Amor Tal, de Benjamín Gavarre


















Amor Tal,
de Benjamín Gavarre

Personajes:

Astrid
Lucía
Carlos
Héctor



CUADRO I


DE VIAJE

ESCENA I


El escenario a obscuras. Al encenderse la luz vemos una pequeña isla con palmeras donde se encuentra Lucía, una mujer de veinticinco años, vestida al estilo de los años 20’. Lleva gabardina, un paraguas abierto y un bolso de mano. Mira al mar, esperanzada por el arribo de un barco.
Entra al escenario, el mar, Héctor. De treinta, con aire de intelectual. Viste de negro. Camina muy lentamente, la mirada al frente, jalando una cuerda que se desprende de la proa de un barco velero rodante. Al ver a Lucía, se detiene y la observa, analítico.


LUCÍA Y HÉCTOR
Lucía.— Si por ejemplo te llamas ése, el otro, aquél... el que esperaba.
Héctor.— Me llamo Héctor; ¿tú me conocías?
Lucía.— Te imaginaba. Eras moreno, eras un abismo, usabas lentes, caminabas lento.
Héctor.— ¿Todo eso? Yo también te imaginaba; Me acuerdo que usabas una gabardina con el cuello alzado; tenías prisa. La boca, roja. ¿Y te llamabas...?
Lucía.— ¿Lucía?
Héctor.— No, pero Lucía está bien. ¿Quieres viajar conmigo?
Lucía.— Sí.
Héctor.— ¿Sabes que podría hacerte mucho daño?
Lucía.— No lo creo; tienes toda mi confianza.
Héctor. — ¿Por qué?
Lucía.— Quiero tenerla; con eso me basta.
Héctor.— ¿Segura?
Lucía.— ¿Nos vamos?
Héctor.— ¿Por qué no?

Lucía deja la pequeña “isla”. Héctor sin esperarla reanuda su “viaje”. Lucía camina detrás del barco-velero. La luz baja hasta que veamos apenas en silueta a la pareja.

ESCENA II
Se ilumina un área del escenario donde vemos una pequeña estación de tren: taquilla, una banca y un fragmento de vía. Entra Carlos con dos maletas, es infantil a pesar de tener treinta y tantos años. Es guapo y desenfadado; viste de manera estudiadamente casual. Se sienta en la banca. Entra Astrid y compra dos boletos; es una mujer madura, como en sus cuarenta y tantos, alta, maternal y emprendedora. Se sienta al lado de Carlos sin dejar de mirar si el tren se acerca.

ASTRID Y CARLOS
Astrid.— ¿Y trajiste el cepillo, el espejo, el deseo, la toalla, los papeles secos?
Carlos.— No estoy seguro; habrá que buscar (abre su maleta). Traigo, déjame ver: el deseo, las camisas dobladas, las sábanas, los naipes... ¿Quieres jugar?
Astrid.— Si no haces trampa, Carlos.
Carlos.— Ese es el riesgo, Astrid. Haga su juego, señora: ¡pokar con comodín al centro! ¿Apostamos algo?
Astrid.— No, rotundamente no, y no me trates de convencer.
Carlos.— De todos modos, hay algo que debes recordar: flor imperial de corazones rojos mata cualquier cosa (reparte las cartas).
Astrid.— ¿Y por qué no dices flor de corazones negros? O flor imperial, simplemente.
Carlos.— Porque no hay ni que decirlo: los humores negros siempre matan, son melancolía, o peor aún, tristeza.
Astrid.— No importa, siempre quedan los diamantes: poderosos, rabiosos. ¿Esos tienen buen humor?
Carlos.— Rojo, ¡tienen humor rojo! ¿Vas a cambiar alguna carta?
Astrid.— Deja que vea mi juego.

Mientras Carlos y Astrid juegan a los naipes, Lucía y Héctor entran al escenario con el pequeño barco velero. Lucía lo conduce, jalando de la cuerda que sale de la proa; Héctor mira al cielo con un catalejo.

Lucía.— ¿Vamos bien?
Héctor.— No lo sé; ¿estás cansada?
Lucía.— No, ¿cómo crees?
Héctor.— Vamos a quedarnos aquí.
Lucía.— ¿Para viajar a la deriva?
Héctor.— No, para pensar a dónde iremos.

Lucía aborda el barco velero y mira el agua inmóvil; de vez mira a Héctor que sigue observando el cielo. Finalmente Héctor se aburre y toma un libro; Lucía, toma el catalejo y mira con él al cielo.

Lucía.— Héctor, ¿y la Cruz del Sur?
Héctor.— (concentrado en su lectura) ¿Qué?
Lucía.— No la veo por ningún lado. Esa debe ser Pegaso y la de abajo Casiopea, pero la famosa Cruz... nada. ¿Qué le habrá pasado?
Héctor.— (académico; siempre leyendo) Estará en el Hemisferio Sur, supongo, Lucía; cerca de Centauro que tampoco se puede ver aquí.
Lucía.— Ah... ¡gracias, mi querido astrónomo! (Sigue observando) Perseo, Andrómeda... ¿ésas dónde quedan, sabio?
Héctor.— Junto a Pegaso y cerca de Casiopea.
Lucía.— Adoro los nombres de las constelaciones: Hydra, Orión... Hércules…    ¿Tú no?
Héctor.— Sí, yo también los “adoro”.

Llueve. Lucía abre un paraguas y cubre a Héctor, quien sigue leyendo.


ESCENA III

ASTRID Y CARLOS

Carlos, interesado sólo en el juego de naipes; Astrid, harta, se levanta y mira si el tren se acerca; decepcionada se vuelve a sentar.

Carlos.— ¡Flor imperial! ¿Y tú?
Astrid.— Dos.
Carlos.— ¿Dos qué?
Astrid.— Dos cartas.
Carlos.— ¿Otra vez quieres cambiar?, te acabo de dar cuatro; o qué, ¿sólo hiciste un par?
Astrid.— No. Tengo... Tercia de...
Carlos.— Déjame ver... Tienes dos hermosos pares; lo siento, te gané otra vez....
Astrid.— Carlos, alguna vez has sentido que esperamos siempre trenes, corremos velozmente en trenes, descendemos y caminamos de prisa, llegamos tarde y no importa, pues nada pasa. Tomamos de nuevo el tren, tristes, ya ni siquiera la prisa nos ayuda; descendemos y caminamos lentamente, decepcionados por no haber hecho gran cosa.
Carlos.— ¿A qué viene eso?
Astrid.— Olvídalo.
Carlos.— Voy a jugar un “solitario”, ¿quieres que te enseñe?
Astrid.— Eres un imbécil... estaba hablando de otra cosa.
Carlos.— Los trenes, sí; pero nosotros no tenemos prisa.
Astrid.— ¿Nosotros?

Sonido de tren, preparan sus maletas y esperan tensos, silenciosos.


ESCENA IV

HÉCTOR Y LUCÍA

A la deriva. Héctor mira al cielo. Un pequeño avión cruza el escenario. Lucía conserva el paraguas abierto.

Héctor.— Mira, Lucía: un avión. Míralo. Nosotros aquí tan lentos y ese montón de fierro muy pronto tal vez cruce Panamá. ¿Y quién sabe? A lo mejor llega hasta la Tierra del Fuego y ahí: ¡Paf!... Se estrella con tu Cruz del Sur: ¡Puaf! ¡Scrash! (Pausa). Lucía... ¡Lucía! ¿No vas a cerrar tu paraguas? Ya dejó de llover.
Lucía.— Sí. (No cierra nada. Baja del “barco” y aterrada, grita…) ¡Héctor!
Héctor.— Aquí estoy.
Lucía.— Sentí que el mar me iba a tragar.
Héctor.— (Héctor va con ella) Si estuvieras sola, ¿podrías sobrevivir?
Lucía.— Puede ser, pero estoy contigo.
Héctor.— (pausa) Tienes que aprender a nadar. A nadar sola en el mar, en cualquier mar.
Lucía.— El mar es grande.
Héctor.— Nadar es como conducir. Hay que saber hacerlo. Solo. Y tal vez acompañado. Pero nadie puede vivir por el otro.
Lucía.— (pausa) A ti te da lo mismo que estemos juntos, ¿no es así?
Héctor.— Esa conclusión es tuya; estoy contigo porque lo deseo.
Lucía.— ¿Y si me tragara el mar?
Héctor.— No lo hará si eres lo bastante fuerte.
Lucía.— Si no lo soy, ¿me vas a ayudar?
Héctor.— No me gustan las promesas.

Sonido de barco y tren. Vemos a Carlos y Astrid jalando un pequeño tren hecho a escala. Lucía y Héctor tiran de la cuerda que sujeta a su hermoso barco velero.
OSCURO.

CUADRO SEGUNDO
PLAYA

ESCENA I
Al encenderse las luces vemos una playa donde las dos parejas coinciden. Se trata de un lugar ideal, una playa desierta donde se puede descansar a gusto: mar, brisa, palmeras, algunas enramadas, hamacas y un bar-bufete donde todo el tiempo hay comida y bebida para satisfacer las los deseos de los huéspedes, las dos parejas que, sin lugar a dudas, son los únicos que se encuentran en este “paradisíaco” lugar que podría ser la fusión entre una playa de excursionistas y un lujoso hotel donde todo está incluido. Es importante señalar que todos los muebles diseñados para crear los espacios escenográficos son practicables; entran y salen con facilidad, por medio de ruedas o por medio de lo que la imaginación mande.


HÉCTOR Y LUCÍA ACOSTADOS EN SUS RESPECTIVAS HAMACAS.

Lucía.— Proposición número uno: La mujer impulsa al hombre. Dos. El hombre es el proveedor de la mujer.
Héctor.— Número dos y medio: El hombre no puede ser cualquier imbécil.
Lucía.— Lo que Héctor ignora es que yo siempre tomo el mando, pero dejo que él siga pareciendo el más fuerte.
Héctor.— ¿Por qué tengo que solucionarle la vida a Lucía? ¿Acaso yo pido que alguien me la solucione?
Lucía.— Héctor a veces se comporta como un niño, quiere que yo lo proteja, incluso que yo le haga el amor. No sólo que le haga el amor, quiere que vaya en contra de mis deseos.
Héctor.— Ser parejos, al menos eso me gustaría más. ¿O por qué, si no, el nombre de pareja?
Lucía.— Héctor es egoísta.

CARLOS Y ASTRID EN EL BAR-BUFETE.
Carlos.— Soñé con mi maestra de primaria, ella me mantenía y eso me avergonzaba, sin embargo yo no podía hacer nada para que la situación cambiara.
Astrid.— Sueño o no, algo debe haber detrás. Algo debes superar.
Carlos.— No empieces con tu psicoanálisis.
Astrid.— Es claro que simbolizas a tu mujer interna a través tu maestra.
Carlos.— ¿Mujer interna? No digas pendejadas.
Astrid.— Mira, Carlos. El hombre que hay en ti... tendría que vencer al adolescente que insiste en hacer travesuras para liberarse de su detestada imagen materna, es decir tu maestra, es decir yo.
Carlos.— Oooh...
Astrid.— Aunque te burles; el día en que puedas de verdad amarme será ése en el que no me necesites.
Carlos.— ¿Quién necesita a quién? Si yo soy un adolescente tú eres una corruptora de menores.
Astrid.— Te has visto al espejo, Peter Pan. Ya no tienes dieciocho años.
Carlos.— Pues no... Tal vez. Pero me siento de quince.
Astrid. — No te subestimes. Yo te calcularía hasta... unos ocho.
Carlos.— (Molesto) Ja, ja.

LUCÍA Y HÉCTOR CONTINÚAN EN LAS HAMACAS, SIN EMBARGO LUCÍA SE INCORPORA Y VA A MECER A HÉCTOR.

Lucía.— Ya no te conozco. Parece que siempre estás en otra parte. ¿Por qué no me dices lo que de verdad sientes?
Héctor.— No fastidies.
Lucía.— Aparentas ser oscuro, complicado, inaccesible; siempre sumergido en tus notables, racionales, pensamientos.
Héctor.— ¿Y qué más?
Lucía.— Detrás de esa apariencia de complejidad creo que no hay nada en absoluto.
Héctor.— Así es, le diste en el clavo. No hay gran cosa, Lucía; no oculto ningún misterio. En el fondo de mí sólo existe un horrendo vacío.
Lucía.— Cállate, no me gustan ese tipo de bromas.
Héctor.— ¿Quién está bromeando?

ASTRID Y CARLOS. LEVANTAN LOS PLATOS Y LIMPIAN LO QUE NO TIENEN QUE LIMPIAR.

Astrid.— No, Carlos; tienes que cambiar; me siento como si fuera tu madre.
Carlos.— Ya cállate.
Astrid.— Ya ni siquiera hacemos el amor como antes; ya ni siquiera hacemos el amor.
Carlos.— ¿No? ¿Y cómo le llamas a lo que hicimos anoche?
Astrid.— Fue un excelente masaje, Carlos; gracias.
Carlos.— Astrid, no me presiones, ¡estoy harto!
Astrid.— El señor está harto, al señor le hablan sus amantes a mi propia casa, hace citas con ellas casi en mis narices, pasa las tardes con ellas, llega muy noche, cansado, y me dice que no lo presione. Por lo menos podrías disculparte.
Carlos.— ¿Estás conmigo, no? Eso debería bastarte.
Astrid.— Eres un imbécil.

LUCÍA Y HÉCTOR.

Lucía.— Deberíamos tener un hijo.
Héctor.— No jodas.

CARLOS SE SIRVE UN PLATO DE FRUTAS Y CUANDO LO CUBRE CON CREMA BATIDA EXPRESA COMO ROTUNDA CONCLUSIÓN DE SUS PENSAMIENTOS:

Carlos.— Tú sabes que eres la única mujer, las demás son pasatiempos.
Astrid.— Sí, soy la única, pero la única pendeja que te aguanta.

LUCÍA LLEGA AL BAR BUFETE Y PREPARA DOS COCTELES. ASTRID Y CARLOS LA OBSERVAN Y ELLA REACCIONA INCÓMODA.

Lucía.— Hola.
Carlos.— Hola.
Lucía.— ¿De la ciudad?
Carlos.— ¿Que si somos de allá…?
Lucía.— Sí, claro, eso pregunto.
Carlos.— Pues sí, somos... de la ciudad... de cual, de la única claro, ¿hay otra No.
Lucía.— Son de México, verdad. Se les nota.
Carlos.— De plano. Pues así es, de allá somos.
Lucía.— En qué colonia viven.
Astrid.— Coyoacán.
Lucía.— No es cierto. Nosotros nos vamos a mudar a una cuadra del Centro. Cerca del Parnaso.
Astrid.— Qué inspirador.
Lucía.— ¿También de luna de miel?
Carlos.— ¿Ustedes sí?
Astrid.— Nosotros más o menos.
Lucía.— Pero son novios.
Carlos.— Estamos enamorados, sí. En—amor—a—dos.
Astrid.— No le creas. Nos acabamos de conocer.
Carlos.— Tenemos cinco años juntos. Nos vamos a divorciar.
Astrid.— Nos vamos a separar. Carlos va a seguir viendo a sus amantes y yo, pues tendré que conseguirme alguno.
Lucía.— Nosotros sí estamos de luna de miel... ¡Héctor!
Héctor.— ¡Voy!
Astrid.— ¿Se llama Héctor tu esposo?, ¡qué gracioso!
Lucía.— ¿Dónde está la gracia?
Astrid.— No te molestes, es un chiste privado, me acordé de un novio que tuve.
Carlos.— Debes disculpar a Astrid. Es psicóloga... (Ante la mirada severa de Astrid) Perdón, es psicoanalista.
Lucía.— ¡Héctor! Ven pronto. (a Astrid) Héctor necesita ayuda profesional.
Carlos.— ¿En su luna de miel?
Lucía.— No claro. Aunque no estaría mal. ¿Cobras muy caro?
Astrid.— Depende del paciente. Pero, tranquila. Estamos de vacaciones.


HÉCTOR SE ACERCA SIN DECIR PALABRA. SE TOMA EL COCTEL QUE PREPARÓ LUCÍA.

Astrid.— Hola, ya conocemos toda tu historia.
Héctor.— Les dijo que estábamos de luna de miel. No lo crean. Lucía miente porque es muy sociable.
Carlos.— Nosotros estamos en una No-luna-de-miel.
Héctor.— Por favor no vayas a decir que es como el “No cumpleaños”. Me resulta un tópico insufrible, como la lunita de miel.
Astrid.— ¿De malas?
Héctor.— Ya ves.
Astrid.— Las personas inestables no suelen ser amables, dicen inmediatamente lo que piensan.
Héctor.— ¿Leíste eso en un manual de psicología barata?
Astrid.— No. Lo oí al pasar; lo decía un inestable.
Héctor.— Entonces soy inestable. ¿Quién no lo es?
Carlos— El Papa, el presidente, mi psicoanalista.
Héctor.— Recomiéndame a tu psicoanalista, ¿quieres?
Carlos.— Ahora mismo. Es ella. No es recomendable... digo, que lo sea mi mujer, pero así es. Astrid, por cierto, es muy recomendable, digo, como profesional, como psicoanalista.
Astrid.— Carlos, cierra la boca.
Lucía.— Hablábamos precisamente de que te podía dar consulta. Son de Coyoacán. Ya les dije que nos mudamos para allá.
Héctor.— Quizá cambiemos de planes. Se ve que son muy desagradables. (Toma un trago y los sorprende con una sonrisa encantadora) Salud.
Carlos.— Nada más espera que tengamos con qué brindar. (Toma una botella, empieza a servir y bebidas para todos) ¿Todos toman? Sí, verdad. Salud, por su luna de miel. O por su no luna.
Lucía.— (Ante la mirada de reproche de Héctor) ¡Qué!, ¿puedo vivir mis fantasías?
Héctor.— (a Astrid) A ver si le das consulta. Ella sí lo necesita.
Lucía.— Pues a ver si vamos juntos, papito.
Carlos.— ¿Un cigarrín?
Héctor.— Ofreces o pides.
Carlos.— No, qué pasó.
Héctor.— Porque yo tengo.
Carlos.— ¿Cigarros?
Héctor.— Mira, tú acompáñame.

Lucía y Astrid se quedan solas. Se analizan en silencio y luego inician una conversación que se acaba con un oscuro. Carlos y Héctor se van a las hamacas. Héctor saca una pipa y Carlos se emociona porque confirma que su nuevo conocido fuma mariguana. Héctor fuma con tranquilidad mientras Carlos espera ansioso su turno, que por fin llega.
Héctor.— ¿Músico, arquitecto, cineasta?
Carlos.— (Después de fumar) ¿Yo? Por lo pronto vivo de las mujeres; concretamente de mi mujer. ¿Tú?
Héctor.— Doctor.
Carlos.— No tienes pinta.
Héctor.— En filosofía.
Carlos.— Yo me doctoré en orientación vocacional, digo, es un decir. La verdad siempre quise ser beisbolista. Filosofía fue una de las carreras que quise estudiar. Y la estudié. Dos años. Aunque nunca iba. Luego estudié historia. Aunque no ejerzo. (Pausa) ¿Y tú a qué te dedicas? (Ante la mirada seria de Héctor.) No, no, ya sé. De verdad. ¿Trabajas de maestro?

ASTRID Y LUCÍA VAN HACIA DONDE ESTÁN CARLOS Y HÉCTOR. ASTRID FUMA DE LA PIPA DE CARLOS SIN DECIRLE NADA. LUCÍA RECHAZA LA PIPA.

Astrid.— (en aparte a Lucía) Carlos, sin embargo no es muy sexual, sabes.
Lucía.— Pues tiene una miradita.
Astrid.— No es muy sexual conmigo. Coquetea con cualquiera. Con todas. Piensa que me tiene segura, por eso abusa.


CARLOS Y HÉCTOR SE DIRIGEN A UNA PALMERA Y TRATAN DE BAJAR UN COCO A BALONAZOS. LOS DOS SON TORPES Y ESTÁN UN POCO ATONTADOS POR LA MARIGUANA.

Carlos— Yo podría vivir en cualquier parte. Me bastaría con un buen chupe, buena mota, buenas chavas; buena música, ¿qué más? Mujeres, muchas, variadas, dispuestas. Además me gustaría que hubiera muchas mujeres. Y además... ¿Qué crees?... Mujeres…
Héctor.— A mí me bastaría con una, pero que hiciera lo que yo deseara. No estaría mal. Y que por favor no me pregunte. Héctor, ¿qué te pasa? ¿En qué piensas?
Carlos.— Eso.

LUCÍA Y ASTRID JUEGAN A COGER PUÑOS DE ARENA.

Lucía.— Hago todo lo posible y quizá hasta lo imposible por agradarlo; me esfuerzo por serle atractiva y sólo consigo su indiferencia. ¿A ti te quiere Carlos?
Astrid.— Me adora.
Lucía.— ¿Sí?
Astrid.— Me necesita.

HÉCTOR Y CARLOS VAN AL BAR Y SE SIRVEN COCTELES “MARGARITA”

Carlos.— Pues a ella no le molesta mantenerme, y a mí tampoco, digo, que me mantenga; ella gana bastante bien. Conoció a muchos tipos que salieron huyendo cuando sintieron que estaban en terapia; pero a mí no me molesta, conmigo no se mete, me refiero, no en un plan profesional.
Héctor.— Comprendo; no te analiza.
Carlos.— No, nunca, no.

LUCÍA Y ASTRID, EN PLENA CONSTRUCCIÓN DE UNA FIGURA DE ARENA.

Lucía.— Masoquista para nada. Nunca me ha pegado.
Astrid.— No hace falta que te pegue físicamente, simplemente da golpes certeros a tu autoestima; es decir, te devalúa como persona, como ser humano y tú misma haces todo lo posible para que te destruya al esperar demasiado de él.
Lucía.— Te equivocas, lo que hago por él es gratis, no espero ningún beneficio.
Astrid.— Ya lo creo: esperas confirmar íntimamente que no vales nada; él desprecia y humilla tus esfuerzos; tú debes estar agradecida, aunque no te mire desde sus alturas porque es un dios que se digna tenerte cerca de él, aunque tú no valgas nada.
Lucía.— Y si te dijera que en el fondo Héctor siente que es una basura.
Astrid.— Eso hace el caso aún más interesante.

ENTRAN VARIOS TRAMOYISTAS Y DEJAN EL ESCENARIO VACÍO.


OSCURO
CUADRO III
CIUDAD
UNOS AÑOS DESPUÉS

ESCENA 1
Los tramoyistas van introduciendo algunos muebles de un hogar de la clase media urbana acomodada. Crean, del lado derecho, el espacio del departamento de Carlos y Astrid: un diván de piel, una silla de metal y una mesa moderna (Astrid seleccionó los muebles). Anexo, a la derecha, se encuentra el espacio de Lucía y Héctor: un love seat cursi, dos mesitas y dos sillas todavía más cursis y un bar prefabricado (Lucía encargó los muebles, aunque el bar lo compró Héctor).

HÉCTOR Y LUCÍA. EN EL LOVE SEAT.

Héctor.— ¿Te puedo decir algo que me molesta mucho de mí?
Lucía.— Esto es nuevo, normalmente hablas de lo te molesta de mí. 
Héctor.— Soy demasiado generoso. En exceso. Soy magnánimo diría yo. Te doy y tú recibes. Estás hecha para recibir y yo todo el tiempo te doy regalos, tiempo, atención. Además te doy mi dinero. Te doy para comida, para muebles, para ropa. Me tocó en la vida el papel de proveedor, y no me gusta. No todo el tiempo. Me siento como víctima de un abuso en un contrato leonino donde yo no firmé nada. Doy y no recibo. Y una vez que me doy cuenta de que nada es para mí, me siento muy desdichado, como si me hubieran robado.
Lucía.— ¿Me estás diciendo miserable? ¿Insinúas que soy una persona mezquina? ¿Crees que soy como un parásito incapaz de sobrevivir sin ti?
Héctor.— Nunca dije todo eso.
Lucía.— Lo insinuaste.
Héctor.— Sólo te digo que de ahora en adelante pienso ser un poquito más egoísta. Para que estés avisada.
Lucía.— ¿Más egoísta?
Héctor.— Así es. Vamos a pagar cada quién lo suyo. Comienza a pensar en conseguir un trabajo donde ganes más. Ya nada de voluntariado ni esas mamadas.
Lucía.— ¡Héctor!
Héctor.— ¡Es la verdad! Y no me vengas con tu moralina de monja. Mamadas dije. ¿Por qué no eres voluntaria para ayudar a pagar algunos gastos de la casa?
Lucía.— No es nada más un trabajo. Ayudo a la gente.
Héctor.— (Se baja la bragueta) Mira, mejor sé voluntaria conmigo. Por qué no me haces un trabajo aquí.
Lucía.— No seas animal.
Héctor.— ¿Y por qué no? Tengo ganas de ser como uno, el más sediento. El más diestro, el que te embista con la furia de un toro, con la agitación de un potro (La toma de las nalgas y luego mete su cabeza entre sus piernas). ¿Trabajas de voluntaria conmigo o no?
Lucía.— ¿Y sin condón?
Héctor.— No lo necesitamos.
Lucía.— ¡Héctor! Sí lo necesitamos.

LEVANTA EL VESTIDO DE LUCÍA Y METE SU CABEZA PARA HACERLE SEXO ORAL. SE OSCURECE LA ZONA DONDE ESTÁN HÉCTOR Y LUCÍA Y SE ILUMINA EL DIVÁN DONDE ESTÁ ASTRID.

ESCENA II

ASTRID SENTADA EN UNA ORILLA DEL DIVÁN, SE ARREGLA EL PELO CON UN ESPEJO DE MANO.

ASTRID.- ¿Una mujer de mediana edad? ¿Y qué será eso? Una mala traducción del inglés, supongo, para decir: una mujer madura. Ni muy joven, ni demasiado... entrada en años; como yo, exactamente como yo. (Pausa). Pues para mi edad no estoy tan mal. (Pausa). Pero qué digo, estoy increíblemente bien. De acuerdo: bastante bien. Carlos se comporta a veces como un niño. ¿Y yo? En todo caso soy la perfecta estúpida que siempre le cumple sus caprichos.

ENTRA CARLOS Y SE ACUESTA EN EL DIVÁN. ASTRID LO VOLTEA A VER, LE SONRÍE, LE COQUETEA, PERO ÉL APENAS LEVANTA LA VISTA. ELLA REGRESA AL ESPEJO.

Carlos.- Volví a soñar con mi maestra. Estábamos en un salón de clases. Era mi primaria pero también era la universidad. Yo le estaba dando un masaje encima de su escritorio.
Astrid.— ¿Solamente le dabas masaje?
Carlos.— Seguro. Era como de esos que a veces te doy a ti. Cuando terminé sacó de una enorme bolsa unos billetes y me dijo: espero que un día me hagas lo mismo que a tus compañeritas. Yo me reía y me guardaba el dinero en los calzones. Qué opinas, Astrid. ¿Te identificas con alguno de los personajes?
Astrid.— Me identifico con la bolsa. Sí. Soy como una bolsa llena de dinero. Por otro lado tu maestra es tu mujer interna, ya te lo he dicho.
Carlos.— Sí, ya me sé esa canción. Oye, y cómo puedo hacerle para cogerme a mi mujer interna.
Astrid.— Puedes conseguirte un consolador.
Carlos.— Yo tengo uno. Integrado.
Astrid.— ¿Sí?, te aseguro que ya no lo recuerdo.
Carlos.— Está muy bien, mujer interna. ¿Quieres un masaje? O quieres más.
Astrid.— Un masaje está bien.
Carlos.— ¿Segura?, luego no me reclames.
Astrid.— Completamente segura.

ASTRID SE RECUESTA Y CARLOS LE DA MASAJE HASTA QUE SE QUEDA DORMIDA. CARLOS SALE SIGILOSO.

OSCURO.
ESCENA III
Sueño de Astrid: ambiente extraño, pero sin dejar de tener tono verosímil. Astrid recibe a Héctor en su casa. Héctor se acuesta en el diván. Astrid toma notas. Carlos y lucía están ahí como testigos.

Astrid.— ...¿Qué dice la Filosofía? ¿Sigues dando clases?
Héctor.— Son dos preguntas diferentes. Sí, sigo dando clases. En cuanto a la Filosofía... ¿De verdad te interesa?
Astrid.— No.
Héctor.— Qué alivio. Puedo hablarte sobre la filosofía de un alcohólico (Héctor se levanta y Lucía le ofrece una copa de un color insólito).
Astrid.— Tampoco me interesa, gracias.
Héctor.— De nada.
Astrid.— Me comenta Lucía que estás obsesionado con el sexo oral.
Héctor.— Te dice también cómo disfruta cuando yo uso la lengua. Cunnilingus, ¿no doctora? Pero no hay felatio. Por más que le hago, no lo hallo. ¿Alguna idea?
Astrid.— ¿Sabes?, eres muy afortunado en tener una pareja como Lucía; ella es una gran persona.
Héctor.— Lo es. Ojalá tuviera alguna idea de qué hacer con su vida (Se toma de un solo trago su copa).
Astrid.— Al menos tú sabes qué hacer con la tuya.
Héctor.— A veces.

HÉCTOR SE LEVANTA Y REVISA A ASTRID DE ARRIBA A ABAJO.

Astrid.— ¿Qué haces?
Héctor.— Nada importante: miro tus piernas. Son bastante aceptables... y tu culo es magnífico.
Astrid.— ¡Qué tal!
Héctor.— Me pareces una pretenciosa y una estúpida, pero me gustan tus nalgas. ¿Me das un beso?
Astrid.— Eres un absoluto imbécil, pero absoluto. ¡Carlos!, ¡Lucía! Ya oyeron lo que opina este cretino de mis piernas?
Carlos.— Que son hermosas por supuesto. Yo lo sé, que lo sepa el mundo.
Astrid.— Dijo además que le gustaban mis nalgas.
Carlos.— Todos lo oímos.
Astrid.- ¿Qué van a hacer al respecto?
Carlos.— No sé Astrid... Héctor es mi mejor amigo.
Lucía.— Y es mi pareja.

OSCURO
CUANDO SE PRENDE LA LUZ VEMOS A ASTRID TRANSCRIBIENDO UNA GRABACIÓN. EN ALGUNOS MOMENTOS LA INTERRUMPE PARA HACER ALGUNOS COMENTARIOS EN VOZ ALTA. ESTOS ÚLTIMOS SE INDICAN ENTRE CORCHETES.

Astrid.— Treinta y tantos años. Profesor de Filosofía. Guapo, pero desaliñado. Siempre exitoso con las mujeres, desprecia infinitamente ser atractivo. (Detiene la cinta y escribe) [Últimamente ya no se siente tan atractivo. Le empiezan a pesar los años.] Quiere dar la imagen de un hombre que "tiene posibilidades de ser un gran pensador". Es indiferente por vocación, pero se quiebra cuando los demás quieren ofrecerle ayuda, la cual, por otra parte, es incapaz de recibir. [En cierto modo creo Carlos lo ha ayudado a abrirse un poco más. Creo que se han logrado identificar. Espero que sea para bien].

OSCURO
CARLOS Y HÉCTOR

Carlos.— Nunca se había puesto así. Se había enojado por algunos días, pero ya han pasado tres semanas y no me habla.
Héctor.— Pero qué la hizo reaccionar así. No es la primera vez que se da cuenta de tus aventuras. Te volaste la barda con esa nena. ¿Cuántos años tiene?
Carlos.— Dieciocho. Igual que su hermano.
Héctor.— Obvio. Dices que son gemelos.
Carlos.— No sé si estoy asustado o feliz. Nunca me había sentido tan desubicado.
Héctor.— Es natural. Yo no sé si podría andar con una niña de dieciocho años. Si Lucía me resulta demasiado infantil. (pausa) Qué haces con una bebita de dieciocho (ante la mirada significativa de Carlos). Digo, además de llevártela a comer. De qué platican. Qué, ¿le pides permiso a sus papás para salir? Su mamá debe de tener la misma edad que Astrid.
Carlos.— Es un poco menor. Astrid ya cumplió cincuenta y la mamá de Bruno y Berenice tiene como cuarenta y tantos.
Héctor.— Berenice se llama.
Carlos.— Y su hermano, Bruno.
Héctor.— Sí, ya me lo habías dicho.
Carlos.— Son muy parecidos, son cuates. Estaba con Berenice y lo veía a él. Besaba a Berenice y pensaba en Bruno. No sé cómo decírtelo.
Héctor.— Qué tal. Pues... Pues ya me lo estás diciendo.
Carlos.— Astrid se enfureció cuando supo que me había acostado con él.
Héctor.— ¿Cómo?
Carlos.— Nos encontró en la casa. Él me la estaba chupando. Está muy enojada.
Héctor.— ...Qué tal.
Carlos.— No sé. Reaccionó diferente. Una vez me encontró con una de sus pacientes. Sí se enojó. La convencí de que era solo una aventura. Me dijo que su paciente era psicótica, que no era conveniente que la molestara. Esta vez se puso muy seria. No sé si podrá superarlo.
Héctor.— Y este chico...
Carlos.— Bruno.
Héctor.— ¿Es una aventura?
Carlos.— Pues sí. No sé. Es muy muy gay. Nunca me había pasado. Yo creo que... tampoco será fácil que pueda superarlo.
Héctor.— Ya veo.
Carlos.— Tú crees que yo... me esté cambiando de esquina, de acera, de bando..... Tú qué piensas.
Héctor.— No sé. Tal vez... Qué piensas tú.
Carlos.— Mira. ¿A ti nunca te ha pasado?
Héctor.— No, no, no. Nunca.
Carlos.— No te estoy sugiriendo nada.
Héctor.— Yo sé. Yo sé.
Carlos.— Además, tú eres muy mayor.
Héctor.— Sí, no soy tu tipo.
Carlos.— Es que... Nunca me había fijado en un hombre. Tú por ejemplo no me gustas. Pero él es tan... es tan joven. Me recuerda mucho a mí cuando yo tenía su edad. Así era yo cuando tenía dieciocho. ¿Será por eso que me gusta?
Héctor.— Será. Debe ser. ¿Quieres un trago?
Carlos.— Sí, no estaría mal.
OSCURO
ASTRID TRANSCRIBE OTRA GRABACIÓN.

Astrid.— Hijo de la Tierra de Nunca Jamás, Carlos es un cínico adolescente de treinta y cinco años que se niega a crecer. Es Peter Pan. Guapo y suertudo. Es extrovertido y alegre. Tiene infinidad de proyectos que nunca realiza y se evade con lo que haya y con quien sea. Nunca pensará en su propia vejez... antes muerto. (Escribe) [Recientemente tuvo una aventura con un adolescente. Se identificó con él a un grado inaceptable. Al menos inaceptable para mí. Creo que lo mejor será que se vaya. No puedo seguir siendo la madre postiza que le tolere todas sus travesuras. Se identifica con este niño porque en el fondo, Carlos se siente seguro con los que son como él. Es un narcisista inmaduro y lo será toda su vida. Está claro que si yo no le digo que se aleje se va a quedar para siempre a vivir con su madre que le aguanta todo. Si el es Peter Pan, yo soy la pobre Wendy. Ya basta.

OSCURO

HÉCTOR, LUCÍA Y CARLOS

CARLOS ARREGLA UNA CAMA IMPROVISADA EN EL LOVE SEAT DE LUCÍA Y HÉCTOR. UNA MALETA EN EL SUELO Y ALGUNA ROPA DESORDENADA SEÑALAN SU PRESENCIA.

Héctor.— Si necesitas agua hay un garrafón en la cocina. Hay una toalla limpia en el baño, y ya sabes. La comida que gustes en el refri.
Carlos.— Gracias.
Héctor.— Mañana yo me tengo que levantar temprano. Lucía se queda hasta las diez.
Lucía.— Hasta las ocho. Tengo que ir al ginecólogo. Parece que hay posibilidades de un tumor. Eso les pasa a las que no tenemos hijos.
Jorge.— Es mejor no tenerlos. (Ante la mirada de Lucía). Eso pienso yo... (Lucía tiene una actitud francamente hostil) Bueno... perdón.
Héctor.— Tú no te preocupes, Carlos. Estás en tu casa.
Carlos.— Yo también me levanto temprano. Tengo que ir a ver a un antiguo amigo. Ahora sí tengo que buscar trabajo.
Héctor.— Ya me doy cuenta.
Lucía.— Nunca había visto a Astrid tan furiosa.
Carlos.— Esa es la historia. Ya sabes el dicho. Eso también pasará. Todo pasa.
Lucía.— No tienes madre, Carlos.
Carlos.— Si te molesta tanto que me quede...
Héctor.— Tú tranquilo, maestro. Ya te dije.
Lucía.— (Con furia contenida) Héctor, ¿vienes conmigo un segundo?

OSCURO
ASTRID. TRANSCRIBE UNA CINTA MÁS

Astrid.— (Se escucha la grabación) Niña bien, estudió en un colegio de monjas. Pareja de Héctor. Me la imagino un estereotipo de sí misma. Quiere ser heroína, pero nunca va más allá de lo que le permiten los convencionalismos. Es hija de familia muy decente; sin embargo, se siente atraída por los círculos de gente irreverente e inestable. Añora los mundos que considera luminosos. (Corta la grabación y escribe) [Es una cursi] (Reanuda la grabación), pero se siente atraída por los hijos de Caín. (Corta la grabación y escribe) [Se sintió muy herida cuando su “marido”, como ella lo llama, no le dijo a su amiguito Carlos que se fuera. Ahora está con su madre, que tiene básicamente los mismos gustos de Lucía. En cuanto a Carlos y Héctor. Pues espero que sepan sobrellevar su relación, es decir, su amistad.

CARLOS Y HÉCTOR

SENTADOS EN LAS MESITAS CURSIS, OBSERVAN LOS MUEBLES.

Carlos.— ¿De veras vas a tirar todos los muebles?
Héctor.— Tiempos de cambio. Nunca me gustaron. Los escogió Lucía.
Carlos.— Sí. No deja de ser un poco triste. Digo, que se haya ido.
Héctor.— No te sientas culpable. Ya no me soportaba mucho. Quería tener un hijo. Pues que lo tenga ella sola.
Carlos.— Si necesita un donador... Tengo fama de semental, ¿sabes?
Héctor.— O sea que el cambio de acera, de bando, de esquina, no es definitivo.
Carlos.— Lo único definitivo es el cambio.
Héctor.— ¿Has hablado con Astrid?
Carlos.— Sí. No deja de ser raro. Está muy tranquila, pero ya no es lo mismo. No me trata igual. Hay como una nostalgia. Vivimos mejor separados.
Héctor.— Me imagino.
Carlos.— Dice que lo de Bruno es una aventura pasajera, como con las mujeres, que nunca voy a estar tranquilo. Ni con mujeres, ni con hombres.
Héctor.— Es muy drástica.
Carlos.— Según esto necesito madurar. Puedo buscarla cuando me pueda valer por mí mismo, en todos los sentidos.
Héctor.— ¿Y Bruno?
Carlos.— Pues Bruno está bien supongo. Pero... No sé. Es demasiado joven. Creo que a mí tampoco me gusta la gente tan inmadura.
Héctor.— Eres un cabrón.
Carlos.— Sí.
Héctor.— Deberíamos irnos de viaje. A la playa.
Carlos.— ¿Tú y yo?
Héctor.— ¡Sólo como amigos!
Carlos.— Y quién está diciendo otra cosa. Tú no eres mi tipo, ya lo hemos comentado.
Héctor.— Solamente amigos. Cuándo nos vamos.
Carlos.— ¿Tú invitas?
Héctor.— En tus sueños.
Carlos.— Pues mira. Para que veas, invito yo. Para que estoy trabajando entonces si no puedo invitar a los amigos.
Héctor.— Eso digo yo.

ASTRID
GRABADORA EN MANO.
Esta vez me toca a mí. Astrid: una mujer madura. Cincuenta y un años. Asertiva, siempre objetiva. Sabe los puntos y comas de su destino. Sabe que está sola. Pero no está mal. No está nada mal. (Prende una computadora y escribe sin parar. Se ve concentrada. Entregada a su trabajo).
OSCURO FINAL




Entradas populares de este blog

Antígona Furiosa Griselda Gambaro

Los Cuervos están de luto HUGO ARGÜELLES

Dos mujeres de Javier Daulte