene razón.
Henrik: Está en su carácter contradecirse. Usted miente mucho.
Nora: Ya no quiero. ¿Por qué tengo que pasar por esto? ¿No sufrí bastante?
Henrik: Ningún sufrimiento del pasado nos absuelve para nos sufrir más. “No
me toca sufrir”, nadie puede decirlo.
Nora: ¡Buena manera de conformarme, señor Henrik! (A Krogstad) ¿Me
chantajea con mi deuda? Pronto pagaré la última cuota. Me veré libre
de usted.
Krogstad: ¿Tiene el dinero?
Nora: Aún no.
Krogstad: ¿Y cómo lo conseguirá en una semana?
Nora: No le concierne. Ya no podrá amenazarme. ¿Perderá su empleo? Y
bueno, otros lo han perdido. (A Henrik) ¿Y cómo se arreglará?
Henrik: El tema es que no quiere perder su empleo.
Krogstad: Lucharé por conservarlo como un asunto de vida o muerte. Preste
atención, señora. No retrocederé ante nada. Ese empleo ha sido el
primer paso para limpiar mi nombre, que yo mismo enturbié hace unos
años. No me hunda.
Henrik: Una estafa. Unos fraudes… Zafó.
Nora: Entonces, ¿de qué se queja? Recibe lo que merece. Yo no lo puedo
ayudar.
Krogstad: Tengo medios para obligarla.
Nora: ¡No me diga! ¿Acaso va a contarle a mi marido que le debo dinero?
No me asusta. Él no lo sabe, pero me agradecerá lo que hice. Pagará el
resto de mi deuda.
Krogstad: ¿Pagará así? ¿Tranquilamente? Su marido es un mentecato.
Nora: ¡No lo insulte!
Krogstad: (sigue) Que teme la opinión pública. No podrá tapar el asunto y su
vida en esta casa cambiará mucho. Los rezongos, el desprecio. Y le
impedirá el contacto con sus hijos. Una mala influencia será usted.
Nora: ¿Para mis hijos? ¡Está loco! No conoce la bondad de Torvald.
Krogstad: La conozco bastante. Y yo estaré loco pero usted desmemoriada.
Nora: ¿Sí? ¿Por qué?
Krogstad: Usted estaba tan desesperada cuando me pidió dinero para atender la
enfermedad de su marido que no se fijó en lo que firmaba.
Nora: ¡Sí que me fijé!
Henrik: No se fijó, Nora.
Nora: (A Henrik) Pero, ¿por qué no me fijé? Si a este señor lo conocía todo
el mundo como de poco fiar.
Krogstad: ¿Se acuerda de quién garantizaba el préstamo?
Nora: Mi padre.
Krogstad: Su padre estaba muy enfermo.
Nora: Moribundo.
Krogstad: ¿Se acuerda de la fecha de su muerte?
Nora: Esas fechas no se olvidan.
Krogstad: Cierto. (Saca un papel del bolsillo) Y por eso no me explico…
Nora: ¿Qué?
Krogstad: Que su padre firmara esta garantía tres días después de su muerte.
Nora: (a Henrik) ¿Fue así?
Henrik: Lamentablemente.
Nora: (lo mira incrédula) ¿Por qué no me lo advirtió?
Henrik: ¿Debería haberlo hecho? Se supone que, a esa altura, usted sabía bien
lo que hacía. Y yo no moví su mano.
Nora: ¡Pero me llevó a tales extremos! (Con un gesto de impotencia se
vuelve hacia Krogstad) Bien. Falsifiqué la firma de mi padre, ¿y qué?
Él estaba muy enfermo, hubiera tenido que explicarle la situación
amargándole sus últimos días.
Krogstad: Hubiera renunciado al viaje.
Nora: ¿Y que Torvald muriera? Porque sin cambio de clima (señala a
Henrik), según él y los médicos, Torvald habría muerto.
Krogstad: Eso no le quita responsabilidad.
Nora: ¿Hacia quién? Mi responsabilidad era con Torvald, era con mi padre.
Krogstad: Las leyes no se preocupan de los motivos. Para que lo comprenda, le
diré que el delito que yo cometí no era peor que el suyo.
Nora: ¡Bien distinto! Y si esto no lo consideran las leyes, son leyes malas
entonces.
Krogstad: Malas o no… si presento este documento a la Justicia será juzgada de
acuerdo a ellas.
Nora: Lo dudo. Tenía derecho a ahorrarle angustias a mi padre, derecho a
salvar la vida de mi marido. No sé demasiado de leyes, pero en alguna
parte se dirá que esos motivos valen más que otros. Usted, que es
abogado, ¿no lo sabe? Me parece poco ducho como abogado, señor
Krogstad.
Krogstad: Quizás. Pero asuntos como los que tratamos reconocerá usted que los
entiendo, ¿eh?, perfectamente. Si no quiere interceder por mí, no lo
haga. Pero tenga en cuenta que si debo pagar otra vez mi error, usted
me hará compañía. La saludo, señora. (Se inclina, sale)
Nora: (mira a Henrik) ¿Debo asustarme?
Henrik: Diría.
Nora: No. Los actos cometidos por amor no se juzgan.
Henrik: Ah… si cree eso… La sociedad no lo cree.
Nora: Usted me pone piedras en el camino.
Henrik: Y usted tropieza con ellas. Además, no se angustie. Nunca se sabe si lo
que consideramos desgracia tiene alguna otra finalidad más allá de la
desgracia misma.
Nora: (irónicamente) ¿Un beneficio futuro, dice usted?
(Entra Torvald de la calle con una carpeta de documentos)
Torvald: ¿Vino alguien?
Nora: No. Nadie.
Torvald: Es raro. Vi salir a Krogstad.
Nora: ¿A Krogstad?
Torvald: El mismo.
Nora: ¡Ah, sí! Lo había olvidado. Estuvo aquí un momento.
Torvald: ¿Qué quería?
Nora: Eh… (a Henrik) ¿Qué quería?
Henrik: No encuentro excusa para…
Torvald: Lo adivino yo: vino a suplicarte que intercedieras por él, que hablaras
a su favor.
Nora: Sí.
Torvald: Y que fingieras que era idea tuya.
Nora: Sí.
Torvald: ¡Nora, Nora! ¿Cómo pudiste obrar así? ¡Atender a semejante persona
y conceder una promesa! Y para colmo, ¡mentirme!
Nora: ¿Mentirte?
Torvald: Me dijiste que no había venido nadie. “¿Quién vino? ¡Nadie!” (La
amenaza con el dedo) Eso no lo volverá a hacer mi pajarito cantor,
¿verdad? Mi ave canora de pico puro y limpio. Mi bichito.
Nora: (a Henrik) ¿Por qué habla de forma tan ridícula? ¡No lo aguanto!
Henrik: La ama.
Nora: Yo también. Pero no le digo bichito ni pajarito cantor. ¡Torvald!
Torvald: (revisando sus papeles) Sí.
Nora: Krogstad…
Torvald: ¡Ah, no! ¡Basta de Krogstad! ¡Ni una palabra más sobre él! (Recoge
sus papeles y entra a su estudio)
Nora: Debo callarme, ¿no? Usted a Torvald nunca le enmienda la plana.
Henrik: Con algunos caracteres no se puede. Necesitan más golpes.
Nora: ¿Y de dónde vendrán? ¿De quién? De mí, ¿verdad? (Henrik calla)
¿Por qué no me contesta?
Henrik: No sé aún.
Nora: Entonces, ¿qué hago? Krogstad, por algún medio, le contará todo.
¿Oyó sus amenazas?
Henrik: Eran de esperarse.
Nora: Para usted. Torvald podría haberme escuchado. ¿Qué le hubiera pedido
después de todo?
Henrik: Algo que no podía concederle. Es inflexible.
Nora: ¿Y Krogstad? Krogstad podría haberme dicho: le condono el pagaré, o
después del último pago no me verá más. No me tema porque la
admiro. Admiro su entereza. Él y Cristina podrían haber trabajado
juntos y enamorarse. Se conocen de otra época. En cambio, antes de
las Navidades, Torvald se enoja y no me escucha, Krogstad me
amenaza. ¡Qué regalo el suyo! Una catástrofe.
Henrik: Quizás Krogstad cambie de idea, sus amenazas no se cumplan.
Todavía no está todo dicho. Por lo menos para mí.
Nora: Y mientras tanto, yo estaré en ascuas. ¡Pedí su ayuda!
Henrik: (recoge su sombrero) Y la estoy ayudando. Veré qué puedo hacer.
Debo irme, ¿se arreglará sola? No tome decisiones por su cuenta.
Nora: ¿Cómo? ¿Debo arreglarme sola y no tomar decisiones? ¡Me hace vivir
en el limbo y ese limbo es un infierno!
Henrik: Confíe en mí. Torvald está tan enojado con Krogstad que no lo recibirá
más.
Nora: ¡Pero Krogstad puede mandarle una carta! ¡Torvald no deja de leer
una! ¿No entiende? Si Torvald se entera de lo que he hecho, de que no
solo mentí sino que existe un documento con la firma de mi padre
falsificada, ¿cómo cree que reaccionará? Me considerará una mala
mujer, me quitará a mis hijos. Mi pajarito cantor, mi alondra, mi
bichito, ¿cómo pudiste decepcionarme así?, dirá.
Henrik: No anticipe desgracias.
Nora: Para que no las anticipe, ayúdeme. No puede dejarme en esta
incertidumbre, ¡es cruel!
Henrik: Buscaré alguna solución. Pensaré en esto.
Nora: ¿Y mientras tanto? ¿Y mientras tanto? (Henrik, con el sombrero en la
mano, se dirige hacia la salida. La luz decrece) ¡Vuelva!
Henrik: Le dije que confiara en mí. No está sola. (Sale)
Nora: Lo estoy. Es tan cierto como verdadero que existo. Sola.
(Entra Ana María)
Ana María: Señora, ¿enciendo las luces? ¿Qué hace usted aquí en la oscuridad?
Nora: No enciendas.
Ana María: (se acerca, la mira con atención) ¿Tiene un disgusto?
Nora: No.
Ana María: ¿Y entonces? ¡Oh, yo sé bien lo que son las tristezas! Vienen aunque
uno sea feliz, y no se sabe por qué. ¿Es eso?
Nora: Ana María… ¿Te parezco una mala persona?
Ana María: (ríe) ¡Oh, señora, qué ideas se le ocurren! La crié, la conozco. ¿Se
acuerda de cuando su padre me prohibía mimarla? Tenía miedo de que
usted se volviera consentida. Y yo, cuando la acostaba a la noche, la
mimaba, la besaba y le cantaba canciones por todo lo que no había
podido hacerlo durante el día. ¿Se acuerda? (Ríe alegremente) ¡Eso sí
que es ser una mala persona! ¡Yo sí lo fui, señora! Vamos, venga con
los chicos, que la esperan. (Sale)
Nora: Voy en seguida. (Pero no se mueve)
ESCENA 2
Nora y Ana María. Nora sostiene el traje para la fiesta de los
Stenborg, lo observa. Bruscamente lo deja sobre una silla.
Nora: ¿Ha llegado alguna carta?
Ana María: No, señora.
Nora: ¿Y en mano?
Ana María: Unos documentos para el señor. (Los busca sobre una mesita y se los
entrega)
Nora: (los revisa febrilmente, se los devuelve) Dejalos sobre el escritorio del
estudio.
Ana María: Sí, señora. (Sale)
Nora: Nada. Nada aún. No, Krogstad no cumplirá sus amenazas. Estamos en
Navidad. Mañana habrá una fiesta en casa de los Stenborg, en el piso
de arriba. ¿Y qué pretende? Que me vista de pescadora napolitana y
baile la tarantela. Ridículo. ¡Yo, con el hielo que llevo encima,
moverme como una italiana del sur! Del sur o del norte es igual. ¡Una
pescadora! Cuando los únicos peces que conozco son los que comí.
(Ríe con amargura) Vendrá Cristina a ayudarme con el traje. Y la
miraré coser mientras me muero de inquietud.
(Entra Cristina acompañada de Henrik)
Cristina: Nos encontramos en el camino.
Henrik: ¿Pasó algo?
Nora: ¿No lo sabe? Todavía no.
Cristina: Ayer disfruté mucho la cena. Aunque el doctor Rank me pareció tan
abatido… ¿Qué tiene?
Nora: (violenta, a Henrik) ¡No! ¡Eso no lo diré!
Henrik: Dígalo.
Nora: ¿Que el placer corrompe? ¿Que si no llevamos una vida decente
nuestros hijos sufrirán las consecuencias? Por favor, señor Henrik.
Busque otros argumentos.
Henrik: (firmemente) Por los vicios del padre, el doctor Rank heredó una
afección terrible en la médula.
Cristina: ¿Se curará?
Henrik: Nora cree que sí (le dirige un subrepticio gesto de negación).
Nora: ¿No vieron a nadie rondando la casa?
Henrik: Pajaritos.
Nora: Suerte que se lo toma así. Yo no puedo. Me fijaré si hay carta en el
buzón.
Henrik: No vaya. No hay carta para Torvald. (Nora sale brevemente)
Cristina: ¿Por qué está tan nerviosa? No será por el baile, espero.
Henrik: No, aunque se suma.
Cristina: ¿A qué?
Nora: (vuelve) No hay carta para Torvald.
Henrik: Pareciera que lo desea.
Nora: Deseo algo mejor que esta incertidumbre.
Cristina: (se aleja hacia la silla donde Nora dejó el traje. Lo levanta) Nora, ¿te
queda bien?
Nora: Largo. Y creo que las mangas…
Cristina: Están descosidas, sí. Yo te lo arreglo. (Se sienta junto a la mesita con
útiles de costura. Mientras cose) Nora, ¿el doctor Rank viene con
frecuencia?
Nora: Diariamente.
Cristina: ¿Y cómo comete esa falta de discreción?
Nora: ¿Por qué?
Cristina: No disimules, Nora. ¿Acaso no fue él quien te prestó el dinero?
Nora: ¿Él? ¿Perdiste el juicio?
Cristina: ¿No es él?
Nora: ¡Claro que no! Aunque si se lo pidiera, estoy segura de que él…
Cristina: ¿Sin saberlo Torvald?
Nora: Torvald no tiene que saber nada. A principios de año debo saldar mi
cuenta, el último pagaré. Si no consigo reunir el dinero, acudiré al
doctor Rank. Quiero salir de este problema, aunque algunos se
complacen en prolongarlo.
Henrik: Solo lo prolongaré lo justo. (Ofendido) ¡Y no tengo ninguna
complacencia!
Nora: Cristina, quiero preguntarte…
Cristina: ¿Qué?
Nora: Cuando se ha pagado todo, hasta el último centavo, se devuelve la
garantía, ¿no?
Cristina: Naturalmente.
Nora: ¡Se rompe en mil pedazos el inmundo papel!
Cristina: (deja de coser) Nora, ¿qué me ocultás? Desde ayer que no sos la
misma. ¿De qué trata este asunto? ¡La verdad!
Henrik: ¡Ssss! Hablen bajo. Torvald está en casa.
Nora: Ah, sí, está en casa. Cristina, no cosas. Se irrita si a mí me ve
cosiendo. (A Henrik) ¿Por qué es tan delicado? ¿O cree que sus
pantalones se cosen solos? ¿Se lavan solos?
Henrik: Nora. Le disgusta. En realidad, a mí tampoco me parece elegante una
mujer cuando cose, cuanto teje…
Cristina: (sonríe) Gracias por lo que me toca.
Nora: ¡Oh, usted también es ridículo!
Henrik: Además, ¿para qué provocar una rencilla por cosas sin importancia?
Nora: Son importantes.
Henrik: (amablemente) Cristina, váyase al cuarto de los chicos.
Nora: Hacele caso, Cristina. Seguramente debo hablar con Torvald a solas.
Cristina: Coseré allí. (Ríe) ¡Si me dejan…! (Sale)
Nora: ¡Le disgusta ver coser! Podría haber recurrido a otro pretexto.
Henrik: ¿Se fue Cristina? Entonces, el pretexto es bueno.
Nora: Usted tiene siempre la última palabra. (Entra Torvald) ¿Vas a trabajar?
Torvald: Sí, en mi estudio.
Nora: Torvald…
Torvald: ¿Sí?
Nora: ¿Te puedo preguntar algo?
Torvald: Todo lo que quieras, bichito mío.
Nora: ¿Es tan terrible lo que ha hecho Krogstad?
Torvald: Por última vez hablaré de ese señor. Sí, fue terrible. Malversó fondos.
Nora: ¿No lo habrá impulsado la miseria?
Torvald: Puede ser. No soy tan cruel como para condenar a un hombre por un
solo delito, siempre que reconozca su falta, que se redima y sufra su
castigo.
Nora: ¿Su castigo?
Torvald: Pero Krogstad no eligió esa actitud. Está moralmente perdido. Por eso
no lo quiero conservar en el Banco. Su presencia me ofende. Además,
conozco a Krogstad desde la juventud. Nos teníamos confianza, pero
esa confianza ha terminado. Tiene tan poco tacto que se permite
tutearme delante de todos. Es desagradable.
Nora: Torvald, no pensás lo que estás diciendo. ¿Cómo te puede molestar un
motivo tan mezquino?
Torvald: ¿Mezquino? ¿Me llamás mezquino?
Nora: No. Al contrario. Sos generoso y por eso…
Torvald: Es igual. Mis motivos son mezquinos, por lo tanto también yo lo soy.
Gracias. Es hora de que esto termine, ¡basta de hablar de Krogstad!
¡Ana María!
Nora: ¿Qué vas a hacer? ¡Por Dios, no te enojes!
Torvald: Por suerte, tengo la decisión en el bolsillo. (Entra Ana María. Torvald
saca un sobre, se lo tiende) Lleve esto. La dirección está en el sobre.
Entréguelo en mano.
Nora: ¿Qué es esa carta?
(Sale Ana María)
Torvald: El despido de Krogstad.
Nora: ¡No! ¡Ana María! (Pretende correr tras ella)
Torvald: (la retiene) ¡Por favor, Nora! ¿Por qué esa angustia?
Nora: ¡Krogstad puede hacernos mal! ¡Puede planear una venganza!
Torvald: (ríe) ¿En qué forma? ¿Contra mí?
Nora: Nos calumniará. Los diarios recogerán sus infamias.
Torvald: Nora, ¿no creerás que voy a temer lo que pueda decir un abogaducho
resentido? Suceda lo que suceda, la responsabilidad es mía.
Nora: ¿Tuya? ¿Qué querés decir?
Torvald: Que yo asumo todas las responsabilidades.
Nora: (con un hilo de voz) ¿Aun las mías?
Torvald: (ríe) ¿Qué responsabilidades las tuyas, Nora? ¿Cuidar a tus hijos, la
casa, ponerte linda para mí?
Nora: ¿Y si hubiera otras?
Torvald: (no la toma en serio) ¡Hum…! Igual. Yo las asumo.
Nora: ¡Jamás, jamás harás eso!
Henrik: El desafío no resulta con Torvald. La modestia, Nora, la seducción tal
vez…
Nora: Disculpame, me preocupo por nosotros, por vos. ¡Te quiero tanto!
Torvald: Lo sé, bichito.
Nora: ¿Rescatarás la carta? ¿Anularás tu decisión? El despido de Krogstad
solo nos hará daño. Se vengará.
Torvald: Que lo haga. ¡Y basta, Nora! Asumo todas las responsabilidades, te lo
dije.
Nora: ¡Jamás lo harás!
Torvald: Entonces, como marido y mujer, las compartiremos. ¿Estás contenta?
(Entra a su estudio)
Nora: ¿Qué parte compartirá él? (a Henrik) Si usted no me ayuda, acudiré al
doctor Rank.
Henrik: ¿Al doctor Rank? Pronto estará moribundo.
Nora: ¡No! ¡Prométame que no! Por favor.
Henrik: No sé… Su padre era un vicioso…
Nora: El doctor Rank vivirá muchos años y me ayudará para que Torvald no
se entere… (Suenan unos golpes en la puerta de entrada. Nora) Es él.
(Abre) Lo reconocí por su modo de llamar. Pase. Torvald está ocupado.
Rank: ¿Y usted?
Nora: Para usted tengo todo el tiempo.
Rank: Aprovecharé entonces el poco que me queda.
Nora: Una vida.
Rank: Corta. Lo esperaba pero… no creí que fuera tan pronto. (Alusivo)
Algunos tienen prisa para quitarme del medio.
Nora: (a Henrik) ¡Usted me prometió…!
Henrik: Le dije “no sé”. Está enfermo y no por mi culpa. Su fin se acerca.
Usted mejor preocúpese de Krogstad. Cuando reciba su carta de
despido, cumplirá sus amenazas.
Nora: El fin del doctor Rank… ¿se acerca?
Henrik: Sí. Es inevitable y lo lamento porque… Es un buen hombre.
Rank: No quiero que Torvald me visite. Tiene tal horror por las cosas
desagradables… y la muerte lo es. Quiero morir solo. Tan pronto se
acerque el final, les enviaré una tarjeta con una cruz. Así sabrán que
han comenzado las horas de… (un gesto)
Nora: Es triste. ¡Infinitamente triste! (Se cubre los oídos con las manos) No
quiero saberlo. ¡Estemos alegres! ¡Estemos alegres, doctor Rank! (a
Henrik) ¿Qué barbaridades me hace decir? (a Rank) Amigo mío… mi
visita puntual, mi compañía… Usted no se va a morir. Esté seguro. Yo
no quiero.
Rank: ¡Ah, si eso bastara! No, mi querida, moriré y verá que no es tan
penoso soportarlo. Después de todo soy solo un amigo. Me extrañará
los primeros días y después…
Henrik: Nora, muéstrele las medias de seda que usará en el baile. Están en esa
caja. (Señala)
Nora: ¿Que le muestre las medias? ¿El doctor Rank me cuenta lo que me
cuenta y usted dice que le muestre las medias?
Henrik: ¿Por qué no? Cuanto más frívola se muestre ahora, más notable será
después su cambio.
Nora: Si procedo de este modo, si hoy soy insensible a la muerte de un
amigo, no seré una heroína más tarde, señor Henrik.
Henrik: ¿Cree que le reservo ese destino? De cualquier forma, que el estado
del doctor Rank no le haga olvidar sus problemas.
Rank: ¿Los tiene, Nora? ¿Y por qué no confía en mí? Si usted me los contara,
yo podría hacer algo tal vez. Usted me lo agradecerá y con eso estaré
conforme. La gratitud es bastante parecida al amor, ¿verdad?
Nora: ¿Por qué habla de amor?
Rank: ¿Acaso lo ignora? Desde que la conocí, yo…
Henrik: Una mujer puede ignorar totalmente un sentimiento ajeno que le
concierne, sobre todo cuando no lo comparte.
Nora: (a Rank) Lo he sabido siempre. Y no le contaré mis penas para no
preocuparlo. Además, la gratitud que podría tenerle si usted me
ayudara es poca cosa ante el enorme aprecio que siento por usted.
Rank: No me las cuenta para no inquietarme. ¿O para mantenerme a
distancia?
Nora: No, por aprecio.
Rank: (murmura tristemente) Aprecio, aprecio…
Nora: Que es lo más parecido al amor. (Rank, conmovido, le besa las manos)
Henrik: En realidad, Nora, a usted no le parece correcto que el doctor Rank…
Ana María: (entra) Señora… (Se acerca a Nora, murmura algo en su oído y le
entrega una tarjeta de visita)
Nora: (la mira y se la guarda, su expresión se ensombrece)
Rank: ¿Algo enojoso?
Nora: No, nada de eso… Es mi nuevo traje.
Rank: ¿No lo estaba arreglando la señora Linde?
Nora: Este es nuevo. Lo encargué yo. Una sorpresa para Torvald. Vaya al
estudio y no lo deje salir. ¡Doctor! (A punto de entrar al estudio, Rank
se vuelve) Vamos a luchar los dos juntos para que usted no muera.
(Rank sonríe tristemente. Entra al estudio. Nora, a Ana María)
¿Dónde está?
Ana María: En la cocina. Entró por la puerta de servicio.
Nora: ¿No le dijiste que tenía visita?
Henrik: No le importó.
Ana María: Dice que no se marchará hasta haber hablado con usted.
Nora: Entonces que pase. (Sale Ana María. Nora, a Henrik, amargamente)
Qué remedio, ¿no? (Entra Krogstad) Hable bajo porque mi marido
está en casa.
Krogstad: He recibido la cesantía, señora.
Nora: No he podido evitarlo.
Krogstad: Quizá sea cierto.
Nora: Y… ¿sus amenazas…?
Krogstad: Quería verla. Todo el día he pensado en usted. Me dolió. No presentaré
acusación alguna, señora.
Nora: ¡Oh! ¡Lo sabía!
Krogstad: Podemos tratar el asunto amistosamente. Todo quedará entre los tres.
Nora: ¿Tres? ¿Quién es el otro? Mi marido no debe enterarse.
Krogstad: ¿Cómo va a impedirlo? Ni siquiera puede pagar el resto de su deuda.
Nora: Inmediatamente no. No puedo.
Krogstad: Si pagara, tampoco le serviría de nada. Aunque no presente acusación,
pienso conservar el documento.
Nora: (a Henrik) ¿Puede hacerlo?
Henrik: Legalmente no, pero… (se encoge de hombros) con este hombre…
Nora: Le ofreceré una suma mayor.
Krogstad: Aun ofreciéndome una suma mayor, no le devolveré el recibo.
Nora: (a Henrik) ¿Le parece justo?
Krogstad: Quiero conservarlo. El recibo y la garantía. Ningún extraño se enterará
(Nora se golpea la frente con los puños) Así que si pensó tomar una
decisión extrema concerniente a su vida…
Nora: No.
Henrik: Sí, lo pensó, Nora. Sería una solución penosa para usted, pero
demostraría a cuáles extremos puede llevar el encono de algunos, la
rigidez, la falta de comprensión de otros…
Nora: ¡No! Ni para mí, ni para el doctor Rank, quiero la muerte.
Krogstad: O si pensó en abandonar todo y huir…
Henrik: Eso podría ser…
Nora: No tengo esas ideas.
Henrik: Podría haberlas tenido. En la situación en que se encuentra, una cosa u
otra nos llevaría a un desenlace lógico.
Nora: ¿La muerte, la huida? ¿Y mis hijos? ¿Cómo cree que estoy hecha?
Krogstad: Sin embargo, yo tuve esos pensamientos. Al borde estuve de hacerlos
realidad. Pero me faltó coraje.
Nora: Yo lo tengo. Para enfrentarlo, señor Krogstad.
Krogstad: No lo haga. Cuando su marido se entere y pase la primera tempestad,
aceptará la situación. Sobre todo porque no pienso hacerla pública.
Aquí, en el bolsillo, tengo la carta en la que lo pongo al tanto.
Nora: Mi marido no debe leer esa carta. ¡Rómpala! Encontraré el dinero para
pagarle.
Henrik: Le dijo que no quería dinero.
Nora: ¿Qué quiere entonces?
Krogstad: Ya no me interesa el dinero. No. Quiero progresar y su marido puede
ayudarme. Me he debatido en medio de dificultades miserables. Ya no
más. He sido honesto los últimos años. De qué me sirve la honestidad
si pierdo mi empleo, si me echan como a una rata. Ahora ya no me
alcanza que su marido me tome de nuevo como un favor. Quiero
progresar. Quiero tener un puesto en el Banco mejor que el que tenía y
su marido creará ese puesto para mí.
Nora: ¡Jamás hará eso! No lo conoce.
Krogstad: Lo hará. Lo conozco. No se atreverá a parpadear y antes de un año
seré su mano derecha. Seré yo, Krogstad, y no Torvald Helmer, quien
dirija el Banco.
Henrik: Dado como es Torvald, lo dudo. Él no puede contrariar su carácter.
Nora: Pero este, que es una rata, lo contraría. ¿De dónde le salió esa
ambición?
Krogstad: Del mucho sufrir, señora. (A Henrik) Entonces, si su marido no cede,
que ella afronte las consecuencias.
Nora: ¡No se atreverá usted!
Krogstad: Sí, a todo.
Nora: ¿Quiere que me suicide, que huya? ¿Esto es lo que me propone?
Henrik: No, no quiero…
Krogstad: Tampoco le serviría matarse. Su memoria estaría entre mis manos, su
nombre por el suelo. Nada de estupideces, señora. Su marido recibirá
mi carta. Veremos lo que sucede. La dejaré en el buzón.
Nora: ¡Piense en mis hijos!
Krogstad: (se vuelve fugazmente) Su marido no pensó en los míos. (Sale)
Nora: ¿Dejará la carta…?
Henrik: Creo que sí. Lo lamento.
Nora: ¿Ya…? ¡Estamos perdidos! Si tuviera la llave para abrir el buzón y…
¡Oh, Dios mío, no tengo fuerzas…!
Henrik: Sí, las tiene.
Cristina: (entra sosteniendo el vestido de Nora) Lo arreglé todo lo que pude.
Quedó bien. Nora, ¿querés probártelo?
Nora: (alterada) No. ¡No!
Cristina: ¿Qué te pasa?
Nora: Krogstad me delatará. Dejó una carta en el buzón.
Cristina: ¡Nora…! ¿Fue Krogstad quien te prestó el dinero?
Nora: Ahora exige… Torvald lo sabrá todo.
Cristina: Es lo mejor.
Nora: ¡Falsifiqué una firma, Cristina! La de mi padre.
Cristina: Voy a hablar con Krogstad ahora mismo. ¿Dónde vive?
Nora: No sé. Sí. (Saca la tarjeta de Krogstad del bolsillo) Muy cerca. No
vayas a verlo. No cederá.
Cristina: Nora, hubo un tiempo en que él hubiera hecho cualquier sacrificio por
mí.
Nora: (a Henrik) ¿Encontró una salida?
Henrik: Trato.
Nora: ¡Pero la carta…! Está en el buzón ¿y cómo…?
Cristina: ¿Guarda la llave tu marido?
Nora: Siempre.
Cristina: Está bien. Krogstad puede reclamársela con un pretexto antes de que la
lea.
Nora: Pero esta es precisamente la hora en la que él recoge sus cartas. (Mira
a Henrik) ¡Todo mal! ¡Todo mal!
Cristina: Podés entretenerlo con una excusa. Mostrale el vestido, sentate al
piano, cualquier cosa. Yo volveré lo antes posible. (Sale al mismo
tiempo que aparecen desde el estudio Torvald y Rank)
Torvald: ¿Se va Cristina?
Nora: Sale un momento.
Torvald: ¡Qué cara, Nora! ¿Te fatigaste?
Nora: ¡Oh, si hablamos de fatigas!
Torvald: ¿Tanto? ¿Por qué? Voy a recoger mi correspondencia.
Rank: Venga, Nora. Siéntese.
Nora: (no lo atiende) ¡No, Torvald, no vayas! Estoy tan intranquila…
Torvald: ¿Por qué causa? (Silencio de Nora)
Henrik: El baile.
Nora: El baile, la tarantela.
Torvald: ¿Por eso? ¡Ah, qué loquita!
Nora: Nada de cartas esta noche, nada de negocios, ¿eh? ¿Querés?
Torvald: ¿De veras tenés tanto miedo, Norita? ¿Por un baile?
Nora: Es que no podré bailar mañana si no ensayo hoy.
Rank: Bueno, ensayemos. (Se sienta al piano y toca. Nora no se mueve)
Torvald: Vamos, mi alondra, mi alondra azorada. ¿No querías ensayar?
Nora: Sí, pero… (sonríe débilmente) tengo las piernas flojas, como si me
hubiera golpeado.
Torvald: (bromista) ¿La golpeaste, Rank? (Rank deja de tocar, se levanta y mira
a Nora) ¿O usted, señor Henrik?
Henrik: Con ensayo o sin ensayo, Nora bailará la tarantela. Me hace ilusión.
Cristina: (entra) ¿No incomodo? Salí a comprar… unos hilos. (Mira a Nora.
Subrepticiamente esboza un gesto de negación)
Torvald: Pase. Quizás usted tranquilice a Nora. (Sonríe) Está paralizada de
inquietud.
Nora: Estoy loca de terror.
Torvald: No es para tanto.
Nora: ¡Sí, lo es! ¿Me guiarás, Torvald? ¿Prometido? ¿Me guiarás hasta el
fin?
Torvald: Por supuesto. Tu baile saldrá bien y yo estaré orgulloso,
¡orgullosísimo!, de mi Norita.
Nora: Ni hoy ni mañana debés pensar más que en mí. No vas a abrir ninguna
carta… ninguna.
Torvald: ¿Por qué tanta insistencia? Hay algo más, ¿no? ¿El temor de ese
Krogstad otra vez?
Nora: Un poco…
Torvald: Te lo conozco en la cara. Seguramente en el buzón hay una carta de
Krogstad.
Nora: No sé… Es posible… Pero ahora tu tiempo es mío… ¿no, Torvald?
Torvald: Ah, mi loquita caprichosa…
Nora: (reticente) Sí, tu loquita.
Rank: Nuestra Nora está extraña hoy.
Nora: Váyanse ahora. Cristina me ayudará a vestirme. Para ensayar el baile,
la tarantela.
Rank: (mientras salen) Todo esto… la actitud de Nora… ¿presagia algo de
particular?
Torvald: No. Lidiar con niños otra vez, ¡no! (Ríe)
Nora: (a Cristina) ¿Qué pasó?
Cristina: No estaba. Se fue al campo. Vuelve mañana por la noche. Pero le he
dejado una nota.
Nora: No debiste hacerlo. ¿Qué estoy impidiendo al fin y al cabo?
Henrik: Lo que impidió hasta hoy. Que Torvald se decepcione, que su
matrimonio tal vez salte por el aire cuando Krogstad cumpla su
venganza. Pero confíe en mí. Yo no la abandono.
Nora: Ya no tengo fuerza, señor Henrik. No soportaré mucho más. Sin
embargo… en el fondo puede ser un goce esperar el escándalo. El
fin… como una esperanza. El fin. Cualquiera sea.
Cristina: ¡No, Nora, no! ¡Te ayudaré! (La abraza) ¡Nora, Nora, no llores!
(Se asoma Ana María. Las mira acongojada)
ESCENA 3
Cristina y Henrik. Cristina, sentada, hojea un libro distraídamente,
mira hacia la puerta, controla su reloj.
Cristina: No viene… Y sin embargo, ya pasó la hora.
Henrik: Vendrá.
Cristina: (impaciente, va hacia la puerta, la abre. Ve a alguien en el umbral)
Ah, por fin. Pase. Estoy sola.
Krogstad: (entra) ¿Y quién le abrió…? A usted.
Cristina: ¿A mí? La sirvienta. Ahora duerme.
Krogstad: Recibí su nota.
Cristina: Necesitaba hablarle.
Krogstad: ¿Y eligió este lugar? ¿Precisamente esta casa?
Cristina: Los Helmer están en el baile. No podía recibirlo en la mía.
Henrik: Parece un pretexto pero no lo es. Una señora sola recibiendo a un
caballero… de noche…
Krogstad: ¿Cómo, los Helmer están en el baile? ¡Qué ánimo! Si hay un
problema, ¡bailemos! (Ríe)
Cristina: Tenemos que hablar.
Krogstad: (se ensombrece) ¿Qué podemos decirnos todavía?
Henrik: Muchas cosas tienen para decirse todavía.
Krogstad: No lo hubiera creído.
Cristina: Es que usted nunca me comprendió.
Krogstad: ¿Qué había que comprender? Sucede diariamente. Entre nosotros el
asunto fue sencillo. ¿No lo recuerda? Usted me abandonó por un
partido más ventajoso.
Cristina: ¿Supone que no me costó el rompimiento? Estaba en la miseria con mi
madre y mis hermanos, y usted era más pobre que yo.
Krogstad: Y eso le dio derecho a rechazarme por otro.
Cristina: No sé. Muchas veces me lo he preguntado. Pagué un precio muy alto.
Krogstad: (bajando la voz) ¿Y yo? Cuando la perdí, creí que me faltaba el suelo.
Míreme. Un náufrago aferrado a una tabla, eso soy.
Henrik: Anímese, Cristina. Confiese que este Krogstad aún la atrae, que nunca
logró apartarlo de su pensamiento.
Cristina: (niega nerviosamente. Después de un silencio) Quizás esté próxima la
salvación y no la vea.
Krogstad: ¿Cuál? ¿La suya o la mía? Tenía un empleo en el Banco y usted me lo
quitó. Esa era mi salvación.
Cristina: Hasta hoy no supe que iba a sustituirlo.
Krogstad: Le creo, puesto que lo dice, pero ahora que lo sabe, ¿renunciará al
cargo?
Cristina: No serviría de nada.
Krogstad: ¡Ah!
Henrik: Cristina, dele razones. A pesar de sus defectos, en la misma situación
él lo haría, seguramente.
Cristina: He aprendido a obrar con sensatez. (A Krogstad) Me lo enseñó la vida,
la dura necesidad. Si fuera útil para usted mi renuncia, hoy mismo
hablaría con Torvald.
Krogstad: Pues a mí la vida me ha enseñado a desconfiar de las palabras.
Cristina: ¿Creería en los hechos? Mi naufragio es más grande que el suyo.
Krogstad: Usted lo quiso.
Cristina: No podía elegir.
Krogstad: ¿Adónde quiere ir a parar?
Cristina: A algo muy sencillo. A que esos dos náufragos se tiendan la mano.
Krogstad: ¿Qué?
Cristina: Asidos a la misma tabla de salvación. De otro modo nos ahogaremos,
Krogstad.
Krogstad: ¡Cristina! ¿Cómo confiar de nuevo?
Cristina: ¿Qué motivo cree que me trajo a esta ciudad?
Krogstad: ¿Pensó en mí?
Cristina: Toda mi vida he trabajado. Para los otros. Hoy no tengo a nadie. Solo
un vacío enorme. Krogstad, dígame usted, ¿para qué y por quién voy a
trabajar?
Krogstad: Me cuesta creerle. Quiere sacrificarse. Como a toda mujer exaltada, le
parece un buen destino.
Cristina: ¿Me ha visto usted exaltada alguna vez?
Krogstad: ¿Lo haría? ¿Lo haría conociendo mi pasado?
Cristina: Sí.
Krogstad: Mi reputación, ¿la conoce? Usted me hubiera podido salvar.
Cristina: ¿Acaso no es posible reparar todo? Para eso se vive. Para reparar.
Krogstad: ¡Cristina! ¿Tendría el valor?
Cristina: Necesito servir de madre a sus hijos y sus hijos necesitan una madre.
Lo quiero, Krogstad. Con usted nada me asustaría.
Krogstad: (con esperanza) ¿Es posible…?
Cristina: Es cierto.
Henrik: Los Helmer están a punto de volver. Regresarán después de la
tarantela. La oigo.
Cristina: ¿Cómo va a oírla de un piso a otro? ¡Con estas paredes! (Mira su reloj)
¡Las doce! (a Krogstad) Váyase ahora.
Krogstad: Un minuto más. Usted sabe el paso que di contra los Helmer.
Cristina: Contra Nora. Lo disculpo. Sé lo que puede la desesperación, a veces
no es llanto, es odio. Y muy amargo.
Krogstad: ¡Oh, si pudiera deshacer lo que he hecho!
Cristina: La carta todavía está en el buzón. Puede recuperarla.
Krogstad: ¡Ah, por eso me aceptó! Para recuperar la carta. Por su amiga está
dispuesta a cualquier sacrificio.
Cristina: Sí. Salvo que compartir su vida, Krogstad, no lo es. (Sonríe) ¿Se está
burlando, amigo mío? (Se miran largamente)
Krogstad: Esperaré la vuelta de Torvald. Le pediré la carta, le diré que solo trata
de mi cesantía… que no necesita leerla.
Cristina: No, Krogstad. No pida usted la carta.
Krogstad: ¿Qué? No comprendo.
Henrik: No castigue usted a Nora, Cristina.
Cristina: ¿Qué sabe usted de mi amistad con ella? ¿Acaso no sufre Nora con
tanto embuste y subterfugio? Mejor que termine con la mentira de una
vez por todas.
Krogstad: La espero abajo. ¡Nunca he sido tan feliz, Cristina! (Sale)
Cristina: Yo también. ¡Querido, querido Krogstad! (Se oyen las voces de Nora y
Torvald. Abren la puerta. Cristina, a Henrik) ¡Ya! ¿No se tropiezan
con Krogstad?
Torvald: ¡Vamos, Norita! ¡El baile terminó!
Nora: ¡No, sigue, sigue! Subamos de nuevo.
Torvald: (descubre a Cristina) ¡Señora Linde! ¿Usted aquí?
Cristina: Perdonen la intrusión. Quería ver a Nora.
Nora: ¿Con mi traje? (Abre los brazos, ríe) ¿Cómo me queda? (Bruscamente
se quita el adorno del pelo, arroja la chaqueta) ¡Lo odio!
Torvald: Nora. Es excesivo. (La sujeta cariñosamente abrazándola desde atrás.
A Cristina) Todo el mundo aplaudió su baile. Hubiera podido estar
mejor pero no sé por qué… Habíamos quedado en que nos íbamos
después del baile pero se opuso, mi loquita.
Nora: (secamente) Soltame, Torvald.
Torvald: Sí, perdón. (La suelta. Se aleja) Un poco de luz. (Enciende las bujías)
Nora: (bajo, a Cristina) ¿Qué novedades?
Cristina: Nora… Tenés que confesarle todo a tu marido.
Nora: ¡Ah, Krogstad! ¡Ese bicho maldito!
Cristina: Nada tenés que temer de su parte. Se arrepintió. Pero igualmente debés
hablar con Torvald. Es lo mejor para los dos.
Nora: No hablaré. ¡Dudo, Cristina!
Cristina: (le aprieta el hombro) En ese caso hablará la carta. Ahora me marcho.
Torvald: (se acerca, le tiende un tejido) ¿Es de usted esto?
Cristina: Sí. Lo olvidaba.
Torvald: ¿Teje usted?
Cristina: Sí, señor.
Torvald: Debería bordar.
Cristina: ¿Por qué?
Torvald: Es más bonito. Se tiene el bordado con la mano izquierda, así, y se
lleva la aguja con la mano derecha… ¿Ve la curva que se forma, larga
y ligera…? ¿No es más bonito?
Nora: (a Henrik) ¿Qué dice?
Henrik: ¡Qué malhumor! Torvald bebió mucho, está achispado. ¿No puede ser
un poco frívolo?
Nora: No. No sabe ser frívolo. Cuando es frívolo, es un imbécil.
Henrik: ¡Nora! ¿Para qué tanto empeño en conservar su matrimonio, proteger a
Torvald, tanto amor si piensa así?
Nora: ¿No puedo? ¿No se debe?
Cristina: Buenas noches, Nora. (La abraza) Pensá lo que te dije.
Torvald: (la acompaña a la puerta) Buenas noches. Perdone que no la
acompañe. ¡Pero vive tan cerca! (Sale Cristina) ¡Gracias a Dios que se
fue! ¡Qué pesada! ¡Qué bueno que por fin estemos solos!
Nora: (a Henrik) Sí, entra y sale demasiada gente de esta casa.
Torvald: Te miraba esta noche en el baile, ¡te encontraba tan atractiva! Pensaba
que recién nos habíamos casado y no veía la hora de… (La abraza)
Nora: Tengo sueño, Torvald.
Torvald: Yo también. Vamos a dormir juntos, ¿eh? (La besa en el cuello)
Nora: (se separa) ¡Sáquemelo de encima! No deseo que me toque.
Henrik: (carraspea) Es su marido.
Torvald: ¡Nora!
Nora: (a Henrik) ¡Oh, no! ¿Usted también?
Henrik: Me pidió ayuda. ¿Por qué se la toma conmigo?
Nora: ¡Estoy harta! (Llaman a la puerta. Histérica, a Henrik) ¡Detenga este
constante ir y venir! ¿Cuántas veces entró y salió Cristina, entró y
salió Krogstad, vino el doctor Rank?
Rank: (desde afuera) ¡Soy yo! ¿Puedo pasar un momento?
Torvald: ¿Qué querrá este ahora? ¡Qué fastidio! (Abre) Vamos, qué gentil es de
tu parte que no puedas pasar por nuestra puerta sin visitarnos.
Rank: Me pareció oír tu voz y se me ocurrió entrar un momento. Quería
pedirte… Vivo solo y nunca me canso de compartir un pedacito de
este hogar, tan tranquilo, tan feliz.
Torvald: Te vi feliz a vos en el baile, también.
Rank: ¿No tenía derecho a divertirme un poco?
Nora: (a Henrik) ¿Qué gana con que muera?
Henrik: ¿Y qué quiere que haga? ¿Quiere que termine como un amante
imposible?
Nora: ¡Sí! ¡Quiero contar con su amor hasta la vejez!
Rank: (refiriéndose a Henrik) Siempre me tuvo tirria.
Henrik: ¡Yo! ¡Que lo ayudé a ser tan noble!
Rank: De poco me sirve la nobleza. (A Nora) Tengo la certidumbre.
Nora: ¿De qué?
Rank: Una certidumbre absoluta. De que seré invisible.
Nora: ¿El fin…? (A Henrik) Sea coherente. Si verdaderamente está enfermo,
¿cómo podría bailar como bailó?
Henrik: Con sus últimas fuerzas.
Nora: Me parece que no sabe nada de enfermedades.
Torvald: ¿De qué enfermedades hablás, Nora? Inoportuno… (Le hace un gesto)
Rank: Olvidaba por completo a qué había venido. Ah, sí. Helmer, dame uno
de tus cigarros. (Torvald le presenta la caja. Rank elige uno, le corta
la punta) Gracias.
Nora: (frota un fósforo, le acerca la llama) Permítame que lo encienda.
Rank: ¡Gracias! Y ahora me voy.
Nora: (a Henrik) Quiero despedirme con un abrazo. Un abrazo muy fuerte.
Torvald: ¡Norita! El amigo Rank es de confianza, pero…
Nora: (a Henrik) ¡Para él tiene justa la réplica!
Rank: El azar interviene en la vida de todos, menos en la mía. Condenado.
Adiós, Helmer. Adiós, Nora.
Nora: Duerma bien, doctor Rank.
Rank: Le agradezco el deseo.
Nora: Deséeme lo mismo.
Rank: ¿A usted? Bueno… ya que me lo pide… Duerma bien. Y gracias por el
fuego. (Los saluda con la cabeza y sale)
(Torvald saca unas llaves del bolsillo)
Nora: ¿Qué vas a hacer?
Torvald: (elige una de las llaves) Desocupar el buzón. (Sale)
Henrik: Se dará cuenta de que intentó forzar la cerradura.
Nora: Con una horquilla. No pude.
Torvald: (trae un montón de correspondencia en las manos) Alguien intentó
forzar el buzón. ¿Quién fue?
Nora: Los niños…, las sirvientas…
Torvald: Ya descubriré al culpable. ¿Ves cuántas cartas había? Un día sin
retirarlas y se amontonan… ¿Qué es esto?
Nora: (a Henrik, con un hilo de voz) ¿La carta? (Henrik niega)
Torvald: Una tarjeta de visita de Rank… con una cruz sobre el nombre. La
debió dejar al salir. ¡Qué curioso! ¡Qué broma de mal gusto! Como si
nos anunciara su muerte.
Nora: De eso se trata.
Torvald: ¿Te dijo algo?
Nora: Que así se despediría de nosotros.
Torvald: ¿Va a morir? Lo sabía muy enfermo, pero…
Nora: Y quiere hacerlo solo.
Torvald: ¡Pobre Rank! Se ocultará como un animal herido.
Nora: No me gustaría morir así. (A Henrik) ¿Por qué no lo rodea de gente
que lo ame?
Henrik: No tiene amigos, salvo ustedes, no tiene familia…
Torvald: Pero quizás sea preferible. ¡Pobre amigo! Acaso sea mejor también
para nosotros.
Nora: ¿Cómo?
Torvald: Porque nadie golpeará nuestra puerta cuando deseo abrazarte. (La
abraza) Nora, mi mujercita, mi ave canora. Ojalá te amenazara algún
peligro para protegerte, para dar mi sangre, para arriesgarlo todo,
¡todo!
Nora: (se desprende) Leé las cartas, ¿no estabas ansioso? Ante la muerte de
Rank es tan intrascendente una carta y sobre todo el miedo a una
carta…
Torvald: No leeré ninguna. Esta noche no. Te la consagro. (La abraza)
Nora: (rechazándolo) ¿No pensás en tu amigo?
Torvald: ¡Claro que sí! Pero igual…
Nora: (a Henrik) ¿Cómo dice igual…?
Henrik: Se le escapó. Está afectado.
Torvald: Mucho. Este envío de Rank con su cruz negra me ha quitado la
alegría, el deseo de… ¿Lo entendés, Nora? Perdoname. Mejor leo las
cartas. Quizás así me olvide… (Sale)
Nora: ¿Y ahora? ¿Espero…?
Henrik: Usted descubrirá… Va a recibir una sorpresa.
Nora: ¿De qué clase?
Henrik: Todavía no lo decidí.
Nora: Miente.
Henrik: No.
Nora: Entonces decida que Rank se cure, que Torvald lea la carta y no le
importe.
Henrik: No se precipite.
(Se oye un grito de Torvald)
Torvald: (aparece en la puerta, agitando la carta) ¡Nora! ¡Nora! ¿Qué es esto?
Nora: (tontamente) Una carta, Torvald.
Torvald: ¡Lo sé! ¿Es cierto? ¿Esta carta de Krogstad dice la verdad? Qué horror.
¡No es posible, no puede ser! ¡Mi ave canora que solo canta mentiras!
Me mostrabas una cara inocente y escondías otra, ¡hipócrita!
Nora: Fui capaz porque te amaba más que a nada en el mundo.
Torvald: ¡Dejémonos de tonterías por favor!
Nora: (avanza hacia él) ¡Torvald! Te amo.
Henrik: Muy bien. Y Torvald la ama. Y con amor, todo se resuelve. (Tuerce la
cara, escéptico)
Nora: Yo asumiré mi responsabilidad, Torvald. No tenés que responder por
mí.
Torvald: ¡Ni lo pienso! Pero me afectará lo mismo. Sos mi mujer. Aunque no
quiera, tus acciones me comprometen. ¡Estúpida! ¿Comprendés lo que
hiciste? ¿La barbaridad que hiciste?
Nora: (con voz opaca) Sí, ahora empiezo a comprender. (A Henrik) ¿Esto
quería? ¿Que yo empezara a comprender? ¿Y quién le dijo que yo no
albergaba una tormenta? Me empeñaba en ser lo que otros querían y
comprendía demasiado que esa Nora no podría satisfacer a nadie.
Torvald: (se pasea agitado) ¡Hipócrita! ¡Embustera! Todavía peor: una
delincuente que falsifica una firma con total inconsciencia. ¡Callate!
Ni una palabra. (Se detiene ante Nora que lo mira fijamente) Tenía que
haberlo previsto. Y durante ocho años no preví nada. Veo qué sos: una
mujer sin principios. ¡Qué manera de aniquilar mi felicidad, mi
porvenir! Te pusiste a merced de un hombre sin escrúpulos que puede
hacer de mí lo que le plazca: ¡chantajearme y pedirme lo que quiera
sin que me atreva a respirar!
Nora: ¿Y si me muriera, Torvald? Estarías tranquilo.
Torvald: ¡Ni aun así! ¿Qué ganaría si murieras? Nada. Krogstad no ocultaría los
hechos y hasta podría pensarse que fui yo el que te instigó. ¡Dejá de
mirarme! ¿Cómo te atrevés?
Nora: ¿Qué miro entonces?
Torvald: ¡Tu culpa! Complaceré a Krogstad de cualquier modo para ahogar este
escándalo.
Nora: ¿Y nosotros?
Torvald: ¡No hay nosotros ya! Pero aparentaremos la misma concordia. En lo
sucesivo, no hay que pensar en la felicidad. Solo en salvar restos,
ruinas, apariencias… (Llaman a la puerta exterior. Se estremece.
Masculla un improperio y va a abrir. Vuelve con una carta) Una carta
de Krogstad. Para vos. Pero no te permitiré leerla.
Nora: No importa.
Torvald: Apenas me atrevo. Quizás planea extorsionarme en otra forma. La
degradación es insondable en este hombre. (Abre la carta, la lee,
examina dos papeles adjuntos. Lanza una exclamación) ¡Nora…!
¡Nora! ¿Cómo creerlo? ¡Se arrepintió! (Ríe) ¡Gracias a Dios estoy
salvado! ¡Sí, estoy salvado!
Nora: ¿Y yo?
Torvald: También vos. Mirá. Te devuelve el recibo.
Nora: Qué bien.
Torvald: Y la garantía. Dice que se arrepiente, que lamenta lo que ha hecho.
Que un suceso feliz borró su rencor… Bah, poco importa lo que
escribe. ¡Estamos salvados, Nora! ¡Ya nadie puede dañarnos! (Dirige
una mirada a los papeles) No, no quiero ver nada, supondré que tuve
una pesadilla y se acabó. (Los rompe) Nora, ¡pobrecita! ¡Qué días de
prueba debiste pasar!
Nora: Sí, han sido duros.
Torvald: Porque te desesperaste. Y no acudiste a mí. Pero ahora olvidaremos,
¿eh? Todo ha concluido. Cambiemos de cara. Parece que no
comprendieras… Abrazame. Oh, pensás que no te perdono. ¡Sí, te
perdono! Sé que todo lo que hiciste fue por amor a mí.
Nora: Es verdad.
Torvald: Por favor, olvidá los reproches que te dirigí en el primer momento. Me
asusté. Es que creí que todo iba a desplomarse sobre mí. Te he
perdonado, Nora. ¡Te juro que te he perdonado!
Nora: Gracias, Torvald. ¡Gracias por el perdón! (Se dirige al interior)
Torvald: ¿Dónde vas?
Henrik: ¿Dónde va a ir a esta hora de la noche? A cambiarse, a dormir, tal
vez… saldrá…
Torvald: Mañana verá la situación de otra manera.
Henrik: ¿Usted cree?
Torvald: Sí, un acercamiento amoroso, un buen sueño… y al despertar los lazos
están fortalecidos, el paisaje es otro. Que Krogstad se haya arrepentido
ha sido oportuno. No quiero pensar en lo que habría sido mi vida.
Ahora bajará el telón sobre esta historia, ¿verdad? Protegeré a Nora,
no le perderé pisada y no podrá cometer una equivocación como la que
cometió.
Henrik: Falta algo. Si no, ¿qué sentido tendría?
(Entra Nora, lleva un abrigo)
Torvald: ¿Te vestiste de nuevo? ¿Con un abrigo?
Nora: Sí.
Torvald: ¿Y para qué?
Nora: No pienso dormir esta noche. Tenemos que hablar.
Torvald: (a Henrik) Ya está todo dicho.
Henrik: Falta un poquito así. Muy poco. Nora, sería bueno un final feliz.
Nora: ¿Usted lo dice? ¿Que ve herencia desdichada por todos lados? Sentate,
Torvald.
Torvald: ¡Ah, mi niña caprichosa! (Se sienta)
Nora: No soy tu niña ni soy caprichosa. En ocho años de casados nunca
hablamos seriamente.
Torvald: (bromista) Bueno, ¡hablemos seriamente!
Nora: Todo eran juegos y risas. (A Henrik) Se lo debo a usted. (A Torvald)
Vos y papá han sido muy injustos conmigo.
Torvald: (se incorpora) ¿Injustos? ¿Nosotros? ¿Quiénes te han amado más?
Nora: No quiero ese amor. Jamás me amaron realmente.
Torvald: Podés dudar de cualquier cosa, menos de esto.
Nora: ¡Sentate!
Henrik: Siéntese, Torvald. Escúchela.
(Con fastidio, Torvald se sienta)
Nora: Recuerdo que con amor papá me exponía sus ideas. A mí me parecían
horribles, pero me callaba porque otras distintas no le hubieran
gustado.
Torvald: Bueno que lo reconozcas. No tenía muchos principios, tu padre.
Nora: ¡Sss! Me llamaba su muñequita y jugaba conmigo como yo con mis
muñecas. Después vine a tu casa, de las manos de papá pasé a las
tuyas.
Torvald: ¡Con mucha suerte! Otro marido no habría sido tan generoso. ¡De lo
que me enteré hoy…!
Nora: He sido muñeca grande en esta casa como fui muñeca pequeña en casa
de papá. Nuestra unión ha sido eso.
Torvald: Exagerás.
Henrik: No exagera, Torvald. Yo lo he visto.
Torvald: Y si lo ha visto, ¿por qué no intercedió para quitarle esas ideas de la
cabeza?
Henrik: Tenía otros planes.
Nora: Voy a dejarte, Torvald.
Torvald: (se levanta) ¡Perdiste el juicio! ¿Abandonarás tu casa, tu esposo, tus
hijos, por un arrebato? Dije palabras duras, pero justificadas. Te
acostumbré mal.
Nora: Esta noche iré a casa de Cristina.
Torvald: (a Henrik) ¿Desde cuándo toma decisiones de este calibre? ¿Desde
cuándo tanto orgullo? ¿Usted se lo inculcó?
Henrik: Puede ser…
Torvald: Mejor que salga de mi casa.
Nora: No. Él quería que habláramos.
Torvald: ¡Y hablamos! ¿Me abandonarás cuando he tenido tanta paciencia con
vos? ¿Con lo que hiciste?
Nora: Juntos, ¿cuántas veces me lo recordarías?
Torvald: ¡Te perdoné, Nora!
Nora: ¿De qué pecado? Ya me libré, Torvald, del perdón, del pecado, del
amor también.
Torvald: ¿Y tus hijos? ¿Los olvidaste? (Chasquea los dedos) ¿Así?
Nora: ¿Cómo? Mala madre me dirán quienes ignoran lo que pierdo. Estoy
dispuesta: a no verlos dormir cada noche, a perder sus risas, sus
abrazos, sus frases… porque ¿qué recibirían de mí? Mi propia
humillación. Los envenenaría con una dulzura tan amarga como la que
sentiría yo si no me atreviera a partir. Mejor que Ana María les haga
de madre, los cuide como hizo conmigo. Ellos comprenderán alguna
vez.
Torvald: Apostar al futuro es gratis, ¿eh? Pero no es seguro, Nora. Nunca
comprenderán que los hayas abandonado. (A Henrik) ¿No se lo
advirtió?
Henrik: No… En ese aspecto tengo mis dudas… En realidad, a mí mismo me
cuesta aceptar la decisión de Nora como razonable.
Nora: Usted imaginó muchos motivos. ¿Se arrepiente?
Henrik: (picado) ¡En absoluto! Pero no deja de ser una decisión extrema.
Torvald: Que tiene un solo significado. (A Nora) Ya no me amás. ¿Es esto?
Nora: Sí. Esta noche esperé un prodigio. Que me aceptaras. Tampoco vos me
amás, Torvald. Si me quisieras, mi culpa también habría sido tuya, tu
indignación furiosa porque me negaba a compartirla.
Torvald: (a Henrik) Los dos entregados al menosprecio y la vergüenza. ¡Buen
final! (A Nora) ¿Es tu última palabra?
Nora: Ya no creo en prodigios. Mañana pasará Cristina a recoger mis cosas.
Torvald: ¿No puedo saber adónde irás? ¿Escribirte? (Nora niega) ¿Ayudarte?
Lo necesitarás, Nora. No conocés el mundo. Ya ves que soy generoso
con vos.
Nora: Adiós, Torvald. Cuidá a los chicos.
Torvald: ¡No, no! ¡También me hundís de esta manera! No puedo arriesgarme a
esta separación. (Le toma las manos) ¡Nora, Nora! Yo sí quiero creer
en un prodigio. ¡Voy a cambiar! ¡Los dos cambiaremos! (Nora se
desase. Torvald, a Henrik) ¡Deténgala! ¡Nora! ¡No puedo verte partir!
¡No puedo! ¡Oh, qué injusticia! ¡Qué desesperación! (Sale apretando
los puños. Tropieza en el umbral con Ana María, la aparta
violentamente) ¡Salga del paso!
Ana María: (con un abrigo sobre la ropa de dormir) Perdón, señora. Me desperté.
Oí… la discusión. (Rompe a llorar) Oh, niña, niña, ¿adónde va?
Nora: A casa de Cristina. Me pesaba no despedirme. Abrazame. Fuerte. (Se
abrazan. Nora le susurra al oído) Te mandaré noticias. (Ana María,
llorando, corre al interior. Nora da unos pasos hacia la puerta, se
detiene, presta atención. A Henrik) ¿No me llaman mis hijos?
Henrik: No. Es un chantaje que no usaré.
Nora: Adiós.
Henrik: ¡Espere! Usted salía primero por esa puerta. (Señala) Luego, Torvald,
después de un instante de intenso dolor, reflexionaba y entreveía un
futuro…
Nora: De prodigios imposibles. Se marchó porque lo humillaba sentirse
trastornado. Me da la impresión de que a último momento usted no se
atrevió del todo, tuvo que dejar una esperanza. El prodigio. Me ha
decepcionado un poco, señor Henrik.
Henrik: (sonríe) Lo sentí, sentí su desacuerdo. Sin embargo, usted pidió mi
ayuda.
Nora: Y se la agradezco. Pero yo no hubiera dejado morir al doctor Rank. Yo
no hubiera sido tan tonta como para falsificar un documento que me
ponía en manos de Krogstad. Yo le hubiera dicho a Torvald que estaba
por morirse y que debíamos cambiar de aire —ya que se le ocurrió eso
— si quería salvarse. Y ante su muerte, Torvald, tal vez… hubiera
aceptado que removiera cielo y tierra para salvarlo… Que me
humillara, rogara, acudiera no importa a quién, a ese Krogstad
despreciable, y falsificara no una, ¡cien firmas!, para conseguir el
dinero… Tampoco, en nombre del amor, hubiera soportado tanto a
Torvald. El bordado y no el tejido, no sabés, no podés… mi pajarito
azorado, mi ave canora… ¡Ah!, su rigidez mezquina que no era
integridad, no, señor mío, no era integridad.
Henrik: Cuando yo la hacía sufrir era para que se diera cuenta. Por fin pudo
decidir lo que quiso, ¿no? Si manejé circunstancias dolorosas, esas
circunstancias la llevaron a ser una mujer distinta.
Nora: Siempre lo fui. Tampoco tan distinta. Simplemente una mujer como
muchas que se ahogaba obedeciendo a su padre, a su marido, a unas
reglas que dictaban otros. ¿Se acuerda? El desasosiego.
Henrik: Sin mí, no hubiera hablado, Nora. Sin mí, no hubiera sabido enfrentar
la adversidad.
Nora: ¿Realmente lo cree? Desde antes, desde mucho antes de que usted
intentara hablar por mí, señor Henrik, ya me estaba escribiendo. Usted
solo me copió a su modo. (Va a salir. Vuelve) Gracias, gracias igual.
(Lo abraza ligeramente) Adiós.
Henrik: Adiós. (Después de un momento sonríe) Buena suerte.
Telón
Belén Blanco.
Alberto Suárez y Belén Blanco.
Agustín Rittano, Victoria Roland y Alberto Suárez.
El don
El don
2014
Personajes
Márgara
Sonia
Efraín
Renata
Fue estrenada en julio de 2015 en la sala María Guerrero del Teatro
Nacional Cervantes con el siguiente reparto: Márgara, Cristina
Banegas; Sonia, Belén Blanco; Efraín, Marcelo Subiotto; Renata,
Claudia Cantero.
Escenografía e iluminación: Gonzalo Córdova
Vestuario: Renata Schussheim
Música: Pablo Cécere
Coreografía: Diana Szelnblum
Asistencia de dirección: Marcelo Méndez
Dirección: Silvio Lang
Márgara: Yo anuncio que el mundo se acaba y nadie me cree. Que vendrá un
cometa y chocará con la tierra. En pedazos se irá la tierra girando y en
pedazos la acogerá el infinito con más piedad que cuando estaba
entera. Digo que un día dejaremos de comer y beber, que la piel se nos
caerá del cuerpo, a la vista el tejido de los músculos, y luego los
músculos caerán en hilachas y mostraremos los huesos en la
oscuridad. Digo.
O seremos sombras de cuerpos inexistentes estampados contra una
pared. Nos bendecirá una bola de fuego y el humo, con su forma de
hongo calcinado, subirá hasta perderse en las alturas derramando
partículas de cenizas y veneno. (Pausa)
Pasó.
O beberemos gas. Y ese gas tendrá un nombre simple y hasta hermoso.
Se cerrarán los pulmones sin tiempo para el grito, solo la respiración
cortada en una asfixia simple y hasta hermosa. Pasó.
Aviones deshabitados arrojarán bombas sobre las casas y no habrá
quien se salve. (Ríe) ¡Ni las lombrices! ¡Pasó!
Desaparecerán los árboles, los pastos y las briznas, y viviremos en lo
estéril hasta morirnos de desvalimiento. Digo esto y nadie me cree.
Pero insisto. Quien me concedió la clarividencia no me permite
rechazarla. (Lanza una especie de gemido y se agobia hamacándose
con los brazos cruzados sobre el pecho. De pronto se endereza, sonríe
con vago sarcasmo, cierta burla) ¿Acaso estoy aparte? ¿Acaso
quedaré sana mientras los otros revientan? No serán esas mis
predicciones. No. Veo miles de caballitos con las cabezas adornadas
con penachos de colores dando vueltas en un redondel de circo. Y en
las gradas del mundo los niños los miran deslumbrados y los padres
aplauden, más felices que ellos porque por fin me han oído y de aguas
revueltas pescaron la sensatez. Todos —ni un malvado se excluyó—
saben ahora que la bondad trae ganancia. ¡Oh, qué corazón liviano!
¡Qué humanidad más bella!, auguro, y no me contradigo. Obedezco
mis deseos y quien me hizo clarividente no puede nada contra mí.
¡También decido! El corazón liviano, la humanidad tan bella.
Sonia y Efraín.
En la chimenea un fuego débil. Se oye el sonido del viento entre
ráfagas de lluvia de distinta intensidad.
Frente a la ventana, Sonia mira hacia afuera. Efraín, sentado a la
mesa, la golpea repetidamente con el puño, el rostro rencoroso.
Sonia: (se vuelve) ¡Efraín…! ¡Ese ruido…!
Efraín: ¿Este? (Golpea) Más me molesta el de la lluvia.
Sonia: Amainó. Yo creo que…
Efraín: (alterado) Nos mandó el agua. Tu madre nos mandó el agua.
Sonia: ¿Qué decís?
Efraín: Desde que llegó —qué casualidad— diluvia, cinco días de trabajo…
(un gesto irritado) Encima nos moriremos de hambre. Para qué la
trajiste, me pregunto.
Sonia: Nadie la cuidaba. Mis hermanos cumplieron. Me tocaba a mí.
Efraín: ¿Por qué no enfrentar la verdad? La hubieran tirado a la calle
(subraya) tus hermanos. No los juzgo, haría lo mismo, ¡pero tus
súplicas, tus lágrimas…!
Sonia: No incomoda. Apenas si se nota su presencia, Efraín.
Efraín: Trae mala suerte.
Sonia: ¡Efraín…! Es una vieja inocente. ¿No viste lo inocente que es?
Efraín: ¿Inocente? ¿Viviendo? ¡Tiene una vida a sus espaldas!
Sonia: Como vos. Como yo.
Efraín: ¡La nuestra mucho más corta! Con menos años. ¡Menos pecados!
¿Qué hace? Viene, nos come la comida y se va a su cucha como un
perro. Pero, ¿qué hace?
Sonia: Dormita.
Márgara: (entra, camina dificultosamente, pero puede erguirse y ser enérgica)
Sí, sí. Dormito todo el día. (Ríe) ¡Pero ahora me desperté!
Sonia: (aparta una silla) Mamá. Vení.
Márgara: (trastabilla, se aferra a la mesa) No. Estoy bien de pie. (Mira a Efraín
curiosamente) Está enojado. (Risueña) Creo que conmigo. Las cosas
te van mal. Con esta lluvia. La traje yo. (Se encoge de hombros) Puede
ser… A veces… quiero un poco de amabilidad. Si me lo pedís
amablemente… la lluvia cesa.
Efraín: ¡Desvaría! Pero en las desgracias acierta. ¿Qué te dije? Nos trajo mala
suerte.
Márgara: ¿Por la lluvia? Durará una semana, dos, pero si lo deseo… (Se estremece)
¡Qué frío! Este fuego no calienta, pura ceniza. También en mi
cuarto tengo frío. ¡Tacaños! (Trabajosamente se acerca a la chimenea,
pone un leño)
Sonia: (la aparta) Dejá. (Agrega otros, aviva el fuego)
Efraín: Gasten leña que la paga el bobo. Todas las necesidades las provee el
bobo. ¡Basta ya! ¡Sonia!
Sonia: (lo mira un instante con dureza. A Márgara) Voy a buscarte un chal.
(Va a salir)
Efraín: (la aferra) Esa mirada…
Sonia: Es la de todos los días, Efraín.
Efraín: (peligroso) Sí, es la de todos los días…
(Sonia le aparta la mano y sale)
Márgara: (abandona su lugar junto al fuego. Busca con la mirada) ¿Qué pasó?
¿Por qué se fue?
Efraín: Se enojó. No la aguanta.
Márgara: ¿Ella? ¡Mi hijita! (Niega tranquilizada) ¡Psst, psst…! Sos vos quien
no me aguanta. ¿Me lo pedís amablemente?
Efraín: ¿Qué?
Márgara: Lo de la lluvia. A mí también me aburre. Pedímelo. Amablemente.
Efraín: ¿Para qué? ¿Para unir su deseo al mío? ¡Ni muerto! (Sale)
Márgara: Debería marcharme. ¿Por qué me odia tanto? Le roe las entrañas, el
odio. Un día viene a mi cuarto y me parte la cabeza con un garrote.
Sonia: (entra. Trae el chal, se lo coloca a Márgara sobre los hombros)
¿Efraín?
Márgara: Salió a mojarse. No me soporta.
Sonia: No digas eso.
Márgara: Lo digo, lo acepto. Fastidio. Cree que le traigo mala suerte. No soy
una muchacha que le alegraría los ojos. ¿Te gusta mirarme?
Sonia: Claro.
Márgara: ¡Hum…! Me odia. Y vos estás en el medio entre él y yo. Esta mañana
los escuché discutir, siempre los oigo aunque estoy sorda —sedienta,
no me daría un vaso de agua— y decidí no dormir más. ¡Decidí…!
Sonia: Sí, mamá. Lo que quieras está bien.
Márgara: Yo vengo de un pasado glorioso, ¿lo sabías? Aún tengo agallas. (Se
golpea el cuerpo) Esto no me vencerá. Lo decidí.
Sonia: Bueno… Está bien, mamá.
Márgara: No me creés. Nadie, ni vos, pone cinco centavos en la balanza de
gente como yo, vieja, con poca carne. ¿Y cómo van a confiar si
temblamos, mostramos la saliva, los ojos legañosos, la piel como un
papel finito? Decime, a mí, mientras mastico, ¿se me ve la comida?
¿Se me escapa el bocado?
Sonia: (se encoge ligeramente de hombros, sonríe) A veces. Pocas.
Márgara: (terminante) No sucederá más.
Sonia: ¿Te pasó el frío? Acercate al fuego.
Márgara: ¡Ah, el fuego, el fuego! Beberé el fuego, masticaré el fuego. (Se
inclina peligrosamente hacia las llamas)
Sonia: ¡Mamá!, cuidado…
Márgara: Sonia, ¡creé en mí!
Sonia: Creo, mamá.
Márgara: Si pongo la mano, no me quemo. (La tiende)
Sonia: ¿No te quemás? (Suavemente le retira la mano) Y bueno, no te
quemás.
Márgara: Solo necesito que alguien confíe para sentirme segura.
Sonia: Estás segura.
Márgara: (rencorosa) ¡Pero con frío!
Sonia: (le acerca una silla a distancia prudencial del fuego) Sentate. Y
quedate un rato sentada. Al calor. Sentadita, ¿eh?, ¡las manos quietas!
Márgara: (arrima más la silla, se sienta dócilmente. Mira a Sonia, cambia de
tesitura) ¿De qué hablamos? No está tu marido, ¡aprovechemos! (Se
levanta, da unos pasos y se detiene. Ampulosa) Yo anuncio que el
mundo se acaba y…
Sonia: (la interrumpe rápidamente, la lleva a la silla) Sí, mamá, sí.
Charlemos.
Márgara: (no oye) ¿Qué?
Sonia: Charlemos.
Márgara: (con desconcierto) ¿De qué?
Sonia: Venían las mujeres a verte, ¿te acordás?
Márgara: Me acuerdo. Hacían cola en la calle. ¡Y yo les cobraba! (Ríe) Querían
saber si tendrían novio, si tendrían suerte… La bendita suerte que no
existe. Nunca les decía la verdad, solo algún pedacito. Pero ahora… de
vieja… si no la digo…
Sonia: Siempre es mejor decir la verdad, ¿no?
Márgara: (continúa) La mentira tiene patas cortas. Frases hechas. Sonia, ¡volá
un poco!
Sonia: No te sigo, mamá.
Márgara: ¡Ahora decidiré! ¡Yo puedo…! Cambiar todo. Me viene el futuro y no
es inerte. Nada es inmutable. Nadie. Para esto envejecí, para saber que
puedo cambiar todo.
Sonia: Sí, mamá. Podés.
Márgara: Lo injusto darlo vuelta como un guante, lo negro en blanco, la
oscuridad en luz. Si vos querés, ¡si las multitudes quieren…!
Sonia: Sí, mamá. Yo quiero, quiero…
Márgara: Hablás como un escuerzo, un loro. No soy boba.
Sonia: Lo sé.
Márgara: ¿Y entonces? ¿Por qué no confiás? ¿Ni en mí ni en lo que digo?
Sonia: Lo hago, mamá.
Márgara: Pero no del todo. ¿O se invirtieron los papeles y soy una niña a la que
hay que conformar?
Sonia: (ríe) ¿Quién te conforma? Imposible, ni aunque lo intentara.
Márgara: (se acerca) Mirame a los ojos. (La escruta) ¿Confiás?
Sonia: (se queda inmóvil. Con una sonrisa incierta) Bueno, mamá, sí…
Márgara: (la rechaza) ¡Tonta! Sos una pared. Las palabras te pasan por encima.
Sonia: (irritada y paciente) ¿En qué debo confiar? ¿Qué debo oír?
Márgara: ¡Mis predicciones! No vaticino catástrofes. Ya no. Las expulsé del
mundo. Veo miles de caballitos adornados con penachos de colores
dando vueltas en un redondel de circo…
Sonia: Es muy lindo, mamá.
Márgara: (excitada) Hay caballitos negros con manchas blancas y blancos de
blancura entera, todos con penachos y los colores se mueven cuando
inclinan las cabezas hacia un lado, hacia otro.
Sonia: ¿Eso hacen los caballitos?
Márgara: ¡Te muestro!
Sonia: No, no. Los veo. Son muy graciosos, las patas finitas…
Márgara: ¿Cómo?
Sonia: ¡Finitas!
Márgara: ¡Trotan! Y todo el mundo los mira y los rostros se aclaran, alegres, y
huye la maldad.
Sonia: ¡Qué bien!
Márgara: Entonces, las desgracias se vuelven pequeñas y no hay palabras
amargas en mi boca, las habituales —desgracias—, una enfermedad, la
muerte…, solo de viejos después de una vida, ¡una vida!… Esto
predico, ¡esto decido! Pero deben oírme.
Sonia: (distraídamente) Por supuesto, mamá.
Márgara: ¡Orejas de elefante! De otro modo seguirán con sus tristezas, su
transcurrir sin gloria sin enterarse de que puede ser distinto. Por eso le
pedí a Efraín que si le molesta la lluvia me solicite amablemente… (se
pierde) porque la amabilidad…
Sonia: Facilita las cosas. ¿Te pasó el frío, mamá?
Márgara: (inquieta) Tengo que ir a la playa.
Sonia: Otro día.
Márgara: En la playa, el mar me ayuda, salen mejor mis palabras, más altas, más
firmes. (Va hacia la puerta)
Sonia: (la detiene) Llueve. Vamos a comer algo, ¿eh?
Márgara: (desvalida) ¿Comer…?
Sonia: Sí. Te preparo algo rico.
Márgara: No me escuchaste.
Sonia: Sí, mamá. Te escuché.
Márgara: ¡Yo quiero salvarlos! Que entiendan que la bondad trae ganancia, se
lleva el odio, las guerras, la muerte…
Sonia: (conmovida) Sí, se llevará todo, mamá… Todas las penas.
Márgara: Iremos juntas a la playa.
Sonia: Mañana, ¿eh?
Márgara: Mañana. (Recapacita) Está lejos mañana. Aunque Efraín no me lo
pida —amablemente— ya vaticino —no puedo esperar—, ¡ya mismo
decidiré…! ¡En este instante!
Sonia: (cansada) ¿Qué decidirás, mamá?
Márgara: ¡Un cielo claro! Una nubecita acá, allá… Y… ya que estamos, ¡el sol!
No cualquiera, un sol ardiente que en un santiamén borre la humedad,
seque la tierra. (Le hace signo de espera) No me apurés. (Cesa todo
ruido de tormenta. Después de un momento, entra Efraín)
Efraín: (con el rostro imperturbable) Paró la lluvia. Era hora, ¿no?
Márgara: (se ilumina) ¿Y el sol no apareció… todavía? (Feliz, repite el gesto de
espera) No se impacienten. ¡Un instante! ¡En un instante…! ¡Ya…!
(Un pálido sol atraviesa la ventana)
Márgara y Sonia. Márgara parece más joven, está tejiendo.
Márgara: (alegremente) ¡Veo los puntos! Sí. Veo los puntos, revés, derecho,
punto mariposa, punto arroz. Lo que no sé, ¡yo, que vaticino!, lo que
saldrá de esto. ¿Una echarpe, un pulóver?
Sonia: Esta mañana fui a tu cuarto y no estabas.
Márgara: ¿Qué?
Sonia: No estabas.
Márgara: ¡Oh, tenía que invocar!
Sonia: Fuiste hasta la playa. Sola. No debés hacerlo.
Márgara: ¡Invocar en voz muy alta para que la humanidad me escuche!
Sonia: ¿Por qué no en tu cuarto, tranquila?
Márgara: Me gusta más la playa.
Sonia: Podías caerte en el camino.
Márgara: Sí, podía. Pero no me caí. Me paré frente a las olas, que estaban
serenas, como agua mansa, y me sentí contenta, llena de fuerza,
invoqué el pasado y el futuro.
Sonia: (sonríe) El pasado lo conocés. Fuiste muy loca.
Márgara: Tiraba las cartas, ¡y cómo acertaba! (Ríe) Pero a las mujeres que
venían a verme no les decía toda la verdad. Solo lo bueno.
Sonia: Sí, lo sé. Se iban felices.
Márgara: (ríe) ¡Aunque después las partiera un rayo! (Abandona el tejido) Les
tenía piedad. No me guardaban rencor. Al mes volvían. Si no eran
afortunadas, las conformaba creer que podían serlo. Craso error.
Sonia: ¿No estás cansada, mamá?
Márgara: No. Era un trabajo agradable, ¡siempre augurando buenas nuevas! Me
pagaban con gusto, quien más, quien menos… ¿Qué te parece si
ahora…?
Sonia: No, mamá, no.
Márgara: Ganaría plata. ¡Serían sesiones particulares! Adivine, adivinadora,
¿puede atenderme, señora? (Ríe) Tu marido, que tiene tres barcas y se
queja, me miraría con otros ojos.
Sonia: Dale tiempo.
Márgara: ¿A ese?
Sonia: A que se acostumbre.
Márgara: ¿A mí? Ese no se acostumbrará más que a lo que quiere. Se
acostumbró al dinero.
Sonia: Está al caer. ¿Por qué no vas a tu cuarto? No porque lo fastidies. A
dormir una siesta.
Márgara: (sigue su hilo) ¡Yo le sacaré a tu marido los vicios y las mañas! ¡Lo
transformaré en un cordero! ¿Qué dijiste?
Sonia: Que te vayas a tu cuarto, a dormir una siesta.
Márgara: ¿Me mandás a mi cuarto? ¿Ahora? ¿Que estoy tan entretenida? Salgo
de una siesta y me meto en otra. No es justo, ¡andate vos a dormir! (Se
abre la puerta. Aparece Efraín acompañando a Renata)
Efraín: Les traigo compañía. Quiere ver a tu madre.
Márgara: (contenta) ¡A mí! ¡Qué trastorno, ¿ves, Sonia?, no puedo hacer la
siesta!
Sonia: (a Efraín) ¿Para qué?
Efraín: (ácidamente) Para divertirse un rato, ¿no, señora?
Sonia: Pase. Renata, ¿verdad? Nos encontramos alguna vez.
Renata: En el mercado.
Sonia: (señala a Márgara) ¿Quiere hablarle?
Renata: Estoy preocupada.
Sonia: ¿Pero qué…? Ella no conversa mucho, salvo conmigo. Está un poco
sorda.
Renata: Dicen que ve más allá del presente. Los chicos lo dicen. Ellos la
espían detrás de las piedras en la playa, donde grita y… También dicen
que no está en sus cabales. Pero yo no lo creo. Si me atiende, le
pagaré.
Sonia: Ni se le ocurra pensar.
Efraín: Callate, Sonia.
Márgara: (se acerca a Renata, la mira con interés, intensamente) No quiero
hablarle. (Se aparta) No la conozco. ¿Dónde está mi tejido? Lo había
puesto… ¿dónde?
Efraín: Le pagará.
Márgara: ¿Qué?
Efraín: ¡Le pagará!, ¿no oyó?
Renata: Y si no acepta el dinero, le pagaré con gratitud.
Efraín: No, ¡lo acepta, lo acepta!
Márgara: ¿Entonces dejarás de odiarme?
Efraín: Yo no la odio, señora.
Márgara: No le cobraré.
Efraín: (se indigna) ¿Qué hago acá, entre polleras? Sonia, terminá pronto. (Al
aire, pero obviamente a Márgara) ¡Imbécil! (Sale)
Márgara: Tampoco conversaré con ella.
Renata: ¿Por qué no quiere hablarme? La molestaré apenas. Solo una pregunta.
Márgara: Yo estaba ocupada, tejiendo, ¡quiero seguir tejiendo! ¡Tenía que
dormir la siesta!
Sonia: Después, mamá.
Márgara: Ah, ¿ahora después? Porque te conviene, no. ¡No me molesten!
(Encuentra el tejido. Nerviosamente, lo manosea, nerviosamente lo
saca de las agujas) ¡Oh, se me escaparon los puntos! ¡Qué desgracia!
Sonia: Mamá, atendé a la señora. (La va a buscar) Ignoro qué quiere decirte,
pero solo le tomará un momento. A vos también.
Márgara: ¿No estaba un poco sorda? (Caprichosa) ¿No me oyen? ¡No oigo!
Sonia: (persuasivamente mientras la conduce) Quizás quiere que le tejas una
echarpe, un pulóver…
Márgara: ¿Sí? ¡Me encantaría! (Se empaca) No. ¡No quiere eso!
(Agresivamente, a Renata) Vaticino el futuro, señora mía, pero no
aquí, ¡no para usted! ¡Vaya a otro lado a que le tiren las cartas!
Renata: ¿Adónde? Si es verdad que usted conoce el futuro, no me lo oculte. Mi
hombre está enfermo. Quiero saber si se curará.
Márgara: (enojada) ¡No sé!
Sonia: Mamá…
Márgara: ¡Silencio!
Renata: Tiene fiebre, dolor. Los dientes apretados, se le han puesto más
grandes los dientes.
Márgara: (evita mirarla) ¡Come mucho! ¡Por eso!
Renata: Hace días que no prueba bocado. Antes, lo poco que comía tampoco le
llegaba al estómago. Me lo arrojaba sobre las sábanas. Antes, se
quejaba. Ahora ni siquiera. Ya no me reconoce.
Márgara: ¿Y qué tengo que ver? No me ocupo de estos casos. ¡Predico a
multitudes! ¡Ahí sí vaticino el futuro!
Renata: ¿Cuál es el mío?
Márgara: ¡Viuda!
Renata: (sonríe débilmente) No. Mi marido se salvará. ¿Se salvará? No me
importa cuidarlo si por fin abre los ojos, se sienta en la cama, murmura
mi nombre.
Márgara: (como los niños, se cubre el rostro con las manos) Me escondo.
Márgara no está. ¡No estoy!
Sonia: Déjela. Se inquieta. Ella no puede ayudarla. Mucha vejez lleva
encima, está muy frágil. Es raro que se encuentre lúcida.
Márgara: (descubre el rostro, furiosa) ¿Qué te metés con mi vejez? No es un
estado, ¡es un tránsito! ¡Estoy lúcida, despierta!
Renata: Entonces dígame…
Márgara: Entre cuatro paredes no sé nada. Menos de tu marido. En la playa, ahí
tenés que escucharme. Ahí hablo y vaticino que miles de caballitos
con las cabezas adornadas con penachos de colores… Solo ahí puede
salvarse tu marido.
Renata: (con un hilo de voz) ¿No en su cama? ¿Qué dice? No me vaticine su
muerte. Y si me la vaticina, que sea después, no antes de la mía. Quien
conoce el futuro da las armas para cambiarlo.
Márgara: ¡Muy bien! ¡Como si me hubieras oído!
Renata: ¿Se salvará?
Márgara: (la mira. Después de un silencio, terminante) No. Solo no. Con la
cabeza bajo las mantas, no se salvará en su cama.
Renata: ¿Qué? ¿Qué? ¿Y dónde?
Sonia: Mamá… ¿Qué decís? Callate.
Márgara: Ni siquiera podrás darle el roce de tu mano. Apartá a tus hijos porque
lo que tiene alcanzará a otros cuerpos. Los enfermará.
Renata: ¿Esto me augura?
Márgara: ¿Qué pretendés? No soy yo la que te quita la esperanza.
Sonia: ¡Se la quitás, mamá!
Márgara: No. Fueron sus palabras. (Se toca la boca. A Renata) ¡Hay que tener
cuidado! Mató la esperanza todo lo que dijiste. ¡Firmaste la sentencia,
querida!
Renata: ¿Me culpa a mí? ¿Por qué no puede recuperarse? ¡Era un roble! Nunca
estuvo enfermo. Ni un resfrío. (Silencio de Márgara) ¿Y ahora…?
¿Qué tiene? ¿Qué enfermedad que no puede curarse?
Márgara: (implacable) Una mortal. Vaticino lo que veo. Y ahora no veo
caballitos. Lo veo a él bajo tierra.
Renata: No. (A Sonia) ¿Cómo le permite…?
Márgara: Dentro de… tres días. Ni uno más ni uno menos.
Renata: (a Sonia) ¡Mírela! Predecir desgracias la rejuvenece. Era una vieja. ¡Y
ahora…! Le brillan los ojos, contenta de predecirlas.
Márgara: No puedo conformarte. También me habrías odiado si a tu marido le
hubiera predicho la salud y a tu retorno lo hubieras hallado muerto.
Renata: ¡Cállese! ¡Le brillan los ojos! Se te tuerza la lengua en un nudo, ¡te
mueras vos!
Márgara: No te enojés conmigo.
Renata: ¿Y con quién? ¡Tenía esperanzas! ¿No podía mentirme? Aunque fuera
un segundo para sacarme un segundo este peso, ¡este peso!
Sonia: (le pone una mano en el hombro, la lleva hacia la puerta) Venga. La
acompaño.
Renata: Se curará, ¿verdad?
Sonia: Sí. No debe hacerle caso.
Renata: (vuelve la cabeza. A Márgara) ¿Por qué me vaticinó esa desgracia?
¿Se regodea, la hace feliz?
Márgara: No. Ni feliz ni desdichada. A veces enderezo las cosas pero no siempre
puedo. Todos juntos podemos salvarnos y ayudar a alguien más a que
se salve. Si todos me acompañan, entonces tengo el poder de muchas
manos, el aliento, la voluntad unánime. Con los muchos, señora,
vaticino y decido. Con la muerte en una cama y alguien que llora solo
esa muerte, no, ¡no puedo! ¡Váyase!
Márgara en la playa (desierta).
Márgara: ¡Oh, vienen a oírme! Salvo Sonia, a quien Efraín se lo prohibió. No
importa. A ella le diré después mis predicciones, al oído, como cuando
era chiquita y le contaba cuentos de caballitos, dragones, unicornios. Y
se dormía con ellos porque aparecían en la noche alrededor de su
cama.
(Mira) ¡Cuántos, cuántos! Más allá de donde alcanza la mirada.
Millones y millones. Están todos, hasta los de ánimo secretamente
tenebroso. ¡Efraín, Efraín! Desde la punta de los pies a la cabeza, la
esperanza les calienta el cuerpo. Esperan mis vaticinios. Si me oyen,
mis predicciones se harán verdad. Como decir: ¡todos unidos
venceremos! (Ríe) ¡Efraín! Babean porque la esperanza hace babear
con un zumo agridulce, sonríen y miran con los ojos como platos a mis
caballitos trotando con sus penachos de colores…
¡Más cerca! Abran las orejas, extiendan las orejas de elefante, para
que no se les pierda una palabra. Yo auguro el corazón liviano, la
humanidad tan bella. No solo auguro, ¡decido!, que nunca les caerá
encima una catástrofe —ni la guerra, ni el hambre ni el secuestro—.
Ya no padecerán el vuelco de una embarcación sobrecargada donde
compartirían con seres desvalidos la búsqueda de una imposible
alianza con la dicha, no naufragarán más, no aparecerán hinchados por
el agua, comidos por los peces. Están en el mundo y el mundo ha
dejado de ser el enemigo, los cobija, los protege, los cura y los salva.
¡Madre, madre! Les abre las puertas, maternal y fraterno, y los
alimenta con todos los bienes de los que les privó el egoísmo. Todas
las heridas se han cauterizado. Ya no tendrá razón de existir el
arrepentimiento —¿de qué?—, la expiación, no mostraremos la figura
obscena y satisfecha de quienes provocaron sufrimiento para ser más
poderosos, más ricos, más innobles, ni la faz masacrada de quienes lo
padecieron. Nuestra memoria, incluso nuestra memoria, está limpia
porque nos reconocemos buenos. Crimen, se preguntan, ¿qué era el
crimen? ¿Un acto, un deseo? ¿Acariciar, comer, sentir nostalgia? No lo
sabrán por más que intenten recordarlo porque han cambiado de tal
modo, tan enteramente, que no les quedará la memoria de un acto
inconcebible, no hay sangre en las manos para tratar de desvanecerla
bajo el agua. Ya ningún temor de unos ni culpa o regodeo de otros por
tanto sufrimiento, los campos de exterminio, los hornos en la noche y
la niebla, los cuerpos torturados y las tumbas sin nombre, tanta
maldad, tanta maldad… El que me concedió el don del vaticinio no
puede nada contra mí, (señala) ¡ellos se han convencido! ¡Efraín,
Efraín! ¿Cómo es mirar sin odio? ¿Cómo, actuar sin devastar el
universo en cada uno que agraviaste? ¿Sentís ahora el corazón ligero?
Oíme. ¡Óiganme todos!
Vaticino llanuras verdes y fértiles contra el hambre, y montañas
intactas, ríos y mares de aguas transparentes y una humanidad
entregada a la bondad de cada gesto. ¡Y cómo lucirá el sol! Cómo
vendrán las lluvias con regularidad precisa, callarán los terremotos y
desaparecerán los tsunamis porque ni aun la naturaleza se atreverá a
oscurecer los resultados de la bondad. Cómo perderemos el miedo a la
nada. Después de una vida dichosa, nos acostaremos y la muerte será
el sueño bajo sábanas limpias. O si nos empeñamos, con la tozudez de
los agónicos por morir —con dulzura—, nos iremos serenamente en
navíos plateados atravesando el mar, serenamente.
Esto predico, esto auguro, ¡oh, con el corazón liviano, con mi
humanidad tan bella!
Efraín. Entra, silba con el rostro despejado.
Efraín: (mira a su alrededor, poco a poco se oscurece) ¡Qué casa! Si esto es
un hogar… Tristeza y mugre. Dos mujeres y ninguna limpia, una por
vieja y la otra por ociosa. (Pasa la mano sobre la mesa, se la observa)
No está tan sucio… Y si comprara mejores muebles… Una lámpara
allí… Una sorpresa para Sonia, una alegría. No tiene muchas. ¿Y por
qué darle una alegría? ¿Quién me la da a mí? La vieja dijo que todos
debíamos acatar su vaticinio: ¡la humanidad tan bella!, todos cultivar
la sensatez y entregarnos a la bondad. (Ambiguo) Pajaritos, pollitos,
escarabajos… ¡todos buenos! Nos vemos y nos besamos. Me quito el
pan de la boca y se lo doy a un infeliz. No toco un arma, ¡ya no
existen! No provoco sufrimiento y nadie me convence de que el odio
está en mi naturaleza. La vieja vaticinó que la bondad… y en ese
momento casi… (Ríe a su pesar) ¡Me río como un tonto! Cometí una
grandísima tontería y no me parece grave… me río…
Sonia: (entra) Efraín… ¿silbabas? Creí oír… ¿Eras vos? (Él la mira, sonríe y
silba después de un instante. Sale a su encuentro y la abraza
fuertemente. Sonia, recelosa) ¿Qué pasa?
Efraín: ¿Qué debe pasar para abrazarte?
Sonia: Hacía mucho que no…
Efraín: Me acerqué a la playa. Oí a la vieja. (Ríe) ¡Se te escapa siempre!
¿Dónde está ahora?
Sonia: En su cuarto.
Efraín: ¿Y qué hace?
Sonia: Duerme.
Efraín: (irónicamente) Mejor que descanse, sí. ¡No está a la vista! ¡Qué alivio!
Sonia: Preparé de comer.
Efraín: Tu obligación, ¿no?
Sonia: La cumplo.
Efraín: (cambia de tono) Duerme. ¿Está caliente su cuarto? Sufre el frío.
(Aviva el fuego) Cuando despierte, que haga calor aquí, por lo menos.
Sonia: (desconfiada) ¿Te importa?
Efraín: ¿Cómo no? Regalé mis barcas, Sonia.
Sonia: ¿Qué?
Efraín: Solo me queda una y saldré yo, al mar, en lugar de mirarlas partir o en
lugar de apartarme egoístamente haciendo cuentas, amontonando un
dinero que no uso.
Sonia: (sonríe débilmente) ¿Es verdad? No es propio de vos que…
Efraín: Éramos una multitud. Y el corazón se me puso ligero, el rencor se fue,
como un animal salvaje que ve la puerta abierta de su jaula. Y no lo
seguí. Lo dejé marchar. Y mis hombres, los pescadores de mis barcas,
que me miraban con resentimiento porque corrían riesgos con poca
paga, me reciben agradecidos con los brazos abiertos…
Sonia: ¿Querés comer ya? Es la hora. ¿Te traigo la comida?
Efraín: Preferiría un café. No tengo hambre.
Sonia: Te lo preparo en seguida. (Se aleja)
Efraín: Y les hablé a borbotones, a todos, porque lo primero que me trajo la
ausencia de rencor fueron palabras. Palabras cuidadosas. Solo buenas
palabras. (Ríe) Oh, ¿esto es la bondad? ¿Es tan simple, cuesta tan
poco? (Bajo) Aunque Sonia me irrita y me trajo a esa vieja… (a
Sonia) Fue ella, tu madre. Ella me volvió sensato, me transformó de
piedra en agua. Mansa.
Sonia: (pone pan y el café sobre la mesa) El pan…
Efraín: (se sienta, lo toca) No es pan fresco.
Sonia: Compré mucho ayer y…
Efraín: Y hoy no compraste. ¿Acaso no calculás algo tan simple? ¿El pan de
cada día? (Ríe) No importa. Gracias, ¿te decía gracias antes?
Sonia: Nunca.
Efraín: Pues ahora oirás esa palabra hasta cansarte. Me dirás: ¡basta de
gracias! ¡No me agradezcas tanto! (Prueba el café, tuerce el gesto)
Sonia: ¿Está bien?
Efraín: Frío. No te preocupes. Si está frío diré que necesitaba una bebida de
verano. Igual lo tomo.
Sonia: Lo caliento.
Efraín: Recalentado es peor. ¿Por qué estás asustada?
Sonia: Te irritás.
Efraín: No. Lo juro. (Subraya con amabilidad ficticia) Gracias, Sonia. Con
gusto beberé este café que me preparaste… amorosamente.
Amorosamente, ¿no?
Sonia: Sí.
Efraín: Si no me gusta, me aguanto. Beberé esta taza de café… (bebe, se
atraganta) ¡amargo, ácido, frío! ¡No se puede tragar! ¡Sabe a trapo
viejo! ¡Veneno puro! (Con violencia arroja la taza) ¿Cuándo
aprenderás a preparar un café caliente, sabroso? No es tan difícil,
¿verdad?
Sonia: (recoge la taza) Preparo otro. Y esta vez…
Efraín: ¡Será lo mismo! ¡Ah, te agobio de exigencias! ¡Pobrecita!
Sonia: ¿Qué esperás de mí? Aparte de un café que no podés beber.
Efraín: ¡Nada! ¡No puedo esperar nada! ¿Cuándo aprenderás lo mínimo? ¿A
preparar un café, a cocinar? ¿A no hacer causa común con tu madre?
¿Cuándo me mirarás con amor?, porque no tengo tu amor, estoy
seguro.
Sonia: Te quiero, Efraín.
Efraín: (se levanta, voltea la silla) ¡No lo necesito tampoco! ¡Esta es mi
suerte! ¡No necesito tu amor!
Sonia: Entonces retiraré el mío. En realidad, ya se fue.
Efraín: Sí, con alguno. Cualquiera puede venirte bien porque en el fondo sos
una puta frustrada, solo eso.
Sonia: ¿Cómo no serlo con vos?
Efraín: ¿Qué? ¿Así me contestás, con esa saña? ¿A mí, que te mantengo, que
me banco a tu madre?
Sonia: Me la llevaré. Me iré con mis hermanos.
Efraín: Tus hermanos son como yo, de poco aliento para lo que no les gusta. Y
de vieja, tu madre no les gusta. Y vos… ¿qué harás… (subraya) con
tus hermanos? ¡Llevarás la gran vida! ¿Cómo vas a pagar el pan que te
arrojen, el techo que no quieren ofrecerte? ¡Estúpida! Sos buena y no
tenés la fuerza, ¡qué desperdicio de bondad! No, Sonia. Te quedarás
aquí, en tu casa, y no te equivoqués, no abuses porque podría
arrepentirme. Te echaría yo, ¡por esa puerta!
Sonia: Te creo. No te costaría mucho. ¿Hasta dónde es mi casa? ¿Cuándo lo
fue?
Efraín: Es cierto. Es la mía. Igual te quedarás aquí a respetarme, a servirme —
mal— sin abrir la boca. Bastante tengo con tu madre, ¡la que delira!
Sonia: No te abandonó el rencor. Lo tenés bien adentro, no importa contra
qué, contra quién. Me abrazaste, Efraín. ¿Por qué? ¿Fue tu rencor? ¿Él
te movió los brazos, te obligó a la ternura? ¿Por qué, a pesar de mi
desconfianza, me hiciste creer…?
Efraín: Lo que quisiste. Nunca fuiste muy inteligente, Sonia. Tan poco
inteligente como esos que creyeron que les regalaba las barcas y les
perdonaría las deudas. No podés enfrentarme. Yo respiro con el odio y
vos con la bondad. ¿A ver quién gana?
Sonia: Dijiste…
Efraín: ¡Lo que dije se lo llevó el viento! ¡Basura! ¡Te quemaría viva! (La
golpea)
Sonia y Márgara. Sonia con la huella de un golpe en la cara y una
expresión endurecida.
Afuera, de nuevo un temporal de viento y lluvia.
Márgara: (levanta el tejido informe. Lo observa) No tengo ganas de tejer.
Sonia: (secamente) No sé con qué podés entretenerte entonces.
Márgara: ¡Pensando! Por más que pienso no me lo explico. ¿Vos entendés esto?
Sonia: ¿Qué, mamá?
Márgara: La tormenta. Esta tormenta de verano.
Sonia: No es de verano. Hace frío. Este amanecer derribó árboles y se llevó la
mitad del muelle. Causó estropicios.
Márgara: ¿Qué?
Sonia: Efraín está furioso.
Márgara: No, ¡qué va a estar furioso! Es un pan de Dios, lo vi en la playa.
Sonia: Duro. Probá a hincarle el diente a ese pan de Dios.
Márgara: No te entiendo. Tampoco entiendo esta tormenta. Anuncié que ni la
naturaleza se opondría a la bondad. Es raro, ¿no?, que ahora…
Sonia: (impaciente) Sí, mamá. Muy raro.
(Remite la tormenta. Un pálido sol cruza diagonalmente la ventana)
Márgara: ¡El sol! ¿No te decía? No fue más que un capricho de… (señala hacia
arriba) ¿Cómo está el pueblo? Cambió, ¿no?
Sonia: No salí.
Márgara: Entre todos podrían preparar una fiesta, grande, para celebrar… Con
caballitos dando vueltas a la plaza…
Sonia: No hay caballitos en el pueblo, mamá.
Márgara: ¡Yo presto los míos! Si no… ¿Hay chanchos?
Sonia: Sí.
Márgara: Pueden ser chanchos con una cintita… (se señala el cuello) Basta que
los vecinos se vistan para la fiesta, elegantes. ¿Qué llevamos? Prepará
una tortas. ¡Son ricas tus tortas!
Sonia: (la mira oscuramente) A Efraín no le gustan.
Márgara: (no oye) ¿A quién no le gustan?
Sonia: ¡A Efraín!
Márgara: ¡Que no las coma! Para el que no quiere siempre hay. Así me decían
de chiquita. ¡Qué desgraciados! Me quedaba de una pieza y me comía
lo que había. (Ríe)
Sonia: Decíselo a Efraín.
Márgara: ¡No hace falta! ¡Devora tu comida, le encantan tus postres!
Sonia: ¿Desde cuándo?
Márgara: ¡Ahora! ¿No es agradecido, no te dice ¡gracias! a cada momento? ¡Y
qué generosidad la suya!
Sonia: No delires, mamá.
Márgara: ¡Lo vi! Me escuchaba abrazándose a la multitud, embobado, ¡con una
expresión tan dulce! ¿Acaso no conservó la dulzura, eh? ¿Viste,
Sonia? (Da unos pasos bailando) ¡Mis predicciones se cumplen!
Sonia: Me golpeó.
Márgara: ¿Qué? ¡No te oigo!
Sonia: Sí, tan dulce. Con dulzura peleó con los hombres a los que regaló las
barcas. No había firmado papeles, así que sigue siendo el patrón de las
barcas, siguen siendo suyas, mamá. Y hoy, a pesar de la tormenta, los
hombres se tragaron el rechazo —porque los conminó—, y se
embarcaron como en un día apacible. Salieron al mar. A la tormenta.
Márgara: ¡A pescar!
Sonia: ¡A ahogarse! Si naufragan, solo me alegrará que Efraín pierda sus
barcas.
Márgara: (desconcertada) ¿Qué me decís, Sonia?
Sonia: Te miento (señala la mejilla) y este golpe miente. (Llaman a la puerta.
Sonia abre) ¿Renata?
Renata: (entra) ¿Está sola? Vine a disculparme. Con usted. Aproveché el
momento en que paró la lluvia. Estaba tan conmocionada el otro día…
Sonia: ¿Su marido…?
Renata: Está mejor.
Márgara: Bajo tierra.
Sonia: (la desestima con un gesto impaciente) Me alegro mucho, Renata.
Renata: Me fui alterada, ¡tan fuera de mí que…! Ella me acongojó con sus
predicciones. Pájaro de mal agüero. Perversa. (A Sonia) Perdón.
Márgara: ¡Pedime perdón a mí! ¡Me insultaste! ¡A ella no!
Renata: ¿Qué pretende?, se ensañó conmigo. Su hija me confortó, ¡pero
usted…!
Márgara: (desafiante) ¡Te dije que con un agonizante en una cama, en un cuarto,
no puedo nada! Solo con la multitud tengo poder. Ayer, frente a la
multitud, fueron otras mis predicciones, y ahí mismo se cumplieron,
señora. ¿Por qué no estuvo?
(Vuelve bruscamente el vendaval. Un golpe de viento abre la ventana)
Sonia: (corre y la cierra) Llueve a cántaros. Diluvia.
Márgara: No lo entiendo. Me voy a concentrar y… (cierra los ojos)
Sonia: ¿Regresaron las barcas? Ya deben estar de vuelta, ¿no?
Renata: Usted lo sabe, solo salieron las barcas de su marido. Y no regresaron.
Márgara: Un cielo claro. Una nubecita acá, allá…
Renata: Las mujeres esperan en la playa. Empapadas, otean el horizonte que es
un borrón oscuro. Las compadezco.
Márgara: Con ustedes hablando no puedo concentrarme. ¡Por favor…!
(Mascullando rezongos las oye con expresión inicialmente
enfurruñada)
Renata: Por suerte, ninguno de mi familia está embarcado. Después de lo que
pasé, solo me faltaría esta angustia.
Sonia: Esos pescadores son curtidos. ¿Acaso tontos? ¿No veían el tiempo, la
amenaza que presagiaba la tormenta?
Renata: Veían al señor Efraín. Dependen de él.
Sonia: ¿A ciegas? ¿Siempre?
Renata: Cuando de un lado hay hambre y del otro usufructo, nada hay en el
medio. Solo necesidad.
Sonia: Efraín no arriesgaría sus barcas.
Renata: Las creía seguras. En todo caso creyó que a lo sumo podría perder uno
o dos hombres sorprendidos por el oleaje en cubierta. Se equivocó.
Márgara: Tranquilas. ¡Volverán sanos y salvos! Todos. Y traerán tantos peces
que las mujeres en la fábrica trabajarán día y noche para poner las
sardinas en latitas.
Renata: No sé por qué me enojo con ella.
Sonia: Es una vieja, no le haga caso. No coordina, no habla ni piensa
sensatamente. ¡Y está sorda!
Márgara: (las oye incrédulamente) ¡Esto lo oí! ¿Yo no coordino? Todos me
oyeron ayer, me besaron el borde de la túnica. Reconocieron la dicha
que traía la bondad, y así se fueron, bondadosos como les había
predicho.
Renata: (ácidamente) Acertó.
Márgara: (vengativa) ¿Creés que fallé? ¿Estás segura de que tu hombre mejora?
Pueden ser esas mejorías antes de la muerte.
Renata: ¡Cállese! (a Sonia) ¡Hágala callar!
Sonia: ¡Mamá…!
Márgara: Solo los que sueñan juntos se van en navíos plateados mirando
serenamente el mar. Los otros, que quieren morir en su cama, mueren
solos en su cama. ¡Y son enterrados bajo tierra!
Renata: (a Sonia) Adiós. Adiós, señora. Gracias por atenderme.
Sonia: No se vaya aún. Espere a que cese la tormenta.
Renata: Ya casi pasó. De cualquier modo, mejor desafiar la tormenta que oír a
su madre. Me inquietaría de nuevo. (Sale)
Márgara: ¡Qué carácter terrible! ¡No es mala! Pero la bondad se le escapa. Se
supone que convencí a los que estaban cerca y convencí a los que
estaban lejos. Pero, claro, nunca es tan efectivo… a la distancia…
Sonia: Sí, mamá. Andá a tu cuarto, descansá un poco. ¡Dejame en paz!
Márgara: Tengo frío. No está encendido el fuego.
Sonia: Efraín no compró leña. Dice que ya viene el verano. ¿Lo ves el
verano? (Señala)
Márgara: Oh, no compró para darte una sorpresa. Vendrá con una estufa. ¡Con
dos! Una para mí.
Sonia: Se quedará con las casas de los pescadores. Les ha dado dinero y no ha
sido un regalo.
Márgara: Querés decir…
Sonia: (duramente) ¡Que es lo que es! Y no cambia. Pronto tendrás que
volver con mis hermanos. Efraín no te soporta, no te quiere aquí.
Márgara: Te equivocás. Me adora. ¡Y a vos también! (Entra Efraín. Márgara,
contenta) ¡Efraín!
Efraín: Las dos juntitas.
Sonia: ¿Qué sucedió, Efraín?
Efraín: ¿Te interesa saberlo?
Sonia: ¿Cómo no?
Efraín: ¡Qué satisfacción me das!
Sonia: Por favor, Efraín…
Efraín: Solo a mí me atañe. Solo yo sufro pérdidas. Las barcas no volvieron.
O volvieron unos desechos, unas cuerdas, un pedazo de mástil. Como
presagio basta. ¿Cómo no me lo advirtió, señora?
Sonia: Dios mío…, ¿no se salvó… ninguno?
Efraín: Rescataron al más viejo, al más prescindible. Devolvió tanta agua
como un tonel de vino… aguado. Los demás se hundieron. (Señala a
Márgara) ¡Qué suerte nos trajo!
Márgara: ¡Yo no lo vaticiné! ¿Cómo es posible? ¡Vaticiné un futuro sin
catástrofes! Decidí ese futuro y todos me acompañaron, decididos
conmigo a vivirlo. Estabas en la playa, ¡me oíste!
Efraín: (a Sonia) ¡Hacela callar! Sacámela de encima porque de otro modo te
irá mal, Sonia. ¡Sacámela de encima!
Sonia: Mamá… andá a tu cuarto.
Márgara: ¡No quiero!
Sonia: (toma el tejido, se lo pone en las manos) ¡Andá!
Márgara: ¡No quiero! Menos tejer. ¡No me vas a mandar como a una estúpida!
Efraín: ¿No quiere ir a su cuarto? ¡Entonces afuera!
Sonia: ¡No, Efraín!
Efraín: ¡Afuera!
(Suenan los impactos de unas piedras arrojadas contra la pared
exterior. Es una andanada que dura unos minutos)
Márgara: (incrédula) ¿Qué tiran? ¿Nos tiran piedras? (Abre la ventana, mira y
retrocede con el golpe de una piedra)
Sonia: ¡Mamá! ¡No! (cierra) ¿Estás loca?
Márgara: (aturdida) ¿Qué fue? (Se frota el hombro)
Sonia: Una piedra. ¿Te lastimó?
Efraín: Este es el resultado. Así responden. Les calentó la cabeza.
Márgara: ¡No es contra mí! ¡Es por tus barcas que no volvieron!
Efraín: ¿Sí? ¿No les predijo la bondad? Los buenos disculpan, perdonan. ¡Que
los enfrente! No le harán daño. (La empuja hacia afuera) Váyase,
señora. No me irrite. Váyase tranquilamente.
Sonia: No, Efraín. Dejala.
Efraín: ¡Apartate!
Sonia: ¿Qué te hizo? Dejala.
Efraín: ¡Te irás vos con ella! Que vaya a predicar a los ahogados. Perdí las
barcas. Te dije que podría echarte yo, ¡por esa puerta! Me cansaste.
¡Fuera las dos! Piensen en excusas que no se caigan porque se las
comerán vivas, los buenos. Váyanse. (Márgara, asustada, se esconde
detrás de Sonia) ¡Usted también, señora! ¡Afuera! (Las empuja
brutalmente)
Sonia: ¡Efraín, por Dios!
Efraín: (las expulsa. Cierra la puerta, la asegura. Se oye la voz de Sonia
gritando “¡Efraín, Efraín! y unos golpes en la puerta que disminuyen
y cesan. Efraín, con una sorpresa admirada) ¡Qué duro fui!
Implacable. ¿Y cómo me siento? ¿Empiezo a sufrir, se me doblan las
rodillas, la piel se me cubre de un sudor frío? ¿Me avergüenzo, me
arrepiento? ¿Abro la puerta y las llamo? ¡Sonia! ¡Regresá, Sonia! ¡Las
necesito a las dos! (Una pausa, sonríe) No hay caso. Pudiera ser si no
fuera… porque me siento… (abre los brazos, grita alegremente)
¡bien!
Márgara en la playa, erguida como si fuera a lanzar su discurso.
Pero hay un largo silencio.
Márgara: ¡Se atrevió a echarnos! Esperaba una excusa y se la di, en bandeja de
plata. ¡Fuera! Nos arrojó a los lobos, a esos buenitos que tenían
motivos para el odio. Nos zarandearon porque creían que
compartíamos con él culpa y riqueza en esa casa que apedrearon. Solo
fueron unos tirones de pelo, unos rasguños. Con la boca llena de
maldiciones y reproches lo querían a él, a Efraín. ¿Cuánto les durará la
furia? Poco, porque Efraín comprará otras barcas y se humillarán para
obtener trabajo. Olvidarán, forzados a olvidar. Paró la lluvia pero no
hay multitudes frente a mí. Y yo no llamo a nadie. Ya no quiero que
oigan. Aún tengo el don del vaticinio pero no lo usaré. Dejaré que se
oxide como un hierro oxidado a la intemperie. ¿Qué podría vaticinar
que no me desmienta? ¿Que no habrá más naufragios? ¿Más hambre,
más guerra? ¿Que olvidaremos hasta el nombre del crimen, olvidado
el crimen con sus miles de formas? ¿Qué predicaré? Que el agua no se
tornará envenenada y las ballenas blancas no nadarán doloridas,
enfermas de cáncer, ¡de cáncer!, lanzando coletazos en un océano
mentidamente transparente. ¿Qué han hecho de mis predicciones?
Miraron los caballitos con penachos de colores dando vueltas en un
redondel de circo, recogieron mis palabras y les duró un instante el
convencimiento de la bondad. Oh, no les seduce la bondad, no
quieren, no pueden con ella.
Este es el asunto. Enamorados, acarician el mal, lo hacen suyo y lo
terrible es que les otorga una felicidad rastrera, ni los poderosos ni los
débiles la rechazan según sus posibilidades y recursos. ¿Felicidad
rastrera? ¿Ruin? ¿Qué digo? ¡Enorme! Envanecida. Por qué no, si
disfrutan con los usos de la crueldad que los poderosos perfeccionan
con una imaginación inmisericorde. ¡Ay, qué inventiva! Qué calentura
de ganancias los atraviesa, qué estremecimiento deleitoso cuando ni un
error falla en el blanco. (Se golpea el pecho con el puño) ¡Aquí!, aquí
la vergüenza. La torpe, la gran excusadora, ¿qué puedo hacer sino
avergonzarme?, tocada por la culpa. Pero qué voy a conseguir con la
vergüenza, esa piedra lavada, ese roedor sin dientes que no rectifica,
no enmienda, no es moneda de cambio con lo hecho. ¡Ah!, cómo yo
fui tan crédula y soberbia, tan arrogante como para creer que la
humanidad respondería, cortada en dos esa humanidad entre los que
sufren y los que provocan sufrimiento. Yo había deseado que el mundo
fuera otro. Quien me otorgó el don del vaticinio no me permite elegir
mis predicciones. Me cortó la cabeza con un hacha.
Sonia y Márgara.
Con aire de fatiga, Sonia sostiene a Márgara mientras caminan cerca
del mar.
Márgara: ¡Un alero! (No hay ninguno) Vamos bajo el alero, Sonia. Nos
sentamos. ¡Qué tranquilo el mar! (Ríe) ¡Como nosotras! ¡Qué
tormentoso! Lo de Efraín. (Toca el moretón de Sonia) ¿Te golpeó?
¿Con el puño?
Sonia: A vos te golpeó la piedra. ¿Te duele? Dejame mirarte.
Márgara: (se frota el hombro) No vale la pena. Con la piel finita, la sangre lenta,
debo ganarte en moretones. ¿Para qué mirarlos?
Sonia: (tiende la mano) Para curarte.
Márgara: (la aparta) ¿Con qué? Dejalos estar. Se irán solos. El tuyo y el mío.
Sonia: No pude impedirlo, mamá. Efraín…
Márgara: ¡No lo disculpes! ¡Ni se te ocurra! ¡Nos echó, Sonia! No le saldrá
gratis. Lo castigaré. Querrá no haberlo hecho.
Sonia: Sí, mamá.
Márgara: ¡Lo fusilaré! ¿Dónde están los rayos? (Extiende las manos con los
dedos abiertos) ¡Salgan! ¡No se metan, caballitos! No los quiero aquí.
¡Rayos quiero! Castiguen al desalmado. ¡Déjenlo seco! (Espera. Con
decepción) No pasa nada.
Sonia: (angustiada, se acuclilla en el suelo) Vení, mamá. Sentate. ¿Qué
haremos ahora? ¿Dónde puedo llevarte?
Márgara: ¡Al tren! En el primer tren, ¡a la ciudad! Con tus hermanos.
Sonia: No nos quieren.
Márgara: ¿Te parece?
Sonia: Los conozco. Consideran que ya cumplieron con su carga de hijos. Te
tuvieron mucho tiempo.
Márgara: ¿Carga? ¿Me tuvieron? ¿Como una cosa?
Sonia: No, mamá.
Márgara: Si ellos no nos quieren, ¿qué, quién nos queda entonces?
Sonia: Nadie.
Márgara: ¡Renata! Ella a mí me guarda rencor, pero a vos te ayudaría. Seguro.
Sonia: No puede. Alimenta muchas bocas.
Márgara: Donde comen dos, comen tres. Lo dicen los pobres, no los ricos. En la
mesa opulenta solo comen ellos.
Sonia: Si me ayudara a mí, ¿qué pasaría con vos, mamá?
Márgara: (con gran impulso) ¡Ah, yo, yo…! Tengo frío. (Se aprieta contra
Sonia) Así estamos. ¿Por qué no eligieron la bondad? Tiran de la
piolita, tiran de la piolita… Ya no puedo decidir. Ni siquiera puedo
sacarme el frío. Fui una vieja arrogante, ¡y tan ingenua! (Sonia rompe
en llanto) Sonia, Sonia, ¿qué te pasa? No llorés.
Sonia: Mamá, salvame de Efraín, tendré que regresar con él, salvame de mi
mansedumbre, de mi bondad sin fuerza…
Márgara: (la toma entre sus brazos) Ssss… Ssss… ¿Qué es lo que te pasa? No
llorés. Me acongoja verte llorar. ¿Estás asustada? ¿Te caíste? Ah, es
eso, ¡te caíste! (Le frota la muñeca) Sana, sana, culito de rana… ¡Ya
pasó! (Ríe, le hace cosquillas)
Sonia: (la rechaza con una risa espasmódica) ¿Qué hacés, mamá? ¡Dejame!
Márgara: ¿Por qué? ¿No te gusta? Mi mamá, cuando me caía o estaba triste, me
hacía cosquillas, ¡me cantaba! Qué extraño que lo recuerde. Tantos
años… Reíte otra vez. Por favor. Reíte, nenita mía. (Insiste)
Sonia: (la aparta con rudeza) Ya no lo soy. Mamá, esta risa no vale. Cosés lo
roto con hilos débiles, no sirve.
Márgara: Algo es algo, Sonia. No te pongás pretenciosa vos también. Quizás
está en esto la bondad, en esto tan… tonto. Pequeño… si lo comparo
con el corazón ligero, la humanidad tan bella… Tengo hambre.
Sonia: Qué desesperación. ¿Qué haré, qué haremos, mamá? Pienso y pienso,
y no sé. ¿Quién nos ayudará?
Márgara: ¡Renata, te dije! Vayamos a su casa, vayamos antes de que me quede
dura de frío. No aparezco, me escondo mientras la convencés.
Asegurale que ya no predico, se ablandará.
Sonia: ¿Por qué? Apenas la conocemos. ¿Qué motivo tiene para recibirnos en
su casa, con su hombre enfermo, sus hijos, tantas bocas para
alimentar? Nos recibirá con los brazos abiertos. ¡Qué regalo seríamos!
Márgara: Vos la confortaste. Te debe una. (Tímidamente) Y ella creo que… es
buena. Nos dará refugio unos días, Sonia, y después…
Sonia: Nada. La intemperie. ¡No soporto más, mamá! ¡Quiero morirme!
(Llora)
Márgara: No, no. Siempre podemos soportar más de lo que creemos, más pena,
más dolor. Que a Dios no se le ocurra mandarnos todo lo que podemos
soportar. (Ríe débilmente) No llorés, Sonia. Me hacés sentir vieja, me
pongo triste…
Sonia: (se controla secándose las lágrimas) ¿Qué te cantaba tu mamá?
Márgara: ¿Qué?
Sonia: ¿Qué te cantaba?
Márgara: ¿Quién?
Sonia: ¡Tu mamá!
Márgara: ¿A mí?
Sonia: Cuando estabas triste, ¿qué te cantaba?
Márgara: No me cantaba, tenía una voz de pito. ¡También me hacía tortas fritas!
Pero antes me besaba (la cubre de besos rápida y repetidamente) y
luego, al oído… me contaba que en el mar, ¡ese mar!, (señala) una ola
muy chiquita saludaba a su mamá.
Sonia: ¿Y eso te confortaba?
Márgara: ¡Claro! Y yo, que ya empezaba a vaticinar, ¡con cinco años!, dormía
con ella y también al oído le predecía una vida larga, tan feliz… No se
cumplió.
Sonia: (la ve entristecida) ¿Qué más? Contame. ¿Qué más te decía tu mamá?
Márgara: No mi mamá. La ola chiquita. Ella hablaba, se acercaba despacito en
la arena y le decía: “Soy la ola más chiquita/ de la mar/ Yo le ofrezco
las gotitas/ más fresquitas/ de la mar”. ¡Me acuerdo, Sonia! ¡Cómo me
gustaba que hablara!
Sonia: ¿Te acordás?
Márgara: ¡Como si la oyera!
“Yo le ofrezco las gotitas
más fresquitas
de la mar.
Mójese los pies, señora,
le decía
a mi mamá.
Esa ola tan chiquita
le besaba el dedo gordo
con un beso muy redondo
a mi mamá.
Mi mamá sentía cosquillas
se reía el dedo gordo
con la ola más chiquita
de la mar.”
(mira a Sonia con expectativa) ¿Y…? ¿Qué te pareció?
Sonia: Bonito…
Márgara: ¡Lo recordé todo, Sonia! ¡Me confortaba tanto! Ya no lloraba. ¡Claro
que era una nena! Hoy no sé si… (Tímidamente) ¿Y a vos? ¿A vos
te…?
Sonia: A mí también me confortó, mamá. A mí también.
(Agobiada, se desliza sobre el regazo de Márgara, cierra los ojos.
Márgara le acaricia la cabeza. Después de un momento, sin que ellas
lo advirtieran, se descubre a Renata. Renata avanza unos pasos, se
detiene y las mira. Lentamente levanta el brazo, lentamente abre la
mano hacia ellas mientras la luz disminuye)
Telón