Como las estrellas y todas las cosas Sergio Magaña

Como las estrellas y todas las cosas
Sergio Magaña

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PERSONAJES:
RAÚL, joven de voz sonora y viva. Paralítico desde hace tres meses.
MIGUEL, su amigo, más joven. Manso, voz cariñosa y suave.

ÉPOCA: Actual
ESTACIÓN: Invierno.

HORA: 6 1/2 de la tarde.

ESCENARIO: Sencillamente debe aparecer el interior de un cuarto de habitación, decorado con muy buen gusto: un lecho, sobre el que Raúl se halla recostado; una mesita de noche a la derecha. Hay una silla también junto a la cama y en ella está sentado Miguel. La escena en primer término se desarrolla a oscuras, y en silencio se escucha la respiración agitada de Raúl.
RAÚL.-No, no. No enciendas la luz, ahora no.
Raúl realiza en la penumbra extraños movimientos. En realidad cuanto hace es aplicarse una inyección. Su brazo en la oscuridad se mira casi luminoso, blanco y largo. Se incorpora con lento esfuerzo.
RAÚL.-Y esto es tan fácil ... fácil... (Deja en la mesa la jeringuilla. Su voz se reanima. Se escucha más serena, poco a poco optimista). Tan fácil... tan fácil que va pasando, algo que pasa... pasa como... como si de pronto uno estuviera limpio... de adentro y de afuera, y sin frío, bañado de sol, corriendo sobre un campo verde y grande... ¡Qué belleza! (Pausa transitiva). Pues si no se ve nada, oye, hace media hora todavía entraba el sol y pegaba en la colcha ésta.
MIGUEL.-Son tardes de invierno.
RAÚL.-Y qué feas, claro, ahora enciende la luz...¡Eso!
Miguel queda laxo en su silla, después de encender la luz, con las piernas extendidas, abiertas, las manos en el regazo -la izquierda enguantada-y todo su cuerpo abandonado sobre el asiento. El vaho luminoso de la pequeña veladora baña su cara, la cual mantiene de ex profeso inclinada, como evitando mirar el rostro del otro, perdido ahora en la contra luz. Miguel experimenta imprecisas turbaciones y silba quedamente un tema de Pedro y el Lobo. Se interrumpe.
MIGUEL.-Ayer alcancé los mil doscientos metros, veinte vueltas a la alberca. (Vuelve a silbar).
RAÚL.-(Sonriendo con la voz) Ah, Miguel, no creíste lo que te dije, ¿verdad?
MIGUEL.-¿El qué?
RAÚL.-Lo que acabo de decirte, hace poco, con respecto a esto y a esto.
Señala la jeringuilla sobre la mesa y luego su propio corazón. Miguel intenta un movimiento investigatorio que es interrumpido con un ademán de brazo de Raúl, su voz es viva, pero no demasiado alarmante.
RAÚL.-No toques nada. Acabo de suicidarme y es morfina, ¿no lo dije? 
MIGUEL.-¡Oh!
RAÚL.-¿Oh? Claro que ¡Oh! Para mis condiciones, conste, morfina es un nombre terrible. La vigilancia médica autoriza unas gotas en la hipodérmica para atenuar el dolor. ¡Puf, una purruchita! Cinco centímetros lo aplacan indefinidamente. Yo he agotado el frasco, hace un momento, y tenía siete. La cosa es tan fácil, tan breve. Dentro de seis minutos empezaré a dormir, y después, bueno, creo que uno no despierta. Ejecutaré antes un temblorín o, no sé, puede que me quede nomás quieto. Luego amigo, acabo de suicidarme. (Su tono es jovial/ Eso es lo que desde hace media hora estoy tratando de decirte. Ah, no me mires así. ¿En cuánto tiempo das veinte vueltas a la alberca, dice
MIGUEL.-Per ... o.
RAÚL.-Veinte minutos, seguro, yo siempre hice diez y ocho. Terminaba jadeante y antes de salir, sumergía mi cabeza dentro para peinarme los cabellos con el agua. Sentí el agua siempre fresca. Su frescura me anegaba los párpados, los labios, la risa. Parece que me oigo todavía, riendo, perlada la cara con las gotas de agua, brillando contra el sol. Las mujeres me hacían señas. ¡Ah, qué belleza! Mientras mis piernas ágiles corrían desnudas. Perseguí siempre a mis amigas.
MIGUEL.-(Sin suspicacia, candorosamente) A las mías también.
RAÚL.-¡Qué gentil! Si tú no tienes ninguna, oh, Miguel, no sé cómo hemos podido ser amigos tú y yo.
MIGUEL.-(Inclinando la cara/ Yo sí lo sé.
RAÚL.-(Riendo con la voz) Perdóname. Soy tajante. Contigo. Ahora... Ahora no sé. Ahora lo soy con todo el mundo porque todo el mundo ha venido a verme. Ah, es una injusticia. Debió haberse quedado paralítico algún otro, no yo, que no puedo soportarlo.
MIGUEL.-(Reflexivo) Yo por ejemplo.
RAÚL.-Pues tú quizás podrías, yo no, para mí es casi una pena. ¡Oh, dioses! Apolo con piernas de Vulcano, suite para ballet y de la caída del Olimpo dos piernas inmóviles para siempre: míralas. ¿Crees que muero ahora por la morfina? Hace tres meses que he muerto. Tú no comprendes, desde luego, nunca pudiste hacerlo. Te has limitado a admirarme y a envidiarme.
MIGUEL.-(Convencido y manso) Es cierto.
RAÚL.-Pero no me hagas caso, no me hagas. A ver, tú eres como un niño, a veces... irritante y otras lleno de gracia y de prejuicios.
MIGUEL.-Isabel dice que...
RAÚL.-No metas a Isabel. Yo no la puedo discutir contigo, es evidente. ¿No es hasta un poco raro que a ella le guste tu compañía?
MIGUEL.-(Intenta una reacción rebelde, perro se reprime) Quizá es un poco raro.
RAÚL.-Con su pelo radiante y su porte de Electra. ¡Sí es una griega clásica, Miguel! Bueno ella y yo conocemos tus miedos.
MIGUEL.-(Sin ironía) Tú, ¿nunca has sentido miedo?
RAÚL.-Ahora mismo quieres huir de aquí para no verme morir, lo sé. Temes que, te miras ya espantado rodeado de gente que te pregunta. Pero ahí saldrás tú del paso con esa mentalidad tuya tan, ¿cómo dijéramos? tan especial. (Pausa conciliatoria) Además y a pesar, te quiero, eres mi amigo: eso tampoco puede discutirse. Ni tú ni yo tenemos la culpa de que tú seas como eres. Ahora sabe, que lo en mí envidiaste no fueron mis gestos ni mis desplantes sino mi amor frenético hacia todo cuanto significa la vida. En las tertulias, en la calle, con mis piernas inquietas y el pecho tumultuoso, de pie ante el sol, los brazos en el cielo y en mi cara la brisa de todos los océanos ¡Qué belleza, qué belleza!
MIGUEL.-Yo también amo la vida, el sol.
RAÚL—¡Con los primeros síntomas del desfallecimiento. (Pausado) Absurdo. Siempre estás triste, metido en ti mismo. (Mueve su brazo derecho y lo apoya en la mesa).
MIGUEL.-Tal vez, aunque yo creía.
RAÚL.-(Cada vez más agotado) En seres como tú, el amor a la vida se limita a un sentido. Aman la vida, pero no como yo. Qué va a ser, Miguel. El polen va en el viento con canciones... Algo viene rodando... No sabría decirte si es la vida que pasa... o soy yo quien se va... La vida es como un sueño grande, infinito, que ahora... me pesa en los ojos.
Miguel sabe que Raúl ha entrado en la región del sueño misterioso, por eso mismo permanece quieto, hablando impersonalmente con voz suave, tranquila. Su cara está inclinada y sus palabras van adquiriendo una extraña luminosidad, como si un aroma de trigo y de tierra saturara el ambiente y fuera matizando sus palabras.
MIGUEL.-Me gusta nadar, Raúl, abrir los brazos adentro del agua. Isabel dice...
RAÚL.-(Entre neblinas). No la nombres. Ella tiene manos cálidas, pero no me va a llorar... Estará sólo con los brazos llenos de flores... en un domingo, bajo el cielo claro...
MIGUEL.-Ella dice que mi torso es ahora un buen torso. Me gusta ir con ella, caminar, pasear.
RAÚL.-Caminar... ella también en el sueño es algo que pasa, y... se acerca ...o se va...
MIGUEL.-A veces nos sentamos en los prados, los dos solos, los prados son verdes y miramos el cielo, mucho rato así, hasta que aparecen las estrellas.
Raúl en sueño agónico. Su mano, que descansa en la mesa, inicia un crispamiento.
RAÚL.-Se va.... Miguel (
Su llamado es insuficiente. Miguel contempla un instante aquella mano palpitante.
MIGUEL.-Las estrellas viajan, dice Isabel, pasan porque no pueden detenerse. Pero su luz no se interrumpe nunca, por eso viene el sol.
RAÚL.-(Su brazo resbala de la mesa y cae inerte) ¡Miguel!...
MIGUEL.-Y ella y yo caminamos en la arena del prado, cerca del estanque, (Calla y mina el brazo inanimado y colgante) hasta que ella dice: Si tú te desnudas me baño contigo. Yo entonces siento ahí uno de esos miedos que tú dices que tengo... Raúl... y entonces dejamos que el agua fresca nos bañe los pies mientras miramos nuestras piernas hundidas, blancas, adentro. Hasta que ella dice: parece que están quebradas. Y yo le digo: Sí, parece. Y arriba de nosotros se contempla el sol... Raúl... como un huevo de oro, mientras ella dice: No se detendrá, es como las estrellas y todas las cosas, es algo que pasa, pero su luz permanece arriba de nosotros, y abajo del agua. Y todos nos reíamos. (Alguien a lo lejos silba el tema de Pedro y el Lobo) Tú no lo crees, Raúl, pero ayer, Isabel y yo alcanzamos los mil doscientos en el tanque. Ella no lo hace bien, pero dijo: Ahora Miguel tiene un hermoso torso. (Pausa) Por eso se rieron. (Llama quedamente) ¡Raúl! (Se levanta lentamente, contempla al otro con una gran admiración) ¡Raúl! (Toma en sus manos el cobertor para taparle la cara, pero se arrepiente y mete el brazo inerte de Raúl dentro del lecho y lo arropa. Su contemplación sobre el cuerpo de su amigo es cariñosamente extática) ¡Qué belleza! (Pausa. De nuevo, alguien que pasa afuera, silba el tema de Pedro y el Lobo). ¡Qué belleza!

TELÓN LENTO.

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