10/4/17

"LAS PERLAS DE LA VIRGEN" De Jesús González-Dávila.


Resultado de imagen para PERLAS DE LA VIRGEN


"LAS PERLAS DE LA VIRGEN"


De: Jesús González-Dávila.



Las acciones se suceden en un espacio múltiple.

Los diversos personajes son interpretados por:


ROSS = un merolico y yerbero

POLO = un vago, sicario, mago.

Y las siluetas de las
"DOBLE SISTERS":

* la Niña
* la Chava
* la Nena





============ IMAGEN PRIMERA ===============


Cactáceas y tierra suelta.
Se mira cruzar una Silueta Femenina.
Pasa un tiempo; la silueta cruza de nuevo y desaparece.
El juego se repite; da la impresión de que tres siluetas van y vienen, cruzan y se van. Luego, el desierto se queda vacío otra vez.

Entra un Hombre que se mueve con sigilo; busca ocultarse. Aparece un segundo Hombre, que al ver al otro, se pone en guardia.

El primer Hombre se le enfrenta con una navaja; pero el segundo saca un revólver y dispara sobre el otro;
quien cae como muerto. Pero luego,
el Primero se incorpora, lanza su navaja y la clava en la nuca del otro; ambos caen y quedan como muertos.

Los hombres yacen un tiempo; son rodeados por 3 PRESENCIAS FEMENINAS que bailan alrededor; luego, levantan los cuerpos y se los llevan.

El lugar queda vacío, otra vez.



============ 1.- EN LA CARRETERA =============

La carretera solitaria se pierde en el horizonte; a la orilla está ROSS, de aspecto fuerte, tranquilo como un oso; trae una maleta y está cubierto de polvo. Pasa un tiempo; se acerca otro hombre también corpulento pero de andar astuto, se nueve rápido; se detiene cerca. Transcurre un tiempo.

POLO: Hey.
Pausa.
Está duro el calor.
El otro mira el horizonte.
Peor que otros días.
Pasa un tiempo.
Vas para allá.
El otro permanece inmutable.
Yo sí.
Pausa.
¿Qué cosa?
Otra pausa.
Está duro el calorón.
Pasa un tiempo.
Oyes, traes por ahí algo de tomar.
El otro saca la cantimplora. POLO la toma y se la empina; se atraganta.
Está caliente; y apenas serán como las once...
Bebe y regresa la cantimplora.

De dónde eres, de por el sur... (El otro sigue inmutable) Y para dónde dices que vas. (Sonríe) Está duro el calorón. (Trans) Entonces, quiubo.
Pasa un tiempo.
ROSS: Que la serpiente te acompañe.
POLO: ¿Qué dijiste?
ROSS: Que la serpiente te cuide los pasos.
POLO: Gracias, pero no; qué traes en la maleta.
ROSS: Todo.
POLO: Y qué más.
ROSS: Milagros.
POLO: Mentiras.
ROSS: Alucines.
POLO: Transas.
ROSS: Según el vacío que traigas; según el agujero que sientas.
POLO: Haces trucos, como milagros.
ROSS: Ah...; sé de raíces, de pomadas y semillas: ¿quieres ver?
POLO: No; ni abras tu veliz, no me interesa.
ROSS: También traigo un polvo de víbora.
POLO: ¿De dónde mero vienes?; de Zacazonapan has de ser. (Trans) Y en qué la giras; qué buscas por estos calorones.
ROSS: Una cuestión, aquí cerca...; negocios.
POLO: Negocios por acá; uy, qué mala suerte.
ROSS: Mala suerte; sólo que por haber nacido.
POLO: Mira; yo... traigo un proyecto. (Pausa) ¿Eh?, aquí.... entre manos; es un buen proyecto.
ROSS: Ni abras tu veliz, no me interesa.
POLO: Pero si no sabes nada.
ROSS: Sht; mira este colmillo.
POLO: Y qué; cuál es tu negocio.
ROSS: Ahorita..., nomás aquí: esperar que pase el autobús.
POLO: Mi proyecto es sencillo, pero... necesito un socio.
ROSS: Yo..., nomás voy pasando; y no tengo ni un peso.
POLO: No traes ni para el boleto.
ROSS: Nada.
POLO: No que esperas el autobús.
ROSS: Espero que pase, y que me eche el aire fresco. (Silencio)
Bueno, también espero que baje la temperatura; porque ahorita la carretera está llena de... espejismos.

POLO truena sus dedos y como magia se oye a gran volumen que cruza un autobús a toda velocidad; luego: silencio.

ROSS: Y eso, qué fue.
POLO: Lo que ves..., es lo que es.
ROSS: Un espejismo.
POLO: Lo que ves es lo que...
ROSS: Y te sientes como mago.
POLO: Mírame: tú no miras derecho.
ROSS: Ora, si me quieres hipnotizar, no vas a...
POLO: Te escondes; por qué te escondes.
ROSS: La serpiente me cuida de todo peligro y riesgo. Aunque...
sin riesgo, quién apuesta. Y sin apuesta, cuál ganancia.
POLO: No te escondas en palabras... Lo que ves, es lo que es. Repítelo conmigo, mírame: lo que ves es lo que es... Ora, no te concentras...; si de veras ves, pues ahí está lo que ves. Como cuando truenas los dedos... A ver tú, puedes tronar los dedos así; uta, ni eso.

Con el chasquido de POLO, cruza el autobús en sentido contrario

ROSS: Quién te enseñó.
POLO: Por ahí, se va aprendiendo y la vida es corta.
ROSS: No...; mi magia es para curar.
POLO: Así que la giras de brujo; ¿y qué?, eres bueno... (Silencio) Yo también, en un tiempo viví de eso: hipnoticé víboras, y policías y suegras; en una carpa. Hice de todo.
ROSS: También cirquero.
POLO: Pero no falta algún patrón que se pase de cabrón.
ROSS: Y ahora te mandas solo.
POLO: Al diablo la carrera militar.
ROSS: Y siempre andas igual: sin chamba.
POLO: (Lo mira) Hey, cómo sabes.
ROSS: (Se sonríe). Nomás.
POLO: Ora traigo un encargo.
ROSS: Ah, sí; de qué...
POLO: Te adivino lo que traes en la maleta.
ROSS: Traigo de todo, ya te dije.
POLO: Hasta dólares; es muy posible que traigas dólares.
ROSS: Bah; traigo yerbas, piedras..., pero dólares, bah.
POLO: Porque tú, sabes qué: tú te andas escondiendo.
ROSS: Al revés: vengo a hacer un cobro.
POLO: A dónde; ¿un cobro?, ¿ora pronto?
ROSS: Este; sí...; voy por una bolsa de oros.
POLO: Una bolsa; qué tan grande... (Sonríe) Y esos que te deben; qué tal si los conozco; ¿son de por acá? Puedo hacerte el paro y cobrarles yo.
ROSS: Ni que estuviera inválido.
POLO: Cuánta desconfianza, eh...; por acá, un apoyo siempre sirve.
ROSS: Voy a hacer un cobro, no a robar un banco.
POLO: Te conviene llegar con algún conocido.
ROSS: Prefiero llegar solo a San Pancho.
POLO: San Pancho; eso queda por este lado; no tan lejos.
ROSS: Voy a la plaza; a arreglar esa cuestión.
POLO: Bueno, tú me caes bien: yo también voy para allá.

POLO truena los dedos: salen tras de los cactos tres SILUETAS FEMENINAS cruzan la carretera y desaparecen.

ROSS: Y ésas; andan contigo, o de dónde salieron.
POLO: Ellas alivian el dolor; mejor que cualquier medicina.
ROSS: Ellas son parte de tu... ¿negocio?
POLO: Algo por ese estilo. (Trans) Mira, cobramos lo que dices y armamos el proyecto; cuánto vienes a cobrar.
ROSS: No; mi magia es de otra.
POLO: (Suave) Imagina esa jovencita con la que sueñas.
ROSS: Yo no; ando de duelo.
POLO: Por eso; viste a esas tres nenas, qué tal; y nomás con tronar así los dedos.
ROSS: Pero, mira: yo ni puedo tronarlos.
POLO: Primero tienes que armonizar las yemas de los dedos como tus centros de poder; y luego...
ROSS: Y luego tengo que poner mis billetes; todavía ni cobro.
POLO: Soy el socio que necesitas.
ROSS: Allá de donde vengo, he tenido que vender huesos, piedras, trapos, aire...
POLO: Te falta vender... las perlas de la virgen.
ROSS: Las perlas... de ¿cuál virgen? (Se ríen)
POLO: Ya ves; me necesitas de consejero ahora que vas a cobrar.
ROSS: Como esas niñas que vienen contigo, mago.
POLO: Te gustaron, merolico.
ROSS: Primero voy a San Pancho.
POLO: Pero sí le entras al negocio; muchos ya quisieran...
ROSS: Ando de duelo, porque; yo tenía unas nenas así, y las perdí.
Mi talismán, nomás eso me queda de ellas; y aquí lo traigo: mi talismán; mi serpiente emplumada.
POLO: En tus manos está la fuerza.
ROSS: El verdadero talismán para... volar hasta las estrellas, lo que te equilibra la energía está acá, en la corteza de acá: la cerebral.
Desde el pescuezo hasta los talones... sientes durísimo cuando te llega el golpe de su fuerza. (Trans) Pero ese proyecto que dices, no veo que te funcione; no veo que te saque de la miseria.
POLO: Yo no soy miserable, güey: soy independiente.

Caminan por la carretera; le hacen la parada al autobús.

ROSS: Y quieres venderme tu proyecto.
POLO: Compartirlo..., porque me caes bien.
ROSS: Te caigo bien para transarme.
POLO: Ya; vamos a San Pancho.

Se oye el motor del autobús que se acerca; se detiene un instante. Ellos se suben; arranca de nuevo y se va. ============ 2.- ESPEJISMO ==============


En medio de la carretera, bajo el sol de las doce: tres SILUETAS FEMENINAS
cruzan como en pasarela, cantan, y si también pueden, bailan sin gracia.


ELLAS: "Ay, mi corazón es:
llamarada sin arder
en busca de encendedor.
La temperatura sube
Devorada quiero ser
y abrazada con amor.
Ay, mi corazón
no pide auxilio
si entre los dos
lo sacamos entero de la quemazón.

Ay, mi corazón.
Si eres buen encendedor
ay, espérame en la plaza;
paradito junto al kiosco
bajo el mero calorón.

Donde se quema por arder
ay, mi corazón...."

Las PRESENCIAS FEMENINAS desaparecen como el espejismo que son.

============ 3.- EN EL CAMION ==============

Interior de autobús foráneo. Por el pasillo del camión, ROSS se mueve entre los pasajeros.

ROSS: Amables pasajeros, no es mi intención perturbar su viaje, pero la necesidad me hace pararme frente a ustedes para... aquí con el permiso del operador que.., es tan amable y que me da el chance de hablar con ustedes; nomás para pedir su cooperación porque, su atención, porque miren; yo y mis compañeras somos, nosotros veníamos con una caravana artística de la "Corona", pero debido a las malas condiciones del vehículo, pues de repente que explota el camión por un lado y...; desde entonces yo no...; yo quedé así como ven... de imposibilitado para el jale; pero de nada valió que tuviera la razón yo, y mis compañeras del elenco artístico; y así, sin deber nada fuimos objeto de un abuso tras otro; fuimos víctimas de la pura arbitrariedad, de la pura corrupción, y bueno, ya saben...; (Trans) No puedo, no podré trabajar nunca más; pero no por eso voy a llorar en un rincón; este destino adverso se lo ofrezco a San José, como mi
santo patrón; y es en su nombre que pido un tantito de su valiosa ayuda económica. (Canturrea algo de "Sin un amor".) Gracias mil, amables personas; lo que sea su buena voluntad; con lo que gusten ustedes cooperar.

ROSS canturrea algo más y llega con POLO, ahora como PASAJERO.

Gracias por tu ayuda; la vida te lo multiplicará, gracias por apoyar una noble causa.

ROSS espera del PASAJERO alguna moneda.

PASAJERO: Cuál noble causa; a otro perro con ese hueso.
ROSS: Gracias, gracias por cooperar.
PASAJERO: (Duro) No.
ROSS: Si no traes nada, carnal.
PASAJERO: (Más duro). Aunque trajera: no te daría.

ROSS titubea, mira a los demás.

ROSS: Ando impedido para trabajar, pero... no para otras cosas.
PASAJERO: Qué cosas; a ver, qué cosas.
ROSS: Cosas como...; cosas como destapar caños y excusados; destapar orejas, como las que traes puestas, mi buen.
PASAJERO: Ah; qué tienen mis orejas.
ROSS: Tú sabes; verdad, señores pasajeros, le estorban las orejas.
PASAJERO: Igual y no te creo que estés impedido.
ROSS: Amables pasajeros: les suplicaría un poquito de fe en el prójimo; el joven de las orejas no cree en mi parcial invalidez..
PASAJERO: Bah; sólo eres un payaso.
ROSS: Pero tampoco, no se rían: ustedes tienen la bendición de una chamba medio segura; yo ni pido tanto, pero he sufrido lo que se dice: ...un destino adverso.
PASAJERO: Destino adverso: mis aguacates. (Le chifla).
ROSS: Si supieran; subir a un camión, así, es meterme de nuevo en aquella pesadilla; y vivir otra vez aquellos horrores. El autobús se salió de la carretera, era de noche, llovía, todo fue un remolino de gritos, de sangre y lamentos... (Trans) Pero, no: amables pasajeros, un poco de su confianza; a ver, que se muestre en una moneda.

Las SILUETAS FEMENINAS le dan alguna moneda.

PASAJERO: Mejor ponte a trabajar.
ROSS: Estoy trabajando; que no ves.
PASAJERO: Bájate.
ROSS: Y tú quién eres.
PASAJERO: Nadie en especial; un pasajero en el camión.
ROSS: No me bajo.
PASAJERO: No estorbes.
ROSS: Ya me subí, ya estoy en la pesadilla.
PASAJERO: Te parto tu mandarina, güey.

El PASAJERO resulta ser POLO se levanta de su lugar, golpea
en la cara al otro, lo tira al piso luego saca una pistola y las PRESENCIAS FEMENINAS que enmudecen del susto.

POLO: Tienes razón, esto no es una pesadilla... ¡esto es un asalto...!

POLO muestra en alto su arma, crispado. Las SILUETAS FEMENINAS tararean, se ríen nerviosas.

Silencio, idiotas; esto es un asalto; en serio.

Una maniobra del autobús, les hace perder el equilibrio.

Cállense, gallinas; dejen de chillar y fórmense en fila: así.
Ahora abran sus bolsitas. (Algún gritito) Nada de llantos, ni quieran tragarse sus anillos. A ver: pongan aquí lo que... Todo: eso también.
ROSS: (Intenta oponerse). No le den nada; no se dejen amedrentar.
POLO: Tú también: echa lo que traigas de valor.
ROSS: Mira, dónde encontraste esta pistolita; ...es de agua.
POLO: Rapidito, merolico.
ROSS: Qué te pasa: nos conocemos, se te olvidó...

LAS SILUETAS FEMENINAS escapan; bajan del camión; presurosas.

POLO: (De cerca). Saca lo que traes o te trueno.
ROSS: (Se ríe). Yo sólo cargo mi veliz con hierbas; ya sabes.
POLO: (Más cerca). Aquí te trueno.
ROSS: Si fuera cierto, si fueras mago, me darías chance de salir de la pesadilla.
POLO: Qué salgo ganando.
ROSS: Yo... voy hacer ese cobro...; el que traigo pendiente.
POLO: Cuál cobro, bah...; ese cuento del cobro, ya no te sirve.
ROSS: Junto al kiosco de la plaza; ahí tengo que estar.
POLO: (Distraído). Eh..; pues..., ya mero llegamos a San Pancho.

ROSS se lanza sobre POLO y lo derrumba; saca una navaja de resorte y la abre frente al rostro de POLO.

ROSS: A ver, di; quién se muere primero.
POLO: No, yo no.
ROSS: Tú sí.
POLO: Espérate, todavía no.
ROSS: Se acabó para tí.
POLO: Es tu pesadilla.
ROSS: Por eso, güey.
POLO: El que se muere eres tú.
ROSS no lo deja seguir hablando en el pasillo del autobús, lo apuñala: lo mata
============ EN LA PLAZA ================

Bajo el sol de la una y media: ROSS, junto a una banca de la plaza, con el veliz abierto; de vez en cuando cruza alguna PRESENCIA FEMENINA.

ROSS: No, yo no quiero que me compre; no vengo a vender nada tampoco; pero es que por fin acabamos de recibir esta maravilla de la nueva medicina que pone la salud en la palma de su mano, eh... Virgencita, acércate, ¿no? (Pausa). Que te acompañe, y que te enseñe... cómo agarrar la lumbre de modo que no te queme tanto, hijita; que te haga el milagro a ti también, que te acompañe la serpiente emplumada... (Trans) Ah, pero... para que no se acabe todo... (ROSS, saca frascos del veliz; los coloca en el piso). Estas cápsulas de nopal, deshidratado y comprimido, son las que contienen la potencia aquellas fuerzas, las que vienen de allá abajo, con la fuerza curativa de la madre tierra. Si no quiere no me compra, pero hágame caso y consuma nopal, virgencita: así nomás la penca; y en pocas semanas va a darse cuenta, va a notar la diferencia. Aparte de las cápsulas ingiera tres pencas al día, con miel y limón... sí, virgencita: el milagro está en una penca de nopal.

Una SILUETA FEMENINA se detiene, le compra un frasco.

Gracias virgencita: tu ganas, y yo... me dejo ganar por unas monedas. A ver esa mano generosa, esa mano buena amiga, cruza en la mía esta moneda, yo no soy de por aquí, vengo de muy lejos y no he podido dar con las personas que busco; no conozco a nadie... Yo soy Luis Sánchez; pero ellos, sabe cómo se llamarán... Llegué en el camión que pasó hace rato. Por eso: si alguna de ustedes sabe de alguien que me ande buscando, les encargo que le digan que sí, que aquí estoy.
Las PRESENCIAS FEMENINAS, entre risas compran otro frasco.

Que la Serpiente Emplumada te acompañe, que te haga el milagro; cuál quieres. Si cruzas mi mano con plata verás que vas a salir ganando: el sol... sí se murió; ya tiene mucho de estar así; pero no te das cuenta porque sigue llegando su calor; ya ves a esta hora. Es que lo venía yo diciendo: el final de todo estaba cerca, pero ahora sí: ya llegó. Fíjense: como las cosas y lo demás ya comenzó a morirse; las raíces están secas. Todo se va a acabar.

Las PRESENCIAS FEMENINAS se van.

No, virgencitas: dónde van, ¿a la nevería? Díganme: qué milagro les gustaría más, y yo...; o a ver cuál quieren que les cante. (Pausa) Ese sol calienta como el infierno, pero... no es cierto; nada es lo que parece y... el sol está muerto. Desde cuándo: quién sabe.

ROSS, cierra su veliz y se va.


========== 5.- EN LA CANTINA ===============

POLO, como CANTINERO tras la barra; suena un teléfono.
CANTINERO: (Al teléfono). Bueno, bueno; ¿eh? oye, no salgas con eso; ese güey lleva horas bajo el rayo del sol; a ver cómo me lo transo, ¿eh?; para nada, el trabajo está casi hecho. No quiero oírte; no acepto cambios a mitad de la maroma; bueno. No estoy jugando, cabrón; conmigo así es; bueno. (Cuelga).

Se pone a limpiar la barra. ROSS, llega con cajón de BOLERO.

BOLERO: Qué calorón.
CANTINERO: Es la mera hora.
BOLERO: Y ni una nube.
CANTINERO: Bueno, qué quieres tú.
BOLERO: Un trapazo por una chela.
CANTINERO: Tú eres el que estaba en la plaza hace rato junto al kiosco...; no eres de por aquí, verdad.
BOLERO: Una cerveza, y te boleo las botas.

El CANTINERO lo observa; destapa una cerveza. ROSS, se bebe casi toda. El teléfono vuelve a sonar

CANTINERO: (Descuelga) Bueno, y ora qué.
BOLERO: Aquí se siente fresco; y más con la cerveza helada.
CANTINERO: (Al teléfono) ¿Qué dices?, no entiendo.
BOLERO: Está duro el solazo allá afuera.
CANTINERO: (Al teléfono) ¿Eh?, no se oye bien; vuelve a marcar. (Cuelga de golpe) Orale, tú: dales una buena boleada.
BOLERO: Se nota que..., estas son mandadas hacer.
CANTINERO: Son de Victoria; conoces por allá.
BOLERO: Sí; conozco muchos lugares; pero ora vine a buscar un individuo; quedamos de vernos cerca del kiosco, pero nada...; ni llega, ni nada.
CANTINERO: Ah; a quién dices que buscas.
BOLERO: No; ni sé cómo se llama... Yo soy Luis Sánchez, pero...;
no habrá venido alguien a preguntar por mí.
CANTINERO: (Suena el teléfono) Oye; a lo mejor yo soy el que buscas, eh...
(Al teléfono) Bueno, bueno; no, por qué; yo qué tengo que ver en eso.
BOLERO: (Se pone a cepillar las botas) Si tú eres el que busco, ya estuvo; apenas llegué hace rato. Luego, ya conoces a ese Licenciado, es duro; me figuro que ahí traes mi dinero. (Silencio) Ese Lic. nunca se le da gusto; y es una piedra para soltar los centavos. Sí; me debe una feria por una comisión. Eh, por un viajecito a Piedras; yo le hice el paro y llevé a unas..., unas gentes hasta Piedras Negras: las dejé en un restorán del centro, cerca del puente. Y ora, vengo por el pago pues, como quedamos.
CANTINERO: (Al teléfono) Sí, yo creo que...; pero no es ni tanto.
BOLERO: ¿Eh?, no... no me regresé con el carro y ora así ando: de aventón, como se pueda; qué bueno que te encontré, no traigo un centavo en la bolsa. (Trans)Están buenas las nenas de las charolas... y también estas botas.
CANTINERO: No: no entiendo nada. (Cuelga de golpe)

Cruza una PRESENCIA FEMENINA lleva una charola con cervezas.

BOLERO: ¿Y aquí trabajas... de cantinero?
CANTINERO: Trabajo por mi cuenta: siempre.
BOLERO: Es que... desde que entré, me llamaron la atención: se parecen a unas botas que tuve; porque una vez yo tuve un par.
CANTINERO: ¿Un par... de botas?
BOLERO: Un par de nenas.
CANTINERO: Dos nenas; ¿las dos para tí?
BOLERO: Ajá...; pero ya no las tengo.
CANTINERO: Las nenas.
BOLERO: Ni las botas.
CANTINERO: Y qué tal estaban.
BOLERO: Chulas; eran dos criaturas tan chulas como hechas a mano; juguetonas, cantarinas y tan listas. (Trans) Ah, pero... me las robaron.

CANTINERO: A las nenas.
BOLERO: Y las botas: seguro fue el mismo; si supiera quién fue.
CANTINERO: Quién fue qué.
BOLERO: Eran como dos sirenitas: les encantaba nadar en el río Ah, qué lindas eran.
CANTINERO: Por eso las metieron al talón; ¿las buscaste?
BOLERO: Pues nomás, por el morbo de ver dónde fueron a parar: y sí... Las "Doble Sisters", así las anunciaban en uno de esos letreros con foquitos. Como "Doble Sisters"... así las fuí a encontrar.
CANTINERO: De artistas.
BOLERO: Con las niñas así pasa: nunca sabes para quién trabajas; yo les enseñé todo, y otros les sacaron la ganancia. (Trans) Ah, las extraño, cómo no, aquí: una en cada mano; encueraditas, se me enroscaban una de cada lado. En las noches de más calorón... apenas me consuelan un tantito las víboras, y como tienen su sangre más fría que uno, más fresca. (Trans) Esto es; ya estuvo el trapazo; ora qué tal si pides otra chela para mí.
CANTINERO: (Destapa y le da otra cerveza) Cómo es que te llamas.
BOLERO: Luis Sánchez.
CANTINERO: Te ví bajo el rayo del sol, y pensé: este es fuereño; va a querer una cerveza y no trae con qué.
BOLERO: Por eso: qué bueno que te encontré, ya necesitaba cobrar... (Trans) Ya estuvo: estas botas ya quedaron.
CANTINERO: (Las revisa) Oye, no que te gustaban tanto mis botas; así das grasa...; me las dejaste igual.
BOLERO: Ora sí se le ven relucientes: como nuevas.
CANTINERO: Tampoco; estas mugres son de, de... viejísimas; se las cambié a un paisa por, por unas herramientas.
BOLERO: Pues cumplí, y vengo a lo que vengo: a cobrar. Págame.
CANTINERO: La boleada es por las chelas. (Al teléfono) Bueno, bueno.
(Se aparta del otro) Cómo dices, a ver. Eh, no; eso es otra cosa. El jale iba a ser otro. (Pausa) Ya sé: es una orden. Bueno, pero a mi modo; que me dejen a mí, diles. Bueno, bueno, por ahí te aviso. (Cuelga)
BOLERO: Mira: no te hagas el desentendido; yo cumplí, y vengo a que se me pague lo debido.

Las SILUETAS FEMENINAS traen cerveza; pero el CANTINERO les ordena regresarse.

CANTINERO: Sabes con quién acabo de hablar; con gente que te conoce rete bien, Luisito Sánchez ¿sabes qué dicen? que tu encargo, que no lo cumpliste; y que no mereces ningún pago, al contrario.
BOLERO: Claro que cumplí: dejé a esas personas en el restorán de la Tampiqueña, cerca del puente de Piedras.
CANTINERO: Dicen que no; que las fuiste a dejar en otras manos.
BOLERO: Pero, ¿quién dice?
CANTINERO: El que te iba a pagar; ora me informan que no. (Pausa)
BOLERO: Yo cumplí.
CANTINERO: Allá dicen que no.
BOLERO: Y mis botas.
CANTINERO: Allá hablan de traición.
BOLERO: Nomás que encuentre al que me robó las botas.
CANTINERO: Allá quieren vengarse.

El BOLERO lo sujeta con fuerza por los tobillos.

BOLERO: Le va a doler. Al bato que me las robó, le doy un tajo detrás de la oreja y...; le va doler al bato.
CANTINERO: De cuál bato dices; a quién vas a matar, merolico de rastrojo.
BOLERO: A nadie, no voy a matar a nadie; nomás voy a ayudarle porque muerto ya está.

El BOLERO de un jalón hace caer al otro sobre la barra llena de vasos. Las SILUETAS se espantan.
El BOLERO empuña su navaja y va a clavarla sobre el otro.
Pero se oye un disparo, y el BOLERO cae, como muerto,
detrás de la barra. El CANTINERO recupera el teléfono: marca y espera; marca de nuevo.

CANTINERO: Bueno, bueno... Hecho; está hecho. (Pausa) Sí. (Pausa). Que sí... Claro, de aquí no me muevo. Bueno, bueno.

Una de las SILUETAS se acerca:

CANTINERO: Dónde andabas.
UNA CHAVA: ¿Me estás invitando?
CANTINERO: Salud.
UNA CHAVA: Aparte de chelas, qué hay.
CANTINERO: Eso que estás pensando.
UNA CHAVA: Eres un agasajo, mi rey.
CANTINERO: Bueno, qué te tomas.
UNA CHAVA: ¿Pido lo que quiera?
CANTINERO: Siendo nacional.
UNA CHAVA: Ron con agua.
CANTINERO: Misión cumplida.
UNA CHAVA: Te felicito.
CANTINERO: Y qué, dónde vamos.
UNA CHAVA: Tengo que echarle un fon al doctor Ruiz.
CANTINERO No te tardes; te conviene.
UNA CHAVA: (Se aleja) Promesas.
CANTINERO: Te espero afuera.

Salen juntos; empujando la barra y los vasos quebrados.

======== 6.- EN LA PLAZA, DOS. =========

ROSS, con un brazo vendado, está sentado en la banca de la plaza.
ROSS: A ver, quién más va a querer un frasco; ah, sí; vean ustedes: estas perlas doradas contienen toda la fuerza curativa de la madre tierra; la mezcla secreta de varios aceites y polvo de víbora de cascabel; y como sabemos produce la ponzoña más efectiva, la más rápida, la más peligrosa; y por qué; ah, porque las moléculas del veneno reciben mayor presión atmosférica; gracias a la menor temperatura entre los huesos del reptil; que al mezclarse con finos aceites...

Se acerca una SILUETA FEMENINA.

Estamos decididos a terminar con tanta píldora engañosa, fíjate, mi niña: mira cómo vas en la diaria tarea de ganar unos pesos con más sudor que alegría; y por qué ese cansancio, ese malestar, ese desgano, qué pasó: mira, niña: préstame una pequeña ración de tu... atención y mira estas perlitas que traigo; si se toman con buena voluntad, verás los resultados reales, porque el cambio se produce acá, por acá arriba: en las glándulas superiores, que son las meras que mandan. Entonces, tú te das cuenta: no es tanto cansancio, es más que nada: confusión, es un hondo... desamparo, y también: un poquito de miedo.

La SILUETA FEMENINA se sienta en la banca, junto a ROSS.

Qué tal, mi niña; ya sabes, soy fuereño; ahora vengo del sur. Allá estuve viviendo en una colonia que se tragó la gran ciudad...; cómo ves, ora ando en el sagrado negocio de llevar el mensaje a tanta gente que ni conoce nada... Pero ora por San Pancho me ha salido un tipo, un ojete que quiere acabar conmigo; van varias veces que casi me mata. No, pero no me puedo ir; tengo mucho quehacer en San Pancho.

La PRESENCIA FEMENINA se deja acariciar por el.

Te has puesto muy bonita, niña; cuántos años tienes. Yo... soy un infeliz forastero que no trae ningún doble interés para engañar a nadie. Esta mañana me fue bien, acabé toda mi mercancía y orita estoy rematando mis últimas muestras. Mira, fíjate bien: tomas una de estas perlitas; la frotas con tus deditos hasta que esté tibia, blandita; luego aprietas y aprietas, eh, hasta escurrir su contenido sobre lo que te agrade. Digo, con todo respeto, su plato favorito: postre, verdura, lo que más se le antoje. (Pausa) Qué tal, mi niña; tú y yo ya nos conocemos, verdad; pero no nos vemos desde... ¿te acuerdas? (Ella se levanta) Oye, niña: pero no te vayas sin conocer el producto.

La SILUETA FEMENINA se va; ROSS queda solo.

Yo no vengo hipnotizando víboras, ni quiero venderle a nadie las perlas de la virgen...

Trans.

Pero las botas del tipo, con eso me di cuenta; desde que entré a la cantina, lo primero que vi fueron las botas; qué canalla... Con eso se sentenció.

Trans.

Las que habrán pasado mi sirenitas; de paso me voy a desquitar también por eso.

ROSS se recuesta en la banca; y parece que se queda dormido, bajo la resolana de las cuatro de la tarde.



======= 7.- EN EL KIOSCO ==========

Entra un alegre tema musical. Las tres PRESENCIAS FEMENINAS como
bailarinas ejecutan un paso, varias veces, hasta cierta coordinación.


LAS TRES: Soy cualquier cosa,
perdida en el mar.

NENA: Cómo sufrí, cuanto aprendí,
aquella tarde que me atreví.
Pero hoy sólo soy
una perla cualquiera.

LAS TRES: Soy cualquier cosa
perdida en el mar.

NENA: Güero de rancho,
de gorra torcida;
de ojotes muy negros
y fácil hablar.

LAS TRES: Pero hoy sólo soy
una perla cualquiera.

Soy cualquier cosa
perdida en el mar..."

Remate musical. Sube el ruido de un autobús.
Desaparece el kiosco.



======= 8.- EN EL CAMION, DOS ======

Interior del autobus que enfrena. El CHOFER al volante. Suben las SILUETAS FEMENINAS; luego sube POLO, se queda de pié junto al chofer. .
CHOFER: Corriéndose para el fondo; atrás hay lugar. Orale.
POLO: Este, ¿pasas por el aeropuerto?
CHOFER: Eh, No.
POPO: Cómo que no.
CHOFER: Pos claro que no.
POLO: Pero éste es el único camión.
CHOFER: Por aquí no hay aeropuerto, güey.
POLO: Ah, pos dónde estoy.
CHOFER: Quiubo, no te hagas.
POLO: No; pos cómo se llama aquí.
CHOFER: A poco no sabes. (Silencio)
POLO: Vas derecho; al "albatros"; eso quise decir: "albatros" Ese chofer; el camión pasa cerca del "Albatros".
CHOFER: Si; paso cerca, pero... todavía es temprano; ahí el show comienza ya tarde.
POLO: Traigo un encargo.
CHOFER: Un encargo; conoces al dueño.
POLO: No.
CHOFER: Eres pariente de alguna de las que bailan.
POLO: Negocios; nomás eso... (Silencio)
CHOFER: Compra y venta, ¿...de todo?
POLO: Como cualquier negocio. (Silencio)
CHOFER: Bueno, y tú qué te llevas.
POLO: Nada, casi nada.
CHOFER: Y la mercancía; qué tal, eh.
POLO: No, cuál dices; si yo, nomás voy al "ALBATROS" y ya.
PASAJERA: Bajan.

El camión frena; se baja una de las SILUETAS FEMENINAS.

POLO: Cuánto falta para el "ALBATROS"
CHOFER: Tú también, bájate...; ahí derecho llegas.
POLO: Llévame hasta allá.
CHOFER: Bájate, que ando retrasado.
POLO: Carajo; quiero que me lleves..
CHOFER: No me voy a desviar de la ruta.
POLO: Tú haces lo que te ordeno.
CHOFER: Como operador de la unidad digo que te bajes aquí.
POLO: Llévame a ese congal; dale para el "ALBATROS"
CHOFER: Andas buscando bronca, eh.
POLO: Date la vuelta..., o aquí te mueres.

El CHOFER frena de golpe y deja el volante; las otras PRESENCIAS FEMENINAS se bajan.

CHOFER: Qué pasó: vas a atracarme; cómo que te subes así al autobús buscando un aeropuerto que no existe.
POLO: Tengo prisa; voy a cumplir un trabajo.
CHOFER: Al Albatros; ahí vas a matar a alguien, o a que te maten a tí.
POLO: Me encargaron que te matara a tí, cómo ves. (Saca su revólver) Y de paso; dame la lana del pasaje.
CHOFER: Qué me vas a robar; estoy tan jodido como tú. (Le arroja unas monedas) Recógelas. (Le patea el arma en la mano de POLO) Ora voy yo... (saca un desarmador)
POLO: No es por la lana; es porque traicionaste a aquellos batos, ya sabes cuáles.
CHOFER: Tú hiciste algo peor; me jugaste chueco a mí. (Le clava el desarmador en el vientre) Esto te lo has ganado bien.

POLO se dobla sobre sí mismo.

POLO: Ay, güey; ya me desgraciaste; (recupera el arma) pero todavía puedo; (dispara al techo; cae hacia atrás)

EL CHOFER patea el cuerpo tirado en el suelo.



CHOFER: Aquí se cumple tu encargo, ahora sí.
POLO: (Se incorpora) Esto no tiene fin.
CHOFER: (Asustado) Muérete, o necesitas la puntilla de la misericordia. (Le pica otra vez)
POLO: (Apuntándole) Te llevaré conmigo al infierno.
CHOFER: (Se cubre) Que la serpiente emplumada te salve.
POLO: Muérete, cabrón. (Dispara, pero falla)

El CHOFER permanece de pie un tiempo vuelve a clavar su desarmador en el cuerpo de POLO hasta cansarse. Levanta el cuerpo y lo lanza fuera del autobús.
El vehículo se pierde en lo negro.
La musica se apaga.

POLO yace en el suelo; se acercan tres SILUETAS curiosas; al ver que está muerto, salen asustadas.



======== EN UNA CELDA, SIN NUM =============

En la penumbra, un hombre custodia inmóvil al otro que parece encerrado.
ROSS: No es mi sangre; es sangre de venado... Flechas; flechas como estrellas que cruzan el cielo. Flechas mojadas en sangre de venado.
CUSTODIO: Cállate ya. (Mientras limpia su arma).
ROSS: Ves aquella estrella; es una flecha que cruza por el cielo negro. Yo sé. Somos flechas; cada uno por su cuenta, es una flecha; y buscamos dónde clavarnos.
(Trans) Y tú; qué haces aquí.
CUSTODIO: De guardia.
ROSS: Como un poste de la luz.
CUSTODIO: Como debe ser.
ROSS: A ver, guardián; podrías tratar de mirarte el dedo de en medio; a ver, mira si puedes.
CUSTODIO: Ya fue suficiente.
ROSS: Mírate el dedo; ése es el guardián; el único guardián de tus raíces; de tus amores, tus muertos... y de tus flechas.
CUSTODIO: Cierra la boca.
ROSS: Allá en el centro, hay una gran iglesia; estuve adentro y supe lo que se siente. (Silencio) Es un templo viejo; cansado. (Silencio) Se mira cansado por el peso de las palomas; sí, el templo está cansado de tanta paloma que le nace y se le muere encima, en los patios, en las ventanas y en las azoteas.
CUSTODIO: Pinche merolico de banqueta.
ROSS: Las palomas allá se mueren de asfixia; cuando buscan protegerse del frío, se suben unas arriba de otras; se enciman, se amontonan; se aplastan; se asfixian.
CUSTODIO: Ya.
ROSS: Se mueren.
CUSTODIO: Que te calles.
ROSS: Se momifican.
CUSTODIO: Cállate, güey.
ROSS: El olor a muerto se extiende por toda la plaza.
CUSTODIO: Será el olor de tu propia mierda.
ROSS: (Grita) No dejes que tanta paloma muerta se te amontone en la azotea; guardiàn, hazme caso.
CUSTODIO: Ahí quédate, o te quiebro la azotea.
ROSS: No dejas cagar a gusto.
CUSTODIO: ¿Te quieres morir otra vez? (Lo golpea)
ROSS: Ya no, no me pegues: puedo ser una flecha que se te mete por una oreja y sale por la otra
CUSTODIO: Te voy a desbaratar la nariz. (Lo golpea de nuevo)
ROSS: Esta sangre no es mi sangre; es sangre de venado.
CUSTODIO: Es tu propia sangre, güey.
ROSS: Esta sangre puede hacerte el milagro: puede hacerte un hombre diferente...
CUSTODIO: Y qué salgo ganando.
ROSS: (Grita) La flecha de la verdad.
CUSTODIO: Bah..; mejor ofréceme las perlas de la Virgen.
ROSS: ¿Tú me las comprarías?
CUSTODIO: Si las tuvieras no estarías aquí.
ROSS: Ahh...; las lenguas se multiplican; inventan lenguajes que nadie habla...; es el fin de todo lo que ves, ah... cierra los ojos.
CUSTODIO: (Se ríe) Nel.
ROSS: Ciérralos, que para los incrédulos como tú... también hay salvación.
CUSTODIO: Salvación; si yo creo en dios.
ROSS: Es lo de menos.
CUSTODIO: (Titubea) Sí, eh; creo en, creo en..., ¿eh?
ROSS: Qué importa: ¿crees en los milagros?
CUSTODIO: (Cierra los ojos) Sí.
ROSS: Basta con eso mi buen, para que merezcas un milagro.
CUSTODIO: (Sin abrir los ojos) Uno... ¿para mí?
ROSS: Recuerda: no pienses en dios; experimenta ser dios, y chance descubras algo que ya sabías: eres una flecha.
CUSTODIO: (Abre los ojos; lo encañona con una pistola). Quiénes son tus amigos; a quién le fuiste a dejar las viejas que llevabas a Piedras Negras. Se quedaron esperando a las chavas, y ora andan los señores muy disgustados.

Acciona el arma, pero no dispara; desconcierto.

ROSS: ¿Eh?; ya ves, no puedes.
CUSTODIO: Qué chingados...
ROSS: No puedes volver a matarme.
CUSTODIO: Cállate, maldito. (Le golpea con el arma)
ROSS: Hasta los ciegos pueden verlo; me puedes pegar hasta que todos perros se cansen, pero no podrás matarme.
CUSTODIO: De dónde te escapaste: del manicomio.
ROSS: (Delirante) Sí... me escapé. Eso es: me escapé de... del tambo; de un cementerio de palomas.
CUSTODIO: De aquí no se puede escapar, no hay por dónde; sigues encerrado. ¡Seguimos aquí...!

Lo golpea con el tolete.

ROSS: Yo sí me escapé; (se ríe) ya no puedes a matarme...

Recibe más golpes; grita

No me duele; no siento nada. Ese mi buen: indio ladino, como serpiente cubierta de plumas me desafano. Mira: esta sangre que corre, puede ayudar a ser un hombre distinto. Pégame. Esta sangre es la sangre del venado: a mí, ya no puedes dañarme más.

ROSS, demencial, se ríe sin poder detenerse.

CUSTODIO: Te golpearé, te golpearé hasta matarte.

En el oscuro lo golpea; la música cubre los gritos.
============ 9 - EN LA PASARELA ===============

La Pasarela se enciende con un tamborazo. Aparece POLO como el CONDUCTOR que anuncia la Variedad en el lugar.

CONDUCTOR: Okey, Okey; muy contentas las tengan hoy; así se las desea este su amigo, okey, desde aquí, como todas las noches, en un rincón donde lo oscuro se enciende, el alma se ilumina y el cuerpo se prende a pesar de los pesares. (Tamborazo) Su antro favorito: "EL ALBATROS", hace clik para que los ánimos se enciendan en cadena.
(Tamborazo) Felices noches, caballero. Usted, el de la corbata; quien más. Vamos de gane, para ser martes, acá se ve que tenemos un cliente. No piense que vino el día equivocado, amigo; la noche le pertenece, salud. Okey. Y ya nuestra pasarela "Concha Nácar" se pone de lujo con la Presencia Femenina en su expresión más voluptuosa y cachonda. El arte de la danza hecho mujer: digo, dos mujeres... Dos nenas que comenzaron desde abajo; no se ría, caballero... Ellas tuvieron que andar de meseras en diferentes lugares; mientras se daban a conocer...Ahí se fueron fogueando en el oficio de servir, hasta que un día, bueno, las conocí...; ellas le
echaron ganas, y pues. (Tamborazo) Aquí están: son un par de diamantes pulidos con talento y disciplina. A ver un aplauso por el glamur y la cadencia de...: "Las Doble Sisters".

El CONDUCTOR manda tamborazo. En la pasarela: Dos Bailarinas
de pluma y lentejuela repiten un mismo paso, hasta lograr una cierta coordinación. Igual cantan una línea que repiten, hasta armonizar algo.

SILUETAS: Pero hoy sólo soy... una perla cualquiera.
Cualquier cosa... perdida en el mar.

Se acerca a la pasarela un CLIENTE , traje y corbata.

CLIENTE: A esas muñecas yo las conozco; sí, son ellas.
Va a subirse a la pasarela, el CONDUCTOR lo detiene.

CONDUCTOR: Quiubo, ¿ya te vas?
CLIENTE: ¡Ora, suéltame!
CONDUCTOR: La salida está enfrente.
CLIENTE: Ya sé, tú.
CONDUCTOR: Entonces dónde vas.
CLIENTE: Ellas: ¡son ellas...!
CONDUCTOR: (Lo sujeta) Pero tú tranquilo.
CLIENTE: Estás güey.
CONDUCTOR: Quieres un trago, bailar un rato, un masajito.
CLIENTE: (Empuja al otro) Deja pasar.
CONDUCTOR: (Lo para) Está prohibido.
CLIENTE: Son mis Doble Sisters.
CONDUCTOR: No hay paso a camerinos.
CLIENTE: Oyes, soy un cliente.
CONDUCTOR: Espérate a que acaben su numerito.
CLIENTE: Por qué te metes; aquí trabajas.
CONDUCTOR: Soy el encargado por hoy.
CLIENTE: Ah, como el dueño.
CONDUCTOR: Y para tí: el que manda.
CLIENTE: Esas viejas: también tú las manejas.
CONDUCTOR: A esas nadie las maneja.
CLIENTE: Pues, no me gusta esa variedad.

El CONDUCTOR truena los dedos. Las bailarinas se sorprenden, se descontrolan. Una de ellas se acerca.

CONDUCTOR: Atiende al señor, nena.
NENA: Oye..., Pepe de qué, te llamas.
CLIENTE: ¿Eh?
NENA: De seguro tú te llamas: Pepe.
CLIENTE: No, claro que no.
NENA: Mi hermano se fue a vivir con un tal Pepe; y tú me gustaste para que te llamaras igual. Pero, no: te has de llamar... ¿Nacho? Conocí un Nacho; repartía niñas por los congales de Tlaxcala; más para el sur... Oye, no te gustaría una cuba, para empezar a festejar, eh. ¿No tienes calor?
CLIENTE: No vine a chupar, sino a cobrar .
NENA: Ay, ¿no quieres bailar? ¿de que signo eres?
CLIENTE: No sé.
NENA: Qué pesado.
CLIENTE: Yo nomás me festejo el santo; el cumpleaños nunca he sabido cuándo mero es.
NENA: Pues si viniste a aburrirte, allá tú. (Se seca el sudor)

Las DOBLE SISTERS cantan, y de nuevo el CLIENTE intenta subir a la pasarela.

CONDUCTOR: Oh, que te esperes; cuando acaben les invitas algo.
CLIENTE: También fichan.
CONDUCTOR: (Lo aparta) Se te hace que las conoces.
CLIENTE: Sí, claro; son mis sirenitas.
CONDUCTOR: A muchos les pasa.
CLIENTE: ¡Son las mismas!
CONDUCTOR: No te ilusiones.
CLIENTE: Llevo meses sin verlas, pero solo hay unas así.
CONDUCTOR: Estas son otras; apenas se contrataron antier. Todavía ni se acoplan; míralas.
CLIENTE: Pero..., son igualitas...
NENA: (Insiste) Oye, Pepe: no serás tú el del recado.
CLIENTE: ¿Cuál recado?
NENA: Hazte para acá, no seas ranchero. (Le dice algo en secreto)
CLIENTE: Dónde; no veo a nadie.
NENA: Preguntó por alguien así, así: como tú. (Le guiña el ojo) Habló de unas perlas; de un talismán. Dijo que, pues... el dinero que ibas a cobrar: que siempre no.
CLIENTE: Pero... vengo desde Piedras Negras.
NENA: Ay, a poco; y qué tal el calor por allá; infame, verdad.
CLIENTE: Yo cumplí: ¿cuál es el pedo? (Un silencio)
CONDUCTOR: No grites o te saco.
CLIENTE: No es justo; necesito esa feria para...
CONDUCTOR: Si no hay dinero, tú, te regresas a la...., como viniste.
CLIENTE No me voy con las manos vacías... no crean que es fácil transarme; se roban mis chamacas, me hacen venir desde tan lejos; hasta me peleé con un imbecil que desde que me vio quiere transarme; y me salen con que hoy no hay pago; ¿Dónde están las verdaderas doble sisters?, mis sirenitas.
CONDUCTOR: Ni preguntes: no cargues con otro rencor.
CLIENTE: Oye, de veras eres el encargado de aquí, el güigüis y lo demás pero... y esas botas.
CONDUCTOR: Eh; cuáles.
CLIENTE: Traes las botas del otro bato, el de la cantina...; por qué, eh. Las botas; son las mismas... Eres un ojete.
CONDUCTOR: Pues sí: se va aprendiendo a ser... y la vida es bien corta.
CLIENTE: Me las robaste y yo... me quedé jodido; mereces que te mate mil veces.
CONDUCTOR: Ora, Nena; este cliente se sigue poniendo pesado.
NENA: Déjamelo a mí tantito.

La NENA jala al CLIENTE aparte. Tamborazo.
DOS PRESENCIAS toman el centro, y cantan como Doble Sisters:

DOBLE SISTERS: Cantan
Fue un güero de rancho...: de gorra torcida.
De ojotes muy negros..., y fácil hablar.
Cómo sufrí...: cuánto aprendí
aquella tarde, que me atreví.
Pero hoy sólo soy...: una perla cualquiera.
Soy cualquier cosa... perdida en el mar.

Tamborazo.

CONDUCTOR: (Les aplaude) Muy bien, muchachas. Ahí la llevan; okey ahora de vuelta repitan esa rutina; con fibra: uno, dos, uno. (Palmea) Desde aquí, desde su antro favorito... el "ALBATROS" ; con la cachondería de: las "Doble Sisters". Usted la ve. Usted la pide. Se la llevamos a su mesa. Para una noche erótica y excitante.

Tamborazo: ellas repiten. El CLIENTE se lanza sobre el otro y ambos luchan; las bailarinas pierden y corrigen el paso sin cesar; el CONDUCTOR da un duro empellón al CLIENTE que cae sobre la pasarela. Ellas gritan, pero siguen con su baile. Tamborazo. El CLIENTE se levanta y de nuevo luchan; arrancándose ropa y accesorios. De pronto: se dejan de pegar y se miran uno al otro: se reconocen como los mismos: "POLO" y "ROSS".

ROSS: Eres tú.
POLO: Lo que ves... es lo que es.
ROSS: El ojete del mago.
POLO: Merolico, güey.
ROSS: Lo sabía; siempre eres tú cuando me va mal.
POLO: A mí me toca ganar, por mago.
ROSS: Debí matarte desde antes; de qué te ríes.
POLO: Qué pasó; tu talismán te anda fallando; qué pasó con esa serpiente y esas plumas. Ya ves, ora los jefes cambiaron las señales... porque tú te culeaste, se supo luego; y con esos batos no se puede, güey.

Saca una pistola enorme.

ROSS: Y en lugar de dinero: un balazo...; o cuántos vas a darme.
POLO: Los balazos que necesites.
ROSS: Y qué esperas, que me hinque a llorar; o que te mate yo primero... (Silencio)
POLO: Pobre de ti, merolico; cuánto hace que no lloras, eh; que no te miras la mano; esa mano puñetera, por qué no te la miras bien... Luis Sánchez: mírate la palma.
ROSS: Me la he visto. (Se observa la mano) La conozco bien.
POLO: Ahí las traes; mírate las rayas, cabrón. "Todo traidor tiene que tronar" Así que, ni me reclames. Los jefes te traen en la mira; les fallaste gacho y eso no les pasa. En este bisne de las chavitas, el ajo anda orita muy caliente y tú sabes cómo es: "el traidor: truena"..., cincho.
ROSS: Y nomás: a ti te dieron el encargo y ya.
POLO Que fue por unas nenas, las debías dejar en Piedras Negras, pero te las llevaste hasta ciudad Acuña. Y no; cuando le fallas a alguno, los otros jefes respingan... Te conviertes en blanco.
ROSS: Y ora..., me vas a reventar la cara.
POLO: Te voy a reventar las almorranas del alma.
ROSS: Pero ya estoy muerto; y tú también.
POLO: De eso se trata.
ROSS: Espérate: cuando me levante me verás horrible; y..., te voy a perseguir con esta navaja, para clavártela en la nuca.
POLO: Lo que ves, merolico... eso es lo que es.
ROSS: Es el caos.
POLO: Es el puro calorón.

Grita al vacío.

ROSS: Que me devuelvan mis sirenas.
POLO: Nunca fueron tuyas; como las perlas de la virgen.
ROSS: Inalcanzables.
POLO: Déjame decirte, culero. Yo también las conocí; y me clavé con ellas. Pero no vivimos esas cosas bonitas que platicas. Con ellas me tocó conocer el infierno.

Un silencio.

¿Eh?; no dices nada.
ROSS: Aquellas serían otras; no eran las meras meras sirenitas.
POLO: Puede... Dicen que a las primeras Doble Sisters las mataron pronto. Que juntas, dicen; las dos... En un motel que está por San Luis...; y no fue suicidio, aunque eso dijeron.

Un silencio.

ROSS: Ya no te creo nada.
POLO: Mejor; cargarás en la tumba un rencor menos.
ROSS: Tu magia es aire, es nada.
POLO: El traidor tiene que tronar. (Saca su revolver)
ROSS: Pero quién traicionó primero. (Saca su navaja)

Las PRESENCIAS FEMENINAS realizan su número final:

LAS TRES: "Cómo sufrí; cuánto aprendí.
Pero hoy sólo soy... una perla cualquiera.
Soy cualquier cosa... perdida en el mar."

Los dos tiran sus armas y se lanzan de nuevo uno contra el otro, a madrazo limpio. Es una lucha feroz; les duele hacerlo y no pueden dejar de golpearse. Tamborazo: remate musical.
Cambio de luz.========== 10- EN EL DESIERTO FINAL =======


De madrugada: ROSS espera a la orilla de la carretera: POLO se acerca lentamente.

POLO: Está duro el calorón.

Pausa.

Que pasó contigo; vas para allá.

Pausa.

Yo también: órale, camina tú por delante.

Pausa.

ROSS: Me adelanto y te va a encantar dispararme por la espalda.

Pausa.

POLO: Tú sabes: pude desbaratarte la cara.

Pausa.

ROSS: Que la serpiente emplumada te guíe.

Ninguno se mueve.
POLO: Tienes buena puntería con el puñal.
ROSS: Donde pongo el ojo, lo ensarto...; otra ventaja de consumir nopal.
POLO: Ah, te cae.
ROSS: Tres pencas al día, mínimo.
POLO: No soy tan animal.
ROSS: El nopal es una cactácea bendita por dios.
POLO: Un alimento mágico.
ROSS: El sol es su secreto; aumenta tu resistencia al dolor.
POLO: Me cago en tus fantasías.
ROSS: Y nomás piensas en la magia de los pesos.
POLO: Es para darle algún sentido a...: este pedo.
ROSS: (Habla al vacío) Un licuado de nopal con gotitas de damiana de california, en ayunas...; y no pregunten a qué escuela fuimos, no somos magos de feria ni andamos hipnotizando víboras...; aquí no queremos sorprender a nadie.
POLO: Al contrario, venimos con el único afán de prestar ayuda.
ROSS El nopal está bendito por la lluvia de los cielos y con las calenturas del padre sol.
POLO: Ponga una moneda en mi mano...: y se hará el milagro.
ROSS: Oye, mejor como antes: cada quien por su lado, (se aleja)
POLO: Ora en qué me equivoqué.
ROSS: Los trucos los haces tú; pero los milagros son míos.
POLO: O qué.
ROSS: O no hay trato.
POLO: Lo que importa es el truco; no el milagro.
ROSS: Como víbora que se muerde la cola...; adiós.
POLO: Tengo un proyecto, ¿te platico? Ah, no; eso ya te la había dicho. Este... Oye, ¿conoces el talismán de mis dedos?
ROSS: Aléjate; y que la serpiente emplumada te lleve en sentido contrario.
POLO: Merolico, dónde vas.
ROSS: Adivina, el mago eres tú.
POLO: Vas tras esas perlas.
ROSS: No me lo vas a creer.

ROSS , se va con su maleta. El otro lo mira alejarse. Transcurre un tiempo.

POLO: Ese de Zacazonapan; voy contigo. (Lo alcanza de nuevo)
ROSS: Vas a querer matarme otra vez.
POLO: Los que son como tú, merecen morir.
ROSS: Seguirás cobrando por eso.
POLO: Sí: espero que me paguen.
ROSS: Tú la traes contra mí.
POLO: Después de todo...
ROSS: Te caigo bien.
POLO: Me caes bien.
ROSS: Para transarme.

POLO y ROSS se alejan por la carretera, tal vez en busca de un raid;
hasta que desaparecen bajo el sol.
Las PRESENCIAS FEMENINAS cruzan como flotando por el desierto
luego se elevan sobre el paisaje horizontal.



OSCURO FINAL.


" L A S P E R L A S D E L A V I R G E N "


DOS personajes amenazados por todas las tormentas en sus sueños y pesadillas a cuestas. Sobrevivientes del fracaso, espectros que deambulan en este fragmento del desierto. Desierto que puede convertirse, transformarse, en un cabaret de quinta, un café en decadencia, una plaza abandonada, un estadio deportivo, donde dioses, semidioses, agotados, héroes del transmundo, sobrevivientes a la demolición.
Se enfrentan. Se reconocen. Cada uno se precipita al vacío del otro, al precipicio del otro. Una visión fragmentada de lo que es la "agitación humana".
En el desierto.. En este estúpido vacío. Sol y lluvia. Pasado y futuro.
Soledad y multitud. Dos actores de la vida y su acrobático gesto histriónico.





FELICIDAD EMILIO CARBALLIDO

 Resultado de imagen para GENERACION SERGIO MAGAÑA  EMILIO CARBALLIDO LUISA IBARGUENGOITIA

FELICIDAD




EMILIO CARBALLIDO




PERSONAJES:

CUCA (REFUGIO)
OFELIA
SERGIO
MARIO
EMMA
VILLEGAS
ORTEGA

EN MEXICO, D.F. 1954

PRIMER ACTO: 16 DE ABRIL / MEDIODÍA Y TARDE  DEL 20 ABRIL
SEGUNDO ACTO: LOS DÍAS 7,11,12 Y 15 DE JULIO
TERCER ACTO: 22 DE JULIO Y 29 DE OCTUBRE.

DECORADOS

LA CASA

Media planta baja está a la vista.
Hay un absurdo pasillo en T, con la tilde en el proscenio mientras el palo mayor va al fondo, dividiendo la escena en dos y terminando en una angosta escalera; ésta sube en seis peldaños en la misma dirección y tuerce después a la izquierda. También al fondo, una puerta conduce al garage.
A la derecha está la sala, estrecha, amueblada con un ajuar pullman, viejo y feo. Ventana a la derecha. Los cuadros: malas reproducciones de imitadores de Millet y de Watteau; varias fotografías. Alfombra desteñida. Radio modelo 34.
A la izquierda, el comedor, amueblado con un ajuar completo que data sin duda de los años de treinta y pico. Al fondo, puerta a la cocina. Cuadros de flores y frutas. Ventana a la izquierda. Linóleo, muy gastado.
Todo está limpio, cuidado hasta donde es posible. Todo muestra detalles y toques femeninos; cortinas, tapetes bordados, flores baratas, etcétera. Pero todo también está apretado y falto de espacio.
Por la arquitectura torpe de la casa, podría creerse que está en la colonia Estrella. Por los recovecos, el pasillo y los múltiples hexágonos ornamentales, se adivina que fue construida al empezar la década de treinta.

EL JARDÍN

La vegetación cubre todo el fondo, como una cortina. En primer término, derecha, una banca de fierro. Flores.

LADOS: los del Actor.

PRIMER ACTO


LA CASA


Cuca está en la puerta, despidiendo a alguien, está en los últimos adioses.

CUCA.-(Sonriente.) Sí, señor, que le vaya bien. Adiós. Cuidado con la reja, que está un poco zafada. Adiós. (Cierra: seria y preocupada, de pronto.) Ay, Dios. Ay. (Camina)Dios mío.

Timbre, abre, entra Ofelia.

OFELIA.-¿Ya, mamá?
CUCA.-¿Ya qué?
OFELIA.-¿No es el hombre de la póliza ése que acaba de irse?
CUCA.-Ah, sí, pero no.
OFELIA.-¿No?
CUCA.-Ay, no, hija, qué va. Creo que quieren pagarnos a plazos.
OFELIA.- ¿ Cómo que a plazos?
CUCA.-Sí, y no tienen para cuando. Figúrate, darnos todo en cantidades mensuales. Así qué chiste, ¿no?
OFELIA.-Pero no puede hacer eso.
CUCA.-¿No podrán?
OFELIA.-¡Claro que no! ¡No se dejen, busquen un abogado!
CUCA.-Bueno, el hombre lo propuso, no dijo que fueran a hacer eso.
OFELIA.-Pues no se dejen, ¡Cómo va a ser! ¿Ya habló el hombre con papá?
CUCA.-Todavía no. Como la beneficiaria soy yo...
OFELIA.-A ver si papá no se deja convencer. Es capaz.
CUCA.-¿Tú crees?
OFELIA.-Va a salir con que es mejor tener una entrada segura, o algo así.
CUCA.-Bueno, claro, una entrada segura.
OFELIA.-¡No, mamá, cómo va a ser mejor! Que les den todo de una vez. ¡Veinticinco mil pesos! Ay, lo que yo haría con ese dinero.
CUCA.-Bueno, te tocará tu partecita, claro.
OFELIA.-¡No! ¿De veras?
CUCA.-Claro, yo digo.
OFELIA.-¿Papá te dijo?
CUCA.-No, yo pienso, pero es seguro que él...
OFELIA.-(Decepcionada.) Ya me parecía raro. ¿No ha llegado?
CUCA.-No, figúrate. El pobre anda tratando de cobrar.
OFELIA.-Qué barbaridad. ¿Cuánto le deben ya?
CUCA.-Siete quincenas con ésta.
OFELIA.-¡Siete quincenas!
CUCA.-Yo no sé por qué se tarda tanto. Hija, ya no es posible; le debemos a Rochita, y con intereses, a mi tía Clara, al papá de Aurora... Tu madrina me prestó lo de este mes y ya está acabándose. No tengo cara para ver a nadie. ¿Quién va a creer que pasan siete quincenas sin que paguen? Maldita la hora en que lo ascendieron.
OFELIA.-Tampoco, eso sí vale la pena.
CUCA.-La profesora Llamas se lo decía, ella nunca ha aceptado un ascenso porque no puede esperarse tanto tiempo sin cobrar. Por cierto para el aumento. ¿Qué pasará? ¿Será que se gastaron el dinero?
OFELIA.-Mamá, ¿cómo crees? Si no es dinero, son cheques. Es que en Hacienda son tantos los trámites.
CUCA.-Y ese hombre de la póliza se estuvo aquí una hora. ¿Me ayudas con la comida?
OFELIA-Sí, mamá.
CUCA.-Ni la cama he podido tender, está la pieza tirada. Hacía yo cuentas: el aumento no alcanza para una criada.
OFELIA.-¡Qué va a alcanzarles!

Timbre. Abren, entra Sergio.

SERGIO.-Preciosidad.
OFELIA.-Corazón. (Se besan.)
SERGIO.-¿Qué tal, mamá Cuca? Le traje sus vitaminas. (Las saca de un grueso portafolios.)
CUCA.-Ay, Sergio, qué bueno eres.
OFELIA.-Mamá, ya no tomes vitaminas. Te vas a poner hecha un tonel. ¿Cuánto pesas ya?
CUCA.-Qué te importa. Estas son para las canas.
OFELIA.-¿Y para qué quieres vitaminas en las canas?
CUCA.-Para que no me salgan más.
OFELIA.-De todos modos te pintas el pelo. Te lo habías de dejar como aquella señora que vimos en Madero.
SERGIO.-¿Cuál señora’
OFELIA.-Una preciosa, con pelo blanco, azulito. Si las canas son muy bonitas.
CUCA.-Esa señora era guapa, delgada, alta, y traía en ropa lo que nosotros gastamos en un año.
OFELIA.-Las canas son muy elegantes.
CUCA.-Pero yo no. ¿Qué no me veo? (Se da la vuelta.) Mira.
SERGIO.-No es cierto, Cuquita era la más guapa.
CUCA.-Sí, era, porque ahora... y engordo de aire, más mal no podemos comer.
SERGIO.-No es cierto, ella es ligera como una pluma.

La levanta , le da vueltas.

CUCA.-¡Sergio, me mareas! Voy a arreglar la pieza. Te encargo la cocina, hijita (Sube la escalera y sale.)
SERGIO.-¿Vas a hacerles la comida?
OFELIA.-Voy a ayudarla un poco. Ahorita termino.
SERGIO.-Qué bien. Llego a la casa: nadie. Ya siento como si no pudiera dejar de ser tu novio; siempre estás en la casa de tus papás.
OFELIA.-No seas así. La ayudo tantito y ya.
SERGIO.-Bueno, anda, ayúdala. Ya me parecía que no era muy feliz idea vivir aquí enfrente.
OFELIA.-¿Vas a empezar?
SERGIO.-Tu mamá es muy buena, pero cómo le gusta que le ayuden.
OFELIA.-No seas así. La pobre está sola.
SERGIO.-Tú también.
OFELIA.-No es lo mismo.
SERGIO.-Cuando menos, me harás el favor de no estar subiendo y bajando las escaleras.
OFELIA.-No, hombre, no.
SERGIO.-No, hombre, no.
SERGIO.-¿Cómo te has sentido?
OFELIA.-Bien.
SERGIO.-¿De veras?
OFELIA.-Sí, figúrate, mamá me había metido miedo con las náuseas y los dolores y no sé cuántas cosas. Estoy como si nada.
SERGIO.-Ella era una madre muy sana. Muy linda. (Se la sienta en las piernas.) Pesas más, oye.
OFELIA.-Claro, tonto (Se besan.) ¿Vas a quererme cuando esté gorda y fea?
SERGIO.-No, yo creo que él no va quererla.
OFELIA.-¿No? (Le araña la cara.)
SERGIO.-Sí, sí, mucho, muchísimo. Ella será la gorda más preciosa de México.
OFELIA.-(Lo besa, se levanta) No te vayas, termino en un segundo, ¿eh? Aprovéchate para oír radio. (Lo enciende)
SERGIO.-¿No iban a empeñarlo?
OFELIA.-Lo llevó la pobre mamá, hizo cola y no quisieron prestarle nada. Como está tan viejo.
SERGIO.-Mejor. Oye, no, ya me voy.
OFELIA.-¿Por qué?
SERGIO.-Queridita, va a llegar tu santo papá y me va a contar todas sus experiencias como maestro en estos veinticinco años.
OFELIA.-No seas grosero. Después de que le gusta platicar contigo. Tú sabes que el pobre no tiene amigos.
SERGIO.-No tiene amigos por no gastar con ellos.
OFELIA.-No digas mentiras; lo que pasa es que es retraído y hogareño. A ti te quiere bastante.
SERGIO.-Sí, tanto trabajo que me costó conquistarlo, y todavía así la encanta hacerme peladeces de vez en cuando.
OFELIA.-Pues como quieras. Si te vas, prende la estufa y arrima los trastos.

El radio está sonando; un adagio de Poulenc.

SERGIO.-Bueno, (Se queda oyendo.) Qué padre está eso. Necesitamos un radio.
OFELIA.-Te ves cansado.
SERGIO.-Estoy; troté como un perro, recorrí veintitrés direcciones.
OFELIA.-Pobrecito.
SERGIO.-Voy a seguir en la tarde, para estarme mañana tirado todo el día. ¿No les has dicho nada?
OFELIA.-¿De qué?
SERGIO.-Del sablazo.
OFELIA.-Ah, no. Nada.
SERGIO.-¿Y qué esperas?
OFELIA.-Mejor dejamos que cobre, ¿no?
SERGIO.-Es preferible antes, para prevenirlos.
OFELIA.-Eso sí. Ay, Sergio, papá no va a prestarnos nada.
SERGIO.-¿Tu crees?
OFELIA.-Ya ves cómo es.
SERGIO.-Pues sería su gran oportunidad para sacarle provecho a tu título.
OFELIA.-Eso sí.
SERGIO.-Sigue furioso cuando toco el punto.
OFELIA.-Pues pobre. Gastó tanto en mi carrera.
SERGIO.-¿Y qué es mejor? ¿Qué estuvieras metida en una botica hedionda o que te hayas casado con un joven brillante?
OFELIA.-Si mal no recuerdo, el préstamo será para meternos en una botica hedionda.
SERGIO.-Los dos juntos, tú lo has dicho. ¿Sabes? Me gustaría acabar la carrera.
OFELIA.-¿De veras, Sergio?
SERGIO.-Debo materias de segundo, pero en realidad me faltan cuatro años. Fíjate, cuatro años y médico.
OFELIA.-Ay, Sergio. ¿No podrías estudiar mientras en la noche?
SERGIO.-Linda, después de repartir medicina todo el día, lo único que se me antoja en la noche es un poco de glorioso technicolor... y un poquito de Ofelia. (La besa.)
CUCA.-(Entrando.) Vaya, sigue la luna de miel.
OFELIA.-Siempre.
CUCA.-¿Y todavía no haces nada en la cocina?
OFELIA.-Como quien dice, ya empecé, mira. (Va a la cocina. Entra y sale en derroche de actividad. Pone la mesa del comedor.)
SERGIO.-Suegra, ¿le digo una cosa?
CUCA.-No me digas suegra.
SERGIO.-Cuquita la guapa.
CUCA.-La fea. ¿Qué vas a pedirme?
SERGIO.-¿Usted cree que don Mario me prestaría dinero?
CUCA.-Ay, Dios, hijito, dinero, Ya ves que estamos debiéndote.
SERGIO.-Pero no lo quiero ahorita. Después, cuando puedan.
CUCA.-Y, ¿cuánto necesitas?
SERGIO.-Diez mil pesos.
CUCA.-¡Jesús! ¡Ah! ¿diez pesos?
SERGIO.-No, en serio: diez mil. Sí, diez mil pesos.
CUCA.-Sergio, ¿y para qué?
SERGIO.-Quiero poner una botica.
CUCA.-¿Una botica?
SERGIO.-Claro. ¿Se ha fijado que no hay una sola en todo el rumbo? La responsable sería Ofelia, y ella la atendería. Yo podría seguir de agente y lo que entrara sería ganancia líquida, porque viviríamos únicamente con mi sueldo. Les pagaríamos pronto, en poco más de un año.
CUCA.-Ay, Sergio, pero... Claro, sería muy bueno. Ganaríamos bien, ¿no? Podrían después hacer sus ahorros.
SERGIO.-Y algo mejor, Cuquita: Dejaría yo de andar repartiendo muestras, podría leer, un poco, estar en la casa. Me gustaría estudiar.
CUCA.-Ay, Sergio, si se pudiera... Tú ibas a ser médico, ¿verdad?
SERGIO.-Sí.
CUCA.-Eso habría sido Esteban, pobrecito. Ahora tendría 24 años... ¿por qué se morirán los hijos? Sería tan buen que te recibieras.
OFELIA.-Ni se hagan ilusiones porque mi papá no va a prestarnos nada.
CUCA.-¡Pues no! Claro que no, ¿de dónde?
SERGIO.-De la póliza, Cuquita, de la póliza.
CUCA.-Ah, de la póliza. Mira, eso yo creo que nunca vamos a cobrarlo.
SERGIO.-¿Cómo que no? Pero si no pueden ya tardarse más que días en pagarles.
CUCA.-Pues dicen que lo van a dar en mensualidades. ¿Verdad que no pueden?
SERGIO.-¡Claro que no! A no ser... ¿Cómo está la póliza? Explíqueme.
CUCA.-Mira: Mario la tomó a nombre mío, por 25 años. Cada mes hacían un sorteo, y allí podía tocarnos que nos dieran la cantidad enterita.
SERGIO.-Hmmm, eso no parece muy serio.
CUCA.-¡Pero cómo no! ¿Vieras cuánta gente se sacaba premios?
SERGIO.-Puros paleros.
CUCA.-No, de veras. Yo conocí a uno que el primer mes, figúrate...
SERGIO.-Bueno, pero ustedes no se sacaron nada. ¿Y entonces?
CUCA.-Pues me habrían pagado todo si Mario se hubiera muerto.
SERGIO.-Pero no se murió.
CUCA.-No, bendito sea Dios.
OFELIA.-(Se les reúne.) Y ya pasaron 25 años, entonces tienen que pagar la cantidad íntegra. La póliza no dice nada de abonos.
CUCA.-No, nada.
SERGIO.-Pues tienen que azotar, cash, cash, los veinticinco mil enteritos.
CUCA.-¿Verdad?
OFELIA.-Claro.
SERGIO.-Y entonces, nos prestan a nosotros.
CUCA.-(Apurada.) Ahí está Mario.

Se abre la puerta, entra Mario, usa barba y bastón, tiene muchas canas, viste muy mal.

MARIO.-(Se limpia los pies.) ¿Ya está la comida?
CUCA.-(Saliendo a recibirlo.) Ya va a estar. ¿Cobraste?
MARIO.-Ya va a estar, ya va a estar. Tengo clase a las cuatro, ayer llegué con tres minutos de retraso.
SERGIO.-Los alumnos estarían felices, don Mario.
MARIO.-Ah, ahí estás tú. Y tú.
OFELIA.-¿Cómo te fue, papá?
CUCA.-¿Cobraste?
MARIO.-(Ruge.) ¡Naturalmente que no! (Se sienta, apaga el radio.) Este radio es un gastadero de luz. ¿Van a comer ustedes aquí?
SERGIO.-No, naturalmente que no. Hasta luego. Cuquita.
MARIO.-No, yo decía porque es muy tarde. No te vayas todavía.
CUCA.-¿Y hoy por qué no te pagaron?
MARIO.-Esa pregunta es una verdadera estupidez. ¿Por qué no pagan? ¿Quién puede saberlo? Te aumentan el sueldo, te dan una pizca más de la categoría que realmente mereces, ¿y entonces? ¡papeles, papeles, cerros, montañas de papeles; firmas, vueltas, nadie entiende nada! Hoy estuve en cuatro mesas de la oficina de egresos corriendo como un títere, de la una a la otra. Me enviaron después, cuando quisieron, a las ventanillas de pago. Ya es un progreso: nunca había logrado llegar allá. Me formé frente a la ventanilla doce; logré llegar después de una hora: me correspondía la once; volví a formarme, volví a llegar después de una hora: no estaban ahí mis papeles: fui a preguntar a la ventanilla tres: no habían bajado. Volví a subir a egresos: ya era hora de cerrar.
CUCA.-(Como cerrando el ciclo.) Y ya no pudiste cobrar.
MARIO.-¿Pero no oíste que eso dije desde el principio?
CUCA.-Sí, sí, por eso lo dije. Pero, Mario, ya se acabó otra vez todo. No hay un centavo para mañana. (Mario se aprieta la cabeza, Cuca las manos, repite.) Ni un centavo.
SERGIO.-(Ofrece desganadamente.) Si le sirven quince pesos...
CUCA.-Claro que me sirven, ¿pero qué vamos a hacer después?
MARIO.-Pues mira, yo confió en una joven muy agradable que me ofreció arreglar todo.
CUCA.-¿A ver, cómo está eso?
MARIO.-Sí, una muchacha, una joven. Es que además de todo me lastimaba un clavo del zapato. Allí medio arregle la molestia... Estaban observándome dos jovenzuelas, y a una le dio un ataque de hilaridad, no sé  por qué diablos. Finalmente, le dije cuatro claridades y la otra se avergonzó, yo supongo, y empezó a darme disculpas. No veo qué tiene de cómico arreglarle un clavo a un zapato. Y no quedó bien. ¿eh? a ver... (Se lo quita, le palpa el interior.) A ver, Ofelia, tráeme el martillo.
Ofelia obedece.

SERGIO.-¿No tiene calor con esa gabardina?
MARIO.-Es muy fresca.
CUCA.-¿Y puede saberse qué tiene que ver tu zapato con el pago?
MARIO.-La joven decente, la que no se rió, se puso a platicar conmigo. Supo que me deben siete quincenas y ofreció arreglarlo todo. Ya está. (Se calza, pisa, probando.) Ahora sí.
OFELIA.-Pero papá, ¿cómo te pusiste a hacer esto en las oficinas?
MARIO.-Con el bastón y un veinte. Muy amable esa joven. Dice que en menos de una semana podré cobrar.
SERGIO.-Esa quiere mordida.
MARIO.-¿Tú crees?
SERGIO.-Claro.
MARIO.-¿Sería por eso? Pues yo no estoy dispuesto a sobornar a nadie. ¿Es posible? No lo creo, parecía muy decente. En fin, hay tanta corrupción que no se sabe.
SERGIO.-Ya verá.
MARIO.-Puede ser... ¡Pero no insinuó nada!... No lo creo.
SERGIO.-O la habrá flechado usted.
MARIO.-¡No hombre! ¿Cómo crees posible? Ni que fuera yo un jovencito. No, no. No lo creo.
CUCA.-(Se ríe.) ¡Mira, ya se creyó!
MARIO.-No me he creído nada. He dicho que no lo creo.
CUCA.-¡Ya se creyó, ya se creyó, ya se creyó!
MARIO.-Pues ultimadamente, no sería cosa del otro mundo; tú te casaste conmigo, ¿no?
CUCA.-¿Y cuántos años hace de eso?
MARIO.-¡A qué horas va a estar la comida!
CUCA.-Enseguida, enseguida. (Corre a la cocina.)
MARIO.-¿Quién puso esta mesa?
OFELIA.-Yo, papá.
MARIO.-¿Y no te he dicho mil veces que no pongas los vasos boca arriba? Pueden caerles moscas.
OFELIA.-Pero están húmedos y luego vas a gritar por qué se empañaron.
MARIO.-No me importa. No quiero moscas en mis vasos. Si a ti te gusta ofrecerles vasos a las moscas, ve a poner boca arriba en tu casa.
OFELIA.-Eso voy a hacer. Vamos. Sergio (A la cocina.) Nos vemos, mamá.
SERGIO, Hasta luego, suegros.
MARIO.-Si vinieras esta noche, Sergio, podríamos jugar una partidita de ajedrez.
SERGIO.-No sé si pueda, don Mario, a ver. Hasta luego.

Salen Ofelia y Sergio.

MARIO.-¿Todavía no está la comida?
CUCA.-(Dentro) Ya voy, no soy relámpago.
MARIO.-Mete a hervir tus manos en los fideos, para que así se vuelvan sopa de tortuga.

Va a la sala, se sienta a leer el periódico. Cuca, corriendo, sirve la mesa.

CUCA.-(Grita.) ¡Ya está servida!
MARIO.-Allá voy. (Sigue leyendo.)
CUCA.-(Va.) Luego vas a decir que todo está frío.
MARIO.-¿Será cierto? Dicen que va a volver a bajar de peso. ¿Vinieron los de la póliza?
CUCA.-Sí, dando largas. Se ve que prefieren pagarnos en mensualidades.
MARIO.-Claro, ladrones. Así bajará el peso cada vez más y menos será lo que paguen.
CUCA.-Yo no sé, tantas cosas, tantas esperanzas, y estamos peor que nunca. Le debemos a todo mundo. Y bendito sea Dios que ya no está el espantajo de la casa.
MARIOA.-¿Espantajo?
CUCA.-Digo, cuando no acabábamos de pagarla. Aunque... ¡Mario este mes tocan las contribuciones!
MARIO.-Es cierto, ¿qué demonios vamos a hacer?
CUCA.-Ay, señor, y tantas esperanzas... Tu ascenso, los veinticinco mil pesos... ¿cuándo vamos a ver todo eso? ¿Ay, es tan bonito pensar que por fin vamos a estar tranquilos y felices, ¿pero cuándo?
MARIO.-No pueden tardar mucho más en pagar.
CUCA.-Y entonces deberemos todo, como siempre.
MARIO.-Con el aumento podremos nivelarnos en unos tres meses.
CUCA.-A ver. Ningún dinero luce, siempre hay cuentas atrás. Pero me alegro tanto de tu ascenso.
MARIO.-Ayer me dijo la conserje: señor Inspector. Dígame maestro, señorita –le contesté-, es el título más honroso para mí.
CUCA.-Mario, ¿qué piensas hacer con tanto dinero? Si llegamos a tenerlo.
MARIO.-Guardarlo.
CUCA.-¿Te acuerdas cuando poníamos el radio para oír los sorteos? Nunca te conté, pero cada mes hacía yo una lista de lo que podríamos comprar.
MARIO.-A mí no me habría hecho falta ninguna lista, de memoria me sabía todo lo que queríamos, de tanto pensarlo y repensarlo...
CUCA.-¿Sabes? Ahora sí podríamos hacer una lista. Necesitamos tantas cosas...
MARIO.-¿Ya quieres empezar a derrochar?
CUCA.-No, claro que no. Es que era tan bonito, cada mes... ¿Cuándo dejamos de oír los sorteos? ¿Al año? ¿O después?
MARIO.-No me acuerdo.
CUCA.-¿Sabes? Lo que yo pensaba, en algún negocito, algo así... Fíjate, los muchachos podrían ayudarnos...
MARIO.-¿Negocio de qué?
CUCA.-Pues no sé. Ya ves, Ofelia tiene su título de farmacéutica...
MARIO.-Que allí puede quedarse. Ya se recibió, ya está embarazada, le hacía mucha falta el título para eso.
CUCA.-¡Pero Mario, tenía que casarse algún día!
MARIO.-¿Y para qué gastamos? ¡Esa es la ayuda que nos da! Llenarse de hijos. Para eso gastamos, para eso.
CUCA.-Por eso pensaba yo en un negocio con los muchachos...
MARIO.-Los muchachos, ¿no? ¿De quién fue la idea?
CUCA.-¿Cuál idea? Se me ocurrió ahorita.
MARIO.-Ahora es adverbio y no puede tener diminutivo. ¿No vamos a comer nunca?
CUCA.-¡Ya está servido!
MARIO.-Pues ya.
        
Va a la mesa. Se sienta. Cuca lo sigue. Un silencio.

CUCA.-Es mucho dinero para tenerlo guardado, ¿no crees?

Mario prueba la sopa.

MARIO.-(Ruge.) Esta sopa está helada!
CUCA.-Ya sé, ya sé. Dámela. Voy a calentarla otra vez.

Oscuridad


EL JARDIN


         Pájaros. Ruido de fuente. En la banca. Emma, comiéndose unas tortas. Entre bocado y bocado canta quedito, melancólicamente y suspira.

EMMA.-(Canta.) Al mar, espejo de mi corazón, (bocado) mmmjh, mmmjh, jmh la la la, te he buscado por doquiera que yo voy y no te puedo hallar. (Bocado.) Mmmjh, mhj, mmhm mmh tus besos si no quieres ya besar, (Se estira al sol, bosteza) Ay, Dios mío, por qué no me manda a Acapulco. (Canta.) Y tú, quién sabe por dónde andarás (bocado.)mmjh mj jm jm qué lejos estás de míííí.

(Entra Mario.)

MARIO.-Señorita Solórzano, buenos días.
EMMA.-Ay, buenos días, profesor, ¿gusta?
MARIO.-Muchas gracias, No sé cómo agradecerle. ¿Cómo lo arregló usted?
EMMA.-(Se ríe.) ¿Ya?
MARIO.-Mire, (enseña) los siete cheques. ¿Cómo pudo arreglarlo?
EMMA.-Ya ve. Sobé mi lamparita de Aladino, y ya. Qué bueno que le pagaron. ¿Cómo hizo para vivir todo este tiempo?
MARIO.-Mis... ahorros, señorita, Siempre tengo algo para las emergencias.
EMMA.-Pues ya tiene su buen aumento en la bolsa. Ya es rico.
MARIO.-Sí, y yo quería, sabe... hacerle un regalito. Traerle, digamos.. No pude cambiarlo todavía, pero ahora que cambie... Si me dijera usted qué es lo que...
EMMA.-Oiga, yo no quiero “regalitos”. Ya sé lo que está pensando. Lo hice porque sí, no se crea que soy de esas que viven de la mordida.
MARIO.-¡No, señorita Solórzano! Por favor, yo pensaba traerle unos chocolates, algo... Pero quería saber lo que usted... Sabe, si fuera usted diabética y le saliera con unos chocolates.
EMMA.-No, no soy, pero no soy muy dulcera.
MARIO.-Es decir, (tose) no es muy afecta al dulce.
EMMA.-No...
MARIO.-Lo siento, entonces.
EMMA.-Pero ya sé, ya sé lo que quiero.
MARIO.-(Sonríe a fuerza.) Ah, sabe usted, ¿eh?
EMMA.-Quiero que me invite a comer a algún lugar bonito.
MARIO.-(Alegre.) Claro, seguramente. Cuando usted guste.
EMMA.-Hoy. También quiero una copa en un buen bar. Dios mío, estoy harta de mi vida.
MARIO.-¿Hoy? ¿Dice usted que... hoy?
EMMA.-Sí, ¿no puede?
MARIO.-Sí, claro. Cuando usted diga, yo estoy dispuesto.
EMMA.-Está el día tan lindo. Tal vez valdría la pena ir a Xochimilco ¿no? o a Chapultepec. Quiero ver árboles, algo verde, agua.
MARIO.-Pues aquí tiene árboles y una fuente.
EMMA.-Este jardín, entre paredones... Quiero algo bonito.
MARIO.-¿Y... no tiene que avisar a su casa, señorita Solórzano?
EMMA.-Ay, profesor, dígame Emma. ¿Cómo es que se llama usted? Mario, ¿no?
MARIO.-Mario Ramírez Cuevas para servirla.
EMMA.-Es cierto. Le voy a decir Mario, profesor.
MARIO.-Mario, claro, muy bien.
EMMA.-Ay, ay, Dios mío. (Se retuerce.) Es que quiero llorar, o gritar.
MARIO.-¿Qué le ocurre... Emmita?
EMMA.-Mi mamá está enferma, metida en un sanatorio. Me regañó mi jefe. Me pelié con Lupe, mi amiga, ¿se acuerda? Porque la hallé besándose con mi novio. Y estoy de fastidio porque nunca me pasa nada, ni hago nada, ni nada. Ay, profesor no sé qué tengo. (Suspira.) ¿Va a invitarme a comer?
MARIO.-Claro, Emmita, seguramente.
EMMA.-Emmita no, Emma. ¿Es usted casado?
MARIO.-¿Yo? No, no.
EMMA.-¿Es posible?
MARIO.-Soy viudo.
EMMA.-Ay, ahora me explico. Pobrecito. ¿Y tiene hijos?
MARIO.-No. Tuve uno.
EMMA.-¿Qué le pasó?
MARIO.-Murió
EMMA.-¿De verdad? Es horrible. Es que me dan ganas de llorar. ¿Cómo se llamaba?
MARIO-Esteban.
EMMA.-Nadie le arregla la ropa, ¿verdad?
MARIO.-¿Mi ropa? ¿Por qué?
EMMA.-Ay, si no que no hay mujer preocupándose por usted.
MARIO.-Pues... tengo una mujer en la casa.
EMMA.-¡Mire nada más!
MARIO.-No, no. Es... una señora así, gorda, casi una anciana, que me arregla mis cosas.
EMMA.-Ah, vaya, Y claro, no es lo mismo. ¿Me deja que le diga algo?
MARIO.-Sí.
EMMA.-¿Por qué se viste así?
MARIO.-¿Así? Pues... no puedo derrochar en ropa, usted ve.
EMMA.-No me diga, ya vi su sueldo. Para un hombre solo...
MARIO.-¿No cree que cada quien tiene derecho a vestir según su gusto?
EMMA.-No. Cada quien debe tratar de verse lo mejor posible.
MARIO.-¿Para qué?
EMMA.-Para los demás. Por ejemplo, a mí no me gusta verlo así.
MARIO.-A mis años no puede uno pretender una elegancia extemporánea.
EMA.-¿A sus años? Hombre, mire a Clifton Webb.
MARIO.-¿A quién?
EMMA.-A Clifton Webb. ¿Qué nunca va a al cine?
MARIO.-Le diré, soy poco aficionado.
EMMA.-A mí me encanta el cine. Y Clifton es un viejo divino, tan elegante... Ay, profesor, se ha de estar asando con esa gabardina...
MARIO.-No. Y soy  (se golpea) delicado de los bronquios. Padecí una bronconeumonía en mi juventud.
EMMA.-Bueno, pero hace cuánto.
MARIO.-Aún sufro frecuentemente de bronquitis.
EMMA.-Claro, por esa gabardina. Quítesela, ¿no?
MARIO.-Si eso la complace.
EMMA.-(Lo observa. Va a reprochar) Profesor... (Rectifica) ¿Sabe? Pensaba... que la ropa a la moda rejuvenece.
MARIO.-Mire, Emma, dejemos esto por la paz, ¿quiere?
EMMA.-No, no se enoje. Se lo digo como amiga. Es un poco de sorpresa. Se viste tan... raro, tan diferente.
MARIO.-Es que... uno no es igual a todos. ¿Por qué ha de vestirse igual?
EMMA.-Usted quiere ser elegante al revés. No mal interprete, se ve interesante... No es que se vea muy mal, sino cómo podría verse mejor. Claro esto tuvo su época... Se usó en ¿Cuándo?
MARIO.-Era yo muy joven. Hace mucho.
EMMA.-Pues no es usted viejo. Tal parece que trata de verse viejo.
MARIO.-Mejor, de una vez.
EMMA.-¿Cómo?
MARIO.-Mire usted, no trato. Pero en un momento dado ya se acabó todo, ya no hay calor, ni entusiasmo, ni... En un momento dado sólo queda trabajar, y la mujer enferma y los hijos... el hijo... Se encuentra usted con la vejez, de golpe, y apenas tiene treinta años. Trabajo, trabajo. No hay por qué aparentar más: uno es un viejo, el invierno ha llegado.
EMMA.-¿Fue cuando enviudó?
MARIO.-Eh... No. Fue cuando empecé a pagar mi casa.
EMMA.-¡Tiene usted casa!
MARIO .-A sus órdenes.
EMMA.-Muchas gracias. (Lo examina) Usted no es viejo, profesor.
MARIO.-No iba a decirme Mario?
EMMA.-Ay Dios, ya me dio pena. Mucha pena. No vaya a creer que siempre estoy metiéndome así con la gente. Es que... Ay, no sé qué tengo hoy. Estoy terrible, ¿verdad?
MARIO.-Por favor, Emma, está usted... deliciosa. Deliciosa.
EMMA.-(Se carcajea.) Le dice como si fuera yo un plato de algo. (Seria.) Perdone, me hizo gracia. Ande, Mario, ¿va a llevarme a comer y a tomar una copa? ¿Sí o no?
MARIO.-Sí, claro, sí, Emma, vamos.
EMMA.-Bueno, por favor espéreme aquí a las dos y media, en punto. ¿Eh? Ahora me voy a trabajar. No llegue tarde.
MARIO.-Yo creí... pensé que ya nos iríamos.
EMMA.- Si apenas es la una. Salí a lonchar. Sea buenito y vuelva.
MARIO.-Mmh... Salió a almorzar, claro.
EMMA.-No, a lonchar. A las dos y media, ¿eh? Chau.

Emma se va.

MARIO.-Emma.
EMMA.-¿Sí?
MARIO.-¿Cuántos años tiene?
EMMA.-¡Qué indiscreto! Tengo veinti...nueve. (Saluda y se aleja.)
MARIO.-Emma. Ayer viene a buscarla. No bajó usted.
EMMA.-Tuve mucho trabajo, me comí en la oficina mis tortas.
MARIO.-También fui a la oficina, y me dijeron que estaba aquí.
EMMA.-Entonces, nunca le cuente al jefe que no me halló en ningún lado. ¿Para qué vino a buscarme?
MARIO.-Para... para nada.

Emma, sonríe. Sale.

MARIO.-¡A las dos y media! ¡Aquí!

Ella se fue. El, preocupado, se sienta despacio. Saca un periódico de la bolsa y empieza a leer. Oscuridad.

LACASA


Sergio y Ofelia vienen del garage. Cierran.

SERGIO.-El sitio es espléndido. Lo que no me explico, para qué chihuahuas mandó hacer un garage tu papá.
OFELIA.-Pues... no sé... todas estas casas tienen. Pero... de veras. No había yo pensado en eso.
SERGIO.-¿No dirá nada si nos llevamos estos libros?
OFELIA.-No creo. Ya ves que los tienen allí arrumbados. Eran de Esteban; tenía muchos, y buenos, pero luego los empeñaba, o los vendía... Como siempre le hacía falta dinero... Pobrecito, le encantaba leer.

Entra corriendo Cuca, de la calle.

CUCA.-¡Ya le pagaron a tu padre! ¡Ya le dieron todo el dinero!
SERGIO.-¿Lo de la póliza?
CUCA.-No. Las siete quincenas.
OFELIA.-Ah, yo también había creído... Qué bueno de todos modos.
CUCA.-Creo que ya debemos todo, voy a hacer la cuenta. ¡Pero ya le pagaron!
OFELIA.-¿Cómo supiste?
CUCA.-Habló por teléfono. ¿Qué bueno, hija, qué bueno? A esa burra de la Rosita se le había olvidado darme el recado, y yo angustiándome porque no había venido a comer. ¡Y ya cobró! ¡Se acabaron las angustias!
SERGIO.-Me alegro mucho.
CUCA.-Pobrecito, ya vamos a pagarte.
SERGIO.-De eso ni se acuerde, suegra.
CUCA.-Cómo no. Lo primero, las deudas. Todos los días de pago son así, y a los tres y cuatro, empezamos otra vez. No sé qué habríamos hecho en esta vida si tu papá no fuera tan ordenado.
OFELIA.-Mamá, ¿para qué hicieron este garage? ¿Qué tuvimos coche alguna vez?
CUCA.-No, hija. Cuando tu padre mandó hacer la casa lo convenció el arquitecto.
SERGIO.-Claro, habrá tenido los planos ya hechos.
OFELIA.-¡Pero hacer un garage sin tener coche!
CUCA.-Por si lo teníamos algún día, pensó Mario.
SERGIO.-Es que allí se va la mitad de la casa. Miren qué salita, miren que mugrita de comedor, y este pasillo, estorboso y absurdo. En cambio, el gran garage, el único sitio amplio de la casa, completamente  inútil.
CUCA.-Ni tan inútil; allí jugaban los muchachos. Y ya ves, sirve para guardar trebejos.
OFELIA.-Luego fue el cuarto de Esteban. Un día descubrieron que ya éramos muy grandes y metieron al pobre en el garage. Estaba furioso.
SERGIO.-Don Mario estaba loco. Esta casa podría haber sido suavísima
CUCA.-Era muy bonita. Lo que pasa que todo cambia. Hay modas de casas, como de todo.
OFELIA.-Nunca fue bonita.
CUCA.-Sí. Fue. Yo la prefiero a esos cajones de ahora. Cuando la terminaron, se veía tan linda... los ajuares, estaban nuevos.
OFELIA.-A mí nunca me gustó. Nunca se pudo hacer un baile, no había lugar. Ni dinero, claro. Cuando mis quince años, chillé como loca; me quería yo matar. ¿Cómo no me hicieron fiesta, mamá?
CUCA.-Hijita, yo hubiera querido, pero...
OFELIA.-Claro, mi papá.
CUCA.-Es que no sabes, los hijos nunca saben, no se dan cuenta. Mira, pagábamos la casa... Entonces ya habíamos terminado de pagar el terreno... Pegábamos la póliza... tu colegiatura y la de Esteban... Hijita, las deudas son horribles, no íbamos a endrogarnos más de hacerte un baile.
OFELIA.-Y todavía pensaban en comprar coche.
CUCA.-No, ya no. Antes, cuando la hicieron. Es que todo parecía muy fácil. Fue cuando empezamos con la póliza. Qué difícil se volvió todo: los ajuares, casa, terreno, póliza... Bueno, ya ves, ya vamos a cobrarla. Ay, Dios mío, eso espero, que no vaya a pasar nada.
OFELIA.-¡Qué va a pasar, mamá!
CUCA.-¿Te imaginas? Veinticinco años de ilusiones que van a cumplírsenos.
SERGIO.-(Ha estado dibujando algo.) ¿Ven? Así quedaría a todo dar.
CUCA.-¿Qué es?
SERGIO.-Fíjese, Cuquita; en el garage podría quedar una botica fantástica, fa.bu-lo-sa.
CUCA.-¿Tú crees?
SERGIO.-Ni siquiera tendríamos que pagar local; con los diez mil habría de sobra. Así sí les pagaríamos antes.
OFELIA.-Mira, Sergio, mi papá no va a aflojar ni quinto. Ya lo estoy viendo, va a meter todo en el banco, o algo así.
SERGIO.-¿No le ha dicho nada?
CUCA.-(Mintiendo.) Pues le iba a decir ahora en la comida, pero como tuvo eso del... sindicato, creo.
SERGIO.-¿Sindicato a medio día?
CUCA.-No sé, por lo de los cheques, comida o algo.
SERGIO.-Pues fue buena comida, ya anocheció.
CUCA.-Es que después tenía clases.
SERGIO.-¿Qué horas son?
CUCA.-Son las siete.
SERGIO.-¡Vámonos pronto! Quiero ver los monitos.
OFELIA.-Me voy a arreglar, para que no empiece a decir que Miroslava es más guapa que yo. ¿Vamos, ma?
CUCA.-Tengo que hacer la cena.
OFELIA.-Bueno, hasta mañana. (La besa.)

Van a salir. Ruido de llave.

CUCA.-Ay, Dios, ya llegó. Me voy a la cocina.
MARIO.-(Entrando.) ¡Cuán alegre reunión! ¿Por qué no se me había invitado?

Los tres se ven.

CUCA.-¿Reunión?
MARIO.-Esta reunión, ¿por qué no me avisaron que estaban de fiesta? (Besa a Cuca)
OFELIA.-¿Qué dices, papá?
MARIO.-No digo nada. Era una broma, pero tal parece que nadie puede entender aquí un chiste.
CUCA.-¡Era un chiste! Ofelia, tu papá hizo un chiste!
SERGIO.-¡Mire nada más!
MARIO.-Hija, qué guapa estás.
OFELIA ¿Yo?

Mario va y enciende la luz de la sala, luego el radio. Se quita la gabardina.

CUCA.-Mario, ¿es cierto que ya cobraste?
MARIO.-(Muestra una cartera repleta, suena las bolsas.) Mira.
CUCA.-Mario, de veras, ¡Ofelia, era cierto! A ver ¡qué bueno!
MARIO.-(Imperativo.) ¡Basta ya de aspaviento! Después de todo no es más que el honrado fruto de mi trabajo. “Siembra trabajo, cosecharás felicidad”, eso decía mi padre.
CUCA.-Pero es que se tardaron tanto... ¡Ay, qué contenta estoy, Mario!
MARIO.-Yo también. Por eso, ve a alegrarte allá, anda, y déjame oír esta canción.

La empuja al pasillo y sube el volumen al radio. Empezó Perfidia.

CUCA.-Oigan, está muy raro.
OFELIA.-¿Qué le pasa?
CUCA.-Será el gusto, pobrecito. O el hambre. (Fuerte.) Ya va a estar la cena, ¿eh? ya casi está lista.
MARIO.-No te apures, no tengo mucha hambre.
CUCA.-¿No?
MARIO.-No.

Consternación general.

CUCA.-(Quedito.) Pues yo no sé.
SERGIO.-¿No hay un olorcito alcohólico en el aire?
CUCA.-Imposible.
MARIO.-Ya te oí, Sergio. Es verdad, tomé unos dos vasitos de esos brebajes que ahora llaman cocteles. No son feos. Y en la comida tomé un vasito de vino tinto y uno de blanco.
CUCA.-¡No me digas! ¿Pues dónde comiste?
MARIO.-Te juro que no sé. Tenía un nombre extranjero, francés. Como si no hubiera bellos nombres en nuestra lengua. Un sitio agradable, sin embargo. ¿Saben? Un buen sitio no resulta muy caro; resulta casi igual que un café de chinos. Sorprendente, ¿no? con tantos espejos, meseros de blanco...
OFELIA.-Papá, ¿y a qué se debió el derroche?
MARIO.-¿Derroche? No, tampoco, tampoco. Es que... debía yo agradecer a esa señorita el favor de mis cheques... lo más correcto fue invitarla...
CUCA.-¿Y no que era algo de trabajo?
MARIO.-Propiamente, sí.
CUCA.-¡Caray, así quiero trabajar!
OFELIA.-¿Cuándo nos llevas a trabajar, pa?
MARIO.-¿Saben que ya basta de burletas?
CUCA.-No es burleta. Es que caray, el día que cobras en vez de llevarte a tu mujer te llevas a esa mujer a comer, y a pasear.
MARIO.-Gracias a esa mujer cobre. Le debía yo alguna atención. ¿No es cierto, Sergio?
SERGIO.-Muy cierto, yo se lo dije.
MARIO.-Ya ven. ¿Y vieran? Es bonito ir a esos lugares. Es que... Bueno, yo no sé, queda uno...
CUCA.-Borracho, así quedaste.
MARIO.-Ten bondad de no ser vulgar. Lo que quiero decir es... pues no sé. No es barato. Pero... podría hacerse de vez en cuando, digo, si ahora pagamos todas las deudas... ¿Es que no lo han pensado? Podremos permitirnos algunas pequeñas extravagancias. A mí no se me había ocurrido. Será agradable salir a comer a veces, ir al teatro a ver un buen drama... ¿no crees Cuca? (Suspira, se sienta) No tengo mucha hambre, pero si quieres ir haciendo la cena...
CUCA.-Ya sabía yo. Bueno, ya voy.
OFELIA.-Nosotros, vámonos. Hasta mañana, pa.
SERGIO.-Hasta mañana, suegro.
MARIO.-¿A dónde van tan temprano? Quédense un rato, Sergio.
SERGIO.-Vamos al cine.
MARIO.-¿Al cine? (Se levanta) ¿Qué cosa exhiben?
SERGIO.-(Asombrado.) ¿Qué ponen. Ofelia?
OFELIA.-La pasión desnuda y Los jinetes fatales.
MARIO.-¿Trabaja Clifton Webb?
CUCA.-¿Quién?
MARIO.-Clifton Webb, es un actor, ¿no lo conoces?
CUCA.-¿Y cómo diablos voy a conocerlo si nunca vamos al cine?
MARIO.-¿Trabaja?
OFELIA.-No, creo que no.
MARIO.-Ah, vaya. (Perdió el interés)

Los tres se ven.

OFELIA.-Bueno, vámonos.
SERGIO.-Oiga, ¿no quiere venir?
MARIO.-¿Con ustedes, al cine?
CUCA.-¡Vamos, Mario!
MARIO.-No sé, podríamos...
SERGIO.-(Codazo a Ofelia.) En el Chapultepec pasan una de Clifton Webb, pero vale cuatro pesos.
MARIO.-¡No, hombre, no me digas! (Se pone la gabardina, apaga la luz y el radio) ¡Vámonos, Vámonos, Cuca.
CUCA.-¡Al cine!
MARIO.-No, a la iglesia. Anda, ponte otro vestido, pareces la bruja del Trovador. Pero corre, ya.

 Cuca corre escaleras arriba.

MARIO.-Ahora va a tardar un año en arreglarse.
SERGIO.-Oiga, pero no nos alcanza. Íbamos a un cine barato...
MARIO.-Yo pago, hombre, yo pago la diferencia.
OFELIA.-¿De veras, papá? Ahora si voy a cambiarme, porque al Chapultepec no voy así. (Sale corriendo.)
MARIO.-Pues ya ves, Sergio, como ésta son las pequeñas extravagancias que ahora sí podemos permitirnos. Es agradable, ¿no? Mira, casi me siento feliz. Después de todo, tengo detrás una vida de trabajo, una vida sobria, de sembrador. Y no estoy viejo todavía... ¿A qué hora empieza la función?
SERGIO.-No sé, podemos ver en el periódico.
MARIO.-Ahí lo tienes. Ah, las mujeres, qué santa paciencia. (Se acaricia la barba.) Voy a... pues voy a arreglarme un poco yo también... (Sube aprisa.)

Sergio enciende el radio. Suena, casualmente, un aria de Saint-Saëns. “Mi corazón a tu dulce voz” ... Sergio toma el periódico, se sienta.

CUCA.-(Arriba.) ¡Ya estoy lista, ya estoy lis...! ¡Mario, que estás...! ¡Mario!
MARIO.-(Arriba.) ¡Déjame en paz!

Cuca baja corriendo, a medio abotonar con las medias caídas.

CUCA.-¡Ofelia! ¡Ofelia! ¡Ofelia!
SERGIO.-¿Qué pasó?
CUCA.-¿Dónde está Ofelia?
SERGIO.-Fue a cambiarse. ¿Qué sucede?
CUCA.-Es que Mario, allá arriba... Mario, en el baño... ¡Mario se está rasurando la barba!

T E L Ó N









SEGUNDO ACTO


EL JARDIN


         Tarde que avanza. Fuente y pájaros. Entran apresuradamente, como perseguidos Emma y Mario. El ya no trae barba, viste mejor, ya no usa bastón. Se detiene porque él está mascullando algo; saca un papel y anota.

EMMA.-¿Qué estás escribiendo?
MARIO.-El número. Esto no va a quedarse así.
EMMA.-Ay, Mario, Vámonos.
MARIO.-No, no faltaba más. Vamos a sentarnos.
EMMA.-Pero Mario...
MARIO.-Vamos a sentarnos. No somos unos niños, ¿no? No hay por qué huir.
EMMA.-Mejor vámonos.
MARIO.-No. El que huye es porque debe, siéntate.
EMMA.-Bueno, como quieras.

Se sientan. Un silencio.

MARIO.-Qué bueno que tomé el número. Ahora están muy estrictos.
EMMA.-Ya no pienses en eso. ¿Te gustó la película de ayer?
MARIO.-¿Cómo no voy a pensar? Es que no estábamos haciendo nada, dilo tú, ¿hacíamos algo malo?
EMMA.-Pues no, malo no, pero...
MARIO.-¿Pero qué?
EMMA.-Pues ya te habías puesto un poquito... acalorado, ¿no?
MARIO.-Bueno, efusivo, digamos. Pero es natural, ¿no?
EMMA.-Bueno, pues sí.
MARIO.-¿Y qué rayos tenía que ver el policía en todo eso? Te aseguro que si hubiera estado ahorcándote, o robándote, no habría un miserable policía por todo esto.
EMMA.-Pues sí, así son.
MARIO.-En cambio, no estábamos haciendo nada, un beso, un poco de... ¿qué rayos, para qué demonios tenía que venir?... Por el soborno, claro, para eso fue.
EMMA.-Mira, precioso, di que salió barato. Ya siéntate, ven.
MARIO.-¿Pero no oíste la burleta? ¡Me dijo abuelo!
EMMA.-Ya, ya, no hagas caso. Ay, Dios mío, ven acá. (Lo sienta.) A ver límpiate la boca, estás lleno de pintura.

(El la abraza de pronto. La besa.)

EMMA.-No, oye, va a volver el policía. No, espérate, nos va a ver.
MARIO.-Ya le pagué. ¿no?
EMMA.-Pero no es eso... de veras, ya estate seriecito, así quieto. Ay, tengo mucha pena.
MARIO.-La palabra vergüenza es realmente la adecuada. Pena significa dolor.
EMMA.-Ah.

Un silencio.

MARIO.-¿No quieres ir al cine?
EMMA.-No, tengo que llegar temprano.

Mario la toma de la mano. Se la besa golosamente mientras hablan.

MARIO.-¿Cómo sigue tu mamá?
EMMA.-Pues mejor, pero la casa la pone de malas. Hay tanto ruido.
MARIO.-¿Sí?
EMMA.-Como tenemos abajo el mercado... en el sanatorio estaba más a gusto, pero no podíamos visitarla, sólo una vez por semana. Ya estaba muy triste de pobre.
MARIO.-Pobrecita.
EMMA.-Mario, deja de besarme así ese brazo. Qué barbaridad. Ya, quietecito.
MARIO.-¿A dónde quieres ir a cenar?
EMMA.-A cualquier parte barata. Has estado gastando mucho.
MARIO.-No, eso no.
EMMA.-Cómo no. Ya estuvo bien.
MARIO.-Un pequeño gasto... Debes tomarlo como pequeño homenaje sin importancia. Si a veces me quejo un poco de algún precio, no es por ti, es por... por esos meseros, hambrientos de propinas. No son nada de honrados, siempre hay que revisarles las cuentas. Pero no creas que me importa gastar de vez en cuando.
EMMA.-Como estabas quejándote ayer...
MARIO.-No me quejaba. Es que... Toda mi vida he tenido que escatimar, contar centavo tras centavo... Ahora, claro, ya estoy en mejor posición, y no me había dado cuenta: con dinero se pueden hacer cosas... Pero no hay que abusa: todo exceso es perverso. Hace calor, ¿no?
EMMA.-Un poco, julio es así, llueve, calor, llueve. La tarde está linda.
MARIO.-¿Y esas ventanas encendidas? ¿Hay gente trabajando?
EMMA.-Figúrate. Se han de sentir horrible.
MARIO.-Se lo merecen. No hacen nunca nada. Deberían estarse allí las veinticuatro horas.
EMMA.-Sí, claro. Se trabaja tanto en las tardes. No puede uno hacer nada, viendo anochecer afuera, y el jardín ahí abajo. En el último piso se ve salir la luna, y uno pegado a la máquina, o a las listas; ya me ha tocado, pobrecitos. Todo mundo debería salir, caminar, respirar... Vamos a caminar un rato.
MARIO.-¿A dónde?
EMMA.-A Madero. Donde haya gente comprando, bien vestida. ¿Quieres un helado?
MARIO.-Mira, francamente, yo estoy a gusto aquí. Es que me duelen un poco los pies.
EMMA.-La tarde esta divis. ¡Dime unos versos! Me encantan los versos.
MARIO.-¿Versos? No... No recuerdo muchos.
EMMA.-¿Pues no eres maestro de Literatura?
MARIO.-Sí, pero nada tiene que ver con... Es decir... Sí, recuerdo unos versos. Verás. (Tose.)

Quiero morir cuando decline el día,
en alta mar y con la cara al cielo,
donde parezca un sueño la agonía
y el alma un ave que remonta el vuelo”
(Tose) Creo que no recuerdo más.
EMMA.-Ay, qué lindo. En alta mar y con la cara al cielo. ¿Conoces Acapulco?
MARIO.-No.
EMMA.-Es divino. Unas olotas... Hay una laguna negra, como de Coca-Cola.
MARIO.-¿Sí?
EMMA.-Parece de película; vas en una lanchita, con un negro remando; son como canales. Todo está lleno de plantas y raíces. De repente, salen unas garzas volando, o caen los cocodrilos al agua. Ay, es divino.
MARIO.-¿Cuándo fuiste?
EMMA.-No fui, me contó Lupe.
MARIO.-Mi hijo fue una vez. Tomó el dinero de su colegiatura y se largó. Me hizo creer que lo habían invitado. Pasó allá una semana. Me enteré a mediados de año, porque fui a informarme a la Universidad. Qué golpe, no tienes idea; hablé con uno de sus amigos y supe todo lo del viaje; se fue con unos torerillos y actorzuelos. Él decía que quería torear y pintar. Trabajó en una obrita de teatro, se dejó revolcar por unos becerros... Era un loco.
EMMA.-También pintaba, ¿verdad?
MARIO.-Si a eso se le puede llamar pintura: manchones y rayas, un ojo aquí, un brazo por allá... Era un loco verdaderamente.
EMMA.-Pobrecito. ¿De qué murió?
MARIO.-Fue un accidente, en una de esas “sillas voladoras”, en una feria. Se rompió la cadena...
EMMA.-¡Qué horrible, Mario!
MARIO.-Dicen que fue instantáneo. Fue a caer lejos. ¿Qué tenía que hacer allí? Ya no era un niño. Subirse a esos juegos, a su edad... (Con rencor.) Era mala cabeza. La mitad de estas canas me las sacó él. Tal vez fue mejor así.
EMMA.-¡No digas eso! Debe de haber sido lindo. Cómo quisiera haberlo conocido. Es decir, que viviera. Pobrecito, querer hacer tantas cosas y morirse, y uno que no hace nada, ni quiere nada... Bueno, yo sí quiero.
MARIO.-¿Y qué quieres?
EMMA.-(Se ríe.) Puras tonterías que ni valen la pena.
MARIO.-Dime, anda.
EMMA.-Mira, cuando se caen las estrellas siempre les pido alguna de estas cosas; vivir lejos del mercado, que sane mi mamá, ir a Acapulco, tener un marido bueno, y mi casita... Cosas así. Tu hijo era muy suave. Qué bueno que hizo lo que se le dio la gana, hasta el fin.
MARIO.-Emma, no estamos aquí para hacer lo que nos dé la gana.
EMMA.-Por eso es tan triste vivir.
MARIO.-¿Y qué es lo que más quieres de todo eso?
EMMA.-No sé, depende del momento.
MARIO.-(La abraza, codicioso) Es que... tengo una idea.
EMMA.-¿Cuál?
MARIO.-Emma, vamos a Acapulco.
EMMA.-¿Nosotros?
MARIO.-Sí, los dos, solitos. Vamos. El viernes, ¿quieres?
EMMA.-¿De veras? Pero... Óyeme, no.
MARIO.-¿No quieres?
EMMA.-¿En qué plan?
MARIO.-Tú y yo, solos. (La abraza.)
EMMA.-Oye, Clifton, eso no. (Se desase. Se levanta) No creas que yo... no, oye...
MARIO.-¿Por qué?
EMMA.-Mira, soy señorita, ¿sabes?
MARIO.-¿Sí?
EMMA.-No lo parezco, ¿no?
MARIO.-No, no es eso, nunca quise decir...
EMMA.-¿Qué te sorprende entonces?
MARIO.-No es sorpresa. Es que... Emma, no soy un niño. Te quiero, te... deseo.
EMMA.-Y cuando un señor quiere así a una señorita... ¿Qué es lo que hacen, Clifton?
MARIO.-Huyen, se quieren, se... pertenecen.
EMMA.-Ah, Claro, sí. Pero es muy tarde, mira. Vámonos.
MARIO.-¿Y no me dices nada?
EMMA.-Sí, que mi mamá tiene que cenar temprano. Vámonos.
MARIO.-Como quieras. (Se levanta.) ¡Oye, Emma!
EMMA.-¿Sí?
MARIO.-¿Sabes? En estos días, la semana entrante tal vez, voy a recibir... veinticinco mil pesos...
EMMA.-¿Cómo? ¿De qué?
MARIO.-Es un dinero que me deben, una póliza que he pagado todos estos años. Vámonos de viaje, vámonos a no sé, donde quieras, ¿qué te parece?

Emma lo ve en silencio. Mueve la cabeza.

MARIO.-¿No?
EMMA.-No sé. Nada más pensaba...
MARIO.-¿Qué?
EMMA.-Pensaba que estás cambiando mucho. (Pausa.) Veinticinco mil pesos... (Pausa.)
MARIO.-¿No quieres?
EMMA.-Es muy tarde. Vámonos.
MARIO.-Vámonos. Pero di algo. Un viaje, donde quieras. ¿No?
EMMA.-Vámonos.

Van a salir. El la besa furtivamente.

EMMA.-¡El policía!

Salen corriendo.

Oscuridad.

LA CASA


         Por la mañana. El sol entra en la sala. Suena el timbre con familiar impertinencia, un largo rato. Baja Cuca. En bata, como acabada de levantar.

CUCA.-¡Ya voy, ya voy!

Abre. Entra Ofelia.

OFELIA.-Buenos días, ma.
CUCA.-Buenos días, hijita. (Bosteza, recoge el periódico.) ¿Por qué madrugaste tanto?
OFELIA.-¿Madrugaste? Son las diez de la mañana.
CUCA.-¿Es posible? Qué bueno que hoy es domingo.
OFELIA.-¿Salió mi papá?
CUCA.-No. Está acostado.
OFELIA.-¿Acostado? ¿A estas horas?
CUCA.-Ay, sí. (Se estira.) Dios mío, estoy muerta.
OFELIA.-¿Por qué?
CUCA.-No, por nada, hijita.
OFELIA.-¿Te sientes mal?
CUCA.-No, así mal, no. Ayúdame, empieza a hacer el desayuno mientras me baño, ¿quieres?

Baja Mario, en una bata vieja, chanclas y gorro de dormir.

MARIO.-¿Ya está el desayuno? Tengo mucha hambre.
CUCA.-Sí, claro que sí, servido. ¿No ves que soy un relámpago? ¡Hace un minuto que me levanté!
MARIO.-(Apretándola. Pellizcándola un poco, en tono concentrado.) Pues apúrate, gorda, no seas floja, (la abraza) ya tengo mucha hambre. Apúrate.
CUCA.-Oye, no. Déjame, Mario. Qué va a decir nuestra hija. ¡Mario! Voy a ver si ya está el baño.
MARIO.-Ah, caray, si me quiere ganar el baño. Eso sí que no. (Corre escaleras arriba.) Y nadie toque ese periódico hasta que yo lo lea. (Sale.)
CUCA.-(Grita.) Me alegro, todavía esta frío.
OFELIA.-Oye, ¿qué tiene mi papá?
CUCA.-No sé, desde que se quitó las barbas es otro. Yo no sé. Mira, (baja la voz) yo ya no estoy en edad para muchas cosas,  y ahora me resulta de repente... con cada cosa... Si ya estamos viejos... Anda, prepara el desayuno. Ya que está de buenas, es mejor que así siga. (Sube, sale.)

Ofelia va y enciende el radio. Suena el timbre. Abre. Entra Sergio. Empieza a oírse Vino, mujeres y canto.

SERGIO.-Muy bonito, la señora se larga en cuanto el marido vuelve la cara.
OFELIA.-Les voy a hacer el desayuno.
SERGIO.-Candil de la calle y oscuridad de tu casa ¡Me muero de hambre! Mira, me muero. (Casi cae, en agonía.)
OFELIA.-No seas chillón , enseguida termino.

Baja Mario, en pantalones y camisa, los tirantes caídos, en chanclas.

MARIO.-¿Ya está ese desayuno?
OFELIA.-Ya va a estar, papá, ya va a estar.

Se va a la cocina. Mario va a la sala. Se sienta. Está escribiendo algo difícil.

SERGIO.-¿Crucigrama, don Mario?
MARIO.-No, no.
SERGIO.-¿Corrigiendo pruebas?
MARIO.-(Se cohibe) Je, je, no, ves. Es una... especie de... composición.
SERGIO.-¿Composición literaria?
MARIO.-Sí, pero... una cosa informal. No pretendo hacer algo... artístico. Es un puro ejercicio retórico, digamos.
SERGIO.-No sabía que le interesaba escribir.
MARIO.-No me interesa... profesionalmente, digamos. No, ya conozco demasiado la literatura para pretender hacer algo. Todo se ha escrito ya; desde hace un siglo no hay nada que valga la pena.
SERGIO.-Hombre, don Mario, ¿y eso va a enseñarle a sus alumnos?
MARIO.-Ojalá. Con trabajo lograremos llegar a principios del siglo XIX. Esos programas son una estupidez.
SERGIO.-¿Me deja ver lo que hace?
MARIO.-Pues... (Ve en torno, excitado, confidencial) Anda, velo.
SERGIO.-(Lee.)

Eres como las rosas de la mañana
Más tu encanto es perenne y no fugaz;
Mueren ellas en hora muy temprana,
Así es esa belleza de felaz.
Sueño con la suave tumescencia...

MARIO.-Es con diéresis, suave, Me tomé la licencia. En Nervo se ve... Licencia poética, suena bien...
SERGIO.-Oiga. Pero esto es un... ¿Cómo se llaman? La letra con que empieza cada verso...
MARIO.-Sh. Sh. Sí, es un acróstico.
SERGIO.-Emma Solor...
MARIO.-Es Solórzano, pero no hallo la palabra adecuada con zeta. Zafia, zurrar, zapaquilda... No son poéticas.
SERGIO.-...Zafiro....
MARIO.-¡No, hombre, de veras! ¡Zafiro! A ver. Lástima que no tiene ojos azules.
SERGIO.-Oiga, suegro. ¿Cómo está eso de que acrósticos y todo?
MARIO.-Bueno, sabes... Puedo confiar en ti, ¿verdad?
SERGIO.-Claro que puede.
MARIO.-¿De veras, Sergio?
SERGIO.-Sí, claro.
MARIO.-Es que... en realidad no tengo a quién platicar estas cosas. Me gustaría que tú como hombre... ¡Pero que no se te ocurra contarle a Ofelia! Menos a Cuca. Porque esto(quedito) es una aventurilla.
SERGIO.-¡No me diga!
MARIO.-Figúrate que tenías razón:
SERGIO.-¿Yo? ¿En qué?
MARIO.-Si fue flechazo.
Sergio.-¿Qué cosa?
MARIO.-Tú me lo dijiste, la muchacha que arregló mis papeles, ¿te acuerdas?. Era un flechazo. No tienes idea, mira, una muchachita, un pimpollo. Tendrá... veintitantos años, escasos. Emma. Pero qué... qué formitas, qué... No tienes idea, un cuerpecito macizo, precioso.
SERGIO.-Don Mario, mire nada más. ¿Y ya?...
MARIO.-No, hombre, no quiere. Resulta que andamos de noviecitos. Yo le he dicho que soy viudo, ¿ves? ¡pero qué hembrita! ¡Me pone, me trae!... Figúrate, que el otro día, en un jardín, nos sorprendió un policía. Pobre muchacha, qué susto. Porque es decentita, ¿ves? Bueno, claro, todas estas oficinistas, tú sabes. Pero ésta no es tanto.
SERGIO.-Don Mario, ¿y qué va a hacer? ¿Va a seguir de noviazgo?
MARIO.-Pues me la quiero llevar fuera, pero no cede. Si no es tan fácil, no te creas.
SERGIO.-No vaya a meterse en un lío. Y más si es jovencita.
MARIO.-No, no. Yo tengo cuidado, no creas que soy tan tonto. Vas a ver, tengo un retrato suyo en la cartera.
SERGIO.-¡Don Mario, le va a caer Cuquita!
MARIO.-No, hombre, no. Si no lo suelto. Y ella nunca me revisa las bolsas. Mira, verás. (Le muestra.)
SERGIO.-Mjú. Sí.
MARIO.-Preciosa. ¿Verdad?
SERGIO.-Bueno, aquí no salió muy bien, ¿verdad?
MARIO.-No, no le hace mucho favor.
SERGIO.-Ya no se ve tan jovencita...
MARIO.-Es la fotografía, que no tiene retoque. Pero en persona... Y llenita, maciza...
SERGIO.-Pues tengo cuidado, no se vaya a enredar. Ahí está Ofelia.

Ofelia está poniendo la mesa.

OFELIA.-Ven a sentarte. Voy a servirte todo de una vez porque nos vamos; no hemos desayunado.
MARIO.-No, hija, no. Quédense aquí los dos, no faltaba más.
OFELIA.-¿Sí?
MARIO.-Ven, Sergio, siéntate. Anda, vamos.
OFELIA.-Pero a Sergio le gusta almorzar, oye, y se va a acabar el tocino, y...
MARIO.-Nada, nada. Hoy es domingo, ¿verdad, Sergio?
SERGIO.-Como quiera.
MARIO.-Y tú también, hija. Tomen leche y huevos. Lo que quieran. Ahora hay abundancia, tenemos de todo, no creas. Hasta mantequilla hay.
OFELIA.-¿Sí? Bueno, si tú nos invitas, gracias. Luego no te quejes.

Se sientan, Ofelia entra y sale, sirviéndoles. Mario observa sus movimientos para hablar.

MARIO.-El día está bonito, ¿eh?, muy bonito. (Sale Ofelia) Lo que me preocupa del viajecito, que puede ser caro. Tú sabes, Acapulco...
SERGIO.-¿Pero se la va a llevar a Acapulco?
MARIO.-Pues tú sabes, parece que es muy buen sitio... (Entra Ofelia.) No, la escuela es una preocupación siempre, la enseñanza, la juventud... Es una gran responsabilidad. (Sale Ofelia.) ¿Tú crees que alcance con trescientos pesos?
SERGIO.-Si acaso para el primer día.
MARIO.-¡No, hombre, no me arruines! Yo voy a pedir a Pensiones, pero no sé cuanto. (Entra Ofelia.) Claro que la juventud es una responsabilidad, por eso es bueno estar prevenido, es decir, tú  sabes muy bien... (Come apresuradamente.)
OFELIA.-¿Qué dices, papá?
MARIO.-(Con la boca llena.) La enseñanza, le hablaba de la escuela. Tráeme unas tortillas, anda. Dale a tu marido. (Sale Ofelia.) ¿Cuánto será necesario, cuánto crees?
SERGIO.-¿Cuántos días?
MARIO.-Tres días.
SERGIO.-Pues... unos quinientos, ochocientos, o tal vez más, en plan de... en el plan en que va usted.
MARIO.-¡No, hombre! ¡Pero eso es carísimo!
OFELIA.-(Entró) ¿Qué cosa, papá?
MARIO.-Un... un negocio que me contaba Sergio.
OFELIA.-¿Te dijo?
MARIO.-Sí, claro.
OFELIA.-No es caro, papá. Sergio tiene relaciones, puedes salirnos muy bien. Y yo resulto gratis.
MARIO.-Sí, eso no lo niego. ¿De qué rayos estás hablando tú?
OFELIA.-De la botica.
SERGIO.-Mira, linda, eso déjalo ahorita por la paz. Anda, tráeme más café. (Sale Ofelia.)
MARIO.-¿Qué cosa de botica decía ésta?
SERGIO.-No, era una idea mía.
MARIO.-¿De qué?
SERGIO.-Pues... Es que... Con diez mil pesos podría poner una botica, ¿ve usted?
MARIO.-Ah, sí. (Se le enfrío el entusiasmo)
SERGIO.-Yo había pensado... era una idea que tal vez usted podría prestarnos, o alguien.
MARIO.-¿Yo? Estás soñando. ¿De dónde?
SERGIO.-Pensaba yo en la póliza, claro.
MARIO.-Ah, sí. La póliza. ¡Ofelia! ¡Este café está muy frío!

Entra Ofelia, sale con el café.

MARIO.-Pues... a ver. No se puede disponer hasta tener el dinero, ¿verdad?
SERGIO.-No, claro. Y era un proyecto muy vago. (Confidencial.) ¿Y cuándo se va usted a su viaje?
MARIO.-Ah, mi viaje. Pues la semana entrante, yo creo. Voy a pedir dos días de permiso, esto es, en caso de que ella quiera.
SERGIO.-Bueno. ¿Y después del viaje? ¿Qué va usted a hacer con ella?
MARIO.-Ah, después... A ver. Yo no pienso seguir. No estoy en edad ni en posición para echarme encima queridas de planta. Habrá que ver cómo acabamos...

Baja Cuca, en bata y con una toalla en la cabeza.

CUCA.-Puedes bañarte cuando se te antoje.
MARIO.-Ya voy, no me aguijonees.
CUCA.-(Se sienta.) ¡Ofelia! Ya vine. Y ya siéntate.

Entra Ofelia. Sirve para su madre y para sí.

OFELIA:-¿Me llevas al ballet, Sergio? Hay matiné.
SERGIO.-Ya vimos el programa, es el de la semana pasada.
OFELIA.-No, creo que no. Deja ver.

Va a la sala a buscar el periódico.

CUCA.-A mí ese ballet ni me gusta, con puras cosas de indios, Bonito cuando bailan de puntitas, como Las Sílfides.
OFELIA.-¿Qué es esto? (Lee) Eres como las rosas de la mañana, mas tu encanto es perenne y no fugaz... ¡papá! ¿Son tuyos estos versos?
SERGIO.-¡Ofelia, deja eso!
OFELIA.-Pero es la letra de mi papá. ¿Estás haciendo versos, papá?
MARIO.-No estoy haciendo nada.
SERGIO.-Esos versos, estúpida, se suponía que iban a ser una sorpresa para Cuquita.
CUCA.-¡Mario! ¿Estabas haciendo versos para mí? ¿De veras?
MARIO.-No los he terminado, ni nada.
OFELIA.-Ay, papacito, metí las cuatro. Pero si ya pasó su santo... y el aniversario es a fin de año...
MARIO.-Los hice porque se me dio la gana. ¡Trae acá!
CUCA.-¡Mario, qué lindo eres! ¿Pero qué sucede, Marito? ¿Han visto? Esto es como otra luna de miel.
MARIO.-Acaba de desayunar, anda.
CUCA.-¿No vas a dármelos?
MARIO.-Cuando los acabe... Si los acabo. (Se los guarda.)
OFELIA.-Ay, papacito, pero qué mensa soy.
CUCA.-¿Cómo que “si los acabó”? No, Mario, dámelos, termínalos.
MARIO.-¡Ya! Deja de apapacharme. ¿no?
CUCA.-¡Ya los tengo, ya los tengo! (Se los extrajo de la bolsa.) ¡Ya son míos, ahora sí! (Lo besa.)
MARIO.-¡Trae eso acá!
CUCA.-Son míos, ¿no? Ahora los tendré aunque no los termines. (Se aleja, los desdobla.) Eres como las rosas de la mañana, mas ti encanto es perenne... Ay, Mario. Sólo otra vez me habías escrito algo, ¿te acuerdas? Era el primer año de casados, y estábamos tan pobres que no pudo comprarme nada; entonces, me dio algo que valía más que el mejor regalo: unos versos, enrolladitos, con un listón...

“Calandría canora
que alegras mi nido
tus cantos perfuman
la noche de abril”...

¿Te acuerdas, Mario? Me los sé todos. Y ahora estos. (Le tiembla la voz, se seca los ojos) Qué feliz me haces a veces, ¿vieras? (Se sienta.) No puedo pasar bocado, no sé que efecto me hacen estas cosas. (Le toma la mano) Marito. Voy a leerlos después, a solas, ¿quieres? Porque ya ves, soy muy chillona. “Eres como las rosas de la mañana”... ¡Gracias, querido!

Mario y Sergio han estado comiendo apresuradamente, como si nada más importara. Ofelia está emocionadísima.

Oscuro

EL JARDIN


Por la mañana. Se oye lejos que cantan unos niños: “Doña Blanca está cubierta”, etcétera. Entra Emma. Pausa. Entra Mario.

MARIO.-(Agitado.) Perdóname, esos malditos camiones se tardan horas. ¿Te hice esperar mucho?
EMMA.-No, ¿cómo te va?

(El ve a todos lados. La besa.)

MARIO.-Te traigo una cosa. Verás.
EMMA.-¿Sí? ¿Qué es?
MARIO.-Mira. (Un gran sobre de pergamino)
EMMA.-¿Qué es? (Lo abre ansiosamente) Unos versos. (Tal vez esperaba otra cosa, pero lo disimula.) ¿Tú los hiciste?
MARIO.-Sí, yo los hice.
EMMA.-Ay, qué mono eres. (Sonríe.) Gracias. (Los mete al sobre.)
MARIO.-Creo que no diste cuenta: son un acróstico.
EMMA.-¿Qué es eso?
MARIO.-Lee de arriba abajo, la primera letra de cada verso.
EMMA.-¿Cómo? (Lo hace)
MARIO.-Mira, (Le señala con el dedo)
EMMA.-¿Emma Solórzano? Ay, qué chistoso. ¿ Cómo hiciste eso?
MARIO.-Ya ves.
EMMA.-Qué chistoso. (Lo guarda.) ¿Me quedo con ellos?
MARIO.-Sí, cómo no. Si los quieres.
EMMA.-Sí, yo sí los quiero. Están rete bonitos...
MARIO.-(Molesto.) Me parece que no pusiste mucha atención. Mira, los últimos renglones... En fin, no importa.
EMMA.-Ay, no te enojes, dime qué.  A ver. (Los lee) ¿Los últimos renglones? (Busca) ¿Qué cosa?
MARIO.-Nada.
EMMA.-Es que tú eres maestro, yo no sé de esas cosas. ¿Es esto? “Zafiros de las olas sobre tu cuerpo erguido”...
MARIO.-Sí.
EMMA.-“Anunciación dichosa de la fiesta de amor, nuestros cuerpos unidos entre el manso ruido”...
MARIO.-Ruido. Es una licencia poética.
EMMA.-Ah, ¿eso era?
MARIO.-¿No entiendes?, las olas, y el final; “ondas de mar y cielo dándonos su calor”. ¡Acapulco!
EMMA.-¡Ah! Acapulco. ¿Qué?
MARIO.-Es una forma... para recordarte... Emma, no me has dicho nada. ¿Vamos a ir?
EMMA.-Eso era.
MARIO.-Sí, eso.
EMMA.-Mira, Clifton, tú sabes cómo quiero... Y yo te quiero, ¿sabes? Y yo pensaba que... Mira, Clifton vamos a terminar todo esto.
MARIO.-¿Terminar? ¿Cómo? Emma, ¿qué dices?
EMMA.-Que ya no puedo seguir así. Debe ser culpa mía, de mi tipo. Tal vez porque de chica quería yo ser alegre, tener pieles y plumas, ser mala. Yo creo que se me nota, porque todos quieren lo mismo, quieren... eso ¿ves? No sólo tú, el otro jefe, y me cambié de oficina, Roberto, mi novio, y me dejó porque no quise. No sirvo para otra cosa, no puedo ser esposa, tener mi casa propia, y un hijo, o dos, o tres. No, eso no. No soy buena para eso. Creí que tú, por tu edad, por ser un señor tranquilo y decente, porque eres un maestro... No, Mario, mira, no soy una niña, no me he guardado tanto tiempo para que así nada más... No, lindo. Lo siento. Me gusta que salgamos, y me muero por ir al mar, por conocerlo siquiera, como es. Nunca en mi vida he ido más allá de las mugrosas albercas... Pero no. Aunque no vaya nunca. Muchas gracias.
MARIO.-Pero linda. Óyeme.
EMMA.-¿Qué oiga qué? Si mi mamá no viviera... Si no estuviera enferma... Pero soy lo único que tiene. No. Ya no puedo hacer nada, porque en eso quiere una más después, y no, ¿adónde acaba una? Aunque me quede a vestir santos, voy a correr el riesgo. Voy a correr el riesgo de seguir señorita porque, ¿sabes?, esa es la única cosa mía que puedo dar a cambio de... todo lo que quiero me den.
MARIO.-Óyeme, yo, no creas que pretendo... abusar de ti. Yo no quiero eso.
EMMA.-¿No? ¿Qué quieres entonces? ¿A qué me llevas a Acapulco? ¿A rezar? ¿A ver el paisaje?
MARIO.-Yo tampoco soy un niño. Yo lo he pensado, esto no puede ser tan fácil. Es una confusión, un problema. ¿Tú crees que no quiero casarme contigo?
EMMA.-Mario, ¿de verás?
MARIO.-(Retrocede, teme.) Claro, eso debiste suponerlo, ¿no? Es que... lo que pasa... Cómo yo soy mayorcito, ¿ves?
EMMA.-Pero... ¿Tú quieres?
MARIO.-Soy mayorcito. No puedo decirle a una pollita, como tú... No puedo proponerle... Enviudarías muy pronto, ¿ves?
EMMA.-¿Por eso? Tonto, grandísimo tonto. ¿De veras? ¿No me engañas? ¿Era por eso que nunca me decías nada?
MARIO.-Claro, Emma, claro.
EMMA.-Es que no importa, la edad no cuenta. Si tú quieres... Yo sí quiero que nos casemos. No quiero otra cosa.
MARIO.-No, ¿verdad? No. Yo tampoco. Yo quiero... (La besa.) Eso es. Qué bueno. Ya estamos de acuerdo.
EMMA.-Pero... ¿qué te pasa? ¿Qué te preocupa?
MARIO.-Que yo no soy un joven... y el tiempo se va. Tampus fugit. No, yo creo que no podemos. Tal vez sea mejor terminar. Tienes razón.
EMMA.-Pero... ¿Estás enfermo? ¿Qué te pasa?
MARIO.-Es que... Se levanta, camina. (Pausa.)
EMMA.-¿Qué es lo que quieres decirme? ¿O no me quieres?
MARIO.-Es que eres joven, y... fogosa. ¿Entiendes? Eres fogosa y yo no soy un jovencito. Si nos casáramos y luego... Tú viste la película del jueves, la francesa... Es mejor que terminemos.
EMMA.-Pero Clifton, por Dios, qué cosas. ¿Crees que iba yo a engañarme?
MARIO.-No, eso no. Pero es que tú eres joven... y yo no.
EMMA.-Y por eso querías que... ¿Por eso me invitabas a Acapulco? ¿Para estar seguro...?
MARIO.-Sí. Pero olvida todo eso. No. No pienses. Tal vez una despedida a tiempo... sea mejor, Sí, es mejor terminar. Emma. Podemos despedirnos... (Un silencio.)
EMMA.-Mario. Óyeme... No. Mira, lindo, mira. ¿De veras?... ¿quieres? ¿Querrías de veras que nos casáramos?
MARIO.-(Piensa.) No, querer sí quisiera yo. Claro que quisiera. (Profundamente sincero.) Es que... eres... una buena muchacha, eres preciosa... ¿Qué más puede un hombre desear, un hombre como yo? Sí, yo sí querría, Emma.
EMMA.-Mario. (Quedito) Sí voy. Sí voy contigo.
MARIO.-¿A dónde?
EMMA.-A Acapulco, si quieres, ¡no! No digas nada. No voy a pedirte nada después. Tú estás libre, si quieres, para casarte conmigo. Si quieres. Y si no, pues no.
MARIO.-¡Emma!
EMMA.-Es muy tarde, oye. Voy a trabajar. Nos vemos.
MARIO.-No, oye. ¿Qué tienes, Emma? Ven, déjame decirte...
EMMA.-Tengo... pena. Es decir, tengo vergüenza. (Sale.)
MARIO.-¡Emma! (Se sienta lentamente.)

Oscuro

LA CASA


Medio día. Una maleta al pie de la escalera. Mario baja corriendo. Cuca tras él.

CUCA.-¿No se te olvida nada? ¿Calcetines de lana? ¿Tu bufanda?
MARIO.-No, no se me olvida nada. ¿Qué horas son?
CUCA.-Cuarto para una.
MARIO.-Qué barbaridad.
CUCA.-Pero si el camión sale a las dos.
MARIO.-No importa, hay que llegar con tiempo.
CUCA.-¡Ya sé qué se te olvida! ¡Tu gorro de dormir! (Va a subir a buscarlo)
MARIO.-¡No me traigas nada! No voy a llevarlo.
CUCA.-¿No? ¿Por qué?
MARIO.-En Chilpancingo hace calor. Y qué dirían los otros maestros, o el jefe de sección, si me vieran con mi gorro de dormir.
CUCA.-No dirían nada, todo el mundo lo usa. Además, ¿qué van a dormir contigo?
MARIO.-No, pero... a veces hay cuartos con dos camas.
CUCA.-Pues tú sabes.
MARIO.-Adiós (La besa.) Despídeme de Sergio.
CUCA.-Mario, ¿y si me pagan la póliza mientras andas por allá?
MARIO.-Pues la cobras.
CUCA.-Mario... ¿Y qué les diría yo a los muchachos?
MARIO.-¿De qué?
CUCA.-De ese dinero, para la botica. ¿No vamos a prestarles?
MARIO.-Diles que si quieren diez mil pesos que trabaje duro toda la vida, como yo. Y diles que no a tirar mi dinero en pozos sin fondo, como negocios y cosas así. Eso les dices.
CUCA.-Ay, Mario, cómo es posible.
MARIO.-Adiós, nos vemos. (La besa.) Te pondré una tarjeta si tengo tiempo. A ver si ya Ofelia me consiguió ese coche.
CUCA.-Si. Ahí afuera está.

Salen. La escena sola un momento. Se oye partir un coche. Vuelve Cuca con Ofelia.

OFELIA.-Qué paseada va a darse.
CUCA.-Ni tanto, trabajando...
OFELIA.-Pues ya es algo, salir. Oye, ¿no le dijiste?
CUCA.-¿Del dinero? Sí.
OFELIA.-(La observa.) No, ¿verdad?
CUCA.-No.
OFELIA.-Ya lo sabía yo. Mentiras, no lo sabía. En el fondo, siempre pensé que iba a prestarme. Mejor. ¿Te acuerdas? Cuando me prestaba dinero para comprar los monitos, cómo me cobraba todos los días, por moler, para después descontármelo de mi domingo.
CUCA.-Ay, hija.
OFELIA.-¿Te acuerdas que se pasó dos meses diciéndole ladrón a Esteban, porque había tomado un peso del gasto? Sírvele la comida al ladrón, ya regresó de su escuela el ladrón. Pobre Esteban. Bueno por eso me alegro de que no nos preste nada. Mejor.

Entra Sergio

SERGIO.-Ya sabía yo que acá estarías.
OFELIA.-Sí.
SERGIO.-(La besa.) Corazoncito. ¿Qué tal, mamá Cuca? ¿Qué les pasa?
CUCA.-Ese Mario. Así es.
SERGIO.-No. No.
SERGIO.-¿Pues qué pasó?
OFELIA.-Que no va a prestarnos nada.
CUCA.-Se puso furioso. Quiere que trabajen toda la vida para reunir el dinero. Dijo no sé cuántas cosas. Así es, la verdad, es un egoísta y muy tacaño, y eso es muy feo. Y conste que no me gusta hablar de él.
SERGIO.-Vaya. Pues ni modo. Vámonos a comer.
CUCA.-Quédense acá ¿no? Me voy a sentir muy sola.
SERGIO.-¿Qué no va a comer aquí?
CUCA.-No, salió de viaje, de repente. Le dieron una comisión en Chilpancingo.
SERGIO.-Ah, vaya. Pues ya me explico.
CUCA.-¿Qué?
SERGIO.-Que vaya usted a comer sola. Bueno, sí nos quedamos.
CUCA.-Ya está hecho todo. Voy a calentar nada más.

Salen. Ellos van a la sala.

OFELIA.-¿Por qué dijiste eso?
SERGIO.-¿Qué cosa?
OFELIA.-Lo de que ya te explicabas.
SERGIO.-No, por nada.
OFELIA.-¿No? Tú quisiste decir algo. Algo de mi papá, ¿no?
SERGIO.-No quise decir nada.
OFELIA.-Pues ese tonito... Yo te conozco, algo habrás querido decir. (Suspira.) No hay botica, Sergio.
SERGIO.-No, yo nunca me hice muchas ilusiones.
OFELIA.-Yo sí. Ni modo. Sergio. Siquiera mamá va a disfrutarlo.
SERGIO.- ¿Tu mamá? Sí.
OFELIA.-¿Mamá por qué no?
SERGIO.-No, por nada.
OFELIA.-A mí no me engañas. ¿Qué es lo que estás pensando? ¿Qué quieres decir? ¿Sabes alguna cosa de papá?
SERGIO.-No, yo no.
OFELIA.-Si no me dices, me muero de la rabia.
SERGIO.-Dame tu palabra de que no le dices nada a tu mamá.
OFELIA.-¿De qué se trata? ¿Una mujer?
SERGIO.-¿No vas a chismear nada?
OFELIA.-No, de veras.
SERGIO.-Pues fíjate que anda metido con una vieja de Hacienda.
OFELIA.-¡No!
SERGIO.-Con la que le arregló lo de los cheques. Y ha de estar desplumándolo, porque de otra manera no me explico que ande con él. Le contó que es viudo, y ahora se va con ella, van a Acapulco. Figúrate si estará chocheando que aquellos versos de tu mamá, ¿te acuerdas?, los escribió para ella.
OFELIA.-¿Los versos? ¡No es cierto, cómo va a ser!
SERGIO.-Sí, de veras. Si estaba yo temblando porque hasta dicen su nombre, leyendo de arriba abajo. Así que los diez mil pesos, digo, los veinticinco mil, ya sabes a dónde van ir a dar. Despídete. Y no vuelvas a pedirle nada. Tal vez cuando le pase la chifladura, si se le pasa.
OFELIA.-Es un chisme, cómo va a ser cierto. ¿Quién te lo dijo?
SERGIO-El me lo contó,
OFELIA.-¿El? ¿Y todavía lo cuenta? ¡Y los versos! Pobrecita de mamá, y ella llorando, de gusto, y hasta yo... Y esa mujer, esa vieja infeliz, gastando su dinero. Lo que nunca gastó en nosotros, con ella. Y ahora se la lleva de viaje. A nosotras nos tuvo aquí metidas, aquí nos ha tenido fregando platos, lavando ropa, rajándonos las rodillas para lavar el suelo. Ahora si gasta, ahora sí. No me quiso hacer baile de quince, pero a ésta se la lleva a pasear; no nos dejaba casarnos, porque no le había sacado jugo a mi título, pero se halla una querida... ¡Y no es capaz de prestarnos diez mil pesos y se larga a Acapulco! ¿Y crees que voy a callarme? ¡Se lo voy a decir a él en su cara! ¡Ah, pero va a oírme, ya veras!
SERGIO.-¡Ofelia!, ¡La que va a oírte es tu mamá! ¡Cállate!
OFELIA.-¡Y a mi mamá no le va a ver la cara de tonta! ¡Mamá! ¡Mamá!
SERGIO.-¡Óyeme, Ofelia! ¿Qué vas a hacer? ¿Estás loca? Me prometiste...
OFELIA.-¡A mamá no le va a ver la cara de tonta! ¡Mamá!
CUCA.-(Desde la cocina.) Ya va a estar la comida, hijita.
OFELIA.-La comida, ¿la oyes?, nada más grito y cree que es pidiendo la comida, porque así hace él, porque es lo único que sabe hacer aquí en la casa. Pobrecita mamá.
SERGIO.-No te pongas así que te puede hacer daño. Y no le digas nada, por favor, no le digas nada.
OFELIA.-Es que pienso en nuestra vida... Paseando a otra, gastando con otra... (Se sienta a llorar.) Claro que se lo voy a decir a mamá.
SERGIO.-¡Válgame Dios, me lo merezco por bocón! Me lo merezco.

Entra Cuca. Ofelia solloza en el sofá. Sergio mira por la ventana.

CUCA.-Bueno, ¿y qué es lo que pasa?

TELÓN
























TERCER ACTO


LA CASA


Medio día. Después de una pausa entra Mario de la calle: sombrío, fatigado. Se estira y escucha cómo suenan “crac, crac” sus coyunturas. Se frota la nuca. Entra Cuca con traje de salir y un sombrerito que nunca estuvo de moda.

CUCA.-Ahorita viene. Sergio dice que no puede.
MARIO.-¡No, hombre! ¿Por qué?
CUCA.-No sé.
MARIO.-¿Qué tienes?
CUCA.-Nada.
MARIO.-¿Estás enojada, o qué?
CUCA.-No estoy nada.
MARIO.-Era cosa de que mostraras algún regocijo.
CUCA.-Estoy contentísima, pero quién sabe qué te remuerde la conciencia y te la imaginas que todos andan como tú.

El tiro en el blanco. Satisfecha, le deja quitándose el saco. Se quita el sombrerito en el comedor. Entra Ofelia.

OFELIA.-Así que ya, mamá.
CUCA.-Ya hija.

Un silencio.

MARIO.-(Con alegría forzada.) Bueno, alégrate, ya cobramos.
OFELIA.-(Seca.) Sí, me alegro mucho. ¿No se nota?
MARIO.-La ceremonia fue bonita, sencilla, como debe ser estas cosas. Ahora van a retratarnos a todos. Tú estás bien así, ¿O prefieres arreglarte un poco?
OFELIA.-No.
MARIO.-¿Por qué no va a venir Sergio?
OFELIA.-Sí va a venir.
MARIO.-Qué bueno. Desde que llegué no lo he visto.
OFELIA.-Tienes mucho que contarle, ¿no?
MARIO.-(Desconcertado.) Sí, claro.
OFELIA.-¿Sabes mamá? Lo del periódico va a ser divino.
CUCA.-¿Por qué?
OFELIA.-Va a leerlo todo mundo.
CUCA.-Pues sí. (Se da cuenta.) Ah, sí. Claro. Eso va a estar muy bueno.

Entra Sergio.

SERGIO.-Buenas tardes todos. Felicitaciones.
MARIO.-Sergio. ¿Por qué no habías venido?
SERGIO.-Lo felicito, suegro. Me alegro de que ya sean ricos.
MARIO.-Ah, ricos, hombre. Eso se vuelve nada, tú sabes.
SERGIO.-Sí, claro. Tengo que irme enseguida, don Mario. Vine un segundo nada más.
MARIO.-No, hombre, tienes que aparecer en la fotografía. Y tengo que platicar contigo de... Chilpancingo y de todo. Volví el domingo en la noche. (Ve a las mujeres.) Muy bueno el congreso, ¿vieras?

Sergio tose, va a otra parte. Las dos mujeres oyen desde el comedor, en el colmo de la indignación, cambiando codazos y miradas.

SERGIO.-¿Sí? Pero de veras, tengo que irme.
MARIO.-Mira. (Ve al comedor.) Voy a cambiarme de zapatos y a ponerme algo abrigado.
SERGIO.-¿Se siente usted mal?
MARIO.-Parece amenazarme un resfriado. Me duelen las coyunturas, todo el cuerpo... Desde el lunes empecé así. Sube conmigo un momento, ¿no?

Ofelia está frente a ellos, viéndolos, sin hacer un gesto.)

SERGIO.-Bueno, ahorita voy, don Mario. Deje decirle algo a Ofelia.

Sale Mario.

OFELIA.-Ya no halla cómo contarte.
SERGIO.-¿Para eso me hiciste venir? ¿Por qué no le dices de una vez que te conté todo?
OFELIA.-Eres el confidente, ¿no?
SERGIO.-No soy nada. Ya me voy. (Va a salir.) Ofelia, ¿te das cuenta de lo que estás haciendo?
OFELIA.-¿Qué?
SERGIO.-Estas mandándonos al diablo. Si tienes algo contra tu padre, díselo, pero no te portes así con todos. No te portes así conmigo. ¿No? Si él me cuenta cosas, lo mejor que puedo hacer es oírlo. Si él me tiene confianza, pues debo merecerla. Y ya ves lo que hice, y te ensañas conmigo. No. linda, no es justo.
OFELIA.-(Empieza a lloriquear.) Ya lo sé.
SERGIO.-¿Entonces?
OFELIA.-Oye, quiero que nos mudemos de casa. Ya sé que es difícil, y que no hay, pero no quiero seguir aquí enfrente.
SERGIO.-No seas así, ¿no? Tu pobre jefe es hombre, después de todo.
OFELIA.-Es hombre. Y tú también eres, ¿no? Ya harás tú lo mismo.
SERGIO.-¿Estás celosa? ¿Es eso lo que tienes?
OFELIA.-No sé... Es como... me duele algo y no sé ni qué. El era capaz de todo, pero de, de... Mira, nunca ha sido meloso, ni tierno, ni alegre. Me ha maltratado, me ha negado muchas cosas, es brusco, y grosero, sin embargo, yo podía verlo con... orgullo. Un hombre respetable, eso es ¿ves?, respetable. Y ahora, es tan ridículo esto, imaginármelo viejo y tan feo, andar de tonto con una querida que lo explota... Haciendo cosas con una querida... ¡Y el dinero, lo que nos negó a nosotros...!
SERGIO.-Ofelia, por Dios, ya. Llevo una semana oyendo lo mismo. Si tanto te molesta todo eso, díselo a tu papá.
OFELIA.-Sí, voy a hablar con él. Pero después. Estoy esperando.
CUCA.-(Se acerca.) No llores, hija.
SERGIO.-¿Esperando qué?
OFELIA.-A ver qué sucede. Le escribimos una carta.
SERGIO.-¿A quién?
OFELIA.-A esa mujer, la otra.
SERGIO.-¿Y para qué chihuahua le escribieron? Le escribiste tú.
OFELIA.-Le escribió mamá.
CUCA.-Sí, yo fui.
OFELIA.-El le contó que era viudo, ¿no? Pues había que decirle la verdad. Claro, lo que le importará a esa... Emma.
CUCA.-Se la mandamos a Hacienda.
SERGIO.-¿Y qué le decía usted?
CUCA.-Mira, la verdad, le escribió Ofelia, Yo no quería. ¿Para qué? Lo mismo le dará a la mujer andar con un casado que con un viudo. Pero Ofelia me dictó casi todo. Bueno, claro yo también le agregué unas cositas... ¿Quieres verla? Tengo una copia. (Le trae en la bolsa. La abre, vacila.) Yo creo que no tiene caso leerla.

Ofelia se la quita y lee, desafiante.

OFELIA.-“Estimada piruja: ésta va...!
SERGIO.-Qué bárbara, Ofelia, qué grosera. ¿Para qué usas ese tono? Con educación puedes decir todo.
OFELIA.-Claro, ya sabía. Defiéndela.
SERGIO.-Te defiendo a ti.
OFELIA.-¿Quieres oírla, o no? (El se encoge de hombros, ella sigue.) “Esta va para avisarle que el profesor Ramírez Cuevas no es viudo sino casado. Si tiene usted un poco de vergüenza, aunque no creo que la tenga...”
CUCA.-Eso se lo agregué yo.
OFELIA.-“Puede venir a Amatista 88 para conocer lo que es una casa decente. El profesor Ramírez Cuevas tiene una hija casada y está a punto de ser abuelo. ¿Está usted tan hambrienta de hombre que no puede esperarse a encontrarse un soltero y más joven?” Eso es todo.
SERGIO.-¿Quién firma?
CUCA.-¿Cómo? ¿Esto?
SERGIO.-¿Quién firma?
CUCA.-¿Ves cómo había que firmar?
SERGIO.-Lo mandaron anónimo. Qué feo. Qué mal hecho. No te creí capaz, Ofelia. ¿Adónde mandaron esto?
OFELIA.-(Trata de no sentirse avergonzada.) Al departamento de cheques en Hacienda.
SERGIO.-Me alegro, estúpida. En Hacienda no hay nada que se llame departamento de cheques. Esa carta no llegará nunca. (Pausa.) Voy a decirle a tu padre que ustedes saben todo.
CUCA.-No, Sergio, por favor.

Mario baja la escalera.

MARIO.-¿No subes, Sergio?
SERGIO.-Sí.
MARIO.-Estaba pensando, habría que darles una copita a esos individuos.
CUCA.-¿No, Sergio?
SERGIO.-No, Cuquita, no se apure. Que ruede el mundo.
MARIO.-Yo diría que sí, es de corrección. Si vienen a retratarnos... ¿Por qué no compran una botella de moscatel y unas galletas? No ha de ser caro.
CUCA.-Dame voy.
OFELIA.-Vamos, ma.

Salen las dos.

MARIO.-Sergio, tengo que hablar contigo. Quiero contarte. Mira, ¿qué harías en mi lugar? ¿Ya se fueron? (Va a la puerta, se asoma y regresa.) Sergio. El viaje fue de-li-cio-so. Delicioso. Ese lugar, Acapulco, es bellísimo. ¿Me oyes. Sergio?
SERGIO.-Sí, lo oigo. No, mire usted.
MARIO.-¿Qué?
SERGIO.-Nada. ¿Qué me decía?
MARIO.-Volvimos el domingo. No he podido dormir, no he sabido qué hacer desde entonces. Sergio, esa mujer me quiere.
SERGIO.-Don Mario, ¿usted cree? Es una treta.
MARIO.-No le creas, la hubieras visto. Estuvo tal feliz. Parecía una niña. ¿Vieras? Yo no me metí al agua, esos trajes de ahora no me... No me vería yo bien. Pero ella... ¡Sergio, la hubieras visto en traje de baño! ¡Es preciosa, Sergio! Estuvo feliz, feliz. Y no fue tan caro, ¿vieras? Encontramos una casita de huéspedes, barata, no muy lejos del mar y mira en ese ambiente... Yo era otro. La fatigaba yo, la agotaba. Estaba yo hecho un roble, un joven fauno. Tú sabes, el mar... Un día me dijo: no puedo más, me siento una viejita junto a ti. Y es un pimpollo, pobrecita. Bueno, tal vez quería halagarme, pero... El caso es... ¿Qué voy a hacer? Quiere llevarme a ver a su mamá.
SERGIO.-Don Mario, debe usted terminar esto cuanto antes.
MARIO.-¿Tu crees? (Piensa.) ¿Y si le pusiera yo un pisito?
SERGIO.-¡Don Mario! Ya me voy, es muy tarde.
MARIO.-No, oye, aconséjame, dime. Desde que volví, no puedo pensar en otra cosa. ¿Qué hago?
SERGIO.-Terminar.
MARIO.-¿Pero cómo?
SERGIO.-¿La quiere usted? (Un silencio.) Mire, ya me voy, tengo que trabajar.
MARIO.-Es que van a retratarnos, ¿ves? Y no sé qué hacer. Es para el periódico, para varios periódicos. Yo no quería pero ¿cómo decirles que no? Y ella se va a enterar de que soy casado, por eso no sé qué hacer. ¿Sería mejor que le dijera yo antes...?
SERGIO.-¿Pero por qué va a retratarse?
MARIO.-Fue idea del gerente, ¿ves? Cuando me dieron el cheque tomaron una fotografía, y van a tomar otra, con el dinero y con todos nosotros. Son para el periódico. En justo estímulo para enseñar  a ahorrar a la juventud. Yo no quería pero Cuca insistió, por salir en el periódico. ¿Con qué pretexto le iba a decir que no? ¿Qué hago? Tal vez Emma no las vea, ¿pero y si las ve?
SERGIO.-¿Qué clase de mujer es esa  Emma?
MARIO.-Es una niña. ¿No ves? Era... doncellita, era una virgen.
SERGIO.-¡No! ¿De veras?
MARIO.-De veras, Sergio. Si lo sabré yo, hombre.
SERGIO.-Esto va a acabar mal. Ahí están ellas.
MARIO.-Ve a ponerte la corbata, para la fotografía.
SERGIO.-No, don Mario. Yo no voy a aparecer.

Entra Cuca y Ofelia.

CUCA.-Ahí afuera está el fotógrafo, pero el hombre del dinero no llega.
MARIO.-Dile que pase.
CUCA.-Dice que lo va a esperar allí en el sol. No me gusta que el dinero llegue.
MARIO.-A mí tampoco. El gerente mandó a un hombre, agente o algo así, a cambiar el cheque. Para retratarme luciendo los billetes, ¿ves?
CUCA.-Y esta es la hora que no aparece. Ya me está dando mala espina.
MARIO.-Sergio no quiere retratarse.
CUCA.-¿Por qué no Sergio?
OFELIA.-¿Y eso? ¿Por qué no quiere? ¿Por no salir conmigo?
SERGIO.-¡Maldita sea, todo lo que hago...! Voy a ponerme la corbata, los zapatos? Sí, ¿verdad? Aunque no creo qué vayan a vérsenos los pies.
CUCA.-Ojalá no se tarde el hombre del dinero.

(Va saliendo Mario. Timbre)

CUCA.-Apúrate, ahí está ya. Corre.

Mario sale, Cuca va a abrir.

CUCA.-Buenas tarde.
EMMA.-(Sin entrar.) Buenas tardes.
CUCA.-¿Qué se le ofrece?
EMMA.-¿Es aquí el 88?
CUCA.-Sí. ¿Viene usted de la póliza?
EMMA.-No. ¿Vive aquí el profesor Ramírez Cuevas?
CUCA.-Sí.

Ofelia, más que oír, intuye algo.

EMMA.-Usted... arregla la casa.
CUCA.-Sí, yo. A sus órdenes. Pase adelante.

Emma duda. Examina a Cuca y le inspira confianza. Se aventura rumbo a la sala. Se encuentra de pronto a Ofelia.

EMMA.-Usted es... la esposa del profesor Ramírez Cuevas.
CUCA.-Sí, a sus órdenes. Siéntese usted.
EMMA.-Perdone. Tengo que irme.
OFELIA.-Un momentito.
EMMA.-Perdone, no. Tengo que irme.
OFELIA.-(La ha tomado por una muñeca.) Yo soy su hija. Siéntese usted. El no está, Díganos qué se le ofrece.
CUCA.-Pero tu papá...
EMMA.-Nada, no. ¿No esta él? (La presión de Ofelia la hace sentarse.)
OFELIA.-No. ¿Qué se le ofrece?
CUCA.-Pero, Ofelia...
EMMA.-Era... un asunto de la escuela. Voy a volver más tarde. (Se levanta.)
OFELIA.-(Interponiéndose.) ¡No será un asunto de la Secretaría de Hacienda.
CUCA.-Ofelia, deja a la señorita. ¡Ofelia!
OFELIA.-Usted es la señorita Solórzano, ¿verdad? ¿La ves, mamá? Es ella.
CUCA.-¡No!
OFELIA.-¡Papá, papá, baja pronto!
EMMA.-¡Suélteme usted! (Trata de irse.)
OFELIA-¡Papá! No se va usted.
EMMA.-¡Suélteme!

Forcejea. Empuja a Ofelia, va a salir corriendo. Ofelia la alcanza y la pesca por un  brazo y por el pelo. La arrastra unos pasos. La bolsa de Emma cae, el contenido se desparrama.)

EMMA.-¡Déjame! No me voy. Yo no acostumbro... (Está temblando.) ¿Qué quiere usted? Aquí me tiene. (Recoge sus cosas.) ¿Quiero que me quede a verlo?, háblele. Yo no acostumbro... Tiene razón, no conocía yo una casa decente. Esa carta, ¿quién la escribió? Yo, la piruja, no acostumbro jalonearme. ¿Quiere hablarle? ¿Para qué? Eso no lo entiendo, ¿para qué? Háblele, que venga.
CUCA.-Váyase usted. No lo llames, Ofelia.
OFELIA.-(Duda, llama.) ¡Papá!
CUCA.-Mejor váyase usted. Ay, Dios mío. Aquí en la casa, no. Que no se vean aquí. (Empieza a llorar, sale corriendo a la cocina.)
MARIO.-(Bajando, elegantísimo.) Ya voy, me estoy arreglando. ¿A dónde va a ser...? (La vio. Se paraliza. Va a huir, escaleras arriba.)
OFELIA.-¡Papá!

El baja otra vez.

MARIO.-Buenos días. La señorita es... No tengo el gusto.

Un silencio largo.

EMMA.-Vine porque me pusieron esta carta. (Se la tiende.) No podía yo creerlo.
MARIO.-(Lee.) Ofelia.
EMMA.-Me obligaron a quedarme, no sé para qué. Adiós, Mario.

Va a salir.

MARIO.-¡Emma!
EMMA.-¿Sí?
MARIO.-Emma... perdón.
OFELIA.-¡Váyase ya!
EMMA.-No, ahora no. Así no. Su carta... Esto... (Se arregla el pelo.) Es una equivocación. Yo no sabía. El me engañó. Yo nada más quería... Gano poco, estoy muy sola, mi mamá está enferma. Yo quería casarme y él... Parece bueno.

Va a salir.

MARIO.-No, Emma, oye.

Ella lo ve. Un silencio.

EMMA.-Lo conseguiste, ¿no? ¿Por qué había de creerte a ti? Roberto me gustaba tanto, Roberto es joven, y alegre. Y ni siquiera puedo pensar bien, ni me da rabia, ni nada. Nada más no lo creo, siento como si todo esto no estuviera pasando. ¿Por qué habías de engañarme? ¿Por qué, si tienes casa, y mujer, y todo? Yo nada más tenía... ¿Para qué? ¿Para qué? (Abre su bolsa, saca su pañuelo y se seca los ojos, la cierra.) No es justo que me insulten, ni que me maltraten. El me engañó. Yo soy... Yo he sido decente. Yo he podido hacer muchas cosas, pero nunca... nunca... Porque ya no era tiempo. Porque ya tengo treinta y siete años. Por eso terminé con mi novio, y era guapo, y lo quería, pero me pidió cosas... No tienen por qué insultarme. No le he quitado nada, le di cuanto tenía... No le he quitado nada...

Tocan el timbre, se asoma el Fotógrafo.

FOTOGRAFO.-¿Se puede?
EMMA.-Adiós, Clifton. (Sale.)

El Fotógrafo y un hombre que se cree muy bien vestido, pasan.

FOTOGRAFO.-¿Cuántas placas voy a tomar?

Entra Cuca.

VILLEGAS.-Dos o tres. ¿Adónde está esta gente? Pasa, Orteguita, encuéntrate un buen fondo. Ah, aquí tienen. ¿Ya listos para la foto? Y miren, ¿ven esto? (El portafolios) Aquí está la fortuna. ¿Les parece aquí en la sala? Ah, emocionados, ¿no?
CUCA.-Señor Villegas, ¿no quiere volver después?
VILLEGAS.-¡Sí está muy bien así! ¿Lagrimitas? ¡No se seque los ojos, así, está muy bien! Mire, en el comedor, venga usted. Es un momento, no les va a doler. ¡Y mire esto!(Vacía el portafolios: cubre la mesa con billetes chicos, los distribuye en montones, rompe algunas fajillas y desordena los papeles.)
VILLEGAS.-¿Qué tal se ven, eh? Vengan acá, por favor. (Los mueve) Usted también, anden. (Colocándolos.) Así, los tres... Usted en medio. ¿Listo, Orteguita? Anden, viendo al pajarito... La primera... Sonrían, bien, por favor, usted, profesor!...

Relámpago.

VILLEGAS.-Se les ve la emoción, eso está bueno. Va a ser, en el periódico, con título grande: “El profesor Ramírez y su familia, atónitos ante tanta felicidad...” Algo así.

Mario empieza a llorar, a sollozar, casi a gritos.

VILLEGAS.-¡Profesor! Ahora, Ortega, ésta es  buena.

Relámpago.

OFELIA.-¡Papá, papacito, no!
MARIO.-¿Cómo voy a vivir? ¿Cómo voy a vivir?

Otro fogonazo.

CUCA.-¿Qué va a decir esta gente?
MARIO.-¡Suéltame, Ofelia! (Sigue sollozando)
CUCA.-Por favor, váyanse ya, váyanse, le suplico. Perdone.
VILLEGAS.-No se apene, pero si es muy natural que la emoción...
CUCA.-(Empujándolos.) ¡Por favor!
VILLEGAS.-Vámonos, Ortega. Hasta luego. Que les vaya bien. Que sean muy felices. Ah, perdón, ¿no quieren firmar esto? Nos autoriza aquí a publicar la foto.
CUCA.-Señor, no es momento... (Firma) Ande usted. (Lo empuja.) Ande ya.

Salen los dos.
OFELIA.-Perdóname, papá, perdóname.
MARIO.-¿Y eso para qué? ¿Ya para qué sirve?

Toma de pronto el montón de dinero entre los brazos. Busca a dónde ir. Va a la  cocina, regando billetes por el camino. Luego se va al garage. Sale y cierra tras de sí.

OFELIA.-¡Papá! (Corre, trata de abrir.) ¡Echó el pasador! (Golpea.) ¡Abreme, Papá! (Golpea.) ¡Papacito, papá! (Ve por la cerradura.) Está sentado en el suelo. Tiene allí los billetes. (Trata de oír.) Esta hablando, mamá.
CUCA.-(Espía.) Está caminando ahora. ¿Qué dice?
OFELIA.-“¿Cómo voy a vivir?”, dice. ¡Mamá! No se vaya a... ¡Voy a buscar a Sergio!

Ofelia sale corriendo.

CUCA.-(Tocando la puerta.) ¡Abreme, Mario! ¡Abreme, Mario! ¡Mario!

Entran corriendo Sergio y Ofelia.

SERGIO.-¿A dónde está?
CUCA.-Aquí.

Sergio corre a la cocina. Vuelve con una hachuela. Fuerza la puerta, abre. Ahí está Mario, de pie, con todo el dinero entre los brazos.

MARIO.-No pude hacerlo. Quería yo quemar esto, el dinero, Sergio. ¿Cómo voy a vivir, Sergio? ¿Cómo voy a vivir? Toma (Da el dinero a Cuca.) No lo quemé por ti. No lo tires. Veinticinco años. Aquí están veinticinco años. Felicidad... ¿Qué voy a hacer ahora? (Vuelve a llorar. Sube la escalera.) ¿Qué voy a hacer ahora?
OFELIA.-¡Papá!

Oscuridad



















EPILOGO

(Suprimible)

LA CASA


Es por la tarde. La escena sola. Se oye ruido de serrotes y martillazos. Del garage, entra Ofelia.

OFELIA.-¡Sergio! Dicen los carpinteros que ya se van.
SERGIO.-(Baja.) ¿Les diste?
OFELIA.-Sí, ya son la seis. ¿Acabaron de empacar?
SERGIO.-Sí, tu mamá está nerviosísima.
OFELIA.-Claro.
SERGIO.-¿Cómo va quedando aquello?
OFELIA.-Ya empieza a verse. Que traigan el mostrador y va a ser otra cosa.

Baja Cuca, corriendo, desabotonada y despeinada. Trae una maleta.

CUCA.-Aquí está esto de una vez. ¿Me abotonas, hija? No sé qué me pasa, no puedo.
OFELIA.-Los nervios.
CUCA.-Se me figura que vamos a perder el tren.
SERGIO.-Cuquita, si sale a las siete.
CUCA.-¡Jesús, ya nada más nos queda una hora! Voy a apurar a Mario. (Va a salir.) ¿Saben? Se me figura que vamos en otra luna de miel. (Sale.)
SERGIO.-Volvió a salir la foto.
OFELIA.-¡No! ¿Otra vez?
SERGIO.-Con esta van siete veces que la publican.
OFELIA.-¡Desgraciado! ¿No puede hacerse nada?
SERGIO.-Nada, tu mamá firmó el permiso. Escondí el periódico para que no lo vean.
OFELIA.-¿Qué dice ahora?
SERGIO.-(Saca el periódico de la bolsa.) “Lloró de dicha  al recibir el fruto de su previsión”.

Ofelia se lo quita, lo rompe y lo hace una bola, lo tira a la cocina.

OFELIA.-Qué porquería. Me alegro tanto de que se vayan. Es un viaje precioso, van como a diez ciudades.
SERGIO.-¿Tantas?
OFELIA.-Guanajuato, Dolores, Allende, Monterrey. Todo el norte...
SERGIO.-Podrían haber ido a Estados Unidos, o a Cuba.
OFELIA.-Papá dice que hay que conocer primero el país. Sergio, me dan mucha lástima.
SERGIO.-¿Por qué?
OFELIA.-No sé. Papá está muy... raro. Ni grita, ni regaña, ni nada. Maldita vieja. Sí, Sergio, porque si ella no aparece, papá habría sido feliz con la póliza, y con su ascenso. Si eso estuvo esperando siempre.
SERGIO.-Mira, linda: tu papá no habría sido feliz de ningún modo. ¿No te das cuenta? Ni el dinero ni el ascenso le habrían servido. No habría podido tenerlos realmente, tocarlos.
OFELIA.-Claro que habría podido.
SERGIO.-El dinero no es una cosa concreta, no es el papel o la moneda que tienes entre los dedos. El dinero es una convención, un símbolo para tener cosas, objetos, deseos realizados. Si acumulas dinero, en realidad estás acumulando deseos, como tu papá. Y el tiempo pasa, los deseos  se marchitan, se vuelven feos, inoportunos, ¿entiendes?
OFELIA.-Pobrecito papá. Pero ya ves, de algo les ha servido el dinero. A mamá si la ha puesto feliz.
SERGIO.-Tu mamá siempre ha sido feliz. Salvo contrariedades, claro, pero lo poco que ha tenido en su vida, es lo que ha querido, lo que ella misma escogió. (Enciende el radio.)
OFELIA.-Quién sabe. (Vuelve Cuca.)
CUCA.-Voy a llamar un coche para que nos vayamos ya, ¿Nos acompañan?
SERGIO.-Ni se pregunta, suegra. Deme su veliz.
OFELIA.-Oye, todavía no se van los carpinteros. No podemos dejar esto solo. (Le jala la manga.)

Baja Mario. Le está creciendo la barba otra vez, trae su gabardina y su bastón.

MARIO.-Si perdemos el tren va a ser por culpa tuya, Van a dar las siete.
CUCA.-Falta casi una hora.
MARIO.-¿Y porque falte una hora no van a dar nunca las siete? Vámonos.

Suena el radio.

SERGIO.-A ver, deme esto. Le voy a buscar un coche.
CUCA.-Voy a mandar al hijo de Rosita, deja. (Sale, y Ofelia va con ella.)
MARIO.-Es un bonito viaje. ¿No te parece?
SERGIO.-Claro, suegro, estupendo.
MARIO.-(Suspira. Teatral.) Y los viajes ayudan a olvidar, Sergio. Cuando un hombre maduro se encuentra una aventura, no queda ya el mismo. Estos idilios otoñales son terribles, como tormentas de verano, si aceptamos la paradoja. Un viaje ayuda, y la cultura se acrecienta viajando. Ay, no cualquiera vive una novela tan rica en experiencia. Aunque Cuca ya no se acuerda mucho, no está de más salir. Veremos los sitios históricos de la Patria...
SERGIO.-Esto está muy bien, don Mario.
MARIO.-Nuestras bellezas nacionales son olvidadas muy a menudo... (Se queda oyendo. En el radio empezó Perfidia.) Sergio, quiero jubilarme. Estoy viejo y cansado, y hay algo que me falta, y no sé qué es. Algo que me ha faltado siempre. Y voy a morirme, Sergio, y no voy a tenerlo nunca, ni voy a saber qué es. (Pausa.) Eso lo contaba ella. (Se queda escuchando, se seca los ojos.)
CUCA.-(Fuera.) ¡Aquí está el coche, aquí está el coche! (Entra.)
MARIO.-Adiós, Sergio. (Lo abraza.)

Entra Ofelia.

CUCA.-Adiós, Sergio. Adiós, hijita. Cuídate. Si algo sucede avísanos. Quiero volver a tiempo, antes de ser abuelos.
MARIO.-Cuídate, hijita. Si se adelanta, telegrafíanos.
OFELIA.-Sí, papá, sí, mamá. Que les vaya muy bien.

Salen todos, menos Ofelia que se contrae un poco, disimula, dice adiós desde dentro. Arranca el coche. Vuelve Sergio.

SERGIO.-¿Por qué no quisiste ir a dejarlos?
OFELIA.-Porque... sentí algo chistoso, desde hace rato, ¿ves?
SERGIO.-¿Chistoso, cómo?
OFELIA.-Así, chistoso, y no quise estropearles el viaje.
SERGIO.-¡Ofelia! ¿De veras? ¡Se te está adelantando!
OFELIA.-No, tonto, no se está adelantando.
SERGIO.-Pero si debía ser... ¡No es posible! No te muevas. ¿Qué es lo que sientes?
OFELIA.-Anda, tonto. Da tiempo. Ponte tu saco y vámonos a la casa. ¿Sabes? Si resulta varón, quiero que se llame como mi hermano. Esteban es un nombre bonito.
SERGIO.-Como tú quieras. Camina despacio. (La besa.)
OFELIA.-Y quiero que sea loco, que haga lo que quiera, que gaste mucho, que tenga muchos juguetes... y que nosotros seamos muy buenos con él.
SERGIO.-Lo que tú quieras, linda. No camines tan aprisa.
OFELIA.-Ridículo. ¿A que no me alcanzas? (Sale corriendo.)
SERGIO.-(Petrificado.) ¡Ofelia! ¡Bruta! ¡Estúpida! ¡Ofelia! (Corre tras ella.)

El radio sigue sonando.

TELÓN