MONÓLOGOS, MAXI DE DIEGO

MONÓLOGOS ESTUDIANTILES

MONÓLOGOS, MAXI DE DIEGO

UNO
No
(ELLA tiene 16 años, más o menos. Sus vestimentas, fuera de lo normal,
no siguen ninguna moda.)
ELLA: Yo no sé por qué dicen que soy rebelde. Total, porque no me
gusta la palabra “sí”. (Manifiesta de forma expresiva su asco.) Es cierto,
no la pronuncio nunca. La tengo totalmente prohibida. Es más, cuando
la oigo me pongo enferma. Me dan ganas de escupir a quien la ha dicho.
Pero me contengo, porque aunque rebelde, soy educada. Pero bueno, si
yo misma he reconocido que soy rebelde. Y no lo soy, de verdad que no,
pero claro, me lo repiten tanto que mi subconsciente parece que me
falla y lo acepta. Pero no, no lo soy. (Pausa.) ¿Qué es ser rebelde?
¿Oponerse a las ideas de los demás? Yo creo que eso es tener criterio.
Me revienta que me digan lo que tengo que hacer: estudiar, colaborar en
casa, proteger el medio ambiente... Y que conste que soy buena
estudiante, buena cocinera, plancho la ropa de toda mi familia, cuando
voy al campo recojo la basura. (Con insistencia.) Pero lo hago porque me
da la gana. No necesito que nadie me diga lo que tengo que hacer y si
me lo dicen me niego a hacerlo. Dejo pasar unos minutos y lo hago
porque quiero. (Pausa.) El otro día, el de mate, me abstengo de opinar
sobre él, no porque fuera a hablar mal de él, sino porque me opongo a
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hablar de los profes, ni bien ni mal, simplemente no pierdo el tiempo
con esas cosas. Ya bastante atención les prestamos como para encima
hablar de ellos, no te digo... A lo que iba, me preguntó que si había
hecho el ejercicio 24 de la página 86. Yo lo tenía, y además estoy segura
de que estaba bien, en matemáticas soy una experta, de verdad, no es
por hacerme la chula. Yo, como odio la palabra esa con la que se afirma,
le contesté “tal vez”. Él pensó que me estaba riendo de él y se mosqueó.
Me insistió en que le dijera si lo había hecho o no. “Contesta sí (cara de
asco) o no”, me dijo. Yo no podía decir que no porque lo había hecho,
pero tampoco podía afirmarlo, ya saben por qué. Así que le dije,
“Prueba, sácame a la pizarra”. Ahí fue cuando la armé. Que si era una
chula, que eso no es educación. Casi se me escapa un “sí”, (Nueva
expresión de asco.) Iba a decir que, EJEM era educada, pero me callé.
Tomó nota en su cuaderno y preguntó a otra compañera, que dijo que
no y así a otra, a otro, a otro... nadie lo tenía hecho. Solo yo. Levanté la
mano y dije: “Quiero salir”. Ni me miró. Se puso a hacerlo él en la
pizarra. Se equivocó dos veces, supongo que por la tensión, que, sin
querer había creado yo, y le tuve que echar una mano. Él me miraba con
cara de odio, pero rectificaba. Cuando acabó la clase, yo notaba que
quería escupirme, pero como era educado, no lo hizo.

MONÓLOGOS ESTUDIANTILES
DOS
Raquel
(Él tiene unos 16 años. Después de una noche de botellón. Está sentado
en un bordillo, a su lado dos botellas de cerveza vacías. A su alrededor
mucha basura y varios contenedores.)
ÉL: Luis con Ana, Pedro con Clara, Javi con Merce... Sí, que me fuera con
ellos... Son buenos amigos, les daba palo dejarme solo... Yo me he dado
cuenta y les he dicho que había quedado con Raquel... Ójala, qué más
quisiera yo. Podría irme a casa ya. Esperaré. A lo mejor la mentira se
convierte en realidad y se presenta a las doce, como les dije a ellos.
(Pausa. Coge una de las dos botellas, se levanta y mira a través de ella
hacia la Luna, como si se tratara de un catalejo. Lo hace durante unos
instantes, luego deja la botella y se vuelve a sentar en el mismo sitio.)
No sé por qué a los viejos no les gusta lo del botellón. Es lo mejor que
hay. Los amigos, unos tragos, unas risas... unos bailes, unos juegos... y
Raquel. (Pausa.) Y Raquel, si viniera con nosotros. La tía que sí, que sí,
que el próximo día me paso. Siempre dice lo mismo. Yo sé lo que pasa,
por qué no viene. Es por su abuela, sí, por su abuela. Un día me dijo en
clase, cuando el profe nos preguntó qué opinábamos del botellón, que a
su abuela no le gustaba nada, no lo de beber, que eso tampoco, porque
es muy mayor, sino lo del ruido que metemos. Que ella como vive junto
al parque no puede pegar ojo hasta que nos vamos. Que está hasta las
narices de nosotros. Que somos unos delincuentes, unos drogadictos,
unos amargaos. (Pausa.) ¿Amargaos? Sí, creo que Raquel dijo esto. No
estoy seguro. Fue cuando me quedé mirándola fijamente a los ojos.
(Pausa.) Bueno, y a los pechos, ese día, con esa camiseta... Ahora que lo
pienso... ¿Cómo va a venir Raquel si ni siquiera sabe dónde estoy? Fui un
gilipollas, se me olvidó decirle que habíamos cambiado de sitio, que
convencí a mis colegas de que era mejor hacerlo donde no
molestáramos a la abuela de Raquel, o sea a su abuela, ni a otras
abuelas. Nos costó encontrar el sitio. Era más bonito el parque, pero
bueno, no está mal. Un poco gris, pero como es de noche... Huele un
poco mal, pero como las chicas se echan perfume... A lo mejor si les
pedimos unas mascarillas a los del ayuntamiento... no se estaría tan mal
en este basurero. Raquel, si estuvieras aquí para preguntártelo, seguro
que a ti se te ocurría algo para cambiar un poco esta mierda de sitio.
Aunque si estuvieras tú... sería... sería... el lugar más bello del mundo.
Pero, cómo vas a estar si no te he dicho... que te quiero. (Se levanta un
poco triste, coge las dos botellas y las deposita con mucho cuidado en
uno de los contenedores. Sale.)

MONÓLOGOS ESTUDIANTILES
TRES
Sola
(Entra con su mochila cargada de libros. Tiene 15 años.)
ELISA: No hay nadie en la casa. Nunca hay nadie. Jamás habrá nadie. Me
gustaría llegar a casa del instituto y oír que alguien me dice “¿qué tal,
Elisa?; ¿cómo te ha ido hoy?; ¿tienes muchos deberes?; ¿estaban bien los
ejercicios que hicimos ayer?” No me importaría que realmente los
hubiera hecho yo sola, porque ellos no sabrían hacerlos. (Pausa.)
¿Quiénes son ellos? Dos desconocidos. Oigo sus pasos cuando estoy en
la cama. A veces abren la puerta y no les digo nada, me hago la
dormida. Podría decirles tantas cosas... no sé por qué, pero me callo. No
sé por qué no me levanto y les pregunto qué tal les ha ido en el trabajo.
Si ha ido bien la caja. Si han tenido algún problema con algún borracho
como aquel día. Pero no me levanto. Ni ellos cuando yo me voy a clase.
Nadie se levanta por nadie. Piensan que por las tardes no estoy sola,
que viene alguna amiga a casa o que salgo con alguien. Tal vez debería
hacerlo. Pero no, me quedo aquí. A veces leo, hago los deberes, pongo
la televisión o la radio, escucho música, pero todo me hace sentirme
más sola. A menudo pienso que soy rara. Diferente. Que no es normal
que me quede aquí, contemplando ensimismada estas paredes siempre
iguales. Pero es que algo me empuja a estar aquí. Es como si el vacío me
llamara, me acariciara dulcemente. ¿Me pasa algo? ¿O es simplemente
que me gusta estar sola? Sola, sola, sola. (Silencio.) Ayer llamé a Dani.
Como anteayer, como todos los días desde hace una semana. Es como
una tentación, como si intentara abrir una puerta. Como siempre colgué
cuando él lo cogió. Dani también es un solitario. Pero me mira. Huye de
la gente. Pero me mira. Se refugia en los libros, en su música, pero me
mira. Y su mirada me atrae. Es como esta habitación cerrada. Un día,
antes de colgar, escuché su respiración tras el teléfono y como
susurraba, “Elisa, háblame”. Colgué inmediatamente. Me asusté. Pero me
sentía extrañamente feliz. (Coge el teléfono, marca. Silencio. Después de
marcar mantendrá el silencio durante diez o quince segundos.
Respiración agitada del personaje.) ¿Dani?
OSCURO BRUSCO

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