11/5/19

El Diablo Blanco WEBSTER John


El 
Diablo 
Blanco

WEBSTER
John


Personajes
MONTICELSO, cardenal; después, papa Paulo IV
EL DOCTOR JULIO, médico
FRANCISCO DE MÉDICIS, duque de Florencia; en el acto quinto, disfrazado de moro, bajo el nombre de Mulinassar
BRACCIANO, por nombre completo Paulo Giordano Orsini, duque de Bracciano, casado con Isabella y enamorado de Vittoria
GIOVANNI, hijo de Bracciano e Isabella
LODOVICO, conde italiano caído en desgracia; enamorado de Isabella
ANTONELLI Y GASPARO, amigos del conde Lodovico; al servicio del duque de Florencia
CAMILLO, casado con Vittoria; sobrino de Monticelso
CARLO Y PEDRO, seguidores de Bracciano; secretamente de acuerdo con Francisco.
HORTENSIO, uno de los oficiales de Bracciano
MARCELLO, asistente del duque de Florencia; hermano de Vittoria.
FLAMÍNEO, hermano de Marcello y Vittoria; secretario de Bracciano
EL CARDENAL DE ARAGÓN
ISABELLA, hermana de Francisco de Médicis y casada con Bracciano
VITTORIA COROMBONA, dama veneciana, casada primero con Camillo y después con Bracciano.
CORNELIA, madre de Vittoria, Flamíneo y Marcello
ZANCA, mora al servicio de Vittoria; enamorada de Flamíneo y después de Francisco.
EMBAJADORES
CORTESANOS
UN CANCILLER
UN REGISTRADOR
LETRADOS
OFICIALES
SOLDADOS
MÉDICOS
UN MÁGICO
UN ARMERO
ACOMPAÑAMIENTO
UN CRIADO DEL CÓNCLAVE
UN PAJE
DAMAS
MATRONA DE LA CASA DE ARREPENTIDAS
EMBAJADOR INGLÉS

Acto I

Escena primera

(Entran el conde Lodovico, Antonelli y Gasparo)

LODOVICO
¡Desterrado!

ANTONELLI
Mucho pesar me causó la sentencia.

LODOVICO
¡Ah, son tus dioses, Demócrito, quienes gobiernan el universo entero; regias mercedes y regios castigos! La Fortuna demuestra que es una verdadera puta, pues cuando concede algo no lo hace sino en pequeñas medidas, y así puede arrebatárnoslo todo de un solo zarpazo. Ved ahí lo que se desprende de tener enemigos poderosos –y que Dios se lo recompense–. Son como los lobos, que no muestran su fiereza natural más que cuando están hambrientos.

GASPARO
Esos a quienes tenéis por enemigos son de linaje real.

LODOVICO
Sí, y con ellos vayan mis oraciones, pues son las mismas víctimas de su violencia las que el trueno idolatran.

ANTONELLI
Vamos, señor, dejadlo ya, pues en justicia habéis sido condenado. Retroceded si no, sea brevemente, a vuestra vida pasada: en tres años al más noble de los condados habéis llevado a la ruina…

GASPARO
Como a carne momia os han engullido los que antes os adulaban, para después, al sentirse enfermos por causa de tan horrible y contranatural medicamento, vomitaros en el arroyo…

ANTONELLI
Con paso vacilante, aunque cubriendo uno a uno todos sus reprobables trechos, habéis recorrido el mundo del desenfreno. Sé de un ciudadano que, aun siendo dueño de dos espléndidos feudos, os llamaba y trataba de señor solamente por vuestro caviar…

GASPARO
Los mismos nobles que acudían invitados a los banquetes en que erais tan pródigo –solamente el Ave Fénix escapaba a vuestras mandíbulas exquisitas– se burlan ahora de vuestra desgracia, como si ya entonces no vieran en vos más que un fútil meteoro que, exhalado desde la tierra, habría de esfumarse pronto en el aire…

ANTONELLI
Sí, se burlan de vos, afirmando que, puesto que habéis dilapidado tan magníficos señoríos, fuerza es que hubierais visto la primera luz en medio de un temblor de tierra…

LODOVICO
Paciencia, que el agua de este pozo parece sacarse con dos cubos, y habré de esperar con resignación a que ambos se vacíen sobre mí.

GASPARO
Mas aún peor que todo eso son los horribles y sangrientos asesinatos que habéis cometido aquí en Roma.

LODOVICO
¡Bah, no más graves que las picaduras de una pulga! Pero, ¿por qué entonces no me quitaron la vida?

GASPARO
Es un hecho, señor, que la justicia a veces se modera, en la idea de que no siempre es bueno bañar en sangre los delitos de violencia. Con esa sentencia tan leve que acabáis de recibir intentan, por un lado, poner fin a vuestros crímenes y, por otro, mejorar en algo esta época plena de maldades.

LODOVICO
Sea así como dices, pero me sorprende entonces cómo algunos notables han logrado escapar a tal castigo. Ahí está, por ejemplo, el caso de Paulo Giordano Orsini, duque de Bracciano, que ahora vive en Roma e intenta prostituir, con secretas mediaciones, el honor de Vittoria Corombona, la mujer que con un solo beso podría haber obtenido del duque mi perdón.

ANTONELLI
Conducíos como un hombre. Es bien sabido que los árboles no se muestran tan espléndidamente cargados de fruto allí donde nacen como en el nuevo emplazamiento al que más tarde se los trasplanta. Y también que cuanto más se restriega un perfume con más fuerza despide su agradable aroma: del mismo modo, la aflicción es capaz de despertar en el ánimo valor y entereza, sean éstos falsos o de buena ley.

LODOVICO
Pon fin ya a tan fingido consuelo, que cuando regrese, si es que alguna vez lo hago, calado italiano he de hacer en sus entrañas.

GASPARO
¡Señor!

LODOVICO
Sea, que ya me resigno, pues a más de un condenado he visto poner buena cara al bribón que al punto iba a ejecutarlo, y hasta darle algún dinero y hacer con él buenas migas. Y así también yo, que a mis jueces expreso agradecimiento, e incluso considero que demostrarían nobleza y piedad si me despacharan con presteza.

ANTONELLI
En fin, adiós. Hemos de encontrar sin duda ocasión de hacer anular la sentencia que os condena.

LODOVICO
Para siempre os quedo por ello agradecido. (Suena un clarín)Este es el entendimiento que el mundo me ha dado, como si de una limosna se tratara; os ruego que de ello obtengáis lección:
Cuando el poderoso para carnear vende la oveja,
es ya esquilada, y de su vellón vendidas las guedejas.
(Vanse)

Escena segunda

(Entran Bracciano, Camillo, Flamíneo, Vittoria Corombona y acompañamiento)

BRACCIANO
Os deseo el mejor de los descansos.

VITTORIA
Y yo, a su señoría, la mejor de las bienvenidas. ¡Más luces! Y que acompañen al duque.
(Vanse Camillo y Vittoria)

BRACCIANO
Flamíneo…

FLAMÍNEO
Diga su señoría.

BRACCIANO
Todo está perdido, Flamíneo.

FLAMÍNEO
Perseverad en vuestras nobles intenciones, que yo estoy presto como el rayo a serviros. Escuchad, señor, (en voz baja) la hermosa Vittoria, mi afortunada hermana, va a recibiros de inmediato. (Alto) Caballeros, dejad que marche la carroza. Ahora es voluntad del duque que apaguéis vuestras antorchas y que os retiréis.
(Vanse los acompañantes)

BRACCIANO
¿Tanta es nuestra fortuna?

FLAMÍNEO
¿Y acaso podría ser de otra manera? ¿Es que no habéis observado esta noche cómo os acosaba su mirada en todo momento y lugar? Ya he tratado del asunto con su sirvienta, la mora Zanca, que se ha mostrado muy orgullosa de ponerse al servicio de tan ilustre personaje.

BRACCIANO
Mi felicidad supera toda esperanza, pues supera mi merecimiento.

FLAMÍNEO
¡Vuestro merecimiento! –ya podemos hablar con mayor libertad–. ¡Vuestro merecimiento! ¿Qué es lo que os hace dudar? ¿Su pudor? En la mayoría de las mujeres el pudor no es sino la superficie tras la que se oculta el deseo. Es más, ¿por qué enrojecen las mujeres al oír nombrar aquello que por otra parte no tienen ningún temor a tocar? Pues porque son astutas; saben que la dificultad de gozar de él acrecienta nuestro deseo, mientras que la saciedad convierte a la pasión en algo grosero, tedioso y somnoliento. Si la portezuela de la bodega, en el patio, estuviera siempre abierta, tened por seguro que no habría tanto esfuerzo ni tan enconada pugna por conseguir la bebida.

BRACCIANO
Sí, pero hemos de contar con el celoso de su marido.

FLAMÍNEO
¡Que se vaya al infierno! Hasta el dorador cuyo cerebro ha sucumbido a los vapores del azogue es más apasionado que él. Ni los justadores pierden tantas plumas como él cabellos, según confesión de su médico, y no me parecen más arriesgados que él los jugadores irlandeses, que, tras perder en el azar todo lo que llevan encima, acaban apostando sus partes pudendas. Es tan incapaz de satisfacer a una mujer que la espalda, como un jubón holandés, se le hunde en los calzones. Ocultaos ahora en este gabinete, mi noble señor, que alguna treta se me ha de ocurrir para separar a mi cuñado de la hermosa mujer que es su compañera de lecho.

BRACCIANO
¿Y si ella no acudiera a la cita?

FLAMÍNEO
Sería conveniente que su señoría no se mostrase tan neciamente enamorado. A mí mismo me ocurrió de amar a una dama y de perseguirla con gran número de adolescentes declaraciones, mientras que los tres o cuatro galanes que la gozaban hubieran celebrado con gran júbilo el poder desembarazarse de ella. Es el mismo caso de una jaula de verano en un agradable jardín: las aves que están fuera de ella desesperan por entrar, mientras que las que se hallan dentro desesperan por salir, consumidas por el temor a no lograrlo nunca. Marchad ya, señor.
(Vase Bracciano)
(Entra Camillo)
(A Camillo) ¿Cómo por aquí, hermano? ¿Camino al lecho, al encuentro de tu complaciente esposa? (Aparte) Ahí viene; más de dos pensarían, por su atuendo, que es hombre de alta dedicación política, pero poned a prueba su talento y descubriréis que no es más que un asno de rica gualdrapa vestido.

CAMILLO
Ciertamente que no, hermano. Mi camino me lleva más al norte, hacia climas harto más fríos. Puedo afirmar que no recuerdo cuándo fue la última vez que el lecho gocé con ella.

FLAMÍNEO
Raro me parece que hayas perdido esa cuenta.

CAMILLO
Nunca nos acostamos juntos que no haya al alba un foso entre nosotros.

FLAMÍNEO
Mas es a ti a quien corresponde cerrarlo.

CAMILLO
Cierto, pero ella detesta siquiera verme intentándolo.

FLAMÍNEO
¿Y por qué? ¿Cuál es el problema?

CAMILLO
El duque me visita, y yo se lo agradezco, pero observo que, como si fuera un esforzado jugador de bolos, se inclina de forma apasionada hacia el lado por el que quiere dirigir su bola.

FLAMÍNEO
Espero que no estarás pensando…

CAMILLO
¿Qué los nobles como él hacen trampas en el juego de bolos? Ten por cierto que su bola se halla muy reforzada por un lado, y más que dispuesta a encontrarse con mi emboque.

FLAMÍNEO
Pero ¿es que acaso vas a comportarte como los necios, a pesar de todo tu Aristóteles? ¿O como los cornudos, en contra de tu efemérides, que indica que bajo un astro propicio fuiste envuelto por primera vez?

CAMILLO
Bah, no me vengas ahora con astros ni con efemérides, pues bien se puede hacer cornudo a un hombre durante el día, mientras la mirada de las estrellas se dirige hacia otros lugares.

FLAMÍNEO
Dios te guarde, que yo te entrego, pues, a la compañía de esa triste almohada tuya, que sin duda estará rellena de virutas de cornamenta.

CAMILLO
Hermano…

FLAMÍNEO
El cielo se me niegue, pero a fe que si tuviera que darte un consejo no sería otro que éste: no te queda otra opción que la de encerrar a tu esposa.

CAMILLO
Magnífica ocurrencia.

FLAMÍNEO
Y que no presencie festejo alguno.

CAMILLO
Excelente.

FLAMÍNEO
No permitir que acuda a la iglesia, a no ser que vaya, sujeta como un perro, a tus talones.

CAMILLO
Lo que además la honraría.

FLAMÍNEO
Y así puedes estar seguro de que antes de quince días, y a pesar de su castidad e inocencia, te hallarás cornudo, cosa que por el momento no pasa de ser una suposición. Este es mi consejo, y no voy a cobrarte nada por él.

CAMILLO
Vamos, vamos, que no sabes dónde me aprieta el gorro de dormir.

FLAMÍNEO
Pues llévalo entonces a la antigua usanza, dejando fuera las enormes orejas: sin duda que te resultará más cómodo. Bien, si así lo deseas, te hablaré con toda crudeza. ¿Prohibir toda diversión a vuestra esposa? Las mujeres son de mejor grado castas, y en forma más gloriosa, cuanto menos recortada ven su libertad. Me estás pareciendo uno de esos mequetrefes caprichosos que se muestran tan matemáticamente celosos. Con un altímetro andas ya tomando medidas a unos cuernos que aún no han nacido. Esa táctica, tan astuta, de acotarle el terreno al ganado no hace sino provocar una rebelión en la carne más fuerte que la que pueden producir todos los afrodisíacos que desde el último jubileo nos han ofrecido los médicos.

CAMILLO
Mas de nada me cura todo esto que me dices.

FLAMÍNEO
Como parece que en efecto estás celoso, te mostraré el desatino en que caes mediante un ejemplo común. He visto un par de gafas diseñadas con tal arte de la óptica que, colocando sobre una mesa una moneda de doce peniques, parecía como si hubiera veinte. De llevar unas gafas como ésas y de ver con ellas a tu esposa atándose el calzado, te imaginarías sin duda a toda una veintena de manos que le levantaban el vestido, y ello te irritaría sobremanera.

CAMILLO
Mas en ese caso el disparate no es cosa de la vista.

FLAMÍNEO
Cierto, mas advierte que los que padecen de ictericia creen que todo lo que ven es amarillo. De peores efectos aún son los celos: sus ataques ponen ante la vista del que los padece veinte rostros desabridos, tan diferentes como burbujas en una cubeta de agua. Hasta llega a creer muchas veces el celoso que es su propia sombra quien le va a hacer cornudo. (Entra Vittoria Corombona) Mírala, ahí llega. ¿Qué razones tienes para sentirte celoso de esta criatura? ¿Acaso no se tacharía de necio ignorante, o de bribón amigo de la lisonja, a quien escribiera sonetos a sus ojos, o definiera su frente como nieve de Ida o marfil de Corinto, o comparara su cabello con el pico del mirlo cuando más bien a su plumaje se asemeja? Acabemos. Sé prudente, y yo me ocuparé de reconciliaros y de que vayáis juntos al lecho. Mas ten cuidado, no sea que parezca que andas codiciándolo. Es ésta cosa de gran importancia, y en ella habrás de poner mucha atención. Ahora apártate de mí, pues no me gustaría que se advirtiera tu intervención en esta trama. Hermana. (Alto) Tu esposo está sumamente disgustado.(aparte, a Vittoria) mi señor te espera en el cenador.

VITTORIA
Nada hice para enojarle; en la cena yo misma corté la carne para él.

FLAMÍNEO
Por cierto, que no habría hecho falta que le cortara nada, pues aseguran que ya es capón. Debe parecer ahora como que disputamos. ¿Es que un caballero de tan buena cuna como Camillo…
(aparte) un siervo desharrapado que no ha veinte años que viajaba, en la comitiva del duque, con los siervos de cocina, entre escurridores y espetones?

CAMILLO
Ya empieza a pincharla.

FLAMÍNEO
¿Es que tan excelente hombre de ciencia… (aparte) –cuya cabeza no contiene más que un cerebro de ternera carente de seso alguno– (alto) … va a tener que postrarse a tus pies, va a tener que doblar las corvas para que lo admitas por una sola noche? (aparte) –esas corvas en las que padece una comezón que, como el fuego en casa del vidriero, siete años hace que no se apaga– (Alto) ¿No es acaso un muy elegante y refinado caballero? (aparte) –cuando viste de raso blanco, negro el hocico, por una cresa bien podría tomársele–. (Alto) Eres, debo confesarlo, una buena y bien adornada montura para recibir una joya (aparte) –pero coronada por una piedra falsa, como un diamante de imitación.

CAMILLO
Va a hacerle ver ahora todos los méritos de mi persona.

FLAMÍNEO
(Alto) Vamos, mi señor te espera; al lecho has de ir con él.

CAMILLO
Ya va yendo al grano.

FLAMÍNEO
(Aparte) Y con la misma fruición y curiosidad con que un vinatero va a catar un nuevo vino. (A Camillo) Estoy haciendo todo lo posible por sacar adelante tu empresa.

CAMILLO
¡A fe mía que es un hermano virtuoso!

FLAMÍNEO
(Alto) Un anillo te ha de ofrecer, con una piedra filosofal.

CAMILLO
Bien, pues en estudios de alquimia ando metido.

FLAMÍNEO
Te acostarás en un lecho de plumas de tórtola, te desvanecerás entre perfumadas sábanas como aquel que se ahogó en aroma de rosas. Tan perfecto ha de ser tu deleite que, al igual que los navegantes piensan que la tierra, los árboles y las naves llevan el mismo rumbo que ellos, así tanto el cielo como la tierra te parecerá que viajan con vos. Has de recibirlo, pues es una suerte que a la ineludible Necesidad está sujeta con clavos de diamante.

VITTORIA
(Aparte, a Flamíneo) ¿Cómo vamos a desembarazarnos de él?

FLAMÍNEO
Le pondré un tábano en la cola y verás cómo al momento sale en estampida. (A Camillo) Ya está casi conquistada, ya se aviene. Pero, y si ahora quieres mi consejo, yo en tu lugar no la gozaría esta noche. De esa forma se contrariaría su disposición, y ello la haría más sumisa.

CAMILLO
¿Eso he de hacer? ¿Cres que tal cosa debo?

FLAMÍNEO
Sí, pues mostraría tu superioridad de juicio.

CAMILLO
Cierto, además de una actitud del ánimo bien distinta a las que adopta el vulgo, pues quae negata grata.

FLAMÍNEO
Perfecto. Eres el adamante que la atraerá aun manteniéndote a distancia.

CAMILLO
Un buen razonamiento filosófico.

FLAMÍNEO
Acércate con maneras de noble señor y dile que os acostaréis con ella cuando haya finalizado la visita del duque.

CAMILLO
Vittoria, no me veo inducido o, diríase mejor, incitado…

VITTORIA
¿A hacer qué cosa, mi señor?

CAMILLO
A gozar de ti esta noche: el gusano de seda acostumbra a ayunar cada tres días, y así al siguiente hila mejor. Mañana por la noche, pues, me dedicaré a ti.

VITTORIA
Y buena hebra hilarás, estoy segura.

FLAMÍNEO
(A Camillo) ¿Habéis oído eso? Ya te veo, a eso de la medianoche, entrando furtivamente en su habitación.

CAMILLO
¿Eso crees? Mira, hermano: para que no pienses que te voy a engañar, toma la llave y enciérrame en mi aposento, de manera que ello te dé seguridad absoluta sobre mi conducta.

FLAMÍNEO
De acuerdo, así lo haré. Seré por una vez tu carcelero. Pero a lo mejor hay en tu cámara una puerta falsa…

CAMILLO
¡Por mil diablos que no! Tan cierto como que soy cristiano. Y dime mañana con qué desabrido humor toma mi esposa mi ausencia, tan poco elegante.

FLAMÍNEO
Como gustes.

CAMILLO
¿No has advertido el ingenio del gusano de seda? Buenas noches. A fe que he de usar de ese truco con más frecuencia.

FLAMÍNEO
Y bien harás. (Vase Camillo) Ya estas a salvo, ja, ja. Como un gusano de seda, en tu propia malla te has encerrado. (Entra Bracciano) Adelante, hermana, que la oscuridad ocultará todo rubor. Como los perros de mal temple son las mujeres: por compostura se los mantiene atados durante el día, pero a medianoche se los deja libres, y es entonces cuando son capaces de lo mejor, o de lo peor. ¡Señor, señor…!

BRACCIANO
Creedme, me gustaría poder lograr que el tiempo se detuviera, de forma tal que nunca este encuentro finalizara, que fuera eterno este momento: mas todo deleite pronto a sí mismo se devora. (Zanca trae una alfombra, la extiende en el suelo y coloca sobre ella dos magníficos cojines. Entra Cornelia y se sitúa detrás, en ademán de escuchar) Permitidme, dama afortunada, que en vuestro pecho vierta, no mi elocuencia, sino mis votos. No me rechacéis, pues para toda la eternidad estaría perdido.

VITTORIA
Señor, os ruego que por piedad mantengáis la entereza de ánimo que os es propia.

BRACCIANO
Dulce médico sois.

VITTORIA
Cierto, pues en la mujer es la aborrecida crueldad lo que en el médico el exceso de funerales: que en poco tiempo acaba con su fama.

BRACCIANO
Excelente criatura. Y si llamamos hermosas a las que son crueles, ¿qué nombre concederos a vos, que sois tan indulgente?

ZANCA
Miradlos, ya se acercan el uno al otro.

FLAMÍNEO
¡La más afortunada de las uniones me parece!

CORNELIA
(Aparte) Mis temores se han hecho realidad. ¡Ay, corazón! ¡Y que un hijo mío sea el alcahuete! Ya veo a nuestra casa correr hacia su ruina: los terremotos dejan al menos, allí donde han ejercido su tiranía, hierro, plomo o piedra, mas ¡ay del vicio!, pues nada deja tras sí el deseo desenfrenado.

BRACCIANO
¿Cuál es el valor de esta joya?

VITTORIA
Ornamento es de una escasa fortuna.

BRACCIANO
A fe que desearía ser obsequiado con ella. No, mejor os la cambiaré por esta otra mía.

FLAMÍNEO
Excelente, su joya por la de ella. Buen comienzo, duque.

BRACCIANO
Permitidme ahora ver cómo os sienta.

VITTORIA
¿Aquí, señor?

BRACCIANO
No, más abajo, llevaréis mi joya un poquito más abajo.

VITTORIA
Para mejor pasar el tiempo, voy a relatar a su señoría un sueño que tuve anoche.

BRACCIANO
Con gusto escucharé.

VITTORIA
Fue un sueño necio y vano: me pareció que a mitad de la noche me encaminaba a un cementerio en el que un hermoso tejo esparcía por el suelo poderosas raíces. Bajo aquel tejo me hallaba sentada, inclinándome en gran desconsuelo sobre un sepulcro en el que podía apreciarse un dibujo hecho con cruces, cuando con gran sigilo se acercaron vuestra duquesa y mi esposo; éste llevaba una piqueta, y ella una herrumbrosa pala. Con rudas maneras empezaron luego a increparme a propósito de vuestro tejo.

BRACCIANO
¿Cómo de mi tejo?

VITTORIA
Sí, de vuestro inofensivo tejo. Decían que yo intentaba arrancar tan bien crecido árbol para plantar en su lugar un endrino marchito, delito por el cual habían jurado enterrarme en vida. Sin más demora, mi esposo empezó a cavar a la vez que la duquesa, en inhumana furia convertida, sacaba con la pala la tierra y los huesos que por ella había diseminados. ¡Dios mío, qué temblores me parecía sentir! Y era bien extraño que, a pesar de tanto horror, no fui capaz de pronunciar oración alguna.

FLAMÍNEO
(Aparte) Claro, como que el diablo estaba en vuestro sueño.

VITTORIA
Entonces fue cuando me pareció que un fuerte torbellino acudía en mi ayuda y hacía caer un pesado brazo del imponente árbol. Así el tejo sagrado arrojó a ambos, ya sin vida, al interior de aquel sepulcro, vil y de poca hondura, que merecían.

FLAMÍNEO
(Aparte) Magnífica diablura: acaba de mostrarle en un sueño la necesidad de deshacerse de su marido y de la duquesa.

BRACCIANO
Con gran placer os daré una interpretación de vuestro sueño: estáis cobijada en los brazos de un hombre que os protegerá de las iras de un marido celoso y de la miserable envidia de una duquesa que no es capaz de pasión. Yo os pondré en un lugar situado más allá de toda ley y de todo escándalo, y concederé a vuestros pensamientos la invención del placer y su fruición. Los deberes de gobierno no me separarán de vos más tiempo del necesario para soñar con vuestra hermosura. Mi ducado y mi salud seréis para mí, tendré en vos esposa, hijos y amigos, todo al mismo tiempo.

CORNELIA
(Acercándose) ¡Ay, la maldición de los ánimos ligeros! ¡Están anunciando nuestra ruina!

FLAMÍNEO
¿Qué furia te hizo levantar? ¡Fuera de aquí! ¡Fuera!
(Vase Zanca)

CORNELIA
¿Qué te ha traído aquí, en esta lúgubre noche? Nunca hasta ahora habíamos tenido tizón en nuestra mies.

FLAMÍNEO
Te ruego, entonces que te retires, no vaya a ser que también resultes atizonada.

CORNELIA
Gran pena es que este hermoso paraje no hubiera sido desde el principio plantado de todas las hierbas venenosas de Tesalia y en semillero de brujería se hubiera convertido, cualquier cosa antes que lugar de entierro de tu honor y el de tu hermana.

FLAMÍNEO
Madre muy amada, escúchame…

CORNELIA
Con más prontitud que la misma naturaleza estás haciendo que mi frente se incline hacia la tierra. Esta es la maldición de los hijos: en vida nos provocan de continuo el llanto, para luego, una vez en el frío sepulcro, abandonarnos a gélidos terrores.

BRACCIANO
Vamos, vamos, no quiero oíros más.

VITTORIA
Mi señor…

CORNELIA
¿Y vuestra esposa? ¿Dónde está en estos momentos, duque adúltero? Ni siquiera podíais imaginar que esta noche iba a venir a Roma…

FLAMÍNEO
¿Cómo? ¿A Roma?

VITTORIA
La duquesa…

BRACCIANO
Pero si debería haber…

CORNELIA
La vida de los príncipes tendría que moverse con la misma justicia con que lo hacen los relojes de sol, pues el ejemplo de su conducta es tan fuerte que, para bien o para mal, mueve a su época a marchar a su mismo paso.

FLAMÍNEO
Bueno, ¿has terminado ya?

CORNELIA
¡Desdichado Camillo!

VITTORIA
Yo quiero declarar que una casta negativa, que si cualquier cosa a excepción de la violencia hubiera podido evitar el largo asedio de amor a que él me ha estado sometiendo…

CORNELIA
Estaré a tu lado hasta el más lamentable final que jamás haya hecho postrarse a madre alguna, pues si así deshonras tu lecho conyugal, que tu vida sea breve como las lágrimas que en casa de los poderosos se vierten en los funerales…

BRACCIANO
Uf, esta mujer no está cuerda.

CORNELIA
Tu conducta me recuerda a la de Judas: es la traición mediante el beso. Quiera Dios que seas odiada durante la corta vida de tu amante, y compadecida como una miserable tras su muerte.

VITTORIA
¡Ah, desventurada de mí!
(Vase Vittoria)

FLAMÍNEO
¿Habéis perdido el juicio, mi señor? Iré a traérosla de nuevo.

BRACCIANO
No, ya me retiro. Envíame dentro de un momento al doctor Julio. Mujer sin compasión, tu lengua arrogante ha provocado una terrible y prodigiosa tormenta: que seas, pues, responsable de todo el mal que de ello se va a seguir.
(Vase Bracciano)

FLAMÍNEO
¿Crees, tú que tanto hablas de honor, que es ésta una hora de la noche adecuada para enviar a un duque a su casa sin ni siquiera un hombre de escolta? Me gustaría saber dónde está el montón de riquezas que has atesorado para mantenerme, la fortuna que al fin me permita no tener que llevar la barbilla a la altura del estribo de mi señor.

CORNELIA
¿Cómo? ¿Es que por ser pobres hemos de ser también depravados?

FLAMÍNEO
Dime, te lo ruego, de qué medios dispones para librarme de las galeras, o del patíbulo… Mi padre vivió ciertamente como un caballero, vendió todas sus tierras y tuvo la suerte, el muy rufián, de morir antes de que se terminara el dinero. Y fuiste tú, lo reconozco, quien me sacó adelante en Padua, donde quiero dejar bien claro que no se debió más que a la falta de recursos –que así lo testifique la Universidad– el que me resignara a estar zurciendo las medias de mi tutor durante al menos siete años. Conspirando con una barba logré hacerme graduado, pasando luego al servicio de este duque. Con él visité la corte, de la que regresé más cumplido y mucho más lujurioso, aunque ni en un traje más rico. Y ahora que a mi ascenso se le abre una senda tan clara y despejada, ¿crees que voy a mantener pálida la frente con la leche que me diste? Pues nada de eso, que voy a armar y fortificar mi rostro con un vino vigoroso que impida toda vergüenza o sonrojo.

CORNELIA
¡Ojalá nunca te hubiera parido!

FLAMÍNEO
Eso mismo digo yo. Antes que a ti habría preferido tener por madre a la más ruin prostituta de Roma. La naturaleza se muestra compasiva con las putas, dándoles pocos hijos, aunque a éstos muchos padres. Por lo menos así están seguros esos niños de que no han de vivir en la necesidad. Ve, ve a lamentarte a nuestro señor el cardenal, aunque es posible que hasta él halle justificación a estos hechos. Recuerda que a Licurgo lo sorprendía mucho que los hombres proporcionasen a sus yeguas buenos sementales a la vez que sufrían la esterilidad de sus bellas mujeres.

CORNELIA
¡Miseria de miserias!
(Vase Cornelia)

FLAMÍNEO
¿La duquesa en la corte? La noticia no me agrada. Pero estamos comprometidos a seguir el camino del mal, y no debemos detenernos: al igual que los ríos corren a encontrar el océano con abundante serpenteo y limitados por unas orillas que les son impuestas, y al igual que la senda que ambiciona la cima de una montaña no asciende en línea recta, sino que imita los sutiles repliegues de una serpiente cuando se recoge para pasar el invierno,
así el que conoce la intriga, y su verdadero aspecto,
no hallará fácil el camino, sino tortuoso e indirecto.
(Vase)

Acto II

Escena primera

(Entran Francisco de Médicis, el cardenal Monticelso, Marcello, Isabella, el joven Giovanni y criados)

FRANCISCO
¿No has visto aún a tu esposo desde que estás aquí?

ISABELLA
Aún no, hermano.

FRANCISCO
En verdad que son sorprendentes las amabilidades que tiene contigo. Si yo tuviera un palomar como el de Camillo, ten por seguro que le prendería fuego, aunque sólo fuera para acabar con los turones que por su entorno merodean. Querido sobrino…

GIOVANNI
Mi señor tío, me hicisteis promesa de regalarme un caballo y una armadura.

FRANCISCO
Cierto, razón tienes, pequeño. Marcello, haced que así se disponga.

MARCELLO
Ha llegado el duque, señor.

FRANCISCO
Retírate entonces, hermana. Aún no debe verte.

ISABELLA
Trátalo con suavidad, te lo suplico. No permitas que unas palabras demasiado rudas nos coloquen en una situación de desavenencia aún más clara y abierta. De buen grado le perdono todas las cosas con que me ha afrentado, y no dudo que así como para probar la eficacia del preciado cuerno del unicornio se hace de su polvo un círculo protector, dentro del cual se coloca una araña, de la misma manera estos mis brazos embrujarán la ponzoña que lo aqueja, obligándola a mantenerle casto y alejado de toda envenenada desviación.

FRANCISCO
Deseo que así sea. Sal ahora. (Vase Isabella)(Entran Bracciano y Flamíneo) Desocupad la estancia. (Vanse Flamíneo, Marcello, Giovanni y los criados) Sed bienvenido. ¿Queréis tomar asiento? Señor cardenal, os ruego que empecéis hablando vos en mi lugar, pues en exceso cargado está mi corazón. Os secundaré en seguida.

MONTICELSO
Antes permítame su señoría que le suplique que enga templanza y no ceda a cualquier pasión que pueda despertar la franqueza de mis palabras.

BRACCIANO
Tan callado estaré como en la iglesia. Podéis continuar.

MONTICELSO
Es motivo de asombro para vuestros nobles amigos el ver que vos, que entrasteis en el mundo, por decirlo así, empuñando ya merecidamente un cetro soberano y que habéis sabido dar un fin conforme a naturaleza a los elevados dones del saber, les asombra, pues, que en vuestra mejor edad hayáis abandonado tan imponente trono por la suave pluma de un lecho insaciable. No ignoráis, señor, que el ebrio, una vez agotadas las copas que ha bebido con generosidad, torna a encontrarse seco y sobrio; de la misma manera, cuando despertéis de este sueño lascivo, os sobrevendrá sin duda el arrepentimiento, y su efecto será como el aguijón que lleva la víbora en el extremo de su cuerpo. Desdichados son los príncipes cuando el destino marchita la más pequeña flor que adorna sus pesadas coronas o cuando les arrebata de sus cetros una sola de sus perlas; pero harto peor, ay, es cuando en un naufragio por ellos mismos buscado dejan escapar su fama, pues todos sus títulos reales perecen junto a su buen nombre.

BRACCIANO
¿Habéis terminado, señor?

MONTICELSO
Sí, mas no sé si ha sido suficiente para haceros ver qué lejos estoy de adular vuestra grandeza.

BRACCIANO
Ahora vos, que su segundón sois, ¿qué tenéis que decir? No hagáis como los halcones jóvenes, que se desvían del objetivo en su vuelo. Vuestra pieza vuela ahora en las mejores condiciones para vuestro lucimiento.

FRANCISCO
No temáis. Os responderé utilizando vuestro propio símil de cetrería: hay águilas que en lugar de dirigir su mirada al sol, como debieran, vuelan casi siempre a baja altura y adoptan una actitud de lasciva comodidad, pues saben que también pueden obtener alguna presa de entre los pajarracos que frecuentan los estercoleros. Conocéis a Vittoria.

BRACCIANO
Cierto.

FRANCISCO
Es en su casa donde os cambiáis de camisa cuando regresáis de practicar el juego de pelota.

BRACCIANO
Sí, por suerte para mí.

FRANCISCO
Su marido es señor de escasa fortuna, pese a lo cual ella viste rico brocado.

BRACCIANO
¿Y qué? Mi buen señor cardenal, ¿querréis indagar sobre ese punto la próxima vez que Vittoria vaya a confesarse y averiguar así de qué puerto proceden esas ropas?

FRANCISCO
Es vuestra amante…

BRACCIANO
Mi grosero amigo, cicuta hay en vuestro aliento y en esa negra calumnia. Además, si así fuera, ni con el estruendo de todos vuestros cañones, ni con los suizos que habéis alquilado para vuestro servicio, ni con vuestras galeras, ni con los aliados que han jurado ayudaros, ni con todo ello a la vez osaríais quitarla de su sitio.

FRANCISCO
Dejémonos de truenos. Tenéis esposa, mi hermana. Ojalá que a la muerte hubiera entregado sus dos blancas manos, bien atadas y cubiertas ya por la mortaja, en vez de concederos, como lo hice, una sola de ellas.

BRACCIANO
De haberlo hecho así, un alma habríais dado a Dios.

FRANCISCO
Muy cierto; eso que ni todas las absoluciones de vuestro consejero espiritual podrán nunca conseguir para vos.

BRACCIANO
Escupid vuestro veneno.

FRANCISCO
No es preciso, pues ya en su propio cinturón lleva la lujuria un restallante látigo. Preparaos a ello, que rayos y centellas está empezando a despedir nuestra ira.

BRACCIANO
¿De rayos habláis? A fe mía que no son más que petardos.

FRANCISCO
A golpes de cañón hemos de zanjar este asunto.

BRACCIANO
Y no obtendréis de ello más que plomo en las heridas y pólvora en las narices.

FRANCISCO
Lo prefiero a tener que cambiar perfumes por emplastos.

BRACCIANO
Lástima me dais. No estaría mal que ese gesto de insolencia que acaba de aparecer en vuestro semblante lo emplearais con vuestros esclavos o con los hombres por vos condenados. Desde esta hora os desafío, e iré a enfrentarme con vos aunque estéis rodeado, en apretada formación, por los más capaces de entre vuestros hombres.

MONTICELSO
Señores, no debéis seguir hablando sin fijar antes a vuestras palabras un límite más amable.

FRANCISCO
De buena gana.

BRACCIANO
¿Es que acaso creéis haber conseguido un triunfo por acosar así a un león?

MONTICELSO
Señor duque…

BRACCIANO
Ya me calmo, señor, ya me calmo.

FRANCISCO
Al duque enviamos noticia a propósito de una consulta sobre levas contra los piratas, pero el señor duque no estaba en palacio. Venimos, pues, nosotros mismos en persona, pero el señor duque sigue estando ocupado. Y me temo que no tendremos seguridad de encontraros y de poder hablar con vos hasta que el Tíber no descubra a los que por sus orillas merodean la existencia de bandadas de patos salvajes –a la estación de la pérdida del plumaje me refiero–.

BRACCIANO
¿Qué pretendéis decir con ello?

FRANCISCO
No importa, no es más que una patraña construida con palabras vacías. Mas ahora voy a expresar mi intención en frase justa y racional: no hallaréis el momento de vernos hasta que los ciervos no estén sumidos en profunda melancolía.
(Entra Giovanni)

MONTICELSO
Basta, basta, señor, que ahí veo venir al héroe que ha de poner fin a las diferencias que os enfrentan: es el príncipe Giovanni, vuestro hijo y sobrino. Ved cuántas esperanzas atesora su persona. Es el cofre en que ambos guardáis vuestras coronas, y como tan preciado objeto habéis de tenerlo. Ya ha alcanzado la edad en que es propio que sea instruido, y por ello debéis saber que, para educar en la virtud a un hijo de príncipes, es el ejemplo medio más seguro y eficaz que el precepto. Y de hacerlo así, ¿a quién mejor debe procurar imitar que a su propio padre? Sed, pues, para él un modelo y dejadle un patrimonio de virtud que permanezca en el tiempo y no se borre ni en los momentos en que las inclemencias del destino le rasguen las velas y le quiebren el mástil.

BRACCIANO
Dame la mano, muchacho. ¿Ya preparándote para ser soldado?

GIOVANNI
Traed una pica.
(Le dan una y él la blande)

FRANCISCO
¿Tan joven y ya ejercitándote en la pica, querido sobrino?

GIOVANNI
Ved en mí a una de las ranas de Homero, señor, lanzando así mi junco. Decidme, os lo ruego, ¿es que acaso no podría un muchacho de buen sentido comandar un ejército?

FRANCISCO
Sí, bien podría hacerlo un joven príncipe con que tuviere buen sentido.

GIOVANNI
¿Eso pensáis? Estoy seguro de haber oído que no es conveniente que los generales pongan en peligro sus vidas con frecuencia, pues montados en sus caballos producen tal estruendo –cual un tambor danés– que no les es menester combatir. ¡Magnífico! Entonces también los caballos podrían, en su lugar, dirigir ejércitos. Si se me concede vida para alcanzar a ello, cargaré personalmente contra el francés enemigo y al frente de mis tropas estaré el primero en la misma línea de combate…

FRANCISCO
Muy bien…

GIOVANNI
Y no daré a mis hombres la orden de ¡adelante! para ir yo detrás, sino que les ordenaré ¡seguidme!

BRACCIANO
¡Ave precoz, que aún no ha acabado de salir del cascarón y ya vuela!

FRANCISCO
¡Gallardo sobrino tengo!

GIOVANNI
El primer año que vaya a la guerra, tío, libres y sin rescate he de dejar a todos los soldados enemigos que tome prisioneros.

FRANCISCO
¿Ah, sí? ¿Y por qué sin rescate? ¿Cómo recompensarás entonces a los hombres que te rindieron tan valioso servicio?

GIOVANNI
De la siguiente manera, señor: los casaré con todas las mujeres de fortuna que queden viudas ese año.

FRANCISCO
Pero así al año siguiente no habrá hombres que vayan contigo a la guerra.

GIOVANNI
Entonces obligaré a las mujeres a ir al combate, y los hombres irán tras ellas.

MONTICELSO
Ingenioso el príncipe.

FRANCISCO
Observad cómo los buenos hábitos hacen del niño un hombre, mientras que los malos hacen de éste una bestia. Vamos, seamos amigos.

BRACCIANO
De todo corazón, como el hueso fracturado, que, bien curado, suelda con más fuerza aún.

FRANCISCO
(A un criado fuera de escena) Haz que venga Camillo. ¿Habéis oído el rumor de que el conde Lodovico se ha pasado a la piratería?

BRACCIANO
Sí, algo me ha llegado.

FRANCISCO
Estamos preparando unas naves para ir a prenderlo. (Entra Isabella) Ahí llega la duquesa, vuestra esposa. Nosotros nos retiramos, no esperando de vos más que la tratéis con gentileza.

BRACCIANO
Embrujado me tenéis. (Vanse Francisco, Monticelso y Giovanni)Veo que gozas de buena salud.

ISABELLA
Más que la buena salud, el ver bien a mi señor es motivo de gozo para mí.

BRACCIANO
Me pregunto qué torbellinos de amor te hicieron venir tan precipitadamente a Roma.

ISABELLA
Mi devoción.

BRACCIANO
¿Tu devoción? ¿Es que sientes en el alma el peso de un grave pecado?

ISABELLA
No uno, sino muchos son los que la abruman con su carga. Y creo que cuanto antes nos rindamos cuentas vos y yo más profundo y tranquilo ha de ser nuestro sueño.

BRACCIANO
Retírate a tu aposento.

ISABELLA
No, mi amado dueño, no penséis que quiero provocaros al enfado, pero ¿es que los dos meses que hemos estado lejos el uno del otro no merecen ni siquiera un beso?

BRACCIANO
No acostumbro a besar, y estoy dispuesto a jurar que es cierto lo que digo si ello aviva tus celos.

ISABELLA
No he venido a disputar. ¿Mis celos? Aún he de aprender lo que esa palabra significa en nuestra lengua. Sois ahora tan bien recibido a estos brazos deseosos como yo lo fuera a los vuestros cuando aún era doncella.
(Hace intención de besarle)

BRACCIANO
¡Uf qué aliento! Tantas confituras y tan continuada medicación no hacen sino apestar.

ISABELLA
Más de una vez habéis preferido estos labios al perfume de la casia y a la fragancia natural de la violeta en primavera, estos labios que aún conservan su juvenil tersura, cosa que debería ser para mí motivo de alegría. Ese ceño que mostráis fruncido por el enojo sería de magnífica impresión bajo un casco de combate, pero dirigido a mi persona, y en tan pacífica conversación… me parece exageradamente rudo.

BRACCIANO
¡Tamaña hipocresía! Pues ¿no has estado formando bandos contra mí? ¿No has recurrido acaso al vil y bajo artificio de quejarte a tu familia?

ISABELLA
No, en ningún momento, amado mío.

BRACCIANO
¿Es preciso que andes persiguiéndome, o es que acaso fue un ardid de tu parte para encontrarte aquí en Roma con algún caballero enamorado y deseoso de llenar mis ausencias?

ISABELLA
Os ruego, señor, que destrocéis mi corazón, para que así a mi muerte podáis recobrar, ya que no el amor, al menos la piedad de antaño.

BRACCIANO
Como tienes por hermano al muy obeso duque –al gran duque quiero decir–, por todos los diablos que ya no podré perder de una vez quinientas coronas en el juego de pelota sin que el acontecimiento se vea registrado en los anales del reino. Le desprecio como si de un polaco tonsurado se tratase. Y en cuanto a su tan apreciado ingenio, en su guardarropa reside, pues sólo cuando se halla protegido por su ropa de ceremonia da la impresión de ser un hombre juicioso. Ése es tu hermano, el gran duque, el que por tener unas cuantas galeras y por apresar de vez en cuando un batel turco se creyó en el derecho de apañar este matrimonio – ¡todas las furias del infierno se lleven ahora su alma! ¡Maldito sea el clérigo que ofició la misa nupcial, maldita incluso mi progenie!

ISABELLA
¡Ay, demasiado lejos habéis ido en vuestra maldición!

BRACCIANO
La mano voy a besarte, y este beso ha de ser el rito postrero de mi amor. A partir de este momento nunca más habré de yacer contigo: juro por este anillo matrimonial que nunca más he de hacerlo. Y este divorcio se guardará tan fielmente como si un juez lo hubiera sentenciado. Lejos el uno del otro han de vivir nuestros sueños.

ISABELLA
¡Que la dulce armonía de las cosas sagradas lo impida! Los santos del cielo fruncirán el ceño enojados ante tales sucesos.

BRACCIANO
No te haga incrédula tu amor, pues este juramento que acabo de hacer nunca se verá en mi alma neutralizado por el arrepentimiento. Mi decisión es definitiva, aunque la ira de tu hermano supere en furor a una horrible tormenta o a una batalla en el mar.

ISABELLA
¡Ay, mortaja que me esperas, se acerca el momento en que he de necesitarte! Mi amado dueño, permitidme oír de nuevo eso mismo que oír no desearía: ¿nunca?

BRACCIANO
Jamás.

ISABELLA
Despiadado señor, ojalá hallen clemencia vuestros pecados. Yo, por mi parte, rezaré por vos sobre mi lecho doliente y viudo, si no para que volváis los ojos hacia vuestra desventurada esposa y hacia el prometedor hijo que ella os diera, al menos para que los alcéis al cielo cuando aún sea tiempo para ello.

BRACCIANO
Basta, retírate. Déjame y ve a lamentarte al gran duque.

ISABELLA
No, mi señor. Presenciaréis personalmente cómo hago las paces entre vos y mi hermano: me haré pasar por autora del cruel juramento que acabáis de pronunciar. Tengo razones para haberlo hecho, mientras que vos no tenéis ninguna. Os suplico, por el bien de ambos ducados, que ocultéis que habéis sido vos quien ha marcado el camino de esta separación. Permitid que la culpa recaiga sobre mis supuestos celos y considerad con qué doliente y desgarrado corazón voy a desempeñar desde ahora tan triste papel.
(Entran Francisco, Flamíneo, Monticelso y Marcello)

BRACCIANO
De acuerdo, haz lo que gustes. ¡Mi honorable hermano!

FRANCISCO
Hermana… Eso no está bien, señor. No merece ella tal recibimiento.

BRACCIANO
¿Tal recibimiento decís? Yo sí que he sido recibido severamente.

FRANCISCO
¿Cómo? ¿Tan necia eres? Vamos, seca esas lágrimas, pues ¿crees que el reñir y el llorar son las maneras propias de arreglar la situación? Llegad a una reconciliación, o por todos los santos que no he de mediar nunca más en vuestros conflictos.

ISABELLA
No lo harás, ni aunque Vittoria se convirtiera, con esa condición, en una mujer honesta.

FRANCISCO
¿Ha elevado tu esposo la voz desde que nos separamos?

ISABELLA
Por mi alma que no, hermano. Por ella también juro que no me importa perder. ¿O es que acaso deben estas ruinas de mi belleza perdida exhibirse en honor del triunfo de una puta?

FRANCISCO
Escúchame: fíjate en otras mujeres, con qué paciencia sufren estos pequeños agravios, con qué justicia meditan cómo responder a ellos. Adopta tú también esa actitud.

ISABELLA
Ah, si yo fuera un hombre, si tuviera la fuerza suficiente para poner en práctica los deseos que siento, hay a quien azotaría con escorpiones.

FRANCISCO
¿Qué dices? ¿Tú convertida en furia?

ISABELLA
Sacarle los ojos a esa ramera, dejarla agonizar lentamente, días y días hasta hacer un millar, cortarle la nariz y los labios, arrancarle los pútridos dientes y conservar momificada la carne de su cuerpo, a manera de trofeo de mi justa ira. Comparándolo a mi tormento, el fuego del infierno no es sino agua nieve. Con tu permiso –acércate, hermano, y también vos, señor cardenal–, concededme un solo beso, y, a partir de este momento, por este anillo matrimonial que nunca más he de yacer con vos.

FRANCISCO
¿Cómo? ¿Qué nunca más habéis de yacer con él?

ISABELLA
Y este divorcio se guardará tan fielmente como si en una corte atestada de gente un millar de oídos lo hubieran escuchado y un millar de abogados hubieran sellado de su puño y letra nuestra separación.

BRACCIANO
¿Tan firme es tu decisión de no yacer conmigo?

ISABELLA
Tanto, y no dejéis que en un incrédulo os convierta mi antigua pasión. Este mi juramento no se verá nunca en mi alma neutralizado por el arrepentimiento: manet alta mente repostum.

FRANCISCO
Por mi cuna que eres necia, a más de insensata y celosa.

BRACCIANO
Como podéis ver, no soy yo quien provoca todo esto.

FRANCISCO
¿Es éste el círculo de cuerno de unicornio que dijiste iba a embrujar a tu esposo? Caigan sobre ti ahora los cuernos, que bien los merecen tus celos. Sé fiel a tu promesa y retírate a tu aposento.

ISABELLA
No, hermano, que ahora mismo marcho a Padua. No me quedaré aquí ni un minuto más.

MONTICELSO
Pero estimada señora…

BRACCIANO
Mejor es que haga lo que guste. Medio día de viaje bastará para rebajarle los humos y hacerla regresar a toda prisa.

FRANCISCO
Mucho nos reiremos cuando acuda a mi señor el cardenal para que la dispense de su precipitado juramento.

ISABELLA
¡Ah crueldad, cumple tu misión! ¡Y tú, pobre corazón mío, desgárrate!
(Vase)
(Entra Camillo)

MARCELLO
Ya está aquí Camillo, señor.

FRANCISCO
¿Traéis el despacho?

MARCELLO
Tomad.

FRANCISCO
Dadme el sello.

FLAMÍNEO
(A Bracciano) ¿Observáis, señor, cómo cuchichean? Con lo que guardan en sus cabezas voy a hacer una pócima de sabor más fuerte que el del ajo y de efecto más mortífero que el del antimonio. No lo harían con mayor silencio o más invisible artificio ni las cantáridas, que apenas se las ve posándose sobre la carne y ya el veneno ha alcanzado el corazón.
(Entra el doctor Julio)

BRACCIANO
Y bien, qué hay de esa muerte…

FLAMÍNEO
A Nápoles quieren mandarle, pero el campo santo le tengo yo reservado como destino. Aquí viene alguien que también puede sernos de utilidad.

BRACCIANO
Ah, el doctor…

FLAMÍNEO
Es un pobre truhán y matasanos, señor, que por su lujuria mereció ser condenado a los azotes, pero que se inventó un pleito en el que se confesó culpable, permitió que le embargaran sus bienes y así dejó al látigo con un palmo de narices.

JULIO
Cierto, más luego le engañó un truhán más consumado que él, que le hizo pagar la supuesta deuda.

FLAMÍNEO
Es capaz de lanzar al estómago de un hombre unas píldoras que le causarían más orificios que los de la flauta o la lamprea, y capaz igualmente de envenenar un beso. Mas su obra maestra fue cuando se le ocurrió –ya que en Irlanda no crece veneno alguno– incorporar al pedo de un español un vapor mortífero que hubiese podido envenenar a toda la población de Dublín.

BRACCIANO
¡Oh, el fuego de San Antonio!.

JULIO
Tiene buen humor vuestro secretario, señor.

FLAMÍNEO
¡Ay, maldito de ti, por cuya existencia hasta la naturaleza expresa disgusto! Miradle, sus ojos aparecen tan inyectados en sangre como la aguja con que el cirujano cose las heridas. Déjame abrazarte, sapo querido, y amarte, gárgara nauseabunda y abominable que a quien la hiciera destrozaría pulmones, ojos, corazón e hígado.

BRACCIANO
Basta. Debo contratar vuestros servicios, muy honesto doctor. Habéis de ir a Padua y de paso usar para nosotros vuestro talento.

JULIO
Así lo haré, señor.

BRACCIANO
¿Y qué hay de Camillo?

FLAMÍNEO
Esta noche morirá por causa de un accidente tan hábilmente dispuesto que la gente pensará que nadie más que él ha sido responsable de su muerte. Pero ¿cómo ha de morir vuestra esposa la duquesa?

JULIO
Yo me ocuparé de ella.

BRACCIANO
Impunes se hacen los crímenes pequeños por obra de los mayores.

FLAMÍNEO
Y tú, truhán, recuerda bien esto: cuando los bribones suben de posición, lo hacen como los criminales en los Países Bajos, unos sobre los hombros de otros.
(Vanse Bracciano, Flamíneo y el doctor Julio)

MONTICELSO
Mira este emblema, sobrino, y examinálo con atención, pues fue arrojado a tu aposento a través de la ventana.

CAMILLO
¿Por mi ventana? Aquí veo a un venado que ha mudado los cuernos, pérdida por la que el pobre animal llora. También veo la leyenda Inopen me copia fecit.

MONTICELSO
Es decir, la misma abundancia de cuernos le ha hecho pobre en ellos.

CAMILLO
¿Y cómo lo debo entender?

MONTICELSO
Te lo diré. Corre la noticia de que te han hecho cornudo.

CAMILLO
¿Eso se dice? Preferiría que una noticia como ésa quedara de puertas adentro.

FRANCISCO
¿Tienes hijos?

CAMILLO
No, señor.

FRANCISCO
Mejor para ti. Te voy a contar una historia.

CAMILLO
Con gusto os escucho.

FRANCISCO
Es un viejo cuento. Sucedió una vez que Febo, el dios de la luz, el mismo al que nosotros llamamos Sol, sintió la necesidad de casarse. Los dioses dieron su consentimiento y se envió a Mercurio para que lo anunciara por todo el mundo. Mas ¡qué lastimeras quejas surgieron al punto entre forjadores y pañeros, entre cerveceros y cocineros, entre mantequeros y segadores, entre vendedores de pescado y otros mil gremios a los que tantas molestias ocasiona el excesivo calor del sol! Era lástima verlos. Se presentaron, pues, todo sudorosos, ante Júpiter, y lograron echar atrás la decisión que se les había anunciado. Un cocinero grande y obeso, al que se había nombrado vocero del grupo, suplicó a Júpiter que se hiciera castrar a Febo: pues si ahora que no existía más que un único Sol había tantos hombres a punto de perecer por causa de su violento calor, ¿qué ocurriría si se casara y engendrara muchos más soles, y si estas criaturas hicieran, como su padre, fuegos de artificio? Eso mismo digo yo referido a tu esposa: su descendencia, si no lo evita la providencia, hará que la naturaleza, el siglo y el mismo género humano se arrepientan de su existencia.

MONTICELSO
Mira, sobrino, ve y cambia de aires, aunque solamente sea por vergüenza. A ver si tu ausencia conlleva la ruina de tu cornucopia. Has sido nombrado, con Marcello, comisario para limpiar de piratas las costas italianas.

MARCELLO
Mucho me honra el nombramiento.

CAMILLO
No obstante, señor, puede ocurrir que antes de mi regreso los cuernos del venado hayan brotado de nuevo, alcanzando un tamaño aún mayor que el de éstos que aquí vemos caídos.

MONTICELSO
No temas por ello, que yo seré tu guardabosques.

CAMILLO
Debéis vigilar bien durante la noche, que es el momento de más peligro.

FRANCISCO
Adiós, mi buen Marcello, que todas las buenas venturas que un soldado pueda desear te acompañen a bordo.

CAMILLO
¿Y no sería lo mejor, ahora que en soldado me he convertido, que antes de dejar a mi mujer y despedirme de ella venda todo lo que posee?

MONTICELSO
Espero, con tan alegres adioses, lo mejor de ambos.

CAMILLO
Cierto, que alegre ha de ser siempre el carácter de un capitán. Y estoy decidido a emborracharme esta noche.
(Vanse Marcello y Camillo)

FRANCISCO
Sea, que ya está todo bien dispuesto. Veamos ahora cómo su tan deseada ausencia va a dejar el camino libre –y de forma violenta– a la lujuria del duque de Bracciano.

MONTICELSO
He ahí la razón, pues ¿por qué otro despreciable motivo habríamos de escogerlo a él como capitán de la armada? Además, el conde Lodovico, del que se rumoreaba que había entrado en la piratería, se encuentra en Padua.

FRANCISCO
¿Es eso cierto?

MONTICELSO
Absolutamente. He recibido cartas suyas en las que suplica que se le tramite la pronta derogación de su condena. Tiene intención de dirigirse a la duquesa en solicitud de una pensión.

FRANCISCO
Bien, no importa. Nos basta con que Camillo esté ausente unos cinco o seis días. Me gustaría que el duque Bracciano se viera implicado en un escándalo notorio, pues en el maldito delirio en que se halla no hay nada que pueda hacerle recobrar su buen nombre si no es el sentimiento profundo de una vergüenza eterna.

MONTICELSO
Podría objetárseme que es poco honorable manejar así a un familiar, pero yo respondo que por vengarme llegaría a arriesgar la vida de un hermano que, agraviado, no se atreviera a tomar satisfacción por sí mismo.

FRANCISCO
Vayamos, pues, a observar a esa ramera.

MONTICELSO
¡Ay, la maldición de la grandeza! Es seguro que él no va a renunciar a Vittoria.

FRANCISCO
Pues de mí puedo decir que a poca compasión ello me mueve:
5
tal como el muérdago sobre el olmo, al que el tiempo ha marchitado,
dejemos que se pudran los dos juntos, a ella él bien agarrado.
(Vanse)

Escena segunda

(Entra Bracciano con un hombre vestido de mágico)

BRACCIANO
Te recuerdo ahora la promesa que antes me hiciste, pues ya es exactamente la medianoche y tal es la hora que fijaste para mostrarme, mediante el poder de tu arte, cómo se llevan a efecto los proyectados asesinatos de Camillo y de la duquesa, de mí tan aborrecida.

MÁGICO
Vuestra generosidad me ha empujado a una práctica que no es habitual en mí. Y hay aún quienes, con falaces invenciones, aspiran al título de nigromantes, al que yo ciertamente con gusto renunciaría. Así ocurre con los que acostumbran a hacer juegos con los naipes, pues parece que están practicando la magia cuando en realidad lo que hacen es embaucar a las gentes. O con aquellos otros que convocan, alrededor de un molino de viento, a los espíritus que les son aliados y llegan hasta a arriesgar el gaznate por lograr una vulgar pasquinada. O también esos que llevan consigo un caballo rabón, del que se sirven en sus invenciones, haciendo correr la voz de que de un espíritu se trata. Y a más de éstos, toda una legión de estrelleros y judiciarios –rufianes que por cierto no viven sino de encubierta manera, que lo único que hacen es usar con falsedad de poderes que no les son propios–, gentes capaces de hacer creer a los demás que el diablo se dedica a jugar con ellos al escondite, que de no ser así aquél debiera aparecer cuando lo convocan con su rimbombante latín. Sentaos ahora, os lo ruego, y poneos este gorro de noche, que en él está el hechizo. Os voy a mostrar, gracias a mi magia poderosa, las incidencias por cuya mediación se le va a quebrar el hálito a vuestra esposa la duquesa.

Pantomima primera

(Entran el doctor Julio y otra persona, con gran cautela. Descorren una cortina, descubriendo un retrato de Bracciano. Se ajustan unos grandes anteojos de cristal, que cubren también la nariz, y queman unos perfumes bajo el retrato, untando después con un líquido los labios de la figura. Una vez hecho esto, apagan el fuego y, quitándose los anteojos, se van entre risas. Entra entonces Isabella, en ropa de acostar, secundada por hombres que portan antorchas. La acompañan también el conde Lodovico, Giovanni y otros. Se arrodilla para pronunciar sus rezos, y descorre luego la cortina que oculta el retrato. Por tres veces ante él se inclina, y por tres veces lo besa. Se desvanece, pero impide a los presentes que se acerquen a ella. Muere. En los semblantes de Giovanni y del conde Lodovico se refleja el dolor. La sacan de la estancia con gran solemnidad.)

BRACCIANO
Excelente. Así que ella ya ha muerto…

MÁGICO
Sí, envenenada por el retrato, que había sido previamente fumigado. Todas las noches, antes de acostarse, acostumbraba a rendir una visita a vuestro retrato, para alimentar así sus ojos y sus labios de esa sombra inmóvil. Habiéndolo observado el doctor Julio, infectó el cuadro con un aceite y otras sustancias ponzoñosas, que en un instante le cortaron el aliento a la duquesa.

BRACCIANO
Me pareció ver en ello al conde Lodovico.

MÁGICO
En ello estaba, ciertamente. Y es más, mis poderes me permiten ver que a vuestra esposa tenía apasionada afición de amor. Volveos ahora hacia aquel otro lado y presenciad la suerte de Camillo, harto más hábilmente dispuesta que la de la duquesa. Fuerza es, pues, que de este suelo hechizado surja una música de altas resonancias y, como conviene a la representación, en tonos de tragedia.

Pantomima segunda

(Entran Flamíneo, Marcello y Camillo, acompañados de otros cuatro vestidos de capitanes. Brindan y bailan. Alguien entra en la estancia un caballo de palo y habla quedo con Marcello, tras lo cual éste y dos capitanes abandonan el lugar. Flamíneo y Camillo, entre tanto, se han quedado en camisa, como para disponerse a saltar. Cortesías acerca de cuál de los dos ha de iniciar el ejercicio. Cuando por fin Camillo está a punto de hacerlo, Flamíneo lo agarra por el cuello y, con la ayuda de los otros, lo estrangula. Parece cerciorarse de haber consumado su acción y deposita el cuerpo en el suelo, doblado, a los pies del caballo. Hace gestos en petición de ayuda. Entra Marcello, que, afligido, envía a buscar al cardenal Monticelso y al duque de Florencia. Éste se presenta acompañado de soldados. Todos muestran su sorpresa por lo acaecido. El duque de Florencia ordena que se traslade el cadáver de Camillo a la casa de éste. Hace prender luego a Flamíneo, a Marcello y a los demás. Se van todos. De sus ademanes se deduce que van a prender también a Vittoria.)

BRACCIANO
He de reconocer que todo el asunto está llevado de manera muy original, mas no llego a comprender en detalle todas las circunstancias de que se compone la invención.

MÁGICO
Pues todo estaba a la vista, y en la más clara disposición. Los habéis visto irrumpir en la escena, colmados de bebida a causa de los muchos brindis que por un viaje pleno de fortunas venían de pronunciar. He ahí que luego Flamíneo pide que les sea traído un caballo de palo, con ánimo de proseguir la diversión. Y después se urde una treta inocente a fin de que el virtuoso Marcello salga de la estancia. En cuanto al resto, con vuestros propios ojos lo visteis; es justo, pues, que sean ellos quienes os informen del desarrollo entero de esta industria.

BRACCIANO
Parece que, por lo que toca a Flamíneo y a Marcello, ambos han sido arrestados.

MÁGICO
Cierto, que a los dos pudisteis ver escoltados por la guardia. Ahora vienen todos hacia aquí con la intención de prender a vuestra amante, a la hermosa Vittoria. Y es su techo el que en estos momentos nos cobija, así que sería de conveniencia que al punto nos hiciéramos desaparecer por alguna puerta trasera.

BRACCIANO
Mi noble amigo, por obra de gratitud quedas ligado a mí para siempre. Sea esto como un sello que fuera unido a la firma de mi mano, garantía de que serás recompensado.

MÁGICO
Y para vos mi agradecimiento, señor.
(Vase Bracciano)
Con el calor del sol, parejas crecen la cizaña y la flor:
Tal los grandes, de lo mejor capaces, también de lo peor
(Vase el mágico)

Acto III

Escena primera

(Entran Francisco, Monticelso, su canciller y un escribano)

FRANCISCO
Veo que os habéis movido con discreción para lograr que todos los respetables embajadores aquí residentes acudan a presenciar el proceso de Vittoria.

MONTICELSO
Era conveniente que así fuera, pues bien sabéis, señor, que en lo que atañe a la muerte de su marido no tenemos más que suposiciones para acusarla. Por ello, si los embajadores asienten a las pruebas de su infernal lujuria quedará como mujer infamante ante todos nuestros estados vecinos. Me pregunto, por cierto, si estará presente Bracciano.

FRANCISCO
¡Por todos los santos! Sería una insolencia demasiado manifiesta.
(Vanse)
(Entran Flamíneo y Marcello, escoltados, y un letrado)

LETRADO
¿Qué, atrapado? Voy a comprobar si igualmente preso y encerrado se halla vuestro ingenio: entiendo que deberían ser viejos fornicadores, y no otros, quienes juzgaran a vuestra hermana.

FLAMÍNEO
O cornudos, que son los más terribles fustigadores de la lujuria. No me parece mal la idea de los fornicadores, pues nadie es mejor juez en una justa que el que antes fuera buen justador.

LETRADO
El duque mi señor se ha conducido en gran secreto con esa mujer.

FLAMÍNEO
Tan gran necio sois que no veis que más bien lo han hecho a los ojos de todos, y que precisamente por eso han de temer.

LETRADO
Con que les fuera probado que en un simple beso han consentido…

FLAMÍNEO
Terminad ¿qué se seguiría?

LETRADO
Pues que el señor cardenal los acosaría como el gato acosa al ratón.

FLAMÍNEO
No creo que sea propio de un cardenal el engatusar a nadie.

LETRADO
Porque el que siembra besos –atended a lo que os digo–, el que siembra besos cosecha lujuria. Y ello es así en razón de que mujer que consiente en ser besada es mujer a medias ganada.

FLAMÍNEO
Cierto, y ganada en su mitad de arriba, por seguir vuestro razonar. En cuanto a la de abajo, ya sabéis lo que sigue si se desea conquistarla.

LETRADO
Escuchad, ya se apearon los embajadores.

FLAMÍNEO
(Aparte) Es sólo para evitar sospechas que adopto esta careta de fingida despreocupación y desenfado.

MARCELLO
¡Ay de mi infeliz hermana! ¡Así hubiera clavado en su corazón la punta de mi daga el día de su encuentro primero con Bracciano! He oído decir, hermano, que le has servido de instrumento y de engaño para perder a Vittoria.

FLAMÍNEO
No hice más que abrir una senda para su ascenso, y para el mío propio.

MARCELLO
Mejor dirás que para vuestra ruina.

FLAMÍNEO
Pues mira tú, soldado fiel al gran duque, que incluso con el pródigo caudal de tu sangre alimentas sus victorias –al igual que nutren las brujas a los espíritus que están a su servicio–, y ¿qué has sacado de ello? No más que los dineros propios de un capitán: un puñado de oro que llevas en la mano abierta como si llevaras agua: cuando quieres agarrarla, la mísera recompensa se te escapa por entre los dedos.

MARCELLO
Pero…

FLAMÍNEO
Si apenas tienes para mandarte hacer un nuevo armador…

MARCELLO
Pero, hermano…

FLAMÍNEO
Atiende: incluso cuando derramamos nuestra sangre en grandes combates, sólo por la ambición o el vano enojo de los poderosos, ¿cómo se nos recompensa? Lo mismo que en el roble –tan útil para edificar– sucede en nuestra búsqueda de beneficio: que rara vez se halla el medicinal muérdago sin que al lado habite la mandrágora. Y tal como su veneno es el desaire de los grandes, por leve que a veces pueda parecer: empieza afectando solamente a un miembro, pero acaba hiriéndonos en el corazón. Es bien triste lección, pero así es.

MARCELLO
Vamos, vamos…

FLAMÍNEO
Cuando el tiempo haya puesto tu cabeza blanca como el majuelo en flor…

MARCELLO
Permíteme una interrupción. Por amor a la virtud, conserva un corazón honesto y no pares en esas intrigantes servidumbres que más infectan cuanto más prosperan. Si yo padre para ti en lugar de hermano fuera, nada mejor que esto pretendería dejarte como patrimonio.
(Entra el embajador de Saboya)

FLAMÍNEO
Pensaré en lo que acabas de decirme. Los señores embajadores…
(Solemne paso por escena de los embajadores. Vase el embajador de Saboya y entra el embajador de Francia)

LETRADO
¡Ah, mi querido y jovial francés! ¿Le conocéis? Es un justador admirable.

FLAMÍNEO
Le vi en las últimas justas. Se asemejaba aquel día a un candelabro de estaño que quisiera hacerse pasar por hombre en armadura, sujetando en su mano una lanza poco mayor que una vela de las de a libra la docena.

LETRADO
Pero monta excelentemente…

FLAMÍNEO
Un desastre es en las suertes de bravura; además se duerme sobre el caballo como lo hacen los polleros.
(Vase el embajador de Francia. Entran los embajadores de Inglaterra y España)

LETRADO
Ved ahí a mi buen español.

FLAMÍNEO
Lleva la cara sobre la gorguera de la misma guisa que vi a un criado llevar unos vasos sobre la cinta de un sombrero de luto, con enorme cuidado por miedo a que se le rompieran. Tan arrugado está que tiene aspecto de una pata de mirlo que, una vez salada, se hubiera asado al fuego de un candil.
(Vanse)

Escena segunda

(Entran Francisco, Monticelso, los seis embajadores residentes, Bracciano, Vittoria, el letrado, Zanca, Flamíneo, Marcello, criados y un soldado de la guardia)

MONTICELSO
Desistid de vuestro empeño, señor duque. No hay aquí ningún sitio a vos asignado, que Su Santidad ha dejado este asunto a nuestro parecer.

BRACCIANO
¡Y ojalá lo saquéis adelante con bien!
(Extiende bajo él una capa ricamente bordada)

FRANCISCO
Un asiento, allí, para su señoría…

BRACCIANO
Dejaos de atenciones, pues huésped que no ha sido convidado debe viajar a la manera que van a misa las mujeres de Holanda: llevando con él un taburete.

MONTICELSO
Como gustéis, señor. Situaos en el estrado, señora. Y vos ya podéis dar comienzo a vuestra inculpación.

LETRADO
Domine judex converte oculos in hanc pestem mulierum corruptissiman.

VITTORIA
¿Quién es ese hombre?

FRANCISCO
Un letrado que alega contra vos.

VITTORIA
Os solicito, señor, que le hagáis hablar en su lengua habitual. No he de responder de lo contrario.

FRANCISCO
¿Por qué? Vos comprendéis el latín…

VITTORIA
Cierto, pero de la gente que compone este auditorio y que ha venido a oír mi causa la mitad o más puede desconocerlo.

MONTICELSO
Continuad, señor abogado.

VITTORIA
Con su permiso, no deseo que mi acusación se presente oscurecida en una lengua extranjera. Toda esta asamblea ha de escuchar los cargos de que creéis poder acusarme.

FRANCISCO
No es menester, señor letrado, que en este punto os mostréis inflexible. Os ruego que cambiéis de lengua.

MONTICELSO
Mas, por Dios, señora, con ello ha de ser más conocida vuestra reputación.

LETRADO
Vamos pues; estad dispuesta.

VITTORIA
En el blanco estoy, señor. Os daré primero las indicaciones oportunas, luego os diré por cuánto habéis errado el tiro.

LETRADO
Muy doctos jueces, tengan a bien vuestras señorías de mostrar connivencia en su entender a la vista de esta mujer disoluta y diversivolente, que es responsable de una tan negra cadena de crímenes que para borrar su memoria sería necesario llegar hasta la consumación de ella misma y de sus maquinaciones.

VITTORIA
¿Qué es todo eso que está diciendo?

LETRADO
¡Calma, que los pecados exorbitantes merecen una exculpación!

VITTORIA
No hay duda, señores, de que este letrado ha ingerido recetas y proclamas de un apotecario y ahora regurgita las palabras duras e indigeribles, como si fueran las piedras que es costumbre dar a los halcones como medicamento. A fe que si antes era latín, esto parece galés a su lado.

FRANCISCO
Ahorraos tantas fatigas e intentad que esa sagaz elocuencia vuestra sea convenientemente aplaudida entre aquellos que puedan entenderos.

LETRADO
Pero señor…

FRANCISCO
(En tono de desprecio) Guardad vuestros papeles en la bolsa de fustán –perdón, que es de bocací– y aceptad mi reconocimiento de vuestra erudita locuacidad.

LETRADO
Muy licenciadamente doy las gracias a su señoría. En otro lugar he de emplear estos papeles.
(Vase)

MONTICELSO
Yo voy a ser más claro con vos y a pintar vuestros vicios con colores más naturales que el rojo y el blanco que pueden apreciarse en vuestras mejillas.

VITTORIA
Os equivocáis, pues la sangre de vuestra madre no fue nunca tan noble como ésta que hacéis aflorar a mis mejillas.

MONTICELSO
Debo trataros con indulgencia hasta el momento en que las pruebas os griten: ¡prostituta! Observad a esta criatura, honorables jueces, a esta mujer en la que se encarna tan prodigioso ardor.

VITTORIA
Mi muy honorable señor, el actuar así de abogado no es cosa que corresponda a la persona de un reverendo cardenal.

MONTICELSO
¡Ah, vuestro lenguaje parece por vuestro oficio enseñado! Ved qué excelente fruto aparenta, pero en realidad es como esas manzanas que las narraciones de los viajeros nos dicen que se dan allí donde en otro tiempo se alzaron Sodoma y Gomorra: no haré más que tocarla y al punto veréis cómo se reduce a hollín y cenizas.

VITTORIA
Eso lograríais con vuestra venenosa farmacopea.

MONTICELSO
No dudo que si existiera un segundo paraíso que perder, esta mujer sería el nuevo demonio seductor.

VITTORIA
¡Ay, pobre caridad! ¡No es precisamente bajo la púrpura que se te halla con frecuencia!

MONTICELSO
¿Quién no sabe, cuando noche tras noche las carrozas se amontonaban a sus puertas y sus aposentos superaban, con mil clases de luces, a las mismas estrellas, cuando imitaba la corte de un príncipe en música, en banquetes, en ruidosas orgías, quién ignora lo santa, lo verdaderamente santa que era esta prostituta?

VITTORIA
¿Qué? ¿Una prostituta? ¿Y qué es eso?

MONTICELSO
¿He de explicaros el sentido de tal palabra? A fe que lo haré y os la caracterizaré de modo perfecto. Confituras son, en primer lugar, que corroen las entrañas de quien las come, y perfumes envenenados para el olfato humano. Son alquimia fraudulenta, naufragio en la mar reposada. ¿Qué son las prostitutas? Son los gélidos inviernos de la Rusia, tan estériles que podría pensarse que la naturaleza hubiera olvidado la primavera. Son el mismo fuego que alimenta el infierno, son cosa peor que esos tributos que se pagan en los Países Bajos y que gravan la comida, la bebida, el vestido, el sueño, e incluso el pecado, la perdición del hombre. Son esas frágiles pruebas legales que, por el mero olvido de una sílaba, conducen a un desgraciado a la pérdida de sus bienes. ¿Qué son las prostitutas? Son esas campanas aduladoras que con el mismo tono resuenan en bodas y funerales. Son ricas tesorerías que por la extorsión se llenan y por el vicio execrable se vacían. Son harto peores que esos cuerpos muertos, tan solicitados al pie del patíbulo, que los cirujanos llevan a sus mesas para mostrar al hombre dónde habitan sus imperfecciones. ¿Qué son las prostitutas? Son como la moneda falsa y delictiva, que, quienquiera que la haya acuñado, trae conflictos a todos los que después la reciben.

VITTORIA
No me toca a mí la descripción de tal carácter.

MONTICELSO
¿A vos, noble dama? Extraed de todas las bestias y de todos los minerales sus mortíferos venenos…

VITTORIA
Bien, ¿y después?

MONTICELSO
Os lo diré: después hallaré en vos una botica tal que seguro que no carece de ninguno de ellos.

EMBAJADOR FRANCÉS
Ella ha vivido en el mal.

EMBAJADOR INGLÉS
Cierto, pero el cardenal es demasiado duro con ella.

MONTICELSO
Sabéis ya lo que es una prostituta; junto al demonio del adulterio se cuela el demonio del crimen.

FRANCISCO
Vuestro infortunado marido ha muerto.

VITTORIA
¡Oh, afortunado es ahora que ya no debe nada a la naturaleza!

FRANCISCO
Y ha sido un caballo mecánico la causa de su muerte.

MONTICELSO
Sí, ha sido una treta ingeniosa y eficiente, pues con él ha saltado a su propia tumba.

FRANCISCO
¿No es acaso un extraño prodigio que cayendo desde una altura de un par de varas un hombre de débil complexión se rompiera el cuello?

MONTICELSO
Y sobre una estera…

FRANCISCO
Y lo que es más, que perdiera al punto toda práctica del habla, todo movimiento vital, como un hombre que llevara tres días amortajado… Fijaos en cada una de estas circunstancias.

MONTICELSO
Y mirad ahora a la criatura que fuera su esposa: no viene como correspondería a una viuda, sino armada de desdén e insolencia. ¿Es ése un vestido de duelo?

VITTORIA
De haber previsto yo su muerte, tal como estáis sugiriendo, habría exteriorizado mi duelo.

MONTICELSO
En verdad que sois artera.

VITTORIA
En mal lugar dejáis vuestro talento y buen juicio llamando a eso un ardid. ¿Es que mi propio juez ha de considerar como insolencia lo que no es más que una justa defensa? Permitidme si así es que recurra, en lugar de a esta corte cristiana, a un tribunal de salvajes tártaros.

MONTICELSO
Ved, señores, cómo ahora nos injuria a propósito de nuestro procedimiento.

VITTORIA
Con humildad y sumisión pongo ante vosotros mi modestia y mi condición de mujer, muy dignos y respetables embajadores, mas al mismo tiempo de tal manera enredada en una deleznable acusación que es fuerza que mi defensa personifique, al igual que Perseo, el valor masculino. Al asunto: halladme culpable, separadme la cabeza del cuerpo, que quedaremos buenos amigos. Pues lo que me repugnaría, señor, es conservar la vida por obra de vuestra compasión, o por la de otra persona cualquiera.

EMBAJADOR INGLÉS
Muy valerosa se muestra.

MONTICELSO
Bueno, bueno, que las joyas falsas a menudo nos hacen sospechar de las verdaderas.

VITTORIA
Estáis engañado, pues habéis de saber que todas vuestras cabezas, arremetiendo en cerrada formación contra esta mina de diamantes, no pasarán de ser martillos de cristal, y como tales se quebrarán. ¿Qué son esas cosas sino pretendidas sombras de mis crímenes? Id a aterrorizar a niños con esos demonios pintados, señor, que yo ya soy mayor para ese tipo de estremecimientos sin razón. En cuanto a esos nombres de prostituta y criminal, los pronunciáis como cuando escupimos en dirección contraria a la del viento, que el repugnante esputo nos vuelve de nuevo a la cara.

MONTICELSO
Os ruego, señora, que os dignéis responderme a una única pregunta: ¿quién paraba bajo vuestro techo aquella noche aciaga en que vuestro marido se quebró el cuello?

BRACCIANO
Esa pregunta me obliga a romper mi silencio: yo estaba allí.

MONTICELSO
¿Y con qué motivo?

BRACCIANO
Acudí a reconfortarla y a ayudarla a poner orden en sus bienes, pues oí decir que su marido tenía contraídas deudas con vos, señor cardenal.

MONTICELSO
En efecto, las tenía.

BRACCIANO
Y se temía que pudierais engañarla.

MONTICELSO
¿Quién os ha hecho a vos albacea de su fortuna?

BRACCIANO
Pues mi caridad, esa caridad que hacia los huérfanos y hacia las viudas debería brotar de todos los corazones nobles y generosos.

MONTICELSO
Vuestro deseo, más bien.

BRACCIANO
Son los perros cobardes los que con más fuerza ladran. Ya hablaré luego con vos, clérigo rufián, ¿oís? Esa espada que con tan excelente temple habéis forjado he de hundirla en vuestras entrañas. Ah, muchos de los que tu hábito visten parecen vulgares mozos de correo…

MONTICELSO
¿Qué queréis decir?

BRACCIANO
Sí, recaderos mercenarios, pues aunque las cartas que lleváis dicen verdad, acostumbráis a llenaros la boca con cínicas e indecorosas mentiras.

CRIADO
Vuestra capa señor.

BRACCIANO
Erráis, que era mi asiento. Regálaselo a tu señor, ya que él se pretende dueño del resto de las cosas que hay en esta casa. Que sepa que Bracciano no fue nunca tan miserable como para llevarse un asiento de morada ajena; y que se haga con ella una colgadura para el dosel de su lecho, o la mitad de una gualdrapa para su reverendísima mula. Cardenal Monticelso: Nemo me impune lacessit.
(Vase Bracciano)

MONTICELSO
Ya se fue vuestro paladín.

VITTORIA
Y el lobo ya puede abalanzarse sobre su presa.

FRANCISCO
Grande es, señor, la sospecha de asesinato, mas no hay prueba cierta acerca de quién lo cometió. No creo, por mi parte, que tenga esta mujer el alma tan negra como para perpetrar tan sangriento delito. Y si la tuviera, habría de ocurrirle lo que a la vid que los labradores de países fríos abonan con sangre caliente: que llegado el verano produce un fruto insípido y que no alcanza la primavera siguiente sin ver antes empodrecidas tanto sus cepas como su raíz. Dejemos a un lado, pues, la culpa de sangre y tratemos solamente de su lujuria.

VITTORIA
Creo adivinar que esas píldoras que andáis así dorando contienen realmente veneno en su interior.

MONTICELSO
Ahora que ya no está presente el duque de Bracciano, voy a mostraros una carta donde se planeaba un encuentro entre él y vos en la quinta de un boticario, a orillas del Tíber. Vedla, señores. Imaginad allí, tras un lúbrico baño, y bajo los ardientes efectos de un lascivo banquete…, mas leedla, os lo ruego, que la vergüenza me impide relatar lo que a continuación sigue.

VITTORIA
Admito que fui tentada por el deseo, mas la tentación no demuestra por sí sola la existencia de pecado: Casta est quam nemo rogavit. Ahí en esa carta podéis sentir el calor con que el duque me hacía profesión de amor, pero no el frío de mi respuesta.

MONTICELSO
¡Raro es que os mostréis tan gélida en plena canícula!

VITTORIA
¿Y vais a condenarme sólo porque el duque me amara? También podríais entonces inculpar al río de belleza cristalina a cuyas aguas se arrojara cualquier pobre hombre, trastornado y abrumado por el mal de melancolía.

MONTICELSO
Y bien que ahogado en este caso, por cierto.

VITTORIA
Os ruego que hagáis recuento de mis culpas; hallaréis entonces cómo los únicos –y leves– delitos de que podéis acusarme son una bella figura, un brillante atavío, un corazón alegre y una buena disposición para el banquete. Bah, podríais dedicaros a matar moscas con pistola; a fe mía que sería un juego más noble.

MONTICELSO
Muy bien.

VITTORIA
Mas seguid con vuestro plan; da la impresión de que, tras haberme empujado a la mendicidad, pretendéis ahora hundirme para siempre. Aún tengo casas, joyas y unos pocos cruzados portugueses. Ojalá todo ello haga nacer la misericordia en vuestro corazón.

MONTICELSO
Si alguna vez el diablo ha tomado una forma bella, ¡ahí tenéis su retrato!

FRANCISCO
¿Quién os llevó esa carta?

VITTORIA
No tengo por qué decíroslo.

MONTICELSO
El señor duque os envió, el doce de agosto, un millar de ducados…

VITTORIA
Sí, eran para evitar que vuestro sobrino diera con sus huesos en la cárcel. Ya he pagado el interés que le correspondía.

MONTICELSO
Más bien pienso que era el interés de su lujuria.

VITTORIA
¿Y quién así lo cree, aparte de vos? Os ruego que, ya que sois mi acusador, no seáis también mi juez. Salid de ese estrado, exponed las pruebas que tenéis contra mí y dejad a éstos que sean los árbitros. Señor cardenal, si vuestras orejas de espía fueran lo bastante largas como para llegar hasta mis pensamientos y si tuvierais una lengua sincera, no me importaría que los revelarais todos ellos.

MONTICELSO
Vamos, vamos. Tras ese excelente festín de vanagloria lo que os voy a dar como postre no es precisamente una pera en dulce.

VITTORIA
De vuestro propio huerto ha de ser entonces.

MONTICELSO
Nacisteis en Venecia, de la honorable ascendencia de los Vitelli. Fue el sino de mi sobrino que se casara con vos –en nefasta hora, añadiría yo–, comprándoos a vuestro padre.

VITTORIA
¿Sí?

MONTICELSO
En seis meses gastó en vuestra familia doce mil ducados y que yo sepa, no recibió con vos ni un solo julio de dote; fue en verdad gravoso el precio, siendo tan ligera la mercancía. Y ya sólo me queda descorrer la cortina para que aparezca vuestro retrato. De allí vinisteis ya convertida en muy célebre ramera, cosa que habéis confirmado entre nosotros.

VITTORIA
¡Monseñor!

MONTICELSO
Escuchadme ahora, que ya tendréis tiempo de hacer comentarios. El señor de Bracciano –y notad que no hago más que repetir algo ya sabido y comentado en el Rialto, ya romanceado para el conocimiento general y aún no llevado a escena por causa de esos amigos que muchas veces halla el vicio y que hacen callar a sus fustigadores–. Y en cuanto a vuesas mercedes, Flamíneo y Marcello, nada tiene esta corte de qué acusaros, sólo pediros garantía de que ante ella compareceréis cuando sea la hora.

FRANCISCO
Yo avalo a Marcello.

FLAMÍNEO
Y a mí mi señor el duque.

MONTICELSO
En cuanto a vos, Vittoria, vuestra falta ha sido pública y ello –es el carácter de esta nuestra época– os priva de los frutos de la noble misericordia. Tan corrompido es el uso que habéis hecho de vuestra vida –y de vuestra belleza– que no menos aciaga que la de los cometas es vuestra influencia sobre los príncipes. He aquí la sentencia; seréis recluida en una casa de arrepentidas, al igual que la persona que ha alcahueteado para vos…

FLAMÍNEO
(Aparte) ¿Quién? ¿Yo?

MONTICELSO
…la mora Zanca.

FLAMÍNEO
(Aparte) Bien, ya estoy a salvo otra vez.

VITTORIA
¿Una casa de arrepentidas? ¿Y qué es eso?

MONTICELSO
Una casa de rameras contritas.

VITTORIA
Si esa casa me dais por alojamiento debe ser porque para sus esposas la hicieron construir los respetables nobles romanos.

MONTICELSO
Debéis resignaros.

VITTORIA
Vengarme es lo que antes debo hacer. Me encantaría saber si es que tenéis garantizada la salvación como privilegio de vuestro título, ya que así os comportáis.

MONTICELSO
¡Fuera con ella! ¡Lleváosla de aquí!

VITTORIA
¡Rapto! ¡Esto es un rapto!

MONTICELSO
¿Cómo decís?

VITTOIA
Sí, rapto, pues habéis violado la justicia, la habéis forzado a satisfacer vuestro placer.

MONTICELSO
Uf, está loca…

VITTORIA
Que esas píldoras, una vez en el interior de vuestras execrables entrañas, os traigan, no la curación, sino la muerte, o, si no, que mientras estáis en ese banco sentado, en vuestra propia baba quedéis ahogado…

MONTICELSO
En furia se ha tornado…

VITTORIA
Y que el día del juicio final os encuentre hecho un demonio –lo que siempre fuisteis– y os envíe al lugar que como tal os corresponde. Convertidme en mujer sedienta de sangre que pronuncie palabras de traición, pues así, ya que no podéis quitarme la vida por mis actos, podréis hacerlo por mis palabras. ¡Ay, qué pequeña es la venganza de las mujeres, que sólo con la lengua pueden lograrla! No, no voy a llorar. Me niego a dejar que aflore el llanto, no he de permitirme ni una sola y miserable lágrima que sirva para adularos en vuestra injusticia. Sacadme de aquí, llevadme ya a esa casa de… ¿con qué eufemismo os referisteis a ella?

MONTICELSO
De arrepentidas.

VITTORIA
No ha de ser tal para mí, pues mi alma la convertirá en un lugar más honesto que el palacio del papa, y habrá en él más paz que la que pueda haber en vuestro espíritu por muy cardenal que seáis. Sabed bien –y que ello despierte en cierta manera vuestro rencor– que los diamantes brillan con mayor esplendor cuando se los ve en la oscuridad.
(Vanse Vittoria, Zanca y soldados)
(Entra Bracciano)

BRACCIANO
Henos aquí ya amigos, señor. Estrechemos las manos sobre la tumba de un ser amado, que no hay lugar más idóneo –pues es símbolo de una dulce paz– para deponer nuestros odios.

FRANCISCO
¿De qué se trata, señor?

BRACCIANO
No quiero ser el motivo de que aún más sangre se escape de esa querida mejilla, que ya habéis perdido bastante. Adiós.

FRANCISCO
En verdad que suenan extrañas a mis oídos esas palabras. ¿Cómo he de entenderlas?

FLAMÍNEO
(Aparte) Bien, es éste ya el prólogo al descubrimiento de la muerte de la duquesa; no lo está haciendo mal. Y en cuanto a mí, ya que ahora no podría fingir un dolor desesperado por la muerte de mi señora, me mostraré como atacado por un desvarío por causa de la deshonra de mi hermana, y eso alejará de mí ociosas preguntas. La lengua de la traición no suele cesar en su infamante agitación: así pues, hablaré a todo el mundo, mas no escucharé a nadie, de forma que por un tiempo me vean, astutamente, como afectado de locura.
(Vase)
(Entran Giovanni y el conde Lodovico)

FRANCISCO
¿Qué tal va mi noble sobrino? ¿Cómo, enlutado?

GIOVANNI
Sí, tío; me enseñaron a imitar vuestras virtudes, y ahora sois vos quien debe imitar en vuestro atuendo el color de mis ropas. Mi dulce madre ha…

FRANCISCO
¿Cómo? ¿Dónde?

GIOVANNI
Ha marchado lejos, no, más allá… No quiero decíroslo, que os haré llorar.

FRANCISCO
Ha muerto.

GIOVANNI
No me culpéis, pues, que no fui yo quien os dio la noticia.

LODOVICO
Ha muerto, señor.

FRANCISCO
¿Muerta?

MONTICELSO
¡Bienaventurada señora, ya estáis por encima de todo sufrimiento! ¿Querrán sus señorías retirarse por un momento?
(Vanse los embajadores)

GIOVANNI
¿Qué hacen los muertos, tío? ¿Comen, escuchan música, van a cazar? ¿Se divierten como los que estamos vivos?

FRANCISCO
No, sobrino, duermen.

GIOVANNI
¡Dios mío, ojalá estuviera yo muerto! Que no he dormido las últimas seis noches… ¿Y cuándo despiertan?

FRANCISCO
Cuando es la voluntad de Dios.

GIOVANNI
Buen Dios, déjala dormir para siempre, que un centenar de noches la he visto despertarse, la almohada empapada y salada de sus lágrimas. Me voy a quejar a vos ahora, señor, voy a deciros cómo la han tratado, ahora que está muerta: la han envuelto, de muy cruel manera, en un ropaje de plomo, y no me han dejado besarla.

FRANCISCO
La queríais mucho ¿verdad?

GIOVANNI
Muchas veces la oí decir que ella misma me había dado el pecho: en ello podría verse con qué cariño me quería, pues no es cosa frecuente entre personas de su rango.

FRANCISCO
¡Ay, él es todo lo que me queda de mi infortunada hermana! Lleváoslo de aquí, por lo que más queráis.
(Vanse Giovanni y unos criados)

MONTICELSO
¿Y ahora, señor?

FRANCISCO
Creedme, no soy sino el sepulcro de mi hermana: su sagrada memoria guardaré por más tiempo que pudieran hacerlo un millar de epitafios.
(Vanse)

Escena tercera

(Entran Flamíneo, como enloquecido, Marcello y Lodovico)

FLAMÍNEO
Cual yunque o acero templado, los golpes soportando vamos,
10
Hasta que sea el dolor tanto que más dolor ya no sintamos.
¿Quién ahora me hará a mí justicia? ¿Es éste acaso el fin de mis servicios? Preferiría escardar ajos, viajar por la Francia siendo mi propio mozo de cuadra, vestir calzones de piel de carnero y calzar zapatos que apesten a betún o unirme a los cuarenta mil buhoneros de Polonia. (Entra el embajador de Saboya) Ojalá me hubiera podrido en algún hospital veneciano, de esos que están construidos tanto sobre viruelas como sobre pilotes, antes que haberme puesto al servicio de Bracciano.

EMBAJADOR DE SABOYA
Debéis tener consuelo.

FLAMÍNEO
Vuestras palabras son como la miel: tienen un sabor agradable en una boca que, como la vuestra, está sana, mas en la mía, que está dañada, descienden por la garganta como si llevaran el mismísimo aguijón de la abeja. Con gran habilidad han urdido el plan, como si lo que han hecho no fuera únicamente por rencor hecho. En esto imita el hombre astuto al diablo, de igual manera que éste imita al cañón: allí donde vaya a hacer daño va con el trasero por delante.
(Entra el embajador francés)

EMBAJADOR FRANCÉS
Las pruebas son manifiestas.

FLAMÍNEO
¡Pruebas! Si todo era corrupción… ¡Ah, dinero, menudo dios estás hecho! ¡Y qué diablo es el hombre para dejarse tentar por el vil metal! En cuanto a ese diversivolente abogado, observadlo bien: los granujas se tornan delatores con la misma facilidad que las larvas se convierten en moscas –con ambos además se pescan besugos. ¡Y el cardenal! Me gustaría que me estuviese escuchando. No hay nada tan sagrado que el dinero no pueda corromper y pudrir como alimentos en el trópico.(Entra el embajador inglés) Tenéis suerte los ingleses, señor. Aquí se vende la justicia con las mismas pesas con que se estruja a los condenados hasta morir. ¡Oh, salario horrible!

EMBAJADOR INGLÉS
Basta, Flamíneo, basta.

FLAMÍNEO
Nunca suenan tan bien las campanas como cuando en libertad la vuelta entera pueden dar. Y así de este cardenal espero que no tenga la gracia de rezar como se debe hasta que suba las escaleras del cadalso. (Vanse los embajadores) Si ahora se los torturara a fin de que confesaran su conspiración… Pero los nobles gozan del privilegio de no someterse jamás a la tortura, y más vale así, pues algunos hay que, a poco que se les hiciera, se derrumbarían antes de comparecer a juicio. Y la religión, ¡cómo está mezclada en toda clase de intrigas! La primera vez que en el mundo se derramó sangre fue por motivo de religión. Ay, me gustaría ser judío…

MARCELLO
Ya hay demasiados…

FLAMÍNEO
Ahí estás errado: no hay judíos en número suficiente, como tampoco clérigos, ni caballeros.

MARCELLO
¿Cómo dices?

FLAMÍNEO
Te lo voy a demostrar. Es, pues, que si hubiera judíos bastantes, no habría tantos cristianos dados a la usura; y si clérigos bastantes, ninguno de ellos podría disfrutar de seis beneficios a la vez; y si caballeros bastantes, no veríamos tantas setas –cuyo rápido crecimiento se debe al terreno que habitan, de estiércol abonado– aspirando a la nobleza. Adiós. ¡Que sean otros quienes vivan de la limosna! Hazlo también tú: practica el arte del inglés Wolner, engulle todo lo que se te ofrezca, pues luego una sola purgación te volverá a dejar tan hambriento como los tipos que trabajan de chiquichaques. Yo me voy a escuchar el canto de la lechuza.
(Vase)

LODOVICO
(Aparte) Era éste el mediador, pero me asombra ver cómo, a pesar de que la culpabilidad de su adúltera hermana es clara y manifiesta, se atreve a conducirse con tan escandalosa irritación. He de enterarme de qué es lo que pretende.
(Entra Flamíneo)

FLAMÍNEO
(Aparte) ¿Cómo osa este conde volver a Roma, estando condenado al destierro y aún por obtener el perdón? He oído decir que recibió un dinero de la fallecida duquesa y que vino de Padua en el séquito del joven príncipe Giovanni. Algo se esconde tras ello. Pues los médicos que curan a envenenados aún trabajan con contravenenos.

MARCELLO
(Aparte) Es un extraño encuentro.

FLAMÍNEO
(A Lodovico) Que el dios de la melancolía convierta en veneno vuestra hiel, y que las arrugas que como un estigma ya señalan vuestra cara unas a otras se adelanten como hacen las olas violentas en una marea agitada.

LODOVICO
En verdad que os lo agradezco a la vez que deseo, muy sinceramente, que los días de calamidad no se acaben para vos con la canícula, sino que por todo el año se prolonguen.

FLAMÍNEO
¿Qué dice el cuervo en su graznido? ¿Es que ha muerto nuestra querida duquesa?

LODOVICO
Eso es, ha muerto.

FLAMÍNEO
¡Ah, el destino! ¡Uno tras otro y sin cesar, como al magistrado los asuntos para investigar, nos vienen los infortunios!

LODOVICO
¿Os gustaría que vos y yo nos instaláramos juntos?

FLAMÍNEO
Oh, sí, estupendo. Seamos insociablemente sociables.

LODOVICO
Estemos juntos unos cuantos días y platiquemos.

FLAMÍNEO
Sí, pero sólo con gestos. Y acostémonos vestidos…

LODOVICO
Con gavillas por almohada…

FLAMÍNEO
Y llenos de piojos…

LODOVICO
Bien forrados de tafetán. Eso sí que es melancolía distinguida. Durmamos todo el día…

FLAMÍNEO
Bien, y como la liebre melancólica comamos pasada la medianoche. (Entran Antonelli y Gasparo, riendo) Se nos observa. Mirad qué curioso llanto traen esos dos…

LODOVICO
¡Qué extraña criatura hace un necio cuando ríe! ¡Como si el hombre no hubiera sido creado más que para enseñar los dientes!

FLAMÍNEO
Una cosa os diré: bien estaría utilizar, a la hora del aseo matinal, y para hacer las veces de espejo, una bacinica llena de la sangre coagulada de una bruja.

LODOVICO
¡Magnífico bribón! Nunca nos separaremos.

FLAMÍNEO
Nunca… Hasta que la mendicidad de los cortesanos, la insatisfacción de los clérigos, la indigencia de los soldados y de todos aquellos que están colgados y amarrados en la parte más baja de la rueda de la Fortuna –en situación peor aún que si se los hubiera sometido al tormento de la garrucha–, hasta que todas esas cosas se tornen, tomando de nuestra vida lección, en desprecio por un mundo que a la misma vida priva de medios de vivir.

ANTONELLI
Mi señor, os traigo buenas noticias. El papa, en su lecho de muerte, y ante la muy insistente petición del gran duque de Florencia, ha firmado vuestro perdón y os ha restituido…

LODOVICO
Os quedo agradecido por haberme traído tan buena nueva. Alzad la vista de nuevo, Flamíneo, y vedme ya perdonado.

FLAMÍNEO
¿Por qué reís? Eso no figuraba en nuestro pacto.

LODOVICO
¿Y cómo así?

FLAMÍNEO
No habéis de parecer hombre más feliz que yo. Señor, recordad vuestra promesa y, si deseáis estar contento, comportaos como lo hacen los grandes cuando presencian la ejecución de sus enemigos. Por mucho que sea el gozo que por ello sentís, apareced con el gesto que conviene a un malhumorado e intrigante rufián.

LODOVICO
Vuestra hermana Vittoria es una despreciable puta.

FLAMÍNEO
¿Ah, sí?

LODOVICO
¿Me habéis visto? Eso lo dije entre risas.

FLAMÍNEO
¿Pero vais a seguir hablando?

LODOVICO
Escuchadme, ¿querríais venderme cuarenta onzas de su sangre? Son para regar una mandrágora.

FLAMÍNEO
Me producís lástima, aunque es bien cierto que prometisteis llevar una vida piojosa.

LODOVICO
Cierto…

FLAMÍNEO
Como alguien a quien, por endeudado, se le hubiera privado de la luz del sol…

LODOVICO
Ja, ja…

FLAMÍNEO
No me sorprende demasiado que no guardéis vuestra promesa, que ya hace tiempo que aprendisteis a hacerlo. Mas he de deciros algo para terminar.

LODOVICO
¿De qué se trata?

FLAMÍNEO
Algo que se ha de clavar en vos.

LODOVICO
Anhelante estoy de oírlo.

FLAMÍNEO
Esta risa el semblante os envilece. Ya que no queréis melancolía, tened enfado al menos… (Lo golpea) Ved cómo ahora me toca a mí reír.

MARCELLO
De vos ha sido la culpa. Por la fuerza os haré salir de aquí.

LODOVICO
Soltadme.
(Vanse Marcello y Flamíneo)

ANTONELLI
¡Mi señor!

LODOVICO
Igual hubiera hecho de haber golpeado a un rayo con su puño…

GASPARO
¡Qué espectáculo!

LODOVICO
Diantre, ¿cómo fue que de mi espada se librara? Estos granujas, que tan cansados de la vida parecen estar, escapan, sin embargo, a los mayores peligros. ¡Maldito sea! Toda su reputación, todas las virtudes de su familia no valen ni la mitad del terremoto que ahora siente mi espíritu. A fe mía que no fue ningún maestro en el arte de la esgrima quien así me enseñó a temblar… Vayamos a beber vino, que quiero olvidarme de él.
(Vanse)

Acto IV

Escena primera.

(Entran Francisco y Monticelso

MONTICELSO
Vamos, señor, abrid las puertas que vuestros pensamientos encierran y dejad que floten libres al viento como el cabello de una novia. Vuestra hermana ha sido envenenada.

FRANCISCO
¡Lejos de mí el buscar venganza!

MONTICELSO
¿Y cómo? ¿Os habéis vuelto de piedra?

FRANCISCO
¿Es que acaso debo desafiarle y cargar sobre los hombros de mis pobres súbditos el muy oneroso peso de una guerra, que además no ha de estar en mi mano parar cuando sea mi gusto? Sabéis bien que todos los crímenes, raptos y pillajes que bajo la fiebre terrible de la guerra se cometen caen luego, en la hora de su muerte y aún más allá, en su descendencia, sobre aquel que caprichosamente provocara su primer estallido.

MONTICELSO
No es ése el proceder que yo os aconsejo. Prestadme atención, os lo ruego: es sabido que la labor de zapa da mejores frutos que la bala de cañón. Mantened, pues, bien disimulado vuestro agravio y, con la paciencia de la tortuga, dejad que os pise el camello, que no os machacará; dormid con el sueño del león y permitidle a esa partida de insensatos ratoncillos que jueguen confiadamente ante vuestras narices, hasta que sea llegada la hora del sangriento arreglo de cuentas, del zarpazo fatal; apuntad como el astuto cazador de aves, cerrando un ojo, que así centraréis mejor la pieza a vuestro gusto.

FRANCISCO
Que mi inocencia me guarde de acciones traidoras, pues no ignoro que en el más allá existe el trueno. He de ser como el prudente valle que su rodilla dobla ante cualquier ambiciosa montaña, pues sé que la traición, al igual que la araña que teje una tela para cazar moscas, cae en su propio artificio y en él halla la muerte. Bueno, alejemos ya de nosotros tal clase de pensamientos, monseñor. He oído decir que poseéis un libro en el que habéis ido anotando, gracias a los servicios de vuestros informadores, los nombres de todos los criminales conocidos que se esconden en la ciudad…

MONTICELSO
Así es, señor. Hay quienes lo llaman mi libro negro, y no es mala la denominación, pues, aunque no se enseña en él el arte de la magia, sí que guarda los nombres de muchos demonios.

FRANCISCO
Os ruego que me permitáis verlo.

MONTICELSO
Al punto iré a buscarlo para su señoría.
(Vase Monticelso)

FRANCISCO
No creáis que voy a confiar en vos, Monticelso, pues tan alerta estaré, en lo que a mis planes se refiere, como una ciudad a sitio sometida. No sois capaz de adivinar lo que pretendo hacer. La estopa enseguida prende, pero al momento ya la llama la ha consumido, mientras que el oro tarda en calentarse, pero también se mantiene caliente por largo tiempo.
(Vuelve a entrar Monticelso, con un libro)

MONTICELSO
Helo aquí, señor.

FRANCISCO
Veamos primero la relación de vuestros espías.

MONTICELSO
Es curioso cómo su número se hace cada día mayor, y algunos hay entre ellos a quienes tomaríais por personas muy honradas. Después vienen los mediadores; y aquí, los piratas; y en estas otras hojas que siguen, los despreciables truhanes que se dedican a arruinar a los incautos caballeros con sus préstamos de mercancías; luego, los que fingen hallarse en quiebra, y los granujas que a sus propias esposas prostituyen nada más que para vender luego unos caballos, unas joyas de insignificante valor, algún reloj, un poco de plata vieja y cosas semejantes cuando el primer hijo les nace.

FRANCISCO
Pero ¿es posible que existan hombres así?

MONTICELSO
Y estas otras páginas son para las desvergonzadas celestinas que de hombre van vestidas; para los usureros que reparten el beneficio con los notarios que les envían los clientes; para los letrados que antedatan sus mandatos judiciales…, con muchos más podríamos seguir. Y a más de un sacerdote podríais hallar entre estas páginas, pero me los salto por escrúpulos de conciencia. He aquí todo un completo catálogo de bribones. Un hombre que estudiara a fondo el mundo de las prisiones no lograría alcanzar el conocimiento que aquí se encierra.

FRANCISCO
Criminales… Cerrad el libro, os lo ruego. Mi estimado señor, prestadme estas curiosas doctrinas.

MONTICELSO
Servíos de ellas, señor.

FRANCISCO
Ciertamente os aseguro, monseñor, que sois un muy meritorio miembro del estado y que, al descubrir a todos esos delincuentes, le habéis rendido un servicio de incalculable valor.

MONTICELSO
En cierto modo sí, señor.

FRANCISCO
No lo dudéis. Eso vale más que aquel tributo de lobos que solía pagarse en Inglaterra. Servirá para colgar sus pieles en las cercas de todo el reino.

MONTICELSO
Debéis ahora permitirme que os deje solo.

FRANCISCO
Vaya con vos mi agradecimiento profundo, señor. Y si alguien pregunta por mí en la corte, decidle que me hallo rodeado de truhanes. (Vase Monticelso) Saco ahora de esto que ha sido algún taimado granuja al servicio del cardenal –alguien que ha poco que saltara de la mesa de escribanía a la silla de juez– quien ha compuesto tal registro de bellacos. Y que pretende, como los rebeldes irlandeses –que pedían dinero por sus rehenes– sacar de ello beneficio. Y así ocurre que los que la pagan son esos pobres bribones que no tienen los medios necesarios para ofrecer un buen soborno. Al resto de la pandilla se los borra de la lista, o bien monseñor hace la vista gorda con mucho gusto. Y así su protegido se enriquece, mientras que los bribones siguen siendo lo que eran. Mas volvamos al uso que voy a hacer del libro: me ha de proporcionar una lista de escogidos criminales, de instrumentos para cualquier clase de villanía. Si quisiera una docena de traíllas de perras cortesanas, aquí las habría de encontrar, y más incluso, tres ejércitos de lavanderas. ¡Y que en tan pequeño papel –no llega a ocupar lo que veinte bandos– se recoja la causa de perdición para tantos hombres! Ved, sin embargo, el infame uso que muchos hacen de los libros: hasta la teología, desvirtuada por mor de la discordia, desenvaina espadas, alienta batallas y echa abajo todo buen orden. Para idear mi venganza con mayor firmeza, permitidme ahora que recuerde el rostro de mi hermana muerta. No, no voy a pedir que me traigan un retrato suyo, sino que cerraré los ojos y con el ánimo melancólico haré que su figura cobre existencia ante mí. (Entra la sombra de Isabella) Ya lo tengo. ¡Con qué fuerza tremenda es capaz de actuar la imaginación! ¡Cómo puede dar forma a cosas que no existen! Me parece que ella se encuentra ahí, en pie, delante de mí. Y siguiendo esa imagen tan viva en mi mente podría, si tuviera talento para ello, dibujar su perfecto retrato. Cual hábil mago el pensamiento nos hace creer cosas sobrenaturales que tienen causa tan vulgar como la enfermedad. Aquí es solamente mi melancolía. ¿Cómo hallaste la muerte? ¡Qué desatinado estaré para hacer preguntas a mi propio destino! ¿Hubo antes de ahora hombre alguno que soñara despierto? ¡Retirádmelo de mi vista! ¡Que de mi cerebro desaparezca! ¿Qué puedo hacer yo con sepulcros o lechos de muerte, con funerales o lágrimas, yo que lo que debo es meditar mi venganza? (Vase la sombra) Ya veo que todo terminó, como un cuento de viejas. Más a menudo que a los locos les ocurre a los hombres de estado que creen estar viendo extrañas visiones. Vayamos al importante asunto que me ocupa. Mi tragedia debe encerrar algún componente de frívola alegría, o de lo contrario no lograría su fin. Heme aquí enamorado, pues, enamorado de la Corombona. Y en estos versos indecisos le presento mi confesión de amor. (Escribe) Excelentes me han salido. ¡Ah, el destino de los príncipes, que tan acostumbrados estamos a que continuamente se nos adule que, ahora que estoy solo, soy yo quien a mí mismo me alabo! Esto servirá. Ya está sellada.(Entra un criado) Lleva esto a la casa de arrepentidas. Y mira bien para hacerlo llegar a manos de la Corombona o de la matrona cuando se halle cerca alguien del séquito de Bracciano. Marcha. (Vase el criado) Poco seso deben tener los que todo lo hacen por la fuerza. Pues por donde pasa la cabeza de un hombre también pasa luego el resto de su cuerpo. Y como instrumento de mi plan, el arrojado conde Lodovico… El oro es lo que tal medio pone a mi alcance, pues sin señuelo en la mano no se engaña al halcón ni se le hace venir. Heme aquí ya, Bracciano, listo para enfrentarme a vos. Y, al igual que aquel salvaje irlandés, no he de consideraros muerto hasta que a la pelota pueda jugar con vuestra cabeza. Flectere si nequeo superos, Acheronta movebo.
(Vase)

Escena segunda

(Entran la matrona y Flamíneo)

MATRONA
Si se supiera que el duque tiene tan fácil acceso a la celda de vuestra hermana probablemente hallaría yo graves complicaciones.

FLAMÍNEO
No temáis ni la más mínima de ellas, pues el papa está en su lecho de muerte y otros son ahora los asuntos que a todos llenan la cabeza, no el de vigilar a una dama.
(Entra un criado)

CRIADO
(Aparte) Allí veo a Flamíneo, en conversación con la matrona.(A ésta) Deseo hablaros. Os ruego que entreguéis por mí esta carta a la hermosa Vittoria.

MATRONA
Así lo haré.
(Entra Bracciano)

CRIADO
Con cuidado y en el máximo secreto. Más tarde ya sabréis quien soy y de forma conveniente se os agradecerá ese favor.
(Vase)

FLAMÍNEO
¿Cómo? ¿Qué es eso?

MATRONA
Una carta.

FLAMÍNEO
Para mi hermana. Yo me ocuparé de entregársela.
(Vase la matrona)

BRACCIANO
¿Qué es eso que andáis leyendo, Flamíneo?

FLAMÍNEO
Mirad.

BRACCIANO
¿Cómo? (Lee) A la muy infortunada Vittoria, con gran respeto y veneración. ¿Quién era el mensajero?

FLAMÍNEO
Lo ignoro.

BRACCIANO
¿Que lo ignoráis? ¿Quién la ha enviado?

FLAMÍNEO
¡Pardiós! Habláis como si pudiera saberse qué clase de ave encierra un pastel de carne antes de cortarlo.

BRACCIANO
¡A fe que he de abrirlo, aunque el propio corazón de ella fuera! ¿Qué pone aquí como firma? ¡Florencia! Ya está al descubierto el zafio engaño, y también el modo en que se comunicaban. Leed, leed.

FLAMÍNEO
(Leyendo la carta) Basta con que seáis mía y tornaré en júbilo vuestras lágrimas. Vuestro apoyo ha caído, y lástima me da de ver una viña que siempre los grandes han anhelado vendimiar y que ahora, necesitada de buenos soportes, debe agostarse y quedar marchita. A fe, señor, que el vino y el poso convendrían a su estado. Pronto romperé el hechizo que os tiene prisionera y con mano libre de príncipe os llevaré a Florencia, donde mi amor y solicitud hará suspender vuestros deseos de mi cabello plateado. ¡Poned una brida a tan extraña sucesión de sutilezas! No me respondáis, por causa de mi edad, con el triste sauce, pues ¿quién habría de preferir la flor al fruto maduro? No maduro, podrido más bien, por haber descansado demasiado tiempo en lecho de paja. Pues a todas las líneas que la edad escribe en mi rostro supera esta otra: los dioses no envejecen, tampoco los príncipes. Maldita sea, rompedla. Basta de ateos, por el amor de Dios.

BRACCIANO
Diantre, la reduciré a cenizas y dejaré que el salvaje viento del norte la recoja: así llegará hasta su amante y por sus narices se meterá. ¿Dónde está esa ramera?

FLAMÍNEO
¿Qué? ¿Cómo la habéis llamado?

BRACCIANO
Ah, ya podría volverme loco de ira, evitar la odiosa enfermedad a la que ella me arrastra y arrancarme los cabellos. ¿Dónde está ahora esa tan cambiante estofa?

FLAMÍNEO
Por los suelos anda, os lo aseguro, tan baja que no es cosa que os convenga.

BRACCIANO
Entrad, alcahuete.

FLAMÍNEO
¿Quién, yo? Señor, ¿me ordenáis acaso como si fuera vuestro perro?

BRACCIANO
Como a un sabueso, que es lo que sois. ¿Es que acaso pretendéis desafiarme, enfrentaros conmigo?

FLAMÍNEO
¿Enfrentarme con vos? No, que corran los que sufren de enfermedad, que no preciso yo de emplasto alguno.

BRACCIANO
¿Andáis buscando que os dé una patada?

FLAMÍNEO
Y vos, ¿estáis buscando salir de esto con la crisma partida? Os digo, duque, que no estoy en Rusia y que quiero mantener bien enteras las espinillas.

BRACCIANO
¿Sabéis bien con quién estáis hablando?

FLAMÍNEO
Claro que sí, señor, lo sé muy bien: igual que hay una escala de maldades, la hay también de demonios. Vos sois un gran duque, yo vuestro secretario. Y no pasa un solo día en que no me espere un higo español o una celada italiana.

BRACCIANO
Venga, alcahuete, dejad ya la charlatanería e id a cumplir la misión que os corresponde.

FLAMÍNEO
Toda vuestra gentileza hacia mí me recuerda a aquella de que Polifemo hacía gala con Ulises: me reserváis para devorarme en último lugar. Y hasta seríais capaz de arrancarme la hierba de mi tumba para alimentar a vuestras alondras, sacando de ello además un intenso placer. Venid, os llevaré hasta ella.

BRACCIANO
¿Es que me dais la cara?.

FLAMÍNEO
Sabed, señor, que no iría yo delante de un enemigo tan astuto como vos, dándole la espalda, ni aunque hubiera detrás de mí un abismo de aguas turbulentas.
(Entra Vittoria y se dirige hacia Bracciano y Flamíneo)

BRACCIANO
¿Sabéis leer, señora? Ved esta carta; no hay en ella caracteres cifrados, ni jeroglíficos, así que no precisáis de explicación alguna. Ahora soy yo quien en mediador vuestro se ha convertido. Por amor de Dios, ¡vais a ser una dama de imponente presencia, sí, una majestuosa y encumbrada ramera!

VITTORIA
¿Decíais, señor?

BRACCIANO
Venid conmigo; vayamos a vuestro escritorio para que nos enseñéis allí vuestro tesoro de cartas de amor. A fe mía y a la del diablo que todas las quiero ver.

VITTORIA
Por mi vida, señor, que no tengo ninguna ¿Quién envía ésa que ahí traéis?

BRACCIANO
¡Maldita sea vuestra fingida ignorancia! (Le da la carta) Sois un halcón bien adiestrado, ciertamente. Pero yo os he de atar el cascabel para que voléis al infierno.

FLAMÍNEO
Cuidaos del halcón que es engañador, duque.

VITTORIA
¡Florencia! Hay en ella alguna traidora invención, mi señor. Jamás fuera él galante conmigo, os lo aseguro, ni siquiera en sueños.

BRACCIANO
De acuerdo, se trata de una invención. ¡Esa belleza vuestra! ¡Maldita sea un millón de veces! ¡Cuánto tiempo he estado viendo al demonio en este cristal! Como en los sacrificios paganos llevaban a la víctima, al son de la música y coronada de floridas guirnaldas, así me han llevado a mí a la ruina eterna. O divinidad o lobo es la mujer para el hombre.

VITTORIA
Mi señor.

BRACCIANO
Como dos imanes rehuiremos el uno la presencia del otro. ¿Cómo? ¿Lloráis? Con diez que hubiera como vos dedicadas al oficio de fingir ya sería posible proveer de plañideras a todos los funerales de Irlanda, de esas que profieren salvajes alaridos.

FLAMÍNEO
No os sobrepaséis, señoría.

BRACCIANO
¡Esa mano, esa maldecida mano que yo he abrumado de enloquecidos besos! Oh, mi bien, mi duquesa, ¡qué encantadora criatura me parecéis ahora! (A Vittoria) Vuestros inmorales pensamientos como el mercurio se derraman por todas partes. Y yo debía estar hechizado, pues todo el mundo habla mal de vos.

VITTORIA
¿Y qué importa? De tal manera he de vivir a partir de esta hora que obligaré al mundo a retractarse y a cambiar de palabra sobre mi persona. Os oí nombrar a vuestra duquesa.

BRACCIANO
Cuya muerte Dios perdone.

VITTORIA
¡Cuya muerte Dios vengue sobre vos, el más impío de los hombres!

FLAMÍNEO
¡Helos ahora, cual dos torbellinos enfrentados!

VITTORIA
¿Qué he ganado con vos, sino infamia? Habéis manchado el inmaculado honor de mi casa familiar y habéis ahuyentado de ella a toda una noble compañía. Ahora son los míos como esos que, enfermos de parálisis, se hacen rodear de fétidos zorros, que las gentes de más fino olfato procuran evitarlos. ¿Qué nombre daríais a esta casa? ¿Es acaso vuestro palacio? ¿O es que no la llamó el juez casa de putas arrepentidas? ¿Y quién me envió aquí? ¿Quién tuvo el honor de promover a Vittoria al mérito de pertenecer a esta academia de la incontinencia? ¿Acaso no habéis sido vos? ¿Acaso no es ése el único beneficio que me habéis procurado? Id a blasonar de haber llevado, como a mí, la ruina a muchas damas. Adiós, señor, que no quiero oír más de vos. Una úlcera me tenía infectado uno de mis miembros; ya lo he cortado. Y ahora iré en llanto al cielo, ayudándome de muletas. En cuanto a vuestros presentes, todos os serán devueltos; también desearía que me fuera posible haceros albacea de todos los pecados. (Se arroja sobre una cama) ¡Ah, si con la misma rapidez pudiera precipitarme a la tumba! Por lo que valéis no he de derramar ni una sola lágrima más: ¡antes la muerte!

BRACCIANO
He bebido agua del Leteo. ¡Vittoria! ¡Mi bien, mi felicidad! ¿Qué os aflige, mi amor? ¿Por qué ese llanto?

VITTORIA
Puñales son ahora mis lágrimas, ¿no lo veis?

BRACCIANO
¿Es que ya no son míos esos ojos incomparables?

VITTORIA
Antes que eso, que no fueran iguales desearía.

BRACCIANO
Y esos labios, ¿ya no me pertenecen?

VITTORIA
Antes me los mordería hasta desgarrarlos.

FLAMÍNEO
Volved a mi señor, querida hermana.

VITTORIA
Fuera de aquí, alcahuete.

FLAMÍNEO
¿Alcahuete? Como si fuera yo el autor de tu pecado…

VITTORIA
Lo sois, pues vil ladrón es también quien al vil ladrón deja entrar.

FLAMÍNEO
Estamos sobre un polvorín, señor.

BRACCIANO
¿Por qué no me escucháis? Sentirme una sola vez celoso de vos es como prometeros amor eterno y aseguraros que nunca más he de tener celos.

VITTORIA
Ah, necio, vuestra insolencia supera en mucho a vuestro ingenio. ¿Qué osaríais hacer que yo no osara soportar, a excepción de seguir siendo vuestra amante? Y si de eso se trata, antes encenderíais una hoguera en el mismísimo fondo del océano.

FLAMÍNEO
Oh, nada de juramentos, por el nombre de Dios.

BRACCIANO
¿Por qué no me escucháis?

VITTORIA
Jamás.

FLAMÍNEO
¡Semejante a un odioso absceso es la voluntad de una mujer! ¿Es que no hay nada capaz de hacerlo reventar? usto con ella, pues ¿qué extraña credulidad os hizo pensar que el duque de Florencia pudiera amarla? le al cazador más que un poco de diversión –una breve persecución, de no más de un cuarto de hora–, para después ceder al agotamiento y, abatidos por el esfuerzo, ser ya presa fácil. (Aparte, a Bracciano) Dejaos, señor, que a las mujeres se las atrapa como a las tortugas: poniéndolas antes tripa arriba. (Alto) He aquí mi mano en señal de que estoy de tu lado, hermana. Vamos, vamos, señor, habéis sido injusto con ella, pues ¿qué extraña credulidad os hizo pensar que el duque de Florencia pudiera amarla?¿Aceptaría un pañero género de otro si estuviera ya manoseado y manchado por el uso? (Alto) Y con todo, hermana, ¡qué mal te sienta ese obstinado empeño! No aguantan mucho los jóvenes lebratos; el enojo de las mujeres, al igual que la carrera de aquéllos, no debería suponerle al cazador más que un poco de diversión –una breve persecución, de no más de un cuarto de hora–, para después ceder al agotamiento y, abatidos por el esfuerzo, ser ya presa fácil.

BRACCIANO
¿Es que queréis arrancarme ahora los ojos, estos ojos que durante tanto tiempo tuvieron su mirar habitando en vuestro rostro?

FLAMÍNEO
(Aparte, a Bracciano) No haría eso ninguna dama noble, por cruel que fuera, ni siquiera una de esas que suelen prestar cuatro ochavos a los pobres barrenderos de la ciudad y encima les cobran interés.
Tomadla de la mano, señor, y besadla. No seáis como el hurón, que suelta su presa cuando se le sopla.

BRACCIANO
Que la unión de nuestras manos sea signo de reconciliación.

VITTORIA
¡Fuera de aquí!

BRACCIANO
Nunca. Ni la ira, ni el vino –que torna olvidadiza la mente– me inducirán a cometer otro error parecido.

FLAMÍNEO
(Aparte, a Bracciano) Ahora sí que estáis en el buen camino; no lo dejéis por nada.

BRACCIANO
Hagamos las paces, y dejemos que el universo entero profiera violentas amenazas.

FLAMÍNEO
Observa lo arrepentido que está. Las mejores naturalezas cometen las mayores faltas cuando a los celos ceden. Es como el vino, que es el mejor el que al estropearse produce el vinagre más fuerte. Óyeme una cosa: el mar es más encrespado, más furioso, que el río tranquilo, pero no es tan dulce ni saludable como éste. Y una mujer apacible es como el agua calma que hay bajo un gran puente: sin peligro alguno puede pasar el hombre.

VITTORIA
Hábil fingidor que eres.

FLAMÍNEO
Algo es, hermana, que mamamos de pecho de mujer, cuando nuestra más tierna infancia.

VITTORIA
¡Añadir aún más infortunios a los que ya me afligen!

BRACCIANO
Dueña mía.

VITTORIA
¿Es que no he caído aún lo bastante bajo? Ah, ahora que ya en vos se ha enfriado la devoción por mí, el corazón se os apelmaza como una bola de nieve con un frío intenso.

FLAMÍNEO
Juro a diez que habrá de fundirse y volver a su anterior estado, aunque para ello tuviera que correr, hasta agotarse, todo el vino de Roma.

VITTORIA
Mejor recompensa hubierais dado a vuestro perro, o a vuestro halcón, que ésta que para mí habéis querido. No diré una sola palabra más.

FLAMÍNEO
Cerradle la boca, señor, con un dulce beso. Ahora que la marea ha cambiado, ved que la nave inicia un viraje. Y a fe que él posee un muy dulce abrazo. Ah, los de cabello rizado somos aún los más agradables para las mujeres. La cosa va bien.

BRACCIANO
¿Es menester que refunfuñéis tanto?

FLAMÍNEO
Más humo sale, señor, de vuestras pequeñas chimeneas; ved, estoy sudando por vos. Uníos ahora en un silencio tan profundo como el que guardaran aquellos griegos dentro de su caballo de madera. Y apoyad con actos vuestras promesas, pues ya sabéis que la carne pintada no alivia el hambre.

BRACCIANO
Quedaos en la ingrata Roma…

FLAMÍNEO
¡Roma ingrata! Más bien merece que la llamemos Barbaria, por la infamia con que nos trata.

BRACCIANO
Calma, que el mismo proyecto que tiene el duque de Florencia –no sé si enamorado o por fingimiento– para su huida lo he de realizar yo.

FLAMÍNEO
Y nunca mejor que en esta noche, señor, que, muerto el papa, y reunidos todos los cardenales en cónclave para la elección de un nuevo pontífice, la ciudad se halla en gran confusión. Podríamos vestirla de paje, disponer postas para el camino, embarcar y marchar a toda vela a Padua.

BRACCIANO
Sí, al punto sacaré de aquí al príncipe Giovanni y me dirigiré a Padua. Vosotros dos, junto con vuestra anciana madre y el joven Marcello, que sirve al duque de Florencia –si es que podéis convencerle de ello–, me seguiréis. A todos os procuraré fortuna. En cuanto a vos, Vittoria, pensad en el título de duquesa.

FLAMÍNEO
¿Ves, hermana? Esperad un momento, señor, que voy a contaros un pequeño cuento. El cocodrilo, que habita el río Nilo, tiene entre sus dientes unos gusanos que allí se crían y que le causan gran congoja. Pero hay un pajarillo de tamaño no mayor que el reyezuelo, que es para el cocodrilo barbero y cirujano, pues va volando a situarse entre sus fauces, le extrae los gusanos y le procura remedio inmediato. Más la bestia acuática, contenta por el alivio, pero desagradecida para con quien se lo acaba de proporcionar, y para que el pajarillo no fuera por ahí diciendo de no ser pagado, cierra sus mandíbulas con el ánimo de atraparlo y condenarlo a un silencio perpetuo. Pero he aquí que la naturaleza, a la que repugna tanta ingratitud, ha armado la cabeza de este pájaro con una especia de pluma o espolón, cuyo extremo superior hiere al cocodrilo en el cielo de la boca y le obliga a abrir esa sangrienta prisión, permitiendo así al simpático mondadientes escapar volando de su cruel paciente.

BRACCIANO
Ya veo, la aplicación de esa historia es que no os he recompensado los servicios que me habéis prestado.

FLAMÍNEO
No es ésa, señor. Tú, hermana, eres el cocodrilo. En la fama fuiste dañada con una herida que ahora mi señor se dispone a curar. Y aunque la comparación no es exacta en todos sus detalles, fíjate bien en ello y no olvides cuánto bien os hizo el espolón que él posee en la cabeza. Y aborrece la ingratitud.(Aparte) Puede parecer ridículo que hable de esta manera, como un bribón o como un loco, y que de vez en cuando meta en ello una frase trivial sazonada de cordura, pero eso me permite variar de apariencia.
pues imitan cual simios los bribones a los grandes,
pensando en hacerse así a ellos iguales.
(Vanse)

Escena tercera

(Entran Lodovico, Gasparo y seis embajadores. Por otra puerta, Francisco, duque de Florencia)

FRANCISCO
Agradezco a vuesa merced esa diligencia; vigilad el cónclave y cuidad, como es preceptivo, de que nadie hable con los cardenales.

LODOVICO
Lo haré, señor. ¡Plaza para los embajadores!

GASPARO
Van hoy espléndidamente engalanados, pero ¿por qué con tan diferentes atavíos?

LODOVICO
Porque son, señor, Caballeros de Órdenes varias. Aquel de la capa negra con una cruz plateada es Caballero de la Orden de Rodas; el que le sigue, Caballero de la de San Miguel; aquel otro, del Vellocino de Oro, y el francés aquel, del Espíritu Santo; el saboyano, Caballero de la Anunciación; el inglés, Caballero de la muy honorable Orden de la Jarretera, dedicada a su santo patrón, San Jorge. Podría describiros cada una de las instituciones a que pertenecen, con las leyes que las rigen, pero no me lo permite el escaso tiempo de que disponemos.

FRANCISCO
¿Dónde está el conde Lodovico?

LODOVICO
Aquí, señoría.

FRANCISCO
Se está acercando la hora de la cena. Disponga, pues, vuesa merced el servicio para los cardenales.

LODOVICO
Al punto, señoría. (Entran criados con varias fuentes, convenientemente cubiertas) Parad un momento, que quiero supervisar ese plato. ¿Para quién es?

CRIADO
Para mi señor el cardenal Monticelso.

EMBAJADOR FRANCÉS
¿Por qué ha de inspeccionar él los platos? ¿Para averiguar de qué se compone la cena?

EMBAJADOR INGLÉS
No, señor, sino para impedir que sea introducida carta alguna con ánimo de comprar mediante soborno, o siquiera de solicitar, el ascenso de un determinado cardenal al solio pontificio. Cuando los cardenales van a celebrar su primera reunión se permite a los embajadores de todos los reinos que entren con ellos y que presenten su solicitud en la persona que cuente con más simpatías de sus respectivos príncipes. Pero después que esto, y hasta que finaliza la definitiva elección, nadie puede hablar con ellos.

LODOVICO
¡Eh, vosotros, los que estáis al servicio de los señores cardenales, abrid la ventana y coged sus viandas!
(Aparece en la ventana un criado del cónclave)

CRIADO
Haga vuesa merced devolver el servicio, pues los señores cardenales están ya ocupados en la elección de papa: han terminado ya el escrutinio y se hallan en plena adoración.

LODOVICO
Está bien, retírate.

FRANCISCO
Apostaría mil ducados a que de un momento a otro vais a tener noticias del nuevo papa. Escuchad, estoy seguro de que ya ha sido elegido. (Aparece un cardenal en el balconcillo) Mirad, el señor cardenal de Aragón está ya en las almenas de la iglesia.

CARDENAL DE ARAGÓN
Denuntio vobis gaudim magnum. Reverendissimus Cardinalis Lorenzo de Monticelso electus est in sedem apostolicam, et elegit sibi nomem Paulum Quartum.

TODOS
Vivat sanctus Pater Paulus Quartus.
(Entra un criado)

CRIADO
Señor, Vittoria…

FRANCISCO
¿Qué? ¿Qué pasa con ella?

CRIADO
Ha huido de la ciudad.

FRANCISCO
¿Cómo?

CRIADO
Con el duque de Bracciano.

FRANCISCO
¿Huida? ¿Dónde está el príncipe Giovanni?

CRIADO
Marchó con su padre.

FRANCISCO
Que se arreste a la matrona de la casa de arrepentidas. ¡Huida! ¡Oh, maldición! (Vase el criado) La buena fortuna acompaña a mis deseos, pues a fe mía que no era otra cosa lo que quería conseguir con mi plan: le envié la carta con la sola idea de que la indujera a hacer lo que ha hecho. Así he empezado por envenenaros la fama, duque chiflado, forzándoos a desposar a una puta. ¿Hay algo peor? Y de ello se sigue una enseñanza, y es
que siempre la mano ha de obrar, para hacer callar la lengua enardecida;
odio a los que quedan en quejar, ciñendo espada, de la afrenta sufrida.
(Entra Monticelso, con gran pompa)

MONTICELSO
Concedimus vobis apostolicam benedictionem et remissionem peccatorum. (Francisco le comunica algo al oído) Nos cuenta su señoría que Vittoria Corombona ha sido secuestrada de la casa de arrepentidas por Bracciano, y que ambos han huido de la ciudad. Ahora, y aunque hoy sea el día primero de nuestro mandato, no podemos hallar mejor manera de complacer a los divinos poderes que separando de la Santa Iglesia a tan maldecidos súbditos. Haced, por tanto, saber que Nos pronunciamos la pena de excomunión contra ambos. Y que la misma pena aplicamos a todos los suyos que se hallen en Roma. Sigamos.
(Vanse todos, excepto Francisco y Lodovico)

FRANCISCO
Vamos, mi querido Lodovico, recordad que hicisteis solemne juramento de llevar a cabo el proyectado homicidio.

LODOVICO
Y en él me mantengo con firmeza. Pero no deja de sorprenderme cómo su señoría, siendo príncipe de gran importancia, se mezcla personalmente en un asunto como éste.

FRANCISCO
No me distraigáis. La mayoría de los que forman su corte están de mi parte; algunos, incluso, son mis confidentes. Mi noble amigo, ya que vamos a correr en este asunto un peligro parejo, dejadme también una porción de la gloria que ello conlleva.
(Vase Francisco)
(Vuelve a entrar Monticelso)

MONTICELSO
¿Por qué motivo se mostró tan diligente el duque de Florencia en conseguir vuestro perdón? Decidme.

LODOVICO
En el proceder de los mendigos italianos podéis hallar una explicación: es sabido que, viviendo como viven de la limosna, aconsejan a aquellos a los que piden que se hagan un bien a sí mismos. O también puede ser que el duque vaya por el mundo sembrando mercedes, pues
15
tantas veces así los reyes, que sin medida alguna han dado:
menos en premio o recompensa que porque fuera de su agrado.

MONTICELSO
No me extraña vuestra astucia. Vamos, ¿qué diablura es la que tramabais?

LODOVICO
¿Qué diablura, mi señor?

MONTICELSO
Era yo el que preguntaba. ¿Con qué fin ha empleado el duque vuestros servicios? Le vi quitándose el sombrero y bajándolo hasta la rodilla, con gran cumplido, cuando os dejó.

LODOVICO
Nada, señor, simplemente me hablaba de un caballo árabe que a él le hubiera gustado educar en la carrera, el salto y el caracoleo. Y sucede que tengo yo un caballista francés muy notable…

MONTICELSO
Tened cuidado, no vaya a descalabraros el rocín. ¿Creéis que vais a engañarme con esa historia de caballos indomables? Mentís, amigo mío. Sois como una nube negra y desapacible que amenaza una violenta tormenta.

LODOVICO
Las tormentas, señor, están por los aires. Y el sitio al que yo pertenezco no está ni mucho menos tan alto.

MONTICELSO
¡Indigna criatura! Ya sé que estáis hecho a toda clase de males, como los perros, que una vez que prueban la sangre no pueden luego de dejar de matar. Hay algún asesinato en esto, ¿verdad?

LODOVICO
No voy a decíroslo. Aunque tampoco tendría que preocuparme demasiado si lo hiciera, pues me prepararía, simplemente, de esta manera: Santo Padre, vengo a Vos, no como confidente, sino como pecador arrepentido; todo lo que voy a decir va a ser dicho en confesión, y ya sabéis que esas cosas no pueden revelarse.

MONTICELSO
Me habéis vencido.

LODOVICO
Sabed que yo amaba intensamente a la duquesa de Bracciano. O, mejor dicho, la pretendía con ardiente deseo, aunque ella jamás llegara a tener conocimiento de nada. Y la envenenaron; a fe mía que lo hicieron. Y por eso he jurado vengar su muerte.

MONTICELSO
Al duque de Florencia, supongo.

LODOVICO
Exacto.

MONTICELSO
¡Miserable criatura! Si persistís en este empeño, sabed que es algo que merece la condenación. ¿Creéis acaso que podéis pasar por la sangre, deslizándoos sobre ella, y no mancharos en una vergonzante caída? O es que, a la manera del tejo negro y melancólico, ¿pensáis echar raíces en los sepulcros de los muertos y aún así crecer y prosperar? Pero los consejos morales os hacen el mismo efecto que a una tierra demasiado dura un breve chaparrón: que moja, pero no penetra. Así que os dejo, con esas furias que rondan en torno a vuestra cabeza, en la espera de que por medio de la penitencia os deshagáis del mal, expulsando de vuestro corazón a ese diablo cruel que ahora lo habita.
(Vase Monticelso)

LODOVICO
Renunciaré a mi empeño, pues dice que en ello me va la condenación. Además, esperaba su apoyo y aprobación debido a la muerte de su sobrino Camillo.
(Entran Francisco y un criado, por detrás de Lodovico)

FRANCISCO
(Al criado) ¿Conoces a ese conde?

CRIADO
Sí, mi señor.

FRANCISCO
Llévale estos ducados allí donde se aloje. Y dile que se los envía el papa.
(Aparte) Es posible que esto, más que ninguna otra cosa, sirva para reafirmarle en su proyecto.
(Vase)

CRIADO
Señor.

LODOVICO
¿A mí me decís?

CRIADO
Su Santidad le envía estas mil coronas, y es su gusto que, si viajáis, le consideréis su patrón para todas las nuevas que podáis traerle.

LODOVICO
Yo soy su esclavo, siempre a sus órdenes. (Vase el criado)Bien, parece que algo ha cambiado en su actitud. Primero me abruma con toda clase de improperios. Y, sin embargo, fuerza es que estas coronas estuvieran contadas y para mí dispuestas antes de que pudiera tener conocimiento de mi viaje. ¡Ah, el fingimiento, la recatada actitud con que los grandes se muestran a los demás! Helos ahí, sentados como las novias en los banquetes nupciales, que desvían la mirada a la menor broma lasciva, enfermo de náusea el estómago por causa del mismo pudor, pero, a la vez, su pensamiento corre en la mayor libertad y se entrega incluso a las ardientes y lujuriosas diversiones que va a traer la noche ya próxima. ¡Tal es la astucia que ese hombre acaba de mostrarme! Ha examinado con una sonda dorada lo más profundo de mi alma. Heme aquí ahora, pues, doblemente armado. Vayamos: el hecho de sangre nos espera.
Sólo tres furias pueblan el infierno espacioso:
Pero tres mil habitan el alma del poderoso.
(Vase)

Acto V

Escena primera

(Atraviesan la escena Bracciano, Flamíneo, Marcello, Hortensio, Vittoria Corombona, Cornelia, Zanca y otros. Vanse todos, excepto Flamíneo y Hortensio)

FLAMÍNEO
Nunca antes en todas las horas de mi enojosa vida se había hecho el día para mí como hoy, pues el matrimonio que hoy se ha celebrado me afianza en mi buena fortuna.

HORTENSIO
Sí, es una buena garantía para ella también. ¿No has visto aún al moro que ha venido a la corte?

FLAMÍNEO
Sí, ya he platicado con él en el aposento del duque. No conozco a nadie de mejor disposición, ni hablé nunca con nadie más experimentado en los asuntos de estado y en los principios del arte militar. Se dice que ha estado al servicio de la República de Venecia, en Creta, estos últimos catorce años, y que allí ha dirigido numerosas y arriesgadas empresas.

HORTENSIO
¿Y quiénes son esos dos que le hacen compañía?

FLAMÍNEO
Dos nobles caballeros de la Hungría, que hace ocho años, y hallándose por entonces al servicio del Emperador con grado de capitanes, ingresaron en la vida religiosa –en la muy severa Orden de los Capuchinos–, contradiciendo así todas las previsiones de la corte. Pero, no encontrándose allí muy a gusto, dejaron la Orden y volvieron a la corte. Y produciéndoles todo ello mal en la conciencia, juraron dedicar sus armas a luchar contra los enemigos de Cristo, marcharon a Malta –donde se les hizo Caballeros de aquella Orden– y, a su vuelta, en esta gran solemnidad, resolvieron abandonar el mundo para siempre e instalarse, aquí mismo, en Padua, en una casa de capuchinos.

HORTENSIO
Singular trayectoria.

FLAMÍNEO
Sí, y otra cosa hay que sin duda la hace extraña, y es que han prometido llevar siempre, y como único vestido sobre sus cuerpos desnudos, esas cotas de malla que utilizaban cuando servían en la milicia.

HORTENSIO
En verdad que es dura penitencia. Y el moro, ¿es cristiano?

FLAMÍNEO
Lo es.

HORTENSIO
¿Y por qué ofrece sus servicios a nuestro duque?

FLAMÍNEO
Porque entiende probable el estallido de una guerra entre nosotros y el duque de Florencia, y en ella espera hallar empleo. No vi nunca a nadie reflejar tanta autoridad en una mirada severa y altiva, ni expresar en una frase elevada tanto conocimiento y tan profundo desprecio por nuestros vanidosos y banales cortesanos. Habla como si hubiera visitado en sus viajes todas las cortes reales de la Cristiandad. Y en todo lo que dice se aprecia un esfuerzo por dar a entender –para que todos los que con él discuten así lo sepan– que
la gloria humana, como la luciérnaga, es en la distancia un fulgor;
20
pero cuando te acercas, la luz no ves, ni sientes della el calor.
Viene el duque.
(Entran Bracciano, Francisco, duque de Florencia –disfrazado como el moro Mulinassar–, Lodovico, Antonelli y Gasparo – con otro conspirador, todos disfrazados–, armados de espada y casco, Carlo y Pedro)

BRACCIANO
(A Lodovico y Gasparo) Es vuestro deseo que se os permita dejar las espadas guerreras, como ofrenda y recuerdo, en nuestra capilla. Accedo a ello como a un gran honor que me hacéis. Y ahora debo suplicaros que me permitáis ir a ocuparme de los preparativos de la fiesta de nuestra duquesa. Solamente una cosa antes: no rehuséis mi invitación para presenciar, como el último acto de vanidad que os será dado ver en el mundo, el torneo que hay preparado para esta noche. Tendréis en él plaza reservada. Pues ha complacido a los grandes embajadores que volvían de Roma a sus respectivos países hacernos el honor de asistir a nuestro matrimonio y honrarnos con ese entretenimiento. Sed gratamente bienvenido. Hemos sabido con detalle de vuestros excelentes servicios en la guerra contra los turcos. Por ello os hemos concedido, valeroso Mulinassar, una generosa pensión, a la vez que sentimos profundamente que los votos que han hecho estos dos meritorios caballeros no les permitan oír también el ofrecimiento de mi generosidad.

FRANCISCO
Ya los convenceré de que se queden, señor.

BRACCIANO
Vayamos, pues, a la sala de audiencias.
(Vanse Bracciano, Flamíneo y Hortensio)

CARLO
Mi nobílisimo señor, sed felizmente bienvenido. (Los conspiradores se abrazan) Contad con nuestra promesa, sellada por juramento, de secundar vuestras intenciones.

PEDRO
Todo está listo. Ni aun en el caso de que hubiera desesperado y deseado su propia perdición podría haber hallado para ello medio más adecuado.

LODOVICO
No quisisteis adoptar mi sistema.

FRANCISCO
Está ahora así mejor dispuesto.

LODOVICO
Haber envenenado su libro de rezos, o su rosario, o la perilla de su silla de montar, o su espejo, o el mango de su raqueta. ¡Esto, esto último es lo que debería haberse hecho! Así, mientras estuviera entregado al juego de la pelota, sus juramentos le habrían hecho caer al infierno, enviando de un golpe su alma a uno de los orificios de que el juego se compone. Ah, mi señor, ya me gustaría que nuestro plan fuera ingenioso y que en adelante se citara como ejemplo, para no tener que tomar nosotros ejemplo de los demás.

FRANCISCO
No hay medio más expeditivo que el que está planeado.

LODOVICO
A ello, pues.

FRANCISCO
Y, sin embargo, pienso que es una venganza muy pobre, pues va a caer sobre él furtivamente, como hace el ladrón. ¡Ay, qué pena no haberlo cogido por el casco en el mismo campo de batalla y haberlo llevado así a Florencia…!

LODOVICO
¡Sí, habría sido cosa excelente! Y luego coronarlo allí con una guirnalda de apestosos ajos, para indicar la aspereza de su gobierno y la acritud de su deseo. Viene Flamíneo.
(Vanse todos, a excepción de Francisco)
(Entran Flamíneo, Marcello y Zanca)

MARCELLO
Dime, ¿por qué os persigue esta demonio?

FLAMÍNEO
Lo ignoro, pues por la luz del día que yo no la he convocado. No se precisa tanta arte de magia como la gente piensa para convocar al demonio, ¡que aquí hay ya uno! Mucha más industria se necesita luego para volverlo a enterrar.

MARCELLO
Ella es una vergüenza para ti.

FLAMÍNEO
Te ruego que la perdones, pues es bien sabido que las mujeres son como las lapas, que allí donde las lleva su cariño, allí mismo quedan fijadas.

ZANCA
Ahí está mi compatriota, de excelente planta. Cuando esté desocupado departiré con él en nuestra propia lengua.

FLAMÍNEO
Sí, sí, hazlo. (Vase Zanca) (A Francisco) ¿Cómo estáis, valeroso soldado? Me habría gustado presenciar alguna de esas ocasiones en que destacasteis por el manejo de la espada. Os ruego que nos relatéis alguna de vuestras hazañas.

FRANCISCO
Me parece ridículo que un hombre se haga su propia crónica. Nunca me llené la boca de elogios de mi persona, por miedo a que luego resultara desagradable mi aliento.

MARCELLO
Sois demasiado modesto. El duque esperará de vuesa merced muy distintas palabras.

FRANCISCO
Pues no he de adularlo, que he estudiado demasiado al ser humano como para hacerlo. Porque, ¿qué diferencias hay entre el duque y yo? No más que las que separan un ladrillo de otro, ambos hechos de la misma arcilla. Únicamente puede suceder que, por pura ley del azar uno se halle en lo alto de un torreón y el otro en el fondo de un pozo. Si yo estuviera tan alto como el duque, me mantendría tan firme como él, tendría su mismo buen aspecto y resistiría igualmente las inclemencias del tiempo.

FLAMÍNEO
(Aparte) A fe mía que si a este soldado se le diera permiso para mendigar a la puerta de la iglesia contaría buenas patrañas.

MARCELLO
Yo también he sido soldado.

FLAMÍNEO
¿Y has prosperado con ello?

MARCELLO
Más bien poco, ciertamente.

FRANCISCO
Esa es la miseria de las épocas de paz, que sólo se respetan las apariencias. Como esos barcos que parecen enormes cuando están en el río y minúsculos cuando flotan en el océano, así hay hombres que parecen colosos en un salón de la corte y que tendrían aspecto de lamentables pigmeos si se los pusiera en un campo de batalla.

FLAMÍNEO
A mí dadme antes una sala noble, en la que cuelguen algunos tapices, y algún poderoso cardenal que me arrastre por las orejas como a su bufón preferido…

FRANCISCO
¡Y el diablo sabrá qué bribonadas podrías hacer entonces!

FLAMÍNEO
Y sin riesgo alguno además.

FRANCISCO
Cierto: es sabido que en el campo, en tiempo de cosecha, el campesino no se atreve ni siquiera a enseñar la escopeta a los pichones, por mucho que sea el grano que estropeen. Y ¿por qué? Pues porque esas aves pertenecen al dueño del señorío. Mientras que los pobres gorriones, cuyo único señor es el que está en los cielos, por igual delito acaban en la cazuela.

FLAMÍNEO
Voy a daros ahora una enseñanza de buen aviso. Dice el duque que os ha concedido una pensión, pero eso no es más que una simple promesa. Haced que os lo diga por escrito, y firmado de su mano. Y es que he conocido más de un caso en el que volvieron de combatir al turco y gozaron de una pensión durante tres o cuatro meses –para comprarse una nueva pierna de madera, o para renovar sus emplastos–, pero después se acabó. Es una miserable cortesía, que me recuerda la actitud del verdugo que, sí, da de beber algo caliente y reconfortante al pobre desgraciado que se halla al borde de la muerte en su potro, pero con el único fin de conseguir que su alma cobre nuevo aliento para soportar el fuego de nuevas torturas.(Entran Hortensio, un joven caballero, Zanca y otros dos) ¿Qué tal venís, gentiles caballeros? ¿Está ya todo dispuesto para el torneo?
(Vase Francisco)

CABALLERO
Sí, ya están los participantes vistiendo sus armaduras.

HORTENSIO
¿Y éste? ¿Quién es?

FLAMÍNEO
Otro recién llegado, que jura como los halconeros y como los calendaristas escupe mentiras, día tras día, en los oídos del duque. Lo conozco desde que llegara a la corte, con un tufo a sudor como el de los mozos que recogen las pelotas en el juego.

HORTENSIO
Mira, por ahí viene tu apasionada amante.

FLAMÍNEO
Eres para mí como un hermano, y como tal te confieso que amo a esa mora, a esa hechicera, y que a ella me encuentro por fuerza ligado, pues conoce mis villanías. Sí, la amo, pero del mismo modo que se tiene a un lobo agarrado por las orejas: que si no fuera por el miedo que tengo a que se me revuelva y al cuello se me tire, de buen grado dejaría que se marchara con todos los diablos.

HORTENSIO
He oído que te está exigiendo matrimonio.

FLAMÍNEO
Sí, cierto es que le hice tan lúgubre promesa, y ahora corro, intentando huir de ella, como un perro espantado por una botella que al rabo lleva atada y que, aun deseando quitársela de un mordisco, no lo hace al no atreverse a volver la mirada atrás. ¡Hola, mi adorada gitana!

ZANCA
Es más gélido que ardiente tu amor por mí.

FLAMÍNEO
¡Cielos, si más que seguro soy como amante! Ya tenemos muchas rameras en la ciudad que producen rápidos e intensos ardores.

HORTENSIO
¿Qué piensas, pues, de esas mujeres tan garbosas y perfumadas?

FLAMÍNEO
Que por mucho que de elegante raso vistan ello no puede salvarlas. Mira, puedo asegurarte que desprenden un cierto aroma de enfermedad, y ya sabes, quien con perros se acuesta, con pulgas se levanta.

ZANCA
¿Será posible? ¿Qué me desprecies solamente porque otras usen afeites y vistan trajes vistosos?

FLAMÍNEO
¿Cómo, que amo a las mujeres por su maquillaje o vistosa apariencia? No, y para explicarlo voy a soltar de mi perrera un nuevo ejemplo canino: Esopo tenía un perro estúpido que dejaba escapar la tajada para ir tras su sombra. Algo semejante ocurre con los cortesanos, que seguro que podrían elegir mejor los platos de su menú…

ZANCA
Recuerda tu promesa.

FLAMÍNEO
Los juramentos que hacen los enamorados son como las oraciones de los marinos: siempre los pronuncian en circunstancias de extrema necesidad. Pero luego, cuando la tempestad amaina y la nave deja de hacer piruetas en el lecho del océano, de las promesas pasan a la bebida. Y no es de extrañar, pues entre caballeros ambas cosas –el beber y el prometer– suelen ir tan juntas, y en tan buena combinación, como los zapateros con el tocino salado de Westfalia, que tienen efecto similar: la bebida nos lleva a hacer promesas, y éstas a beber de nuevo para celebrarlas. ¿No os ha parecido este discurso mío mucho mejor que las moralistas disertaciones de vuestro amigo, el caballero de tez bronceada?
(Entra Cornelia)

CORNELIA
¡Ah mujer perdida! ¿Es éste el sitio que has escogido para halconear? ¡Levanta el vuelo y vete al burdel!
(Golpea a Zanca)

FLAMÍNEO
¡Merecerías ser colgada por los pies! ¡Andar pegando a los demás aquí en la corte!
(Vase Cornelia)

ZANCA
¡Menuda señora! No sirve más que para que sus sirvientas cojan enfriamientos por su culpa durante la noche, pues, por miedo a la rapidez con que a su ama se le van las manos a pegarlas, no se atreven a usar la vara con que suelen hacerse las camas.

MARCELLO
Eres una zorra insolente y desvergonzada.
(La echa a patadas)

FLAMÍNEO
¿Por qué la tratas a patadas? Dime, ¿crees acaso que es como un nogal, al que hay que aporrear para que dé mejor fruto?

MARCELLO
Por ahí anda jactándose de que vas a casarte con ella.

FLAMÍNEO
¿Y qué si lo hago?

MARCELLO
En un palo pinchada preferiría verla, y colocada como espantapájaros en un campo recién sembrado: así ahuyentaría de él a sus hermanos los cuervos.

FLAMÍNEO
Bah, no eres más que un muchacho…, y necio además. Si quieres ser guardián de alguien, tendrás que serlo de tu podenco, que yo ya estoy crecido.

MARCELLO
La degollaré la próxima vez que la vea a tu lado.

FLAMÍNEO
¿Y con qué vas a hacerlo? ¿Con un abanico de plumas?

MARCELLO
En cuanto a ti, a golpes de látigo sacaré de tu persona este desvarío que te tiene apresado.

FLAMÍNEO
Veo que estás lleno de cólera, y para curarla te voy a dar una purga de ruibarbo.

HORTENSIO
¡Que es tu hermano!

FLAMÍNEO
Bah, que le cuelguen… Es él quien menos debería ofenderme y es, sin embargo, quien más lo hace, con continuos agravios. No me extrañaría que mi madre lo engendrara haciendo trampas.

MARCELLO
¡Por todas mis ilusiones que hasta la llama de nuestros sentimientos, como en el caso de los hijos de Edipo, ambos brutalmente asesinados, se dividirá en dos para tomar cada una un rumbo diferente! Te haré responder de esas palabras con la sangre de tu corazón.

FLAMÍNEO
A tu gusto. Como a las prostitutas en los grandes viajes oficiales, bien sabes dónde encontrarme.

MARCELLO
Muy bien. (Vase Flamíneo) Y vos, si sois amigo fiel, llevadle mi espada y pedidle que mida su longitud para que pueda conseguirse una semejante.

CABALLERO
Sin dudarlo, señor.
(Vanse todos, excepto Zanca)
(Entra Francisco, duque de Florencia, disfrazado de moro Mulinassar)

ZANCA
(Aparte) Aquí viene. He de alejar de mí hasta el más pequeño recuerdo de la deshonra de que he sido objeto. (A Francisco)Nunca hasta ahora me había satisfecho el color de mi piel, pero en este momento me sirve para deciros que os amo sin que rubor alguno aparezca en él.

FRANCISCO
No has sembrado tu amor en la buena estación: en todas las vidas, sí, hay un veranillo de San Miguel, pero en mi caso apenas tiene fuerza. Estoy cargado de años, y por esa razón me he jurado no contraer matrimonio.

ZANCA
Ay, las doncellas que como yo no tienen fortuna hallan más amantes que maridos. Pero, aun así, es posible que estéis errado en lo que a mis bienes se refiere. Pues, como cuando se envía a un embajador a rendir homenaje a un príncipe, que se le hace llevar un rico presente –de tal forma que, si no gustan al príncipe extranjero ni la persona ni las palabras del embajador, le guste al menos el regalo–, así yo me dirijo a vos, con ánimo de que gustéis, si no de mis virtudes, sí al menos de mi dote.

FRANCISCO
He de meditar la proposición que me haces.

ZANCA
Sí, hacedlo, que ahora ya no os detengo por más tiempo. Y cuando estéis más desocupado que ahora, os diré cosas que harán que la sangre os corra atropelladamente por las venas. Y no me reprochéis que esta pasión haya revelado, pues el enamorado que oculta su fuego sólo para sí no tarda en consumir su corazón.

FRANCISCO
(Aparte) Mi mejor espía Zanca puede ser, entre ellos disimulado,
pues ¿qué raras aves no obtendré de nido tan viciado?
(Vanse)

Escena segunda

(Entran Marcello y Cornelia, acompañados de un paje)

CORNELIA
He oído decir por toda la corte, hijo mío, que vas a batirte, pero ¿quién es el oponente? ¿Y cuál la disputa?

MARCELLO
No es más que un infundado rumor.

CORNELIA
¿Por qué fingir conmigo? Estoy segura de que pretendes no asustarme. Nunca está tu rostro tan pálido como cuando te domina la ira. Te ordeno, pues, por mi bendición, que… No, mejor llamaré al duque para que te exhorte.

MARCELLO
No divulgues un temor que en risa podría convertirse, pues no hay tal. ¿No era éste el crucifijo de mi padre?

CORNELIA
Cierto.

MARCELLO
Recuerdo haberte oído contar que, mientras le dabas el pecho, mi hermano lo cogió entre sus manos (entra Flamíneo) y te rompió un brazo.

CORNELIA
Sí, pero ya está curado.

FLAMÍNEO
Vengo a devolverte tu arma.
(Flamíneo atraviesa a Marcello con la espada)

CORNELIA
¡Ay, horror!

MARCELLO
Sí, ya veo que me la has traído… y en lo más profundo de mi ser la has alojado.

CORNELIA
¡Ah, ayuda! ¡Lo han matado!

FLAMÍNEO
¿Ya del cuerpo te sale a borbotones la cólera? No te preocupes, que corro a buscar a un cirujano.
(Vase Flamíneo)
(Entran Carlo, Hortensio y Pedro)

HORTENSIO
¿Cómo? ¿Qué haces ahí tendido?

MARCELLO
Madre, recuerda ahora lo que te dije sobre el crucifijo roto. Adiós. Hay pecados por los que el cielo castiga con justicia a toda una familia. Véase aquí lo que trae medrar por toda clase de deshonestos medios. Que todos los hombres sepan que sólo mantiene su asiento firme el árbol cuyas ramas no se extienden más allá del espacio que ocupan sus raíces.
(Muere)

CORNELIA
¡Ay, mi pena eterna es!

HORTENSIO
¡Ay del virtuoso Marcello! Está muerto. Dejadle, señora, os lo ruego. Venid conmigo, es menester que así lo hagáis.

CORNELIA
No, no está muerto, es sólo un vahído. ¿Por qué habría de estarlo? Nadie ganaría nada con su muerte. Permitidme que lo llame para que regrese, por todos los santos del cielo.

CARLO
¡Ojalá pudierais permanecer en el engaño!

CORNELIA
Ah, me engañáis, me engañáis, me engañáis… ¡Cuántos se han ido así, por falta de cuidados! Levantadle la cabeza, levantádsela, no sea que su propia sangre, si corre hacia el interior del cuerpo, lo mate realmente.

HORTENSIO
Vuestro hijo os ha dejado para siempre.

CORNELIA
Dejad que me acerque a él, entregádmelo tal como esté, aunque en polvo ya se hubiere convertido. Dejadme tenerlo en mis brazos, aunque sólo sea para darle un único pero apasionado beso. Y después metednos a ambos en el mismo ataúd. Traed un espejo, pronto, y mirad si su aliento no produce en él mancha de vapor alguna, o sacad si no una pluma de mi almohada y acercádsela a los labios. ¿Es que vais a perderlo por no prestarle un poco de cuidado?

HORTENSIO
El mejor servicio que ahora podéis rendirle es el de rezar por su alma.

CORNELIA
Ay, que aún no quiero rezar por él. Puede vivir hasta enterrarme a mí y rezar por mi alma, basta con que sólo me dejéis tenerlo en mis brazos…
(Entra Bracciano, en armadura completa a excepción del casco, y acompañado por Flamíneo, Francisco y Lodovico, los dos últimos disfrazados)

BRACCIANO
¿Esto ha sido obra tuya?

FLAMÍNEO
Más bien mi infortunio ha sido.

CORNELIA
Miente, miente, él no lo ha matado; éstos, han sido éstos, que no han permitido que me ocupara mejor de su cuidado…

BRACCIANO
Consolaos, madre afligida.

CORNELIA
(A Flamíneo) ¡Pájaro de mal agüero!

HORTENSIO
Contened vuestros impulsos, buena señora.

CORNELIA
Dejadme, dejadme… (Corre hacia Flamíneo con una daga desenvainada en la mano, pero, al llegar a él, la suelta) Que el Dios del cielo te perdone… ¿No te sorprende que rece por ti? Te diré la razón: apenas me queda aliento para vivir más allá de media hora, y no quiero gastarlo en proferir maldiciones contra mi hijo. Adiós. Ahí yace lo que era la mitad de tu propio ser. Y ojalá vivas para llenar un reloj de arena con sus cenizas, de forma que te recuerde siempre que has de pasar los años que te queden de vida en el más santo arrepentimiento.

BRACCIANO
Decidme, madre apenada, cómo halló la muerte y cuál fue el motivo de la disputa.

CORNELIA
La verdad es que mi hijo pequeño quiso hacerse el hombre en exceso, y con duras palabras lo provocó. Luego también fue el primero en sacar la espada, y después… no sé cómo, pues yo tenía ya perdida la cordura, cayó muerto, yendo a dar con la cabeza en mi regazo.

PAJE
No es cierto, señora, eso que decís.

CORNELIA
Calla, te lo ruego. Ya se ha perdido una flecha entre la maleza, e inútil sería perder también ésta por culpa de la otra, que ya no recuperaremos jamás.

BRACCIANO
Llevad el cadáver a la habitación de Cornelia. Es mi voluntad también que nadie informe a nuestra duquesa de este accidente lamentable. En cuanto a ti, Flamíneo, escúchame: no voy a perdonarte.

FLAMÍNEO
¿No?

BRACCIANO
No, solamente voy a concederte un plazo para que conserves la vida, aunque ese plazo será de un solo día. Así cada noche tendrás que su renovación para no ser colgado a la mañana siguiente.

FLAMÍNEO
Como digáis. (Lodovico rocía con un veneno el casco de Bracciano) Vuestra voluntad es ahora ley, y en ella no voy a interferir.

BRACCIANO
Ya te encaraste conmigo una vez, recuérdalo, en la residencia de tu hermana. Por ello es que ahora quiere tenerte por el miedo sometido ¿Dónde está mi casco?

FRANCISCO
(Aparte) Pide lo que ha de ser su destrucción. Espíritu noble y joven, me apiado de la triste suerte que os toca. Y ahora, vayamos ya a donde han de tener lugar los torneos. El casco le acelerará el viaje a la laguna negra. Antes de marchar, perdonar a un asesino fue su última buena obra.
(Vanse)

Escena tercera

(Ruido de cargas y clamores. Se lucha en los torneos: primero uno contra uno, luego tres contra tres. Entran Bracciano y Flamíneo, acompañados de varias personas –entre ellas, Vittoria, Giovanni y Francisco, éste disfrazado–)

BRACCIANO
¡Un armero! ¡Por todos los diablos, traedme a un maestro armero!

FLAMÍNEO
¡El armero! ¿Dónde está el armero?

BRACCIANO
Sacadme el casco.

FLAMÍNEO
Señor ¿estáis herido?

BRACCIANO
Como en fuego tengo la sesera… (Entra el armero) Este casco está envenenado.

ARMERO
Pero, señor, por mi vida que…

BRACCIANO
Lleváosle, y que sea torturado. (Vase el armero, entre los dos soldados) En ello veo la mano de algunos notables, que además no están ahora lejos de aquí…

VITTORIA
¡Ah ,mi amado! ¿Envenenado decís?

FLAMÍNEO
Quitadle el casco y llamad a los médicos. ¡Una gran desdicha ha caído sobre estos festejos! (Entran dos médicos) ¡Malditos vosotros y toda vuestra especie, que ya hemos tenido aquí pruebas bastantes de vuestras habilidades! Y hasta me temo que los embajadores hayan sido igualmente envenenados.

BRACCIANO
Ah, ya estoy muerto, ya la infección me alcanza el cerebro y el corazón. Ay, corazón vigoroso, fuerte es el pacto que con el mundo has hecho y ahora ambos os mostráis reacios a romperlo.

GIOVANNI
¡Padre amadísimo!

BRACCIANO
(Vase Giovanni, acompañado) ¿Dónde estás, mujer excelsa? Aunque fuera poseedor de mundos infinitos, poco sería todo para ti… ¿He de dejarte? ¿Qué decís a eso vosotros, pájaros de mal agüero? ¿Es este veneno mortal? Llevaos de aquí al muchacho.

MÉDICOS
El más mortal de los conocidos.

BRACCIANO
¡Ah, verdugo astuto y corrompido! Para matar bien sabida tenéis la lección y no precisáis de consulta a libro alguno. Para salvar vidas, sin embargo, vuestro arte os abandona con tanta frecuencia como a los poderosos abandonan sus amigos cuando se ven de ellos necesitados. Vedme aquí, yo que he concedido la vida a tantos siervos indisciplinados y a tantos despreciables asesinos, ¿es que no tengo el poder necesario para prolongar la mía ni siquiera por un año más? (A Vittoria) No me beses, que te envenenaría. Es sin duda el gran duque de Florencia quien me ha enviado este ungüento mortal…

FRANCISCO
Señor, tened valor.

BRACCIANO
Oh, silenciosa muerte natural, hermana gemela del más dulce de los sueños: la cometa de larga cabellera no se detiene a observar tu suave partida, ni el triste mochuelo viene a golpear tu ventana, ni el lobo de ronco aullido a olfatear tu carroña. Es la lástima quien amortaja tu cadáver, mientras que a la muerte de los príncipes es el horror compañía de sus funerales.

VITTORIA
Perdida estoy para siempre.

BRACCIANO
¡Qué miserable circunstancia es morir entre alaridos de mujer!(Entran Lodovico y Gasparo, disfrazados de capuchinos)¿Quiénes son ésos?

FLAMÍNEO
Unos franciscanos, que vienen a procuraros la extremaunción.

BRACCIANO
En plena agonía, que nadie me nombre la muerte: es en mi circunstancia una palabra infinitamente terrible. Retirémonos a mi aposento.
(Vanse todos menos Francisco y Flamíneo)

FLAMÍNEO
Cuánta soledad rodea a los príncipes cuando van a morir. A lo largo de su vida despueblan aldeas, enemistan amigos, convierten en inhóspitos lugares los mejores palacios… sí, pero ¿y ahora? Oh, justicia, ¿dónde están ahora sus aduladores? No son éstos más que las sombras que proyectan los cuerpos de los príncipes; la más mínima nube los torna invisibles.

FRANCISCO
Pero por éste se están derramando muchas lágrimas.

FLAMÍNEO
Cierto, durante unas horas va a correr en gran abundancia el agua salada, y en todas las jerarquías de la corte, pero, creedme, la gran mayoría de los que así se conducen no hacen más que llorar sobre los sepulcros de sus madrastras.

FRANCISCO
¿Qué queréis decir?

FLAMÍNEO
Pues que fingen, al igual que muchos otros que viven dentro de esta jurisdicción.

FRANCISCO
Pero vamos, vamos, que bien que has medrado a la sombra del duque.

FLAMÍNEO
Sí, pero, al igual que al tumor maligno que devora el pecho de una mujer, con aves de corral se me ha alimentado, porque hablando de dineros, escuchadme bien, he tenido tantas ganas de robarlos con truhanerías como cualquiera de los demás oficiales de la corte. Lo que ocurrió es que no tenía aún astucia suficiente para lograrlo.

FRANCISCO
¿Qué piensas de él? Dímelo con franqueza, te lo suplico.

FLAMÍNEO
Era de esa clase de hombres de estado que, para calcular las pérdidas de una empresa militar, antes cuentan las balas de cañón que se han disparado contra una ciudad que el número de valerosos y esforzados súbditos que han perdido en el ataque.

FRANCISCO
Oh, habla bien del duque…

FLAMÍNEO
Ya he dado mi opinión. ¿Queréis oír ahora alguna muestra de mi sabiduría, propia de un cortesano? (Entra Lodovico, disfrazado) Es peligroso criticar a los príncipes, pero alabar en exceso a algunos de ellos es mentir de forma manifiesta.

FRANCISCO
¿Cómo está ahora el duque?

LODOVICO
A punto de morir. Ha caído en singular desvarío, pues está hablando de batallas y monopolios, de recaudación de impuestos y asuntos semejantes, y de pronto desciende a decir cosas propias de un trastornado. De veinte cosas distintas se ocupa su mente, mezclando el buen sentido y la locura. Tan espantoso fin debe servir de lección a quienes andan galleando por el mundo: en ello adviertan que, por muy afortunados que sean en vida, no lo han de ser tanto en la hora de la muerte. Ya a vuestra hermana ha entregado toda la administración del ducado hasta que el joven príncipe alcance la mayoría de edad.

FLAMÍNEO
Sea, al menos ha habido algo de buena suerte.

FRANCISCO
Atención, que aquí se acerca. (Entran Bracciano, tendido en una cama, con Vittoria, Gasparo –disfrazado– y otros) Ya lleva en el rostro el signo de la muerte.

VITTORIA
¡Ay, mi amado dueño!

BRACCIANO
¡Fuera, fuera! Me has engañado. (Las siguientes palabras son muestras diversas de desvarío, y como tales deben reconocerse en la forma de ser dichas) Te has llevado el dinero del estado fuera de nuestras fronteras, has comprado y vendido cargos, oprimido a los necesitados… y yo jamás llegué a sospecharlo. Rinde ahora cuenta de todo ello, que yo seré mi propio administrador.

FLAMÍNEO
Tened paciencia, señor.

BRACCIANO
Ciertamente, también a mí debe culpárseme de esos delitos, pues ¿se ha oído acaso alguna vez contar que el negro cuervo haya reprendido a la oscuridad? ¿O que el diablo la emprenda con las criaturas de pezuña hendida como la suya?

VITTORIA
¡Mi señor!

BRACCIANO
Quiero codornices para cenar.

FLAMÍNEO
Las conseguiré para vos.

BRACCIANO
No, mejor algún pescado frito, cazón por ejemplo, pues vuestras codornices de veneno se alimentan. Ah, ese viejo zorro, ese astuto duque de Florencia… Renunciaré a la caza para convertirme en matarife de perros como él. ¡Magnífico! No, mejor me haré amigo suyo, pues sabed una cosa, señor, un solo perro es capaz de hacer ladrar a todos los demás. Calma, calma, por ahí viene un consumado rufián…

FLAMÍNEO
¿Por dónde?

BRACCIANO
Por allí, ¿no ves? Tocado de gorro azul y con unos calzones de enorme bragueta. Ah, ja, ja, mira qué bragueta, mira cuántos alfileres lleva en ella clavados… ¡y coronados parecen de una pequeña perla! ¿No lo conocéis?

FLAMÍNEO
No, señor.

BRACCIANO
Pues bien, es el diablo. Lo reconozco por el gran lazo que lleva en el zapato para así ocultar su pezuña hendida. Voy a hablar con él, pues conoce a la perfección numerosas lenguas.

VITTORIA
Aquí no hay nada mi señor.

BRACCIANO
¿Nada? ¡Espléndido! ¡Nada! Cuando tengo necesidad de dinero, nuestro tesoro está vacío, no hay nada… No quiero que a mí se me trate de igual forma.

VITTORIA
Oh, calmad vuestro espíritu, señor…

BRACCIANO
Mira, mira, Flamíneo –que a su hermano dio muerte– está ahora bailando en la cuerda floja. Lleva en cada mano una bolsa de dineros para guardar el equilibrio, pues tiene miedo de romperse la crisma. Y bajo él hay un letrado, de toga bordada de terciopelo, que no le quita ojo, boquiabierto, esperando que se le caiga el oro. ¡Mirad cómo cabriola el muy granuja! ¡Al extremo de otra soga bien distinta debería estar bailando! Y allí… ¿quién es esa mujer?

FLAMÍNEO
Es Vittoria, señor.

BRACCIANO
Ja, ja, ja. Veo que se ha blanqueado el cabello con polvo de lirios, y parece por ello como si viniera de cometer pecado con el repostero, revolcándose en su taller. ¿Y ése?

FLAMÍNEO
Es un religioso, señor.

BRACCIANO
Estará ebrio. Evitadlo, que son de temer las discusiones con los clérigos. Mirad, seis ratas sin cola empiezan a subir por mi almohada. Enviadme al cazador de ratas. Haré un milagro y libraré a la corte de tan asquerosos bichos. ¿Dónde está Flamíneo?

FLAMÍNEO
No me agrada que tan a menudo me nombre, sobre todo estando como está al borde de la muerte, pues es señal de que no voy a vivir mucho tiempo. Miradlo, ya se acerca a su triste fin.
(Bracciano parece a punto de morir. Lodovico y Gasparo, en hábito de capuchinos, le presentan en el lecho un crucifijo y un cirio bendecido)

LODOVICO
Permitidnos, os lo ruego. Attende domine Bracciane.

FLAMÍNEO
Miradlo, no aparta la vista del crucifijo…

VITTORIA
¡Ah, mantenedlo bien delante de sus ojos, para que así aplaque a los enfurecidos espíritus que lo habitan! Ved cómo ya se deshace en llanto.
(Presentándole el crucifijo)

LODOVICO
Domine Bracciane, solebas in bello tutus esse tuo clypeo, nunc hunc clypeum hosti tuo opponas infernali.
(Presentándole el cirio)

GASPARO
Olim hasta valuisti in bello; nunc hanc sacram hastam vibrabis contra hostem animarun.

LODOVICO
Attende domine Bracciane si nunc quoque probas ea quae acta sunt inter nos, flecte caput in dextrum.

GASPARO
Esto securus domine Bracciane: cogita quantum habeas meritorum –denique memineris meam animan pro tua oppignoratam si quid esset periculi.

LODOVICO
Si nunc quoque probas ea quae acta sunt inter nos, flecte caput in laevum. Ya parte de este mundo. Retiraos todos, os lo ruego, para que podamos decirle al oído, en tono quedo, algunas meditaciones personales que las normas de nuestra orden prohíben oír a cualquier persona ajena.
(Vanse todos menos Lodovico y Gasparo, que se descubren la cara)

GASPARO
Bracciano…

LODOVICO
Diablo de Bracciano, ya estáis condenado…

GASPARO
Para toda la eternidad…

LODOVICO
Un truhán condenado y entregado a la horca es ahora vuestro dueño y señor, mi duque.

GASPARO
Cierto, pues al mismo diablo te has entregado.

LODOVICO
Ah, rufián, por todos considerado como un maestro en el arte de la política, tan hábil en la técnica del envenenamiento…

GASPARO
Tan profundo conocedor del crimen…

LODOVICO
Que bien hubierais sido capaz de tirar a vuestra esposa escaleras abajo de no haber sido envenenada…

GASPARO
Poseedor en abundancia de viles yelmos venenosos…

LODOVICO
Y de frascos bellamente adornados, de perfumes tan mortíferos como una plaga invernal…

GASPARO
Y, sin embargo, he ahí que ahora el mercurio…

LODOVICO
Y la caparrosa verde…

GASPARO
Y el azogue…

LODOVICO
Y muchos otros endemoniados productos de botica se funden con tu sesera de gran político… ¿Oyes?

GASPARO
Es el conde Lodovico quien te habla.

LODOVICO
Y Gasparo. Vas a morir como un miserable granuja…

GASPARO
Y a apestar como un perro muerto presa de las moscas.

LODOVICO
Antes de que se celebren tus funerales ya habrás caído en el olvido de todos…

BRACCIANO
¡Vittoria, Vittoria!

LODOVICO
¡Maldito sea Satanás! Vuelve de nuevo en sí… ¡Estamos perdidos!
(Entran Vittoria y los demás)

GASPARO
(Aparte) Estranguladlo sin ser visto. (Alto) ¿Qué? ¿Vais a reanimarlo solamente para que sufra un tormento tres veces mayor? Por caridad, por caridad cristiana, salid de la estancia.
(Vanse Vittoria y los demás)

LODOVICO
¿Con que querías hablar, eh? Pues toma este lazo, vínculo de amor, que te envía el duque de Florencia.
(Bracciano es estrangulado)

GASPARO
¿Qué, ya está hecho?

LODOVICO
Ya se extinguió su último fuego. Ni siquiera una enfermera, aunque hubiera tenido siete años de práctica en un hospital de apestados, lo habría hecho con más destreza. (A los de fuera)Señores, ha muerto.
(Vuelven a entrar Vittoria, Francisco, Flamíneo y acompañantes)

FRANCISCO
¡Qué profundamente afectada parece por su muerte!

FLAMÍNEO
Ah, sí, sí. Si las mujeres tuvieran en los ojos ríos navegables, no dudéis que agotarían todo su caudal. Bien que me pregunto, por cierto, el motivo de desear más ríos en la ciudad, cuando tan barata se vende el agua. Os voy a decir una cosa: no son más que inconstantes sombras de pena o miedo, pues no hay nada que seque tan deprisa como las lágrimas de mujer. En fin, ved que aquí termina mi cosecha y no me ha dado nada. ¡Promesas cortesanas! Que por malditas las tengan los hombres prudentes, pues en esta vida quien a crédito más obtiene de uno es el que luego peor paga.

FRANCISCO
Esto debe ser obra del duque de Florencia.

FLAMÍNEO
Sí, es muy probable. Fuertes son los golpes que con la mano se dan, pero los mortales proceden siempre de la cabeza. ¡Ah, magníficas las tretas de este hijo de Maquiavelo! No creáis que ataca armando gran ruido a su paso, como hacen los villanos, ni que os machaca a golpes hasta daros muerte, no, el muy bribón os hace cosquillas, os mata a fuerza de risas, como si os hubierais tragado una libra de azafrán. ¿Comprendéis el ingenio? Se ejecuta en un dos por tres y, para ser lección de honestidad en la corte, comporta gran riesgo para su artífice.

FRANCISCO
Ahora todo el mundo tendrá libertad para hablar sin descanso de sus pecados.

FLAMÍNEO
¡Ay, ésa es la miseria de los príncipes, que por fuerza han de sufrir la censura de sus súbditos! No sólo se les reprocha haber hecho cosas que no estaban bien; también por no haber hecho todo lo que todos querían. Antes que eso preferiría ser un trabajador del campo, dedicado a la trilla. Por todos los diablos, me gustaría poder hablar aún con el duque.

FRANCISCO
¿Ahora que ya está muerto?

FLAMÍNEO
Porque no tengo el poder que se precisa para convocar a los espíritus, pero si oraciones o blasfemias pudieran llevarme a hablar con él, bien que lo haría, aunque cuarenta demonios lo guardaran escondidos en un manto de llamas; y lo cogería de la mano, aunque por ello fuera a cenizas reducido.
(Vase Flamíneo)

FRANCISCO
Admirable Lodovico, ¿qué? Supongo que en un profundo terror lo sumiríais en sus últimas boqueadas…

LODOVICO
Sí, pero con tan mal resultado que ha sido finalmente el duque quien ha estado a punto de aterrorizarnos a nosotros.

FRANCISCO
¿Por qué?
(Entra la mora Zanca)

LODOVICO
Luego os lo contaré. Mirad, ahí viene ese ser infernal que ha de completar nuestra diversión. Que revele ahora su secreto, tal como os prometió cuando se enamoró de vos.

FRANCISCO
(A Zanca) Entre tanta tristeza, siento un enorme gozo al veros.

ZANCA
Me gustaría que tuvierais la cabeza bien alta, señor, que no tenéis que pagar tributo a los llantos en que se halla sumida la corte. Que lloren los que culpable participación han tenido en tan triste causa. Ya sabía yo, por un sueño que tuve anoche, que algún infortunado suceso iba a producirse. Aunque, a decir verdad, sois vos quien más a menudo aparece en mis sueños.

LODOVICO
¿Es que va a ponerse a soñar ahora?

FRANCISCO
Sí, y yo con ella, puesto que es la moda.

ZANCA
Me pareció, señor, que con gran sigilo os acercabais a mi lecho.

FRANCISCO
¿Me creerías, querida Zanca, si te dijera una cosa tan cierta como esta luz que nos ilumina? Yo también he soñado contigo, pero a mí me pareció que estabas desnuda…

ZANCA
¡Quitad, señor! Como os decía, vi cómo os echabais a mi lado…

FRANCISCO
También eso sucedía en mi sueño, y por temor a que cogieras frío yo te cubría con este manto irlandés.

ZANCA
En mi sueño tuve la impresión, por cierto, de que os comportabais con cierto atrevimiento… Bueno, para ir al grano…

LODOVICO
¿Cómo? ¿Qué dices? Espero que no quieras hacerlo aquí mismo…

FRANCISCO
No, pues antes debéis oír cómo acaba el relato de mi sueño.

ZANCA
Como gustéis, señor. Adelante.

FRANCISCO
Cuando te eché por encima el manto me pareció que reías a grandes carcajadas.

ZANCA
¿Por qué reía?

FRANCISCO
Sí, y gritabas que el pelo os hacia cosquillas.

ZANCA
¡Vaya sueño!

LODOVICO
(Aparte) Miradla: ríe y hace zalamerías, pero me recuerda a cómo queda el agua de jabón tras haberse bañado en ella un minero del carbón.

ZANCA
Sigamos, señor, que hoy os sonríe la fortuna. Os dije que iba a revelaros un secreto, y helo aquí: Isabella, la hermana del duque de Florencia, fue envenenada por medio de un retrato perfumado, y quien le rompió la crisma a Camillo fue el maldito Flamíneo, atribuyéndolo luego a un accidente con el caballo de palo…

FRANCISCO
Me asombra mucho lo que decís.

ZANCA
Pero es muy cierto.

LODOVICO
El nido de víboras sale así a la luz del día.

ZANCA
Y con gran pena he de confesar que en tan negras acciones yo tuve alguna intervención.

FRANCISCO
Guardándoles el secreto…

ZANCA
Exacto. Y es por eso por lo que, apremiada por el arrepentimiento, esta noche pretendo robar a Vittoria.

LODOVICO
¡Magnífica penitencia! Con un castigo parecido sueñan los usureros mientras dormitan en los sermones.

ZANCA
Para facilitar nuestra huida he solicitado que se me permita pasar unos días, hasta que se celebren los funerales, en la quinta de una persona amiga. Esa excusa servirá para encubrir nuestra fuga. Entre monedas y joyas, no menos de cien mil coronas podré poner a vuestra disposición.

FRANCISCO
Eres muy generosa.

LODOVICO
Y fortuna que habremos de repartir…

ZANCA
Es una dote que a mi juicio puede desmentir la negra lección del proverbio y volver blanca la piel de un etíope.

FRANCISCO
Sin duda. Retírate ahora.

ZANCA
Estad listo y presto para nuestra fuga.

FRANCISCO
A una hora antes del alba. (Vase la mora Zanca) ¡Asombrosa revelación! Ved que hasta esta hora no conocíamos las verdaderas circunstancias de ambos crímenes.
(Vuelve a entrar la mora Zanca)

ZANCA
Esperadme a eso de la medianoche en la capilla.

FRANCISCO
Allí estaré.
(Vase Zanca)

LODOVICO
Fuerza es admitir ahora que nuestra acción respondía a la justicia…

FRANCISCO
¡Al diablo con la justicia! Además, ¿en qué daña a la justicia? Nosotros ahora, como la perdiz, con laurel curamos la enfermedad: pues la fama coronará la empresa y hará desaparecer la vergüenza.

Escena cuarta

(Entran Flamíneo y Gasparo por una puerta; por otra, Giovanni con séquito)

GASPARO
He ahí al joven duque. ¿Visteis alguna vez príncipe más cordial?

FLAMÍNEO
Sí, conozco a un bastardo, hijo de una pobre mujer, que fue aún más favorecido. Esto a sus espaldas, pues cara a cara con él todas las comparaciones serían odiosas: gran sabiduría demostró aquel pavo real de la corte, y en ella gran favorito, que, cuando algunos chorlitos que por allí andaban lo compararon en belleza con el águila real, respondió que ave mucho más bella que él era el águila, aunque no por su plumaje, sino por sus largas garras. Con el tiempo han de salirle las garras al príncipe también. (A Giovanni) Su graciosa señoría…

GIOVANNI
Dejadme, os lo ruego.

FLAMÍNEO
No tiene su señoría razón para no estar alegre –soy yo quien la tiene para el llanto–, pues ¿no sabéis qué le dijo aquel muchacho a su padre mientras montaba a su grupa?

GIOVANNI
No, ¿qué le dijo?

FLAMÍNEO
Padre, cuando hayáis muerto espero montar yo esta silla. Es cosa excelente cabalgar solo, pues puede uno ponerse en pie sobre los estribos y así mirar en su torno, abarcando el horizonte entero. Ahora sois vos, señor, quien monta la silla.

GIOVANNI
No descuidéis vuestras oraciones, y haced penitencia. Convendría además que reflexionarais sobre lo que en el pasado habéis sido, pues he oído decir que es la pena primogénito del pecado.
(Vanse Giovanni, Gasparo y acompañantes)

FLAMÍNEO
¿Qué no descuide mis rezos? En tono de religión me amenaza, y eso que de un momento a otro va a hacerme trizas. Pero, bah, no me importa, ni siquiera aunque píense triturarme como a un nuevo Anacarso en un mortero. Se me ocurre ahora que no es en absoluto mal modo de morir para un usurero, pues él y su oro, al ser juntamente machacados, harían sin duda un excelente y apetitoso caldo para el diablo. Tiene ya éste la misma mirada de bellaco que su tío, aunque en dieciseisavo.(Entra un cortesano) Y bien, señor, ¿quién sois y qué os trae?

CORTESANO
Es voluntad del joven duque, señor, que os abstengáis de aparecer en el salón de audiencias, así como en las demás salas en que se le rinde homenaje.

FLAMÍNEO
Ciertamente que son necios, cuando jóvenes, el lobo y el cuervo. ¿Es vuestra embajada, pues, la de hacer que esa voluntad se cumpla?

CORTESANO
Tal es el deseo del duque.

FLAMÍNEO
Mirad, señor cortesano, no debéis en esta embajada, ni en ninguna otra, ser tan extremoso en lo que toca a su cumplimiento. Suponed que a eso de la medianoche se ha sacado de su lecho a una noble dama y se la ha conducido al castillo de Sant’Angelo –esa torre que allí veis– sin otra ropa que la muy ligera de acostar: una vez allí, ¿no sería un gesto de extremada crueldad si el carcelero de la entrada le reclamara ese único atuendo, si se lo sacara brutalmente por las orejas, para arrojarla desnuda al interior de la prisión?

CORTESANO
¡Excelente! Veo que conserváis el ánimo festivo.
(Vase)

FLAMÍNEO
¿Irá a expulsarme de la corte? Más humo despide una tea ardiendo fuera de la chimenea que dentro de ella: y más de uno va a sufrir por mi humo gran sofoco. (Entra Francisco, duque de Florencia, disfrazado) ¿Cómo venís? Triste, a lo que veo.

FRANCISCO
Acabo de asistir a un lastimoso espectáculo.

FLAMÍNEO
Pues aquí vais a hallar otro: el de un cortesano patéticamente caído en desgracia.

FRANCISCO
Vuestra venerable madre ha envejecido tanto en dos horas que es ahora una anciana. La hallé, ayudada de otras mujeres, envolviendo en la mortaja el cadáver de Marcello, y una melodía tan solemne componían sus lúgubres canciones, sus llantos y sus tristes elegías –como aquellas con que las viejas de antaño entretenían las noches– que, de tan cargados que estaban de lágrimas, creedme, no sabían mis ojos señalarme el camino para salir de la estancia.

FLAMÍNEO
Iré a verlas.

FRANCISCO
Sería una gran falta de caridad, pues veros no hará sino aumentar su llanto.

FLAMÍNEO
Iré a verlas, he dicho. Están allí, detrás de esa cortina. La correré y dejaré así al descubierto sus supersticiosos aullidos.
(Corre la cortina)
(Aparecen Cornelia, la mora Zanca y otras damas, amortajando el cadáver de Marcello. Se oye una canción)

CORNELIA
Está marchito ese romero, buscadme uno que esté verde, os lo ruego. Me gustaría que estas plantas crecieran en su sepulcro cuando yo esté muerta y comida de los gusanos. Dadme ese laurel, que voy a hacer una guirnalda para ceñirle la cabeza. Ello lo protegerá del rayo. Veinte años hace que guardo este paño, y santificándolo a diario con mis oraciones, pero nunca pensé que fuera él quien iba a vestirlo.

ZANCA
Mirad, ¿quién está allí?

CORNELIA
Acercadme las flores.

ZANCA
No está cuerda la señora.

DAMA
¡Ay, que su pena la ha vuelto otra vez niña!

CORNELIA
Sé bienvenido. (A los presentes) Hay romero para vos, y ruda para vos; y para vos, pensamientos. Conservadlos junto al corazón, os lo ruego, y no os preocupéis, que aún queda para mí.

FRANCISCO
¿Quién es este hombre, señora?

CORNELIA
Sois el sepulturero, tengo entendido.

FLAMÍNEO
Sea.

ZANCA
Es Flamíneo.

CORNELIA
¿Tan necia me consideras? Su mano está limpia: ¿acaso tan pronto puede hacerse desaparecer la sangre? Dejadme ver: cuando canten las lechuzas en lo alto de las chimeneas, cuando el singular grillo cante y salte junto al hogar, cuando os nazcan en las manos manchas amarillas, sabed que es que pronto vais a oír la noticia de un nuevo cadáver. (Cornelia presenta diversas manifestaciones de locura) ¡Fuera! ¡Está llena de manchas esta mano! Seguro que ha estado andando con sapos. El agua de prímula es buena para la memoria; compradme tres onzas, por favor.

FLAMÍNEO
Me gustaría estar lejos de aquí.

CORNELIA
¿Me escucháis, señor? Voy a recitaros unos versos que al laúd solía cantar mi abuela cuando oía el tañido de la campana.

FLAMÍNEO
Hacedlo si así os place.

CORNELIA
Llamad al petirrojo y al reyezuelo, pues ellos revolotean en umbrías alamedas y entierran, con flores y hojas, los cuerpos sin amigos de hombres sin sepulcro. Llamad a su lamento funeral a la hormiga, al ratón de los campos y al topo, para que le levanten montículos que le mantengan el calor y le eviten todo daño cuando las otras tumbas, las alegres, sean profanadas. Pero no permitáis al lobo que se acerque, pues es enemigo de los hombres, y con sus garras al punto lo desenterraría.
No querían enterrarlo por haber sido una disputa el motivo de su muerte, pero yo tengo respuesta para eso: que debidamente lo reciba la Santa Iglesia, pues nunca dejó de pagar los diezmos eclesiásticos. Ya se han reunido todos sus bienes, y he aquí toda su fortuna. En esta clase de riqueza no es menos el pobre que el poderoso. Cerremos la tienda, pues ya no tenemos nada que vender. Dios os bendiga a todos, mis buenos amigos.
(Vanse Cornelia, Zanca y las damas)

FLAMÍNEO
Siento algo extraño en mí, y no logro darle un nombre adecuado, a no ser el de compasión. Dejadme solo, por favor.(Vase Francisco) Esta noche conoceré la suerte final de mi destino, pues se ha de resolver lo que mi rica hermana me asigna por mis servicios. He vivido en una maldad sin freno –como otros que viven en la corte–, y más de una vez, cuando no había en mi semblante más que sonrisas, he sentido en el pecho las inquietudes de la conciencia. Pues son tormentos que muchas veces viven bajo atuendos alegres y celebrados; así creemos que los pájaros enjaulados cantan, cuando en realidad no hacen sino llorar. (Entra la sombra de Bracciano, en larga casaca de cuero, calzón, botas y capucha, con una maceta de azucenas que contiene también una calavera) ¡Ja, ja! Acercaos, acercaos más, que bien puedo resistir vuestra presencia. ¡En qué ridícula imitación la muerte os ha convertido! Parecéis entristecido… ¿En qué lugar os halláis ahora? ¿En la galería de estrellas, o en el siempre maldecido calabozo? ¿Cómo…? ¿No habláis? Resolvedme al menos esta duda, señor, os lo ruego: ¿en cuál de las religiones es preferible morir? O esto otro, que es lo que más importa: ¿está entre las facultades de vuestro entendimiento la de decirme cuánto tiempo voy a vivir aún? ¿No hay respuesta? ¿Es que sois como esos grandes hombres que no hacen más que caminar de un lado a otro sin motivo alguno? Decid… (La sombra le arroja un poco de tierra y le muestra la calavera) ¿Qué es eso? ¡Ay, fatal predicción! ¡Está echando tierra sobre mí! ¡El cráneo de un muerto bajo raíces de flores! Hablad, señor, os lo suplico. Los clérigos de este reino nos han hecho creer que los muertos conversan con sus conocidos, e incluso que muchas veces van a acostarse y a comer con ellos. (Vase la sombra) Fuese ya. Y ved, la calavera y la tierra se han desvanecido. En esto hay más que el mero efecto de la melancolía, pero aún así desafío a mi destino a que me juegue la peor pasada. Iré al aposento de mi hermana y le daré cumplida cuenta de todos estos horrores: la desgracia que sobre mi persona arrojara el joven príncipe; luego la lastimosa escena de mi hermano muerto, y el desvarío de mi madre; y, finalmente, esta visión terrible. Y todo ello ha de tornarse favorable para mí gracias a la generosidad de Vittoria; pues, de lo contrario, en su sangre he de ahogar esta daga.
(Vase)

Escena quinta

(Entran Francisco, Lodovico y, detrás de ellos, Hortensio, a la escucha)

LODOVICO
Por mi vida, señor, os pido que no sigáis adelante, pues ya os habéis comprometido en exceso, y de forma innecesaria además. En cuanto a mí, ya he pagado mis deudas, de manera que si caigo en desgracia no caerán también conmigo mis acreedores. Y juro que he de vengar todas las afrentas sufridas, que todo lo que me han hecho he de devolver hasta al más servil de los integrantes de ese grupo de osados. Abandonad la ciudad, señor, pues de lo contrario renunciaré a mi misión homicida.

FRANCISCO
Adiós, Lodovico. Si perecierais en la gloriosa empresa que vais a acometer, yo levantaría en vuestro recuerdo un monumento que mantendría vivo vuestro nombre aún cuando el cuerpo no fuera ya sino cenizas.
(Vanse Francisco y Lodovico)

HORTENSIO
Alguna negra acción está en marcha. Iré sin perder minuto a la ciudadela, para allí reunir a unos cuantos hombres.
Cuando corren los grandes bandos de cortesanos, cual caballos sin freno,
No suele el jinete llegar, y no es extraño, a su término bueno.

Escena sexta

(Entran Vittoria, con un libro en la mano, y Zanca, seguidas de Flamíneo)

FLAMÍNEO
¿Qué, ocupada en tus oraciones? Deja ya eso.

VITTORIA
¿Por qué, mi endiablado hermano?

FLAMÍNEO
Vengo a hablarte de asuntos que más tienen que ver con este mundo de aquí abajo que con el otro…, pero siéntate, siéntate, y quédate tu también, manceba tan lucida, que bien puedes oír lo que aquí va a decirse. Las puertas sí, las puertas bien cerradas.

VITTORIA
¿Qué te sucede? ¿Estás ebrio?

FLAMÍNEO
Sí, de licor de ajenjo; y en un instante voy a darte ocasión de que también tú lo probéis.

VITTORIA
¿A qué obedece tu ira?

FLAMÍNEO
Eres albacea de mi señor el duque, y como a tal te pido mi recompensa por el prolongado servicio que a él le rindiera.

VITTORIA
¿Por tu servicio dices?

FLAMÍNEO
Venga, ahí tienes tinta y una pluma; pon por escrito lo que me vas a conceder.
(Ella escribe)

VITTORIA
Hecho.

FLAMÍNEO
¿Cómo? ¿Ya has terminado? Ciertamente breve ha sido este acto de donación.

VITTORIA
Te lo leeré. (Lee) Ésta, y no otra, es la parte que te corresponde, la misma bajo la que gimió Caín tras haber dado muerte a su hermano.

FLAMÍNEO
Excelente patente es para mendigar en la corte.

VITTORIA
Eres un canalla.

FLAMÍNEO
¿A eso hemos llegado? Se dice que el miedo es buen remedio para la fiebre. Hay un diablo en ti, y por eso voy a ver si asustándole consigo hacerle huir. No, no te muevas. El duque me dejó, a su muerte, un par de joyas que me permitirán despreciar vuestra liberalidad. Te las mostraré.
(Vase)

VITTORIA
No está cuerdo, sin duda.

ZANCA
Está desesperado, y por ello os aconsejo que lo tratéis con suavidad: así estaréis más segura.
(Vuelve a entrar Flamíneo, con dos estuches de pistolas)

FLAMÍNEO
Mira, son de más utilidad en un momento difícil que todas las joyas de tu tesoro.

VITTORIA
Cierto, pero me parece que esas piedras carecen de brillo. y además no están bien engarzadas.

FLAMÍNEO
Las colocaré de forma que tengas hacia ti la cara de más valor; verás así como sí que brillan…

VITTORIA
¡Aparta de mí este horror! ¿Qué pretendes? ¿Qué quieres que haga? ¿No es tuyo todo lo mío? ¿O es que acaso tengo hijos?

FLAMÍNEO
Sé una buena mujer y no me molestes con tan vanos y mundanos asuntos. Di tus oraciones, pues un juramento hice al fallecido duque, y es que ni tú ni yo habríamos de sobrevivirlo más allá de unas horas.

VITTORIA
¿Es cierto que así lo ordenó?

FLAMÍNEO
Sí, y me hizo prestarle tal juramento empujado por unos celos fatales y por el temor de que alguien pudiera gozar de ti una vez que él hubiera muerto. En cuanto a mi muerte, yo mismo tomé la decisión, y con pleno conocimiento, sabiendo que si él, que era un gran duque, no logró estar a salvo en su propia corte, ¿qué esperanza podríamos albergar nosotros?

VITTORIA
Es la melancolía y la desesperación lo que así te hace hablar.

FLAMÍNEO
¡Basta! ¿Eres tan necia que crees que los muy taimados que han matado a quienes han sido del agravio consecuencia van a dejar con vida a los que de él han sido la causa? ¿Es que vamos a descender a quejarnos, por grilletes sujetos, o a dejarnos conducir, cual dos pesados sacos llenos de vergüenza y ante los ojos de todos, a un patíbulo? He aquí lo que yo he resuelto: no deseo vivir por perdón de nadie, ni por orden de nadie morir.

VITTORIA
¿Quieres escucharme?

FLAMÍNEO
Mi vida ha estado al servicio de otros hombres, pero sólo al servicio de mí mismo ha de estar mi muerte. Prepárate…

VITTORIA
¿De verdad tienes intención de morir?

FLAMÍNEO
Con tanto placer como el que se procuró mi padre al engendrarme.

VITTORIA
(Aparte) ¿Están cerradas con llave las puertas?

ZANCA
(Aparte) Sí, mi señora.

VITTORIA
¿Es que te has hecho ateo? ¿Es que quieres hacer de tu cuerpo, que es para el alma un verdadero palacio, el matadero de ésta? ¡Ah, maldito Satanás, tú que los demás pecados nos procuras bajo una triple capa de azúcar, bien cubierto de hiel y antimonio nos envías éste de la desesperación! Y, a pesar de ello, lo engullimos con fruición… (Aparte, a Zanca) Grita, pide ayuda… ¡Ah, Satanás, tú que nos fuerzas a dejar lo que para el hombre fuera creado, el mundo, y a partir hacia lo que para los malos espíritus lo fuera, las tinieblas eternas!

ZANCA
¡Ayuda, ayuda!

FLAMÍNEO
Te voy a obstruir la garganta con ciruelas de invierno.

VITTORIA
Aún te ruego que recuerdes que millones de seres humanos están ya en sus tumbas, hombres que el día del Juicio Final se alzarán chillando como mandrágoras.

FLAMÍNEO
Deja ya ese parloteo, que no está compuesto sino de retóricas lamentaciones y fingidos argumentos que me mueven de la misma manera que a veces son movidos los auditorios de iglesia por el predicador del púlpito: más por la potencia y buena declamación de la voz que por el buen sentido o la sólida doctrina de lo que se dice.

ZANCA
(Aparte) Señora, fingid que consentís en ello, pero convencedlo de que para enseñarnos el mejor modo de morir muera él primero.

VITTORIA
(Aparte) Es una buena idea, y ya comprendo su sentido. (Alto)El suicidio es un alimento que debemos tomar como si de una píldora se tratara, no masticándolo, sino tragándolo rápidamente, pues, de lo contrario, el escozor de la herida o la debilidad del brazo pueden producir un tormento tres veces mayor.

FLAMÍNEO
Siempre he mantenido que desgraciada y miserable vida es la que lleva quien no es capaz de bien morir.

VITTORIA
Cierto, pero ¡ay, qué grande es nuestra flaqueza! Con todo, estoy decidida: ¡adiós a mis pesares! Miradme, Bracciano, yo que mientras vivíais hice de mi corazón un apasionado altar en que sacrificarme a vos, vedme ahora dispuesta a sacrificaros mi corazón y todo. Adiós, Zanca.

ZANCA
¿Cómo, señora mía? ¿Creéis que es mi deseo vivir por más tiempo que vos? Especialmente cuando Flamíneo, más querido para mí que mi propio ser, va a emprender el mismo viaje…

FLAMÍNEO
¡Ay, mi mora querida!

ZANCA
Y solamente por ese amor que os profeso, dejadme que una cosa os implore: es menester que ninguno de los tres se quite la vida contra su voluntad. Seamos uno de nosotros dos, o vos o yo, quien pruebe la muerte antes que ella, para así enseñarle el dulce sabor del bien morir.

FLAMÍNEO
Noble es ciertamente esa enseñanza. Toma estas pistolas, pues mi mano está ya manchada de sangre, y apunta a mi pecho con dos de ellas. Con las otras apuntará cada una al suyo propio, y de esa forma hallaremos los tres la muerte con igual satisfacción de nuestra voluntad. Mas, antes, júrame que ni por un momento permaneceréis vivas una vez que yo haya muerto.

VITTORIA Y ZANCA
Por Dios lo juramos.

FLAMÍNEO
(Mostrando las pistolas) Estas dos ventosas han de sacarme del cuerpo toda mi sangre infectada ¿Estáis listas? He aquí, pues, que me llegó la hora del fin. ¡Adiós, luz del día! ¡También mi despedida para el arte de la medicina, esa ciencia despreciable que tan largo estudio precisa para conservar una vida tan breve!

VITTORIA Y ZANCA
Listas estamos.

FLAMÍNEO
¿Adónde me dirigiré ahora? ¡Ah, ridículo purgatorio el tuyo, Luciano! ¡Es digno de ver allí a Alejandro Magno remendando zapatos, a Pompeyo poniéndoles herretes a los cordones, a Julio César haciendo botones de crin, a Aníbal vendiendo betún, a Augusto voceando a ver quién le compra sus ajos, a Carlomagno vendiendo orillos a tanto la docena, al rey Pipino ofreciendo sus manzanas desde un carro tirado por un solo caballo! ¿En qué materia voy a convertirme? ¿En fuego o tierra, en agua o aire? ¿O en todo a la vez, dividido en pequeñísimas partículas? Realmente no lo sé, pero no por ello sufro. Disparad, disparad, que la muerte violenta es de todas la mejor, pues con tanta celeridad nos arrebata el ser que el dolor apenas acaba de sobrevenir y ya es pasado.
(Ellas disparan, corren hacia él y lo pisotean)

VITTORIA
Ya has caído, ¿verdad?

FLAMÍNEO
Heme aquí ya mezclado con la tierra. Cumplid ahora vuestro juramento, si es que tenéis nobleza de espíritu, y seguidme sin desmayo.

VITTORIA
¿A dónde hemos de seguirte? ¿Al infierno?

ZANCA
A la condenación segura.

VITTORIA
¡Ah, maldito diablo!

ZANCA
Estáis cogido.

VITTORIA
Y en vuestra propia industria, por cierto. Estoy apagando con los pies el fuego que, de seguir, hubiera sido mi ruina.

FLAMÍNEO
¿Vais a cometer perjurio? ¡Qué sagrado juramento era el que se hacía por la Estigia, que ni siquiera los dioses se atrevían a violarlo! ¿Por qué no tendremos un juramento así, tan bien guardado, en nuestros tribunales de justicia?

VITTORIA
Piensa en el destino hacia el que te encaminas.

ZANCA
Y recordad las villanías que habéis cometido.

VITTORIA
Vuestra muerte me ha de convertir en estrella fugaz de funestos presagios, así que ¡alza hacia mí la vista y tiembla!

FLAMÍNEO
¡En una trampa estoy apresado!

VITTORIA
Se dice que hasta el astuto zorro pierde un día, y ya no regresa nunca más a su madriguera. Ve aquí la prueba de ello.

FLAMÍNEO
Sí, es cierto, y muerto por una pareja de perras.

VITTORIA
No existe mejor presente para las furias del infierno que un hombre en el que ellas reinaron mientras estuvo vivo.

FLAMÍNEO
¡Ay, cuán oscuro y horrible es el camino! No veo nada. ¿Y tendré que recorrerlo yo solo, sin compañía alguna?

VITTORIA
Ya vas acompañado, pues tus pecados se te han adelantado para coger fuego del infierno y alumbrarte con él el resto del viaje.

FLAMÍNEO
Oh, sí, ya me llega el olor del hollín, un olor intenso y muy desagradable, que me dice que hay fuego en la chimenea. Tengo ya el hígado a medio cocer, como el pan bendito de Escocia, y un fontanero anda poniéndome unas cañerías por las tripas… ¡Ay, cómo me abrasa! ¿Vais, pues, a seguir viviendo una vez que yo haya muerto?

ZANCA
Claro, y a meteros una estaca por el cuerpo, pues haremos correr la noticia de que vos mismo os causasteis esta violencia.

FLAMÍNEO
¡Ah, diablos muy taimados! He puesto a prueba vuestro amor y escapado a todas vuestras trampas. No estoy herido. (Se levanta) Las pistolas no tenían bala: era una treta para comprobar la verdad de esos buenos sentimientos que hacia mí decís profesar. Y así sigo viviendo para castigar vuestra ingratitud. Ya sabía yo que un día u otro hallaríais el medio de procurarme una poderosa pócima y de acabar con mi vida. Y vosotros, los que estáis postrados en el lecho de muerte, hechizados por los aullidos de vuestras mujeres, no os fiéis de ellas, pues contraerán nuevo matrimonio antes de que los gusanos empiecen a horadar vuestras mortajas, antes de que las arañas cubran vuestros epitafios con el fino tejido de sus telas. ¡Con qué destreza, además, cumplisteis en el tiro! ¿Acaso tenéis por costumbre hacer prácticas en el Campo de Artillería ¿Confiar en una mujer? Jamás, jamás. Pienso en Bracciano, que fue un ejemplo claro: empeñamos nuestra alma al diablo a cambio de un poco de placer, y luego es la mujer quien completa la operación de venta. ¿Por qué ha de acabar casándose todo hombre? Por una sola Hipermnestra que salvó a su esposo y señor, cuarenta y nueve hermanas suyas les cortaron el gaznate a sus maridos en una sola noche: ¡Todo un banco de sanguijuelas! Aquí están las otras dos pistolas.
(Entran Lodovico y Gasparo, disfrazados de capuchinos, Pedro y Carlo)

VITTORIA
¡Ayuda, a mí!

FLAMÍNEO
Pero ¿qué tumulto es ése? ¿Cómo? ¿Hay llaves falsas en la corte?

LODOVICO
Venimos a presentaros una mascarada.

FLAMÍNEO
Por esas espadas al aire más parece una danza de matachines. ¡Clérigos convertidos en festivos danzantes!

CARLO
¡Isabella, Isabella!
(Se quitan las capuchas)

LODOVICO
¿Nos conocéis ahora?

FLAMÍNEO
¡Lodovico y Gasparo!

LODOVICO
Cierto, tan cierto como que ese moro al que el duque concedió una pensión era el gran duque de Florencia.

VITTORIA
¡Ay, estamos perdidas!

FLAMÍNEO
No me arrebatéis de las manos el deseo de justicia, y dejadme que sea yo quien la mate. Luego me abriré un camino de salvación atravesando vuestras cotas de malla. El destino es como un fiel perro de aguas, que ni pegándolo podemos evitar que nos siga los pasos. ¿Y qué resta ahora? Solamente que todos los que cometen malas acciones tomen de esto ejemplo y lección: el hombre puede prever su destino, pero no de él escapar, así que más nos vale la fortuna que la sabiduría.

GASPARO
Atadlo a esa columna.

VITTORIA
¡Por piedad, señor! Más de una vez he visto al mirlo volar a esconderse en el regazo de un hombre por no caer en la garra del fiero gavilán…

GASPARO
Engañosas esperanzas son ésas.

VITTORIA
Si decís que el duque de Florencia está en la corte, me gustaría que fuera él quien acabara con mi vida.

GASPARO
Estúpida, sabed que los príncipes, cuando han de repartir mercedes, lo hacen de su propia mano, pero la de otro utilizan cuando es la muerte o cualquier otro castigo lo que hay que hacer cumplir.

LODOVICO
Ah, Flamíneo, rufián, en una ocasión me golpeaste, y ahora es mi vez, y veréis cómo es un golpe definitivo…

FLAMÍNEO
Cumpliréis como corresponde a un verdugo, a un vil verdugo, y no como conviene a una persona de noble condición, pues está claro que no voy a devolveros el golpe.

LODOVICO
¿Reís a pesar de todo?

FLAMÍNEO
¿Queréis acaso que muera como nací, lloriqueando?

GASPARO
Encomendad vuestra alma al Señor.

FLAMÍNEO
No, que ya le llevaré personalmente mis recomendaciones.

LODOVICO
Aunque pudiera daros muerte cuarenta veces al día, y ello durante cuatro años, no sería suficiente para mí: nada nos aflige en ese momento si no es la pena de que no seáis bastantes para calmar el hambre de nuestra venganza. ¿En qué pensáis?

FLAMÍNEO
En nada, en nada, y dejaos de tan ociosas peguntas. Estoy preparándome para un muy largo silencio, y sería en vano que ahora me pusiera a parlotear. No recuerdo nada. Y nada hay que aflija al hombre con más intensidad que sus propios pensamientos.

LODOVICO
Y en cuanto a vos, resplandeciente prostituta, ojalá pudiera separar del aire puro vuestro aliento cuando le llegue la hora de abandonar el cuerpo…, pues lo aspiraría para arrojarlo después a un estercolero.

VITTORIA
De vos, conde, de vos que vais a traerme la muerte pienso que no es vuestro aspecto todo lo horrible que debiera convenir a esta misión: demasiada bondad hallo en vuestro rostro como para ser el de un verdugo. Y si verdaderamente lo sois, cumplid con vuestro oficio como debe ser, empezando por postraros de rodillas e implorar nuestro perdón.

LODOVICO
Una ominosa cometa habéis sido en toda vuestra vida, pero ahora me corresponde el placer de cortaros la luminosa cola. Matad primero a la mora.

VITTORIA
No, no la matéis a ella antes. He aquí mi pecho. Hasta en la muerte me gustaría ser servida, y no que ella camine por delante de mí.

GASPARO
¿Tan valiente sois?

VITTORIA
Sí, daré a la muerte la misma bienvenida que los príncipes dedican a los embajadores importantes, e iré en busca de vuestra arma para hallarla a la mitad de su camino.

LODOVICO
Tembláis, ¿verdad? A lo mejor el miedo logra disolveros en la atmósfera antes de que os llegue el momento.

VITTORIA
Os equivocáis, pues soy toda una mujer, y la misma idea de morir no basta para procurarme la muerte. Una cosa he de deciros: ni una vil lágrima, ni una sola, verteré al morir, y si entonces parece pálida mi tez, sabed que no es por causa del miedo, sino de que la sangre empieza a faltarme.

CARLO
Tú, Zanca, eres el objeto de mi misión, furia de tez morena.

ZANCA
Mi sangre es tan roja como la de ellos. ¿Queréis beber de ella? Es bueno hacerlo para combatir la epilepsia. Me enorgullece que la muerte no pueda cambiarme el color del rostro, pues no asomará en él palidez alguna.

LODOVICO
Asestad, pues, el golpe, y que sea a los tres a un tiempo.
(Apuñalan a los tres)

VITTORIA
¡Vaya hazaña digna de hombres! Matad la próxima vez a un recién nacido mientras toma el pecho de su madre, y acceded por ello a la gloria…

FLAMÍNEO
¿Qué espada es ésa? ¿Es acero toledano, o es una hoja inglesa? Siempre he pensado que de la causa de mi muerte más habría de entender un cuchillero que un médico. Examinad mi herida hasta el fondo, explorad en ella con el mismo acero que su origen fuera.

VITTORIA
¡Ah, mi gran pecado reside en mi sangre, y es mi sangre, por tanto, quien ahora paga por él!

FLAMÍNEO
Toda tu nobleza se me descubre ahora, hermana, y me impulsa a amarte. Si el hombre nace de mujer, es de ella de quien tendría que aprender a conducirse virilmente. Adiós. Y que sepas que muchas mujeres que han sido célebres por su valor y otras virtudes propias del hombre han caído también en sus vicios, y que sólo gracias a un afortunado silencio han salvado su fama, pues no es culpable quien con habilidad logra esconder su culpa.

VITTORIA
Mi alma, como una nave abandonada a la suerte de una terrible tempestad, se halla a la deriva, y no sé adónde ésta la lleva…

FLAMÍNEO
Echa entonces el ancla. La prosperidad hechiza a los hombres con sus aguas aparentemente calmas, pero luego ríe, con la risa blanca de las olas, cuando se aproximan los escollos. Y no dejamos de penar, no dejamos de ser esclavos de la Fortuna y de morir en vida hasta que morimos. ¿Ya te has ido, mora Zanca? ¿Y tú, hermana? ¿Tan cerca estás ya del fondo que no me contestas? Falsas voces son las que dicen que las mujeres rivalizan con las nueve musas en poseer nueve fuertes e interminables vidas. No me importa quiénes fueran antes que yo, ni quiénes han de seguirme, no, sólo en mí mismo está mi principio y mi fin. Pues cuando levantamos la vista hacia las alturas celestiales confundimos un conocimiento con otro. ¡Ay, una espesa niebla me rodea!
Vittoria Felices los que nunca la corte vieran, tampoco su boato,
25
Y a los poderosos jamás conocieran, salvo en los relatos.
(Vittoria muere)

FLAMÍNEO
Como el fuego de un candil me reanimo con un último resplandor para apagarme del todo al momento. Que los que sirven a los poderosos recuerden aquel dicho de viejas que nos enseñaron nuestros antepasados: hay que hacer como los leones de la Torre, que, si luce el sol el día de la Candelaria, lloran por temor a un nuevo y más duro coletazo del invierno. Bueno es que haya algo positivo en mi muerte, pues mi vida fue como un negro depósito de cadáveres. Ay, he cogido un mal enfriamiento, una enfermedad eterna, y he perdido la voz para no recuperarla nunca. ¡Adiós, gloriosos canallas! Muy vano me parece ahora el tan bullicioso oficio de la vida, pues, si el descanso engendra descanso, todos, por el contrario, penan para cosechar nuevas penas.
No quiero que de una campana de lisonja suene el agudo tañido.
Que suene en mi despedida el trueno, con su violento bramido.
(Muere)

EMBAJADOR INGLÉS
(A punto de entrar en escena) ¡Por aquí, por aquí, echad la puerta abajo, por aquí!

LODOVICO
¿Cómo? ¿Hemos sido traicionados? Hallemos la muerte entonces con valor, todos juntos, y ya que hemos puesto fin a nuestra muy noble misión, desafiemos a la peor cara del destino, sin temor a ver correr nueva sangre.
(Entran los embajadores y Giovanni, con soldados)

EMBAJADOR INGLÉS
Quitad de en medio al príncipe y disparad, disparad.
(Los soldados disparan. Lodovico es herido)

LODOVICO
¡Ay, me han herido, y temo que no pueda ya escapar!

GIOVANNI
¡Canallas, sanguinarios canallas! ¿Quién os ha autorizado a realizar esta matanza?

LODOVICO
Vos lo habéis hecho, señor.

GIOVANNI
¿Yo?

LODOVICO
Bueno, fue vuestro tío –que es como una parte de vos– quien nos lo ordenó. Vos me conocéis, sin duda: soy el conde Lodovico, y he de deciros que vuestro tío, vuestro muy noble tío, estuvo anoche en esta corte convenientemente disfrazado.

GIOVANNI
¿Qué decís?

CARLO
La verdad. Era ese moro al que vuestro padre tuvo a bien conceder una pensión.

GIOVANNI
¡Mi tío convertido en asesino! A prisión con ellos, y que sean sometidos a tortura. Todos los que hayan tenido parte en esto conocerán el sabor de nuestra justicia. Tan cierto como que deseo ir al paraíso celestial.

LODOVICO
A pesar de todo me enorgullezco de poder decir que esto ha sido obra de mi persona. El potro, la horca y la rueda de tortura no han de tener en mí otros efectos que los de un dulce sueño. Descanso al fin: yo fui el autor de este cuadro de muerte y nocturnidad, y a fe que de todas mis pinturas ésta es la obra maestra.

GIOVANNI
Llevaos los cadáveres. Y ved vos, señor, qué enseñanza ha de seguirse de este castigo:
El hecho vil –recordarlo el criminal debe–
De frágil caña descansa en soporte leve.
(Vanse)
Estos versos que Marcial me procura harán las veces de epílogo: Haec fuerint nobis praemia si placui. En cuanto a la representación, fue en líneas generales buena. Y de los actores me atrevo a decir, opinión que comparten algunos de su misma profesión, que dieron lo mejor de sí en la imitación cierta de la vida, evitando el peligro de forzar el trabajo y hacer de lo natural una cosa monstruosa. De lo que sigo, y además de este reconocimiento a la labor general, a dedicar en particular un recuerdo a la bien probada técnica de mi amigo el maestro Perkins, y a afirmar que el mérito de su trabajo sirvió para coronar convenientemente tanto el principio como el fin de esta tragedia.

Seguidores