10/7/18

Las boludas. Dalmiro Sáenz.




Las boludas


Dalmiro Sáenz



Editada. Por autorizaciones contactarse con Pablo Silva info@silva.com.ar



Cuarto de persona pobre y con evidente buen gusto. Las paredes están cubiertas de libros. En el cuarto está la cama.
Una mujer joven está terminando de vestirse, es fresca, distinguida, su voz y sus movimientos son totalmente frívolos. Después de un rato ella le dice a alguien que está en el baño.

ANA: ¿Te estás haciendo la paja?
VOZ DE JUAN: Sí
ANA: ¡Espiando a la de enfrente?
VOZ DE JUAN: Sí
ANA: ¿Por qué no te la cogés de una vez en lugar de hacerte la paja?
Voz DE JUAN: Porque tiene doce y yo treinta y nueve y no quiero ir preso.
ANA: Ustedes nunca van presos.
Voz DE JUAN: No me dejás concentrar.
ANA: Dale, apurate que necesito el baño.
  (La puerta se abre y aparece Juan, está en camisa y pantalón de traje.)
ANA: Yo también estuve espiando.
JUAN: ¿A la de enfrente?
ANA: No, a tus papeles. Leí lo que escribiste anoche.
JUAN: Lo tengo que presentar hoy.
ANA: Juan.
JUAN: ¿Qué?
ANA: Es lo mejor que has escrito en tu vida.
JUAN: Tal vez tenga más.
ANA: ¿Qué cosa?
JUAN: La chica de enfrente, tal vez tenga más de doce.
ANA: ¿Quién va a leer eso que escribiste?
JUAN: El comisario, supongo.
ANA: ¿Qué va a decir?
JUAN: Nada... Hace caras y después lo hace archivar.
(El saca de algún lado una sobaquera sin ningún arma, se la coloca y se sienta en la mesa donde hay dos tazas de café. Ella le sonríe y él también le sonríe, él mira la cama y la mira a ella.)
JUAN: No soy bueno para esas cosas.
ANA: No, para nada.
JUAN: Siempre cogí mal... Desde chiquito.
ANA: ¿Cómo de chiquito? ¿Cogías de chiquito?
JUAN: No, no.
ANA: Sos un malcriado sexual.
JUAN: Tengo pereza sexual.
ANA: Y me obligás a mí a hacer de todo.
JuAN. La haraganería me mata... Por eso me gusta la masturbación.
ANA: Es que has andado mucho con putas como todos los policías... ¿Sabés por qué te di bola?
JUAN: No.
ANA: Porque cuando entré en la comisaría para pedir el certificado de domicilio vi sobre tu escritorio un cartelito que decía: "Joven argentino, si usted tiene más de dieciocho y menos de veinte probablemente tenga diecinueve"... Por el cartelito te di bola. ¿Por qué lo pusiste?
JUAN: Era una trampa caza señoras.
ANA: ¿Funciona?
JUAN: Y... sí, algo.
ANA: Yo con un policía... Yo a los policías ni siquiera los odio. Odio a los militares pero a los policías los ignoro.
JUAN: Sí, con ustedes pasa así.
ANA: Ustedes, quienes seremos ustedes para vos... Tengo una atroz sospecha... A veces tengo la impresión de que sos tan hijo de puta, que como sabés que a mi me calienta lo mal que cogés, sólo conmigo cogés mal.
JUAN: ¿Y con las otras?
ANA: Que con las otras hacés de todo.
JUAN: ¿Qué es hacer de todo? No hay tantos de todo.
ANA: Sí que hay.
JUAN: ¿Te parece?... Pero nosotros hacemos un montón de cosas.
ANA: Porque yo las hago.
JUAN: Sí, eso es cierto... ¿Y de donde sacás tantas ideas?
ANA: En gran parte de lo que leo en esos papeles que escribís. (Los dos se miran sin decir nada.)
JUAN: No digas...
ANA: ¿Nunca te leés?
JUAN: No. Yo tengo un solo lector: el comisario,... por ahora.
ANA: Y yo.
JUAN: Y vos.
ANA: Sos raro vos... ¿Por qué no dejás la policía?
JUAN: Me encanta ser policía...
 ANA: Yo algún día voy a aparecer en alguno de esos papeles.
JUAN: Creo que sí.
ANA: No me pongas mi nombre verdadero. Mi marido me mata.
JUAN: ¿Cómo es tu marido? Nunca me hablás de él.
ANA: Qué sé yo... Es buen mozo... mujeriego...
JUAN: ¿Tiene una amante?
ANA: (Sonriendo) La  tuvo... Yo la neutralicé.
JUAN: ¿Por qué, vos podés tener amante y él no?
ANA: No sé... Debe ser una especie de machismo femenino mío.
JUAN: ¿Pero qué clase de tipo es tu marido?
AÑA: Si estuviera ahí sentado a esta mesa le pondría manteca a la tostada como estás haciendo vos... (Él, efectivamente, le está poniendo manteca a la tostada y se la está por comer pero se interrumpe ante las palabras de ella.) Pero no se la comería él, me la daría a mí.
El cierra la boca sin morder la tostada y se la alcanza a ella, cuando su mano vuelve, ya se ha transformado ahora en su marido, un hombre totalmente distinto, es un abogado próspero oligarca estanciero, joven canchero, un ganador seguro de sí mismo, totalmente distinto al policía.
MARIDO DE ANA: Le gané a Charlie... le gané los dos partidos.
ANA: Charlie se dejó ganar.
MARIDO DE ANA: Estás loca... (dudando) Tal vez sí.
ANA: Te quiere vender un toro.
MARIDO DE ANA: Yo no compro toros este año, ni yo ni nadie... Estos no van a necesitar sacarnos los campos, nos vamos a ir solos.
ANA: Desde que...
MARIDO DE ANA: (Riéndose) Desde que sos chiquita venís oyendo lo mismo... ya lo sé, hasta Ambito Financiero nos carga pero lo...
ANA: (Interrumpiéndolo a su vez) Pero lo que es evidente es que Australia y Canadá triplicaron sus cabezas de ganado mientras en la Argentina... (El se ríe pero su risa se va a interrumpir cuando oiga las palabras de ella que dice en un mismo tono.)... los maridos siguen engañando a las boludas de sus mujeres inventando cursos que no existen o viajes de negocios imaginarios.
Los dos ahora están serios. La frase no llega a descolocarlo pero lo afecta; después de un silencio incómodo le dice:
MARIDO DE ANA: Vi tu cara cuando Cristina dijo lo de Copacabana.
ANA: Metió la pata a propósito. Fue una forma de decirme: vos tendrás la libreta de matrimonio pero yo tengo su clandestinidad.
MARIDO DE ANA: No es tan así.
ANA: Sí, es tan así.
MARIDO DE ANA: No... no lo es, lo que pasa es...
ANA: Me sentí tan boluda... Yo preocupada por como te iría en el viaje y vos cogiendo con esa puta... Ya sé, ya sé que no es una puta, es una de esas minas de ahora... una de esas pelotudas geniales que no tienen la carga de tener que ser monas... el mundo nos abandonó... antes éramos unas reinas... ahora no nos quieren ni los perros... es un mundo hecho para las Cristinas, para las que van a la facultad, para las que trabajan... La otra vez en lo de Basualdo. ¿Te acordás cómo fui? Estaba remona, requemada, reflaca y me sentí una leprosa... todos los hombres estaban copados con una psicóloga y con una periodista... La puta que las parió... ¿Cuándo me cogías a mí pensabas en ella?
MARIDO DE ANA: No. Al revés.
ANA: ¿Cómo al revés?
MARIDO DE ANA: Cuando la cogía a ella pensaba en vos.
ANA: (La frase a ella le llega. Se queda mirándolo pensativa.) Probablemente eso sea cierto.
MARIDO DE ANA: Es totalmente cierto.
ANA: ¿En bolas cómo era?
MARIDO DE ANA: Y qué sé yo...
ANA: Casi no tiene tetas. ¿No?
MARIDO DE ANA: No.
ANA: ¿Y a vos te encantaba eso?
MARIDO DE ANA: ... Sí, a veces sí.
ANA: Cuando cogían ¿le hablabas de mi?
MARIDO DEANA: Sí.
ANA: (Con cierta perversidad) ¿A mí me contarías cosas de ella?
El marido de Ana se transforma en policía, coloca la Pistola en la sobaquera, Y está diciendo.
JUAN: Sí.
ANA: ¿Sí qué?
JUAN: Sí, a veces sí  A veces el comisario se queja de que los informes son demasiado largos pero creo que le gustan.
ANA: Pero eso que leí anoche. Todo lo que escribiste ahí, ¿es cierto?
JUAN: Sí.
ANA: ¿Todos esos personajes son como los describiste?
JUAN: Sí.
ANA: ¿La chica judía ... ?
JUAN: Sí. Sonia tomó el colectivo sesenta ese domingo a la tarde. El colectivo iba casi vacío... Y Sonia estaba distraída pensando en quien sabe qué cuando...
Ana, que está sentada en un lugar que ahora es el asiento de un colectivo, se transforma en Sonia, una tímida estudiante de filosofía, judía, un poco miope, que larga un grito dirigiéndose al imaginario chofer.
SONIA: ¡¡¡Cierre la puerta chofer... Cierre la puerta!!! ¡¡¡No, no es un carterista, es un torturador, siga hasta una comisaría!!!
Juan, que está parado, se transforma en Gálvez. Un hombre aplomado, tranquilo, que dice con voz cariñosa.
GALVEZ: ¿Qué? ... Por Dios Sonia, no seas ridícula ... (al chofer) no soy un torturador, soy el marido... está enojada porque anoche no dormí en casa (a Sonia) Estás enceguecida de celos, Sonia... Cálmate por favor... Si te tranquiliza te aviso que no fui a casa de Celina, me fui a dormir sólo a un hotel...
SONIA: (Al colectivero y a los demás pasajeros) ¡No es mi marido! (Parece a punto de llorar) No es mi marido, es un torturador, me torturó durante...
GALVEZ: Sonia, por Dios, dejate de locuras... Vení, bajémonos y vamos a tomar un café... Tenemos mucho que hablar... (con cariño). Los dos tenemos cosas que decirnos... Ya sé, ya sé lo que pasa, pero cuando dos personas han compartido...
SONIA: ¡No! ¡No! (la indignación no la deja hablar)
GALVEZ: Pensé mucho...
SoNIA: ¡No!
GALVEZ: Pensé en lo que dijiste esa vez.
SONIA: (Al chofer) ¡Es un torturador!... ¡Es un torturador!
GALVEZ: (Como enojado) Sí, está bien... Te he torturado con mis actitudes... con mis cosas ... está bien, te hice sufrir.., ¡pero que te creés! que son muy fáciles las cosas para mí ... Yo no inventé el mundo... Yo ... ¿Qué creés, que los maridos de tus amigas son muy distintos?... Los seres humanos somos así... (Sonia trata de hablar pero no puede, y él prosigue)... Una vez te dije que ya no quedaba nada para decirnos... que estábamos vacíos... que teníamos que inventar palabras nuevas...
SONIA: Es mentira... lo que está diciendo, es mentira... (al chofer) pare cuando vea un policía... ¡Y no abra la puerta, no lo deje salir!
GALVEZ: ¿Quién te aconsejó que hicieras un escándalo de ese tipo? ¿Tu abogado? ¿Creés que tener una denuncia asentada en la comisaría te va a ayudar para el divorcio?... Está bien, bajemos y vamos juntos a la comisaría (con sincera convicción) Eso no es importante, Sonia, lo importante es lo que hemos compartido... Vamos a la comisaría si querés pero calmate por favor (con gran ternura). Hubo una época en que también nos separaron las circunstancias y sin embargo...
SONIA: (Llorando y gritando como una loca) No quiero oír nada... No quiero oír nada.
GALVEZ: (Al chofer) Pare aquí, por favor, en el Hospital Rivadavia... Voy a tener que internarla.
SONIA: ¡No! ¡Noo!
Gálvez, con firme ternura, le toma el brazo mientras le dice al chofer:
GALVEZ: Pare en la otra entrada, por favor, creo que es la Sala de Guardia.
SONIA: (Cuando Gálvez está por ejercer sobre ella una mayor energía, señala hacia afuera y grita.) ¡Ahí, ahí hay un policía, pare, chofer!
La actitud de Gálvez cambia totalmente, saca una pistola y con un tono totalmente distinto dice con energía al chofer.
GALVEZ: No pare nada, siga.
Gálvez ahora vuelve a ser Juan que se coloca la pistola en la sobaquera y está diciendo.
JUAN: Hizo cerrar la puerta y secuestró al colectivo con los pasajeros, lo llevó por su recorrido habitual pero sin levantar a nadie. Llovía muchísimo y el colectivo siguió hasta cerca de Tigre, cuando sucedió algo inesperado. A Gálvez le dio un ataque, un infarto, una embolia, no sé. Se desplomó sentado en uno de los asientos con los ojos abiertos, la cabeza consciente pero totalmente paralítico. El colectivero paró en medio de la lluvia y todos, incluso el chofer, salieron corriendo.
A la comisaría fueron llegando en distinto orden. Yo estaba de guardia. La última en  llegar fue la chica judía. El patrullero no estaba, así que les tomé declaración y me fui en mi auto hasta el colectivo y ahí lo encontré a Gálvez muerto, pero no muerto por el infarto.
Lo habían torturado hasta matarlo, lo habían quemado con un encendedor de a poco hasta hacerlo morir. No sabés lo que era su cara, todas las torturas, todos los dolores que había provocado en su vida estaban instalados en su cara.
ANA: ¿Fue la judía?
JUAN: Yo creo que sí.
ANA: ¿Cómo es ella?
JUAN: Muy linda.
ANA: ¿La interrogaste?
JUAN: Sí, en la casa.
ANA: ¿Vive sola?
JUAN: Sí.
ANA: ¿La cogiste?
JUAN: No.
ANA: ¿Por qué dudás que sea ella la asesina?
JUAN: No lo dudo, pero las mujeres no hacen esas cosas...
ANA: ¿No somos capaces?
JUAN: No.
ANA: No tenés idea de lo que somos capaces... Yo una vez, cuando me enteré de esa amante de mi marido, le hubiera hecho cualquier cosa. La hubiese quemado viva, estoy segura.
JUAN: Pero no lo hiciste.
ANA: No tuve necesidad de destruirla. Preferí destruirles la pareja.
JUAN: ¿Cómo lo hiciste?
ANA: La cité en casa por teléfono y ella vino. Me acuerdo como apareció, con la cara lavada, su pelo corto, su vestido normal, personal como la puta madre. Se sentó en un sillón delante mío. Flaca de mierda, entonces le dije con el mejor de mis tonos:
…Nosotras que somos amigas desde chicas... Y ella me contestó. "Nosotras nunca fuimos amigas, ni siquiera fuimos enemigas".
Escuchame Cristina, ya sé que sos media genial,  le dije  y me considerás a mí una boluda, pero la boludez tiene sus reglas también, la boludez es un estado, es una forma de ser, casi podría decirte que la boludez es una clase... y ninguna clase cae sin pelear... Las minas como ustedes van a ganar, nosotras no podemos ir contra la historia, pero les vamos a dar trabajo...Vos te conquistaste una parte de mi marido, lo deslumbraste, le mostraste un tipo de mujer que él ni sabía que existía y además lo inventaste a él... A mi, por ejemplo, nunca me cogió en pleno centro en un día en que la lluvia los hacía invisibles tras los vidrios empañados del auto... Te has puesto pálida Cristina, ¿qué te pasa?... pensá un poco en mi marido, le diste un sexo nuevo pero no le diste auditorio. ¿A quién podía confiar el pobre esos sollozos tuyos después de los orgasmos, o tus masturbaciones por teléfono, o tus fifadas junto a la ventana para que los espíen los del tercero C? Te estuvimos usando Cristina, nos calentamos mucho gracias a vos... Y nos estamos calentando ahora gracias a vos. (A Juan) entonces miré la puerta cerrada y ella también miró, parecía a punto de descomponerse, me preguntó "¿Está ahí?" Fijate, le dije.
JUAN: ¿Se fijó?
ANA: No, qué se iba a fijar.
JUAN: ¿Y estaba?
ANA: No, qué iba a estar.
JUAN: (Se queda mirando a Ana sin decir nada y después dice:) Sos un personaje.
ANA: No, no lo soy. Y vos necesitás personajes, por eso seguís en la policía. No te importa atrapar delincuentes, te importa atrapar personajes... Mirá el tiempo que le dedicaste a investigar el crimen ese del cazador... ¿Lo resolviste al final?
JUAN: Sí. Ya escribí el informe y ya se lo llevé al comisario.
ANA: ¿Qué te dijo?
JUAN: Lo leyó y me dijo: Es un buen trabajo, pero no me interesa resolver un crimen cometido hace cien años, me interesa resolver el crimen del colectivo.
ANA: Y tiene razón. ¿Qué te hizo coparte así con el cazador?
JUAN: La posición del cadáver... Nunca había visto un muerto en una posición tan humillante, una posición de súplica, de obsecuencia, era atroz lo que ese esqueleto estaba pidiendo.
ANA: ¿Qué pedía?
JUAN: No sé, lo encontraron los obreros cuando demolieron la casa. No tocaron nada, hicieron la denuncia enseguida... Yo llegué y me encontré con un esqueleto que llevaba cien años atado en la misma posición. Después en una valija encontré un diario.
ANA: ¿Qué fue lo primero que hiciste?
JUAN: Averiguar quién era: Manuel Pacheco se llamaba, era un típico señorón de esos tiempos, fanático de la caza mayor. Todas las tardes e instalaba en la confitería París en la misma mesa, rodeado de sus admiradores. Era un viejo magnífico, uno de esos soberbios hijos de puta de la época, grandes haraganes, grandes seductores, grandes duelistas, grandes...
ANA: … personajes.
JUAN: Sí, grandes personajes instalados en el país como si fueran los dueños de todo, repatingado ahí en la confitería París.
Juan se va transformando en Pacheco y está diciendo con estudiada seducción. «Del monólogo, se elegirán sólo algunas frases de acuerdo con los tiempos depuesta en escena".
PACHECO: ... Yo, qué quieren que les diga, no lo soporto, la caza de aguada para mí no es caza, es depredación. Esconderse en una aguada, esperar que llegue la presa y meterle un balazo cuando está tomando agua, además de estúpido, no es cazar, es asesinar... la única caza que existe es la montería, la montería es competir en astucia, en resistencia, en imaginación, en el propio hábitat del animal, es rastrearlo por el monte, es seguirle sus huellas, es recurrir a todas las artimañas imaginables... Yo entiendo que a veces es necesario asesinar animales, pero no nos vanagloriemos de ello... A mí una vez cerca del Paraguay un tigre se metió por una ventana en la casa vacía de los Estigarribia. Ni el tigre ni yo conocíamos la casa, pero yo conocía las costumbres de los hombres. Sabía que en la sala grande tenía que haber un piano, sabía que había cortinas, espejos, intuía los corredores y los dormitorios en los altos y los baños. Ya sabía que estaba por algún lado, me lo imaginaba atravesar los salones con pasos de terciopelo, duplicarse en los espejos, avanzar con la panza muy cerca del suelo, las uñas escondidas en la pelusa de las patas, su cautela, su enorme cautela concentrada como un resorte sobre la alfombra... Cuando lo vi por primera vez estaba oliendo el borde de  un cortinado, no era un animal muy grande, era un yaguareté normal, en el monte no me hubiera impresionado gran cosa, pero ahí, en ese momento, junto a un jarrón chino, un satzuma de primera época y teniendo por fondo la boisserie de las paredes y en un costado una vitrina con un enorme abanico desplegado era realmente una obra de arte. (Ana desde donde está sentada lo mira con mucha fascinación, todavía no se ha transformado en su próximo personaje. Tal vez se levante y tome un vestido antiguo.) Me di cuenta que era un animal viejo, casi sin bigotes, ya no le quedaban muchas cosas en la vida, morir con dignidad podía ser una de ellas, pero como puede saber qué es ser digno un ser que jamás dejó de serlo... Nos estuvimos acechando uno al otro durante varias horas. Hubo un momento en que creí tenerlo cercado, en un dormitorio, pero cuando entré sólo estaba su olor, el olor a su adrenalina, a su materia fecal, a su odio, a su miedo; la colcha de la cama estaba deshecha, la textura del brocato seguramente lo había exasperado y los girones color marfil eran el único desorden de ese cuarto. Los frascos sobre un tocador permanecían alineados como un atónito ejército paralizado de estupor. (Ana, ahora en el mismo lugar donde estaba se está transformando en una atractiva mujer del siglo pasado que mira deslumbrada a Pacheco. Tal vez se ha puesto el vestido antiguo). En el piso de uno de los baños vi su huella nítida, dibujada en el talco sobre el mármol. Su suave nariz seguramente había olfateado las toallas, la jabonera, los bordes de la bañadera, y tal vez permaneció un rato en el aire, quieto, mirando la canilla de bronce y la rejilla. Después lo localicé en la sala, era impresionante mirarlo. Se había subido al piano, parecía un extraño monumento absurdo, un cruel juguete de felpa abandonado por el hijo de un gigante. Las orejas hacia atrás, la cola quieta, las uñas replegadas. El arco iris de sonidos dentro de su cuerpo seguramente ronroneaba una coincidencia con las cuerdas del piano bajo la tapa de caoba. Cuando me vio se preparó para saltar pero sus patas habían sido concebidas para afirmarse en la tierra blanda o en la arena y no en esa superficie pulida por el lujo y la insistencia de lejanos artesanos alemanes, que jamás en sus vidas habían visto a un tigre y mucho menos conocían la palabra yaguareté... Ahí lo maté, pero jamás pondría su cabeza en mi galería de trofeos porque eso no fue una cacería, fue un asesinato. Uno a veces tiene que matar pero es aberrante vanagloriarse de ello. Lo que pasa es que la caza no es para cualquiera, el cazador nace, no se hace, yo jamás dejé de cazar en mi vida... (Bajando la voz y hablándole a un imaginario escucha, al lado de su silla)... Yo en este momento estoy cazando, no mire ahora, pero hay una mujer divina en una mesa atrás suyo. Hace días que viene a esta confitería y se pasa escuchando mis anécdotas. La tengo bajo mi mira, no creo que sea una presa fácil pero le aseguro que no desentonaría en absoluto en mi galería de trofeos... No se de vuelta, por favor, no me espante la presa... Les pediré más (sonriendo) por qué no aportan sus ausencias y mañana les cuento el resultado. (Los comensales imaginarios se retiran, Pacheco, sonriendo y canchero, levanta su copa despidiéndolos y dice.) Señores (Pero después no baja la copa, sino que la mantiene levantada hasta que ella levanta la vista y lo mira. Entonces Pacheco abre su mano y mientras la copa se estrella contra el suelo dice. )
Tal vez no la vea a usted nunca más en mi vida, pero por lo menos sé que he llenado su memoria de vidrios.
Ella lo mira y dice:
MARIA: Yo no necesitaba los vidrios.
PACHECO: Yo sí.
Se levanta y se sienta a la mesa de ella.
MARIA: ¿Por qué?
PACHECO: Porque yo estoy de cacería y en toda cacería existe un factor tiempo y un factor distancia. Si no tiraba ese vaso el tiempo hubiera continuado pero la distancia hubiese sido la misma.
MARIA: ¿Yo soy la presa?
PACHECO: Sí.
MARIA: ¿Es bueno que yo lo sepa?
PACHECO: Sí. Usted no tiene idea del vínculo que existe entre el cazador y su presa. Es una de las relaciones más intensas que puede existir entre dos seres.
MARIA: Usted me metió un tigre en mi memoria junto con los vidrios de su copa ... ¿Pero si el tigre  hubiese vencido? ...
PACHECO: No hubiera habido vidrios.
MARIA: Tampoco existiría el tigre... a veces la historia no la escriben los vencedores. Y yo jamás me hubiera enterado que hay caza de aguada y caza de montería, y a propósito, ¿ésto es una caza de aguada o de montería?
PACHECO: De montería. Yo no me quedé junto a la botella de champagne esperando que usted se acercara, yo me interné en su territorio.
MARIA: (Señalándole una mano, sonriendo) En mi territorio no hay heridas como esta.
PACHECO: No, para nada. (Señalando una mano de ella pero sin tocarla) Esas manos suyas, están cinceladas por todas las cosas que no han hecho, por todas las cosas que no han tocado. Mientras yo mataba ese tigre ¿en donde estaban sus manos? ¿sobre qué libro, sobre qué teclado, sobre qué taza de porcelana, sobre qué suavidad estaban instaladas?...
MARIA: ¿Y su cuerpo, cuando yo me retorcía por los dolores del parto, dónde estaba?
PACHECO: ¿Usted tuvo un hijo?
MARIA: No, (Riéndose) pero tuve ganas de decir eso.
PACHECO: (Riéndose) Es tan mentirosa como un cazador.
MARIA: Tal vez lo sea.
PACHECO: Imposible. Las mujeres nacieron para ser cazadas, nunca para cazar, no hay más que ver los ojos. Ninguna especie con los ojos separados es cazadora, los venados, los conejos, las llamas, los ciervos, tienen los ojos como las mujeres. Los ojos separados permiten un mayor ángulo visual ante cualquier ataque, en cambio los felinos, los animales cazadores son como los hombres, tienen los ojos juntos. Es un handicap de la naturaleza.
MARIA: ¿Y usted, cuál es la presa que más ha gozado cazar?
PACHECO: Hombres.
MARIA: ¿Hombres?
PACHECO: Sí, hombres. Durante muchos años me dediqué a cazar hombres. Cazaba desertores para el ejército durante la campaña del desierto.
María se ha ido al baño y desde ahí dice con voz de Ana.
VOZ DE ANA: Igual que vos. Vos cazás hombres para los jueces.
Pacheco es ahora Juan.
JUAN: Todos cazamos, hombres o lo que sea.
VOZ DE ANA: Hombres para los jueces y personajes para tu libro.
JUAN: ¿Qué libro?
VOZ DE ANA: El que estás escribiendo.
Saliendo del baño
ANA: Creés que no lo sé, ¿cómo se va a llamar tu novela?...
JUAN: No va a ser una novela.
ANA: ¿Qué va a ser? ¿Un manual de caza?
JUAN: Va a ser una pieza de teatro.
ANA: Claro, como no lo pensé antes. Una pieza de teatro... Es lo único que te interesa... Atrapar personajes... sos un cazador de personajes... ¿Y una vez que los cazaste qué hacés?... Los metés en el papel. Los copiás. ¿Escribir es eso?... ¿Es copiar?... ¿A mí me copiás, qué me copiás?
JUAN: Tu cola.
ANA: ¿En serio?
JUAN: Sí.
ANA: ¿Qué hacés con mi cola?
JUAN: Y... la usufructúo.
ANA: ¿Pero qué viene a ser eso de las colas? Ustedes las miran, las tocan. ¿Y qué más?
JUAN: ¿Cómo qué más?
ANA: ¿Qué sienten?
JUAN: ¿Qué Sé yo?...
ANA: Cuando me cogés no la tocás tanto.
JUAN: Bueno... Pero sé que está.
ANA: Está ahí (Señala la, cabeza de él)
JUAN: Claro que está ahí. Por eso escribir, hacerse la paja o coger es bastante lo mismo.
ANA: (Como chica empacada) No, no es lo mismo. Será lo mismo para ustedes los escritores pero para mi marido coger es coger.
JUAN: La próxima vez que cojan fijate. Tomá tus piernas por ejemplo, fijate ¿cuántas veces las toca?... Fijate cuando las acaricia... Vas a ver... poquísimo, y sin embargo me animaría a afirmar que son tus piernas lo que más le calienta a él de vos.
ANA: Sí.
JUAN: Ves. Cuando se coge no se acarician los cuerpos, se acarician los pensamientos.
ANA: ¿Sabés que sos un mentiroso?
JUAN: Soy un mentiroso.
ANA: ¿Sabés que nunca en mi vida simulé un orgasmo?
JUAN: Me gustaría que lo hicieras.
ANA: (Desconcertada) ¿Con vos?
JUAN: Sí.
ANA: ¿Por qué?
JUAN: No sé.
ANA: Sí sabés...
JUAN: ¿Cómo lo harías?
ANA: ¿Simular un orgasmo?
JUAN: Sí.
ANA: No lo haría.
JUAN: Pero ¿si... fueras un personaje de mi obra de teatro?... Dale, ¿cómo lo harías?
ANA: ¿Qué sé yo? ... jadearía.
JUAN: ¿Cómo?...
ANA: Y... así. (Comienza a jadear. El jadeo al principio parece poco creíble pero a medida que la posición de su cuerpo o de sus hombros se van incorporando a la escena, va pareciendo cada vez más verdadero. El interrumpe al principio con algún gesto de aprobación o marcando el ritmo, parece un escultor cincelando su obra; o tal vez ella tenga algo de marioneta en las manos de él o viceversa. Después el jadeo llega a ser totalmente convincente. Dan la impresión de estar cogiendo sin tocarse, por ejemplo, cuando él con la mano y a la distancia hace un gesto de levantarle la pollera; la pollera se levanta pero por la mano de ella. Lo mismo pasa con las caricias. Los dos están ahora muy cerca, ella lo besa.)
ANA: Van a coger en escena.
JUAN: No, no creo. No me van a dejar... (Se están acariciando muy cerca de la cama) No se debe poder. (Sentados sobre la cama, haciéndose caricias). Al actor no se le pararía delante del público.
ANA: ¿Y al autor?
JUAN: Al autor sí, porque es un perverso sexual, le encanta que lo miren coger.
ANA: ¿Desde chiquito?
JUAN: Desde chiquito.
ANA: Y si buscás un actor perverso...
JUAN: No debe haber.
ANA: Y si hacés la escena con la luz apagada. (Apaga  la luz)
VOZ DE JUAN: Tal vez sí.
Con la luz apagada cogen, se oyen  sonidos, jadeos y palabras no convencionales.
ANA: Contame tu última cogida.
JUAN: Fue con vos.
ANA: A la chica del colectivo la vas a coger.
JUAN: ¿Sonia? No creo, no me va a dar bola.
ANA: (ya por llegar al orgasmo) ¿Qué... que le harías si la tuvieras acá ... ?
Su orgasmo llega ostentosamente, gime de placer y cuando vuelve la luz, los gemidos continúan, pero ahora vemos que son de dolor, porque Ana se ha convertido en Sonia, que está atada sobre la cama, empapada en transpiración, a su lado, Juan, ya convertido en Gálvez sostiene la picana. Una radio permanecerá prendida durante toda esta escena. Sonia jadea como enloquecida; cuando consigue hablar dice:
SoNIA: Dame agua... Por favor, dame agua.
GALVEZ: Si te doy agua ahora te morís. Tu cuerpo está cargado de electricidad.
SONIA: Es lo que quiero... morirme. Por favor, dame agua.
GALVEZ: Ya sé... ya sé que querés morirte. (Lo dice con una sonrisa leve de médico paternalista.)
SONIA: Dios... dame agua por favor, dame agua aunque me muera. Después, que me importa que me muera. Vos sabés que yo no sé nada, vos sabés que no soy montonera, vos sabés que no soy del ERP.
GALVEZ: Sí... parece que yo sé todo (Lo dice con indiferencia.)
SONIA: Por Dios... vos sabés que yo soy nada.
GALVEZ: Yo también soy nada, piba... Yo también soy nada.
Los dos se miran en silencio, el jadeo de ella Se aminora, Gálvez la mira en forma extraña. Ella también lo mira a él.
SONIA: Vos sabés que si yo supiera algo te lo diría. Yo no nací para heroína. Yo se que vos lo sabés... Agua... dame agua. Ya te lo dije todo... ¿Te das cuenta lo que es eso ... ? Te he dicho cosas que no he dicho a nadie... No hay nada mío que no te haya dicho. Por favor, dame agua y dejame morir... Nadie se va a enterar. Tus jefes no van a enterarse, van a pensar que no aguanté la picana y nada más... Por favor te lo pido (Dicho con llanto de nena que se lastimó). Por favor, por favor, por favor, dame agua. (Después se retuerce con convulsiones y dice:)
SONIA: ¿Alguna vez le diste agua a un torturado?
GALVEZ: Dos veces.
SONIA: ¿Eran hombres o mujeres?
GALVEZ: Las dos veces eran mujeres.
SONIA: ¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué les diste?...
GALVEZ: Tenían que morir de todos modos, ya habían dicho todo lo que sabían. Una era monto; la otra no me acuerdo.
SOMA: Yo también soy monto, yo también tengo que morir... Oíme, te mentí... Dame agua, yo también soy del ERP (Lo dice otra vez llorando con desesperación).
GALVEZ: No insistas, nena... Vos y yo nos conocemos mucho.
SONIA: ¿Por qué a ellas sí y a mi no? ¿Qué tenían ellas que yo no tenga?
La forma como ha dicho esas palabras es rara, son palabras casi frívolas en medio de una tragedia. Casi con cierto matiz de celos. El se inclina sobre ella apoyando las dos manos sobre la cama. En una sostiene la picana, acerca su cara a la de ella y le dice muy suavemente:
GALVEZ: Vos estás aquí por pelotuda, por no saber con quién andás. Las boludas como vos se la comen de arriba por no pensar en nada... A veces a ustedes también les damos agua, ¿sabés? (Se ríe). (Se incorpora y acomoda el cordón de la picana. Evidentemente ha terminado la sesión de tortura porque la desata y le saca incluso el alambre que rodea uno de los dedos del pie de Sonia. Mientras hace esto sigue hablando.) Pero vos si que tenés suerte. Porque yo no soy un hijo de puta, yo hago una diferencia entre Uds. y las otras. (Ahora le toma el pulso y la tapa con una manta. Se sienta con un cuaderno, y dice.) ¿Cómo dijiste acá? ¿Teyes o Trelles?
SONIA: (Habla raro): Treyes, Silvia Treyes.
GALVEZ: Gritás tanto que nunca te entiendo.
SONIA: ¿Qué dije de Silvia?
GALVEZ: Que fue la co-garante con vos en el departamento de Yerbal.
SONIA: La debo haber visto tres veces en mi vida.
GALVEZ: Cuatro veces.
SONIA: Sí, cuatro.
GALVEZ: En el cumpleaños de Arturo, en el examen, en el almuerzo con el cuñado, y el día de la fiesta.
Ella jadea todavía y tiene la lengua trabada
SONIA: ¿Me vas a dar hielo...? ¡Por favor!
GALVEZ: Sí, sí, (saca hielo de algún lado y lo envuelve en una toalla. Sonia chupa con desesperación. Le pasa la lengua. Saca la lengua afuera y la refriega con el hielo. Después, un poco más calmada.)
SONIA: (abandona el tuteo) Creo que lo odio más cuando me da el hielo que cuando me tortura... ¿Por qué me lo da?... (como enloqueciendo y gritando): ¿Por qué me lo da? (Tira el cubito al suelo) ¿Por qué? (Se arrepiente por haber tirado el cubito y dice:) No, por favor, alcánceme el hielo, por favor. (El levanta el cubito, lo limpia con la toalla y se lo da, ella lo vuelve a lamer con fruición.)
GALVEZ: Es curioso como odian ustedes. Si nosotros odiáramos así, no podríamos trabajar.
SONIA: A usted nunca lo torturaron.
GALVEZ: ¿Sabés que si? Cuando era "común".
SONIA: ¿Común?
GALVEZ: Delincuente común... Me apretaron en la 33 de Belgrano.
SONIA: Ahí... ¡Si yo vivía en esa cuadra! Iba al colegio de la vuelta. El comisario era amigo de mi papá. ¿Ahí lo torturaron?
GALVEZ: Sí, en esa época usaban las picanas, de esas que se usaban para la hacienda.
SONIA: ¿Por qué lo torturaron?
GALVEZ: Y, para que hablara.
SONIA: Bueno... pero usted había hecho algo. ¿Y la gente como yo... Y los que no hicimos nada?...
GALVEZ: Pero saben cosas que nosotros necesitamos saber... Toda esa carpeta con cosas que vos me has dicho, un diez por ciento nos sirve.
SONIA: (Volviendo a enloquecerse...)¿Y con el otro 90 por ciento? ¿Y con todo lo otro? Yo le he dicho cosas que eran mías. (Bajando la voz y sollozando como, una chiquita) Eran mías... ¿sabe?... mías.
GALVEZ: Yo también te dije cosas que eran mías. Lo de la comisaría 33 nunca se lo dije a nadie.
SONIA: ¿Y por qué me lo dice a mí?
GALVEZ: Vos no existís. ¿No te das cuenta que no existís? ¿Cuándo exististe vos?
SONIA: ¡Qué se yo!... Los primeros días.
GALVEZ: Vos estás muerta, piba. El mundo de afuera ya no es tuyo. Lo único que existe para vos es el dolor o el no dolor... Yo soy tu mundo. ¿Entendés? Yo soy tu mundo. (Sonia al oír esto tira el hielo y él no hace ademán de levantarlo, los dos se miran, ella empieza a llorar suavemente. El le dice casi con ternura:) Así son las cosas, piba...
Ella se va quebrando cada vez más, él le acomoda la manta. Ella se apichona como una chiquita. En eso ella da un gritito:
GALVEZ: ¿Qué te pasó?
SONIA: (Hablando como chiquita) Me toqué con la manta una de las quemaduras de la picana.
GALVEZ: (observa las quemaduras). A mi una vez se me infectó una, no me cicatrizaba.
SoNiA: (Con voz de chiquita) ¿En serio que fue en Be1grano?
GALVEZ: Qué...
SONIA: (Vuelve a usar el tuteo: sigue en la misma posición, habla suave, con voz de nena y como preocupada por Gálvez) que te torturaron...
GALVEZ: Sí, en la 33, el mismo Comisario me picaneaba.
SONIA: (Con el mismo tono de antes): ¡Pero si era un señor... un señor con anteojos... amabilísimo... creo que era rotariano. Sí, sí, ahora me acuerdo. Estaba en el Rotary con mi papá. Parecía bueno.
GALVEZ: Sería bueno, lo que pasa era que la 33 era una seccional jodida. Tenía una parte bacana y su parte del Bajo Belgrano que era brava. Si no nos apretaba, estaba listo... Una vez me dijo, me acuerdo como si fuera hoy: "Mirá pibe, ya me dijiste todo lo que quería saber, pero te voy a seguir dando máquina para que nunca te olvides que con el Comisario Arteaga no se juega" Arteaga, sí... se llamaba Arteaga.
SONIA: Sí, Arteaga, jugaba al ajedrez con mi papá. Me acuerdo.
GALVEZ: Sabía mandar el hombre... También... si no tenía personal y tenía que cubrir no sé cuántas cuadras, de Cabildo hasta después de la vía, creo. Era un manso el hombre.
SONIA: ¿Un manso?
GALVEZ: Sí, un manso.
SONIA: ¿Un manso, decís?
GALVEZ: Son los que mandan... el más débil siempre manda.
SONIA: Pero ¿qué decís?...
GALVEZ: Imaginate, creo que por turno tenía veinte hombres. En total no pasarían de cien, y delincuentes... ¿cuántos seríamos? dos mil, tres mil fácil... Entonces... ¿quién era el más débil?... Arteaga. Pero el más débil siempre gana. Porque inventa leyes, organizaciones, armas, picanas, dinero, costumbres. Es como lo que pasa en una empresa. ¿Sabés... ? El viejito choto del dueño toca un botón y cien obreros fortachos quedan en la calle. Mirá un ejército, por ejemplo. En una compañía tenés cien colimbas con fusiles en las manos. Son soldados que no quieren estar ahí... Que odian la colimba... Pero un solo oficial hace lo que quiere con ellos... ¿Entendés?... los débiles se las ingenian, pero siempre mandan.
SONIA: (Entre risa y llanto) ¿Y ustedes son débiles?
GALVEZ: Sí, claro, ¿cuántos creés que somos? Somos cuatro gatos locos y, venimos mandando desde hace siglos. ¿Querés otro hielo?
SONIA: (Con voz de chiquita) Sí. (El busca el hielo y saca su propio pañuelo para envolverlo. Mientras lo hace, es mirado en forma especial).
GALVEz: Mi mujer me pregunta siempre por qué traigo los pañuelos mojados.
SoNiA: ¿A ella cómo la tratás?
GALVEZ: Bien, supongo que bien.
SoNiA: ¿Le pegás?
GALVEz: ¿Estás loca? Nunca le levantaría la mano. Es una santa.
SoNiA: ¿Y yo?... (Lo dice con voz tierna, como compitiendo en cierta forma con la mujer de Gálvez.)
GALvEz: (Con tono suave como justificándose) Con vos es distinto, ya sé que no sos mala. Pero con vos es distinto... Ya sabés... Es distinto.
SONIA: ¿Por qué es distinto?... ¿Qué piensa ella de vos?
GALVEZ: No sé, no sé. En serio. A veces la veo pensar y pienso qué estará pensando. No es como vos, de vos sé todo. Absolutamente todo, no hay nada que yo no sepa. ¿Vos sabés lo que es para un hombre, saber todo de una mujer?... Sabés que no hay ni la más mínima mentira.
SONIA: Yo sé lo que siento yo...
GALVEZ: ¿Y qué sentís vos?
SoNIA: (Lo dice otra vez acurrucándose y con voz de nena) ¡Qué sé yo!
(Se miran, Gálvez le acomoda la manta complacido) ¿Estás torturando a otra?
GALVEZ: No, tengo tres muchachos en la parrilla, pero vos sos la única mujer.
SONIA: ¿Vos no sentís nada por mi? Digo, porque algo debés sentir, ¿no?... Si me conocés tanto.
GALVEZ: Si, siento que sos la única.
SONIA: ¿La única?
GALVEZ: Sí... y no es una pavada ser la única, ¿sabés?, yo también soy único para vos. Soy el único tipo de tu vida que te conoce como realmente sos. Y sos la única mujer a la que puedo contar cosas mías.
SONIA: ¿Por que no existo?
GALVEZ: No existís para los demás, pero para mi sí existís. ¿Sabés lo qué es eso? Haberte podido contar que con mi mujer no se me para. Con mi mujer ni con nadie... Sólo con vos se me para... Vos sabés que se me empieza a parar en el interrogatorio y se me queda parado un rato largo... Mirá, (Se acerca a ella y le muestra). Mirá, (Ella gira la cabeza para el lado contrario)
SONIA: Ya sé...
GALVEZ: (La agarra del pelo y la obliga a mirarlo.) Mirá te digo... Tocá (Toma una mano de ella con violencia y la apoya contra su sexo). ¡Tocá! ¡Tocá!
SONIA: (Llorando y gritando histéricamente) Ya sé, ya sé... Siempre lo mismo... a mi no me importa nada, sabés... Yo lo que quiero es morirme. Yo lo que quiero es el agua... Me quiero morir, ¿sabés? Quiero que me matés, eso es lo que quiero...
GALVEZ: (Se aparta de la cama enojado y grita): ¿Ves que sos sorda, vos?... ¿Ves que sos una hija de puta, vos?... (Lo dice caminando como si tuviera un problema que no puede resolver). ¿Cuántas veces te dije que para mi sos única y seguís jodiendo con que te mate... (Le arranca la manta) ¿siempre lo mismo vos? (Se desprende el pantalón, se tira encima de ella que no se resiste) No voy a matarte, ¿sabés?... porque no quiero. ¿Entendés? A vos te quiero bien vivita, boluda... Te quiero bien vivita a vos. (Mientras está cogiendo entre jadeos y con rabia, le dice:) "pero decime putita ... ¿vos sabés lo que es ser única? ... ¿vos sabés lo que es ser tan importante para alguien? ¿Cuándo fuiste única allá afuera vos? ¿Cuándo fuiste única para alguien? (Mientras habla se sigue calentando con lo que dice). Decime que esto te gusta, decime lo que sentís.
SONIA: (Entre falsos jadeos, simula para calentarlo) Si que me gusta... Claro que me gusta... si que...
GALVEZ: (Más caliente) ¿Qué querés que te haga, reventada? ¿Decime que querés que te haga?
SoNIA: (Como llegando al orgasmo) Ponémela.
GALVEZ: Ya te la puse, boluda.
SONIA: No... la picana... Poneme la picana.
GALVEZ: (Entre jadeos) ¡Estás loca!... vos estás loca...
SONIA: (Simulando estar muy caliente para calentarlo a él ... ) ¡No por favor...! ¡Ponémela nada más!... Ponémela por favor... Ponémela para acabar.
GALVEZ: (Con risita casi histérica, se levanta apurado con los pantalones todavía puestos y bajos entre las piernas, sosteniéndolos con una mano y haciendo todo rápido como para que no se le vaya la calentura... sigue riendo estúpidamente) ¡Ustedes sí que son locas ... ! ¡Las minas como ustedes sí que son locas ... ! ¡Cuando se calientan son locas! ... (Está contento, toma la picana, la introduce en la vagina de Sonia, la mete y la saca dos o tres veces) ¿Te gusta?... ¿Así te gusta, putita?... ¿Así te gusta?...
SONIA: (Se retuerce para calentarlo) Sí, sí ... (Con tono de orden) Enchufala ... ahora... ¡Enchufala!
GALVEZ: (Muy caliente) (Jadeando, como llegando al orgasmo) Qué... qué decís ¡... ¿estás loca?!... Qué qué decís ¡Te morís!
SONIA: (Apurándolo con tono más autoritario y simulando estar más caliente todavía) ¡Enchufala te digo ... ! Si querés que acabe, ¡enchufala! ¡Dale! ¡Enchufala, que eso me gusta! ¡Enchufala!
Manotea el extremo del cable y va a acercarlo al enchufe que está al lado de la cama, para conectar la picana. En ese momento se oye en la radio que nunca dejó de estar encendida, la voz del locutor que dice: Noticia de último momento: A las 14 horas el general Leopoldo Fortunato Galtieri firmó su renuncia al cargo de presidente de la Nación. El clima se enfría súbitamente, luces.
GALVEZ: ¡La puta madre!, ¡La puta madre! Se pudrió todo, la puta madre. (Se levanta, se olvida de Sonia, abandona la picana por ahí, con violencia se sube los pantalones, sale a medio vestir, y apaga la luz. Cuando se vuelve a abrir la puerta, el que ha abierto la puerta del baño es Juan. Se asoma del baño y le dice a Ana)
JUAN: ¿Querés el baño?
ANA: (Desde la cama radiante) No, andá vos, te lo merecés.
JUAN: ¿Estoy mejorando?
ANA: ¿En qué?
JUAN: En el asunto de la cogida.
ANA: No sé... Sí... supongo que sí.
JUAN: ¿Cómo se mide?
ANA: No sé.
JUAN: Me parece que cada vez lo hago mejor... viste cuando vos estabas de costado... viste lo que inventé... viste.
ANA: ¿Cuándo qué?
JUAN: Cuando...
ANA: Ya sé cuando. Pero eso no fue un invento tuyo.
JUAN: (Asomándose del baño) ¿no?
ANA: No, para nada... Mejor dicho, escribiste algo parecido... pero nada que ver... Tus personajes son los que cogen bien. Vos no.
JUAN: Soy un teórico.
ANA: Vas mejorando... lo malo es que cuando aprendas a coger bien, vas a escribir mal.
JUAN: ¿Por qué?
ANA: Me parece.
JUAN: ¿Y vos?... Cuando dejés de enseñarme a coger... ¿Te vas a seguir calentando?...
Ella lo mira pensativa.
JUAN: ¿Alguna vez le pudiste enseñar a coger a alguien?
ANA: No.
JUAN: ¿Soy el único?
ANA: Sí.
JUAN: Lo malo de tu situación es que dependés de que a mí se me pare.
ANA: No es tan difícil.
JUAN: A veces es imposible.
ANA: ¿Cuándo?
JUAN: Ahora por ejemplo.
ANA: ¿Estás seguro? (Ana sale de la cama, está casi desnuda. Sus movimientos y su actitud no son nada eróticos, pero a medida que se va vistiendo va adquiriendo mayor erotismo, cada prenda de ropa que se pone es como si se la sacase. Va haciendo un especie de striptees al revés. Termina totalmente vestida y en el máximo de su sexualidad.) Se te paró.
JUAN: Sí.
ANA: ¿Y qué vas a hacer al respecto?
JUAN: Me voy al baño a masturbarme, mirando a la chiquita de enfrente.
ANA: Dudo de que exista, ahora que sé que sos un dramaturgo no me extrañaría nada que sea un personaje inventado...
Juan, que había entrado en el baño, sale demudado y dice angustiado.
JUAN: Existe.
ANA: ¿Qué te pasa?
JUAN: No es inventada.
ANA: Y que hay que exista, ¿Te pasó algo con ella?...
JUAN: Existe y ese es mi drama... Jamás he podido crear nada... Jamás he podido inventar un personaje... Todo lo que escribo es absolutamente cierto... No soy capaz de crear, sólo copiar. Hago borradores, hago fichas como un burócrata.
ANA: (Con preocupada ternura) ¿Por eso estás en la policía?
JUAN: Sí.
ANA: Te quiero, Juan.
JUAN: (La mira extrañado.) Nunca me dijiste eso.
ANA: No lo sabía...
JUAN: (Como asustado) ¿Sabés lo que hizo Gálvez a Sonia con la picana eléctrica?
ANA: (Con desagrado) Sí, me lo imagino.
JUAN: Mientras la picaneaba le hizo decir "Te quiero"... ¿sabés una cosa? Ese "te quiero" gritado por una chica enloquecida por el dolor era verdadero... en ese momento era verdadero. (Con pasión). ¿Vos creés que un "te quiero" tuyo, puede competir con el de ella? ¿Vos creés que mi personaje puede competir con esas monstruosidades que fabrica la vida? (Exaltado y poseído por un cierto fuego sagrado de artista) ¿Por qué creés que Sonia lo torturó a él? ¿Por qué te creés que lo quemó viva?... Porque él le violó el alma. No le destrozó su vagina, le destrozó el alma. Por eso prefiero copiar mis personajes de la realidad. Porque cuando los invento, son incapaces de grandezas y de bajezas... son tan mediocres como yo. (Más exaltado, con desprecio y crueldad). "Te quiero”, me decís, "te quiero". Tomá, leé, mirate a vos y a mí. Estamos en esta pieza de teatro, dale, buscá... leé. Está mi "te quiero" mucho antes que el tuyo. A los pocos días de haberte conocido, dentro del baño, mientras me afeitaba con la canilla abierta te dije "te quiero" muy despacio.
ANA: (Se queda callada mirándolo y después) Yo no lo oí.
JUAN: Yo tampoco te lo dije... pero lo escribí... podía haberlo dicho.
ANA: Pero no lo dijiste (se queda callada un rato). ¿Sabés... si lo hubieras dicho tal vez no me hubieras atrapado?
JUAN: ¿Te atrapé?
ANA: Sí... Ahora sí me atrapaste... No me habías atrapado al principio con la trampa caza señoras, me atrapaste recién ahora.
JUAN: (Piensa en lo que ella ha dicho) ¿Qué es atrapar?
ANA: Apoderarse de algo con un fin determinado. Según el diccionario... ¿Cuando atrapás a un delincuente es para algo, no?... Cuando atrapés a la chica judía por haber matado al torturador es para castigarla por su crimen, ¿no?
JUAN: Yo no quiero castigar a nadie, yo cazo gente porque es mi trabajo.
ANA: ¿Y a mí por qué me cazaste?
JUAN: No sé, porque me gustás, supongo.
ANA: ¿Para tu pieza de teatro?
JUAN: No, no mucho.
ANA: ¿Para la cama?
JUAN: Sí
ANA: ¿Cuánto?
JUAN: Bastante.
ANA: (Con tono frívolo) ¿Quién es más mona, la chica judía o yo?
JUAN: Sos muy boluda vos.
ANA: Sí.
JUAN: No, vos no sos boluda, te hacés la boluda.
ANA: Sí.
JUAN: Tampoco. Sos boluda y te hacés la boluda.
ANA: Sí.
JUAN: Tenés un sí fácil también.
ANA: Sí. (Juan se ríe. Ella sale de la cama. Tiene puesta una camisa de él con las piernas desnudas.) Anoche te levantaste y te pusiste a escribir.
JUAN: Sí. ¿Te desperté?
ANA: Te oí entre sueños... ¿Por qué parte vas?
JUAN: Por acá, anoche escribí lo que hicimos anoche.
ANA: No me pongas con esta camisa tuya. Poneme con un camisón paquete.
JUAN: Te puse en bolas.
ANA: (Ella se acerca a los  papeles y lee). Me pusiste en bolas, (Sigue leyendo). Soy bárbara, ¿no?
JUAN: Para estas cosas, sí.
ANA: ¿Cómo se va a llamar la pieza?
JUAN: "Las boludas".
ANA: (Lo mira entre ofendida y divertida) No me gusta ... ¿El día que te conocí está .. ? El día de la trampa caza señoras...
JUAN: Sí.
ANA: Y el día que entré por primera vez a esta casa... ¿está?
JUAN: Sí.
ANA: ¿Te acordás qué divertido fue? Habíamos tomado mucho los dos. Estábamos bastante alegres, ¿te acordás? me acuerdo que abriste la puerta y entramos... Yo me saqué el tapado y dije: así  que esta es tu casa.
Mientras dice esto se va poniendo el vestido de época y mira la casa como por primera vez. Juan que se está colocando la levita de época, dice:
JUAN: No, al principio no me tuteabas. Hiciste así (Mira la casa como por primera vez y ya con la levita puesta y transformado en Pacheco)
PAcHECO: Así que esta es su casa.
MARIA: ¿Cómo se la imaginaba?
PACHECO: No sé.
MARIA: No siempre los cazadores pueden entrar en la madriguera de su presa.
PACHECO: No siempre.
MARIA: ¿Cómo es cazar un ser humano?
PACHECO: Fascinante.
MARIA: ¿En serio que cazaba hombres?
PACHECO: Sí, sí, desertores.
MARIA: ¿Le gustaba hacerlo?
PACHECO: Casi le podría decir que la caza de desertores es la caza perfecta. El desertor es una presa valiente, desesperada, jugada al máximo, no tiene nada que perder, de su astucia y su combatividad depende su libertad o su muerte. Obliga al cazador no sólo a rastrear las huellas de sus pasos sino también las huellas de su mente. Exige tiempo, coraje y poesía.
MARIA: ¿Poesía?
PACHECO: Sí, poesía. Cazar desertores es una caza para artistas, para hombres sensibles. Cazar desertores es tomar vacaciones de humanidad, es volver a las fuentes, es perseguir una presa armada igual que uno, motivada al máximo, dispuesta a pelear con toda su alma por la dignidad de seguir vivo.
MARIA: ¿Y usted por qué peleaba?
PACHECO: El pretexto era la paga. El ejército pagaba bien por cada desertor capturado, pero el verdadero motivo era la poesía, la belleza, el arte... Ahí lo tiene, mire (Saca un libro), ¿usted le cree a Lord Byron cuando quiere fundamentar los motivos por los que se enroló en el ejército griego para pelear contra los turcos? Eran todas mentiras, Byron no luchaba por la cultura griega, luchaba por su propia belleza, por su poesía, por la obra de arte que era su propia persona... ¿Por qué no lo admitía? No sé, creo que es un problema de pudor.
MARIA: ¿Pudor?
PACHECO: (Se le acerca muy dueño de la situación y le suelta el botón del escote.) Sí, pudor, querida mía. Yo jamás tuve pudor. El pudor es para los militares y las mujeres. Yo cazaba un desertor y se lo entregaba al ejército. El oficial que me pagaba nunca me miraba a los ojos porque tenía pudor... Ellos al día siguiente iban a formar en cuadro al regimiento alrededor del mástil con la bandera y lo iban a fusilar... Para eso no tenían pudor. Lo que hacía yo, rastrear un hombre hasta la última madriguera de su espíritu durante semanas y semanas, acosarlo, vencerlo, quebrarlo, eso no era para ellos. Cazar hombres era ensuciar el uniforme... asesinarlos con los ojos vendados y las manos atadas, parece que no.
El se acerca a ella con intenciones de abrazarla y ella, entonces, para evitarlo le dice.
MARIA: Vio eso.
Pero él no le hace caso y sigue avanzando entonces ella apela a la pregunta:
MARIA: ¿ Se... se acuerda de algún desertor en especial?
PACHECO: Me acuerdo de todos. Cada uno me dio lo mejor de sí mismo: El Gato Feijó, el Tape Lencina, el cabo Aroca, ese cabo Aroca, por ejemplo, tardé seis semanas en cazarlo,  un diablo de hombre ese cabo Aroca, lo empecé a rastrear el primero de agosto, me acuerdo porque era el día de mi cumpleaños, y lo entregué prisionero el ocho de setiembre, lo fusilaron el nueve.
MARÍA: ¿Usted presenciaba los fusilamientos?
PACHECO: Jamás me invitaron. Yo parecía no ser digno de estar ahí Respetaban mi oficio, pero despreciaban mi moral, yo no era digno de estar con esos asesinos de uniforme.
MARIA: Si el cabo Aroca hubiese vencido tal vez le estaría contando este episodio a otra mujer. ¿Cómo era el cabo Aroca?
PACHECO: Un gaucho lindo, bruto como un par de botas, guapo como las armas, se había galopado media historia argentina, un hombre alto, fuerte, llevaba siempre un facón caronero además del sable de caballería y un Remington-Coli.
MARIA: ¿Remington Coli?
PACHECO: Es una atrocidad de los gauchos, al fusil Remington le cortan casi todo el cañón y la culata y lo convierten en una especie de pistolón utilísimo para una pelea de pulpería, pero totalmente inútil para distancias largas. El sabía que la distancia que a él le convenía era la muy lejana o la muy cercana... Como a usted, por ejemplo. El manejo de la distancia es todo en una cacería.
Pacheco, mientras dice estas palabras se acerca a ella, que va retrocediendo y dice.
MARIA: No lo dudo.
Pacheco se acerca más, pero repara en una botella de vino que hay sobre la mesa la toma, y dice.
PACHECO: Un Lambrusco... Usted sabe, que yo siempre llevaba una botella de vino francés en mis cacerías, generalmente la descorchaba el último día, cuando mi presa estaba por entregarse, me gustaba paladear un buen vino y un buen trabajo al mismo tiempo. Llevaba también en el caballo pilchero como treinta litros de agua.
MARIA: Treinta litros de agua y uno de vino, ¿no es un pecado eso?
PACHECO: Yo no creo en los pecados, por lo menos en los pecados capitales... Son incompatibles. El que ejerce la gula y la lujuria ¿a quién le puede tener envidia?
MARIA: (Se ríe y él se acerca más, entonces ella le alcanza el sacacorcho y le dice.) Si el tigre se hubiera dejado cazar de entrada, usted ¿lo hubiera despreciado?, y si el cabo Aroca hubiera levantado las manos para rendirse el primer día, ni usted ni yo nos acordaríamos de él.
PACHECO: Así que además de tigres y vidrios, le he metido  cabos Arocas en su cabeza.
MARIA: ¿Por qué se acordó de él especialmente?
PACHECO: Por su desesperación por vivir, casi comparable a mi actual desesperación por no envejecer.
Ella lo mira con cierta ternura.
PACHECO: Si usted viera como peleó el cabo Aroca. Un diablo de hombre, una vez llegó a matar a un caballo medio parecido al que montaba, y le puso un recado para hacerme creer que se había quedado de a pie... Otra vez, hizo un pozo cerca de una aguada, se metió adentro, se tapó con ramas, si no me doy cuenta me vuela la cabeza.
MARIA: ¿Cómo se dio cuenta?
PACHECO: Me llamó la atención que no se acercara ningún animal a tomar agua, me quedé lejos y acampé, de manera que el sol le diese en los ojos, creí que ahí lo tenia, pero hizo un túnel de noche y se me escabulló.
MARIA: ¿Le era tan importante cazarlo?
PACHECO: Sí.
MARÍA: ¿Nunca se tentó con la idea de dejarlo huir?
PACHECO: Un buen cazador se enamora de la cacería y no de la presa.
MARÍA: Es un buen dato.
PACHECO: A veces hay excepciones. Todavía no sé su nombre.
MARIA: María
PACHECO: María, no más.
MARIA: María, no más, por ahora es una de las reglas del juego. Es el cazador, el que tiene que adaptarse a las reglas del juego de la presa. Era el cabo Aroca que elegía por donde huir. Usted lo tenía que seguir.
PACHECO: Sí, hasta cierto punto.
MARIA: ¿Qué cierto punto?
Pacheco muy suavemente se las ingenia para acorralarla.
PACHECO: Hubo un punto en que mi presa tuvo que detenerse.
MARIA: ¿Por qué?
PACHECO: Le maté el caballo. Desde doscientos metros de distancia con mi Springfield.
MARIA: ¿Springfield?
PACHECO: Mi fusil Springfield.
María, mirando por donde escabullirse.
MARIA: ¿Y él que hizo?
PACHECO: Se preparó para morir peleando. Se parapetó tras el caballo muerto, colocó una caja de balas sobre el anca. La cantimplora con el agua, la puso a un costado, y me hizo el primer disparo con su Remington Coli, la bala no llegó a cubrir la mitad de la distancia que nos separaba, levantó una ridícula nube de polvo. Yo, entonces, le descubrí con mis prismáticos la cantimplora. De un disparo se la hice volar por los aires. Sin caballo y sin agua, ya era mío.
MARIA: (Ya vencida) Yo tampoco tengo agua ni caballo.
El la besa, ella se va aflojando entre sus brazos, él la acerca a la cama y le empieza a soltar los botones del vestido.
MARIA: Usted ¿qué edad tiene?
PACHECO: Setenta.
MARIA: Y a esa edad, ¿ustedes pueden hacer el amor?
PACHECO: No sé.
MARIA: ¿Cómo no sabe?
PACHECO: Hace cinco años que dejé de intentarlo.
MARIA: ¿Y hoy?
PACHECO: Hoy es distinto.
MARIA: ¿Por qué es distinto?
PACHECO: Porque usted es distinta.
Pacheco la extiende sobre la cama semidesnuda, la luz se va apagando mientras ella dice.
MARIA: No necesitaba.
PACHECO: ¿Qué cosa?
MARIA: Mentirme... Sé, que tiene cincuenta y nueve, y sé que, desde hace mucho, utiliza la técnica de hacerse el impotente.
PACHECO: (Riéndose). Un buen cazador usa todos los recursos. Usted no tiene la idea de lo feliz que quedan las mujeres, cuando se consideran dueñas exclusivas de una erección.
La luz se apaga totalmente. Se abre la puerta del baño, la cama se mantiene a oscuras. María descubre un cuadro que estaba tapado en una pared, tal vez canturrea algo. Después busca una jarra de agua con un vaso y lo coloca en algún lado. Enciende la luz, y lo vemos a Pacheco atado a la cama; trata de soltarse, comprende que es inútil. Mira el cuadro, en donde vemos a un soldado, con jinetas de cabo en la manga, de la mano de su hija de nueve años, sonriendo en la fotografía.
PAcHEco: ...Un diablo de hombre el cabo Aroca. (La mira a ella). Así son las cosas. Su padre, ¿no?
Ella asiente con la cabeza.
MARIA: Me acuerdo poco de él. Yo era muy chiquita cuando lo fusilaron, lo aprendí a querer por esa fotografía.
PACHECO: A mí, no me dejaron presenciar el fusilamiento.
MARIA: A mí, tampoco.
PACHECO: ¿Usted me vio cuando lo traje prisionero?
MARIA: Sí. Usted venía muy bien montado. ¿En un alazán?
PACHECO: Sí, creo que sí.
MARIA: Tenía un poncho chileno... Un castilla azul o negro con cuello alto, unas espuelas chicas y raras, botas negras... Papá venía a los tropezones, atrás suyo, atado a la cola del alazán.
PACHECO: ¿Ahí nació el odio?
MARIA: El odio, el amor, yo, todo nació ese día. Ese día me convertí en una cazadora.
PACHECO: ¿Cazadora?
MARIA: ¿Y qué cree que he hecho toda la vida? Cazarlo a usted.
PACHECO: Pero su cacería empezó hace unos días en la confitería.
MARIA: Mi cacería empezó hace veinte años... Usted cree que le es muy fácil a la hija de un gaucho analfabeto entrar en la misma confitería en dónde usted puede entrar... No crea que fue fácil. Fueron muchos años de trabajar de mucama, de imitar a mis patronas, imitar su forma de caminar y de vestirse, sus gestos... cuando me quedaba sola, a veces, me ponía los zapatos de la señora y me paraba delante del espejo practicando. Cuando fuí más grande ensayaba con sus vestidos; aprendí a leer sola... hasta aprendí francés con una modista.
PACHECO: Más de veinte años tras una pieza... ¿se da cuenta lo que es eso?... ¿Y en qué pensaba en esos años?
MARIA: En usted. Día y noche pensaba en usted.
PACHECO: (Con admiración) ¡Dios! Eso es cazar. Sólo los grandes cazadores tienen ese fuego sagrado. ¡Veinte años detrás de una pieza!
MARIA: Tuve épocas malas, por ejemplo, cuando no progresaba y me miraba en el espejo, y me veía tan distinta a la señora; cuando perdía el rastro de usted... ¿Se acuerda cuando se fue a cazar no se que antílope a Persia?, estuvo como un año ahí, yo no sabía que le había pasado, tenía miedo que se muriese ahí.
PACHECO: ¿Eso hubiera sido grave?
MARIA: Hubiera sido espantoso.
PACHECO: Estuve por morir en la India.
MARIA: Sí, ya lo sé. Yo estaba sirviendo la mesa en lo de Pico, cuando alguien comentó. Dijeron que un búfalo lo había despedazado. Casi se me cae la fuente. Pensé que toda mi vida había sido en vano, que un estúpido búfalo me había arrebatado mi presa.
PACHECO: Fue una espera demasiado larga. ¿No tenía miedo de perder el odio?
MARIA: No... Hasta anoche no.
PACHECO: ¿Anoche?
MARIA: Sí. Nunca había gozado tanto en mi vida... Me vino muy bien una frase suya "Un buen cazador se enamora de la cacería, no de la presa".
PACHECO: No tengo experiencia en perder, y menos en ser presa, por lo tanto voy a hacer lo único que sé hacer bien, voy a seguir cazando.
MARIA: Eso dicho en su situación, me recuerda a mi padre queriendo enfrentar a su Springfield, con su Remington Coli.
PACHECO: Su situación no es tan fuerte como parece, el vínculo entre presa y cazador ya está formado. Si yo muero se le acaba la razón de ser de su vida... Se quedaría sin nadie a quien odiar. Usted me va a hacer durar y eso va a permitirme terminar de enamorarla, para eso tengo que terminar de enamorarme yo... (Ella lo escucha serena.) ¿Cree que vengar la muerte de su padre, le va a valer la pena?
María se queda callada, y luego de un rato.
MARIA: Usted no me ha entendido... Yo no quiero vengar la muerte de mi padre, quiero vengar la muerte de su dignidad... Usted lo obligó a caminar en cuatro patas como un animal, implorando por agua, usted lo obligó a hincarse en el suelo, suplicando por un trago de su cantimplora. En esa mesa hay una jarra con agua fresca, yo voy a contemplar día a día como su orgullo va desapareciendo, voy a escuchar sus súplicas, voy a verlo llorar, implorar por un trago de agua. Voy a verlo perder su dignidad.
Ella camina por el cuarto, se acerca a la mesa en donde están los papeles. Se va despojando de sus cosas hasta volver a ser Ana. Después se sienta y empieza a leer. Se apaga totalmente la luz.
Cuando vuelve la luz a escena, Ana está leyendo, y él está en la cama dormido, se despierta; ya es Juan que abre los ojos y sonríe con simpatía. Sin destaparse, bosteza como un chico.
JUAN: ¿Te lastimó eso que estás leyendo?
ANA: Sí que me lastimó.
JUAN: Disculpame, en serio, disculpame.
ANA: Después de todo lo que escribiste es cierto, yo como personaje de tu pieza de teatro no soy gran cosa. Mis "te quiero" son muy chiquitos para los "te quiero" que vos pedís... Vos sos un artista, un escritor...
JUAN: Un escritor con dos lectores: vos y el comisario.
ANA: Por ahora... Algún día esta pieza va a estar sobre un escenario, y va a haber gente mirando desde las plateas... y va a haber un montón de boludas como yo, a cual más mona y a cual más boluda.
JUAN: (Intelectualmente interesado) Decime: ¿Cómo es este asunto de la boludez? ¿Qué es ser boluda?
ANA: Qué se yo. Si lo supiera no sería boluda... ¿soy muy boluda yo?
JUAN: (Riendo) Siiii… boludísima.
ANA: Pero algo debemos tener... para ustedes, digo... Porque tipos como vos, o mi marido, no nos faltan. ¿Alguna vez viste una boluda como yo sin hombre?
JUAN: Esa parte todavía la manejan. A ustedes les enseñaron desde chiquitas a tapar la boludéz con lindas colas y buenos modales... de todos modos se les va achicando el mercado. ¿No serán una especie en extinción ustedes?
ANA: Jamás.
JUAN: Traeme el café. ¿Querés?
Ella se mueve con gracia, parece una recién casada despreocupada y distraída.
ANA: No es tan fácil ser boluda. La mujer esa, la que mató al cazador tuvo que dedicar toda una vida a ser boluda.
JUAN: Eso era antes.
ANA: Si, tal vez, tal vez somos una especie en extinción o tal vez no. Tal vez seguimos teniendo vigencia... Tal vez no existimos... Tal vez no existan las mujeres boludas y existen mujeres normales ante circunstancias boludas... Es injusto todo ¿no? ¿Qué tiene esa judiita que yo no tenga?
JUAN: Odio.
ANA: ¿Las boludas no somos capaces de odiar?
JUAN: No.
ANA: ¿Por qué?
JUAN: Porque no tienen intensidad, sienten pánico por todo lo que es intenso.
ANA: (Con tono superficial) A vos te odio.
JUAN: No, no me odiás, te lastimé porque escribí eso.
ANA: Me lastimaste, porque me mostraste que nunca mi personaje va a ser tan importante como el personaje de esa judiíta... Pero en eso, te equivocás... ¿Sabés que no me conocés vos? (Señalando los papeles) ¿De veras creés que pienso quedarme aquí adentro como personaje secundario?... Así que carecemos de intensidad... Así que no sabemos odiar. (Comienza a hablar como una actriz demostrando estar en su personaje) Así que un "te quiero" mío no puede competir con un "te quiero" de Sonia... ¿Y por qué? ... ¡Claro! Porque ella estuvo una semana entera destrozada con la picana... aullando como un animal... sintiendo que el dolor le reventaba por las venas (Sigue haciendo crecer su personaje)... que ese hombre delante de ella era un Dios que manejaba los infiernos y los paraísos... (Cada vez más exaltada se acerca a la cama y se hinca en el suelo) Un Dios dueño de una eléctrica creación de terror y de espanto, que ni el propio Dios debiera conocer... Un Dios que convierte a los demás en seres inexistentes... Un Dios con poder sobre el dolor, que sólo el Dios que inventó el infierno podría llegar a comprender... Un Dios que desenchufando la picana lograba frenar el sufrimiento más atroz. Un Dios que introdujo la picana en su vagina y con sólo enchufarla en sus entrañas podía regalarle lo que ella más quería en el mundo... su propia muerte. Un Dios que con sólo alcanzarle un cubito de hielo, le saciaba la más terrible sed que pueda existir... Un Dios, que le permitía concentrar todo su odio y le concedía un motivo para seguir viviendo.... Así yo también puedo decir "Te quiero". (El "te quiero". dicho con enorme pasión, sacude a Juan)
JUAN: Ana... Co... ¿cómo sabés?
ANA: ¿Cómo sabés qué? ¿Lo que sentía Sonia? Porque yo en este momento estoy sintiendo lo que ella sentía... porque leí tus papeles, leí los borradores de esta pieza que estás escribiendo, y las fichas que nunca me mostraste. Leí cómo ese policía mediocre, que sos vos, fue solo al colectivo y ahí junto al torturador indefenso y paralítico, encontró el encendedor que Sonia no se había animado a utilizar y encendió la llama y con esa llama en la mano, tuviste oportunidad de ser tu propio Dios, de crear tu propio personaje, de crear un personaje digno de figurar en esta pieza de teatro, y con esa llama lo quemaste vivo... lo quemaste vivo... Lo fuiste haciendo de a poco, ¿no? Fuiste cincelando su cara, superponiendo el dolor sobre el dolor... ¿cómo lo hiciste? ¿le acercabas la llama a los testículos y le mirabas la cara y veías cómo el infierno se iba instalando en esas facciones... cómo en esa boca endurecida la lengua chapoteaba en la saliva... tal vez existía algún sonido o palabras mudas... o silencios colocados entre las pocas muecas que tal vez conseguían eludir a su parálisis? ¿Y los ojos? parecían explotar de desesperación... ¿Y las miradas? ¿Qué pasaba con las miradas? En el teatro las miradas no se ven pero se pueden describir, se puede decir que eran, qué se yo... como no sé, como relámpagos de luces negras, o algo así... ¿Y vos qué sentías? ¿Tenías miedo de no terminar de maquillar a ese personaje? ¿De no terminar de esculpir esa cara, de no poder cincelar cada uno de los dolores, de detectar esos miedos en las pupilas, antes de que los párpados cayeran cómo un telón sobre tu obra?
JUAN: El se lo merecía.
ANA: Sí, sí... ¿Y Sonia? ¿Y la chica judía, se merecía ir presa, por algo que no hizo?
JUAN: Esa parte todavía no la escribí.
ANA: ¿Y ésta tampoco? ¿Qué vas a hacer con esta parte? Esta parte en que un personaje de tu pieza como yo... Una boluda, como yo, se te va de las manos y te obliga a cambiar el final... Porque ahora, que estás descubierto, ¿cómo la vas a terminar?
JUAN: ¿Sabés una cosa?
ANA: ¿Qué?
Con tono terrible y totalmente parecido a Galvez, Juan dice:
JUAN: Que la puerta está con llave y la llave la escondí.
ANA: (Lo mira impresionada y muy tensa, le dice aterrada.) ¿Te animarías?
JUAN: Sí.
ANA: ¿A matarme?
JUAN: Sí.
ANA: ¿Y dónde pondrías mi cadáver? ¿En la última escena de esta pieza?
JUAN: Sí.
ANA: ¿Estás loco?
JUAN: Sí.
ANA: Te hacés el loco.
JUAN: Sí.
ANA: Te hacés el loco y sos loco.
JUAN: Sí
ANA: ¡Dios!
JUAN: ¿Qué?
Ana lo mira aterrada y balbucea.
ANA: Esos son ustedes... Eso... Eso son los artistas. Diosecitos solapados capaces de cualquier cosa con tal de crear ... Eso es lo que son (Casi gritando) ... eso es lo que son ustedes... monstruos, dioses perversos... Eso son.
JUAN: Vos no podés entender.
ANA: ¿Por qué no puedo entender?... Porque soy una boluda. ¿Sabés una cosa?... ¿Sabés que yo también puedo ser como vos?... ¿Sabés que yo también puedo copiar la vida? ¿Sabés que yo también puedo... (Asustadísima) ¿En serio que me vas a matar?... (Con risa asustada) Oíme Juan, no será en serio. ¿No?... No será en serio.
El la mira sin contestarle, ella se levanta y dice:
ANA: ¿Dónde está la llave? (Empieza a buscarla desesperadamente) ¿Dónde está?... decime, por favor decime... No es en serio. ¿No? Dejame ir, no te sirvo de nada. Soy un personaje secundario, ya me usaste, ya hiciste lo que querías conmigo. Mirame... ahora me tenés corriendo de un lado al otro del escenario. Dame la llave por favor... Sabés que si la pieza termina con mi cadáver tirado en el final yo sería como la protagonista. La judía pasaría a un segundo plano y eso sería otra pieza. Esta pieza no es eso... esta pieza está hecha para demostrar que el mundo está en manos de los débiles... de las boludas como nosotras
JUAN: (Volviendo al tono normal de antes) No rompas más las bolas ¿querés?. Ahí están las llaves, debajo de la cafetera... sos realmente boluda vos.
Ella se va transformando, puede parecer una actriz en el descanso de un ensayo, o tal vez una mujer que acaba de salvar su vida. Se sienta en la máquina de escribir y mientras escribe repite.
ANA: No... rompas... las... bolas... ¿querés?... Ahí está... la llave... cafetera... Sos realmente boluda vos.
Deja de escribir, se recuesta en la silla y lo mira como pensando. El, desconcertado, le dice.
JUAN: ¿Qué hacés con mi obra?
ANA: (Vuelve a escribir y repite) Mi obra... qué hacés con... mi obra. (Cuando recalca el «mi», sonríe)
El trata de incorporarse y se da cuenta, de que está atado a la cama y dice, fastidiado:
JUAN: Pero qué es esto ... Soltame, querés... No seas boluda ... soltame, haceme el favor... soltame, no rompas las bolas, soltame, ¿Querés?... soltame.
Estas últimas palabras que ella va copiando, las dice como queriendo convencerse de que no es en serio. Repite cada vez más alarmado.
JUAN: Boluda... Boluda... Boluda...

Fin