TRES MAGNIFICAS PUTAS. Obra en tres escenas por Félix Rizo también conocido como Chicho Porras.


Resultado de imagen para TRES PUTAS PINTURA OLEO


TRES MAGNIFICAS PUTAS.
Obra en tres escenas por Félix Rizo también conocido
como Chicho Porras.
ANNO DOMINE MMXV

“Ce est l'heure où la nuit se détache de la journée ,
ma colombe , me laisser aller.” Jean Genet


PERSONAJES DRAMATICOS

Berta: una prostituta
Celeste: una prostituta
Fela: una prostituta
Juana : dueña del burdel
Hito: un criado
Un ángel de blanco
Una voz misteriosa
Truenos, lluvia, y otros efectos.


ESCENARIO:
La sala de un prostíbulo en una ciudad de Nuevo México en los años sesenta. Afuera se escucha el ruido del aire mañanero golpeando el panel de una sola ventana central, enmarcada con balaustres de metal y en la parte derecha hacia atrás del escenario. Las paredes de la sala están llenas de afiches de películas de Hollywood y candelabros con velas apagadas. Al lado izquierdo se ve un espejo ovalado antiguo con una pequeña luz a un lado. Hay varias sillas alrededor del escenario; sillas de espera, mesas pequeñas. A la izquierda, cerca del espejo, una sola puerta llevará a la calle. Otra salida, invisible, hacia la parte izquierda detrás del escenario llevará a las habitaciones del burdel. Al abrirse el telón entran Berta, Celeste y Fela por la parte izquierda de atrás del escenario, Berta y Celeste se sientan en dos sillas al lado derecho del escenario de espaldas a la ventana. Fela se quedará temporalmente de pie. Durante este acto las tres se levantaran y andarán por el escenario en varias ocasiones de acuerdo a las instrucciones del director.

TIEMPO: Principio de los años cincuenta o sesenta.






ESCENA I

CELESTE: (Con voz grave; bostezando) Otra vez con los misterios. Ésta señora cada vez que va al baño...

BERTA: Puro cuento. ¿No te das cuenta que todo es cuento, pantomimas pasadas de moda?

FELA: No estoy tan segura…

CELESTE: (Bosteza de nuevo) ¡Yo que anoche me acosté tan tarde! Estaba entreteniendo al viejo Gaspar, ustedes lo conocen, el dueño de la ferretería. (Con asco) Le gusta que le hagan cosquillas en la calva por horas.

FELA: (Sarcástica) ¡Y tú sí lo sabes entretener!

CELESTE: No te escucho. (Encandilada) Fui la primera mujer que tuvo en sus brazos, todo un primerizo en mi cama… (Cambia de tono) Los hombres primerizos nunca me olvidan.

BERTA: Son los mejores porque entran, se mueven y se van en un dos por tres. (Se ríen)

FELA: (Hacia Celeste; con sarcasmo) A ella la escogen por ser (pausa) la mejor?

CELESTE: Me escogen porque estoy segura que ven en mi lo que no pueden si remotamente ver en ti… porque si nos fijáramos bien, la que está perdiendo el moño en grandes proporciones eres tú, querida…

FELA: (Indignada) ¡Qué sabes tú!

CELESTE: Veo los mochos prietos en la bañadera después que te aseas…

FELA: Buena eres tú para toda ese bazofia de estar mirando lo que no te incumbe.

BERTA: (Algo cansada) Bueno, bueno. No me parece que estemos aquí para saber quién tiene más pelo o a quién le quedan menos dientes…La vieja nos quiere ver, nos quiere decir algo, y ese algo es lo que no sabemos… Tenemos que tener paciencia y ser calmadas…no más argumentos tontos.

CELESTE: Estoy de acuerdo contigo, Berta. Estamos aquí por orden de nuestra querida jefa y enardecida bruja: Juana, pero no la de Arco sino la de Lisa..Porque a ella arcos no le quedan en el cuerpo.

BERTA: ¡Tienes cada cosa! Pero bueno, concentrémonos en ella, entremos a sus pensamientos, hagamos lo que siempre hacemos…Unidas estamos mejor resguardadas.

FELA: (Da unos pasos hacia el centro del escenario; con reserva.) No sé. Siento que esta vez que la cosa va en serio. (Más énfasis) Y no me reprochen; sé por qué lo digo.

BERTA: ¿Y qué hablas, mujer? Reproches, por qué? Aquí más que reprochar es saber dónde está la guarida de la fiera para ganarle la batalla.

FELA: Es algo raro que no se explicar bien.

CELESTE: No hables así, Fela, que asustas.

FELA: Bueno, lo que presiento aquí dentro, no lo puedo negar. (Se toca el pecho. Pausa corta) No tienen por qué creerme. (Camina de un lado a otro del escenario; se come las uñas.) Es que llevo varios días teniendo un sueño espantoso…

BERTA: ¿Qué tipo de sueño?

CELESTE: Sueños de su locura…

FELA: Me importa lo que pienses…pero este sueño es distinto. Las partes del crucigrama parecen ordenarse por sí solas.

BERTA: ¡Crucigrama! ¡Sueños! ¡Locuras! Esta espera toma con los minutos carácter de relajo. (Se ríen Berta y Celeste) Pero, dejémosla que cuente el santo sueño.

FELA: (Pausa) En el sueño estoy sentada en una bañadera de agua hirviendo y un ser del más allá con la piel ceniza me quema la lengua con una vela.

BERTA: (Con énfasis) No seas ave de mal agüero, si hay algo en qué pensar es en sobrevivir. Y aquí, en este lugar, llevamos muchos años, pero muchos, sobreviviendo. ¿De qué te quejas?

FELA: No me quejo, pero todo tiene un final.

CELESTE: Yo diría más que sobrevivir, hemos vivido y muy bien, no es cierto, Berta? (Berta asiente con un movimiento de la cabeza) Eso de sueño no tiene nada, y sí mucho de pesadilla. ¡Estoy segura que te cayó mal el pote de helado de vainilla que te vi atragantando anoche antes de acostarte!

FELA: (Con ironía) Permíteme que me ría, Celeste angelical. Jajajajaja.

BERTA: Bueno, seamos sinceras con nosotras mismas. Bueno o malo la vieja viene a soltarnos algo. Y nuestro miedo es que aquí hemos hecho de todo desde que llegamos bien jóvenes. No conocemos otra cosa. Yo recuerdo a Celeste de joven lavando montones de sábanas en el patio todos los viernes.

CELESTE: ¡Y muchas! ¡Y muchas!

BERTA: Fela, tú cocinabas para todo el burdel. Creo que no llegabas a los 17 años y ya te habían echado esa responsabilidad.

FELA: Lo hacía con mucha furia porque me mantenía las esperanzas vivas. (Se ríe)

CELESTE: ¿De qué esperanza hablas?

FELA: De un día llenarme de valor y matarlas a todas juntas. Cocinando para todo el burdel tenía la oportunidad de hacerlo sin dejar rastro alguno. Es la forma más fácil de envenenar a un grupo de gente que odias…

CELESTE: ¡Eres grotesca!

FELA: Nena, es sólo una forma de enfrentar tus monstruos… Pero date golpes en el pecho porque no envenené nunca a nadie.

BERTA: A mí me parece de cierta forma que todo lo que hace nuestra querida Fela es con el fin de (con cierto sarcasmo) incomodar a todo el que esté a su alrededor. Creo que hasta se metió a puta para lo mismo.

FELA: Bueno, queridas, ahí sí que la cosa cambia por completo. Aquí todos sabemos, sin excepción alguna, que ustedes dos fueron putas por conveniencia, cierto?

CELESTE: ¿Qué quieres decir con eso?

BERTA: Explícate mejor.

FELA: Ustedes llegaron a este lugar con la idea de siempre putear. ¡Yo, no!

CELESTE: Ay, por favor, claro que no: tú llegaste aquí con la idea de hacerte monja
FELA: Ni tanto.

CELESTE: Al menos yo guardo una caja llena de prendas de los muchos regalos de mis amantes, (con perspicacia) los que siempre deseaban estar conmigo día y noche…(Voz alta) Prendas, joyas, cadenas, oro…

FELA: (Irónica) Del que cagó el moro….(Se ríe)

CELESTE: ¡Eres una arpía! (Se abanica con las manos con delicadeza)

BERTA: ¿Por qué no nos dice cuál, entonces, fue el problema que te trajo a este lugar? Te aseguro que somos toda oídos para escucharte.

FELA: Bah, lo mío es diferente. Yo vine huyendo. Creo que una vez hace mucho se les conté el asunto, pero, para qué hablar, ustedes sólo ponen atención a lo que les conviene. Lo mío siempre ha pasado a segundo lugar.

BERTA: Escucha, Fela, ya te he dicho que somos toda oídos para escucharte como amigas y como compañeras lo que tengas que decir. Este, ahora, es el presente. Olvídate de lo que una vez se hizo o no se hizo.

FELA: Está bien. Pero quiero que sepan que no soy tonta…

BERTA: Jamás imaginaríamos cosa tal.
CELESTE: (Jocosa) ¡Jamás!

FELA: Así me gusta. (Pausa) La verdad es que vine huyendo…

CELESTE: ¿Huyendo?

FELA: De una muerta que me quería quemar viva.

BERTA: ¿De dónde salió esa muerta?

CELESTE: (Jocosa) Es una muerta nueva aunque ya vieja.

FELA: ¡Qué sabes tú!

BERTA: Silencio, Celeste. Deja que nos cuente.

FELA: Se me pegó al pasar por la casa de una negra, una santera media loca que vivía en mi barrio. Me odiaba porque su marido no dejaba de comerme con los ojos y ella lo sabía. Nunca me la he podido quitar de arriba. Y no es para asustarlas pero hasta entró conmigo a esta casa!

CELESTE: ¡No te creo!

BERTA: (Hace el gesto de silencio a Celeste) ¿Qué quería esa muerta?

FELA: Ya te dije: quemarlo todo, incluyéndome a mí. Tiene apetito por la candela y quiere ver arder los cuerpos. Destruir todo a su paso. (Pausa)

CELESTE: ¡Qué muerta tan hijo de puta! ¿No le habrás hecho tú algo malo? ¡Me apuesto a que quiso acostarte contigo y le dijiste que no!

FELA: Primero que nada, nunca me han gustado las mujeres…
CELESTE: (Sarcástica) Nunca, claro, nunca. Perdón.

BERTA: ¿Y no has hecho nada para deshacerte de ella?

FELA: No puedo. Me tiene amenazada de muerte en candela viva el día menos pensado. Mis espíritus, como es natural, me han dejado saber del peligro y hasta ahora han podido protegerme. Me he estado escabullando por aquí y por allá…(En voz baja) Pero fíjense si es una muerta cabrona que todavía me sopla al oído algunas noches la misma amenaza. (Cambia la voz) Te quemo, te veo ardiendo, te quemo.

BERTA: (De hecho) No se puede creer en todo en esta vida.

FELA: Esto es distinto. Estoy segura que es ella misma la que me pone el sueño de la bañadera hirviendo en la consciencia. No va a parar hasta destruirme, (pausa; mira hacia las amigas) o destruirnos…

CELESTE: A mí me dejas fuera de tu candela. Yo no tengo nada que ver con muertos ajenos.

BERTA: Tienes que calmarte un poco, Fela. Con toda esa retahíla de muertos y visiones no se puede vivir feliz.

FELA: Bah, la felicidad no existe. ¿O tú no lo sabes?

CELESTE: Yo he sido muy feliz en este lugar. Si viviera de nuevo, quisiera volver aquí.

BERTA: Después de conocer a Juana la Lisa, ni tanto. Tal vez me hubiera venido bien ser conductora de trenes.

CELESTE: ¡Qué cosas tienes, Berta!

FELA: Yo hubiese sido una asesina bien diestra: para llevar a cabo asesinatos perfectos…No me apena decirlo.

BERTA: Eso no existe, Fela…Los asesinatos perfectos no los cometen asesinos perfectos, sino los desdichados.

FELA: ¿Y qué soy yo?

BERTA: ¿Por qué te gusta tanto mortificarte? ¿Qué ganas con eso?

FELA: Todo el mundo tiene una forma diferente de ver la felicidad…

CELESTE: Para ser una perfecta asesina, yo creo que con esa maldición ya se nace, esa estrella negra te cae del cielo. (Pausa; con mucho ringorrango.) Y me parece que lo tuyo está más metido en tu cabeza que en tu realidad.

FELA: Celeste, todos sabemos que tú naciste con la estrella polar en la cabeza.

CELESTE: Al menos, no me pasan esas cosas raras que te pasan a ti. (Se limpia la garganta con delicadeza)

FELA: A nadie le importa lo que a mí me pasa…y digo y lo repito, de vivir de nuevo, comenzaría con matar a mi padrastro y a mi madre. A los dos juntos. Después los hubiera colgado de una mata de ceiba y les mearía la cara.

CELESTE: ¡Eres divina! ¿Se puede saber por qué tantos buenos augurios para tu familia?

FELA: No vale la pena hablar de esa gente. Fueron y siempre serán mierda. Mi madre me parió para no reventarse; el resto es historia antigua.

BERTA: (Pensativa) ¡No los mataste! ¡Aleluya! ¡Te ganaste el cielo!

FELA: Me di cuenta que no valía la pena. Además mi madre tenía unas tetas tan grandes, que hubiera tenido que matarla con un machete... y en casa no había nada parecido…Bah, si no los maté a los dos juntos es porque la vida cambia de repente, te tira de aquí para allá, y los planes de hoy ya no son los mismos de mañana; se alteran.

CELESTE: ¿Esté lugar, se puede decir, que te sacó de la cárcel eterna?

FELA: Sólo me cambió la vía, nena. Las cosas siguen su camino de cambio en cambio. Quién sabe y me toque descuartizar a alguien el día menos pensado…

BERTA: Existen cambios que no son necesarios…

CELESTE: Como este, por ejemplo. No hay necesidad de irnos a hacer otra cosa que como mujeres (enfatiza) ya mayorcitas no tenemos la experiencia.

FELA: (De hecho) ¿Ustedes dos no creen en los cambios…en las alteraciones del destino? ¿En las sombras que se mueven detrás de la claridad?

BERTA: ¡Ay, hija, que cuando te da por joder! Mira, por qué no cambiamos la conversación?

CELESTE: Ella siempre la misma: mirando el mundo de color negro.

FELA: Parece que no puedo tan siquiera opinar delante de ustedes dos, damas de alcurnia; tienen más sensibilidad que una babosa.

CELESTE: La tenemos.

FELA: Pues yo sigo creyendo en los cambios. Y quiero que sepan que hay cambios espantosos que son muy necesarios.

CELESTE: Ya cállate, por favor.

BERTA: Tienes razón. Mejor concentrémonos en lo que esta vieja Juana querrá decirnos.

FELA: Nada bueno, supongo.

CELESTE: (Mueve la cabeza a los dos lados incómoda) Deja que ella nos lo diga primero.

BERTA: (De hecho) Juana lo que quiere es asustarnos. Tenerlo a una en ascuas. ¿No se dan cuenta? Es una vieja carcomida por los melodramas y la avaricia. Los maridos que ha tenido son porque les paga bueno. Hay que ver lo fea y repugnante que luce cuando está encueros.

FELA: (Con repulsión) ¿Y tú la has visto?

BERTA: Sí, por desgracia. Una vez estaba en su cuarto con aquel marinero griego Stelios o Stalios, recuerdan? El griego dejó la puerta abierta para ir al baño. En ese momento pasaba yo por el pasillo y la vi tirada en la cama como una bestia … estaba sin ropas, era una imagen horrorosa. La piel la tiene gris como si fuera un elefante.

CELESTE: De sólo pensarlo se me erizan los pelos.

FELA: ¿Por qué la miraste?

BERTA: A mí nadie me tiene prohibido mirar nada, y menos a esa vieja. Total, había que ver la pellejera que se le acumulaba por alrededor de la barriga. Y unos pelos enormes y rizados saliéndole por el ombligo.

CELESTE: (Haciendo arqueadas) Para, Berta, que se me revuelve el estómago.

FELA: ¿Pelos en el ombligo? Será una cangura. (Las tres se ríen)

BERTA: Mejor pensar en algo más positivo. La imagen de Juana sobre la cama me trae malos recuerdos…

CELESTE: De todas formas, me parece extraña esta cita.

BERTA: No lo creo así. (Se levanta y camina por la sala) ¿No recuerdan la última vez cuando nos dijo que nos quería vernos juntas a las tres en esta misma sala. Lo dijo con tanta parsimonia que parecía que iba a anunciar el apocalipsis. Bah, todo fue para regalarnos aquellos vestidos viejos que parecían trapos sacados de una letrina?

CELESTE: Aclara. El tuyo sería sacado de una letrina, el mío no…Al César lo que es del César. El trapo que ella me dio estaba divino. Era un chemise con una tela estampada preciosa. ¿No te acuerdas el blusón que me hice con él? ¡Me quedó tan bien! Cómo le gustaba a mis clientes ese blusón con flores enormes, así rosadas y lilas y con hojas verde limón.

BERTA: Lo recuerdo.

CELESTE: Claro que lo recuerdas. Los dos floripondios me caían sobre los senos como para protegerlos. Era un imán, sobre todo para los viejos casados… (Se ríe) Es una lástima que ya no lo tenga en mi boudoir. Se lo comieron las polillas. (Fela se ríe)

FELA: (De mala gana) Tienes buena memoria para el horror.

CELESTE: Y tú para las desgracias, pelandruna.

BERTA: Escuchen bien y dejen de discutir: aquí lo que tenemos que hacer cuando ella comience a hablar es callar y dejar que ella diga lo que le dé la gana. Ustedes sabes que le place mucho oírse ella misma chacharear, como si fuera una pitonisa. A veces pienso que se metió en el oficio equivocado.

FELA: Podría haber escogido otro peor…

CELESTE: O mejor…pero dicen que fue el padre el que le dejó de herencia este local al morir. (Se ríe) La guió suavemente.

BERTA: ¿Quién sabe nada? (Pausa)

CELESTE: Lo sabe mucha gente del pueblo.

FELA: Al menos, le está sacando mucho provecho a su profesión. Es más inteligente que nosotras.

BERTA: (Con énfasis) Lo que nosotras sabemos es que tenemos que estar unidas más que nunca. Cuando éramos más jóvenes nuestros cuerpos vendían el producto, y ahora que estamos…

FELA: (Interrumpe) Más viejas?

CELESTE: Vieja te sentirás tú…

FELA: Mira quién habla, si de las tres tú eres la mayor, Celeste.

CELESTE: ¡Y también la que mejor me conservo! Mira este cuerpo de arriba a abajo y déjate de soñar con tus visiones.

FELA: Para gusto se hicieron los colores…

BERTA: Nenas, por favor, dejen este tejemaneje, por Dios, ni que esto fuera un concurso para elegir una reina de belleza. Tienen la cabeza llena de paja. Nosotros somos tres putas en el ocaso de la vida…Ni más ni menos.

CELESTE: Yo no me siento en ningún ocaso, al contrario.

FELA: Ella se morirá en la cama chupando las babas del próximo cliente…

CELESTE: ¡Eres grosera!

BERTA: Esta vez, aunque me duela admitirlo, Celeste, Fela tiene algo de razón. Hay que aprender a mirarse frente a un espejo de vez en cuando…

FELA: No sólo al espejo sino al futuro.

CELESTE: Toda esta conversación me pone los pelos de punta. (Señala a Fela) Ésta no sabe lo que habla…´

FELA: Tú, sí, desde luego…

BERTA: (Incómoda) Lo que sea.

CELESTE Tengo una mejor idea: por qué no hablamos mejor del hijo menor de Pancho? Así nos refrescamos la conciencia.

BERTA: ¿El hijo menor?

FELA: Al que le gustan las viejas…

CELESTE: (Énfasis) Las mujeres maduras. Además, no se acuerdan de la corona que me regaló el año pasado por mi cumpleaños?

FELA: (Mueve la cabeza arriba y abajo con los ojos a un lado) ¡Que sí nos acordamos! Bien ridículo.

BERTA: Nunca he conocido al menor de los hijos de Pancho. A los otros dos sí, y son pedantísimos.

CELESTE: He tenido la suerte de haber estado con cada uno de ellos. Solos y acompañados. (Se sonríe) De hecho, una vez los tres juntos estuvieron conmigo la misma noche a la misma vez. Fue un encuentro extraordinario. Aunque al principio, estaban un poco penosos al verse desnudos los tres juntos.

BERTA: ¿Penosos? No lo creo. Si los hombres mean todos a la vez en la misma paila… (Berta y Fela se ríen)

CELESTE: (Romántica) ¡Qué noche! Los tres se comportaron como dioses en la cama. Me sentí consagrada. (Pausa; pensativa) Pero el menor fue el mejor de todos. Chucho, le dicen. Sólo le gustan las mujeres maduras como nosotras… y es muy, muy generoso. (Fela mueve la cabeza a los lados)

FELA: (Sarcástica) Mejor dirías que más que las maduras, le gustan la ya pasaditas.

CELESTE: (Irritada) Te juro que si yo pudiera…

BERTA: Después de viejas, enemigas…

CELESTE: No me trates así, Berta. (Se oye de repente un tipo de ruido blanco por la parte de atrás del escenario; Fela torna rápido la cara hacia la ventana.)

FELA: (Se ve la espalda un ángel enano vestido de negro con alas negras cerca de la ventana. El ángel entra rápido y sale rápido en puntillas del escenario al fondo. Una sombra indefinida queda por unos segundos sobre la ventana. Con asombro) Un ángel, con alas negras y todo…y hasta enano (Señala) ¡Por allí!

BERTA: Estás loca. Te digo y te repito: tus visiones se están convirtiendo en cegueras espantosas.

CELESTE: ¿Ves lo que te digo? No sabe lo que habla. Ve visiones, ve ángeles enanos, ve espíritus. La cabeza la tiene hirviendo de tanta oscuridad.

FELA: (Señala la pared del fondo) Ni estoy loca, ni mis visiones son cuentos. Ahí acabo de ver un ángel enano entrar y salir, todo vestido de blanco y con un par de alas enormes de color negro. Por ahí mismo por alrededor de la ventana. Es más, todavía se ve como una sombra que dejó sobre la ventana. (Todas miran al unísono.)

BERTA: No veo ninguna sombra.

CELESTE: Yo tampoco.

BERTA: Es la cuestión de tus miedos.

CELESTE: De acuerdo.

FELA: ¿Qué miedo, ni miedo? No me hagan pasar por loca que yo no lo estoy.

BERTA: Hija, la cita con la matrona te tiene algo ofuscada.

FELA: Eso quisieran

CELESTE: No temas, querida. Aquí seguiremos juntas hasta el final de nuestras vidas. ¿No te place?

FELA: ¿Contigo? Bah, cualquier día me esfumo como un fantasma y no me volverán a ver.

CELESTE: Mejor.

BERTA: No más querellas, por Dios. Ustedes son como dos pituitas. No tienen principio ni fin.

FELA: Que quede bien claro aquí mismo: yo sí vi un ángel con alas negras.

BERTA: (Sarcástica) Te creemos.

CELESTE: (Se sienten pasos seguidos por la parte izquierda del escenario; se enciende una luz a lado del espejo.) Viene alguien. (Entra Hito, el criado, con un kimono japonés y la cara toda pintada con polvo de arroz como si fuera una geisha. Lleva en las manos un rollo de papel. (Mira a las otras dos) ¿Quién es éste?

BERTA: (Irónica) ¡El ángel!

FELA: ¡Qué divertida!

CELESTE: ¿Usted quién es, si se puede saber?

HITO: Soy Hito, el criado de la señora.

BERTA: ¿El criado?

CELESTE: ¿Criado de quién?

HITO: De ella…Juana, la señora de esta casa. (Apunta con el dedo de la mano derecha hacia el espejo)

FELA: ¿Ella?

HITO: Sí. Mi señora Juana.

CELESTE: ¿Juana? Pues creo que está equivocado. Que yo sepa, ella nunca ha tenido criados.

BERTA: ¡Con lo tacaña que es! Si hasta para comprar sábanas nuevas para las camas le cuesta trabajo soltar la plata.

CELESTE: Muy cierto.

FELA: Habrá cambiado de idea.

BERTA: No lo creo

CELESTE: ¿Qué quiere de nosotras si se puede saber?

HITO: Les traigo un recado…

BERTA: (Burlona) Ahora manda a su nuevo criado con un recado… (Celeste gesticula con la cabeza, Fela recuesta la cabeza contra la pared) ¿Ya no viene ella, personalmente, a hablarnos?

HITO: Vendrá, pero yo tengo primero algo que decirles.

FELA: (Se incorpora) ¡Qué para luego es tarde!

CELESTE: Díganos, que estamos muy alteradas.

FELA: Lo estarás tú.

BERTA: No empiecen de nuevo…Hable, señor, por favor.

HITO: (Toma el papel, lo desenrolla; lee) La señora de la casa, tiene el honor de invitar a sus tres más memorables empleadas a un desayuno mañanero, antes de la reunión…

FELA: (Ríe) ¡Esta vieja se ha vuelto loca!

BERTA: ¿Desayuno mañanero? ¿De qué diablos habla? (Celeste afirma con un movimiento de cabeza)

HITO: ¿Podría terminar?

CELESTE: Terminar dice éste.

BERTA: Mire, nosotros estamos aquí tan de mañana porque ella, y no usted, no has pedido la noche anterior antes de retirarnos a la cama a que la esperáramos temprano en esta sala para hablar con nosotras. Así de simple.

FELA: Ahora viene usted con esas ínfulas de criado chino que ninguna de nosotras tres conocemos…porque en esta casa nunca ha habido un criado y mucho menos uno llamado Hito.

CELESTE: Y muchísimo menos vestido así como si fuera un mamarracho.

HITO: ¡Japonés!

FELA: Lo que sea.

BERTA: Dejen que termine. (Fela y Celeste hacen unas muecas con la boca)

HITO: Quisiera leerles el menú…

CELESTE: ¿El menú?

FELA: Jajajajaja.

BERTA: Dejen que el hombre termine de leer su mensaje. Siga, por favor.

HITO: Menú mañanero: patas de puerco fritas, tomates a la hoguera y como plato de resistencia: espaguetis con lava fresca de volcán. (Hito se limpia la garganta y saca un pañuelo y se sacude la nariz. Guarda el pañuelo en el kimono)

BERTA: (Enojada) ¡Usted es un impostor!

CELESTE: ¿Qué clase de menú es ese? ¿Se está burlando de nosotras?

BERTA: ¿Qué espaguetis con lava de volcán? ¡No joda usted, señora japonés!

FELA: Se habrá freído las patas ella misma. Con esa cantidad de juanetes que se la comen viva.

HITO: Les puedo traer el desayuno el minuto en que estén las señoras listas…

BERTA: (Se acerca a Hito) Mire, señor Hito. Nosotras tres, aquí presente, no nos interesa
ni este desayuno de los mil diablos, ni otro desayuno. Lo que queremos es que Juana, su señora, la dueña de este cuchitril, acabe de salir de su pocilga…

CELESTE: (Voz alta) Sí, que salga ya.

BERTA: (Berta hace un gesto a Celeste para que se calle) Como le decía, que salga de su pocilga y que venga aquí donde nos citó anoche y acabe de vomitar lo que nos tiene que decir de una vez y para siempre.

FELA: Y háganos el favor: tómese usted el desayuno de puercos por nosotras…

HITO: He cumplido con mi deber.

BERTA: Ahora cumpla con el nuestro. Entre y dígale a Juana que estamos ya cansadas de esperarla. ¡Que para luego es tarde!

CELESTE: Que no mande más recaderos.

FELA: Ella está muy vieja para tanta componenda. Que si criados, que si desayuno de patas de puercos…al diablo con esa vieja.

BERTA: Vaya usted y dígale que aquí la esperamos. (Hito enrolla de nuevo el papel, se lo mete en el bolsillo del kimono y sale caminando hacia la puerta del fondo; se oyen voces en la oscuridad cerca de la ventana, un grito de una mujer y otras voces sin sentido)

FELA: (Con curiosidad) ¿Qué fue eso?

CELESTE: Se me han erizado todos los pelos.

BERTA: (Irónica) Estoy seguro que fue el susodicho criado Hito… Para mí tiene cara de que berrea y mucho.

JUANA: (Desde el fondo se oye la voz de Juana muy estilizada que se acerca caminando muy despacio desde lo oscuro hacia el frente del escenario sin parar de hablar. Mientras Juana dice su parte se va acercando poco a poco a las tres mujeres que esperan) Malagradecidas, malagradecidas mil quinientas veintitrés veces y más, viajas putas, cansadas, pellejudas, llenas de odio, calientes y más que calientes. Mira que hablar con tanta ligereza de la mujer que les dio la vida que tienen. No y no. Una trata de hacerle el bien a la gente que quiere y así es cómo le pagan, así con esa desfachatez, como yo si una fuera una depravada. Están muy equivocadas, eso fue un gesto noble de mi parte, algo que lo considero necesario para poder llegar al punto que hay. No que hay, sino al que se debe llegar. (Se ve a Juana ahora llegar al frente del escenario. Una enorme luz alumbra todo su cuerpo. Viene vestida de negro con un sombrero de plumas verde limón y trae una bandeja de plata vacía en las manos) No hacen falta excusas, amigas mías, ya otras muchachas se comieron el desayuno que estaba destinado para ustedes y lo disfrutaron a plenitud. No tengo que rogarle a nadie para que acepte mi caridad. Mucho menos a viejas desahuciadas. (Tira la bandeja de plata contra el piso)

BERTA: Nunca te había visto actuando tan extraña, Juana.

CELESTE: Ni yo tampoco.

JUANA: Quiero que sepan que vengo en son de esclava, por eso me brindaba primero en cuerpo y alma.

BERTA: ¿Y los disparates que decías? ¿A qué viene todo eso?

JUANA: Habla mi otro yo.

FELA: Está peor que yo, no hay dudas.

JUANA: Nadie puede estar peor que tú, querida Fela. La suerte tuya ha sido que la esquizofrenia la has tenido bien controlada bajo la sanidad de esta casa (énfasis) mía.

FELA: De locas como usted, está lleno el mundo…

BERTA: ¿A eso has venido, Juana? ¿A burlarte de nosotras?

JUANA: (Firme) No, claro que no. He venido a cosas mayores…

FELA: (Retando) ¿Qué cosas?

JUANA: Déjenme tomar aire para poder hablar. (Pausa; se abanica con la mano) Hace mucho calor en esta sala. (Voz alta) Hito, Hito, abre las ventanas de los cuartos para que entre el aire fresco del amanecer. (Respira profundo; pausa corta)

CELESTE: Aire de calles sucias.

JUANA: Será

BERTA: ¿Qué es lo que nos tienes que decir?

JUANA: Espera. (Voz alta) ¡Hito, por favor, tráeme el abanico violeta jaspeado con bolitas rojas y amarillas! Necesito un poco de aire porque de lo contrario se me secan los labios y no me salen las palabras. Aire, aire, aire. (Hito viene por la parte izquierda del escenario y le da el abanico a Juana. Regresa por el mismo lugar hacia el fondo; Juana comienza a abanicarse en silencio, tose, se limpia la garganta; Hito regresa enseguida)

HITO: Señora, las ventanas ya están todas abiertas de par en par.

CELESTE: No parece.

BETA: ¿Y?

JUANA: Estoy poniendo los pensamientos en orden.

FELA: Tú nunca has tenido tantos pensamientos que ordenar.

BERTA: Cállate, Fela. Deja que nos explique lo qué tiene que decirnos.

JUANA: (Se abanica y se vuelve a limpiar la garganta) ¿No sienten este calor casi infernal?

BERTA: Lo sentimos, pero no mata.

JUANA: Como les dije, vengo en son de esclava, no de matrona, ni tan siquiera de una pariente lejana, y mucho menos como enemiga, pero vengo…aún bajos los augurios de este calor horripilante, con aire sucio o sin él…pero vengo a traerles la realidad.

BERTA: Acaba de soltarlo.

JUANA: Sí es así que lo quieren, pues no me quedará otro remedio que hablar. Estaba tratando de florear las palabras para que no lastimaran mucho…

CELESTE: Habla, por favor.

JUANA: Les digo, amigas mías, que el gran emisario de este burdel ha decidido dejarlas cesantes desde hoy en adelante…

CELESTE: (Hacia Berta) ¿Qué dice?

FELA: Que nos bota de aquí, nos deja libre…

CELESTE: ¿Qué gran emisario?

FELA: No hay ningún gran emisario. Son inventos de ella.

BERTA: No hablas en serio. Tú nunca hablas en serio. ¿Quién es el gran emisario?

JUANA: Esta vez sí hablo en serio. Es más, hablo tan en serio que yo misma no me creo, pero sé que en el fondo todo es verdad. O sea, tienen que irse. No hay más lugar para ustedes tres en esta casa.

BERTA: (Impacientada) ¿Por qué?

CELESTE: Sí, dinos, por qué?

JUANA: El gran emisario lo ha decidido…

BERTA: Déjate de mentiras…Ni tú nunca has tenido criados japoneses, ni nunca has llamado a nadie gran emisario.

CELESTE: Y no te hagas la tonta que nosotras hemos vivido en esta casa por muchísimos años.

FELA: Habla.

JUANA: ¿Cómo voy a hablar sino me dejan?

BERTA: Di la verdad, y deja la florería para otra ocasión.

JUANA: EL gran emisario piensa que están las tres muy viejas para seguir en este lugar. Están sus cuerpos muy caldeados para traer paz a estas paredes ilustres. Aquí necesitamos carne fresca, mujeres llenas de aire limpio, caras de novicias. Ustedes están quemadas de arriba abajo: alma, corazón y cerebro. Ya no hacen lo necesario para poder mantenerlas.

FELA: ¿Quién es el gran emisario?

JUANA: (Firme) El nuevo dueño de este burdel. Y también mi próximo amante, el que vigilará por mis bienes.

BERTA: ¿Tu próximo amante?

JUANA: Sí, mi marido. ¿O es que yo no puedo tener cuántos maridos me dé la gana?

CELESTE: (Indignada) Mentira, mentira y mentira. Eso no es cierto. Yo sigo siendo una mujer ideal, un ser exquisito. Tú sabes bien que tengo mi vagina color casi azul celeste, ese color que vuelve locos a los hombres y a las maricas de todas las edades. Nunca encontrarás a nadie como yo por todo este cagadero de chivos.

FELA: ¡Aleluya!

BERTA: ¿Por qué me dices que no hacemos lo necesario? Hasta ayer noche estuve acostándome con tres hombres juntos a la misma vez y los mecía con el esfuerzo de mis asentaderas. Estás que llevo colgadas a mis caderas como si fuera una mula. ¿O no quieres aceptar que eso te traía mucho dinero?

CELESTE: ¡Tienes!

FELA: Se los dije, aquí sobramos.

JUANA: Lo siento, no tengo más nada que añadir. (Tose, mira a los dos lados. Pausa) Mientras más rápido recojan sus cachivaches, más generoso será mi agradecimiento.

BERTA: ¿Qué vamos a hacer con tu agradecimiento?

JUANA: Eso es cuestión de ustedes, amigas mías. Yo, no puedo aceptar tenerlas aquí por más tiempo. Ni yo ni nadie. Este lugar está cerrado para gente como ustedes tres. (Pausa; gira sobre el tacón) Además, les dejo saber que van a comenzar a llegar desde Alamogordo a este pueblo olvidado de Dios un batallón de machos jóvenes militares que están exigiendo para su pasión niñas de teta.

FELA: Me da asco esta mujer. Vámonos ya de aquí.

CELESTE: ¿Adónde?

FELA: En el infierno será mejor que en esta casa. Ya se los había dicho que esos sueños míos eran un augurio de algo maldito por pasar.

JUANA: Mientras discuten los pormenores, me tengo que excusar. Tengo que bañarme, maquillarme y enchumbarme de agua de florida. Jajajajaja. (Se limpia la garganta; saca un pañuelo y se sacude la nariz) Me esperan esta misma tarde para bautizar a unos siameses en la parroquia del pueblo. Trae muy buena suerte, (con énfasis) para todo negocio. Y no se preocupen, Hito las acompañará hasta la puerta. (Pausa corta; grita) Hito, Hito, acompaña a las señoras cuando estén dispuestas a marcharse. (Juana se va caminando hacia el fondo del escenario hasta perderse en la oscuridad mientras se le oye repetir algo inentendible. Hito aparece en el escenario con un incensario encendido. Lo mueve por toda la sala)

CELESTE: (Irritación) Eche ese humareda para otra parte, criado. (Tose)

FELA: Nos están despojando…

CELESTE: ¿Y ahora?

BERTA: Nos vamos, no hay nada qué hacer.

CELESTE: ¿Y nuestras cosas?

BERTA: No quiero nada de aquí

FELA: Yo menos…

CELESTE: Yo me llevo aunque sea mi caja de joyas. (Sale corriendo por la puerta de la izquierda)

BERTA: Algo tiene que haberle pasado a Juana anoche. Alguien la está amenazando para que nos bote de la casa…

FELA: No seas tonta, no le paso nada. Estoy segura que llevaba años pensando en cómo deshacerse de nosotras. (Hito para de regar el incienso y deja el incensario sobre una silla)

BERTA: No puedo creerlo. (Se muerde el labio inferior)

HITO: ¿Señoras, necesitan mi ayuda para cargar sus pertenencias?

BERTA: No, nos vamos cómo llegamos: con las manos vacías.

FELA: Tal vez, te sirvan un par de nuestros vestidos para que te puedas quitar ese trapo que tienes puesto.

HITO: Es mi atavío de criado de la señora.

BERTA: Claro, claro, tu atavío.

HITO: Entonces, no quieren ayuda.

FELA: No, ni la suya ni la de nadie. Nos vamos sin nada. Es mejor no llevarse nada de esta casa maldita.

HITO: Como quieran, señoras.

CELESTE: (Aparece con una caja de cartón por la parte izquierda del escenario; viene hablando sola) ¿Qué será de nosotras? Este es el único lugar que hemos conocido en toda nuestra vida.

BERTA: Nos deja con pocas opciones…

CELESTE: Ay, Berta, qué hacemos ahora?

FELA: No deja sin opciones.

BERTA: Aquí hemos sobrevivido por los siglos…

FELA: De los siglos…

CELESTE: ¿Que quieres decir?

FELA: Que quiere decir que no hay más escape, niña. Se nos terminó el camino.

BERTA: Lo dices como si te diera orgullo, Fela.

FELA: No orgullo; veo la realidad.

CELESTE: No entiendo lo que está pasando, Berta.

FELA: Sabíamos que vendría este día…eso quise decir.

BERTA: ¿Y?

FELA: ¿Empezar de nuevo? ¿Salir a buscar un burdel que acepte a tres viejas como nosotras… eso es lo que somos. Paremos de cerrar los ojos y veamos la situación: estamos muy viejas para prostituirnos. Los hombres no tienen piedad.

BERTA: Cállate.

CELESTE: Yo no lo siento así.

FELA: Celeste, tú acabas de cumplir sesenta y siete años, y tu, Berta, en un par de meses tendrás sesenta y cinco como yo. ¿Hay otra forma en que podamos llamarnos?

BERTA: (Pensativa; pausa) Tal vez tengas razón.

CELESTE: Berta, no me gusta oírte cuando hablas así.

BERTA: …podríamos tratar…

FELA: ¿Tratar qué? ¿Ser sirvientas en alguna casa? ¿Ir a recoger tomates y lechugas a Tulare o a Fresno bajo el sol del mediodía?

CELESTE: ¡Qué horror!

BERTA: Y tú con tanta sabiduría, qué propones, entonces?

FELA: (Toma un buche de aire) Nosotras tres hemos vivido siempre con mucha dignidad, sí o no? (Las otras dos mueven las cabezas en afirmación) Nunca tuvimos una ocasión en que perdimos las esperanzas…

CELESTE: Nunca.

BERTA: ¿Adónde vas con todo esto?

FELA: Creo que nuestra única resolución es…

CELESTE: ¿Es?

FELA: Es…

BERTA Y CELESTE: ¿Es qué?

FELA: Desaparecer.

CELESTE: ¿Desaparecer? ¿Por qué? ¿Cómo?

BERTA: ¿De aquí, de todo esto?

FELA: De todo…

CELESTE: Eso sería muy drástico.

FELA: Entonces, yo las dejo a ustedes dos solas para que le busquen otra solución a este dilema.

BERTA: (Curiosa) ¿Cómo se empieza una a desaparecer?

FELA: Bien fácil…

CELESTE: A mí me parece que más que desaparecer, lo que pueda eso implicar…podríamos, por ejemplo…

FELA: ¿Por ejemplo?

CELESTE: No sé, ser asistentes de dentista…

FELA: ¿A tu edad?

CELESTE: O jardineras…esas que cortan los céspedes de los patios.

FELA: ¿Dónde?

BERTA: No la atormentes…

FELA: Al contrario, la estoy ayudando a ver mejor. A salir de la ostra donde se encuentra encerrada…

BERTA: ¿Y tú?

FELA: Yo hace años estoy viviendo tiempo extra.

CELESTE: ¿Cómo lo sabes?

FELA: Mis visiones me lo dicen.

CELESTE: Pero nosotras no tenemos visiones…

FELA: Pero tenemos otra cosa…

BERTA: ¿Y eso qué es?

FELA: La realidad que nos rodea: (con énfasis casi placentero) aceptar desaparecer.

BERTA: Tú siempre andas asustando de derecha a izquierda. Por eso no te creemos muchas veces cuando hablas de tus visiones y tus locuras…Ahora sales con eso de desaparecer, desaparecer, qué diablos tramas? ¿Cómo se puede una desaparecer?

CELESTE: Cierto.

FELA: No hay razón para tratarme mal. Todo lo que lo que siempre les he dicho ha sido toda la verdad. Lo que veo, lo que siento, lo que sueño, no son cuentos…

BERTA: Tú sabes bien que es difícil de comprender lo que no se ve.

FELA: Berta y tu Celeste, tienen que escucharme. Mis sueños no mienten…

BERTA: ¿Cómo lo sabes?

FELA: ¿No les dije esta mañana que esta vez la vieja nos iba a dar una sorpresa angustiosa? ¿No fue así?

BERTA: Desparécete tú.

CELESTE: Me ha entrado un miedo fatal, qué hacemos?

BERTA: No hay otra salida. Tenemos que marchamos.

FELA: Los muertos me hablan…nunca me mienten y me dicen que desapareciendo nos podríamos redimir…

BERTA: Vámonos ya.

CELESTE: ¿Adónde?

FELA: Ustedes dos no quieren escucharme, pero lo de nosotras sólo nos deja una solución…

BERTA: ¿De qué hablas ahora?

CELESTE: Son locuras…

FELA: Estamos viejas, cansadas, y sin futuro…qué planean ustedes hacer de ahora en adelante…? ¿O no se dan cuenta que las puertas se nos están cerrando?

CELESTE: Tú con tu oscuridad…

BERTA: No es fácil…

FELA: Al menos, lo reconoces…

CELESTE: Entonces, qué hacemos? Danos una escapatoria.

FELA: ¿Puedo brindarles la misma sugerencia de otra forma?

BERTA: ¿Qué nos vas a sugerir?

FELA: La única salida…La mejor de todas.

CELESTE: ¿Cuál salida? Habla que estoy llena de aprehensión.

BERTA: ¿Es que existe una salida?

FELA: Sí. Tengo que explicarles mejor.

BERTA: No vengas con inventos…

CELESTE: Ni nos maltrates…

FELA: Existe, lo juro. La mejor de todas.

BERTA: Entonces, habla.

CELESTE: Dinos ya.

FELA: Será como la redención de las tres magníficas putas… Sin miedo, sin compasión. El miedo es solo para gente que no ha vivido como nosotras…

CELESTE: Explícanos con detalles.

FELA: Mejor nos vamos de aquí, no quiero que este (apunta a Hito) sepa nada de nuestros planes.

CELESTE: (Irónica) Lo más probable es que se lo suelte a Juana, su señora.

BERTA: Tienes razón. (Todas caminan juntas; Fela abre la puerta y las tres se van. Hito cierra la puerta detrás de ellas y riega humo del incienso por toda la escena. CAE EL OSCURO)


ESCENA DOS

Un parque de la ciudad. Se verán un par de bancos de madera y hojas secas o quemadas en el escenario. Al abrirse el telón, una niebla densa parece ocupar parte de la escena. Aparecen con sus maletas en mano Celeste, Fela y Berta. Se sientan en un banco Celeste y Berta, Fela pone la maleta en el suelo y se para frente a ellas. Por unos minutos parecerán salir de tras del humo de la niebla. Conversan, pero no se entiende lo que hablan. Una vez que se despeja la niebla, Celeste se levanta del banco.

CELESTE: ¿No te da un poco de miedo?

BERTA: Ya no

FELA: Miedo, por qué? ¿Qué podríamos perder que ya no hemos perdido?

CELESTE: Tanto andar, tanto andar, para esto…

BERTA: No sé qué decirte. (Cierra los ojos y recuesta la cabeza al banco)

FELA: Si tienen mejor idea.

CELESTE: ¿Qué otra cosa podría salir de ti?

FELA: No empieces.

BERTA: (Abre los ojos abruptamente) Deja ya, Celeste. No hace falta.

CELESTE: Bah, es lo de siempre con ésta. (Fela camina por la vereda hacia el otro lado del escenario chifla en voz baja)

BERTA: Y yo que anoche soñé que vestía un hermoso vestido, de esos chemises franceses, bien escotado… (Fela se ríe) A mí que más me da lo que tú pienses?

FELA: No me reía de ti…

CELESTE: (Retando) Entonces, de qué?

FELA: Hay alguien escondido detrás de ese arbusto.

CELESTE: No otra vez.

BERTA: No nos haga perder la paciencia, Fela. Basta de boberías.

FELA: Lo digo.

CELESTE: Di nada, ve nada que es mejor.

FELA: Me hace señas…

BERTA: Entonces, lárgate detrás de eso que sea, y nos dejas en paz.

CELESTE: ¡Qué buena idea!

BERTA: ¿Entonces? ¿Qué? Hay mucho calor por todo este parque para seguir perdiendo el tiempo.

CELESTE: Nos compramos los mejores vestidos…

BERTA: (Ríe burlona) Y nos vamos a la verbena.

FELA: (Se une al grupo) Nos vamos a donde les dije. No hay otra forma.

CELESTE: Cállate.

BERTA: Déjanos engañarnos…

CELESTE: Berta tiene razón. A ti, lo que te importa es lo tuyo. A nosotras, lo nuestro.

FELA: Es que todo tiene que ver con todas. Hacerse ilusiones chifladas a estas horas…

CELESTE: (Interrumpe) Lo que sea.

BERTA: (Con muchos gestos) Y si estamos locas, ¿qué?

CELESTE: Antes de seguir este tejemaneje, ¿por qué no vamos a comprarnos los ropajes?

BERTA: Eso me haría feliz.

CELESTE: Ya pase lo que pase, nos dará igual. (Pausa corta; pensativa) Si pudiéramos matarla, pero, suavemente.

BERTA: Para que sufra por muchos meses...

CELESTE: Años…

FELA: Eso sería una salida muy fácil para ella.

BERTA: No estaría una mala la idea. La acuchillamos de arriba abajo. O mucho mejor, la envenenamos. (Pausa corta) Después de habernos usado tantos años, nos lanza a un callejón sin salida y nada menos que en nuestra vejez.

CELESTE: Bueno, nenas, que yo ni tanto. Me siento todavía muy buenota.

FELA: Esta vive en otra dimensión.

CELESTE: En la que me dé la gana. Que para eso me gano mi dinero sin pedírselo a nadie.

BERTA: Ten un poco más de sentido común, Celeste.

CELESTE: ¿Tú también?

BERTA: Somos lo que somos. Esa gente anda buscando otra cosa…

FELA: Que no somos nosotras.

BERTA: Y Sanseacabó.

CELESTE: (Se levanta del banco) Vamos a comprar las ropas…

FELA: Buena idea.

CELESTE: Vamos Berta y yo solas. Tú, la de la apoteósica idea te quedas cuidando las maletas.

FELA: ¿Por qué?

CELESTE: ¡No vamos a ir de comprar con todos este equipaje por todas las tiendas!

BERTA: Tiene razón. (Pensativa) ¿Cuál es tu color predilecto, Fela?

FELA: ¿Para qué?

BERTA: Para cantarte cumpleaños feliz…qué crees?

CELESTE: ¡La idea fue tuya!

BERTA: Menos ruido y contemos el dinero que nos queda.

FELA: Yo tengo poco.

CELESTE: Todo lo que tengas, lo das. (Las tres comienzan a registrar las carteras, los bolsillos, las maletas. Celeste colecta el dinero)

FELA: Es todo lo que tengo.

CELESTE: (Cuenta el dinero) Aquí tenemos suficiente, Berta. Vamos.


BERTA: ¿Lo crees?

CELESTE: No pensarás que vamos a comprar ropas hecha?

BERTA: ¿No?

CELESTA: Niña, los vestidos los hacemos nosotros a nuestro antojo. Es muy fácil y menos plata. (Berta asiente con la cabeza) ¿Fela, por fin cuál color quieres?

FELA: Déjame pensar.

CELESTE: ¡No te creas que es para tu cumpleaños, niña!

FELA: Morado. Morado obispo. El color que usaba el único hombre que me ha gustado en la vida.

CELESTE: ¿Un obispo?

BERTA: ¿No?

FELA: Pues sí. Me enamoré cuando hice la confirmación.

CELESTE: Vaya, con la que habla con los muertos… (Celeste y Berta se ríen y se van por la parte derecha del escenario.

FELA: (Fela cierra la maleta y camina despacio hacia el otro lado del escenario, escrudiñando por los lados. La hierba seca sopla sobre sus pies; aparece por la izquierda un ángel vestido de negro con las alas negras también) ¡Tú otra vez! (Fela se le acerca) Hueles a candela. ¿Te ha mandado la vieja? Quiero que sepas que estoy cansada de tus apariciones. ¡Cansada! Si es necesario, voy a convocar a vivos y muertos para que te descuarticen y te tiren por cualquier línea de tren para que tengas una muerte infinita. (El ángel negro la mira de arriba abajo y se sonríe) Basta ya de tu fastidio. Me tienes harta, loca, ¿comprendes? Llevas treinta, cuarenta años, qué se yo, siguiéndome de día y de noche. ¿Y sabes una cosa? Siempre he sabido que eres tú, que esa vieja te mandó para martirizarme por toda la vida y ya es hora en que yo tome las riendas del asunto y te haga desparecer. Eres malo, eres un espíritu desgraciado y por eso no tienes paz. Y te voy a decir una cosa. Fue verdad que me acosté con su marido. Y no una vez, sino mil veces mil. Porque ella era una vieja. Una pelandruna barata que se creía que con hacer pociones falsas y vendérselas a la gente miserablemente ella podía ser mejor que nadie. Se buscaba estos hombres hermosos porque los pagaba. Y yo era joven, fuerte, con una cara que parecía una reina. No iba a dejar que una vieja inútil estuviera acostándose con hombres tan bellos y yo mirándola gozar en silencio por el hueco del entablado. No señor, no podía dejar que eso ocurriera; por eso me dije: Fela, ese marido que ella tiene, Gustavo, el hermoso, el altanero, el del pelo con brillantina y ese pecho velludo tiene que ser mío… y la veía a la viaje sucia acicalándolo día y noche, dándole plata para que se fuera a jugar a los gallos y un día no pude esperar más y lo vigilé en silencio hasta el anochecer. Me había vestido así como tú estás, toda de negro y cuando él salió a la calle, le seguí como una loca por aquí por allá, y antes de que llegara a la baya de gallos, me le presenté, como un fantasma, en el mismo centro del camino y me saqué las tetas para afuera y le dije, amor mío, llevo siglos esperándote. Y cuando me vio tan fuerte, enérgica, llena de juventud, no pudo más, porque era un hombre buscando carne fresca, y no la pellejera de esa vieja bruja. Por eso me maldijo, porque se dio cuenta que ya no servía para nada, que las viejas no tienen espacio en el mundo de hoy cuando la gente lo que busca es juventud. (Pausa; pensativa) Y a ti te digo. Para de molestarme, para de aparecerte por aquí y por allá porque si pierdo la paciencia, vas a ser el culpable de este desenlace. Yo no le tengo miedo a nada y tú lo sabes. Así que espanta de aquí lo más pronto posible…que no tienes más nada que buscar…no creas que te vas a sentar a esperar a que muera…

ANGEL: (Se tornó pasivamente hacia Fela; con voz atonal) Tú lo has dicho, Fela, no yo. Tú lo has dicho y por eso te digo, abre los ojos, pero ábrelos bien. (Cae el oscuro mientras el ángel se regresa despacio por donde salió)




TELÓN












ESCENA TRES


“Este mundo siempre fue, es y será fuego eternamente vivo.” Heráclito

Un apartamento de un hotel en una ciudad de Nuevo México. El apartamento está localizado en un quinto piso frente por frente al burdel. El escenario estará compuesto por un salón medio vacío con tres sillas y una enorme ventana abierta de par en par al costado derecho. La ventana estará adornada de trapos colgando y velas encendidas. Una caja de cartón cerrada se verá en un lado del escenario. Al abrirse el telón estarán Celesta y Berta cosiendo con agilidad unos vestidos de diferentes colores. Están vestidas en sendos refajos negros de tirantes. Va cayendo la noche. Fela se acerca desde la ventana también con un refajo negro.

FELA: ¿No me dirán que esa ventana no parece un altar?
BERTA: El decorado salió bastante bueno.
CELESTE: Las velas la dotan de un sabor a gloria. ¡Somos geniales!
FELA: Por ese hueco vacío va a reinar nuestra nueva existencia.
BERTA: O terminar…
CELESTE: Me gusta más reinar. Como si fuéramos diosas de un mundo aparte.
FELA: Pues, lo que sea. Pero será nuestra satisfacción. Porque hasta para morirse se debe hacer con satisfacción.
BERTA: Mientras más lo pienso, mucho mejor me parece la idea. No entendía bien lo de desaparecer.
FELA: Claro, que ahora se entiende mucho mejor. ¿Qué podríamos hacer ya nosotras con nuestras vidas? ¿Tres viejas cansadas de restregar el cuerpo contra cuerpos que solo existen de acuerdo con el grado de la satisfacción?
CELESTE: ¿Y a esta edad? ¿Con todas estas matungueras diarias? Me duele mucho darte la razón. (Hace que se seca las lágrimas con la palma de la mano)
FELA: Entregadas a la piedad ajena…
BERTA: (Con despecho) ¡Vaya la piedad al carajo!
FELA: No habría más nada que ser.
CELESTE: Seríamos unas parias en nuestra propia tierra.
BERTA: Eso nunca. Bastante puteé en mi vida para morir como una abandonada. ¡Jamás!
CELESTE: Pidiendo limosna en la calle.
BERTA: Cállate, Celeste.
FELA: Todas desahuciadas. Así mismo pensaba yo. Por alguna razón mis espíritus divinos me han guiado hasta aquí. (Fela se asoma a la ventana, se estremece un poco, toma aire, vuelve a la silla y toma la costura)
CELESTE: ¿Nerviosa, nena?
FELA: (Cose con nerviosismo; algo irónica) No son los nervios, nena, es que a veces tengo miedo de lo desconocido. ¿O es que no tengo derecho?
BERTA: ¿No fuiste tú la de la idea de que sólo desapareciendo nos podríamos redimir?
CELESTE: ¿Y de que el miedo es cosa de gente que no ha vivido la vida como nosotras?
FELA: Lo sigo pensando igual, pero no es miedo lo que tengo, sino inquietud.
BERTA: Escucha Fela, aunque cambiaras de idea…es demasiado tarde: ya estamos montadas en este burro…
CELESTE: y hasta el final no se para…
BERTA: Exactamente. Yo no soy de las que anda tres pasos a delante y dos atrás.
FELA: (Aplaude) ¿Quién dice que estoy arrepentida? ¡Bah! Fue solo un lapso de memoria, un intervalo mental de una vieja visionaria. (Con orgullo) Yo no freno hasta que me saquen de este lugar horizontal y con los pies hacia delante.
CELESTE: (Ríe) No seas tonta. ¿O ya cambiaste el estilo en que vamos a morir?
BERTA: Celeste, no hables con tanta levedad.
CELESTE: Aunque parezca, no le temo a la muerte, al contrario. Pero si nos tiramos al vacío, cómo nos van a sacar de este lugar con los pies hacia delante? ¿O es qué vamos a volar aquí de vuelta después de golpear el pavimento?
FELA: ¿Volver aquí? Ni muerta. (Fela se persigna) Este lugar me sabe a volcán en erupción.
BERTA: (Pensativa) Mi madre odiaba la ceniza…
CELESTE: ¿Por qué lo dices?
BERTA: Por nada importante. Volcán, fuego, cenizas. Siempre las cosas calientes me traen a la mente la ceniza. Esa que luce como polvo gris, la más penetrante y asquerosa cuando la moja el agua.
CELESTE: Mi madre era todo lo contrario. Limpiaba toda la casa con ella… Era una mujer extraordinaria. ¿Saben cómo murió?
FELA: ¿Cómo?
CELESTE: Se ahogó en un río tratando de pescar una trucha. Los sacrificios que hacía para danos de comer a mí y a mi hermana Lucila.
FELA: Santo Dios. Debería de traernos un poquito de agua de ese río para calmar el calor de este cuartucho.
BERTA: Sigamos. Tenemos que terminar todo antes de que caiga la noche. (Silencio largo; las tres mujeres siguen cosiendo. Se oye un trueno. Fela corre hasta la ventana y mira hacia afuera)
CELESTE: ¿Va a llover?
FELA: Deben ser alucinaciones, porque no veo una nube en el cielo. (Fela coteja los trapos y otros adornos alrededor de la ventana y vuelve a su silla)
BERTA: ¿Es parte de un ser humano saber el día de nuestra muerte? ¿Será algo así, como burlarse de Dios?
CELESTE: ¿Qué hablas?
BERTA: ¿No dicen que sólo Dios sabe el día que uno nace y muere?
FELA: ¿Quién dice?
CELESTE: Piensas demasiado.
FELA: ¡Qué calor hace en este lugar! ¿No lo sienten? (Sopla y se abanica con la mano derecha; cierra los ojos)
BERTA: Hace rato que lo estoy sintiendo.
CELESTE: Tengamos paciencia. Está al caer la noche. Con la oscuridad todo se refrescará. (Se oye como el ruido de una llama quemando madera y un eco de muchas voces.)
FELA: (Algo curiosa) Esperen, un segundo, me parece que oigo una voz que me habla entre la bruma…
CELESTE: Mientras que no sea la del arrepentimiento.
BERTA: ¿Una voz?
CELESTE: ¿Y qué te dice ahora?
FELA: (Con los ojos cerrados) Me habla en lenguas…
BERTA: Ya conocemos tus debilidades…
CELESTE: Y muy bien.
FELA: No como ésta. Es la voz de una mujer…se oye clarita, clarita.
CELESTE: ¿Qué dice?
FELA: Dice que es Juana, o Juliana, no entiendo bien.
BERTA: ¿Juana? ¿La matrona?
FELA: Es que ésta muerta no habla, sino que chilla. (Silencio corto) Pide algo.
CELESTE: ¿Qué pide?
FELA: Silencio todas. (Se para de la silla y deja la costura sobre ella) ¿Quién eres? (Tocan fuerte la puerta de la derecha)
BERTA: (Con fuerza; se levanta) ¡No abran la puerta!
CELESTE: ¿Quién es?
FELA: Es ella, estoy segura, la muerta. Debemos abrirle.
BERTA: ¿Cuál muerta?
FELA: La que me persigue.
CELESTE: Estoy sudando…
FELA: Me pide una cruz…
CELESTE: ¿Cómo?
FELA: Dice que aunque sea de gajos secos. (Tocan la puerta de nuevo. Silencio. Fela va y la abre. No hay nadie) ¿Ven lo que les digo? (Señala hacia afuera) ¡Ahí sigue!
CELESTE: No veo a nadie.
BERTA: Dile que aquí no hay gajos de ningún tipo. Cierra la puerta.
FELA: Está llorando. No viene a hacernos daño.
BERTA: (Se para y cierra la puerta. Con fuerza mirando hacia arriba) ¿Qué quieres de nosotras?
FELA: Parece una muerta tranquila.
CELESTE: ¡Será tu muerta o la muerte!
FELA: Me dijo que se llamaba Juana o Juliana, no hay dudas…Aunque a la muerte le gusta usar nombre de mujer.
BERTA: Es imposible que sea Juana la del burdel, hablamos con ella las tres juntas no hace mucho… Esa sigue metida en la cama con su emisario.
FELA: (Silencio, pensativa.) Es como si esa muerta que me ha perseguido por tantos años y con tanto horror ya hubiera encontrado paz.
BERTA: ¿Dónde está ahora?
FELA: Todo es silencio.
CELESTE: (Nerviosa) Terminemos ya. Estamos alargando este suplicio.
BERTA: ¿A qué temes?
CELESTE: Ya te dije que no temo a nada. ¿O no me entendiste?
BERTA: No lo tomes a mal.
CELESTE: (Tose) Lo único que me fastidia es este calor. Es como ceniza, un polvo caliente. A veces no me deja respirar.
BERTA: Lo más probable es que este tugurio haya estado cerrado por años…
CELESTE: Yo también pienso lo mismo.
FELA: No, no lo siento así. Es otra cosa, algo diferente.
BERTA: ¿Cómo qué?
FELA: Como una apretazón que se quedó trabada entre las paredes…
CELESTE: ¡Buen lugar hemos escogido para morir!
FELA: Eso no importa. ¿Qué tiene que ver si el lugar es así o asao. Lo que vale es nuestra muerte. Y eso no se olvidará jamás. Esa vieja de Juana se quedará con la boca abierta para el resto de su vida cuando se entere de nuestra valentía…es todo lo que deseo.
BERTA: Yo, lo único que deseo, es terminar… (Muestra su vestido amarillo) ¿Qué les parece? Tallones simples, medias lunas de terciopelo y mucho colorido. Hay que decirle adiós al mundo a todo color… (Comienza a ponerse el vestido sobre el refajo)
FELA: Yo…
BERTA: Tú termina de coser. Se hace tarde.
CELESTE: (Da la última puntada al vestido rojo. Se lo pone con cuidado sobre el refajo.) Súbeme la cremallera, Berta. (Berta le sube la cremallera)
BERTA: Te queda perfecto.
FELA: (Da unas últimas puntadas) Ya acabé también. (Pone el vestido morado sobre el piso)
CELESTE: Es una belleza. (Fela toma el vestido y se viste.)
FELA: ¿Qué vas a hacer con la caja de las prendas?
CELESTE: (Señalando a la esquina a la caja de cartón) Las vamos a usar. Tráemela, por favor.
FELA: (Va hacia la esquina y toma la caja; la abre y la coloca enfrente al escenario) Toda una vida en esta cajita de cartón.
BERTA: Ni para tanto. ¡Que la mayoría de los amantes no regala nada!
CELESTE: (Acaba de vestirse) ¡Miren que belleza de mujer! (Las otras dos aplauden) Lo único que me falta son las gangarrias. (Se agacha frente a la caja de cartón; comienza a sacar collares, manillas, tiaras, etc.) Yo quiero collares azules largos y brillantes. Además una corona. La que me regaló un día el hijo de Poncio.
BERTA: Yo con una tiara sencilla me basta.
FELA: Cuando ustedes dos terminen de escoger sus cosas; lo que sobre me lo ponto encima yo. Nunca he sido de las que les guste todo esa baratela.
CELESTE: Tú siempre tan a tiempo para todo, amiga mía.
FELA: Lo que me gusta me gusta y lo que no…
CELESTE: De acuerdo.
BERTA: ¿Por qué no te vistes?
FELA: Tienes razón. (Pausa; comienza a vestirse con el vestido morado, mientras las otras dos se ponen las gangarrias y comentan entre sí) ¿Podría pedirles un último favor?
BERTA: Depende.
CELESTE: Me asustan tus favores.
FELA: No creo que este sea tan espantoso…
BERTA: Habla entonces
CELESTE: ¿Qué quieres?
FELA: (Pausa corta; pensativa) Ser la primera en lanzarme a morir.
CELESTE: ¿Por qué?
FELA: La de la idea fui yo, no?
CELESTE: Eso no implica nada.
BERTA: Está bien, Celeste, que sea ella la primera. De todas formas, esto es como el nacimiento de trillizos: un sale primero y los otros dos ya esperan llegar al mundo…
CELESTE: Tienes razón. (Comienza a llover. Se oyen las gotas golpear la ventana) Llueve. Nos vamos limpias las tres, como si Dios nos diera permiso.
FELA: (Se termina de vestir) Me siento rara con todo esto arriba.
BERTA: ¡Luces perfecta!
CELESTE: Te ves bien. (Pausa corta) Ponte alguna de las prendas para mejor efecto. (Fela se agacha y toma y suelta varias joyas sin decidir. Celeste y se inclina junto a ella.) Déjame ayudarte. (Celeste le pone varias prendas a Fela. Cuando la caja queda vacía; Celeste la lanza hacia atrás del escenario.) Se acabó. (Las tres mujeres se paran una junta a la otra: Berta con el vestido amarillo, Celeste con el rojo y Fela con el morado.) Mírense bien. ¿No es cierto que parecemos tres reinas?
BERTA: (Con firmeza) Vamos a morir de la misma forma como siempre hemos vivido: con la cabeza en alto y luciendo como si fuéramos señoronas de la mejor calaña. (Se ríen)
CELESTE: (Aplaude) Así se habla, amiga. (Silencio largo; se escucha el tráfico que llega desde la calle por la ventana abierta. Dame un último beso, Berta. (Berta se acerca y abraza a Celeste. Se besan en las mejillas. Berta tiende el brazo y trae a Fela hacia las dos. Las tres se abrazan por unos segundos; se oyen varios gemidos.)
FELA: (Se aparta despacio de las otras dos; con aprensión) ¡Me parece que es hora!
BERTA: Mejor que sea antes del anochecer. Debe ser triste morir a oscuras…(Fela camina hacia la ventana; cierra los ojos)
CELESTE: Amén.
FELA: (Trata de lanzarse por la ventana, lo intenta varias veces: no puede. Sigue forzándose. Sube una pierna por el quicio de la ventana, se cae, se para de nuevo, trata de sacar el fondillo primero, los pechos después, vuelve a caer. Agitada) No puedo.
BERTA: (Se acerca a ella junto a Celeste) ¿Cómo que no puedes?
FELA: Trata tú, yo no puedo. Siento algo extraño. No me dejan. (Fela se para junto a Celeste)
BERTA: No es hora para cobardías. (Se acerca a la ventana y trata de tirarse al vacío; lucha en vano por unos segundos.) Empújame, Celeste, empújame. (Celeste se acerca a Berta por la parte de atrás; la empuja con fuerza.) Más fuerte, por las nalgas, empuja, empuja hasta que me caiga al vacío.
BERTA: Esto es un chiste de mal agrado.
CELESTE: ¡Qué Dios me perdone! (Celeste trata de escurrirse entre Fela y Berta, lo logra, intenta ella lanzarse con fuerza por la ventana para afuera. Siente como un golpe de rechazo desde el otro lado de la ventana.) ¿Qué pasa?
FELA: Eso no es una ventana. (La palpa con las manos)
CELESTE: Claro que lo es. Se ven los autos moviéndose allá abajo.
BERTA: ¿Entonces?
FELA! Es una maldición!
BERTA: Cállate y no hables tonterías….(Pausa cortísima) Vamos, tratemos las tres juntas a la misma vez. (Las tres se hacen un montón enorme de telas de vestidos y gangarrias por cuello, cabeza y brazos. Se empujan, se atropellan una contra otra; golpean la ventana y la pared de al lado. Rebotan una y otra vez. Celeste cae al piso.) No hay forma.
CELESTE: (Se levanta con urgencia) No digas eso. Tratemos de nuevo, por Dios…
FELA: Lo digo y lo repito: es una maldición. (Truena, el ruido retumba como si estuviera encerrado dentro del cuarto del hotel. Una centella alumbra el escenario. Celeste se persigna. Las tres mujeres se abrazan en una esquina junto a la ventana; silencio)
LA VOZ: (Llega desde la parte de atrás del escenario) Putas, viejas y pecadoras.
BERTA: (Con desconfianza) ¿Quién habla?
CELESTE: (Con temor) ¿De dónde sale esa voz?
FELA: ¡Vade Satán! (Hace la señal de la cruz con los dedos)
BERTA: ¿Quién eres?
LA VOZ: Soy el que todo lo aclara.
CELESTE: (Busca por alrededor del escenario) Viene la voz por todos lados…
FELA: Es la maldición.
BERTA: ¿De qué maldición hablas, ilusa?
LA VOZ: Cállense ya. Me aturden. Sólo he venido a aclararles que no traten de tirarse por la ventana al vacío. Pierden su tiempo miserablemente.
CELESTE: ¿Por qué?
BERTA: Sí.
LA VOZ: Porque las tres ya están muertas. Muertas y más que muertas. Fritas, quemadas vivas, hechas cenizas…no tienen un ápice de vida en esos cuerpos pecadores….¿Pero quién soy yo para juzgar a nadie y menos a tres viejas putas, pecadoras y desahuciadas…? Allá ustedes cuándo lleguen a toparse con la realidad.
FELA: (Con reproche) ¿Qué realidad?
BERTA: ¿Y por qué habla con tanta crueldad?
FELA: ¡El diablo!
CELESTE: Dinos, por qué estamos muertas?
LA VOZ: Se quemaron ayer en el burdel tratando de salir por la ventana tapiada de la sala. Hasta para morirse fueron inútiles.
BERTA: Miente.
CELESTE: Esto es un chiste de muy mal gusto.
FELA: No hablen más con esa alma maldecida. No nos hace bien…
CELESTE: (Pausa; vuelve a tronar) De pronto me siento como si volara…
BERTA: Mis manos se me aflojan…
FELA: La cabeza me da vueltas…
CELESTE: ¿Dónde están mis piernas? (Grita) Mis piernas, Berta, no me siento las piernas.
BERTA: Mis nalgas, mis caderas…qué está pasando.
CELESTE: Me derrito.
BERTA: Ven. Arrímate a mí.
CELESTE: No puedo, no te veo.
BERTA: (Grita) ¡Celeste!
FELA: (Con voz lejana) Me duele el alma… (Se ven las tres mujeres como envueltas en un torbellino de humo y telas. De repente se apagan las luces de todo el escenario; todo se queda a oscuras…Se siguen escuchando las voces ininteligibles de las tres mujeres que se van desvaneciendo entre sus quejidos. Silencio largo Las luces regresan con fuerza al escenario. Se ven los tres vestidos tirados en medio del escenario, sin los cuerpos.)TELÓN FINAL











Entradas populares de este blog

Antígona Furiosa Griselda Gambaro

Dos mujeres de Javier Daulte

Los Cuervos están de luto HUGO ARGÜELLES