Sensacional de maricones Fotonovela escénica Luis Enrique Gutiérrez O.M.




Sensacional de maricones
Fotonovela escénica



Luis Enrique Gutiérrez O.M.


—Jaimito, como cualquier muchacho de servicio, estaba enamorado del
patrón de la casa: Don Juan Eleudoro Castro y Castro.
—Pero el suyo era un amor puro.
—Don Juan Eleudoro.
—Un amor de época.
—Jaimito lo tenía decidido, no iba a enamorarse de nadie más en su
vida, para qué, si con el cariño y los billetes de don Juan
Eleudoro tenía.
—Jaimito, ¿qué no piensas lavar hoy la nave?
—Ya se la lavé tres veces, don Juan Eleudoro, si quiere la vuelvo a
lavar. Don Juan Eleudoro. Las veces que usted quiera, don Juan
Eleudoro.
—Y se repetía y repetía el nombre, porque don Juan Eleudoro le sabía
a caramelo.
—Don Juan Eleudoro.
—Se lo repetía hasta la diabetes: cuando caminaba, cuando comía,
cuando subía las escaleras, cuando las bajaba, pero sobre todo,
durante las largas horas que pasaba leyendo su Sensacional de
Maricones en el excusado por las mañanas.
—Don Juan Eleudoro. Tan guapo y tan lejano.
—Don Juan Eleudoro.
—Don Juan Eleudoro.
—Y cada noche, sin falta, soñaba que Don Juan Eleudoro y él ya eran
novios, soñaba que paseaban en Acapulco,
—Pero el Acapulco de las películas de Mauricio Garcés.
—O aquel de las canciones de Rocío Dúrcal.
—Que eran los únicos Acapulcos que conocía.
—Soñaba que iban agarraditos de la mano por la costera.
—Jaimito y su querido don Juan Eleudoro, en medio de miles de
sirvientas que ya habían podido ligarse a su patrón.
—Miles de sirvientas…
—…comiendo elotes con mayonesa.
—Y con sus bolsotas de guasanas.
—Y todavía en el sueño, los productores de telenovelas se abrían paso
entre todo el sirvienterío para regalarle a Jaimito hartos
chequezotes a cambio de una promesa.
—Jaimito, qué hago con todos estos cheques.
—Son tuyos, querido Eleudoro, todos para ti.
—Deberías aceptar que hagan la telenovela.
—No. Nuestro amor es puro. No debe tocarlo el pétalo de una cámara.
—¿Quieres que te lleve a pasear en la banana?
—¿En la tuya mi vida?
—Me regalaron un volante para que nos den dos por uno en el
parachute.
—Juan Eleudoro, solo llévame a tu camota de agua.
—Mejor vamos a la Quebrada a ver las nalgas de los clavadistas.
—Y al rato comemos langosta o paseamos en lancha.
—Sale.
—Te amo, Jaimito.
—Jaimito.
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—Jaimito.
—…
—Pero hasta en sueños le decían Jaimito.
—Por eso me salí del pueblo.
—Cuando tenía cinco años le decían Jaimito.
—Cuando cumplí los nueve aún me decían Jaimito.
—Pero cuando cumplió los trece, y todos…
—…absolutamente todos en el pueblo…
—…le seguían diciendo Jaimito,
—…supe que algo estaba mal.
—Buenos días Doña Jacinta.
—Buenos días Don José.
—Buenos días, JAIMITO.
—JAIMITO.
—Jaimito su chingada madre. Soy Jaime. Y me van a decir Don Jaime.
—¿Amaneciste triste Jaimito?
—No amanecí triste no me estén diciendo Jaimito.
—Ay, Jaimito. Siempre tan sentimental.
—Estaba condenado por la sociedad a la niñez perpetua que le
atribuyen a los maricas
—Para no otorgarles derechos.
—Verga.
—Pero no estaba todo perdido.
—Por el momento, quiero creer, que no todo.
—Después vino el famoso telegrama.
—El famoso telegrama. Ya ni lo recordaba.
—Fue la puntilla.
—Probablemente.
—Llegó un telegrama urgente. Llegó un telegrama urgente.
—Pasó corriendo el estúpido de José Canilla por todo el pueblo.
—Era domingo.
—Revoloteaba el papel entre los dedos y no se detenía.
—Y no se hubiera detenido hasta llegar a la barranca.
—Lo que hubiera estado bien.
—Que se despeñara con todo y su telegrama.
—Pero se tropezó.
—Se tropezó y se rompió contra la banqueta el único diente frontal
que le quedaba.
—Qué dice el telegrama, pues.
—Dinos.
—Ugh. Es urgente.
—Y qué dice.
—Que es urgente.
—Y qué más.
—No les puedo decir.
—El telegrama estaba en francés.
—O algo así.
—Quién habla francés.
—Necesitamos a alguien que hable francés.
—Rápido, que es urgente.
—¿Qué lo hable o que lo lea?
—Que lo lea en francés y nos lo diga en español.
—No, cabrón, en el pueblo quién…
—Y siempre sobre un genio.
—Un pendejo que tiene la gran idea.
—Háblenle a Jaimito.
—Jaimito. Claro.
—Claro. Por supuesto. Cómo no lo habíamos pensando.
—Claro. Claro.
—Claro.
—Jaimito.
—Que como es puto seguramente hablará francés. Pendejos.
—Qué dice el telegrama. Jaimito.
—Seguramente es para ti.
—No, que es para todos.
—Pero viene en francés. Qué dice.
—Anda.
—Primero eso de “Jaimito”, luego esa cosa de que necesariamente era
sentimental, y para acabarla de chingar, que hablaba francés.
Fue entonces cuando lo decidió.
—Jaimito era un muchacho muy enérgico.
—Y sentimental.
—Ya quedamos que sentimental no.
—Era muy enérgico.
—Voy a ir a la ciudad, allá no tendrán prejuicios, me llamarán Jaime,
no traduciré telegramas en francés y hasta podré llegar a ser
Secretario de Gobernación.
—O en su defecto.
—O en su defecto.
—Me meteré a trabajar de chacha a una casa de ricos y me enamoraré
del patrón, y cuando se convenza de que su mujer no puede
quererlo tanto como yo, la botará a la verga y se pelará
conmigo.
—El plan no era malo.
—Aunque no podemos pensar por ello que Jaimito fuera un estratego.
—Digamos que era un plan de fotonovela.
—Pero funcionaba.
—Funcionaba en las fotonovelas.
—Funcionaba en el Sensacional de Maricones.
—Jaime había aprendido a leer en las páginas del Sensacional de
Maricones mucho antes que sus compañeros de aula.
—El único ejemplar que se vendía en el pueblo era para Jaimito.
—Todos los jueves, desde que recordaba, había salido corriendo de su
casa por la mañana.
—Y para cuando llegaba a la escuela ya había pasado por el puesto de
periódicos,
—…y había dejado el dinero de su desayuno de tres días pagando su
ejemplar.
—Y se lo había soplado enterito…
—…antes de sentarse en la banca de hasta adelante y ver cómo la
pendeja de la maestra intentaba enseñarles la o, la erre y la
jota a una bola de malnutridos.
—Y ahí había conocido las grandes historias.
—Las que viviría en la ciudad.
—El inocente muchacho que había llegado a la luna dando las nalgas a
todos los funcionarios de la NASA.
—El ciego que encontró el amor de su vida meando en un baño público.
—O el enfermero erótico.
—La Isla de los hombres solos.
—Marfil Sidonia, ni hombre ni mujer, simplemente hermafrodita.
—El pequeño Menonita que de vender quesos en un semáforo pasó a ser
la famosa Güera Corona, líder en la industria de los lácteos.
—Y en la de las mamadas.
—Y Jimmi Tormenta, que vendería su yate para salvar a su amado Nano
Calígula de las manos de sus falsos raptores.
—Pero había comenzado lavando los autos en la disco.
—Desde abajo, como Jaimito.
—(Aunque Jaimito seguía abajo).
—Pero bien abajo.
—Todas esas historias de éxito que le habían cocinado su muy regular
cerebro y así, cuando tuvo que tomar la decisión,
—Cuando estuvo por fin, a los trece años, hasta la madre de ser el
joto del pueblo.
—Puso sus calzoncitos negros en su maletita rosa de Esnupi.
—Y se despidió llorando de su pueblo.
—Aunque iba feliz, pues tenía un plan que sabía que funcionaba.
—Porque si funcionaba en las fotonovelas podría hacerlo con Jaimito.
—Y en el sueño, funcionaba en el sueño. Cada noche el plan funcionaba
en los sueños de Jaimito.
—Aunque no, no dejaron de decirle Jaimito en la ciudad.
—Pero no es lo mismo a ser joto de rancho. Esto era mejor. Era de
ciudad. Lástima que siempre, siempre terminara mal el sueño.
—No era que alguna de las sirvientas le robara el novio a Jaimito.
—No.
—El sueño terminaba de la peor manera.
—De la peor.
—El sueño terminaba con el sueño. Y ya despierto, entre la mano de
Jaimito y la de Don Juan Eleudoro, estaba la arpía de Doña
Mariana Bribiesca.
—La señora de la casa.
—La detesto.
—Y no lo quería.
—A Don Eleudoro tan guapo no lo quería.
—Claro que no lo quiere.
—La muy zorra.
—Si la oyera don Juan Eleudoro cómo se refiere a él cuando está con
sus amigas.
—Dice que está viejo y panzón.
—Cosa que no era mentira.
—Es que no lo ve con los ojos del corazón, como lo veo yo.
—Con el ojo del culo quisieras verlo.
—No, definitivamente no puede quererlo como yo.
—No, no, no.
—Sin jotear. Tampoco te mandes.
—La lucha se veía difícil. Algo estaba mal. Jaimito mandaba cartas a
la revista.
—La única revista.
—Solo en puestos de periódicos.
—Sensacional de maricones. Todos los jueves.
—Mandaba cartas preguntando qué podría hacer.
—Querido doctor Peligro. Le vuelvo a escribir porque considero que su
respuesta a mis anteriores misivas no ha sido satisfactoria.
—Seguramente me reconocerá por el papel membretado de Helou Quiti.
—Ya averigüé y mi rival en amores no se está valiendo de filtros
amorosos para mantener embrujado al referido Amor Imposible.
—Tampoco tiene el pito más grande que el mío como usted supuso en la
última carta.
—Aunque es cierto que me gana en tetas.
—Permítame informar que la muy perra es la esposa, mujer, hembra,
asco, de mi querido Amor Imposible.
—Espero que con esta información tenga suficiente para decirme cómo
proceder contra esta maldición que me consume como a una hoja
de papel en el bóiler.
—Bueno, lo de Jaimito no eran las metáforas.
—Atentamente, el Amigo de Atrás.
—Tampoco los seudónimos.
—Lo suyo era, simple y llanamente, la joteada.
—Pero él no lo sabía.
—Cómo no.
—Espera un poco. Y el Doctor Peligro le contestaba pacientemente
en cada número.
—Persevera, persevera. Sé fiel a tus ideales.
—Cuáles ideales.
—Y es que hay gente que no puede coger sin echarse un rollo sobre los
derechos civiles.
—Así que a Jaimito no le quedaba más que esperar.
—Porque tampoco era un hombre de muchos planes.
—Y no tenía los argumentos de Doña Mariana Bribiesca.
—Cada semana se sentía menos afortunado.
—Si yo tuviera esas tetas, ese culo, si yo tuviera un nombre grandote
y apantallapendejos, otro gallo cantaría.
—Jaimito no has lavado los trastes —dijo Doña Mariana.
—Jaimito, te estás acabando muy rápido el clorálex —dijo doña
Mariana.
—Jaimito, esas manchotas cafés en tus calzones no se quitan, así que
de ahora en adelante los lavas tú —también dijo Doña Mariana.
—Espera.
—Espero.
—Oye. ¿Por qué doña Mariana lavaba los calzones de Jaimito, no que él
era el muchacho de servicio?
—Haces demasiadas preguntas.
—Buenas preguntas.
—Buenas preguntas.
—¿Entonces?
—Jaimito por una parte era el esclavo de la casa, de pendejo y huevón
no lo bajaban, pero por otra parte.
—Por otra parte.
—Doña Mariana no hubiera permitido jamás que Jaime se acercara a su
lavadora de burbujitas.
—Jaimito, si vuelves a tocar mi lavadora te meto un quilo de jabón
alta espuma por el ano. —le decía doña Mariana.
—Jaimito, cuando barras no eches las morusas de chocorroles debajo de
los sillones —dijo Doña Mariana.
—A Don Juan Eleudoro de encantaban los chocorroles.
—Iba tirando morusas por toda la casa.
—Morusas que pacientemente limpiaba Jaimito.
—Porque prácticamente solo eso comía.
—Tal vez por eso era tan guapo.
—No, Jaimito lo intentó por quince días y terminó con una diarrea de
negros.
—Don Juan Eleudoro se le hizo líquido en la cola.
—Supongo.
—Supones.
—Supongo.
—Baboso.
—Jaimito, deberías platicar con el servicio de los vecinos, se ve que
son gente buena.
—Y no sabemos nada de ellos.
—Dijo Doña Mariana.
—Jaimito. Jaimito, ya se me olvidó para qué mierdas te quería —dijo
Doña Mariana.
—Y doña Mariana decía y decía y Jaimito cada vez la odiaba más.
—Y don Juan Eleudoro, apenas si hablaba con él.
—Buenas tardes Jaimito. Lava mi nave.
—Buenas noches Jaimito. ¿Lavaste mi nave?
—Y cuando ciertas noches.
—Jamito descuidado escuchaba a sus patrones fornicar como solo
ciertas bestias.
—(Los gemidos de doña Mariana.
—Qué cosa).
— Jaimito sentía un gran hoyo, vacío y negro por todo el cuerpo.
—Particularmente en ciertas partes.
—Se sentía morir. En verdad se sentía morir.
—¿Necesitan algo los patrones?
—Jaimito, por favor, sal del cuarto, ¿no ves que estamos haciendo
patroncitos?
—Se regresaba a su cuarto con una pequeña y dura victoria entre las
piernas.
—Pero no tardaban.
—Un día.
—Dos.
—Una semana.
—En volver a llenar el cuarto de Jaimito de lejanos gemidos
lujuriosos.
—Lo hace para molestarme.
—Ni siquiera le gusta coger con don Juan Eleudoro.
—Solo se deja meter mano para que yo los escuche y me ponga celoso.
—Para marcar que es su macho.
—Y ella su hembra.
—Va a ver, voy a ser mejor hembra que ella sin dejar de ser machín, y
cuando me la meta mi querido don Juan Eleudoro voy a hacer
ruiditos más cabrones e indecentes para que se motive.
—A huevo.
—A huevo.
—Pero no me habla.
—Para él solo existo con un trapo en la mano.
—O en la cocina guisando algo para acompañar sus chocorroles.
—Hoy quiero chiles rellenos y mañana estofado de marrano.
—Y mis chocorroles.
—Muchos chocorroles.
—Esponjositos, putos.
—A huevo.
—Jaimito, ¿no fuiste a saludar a los vecinos?
—Inmediatamente. Doña Mariana.
—Pinche gorda metiche.
—¿Qué dijiste Jaimito?
—¿Quiere que les lleve unos chocorroles?
—Ándale, para socializar. A ver si ellos te regalan algo.
—Y ahí va Jaimito, a buscar a los nuevos vecinos.
—Su casa era más grandota y más nueva y más casota que la de sus
patrones.
—Al frente de la casa había un auto con el logotipo de la Nestlé.
—Y una tazota de plástico pegada al techo.
—Estuvo tocando un rato y nadie le abría.
—Se asomó por la ventana y vio que la casa estaba totalmente vacía.
—Desde la ventana se veían los amplios corredores totalmente vacíos y
brillantes.
—El sol entraba por los tragaluces de la sala y hacía que la casa
fuera más blanca y mucho más grande por dentro que por fuera.
—Me va a poner una cagada doña Mariana.
—Con las ganas que tenía la muy cerda de tener nuevos amigos.
—Si quiere tener amigos que se garre a otro pendejo.
—Totalmente vacía.
Qué desperdicio de casota.
—Pero está mejor, pensó. Así no tengo que darles los chocorroles y mi
querido Panzón….
—Así le decía, en soledad, a su amado Eleudoro.
—…y me querido panzón…
—Qué quieres niño.
—Le gritó desde la puerta de la casa de los vecinos el señor de la
casa.
—El grito etumbó sobre el hombro de Jaimito.
—Jaimito se asustó.
—Y más al ver que el señor de la casa era la señora de la casa pero
con voz de señor de la casa.
—Mi patrona, la ilustre Doña Mariana Bribiesca.
—Condesa de Piedras Prietas.
—Le manda estos chocorroles en señal de respeto.
—Y admiración por…
—Y admiración por…
—Y admiración por su hermoso vestido color tabachines tiernos.
—Señor.
—Señor.
—Señor.
—Pasa niño.
—No, aquí me quedo.
—Jaimito había visto de todo en su vida.
—Ja.
—Eso creía.
—En el pueblo había visto absolutamente de todo.
—Hasta un negro llegó una vez al pueblo.
—Pero lo lincharon luego luego.
—Y el escándalo no había pasado a más.
—Lo que nunca había visto Jaimito.
—Ni en su pueblo ni en la ciudad ni en la tele.
—Era a un cabrón vestido de vieja.
—Ni Marfil Sidonia se vestía de colegiala.
—Señor, perdone que no pase, le respondió Jaime, severo.
—Pero no me parece bien que un hombre se vista de mujer.
—El vecino algo notó el la voz de Jaimito e insistió.
—Ándale pendejo, pásate ya que me da pena que me vean así en la
calle.
—Te puedo preparar un te helado mientras llega mi mujer.
—Es que usted, aunque no le haya notado, está vestido con un Calvin —
Klein de Tabachines tiernos y usa tacones del quince.
—Cómo te llamas.
—Y es un modelo primaveral, y en invierno. Y en invierno.
—Pero no está bien que se vista de vieja.
—¿Cómo te llamas, pues?
—Me llamo Jaime.
—Ah, Jaimito, qué bonito nombre.
—Jaime, señor, Jaime, no Jaimito.
—Jaime, con jota mayúscula.
—Y antes de pensarlo ya estaba en la sala platicando con el señor de
la casa, al frente de un gran vaso de té helado de nestea.
—Y masticando compulsivo un chocorrol caliente.
—¿Qué no eran para mí?
—Nel, ya se me quitaron las ganas.
—De todos modos no importa, porque aquí solo comemos productos de la
Nestlé.
—¿No comen chocorroles?
—No.
—¿Ni uno solo?
—Nel, puras barras energéticas, chocolates y esas mamadas, lo que
sea, pero de la Nestlé.
—Qué hueva.
—Perdón.
—Perdón, señor, pero en casa del gran Don Juan Eleudoro Castro y
Castro, lo que nos late son los chocorroles.
—Pues sí, así es.
—No está bien que usted solo coma mamadas de la Nestlé y peor que le
guste vestirse de vieja.
—No me gusta vestirme de vieja.
—Puta, además feminista.
—Perdón, quise decir que se vista de mujer en libre uso de sus
derechos femeninos.
—No. Tampoco me gusta vestirme de mujer.
—Mierda.
—¿Y su esposa de viste de machín?
—No, ella no tiene que vestirse de nada. Se pone lo que quiera. Yo le
digo que se cuide, pero siempre anda con esos pantalones
deportivos horribles y con la barriga de fuera.
—¿Y por qué se viste de vieja si no le gusta?
—Niño, hay cosas que algún día entenderás.
—¿Cuándo sea grande?
—No seas pendejo. Mucho antes.
—Hay muchas cosas que no entiendo de la vida.
—Yo lo que no entiendo es por qué se sentaron en la sala si la casa
estaba vacía.
—Podrían haberse sentado en el suelo de la casa.
—No tiene sentido.
—El Sensacional de Maricones no tiene sentido. Es como la Biblia.
—Eso explicaría las cosas.
—¿Y por qué está vacía la casa?
—Quiso preguntar Jaimito.
—Pero se quedó con las palabras en la boca cuando el señor de la
casa.
—Se levantó la pierna para rascarse los huevos impunemente frente a
él.
—¿Con qué derecho se rasca los huevos frente a mí?
—¿Te molesta?
—Mucho.
—Me rasco los tanates como todo mundo, pero yo, a diferencia tuya y
de la mayor parte de la población masculina, tengo que
levantarme esta falda de mierda para alcanzármelos. Por eso la
naturaleza dicta que los machines usen pantalones.
—Hay muchas cosas que no entiendo de la vida.
—Mira, Jaime con jota mayúscula. Se ve que eres inteligente. No.
Bueno, inteligente no. De hecho pareces bastante pendejo e
inexperto. Cuando quieras venir a esta casa estás totalmente
invitado, si quieres venir más tarde puedes comer con nosotros,
solo te pido que no me estés preguntando por qué me visto de
vieja. Nunca. Sé que está de la chingada. Pero así es. Por lo
menos durante este año así es el mundo. Yo mismo me preguntaba
al principio por qué vergas me tengo que poner este vestido
horrible. Todos los días durante un año el mismo horrible
vestido. Ya llegué a la conclusión de que así es. Me lo pongo y
ya, el mundo tiene ese orden por ahora y no tengo por qué
buscar explicaciones. ¿Entiendes?
—Jaimito no entendió ni madres.
—Yo tampoco.
—Pero, cortés, como era, respondió que sí.
—Bueno, vele poniendo aire al culo que tengo que preparar la comida.
—Jaimito apuró el vaso de nestea y salió corriendo.
—Jaimito, qué te dijeron los vecinos.
—La casa está vacía.
—La casa está vacía.
—La casa está vacía, le respondió Jaimito y se metió en su cuarto. Y
en el tiempo que estuvo en casa de don Juan Eleudoro nunca
volvió a pararse en casa de los vecinos.
—Es mejor no salir tanto a la calle. La ciudad está llena de locos.
—Yo también podría vestirme de mujer.
—Pero no quiero.
—Ni me obliga nadie.
—Si así le gustara a don Juan Eleuroro me pondría una falda de licra.
—Y tal vez así se fijara en mí de una vez.
—Pero no se fijaba.
—De ninguna manera ponía atención en Jaimito.
—Jaimito ya había intentado salirle encuerado.
—Por accidente, claro.
—Una noche nada más.
—Cada semana una noche.
—Pero solo una. Salía en pelotas como si viniera de la regadera.
—¿Jaimito?
—Sí, yo.
—Y el viejo panzón.
—Que no estaba panzón.
—Cuestión de opiniones, el viejo panzón, acostumbrado a ver cabrones
encuerados todas las mañanas en el vapor del club.
—Ni siquiera lo notó.
—Pero quien no perdió detalle fue doña Mariana Bribiesca, y una
noche.
—Una noche de negras buganvillas.
—De negras espaldas y negros demeroles.
—Una noche negra, pues, muy negra, como son las noches negras, en la
que don Juan Eleudoro no estaba en casa.
—Por vaya usted a saber qué negocios en el extranjero.
—O cualquier mamada de esas, conveniente para el caso.
—Se apareció Doña Mariana Bribiesca en el cuarto de Jaimito con todas
las intenciones de cogérselo.
—¿Qué hace desnuda a las tres de la mañana en mi cuarto, cerrando la
puerta tras de si, con esa botella de ginebra del oso y esos
ojos de ya te cargó la chingada?
—Según la legislación de Texas lo que voy a hacerte es un delito.
—Ah, miserable, me quiere matar.
—Te voy a hacer hombre.
—Ahí sí que va a estar difícil.
—Vas a ver lo que se siente una mujer de a de veras, y no esas de
papel satinado que manoseas en las revistas.
—No, si yo no. Aléjese, vieja perra.
—Y la vieja perra no se alejaba.
—La noche era negra.
—Eso ya lo dijimos.
—Y a lo lejos, los perros en calor, domeñaban la calle con sus
ansias.
—Alguna sirena lejana de patrullas desveladas.
—El viento suave se escurría entre los naranjos.
—Y en el cuarto, doña Mariana correteando a Jaimito con las tetas al
aire hasta que lo tuvo contra el muro.
—Parece ser que no fue contra el muro, algunos dicen que consiguió
meterlo al cuartito de baño y ahí le bajó los calzones y
comenzó a chupársela.
—Si no te dejas hacer le platico todo a mi marido y te mata a
vergazos.
—Qué más quisiera yo.
—Ahora, que no podemos explicarnos cómo era que le hablaba mientras
tenía el pito de Jaime entre sus labios.
—Tal vez no se le entendía mucho.
—O acaso nunca se pudo meter bien el pito guango y asustado de
Jaimito.
—Eso son especulaciones. Para el caso es violación.
—Y Jaimito chillaba.
—Se resistió como pudo, y ya que no pudo, solo le quedó el llanto.
—Un llanto pequeño que se le salía de entre los labios como un ave
maría de madrugada.
—Verga.
—Un triste balbuceo a un dios que nada escucha.
—Verga y más verga.
—Qué, cuál es tu problema.
—No, no… no…
—Si te masajeo la ingle puedo provocar que la sangre suba a donde
debe subir.
—Pero Jaimito no estaba para lecciones de anatomía.
—Definitivamente no estaba para esas cosas.
—Jaimito estaba humillado.
—Y por su mera rival.
—A él no le gustaban, definitivamente, las mujeres.
—Ahí descubrió, sin lugar a dudas, que era puñal.
—¿No te habías dado cuenta?
—No, por qué.
—Cómo que por qué, pendejo. Olvídate de lo de Jaimito, sentimental y
el francés, olvídate de que cada jueves estás desde las seis de
la mañana esperando a que abra el puesto por tu sensacional de
maricones, que estás enamorado de tu patrón y de que ya van
como siete veces desde que llegaste del rancho que te meten a
los baños del billar para mamar tolochas de a fiado. Te la
pasas metiéndote cualquier cantidad de frutas y verduras
frescas por el culo y tuviste que esperar a que te la chupara
una vieja para darte cuenta.
—Es que Nicolás.
—Eso, Nicolás.
—Su amigo del pueblo.
—La tarde en el río con Nicolás.
—Se habían ido a bañar al río,
—Nicolás y Jaimito,
—Contra todo lo recomendado por los padres de Nicolás.
—Tenían entonces unos doce años los chamacos.
—Y ya encuerados en el río.
—Nicolás le gritó.
—Al oído.
—Le gritó al oído.
—Dicen que eres reputo.
—Y Jaimito lo negó categóricamente.
—Pero putísimo.
—Creo que me estás confundiendo.
—Si no eres puto, tienes que pasar la prueba.
—Y sí, si había pasado la prueba, era de esperar que a pesar de todo,
en su inocencia, Jaimito creyera que no, que no era puto.
—La prueba.
—Me la chupas hasta que me chorreé, si te chorreas tú sin tocarte es
que eres puto.
—Y no, no se chorreó.
—Casi nunca.
—Durante un año estuvieron yendo al río y siempre pasó la prueba.
—Por eso sería.
—Que cuando salió del pueblo Jaimito, solo le lloraron su madre,
Nicolás, y el presidente municipal,
—¿El presidente municipal también lloraba?
—Ese hombre sabía lo importante que es para el turismo un joto en el
pueblo.
—Llegan los turistas austriacos con sus cámaras, esperando
fotografiar un monumento a la derrota, algún rasgo de optimismo
tallado burdamente en piedra.
—Y si no encuentran nada.
—Definitivamente.
—Por lo menos.
—Por lo menos quieren fotografiar al joto del pueblo.
—Pero cuando llegó por error el primer cargamento de turistas
austriacos al pueblo, el joto ya estaba en la ciudad,
estrellado contra la pared del baño,
—Y a decir de la ilustre Doña Mariana Bribiesca.
—Haciéndose hombre.
—Y cuando subió al camión el último turista decepcionado, amenazando
con meter una complein contra la jipi de la agencia de viajes.
—Cuando Jaimito ya estaba seguro de su jotería.
—Doña Mariana por fin entendió el asunto.
—Se me hace que eres maricón.
—Sí, señora, y a mucha honra.
—Jaimito. No mames. Qué es eso de a mucha honra.
—Así le dije, pinche vieja.
—Se vio mal.
—Por qué.
—No creo ser yo quien puede explicártelo pero se vio mal.
—Supongo que tienes razón, porque doña Mariana contestó
inmediatamente.
—No, no, Jaimito, nada de eso, perdón, lo decía para ofenderte. A mi
marido, cuando no quiere ponerle, que porque viene muy
borracho, porque me huele mal el chango, o la papaya está de
oferta, cuando no quiere ponerle duro le digo: “A mí se me hace
que eres maricón”, ya sabes, para motivarlo.
—Lo hacemos las mujeres —continuó explicando doña Mariana.
—Lo hacemos porque es mejor pensar que un hombre no quiere con
nosotras porque es maricón a pensar que…
—ya estamos muy jodidas y no le apetecemos.
—¿Apetecemos?
—Je, apetecemos.
—Como un banquete.
—Esa mujer sí que sabía como degradar al género femenino.
—Ahora, que siendo sinceros, no se necesitan muchos argumentos.
—Algunos dicen que son inferiores.
—Solo algunos.
—Más de los que imaginas.
—No sabes lo que es estar por las noches buscando una película
caliente en el cable mientras tu marido no llega.
—Y en ninguno pasan, jamás, un pito.
—Siempre viejas en pelotas, pero de los hombres, a lo mucho una
nalga.
—Parece que no les gustan las vergas —diría Jaimito.
—Pero la mujer no lo sabía.
—No, olvídalo. No eres marica, perdón. Lo que pasa es que no te
gusto.
—Que ya estoy vieja y culera.
—Me voy a hacer abdomenplastía.
—O sea que me van a rebanar cuatro quilos de barriga.
—Y este grano en mi cachete
—Que no deja de crecer.
—Y mi carácter. Trato de ser amable
—Pero la gente piensa que soy muy ojete.
—Y Jaimito, recién violado, veía a su matadora chillando pendejadas
sobre su cama.
—Le dio lástima.
—Después de todo tenía razón en lo que decía.
—Era probable.
—Solo probable.
—Que Jaimito, a pesar de todo,
—No fuera marica.
—Que una gorda de a de veras…
—Que una gorda de a de veras, y no este remedo de fotonovela pitera,
le pudiera parar el pito.
—El problema, pensó Jaimito.
—Es que mujeres de a de veras no hay.
—A mí lo que me late son las vergas peludotas.
—Prietas, grandotas, grasosas y bien, pero bien peludotas.
—Las chiquitas, rasuradas, limpiecitas.
—Esas también me gustan.
—Las cabezonas, con pellejo, las que tienen marcas congénitas, las
que no, las anchas, las largas, las carnosas, las talludas.
—En general todas.
—Todas las vergas me laten —sintetizó Jaimito.
—Así que.
—Así es que.
—En vez de perder la vida buscando a la mujer que me quite lo marica.
—Prefiero perderla buscando una verga bien derecha.
—No mames, esas no existen.
—Hay tantas mujeres quitalojoto como vergas derechitas. Así que entre
rucas que no existen y vergas imposibles, prefiero las
segundas.
—Fue una iluminación.
—Como esas que ocasionalmente tenía Jaimito.
—Y ahí estaba, recién violado mientras lloraba esta pendeja.
—Y después de tomar la decisión de su vida, le dijo firmemente a doña
Mariana Bribiesca.
—¿Firmemente?
—Bueno, más o menos firme.
—¿Más o menos firme?
—Jotísimamente, le dijo.
—Yo valgo poco, es verdad, muy poco, pero sé cuánto valgo.
—Mil trescientos veinte pesos.
—La cuenta es difícil de explicar.
—Y el valor se mueve con el precio del pepino cada mañana en la
central de abastos.
—Y sé que es poco.
—Pero sé cuánto valgo.
—No como usted.
—Y debería ponerse crema de aguacate, que tiene cutis de naranja en
conserva.
—Doña Mariana se levantó de la cama.
—Agarró sus calzones.
—Doña Mariana se levantó de la cama mientras agarraba sus calzones,
su sostén y todo el tiradero que había dejado por el cuarto.
—¿No había llegado ya desnuda?
—¿Tú crees?
—Tú lo dijiste.
—Entonces no podremos decir que Jaimito pensó: “Si fueras hombre solo
traerías tu pantalón, tus tenis y una camiseta blanca”.
—No podremos, definitivamente.
—Porque ella entró desnuda y desnuda salió aún llorando del cuarto.
—Como si ella fuera la violada.
—Pinche vieja.
—Y de todo lo que se llevó, le dejó por lo menos dos cosas a Jaimito
esa noche.
—Uno: la convicción de ser joto.
—Pero joto joto joto.
—La convicción, el orgullo de ser joto.
—Y dos.
—Dos.
—Una botella de ginebra del oso para celebrar en la soledad de la
noche su descubrimiento.
—En la soledad de una noche que era negra.
—Como dicen que es la noche los que nunca la han visto bien.
—Querido doctor Peligro.
—Dos puntos.
—Usted dice que del dolor lo aprendemos todo.
—Hoy descubrí que no todo en la vida son dolores de ano.
—Hay dolores más hondos, que huelen a perfume de avón y a ginebra del
oso.
—Punto y seguido.
—Le prometo que desde esta noche no habrá obstáculos entre mis
aspiraciones, por una parte, y las realizaciones de mi culo,
por la otra.
—No amo a mi patrón.
—Ahora creo que lo detesto.
—No creo, lo detesto.
—Abjuro aquí mismo de mi amor eterno por don Juan Eleudoro Castro y
Castro.
—No volveré a amarlo, es doloroso.
—Amo las vergas, las…
—Aunque cómo llegué a esta conclusión sería muy largo de explicarse
aquí.
—Pero el dolor enseña al hombre.
—Y el dolor, le enseña al hombre otros hombres.
—De aquí en adelante, me declaro ciudadano del mundo.
—Aunque mi mundo no pasa más allá de mi pueblo o la tiendita.
—Y declaro mis nalgas propiedad pública.
—De interés extranacional y masculino.
—De aquí en adelante, solo seré feliz.
—Ya no quiero aprender nada en la vida, entonces.
—Ya no necesito sufrir.
—Pero no, las penas de Jaimito apenas comenzaban.
—Y él ni siquiera lo sabía.
—Pero esa noche durmió el sueño de los justos.
—Je, justos.
—Y soñó, Jamito.
—Seguramente soñó que era feliz.
—No sabemos qué soñó.
—Soñó que estaba sentado en la quebrada con Juan Eleudoro.
—Yo le pongo un siete.
—Yo un seis.
—No, esas están reprobadas.
—Pero el clavado fue bueno.
—Decídete pues, calificamos nalgas o clavados, no se pueden andar
ensuciando los criterios.
—Y sin previo aviso, Don Juan Eleudoro soltó a Jaimito mientras se
levantaba de un brinco.
—No tan ágil como una gacela:
—Jaimito, voy a lanzarme yo también por La Quebrada.
—Quiero que me veas las nalgas en toda su dimensión.
—No lo hagas, Juan, no lo hagas, mira que te pierdes.
—Es La Quebrada, está maldita, ya muchos turistas borrachos como tú
lo han intentado.
—Tu vales más que un prieto acapulqueño.
—Y Jaimito corría detrás de su amado para detenerlo.
—Y cuando Juan estaba ya en posición para lanzar su nada proletaria
barriga al vacío.
—Llegó Jaimito a sus pies, se los agarró con la firme desesperación
de los vencidos.
—Y al faltarle el equilibrio cayó don Juan Eleudoro al vacío.
—Pendejooooooooo.
—Jaimitoooooooo.
—Te amooooo.
—Quiero que recuer zas grub, grub, grub.
—Y Jaimito desde lo altísimo de La Quebrada se quedó viendo
burbujitas blancas donde antes hubo un arrogante moreno.
—Panzón y prácticamente calvo.
—Que en seco se llamó don Juan Eleudoro Castro y Castro.
—Solo burbujitas quedaron de él.
—Y después las burbujitas se fueron reventando.
—Y al final, solo restaba el agua, en su lento y pesado vaivén
contra las rocas, más pesado aún, pues estaba digiriendo el
único hombre que Jaimito había jurado amar en toda su vida.
—Mientras Jaimito, dormido en su cuarto, con una borrachera de los
siete diablos, se retorcía de desesperación planeando el luto
por su amado ido.
—Y sucedió que en lo más hondo de la madrugada.
—Poco antes del amanecer.
—Despertó Jaime envuelto entre las sábanas de rombos como una
Sherezada de supermercado.
—Y sus ojitos rojos, al abrirse, encontraron la cara enorme de don
Juan Eleudoro.
—Jaimito, hace mucho que no hablamos
—¿Jaimito, hace mucho que no hablamos?
—Jaimito se talló los ojos y burbuja a burbuja fue reconociendo al
amante que hacía apenas unos minutos y unos sueños había
comenzado a velar.
—Y eso de “Jaimito, hace mucho que no hablamos”.
—Si nunca hablaban despiertos entre ellos.
—La vieja fodonga había ido a chismear con don Juan Eleudoro.
—¿No estabas de viaje?
—No Jaimito, fue mentira, nunca he viajado más allá de Chapala.
—Vieja méndiga, la descubrió de golfa y me echó la culpa.
—Jija de su refodonga madre.
—Espera, todavía no. Era algo más grave.
—Tengo que decirte algo muy grave, Jaimito.
—Verga —como dice Jaimito.
—Verga —dijo Jaimito.
—Verga —siempre decía Jaimito.
—Jaimito, hace mucho que no hablamos.
—¿Hace mucho que no hablamos? ¿Hace mucho que no hablamos?
—Cómo de qué, le preguntó Jaimito en su modorra numeral.
—Y trataba de descifrar el ceño de don Juan Eleudoro.
—Trataba de descifrar si estaría molesto con él, triste o enamorado,
—Pero no, el seño de Don Juan Eleudoro era indescifrable como ciertas
piedras.
—Aaah.
—Jaimito, estoy contento con la vida.
—Sigue, sigue.
—¿Perdón?
—Siga, siga.
—Tengo todo, o casi todo lo que siempre quise. Una casota con tres
baños y medio, cuarto de servicio, cochera para dos autos y una
bonita terraza en el jardín.
—Tengo dos naves y un refrigerador que tira yelitos por una
palanquita.
—Si por las noches me da hambre solo abro la puerta del frigobar que
tengo junto a la cama y saco unos chocorroles bien fríos y un
litro de leche.
—Guauu. Este hombre tiene todo.
—Y sobre todo, tengo una hermosa nena que me ama.
—¿Hermosa nena esa pinche gorda?
—Si supiera lo que dice él, lo que me hace, lo que quiere y lo que me
quiso hacer anoche.
—Por qué haces esa cara.
—Siga, siga.
—El tono de la conversación le comenzaba a hacer cosquillas en la
cola a Jaime.
—No estaba preparado.
—No se sentía preparado para lo que venía.
—Llevaba años esperando esto.
—Hay gente que se sueña en casotas con tres y medio baños.
—Otros sueñan con un viaje imposible, un tren lejano que avanza
silencioso.
—De Jaimito conocemos perfectamente ya sus sueños.
—Pero a veces.
—Por más que hayas soñado algo.
—No te has preparado para recibirlo.
—Antes, Jaimito, yo no tenía nada.
—Nada.
—Recalcó don Juan Eleudoro pasando nerviso su mano por el hombro de
Jaimito.
—Era un muchacho, como tú, ilusionado y pendejo.
—Qué le voy a decir, qué le voy a decir, —pensaba Jaimito con las
pocas neuronas que le restaban frías.
—Qué mierdas le voy a decir cuando me declare todo su amor.
—Pero Jaimito ya no lo amaba.
—Qué.
—Eso le dijo al Doctor Peligro la noche anterior.
—Borracho y herido.
—Buen punto.
—El culo tiene razones que la razón no conoce.
—Jaimito había renegado de don Juan Eleudoro.
—Pero ahora, al amanecer, tendido entre sábanas.
—Con su amado reclinado sobre él.
—Solo cerraré los ojos y levantaré la trompita.
—Eso.
—Si me declara su amor, que yo creo que sí, solo cierro los ojos y
levanto la trompa.
—Pensó Jaimito hecho un hormiguero.
—Trabajé mucho, pero mucho, para obtener todo lo que tengo.
—Ese es mi Don Eleudoro.
—La cercanía de su amado, el calor de la cruda amaneciente, el cuarto
sudado en alcohol.
—Todo ponía a Jaimito muy cerquita del deseo.
—Pero no fue suficiente, entre más trabajaba, peor me iba.
—Vendí tarjetas para celular en los semáforos.
—Ese parece buen negocio.
—La gente me gritaba chingaderas por mi overol amarillo.
—Antes fui durante cinco años botarga en el Palacio de Hierro.
—Siempre me peleaba con un chino gandalla por el traje del Osito
Montes.
—Abrevia, tontuelo, abrevia.
—En Navidad los niños se meaban sobre mis pantalones rojos.
—Me jalaban las barbas y se escondían el puto gorrito de punta en los
huevos.
—El estreno del Imperio contraataca fue la peor época de mi vida.
—Tres costillas rotas. Y una mordida de infante sidoso en el muslo.
—Eso no era vida. Jaimito.
—Pero persistí.
—Seguí trabajando y trabajando.
—Y nada de nada.
—Jaimito, tengo que confesarte algo, algo muy importante para los
dos, hasta para los tres.
—Espero que no me lo tomes a mal.
—Llegó el momento de cerrar los ojos y …
—…parar la trompa.
—Cuántos raros animales revoloteaban por Jaimito durante esos
segundos en que don Juan Eleudoro llenó sus pulmones de aire
lentamente para soltarle la noticia de golpe.
—Querido doctor Peligro, borro todo lo que dije anoche.
—No me pida más que a otros por ser marica.
—Jaimito, la casa, mi casa, nuestra casa, me la gané raspando en una
etiqueta de Polvorones.
—Verga.
—Literalmente, en una rifa, ya sabes, una tarde, después de dejar el
semáforo me comí unos chocorroles y de postre unos polvorones.
Raspé la etiqueta, me gané ir a un programa de concursos y en
el programa me gané la casa.
—Verga.
—Verga.
—Verga.
—Verga.
—Verga.
—y mucha más Verga.
—Los carros, vienen de cataplixiar una dotación de productos Marinela
en el programa de Chabelo.
—En fin, todo se lo debemos a la Marinela.
—Y ni te digo cómo llegó el refri de yelitos porque te sacas de onda.
—Y las chequeras, las chequeras no existen, hemos estado viviendo a
crédito desde hace cinco años
—y ahora el banco se va a llevar la casa, la nave
—¿y esta trompa parada qué indica?
—Verga.
—Jaimito, abre los ojos.
—Quita esa boca de churrito.
—Perdón.
—Jaimito, no quiero que parezca que te despido, pero si no quieres
que te saquen a madrazos tienes que desalojar tu cuarto esta
noche.
—Después de todo, intentó ser cursi.
—¿No dices nada, Jaimito?
—¿Jaimito?
—Estaba totalmente choqueado.
—Buscaba con la mano bajo la cama la botella de ginebra.
—Que encontró vacía, como la había dejado.
—Y lentamente fue saliendo de su marasmo.
—El colchón de repente era más pequeño y duro.
—Jaimito sentía algo en el estómago que es como el amor.
—Pero más fuerte.
—Algo turbio, atorado como un gas.
—Y no era coraje.
—No era rencor.
—Solo era miedo.
—Y el miedo, según algunas culturas, da mejores consejos que el
deseo.
—Y que el sufrimiento.
—Era miedo y decepción.
—Confié, le dijo por fin a don Juan Eleudoro
—Que ya no era don ni Eleudoro sino simplemente Juan
—Confié en ti, Juan, confié totalmente en ti,
—tu gran trabajo,
—tu muy grandota nave
—y tus grandes billetotes,
—y esa facha de galancete otoñal.
—Hasta soñaba contigo, Juan.
—Cuando salías de viaje yo soñaba que mi patrón andaba comprando una
recua de chinos en Tailandia.
—Ni me recuerdes a los pinches chinos. El palacio de hierro. Y ese
chino que se agandallaba los trajes. No me digas esas cosas
Jaimito.
—Confié en ti.
—Por pendejo.
—Por pendejo que era, Juan, hasta dejé que me llamaras Jaimito.
—Es que en sus labios Jaimito era otra cosa.
—Era como un Jaime en chiquito, en tierno.
—Cuando me decías Jaimito yo cabía completo en tu mano.
—Esperando que solo cerraras el puño para morirme apachurrado.
—No era el Jaimito del pinche joto que habla francés.
—Era un Jaime chiquito.
—Un Jaime pequeño, pero pequeñito.
—Y don Juan Eleudoro.
—Que ya no era don ni Eleudoro.
—Sino simplemente Juan.
—No atinaba cómo responder a Jaimito, que siempre fue tan dócil.
—Lo abrazó mientras lo escuchaba parloteando su coraje.
—Y Jaimito sintió la mano de Eleudoro sobando su espalda triste.
—Y levantó la cabeza.
—Y encontró la boca de su amado.
—Y se dieron un largo beso.
—O lo que hubiera sido un larguísimo y muy húmedo beso.
—Pero a Jaime el amor no le sabía como lo había soñado.
—Le sabía a astringosol.
—Y muy en el fondo.
—Muy pero muy en el fondo.
—A chocolate y mermelada.
—A chocorroles.
—Así que separó de golpe su boca de la de su amado.
—Y le dijo.
—Yo fui una gata ejemplar. Confié en ti, Juan, en tus grandes
billetotes…
—Eso ya me lo dijiste.
—Entonces sácate a la verga, estás invadiendo propiedad privada. Y te
apesta el hocico a chocorroles.
—Técnicamente los dos estamos invadiendo propiedad privada.
—Vete, vete, no quiero verte más.
—Le dijo Jaimito con la boca llena de lágrimas.
—Y morusas de chocorroles.
—Vete, Eleudoro, sigue con tu vida, que la mía aquí termina otra vez
para comenzar de nuevo.
—Y Eleudoro cruzó la puerta, se detuvo un poco, volteó a ver a
Jaimito y de despedida le dijo.
—Jaimito, no vayas a creer por esto que soy puto.
—Que te vayas.
—Y Jaime, que en menos de venticuatro horas había sacado de su cuarto
a una borracha y un amante potencial,
—se quedó el resto de la noche con la luz prendida,
—buscando en las humedades del techo alguna marca de su mala suerte,
—y a las siete de la mañana, en punto, casi automático se levantó
para lavar la nave de don Eleudoro,
—y ya cuando tenía el trapo en la mano, recordo la mala noche,
—se puso triste,
—tremendamente triste como solamente él
—y empacó sus tiliches para iniciar una nueva vida en no sabía aún
dónde.
—Jaimito dejó la casa justo cuando iba llegando la mudanza con el
notario público y los abogados del banco.
—Y se fue por la calle que antes lo había visto ir y venir cargando
paquetes de chocorroles para su amado.
—Y en silencio se fue despidiendo de todos los vecinos.
—Sus hermosas casas con tres y medio baños.
—Y a la puerta de cada una de ellas estaba estacionada una mudanza
con su respectivo abogado.
—Los más violentos eran los de la Nestlé.
—Que sacaron de las greñas al vecino, le quitaron su dotación de
vestidos Calvin Klein color café instantáneo o tabachines
tiernos.
—Los gemelos vestidos de bolsa de papa frita ofrecieron más
resistencia. Pero al final fueron sometidos a putazos por las
fuerzas del orden público y moral.
—Que los dejaron tirados en la calle viendo la espalda de Jaimito
empequeñecerse en el contorno del sol amaneciente.
—Y Jaimito, al caminar, solo se repetía:
—Yo fui una gata ejemplar.
—Yo fui una gata ejemplar.
—Yo fui una gata ejemplar.
—Yo fui una gata Ejemplar.
—Y aunque Jaimito no se quedaría para verlo.
—En quince días estaría la calle totalmente desierta.
—Y en tres meses estarían desempacando los nuevos vecinos.
—Ilusionados y pendejos.
—Como Jaimito.
—Con sus vestidos de mujer talla extra grande y sus dotaciones de
condones y submarinos de cajeta.
—Con sus grandes sonrisotas y sus muy grandotas naves.
—Cortesía de los teléfonos celulares, las tarjetas de crédito y las
rifas de la Cruz Roja.
—Y tal vez entre ellos, vendría un pequeño Jaimito, recién
desempacado del rancho, con sus grandes ojos marrones marcados
por las lágrimas y el lodo.
—Pero nada de eso lo sabría Jaimito, porque no quiso volver la
espalda para ver cómo cargaban uno a uno todos los muebles de
la cuadra.
—Como nosotros no sabemos lo que pasó después con Jaime.
—No los sabemos ahora.
—Pero si compramos la próxima semana el Sensacional de Maricones.
—Todos los jueves.
—Conoceremos dónde encontró alojamiento Jaimito y las penas que pasó
con el Tuerto Continental.
—Que parecía un buen hombre cuando encontró a Jaimito tirado en la
avenida llorando.
—Abrazado a su maletita de esnupi.
—Sabremos cómo le fue a Jaimito en sus primeras incursiones al Jardín
Guerrero.
—Y la terrible historia de la noche que intentó entrar a la Disco.
—No se lo pierda.
—Sensacional de Maricones.
—Veinte años en el mercado nos respaldan.
—Veinte años, mierda.
—Mierda.

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