ELENA GARRO. LA SEÑORA EN SU BALCÓN

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La señora en su balcón
ELENA GARRO

Personajes


Clara (50 años)
Clara (40 años)
Clara (20 años)
Andrés (23 años)
Julio (40 años)
Profesor
García (40 años)
Lechero
(La escena, desierta. Clara, apoyada en su balcón, mira al vacío. Es una mujer vieja, de pelo gris y cara melancólica.)

CLARA: ¿Cuál fue el día, cuál la Clara, que me dejó sentada en este balcón, mirándome a mi misma...? Hubo un tiempo en que corrí por el mundo, cuando era plano y hermoso. Pero los compases, las leyes y los hombres lo volvieron redondo y empezó a girar sobre sí mismo, como loco. Antes, los ríos corrían como yo, libres; todavía no los encerraban en el círculo maldito... ¿Te acuerdas?
(Entra a escena Clara, de ocho años. Lleva un cuello almidonado de colegiala y unos libros. Viene arrastrando una sillita. La coloca y se sienta.)
CLARA
DE 8 AÑOS: (A Clara en el balcón.) Sí, me acuerdo; pero vino el profesor García...
(Entra el Profesor García, de negro, de cara de profesor. Trae un pizarrón portátil. Lo coloca frente a Clara. Examina con cuidado las patas del mueble; luego, con gesto pedante, extrae de su bolsillo un gis y un borrador. Se levanta alegremente las mangas de su chaqueta, como si se preparar a hacer un acto de prestidigitación y se ajusta los anteojos.)
PROFESOR
GARCÍA: ¡A ver, niñita! ¿Qué vamos a estudiar hoy?
CLARA
DE 50 AÑOS: ¡Nada! ¡Ningún conejo saltará de tu manga, ninguna rosa saldrá de tu boca!
CLARITA: (Muy atenta, sentada en su silla.) No sé, profesor García.
PROFESOR
GARCÍA: (Con voz pedante.) ¡La redondez del mundo! El mundo es redondo, como una naranja achatada... y... gira... gira, sobre su propio eje.
CLARITA: ¡Ah!
CLARA
DE 50 AÑOS: No le creas, Clarita. ¡No piensa, repite como cualquier guacamaya!
CLARITA: (A Clara de 50 años.) No le creo. Estaríamos como las pepitas, encerrados, sin cielo, sin nubes y sin sol.
PROFESOR
GARCÍA: Los antiguos pensaron que el mundo era plano y que terminaba en las columnas de Hércules....
CLARITA: ¡Hércules! H-É-R-C-U-L-E-S. (Cuenta las letras con los dedos.) ¡Ocho letras! L-E-T-R-A-S. ¡Cinco letras! ¡Profesor! ¿Por qué para decir una letra se necesitan cinco letras?
PROFESOR
GARCÍA: Porque la palabra “letra” tiene cinco letras.
CLARITA: ¿Pero por qué una “letra” tiene cinco letras?
PROFESOR
GARCÍA: ¡No te salgas del tema! A ver, dime ¿cómo es el mundo?
CLARITA: ¡El mundo es bonito! En él hay naranjas de oro, redondas y achatadas. Y también hay columnas de oro.
PROFESOR
GARCÍA: ¡No entendiste!
CLARA
DE 50 AÑOS: Sí entendió!
PROFESOR
GARCÍA: Dije que el mundo (Dibuja en el pizarrón un círculo) es redondo. Los antiguos pensaron que era plano, que terminaba en las columnas de Hércules y no se atrevieron a cruzar este límite. Más allá se encontraba el temible mar de Sargazos...
CLARITA: ¿Quiénes son los Sargazos?
PROFERSOR
GARCÍA: Sargazos es el nombre que le daba a un mar peligroso y oscuro, poblado de algas y de líquenes gigantes; así pues, ningún barco antiguo se aventuró en aguas, por temor a sus monstruosas plantas...
CLARITA: ¡Profesor García! O quiero navegar en ese mar. Iré en un barco con una sirena que cante. ¡Buuuu! ¡Buuuu!
CLARA
DE 50 AÑOS: Será inútil el viaje, porque el mundo es redondo y todos los mares y los caminos llevan al mismo punto.
PROFESOR
GARCÍA: ¡Niña, entiéndeme! Esto que te digo, no existe! ¡Es más, no existió nunca!!
CLARA: Y si no existió nunca, ¿por qué ningún barco se atrevió a ir por sus aguas?
PROFESOR
GARCÍA: Porque ésa era la versión del mundo antiguo.
CLARITA: Y en dónde está ese mundo antiguo?
PROFESOR
GARCÍA: Dije ¡la versión!
PROFESOR
GARCÍA: ¿La versión? ¿Qué versión? ¿Qué quieres decir con “en dónde está la versión”?
CLARITA: Quiero decir que en dónde la escondieron, que en dónde la tiraron. Porque yo quiero buscarla, para encontrar a los Sargazos y a los líquenes gigantes.
PROFESOR
GARCÍA: ¡Ignorante! Son inútiles mis esfuerzos por abrirte la cabeza... A ver, dime ¿qué es versión?
CLARITA: ¿Versión? Pues versión es el mundo antiguo que tiraron a un muladar.
PROFESOR
GARCÍA: ¿Quién dijo que versión es el mundo antiguo y que lo tiraron a un muladar?
CLARITA: Pues usted, profesor García.
PROFESOR
GARCÍA: ¿Yo? Yo nunca dije semejante disparate. ¡Lo que pasa es que tú tienes la cabeza como una tapia!
CLARA
DE 50 AÑOS: Usted nunca dijo nada, profesor. ¡Pasó sus años prendido a su compás, repitiendo cada vez más mal un pequeño libro de texto!
CLARITA: Sí lo dijo, profesor; pero no quiere decirme dónde está el muladar...
PROFESOR
GARCÍA: ¿De qué muladar me hablas? Los muladares son los lugares de desecho de las ciudades. ¿Qué tienen que ver con Hércules y los Sargazos?
CLARITA: ¡Ah! ¿También tiraron ciudades?
PROFESOR
GARCÍA: ¿Qué ciudades? ¿De qué hablas?
CLARITA: Le pregunto que si en el mundo antiguo había ciudades.
PROFESOR
GARCÍA: (Tranquilizándose.) ¡Claro que las había! ¡Y muy hermosas! Atenas, Esparta, Argos, Micenas, Tebas, Babilonia, Nínive...
(Se escucha un golpe de tambor. Clara se levanta de su silla y palmotea, da vuelta al compás del tambor.)
CLARA: ¡Nínive! ¿Cómo es Nínive?
PROFESOR
GARCÍA: Eran ciudades pequeñas, con columnas, templos, escalinatas, estatuas y puertos.
CLARA: ¡Yo quiero ir a Nínive!
PROFESOR
GARCÍA: Te dije que son nombres de ciudades antiguas. No existen más, han desaparecido.
CLARITA: Yo iré al muladar y entre todas las ciudades antiguas buscaré a Nínive. Y la hallaré, profesor García, porque es blanca y picuda, y sus escalinatas llevan al cielo.
CLARA
DE 50 AÑOS: ¡Clara, no busques a Nínive!
CLARITA: Sí, caminaré el mundo largo y tendido, lleno de columnas de oro, hasta llegar a Nínive de plata.
PROFESOR
GARCÍA: ¡Cálmate, niña! ¡Óyeme! Nínive no existe. Existió hace muchos siglos, muchos antes de que nosotros naciéramos.
CLARITA: ¿Y entonces, por qué sabe usted cómo es?
PROFESOR
GARCÍA: Porque la hemos guardado en la memoria. En la memoria de los pueblos.
CLARITA: ¿En la memoria? Pues hay que ir a la memoria.
PROFESOR
GARCÍA: La memoria, Clara, es el poder retentivo del hombre. Por ejemplo, ¿ves este pizarrón?
CLARITA: Sí.
CLARA
DE 50 AÑOS: También yo lo veo, aburrido, gris, con ese círculo de gis que para usted es el mundo.
PROFESOR
GARCÍA: Pues bien, si lo quito, y no lo ves más, lo verás en la memoria. Así es como existe Nínive.
CLARITA: Sí, por eso quiero ir.
PROFESOR
GARCÍA: ¡Nínive sólo existe en la memoria!
CLARITA: Ya entendí, Nínive es como el pizarrón.
PROFESOR
GARCÍA: Nínive existió como el pizarrón, ya no existe.
CLARITA: ¿Y quién la vio?
PROFESOR
GARCÍA: Muchos, muchos hombres.
CLARITA: Entonces, existe como el pizarrón.
POROFESOR
GARCÍA: No, no existe; existió hace ya muchos siglos.
CLARITA: Pues hay que ir a buscarla entre los siglos.
PROFESOR
GARCÍA: Nadie puede irse por los siglos.
CLARITA: ¡Sí se puede! ¡Yo quiero ir a Nínive! ¡Yo me iré por los siglos hasta que la encuentre! ¡Quiero ir a Níniveeeee! (Sale corriendo.)
PROFESOR
GARCÍA: ¡Niña! ¡Niña! ¡Niñaaaaa! (Recogiendo su pizarrón.) ¡La imaginación es la enfermedad de los débiles!
CLARA
DE 50 AÑOS: ¡No huyas del pizarrón, Clarita! ¡No huyas del profesor García! ¡Todavía no lo sabes, la huida no te va a llevar sino al balcón!
(La escena se oscurece ligeramente. Clara sigue quieta en su balcón.)
CLARA
DE 50 AÑOS: Quieren que vivamos en el mundo redondo que nos aprisiona. Pero hay otro, el mundo tendido, hermoso como una lengua de fuego que nos devora.
(Entra corriendo a escena Clara de 20 años. Se cubre la cara con las manos.)
CLARA
DE 50 AÑOS: Ahora vendrá Andrés, con su compás en la mano.
(Entra Andrés. Trae un anillo de bodas. Lo lleva delicadamente en lo alto, cogido con los dedos pulgar y cordial.)
ANDRRÉS: ¡Clara! ¡Clara! ¿Por qué huyes? Tienes miedo... Clara.
CLARA: No tengo miedo.
ANDRÉS: Sí, miedo de ti misma, miedo de estar enamorada.
CLARA: (Descubriéndose.) ¿Qué dices? ¿Cómo puedes decir que tengo miedo, cuando los árboles se han cubierto de naranjas redondas y doradas y en cada una de ellas hay una Clara viviendo por fin en su ciudad? En Nínive Plateada. ¿Miedo de qué?
ANDRÉS: No sé, del muladar que es este mundo.
CLARA: ¡Del muladar! Siempre lo busqué, y hasta ahora lo encuentro. Tú no lo sabes, Andrés pero desde niña ando en busca de ese muladar en el que han tirado lo hermoso. Y hasta ahora lo hallo, con sus escalinatas, sus columnas, sus templos, sus estatuas. Antes no podía hallarlo. Me faltabas tú. Tú, que estabas escondido detrás de algunas ruinas, esperándome desde hacía miles de años.
ANDRÉS: ¡Claro que re esperaba, amor mío! Cuando veía a las jóvenes caminar por la Avenida Juárez, apresuraba el paso, ¿será alguna de ellas? Pero al ver sus rostros me daba cuenta de que ninguno era el que yo buscaba.
CLARA: También yo te busco desde hace miles de años. El profesor García me dijo que uno no puede irse por los siglos, y se equivocó; porque yo tuve que viajar y viajar siglos arriba, para encontrarte a ti, que eras la memoria de mí misma, y la memoria del amor, pues tú guardaste todos los besos y los verbos amorosos que se han conjugado, para venir a decírselos a Clara, que por fin te encuentra en algún recodo del tiempo.
ANDRÉS: (Abrazándola.) ¡Vida mía! ¡No me importa lo que dices, me importa sólo ver el rosa de tus encías, oír el ritmo de tambores de tus pasos, la música geométrica de tu falda, el golpe marino de tu garganta, único puerto en donde puedo anclar!
CLARA: ¿Anclar? No, Andrés, debemos correr como los ríos. Tú y yo seremos el mismo río; y llegaremos hasta Nínive; y seguiremos la carrera por el tiempo infinito, despeñándonos juntos por los siglos hasta encontrar el origen del amor y allí permanecer para siempre, como la fuerza que inflama los pechos de los enamorados.
ANDRÉS: ¡Todo eso lo haremos juntos, en una casa, rodeados de niños locos y ardientes como tú!
CLARA: ¿Por qué me hablas así? ¿Por qué cuando yo te propongo el viaje, tú me propones el puerto, la casa?
ANDRÉS: ¿Por qué? Porque todo lo que dices son palabras, hermosas palabras. Dos gentes que se quieren necesitan una casa, un lugar donde vivir.
CLARA: Hay muchos lugares donde vivir. Se vive en cualquiera de ellos. No es eso lo que yo pido sino un acuerdo para, después de vivir, seguir viviendo siempre juntos, inseparables. Como lo visto y la memoria, como el hombre y su pasado irremediable, como el polo positivo y el negativo que juntos dan el rayo. Yo te pido la voluntad de ser uno.
ANDRÉS: Sí, Clara, y yo te ofrezco la casa y mi trabajo y mis cuidados.
CLARA: Tú me ofreces seguir siendo dos. Tendremos fechas diferentes, no sólo de nacimiento, también de muerte.
ANDRÉS: No hables de la muerte. ¿Qué tiene que ver la muerte con el amor? ¡Es atroz!
CLARA: El amor es lo único que puede salvarnos de ella. Yo seguiré viviendo en ti y tú seguirás viviendo en mí. Y luego seremos uno, indivisible.
ANDRÉS: ¡No me hables así, Clara! Yo venía a proponerte que habláramos hoy con tus padres, para que luego tú conocieras a los míos.
CLARA: ¿Para qué?
ANDRÉS: ¡Pues para que todo esté en orden, para tener su aprobación! Mira, estoy seguro de que mí madre se morirá de gusto de verte. ¿Qué digo? ¡Morirá! ¡Ya me contagiaste con tu espíritu fúnebre!
CLARA: ¿Qué no estamos en orden? ¿No me quieres?
ANDRÉS: Claro que te quiero, ¡tonta!
CLARA: Entonces, ¿por qué habrá orden si tu madre se muere de gusto al verme?
ANDRÉS: Es una manera de hablar, ¿acaso no sabes que las madres deben aprobar los amores de sus hijos?
CLARA: No. A mí no me importa que me aprueben o me desaprueben.
ANDRÉS: ¡Cállate! No digas esas, cosa, es como salar mi dicha.
CLARA: Andrés, me das miedo.
ANDRÉS: ¿No te lo dije desde el principio, que tenías miedo?
CLARA: No lo tenía.
ANDRÉS: Sí lo tenías y no te dabas cuenta.
CLARA: No, no podía tenerlo, porque creía que me amabas.
ANDRÉS: ¡Loca! ¡Tonta! ¡Claro que te amo! Dame tu mano, quiero ponerte este anillo, como señal de que hablo para siempre.
CLARA: (Esconde la mano.) ¡No, no, no quiero tu anillo! No me gustan. Tú eres como el profesor García, que creía que estaba el mundo porque dibujaba círculos de gis en el pizarrón. “¡Clara: éste es el mundo!”; pero el mundo no podía ser ese círculo gris. ¡Así tú!: Clara, éste es el amor, dame tu mano par meterte un anillo, y buscar un departamento para comer sopa y vivir con mi sueldo, si tu familia y la mía están de acuerdo.
ANDRÉS: ¿Pero qué dices, Clara? ¿No quieres el anillo? ¿Me rechazas?
CLARA: Digo que eso no es el amor... el amor... el amor es estar solo en este hermoso mundo, y viajar por los árboles y las calles y los sombreros de las señoras y ser el mismo río y llegar a Nínive y al fin de los siglos... El amor, Andrés, no es vivir juntos, es morir siendo una misma persona, es ser el amor de todos. Tú no me amas.
ANDRÉS: ¡Por favor, Clara! No vuelvas a repetir eso. Estás muy exaltada, no sabes lo que dices. Acepta este anillo, te lo ruego...
CLARA: Sé lo que digo. No quiero vivir en un apartamento de la calle de Nazas, ni quiero ver a tu madre, ni ponerme tu anillo. Yo quiero el amor, el verdadero, el que no necesita de nada de eso, el amor que reconoce sin necesidad de que nadie más lo reconozca... Adiós, Andrés.
(Clara ve un momento a Andrés, que le tiende el anillo y luego sale corriendo. Andrés, deja caer el anillo que retumba como trueno.)
ANDRÉS: ¡Clara! ¡Clara! ¿Ven, amor mío, nadie te querrá como tú pides ser querida! ¡Ven!
CLARA
DE 50 AÑOS: No, no vuelvas, Clara. Era verdad; no había sino un departamento, una hepatitis, Chevrolet parta los domingos, tres niños majaderos, disgustados porque el desayuno estaba frío, y un tedio enorme invadiendo los muebles. Todo esto me lo ha contado Mercedes, su mujer.
(Se oscurece ligeramente la escena. Andrés desaparece. Clara sigue en su balcón.)
CLARA
DE 50 AÑOS: No había Nínive. El mundo se iba haciendo una esfera cada vez más pequeña. Apenas si cabíamos.
(Entra Clara de 40 años. Triste, con un plumero en la mano. Sacude el polvo de unos muebles imaginarios.)
CLARA: (Mientras trabaja.) ¡Qué fino es el polvo! Y tiene todos los colores; es como el diamante más puro, cuyo reflejo depende del sol. El sol es como nosotros, varía de color según varía el humor. Yo no sé que haría si en esta casa no hubiera polvo. ¿Dónde encontrar rojos más tenues y dispares, o azules tan marinos o fluviales como en estos rayos iluminados por el sol, siempre girando, danzando? La danza de la mañana, de la pereza...
(Entra Julio, hombre de 40 años, en mangas de camisa.)
JULIO: Otra vez las nueve... otra vez el café con leche, y el viaje hasta la oficina...
CLARA: ¡Es maravilloso, Julio! Las calles cambian de hora en hora. Nunca son la misma calle. ¿No te has fijado? ¡A que nunca llegas a la misma oficina, por la misma calle! Yo quisiera ser tú, para trabajar en la mañana y cruzar la ciudad a la hora en que la cruzan ustedes los que hacen el mundo. Porque yo la cruzo a la hora en que la cruzan las que hacemos la comida. Pero, si quieres, te acompaño hoy en el viaje hasta la oficina.
JULIO: No digas tonterías. ¿Cómo va a ser maravilloso ir a una oficina llena de estúpidos, por unas calles también estúpidas e iguales? ¡Ah! ¡Un día me iré de viaje! Pero un viaje verdadero, lejos de esta repetición cotidiana. ¿Sabes lo que es el infierno? Es la repetición. Y todos los días repetimos el mismo gesto, la misma frase, la misma oficina, la misma sopa. Estamos en el infierno, condenados a repetirnos para siempre...
CLARA: No hables así, me afliges mucho. Me parece que soy yo la que te ha condenado a la repetición, al infierno. ¿Por qué no tratas de variar tu vida? ¿Recuerdas que pensábamos viajar hasta el fin de los siglos? Pues yo, viajo. Claro, hago viajes más modestos. Por ejemplo: cuando limpio la casa nunca estoy en ella, siempre me voy; así nunca hay nada repetido, me libro del infierno. ¿Tú nunca te has ido por la pata de una silla?
JULIO: Ya vas a empezar con tus locuras.
CLARA: No son locuras. Yo sí me voy por la pata de una silla, y luego al bosque, y camino por entre los árboles, y luego por la misma pata he llegado a casa del leñador, y de allí al vagón del ferrocarril y luego a casa del carpintero, que todavía vive como San José, y luego a la mueblería y acabo en mí misma comprando la silla y trayéndola a esta casa.
JULIO: Tu manera de viajar no me interesa. En el fondo, lo único que tratas de hacer es evadirme del infierno en que estamos. Tu vida no es sino una perpetua huida. Ahora, como ya no sabes adónde ni cómo escaparte, te escapas por las patas de las sillas.
CLARA: ¿Me escapo? ¿Crees que realmente estamos en el infierno?
JULIO: ¿Pues qué más pides? ¿El perol y las llamas? Siempre mirándonos el uno frente al otro, sin esperanzas. ¿Qué esperamos? ¿Qué esperas? Nada. La vida es un horrible engaño.
CLARA: ¡Julio! No hables, así, no blasfemes. La vida es maravillosa, pero no supimos andarla. Nos quedamos quietos como los lagos, pudriéndonos en nuestras propias agua. Cuando éramos jóvenes, pensamos que nos iríamos lejos, lejos de nosotros mismos. Yo debería haber llegado hasta ti y tú hasta mí. ¿Qué pasó, Julio?
JULIO: A mí ya no me importa lo que pasó. Me importa lo que pasa. Hay veces que quisiera desaparecer, perderme en alguien que no sea yo, aunque sea por unos momentos. Pero tengo que volver aquí, volver siempre por el mismo camino y a la misma hora...
CLARA: No regreses, Julio. Deberíamos de haber regresado juntos. Deberíamos habernos ido juntos hasta Nínive.
JULIO: ¡Nínive! Ésas eran chiquilladas. Ya no eres joven. ¡Mírate en el espejo! Resulta ridículo que una mujer a tu edad hable en esos términos.
CLARA: Para mí, tu no tienes edad. ¿Qué son unos cuantos años, comparados con los siglos infinitos que nos aguardan y que nos preceden? Tal vez las caras también, según hayas reído...
JULIO: O llorado...
CLARA: O llorado. Cuando yo te conocí, Julio, ¿no habías llorado nunca, verdad? Te dejé dolo... sí.
JULIO: Ahora quisiera que me dejaras solo de verdad.
CLARA: Nadie se salva solo. Uno se salva en el otro.
JULIO: Yo sí. Yo soy capaz de salvarme solo.
CLARA: ¡Julio!
JULIO: El amor no existe. Tampoco existe Nínive. Existe sólo un mundo que trabaja, que va, que viene, que gana dinero, que usa reloj, que cuenta los minutos y los centavos y que muere solo y acaba podrido en un agujero, con una piedra encima que lleva el nombre del desdicha. Lo demás, lo demás son tonterías...
CLARA: Ese mundo malvado es aparente. Detrás está el otro mundo maravilloso. Y detrás del tiempo de los relojes está el otro tiempo infinito de la dicha. Tú no quieres verlo, no quieres ver a Nínive, ni la memoria, ni los siglos. Me dejas sola en mitad del tiempo, sin nada a qué asirme; y yo pensé que contigo era para siempre, que juntos nos iríamos algún día a ser uno, a olvidarme de mí misma...
JULIO: ¡Basta!
CLARA: ¡Basta! No me queda sino yo misma. Me voy de ti para siempre.
(La escena se oscurece y luego se enciende.)
CLARA
DE 50 AÑOS: Me fui de viaje y llegué a mí misma.
CLARA
DE 40 AÑOS: (Que ha quedado como un títere roto, con su plumero en la mano.) Sí, me fui a ti.
CLARA
DE 50 AÑOS: No hallaste a Nínive.
CLARA
DE 40 AÑOS: No, y ahí estoy, adentro de ti, mirándome.
CLARA
DE 50 AÑOS: ¿Quién abolió a los siglos pasados y por venir? ¿Quién abolió el amor? ¿Quién me ha dejado tan sola, sentada en este balcón?
CLARA
DE 40 AÑOS: Yo no lo sé.
CLARA
DE 50 AÑOS: Pero hubo algo, alguien que me lanzó dentro de mí misma, a mirar para siempre este paisaje de Claras, del cual no podré escapar.
CLARA
DE 40 AÑOS: ¿Y qué vas a hacer ahora? ¿Ahora que ya no queda viaje, que ya no queda Nínive, que ya no quedan años ni atrás ni adelante?
CLARA
DE 50 AÑOS: Sí quedan, iré en su búsqueda. Existe la memoria.
CLARA
DE 40 AÑOS: No puedes escaparte más. Has huido del profesor García, has huido de Andrés, te has escapado de Julio, siempre buscando algo que te faltaba. Era Nínive, era el tiempo infinito... Ya no puedes huir para salir en busca. Dime, ¿qué vas a hacer?
CLARA
DE 50 AÑOS: ¿Qué voy a hacer? Iré al encuentro de Nínive y del infinito tiempo. Es cierto que ya he huido de todo. Ya sólo me faltaba el gran salto para entrar en la ciudad plateada. Quiero ir allí, al muladar en donde me aguarda con sus escalinatas, sus estatuas y sus templos, temblando en el tiempo como una gota de agua perfecta, translúcida, esperándome, intocada por los compases y las palabras inútiles. Ahora sé que sólo me faltaba huir de mí misma para alcanzarla. Eso debería haber hecho desde que supe que existía. Me hubiera evitado tantas lágrimas. Eran inútiles las otras fugas. Sólo una era necesaria.
(Se lanza por su balcón. Se oye el ruido del cuerpo que cae. Clara de 40 años desaparece también: Su plumero queda a medio escenario. Entra a escena, al oír el ruido, un lechero. Se acerca al cuerpo, luego mira a su alrededor y grita.)
LECHERO: ¡Ora! Llamen a la policía, se suicido la vieja del 17.



TELON

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