9/5/16

El pelícano STRINDBERG




Personajes

LA MADRE, Elisa, viuda.
EL HIJO, Federico, estudiante de derecho.
LA HIJA, Gerda.
EL YERNO, Axel, casado con Gerda.
MARGARITA, Criada.

Un salón. Al fondo, una puerta que da al comedor. A la derecha, la puerta achaflanada de un balcón. Arquimesa, escritorio, diván con una cubierta de felpa roja, una mecedora.

(Entra LA MADRE, se sienta en una silla y allí se queda abúlica, sin hacer nada. Va de luto. De vez en cuando, escucha nerviosa.)
(Se oye la «Fantasía Impromptu”, opus 66, de Chopin, obra póstuma, que alguien toca en la habitación de al lado.)
(MARGARITA, la cocinera, entra por la puerta del fondo.)
LA MADRE.- Cierra la puerta, por favor.
MARGARITA.- ¿Está sola la señora?
LA MADRE.- Cierra la puerta, por favor... ¿Quién toca?
MARGARITA.- ¡Vaya noche de perros cómo sopla El viento! Y cómo llueve...
LA MADRE.- ¡Que cierres la puerta! No puedo soportar ese olor a fenol y a ramitas de abeto...
MARGARITA.- Eso ya lo sabía yo, señora. Por eso le dije que instalasen la capilla ardiente en la iglesia...
LA MADRE.- Fueron los chicos los que se empeñaron en celebrar la ceremonia en casa...
MARGARITA.- ¿Por qué sigue la señora aquí? ¿Por qué no se cambian de casa?
LA MADRE.- El propietario no nos deja marcharnos. No podemos movernos de aquí... (Pausa.) ¿Por qué has quitado la funda del diván rojo?
MARGARITA.- La llevé a la lavandería. (Pausa.) La señorita sabe muy bien, claro, que el señor expiró en ese sofá. Pero quite usted el sofá...
LA MADRE.- No puedo tocar nada hasta que terminen el inventario..., por eso estoy aquí encerrada..., y en las otras habitaciones no puedo estar...
MARGARITA.- ¿Y eso por qué?
LA MADRE.- Los recuerdos..., esos penosos recuerdos... y ese espantoso olor... ¿Es mi hijo el que toca?
MARGARITA.- Sí, no se encuentra a gusto aquí. Está nervioso, inquieto. Y, además, eso de andar siempre con hambre... Dice que nunca ha podido comer hasta hartarse...
LA MADRE.- Siempre ha sido un enclenque, desde que nació...
MARGARITA.- A un niño criado con biberón hay que darle después una comida muy nutritiva...
LA MADRE (cortante, agresiva).- ¿Qué dices? ¿Es que aquí ha faltado algo?
MARGARITA.- Precisamente, no. Sin embargo, la señora no debería haber comprado siempre la peor comida y la más barata. Y mandar a los chicos a la escuela con una taza de achicoria y un pedazo de pan..., ¡eso sí que no está bien!
LA MADRE.- Mis hijos no se han quejado nunca de la comida...
MARGARITA.- ¿Ah, no? A usted no se le han quejado, claro, parque no se atrevían. Pero desde que se hicieron mayorcitos venían a la cocina y se quejaban...
LA MADRE.- Siempre hemos vivido con gran escasez de medios...
MARGARITA.- ¡Qué va! Leí en el periódico que a veces el señor pagaba impuestos por unos ingresos de veinte mil coronas...
LA MADRE.- ¡Y todo se iba!
MARGARITA. Sí, bien. Pero los chicos están enclenques. La señorita Gerda, bueno, ahora habrá que llamarla señora, parece una niña y eso que ya ha cumplido los veinte años...
LA MADRE.- ¿Qué tonterías dices?
MARGARITA.- ¡Sí, claro, tonterías! (Pausa.) No quiere que le encienda la estufa? Aquí hace frío.
LA MADRE.- No, gracias. No podemos permitirnos el lujo de andar quemando el dinero...
MARGARITA.- Pues su hijo se pasa el día tiritando. Por eso se va de casa o se pone a tocar el piano... para calentarse...,
LA MADRE.- Siempre ha sido muy friolero...
MARGARITA.- ¿A qué se deberá eso?
LA MADRE.- Ten cuidado, Margarita... (Pausa.) ¿Anda alguien por ahí fuera?
MARGARITA.- No, nadie.
LA MADRE.- ¿Crees que tengo miedo a los fantasmas?
MARGARITA.- Yo no sé... Pero no voy a seguir mucho tiempo aquí... Cuando vine a esta casa lo hice como si mi destino hubiese sido cuidar de los niños... Al ver lo mal que trataban a las criadas quise marcharme, pero no pude o no me dejaron... Ahora, después de la boda de la señorita Gerda, tengo la impresión de que mi misión ha terminado. Está muy cerca la hora de mi liberación, pero aún es pronto...
LA MADRE.- No entiendo una palabra de lo que dices..., todo el mundo sabe cómo me he sacrificado por mis hijos, cómo he llevado mi casa y cómo he cumplido con mis deberes... Tú eres la única que me recrimina mi conducta, pero no me importa nada. Puedes marcharte cuando quieras. Cuando los recién casados vengan a vivir en este piso, ya no pienso tener criada...
MARGARITA.- Espero que la señora se encuentre bien con ellos..., los hijos son ingratos por naturaleza, y a las suegras no las aguanta nadie, a menos que tengan dinero...
LA MADRE.- No te preocupes por mí..., pagaré mi parte y además ayudaré en los trabajos de la casa... Además, mi yerno no es como los demás yernos...
MARGARITA.- ¿Ah, no?
LA MADRE.- No, es muy diferente. A mí no me trata como a una suegra, sino como a una hermana..., por no decir como a una amiga...
(MARGARITA hace una mueca.)
LA MADRE.- Sé lo que significan tus muecas. Sí, me gusta mi yerno, nadie puede prohibírmelo, y tal se lo merece... A mi marido no le gustaba, le tenía envidia, por no decir celos... Sí, sí, me honraba con sus celos, porque ya no soy tan joven... ¿Decías algo?
MARGARITA.- No, nada... Me pareció que venía alguien... Será su hijo, como viene tosiendo... ¿Enciendo la estufa?
LA MADRE.- ¡No hace falta!
MARGARITA.- Señora..., yo en esta casa he pasado mucho frío y he pasado mucha hambre. Bien, pasado está..., pero déme una cama, una cama de verdad. Ya soy vieja y estoy cansada...
LA MADRE.- ¡A buenas horas! ¿No decías que te ibas a marchar?
MARGARITA.- ES verdad! j Lo había olvidado! Pero por el honor de la casa, queme la ropa de mi cama, esas ropas donde han muerto varias personas... Así al me- 4 nos no tendrá que avergonzarse delante de mi sustituta, si es que viene alguien cuando yo me vaya! vendrá nadie!
MARGARITA.- Y si viniese, no aguantaría mucho tiempo... He visto marcharse de esta casa a cincuenta criadas...
LA MADRE.- Porque eran gentuza. Como lo sois todas...
MARGARITA.- ¡Muchas gracias!... Bueno, pronto le negará a usted su hora. A todos les llega su hora, señora. A todos, uno tras otro.
LA MADRE.- Me estás hartando... ¡A ver si me dejas pronto en paz!
MARGARITA.- ¡Sí, pronto! ¡Muy pronto! ¡Antes de lo que se imagina!
(Sale.)
(EL HIJO entra, tosiendo, con un libro en la mano. Tartamudea ligeramente.)
LA MADRE.- Cierra la puerta, por favor.
EL HIJO.- ¿Y eso por qué?
LA MADRE.- ¿Tienes que contestar siempre así?... ¿Qué quieres?
EL HIJO.- ¿Puedo estudiar aquí? Hace tanto frío en mi cuarto...
LA MADRE.- Siempre tan friolero.
EL HIJO.- ¡E1 frío se siente más cuando uno está sentado sin moverse! (Pausa. Primero hace como que lee.) ¿Aún no han terminado el inventario?
LA MADRE.- ¿A qué viene esa pregunta? Dejemos que pase el luto. ¿Es que no has sentido la muerte de tu padre?
EL HIJO.- Sí, claro..., pero él ahora está bien y tiene bien merecida la paz de que goza. Eso no es obstáculo para que quiera conocer mi situación..., si podré seguir estudiando hasta el día del examen sin tener que pedir un préstamo...
LA MADRE.- Tu padre no ha dejado nada, ya lo sabes. Tal vez deudas...
EL HIJO.- Pero la tienda tiene que valer algo...
LA MADRE.- ¡La tienda! ¿Llamas tienda a un local donde no hay mercancías, a un almacén sin existencias?
EL HIJO (después de reflexionar).- Pero la razón social, el nombre, la clientela...
LA MADRE.- Desgraciadamente la clientela no se puede vender... (Pausa.)
EL HIJO.- Pues por ahí dicen que si.
LA MADRE.- ¿Has estado con el abogado? (Pausa.) ¿Es así como guardas luto por tu padre?
EL HIJO.- No, así no... Pero lo uno no tiene que ver nada con lo otro. ¿Dónde están mi hermana y mi cuñado?
LA MADRE.- Volvieron esta mañana del viaje de bodas y se quedaron en una pensión.
EL HIJO.- Allí al menos podrán matar el hambre.
LA MADRE.- ¡Siempre hablando de comida! ¿Tienes algún motivo para quejarte de la que te doy?
EL HIJO.- ¡No, no, por Dios!
LA MADRE.- Dime ahora una cosa. Te acuerdas de cuando tuve que vivir últimamente separada de tu padre cierto tiempo y tú te fuiste a vivir solo con él..., ¿no te habló nunca de su situación económica?
EL HIJO (enfrascado en la lectura.- No, no me dijo nada especial.
LA MADRE.- Entonces, ¿cómo te explicas que si durante estos últimos años ganaba veinte mil coronas anuales no nos haya dejado nada?
EL HIJO.- No sé nada de los negocios de mi padre. Pero decía que llevar una casa costaba mucho. Y hace poco había comprado muebles nuevos.
LA MADRE.- ¿Ah, sí? ¿Decía eso? ¿Sabes sí tenía deudas?
EL HIJO.- No sé. Las había tenido, pero ya las había pagado.
LA MADRE.- ¿Adónde habrá ido a parar el dinero? ¿Habrá hecho testamento? A mí, que me odiaba, me había amenazado varias veces con dejarme en la calle. ¿Habrá escondido sus ahorros en alguna parte? (Pausa.) ¿Anda alguien por ahí fuera?
EL HIJO.- Yo no oigo nada.
LA MADRE.- Con todo esto del entierro y los asuntos de tu padre estoy un poco nerviosa... Y hablando de otra cosa. Sabrás que tu hermana y su marido van a vivir aquí y que tú tendrás que buscarte una habitación en la ciudad.
EL HIJO.- Sí, ya lo sé.
LA MADRE.- No te cae bien tu cuñado, ¿verdad?
EL HIJO.- No goza de mis simpatías.
LA MADRE.- Pues es un buen chico y muy capaz. Trata de que te caiga bien. Se lo merece.
EL HIJO.- Yo tampoco soy santo de su devoción..., y además se portó muy mal con mi padre.
LA MADRE.- ¿Quién tuvo la culpa?
EL HIJO.- Mi padre era incapaz de hacer daño a nadie...
LA MADRE.- ¿Ah, sí? Vaya...
EL HIJO.- ¡Creo que ahora sí que anda alguien por ahí fuera!
LA MADRE.- ¡Enciendan un par de luces! ¡Pero sólo dos!
(EL HIJO enciende la luz eléctrica.)
(Pausa.)
LA MADRE.- ¿Por qué no te llevas ese retrato de tu padre a tu cuarto? Sí, ése que está ahí colgado.
EL HIJO.- ¿Por qué me lo voy a llevar?
LA MADRE.- Porque mí no me gusta. Tiene una mirada tan dura.
EL HIJO.- A mí no me lo parece.
LA MADRE.- Pues llévatelo. Si tanto te gusta, es justo que sea para ti.
EL HIJO (descolgando el cuadro).- Sí. Me lo llevo.
(Pausa.)
LA MADRE.- Estoy esperando a Axel y a Gerda... ¿Tienes ganas de saludarlos?
EL HIJO.- No es lo que más me apetece... Me voy a mi habitación..., si pudiese encender la estufa aunque fuese un poco...
LA MADRE.- No podemos permitirnos el lujo de andar quemando el dinero...
EL HIJO.- Llevo veinte años oyendo la misma canción. Pero en cambio podíamos permitirnos aquellos viajes ridículos al extranjero para darnos tono... Y también ir a restaurantes donde una cena costaba cien coronas, es decir, el equivalente de cuatro estéreos de leña. ¡Cuatro estéreos por una cena!
LA MADRE.- ¡Qué tonterías dices!
EL HIJO.- No son tonterías. Aquí han pasado cosas muy raras, pero ya se acabó..., una vez arregladas las cuentas...
LA MADRE.- ¿Qué insinúas?
EL HIJO.- Cuando terminemos el inventario y arreglemos lo demás...
LA MADRE.- ¿Lo demás?
EL HIJO.- Las deudas y los asuntos pendientes...
LA MADRE.- ¿Ah, sí? Vaya, vaya...
EL HIJO.- Bueno..., ¿crees que me puedo comprar ropa de lana?
LA MADRE.- ¿Cómo se te ocurre pedirme eso ahora? Más te valdría ponerte a trabajar y a ganar pronto algo de dinero...
EL HIJO.- Cuando haya terminado la carrera.
LA MADRE.- Entonces, pide un préstamo, como todos los demás.
EL HIJO.- ¿Quién me va a prestar dinero a mí?
LA MADRE.- Los amigos de tu padre.
EL HIJO.- Él no tenía amigos. Un hombre tan independiente como él no podía tenerlos, porque la amistad no es más que un grupito de gentes entregadas al ejercicio de la admiración y de la adulación mutua...
LA MADRE.- Una reflexión muy inteligente. La habrás aprendido de tu padre.
EL HIJO.- Sí, mi padre fue un hombre inteligente... que a veces cometió alguna locura.
LA MADRE.- ¡Lo que hay que oír!... Bueno, ¿cuándo piensas casarte?
EL HIJO.- ¿Casarme yo? ¡No, gracias! No estoy dispuesto a mantener a una mujer para entretenimiento de los solteros, ni a convertirme en la cobertura legal de una zorra, ni a proporcionarle armas a mi mejor amigo, entiéndeme, a mi peor enemigo, para que se lance en una cruzada contra mí... ¡No! ¡Me cuidaré mucho de hacerlo!
LA MADRE.- ¡Lo que me faltaba por oír!... ¡Vete a tu cuarto! ¡Estoy de ti hasta la coronilla! ¿A qué has vuelto a beber?
EL HIJO.- Tengo que beber un poco por la tos... y para matar el hambre.
LA MADRE.- ¡Otra vez con la comida! ¿Tan mala es la que te doy?
EL HIJO.- No, si mala no es..., ¡pero es tan ligera! Sabe a aire.
LA MADRE (asombrada).- ¡Vete de aquí!
EL HIJO.-Otras veces la condimentáis con tanta pimienta y sal que lo que hace es abrir el apetito. Es como comer aire condimentado con especias.
LA MADRE.- Estás borracho. Tienes que estarlo. ¡Vete de aquí!
EL HIJO.- Sí..., ¡ya me voy! Iba a decirte algo más, pero ya basta por hoy... ¡Sí! (Sale.)
(LA MADRE se pasea, inquieta, por la habitación, abre los cajones del escritorio.)
(Entra EL YERNo sin llamar, precipitadamente.)
LA MADRE (lo saluda afectuosamente).- ¿Axel! ¿Eres tú? ¡Por fin! ¡Te he echado tanto de menos! Pero, ¿dónde está Gerda?
EL YERNo.- Enseguida viene. Y tú, ¿cómo estás? ¿Qué tal por aquí?
LA MADRE.- Anda, siéntate aquí y déjame hacerte unas preguntas... No nos hemos visto desde el día de la boda... ¿por qué habéis vuelto tan pronto? Pensabais estar de viaje ocho días y a los tres ya estáis en casa...
EL YERNo.- Bueno..., el tiempo se nos hacía interminable..., ya sabes, cuando dos personas ya se han dicho todo lo que tienen que decirse, la soledad se hace insoportable.
Y además estábamos tan acostumbrados a tu compañía... Te echábamos mucho de menos.
LA MADRE.- ¿Ah, sí? ¿De verdad? Claro, nosotros tres nos hemos mantenido muy unidos a pesar de todas las dificultades, y creo que os he sido útil...
EL YERNo. Gerda es como una niña..., no sabe nada de la vida, tiene muchos prejuicios y es un poco tozuda... En ciertos casos... fanática...
LA MADRE.- ¿Y qué te pareció la boda?
EL YERNo.- Un éxito. Un verdadero éxito. Y la poesía, ¿qué te pareció?
LA MADRE.- Te refieres a la poesía que me dedicaste, ¿no? ¡Qué quieres que te diga! Creo que nunca le habrán dedicado a una suegra una poesía parecida el día de la boda de su hija... El pelícano que alimenta a sus hijos con su propia sangre..., ¿sabes que lloré?..., sí...
EL YERNo.- Entonces sí lloraste, pero después no te perdiste un baile. Gerda casi tenía celos de ti...
LA MADRE.- No hubiese sido la primera vez. Ella quería que fuese vestida de negro. Por el luto, decía. Pero no le hice ningún caso. ¡Estaría bueno que tuviese que obedecer a mis hijos!
EL YERNo.- No tienes que hacerles el menor caso. A veces Gerda se pone hecha una loca..., basta con que yo mire a una mujer...
LA MADRE.- ¿Qué me dices? ¿No sois felices?
EL YERNo.- ¿Felices? Si me explicas lo que es eso...
LA MADRE.- ¡Vaya! ¿Ya habéis reñido?
EL YERNo.- ¿Ya? Si no hemos hecho otra cosa desde el día en que nos prometimos... Y, por si fuese poco, ahora hay que añadir lo de mi renuncia al ejército. Ya no soy más que teniente de reserva... Sí, es absurdo, pero parece que le gustaba más de militar...
LA MADRE.- Entonces, ¿por qué no vas de uniforme? Debo confesar que me cuesta trabajo reconocerte de civil. Eres otro hombre...
EL YERNo.- No puedo ponérmelo más que cuando estoy de servicio y en los desfiles,..
LA MADRE.- ¿No puedes?
EL YERNo.- No, lo prohíbe el reglamento...
LA MADRE.- De todas formas, Gerda me da pena. Se prometió con un teniente y de pronto se ve casada con un chupatintas.
EL YERNo.- ¿Y qué quieres que le haga? ¡Hay que vivir! Y hablando de vivir..., ¿cómo andan los negocios?
LA MADRE.- ¡Francamente, no lo sé! Pero estoy empezando a sospechar de Federico.
EL YERNo.- ¿Por qué?
LA MADRE.- Esta tarde me ha estado diciendo unas cosas tan raras...
EL YERNo.- Ese imbécil...
LA MADRE.- Esos imbéciles suelen ser muy zorros. Y no me sorprendería que hubiese un testamento o ahorros en algún sitio...
EL YERNo.- ¿Has buscado bien?
LA MADRE.- He registrado todos sus cajones.
EL YERNo.- ¿Y los del chico?
LA MADRE.- También, claro. Todos los días miro en su papelera, porque no hace más que escribir cartas, que luego rompe...
EL YERNo.- No importa. Pero, ¿has mirado bien en la arquimesa del viejo?
LA MADRE.- Sí, naturalmente...
EL YERNo.- Pero, ¿a fondo? ¿Todos los cajones?
LA MADRE.- ¡Todos!
EL YERNo.- Todas las arquimesas suelen tener cajones secretos.
LA MADRE.- No pensé en eso…
EL YERNo.- Entonces, tenemos que volver a mirar bien.
LA MADRE.- No, no la toques. Está sellada por lo del inventario.
EL YERNo.- ¿Y no podemos saltarnos los sellos a la torera?
LA MADRE.- ¡No! ¡Eso no!
EL YERNo.- Basta con quitar la tabla de atrás. Todos los cajones secretos están ahí..., detrás...
LA MADRE.- -Harán falta herramientas...
EL YERNo.- ¡Qué va! Puedo hacerlo sin ellas...
LA MADRE.- ¡Pero que no se entere Gerda!
EL YERNo.- No, claro..., enseguida iría corriendo a contárselo a su hermanito...
LA MADRE (cerrando las puertas).- Así estaremos más seguros...
EL YERNo (examinando la parte posterior de la arquimesa).- ¡Vaya, vaya! Alguien ha andado aquí... La tabla está suelta... Puedo meter la mano...
LA MADRE.- ¡Ha sido Federico! Ves cómo mis sospechas... ¡Date prisa! ¡Viene alguien!
EL YERNo.- Aquí hay unos papeles...
LA MADRE.- Date prisa, viene alguien...
EL YERNo.- Un sobre...
LA MADRE.- ¡Es Gerda! Dame los papeles... ¡De prisa!
EL YERNo (le entrega a LA MADRE un sobre grande, que ella esconde).- ¡Toma! ¡Escóndelo!
(Alguien tira del pestillo, luego se oyen unos golpes en la puerta.)
EL YERNo.- Pero..., ¿cómo se te ocurrió cerrar con llave?.. . ¡Estamos perdidos!
LA MADRE.- ¡Cállate!
EL YERNo.- ¡Eres una idiota!... ¡Abre!... ¡Si no, abriré yo!... ¡Apártate! (Abre la puerta.)
GERDA (entra, enfadada).- ¿Por qué os habéis encerrado?
LA MADRE.- Pero, chiquilla, ¿qué maneras son ésas? Entras sin saludar, y eso que no nos vemos desde el día de la boda. ¿Qué tal el viaje? ¿Lo habéis pasado bien? Anda, cuéntame. ¡Y alegra esa cara!
GERDA (s e sienta en una silla, abatida).- ¿Por qué habéis cerrado la puerta?
LA MADRE.- Porque se abre sola y ya estaba cansada de decirle a todo el que entraba que la cerrarse. ¿Por qué no hablamos un poco de cómo queréis amueblar el piso? Supongo que viviréis aquí..,
GERDA.- ¡Qué remedio... ! A mi me da igual..., ¿y a ti, Axel?
EL YERNo.- Viviremos aquí y doña Elisa no tendrá queja..., porque donde reina la armonía...
GERDA.- ¿Y cuál va a ser la habitación de mamá?
LA MADRE.- Está ahí la mía. Con poner aquí una cama...
EL YERNo (a LA MADRE) .- ¿Pretendes poner una cama en el salón?
GERDA (al oír el «tuteo», salta).- ¿Me dices a mí?
EL YERNo.- No, hablaba con tu madre... Pero todo se arreglará... Ayudándonos los tres... y con lo que ahora paga doña Elisa podremos vivir...
GERDA (se le ilumina la cara).- Y me ayudarás un poco en los trabajos de la casa...
LA MADRE.- Pero, claro, hija mía... Lo que no haré será fregar.
GERDA.- ¿Cómo se te puede ocurrir una cosa así, mamá? Por lo demás, todo irá muy bien, porque lo único que pido es tener a mi marido para mí sola. No tolero ni que lo miren..., eso es lo que hacían todas en la pensión y por eso fue tan corto el viaje de bodas... Pero a la que trate de quitármelo, ¡a ésa la mato! ¡Ahora ya lo sabemos todos!
LA MADRE.- Por qué no empezamos ya a cambiar algunos muebles...
EL YERNo (mirando fijamente a LA MADRE).- ¡Estupendo! Gerda puede empezar aquí en esta habitación...
GERDA.- ¿Y eso por qué? No quiero quedarme sola aquí... Hasta que no nos hayamos mudado no estaré tranquila...
EL YERNo.- Como las señoras tienen miedo a la oscuridad, vamos los tres juntitos...
(Salen los tres.)
(El escenario queda vacío. Hace un viento muy fuerte que silba en las ventanas y ulula en la chimenea de la estufa. Comienza a batir la puerta del fondo. Los papeles del escritorio vuelan por la habitación y la palma que está sobre la repisa se mueve violentamente. Cae unta fotografía colgada de la pared. Se oye la voz del HIJO: «iMamá!, inmediatamente después: ¡Cierra la ventana!» Pausa. La mecedora se balancea.)
LA MADRE (entra, furiosa, leyendo el papel que lleva en la mano).- ¿Qué es esto? ¡La mecedora se mueve!
EL YERNo (siguiéndola).- ¿Qué era? ¿Qué pone ahí? ¡Déjame leer! ¿Es el testamento?
LA MADRE.- ¡Cierra la puerta! ¡Nos va a llevar la corriente! Tengo que tener la ventana abierta por el olor. No es el testamento..., es una carta dirigida al chico en la que nos calumnia a mí... y a ti.
EL YERNo.- ¡Déjame leerla!
LA MADRE.- ¡No, es puro veneno! La voy a romper. ¡Menos mal que no ha caído en sus manos! (Rompe la carta y la echa en la estufa.) Es como si se levantase y me hablase desde la tumba... ¡No, no está muerto! No podré vivir aquí... En la carta dice que lo asesiné yo... ¡No es verdad! ¡Yo no lo maté! Murió de un derrame cerebral, lo certificó el médico... Dice también otras cosas..., ¡todo mentira!... ¡Que lo arruiné!... ¿Me escuchas, Axel? ¡Tienes que sacarnos de esta casa cuanto antes! ¡Yo aquí no aguanto! ¡Prométemelo!... ¡Mira la mecedora! (b mecedora se balancea.)
EL YERNo.- Es la corriente.
LA MADRE.- ¡Sácanos de aquí! ¡Prométemelo!
EL YERNo.- No puedo..., yo contaba con la herencia que vosotras me pusisteis delante de los ojos. Si no, no me hubiese casado, claro. Ahora tenemos que aceptar la dura realidad y tú puedes considerarme un yerno engatusado... arruinado! Tenemos que mantenernos muy unidos para poder vivir. Tendremos que hacer economías, y tú nos ayudarás.
LA MADRE.- ¿Quiere decir que voy a estar de criada en mi propia casa? ¡Eso sí que no!
EL YERNo.- La necesidad no conoce ley. No hay más remedio...
LA MADRE.- Eres un canalla.
EL YERNo .- ¡Cierra el pico, vejestorio!
LA MADRE.- ¿Yo, criada tuya?
EL YERNo.- Así sentirás en tu carne las miserias que han sufrido tus criadas. El frío y el hambre que pasaron. Aunque, en fin, eso te lo vas a ahorrar.
LA MADRE.- Yo tengo mi pensión...
EL YERNo.- Que no te llega ni para pagar una buhardilla. Aquí, al menos, basta para pagar el alquiler, si tenemos cuidado... Y si no lo tenéis, yo me largo.
LA MADRE.- ¿Abandonando a tu mujer? No la has querido nunca...
EL YERNo.- Eso lo sabes tú mejor que yo... Tú me la arrancaste del corazón, la fuiste apartando de todos los sitios, excepto del dormitorio..., es lo único que pudo conservar..., y si tuviese un hijo, también se lo quitarías... Aún no sabe nada, no entiende nada, pero está empezando a despertarse de ese sueño de sonámbula. ¡Y ay de ti el día que abra los ojos!
LA MADRE.- Axel, tenemos que mantenernos muy unidos..., no podemos separarnos..., yo no puedo vivir sola. Acepto todo... menos el diván...
EL YERNo.- Eso también. No quiero estropear el piso poniendo aquí un dormitorio..., así es que ya lo sabes.
LA MADRE.- Pues cómprame otro diván...
EL YERNo.- No, no podemos permitirnos ese lujo. Además, ése es muy bonito.
LA MADRE.- Uf! ¡Pero si es un banco de matarife!
EL YERNo.- ¡Tonterías!... Pero si no quieres, siempre te queda la buhardilla y la soledad, la casa de beneficencia y el asilo de ancianos.
LA MADRE.- ¡Me rindo!
EL YERNo.- Haces muy bien...
(Pausa.)
LA MADRE.- Pero, ¿no te das cuenta que le escribe a su hijo que murió asesinado?
EL YERNo.- Hay muchas formas de asesinar... y la tuya tiene la ventaja de no estar recogida en el código penal.
LA MADRE.- Di la nuestra. Porque tú no te quedaste cruzado de brazos. Con tus provocaciones lo llevaste a la locura y a la desesperación...
EL YERNo.- Se cruzó en mi camino y luego no quiso apartarse. Por eso tuve que empujarlo...
LA MADRE.- Lo único que te reprocho es que me separases de mi hogar con tus engaños... y nunca me olvidaré de aquella tarde, la primera que estuve en tu casa, cuando nos disponíamos a empezar la espléndida cena y de repente oímos aquellos horribles gritos que venían de la plantación, aquellos gritos que nos parecieron venir del patio de la cárcel o del manicomio..., ¿te acuerdas? Era él, vagando por la plantación de tabaco, envuelto en las tinieblas, bajo la lluvia, dando de dolor por la ausencia de la mujer y de los hijos...
EL YERNo.- ¿A que viene eso ahora? ¿Y cómo sabes que era él?
LA MADRE.- Lo poda en la carta.
EL YERNo.- Y eso qué nos importa! El tampoco era un angelito...
LA MADRE.- No, no lo era. Pero, a veces, tenía sentimientos humanos, sí, más que tú...
EL YERNo.- Tus simpatías empiezan a cambiar de dirección...
LA MADRE.- No lo tomes a mal. Tenemos que vivir en paz.
EL YERNo.- Tenemos que hacerlo. Estamos condenados a ello...
(Gritos roncos en el interior del piso.)
LA MADRE.- ¿Qué es eso? ¡Oyes! Es él...
EL YERNo (con dureza).- ¿El, quién?
(LA MADRE escuchando.)
EL YERNo.- ¿Quién será?... ¡El chico! Habrá vuelto a beber.
LA MADRE.- (Es Federico? Parecía él..., a ese no podré aguantarlo! Y a ése, ¿qué le pasará ahora?
EL YERNo.- Ve a ver. Estará borracho, ese canalla.
LA MADRE.- Pero qué manera de hablar es ésa! ¡No olvides que es mi hijo!
EL YERNo.- ¡Tuyo, sí, no lo olvido! (Saca su reloj de bolsillo.)
LA MADRE.- ¿Por que miras la hora? ¿No te vas a quedar a cenar?
EL YERNo.- No, gracias. No suelo tomar té aguado, ni comer anchoas rancias..., ni gachas... Además tengo una reunión...
LA MADRE.- ¿Qué clase de reunión?
EL YERNo.- De negocios. No es asunto tuyo. ¿O es que piensas hacer el papel de suegra?
LA MADRE.- ¿Vas a dejar sola a tu mujer la primera noche que estáis en casa?
EL YERNo.- Tampoco eso es asunto tuyo.
LA MADRE.- Ahora me doy cuenta de lo que nos espera... a mí y a mis hijos. Ha llegado el momento de quitarse la careta...
EL YERNo.- Sí, ya ha llegado.
El mismo decorado. Alguien toca fuera una compsicidn de Godard: la «Berceuse», de Jocelyn. GERDA está sentada ante el escritorio. Larga pausa.
EL HIJO (entra).- ¿Estás sola?
GERDA.- Sí, mamá está en la cocina.
EL HIJO.- Y Axel, ¿dónde está?
GERDA.- En una reunión... Siéntate aquí a hablar un poco, Federico. Así me haces compañía.
EL HIJO (se sienta).- Creo que no hemos tenido nunca una verdadera conversación, siempre tratábamos de evitarnos, no nos teníamos demasiado afecto...
GERDA.- Tú siempre te ponías de parte de papá y yo de mamá.
EL HIJO.- Quizá ahora cambien las cosas... ¿Conociste bien a tu padre?
GERDA.- ¡Qué pregunta! Aunque, en realidad, únicamente lo veía con los ojos de mamá...
EL HIJO.- ¡Pero te darías cuenta de que te quería!
GERDA.- Entonces, ¿por qué se opuso a mi noviazgo y trató luego de romperlo?
EL HIJO.- Porque pensaba que tu novio no era el hombre que necesitabas.
GERDA.- En todo caso ya recibió su castigo cuando mamá lo dejó.
EL HIJO.- ¿Fue tu marido el que la indujo a abandonarlo?
GERDA.- Mi marido y yo queríamos que él, que había tratado de separarnos, sintiese en su propia carne lo que era una separación.
EL HIJO.- Eso acortó su vida... Y créeme, él sólo quería tu felicidad.
GERDA.- Tú que te quedaste con él, cuéntame, ¿qué decía?, ¿cómo reaccionó?
EL HIJO.- Soy incapaz de describir su dolor...
GERDA.- ¿Qué decía de mamá?
EL HIJO.- Nada... Lo que sí puedo decir es que después de lo que vi yo no me casaré nunca. (Pausa.) Gerda, ¿tú eres feliz?
GERDA.- ¡claro! Cuando una mujer se casa con el hombre al que quiere, es feliz.
EL HIJO.- ¿Por qué te ha dejado sola tu marido la primera noche que pasáis en casa?
GERDA.- Por una reunión de negocios.
EL HIJO.- ¿En un restaurante?
GERDA.- ¿Qué dices? ¿Cómo lo sabes?
EL HIJO.- Creía que lo sabías.
GERDA (se echa a llorar, tapándose la cara con las mano).- ¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío!
EL HIJO.- Perdóname. No quería hacerte daño.
GERDA.- Me has hecho mucho daño! ¡Oh, quiero morirme!
EL HIJO.- ¿Por qué volvisteis tan pronto del viaje de bodas?
GERDA.- Axel estaba muy preocupado por sus negocios. Y echaba de menos a mamá, no puede pasar un día sin ella... (Se miran fijamente.)
EL HIJO.- ¿Ah, si? (Pausa.) Y por lo demás, ¿lo habéis pasado bien?
GERDA.- ¡Muy bien!
EL HIJO.- ¡Pobre Gerda!
GERDA.- Pero ¿qué dices ahora?
EL HIJO.- Mira, tú sabes muy bien lo curiosa que es mamá... y que maneja el teléfono como nadie.
GERDA.- ¿Qué insinúas? ¿Que nos estuvo espiando?
EL HIJO.- Es lo que hace siempre... Probablemente está detrás de la puerta escuchando nuestra conversación...
GERDA.- Tú siempre estás pensando mal de nuestra madre.
EL HIJO.- Y tú siempre bien. ¿Cómo te lo explicas? Sabes muy bien cómo es...
GERDA.- ¡No! Ni quiero saberlo...
EL HIJO.- ¡Ah, bueno! Si no quieres saberlo es otra cosa. Algún interés tendrás en ello...
GERDA.- ¡Cállate! Soy una sonámbula que camina dormida, lo sé, y además no quiero que me despierten. Porque ya no podría vivir.
EL HIJO.- Entonces, ¿no crees que todos vivimos como sonámbulos?... Como sabes, estoy estudiando derecho. Pues bien, leyendo la historia de los grandes procesos he comprobado que los criminales más conocidos no pueden explicar cómo se desarrollaron los hechos de autos... Más aún, creían que obraban correctamente hasta el momento de la detención y entonces despertaban. Si no cometieron sus crímenes mientras soñaban, lo hicieron mientras dormían.
GERDA.- Déjame dormir. Sé que un día me despertaré, pero ¡ojalá tarde en llegar! iUf, todo esto que no conozco, pero presiento! Recuerdas cuando éramos niños... Llamaban malo al que decía la verdad. ¡Qué mala eres!, me decían, cuando explicaba que algo malo era malo... y fui aprendiendo a callar y entonces todo el mundo elogiaba mi buena educación. Así fui aprendiendo a decir lo que no pensaba, es decir, me fui preparando para hacer mi entrada en sociedad.
EL HIJO.- Se deben disimular los defectos y flaquezas del prójimo, sí, es cierto..., pero si damos un paso más caemos en la hipocresía y en la adulación... Es difícil saber cómo comportarse..., pero a veces es un deber decir la verdad sin paliativos...
GERDA.- ¡Calla!
EL HIJO.- Bien. Me callo.
(Pausa.)
GERDA.- No, es mejor que sigas hablando, pero no de eso. El silencio me hace oír lo que piensas... Cuando la gente se reúne, entonces todos hablan, hablan sin parar únicamente para ocultar sus pensamientos..., para olvidar, para ensordecerse... Quieren oír novedades sobre los demás, sí, pero al mismo tiempo ocultar sus propias preocupaciones.
EL HIJO.- ¡Pobre Gerda!
GERDA.- ¿Sabes lo que más daño hace? (Pausa.) El comprobar la futilidad de la suprema felicidad.
EL HIJO.- Eso es mucho decir.
GERDA.- Tengo frío. Enciende un poco la estufa.
EL HIJO.- ¿También tú eres friolera?
GERDA.- Yo siempre he tenido frío y hambre en esta casa.
EL HIJO.- ¡También tú! ¡Qué raro es lo que pasa en esta casa!... ¡Pero si ahora voy por leña, se armará un escándalo que durará una semana!
GERDA.- Quizá haya algo de leña en la estufa. A veces mamá ponía algunas astillas para engañarnos...
EL HIJO (va hasta la estufa y la abre).- Sí, aquí hay unas astillas. (Pausa.) Y esto, ¿qué es? ¡Una carta! Rota, servirá para encender el fuego...
GERDA.- No, Federico, no enciendas. Nos echará una bronca que no acabará nunca... Siéntate a mi lado y vamos a seguir hablando...
(EL HIJO va hacia ella, se sienta y deja la carta en la mesita de al lado.)
(Pausa.)
GERDA.- ¿Sabes por qué odiaba papá tanto a mi marido?
EL HIJO.- Sí, porque tu Axel le quitó a su hija y a su mujer, dejándolo completamente solo. Y luego el viejo notó que al otro le daban mejor comida que a él. Que os encerrabais en el comedor para hacer música y leer, es decir, que hacíais cosas que no podían caerle bien a nuestro padre. Él se fue sintiendo relegado, expulsado de su propia casa. Y por eso, finalmente, comenzó a ir al café.
GERDA.- Nosotros no nos dábamos cuenta de lo que hacíamos... ¡Pobre papá!... De todas formas, es una suerte tener unos padres de intachable reputación. Por eso sí que debemos estarles agradecidos... ¿Te acuerdas de sus bodas de plata, de los discursos que pronunciaron en su honor y de los poemas que les dedicaron?
EL HIJO.- Sí, me acuerdo. Pero a mí me pareció una farsa el celebrar la felicidad de un matrimonio que ha llevado una vida de perros...
GERDA.- ¡Federico!
EL HIJO.- No puedo remediarlo, y tú sabes muy bien la vida que llevaban... ¿O es que ya no te acuerdas de cuando mamá se quiso tirar por la ventana y tuvimos que sujetarla para impedírselo?
GERDA.- iCalla!
EL HIJO.- Debió de tener motivos que nunca llegamos a conocer..., y después del divorcio, cuando yo acompañaba a papá en sus paseos, él trató varias veces de decirme algo, pero no logró despegar los labios... A veces sueño con él...
GERDA.- ¡También yo!... Cuando lo veo en sueños es un hombre de treinta años.... me mira cariñosamente, como queriendo decirme algo, pero no logro entender lo que quiere..., a veces mamá va con él. No parece enfadado con ella, porque la quiso, a pesar de todo, hasta el final... ¿Te acuerdas de lo bien que habló de ella el día de las bodas de plata, dándole las gracias, a pesar de todo...?
EL HIJO.- iA pesar de todo! Eso es mucho decir. Y es también no decir nada.
GERDA.- Pero fue hermoso. En todo caso, ella tenía un gran mérito..., que llevaba muy bien su casa.
EL HIJO.- iAhí está precisamente el quid de la cuestión!
GERDA.- ¿Qué quieres decir con eso?
EL HIJO.- ¡Cómo hacéis todas causa común! Basta con rozar el tema de la administración de una casa, para que os pongáis todas del mismo lado..., es como la masonería o la Camorra... Yo he llegado a preguntarle a la vieja Margarita, que tanto me quiere, algo tocante a la economía de la casa, le he preguntado por qué uno nunca llega a sentirse satisfecho después de comer..., y esa mujer, que es una verdadera cotorra, se calla como una muerta... y además... se enfada... ¿Puedes explicarme eso?
GERDA (seca).- ¡No!
EL HIJO.- ¡Ahora veo que tú también eres miembro de esa masonería!
GERDA.- No entiendo lo que quieres decir.
EL HIJO.- A veces me pregunto si mi padre no fue víctima de esa Camorra que él probablemente había descubierto.
GERDA . A veces hablas como un loco...
EL HIJO.- Recuerdo que papá solía utilizar la palabra «Camorra» medio en broma, pero al final de su vida no la volvió a pronunciar...
GERDA.- ¡Qué frío tan espantoso! Es un frío sepulcral...
EL HIJO.- Voy a encender la estufa y que pase lo que Dios quiera. (Coge la carta rota, primero distraído, luego su mirada va fijándose en ella y comienza a leer.) Pero... ¿qué es esto? (Pausa.) ¡A mi hijo!... ¡Es la letra de papá! (Pausa.) Entonces, jes para mí! (Se pone a leerla. Se deja caer en una silla y sigue leyendo en silencio.)
GERDA.- ¿Qué es eso? ¿Qué lees?
EL HIJO.- iAlgo horroroso! (Pausa.) iAbsolutamente espantoso!
GERDA.- ¡Pero jdime qué es!
(Pausa.)
EL HIJO.- Esto es demasiado... (A GERDA.) ¡Es una carta que me escribió mi padre poco antes de morir! (Sigue leyendo.) ¡Ahora despierto de mi profundo sueño!
(Se tira sobre el diván gritando su dolor, mientras se guarda el papel en el bolsillo.)
GERDA (arrodillándose a su lado).- ¿Qué te pasa, Federico? ¡Dime qué te pasa!... Hermanito querido, dime, ¿estás enfermo? ¡Dime!
EL HIJO (incorporándose).- jYa no puedo seguir viviendo!
GERDA.- Pero dime... ¿Por qué? Dime.
EL HIJO.- ¡Es tan increíble! ¡Tan absolutamente increíble!
(Se recapera, se pone de pie.)
GERDA.- iPuede no ser verdad!
EL HIJO (molesto).- jLo es! El no podría mentirme desde la tumba...
GERDA.- Pero ha podido ser víctima de fantasías enfermizas... .
EL HIJO.- ¡La Camorra! ¡Ya vuelve la Camorra otra vez! iTe lo voy a contar todo!... ¡Escucha!
GERDA.- Me da la impresión que sé todo de antemano, pero no puedo creerlo.
EL HIJO.- ¡No quieres creerlo!... ¡Mira, ésta es la verdad! ¡La mujer que nos dio el ser no es más que una vulgar ladrona!
GERDA.- ¡No!
EL HIJO.- Sisaba del dinero de la casa, falsificaba las cuentas, compraba siempre lo peor diciendo que pagaba el precio más alto, comía en la cocina por las mañanas y a nosotros nos daba las sobras recalentadas, sin sustancia; se tomaba la nata de nuestra leche, por eso fuimos dos niños enclenques, raquíticos, que siempre andábamos enfermos y hambrientos. Sisaba también del dinero de la leña y por eso nos hemos pasado la vida tiritando. Cuando nuestro padre descubrió todo esto, le llamó la atención. Ella le prometió enmendarse, pero siguió igual. Llegó incluso a superarse, ¡fue cuando descubrió la soja y la pimienta de Cavena!
GERDA.- ¡No creo ni una palabra!
EL HIJO.- ¡La Camorra!... ¡Y ahora viene lo peor! ¡Ese canalla, ese degenerado que ahora es tu marido, Gerda, no te ha querido nunca a ti, sino a tu madre!
GERDA.- iOh! ¡No!
EL HIJO.- Cuando papá descubrió el pastel, y como además tu marido le había sacado dinero prestado a tu madre, a nuestra madre, el sinvergüenza pidió tu mano para ocultar su juego. Eso es, a grandes rasgos, lo que ha pasado. Los detalles puedes imaginártelos.
GERDA (llora secándose con el pañuelo, y luego).- Yo esto ya lo sabía y sin embargo no lo sabía... Era algo que no me cabía en la cabeza... porque era demasiado.
EL HIJO.- Y ahora, ¿qué podemos hacer para sacarte de esta humillante situación?
GERDA.- iMarcharnos!
EL HIJO.- (Adónde?
GERDA.- No sé.
EL HIJO.- Entonces vamos a esperar el curso de los acontecimientos.
GERDA. Una hija no tiene armas Dara luchar contra su madre. La madre es sagrada...
EL HIJO.- ¡Como el mismísimo Satanás!
GERDA.- iNo digas eso!
EL HIJO.- Es astuta como un zorro, pero su egoísmo suele cegarla...
GERDA.- ¡Vámonos de aquí!
EL HIJO.- ¿Adónde? ¡No! ¡Nos quedaremos hasta que ese sinvergüenza la eche de casa!... iChsss, calla! ¡El canalla vuelva al hogar!... iCalla!... Gerda, ahora nosotros dos formaremos una masonería. Esta será la contraseña: «Te pegó la noche de bodas.»
GERDA.- ( Recuérdamelo muchas veces!... Si no, lo olvidaría. ¡Me gustaría tanto poder olvidar!
EL HIJO.- Han destrozado nuestras vidas..., no tenemos nada que respetar, nada que nos sirva de modelo... Tampoco podemos olvidar... iVivamos, pues, para rehabilitar la memoria de nuestro padre y buscar una reparación para nosotros!
GERDA.- ¡Y para hacer justicia!
EL HIJO.- ¡Dí mejor para vengarnos!
(Entra EL YERNo.)
GERDA (representando su papel).- ¡Bienvenido !... ¿Lo has pasado bien en tu reunión? ¿Os dieron algo bueno?
EL YERNo.- ¡Se suspendió!
GERDA.- ¿Quién se sorprendió?
EL YERNo.- iHe dicho que se suspendió!
GERDA.- jAh! ... He oído que te vas a hacer cargo de la administración de la casa...
EL YERNo.- ¡Qué alegre estás esta noche! Claro, la compañía de Federico anima a cualquiera.
GERDA.- Hemos estado jugando a los masones.
EL YERNo.- ¡Mucho cuidado! Es un juego peligroso.
EL HIJO.- ¡Entonces jugaremos a la Camorra! iO a la «vendetta»!
EL YERNo (a disgusto).- ¡Qué cosas tan raras decís! ¿Qué os traéis entre manos? Secretillos, ¿eh?
GERDA.- ¿Tú no andas pregonando tus secretos, verdad? ¿0 es que el señor no tienes secretos?
EL YERNo.- ¿Qué ha pasado aquí? ¿Ha venido alguien?
EL HIJO.- Gerda y yo nos hemos hecho espiritistas y hemos recibido la visita de un fantasma.
EL YERNo.- iBasta ya de bromas, o acabaremos mal! Aunque te sienta bien estar alegre, Gerda. Estás siempre tan tristona... (Va a hacerle una caricia en la mejilla, pero ella se aparta.) ¿Me tienes miedo?
GERDA (a tacando).- ¿Yo? ¡En absoluto! Hay sentimientos que parecen miedo, pero son otra cosa, hay gestos más expresivos que las muecas, y palabras que ocultan lo que pueden revelar gestos o expresiones...
(EL YERNo, asombrado, se pone a toquetear un estante de libros.)
EL HIJO (se levanta de la mecedora, que queda balanceándose hasta que entra LA MADRE).- ¡Ya viene mamá con las gachas!
EL YERNo.- ¿Es que...?
LA MADRE (entra y queda aterrada al ver balancearse la mecedora, luego se domina).- ¿Queréis pasar a la mesa? Las gachas están servidas.
EL YERNo.- No, gracias. Si son de avena se las puedes dar a los perros, si es que los tienes; si son de centeno haces una cataplasma y te la pones para curarte el grano...
LA MADRE.- Somos pobres y no podemos gastar...
EL YERNo.- Con veinte mil coronas al año nadie es pobre.
EL HIJO.- Sí; los que prestan dinero a quienes no lo devuelven.
EL YERNo.- Pero ¿qué dices? ¿Estás loco?
EL HIJO.- Quizá lo haya estado antes.
LA MADRE .- ¿Venís ya?
GERDA.- iHala, vamos! ¡Ánimo, señores! Les voy a dar un filete con pan y mantequilla...
LA MADRE.- ¿Tú?
GERDA.- Sí, yo, aquí en mi casa..., en mi propia casa.
LA MADRE.- ¡Y que tenga yo que oír esto!
GERDA (señalando la puerta).- ¡Señores, tengan la amabilidad de pasar!
EL YERNo (a LA MADRE).- ¿Qué ocurre?
LA MADRE.- ¡Aquí hay gato encerrado!
EL YERNo.- Sin duda!
GERDA.- ¡pasen, señores, háganme el favor! (Se dirigen todos hacia la puerta.)
LA MADRE (al YERNo.- ) ¿Viste que la mecedora se estaba moviendo? Su mecedora.
EL YERNo.- No, no la vi. ¡Pero vi otra cosa! El mismo decorado. Se oye el vals de Ferrari u11 me disait». GERDA está sentada leyendo un libro.
LA MADRE (entra).- ¿Lo reconoces?
GERDA.- ¿El vals? Sí, claro.
LA MADRE.- ¡El vals de tu boda que yo bailé hasta la madrugada!
GERDA.- ¿Tú?... ¿Dónde está Axel?
LA MADRE.- ¡Eso no es asunto mío!
GERDA.- iVaya, vaya! ¿Ya habéis reñido?
(Pausa. Mímica.)
LA MADRE.- ¿Qué lees, hija mía?
GERDA.- Un libro de cocina. Pero ¿por qué no pondrán el tiempo que tienen que estar los diferentes platos al fuego?
LA MADRE (a disgusto).- Es que eso varía mucho, ¿sabes?, depende del gusto de cada uno... Unos lo hacen de una manera, otros de otra...
GERDA.- Eso es lo que no entiendo. La comida tiene que servirse en su punto, recién hecha, si no hay que recalentarla y se estropea. Ayer, por ejemplo, tuviste al fuego una perdiz blanca tres horas. Durante la primera hora la casa se llenó del delicioso aroma un poco salvaje de la caza. Después la cocina quedó en silencio. Y cuando la sirvieron no tenía el más mínimo aroma y no sabía más que a aire. ¡Anda, explícamelo!
LA MADRE (a disgusto).- iNo te entiendo!
GERDA.- ¿Explícame por qué estaba tan seca la perdiz, adónde fue a parar el jugo, quién se lo comió?
LA MADRE.- No entiendo una palabra.
GERDA.- Pero yo he andado preguntando por ahí y me he enterado de muchas casas...
LA MADRE (interrumpiéndola).- Ya lo sé. Pero no vas a ser tú la que me enseñes nada nuevo. Yo sí podría enseñarte a llevar una casa...
GERDA.- ¿Te refieres a lo de la soja y la pimienta de Cayena? También lo sé yo... ¿0 lo de elegir, cuando tienes invitados, platos que nadie come, para darnos las sobras a nosotros al día siguiente? ¿O lo de invitar a los amigos cuando en la despensa no hay más que algunos restos de comida...? ¡Todo eso lo tengo ya muy bien aprendido y por eso, a partir de hoy, seré yo la que lleve la casa!
LA MADRE (furiosa).- Y yo seré tu criada, ¿verdad?
GERDA.- Yo la tuya y tú la mía. Así nos ayudaremos... Ya viene Axel.
EL YERNo (entra con un grueso bastón en la mano).- ¿Qué, has dormido bien? ¿Qué tal el diván?
LA MADRE.- Hombre, te diré...
EL YERNo (amenazadoramente).- ¿Tienes algún reparo? ¿Te falta algo?
LA MADRE.- Ahora empiezo a entender.
EL YERNo.- ¿Ah, sí?... Pues bien, como en esta casa siempre nos quedamos con hambre, Gerda y yo hemos decidido comer aparte.
LA MADRE.- ¿Y yo?
EL YERNo.- Tú estás gorda como un cerdo, así es que no necesitas gran cosa. Te sentirías mucho mejor si adelgazases un poco, como hemos tenido que hacer nosotros... ¡Y bien, sal un momento, Gerda! ¡Ahora vas a encender la estufa!
(GERDA sale.)
LA MADRE (temblando de rabia).- Ya he puesto bastante leña...
EL YERNo.- No, ¡hay cuatro astillas! ¡Y ahora vas a traer más! ¡Y llenar bien la estufa!
LA MADRE (remoloneando).- Pero ¿es que vamos a quemar nuestro dinero?
EL YERNo.- ¡No, qué va! Lo que hay que quemar es leña para calentar la casa. ¡De prisa!
(LA MADRE remdonea.)
EL YERNo.- iUno, dos..., tres! (Da un bastonazo en la mesa.)
LA MADRE.- Me parece que ya no queda leña...
EL YERNo.- ¡Mentira! O te has guardado el dinero..., porque anteayer compramos un saco de leña.
LA MADRE.- Ahora me doy cuenta de quién eres...
EL YERNo (sentándose en la mecedora).- Hace tiempo que lo podrías haber visto si tu edad y experiencia no se hubiesen dejado engañar por mi juventud... ¡Hala, de prisa! Ve por la leña, si no... (Levanta el bastón.)
(LA MADRE sale y vuelve inmediatamente con la leña.)
EL YERNo.- Y ahora vas a encender la estufa..., pero ¡de verdad! ¡Nada de camelos! ¡Uno, dos, tres!
LA MADRE.- ¡Cómo te pareces ahora al viejo, ahí sentado en su mecedora!
EL YERNo.- iEnciende de una vez!
LA MADRE (plegándose, pero con rabia).- ¡Ya voy, ya voy!
EL YERNo.- Y ahora te quedas atendiendo al fuego mientras nosotros cenamos en el salón...
LA MADRE.- ¿Y qué voy a cenar yo?
EL YERNo.- Las gachas que te dejará Gerda en la cocina.
LA MADRE.- Con leche desnatada...
EL YERNo.- Como debe ser. ¿No te has tomado tú ya la nata? Es justo, pues.
LA MADRE (con voz apagada).- Entonces me iré de casa.
EL YERNo.- No podrás, porque te encerraré.
LA MADRE (en un susurro).- ¡Entonces me tiraré por la ventana!
EL YERNo.- Por mí deberías haberlo hecho hace tiempo. Así hubieses salvado cuatro vidas... ¡Enciende ya!... ¡Sopla bien!... ¡Así, así! Quédate aquí hasta que volvamos. (Sale.)
(Pausa.)
(LA MADRE detiene primero el balanceo de la mecedora, luego va a escuchar a la puerta, después saca una parte de la leña que ha metido en la estufa y la esconde debajo del diván.)
(Entra EL HIJO, algo bebido.)
LA MADRE (sobresaltada).- ¿Ah, eres tú?
EL HIJO (sentándose en la mecedora).- Sí.
LA MADRE.- ¿Cómo estás? ¿Te encuentras mal?
EL HIJO.- Muy mal. Creo que no voy a durar mucho.
LA MADRE.- ¡Qué ocurrencia! Esas son fantasías... ¡Deja de balancearte así!... Mírame a mí, una persona que ha alcanzado una avanzada..., una cierta edad..., y que me he pasado la vida trabajando, cumpliendo con mis deberes de ama de casa y de madre, sacrificándome por mis hijos..., ¿es que no lo he hecho?
EL HIJO.- ¡Claro!... El pelícano... que, por cierto, nunca alimentó con su sangre a sus polluelos. Los libros de zoología dicen que eso es mentira.
LA MADRE.- Si tienes alguna queja de mí, dilo.
EL HIJO.- Mira, mamá, si no estuviese un poco-borracho, no podría hablarte con franqueza, porque no me atrevería. Pero ahora sí, puedo decirte que he leído la carta de papá, la que robaste y tiraste a la estufa...
LA MADRE.- ¿Qué dices? ¿De qué carta me hablas?
EL HIJO.- ¡Siempre mintiendo! Aún me acuerdo de cuando me enseñaste a mentir por primera vez... Yo apenas sabía hablar. ¿Te acuerdas?
LA MADRE.- No, no me acuerdo. ¡Y deja en paz la mecedora!
EL HIJO.- Y de la primera vez que me mentiste, ¿te acuerdas? Y de aquella vez que, siendo niño, me escondí detrás del piano y llegó una señora de visita... Yo me acuerdo... Allí tuve que estar tres horas oyendo las mentiras que estuviste contándole todo el rato.
LA MADRE.- ¡Mientes!
EL HIJO.- ¿Y sabes por qué soy tan enclenque? Porque nunca me diste el pecho. Me crié con el biberón que me daba una niñera. Unos años después esa misma niñera me llevaba a ver a su hermana que trabajaba en un burdel y allí presencié las misteriosas escenas que, por lo demás, los propietarios de perros ofrecen a los niños en plena calle, en primavera y en otoño. Cuando te contaba lo que había visto en la casa del vicio..., tenía entonces cuatro años..., me decías que mentía y me pegabas por mentiroso, a pesar de que decía la verdad. La niñera, animada por tu beneplácito, me inició a los cinco años en todos los secretos del asunto... ¡Y sólo tenía cinco años!... (Solloza.) Y luego comencé a pasar hambre y frío, como papá y los demás. Y he tenido que esperar hasta ahora para enterarme de que tú sisabas del dinero de la compra y de la leña... ¡Mírame, pelícano! ¡Mira a Gerda, con su pecho esquelético!... Tú sabes muy bien cómo asesinaste a mi padre, cómo lo empujaste a la desesperación, un crimen que no castiga la ley. También sabes cómo asesinaste a mi hermana. ¡Pero ahora también lo sabe ella!
LA MADRE.- ¡Deja en paz la mecedora!... ¿Qué sabe?
EL HIJO.- Lo que tú sabes y yo no me atrevo a decir. (Solloza.) Es espantoso haberte dicho todo esto, pero tenía que decirlo... Me parece que cuando se me pasen los efectos de la borrachera me pegaré un tiro. Por eso sigo bebiendo..., porque no me atrevo a estar sereno...
LA MADRE.- ¡Sigue, sigue mintiendo!
EL HIJO.- Un día papá dijo, en un ataque de cólera, que la naturaleza había hecho de ti una inmensa impostora..., que no habías aprendido como los demás niños a hablar sino a mentir..., que siempre te las arreglabas para sacudirte el yugo de tus obligaciones para así poder irte de fiesta. Y aún recuerdo la noche que estando Gerda agonizando te fuiste a ver una opereta... Recuerdo perfectamente tus palabras: «Bastante dura es la vida, ¿para qué hacerla más difícil?» Y los tres meses de verano que te pasaste en París con mi padre divirtiéndote en grande y hundiendo a la familia en un pozo de deudas... Aquel verano mi hermana y yo tuvimos que pasarlo en la ciudad, encerrados en este piso con dos criadas; con una de ellas vivía, en vuestro dormitorio, un bombero, y el lecho conyugal era utilizado incesantemente por la afectuosa pareja...
LA MADRE.-¿Por qué no me lo dijiste entonces?
EL HIJO.- ¿Y has olvidado que te lo dije y también que me pegaste por chismoso o mentiroso? Utilizabas alternativamente ambas palabras, porque tan pronto oías una verdad decías que era mentira.
LA MADRE (da vueltas por la habitación, como una fiera recién enjaulada).- ¡Jamás he oído a un hijo decirle semejantes cosas a su madre!
EL HIJO.- En efecto, es bastante excepcional y va contra las leyes de la naturaleza,' lo sé, pero alguna vez tenía que decírtelo. Tú andabas dormida como una sonámbula y no te podíamos despertar. Por eso tampoco podías corregirte. Papá decía: «Aunque la pongan en el banco del tormento, tu madre es absolutamente incapaz de admitir una falta o confesar una mentira...
LA MADRE.- ¡Tu padre, claro! ¿Crees que no tenía defectos?
EL HIJO.- Los tenia y grandes. Aunque contigo y con nosotros siempre se portó bien... Pero en tu matrimonio aún hay otros secretos, cosas que he intuido, que han despertado mis sospechas, pero que nunca he querido admitir... Esos secretos se los llevó, en parte, mi padre a la tumba.
LA MADRE.- ¿No crees que ya has hablado bastante?
EL HIJO.- Ahora me voy a beber... Nunca sacaré el título de abogado, porque no creo en la administración de justicia. Las leyes parecen escritas por ladrones y asesinos con el único propósito de absolver a los culpables. El testimonio de un hombre honesto no vale nada, pero el de dos testigos falsos constituye una prueba concluyente. A las once y media, mi causa se considera justa, pero pasadas las doce ya he perdido el proceso. Un error, un margen que falte en el escrito pueden mandarme a mí, un inocente, a la cárcel. Si muestro clemencia con un delincuente, éste presenta una denuncia contra mí por difamación. Siento un desprecio tan enorme por la vida, la humanidad, la sociedad y por mí, que ni siquiera tengo ganas de hacer el menor esfuerzo por seguir viviendo... (Va hacia la puerta.)
LA MADRE.- ¡No te vayas!
EL HIJO.- ¿Te asusta la oscuridad?
LA MADRE.-Estoy muy nerviosa.
EL HIJO.- Lo uno es consecuencia de lo otro.
LA MADRE. Y esa mecedora acabará volviéndome loca. Cuando él estaba allí sentado me parecía ver dos grandes cuchillos de picar carne... que me picaban en trocitos el corazón.
EL HIJO.- jSi tú no tienes corazón!
LA MADRE.- ¡No te vayas! No puedo quedarme aquí... Axel es un canalla.
EL HIJO.- Es lo que yo creía hasta hace un momento. Ahora creo que es una víctima de tus perversas inclinaciones.. . Sí, la historia del jovencito seducido.
LA MADRE.- En mala compañia debes andar!
EL HIJO.- Claro. ¡Nunca las he tenido buenas!
LA MADRE.- ¡No te vayas!
EL HIJO.- ¿Para qué quieres que me quede? No haría más que torturarte con mis palabras hasta matarte...
LA MADRE.- ¡No te vayas!
EL HIJO.- ¿Estás despertándote?
LA MADRE.- ¡Sí, ahora me despierto, como de un sueño largo, muy largo! ¡Es terrible! ¿Por qué no me han despertado antes?
EL HIJO.- Si nadie pudo hacerlo es porque sería imposible. Y como era imposible, tú no tienes ninguna culpa.
LA MADRE.- iRepite esas palabras!
EL HIJO.- Que tú no podías ser distinta de la que eres.
LA MADRE (besándole servilmente la mano).- ¡Sigue, dime más cosas!
EL HIJO.- No puedo decirte más... Sí, quiero pedirte una cosa. No te quedes aquí. No harías más que agravar la situación.
LA MADRE.- Tienes razón. Me iré... lejos.
EL HIJO.- iPobre mamá!
LA MADRE.- ¿Tienes compasión de mí?
EL HIJO (sollozando).- iSí, claro que sí! iCuántas veces habré dicho hablando de ti: «Es tan mala que me da lástima»!
LA MADRE.- Gracias por tus palabras... Ahora vete, Federico.
EL HIJO.- ¿Y esto no tiene remedio?
LA MADRE.- No, es irremediable.
EL HIJO.- Sí, lo es... ¡Es irremediable! (Sale.)
(Pausa.)
LA MADRE (sola, se queda un rato con los brazos cruzados sobre el pecho. Después va a la ventana, la abre y mira hacia abajo. Vuelve al centro de la habitación y toma carrera para saltar por la ventana, pero, al oír tres golpes en la puerta del fondo, cambia de parecer).- ¿Quién será? ¿Qué habrá sido? (Cierra la ventana.) ¡Adelante! (Se abre la puerta del fondo.) ¿Hay alguien ahí? (Se oyen los gritos del HIJO en el interior del piso.) ¡Es él! ¡El en la plantación de tabaco! Entonces... ¿no está muerto? ¿Qué voy a hacer? ¿Dónde me voy a meter? (Se escode detrás de la arquimesa.) (Vuelve a soplar el viento y los papeles vuelan por la habitación.) ¡Cierra la ventana, Federico! (El viento derriba una maceta.) ¡Cierra la ventana! ¡Me muero de frío! ¡Y la estufa se está apagando!
(Enciende la luz eléctrica, todas las lámparas; cierra la puerta, que se vuelve a abrir; el viento mueve la mecedora; ella empieza a dar vueltas y vueltas por la habitación, hasta que se tira de bruces sobre el diván y esconde la cara entre los cojines.)
Se oye el vals «Il me disait» que tocan en otra habitación.
(LA MADRE sigue tumbada en el diván con la cabeza escondida bajo los cojines.)
(Entra GERDA con el plato de gachas en una bandeja que coloca en la mesa; luego apaga todas las lámparas menos una.)
LA MADRE (se despierta y se pone de pie).- ¡No apagues!
GERDA.- Sí. Tenemos que ahorrar.
LA MADRE.- ¿Ya de vuelta?
GERDA.- Sí, como le faltabas tú, Axel se aburría.
LA MADRE.- ¡Se agradece la gentileza!
GERDA.- Aquí tienes la cena.
LA MADRE.- No tengo hambre.
GERDA.- ¡Sí, tienes hambre, pero no comes gachas!
LA MADRE.- Sí, a veces...
GERDA.- No, nunca. Pero hoy te las vas a comer. ¿Sabes por qué? Por aquella sádica sonrisa que iluminaba tu cara cuando nos martirizabas obligándonos a comer las gachas de avena..., las mismas que les dabas a los perros.
LA MADRE.- Yo no trago la leche desnatada. Me da escalofríos.
GERDA.- ¡Ya te has tomado la nata con el café de las once!... ¡Puedes darte por contenta! (Le sirve las ge chas en una escudilla.) ¡Y ahora, a comer! iY que yo te vea!
LA MADRE.- ¡No puedo!
GERDA (se agacha y saca unos trozos de leña de debajo del diván).- Si no comes le diré a Axel que has robado la leña.
LA MADRE.- Axel, que tanto me echaba de menos, no me hará ningún daño. ¿Te acuerdas del día de tu boda, cómo bailó conmigo el vals Il me disait? ¡Escucha!
(Tararea el vals, que se oye en el interior del piso hasta el segundo estribillo.)
GERDA.- Sería más prudente no recordar semejante escándalo...
LA MADRE.- Y me dedicaron poesías. Y para mí fueron las flores más hermosas.
GERDA.- iCállate!
LA MADRE.- ¿Quieres que te recite aquélla? Me la sé de memoria... «En el Ginnistan... » Ginnistan es una palabra persa que significa Jardín del Edén... Y allí viven las adorables Peris que se alimentan del perfume de las flores... Las Peris son unos genios o hadas, cuya naturaleza hace que conforme van pasando los años se vayan haciendo más jóvenes...
GERDA.- Oh, Dios mío, ¿no te habrás creído que eres una Peri?
LA MADRE.- Bueno, lo dice el poema... Y el tío Víctor se me ha declarado... ¿Qué diríais si me volviese a casar?
GERDA.- Pobre mamá! Todavia andas como una sonámbula, como hemos vivido todas... Pero ¿es que no vas a despertar nunca? ¿No te das cuenta de que todos se ríen de ti? ¿Es que tampoco entiendes los insultos de Axel?
LA MADRE.- ¿Qué insultos? Yo sigo creyendo que es mucho más considerado conmigo que contigo...
GERDA.- ¿Hasta cuando te amenaza con el bastón?
LA MADRE.- ¿A mí? ¡Es a ti a quien amenaza con el bastón, hija mía!
GERDA.- Pero, mamá, ¿has perdido la razón?
LA MADRE.- El me ha echado de menos esta tarde... Tenemos siempre tantas cosas de que hablar..., es el único que me comprende, y tú no eres más que una niña...
GERDA.- (coge a su madre por los hombros y la sacude).- ¡Despierta, por Dios, despierta!
LA MADRE.- Aún no eres una persona adulta. Y yo soy tu madre que te crió con su sangre...
GERDA.- No, me diste una botella de cristal y un pedazo de goma que yo chupaba. Después me vi obligada a robar del aparador, donde no había más que pan de centeno viejo. Me lo comía con mostaza y cuando no podía resistir el ardor de la garganta me la refrescaba con la botella de vinagre. Esa fue mi despensa, ¡la vinagrera y la panera!
LA MADRE.- iVaya, vaya! iAsí es que ya robando desde niña! ¡Muy bonito! ¿No te da vergüenza confesarlo? ¡Y pensar que he sacrificado mi vida por unos hijos así!
GERDA (llorando).- Podía habértelo perdonado todo! ¡pero el haberme quitado la vida..., eso no te lo perdonaré nunca!... Sí, él era mi vida, porque con él empecé a vivir...
LA MADRE.- ¿Tengo acaso la culpa de que me prefiriese a mí? Ouizá me encontró.... ¿cómo lo diría?.... más atractiva... Sin duda tenía mejor gusto que tu padre, que no supo apreciarme en lo que valía hasta que no tuvo rivales... (Se oyen tres golpes en la puerta.) ¿Quién llamará ahora?
GERDA.- ¡No hables mal de mi padre! No creo que me baste toda mi vida para arrepentirme del daño que le hice. ¡Pero tú lo vas a pagar, sí, tú que me azuzaste contra él! ¿Te acuerdas de cuando me enseñaste, siendo una niñita, a decirle palabras hirientes, que yo entonces no comprendía, simplemente para mortificarlo? Claro que papá no me castigaba. Era lo bastante inteligente como para saber quien manejaba el arco que lanzaba las flechas que lo herían. ¿Recuerdas cuando me enseñaste a engañarlo diciéndole que necesitaba libros para la escuela? Cuando le sacábamos el dinero nos lo repartíamos tú y yo... ¿Cómo voy a olvidar ese pasado? ¿Es que no hay ninguna bebida que borre los recuerdos sin ahogar la vida? ¡Si al menos tuviese fuerzas para dejar todo esto! Pero yo soy como Federico, somos impotentes, víctimas abúlicas, tus víctimas... ¡Y tú, un ser empedernido, que ni siquiera puedes sufrir por tus propios crímenes!
LA MADRE.- ¿Qué sabes tú de mi infancia? ¿Puedes siquiera imaginarte el horror del hogar en que me crié? ¿El mal que aprendí allí? Es como una herencia que nos viene desde arriba..., pero ¿de quién? De nuestros primeros padres, dicen los libros de nuestra infancia y bien puede ser... No me eches la culpa y así yo no se la echaré a mis padres, que a su vez podrían echársela a los suyos y así sucesivamente. Además, lo mismo pasa en todas las familias, aunque no andan pregonándolo ante extraños...
GERDA.- Si la vida es así, yo no quiero vivir. Y sí tengo que seguir viviendo, entonces preferiría estar ciega y sorda para cruzar por toda esta miseria, pero con la esperanza de una vida mejor después...
LA MADRE.- ¡Qué exagerada eres, hija mía! Cuando tengas el primer hijo ya verás cómo se te van esas ideas de la cabeza...
GERDA.- No puedo tener hijos...
LA MADRE.- ¿Cómo lo sabes?
G E R D A . Me lo ha dicho el médico.
LA MADRE.- Se equivoca...
GERDA.- Ya estás mintiendo otra vez... Soy estéril, raquítica, como Federico, y por eso no quiero vivir...
LA MADRE.- Tonterías...-
GERDA.- Si yo pudiese hacer daño como quisiera, tú ya no existirías! ¿Por qué es tan difícil hacer daño? ¡Cuando levanto la mano contra ti, es como si me golpease a mí misma! ...
(De repente, cesa la música. Se oyen los gritos del HIJO en el interior del piso.)
LA MADRE.- iOtra vez borracho!
GERDA.- iPobre Federico! ¿Y qué otra cosa puede hacer?
EL HIJO (entra, medio borracho).- Me..., me parece... que hay humo... en..., en la cocina.
LA MADRE.- ¿Qué dices?
EL HIJO.- ¡Creo... yo..., yo creo... que algo... se quema!
LA MADRE.- ¿Se quema? Pero ¿qué dices? ¡Habla claro!
EL HIJO.- ¡Sí, yo... creo... que hay fuego!
LA MADRE (corre hacia el foro y abre la puerta, pero un resplandor rajo la detiene).- ¡Fuego! ... ¡Cómo vamos a salir de aquí!? ¡No quiero arder viva!... ¡No, no quiero! (Comienza a dar vueltas por la habitación.)
GERDA (abrazando a su hermano).- iFederico! iHuye, tenemos el fuego encima! ¡Sálvate!
EL HIJO.- ¡No me quedan fuerzas!
GERDA.- ¡Huye! Tienes que poder!
EL HIJO.- ¿Adónde?... No, no quiero...
LA MADRE.- Yo prefiero tirarme por la ventana... (Abre las puertas del balcón y se precipita en el vacío.)
GERDA.- ¡Oh, Dios mío, ayúdanos!
EL HIJO.- !Era lo único!
GERDA.- Esto... lo has hecho tú?
EL HIJO.- Sí, ¿qué otra cosa poda hacer?... ¿Podía haber hecho otra cosa?
GERDA.- ¡No, no! ¡Todo tiene que arder, todo, si no nunca podremos salir de aquí! ¡Abrázame, Federico, abrázame fuerte, muy fuerte, hermano! ¡Nunca me he sentido tan feliz! ¡Qué claridad! La luz lo va llenando todo... Pobre mamá, que era tan mala, tan mala...
EL HIJO.- ¡Hermanita querida! ¡Pobre mamá! ¿Notas el calor que hace? ¡Qué bien se está ahora! ¡Ya no tengo frío! ¡Escucha cómo crepita el fuego ahí fuera! Ahora está ardiendo todo lo viejo, todo lo viejo arde y lo malo y lo odioso y lo feo...
GERDA.- iAbrázame fuerte, hermanito querido! El fuego no nos quemará, nos ahogará el humo. ¿No notas lo bien que huele? Es la palmera y la corona de laurel de papá que arden. Y ahora se está quemando el armario de la ropa de cama. ¡Huele a espliego! ¡Y ahora a rosas! ¡No tengas miedo, hermanito querido, pronto habrá pasado todo! ¡Hermano querido, no te caigas! ¡Pobre mamá, que era tan mala! i Abrázame fuerte, más fuerte, estrújame en tus brazos, como solía decir papá! Es como Nochebuena, cuando nos dejaban cenar en la cocina y untar el pan en la olla, el único día en que podíamos comer hasta quedar satisfechos, como decía papá... ¡Qué bien huele! ¿No lo notas? Es el aparador de la cocina que arde..., el té y el café y las especias... ¿No hueles a canela y a clavo...?
EL HIJO (en pleno éxtasis).- ¿Es ya verano? El trébol está en flor... Ya estamos de vacaciones. ¿Recuerdas cuando íbamos hasta el embarcadero a ver los vapores blancos y los acariciábamos cuando estaban recién pintados y sólo nos esperaban a nosotros? ¡Entonces sí que estaba papá contento! Se sentía vivir, como é1 decía. ¡Se acabaron los libros escolares! Así debía ser siempre la vida, decía. ¡El pelícano era él! ¡Era é1 quien se sacrificaba por nosotros! El andaba siempre con rodilleras en los pantalones y los cuellos raídos, mientras nosotros íbamos vestidos como condecitos... iGerda, date prisa, el barco va a salir! Ya ha sonado la campana. Mamá ya está sentada en el salón... No, no está a bordo... ¡Pobre mamá! ¡No está aquí! ¿Se habrá quedado en tierra? ¿Dónde estará? No la veo... Sin mamá no lo vamos a pasar muy bien... iAhí esd! ¡Ya viene!... ¡Ahora sí que empiezan las vacaciones!
(Pausa.)
(Se abre la puerta del foro, se ve el intenso resplandor rojo del incendio.)
(ELH IJO y GERDA caen al suelo.)

Equus

Equus


 Peter Shaffer 


PERSONAJE S

MARTI N DYSAR T Psiquiatra
ALA N STRAN G
FRAN K STRAN G Padre
DOR A STRAN G Madre
HESTIIE R SALOMÓ N


La presidente del tribunal

JILL MASÓN
HARR Y DALTO N


Dueño de una caballeriza

JOVE N JINET E
ENFERMER A


Seis actores: incluido el Joven Jinete, que también encarna
a Diamante, aparecen como Caballos.

La acción principal de la obra tiene lugar en el Hospital
Psiquiátrico Rokeby, en el Sur de Inglaterra.
Época actual.
La obra está dividida en escenas numeradas, que indican
un cambio de tiempo, de lugar o una transición. La acción,
no obstante, es continua.

ESCENOGRAFÍ A

Un cuadrilátero de madera situado en medio de un
círculo, también de madera.

La tarima cuadrada se parece a un ring; tres de sus
lados tienen barandillas de madera, con una abertura en
el centro. Las barandillas están sustentadas por barrotes
verticales, formando una especie de cerco. En el lado del
proscenio no hay barandilla alguna. La tarima está montada
sobre cojinetes, de modo que, mediante una ligera presión
realizada por los propios actores situados en el círculo,
pueda girar suavemente.

Sobre el cuadrilátero hay tres bancos, también de madera,
colocados paralelamente a las barandillas, contra los
barrotes, aunque los actores pueden moverlos y situarlos
formando un ángulo recto con aquéllas.

Empotrada en la superficie del cuadrilátero hay una
delgada barra metálica, de un metro de largo. Esta barra
tiene que poder ser levantada por uno de sus extremos hasta
quedar perpendicular al escenario. Sirve de soporte para
el actor que encarna a Diamante, cuando lo monta Alan.

En el sector exterior al círculo también hay bancos. Los
dos situados a la derecha y a la izquierda, junto al proscenio,
siguen la línea curva del círculo. En el de la izquierda
se sienta Dysart cuando escucha y observa desde el
exterior de la tarima, y asimismo lo usa Alan como cama
del hospital. E l de la derecha lo ocupan los padres de Alan,
sentados uno al lado del otro. (La derecha y la izquierda
son las del espectador.)

E l resto de los bancos se encuentran en el fondo del
escenario y los ocupan los demás actores. Todo el elenco
de EQUÜS permanece en el escenario durante toda la representación.
Se levantan para representar su escena y vuelven
a su lugar una vez terminada su intervención. Son testigos,
espectadores y, en particular, constituyen una especie de'
coro. Tras los bancos del fondo se levantan unas gradas
de asientos, como en un teatro desmontable, que forman dos
bloques, divididos por un pasillo central. En estas gradas
se sientan algunos espectadores. En el transcurso de la obra,
de cuando en cuando, Dysart se dirige directamente a ellos,
así como también a la platea. Ninguno de los demás actores
debe hacerlo.

A la derecha y a la izquierda, junto al proscenio, se
encuentran apoyadas sendas escaleras de mano, de las que
cuelgan las máscaras de los caballos.

Todos los bancos están pintados de color verde oliva.

La batería de reflectores está situada sobre el escenario,
en un enorme cerco metálico. En la presente versión, todas
las indicaciones referentes a la iluminación se describirán
de una manera general.

NOTA : Tal vez sea necesario colocar alguna especie de
traba con el fin de mantener fija la tarima, si bien de forma
que pueda ser sacada disimuladamente por uno de los actores
que representan los caballos, situado en el fondo,
cuando llegue el momento de hacerla girar al final del Primer
Acto.

  

LO S CABALLO S

Los actores visten monos de terciopelo color castaño.
Mu los pies llevan unas armaduras en forma de casco,
tic unos diez centímetros de alto, montadas sobre herraduras.
Sus manos están enfundadas en guantes del mismo
color que los monos. Sobre sus cabezas llevan las máscaras,
jjechas de alambre plateado y tiras de cuero: los ojos están
pe rulados mediante pestañas también de cuero. Bajo las
nií'iscaras deben verse las cabezas de los actores: nada debe
luicerse para ocultarlas.

Debe evitarse cualquier movimiento que pueda sugerir
los que son habituales en un animal doméstico; peor aún
Herí a pretender realizar la pantomima de un caballo. Los
Helores jamás deben andar a cuatro patas y ni siquiera
inclinarse hacia adelante. A excepción del momento en que
Diamante sea montado, deben mantenerse siempre erguidos,
orno si el cuerpo del caballo se extendiese invisiblemente
detrás de ellos. El efecto de que se trata de un animal
debe lograrse enteramente de una manera mimética, por
MU di o del movimiento de las piernas, de las rodillas, del
cuello, de la cara y la vuelta de la cabeza que mueve la
máscara colocada sobre ella con todos los movimientos
Hoberbios cautelosos de un equino. También debe ponerse
mucho cuidado en colocarse las máscaras ante el público
con suma precisión: los actores pueden observarse unos a
olios, con el fin de que el hecho de enmascararse adquiera
un efecto ceremonial y de gran precisión.



  

E L COR O

En el texto se hacen referencias al ruido de Equus.
Imagino el efecto de un coro, producido por todos los actores
desde el fondo del escenario mediante murmullos, golpeteos
y patadas, pero en ningún momento por medio de
relinchos ni resoplidos. Este ruido anuncia o acentúa la
presencia de Equus el Dios.

PRIMER ACTO

ESCENA I

Oscuridad.
Silencio.
Una tenue luz ilumina el cuadrilátero. Bajo un reflector se
encuentra Alan Strang, un muchacho enjuto de diecisiete
años, vestido con un suéter y jeans. Frente a él, el caballo
Diamante. La pose de Alan delata una profunda ternura:
aprieta la cabeza contra la paletilla del caballo, mientras
sus manos acarician su testa. El animal, a su vez, le roza
el cuello con el morro.
La llama de un encendedor salta en la oscuridad. Las luces
se encienden lentamente sobre el círculo. En el banco de la
izquierda, junto al proscenio, está sentado, fumando, Martin
Dysart, un hombre de unos cuarenta y cinco años.

DYSART : Él abraza un caballo en particular llamado Diamante.
El animal hunde su frente cubierta de sudor en
su mejilla, y ambos permanecen en la oscuridad durante
una hora, como una pareja haciéndose caricias.
Y , por absurdo que parezca, ¡no puedo dejar de pensar
en el caballo] No en el muchacho, sino en el caballo, y
en lo que puede estar tratando de hacer. Sigo viendo
aquella enorme cabeza besándole con la boca embridada,
como si quisiera transmitirle a través del metal
el deseo absolutamente incongruente de llenar el vien-J
tre o propagar su propia especie. ¿Qué deseo podía ser
aquél? ¿El deseo de dejar de ser caballo? ¿De no permanecer
eternamente encadenado a aquellos lazos genéticos
en particular? ¿Es posible que, en determinados
momentos, inimaginables para nosotros, un caballo pueda
reunir todos sus sufrimientos —las interminables
sacudidas y latigazos que constituyen la esencia de su!
vida cotidiana— y transformarlos en aflicción? ¿De
qué le sirve la pena a un caballo?
(ALA N conduce a Diamante hacia la abertura del cuadrilátero
y ambos desaparecen por el pasillo del fondo,
acompañados por el suave ruido de los cascos al rozar
la madera. DYSAR T se pone de pie y se dirige al público
de platea y al más reducido que se encuentra en el
escenario.) Como ustedes pueden ver, estoy perdido.
¿De qué le sirven, pregunto yo, semejantes preguntas
a un psiquiatra extenuado por el trabajo en un hospital
provincial?- Son algo peor que inútiles; son, en rigor,
subversivas.
(Entra en el cuadrilátero. La luz se vuelve más intensa.)
E l hecho es que estoy desesperado. Es como si yo mismo
llevase la cabeza de aquel caballo, ¿saben? Ésta es
la sensación que experimento. Todo está encadenado
al antiguo lenguaje y a las viejas teorías, esforzándose
por saltar con limpidez a una senda del ser totalmente
nueva, de cuya existencia sólo tengo una ligera intuición.
N i siquiera puedo entreverla porque mi mente,
cultivada y de un nivel medio, no es capaz de adoptar

l.i adecuada actitud. No puedo saltar porque el bocado
n o me lo permite, y mi propia fuerza vital —mis caballos
de fuerza, si prefieren— es demasiado débil. Lo
único que sé con certeza es esto: en última instancia,
la mente de un caballo es algo imposible de ser conocido
por mí. Sin embargo, ejerzo mi influencia sobre
la mente de los niños..., que, según supongo, deben de
ser más complicadas, al menos en la esfera que fundamentalmente
me concierne... En cierto modo, eso
nada tiene que ver con este muchacho. Las dudas hace
años que existen, que se van acumulando en este lugar
espantoso. Es sólo la agudeza de este caso lo que ha
vuelto a activarlas. Estoy seguro de ello. ¡La agudeza
es la cuestión! De cualquier manera, sea cual fuere la
razón, esas dudas son en estos momentos no sólo vagamente
inquietantes, sino intolerables... Discúlpenme.
Todo esto resulta bastante confuso. Permítanme que se
lo explique como corresponde: ordenadamente. Todo
comenzó con la visita de Hesther un lunes del mes
pasado.
ESCEN A I I

La luz se torna más cálida.
DYSAR T se sienta. La ENFERMER A entra en el cuadrilátero.


KNFERMER A : La señora Salomón desea verle, doctor.

DYSART : Hágala pasar, por favor. (La ENFERMER A se
retira y se dirige hacia donde está sentada HESTHER. ^
A veces maldeciría a Hesther. Fue ella quien le puso
en mis manos. Pero, naturalmente, eso es una tontería.





¿Qué es él sino la gota que hace rebosar el vaso? ¿Un
símbolo postrero? Si no hubiese sido él, habría sido el
próximo paciente, o el siguiente. A l menos, eso supongo.

HESTHE R entra en el cuadrilátero: es una mujer
de unos cuarenta y cinco años.

HESTHER : Hola, Martin.

DYSAR T se levanta y la besa en la mejilla.

DYSART : ¡S U señoría! ¡Bienvenida a la cámara de tortura!
HESTHER : Has sido muy atento al permitirme entrar en
seguida.
DYSART : T U presencia es como un bálsamo para m ú
Siéntate.

HESTHER : ¿Has tenido un mal día?

DYSART : NO.. . Solamente un jovencito esquizofrénico dej
quince años, y una niña de ocho en estado catatónico,
debido a la paliza que le propinó su padre. Un día
normal, en realidad... A t i sí que te noto muy agitada.
HESTHER : Martin, éste es el caso más horrible que me ha
tocado juzgar en mi vida.

DYSART : ESO me dijiste por teléfono.

HESTHER : Y es cierto. Los miembros del tribunal que
presido querían mandarle a la cárcel por el resto de su
vida, si de ellos hubiese dependido. Me pasé dos horas
discutiendo desaforadamente para lograr que, en vez
de eso, te lo enviasen a ti .

DYSART : ¿A mí?

HESTHER : Quise decir al hospital.

DYSART : Escucha, Hesther: antes de que digas nada más,
debes saber que no puedo hacerme cargo de más pa


  

i.nuus

cientes en este instante. N i siquiera puedo atender como

es debido a los que ya tengo.
 KSTHE R : Debes hacerlo.
DYSART : ¿Po r qué?
IIKSTHER : Porque habrá mucha gente que se disgustará

por todo este asunto. Incluyendo a los médicos.
DYSART : ¿Es necesario que te recuerde que comparto este
consultorio con otros dos psiquiatras muy competentes?
HKSTHER : Bennett y Sabelotodo. Ellos se conmocionarán

tanto como el público.
DVSAR T : Ésa es una observación completamente gratuita.
HESTHER : Oh, sé que se mostrarán fríos y correctos. Y en

el fondo se sentirán indignados e inconmoviblemente

ingleses. A l igual que los miembros del tribunal.
DYSART : Bueno, ¿y yo qué soy? ¿Un polinesio?
HKSTHER : ¡Sabes perfectamente lo que quiero decir!...

(Pausa.) Te lo ruego, Martin. Es de vital importancia.
Tú eres la única oportunidad que le queda a ese muchacho.


DYSART : ¿Po r qué? ¿Qué hizo? ¿Ponerle una dosis de
cantárida a la Pepsi-Cola de alguna jovencita? ¿Qué
demonios pudo provocar un ataque de histeria de dos
horas de duración a los miembros de tu tribunal?

HESTHER : Cegó a seis caballos con un punzón de hierro.

Una larga pausa.

DYSART : ¿Los cegó?
HESTHER : Sí.
DYSART : ¿Todos a la vez, o en distintas ocasiones?
IIKSTHER : Todos la misma noche.
DYSART : ¿Dónde?
HESTHER : En unas caballerizas cercanaas a Winchester.




mmiiimmmiinuiiiim

  

Trabaja allí los fines de semana.

DYSART : ¿Cuántos años tiene?

HESTHER : Diecisiete.

DYSART : ¿Qué declaró en los tribunales?

HESTHER : Nada. Simplemente cantaba.

DYSART : ¿Cantaba?

HESTHER : Siempre que alguien le preguntaba algo. (Pausa.)
Acepta, Martin, te lo ruego. Es el último favor
que te pediré en mi vida.

DYSAR T : No, no será el último.

HESTHE R : No, no lo será... Y probablemente el muchacho
es abominable. Lo único que sé es que te necesita desesperadamente.
Porque no hay nadie más en cien kilómetros
a la redonda capaz de brindarle el tratamiento
adecuado y quizá de comprender de qué se trata.
Además...

DYSART : ¿Qué?

HESTHER : Hay algo muy especial en ese muchacho.

DYSART : ¿En qué sentido?

HESTHER : Unas vibraciones.

DYSART : ¡T Ú y tus vibraciones!

HESTHER : ES algo sorprendente, ya lo verás.

DYSART : ¿Cuándo lo traerán aquí?

HESTHER : Mañana por la mañana. Felizmente hay una
cama disponible en el Neville Ward. Reconozco que
esta imposición es detestable, Martin. Pero, francamente,
no sabía qué otra cosa podía hacer.

Pausa.

DYSART : ¿Puedes venir a verme el viernes?
HESTHER : ¡Que Dios te bendiga!

IQUU S

DYSART : Si vienes cuando termine la consulta, podré ofrecerte
una copa. ¿Te parece bien a las seis y media?

HKSTHER : Eres un santo. De veras que lo eres.

DYSART : Gracias por la noticia.

HKSTHER : Adiós.

DYSART : Por cierto, ¿cómo se llama?

I IKSTHE R : Alan Strang. (Se marcha y regresa a su asiento.)

DYSAR T (al público) : ¿Qué esperaba yo de aquel muchacho?
Muy poca cosa, se lo prometo. Otra cara granujienta,
otro adolescente chiflado. Lo desacostumbrado
de costumbre. Una de las grandes cosas de esta profesión
es que jamás le faltan a uno clientes.

La ENFERMER A aparece por el pasillo del fondo,
seguida por ALAN . Ella entra en el cuadrilátero.

K.VFERMERA : Alan Strang, doctor.

Entra el muchacho.

DYSART : Hola. Soy Martin Dysart. Encantado de conocerte.
('DYSAR T le tiende la mano. Alan no reacciona en
absoluto.) Eso es todo, enfermeras, gracias.

ESCEN A II I

La ENFERMER A vuelve a su sitio.

DYSAR T se sienta y abre una carpeta.

DYSART : ¿Qué tal? ¿Tuviste buen viaje? A l menos espero
que te habrán servido el almuerzo. Aunque no hay
mucha diferencia entre la comida que dan en los Ferrocarriles
Ingleses y la que sirven aquí. (Alan le mira



  

fijamente.) ¿No quieres sentarte? (Pausa. ALA N no se
sienta. DYSAR T consulta su carpeta.) ¿Alan Strang es
tu nombre completo? (Silencio.) Y tienes diecisiete
años, ¿no es así? ¿Diecisiete años?... ¿Y bien?

ALA N (cantando en voz baja) : E l whisky Diamond obra
maravillas,
Obra maravillas, obra maravillas,
El whisky Diamond obra maravillas, obra maravillas
¡Para ti !

DYSAR T (imperturbable) : Ahora, veamos. Durante la semana
trabajas en una tienda de electrodomésticos. Vives
con tus padres, y tu padre es impresor. ¿Qué es lo que
imprime?

ALA N (cantando en voz más alta): El whisky Diamond
obra maravillas,
Obra maravillas, obra maravillas,
E l whisky Diamond obra maravillas
¡Si lo tomas en zapatillas!
DYSART : Quiero decir si hace prospectos o calendarios.
Esa clase de cosas.

El muchacho se le acerca, hostil.

ALA N (cantando) : Disfruta el sabor del Martini,
La más deliciosa bebida del mundo.
Es única...
Es translúcida...
¡Es Martini!

DYSART : Si quieres cantar,'será preferible que te sientes.
¿No crees que estarías más cómodo?

Pausa.

ALA N (cantando) : ¡El té Bombay es sensacional!

i;ouus   
A granel o en saquito,
Siempre tiene el mismo gustito:
¡El té Bombay es sensacional!
DYSAR T (para complacerle): ¡Vaya, ésa es una bonita

canción! Me gusta más que las otras dos. ¿Puedo oírla
otra vez?

ALA N se aleja de él y se sienta en el banco del
fondo.

ALA N (cantando): El whisky Diamond obra maravillas,
Obra maravillas, obra maravillas,
El whisky Diamond obra maravillas
¡Par a ti !

DYSAR T (sonriendo) : ¿Sabes que estaba equivocado? Realmente
creo que ésta es mejor. Tiene una tonada más
pegadiza. Cántala de nuevo, ¿quieres? (Silencio. El
muchacho le observa con indignación.) Por el momento,
te instalaré en una habitación privada. Hay un par que
están desocupadas, y siempre es más agradable que estar
en la sala general. ¿Querrás hacerme el favor de
venir a verme mañana?... (Se pone en pie.) Por cierto,
¿quién es el que no te deja ver la televisión, tu madre o
tu padre? ¿O acaso ambos? (Llamando desde la puerta.)
¡Enfermera!

ALA N no le quita la vista de encima. Entra la
ENFERMERA .

ENFERMERA : ¿Sí, doctor?
DYSART : ¿Quiere acompañar a Strang a la número tres?
Se quedará entre nosotros un poco de tiempo.
ENFERMERA : Muy bien, doctor.



  

DYSAR T (a ALAN J : Te gustará la habitación. Es muy
cómoda.

El muchacho sigue mirando a DYSART . Éste le
sostiene la mirada.

ENFERMER A : Sígame, joven. Por aquí... Dije por aquí, poij
favor.

ALA N se levanta de mala gana, se dirige hacia
donde le espera la ENFERMERA , pasando con
aire desafiante junto a DYSART , y sale por la
puerta izquierda. DYSAR T le contempla, fascinado.


ESCEN A I V

La ENFERMER A y el paciente avanzan por el círculo hasta
el banco de la izquierda, donde estuviera sentado el médico
al principio, que también le sirve de cama a ALAN .

ENFERMERA : Bueno: ¿no es cómoda? Es afortunado al
poder quedarse aquí en vez de i r a la sala general,
¿sabe? En la sala general siempre hay mucho barullo.

ALA N (cantando): Vayamos donde tú quieras... ¡Texaco!

ENFERMER A (contemplándole) : Espero que no nos cause
molestias, joven. Aquí se encontrará más a gusto si se
porta bien, ¿sabe?

ALAN : ¡Largúese!

ENFERMER A (con sequedad) : Ahí está el timbre. El lavabo
se encuentra al final del pasillo. (Se marcha y vuelve
a su lugar.)

ALA N se acuesta.

I i.MIUS   

ESCEN A V

DYSAR T está de pie en el centro del cuadrilátero y se dirige
al público. Parece muy agitado.

DYSAR T : Esa noche tuve un sueño muy elocuente. En él, yo
era un importante sacerdote en la Grecia de Homero.
Llevaba una ancha máscara de oro, de rasgos nobles
y barba, parecida a la llamada Máscara de Agamenón,
que fuera encontrada en Micenas. Estaba de pie junto
a una gran piedra redonda, con un afilado cuchillo
en la mano. De hecho, oficiaba en algún rito sacrificador
extraordinariamente importante, del que dependía la
futura cosecha o una expedición militar. Las víctimas
del sacrificio eran una hueste de chiquillos: medio
millar de niños y niñas. Formaban una extensa hilera
que atravesaba la llanura de Argos. Sabía que era Argos
por la tierra rojiza. Me encontraba entre los dos sacerdotes
ayudantes, que también llevaban máscaras: máscaras
abultadas, de ojos saltones, como las que también
se encontraron en Micenas. Eran fabulosamente fuertes
aquellos sacerdotes y absolutamente incansables. A medida
que cada criatura daba un paso al frente, la aferraban
por los brazos y la tendían de espaldas sobre
la piedra. Entonces, con una habilidad de cirujano que
incluso a mí me sorprendía, yo le hundía el cuchillo y
lo deslizaba limpiamente hasta el ombligo, como si se
tratara de un cierre cremallera. Separaba las lonjas,
cercenaba los intestinos, los extraía y los tiraba al suelo,
calientes y humeantes. Los otros dos, entonces, examinaban
las formas que adoptaban, como si estuviesen



  

descifrando un jeroglífico. A mí me parecía obvio que
me respetaban por el hecho de ser un alto sacerdote.
Aquel talento único que poseía para destripar era lo que
me había encumbrado al sitio que ocupaba. Sólo que,
lo que ellos no sabían, era que comenzaba a tener náuseas.
Y con cada nueva víctima, la náusea era mayor.
Tras la máscara, mi rostro iba volviéndose lívido. Por
supuesto que yo redoblaba mis esfuerzos para parecer
seguro de mí mismo, y así cortaba y destripaba poniendo
en ello toda mi alma: sobre todo porque sabía que
si los dos ayudantes se percataban de mi aflicción —y
de la duda implícita respecto de la utilidad social de
aquella incesante y repugnante tarea— yo sería la próxima
víctima que iría a parar a la piedra de los sacrificios.
Y entonces, naturalmente..., la maldita máscara
empezó a deslizarse. Los dos sacerdotes se volvieron a
mirarla. La máscara se deslizó un poco más. Ellos vieron
el sudor que surcaba mi lívido rostro. De pronto,
sus áureos ojos saltones se inyectaron de sangre..., me
arrancaron el cuchillo de la mano... y me desperté.

ESCEN A V I

HESTHE R entra en el cuadrilátero. La luz se vuelve más
cálida.

HESTHER : É sa es la. cosa más autocomplaciente que oí en

mi vida.
DYSART : ¿Te parece?
HESTHER : Por favor, no seas ridículo. El trabajo que has

hecho con los niños es formidable. Y eso tú debes
saberlo.

  

IQUU S

I h SART : Sí, pero ¿lo saben los niños?

IIKSTHER : ¡Oh, vamos!

DYSART : L O siento.

IIKSTHER : ¡Vaya si deberías sentirlo!

DYSART : N O sé por qué me haces caso. Se trata, sencillamente,
de la menopausia profesional. Más tarde o más
temprano, a todo el mundo le llega la hora. Salvo a ti .

HESTHER : ¡Oh, claro, yo estoy encantada de ser juez todo
el tiempo!

DYSART : NO , ya lo sé... Pero, en tu caso, consideras que
no eres merecedora de esa investidura. En cambio, a
mí me parece que la profesión no merece tener en sus
filas a un individuo como yo.

HESTHER : ¿Hablas en serio?

DYSART : Absolutamente. Me complacería pasar los próximos
diez años recorriendo muy lentamente la verdadera
Grecia... De cualquier manera, tú eres la culpable de
que haya tenido ese sueño absurdo.

HESTHER : ¿YO ?

DYSAR T : La causa de todo ha sido tu muchacho. ¿Sabes que
era su rostro el que veía en cada una de las víctimas
tendidas sobre aquella piedra?

HESTHER : ¿El de Strang?

DYSART : Ese chico tiene la mirada más extraña que haya
visto nunca.
HESTHER : SÍ .
DYSART : Uno se siente acusado, violentamente acusado.

Pero ¿de qué?... Tratarle será muy penoso. Especialmente
en mi estado actual. Sus canciones eran lo suficientemente
directas. Y sus palabras también.

HESTHE R (sorprendida) : Entonces, ¿habló contigo?

DYSART : ¡Oh, sí! Luego de pasarse un par de días más



  

entonando jingles, se desbridó. Así, de golpe... Tengo
la sospecha de que ello tiene algo que ver con sus pesadillas.


La ENFERMER A camina apresurada alrededor
del círculo, con una manta al brazo y una tablilla
de madera, con sujetapapeles y bloc de notas, en
la mano.

HESTHER : ¿Tiene pesadillas?

DYSART : Horribles.

ENFERMER A : Tuvimos que darle unos sedantes, doctor.
Anoche sucedió exactamente lo mismo.

DYSAR T (a la ENFERMERA, ) : ¿Qué hace? ¿Grita?

ENFERMERA : N O cesa de chillar, doctor.

DYSAR T (a la ENFERMERA, ) : ¿De chillar?
ENFERMER A : Profiere una palabra en particular.

DYSAR T (a la ENFERMERA, ) : ¿Quiere decir alguna palabra
especial?

ENFERMERA : La repite sin cesar. (Consulta sus notas.)
Suena como «Ec».
HESTHER : ¿EC ?
ENFERMERA : SÍ , doctor. Ec... «¡Ec!», grita. «¡Ec!».
HESTHER : ¡Qué horrible!
ENFERMERA : Cuando le despierto, se aferra a mí como si
fuera a quebrarme el brazo. (Se detiene junto a la cama
de ALAN . Él está incorporado. Ella le cubre con la
manta y regresa a su sitio.)
DYSART : Y entonces entró como una tromba..., sin llamar
ni nada. Afortunadamente, no estaba con ningún paciente.
ALA N (levantándose de un salto) : ¡Papá!
HESTHER : ¿Qué?

IQVU S

DySART: Era la respuesta a una pregunta que le había
formulado un par de días antes. La escupió con la misma
ira con que cantaba sus jingles.

HESTHER : ¿Pap á qué?

ALAN : E S él quien detesta la televisión. (Se tiende sobre el
círculo, en el proscenio, como si estuviera viendo la
televisión.)

IIIÍSTHER : ¿Te refieres a que su padre le prohibe ver televisión?


DYSART : SÍ .
\I.AN : E S una droga peligrosa.
IIKSTHER : ¡Oh, vaya!


FRAN K se levanta de su asiento y entra en escena;
camina por el círculo, hasta el proscenio.
Es un hombre de unos cincuenta años.

FRAN K (a ALAN, ) : Quizá no lo parezca, pero eso es lo que
es. Absolutamente fatal para la mente, si entiendes lo
que quiero decir.

DOR A le sigue. Ella también es de mediana edad.

DORA : ESO es un poco exagerado, querido, ¿no crees?
KRANK : Si uno se queda el tiempo suficiente frente a eso,
se vuelve estúpido para toda la vida... como la mayoría
de la gente. (A ALAN., ) Eso es un engañabobos. Parece
que te ofrezca algo, pero en realidad lo que hace es
quitártelo. Te sorbe la inteligencia y el entendimiento
cada minuto que permaneces ahí encantado. Eso es una
verdadera droga, ¿comprendes? (Sentado en el suelo,
ALA N se encoge de hombros.) No quiero parecer fastidioso,
hijo..., pero realmente no hay nada que pueda
sustituir la lectura. Qué pasa: ¿no te gusta?

BIBLIOTECA C&WL

U.N.A.M .




ALAN : Está bien.

FRAN K : Sé que piensas que eso es algo que a mí no m
importa, pero en realidad no es así, ¿sabes?... De hecho,
pensándolo bien, es una desgracia. Que tú, el hijo de
un impresor, ¡jamás abras un libro! ¡Si todo el mundo
fuese como tú, me quedaría sin trabajo, si entiendes lo
que quiero decir!

DOR A : De todos modos, los tiempos cambian, Frank.

FRAN K (sensatamente) : Cambian si dejas que cambien
Dora. Te pido por favor que, mañana por la mañana
devuelvas ese aparato.

ALA N (gritando) : ¡No!

DORA : ¡Frank! ¡No!

FRANK : L O lamento, Dora, pero no quiero ver eso en est
casa ni un solo minuto más. Por de pronto, ya te dije
que no lo quería.

DORA : ¡Pero, querido, todo el mundo ve televisión hoy día!'

FRANK : SÍ , ¿y qué miran? ¡Escenas de violencia insensata!!
¡Chistes estúpidos! Y , cada cinco minutos, algún estúpido
sonriente quiere venderte algo que no precisas, con
el fin de que no se desquicie el sistema económico.
(A ALAN., ) Lo siento, hijo. (Abandona la escena y s
sienta en su lugar.)

HESTHER : E S comunista, ¿no?

DYSART : Más bien diría socialista empedernido. Superan
dose constantemente.
HESTHER : Ambos son más viejos de lo que cabría suponer.;
DYSART : AS Í parece.
DOR A (mirando a FRANK,) : ¡Realmente, querido, eres u n
exagerado. (También ella abandona la escena y vuelv a sentarse junto a su esposo.)
HESTHER : Ella era maestra, ¿verdad?
DYSART : SÍ . E l muchacho está muy orgulloso de ello. Esta
tarde estuvimos conversando sobre el particular.
ALA N (poniéndose de pie, desafiador) : Ella sabe más que
usted.

HESTHE R cruza el escenario y se sienta junto
a DYSART . Durante el diálogo siguiente, el muchacho
camina alrededor del círculo, dirigiéndose
a DYSAR T pero sin mirarle. DYSAR T replica
en la misma forma.

DYSAR T (a ALAN, ) : ¿De veras?

ALAN : Apuesto a que yo también. Apuesto a que sé más
historia que usted.
DYSAR T (a ALAN, ) : Bueno, apuesto lo que quieras a que no.
ALAN : De acuerdo, ¿quién era el rey más viejo de los
escoceses?

DYSAR T (a ALAN, ) : No lo sé : ¿quién?

ALAN : Eduardo L ¿Quién fue el que no volvió a reír
jamás?
DYSAR T (a ALAN, ) : No lo sé : ¿quién?
ALAN : Usted no sabe nada, ¿verdad? Fue Enrique I . Conozco
todos los reyes.

DYSAR T (a ALAN, ) : ¿ Y cuál es tu favorito?

ALA N : E l rey Juan.

DYSAR T (a ALAN, ) : ¿Por qué?

ALAN : Porque le sacó los ojos a aquel sabihondo de...
(Pausa. Dándose cuenta de que dijo algo inconveniente.)
Bueno, en realidad no lo hizo. Se lo impidieron,
¡porque el carcelero era un hombre misericordioso!

HESTHER : ¡Oh Dios mío!

ALAN: /C lo impidieron!

DYSART : Aún es más curioso lo que preguntó luego.



  



ALAN : ¿Quién dijo : «La religión es el opio del pueblo»

HESTHER : ¡Santo Dios!

ALA N ríe nerviosamente.

DYSAR T : Lo más curioso es que lo dijo con una risita qu
disimulaba un sentimiento de culpa. Evidentemente,  
frase está asociada con alguna clase de tensión.

HESTHER : ¿Y tú qué le respondiste?

DYSAR T : Le di la respuesta correcta. (A ALAN., ) Kar l Marx

ALAN : NO .

DYSAR T (a ALAN, ) : ¿Entonces quién fue?

ALAN : ESO a usted no le importa.

DYSART : Probablemente se relaciona con su padre. Éstl
debió de decirlo para provocar a su esposa.
HESTHER : ¿Y quieres decir que ella es religiosa?
DYSART : Podría ser. Traté de averiguarlo... sin muchd

éxito.
ALAN : ¡ESO a usted no le importa nada! (Vuelve a su cama
y se acuesta en la oscuridad.)

DYSART : De todos modos, espero averiguarlo el domingo
HESTHER : ¿Qué quieres decir?

DOR A se levanta y avanza hacia el proscenio,
fuera del cuadrilátero.

DYSAR T : Quiero echar una ojeada a su hogar, de manera
que yo mismo me he invitado a visitarlo.

HESTHER : ¿De veras?

DYSART : Si existe algún tipo de tensión por causas religiosas,
¡ningún momento podría ser más oportuno que
el descanso sabático para que se manifieste! Ya te lo
contaré.

  

mi s

Él le da un beso en la mejilla y se separan, aban


donando el cuadrilátero. HESTHE R se sienta en

su sitio; DYSAR T da la vuelta al círculo y saluda

a DORA , que le espera en el proscenio, a la

derecha.

ESCEN A VI I

MVSART (estrechándole la mano) : ¿Cómo está usted, señora
Strang?

|)UKA : Me temo que mi esposo aún está en la imprenta.
No tardará en llegar.

DYSART : ¿También trabaja los domingos?

BORA: ¡Oh, sí! Para él, el domingo no es un día muy distinto
de cualquier otro.
DYSAR T : Tal vez podríamos charlar un rato antes de que
él vuelva.

DORA : Por supuesto. ¿No quiere pasar a la sala? (Se adelanta
hacia el cuadrilátero. Está muy nerviosa.) Por
favor... (Le indica que se siente con un gesto y luego
une firmemente las manos.)
DYSART : Señora Strang, ¿tiene usted alguna idea de cómo
pudo ocurrir una cosa semejante?
DORA : N O logro imaginármelo, doctor. ¡Es todo tan increíble!...
Alan siempre fue un chico muy afectuoso. ¡Adora
los animales! Especialmente los caballos.
DYSART : ¿Especialmente?
DORA : SÍ . Hasta tiene la fotografía de uno de ellos en su
habitación. Un caballo blanco muy hermoso, que asoma
la cabeza por encima de una cerca. Se la dio su padre
hace unos años, de un calendario que había impreso...



  PETE R SHAFFB B

y él jamás volvió a quitarla de allí... Y cuando tenía!
siete u ocho años me veía obligada a leerle una y ot a
vez el mismo libro, que sólo hablaba de un caballo.

DYSART : ¿Ah, sí?

DOR A : Sí : se llamaba Príncipe, y nadie podía montarlo.

ALA N grita desde la cama, sin mirar a su madrea

ALA N (excitado, con voz infantil): ¿Por qué no?... ¿Por

qué no?... ¡Dilo! ¡Con su misma voz!

DORA : Le encantaba creer que los animales hablaban.

DYSART : ¿De veras?

ALAN : ¡Dilo! ¡Dilo!... ¡Con su voz!

DOR A (con tono de orgullo): «¡Porque soy fiel!» ^ALA N
ríe convulsivamente.) «¡Me llamo Príncipe, y soy el
príncipe de los caballos! ¡Tan sólo mi joven amo puede
montarme! Si cualquier otro lo intenta... ¡lo tiraré aV
suelo l» (ALAN ríe más ruidosamente.) Y entonces recuerdo
que le contaba una curiosa historia acerca de¡
caerse de un caballo. ¿Sabía usted que cuando los primeros
caballeros cristianos llegaron al Nuevo Mundo,
los paganos creían que el caballo y el jinete eran una
sola persona?

DYSART : ¡Vaya!

ALA N (incorporándose, admirado) : ¿Una sola persona?

DOR A : De hecho, pensaban que debía tratarse de un dios

ALAN : ¡Un dios!

DOR A : Sólo cuando uno de los jinetes se cayó del caballo
comprendieron la verdad.

DYSART : Eso es fascinante. Nunca lo había oído decir...
¿Recuerda alguna otra cosa parecida que le hubiera!
contado en relación con los caballos?

  

• MUIS
I \ Bueno, realmente no. Figuran en la Biblia, por su


|iucsto: «Cuando resuena la trompeta dice: ¡Ea, ea!»
\) \: ¿Ea, ea?
ItniiA : En el libro de Job. ¡Qué pasaje tan sublime! Usted

labe... (Citando:) «¿Eres tú quien da bravura al caballo?
»
AI.AN (respondiendo) : «¿Cubres su cuello de ondulantes
crines?»
Don A (a ALAN, ) : «¿Le enseñas tú a saltar como la langosta,

a resoplar fiera y terriblemente?»
AI.AN : «¡Con un rugido de impaciencia, devora el espacio!»
lORA: «Cuando resuena la trompeta, dice...»
AI.AN : «¡Ea ! ¡Ea!»
DORA (a DYSART, ) : ¿No es magnífico?
DYSART : Por cierto que lo es.
ALAN : ¡Ea! ¡Ea!
DORA : Y luego, naturalmente, veíamos infinidad de pelícu


las del Oeste por televisión. Nunca le parecía que ya
era suficiente.
DYSART : Pero ustedes no tienen aparato, ¿no es cierto?
Tengo entendido que el señor Strang no lo aprobaba.
DORA (en tono confidencial) : No... pero, por la tarde, le
dejaba i r un rato a casa de un amiguito, vecino nuestro.
DYSAR T (sonriendo) : ¿Quiere decir sin que lo supiera su
padre?

DORA : Ojos que no ven, corazón que no siente, ¿verdad? Por
otra parte, las películas del Oeste son completamente
inofensivas, ¿no cree? (FRAN K se pone de pie y entra
en el cuadrilátero. ALA N se acuesta bajo la manta.
A FRANK. ) ¡Oh, hola, querido! El señor es el doctor
Dysart.

FRAN K (estrechándole la mano): Mucho gusto.



  PETE R SIAFFE R

DYSART : Encantado.

DORA : Le contaba al doctor que Alan siempre ha sentido
adoración por los caballos.

FRAN K (secamente) : Eso suponíamos.

DOR A : Bien sabes que los adoraba, querido. Recuerda cómo
le encantaba aquella fotografía que le diste.

FRAN K (sobresaltado): ¿Qué pasa con ella?

DOR A : Nada, querido. Sólo que, en cuanto la vio, no dejó
de importunarte hasta que se la diste. ¿Recuerdas?
(A DYSART., ) Siempre hemos sido una familia amante
de los caballos. A l menos por lo que a mi rama se
refiere. M i abuelo solía cabalgar todas las mañanas por
las tierras bajas de Brighton, ¡muy elegante con su
sombrero hongo y sus pantalones de montar! Ofrecía
una imagen espléndida. Se complacía en practicar la
equitación, como decía él.

FRAN K se separa de ellos y se sienta con aire
de estar fatigado.

ALA N (sopesando la palabra): Equitación...

DOR A : Recuerdo haberle explicado que la palabra venía
de equus, el término latino que significa caballo. A Alan
le fascinaba esa palabra. Supongo que se debía al hecho
de que nunca se había encontrado ante dos úes juntas.

ALA N (como saboreando la palabra): ¡Equus!

DOR A : Siempre tuve el deseo de que aprendiese a montar.
¡Se habría divertido tanto!
DYSART : ¿Acaso no lo hacía?
DORA : NO .
DYSART : ¿Nunca?
DORA : N O demostraba interés alguno. Más bien daba la

impresión de que no quería.

i;ouus   

DYSART : Pero en las caballerizas seguro que tenía que hacerlo.
Me refiero a que debía formar parte de su trabajo.
DORA : AS Í parece, pero no lo hacía. En absoluto, ¿verdad,
querido?

FRAN K (secamente) : Parecía que era completamente feliz
acarreando estiércol.
DYSART : ¿Alguna vez les explicó los motivos de ello?
DORA : No. Debo confesar que a ambos nos parecía muy
raro, pero él nunca quería hablar del asunto. Quiero
decir que, después de pasarse toda la semana encerrado
en aquella tienda, parecería lógico que deseara salir al
aire libre. ¡Artefactos eléctricos y baterías de cocina!
No era sitio apropiado para un muchacho tan sensible
como él, ¿no le parece, doctor?
I'KANK : Querida, ¿ya ofreciste una taza de té al doctor?
DORA : ¡Oh Virgen Santa, no! También tú debes de estar
muerto de ganas por tomar una taza.
DYSART : La aceptaría con sumo gusto.
DORA : Por supuesto. Discúlpeme. (Sale, pero se detiene
al llegar al círculo, escuchando detrás de la puerta de
la derecha. ALA N se revuelve bajo la manta y se duerme.
FRAN K se pone en pie.)
FRANK : M i esposa tiene ideas románticas, si entiende lo
que quiero decir.
DYSART : ¿Acerca de su familia?
I'KANK : Está convencida de que se casó con alguien de un
nivel social inferior. Y yo diría que está en lo cierto.
Claro que yo no comprendo muy bien estas cosas.
DYSART : Senñor Strang, me ha sorprendido saber que Alan
no quería montar a caballo.
FRANK : Sí, bueno, él es así. En honor a la verdad, debo
decir que siempre ha sido un chico raro. ¿Puede usted



  ,

comprender que se pasara los fines de semana limpiando
establos, habiendo tantas cosas que hubiera podido hacer
para ampliar sus estudios?

DYSAR T : A l parecer no tiene vocación.

FRANK : ¿Cómo podemos saberlo? Nunca se lo propuso
realmente. Su madre era demasiado indulgente con él.
A ella no le importa que apenas sepa escribir su nombre,
y eso que fue maestra. Mientras sea feliz, dice...;

DORA , angustiada, se retuerce las manos. FRAN K
vuelve a sentarse.

DYSART : ¿Quiere usted decir que ella tenía más ascendiente
sobre el muchacho que usted?

FRANK : Siempre fueron uña y carne. No puedo decir que
yo lo aprobase..., especialmente cuando la oía musitar
pasajes de la Biblia durante horas y horas, allá arriba,
en su cuarto.

DYSART : ¿S U esposa es religiosa?

FRAN K : Podría decirse que lo es excesivamente. Ahora bien,
allá ella. Pero que se lo haga tragar al muchacho por
la fuerza, como si fuese una medicina... Bueno, francamente,
Alan es tan hijo mío como de ella. Es algo
que mi esposa no comprende. Claro, eso es lo curioso
de las personas religiosas: siempre creen que sus susceptibilidades
son más importantes que las de aquellos que
no lo son.

DYSART : Y usted no lo es, ¿verdad?

FRANK : Y O soy ateo, y no tengo inconveniente en decirlo.
Si desea saber mi opinión, la culpa de todo esto la tiene
la Biblia.

DYSART : ¿Por qué?

FRANK : Bueno, saque usted mismo sus propias conclusio


  

.,( n i s

nes. Imagínese a un chico que, noche tras noche, tiene
que escuchar esa sarta de horrores: un hombre inocente
es torturado hasta que le causan la muerte..., le clavan
espinas en la cabeza..., clavos en las manos..., le hunden
una lanza en las costillas... Ese tipo de atrocidades pueden
impresionar a cualquiera para toda la vida. No
estoy bromeando. El muchacho estaba completamente
fascinado por todo eso. Siempre se quedaba como un
imbécil contemplando estampas religiosas. Me refiero
a las verdaderamente escabrosas, si entiende lo que
quiero decir. ¡Tuve que intervenir un par de veces para
poner fin a esas sandeces!... (Pausa.) ¡Maldita religión!...
Ése es el único verdadero problema que tenemos
en esta casa, pero es insuperable: no tengo inconveniente
en reconocerlo.

Incapaz de resistirlo por más tiempo, DOR A vuelve
a entrar.

PORA (afablemente) : Tiene que disculpar a mi esposo,
doctor. Este tema es como una obsesión para él, ¿no
es cierto, querido? No puedes negarlo.

FRANK : Llámalo como quieras. Todas esas historias, para
mí, no son más que perversión sexual.

DORA : ¿ Y eso qué tiene que ver con Alan?

FRANK : ¡Todo!... (Grave.) ¡Todo, Dora!

DORA : N O comprendo. ¿Qué estás diciendo?

FRAN K se vuelve de espaldas a ella.

DYSAR T (calmosamente) : Señor Strang, ¿exactamente,
hasta qué punto considera que su hijo está informado
con respecto a la sexualidad?

FRAN K (tenso) : No lo sé.



  

DYSART : ¿N O le puso al corriente usted mismo?

FRANK : N O de una manera explícita; no.

DYSART : ¿ Y usted, señora Strang?

DOR A : Bueno, algo le expliqué, sí. Tenía que hacerlo. Fui
maestra, doctor, y sé lo que sucede cuando uno no lo
hace. Se enteran por las revistas y los libros sucios.
DYSART : ¿Qué clase de cosas le explicó? Lamento que esta
conversación resulte algo embarazosa.

DOR A : Le expliqué los hechos biológicos. Pero también le
dije que yo creía. Que el sexo no es meramente una
cuestión biológica, sino también espiritual. Que, si Dio
quiere, un día se enamoraría. Que tenía la obligació
de prepararse para el acontecimiento más importante d
su vida. Y luego que, si tenía suerte, podría llegar a
conocer un amor más elevado aún... Sencillamente...,
no lo comprendo... ¡Alan!... (Se echa a llorar.)

FRAN K se levanta y se le acerca.

FRAN K (turbado): Tranquilízate, Dora. ¡Vamos!
DOR A (con súbita desesperación) : Eso..., ahora, ríete. Ríete,
¡como siempre!

FRAN K (afectuosamente) : Nadie se ríe, Dora. ('DORA le
mira fijamente. Él le pasa el brazo por los hombros.)
Nadie se ríe, ¿no es cierto, doctor? (Con ternura, conduce
a su esposa hasta fuera del cuadrilátero, y ambos
ocupan de nuevo sus respectivos sitios en el banco. La
luz se vuelve más tenue.)

ESCEN A VII I

Empieza a oírse un extraño ruido. ALA N comienza a murmurar
en su cama. Tiene una pesadilla: mueve las manos y

I < M fUS   

ti cuerpo como si luchara frenéticamente para apartar algo

de sí.
DYSAR T abandona la tarima tan pronto los gritos del mu


chacho se hacen más fuertes.

AI.AN : ¡Ec!... ¡Ec!... ¡Ec!

(Gritos de «¡Ec!» grabados en cinta magnetofónica
llenan el teatro desde todos sus ángulos. DYSAR T llega
a los pies de la cama de ALA N en el preciso instante en
que el muchacho profiere un grito terrible...) ¡¡Ec! !
(... y se despierta. El ruido se interrumpe bruscamente.
ALA N y el doctor se miran el uno al otro. Entonces, de
pronto, DYSAR T abandona aquel sector y regresa a la
tarima.)

ESCEN A I X

La luz se torna más brillante.
DYSAR T se sienta en su banco, a la izquierda, y abre su
carpeta. ALA N salta de la cama, deja la manta a un lado
y entra en el cuadrilátero. Su expresión es agresiva.


DYSART : Hola. ¿Cómo te sientes esta mañana? ('ALA N le
mira fijamente.) Adelante. Siéntate. ('ALA N cruza el
escenario y se sienta en el banco del otro extremo.)

Lamento haberte asustado anoche. Pasé a recoger unos
papeles por mi despacho y se me ocurrió entrar a ver
cómo estabas. ¿Sueñas muy a menudo? .

ALAN: ¿Y usted?
DY S AR T : Soy yo quien tiene la obligación de hacer las preguntas.
La tuya es contestarlas.



  PETE R SHAFFE H

ALAN : ¿ Y quién dice eso?
DYSART : Y O lo digo. ¿Sueñas a menudo?
ALAN : ¿ Y usted?
DYSART : Mira, Alan...
ALAN : Yo le contestaré si usted me contesta a mí. Por


turno.

Pausa.

DYSAR T : De acuerdo. Sólo que tenemos que decir la verdad.

ALA N (burlón) : De acuerdo.

DYSART : Bien. ¿Sueñas a menudo?

ALAN : Sí. ¿ Y usted?

DYSART : También. ¿Sueñas algo en especial?

ALAN : NO . ¿ Y usted?

DYSART : Y O SÍ. ¿Qué soñabas anoche?

ALAN : N O me acuerdo. ¿Qué soñó usted?

DYSART : Dije la verdad.

ALAN : Esa es la verdad. ¿Qué soñó usted, en especial?

DYSART : Que destripaba criaturas. (ALA N sonríe.) ¡Mi
turno!
ALAN : ¿Qué?
DYSART : ¿Cuál es el primer recuerdo que conservas de un
caballo?

ALAN : ¿Qué quiere usted decir?

DYSAR T : La primera vez que, de alguna manera, tuvo algún
significado en tu vida.
ALAN : N O lo recuerdo.
DYSART : ¿Estás seguro?
ALAN : SÍ .
DYSART : ¿N O tienes ningún recuerdo de la primera vez
que te fijaste en un caballo?

ALAN : Ya le contesté. Ahora es mi turno. ¿Es usted casado?

  

i niius

DYSAR T (dominándose) : Lo soy.

ALAN : ¿E S doctora ella también?

DYSART : Ahora me toca a mí.

ALAN : Sí, bueno, ¿qué?

DYSART : ¿Qué significa Ec? (Pausa.) Es lo que gritabas
anoche en sueños. Pensé que tal vez te gustaría hablar
de eso.

ALA N (cantando): ¡El whisky Diamond obra maravillas,
Obra maravillas,
Obra maravillas!

DYSART : Vamos, ¡déjate de tonterías!

ALA N (cantando más alto) : ¡El whisky Diamond
Obra maravillas,
Obra maravillas!
¡Para ti !

DYSART : Muy bien. Buenos días.

ALAN : ¿Qué quiere decir?

DYSAR T : Hemos concluido por hoy.

ALAN : ¡Pero sólo hace diez minutos que comenzamos!

DYSART : Mala suerte. (Coge la carpeta y examina unos

papeles. ALA N no se mueve.) ¿No me oíste? He dicho

«buenos días».

ALAN : ¡ESO no es justo!

DYSART : ¿No?

ALA N (violentamente) : E l gobierno le paga veinte libras
por cada hora que me dedica. Lo sé. Oí que lo decían
abajo.
DYSART : Bueno, pues vuelve allí y mira si puedes oír
algo más.
ALAN : ¡ESO no es justo! (Se pone en pie de un salto, cerrando
los puños, en un súbito y violento ataque de ira.)



  

¡Usted es... usted es... un engañabobos!... ¡Un maldito

engañabobos!... ¡Un codenado engañabobos!

DYSART : ¿Quieres obligarme a llamar a la enfermera?

ALAN : Si se atreve a ponerme un dedo encima, ¡la sacudiré!;

DYSART : Ella te sacudirá mucho más fuerte, te lo aseguro.
Ahora, vete. (Se concentra en la carpeta.)

ALA N no se mueve de su sitio, cerrando y abriendo
los puños. Se da la vuelta. Pausa. El Coro
inicia un sordo murmullo.

ALA N (malhumorado) : En una playa...

ESCEN A X

ALA N baja de la tarima por el fondo y avanza alrededo
del círculo, que ilumina una luz cálida.

DYSART : ¿Cómo dices?
ALAN : Fue donde vi un caballo. Engañabobos. (Indolentemente,
da puntapiés a la arena y lanza piedras al mar.)

DYSART : ¿Cuántos años tenías?
ALAN : ¡Qué sé yo!... Seis.
DYSART : Bien, continúa. ¿Qué hacías allí?
ALAN : Pozos. (Se tiende en el suelo, en el centro del escenario,
sobre el círculo, y empieza a arañar la arena
con los dedos.)
DYSAR T : ¿Un castillo de arena?
ALAN : Bueno, ¿qué otra cosa podía hacer?
DYSAR T (con cautela) : ¿Y... ?
ALAN : De pronto oí aquel ruido. A mis espaldas.

I i.MIUS   

Un JOVE N JINET E aparece por la boca del pasillo;
avanza con movimientos lentos. Lleva una
fusta con la que hostiga al caballo invisible que
monta, haciéndole que dé la vuelta al círculo, por
la derecha. El murmullo aumenta de volumen.

DYSART : ¿Qué ruido?

ALAN : De cascos. Chapoteando en el agua.

DYSART : ¿Chapoteando?

ALAN : Había marea baja, y él venía al galope.

DYSART : ¿Quién era?

ALAN : Aquel muchacho. Parecía un estudiante. Montaba

un caballo enorme... y hacía que corriera. Me pareció
que no me había visto. Grité : ¡Eh! (El JINET E avanza
al mismo paso, doblando rápidamente hacia el proscenio
por la esquina de la tarima, directamente hacia

ALAN., ) ¡ Y se detuvieron justo a tiempo!
JINET E (tirando de las riendas) : ¡So!... ¡So!... ¿So!... ¡Lo

siento! ¡No te había visto!... ¿Te asusté?

ALAN : NO .

. INET E (mirándole desde lo alto del caballo) : ¡ Qué castillo
tan fantástico!
ALAN : ¿Cómo se llama?
JINET E : Troyano. Puedes acariciarlo, si quieres. No te

hará nada. (Tímidamente, ALA N se pone de puntillas

y palmea el brazuelo invisible del animal. Divertido.)

¡Pero si casi no alcanzas! ¿Te gustaría subir? (ALA N
asiente con la cabeza, y los ojos muy abiertos.) Muy
bien. Da la vuelta hasta el otro lado. Siempre debes
montar un caballo por la izquierda. Daremos un paseo,
¿te parece bien? (ALA N se desplaza hacia el otro lado.)
Y ahora no tienes que hacer nada. ¡Arriba! (ALA N





  

coloca un pie en el muslo del JINETE , y éste le sube
hasta sus hombros. El murmullo del Coro se vuelve
exultante. Luego cesa súbitamente.) ¿Estás cómodo?
(ALA N asiente con la cabeza.) Bien. Ahora sólo tienes
que aferrarte a sus crines. (El JINET E alza la fusta,
ALA N se aferra a ella.) Cógete fuerte. Y aprieta las
rodillas, ¿eh? ¿Listo?... Vamos, pues, Troyano. ¡Adelante!
(El JINET E camina lentamente hacia el fondo,
dando la vuelta al círculo, con las piernas de ALA N
firmemente sujetas alrededor de su cuello.)

DYSART : ¿Qué te pareció? ¿Maravilloso? (ALA N cabalga
en silencio.) ¿No te acuerdas?

JINETE : ¿Quieres correr más?

ALA N : ¡ Sí!

JINET E : Muy bien. Todo lo que tienes que hacer es decirle
«Vamos, Troyano... ¡Llévame como el viento!»... ¡Dil
pues!

ALAN : ¡Llévame como el viento!

El JINET E comienza a correr alrededor del círc
lo, con ALA N sobre él.

DYSART : ¿Corriste mucho?
ALAN : ¡Sí!
DYSART : ¿N O tuviste miedo?
ALAN: ¡NO!
JINETE : ¡Vamos, Troyano! ¡Llévanos como el viento


¡Corre! ¡Corre!... (Corre más aprisa. ALA N empiez
a reír. Entonces, de pronto, cuando llegan de nuevo al
proscenio, FRAN K y DOR A se ponen de pie, alarmados.)

DORA : ¡Alan!
FRANK : ¡Alan!
DORA : ¡Alan, detente!


i:yuus   
FRAN K corre tras ellos. DOR A le sigue.
I'KAN K ¡Eh, tú! ¡Tú!...

JINETE : ¡SO, muchacho!... ¡So!... (Frena al caballo y se
da la vuelta para enfrentarse con los padres. Todo sucede
a un ritmo muy rápido.)

FRANK : ¿Qué demonios te imaginas que estás haciendo?
JINET E (irónico): ¿Me imagino?
I''RANK : ¿Qué hace mi hijo ahí arriba?
JINETE : ¡Esquí acuático!


DORA se une a ellos, sin aliento.

DORA : ¿Está bien, Frank?... ¿Acaso está herido?

FRANK : ¿N O te parece que deberías pedir permiso antes de
cometer una estupidez semejante?
JINETE : ¿Qué es una estupidez?
ALAN : ¡E S fantástico, papá!
DORA : ¡Alan, bájate de ahí en seguida!
JINETE : El chico está perfectamente bien. ¡No se pongan
histéricos, por favor!

FRANK : ¡N O pretendas tomarme el pelo, jovencito! Bájate
de ahí, Alan. Ya oíste lo que ha dicho tu madre.
ALAN : No.
FRANK : Bájate en seguida. ¡Inmediatamente!
ALAN : ¡NO.. . no!
FRAN K (enfurecido) : ¡He dicho... inmediatamente! (Arran


ca a ALA N de los hombros del JINETE . El muchacho

chilla y cae al suelo.)

JINETE : ¡Cuidado!
DORA : ¡Frank!

La mujer corre y se arrodilla junto a ALAN . El
JINET E da un salto.



  PETE R SHAFFKH

JINETE : ¿Está usted loco? ¿Acaso quiere aterrorizar al]
caballo?
DORA : Tiene un rasguño en la rodilla. ¡Frank..., el chico
está herido!

ALAN : ¡N O lo estoy! ¡No lo estoy!

FRANK : ¿Cómo te llamas?

JINETE : Jesse James.

DORA : ¡Frank, está sangrando!

FRANK : Voy a denunciarte a Ta policía por poner en peligro
la vida de las criaturas.

JINETE : Adelante, ¿qué espera?

DORA : ¿Puedes ponerte en pie, hijito?

ALAN : ¡Oh, calla!

FRANK : Eres un peligro público, ¿lo sabías? ¿Cómo te
atreves a poner una criatura sobre un animal tan peligroso
?

JINETE : ¿Peligroso?

FRANK : Por supuesto que es peligroso. Mírale los ojos.
¡Los tiene desorbitados!
JINETE : ¡Igual que usted!
FRANK : Opino que es un animal peligroso. Creo que amJ
bos sois un peligro para la seguridad de esta playa.

JINETE : ¡Y , según mi opinión, es usted un estúpido de
mierda!
DORA : ¡Frank, déjale!
FRANK : ¿Qué has dicho?
DORA : N O tiene importancia, Frank..., ¡de veras!
FRANK : ¿Qué has dicho?
JINETE : ¡Oh, vaya a que le den...! ¡Lo siento, compañero!

¡Vamos, Troyano! (El JINET E precipita al caballo directamente
contra FRAN K y DORA ; luego gira en redondo
y se aleja al galope por la derecha, desapareciendo

ItUIIIIS  

por el pasillo del fondo. FRAN K y DOR A profieren un
grito al quedar empapados y cubiertos de arena. FRAN K
sale tras él y da la vuelta en torno al círculo hacia la
izquierda, seguido por DORA., )

AI.AN : ¡Qué chapoteo! ¡Nos bañó a los tres! ¡Papá quedó
completamente empapado!

I'IIAN K (gritando, tras el JINETE, ) : ¡Gamberro! ¡Sinvergüenza
!
AI.AN : ¡Y O no podía contener la risa!
I'KANK : ¡Gentuza de alto copete! ¡Eso es lo que son, los
que montan a caballo! ¡Eso es lo que quieren..., pisotear
a la gente trabajadora!
DORA : N O seas absurdo, Frank.
I'KANK : Por eso lo hacen. Por eso lo hacen, ¡los muy malditos
!
DORA (divertida) : ¡Mira qué pareces! ¡Estás empapado!
KKANK : N O tanto como tú. ¡Tienes los cabellos llenos de
arena! (DOR A comienza a reír. FRAN K grita.) ¡Gamberro!
¡Gamberro maldito! (Ella ríe cada vez más.
FRAN K trata de sacudirle la arena de los cabellos.) ¿De
qué te ríes? No tiene gracia. ¡No tiene ninguna gracia,
Dora! (DOR A se va por la derecha, sin dejar de reír.
ALA N se dirige a la tarima, sin levantarse del suelo,
arrastrándose.) ¡ A mí no me hace ninguna gracia!...
(FRANK , enfurecido, vuelve a su sitio en el banco.
Silencio repetino.)
ALAN : ESO es todo cuanto recuerdo. (Se sienta.)
DYSART : Y no es poco. Gracias... ¿Sabes que yo no he
montado a caballo en mi vida?
ALA N (sin mirarle): Yo tampoco.
DYSART : ¿Quieres decir... desde entonces?
ALAN : SÍ .



  PETE R SHAFFKH

DYSART : Pero supongo que en las caballerizas debía!

hacerlo.
ALAN : NO .
DYSART : ¿Nunca?
ALAN : NO .
DYSART : ¿Cómo es posible?
ALA N : No sentía deseos.
DYSART : ¿ A causa de aquella caída, después de tantos
años?

ALA N (secamente) : Simplemente, no sentía deseos, eso es
todo.
DYSAR T : ¿Piensas a menudo en aquella escena?
ALAN : Supongo que sí.
DYSART : ¿Por qué piensas en ella?
ALAN : Porque es divertida.
DYSART : ¿Sólo por eso?
ALAN : ¿Por qué otra cosa podría ser? M i turno..

contado un secreto: ahora dígame usted uno.

DYSAR T : De acuerdo. Cuando alguno de mis pacientes desea
explicarme algo, pero siente vergüenza de decírmelo
cara a cara, ¿sabes qué hago?

ALAN : ¿Qué?
DYSART : Le entrego este pequeño grabador. (Saca un grabador
y un micrófono del bolsillo.) Se encierra en otro
cuarto y me manda la cinta por medio de la enfermera.
Y no está obligado a escucharla conmigo.

ALAN : Eso es estúpido.

DYSAR T : Sólo se tiene que oprimir este botón y hablar por
el micrófono. Es muy sencillo. De todas maneras, se
terminó el tiempo por hoy. Te veré mañana.

ALA N (levantándose) : Tal vez.

DYSART : ¿Tal vez?

i yiius   

AI.AN : Si tengo ganas. (Se dispone a salir. Súbitamente,
se acerca a DYSAR T y le quita el aparato de las manos.)
Es estúpido. (Abandona la tarima y regresa a su cama.)

ESCEN A X I

DORA (gritando) : ¡Doctor! (Entra y se dirige directamente
al cuadrilátero desde la derecha. Lleva puesto un
abrigo y sostiene nerviosamente una bolsa de hacer las
compras.)

DYSAR T : Aquella misma tarde se presentó su madre.

DORA : Hola, doctor.

DYSART : ¡Señora Strang!

DORA : Estaba de compras por aquí cerca y se me ocurrió
venir.
DYSAR T : ¿Deseaba ver a Alan?
DORA (inquieta) : No, no... No en este momento. En realidad,
es a usted a quien quería ver.

DYSART: ¿SÍ?

DORA : Hay algo que mi esposo y yo pensamos que usted
debería saber. Estuvimos hablando de ello, y podría
ser importante.

DYSART : Bueno, pase y tome asiento.

DOR A : No puedo quedarme más que un instante. Se me
ha hecho muy tarde. M i marido debe de estar esperándome
para cenar.

DYSART : ¡Ah! (Alentándola.) Entonces, ¿qué es lo que
quería decirme?

Ella se sienta en el banco del fondo.



  

DORA : Bien, ¿recuerda aquella fotografía de que le hablé,
la que mi esposo le dio a Alan para decorar su habitación
años atrás?

DYSAR T : Sí. De un caballo que asomaba la cabeza por
encima de una cerca, ¿no?

DOR A : Exactamente. Bueno, el hecho es que vino a ocupar
el lugar de otra estampa.

DYSART : ¿Qué clase de estampa?

DOR A : Era una reproducción de Nuestro Señor camino
del Calvario. Alan la vio en la tienda de arte Reeds y
se quedó prendado de ella. Insistió en que quería comprarla
con sus propios ahorros, para colgarla a los pies
de la cama, donde podría verla antes de dormirse. A mi
esposo le disgustó mucho la idea.

DYSART : ¿Porque se trataba de una estampa religiosa?

DORA : Para hablarle con franqueza, debo confesar que era
un poco chocante. Jesucristo iba cargado de cadenas, y
los centuriones le flagelaban despiadadamente. Por cierto
que yo no la habría elegido, pero no creo que sea
correcto frustrar los deseos de un chiquillo, y, por lo
tanto, no me opuse.

DYSART : ¿Pero el señor Strang sí?

DOR A : No dijo nada durante algún tiempo, pero un día
tuvimos una de nuestras trifulcas por causa de la religión,
y entonces subió al cuarto del chico, arrancó la
estampa de la pared y la tiró al cubo de la basura. Alan
se puso histérico. Lloró desconsoladamente durante días
y días..., y eso que no era un chico llorón.

DYSART : Pero cuando le dieron la fotografía del caballo,
se calmó.

DOR A : Eso parecía. A l menos la colgó donde la tuvo antes,
y ya no volvimos a oírle llorar.

KQUUS   

DYSART : Gracias, señora Strang. Es muy interesante...
¿Cuánto tiempo hace exactamente que sucedió eso? ¿Lo
recuerda usted?

DORA : Debe de hacer alrededor de cinco años, doctor. Alan
debía de tener doce. Por cierto, ¿cómo está?
DYSAR T : Lo soporta bastante bien.

La mujer se pone en pie.

DORA : Le ruego le dé cariñosos recuerdos.

DYSART : Puede venir a visitarle cuando usted quiera, ya
lo sabe.

DORA : Tal vez si pudiese venir una tarde sin mi esposo...
Como puede imaginar, no puede decirse que él y Alan
se entiendan muy bien en este momento.

DYSART : Como usted guste, señora Strang. Ah, una cosa...

DORA : ¿SÍ ?

DYSART : ¿Podría describirme la fotografía del caballo con
más detalles? Supongo que aún debe de estar colgada
en su cuarto.

DORA : ¡Oh, sí! En realidad, es una fotografía notable.
Raras veces se ve un caballo sacado desde aquel ángulo,
absolutamente de frente. Por eso resulta tan interesante.

DYSART : ¿Por qué? ¿Qué efecto causa?

DORA : Bueno, es verdaderamente extraordinario. A causa
de sus ojos.
DYSAR T : ¿Cómo si miraranfijamente a quien lo contempla?
DORA : SÍ , eso es... (Una pausa embarazosa.) Vendré a

visitar a mi hijo muy pronto, doctor. Adiós. (Se mar


cha y vuelve a sentarse junto a su esposo.)

DYSAR T (al público) : Fue entonces, en aquel preciso instante,
cuando me sentí verdaderamente alarmado. ¿Qué
era aquello? ¿Aquella sombra de una cabeza gigantesca



  PETE R SHAFFEI

proyectada sobre mi escritorio? De cualquier manera
aquella sensación se hizo más intensa con la visita del
dueño de las caballerizas.

ESCEN A XI I

DALTO N entra en el cuadrilátero: es un hombre fornido, de
unos cincuenta y cinco años.

DALTON : ¿Doctor Dysart?
DYSART : Señor Dalton, le agradezco que haya venido. (Se
estrechan la mano.)

DALTO N : Es natural. En mi opinión, este muchacho debería
estar en la cárcel y no en un hospital subvencionado
con los impuestos de los contribuyentes.

DYSART : Tome asiento, por favor. (DALTO N se sienta.)
Debe de haber sido una experiencia terrible para usted.
DALTON : ¿Terrible? No creo que pueda olvidarla jamás.
Jil l sufrió un ataque de nervios.

DYSART : ¿Jill ?

DALTON : La joven que trabajaba para mí. Como es natural,
en cierto modo, ella se siente responsable. En primer
lugar, por ser ella quien me lo presentó.

DYSAR T : ¿Fue una joven quien le llevó a las caballerizas?

DALTON : Jil l Masón. Él la conoció no sé dónde y le preguntó
si sabía dónde podía encontrar algún empleo.
Ella le dijo que viniera a verme a mí. ¡Ojalá nunca
se lo hubiera dicho!

DYSAR T : ¿Pero cuando le vio por primera vez no notó nada
que le llamara la atención?

DALTO N : No, parecía un excelente muchacho. Se pasaba las    
horas limpiando y almohazando los caballos, con una
dedicación que excedía el cumplimiento estricto de su
deber. Pensé que era un verdadero hallazgo.

DYSART : A l parecer, durante todo el tiempo que trabajó
para usted, nunca montó a caballo.

DALTON : ESO es cierto.

DYSAR T : ¿No era un poco raro?

DALTON : Mucho... Si es que nunca lo hizo.

DYSART : ¿Qué quiere usted decir?

DALTO N se levanta.

DALTO N : Porque, de vez en cuando, en el curso de ese año,
tuve la sensación de que alguien sacaba los caballos
de noche.

DYSART : ¿De noche?

DALTON : Noté algunas cosas curiosas. Me refiero a que
muy a menudo encontraba algún animal que, a primera
hora de la mañana, estaba bañado en sudor, a pesar
de que no estaba enfermo. Completamente cubierto de
sudor. Y su establo no estaba tan sucio como debería
haber estado si hubiese pasado en él toda la noche. En
aquellos momentos nunca le presté mayor atención. Sólo
cuando me di cuenta de que había contratado a un
chiflado, se me ocurrió preguntarme si no había estado
montando los caballos cuando nosotros no le veíamos.

DYSART : Pero si los arreos no estaban en su lugar, ¿no lo
habría notado?

DALTON : Nunca se dio el caso. Además, es muy ordenado.
Eso nada hubiese probado.

DYSART : ¿N O cierran con llave las caballerizas por la
noche?

DALTON : SÍ .



  

PETE R SHAFFKH

DYSART : ¿Y no duerme nadie en las dependencias?
DALTON : Yo y mi hijo.
DYSART : ¿DO S personas?


DALTON : N O haga caso, doctor. Es evidente que se trata
de una fantasía mía. Todo eso me ha trastornado de tal
manera, que soy capaz de creer cualquier cosa. Si no
tiene que preguntarme nada más, me retiro.
DYSART : Escuche: suponiendo que estuviera usted en lo
cierto, ¿por qué tenía que hacer una cosa semejante?
¿Por qué un muchacho habría de preferir montar a
caballo de noche, solo, pudiendo salir con todos los
demás durante el día?

DALTON : ¿ A mí me lo pregunta? Es un chiflado, ¿no?
(Abandona la tarima y se sienta en su lugar. DYSAR T
le observa pensativo.)

ALAN : Fue sexualmente excitante.

ESCEN A XII I

ALA N está sentado en su cama con el grabador en la manoM
La ENFERMER A se acerca a él prestamente, recibe el aparato
de sus manos, se lo entrega a DYSAR T y regresa a su sitioM
DYSAR T pone en marcha el grabador.

ALAN : ESO es lo que usted deseaba saber, ¿no es cierto?»
Bueno, pues lo fue. Me refiero a cuando era niño, en
la playa. Lo que le conté acerca... (Pausa. La emoción
le impide hablar. DYSAR T está sentado en el banco de
la izquierda escuchando, con la carpeta en la mano.
ALA N se levanta y se sitúa a sus espaldas, pero dentro

IH.M I I i s   

del círculo, como si estuviese grabando la siguiente
alocución. En ningún momento, obviamente, mira directamente
al doctor DYSART., ) Me sentía muy excitado
sobre aquel caballo. El sudor de su cuello me empapaba
las piernas. El muchacho me sostenía firmemente y me
dejaba llevar el caballo por donde yo quería. Toda
aquella potencia conducida a mi antojo... Sus costados
eran tan cálidos, y el olor... Luego, de pronto, me encontré
en el suelo, donde papá me había tirado. Con
qué gusto le hubiera sacudido un mamporro... (Pausa.)
Otra cosa. Cuando apareció el caballo, levanté la vista
hacia su boca. Era enorme. Con aquella cadena. El
muchacho tiró de ella, y cayeron unas gotas de saliva
cremosa. Yo le pregunté: «¿Te duele?». Y él dijo...,
el caballo dijo... dijo... (Calla, presa de la angustia.
DYSAR T anota algo en la carpeta.) Después de eso,
siempre sucedía lo mismo. Cada vez que oía el golpeteo
de cascos, tenía que correr para ver el caballo. Corría
hasta el camino o hasta cualquier parte. Me sentía
atraído por ellos. Sólo para contemplar su pelaje, cómo
arqueaban el cuello y el brillo del sudor en los pliegues
de su piel... (Pausa.) No logro recordar cuándo empezó.
Cuando mamá me leía las historias de Príncipe,
el caballo que nadie podía montar salvo un chico.  el
caballo blanco en las Revelaciones. «Aquel que estaba
sentado sobre él se llamaba Fiel y Verdadero. Sus ojos
eran como llamas de fuego, y tenía un nombre escrito
que nadie sabía sino él»... Palabras como riendas, estribo,
flancos... «¡Clavaba las espuelas en los flancos de
su montura!»... Hasta las palabras me hacían sentir...
(Pausa.) La manera en que se nos entregan... eso también.
Si quisieran, podrían destrozarnos en un santia




  

PETE R SHAITli N

mén, pero no lo hacen. Simplemente trotan y se dejan
llevar por el ronzal todo el día, mansamente. Nal
ofrendan todo su aliento, y nosotros, a cambio, lfll
damos latigazos. (Pausa.) Después de lo que ocurrlB
en la playa, ya no pude evitarlo. En cuanto veía ufl
caballo, me quedaba encantado contemplándolo. Cómo
daban vueltas y más vueltas, y se les humedecían Jim
costillas, todo por nuestra causa... (Pausa.) Durantn
años, nunca se lo conté a nadie. Mamá no lo hubie J
comprendido. A ella le encanta la «equitación». ¡Sombreros
hongos y pantalones de montar! «El abuelo s a
vestía en honor al caballo», decía ella. ¿Qué significa
eso? E l caballo no va vestido. Es la cosa más desnuda
que pueda verse. Más que un perro o un gato o cualquier
otro animal. ¡Hasta el rocín más viejo y descarnado
tiene su propia vida! ¡Poner un sombrero hong
sobre él es indecente!... ¡Obligarlos a correr! ¡Maldita
carreras!... ¡Nadie lo comprende!... Excepto los vaqu
ros. Ellos sí que lo comprenden. ¡Ojalá yo fuese u)
vaquero! Ellos son libres. Se balancean sobre el caballo
y disponen de inmensas praderas de hierba. ¡Apuest
a que todos los vaqueros son huérfanos!... ¡Apuesto
que lo son!

ENFERMERA : E l señor Strang desea verle, doctor.

DYSAR T (sorprendido) : ¿El señor Strang? Hágalo pasar
por favor.

ALA N : A los vaqueros nadie les dice: «Si entiendes lo qu
quiero decir». No se atreverían. N i les hablan de «Dios
a cada momento. (Imitando a su madre.) «Dios puede
verte, Alan. Dios tiene ojos en todas partes...» (Enmu


  

iyi'' S

dece súbitamente.) ¡Basta!... ¡Detesto todo eso!... Si

desea saber algo más, espere sentado. ¡Estoy harto!

(Regresa, airado, a su cama y se cubre con la manta.

DYSAR T apaga el grabador.)

ESCEN A XI V

•UN K STRAN G entra en el cuadrilátero, con el sombrero en
ln mano. Está nervioso y turbado.
DYSART : (cordial): ¿Cómo está usted, señor Strang?
KICANK: Pasaba por aquí... Espero que no sea demasiado
tarde.
I >VSART : Por supuesto que no. Estoy encantado de verle.

Se estrechan la mano.

IMÍANK : M i esposa no sabe que he venido a verle. Le agradecería
que no se lo dijera, si entiende lo que quiero
decir.

DYSART : Todo cuanto ocurre en este despacho es confidencial,
señor Strang.

I'KAN K : Eso espero... eso espero...

DYSAR T (afablemente) : ¿Tiene algo que decirme?

FRAN K : En realidad, sí.

DYSAR T : Su esposa me contó lo de la fotografía.

FRANK : L O sé. ¡No se trata de eso! Es acerca de eso, pero...
más grave... Quise contárselo el otro día, pero no podía
hacerlo delante de Dora. Quizá debería haberlo hecho.
Así le hubiera demostrado adonde conducen todas esas
patrañas que le mete en la sesera al chico cuando yo
no estoy adelante.



  PETE R SHAFIK H

DYSART : ¿De qué se trata, pues? (Se sienta.)

FRANK : De algo que presencié.

DYSART : ¿Dónde?

FRAN K : En casa. Debe de hacer como un año y medio.

DYSART : Continúe.

FRAN K : Era tarde. Tuve que subir a buscar algo. E l mucliii'
cho ya hacía horas que estaba en la cama, o eso suponín,
DYSART : Continúe.
FRANK : A l llegar al pasillo, vi la puerta de su dormitorio

entreabierta. Estoy seguro de que él no lo sabía. Del

interior... salía el murmullo de aquella salmodia.

DY S AR T : ¿Salmodia?

FRANK : Como en la Biblia. Una de aquellas retahilas quj
su madre siempre le leía.
DYSART : ¿Qué clase de retahilas?
FRAN K : Aquellas de las generaciones. Fulano engendró a...,
usted ya sabe. Las genealogías.

DYSART : ¿Recuerda qué decía la retahila de Alan?

FRANK : Bueno, más o menos. Me quedé completamente
pasmado. La primera palabra que oí fue...
ALA N (levantándose, entona) : ¡Príncipe!
DYSART : ¿Príncipe?
FRAN K : Príncipe engendró a Prasio. Esa clase de tonterías.

ALA N avanza lentamente hasta el centro del
círculo.

ALAN : ¡ Y Prasio engendró a Pradus! ¡ Y Pradus engendró
a Flancus!

FRANK : Miré por la rendija de la puerta, y él estaba d
pie, a la luz de la luna, en pijama, frente a aquella
enorme fotografía.

DYSAR T : ¿El caballo de los grandes ojos?

  

Jims

P IIANK: En efecto.

A LAN: Flancus engendró a Espartus. ¡ Y Espartus engendró
ii Esporus el Grande, y vivió sesenta años!

I |ANK: Todo era más o menos por el estilo. No recuerdo
exactamente los nombres, claro. Entonces, de pronto,
se arrodilló.

DISART : ¿Delante de la fotografía?

I'HANK : Sí. Allí mismo, a los pies de la cama.
AI.A N (arrodillándose): Y Lentus engendró a Glaucus.
Y Glaucus engendró a Plecus, el Rey de la Saliva.
¡ Y Plecus habló a través de su clinc-clanc! (Se inclina
reverenciosamente hasta el suelo.)
DYSART : ¿Cómo?
I'KANK : Estoy seguro de que eso es lo que dijo. Nunca pude
olvidarlo. Clinc-clanc.

ALA N levanta la cabeza y extiende los brazos en
ademán de adoración.

ALAN : Y él dijo : «¡Mirad..., yo os doy Equus, mi único
hijo engendrado!»

DYSART : ¿Equus?

FRAN K : Sí. Sin ninguna duda. Esa palabra la repitió varias
veces. «Equus, mi único hijo engendrado.»
ALA N (reverente): ¡Ec... us!
DYSART : (comprendiendo de pronto; casi «aparte») : Ec...

Ec...
FRAN K (con timidez) : Y entonces...
DYSART : SÍ , ¿qué?
FRAN K : Extrajo un trozo de cordel del bolsillo. Hizo con

él un nudo corredizo y se lo puso en la boca. (ALAN
se embrida a sí mismo con el cordel invisible y lo tensa,
sosteniéndolo por detrás de la cabeza.) Y luego, con



  PETE R SHAFFKH

la otra mano, cogió una percha. Una percha de madera,
y... y...
DYSART : ¿Empezó a flagelarse?

ALAN , mímicamente, inicia la autoflagelación,

con ritmo creciente y cada vez con más furor.

Pausa.

FRANK : ¿Comprende por qué no podía cont¿irselo a su
madre?... La religión. ¡En el fondo de todo eso yace
la religión!

DYSART : ¿Qué hizo usted?

FRAN K : Nada. Tosí... y me volví a la planta baja.

El muchacho se sobresalta, avergonzado..., se
quita el cordel de la boca y vuelve a meterse en
la cama precipitadamente. .

DYSART : ¿Alguna vez le habló de ello? ¿Aunque fueslj
indirectamente?
FRAN K (con más tristeza aún) : En verdad, hay otra cosafl
doctor. No estoy acostumbrado.

DYSAR T (afablemente) : No, ya comprendo.

FRAN K : Pero pensé que usted debería saberlo. Por eso vine.¡

DYSAR T (calurosamente) : Sí. Y le estoy muy agradecido.'
Gracias. (Se pone en pie. Pausa.)
FRANK : Bueno, eso es...
DYSART : ¿Tiene que decirme algo más?
FRAN K (con más embarazo aún) : En verdad, hay otra cosa'
DYSART : ¿Qué es?
FRANK : La noche que hizo... aquella cosa tan horrible en
el establo...

DYSART: ¿SÍ?

FRANK : Aquella misma noche salió con una chica.

  

I '' I'  s

DYSART : ¿Cómo lo sabe usted?
I'KANK : Sencillamente, lo sé.
DySART (perplejo) : ¿Se lo dijo él?
IKAN K : No puedo decirle nada más.
DYSART : No logro entenderlo.
I'KANK : Según usted, todo cuanto aquí se dice es confi


dencial.
I ) v s ART : Absolutamente.
I'KANK : Entonces, pregúnteselo a él. Pregúntele si salió con

una chica la noche en que lo hizo... (Súbitamente.)
Adiós, doctor. (Se va.)

DYSAR T mira a FRAN K mientras éste vuelve a su
asiento.

ESCEN A XV

ALA N se levanta y entra en el cuadrilátero.

DYSART : ¡Alan! Adelante. Siéntate. (Con afabilidad.)
¿Qué hiciste anoche?
ALAN : Estuve viendo la televisión. (Se sienta.)
DYSART : ¿Algún buen programa?
ALAN : Estaba bien.
DYSART : Gracias por la cinta. Es excelente.
ALAN : N O pienso hacerlo nunca más.
DYSART : Hay una cosa que no entendí bien. En un momento
empiezas a decir algo sobre el caballo de la
playa, como si te hubiese hablado.
ALAN : ESO es estúpido. Los caballos no hablan.
DYSART : Así lo tengo entendido.





  PETE R .SHAFFKH

ALAN : N O sé qué quiere usted decir.

DYSART : N O importa. Dime otra cosa. En primer lugar,;
¿quién te consiguió el empleo en las caballerizas?

Pausa.

ALAN : Una persona a quien conocí...

DYSART : ¿Dónde?

ALAN : En Bryson.

DYSART : ¿En la tienda donde trabajabas?

ALAN : SÍ .

DYSART : Me parece un sitio extraño para un muchacho!
como tú. ¿De quién fue la idea?

ALAN : De papá.

DYSART : Y O más bien habría pensado que preferiría qu j
trabajaras con él.
ALAN : No tengo esa vocación. Y el oficio de impresor esj
un fracaso, si entiende lo que quiero decir.
DYSAR T (divertido) : Comprendo... ¿Qué le parecía a tu
madre?

ALAN : Que las tiendas son vulgares.

DYSART : ¿ Y tú?

ALAN : A mí me encantaban.

DYSART : ¿De veras?

ALA N (sarcástico) : ¿Por qué no? Uno debe estar siempre
luchando con aparatos eléctricos. Es divertido.

La ENFERMERA , DALTO N y los actores que en-¡
carnan a los caballos se dirigen a él com
Clientes, sin moverse de su sitio. Sus voces tienen
un tono agresivo y exigente. Son coreadas
por un constante murmullo, constituido por marcas
de fábrica, de las cuales deben entenderse

I u l i| I S   
claramente las palabras que aparecen desiva, al ser pronunciadas a gritos.
curI
MENTE : ¡Philco!

AI.A N (a DYSART, ) : Por supuesto que, a veces, los clientes
pueden llegar a volverte loco.
(!I.IENTE : Deseo comprar un cazo eléctrico. Me dijeron

que el Philco es de muy buena calidad.
\ \\ Diría que lo es, señora.
' i i KNTE : ¿Tienen afeitadoras Remington para damas?
ALAN : N O estoy seguro, señora.
(¡LÍENT E : ¿Tienen cubiertas Robex?
( ¡LÍENT E : ¿Croydex?
CLIENTE : ¿Volex?
(¡LÍENTE : ¿Tienen cepillos de dientes automáticos Pifco?
AI.AN : Lo averiguaré en seguida, señor.
( ¡LÍENT E : ¿Beautiflor?
CLIENTE : ¿Vidrelene?
CLIENTE : ¡Quiero una radio a transistores Philcol
CLIENTE : ¡Ésta no es Remingtonl ¡Yo quería una Re


mingtonl

ALAN : Lo siento.
( ¡LÍENT E : ¿Ustedes son concesionarios de Hoover?
ALAN : Lo siento.
CLIENTE : ¡Y O quería un calefactor Pifcol
ALAN : ¡L O siento!


JIL L sube a la tarima: es una joven de veinte
años, bonita y de clase media. Viste un suéter
y téjanos. El murmullo de voces enmudece.

JILL : Hola.
ALAN : Hola.





ALAN : N O sé qué quiere usted decir.

DYSART : N O importa. Dime otra cosa. En primer lugar,
¿quién te consiguió el empleo en las caballerizas?

Pausa.

ALAN : Una persona a quien conocí...

DYSART : ¿Dónde?

ALAN : En Bryson.

DYSART : ¿En la tienda donde trabajabas?

ALAN : Sí.

DYSART : Me parece un sitio extraño para un muchacho
como tú. ¿De quién fue la idea?
ALAN : De papá.
DYSART : Y O más bien habría pensado que preferiría que

trabajaras con él.
ALAN : No tengo esa vocación. Y el oficio de impresor es
un fracaso, si entiende lo que quiero decir.
DYSAR T (divertido) : Comprendo... ¿Qué le parecía a tu

madre?
ALAN : Que las tiendas son vulgares.
DYSART : ¿ Y tú?
ALAN : A mí me encantaban.
DYSART : ¿De veras?
ALA N (sarcástico) : ¿Por qué no? Uno debe estar siempre

luchando con aparatos eléctricos. Es divertido.

La ENFERMERA , DALTO N y los actores que encarnan
a los caballos se dirigen a él como
Clientes, sin moverse de su sitio. Sus voces tienen
un tono agresivo y exigente. Son coreadas
por un constante murmullo, constituido por marcas
de fábrica, de las cuales deben entenderse

EQUUS  

claramente las palabras que aparecen de cursiva,
al ser pronunciadas a gritos.

CLIENTE : ¡Philco!
ALA N (a DYSART,) : Por supuesto que, a veces, los clientes
pueden llegar a volverte loco.
CLIENTE : Deseo comprar un cazo eléctrico. Me dijeron

que el Philco es de muy buena calidad.
ALAN : Diría que lo es, señora.
CLIENTE : ¿Tienen afeitadoras Remington para damas?
ALAN : N O estoy seguro, señora.
CLIENTE : ¿Tienen cubiertas Robex?
CLIENTE : ¿Croydex?
CLIENTE : ¿Volex?
CLIENTE : ¿Tienen cepillos de dientes automáticos Pifco?
ALAN : L O averiguaré en seguida, señor.
CLIENTE : ¿Beautiflor?
CLIENTE : ¿Vidrelene?
CLIENTE : ¡Quiero una radio a transistores Philcol
CLIENTE : ¡Ésta no es Remingtonl ¡Yo quería una Re


mingtonl

ALAN : L O siento.

CLIENTE : ¿Ustedes son concesionarios de Hoover?
ALAN : L O siento.
CLIENTE : ¡Y O quería un calefactor Pifcol


ALAN : ¡L O siento!

JIL L sube a la tarima: es una joven de veinte
años, bonita y de clase media. Viste un suéter
y téjanos. E l murmullo de voces enmudece.

JILL : Hola.
ALAN : Hola.





JILL : ¿Tienen hojas para máquina de esquilar?

ALA N : ¿De esquilar?

JILL : De esquilar caballos. (Pausa. ALA N se queda mirándola
con la boca abierta.) ¿Qué sucede?
ALAN : T Ú trabajas en las caballerizas Dalton. Te v i allí.

Durante el siguiente diálogo, él simula apilar
cajas en un estante.

JILL : También yo te v i por allí, ¿verdad? Tú eres el muchacho
que siempre anda mirando las pistas alrededor
de la hora del almuerzo.

ALAN: ¿YO?
JILL : Rondas por allí casi todos los días.
ALAN : N O soy yo.
JIL L (divertida) : Claro que eres tú. Precisamente el señor


Dalton dijo el otro día: «¿Quién es ese muchacho que
siempre está fisgoneando en la puerta?» ¿Andas buscando
trabajo?

ALA N (ansioso) : ¿Habría alguno para mí?
JILL : N O lo sé.
ALAN : Sólo podría i r los fines de semana.
JIL L : Es cuando suele venir más gente a montar a caballo.


Siempre andamos escasos de personal. Sobre todo para

limpiar.
ALA N : A mí eso no me importa.
JILL : ¿Sabes montar?
ALAN : NO.. . NO.. . N O quiero montar. (Ella le observa con

curiosidad.) Por favor...
JILL : Ven el sábado. Te presentaré al señor Dalton. (Abandona
el cuadrilátero.)

DYSART : ¿Cuándo fue eso? ¿Hace más o menos u n año?
ALAN : Creo que sí.

QUUS  

SART : ¿ Y te presentó?
LAN: SÍ.


Prestamente dispone los tres bancos como para
formar tres cuadras.

ESCENA XV I

na luz intensa ilumina el cuadrilátero,

n exultante murmullo del Coro.
Se oyen las patadas de los caballos. Tres de los actores que
encarnan a los caballos se levantan de sus asientos. Los tres
al mismo tiempo descuelgan tres máscaras de las escaleras
de la derecha y de la izquierda, se las ponen siguiendo un
ritmo estricto y suben a la tarima con paso firme y equino.
Sus cascos de metal golpean contra la madera. Las máscaras
se dan la vuelta y se agachan en lo alto de sus cabezas
—tal como lo harán esporádicamente durante todas las escenas
de los caballos—, de manera que el acero destellará
bajo la luz. Por un instante parecen converger en el muchacho,
mientras él se encuentra de pie en medio del establo,
pero en seguida se dan la vuelta ágilmente y se sitúan como
ñ estuviesen atados, con los cuartos traseros invisibles vueltos
hacia él, uno en cada banco.

AIA N se sumerge en aquel mundo resplandeciente de los
caballos. Fascinado, casi involuntariamente, empieza a arrodillarse
en el suelo, en actitud reverente, pero el movimiento
w ve interrumpido bruscamente por la alegre voz de DAL TON,
que entra en el establo, seguido por JILL . E l muchacho
M-incorpora avergonzado.





DALTON : L O primero que hay que aprender es a limpiar.
Debes aprender y practicarlo. Quiero que este lugar
esté impecable, seco y limpio en todo momento. Cuando
termines, Jill te enseñará a cepillar a los caballos. Lo
que nosotros llamamos almohazarlos.

JILL : Me parece que «Valiente» tiene una piedra.

DALTON : ¿SÍ ? Veamos. (Se acerca al caballo que está junto
al banco de la izquierda, que sólo apoya el casco en el
suelo por la punta. Le levanta la pata.) Tienes razón.
(A ALAN.,) ¿Ves eso, en forma de V? Es lo que llamamos
el soporte, una especie de amortiguador. Si llega a
hacérsele una herida, tarda siglos en cicatrizar..., de
modo que hay que estar al tanto. Cuando se introduce
algo, hay que sacarlo con esto, con este punzón. (Extrae
un punzón invisible de su bolsillo.) Ten mucho cuidado
con él. Usalo así. (Rápidamente arranca la piedra.)
¿Ves? ( ALA N asiente con la cabeza, fascinado.) Aprenderás
en seguida. Jill se encargará de ello. ¡Lo que
ella no sepa acerca de cómo hay que cuidar un establo,
no vale la pena saberlo!

JIL L (complacida) : ¡Oh, sí, seguro!

DALTO N (entregándole el punzón a Alan): Ten cuidado
con eso. La regla principal es: si no sabes una cosa,
pregunta. Nunca pretendas hacer creer que sabes algo
si no lo sabes. (Sonriendo.) En realidad, la regla principal
es: diviértete. ¿De acuerdo?

ALAN : Sí, señor.

DALTON : Buen muchacho. ¡Hasta la vista! (Les saluda
alegremente con un movimiento de cabeza y abandona
la tarima. ALA N clava el punzón invisible, con marcado
ademán, en la barandilla izquierda, sobre el proscenio.)

JILL : Bueno, empecemos a cepillarlos. Éste podría ser el

EQUUS  

primero. Parece que le hace falta. (Se acercan a Diamante,
que se encuentra a la derecha. Ella le palmea el
lomo. ALA N se sienta y la contempla.) Se llama Diamante.
Es m i favorito. Es tan tierno como una criatura,
¿verdad, m i pequeño? Pero, cuando se le antoja, es
veloz como el rayo. (Durante el siguiente parlamento,
JIL L mima las acciones, y los objetos que toma del banco
de la derecha son invisibles.) O sea que éste es el distinguido,
y comenzaremos con él. Así que coges el
cepillo. Eso es lo más importante, y hay que usarlo con
esta rascadera. Siempre hay que cepillar en el mismo
sentido: desde las orejas hacia abajo. No temas hacerlo
con fuerza. Cuanto más enérgicamente lo hagas, más le
placerá al caballo. Procura que las cerdas penetren en
la crin : así. ( ALA N observa con fascinación cómo la
joven cepilla el cuerpo invisible de Diamante, rascando
los pelos y el polvo con la almohaza. De cuando en
cuando, la máscara del caballo se mueve ligeramente
con placer.) Hacia la cola y al fondo. ¿Ves cómo le
encanta? Estoy dándote un buen masaje, ¿no es cierto,
mi pequeño?... Toma, prueba tú. (Le ofrece el cepillo
a ALAN . Éste se levanta prestamente y se acerca a Diamante.
Aturrullado y excitado, imita los movimientos
de JIL L inexpertamente.) Hazlo con suavidad y sin
prisa. No te apresures nunca. Hacia la cola y a fondo.
Eso es. De nuevo. Hacia la cola y a fondo... Mu y bien.
Ahora sigue durante un cuarto de hora y luego dedícate
al viejo Valiente. ¿Te parece bien? ('ALA N asiente
con la cabeza.) Tienes buena mano, puedo asegurártelo.
Será un placer enseñarte. Hasta luego. (Abondona el
cuadrilátero y vuelve a su sitio. ALA N se queda solo con
los caballos. Los animales piafan. ALA N se acerca de





nuevo a Diamante y le toca la paletilla. La máscara se
vuelve rápidamente hacia él. E l muchacho se inmoviliza,
y acto seguido desliza suavemente la mano por el
cuello y el lomo. La máscara se tranquiliza. Mira hacia
adelante, inmóvil. Luego, ALA N se coloca la palma de la
mano bajo la nariz y aspira profundamente, cerrando
los ojos.)

DYSAR T se levanta y comienza a caminar lentamente
alrededor del círculo.

DYSART : ¿Era agradable tocarlos?

Alan profiere un leve gruñido.

ALAN : ¡Hum!

DYSART : Debe de haber sido maravilloso estar cerca de
ellos por fin... Acariciarlos... Dejarlos limpios y lustrosos...
¿No es cierto?... (Silencio. ALA N comienza a cepillar
a Diamante.) ¿ Y qué me dices de la chica? ¿Te
gustaba?

ALA N (secamente) : Estaba bien.

DYSART : ¿Sólo estaba bien? ('ALA N cambia de posición,
dando la vuelta en torno de los cuartos traseros de Diamante
hasta quedar de espaldas al público. Cepilla con
más fuerza. DYSAR T llega hasta el proscenio por el
círculo y finalmente vuelve a su banco.) ¿Se mostraba
afectuosa? (Se sienta.)

ALAN : Sí.

DYSART : ¿  arisca?

ALAN : SÍ .

DYSART : Bueno, ¿en qué quedamos?

ALAN : ¿Qué?

DYSART : ¿Cómo era ella? ('ALA N cepilla con más energía.)

EQUTJS  

¿Saliste con ella? Vamos, contesta. ¿Tuviste una cita

con ella?

ALAN : ¿Qué?

DYSART : Dime si saliste con ella.

De pronto, ALA N es presa de uno de sus arrebatos
de cólera.

ÍXAN (gritando): ¡¡DIME! !

Todas las máscaras se agitan, asustadas.

DYSART : ¿Cómo?

ALAN : ¡Dime, dime, dime, dime! (Abandona el cuadrilátero
como una tromba y se dirige al proscenio, y hacia
donde está sentado DYSART . Está enfurecido. Mientras
él habla, los caballos salen del cuadrilátero por las tres
aberturas.) ¡Siempre lo mismo! ¡Metomentodo! Eso es
usted: ¡un condenado metomentodo! ¡Como papá! Siempre
lo mismo, ¡maldita sea! ¡Dime, dime, dime!...
Contesta esto. ¡Contesta lo otro! ¡Sin callar n i un instante!...
( ALA N da la vuelta alrededor del círculo y

vuelve a la tarima. DYSAR T se pone en pie y entra por
el otro lado.)


ESCENA XVII

La luz se torna más intensa.

DYSART : L O lamento.
ALA N va de un lado para otro, por lo que ahora
vuelve a ser el consultorio, colocando los bancos
en su posición habitual.



 PETE R SHAFFE H

ALAN : Mu y bien, ahora es m i turno. ¡Dígame usted! ¡Contésteme
!

DYSAR T : Ahora no estamos jugando al juego aquél.

ALAN : Jugamos a lo que a mí me da la gana.

DYSART : De acuerdo. ¿Qué deseas saber? (Se sienta.)
ALAN : ¿Sale... usted con chicas?
DYSART : Y a te lo dije. Soy casado. (Saca del bolsillo un
paquete de cigarrillos y lo deja sobre el banco.)

ALA N se acerca a DYSAR T en actitud hostil.

ALAN : L O sé. Su esposa se llama Margaret. ¡Es dentista!
¡Como puede ver, anduve averiguando! ¿Qué le hizo
salir con ella? ¿Le mordía las manos cuando le revisaba
las muelas en el sillón de su consultorio?

ALA N se sienta junto a él,

DYSART : Eso no es muy gracioso.

ALAN : ¿Va con otras chicas sin que ella lo sepa?

DYSART : No.

ALAN : ¿Entonces, qué? ¿Se monta a su mujer?

DYSART : Basta ya. (Se levanta y se aleja.)

ALAN : ¡Vamos, conteste! ¡Dígamelo! ¡Dígamelo!

DYSART : ¡He dicho que basta!

ALA N se levanta a su vez y camina alrededor
de DYSART .

ALAN : Apuesto a que no. Apuesto a que no la toca nunca.
Vamos, dígamelo. N o tienen hijos, ¿verdad? ¿Es porque
nunca jode?

DYSAR T (cortante) : Vete a tu cuarto. Vete, ¡rápido! (Pausa.
ALA N se separa de él, coge con insolencia el paquete
de cigarrillos de DYSAR T del banco y saca uno.) Dame

EQUUS  

esos cigarrillos. (El muchacho se pone en la boca el
que cogió. Estallando.) ¡Alan, dámelos! (Con disgusto,
ALA N introduce el cigarrillo en el paquete, se da la vuelta
y se lo entrega.) ¡ Ahora vete! ( ALA N salta de la tarima
y regresa a su cama. DYSART , enervado, se dirige
al público.) ¡Brillante! ¡Es listo como una ardilla ! E l
muchacho desconfía, por eso se pone a la defensiva.
¿Qué soy yo, pues?... Condenado bastardo... Sabía exactamente
cuáles eran las preguntas que podían herirme.
Es evidente que anduvo haciendo averiguaciones acerca
de m i esposa por.todo el hospital. Es maligno y, naturalmente,
muy perspicaz. Desde que tuve la debilidad
de contarle el sueño en que destripaba criaturas no ha
dejado de observarme de una manera muy específica.
Claro que eso no es una novedad. Los neuróticos que
se encuentran en un estado muy avanzado demuestran
una agudeza sorprendente en ese juego. Apuntan despiadadamente
al centro de máxima vulnerabilidad...
Supongo que esa es una manera como cualquier otra

de describir a Margaret. (Se sienta.)
HESTHE R entra en el cuadrilátero. La luz se
hace más cálida.

ESCENA XVIII

HESTHER : No me digas nada.
DYSART : ¿Acaso te trastorno?
HESTHER : Sospecho que no tardarás en hacerlo.

Pausa.

DYSART : M i esposa no me comprende, Su Señoría.



 PETE R SHAFFE K

EQUUS  

HESTHER : ¿ Y tú la comprendes a ella?

DYSART : NO . Evidentemente, jamás la comprendí.

HESTHER : L O siento. Nunca quise preguntártelo, pero
siempre imaginé que no congeniabais. (Se sienta frente
a él.)

DYSAR T : A l principio sí. E n realidad, durante cierto tiempo,
todo fue a pedir de boca. Quiero decir para ambos.
Nos pirrábamos el uno por el otro. Ell a me tenía fascinado
por lo que podríamos llamar una especie de
vivacidad. Una vivacidad inaccesible, intangible, que
me mantuvo excitado durante meses. Piensa que cuando
uno tiene la manía por la «asepsia nórdica», como en
mi caso, nada puede resultar tan atractivo como una
dentista escocesa.

H E STHER : E l perverso eres tú, ¿lo sabías?

DYSART : N O lo creas: yo le causaba a ella la misma im presión.
Una pericia antiséptica. Eso era yo en aquella
época. Nos aveníamos admirablemente. Aún me parece
ver nuestra fotografía de bodas: el doctor y la doctora
Presurosos. Tuvimos prisa en cortejar, prisa en casarnos
y prisa en desilusionarnos. Cada cual se apresuró
a encerrarse en su consultorio respectivo: y ahora todo
se ha ido al diablo.

HESTHER : N O tenéis hijos, ¿verdad?

DYSAR T : No, no fuimos a buscarlos. E n vez de criar hijos,
ella se sienta ante la chimenea de ladrillos esmaltados
de color salmón y hace calceta, prendas de punto para
los huérfanos de un hogar al que ayuda. Y yo paso el
rato hojeando libros de arte sobre la antigua Grecia.
De vez en cuando, aún trato de contagiarle m i entusiasmo.
Le muestro un grabado de los acróbatas de Creta
saltando entre los cuerpos de los toros..., y ella exclama:

«¡O h Martin , qué cosa más absurda se les ocurría
hacer! Los juegos de los montañeses de Escocia, ¡aquello
era un deporte ñor malí» O bien, en cuanto termino
de contarle un episodio de la Ilíada, es capaz de decir:
«¿Sabes?, pensándolo bien, Agamenón y todos ésos no
son nada más que u n hato de rufianes de los Gorbals,
¡pero con nombres fantásticos!» (Se pone de pie.) Para
que tengas una idea. Se ha convertido en una zángana.
E l conocido monstruo doméstico. Margaret Dysart: la
Zángana del Zángano.

HESTHER : ESO es cruel, Martin .

DYSART : SÍ . ¿Sabes lo que significa para dos personas
vivi r en una misma casa como si cada una de ellas estuviese
en una parte distinta del mundo? Mentalmente,
ella siempre está encerrada en alguna inhóspita iglesia
de los de su propia estirpe, y yo, en algún templo dórico...,
con las nubes deshilachándose entre las columnas...,
las águilas portando profecías desde el firmamento.
Ell a todo eso lo encuentra repulsivo. Todo
cuanto m i esposa ha extraído del Mediterráneo —d e
toda aquella vasta cultura intuitiva — son cuatro botellas
de Chianti para convertirlas en lámparas y u n par
de burritos de porcelana para poner condimentos, con
sus nombres pintados en el lomo : Salero y Pimentera.
(Pausa. Con un tono más íntimo.) Desearía que hubiese
alguna persona en m i vida a quien pudiera mostrarle
determinadas cosas. Una persona instintiva, absolutamente
serena, con quien pudiese i r a Grecia y, una vez
allí, ante ciertos templos y ríos sagrados, poder decirle:
«¡Mira ! La vida sólo es comprensible mediante un mi lla
r de dioses nativos. Y no tan sólo los antiguos dioses
muertos, con nombres como Zeus..., no, ¡sino Genios



^^QUU S  



vivientes, tutelares de lugares y personas! Y no tan sólo
en Grecia, ¡sino en la Inglaterra moderna! Espíritus de
ciertos árboles, de ciertas curvas de un muro de ladri llos,
de ciertas churrerías, si quieres, y de los tejados
de pizarra..., así como de ciertas expresiones y posturas
de la gente...» Y le diría: «¡Venera a tantos como puedas
ver..., y más aparecerán!»... Si tuviese un hijo,
apostaría a que sería exactamente como su madre. Absolutamente
carente de capacidad de veneración. ¿Quieres
tomar algo?

HESTHE R : No, gracias. E n realidad, tengo que irme. Como
de costumbre...

DYSART : ¿De veras?

HESTHE R : De veras. Debo revisar una montaña de papeles
antes de acostarme.

DYSART : N O paras nunca, ¿no es cierto?

HESTHER : ¿ Y tú?

DYSART : Ese muchacho, con su mirada... Trata de salvarse
por m i intermedio.
HESTHE R : Eso parece.
DYSART : ¿Qué demonios estoy tratando de hacerle?
HESTHER : Readaptarle, supongo.
DYSART : ¿A qué?
HESTHER : A la vida normal.
DYSART : ¿Normal?
HESTHE R : Aún tiene algún sentido esa palabra.
DYSAR T : ¿Tú crees?
HESTHER : Naturalmente.
DYSART : ¿Quieres decir que un chico normal tiene una
cabeza, y que una cabeza normal tiene dos orejas?

HESTHE R : Tú sabes perfectamente que no quiero decir eso.

DYSART : Entonces, ¿qué?

HESTHE R (sin acalorarse) : ¡Oh, calla!

DYSART : NO , ¿qué? Dímelo.

HESTHE R (poniéndose en pie, sonriendo) : No consentiré
que me pongas en el banquillo de los acusados, Martin .
¡Eres realmente odioso!... (Pausa.) Sabes perfectamente
lo que quiere decir una sonrisa normal en los ojos
de un niño, y una mirada que es... aunque yo no me
sienta capaz de definirla. ¿Verdad?

DYSART : SÍ .
HESTHER : Entonces tenemos el deber de hacer algo, ¿no?
Tú y yo.
DYSART : Touché... Y a te llamaré.
HESTHER : ¿Puedo retirarme?
DYSART : Dijiste que te ibas.
HESTHER : Y me voy... (Le besa en la mejilla.) Gracias
por todo lo que estás haciendo... Estás pasando por un
mal momento. Lo siento... Supongo que una de las pocas
cosas que podemos hacer es ceñirnos a las prioridades.
DYSART : ¿Como por ejemplo?...
HESTHER : Oh..., dedicarnos a los niños antes que a las personas
adultas. Cosas así.

Él la mira fijamente.

DYSART : Eres realmente magnífica.
HESTHER : Gracias por la noticia. Buenas noches. (Se
marcha.)
DYSART (a sí mismo, o al público) : ¿Normal?... ¿Normal?

ESCENA XI X

ALA N se levanta y entra en el cuadrilátero. Se muestra

Sumiso.



 PETE R SHAFFE K

DYSART : Buenas tardes.

ALAN : Buenas tardes.

DYSART : Lamento lo que pasó ayer.

ALA N : Fue una estupidez.

DYSART : Efectivamente.

ALA N : Me refiero a lo que dije yo.

DYSART : ¿Dormiste bien? (Alan se encoge de hombros.)
No te sientes bien, ¿verdad?
ALAN : Me siento perfectamente bien.
DYSART : ¿Te gustaría que practicáramos un juego? Ta l vez
haría que te sintieses mejor.

ALAN : ¿Qué clase de juego?

DYSART : Se llama «El parpadeo». Debes fijar la mirada
en un punto : digamos en aquella mancha de la pared...,
y yo golpearé el escritorio con este lápiz. La primera
vez que golpee, tú tienes que cerrar los ojos. Cuando
vuelva a dar un golpecito, debes abrirlos. Y así cada
vez. Los cierras, los abres, los cierras, los abres, hasta
que yo diga «basta».

ALAN : ¿ Y eso hará que me sienta mejor?

DYSART : Te relajarás. Tendrás la sensación de estar hablando
en sueños.
ALAN : Eso es una estupidez.
DYSART : N O tienes obligación de hacerlo, si no quieres.
ALAN : N O dije que no quería.
DYSART : ¿Entonces?
ALAN : N O tengo inconveniente.
DYSART : Bien. Siéntate y mir a fijamente la mancha. Deja

las manos caídas y abre los dedos cuanto puedas. (Coló
ca el banco de la izquierda en ángulo, y ALA N se sien tu
en el extremo.) Lo importante es que estés cómodo v
completamente relajado... ¿Ya miras la mancha?



EQUUS   

ALAN: SÍ.
DYSAR T : Perfecto. Ahora procura dejar la mente en blanco.
ALA N : Eso no es difícil.
DYSART : ¡Chiss! No hables... A l prime r golpe, cierra los


ojos. A l segundo, ábrelos. ¿Listo? ('ALA N asiente con
la cabeza. DYSAR T golpea con el lápiz la baranda de
madera. ALA N cierra los ojos. DYSAR T golpea de nuevo.
ALA N los abre. Los golpes se repiten acompasadamente.
Después del cuarto golpe, el sonido es reemplazado por
un golpeteo metálico, muy fuerte, grabado en cinta
magnetofónica. DYSAR T habla dirigiéndose al público,
con el ruido de los golpes como fondo —la luz adquiere
una tonalidad fría—, mientras el muchacho permanece
sentado ante él, mirando la pared y cerrando y abriendo
los ojos.) Lo normal es una espléndida sonrisa en los
ojos de un niño... De acuerdo. También lo es la mirada
vacía de un millón de personas adultas. Esta mirada
sostiene y mata... como un Dios. Es lo Vulgar que se
ha vuelto bello; también es el Término Medio que se ha
vuelto letal. Lo Norma l es el Dios de la Salud, cruel e
indispensable, y yo soy su sacerdote. Mis herramientas
son harto delicadas. M i compasión es sincera. En esta
sala he atendido con toda sinceridad infinidad de niños.
He ahuyentado un sinfín de horrores y aliviado muchas
angustias. Pero asimismo, sin ninguna sombra de duda,
he seccionado ciertas partes de su individualidad, que
repugnan a ese Dios en todos sus aspectos. Partes que
son sagradas para los Dioses más raros y magníficos.
¿ Y hasta qué punto...? Los sacrificios a Zeus requerían,
a lo sumo, sesenta segundos, seguramente. Los
sacrificios a lo Norma l pueden exigir hasta sesenta
meses. (Se oye de nuevo el ruido natural del lápiz. La





luz vuelve a cambiar. A ALAN., ) Ahora te pesan los
párpados. Quieres dormir, ¿no es cierto? Quieres dormi
r profunda y largamente. Duerme. Sientes l a cabeza
pesada, muy pesada. Te pesan los hombros. Duerme.
(Deja de golpear. ALA N permanece con los ojos cerrados
y la cabeza caída sobre el pecho.) ¿Puedes oírme?

ALAN : ¡Hum!

DYSART : Puedes hablar normalmente. D i «Sí» , si puedes.

ALAN: SÍ.

DYSART : Buen muchacho. Ahora levanta l a cabeza y abre

los ojos. (ALA N así lo hace.) Ahora, Alan , responderás

a mis preguntas. ¿Comprendes?

ALAN : SÍ .

DYSART : Y cuando despiertes recordarás cuanto te haya
dicho. ¿De acuerdo?
ALAN : SÍ .
DYSAR T : Bien. Ahora quiero que rememores cosas pasadas.

Estás en aquella playa de que me hablaste. La marea
está baja, y tú construyes castillos de arena. Sobre ti ,
mirándote, se inclina la cabeza de aquel enorme caballo,
y una saliva cremosa gotea de su boca. ¿Puedes verlo?

ALAN : SÍ .
DYSART : Le haces una pregunta: «¿Te hace daño la ca


dena?»
ALAN : SÍ .
DYSART : ¿Se lo preguntas en voz alta?
ALAN: NO.
DYSART : ¿ Y qué te contesta el caballo?
ALAN: «SÍ».
DYSART : ¿Qué le dices tú entonces?
ALAN : «Y o te l a quitaré».
DYSAR T : ¿ Y él qué dice?





EQUUS  u  u

ALAN : «N O es posible. Me tienen encadenado».

DYSART : ¿Como a Jesús?

ALAN: ¡SÍ!

DYSART : Sólo que su nombre no es Jesús, ¿verdad?

ALAN: NO.

DYSART : ¿Cómo se llama?
ALAN : Nadie lo sabe más que él y yo.


DYSAR T : A mí puedes decírmelo, Alan . Nómbralo.

ALAN : Equus.

DYSART : Gracias. ¿Vive en todos los caballos, o solamente
en algunos?
ALAN : E n todos.
DYSAR T : Buen muchacho. Ahora abandonas la playa. Estás

en tu dormitorio, en tu casa. Tienes doce años. Te encuentras
delante de la fotografía. Contemplas a Equus
desde los pies de l a cama. ¿Te gustaría arrodillarte?

ALAN : Sí.
DYSAR T (alentándole) : Hazlo, pues. (ALA N se arrodilla.)


Ahora dime. ¿Por qué Equus está encadenado?

ALAN : Por los pecados del mundo.

DYSART : ¿ Y qué te dice?

ALAN : «Y O te veo. Y o te salvaré».
DYSART : ¿Cómo?
ALAN : «Te llevaré muy lejos. Dos serán uno».
DYSART : ¿El caballo y el jinete serán una sola bestia?


ALAN : Una sola persona.


DYSART : Continúa.

ALA N : « Y m i clinc-clanc estará en tu mano».


DYSART : ¿Clinc-clanc? ¿Es la cadena que lleva en la boca?


ALAN : SÍ.
DYSART : Está bien. Y a puedes levantarte... Ven. (ALA N se


BIBLIOTECA CENTRAL

U.N.A.M .




levanta.) Ahora piensa en el establo. ¿Qué es el establo?
¿Su templo? ¿Su sanctasanctórum?

ALA N : Sí.

DYSART : ¿El sitio en donde lo lavas? ¿Donde lo cuidas
y lo almohazas con muchos cepillos?
ALAN : SÍ .
DYSART : Y allí es donde te hablaba, ¿no? ¿Te miraba con
sus tiernos ojos y te hablaba?

ALAN : Sí.

DYSART : ¿Qué te decía? ¿«Cabalga sobre mí»? ¿«Móntame
y cabalga sobre mí en la noche»?
ALAN : SÍ .
DYSART : ¿ Y tú le obedecías?
ALAN : SÍ .
DYSART : ¿Cómo aprendiste? ¿Observando a los demás?
ALAN: SÍ.
DYSART : Debe de haberte sido difícil. ¿Te costaba sostenerte
sobre él?

ALAN : Sí.

DYSART : Pero él te enseñó, ¿no es cierto? Equus te enseñó
a hacerlo.

ALAN: ¡NO!

DYSART: ¿NO?

ALAN : ¡Él no me enseñó nada! ¡Es un cabrón! ¡Cabalga...

o rómpete la crisma! Ésa es l a Ley de la Paja.
DYSART : ¿La Ley de l a Paja?
ALAN : Él nació en la paja, y ésta es su ley.
DYSART : ¿Pero lo lograste? ¿Llegaste a dominarlo?
ALAN : ¡Tenía que hacerlo!
DYSART : ¿ Y entonces lo montabas en secreto?
ALAN : Sí.
DYSART : ¿Cada cuánto tiempo?
EQUUS  

ALAN : Cada tres semanas. Si lo hubiera hecho más a me


nudo, se habrían dado cuenta.
DYSAR T : ¿Algún caballo en particular?
ALAN: NO.
DYSART : ¿Cómo entrabas en el establo?
ALAN : Robé una llave. Me hice u n duplicado en Bryson.
DYSART : Eres u n muchacho muy listo. (ALA N sonríe.)

¿Luego te escapabas de casa?
ALAN : ¡A medianoche! ¡En punto!
DYSART : ¿ A qué distancia está de las caballerizas?
ALA N : A dos millas.

Pausa.

DYSART : ¡Adelante! ¡Vamos a cabalgar!... ¡Ahora! (Se
pone en pie y coloca el banco en ángulo recto.) Y a estás
allí, ante l a puerta de las caballerizas. (ALA N se vuelve
hacia el fondo.) Tienes la llave en la mano. Ve y ábrela.

ESCENA XX

ALA N avanza hacia el fondo y simula abrir la puerta.
Una tenue luz ilumina el círculo.
Murmullo del Coro: el ruido de Equus.
Entran los actores que representan a los caballos, levantan
las máscaras sobre sus cabezas y se las colocan al mismo
tiempo. Se sitúan alrededor del círculo. Diamante, en la
boca del pasillo.

DYSART : Tan silenciosamente como puedas. Dalton aún
puede estar despierto. Chiss... No hagas ruido... Mu y





bien. Ahora entra. ( ALA N baja de puntillas de la tarima
al círculo, por la abertura central, que ahora está iluminada
por una cálida luz. Mira a su alrededor. Los caballos
piafan inquietos: sus máscaras se vuelven hacia él.)

Ya estás dentro. Todos los caballos te miran fijamente.

¿Los ves?
ALA N (excitado) : ¡ Sí!
DYSART : ¿Cuál elegirás?
ALAN : A Diamante. (Levanta los brazos y simula conducir

a Diamante con una soga alrededor del círculo, pasando
ante los caballos de la derecha.)

DYSAR T : ¿De qué color es Diamante?
ALA N : Castaño.

E l caballo camina pausadamente. ALA N se detiene
en la esquina del cuadrilátero.

DYSART : ¿Qué es lo primero que haces?

ALA N : Ponerle las sandalias. ( ALA N se arrodilla en el centro
del proscenio.) ¡Las sandalias reales!... Hechas de
arpillera. (Recoge las sandalias invisibles y las besa
devotamente.) Se las sujeto alrededor de los cascos.

(Palmea la pata derecha de Diamante: el caballo la
levanta, y ALA N hace como si le atara la arpillera.)
DYSART : ¿En los cuatro cascos?
ALAN : Sí.
DYSART : ¿Y luego?
ALAN : E l clinc-clanc. (Hace como si cogiera la brira y

el freno.) N o le gusta tan tarde, pero lo acepta en mi
honor. Se inclina para mí. Estira el cuelio para que se
lo ponga. (Diamante inclina la testa. En primer lugar,
ritualmente, ALA N se coloca el freno en su propia boca
y luego lo transfiere a la de Diamante. E l muchacho

EQUUS  

levanta los brazos y le pone la brida. Luego le conduce
tirando de las riendas invisibles, de un extremo al otro
del proscenio y por el lado izquierdo del círculo. Diamante
le sigue dócilmente.) Una vez embridado, lo
llevo afuera.

DYSART : ¿Sin silla?

ALA N : Eso nunca.

DYSAR T : Sigue.

ALAN : Vamos por l a senda de atrás. Él está tranquilo.
Siempre lo está en ese trecho. Es dócil y camina pausadamente.
Hasta que llegamos al campo. Entonces comienza
la desazón.

E l caballo se echa hacia atrás. La máscara se
balancea.

DYSART : ¿Qué quieres decir?
ALAN : N o quiere avanzar.
DYSART : ¿Por qué?
ALAN : E S SU sitio de Ea Ea.
DYSART : ¿Cómo?
ALAN : Ea Ea.
DYSAR T : Oblígalo a entrar en el campo.
ALA N (murmurando entre dientes): ¡Camina!... ¡Camina!


(Arrastra al caballo hacia la tarima, mientras DYSAR T
la abandona.)

ESCENA XX I

Diamante se detiene; mira de soslayo lo que ahora es su
campo. E l ruido de Equus se extingue. E l muchacho mira
a su alrededor.



EQUUS   

DYSAR T (desde el círculo) : ¿Es un campo grande?
ALA N : ¡ Inmenso!
DYSART : ¿Cómo es?
ALAN : ¡Está cubierto de niebla! Los pies rozan las ortigas.


(Hace como si se quitara los zapatos... y sintiera el
escozor doloroso que le producen las plantas.) ¡Ah!

DYSAR T (volviendo a su banco): ¿Te quitas los zapatos?
ALAN : Todo.
DYSART : ¿Toda l a ropa?
ALA N : Sí. (Hace ademanes como si se desnudara por com


pleto delante del caballo. Termina, y queda obviamente
desnudo, extiende los brazos y se muestra plenamente
a Dios, inclinando la cabeza ante Diamante.)

DYSART : ¿ Y dónde l a dejas?

ALAN : E n el hueco de u n árbol cercano a la verja. Allí
nadie puede encontrarla. (Avanza hasta el fondo y se
agacha junto al banco, introduciendo la ropa debajo del
mismo. DYSAR T se sienta de nuevo en el banco de la
izquierda, junto al proscenio, fuera del círculo.)

DYSART : ¿Qué sientes ahora?

ALA N (abrazándose a sí mismo) : Quema.

DYSART : ¿Quema?

ALAN : ¡La niebla!

DYSART : Continúa. ¿Ahora qué?

ALAN : E l Bocado Humano. (Vuelve a hurgar bajo el banco

y saca un palo invisible.)

DYSART : ¿El Bocado Humano?
ALAN : E l palo para m i boca.
DYSAR T : ¿Para tu boca?
ALAN : Para morder.
DYSART : ¿Por qué? ¿Con qué fin?
ALAN : Porque así no se produce demasiado rápidamente.


DYSART : ¿Siempre es el mismo palo?

ALAN : Claro. E l palo sagrado. Lo guardo en el hueco. E l
Arca del Bocado Humano.

DYSART : ¿ Y ahora qué?... ¿Qué haces ahora?

Pausa. ALA N se levanta y se aproxima a Diamante.


ALAN : ¡L O toco!

DYSART : ¿En qué parte?

ALA N (en éxtasis) : Por todas partes. E l vientre. Las costillas.
Sus costillas son de marfil. ¡De un enorme valor!...
Tiene los flancos fríos. Sus ollares se dilatan para mí.
Le brilla n los ojos. Pueden ver en l a oscuridad. ¡Sus
ojos!... (De pronto sale disparado como una flecha,
completamente trastornado, hasta el rincón más alejado
de la tarima.)
YSART : ¡Continúa!... ¿ Y luego?

Pausa.

ALAN : Le doy azúcar.
DYSART : ¿Un terrón de azúcar?

ALA N vuelve junto a Diamante.

ALAN : S U Última Cena.
DYSART : ¿La última antes de qué?
AIAN : Del ea... ea... (Se arrodilla ante el caballo, con las


manos unidas y las palmas hacia arriba.)

DYSART : ¿Le dices algo cuando se lo das?
A TAN (ofreciéndole el azúcar) : Toma mis pecados. Cómelos
por el amor que me profesas... Siempre lo hace.

(Diamante inclina la máscara hasta las palmas del





muchacho y retrocede para comer.) Y entonces ya está

listo.

DYSART : ¿Ahora ya puedes montarlo?

ALAN: ¡SÍ!

DYSART : Hazlo, pues. Móntalo.

ALAN , acostándose delante de Diamante, se estira
sobre la tarima. Coge el extremo de la delgada
vara metálica que está engastada en la
madera. Ceremoniosamente, repite el nombre
de su dios.

ALAN : ¡Equus!... ¡Equus!... ¡Equus! (Tira de la vara hasta
ponerla en sentido vertical a la tarima. E l actor que
encarna a Diamante se inclina y se aferra a ella. Al
mismo tiempo los demás caballos se inclinan también y
dejan reposar la mano enguantada sobre la barandilla.
ALA N se incorpora y se dirige hacia el rincón del fondo,
a la izquierda.) ¡Tómame! (Sale corriendo y trepa
sobre los hombros de Diamante. Gritando.) ¡Ah!

DYSART : ¿Qué ocurre?

ALAN : ¡Duele!

DYSART : ¿Duele?

ALAN : ¡Tiene cuchillas en la piel ! Diminutas cuchillas afiladas...
que se clavan en mis piernas. (Diamante .se
muestra inquieto.) ¡So, Equus! Nadie dijo ¡adelante!...
Eso es. Él es bueno. Equus, el Siervo de Dios. Fiel v
Verdadero. A sus manos se encomienda... desnudo con
su clinc-clanc. (Refrena a Diamante.) ¡So!... Rabil
por correr.

DYSART : Ve, pues. Déjame aquí. Cabalga hacia el infinito,
Alan . ¡Ahora!... Ahora estás solo con Equus.

EQUUS  

E l cuerpo de ALA N se pone tenso.

ALA N (ritualmente) : Equus..., hijo de Glaucus..., hijo de
Plecus..., ¡corre! (Se oye el murmullo del Coro. Muy
lentamente, los caballos que estén en el círculo comienzan
a hacer que gire la tarima, empujando con suavidad
las barandillas de madera. ALA N y su montura empiezan
a girar. E l efecto que causan, inmediatamente, es el
de una estatua dando vueltas muy despacio sobre una
plataforma. Durante la cabalgada, sin embargo, la velocidad
aumenta, la luz disminuye hasta que sólo queda
encendido un reflector que proyecta un violento foco
sobre el caballo y el jinete, que arranca destellos de las
otras máscaras inclinadas hacia ellos.) ¡Adelante! E l
Rey cabalga sobre Equus, el más magnífico de todos
los caballos. Sólo yo puedo montarlo. Me obedece dócilmente.
Su cuello surge de m i cuerpo. Vuela en la oscuridad.
¡Equus, m i Siervo de Dios!... Ahora el Rey te
gobierna. Esta noche cabalgamos contra todos ellos.

DYSART : ¿Quiénes son todos ellos?
A.I.AN: Mis enemigos y los Suyos.

DYSART : ¿Quiénes son tus enemigos?

ALAN : Las Huestes de Hoover. Las Huestes de Philco. Las
Huestes de Pifco. ¡La Casa de Remington y toda su
tribu !

DYSART : ¿Y quiénes son sus enemigos?

ALA N : Las Huestes de los Pantalones de Montar. Las Huestes
de los Sombreros Hongos y de las Carreras. ¡Todos
los que lo exhiben para su vanidad! ¡Los que atan cintas
a su cabeza para su propia vanidad! Vamos, Equus.
¡ A ellos!... ¡Galopa! (Aumenta la velocidad de la tarima.)
¡So! ¡So! ¡So! ¡So! ¡Los vaqueros nos contemplan!





Se quitan los «stetson». Saben quienes somos. ¡Nos admiran
! ¡Nos reverencian! ¡Vamos, ahora les demostraremos
de lo que somos capaces! ¡Galopa!... ¡GALOPA!
(Azota a Diamante.) ¡Y Equus el Poderoso se levantó
contra Todos!
¡Sus enemigos se dispersan, sus enemigos caen!
¡GIRA!
Pisotéalos, pisotéalos,
Pisotéalos, pisotéalos,
¡GIRA! ¡¡GIRA! ! ¡¡¡GIRA!! ! (El ruido de Equus
aumenta de volumen. Gritando.) ¡Uii!... ¡Uaa!... ¡MAGNÍFICO!...
¡Estoy tieso! ¡Tieso en el viento!
¡Mis crines, tiesas en el viento!
¡Mis flancos! \Mis cascos!
¡Las crines sobre mis piernas, sobre mis flancos, como
latigazos!
¡ Desnudo!
¡Desnudo!


¡Estoy desnudo! ¡Desnudo!

¡Siénteme sobre ti ! ¡Sobr e ti ! ¡Sobr e ti ! ¡Sobre ti !

¡Quiero estar dentro de ti !

¡Quiero SER tú por siempre jamás!...

¡Equus, te amo!

¡Ahora!...

¡Llévame lejos como el viento!

¡Seamos Una Sola Persona!

(Cabalga frenéticamente.)

¡Una Sola Persona! ¡Una Sola Persona! ¡Una Soln
Persona; !Una Sola Persona!

(Se yergue sobre el lomo del caballo y grita, ¡mi

tando el son de una trompeta.)

¡Ea-Ea!... ¡Ea-Ea!... ¡Ea-Ea!

(El son de la trompeta se convierte en un griterío.)

¡Ea-Ea! ¡Ea-Ea! ¡Ea-Ea! ¡Ea-Ea! ¡Ea!... ¡Ea!...
.¡Eaaaaa!

(El muchacho se retuerce como una llama.
Silencio.
La tarima deja de girar y se detiene en la misma
posición en que se encontraba al comenzar el acto.
Lentamente, el muchacho cae del lomo del caballo


al suelo.
Baja la cabeza y besa el casco de Diamante.
Finalmente echa¡AMÉN! (Diamante
la cabeza hacia atrás y le
lanza un fuerte resoplido,
grita):
una
sola vez.
Se apagan todas las luces.)



SEGUNDO ACTO

ESCENA XXII

scuridad absoluta.
Las luces se encienden lentamente, iluminando a ALAN , que
está arrodillado en medio de la oscuridad de la noche junto
a los cascos de Diamante. Se incorpora despacio; se abraza
amorosamente al cuerpo del caballo, hasta quedar de pie,
y entonces lo besa. DYSAR T está sentado en el banco cercano
al proscenio, como al comienzo del Primer Acto. Puede
observarse que, al iniciarse este Acto, FRAN K no está sentado
al lado de su esposa. Cabe esperar que no se observe
que ocupa un lugar entre el público del fondo del escenario,
sumido en la oscuridad, cerca del pasillo central.

DYSART : Ala n abrazó a aquel caballo extraordinario llamado
Diamante. Me mostró cómo, después, se quedaba
con él durante toda la noche: con una mano sobre su
pecho, la otra en el cuello, igual que un inmóvil bailarín
de tango, aspirando su dulce y frío aliento. «¿Se
fijó usted —m e preguntó— cómo los caballos permanecen
con un casco apoyado sobre la punta, de manera
parecida a las chicas de un ballet?» (ALA N conduce a



PETER SHAFFEH

Diamante fuera de la tarima. DYSAR T se pone de pie.
E l caballo se aleja por el pasillo y desaparece. ALA N
vuelve al proscenio y se sienta en el banco que DYSAR T
acaba de abandonar. DYSAR T avanza hasta el proscenio
y contornea lentamente el círculo, hasta llegar a la
entrada central del cuadrilátero.) Ahora se ha ido a descansar,
dejándome solo con Equus. Escucho la voz de la
criatura. M e llama desde el fondo de la negra cueva del
subconsciente. Yo proyecto en su interior la débil luz de
m i linterna, y allí está... esperándome. Levanta su desgreñada
cabeza. M e muestra los grandes dientes cuadrados
y dice: (Con tono burlón.) «¿Por qué?... ¿Por qué
yo?... ¿Por qué —definitivamente— Yo?... ¿Crees realmente
que puedes responder de Mí? ¿Que puedes responder
de Mí totalmente, infaliblemente, inevitablemente?...
¡Pobre doctor Dysart!» (Entra en el cuadrilátero.)
Claro está que ya he contemplado imágenes semejantes
con anterioridad.  he sido contemplado por ellas, según
se mire. Y muy a menudo tengo la horrible sensación de
que ellas nos contemplan a nosotros..., que de alguna
manera absolutamente tangible nos preceden. Sin sentido
, pero de manera inquietante... Sea como fuere, esa
cabeza enorme, implacable, es la más alarmante. Formula
preguntas que yo he escuchado durante toda mi
vida profesional. (Pausa.) E l infante nace en un mundo
de fenómenos completamente iguales en su capacidad de
esclavizar. Huele..., chupa..., palpa..., mir a toda la incontable
variedad de fenómenos. De pronto, uno estalla.
¿Por qué? Los momentos se unen como imanes, forjando
una cadena de grilletes. ¿Por qué? Y o puedo rastrearlos
todos. Incluso puedo, con el tiempo, separarlos
de nuevo. Pero por qué al principio fueron imantados



EQUUS  

—precisamente esos momentos de la experiencia en
particular y no otros—, eso yo no lo sé. Ni lo sabe nadie.
Y ¿ yo no lo sé —n i podré saberlo jamás—, entonces

I • ¿qué estoy haciendo aquí? N o me refiero a lo que hago
desde un punto de vista clínico o social: quiero decir
¡fundamentalmente! Estas preguntas, estos por qués son
fundamentales... Sin embargo, no tienen cabida en un
consultorio. En ese caso, ¿tengo cabida yo?... Ésa es la
sensación que va arraigando cada vez más en m i interior
: no tengo cabida. Estoy desplazado... «Responde de
Mí», dice l a mirada de Equus. «¡Primero responde
de Mí!...» Me imagino que eso es algo más que la menopausia.


Entra la ENFERMER A precipitadamente.

ENFERMERA : ¡Doctor!... ¡Doctor! Strang está dando un
terrible espectáculo. Vino a visitarle su madre, y yo
le di la bandeja para que se la llevara. Él se la tiró a
la cabeza. La madre le está diciendo unas cosas horribles.


ALA N se levanta de un salto, en el proscenio, a
la izquierda. Dora también se pone en pie, como
impulsada por un resorte, en el proscenio, a la
derecha. Se enfrentan desde un extremo al otro
de la boca del escenario.

DORA : ¡N O te atrevas! ¡No te atrevas!
DYSART : ¿Está ella aún allí?
ENFERMERA: ¡SÍ!

DYSAR T abandona en seguida la tarima, seguido
por la ENFERMERA . DOR A avanza hacia ALAN .



 PETER SHAFFEH

DORA : ¡N O me mires de esa manera! Yo no soy uno de
esos médicos que te lo toleran todo, ¿sabes? ¡No me
dirijas esas miradas, jovencito! (Le da una bofetada.
DYSAR T se une a ella.)
DYSART : ¡Señora Strang!

DORA : Y a conozco tus miradas. ¡Pero en mí no surten
efecto!
DYSAR T (a DORA,) : Salga de esta habitación.
DORA : ¿Cómo ha dicho?
DYSAR T : Digo que salga de aquí inmediatamente.

DOR A vacila. Luego dice:

DOR A : Adiós, Alan . (Pasa junto a ALA N y da la vuelta hacia
el cuadrilátero. DYSAR T la sigue. Ambos están muy
trastornados. ALA N regresa a su banco, y la ENFERMERA ,
a su sitio.)

ESCENA XXIII

Las luces iluminan la tarima.

DYSAR T : Me veo en la obligación de rogarle que no vuelva
a aparecer por aquí.
DORA : ¿Acaso cree usted que tengo deseos de hacerlo?
¿Acaso cree que lo hago por gusto?
DYSART : Señora Strang, ¿qué demonios le ha pasado? ¿No
se da cuenta de que el muchacho está profundamente
angustiado?
DOR A (irónica) : ¿De veras?
DYSART : ¡Naturalmente! Se encuentra en la etapa más delicada
del tratamiento. Es como si estuviese completa-

EQUUS  

mente desnudo. Se siente avergonzado. ¡Todo lo que
usted pueda imaginarse!

DORA (estallando) : ¿Y yo? ¿Y yo qué?... ¿Cómo cree usted
que me siento yo?... Pero yo soy la madre, claro... y,
por lo tanto, eso no cuenta. «Padre» y «madre» son
palabras que aquí no caen bien, ¿no es cierto?

DYSAR T : Usted sabe que eso no es cierto.

DORA : ¡Oh, sí, lo sé muy bien! Lo he oído durante toda
m i vida. La culpa es nuestra. Pase lo que pase, los responsables
somos nosotros. Ala n no es más que una pobre
víctima. ¡En realidad, él no ha hecho nada en absoluto
! (Airadamente.) ¿Qué tiene que hacer una en
este mundo para lograr un poco de compasión..., cegar
animales?

DYSART : Tome asiento, señora Strang.

DOR A (ignorándole; cada vez más enérgica) : Mire , doctor:
usted no tiene que llevar esta cruz. Ala n es tan sólo u n
paciente para usted: uno entre tantos. Él es m i hijo.
Me paso las noches en vela pensando en eso. Noto que
Frank se mueve inquieto a m i lado. N i él n i yo podemos
dormir en toda la noche. Y viene usted y nos pregunta:
«¿Quién le prohibe ver la televisión? ¿Quién
hace tal o cual cosa a espaldas de quién?»..., como si
fuésemos criminales. Permítame que le diga una cosa.
Nosotros no somos criminales. No hemos cometido pecado
alguno. Amábamos a Alan . Le dimos todo el amor
de que fuimos capaces. Eso sí, a veces nos peleábamos...;
todos los padres se pelean, pero siempre terminábamos
por hacer las paces. M i esposo es un buen hombre. Es
un hombre justo, dejando a un lado que sea religioso

o que no lo sea. Se preocupa por su hogar, por el mundo
y por su hijo. Ala n recibió amor, atenciones y regalos, y




se divirtió tanto como cualquier muchacho del mundo.
Yo sé lo que es un hogar sin amor: fu i maestra. E l
nuestro no era un hogar sin amor. También sé qué es
la intimidad : no irrumpi r en la intimidad de un niño.
Reconozco que Frank tal vez ha pecado un poco en este
aspecto —se metía demasiado en sus cosas—, pero no
en exceso. No es fastidioso... (Con tono grave.) No,
doctor. Lo que ocurrió fue por culpa de Alan. Ala n es
como es. Todo el mundo es como es. Si sumara usted
todas las cosas que le hemos hecho, desde su primer día
de vida hasta hoy, no podría determinar por qué cometió
ese acto tan terrible..., por qué él es así: y no sólo el
cúmulo de todo lo que nosotros le hicimos. ¿Comprende
lo que quiero decir? Quiero que lo comprenda, porque
no tengo n i u n momento de descanso pensando en todo
esto, y quiero que sepa usted que reniego absolutamente
de lo que ha hecho ahora, de cómo me ha mirado, de
cómo me ha atacado por lo queél hizo, por lo queél es.
(Pausa; más calmada.) Usted lo explica con sus palabras,
y yo, con las mías. Usted habla de u n complejo,
supongo. Pero si conociera a Dios, doctor, sabría de la
existencia del Diablo. Sabría que el Diablo no es fruto
de lo que mamá dice y de lo que papá dice. E l Diablo
existe. Es una palabra anticuada, pero corresponde a
algo verdadero... Me iré. L o que hice allí dentro es
inexcusable. Sólo sé que él era m i pequeño Alan , y
entonces se ha presentado el Diablo. (Abandona la
tarima y regresa a su sitio. DYSAR T se queda contemplándola;
luego él sale por la abertura del lado opuesto

y se acerca a ALAN., )

QUUS' "

ESCENA XXIV

Sentado en su banco, ALA N mira fijamente a DYSART .

DYSAR T : Me imaginaba que querías a tu madre. (Silencio.)
Ella no sabe nada, ¿entiendes? No le dije nada de lo
que me contaste. Tú ya lo sabes, ¿verdad?

ALA N : De cualquier manera, todo eran mentiras.
DYSART : ¿Qué?
ALAN : ¡Usted y su lápiz! U n truco de mierda, eso es todo.
DYSART : ¿Qué quieres decir?
ALAN : Me obligó a contarle una sarta de mentiras.
DYSART : ¿De veras?... ¿Qué era mentira?
ALAN : Todo. Todo cuanto le dije. Una sarta de mentiras.


Pausa.

DYSAR T : Comprendo.
ALAN : Debería estar encerrado. ¡Sus malditos trucos!
DYSART : Pensaba que te gustaban los trucos.
ALAN : La próxima vez será l a droga. Estoy seguro.


DYSAR T se vuelve prestamente.

DYSART : ¿Qué droga?

ALAN : O Í hablar de eso. No soy un ignorante. Estoy enterado
de lo que hacen aquí. Dan inyecciones a la gente,
le llenan el cuerpo de droga de la verdad, para que no
puedan evitar decir ciertas cosas. Eso es lo que me
toca ahora, ¿no es cierto?

Pausa.

YSART : Alan , ¿tú sabes por qué estás aquí?



 PETE R SHAFFE K

ALAN : Para que puedan darme las drogas de la verdad.
(Le mira fijamente. DYSAR T le deja bruscamente y
regresa al cuadrilátero.)

ESCENA XXV

HESTHE R entra al mismo tiempo por el lado opuesto.

DYSAR T (excitado) : ¡Sabe positivamente que existen! Y , por
supuesto, quiere que le administren una.
HESTHER : Y O no lo creo.

DYSART : Claro que es eso lo que quiere. ¿Por qué las
mencionó, si no es así? Desea encontrar una manera de
poder hablar. Para contarme de una vez por todas lo
que ocurrió en aquel establo. Grabarlo en cinta es una
experiencia demasiado solitaria, y la hipnosis es un
truco. A l menos es lo que dice él.

HESTHER : ¿Volvió a decírtelo hoy?

DYSAR T : No le he visto. Esta mañana cancelé la entrevista,
y dejé que se fuese «cocinando» en su propia ansiedad.
Ahora casi estoy tentado de hacerle un truco de verdad.

HESTHR R (sentándose) : ¿Qué truco?

DYSART : Darle un placebo.

HESTHER : ¿Quieres decir una pildora inocua?

DYSART : Supuestamente con una dosis de droga de la
verdad. Probablemente una aspirina.
HESTHER : Pero después lo negaría todo. Lo mismo que
ahora.

D Y SART : No. Porque está dispuesto a dramatizarlo.

HESTHER : ¿Dramatizarlo?

DYSAR T : Revivirlo todo. Después de eso no podrá negarlo,



QUUS

porque me lo habrá mostrado. No sólo me lo habrá con


tado, sino que lo habrá representado ante mí.

HESTHER : ¿ Y tú puedes conseguir que haga eso?

DYSART : Así lo creo. Y a casi lo hizo. E n el fondo, confía
en mí. ¿Comprendes?
HESTHE R (calurosamente) : De eso estoy segura.
DYSART : ¡Pobre imbécil!
HESTHER : No empieces otra vez con eso.

Pausa.

YSART (en voz baja) : ¿Crees que puede haber algo peor
que privar a alguien de su veneración?

HESTHER : ¿Veneración?

DYSART : ¡SÍ , otra vez esa palabrita!

HESTHER : ¿N O estás exagerando un poco?

DYSAR T : De eso se trata.

HESTHER : La veneración no es destructiva, Martin . Yo
lo sé.

DYSART : Pues yo no. Yo sólo sé que constituye el fundamento
de su vida. ¿Qué otra cosa le queda? Piénsalo.
Apenas sabe leer. No posee la más mínima noción de
física n i de ingeniería para comprender la realidad del
mundo. No sabe qué es gozar con la pintura. De música
sólo conoce los jingles de la televisión. Toda la historia
que aprendió son los cuentos que le explicaba una
madre desesperada. No tiene amigos. No mantiene relación
con ningún compañero que pueda contarle un
chiste o lograr que se conozca a sí mismo dé una manera
más moderada. Es un ciudadano moderno para
quien la sociedad no existe. Vive una hora cada tres
semanas... ululando en medio de la niebla. Y después
de la ceremonia se arrodill a ante un esclavo que le





parte de la gente y decir: «¡Eso es suficiente!»... Él
cometió esa atrocidad. Está enfermo, de acuerdo. Está
lleno de pena y de temor. Fue peligroso y podría volver
a serlo, aunque yo lo dudo. Pero ese muchacho ha
conocido una pasión más feroz que lo que yo haya
podido sentir n i en un segundo de m i vida. Y déjame
decirte una cosa: se la envidio.

HESTHER : N O digas eso.

DYSAR T (vehemente) : ¿Acaso no lo comprendes? ¡Eso es
la Acusación! Eso es lo que su mirada estuvo diciéndome
durante todo este tiempo. «¡Al menos yo galopé!
¿Cuándo lo hiciste tú?» (Con naturalidad.) Estoy celoso,
Hesther. Celoso de Ala n Strang.

HESTHER : ESO es absurdo.

DYSART : ¿Te parece?... Y o sigo viviendo con m i esposa.
Aquella mujer pulcra que se sienta junto al fuego. ¿Pensaste
alguna vez en el individuo que se oculta tras la
fachada del marido delicado, crítico, que hojea libros
de arte sobre la Grecia mítica? ¿Qué veneración ha
conocido él? ¡Una veneración auténtica! Sin veneración
uno se acobarda, ésa es la brutal realidad... Y o no he
hecho más que acobardarme toda mi vida. Nadie puede
ser culpado por ello. Y o mismo me fu i convirtiendo en
un hombre insignificante y provinciano, con el barro de
m i propia timidez eterna. Es la vieja historia del fanfarrón,
del perdonavidas... Dejo entrever que no podemos
tener hijos, pero, en realidad, la culpa es sólo mía.
Sin que ella lo supiera, me sometí a un examen. E l
recuento de espermatozoides más bajo que imaginarte
puedas. Y jamás le dije una sola palabra de ello. Eso
es todo cuanto necesitaba: su compasión mezclada con
resentimiento... Le digo a todo el mundo que Margaret

EQUUS  

domina obvia e incuestionablemente como amo suyo.
¡Con m i cuerpo te venero!... Muchos hombres mantienen
una relación menos vital con sus esposas.

Pausa.

HESTHER : De todos modos, no por ello las dejan ciegas,
¿verdad?

DYSART : ¡Oh, vamos!

HESTHER : Bueno, ¿lo hacen?

DYSAR T (con sarcasmo) : ¿Quieres decir que es peligroso?
¿Un loco violento y peligroso que recorrerá todo el país
repitiendo su crimen una y otra vez?

HESTHER : L O que quiero decir es que sufre, Martin . Que
la mayor parte de su vida ha sido un sufrimiento permanente.
A l menos eso tú ya lo sabes.

DYSART : Posiblemente.

HESTHER : ¡¿Posiblemente?!... Ese ser que acabas de describir
debe de haber estado sufriendo durante años.
DYSAR T (con obstinación): Posiblemente.
HESTHE R : Y tú puedes mitigar ese sufrimiento.
DYSART : Aún: posiblemente
HESTHER : Entonces eso ya es suficiente. Para t i eso debe
ser suficiente, ¿no es así?

DYSART: NO.
HESTHER : ¿Por qué no?
DYSART : Porque es suyo.


HESTHER : N O te comprendo.

DYSART : E S SU sufrimiento. Sólo suyo. Él se lo creó. (Pausa.
Seriamente.) Mira... , para entrar en la vida y poder
decir que es tuya -—que es tu vida— primero tienes
que adueñarte de tu propio sufrimiento. U n sufrimiento
que es único para ti . No puedes hacer como la mayor





es la puritana, y que yo soy el pagano. ¡Vaya un pagano!
¿Y qué decir de mis osados retornos a la matriz
de la civilización? ¡Tres semanas por año en el Peloponeso,
con una mullida cama en el hotel reservada
por adelantado, cada comida pagada con un cheque,
excursiones cuidadosamente planeadas en un Fiat de
alquiler, y un botiquín repleto de medicamentos contra
los parásitos intestinales! ¡Qué fantástico sometimiento
a lo primitivo ! Y n i por un momento dejo de repetir
esa palabra: «primitivo». «¡Oh, el mundo primitivo!»,
digo. «¡Cuántas verdades naturales e instintivas se perdieron
juntamente con él!» ¡Y mientras estoy allí sentado,
procurando entusiasmar a una pobre mujer sin
imaginación con esta palabra, ese pequeño monstruo
trata de conjurar la realidad! Yo admiro los grabados
de los centauros hollando el suelo de Argos..., y al otro
lado de la ventana, ¡él intenta convertirse en uno de
ellos en un campo de Hampshire!... ¡Yo contemplo a
aquella mujer que hace calceta, noche tras noche —un a
mujer a la que no he besado durante seis años—, y él
permanece una hora en la oscuridad, sorbiendo el sudor
de la peluda mejilla de su Dios! (Pausa.) Luego, por
la mañana, vuelvo a colocar mis libros en el estante
de la cultura, cierro la caja de las diapositivas en
kodachrome del Monte Olimpo, toco la reproducción

de la estatua de Dionisos para que me dé suerte... y
salgo hacia el hospital a tratar su locura. ¿Lo comprendes
ahora?

HESTHE R : E l muchacho sufre, Martin . Eso es todo lo que,
en última instancia, comprendo. (Él la mira fijamente.
Ella se pone en pie y se aleja de DYSART . ALA N se
levanta de su banco y sigilosamente deja un sobre en

QUUS  

medio de la entrada izquierda del cuadrilátero, y acto
seguido vuelve a su sitio y se sienta de espaldas al público,
como si estuviese viendo la televisión.) ¿Qué más
puedo decir? E l caso es que yo no soy la señora Presurosa.


DYSAR T (secamente): ¿Fui muy crudo?

HESTHER : Aún eres... ¡Oh, no sé!

DYSART : ¿Autocomplaciente?... Ésa sería una palabra demasiado
suave, ¿no te parece?

HESTHE R (prestamente, con dificultad): ¡Oye!... Yo te
comprendo, y tú lo sabes. Lo comprendo... Tú no te
creaste tu propio sufrimiento. Pero creaste otras cosas.
¡Tus ideas y tu capacidad] ¡Yo he sido testigo de ello,
año tras año!... ¡Ahora no me digas que tu labor no
vale nada o que sólo eres un carnicero... y todas esas
tonterías! ¡Lo detesto!... (Más calmada.) Mu y bien, tú
nunca galopaste. Mala suerte. Llámame provinciana, si
quieres..., pero si tuviera que elegir entre el galopar de
ese muchacho y tu capacidad, tantas veces como fuese
necesario escogería tu capacidad... ¡Y él también lo
haría en este momento! Esa mirada que te dirige no es
de acusación, querido. ¿No te das cuenta de que no
hace más que implorar?
DYSART : ¿Qué?
HESTHER : Sólo eso: tu capacidad. La fuerza que pueda
arrancarle de la pesadilla en que se ha sumido con su
galopar... Y ahora, me marcho.
DYSAR T : Te llamaré.

Pausa.

HESTHER : Buenas noches... (Se va. DYSAR T la contempla,
haciendo un súbito gesto de frustración.)



PETER SHAFFEK

DYSART : ¡SÍ!.. . ¡Sí, sí, sí, sí! ¿ Y qué?... ¿Qué fuerza me
arrancará a mí de la mía?

ESCENA XXVI

DYSAR T descubre la carta que hay en el suelo. La toma, la
abre y lee.

ALA N (hablando secamente mientras DYSAR T lee) : «Todo
lo que le conté una vez que dejó de golpear con el lápiz
es verdad. Lamento haberle dicho lo contrario. Posdata:
Sé por qué estoy aquí.»

Pausa.

DYSAR T (gritando gozoso) : ¡Enfermera!

Entra la ENFERMERA .

ENFERMERA : ¿SÍ , doctor?
DYSAR T (tratando de ocultar su entusiasmo) : ¡Buenas no


ches!
ENFERMERA : Se le hizo tarde esta noche.
DYSART : ¡SÍ!.. . Dígame, ¿se acostó ya Strang?
ENFERMER A : Oh, no, doctor. Debe de estar arriba viendo

la televisión. Siempre se queda hasta el último momento.

No le gusta en absoluto irse a su cuarto.
DYSART : ¿Quiere decir que todavía tiene pesadillas?
ENFERMER A : Anoche tuvo una terrible.
DYSART : ¿Quiere pedirle que baje, por favor?
ENFERMER A (ligeramente sorprendida) : ¿Ahora?
DYSAR T : Me gustaría charlar un rato con él.
ENFERMER A (perpleja) : Mu y bien, doctor.

EQUUS  

DYSART : Si no ha regresado a su habitación a la hora de
apagar las luces, dígale a la enfermera de turno que
no se preocupe. Y o me ocuparé de que se acueste.
¿Y me haría el favor de telefonear a m i casa y decirle
a m i esposa que tal vez llegue un poco tarde?

ENFERMERA : SÍ , doctor.
DYSART : Pídale a Strang que venga en seguida, por favor.


La ENFERMER A se dirige al banco, le da una
palmadita a ALA N en el hombro, le transmite
el mensaje en voz baja y vuelve a su sitio.
DYSAR T se sienta; muy excitado, saca un frasco
de pastillas del bolsillo, lo contempla y vuelve
a guardárselo. ALA N se pone en pie y permanece
inmóvil un instante... y luego entra en el cuadrilátero.


ESCENA XXVII

ALAN , deprimido, se detiene en el umbral.
DYSART : Hola.
ALAN : Hola.
DYSART : Recibí tu carta. Gracias. (Pausa.) También por
la posdata.

ALA N (a la defensiva) : Es la palabra correcta. M i mamá

me lo dijo. En latín quiere decir: «Después de fechar».
DYSART : ¿Cómo te sientes?
ALAN : Mu y bien.
DYSART : Lamento no haberte visto ayer.
ALAN : Y a estaba usted harto de mí, ¿no es cierto?



 EQUUS  

DYSART : SÍ.(Pausa.) ¿Quieres que te lo compense ahora?
ALAN : ¿Qué quiere decir?
DYSAR T : Se me ocurrió que podríamos realizar la sesión


ahora.
ALA N (alarmado) : ¿Ahora?
DYSART : SÍ. ¡Al caer la noche!... Siempre es preferible a

irse a dormir, ¿no? (Alan vacila.) Alan..., escucha.
Todo cuanto digo tiene doble sentido. Todo cuanto hago
es un truco. Eso es l o que sé hacer. Pero es efectivo...,
y tú lo sabes. Confía en mí.

Pausa.

ALAN : ¿Tiene otro truco, pues?
DYSART : SÍ .
ALAN : ¿Una droga de la verdad?
DYSAR T : Si así quieres llamarlo...
ALAN : ¿Qué efecto causa?
DYSART : Te ayudará a expresarte con más facilidad.
ALAN : ¿Como cuando uno no puede evitar decir algo?
DYSAR T : Exactamente. Como cuando tienes que decir la


verdad aunque tú no quieras. Toda la verdad.

Pausa.

ALA N (astutamente) : Es una inyección, ¿verdad?
DYSART: NO.
ALAN : ¿Dónde está?
DYSAR T (palpándose el bolsillo): Aquí dentro.
ALAN : ¿ A ver?


DYSAR T saca solemnemente el frasco de pastillas
del bolsillo.

DYSART : Aquí la tienes.

ALA N (con desconfianza) : ¿De veras es eso?

DYSART : L O es... ¿Quieres probarla?

ALAN: NO.

DYSAR T : A mí me parece que sí.

ALAN : NO . N O quiero.

DYSART : Luego podrías dormir. No tendrías pesadillas en
toda la noche. Probablemente durante muchas noches,
a partir de este momento.

Pausa.

ALAN : ¿Cuánto tiempo tarda en hacer efecto?

DYSART : ES instantáneo. Como el café.

ALA N (medio creyéndoselo) : ¡No!

DYSAR T : Te lo prometo... ¿ Y bien?

ALAN : ¿Puedo fumar un cigarrillo?

DYSART : Primero la pastilla. ¿Quieres un poco de agua?
LAN : No.

DYSAR T hace que caiga una pastilla en la palma
de su mano. ALA N vacila un instante... Súbitamente
la coge y se la traga.

DYSART : Entonces puedes ayudarla a pasar con esto.
Siéntate.

Le ofrece un cigarrillo y se lo prende.

ALA N (nervioso) : ¿Qué sucede ahora? (Se sienta.)

DYSAR T : Esperemos que haga su efecto.

ALAN : ¿Qué sentiré en primer lugar?

DYSAR T : Nada en especial. Dentro de un minuto saldrá
un centenar de serpientes verdes de aquel armario cantando
a coro el Aleluya.
ALA N (con fastidio) : ¡ Hablo en serio!





DYSAR T (seriamente) : No sentirás nada. Ahora nada sucederá
que tú no quieras que suceda. No me dirás
nada que no quieras decirme. Tranquilízate. Acuéstate
y termina de fumarte el cigarrillo.

ALA N le mira fijamente. Luego acepta la situación
y se acuesta.

DYSAR T : Buen muchacho.
ALAN : Apostaría a que estas paredes deben de haber oído
cosas muy divertidas.
DYSART : Ciertamente.
ALAN : Me gusta.
DYSART : ¿Esta sala?
ALAN : ¿ A usted no?
DYSART : Bueno, no hay muchas cosas agradables, ¿no te
parece?

ALAN : ¿Cuánto tiempo tendré que quedarme aquí?

DYSART : E S difícil de decir. Y a veo que tienes ganas de
marcharte.
ALAN : No .
DYSART : ¿No tienes ganas?
ALAN : ¿ A dónde iría?
DYSART : A t u casa... (ALA N le mira. DYSAR T cruza el

escenario y se sienta en la barandilla del fondo con los
pies sobre el banco.) E n realidad, a mí me gustaría
salir de este despacho y no volver a verlo en toda mi
vida.

ALA N (sorprendido): ¿Por qué?

DYSAR T : He pasado demasiado tiempo en él.

ALA N : ¿ Y a dónde iría?

DYSART : A alguna parte.

ALAN : ¿E S u n secreto?

EQUUS  

DYSART : SÍ. Existe una mar..., una mar vastísima... que

yo amo... Es donde solían i r a bañarse los dioses.
ALAN : ¿Qué dioses?
DYSART : LOS dioses antiguos. Antes de morirse.
ALAN : LOS dioses no mueren.
DYSART : S Í que mueren. (Pausa.) Existe un pueblecito

donde pasé una noche en el que me gustaría vivir. Es
completamente blanco.
[ALAN : ¿Cómo se las arreglaría para meter las narices en
la vida de la gente? Ya no tendría el consultorio.
DYSART : N O me importaría. No creas que me gusta meter
las narices en l a vida de l a gente,
i ALAN : Entonces, ¿por qué lo hace?
DYSART : Porque no eres feliz.

¡ALAN : Tampoco lo es usted. (DYSAR T le dirige una penetrante
mirada. ALA N se incorpora, alarmado.) ¡Oooh,
lo dije sin querer !

DYSART : ¿De veras?
ALAN : ¿ASÍ.. . es así cómo actúa? ¿Te salen las cosas sin


darte cuenta?
¡DYSART : Efectivamente.
ALAN : ¿Pero tan rápido?
DYSART : Y a te lo dije : es instantáneo.
[ALA N (exultante) : Es terrible, ¿no es cierto? Me refiero

a que bajo los efectos de la droga se puede decir cual


quier cosa.
[DYSART : AS Í es.
[ALAN : Pregúnteme algo.
DYSART : Habíame de Jill .

Pausa. ALA N vuelve la cabeza hacia el otro lado.

ALAN : No tengo nada que decir.





DYSART : ¿Nada?
ALAN : Nada.
DYSART : Bueno, por ejemplo: ¿es bonita? Nunca me dijis


te como era.
ALAN : N O está mal.
DYSART : ¿De qué color son sus cabellos?
ALAN : N O lo sé.
DYSART : ¿LO S lleva cortos o largos?
U ALAN : N O lo sé.
DYSAR T (con tono de extrañeza) : Pero eso tienes que sa




berlo.

Pul!

ALAN : N O lo recuerdo. ¡No lo sé!

DYSAR T salta de la barandilla, y, se acerca a
ALA N y le quita el cigarrillo de la mano.

DYSAR T (con firmeza) : Acuéstate... Ahora escucha. Harás
lo que te diga y en seguida. Me contarás todo lo que
pasó con esa chica. Y no sólo me lo contarás, sino
que me lo demostrarás. Lo representarás, si prefieres...,
con mucho más realismo aún que cuando lo hiciste
durante el experimento con el lápiz. Quiero que te
sientas libre de hacer absolutamente cuanto te plazca
en esta sala. La pastilla te ayudará. Y o también... Veamos:
¿dónde vive ella?

Una larga pausa.

ALA N (tenso) : Cerca de las caballerizas. A una milla .

DYSAR T baja de la tarima en el preciso momento
en que JIL L sube a ella. Aquél se sienta de
nuevo en el banco cercano al proscenio.

EQUUS  

ESCENA XXVIII

La luz se torna más suave.

JILL : Se llama «La confitería china». (Avanza y se sienta
despreocupadamente en la barandilla. Se mueve con
desenvoltura y algo provocativamente. Durante estas
escenas, ALA N actúa directamente con ella y en ningún
momento mira a DYSAR T al contestarle.) Cuando papá
desapareció, ella se quedó sin un penique. Tuvo que
ganarse el pan por sí misma. Debo reconocer que lo
hizo muy bien, teniendo en cuenta que no sabía nada
de negocios.

DYSAR T : ¿Qué quiere decir con eso de que «desapareció»?
ALA N (a DYSART,) : Se marchó. Y nadie volvió a verle
nunca más.

JIL L : Solamente dejó una nota sobre el tocador, que decía:
«L o siento. Estoy harto». Nada más. Ell a nunca logró
sobreponerse. A causa de ello detesta a los hombres.
Todas mis salidas con algún muchacho tienen que ser
como una especie de secreto. Quiero decir que ella lo
sabe, pero nunca puedo consentir que me acompañen
hasta m i casa. Se muestra muy descortés con ellos.
ALA N (a DYSART J : L a madre siempre estaba mirando.
DYSART : ¿ A ti ?
ALA N (a DYSART, ) : Diciendo estupideces.

JIL L salta de la barandilla.

JILL : Tienes unos ojos extraordinarios.
ALA N (a DYSART, ) : E n realidad, era ella quien los tenía.




 EQUUS


-
JIL L se sienta junto a él. Aturrullado, ALA N
procura alejarse de ella lo más que puede.
JILL : La semana pasada apareció un artículo en el diario
que citaba todas las cosas que las chicas encuentran
fascinantes en los muchachos. Decía que l a primera de
ellas eran... las partes. Y o creo que son los ojos... A t i
también te fascinan, ¿no es cierto?

ALAN : ¿ A mí?

JIL L (con malicia) : ¿  sólo te ocurre con los ojos de los
caballos?
ALA N (sobresaltado) : ¿Qué quieres decir?
JILL : Ayer v i que te quedabas embelesado mirando los
ojos de Diamante. ¡Te espié por la rendija de la puerta!

ALA N (con vehemencia) : ¡Por algo debía ser!

JILL : Eres la encarnación del Hombre Misterioso, ¿no?

ALA N (a DYSART,) : A veces parecía como si lo supiera.

DYSAR T : ¿Se lo insinuaste alguna vez?

ALA N (a DYSART, ) : ¡Por supuesto que no!

JIL L : A mí me encantan los ojos de los caballos. Cómo uno
se ve reflejado en ellos. ¿No te parecen sexualmente
excitantes?

ALA N (violentado): ¿Qué?
JILL : Los caballos.
ALA N : ¡ No seas imbécil! (Se pone en pie de un salto y se
aleja de ella.)
JILL : A las chicas sí. Es decir, pasan por un período en
que no cesan de besarlos y acariciarlos. Lo sé porque
yo lo hacía. Supongo que no es más que u n sustituto.
ALA N (a DYSART^ : Continuamente estaba diciendo cosas
así. Hasta que una noche...
DYSART : ¿SÍ ? ¿Qué?

ALA N (a DYSART , defensivamente): ¡Fue ella! ¡No yo!
¡Todo fue idea de ella!... ¡Ella me tentó!
DYSART : ¿De qué diablos estás hablando? «Una noche»:
continúa a partir de ahí.

Una pausa.

ALA N (a DYSART,) : U n sábado por la noche... Acabábamos
de cerrar la tienda.
JILL : ¿N O te gustaría salir conmigo?

ALAN : ¿Cómo?

JIL L (con frialdad): ¿No te gustaría salir conmigo esta
noche?
ALAN : Debo irme a casa.
JILL : ¿Por qué?

ALA N trata de escapar hacia el fondo.

ALA N : Porque me están esperando.

JILL : Telefonea y d i que tienes que salir.

ALAN : No puedo.

JILL : ¿Por qué?

ALAN : Me esperan.

JIL L : Escucha. O tú y yo salimos juntos y nos divertimos
un rato, o bien tú te marchas a t u casa para aburrirte
como una ostra, como haces todos los días, y yo me voy
a la mía. Ésa es la situación, ¿no?

ALAN : Bueno... ¿ Y adonde iríamos?

JILL : ¡Al cine! ¡En Winchester dan una de ésas que salen
en cueros! Yo no he visto ninguna. ¿ Y tú?
ALA N : Tampoco.
JILL : ¿No te gustaría verla? A mí sí. ¡Aquellos suecos tan

imponentes jadeando de deseo el uno por el otro!...
¿Qué dices?





ALA N (sonriendo) : ¡Sí!...
JILL : ¡Estupendo!

ALA N se vuelve de espaldas.

DYSART : Continúa, por favor. (Baja de la tarima.)
ALA N (a DYSART,) : ¡Ahora estoy cansado!
DYSART : N O digas tonterías. No puedes dejarlo así.


ALA N contornea el círculo como una tromba y
se encara con DYSART .

ALAN : ¡Estoy cansadol ¡Quiero irme a la cama!
DYSAR T (tajante) : Bueno, ahora no puedes. Quiero que me
hables de la película.
ALA N (hostil) : ¿Qué quiere que le diga?... ¿Qué?... ¡Fue
horrible!

Los actores que representaban los caballos suben
rápidamente a la tarima, vestidos con chaquetas
deportivas o impermeables. Colocan los
bancos en posición paralela al público y se sientan
en ellos, de cara al proscenio.

DYSART : ¿Por qué?
ALA N : ¡ Metomentodo!
DYSART : ¿Por qué?
ALAN : ¡Porque!... ¡Bueno, fuimos al cine!


ESCENA XXIX

Un estallido de música rock, que se extingue inmediatamente.
Disminuye la luz. ALA N vuelve al cuadrilátero. JIL L se

EQUUS  

levanta y, juntos, se dirigen al banco del proscenio, como
si estuviesen en la platea de un cine, con las luces apagadas.

ALA N (a DYSART,) : La sala estaba llena de hombres. Jil l
era la única chica. (Tropiezan con un espectador sentado
en el extremo del banco y se sientan uno al lado
del otro, con los ojos fijos en una pantalla invisible,
situada sobre las cabezas del público de la sala. Un
reflector enfoca la cara de Alan.) Nos sentamos y comenzó
la película. Era un tostón. No pasaba nada, y
ya hacía un siglo que había empezado. Aparecía una
chica llamada Brita, que tenía deciséis años. Fueron
a pasar una temporada en aquella casa, donde había un
muchacho mayor que ella. Ese muchacho la devoraba
con la mirada, pero ella le ignoraba por completo. Por
fin, ella fue a darse una ducha. Se metió en el cuarto
de baño y se quitó la ropa. Toda. Mu y lentamente... Lo
que no sabía era que el muchacho estaba espiando por
la rendija de la puerta... (Comienza a excitarse.) ¡Era
fantástico! E l agua le caía sobre los pechos, y se deslizaba
por su cuerpo...

FRAN K entra en el cuadrilátero furtivamente

desde el fondo, con el sombrero en la mano, y

se detiene buscando asiento.

DYSART : ¿Era la primera vez que veías a una chica desnuda?


ALA N (a DYSART,) : ¡SÍ! Claro que no se le veía todo, pero...
(Mirando a su alrededor.) Todos miraban. Todos los
hombres que estaban allí... miraban fijamente, como si
estuviesen en la iglesia. Como si formaran parte de una
congregación. Y entonces... (Ve a su padre.) ¡Ah!





Al mismo tiempo, FRAN K lo ve y grita:

FRANK : ¡Alan!

ALAN : ¡Santo Dios!

JILL : ¿Qué sucede?

ALAN : ¡Papá!

JILL : ¿Dónde está?
ALAN : ¡Allá atrás! ¡Me ha visto!


JILL : ¿Estás seguro?

ALA N : ¡ Sí!

FRAN K (gritando): ¡Alan!

ALAN : ¡Oh Dios mío! (Trata de ocultar el rostro en el
hombro de la joven. FRAN K avanza por el centro de la
tarima hacia él.)

FRAN K : ¡ Alan , no hagas ver que no me oyes!

ESPECTADORES : ¡Chiss!

FRAN K (acercándose a la fila de asientos) : ¿Acaso quieres
que venga y te saque de ahí? ¿Eh?... (Gritos: «¡Silencio!
», «¡Calla!», «¡Chiss!») ¿Es eso lo que quieres,
Alan?

ALA N (con los dientes apretados) : ¡Oh, mierda! (Se pone
en pie en medio del coro de protestas, que cada vez son
más enérgicas. JIL L se levanta y le sigue.)

DYSART : ¿Y tú fuiste?
ALA N (a DYSART,) : ¿Qué otra cosa podía hacer? Él no
cesaba de gritar. Y todo el mundo decía: «¡ A callar!»

ALAN , FRAN K y JIL L salen, por la derecha, a lo
largo de la hilera de espectadores que se van
levantando y protestan a medida que ellos pasan.
Colocan rápidamente los bancos en la forma
habitual y abandona la tarima. DYSAR T se sube
en ella.

EQUUS  

ESCENA XXX

La luz aumenta, pero permanece fría: calles de noche. Los
tres caminan en fila india alrededor del círculo hacia el proscenio:
FRAN K abre la marcha, con el sombrero puesto.
Se detiene en el centro de la barandilla izquierda y permanece
mirando al frente, rígido y turbado. ALA N está muy
agitado.

ALA N (a DYSART,) : Salimos los tres a la calle. Fue terrible.
Nos quedamos plantados en la parada del autobús...
como si fuésemos tres desconocidos que estuviésemos
haciendo cola. Papá estaba pálido y sudaba. No nos di rigía
n i una sola mirada. Debieron de pasar como cinco
minutos, hasta que yo traté de hablarle. Dije... (A su
padre.) Yo... yo... yo... no había venido nunca aquí, te
lo juro... Nunca... (A DYSART.,) Él parecía que no me
oía. Jil l le dijo...

JILL : Es verdad, señor Strang. La idea de venir aquí no
fue de Alan , sino mía.
ALA N (a DYSART,) : Él seguía con la vista fija al frente. Era
terrible.
ILL : A mí, esas películas n i f u n i fa. Las encuentro tontas.
ALA N (a DYSART,) : E l autobús no llegaba. Y nosotros allí
plantados... Luego, de pronto, nos habló.

FRAN K se quita el sombrero.

FRAN K (severo) : Quiero que sepáis una cosa. Los dos. Esta
noche vine aquí para ver al gerente. Me pidió que le
visitara por cuestiones de negocios. E l caso es que soy
impresor, señorita. U n cine necesita carteles. Éste es



 EQUUS  

el motivo por el que estoy aquí. Para ponernos de acuerdo
con respecto a unos carteles. Mientras esperaba, se
me ocurrió entrar a echar un vistazo, eso es todo. Lo
único que puedo decir es que presentaré una queja al
Ayuntamiento. No tenía la menor idea de que exhibieran
esa clase de películas. Por supuesto que me negaré
a trabajar para ellos.

JIL L (afablemente) : Sí, claro.

FRANK : Espero que lo hayáis comprendido.

ALA N (a DYSART,) : Entonces llegó el autobús.

FRAN K : Ahora vamos, Alan . (Yendo y viniendo por el proscenio.)


ALAN : No .

FRAN K (volviéndose): No fastidies, por favor. Despídete
de la señorita.

ALA N (tímidamente, pero con firmeza): No. Me quedo
aquí... Tengo que acompañarla a su casa..., como corresponde.


Pausa.

FRAN K (con toda la dignidad de que es capaz) : Mu y bien.
Hablaré contigo cuando te dignes volver. Mu y bien,
pues... Sí... (Se dirige hacia su banco, junto a su esposa.
Desde allí mira fijamente a ALAN , quien le sostiene la
mirada. Luego, lentamente, se sienta.)

ALA N (a DYSART, ) : Y él subió al autobús, y nosotros no.
Se sentó y se quedó mirándome a través del cristal
Y vi...

DYSAR T (en voz baja): ¿Qué?

ALA N (a DYSART, ) : Su cara. Estaba asustado.

DYSART : ¿De ti?

ALA N (a DYSART, ) : Fue terrible. Tuvimos que regresar a

casa andando. Cuatro millas. Yo temblaba como una
hoja.

DYSART : ¿Estabas asustado tú también?

ALA N (a DYSART,) : Er a como si me hubiesen hecho u n
agujero en el estómago. U n agujero... aquí. ¡Y el aire
penetraba por él! (Avanza hacia el fondo, contorneando
el círculo.)

ESCENA XXXI

JIL L se queda inmóvil. Esta escena debe interpretarse a
ritmo rápido.

JIL L (notando que la gente les mira) : Alan.. .

ALA N (a DYSART, ) : L a gente se volvía a mirarnos por la
calle.
JILL : ¡Alan!
ALA N (a DYSART, ) : Yo seguía viendo la expresión que

tenía su cara cuando se fue. Estaba asustado de mí...
Y yo de él... Seguía pensando... ¡en la importancia que
se da!... «Si entiendes lo que quiero decir. ¡Cultiva la
mente!»... Todas aquellas noches que avisaba que regresaría
tarde... «¡Conserva la cena caliente, Dora!»
«Tu pobre padre: ¡trabaja tanto!...» ¡Degenerado! ¡Viejo
verde!... ¡El muy cerdo! (Se detiene; cierra los
puños.)

JILL : ¡Eh! ¡Espérame! (Corre tras él. ALA N la espera.)
¿En qué piensas?

ALAN : E n nada.

JILL : ¿N O debo meterme en lo que no me importa? (Ríe.)

ALA N (a DYSART, ) : Y de pronto se puso a reír.





JIL L : Lo siento. Pero, pensándolo bien, es muy divertido.

ALA N (desconcertado) : ¿Cómo?

JILL : ¡Haberle sorprendido con las manos en la masa! Es
terrible..., pero también muy divertido.
ALAN : Sí. (Se vuelve de espaldas a la joven.)
JILL : ¡NO , espera!... Lo lamento. Sé que estás trastornado.

Pero eso no es el fin del mundo, ¿verdad? En realidad,
¿qué hacía él allí? N i más n i menos que lo que hacíamos
nosotros. Ver una película tonta. ¡Diría que eso
sólo demuestra que es cierto que de tal palo, tal astilla!...
Quiero decir que, cuando aquella chica se estaba duchando,
tú la mirabas con mucho interés, ¿no es cierto?
(Él se da vuelta y la mira.) Siempre decimos que las
personas adultas son demasiado severas. Luego, cuando
dejan de serlo..., ¡nos disgusta!

DYSART : ¿ Y qué pensabas tú de todo eso?

ALA N (a DYSART,) : No sé. Yo seguía mirando a la gente
que pasaba por la calle. L a mayoría eran hombres que
salían de las tabernas. De pronto pensé: ¡Lo hacen todos!
¡Todos ellos!... No son meramente padres: ¡son
seres humanos con rabo!... Y papá... tampoco es solamente
papá. Es un hombre con rabo también. Eso no se
me había ocurrido nunca, ¿sabe? (Pausa.) Dejamos
atrás la ciudad y nos adentramos en el campo. (Anda
de nuevo. JIL L le sigue. Dan la vuelta y llegan al proscenio,
por la derecha.) Continuamos caminando. Yo no
hacía más que pensar en papá, y en que no era un ser
extraordinario..., sino tan sólo un pobre infeliz que se
consumía en su soledad. (Se detiene. A JILL : comprensivo.)
¡Pobre infeliz!

JILL : ¡ESO es cierto!
ALA N (aferrándose a la idea) : Lo que quiero decir es:


EQUUS  

¿qué remedio le queda?... Tiene a mamá, claro, pero...,
bueno, ella... ella... ella...

JIL L : ¿ Y no le... da nada?

ALAN : ¡ESO! Apostaría cualquier cosa... No le da nada.
Exacto... ¡Ésa es la realidad!... Ella ya no cree más que
en las personas honestas. ¿Comprendes lo que quiero
decir?

JIL L (maliciosamente) : ¿Es que las personas honestas no
se desnudan?

ALAN : ¡Ni más n i menos! ¡Así es! ¡Eso le repugnaría!
¡Tendría que ponerles sombreros hongos!... ¡Y pantalones
de montar!

Jil l ríe. E l resto de la escena adquiere un ritmo
más acelerado.

DYSART : ¿Fue ésa la primera vez que pensaste una cosa
semejante respecto de tu madre?... ¿Me refiero a que
ella no se mostraba complaciente con él?

ALA N (a DYSART, ) : ¡Absolutamente!
DYSART : ¿Cómo te sentiste?
ALA N (a DYSART J : Sentí pena. Por él, quiero decir. «Pobre
infeliz», pensé..., «¡es como yo! ¡Detesta a las damas y
a los caballeros igual que yo! Las frases azucaradas...
y las palabras vacías. Sale de noche y hace en secreto
lo que nadie podrá saber, ¡exactamente como yo! ¡No
hay ninguna diferencia..., es igual que yo..., exactamente
igual!...» (Calla, apenado, y luego retrocede un
poco hacia el fondo.) ¡Rediós!
DYSAR T (secamente) : Continúa.
ALA N (a DYSART ) : No puedo.
DYSART : Claro que puedes. Lo estás haciendo muy bien.
ALA N (a DYSART, ) : No, se lo ruego. ¡No me obligue!





DYSAR T (con firmeza y prestamente): No pienses: sólo
contesta. En aquel instante eras feliz, ¿no es cierto?
Cuando comprediste que tu padre, como mucha gente,
tenía secretos, que no eras tú solo quien los tenía.
ALA N (a DYSART, ) : Sí.

DYSART : Te sentiste como liberado, ¿verdad? Quiero decir,
¿libre para hacer cualquier cosa?
ALA N (a DYSART , mirando a JILL, ) : ¡SÍ !
DYSAR T : ¿Qué hacía ella?
ALA N (a DYSART) : Me tomaba la mano.
DYSART : ¿Y era agradable?
ALA N (a DYSART, ) : ¡Oh, sí!
DYSAR T (compulsivo) : Recuerda qué pensabas. Como si

te sucediera ahora, en este mismo momento... ¿Qué te
pasaba por la mente?
ALA N (a DYSART,) : Sólo veía sus ojos. ¡Tiene unos ojos!...
No dejaba de mirarlos, pero lo que realmente deseaba...

DYSART : ¿Era verle los pechos?

ALA N (a DYSART, ) : Sí.

DYSAR T : Como en la película.

ALA N (a DYSART,) : Sí... Entonces ella comenzó a arañarme
la mano.
JILL : Eres muy guapo, ¿sabes?
ALA N (a DYSART,) : Me arañaba suavemente el dorso. ¡Te


nía una expresión tan cálida! ¡Y sus ojos!...
DYSART : ¿La deseabas con ansia?
ALA N (a DYSART, ) : Sí...
JILL : Adoro tus ojos. (Le besa. Musita.) ¡Vamos!
ALAN : ¿Adonde?
JIL L : Conozco un sitio. Está muy cerca de aquí.
ALAN : ¿Dónde?
JILL : ¡E S una sorpresa!... ¡Ven! (Sale corriendo en torno

EQUUS  

al círculo, cruza el escenario y se detiene en el fondo a
la izquierda.) ¡Vamos, venl

ALA N (a DYSART,) : Ella corre, y yo la sigo. ¡Y entonces...
entonces...! (Se para.)

DYSART : ¿Qué?

ALA N (a DYSART,) : Entiendo lo que quiere decir.

DYSART : ¿Qué?... ¿Dónde estás ahora? ¿ A dónde te llevó?

ALA N (a JILL, ) : ¡ A las caballerizas!
JILL : ¡Claro!

ESCENA XXXII

E l Coro entona un murmullo admonitorio.
Entran los actores que encarnan a los caballos y, ceremoniosamente,
se colocan las máscaras, elevándolas primero
hacia lo alto por encima de sus cabezas. Diamante se sitúa
en el pasillo central.

ALA N (retrocediendo) : No.
JILL : ¿Adonde quieres ir , pues? ¡Ahí es perfecto!
ALAN : ¡No! (Vuelve la cabeza.)
JILL : ¿  prefieres volver a tu casa y enfrentarte con tu
padre?

ALAN: ¡NO!

JILL : Entonces vamos.

ALA N pasa nerviosamente ante los caballos </<•

la izquierda, los cuales vuelven la cabeza e in


cluso dan amenazador amenté un paso hacia él.

ALAN : ¿Por qué no a tu casa?
JILL : N O puedo. Mamá no quiere que me acompañe ningún






muchacho. Te lo dije... De todos modos, el establo es
mejor.

ALAN: ¡NO!

JIL L : Con toda esa paja, es acogedor.

ALAN : No.

JILL : ¿Por qué no?

ALAN : ¡Están ellos!

JILL : Dalton ya debe de estar acostado... ¿Qué te pasa?...

¿No quieres?
ALA N (anhelante) : ¡Sí!
JIL L : ¿Entonces?
ALA N (con desesperación) : ¡Están ellos!... ¡Ellos!
JILL : ¿Quiénes son ellos?
ALA N (en voz baja) : Los caballos.
JILL : ¿Los caballos?... Mir a que eres tonto, ¿eh?... ¿Qué

quieres decir? (Él empieza a temblar.) Oh, estás helado...
Pongámonos bajo la paja, ahí entrarás en calor.

ALA N (resistiéndose): ¡No!

JILL : ¿Pero qué diablos te ocurre?... (Silencio. Él no la
mira.) Escuchad: si la vista de los caballos os molesta,
milord , podemos cerrar la puerta. Así no los veréis. ¿Os
parece bien?

DYSART : ¿Qué puerta? ¿En el establo?

ALA N (a DYSART) : SÍ .

DYSART : ¿Qué haces, pues? ¿Entras?
ALA N (a DYSART) : Sí.

ESCENA XXXIII

Se proyecta una luz intensa.
Furtivamente, ALA N entra en el cuadrilátero desde el fondo,

EQUUS  

! y JIL L le sigue. Los caballos se retiran y desaparecen entre
bambalinas por ambos lados. Diamante retrocede por el
pasillo y se sitúa donde sólo puede ser divisado difusamente
en la penumbra.

;DYSART : ¿En el Templo? ¿El sanctasanctórum?

ALA N (a DYSART , con desesperación) : ¿Qué otra cosa puedo
hacer?... ¡No puedo decírselo! ¡No se lo puedo contar
a ella!... (A Jill. ) Cierra del todo.

JILL : Está bien... ¡Estás loco!
ALA N : Cierra con llave.
JILL : ¿Con llave?
ALA N : Sí.


ÍJILL : E S tan sólo una puerta vieja. ¿Qué te pasa? Cada uno
está en su cuadra. No pueden salir... ¿Te sientes bien?
ALAN : ¿Por qué?
JILL : Estás pálido.
ALAN : ¡Ciérrala con llave!
JILL : ¡Chiss! ¿Quieres despertar a Dalton?... No te muevas
de ahí, idiota. (Simula que cierra una pesada puerta,
en el fondo.)
DYSART : Haz el favor de describir el establo.
ALA N (dando la vuelta; a DYSART,) : Es una estancia amplia.
Hay paja por todas partes. Algunas herramientas...
(Como si lo arrancase de la barandilla donde lo clavó
en el Primee Acto.) ¡Un punzón!... (Lo «deja caer» al
suelo, y se aleja de allí como un rayo.)
DYSAR T : Continúa.
ALA N (a DYSART ) : A l final aquella enorme puerta. Detrás
de ella...
DYSART : LOS caballos.
ALA N (a DYSART, ) : Sí.





DYSART : ¿Cuántos?
ALA N (a DYSART, ) : Seis.
DYSART : ¿Jill cierra la puerta para que no puedas verlos?
ALA N (a DYSART, ) : Sí.
DYSART : ¿ Y luego?... ¿Qué sucede ahora?... Vamos, Alan .


Muéstrame qué pasa.
JIL L : ¿Ves? Está totalmente cerrada. Estamos los dos solos...
Sentémonos. Ven. (Se sientan juntos en el mismo banco,

aALA N
la izquierda.)
(prestamente):
¡Hola!
Hola.
Ella le besa ligeramente. Él le devuelveDe pronto se oye un leve golpeardel escenario, que le sobresalta.
de casco
els,
beso.
fuera

JILL : ¿Qué pasa? (Él vuelve la cabeza hacia el fondo, escuchando.)
Tranquilízate. Allí no hay nadie. Ven. (Le
toca la mano. Él se vuelve hacia ella de nuevo.) Eres
muy tierno. A mí me gusta...

ALAN : T Ú también lo eres... Quiero decir... (Besa a JILL .
Los caballos vuelven a piafar con más fuerza. ALA N
se separa bruscamente de la joven y se va al rincón del
fondo.)

JILL : ¿Qué te ocurre?
ALAN : ¡Nada!

JIL L avanza hacia él. E l muchacho se da la vuelta
y pasa junto a ella. Está evidentemente trastornado.
Ella le contempla un instante.

JIL L (dulcemente) : Quítate el suéter.
ALAN : ¿Qué?
JIL L : Y o también me lo quitaré, si quieres.


EQUUS  
Él la mira fijamente. Una pausa. JIL L se quita
el suéter sacándoselo por la cabeza: el muchacho
la observa; entonces abre el cierre de cremallera
del suyo. Ambos se quitan los zapatos, los
calcetines y los téjanos. Luego se contemplan
mutuamente a través del cuadrilátero, en diagonal.
Lentamente, la luz se vuelve más intensa.
ALAN : Eres... Eres muy...

JILL : T Ú también l o eres... (Pausa.) Ven.

ALA N se acerca a JILL . Ella avanza hacia él. Se
encuentran en el centro de la tarima, se toman
de las manos y se abrazan.

ALA N (a DYSART,) : Me besó en la boca. ¡Fue delicioso! ¡Oh,
fue delicioso!

Ambos dejan oír una risita nerviosa. Él la obliga
a tenderse suavemente en el centro del cuadrilátero
y se agacha sobre ella, ansioso. Súbitamente,
el ruido de Equus invade el lugar. Los cascos
golpean la madera. ALA N se incorpora, tenso.
Mira fijamente hacia adelante, por encima del
cuerpo tendido de la joven.

DYSART : ¿SÍ ? ¿Qué sucedió entonces, Alan?
ALA N (a DYSART , brutalmente) : ¡Se la metí!
DYSART: ¿SÍ?
ALA N (a DYSART, ) : Se la metí.
DYSART : ¿De veras?
ALA N (a DYSART,) : ¡Sí!
DYSART : ¿No te costó?
ALA N (a DYSART, ) : No.




 EQUUS   

DYSART : Dime cómo fue.
ALA N (a DYSART, ) : Y a se lo dije.
DYSART : Con más detalles.
ALA N (a DYSART, ) : ¡Se la metí!
DYSART : ¿L O hiciste?
ALA N (a DYSART, ) : ¡Hasta el fondo!
DYSART : ¿De veras, Alan?
ALA N (a DYSART,) : Hasta el fondo. Empujé. La penetré


hasta el fondo.
DYSART: ¿SÍ?
ALA N (a DYSART, ) : ¡Sí!
DYSART : ¿De veras?
ALA N (a DYSART, ) : ¡Sí!... ¡Sí!
DYSAR T : ¡Quiero que me digas la VERDAD!.. . ¿De veras?...
¿Lo juras?

ALA N (a DYSART, ) : ¡Ande y que le den...!

ALA N se desploma y queda tendido boca abajo,
en el fondo. JIL L yace de espaldas, inmóvil, con
la cabeza hacia el proscenio y los brazos extendidos.
Una pausa.

DYSAR T (afablemente) : ¿Qué ocurrió? ¿No pudiste? ¿Aunque
lo deseabas con toda tu alma?

ALA N (a DYSART, ) : No podía... verla.

DYSART : ¿Qué quieres decir?

ALA N (a DYSART,) : Sólo a Él. Cada vez que la besaba...
Él se interponía/
DYSART : ¿Quién?

ALA N se vuelve de espaldas.

ALA N (a DYSART,) : ¡Usted ya sabe quiénl... Cuando la
tocaba, lo sentía a Él. Debajo de mí... Su costado, espe


rando m i mano... Sus flancos... Y ó lo rechazaba. Miraba.
Miraba l a cara de Jill.. . y no podía hacerlo. Cuando
cerraba los ojos, en seguida se me aparecía Él. La curva
de su vientre... (Con más desesperación.) ¡No podía
sentir la carne de ella en absoluto! Deseaba el sudor
de su cuello, su pelaje húmedo, y no la carne. ¡La piel,
la piel del caballo!... Entonces n i siquiera pude besarla.

JIL L se incorpora.
JILL : ¿Qué te pasa?
ALA N (esquivando su mano): ¡No! (Huye y se pone en

cuclillas en un rincón contra la barandilla, como una

bestezuela acorralada.)

JILL : ¡Alan!
ALAN : ¡Calla!

JIL L se levanta del suelo.

JILL : N O tiene importancia... Está bien... No te preocupes.
Eso suele suceder, de veras... Es normal. A mí no me
importa, ¿sabes?... En lo más mínimo. (Él se escabulle,
pasando por su lado en dirección al proscenio.) Alan ,
mírame... ¿Alan?... ¡Alan!

E l muchacho se desploma junto a la barandilla.

ALAN : ¡Vete!... .

JILL : ¿Qué?

ALA N (con voz queda) : ¡Que te vayas!

JILL : ¡N O hay nada de anormal en ello, créeme! Es muy

común.
ALAN : ¡Fuera de aquí! (Recoge el punzón invisible.)
¡Fuera!
JILL : ¡Deja eso!





ALAN : ¡Déjame en paz!

JILL : Deja eso, Alan . Es muy peligroso. Suéltalo..., te l o
ruego.

Él lo «suelta» y se vuelve de espaldas a JILL .

ALA N : Se lo contarás a todo el mundo. Anda, cuéntalo, y...

JILL : ¿Por quién me has tomado?... Soy t u amiga, Alan...
(Se acerca al muchacho.) Escucha: no tienes que hacer
nada. Trata de comprenderlo. Nada en absoluto. ¿Por
qué no nos acostamos los dos juntos sobre la paja y
charlamos?
ALA N (en voz baja) : Por favor...
JILL : Charlemos solamente.
ALAN : ¡Por favor!
JILL : Como quieras. Me marcho... Deja que primero me
vista. (Lo hace apresuradamente.)
ALAN : ¡Se lo dirás a todos!... Pero dilo, y ya verás...
JILL : ¡Oh, cállate!... Desearía que pudieras creerme. No
tiene la menor importancia. (Pausa.) De cualquier manera,
no se lo diré a nadie. Tú lo sabes. Sabes que no...
(Pausa. Él sigue de espaldas a ella.) Buenas noches,
pues, Alan... Quisiera..., realmente quisiera...

ALA N se vuelve hacia ella, resoplando. Está demudado,
como un poseso. Horrorizada y alarmada,
ella se da la vuelta, forcejea para abrir la
puerta. Sale del establo, cierra la puerta tras
de sí y desaparece por el pasillo, rozando la
figura apenas visible de Diamante.

EQUUS


ESCENA XXXIV

ALA N permanece de pie, solo y desnudo.
Se escucha un débil murmullo, acompañado por el redoble
de un tambor. ALA N mira a su alrededor con terror creciente.


DYSART : ¿Qué?

ALA N (a DYSART,) : Él estaba allí. Detrás de la puerta. ¡La
puerta estaba cerrada, pero él estaba presente!... Lo
había visto todo. Yo lo oía. Se estaba riendo.

DYSART : ¿Riendo?

ALA N (a DYSART,) : ¡Se estaba burlando!... ¡Se estaba bur



lando! (De pie junto al proscenio, mira fijamente hacia
el pasillo. Un gran silencio pesa sobre el cuadrilátero.
Al silencio, aterrorizado.) Amigo... Equus el Bondadoso...
¡El Misericordioso!... ¡Perdóname! (Silencio.)
No era yo mismo. ¡No era realmente yo mismo! ¡Yo!...
¡Perdóname!... ¡Acéptame de nuevo!. ¡Por favor!... ¡Te
lo ruego! (Se arrodilla en el borde de la tarima, sobre
el proscenio, sin apartar la vista de la puerta, presa del
miedo.) N o lo haré nunca más. ¡Te lo juro!.. . ¡Te lo
juro!... (Silencio. Con un gemido.) ¡¡¡Te lo ruego!!!...
DYSART : ¿ Y Él? ¿Qué dice Él?

ALA N (a DYSART : en un murmullo): «¡Eres mío!... ¡Tú
eres mío!... ¡Yo soy tuyo, y tú eres mío!»... ¡Luego veo
sus ojos! ¡Los pone en blanco! (Diamante avanza lentamente,
sin hacer ruido, por el pasillo central.) «Y o te
veo. Te veo. ¡Siempre! ¡Dondequiera que estés! ¡En
todo momento!»

DYSART : ¿Si besas a alguien, yo lo veré?



EQUUS   

ALA N (a DYSART, ) : ¡Sí!
DYSART : ¿Si te acuestas con alguien, yo lo veré?
ALA N (a DYSART,) : ¡Sí!
DYSART : ¡ Y serás impotente! ¡Siempre y en todo momento


serás impotente] ¡Me verás a Mí... y serás IMPOTENTE !
(ALA N gira sobre sí mismo, estrechándose el cuerpo con
sus propios brazos, presa de un intenso dolor. Aparece
un caballo por cada lado y ambos convergen con Diamante
hacia las barandillas. Sus cascos golpean el suelo con
fiereza. E l ruido de Equus se torna más amenazador.)

E l Señor, tu Dios, es una divinidad celosa. Él te ve. Él
te ve siempre y en todo momento, Alan. ¡Él te ve!...

¡Él te ve!

ALA N (aterrorizado): ¡Los ojos!... ¡Los ojos desorbitados...
que no se cierran jamás! ¡Ojos como llamas...
avanzan... avanzan!... ¡Dios lo ve! ¡Dios lo ve todo!...
¡No!... (Pausa. Se sosiega. Comienza a oscurecerse el
escenario. Con voz más queda.) Nunca más. Nunca más,
Equus. (Se pone de pie. Se acerca al banco. Toma el
punzón invisible. Se dirige lentamente hacia el fondo,
hacia Diamante, ocultando el arma detrás de su cuerpo
desnudo, en la creciente oscuridad. Extiende la otra
mano y acaricia la máscara de Diamante. Con ternura.)
Equus... Noble Equus... Fiel y Verdadero... el Siervo
de Dios... Tú, Dios, no ves... ¡NADA! (Clava el punzón
en los ojos de Diamante. E l caballo piafa agónicamente.
Se oye un gran estrépito de bufidos y bramidos. ALA N
ataca a los otros dos caballos y los ciega también, hun
diéndoles el punzón por encima de la barandilla. E l golpeteo
de los cascos metálicos se suma al ruido general.
Silenciosamente, mientras se produce ese alboroto, aparecen
tres caballos enmarcados por conos luminosos

no son animales realistas como los tres primeros, sino
horribles criaturas surgidas de una pesadilla. Sus ojos
fulguran, sus ollares fulguran, sus belfos fulguran. Son
como apocalípticos, capaces de juzgar, de castigar. Éstos
no se detienen tras la barandilla, sino que invaden el
cuadrilátero. Mientras se precipitan sobre él, el muchacho
salta desesperadamente hacia ellos, elevándose desnudo
en la oscuridad, blandiendo el punzón con los
brazos en alto y descargándolo contra sus cabezas. Grita
«¡Nada!» cada vez que clava el arma. Aumentan los
bufidos. Los otros caballos entran en el cuadrilátero.
La tarima se llena de caballos cegados, que dan atronadores
bramidos..., y el muchacho corre entre ellos,
esquivando los hirientes cascos lo mejor que puede.
Finalmente, los animales se sumergen en la oscuridad
y se pierden de vista. E l ruido cesa repentinamente, y
sólo se oyen los alaridos histéricos de Alan, que cae al
suelo, clavándose el punzón invisible en sus propios ojos,
mientras grita): ¡Ven a buscarme!... ¡Ven a buscarme!...
¡Ven a buscarme!... ¡ Y MÁTAME!.. . ¡MÁTAME !

ESCENA XXXV

Las luces se encienden de nuevo rápidamente.

DYSAR T entra con presteza, arroja una manta sobre el banco

de la izquierda y se precipita hacia ALAN . E l muchacho se

agita convulsivamente en el suelo. DYSAR T le coge las ma


nos, forcejea para separárselas de los ojos, lo levanta en bra


zos y lo lleva hasta el banco. ALA N le rodea con sus brazos

y se aferra a él, jadeando y pataleando frenéticamente.

DYSAR T lo acuesta en el banco y le aprieta la cabeza contra






la madera. No deja de hablarle animosamente, tratando de
aliviar la angustia que atormenta al muchacho.

DYSAR T : Vamos... Vamos... Chiss... Chiss... Cálmate... Descansa.
¡Acuéstate! Y respira profundamente. Profundamente.
Aspira... Espira... Aspira... Espira... Así...
Aspira. Espira... Aspira... Espira... ( ALA N respira trabajosamente,
con un ruido estertoroso. Poco a poco, se
apacigua. DYSAR T le cubre con la manta.) N o dejes de
respirar hondo... Así, muchacho... Buen muchacho... Y a
pasó todo, Alan . Todo terminó. Ahora él se irá. No
volverás a verle nunca más, te lo prometo. Y a no tendrás
más pesadillas, n i volverás a pasar noches horri bles.
¡Piensa en eso!... Te sentirás bien. Y o haré que
te sientas bien, te lo prometo... Permanecerás aquí durante
algún tiempo, pero yo estaré junto a t i para que


no te resulte tan intolerable. Confía en mí... (DYSAR T
se incorpora. ALA N se queda inmóvil.) Ahora duérmete.
Duerme profunda y largamente. Te lo mereces... Duerme.
Simplemente, duerme... Yo haré que te sientas
bien... (Retrocede hasta el centro de la tarima. La luz
se torna más intensa. Pausa.) Te estoy mintiendo, Alan .
En realidad, no se marchará tan fácilmente, no se alejará
de t i trotando como si fuese un viejo y manso rocín.
¡Oh, no! Cuando Equus se marche, si es que se marcha,
lo hará llevándose tus entrañas entre los dientes. Y yo
no tengo otras de recambio... Si fueses listo, te levantarías
en seguida y huirías de mí tan rápidamente como
pudieras.
HESTHE R habla desde su sitio.

HESTHER : E l muchacho sufre, Martin .

EQUUS


DYSART : SÍ .

HESTHER : Y tú puedes eliminar ese sufrimiento.

DYSART : SÍ .

HESTHER : Entonces eso solo debería consolarte. ¿No lo
crees? ¿No crees que, en última instancia, es así?

DYSAR T (gritando) : ¡Está bien! ¡Eliminaré su sufrimiento!
Le libraré de la locura. Y entonces, ¿qué? ¡Él se
sentirá aceptable! ¿Y qué? ¿Tú crees acaso que unos
sentimientos como los suyos pueden ser sencillamente
remodelados como si fuesen de plástico, que pueden
amoldarse a otros objetos elegidos por nosotros? ¡Mírale!...
Puede ocurrir que desee convertir a ese muchacho
en un marido ardiente..., en un ciudadano ejemplar...,
en un venerador de u n Dios abstracto y unificador. ¡Sin
embargo, lo más probable es que consiga convertirle
sólo en u n espectro!... ¡Permíteme decirte exactamente
qué haré con ese muchacho! (Abandona la tarima y
contornea la parte superior de la misma, dirigiéndose
al público): Curaré las llagas de su cuerpo. Borraré
las cicatrices de las heridas abiertas por las crines al
viento. Hecho esto, le pondré sobre una motocicleta de
metal y le mandaré raudamente a l mundo concreto ¡y
jamás volverá a acariciar una piel peluda! ¡Con u n
poco de suerte, le parecerá que sus partes sexuales son
tan plásticas como los productos de la fábrica adonde,
casi con certeza, irá a parar! ¿Quién sabe? Hasta es
posible que encuentre divertidas las relaciones sexuales.
¡Artificialmente divertidas! Conculcadas y furtivas, y
absolutamente controladas. Probablemente, tan sólo volverá
a clavar el tenedor en Carne Aprobada. ¡Dudo, sin
embargo, que lo haga con mucha pasión!... La pasión,
¿saben ustedes?, puede ser destruida por un psiquiatra.





Pero no puede ser creada. (Dirigiéndose a ALAN , a
modo de despedida.) Y a no volverás a galopar nunca
más, Alan . Los caballos estarán a salvo. Ahorrarás dinero
semanalmente, hasta que puedas cambiar la motocicleta
por un auto; después te largarás hasta el Establecimiento
de Apuestas y jugarás cincuenta de los
grandes a favor de los ganadores, olvidando completamente
que, en algún momento, fueron para t i algo más
que meros portadores de pequeñas pérdidas o pequeñas
ganancias. No obstante, no sufrirás. Más o menos no
sufrirás. (Pausa.) ¿ Y yo?... (Pausa.) ¡Estoy de pie
en medio de la oscuridad, con u n punzón en la mano
que clavo sin cesar en las cabezas! (Se aleja de ALA N
hasta el banco del proscenio, y finalmente, se sienta.)

Necesito —más desesperadamente de lo que mis mu chachos
me necesitan a mí — descubrir la manera de ver
en la oscuridad. ¿Cuál es la manera?... ¿De qué oscuridad
se trata?... No puedo decir que sea instituida por
Dios. No puedo i r tan lejos. Sin embargo, le rendiré el
debido homenaje. Ahora llevo en la boca esa hiriente
cadena. Y nunca me la quitarán. (Larga pausa. DYSAR T
permanece en su asiento con la vista perdida en el vacío.
Se apagan súbitamente todas las luces.)

FI N