FELICIDAD EMILIO CARBALLIDO

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FELICIDAD




EMILIO CARBALLIDO




PERSONAJES:

CUCA (REFUGIO)
OFELIA
SERGIO
MARIO
EMMA
VILLEGAS
ORTEGA

EN MEXICO, D.F. 1954

PRIMER ACTO: 16 DE ABRIL / MEDIODÍA Y TARDE  DEL 20 ABRIL
SEGUNDO ACTO: LOS DÍAS 7,11,12 Y 15 DE JULIO
TERCER ACTO: 22 DE JULIO Y 29 DE OCTUBRE.

DECORADOS

LA CASA

Media planta baja está a la vista.
Hay un absurdo pasillo en T, con la tilde en el proscenio mientras el palo mayor va al fondo, dividiendo la escena en dos y terminando en una angosta escalera; ésta sube en seis peldaños en la misma dirección y tuerce después a la izquierda. También al fondo, una puerta conduce al garage.
A la derecha está la sala, estrecha, amueblada con un ajuar pullman, viejo y feo. Ventana a la derecha. Los cuadros: malas reproducciones de imitadores de Millet y de Watteau; varias fotografías. Alfombra desteñida. Radio modelo 34.
A la izquierda, el comedor, amueblado con un ajuar completo que data sin duda de los años de treinta y pico. Al fondo, puerta a la cocina. Cuadros de flores y frutas. Ventana a la izquierda. Linóleo, muy gastado.
Todo está limpio, cuidado hasta donde es posible. Todo muestra detalles y toques femeninos; cortinas, tapetes bordados, flores baratas, etcétera. Pero todo también está apretado y falto de espacio.
Por la arquitectura torpe de la casa, podría creerse que está en la colonia Estrella. Por los recovecos, el pasillo y los múltiples hexágonos ornamentales, se adivina que fue construida al empezar la década de treinta.

EL JARDÍN

La vegetación cubre todo el fondo, como una cortina. En primer término, derecha, una banca de fierro. Flores.

LADOS: los del Actor.

PRIMER ACTO


LA CASA


Cuca está en la puerta, despidiendo a alguien, está en los últimos adioses.

CUCA.-(Sonriente.) Sí, señor, que le vaya bien. Adiós. Cuidado con la reja, que está un poco zafada. Adiós. (Cierra: seria y preocupada, de pronto.) Ay, Dios. Ay. (Camina)Dios mío.

Timbre, abre, entra Ofelia.

OFELIA.-¿Ya, mamá?
CUCA.-¿Ya qué?
OFELIA.-¿No es el hombre de la póliza ése que acaba de irse?
CUCA.-Ah, sí, pero no.
OFELIA.-¿No?
CUCA.-Ay, no, hija, qué va. Creo que quieren pagarnos a plazos.
OFELIA.- ¿ Cómo que a plazos?
CUCA.-Sí, y no tienen para cuando. Figúrate, darnos todo en cantidades mensuales. Así qué chiste, ¿no?
OFELIA.-Pero no puede hacer eso.
CUCA.-¿No podrán?
OFELIA.-¡Claro que no! ¡No se dejen, busquen un abogado!
CUCA.-Bueno, el hombre lo propuso, no dijo que fueran a hacer eso.
OFELIA.-Pues no se dejen, ¡Cómo va a ser! ¿Ya habló el hombre con papá?
CUCA.-Todavía no. Como la beneficiaria soy yo...
OFELIA.-A ver si papá no se deja convencer. Es capaz.
CUCA.-¿Tú crees?
OFELIA.-Va a salir con que es mejor tener una entrada segura, o algo así.
CUCA.-Bueno, claro, una entrada segura.
OFELIA.-¡No, mamá, cómo va a ser mejor! Que les den todo de una vez. ¡Veinticinco mil pesos! Ay, lo que yo haría con ese dinero.
CUCA.-Bueno, te tocará tu partecita, claro.
OFELIA.-¡No! ¿De veras?
CUCA.-Claro, yo digo.
OFELIA.-¿Papá te dijo?
CUCA.-No, yo pienso, pero es seguro que él...
OFELIA.-(Decepcionada.) Ya me parecía raro. ¿No ha llegado?
CUCA.-No, figúrate. El pobre anda tratando de cobrar.
OFELIA.-Qué barbaridad. ¿Cuánto le deben ya?
CUCA.-Siete quincenas con ésta.
OFELIA.-¡Siete quincenas!
CUCA.-Yo no sé por qué se tarda tanto. Hija, ya no es posible; le debemos a Rochita, y con intereses, a mi tía Clara, al papá de Aurora... Tu madrina me prestó lo de este mes y ya está acabándose. No tengo cara para ver a nadie. ¿Quién va a creer que pasan siete quincenas sin que paguen? Maldita la hora en que lo ascendieron.
OFELIA.-Tampoco, eso sí vale la pena.
CUCA.-La profesora Llamas se lo decía, ella nunca ha aceptado un ascenso porque no puede esperarse tanto tiempo sin cobrar. Por cierto para el aumento. ¿Qué pasará? ¿Será que se gastaron el dinero?
OFELIA.-Mamá, ¿cómo crees? Si no es dinero, son cheques. Es que en Hacienda son tantos los trámites.
CUCA.-Y ese hombre de la póliza se estuvo aquí una hora. ¿Me ayudas con la comida?
OFELIA-Sí, mamá.
CUCA.-Ni la cama he podido tender, está la pieza tirada. Hacía yo cuentas: el aumento no alcanza para una criada.
OFELIA.-¡Qué va a alcanzarles!

Timbre. Abren, entra Sergio.

SERGIO.-Preciosidad.
OFELIA.-Corazón. (Se besan.)
SERGIO.-¿Qué tal, mamá Cuca? Le traje sus vitaminas. (Las saca de un grueso portafolios.)
CUCA.-Ay, Sergio, qué bueno eres.
OFELIA.-Mamá, ya no tomes vitaminas. Te vas a poner hecha un tonel. ¿Cuánto pesas ya?
CUCA.-Qué te importa. Estas son para las canas.
OFELIA.-¿Y para qué quieres vitaminas en las canas?
CUCA.-Para que no me salgan más.
OFELIA.-De todos modos te pintas el pelo. Te lo habías de dejar como aquella señora que vimos en Madero.
SERGIO.-¿Cuál señora’
OFELIA.-Una preciosa, con pelo blanco, azulito. Si las canas son muy bonitas.
CUCA.-Esa señora era guapa, delgada, alta, y traía en ropa lo que nosotros gastamos en un año.
OFELIA.-Las canas son muy elegantes.
CUCA.-Pero yo no. ¿Qué no me veo? (Se da la vuelta.) Mira.
SERGIO.-No es cierto, Cuquita era la más guapa.
CUCA.-Sí, era, porque ahora... y engordo de aire, más mal no podemos comer.
SERGIO.-No es cierto, ella es ligera como una pluma.

La levanta , le da vueltas.

CUCA.-¡Sergio, me mareas! Voy a arreglar la pieza. Te encargo la cocina, hijita (Sube la escalera y sale.)
SERGIO.-¿Vas a hacerles la comida?
OFELIA.-Voy a ayudarla un poco. Ahorita termino.
SERGIO.-Qué bien. Llego a la casa: nadie. Ya siento como si no pudiera dejar de ser tu novio; siempre estás en la casa de tus papás.
OFELIA.-No seas así. La ayudo tantito y ya.
SERGIO.-Bueno, anda, ayúdala. Ya me parecía que no era muy feliz idea vivir aquí enfrente.
OFELIA.-¿Vas a empezar?
SERGIO.-Tu mamá es muy buena, pero cómo le gusta que le ayuden.
OFELIA.-No seas así. La pobre está sola.
SERGIO.-Tú también.
OFELIA.-No es lo mismo.
SERGIO.-Cuando menos, me harás el favor de no estar subiendo y bajando las escaleras.
OFELIA.-No, hombre, no.
SERGIO.-No, hombre, no.
SERGIO.-¿Cómo te has sentido?
OFELIA.-Bien.
SERGIO.-¿De veras?
OFELIA.-Sí, figúrate, mamá me había metido miedo con las náuseas y los dolores y no sé cuántas cosas. Estoy como si nada.
SERGIO.-Ella era una madre muy sana. Muy linda. (Se la sienta en las piernas.) Pesas más, oye.
OFELIA.-Claro, tonto (Se besan.) ¿Vas a quererme cuando esté gorda y fea?
SERGIO.-No, yo creo que él no va quererla.
OFELIA.-¿No? (Le araña la cara.)
SERGIO.-Sí, sí, mucho, muchísimo. Ella será la gorda más preciosa de México.
OFELIA.-(Lo besa, se levanta) No te vayas, termino en un segundo, ¿eh? Aprovéchate para oír radio. (Lo enciende)
SERGIO.-¿No iban a empeñarlo?
OFELIA.-Lo llevó la pobre mamá, hizo cola y no quisieron prestarle nada. Como está tan viejo.
SERGIO.-Mejor. Oye, no, ya me voy.
OFELIA.-¿Por qué?
SERGIO.-Queridita, va a llegar tu santo papá y me va a contar todas sus experiencias como maestro en estos veinticinco años.
OFELIA.-No seas grosero. Después de que le gusta platicar contigo. Tú sabes que el pobre no tiene amigos.
SERGIO.-No tiene amigos por no gastar con ellos.
OFELIA.-No digas mentiras; lo que pasa es que es retraído y hogareño. A ti te quiere bastante.
SERGIO.-Sí, tanto trabajo que me costó conquistarlo, y todavía así la encanta hacerme peladeces de vez en cuando.
OFELIA.-Pues como quieras. Si te vas, prende la estufa y arrima los trastos.

El radio está sonando; un adagio de Poulenc.

SERGIO.-Bueno, (Se queda oyendo.) Qué padre está eso. Necesitamos un radio.
OFELIA.-Te ves cansado.
SERGIO.-Estoy; troté como un perro, recorrí veintitrés direcciones.
OFELIA.-Pobrecito.
SERGIO.-Voy a seguir en la tarde, para estarme mañana tirado todo el día. ¿No les has dicho nada?
OFELIA.-¿De qué?
SERGIO.-Del sablazo.
OFELIA.-Ah, no. Nada.
SERGIO.-¿Y qué esperas?
OFELIA.-Mejor dejamos que cobre, ¿no?
SERGIO.-Es preferible antes, para prevenirlos.
OFELIA.-Eso sí. Ay, Sergio, papá no va a prestarnos nada.
SERGIO.-¿Tu crees?
OFELIA.-Ya ves cómo es.
SERGIO.-Pues sería su gran oportunidad para sacarle provecho a tu título.
OFELIA.-Eso sí.
SERGIO.-Sigue furioso cuando toco el punto.
OFELIA.-Pues pobre. Gastó tanto en mi carrera.
SERGIO.-¿Y qué es mejor? ¿Qué estuvieras metida en una botica hedionda o que te hayas casado con un joven brillante?
OFELIA.-Si mal no recuerdo, el préstamo será para meternos en una botica hedionda.
SERGIO.-Los dos juntos, tú lo has dicho. ¿Sabes? Me gustaría acabar la carrera.
OFELIA.-¿De veras, Sergio?
SERGIO.-Debo materias de segundo, pero en realidad me faltan cuatro años. Fíjate, cuatro años y médico.
OFELIA.-Ay, Sergio. ¿No podrías estudiar mientras en la noche?
SERGIO.-Linda, después de repartir medicina todo el día, lo único que se me antoja en la noche es un poco de glorioso technicolor... y un poquito de Ofelia. (La besa.)
CUCA.-(Entrando.) Vaya, sigue la luna de miel.
OFELIA.-Siempre.
CUCA.-¿Y todavía no haces nada en la cocina?
OFELIA.-Como quien dice, ya empecé, mira. (Va a la cocina. Entra y sale en derroche de actividad. Pone la mesa del comedor.)
SERGIO.-Suegra, ¿le digo una cosa?
CUCA.-No me digas suegra.
SERGIO.-Cuquita la guapa.
CUCA.-La fea. ¿Qué vas a pedirme?
SERGIO.-¿Usted cree que don Mario me prestaría dinero?
CUCA.-Ay, Dios, hijito, dinero, Ya ves que estamos debiéndote.
SERGIO.-Pero no lo quiero ahorita. Después, cuando puedan.
CUCA.-Y, ¿cuánto necesitas?
SERGIO.-Diez mil pesos.
CUCA.-¡Jesús! ¡Ah! ¿diez pesos?
SERGIO.-No, en serio: diez mil. Sí, diez mil pesos.
CUCA.-Sergio, ¿y para qué?
SERGIO.-Quiero poner una botica.
CUCA.-¿Una botica?
SERGIO.-Claro. ¿Se ha fijado que no hay una sola en todo el rumbo? La responsable sería Ofelia, y ella la atendería. Yo podría seguir de agente y lo que entrara sería ganancia líquida, porque viviríamos únicamente con mi sueldo. Les pagaríamos pronto, en poco más de un año.
CUCA.-Ay, Sergio, pero... Claro, sería muy bueno. Ganaríamos bien, ¿no? Podrían después hacer sus ahorros.
SERGIO.-Y algo mejor, Cuquita: Dejaría yo de andar repartiendo muestras, podría leer, un poco, estar en la casa. Me gustaría estudiar.
CUCA.-Ay, Sergio, si se pudiera... Tú ibas a ser médico, ¿verdad?
SERGIO.-Sí.
CUCA.-Eso habría sido Esteban, pobrecito. Ahora tendría 24 años... ¿por qué se morirán los hijos? Sería tan buen que te recibieras.
OFELIA.-Ni se hagan ilusiones porque mi papá no va a prestarnos nada.
CUCA.-¡Pues no! Claro que no, ¿de dónde?
SERGIO.-De la póliza, Cuquita, de la póliza.
CUCA.-Ah, de la póliza. Mira, eso yo creo que nunca vamos a cobrarlo.
SERGIO.-¿Cómo que no? Pero si no pueden ya tardarse más que días en pagarles.
CUCA.-Pues dicen que lo van a dar en mensualidades. ¿Verdad que no pueden?
SERGIO.-¡Claro que no! A no ser... ¿Cómo está la póliza? Explíqueme.
CUCA.-Mira: Mario la tomó a nombre mío, por 25 años. Cada mes hacían un sorteo, y allí podía tocarnos que nos dieran la cantidad enterita.
SERGIO.-Hmmm, eso no parece muy serio.
CUCA.-¡Pero cómo no! ¿Vieras cuánta gente se sacaba premios?
SERGIO.-Puros paleros.
CUCA.-No, de veras. Yo conocí a uno que el primer mes, figúrate...
SERGIO.-Bueno, pero ustedes no se sacaron nada. ¿Y entonces?
CUCA.-Pues me habrían pagado todo si Mario se hubiera muerto.
SERGIO.-Pero no se murió.
CUCA.-No, bendito sea Dios.
OFELIA.-(Se les reúne.) Y ya pasaron 25 años, entonces tienen que pagar la cantidad íntegra. La póliza no dice nada de abonos.
CUCA.-No, nada.
SERGIO.-Pues tienen que azotar, cash, cash, los veinticinco mil enteritos.
CUCA.-¿Verdad?
OFELIA.-Claro.
SERGIO.-Y entonces, nos prestan a nosotros.
CUCA.-(Apurada.) Ahí está Mario.

Se abre la puerta, entra Mario, usa barba y bastón, tiene muchas canas, viste muy mal.

MARIO.-(Se limpia los pies.) ¿Ya está la comida?
CUCA.-(Saliendo a recibirlo.) Ya va a estar. ¿Cobraste?
MARIO.-Ya va a estar, ya va a estar. Tengo clase a las cuatro, ayer llegué con tres minutos de retraso.
SERGIO.-Los alumnos estarían felices, don Mario.
MARIO.-Ah, ahí estás tú. Y tú.
OFELIA.-¿Cómo te fue, papá?
CUCA.-¿Cobraste?
MARIO.-(Ruge.) ¡Naturalmente que no! (Se sienta, apaga el radio.) Este radio es un gastadero de luz. ¿Van a comer ustedes aquí?
SERGIO.-No, naturalmente que no. Hasta luego. Cuquita.
MARIO.-No, yo decía porque es muy tarde. No te vayas todavía.
CUCA.-¿Y hoy por qué no te pagaron?
MARIO.-Esa pregunta es una verdadera estupidez. ¿Por qué no pagan? ¿Quién puede saberlo? Te aumentan el sueldo, te dan una pizca más de la categoría que realmente mereces, ¿y entonces? ¡papeles, papeles, cerros, montañas de papeles; firmas, vueltas, nadie entiende nada! Hoy estuve en cuatro mesas de la oficina de egresos corriendo como un títere, de la una a la otra. Me enviaron después, cuando quisieron, a las ventanillas de pago. Ya es un progreso: nunca había logrado llegar allá. Me formé frente a la ventanilla doce; logré llegar después de una hora: me correspondía la once; volví a formarme, volví a llegar después de una hora: no estaban ahí mis papeles: fui a preguntar a la ventanilla tres: no habían bajado. Volví a subir a egresos: ya era hora de cerrar.
CUCA.-(Como cerrando el ciclo.) Y ya no pudiste cobrar.
MARIO.-¿Pero no oíste que eso dije desde el principio?
CUCA.-Sí, sí, por eso lo dije. Pero, Mario, ya se acabó otra vez todo. No hay un centavo para mañana. (Mario se aprieta la cabeza, Cuca las manos, repite.) Ni un centavo.
SERGIO.-(Ofrece desganadamente.) Si le sirven quince pesos...
CUCA.-Claro que me sirven, ¿pero qué vamos a hacer después?
MARIO.-Pues mira, yo confió en una joven muy agradable que me ofreció arreglar todo.
CUCA.-¿A ver, cómo está eso?
MARIO.-Sí, una muchacha, una joven. Es que además de todo me lastimaba un clavo del zapato. Allí medio arregle la molestia... Estaban observándome dos jovenzuelas, y a una le dio un ataque de hilaridad, no sé  por qué diablos. Finalmente, le dije cuatro claridades y la otra se avergonzó, yo supongo, y empezó a darme disculpas. No veo qué tiene de cómico arreglarle un clavo a un zapato. Y no quedó bien. ¿eh? a ver... (Se lo quita, le palpa el interior.) A ver, Ofelia, tráeme el martillo.
Ofelia obedece.

SERGIO.-¿No tiene calor con esa gabardina?
MARIO.-Es muy fresca.
CUCA.-¿Y puede saberse qué tiene que ver tu zapato con el pago?
MARIO.-La joven decente, la que no se rió, se puso a platicar conmigo. Supo que me deben siete quincenas y ofreció arreglarlo todo. Ya está. (Se calza, pisa, probando.) Ahora sí.
OFELIA.-Pero papá, ¿cómo te pusiste a hacer esto en las oficinas?
MARIO.-Con el bastón y un veinte. Muy amable esa joven. Dice que en menos de una semana podré cobrar.
SERGIO.-Esa quiere mordida.
MARIO.-¿Tú crees?
SERGIO.-Claro.
MARIO.-¿Sería por eso? Pues yo no estoy dispuesto a sobornar a nadie. ¿Es posible? No lo creo, parecía muy decente. En fin, hay tanta corrupción que no se sabe.
SERGIO.-Ya verá.
MARIO.-Puede ser... ¡Pero no insinuó nada!... No lo creo.
SERGIO.-O la habrá flechado usted.
MARIO.-¡No hombre! ¿Cómo crees posible? Ni que fuera yo un jovencito. No, no. No lo creo.
CUCA.-(Se ríe.) ¡Mira, ya se creyó!
MARIO.-No me he creído nada. He dicho que no lo creo.
CUCA.-¡Ya se creyó, ya se creyó, ya se creyó!
MARIO.-Pues ultimadamente, no sería cosa del otro mundo; tú te casaste conmigo, ¿no?
CUCA.-¿Y cuántos años hace de eso?
MARIO.-¡A qué horas va a estar la comida!
CUCA.-Enseguida, enseguida. (Corre a la cocina.)
MARIO.-¿Quién puso esta mesa?
OFELIA.-Yo, papá.
MARIO.-¿Y no te he dicho mil veces que no pongas los vasos boca arriba? Pueden caerles moscas.
OFELIA.-Pero están húmedos y luego vas a gritar por qué se empañaron.
MARIO.-No me importa. No quiero moscas en mis vasos. Si a ti te gusta ofrecerles vasos a las moscas, ve a poner boca arriba en tu casa.
OFELIA.-Eso voy a hacer. Vamos. Sergio (A la cocina.) Nos vemos, mamá.
SERGIO, Hasta luego, suegros.
MARIO.-Si vinieras esta noche, Sergio, podríamos jugar una partidita de ajedrez.
SERGIO.-No sé si pueda, don Mario, a ver. Hasta luego.

Salen Ofelia y Sergio.

MARIO.-¿Todavía no está la comida?
CUCA.-(Dentro) Ya voy, no soy relámpago.
MARIO.-Mete a hervir tus manos en los fideos, para que así se vuelvan sopa de tortuga.

Va a la sala, se sienta a leer el periódico. Cuca, corriendo, sirve la mesa.

CUCA.-(Grita.) ¡Ya está servida!
MARIO.-Allá voy. (Sigue leyendo.)
CUCA.-(Va.) Luego vas a decir que todo está frío.
MARIO.-¿Será cierto? Dicen que va a volver a bajar de peso. ¿Vinieron los de la póliza?
CUCA.-Sí, dando largas. Se ve que prefieren pagarnos en mensualidades.
MARIO.-Claro, ladrones. Así bajará el peso cada vez más y menos será lo que paguen.
CUCA.-Yo no sé, tantas cosas, tantas esperanzas, y estamos peor que nunca. Le debemos a todo mundo. Y bendito sea Dios que ya no está el espantajo de la casa.
MARIOA.-¿Espantajo?
CUCA.-Digo, cuando no acabábamos de pagarla. Aunque... ¡Mario este mes tocan las contribuciones!
MARIO.-Es cierto, ¿qué demonios vamos a hacer?
CUCA.-Ay, señor, y tantas esperanzas... Tu ascenso, los veinticinco mil pesos... ¿cuándo vamos a ver todo eso? ¿Ay, es tan bonito pensar que por fin vamos a estar tranquilos y felices, ¿pero cuándo?
MARIO.-No pueden tardar mucho más en pagar.
CUCA.-Y entonces deberemos todo, como siempre.
MARIO.-Con el aumento podremos nivelarnos en unos tres meses.
CUCA.-A ver. Ningún dinero luce, siempre hay cuentas atrás. Pero me alegro tanto de tu ascenso.
MARIO.-Ayer me dijo la conserje: señor Inspector. Dígame maestro, señorita –le contesté-, es el título más honroso para mí.
CUCA.-Mario, ¿qué piensas hacer con tanto dinero? Si llegamos a tenerlo.
MARIO.-Guardarlo.
CUCA.-¿Te acuerdas cuando poníamos el radio para oír los sorteos? Nunca te conté, pero cada mes hacía yo una lista de lo que podríamos comprar.
MARIO.-A mí no me habría hecho falta ninguna lista, de memoria me sabía todo lo que queríamos, de tanto pensarlo y repensarlo...
CUCA.-¿Sabes? Ahora sí podríamos hacer una lista. Necesitamos tantas cosas...
MARIO.-¿Ya quieres empezar a derrochar?
CUCA.-No, claro que no. Es que era tan bonito, cada mes... ¿Cuándo dejamos de oír los sorteos? ¿Al año? ¿O después?
MARIO.-No me acuerdo.
CUCA.-¿Sabes? Lo que yo pensaba, en algún negocito, algo así... Fíjate, los muchachos podrían ayudarnos...
MARIO.-¿Negocio de qué?
CUCA.-Pues no sé. Ya ves, Ofelia tiene su título de farmacéutica...
MARIO.-Que allí puede quedarse. Ya se recibió, ya está embarazada, le hacía mucha falta el título para eso.
CUCA.-¡Pero Mario, tenía que casarse algún día!
MARIO.-¿Y para qué gastamos? ¡Esa es la ayuda que nos da! Llenarse de hijos. Para eso gastamos, para eso.
CUCA.-Por eso pensaba yo en un negocio con los muchachos...
MARIO.-Los muchachos, ¿no? ¿De quién fue la idea?
CUCA.-¿Cuál idea? Se me ocurrió ahorita.
MARIO.-Ahora es adverbio y no puede tener diminutivo. ¿No vamos a comer nunca?
CUCA.-¡Ya está servido!
MARIO.-Pues ya.
        
Va a la mesa. Se sienta. Cuca lo sigue. Un silencio.

CUCA.-Es mucho dinero para tenerlo guardado, ¿no crees?

Mario prueba la sopa.

MARIO.-(Ruge.) Esta sopa está helada!
CUCA.-Ya sé, ya sé. Dámela. Voy a calentarla otra vez.

Oscuridad


EL JARDIN


         Pájaros. Ruido de fuente. En la banca. Emma, comiéndose unas tortas. Entre bocado y bocado canta quedito, melancólicamente y suspira.

EMMA.-(Canta.) Al mar, espejo de mi corazón, (bocado) mmmjh, mmmjh, jmh la la la, te he buscado por doquiera que yo voy y no te puedo hallar. (Bocado.) Mmmjh, mhj, mmhm mmh tus besos si no quieres ya besar, (Se estira al sol, bosteza) Ay, Dios mío, por qué no me manda a Acapulco. (Canta.) Y tú, quién sabe por dónde andarás (bocado.)mmjh mj jm jm qué lejos estás de míííí.

(Entra Mario.)

MARIO.-Señorita Solórzano, buenos días.
EMMA.-Ay, buenos días, profesor, ¿gusta?
MARIO.-Muchas gracias, No sé cómo agradecerle. ¿Cómo lo arregló usted?
EMMA.-(Se ríe.) ¿Ya?
MARIO.-Mire, (enseña) los siete cheques. ¿Cómo pudo arreglarlo?
EMMA.-Ya ve. Sobé mi lamparita de Aladino, y ya. Qué bueno que le pagaron. ¿Cómo hizo para vivir todo este tiempo?
MARIO.-Mis... ahorros, señorita, Siempre tengo algo para las emergencias.
EMMA.-Pues ya tiene su buen aumento en la bolsa. Ya es rico.
MARIO.-Sí, y yo quería, sabe... hacerle un regalito. Traerle, digamos.. No pude cambiarlo todavía, pero ahora que cambie... Si me dijera usted qué es lo que...
EMMA.-Oiga, yo no quiero “regalitos”. Ya sé lo que está pensando. Lo hice porque sí, no se crea que soy de esas que viven de la mordida.
MARIO.-¡No, señorita Solórzano! Por favor, yo pensaba traerle unos chocolates, algo... Pero quería saber lo que usted... Sabe, si fuera usted diabética y le saliera con unos chocolates.
EMMA.-No, no soy, pero no soy muy dulcera.
MARIO.-Es decir, (tose) no es muy afecta al dulce.
EMMA.-No...
MARIO.-Lo siento, entonces.
EMMA.-Pero ya sé, ya sé lo que quiero.
MARIO.-(Sonríe a fuerza.) Ah, sabe usted, ¿eh?
EMMA.-Quiero que me invite a comer a algún lugar bonito.
MARIO.-(Alegre.) Claro, seguramente. Cuando usted guste.
EMMA.-Hoy. También quiero una copa en un buen bar. Dios mío, estoy harta de mi vida.
MARIO.-¿Hoy? ¿Dice usted que... hoy?
EMMA.-Sí, ¿no puede?
MARIO.-Sí, claro. Cuando usted diga, yo estoy dispuesto.
EMMA.-Está el día tan lindo. Tal vez valdría la pena ir a Xochimilco ¿no? o a Chapultepec. Quiero ver árboles, algo verde, agua.
MARIO.-Pues aquí tiene árboles y una fuente.
EMMA.-Este jardín, entre paredones... Quiero algo bonito.
MARIO.-¿Y... no tiene que avisar a su casa, señorita Solórzano?
EMMA.-Ay, profesor, dígame Emma. ¿Cómo es que se llama usted? Mario, ¿no?
MARIO.-Mario Ramírez Cuevas para servirla.
EMMA.-Es cierto. Le voy a decir Mario, profesor.
MARIO.-Mario, claro, muy bien.
EMMA.-Ay, ay, Dios mío. (Se retuerce.) Es que quiero llorar, o gritar.
MARIO.-¿Qué le ocurre... Emmita?
EMMA.-Mi mamá está enferma, metida en un sanatorio. Me regañó mi jefe. Me pelié con Lupe, mi amiga, ¿se acuerda? Porque la hallé besándose con mi novio. Y estoy de fastidio porque nunca me pasa nada, ni hago nada, ni nada. Ay, profesor no sé qué tengo. (Suspira.) ¿Va a invitarme a comer?
MARIO.-Claro, Emmita, seguramente.
EMMA.-Emmita no, Emma. ¿Es usted casado?
MARIO.-¿Yo? No, no.
EMMA.-¿Es posible?
MARIO.-Soy viudo.
EMMA.-Ay, ahora me explico. Pobrecito. ¿Y tiene hijos?
MARIO.-No. Tuve uno.
EMMA.-¿Qué le pasó?
MARIO.-Murió
EMMA.-¿De verdad? Es horrible. Es que me dan ganas de llorar. ¿Cómo se llamaba?
MARIO-Esteban.
EMMA.-Nadie le arregla la ropa, ¿verdad?
MARIO.-¿Mi ropa? ¿Por qué?
EMMA.-Ay, si no que no hay mujer preocupándose por usted.
MARIO.-Pues... tengo una mujer en la casa.
EMMA.-¡Mire nada más!
MARIO.-No, no. Es... una señora así, gorda, casi una anciana, que me arregla mis cosas.
EMMA.-Ah, vaya, Y claro, no es lo mismo. ¿Me deja que le diga algo?
MARIO.-Sí.
EMMA.-¿Por qué se viste así?
MARIO.-¿Así? Pues... no puedo derrochar en ropa, usted ve.
EMMA.-No me diga, ya vi su sueldo. Para un hombre solo...
MARIO.-¿No cree que cada quien tiene derecho a vestir según su gusto?
EMMA.-No. Cada quien debe tratar de verse lo mejor posible.
MARIO.-¿Para qué?
EMMA.-Para los demás. Por ejemplo, a mí no me gusta verlo así.
MARIO.-A mis años no puede uno pretender una elegancia extemporánea.
EMA.-¿A sus años? Hombre, mire a Clifton Webb.
MARIO.-¿A quién?
EMMA.-A Clifton Webb. ¿Qué nunca va a al cine?
MARIO.-Le diré, soy poco aficionado.
EMMA.-A mí me encanta el cine. Y Clifton es un viejo divino, tan elegante... Ay, profesor, se ha de estar asando con esa gabardina...
MARIO.-No. Y soy  (se golpea) delicado de los bronquios. Padecí una bronconeumonía en mi juventud.
EMMA.-Bueno, pero hace cuánto.
MARIO.-Aún sufro frecuentemente de bronquitis.
EMMA.-Claro, por esa gabardina. Quítesela, ¿no?
MARIO.-Si eso la complace.
EMMA.-(Lo observa. Va a reprochar) Profesor... (Rectifica) ¿Sabe? Pensaba... que la ropa a la moda rejuvenece.
MARIO.-Mire, Emma, dejemos esto por la paz, ¿quiere?
EMMA.-No, no se enoje. Se lo digo como amiga. Es un poco de sorpresa. Se viste tan... raro, tan diferente.
MARIO.-Es que... uno no es igual a todos. ¿Por qué ha de vestirse igual?
EMMA.-Usted quiere ser elegante al revés. No mal interprete, se ve interesante... No es que se vea muy mal, sino cómo podría verse mejor. Claro esto tuvo su época... Se usó en ¿Cuándo?
MARIO.-Era yo muy joven. Hace mucho.
EMMA.-Pues no es usted viejo. Tal parece que trata de verse viejo.
MARIO.-Mejor, de una vez.
EMMA.-¿Cómo?
MARIO.-Mire usted, no trato. Pero en un momento dado ya se acabó todo, ya no hay calor, ni entusiasmo, ni... En un momento dado sólo queda trabajar, y la mujer enferma y los hijos... el hijo... Se encuentra usted con la vejez, de golpe, y apenas tiene treinta años. Trabajo, trabajo. No hay por qué aparentar más: uno es un viejo, el invierno ha llegado.
EMMA.-¿Fue cuando enviudó?
MARIO.-Eh... No. Fue cuando empecé a pagar mi casa.
EMMA.-¡Tiene usted casa!
MARIO .-A sus órdenes.
EMMA.-Muchas gracias. (Lo examina) Usted no es viejo, profesor.
MARIO.-No iba a decirme Mario?
EMMA.-Ay Dios, ya me dio pena. Mucha pena. No vaya a creer que siempre estoy metiéndome así con la gente. Es que... Ay, no sé qué tengo hoy. Estoy terrible, ¿verdad?
MARIO.-Por favor, Emma, está usted... deliciosa. Deliciosa.
EMMA.-(Se carcajea.) Le dice como si fuera yo un plato de algo. (Seria.) Perdone, me hizo gracia. Ande, Mario, ¿va a llevarme a comer y a tomar una copa? ¿Sí o no?
MARIO.-Sí, claro, sí, Emma, vamos.
EMMA.-Bueno, por favor espéreme aquí a las dos y media, en punto. ¿Eh? Ahora me voy a trabajar. No llegue tarde.
MARIO.-Yo creí... pensé que ya nos iríamos.
EMMA.- Si apenas es la una. Salí a lonchar. Sea buenito y vuelva.
MARIO.-Mmh... Salió a almorzar, claro.
EMMA.-No, a lonchar. A las dos y media, ¿eh? Chau.

Emma se va.

MARIO.-Emma.
EMMA.-¿Sí?
MARIO.-¿Cuántos años tiene?
EMMA.-¡Qué indiscreto! Tengo veinti...nueve. (Saluda y se aleja.)
MARIO.-Emma. Ayer viene a buscarla. No bajó usted.
EMMA.-Tuve mucho trabajo, me comí en la oficina mis tortas.
MARIO.-También fui a la oficina, y me dijeron que estaba aquí.
EMMA.-Entonces, nunca le cuente al jefe que no me halló en ningún lado. ¿Para qué vino a buscarme?
MARIO.-Para... para nada.

Emma, sonríe. Sale.

MARIO.-¡A las dos y media! ¡Aquí!

Ella se fue. El, preocupado, se sienta despacio. Saca un periódico de la bolsa y empieza a leer. Oscuridad.

LACASA


Sergio y Ofelia vienen del garage. Cierran.

SERGIO.-El sitio es espléndido. Lo que no me explico, para qué chihuahuas mandó hacer un garage tu papá.
OFELIA.-Pues... no sé... todas estas casas tienen. Pero... de veras. No había yo pensado en eso.
SERGIO.-¿No dirá nada si nos llevamos estos libros?
OFELIA.-No creo. Ya ves que los tienen allí arrumbados. Eran de Esteban; tenía muchos, y buenos, pero luego los empeñaba, o los vendía... Como siempre le hacía falta dinero... Pobrecito, le encantaba leer.

Entra corriendo Cuca, de la calle.

CUCA.-¡Ya le pagaron a tu padre! ¡Ya le dieron todo el dinero!
SERGIO.-¿Lo de la póliza?
CUCA.-No. Las siete quincenas.
OFELIA.-Ah, yo también había creído... Qué bueno de todos modos.
CUCA.-Creo que ya debemos todo, voy a hacer la cuenta. ¡Pero ya le pagaron!
OFELIA.-¿Cómo supiste?
CUCA.-Habló por teléfono. ¿Qué bueno, hija, qué bueno? A esa burra de la Rosita se le había olvidado darme el recado, y yo angustiándome porque no había venido a comer. ¡Y ya cobró! ¡Se acabaron las angustias!
SERGIO.-Me alegro mucho.
CUCA.-Pobrecito, ya vamos a pagarte.
SERGIO.-De eso ni se acuerde, suegra.
CUCA.-Cómo no. Lo primero, las deudas. Todos los días de pago son así, y a los tres y cuatro, empezamos otra vez. No sé qué habríamos hecho en esta vida si tu papá no fuera tan ordenado.
OFELIA.-Mamá, ¿para qué hicieron este garage? ¿Qué tuvimos coche alguna vez?
CUCA.-No, hija. Cuando tu padre mandó hacer la casa lo convenció el arquitecto.
SERGIO.-Claro, habrá tenido los planos ya hechos.
OFELIA.-¡Pero hacer un garage sin tener coche!
CUCA.-Por si lo teníamos algún día, pensó Mario.
SERGIO.-Es que allí se va la mitad de la casa. Miren qué salita, miren que mugrita de comedor, y este pasillo, estorboso y absurdo. En cambio, el gran garage, el único sitio amplio de la casa, completamente  inútil.
CUCA.-Ni tan inútil; allí jugaban los muchachos. Y ya ves, sirve para guardar trebejos.
OFELIA.-Luego fue el cuarto de Esteban. Un día descubrieron que ya éramos muy grandes y metieron al pobre en el garage. Estaba furioso.
SERGIO.-Don Mario estaba loco. Esta casa podría haber sido suavísima
CUCA.-Era muy bonita. Lo que pasa que todo cambia. Hay modas de casas, como de todo.
OFELIA.-Nunca fue bonita.
CUCA.-Sí. Fue. Yo la prefiero a esos cajones de ahora. Cuando la terminaron, se veía tan linda... los ajuares, estaban nuevos.
OFELIA.-A mí nunca me gustó. Nunca se pudo hacer un baile, no había lugar. Ni dinero, claro. Cuando mis quince años, chillé como loca; me quería yo matar. ¿Cómo no me hicieron fiesta, mamá?
CUCA.-Hijita, yo hubiera querido, pero...
OFELIA.-Claro, mi papá.
CUCA.-Es que no sabes, los hijos nunca saben, no se dan cuenta. Mira, pagábamos la casa... Entonces ya habíamos terminado de pagar el terreno... Pegábamos la póliza... tu colegiatura y la de Esteban... Hijita, las deudas son horribles, no íbamos a endrogarnos más de hacerte un baile.
OFELIA.-Y todavía pensaban en comprar coche.
CUCA.-No, ya no. Antes, cuando la hicieron. Es que todo parecía muy fácil. Fue cuando empezamos con la póliza. Qué difícil se volvió todo: los ajuares, casa, terreno, póliza... Bueno, ya ves, ya vamos a cobrarla. Ay, Dios mío, eso espero, que no vaya a pasar nada.
OFELIA.-¡Qué va a pasar, mamá!
CUCA.-¿Te imaginas? Veinticinco años de ilusiones que van a cumplírsenos.
SERGIO.-(Ha estado dibujando algo.) ¿Ven? Así quedaría a todo dar.
CUCA.-¿Qué es?
SERGIO.-Fíjese, Cuquita; en el garage podría quedar una botica fantástica, fa.bu-lo-sa.
CUCA.-¿Tú crees?
SERGIO.-Ni siquiera tendríamos que pagar local; con los diez mil habría de sobra. Así sí les pagaríamos antes.
OFELIA.-Mira, Sergio, mi papá no va a aflojar ni quinto. Ya lo estoy viendo, va a meter todo en el banco, o algo así.
SERGIO.-¿No le ha dicho nada?
CUCA.-(Mintiendo.) Pues le iba a decir ahora en la comida, pero como tuvo eso del... sindicato, creo.
SERGIO.-¿Sindicato a medio día?
CUCA.-No sé, por lo de los cheques, comida o algo.
SERGIO.-Pues fue buena comida, ya anocheció.
CUCA.-Es que después tenía clases.
SERGIO.-¿Qué horas son?
CUCA.-Son las siete.
SERGIO.-¡Vámonos pronto! Quiero ver los monitos.
OFELIA.-Me voy a arreglar, para que no empiece a decir que Miroslava es más guapa que yo. ¿Vamos, ma?
CUCA.-Tengo que hacer la cena.
OFELIA.-Bueno, hasta mañana. (La besa.)

Van a salir. Ruido de llave.

CUCA.-Ay, Dios, ya llegó. Me voy a la cocina.
MARIO.-(Entrando.) ¡Cuán alegre reunión! ¿Por qué no se me había invitado?

Los tres se ven.

CUCA.-¿Reunión?
MARIO.-Esta reunión, ¿por qué no me avisaron que estaban de fiesta? (Besa a Cuca)
OFELIA.-¿Qué dices, papá?
MARIO.-No digo nada. Era una broma, pero tal parece que nadie puede entender aquí un chiste.
CUCA.-¡Era un chiste! Ofelia, tu papá hizo un chiste!
SERGIO.-¡Mire nada más!
MARIO.-Hija, qué guapa estás.
OFELIA ¿Yo?

Mario va y enciende la luz de la sala, luego el radio. Se quita la gabardina.

CUCA.-Mario, ¿es cierto que ya cobraste?
MARIO.-(Muestra una cartera repleta, suena las bolsas.) Mira.
CUCA.-Mario, de veras, ¡Ofelia, era cierto! A ver ¡qué bueno!
MARIO.-(Imperativo.) ¡Basta ya de aspaviento! Después de todo no es más que el honrado fruto de mi trabajo. “Siembra trabajo, cosecharás felicidad”, eso decía mi padre.
CUCA.-Pero es que se tardaron tanto... ¡Ay, qué contenta estoy, Mario!
MARIO.-Yo también. Por eso, ve a alegrarte allá, anda, y déjame oír esta canción.

La empuja al pasillo y sube el volumen al radio. Empezó Perfidia.

CUCA.-Oigan, está muy raro.
OFELIA.-¿Qué le pasa?
CUCA.-Será el gusto, pobrecito. O el hambre. (Fuerte.) Ya va a estar la cena, ¿eh? ya casi está lista.
MARIO.-No te apures, no tengo mucha hambre.
CUCA.-¿No?
MARIO.-No.

Consternación general.

CUCA.-(Quedito.) Pues yo no sé.
SERGIO.-¿No hay un olorcito alcohólico en el aire?
CUCA.-Imposible.
MARIO.-Ya te oí, Sergio. Es verdad, tomé unos dos vasitos de esos brebajes que ahora llaman cocteles. No son feos. Y en la comida tomé un vasito de vino tinto y uno de blanco.
CUCA.-¡No me digas! ¿Pues dónde comiste?
MARIO.-Te juro que no sé. Tenía un nombre extranjero, francés. Como si no hubiera bellos nombres en nuestra lengua. Un sitio agradable, sin embargo. ¿Saben? Un buen sitio no resulta muy caro; resulta casi igual que un café de chinos. Sorprendente, ¿no? con tantos espejos, meseros de blanco...
OFELIA.-Papá, ¿y a qué se debió el derroche?
MARIO.-¿Derroche? No, tampoco, tampoco. Es que... debía yo agradecer a esa señorita el favor de mis cheques... lo más correcto fue invitarla...
CUCA.-¿Y no que era algo de trabajo?
MARIO.-Propiamente, sí.
CUCA.-¡Caray, así quiero trabajar!
OFELIA.-¿Cuándo nos llevas a trabajar, pa?
MARIO.-¿Saben que ya basta de burletas?
CUCA.-No es burleta. Es que caray, el día que cobras en vez de llevarte a tu mujer te llevas a esa mujer a comer, y a pasear.
MARIO.-Gracias a esa mujer cobre. Le debía yo alguna atención. ¿No es cierto, Sergio?
SERGIO.-Muy cierto, yo se lo dije.
MARIO.-Ya ven. ¿Y vieran? Es bonito ir a esos lugares. Es que... Bueno, yo no sé, queda uno...
CUCA.-Borracho, así quedaste.
MARIO.-Ten bondad de no ser vulgar. Lo que quiero decir es... pues no sé. No es barato. Pero... podría hacerse de vez en cuando, digo, si ahora pagamos todas las deudas... ¿Es que no lo han pensado? Podremos permitirnos algunas pequeñas extravagancias. A mí no se me había ocurrido. Será agradable salir a comer a veces, ir al teatro a ver un buen drama... ¿no crees Cuca? (Suspira, se sienta) No tengo mucha hambre, pero si quieres ir haciendo la cena...
CUCA.-Ya sabía yo. Bueno, ya voy.
OFELIA.-Nosotros, vámonos. Hasta mañana, pa.
SERGIO.-Hasta mañana, suegro.
MARIO.-¿A dónde van tan temprano? Quédense un rato, Sergio.
SERGIO.-Vamos al cine.
MARIO.-¿Al cine? (Se levanta) ¿Qué cosa exhiben?
SERGIO.-(Asombrado.) ¿Qué ponen. Ofelia?
OFELIA.-La pasión desnuda y Los jinetes fatales.
MARIO.-¿Trabaja Clifton Webb?
CUCA.-¿Quién?
MARIO.-Clifton Webb, es un actor, ¿no lo conoces?
CUCA.-¿Y cómo diablos voy a conocerlo si nunca vamos al cine?
MARIO.-¿Trabaja?
OFELIA.-No, creo que no.
MARIO.-Ah, vaya. (Perdió el interés)

Los tres se ven.

OFELIA.-Bueno, vámonos.
SERGIO.-Oiga, ¿no quiere venir?
MARIO.-¿Con ustedes, al cine?
CUCA.-¡Vamos, Mario!
MARIO.-No sé, podríamos...
SERGIO.-(Codazo a Ofelia.) En el Chapultepec pasan una de Clifton Webb, pero vale cuatro pesos.
MARIO.-¡No, hombre, no me digas! (Se pone la gabardina, apaga la luz y el radio) ¡Vámonos, Vámonos, Cuca.
CUCA.-¡Al cine!
MARIO.-No, a la iglesia. Anda, ponte otro vestido, pareces la bruja del Trovador. Pero corre, ya.

 Cuca corre escaleras arriba.

MARIO.-Ahora va a tardar un año en arreglarse.
SERGIO.-Oiga, pero no nos alcanza. Íbamos a un cine barato...
MARIO.-Yo pago, hombre, yo pago la diferencia.
OFELIA.-¿De veras, papá? Ahora si voy a cambiarme, porque al Chapultepec no voy así. (Sale corriendo.)
MARIO.-Pues ya ves, Sergio, como ésta son las pequeñas extravagancias que ahora sí podemos permitirnos. Es agradable, ¿no? Mira, casi me siento feliz. Después de todo, tengo detrás una vida de trabajo, una vida sobria, de sembrador. Y no estoy viejo todavía... ¿A qué hora empieza la función?
SERGIO.-No sé, podemos ver en el periódico.
MARIO.-Ahí lo tienes. Ah, las mujeres, qué santa paciencia. (Se acaricia la barba.) Voy a... pues voy a arreglarme un poco yo también... (Sube aprisa.)

Sergio enciende el radio. Suena, casualmente, un aria de Saint-Saëns. “Mi corazón a tu dulce voz” ... Sergio toma el periódico, se sienta.

CUCA.-(Arriba.) ¡Ya estoy lista, ya estoy lis...! ¡Mario, que estás...! ¡Mario!
MARIO.-(Arriba.) ¡Déjame en paz!

Cuca baja corriendo, a medio abotonar con las medias caídas.

CUCA.-¡Ofelia! ¡Ofelia! ¡Ofelia!
SERGIO.-¿Qué pasó?
CUCA.-¿Dónde está Ofelia?
SERGIO.-Fue a cambiarse. ¿Qué sucede?
CUCA.-Es que Mario, allá arriba... Mario, en el baño... ¡Mario se está rasurando la barba!

T E L Ó N









SEGUNDO ACTO


EL JARDIN


         Tarde que avanza. Fuente y pájaros. Entran apresuradamente, como perseguidos Emma y Mario. El ya no trae barba, viste mejor, ya no usa bastón. Se detiene porque él está mascullando algo; saca un papel y anota.

EMMA.-¿Qué estás escribiendo?
MARIO.-El número. Esto no va a quedarse así.
EMMA.-Ay, Mario, Vámonos.
MARIO.-No, no faltaba más. Vamos a sentarnos.
EMMA.-Pero Mario...
MARIO.-Vamos a sentarnos. No somos unos niños, ¿no? No hay por qué huir.
EMMA.-Mejor vámonos.
MARIO.-No. El que huye es porque debe, siéntate.
EMMA.-Bueno, como quieras.

Se sientan. Un silencio.

MARIO.-Qué bueno que tomé el número. Ahora están muy estrictos.
EMMA.-Ya no pienses en eso. ¿Te gustó la película de ayer?
MARIO.-¿Cómo no voy a pensar? Es que no estábamos haciendo nada, dilo tú, ¿hacíamos algo malo?
EMMA.-Pues no, malo no, pero...
MARIO.-¿Pero qué?
EMMA.-Pues ya te habías puesto un poquito... acalorado, ¿no?
MARIO.-Bueno, efusivo, digamos. Pero es natural, ¿no?
EMMA.-Bueno, pues sí.
MARIO.-¿Y qué rayos tenía que ver el policía en todo eso? Te aseguro que si hubiera estado ahorcándote, o robándote, no habría un miserable policía por todo esto.
EMMA.-Pues sí, así son.
MARIO.-En cambio, no estábamos haciendo nada, un beso, un poco de... ¿qué rayos, para qué demonios tenía que venir?... Por el soborno, claro, para eso fue.
EMMA.-Mira, precioso, di que salió barato. Ya siéntate, ven.
MARIO.-¿Pero no oíste la burleta? ¡Me dijo abuelo!
EMMA.-Ya, ya, no hagas caso. Ay, Dios mío, ven acá. (Lo sienta.) A ver límpiate la boca, estás lleno de pintura.

(El la abraza de pronto. La besa.)

EMMA.-No, oye, va a volver el policía. No, espérate, nos va a ver.
MARIO.-Ya le pagué. ¿no?
EMMA.-Pero no es eso... de veras, ya estate seriecito, así quieto. Ay, tengo mucha pena.
MARIO.-La palabra vergüenza es realmente la adecuada. Pena significa dolor.
EMMA.-Ah.

Un silencio.

MARIO.-¿No quieres ir al cine?
EMMA.-No, tengo que llegar temprano.

Mario la toma de la mano. Se la besa golosamente mientras hablan.

MARIO.-¿Cómo sigue tu mamá?
EMMA.-Pues mejor, pero la casa la pone de malas. Hay tanto ruido.
MARIO.-¿Sí?
EMMA.-Como tenemos abajo el mercado... en el sanatorio estaba más a gusto, pero no podíamos visitarla, sólo una vez por semana. Ya estaba muy triste de pobre.
MARIO.-Pobrecita.
EMMA.-Mario, deja de besarme así ese brazo. Qué barbaridad. Ya, quietecito.
MARIO.-¿A dónde quieres ir a cenar?
EMMA.-A cualquier parte barata. Has estado gastando mucho.
MARIO.-No, eso no.
EMMA.-Cómo no. Ya estuvo bien.
MARIO.-Un pequeño gasto... Debes tomarlo como pequeño homenaje sin importancia. Si a veces me quejo un poco de algún precio, no es por ti, es por... por esos meseros, hambrientos de propinas. No son nada de honrados, siempre hay que revisarles las cuentas. Pero no creas que me importa gastar de vez en cuando.
EMMA.-Como estabas quejándote ayer...
MARIO.-No me quejaba. Es que... Toda mi vida he tenido que escatimar, contar centavo tras centavo... Ahora, claro, ya estoy en mejor posición, y no me había dado cuenta: con dinero se pueden hacer cosas... Pero no hay que abusa: todo exceso es perverso. Hace calor, ¿no?
EMMA.-Un poco, julio es así, llueve, calor, llueve. La tarde está linda.
MARIO.-¿Y esas ventanas encendidas? ¿Hay gente trabajando?
EMMA.-Figúrate. Se han de sentir horrible.
MARIO.-Se lo merecen. No hacen nunca nada. Deberían estarse allí las veinticuatro horas.
EMMA.-Sí, claro. Se trabaja tanto en las tardes. No puede uno hacer nada, viendo anochecer afuera, y el jardín ahí abajo. En el último piso se ve salir la luna, y uno pegado a la máquina, o a las listas; ya me ha tocado, pobrecitos. Todo mundo debería salir, caminar, respirar... Vamos a caminar un rato.
MARIO.-¿A dónde?
EMMA.-A Madero. Donde haya gente comprando, bien vestida. ¿Quieres un helado?
MARIO.-Mira, francamente, yo estoy a gusto aquí. Es que me duelen un poco los pies.
EMMA.-La tarde esta divis. ¡Dime unos versos! Me encantan los versos.
MARIO.-¿Versos? No... No recuerdo muchos.
EMMA.-¿Pues no eres maestro de Literatura?
MARIO.-Sí, pero nada tiene que ver con... Es decir... Sí, recuerdo unos versos. Verás. (Tose.)

Quiero morir cuando decline el día,
en alta mar y con la cara al cielo,
donde parezca un sueño la agonía
y el alma un ave que remonta el vuelo”
(Tose) Creo que no recuerdo más.
EMMA.-Ay, qué lindo. En alta mar y con la cara al cielo. ¿Conoces Acapulco?
MARIO.-No.
EMMA.-Es divino. Unas olotas... Hay una laguna negra, como de Coca-Cola.
MARIO.-¿Sí?
EMMA.-Parece de película; vas en una lanchita, con un negro remando; son como canales. Todo está lleno de plantas y raíces. De repente, salen unas garzas volando, o caen los cocodrilos al agua. Ay, es divino.
MARIO.-¿Cuándo fuiste?
EMMA.-No fui, me contó Lupe.
MARIO.-Mi hijo fue una vez. Tomó el dinero de su colegiatura y se largó. Me hizo creer que lo habían invitado. Pasó allá una semana. Me enteré a mediados de año, porque fui a informarme a la Universidad. Qué golpe, no tienes idea; hablé con uno de sus amigos y supe todo lo del viaje; se fue con unos torerillos y actorzuelos. Él decía que quería torear y pintar. Trabajó en una obrita de teatro, se dejó revolcar por unos becerros... Era un loco.
EMMA.-También pintaba, ¿verdad?
MARIO.-Si a eso se le puede llamar pintura: manchones y rayas, un ojo aquí, un brazo por allá... Era un loco verdaderamente.
EMMA.-Pobrecito. ¿De qué murió?
MARIO.-Fue un accidente, en una de esas “sillas voladoras”, en una feria. Se rompió la cadena...
EMMA.-¡Qué horrible, Mario!
MARIO.-Dicen que fue instantáneo. Fue a caer lejos. ¿Qué tenía que hacer allí? Ya no era un niño. Subirse a esos juegos, a su edad... (Con rencor.) Era mala cabeza. La mitad de estas canas me las sacó él. Tal vez fue mejor así.
EMMA.-¡No digas eso! Debe de haber sido lindo. Cómo quisiera haberlo conocido. Es decir, que viviera. Pobrecito, querer hacer tantas cosas y morirse, y uno que no hace nada, ni quiere nada... Bueno, yo sí quiero.
MARIO.-¿Y qué quieres?
EMMA.-(Se ríe.) Puras tonterías que ni valen la pena.
MARIO.-Dime, anda.
EMMA.-Mira, cuando se caen las estrellas siempre les pido alguna de estas cosas; vivir lejos del mercado, que sane mi mamá, ir a Acapulco, tener un marido bueno, y mi casita... Cosas así. Tu hijo era muy suave. Qué bueno que hizo lo que se le dio la gana, hasta el fin.
MARIO.-Emma, no estamos aquí para hacer lo que nos dé la gana.
EMMA.-Por eso es tan triste vivir.
MARIO.-¿Y qué es lo que más quieres de todo eso?
EMMA.-No sé, depende del momento.
MARIO.-(La abraza, codicioso) Es que... tengo una idea.
EMMA.-¿Cuál?
MARIO.-Emma, vamos a Acapulco.
EMMA.-¿Nosotros?
MARIO.-Sí, los dos, solitos. Vamos. El viernes, ¿quieres?
EMMA.-¿De veras? Pero... Óyeme, no.
MARIO.-¿No quieres?
EMMA.-¿En qué plan?
MARIO.-Tú y yo, solos. (La abraza.)
EMMA.-Oye, Clifton, eso no. (Se desase. Se levanta) No creas que yo... no, oye...
MARIO.-¿Por qué?
EMMA.-Mira, soy señorita, ¿sabes?
MARIO.-¿Sí?
EMMA.-No lo parezco, ¿no?
MARIO.-No, no es eso, nunca quise decir...
EMMA.-¿Qué te sorprende entonces?
MARIO.-No es sorpresa. Es que... Emma, no soy un niño. Te quiero, te... deseo.
EMMA.-Y cuando un señor quiere así a una señorita... ¿Qué es lo que hacen, Clifton?
MARIO.-Huyen, se quieren, se... pertenecen.
EMMA.-Ah, Claro, sí. Pero es muy tarde, mira. Vámonos.
MARIO.-¿Y no me dices nada?
EMMA.-Sí, que mi mamá tiene que cenar temprano. Vámonos.
MARIO.-Como quieras. (Se levanta.) ¡Oye, Emma!
EMMA.-¿Sí?
MARIO.-¿Sabes? En estos días, la semana entrante tal vez, voy a recibir... veinticinco mil pesos...
EMMA.-¿Cómo? ¿De qué?
MARIO.-Es un dinero que me deben, una póliza que he pagado todos estos años. Vámonos de viaje, vámonos a no sé, donde quieras, ¿qué te parece?

Emma lo ve en silencio. Mueve la cabeza.

MARIO.-¿No?
EMMA.-No sé. Nada más pensaba...
MARIO.-¿Qué?
EMMA.-Pensaba que estás cambiando mucho. (Pausa.) Veinticinco mil pesos... (Pausa.)
MARIO.-¿No quieres?
EMMA.-Es muy tarde. Vámonos.
MARIO.-Vámonos. Pero di algo. Un viaje, donde quieras. ¿No?
EMMA.-Vámonos.

Van a salir. El la besa furtivamente.

EMMA.-¡El policía!

Salen corriendo.

Oscuridad.

LA CASA


         Por la mañana. El sol entra en la sala. Suena el timbre con familiar impertinencia, un largo rato. Baja Cuca. En bata, como acabada de levantar.

CUCA.-¡Ya voy, ya voy!

Abre. Entra Ofelia.

OFELIA.-Buenos días, ma.
CUCA.-Buenos días, hijita. (Bosteza, recoge el periódico.) ¿Por qué madrugaste tanto?
OFELIA.-¿Madrugaste? Son las diez de la mañana.
CUCA.-¿Es posible? Qué bueno que hoy es domingo.
OFELIA.-¿Salió mi papá?
CUCA.-No. Está acostado.
OFELIA.-¿Acostado? ¿A estas horas?
CUCA.-Ay, sí. (Se estira.) Dios mío, estoy muerta.
OFELIA.-¿Por qué?
CUCA.-No, por nada, hijita.
OFELIA.-¿Te sientes mal?
CUCA.-No, así mal, no. Ayúdame, empieza a hacer el desayuno mientras me baño, ¿quieres?

Baja Mario, en una bata vieja, chanclas y gorro de dormir.

MARIO.-¿Ya está el desayuno? Tengo mucha hambre.
CUCA.-Sí, claro que sí, servido. ¿No ves que soy un relámpago? ¡Hace un minuto que me levanté!
MARIO.-(Apretándola. Pellizcándola un poco, en tono concentrado.) Pues apúrate, gorda, no seas floja, (la abraza) ya tengo mucha hambre. Apúrate.
CUCA.-Oye, no. Déjame, Mario. Qué va a decir nuestra hija. ¡Mario! Voy a ver si ya está el baño.
MARIO.-Ah, caray, si me quiere ganar el baño. Eso sí que no. (Corre escaleras arriba.) Y nadie toque ese periódico hasta que yo lo lea. (Sale.)
CUCA.-(Grita.) Me alegro, todavía esta frío.
OFELIA.-Oye, ¿qué tiene mi papá?
CUCA.-No sé, desde que se quitó las barbas es otro. Yo no sé. Mira, (baja la voz) yo ya no estoy en edad para muchas cosas,  y ahora me resulta de repente... con cada cosa... Si ya estamos viejos... Anda, prepara el desayuno. Ya que está de buenas, es mejor que así siga. (Sube, sale.)

Ofelia va y enciende el radio. Suena el timbre. Abre. Entra Sergio. Empieza a oírse Vino, mujeres y canto.

SERGIO.-Muy bonito, la señora se larga en cuanto el marido vuelve la cara.
OFELIA.-Les voy a hacer el desayuno.
SERGIO.-Candil de la calle y oscuridad de tu casa ¡Me muero de hambre! Mira, me muero. (Casi cae, en agonía.)
OFELIA.-No seas chillón , enseguida termino.

Baja Mario, en pantalones y camisa, los tirantes caídos, en chanclas.

MARIO.-¿Ya está ese desayuno?
OFELIA.-Ya va a estar, papá, ya va a estar.

Se va a la cocina. Mario va a la sala. Se sienta. Está escribiendo algo difícil.

SERGIO.-¿Crucigrama, don Mario?
MARIO.-No, no.
SERGIO.-¿Corrigiendo pruebas?
MARIO.-(Se cohibe) Je, je, no, ves. Es una... especie de... composición.
SERGIO.-¿Composición literaria?
MARIO.-Sí, pero... una cosa informal. No pretendo hacer algo... artístico. Es un puro ejercicio retórico, digamos.
SERGIO.-No sabía que le interesaba escribir.
MARIO.-No me interesa... profesionalmente, digamos. No, ya conozco demasiado la literatura para pretender hacer algo. Todo se ha escrito ya; desde hace un siglo no hay nada que valga la pena.
SERGIO.-Hombre, don Mario, ¿y eso va a enseñarle a sus alumnos?
MARIO.-Ojalá. Con trabajo lograremos llegar a principios del siglo XIX. Esos programas son una estupidez.
SERGIO.-¿Me deja ver lo que hace?
MARIO.-Pues... (Ve en torno, excitado, confidencial) Anda, velo.
SERGIO.-(Lee.)

Eres como las rosas de la mañana
Más tu encanto es perenne y no fugaz;
Mueren ellas en hora muy temprana,
Así es esa belleza de felaz.
Sueño con la suave tumescencia...

MARIO.-Es con diéresis, suave, Me tomé la licencia. En Nervo se ve... Licencia poética, suena bien...
SERGIO.-Oiga. Pero esto es un... ¿Cómo se llaman? La letra con que empieza cada verso...
MARIO.-Sh. Sh. Sí, es un acróstico.
SERGIO.-Emma Solor...
MARIO.-Es Solórzano, pero no hallo la palabra adecuada con zeta. Zafia, zurrar, zapaquilda... No son poéticas.
SERGIO.-...Zafiro....
MARIO.-¡No, hombre, de veras! ¡Zafiro! A ver. Lástima que no tiene ojos azules.
SERGIO.-Oiga, suegro. ¿Cómo está eso de que acrósticos y todo?
MARIO.-Bueno, sabes... Puedo confiar en ti, ¿verdad?
SERGIO.-Claro que puede.
MARIO.-¿De veras, Sergio?
SERGIO.-Sí, claro.
MARIO.-Es que... en realidad no tengo a quién platicar estas cosas. Me gustaría que tú como hombre... ¡Pero que no se te ocurra contarle a Ofelia! Menos a Cuca. Porque esto(quedito) es una aventurilla.
SERGIO.-¡No me diga!
MARIO.-Figúrate que tenías razón:
SERGIO.-¿Yo? ¿En qué?
MARIO.-Si fue flechazo.
Sergio.-¿Qué cosa?
MARIO.-Tú me lo dijiste, la muchacha que arregló mis papeles, ¿te acuerdas?. Era un flechazo. No tienes idea, mira, una muchachita, un pimpollo. Tendrá... veintitantos años, escasos. Emma. Pero qué... qué formitas, qué... No tienes idea, un cuerpecito macizo, precioso.
SERGIO.-Don Mario, mire nada más. ¿Y ya?...
MARIO.-No, hombre, no quiere. Resulta que andamos de noviecitos. Yo le he dicho que soy viudo, ¿ves? ¡pero qué hembrita! ¡Me pone, me trae!... Figúrate, que el otro día, en un jardín, nos sorprendió un policía. Pobre muchacha, qué susto. Porque es decentita, ¿ves? Bueno, claro, todas estas oficinistas, tú sabes. Pero ésta no es tanto.
SERGIO.-Don Mario, ¿y qué va a hacer? ¿Va a seguir de noviazgo?
MARIO.-Pues me la quiero llevar fuera, pero no cede. Si no es tan fácil, no te creas.
SERGIO.-No vaya a meterse en un lío. Y más si es jovencita.
MARIO.-No, no. Yo tengo cuidado, no creas que soy tan tonto. Vas a ver, tengo un retrato suyo en la cartera.
SERGIO.-¡Don Mario, le va a caer Cuquita!
MARIO.-No, hombre, no. Si no lo suelto. Y ella nunca me revisa las bolsas. Mira, verás. (Le muestra.)
SERGIO.-Mjú. Sí.
MARIO.-Preciosa. ¿Verdad?
SERGIO.-Bueno, aquí no salió muy bien, ¿verdad?
MARIO.-No, no le hace mucho favor.
SERGIO.-Ya no se ve tan jovencita...
MARIO.-Es la fotografía, que no tiene retoque. Pero en persona... Y llenita, maciza...
SERGIO.-Pues tengo cuidado, no se vaya a enredar. Ahí está Ofelia.

Ofelia está poniendo la mesa.

OFELIA.-Ven a sentarte. Voy a servirte todo de una vez porque nos vamos; no hemos desayunado.
MARIO.-No, hija, no. Quédense aquí los dos, no faltaba más.
OFELIA.-¿Sí?
MARIO.-Ven, Sergio, siéntate. Anda, vamos.
OFELIA.-Pero a Sergio le gusta almorzar, oye, y se va a acabar el tocino, y...
MARIO.-Nada, nada. Hoy es domingo, ¿verdad, Sergio?
SERGIO.-Como quiera.
MARIO.-Y tú también, hija. Tomen leche y huevos. Lo que quieran. Ahora hay abundancia, tenemos de todo, no creas. Hasta mantequilla hay.
OFELIA.-¿Sí? Bueno, si tú nos invitas, gracias. Luego no te quejes.

Se sientan, Ofelia entra y sale, sirviéndoles. Mario observa sus movimientos para hablar.

MARIO.-El día está bonito, ¿eh?, muy bonito. (Sale Ofelia) Lo que me preocupa del viajecito, que puede ser caro. Tú sabes, Acapulco...
SERGIO.-¿Pero se la va a llevar a Acapulco?
MARIO.-Pues tú sabes, parece que es muy buen sitio... (Entra Ofelia.) No, la escuela es una preocupación siempre, la enseñanza, la juventud... Es una gran responsabilidad. (Sale Ofelia.) ¿Tú crees que alcance con trescientos pesos?
SERGIO.-Si acaso para el primer día.
MARIO.-¡No, hombre, no me arruines! Yo voy a pedir a Pensiones, pero no sé cuanto. (Entra Ofelia.) Claro que la juventud es una responsabilidad, por eso es bueno estar prevenido, es decir, tú  sabes muy bien... (Come apresuradamente.)
OFELIA.-¿Qué dices, papá?
MARIO.-(Con la boca llena.) La enseñanza, le hablaba de la escuela. Tráeme unas tortillas, anda. Dale a tu marido. (Sale Ofelia.) ¿Cuánto será necesario, cuánto crees?
SERGIO.-¿Cuántos días?
MARIO.-Tres días.
SERGIO.-Pues... unos quinientos, ochocientos, o tal vez más, en plan de... en el plan en que va usted.
MARIO.-¡No, hombre! ¡Pero eso es carísimo!
OFELIA.-(Entró) ¿Qué cosa, papá?
MARIO.-Un... un negocio que me contaba Sergio.
OFELIA.-¿Te dijo?
MARIO.-Sí, claro.
OFELIA.-No es caro, papá. Sergio tiene relaciones, puedes salirnos muy bien. Y yo resulto gratis.
MARIO.-Sí, eso no lo niego. ¿De qué rayos estás hablando tú?
OFELIA.-De la botica.
SERGIO.-Mira, linda, eso déjalo ahorita por la paz. Anda, tráeme más café. (Sale Ofelia.)
MARIO.-¿Qué cosa de botica decía ésta?
SERGIO.-No, era una idea mía.
MARIO.-¿De qué?
SERGIO.-Pues... Es que... Con diez mil pesos podría poner una botica, ¿ve usted?
MARIO.-Ah, sí. (Se le enfrío el entusiasmo)
SERGIO.-Yo había pensado... era una idea que tal vez usted podría prestarnos, o alguien.
MARIO.-¿Yo? Estás soñando. ¿De dónde?
SERGIO.-Pensaba yo en la póliza, claro.
MARIO.-Ah, sí. La póliza. ¡Ofelia! ¡Este café está muy frío!

Entra Ofelia, sale con el café.

MARIO.-Pues... a ver. No se puede disponer hasta tener el dinero, ¿verdad?
SERGIO.-No, claro. Y era un proyecto muy vago. (Confidencial.) ¿Y cuándo se va usted a su viaje?
MARIO.-Ah, mi viaje. Pues la semana entrante, yo creo. Voy a pedir dos días de permiso, esto es, en caso de que ella quiera.
SERGIO.-Bueno. ¿Y después del viaje? ¿Qué va usted a hacer con ella?
MARIO.-Ah, después... A ver. Yo no pienso seguir. No estoy en edad ni en posición para echarme encima queridas de planta. Habrá que ver cómo acabamos...

Baja Cuca, en bata y con una toalla en la cabeza.

CUCA.-Puedes bañarte cuando se te antoje.
MARIO.-Ya voy, no me aguijonees.
CUCA.-(Se sienta.) ¡Ofelia! Ya vine. Y ya siéntate.

Entra Ofelia. Sirve para su madre y para sí.

OFELIA:-¿Me llevas al ballet, Sergio? Hay matiné.
SERGIO.-Ya vimos el programa, es el de la semana pasada.
OFELIA.-No, creo que no. Deja ver.

Va a la sala a buscar el periódico.

CUCA.-A mí ese ballet ni me gusta, con puras cosas de indios, Bonito cuando bailan de puntitas, como Las Sílfides.
OFELIA.-¿Qué es esto? (Lee) Eres como las rosas de la mañana, mas tu encanto es perenne y no fugaz... ¡papá! ¿Son tuyos estos versos?
SERGIO.-¡Ofelia, deja eso!
OFELIA.-Pero es la letra de mi papá. ¿Estás haciendo versos, papá?
MARIO.-No estoy haciendo nada.
SERGIO.-Esos versos, estúpida, se suponía que iban a ser una sorpresa para Cuquita.
CUCA.-¡Mario! ¿Estabas haciendo versos para mí? ¿De veras?
MARIO.-No los he terminado, ni nada.
OFELIA.-Ay, papacito, metí las cuatro. Pero si ya pasó su santo... y el aniversario es a fin de año...
MARIO.-Los hice porque se me dio la gana. ¡Trae acá!
CUCA.-¡Mario, qué lindo eres! ¿Pero qué sucede, Marito? ¿Han visto? Esto es como otra luna de miel.
MARIO.-Acaba de desayunar, anda.
CUCA.-¿No vas a dármelos?
MARIO.-Cuando los acabe... Si los acabo. (Se los guarda.)
OFELIA.-Ay, papacito, pero qué mensa soy.
CUCA.-¿Cómo que “si los acabó”? No, Mario, dámelos, termínalos.
MARIO.-¡Ya! Deja de apapacharme. ¿no?
CUCA.-¡Ya los tengo, ya los tengo! (Se los extrajo de la bolsa.) ¡Ya son míos, ahora sí! (Lo besa.)
MARIO.-¡Trae eso acá!
CUCA.-Son míos, ¿no? Ahora los tendré aunque no los termines. (Se aleja, los desdobla.) Eres como las rosas de la mañana, mas ti encanto es perenne... Ay, Mario. Sólo otra vez me habías escrito algo, ¿te acuerdas? Era el primer año de casados, y estábamos tan pobres que no pudo comprarme nada; entonces, me dio algo que valía más que el mejor regalo: unos versos, enrolladitos, con un listón...

“Calandría canora
que alegras mi nido
tus cantos perfuman
la noche de abril”...

¿Te acuerdas, Mario? Me los sé todos. Y ahora estos. (Le tiembla la voz, se seca los ojos) Qué feliz me haces a veces, ¿vieras? (Se sienta.) No puedo pasar bocado, no sé que efecto me hacen estas cosas. (Le toma la mano) Marito. Voy a leerlos después, a solas, ¿quieres? Porque ya ves, soy muy chillona. “Eres como las rosas de la mañana”... ¡Gracias, querido!

Mario y Sergio han estado comiendo apresuradamente, como si nada más importara. Ofelia está emocionadísima.

Oscuro

EL JARDIN


Por la mañana. Se oye lejos que cantan unos niños: “Doña Blanca está cubierta”, etcétera. Entra Emma. Pausa. Entra Mario.

MARIO.-(Agitado.) Perdóname, esos malditos camiones se tardan horas. ¿Te hice esperar mucho?
EMMA.-No, ¿cómo te va?

(El ve a todos lados. La besa.)

MARIO.-Te traigo una cosa. Verás.
EMMA.-¿Sí? ¿Qué es?
MARIO.-Mira. (Un gran sobre de pergamino)
EMMA.-¿Qué es? (Lo abre ansiosamente) Unos versos. (Tal vez esperaba otra cosa, pero lo disimula.) ¿Tú los hiciste?
MARIO.-Sí, yo los hice.
EMMA.-Ay, qué mono eres. (Sonríe.) Gracias. (Los mete al sobre.)
MARIO.-Creo que no diste cuenta: son un acróstico.
EMMA.-¿Qué es eso?
MARIO.-Lee de arriba abajo, la primera letra de cada verso.
EMMA.-¿Cómo? (Lo hace)
MARIO.-Mira, (Le señala con el dedo)
EMMA.-¿Emma Solórzano? Ay, qué chistoso. ¿ Cómo hiciste eso?
MARIO.-Ya ves.
EMMA.-Qué chistoso. (Lo guarda.) ¿Me quedo con ellos?
MARIO.-Sí, cómo no. Si los quieres.
EMMA.-Sí, yo sí los quiero. Están rete bonitos...
MARIO.-(Molesto.) Me parece que no pusiste mucha atención. Mira, los últimos renglones... En fin, no importa.
EMMA.-Ay, no te enojes, dime qué.  A ver. (Los lee) ¿Los últimos renglones? (Busca) ¿Qué cosa?
MARIO.-Nada.
EMMA.-Es que tú eres maestro, yo no sé de esas cosas. ¿Es esto? “Zafiros de las olas sobre tu cuerpo erguido”...
MARIO.-Sí.
EMMA.-“Anunciación dichosa de la fiesta de amor, nuestros cuerpos unidos entre el manso ruido”...
MARIO.-Ruido. Es una licencia poética.
EMMA.-Ah, ¿eso era?
MARIO.-¿No entiendes?, las olas, y el final; “ondas de mar y cielo dándonos su calor”. ¡Acapulco!
EMMA.-¡Ah! Acapulco. ¿Qué?
MARIO.-Es una forma... para recordarte... Emma, no me has dicho nada. ¿Vamos a ir?
EMMA.-Eso era.
MARIO.-Sí, eso.
EMMA.-Mira, Clifton, tú sabes cómo quiero... Y yo te quiero, ¿sabes? Y yo pensaba que... Mira, Clifton vamos a terminar todo esto.
MARIO.-¿Terminar? ¿Cómo? Emma, ¿qué dices?
EMMA.-Que ya no puedo seguir así. Debe ser culpa mía, de mi tipo. Tal vez porque de chica quería yo ser alegre, tener pieles y plumas, ser mala. Yo creo que se me nota, porque todos quieren lo mismo, quieren... eso ¿ves? No sólo tú, el otro jefe, y me cambié de oficina, Roberto, mi novio, y me dejó porque no quise. No sirvo para otra cosa, no puedo ser esposa, tener mi casa propia, y un hijo, o dos, o tres. No, eso no. No soy buena para eso. Creí que tú, por tu edad, por ser un señor tranquilo y decente, porque eres un maestro... No, Mario, mira, no soy una niña, no me he guardado tanto tiempo para que así nada más... No, lindo. Lo siento. Me gusta que salgamos, y me muero por ir al mar, por conocerlo siquiera, como es. Nunca en mi vida he ido más allá de las mugrosas albercas... Pero no. Aunque no vaya nunca. Muchas gracias.
MARIO.-Pero linda. Óyeme.
EMMA.-¿Qué oiga qué? Si mi mamá no viviera... Si no estuviera enferma... Pero soy lo único que tiene. No. Ya no puedo hacer nada, porque en eso quiere una más después, y no, ¿adónde acaba una? Aunque me quede a vestir santos, voy a correr el riesgo. Voy a correr el riesgo de seguir señorita porque, ¿sabes?, esa es la única cosa mía que puedo dar a cambio de... todo lo que quiero me den.
MARIO.-Óyeme, yo, no creas que pretendo... abusar de ti. Yo no quiero eso.
EMMA.-¿No? ¿Qué quieres entonces? ¿A qué me llevas a Acapulco? ¿A rezar? ¿A ver el paisaje?
MARIO.-Yo tampoco soy un niño. Yo lo he pensado, esto no puede ser tan fácil. Es una confusión, un problema. ¿Tú crees que no quiero casarme contigo?
EMMA.-Mario, ¿de verás?
MARIO.-(Retrocede, teme.) Claro, eso debiste suponerlo, ¿no? Es que... lo que pasa... Cómo yo soy mayorcito, ¿ves?
EMMA.-Pero... ¿Tú quieres?
MARIO.-Soy mayorcito. No puedo decirle a una pollita, como tú... No puedo proponerle... Enviudarías muy pronto, ¿ves?
EMMA.-¿Por eso? Tonto, grandísimo tonto. ¿De veras? ¿No me engañas? ¿Era por eso que nunca me decías nada?
MARIO.-Claro, Emma, claro.
EMMA.-Es que no importa, la edad no cuenta. Si tú quieres... Yo sí quiero que nos casemos. No quiero otra cosa.
MARIO.-No, ¿verdad? No. Yo tampoco. Yo quiero... (La besa.) Eso es. Qué bueno. Ya estamos de acuerdo.
EMMA.-Pero... ¿qué te pasa? ¿Qué te preocupa?
MARIO.-Que yo no soy un joven... y el tiempo se va. Tampus fugit. No, yo creo que no podemos. Tal vez sea mejor terminar. Tienes razón.
EMMA.-Pero... ¿Estás enfermo? ¿Qué te pasa?
MARIO.-Es que... Se levanta, camina. (Pausa.)
EMMA.-¿Qué es lo que quieres decirme? ¿O no me quieres?
MARIO.-Es que eres joven, y... fogosa. ¿Entiendes? Eres fogosa y yo no soy un jovencito. Si nos casáramos y luego... Tú viste la película del jueves, la francesa... Es mejor que terminemos.
EMMA.-Pero Clifton, por Dios, qué cosas. ¿Crees que iba yo a engañarme?
MARIO.-No, eso no. Pero es que tú eres joven... y yo no.
EMMA.-Y por eso querías que... ¿Por eso me invitabas a Acapulco? ¿Para estar seguro...?
MARIO.-Sí. Pero olvida todo eso. No. No pienses. Tal vez una despedida a tiempo... sea mejor, Sí, es mejor terminar. Emma. Podemos despedirnos... (Un silencio.)
EMMA.-Mario. Óyeme... No. Mira, lindo, mira. ¿De veras?... ¿quieres? ¿Querrías de veras que nos casáramos?
MARIO.-(Piensa.) No, querer sí quisiera yo. Claro que quisiera. (Profundamente sincero.) Es que... eres... una buena muchacha, eres preciosa... ¿Qué más puede un hombre desear, un hombre como yo? Sí, yo sí querría, Emma.
EMMA.-Mario. (Quedito) Sí voy. Sí voy contigo.
MARIO.-¿A dónde?
EMMA.-A Acapulco, si quieres, ¡no! No digas nada. No voy a pedirte nada después. Tú estás libre, si quieres, para casarte conmigo. Si quieres. Y si no, pues no.
MARIO.-¡Emma!
EMMA.-Es muy tarde, oye. Voy a trabajar. Nos vemos.
MARIO.-No, oye. ¿Qué tienes, Emma? Ven, déjame decirte...
EMMA.-Tengo... pena. Es decir, tengo vergüenza. (Sale.)
MARIO.-¡Emma! (Se sienta lentamente.)

Oscuro

LA CASA


Medio día. Una maleta al pie de la escalera. Mario baja corriendo. Cuca tras él.

CUCA.-¿No se te olvida nada? ¿Calcetines de lana? ¿Tu bufanda?
MARIO.-No, no se me olvida nada. ¿Qué horas son?
CUCA.-Cuarto para una.
MARIO.-Qué barbaridad.
CUCA.-Pero si el camión sale a las dos.
MARIO.-No importa, hay que llegar con tiempo.
CUCA.-¡Ya sé qué se te olvida! ¡Tu gorro de dormir! (Va a subir a buscarlo)
MARIO.-¡No me traigas nada! No voy a llevarlo.
CUCA.-¿No? ¿Por qué?
MARIO.-En Chilpancingo hace calor. Y qué dirían los otros maestros, o el jefe de sección, si me vieran con mi gorro de dormir.
CUCA.-No dirían nada, todo el mundo lo usa. Además, ¿qué van a dormir contigo?
MARIO.-No, pero... a veces hay cuartos con dos camas.
CUCA.-Pues tú sabes.
MARIO.-Adiós (La besa.) Despídeme de Sergio.
CUCA.-Mario, ¿y si me pagan la póliza mientras andas por allá?
MARIO.-Pues la cobras.
CUCA.-Mario... ¿Y qué les diría yo a los muchachos?
MARIO.-¿De qué?
CUCA.-De ese dinero, para la botica. ¿No vamos a prestarles?
MARIO.-Diles que si quieren diez mil pesos que trabaje duro toda la vida, como yo. Y diles que no a tirar mi dinero en pozos sin fondo, como negocios y cosas así. Eso les dices.
CUCA.-Ay, Mario, cómo es posible.
MARIO.-Adiós, nos vemos. (La besa.) Te pondré una tarjeta si tengo tiempo. A ver si ya Ofelia me consiguió ese coche.
CUCA.-Si. Ahí afuera está.

Salen. La escena sola un momento. Se oye partir un coche. Vuelve Cuca con Ofelia.

OFELIA.-Qué paseada va a darse.
CUCA.-Ni tanto, trabajando...
OFELIA.-Pues ya es algo, salir. Oye, ¿no le dijiste?
CUCA.-¿Del dinero? Sí.
OFELIA.-(La observa.) No, ¿verdad?
CUCA.-No.
OFELIA.-Ya lo sabía yo. Mentiras, no lo sabía. En el fondo, siempre pensé que iba a prestarme. Mejor. ¿Te acuerdas? Cuando me prestaba dinero para comprar los monitos, cómo me cobraba todos los días, por moler, para después descontármelo de mi domingo.
CUCA.-Ay, hija.
OFELIA.-¿Te acuerdas que se pasó dos meses diciéndole ladrón a Esteban, porque había tomado un peso del gasto? Sírvele la comida al ladrón, ya regresó de su escuela el ladrón. Pobre Esteban. Bueno por eso me alegro de que no nos preste nada. Mejor.

Entra Sergio

SERGIO.-Ya sabía yo que acá estarías.
OFELIA.-Sí.
SERGIO.-(La besa.) Corazoncito. ¿Qué tal, mamá Cuca? ¿Qué les pasa?
CUCA.-Ese Mario. Así es.
SERGIO.-No. No.
SERGIO.-¿Pues qué pasó?
OFELIA.-Que no va a prestarnos nada.
CUCA.-Se puso furioso. Quiere que trabajen toda la vida para reunir el dinero. Dijo no sé cuántas cosas. Así es, la verdad, es un egoísta y muy tacaño, y eso es muy feo. Y conste que no me gusta hablar de él.
SERGIO.-Vaya. Pues ni modo. Vámonos a comer.
CUCA.-Quédense acá ¿no? Me voy a sentir muy sola.
SERGIO.-¿Qué no va a comer aquí?
CUCA.-No, salió de viaje, de repente. Le dieron una comisión en Chilpancingo.
SERGIO.-Ah, vaya. Pues ya me explico.
CUCA.-¿Qué?
SERGIO.-Que vaya usted a comer sola. Bueno, sí nos quedamos.
CUCA.-Ya está hecho todo. Voy a calentar nada más.

Salen. Ellos van a la sala.

OFELIA.-¿Por qué dijiste eso?
SERGIO.-¿Qué cosa?
OFELIA.-Lo de que ya te explicabas.
SERGIO.-No, por nada.
OFELIA.-¿No? Tú quisiste decir algo. Algo de mi papá, ¿no?
SERGIO.-No quise decir nada.
OFELIA.-Pues ese tonito... Yo te conozco, algo habrás querido decir. (Suspira.) No hay botica, Sergio.
SERGIO.-No, yo nunca me hice muchas ilusiones.
OFELIA.-Yo sí. Ni modo. Sergio. Siquiera mamá va a disfrutarlo.
SERGIO.- ¿Tu mamá? Sí.
OFELIA.-¿Mamá por qué no?
SERGIO.-No, por nada.
OFELIA.-A mí no me engañas. ¿Qué es lo que estás pensando? ¿Qué quieres decir? ¿Sabes alguna cosa de papá?
SERGIO.-No, yo no.
OFELIA.-Si no me dices, me muero de la rabia.
SERGIO.-Dame tu palabra de que no le dices nada a tu mamá.
OFELIA.-¿De qué se trata? ¿Una mujer?
SERGIO.-¿No vas a chismear nada?
OFELIA.-No, de veras.
SERGIO.-Pues fíjate que anda metido con una vieja de Hacienda.
OFELIA.-¡No!
SERGIO.-Con la que le arregló lo de los cheques. Y ha de estar desplumándolo, porque de otra manera no me explico que ande con él. Le contó que es viudo, y ahora se va con ella, van a Acapulco. Figúrate si estará chocheando que aquellos versos de tu mamá, ¿te acuerdas?, los escribió para ella.
OFELIA.-¿Los versos? ¡No es cierto, cómo va a ser!
SERGIO.-Sí, de veras. Si estaba yo temblando porque hasta dicen su nombre, leyendo de arriba abajo. Así que los diez mil pesos, digo, los veinticinco mil, ya sabes a dónde van ir a dar. Despídete. Y no vuelvas a pedirle nada. Tal vez cuando le pase la chifladura, si se le pasa.
OFELIA.-Es un chisme, cómo va a ser cierto. ¿Quién te lo dijo?
SERGIO-El me lo contó,
OFELIA.-¿El? ¿Y todavía lo cuenta? ¡Y los versos! Pobrecita de mamá, y ella llorando, de gusto, y hasta yo... Y esa mujer, esa vieja infeliz, gastando su dinero. Lo que nunca gastó en nosotros, con ella. Y ahora se la lleva de viaje. A nosotras nos tuvo aquí metidas, aquí nos ha tenido fregando platos, lavando ropa, rajándonos las rodillas para lavar el suelo. Ahora si gasta, ahora sí. No me quiso hacer baile de quince, pero a ésta se la lleva a pasear; no nos dejaba casarnos, porque no le había sacado jugo a mi título, pero se halla una querida... ¡Y no es capaz de prestarnos diez mil pesos y se larga a Acapulco! ¿Y crees que voy a callarme? ¡Se lo voy a decir a él en su cara! ¡Ah, pero va a oírme, ya veras!
SERGIO.-¡Ofelia!, ¡La que va a oírte es tu mamá! ¡Cállate!
OFELIA.-¡Y a mi mamá no le va a ver la cara de tonta! ¡Mamá! ¡Mamá!
SERGIO.-¡Óyeme, Ofelia! ¿Qué vas a hacer? ¿Estás loca? Me prometiste...
OFELIA.-¡A mamá no le va a ver la cara de tonta! ¡Mamá!
CUCA.-(Desde la cocina.) Ya va a estar la comida, hijita.
OFELIA.-La comida, ¿la oyes?, nada más grito y cree que es pidiendo la comida, porque así hace él, porque es lo único que sabe hacer aquí en la casa. Pobrecita mamá.
SERGIO.-No te pongas así que te puede hacer daño. Y no le digas nada, por favor, no le digas nada.
OFELIA.-Es que pienso en nuestra vida... Paseando a otra, gastando con otra... (Se sienta a llorar.) Claro que se lo voy a decir a mamá.
SERGIO.-¡Válgame Dios, me lo merezco por bocón! Me lo merezco.

Entra Cuca. Ofelia solloza en el sofá. Sergio mira por la ventana.

CUCA.-Bueno, ¿y qué es lo que pasa?

TELÓN
























TERCER ACTO


LA CASA


Medio día. Después de una pausa entra Mario de la calle: sombrío, fatigado. Se estira y escucha cómo suenan “crac, crac” sus coyunturas. Se frota la nuca. Entra Cuca con traje de salir y un sombrerito que nunca estuvo de moda.

CUCA.-Ahorita viene. Sergio dice que no puede.
MARIO.-¡No, hombre! ¿Por qué?
CUCA.-No sé.
MARIO.-¿Qué tienes?
CUCA.-Nada.
MARIO.-¿Estás enojada, o qué?
CUCA.-No estoy nada.
MARIO.-Era cosa de que mostraras algún regocijo.
CUCA.-Estoy contentísima, pero quién sabe qué te remuerde la conciencia y te la imaginas que todos andan como tú.

El tiro en el blanco. Satisfecha, le deja quitándose el saco. Se quita el sombrerito en el comedor. Entra Ofelia.

OFELIA.-Así que ya, mamá.
CUCA.-Ya hija.

Un silencio.

MARIO.-(Con alegría forzada.) Bueno, alégrate, ya cobramos.
OFELIA.-(Seca.) Sí, me alegro mucho. ¿No se nota?
MARIO.-La ceremonia fue bonita, sencilla, como debe ser estas cosas. Ahora van a retratarnos a todos. Tú estás bien así, ¿O prefieres arreglarte un poco?
OFELIA.-No.
MARIO.-¿Por qué no va a venir Sergio?
OFELIA.-Sí va a venir.
MARIO.-Qué bueno. Desde que llegué no lo he visto.
OFELIA.-Tienes mucho que contarle, ¿no?
MARIO.-(Desconcertado.) Sí, claro.
OFELIA.-¿Sabes mamá? Lo del periódico va a ser divino.
CUCA.-¿Por qué?
OFELIA.-Va a leerlo todo mundo.
CUCA.-Pues sí. (Se da cuenta.) Ah, sí. Claro. Eso va a estar muy bueno.

Entra Sergio.

SERGIO.-Buenas tardes todos. Felicitaciones.
MARIO.-Sergio. ¿Por qué no habías venido?
SERGIO.-Lo felicito, suegro. Me alegro de que ya sean ricos.
MARIO.-Ah, ricos, hombre. Eso se vuelve nada, tú sabes.
SERGIO.-Sí, claro. Tengo que irme enseguida, don Mario. Vine un segundo nada más.
MARIO.-No, hombre, tienes que aparecer en la fotografía. Y tengo que platicar contigo de... Chilpancingo y de todo. Volví el domingo en la noche. (Ve a las mujeres.) Muy bueno el congreso, ¿vieras?

Sergio tose, va a otra parte. Las dos mujeres oyen desde el comedor, en el colmo de la indignación, cambiando codazos y miradas.

SERGIO.-¿Sí? Pero de veras, tengo que irme.
MARIO.-Mira. (Ve al comedor.) Voy a cambiarme de zapatos y a ponerme algo abrigado.
SERGIO.-¿Se siente usted mal?
MARIO.-Parece amenazarme un resfriado. Me duelen las coyunturas, todo el cuerpo... Desde el lunes empecé así. Sube conmigo un momento, ¿no?

Ofelia está frente a ellos, viéndolos, sin hacer un gesto.)

SERGIO.-Bueno, ahorita voy, don Mario. Deje decirle algo a Ofelia.

Sale Mario.

OFELIA.-Ya no halla cómo contarte.
SERGIO.-¿Para eso me hiciste venir? ¿Por qué no le dices de una vez que te conté todo?
OFELIA.-Eres el confidente, ¿no?
SERGIO.-No soy nada. Ya me voy. (Va a salir.) Ofelia, ¿te das cuenta de lo que estás haciendo?
OFELIA.-¿Qué?
SERGIO.-Estas mandándonos al diablo. Si tienes algo contra tu padre, díselo, pero no te portes así con todos. No te portes así conmigo. ¿No? Si él me cuenta cosas, lo mejor que puedo hacer es oírlo. Si él me tiene confianza, pues debo merecerla. Y ya ves lo que hice, y te ensañas conmigo. No. linda, no es justo.
OFELIA.-(Empieza a lloriquear.) Ya lo sé.
SERGIO.-¿Entonces?
OFELIA.-Oye, quiero que nos mudemos de casa. Ya sé que es difícil, y que no hay, pero no quiero seguir aquí enfrente.
SERGIO.-No seas así, ¿no? Tu pobre jefe es hombre, después de todo.
OFELIA.-Es hombre. Y tú también eres, ¿no? Ya harás tú lo mismo.
SERGIO.-¿Estás celosa? ¿Es eso lo que tienes?
OFELIA.-No sé... Es como... me duele algo y no sé ni qué. El era capaz de todo, pero de, de... Mira, nunca ha sido meloso, ni tierno, ni alegre. Me ha maltratado, me ha negado muchas cosas, es brusco, y grosero, sin embargo, yo podía verlo con... orgullo. Un hombre respetable, eso es ¿ves?, respetable. Y ahora, es tan ridículo esto, imaginármelo viejo y tan feo, andar de tonto con una querida que lo explota... Haciendo cosas con una querida... ¡Y el dinero, lo que nos negó a nosotros...!
SERGIO.-Ofelia, por Dios, ya. Llevo una semana oyendo lo mismo. Si tanto te molesta todo eso, díselo a tu papá.
OFELIA.-Sí, voy a hablar con él. Pero después. Estoy esperando.
CUCA.-(Se acerca.) No llores, hija.
SERGIO.-¿Esperando qué?
OFELIA.-A ver qué sucede. Le escribimos una carta.
SERGIO.-¿A quién?
OFELIA.-A esa mujer, la otra.
SERGIO.-¿Y para qué chihuahua le escribieron? Le escribiste tú.
OFELIA.-Le escribió mamá.
CUCA.-Sí, yo fui.
OFELIA.-El le contó que era viudo, ¿no? Pues había que decirle la verdad. Claro, lo que le importará a esa... Emma.
CUCA.-Se la mandamos a Hacienda.
SERGIO.-¿Y qué le decía usted?
CUCA.-Mira, la verdad, le escribió Ofelia, Yo no quería. ¿Para qué? Lo mismo le dará a la mujer andar con un casado que con un viudo. Pero Ofelia me dictó casi todo. Bueno, claro yo también le agregué unas cositas... ¿Quieres verla? Tengo una copia. (Le trae en la bolsa. La abre, vacila.) Yo creo que no tiene caso leerla.

Ofelia se la quita y lee, desafiante.

OFELIA.-“Estimada piruja: ésta va...!
SERGIO.-Qué bárbara, Ofelia, qué grosera. ¿Para qué usas ese tono? Con educación puedes decir todo.
OFELIA.-Claro, ya sabía. Defiéndela.
SERGIO.-Te defiendo a ti.
OFELIA.-¿Quieres oírla, o no? (El se encoge de hombros, ella sigue.) “Esta va para avisarle que el profesor Ramírez Cuevas no es viudo sino casado. Si tiene usted un poco de vergüenza, aunque no creo que la tenga...”
CUCA.-Eso se lo agregué yo.
OFELIA.-“Puede venir a Amatista 88 para conocer lo que es una casa decente. El profesor Ramírez Cuevas tiene una hija casada y está a punto de ser abuelo. ¿Está usted tan hambrienta de hombre que no puede esperarse a encontrarse un soltero y más joven?” Eso es todo.
SERGIO.-¿Quién firma?
CUCA.-¿Cómo? ¿Esto?
SERGIO.-¿Quién firma?
CUCA.-¿Ves cómo había que firmar?
SERGIO.-Lo mandaron anónimo. Qué feo. Qué mal hecho. No te creí capaz, Ofelia. ¿Adónde mandaron esto?
OFELIA.-(Trata de no sentirse avergonzada.) Al departamento de cheques en Hacienda.
SERGIO.-Me alegro, estúpida. En Hacienda no hay nada que se llame departamento de cheques. Esa carta no llegará nunca. (Pausa.) Voy a decirle a tu padre que ustedes saben todo.
CUCA.-No, Sergio, por favor.

Mario baja la escalera.

MARIO.-¿No subes, Sergio?
SERGIO.-Sí.
MARIO.-Estaba pensando, habría que darles una copita a esos individuos.
CUCA.-¿No, Sergio?
SERGIO.-No, Cuquita, no se apure. Que ruede el mundo.
MARIO.-Yo diría que sí, es de corrección. Si vienen a retratarnos... ¿Por qué no compran una botella de moscatel y unas galletas? No ha de ser caro.
CUCA.-Dame voy.
OFELIA.-Vamos, ma.

Salen las dos.

MARIO.-Sergio, tengo que hablar contigo. Quiero contarte. Mira, ¿qué harías en mi lugar? ¿Ya se fueron? (Va a la puerta, se asoma y regresa.) Sergio. El viaje fue de-li-cio-so. Delicioso. Ese lugar, Acapulco, es bellísimo. ¿Me oyes. Sergio?
SERGIO.-Sí, lo oigo. No, mire usted.
MARIO.-¿Qué?
SERGIO.-Nada. ¿Qué me decía?
MARIO.-Volvimos el domingo. No he podido dormir, no he sabido qué hacer desde entonces. Sergio, esa mujer me quiere.
SERGIO.-Don Mario, ¿usted cree? Es una treta.
MARIO.-No le creas, la hubieras visto. Estuvo tal feliz. Parecía una niña. ¿Vieras? Yo no me metí al agua, esos trajes de ahora no me... No me vería yo bien. Pero ella... ¡Sergio, la hubieras visto en traje de baño! ¡Es preciosa, Sergio! Estuvo feliz, feliz. Y no fue tan caro, ¿vieras? Encontramos una casita de huéspedes, barata, no muy lejos del mar y mira en ese ambiente... Yo era otro. La fatigaba yo, la agotaba. Estaba yo hecho un roble, un joven fauno. Tú sabes, el mar... Un día me dijo: no puedo más, me siento una viejita junto a ti. Y es un pimpollo, pobrecita. Bueno, tal vez quería halagarme, pero... El caso es... ¿Qué voy a hacer? Quiere llevarme a ver a su mamá.
SERGIO.-Don Mario, debe usted terminar esto cuanto antes.
MARIO.-¿Tu crees? (Piensa.) ¿Y si le pusiera yo un pisito?
SERGIO.-¡Don Mario! Ya me voy, es muy tarde.
MARIO.-No, oye, aconséjame, dime. Desde que volví, no puedo pensar en otra cosa. ¿Qué hago?
SERGIO.-Terminar.
MARIO.-¿Pero cómo?
SERGIO.-¿La quiere usted? (Un silencio.) Mire, ya me voy, tengo que trabajar.
MARIO.-Es que van a retratarnos, ¿ves? Y no sé qué hacer. Es para el periódico, para varios periódicos. Yo no quería pero ¿cómo decirles que no? Y ella se va a enterar de que soy casado, por eso no sé qué hacer. ¿Sería mejor que le dijera yo antes...?
SERGIO.-¿Pero por qué va a retratarse?
MARIO.-Fue idea del gerente, ¿ves? Cuando me dieron el cheque tomaron una fotografía, y van a tomar otra, con el dinero y con todos nosotros. Son para el periódico. En justo estímulo para enseñar  a ahorrar a la juventud. Yo no quería pero Cuca insistió, por salir en el periódico. ¿Con qué pretexto le iba a decir que no? ¿Qué hago? Tal vez Emma no las vea, ¿pero y si las ve?
SERGIO.-¿Qué clase de mujer es esa  Emma?
MARIO.-Es una niña. ¿No ves? Era... doncellita, era una virgen.
SERGIO.-¡No! ¿De veras?
MARIO.-De veras, Sergio. Si lo sabré yo, hombre.
SERGIO.-Esto va a acabar mal. Ahí están ellas.
MARIO.-Ve a ponerte la corbata, para la fotografía.
SERGIO.-No, don Mario. Yo no voy a aparecer.

Entra Cuca y Ofelia.

CUCA.-Ahí afuera está el fotógrafo, pero el hombre del dinero no llega.
MARIO.-Dile que pase.
CUCA.-Dice que lo va a esperar allí en el sol. No me gusta que el dinero llegue.
MARIO.-A mí tampoco. El gerente mandó a un hombre, agente o algo así, a cambiar el cheque. Para retratarme luciendo los billetes, ¿ves?
CUCA.-Y esta es la hora que no aparece. Ya me está dando mala espina.
MARIO.-Sergio no quiere retratarse.
CUCA.-¿Por qué no Sergio?
OFELIA.-¿Y eso? ¿Por qué no quiere? ¿Por no salir conmigo?
SERGIO.-¡Maldita sea, todo lo que hago...! Voy a ponerme la corbata, los zapatos? Sí, ¿verdad? Aunque no creo qué vayan a vérsenos los pies.
CUCA.-Ojalá no se tarde el hombre del dinero.

(Va saliendo Mario. Timbre)

CUCA.-Apúrate, ahí está ya. Corre.

Mario sale, Cuca va a abrir.

CUCA.-Buenas tarde.
EMMA.-(Sin entrar.) Buenas tardes.
CUCA.-¿Qué se le ofrece?
EMMA.-¿Es aquí el 88?
CUCA.-Sí. ¿Viene usted de la póliza?
EMMA.-No. ¿Vive aquí el profesor Ramírez Cuevas?
CUCA.-Sí.

Ofelia, más que oír, intuye algo.

EMMA.-Usted... arregla la casa.
CUCA.-Sí, yo. A sus órdenes. Pase adelante.

Emma duda. Examina a Cuca y le inspira confianza. Se aventura rumbo a la sala. Se encuentra de pronto a Ofelia.

EMMA.-Usted es... la esposa del profesor Ramírez Cuevas.
CUCA.-Sí, a sus órdenes. Siéntese usted.
EMMA.-Perdone. Tengo que irme.
OFELIA.-Un momentito.
EMMA.-Perdone, no. Tengo que irme.
OFELIA.-(La ha tomado por una muñeca.) Yo soy su hija. Siéntese usted. El no está, Díganos qué se le ofrece.
CUCA.-Pero tu papá...
EMMA.-Nada, no. ¿No esta él? (La presión de Ofelia la hace sentarse.)
OFELIA.-No. ¿Qué se le ofrece?
CUCA.-Pero, Ofelia...
EMMA.-Era... un asunto de la escuela. Voy a volver más tarde. (Se levanta.)
OFELIA.-(Interponiéndose.) ¡No será un asunto de la Secretaría de Hacienda.
CUCA.-Ofelia, deja a la señorita. ¡Ofelia!
OFELIA.-Usted es la señorita Solórzano, ¿verdad? ¿La ves, mamá? Es ella.
CUCA.-¡No!
OFELIA.-¡Papá, papá, baja pronto!
EMMA.-¡Suélteme usted! (Trata de irse.)
OFELIA-¡Papá! No se va usted.
EMMA.-¡Suélteme!

Forcejea. Empuja a Ofelia, va a salir corriendo. Ofelia la alcanza y la pesca por un  brazo y por el pelo. La arrastra unos pasos. La bolsa de Emma cae, el contenido se desparrama.)

EMMA.-¡Déjame! No me voy. Yo no acostumbro... (Está temblando.) ¿Qué quiere usted? Aquí me tiene. (Recoge sus cosas.) ¿Quiero que me quede a verlo?, háblele. Yo no acostumbro... Tiene razón, no conocía yo una casa decente. Esa carta, ¿quién la escribió? Yo, la piruja, no acostumbro jalonearme. ¿Quiere hablarle? ¿Para qué? Eso no lo entiendo, ¿para qué? Háblele, que venga.
CUCA.-Váyase usted. No lo llames, Ofelia.
OFELIA.-(Duda, llama.) ¡Papá!
CUCA.-Mejor váyase usted. Ay, Dios mío. Aquí en la casa, no. Que no se vean aquí. (Empieza a llorar, sale corriendo a la cocina.)
MARIO.-(Bajando, elegantísimo.) Ya voy, me estoy arreglando. ¿A dónde va a ser...? (La vio. Se paraliza. Va a huir, escaleras arriba.)
OFELIA.-¡Papá!

El baja otra vez.

MARIO.-Buenos días. La señorita es... No tengo el gusto.

Un silencio largo.

EMMA.-Vine porque me pusieron esta carta. (Se la tiende.) No podía yo creerlo.
MARIO.-(Lee.) Ofelia.
EMMA.-Me obligaron a quedarme, no sé para qué. Adiós, Mario.

Va a salir.

MARIO.-¡Emma!
EMMA.-¿Sí?
MARIO.-Emma... perdón.
OFELIA.-¡Váyase ya!
EMMA.-No, ahora no. Así no. Su carta... Esto... (Se arregla el pelo.) Es una equivocación. Yo no sabía. El me engañó. Yo nada más quería... Gano poco, estoy muy sola, mi mamá está enferma. Yo quería casarme y él... Parece bueno.

Va a salir.

MARIO.-No, Emma, oye.

Ella lo ve. Un silencio.

EMMA.-Lo conseguiste, ¿no? ¿Por qué había de creerte a ti? Roberto me gustaba tanto, Roberto es joven, y alegre. Y ni siquiera puedo pensar bien, ni me da rabia, ni nada. Nada más no lo creo, siento como si todo esto no estuviera pasando. ¿Por qué habías de engañarme? ¿Por qué, si tienes casa, y mujer, y todo? Yo nada más tenía... ¿Para qué? ¿Para qué? (Abre su bolsa, saca su pañuelo y se seca los ojos, la cierra.) No es justo que me insulten, ni que me maltraten. El me engañó. Yo soy... Yo he sido decente. Yo he podido hacer muchas cosas, pero nunca... nunca... Porque ya no era tiempo. Porque ya tengo treinta y siete años. Por eso terminé con mi novio, y era guapo, y lo quería, pero me pidió cosas... No tienen por qué insultarme. No le he quitado nada, le di cuanto tenía... No le he quitado nada...

Tocan el timbre, se asoma el Fotógrafo.

FOTOGRAFO.-¿Se puede?
EMMA.-Adiós, Clifton. (Sale.)

El Fotógrafo y un hombre que se cree muy bien vestido, pasan.

FOTOGRAFO.-¿Cuántas placas voy a tomar?

Entra Cuca.

VILLEGAS.-Dos o tres. ¿Adónde está esta gente? Pasa, Orteguita, encuéntrate un buen fondo. Ah, aquí tienen. ¿Ya listos para la foto? Y miren, ¿ven esto? (El portafolios) Aquí está la fortuna. ¿Les parece aquí en la sala? Ah, emocionados, ¿no?
CUCA.-Señor Villegas, ¿no quiere volver después?
VILLEGAS.-¡Sí está muy bien así! ¿Lagrimitas? ¡No se seque los ojos, así, está muy bien! Mire, en el comedor, venga usted. Es un momento, no les va a doler. ¡Y mire esto!(Vacía el portafolios: cubre la mesa con billetes chicos, los distribuye en montones, rompe algunas fajillas y desordena los papeles.)
VILLEGAS.-¿Qué tal se ven, eh? Vengan acá, por favor. (Los mueve) Usted también, anden. (Colocándolos.) Así, los tres... Usted en medio. ¿Listo, Orteguita? Anden, viendo al pajarito... La primera... Sonrían, bien, por favor, usted, profesor!...

Relámpago.

VILLEGAS.-Se les ve la emoción, eso está bueno. Va a ser, en el periódico, con título grande: “El profesor Ramírez y su familia, atónitos ante tanta felicidad...” Algo así.

Mario empieza a llorar, a sollozar, casi a gritos.

VILLEGAS.-¡Profesor! Ahora, Ortega, ésta es  buena.

Relámpago.

OFELIA.-¡Papá, papacito, no!
MARIO.-¿Cómo voy a vivir? ¿Cómo voy a vivir?

Otro fogonazo.

CUCA.-¿Qué va a decir esta gente?
MARIO.-¡Suéltame, Ofelia! (Sigue sollozando)
CUCA.-Por favor, váyanse ya, váyanse, le suplico. Perdone.
VILLEGAS.-No se apene, pero si es muy natural que la emoción...
CUCA.-(Empujándolos.) ¡Por favor!
VILLEGAS.-Vámonos, Ortega. Hasta luego. Que les vaya bien. Que sean muy felices. Ah, perdón, ¿no quieren firmar esto? Nos autoriza aquí a publicar la foto.
CUCA.-Señor, no es momento... (Firma) Ande usted. (Lo empuja.) Ande ya.

Salen los dos.
OFELIA.-Perdóname, papá, perdóname.
MARIO.-¿Y eso para qué? ¿Ya para qué sirve?

Toma de pronto el montón de dinero entre los brazos. Busca a dónde ir. Va a la  cocina, regando billetes por el camino. Luego se va al garage. Sale y cierra tras de sí.

OFELIA.-¡Papá! (Corre, trata de abrir.) ¡Echó el pasador! (Golpea.) ¡Abreme, Papá! (Golpea.) ¡Papacito, papá! (Ve por la cerradura.) Está sentado en el suelo. Tiene allí los billetes. (Trata de oír.) Esta hablando, mamá.
CUCA.-(Espía.) Está caminando ahora. ¿Qué dice?
OFELIA.-“¿Cómo voy a vivir?”, dice. ¡Mamá! No se vaya a... ¡Voy a buscar a Sergio!

Ofelia sale corriendo.

CUCA.-(Tocando la puerta.) ¡Abreme, Mario! ¡Abreme, Mario! ¡Mario!

Entran corriendo Sergio y Ofelia.

SERGIO.-¿A dónde está?
CUCA.-Aquí.

Sergio corre a la cocina. Vuelve con una hachuela. Fuerza la puerta, abre. Ahí está Mario, de pie, con todo el dinero entre los brazos.

MARIO.-No pude hacerlo. Quería yo quemar esto, el dinero, Sergio. ¿Cómo voy a vivir, Sergio? ¿Cómo voy a vivir? Toma (Da el dinero a Cuca.) No lo quemé por ti. No lo tires. Veinticinco años. Aquí están veinticinco años. Felicidad... ¿Qué voy a hacer ahora? (Vuelve a llorar. Sube la escalera.) ¿Qué voy a hacer ahora?
OFELIA.-¡Papá!

Oscuridad



















EPILOGO

(Suprimible)

LA CASA


Es por la tarde. La escena sola. Se oye ruido de serrotes y martillazos. Del garage, entra Ofelia.

OFELIA.-¡Sergio! Dicen los carpinteros que ya se van.
SERGIO.-(Baja.) ¿Les diste?
OFELIA.-Sí, ya son la seis. ¿Acabaron de empacar?
SERGIO.-Sí, tu mamá está nerviosísima.
OFELIA.-Claro.
SERGIO.-¿Cómo va quedando aquello?
OFELIA.-Ya empieza a verse. Que traigan el mostrador y va a ser otra cosa.

Baja Cuca, corriendo, desabotonada y despeinada. Trae una maleta.

CUCA.-Aquí está esto de una vez. ¿Me abotonas, hija? No sé qué me pasa, no puedo.
OFELIA.-Los nervios.
CUCA.-Se me figura que vamos a perder el tren.
SERGIO.-Cuquita, si sale a las siete.
CUCA.-¡Jesús, ya nada más nos queda una hora! Voy a apurar a Mario. (Va a salir.) ¿Saben? Se me figura que vamos en otra luna de miel. (Sale.)
SERGIO.-Volvió a salir la foto.
OFELIA.-¡No! ¿Otra vez?
SERGIO.-Con esta van siete veces que la publican.
OFELIA.-¡Desgraciado! ¿No puede hacerse nada?
SERGIO.-Nada, tu mamá firmó el permiso. Escondí el periódico para que no lo vean.
OFELIA.-¿Qué dice ahora?
SERGIO.-(Saca el periódico de la bolsa.) “Lloró de dicha  al recibir el fruto de su previsión”.

Ofelia se lo quita, lo rompe y lo hace una bola, lo tira a la cocina.

OFELIA.-Qué porquería. Me alegro tanto de que se vayan. Es un viaje precioso, van como a diez ciudades.
SERGIO.-¿Tantas?
OFELIA.-Guanajuato, Dolores, Allende, Monterrey. Todo el norte...
SERGIO.-Podrían haber ido a Estados Unidos, o a Cuba.
OFELIA.-Papá dice que hay que conocer primero el país. Sergio, me dan mucha lástima.
SERGIO.-¿Por qué?
OFELIA.-No sé. Papá está muy... raro. Ni grita, ni regaña, ni nada. Maldita vieja. Sí, Sergio, porque si ella no aparece, papá habría sido feliz con la póliza, y con su ascenso. Si eso estuvo esperando siempre.
SERGIO.-Mira, linda: tu papá no habría sido feliz de ningún modo. ¿No te das cuenta? Ni el dinero ni el ascenso le habrían servido. No habría podido tenerlos realmente, tocarlos.
OFELIA.-Claro que habría podido.
SERGIO.-El dinero no es una cosa concreta, no es el papel o la moneda que tienes entre los dedos. El dinero es una convención, un símbolo para tener cosas, objetos, deseos realizados. Si acumulas dinero, en realidad estás acumulando deseos, como tu papá. Y el tiempo pasa, los deseos  se marchitan, se vuelven feos, inoportunos, ¿entiendes?
OFELIA.-Pobrecito papá. Pero ya ves, de algo les ha servido el dinero. A mamá si la ha puesto feliz.
SERGIO.-Tu mamá siempre ha sido feliz. Salvo contrariedades, claro, pero lo poco que ha tenido en su vida, es lo que ha querido, lo que ella misma escogió. (Enciende el radio.)
OFELIA.-Quién sabe. (Vuelve Cuca.)
CUCA.-Voy a llamar un coche para que nos vayamos ya, ¿Nos acompañan?
SERGIO.-Ni se pregunta, suegra. Deme su veliz.
OFELIA.-Oye, todavía no se van los carpinteros. No podemos dejar esto solo. (Le jala la manga.)

Baja Mario. Le está creciendo la barba otra vez, trae su gabardina y su bastón.

MARIO.-Si perdemos el tren va a ser por culpa tuya, Van a dar las siete.
CUCA.-Falta casi una hora.
MARIO.-¿Y porque falte una hora no van a dar nunca las siete? Vámonos.

Suena el radio.

SERGIO.-A ver, deme esto. Le voy a buscar un coche.
CUCA.-Voy a mandar al hijo de Rosita, deja. (Sale, y Ofelia va con ella.)
MARIO.-Es un bonito viaje. ¿No te parece?
SERGIO.-Claro, suegro, estupendo.
MARIO.-(Suspira. Teatral.) Y los viajes ayudan a olvidar, Sergio. Cuando un hombre maduro se encuentra una aventura, no queda ya el mismo. Estos idilios otoñales son terribles, como tormentas de verano, si aceptamos la paradoja. Un viaje ayuda, y la cultura se acrecienta viajando. Ay, no cualquiera vive una novela tan rica en experiencia. Aunque Cuca ya no se acuerda mucho, no está de más salir. Veremos los sitios históricos de la Patria...
SERGIO.-Esto está muy bien, don Mario.
MARIO.-Nuestras bellezas nacionales son olvidadas muy a menudo... (Se queda oyendo. En el radio empezó Perfidia.) Sergio, quiero jubilarme. Estoy viejo y cansado, y hay algo que me falta, y no sé qué es. Algo que me ha faltado siempre. Y voy a morirme, Sergio, y no voy a tenerlo nunca, ni voy a saber qué es. (Pausa.) Eso lo contaba ella. (Se queda escuchando, se seca los ojos.)
CUCA.-(Fuera.) ¡Aquí está el coche, aquí está el coche! (Entra.)
MARIO.-Adiós, Sergio. (Lo abraza.)

Entra Ofelia.

CUCA.-Adiós, Sergio. Adiós, hijita. Cuídate. Si algo sucede avísanos. Quiero volver a tiempo, antes de ser abuelos.
MARIO.-Cuídate, hijita. Si se adelanta, telegrafíanos.
OFELIA.-Sí, papá, sí, mamá. Que les vaya muy bien.

Salen todos, menos Ofelia que se contrae un poco, disimula, dice adiós desde dentro. Arranca el coche. Vuelve Sergio.

SERGIO.-¿Por qué no quisiste ir a dejarlos?
OFELIA.-Porque... sentí algo chistoso, desde hace rato, ¿ves?
SERGIO.-¿Chistoso, cómo?
OFELIA.-Así, chistoso, y no quise estropearles el viaje.
SERGIO.-¡Ofelia! ¿De veras? ¡Se te está adelantando!
OFELIA.-No, tonto, no se está adelantando.
SERGIO.-Pero si debía ser... ¡No es posible! No te muevas. ¿Qué es lo que sientes?
OFELIA.-Anda, tonto. Da tiempo. Ponte tu saco y vámonos a la casa. ¿Sabes? Si resulta varón, quiero que se llame como mi hermano. Esteban es un nombre bonito.
SERGIO.-Como tú quieras. Camina despacio. (La besa.)
OFELIA.-Y quiero que sea loco, que haga lo que quiera, que gaste mucho, que tenga muchos juguetes... y que nosotros seamos muy buenos con él.
SERGIO.-Lo que tú quieras, linda. No camines tan aprisa.
OFELIA.-Ridículo. ¿A que no me alcanzas? (Sale corriendo.)
SERGIO.-(Petrificado.) ¡Ofelia! ¡Bruta! ¡Estúpida! ¡Ofelia! (Corre tras ella.)

El radio sigue sonando.

TELÓN



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