DEVOCIÓN, de Patricia Suárez

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DEVOCIÓN


Por Patricia Suárez
EMAIL: cazadoraoculta@gmail.com


viejos tangos de mi flor
y un gato de porcelana
pa' que no maúlle al amor.

Donato y Lenzi, 1924



Ciudad de provincias, segunda mitad de los ‘60

Personajes
AURORA, 50 años
SAMUEL, el marido
MYRIAM, la hija casadera
LUISA, el ama de llaves. Misma edad que Aurora.

Prólogo
Veinte años antes. Fines de los ‘40
En un bulincito , con todos los adornitos propios de un pisito de soltero.
Samuel y Aurora, enamorados. Ella, parada en medio del bulincito, apretándose el saquito de piel corto contra el cuerpo.

SAMUEL: Te gusta?

AURORA: Sí.

SAMUEL: Vas a ser feliz acá?

AURORA: Sí.

SAMUEL: Decíme algo más que Sí.

AURORA: No sé qué decirte.

SAMUEL: Te quiero, Shmuel.

AURORA: Sabés que te quiero.

SAMUEL: Pero no es que te guste.

AURORA: Claro que me gustás, Rusito.

SAMUEL: Digo el pisito.

AURORA: No sé. Me siento un poco incómoda. Me dijiste que te lo puso tu madre porque te queda cerca del negocio y ahora yo… Yo te lo ocupo, presiento que a ella no le va a gustar.

SAMUEL: Vos trabajás conmigo y eso es lo único que la mámele tiene que saber. Venís al negocio todos los días. Tratá de entrar cuando hay más gente, relojeás bien los zapatos de los escaparates, como si todos los pares te dieran arcadas. Al final, apretando el chulenguito, elegís uno con vivo de serpiente. O de cabritilla. Encajás la budinera en el sillón y le pedís al empleado que te lo calce. Que te calce uno, después otro… Que te miren bien todos, que te miren hasta la raya de las medias de seda. Te hacés la que vas a pagar, te sacás dedo por dedos los guantes de gamuza azul. Abrís el sobrecito y sacás la plata, los billetes. Le ponés a la cajera los billetes uno por uno encima del mostrador, que a ella se le caiga la cara de sorpresa de ver semejante mujerón comprando zapatos. Hay que entrenarla a la Cajera para que haga el numerito; reíte, pero ¡no sabés todo lo que habrá que ensayar con ella! Es un mono loco la pobre Cajera.

AURORA: ¿A eso le llamás trabajar, vos?

SAMUEL: Sí. Porque cuando te vean tan linda, tan elegante comprando en la zapatería, van a venir como moscas. Vos no digás que sos mía.

AURORA: Y si tu madre se acerca?

SAMUEL: Yo le aviso que no levante la perdiz.

AURORA: Pero qué va a pensar de mí?

SAMUEL: Que estás trabajando.

AURORA: Pero pensará que soy una actriz, una perdida.

SAMUEL: La mámele? Imposible. Ella cuando se huele un buen negocio, sonríe de oreja a oreja. Vas a ver que viene y te saluda con mucha cortesía, la mámele. Por visionaria para hacer buenos negocios.

AURORA: Pero yo quiero ser tu esposa.

SAMUEL: Poco a poco.

AURORA: Vos me engañás, Samuel.

SAMUEL: No!

AURORA: Me estás haciendo el cuento.

SAMUEL: Te digo que no. Pasa que no será fácil decirle: Mámele, acá le presento a la futura nuera. Es cristiana y de la pampa húmeda que usted no sabe ni dónde queda ni cómo se mira el mapa. La pobre se moriría del disgusto. ¿Qué esperás, qué querés, que mate a mi mámele así de pronto? ¿Cómo quien se despide de un barrilete al que le soltó el hilo?

AURORA: No sé, pero vos…

SAMUEL: Vamos paso a paso.

AURORA: Vos pensás que tu mámele me aceptará?

SAMUEL: Primero vamos a asegurarle todas las ventas que en el negocio se hacen gracias a tu presencia.

AURORA: Pero eso ¿qué tiene que ver con el amor? Qué tiene que ver con la familia?

SAMUEL: Tiene, tiene.

AURORA: Si vos lo decís…

SAMUEL: Yo la conozco a mi mámele. Es una mujer muy fuerte, no sabés la progromos que sobrevivió. Los rusos, los cosacos, los polacos, los tártaros, los turcos, los mongoles… Todos, todos: la veían a la mámele y ya le iban encima y la querían destruir. Ojo, que no es que mi mámele sea fea. Es que en la Rusia odian a los judíos. Pero es linda, linda. Tiene los ojos celestes como vos, pero yo no los heredé. Los sacó mi hermano Isidoro, el que los parroquianos se encuentran en el bar La china con una ginebra todas las mañanas. No es que le guste chupar, que le gusta; pero desayuna ginebra. Ay, ay, qué mala impresión te llevarás de mi familia, Aurita.

AURORA: No, vos ya viste los míos. Ya te hablé.

SAMUEL: Sí.

AURORA: No se quedan atrás.

SAMUEL: Eso es cierto.

AURORA: Tampoco son peores que los tuyos.

SAMUEL: ¡No, si yo no dije eso! Pero que viven peor, viven peor.

AURORA: Por qué…?

SAMUEL: Un rancho no es para vos, milonguita.

AURORA: Vos me vas a traer plata para la comida o a quién le pido?

SAMUEL: QUerés que te traiga un menú del restorán, de cartulina decorada?

AURORA: Capaz.

SAMUEL: Y qué pedirías, Aurita?

AURORA: Yo nada más pediría que una simple anchoíta, que no sea mayor de dos centímetros de largo, con un solo milímetro de ancho, una línea delgada…

SAMUEL: Sos el amor de mi vida, Aurora. Nunca, ni en los sueños más extraños hubiera podido soñar con tener una mujer mejor que vos. Una sola anchoíta, mi amor, mi vida. ¿Y con qué más te comés esa anchoíta?

AURORA: Con dos arvejas.

SAMUEL: Dos arvejas.

AURORA: Sí. Y que no sean muy grandes.

SAMUEL: ¡Aura, Aurita, cuánto te quiero!

AURORA: Si vos no venís hasta acá a traerme la comida, le puedo pedir a la Cajera. Sí, a la cajera cuando sale de la zapatería, que venga y me traiga la comida, las cositas necesarias para mi vida.

SAMUEL:A la Cajera?

AURORA: ¿Qué tiene de malo que le pida a la cajera?

SAMUEL: No, yo te traigo. Te traigo todas las noches. Voy a venir todas las noches. Porque me voy a morir de ganas de darte un besito.

AURORA: Puedo cocinar para los dos.

SAMUEL: Pero no voy a comer dos veces. Con vos y después con la mámele. O al revés…

AURORA: AVisále que algunas veces estarás ocupado con tu novia.

SAMUEL: Le da un ataque. Mejor vengo noche por medio, cada dos noches.

AURORA: Pero ¿qué voy a hacer yo?

SAMUEL: Oís la radio. ¿No te gusta la radio?

AURORA: No sé. Compráme un gato para que no esté sola.

SAMUEL: Un gato? Un animalito?

AURORA: Sí. Para que no me acompañe.

SAMUEL: ¿Qué cosa nueva es esa de consentir a un gato? ¡No!

AURORA: Pero voy a estar solita todas las noches que no te vea?

SAMUEL: Mirá, acá tenés este gato de porcelana. ¿No te gusta?

AURORA; Sí…

SAMUEL: Ya es tuyo, te lo regalo.

AURORA: ¿Para qué quiero el gato de porcelana?

SAMUEL: Le ponés nombre. Cátulo, le ponés. ¿Te gusta Cátulo de nombre para un gato?

AURORA: No sé.

SAMUEL: Es lindo Cátulo.

AURORA examinando el bibelot: Es lindo…

SAMUEL: Un día, salimos a tomar un café y lo llevamos. Me pongo al Cátulo debajo de la solapa del saco y le explicamos qué es un café de Buenos Aires.

AURORA: ¿Es tuyo? ¿Vos lo compraste?

SAMUEL: Al gato? No.

AURORA: De quién es?

SAMUEL: Lo trajo la mámele de Budapest. Traen buena suerte los gatos. Por eso está acá; no es un simple adorno. Por ejemplo, vos tenés una enfermedad muy grave, Dios no te lo permita, el gato te la chupa. Se muere el gato, se rompe el gato, pero vos no. Vos, mi linda Aurorita, seguís vivita y coleando.

AURORA: Es un amuleto.

SAMUEL: A vos alguno te tiene una envidia atroz. Te hace el mal de ojo cada vez que te le ponés a tiro. Pero no te agarra el mal de ojo, porque le agarra al gato de porcelana. El gato de porcelana estalla en pedazos. A vos la envidia no te enferma; el gato revienta.

AURORA; Me gusta.

SAMUEL: Te gustan los guapos.

AURORA: Qué?

SAMUEL: Te gustan los guapos. Sos peligrosa, Aurora.

AURORA: ¿Yo?

SAMUEL la abraza: Ay, ¿cuánto me vas a durar, Aurora?

AURORA: Toda la vida. Todo lo que vos quieras, Samuel.

SAMUEL: ¿Cuánto? ¿¡Cuánto?!

AURORA: Siempre, Samuel.

SAMUEL: ¿Tanto me querés?

AURORA: Todo.

SAMUEL: Pero no te gusta estar sola acá.

AURORA: Y… No.

SAMUEL: Preferís el cuarto de la pensión?

AURORA: ¡No!

Un tiempo; Samuel piensa.

SAMUEL: Yo sé lo que sentís. No soy un bruto: pero vos imagináte. Yo tengo ocho hermanos, soy el mayorcito de los ocho. ¿Cómo voy a pensar que alguien, alguno en este mundo, desprecia la soledad? ¿¡Cómo?!

AURORA: Me pasa a veces que me gusta hablar con alguien. A la tardecita. Tener cosas que contarle. Cebar un mate…

SAMUEL tierna: ¡Aura, pajarita mía!

AURORA: Rusito…

SAMUEL: ¿Quién dejaste en el pueblo que querías tanto?

AURORA: ¿Qué decís?

SAMUEL: No me entiendas mal. ¿Quién quedó allá que te puedas traer? ¿Una hermana, una prima, una amiga?

AURORA: Ah.

SAMUEL: Eso. Pensá. ¿Quién dejaste allá que le puedas pedir que venga a hacerte compañía? ¿tenías amigas?

AURORA: Una o dos. Capaz que tres.

SAMUEL: Nombráme la mejor.

AURORA: Luisa Martínez, la Chita.

SAMUEL: Escribíle. Pedíle que venga.

AURORA: Para qué?

SAMUEL: Para hacerte compañía.

AURORA; No sé si podrá…

SAMUEL: Cuando yo no venga, duerme con vos. Cuando yo esté, en aquel cuartito.

AURORA: ¿Y después?

SAMUEL: Después de qué?

AURORA; Cuando nos casemos.

SAMUEL: Ah.

AURORA; La hago volver al pueblo, a la roña?

SAMUEL: No. No.

Un tiempo.

SAMUEL: Después le decís que te sirva.

AURORA: ¿A la amiga?

SAMUEL: Le decís que mande, que te ayude.

AURORA: Mirá que lo hago…

SAMUEL: Hacélo. No perdás el tiempo y hacélo.

AURORA: Está bien.

Un tiempo.

AURORA: Vos te vas ya?

SAMUEL: No hasta que me digas las dos palabras en húngaro que te enseñé.

AURORA; Cuáles? Te quiero?

SAMUEL: Te deseo.

Fin del Prólogo.

Escena 1
Aurora en el centro de una sala de estar, acomodada, se retuerce las manos.
Entra Myriam

MYRIAM: Mamá, vení por favor. Hay en la cocina un lío bárbaro.

AURORA: Qué pasa ahora?

MYRIAM: Luisa la está peleando a Odila. Parece que rompió algo.

AURORA: ¿Qué rompieron?

MYRIAM: Un adornito que estaba arriba del dressoir.

AURORA (angustiada): ¿Cuál, cuál? El elefantito?

MYRIAM: No sé. Parece que pasaron el plumero y se cayó.

AURORA: Un día voy a matar a alguna de ellas.

MYRIAM: Andá, mamá. Que Luisa quiere agarrarla de los pelos a Odila y la Juana la defiende a Odila. Si la agarran entre las dos, la matan.

AURORA: Dejálas que se maten, que se arreglen entre ellas. Esto en la casa de la gente bien no pasa. Pasa acá que ya no sé qué clase de gente somos. Le dije claro a Luisa que el dressoir y el bayut los limpia ella. Ella, que para eso es el ama de llaves. No tiene que dejar que las otras agarren el plumero y se tomen atributos…

MYRIAM: Es que me parece que fue ella, mamá, la que lo rompió. Está llorando como una mártir en la cocina.

AURORA: ¡Si encima voy a tener que consolarla!

MYRIAM: Ella quiere ser útil nada más. Dice que te va a comprar uno más lindo con la plata de ella.

AURORA: Mía.

MYRIAM: De ella, mamá. Ella trabaja y vos le pagás.

AURORA: ¡¡Trabajar, trabajar, me hace añicos la casa y vos le llamás trabajar!! La voy a correr de la casa, mirá. Pero qué odio! Primero las copitas de licor. Once copitas de vidrio azul destrozó. Después el payasito de cristal de Murano.

MYRIAM: Tenéle compasión, mamá.

AURORA: Me hartás, Myriam. Por qué no vas y revisás la lista de invitados, llamás a la modista, hacés algo útil por una vez en tu vida?

MYRIAM: Escuchá como pelean. Luisa me da mucha pena.

AURORA: Luisa me va a hacer tomar medidas contra ella y no quiero. ¿Por qué nunca está tu padre cuando pasan estas cosas? ¿Dónde está tu padre?

MYRIAM: No sé. En el negocio, creo. Luisa dice que vos no querés nada que te recuerde que eran del campo las dos; dice que por eso no soportás su torpeza. Dice que ella no sabía que vos te llamabas Aurora hasta que la llamaste para que venga a vivir a la ciudad. Leyó el remitente en el sobre y decía Aurora Pereyra. Para ella siempre eras Aura.

AURORA: Va a estar lista la comida y él sigue en el negocio. Siete noches tiene la semana; cinco hay que llamarlo y él llega tarde; con la mesa servida.

Aurora va hacia el teléfono

MYRIAM: No lo llames, mamá. Ya sabés cómo se pone papá cuando lo perseguís.

AURORA: Cocinó Juana los escalopes que le dije? Le puse la receta delante de la cara; tres veces me dijo que la leyó y la entendió. “¿Estás segura, Juana?” “Sí, señora”, me contesta modosa la vieja. Andá a decirle a la Luisa que la controle, porque después hace lo que ella quiere por más que le anote la receta. Le pedí el sufflé el viernes e hizo espinaca saltada. O lo hace por llevarme la contraria o no sabe leer.

MYRIAM: ¿Estás llamando a papá?

AURORA disca: ¿Viene tu novio hoy?

MYRIAM: Sí.

AURORA: Ay, otra vez calentando sillas. A tu padre no le gusta que cada vez que él llega esté tu novio haciendo el tonto.

MYRIAM: Ya falta poco mamá para que nos casemos, mamá.

AURORA: Si no se arrepiente antes; para hacer estupideces tu novio es mandado a hacer.

MYRIAM: No es estúpido.

AURORA: No, tenés razón. (al teléfono) Mirta, ¿está don Samuel en el negocio todavía? (a M) Claro que no es estúpido. Si fuera estúpido te dejaría y no se casaría con vos. Seguiría de empleaducho en el Banquito Hipotecario; con vos, se para para toda la vida. (al tel) ¿Salió? ¿Venía para acá?

MYRIAM: Pensás que todo es la plata, mamá.

AURORA: ¿Cuánto hace que salió el señor, Mirta? ¿Por qué no le pregunta a Amelia, por favor, si lo vio a mi marido? A lo mejor está metido en el despacho. (a M) Tanto tenés, tanto valés.

MYRIAM: Me voy a casar con él. Es muy feo que trates a Adalberto, que será mi marido, de muerto de hambre.

AURORA: No. De TREPADOR lo trato. (al tel) Ah, si? Gracias, Mirta. (A M) Viene para acá tu papá. Está viniendo. Decile a Odila que ponga la mesa.

MYRIAM: Seguro está con los pájaros volados.

AURORA: Podés hacer lo que te digo? Decile a Odila que ponga cuatro platos. Porque si viene tu novio, le viene hambre.

MYRIAM: No sé de qué te quejás al final. Porque si está Adalberto, papá se contiene y no hace escándalos. Sino, seguro le dá la locura.

AURORA se retuerce las manos: Oíla a Luisa…!

MYRIAM: Yo lo sé, mamá. Vos lo controlás porque creés que él anda con otra. Me doy cuenta. Yo también soy una mujer y sé lo que es el amor. Sé que controlar al marido…

AURORA: ¡¡Vos no sabés ni lavarte los calzones, Myriam!! Salí de mi vista porque te tiro con algo!

Myriam sale en dirección a la cocina.
Entra llorando y aquejada, LUISA. Es una mujer muy menuda, morena.
Trae envuelto en un repasador un pajarito que no queda quieta.

LUISA: Aura, Aura, Aura.

AURORA: Podés decirme alguna vez Aurora, que me llamo Aurora?

LUISA trae trozos del gatito de porcelana: Aura, mirá lo que me hizo tu mucama. La Odila.

AURORA: No quiero ni mirar.

LUISA llorando: Lo rompió la Odila plumereando pero se arregla. Se arregla, te lo pego yo que ni se le nota. Mirá las orejitas están las dos y con el poxipol quedan paraditas y… Mirá, mirá. ¿Ves?

AURORA: No quiero mirar que me duele de ver.

LUISA: Pero mirá te digo. Está igual que cuando te lo regaló Samuel.

AURORA: No me engrupás. Si hay algo que detesto es la mentira.

LUISA: Fue la Odila. Echala a la Odila, echála. Que se vaya a la calle como un perro.

AURORA: No se puede echar la Odila.

LUISA: ¿Por qué no? Porque no querés, porque le tomaste cariño y no te das cuenta que no tiene ni una sola virtud. Y las virtudes que tiene para el oficio, Aura, se las enseñé yo.

AURORA: Decíme Aurora. Y a partir de hoy decíme Señora Aurora.

LUISA: No sabía lo que era usar el pelo atado en un rodete fuerte. No sabía cómo ponerse la cofia, el delantal. Yo creo que hasta tenía piojos.

AURORA: La gente habla de que acá el personal de servicio no dura ni un mes.

LUISA: Lo decís por la Chuni.

AURORA: Eso es distinto.

LUISA: Pero agradecémelo, porque yo te avisé.

AURORA: No sé de qué hablás.

LUISA: Asunción Aracú.

AURORA: Ah, sí. La chica del Paraguay.

LUISA: Era india y se acostaba con tu marido.

AURORA: Esas son cosas tuyas. Ella dijo que no tuvo nada con el patrón y Samuel jura que no tuvo nada con ella.

LUISA: ¿Y qué esperás que te digan?

AURORA: Son todas intrigas tuyas.

LUISA: Yo los ví, Aurora. ¿Por qué no me podés creer?

AURORA: Estás hecha una negra cualquiera.

LUISA: Yo los espiaba.

AURORA: Te gusta hacerme sufrir.

LUISA: Te juro por esta cruz que…

AURORA: Ya la eché. ¿Qué más querés?

LUISA: Yo te hago curar el mal de ojo, todos los domingos salgo de la misa y voy de la curandera. Voy y le pido por favor que te cure el mal de ojo que te hacen estas chirusas. Y siempre vigilo y se las espanto a don Samuel.

LUISA besa los trocitos de porcelana.

LUISA: Vos la conservás a la Odila porque es tan fea que sabés que Samuel no le va a tocar un pelo. Pero vos no sabés de lo que es capaz la Odila. Traéla a Josefina. Josefina era del pueblo y te quería. Te quería a vos, me quiere a mí. Ella se acuerda siempre, Aura. Traéla a la Fina. Echa a esta negra sucia a la mierda y traéla a la Josefina que te era leal. Traéla como me trajiste a mí. La Josefina nunca se va a dejar toquetear por don Samuel como hacía la Domitila o como haría Odila…

AURORA: Podés ser más reservada? Está la nena ahí dentro.

LUISA: Acordate lo que te digo: la Odila es otra Chuni.

AURORA: Estoy en boca de todo el mundo. Que el patrón anda con una, que anda con otra, que nadie dura en el servicio en esa casa…

LUISA: Samuel no es malo. Acordáte cómo te ayudó cuando llegaste de La Gallareta.

AURORA: No me ayudó: me casé con él.

LUISA: Eso.

AURORA: Eso no es lo mismo que lo otro. El me ayudó a mí y yo te ayudé a vos.

LUISA: Yo te estoy agradecida que me hayas sacado de La Gallareta. Si vos no me hubieras mandado el pasaje en tren, yo estaría allá cuidado los chanchos del gringo fiero ése de Vignolo. ¿Te acordás de don Vignolo cuando le robábamos la fruta de los árboles?

AURORA: No.

LUISA: No peleemos. Vos sos para mí como una hermana. La Myriam es como si fuera mía. Vos sabés que vos sos lo más importante que yo tengo. Vos sos mi devoción, Aurita.

AURORA: Vos me rompiste el gatito de porcelana que él me regalo hace mucho.

LUISA: No, no.

AURORA: Lo hiciste a propósito.

LUISA: Cómo voy a hacerte algo así, Aura, Aurora?

AURORA llora: Mirá si me trae mala suerte ahora! Más de la que ya tengo.

LUISA: Pero no, Aurora, no pasará eso. ¿Para qué te cuido yo con la curandera?

AURORA: El me engaña, Chita, anda con alguna…

LUISA: No, no. No te pongás así que se me rompe el corazón. Mirá, me ponés tan triste que hasta si querés te digo señora Aurora aunque yo me acuerdo cómo cuidabas los chanchos vos…

AURORA: Me rompiste el gatito de porcelana que estaba en el dressoir y que él me regaló cuando lo conocí. En realidad era de doña Zilia pero él me dijo que era de él y me lo regaló. Y vos anduviste plumereando y lo rompiste.

LUISA: Te dije que fue la Odila.

AURORA: Fuiste vos! Vos me odiás, Chita!

LUISA: No!

AURORA: Sí, me odiás o me tenés envidia. Pero no podés tenerme envidia. ¿No ves lo miserable que soy, lo infeliz que soy? ¿Vos te creés que yo no me enrabio por no tener el valor de quitarme la vida?

LUISA se le tira encima, la besa desesperada.

LUISA: Pero no, no. Aurora, qué decís.

AURORA: Tiene otra, estoy segura. ¿Y si tiene un hijo con otra, con una engatusadora y me deja? ¿Quedo sola, abandonada, más triste que una puta triste? Me quiero morir, Chita!

LUISA: Mirá lo que hago. Mirá lo que hago.

LUISA se postrerna en el piso delante de Aurora.

AURORA: ¿Qué es esto, qué hacés?

LUISA: Es amor. Amor puro. Pisáme ahora, destrozáme.

AURORA: Levantáte, Luisa.

LUISA: No, no. Pisáme hasta que chille. Se me cayó a mí el gatito de porcelana. Fue justo que pasaba el canillita y lo quería retar porque cuando tira el diario lo deja en el bordillo de la vereda y se moja se siempre. Se moja y le llamé y… ¡se me cayó el gatito de porcelana, castigo de Dios! ¡Castigo de Dios!

AURORA: Así me hacés peor. Paráte.

LUISA: Fui yo.

AURORA: ¿Qué voy a hacer sin el gatito de porcelana ahora?

LUISA: Fui yo. ¡Maldita de mí!

AURORA: El ya no me va a querer más.

LUISA: Perdonáme, Aura.

AURORA: Más desprecio él no me puede tener.

LUISA: Lo vamos a pegar. Va a quedar nuevo.

AURORA: No, no.

LUISA: Te prometo, no llorés más.

AURORA: Ay.

LUISA: Vení, vení. Dejáme que te dé un beso. Decíme que me perdonás.

AURORA llorando: Pero sí, Chita.

LUISA: Decíme que seguimos siendo amigas.

AURORA: Sí, sí.

Ambas se refugian en un abrazo, en un beso.
Fin de Escena 1


Escena 2
Myriam está subida a un taburete probándose el vestido. LUISA y Aurora, ayudan, miden, arreglan. En un sillón a un costadito, Samuel en su butaca.

LUISA: La cola es una belleza, Aurora.

AURORA: La cosa es (pellizca a la hija) que no te la pises.

MYRIAM: Ay, mamá. Duele.

LUISA: La organza y el plumetí son los mejores géneros que hay en el mundo.

AURORA: Sí, pero vos la podrías haber ayudado a elegir algo más sencillo.

LUISA: Yo no me casé nunca como para andar asesorando. Vos te casaste, Aurora. Hubieras ido a ver figurines con la nena.

SAMUEL sarcástico: Aurora se casó de negro, Luisa. Capaz usted no se acuerda.

AURORA: Porque era el vestido de mi mama, estaba de negro luto cuando ella se casó. Y quise ponerme el vestido de mi mama, para honrarla.

SAMUEL: Si la santa mama no se casó nunca. Era linda, era buena: yo no digo que no. Era como la pulpera de Santa Lucía. No había gaucho que no la quería. El vestidito que vos te pusiste, Aurora, que te quedaba ni que pintado era el que usó la santa mama cuando le espichó el último punto.

AURORA: Hay necesidad de hablar de mi mama con ese lenguaje?

SAMUEL: Que Luisa no me deje mentir, ¿se casó o no se casó doña Francisca en sus tiempos de soltería?

AURORA: Mi santa mama no tenía una pulpería.

SAMUEL: Chu chu chu, yo nunca dije que la pulpería era propiedad suya. Dije que la conchabaron ahí. Contésteme, Luisa, usted que no sabe mentir: doña Francisca, ¿pasó por el Registro Civil o no pasó?

LUISA: ¿Qué hago, Aurora? ¿Le digo o no le digo?

AURORA: Contestále, Luisa.

LUISA: Tiene razón don Samuel.

SAMUEL: Ahí tienen: no hubo casorio. ¿Por qué entonces esta fiebre por el casorio, que no me explico? No es que me moleste la manía por la libreta, que me parece una enfermedad de mujer. Lo que no entiendo es por qué este gastadero de plata.

AURORA: ¿Qué querés? Que tu hija viva ayuntada como la bestias?

SAMUEL: Al final la que defenestra a mi santa suegra sos vos. Porque si ella, como criolla linda que era, gracias a sus dotes pudo hacer y criar un batallón de hijos atrás del mostrador de la pulpería, ¿por qué no podría la chica vivir con modestia con el chitrulo del novio?

MYRIAM: No es ningún chitrulo el Adalberto.

AURORA: Eso, no le digás chitrulo a tu yerno, hacéme el favor.

SAMUEL: Pero si es un chitrulo.

AURORA: Se te va a escapar delante de él.

MYRIAM: La fiesta la pagan los padres de Adalberto, además.

AURORA: No quiero hablar de ese tema.

SAMUEL: ¿Por qué? Seguís empacada porque los consuegros son una familia humilde de Pompeya? Pero la chica se enamoró…

AURORA: No le digás chica. Chica se le dice a las sirvientas.

SAMUEL: ¿A la nena, le digo? Se está por casar y le digo la nena?

AURORA: Yo no tengo nada contra don Cosme y doña Carmen.

SAMUEL risueño: Decíme, nena, si tu mamá no pronuncia Cosme y Carmen como si dijera Caca y Caca? (Rie) Los señores Caca y Caca, los padres del novio de la nena!

MYRIAM: Es gente de trabajo.

SAMUEL: Sí! Pero tu madre, no! Eso le debe molestar!

AURORA: Yo soy una señora.

SAMUEL: ¡Una señora en un "requiscat in pace"!


AURORA: Estoy siempre pendiente de vos. No sé qué más querés de mí. A M, con la mímica: Cuando te pares delante del fotógrafo, tenés que levantar la cola y posar así. A ver, posá, Myriam.

Myriam intenta y casi cae.

AURORA: Así no se puede.

LUISA: No te amargués, nena. Vamos a estar la Josefa y yo, ayudándote.

AURORA: No le vas a estar atrás como una esclava. El vals lo tiene que bailar sola.

LUISA: A mí me gustaría cantar un tanguito en un tu fiesta, nena. Tengo linda voz.

AURORA: Ay, Dios mío. Lo que faltaba.

SAMUEL: Por qué cuesta un dineral todo lo que no es comida de la fiesta? Acá la podíamos poner a la Juana cocinando noche y día, y usted, Luisa, también se dá maña para cocinar y freir y sofritar y todos los pitanzas que hace. No sé con el canto, porque no la escuché, Luisa. Pero con la comida…!

LUISA: Gracias, don Samuel.

SAMUEL: Las merece, Luisa.

AURORA: Tenemos cocinera que te cocina las exquisiteces que yo le enseño de la cocina francesa, pero vos la elogiás a Luisa que te hace unos huevos revueltos y te salta una salchicha.

SAMUEL: La omelette.

AURORA: Goulash aprendió a hacer la Juana! Yo le enseñé. Vos me dijiste Mi mamele me hacía el goulash cuando vivíamos en Hungría. Busqué a las Chertok de la mercería de la calle San Luis a ver si me confiaban la receta. Tres semanas explicándole a la Juana cómo se usa el pimentón para el goulash

SAMUEL: Cómo la torturás a esa pobre negra.

AURORA: Tres semanas y vos ni probás el goulash. Me venís con que el pimentón es el pimentón y la paprika es la paprika.

SAMUEL: El pimentón es el pimentón y la paprika es la paprika

AURORA: Distinto nombre. Pero mismo color, mismo gusto.

SAMUEL: El pimentón es de España, la paprika es de Hungría.

AURORA: Le hiciste un desprecio feo a la cocinera.

SAMUEL: Momentito. El desprecio no se lo hago a la cocinera. Ella no tiene la culpa si en el rancherío de donde viene no hacían goulash. La culpa es tuya que la ponés a ella a cocinar un plato difícil, en vez de ponerte a cocinar vos. Que muy bien podrías hacerlo. Pero, ah! La señora no puede porque se le caen los anillos adentro de las cacerolas. Cocinar es un acto de amor. Pasa que tu corazón no sabe querer.

AURORA: ¡Mirá quién habla!

MYRIAM: Me duelen las piernas de estar así. Me duele la cintura.

SAMUEL: Para mí, Luisa es más esposa que vos.

LUISA: Gracias, don Samuel.

AURORA: Ahí tenés vos por complacerlo. Agradecéle.

LUISA: Le dije gracias, recién. Gracias, don Samuel. Ahí le dije de nuevo.

MYRIAM: Puedo bajarme, mamá?

SAMUEL: Vos la chuceás porque la pobre Luisa se levanta a la medianoche para cocinarme, mientras vos dormís a pata ancha.

AURORA: No! Si también voy a levantarme a cocinarle al señor cuando viene de la juerga.

SAMUEL: La juerga? Ojalá! Vengo de romperme el traste en ese negocio maldito.

AURORA: Quién habrá inventado el placer, eh? Quién los placeres de la noche?

MYRIAM: Me estoy acalambrando, mamá.

LUISA: Tenés el ruedo desparejo.

MYRIAM: No soy una estatua, mamá.

SAMUEL: ¡Hablarme de los placeres de la noche! Vos, que el sol no te tiene vista!

AURORA: Porque me la paso acá encerrada.

MYRIAM: Papá, mamá…

SAMUEL: Pero sí, bajate. Parecés un enano de yeso con ese vestido.

AURORA: ¿Qué decís? ¡Qué le decís! ¿Vos sabés cuánto costó este vestido?

SAMUEL: Veintidós mil pesos. Que la vieja bruja de la modista te deja pagarle en tres veces. Ah, si se agarrara un cáncer de hígado y estirara la pata antes…!

AURORA: ¡Hablar así de Josefa que se inspiró en Balenciaga!

SAMUEL: Que me agarre el cáncer yo, entonces!

AURORA a M, con odio: ¿Qué hacés?? ¿Estás llorando?

MYRIAM: Me siento horrible con este vestido.

AURORA: No llorés, idiota. Vas a manchar el vestido con las lágrimas. Luisa, dale un pañuelo a esta estúpida.

LUISA le da un pañuelito que tiene en la manga del saquito.

LUISA: Pobrecita, nena. Si estás linda; no le hagás caso al papá. Te hace una broma!

SAMUEL: No le mienta, Luisa.

LUISA: Pero don Samuel…

SAMUEL: Querés la verdad o no querés la verdad?

MYRIAM lloriqueando: No sé.

AURORA: Así largo hasta los pies, quedás más retacona. Y con el escote barco, vos te tenés que rellenar el corpiño. Querés estar delgada y te quedaste chata que parecés un muchacho. Es todo el defecto que tenés.

MYRIAM: En serio, mamá?

AURORA: Sí.

SAMUEL: Elegís creerle a tu mamá que es la reina de las mentirosas?

AURORA: Luisa, decíle que se calle.

SAMUEL: Qué me va a poder decir esta pobre acólita tuya que es flaca como la bandurria más flaca?

MYRIAM: Pedí el vestido hasta los pies, porque está de moda que el vestido de novia llegue hasta el suelo.

AURORA ajena a lo que él dice: Decíme, Samuel, si no es desperdicio que la tela se arrastre.

SAMUEL: Casarse es un desperdicio.

AURORA: Hacele una gracia a tu hija.

SAMUEL: Ni que fuera una mona.

AURORA: Seguí rompiéndole el corazón entonces.

SAMUEL: Para qué me pidieron las dos que esté, si al final, opino y les agarra el odio?

MYRIAM harta: Sacáme el vestido, Luisa.

LUISA: Tenés las alfilercitas puestas todavía.

MYRIAM forcejeando: Ayudame a sacarme el vestido.

AURORA: Nena, que se rompe el vestido. No lo maltrates.

MYRIAM: No los aguanto más, basta.

AURORA: No ves que tu padre te molesta para divertirte? No le hagás caso.

SAMUEL:. Ojo con lo que decís.

MYRIAM: Ayudáme Luisa con el tul.

LUISA la ayuda

LUISA: Cuidado ahí, no lo pises.

Myriam, en enagua sale corriendo y deja el vestido tirado sobre el taburete.
LUISA corre detrás ella.

LUISA: ¡Nena, nena!

MYRIAM aulla, en off: ¡Me hacen pedazos los sueños!

SAMUEL: Es igual a vos.

AURORA: Lleváme al Club Español esta noche.

SAMUEL: Según como me trates.

AURORA: Yo siempre te trato bien.

SAMUEL: Según cómo me trates a la vuelta.

Ella ríe, pícara.

AURORA: Me duele tu furia de anoche.

SAMUEL: Me importunaste cuando estaba trabajando…

AURORA: No estabas en el negocio.

SAMUEL: Estaba trabajando.

AURORA: Estabas haciendo alguna cochinada.

SAMUEL: Estaba trabajando, Aurora.

AURORA: Tenés un beguén.

SAMUEL: Vos sos la única; vos sos todo.

AURORA: Decíme la verdad.

SAMUEL: Te la dije anoche.

AURORA: No te creo.

SAMUEL: Anoche tampoco me creíste.

Están muy cerca uno de otro,tanto pueden besarse, como bailar, como pegarse.

AURORA: Me dolió tu bofetón.

SAMUEL indeciblemente dulce: Pero te hago una caricia y se te cura.

AURORA: …

SAMUEL: ¿Ves? Se cura.

AURORA:

SAMUEL: ¿Se cura así o no se cura?

AURORA: Un poquito, se cura.

Fin de Escena 2


Escena 3
Aurora con el ojo compota en el silloncito.
LUISA que le pone paños fríos.

AURORA llora y se queja: ¡Mirá que darme un mamporro así! ¡Delante de toda la Sociedad de Fomento!

LUISA: Calmáte, Aura.

AURORA: Aurora, decíme. Me llamo Aurora. ¡Y se dice un hombre!

LUISA: Te duele acá también?

AURORA: Me duele toda la cabeza.

LUISA: Le pido a la Nanette más hielo y vengo.

AURORA: No, quedáte. Tengo miedo que él venga.

LUISA: No va a venir; Samuel está amilanado por lo que te hizo.

AURORA: ¡¡No va a venir!! ¡¡¡Encima no vendrá!!! Qué desgraciada soy.

LUISA: ¡Nanette! ¡Nanette!

AURORA: Es la chica nueva?

LUISA: Sí.

AURORA: Qué clase de nombre es Nanette?

LUISA: No sé, es francesa.

AURORA: ¿Francesa?

LUISA: Sí. Te dá mucho lustre tener una mucama francesa, no te quejés
.
AURORA: Dejáme, me hacés mal si me apretás el paño contra la sien. Seguro pensás que mi lugar no es acá. Que me tengo que volver al pueblo.

LUISA: Yo no te dije nada.

AURORA: Pero lo pensás.

LUISA: Cómo te voy a decir algo así?

AURORA: Peor que pensarlo, lo planificás. Tenés todos los planes trazados con el señor.

LUISA: No.

AURORA: Juráme que él no te propuso que me llevaras al campo un tiempo, para que me calme los nervios.

LUISA: Te acordás cuando nos tirábamos al lado de la vía del tren y mirábamos los trenes pasar hacia Buenos Aires y vos saludabas así con tu blanca manita?

AURORA: No. No me acuerdo.

LUISA: Y después te levantabas, con tus patitas flacas y largas como la chuña, te alisabas la pollera y suspirabas: Tenemos la tristeza la de las vacas cuando miran pasar el tren.

AURORA: Pero yo no voy a dejar mi casa, decíle.

LUISA: Allá nos esperarían con un lechón, unas achuras. Isidro seguro mata un lechón. Si vos vas…

AURORA: Podés avisarle a tus parientes que no voy.

LUISA: Aura…

AURORA: No ves que quiere sacarme de encima porque tiene otra??

LUISA: Pero si es como vos decís, si don Samuel tiene otra mujer, anda con otra… ¿vos le vas a impedir que la quiera?

AURORA: Tan campante me lo decís, Chita.

LUISA: Es que no se puede querer a la fuerza.

AURORA: Vos sabés algo.

LUISA: No.

AURORA: Sabés.

LUISA: Te dije que no.

AURORA: Vino el Diputado Alfieri, el que está en el Ministerio de Interior. El que compró los abotinados para todos los empleados del Ministerio. Se acercó a la mesa; nosotros estábamos con la ensalada rusa. ¿Me permite, señora?, dice, porque es galante. Le pongo la mano y me besa la mano. Después, se queda dos horas hablando con Samuel. Samuel, rojo como una grana. Yo no sé si estaban haciendo negocios o hablando de mujeres. Esto último no me extrañaría nada. Vuelve, se sienta a la mesa. Me dice, bajo pero bien clarito: “A vos te gusta el Diputado Alfieri”. Yo me río; no sé si largo una risotada como él después dijo que hice. Yo no soy una hiena, soy una persona. “Es galante el Diputado”, le respondí. Y Samuel me dice: “Yo te voy a sacar las ganas de reírte”. Y me mete un cachetazo brutal, delante de todo el mundo. Del Diputado Alfieri y la señora, de la Sociedad de Fomento, del escultor que está haciendo la estatua del San Genaro nuevo para la Iglesia de la Inmaculada Concepción.

LUISA: …

AURORA: Voló la ensalada rusa por el aire, los platos, las copas, todo.

LUISA: Comemos un lechón para chuparse los dedos. ¿Cuánto hace que vos no comés un lechón?

AURORA: No me gusta el lechón.

LUISA: Porque te casaste con un judío. Decís que te hiciste judía. Dejáme llevarte al pueblo.

AURORA: Yo no me voy a ir para que Samuel haga a su gusto con la fulana que tiene.

Entra Myriam llorando, destrozando el ramo de novia.
Lo lanza encima de la madre.

AURORA: ¿Qué pasa, qué hacés?

MYRIAM: No me caso, mamá.

AURORA: ¿Qué decís?

MYRIAM: No, no me caso. No quiero.

AURORA: Reñiste con tu novio?

MYRIAM: No, no.

AURORA: Te faltó el respeto?

MYRIAM: No me quiero casar, eso es todo.

AURORA: Pero no podés. Te tenés que casar. Está todo arreglado. El salón, el cura, la iglesia. Tu padre al final acepta que entres del brazo de don Cosme, porque él como judío no te puede acompañar…

MYRIAM; No quiero. No me voy a casar.

AURORA: Luisa, decíle algo.

MYRIAM: Luisa nunca tuvo novio.

AURORA: Contále, Chita.

LUISA: El Julián. Éramos chicas…

AURORA: Vos te acordás que el Adalberto no nos gustaba? Vos peleabas dale y dale, que era tu amor, que vos lo querías? Al final lo aceptamos, te vas a casar. Ahora no me vengás con que era un capricho.

MYRIAM: No sé…

AURORA: Me cansás! Te vas a casar con él como arreglamos y punto.

MYRIAM: Luisa, defendéme.

LUISA: No la tratés mal, Aura. Vos también tuviste tus…

AURORA: Te querés callar?

MYRIAM: Qué te pasó en la cara, mamá?

AURORA: Nada. Me caí.

MYRIAM; Mamá. No lo quiero a Adalberto.

AURORA: No me importa.

MYRIAM: Me di cuenta que no lo quiero.

AURORA: No me insistás con eso porque no es razón para desarmar un casamiento. (la agarra de los pelos) Te lo voy a decir una sola vez y que te entre bien: si vos anulás el casamiento con el muchacho ese, yo tomo el veneno para las ratas que echa la Anette en la enamorada del muro del patio.

LUISA: Nanette.

AURORA: ¡¡¡Me da igual cómo se llama la mucama!!!

LUISA: Quiere que le pronunciemos bien el nombre.

MYRIAM retorciéndose: No me hagás esto.

AURORA: Y lo que vos me hacés a mí?

MYRIAM: Te lo suplico…

AURORA: Me enterrás en La tablada, si es que los asquerosos parientes de tu padre me aceptan en el cementerio judío y ahí me venís a rezar.

MYRIAM: Mamá, mamá.

AURORA: ¡Mamá una mierda!

Entra Samuel, tembloroso.

Todos se congelan un largo momento.

AURORA: Llegaste justo.

MYRIAM: Papá, papito, no me quiero casar.

SAMUEL: …

MYRIAM: No me obligués a casarme.

AURORA: La asustaste. ¿Quién va a querer casarse si el matrimonio es ésto?

SAMUEL: …

AURORA: Casarse es suicidarse.

MYRIAM; Decime, papá, papito …?

SAMUEL: Perdonáme, Aurora.

Samuel se dobla sobre sí mismo y llora herido.
Ante la visión de él, tembloroso, Aurora hace señas a Luisa que saque a Myriam.

SAMUEL: No sé qué me pasó.

AURORA: …

SAMUEL: Me puse loco.

AURORA: Luisa, lleváte a Myriam.

Luisa y Myriam empiezan a salir muy extrañadas.

SAMUEL: Estoy decidido y no quiero dar marcha atrás. Vos sos mi esposa, fuiste el amor de mi vida. Pero no puedo más, Aurora.

AURORA: Vos tenés otra mujer.

SAMUEL: No.

AURORA: Estás así porque tenés otra mujer.

SAMUEL: Me voy a vivir con mi hermano Isidoro. A vos no te va a faltar nada, Aurora. A la nena, menos.

AURORA: Te vas a ir…?

SAMUEL: Ya te dije que es por el bien de los dos.

AURORA: Me dejás.

SAMUEL: …

AURORA: Después de todos estos años.

SAMUEL: Luisa, te va a saber cuidar.

AURORA: Como se llama ella?

SAMUEL: Rebe Isaac.

AURORA: Qué?

SAMUEL: El Rabino me aconsejó.

AURORA: Te pasaste cincuenta años sin pisar una Sinagoga pero para hacer tus chanchullos resulta que necesitás la aprobación de un Rabino?

SAMUEL: Vos nunca me vas a perdonar.

AURORA: Qué?

SAMUEL: Lo de anoche.

AURORA; Un bofetón me duele menos que tu partida, Samuel…

SAMUEL: Le dije que no quería verla más. Le dio un ataque de desesperación, tomó un frasco de veneno.

AURORA: Así que había otra.

SAMUEL: Sí.

AURORA: Por lo que se vé, el veneno se puso de moda.

SAMUEL: Está grave, está en el Hospital Clemente Alvarez.

AURORA: Me contás para que la vaya a visitar, le mande flores?

SAMUEL: No podemos seguir juntos, Aurora.

AURORA: Quién es ella?

SAMUEL: Emilia. Emilia Tancredi se llama.

AURORA: Es joven?

SAMUEL: No.

AURORA: Es linda, es delgada, decíme algo?

SAMUEL: No, no.

AURORA: ¿Y qué? Trabajaba en el negocio, te enamoraste de ella?

SAMUEL: Pero no!

AURORA: No esto, no lo otro. De dónde salió esa chinita?

SAMUEL: Para qué lo querés saber?

AURORA: Porque algo tengo que saber.

SAMUEL: Servía en la casa del Diputado Alfieri; él supo lo nuestro y la despidió.

AURORA: Dios mío, estoy en boca de todo el mundo.

SAMUEL: Dejáme ir, Aurora.

AURORA: Soy el hazmerreír del universo.

SAMUEL: No lo tomes a la tremenda. No te quieras envenenar vos también, ahora.

AURORA: La vida eterna va a estar la gente riéndose de mí.

SAMUEL: ¡Luisa, venga! Traiga un vaso con agua fría para la señora.

AURORA: Luisa, vení rápido. Lo que tengo para contarte no tiene desperdicio.

Samuel se acerca y la besa en la frente.

AURORA: Vení, que el desperdicio soy yo.

Fin de Escena 3


Epílogo
Un año después
En la salita de la casa.
Luisa plumerea.
Aurora, sentada, trata de tejer al crochet.

AURORA: Yo no sé hacer esto.

LUISA: Dejá, Aurora. Capaz la Chofi te lo sabe tejer.

AURORA: ¿Qué Chofi?

LUISA: La Sofía, la nueva.

AURORA: La estuviste vigilando a esa chica?

LUISA: Sí.

AURORA: ¿Y?

LUISA: Tiene novio; el día que tiene franco lo vé.

AURORA: No te pregunto eso. Te pregunto si es buena en el servicio.

LUISA: Regular.

AURORA: Lo otro no me importa.

LUISA: Vos decís que la edad lo tiene curado.

AURORA: Tengo que hablarte, Luisa.

LUISA: Ya sé; lo seguí como me dijiste. Pero de verdad cuando salió del negocio, se metió en La buena medida y se tomó dos grapas.

AURORA: Mirá vos.

LUISA: Tendría frío.

AURORA: Está cruel este año.

LUISA: ¿El?

AURORA: El no más que el año pasado. Pero no quiero hablarte de Samuel, Chita. Quiero hablarte de la nena. Porque ella te necesita. Vos sabés que la nena te necesita y te quiere.

LUISA: No se da maña con la casa?

AURORA: No.

LUISA: Es tu culpa, Aura. Vos siempre le dijiste: Lo importante es que sepa hacer y no que sepa mandar. Porque servicio nunca le va a faltar. Así criaste una inútil.

AURORA: Capaz.

LUISA: Capaz no. Criaste una inútil.

AURORA: Servicio no le falta. Tiene una muchacha, Petra. Pero parece que no arranca y después va a ser peor.

LUISA: Mandále la Chofi. Yo te la estoy enseñando bien.

AURORA: Pensé que podías ir vos.

LUISA: Cómo yo, Aura?

AURORA: A ayudarle con la muchacha.

LUISA: Pero yo estoy acá, Aura.

AURORA: Ya sé, pero la nena necesita ayuda.

LUISA: La Myriam no me puede ni ver desde que canté en el casamiento de ella.

AURORA: También vos. Te pasaste de la raya, no podés ponerte a cantar En el bosque de la china. Es muy sucia como la cantás vos.

LUISA: Sur lo canté bien lindo.

AURORA: Desafinabas, Chita, dejáte de joder.

LUISA: Y a Samuel quién te lo vigilará?

AURORA: El está mejor.

LUISA: Esas aficiones por las muchachas no se le pasarán. Mientras sea hombre…

AURORA: Basta, me angustiás.

LUISA: Perdoná, Aura. Vos sabés que sos mi devoción, pero me rompés el corazón si me decís que me vaya de tu lado, de esta casa así. Vos sabés que yo veo por tus ojos y vos ves por mis ojos negros. Cuánto tiempo querés que vaya? Unos días? Unos meses?

AURORA: Me duele el pecho. Quiero que vayas y la ayudes a criar al hijo. Los hijos que tenga. Que vivas con ella.

LUISA: No me hagás vivir esa ausencia.

AURORA: Samuel no necesita más que lo anden vigilando. Quedó hecho pedazos desde que se murió la fulana. Peor quedé yo, que él la llora a escondidas. Nunca le creció el amor por mí lo que le crece la culpa por la muerte de la fulana. Me dá una rabia.

LUISA: Yo lo hubiera echado a patadas si me hace una cosa así.

AURORA: Samuel se desgració esa vez, pero no quita que fuera el hombre bueno que fue siempre. A mí nunca me hizo faltar nada, ni a la nena, ni a la casa. Me dio para que te traiga de La Gallareta. Acá te ayudó si vos te querías poner una casita en Alberdi. Pero vos no quisiste porque te pegaste acá como una estampilla. Sos una ingrata si hablás mal de Samuel

LUISA: Si yo le estoy agradecida!

AURORA: Te dá plata cada vez que te tiene cerca.

LUISA: Yo le beso las manos todos los días.

AURORA: Ayudála a la nena ahora.

LUISA: No me hagás irme de la casa. La Myriam no me querrá ni tres días seguidos. Vos sabés que yo canto cuando hago las cosas y ella no me puede oír cantar. Canto cuando limpio, cuando paso el plumero…

AURORA viendo que está por tirarlo: ¡¡¡Cuidádo con el gato!!!

LUISA lo ataja: Te lo pegué una vez, te lo puedo pegar dos.

AURORA: Ves? Ese gatito tendríamos que dárselo a Myriam. Para que lo ponga ella en el mueblecito de algarrobo.

LUISA: El gatito que con tanto cuidado te arreglé?

AURORA: El gatito de porcelana que me rompiste. Era un recuerdo de doña Zilia.

LUISA: Si vos no la podías ni ver a la vieja esa.

AURORA: No es verdad.

LUISA: No te acordás que fuimos a la curandera para que le calle la lengua y no le llenara más la cabeza al Samuel, que la vieja no quería que vos te casaras con él y le decía porquerías de vos?

AURORA: …

LUISA: No te acordás.

AURORA: Igual, para que le traiga suerte en el amor. Le regalamos el gatito.

LUISA: Vos sos floja y falluta para todo.

AURORA: Qué te picó ahora?

LUISA: Le querés dar el gatito de porcelana porque no te gusta más. Seguro ya tenés en vista otro adornito mejor para poner ahí. Y querés tenerme lejos, porque ya te cansaste de mí. Nunca te importaron los saltos mortales que daba mi corazón para estar a tu lado. Es un milagro que no me hayas puesto en la mano un pasaje de tren para que me vuelva a La Gallareta! No vendrías ni a decirme adiós a la estación. Peor que un perro me echarías.

AURORA: Basta de reclamos. Estas cosas que me decís, no parecés mi amiga. Parecés…

LUISA: Qué? Decílo.

AURORA: Dejá de hacer escándalos.

LUISA: Decílo, no tengás miedo.

AURORA: …

LUISA: Cobarde. Te vas a morir sin saber quién sos y cuánto te cuidé yo.

AURORA: Los vecinos van a escuchar.

LUISA: Vos sos mi madre, para mí.

AURORA: …

LUISA dolorosa: Pero si la culpa es mía! Yo me hice tu esclava por gusto propio. Hasta la fé perdí viviendo con vos, entre ustedes. Hasta sin Dios me quedé.

AURORA más serena: Acá entrás y salís por la puerta grande y no por la del servicio, como si fueras tan señora como la que más. Y a Misa, las Novenas, el Rosario, qué sé yo, podías ir cuando se te antojaba. Y en la casa de mi hija será igual. Porque mientras yo viva, nunca voy a olvidar tu amistad.

LUISA: Entro y salgo por la puerta de adelante, tenés razón. Pero con el uniforme puesto.

AURORA: Vos decís que es cómodo.

LUISA: Vos me lo mandaste hacer.

AURORA: Vos dijiste siempre que estabas a gusto acá.

LUISA: Vos me mandaste herrar los grillos.

AURORA: Andáte a la casa de mi hija, Luisa.

LUISA doblada en dos del dolor: No me hagás esto…

AURORA: Te ordeno que vayás a ayudarla a la Myriam.

LUISA: ¡Maldición de Dios! No, no, no.

Luisa se echa a los pies de Aurora y se los toma.

LUISA: No seas malvada.

AURORA: Soltáme, por favor.

LUISA: Hacéme tu perra, hacéme tu sombra.

AURORA: Salí, Luisa.

LUISA: No hagas más mal, Aura.

AURORA: Salí porque no respondo de mí.

LUISA: Malvada, malvada.

Aurora le pega una patada brutal a Luisa para despegarla de sus pies.

AURORA; Te avisé.

Luisa queda en un rincón, aullando.
Al cabo de unos momentos, se levanta y va hacia la vitrina.

LUISA: Mirá tu gato.

Tomá el gato y lo tira al suelo para que se rompa.

AURORA: No! Que es un recuerdo.

Luisa pisotea el gato.

LUISA: Yo soy un recuerdo! Yo!

AURORA: Siempre la misma dañina.

LUISA: Yo era un cariño, creía.

AURORA agachada, recoge los fragmentos: …
LUISA: Pero yo nomás soy un recuerdo.

AURORA: Pobre gato…

Luisa sale. En off, su sollozo desesperado.

AURORA se refriega el pecho: Me duele el pecho, carajo. Me duele, me duele. Qué se está rompiendo que tanto duele?

La luz cae tenue.
Apagón.
Fin de la obra DEVOCIÓN






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