Los frutos caídos, de Luisa Josefina Hernández

LUISA JOSEFINA HERNÁNDEZ
LOS FRUTOS CAÍDOS

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ACTO PRIMERO

Es la sala de una casa de provincia. Al fondo, a la izquierda, una amplia puerta que da al zaguán, especie de pequeño recibidor que se comunica, por un lado, con la calle y, por el otro, con la sala y con el patio; patio lleno de flores que puede verse por una ventana enre¬jada desde la sala. A la izquierda, puerta que da a las habitaciones de DORA, MAGDALENA y FERNANDO. A la derecha, puerta que da a la habitación de TÍA PALOMA. Los muebles son de pajas, con varillas ne¬gras. Dos mesas de mármol y dos retratos antiguos, en tono café, con marco dorado y muy desteñidos, que presiden la habitación y que son los del padre y la madre de FERNANDO. Una hermosa lámpara que en su tiempo fue para velas y que ahora se usa sólo como un adorno, pues la habitación se alumbra con un foco que cuelga aislado. El suelo es de mosaicos blancos y negros.

Son las diez de la mañana. Tocan a la puerta; es un golpe seco, de llamador de bronce. Pausa. Se repite el golpe. Sale DORA por la izquierda. Es una muchacha de dieciocho años, delgadita. Desaparece por la puerta que da al zaguán. Las voces se oyen desde allá.

DORA.- ¿Qué deseas?
CELIA.- ¿Están en casa?
DORA.- ¿Con quién quiere hablar?
CELIA.- Con ellos, con todos.
DORA.- Voy a llamar a doña Magdalena. Pase usted a la sala. (Entran en la sala. CELIA es una mujer de veintisiete años. Ves¬tida con decencia, sin alardes de coquetería, viene arreglada con cierto gusto y muy a la moda, más por costumbre que por deseo de agradar. Su rostro, sin estar envejecido, se ve trabajado, gastado; da un poco la impresión de juventud marchita.)
DORA.- Siéntese usted.
CELIA.- (Señalando los retratos.) ¿Todavía tienen allí ese par de vejestorios?
DORA.- Sí. (Pausa corta.) ¿De parte de quién?
CELIA.- Dígales que ha llegado Celia.
DORA.- ¿Celia? ¿Es usted la señora Celia? ¿La que se es¬cribe con Palomita?
CELIA.- (Sonriendo.) ¿Así le dices tú a mi tía Paloma?
DORA.- Pues sí. Como no se casó...
CELIA.- ¡Pobre tía Paloma!
DORA.- (Nerviosa, con ganas de ir a dar la noticia.) Ni se imaginan que está usted aquí. Creímos que iba a venir para Navidad y ahora...
CELIA.- Resulta que me adelanté ocho meses...
DORA.- Aquí siempre están hablando de usted.
CELIA.- ¿Sí? ¿Les dará gusto mi llegada?
DOKA.- Será una gran sorpresa. Como es usted la única sobrina... ¿Dónde está su equipaje?
CELIA.- En la estación.
DORA.- ¿Vino usted en tren? Dicen que el camino es muy bonito.
CELIA.- Es largo.
DORA.- Voy a avisarles, ¿eh? (Desde la puerta de la izquier¬da.) Es una gran sorpresa. (Sale. CECILIA, al quedar sola, se acerca a ver los retratos y luego se aparta con una sonrisa a medias. Suspira. Aparece MAGDALENA por la puerta de la izquierda, se¬guida de DORA. De cincuenta años, muy gorda, habla con cierta languidez, y uno siente que sus palabras son demasiado claras. Su vestido es de algodón y deja ver los brazos. No lleva medias y calza chanclas.)
MAGDALENA.- (Abriendo los brazos.) Pero Celia...
CELIA.- (Abrazándola con emoción.) Magdalena.
MAGDALENA.- Hace tanto tiempo que no nos veíamos. ¿Có¬mo llegas así?
CELIA.- Tenía ganas de venir. (La abraza de nuevo.) Aca¬bas de recordarme tantas cosas. ¡Hace tanto tiempo que no sen¬tía en forma tan clara el recuerdo de mi padre y el de mi casa...! ¡Y también el recuerdo de como yo era!
MAGDALENA.- Eras como Dorita. Muy delgada.
CELIA.- Todavía lo soy.
MAGDALENA.- Sí, pero... (La mira con cuidado.) Yo estoy hecha una vieja gorda.
CELIA.- Hay que recordar que han pasado diez años... Siempre te quise mucho; tú me hacías mis vestidos.
MAGDALENA.- Eras como mi hija. (Mira a DORA, que las con¬templa sonriente.) Como Dorita. (Pausa.) Lástima que tuvimos que venirnos así, en una forma tan...
CELIA.- Los pleitos de familia son una cosa tremenda.
MAGDALENA.- ¿Cómo está tu mamá?
CELIA.- Bien; en fin, pasándola.
MAGDALENA.- ¿Vive contigo?
CELIA.- Sí.
MAGDALENA.- Prometiste que nos escribiríamos una vez al mes y luego dejaste de hacerlo.
CELIA.- Luego empezaron a succderme demasiadas cosas.
MAGDALENA.- (Curiosa.) ¿Cómo están tus hijos?
CELIA.- Grandes.
MAGDALENA.- ¿A quién se parecen?
CELIA.- No lo sé. El mayor es moreno, el otro rubio y... bueno, los quiero mucho.
MAGDALENA.- Es natural que no se parezcan.
CELIA.- (Seca.) ¿Y Fernando?
MAGDALENA.- Viene dentro de un momento.
CELIA.- ¿Cómo está?
MAGDALENA.- Bien.
DORA.- Dice el doctor que está muy delicado.
CELIA.- ¿Qué tiene?
MAGDALENA.- Nada serio. Fernando ha sido siempre rnuy nervioso.
CELIA.- ¿Cuántos años llevas casada con él?
MAGDALENA.- Veinticinco.
CELIA.- Son muchos.
MAGDALENA.- Para ti son muchos, porque tú... (Se arre¬piente de lo que iba a decir; CELIA espera que termine la frase un poco a la defensiva.) Tú, después de todo, eres muy joven.
CELIA.- Sí, pero después de todo... ¿verdad?
MAGDALENA.- Y... ¿te entiendes con tu mamá?
CELIA.- Naturalmente. (Pausa.) ¿Y tía Paloma?
MAGDALENA.- Muy vieja. (En voz más baja.) Insoportable, ¿sabes? Si no fuera hermana de tu abuelo...
CELIA.- ¿Qué?
MAGDALENA.- Sería más difícil vivir con ella.
CELIA.- Mi padre me decía que conservaba esta casa en su poder sólo para que ella viviera aquí; de otro modo, la hu¬biera vendido hace mucho tiempo.
MAGDALENA.- Pero después llegamos nosotros.
CELIA.- Y ése era otro motivo para no venderla.
MAGDALENA.- (Justificándose.) Varias veces hemos reparado los techos y la cocina, que estaba cayéndose.
CELIA.- Es natural: también las cosas envejecen.
MAGDALENA.- Pues sí.
DORA.- Ahora van a vender estos muebles y a poner otros nuevos.
CELIA.- ¿A venderlos?
MAGDALENA.- Están apelillados. Ya no sirven. Dorita, ve a ver si don Fernando ya salió del baño y dile que está Celia aquí. (Con una sonrisa a CELIA, sale DORA.)
MAGDALENA.- Qué vestido tan bonito...
CELIA.- (Mirándose casi con curiosidad.) ¿Sí? Dime, ¿quién es Dora?
MAGDALENA.- ¿No lo sabes? Es nuestra hija adoptiva. Cuan¬do llegamos vivía cerca de aquí, y como su padre es un borrachito y no trabaja, no tenían ni qué comer. Es una familia muy grande y la pobre Dora venía a nacerme los mandados, y como no tenemos hijos...
CELIA.- (En forma inesperada para MAGDALENA.) Fernan¬do... ¿Ya no bebe?
MAGDALENA.- (Sobresaltada.) Pues... no. No muy seguido.
CELIA.- ¿Trabaja en algo?
MAGDALENA.- Claro. Si no, no tendríamos de qué vivir, tra¬baja en el Banco.
CELIA.- Qué bueno.
MAGDALENA.- Celia, no sé qué idea te has formado de Fer¬nando.
CELIA.- ¿Por qué?
MAGDALENA.- Para ser sincera te diré que tu madre nunca lo ha querido y tal vez por ella sepas cosas... exageradas.
CELIA.- No. Me acuerdo bien de él.
MAGDALENA.- Además, como la causa de que saliéramos de tu casa fue un disgusto que tuvieron...
CELIA.- Me acuerdo del disgusto.
MAGDALENA.- No hay que tomar demasiado en serio a Fer¬nando; es un enfermo.
CELIA.- En eso estoy de acuerdo.
MAGDALENA.- Cualquier cosa lo altera. (Pausa.) También tú trabajas, ¿verdad?
CELIA.- Hace varios años que trabajo en una Compañía de Seguros.
MAGDALENA.- Desde tu segundo matrimonio, hace tres años.
CELIA.- Es verdad.
MAGDALENA.- ¿Y qué haces allí?
CELIA.- De todo un poco. De cualquier manera, me tratan bien y gano bastante.
MAGDALENA.- ¿Y cuando ibas a tener el niño?
CELIA.- Seguía trabajando.
MAGDALENA.- ¡Qué barbaridad! ¿Todo el tiempo?
CELIA.- Me dieron una licencia de un mes.
MAGDALENA.- ¡Qué poco!
CELIA.- No creas, es suficiente.
MAGDALENA.- ¿Y ahora? No te esperábamos hasta Navidad.
CELIA.- Pedí otra licencia.
MAGDALENA.- El caso es que hoy se recibe Dorita de maes¬tra y hay una fiesta en la Universidad y un banquete... por eso hubiera sido mejor que vinieras en Navidad.
CELIA.- ¿Qué dices?
MAGDALENA.- (Turbada.) Pues nada, es que entonces hu¬biéramos hecho una fiesta en la casa y no hubiera sido tan...
CELIA.- Los esperaré aquí.
MAGDALENA.- No, a Fernando le encantará que veas a Do¬rita, es que...
CELIA.- (Riendo.) No entiendo nada. (Se abre la puerta de la derecha y entra TÍA PALOMA; setenta y cinco años, de mirada profunda, vestida de negro y muy alta, delgada y todavía derecha.)
PALOMA.- (Fingiendo no ver a CELIA.) Magdalena...
CELIA.- (Levantándose.) ¡Tía Paloma!
PALOMA.- (Abrazándola.) ¡Queridísima Celia! (Besándola.) Celia, la hija del más querido de mis sobrinos. (Apartándose y en tono un poco declamatorio.) Pero ¿qué es esto?, ¿qué deseo es éste de tomarnos por sorpresa? Hace mucho tiempo que no me emocionaba así.
MAGDALENA.- Pues le alcanzó muy bien el tiempo de po¬nerse el mejor de sus vestidos.
PALOMA.- Me lo puse para ir a la fiesta.
CELIA.- (Intensamente.) Tenemos que hablar largo, tía Paloma,
PALOMA.- (Siempre artificiosa.) Estoy a tu disposición.
MAGDALENA.- Si le dices eso, te tendrá hablando sin parar hasta las doce de la noche.
CELIA.- No importa, ¿verdad tía?
PALOMA.- ¿Oíste lo que dijo? No le importa.
CELIA.- No les avisé porque me gusta llegar de improviso para no molestar ni obligarles a hacer preparativos.
PALOMA.- Nada de lo que se haga por ti es molestia. Eres lo mejor de la familia.
MAGDALENA.- Dice eso porque le mandas dinero todos los meses.
PALOMA.- Lo digo porque con el dinero me manda una carta llena de palabras amables, en donde me pregunta por mi salud y por mis deseos y por mi estado de ánimo.
CELIA.- No tiene importancia. Mi padre me lo recomendó expresamente: "No olvides a tu tía Paloma; si la olvidas es como si me volvieras la espalda a mí mismo."
PALOMA.- (Alterada.) Era muy bueno, me quería mucho. (Se sienta en un sillón haciendo un gesto desesperado, como si aca¬bara de perderlo.)
MAGDALENA.- Ahora vas a llorar.
PALOMA.- No. He llorado día y noche durante años. Con eso basta. ¿Cómo están tus hijos, Celia?
CELIA.- Hermosos. Creciendo.
PALOMA.- ¿Y tu marido?
CELIA.- Bien, es un hombre muy bueno.
MAGDALENA.- Me alegro que esta vez te haya salido bien.
CELIA.- (Con una sonrisita.) Sí, muy bien.
PALOMA.- El otro tuvo la culpa de todo; esta vez no había motivo para equivocarse.
CELIA.- No lo había.
MAGDALENA.- Una segunda equivocación sería imperdo¬nable.
CELIA.- Sí.
PALOMA.- Si te equivocaras de nuevo, a tu tía Paloma no le importaría nada. Aquí tienes mis brazos para mecerte.
MAGDALENA.- No sea usted cursi.
CELIA.- A mí me encanta saber que hay alguien que me quiere.
PALOMA.- ¿Trajiste fotografías de tus hijos?
CELIA.- Están en mi maleta.
MAGDALENA.- Dice que son muy distintos. Cada uno se parece a su respectivo papá.
PALOMA.- ¡Qué vulgar eres!
MAGDALENA.- Vulgar usted, que escucha detrás de las puertas.
CELIA.- Magdalena, yo te suplicaría...
MAGDALENA.- (Temblando y llevándose el pañuelo a la na¬riz.) Es que no puedo dejar de decir las cosas, no puedo resistir, no sé qué me pasa...
PALOMA.- (Con dignidad estudiada.) No es vulgar escuchar cuando se escuchan cosas interesantes. Si ustedes no se pasaran el día hablando de mí...
MAGDALENA.- ¿Quiénes hablan de usted?
PALOMA.- Fernando, tú y hasta la niña que tienen recogida.
MAGDALENA.- No le diga recogida: dígale hija adoptiva.
PALOMA.- Y hasta la criada, las pocas veces que viene a que le pagues lo que le debes.
MAGDALENA.- ¿Por qué quiere pelear conmigo? Muchas veces le he dicho que yo no tengo por qué discutir nada con usted.
PALOMA.- (A CELIA.) Se pasan el día diciendo que soy in¬soportable.
CELIA.- Pero tía.
PALOMA.- Y no quieren discutir nada conmigo, sino que yo acepte todo lo que se les ocurre. Han estado comprando mue¬bles nuevos y metiendo los viejos en mi recámara. No tengo lugar ni para moverme.
MAGDALENA.- No es verdad.
PALOMA.- (A CELIA, invitándola.) ¿Quieres verlo? Ven por acá. (CELIA hace un movimiento y MAGDALENA la detiene.)
MAGDALENA.- Es que ella no quiere que se vendan.
PALOMA.- Eran de mis padres.
CELIA.- ¿No te parecen bonitos los muebles antiguos?
MAGDALENA.- Están apolillados. Ya te he dicho que están apolillados.
PALOMA.- Crees que se le van a subir las polillas a Dorita.
CELIA.- (Riendo.) ¡Tía Paloma!
MAGDALENA.- No puede soportar a la pobre niña.
PALOMA.- Me molesta la gente interesada. No puedo evitarlo.
MAGDALENA.- Todos tenemos necesidad de vivir. Usted misma...
CELIA.- Por favor, Magdalena.
MAGDALENA.- Es que es insoportable.
PALOMA.- Segunda vez que se lo dices a Celia.
MAGDALENA.- Y no es usted sincera. ¿Por qué no salió a saludarla cuando supo que era ella?
PALOMA.- ¿Qué sería de mí, si fuera sincera?
MAGDALENA.- Viviríamos todos más tranquilos.
PALOMA.- Ustedes no pueden vivir tranquilos.
MAGDALENA.- Me gustaría que me dijera por qué.
PALOMA.- Porque no tienen la conciencia limpia.
MAGDALENA.- (A CELIA.) Está tratando de darte a entender que es nuestra víctima.
PALOMA.- Te equivocas, en mis cartas siempre le he dicho que la víctima de ustedes es ella.
MAGDALENA.- (Apurada.) Celia, por favor, no vayas a pen¬sar...
CELIA.- No tengas cuidado. (Pausa.) Tía Paloma, ¿todavía toca usted la mandolina?
PALOMA.- Sí.
MAGDALENA.- A las tres de la mañana.
PALOMA.- Estoy demasiado vieja. Ya no me interesa dormir.
MAGDALENA.- Supongo que sabrás que también fuma.
PALOMA.- No es verdad.
MAGDALENA.- Cigarros de hojas, que ella misma prepara.
CELIA.- ¿Y qué tiene de malo eso? Todo el mundo fuma.
PALOMA.- (Obstinada.) Es que no es verdad.
MAGDALENA.- Un día que entré en su cuarto sin llamar es¬condió el cigarro encendido en su ropero y quemó un vestido.
PALOMA.- Entrar así es falta de educación.
CELIA.- ¿De manera que va usted a la fiesta, tía Paloma?
PALOMA.- Creo que no, voy a aburrirme.
MAGDALENA.- Dijo que se había vestido para eso.
PALOMA.- Dije una mentira. Me vestí porque me di cuenta de que Celia estaba aquí.
MAGDALENA.- (A CELIA.) Tú sí vas a la fiesta, ¿verdad?
CELIA.- Claro, si tú quieres.
PALOMA.- No quiere; te lo pregunta por otra cosa.
CELIA.- Tía, ya que viven juntas, lo menos que pueden ha¬cer es vivir en paz. Esas discusiones en forma continua carco¬men el espíritu. Hay que perdonarse los pequeños defectos. ¡Pensar que hace diez años que se ven todos los días!
MAGDALENA.- Es ella la que empieza.
PALOMA.- No vivimos juntas, vivimos separadas.
CELIA.- (Señalando a la izquierda y a la derecha.) Ellos vi¬ven allá, tú aquí. Se encuentran en la sala.
PALOMA.- Nunca vengo a la sala.
CELIA.- ¿Y por qué?
PALOMA.- Porque a ellos no les gusta y, para demostrárme¬lo, me hacen groserías.
CELIA.- ¿Es verdad eso, Magdalena?
MAGDALENA.- No. Es que Fernando...
PALOMA.- (Irónica.) ¿Qué?
MAGDALENA.- (Rápida.) Fernando es muy delicado.
CELIA.- Así parece.
MAGDALENA.- No vayas a creer... ¡No sé qué! Es... (TÍA PALOMA la mira con mucha ironía, asoma DORA por la izquierda.)
DORA.- Doña Magdalena... ya terminó el señor Fernando. Dice que ya puede usted venir a rasurarlo.
MAGDALENA.- (A CELIA.) Con permiso. (Sale muy de prisa.)
CELIA.- ¡Estos hombres de provincia! Todo tiene que ha¬cérselo su mujer.
PALOMA.- No es eso; es que si se rasura solo se corta, no tiene pulso. (Pausa.) Tiene miedo a degollarse.
CELIA.- ¿Qué es lo que tiene Fernando?
PALOMA.- ¿Para qué hablar de eso? Tiene lo mismo de siempre: vicios, flojera, maldad...
CELIA.- ¡Tía!
PALOMA.- Son unos piratas que están robándote tu dinero.
CELIA.- (Riendo.) ¡Piratas!
PALOMA.- (Seria.) ¿Te burlas?
CELIA.- Claro que no.
PALOMA.- Te lo he escrito mil veces. Era muy necesaria tu presencia aquí.
CELIA.- Vine a venderlo todo.
PALOMA.- ¿Ya se lo dijiste a Magdalena?
CELIA.- No había razón, mi administrador es Fernando.
PALOMA.- ¿También esta casa?
CELIA.- Esta casa vale mucho ahora. ¿No le gustaría a us¬ted vivir en una casita nueva, que buscaríamos y que yo alqui¬laría para usted?
PALOMA.- ¿Y ellos?
CELIA.- No sé. Fernando trabaja, no necesita de mí.
PALOMA.- Gana quinientos pesos.
CELIA.- Quinientos pesos...
PALOMA.- Y se los gasta solo.
CELIA.- ¿De qué viven Magdalena y la muchacha?
PALOMA.- Magdalena cose ajeno... pero, sobre todo, viven de lo que te roban.
CELIA.- Necesariamente. Pero yo... estoy cansada de que me robe todo el mundo.
PALOMA.- ¿Todo el mundo?
CELIA.- Me refería a ellos. Estoy agotada de trabajar tanto. Estoy harta de que otras gentes cuiden a mis hijos y de que los cuiden mal. Siempre están enfermos.
PALOMA.- Te ves mal. Cansada y...
CELIA.- Envejecida. Lo supongo.
PALOMA.- ¿Trabajas tanto? (CELIA afirma.) Pero todo tiene su recompensa.
CELIA.- (Pausa. Sin sonreír.) Sí.
PALOMA.- ¿Por qué te divorciaste la primera vez?
CELIA.- Quién sabe. Ahora, ni yo misma me lo explico bien. Era un hombre muy guapo... Quién sabe...
PALOMA.- Y eres feliz.
CELIA.- Sí.
PALOMA.- Creo que voy a cambiarme de ropa. Me está dan¬do calor.
CELIA.- (Riendo suavemente.) ¿De modo que no va usted a la fiesta?
PALOMA.- ¿Para qué? Ninguno de ellos quiere que vaya. Ni yo quiero ir. Tan vieja como estoy... ¿qué puede importar¬me una fiesta?
CELIA.- Así pasa. En una época hay emoción en todo lo que se hace, dice uno que está buscando su camino y desea encontrarlo, y lo encuentra, y descubre que ya lo único necesario es marchar, marchar, marchar, romperse de vez en cuando, componerse con mucho esfuerzo, y luego marchar de nuevo, viendo que todo es árido, todo repetido, todo igual.
PALOMA.- Es verdad, pero no es lo peor. Lo peor viene cuando las personas más cercanas empiezan a irse y a morirse, cuando una cree que no quiere a sus padres y ellos se mueren, y cree que no quiere a sus hermanos y se mueren... y tampoco se quiere una a sí misma, y no se muere.
CELIA.- (Cambiando de tono.) Debemos evitar estas conver¬saciones. Hace mucho que no las tengo con nadie y es absurdo caer en ellas. No sirve de nada hablar así. Tiempo perdido.
PALOMA.- (Fingida como siempre.) Yo no tengo ya tiempo que perder.
CELIA.- ¿En qué pasa usted el día?
PALOMA.- Leo, toco la mandolina, riego unas flores que ten¬go en mi recámara y te escribo de vez en cuando.
CELIA.- ¿Qué lee usted?
PALOMA.- La Historia de México, de Zamacois. Tengo vein¬te tomos.
CELIA.- Son veinte nada más.
PALOMA.- No sabía.
CELIA.- (Agitada.) Tía Paloma, hágame usted creer que hice bien en haber venido, que este clima es reconfortante. Que les da un poco de alegría tenerme aquí.
PALOMA.- ¡Claro que nos da alegría tenerte aquí! Y ver las fotografías de tus hijos. ¿No trajiste una de tu esposo?
CELIA.- No. (Ríe un poco.) No se me ocurrió.
PALOMA.- Para divertirte sería capaz de ir al cine una tarde.
CELIA.- Iremos. Hace tiempo que no voy al cine y tengo ganas.
PALOMA.- Podemos ir hoy. No me cambio de ropa.
CELIA.- (Riendo.) Eso es. (Están de pie las dos, una frente a la otra.) Estamos contentas, ¿verdad? (TÍA PALOMA, por única respuesta, se echa sollozando en brazos de CELIA, que la acoge. Entra DORA, alegre; se ha puesto vestido color de rosa, amplio, corto, un poco ridículo, pero ella se ve, y, sobre todo, se siente muy bonita.)
DORA.- ¿Ya está llorando, Palomita?
PALOMA.- (Rehaciéndose.) No seas impertinente, niña.
DORA.- Vine a enseñarles mi vestido. Me lo puse temprano, porque antes de la fiesta van a retratarnos. ¿Cómo me veo, señora Celia?
CELIA.- Bonita.
PALOMA.- Sólo te falta engordar seis o siete kilos.
DORA.- Pues eso sí que no tiene remedio. (A CELIA.) A usted quería decirle una cosa. Pedirle un favor.
CELIA.- Dime.
PALOMA.- No hace ni dos horas que llegaste y ya están pi¬diéndote cosas.
DORA.- Dicen que su papá tenía aquí muchos amigos.
CELIA.- Sí.
DORA.- Que lo querían mucho, antes de que se fuera a vivir a la capital.
CELIA.- Es verdad.
DORA.- Ellos se acordarán de usted, si les dice quién es.
CELIA.- Supongo que sí.
DORA.- El caso es que voy a recibirme y todavía no tengo trabajo.
PALOMA.- Ya le ofrecieron uno.
DORA.- Pero no sirve. No quiero dar clases en una escuela particular. Quiero trabajar en el Gobierno porque si se em¬pieza joven y se trabaja mucho, hay ascensos y después una pensión.
CELIA.- ¿De manera que ya quieres trabajar mucho?
DORA.- Sí. Y si usted quisiera recomendarme con uno de los viejos amigos de su papá... con el licenciado Ramos, para ser precisa, que es el jefe de la Oficina de Educación...
CELIA.- No veo ningún inconveniente.
PALOMA.- Esta niña siempre consigue lo que quiere.
DORA.- Pero, Palomita, si soy maestra. ¿Por qué no voy a trabajar?
CELIA.- Tiene razón.
PALOMA.- Estoy harta de que me digas Palomita.
DORA.- (Alegre.) ¿Y cómo quiere que le diga? ¿Doña Pa¬loma?
PALOMA.- Lo mejor sería que no me dijeras nada.
DORA.- Eso sí que no, porque tengo que hablarle de vez en cuando.
PALOMA.- (A CELIA.) Es la única de la casa que parece sen¬tir necesidad de hablarme.
CELIA.- Dime una cosa, Dora. ¿Por qué no te ha recomen¬dado don Fernando? El es hermano de mi padre y merece tantas consideraciones como yo. Tal vez más, porque ha vivido aquí todo este tiempo.
DORA.- Nadie lo toma en cuenta porque... pues no sé por qué le sucederá eso. Don Fernando es muy buena persona. (TÍA PALOMA tose y mira significativamente a CELIA.)
CELIA.- ¿Tú lo quieres?
DORA.- (De memoria.) Mucho; doña Magdalena y él han sido siempre muy buenos conmigo. Me dan ropa, y me manda¬ron a la escuela y me tratan bien. En mi casa todavía están muriéndose de hambre, y yo, desde hace mucho tiempo...
CELIA.- (Un poco brusca.) Lo comprendo muy bien.
DORA.- (Rápida.) Ayudo a coser a doña Magdalena.
CELIA.- (Suave.) Qué bueno.
DORA.- Ya viene don Fernando, oigo sus pasos. (Acerca un sillón.) El siempre se sienta aquí, porque las otras sillas están un poco débiles.
PALOMA.- Ya viene el pájaro enjaulado.
CELIA.- ¿Por qué dice usted eso?
PALOMA.- Es una manera muy bonita de decirlo.
DORA.- No le diga usted así, se enoja mucho.
PALOMA.- Por supuesto que se enoja, pero no voy a que¬darme aquí. Adiós, Celia. Que tengas una hermosa entrevista. (Sale Paloma por la derecha y desde adentro se le oye decir:) Pájaro enjaulado.
DORA.- Creo que me equivoqué. (Corre a la puerta de la izquierda y antes de que llegue, ésta se abre de par en par y entra DON FERNANDO seguido de MAGDALENA. CELIA se pone en pie y lo mira con una curiosidad ansiosa. FERNANDO es un hombre pálido, pero no delgado; da la impresión de que su car¬ne está inflamada. Parece hablar seguro de sí y de su inteligen¬cia; su voz es incisiva, precisa; su mirada, profunda. Comienza a escasearle el pelo y tiene la cara rasurada. Viste una camisa blanquísima y corbata negra, un pantalón de casimir claro y zapa¬tos muy bien lustrados. No parece capaz de perder el dominio de sí.)
CELIA.- ¿Qué tal, Fernando?
FERNANDO.- Querida sobrina... (La abraza delicadamente, sobriamente, casi no la toca.)
CELIA.- Creo que no debía haber llegado tan de impro¬viso.
FERNANDO.- (Sentándose.) ¿Por qué? Llegas a tu casa.
CELIA.- Es verdad.
FERNANDO.- ¿Cómo está tu familia?
CELIA.- Bien, muchas gracias.
FERNANDO.- ¿Tus hijos?
CELIA.- Bien.
FERNANDO.- ¿Tu madre?
CELIA.- Con una salud extraordinaria para su edad.
FERNANDO.- Gran mujer tu madre. Como pocas. Mucha inteligencia, mucha actividad...
CELIA.- Es verdad.
MAGDALENA.- Es muy violenta.
FERNANDO.- Es natural. La gente se mueve por la violencia. Los que no son violentos, no tienen fuerza para nada. Dora, ¿no te parece que te vestiste un poco anticipadamente?
DORA.- (Amable.) Sí, don Fernando.
FERNANDO.- Ese vestido tiene las mangas muy cortas, Mag¬dalena.
MAGDALENA.- Así se usan.
FERNANDO.- No me gustan.
DORA.- (Mirándoselas.) Son muy bonitas.
FERNANDO.- Lo que más me alegra, Celia, aparte de tenerte aquí, es saber que de nuevo tienes a tu familia constituida.
CELIA.- Desde hace tres años.
FERNANDO.- Me preocupaba pensar en ti como una mujer sola y con un hijo.
CELIA.- Vivía con mi madre.
FERNANDO.- No tiene importancia, en ese caso. La posición de la mujer sola es dudosa. Los hombres que la conocen no sa¬ben qué clase de mujer es hasta que la tratan a fondo, la ponen a prueba.
CELIA.- Si eso pasó alguna vez, no me di cuenta.
FERNANDO.- En tu situación es lo menos que podías haber hecho.
CELIA.- No disimulaba intencionalmente.
FERNANDO.- ¿Cómo vivías?
CELIA.- Trabajando igual que ahora. Sólo que entonces tenía más horas de descanso, con un solo hijo y sin obligaciones especiales para con nadie.
FERNANDO.- Pero ahora, a pesar de las obligaciones y de los dos hijos, eres feliz.
MAGDALENA.- Sí, me lo dijo antes.
FERNANDO.- Magdalena tiene muchos deberes que cumplir, pero le han hecho falta los hijos.
MAGDALENA.- No me quejo, tengo a Dorita. (Están senta¬das cerca. MAGDALENA le acaricia la mano.)
CELIA.- Yo no lamento tenerlos. Es maravilloso llegar a mi casa y saber que están allí.
FERNANDO.- ¿Qué clase de persona es tu marido?
CELIA.- Es un hombre inteligente, interesado en su profe¬sión... Creo que dentro de algunos años hará algo importante en ella.
FERNANDO.- ¿Qué profesión tiene?
CELIA.- Se dedica a la literatura, da clases, quiere ser fi¬lólogo.
FERNANDO.- Eso no da dinero.
CELIA.- Cuando se estudia algo, no se piensa en eso.
MAGDALENA.- Se estudia por vocación, ¿verdad?
FERNANDO.- La vocación es como la inspiración o como la neurastenia: demasiado circunstancial y provocada para sobre¬ponerse a otras cosas.
CELIA.- Probablemente. Hay que tomarla como un hecho.
FERNANDO.- Pensando en ti, también he imaginado que ten¬drías otro problema. El de tu hijo mayor. Es difícil que se en¬tienda con tu segundo esposo; mientras más tiempo pase, más difícil será.
CELIA.- El sabe tratar a los niños. Mi hijo lo adora.
MAGDALENA.- Se puede querer a un niño como un hijo, aunque no lo sea.
FERNANDO.- No lo creo así.
CELIA.- Por lo menos, puede tratársele con cariño.
FERNANDO.- Dora, hazme el favor de traerme mis cigarros. No importa que tardes un poco.
DORA.- Con mucho gusto. (Sale.)
FERNANDO.- De manera que, salvados todos los problemas posibles, tu vida es perfecta y por eso has decidido tomarte estas vacaciones en compañía de tu familia y en la tierra donde nacieron tus antepasados.
CELIA.- (Seria.) Te equivocas.
FERNANDO.- ¿No es perfecta tu vida?
CELIA.- Casi perfecta. Pero no he venido de vacaciones; es un viaje de negocios. He venido a notificarte algo. (MAGDA¬LENA pone las manos en el hombro de su marido.)
FERNANDO.- Magdalena, hace demasiado calor para abrazar¬se. Además, me arrugas la camisa. (A CELIA.) Habla de una vez. No quiero apresurarte, pero tengo que ir al Banco y no me gustaría llegar demasiado tarde.
CELIA.- Si prefieres que sea después, con más calma...
FERNANDO.- Prefiero que sea ahora.
CELIA.- Vengo a venderlo todo. Las dos huertas y la casa.
FERNANDO.- (Pausa.) Tienes derecho.
MAGDALENA.- {Moviendo la cabeza.) ¡Cómo puede ser!
CELIA.- Es todo.
FERNANDO.- Necesitas mucho el dinero, supongo.
CELIA.- Necesito que produzca el capital que tengo y del que no percibo un solo centavo.
FERNANDO.- Espero que en eso no vaya envuelto ningún reproche a mi labor de administrador.
CELIA.- No sé qué decirte. No la conozco.
MAGDALENA.- Celia, ¿qué estás diciéndole a Fernando?
CELIA.- No estoy diciéndole nada.
FERNANDO.- En efecto, no he sido un buen administrador.
MAGDALENA.- (Poniéndose las manos sobre la cara.) ¡Ay, Fernando!
FERNANDO.- No he sumado los sueldos de los mozos, ni el dinero que se gasta en composturas, ni he contado las frutas que se pudren en el suelo porque el viento las tira antes de que maduren. He sido un pésimo administrador.
CELIA.- No te he pedido cuentas.
FERNANDO.- No tengo cuentas que darte.
CELIA.- ¿No has sumado las ganancias? ¿O simplemente, nunca las hubo?
FERNANDO.- Sí las hubo, pero me he servido de ellas para cobrar mi sueldo de administrador.
CELIA.- Para mí es interesante saberlo, porque supongo que para vender será necesario informar de ellas al comprador. ¿Cuánto calculas tú que sean las ganancias mensuales?
FERNANDO.- Te he dicho que no llevo sumas exactas.
CELIA.- ¿Ni un cálculo general?
MAGDALENA.- No puedes exigirle tanto.
FERNANDO.- Sí puede, pero no lo tengo.
MAGDALENA.- Entonces, ¿vas a venderlo todo?
CELIA.- Sí.
MAGDALENA.- ¿También esta casa en que vivimos?
CELIA.- No sé. No estoy completamente decidida.
MAGDALENA.- Tu padre nunca le hubiera hecho eso a Fer¬nando; era su hermano preferido.
CELIA.- Lo supongo, pero llegado el caso...
FERNANDO.- Tiene razón Celia; mi hermano, llegado el caso...
MAGDALENA.- Como cuando tuvimos que venirnos, pero eso no lo decidió él solo. Fue tu madre la que...
CELIA.- Sí. Estoy al tanto.
MAGDALENA.- Pero no sabes cómo fue. Quién sabe lo que te habrán contado.
CELIA.- No me lo contaron, lo recuerdo.
MAGDALENA.- ¡Pero no puedes hacernos eso! Estoy segura de que tu madre... Celia, yo no tengo ganas de hablar mal de ella ni de nadie.
CELIA.- Te aclaro que nada ha tenido que ver con esto.
FERNANDO.- ¿Lo decidiste rápidamente?
CELIA.- ¿El viaje? Sí.
FERNANDO.- La venta.
CELIA.- Es una idea muy vieja, pero no quería hacerlo por escrito y no me hacía el ánimo de venir, ni tenía tiempo.
FERNANDO.- ¿Por qué decidiste el viaje tan rápidamente?
CELIA.- Si estás pensando que fue por urgencia de di¬nero, te equivocas. Una venta lleva tiempo y yo lo sé. Quise des¬cansar, tomar unas vacaciones, hablar con otras gentes.
MAGDALENA.- Si no tienes urgencia de dinero, ¡no vendas nada!
CELIA.- Es difícil complacerte.
MAGDALENA.- Puedo pedirte por mí, ahora mismo...
FERNANDO.- Voy a hacerte una súplica, Magdalena. Sal un momento y no vuelvas hasta que yo te llame. No quiero que intervengas en esto. Se hará lo que decidamos Celia y yo.
CELIA.- No quisiera ofenderla.
MAGDALENA.- (Saliendo por la puerta de la izquierda.) Nunca me ofendo. ¡Qué catástrofe! ¡Qué catástrofe!
FERNANDO.- Por supuesto que piensas darme un poder para que me haga cargo de todo.
CELIA.- No.
FERNANDO.- ¿Vas a vender tú misma?
CELIA.- No creo.
FERNANDO.- Ni yo te lo aconsejaría, porque como tienes que volver pronto a tu casa te ofrecerían menos.
CELIA.- Es verdad.
FERNANDO.- Las mujeres con marido joven no deben de¬jarlo solo tanto tiempo. Es peligroso.
CELIA.- ¿Sí?
FERNANDO.- En una ausencia, sucede cualquier cosa. Creo que hasta un profesor de literatura tendría tentaciones. No lo dejes solo.
CELIA.- Es un consejo interesante.
FERNANDO.- Cuando la felicidad llega tarde a nuestras vidas, así, un peco de segunda mano, es mejor cuidarla. Podría no haber otra oportunidad. Es difícil alcanzar un éxito como el tuyo en ese terreno; tuviste suerte.
CELIA.- Así lo creo.
FERNANDO.- No cualquier hombre se casa con una mujer divorciada; yo, por mi parte... Ale he quedado con una curio¬sidad. ¿Cómo reaccionó tu madre ante tu divorcio?
CELIA.- Tuvo que soportarlo.
FERNANDO.- Habrá sido muy duro todo ese desprestigio para una persona tan amante de la rectitud...
CELIA.- (Pausa.) ¿Te queda alguna otra curiosidad?
FERNANDO.- No sabría decírtelo.
CELIA.- Mientras tanto, volvamos a donde estábamos. Me preguntaste si iba a darte un poder y yo te dije que no. Me dijiste que no podía vender yo misma, y estuve de acuerdo.
FERNANDO.- Sí.
CELIA.- Tengo pensado darle el poder a un tío de mi ma¬dre. Le escribí al respecto y aceptó.
FERNANDO.- ¿Cuándo hiciste eso?
CELIA.- Hace unos seis meses; no creo que se haya arre¬pentido.
FERNANDO.- Eso quiere decir que hace seis meses que toda la gente piensa que soy un ladrón. Fue una gran imprudencia tuya.
CELIA.- Le dije que a causa de tu estado de salud, no quería molestarte.
FERNANDO.- (Agitado.) ¿Qué sabes tú de mi estado de salud?
CELIA.- Poca cosa: lo que tia Paloma me ha escrito. Que estás nervioso, que te molestan demasiado las cosas...
FERNANDO.- No tienes por qué creerla. Es una vieja. Una mujer de más de setenta años difícilmente está en su juicio. Es ella la que tiene una susceptibilidad tan repugnante, que apenas puede hablársele. La pobre Magdalena...
CELIA.- Ya las he oído hablar.
FERNANDO.- Te habrás dado cuenta de que casi no está en su juicio.
CELIA.- A mí no me pareció así.
FERNANDO.- ¿Puede saberse qué es lo que te pareció?
CELIA.- Que está en su juicio. (FERNANDO saca el pañuelo y se seca la frente.)
FERNANDO.- Hace un calor terrible... hay días así. Da mu¬cha sed... (CELIA lo mira tranquila.) ¿De manera que estás de¬cidida a ponerme en ridículo?
CELIA.- ¿Por lo del poder?
FERNANDO.- De eso se trata, ¿no?
CELIA.- Estoy decidida a no causarte ni una molestia más.
FERNANDO.- Es una manera muy extraña de favorecerme.
CELIA.- No tengo otra.
FERNANDO.- Eres una mujer tranquila. Estoy viendo que tu felicidad no ha sido suerte solamente.
CELIA.- Nada tiene que ver una cosa con la otra.
FERNANDO.- Te pareces a tu madre.
CELIA.- Soy su hija.
FERNANDO.- ¿Cuándo vas a ver a tu pariente?
CELIA.- Hoy... o mañana.
FERNANDO.- ¿Nada te hará cambiar de opinión?
CELIA.- No.
FERNANDO.- Entonces será mejor que me vaya. No debo llegar tarde.
CELIA.- No quiero perjudicarte.
FERNANDO.- (Con un dejo de violencia.) No, ¿verdad? (Se pone en pie.) Hace mucho calor.
CELIA.- ¿ Quieres que llame a Magdalena para que te trai¬ga un vaso de agua?
FERNANDO.- No quiero verla. (CELIA lo mira atentamente.) Qué, ¿tengo algo de particular?
CELIA.- No.
FERNANDO.- Sólo que estoy muy viejo para mi edad, bas¬tante calvo, y no veo bien.
CELIA.- Tampoco yo veo bien.
FERNANDO.- Somos una familia de miopes. (Llega hasta la puerta como si ya fuera a salir.) Permíteme felicitarte de nuevo.
CELIA.- ¿Por qué?
FERNANDO.- Por todo. Ahora veo que sabes hacer bien las cosas.
CELIA.- No creas, tardo demasiado en decidirme a hacerlas. Es una lástima.
FERNANDO.- (Cerca de la ventana.) Afuera hay un sol im¬posible. En estos lugares calurosos debería uno trabajar de no¬che y pasarse el día durmiendo. (Pausa.) Estaba pensando en cuál es la peor de las infamias que pueden hacerse en el mundo.
CELIA.- ¿Cuál fue?
FERNANDO.- Pensaba en un juez que metía en la cárcel a todos los que no podían cohecharlo. Eso es lo peor: privar de la libertad a alguien.
CELIA.- Es difícil hacer buen uso de la libertad.
FERNANDO.- En todo caso, es preciso tenerla. Es preciso. (Señalando a la ventana.) No hay nada más feo, más humillante que una reja. (Pausa.) Es decir, sí hay: los compañeros de prisión.
CELIA.- Vas a llegar tarde.
FERNANDO.- (Amargamente.) Gracias por recomendármelo; adiós.
CELIA.- Adiós, Fernando. (Sale FERNANDO. Inmediatamente aparece TÍA PALOMA.)
PALOMA.- ¿Se fue?
CELIA.- ¡Tía Paloma! ¡Qué mal rato le he dado!
PALOMA.- (Ligera.) La venganza es por lo general una bajeza.
CELIA.- ¿Por quién lo dice usted?
PALOMA.- Por mí. (CELIA ríe sin ganas.)
CELIA.- Sí, es una bajeza.
PALOMA.- ¡Me siento tan optimista! ¡Es tan difícil tener un sentimiento y guardarlo con el recato que merece! Peor to¬davía si es un sentimiento malo.
CELIA.- No creo que usted lo tenga.
PALOMA.- Te equivocas. Desde niña, siempre que me pe¬gaban, mordía y pateaba hasta llegar a creer que la que había hecho más daño era yo, y luego me reía.
CELIA.- Eso es lo que hace la mayor parte de la gente.
PALOMA.- Hay seres que nacen para ser maltratados. Claro que se vengan fastidiando a los que no pueden defenderse, pero no por eso es menos regocijante el hecho de que sufran a su vez. Estoy contenta.
CELIA.- En este momento es usted la única que se siente contenta en esta casa. (Entra DORA, rápidamente.)
DORA.- (Alegre.) ¿Se fue don Fernando?
MAGDALENA.- (Que viene muy agitada.) ¡Se fue sin cigarros!
PALOMA.- Comprará unos en la calle. No te desesperes.
MAGDALENA.- (Yendo y viniendo por la escena.) No estoy desesperada. No estoy desesperada. Dorita, ¿dónde están mi aguja y mi dedal? Tengo que arreglarte las mangas.
DORA.- Así están bien.
MAGDALENA.- Ya oíste lo que dijo don Fernando.
DORA.- Pues sí, pero...
MAGDALENA.- Ño hay pero que valga. (DORA le da la aguja y el dedal, que están sobre la mesa. Se sienta a su lado.)
DORA.- No me pique usted, doña Magdalena. ¿Quiere que le traiga sus anteojos?
MAGDALENA.- No. Veo muy bien.
PALOMA.- En mis tiempos nunca usábamos la manga más arriba del codo.
MAGDALENA.- Sus tiempos ya pasaron.
PALOMA.- ¿Entonces para qué se las compones? Déjalas como están y se acabó.
MAGDALENA.- Usted sabe bien por qué. Porque soy una mujer que odia los pleitos. Detesto las situaciones violentas y no me gusta tener discusiones con nadie.
CELIA.- Creo que estás nerviosa.
MAGDALENA.- Tampoco suelo ponerme nerviosa.
DORA.- ¡Ay!
MAGDALENA.- No te estás quieta.
PALOMA.- Eres la persona más irritable que he conocido.
MAGDALENA.- La irritable es usted. (A CELIA.) Figúrate que se enfurece cada vez que digo que voy a vender la lámpara.
PALOMA.- Esa lámpara es una obra de arte que traje¬ron mis padres de su viaje de luna de miel, cuando fueron a Italia.
CELIA.- La verdad es que es preciosa.
MAGDALENA.- Vale un dineral, y además no sirve para nada. No prende.
CELIA.- Eso podría arreglarse.
MAGDALENA.- Pero habría que ponerle muchos focos y gas¬taríamos demasiada luz. No nos alcanza el dinero para tanto.
PALOMA.- Hay un detalle que has pasado por alto y es que la lámpara, como todo lo que hay en esta casa, es de Celia.
MAGDALENA.- (Pausa.) Tía Paloma, vaya usted a su cuarto y acuéstate a dormir.
PALOMA.- Me voy, porque no me gusta estar donde no soy grata. Pero no voy a dormir, vamos al cine esta tarde, ¿ver¬dad, Celia?
CELIA.- De acuerdo. (Pausa muy molesta.)
MAGDALENA.- Ya estás lista, Dora.
DORA.- Ya me voy a la fotografía, nada más que primero me peinaré y me pondré polvo. ¿Me quedan bien estos za¬patos?
MAGDALENA.- Un poco alto el tacón. Me da la idea de que no puedes caminar bien.
DORA.- Sí puedo, y correr y todo lo que quiera. Bueno. (Sale DORA, por la izquierda. Ellas se miran. MAGDALENA se pone de pie.)
MAGDALENA.- Antes de ir a la fiesta voy a terminar un vestido de niña que me encargaron. (Va a buscarlo en algún lu¬gar de la sala.) Ahora que no está Fernando.
CELIA.- ¿No sabe que coses ajeno? (MAGDALENA mega.) Debería saberlo.
MAGDALENA.- No vayas a decírselo. (Pausa. A punto de llorar.) ¡Ay, Celia, no sé para qué viniste!
CELIA.- Ya lo sabes.
MAGDALENA.- Pero es que no es posible. Nadie puede ser tan cruel con los demás. Si vendes tus propiedades, nos mori¬remos de hambre.
CELIA.- Yo trabajo para vivir. Si no vendo lo mío para que ustedes vivan, sería como si trabajara para ustedes. Y la sola idea resulta absurda. Además es algo ya hecho; hace cuatro años que trabajo, o sea, que trabajo para ustedes. Todos los esfuerzos que he tenido que hacer han sido para ustedes. Por ustedes estuve trabajando hasta el último día de mi embarazo, por ustedes no tengo tiempo de educar a mis hijos.
MAGDALENA.- Que te sostenga tu marido.
CELIA.- Esos son asuntos particulares míos; pero ya que me lo has dicho, me das derecho a preguntarte por qué a ti no te sostiene el tuyo.
MAGDALENA.- Eso no importa ahora, Celia, ¿no quieres po¬nerte un poco en nuestro lugar? Somos un par de viejos, ya cumplimos los cincuenta. Tu padre dedicó su juventud a darle a Fernando, que era su hermano menor, las mejores cosas; pero no le dio una carrera, ni siquiera un oficio.
CELIA.- Tengo entendido que Fernando empezó a estudiar dos profesiones y las abandonó.
MAGDALENA.- Por falta de energía de tu padre, que no supo acostumbrarlo al trabajo. Si no tenía necesidades, ¿cómo iba a querer trabajar?
CELIA.- Nadie nace con una vocación extraordinaria para el trabajo.
MAGDALENA.- Tú eres diferente. Desde muy joven apren¬diste a conocer el valor del dinero y te ingeniaste para ganarlo. Tú eres más fuerte.
CELIA.- No soy; no quiero ser más fuerte.
MAGDALENA.- Es que nosotros lo necesitamos tanto. No sé hasta qué punto es una injusticia, ni sé nada. Sólo sé que tiene que haber dinero en una casa, venga de donde viniere.
CELIA.- No me hagas esto, porque me obligas a representar el papel del verdugo y no me gusta; lo he hecho demasiadas veces. No quiero ser Celia la dura, la arbitraria, la que hace su voluntad, pasando por encima de los deseos de su madre, la que dicen que ocasionó con un disgusto la muerte de su padre, la que hace lo que quiere, cuando quiere. Yo venía para ser justa, medida, tranquila; para reclamar sin violencia lo que era mío, y ahora me obligas a hacer todo lo que quería evitar.
MAGDALENA.- ¿No te importará nada de lo que yo diga?
CELIA.- No.
MAGDALENA.- ¿Ni que llore, ni que suplique? (CELIA nie¬ga. MAGDALENA, soltando la costura.) Mira, la verdad de lo que sucede en esta casa es que... (Entra DORA, tan arreglada como puede estarlo.)
DORA.- ¿Qué tal? ¿Cómo saldré en el retrato? Yo creo que bien.
MAGDALENA.- Demasiado polvo.
DORA.- Entonces los veré a usted y a don Fernando en la fiesta. (A CELIA.) ¿Y usted? ¿No va?
CELIA.- No sé si me dará tiempo de descansar un poco y de mandar a buscar mi equipaje.
DORA.- Espero que vaya. Hasta luego. (Sale DORA, por la izquierda, fondo.)
CELIA.- ¿Qué es lo que ibas a decirme?
MAGDALENA.- Nada, ya nada. Tengo mucha prisa. Voy a ir al Banco a buscar a Fernando. No me falta mucho, después de todo. (MAGDALENA sigue cosiendo. CELIA, callada, nerviosa. En¬tra DORA por donde ha salido.)
DORA.- Señora Celia, al salir me encontré con un señor que la busca, dice que se llama Francisco Marín.
CELIA.- (Muy desconcertada.) ¿Quién?
DORA.- Francisco Marín. Es un muchacho guapo y joven, de veras muy guapo.
MAGDALENA.- (A CELIA.) ¿Lo conoces?
CELIA.- (A DORA.) Dile que no estoy.
DORA.- Ya le dije que estaba usted.
CELIA.- Entonces dile que no puedo recibirlo.
DORA.- (Saliendo.) Le diré que no puede recibirlo, que vuelva más tarde.
CELIA.- (Quedo, porque DORA ha salido.) No, que no vuelva.
MAGDALENA.- ¿Por qué no quisiste verlo?
CELIA.- (Con agitación.) Porque estoy cansada, cansada de hablar tanto, de vivir tanto, del viaje, de haber venido aquí, de haber tenido que decirles todo eso, de tener que seguir adelante, de haber nacido... (Mientras CELIA habla y MAGDALENA cose, cae el

TELÓN


ACTO SEGUNDO

Al mismo día, al atardecer. La escena, vacía. Poco después entran de la calle DORA y MAGDALENA. DORA, como en la mañana; MAGDA¬LENA, con un vestido discreto.

DORA.- (Alegre.) Es la fiesta más bonita que ha habido en la escuela.
MAGDALENA.- Había mucha gente.
DORA.- ¿Y qué tal me veía cuando pasé a recoger mi di¬ploma?
MAGDALENA.- Bien. Sólo que te acercaste demasiado a la orilla del tablado y se te vieron las piernas.
DORA.- (Riendo.) ¿Sí? ¡Qué gracioso! ¿Y se me vieron mucho?
MAGDALENA.- Bastante. Creo que hasta hubo un comentario.
DORA.- ¿Qué fue?
MAGDALENA.- No tiene importancia.
DORA.- Póngase contenta, por favor. Este es uno de los me¬jores días, y usted ni siquiera tiene ganas de hablar.
MAGDALENA.- (Dejándose caer en una mecedora.) ¿Cómo voy a tener ganas de hablar con todo lo que llevo encima?
DORA.- Tantos planes que teníamos para hoy...
MAGDALENA.- No podíamos seguir en la calle sin don Fer¬nando. Estoy preocupadísima.
DORA.- No es la primera vez sale del Banco sin avisar.
MAGDALENA.- Pero no fue a la fiesta y me consta que tenía ganas. Ayer me lo dijo; pocas veces lo he visto tan interesado en algo.
DORA.- Se habrá encontrado con algún amigo.
MAGDALENA.- De eso precisamente tengo miedo. De los ami¬gos. Ninguno lo estima de veras; porque, si fuera así, no serían capaces de acompañarlo en las cosas que lo perjudican.
DORA.- Con seguridad que no ha pasado nada.
MAGDALENA.- Mira, Dorita, no me hagas tonta, tú crees lo mismo que yo.
DORA.- Pero si el médico le dijo...
MAGDALENA.- Hace más de dos años que se lo dijo.
DORA.- No se ponga usted así.
MAGDALENA.- La culpa de todo la tiene Celia.
DORA.- No puede ser. Hace dos semanas pasó lo mismo.
MAGDALENA.- ¿Pues quién la tiene entonces?
DORA.- Su enfermedad.
MAGDALENA.- Si te casas, fíjate muy bien en que no vaya a pasarte nada así.
DORA.- Sí.
MAGDALENA.- Ve a quitarte ese vestido antes de que lo man¬ches con alguna cosa.
DORA.- Quiero tenerlo puesto aunque sea un rato más. Me siento muy bien con él.
MAGDALENA.- Lo peor de todo son estas esperas, en que nunca se sabe lo que va a pasar. Tráeme el vestidito, por favor, está en mi recámara. Por lo menos no perderé el tiempo. (DoRA sale por la izquierda y MAGDALENA se mece, cada vez más ner¬viosa. Regresa DORA después de un momento.)
DORA.- (En voz baja.) Don Fernando está durmiendo en su cama.
MAGDALENA.- ¿De veras?
DORA.- Su ropa está tirada por dondequiera y creo... que sucedió lo que usted pensaba.
MAGDALENA.- ¿Qué vamos a hacer ahora?
DORA.- Mientras no despierte...
MAGDALENA.- Despierta al menor ruido. Si se quedara dur¬miendo hasta mañana...
DORA.- Ahora no puedo quitarme el vestido.
MAGDALENA.- No sé cómo suceden estas cosas. No sé si hay una vida para cada uno, o si todas las vidas son iguales.
DORA.- No puede ser, hay vidas más bonitas que otras.
MAGDALENA.- En el momento de vivirlas... quién sabe.
DORA.- Voy al zaguán, a ver pasar la gente.
MAGDALENA.- Si conversas con tus amigas, por favor no las hagas entrar. Acuérdate de que hay que hacer el menor ruido posible.
DORA.- Doña Magdalena, ¿usted tuvo otros novios antes de don Fernando?
MAGDALENA.- Sí.
DORA.- ¿Y por qué no se casó con ninguno?
MAGDALENA.- Porque me pareció que eran muy poca cosa para mí.
DORA.- ¿De veras? (Moviendo la cabeza.) Voy al zaguán. (Antes de salir DORA, entran CELIA y TÍA PALOMA.) ¿Qué tal? ¿Cómo les fue?
PALOMA.- Hacía mucho que no salía con una persona tan inteligente y tan agradable como Celia.
DORA.- La última vez que salió usted fue con doña Magda¬lena y conmigo.
PALOMA.- Por eso lo digo.
CELIA.- ¿Cómo estuvo la fiesta?
DORA.- Preciosa.
MAGDALENA.- Yo me emocioné mucho. Eso me pasa en esas fiestas. El director de la escuela dijo un discurso muy bonito.
DORA.- Yo creo que le salió muy largo.
PALOMA.- ¿Y a Fernando, qué le pareció?
DORA.- No fue.
MAGDALENA.- Fernando está durmiendo allá adentro.
PALOMA.- (Dándose por enterada.) ¡Ah!
MAGDALENA.- (Mirando a CELIA.) Tuvo un disgusto muy grande.
PALOMA.- Los disgustos de Fernando son muy extraños: siempre se nos contagian a todos. ¿Por qué será?
MAGDALENA.- ¿No puede usted perdonar nada, ni pasar nada por alto?
DORA.- ¿Qué tal estuvo la película?
CELIA.- Muy divertida, hacía tiempo que no me reía tanto.
MAGDALENA.- Como estás tan callada...
CELIA.- Eso quiere decir que estoy haciendo acopio de tranquilidad. ¿No ha preguntado nadie por mi?
DORA.- ¿El muchacho de hoy en la mañana? No, no ha regresado.
PALOMA.- ¿Vino a buscarte un individuo?
MAGDALENA.- Se sorprendió muchísimo.
PALOMA.- ¿Lo conoces? (CELIA asiente.) Es raro.
DORA.- Rarísimo, porque aquí nunca viene nadie como él.
MAGDALENA.- Celia, ¿por qué no vas a dar una vuelta con Dora por la alameda? Hay música.
PALOMA.- Es buena idea. Entre tanto, yo cerraré mi puerta con llave.
CELIA.- ¿Por qué?
PALOMA.- Magdalena me entiende.
CELIA.- También yo quiero salir. Pero no a un lugar tan público. Casi me siento capaz de ir a otro cine.
DORA.- ¿De veras? Porque a mí eso me gustaría mucho más.
CELIA.- Vamos.
DORA.- Voy a buscar algo que ponerme.
MAGDALENA.- No hagas ruido. (Sale DORA, abriendo la puerta con cautela.)
CELIA.- Es evidente que ella tiene más ganas de salir que yo.
PALOMA.- Te aconsejo que vayas.
CELIA.- Tía Paloma, de un momento a otro te has puesto misteriosísima.
PALOMA.- ¿Te parece? Pues me voy, para no intrigarte más. (Sale por la derecha.)
CELIA.- ¿La ofendí?
MAGDALENA.- Así es ella. (DORA, por la izquierda, apurada.)
DORA.- ¡Doña Magdalena! ¡Venga!
MAGDALENA.- (Poniéndose de pie.) En seguida mando a Dora, para que se vayan.
CELIA.- Oye, Magdalena. (MAGDALENA sde por la izquierda, sin contestar. CELIA se acerca a la reja y melancólicamente saca un cigarrillo de su bolsillo y lo enciende. Luego va a la mece¬dora y se sienta, con los ojos entrecerrados. Entra por la derecha, al fondo, FRANCISCO MARÍN. Es alto, delgado y tiene todo lo que puede exigírsele a un hombre atractivo.)
FRANCISCO.- Buenas noches, Celia.
CELIA.- (Poniéndose en pie y mirándolo un momento.) Me asustó usted.
FRANCISCO.- ¿Por qué?
CELIA.- Voy a encender la luz. (Lo hace y se miran larga¬mente, serios, con emoción.)
FRANCISCO.- ¿Por qué la asusté?
CELIA.- Porque estaba fumando. Aquí no se usa que las mujeres... ¿Quiere sentarse? (FRANCISCO la mira sin moverse.) ¿Qué ha venido a hacer aquí?
FRANCISCO.- Quiero salir a la calle con usted y hablar muy largo.
CELIA.- No es posible.
FRANCISCO.- Hemos salido muchas veces a la calle.
CELIA.- Pero no aquí. En México suponemos que nadie nos criticará.
FRANCISCO.- ¿Cree usted eso?
CELIA.- No, pero es menos grave.
FRANCISCO.- Hace seis meses que la acompaño diariamente desde el trabajo a su casa. Caminamos, aunque las oficinas que¬dan bastante lejos.
CELIA.- ¿Vino para decirme que lo hago caminar mucho?
FRANCISCO.- Vine aquí a tener la conversación que usted ha tratado de evitar allá.
CELIA.- No lo entiendo.
FRANCISCO.- Si no me entendiera, no habría decidido este viaje tan repentinamente.
CELIA.- No veo qué relación puede haber entre el arre¬glo de mis asuntos y una conversación con usted.
FRANCISCO.- Sí la hay. Hace meses que decidió usted ve¬nir, pero no quería... dejar de verme. (Rápidamente.) No me crea vanidoso, Celia, por favor; es que quiero decirlo todo de una vez.
CELIA.- ¿De manera que cree que he abandonado mis asun¬tos por conversar todas las tardes con usted?
FRANCISCO.- Sí. También creo que vino aquí porque ya no quería hablar conmigo un solo día más.
CELIA.- ¿De veras supone que ésas no son palabras de va¬nidad?
FRANCISCO.- No lo son, porque tengo conciencia cabal de que no tengo importancia ni valgo nada, y si las he dicho, es porque sé que, a pesar de mi insignificancia, puedo servirle de algo, porque todo, absolutamente todo lo que la rodea, es desagradable y usted lo detesta.
CELIA.- Se imagina usted que es importantísimo y no sabe cómo es lo que me rodea.
FRANCISCO.- Sólo ciego hubiera dejado de notar el gesto de cansancio que tiene usted cuando llega a la puerta de su casa.
CELIA.- ¿No será por haber caminado tanto?
FRANCISCO.- No, porque también los ojos se le endurecen y se hace usted irónica.
CELIA.- Tengo derecho a estar cansada al final del día.
FRANCISCO.- Lo normal sería que se animara usted al vol¬ver a su casa. (Irónicamente.) Ante la idea de reunirse con sus seres queridos.
CELIA.- ¿Vino usted para darme consejos? En adelante me mostraré animada.
FRANCISCO.- Vine para hablar de otras cosas.
CELIA.- ¿Cuáles?
FRANCISCO.- Si antes de decirlas pudiera asegurarme de que usted no pensará mal de mí...
CELIA.- Le encanta la seguridad. ¿Verdad, Francisco?
FRANCISCO.- Sí.
CELIA.- Le anticipo que, diga lo que diga, pensaré muy mal de usted. No he hecho otra cosa desde que supe que ha¬bía llegado.
FRANCISCO.- ¿Por qué no me recibió usted?
CELIA.- Estaba ocupada.
FRANCISCO.- Estaba pensando lo que iba a contestarme.
CELIA.- No. No sé lo que va usted a decirme.
FRANCISCO.- Lo sabe perfectamente bien. Hace seis meses que hablamos todos los días. (CELIA hace un gesto.) No puede usted negar que nuestra última conversación fue muy diferente de la primera.
CELIA.- Es lo que sucede habitualmente. Cuando se habla con alguien le cuenta una poco a poco las cosas que la preocu¬pan, los problemas que tiene. Antes no sabíamos nada uno del otro...
FRANCISCO.- Y dos personas que saben mucho la una de la otra, ¿no tienen que ser como dos libros en los que va escribién¬dose al mismo tiempo? ¿No se le ha ocurrido que se ligan con lazos que se estrechan cada vez más?
CELIA.- Con lazos de amistad, también es usual.
FRANCISCO.- De amistad un poco preocupada, un poco an¬siosa, muy necesaria ya.
CELIA.- Es imposible vivir completamente aislado.
FRANCISCO.- De eso se trata. ¿Y cuando las conversaciones degeneran y hace ya mucho tiempo que no se habla sino de sentimientos?
CELIA.- La amistad profundiza.
FRANCISCO.- ¿Y cuando la amistad profundiza de tal modo que despierta sentimientos tan fuertes y tan... posesivos que se hace demasiado egoísta?
CELIA.- Deja de llamarse amistad, y éste no es el caso.
FRANCISCO.- Usted y yo hemos ido por ese camino, hasta que la última de nuestras conversaciones llegó al límite. Entró usted en su casa a toda prisa y me dejó sin terminar. Pero sabía que lo que iba a decirle quedaba pendiente para otro día. Y tuvo usted miedo.
CELIA.- Hace muchos años que no tengo miedo de nada.
FRANCISCO.- Hace como dos años que tiene usted miedo de engañar a su marido.
CELIA.- (Pausa.) ¿Y qué? Lo importante no es tener mie¬do, sino no nacerlo.
FRANCISCO.- Cuando se tiene miedo es porque se tiene ga¬nas (CELIA lo mira con los labias apretados.) No quise ofenderla, amor mío.
CELIA.- Cállese usted.
FRANCISCO.- Vine para hablar. Usted vive con un hombre a quien no quiere. A menudo deja ver que lo desprecia.
CELIA.- Es un hombre muy inteligente, trabaja mucho, se interesa por sus cosas, es digno de admiración.
FRANCISCO.- Eso a usted no le importa; lo desprecia porque tiene que mantenerlo.
CELIA.- Él se sostiene solo.
FRANCISCO.- Precisamente, usted tiene que dar dinero para todos los otros gastos de la casa. (CELIA calla, con la cabeza aba¬tida.) Celia, ¿qué le pasa?
CELIA.- Qué extrañas son las armas de la amistad.
FRANCISCO.- No se arrepienta de haberme dejado ver todas esas cosas. No había razón para ocultarlas, ni para qué sopor¬tarlas sola. No hay razón para que usted se sienta tan amarga¬da, tan escéptica, tan abandonada.
CELIA.- Tengo dos hijos.
FRANCISCO.- Usted me ha dicho a menudo que sus hijos le quitan y no le dan. Tiene que ser buena, alegre, cariñosa con ellos. ¿De dónde va a sacar esa alegría y ese cariño que tiene que darles?
CELIA.- (Estallando.) A mí nunca me han dado nada, ya tengo costumbre.
FRANCISCO.- No quiere recibir nada.
CELIA.- Quise en un tiempo.
FRANCISCO.- Cree, y tiene razón, que todo lo que tiene ha tenido que comprarlo, y que pagarlo interminablemente. Pagarlo con sus esfuerzos diarios, con su paciencia, con su buena vo¬luntad.
CELIA.- ¿Qué idea se ha formado usted de las relaciones humanas? ¿Todavía cree que en este mundo hay algo gratuito?
FRANCISCO.- Mi cariño por usted es gratuito.
CELIA.- Era. Ahora trata de cobrárselo. Es indudable que piensa que hasta ahora ha sido gratuito.
FRANCISCO.- ¡No trato de cobrarme nada! ¿Sabe dónde está el mal de su vida, Celia? (CELIA lo mira.) ¡En que tiene un espíritu muy mezquino!
CELIA.- (Riendo.) ¡Perfecto! Entonces, ¿para qué vino a buscarme? (En el momento en que FRANCISCO se dispone a con¬testar entra DORA por la izquierda, con un chalecito sobre los hombros.)
DORA.- Vamonos pronto, señora Celia. (Ve a FRANCISCO.) Buenas noches.
CELIA.- Francisco, le presento a Dorita.
DORA.- Ya nos conocimos esta mañana.
FRANCISCO.- Encantado, señorita. (DORA se sienta compo¬niéndose el chal con coquetería.)
DORA.- ¿Es usted de México?
FRANCISCO.- Sí, señorita.
DORA.- Es usted estudiante, ¿verdad?
FRANCISCO.- Trabajo.
DORA.- Aquí vienen algunos estudiantes de vacaciones.
CELIA.- ¿Quieres que nos vayamos ya?
DORA.- Es una lástima, pero dice doña Magdalena... que sí, que nos vayamos.
FRANCISCO.- ¿Estorbo?
CELIA.- Vamos al cine.
DORA.- La señora Celia fue al cine también en la tarde. Yo creo que le encanta el cine.
FRANCISCO.- En ese caso...
DORA.- Pero también usted podría ir con nosotras.
CELIA.- No creo que le guste a don Fernando que vayas al cine con una persona a quien no conoces.
DORA.- Siendo amigo de usted...
CELIA.- No sé qué decirte.
FRANCISCO.- Es mejor que vuelva mañana a verla.
CELIA.- No puede usted venir todos los días.
FRANCISCO.- ¿Cuándo vuelve usted a México? (CELIA hace gesto de que no sabe.) Tiene que volver pronto, no se ocupó ni siquiera en pedir una licencia.
CELIA.- La pedirá usted en mi nombre.
FRANCISCO.- ¡No regresaré hasta que...! (Mira a DORA y se detiene.)
DORA.- ¿Qué película vamos a ver?
CELIA.- La que quieras.
FRANCISCO.- Entonces...
DORA.- No hay necesidad de que se vaya. Podemos salir juntos. (Se abre la puerta de la izquierda y MAGDALENA asoma la cabeza, con ansiedad.)
MAGDALENA.- Pero ¿no se han ido? En ese caso ven un momento, Dora. Te necesito.
DORA.- Con permiso. (Sale por la izquierda, nerviosa.)
FRANCISCO.- ¿Pasa algo?
CELIA.- Supongo que sí.
FRANCISCO.- ¿Molesto?
CELIA.- Sí.
FRANCISCO.- Bueno, no importa. (Pausa; se miran.) Estoy dispuesto a casarme con usted tan pronto como sea posible.
CELIA.- No puedo cambiar de marido todos los días. No puede ser que cada uno de mis hijos tenga un padre diferente.
FRANCISCO.- No tendremos hijos.
CELIA.- No quiero. Además, ésa no es manera de proponerle matrimonio a nadie.
FRANCISCO.- ¿Y cuál es la manera? ¿Quiere que la bese? Ya se me ha ocurrido muchas veces. (CELIA lo mira con dureza.) No es posible que espere una declaración amorosa después de haberme contado al detalle, y por añadidura muerta de risa, las dieciocho o veinte que le han hecho en su vida. Le propongo matrimonio para que usted caiga en la cuenta de que la quiero de tal manera que no me es posible solucionar mi vida de otro modo.
CELIA.- ¿Así que me sugiere usted que me divorcie de nue¬vo? (FRANCISCO asiente.) Que tenga con mi marido una serie de entrevistas preliminares, alevosas de mi parte, porque él no lo espera, hasta llevarlo al punto. Y que luego sostenga una lucha encarnizada por la tutela de mi hijo, y que tenga que fingir, llo¬rar y patear, hasta conseguirla por medio de la compasión, por¬que no hay hombre que serenamente consienta en ser reempla¬zado1 por otro ante su hijo. Y todo ¿para qué? Para caer nada menos que en un matrimonio con los mismos defectos de los demás. Ha olvidado usted que uno de mis peores defectos es el afán de comodidad y el miedo a repetir actos inútiles.
FRANCISCO.- En mi situación no puedo proponerle otra cosa.
CELIA.- Podría no haberme propuesto nada.
FRANCISCO.- Usted, por su parte, también olvida algo. Es infeliz y a mí me quiere mucho.
CELIA.- No creo haber hecho nada para que pudiera ocurrírsele eso.
FRANCISCO.- Ha hecho usted diariamente todo lo que ha po¬dido para que yo lo piense.
CELIA.- No me di cuenta.
FRANCISCO.- Usted sabe que hay una sensación especial cuando nuestros dedos tropiezan, cuando la tomo del brazo para atravesar las calles. Durante el día, me habla sin mirarme a los ojos, pero al despedirme, la última mirada... Y luego, su entu¬siasmo cuando vamos a comer algo y su alegría cuando planea-mos hacer algo en común, y mi alegría, por supuesto. (CELIA se mece, sin mirarlo.) Y sus celos, porque usted está continua¬mente celosa de mí.
CELIA.- (Quedo.) Me hace usted daño.
FRANCISCO.- A nadie quiero hacerle menos daño que a us¬ted... amor. (FRANCISCO está conmovido a pesar de que es evi¬dente que trata de evitar una situación sentimental.)
CELIA.- (Alzando una mano.) No se me acerque usted.
FRANCISCO.- Siento que me quiere. No quiero que piense tanto. Si la dejo pensar cinco minutos, estoy seguro de que encontrará ocho respuestas negativas muy justificables.
CELIA.- Me ha puesto usted a pensar desde esta mañana. ¿Cuántos años tiene?
FRANCISCO.- Veintidós.
CELIA.- Yo voy a cumplir veintisiete. Y eso es una gran diferencia.
FRANCISCO.- Claro, si yo tuviera cuarenta, no habría venido siguiéndola hasta un lugar escondido, ni le hablaría así en una casa extraña, y hubiera pensado mucho en las dificultades que esto pudiera acarrearle. Si tuviera cuarenta años, me habría he¬cho amigo de su marido y visitaría su casa diariamente, sería padrino de sus hijos y me conformaría con acabar de envejecer conversando con usted. O tal vez esperaría a que enviudara.
CELIA.- Eso hubiera sido menos ofensivo.
FRANCISCO.- Pero estéril y ridículo para mí. Soy joven y tengo algo que darle y mucho que vivir.
CELIA.- No es ésa la diferencia. Cuando se tiene su edad se conservan intactos el entusiasmo, el afán de emprender cosas, la confianza. Ese sentimiento de fuerza que da el no haber hecho cosas definitivas. Así era yo, después de mi divorcio. Ahora no. Porque estoy en una edad en la que se deja de creer en muchas cosas. Ya no pueden hacerse experimentos. Es necesario aferrarse a la realidad, buena o mala, y encontrar en ella un punto de par¬tida. Decir: esto es lo hecho, bueno o malo, es lo que tengo, aquí es donde vivo. Si me casara de nuevo no sería ya un intento vivo, sería perderlo todo y perderlo definitivamente, porque aquí dentro me falta algo: confianza... ¿Me entiende?
FRANCISCO.- ¿Es verdad eso, Celia? (Ella asiente.) No qui¬siera provocar en usted un sentimiento así, ni que se sintiera perdida por mi causa. ¿Lo que siente por mí no vale lo bastante como para devolverle la... fe, digamos?
CELIA.- Apasionarse no es lo mismo que ilusionarse. La pasión es la fuerza, la seguridad. La ilusión es algo mecánico que no puede evitarse. Yo me he sentido ilusionada por usted. He tratado de no tener conciencia de ello, pero no pude evitarlo a tiempo.
FRANCISCO.- Parece que no tengo nada que añadir. Pro¬bablemente miente, y la verdadera razón es que ahora, en este momento, es más inteligente que yo, porque yo sí estoy apasio¬nado.
CELIA.- ¿Estamos de acuerdo?
FRANCISCO.- Por el momento. No tengo mucho que decir. Mañana volveré a México. Si algo se le ofrece, puede preguntar por mí en el Hotel Regis. Vamos a despedirnos.
CELIA.- Adiós.
FRANCISCO.- Tengo una idea absurda: quisiera besarla.
CELIA.- (Quedo, después de un momento.) De ninguna ma¬nera.
FRANCISCO.- Una sola vez.
CELIA.- No hay beso que pueda darse una sola vez.
FRANCISCO.- Me voy. (Están los dos de pie y él no se mueve.)
CELIA.- Váyase ya.
FRANCISCO.- (Nervioso.) Hasta luego, Celia. ¿No me da la mano? (FRANCISCO, después de un momento, sale caminando muy rápido y sin volverse. CELIA queda de pie en medio de la sala, tiene la expresión más atormentada que pueda imaginarse, corre a la puerta de\ la izquierda y llama con las dos manos.)
CELIA.- ¡Magdalena! ¡Dora! ¡Ya es hora de ir al cine! ¡Vamonos pronto! (Después de un momento se abre la puerta y aparece FERNANDO en bata de casa. Está muy pálido y le tiem¬blan las manos. Parece como si de pronto se hubiera puesto muy enfermo. Al encontrarse, CELIA y él se miran; él entra en la habitación y CELIA lo sigue mecánicamente.)
FERNANDO.- (Con voz extraña, un poco más lenta que la suya.) ¿Ya se fue tu amante?
CELIA.- (Haciendo un esfuerzo.) ¿Qué dices?
FERNANDO.- Que si ya se fue tu amante.
CELIA.- Nunca he tenido un amante.
FERNANDO.- Eso es lo que has de haberle dicho a tu se¬gundo marido.
CELIA.- Eso es lo que le digo a todo el mundo.
FERNANDO.- ¡Pero nadie te lo cree!
CELIA.- No importa. De nadie necesito nada.
FERNANDO.- Vas a hablar de dinero. Aparentemente, ése es tu fuerte.
CELIA.- Es lo mismo que si te dijera que ésa es tu de¬bilidad.
FERNANDO.- Yo también voy a hablar de dinero, pero antes quiero hablar un poco de ti.
CELIA.- Hablar de mí es perder el tiempo.
FERNANDO.- Té diré antes lo del dinero. Es igual. Lo que tú quieres hacernos es un robo; eres una ladrona. Celia.
CELIA.- En tus labios, esas palabras resultan muy extrañas.
FERNANDO.- Es algo hereditario; tu madre también es una ladrona.
CELIA.- Bueno, ¿qué esperas que haga ante semejante acu¬sación?
FERNANDO.- Aceptarla. Esas huertas y esta casa son mías; tu padre me las hubiera dejado si no hubiera muerto repenti¬namente.
CELIA.- No tienes derecho a pensar eso.
FERNANDO.- El mismo me lo dijo. Tenía que compensarme de algún modo por todas las infamias que tu madre cometió conmigo. Magdalena y yo vivíamos contentos en México. Po¬díamos hacer lo que quisiéramos, ir a todas partes. Un día, cuan¬do menos lo esperaba, tu padre, el hermano que siempre me había protegido, me dijo que mi libertad se había acabado; que viniera a encerrarme en este pueblo y a enjaularme en esta casa de desechos, con tía Paloma; como quien tira una cascara en un basurero. (Pausa.) Conocía demasiado a mi hermano para saber que nunca se hubiera decidido a eso, a no haberlo instigado tu madre.
CELIA.- Eso es considerar a mi padre un hombre débil.
FERNANDO.- En nuestra familia; todos somos débiles.
CELIA.- ¿Te enorgulleces?
FERNANDO.- No.
CELIA.- ¿De manera que te consideras legítimo heredero de mi padre?
FERNANDO.- Tú no lo hubieras sido de ningún modo. Todo el mundo sabe que le causaste la muerte con el disgusto de tu divorcio. Estaba asqueado de ti.
CELIA.- Los viejos son como los suicidas, tratan de imponer¬se, y si no lo logran, se mueren, para ver si así pueden lograrlo. ¿Cómo sabes que estaba "asqueado" de mí?
FERNANDO.- Me lo escribió antes de morirse.
CELIA.- (Más afectada de lo que quisiera demostrar.) ¿Mi padre dijo eso de mí? (Pausa.) ¿Y qué más dijo?
FERNANDO.- Que después del divorcio no te quedaba más destino que el de ser una prostituta más o menos disimulada.
CELIA.- ¿Dijo eso?
FERNANDO.- Eso, y otras cosas.
CELIA.- Pues ya ves, no ha sido verdad.
FERNANDO.- ¿Y tu amante? (CELIA no contesta.) Estábamos hablando de dinero. No sé cómo te atreves a venir a humillarme alegando derechos imaginarios; no sé cómo tratas de dejarme en la miseria sabiendo que todo esto me corresponde.
CELIA.- Los derechos me los da la ley.
FERNANDO.- Pero conscientemente, verdaderamente, me ro¬bas. Eres una ladrona, Celia. (CELIA se deja caer en un sillón deprimida.) Y también eres una prostituta, como él lo dijo... ¿No se te había ocurrido pensar que el límite de una mujer es un hombre?
CELIA.- (Pausa.) De modo que yo soy... todo eso. Y tú ¿qué eres, Fernando?
FERNANDO.- Soy un hombre gastado, acosado por todos, pri¬vado de sus deseos, sin ninguna ilusión.
CELIA.- Yo creía que las ilusiones no podían evitarse.
FERNANDO.- Verás lo que te pasa a ti dentro de veinte años.
CELIA.- No sé para qué me has dicho todo eso.
FERNANDO.- No hay momento para las ofensas Y en la vida de algunas personas no hay momento que pase sin ellas. A mí roe ofende todo. Desde el pan que como, que parece que es tuyo, hasta el trabajo que hago y hasta el techo que me cobija, que parece que también es tuyo. Y todas las palabras y todas las suposiciones.
CELIA.- Y todas las personas, ¿verdad?
FERNANDO.- Me siento cansado. Pero discutiremos.
CELIA.- No hoy.
FERNANDO.- Dime que ya no vas a vender nada.
CELIA.- Voy a venderlo todo.
FERNANDO.- Entonces no sabes lo que es la vergüenza ni lo que es la delicadeza. No venderás, porque no quiero, porque te mando que no vendas nada.
CELIA.- Acabo de tener una idea luminosa.
FERNANDO.- No vender.
CELIA.- No. Acabo de tener la idea de decirte que estás bo¬rracho.
FERNANDO.- Lo estuve, ya no lo estoy.
CELIA.- De todas maneras, no es lo peor que puede decírsete.
FERNANDO.- ¡Qué calor tengo! Estoy sudando en una forma...
CELIA.- No te convienen las discusiones.
FERNANDO.- Me falta algo que decir. (Parece tratar de re¬cordarlo.) Tu segundo marido es un flojo.
CELIA.- Por el contrario, es un hombre muy trabajador.
FERNANDO.- Es un irresponsable que gasta el poco dinero que tiene y luego te pide prestado.
CELIA.- ¿Crees que soportaría yo una situación así?
FERNANDO.- Es él quien tiene que soportar algo, no tú. Las mujeres que le dan dinero a su marido no se lo dan por nada. Se lo dan para que ellos no tengan derecho a reclamar y ellas puedan engañarlos más cómodamente. Sostienes a tu marido para poder serle infiel.
CELIA.- Esas son tonterías.
FERNANDO.- ¿Crees que soy imbécil? No se te hubiera ocu¬rrido vender si no te hubieras casado con él, ni trabajarías tanto... pero así tampoco tendrías las libertades que tienes.
CELIA.- No es verdad; pero si lo fuera, sería un asunto tan íntimo, tan personal, que no tendríamos que hablar de eso aquí.
FERNANDO.- No me emborracho; pero si lo hiciera, sería per un motivo tan íntimo, tan personal, que nadie tendría que de¬cirme nada. Tu marido es un...
CELIA.- Cállate.
FERNANDO.- No puedes vender nada.
CELIA.- Sí puedo.
FERNANDO.- Sería capaz de cualquier violencia.
CELIA.- Yo también. ¿Olvidas que somos de la misma fami¬lia? ¿Que tu padre es mi abuelo? Soy capaz de lo mismo que tú.
FERNANDO.- Yo soy capaz de... (CELIA se levanta, enfureci¬da. Antes de que FERNANDO pueda terminar, entra TÍA PALOMA. Ambos ablandan su actitud. PALOMA viene en pantuflas y con una vieja bata negra. Lleva en la mano una vela encendida.)
PALOMA.- Buenas noches, Fernando. Oí que hablaban en voz muy alta y pensé que con seguridad estaban discutiendo, y como siempre se discute conmigo en esta casa, salí para ver si puedo serles útil. (Apaga la vela con toda parsimonia y la coloca encima de una de las mesas de mármol.)
FERNANDO.- Que yo sepa, usted todavía no le ha sido útil a nadie. Ni a la Humanidad en bloque; no ha sabido siquiera tener un hijo.
PALOMA.- Tú tampoco. Yo no me casé, no di oportunidad; tú no lo tuviste porque no puedes.
FERNANDO.- ¿Por qué dice usted eso? ¿No sabe que me duele?
PALOMA.- Sí. Eso está en la lista de las cosas que no se te dicen, pero ahora estoy decidida.
FERNANDO.- ¿Sólo por defender a Celia?
PALOMA.- Tengo varios motivos. Uno de ellos es defender a Celia. El otro es atacarte.
FERNANDO.- ¿Para qué quiere atacarme? Nos conocemos. Nos conocemos tan bien que a veces pasan meses sin que nece¬sitemos hablarnos. Hace diez años que vivimos juntos.
PALOMA.- En la misma casa, querrás decir. Yo vivo sola. Me han perseguido, me han obligado a encerrarme en mi cuarto, nunca voy a la sala, ni al comedor. Si salgo a la calle, lo hago por la puerta trasera.
FERNANDO.- Es inútil. En este preciso momento soy capaz de decir cualquier cosa. Que eso sucede porque me molesta verla, y que quisiera que se muriera de una vez.
CELIA.- ¡Qué hombre más repugnante!
PALOMA.- Yo, en cambio, siempre soy capaz de decir cual¬quier cosa. De manera que puedes adelantarte. Mañana me tra¬tarán todos dulcemente, y luego me irán cercando, cercando has¬ta que vuelva yo a hablar.
FERNANDO.- Y diga todas sus cursilerías de vieja encerrada. Celia, por lo menos, tendrá de qué hablar cuando llegue a los setenta años. Les contará a sus nietos cosas de sus hombres y ellos creerán que delira.
PALOMA.- No me casé, ni tuve novios, ni conocí hombres. No me han explotado, ni he sufrido por nadie, ni nadie me ha exigido nada.
FERNANDO.- Por eso no es usted nada, lo mismo que si ya se hubiera muerto.
PALOMA.- Es absurdo querer que me muera. Supongo que, cuando así sea, irán Magdalena y tú a pasear por mi cuarto, cinco metros cuadrados. Eso es todo lo que saldrán ganando.
FERNANDO.- No queremos ganar nada, nos conformamos ccn perderla.
CELIA.- Basta ya, Fernando.
PALOMA.- Eso es todo, ¿verdad? Me has echado en cara mi soltería y mi vida, no puedes reclamarme nada más. Quiero saber si has terminado para hablar yo.
FERNANDO.- ¡Si no hiciera tanto calor!
PALOMA.- Es tu sistema. Decir la última palabra y luego en¬fermarte para no recibir ninguna respuesta.
CELIA.- Creo que sobro en esta conversación.
PALOMA.- Te suplico que te quedes.
FERNANDO.- Cuando se me pase este dolor de cabeza...
PALOMA.- Te duele la cabeza. En estos casos siempre es así. El dolor de cabeza irá aumentando hasta que te pongan una in¬yección para dormir.
FERNANDO.- ¡No me lo digas! Ya sé que así me sucede.
PALOMA.- Hay varios asuntos que tratar. El primero se re¬fiere al motivo por el cual saliste de casa de Celia.
FERNANDO.- Una maldad para hacerme daño.
PALOMA.- No siento simpatías por la madre de Celia, pero debo admitir que es superior a nosotros en un punto: no es capaz de hacer una maldad. Cuando vivías en su casa, te embria¬gabas diariamente, hasta que un día le contaste una historia so¬bre una supuesta infidelidad de tu hermano, y luego le confesaste que se lo habías dicho para incitarla a tener relaciones contigo.
CELIA.- No es verdad. Lo que molestó a mi madre fueron sus insultos y su mala conducta.
PALOMA.- Cuando ella quiso poner en claro las cosas, dijiste que eran mentiras suyas para llamar la atención y una especie de invitación a que la cortejaras.
CELIA.- Mi padre no hubiera soportado una cosa así.
PALOMA.- Tu padre supo muy bien quién decía la verdad y optó por mandar a Fernando aquí.
FERNANDO.- Esas son cosas viejas... Muy viejas.
PALOMA.- Pero te sirven de pretexto para justificar tu... des¬tierro.
FERNANDO.- No es verdad, no soy un desterrado.
PALOMA.- Ya ves, resulta perfectamente claro que no fue ella, sino tu hermano el que te envió aquí. Y por tu culpa.
FERNANDO.- Yo nunca he sido responsable de nada de lo que he hecho.
PALOMA.- Siempre que te embriagas, mientes, ¿verdad?
FERNANDO.- Cualquiera puede decir una mentira.
PALOMA.- Una mentira común y corriente, sí.
CELIA.- No mentiras que provoquen situaciones a las que luego no puedes hacer frente.
PALOMA.- No es eso lo que quiero decir. Mentiras nacidas de una visión falsa de las cosas. Mentiras que para él son verda¬des. Tú no debes beber, Fernando.
FERNANDO.- No trates de moralizarme, no seas ridicula.
PALOMA.- El doctor dijo que no debías hacerlo por una ra¬zón especial.
CELIA.- ¡No lo digas! No es necesario ser tan cruel.
PALOMA.- Estás equivocada, ésta es la hora de ser cruel.
FERNANDO.- (Asustado.) No puede ser nada que yo no sepa.
PALOMA.- Fernando, estás volviéndote loco.
CELIA.- (Escandalizada.) ¡Tía Paloma!
PALOMA.- Cada borrachera es un paso adelante. Tus senti¬mientos no son mentiras, son locuras. Tus incapacidades son locuras. Tus gastos desproporcionados, tu falta de responsabili¬dad, tu insolencia, todo eso es locura.
FERNANDO.- (Atemorizado.) Yo...
PALOMA.- No te esfuerces por pensar si te cuesta trabajo.
FERNANDO.- ¿Sabía eso Celia?
CELIA.- Tía Paloma me lo había escrito, pero... yo no lo creo.
PALOMA.- Es cierto.
FERNANDO.- ¿Todo el mundo sospecha eso de mí?
PALOMA.- Tú sabes que puede sucederte si no lo evitas.
CELIA.- No lo trate usted con dureza.
PALOMA.- Nos conocemos, ¿no, Fernando? Pero te conoces menos de lo que yo te conozco.
FERNANDO.- (A CELIA.) No me defiendas. Aquí el fuerte soy yo, ustedes son unas pobres mujeres que se ven obligadas a to¬lerar mi violencia. Es tonto esto de que una me ataque y otra me defienda.
PALOMA.- Ahora que sabes lo que te sucede, dile a Celia que has mentido.
FERNANDO.- No. Me duele la cabeza.
PALOMA.- Que de ningún modo es verdad que su padre haya pensado hacerte su heredero. (FERNANDO vacila.) Díselo.
FERNANDO.- (Haciendo un evidente escuerzo.) No, no es verdad.
CELIA.- Casi lamento que no lo sea. No me gustó verte así.
FERNANDO.- Tía Paloma, lléveme del brazo hasta mi cuarto, casi no puedo moverme.
PALOMA.- Todavía no.
CELIA.- Lléveselo. No vaya a sucederle algo.
PALOMA.- No.
FERNANDO.- Ayúdeme.
PALOMA.- Dile a Celia que su padre no estaba asqueado de ella.
FERNANDO.- No puedo... él me lo escribió.
PALOMA.- ¿Tienes la carta?
FERNANDO.- La rompí.
PALOMA.- (A CELIA.) El no es de los que rompen una carta así. Dile a Celia que tu hermano no volvió a escribirte desde que saliste de su casa.
FERNANDO.- Se murió y no volvió a escribirme. Vámonos.
PALOMA.- Antes de irte, dile a Celia que no piensas que es una prostituta.
FERNANDO.- No se lo diré nunca. La desprecio y me asquea. ¡No logrará engañarme con el cuento de su segundo matrimonio y de su fingida decencia! No logrará engañar a nadie. Lo lleva escrito en la cara y ella lo sabe. (Empuja la puerta y sale por la izquierda. CELIA lo ve salir con el rostro crispado. Es evidente que estas palabras la han sacudido mucho.)
PALOMA.- (Mas artificial que nunca.) No es de tomar en cuenta lo que ha dicho. Yo, en tu lugar, no me sentiría aludida.
CELIA.- No está loco.
PALOMA.- (Indiferente.) ¿No?
CELIA.- ¿Por qué somos iguales todos nosotros?
PALOMA.- Toda la gente, querrás decir.
CELIA.- Ha sido muy cruel con él, no quiero que por mí...
PALOMA.- No quieres que por tu causa pase nada. Quisieras pasar suavemente, haciendo lo que te viene en gana y sin que los otros se sintieran heridos. No quieres tener ninguna responsa¬bilidad. ¿A qué viniste, entonces?
CELIA.- A reclamar lo mío.
PALOMA.- ¿Y pensabas que ibas a recobrarlo así, sencillamente, sin haberlo defendido nunca antes? ¿Por qué tardaste tanto en venir?
CELIA.- No quería...
PALOMA.- (Rápida, sin alterarse.) ¿Te repugnaba venir a una casa así, como un basurero, donde todos estamos pudriéndonos? (CELIA calla, acongojada.) ¿Tú que estabas llena de vida, de ambiciones, de alegrías?
CELIA.- No me siento llena de vida y hace mucho que no tengo alegrías.
PALOMA.- Yo sí las tengo. Estas. Como la de esta tarde. Esas verdades, esas palabras que sirven de desahogo.
CELIA.- ¿De qué quiere usted desahogarse?
PALOMA.- De la fuerza que no he utilizado. De las lágrimas que debí llorar por el hombre a quien yo quisiera, de las palabras que pude decir y que no encontrara quien las escuchara.
CELIA.- ¿Hubiera usted preferido una vida como la de Mag¬dalena?
PALOMA.- Mi vida no hubiera sido así.
CELIA.- Eso es lo que se cree siempre. Esta noche tiene us¬ted veinte años. Pero no puede ser. Yo tampoco quiero que mi vida sea como es. ¡Quiero una vida mía, nueva, buena y muy especial! ¡Mejor que la de todos los demás! Todavía siento el entusiasmo y la fe.
PALOMA.- (Tranquila de nuevo.) ¿Estás segura de que se trata de eso?
CELIA.- No sé de qué se trata. (Pausa. Mira a PALOMA con inquietud.) Ah, tía Paloma, usted lo oye todo detrás de esa puerta...
PALOMA.- Sí. Es un defecto mío. (Se miran; entra MAGDA¬LENA por la izquierda con la mano encima de la mejilla; DORA la sigue.)
DORA.- ¿Quiere usted que le ponga un trapo con agua fría?
MAGDALENA.- No. (Se sienta.)
CELIA.- Magdalena, pobrecita.
MAGDALENA.- No te apures, no es la primera vez.
PALOMA.- Sucede con frecuencia.
CELIA.- Ponte alguna cosa. Si lo dejas así, puede inflamár¬sete.
DORA.- Nunca se le nota nada.
MAGDALENA.- ¿Sabes qué quiero? Un cigarro. Tú has de tener, Celia.
CELIA.- Sí. (Los saca y les ofrece.)
PALOMA.- Dame, yo también fumo.
CELIA.- ¿Tú, Dora?
MAGDALENA.- Es muy joven, no le des.
PALOMA.- Dale, que aprenda de una vez. (DORA se apresura a tomar uno y a fumar.)
MAGDALENA.- (Cansada.) ¿Qué has decidido?
CELIA.- Si pudiera salir de todo. No vender, ni trabajar con exceso, ni sacrificarme por nadie, ni hacer sufrir. Quisiera verme libre de todo y de todos. Empezar de nuevo.
MAGDALENA.- Prométeme que no harás nada.
PALOMA.- No le prometas, no se lo merece.
CELIA.- Sin prometértelo, creo que no haré nada. Pero sólo porque tengo un anhelo...
MAGDALENA.- Siempre te creí capaz de todo. Eres más fuer¬te que nosotros, puedes hacer lo que quieres con tu vida. Nos¬otros somos como las naranjas que tira el viento, nos quedamos al pie del árbol.
PALOMA.- Tú no tienes problemas, Magdalena. Tu hija adop¬tiva puede ayudarte, no es posible que te abandone. La has cui¬dado, la has querido... Ahora que va a trabajar puede darte algún dinero.
DORA.- ¡Eso sí que no! Si trabajo, quiero que mi dinero sea sólo para mí.
PALOMA.- ¿Qué vas a hacer con él?
DORA.- Comprarme vestidos y zapatos y pasear.
MAGDALENA.- ¡Qué mala es usted, tía Paloma! No podía quedarse sin darme un mal rato después del que acabo de pasar. (Levantándose.) ¡Qué mala! Voy a acostarme.
DORA.- (Apurada.) Doña Magdalena, yo no quise ofenderla. Le daré todo mi dinero.
MAGDALENA.- No te lo he pedido. También yo quiero que te compres vestidos y zapatos. Pero la ingratitud, Dora, la in¬gratitud. (Aparta a DORA y sale por la derecha.)
DORA.- Pero si yo no le dije nada.
PALOMA.- No te apures, que no va a dejar de quererte, ni por eso, ni por más que le hicieras.
CELIA.- Dora, ¿soy joven?, ¿me veo joven?
DORA.- Se ve usted joven y bonita.
PALOMA.- Voy a dormir. No hay aquí nada que valga la pena de escucharse.
CELIA.- Tía Paloma. Traiga aquí su merienda y acompá¬ñeme.
PALOMA.- Bueno. Hace tanto que no como fuera de mi cuarto... (Sale por la derecha.)
CELIA.- Dora, ¿serías capaz de hacerme un favor?
DORA.- Con mucho gusto.
CELIA.- Ve al hotel Regis y deja dicho en la administración que le digan al señor Marín que tenga la bondad de venir a verme mañana temprano. Que es urgente.
DORA.- ¿El muchacho guapo? ¿Y no pregunto por él?
CELIA.- No. Basta con eso.
DORA.- Voy a sacar mi chai. (Sale DORA por la izquierda. CELIA mira entre las rejas hacia el patio a oscuras. Entra PALOMA por la derecha, lleva una taza y un pedazo de pan, se sienta cerca de una de las mesas de mármol.)
PALOMA.- Siempre como sola. Mientras como, pienso de qué manera ha sido posible mi vida. Si no tengo hijos, ni hermanas ni hermanos y no me acuerdo de mis padres. Así no se puede envejecer. Todo es tan lento... (Sale DORA por la izquierda con el chal.)
DORA.- ¿Nada más, señora Celia?
CELIA.- Nada más. (Sale DORA y antes de desaparecer se vuelve hacia el patio desde donde se le oye decir con voz fuerte.)
DORA.- ¡Vengan a ver qué bajas están las estrellas esta no¬che! ¡Vengan a verlas! ¡No saben lo que se pierden si no vie¬nen a ver las estrellas! (Ellas dos se quedan inmóviles y DORA sale hacia el zaguán.)

TELÓN


ACTO TERCERO

El mismo decorado. Es el amanecer del día siguiente. TÍA PALOMA está sentada en una silla con la mandolina entre las manos. A veces loca una melodía indefinida. Poco después entra FERNANDO por la izquierda. Está palidísimo, tiene ojeras y se le ve débil. Se sienta en "su" mecedora, sin hablar.

PALOMA.- ¿Dormiste?
FERNANDO.- Poco.
PALOMA.- Hubieras podido descansar un rato más.
FERNANDO.- La oí y quise hablarle.
PALOMA.- Hace mucho que no quieres hablarme. Estoy sorprendidísima. (Toca un poco.)
FERNANDO.- No haga usted ese ruido.
PALOMA.- Es una manera de hacerse presente, por eso me gusta.
FERNANDO.- Tiene usted muchas maneras de hacerse pre¬sente. (Pausa.) No quise dormir. Para no olvidar nada de lo que dijimos ayer.
PALOMA.- ¿Te parece digno de recuerdo?
FERNANDO.- Me parece tan indigno, que es bueno no olvi¬darlo nunca.
PALOMA.- Di algo más preciso.
FERNANDO.- No quiero. Usted sabe bien que no puedo. Hay una palabra en especial...
PALOMA.- A mí todo me lo han dicho y he tenido el valor de repetirlo todo.
FERNANDO.- Estará muy segura de que no es cierto. Yo no tengo seguridad.
PALOMA.- Tienes dudas.
FERNANDO.- ¡No es verdad, no tengo dudas! Quiero saber si es verdad lo que dijo usted anoche.
PALOMA.- Recuerdo que hablé poco.
FERNANDO.- Todavía le parece poco; es usted insaciable. Ahora va a fingir que no se acuerda de lo que me dijo.
PALOMA.- No me acuerdo.
FERNANDO.- Tenga una poca de caridad cristiana.
PALOMA.- (Riendo.) Caridad cristiana en esta casa, después de diez años de esta vida. Y otros sesenta que he soportado yo por mi lado.
FERNANDO.- Hay momentos en que puede uno enternecerse, ser generoso, ayudar a los demás.
PALOMA.- Es demasiado arriesgado. Prefiero esperar a que uno de los demás tenga un momento así. No me gusta hacer el ridículo.
FERNANDO.- Hoy me siento así.
PALOMA.- Pero para pedir ayuda, no para darla.
FERNANDO.- También así puede hacerse.
PALOMA.- Ese es el sistema que siguen todos para conmover a los demás y lograr lo que se proponen.
FERNANDO.- No, todos no la conocen a usted. (PALOMA toca otro poco.) Por favor, el ruido.
PALOMA.- En resumen, ¿qué es lo que quieres?
FERNANDO.- Usted ya lo sabe.
PALOMA.- No sé nada.
FERNANDO.- Quiere usted algo en cambio.
PALOMA.- Desearía varias cosas, pero no sé si en cambio.
FERNANDO.- ¿Qué?
PALOMA.- Que le pidas perdón a Celia por lo que le dijiste ayer. Podría hacerle demasiado daño.
FERNANDO.- Se lo dije porque lo pienso.
PALOMA.- Podrías pensar lo contrario.
FERNANDO.- No podría. De cualquier modo, ¿qué le impor¬ta a usted Celia? Ni siquiera la conoce. Habrá venido aquí tres o cuatro veces en su vida.
PALOMA.- Celia me escribe cada mes, me dice palabras afec¬tuosas. Soy una mujer agradecida.
FERNANDO.- Le manda dinero...
PALOMA.- Una renta que dejó tu hermano para mí, y que si Celia no quisiera, no me la mandaría, porque está a su nombre.
FERNANDO.- Esas son cosas que se agradecen. (Pausa.) De nada serviría que yo le presentara disculpas a Celia, ya no creería nada. Las palabras no pueden borrar lo que hacen las palabras.
PALOMA.- Pero sí los hechos, las actitudes. No sé si lo tomó muy en serio.
FERNANDO.- Entonces no hace falta que haga nada. (Pausa, con alarma.) ¿Por qué cree usted que no lo haya tomado en serio?
PALOMA.- Estabas borracho.
FERNANDO.- Es muy claro que ya no lo estaba.
PALOMA.- Nada es claro para quien no te conoce.
FERNANDO.- Pero usted, que me conoce, sabe que ya no lo estaba. ¿Por eso cree que estaba en un estado especial?
PALOMA.- No estás así siempre, que yo sepa.
FERNANDO.- No. ¿Qué me dijo usted que creía?
PALOMA.- Las palabras no pueden borrar lo que hacen las palabras.
FERNANDO.- Cuando se trata de una calumnia, de una sos¬pecha.
PALOMA.- En el caso de Celia se trata de una calumnia y de una sospecha.
FERNANDO.- ¿Cree usted sinceramente que la conducta de Celia ha sido limpia?
PALOMA.- Tengo tanto derecho a pensar eso como a pensar que tú estás loco. Son sospechas.
FERNANDO.- Sospechas que tiene toda la gente.
PALOMA.- En tu caso también las tiene toda la gente. Pre¬gúntale a Magdalena o a Dora.
FERNANDO.- ¿Es verdad eso?
PALOMA.- Tan verdad como lo de Celia.
FERNANDO.- Lo de Celia no es verdad.
PALOMA.- Muy bien, entonces no tienes más que decírselo.
FERNANDO.- (Pausa.) Está bien. (Se pone de pie y mira por la ventana.) El cielo está azul; quisiera irme muy lejos.
PALOMA.- No vuelvas a pensar en eso. Sé como yo. Aprende a mirar las losas de tu cárcel.
FERNANDO.- (Pausa, con ansiedad.) Antes de decirle nada a Celia debo asegurarme. No confío en usted.
PALOMA.- Pregúntale a Magdalena.
FERNANDO.- No tendrá ganas de hablarme. (Tocando en la puerta de la derecha, con voz débil.) Magdalena. (PALOMA, con la mandolina en la mano, quiere salir.) No se vaya hasta que ella venga.
PALOMA.- No creas que tengo tantas ganas de encontrármela adentro después de haberla oído roncar toda la noche. La pró¬xima vez que te pelees con ella no la dejaré entrar en mi recá¬mara. (Sale MAGDALENA por la derecha terminando de peinarse. Nerviosa, sin mirarlo.)
MAGDALENA.- ¿Me llamaste? ¿Quieres tu desayuno?
FERNANDO.- Tía Paloma...
PALOMA.- No digo nada.
FERNANDO.- (A MAGDALENA.) Quiero que me digas si pien¬sas que estoy volviéndome loco.
MAGDALENA.- (A PALOMA.) ¡Qué ser tan odioso es usted! Eso era lo único que faltaba en esta casa. Usted sabe perfecta¬mente que lo que dijo el doctor es que si seguía tomando se iba a morir del hígado, y que no habría manera de evitarlo.
FERNANDO.- Eso ya lo sé. Pero... ¿Y las cosas que yo siento?
PALOMA.- No se las has dicho al médico. Por adivinación, no te va a dar un diagnóstico.
MAGDALENA.- Seguiré hablando, siempre que se vaya la tía Paloma.
PALOMA.- Con gusto. Ya sé lo que vas a decir. Fernando, no se te olvide hablar con Celia. (Sale PALOMA por la derecha.)
MAGDALENA.- ¿Fue capaz de decirte eso? No es verdad; si fuera verdad te lo diría yo, para no engañarnos.
FERNANDO.- Gracias por haberte reconciliado conmigo otras veces...
MAGDALENA.- ¡Otras veces! Todas las veces son una sola. Además, no puedo permitir que ella abuse de tu credulidad, de tus nervios.
FERNANDO.- Lo malo no es que ella lo haya dicho, ni que yo lo haya creído, sino que yo... ya lo sabía.
MAGDALENA.- No, Fernando. Es que estamos viejos. No con¬fundas la vejez con otra cosa. Somos más tontos, más inútiles. Además, si vivimos aquí, ¿de qué nos serviría ser inteligentes y sanos?
FERNANDO.- De nada, es cierto. No hay nada que temer.
MAGDALENA.- Aquí nada puede pasarnos.
FERNANDO.- Los pájaros viven más seguros dentro de las jaulas que al aire libre. (Muy cansado.) Al fin, dentro de todo, una seguridad.
MAGDALENA.- Casi convencí ayer a Celia de que no ven¬diera. (El calla.) ¿No te alegras?
FERNANDO.- No.
MAGDALENA.- Entonces, ¿qué es lo que buscas?
FERNANDO.- Que se vaya y no vuelva nunca. Las personas se llevan las ideas; que no nos escriba, que no nos pida cuentas de nada.
MAGDALENA.- Viviremos muy pobres, tendrás que darme parte de tu sueldo. (FERNANDO asiente.) No podremos comprar los muebles.
FERNANDO.- Para nosotros están bien éstos.
MAGDALENA.- No están tan viejos.
FERNANDO.- Ve a prepararme el desayuno y dile a Celia que dentro de un rato quiero hablar con ella.
MAGDALENA.- ¿Estás decidido, Fernando? Es como morir¬nos antes de tiempo.
FERNANDO.- Hace diez años que estamos muertos y no lo sabíamos.
MAGDALENA.- Voy a decírselo.
FERNANDO.- Magdalena... (MAGDALENA se vuelve: el se acer¬ca para darle un beso en la frente y ella lo abraza.)
MAGDALENA.- (Quedo.) No vuelvas a pegarme.
FERNANDO.- Anda. (Sale MAGDALENA por la izquierda y FER¬NANDO queda solo un momento, entra DORA.)
DORA.- Buenos días, don Fernando.
FERNANDO.- ¿Dormiste bien?
DORA.- Muy bien. La señora Celia va a recomendarme con el licenciado Ramos; pronto tendré empleo.
FERNANDO.- Me parece bien.
DORA.- Ya lo creo. Tendré dinero para gastar.
FERNANDO.- ¿Vas a gastarlo todo?
DORA.- No. Guardaré un poco.
FERNANDO.- ¿Cuánto piensas guardar?
DORA.- No sé... la tercera parte, o más.
FERNANDO.- ¿De manera que es lo que piensas hacer con tu dinero?
DORA.- (Rápida.) Dice Palomita que debo darle algo a doña Magdalena, para la casa.
FERNANDO.- Ah.
DORA.- ¿Le parece a usted bien?
FERNANDO.- Me parece la única solución justa.
DORA.- ¿Sí? (Rápida.) Pues sí, claro que sí, yo desde el prin¬cipio estuve de acuerdo.
FERNANDO.- Me alegro.
DORA.- Pero... ¿y si me caso?
FERNANDO.- Tendrá que prescindir doña Magdalena, porque entonces lo recibirá tu marido.
DORA.- (Riendo.) ¡Cómo es usted, don Fernando!
FERNANDO.- (Irónico.) Muy bromista, ¿verdad? Creo que voy a ir un momento al jardín. Antes de que salga el sol. Em¬pieza tu jornada de buenas acciones sacudiendo la sala. (Sale por la derecha, fondo, y luego lo vemos pasar por la ventana. DORA se entrega a toda clase de accesos de júbilo; se compone el pelo, se sienta en una silla y se ríe sola. Entra CELIA, agitada, viene vestida con traje de viaje. DORA se levanta como si la hubiera sorprendido haciendo algo prohibido.)
DORA.- Buenos días, señora Celia.
CELIA.- Buenos días.
DORA.- ¿No me pregunta si di bien el recado de ayer?
CELIA.- (Alarmada.) ¿No lo diste?
DORA.- Sí, directamente. Hablé un rato con el señor Marín. Es muy simpático. (CELIA la mira con el rostro endurecido.) Le dije que viniera temprano. Pero, claro, los hombres siempre se levantan muy tarde. (Silencio de CELIA.) ¿Verdad que va usted a recomendarme con el licenciado Ramos?
CELIA.- Si no me da tiempo, le escribiré una carta y el re¬sultado será el mismo.
DORA.- Quería preguntarle una cosa, pero me siento tímida.
CELIA.- Dime.
DORA.- Sobre ese muchacho.
CELIA.- ¿Sí?
DORA.- ¿Quién es?
CELIA.- Trabaja donde yo trabajo y vive con su familia. Creo que tiene muchos hermanos y...
DORA.- ¿Gana bastante?
CELIA.- Mil pesos.
DORA.- Eso es muchísimo dinero.
CELIA.- ¿Te parece?
DORA.- Sí. ¿Es buena persona?
CELIA.- Es una persona agradable. Nunca he sabido que haya hecho nada malo. Seguramente lo es.
DORA.- Lo que quiero decir es que si es la clase de persona en que se puede confiar para... cualquier cosa.
CELIA.- En la Compañía tiene un puesto de confianza.
DORA.- No es eso. Es que hay gente a quien puede tenérsele mucho cariño, pero es mejor no confiar en ella... como don Fernando.
CELIA.- ¿De manera que así piensas de Fernando?
DORA.- Dije que lo quería mucho.
CELIA.- Me doy cuenta.
DORA.- Y hay otros, que sabe una que siempre están de su lado, que no van a dejarla nunca, ni a traicionarla. ¿El es de ésos?
CELIA.- (Pausa.) No sé.
DORA.- Como doña Magdalena es conmigo.
CELIA.- ¿Así que la gente que te interesa encontrar es como doña Magdalena? Es una medida muy especial.
DORA.- ¿Entonces no sabe usted si él es así? (CELIA niega.) Porque si lo fuera, sería una lástima dejarlo pasar.
CELIA.- ¿Qué quieres decir?
DORA.- Que aquí vienen tan pocos hombres...
CELIA.- ¿Quieres hacerme el favor de explicarme para qué has preguntado todo eso?
DORA.- Antes quiero hacerle una pregunta más. ¿Tiene novia?
CELIA.- No, no tiene. Ahora contéstame.
DORA.- (Riendo.) Pues para nada, para saberlo.
CELIA.- No se te olvide que no soy como Magdalena. Esas explosiones no me engañan. Estoy acostumbrada a usarlas como recurso.
DORA.- ¿Está usted enojada?
CELIA.- Un poco.
DORA.- No preguntaba por nada malo. Es un muchacho muy guapo y joven, y yo también soy joven como él y no tan fea. Es algo... natural. ¿No?
CELIA.- Es una razón poderosa.
DORA.- Entonces, ¿por qué se enoja? ¿Le parece que soy descarada?
CELIA.- Me parece que eres sincera.
DORA.- Se lo pregunto a usted porque es una señora grande, con marido y con hijos.
CELIA.- En eso tienes razón.
DORA.- Entonces, ¿por qué le molesta?
CELIA.- No lo sé.
DORA.- Ha de estar nerviosa con todas esas conversaciones con don Fernando.
CELIA.- (Agitada.) En eso tienes razón. Estoy nerviosa. (Pausa, mira su reloj.) ¿No tienes nada que hacer allá adentro?
DORA.- No, como ya no voy a la escuela...
CELIA.- Podrías ayudar a Magdalena...
DORA.- (Estallando.) ¿Es que siempre hay que ayudar a alguien? (CELIA se ríe.) Yo creía que cuando terminara mi ca¬rrera empezaría a vivir para mí sola, y que mi trabajo sería para mí sola. (CELIA se ríe mucho y DORA la mira en silencio, algo ofendida. Entra MAGDALENA.)
MAGDALENA.- Celia, ¿por qué está hecho tu equipaje?
CELIA.- Pensaba irme hoy en la mañana.
MAGDALENA.- ¿Sin vender y sin nada? Ah, pensabas, pero ya no lo piensas.
CELIA.- Todavía, en realidad, no lo sé.
DORA.- Yo creía que a su edad lo sabía una todo y usted siempre contesta que no sabe las cosas más importantes.
MAGDALENA.- Dora, no seas impertinente.
CELIA.- Tiene razón.
MAGDALENA.- No hay motivo para molestar a la gente grande.
CELIA.- La gente grande ya está bastante molesta sólo con serlo y tener que quedarse así indefinidamente.
MAGDALENA.- No sé qué le pasa a esta niña desde ayer. Son las emociones de la recepción. Así era yo.
DORA.- No estoy emocionada por la recepción.
MAGDALENA.- Sería conveniente que fueras a visitar a tu familia para contarles que has terminado tu carrera. Además, hace bastante tiempo que no te ven.
DORA.- No entienden nada.
MAGDALENA.- Pero se trata de tus padres y de tus hermanos y es una atención que les debes.
DORA.- Si saben que voy a trabajar, empezarán a pedirme dinero, y yo... (Se detiene al ver una sonrisa en los labios de CELIA.)
MAGDALENA.- Ellos no tienen la culpa de ser tan pobres.
DORA.- Yo tampoco.
MAGDALENA.- Bueno, Dora, parece que hoy no se puede ha¬blar contigo. Ve a sacudir un poco tu recámara y a poner en or¬den tus cosas.
DORA.- Me ensuciaré.
MAGDALENA.- Ponte un delantal.
DORA.- (De mala gana.) Bueno. (Sale por la izquierda.)
MAGDALENA.- Así es la gente joven. Pobrecita, después de todo. (Pausa.) Fíjate, Celia, que me das envidia, siempre te he visto tan libre, tan decidida.
CELIA.- Me lo vienes diciendo desde ayer, y nunca me he visto menos libre ni menos decidida.
MAGDALENA.- Es que hay días peores para mí que los otros. Esos días en que me cuesta trabajo perdonar.
CELIA.- No es necesario perdonar.
MAGDALENA.- Para mí sí. Hay momentos en que las ofensas pierden importancia y que, en último caso, no vale la pena preo¬cuparse por ellas.
CELIA.- Ese es el perdón.
MAGDALENA.- No, no es. Porque no puedo portarme como siempre, ni hablar con naturalidad.
CELIA.- Quisiera que me dijeras cómo has hecho para vivir al lado de Fernando todos estos años. ¿Por qué no lo dejaste desde el principio?
MAGDALENA.- Porque me dio vergüenza; cuando una mujer deja a su marido en los primeros tiempos de su matrimonio, la gente siempre dice que tiene la culpa ella.
CELIA.- Es cierto. ¿Y después? ¿Cuando ya todo el mundo sabía a qué atenerse con respecto a Fernando?
MAGDALENA.- Después no pude, porque pensé que si lo de¬jaba no me quedaría nada. Bueno o malo, lo que tenía era lo mío, lo que yo había escogido. Hay momentos en que se da una cuenta de que la vida que lleva es "su" vida. La que una escogió y que no puede negarse porque es como decir: Magdalena, tú ya no vives.
CELIA.- ¿Crees que hay quien elija su vida?
MAGDALENA.- Supongo que sí. Yo decidí casarme cotí Fer¬nando, y una vez hecho...
CELIA.- Se acabó todo. No queda ninguna esperanza.
MAGDALENA.- Las que son como tú...
CELIA.- Somos iguales a las que son como tú. Sólo que hay árboles que sueltan el fruto a la primera sacudida, y otros que necesitan dos.
MAGDALENA.- Nos ponemos sentimentales. Y eso no es con¬veniente. Hay que hacer como que una no se fija en las cosas, seguir adelante haciéndose la distraída.
CELIA.- Esta es la primera vez que rne conmuevo, desde que estoy aquí.
MAGDALENA.- Además, ¿de qué hubiera servido separarme de Fernando si quedaba la posibilidad de casarme con otro igual a él? No sé para qué te digo todo esto.
CELIA.- Me hacía falta oírlo.
MAGDALENA.- ¿Cuándo te vas?
CELIA.- No quiero hablar de eso.
MAGDALENA.- Es curioso, es extraño saber que nosotros no nos iremos nunca. (Se frota la cara.) Todavía me duele. (De pronto.) ¡Yo no quería nada de esto! Nunca quise que me pe¬gara nadie. Siempre tuve miedo a los golpes. Siempre tuve miedo a los hombres que se embriagan, a los gritos, a las dis¬cusiones. Siempre tuve miedo a todo. ¿Por qué tengo que sopor¬tarlo ahora?
CELIA.- (Acercándose, las dos de pie.) Magdalena.
MAGDALENA.- Tiene que ser, porque tampoco quise estar sola, ni morir abandonada, ni ser una vieja endurecida, como tía Paloma. Ya sé que soy la que no llora, la que no se ofende, la que no pide nada, pero quisiera imaginarme, si hubiera podido evitarse todo esto, ¿cómo habría sido mi vida?
CELIA.- Si querías evitarlo todo, hubieras tenido que morirte a los quince años.
MAGDALENA.- ¿Para qué nos pusimos sentimentales?
CELIA.- Vamos a ponernos alegres.
MAGDALENA.- (Triste.) Vamos, no hay que llorar. (Entra FERNANDO por la derecha, fondo.)
FERNANDO.- Magdalena, dice Dora que no puede prender la estufa. (MAGDALENA sale por la izquierda, caminando despacio. CELIA y FERNANDO se miran.) Querida Celia...
CELIA.- Antes de que hables quiero decirte que salgo para México dentro de dos horas.
FERNANDO.- ¿Por qué?
CELIA.- Lo decidí ayer, después de nuestra entrevista.
FERNANDO.- (Sentándose.) Déjame suplicarte que no te vayas.
CELIA.- Tengo algunas cosas que hacer.
FERNANDO.- Yo creía que era aquí donde tenías que hacer.
CELIA.- No, es allá.
FERNANDO.- Supongo que ayer te ofendí.
CELIA.- Sí, me ofendiste.
FERNANDO.- Perdóname.
CELIA.- (Después de una pausa.) Bueno, está bien. ¿Es todo?
FERNANDO.- No. Quiero que sepas que te ofendí con com¬pleta conciencia de que mentía. Estoy completamente seguro de que no es verdad lo que dije y sólo se me ocurrió para vengarme de las humillaciones que sentí implícitas en todas tus palabras.
CELIA.- No te esfuerces, eso no tiene objeto ahora. Es otra humillación que te impones y que te aseguro que no vale la pena.
FERNANDO.- Este viaje resulta entonces inútil. No es justo para ti.
CELIA.- No tiene importancia. Además, no ha resultado inútil. Tendrá consecuencias.
FERNANDO.- Es una amenaza.
CELIA.- Es una conversación como otra cualquiera.
FERNANDO.- Parece que es difícil llegar a lo que se propone uno en una conversación como ésta.
CELIA.- No te propongas nada. Me voy y seguramente estaré ausente otros diez años.
FERNANDO.- Hasta que no puedas más y estés tan agobiada que no veas más salida que vender tus propiedades.
CELIA.- ¿Eso crees?
FERNANDO.- Y nosotros pasaremos todo esto de nuevo dentro de diez años. No puedo darte esa oportunidad.
CELIA.- Además, dentro de diez años ya habrás podido con¬firmar si lo que me dijiste ayer era verdad o no. Y entonces los insultos serán más verdaderos.
FERNANDO.- De ninguna manera. Entonces, tus hijos serán ya grandes. El mayor tendrá diecisiete años. ¿Quién se atrevería a insultar a una madre con hijos tan crecidos?
CELIA.- Es verdad. Dentro de diez años.
FERNANDO.- Estoy dispuesto a convencerte de las ventajas que tiene el solucionarlo todo ahora.
CELIA.- No creo que puedas convencerme de nada.
FERNANDO.- Creo que sí. Vamos a ver. No te vas hoy; en la tarde, vas a visitar a la persona a quien has decidido otorgar el poder. Te quedas un tiempo entre nosotros, hasta que te haga partir la nostalgia de tus hijos. Dentro de un mes o dos, todo se habrá vendido. Podrás invertir tu dinero como mejor te plazca y tendrás una renta que alivie tus obligaciones.
CELIA.- Eso es lo que pensaba.
FERNANDO.- No llevarlo a cabo sería una de tus primeras tonterías.
CELIA.- Mentira; he hecho tantas...
FERNANDO.- Es el momento de dejar de hacerlas.
CELIA.- (Pausa.) Sí, es el momento. (Luego, en voz más alta.) Quiero irme dentro de dos horas.
FERNANDO.- Esas palabras se han dicho muchas veces den¬tro de esta casa. No tienen eco.
CELIA.- Quiero irme.
FERNANDO.- ¿Quieres ver a tu esposo de nuevo? (CELIA no contesta.) Ante tu actitud podría ocurrírseme que tuviste un pleito con él y ahora estás arrepentida. ¿Sería lícito que pensara yo eso? (CELIA se pone una mano en la frente.) Porque tú no quieres destruir otra vez tu hogar, ni caer en el caos, ni andar en busca de personas nuevas que en el fondo son las mismas. Tú sabes que tu casa es tu obra, y tienes que afianzarte a ella.
CELIA.- Es que no tengo ganas de ir a ver a nadie, ni de otorgar poderes, ni de invertir mi dinero en nada.
FERNANDO.- No hablábamos de la venta, sino de esas fuer¬zas extrañas que te hacen decidir un viaje con un objeto deter¬minado, y luego regresar sin haber logrado nada. Si yo fuera tu padre, te sugeriría que te quedaras.
CELIA.- Lo supongo.
FERNANDO.- Pero sólo soy yo. El que está aquí, atemorizado, defendiéndose a mordiscos, con palabras, con golpes, empezando a morirse... Una opinión mía no vale.
CELIA.- Sí vale.
FERNANDO.- Lo más importante para una mujer es el futuro de sus hijos, que, para poder vivir libremente, deben considerar liquidados los problemas de sus padres; de otro modo, no tienen fuerzas para solucionar los propios.
CELIA.- Eso es verdad.
FERNANDO.- Al fin reconoces que soy capaz de decir una.
CELIA.- ¿También es verdad que piensas bien de mí?
FERNANDO.- Sí. Y, Celia... tú, ¿qué piensas de mí?
CELIA.- No he tenido tiempo todavía...
FERNANDO.- ¿De lo que me dijo ayer tía Paloma?
CELIA.- No lo creo.
FERNANDO.- Estamos en paz, entonces.
DORA.- (Por la ventana.) Dice doña Magdalena que ya está listo el baño de don Fernando.
FERNANDO.- Ya voy. (DORA da la vuelta y entra por la puer¬ta del fondo.)
DORA.- Tan temprano y ya hace calor.
FERNANDO.- ¿Te vas?
CELIA.- No quiero hablar de eso ahora, dentro de un rato lo decidiré.
FERNANDO.- (Encaminándose a la puerta de la izquierda.) Cuando hagas el recuento de mis méritos, no olvides que entre ellos está el no haberte preguntado quién es el hombre que vino a verte ayer. (CELIA lo mira y él sale sin volverse. DORA mira a CELIA y se dirige a la puerta de la izquierda, por donde se asoma.)
DORA.- Doña Magdalena... (CELIA mira el reloj y se impa¬cienta. Trata de no poner atención en DORA. Entra MAGDALENA.)
MAGDALENA.- Con tanto hablar ya se le hizo tardísimo a Fernando. Ahora va a salir corriendo y se le olvidarán todas las cosas.
DORA.- Doña Magdalena...
MAGDALENA.- Dorita, no seas impaciente. (Con la mejor de sus sonrisas.) ¿Sabes, Celia, que Dora está empeñada en que me presentes a ese amigo tuyo que va a venir hoy?
DORA.- Sí, quisiera que lo conociera doña Magdalena.
CELIA.- (Durísima.) No tengo inconveniente.
MAGDALENA.- ¿Vino por un asunto de su trabajo?
CELIA.- No sé a qué vino.
DORA.- ¿Cuánto tiempo va a quedarse?
CELIA.- No me lo ha dicho.
MAGDALENA.- Estas niñas de hoy...
DORA.- (A CELIA.) ¿Verdad que es muy buen muchacho?
MAGDALENA.- ¿Cuánto tiempo hace que lo conoces?
CELIA.- Un poco más de un año.
MAGDALENA.- ¿Es de buena familia?
CELIA.- Clase media, como nosotros.
MAGDALENA.- Entonces no es clase media. ¿Gana bastante?
CELIA.- Magdalena, te aconsejo que contrates a un detective.
MAGDALENA.- No te burles. Es que es necesario tomar in¬formes. No se sabe si...
CELIA.- ¿Para qué?
MAGDALENA.- (Avergonzada.) Dora está tan interesada...
CELIA.- ¿Te enamora ese muchacho, Dora?
DORA.- No, pero podría enamorarme en cualquier momento.
CELIA.- ¿Cómo se te ocurrió eso?
DORA.- Porque ayer parecía encantado de estar hablando conmigo. Yo creo que le caí simpática. Y... bueno, fue muy ama¬ble. Me pareció que... Además, ya se lo dije. Porque él es jo¬ven y yo también.
CELIA.- El mundo está lleno de mujeres jóvenes y bonitas.
DORA.- Pero aquí, fuera de usted, soy la única que conoce.
CELIA.- Fuera de mí.
MAGDALENA.- Harías bien en decirnos qué negocio lo trajo aquí.
CELIA.- No lo sé.
DORA.- A mí me gusta mucho.
MAGDALENA.- Dora, no seas descarada.
DORA.- El no lo sabe. Si se lo digo a ustedes, no importa; lo malo sería que se lo dijera a él. (Con picardía.) Y eso no lo haría nunca.
MAGDALENA.- Las muchachas no deben dar a notar esas cosas.
DORA.- Si yo no lo he dado a notar, ¿verdad, señora Celia? Pero si es un buen partido, no hay motivo para desperdiciarlo. (A MAGDALENA.) Pídale usted permiso a don Fernando para invitarlo a comer.
MAGDALENA.- A Fernando no le gustan esas cosas. Pero ahora... quién sabe. Hay que aprovechar las reconciliaciones. (Deja de sonreír al ver la cara seria de CELIA.) No creas que lo hago siempre, pero hoy, por darle gusto a Dora...
CELIA.- Sí. Hay que darle gusto a Dora.
DORA.- (A CELIA.) ¿Entonces, usted lo invita? (CELIA se ríe muy nerviosamente, parece que va a llorar.')
MAGDALENA.- ¿Qué te pasa?
DORA.- ¿Es que él tiene novia?
CELIA.- Tengo el presentimiento de que está a punto de casarse.
DORA.- (Seria.) ¿Sí?
MAGDALENA.- ¿Entonces puede casarse en cualquier mo¬mento con una muchacha de México?
CELIA.- Probablemente.
DORA.- Pero usted me dijo que no sabía nada de eso.
CELIA.- Sé poco.
MAGDALENA.- Dorita, mejor será que no te metas en eso. De las personas desconocidas puede esperarse cualquier cosa. No me gustaría que cometieras un error que después...
DORA.- No es ningún error. Yo sé que es muy bueno, y no puede pasarme nada.
MAGDALENA.- No me gusta.
DORA.- Pero si usted no lo conoce. En cambio yo lo he visto varias veces y ayer hablé con él.
MAGDALENA.- No.
DORA.- Sí, señora Magdalena, por favor... Invítelo a comer, y si no les gusta, no vuelvo a verlo. De veras.
MAGDALENA.- Celia, si tú pudieras conseguir algún in¬forme...
CELIA.- No tengo tiempo para esas cosas.
DORA.- Sí tiene, pero no quiere ayudarme. Eso le pasa a la gente que ya hizo todo lo que tenía que hacer. No le importan los demás.
MAGDALENA.- ¡Dora!
DORA.- ¿Lo invitamos a comer?
MAGDALENA.- No sé lo que dirá Fernando.
DORA.- Pero si ya dijo usted que él daría permiso a causa de lo de ayer.
MAGDALENA.- Bueno, pueden invitarlo, voy a hablar con Fernando.
CELIA.- (Con voz clara.) Es inútil. Ese muchacho vuelve hoy a México. No creo que vuelvan a verlo ni tú ni Dora. Se casa dentro de tres meses. (MAGDALENA se vuelve con la cara descom¬puesta y mira a DORA con ternura.)
DORA.- ¿Y por qué no lo dijo usted antes? Estaba burlándo¬se de mí, ¿verdad? ¿Para qué me dejó seguir y seguir? ¿Qué gusto puede sacar de que se avergüence una pobre muchacha como yo? (DoRA empieza a sollozar fuertemente. CELIA, inmó¬vil. MAGDALENA, retorciéndose las manos. Entra FERNANDO, muy pulcro, muy tranquilo, listo para salir.)
FERNANDO.- ¿Qué le pasa a Dora? (DORA se levanta y sale corriendo por la puerta de entrada y luego se la ve pasar por el patio.)
MAGDALENA.- (Cosí llorando ella también.) Dora está en esa edad en que se llora por cualquier cosa.
FERNANDO.- Está histérica.
MAGDALENA.- ¿Cómo te atreves a decir eso?
FERNANDO.- Es muy común. Voy a trabajar; Celia...
CELIA.- Sí.
FERNANDO.- Antes de que empiece a dolerme la cabeza. Son dolores hepáticos, ¿sabes?
CELIA.- Me lo imaginaba.
FERNANDO.- Todos nosotros padecemos del hígado, y con este calor,..
CELIA.- (Quitándose el saco.) Es verdad, hace calor.
MAGDALENA.- Voy a hablar con Dora un momento. (Sale por la izquierda.)
FERNANDO.- ¿Estás contenta? (CELIA lo mira con la cara más acongojada del mundo.) Yo estoy mejor que otros días, el principio de una nueva etapa. De la última, para ser exactos. Ya que es una sola, hay que cubrirla con alegría. El pesimismo es bueno cuando todavía falta mucho, ahora nc vale la pena.
CELIA.- Es verdad.
FERNANDO.- A ti te falta mucho. Por lo menos cuarenta años de alegrías y de tristezas en el seno de tu familia. ¿Te sientes con ánimo?
CELIA.- Trabajo mucho: todos los días, a todas horas. Si no es en la oficina, es en la casa, con mis hijos.
FERNANDO.- No sería mala idea que tu marido te enseñara algo de su profesión y trabajaras con él.
CELIA.- Dice que no es profesión de mujeres. Además, nos moriríamos de hambre.
FERNANDO.- Ahora tendrás una renta.
CELIA.- (Casi llorando.) No lo sé.
FERNANDO.- Anímate. Piensa en nosotros, en Magdalena que sólo espera en el mundo subir unos cuantos kilos más... y en la suprema discreción con que he manejado este asunto de mi locura y de tu mala conducta. (CELIA lo mira, lista para una nueva agresión.) No, no voy a seguir hablando de eso. Tengo una idea fija: irme antes de que caliente más el sol y de que empiece a dolerme la cabeza. Es como uno de esos pa¬seos que dan los presos: fuera de su celda, pero dentro de la cárcel.
CELIA.- No pienses eso.
FERNANDO.- Hay que pensar algo. Dar un significado a las acciones que lleva uno a cabo durante el día. La claridad es lo más necesario del mundo: saber quiénes somos y adonde vamos, aunque sea algo desilusionante.
CELIA.- Hasta luego, Fernando.
FERNANDO.- (Cansado.) Que me vaya bien, ¿verdad? (Se acerca y le besa la mano suavemente, casi sin tocarla.) Adiós, señora. (Sale por la puerta del fondo y CELIA, mecánicamente, se limpia su beso en la falda. Está agotada. Queda así un mo¬mento hasta que escucha un golpe del llamador de bronce. Parece electrizada, se mueve por la escena rápidamente y sin motivo y de pronto queda de pie, con el rostro cubierto por las manos y tratando de controlarse. Se escucha otro golpe. Aso¬ma tía PALOMA medio cuerpo por la puerta de la derecha.)
PALOMA.- ¿Quieres que vaya a abrir la puerta?
CELIA.- No, creo que debo ir yo.
PALOMA.- Estás obligada. (Entra por la derecha PALOMA en su recámara y CELIA sale por la derecha fondo, para regresar después de un momento seguida de FRANCISCO MARÍN.)
FRANCISCO.- (Nervioso.) ¿Para qué me mandó usted llamar?
CELIA.- ¿Le molesta mucho?
FRANCISCO.- No. Pero me hizo pasar la noche más llena de ilusiones de mi vida. He pensado en todo. A veces la sen¬tía a mi lado y me extrañaba que no estuviera allí y la deseaba mucho. (CELIA hace un movimiento para acallarlo.) Ahora necesito hablar, ayer me detuvo, pero ahora no tiene derecho porque usted es la culpable. La deseaba como cuando íbamos por la calle y al pasar por los tramos oscuros sentía el deseo de abrazarla, de sentirla junto a mi pecho, de besarla. Pero no lo hacía para no perderla, para evitar el momento de que al llegar a la oficina usted no me hablara. Porque ha de saber que necesito esas palabras duras que usted me dice, esa indiferen¬cia premeditada; pues, a pesar de todo lo que me dijo ayer, de esas teorías que inventó para alejarme, me quiere usted. Me quiere tanto que no sabe cómo disimularlo.
CELIA.- No tengo fuerzas para decir que quiero a nadie.
FRANCISCO.- Pero sabe que quiere abrazarme, que quiere estar cerca de mí. No adopte actitudes falsas para hablarme, teniendo en cuenta que yo lo sé ya. (CELIA lo mira angustiada.)
CELIA.- Qué mal me hace usted.
FRANCISCO.- Me llamó porque necesita del mal que yo le hago. Venga acá. (Están muy cerca, van a abrazarse, pero CELIA se retira rápidamente.)
CELIA.- (Suplicando.) Por favor. Por favor.
FRANCISCO.- (Tomándola de los brazos la acerca mucho a él.) ¿Ve cómo no la beso? (Después de un momento.) ¿Para qué me llamó?
CELIA.- Suélteme.
FRANCISCO.- (Dulce.) Celia.
CELIA.- Suélteme ya.
FRANCISCO.- (Soltándola.) Empiece usted. Pero no me diga una sola mentira, una sola razón abstracta.
CELIA.- (Ahogándose.) Quise que viniera porque tuve ga¬nas de irme con usted a México, de casarme con usted. Quise sentirme enamorada, y pasé toda la noche pensando en usted.
FRANCISCO.- ¿Qué más?
CELIA.- No puedo decir que lo quiero, pero es verdad que quiero sentirme a su lado, y no me bastaría un solo día, sino que me hacen falta muchas horas de su presencia. Me duelen los oídos de la ansiedad de escuchar una palabra como la que dijo usted ayer: amor mío.
FRANCISCO.- No me crea tan sensible. La he oído y no me he ilusionado, ni la he creído. Siga usted.
CELIA.- No puedo.
FRANCISCO.- ¿Porque todo eso es mentira?
CELIA.- No, no lo es. Es que yo no lo creo.
FRANCISCO.- Decida usted. Pero antes debo advertirle que, si su decisión es negativa, no volveré a hablarle ni a acompañar¬la; sería ridículo y no tendría objeto. La quiero mucho. Tengo las mejores intenciones para con usted. Daría no sé qué por verla feliz. (Pausa.) Estoy esperándola.
CELIA.- Trataré de decirle la verdad. Es verdad que huí de México por miedo a usted. También porque no quería com¬probar esta imposibilidad de apasionarse aun por las cosas que uno desea. Ayer quise verlo porque alguien me había sublevado y creía que la violencia era el elemento para acometer empresas nuevas, pero en realidad me falta completamente. Me equivo¬qué, aunque me alegro de que hayamos podido tener una úl¬tima conversación.
FRANCISCO.- ¿Para qué?
CELIA.- Deseo que me perdone y apruebo su decisión de no volver a hablarme. Vayase y trate de olvidar lo que ha pa¬sado aquí. Perdone que le haya hecho pensar con mis actitudes cosas que no puedan realizarse, que haya utilizado su compa¬ñía para satisfacer mi falta de cariño y que haya querido apro¬vechar gratuitamente su afecto hacia mí. Perdóneme en suma el tiempo que le he quitado, desde el del primer día que me acompañó a mi casa, hasta el de esta visita.
FRANCISCO.- ¿Es todo?
CELIA.- No. Viva como un hombre joven; visite casas de prostitución de vez en cuando, y salga los domingos con mu¬chachas de veinte años. Béselas en los tramos oscuros al acom¬pañarlas a su casa. Si encuentra usted una mujer casada más sensible que yo, hágala su amante, no le proponga matrimonio. Es todo. (Pausa.) No, falta algo. Cásese dentro de algunos años y no le sea fiel a su esposa, decepciónela un poco, hágala llorar un poco. Ahora sí es todo.
FRANCISCO.- ¿Me voy, entonces?
CELIA.- Sí. (Pausa.) ¿Ahora no me pide usted un solo beso?
FRANCISCO.- Celia.
CELIA.- No, yo tampoco podría dárselo. Que le vaya bien.
FRANCISCO.- Ha sido una visita corta.
CELIA.- Si hubiera sido larga, habría tenido más que per¬donarme.
FRANCISCO.- Adiós. (Sale FRANCISCO, y CELIA queda en la mecedora, se mece lentamente y empieza a murmurar, pri¬mero muy quedo, y después con un poco más de voz:)
CELIA.- Qué vieja soy, qué vieja soy, qué vieja soy... (Entra DORA por la izquierda con los ojos enrojecidos, pero ya sin llorar.)
DORA.- Voy a contarle a don Fernando lo que me hizo usted.
CELIA.- Llegas doblemente tarde. Fernando ya se fue y Francisco Marín estuvo aquí y también se fue ya.
DORA.- (Sentándose muy tiesa en la silla.) Estoy muy sen¬tida con usted. (CELIA la mira a punto de sonreír cuando entra TÍA PALOMA.)
PALOMA.- ¿Ya acabaste de llorar, Dora?
DORA.- (Vacilante.) Sí.
PALOMA.- (Irónica.) ¿Estás segura? (DORA no contesta. A CE¬LIA.) De modo que te tendremos entre nosotros por algunos días.
CELIA.- Todo lo sabe usted.
PALOMA.- No, todo lo escucho, que es muy diferente. Pero no hay que preocuparse por mí. Se me olvida pronto, soy tan vieja. No me has enseñado los retratos de tus hijos.
CELIA.- Tengo que desempacarlos, lo haré dentro de un rato. Yo también tengo ganas de verlos. (Pausa.) Es difícil vivir.
DORA.- Lo que yo viva tiene que ser mejor que lo que han vivido ustedes.
PALOMA.- ¿Sí? (Empieza a reírse con una risa falsa hasta que DORA se pone en pie un poco atemorizada.)
DORA.- (Temblorosa.) Sí. (TÍA PALOMA ríe más y cuando DORA está a punto de irse, entra MAGDALENA con el vestido de niña en las manos.)
MAGDALENA.- Tengo que terminar esto, vienen a buscarlo dentro de una hora.
PALOMA.- Ahora que estamos todas juntas, hablemos de la venta. ¿Estás decidida?
CELIA.- Sí. Venderé todo. Menos esta casa.
PALOMA.- Podrás venir aquí de vez en cuando, de vaca¬ciones.
CELIA.- No volveré sino dentro de mucho tiempo.
MAGDALENA.- No quieres ver lo que va a pasar entre nos¬otros ahora que dice Fernando que nada nos importa.
DORA.- (A CELIA.) Si va usted a venderlo todo y a de¬jarlos sin un centavo, ¿para qué se queda con esta casa?
CELIA.- Para volver aquí cuando haya llegado el momento de encerrarme, de esconderme, de pudrirme en el suelo.
PALOMA.- Supongo que no estaré aquí para esperarte.
CELIA.- Me esperarán los muebles apelillados, esos dos re¬tratos viejos, las rejas y... tú, Dora.
DORA.- No, yo no.
MAGDALENA.- Tengo mucha prisa, tengo mucha prisa.
DORA.- No tienen derecho a decirme eso. No me lo digan.
CELIA.- Cuando yo vuelva, todo estará como ahora, menos tú y yo; el tiempo habrá pasado.
DORA.- ¡No!
MAGDALENA.- Es una cosa rara esa del muchacho que vino y se fue. (DORA se tapa la cara con las manos.)
CELIA.- Tan pronto como sea posible, manden a compo¬ner la lámpara, que no haya nada inútil, nada perdido.
PALOMA.- Mientras vuelvas. No sentiremos nostalgia. Pe¬learemos todos los días y nos haremos recriminaciones. No nos perdonaremos ni un hecho, ni una palabra. En las pausas, to¬caré la mandolina para que no se olviden de que allá adentro, en ese cuarto oscuro, todavía existo.
MAGDALENA.- Cerraremos las puertas. No tendré ni un plei¬to más con usted. ¿Me entiende?
PALOMA.- No.
MAGDALENA.- Ah, si no tuviera tanta prisa. No hablen porque me distraen; si hablan, no podré terminar a tiempo. (CELIA se acerca a la reja y mira hacia afuera.)
PALOMA.- Silencio, entonces. Dora, empieza a llorar. (DORA se resiste un momento y luego rompe en sollozos. TÍA PALOMA la mira complacida y MAGDALENA no deja de coser. Telón.)

FIN




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