28/4/16

el peor de los dragones


YO, EL PEOR

DE LOS

DRAGONES.

De Benjamín Gavarre

® contacto: gavarreunam@gmail.com
Yo, El Peor de los Dragones es la alegoría de una familia. Toma como pretexto a los cuentos de hadas para representar ese núcleo, pequeño universo castrante, que es el reino doméstico. Así, a pesar de que podamos reconocer a un rey, una reina, un dragón y una doncella, debemos pensar siempre, si queremos poner en escena esta obra, que los personajes se desenvuelven en una casa pequeñoburguesa pretenciosa donde los personajes realizan las labores cotidianas propias de su insufrible clase.
La escenografía o la iluminación recrearán pues, los distintos ambientes de un hogar: la sala, la cocina, el jardín, la recámara, etc. El estilo recomendado es el llamado "mal gusto" o si se quiere la palabrita: el "kitscht".

Recomiendo para el vestuario: traje de noche, escotado y con lentejuelas para la Reina; smoking para el Rey; smoking y máscara metálica para el Dragón; innumerables vestidos para la Doncella (ya se verá por qué); levita para el Paje y trajes de cocinero para el Mago y el Hada.
Para la música sugiero algún género que apoye la caricaturización de las situaciones.




*** I ***
Al comenzar la obra los reyes se encuentran en el jardín preparando una parrillada. La reina está embarazada, él toma una cuba. A pesar de la aparente armonía, y de las miradas tiernas hacia el vientre real, los reyes estallan en abierta discusión en el momento en que se detienen para sentarse en una banca.

El Rey.– ¡Será niño!
La Reina.– No podrá ser otra cosa, señor, ¡sino niña!
El Rey.– ¡Niño!
La Reina.– ¡Niña!
El Rey.– En alta estima, señora, a vuestros ruegos tengo; y por razones que no viene al caso discutir: un príncipe valiente será nuestro heredero.
La Reina.– ¿De razones habláis? Pero si vos sólo alcanzáis a balbucir una evidente sucesión de tonterías. Y si en asuntos de Estado decidís mejor que nadie, en asuntos de embarazo yo dispongo. Quien porte en el futuro el cetro real será la dulce princesa que tendré en algunos días. Será, no lo dudéis, una sublime soberana y nadie osará negarle o refutarle nada porque será, sin titubear, toda una dama.
El Rey.– Claro está, mi dueña, que en este punto singular jamás conciliaremos; llamemos a la Enorme Comisión, que ellos concluyan.
La Reina.– ¿Su majestad bromea?, ¡Si la Enorme Comisión sois vos! En todo caso llamemos a las hadas, que son en todo punto intachables y digamos, desde luego, insobornables.
El Rey.– Vengan pues las hadas, también los magos; con tales fuerzas convocadas, sabremos sin lugar a dudas, por las muchas disputas que de ellos se desprendan, si príncipe o princesa debe dar a luz el vientre real.
Entran mago y hada; discuten en murmullos apenas contenidos,
mirando al Rey y a la Reina con aprensión o disgusto.
Finalmente llegan a un acuerdo y expresan su dictamen.

Mago.– Si futuro rey o príncipe conviene al reino, su majestad, la Soberana, comerá una rosa roja.
Hada.– Si conviene una princesa, probará una blanca rosa.
Mago.– Para tal procedimiento un árbitro imparcial...
La Reina.– ¡No estoy de acuerdo! ¿Cómo va a decidir alguien ajeno a nuestro imperio?
El Rey.– Es cierto. Vosotros magos, hadas... debisteis resolver la situación. Ahora se hará por elección, la mía. ¡Comed! (Le da la rosa roja).
La Reina.– ¿Ah, sí? ¡Pues no! Comeré la blanca. ¡Dad acá! (Intenta quitar al mago la rosa blanca).
El Mago.– No nos habéis dejado terminar. El juez sería...
El Rey.– ¡Nadie!
La Reina.– En eso estoy de acuerdo.
Mago.– Sería el Azar.
Hada.– En esto, sí, decidiría el Acaso. "Su majestad escoja"..
La Reina.– A ver...
El Rey.– Me niego a ceder a suerte alguna el claro derecho de imponer mi voluntad. Digamos: si la reina desea una virgen colosal y yo un varón discreto...
El Mago.– Al revés, su majestad.
El Rey.– ¿Cómo al revés?
El Hada.– Una discreta virgen y un varón monumental.
El Rey.– Ah, sí. Digamos, de las dos, la reina probará la rosa roja y un varón descomunal bienvenido será a éste, mi imperio.
La Reina.– Y digo en fin, ¿por qué no he de comer las dos rosas en un mismo bocado? y así cada ambición será colmada en cada caso.
El Rey.– No comprendo.
La Reina.– Vos deseáis un temerario príncipe que en el futuro ocupe el trono; y yo, una dulce niña...
El Rey.– ...que en el futuro ocupe el trono real.
La Reina.– Permitidme... Yo dejaría gobernar, sin duda alguna, al primogénito.
El Rey.– Pues no me hacéis favor alguno; es la costumbre que gobierne el primo... ¿Dejaríais, de verdad, que gobernase?
La Reina.– Sí.
El Rey.– ¿Sin intromisión alguna?
La Reina.– Os lo puedo aseverar.
El Rey.– ¡Sea! Comeréis de las dos rosas...
La Reina.– Las dos.
El Rey (a las Hadas y los Magos).– ¿Tenéis todo dispuesto?
El mago y el Hada discuten agitados y luego dan un dictamen:
El Mago.– No aconsejamos de ningún modo que la Reina alimente, con la venia real, tan sólo el pensamiento de probar las rosas blanca y roja una tras otra y, menos aún, al mismo tiempo.
El Hada.– Desastrosa catástrofe a la reina azotaría en todo caso; en otro también al rey perjudicara, y el más terrible, el caso que ya todos tememos: a todo el reino, la desgracia afligiría.
El Rey.– Con esa circunstancia: será varón. No discutamos más el punto. Comed la rosa roja.
La Reina.– Mhh... Así lo haré, si así conviene al reino. (Come la rosa roja).
El Rey.– La solución me place y me serena. Marcho a descansar muy bien dispuesto. Generosa será con nos la Providencia, también con nuestro hijo. (Salen el Rey, las Hadas y los Magos).
La Reina.– Mas yo digo que buena idea me parece el no dejar abandonada a suerte miserable este capullo en flor que es esta rosa blanca. No temo el infortunio. Si nos trae ventura un vástago, un... varón, ¿cuánta más dicha tendremos si en doble nacimiento, príncipe y princesa comparten una misma cuna. Ven doncella; comienza en mi boca tu noble nacimiento (come la flor blanca).



*** II ***

La recámara de los reyes.
Han pasado algunas semanas. El hada entrega a la reina un
pequeño envoltorio: un pequeño bebé dragón del que sólo vemos la cola. La reina lo amamanta dulcemente. El rey fuma y bebe.

El Rey.– ¡Un Dragón!... ¡Habrase visto! Funesta descendencia has engendrado, dulce dama.
La Reina.– Digamos que entrambos dignatarios lo forjamos; vos sois, no discutáis, su insigne padre.
El Rey.– Padre digno, mas innoble el hijo. Y no sé bien decir si un adulterio cometió la Reina, ni con quién, ¿sería tal vez con un lacayo?
La Reina.– Callad, que hablando de lacayos, y más aún de las lacayas, yo bien pudiera decir de vos un sinfín de tropelías. El hijo es vuestro. No olvidéis la noche, que hace tiempo, vos borracho y yo desnuda, vivimos, a buen paso, en pos de la lujuria.
El Rey.– No abundéis, que es vergonzoso.
La Reina.– Pues no neguéis al dragón, que es hijo vuestro.
El Rey.– No lo haré.
La Reina.– Y yo a mi vez confesaré un secreto, pues bien... probé la rosa roja.
El Rey.– Eso lo sé, lo sé, lo sé.
La Reina.– Pues he más de comentar...
El Rey.– No me digáis.
La Reina.– También probé la rosa blanca.
El Rey.– ¡Ay, bruta!
La Reina.– No insultéis mi dulce investidura.
El Rey.– Lo cierto es que un remedio habremos de poner en este empeño. El niño dragón, o lo que sea, crece, como un tumor maligno, día tras día.

*** III ***
En la sala.
Han pasado veinte días. El Dragón ya es un príncipe,
amenazante y rebelde veinteañero
(si hay dinero, puede entrar en moto).
El Paje limpia los cubiertos de la casa mientras recibe
órdenes.

El Príncipe Dragón.– Y hay más, Paje: si no hacéis lo que he dispuesto, mataré a mi padre, azotaré con mil latigazos a mi madre, y haré de la desgracia de este reino leyenda y ejemplo inolvidables.
El Paje.– Pero, señor, mi príncipe dragón, no hay doncella en este lar, ni en sitio aun lejano, que a dormir con vos acepte, sois ¡tan feo!
El Príncipe Dragón.– ¡Necio!, Sé que lo soy y aun con eso os digo: quiero una doncella, y no cualquiera. Venga a mí la virgen más pura y delicada de este reino, o de cualquier lejano, o inaccesible, territorio.
El Paje.– Si insistís convocaré a concurso; con la venia, desde luego, del señor Rey, mi soberano.

Llega el Rey.

El Rey.– Heme aquí, ¿quién requiere de mi sano juicio? ¿Acaso este muchacho singular? Felicidades hijo, hace veinte días que naciste y parece que veinte años han pasado desde la ocasión gozosa de tu nacimiento.
El Príncipe Dragón.– Es cierto que cumplí los veinte, oh padre fariseo; mi tiempo es tan distinto del que vos perdéis, tan insensato. No seré más paciente con vos que con el criado: traedme una doncella que quiero desposarla. Si no lo hacéis... destrozaré vuestro castillo, y a ti te mataré sin compasión y con tormentos varios.
El Rey.– ¿Que quieres desposarte?, noticias das que llenan mi alma de júbilo diverso. ¿Has elegido ya a la novia afortunada?
El Paje.– Tiene que ser, señor monarca, la virgen más pura y delicada que viva cerca o lejos de este reino.
El Príncipe Dragón.– Traédmela vos, que en vuestro juicio, enfermo o sano, yo confío. Si no me satisface la elección os aseguro que dejaré sin ojos y sin brazos vuestro cuerpo.
El Rey.– No hay más que hablar, mi dulce príncipe; mandaré traer la más hermosa, la más virginal de las doncellas.

*** IV ***
En la cocina: Los reyes decoran un pastel para festejar el aniversario de su hijo. El rey pone betún y la reina, cerezas. En algún momento la reina se fastidia de no poder hacer su labor con fluidez y enfrenta a su marido.

La Reina.– ¡Semejante atrocidad habrase visto! ¡Tan malvado, tan vil es vuestro hijo que ha truncado la vida de moza tan fresca, tan radiante! ¿Cómo ha podido ser el sino con nosotros tan funesto, que tengamos que vivir bajo el terror de quien debiera enaltecer nuestro linaje?
El Rey.– No habléis vos de atrocidades, que al haber seguido la senda del capricho, habéis roto la armonía que tanto tiempo concedió la Providencia.
La Reina.– No comprendo: ¿nombráis capricho a mis buenas intenciones?
El Rey.– Sí.
La Reina.– Pero, bien mío... Si pensáis un poco... Si hubiera yo dado la vida a un príncipe, a un varón convencional y no a... un dragón, hubiérase marchado ya a la guerra; si una grácil doncella hubiera dado a luz, se hubiera desposado un día sin remedio, alejándose del reino.
El Rey.– Vos no decíais lo mismo hace unos días; queríais que una virgen gobernara este castillo, ¿y qué lograsteis? La unión de dos opuestos es este dragón hermafrodita. No es hombre no es mujer: es una ruina.
La Reina.– Es hombre, sin duda; ha devorado, sin más, a una doncella.
El Rey.– ¿La devoró?
La Reina.– Ay sí, ¿vos no sabíais?
El Rey.– ¡Oh atrocidad! Y es culpa vuestra. Al comeros vos esas dos rosas tan sólo conseguisteis convocar un monstruo de maldad. Con mala entraña, os quisisteis quedar con el pastel, también con el dinero.
La Reina.– ¿De qué dinero habláis?
El Rey.– Dejemos este asunto por la paz, que el príncipe se acerca.

La pareja finge armonía.
El príncipe llega y los separa. Tratará
de besar a la reina o de tocarle el trasero. Alejará al padre.

El Príncipe Dragón.– Que viva el rey, que viva también mi madre bondadosa.
La Reina.– Oh, mi tierno príncipe; ciertamente no ha mejorado el color de vuestra tez con vuestras bodas.
El Príncipe Dragón.– No, madre; ni mejoría tendrá si no se cumplen mis próximos deseos como un vuelo.
El Rey.– ¿Más antojos tenéis, hijo devoto? No ha sido suficiente contento la noche que pasasteis con aquella desdichada campesina?
El Príncipe Dragón.– ¿Tal era? Ahora comprendo su sabor, pues disfruté por un segundo la limpia y calurosa paz de la campiña.
La Reina.– Retoño mío, no seáis desvergonzado.
El Príncipe Dragón.– Soy lo que quiero ser, señora madre; soy de carne y sangre, soy dragón, y mi faz no ha de cambiar ni con veinte o más doncellas que a mi boca lleguen.
La Reina.– Ay, hijo.
El Rey.– ¡Sois... un aborto, un engendro, un bárbaro!
El Príncipe Dragón.– No me dais nuevas noticias, padre; yo a vos en cambio os he insinuado ya un encargo.
El Rey.– Pues yo no entiendo de alusiones, hijo. Manifestad vuestra encomienda claramente.
El Príncipe Dragón.– Yo exijo, nada más, otra doncella.
El Rey.– Tendréis lo que deseáis si prometéis que con ella sí os desposaréis y desde luego que no la engulliréis.
El Príncipe Dragón.– No prometo, sino advierto, dulce padre; si no la tengo en mi cama por la noche... os arrancaré la cabeza, os cortaré las piernas y luego incendiaré el castillo. A vos, madre, os deberé quitar los ojos y daros, desde luego, mil azotes.
El Rey.– Se hará como queréis.
El Príncipe Dragón.– Sois tan gentil, oh padre. Madre...
La Madre.– Que la providencia os acompañe.
El Príncipe Dragón.– Así lo hará, pues soy sin duda alguna para ustedes, al menos mientras viva, la Providencia misma.


*** V ***
En la sala.
El Paje y la Reina en "labor de tejido".

El Paje.– ¡Y han sido ya más de cuarenta! Ellas aceptaban al principio bien dispuestas, claro; un príncipe no es cosa que se suela despreciar... Pero cuando la indiscreción de varios dio a conocer los... descalabros, pues nada, que las damas ya por temor, ya por agudo pánico, se han negado rotundamente a, digamos, "dormir" con el dragón.
La Reina.– El Príncipe.
El Paje.– El Príncipe, sí; pero al saber que su excelencia, vuestro hijo, es más dragón que príncipe, ninguna ha querido soltar prenda; por más que he ofrecido, que digo mil maravedíes, no, ni doblones, ni piezas de oro han aceptado.
La Reina.– Pues alguna deberá sacrificarse por el bien del Reino; y más, que el príncipe, su Alteza, ha amenazado con desollar vivo a su padre y obligarme luego a mí, oh infortunada, a portar la prenda real, como si fuera la piel de un animal, un zorro, cabritilla, vos sabéis... ¡Oh cielos!, ¡un abrigo con la piel de mi marido!, ¡habrase visto!
El Paje.– No olvidéis que como siempre, terminando con vosotros, seguiría con el castillo, y con nosotros, los muy simples mortales.
La Reina.– Eso, digamos, también sería una pena. Por eso os pido yo que prisa deis a vuestra empresa, y consigáis, con eficacia...
El Paje.– ¡Un capullo, una dama, una doncella!, ¿dónde habrá? Oh, aquí llega el Rey...

Entra el Rey y se sienta. Luego habla mientras ve, lujurioso,
revistas pornográficas. La Reina intentará quitárselas.
El Rey.– Yo conozco una muchacha, paje; digamos no muy bien, la he visto... Una pastora es... muy bella; sí,... bellísima. Quizá si yo mismo la buscara y aquí al castillo la trajera...
La Reina.– ¿Una pastora? ¿Vos mismo? ¿Bellísima? No me parece, el negocio, buena idea.
El Rey.– Tal vez será lo justo, reina; el paje ha demostrado ineptitud y displicencia en este encargo de encontrar mancebas.
El Paje.– Pues ya que vos, así parece, experto sois tanto en doncellas como, supongo, experto también en damas otoñales, por cierto encontraréis la discretísima mozuela que al dragón desatinado regocije, evitando de este modo vuestra muerte y, desde luego, que la reina tenga que portar la prenda más lujosa, vuestra piel.
El Rey.– Bueno será, entonces, que inicie ya mismo, luego, presto, tan osada diligencia...
La Reina.– No estoy de acuerdo. En todo caso si os place, yo misma estoy resuelta a acompañaros. Serán necesarios un séquito de quince damas, quince caballeros... un carruaje, veintiocho caballos. Habrá que llevar algo de comer. También será forzoso llevar algunas provisiones, por ejemplo...
El Rey.– Nada. Saldré ahora mismo y este paje, con todo lo que vale, será mi compañía. Vámonos, paje.
La Reina.– Venid acá, intento de aprendiz de gobernante. Si os atrevéis a cruzar las puertas del castillo sin mi consentimiento y compañía, soy capaz de... Rey, señor amado... Venid acá... No intentéis ni por sueño acercaros con malas intenciones a doncella alguna. ¡Esperadme! ¡Rey!... ¡Bastardo!

*** VI ***
En alguna calle de la ciudad. El Rey y el Paje azotan a un
pordiosero.

El Rey.– Entonces... ¿cuánto vais a pedir por vuestra hija?
El Pastor.– Vos sois el Rey; vos me podéis obligar a daros mi vida si es preciso.
El Paje.– Eso es cierto, Majestad. ¿Por qué no lo atormentáis y así seguro nos dirá dónde la oculta.
El Pastor.– Ya os he dicho que yo no la escondí. Ella se habrá metido abajo de la tierra, se habrá desfigurado la cara con vitriolo para no ser reconocida, se habrá fugado a otras lejanas latitudes, se habrá vuelto loca, ramera, pagana, perdida, hetaira, suripanta, meretriz... ¡Ay, hija!
El Paje.– A éste no hay más que darle latigazos; a vuestra futura nuera está injuriando.
El Rey.– Dale con ganas.
El Paje.– Arrodillaos, bastardo.
El Pastor.– ¡Ayy!
El Rey.– ¡Confesad!, ¿do se halla la muchacha?
El Pastor.– ¡Su reino no es ya de este mundo!
El Rey.– ¿Qué quieres decir?... ¿Acaso...? ¿Ha muerto la infeliz?
El Paje.– No veis que está mintiendo, majestad. Os quiere hacer caer en un engaño, un cuento.
El Rey.– En ese caso... ¡dale más fuerte!
El Pastor.– ¡Ayyy! (Se desmaya).



Entra la "Doncella", es una mujer de más treinta que viste
con harapos.

La Doncella.– Ya basta, padre mío. No sacrifiquéis vuestro cuerpo avejentado más por mí. No valgo así la pena. Señor Rey, su Majestad, decidle, que pare, a vuestro criado.
El Rey.– Criado, para.
El Paje.– Señor, soy paje real de vuestro reino, insigne paje, primer ministro, casi... No permitáis que una pastora vil me llame criado.
El Rey.– Esa pastora será mi nuera como tu mismo has mentado ya hace rato. Querida próxima pariente... Sabéis a qué he venido; ahorremos palabras, seguidme, que habréis de conocer muy pronto a vuestro ínclito consorte.
La Doncella.– Yo misma he de acudir y por mi propio paso; tan sólo permitid que de mi padre restañe las heridas que vos mismo causasteis.
El Rey.– Eso me parece un signo de nobleza; ¿será esta chica digna de mi real confianza?
El Paje.– ¿No veis que es una aldeana?
La Doncella.– Mirad, mirad a mi padre desmayado; solo, postrado en el suelo se ha quedado.
El Rey.– Bueno hija, debéis recordar que tenéis con nos una cita ineludible; si no acudís faltaréis a los principales códigos de urbanidad... ¿Y qué va a pensar la gente de vos, que soy una bellaca miserable como dijo el paje, indigna de cualquier respeto, indigna de ser la futura esposa del príncipe dragón... del príncipe heredero a todo... de aquel que?...
La Doncella.– No faltaré, rey soberano; os lo juro por lo más preciado de vuestra descendencia, vuestros futuros nietos que yo, os juro, prometo tener con vuestro hijo...
El Paje.– Pero...
El Rey.– Claro, hija... Mis nietos... Entonces hemos quedado en un acuerdo. Yo os espero en el castillo; atended ahora a vuestro padre.
La Doncella.– Así lo haré (vanse Rey y Paje).
Padre... Padre... Despierta, padre. Papá... Ya es tiempo de que despertéis, el Rey se fue. Oh padre mío, ¿por qué tenéis ese color tan azulado? ¿Por qué no respiráis? Acaso... ¡Oh! ¡Ha muerto el desgraciado!

*** VII ***
La "Doncella" vaga por las calles de la ciudad. Se encontrará
con una "Vieja Psicoanalista", disfrazada de pordiosera.

La Doncella.– ¡Ay de mí! Mi padre, muerto a latigazos. Mi destino en manos de un príncipe perverso que me despojará de vida, sueños... de mi virginidad inmaculada, tan ardorosamente guardada aun hasta agora. ¿Qué debo hacer, yo, huérfana tan desvalida, tan requerida del afecto más pequeño?
Vieja.– No sufras, pequeña; que yo he de socorrerte.
La Doncella.– ¿Vos? ¿Y por qué habría de ayudarme una anciana miserable? No me inspiráis, os digo, la mínima confianza.
Vieja.– Sí, pequeña, te lo aseguro, he trabajado en diversos negocios y afamados.
La Doncella.– Mencionad alguno.
Vieja.– No es cosa mía el divulgar tales enredos; secretos son de gente como tú, que motivada por problemas sin fin, sin aparente arreglo, han llegado hasta a mí en busca de serenidad a su conciencia y digamos, sobre todo, a su inconsciencia.
La Doncella.– Habláis de vero en términos profundos, ¿acaso sois astróloga?
Vieja.– No soy; mas conozco los caminos que han de transitar aquellos cuya condición se encuentra entorpecida por oscura sombra.
La Doncella.– Oh...
Vieja.– Tales seres se encuentran sometidos a una suerte de encantamiento o maleficio que los hace perjudicar a los demás, con gran dolor, puedes creer, para ellos mismos.
La Doncella.– ¿Un Maleficio? ¿Esa es la causa de mi enorme sufrimiento? ¡Ay cielos! Pero... que yo sepa no he hecho agravio a persona, animal o cosa alguna., al menos no tengo, no, no tengo yo esa idea.
Vieja.– No hablaba de ti, sino del Príncipe Dragón, que está bajo la influencia maligna de un hechizo. El seguirá atormentando a todos los hijos de este reino mientras no llegue una alma pura y sin dobleces como la que tú posees.
La Doncella.– Curiosa ayuda me otorgáis, vieja señora. Mi vida entera se encuentra amenazada por esa bestia pavorosa y aún así queréis ayudar al criminal y no a la víctima.
Vieja.– Dalo por cierto; tú sólo serás el instrumento que acabe con su pena, romperéis el hechizo en que se encuentra. Al mismo tiempo que lo salvarás del maleficio, hallarás la dicha que otorga la piedad... Y sobre todo: tu vida estará fuera de todo peligro.
La Doncella.– Ah, vamos... ¿Y qué debo hacer? ¿Darle veneno, estrangularlo, partirlo en mil pedazos?...
Vieja.– Uno de los mejores métodos es descuartizarlo, ciertamente, pero te juzgas capaz?
La Doncella.– No exactamente.
Vieja.– Pues será preferible elegir artes sutiles, seductoras. Deberás fingir amor apasionado por el Príncipe, para desnudarlo lentamente de cada una de sus nueve pieles.
Doncella.– ¿Qué?
Vieja.– Escucha y no me interrumpas. Para tu noche de bodas te pondrás diez, diez vestidos de tela majestuosa, uno encima de otro. Cuando el dragón intente desvestirte, deberás responder que tú misma lo harás, pero que a su vez él deberá quitarse una de las prendas que lo cubren. Esto lo llevarás a cabo hasta que te hayas quitado nueve vestidos, momento en el dragón no tendrá nada más de que despojarse y tú todavía estarás cubierta.
Doncella.– Es decir qué el estará desnudo y yo... !Oh virgen inmaculada!
Vieja.– Cállate y atiende...Cuando el dragón esté desnudo se encontrará totalmente a tu merced. Ahora, si de verdad deseas acabar con la maldición que pesa sobre él, deberás realizar otras hazañas... ¿Estás dispuesta?
Doncella.– Sí.
Vieja.– Pues entonces escucha con atención.

*** VIII ***
Días después, en algún lugar de la casa, antes de que inicie "la boda".

El Paje.– Y hay más su señoría... La muy doncella mandó pedir para esta noche ciertas prendas, que a decir verdad parecen cosas de una misa horrenda. Ha mandado pedir diez, ¡diez vestidos!, hechos con la tela más pura, la más blanca. Además... ramas de encino, ¿o avellano? ...mojadas en lejía.
El Rey.– ¿Lejía?
El Paje.– Jabón, su majestad, una herejía.. Eso sin hablar de varios litros de leche hirviente y endulzada que no acierto a distinguir para qué sirva, si no es para beber... Con todo eso, yo bien pudiera pensar que es una bruja y que algún daño terrible, se atreva, infligir, a vuestro hijo.
El Rey.– No puedo creer tales historias... En todo caso recordad que el pavoroso engendro, mi hijo, no ha tenido muy buen comportamiento que digamos. Y ella es tan bella, tan lozana.
El Paje.– Yo no diría tanto. Y digo más, que es una criada.
El Rey.– Pues yo diré sucintamente que os calléis y muy presto os larguéis por los palomos que la ceremonia va a empezar.
El Paje.– Presto voy, su majestad.
El Rey.– Y decidle a la reina que se apure.
El Paje.– Sí.

*** IX ***

En la "iglesia", que es en realidad la capilla de la casa
("todo queda en familia"), los reyes aguardan a los novios y al oficiante, el Paje, que estará evidentemente disfrazado de cardenal apostólico).

La Reina.– Oh, majestad, ¡las bodas me emocionan tanto! ¡Cuántos recuerdos despiertan en mí tales sucesos! Alguna vez vos mismo, algo más joven, y yo, un poco más hermosa, vivimos estos momentos de celebración, de gozo, que sin duda nuestro hijo y su futura esposa sabrán reconocer como es preciso.
El Rey.– Pero señora, si no supiéramos que tales nupcias serán seguidas del duelo por la novia, muerta, desaparecida en el estómago feroz de nuestro hijo la noche misma en que gozar debieran de sus nuevos lazos; si por lo menos la muchacha se convirtiera en la futura reina, madre dichosa de nuestros nietos anhelados... pues yo me encontraría muy dispuesto a gozar de estos eventos...
La Reina.– Ah, claro, es una pena. Pero mirad... Aquí se acercan los palomos... ¡Que toquen los músicos una marcha singular!... (Se escucha una Marcha Fúnebre) ¡Bravo!, ¡vivan los novios! ¡Viva nuestro reino!
El Paje–Sacerdote.– Estamos aquí reunidos ante los máximos dignatarios de este imperio, así como ante testigos sin mácula, todos ellos capaces de reconocer el noble matrimonio de vosotros hijos: Una adorable doncella y un... príncipe dragón, su alteza, cuyos méritos no me atrevería a pormenorizar, pues son tantos y variados que... Desde los comienzos de la Historia hemos sabido apreciar...
El Príncipe Dragón.– Sí, sí... menos palabras, paje–párroco. ¿Qué sigue? Un beso, ¿no es así? Vamos doncella, recibe de mi amor mis dulces besos.

El príncipe persigue a la doncella,
con obvia intención sexual.

La Doncella.– ¡No! Por cierto, prefiero bailar con vos alguna pieza.

Música. Mientras Rey, Reina y Paje bailan una curiosa
coreografía, muy simple; el Príncipe Dragón realiza una
obscena, casi pornográfica rutina, frente a la doncella.

El Rey.– Pero mirad, el baile ha terminado, demos nuestros buenos deseos a los novios.
La Reina.– Oh hijos, qué baile tan... original el vuestro. ¿Por qué no hacemos un brindis por vuestra felicidad y luego nos deleitan con otra muestra de vuestra danza singular?
El Príncipe Dragón.– ¡Nada!
El Rey y el Paje.– ¡Eso es, un brindis!
El Príncipe Dragón.– ¡Dije que Nada!
La Doncella.– Pero, alteza mía... No os gustaría celebrar, con vuestros padres, nuestro encuentro feliz y seguramente venturoso.

El Príncipe, rabioso, gruñe amenazante.
Todos caminan tratando de encontrar un lugar seguro.
Finalmente, la "bestia", toma del cabello a su "nueva esposa"
y le dice:

El Príncipe Dragón.– ¡No veis que no soporto estos ambientes! Tonta mujer, ¿no comprendéis que lo que quiero es marcharme, sin más, a nuestra alcoba?
La Doncella.– ¡Sois tan romántico!
El Príncipe Dragón.– Callad y seguidme en un instante. Si no venís como una exhalación a mi aposento, arrastraré vuestro cuerpo hasta la torre, ahí os arrancaré el cabello, os quemaré los ojos y luego devoraré tus entrañas lentamente; arrojaré finalmente el tronco sangrante, lastimoso, al foso del castillo, para alimento, sí, de mis hermanos más queridos, los reptiles. (Sale el Príncipe Dragón)
La Doncella.– Señores, compermiso, ha sido un gran placer.
El Rey.– Adiós muchacha.
La Reina.– Hasta luego.
El Paje.– Adiós

*** IX ***

En la "recámara" del joven.
El dragón entra cargando a la doncella. No sabe dónde "colocarla" y la deja un instante en el suelo, luego va por un "lecho". Lo coloca en el suelo y se acuesta invitando, lascivo, a la doncella.

La Doncella.– Dulce señor, ya que mi fin cercano está... Lo sé pues no estoy ajena a vuestras artes mortales amorosas, permitidme, os ruego, este deseo...
El Príncipe Dragón.– Ninguna petición será escuchada. Tiéndete en el lecho que a acabar contigo, y con tus vanos intentos de impedirlo, voy dispuesto.
La Doncella.– Lo haré sin duda, os lo prometo; pero... Singular deleite causaría, en mí, que dejaras de lado vuestra ropa, y luego yo, también despojaré de mi cuerpo este vestido que me estorba.
El Príncipe Dragón.– Pareciera que dispuesta estáis a disfrutar de esta aventura que, al menos para vos, será la última. Me despojaré de mi ropa, que es envoltura singular como sabéis. (Se quita el saco.)
La Doncella.– Ahora quitaré yo mi camisa. Así, desnuda, veréis que soy la amante fiel que siempre habíais deseado. (Se quita el primer vestido)
El Príncipe Dragón.– Mas no veo, ni asomándome a ese cuerpo voluptuoso, vestigios de piel o de sudor alguno, ¿acaso estáis hecha de tela? ¿acaso vuestra dulce piel es de algodón, doncella mía?

La Doncella.– No más que vos, alteza mía, estáis cubierto de membranas raras. ¿Qué es esta dura piel si no?, ¿qué puede haber debajo?
El Príncipe Dragón (Se quita los zapatos).– Descubriréis que esta piel encierra más sensualidad de la que hubierais podido imaginaros. Pero, ¿qué pasa?, debéis a vuestra vez quitaros esa prenda, ese impuro vestido que cubre vuestro cuerpo, ¿qué esperáis?
La Doncella (Segundo vestido).– Ya está. Y seguimos tal como antes, pues no sabría decir si lo que veo es la envoltura de un pez, o de un lagarto, o una serpiente... No mostráis sino algo parecido al escamoso pellejo de un dragón, en fin.
El Príncipe Dragón.– ¡Pues qué esperabais! Por mi parte yo no alcanzo a distinguir mas que un tejido que me enreda, y que me quiere hacer caer. Confesad, ¡qué sortilegio tramas!
La Doncella.– ¡Oh seductor misterio!, ¡oh lamentable hechizo!
El Príncipe Dragón.– ¿Vos misma habláis de encantamientos, bruja? Terminaré contigo y tus malignas artes! ¡Venid a mí, que he de tragarte!
La Doncella.– Acabad conmigo amado mío, que luchar no quiero con vos, que sois sin duda mi destino, mi amor, mi Dios en suma.
El Príncipe Dragón.– ¿Es cierto cuanto escucho? ¿No teméis, de mí, la muerte más atroz?
La Doncella.– No, porque en verdad os amo.
El Príncipe Dragón.– Nunca esperé palabras tales; no sé qué debo hacer, el único apetito que concibo es devorarle todo el cuerpo; no quiero esta confusión que a mis entrañas viene.
La Doncella.– Acabad conmigo, lo deseo, pero antes debéis gozar del cuerpo que te espera; yo a mí vez quiero sentir, es una súplica, tu cuerpo desnudo en viva piel sobre mi carne fresca.
El Príncipe Dragón.– Muy bien, doncella; mas deberéis quitaros ahora vos primero ese vestido.
La Doncella.– Así lo haré. (Se quita el tercer vestido.)
El Príncipe Dragón.– Y yo a mí vez... (Se quita la camisa.) Mas no veo aún la piel desnuda.
La Doncella.– Hagamos otro intento. (Cuarta vestido.)
El Príncipe Dragón.– De acuerdo estoy y ansioso. (se quita unos tirantes)
La Doncella.– Parece que es preciso quitar de cada lado alguna prenda más. (Quinto vestido.)
El Príncipe Dragón.– Sí. (Se quita los pantalones.)
La Doncella.– Alguna otra, es necesario. (Sexto vestido.)
El Príncipe Dragón.– Sí. (Se quita un calcetín). Alcanzo a distinguir una pasión que nunca concebí por gente alguna; quitaos ya todas las prendas que os faltan, pues súbita emoción me invade el ser, y no sabría continuar con este asunto, sin lanzarme sobre vos y someteros al abrazo más intenso que pudo sospecharse jamás sobre este mundo.
La Doncella.– Calma, mi señor, y quitaos esa piel bestial que os falta, yo quitaré a mí vez ésta que agobia, que entorpece. (Séptimo vestido.)
El Príncipe Dragón.– Hecho está. (Se quita el moño.)
La Doncella.– No es suficiente, mas parece que con una... (Octavo vestido.) ...todo comenzará para el amor, el nuestro, como jamás imaginasteis.
El Príncipe Dragón.– Con ésta... (Se quita el segundo calcetín.) ya son ocho las pieles que cubrían mi cuerpo de dragón, no creo que falte alguna.
La Doncella.– Yo veo que sí, también a mí me sobra esta novena, la arrojaré, mas pediré que vos lancéis primero.
El Príncipe Dragón.– No aceptaré si no lo hacemos a la vez.
La Doncella.– Muy bien, hagámoslo los dos al mismo tiempo.


La Doncella se quita la camisa número nueve y todavía
conserva la décima, el Dragón parece que va a quitarse los
calzones, cuando quita, en un gesto orgásmico,
su "última piel", la máscara.

El Príncipe Dragón.– Doncella, qué habéis hecho.
La Doncella.– Esta es vuestra noche de bodas conmigo, recibidla.

La Doncella va por un atado
de ramas secas y comienza a golpear,
sin piedad, al Dragón.

El Príncipe dragón.– He de matarte. No diré más.
La Doncella.– No podéis hacer más daño. Con estas ramas de encino hago olvidar cada uno de vuestros crímenes. Destruyo un falso ser. Acabo con tu maldición.

La Doncella pega sin piedad al cuerpo del Dragón
hasta que ambos quedan exhaustos.

La Doncella.– Venid acá... necesitáis un baño; sumergíos dulcemente en esta tina que por agua tiene un mar de leche hirviente; os dormiréis después conmigo en un abrazo, ¿os place?
El Príncipe Dragón.– El baño es tan ardiente como el fuego y sin embargo me conforta, me sumerge en mí mismo y no sabría decir ya nada más con un sentido; quiero dormir profundamente.
La Doncella.– Son esos deseos que hago míos y serán cumplidos en este mismo instante. Venid a descansar marido. En este lecho despertaremos mañana en una nueva historia, seremos los futuros Rey y Reina, gobernaremos en este imperio cuando los viejos reyes falten; ya lo verás. Ahora, mi príncipe dragón, podéis dormir.


*** X ***
A la mañana siguiente; en el jardín...

El Rey.– Y... ¿habrásela comido?
El Paje.– Sin duda.
La Reina.– Pobre muchacha, tan grácil, tan esbelta... Es una lástima que haya muerto, la pobre, de ese modo.
El Rey.– Lo cierto es que el príncipe, el dragón, no ha salido todavía de su habitación, ¿qué habrá pasado?
La Doncella.– Señores, parientes míos tan dilectos, heme aquí. Yo sé que gusto os causará saber que mi vida no ha expirado, y que el dragón...
La Reina.– Es una arpía, lo dicho: ¡lo ha matado!
El Rey.– ¿Es eso cierto, pequeña, lo habéis asesinado?
El Paje.– Eso está claro, mirad: en su sonrisa satisfecha muestra la falta, el crimen, el delito, la infracción, la fechoría.
El Príncipe.– Yo no diría tanto.
Todos.– Oh... (El "príncipe" llega convertido en un absoluto imbécil: viste, habla y camina como un "Forrest Gump". Por otra parte, no tiene un pelo de tonto.)
La Reina.– ¿Y quién es este hermoso joven que se atreve a irrumpir la paz de este castillo?
El Príncipe.– Madre, ¿no reconocéis a vuestro hijo?...
La Reina.– Es cierto, el alma me lo dice, me grita. Venid acá oh sangre mía, dad un abrazo a vuestra madre que os adora.
El Rey.– ¿Ese es el príncipe?
El Paje.– Sin duda, majestad; eso es tan evidente como que vos sois el Rey y yo, pues yo soy un paje miserable.
El Príncipe.– Padre, y vos, no abrazáis a vuestro hijo.
El Rey.– No sé... Si vuestra madre os reconoce... Pues con eso a mí me basta...
El Príncipe.– Pero, majestad, oh padre mío...
La Reina.– ¡Marido!
El Rey.– ¡Ven a mis brazos, muchacho!
El Príncipe.– ¡Padre!
La Reina.– Bueno, pues ahora que el asunto, por fortuna, se ha resuelto, no os queda más que abandonar este lugar que sin dudarlo fue eventual, fue pasajero.
El Rey.– ¿A quién le habláis así?
El Príncipe.– ¿A mí?
El Paje.– ¿A mí?
La Doncella.– No, a mí... que por lo visto no tengo mucho que hacer en este sitio, adiós, me marcho.
El Príncipe.– Pero prenda mía, que decís, venid acá. Madre, tened cuidado con lo que decís.
El Rey.– Oh, sí.
El Paje.– Su majestad, debería tener cuidado.
La Reina.– Habría que meditar sin duda en el enlace que tuvisteis con esta linda muchacha, bondadosa sí, pero yo, como podréis imaginar, deseo para vos una princesa.
El Paje.– Claro, una real dama de corte muy lejana.
El Rey.– Querida, callada quedarías mejor.
El Paje.– Sí.
El Rey.– Y vos también, paje.
El Príncipe.– Madre, padre... Mal parece que escucharon mis oídos alguno que otro desatino seguramente nacido de mi imaginación y fantasía. Vos, esposa mía, no escuchaste oposición alguna, de nadie, ¿no es así?
La Doncella.– Oh, no, mi dueño y mi señor.
La Reina.– Pues yo digo que...
El Príncipe.– Padre mío, desde luego vendrán los tiempos en que vos, lo que sabéis, me lo enseñéis como es debido.
El Rey.– Será un placer, oh príncipe.
El Príncipe.– Madre mía, vuestra experiencia y artes son fuente inagotable que, sin duda, y con vuestro seguro beneplácito, sabréis transmitir a la princesa.
La Reina.– ¿Yo?
La Doncella.– ¿A mí?
El Paje.– A cuál princesa.
El Príncipe.– ¿Madre, verdad que estáis de acuerdo?
La Reina.– Oh... sí... sabré muy sabiamente conducirla con sabiduría, con fuerza y generosidad, ¿verdad, oh hija mía?
La Doncella.– Oh, claro, madre.
El Rey.– Pues no se diga más, hemos de celebrar como es preciso estos sucesos, vayamos todos juntos al salón principal de este castillo.
El Paje.– Señor, debo decir que ha tiempo que sucio y olvidado está ese sitio.
El Príncipe.– No hay de qué preocuparse, Paje.
El Rey.– No, vos limpiaréis muy bien si eso es preciso.
El Paje.– Algún malestar siento en el vientre y no sería prudente en esta parte decir abiertamente lo que opino.
El Príncipe.– Vamos, padre querido.
El Rey.– Vamos, vayamos todos juntos.

Salen Rey, Príncipe y Paje.

La Reina.– Antes que entremos, hija mía, y ya que sabiamente hemos logrado establecer lazos dichosos. Ahora, como signo de amistad, os mostraré mis más íntimos, magníficos, tesoros.
La Doncella.– Oh, gracias, madre.
La Reina.– ¡Mis rosales!
La Doncella.– Son tan... ¡hermosos!
La Reina.– Y hay algo más, como veréis, si hacéis conciencia: dos tipos de rosa son las que cultivo: blanca y roja; dos colores. Son manjar de dioses, así, sin cocinar, tiernas y frescas.
La Doncella.– ¿De verdad?
La Reina.– El mejor sabor nace al probar la unión de ambas delicias en un solo bocado.
La Doncella.– Oh, nunca lo hubiera imaginado.
La Reina.– Tomad, y vayamos con mi gran marido el Rey, también con vuestro príncipe.
La Doncella.– Notarán que hemos tardado...
La Reina.– Comedlas, si queréis, muy lentamente; más tarde, si gustáis, regresaremos por más a este jardín, y a vuestros antojos daremos, si es preciso, pronto fin.
La Doncella.– Vayamos.
La Reina.– Sí.

FIN.

Ciudad de México marzo 1993 *.

Farsa infantil de la cabeza del dragón Ramón María del Valle Inclán







Farsa infantil de la cabeza del dragón  

Ramón María del Valle Inclán





PERSONAJES 

LA SEÑORA INFANTINA 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR 

EL DUENDE 

EL PRÍNCIPE AJONJOLÍ 

EL PRÍNCIPE POMPÓN 

EL GRAN REY MANGUCIÁN 

SEÑORA REINA 

EL PRIMER MINISTRO 

UN VENTERO 

UN BUFÓN 

UNA MARITORNES 

UN CIEGO 

UN BRAVO 

LA GEROMA 

EL GENERAL FIERABRÁS 

UN PREGONERO 

EL REY MICOMICÓN 

EL MAESTRO DE CEREMONIAS 

UNA DUQUESA Y UN CHAMBELÁN 

CORO DE DAMAS Y GALANES 



ESCENA PRIMERA 

Tres príncipes donceles juegan a la pelota en el patio de armas de un castillo muy torreado, como  aquellos de las aventuras de Orlando: puede ser de diamante, de bronce o de niebla. Es un castillo de fantasía, como lo saben soñar los niños. Tiene grandes muros cubiertos de hiedra, y todavía no ha sido restaurado por los arquitectos del Rey. ¡Alabemos a Dios! 


EL PRÍNCIPE AJONJOLÍ. ¿Habéis advertido, hermanos, cómo esta pelota bota y rebota? Cuando la envío a una parte, se tuerce a la contraria. 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. ¡Parece que llevase dentro a un diablo enredador! 

EL PRÍNCIPE POMPÓN. ¡Parece haberse vuelto loca! 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. ¡Antes sería preciso que esa bola llena de aire fuese capaz de tener juicio alguna vez! 

EL PRÍNCIPE POMPÓN. ¿Por qué lo dudas? ¿Porque está llena de aire? El aire, el humo y el vacío son los tres elementos en que viven más a gusto los sabios. 

EL PRÍNCIPE AJONJOLÍ. ¡Bien dice el Príncipe Pompón! ¿No vemos al Primer Ministro del Rey nuestro padre? ¡Unos dicen que tiene la cabeza llena de humo! ¡Otros, que de aire! ¡Y otros, 
que vacía! 

EL PRÍNCIPE POMPÓN. ¡Y, sin embargo, todas las gacetas ponderan sus discursos y pregonan que es un sabio, Príncipe Ajonjolí! El Rey nuestro padre le confía el gobierno de sus Estados. 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Pero ya sabéis lo que dice la Reina nuestra madre, cuando le repela las barbas al Rey nuestro padre: ¡Una casa no se gobierna como un reino! ¡Una casa requiere 
mucha cabeza! Y el Rey nuestro padre le da la razón. 

EL PRÍNCIPE AJONJOLÍ. Porque es un bragazas. Pero el Primer Ministro no se la da, y dice que todas las mujeres, reinas o verduleras, son anarquistas. 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Vamos a terminar el partido. 

EL PRÍNCIPE POMPÓN. No se puede con esta pelota. Está de remate. ¡Mirad qué tumbos! 

EL PRÍNCIPE AJONJOLÍ. Tú eres quien está de remate. La has metido por la ventana del torreón. 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Voy a buscarla. 

EL PRÍNCIPE AJONJOLÍ. Está cerrada la puerta, Príncipe Verdemar. 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. ¿Dónde está la llave, Príncipe Ajonjolí? 

EL PRÍNCIPE AJONJOLÍ. La Reina la lleva colgada de la cintura. 

Se oye la voz de un duende que canta con un ritmo sin edad, como las fuentes y los pájaros, como el sapo y la rana. Los ecos del castillo arrastran la canción, y en lo alto de las torres las cigüeñas 
escuchan con una pata en el aire. La actitud de las cigüeñas anuncia a los admiradores de Ricardo Wagner. 

EL DUENDE. 
¡Dame libertad, 
paloma real! 
¡Palomita que vuelas tan alto, 
sin miedo del gavilán! 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. ¿Quién canta en el torreón? ¡No conozco esa voz! 

EL PRÍNCIPE AJONJOLÍ. Un duende del bosque, Mingo Mingote el jardinero lo cazó con un lazo, y hoy lo presentó como regalo a nuestro padre el Rey. 

EL PRÍNCIPE POMPÓN. Yo nunca vi duendes, ni tampoco creí que los hubiese. Los duende, las brujas, los trasgos, las hechicerías, ya no son cosa de nuestro tiempo, hermanos míos. Ése 
que el jardinero ha cazado en el bosque no será duende. 

EL PRÍNCIPE AJONJOLÍ. Yo lo vi, y tiene de duende toda la apariencia, Príncipe Pompón. 

EL PRÍNCIPE POMPÓN. ¡Mucho engañan los ojos, Príncipe Ajonjolí! 


EL DUENDE asoma la cabeza entre dos almenas. Tiene cara de viejo: Lleva capusay1 de teatino2, y 
parece un mochuelo con barbas, solamente que bajo las cejas, grandes y foscas, guiña los ojos con 
mucha picardía, y a los lados de la frente aún tiene las cicatrices de los cuernos con que le vieron 
un día los poetas en los bosques de Grecia. 
_________________________________________


1 Capusay: vestidura corta que sirve de capa y sayo. 

2 Teatino: fraile de la orden religiosa fundada por San Cayetano de Thiene. 
__________________________


EL DUENDE. Ábreme la puerta de mi cárcel, primogénito del Rey, Príncipe Pompón, y serás feliz en 
tu reinado. La gracia que me pidas, ésa te daré. 

 EL PRÍNCIPE POMPÓN. Devuélveme la pelota y te abriré la puerta. 

 EL DUENDE. ¿Me lo juras? 

 EL PRÍNCIPE POMPÓN. Mi palabra es de Rey. 

EL DUENDE. Ahí va la pelota. 

EL PRÍNCIPE POMPÓN. ¡Gracias! 

EL DUENDE. Dame libertad. 

EL PRÍNCIPE POMPÓN. No puedo. 

EL DUENDE. ¿Y tu palabra, Príncipe Pompón? 

EL PRÍNCIPE POMPÓN. Mi palabra no es una llave. 

EL DUENDE. Ni tu fe de Rey. 

Desaparece EL DUENDE haciendo una cabriola. Vuelve a oírse su canción, y las cigüeñas cambian  de pata, para descansar antes de caer en el éxtasis musical. 

EL PRÍNCIPE POMPÓN. Vamos a jugar, hermanos. 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Yo salgo el primero. 

EL PRÍNCIPE AJONJOLÍ. Quien sale soy yo. 

EL PRÍNCIPE POMPÓN. Yo debo salir, que soy el primogénito. 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. En el juego de pelota eso no vale. 

EL PRÍNCIPE AJONJOLÍ. Lo echaremos a suerte. El que bote más alto la pelota aquél sale. 

La sopesa y pasa de una mano a otra, toma plaza y le hace dar un bote tan alto, que casi toca el pico de las torres. Vuelve a tierra la pelota, y en el bote se entra por la ventana del torreón. 

EL DUENDE. 
¡Dame libertad, 
paloma real! 
¡Palomita que vuelas tan alto, 
sin miedo del gavilán! 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Ya nos quedamos sin pelota. Has estado muy torpe. 

EL PRÍNCIPE AJONJOLÍ. El Duende nos la devolverá. ¡Señor Duende!... ¡Señor Duende!... 

EL DUENDE. 
¡Dame libertad, 
paloma real! 
¡Palomita que vuelas tan alto, 
sin miedo del gavilán! 

TODOS LOS PRÍNCIPES. ¡Señor Duende! ¡Señor Duende! 

Aparece otra vez EL DUENDE entre las almenas, y en lo más alto de las torres puntiagudas, las cigüeñas cambian de pata. EL DUENDE saluda con una pirueta. 

EL DUENDE. ¡Señores Príncipes! ¡Servidor de ustedes! 

EL PRÍNCIPE AJONJOLÍ. Devuélveme la pelota. 


EL DUENDE. Con mil amores te devolvería la pelota, si tú me devolvieras la libertad. ¿Me abrirás la 
puerta? 

EL PRÍNCIPE AJONJOLÍ. Te la abriré. 

EL DUENDE. ¿Me lo juras? 

EL PRÍNCIPE AJONJOLÍ. Palabra de Rey. 

EL DUENDE. ¡No! Palabra de Rey no. 

EL PRÍNCIPE AJONJOLÍ. ¿Pues qué palabra quieres? Yo no puedo empeñarte otra. Si no soy Rey, nací para serlo, y mi palabra es conforme a mi condición. 

EL DUENDE. ¿Y no me podrías dar palabra de hombre de bien? 

EL PRÍNCIPE AJONJOLÍ. Me estás faltando al respeto que se me debe como Príncipe de la sangre. 
Hombre de bien se dice de un labrador, de un viñador, de un menestral1. Pero nadie es tan insolente que lo diga de un Príncipe. Hombre de honor se dice de un capitán, de un noble, 
de un duelista y de algunos pícaros que se baten con espadas de cartón. 
__________________________________________

1 Menestral: persona que tiene un oficio mecánico. 
_________________________

EL DUENDE. Ya sé que las espadas y los sables de cartón son la mejor tramoya para presumir de caballero. 

EL PRÍNCIPE AJONJOLÍ. A un Príncipe no se le puede llamar ni hombre de bien ni hombre de honor. 
Es depresivo. 

EL DUENDE. ¿Para quién? 

EL PRÍNCIPE AJONJOLÍ. Para mi sangre azul. 

EL DUENDE. Príncipe Ajonjolí, tendré entonces que conformarme con tu palabra real. Ahí va la pelota. 

EL PRÍNCIPE AJONJOLÍ. Gracias. 

EL DUENDE. Cumple tu promesa. 

EL PRÍNCIPE AJONJOLÍ. Mañana la cumpliré. Yo no te dije que fuese ahora. Mañana veré a un herrero y le encargaré una llave. 

EL DUENDE. Antes de esta noche vendrá el verdugo. 

EL PRÍNCIPE AJONJOLÍ. Si eres duende, procura salir por la chimenea. ¡Hermanos, vamos a continuar el partido! 

EL PRÍNCIPE AJONJOLÍ hace botar la pelota. EL DUENDE guiña un ojo inflando las mejillas, y la pelota salta a pegar en ellas, reventándoselas en una gran risa. ¡Es el imán de las conjunciones grotescas! 

EL DUENDE. De esta vez, Príncipes míos, no tendréis la pelota sin abrirme la puerta primero. 

LOS PRÍNCIPES. ¡Vuélvela! ¡Vuélvela! 

EL DUENDE. Os vuelvo vuestras promesas reales, que os servirán mejor que la pelota. ¡Son más huecas y más livianas! 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Duende, dame la pelota, y cumpliré como hombre de bien, como caballero y como Príncipe. 

EL DUENDE. No tienes la llave del torreón, Príncipe Verdemar. 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Mis hermanos y yo derribaremos la puerta. 

EL DUENDE. ¿Con qué? 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Con los hombros. 

EL DUENDE. Es muy fuerte la puerta, y antes de derribarla os habría salido joroba. Príncipes míos, estaríais muy poco gentiles. 

EL PRÍNCIPE AJONJOLÍ. Nuestro padre el Rey castigará tu insolencia. 

EL PRÍNCIPE POMPÓN. El verdugo cortará tu cabeza. 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Me duele que el engaño de mis hermanos te haga dudar de mi palabra. 


EL DUENDE. Príncipe Verdemar, allí viene la Reina vuestra madre, muy señora mía. Pídele la llave, que la lleva en la faltriquera. 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. No me la daría. 

EL DUENDE. Llega a tu madre, y dile que te mire en la oreja derecha, porque te duele. Y mientras ella mira, mete la mano con tiento en su faltriquera1 y saca la llave. 

____________________________________________
1 Faltriquera: bolsillo que se atan las mujeres a la cintura. 

2 Lebrel: variedad de perro muy apto para la caza de las liebres. 
__________________________________________________


Sale Señora REINA con su corona. Un paje le recoge la cola del manto, un lebrel2 le salta al costado, en el puño sostiene un azor. 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Miradme en este oído, madre. 

LA REINA. ¿Qué tienes? 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Una avispa se me ha entrado y me zumba dentro. 

LA REINA. No veo nada. 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Dejadlo, madre, ya saldrá. 

Señora REINA se agachaba para mirar en la oreja del PRÍNCIPE. El muchacho, guiñando un ojo, le hurtaba la llave de la faltriquera. ¡La rica faltriquera cosida con hilo de oro, hecha con el raso de 
un jubón que en treinta batallas sudó Señor REY! Se va Señora REINA. EL PRÍNCIPE VERDEMAR abre la puerta del torreón y sale EL DUENDE. 

EL DUENDE. Gracias, Príncipe mío. Si alguna vez necesitas el valimiento de un duende, no tienes más que llamarme. Toma este anillo. Cuando te lo pongas me tendrás a tu lado. 

EL PRÍNCIPE POMPÓN. Nuestro padre te hará castigar cuando sepa que has abierto la puerta del torreón y dado libertad al Duende. 

EL PRÍNCIPE AJONJOLÍ. Vámonos a jugar en otra parte. No viéndonos aquí, nadie sospechara de nosotros. 

EL PRÍNCIPE POMPÓN. ¿De nosotros dices, Príncipe Ajonjolí? Tú y yo estamos libres de toda culpa. 

EL PRÍNCIPE AJONJOLÍ. ¿Y si nos culpan a los tres? 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Si culpan a los tres, yo me declararé el solo delincuente. 

EL PRÍNCIPE POMPÓN. Ahí llega el Rey, nuestro padre. 

EL REY. Quiero que veáis al Duende, enredador y travieso, que deshoja las rosas en mis jardines reales, que cuando pasa la Reina sacude sobre su cabeza las ramas mojadas de los árboles, 
que en las cámaras de mi palacio se esconde, para fingir un eco burlesco, y que en lo alto de la chimenea se mofa con una risa hueca, que parece del viento, cuando me reúno en Consejo con mis Ministros. En los parques reales lo cazó mi jardinero, a quien acabo de recompensar con un título de nobleza. Y en memoria de este día, tan fausto en mi reinado, mandare grabar una medalla. 

EL PRIMER MINISTRO. ¡Oh Rey! Mejor sería un sello de Correos. Sirve, como la medalla, de conmemoración y aumenta las rentas del Tesoro. 

EL REY. No había pensado en ello. En cuanto a los Príncipes, mis hijos, quiero asociarlos a esta alegría de mi pueblo, como padre y como Rey. Príncipe Pompón, tuyo es mi caballo. 
Príncipe Ajonjolí, tuyo es mi manto de armiño. Príncipe Verdemar, tuya es mi espada. 

LOS PRÍNCIPES. Gracias, señor. 

EL REY. Pedid a la Reina la llave del torreón. 

EL PRIMER MINISTRO. Señor, la puerta esta franca. 

EL REY. ¡Cómo! ¿Quién fue el traidor que dio libertad al duende? 


Señora REINA acude llorando. Con el hipo que trae, la corona le baila en la cabeza. El azor que lleva en el puño abre las alas, el lebrel que lleva al costado se desata en ladridos. Y saca la lengua, 
acezando1, el paje que le sostiene la cola del manto real. 
__________________________________

1 Acezar: jadear. 

2 Esparaván: tumor en la pierna de algunos animales que puede producir una cojera incurable. 

3 Lar: Sitio de la lumbre en la cocina. 
_______________________________________

LA REINA. ¡Me han robado la llave! ¡Me han robado la llave! ¡Hay traidores en el palacio! ¡Estamos como en Rusia! 

EL REY. ¡Peor que en Rusia, porque aquí no hay Policía! Quisiera yo ahora comerme el corazón crudo y sin sal del que ha dado suelta a mi presa. ¡Vamos! Avisad a mi médico para que me sangre. 

Los señores REYES se parten con el cortejo de sus palaciegos. Señor REY lleva la cara bermeja, como si acabase de abandonar los manteles. Señora REINA no cesa de hipar, haciendo bailar la 
corona. Se quedan a solas los tres PRÍNCIPES. 

EL PRÍNCIPE POMPÓN. ¡Buen regalo me ha hecho mi padre! Un rocín con esparavanes2 que no resiste encima el peso de una mosca. 

EL PRÍNCIPE AJONJOLÍ. ¡Pues a mí, con su manto sudado en cien fiestas reales! 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Yo estoy contento con mi espada. 

EL PRÍNCIPE POMPÓN. ¡Como que no tiene ni una mella! 

EL PRÍNCIPE AJONJOLÍ. Mal podía tenerla no habiendo salido de la vaina. ¿Quieres cambiármela por el manto? 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. No, hermano mío. 

EL PRÍNCIPE POMPÓN. ¿A mí, por el caballo? 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. No. 

EL PRÍNCIPE AJONJOLÍ. ¿Por el manto y un sayo nuevo? 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Me la dio mi padre, y no la cambio por nada del mundo. 

EL PRÍNCIPE POMPÓN. Tú no tienes derecho a ningún regalo del Rey. Cuando sepa que has dado libertad al duende te degollará con esa misma espada que ahora no quieres cambiarme por el caballo. 

EL PRÍNCIPE POMPÓN arruga la frente y mira en torno con mirada torva. EL PRÍNCIPE AJONJOLÍ hace lo mismo. Los dos cambian una mirada a hurto de su hermano y se van. EL PRÍNCIPE VERDEMAR queda solo y suspira contemplando el azul. 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Mis hermanos me delatarán y mi padre se comerá mi corazón crudo y sin sal. Debí haber dejado que se llevasen la espada. Tendré que huir de este palacio donde he 
nacido. Sólo siento no poder besar las manos de mi madre y decirle adiós… ¡Y pedirle algunos doblones para el viaje! 

ESCENA SEGUNDA 

Una venta clásica en la encrucijada de dos malos caminos. Arde en el vasto lar3 la lumbrada de urces y tojos. En la chimenea ahúma el tasajo, en el pote cuece el pernil. LA MARITORNES pela una 
gallina que cacarea, el mastín roe un hueso y EL VENTERO, con su navaja de a tercia, pica la magra longaniza. Se albergan en la venta un PRÍNCIPE y un BUFÓN. El azar los ha juntado allí y 
ellos han hecho conocimiento. 


EL VENTERO. Date prisa, Maritornes. Sirve a estos hidalgos. ¿Qué desean sus mercedes? 

EL BUFÓN. Beber y comer. 

EL VENTERO. ¿Está repleta la bolsa? 

EL BUFÓN. Está vacía la andorga1. ¿Cuándo has visto tú que estuviese repleta la bolsa de un pobre 
bufón que sólo espera poder embarcarse para las Indias? 
______________________
1 Andorga: vientre. 

2 Soldada: sueldo. 
_______________________________________________


EL VENTERO. ¿No estabas al servicio de la hija del Rey Micomicón? 

EL BUFÓN. ¡Pobre señora mía! 

EL VENTERO. ¿Se ha casado? 

EL BUFÓN. Hace tres días que toda la Corte viste por ella de luto. 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. ¿Cómo puede ser estando viva? Yo la he visto pasear en los jardines de su palacio, y quedé maravillado de tanta hermosura. 

EL BUFÓN. Bien se advierte que sois nuevos en este reino y no tenéis noticia de la presencia del Dragón. Hace tres días que ruge ante los muros de la ciudad, pidiendo que le sea entregada 
la Señora Infantina. Salieron a combatirle los mejores caballeros, y a todos ha vencido y dado muerte. 

EL VENTERO. El Dragón es animal invencible, y salir a pelear con él, la mayor locura. 

EL BUFÓN. Por eso, yo, antes de verme en tal aprieto, dejo el servicio de la Señora Infanta y me embarco para dar conferencias en las Indias. 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Pues a ti no te estaría mal salir con tus cascabeles a pelear con el Dragón. 
¿No eres loco? ¿No has vivido de decir locuras en la Corte? 

EL BUFÓN. De decirlas, pero no de hacerlas, amigo mío. Hacerlas es negocio de los cuerdos. Los bufones somos como los poetas. 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. A fe que no alcanzo la semejanza. 

EL BUFÓN. Un poeta acaba un soneto lleno de amorosas quejas, la mayor locura sutil y lacrimosa, y tiene a la mujer en la cama con la pierna quebrada de un palo. Aparenta una demencia en sus versos y sabe ser en la vida más cuerdo que un escribano. ¿Ves ahora la semejanza? 
Pues aún hay otra. Cuando la música de los versos y la música de los cascabeles no bastan aquí para llenar la bolsa, bufones y poetas nos embarcamos para dar conferencias en las Indias. 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. ¿Tú piensas presentarte con tal sayo en esas tierras lejanas? Procura llegar en Carnaval, que si no habrán de seguirte tirándote piedras. 

EL BUFÓN. Sería una manera de anunciarme. Pero este vestido solamente pienso llevarlo en tanto no ahorre para otro. ¡Salí del palacio sin cobrar mi soldada2 de todo un año! 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. ¿Tanto enojo causaste con tu despedida a la Infantina? Lo comprendo, porque fue ingratitud muy grande dejarla cuando más necesitaba que la divirtieses con tus 
burlas y donaires. 

EL BUFÓN. ¿Imaginas que hay burlas capaces de divertir a quien espera la muerte entre los dientes de un terrible Dragón? Los bufones somos buenos para la gente holgazana y sin penas. Yo 
lo aprendí pronto, y sólo después de los banquetes dije donaires en el palacio del Rey Micomicón. Si corriste mundo, habrás visto cómo en España, donde nadie come, es la cosa más difícil el ser gracioso. Sólo en el Congreso hacen allí gracia las payasadas. Sin duda porque los padres de la Patria comen en todas partes, hasta en España. Por lo demás, si no cobré mis salarios fue por estar vacías las arcas reales. 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. ¿Tan mal anda el noble Rey Micomicón? 

EL BUFÓN. ¡Gasta mucho esa gente! 


Asoma en la puerta de la venta un CIEGO de los que la gente vieja aún llama evangelistas, como en los tiempos de José Bonaparte: Antiparras1 negras, capa remendada, y bajo del brazo, gacetas y 
romances. De una cadenilla, un perro sin rabo, que siempre tira olfateando la tierra. 

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1 Antiparras: gafas. 

2 Carcamán: buque grande, malo y pesado. 

3 Esportillada: rota. 
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EL CIEGO. ¿Adónde estás, Bertoldo? 

EL BUFÓN. Acá, compadre Zacarías. 

EL CIEGO. ¿Estás solo? 

EL BUFÓN. Sólo con un amigo que me hace la merced de pagarme la cena. Acércate. 

EL CIEGO. Llama al perro para que me guíe. 

EL BUFÓN. ¿Cómo se llama tu perro? 

EL CIEGO. De varias maneras. La mejor es llamarle enseñándole una tajada. 

EL BUFÓN toma de su plato un hueso casi mondo y lo levanta en el aire como un trofeo. El can comienza por mover el muñón del rabo y se lanza a tirar de la cadena, la boca abierta en grande y 
famélico bostezo. 

EL BUFÓN. Toma Salomón. 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Maritornes, añade un cubierto para este nuevo amigo. 

EL CIEGO. ¡Gracias, generoso caballero! 

EL BUFÓN. Compadre Zacarías, ¿tu perro ha sido hombre alguna vez? 

EL CIEGO. Nunca me lo ha dicho. 

EL BUFÓN. Pues al ver la tajada hizo tales demostraciones… ¡O será que todos los hombres primero han sido perros! 

LA MARITORNES pone en la mesa el cordero, que humea y colma la fuente de loza azul, tamaña como un viejo carcamán2 y esportillada3. 

LA MARITORNES. Aquí está el cordero. 

EL CIEGO. ¡Buen olor despide! 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. ¿No pensabas hallar tan buena mesa? 

EL CIEGO. Cierto que no. 

EL BUFÓN. Éste es el ciego que vende las gacetas públicas en el palacio del Rey Micomicón. 

EL CIEGO. Que las vendía, compadre Bertoldo. Era oficio tan ruin, que apenas daba para malcomer, 
y lo he dejado. Los reyes no pagan nunca a quien les sirve. Encomiendan a los cortesanos esas miserias, y los cortesanos las encomiendan a los lacayos, y los lacayos, cuando llegas a 
cobrar, salen con un palo levantado. 

EL BUFÓN. De ese mismo paño tengo yo un sayo, compadre Zacarías. ¿Y cómo es hallarte en esta venta? 

EL CIEGO. He venido a esperar el navío que sale para la Indias. 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Se despuebla el reino de Micomicón. Por todos los caminos hallé gente que acudía a esperar ese navío. Sólo quedarán aquí los viejos y los inútiles. 

EL BUFÓN. ¡Los viejos, los inútiles! ¿Qué locuras estás diciendo? En otro tiempo algunos hubo; pero ahora se ha dado una ley para que los automóviles los aplasten en las carreteras. ¿De 
qué sirve un viejo de cien años? ¿De qué sirve una vieja gorda? ¿Y los tullidos que se arrastran como tortugas? Ha sido una ley muy sabia, que mereció el aplauso de toda la corte. Así se hacen fuertes las razas. Tú es posible que no lo halles bien, porque eres un 
sentimental. Lo he conocido desde el primer momento, en cuanto me convidaste a cenar. 
¡Eres un sentimental! 


EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Te convidé porque quiero pedirte nuevas de la Infantina. 

EL BUFÓN. ¡Ja!…, ¡Ja! Un sentimental. ¿Qué dices tú, compadre Zacarías? 

EL CIEGO. ¡Un sentimental! 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. A ti te convidé porque jamás contemplaste a la Princesa y su hermosura 
no puede moverte. El bien que tú digas de ella no nacerá del encanto de tus ojos. ¡Ojalá todos los que hablan de una mujer cegasen antes de verla, que así sería más cuerdo el juicio 
y habría menos engañados! Yo la vi un momento pasar entre los laureles del parque real, y sólo con verla nació en mí el deseo de vencer al Dragón. 

EL CIEGO. Dicen que sólo con una espada de diamante podría dársele la muerte. 

EL BUFÓN. Y ello es declararle inmortal, porque no existen espadas tales. 

Entra un famoso rufián, que come de ser matante y cena de lo que afana la coima1 guiñando el ojo a los galanes, cuando se tercia. La coima viene con él. 

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1 Coima: concubina, amante. 

2 Bergante: pícaro, sinvergüenza. 

3 Costalada: golpe que alguien da al caer de espaldas o de costado. 
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EL BRAVO. ¿Es aquí donde se cena de balde? Siéntate, Geroma. 

GEROMA. Dile a esos que me dejen sitio, Espandián. 

EL BRAVO. ¡Hola, bergantes2! Haced un puesto a mi dama. 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Una silla para la Señora Geroma. 

Remedando los modos de la Corte, EL BUFÓN ofrece una silla a la Señora GEROMA. ESPANDIÁN alarga su terrible brazo y la toma para sí, afirmándola en el suelo con un golpe que casi la 
esportilla y mirando en torno, retador. Cuando va a sentarse, EL PRÍNCIPE VERDEMAR le derriba la silla. Da una costalada3 el matante y se levanta poniendo mano al espadón. 

EL BRAVO. ¿Son éstas chanzas o veras? 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Veras y muy veras, Señor Espandián. 

EL BRAVO. Está bien, porque de chanzas tan pesadas no gusta el hijo de mi madre. 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Señora Geroma, aquí está vuestra silla. 

GEROMA. Gracias, gentil caballero. 

EL BRAVO. Y mi silla, ¿dónde está? 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Sólo aquellos que yo convido tienen puesto en mi mesa, Señor Espandián. 

EL BRAVO. ¡Tú quieres que riñamos! 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Eso lo dejo a tu capricho. En todo caso, sería después de haber servido a 
la Señora Geroma. 

EL BUFÓN. El favor que se hace a la Señora Geroma lo recibe el Señor Espandián, y no será tan  ingrato que quiera pagarlo con una estocada. 

GEROMA. Espandián, marido mío, deja quieta la tajante. Repara con cuánta cortesía me trata este  caballero y muéstrate agradecido. 

EL BRAVO. Porque reparo cómo te escancian de beber y te colman de plato, hablo así. ¿Dónde ha nacido ese uso bárbaro de que coma la mujer y ayune el marido? ¿Es de la Grecia? ¿Es de 
la Roma? ¿Es de las tierras de Oriente? ¡No! Es de una región salvaje, para mí desconocida y para ti también, Geroma. Y si este caballero quiere implantar aquí tan afrentosos usos, yo 
se lo estorbaré con mi espada. Geroma, ese plato es mío, ese vaso es mío, esa silla es mía también. 

GEROMA. ¿Por qué? 

EL BRAVO. Porque tú eres mía, según la Epístola de San Pablo. 

GEROMA. ¡Deja el vaso! 

EL BRAVO. Ya te dije que es mío. 


GEROMA. ¡Dame el plato! 

EL BRAVO. Ya te dije que es mío 

GEROMA. ¡Borracho, rufián, apaleamujeres! 

Se alegra la venta con tumulto. ESPANDIÁN, tras de apurar el vaso de un solo trago, arrebata a la coima el plato lleno de cordero y pringue1. La señora GEROMA saca las uñas, arañándole la cara, y el rufián, puesto en pie, le escacharra el plato en mitad de la cabeza. 

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1 Pringue: grasa. 

2 Antruejo: carnaval (cara de antruejo: careta de carnaval). 

3 Broquel: escudo. 
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EL BRAVO. Geroma, a mí puedes arañarme. Un hombre como yo conoce lo que son señoras. Pero ¡cuida de no decir una sola palabra ofensiva para mi honor! 

GEROMA. ¡Vuélveme el plato! 

EL BUFÓN. A una mujer se la mata, pero no se la falta. Seguro estoy de que se hallaría más conforme, con que le hubieses quitado la vida, la Señora Geroma. 

GEROMA. ¡Qué hablas tú, cara de antruejo2! 

EL BUFÓN. Hablo en vuestra defensa, Señora Geroma. 

EL BRAVO. Yo basto para su defensa. Geroma, quédate siempre en las palabras, que por ser tuyas no me ofenden. Pero la mujer debe obediencia al marido, y si lo olvidas, he de recordártelo, 
no por mí, sino por la devoción que tengo al santo Apóstol San Pablo. 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Cesad en vuestro llanto, Señora Geroma, y decid a vuestro marido que yo 
le pagara la cena si fuera mayor su cortesía. 

EL BRAVO. Con poca o mucha cortesía, ya veis cómo he cenado a vuestra costa. Y si queréis cobraros, sacad la espada. 

Derribando la silla, se levanta ESPANDIÁN, y, con la capa revuelta al brazo, a guisa de broquel3, y la espada en la mano, toma campo en mitad de la cocina. EL PRÍNCIPE pone también mano a su espada. Riñen con mucho estruendo, y EL PRÍNCIPE VERDEMAR hiere a ESPANDIÁN. El perro del 
CIEGO, en un rapto de risa, se muerde el rabo. 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Ya te has cobrado. 

EL BRAVO. Ya puedes decir que eres un valiente. Dame la mano. Cruzaste noblemente tu acero con 
Espandián y no te guardo rencor. Claro está que yo no desenvolví todo mi juego. Eres tan niño, que al ver tu cara de arcángel me entraba no sé qué compasión, y parecía que el brazo 
se me quedaba sin fuerza. Habrás visto que por dos veces pude matarte: Una, de un bote recto; otra, de una flanconada. 

GEROMA. En mitad del corazón he recibido yo esa estocada. Vos no sabéis, señor, el genio de este hombre cuando está herido. ¿Veis mis carnes tan blancas? Serán de negro terciopelo mañana. 

EL BUFÓN. Tiene la herida en el brazo, Señora Geroma. 

GEROMA. ¡Ay! Mi Espandián es ambidiestro. 

EL BRAVO. Este joven caballero ha visto que le perdoné la vida, y me hará la merced de prestarme algunos doblones para curarme. 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Ni las tretas de vuestra espada, ni vuestras palabras, tienen poder para abrir mi bolsa. Si estáis arrepentido de haberme perdonado la vida, podéis cobraros 
volviendo a reñir, puesto que sois ambidiestro. 

EL BRAVO. ¡Volveremos a reñir! ¡Te abriré la sepultura con mi espada! 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Vamos a verlo. 

EL BRAVO. Ahora, no. Ya sabrás de mí. Cuéntate con los muertos. 


Al abrirse la puerta de la cocina para dejarle paso, se ve la noche azul y una gran luna sangrienta. Sale arrastrando de un brazo a la coima. 

EL BUFÓN. Volverá, no lo dudéis. Es el jefe de una banda de malhechores, y volverá con sus compañeros. Si queréis salvar la vida, debéis huir. 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Ya habéis visto que sé defenderme con la espada en la mano. 

EL BUFÓN. Pero contra el número nada puede la destreza. ¿No habéis oído un silbido? Es la señal para reunir a su gente. Atrancad, Maese Trabuco. 

EL VENTERO avizora desde la puerta, en la oscuridad de la noche, y luego, con las manos temblonas, cierra y pone la tranca. LA MARITORNES bate los dientes apretando los ojos. Dos 
gallos cacarean en la caponera, rosman1 el gato y el perro, y EL BUFÓN, como un perlático2, hace sonar sus mil cascabeles. 

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1 Rosmar: gruñir (galleguismo). 

2 Perlático: persona que padece temblores. 

3 Criba: cuero agujereado. 

4 Basquiña: saya que usaban las mujeres sobre la ropa para salir a la calle. 
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EL VENTERO. Se divisan bultos de embozados que se ocultan en el quicio de las puertas. En cuanto pongáis el pie fuera de estos umbrales os matarán. 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. ¿Y pensáis que habré de encerrarme aquí como en un castillo encantado? Vamos afuera. 

EL VENTERO. En ese caso, dejad saldada nuestra cuenta. 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Toma. 

Le arroja una bolsa llena de oro. EL VENTERO la recoge en el aire, haciendo una pirueta. Va EL PRÍNCIPE a salir, y EL BUFÓN se le pone delante abriendo los brazos. 

EL BUFÓN. A un caballero tan generoso, que nos ha pagado la cena de esta noche, y que puede pagarnos la de otras, yo no le consiento que vaya a morir como una res. 

EL CIEGO. Ni yo. 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Dejadme. 

EL BUFÓN. Si quieres salir, puedes hacerlo con un disfraz. 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Dejadme os digo. 

EL CIEGO. Una cosa es ser valiente y otra es ser temerario. 

LA MARITORNES. ¡Qué dolor! ¡Un caballero tan joven y tan bien parecido! 

EL VENTERO. Tomad un disfraz, como os aconseja el compadre Bertoldo. 

EL BUFÓN. ¿Ves esta criba3? Así te pondrán la piel. 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Abrid la puerta. Veréis cómo mi espada me asegura el camino. 

LA MARITORNES. Gentil caballero, ¿por qué no tomáis un disfraz como os aconsejan vuestros 
amigos? ¿Queréis mi basquiña4? 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. ¡Jamás! 

EL BUFÓN. Tomad mi traje de bufón. ¡Siempre que me dejéis el vuestro! 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. ¡Sea! Tal vez tu traje me ayude en mis designios. 

EL VENTERO. Entrad ahí. 

Desaparecen por un arco que hay en el muro, y casi al mismo tiempo se oye fuera el rumor de los brigantes que manda ESPANDIÁN. A poco llaman en la puerta con el pomo de los puñales. 

EL BRAVO. ¡Maese Trabuco! 

EL VENTERO. ¿Quién va? 


EL BRAVO. ¡Abrid con mil diablos! 

EL VENTERO. ¿Quién va digo? 

EL CIEGO. ¡Espandián con su gente! ¡El Juicio Final! 

EL BRAVO. ¡Derribad la puerta, amigos míos! 

EL VENTERO. Esperad. ¿Sois el Señor Espandián? 

EL BRAVO. Al fin reconoces mi voz, bergante. 

EL VENTERO. Pero ¿por qué no decíais vuestra gracia? Esperad, que voy por la llave. ¡Daos prisa vosotros! 

Abre la puerta. Entra ESPANDIÁN con su banda. Todos miran de través. Unos se tuercen el mostacho, otros se llevan la mano al puño de la espada, otros permanecen en la sombra, con el 
embozo a los ojos. ESPANDIÁN se adelanta. Y a todo esto, EL PRÍNCIPE VERDEMAR se desliza pegado al muro, vestido de bufón. Hace una reverencia y sale a la noche quimérica y azul, bajo la cara chata de la luna. MARITORNES suspira. 

EL BRAVO. ¿Dónde está ese tocino del cielo? 

EL VENTERO. ¿Dónde está ese mozuelo atrevido? Llámale, Maritornes. Que me pague la cuenta, y 
luego la suya al Señor Espandián. 

LA MARITORNES. ¡Caballero, salid! Acá os buscan. ¿Para qué digo que le buscáis? 

EL BRAVO. Para una urgencia. Pero yo iré a sacarle de su escondite. 

Pasa bajo el arco ESPANDIÁN, con la espada desnuda, y sale trayendo suspendido del cuello al BUFÓN, que aparece en pernetas con calzones de franela amarilla. Entre las manos del BUFÓN cuelga lacio el vestido de EL PRÍNCIPE VERDEMAR. 

EL BUFÓN. Me habéis salvado la vida, Señor Espandián. Poco faltó para que ese mozuelo me pasase con su espada. Al pecho me la puso para que le entregase mi sayo. ¡Y no paró ahí! Quiso 
obligarme a que me pusiese se vestido para que me confundieseis con él y me mataseis. Me habéis salvado, Señor Espandián. ¡Dejadme que os bese las manos! 

EL BRAVO. No sé por qué, pero todo lo que cuentas se me antoja una fábula. ¡Ay de ti si fuiste cómplice en el engaño! Venga ese traje. 

EL BUFÓN. Dejad que me lo ponga. Ya deshecho el engaño, no hay reparo… 

EL BRAVO. Venga, digo. 

EL BUFÓN. ¿Me dejaréis morir de frío? Ya me he resfriado. 

Abre la boca con un gran estornudo y hace la santiguada. El matante pasa a las manos de la coima el vestido de EL PRÍNCIPE VERDEMAR. La Señora GEROMA remira los calzones al trasluz. 

GEROMA. Algo pasado está. Pero yo te lo dejaré como nuevo. 

EL BUFÓN. Maritornes, ¿quieres prestarme tu basquiña? 

LA MARITORNES. Solo tengo la puesta. 

EL BUFÓN. ¿No te da compasión de verme temblar? 

LA MARITORNES. Acercaos al fuego. 

Salta sobre el hogar y se sienta en la boca del pote, embullando y farsando para desarrugar el ceño del matante. Se oye fuera un pregón. 

GEROMA. ¿Será el pregón de tu cabeza, Espandián? 

EL BUFÓN. Entonces me haríais el favor de dejarme el vestido. 

EL PREGONERO. ¡Oíd! El poderoso Rey Micomicón hace saber a todos, caballeros y villanos, que  aquel que diese muerte al Dragón, salvando la vida de la Señora Infantina, será con ella desposado. El poderoso Rey Micomicón dará en dote la mitad de su reino a la Señora Infantina. 

EL BRAVO. He ahí una empresa digna de mi brazo. Geroma, tendré que repudiarte. 


ESCENA TERCERA 

En un jardín del Palacio del REY MICOMICÓN. Jardín con rosas y escalinatas de mármol, donde abren su cola los pavos reales. Un lago y dos cisnes unánimes. En el laberinto de mirtos1, al pie de 
la fuente, está llorando la hija del Rey. De pronto se aparece a sus ojos, disfrazado de bufón, EL PRÍNCIPE VERDEMAR. 
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1 Mirto: variedad de arbusto. 

2 Jean-Antoine Watteau (1684-1721): pintor francés conocido por sus escenas idílicas y teatrales, inspiradas en el mundo 
de la comedia italiana y del ballet. 
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EL PRÍNCIPE VERDEMAR. ¡Señora Infantina! 

LA INFANTINA. ¿Quién eres? 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. ¿Por qué me preguntas quién soy cuando mi sayo a voces lo está diciendo? Soy un bufón. 

LA INFANTINA. Me cegaban las lágrimas y no podía verte. ¿Qué quieres, bufón? 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Te traigo un mensaje de las rosas de tu jardín real. Solicitan de tu gracia que no les niegues el sol. 

LA INFANTINA. El sol va por los cielos, mucho más levantado que el poder de los reyes. 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. El sol que piden las rosas es el de tu ojos. Cuando yo llegué ante ti, señora mía, los tenías nublados con tu pañolito. 

LA INFANTINA. ¿Qué pueden hacer mis ojos sino llorar? 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Por unos soldados supe tu desgracia, Señora Infantina. Dijeron que estabas sin bufón, y aquí entré para merecer el favor de servirte. Ya sólo para ti quiero agitar mis cascabeles, y si no consigo alegrar la rosa de tu boca, permíteme que recoja tus lágrimas en el cáliz de esta otra rosa. 

De un rosal todo florido y fragante que mece sus ramas al viento, EL PRÍNCIPE VERDEMAR corta la rosa más hermosa y se la ofrece a LA INFANTINA, arrodillado ante ella, recordando a un bufón de Watteau2. 

LA INFANTINA. ¿Para qué? 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Para beberlas. 

LA INFANTINA. ¿Has probado alguna vez las lágrimas, bufón? ¡Son muy amargas! 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Divino licor para quien tiene por oficio decir donosas sales. 

LA INFANTINA. Pero ¿en verdad eres lo que representa tu atavío? 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. ¿Por qué lo dudas? 

LA INFANTINA. Porque tienen tus palabras un son lejano que no cuadra con tu caperuza de bufón. 
¿Hace mucho que llevas los cascabeles? 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Desde que nací. Primero me cantaron en el corazón; después florecieron 
en mi caperuza. 

LA INFANTINA. Yo tuve un bufón, que me abandonó hace poco. No se parecía a ti. 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Todos los bufones somos hermanos, pero una misma canción puede tener distintas músicas. ¿Quieres tomarme a tu servicio, gentil señora? Mis cascabeles nunca te 
serán inoportunos. Si estás alegre, repicarán a gloria; si triste, doblarán a muerto. Los gobernaré como gobierna las campanas un sacristán. 

LA INFANTINA. Poco tiempo durarías en mi servicio. 


EL PRÍNCIPE VERDEMAR. ¿Poco? 

LA INFANTINA. Si conservas esta rosa, puede durar más tiempo en tus manos. ¡Hoy es el día de mi muerte! Para salvar al reino debo morir entre las garras del Dragón. 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Conservaré la rosa hasta mañana. 

LA INFANTINA. Bufón mío, prométeme que irás a deshojarla sobre mi sepultura. 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Tú no morirás, Infantina. Mañana cortarás en este jardín otra rosa para tu bufón, que te saludará con la más alegre música de sus cascabeles de oro. 

LA INFANTINA. Aunque esté bajo tierra, creo que los oiré. ¡Qué divino son tienen tus cascabeles! 

Se va LA INFANTINA, y EL PRÍNCIPE VERDEMAR la mira alejarse por los tortuosos senderos del laberinto, como perdida o encantada en él. En el fondo excavado de un viejo roble, canta EL 
DUENDE. 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. ¡Princesa de mis sueños, moriré en la demanda o triunfaré del Dragón! 

EL DUENDE. 
¡Me diste libertad, 
mi paloma real! 
¡Palomita que vuelas tan alto, 
sin miedo del gavilán! 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. ¡Ah! ¡El Duende! Le llamaré en mi auxilio. Afortunadamente, conservo el anillo que me dejó cuando le abrí la puerta del torreón. 

EL DUENDE. Aquí estoy, Príncipe mío. ¿Qué deseas? 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Tu ayuda para triunfar del Dragón. 

EL DUENDE. Ven conmigo. Tendrás la espada de diamante. 



ESCENA CUARTA 

Un bosque de mil años, en el Reino del REY MICOMICÓN. La Señora INFANTINA aparece entre un  largo cortejo de damas y meninas, pajes y chambelanes1. EL MAESTRO DE CEREMONIAS anda entre todos batiendo el suelo con su porra de plata. En los momentos de silencio, meninas y pajes, damas y chambelanes accionan con el aire pueril de los muñecos que tienen el movimiento regido por un cimbel2. Saben hacer cortesías y sonreír con los ojos quietos, redondos y brillantes como las cuentas de un collar. 

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1 Chambelán: hombre que servía en las casas de los nobles y que acompañaba al señor o la señora. 

2 Cimbel: cordel. 
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LA INFANTINA. ¡Dejadme aquí! 

EL MAESTRO DE CEREMONIAS. ¡Imposible, Señora Infantina! 

LA INFANTINA. ¡Ved que no puedo más! 

EL MAESTRO DE CEREMONIAS. Imposible acceder a vuestro ruego. 

LA INFANTINA. ¡Sois cruel, Señor Maestro de Ceremonias! Decidme, al menos, cuánto falta de camino. 

EL MAESTRO DE CEREMONIAS. Yo no puedo decíroslo con certeza. Unos aldeanos a quienes antes interrogué me dijeron que la carrera de un galgo. 

LA INFANTINA. ¡Qué camino tan penoso! 

EL MAESTRO DE CEREMONIAS. ¡Un poco de ánimo! El paraje donde el Dragón se come a las Princesas ya no puede hallarse muy distante. ¡La carrera de un galgo no es gran cosa! 

LA INFANTINA. ¡Estoy desfallecida! 

EL MAESTRO DE CEREMONIAS. Descansad un momento. 

LA INFANTINA. ¡No puedo dar un paso! ¿Por qué no me dejáis aquí, Señor Maestro de Ceremonias? 


EL MAESTRO DE CEREMONIAS. ¡Imposible, Señora Infantina! ¡La etiqueta establece que seáis entregada al Dragón en la Fuente de los Enanos! ¡Es el uso desde hace mil años! La Corte 
del Rey vuestro padre mantiene en vigor las pragmáticas del buen rey Dagoberto, y por la decimoquinta se establece que cada vez que el Dragón se presente a reclamar una Princesa, ésta le sea llevada a la Fuente de los Enanos. ¡No podemos romper una tradición tan 
antigua! 

LA INFANTINA. ¡Por lo mismo que es antigua, Señor Maestro de Ceremonias! 

LA DUQUESA. Casi estoy por darle la razón a mi señora la Infantina. Ya sabéis que soy severísima en cuanto atañe a la etiqueta; pero ahora me siento compadecida. Si el Dragón es el 
soberano del bosque, poco puede importarle que la Señora Infantina le sea entregada en la Fuente de los Enanos o en otro paraje de sus dominios. 

EL MAESTRO DE CEREMONIAS. ¡Mentira me parece oír eso de vuestros labios, Duquesa! ¡Vos, educada en la etiqueta del gran siglo! 

LA INFANTINA. Pero toda vuestra etiqueta, Señor Maestro de Ceremonias, la guardáis para el Dragón. ¡Para mí, que me veis rendida de cansancio, ni etiqueta ni compasión! 

EL MAESTRO DE CEREMONIAS. Yo sigo los usos tradicionales de la Corte. 

LA DUQUESA. Amigo mío, consultad si hay precedentes de que otra Infantina se haya fatigado en el camino como nuestra Señora, y ved lo que se ha hecho entonces. 

LA INFANTINA. ¡Ya os digo que no puedo andar! Con precedentes o sin ellos, aquí me siento y de 
aquí no me muevo. 

EL MAESTRO DE CEREMONIAS. ¡Estas maneras, Duquesa, no las habréis visto en el gran siglo! 

LA DUQUESA. En todo tiempo, amigo mío, hubo niñas voluntariosas y mimadas. 

EL MAESTRO DE CEREMONIAS. ¿Qué hacéis, Señora Infantina? 

LA INFANTINA. Descansar a mi gusto, Señor Maestro de Ceremonias. Voy a morir para salvar al reino de ser destruido, no para que vos hagáis alarde de vuestra ciencia como Maestro de 
Ceremonias. Todos reconocemos vuestra erudición1. Sois en el reino de mi padre el más sabio de los tontos. Pero yo soy una niña que solo sabe morir para salvaros a todos. Nunca he leído las pragmáticas2 del Rey Dagoberto, y no es cosa de que en este momento me aburráis con ellas. 

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1 Erudición: sabiduría, conocimientos. 

2 Pragmática: ley. 

3 Pavana y minué son dos tipos de bailes. 
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EL MAESTRO DE CEREMONIAS. ¿Qué le diremos al Rey vuestro padre? ¿Qué disculpa le daremos? 

LA INFANTINA. Llevadle mis chapines y decidle que me hacían tanto daño que no podía andar con ellos. 

LA DUQUESA. ¡Una idea! Haced lo que os dice la Señora Infantina, y entablad una reclamación contra el zapatero. Eso podría arreglarlo todo. 

EL MAESTRO DE CEREMONIAS. No habrá otro remedio que considerarlo caso de fuerza mayor. 

LA DUQUESA. Dadme a besar vuestras manos, niña mía. Dejad que os llame así esta última vez que nos vemos. No debías ser, no, la primera en partir del mundo. ¡Ah! ¡Quién pudiera morir 
por vos! 

LA INFANTINA. ¡Adiós, Duquesa! Decidle al Rey mi padre que muero contenta porque salvo a su reino. 

EL MAESTRO DE CEREMONIAS. No me guardéis rencor, Señora Infantina, y dadme también las manos a besar. 

LA INFANTINA. Con toda mi alma. Si ahora me habéis mortificado, no puedo olvidar que cuando niña me habéis divertido enseñándome la pavana y el minué3. Pero si el Cielo alarga tanto 
vuestra vida que podáis conducir otra princesa como tributo al Dragón, recordad que hay precedentes, y que no es preciso llegar a la Fuente de los Enanos. 

EL MAESTRO DE CEREMONIAS. La pena de no ver a mi Señora la Infantina me matará este invierno. 


LA DUQUESA. ¡Adiós, mi niña adorada! 

LA INFANTINA. ¡Adiós! 

EL MAESTRO DE CEREMONIAS. Vamos, Duquesa, que si la noche nos coge en el bosque no sabremos salir. 

LA DUQUESA. ¿Hay lobos? 

EL MAESTRO DE CEREMONIAS. ¡Siempre hay lobos en los bosques! 

LA DUQUESA. ¡Y no lleváis armas! 

EL MAESTRO DE CEREMONIAS. Llevo el Discurso de la Corona. ¿No sabéis que los lobos se ahuyentan con la música? 

LA DUQUESA. Niña mía, perdona que te deje con tal premura; pero ya comprendes cómo tendría que morir de vergüenza si la noche me cogiese sola en el bosque con el Señor Maestro de 
Ceremonias. Vamos. 

EL MAESTRO DE CEREMONIAS. Os daré la mano. 

LA DUQUESA. ¡Gracias! ¿Lleváis los chapines de la Infantina? 

EL MAESTRO DE CEREMONIAS. ¡Aquí los llevo! En estos momentos supremos no he querido contradecir a la pobre niña, pero los usos tradicionales no pueden cambiar, porque en esta 
ocasión, única en dos mil años, no hayamos llegado a la Fuente de los Enanos. 

LA DUQUESA. ¿Vos no aceptáis que sea un precedente? 

EL MAESTRO DE CEREMONIAS. ¡De ninguna manera! Podría serlo, en todo caso, para modificar la forma de los chapines haciéndolos más cómodos para caminar por estos andurriales, pero 
de ninguna manera para modificar una pragmática del buen Rey Dagoberto. ¡Adónde iríamos a parar! 

LA INFANTINA queda sola en el bosque, sentada al pie de un árbol lleno de nidos y de cantos de ruiseñor. Damas y chambelanes, meninas y pajes se retiraran lentamente. Con sus ojos de 
porcelana y sus bocas pueriles tienen un aire galante y hueco de maniquíes. 

LA INFANTINA. ¡Guerreros soberanos de mi estirpe! ¡Reyes y Reinas! ¡Blancas Princesas, como yo sacrificadas a la furia del monstruo! ¡Dadme el aliento para saber morir! Me cubriré con mi 
manto. ¡No quiero que puedan ver el miedo en mi rostro ni aun los pájaros del cielo! 

Aparece EL REY MICOMICÓN, la melena al viento. Es un gigante de cien años, con largas barbas como viejo Emperador Carlomagno. Camina desorientado, y al ver a su hija, la Señora 
INFANTINA, da un gran grito. 

EL REY MICOMICÓN. ¡Hija! ¡Al fin te encuentro! 

LA INFANTINA. ¿Cómo estáis aquí, padre mío? 

EL REY MICOMICÓN. He salido del palacio disfrazado. Vengo para salvarte. ¡Oh! ¡Qué zozobras he sentido al correr este bosque sin hallarte en parte alguna! ¡Creía llegar tarde! ¡Vamos, hija 
mía! Cerca de aquí me espera tu paje fiel, con un caballo. 

LA INFANTINA. No tengo chapines, padre mío. 

EL REY MICOMICÓN. ¡Oh! ¡Qué niña loca! Te llevaré en brazos. 

LA INFANTINA. ¿Adónde, padre mío? 

EL REY MICOMICÓN. A una tierra lejana y feliz donde no haya monstruos. Para salvarte, renuncio a mi corona. 

LA INFANTINA. Y vuestro reino todo será abrasado por los ojos del Dragón. ¡No, padre mío! 

EL REY MICOMICÓN. Entonces ya no sería mi reino, hija querida. 

LA INFANTINA. Yo quiero salvar a todos los que una vez besaron mis manos como Infantina. 
¡Dejad, señor, que se cumpla mi destino de flor que deshoja el viento! 

EL REY MICOMICÓN. ¡Qué triste final el de mi reinado! 


LA INFANTINA. ¡Volved al palacio, Señor! Haced feliz a vuestro pueblo. Ahora que sois desgraciado podréis conseguirlo mejor, que son los ojos más clementes los que miran llenos 
de lágrimas. Apartaos las barbas con la mano para que os pueda besar. 

EL REY MICOMICÓN. ¡Adiós, hija mía, Blanca Flor! 

LA INFANTINA. ¡Adiós, padre mío! 

EL REY MICOMICÓN. ¡Nunca pensé que pudiese recorrer un camino tan lleno de espinas siendo Rey! 

Se aleja EL REY por aquel bosque antiguo, lleno de ecos como un sepulcro. Camina despacio y con anhelo, sacudida la espalda por los sollozos. Aparece EL PRÍNCIPE VERDEMAR con una 
armadura resplandeciente, semejante a un Arcángel. 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Princesa de mis sueños, soy un enamorado de tu hermosura, y vengo de lejanas tierras para vencer al Dragón. 

LA INFANTINA. El Dragón es invencible, noble caballero. 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Si fuese como dices, bastaría para mi gloria dar la vida en tu defensa. ¡Ya está ahí el Dragón! 

Óyese el vuelo del Dragón rompiendo las ramas de los árboles y asustando a los pájaros. Es un monstruo que tiene herencia de la serpiente y del caballo, con las alas del murciélago. 

LA INFANTINA. Yo no quiero que tan noble vida se aventure en una muerte cierta. Huid, generoso paladín1. 
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1 Paladín: caballero defensor de alguien. 
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EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Son hermanos tu destino y mi destino. Sea una nuestra suerte, y la estrella 
de la tarde, que ahora nace en el cielo, vea nuestra desgracia o nuestra ventura. 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR pelea con el DRAGÓN. La boca del monstruo descubre siete hileras de dientes. Hay un momento en que el paladín siente desmayar su brío. Pero le anima el sentimiento divino del amor, y levantado a dos manos la espada, que parece un rayo de sol, da muerte al DRAGÓN. 

LA INFANTINA. ¿Quién sois, que poseéis la espada de diamante? Vuestra es mi vida, valeroso guerrero. Llevadme a la Corte de mi padre, y mi reino será vuestro. 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Sólo puedo conduciros hasta las puertas de la ciudad. Un voto me impide entrar en poblado. 

LA INFANTINA. Juradme al menos que aún os veré otra vez. 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Os lo juro. 

LA INFANTINA. ¡Ay! No tengo chapines. 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Yo tengo para ti, Infantina, unos chapines de oro. 

EL DUENDE sale de la enramada con unos chapines de piedras preciosas, y los deja sobre la yerba. De un salto, como lo dan las ranas y los sapos, desaparece. 

LA INFANTINA. ¡Oh! ¡Qué lindos! Sólo las hadas de los cuentos los tienen así. 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. ¿Me dejas encerrar en ellos los lirios de tus pies? 

LA INFANTINA. ¿Y tú no olvidarás la promesa de volver a verme? 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Aun cuando quisiera olvidarla, no podría. 


Se alejan, y buscan el camino el uno en los ojos del otro. Y van así por el bosque, que empieza a llenarse de sombras, y los ruiseñores cantan en sus nidos. EL DUENDE sale cauteloso del tronco de 
un árbol. Pone el pie en la cabeza del DRAGÓN y le arranca la lengua. 

EL DUENDE. Le extraeré el veneno de la lengua y lo venderé en la Corte del Rey Micomicón a los poetas y las damas que murmuraban de todo. 

UNA PASTORA PASA CANTANDO: 
 ¡Quien a la sierpe matará, 
con la Infantina casará! 
 ¡Quien diere muerte al Dragón, 
 reinaría en el reino de Micomicón! 


ESCENA QUINTA 

En los jardines reales. El pavón, siempre con la cola abierta en abanico de fabulosos iris, está sobre la escalinata de mármol que decoran las rosas. Y al pie, la góndola de plata con palio de 
marfil. Y los cisnes duales en la proa bogando, musicales en su linda curva. LA INFANTINA pasea en la góndola. LA DUQUESA le da compañía en calidad de dama de respeto. 

LA DUQUESA. Ya veis cómo me había vestido de luto. No me importa, porque un vestido negro nunca sobra. ¿Y decís, niña mía, que era un bello paladín? 

LA INFANTINA. Bello más que el sol. 

LA DUQUESA. ¿Cómo no habrá venido a recibir la recompensa? Sin duda, no sabe que al vencedor le será otorgada vuestra mano. 

LA INFANTINA. ¡Acaso no me ame! 

LA DUQUESA. ¿No amaros, y os ha visto? Y aun cuando no fuese para desposaros, debía venir para que le conociésemos las damas de la Corte. 

LA INFANTINA. ¡Él me prometió venir un día! 

LA DUQUESA. Entonces cumplirá su palabra. 

LA INFANTINA. Yo le espero siempre. 

LA DUQUESA. ¿Vos ya le amáis? 

LA INFANTINA. Cuando se me apareció en el bosque creí que le había visto otra vez. Pero ¡no pude reconocerle! 

LA DUQUESA. ¿Le habíais visto en sueños? 

LA INFANTINA. Eso pensé yo. 

LA DUQUESA. Si me dais permiso, voy a quitarme estas tocas de luto. Me vestiré de colorado. 

Desembarcan en la escalinata de mármol. EL PRÍNCIPE VERDEMAR, con traje de bufón, las saluda haciendo una pirueta. LA DUQUESA da un respingo, porque odia la parla traviesa y aviesa de tales locos. EL PRÍNCIPE le grita a la oreja. 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. ¿Vestiros de colorado? ¡No hagáis tal! 

LA DUQUESA. ¡Qué necio asombro! 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Duquesa gaitera os van a llamar. 

LA DUQUESA. No me importa. 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Además, siempre es peligroso vestir de colorado en la Corte. 

LA DUQUESA. ¿Por qué? 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Es el color con que se llama a los toros. 

LA DUQUESA. Con vuestro permiso, Señora Infantina. 


LA DUQUESA, con un gesto impaciente, rechaza al bufón. EL PRÍNCIPE VERDEMAR le hace una  mueca. Después, como si un pensamiento le cambiase el rostro y el alma, suspira contemplando a LA INFANTINA. 

LA INFANTINA. A tiempo llegas para divertirme, bufón. 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. ¿Estás triste, Señora mía? ¿Cuáles son tus penas? 

LA INFANTINA. No tengo penas. Sólo tengo recuerdos y quiero olvidar. 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. No se olvida cuando se quiere. 

LA INFANTINA. Dicen que hay una fuente… 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Esa fuente está siempre al otro extremo del mundo. Para llegar a ella hay que caminar muchos años. 

LA INFANTINA. Pero ¿se olvida al beber sus aguas? 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Se olvida sin beberlas. Es el tiempo quien hace el milagro, y no la fuente. 
Cuando una peregrinación es larga, se olvida siempre… 

LA INFANTINA. ¿Y se es feliz al olvidar? 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Eso podrán decírtelo los viejos. 

LA INFANTINA. Se lo preguntaré a la Duquesa. 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. ¡No hagas tal, Señora mía! La Duquesa no ha olvidado por vieja, sino por 
mujer. Y tú, ¿has olvidado con qué palabra me diste esta rosa? 

LA INFANTINA. ¡Es verdad! Tú fuiste el único que encendió mi corazón con una esperanza, asegurándome que no sería víctima del Dragón. ¿Cómo podías saberlo? 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Se lo pregunté a una margarita deshojándola. 

LA INFANTINA. ¿Y no le has preguntado si un día volverá mi paladín? 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Se lo he preguntado. 

LA INFANTINA. ¿Y qué dijo la flor? 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Que volverá. 

Aparece el REY MICOMICÓN, con manto de armiño, corona y cetro. Los cortesanos aparecen tras él. Damas y galanes cambian sonrisas y miradas pueriles. 

EL REY MICOMICÓN. ¡Hija mía, Blanca Flor, logrado es tu anhelo! Un heraldo acaba de anunciarme la llegada del caballero vencedor del Dragón. ¿Oyes el son de esa trompa? Su poderoso 
anhelo la hace sonar. 

LA INFANTINA. ¡Cómo tiembla mi corazón al esperarle! 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Aquella tarde que imaginabas ir a la muerte, me ofreciste una rosa si volvías a tu jardín. ¡Que la dicha no te haga veleidosa1! 

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1 Veleidoso: inconstante, mudable. 

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LA INFANTINA. Te la daré otro día. 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. ¡Ay, mi Señora! ¡Qué pronto aprendiste la ciencia del olvido! Sólo deseo que te sirva para ser feliz. 

LA INFANTINA. Déjame, bufón. Tendrás, en vez de la rosa, un vestido nuevo, y eso saldrás ganando. 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Un paladín se anuncia como tu salvador, y no podrás reconocerle. 
¡Cuando olvida el corazón, también olvidan los ojos! 

EL MAESTRO DE CEREMONIAS. ¡Señora Infantina! ¡Oíd! Pide venia para saludaros el más poderoso caballero de la Cristiandad, el que ciñe la espada de diamante, el que dio muerte al Dragón. 

Aparece ESPANDIÁN. Las guías del mostacho, estupendas y retorcidas, casi le tocan las orejas. Su espadón, de siete cuartas, da temblores. Por bajo el ala del chapeo, uno de sus ojos asesta terribles miradas, porque el otro lo trae cubierto con un parche. 


EL BRAVO. Hija del Rey, dame tus manos a besar. 

LA INFANTINA. ¿Dónde queda tu señor? 

EL BRAVO. Nunca tuve señor. 

LA INFANTINA. El valeroso paladín a quien debo la vida, y de quien, sin duda, traes algún mensaje, ¿dónde queda? 

EL BRAVO. Yo soy ese paladín, hija del Rey. Me desconoces porque las lágrimas te cegaban en aquellos momentos y no te permitían ver bien. Era como si tuvieses telarañas en los ojos. 

LA INFANTINA. ¡Aquel era un hermoso caballero! 

EL BRAVO. ¿Yo no te parezco hermoso? 

LA INFANTINA. ¡Tú eres un impostor! Padre mío, mandad que le azoten. 

EL REY MICOMICÓN. Si es verdad lo que dices, le mandaré ahorcar. 

EL BRAVO. Rey de Micomicón, te daré tales pruebas, que sea imposible dudar de mis palabras. Tu hija es natural que no me reconozca. En aquel instante debí parecerle bello como un 
arcángel. ¡Además, ya he dicho que lloraba hilo a hilo! 

EL REY MICOMICÓN. Seca tus ojos, hija mía. Mírale bien. ¿No hay ningún rasgo que te lo recuerde? 

LA INFANTINA. Ninguno. 

EL REY MICOMICÓN. ¿La voz acaso? 

LA INFANTINA. ¡Era una música aquella voz! 

EL BRAVO. Como ahora estoy ronco, no la reconoce. 

EL REY MICOMICÓN. ¿Qué pruebas puedes darme de que eres tú quien dio muerte al Dragón? 

EL BRAVO. La cabeza del monstruo. 

EL REY MICOMICÓN. ¿Dónde está? 

EL BRAVO. La guardan mis criados, que esperan a la puerta del palacio. 

EL REY MICOMICÓN. ¡Que comparezcan inmediatamente! 

EL BRAVO. Tocaré mi bocina. 

ESPANDIÁN sopla en un caracol marino con tan potente aliento, que los pájaros caen de los árboles. Se presentan cuatro bandoleros, que en unas andas1 de ramaje traen la cabeza del 
DRAGÓN. Al verla algunas damas se cubren los ojos y miran por entre los dedos. 
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1 Andas: tablero que, sostenido por dos varas, sirve para conducir personas o cosas. 
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EL REY MICOMICÓN. ¡Caminan agobiados! 

EL BRAVO. Es pesada como una tesis doctoral. ¡Vedla! Mi espada le atravesó la frente… Catad el agujero. 

EL REY MICOMICÓN. Hija mía, toda duda es imposible. Vuelve los ojos a este valeroso caballero, pídele perdón por haber dudado y ofrécele tu mano. 

LA INFANTINA. ¡Jamás! ¡Es un impostor os digo! Mandad que le azoten. 

EL REY MICOMICÓN. ¿Tampoco reconoces la cabeza del monstruo? 

EL MAESTRO DE CEREMONIAS. ¡Siete hileras de dientes, como relata la crónica del buen Rey Dagoberto! 

EL REY MICOMICÓN. ¿Reconoces este trofeo? 

LA INFANTINA. ¡Oh! ¡Yo me vuelvo loca! ¡Por qué no hallé la muerte en el bosque! 

EL BRAVO. No has visto bien estas siete hileras de dientes. 

BERTOLDO, el antiguo bufón de la Señora Infantina, aparece de improviso, temblando dentro de sus calzones de bayeta amarilla y dando tiritones. 

EL BUFÓN. Compadre, al fin nos vemos las caras, y en paraje tal donde no dejarán de hacer justicia. 
¡Sabed que este hombre me ha robado! 

EL REY MICOMICÓN. ¡Silencio, truhán! 


LA INFANTINA. Dejadle hablar, padre mío. Ven a mi lado, Bertoldo. 

EL BUFÓN. Soñé con ir a las Indias, y por eso dejé a mi Señora Infantina. ¡Nunca lo hubiera hecho! En una venta hallé con un generoso caballero que me cambió su traje de galán por mi sayo 
de bufón. ¡Y ese bergante, escapado de galeras, me lo robó! Antes tuvo pendencia con el caballero, y se ganó una herida en el brazo. Que se arremangue y la veréis. 

EL BRAVO. No es preciso. He reñido porque mi descanso es pelear. ¡Alcancé una herida, pero maté a mi adversario! 

EL BUFÓN. Todo es fantasía. Pero en ello no entro ni salgo. ¡Que diga por qué me robó el vestido! 

EL BRAVO. Lo guardé como trofeo de mi victoria. 

EL REY MICOMICÓN. ¡Basta! Tú tendrás otro vestido, Bertoldo. 

EL BRAVO. Tendrás dos. Uno del Rey y otro mío. 

EL REY MICOMICÓN. Este caballero, a quien has injuriado, como villano que eres, es el prometido de tu Señora la Infantina Blanca Flor. ¡Pídele perdón! 

EL BUFÓN. ¡Prometido de mi Señora un capitán de bandoleros! ¡El pícaro Espandián! 

EL REY MICOMICÓN. ¿Tú eres Espandián? 

EL BRAVO. Señor, yo soy Espandián. 

LA INFANTINA. ¡Y veis cómo tenía razón! 

EL REY MICOMICÓN. Tu cabeza está pregonada. 

EL BRAVO. Señor, mi cabeza estaba pregonada, pero creo haberla rescatado con la cabeza del Dragón. 

EL REY MICOMICÓN. ¿Y crees también poder casarte con mi hija la Infantina Blanca Flor? 

EL BRAVO. Rey, yo solo creo en tu palabra. 

EL REY MICOMICÓN. ¿Qué dices, hija mía muy amada? Yo di mi palabra real de hacer tus desposorios con aquel que diese muerte al Dragón. ¿Quieres que sea perjuro a mi palabra? 

LA INFANTINA. ¡No, Rey Micomicón! Pero tu hija te ofrece morir para salvar el honor de tu estirpe soberana. 

EL REY MICOMICÓN. Óyeme con calma, hija mía. Espandián no es un bandolero vulgar. Reina en los montes, y en los caminos tiene una hueste1 aguerrida y numerosa. Si yo le concedo 
beligerancia… 

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1 Hueste: conjunto de seguidores, ejército. 
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LA INFANTINA. ¡No habléis así, padre mío! 

EL REY MICOMICÓN. Aun sin matar al Dragón, podría ser uno de mis nobles. ¿Imaginas que es otro el origen de mis Pares y mis Duques? 

LA INFANTINA. Padre mío, moriré, porque no le amo y porque el corazón me dice que es un impostor. 

EL REY MICOMICÓN. ¡Eso ya es histerismo! 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. ¡Tu fe te salva, Infantina Blanca Flor! Rey, manda que venga un carnicero, un cirujano, un asesino o un general que haya cortado muchas cabezas. 

EL REY MICOMICÓN. ¡Que venga el heroico general Fierabrás! 

EL MAESTRO DE CEREMONIAS. Señor, hace veinte años que está encamado. 

EL REY MICOMICÓN. ¡Que se levante para servir a su Rey! 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Escucha, poderoso Rey de Micomicón, y tú, dulce Infantina, enjuga tus lágrimas y escucha también. 

LA INFANTINA. ¡Oh! ¡Qué ilusión! Me pareció que tus palabras me traían como un aire lejano, la música de aquella voz. Habla, bufón mío. 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. El corazón no te engañaba al decirte que ese hombre era un impostor. 

LA INFANTINA. ¡Lo veis, padre mío! 

EL BRAVO. ¿Eres tú quien lo afirma? 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. ¡Yo! 

EL REY MICOMICÓN. ¡Aquí está el heroico General Fierabrás! 


El heroico General FIERABRÁS viene por el fondo del jardín apoyado en dos chambelanes. Es un viejo perlático, con el pecho cubierto de cruces y la cabeza monda. La punta de la nariz le gotea sin consideración, como una gárgola. 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Tú, que eres el héroe del reino, ¿habrás cortado muchas cabezas? 

FIERABRÁS. ¡No, hijo mío! 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. ¡Te llaman Fierabrás! 

FIERABRÁS. Es nombre que me puso mi mujer, porque tenía mal genio en casa. 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Eres el héroe del reino. Acabas de recibir el último entorchado1. 

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1 Entorchado: distintivo bordado en oro o en plata en los uniformes de los militares. 

2 Filoxera: Enfermedad de la vid. 

3 Cicuta: veneno preparado con la planta de la cicuta. 
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FIERABRÁS. Ha sido por combatir la filoxera2. 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Yo quería preguntarte si habías cortado alguna cabeza que no tuviese lengua. 

FIERABRÁS. ¿Es una adivinanza? 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. No, invicto General. 

FIERABRÁS. Todas las cabezas tienen lengua. ¿Está sin lengua alguno de vosotros? ¡Qué importa que la cabeza se halle sobre los hombros o separada! 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Pues esa cabeza no tiene lengua. 

EL REY MICOMICÓN. ¿Tú lo sabes? 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Podéis verlo vos mismo. 

EL REY MICOMICÓN. Abridle las fauces. ¡Ah!... ¡No tiene lengua! 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Pero la tuvo. Vedla aquí. 

EL REY MICOMICÓN. ¿Qué quieres decir? 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Que soy quien ha dado muerte al Dragón. 

LA INFANTINA. ¡Por eso tu voz encantaba mi oído, y tu mirada hacía latir mi corazón! ¡Ahora te reconozco! 

EL REY MICOMICÓN. Hija mía muy amada, podías ser la esposa de ese hombre, porque un bandolero puede ser tronco de un noble linaje, como nos enseña la Historia. Pero no puedes 
ser la esposa de un bufón. 

LA INFANTINA. Sí, padre mío, porque le amo. 

EL REY MICOMICÓN. Tomarás la cicuta3, como aquel filósofo antiguo. Traedle una taza, Duquesa. 

LA DUQUESA. ¡Oh, qué tragedia! ¡Y yo, que no puedo llorar! ¿Queréis la cicuta muy azucarada, niña mía? 

LA INFANTINA. ¡Padre mío, dejadme casar con el que amo! 

EL REY MICOMICÓN. Un bufón no puede ser tronco de una monarquía. 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Pero un Príncipe, sí. Yo soy Verdemar, hijo de tu amigo el Rey Mangucián. Mira, Señor, cómo tengo en el pecho la flor de lis, distintivo de todos los Príncipes de mi sangre. 

EL REY MICOMICÓN. ¡Oh Príncipe Verdemar! Tú reinarás en mi reino con la Infantina. 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Princesa, Señora mía, estás en deuda con tu bufón. Me debes una rosa. 

LA INFANTINA. Te daré todas las rosas del rosal. 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Y los lirios de tus manos a besar. 

EL REY MICOMICÓN. Entremos al palacio, hijos míos. El relente de la noche es malo para los enamorados. 

EL BUFÓN. Y a mí, ¿no me hacéis justicia? 

EL REY MICOMICÓN. ¿Qué justicia pides? 

EL BUFÓN. Que me sea devuelto el vestido que me robó Espandián. No dejéis libre a este pícaro, porque se escapará. 


EL REY MICOMICÓN. Que sea atado al tronco de un árbol, hasta que venga el verdugo. 

EL BRAVO. ¡Poderoso señor, muévate a la clemencia el recuerdo de que estuve al tris de ser tu yerno! 

EL REY MICOMICÓN. No menciones tal oprobio porque mandaré arrancarte la lengua. 

EL BRAVO. Señora Infantina, yo hubiera querido vencer al Dragón. Pero la suerte lo dispuso de otro modo, y llegué tarde. Piensa que pudo ser mi dicha la de ese noble Príncipe. ¡Halle gracia en tu corazón el caballero Espandián! 

LA INFANTINA. ¡Perdonadle, padre mío! 

EL REY MICOMICÓN. Atendiendo a que lo pide mi hija, muy amada, te perdono la vida. 

EL BRAVO. Gracias, poderoso Rey Micomicón. 

EL REY MICOMICÓN. Pero sufrirás la pena de azotes. 

EL BRAVO. ¡La pena de azotes! ¡Una pena infamante al caballero Espandián! ¡Una pena peor que la muerte, si el verdugo tiene la mano dura! 

EL BUFÓN. Compadre, te ha cegado la ambición. No conviene querer subir tan alto. ¿Y para qué, compadre? ¿Qué ibas ganando? Imaginas que el Príncipe Verdemar, al casarse con la 
Infantina, va a estar mejor que yo, siendo su bufón. ¡No lo sueñes! Los peores humores serán para el marido. Y tú, que eres rey de los caminos reales, y archipámpano de las diligencias, ¿qué podías hallar que no tuvieses en este mísero Estado de Micomicón? ¡Se 
puede ambicionar ser rey del tabaco, del cacao, del azúcar y de los rábanos! ¡Se puede ambicionar ser rey del petróleo, de los diamantes y de las perlas! ¡Se puede ambicionar ser 
rey de una sierra por donde haya trajín de carromatos, mulateros y feriantes! Pero ¡Rey constitucional en el Estado de Micomicón! ¡Estabas loco, compadre Espandián! 

EL BRAVO. ¡Calla, imbécil! ¿Imaginas que no me hice cargo? Pero quise buscar un retiro para la vejez. Me habían dicho que se cobraba bien. 

EL BUFÓN. ¡Eso sí! ¡Y en oro! 

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Se oye el llanto de la Señora GEROMA que aparece haldeando, jipando y manoteando. Sus clamores pueblan el jardín. Llegando al árbol donde está atado ESPANDIÁN, suspira y pone los ojos en blanco. 


GEROMA. ¡Espandián! ¡Marido mío! ¡Brazo de fierro! ¡No pensabas ayer, cuando me pediste el agua para lavarte el cuello, que el verdugo te ensebaba la cuerda! ¡Espandián! ¡Marido mío, 
que no te ponías calcetas por no darle a tu Geroma el trabajo de remendártelas! ¡Y eras tan lechuguino como el primero! 


ESCENA ÚLTIMA 

Los palacios del REY MICOMICÓN. En la sala de los banquetes. Bajo la gran arcada que se abre  sobre el jardín de los cisnes y las rosas acaban de tropezarse BERTOLDO, el antiguo bufón de la 
Señora INFANTINA, y el CIEGO DE LAS GACETAS. Satisfechos de hacer nuevo conocimiento, se abrazan. El perro toma parte en estas efusiones, poniéndose en dos patas. 

EL BUFÓN. ¡Ya estás de vuelta, compadre Zacarías! 

EL CIEGO. ¡Y tú también, compadre Bertoldo! 

EL BUFÓN. Como me habían robado el vestido, no pude embarcar. Antes de poner el pie a bordo ya parecía un náufrago. 

EL CIEGO. Yo tampoco pude embarcar, pero no fue por falta de vestido. Había tomado pasaje para mí solo y no me admitían al perro. Querían que pagase como si fuese una persona. 


EL BUFÓN. Las personas son las que debían pagar como perros, porque de tales reciben el trato en esos barcos de emigrantes. 

EL CIEGO. Me quedé en tierra, y acá me vine a la querencia de mi antiguo oficio. Vuelvo a vender las gacetas a la gente del Palacio. 

EL BUFÓN. ¿Y qué tal? 

EL CIEGO. Estos días algo se hace con motivo de las bodas reales, y, sobre todo, con la vista del proceso de Espandián. Pero el agosto está cuando hay denuncias. Entonces vendo de oculto. 
Si se habla mal del Rey, todos los palaciegos pican. 

EL BUFÓN. Hoy se celebra el gran banquete. 

EL CIEGO. Ya han salido cuatro extraordinarios. Se matan los unos a los otros. 

EL BUFÓN. Perdona que te interrumpa. Pasa el cortejo de la boda y tengo que ir a pisarle la cola a la Duquesa. 

Se van EL CIEGO y EL BUFÓN. Aparecen hablando EL PRÍNCIPE VERDEMAR y EL DUENDE. EL DUENDE trae los zuecos llenos de barro, y se detiene en la arcada para limpiárselos con unas pajas. EL PRÍNCIPE VERDEMAR está vestido de oro y seda. 

EL DUENDE. El Rey de Micomicón, tu suegro, ¿ha invitado a tu padre el Rey Mangucián? 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Creo que sí. 

EL DUENDE. ¿Tú no le has visto? 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. No. Pero me ha parecido que era uno que roncaba en la capilla durante la 
ceremonia. 

EL DUENDE. Yo deseo servirle en el banquete. 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Le servirás. 

EL DUENDE. Pero será tan solo un corazón de cordero crudo y sin sal, en un plato de oro. 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR. Ya está aquí todo el cortejo. 

De pronto EL DUENDE se hace invisible. Por todos los arcos aparece el cortejo de las bodas. Reyes y Reinas con corona y manto, y cada cual por su puerta. Detrás, los séquitos. EL PRÍNCIPE hace un paso muy gentil, para tomar la mano a la INFANTINA. Los Reyes ocupan sus sitiales. Los coperos 
les llenan las copas, los esclavos se arrodillan para ofrecer las fuentes gigantescas, llenas de perniles. EL DUENDE aparece con un plato de oro en la mano y se detiene ante el REY MANGUCIÁN. 

EL REY MICOMICÓN. Yo estoy desfallecido. Dejad que la gente se coloque como quiera, Señor Maestro de Ceremonias, solamente que mi amigo el Rey Mangucián tenga su sitial a mi derecha. Supongo que no faltará comida. Se han sacrificado un toro y siete corderos. 

EL REY MANGUCIÁN toma asiento a la diestra del REY MICOMICÓN y bosteza con deleitable largura, como si ello fuese el mejor aperitivo para disponerse a comer. Después prende un bocado, lo muerde y palidece de cólera. 

EL REY MANGUCIÁN. ¿Qué me habéis servido en este plato? Te declararé la guerra por la burla, 
Rey de Micomicón. 

EL REY MICOMICÓN. Repórtate, Rey Mangucián. Lo que te han servido es un sabroso pernil1. 

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1 Pernil: anca y muslo del cerdo. 
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EL REY MANGUCIÁN. No, esto no es pernil. Precisamente el pernil es un plato en que yo me chupo los dedos. 


Los dos Reyes se miran airados. EL REY MANGUCIÁN ha puesto mano a la espada y se ha sujetado la corona en la cabeza. EL REY MICOMICÓN hace lo mismo. Los cortesanos dan un giro y quedan espantados: las bocas abiertas, el bocado en el aire y la copa en la mano. EL DUENDE deja oír su voz burlona. 

EL DUENDE. Cierto. Lo que en este plato de oro acabo de servirte, poderoso Rey Mangucián, es corazón de cordero crudo y sin sal. ¿No era así como clamabas un día por comerte el 
corazón de aquel príncipe, hijo tuyo, que había dado libertad al Duende? ¡Ya ves que el plato no es muy sabroso! Los perros, los leones, los lobos y los gatos se comen la carne cruda y sangrienta, porque tienen en sus estómagos gran cantidad de ácido clorhídrico que les hace fácil digerirla. Pero los Reyes, si un tiempo remoto pudieron hacer lo mismo, hoy, por la evolución de las especies, ya no pueden. Al perder en regalías, perdieron en potencia  estomacal. Los Reyes constitucionales solo pueden ser vegetarianos. 

EL REY MANGUCIÁN. ¡A quién se lo cuentan, Micomicón! 

EL REY MICOMICÓN. ¡A quién se lo cuentan, Mangucián! 

EL PRÍNCIPE VERDEMAR y la señora INFANTINA, cogidos de las manos, van a ponerse de rodillas en la presencia de los dos Señores Reyes. Sus voces se levantan hermanadas. 

LOS DOS. ¡Bendecidnos! 

LOS REYES. ¡Que los altos cielos igualmente os bendigan, dilatando nuestras dinastías por los siglos de los siglos! 

TODOS LOS INVITADOS. ¡Amén! 





FIN