¿EN QUÉ PIENSAS? XAVIER VILLAURRUTIA

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¿EN QUÉ PIENSAS?
XAVIER VILLAURRUTIA
Misterio en un acto
PERSONAJES:
Carlos
Víctor
Ramón
María Luisa
Un Desconocido
Todos menores de treinta años.
En el estudio de Carlos. Un diván, un sillón, mesa y sillas. Dos o tres cuadros. La antesala, en el fondo, comunica por una puerta sin hojas. A la derecha, la pared se halla casi totalmente sustituida por una vidriera. A la izquierda, puerta que da al cuarto de Carlos.
Carlos espera; enciende un cigarrillo, hojea sin atención una revista, se asoma a la ventana; apaga el cigarrillo, toma la revista. Se oye el timbre de la puerta de entrada. Carlos pasa a la antesala con el objeto de abrir la puerta. Se oyen las voces de Carlos y Víctor.
ESCENA I
Carlos, Víctor.
LA VOZ DE CARLOS.-Ah, ¿eres tú?
LA VOZ DE VÍCTOR.-Sí, yo. ¿Te sorprende?
CARLOS.-(Entrando) Sorprenderme precisamente, no.
VÍCTOR.-(Entrando) Pero no me esperabas, ¿verdad?
CARLOS.-Claro que no.
VÍCTOR.-Naturalmente.
CARLOS.-Siéntate.
VÍCTOR.-Pero esperabas a alguien, ¿verdad?
CARLOS.-(Evasivo) Siéntate.
VÍCTOR.-¿Por qué no me respondes?
CARLOS.-(Sonriendo) ¿Por qué no te sientas?
VÍCTOR.—(Se sienta) ¿Esperabas a alguien?
CARLOS.-Esperar precisamente, no.
VÍCTOR.-(Pausa. Se levanta) Y, sin embargo, todo en ti y fuera de ti parece estar dispuesto a esperar: la bata, la revista que no has leído, a pesar de que la tomaste para distraer los minutos de espera; el cenicero que muestra los cadáveres de tres cigarrillos apagados antes de tiempo; el nudo de la corbata en su sitio; el peinado perfecto, con todos sus brillos. No puedes negar...
CARLOS.-(Se levanta. Interrumpiéndolo) Tampoco tú puedes negar.
VÍCTOR.-(Interrumpiéndolo) Yo no niego: afirmo.
CARLOS.-También yo afirmo.
VÍCTOR.-Tú niegas.
CARLOS.-Yo afirmo y tú no podrás negar que espías.
VÍCTOR.-(Descubierto, lentamente; se sienta) Yo no espío; observo, eso es todo.
CARLOS.-Vienes aquí todas o casi todas las noches, y nunca antes de hoy has hecho observaciones tan agudas y tan desinteresadas.
VÍCTOR.-No te enfades.
CARLOS.-No me enfado; observo, eso es todo. (Se sienta)
VÍCTOR.-(Jugando el todo por el todo) Pero esperas a alguien, ¿verdad?
CARLOS.--(Después de un breve silencio) Sí. (Otro silencio) Tú me espías, ¿verdad?
VÍCTOR.—(Pausa) Si. (Pausa) ¿Me has visto desde la ventana? Yo te veía recorrer de un lado a otro el estudio, accionando, hablando con alguien. Entonces no pude resistir más tiempo y me impuse la decisión de subir.
CARLOS.-Pero ¿se puede saber. por qué me espías?
VÍCTOR.-Oh, eso es más difícil.
CARLOS.--Y ¿por qué has subido?
VÍCTOR.-Oh, eso es más difícil aún.
CARLOS.-Y, no obstante, has confesado que me espías.
VÍCTOR.-Sí, he confesado.
CARLOS.-Y, además, has subido.
VÍCTOR.-Ya lo ves. (Pausa)
CARLOS. ¡A lo que hemos llegado! Tú me espías...
VÍCTOR.-(Completando la frase) Y tú me mientes.
CARLOS.-Sin embargo, yo podría decirte por qué he mentido, por quién he mentido; no directamente, sino representando por medio de una letra lo que no es posible nombrar de otro modo. En cambio, tú no podrías, ni aun así, decirme por qué razón me espías.
VÍCTOR.-Es verdad, ni aun así podría decírtelo.
CARLOS.--(Triunfante) Ya lo ves.
VÍCTOR.-(Con rabia, rápidamente) Pero en cambio puedo decirte, en cualquier momento, ahora mismo, quién es la persona cuyo nombre pretendes sustituir hipócritamente con. un signo algebraico.
CARLOS.-Tal vez.
VÍCTOR.-Seguramente.
CARLOS.-Seguramente; ya veo- que eres capaz de todo.
VÍCTOR.—(Bajando la voz) Se trata de María Luisa... ¿verdad?
CARLOS.-Eso dices.
VÍCTOR.-(Rápidamente, en voz alta) No lo niegas. No lo niegas. Luego es ella.
CARLOS.-Menos mal que te da gusto que sea ella.
VÍCTOR.--(Asombrado) ¿Que me da gusto? ¿He dicho, he hecho algo que te haga pensar que me da gusto? Por el contrario... (Se detiene arrepentido) CARLOS.-Por el contrario, te molesta, ¿no es así?
VÍCTOR.-Desde luego no me da gusto.
CARLOS.-Entonces te molesta.
VÍCTOR.-Me molesta, si quieres.
CARLOS.-No, yo no quiero. Eres tú el que gusta de atormentarse con estas cosas.
VÍCTOR.-¿La quieres todavía?
CARLOS.-Ya sabes que entre María Luisa y yo todo ha terminado.
VÍCTOR.--(Incrédulo) ¿Todo? (Carlos no contesta) Y, no obstante, ella va a venir a verte.
CARLOS.-Si.
VÍCTOR.-Y tú has dispuesto todo para esperarla como en otros tiempos.
CARLOS: Es la costumbre y sólo la costumbre. Tú sabes que yo me arranqué voluntariamente esa pasión por María Luisa. Aquello fue, como tú decías, una mutilación.
VÍCTOR.-Sólo que, por lo visto, del mismo modo que el enfermo a quien han amputado una mano, aún sientes la presencia de esa mano; te duele y quisieras consolarte, consolándola; acariciarte, acariciándola.
CARLOS: ¿Y si así fuera...?
VÍCTOR.--(Irónico) Es verdad, yo no tengo derecho a despertarte. Sería inhumano contribuir a que dejes de seguir creyendo que aún tienes la mano que ya no tienes.
CARLOS.-¡Imbécil! (Luego, afectuoso) ¡Cómo tendré que explicarte que un día me dije: "Todo esto debe acabar", y que desde ese día...!
VÍCTOR.—{Después de recorrer con la mirada el estudio) ¡Ya lo veo!
CARLOS.-¿No me crees?
VÍCTOR.-No. No te creo porque no es posible, cuando se trata de María Luisa, decir: todo se ha acabado. Si, por el contrario, cerca de ella todo parece dispuesto a nunca acabar: la mañana, la noche, la conversación, la alegría ... la duda. CARLOS.-(Soñando, involuntariamente) Es verdad, es verdad.
VÍCTOR.-¡Lo ves!
CARLOS.-(Despertando) Y, no obstante, yo me dije: "Esto debe acabarse", y se acabó.
VÍCTOR.-¿Se acabó?
CARLOS.-Se acabó, créeme. Es inútil. que espíes...Por lo menos, es inútil que me espíes.
VÍCTOR,-¿Qué quieres decir? María Luisa en persona me dijo que hoy vendría a verte.
CARLOS.-¿Y tú qué le dijiste?
VÍCTOR.-Que no viniera, porque, de lo contrario, todo acabaría entre nosotros.
CARLOS.-¿Y qué te dijo?
VÍCTOR.-Dulcemente, suavemente, me dijo que vendría a verte y que, además, no acabaríamos. Si la hubieras visto en el momento en que dijo esto, habrías comprendido que nunca, nunca acabaremos.
CARLOS.-¡Y a pesar de eso la espías!
VÍCTOR.-N. , no es a ella a quien espío, te lo juro.
CARLOS.-No necesitas jurarlo, es a mí a quien espías.
VÍCTOR.-Quería saber si la esperabas.
CARLOS.-Y cómo la esperaba.
VÍCTOR.-Eso es.
CARLOS.-Entonces, ahora que sabes que la espero y cómo la espero, te irás.
VÍCTOR.--(Inmutable) No sé.
CARLOS.-¡Cómo "no sé"!
VÍCTOR.-No sé si podré irme. No sé si tendrás el valor de obligarme a que me vaya.
CARLOS.-No seas tonto. Te he dicho que eso de María Luisa me lo arranqué para siempre.
VÍCTOR.-Pero... ¿no la sientes?, ¿no te duele?, ¿no te hormiguea?
CARLOS.-¿Qué?
VÍCTOR.--¡Esa mano!
CARLOS.-¿Qué mano?
VÍCTOR.-¡Ya lo ves! Se te olvida que ya no es tuya, que ya no la tienes. Involuntariamente crees que aún eres dueño de ella, que ella sigue formando parte de ti. Involuntariamente te has preparado para recibirla como cuando era ... (Se detiene)
CARLOS.--(Continúa) Mía.
VÍCTOR.—(Con esfuerzo) Eso es: tuya.
CARLOS.-Si te dijera que nunca tuve la sensación de que María Luisa fuera mía, ¿me creerías?
VÍCTOR.--Si lo dices para consolarme...
CARLOS.-No lo entiendes. Quiero decir que María Luisa se me escapaba siempre, insensiblemente, cuando estaba cerca de mí. Con frecuencia tenía yo la sensación de que se ausentaba en el pensamiento; yo le preguntaba: "¿En qué piensas?", y en vez de contestarme como contesta todo el mundo, con la sonrisa
de quien vuelve a la realidad: "En nada", me respondía con la misma sonrisa, volviendo de su ausencia a la misma realidad: "En-ti". ¡En ti, en ti! Pero ese ti ¿era yo? No, seguramente. Ese ti eras tú, era otro, era quién sabe quién o quién sabe qué. Y, no obstante, nada podía yo decirle, porque su respuesta era irreprochable.
VÍCTOR.-Pero ¿es posible?
CARLOS.-Si quieres convencerte, cuando esté sola, a tu lado, abstraída, pregúntale: "¿En qué piensas?"
VÍCTOR.-(Reaccionando) Nunca se lo preguntaré. Quieres atormentarme.
CARLOS: Por el contrario, pretendo tranquilizarte haciéndote saber que ella no me quiso nunca.
VÍCTOR.--Pero a mí sí me quiere.
CARLOS.--(Con el veneno más dulce) ¿Lo dices porque piensa "en ti"?
VÍCTOR.-Tienes razón: no sé cómo he podido afirmar que me quiere. Si así fuera, no vendría a verte esta noche, y, no obstante...
CARLOS: Vendrá. Pero eso no prueba que no te quiera. Bien puede venir y seguir queriéndote, si te quiere.
VÍCTOR.-Es incomprensible.
CARLOS.-Pero así es. No hay remedio.
VÍCTOR. ¿Estás seguro?
CARLOS.-Completamente seguro. (Pausa breve)
VÍCTOR.-Contigo... ¿era también así?
CARLOS.-No. Tenía otra manera de quererme; es decir, de no quererme. "Sabes -me decía-, esta noche rehusé una invitación de Antonio. Antonio es delicioso. Estoy segura de que me habría divertido mucho; pero, ya lo ves, te quiero y aquí me tienes a tu lado". Al poco rato, su imaginación viajaba, y era entonces cuando yo le preguntaba: "¿En qué piensas?", y cuando ella me respondía: "En ti".
VÍCTOR.-Pero eso es horrible.
CARLOS.-Sí, horrible, pero irreprochable. (Un silencio) Creo, sinceramente, que si yo tuviera que escoger, preferiría, al modo como me quería, el modo como dices que te quiere.
VÍCTOR.-¿Qué cosa?
CARLOS.-Al menos a ti parece decirte: "Me voy con otro; pero pierde cuidado, allá estaré pensando en nuestro amor".
VÍCTOR.-¡Si alguien me asegurase que eso es verdad, que estando aquí piensa en nuestro amor... !
CARLOS.-(De pie. Rápidamente) ¿Me dejarías solo con ella? ¿Te irías? (Víctor no contesta, Carlos se sienta; y dulcemente:) Ni yo ni nadie puede asegurártelo. Nada concreto, nada cierto sabemos de María Luisa. Cuando decimos que no piensa lo que dice...
VÍCTOR. (Interrumpiéndolo) Eso es concretamente: no piensa lo que dice.
CARLOS.-Déjame terminar. Damos a entender que en otras ocasiones María Luisa piensa...
VÍCTOR.(Interrumpiéndolo) Cuando no dice lo que piensa, por ejemplo.
CARLOS.-Pero ¿estamos seguros de que María Luisa piensa? Pensar, lo que se llama pensar, esto que hacemos ahora nosotros: dudar, afirmar, deducir, perseguir y rodear la verdad, ¿crees que ella lo hace alguna vez? (Pausa) ¿Porqué no contestas? No te atreves a decir que nunca lo hace. Pues bien, yo creo que si María Luisa pensara un minuto, un minuto solamente, se le enronquecería la voz, se le abrirían los poros, le brotaría un vello superfluo en la cara...
VÍCTOR.-Sería horrible.
CARLOS.-S!, horrible; pero no hay ningún peligro de que esto suceda.
Se oye el timbre de la puerta de entrada. De pie, Carlos y Víctor quedan suspensos. Luego, Víctor vuelve a acomodarse tranquilamente en su asiento, ante la doble sorpresa de Carlos que, nerviosamente; le dice:)
CARLOS.-Pero ¿no has oído?
VÍCTOR.-Sí, he oído.
CARLOS.-¡Y no te mueves! Supongo que querrás irte. Puedes hacerlo por aquí, (indica la puerta de la izquierda) sin que ella te vea, o bien...
VÍCTOR.-Puedes abrir la puerta. No es ella.
CARLOS. ¿No es ella? Pero si no espero a nadie más.
VÍCTOR.-Tampoco a mí me esperabas. Te digo que no es ella. Estás inquieto y tienes dos esperanzas que te impiden ver otra cosa , la esperas a ella y esperas que yo me retire. Yo sólo espero que ella no venga. Estoy celoso y los celos me dan una lucidez increíble. La llamada, que en un principio me pareció, como a ti, de María Luisa, no es, no puede ser suya. (Se oye otra vez el timbre) ¿Oíste? Es una llamada fría, indiferente.
CARLOS.-Te aseguro que es ella.
VÍCTOR.-No es ella. .. todavía. Si no abres, abriré yo mismo y te convencerás. CARLOS.-(Resignado, yendo a abrir la puerta) Está bien, iré. (Víctor queda inmóvil sin volver la cabeza. Se oye la voz de Carlos) ¡Ah! ¡Eres-tú! (Entran Carlos y Ramón)
ESCENA II
Víctor, Carlos y Ramón.
VÍCTOR.--(A Carlos) ¿Ya lo ves?
RAMÓN.-¡Qué! ¿Me esperaban? ¿Hablaban de mí?
CARLOS.-No.
VÍCTOR.-(Simultáneamente) Sí.
RAMÓN.-¿Por fin?
CARLOS.-Sí.
VÍCTOR.—(Simultáneamente) No.
RAMÓN.-Siquiera por cortesía pónganse de acuerdo. (Silencio. Se quita el abrigo y lo deja en el diván. Carlos y Víctor cambian una mirada de cómplices ante la desdicha que ahora los une) Ya veo que estorbo. No obstante...
CARLOS.-No obstante ...
RAMÓN.-Me quedaré. Pero sólo por un momento (Se sienta. Pausa breve) ¡Y pensar que estuve a punto de venir acompañado!
CARLOS.-¡Sólo eso nos faltaba!
VÍCTOR.-(Alzando la cabeza. Interesándose. Casi al mismo tiempo) ¿Acompañado? ¿Por quién?
RAMÓN.-Por María Luisa. (Carlos hace un gesto de asombro. Víctor sonríe) Nos encontramos precisamente en la puerta de la casa. Me preguntó si venía verte y, aunque yo no lo había pensado, me pareció que, en efecto, no era una mala idea, y le dije que sí. Le pregunté si ella también venía a verte, y me dije que no, que iba de compras.
CARLOS.-¿Te dijo que no?
VÍCTOR. -¿Te dijo que iba de compras?
RAMÓN.-Me dijo ambas cosas.
CARLOS.—(A Ramón) Entonces, ¿crees que no vendrá?
VÍCTOR.-Claro que no vendrá: mientras Ramón esté aquí con nosotros, contigo, pero apenas lo vea salir. ..
RAMÓN.-¿Qué quieres decir?
CARLOS.—(A VÍCTOR) ¿Luego tú crees que, a pesar de todo, vendrá?
VÍCTOR.-(No contesta. A Ramón) ¿Te ha dicho algo más?
RAMÓN.--Me preguntó si Carlos me esperaba.
CARLOS.-¿Qué le dijiste?
RAMÓN.--La verdad: que no.
VÍCTOR.--(A Ramón) ¿Te preguntó si tu visita a Carlos sería larga?
RAMÓN.--No, eso no me lo preguntó: se lo dije yo. "Quiero que me preste algo que leer y me iré en seguida a casa. Me siento fatigado", le dije.
VÍCTOR.--(Casi para sí, otra vez. Con los codos en las piernas. Con la cabeza en las manos) ¡Es horrible!
CARLOS.-(A Víctor) Entonces, ¿crees que María Luisa no ha desistido?
VÍCTOR.-No ha desistido: vendrá.
RAMÓN.--(Que ha comprendido algo, muy poco, de lo que sucede. A Carlos) Dame, pues, un libro. Me iré. (Se levanta. Toma su sombrero y su abrigo)
CARLOS.-(Aparentando tranquilidad) ¿Qué libro quieres?
RAMÓN.-Cualquiera. Un libro cualquiera. Ya veo que lo importante es que yo me despida de ustedes y salga a la calle con un libro en la mano: el autor no importa.
CARLOS.-Como quieras. Se hará lo que gustes.
VÍCTOR.-(A Ramón) Entonces quédate.
CARLOS.-No, no se quedará. Ha Comprendido que debe irse.
RAMÓN -He comprendido que debo irme, pero me gustaría quedarme.
CARLOS.-¿Sí? Voy en busca del libro. (Sale)
ESCENA III
Víctor y Ramón.
VÍCTOR.--(Rápidamente) Si pudieras quedarte, con cualquier pretexto.
RAMÓN.-Si permanezco más tiempo en el estudio, abrirá la puerta y me echará a la calle.
VÍCTOR.-Es verdad.
RAMÓN.-Pero ¿qué sucede? Dímelo en pocas palabras.
VÍCTOR.-¿En pocas palabras? Imposible.
RAMÓN.-Se trata de María Luisa, ¿verdad?
VÍCTOR.-Si tú quisieras, al salir podrías decirle... porque ella estará en la esquina o en la tienda o en cualquiera otra parte cerca de aquí, esperando que salgas.. . podrías decirle...
RAMÓN.-¿Qué cosa?
VÍCTOR.-¿Lo harías por mí?
Sin ser visto, con un libro en la mano, aparece Carlos en el umbral de la puerta y se detiene al oírlos hablar en tono confidencial.
RAMÓN.-¿Qué debo decirle? Dilo pronto...
RAMÓN.- ( Al darse cuenta de la presencia de Carlos) Um
ESCENA IV
Víctor, Ramón y Carlos.
CARLOS.-(Desde el umbral a Ramón) No. (Arroja el libro sobre el diván. A Víctor) No se lo dirá. (A Ramón) Has dicho que te gustaría quedarte aquí y te daré gusto.
VÍCTOR.-Me parece muy bien. Nos quedaremos.
CARLOS:-Se quedarán aquí, en su casa. Soy yo quien se va a esperar, en la puerta, a María Luisa.
VÍCTOR.-¿Serás capaz?
RAMÓN.-Yo no puedo quedarme. Vine a pedirte un libro... me siento mal.
CARLOS.-En la otra pieza tendrás todos los libros que gustes. Y, en último caso, puedes pasar aquí la noche. (A Víctor) En cuanto a ti. . .
VÍCTOR.--(De pie) Saldremos juntos.
CARLOS.—Por ningún motivo. Saldré solo. Te quedas en tu casa.
VÍCTOR.-¿Debo entender que estás decidido a hacerme una mala jugada?
CARLOS.-Debes entender que, puesto que no puedo esperar a María Luisa aquí, en mi estudio, he decidido esperarla en la puerta de la casa. Así no le darán tus recados. María Luisa y yo iremos a cualquier parte, no sé...
VÍCTOR.-Eso quiere decir que me has mentido, que aún la quieres.
CARLOS.-Eso quiere decir que si me ha prometido venir es porque quiere hablar conmigo a solas.
VÍCTOR.-¿Hablarte? ¿De qué pueden ustedes hablar ahora?
CARLOS.-No lo sé. Justamente, si la espero es para saberlo.
VÍCTOR.-(Amargamente) Y no temes que María Luisa no sólo venga a hablar contigo ...
RAMÓN.-Eso no se teme. Más bien se desea.
VÍCTOR.-(A Ramón) ¡Imbécil!
CARLOS.-Si yo no bajo a esperarla, ella no subirá y nunca sabré el objeto de su visita.
VÍCTOR.-Es verdad, nunca lo sabremos.
CARLOS.-(Triunfante) Luego estás de acuerdo en que debo bajar.
VÍCTOR.-Creo que es irremediable.
CARLOS.-Entonces bajaré. (Empieza a quitarse la bata y sale por la puerta que da a su pieza)
ESCENA V
Víctor, Ramón, la voz de Carlos.
VÍCTOR.-(Rápidamente) ¿Crees que sea capaz de decirme luego la verdad?
RAMÓN.-Si la verdad es en favor suyo...
VÍCTOR.-Tienes razón, sólo así.
RAMÓN.-En su caso, ¿le dirías toda la verdad? (Víctor no responde) Vamos, dilo francamente.
VÍCTOR.-Creo que no.
RAMÓN.-Si yo pudiera hablarle. Si ella me tuviera confianza o yo se la inspirara... le preguntaría por qué viene a visitar -a Carlos. Y luego...
VÍCTOR.-Me dirías la verdad.
RAMÓN.-Naturalmente.
VÍCTOR.-Entonces ... (Se oye en este momento el timbre de la puerta de entrada. Un sonido breve, ligero, anuncia a María Luisa) Un momento... es ella.
LA VOZ DE CARLOS.-¡Qué! ¿Han llamado?
VÍCTOR.-(A Carlos, gritando) No han llamado. Es tu conciencia. (A Ramón) Recíbela tú. Háblale; pregúntale la verdad. Yo impediré que Carlos salga antes deque tú lo sepas todo. Lo convenceré.
Sale al cuarto de Carlos. Cierra la puerta. Ramón sale a abrir la puerta de entrada. Se oye la voz pura, cándida, dulce, benévola, a veces como de niña, a veces como de estatua, de María Luisa.
ESCENA VI
Ramón, María Luisa.
LA VOZ DE MARÍA LUISA.-¡Oh, usted aquí!
LA VOZ DE RAMÓN.-Pase usted, María Luisa. (Entran) ¿No esperaba encontrarme? Me disponía a salir. Ya ve usted. Aquí está el libro. Aquí mi abrigo... y mi sombrero.
MARÍA LUISA.-(Indiferente) Ya los veo. ¿Y Carlos?
RAMÓN.-Se está vistiendo.
MARÍA LUISA.-(Inocente) ¡Qué! ¿Estaba desnudo?
RAMÓN.-Sí, en el baño.
MARÍA LUISA. (Como para sí) Es curioso.
RAMÓN.-¿Qué?
MARÍA LUISA.-Nunca antes había imaginado a Carlos desnudo.
RAMÓN.-Luego... ¿también ustedes imaginan?
MARÍA LUISA.-¡Qué se imagina usted! (Como para sí) Pero a Carlos... Es curioso: no puedo imaginarlo sin cuello siquiera. Cierro los ojos y lo veo con la corbata siempre en su sitio, con el pañuelo en el suyo; irreprochable.
Ramón se ha compuesto impensadamente la corbata, el pañuelo. Se sientan.
RAMÓN.-Y a Víctor, ¿cómo lo imagina usted?
MARÍA LUISA.-No sé... en traje de sport... en traje de baño.
RAMÓN. (Sin malicia) ¿En traje de baño?
MARÍA LUISA.-(Representándoselo) Sí, en traje de baño.
RAMÓN.-Y... ¿a mí?
MARÍA LUISA.-(Sin enojo) Qué tonto es usted. A usted no lo imagino de modo alguno. Usted...
RAMÓN.-Yo. . .
MARÍA LUISA.-No existe.
RAMÓN.-¿Que yo no existo?
MARÍA LUISA.-Al menos para mí. (Pausa breve) Usted no me ha amado nunca, usted no me ama, luego...
RAMÓN.-No existo.
MARÍA LUISA.-Eso es.
RAMÓN.-Es verdad que no la he amado nunca, que no la amo, pero...
MARÍA LUISA. ¿Qué?
RAMÓN.-He amado a otras mujeres... a otra mujer.
MARÍA LUISA,-¿Es posible? (Transición) ¡Qué tonta soy! Usted ha amado a otra mujer, luego...
RAMÓN.-Existo.
MARÍA LUISA.-Tal vez. Pero. ¿dice usted que ya no la ama?
RAMÓN.-Pero la amé.
MARÍA LUISA.-Oh, entonces quién sabe si la ama usted aún.
RAMÓN.-No sé, tal vez; la verdad; no comprendo...
MARÍA LUISA.-¡No comprender! Yo, por ejemplo, no tengo por qué amar a Carlos, puesto que ya no me ama, y, no obstante, no comprendo por qué, para qué estoy aquí, en su estudio.
RAMÓN.-Entonces, ¿usted ama a Carlos?
MARÍA LUISA.-Si es que lo amo, no comprendo por qué lo amo.
RAMÓN.-Pero... ¿a Víctor?
MARÍA LUISA.-(Con cansancio) Es fácil saber por qué lo amo; me cela, me sigue, me obedece, me acaricia...
RAMÓN.-La cansa, ¿no es verdad?
MARÍA LUISA.-No, no es verdad. Es decir: me cansa; pero sobre todo, me ama.
RAMÓN.-En cuanto a Carlos ...
MARÍA LUISA.-Me evita, me olvida; le soy indiferente ...
RAMÓN.-Y no obstante, usted lo ama.
MARÍA LUISA.-No lo sé. He venido a saberlo, quizás. Eso es: he venido a saberlo. Pero ya ve usted, Carlos no está aquí. Carlos no quiere verme.
RAMÓN.-Sí está. Sí quiere verla.
MARÍA LUISA.-Pero está desnudo; es decir, invisible para mí. Si entrara en este momento, tendría yo que cerrar los ojos.
RAMÓN.-Y no obstante, hace un momento, con los ojos cerrados, lo imaginó usted, a pesar suyo, desnudo.
MARÍA LUISA.-(Cerrando los ojos, estremeciéndose) Sí, desnudo, delgado, ¡horrible!
RAMÓN.-Tal vez se equivoque su imaginación.
MARÍA LUISA.-Imposible. Nuestra imaginación no se equivoca. Usted, por ejemplo, desnudo...
RAMÓN.--(Temeroso) No, por Dios. No lo diga usted.
MARÍA LUISA.-(Con su voz más cándida) ¿Tiene usted algún defecto físico? Pero no se preocupe. Usted... usted no existe. Me olvidaba de que usted no existe. (Pausa)
RAMÓN.-Y... ¿es muy difícil existir para usted? (María Luisa no contesta. Se ha quedado pensando en otra cosa) ¿Por qué no me responde? ... ¿En qué piensa?
MARÍA LUISA.-(Despertando) En ti. (Se asombra de su frase) ¡Oh! ¿Qué he dicho?
RAMÓN.-(Tímidamente) Ha dicho que pensaba en mí.
MARÍA LUISA.-No, no es posible. Cuando usted me preguntó: "¿En qué piensa?", yo le respondí: "En nada". En nada; ¿en qué otra cosa podía pensar? RAMÓN.-....Tal vez.
MARÍA LUISA.-¿Lo duda usted?
RAMÓN.-(Dudando más que antes) No, no lo dudo.
MARÍA LUISA.-¿Verdad que he dicho que no pensaba "en nada"?
RAMÓN.-Es verdad.
MARÍA LUISA.-Qué bueno es usted.
RAMÓN.-(Asustado de su frase) No quise decir eso.
MARÍA LUISA.-No quiso decirlo, pero es verdad. (Pausa. Ramón se ha quedado pensativo) ¿En qué piensa?
RAMÓN.-(Despertando) En nada.
MARÍA LUISA.-Dígalo usted. Téngame confianza. (Se acerca a Ramón)
RAMÓN.-No digo más que la verdad.
MARÍA LUISA.-Entonces diga: "pensaba en mí"
RAMÓN.-" Pensaba en mí".
MARÍA LUISA.-No en usted: "en mí".
RAMÓN.-Eso es: "pensaba en usted".
MARÍA LUISA.--"En ti".
RAMÓN.-"En ti".
MARÍA LUISA.-Ya lo ve usted. Sin darse cuenta, sin saberlo, pensaba usted "en mí".
RAMÓN. (Arrobado) Es verdad,. sin darme cuenta.
MARÍA LUISA.-Y además, sin pensarlo, me ha hablado de tú.
RAMÓN.-Sí, de tú. (Luego, despertando) Dispénseme, María Luisa.
MARÍA LUISA.-No has cometido falta. Ya ves, también yo, sin pensarlo, te hablo de tú.
RAMÓN.-(Como un eco) De tú.
MARÍA LUISA.-Hablémonos, desde ahora, de tú. De todos modos, algún día, o quién sabe, mañana...
RAMÓN.-Algún día, o mañana...
MARÍA LUISA.-Me amarás.
RAMÓN.-Sí ... te amaré. (Despertando) Pero ¿y Carlos?
MARÍA LUISA.-Carlos me amó.
RAMÓN. ¿Y Víctor?
MARÍA LUISA.-Víctor me ama. Pero tú me amarás No ahora, no; algún día.
RAMÓN.-(Arrobado) Sí, algún día... mañana tal vez.
MARÍA LUISA.-(Como un eco) Tal vez.
RAMÓN.-Pero si Carlos te amó y Víctor te ama...
MARÍA LUISA.-(Continuando la frase) Tú me amarás.
RAMÓN.--Pero tú ¿a quién amas?
MARÍA LUISA.-Yo amo, simplemente. Amo a quien me ama.
RAMÓN.-¿Pero no crees que es preciso optar, escoger? ¡Porque los tres a un tiempo...!
MARÍA LUISA.--A un tiempo, no; en el tiempo.
RAMÓN.-¿Cómo?
MARÍA LUISA.-En el pasado, en el presente, en el mañana.
RAMÓN.--(Arrobado) No sé...
MARÍA LUISA.-Necesitaría morir para no amar a Carlos que me amó, a Víctor que me ama... (Ramón se encoge, baja la cabeza) a ti, que me amarás.
RAMÓN.-(Tímidamente) Entonces, cuando yo te ame, así, como ahora Víctor, en presente, ¿amarás también a otro, al que te amará?
MARÍA LUISA.-Sí. Tal vez. ¿Por qué no?
RAMÓN.--Pero eso será horrible.
MARÍA LUISA.-{Acercándosele. Poniendo su mano en el hombro de Ramón) No pienses, no sufras. No olvides que aún no me amas.
RAMÓN.-(Recobrando el valor) Es verdad. Ahora es Víctor el que debe sufrir porque tú me amas ya. Porque tú me amas, ¿no es cierto? (Se toman las manos)
MARÍA LUISA.-Sí, te amo porque me amarás.
RAMÓN --Porque te amaré.
Durante la última frase del diálogo, Víctor y Carlos, en trate de calle, han entrado sin ser vistos. Carlos se adelanta hacia María Luisa y Ramón. Víctor avergonzado, disminuido, se oculta a medias.
ESCENA VII
Ramón, María Luisa, Carlos y Víctor.
CARLOS.-(Con su voz más firme) ¡María Luisa!
MARÍA LUISA.--(Sin inmutarse) Ah, eres tú, Carlos.¿Por qué has tardado tanto? (Al ver a Víctor) ¿Tú aquí, Víctor? ¿Por qué te ocultas?... (Pausa breve) ¡No me dicen nada!
CARLOS.--(Fríamente) Nada.
VÍCTOR.-(Colérico y vencido) No hace falta decir nada.
MARÍA LUISA.-(Serena, plácida) Yo les diré una cosa. (A Ramón) Si tú me lo permites. (A Víctor y Carlos) Me siento dichosa. Ramón ...
VÍCTOR. (Rápidamente) Ya lo sabemos.
MARÍA LUISA.-No sabes nada, Víctor. Nunca sabes nada; dudas, imaginas, investigas, pero nunca sabes la verdad.
CARLOS.-Has dicho que te sientes dichosa.
MARÍA LUISA.-Porque Ramón...
CARLOS.-Te quiere.
MARÍA LUISA.-No, no me quiere. (A Ramón) ¿Verdad que no me quieres?
RAMÓN.(En el colmo del amor) No, no te quiero.
MARÍA LUISA.-¿Ya lo oyen? No me quiere; me querrá.
VÍCTOR.-Pero eso no es posible, María Luisa.
MARÍA LUISA.- Sí es posible. Tú bien sabes que es posible. Cuando Carlos me amaba, como tú ahora, no sabías que ya me amabas, pero yo te amaba desde entonces, porque sabía que un día me amarías.
CARLOS.-(Colérico) Y ahora le ha tocado a Ramón su turno.
MARIA LUISA.-No me entiendes. No quieren entenderme. No es su turno, no. No es que uno esté detrás o después del otro en mi amor. Según eso, tú no existirías ya para mí, puesto que ya no me amas. No obstante, yo te amo, no porque hayas dejado de amarme, sino porque un día me amaste.
VÍCTOR.-Está bien, ¿pero a mí?
MARÍA LUISA.-A ti te amo, eso es todo.
VÍCTOR.-Luego Ramón sale sobrando.
MARÍA LUISA.-(Sin oírlo) Pero Ramón, que no me ama todavía, me amará, estoy segura, y sólo por el hecho de saberlo, ya lo amo.
CARLOS.-(Despechado) No cabe duda; eres precavida. Si uno te deja de amar...
MARÍA LUISA.-No me entiendes aún. ¿Qué quiere decir que me dejen de amar cuando yo sigo amando?
VÍCTOR.-¿Quieres decir que nos amas a los tres a un tiempo?
MARÍA LUISA.-No como tú lo entiendes. A un tiempo, no; en el tiempo.
VÍCTOR.-Pero si Carlos ya está en el pasado.
MARÍA LUISA.-Es verdad. Y tú en el presente y Ramón en el futuro. Pero ¿qué son, en este caso, pasado, presente y porvenir, sino palabras? Si yo no he muerto, el pasado está como el presente, y del mismo modo que el futuro, en mí, dentro de mí, en mis recuerdos, en mi satisfacción, en mis deseos, que no pueden morir mientras yo tenga vida. (Pausa breve) ¿Verdad que ahora me comprenden?
CARLOS:-(Como a pesar suyo) Sí, te comprendo. (Toma asiento)
VÍCTOR.-¡Tal vez! (Toma asiento)
RAMÓN.-No; no te comprendo; pero no importa: un día comprenderé. (Toma asiento)
MARÍA LUISA.-Todos han comprendido. Tú, Carlos, que ya no me amas, confiesas. Tú, Víctor, que me amas, dudas todavía. Y Ramón, que aún no me ama, espera que un día comprenderá. (Se oye el timbre de la puerta. Con excepción de María Luisa, los demás parecen no haber oído) Han llamado. (A Carlos) ¿Esperas a alguien?
CARLOS.-A nadie. ¡Es extraño!.
Sale a abrir. Se oye casi en seguida la voz del desconocido.
ESCENA VIII
María Luisa, Ramón, Víctor, Carlos y el Señor Desconocido.
LA VOZ DEL DESCONOCIDO. ¿La señorita? ¿Tiene usted la bondad de avisar a !a señorita?... A la señorita que entró hace un rato.
MARÍA LUISA.-(De pie, dándose súbitamente cuenta de su olvido) ¡Es verdad! ¡Lo había olvidado!
LA VOZ DE CARLOS.-Pase, pase usted.
Entra con Carlos un señor joven, increíblemente aliñado, increíblemente tímido y, en consecuencia, increíblemente ridículo. Lleva en la mano tres paquetes grandes.
CARLOS.—(A María Luisa) El señor pregunta por ti.
MARÍA LUISA. (Al desconocido) ¡Perdóneme, perdóneme! ¡En qué estaba pensando!
EL DESCONOCIDO.-Yo hubiera querido... esperar más tiempo. Pero temía... temía que usted... que usted...
MARÍA LUISA.-Lo hubiera olvidado. Así fue. Dispénseme. (Se apresura a recoger los paquetes, que Carlos, Víctor y Ramón le quitan a su vez y que ya no abandonarán) No volverá a suceder. Y muchas gracias. Pero debe estar rendido. Tome asiento, acérquese usted.
EL DESCONOCIDO.-(Azorado, cohibido, nerviosísimo) No, muchas gracias. Debo irme. A sus órdenes, señorita. (A todos) Buenas noches.
Sale aturdido.
ESCENA IX
María Luisa, Ramón, Víctor y Carlos.
MARÍA LUISA.-(Respirando plenamente) Lo había olvidado, ¡pobrecillo! (Pausa)
CARLOS.--(Tomando asiento) ¿Quién es?
MARÍA LUISA.-No sé quién es.
VÍCTOR.--(Tomando asiento) Pero ¿no sabes quién es? RAMÓN.(Tomando asiento) No sabe quién es.
MARÍA LUISA. (En el centro del grupo) Lo encontré al salir de la tienda. Se me acercó, y con toda la timidez del mundo me rogó que le permitiera llevar los paquetes. Me miraba de un modo tan sumiso, que me pareció cruel no concederle lo que pedía. Eché a andar y, naturalmente, me siguió, sin hacer ruido, sin atreverse a hablar. Entré en esta casa, y debo de haber subido muy de prisa, o a él se le cayó un paquete, no sé; el caso es que, al entrar aquí, lo olvidé por completo... (Pausa) Pero ¿por qué callan? ¿Hay algo de malo en todo esto?
CARLOS.-Nada, yo creo que nada. (Pausa breve)
VÍCTOR.-Es posible que nada. (Pausa breve)
RAMÓN.--(Temeroso, haciendo un gran esfuerzo, se atreve) Pero ¿no pensó usted, María Luisa, al verlo tan dócil, tan inofensivo, que bien podía ser el hombre destinado a quererla?
MARÍA LUISA.-No, no lo pensé entonces; o si lo pensé, no lo recuerdo; o, más bien, oculté mi pensamiento en seguida.
RAMÓN--(Con tristeza) ¡Lo ve usted!
MARÍA LUISA.-Pero en caso de que así hubiera sido, ¿no ha visto usted que él no supo esperar?
RAMÓN.-(Con alegría, satisfecho) Es verdad. No supo esperar.
Pausa. Una misteriosa luz cenital invade el estudio. Todos permanecen inmóviles, abstraídos. Ellos, con un paquete cada uno, en la mano. Ella, sonriente, dichosa, ausente. De pronto, Víctor se le queda mirando y le pregunta con firmeza:
VÍCTOR.-María Luisa, ¿en qué piensas? Todos esperan, anhelantes, la respuesta.
MARÍA LUISA.-(Despertando, en voz baja, casi imperceptible) En nada.
VÍCTOR.-¿En nada? No es posible. (Baja la cabeza)
CARLOS.-No es posible. (Baja la cabeza)
RAMÓN.-No, no. (Baja la cabeza)
MARÍA LUISA.-(Sin salir del centro del grupo, acaricia los cabellos de cada uno) Aquí,.a tu lado, Víctor; al lado de Carlos; junto a ti, Ramón, me siento dichosa; ¿quieren saber en qué pienso? (Todos la miran ansiosos, esperanzados) En nada. Soy feliz. No pienso en nada.
Bajan todos la cabeza, acarician involuntariamente el paquete. María Luisa sonríe feliz, como una diosa feliz, mientras cae el

TELÓN

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