Otra Electra, de Edith Ibarra





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λλη λεκτρα

Otra Electra

 de Edith Ibarra

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ailuciernagafuriosa@gmail.com


© INDAUTOR

Personajes
La madre, anciana con los ojos vendados.
Electra, mujer de treinta años.

La obra se desarrolla en el departamento de la madre.

CUADRO 1
La presentación.
Oscuro. Electra entra al departamento y prende la luz. Regresa a la puerta y entra con la madre.
Electra. — ¿Te dejo en la sala o te llevo a tu recámara?
La madre. — Llévame a mi cuarto.
Silencio. Caminan rumbo a la recámara.
La madre. — ¿Por qué le diste los setenta?
Electra. — Era lo que marcaba el taxímetro.
La madre. — A mí me cobran cincuenta.
Electra. — Tú quisiste que se viniera por Viaducto.
La madre. — Como tú le dijiste iba a ser más vuelta.
Electra. — Pero no íbamos a estar en el tráfico.
La madre. — Se venía haciendo tonto. El coche ni se movía.
Electra. — Había mucho tráfico, mamá.
La madre. — Son unos rateros. El otro día me querían cobrar… La madre tropezando con algo. Se detiene. — ¿Qué es eso? 
Electra. — ¿Qué?
La madre buscando. — ¡Era un ratón!
Electra. — ¿Un ratón?
La madre. —Ya se metieron los ratones. Esa mujer que nunca limpia su casa.
Electra hace caminar a la madre. — A lo mejor era un zapato.
La madre. — Yo no dejo mis zapatos a mitad del camino. Han de estar por todos lados. Y yo sin ver.
Electra. — No veo ninguno.
La madre. — ¡Cómo van a estar en el camino!
Electra. —Acabas de decir que están en todas partes.
La madre. — Deben estar bien escondidos.
Electra. — ¿Y entonces con el que te tropezaste?
La madre. — ¿Qué?
Electra. — No era un ratón.
La madre. — ¿Entonces qué era?
Electra. —No sé. Yo no vi nada.
La madre. —Voy a tener que limpiar todo, pero así como estoy…
Electra. — Vamos a la cama y regreso a buscar.
La madre. — Revisa que en la cocina no haya nada que se puedan comer. 
Electra. —En el caso de que sea un ratón.
La madre. —Si no quieres hacerlo, le llamo a tu hermano para que me ayude.
Electra. —Sólo digo que no estamos seguras de que sea un ratón.
La madre. —Yo lo sentí. Me tropecé con él pasando la puerta.
Electra. — ¿Te voy a poner la gota?
La madre lamentándose. — ¡Los trabajos de mis alumnas!
Electra. — No te preocupes. Todavía no sabemos si hay un ratón.
La madre. — Voy a tener que limpiar atrás de donde están los folders.
Electra se detiene. — Ya llegamos a la cama. ¿Te vas a cambiar?
La madre. — Sí. Pásame mi bata. Viene en la bolsa que llevé al hospital.
Electra. — ¿No quieres una limpia?
La madre. — No. Cuando me bañe me cambio.
Electra la busca y se la da. — Ten. Electra se acerca y le levanta los brazos.
La madre. — Déjame. Yo puedo sola. Mejor vete a ver si hay un ratón. Fíjate en la estufa, adentro del horno. Electra sale. Ya deben tener su nido. Gritándole a Electra. Guarda en el refri todo lo que se puedan comer. Poniéndose con dificultad la bata. Todo muerden esos animales. Así se acabaron las sábanas que me bordó mi mamá. Vuelve a gritar. Busca atrás de los folders. Tratando de abotonar la bata. Se me hace que ya se los comieron.



CUADRO 2
¿Y el ratón?
Electra busca en la cocina. Guarda cosas en el refrigerador y busca en el horno.
La madre, desde la recámara. — ¿Ya lo encontraste? 
Electra. — No.
La madre. —  Atrás de los folders. Ahí debe estar.
Electra busca detrás de un sillón donde están apiladas unas filas del folders. — No hay nada.
La madre. — Debe estar lleno de cacas.
Electra. — No hay cacas. Sólo arañas y polvo.
La madre. — Quítalas de ahí.
Electra limpiando. — Ya las quité.
La madre. — ¿Guardaste la comida en el refri?
Electra. — Sí.
La madre. — ¿Qué había?
Electra. — Unos mangos.
La madre. — Eso les gusta a los ratones.
Electra. — ¿Los mangos?
La madre. — La fruta.
Electra. — ¡Ah!
La madre. — ¿Buscaste en el horno?
Electra. — Sí.
La madre. — ¿Buscaste abajo, de donde se prende? Deben estarse llevando las hojas para hacer su nido.
Electra. — No hay nada.
La madre. — Voy a ver.
Electra corre a la recámara. — No te pares. Te vas a caer.
La madre caminando con dificultad. — No quieres buscar al ratón. Tú te vas a ir y me vas a dejar con él en la casa.
Electra. — No hay ningún ratón.
La madre. — ¿Entonces con qué me tropecé?
Electra. — No sé. Yo no vi nada.
La madre. —  Era casi llegando a la recámara.
Electra. — Dijiste que pasando la puerta.
La madre. — El ratón casi me tira cuando se atravesó.
Electra. —Yo busqué en la entrada y no hay nada.
La madre. — ¡Cómo si no conociera mi casa! 
Electra. — Sí la conoces, pero no puedes ver. Fue en la entrada cuando te tropezaste con el supuesto ratón.
La madre se detiene.
Electra. — No llores. Sólo vas a estar vendada unos días. El doctor dijo que tenías que estar en reposo absoluto. Si no te cuidas se puede volver a desprender. No debes andar caminando de aquí para allá, te vas caer. La regresa a la recámara. Si necesitas algo, pídemelo.
La madre. — Te pedí que buscaras al ratón.
Electra. — No hay ratones. La acomoda en la cama. Quédate aquí. Voy a buscar con qué te tropezaste. Sale. Busca, pero no encuentra nada. Va a la cocina, revisa. Vuelve a donde están los folders. Regresa a la cocina. Recorre el lugar con la mirada. Va a la alacena, toma un vaso de plástico y se dirige a la recámara.
Electra. — Era un vaso.
La madre. — ¿Un vaso?
Electra. — Sí, un vaso de plástico azul.
La madre. — ¿Y qué hacía el vaso ahí?
Electra. — No sé.
La madre. — ¿Se habrá metido alguien?
Electra. — A lo mejor se cayó y rodó hasta la entrada.
La madre. — ¿Desde la cocina?
Electra. — ¿No lo usaste y lo dejaste en la sala?
La madre. — Yo no tomo en vasos de plástico. Alguien entró a la casa. A lo mejor tu hermano me vino a visitar y yo no estaba. ¿No me dejó un recado?
Electra. — Voy a ver. Sale.
La madre incorporándose. — Fíjate bien en la mesa de la sala. Ve si no está pegado en la puerta. A lo mejor me tropecé con su recado. No, era como un bulto. Clarito sentí como si fuera un ratón.
Electra regresando. —No hay nada.
La madre. — No te fijaste bien. ¿Ya viste si no dejó un recado en el refri?
Electra. — No hay nada, mamá.
La madre. — Siempre haces como que buscas.
Electra. — Si quieres lo llamo para saber si vino.
La madre. — Sí. Así me entero si estuvo en la casa.
Electra llama. — ¿Horacio?... oye, mi mamá ya salió del hospital…
La madre. — Pásamelo, pásamelo. Electra le da la bocina. Hijo, cómo estás… me duele todo… no, no me gustan las medicinas. Ya le dije al doctor que no las voy a tomar… acabamos de llegar… ¿viniste a verme? Ah. No, hijo, no te preocupes, lo que importa es que cuides tu trabajo. Dicen que con la crisis se van a perder más empleos. Sólo voy a estar así unos días… sí, hijo, está bien…cuando puedas venir a verme aquí te espero. Cuídate. Qué Dios te bendiga. Cuelga. Que no vino. Enojada. ¿Quién se habrá metido? Silencio. Seguro fue el hijo de doña Marta, ya sabes, el marihuano ese. Cuando necesitan para su droga se les olvida todo. Le voy a llamar para decirle que su hijo entró a robar…
Electra desesperada. — Yo inventé lo del vaso.
La madre. — ¿Qué?
Electra. — Quería que estuvieras tranquila y que dejaras de pensar en el ratón. Busqué en todos lados y no encontré nada. No sé con qué te tropezaste. Y tú no quieres creer que no hay un ratón.
La madre. — ¿Y el vaso?
Electra. — Lo tomé de la cocina.
La madre. — Llévalo a su lugar… pero antes lávalo.
Electra. — ¿Quieres algo de cenar?
La madre. — No tengo hambre.
Electra. — ¿Te traigo un té?
La madre. — No. No puedo ver, y no quiero echármelo encima.
Electra. —Le pongo un popote.
La madre. — ¿Cómo voy a tomar un té con popote?
Electra. — Te ayudo para que te lo tomes.
La madre. — Bueno. Tráeme uno de manzanilla.
Electra. — ¿Quieres pan?
La madre. — ¿Hay pan?
Electra. —No. Voy a la panadería.
La madre. —No. Tráeme el té nada más.
Electra. — Voy rápido. No me tardo nada. Nada más no te muevas de aquí.
La madre. — Entonces tráeme una concha con un vaso de leche tibia.
Electra sonríe. —  No me tardo. No te vayas a parar.
Oscuro.
Luz. Electra sale de la recámara de su madre, con una taza y un plato.
La madre. — Gracias por la leche.
Electra. — De nada. Buenas noches. Descansa.



CUADRO 3
El sueño de todos los días.
Fade in de luz. Imagen de una mujer en una plancha de una morgue.
Las voces de mujeres y de Electra.
Las voces. – ¿Está muerta? Pausa. ¿Alguien sabe si está muerta? Tócala. No. Está muerta.
Se escuchan pasos de alguien que se aproxima y toca la puerta. Tocan. Abre. No. Vuelven a tocar. Abre. No entren. Está muerta. ¿Si está muerta? Sonidos de un chin chin de metal.
Electra. — No estoy muerta.
Las voces. – ¿Qué haces ahí?
Electra. — Tuve un hijo.
Las voces. — ¿Y por qué estás sola?
Electra. —Nadie pudo venir.
Las voces. — ¿Y el niño? ¿Dónde está tu hijo? ¿Fue niño? Dice que tuvo un hijo.
Electra. — Fue a comprar peces dorados.
Las voces. – ¿Y tu mamá?
Electra. — Fue a trabajar.
Las voces. — No creo que haya tenido un hijo. Yo pensé que estaba muerta. ¿Por qué no vino su mamá? Dicen que compró un niño y lo convirtió en pez alado. Mi hija nace y muere sin reproducirse. Cuando mi hija nació, mi vida… ¿Terminó? ¿Se eclipsó? ¿Se acabó? El cuarto estaba lleno de soles. Si eres madre…. Yo creo que alguna de nosotras le tiene que decir que está muerta.
Fade out de luz.

CUADRO 4
Otra Electra.
Electra, en su cama, se levanta gritando.
Electra.
— ¡No estoy muerta!
Electra se da cuenta que estaba soñando. Descansa su cuerpo en tensión y respira.
La madre gritando. — ¿Qué tienes?
Electra. — Nada. Fue un sueño. 
La madre que sigue gritando. — ¿Estás bien?
Electra. —  Sí. Estoy bien. Electra trata de tranquilizarse.
La madre se incorpora con dificultad. A tientas encuentra su chal y se lo pone. Busca con los pies sus pantuflas. No encuentra una. Se agacha cuidadosamente y con la mano la busca. No la encuentra. Se desespera. Se levanta y sale.  Entra al cuarto de su hija.
Electra se levanta y toma a su madre del brazo. — Ya te paraste. No debes caminar.
La madre. — ¿Qué soñabas?
Electra. —Lo mismo de siempre.
La madre. —Ya te dije que fueras a ver al padre…
Electra. —Un día de estos voy.
La madre. —Ayúdame a sentar.
Electra ayuda a sentar a su madre y después se sienta junto a ella. Silencio.
Electra. — ¿Por qué me pusiste Electra?
La madre. — Me gusta la fuerza de tu nombre.
Electra. — ¿Cuál fuerza?
La madre. — Yo siento que cuando digo Electra llamo a una guerrera.
Electra. — ¿Leíste la obra?
La madre. — Me gusta el nombre, las historias no me interesan.
Electra. — Siempre le inventas cosas a la gente.
La madre. — ¿No te gusta tu nombre?
Electra. — No. Electra es… no quiero ser como ella.
La madre. — Tú eres otra, otra Electra.
Electra. — Te falta una pantufla.
La madre. — Sí. No la pude encontrar.
Electra. — Espérame. Te la voy a traer.
La madre se queda quieta.
Electra regresa y le coloca la pantufla. La levanta y la lleva a la recámara. La acomoda en la cama y la tapa. — Te dejé las pantuflas juntas. Están después de la silla.
La madre. — Gracias.
Electra. —Nos vemos al rato. Todavía no amanece.
La madre. —Sí. Descansa.
Sale.



CUADRO 5
Al otro día, un café.
Electra se despierta. Está totalmente enredada en las sábanas. Se levanta poco a poco. Toma agua. Va hacia una maleta y comienza a sacar ropa.
En la recámara, la madre no encuentra acomodo en la cama. Se recuesta.
La madre que grita. — ¿Ya te levantaste?
Electra. — Sí. Ya voy.
La madre. — Sólo quería saber si ya estabas despierta. 
Electra. — Ya. Ahorita voy. Estoy buscando un suéter. Sigue sacando ropa.
La madre. — ¿Quieres un café?
Electra. — No. No tomo café sin haber desayunado. Electra sigue buscando el suéter. De pronto se oyen pasos del otro lado del escenario. Electra sale corriendo. — ¿A dónde vas?
La madre con los ojos vendados camina. —  A la cocina. Voy a prepararme un café.
Electra. — ¿Y por qué no me lo pides?
La madre. —  Porque tú no tomas café en el desayuno.
Electra. — ¿Por qué te cuesta tanto pedir algo? Silencio de las dos. Vamos a la recámara. Recuéstate y…
La madre. —  Ya estoy harta de estar en la cama.
Electra. —Entonces siéntate un rato en el sillón. La lleva al sillón y la ayuda a sentarse.  ¿Cómo quieres el café?
La madre. — Una de café y dos de azúcar, pero del descafeinado, el de la tapa verde. Dice descafeinado; del otro no me des porque me quita el sueño.
Electra. — Cuando te canses te llevo a la cama.
La madre. — No quiero estar en la cama. Me choca estar enferma. Con la mano toca la pila de fólderes. Ya quiero arreglar esa montaña de papeles. Ahorita estaría revisando esos trabajos, pero sin ver no puedo. Ya sueño con ese reguero que quiero ordenar. Es mi pesadilla…como las que tienes cada noche, pero yo las vivo en la mañana. Creí que jubilándome iba a poder arreglar la casa, pero nunca tengo tiempo para nada.
Electra. — Llevas años diciendo lo mismo.
La madre. —Tuve que trabajar hasta dos turnos para poder mantenerlos.
Electra. — ¿Y ahora por qué no tienes tiempo?
La madre. —Tú no sabes nada. Cuando has trabajado tanto el cuerpo se cansa.
 Electra. —Entonces descansa.
La madre. — ¿Y este reguero quién lo va a arreglar?
 Electra. — Contrata a alguien para que te ayude.
La madre. —No. Sólo vienen a fisgonear, a ver qué se pueden llevar. Luego creen que uno tiene mucho dinero.
 Electra. —Pues entonces no te quejes.
La madre. — Ingrata. Todos estos años no hice más que trabajar para ustedes.
Electra. —Sí, mamá. Llevo treinta años agradeciéndotelo.
La madre. —Qué fácil se te hace juzgarme. ¿A qué horas iba a arreglar esto si no tenía tiempo para nada?
Electra. — No tenías tiempo porque siempre llegabas a dormir.
La madre. — Estaba cansada. Todos los días como burro, yendo de un trabajo a otro.
Electra. —  Esa era tu frase favorita.
La madre. —  Ya quisiera verte trabajando como yo trabajé. Cuarenta años…
Electra. — Cuarenta años diciendo lo mismo. Cuando entrabas a la casa lo único que decías era que venías muy cansada y que no te molestáramos.
La madre. — No es cierto.
Electra. —Eras una mamá que sólo llegaba a dormir.
La madre. — Mentirosa. ¿Vas a molestarme con tus recuerdos o me vas a dar el café?
Electra. — Voy por tu café.
Electra va a la cocina.
 La madre gritando. —  Del descafeinado, el del frasco café.
Electra. —  Sí, mamá.
Electra entra al cuarto de su madre con el café y con afán reconciliador le dice. — Te traje un pan.
La madre lo toma. — ¿Le pusiste del de la tapa verde?
Electra. —  Me dijiste que del frasco café.
La madre. — No, te dije de la tapa verde.
Electra. — Dijiste del café.
La madre. — ¿Cómo va a ser del café si ese me quita el sueño? Te dije que me sirvieras del de la tapa verde.
Electra. —  Te hago otro.
La madre. — No, no voy a desperdiciar el café. Así me lo tomo.
Electra. —  Pero te quita el sueño. Ahorita te hago otro.
La madre. —  No, déjalo. Ya estoy acostumbrada a tus groserías.
Electra. — ¿Cuál grosería? Me equivoqué. No lo hice para molestarte.
La madre. —  Ya. Así me lo voy a tomar.
Electra le da la taza de café.
La madre. — ¿Qué taza es?
Electra. — Una verde.
La madre. — ¿Verde? Yo no tengo tazas verdes.
Electra. — Pues es verde.
La madre. — ¿De quién será esta taza? ¡Sabrá Dios de quién son las babas que me voy a tomar! Mejor pónmelo en mi taza. Es una roja. Tu hermano me la trajo de Alemania.
Electra. — ¿Y cuándo fue a Alemania?
La madre. —Hace un año. ¿No te acuerdas?
Electra. —Él nunca ha ido a Alemania.
La madre. — ¿No? ¿Entonces a dónde fue?
Electra alzando los hombros. — No sé.
La madre. —Ahora que venga le pregunto. Ve a cambiar el café.
Electra. — ¿Siempre sí te lo cambio?
La madre. —Quise decir la taza. Ya me estás confundiendo.
Electra va a la cocina. Regresa con la misma taza. La madre bebe el café
La madre. —   El otro día doña Marta me trajo un atole; a lo mejor esa es la taza.
Electra. — Puede ser. ¿Quieres que te ayude a limpiar tu cuarto?
La madre. — Pero no voy a ver lo que haces.
Electra. — Bueno, te tiendo la cama. 
La madre. — Trae la escoba y le das una pasadita.
Electra va por la escoba. Regresa. Ayuda a levantar a su madre y van a la recámara.
La madre. —  No dejes la taza en la sala. Luego se hacen cucarachas.
Electra. — ¿Te dejo en la cama primero o me esperas aquí a que lave los trastes?
Silencio. Llegan a la cama. Electra trata de acostar a su madre.
La madre. — No. Déjame sentada.
Electra sale. Va a la cocina y lava los trastes. Regresa con su madre. — ¿Por dónde empezamos?
 La madre. —  Ayúdame a tender mi cama.
Electra. —Quédate un rato en la silla, en lo que hago la cama.
La madre se sienta.
Electra. — ¿Quieres que te ponga el radio?
La madre. —Sí. ¿Qué horas son?
Electra. —Las diez.
La madre. — ¿Tan tarde?
Electra. —No es tarde. ¿Qué vas a hacer?
La madre. — Nada. No puedo hacer nada. Silencio. Toda la vida cuidé enfermos y acabo mi vida enferma. Silencio. Anoche me di cuenta de todo lo que ha sido mi vida. Dios me regaló muchas cosas. Tuve trabajo, familia, amigos.
Electra. — Hiciste lo que quisiste.
La madre. — ¿Tú crees?
Electra. — Sí.
La madre sonríe complacida. — A pesar de haber trabajado hice lo que quise.
Electra. — Trabajar es parte de hacer lo que quieres.
La madre. — ¿Encerrada en un hospital cuidando enfermos?
Electra. — Tú elegiste eso.
La madre. — No. Fue la necesidad. A mí nunca me gustaron los enfermos.
Electra. — Pero quisiste cuidarlos. Siempre nos contabas todo lo que hacías para bañarlos, para que comieran y se tomaran el medicamento.
La madre. — Ellos me necesitaban.
Electra. — Y tú a ellos.
La madre. — ¿Y a mí para qué me sirvieron?
Electra. — Para darles tu tiempo, para ayudarlos.
 La madre guarda silencio.
Electra toma la escoba y barre.
La madre. — ¿Qué es eso?
Electra. — ¿Qué?
La madre. — Lo que suena.
Electra. — Un cartoncito.
La madre. — No barras mis papeles. Ahí escribo cosas importantes.
Electra levanta el cartón y lo revisa. — Es un cartón manchado de café. Ya ni se ve lo que está escrito.
La madre extiende la mano. — A ver…
Electra. — Está sucio.
La madre desesperada. — Dámelo. Siempre anoto teléfonos ahí y luego ando como tonta buscándolos.
Electra dándole el cartón. — ¿Por qué no los apuntas en la agenda que te regalé?
La madre. —No me gustan las agendas. Nunca encuentro nada.
Electra. — Al final tienen un directorio…
La madre. — Ya sé. Deja de tratarme como si fuera tonta. Ya no veo como antes. Los espacios son muy chiquitos y nunca encuentro lo que busco.
Electra extiende la mano. — ¿Tiro el cartón?
La madre. — No. Ponlo en el buró para revisarlo cuando me quiten la venda.
Electra lo toma y lo arruga. Sigue barriendo.
La madre. — ¿Ya hiciste la cama?
Electra. — Ya. ¿Te quieres recostar?
La madre. —Sí. Ya me cansé.
Electra ayuda a su madre a recostarse en la cama.
Electra. — ¿Te tapo?
La madre. —Ponme nada más la cobijita. Electra la cubre. Tres meses antes de que muriera tu padre… me dijo que nunca había sido feliz conmigo.
Electra. — No le hagas caso. Ya estaba muy enfermo.
La madre. — ¡No es cierto!
Electra. — ¿Para qué te torturas con eso?
La madre. — No sé. A lo mejor ya me voy a morir.
Electra. — No. Tienes prohibido morirte. Sigue barriendo. ¿Qué hago con estos clavos?
La madre. — ¿Cuáles?
Electra. — Estos que salieron.
La madre. — ¿Dónde estaban?
Electra. — No sé. Ahorita que saqué la escoba de la cama rodaron hasta acá.
La madre. — Nunca sabes nada. Ni siquiera viste al ratón.
Electra. — Los voy a poner en el buró, junto al cartón.
La madre. — No, no, no. En el tercer cajón de la cómoda hay unos frasquitos donde están los clavos. Si los dejas en el buró se van a volver a caer. Ponlos en la cómoda, en el tercer cajón.
Electra busca el frasco indicado.
La madre. — No vayas a desacomodar mis cosas. Fíjate en el tamaño del clavo y lo pones en el frasquito que le toca.
Electra hace gestos de desesperación.
La madre. — Y deja de hacerme gestos.
Electra sorprendida. — No hice nada.
La madre. — Desde que eras niña me haces gestos.
Electra. — Ya los puse en su frasquito. ¿Quieres desayunar?
La madre. — Sí. Ya tengo hambre. Es lo único que extraño de tu padre. Siempre me traía mi café y el desayuno.
Electra. — Cocinaba muy rico. Ya ves que decía que era chef de un barco.
La madre. — De lo demás, fue un bueno para nada.
Electra. —No hables mal de él. ¿Qué ganas? Déjalo descansar.
La madre con ironía. — Pero sí siempre descansó. Nunca supo lo que era tener una familia. ¿Cuándo nos mantuvo? ¿Cuándo se preocupó porque tuvieras zapatos?
Electra. — Una vez.
La madre. — No sé cómo lo aguanté.
Electra. — Ni yo.
La madre. — Lo hice por ustedes, por conservar la familia…
Electra toma la escoba y el trapeador. — Voy por el desayuno. No voy a escuchar el comercial de siempre.
La madre. — Ya no te acuerdas de cómo me trataba.
Electra. — Tú se lo permitiste.
La madre. — Para ti es muy fácil echarme la culpa de todo. Si lo aguanté fue para que no sufrieran el tener padres divorciados.
Electra. — Sí, era mejor sufrir con unos padres que se peleaban a la menor provocación.
La madre. — ¿Y qué esperabas, que no hiciera nada? Yo no soy como las indias de su pueblo que viven sometidas a la voluntad del marido.
Electra. — ¿Por qué seguiste con él si te trataba tan mal?
La madre. —Tú sólo criticas. No quieres darte cuenta de los sacrificios que hice por ustedes.
Electra. — Ya empezó la telenovela. Voy por el desayuno.
La madre. — Eres igualita a él. Empiezan a hablar y cuando ya no saben qué decir se van.
Electra. — Antes me sentía muy mal cuando me comparabas con él. Pensaba que parecerme a mi papá era la cosa más horrible que me podía pasar. Pero ya no lo vivo así. Así que dime otra cosa si me quieres ofender. Electra espera, la madre sigue en silencio. Electra sale.



CUADRO 6
Las llamadas.
Electra toma el teléfono y marca. — Bueno… ¿Horacio? Soy yo, Electra. ¡Maldito nombre!... ¿Qué haces? ¿Yo? Peleando con mi mamá, ya sabes. Mi deporte favorito… No, no puedo dejar de hacerlo. No soy como tú que le sigues la corriente… ¿Cómo me voy a callar si se la pasa provocándome? Oye, ¿cuándo vas a venir?... Sí, ya sé que siempre estás muy ocupado, pero ella te necesita…No, tú no vengas a pelear… además contigo ella es diferente. Aunque sea, ven a darle las buenas noches…Íbamos a desayunar, pero a mí ya se me quitó el hambre... ¿Por qué no te quedas unos días con ella?... Un fin de semana… antes de Navidad… ¿Por qué tengo que cuidarla sólo yo?... ¿Por qué tengo que estar con ella? Cuelga. Vuelve a tomar el teléfono y marca. Oscuro.



CUADRO 7
Comamos pizza
Tocan a la puerta.
La madre grita desde la recámara. — ¿Quién es? ¿Es Horacio?
Electra. — No. Es la pizza.
La madre. — ¿Quién pidió pizza?
Electra. — Yo. Vamos a comer pizza. Oscuro.
Electra sentada en la cama, con dos platos en las piernas. — ¿Hay de salami con pimientos y hawaiana? ¿De cuál quieres?
La madre. — ¿Cuál es la hawaiana?
Electra. — La que lleva jamón y piña.
La madre. — No. Dame de la otra.
Electra le sirve y le pone el plato en las manos. — Toma.
La madre. — ¿Cuánto cuestan estas cosas?
Electra. — No mucho.
Comen en silencio.
Electra. — ¿Quieres más?
La madre. — Dame un pedazo de la otra para probar.
Terminan. Electra recoge los platos y las cajas.
Electra. — ¿Quieres algo más?
La madre. — Agua.
Electra. — Hay jugo en el refri. ¿Te sirvo?
La madre. —No. Está frío.
Electra. — Lo entibio en el microondas.
La madre. —  No. Dame agua.
Electra. — Bueno, voy por el agua. Regresa. ¿Te tapo?
La madre. — Sí. Pásame mi rosario. Voy a rezar un rato.
Electra. — ¿Dónde está?
La madre. —En el cajón del buró. ¿Ahí están mis llaves?
Electra le da el rosario. —Sí. Pegadas en la orilla. Voy al cuarto, si quieres algo me llamas.
La madre. — Sí. Gracias.
Oscuro.


CUADRO 8
Nuevamente la pesadilla.
Sonido del chin chin de metal.
Electra. — Si tuviera una hija la llamaría Lucía. El día que Lucía naciera mi madre no iría a trabajar. Ese día tendría que ser un día soleado, sin contingencia ambiental.
Las voces. — El día que nació Lucía todos los coches circularon. Los verdes, los rojos, amarillos y azules. Todos tocaron Oda a Lucía para claxon y ruidos callejeros. Las madres y sus hijas bailaban por todas las avenidas mientras la policía les aventaba chorros de agua tibia.
Sonido de pasos de alguien que se acerca y se para junto a Electra.
Electra. — ¿Señorita, puedo ver a mi hija?
Las voces. — Tuviste un hijo, pero él se fue a trabajar.
Electra. — ¿Y mi mamá?
Las voces. —Tu mamá tuvo una niña. Se llama Electra.  Nació en abril, pero ella cree que fue en un día nublado. Respira normalmente, camina, hace tazas de café, pero cada vez que duerme siente que está muerta.



CUADRO 9
Luchando contra la pesadilla.
Electra despierta asustada. Prende la luz. Camina en el cuarto. Va por un vaso con agua. Hojea un libro.
La madre entrando. — ¿Qué hora es? ¿No tienes sueño?
Electra. —Te volviste a parar.
La madre. — ¿No vas a dormir?
Electra. —  Al rato. Voy a leer un poco.
La madre. — ¿No estás cansada? ¿Qué hora es? 
Electra. —  Son casi las tres.
La madre. — ¿De la mañana?
Electra. — Sí.
La madre. — Ya es muy tarde. Duérmete.
Electra. — Voy a leer un poco.
La madre. — Acuérdate que desde que eras niña se te iba el ojito si leías en la noche.
Electra. — Mamá...
La madre. — Hija, estas no son horas de leer. ¿Por qué no lees en el día? Pausa. No ves que te hace daño. Pausa.  Además, se gasta más luz.
Electra. — No te preocupes, yo pago la luz.
La madre. — Duérmete. Estas ya no son horas de leer.
Electra. — Mamá, no quiero dormir.
La madre. — Ahorita tu cerebro está cansado, no puedes entender lo que estás leyendo.
Electra. — No quiero dormir.
La madre. — ¿Por tus pesadillas?
Electra. — Sí, por mis pesadillas.
La madre. — Ay hija, no puedes dejarte vencer por un sueño.
Electra. — No son sueños, mamá, son pesadillas.
La madre. — Pero tú las estás inventando.
Electra. — No las estoy inventando. Vivo cada cosa que pasa. No quiero sentir que estoy muerta cada vez que me duermo.
La madre. — Vente a dormir conmigo.
Electra. — No, gracias. Déjame leer.
La madre. — Ponte a rezar.
Electra. — No quiero rezar.
La madre. — ¿Pero si antes?
 Electra. — Antes, mamá, cuando tenía ocho años y creía que si rezaba mucho tú ibas a dejar de gritar.
La madre se va hacia la puerta. — ¿Por qué me dices esas cosas?
Electra. — Porque no me dejas en paz. Pero, mira, lograste tu objetivo. Ya me voy a dormir. Van a dar las tres de la mañana; es muy tarde para leer y muy temprano para pelear.
Fade out de luz.


CUADRO 10
El mismo infierno de siempre.
Electra. — ¿Estoy muerta?
Las voces. — No. Acabas de dar a luz.
Electra. — ¿Qué fue? 
Las voces. — Fueron tres, dijo la enfermera. Los quiero ver, pidió Electra. La enfermera los trajo en una charola. Aquí tiene, le indicó, son tres bolas de carne. Pesaron cuatro kilos en total.
Electra. — ¡Cómo se atreven, malditas brujas!
Voces. —De tus pezones escurría una tibia leche amarillenta. Miren, sus tumores quieren venir a saludar a su mamá. Qué chistositos pedazos de carne. Y se mueven. Parece que van a llorar. ¿No los vas a alimentar?
Electra se vuelve a despertar gritando.
La madre entra sin la venda. — ¿Por qué lloras? Electra no responde. ¿Por qué no me cuentas?
Electra. —  Todas las noches sueño que estoy en una plancha de metal sin saber si estoy muerta o si tuve un hijo.
La madre. — ¿Qué?
Electra. — Eso es lo que sueño todas las noches. Asustada. ¿Por qué te quitaste la venda?
La madre. — Me dolía la cabeza de tanta presión.
Electra. — Pero el doctor dijo que debías traerla mínimo tres días.
La madre. — Los doctores siempre dicen cosas, pero no saben que cada cuerpo es diferente.
Electra. — Te llevo a la recámara.
La madre. —No. Quiero ir al baño.
Electra se para y le toma la mano. — Dame la mano.
La madre la rechaza. — No. Prefiero agarrarme de las paredes.
Electra. — Mamá, te ayudo.
La madre. — No. Desde ayer me traes muy rápido. Estoy insegura y quiero ir lento.
Electra. — No voy rápido, pero si quieres camino más despacio.
La madre. — No. Quiero hacerlo yo sola.
Electra. — Deja te lleve.
La madre. — Quiero hacerlo sola.
Electra. — Te puedes caer y va a ser peor.
La madre. — No confío en ti.
Electra. — ¿Qué?
La madre. — Quiero hacerlo sola.
Electra. — ¿No confías en mí?
La madre. — Para caminar. 
Electra. — ¿Y para qué otra cosa?
La madre. — Nunca dices la verdad. Preferiste mentirme que buscar al ratón. Y ahora tengo miedo de que me lo vaya a encontrar en el camino.
Electra sorprendida. — Inventé lo del vaso porque no me creías.
La madre. — ¿Cómo te voy a creer si me dices mentiras?
Electra. — Busqué en cada maldito rincón de este lugar para poder decirte con toda seguridad que no te preocuparas porque no había un sólo ratón. Pero no me quieres creer.
La madre. — Te portas como si fueras una niña chiquita.
Electra va al clóset, saca una maleta y descuelga su ropa. — Sí, mamá, soy una niña chiquita que nunca va a crecer. Seguiré siendo enana. 
La madre. — ¿A dónde vas?
Electra. —  A mi casa.
La madre. — ¿Por qué siempre haces tragedias de lo que digo?
Electra. — No sé. ¿Será por el nombre?
La madre. — Ahorita no vas a encontrar un taxi.
Electra. — Pues ya será mi problema.
La madre. — ¿Cuándo vuelves? Electra no responde. Toma la maleta y va hacia la puerta
¿Te vas sólo porque te digo que mientes?
Electra. — No. Me voy porque dijiste que no confías en mí.
La madre. — Ponte en mi lugar. No es tan fácil dar la mano para que te ayuden. Silencio de Electra. Me haces ver como si fuera un monstruo.
Electra. —Eres muy torpe para ser un monstruo.
La madre. — Ven, te persigno.
Electra. — No. Ya me voy.
La madre. — No te vayas. Vete mañana.
Electra ve su reloj. Duda. Mira fijamente a su madre. — Mañana temprano me voy.
La madre. — Sí, hija. Mañana temprano si quieres te vas. Me voy a dormir. Se va.
 Electra se sienta en un sillón y ahí se queda dormida.


Cuadro 11
Morando en la pesadilla.
Suena el teléfono. Electra se despierta y se para a contestar.
Electra. — ¿Horacio? ¿Eres tú? ¿Qué hora es? ¿Qué quieres?  ¿Y para decir que no vas a venir llamas a estas horas? Estoy cansada, Horacio. No, idiota, no me parezco a mi mamá. Te lo digo porque así es… sí, ya sé que tú tienes cosas muy importantes que hacer, pero yo estoy harta. Mi mamá te necesita. Siempre te espera. Mira, ya viene a preguntar si eres tú el que llamaste. Te la paso. ¿Por qué no? ¿Y qué le digo? O le hago perder la esperanza de que un día vendrás. Ya sé. Le digo que eres un fantasma como mi papá. Tú tampoco la quieres. Y yo no puedo dejarla, no puedo abandonarla. Vagaré en esta casa hasta que decidas liberarme. Cuelga. Va a la cocina y toma una jarra de agua, se sirve en un vaso y bebe. Después mete una mano en la jarra y hace círculos en ella. Saca la mano y acerca su boca a la boca de la jarra. – Mamá, mamá, ¿dónde estás? Tienes que ir a firmar la boleta. Mamá, Horacio me está pegando. Mamá, la falda ya no me queda. Mamá, necesito dinero para comprar estos libros. Mamá, tienes que ir a hablar con la directora.
Las voces. — ¿Por qué no podía ir al cine?
Electra. —Esa ropa no me gusta.
Las voces. —Su esposo fue su cruz.
Electra. — ¿Por qué cerraste mi cuarto con llave?
Las voces. —Se olvidó de los viajes y la ropa. Su hija llenó sus últimos guantes de piel con arena. Eran tres pares de manos extendidas que le daban amor a Electra.
Electra. — Pues si no lo aguantas, ¿por qué no te divorcias?
Las voces. —Tanto que se sacrificó por ella. Los primeros meses durmió en el hospital. Creo que era una señal de que la vida con ella iba a ser muy difícil. Y todo para ¿qué? Los hijos y los maridos por sus hechos son queridos. Cría cuervos y te sacarán los ojos. Árbol que nace torcido…
Electra. — ¿Por qué no me dejas en paz?
Aparece en la sala la madre con una bata blanca y larga. Oscuro.
Electra sale de la cocina con los ojos vendados. — Mamá, mamá… escúchame, por favor. Camina, trata de tocar a su madre. — Mamá, estoy dando vueltas en mi pesadilla. Extiende sus manos. Mamá, tócame. Soy un despojo. Mamá, las voces quieren una respuesta. Mamá, tócame, por favor, tócame. Suéñame y busca un nuevo nombre para mí. Mamá, ¿estoy viva? Siente mi mano, está fría. Se detiene. Mamá, huéleme. Voy dejando en las calles este olor a perro muerto. Yo no soy una guerrera, mamá. El día que me hiciste ver en un espejo me di por vencida. Me dijiste que era una niña fea y que debía luchar todos los días. Ese día me derrumbé y tú cerraste los ojos. No leíste Electra ni el cuento del papito feo. Se supone que una madre ve hermosos a todos sus hijos. Silencio. La madre aparece con los ojos vendados. Sientes ese hilo, hueles ese hilo: es nuestra arma homicida. Nacemos, nos enredamos, nos repetimos y cuando eres vieja llega la hora de la autopsia. Se quita las vendas. Mamá, corre, corre mucho porque te voy a matar. La madre busca dónde esconderse. Electra la atrapa y la envuelve en una sábana blanca. La amortaja. — Acabas con todo; dices cosas horribles, palabras crueles que te esmeras en elegir. Cada una da en el blanco. Impacta en la piel. La quema por dentro. Circula por la sangre, de la cabeza a los pies y de los pies a la cabeza. Y en algún lugar del cuerpo, tus palabras fundan un reino. El reino de la miseria. Electra deja a la madre en el suelo y camina en círculos. Virgen de las caricias…
Las voces. —Ruega por ella.
Electra. — Virgen de la luz…
Las voces. — Vela por ella.
Electra. — Virgen de los sonidos…
Las voces. — Susurra por ella.
Electra. — Virgen de la satisfacción…
Las voces. — Apiádate de ella.
Electra. — Virgen de los errores…
Las voces. — Ten misericordia de ella.
Electra. — Santa madre que todo lo dio…
Las voces. — Ríanse de ella.
Electra. — Santa Madre que se sacrificó…
 Las voces. — Alucinen con ella.
Electra. — Santa madre rabiosa…
Las voces. — Huyan de ella. 
Electra. — Virgen Prudentísima y cobarde…
Las voces. — Mírate en ella.
Electra. — Santa madre que no es mujer ni esposa…
Las voces. —Esperen por ella.
Electra detiene su marcha. — No estoy muerta. Sólo te repito, te vomito. Supuro tus palabras y tus sentimientos. Se hinca enfrente de ella.
Las voces. —Virgen abandonada y mil veces utilizada…
Electra. — Llora por ella.
Las voces. —Santa señora, madre y mártir…
Electra. — Sepárate de ella.
Las voces. —Virgen de la muerte, del sueño y las pastillas…
Electra. — Duerme con ella.
Las voces. —Santas madres de los hijos que nunca llaman…
Electra. — Sufre con ellas.
Las voces. —Virgen de los folders y los ratones…
Electra. — Muere con ella.  Electra desenvuelve a su madre. Se coloca al lado del cuerpo de su madre y tapa a ambas con la sábana.
Las voces. —Este era un pato, con cara de gato y los ojos al revés, ¿quieres que te lo cuente otra vez?
Electra. —No.
Las voces. —Este era un pato, que se creía gato, ¿Tenía los ojos al revés? Se lo contamos otra vez.
Electra. —No.
Las voces. —Electra nunca fue un gato. Era fea, parecía un pato. ¿Se lo contamos otra vez?
Electra. —No.
Las voces. — Electra era un pato y su mamá un gato. ¿Te lo repetimos otra vez?
CUADRO 12
El regreso.
Electra se despierta asustada y corre a la recámara de la madre. No la encuentra. La llama. — Mamá. ¿Dónde estás?
La madre. — En la cocina. Electra va hacia allá.  ¿Dormiste bien?
Electra. — Sí.
La madre se prepara un café. — ¿Tuviste pesadillas?
Electra. — No.
La madre. — ¿Quieres un café?
Electra. — No. Gracias.
La madre. — Ah, sí, no tomas café sin desayunar. ¿Te vas a ir?
Electra la mira fijamente.  
La madre. — ¿Qué?
Electra. — ¿Por qué no podemos estar juntas?
La madre. — ¿Ya no estás enojada?
Electra. —No… pero al rato me voy a volver a enojar.
La madre. — Ya revisé el horno. No hay nada. Ayúdame a ver si detrás de los folders hay cacas.
Electra. —No hay ratones.
La madre. —Dame la mano. Quiero ir al baño.
Electra se acerca. Caminan.
La madre. — ¿Por qué no viene tu hermano?
Electra. —Está ocupado. La gente está perdiendo sus trabajos y él debe cuidarlo.
La madre. — Dónde dejaste el cartoncito? Dijiste que lo habías puesto en el buró.
Electra. —Ahí lo puse. Ahorita lo buscamos.
Oscuro.


FIN


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