monólogos Maxi de Diego

MONÓLOGOS

El teatro me salvará
(Sus brazos rodearán sus piernas, su cabeza apoyada en ellas. Está
acurrucado, oculto entre unas cajas. Su cartera, tirada en el suelo.
Levanta la mirada, huidizo, con el ferviente deseo de no encontrar a
nadie. Hablará con rabia, tal vez con odio.)
SERGIO: Cuando volváis os vais a cagar. (Hace un gesto con un puño,
agresivo.) Venid de uno en uno. Así es muy fácil. Cuatro, cinco. ¿Qué os
he hecho? Nada. Os pisotearé. ¿Me oís? No, ya no me oís. Me habéis
quitado las pelas como todos los días y adiós, hasta mañana. Mañana no
traeré ni un céntimo. Mañana no me veréis. No vendré al instituto. No
volveré. Nunca. Ya no os tengo miedo. Voy a desaparecer de vuestra
vista. O me haré invisible. (Se levanta asustado, mira a un lado y a otro
antes de salir de su escondrijo. Se limpia la ropa, con rabia e insistencia.
Su ropa está llena de tierra, sin duda ha sido revolcado por el suelo). Javi
dice que se lo diga a mis padres o al tutor. Pero me han advertido que si
digo algo, me matan. (Gritando.) Joder, tengo miedo. Javi también tiene
miedo, si no, me ayudaría a enfrentarme a ellos. Y Pedro y Juanjo.
Tienen miedo, mis amigos también tienen miedo. Son unos matones,
una banda. Pero no me van a pillar otra vez. (Silencio. Parece pensar.
Parece que se le ha ocurrido una idea.) Joder, qué idea se me está
14ocurriendo. Soy el mejor en clase de teatro. A ver, preparemos un plan.
(Hablará despacio, pensando lo que dice.) Primero haré pellas dos días.
Como nunca falto, no creo que se alarmen los profes. Eso es. Cuando
vuelva, los matones me pedirán explicaciones. Hasta es posible que me
pidan el dinero atrasado. ¡Y un huevo! Les diré que he estado ingresado
en un hospital. Que me han descubierto una enfermedad del corazón
muy grave. Bueno, lo dejaremos en grave, no sea que lo vean demasiado
exagerado. Y ahora viene mi gran actuación. Cuando se acerquen a
pegarme al decirles que no tengo dinero. Fingiré un ataque al corazón
con desmayo incluido. Seguro que se van corriendo. Por si les acusan de
asesinato. En el fondo seguro que también son unos cobardes. (Pausa.)
Veamos, un ensayo. A ver, se acercan y digo: “dejadme, dejadme, que
estoy enfermo”. Y saco una caja de pastillas y me defiendo con ella,
como si fuera un cuchillo. (El actor realizará los movimientos que dice.)
Si se acercan más, es el momento de mayor tensión dramática, el
clímax, un fuerte dolor en el pecho. (Lo hace.) Ah, ah, ah. Y si se acercan
más, el desmayo. (Lo hace.) Y si intentan meterme mano al bolsillo, el
último ahogo y estiro la pata. (Lo hace. Silencio. Después de unos
segundos, se levanta. Más silencio.) ¡Qué gran actuación! El profe me
pondría un diez. ¿Y si vuelven otro día? (Silencio, piensa.) ¡Ya lo tengo!
Más teatro. Les haré la actuación del enfermo de sida. (Coge la cartera.)
Seguro que piensan, son unos ignorantes, que se contagia con tocarles.
¿Y por qué no empiezo por aquí? No, me gusta el papel de enfermo de
corazón. Pero por si falla, me voy corriendo a casa a ensayar. (Sale
deprisa, mucho más animado que al principio.)



CINCO
Huelga
(Entrando en casa con la mochila cargada de libros y el periódico bajo el
brazo.)
PEPA: Estoy hasta las narices. Van y se quedan en casa. O se van por ahí
de juerga. Al parque a tomar el sol. La videoconsola, como los padres
están currando... Y a la manifestación, cuatro gatos. Y luego se ríen de
nosotros. Dicen que ha sido un fracaso la jornada de huelga. Y es que
hasta tienen razón. En clase todo el mundo firma el papelito diciendo
que no va a ir a clase al día siguiente, pero luego nadie se pringa a la
hora de protestar. Mañana voy a soltar un mitin en mi clase... Se van a
cagar. ¡Compañeros! ¡Compañeras! ¡La consecución de los objetivos
planteados por la comisión estatal...! (Pausa brusca.) ¿Qué digo? Seguro
que este lenguaje les resulta extraño. ¡Colegas! ¡Tenéis unos huevos...,
así no vamos a conseguir na de na! ¡Hay que tomar la calle para que nos
oigan! (Se para desilusionada.) Tomar la calle... (Silencio.) De los tíos no
me extraña nada, la verdad, son todos unos críos. Sólo piensan en el
fútbol y en las maquinitas, están tontos. Pero nosotras... Nosotras
debemos cambiar esta mierda de mundo. Pero claro, está Gran
Hermano y la telebasura que las atonta. Pero yo no me rendiré. No. Hay
que tomar la calle... (Se vuelve a parar desilusionada.) Tomar la calle...
Hay
tantas
cosas
que
cambiar...
Menos
mal
que
lo
de
la
antiglobalización 9 parece que funciona. Espero que mis padres me dejen
ir a la próxima concentración fuera de España. Creo que me entienden,
pero les da miedo. Dicen que aun soy demasiado joven. A lo mejor
tienen razón. Me queda un año para cumplir los dieciocho. Entonces no
se podrán negar. He encontrado un curro los findes para pagarme el
viaje. Se van a enterar. Sólo piensan en ganar dinero, no les importa el
hambre, ni la pobreza, ni el cambio climático. Se van a enterar, los
muy... (Saca unos libros de su cartera.) Bueno, me voy a poner a
estudiar, que mañana tengo un control de sociales. Aunque como leo el
periódico, no me hace falta estudiar mucho. El gilipollas de David,
siempre con el AS debajo del brazo, se ríe porque compro El País o leo
El Militante. Será capullo. Es un engendro del sistema. Menos mal que
Suso está conmigo. Suso, cabrón, me tienes loquita. Y qué bien habla en
las asambleas. También Carmen habla bien. Pero Suso tiene un culito...
Bueno a estudiar, y luego a preparar la charla de mañana en clase.
(Pausa.) Mira que quedarse en casa, con lo que nos jugamos... (Suspira.)
OSCURO


SEIS
¿Nos quiere?
(Escenario dividido en dos partes iguales, derecha e izquierda. En cada
parte una alumna.)
UNA: Hoy el profesor tenía los ojos tristes.
DOS: Hoy el profesor tenía la mirada alegre.
UNA: Pensaba que se iba a poner a llorar en cualquier momento. ¡Qué
mal rato! Ni Arturo se ha atrevido a gastar la broma de todos los días.
DOS: ¿Adónde ha ido a parar su cara de amargado? Arturo ha gastado la
broma de todos los días y él no le ha expulsado como casi siempre. Le
ha sonreído y ha dicho: venga, Arturo, cambia el rollo. Y le ha vuelto a
sonreír. Arturo no ha vuelto a abrir la boca. Pero también ha sonreído.
UNA: El silencio ha durado alrededor de cinco minutos. Nunca pensé
que podría durar tanto el silencio. Ha sido insoportable. Sobre todo por
aguantar su mirada, fija en nosotros. Sin pestañear. Sin moverse. Como
una estatua. La mayoría de mis compañeros ha fijado sus ojos en el
libro intentando aparentar interés por la Literatura, por la página 64 de
la que teníamos que corregir no sé qué actividad. Yo no, yo no le he
quitado ojo, esperaba ver brotar sus lágrimas en cualquier momento,
quería indagar en el porqué de ese cambio, averiguar su oscuro secreto.
18DOS: ¿Le habrá tocado la lotería y piensa decirnos que deja su trabajo?
Siempre se está quejando de nosotros. Dice que nunca le hacemos caso.
Y no es cierto, le atendemos a nuestra manera. Pero él no nos entiende.
No sé por qué no cambia de profesión. Creo que sería un buen
camarero. Bueno, hoy sí, hoy sabe estar en clase. Ha repartido un poema
suyo que habla de la alegría de vivir, de luchar por la felicidad, de la
sonrisa, de la importancia de la sonrisa. Será por eso que no se le va de
la cara. Parece una máscara, pero una máscara sincera.
UNA: Él siempre estaba alegre. Bueno, últimamente, porque dicen
algunos de sus alumnos de cursos pasados que era un amargado, como
ahora. Es el reflejo de la amargura. Después de esos cinco minutos de
absoluto silencio se ha ensombrecido aún más. Ha dejado de mirarnos,
ha tomado la tiza y ha puesto en la pizarra con letra grande y redonda,
perfectamente dibujada: os quiero. Al leerlo, mi corazón ha empezado a
latir con esa fuerza de los conciertos a los que me gusta ir durante el
verano. Ha abierto su carpeta, ha cogido unas hojas y nos ha repartido
una a cada uno. Esa hoja, esa maldita y maravillosa hoja ha cambiado mi
vida, tal vez también la de Arturo. Era un poema, un poema sobre la
tristeza, sobre el duro camino de la vida, sobre la dificultad de ser
hombre o mujer. Pero al final en un solo verso, como un rayo de Sol que
se filtra entre las nubes, el verso, largo, decía: Pero os quiero, y este
amor me libera y me hace roca impregnada de ternura. Y firmaba: Toño
López, él. Antes de salir, al finalizar la clase, ha estado a punto de
sonreír, en sus ojos ha estallado la esperanza.
DOS: Cuando ha terminado la clase, mientras recogía sus cosas, me he
acercado a su mesa, mis compañeros habían salido al pasillo, y me he
atrevido a preguntarle por su estado. Él me ha mirado tranquilo, con su
sonrisa a medio apagarse, y en sus ojos una brizna de penumbra, y me
ha dicho: no tengas prisa, antes de que termine el curso lo
comprenderás. Pero yo ya lo he entendido. A mí no puede engañarme.
Simplemente se ha dado cuenta de que nos quiere y no puede evitarlo.




SIETE
Quise decirles la verdad
(Ya entrado en años, pelo largo y barba desarreglada, sentado en la
mesa de un bar, de vez en cuando mirará a un lateral como si esperara
a alguien.)
CARLOS: Quise decirles la verdad... Con la tiza en la mano quise decirles
la verdad. Ellos me miraban. Veían mi mano temblar. Lo presentían.
Aquel día no iba a hablarles de sus libros, ni siquiera de los míos.
Simplemente quise decirles la verdad. Hablarles de mi miedo. De mi
tristeza. Aquel día llegué a decirles unas pocas palabras. Que no
hablaríamos de sintaxis, ni de metáforas, ni de generaciones, ni de
géneros literarios.
Que los adjetivos no tenían importancia, ni los pretéritos imperfectos,
que la métrica era una auténtica mierda. Aquel día yo ya lo sabía. Pero
ahí estaban ellos, sentados, y ellas, también sentadas. Su mirada, su
silencio, y lo que yo interpretaba como su angustia, me sobrecogían.
Seguía con la tiza en la mano, pensando si sería capaz de decirles algo
que quería decir. Sé que percibieron mi llanto interno, mi dolor
profundo, mi deseo de comunicación imposible. Cualquier otro día el
silencio hubiera costado minutos de esfuerzo, aquel día, no. Nada más
entrar, la nada se creó en el ambiente. Pero por qué si no sabían nada.

Publicado en Maratón de monólogos 2008, Asociación de Autores de Teatro, Madrid, 2009.
Apenas yo lo sabía. Días después llegué a considerar que algo profundo
existía entre nosotros. Pero me negué a aceptarlo. El silencio se
prolongó durante varios minutos. Tensos, eternos, duros. Algunos
chicos se miraban entre sí, pero no se atrevían a moverse, ni siquiera
movían sus cuadernos ni sus bolígrafos, como otras veces. Hubo un
momento en que la suma de respiraciones creó un sonido rítmico
solamente roto por algún ruido que provenía de fuera de la clase.
Un muchacho en plena adolescencia, como todos, agachó su cabeza y la
apoyó en la mesa entre sus manos. Yo sé que no quería dormir, conocía
su inocencia manchada de tristeza.
Una chica hizo un amago de comenzar a llorar, pero su compañera de
mesa le estrechó la mano.
El más hablador casi levantó la mano, pero miró a los demás y reprimió
su gesto.
La tiza o yo, no lo sé, intentó anotar algo en la pizarra. Consiguió
escribir una A mayúscula, pero se detuvo. No era una A como la de otras
veces, vigorosa, rotunda, convencida, presagio de un mensaje que
consideraba
evidente,
sagrado,
necesario.
Una
A
creadora
de
conocimiento, una A impulso emotivo o revelación mítica, una A
inundada de comunicación. Entonces no, aquel día esa A podía ser el
preámbulo de una despedida o de una declaración. Nunca se sabría.
Pero insisto, aquel día quise decirles la verdad. Y tal vez se la dijera sin
palabras, porque he de recordar que me fui de clase sin decir nada más
que un “hasta siempre” que dudo mucho que entendieran, tanto en su
contundente significado como en su consumación material. Un hasta
siempre, susurro, lamento y frustración al mismo tiempo. Un hasta
siempre imbécil, miserable, tétrico. Pero un hasta siempre consuelo y
liberación. Porque después de cerrar la puerta, escuché, detrás de ella,
la explosión de sentimientos, el rugir de las sillas, el buscar el sentido
de aquellos interminables minutos junto al compañero y tal vez amigo.
Ante ellos había surgido un enigma mayor que el de la oculta oración
subordinada, que el de la intangible ironía o la abrupta imagen
visionaria. Ante ellos había surgido el enigma de la vida. Una vez más,
aquella clase fue un éxito. El éxito del fracaso.
Años después, ya situado tras la barra del bar donde trabajé como
camarero, me encontré con ella, siempre nerviosa en clase, ahora con
una paz en la expresión que ya quisiera para mí. Me reconoció, a pesar
de mi pelo largo, mi barba desarreglada. Me reconoció a pesar de que
ya no usaba tiza. Me dijo hola Carlos, yo sé por qué te fuiste. Así, sin
pedirme nada, ni un vaso de agua. Me sentí paralizado. Creía que había
olvidado aquellos años, casi veinte dedicado a corregir tildes y a
provocar el verbo pensar.
Estuve a punto de salir corriendo porque no podía evitar su silencio y su
mirada.
Carlos, soy yo, Carmen. Y cómo iba a haber olvidado a Carmen. Me di
cuenta, en un instante, de que no había conseguido olvidar a ninguno
de los chicos y chicas de aquel último curso, el que no terminé porque
salí huyendo. Tampoco a Carmen, siempre nerviosa, que escribía “avia”
sin h, con uve y con la tilde tan perdida como mis ganas de corregirla.
Me llegó a gustar la palabra así, con esa escritura rebelde.
¿Te acuerdas de por qué te fuiste? Yo lo sé, Carlos. Tal vez tú no te
acuerdes, pero yo sé por qué huiste de la clase. Y sin dar mi
consentimiento me lo dijo:
Quisiste decirnos la verdad y no te atreviste. Gracias por no amargarnos
la vida. Yo la he descubierto y gracias a ti he comprendido la salvación
de la huida.
Pero ¿cuál era mi verdad?, le pregunté.
Tu verdad era que sin ilusión, sin alegría, sin entrega, sin amor hacia
nosotros no tiene sentido coger una tiza.
Y añadió: tal vez vuelva otro día y te cuente mi historia y por qué tu
huida fue tan importante para mí.
No ha vuelto. La espero hace ya demasiado tiempo. La espero para
contarle la verdad que ella no pudo ver. Que había sido derrotado. Que
quise enseñarles la paz y fuera les enseñaban la guerra. Que quise
mostrarles la justicia y fuera permanecía el hambre. Quise sugerirles el
arte y fuera les ofrecían basura. Hubiera deseado inyectarles el amor y
fuera les vendían odio. No tuve fuerzas para continuar y salí huyendo
aceptando mi derrota. Te sigo esperando, Carmen, para contártelo. Y
esta espera es lo mejor que me ha pasado en la vida. Gracias Carmen.

OCHO
Poemas para mi profesor
(Durante toda la escena ELLA estará buscando un libro en una
estantería llena de ellos. De vez en cuando sacará uno, lo ojeará y lo
devolverá a su sitio. Las acciones de selección, búsqueda y devolución
contrastarán por su delicadeza con sus palabras, un tanto rudas.)
ELLA: Se lo tengo que contar a alguien o reviento. ¿Este tío en qué
mundo vive? ¿A qué aspira? ¿Se creerá de verdad que nos interesa una
mierda lo que nos dice, lo que nos lee, lo que piensa del mundo en que
vivimos? Neruda y sus poemas de amor. Paso del amor, me gusta estar
con un chico, pero para pasar el rato. ¡El amor! ¡Que estamos en el siglo
XXI! Y el Quijote ese que estaba loco, y los molinos de viento. ¿Eso es
educativo? ¿Un tío pirado que se pega una hostia con unos gigantes que
no lo son? Y luego dicen que los jóvenes hacemos cosas raras. Pero lo
que me revienta es cuando nos habla del mundo, es que no para, el
calentamiento del planeta, la violación de los derechos humanos, el
hambre, la pobreza... ¡Qué manía con llevarnos recortes de periódicos!
Joder, que nosotros no tenemos la culpa, que lo habéis hecho así
vosotros, los de tu edad. Que el mundo está en nuestras manos, los
jóvenes. Hoy, hoy mismo lo ha vuelto a repetir. He estado a punto de
saltar. Que-no-es-nues-tro-mun-do, a ver si te enteras, que es el vuestro,
que si es así como dicen los asquerosos periódicos, es por vu-es-tra-cul-
pa, adultos sabelotodo. Dejadnos en paz. Dejadnos divertirnos, beber,
fumar, hacer el amor. (Lo ha dicho fingiendo la voz con la intención de
imitarle.) Sí, porque también nos habla de sexo, del sida, de embarazos
no deseados. No nos amarguéis la vida.
(Silencio prolongado.)
Aunque a veces, me da pena. El tío lo vive, se preocupa por nosotros,
quiere que estudiemos y si no lo hacemos parece que se entristece. Sí,
cuando no hacemos más de la mitad de la clase alguna actividad que él
cree de mucho interés, se deprime. Pero no un poco, se deprime un
huevo. Ayer, por ejemplo, se quedó sin voz. No sabía cómo continuar.
Yo a veces hago las cosas por no verle así. Es un pesado, pone esa cara
de pena, que da asco, pero una también es humana y a veces resulta
insoportable tanto dolor.
(Coge un libro y muestra alegría.)
Aquí está, sabía que estaba aquí. José Hierro. Antología. Mi madre y sus
libros de poesía. Ese poema... (Pasa apresuradamente las hojas y se
detiene. Lee la primera estrofa del soneto.)
Llegué por el dolor a la alegría.
Supe por el dolor que el alma existe.
Por el dolor, allá en mi reino triste,
un misterioso sol amanecía.
Lo voy a copiar y mañana, sin que me vea nadie, claro, se lo doy, a ver si
se anima, y de paso, ¿por qué no?, me sube un puntito, que estoy
bastante necesitada. (Sale.)

NUEVE
Tal vez algún día
(En una esquina del escenario, sentado.)
ARTURO: Nunca sabrán qué me pasa. Nunca. Por mucho que me
pregunten. Ni mi tutor ni Ana. (Se levanta y se dirige a la embocadura.)
Jamás. No les importa. No es asunto suyo. Jamás conocerán mi secreto.
(Camina por el escenario inquieto.) Me ha costado mucho trabajo
disimular mi miedo, mi soledad, mi angustia, mi dolor... He conseguido
ser reconocido por mis bromas a destiempo. He logrado que me
expulsen de clase con cierta frecuencia. Que ya no me digan nada por
no llevar hecho el ejercicio 4 de la página 27.
Sin embargo, mi tutor parece saber algo, aunque yo no he dicho nada y
mi madre jamás ha pisado el instituto. Bastante tiene ella con lo suyo.
(Pausa.) Hoy no me ha expulsado, me ha hablado bien, me ha sonreído
y con una sola frase me ha desarmado: “Venga, Arturo, cambia de rollo.”
Y después ese poema, ese maldito poema. ¿Por qué ha tenido que decir
que nos quiere? Yo no quiero que me quiera nadie. Y Ana, que no ha
parado de mirarme en toda la mañana. Y me ha dicho, con esa voz tan
dulce y tan cruel: “cuando quieras me cuentas lo que te pasa”. Y ha
intentado cogerme la mano. ¿Quién es ella para cogerme la mano, para
preocuparse por mí? ¿Me preocupo yo por ella, me preocupo por alguien
acaso?
Quieren saberlo. Pero nunca sabrán nada.
(Vuelve a sentarse, abatido.)
¿Será verdad que el profesor nos quiere? Aunque me expulse, me ponga
ceros, ¿me quiere? Tengo que reconocer que hoy me ha gustado verle
alegre, parecía feliz. No como todos los días, con esa amargura que me
recuerda la mía. Hoy ha sido tan distinto... Casi me contagia su alegría.
De hecho, hoy sí he apuntado en mi agenda lo que ha pedido para
mañana. Tal vez lo haga, aunque no sé si sabré. (Silencio. Baja del
escenario y recorre el patio de butacas buscando a alguien.) Ya sé lo
que puedo hacer. Buscar a Ana. No tengo su teléfono, pero sé que por
las tardes siempre va a la biblioteca del barrio. Le pediré que me ayude.
Pero sólo a hacer eso. Que no se le ocurra cogerme la mano porque me
voy corriendo. Lo juro. (Sigue buscando, pero no encuentra a quien
quiere encontrar. Sube al escenario profundamente triste.) ¿Por qué hoy
no estaba Ana en la biblioteca? ¿Qué me pasa? Siento un deseo de verla
que no entiendo. Me parece que va más allá del ejercicio 12 de la página
Mucho más allá. Sí, lo siento, siento que es otra cosa, algo distinto,
necesito su mano, quiero acariciar su mano, y que ella me hable, que
me hable con esa voz tan distinta a todas las voces humanas. (Silencio.)
Algo me pasa. Ese maldito poema ha tenido la culpa. Quiero querer a
alguien. Quiero querer al profesor, a mi madre, quiero querer a Ana y su
mano tan suave. Y escuchar esa voz tan distinta a todas las voces
28humanas. (Silencio.)¿Y por qué no?, tal vez, sólo digo tal vez, hablarle de
mi soledad. De mi desesperante e inútil soledad.
OSCURO

Entradas populares de este blog

Antígona Furiosa Griselda Gambaro

Dos mujeres de Javier Daulte

Los Cuervos están de luto HUGO ARGÜELLES