LA FIESTA DE CUMPLEAÑOS Harold Pinter


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LA FIESTA DE CUMPLEAÑOS
Harold Pinter



PETEY, un hombre de unos sesenta años
MEG, una mujer de unos sesenta años
STANLEY, un hombre de más de treinta y cinco
LULU, una chica de unos veinte años
GOLDBERG, un hombre de unos cincuenta años
McCANN, un hombre de treinta años
Willoughby Gray
Beatrix Lehmann
Richard Pearson
Wendy Hutchinson
John Slater
John Stratton

Primer Acto
La sala de una casa en un pueblo de playa. Adelante, a la izquierda, una puerta da al
hall. Al fondo, a la izquierda, una puerta trasera y una pequeña ventana. Un
pasaplatos que da a la cocina en el centro, al fondo. La puerta de la cocina, al fondo a
la derecha. En el centro: mesa y sillas.
PETEY ingresa por la puerta de la izquierda con un diario y se sienta a la mesa.
Empieza a leer. Se escucha la voz de MEG desde la cocina a través del pasaplatos.
MEG: ¿Sos vos, Petey?
Pausa.
Petey, ¿sos vos?
Pausa.
¿Petey?
PETEY: ¿Qué?
MEG: ¿Sos vos?
PETEY: Sí, soy yo.
MEG: ¿Qué? (Su rostro aparece en la abertura del pasaplatos.) ¿Estás de vuelta?
PETEY: Sí.
MEG: Ya te tengo los cereales. (Desaparece y reaparece.) Acá están los copos.
Él se levanta y toma el plato que ella le da, se sienta en la mesa, acomoda el
diario y empieza a comer. MEG entra por la puerta de la cocina.
¿Están ricos?
PETEY: Muy ricos.
MEG: Supuse que estaban ricos. (Se sienta a la mesa.) ¿Tenés el diario?
PETEY: Sí.
MEG: ¿Está bueno?
PETEY: No está mal.
MEG: ¿Qué dice?
PETEY: No mucho.
MEG: Ayer me leíste unas partes muy lindas.
PETEY: Sí, bueno, éste todavía no lo terminé.
MEG: ¿Me vas a avisar cuando llegues a algo bueno?
PETEY: Sí.
Pausa.
MEG: ¿Estuviste trabajando mucho esta mañana?
PETEY: No. Apilé algunas de las sillas viejas, nada más. Limpié un poquito.
MEG: ¿Está lindo afuera?
PETEY: Muy lindo.
Pausa.
MEG: ¿Stanley ya se levantó?
PETEY: No sé. ¿Se levantó?
MEG: No sé. No lo vi bajar, todavía.
PETEY: Bueno, entonces no puede estar levantado.
MEG: ¿Vos no lo viste bajar?
PETEY: Acabo de entrar recién.
MEG: Estará durmiendo todavía.
Ella recorre la habitación con la mirada, se para, va hacia el armario y saca un
par de medias de un cajón, toma lana y una aguja y vuelve a la mesa.
¿A qué hora saliste esta mañana, Petey?
PETEY: La misma de siempre.
MEG: ¿Estaba oscuro?
PETEY: No, estaba claro.
MEG: (empezando a zurcir las medias.) Pero a veces salís a la mañana y está oscuro.
PETEY: Eso es en invierno.
MEG: Oh, en invierno.
PETEY: Sí, aclara más tarde en invierno.
MEG: Oh.
Pausa.
¿Qué estás leyendo?
PETEY: Alguien acaba de tener un bebé.
MEG: Oh, ¡no puede ser! ¿Quién?
PETEY: Una chica.
MEG: ¿Quién, Petey, quién?
PETEY: No creo que la conozcas.
MEG: ¿Cómo se llama?
PETEY: Lady Mary Splatt.
MEG: No la conozco.
PETEY: No.
MEG: ¿Qué es?
PETEY: (estudiando el diario.) Eh... una nena.
MEG: ¿No un varón?
PETEY: No.
MEG: Oh, qué pena. Yo lo lamentaría. Preferiría tener un varoncito.
PETEY: Una nenita está bien.
MEG: Yo preferiría tener un varoncito.
Pausa.
PETEY: Terminé el cereal.
MEG: ¿Estuvo rico?
PETEY: Muy rico.
MEG: Te tengo otra cosa.
PETEY: Qué bien.
Ella se levanta, le retira el plato y sale hacia la cocina. Después aparece en el
pasaplatos con dos trozos de pan frito en un plato.
MEG: Acá tenés, Petey.
Él se levanta, recoge el plato, lo mira, se sienta a la mesa. MEG vuelve a
entrar.
¿Está rico?
PETEY: Todavía ni lo probé.
MEG: Seguro que no sabés qué es.
PETEY: Sí sé.
MEG: ¿Qué es, a ver?
PETEY: Pan frito.
MEG: Exacto.
Él empieza a comer.
Ella lo mira comer.
PETEY: Muy rico.
MEG: Sabía que iba a estar rico.
PETEY: Ah, Meg, anoche en la playa se me acercaron dos hombres.
MEG: ¿Dos hombres?
PETEY: Sí. Querían saber si los podíamos alojar por un par de noches.
MEG: ¿Alojarlos? ¿Acá?
PETEY: Sí.
MEG: ¿Cuántos hombres?
PETEY: Dos.
MEG: ¿Qué les dijiste?
PETEY: Bueno, les dije que no sabía. Así que dijeron que iban a pasar para ver.
MEG: ¿Van a pasar?
PETEY: Bueno, eso dijeron.
MEG: ¿Habían oído de nosotros, Petey?
PETEY: Deben haber oído.
MEG: Sí, deben haber oído. Deben haber oído que ésta era una pensión muy buena.
Y es. Esta casa figura en la lista.
PETEY: Claro que figura.
MEG: Ya sé que figura.
PETEY: Pude ser que aparezcan hoy. ¿Podés?
MEG: Oh, tengo ese cuarto precioso que les podemos dar.
PETEY: ¿Tenés listo un cuarto?
MEG: Tengo el cuarto con el sillón listo para las visitas.
PETEY: ¿Estás segura?
MEG: Sí, así que está todo bien, si vienen hoy.
PETEY: Bien.
Ella vuelve a guardar las medias, etc., en el cajón del armario.
MEG: Voy a despertar a ese muchacho.
PETEY: Van a estrenar un espectáculo nuevo en el Palace.
MEG: ¿En el muelle?
PETEY: No. El Palace, en el centro.
MEG: Stanley podría haber estado ahí, de haber sido en el muelle.
PETEY: Éste es un show serio.
MEG: ¿Qué querés decir?
PETEY: No se baila ni se canta.
MEG: ¿Entonces qué hacen?
PETEY: Hablan, solamente.
Pausa.
MEG: Oh.
PETEY: Te gusta el canto, ¿no, Meg?
MEG: Me gusta escuchar el piano. Me gustaba ver a Stanley tocar el piano. Claro que
él no cantaba. (Mirando hacia la puerta.) Voy a llamar a ese muchacho.
PETEY: ¿No le subiste una taza de té?
MEG: Siempre le subo una taza de té. Pero eso fue hace rato.
PETEY: ¿Se lo tomó?
MEG: Lo obligué. Me quedé ahí parada hasta que lo hizo. Lo voy a llamar. (Va hacia la
puerta.) ¡Stan! ¡Stanny! (Escucha.) ¡Stan! ¡Voy a subir a buscarte si no bajás! ¡Estoy
subiendo! ¡Voy a contar hasta tres! ¡Uno! ¡Dos! ¡Tres! ¡Voy a buscarte! (Sale y sube
las escaleras. Después de un momento, gritos de STANLEY, risas salvajes de MEG.
PETEY lleva su plato hasta el pasaplatos. Gritos. Risas. PETEY se sienta a la mesa.
Silencio. Vuelve ella.) Ya baja. (Ella jadea y se arregla el pelo.) Le dije que si no se
apuraba se iba a quedar sin desayuno.
PETEY: Con eso lo lograste, ¿eh?
MEG: Voy a buscarle el cereal.
MEG sale hacia la cocina. PETEY lee el diario. Entra STANLEY. Está sin
afeitar, vestido con la chaqueta del pijama y lleva anteojos. Se sienta a la mesa.
PETEY: Buen día, Stanley.
STANLEY: Buenas.
Silencio. MEG entra con una fuente de cereales, que deposita en la mesa.
MEG: Así que bajó al final, ¿no? Al final bajó al desayuno. Pero no se lo merece, ¿no,
Petey? (STANLEY clava la mirada en los cereales.) ¿Dormiste bien?
STANLEY: No dormí nada.
MEG: ¿No dormiste nada? ¿Oíste eso, Petey? ¿Demasiado cansado para tomar tu
desayuno, supongo? Ahora se me come esos cereales como un chico bueno. Vamos.
Él empieza a comer.
STANLEY: ¿Cómo está afuera, hoy?
PETEY: Muy lindo.
STANLEY: ¿Hace calor?
PETEY: Bueno, sopla una linda brisa.
STANLEY: ¿Hace frío?
PETEY: No, no, yo no diría que hace frío.
MEG: ¿Cómo están los copos de maíz, Stan?
STANLEY: Horribles.
MEG: ¿Esos copos? ¿Esos copos preciosos? Sos un mentiroso, un pequeño
mentiroso. Son vigorizantes. Así dice. Para la gente que se levanta tarde.
STANLEY: La leche está vieja.
MEG: No. Petey se los comió, ¿no, Petey?
PETEY: Es cierto.
MEG: Así que ahí tenés.
STANLEY: Muy bien, voy a pasar al segundo plato.
MEG: ¡Ni terminó el primer plato y quiere pasar al segundo plato!
STANLEY: Tengo ganas de algo cocinado.
MEG: Bueno, no te lo voy a dar.
PATEY: Dáselo.
MEG: (sentándose a la mesa, a la derecha.) No se lo voy a dar.
Pausa.
STANLEY: Nada para el desayuno.
Pausa.
Me pasé toda la noche soñando con este desayuno.
MEG: Pensé que dijiste que no habías dormido.
STANLEY: Soñando despierto. Toda la noche. Y ahora a ella se le ocurre no darme
nada. Ni una costra de pan en la mesa.
Pausa.
Bueno, ya veo que voy a tener que bajar a uno de esos hoteles elegantes de la playa.
MEG: (levantándose presurosa.) No te van a dar un desayuno mejor que éste, ahí.
Sale a la cocina. STANLEY bosteza a sus anchas. MEG aparece en el
pasaplatos con un plato.
Acá tenés. Te va a gustar.
PETEY se levanta, recoge el plato, lo lleva a la mesa, lo pone frente a
STANLEY y se sienta.
STANLEY: ¿Qué es esto?
PETEY: Pan frito.
MEG: (entrando.) Bueno, seguro que no sabés qué es.
STANLEY: Oh, sí que sé.
MEG: ¿Qué?
STANLEY: Pan frito.
MEG: Supo.
STANLEY: Qué sorpresa maravillosa.
MEG: No te lo esperabas, ¿eh?
STANLEY: Ni remotamente.
PETEY: (levantándose.) Bueno, me voy.
MEG: ¿Volvés al trabajo?
PETEY: Sí.
MEG: ¡El té! ¡No te tomaste el té!
PETEY: Está bien. Ahora no hay tiempo.
MEG: Lo tengo listo, acá adentro.
PETEY: No, no importa. Hasta luego. Chau, Stan.
STANLEY: Chau.
PETEY sale por la izquierda.
Tch, tch, tch, tch.
MEG: (a la defensiva.) ¿Qué querés decir?
STANLEY: Qué mala esposa que sos.
MEG: No. ¿Quién dijo?
STANLEY: No hacerle a tu marido ni un té. Terrible.
MEG: Él ya sabe que no soy una mala esposa.
STANLEY: Darle leche agria, en cambio.
MEG: No estaba agria.
STANLEY: Vergonzoso.
MEG: A ver si te metés en tus propios asuntos. (STANLEY come.) No se encuentran
muchas esposas mejores que yo, te lo aseguro. Mantengo una linda casa y la
mantengo limpia.
STANLEY: ¡Ooooh!
MEG: ¡Sí! Y a ésta se la conoce bien, por ser una buena pensión para huéspedes.
STANLEY: ¿Huéspedes? ¿Sabés cuántos huéspedes tuvieron desde que estoy acá?
MEG: ¿Cuántos?
STANLEY: Uno.
MEG: ¿Quién?
STANLEY: ¡Yo! Yo soy su huésped.
MEG: Sos un mentiroso. Esta casa figura en la lista.
STANLEY: Seguro que sí.
MEG: Ya sé que sí.
Aleja el plato y toma el diario.
¿Estuvo rico?
STANLEY: ¿Qué?
MEG: El pan frito.
STANLEY: Suculento.
MEG: No digas esa palabra.
STANLEY: ¿Qué palabra?
MEG: La palabra ésa que dijiste.
STANLEY: ¿Qué, suculento...?
MEG: ¡No la digas!
STANLEY: ¿Qué tiene?
MEG: No le podés decir esa palabra a una mujer casada.
STANLEY: ¿Está comprobado?
MEG: Sí.
STANLEY: Bueno, yo ni me enteré.
MEG: Bueno, es verdad.
STANLEY: ¿Quién te lo dijo?
MEG: A vos qué te importa.
STANLEY: Bueno, si no se la puedo decir a una mujer casada, ¿a quién se la puedo
decir?
MEG: Sos malo.
STANLEY: ¿Qué tal un poco de té?
MEG: ¿Querés té? (STANLEY lee el diario.) Decí por favor.
STANLEY: Por favor.
MEG: Decí lo lamento antes.
STANLEY: Lo lamento antes.
MEG: No. Lo lamento nada más.
STANLEY: ¡Lo lamento nada más!
MEG: Te merecés una paliza.
STANLEY: ¡No lo hagas!
Ella toma el plato de él y le despeina el pelo al pasar. STANLEY profiere una
exclamación y se desembaraza de su brazo. Ella entra a la cocina. Él se frota los ojos
bajo los anteojos y recoge el diario. Ella entra.
Traje la tetera.
STANLEY: (ausente.) No sé qué haría sin vos.
MEG: No te lo merecés, de todos modos.
STANLEY: ¿Por qué no?
MEG: (Sirviendo el té, recatada.) Dale. Llamarme así.
STANLEY: ¿Cuánto hace que este té reposa en la tetera?
MEG: Es un buen té. Un té bueno, fuerte.
STANLEY: Esto no es té. ¡Es salsa!
MEG: No.
STANLEY: Dejate de embromar. ¿No ves que sos una bolsa de lavadero vieja y de lo
más suculenta?
MEG: ¡No soy! ¡Y no sos quien para decirme si lo soy!
STANLEY: Y nos sos quien para entrar en el cuarto de un hombre y... despertarlo
MEG: ¡Stanny! ¿No te gusta el té de las mañanas... el que te llevo?
STANLEY: No puedo tomar este asquete. ¿Nadie te dijo que por lo menos calentaras
la tetera?
MEG: Es un té fuerte y bueno, y punto.
STANLEY: (metiendo la cabeza entre las manos.) Oh, Dios, estoy cansado.
Silencio. MEG va al armario, busca un plumero, y vagamente le quita el polvo a
la habitación, observando a STANLEY. Llega a la mesa y la plumerea.
¡La mesa no, carajo!
Pausa.
MEG: ¿Stan?
STANLEY: ¿Qué?
MEG: (tímidamente.) ¿De verdad soy suculenta?
STANLEY: Oh, sí. En todo caso, si tengo que elegir, sos mejor que un resfrío.
MEG: Lo decís por decir.
STANLEY: (violentamente.) Mirá, ¿por qué no ordenás un poco este lugar? Es una
pocilga. Y otra cosa más, ¿qué pasa con mi cuarto? Hay que barrerlo. Hay que
empapelarlo. ¡Necesito un cuarto nuevo!
MEG: (sensual, acariciándole el brazo.) Oh, Stan, ése es un cuarto precioso. Pasé
unas tardes preciosas en ese cuarto.
Él se desembaraza de su mano, asqueado, se pone de pie y sale velozmente
por la puerta de la izquierda. Ella recoge la taza y la tetera y las lleva a la mesada del
pasaplatos. Un portazo en la puerta de calle. STANLEY regresa.
MEG: ¿Es un día de sol? (Él se cruza en dirección a la ventana, saca un cigarrillo y
fósforos de la chaqueta de su pijama, y enciende el cigarrillo.) ¿Qué estás fumando?
STANLEY: Un cigarrillo.
MEG: ¿Me vas a dar uno?
STANLEY: No.
MEG: Me gustan los cigarrillos. (Él permanece en la ventana, fumando. Ella se
atraviesa hasta quedar tras él y le hace cosquillas en la parte de atrás del cuello.)
Cuchi, cuchi.
STANLEY: (empujándola.) Salime de encima.
MEG: ¿Vas a salir?
STANLEY: No con vos.
MEG: Pero si salgo de compras en un minuto.
STANLEY: Andá.
MEG: Te vas a sentir solo, acá solito.
STANLEY: ¿Ah, sí?
MEG: Sin tu vieja Meg. Tengo que ir a conseguir cosas para los dos señores.
Una pausa. STANLEY levanta lentamente la cabeza. Habla sin darse vuelta.
STANLEY: ¿Qué dos señores?
MEG: Estoy esperando unos huéspedes.
Él se da vuelta.
STANLEY: ¿Qué?
MEG: No lo sabías, ¿no?
STANLEY: ¿De qué me estás hablando?
MEG: Dos señores le preguntaron a Petey si podían venir y pasar un par de noches
acá. Los estoy esperando. (Recoge el plumero y empieza a limpiarlo de polvo sobre la
mesa.)
STANLEY: No creo nada.
MEG: Es verdad.
STANLEY: (yendo hacia ella.) Lo decís a propósito.
MEG: Petey me lo dijo esta mañana.
STANLEY: (haciendo girar el cigarrillo.) ¿Cuándo fue esto? ¿Cuándo los vio?
MEG: Anoche.
STANLEY: ¿Quiénes son?
MEG: No sé.
STANLEY: ¿No te dijo cómo se llamaban?
MEG: No.
STANLEY: (andando por la habitación.) ¿Acá? ¿Querían venir para acá?
MEG: Sí, así es. (Se saca los ruleros.)
STANLEY: ¿Por qué?
MEG: La casa figura en la lista.
STANLEY: ¿Pero quiénes son?
MEG: Ya lo vas a ver cuando vengan.
STANLEY: (decisivamente.) No van a venir.
MEG: ¿Por qué no?
STANLEY: (rápidamente.) Te digo que no van a venir. ¿Por qué no vinieron anoche, si
iban a venir?
MEG: A lo mejor no encontraron el lugar en la oscuridad. No es fácil de encontrar en la
oscuridad.
STANLEY: No van a venir. Alguien les está tomando el pelo. Olvidate de todo. Es falsa
alarma. Falsa alarma. (Se sienta a la mesa.) ¿Dónde está mi té?
MEG: Me lo llevé. No lo querías.
STANLEY: ¿Qué querés decir con que te lo llevaste?
MEG: Me lo llevé.
STANLEY: ¿Para qué te lo llevaste?
MEG: ¡No lo querías!
STANLEY: ¿Quién dijo que no lo quería?
MEG: ¡Vos!
STANLEY: ¿Quién te dio derecho a llevarte mi té?
MEG: No lo ibas a tomar.
STANLEY la mira fijo.
STANLEY: (tranquilamente.) ¿Con quién te creés que estás hablando?
MEG: (dubitativa.) ¿Qué?
STANLEY: Vení acá.
MEG: ¿Qué querés decir?
STANLEY: Vení para acá.
MEG: No.
STANLEY: Te quiero preguntar una cosa. (MEG se inquieta, muy nerviosa. No va
hacia él.) Dale. (Pausa.) Bueno. Te lo puedo preguntar igual de bien desde acá.
(Deliberadamente.) Dígame, Sra. Boles, cuando usted se dirige a mí, ¿alguna vez se
pregunta con quién está hablando exactamente? ¿Eh?
Silencio. Él da un gemido, deja caer el torso hacia delante, la cabeza cae entre
sus manos.
MEG (en una vocecita.) ¿No te gustó el desayuno, Stan? (Se acerca a la mesa.)
¿Stan? ¿Cuándo vas a volver a tocar el piano? (STANLEY gruñe.) ¿Así como hacías
antes? (STANLEY gruñe.) Me gustaba verte tocar el piano. ¿Cuándo vas a volver a
tocar?
STANLEY: No puedo, ¿o sí?
MEG: ¿Por qué no?
STANLEY: No tengo piano, ¿no?
MEG: No, yo me refería a como cuando estabas trabajando. Ese piano.
STANLEY: Andá a hacer las compras.
MEG: Pero no tendrías por qué irte si encontraras un trabajo, ¿no? Podrías tocar el
piano en el muelle.
La observa, luego habla con ciertas ínfulas.
STANLEY: Me... este... me ofrecieron un trabajo, en realidad.
MEG: ¿Qué?
STANLEY: Sí. Estoy considerando un trabajo en este momento.
MEG: No puede ser.
STANLEY: Uno bueno, además. Un club nocturno. En Berlín.
MEG: ¿Berlín?
STANLEY: Berlín. Un club nocturno. Tocando el piano. Un sueldo fabuloso. Con todo
cubierto.
MEG: ¿Por cuánto tiempo?
STANLEY: No nos quedamos en Berlín. Después nos vamos a Atenas.
MEG: ¿Por cuánto tiempo?
STANLEY: Sí. Después hacemos una visita relámpago a... este... cómo se llama...
MEG: ¿Dónde?
STANLEY: Constantinopla. Zagreb. Vladivostock. Es una gira mundial.
MEG: (sentándose a la mesa.) ¿Ya tocaste el piano en esos lugares?
STANLEY: ¿Si toqué el piano? Toqué el piano en todo el mundo. En todo el país.
(Pausa.) Una vez di un concierto.
MEG: ¿Un concierto?
STANLEY: (reflexivamente.) Sí. Fue bueno, además. Estaban todos ahí, esa noche.
Todos y cada uno. Fue todo un éxito. Sí. Un concierto. En Lower Edmonton.
MEG: ¿Qué te pusiste?
STANLEY: (para sí mismo.) Yo tenía un toque único. Absolutamente único. Me
vinieron a saludar. Me vinieron a saludar diciendo lo agradecidos que estaban.
Champán tomamos esa noche, de todo. (Pausa.) Mi padre estuvo a punto de venirse a
escucharme. Bueno, le mandé una tarjeta de todos modos. Pero me parece que no se
le dio. No, yo... perdí la dirección, fue eso. (Pausa.) Sí. Lower Edmonton. Entonces,
después, ¿sabés lo que hicieron? Me serrucharon el piso. Me lo serrucharon. Estaba
todo arreglado, todo planeado. Mi siguiente concierto. En otra parte, fue. En invierno.
Fui a tocar. Entonces, cuando llegué, el salón estaba cerrado, el sitio estaba con todas
las persianas bajas, ni siquiera un sereno. Habían cerrado. (Se saca los anteojos y los
limpia en la chaqueta del pijama.) Una rápida. La hicieron bien rápida. Me encantaría
saber quién fue el responsable. (Amargamente.) No te molestes, hombre, puedo
aceptar un consejo. Me quieren ver arrastrado y de rodillas. Puedo aceptar un
consejo... cualquier día. (Se vuelve a poner los anteojos, luego mira a Meg.) Pero
mírenla un poco. No sos más que un pedazo de masita vieja, ¿no? (Se levanta y se
inclina hacia ella sobre la mesa.) Eso es lo que sos, ¿no?
MEG: No te vayas de nuevo, Stan. Quedate acá. Ya te va a ir mejor. Quedate con tu
vieja Meg. (Él gime y se deja caer sobre la mesa.) ¿No te sentís bien esta mañana,
Stan? ¿Ya fuiste de cuerpo esta mañana?
Él se endurece, después se levanta lentamente, se da vuelta para quedar de
frente a ella y habla con liviandad, muy informalmente.
STANLEY: Meg. ¿Sabés qué?
MEG: ¿Qué?
STANLEY: ¿Escuchaste los rumores?
MEG: No.
STANLEY: Seguro que sí.
MEG: No.
STANLEY: ¿Te cuento?
MEG: ¿Qué rumorees?
STANLEY: ¿No escuchaste?
MEG: No.
STANLEY: (avanzando.) Van a venir hoy. Van a venir en una camioneta.
MEG: ¿Quiénes?
STANLEY: ¿Y sabés lo que tienen, en esa camioneta?
MEG: ¿Qué?
STANLEY: Tienen una carretilla, en esa camioneta.
MEG: (sin aliento.) No puede ser.
STANLEY: Oh, sí que puede ser.
MEG: Si serás mentiroso.
STANLEY: (avanzando sobre ella.) Una gran carretilla. Y cuando la camioneta se
detiene, la sacan rodando, y la hacen rodar por el caminito del jardín y entonces te
golpean a la puerta de calle.
MEG: No es cierto.
STANLEY: Buscan a alguien.
MEG: No es cierto.
STANLEY: Buscan a alguien. A cierta persona.
MEG: (roncamente.) ¡No, no es cierto!
STANLEY: ¿Te cuento a quién buscan?
MEG: ¡No!
STANLEY: ¿No querés que te cuente?
MEG: ¡Sos un mentiroso!
Un golpe repentino en la puerta de calle. Voz de LULU: ¡Ooh, ooh! MEG pasa
al costado de STANLEY y recoge su bolsa de hacer las compras. MEG sale.
STANLEY se acerca furtivamente a la puerta y escucha.
VOZ: (a través de la ranura del buzón.) Hola, Señora Boles...
MEG: Oh, ¿ya llegó?
VOZ: Sí, acaba de llegar.
MEG: Qué, ¿es esto?
VOZ: Sí. Me pareció mejor venir y traérselo.
MEG: ¿Es lindo?
VOZ: Muy lindo. ¿Qué hago con esto?
MEG: Bueno, yo no... (Susurra.)
VOZ: No, claro que no... (Susurra.)
MEG: Bueno, pero... (Susurra.)
VOZ: No lo haré... (Susurra.) Adiós, Señora Boles.
STANLEY se sienta rápidamente a la mesa. Entra LULU.
LULU: Oh, hola.
STANLEY: Sí.
LULU: Nada más paso a dejar esto acá adentro.
STANLEY: Bueno. (LULU cruza hasta el armario y ubica un paquete redondo y
armado sobre éste.) Es un objeto voluminoso.
LULU: No lo toques.
STANLEY: ¿Por qué iba a querer tocarlo?
LULU: Bueno, igual no podés tocarlo.
LULU camina hacia el fondo.
LULU: ¿Por qué no abren la puerta? Está muy encerrado acá adentro.
Abre la puerta trasera.
STANLEY: (Levantándose.) ¿Encerrado? Desinfecté el lugar hoy a la mañana.
LULU: (en la puerta.) Ah, así está mejor.
STANLEY: Me parece que hoy va a llover. ¿A vos qué te parece?
LULU: Eso espero. Te vendría bien.
STANLEY: ¡A mí! Me metí al mar a las seis y media.
LULU: ¿En serio?
STANLEY: Nadé hasta la punta, ida y vuelta, antes del desayuno. ¡No me creés!
Ella se sienta, saca una polvera y se empolva la nariz.
LULU: (ofreciéndole la polvera.) ¿Querés mirarte la cara? (STANLEY se retira de la
mesa.) Te vendría bien una afeitada, ¿sabés? (STANLEY se sienta junto a la mesa.)
¿No salís nunca? (Él no responde.) Quiero decir, ¿qué es lo que hacés, te quedás
sentado en la casa, así, todo el día? (Pausa.) ¿La Señora Boles no tiene ya bastante
que hacer como para encima tenerte bajo sus pies todo el día?
STANLEY: Siempre me paro sobre la mesa cuando barre el piso.
LULU: ¿Por qué no te lavás un poco? Se te ve terrible.
STANLEY: Una lavada no va a hacer ninguna diferencia.
LULU: (levantándose.) Salí a tomar un poco de aire. Me deprimís, con ese aspecto.
STANLEY: ¿Aire? Oh, la verdad es que no sé.
LULU: Está precioso afuera. Y tengo unos sándwiches.
STANLEY: ¿Sándwiches de qué?
LULU: Queso.
STANLEY: Yo como mucho, sabés.
LULU: No hay problema. No tengo hambre.
STANLEY: (abruptamente.) ¿Te gustaría irte conmigo?
LULU: A dónde.
STANLEY: A ningún lugar. Sin embargo, nos podríamos ir.
LULU: ¿Pero a dónde podríamos irnos?
STANLEY: A ningún lugar. No hay ningún lugar donde ir. Así que podríamos irnos y
listo. No importaría.
LULU: También nos podríamos quedar acá.
STANLEY: No. No está bien, acá.
LULU: Bueno, ¿qué otro lugar hay?
STANLEY: Ninguno.
LULU: Bueno, es un encanto de proposición. (Él se pone de pie.) ¿Tenés que usar
esos anteojos?
STANLEY: Sí.
LULU: ¿No vas a salir a dar un paseo?
STANLEY: En este momento no puedo.
LULU: Sos un poquitín fracasado, ¿no?
Ella se va, por la izquierda. STANLEY queda parado. Después va hasta el
espejo y se mira. Entra a la cocina, se saca los anteojos y empieza a lavarse la cara.
Una pausa. Por la puerta trasera ingresan GOLDBERG y McCANN. McCANN lleva
dos valijas, GOLDBERG un portafolios. Se detienen al pasar la puerta, luego caminan
hacia proscenio. STANLEY, secándose la cara, llega a ver sus espaldas a través del
pasaplatos. GOLDBERG y McCANN echan una mirada por la habitación. STANLEY se
pone los anteojos, sale furtivamente por la puerta de la cocina y hacia fuera por la
puerta trasera.
McCANN: ¿Es ésta?
GOLDBERG: Es ésta.
McCANN: ¿Está seguro?
GOLDBERG: Seguro que estoy seguro.
Pausa.
McCANN: ¿Ahora qué?
GOLDBERG: No se preocupe, McCann. Tome asiento.
McCANN: ¿Y usted?
GOLDBERG: ¿Yo qué?
McCANN: ¿Va a tomar asiento?
GOLDBERG: Los dos vamos a tomar asiento. (McCANN deja la valija en el suelo y se
sienta en la mesa, a la izquierda.) Siéntese, McCann. Relájese. ¿Qué le pasa? Lo
traigo de vacaciones unos días a la playa. Tómese vacaciones. Hágase un favor.
Aprenda a relajarse, McCann, o no va a llegar a ninguna parte.
McCANN: Ah, seguro, claro que lo intento, Nat.
GOLDBERG: (sentándose a la mesa, a la derecha.) El secreto está en la respiración.
Acepte mi consejo. Está más que comprobado. Inspirar, expirar, arriesgarse, dejarse
ir, ¿qué se puede perder? Míreme a mí. Cuando no era más que un aprendiz,
McCann, cada segundo viernes del mes mi tío Barney me llevaba a la playa, puntual
como mecanismo de relojería. Brighton, la isla de Canvey, Rottingdean, al tío Barney
le daba lo mismo. Después de almorzar, en Sabbath, íbamos y nos sentábamos en un
par de reposeras -¿vio, ésas con tolditos?- chapoteábamos un poco, mirábamos cómo
subía la marea, cómo bajaba, la puesta de sol –días dorados, créame, McCann.
(Rememorativo.) El Tío Barney. Por supuesto, se vestía impecable. Uno de la vieja
escuela. Tenía una casa justo saliendo de Basingstoke en ese entonces. Respetado
por toda la comunidad. ¿Cultura? No me venga con cultura. Era un hombre
consumado, ¿qué me quiere decir? Era un cosmopolita.
McCANN: Ey, Nat...
GOLDBERG: (Reflexivamente.) Sí. Uno de la vieja escuela.
McCANN: Nat. ¿Cómo sabemos que ésta es la casa correcta?
GOLDBERG: ¿Qué?
McCANN: ¿Cómo sabemos que ésta es la casa correcta?
GOLDBERG: ¿Qué le hace pensar que es la casa equivocada?
McCANN: No vi ningún número en la puerta.
GOLDBERG: Yo no estaba buscando ningún número.
McCANN: ¿No?
GOLDBERG: (acomodándose en el sillón.) ¿Sabés una cosa que me enseñó el tío
Barney? El tío Barney me enseñó que la palabra de un caballero es bastante. Por eso,
cuando se me daba por salir en viaje de negocios, nunca llevaba dinero encima. Uno
de mis hijos venía conmigo. Se venía con un par de centavos. Para el diario, a lo
mejor, para ver cómo andaba el MCC 1 en el exterior. Por lo demás, mi nombre era
suficiente, yo era un hombre muy ocupado.
McCANN: ¿Qué pasa con esto, Nat? ¿No es hora de que alguien entre?
GOLDBERG: McCann, ¿qué es lo que lo pone tan nervioso? Compóngase. A cada
lugar que va últimamente es como un funeral.
McCANN: Es cierto.
GOLDBERG: ¿Cierto? Claro que es cierto. Es más que cierto. Es un hecho.
McCANN: Puede que tenga razón.
GOLDBERG: ¿Qué pasa, McCann? ¿No me tiene la confianza que me tenía en los
viejos tiempos?
McCANN: Claro que confío, Nat.
GOLDBERG: ¿Pero por qué es que antes de hacer un trabajo está como bola sin
manija, y cuando lo está haciendo es frío y preciso como un silbato?
McCANN: No sé, Nat. Estoy bien una vez que sé lo que estoy haciendo. Cuando sé lo
que estoy haciendo estoy bien.
GOLDBERG: Bueno, lo hace muy bien.
McCANN: Gracias, Nat.
GOLDBERG: Ya sabe lo que comenté cuando apareció este trabajo. Me refiero a que
vinieron obviamente a mí para que me ocupara. ¿Y sabe a quién pedí yo?
McCANN: ¿A quién?
GOLDBERG: A usted.
McCANN: Eso fue muy bueno de su parte, Nat.
GOLDBERG: No, no fue nada. Usted es un hombre capaz, McCann.
McCANN: Ése es un gran halago, Nat, viniendo de un hombre en su posición.
GOLDBERG: Bueno, tengo una posición, no lo voy a negar.
McCANN: Claro que la tiene.
GOLDBERG: No negaría que tuve una posición.
McCANN: ¡Y qué posición!
GOLDBERG: No es una cosa que yo vaya a negar.
McCANN: Sí, es cierto, usted hizo mucho por mí. Y yo eso lo aprecio.
GOLDBERG: No diga nada más.
McCANN: Usted ha sido siempre un buen cristiano.
GOLDBERG: De alguna manera.
McCANN: No, nada más me pareció bien decirle que lo aprecio.
GOLDBERG: Es innecesario recapitular.
McCANN: Ahí tiene razón.
GOLDBERG: Totalmente innecesario.
Pausa. McCANN se inclina hacia delante.
McCANN: Ey, Nat, una cosa nada más...
GOLDBERG: ¿Ahora qué?
McCANN: Este trabajo –no, escuche- este trabajo, ¿se va a parecer a algo que ya
hayamos hecho?
1
NdelT: MCC: Marylebone Cricket Club, Club de Cricket de Marylebone. El MCC organizó los
primeros equipos de críquet ingleses y ofreció su nombre a la selección inglesa en el exterior incluso
hasta el campeonato de 1976/77 en Australia. Fue fundado en 1787, fue desde siempre la primera
institución reguladora del cricket a nivel internacional. Si bien sus funciones internacionales pasaron en
1993 al ICC (International Cricket Council) y la autoridad dentro de Inglaterra pasó a ser competencia
del England and Wales Cricket Board, el MCC (que es un club privado integrado por socios de elite)
sigue siendo famoso por haber dado forma y registrado legalmente las reglas del críquet. Actualmente es
el ICC el ente que intenta ejercer el control sobre todos los aspectos de este juego en el mundo. El MCC
tiene hoy su sede cerca de St. John’s Woods, en Londres.
GOLDBERG: Tch, tch, tch.
McCANN: No, dígame eso solo. Eso solo, y no pregunto más.
GOLDBERG suspira, se pone de pie, va detrás de la mesa, delibera, mira a
McCANN, y luego habla en un tono tranquilo, fluido, oficial.
GOLDBERG: El asunto principal es un asunto singular y bastante distinto de su trabajo
previo. Ciertos elementos, no obstante, bien podrían aproximarse en puntos de
procedimiento a algunas de sus otras actividades. Todo depende de la actitud de
nuestro sujeto. En todo caso, McCann, le puedo asegurar que la tarea asignada será
llevada a cabo y la misión cumplimentada sin agravantes excesivos para usted o para
mí mismo. ¿Satisfecho?
McCANN: Seguro. Gracias, Nat.
Entra MEG, por la izquierda.
GOLDBERG: Ah, ¿la señora Boles?
MEG: ¿Sí?
GOLDBERG: Hablamos con su marido anoche. ¿A lo mejor nos mencionó? Oímos
que usted tiene la amabilidad de alquilar habitaciones a caballeros. Así que traje a este
amigo. Andábamos buscando un lugar agradable, ¿entiende? Así que vinimos a usted.
Soy el señor Goldberg y él es el señor McCann.
MEG: Un placer conocerlos.
Se dan la mano.
GOLDBERG: El placer es nuestro.
MEG: Es un gusto.
GOLDBERG: Tiene razón. ¿Cada cuánto se conoce a alguien que sea un placer
conocer?
McCANN: Nunca.
GOLDBERG: Pero hoy es distinto. ¿Cómo se encuentra usted, señora Boles?
MEG: Oh, muy bien, gracias.
GOLDBERG: ¿Sí? ¿En serio?
MEG: Oh, sí, en serio.
GOLDBERG: Me alegra.
GOLDBERG se sienta a la mesa, a la derecha.
GOLDBERG: Bueno, ¿entonces qué dice? ¿Nos puede alojar, eh, señora Boles?
MEG: Bueno, hubiese sido más fácil la semana pasada.
GOLDBERG: Ah, ¿sí?
MEG: Sí.
GOLDBERG: ¿Por qué? ¿Cuántos tiene acá en este momento?
MEG: Uno solo por el momento.
GOLDBERG: ¿Uno solo?
MEG: Sí. Uno solo. Hasta que llegaron ustedes.
GOLDBERG: Y su marido, desde ya, ¿no?
MEG: Sí, pero duerme conmigo.
GOLDBERG: ¿A qué se dedica, su marido?
MEG: Trabaja con las reposeras.
GOLDBERG: Uy, qué lindo.
MEG: Sí, está afuera con cualquier clima.
Ella comienza a sacar las compras de su bolsa.
GOLDBERG: Por supuesto. ¿Y su huésped? ¿Es un hombre?
MEG: ¿Un hombre?
GOLDBERG: ¿O una mujer?
MEG: No. Un hombre.
GOLDBERG: ¿Hace mucho que está?
MEG: Ya hace más o menos un año que está.
GOLDBERG: Ah, sí. Un residente. ¿Cómo se llama?
MEG: Stanley Webber.
GOLDBERG: ¿Ah, sí? ¿Trabaja aquí?
MEG: Trabajaba. Era pianista. En un salón de música en el muelle.
GOLDBERG: ¿Ah, sí? ¿En el muelle, eh? ¿Toca lindo el piano?
MEG: Uy, precioso. (Se sienta a la mesa.) Una vez dio un concierto.
GOLDBERG: ¿Oh? ¿Dónde?
MEH: (balbuceante.) En... un salón grande. El padre le dio champán. Pero después
cerraron el lugar y no pudo salir. El sereno se había ido. Así que tuvo que esperar
hasta la mañana para poder salir. (Con confianza.) Estaban muy agradecidos.
(Pausa.) Y después todos le querían dar consejos 2 . Y entonces él aceptó los consejos.
Y ahí se tomó el tren, el rápido, y se vino para acá.
GOLDBERG: ¿En serio?
MEG: Oh, sí. Derechito para acá.
Pausa.
MEG: Ojalá hubiera podido tocar esta noche.
GOLDBERG: ¿Por qué esta noche?
MEG: Hoy es su cumpleaños.
GOLDBERG: ¿Su cumpleaños?
MEG: Sí. Hoy. Pero no se lo voy a decir hasta la noche.
GOLDBERG: ¿Él no sabe que es su cumpleaños?
MEG: No lo mencionó.
GOLDBERG: (pensativo.) ¡Ah! Dígame. ¿Va a hacer una fiesta?
MEG: ¿Una fiesta?
GOLDBERG: ¿No pensaba hacer una fiesta?
MEG: (sus ojos bien abiertos.) No.
GOLDBERG: Bueno, por supuesto, tienen que hacer una fiesta. (Se para.) Vamos a
hacer una fiesta, ¿eh? ¿Qué dice?
MEG: ¡Oh, sí!
GOLDBERG: Claro. Le vamos a hacer una fiesta. Deje que yo me encargo.
MEG: Oh, es maravilloso, señor Gold...
GOLDBERG: Berg.
MEG: Berg.
GOLDBERG: ¿Le gusta la idea?
MEG: Oh, me alegra tanto que hayan venido hoy.
GOLDBERG: Si no hubiéramos venido hoy habríamos venido mañana. Aun así, me
alegra que vinimos hoy. Justo a tiempo para su cumpleaños.
MEG: Yo quería hacer una fiesta. Pero se necesita gente para una fiesta.
GOLDBERG: Y ahora nos tiene a McCann y a mí. McCann es el alma de todas las
fiestas.
McCANN: ¿Qué?
GOLDBERG: ¿Qué le parece, McCann? Hay un caballero que vive acá. Hoy es su
cumpleaños, y se olvidó por completo. Así que se lo vamos a recordar. Le vamos a
hacer una fiesta.
McCANN: Oh, ¿en serio?
MEG: Esta noche.
GOLDBERG: Esta noche.
MEG: Me voy a poner el vestido de fiesta.
GOLDBERG: Y yo voy a buscar unas botellas.
MEG: Y la voy a invitar a Lulu ahora a la tarde. Oh, esto lo va a alegrar a Stanley. Sí.
Últimamente anduvo medio deprimido.
GOLDBERG: Lo vamos a sacar de sí mismo.
MEG: Espero que me quede bien, el vestido.
GOLDBERG: Señora, va a quedar como un tulipán.
MEG: ¿De qué color?
GOLDBERG: Este... bueno, tendré que ver el vestido, antes.
McCANN: ¿Ya puedo subir a mi cuarto?
MEG: Oh, los puse a los dos juntos. ¿Les molesta estar juntos?
GOLDBERG: No me molesta. ¿Le molesta, McCann?
McCANN: No.
MEG: ¿A qué hora hacemos la fiesta?
GOLDBERG: A las nueve en punto.
McCANN: (en la puerta.) ¿Es por acá?
MEG: (levantándose.) Ya les muestro. Si no les molesta subir las escaleras.
GOLDBERG: ¿Con un tulipán? Es un placer.
MEG y GOLDBERG salen riendo, seguidos de McCANN. STANLEY aparece
en la ventana. Ingresa por la puerta trasera. Va a la puerta de la izquierda, la abre, y
escucha. Silencio. Camina hasta la mesa. Se queda parado. Se sienta, cuando entra
MEG. Ella atraviesa el cuarto y cuelga su bolsa de hacer las compras de un gancho. Él
enciende un fósforo y lo observa consumirse.
STANLEY: ¿Quién es?
MEG: Los dos señores.
STANLEY: ¿Qué dos señores?
MEG: Los que iban a venir. Acabo de llevarlos a su cuarto. Les encantó el cuarto.
STANLEY: ¿Vinieron?
MEG: Son muy simpáticos, Stan.
STANLEY: ¿Por qué no vinieron anoche?
MEG: Dijeron que las camas eran una maravilla.
STANLEY: ¿Quiénes son?
MEG: (sentándose.) Son muy simpáticos, Stanley.
STANLEY: Dije: ¿quiénes son?
MEG: Ya te dije, los dos señores.
STANLEY: No pensé que fueran a venir.
Él se levanta y camina hacia la ventana.
MEG: Vinieron. Estaban acá cuando entré.
STANLEY: ¿Qué quieren acá?
MEG: Se quieren quedar.
STANLEY: ¿Por cuánto tiempo?
MEG: No dijeron.
STANLEY: (girando.) ¿Pero por qué acá? ¿Por qué no en otro lugar?
MEG: Esta casa figura en la lista.
STANLEY: (acercándose a proscenio.) ¿Cómo se llaman? ¿Qué nombre tienen?
MEG: Oh, Stanley, no me acuerdo.
STANLEY: Te lo dijeron, ¿no? ¿O no te lo dijeron?
MEG: Sí, ellos...
STANLEY: ¿Entonces qué son? Dale. Tratá de acordarte.
MEG: ¿Por qué, Stan? ¿Los conocés?
STANLEY: ¿Cómo sé si los conozco antes de que sepa sus nombres?
MEG: Bueno... me lo dijo, me acuerdo.
STANLEY: ¿Y?
Ella piensa.
MEG: Gold-algo.
STANLEY: ¿Goldalgo?
MEG: Sí. Gold...
STANLEY: ¿Sí?
MEG: Goldberg.
STANLEY: ¿Goldberg?
MEG: Eso es. Ése era uno.
STANLEY lentamente se sienta a la mesa, a la izquierda.
¿Los conocés?
STANLEY no contesta.
Stan, no te van a despertar, te lo prometo. Les voy a decir que no hagan ruido.
STANLEY sigue sentado y quieto.
No se van a quedar mucho, Stan. Yo igual te voy a subir el té tempranito a la mañana.
STANLEY sigue sentado y quieto.
No tenés que estar triste hoy. Es tu cumpleaños.
Una pausa.
STANLEY: (estupefacto.) ¿Eh?
MEG: Es tu cumpleaños, Stan. Yo lo iba a mantener en secreto hasta la noche.
STANLEY: No.
MEG: Sí que es. Te traje un regalo. (Va hasta el armario, saca el paquete y lo ubica
sobre la mesa, delante de él.) Acá está. Dale. Abrilo.
STANLEY: ¿Qué es?
MEG: Es tu regalo.
STANLEY: No es mi cumpleaños, Meg.
MEG: Claro que es. Abrí el regalo.
Él observa el regalo, lentamente se pone de pie, y lo abre. Saca un tambor de
juguete.
STANLEY: (sin interés.) Es un tambor. Un tambor de juguete.
MEG: (con ternura.) Es porque no tenés piano. (Él la observa, luego gira y camina
hacia la puerta, a la izquierda.) ¿No me vas a dar un beso? (Él gira en seco, y se
detiene. Camina nuevamente hacia ella lentamente. Se detiene ante su silla, mirándola
desde arriba. Pausa. Sus hombros ceden, se inclina y la besa en la mejilla.) Hay unos
palitos ahí adentro. (STANLEY mira dentro del paquete. Saca dos palillos. Los golpea
el uno contra el otro. La mira.)
STANLEY: ¿Me lo pongo al cuello?
Ella lo mira, dubitativa. Él se cuelga el tambor del cuello, lo hace sonar
suavemente con los palillos, luego marcha alrededor de la mesa, golpeándolo
regularmente. MEG, complacida, lo observa. Aún tocándolo regularmente, él comienza
a dar una segunda vuelta a la mesa. A mitad de camino el ritmo se vuelve errático,
descontrolado. MEG expresa consternación. Él llega hasta su silla, golpeando el
tambor, su rostro y el ritmo del tambor son ahora salvajes y posesos.
Telón


Segundo Acto
McCANN sentado a la mesa haciendo cinco tiras iguales de una hoja de diario. Es de
noche. Después de unos momentos entra STANLEY por la izquierda. Se detiene al ver
a McCANN, y lo observa. Después camina hacia la cocina, se detiene, y habla.
STANLEY: Buenas.
McCANN: Buenas.
Se escuchan risotadas desde afuera, por la puerta trasera, que está abierta.
STANLEY: Qué noche calurosa. (Gira hacia la puerta trasera, y vuelve.) ¿Hay alguien
afuera?
McCANN corta otra tira de papel. STANLEY va a la cocina y se sirve un vaso
de agua. Lo bebe mirando por la abertura del pasaplatos. Deja el vaso, sale de la
cocina y camina presuroso hacia la puerta, a la izquierda. McCANN se levanta y lo
intercepta.
McCANN: No creo que nos hayamos conocido.
STANLEY: No, no creo.
McCANN: Me llamo McCann.
STANLEY: ¿Se va a quedar mucho tiempo?
McCANN: No mucho. ¿Cómo se llama?
STANLEY: Webber.
McCANN: Encantado de conocerlo, señor. (Le tiende una mano, STANLEY la toma, y
McCANN se la sostiene con fuerza.) Muy feliz día. (STANLEY retira la mano. Quedan
enfrentados.) ¿Iba a salir?
STANLEY: Sí.
McCANN: ¿En su cumpleaños?
STANLEY: Sí. ¿Por qué no?
McCANN: Pero le van a hacer una fiesta para usted, esta noche, acá.
STANLEY: ¿En serio? Mala suerte.
McCANN: Ah, no. Es muy lindo.
Voces de afuera por la puerta trasera.
STANLEY: Lo lamento. No estoy con ánimo de fiesta esta noche.
McCANN: Oh, ¿de veras? Lo lamento.
STANLEY: Sí. Voy a festejar tranquilamente, yo solo.
McCANN: Es una lástima.
Se quedan parados.
STANLEY: Bueno, si fuera tan amable de correrse de mi camino...
McCANN: Pero está todo preparado. Se esperan visitas.
STANLEY: ¿Visitas? ¿Qué visitas?
McCANN: Yo, por ejemplo. Tuve el honor de recibir una invitación.
McCANN empieza a silbar “Las montañas de Morne”.
STANLEY: (alejándose.) Yo no lo llamaría un honor, ¿o sí? Seguro que no va a ser
más que una ronda de alcohol.
STANLEY silba “Las montañas de Morne” junto a McCANN. Durante los cinco
parlamentos que siguen el silbido es constante, uno queda silbando mientras el otro
habla, y los dos silban juntos.
McCANN: Pero si es un honor.
STANLEY: Yo diría que exagera.
McCANN: Oh, no. Yo diría que es un honor.
STANLEY: Yo diría que es llanamente una estupidez.
McCANN: Ah, no.
Se miran.
STANLEY: ¿Quiénes son las demás visitas?
McCANN: Una joven.
STANLEY: ¿Ah, sí? ¿Y...?
McCANN: Mi amigo.
STANLEY: ¿Su amigo?
McCANN: Exacto. Está todo preparado.
STANLEY rodea la mesa en dirección a la puerta. McCANN lo intercepta.
STANLEY: Disculpe.
McCANN: ¿A dónde va?
STANLEY: Quiero salir.
McCANN: ¿Por qué no se queda?
STANLEY se aleja, hacia el centro de la mesa.
STANLEY: ¿Así que ustedes están acá de vacaciones?
McCANN: Cortas. (STANLEY levanta una tira de papel de diario. McCANN va hacia
él.) Ojo con eso.
STANLEY: ¿Qué es?
McCANN: Ojo. Déjelo.
STANLEY: Tengo la sensación de que nos conocemos de antes.
McCANN: No, no nos conocemos.
STANLEY: ¿Alguna vez estuvo por Maidenhead?
McCANN: No.
STANLEY: Hay una casa de té Fuller. Yo tomaba el té ahí.
McCANN: No la conozco.
STANLEY: Y una librería Boots. Por algún motivo, a usted lo asocio con la High Street.
McCANN: ¿Sí?
STANLEY: Un pueblo encantador, ¿no le parece?
McCANN: No lo conozco.
STANLEY: Oh, no. Una comunidad tranquila, próspera. Yo nací y me crié ahí. Yo vivía
bastante lejos de la calle principal.
McCANN: ¿Sí?
Pausa.
STANLEY: ¿Están acá por poco tiempo?
McCANN: Exacto.
STANLEY: Les va a resultar muy energizante.
McCANN: ¿A usted le resulta energizante?
STANLEY: ¿A mí? No. Pero a ustedes sí. (Se sienta a la mesa.) Me gusta aquí, pero
pronto me voy a mudar. De vuelta a casa. Y me quedo allí, esta vez. No hay como
casa. (Ríe.) No me hubiera ido, pero el negocio llama. El negocio llamó, y me tuve que
ir un tiempo. Ya sabe cómo es esto.
McCANN: (sentándose a la mesa, a la izquierda.) ¿Se dedica al comercio?
STANLEY: No. Me parece que lo voy a dejar. Tengo un pequeño ingreso privado, ¿se
da cuenta? Me parece que lo voy a dejar. No me gusta estar lejos de casa. Vivía de lo
más tranquilo... escuchaba discos, en fin. Todo a domicilio. Después empecé un
pequeño negocio privado, en pequeña escala, y me obligó a venir para acá... me
retuvo más de lo que esperaba. Uno no se acostumbra nunca a vivir en la casa de
otro. ¿No está de acuerdo? Yo vivía de lo más tranquilo. Uno sólo puede apreciar lo
que tenía cuando las cosas cambian. Es lo que dicen, ¿no? ¿Un cigarrillo?
McCANN: No fumo.
STANLEY enciende un cigarrillo. Voces desde el fondo.
STANLEY: ¿Quién está afuera?
McCANN: Mi amigo y el hombre de la casa.
STANLEY: ¿Sabe qué? Viéndome, seguro que no se imaginaría que llevaba una vida
tan tranquila. Las arrugas en la cara, ¿eh? Es el alcohol. Estuve tomando un poco, por
acá. Pero lo que quiero decir es... ya sabe cómo es... lejos de lo de uno... todo un
gran error, por supuesto... voy a estar bien cuando vuelva... pero lo que quiero decir
es, por la forma en que algunos me miran usted podría pensar que soy una persona
diferente. Supongo que cambié, pero todavía soy el mismo hombre de siempre. Es
decir, usted no pensaría, viéndome, en serio... Es decir, no seriamente, que yo fuera
la clase de tipo que... que causa problema, ¿no? (McCANN lo mira.) ¿Entiende lo que
le digo?
McCANN: No. (Mientras STANLEY levanta una tira de papel.) Ojo con eso.
STANLEY: (rápidamente.) ¿Por qué vinieron acá?
McCANN: Una vacación corta.
STANLEY: Es ridículo elegir esta casa. (Se levanta.)
McCANN: ¿Por qué?
STANLEY: Porque no es una pensión. Nunca lo fue.
McCANN: Claro que es.
STANLEY: ¿Por qué eligieron esta casa?
McCANN: Mire, señor, usted está un poco deprimido para ser un hombre que cumple
años.
STANLEY: (lacónicamente.) ¿Por qué me llama señor?
McCANN: ¿No le gusta?
STANLEY: (a la mesa.) Escúcheme. No me llame señor.
McCANN: No lo hago más, si no le gusta.
STANLEY: (alejándose.) No. De todos modos, no es mi cumpleaños.
McCANN: ¿No?
STANLEY: No. Falta un mes.
McCANN: Según la dama, no.
STANLEY: ¿Ella? Está loca. De remate.
McCANN: Es terrible andar diciendo eso.
STANLEY: (a la mesa.) ¿Todavía no se dieron cuenta? Hay muchas cosas que no
saben. Me parece que alguien les está haciendo el cuento del tío.
McCANN: ¿Quién haría eso?
STANLEY: (inclinándose sobre la mesa.) ¡La mujer está loca!
McCANN: Eso es calumniar.
STANLEY: Y usted no sabe lo que hace.
McCANN: Su cigarrillo está cerca del diario.
Voces desde el fondo.
STANLEY: ¿Dónde mierda están? (Estrujando el cigarrillo.) ¿Por qué no entran? ¿Qué
hacen ahí afuera?
McCANN: Necesita calmarse.
STANLEY cruza el espacio hacia él y lo agarra del brazo.
STANLEY: (urgido.) Mire...
McCANN: No me toque.
STANLEY: Mire. Escúcheme un minuto.
McCANN: Suélteme el brazo.
STANLEY: Mire. Siéntese un minuto.
McCANN: (salvajemente, golpeándolo en el brazo.) ¡No haga eso!
STANLEY retrocede, agarrándose el brazo.
STANLEY: Escúcheme. Usted sabía de qué le estaba hablando antes, ¿no?
McCANN: No sé qué se propone, en lo más mínimo.
STANLEY: ¡Es un error! ¿Entiende?
McCANN: Está en un estado terrible, hombre.
STANLEY: (susurrando, avanzando.) ¿Él ya le dijo algo? ¿Sabe para qué están aquí?
Dígamelo. No tiene por qué tenerme miedo. ¿O no se lo dijo?
McCANN: ¿Si no me dijo qué?
STANLEY: (por lo bajo.) Ya le expliqué, carajo, que todos esos años que viví en
Basingstoke jamás salí de la puerta de casa.
McCANN: ¿Sabe?, me deja pasmado.
STANLEY: (razonablemente.) Mire. Usted parece un hombre honesto. Le están
tomando el pelo, eso es todo. ¿Entiende? ¿De dónde viene?
McCANN: ¿Qué le parece?
STANLEY: Conozco Irlanda muy bien. Tengo muchos amigos ahí. Me encanta ese
país y tengo admiración y confianza por su gente. Confío en ellos. Respetan la verdad
y tienen sentido del humor. Opino que sus policías son maravillosos. Yo estuve. En mi
vida he visto puestas de sol como ésas. ¿Qué me dice si salimos por ahí a tomar un
trago? A unas cuadras de acá hay un bar donde sirven Guinness bien tirada. Muy
difícil de conseguir por estas partes... (Se detiene abruptamente. Las voces se
acercan. GOLDBERG y PETEY ingresan por la puerta trasera.)
GOLDBERG: (al entrar.) Una madre en un millón. (Ve a STANLEY.) Ah.
PETEY: Ah, hola, Stan. Todavía no conoció a Stanley, ¿no, señor Goldberg?
GOLDBERG: No he tenido el placer.
PETEY: Ah, bueno, el señor Goldberg, el señor Webber.
GOLDBERG: Encantado de conocerlo.
PETEY: Justo estábamos tomando un poco de aire en el jardín.
GOLDBERG: Le estaba contando al señor Boles de mi anciana madre. Qué días
aquéllos. (Se sienta a la mesa, a la derecha.) Sí. Cuando yo era jovencito, los viernes,
iba de paseo por el canal con una chica que vivía en mi misma cuadra. Una chica
hermosa. ¡Qué voz que tenía esa pendeja! Un ruiseñor, palabra de honor. ¿Buena?
¿Pura? No por nada era maestra de la escuela dominical. En fin, yo la despedía con
un besito en la mejilla –nunca me tomé libertades- no éramos como los jóvenes de
ahora en aquellos días. Conocíamos el significado del respeto. Así que le daba un
besito y me volvía volando a casa. Me iba zumbando, cruzando la placita donde
jugaban los chicos. Me inclinaba el sombrero ante los paseantes, les daba una mano a
un par de perros extraviados, todo fluía con naturalidad. Lo veo como si fuera ayer. El
sol poniéndose detrás del canódromo. ¡Ah! (Se reclina satisfecho.)
McCANN: Como detrás de la municipalidad.
GOLDBERG: ¿Qué municipalidad?
McCANN: En Carrikmacross.
GOLDBERG: No se puede comparar. Calle arriba, cruzar el portón, luego la puerta, en
casa. “¡Simey!”, me gritaba mi madre, “rápido, antes de que se enfríe.” Y allí sobre la
mesa, ¿qué veía? La porción más hermosa de gefilte fish que puedas desear
encontrar en un plato.
McCANN: Pensé que tu nombre era Nat.
GOLDBERG: Ella me llamaba Simey.
PETEY: Sí, todos recordamos la infancia.
GOLDBERG: Si será verdad... ¿Eh, Sr. Webber, qué dice? La infancia. Bolsas de
agua caliente. Leche caliente. Panqueques. Espuma de jabón. Qué vida.
Pausa.
PETEY: (levantándose de la mesa.) Bueno, ya me tengo que ir.
GOLDBERG: ¿Irse?
PETEY: Es mi noche de ajedrez.
GOLDBERG: ¿No se queda a la fiesta?
PETEY: No, lo siento, Stan. Me acabo de enterar recién. Y tenemos un partido. Voy a
tratar de volver temprano.
GOLDBERG: Le guardamos unos tragos, ¿está bien? Uy, lo que me hace acordar.
Tendrías que ir a buscar las botellas.
McCANN: ¿Ahora?
GOLDBERG: Por supuesto, ahora. Se nos hace tarde. Acá a la vuelta, ¿te acordás?
Mencionales mi nombre.
PETEY: Voy para el mismo lado.
GOLDBERG: Gánele rápido y vuelva para acá, señor Boles.
PETEY: Voy a hacer lo posible. Hasta luego, Stan.
PETEY y McCANN salen, por izquierda. STANLEY va hacia el centro.
GOLDBERG: Una noche cálida.
STANLEY: (dándose vuelta.) ¡No jueguen conmigo!
GOLDBERG: ¿Perdón?
STANLEY: (caminando hacia proscenio.) Me temo que ha habido una confusión.
Estamos repletos. Su habitación está ocupada. La señora Boles se olvidó de
decírselos. Van a tener que buscarse otro sitio.
GOLDBERG: ¿Usted es el gerente, acá?
STANLEY: Así es.
GOLDBERG: ¿Se gana bien?
STANLEY: La casa la llevo yo. Me temo que usted y su amigo van a tener que buscar
otro alojamiento.
GOLDBERG: (levantándose.) Oh, me olvidaba, tengo que felicitarlo por su
cumpleaños. (Ofreciendo la mano.) Felicidades.
STANLEY: (ignorando la mano.) A lo mejor está sordo.
GOLDBERG: No, ¿qué le hace pensar eso? A decir verdad, cada uno de mis sentidos
está en su cima. Nada mal, ¿eh? Para un hombre de más de cincuenta. Pero un
cumpleaños, me parece siempre, es una gran ocasión, demasiado pasada por alto en
estos días. Qué cosa para celebrar... ¡el nacimiento! Como levantarse por la mañana.
¡Maravilloso! A algunos no les gusta la idea de levantarse por la mañana. Los he oído.
Levantarse por la mañana, dicen, ¿qué es? Con toda la piel como espinas,
necesitando una afeitada, los ojos llenos de basura, la boca como una letrina, las
palmas de las manos llenas de sudor, la nariz tapada, los pies que apestan, ¿qué sos
sino un cadáver que espera que se lo lave? Cada vez que escucho ese punto de vista
me siento alegre. Porque yo sé lo que es levantarse con el sol que brilla, al compás de
la cortadora de pasto, todos los pajaritos, el olor del césped, campanas de iglesia, jugo
de tomate...
STANLEY: Fuera.
Ingresa McCANN, con botellas.
Fuera con esas bebidas. En estas instalaciones no se permiten.
GOLDBERG: Usted está de un humor terrible, hoy, Sr. Webber. Y encima en su
cumpleaños, con la buena mujer juntando fuerzas para hacerle una fiesta.
McCANN pone las botellas sobre el armario.
STANLEY: Le dije que se lleve esas botellas.
GOLDBERG: Sr. Webber, siéntese un minuto.
STANLEY: Déjenme... nada más que les aclare una cosa. No me molestan. Para mí,
ustedes no son más que una broma pesada. Pero tengo alguna responsabilidad hacia
la gente de esta casa. Hace mucho que están acá. Ya perdieron el sentido del olfato.
Yo no. Y nadie se va a aprovechar de ellos mientras yo esté acá. (Con un poco menos
de fuerza.) Igual, esta casa no es para ustedes. Acá no hay nada para ustedes, desde
ningún ángulo, ningún ángulo. Así que, ¿por qué no se van y listo, sin hacer más lío?
GOLDBERG: Sr. Webber, siéntese.
STANLEY: No conviene empezar ningún tipo de problema.
GOLDBERG: Siéntese.
STANLEY: ¿Por qué me voy a sentar?
GOLDBERG: Si quiere saber la verdad, Webber, usted me está empezando a hinchar
las pelotas.
STANLEY: ¿De verdad? Bueno, eso es...
GOLDBERG: Siéntese.
STANLEY: No.
GOLDBERG suspira, y se sienta a la mesa, a la derecha.
GOLDBERG: McCann.
McCANN: ¿Nat?
GOLDBERG: Pídale que se siente.
McCANN: Sí, Nat. (McCANN va hacia STANLEY.) ¿Le molestaría sentarse?
STANLEY: Sí, me molestaría.
McCANN: Sí, bueno, pero... sería mejor que se siente.
STANLEY: ¿Por qué no se sienta usted?
McCANN: No, yo no... usted.
STANLEY: No, gracias.
Pausa.
McCANN: Nat.
GOLDBERG: ¿Qué?
McCANN: No se sienta.
GOLDBERG: Bueno, pídaselo.
McCANN: Ya le pedí.
GOLDBERG: Pídale de nuevo.
McCANN: (a STANLEY.) Siéntese.
STANLEY: ¿Por qué?
McCANN: Va a estar más cómodo.
STANLEY: Usted también.
Pausa.
McCANN: Muy bien. Si se sienta, yo me siento.
STANLEY: Usted primero.
McCANN se sienta a la mesa lentamente, a la izquierda.
McCANN: ¿Y?
STANLEY: Bueno. ¡Ahora los dos se tomaron un descanso y ya se pueden ir!
McCANN: (levantándose.) ¡Ése es un truco muy sucio! ¡Lo voy a cagar a patadas!
GOLDBERG: (levantándose.) ¡No! Me paré.
McCANN: ¡Siéntese de nuevo!
GOLDBERG: Una vez que me levanté, me levanté.
STANLEY: Yo igual.
McCANN: (yendo hacia STANLEY.) Hizo parar al señor Goldberg.
STANLEY: (subiendo la voz.) ¡Lo bien que le va a hacer!
McCANN: Ya mismo a esa silla.
GOLDBERG: McCann.
McCANN: ¡Siéntese en esa silla!
GOLDBERG: (yendo hacia él.) Webber. (Tranquilamente.) SIÉNTESE. (Silencio.
STANLEY comienza a silbar “Las Montañas de Morne”. Camina con aire indiferente
hacia la silla en la mesa. Los otros lo observan. Deja de silbar. Silencio. Se sienta.)
STANLEY: Más vale que se cuiden.
GOLDBERG: Webber, ¿qué estuvo haciendo ayer?
STANLEY: ¿Ayer?
GOLDBERG: Y antes de ayer. ¿Qué hizo el día antes de antes de ayer?
STANLEY: ¿Qué quiere decir?
GOLDBERG: ¿Por qué le hace perder el tiempo a todo el mundo, Webber? ¿Por qué
se mete en el camino de todo el mundo?
STANLEY: ¿Yo? ¿Qué me está...?
GOLDBERG: Se lo estoy avisando, Webber. Es un fracasado. ¿Por qué le gusta tanto
joder a todo el mundo? ¿Por qué la saca de quicio a esa señora?
McCANN: ¡Lo disfruta!
GOLDBERG: ¿Por qué se porta tan mal, Webber? ¿Por qué fuerza a ese viejo a salir
a jugar al ajedrez?
STANLEY: ¿Yo?
GOLDBERG: ¿Por qué trata a esa señorita como a una leprosa? ¡La leprosa no es
ella, Webber!
STANLEY: Qué...
GOLDBERG: ¿Qué se puso la semana pasada, Webber? ¿Dónde guarda los trajes?
McCANN: ¿Por qué dejó la organización?
GOLDBERG: ¿Qué diría su anciana madre, Webber?
McCANN: ¿Por qué nos traicionó?
GOLDBERG: Usted me lastima, Webber. Está jugando muy sucio.
McCANN: Ésa es una verdad hecha y derecha. 3
GOLDBERG: ¿Quién se cree que es, éste?
McCANN: ¿Quién te creés que sos?
STANLEY: Se equivocan de caballo.
GOLDBERG: ¿Cuándo llegó a este sitio?
STANLEY: El año pasado.
GOLDBERG: ¿De dónde vino?
STANLEY: De otra parte.
GOLDBERG: ¿Por qué vino aquí?
STANLEY: ¡Me dolían los pies!
GOLDBERG: ¿Por qué se quedó?
STANLEY: ¡Me dolía la cabeza!
GOLDBERG: ¿Tomó algo para eso?
STANLEY: Sí.
GOLDBERG: ¿Qué?
STANLEY: ¡Sales de fruta!
GOLDBERG: ¿Enos o Andrews?
STANLEY: En... An...
GOLDBERG: ¿Las revolvió como se debe? ¿Hicieron efervescencia?
STANLEY: A ver, a ver, espere, usted...
GOLDBERG: ¿Hicieron efervescencia? ¿Hicieron o no hicieron efervescencia?
McCANN: ¡No sabe!
GOLDBERG: No sabe. ¿Cuándo se bañó por última vez?
STANLEY: Me baño todos los...
GOLDBERG: No mienta.
McCANN: Traicionó a la organización. ¡Yo a éste lo conozco!
STANLEY: ¡No me conocés!
GOLDBERG: ¿Qué ve sin anteojos?
STANLEY: Todo.
GOLDBERG: Sáquele los anteojos.
McCANN le saca los anteojos de un chasquido y cuando STANLEY se para,
tratando de alcanzarlos, toma su silla y la lleva hacia proscenio, al centro, bajo la
mesa, STANLEY trastabilla al seguirlo. STANLEY se aferra a la silla y permanece
inclinado sobre ella.
Webber, usted es un farsante. (Se paran a ambos lados de la silla.) ¿Cuándo lavó una
taza por última vez?
STANLEY: La anteúltima Navidad.
GOLDBERG: ¿Dónde?
STANLEY: En la casa Lyons Corner.
GOLDBERG: ¿Cuál de todas?
STANLEY: La de Marble Arch.
GOLDBERG: ¿Dónde estaba su esposa?
STANLEY: En...
GOLDBERG: Conteste.
STANLEY: (dándose vuelta, agazapado.) ¿Qué esposa?
GOLDBERG: ¿Qué le hizo a su esposa?
McCANN: ¡Mató a su esposa!
GOLDBERG: ¿Por qué mató a su esposa?
STANLEY: (sentándose, de espaldas al público.) ¿Qué esposa?
McCANN: ¿Cómo la mató, éste?
GOLDBERG: ¿Cómo la mató?
McCANN: La asfixiaste.
GOLDBERG: Con arsénico.
McCANN: ¡Acá está su hombre!
GOLDBERG: ¿Dónde está su anciana madre?
STANLEY: En el sanatorio.
McCANN: ¡Sí!
GOLDBERG: ¿Por qué nunca se casó?
McCANN: La dejó esperando en el porche.
GOLDBERG: Usted se fugó de la boda.
McCANN: La abandonó en el altar.
GOLDBERG: La dejó con el bombo.
McCANN: Se quedó esperándolo en la iglesia.
GOLDBERG: ¡Webber! ¿Por qué se cambió de nombre?
STANLEY: Me olvidé el otro.
GOLDBERG: ¿Ahora cómo se llama?
STANLEY: Fulano de Tal.
GOLDBERG: Apesta a pecado.
McCANN: Se huele.
GOLDBERG: ¿Reconoce una fuerza externa?
STANLEY: ¿Qué?
GOLDBERG: ¿Reconoce una fuerza externa?
McCANN: ¡Ésa es la pregunta!
GOLDBERG: ¿Reconoce una fuerza externa, responsable por usted, sufriendo por
usted?
STANLEY: Es tarde.
GOLDBERG: ¡Tarde! ¡Claro que es tarde! ¿Cuándo rezó por última vez?
McCANN: ¡Está transpirando!
GOLDBERG: ¿Cuándo rezó por última vez?
McCANN: ¡Está transpirando!
GOLDBERG: El número 846, ¿es posible o necesario?
STANLEY: Ninguna.
GOLDBERG: ¡Error! El número 846, ¿es posible o necesario?
STANLEY: Las dos.
GOLDBERG: ¡Error! Es necesario pero no posible.
STANLEY: Las dos.
GOLDBERG: ¡Error! ¿Por qué le parece a usted que el número 846 es
necesariamente posible?
STANLEY: Tiene que ser.
GOLDBERG: ¡Error! ¡Es sólo necesariamente necesario! Admitimos posibilidad
solamente después de conceder necesidad. Es posible por necesario pero de ningún
modo necesario por posibilidad. La posibilidad sólo puede asumirse con posterioridad
a la prueba de necesidad.
McCANN: ¡Cierto!
GOLDBERG: ¿Cierto? ¡Por supuesto que es cierto! Nosotros estamos en lo cierto y
usted en lo falso, Webber, de principio a fin.
McCANN: ¡De principio a fin!
GOLDBERG: ¿A dónde lo está llevando su lujuria?
McCANN: Vas a pagar por esto.
GOLDBERG: Se está rellenando de tostadas secas.
McCANN: Contaminás a todo el género femenino.
GOLDBERG: ¿Por qué no paga el alquiler?
McCANN: ¡Profanador de madre!
GOLDBERG: ¿Por qué se hurga la nariz?
McCANN: ¡Exijo justicia!
GOLDBERG: ¿Cuál es su oficio?
McCANN: ¿Qué me decís de Irlanda?
GOLDBERG: ¿Cuál es su oficio?
STANLEY: Toco el piano.
GOLDBERG: ¿Cuántos dedos usa?
STANLEY: ¡Sin manos!
GOLDBERG: A ninguna sociedad se le ocurriría siquiera tocarlo. Ni siquiera una
sociedad de usureros.
McCANN: Sos un traidor al clero.
GOLDBERG: ¿Qué usa de pijama?
STANLEY: Nada.
GOLDBERG: Usted agusana la sabana en la que nació.
McCANN: ¿Qué me decís de la herejía Albigensenista?
GOLDBERG: ¿Quién regó la cancha en Melbourne? 
McCANN: ¿Qué me decís del bendito Olvier Plunkett?
GOLDBERG: Hable claro, Webber. ¿Por qué cruzó la calle la gallina?
STANLEY: Porque quería... quería... quería...
McCANN: ¡No sabe!
GOLDBERG: ¿Por qué cruzó la calle la gallina?
STANLEY: Quería... quería...
GOLDBERG: ¿Por qué cruzó la calle la gallina?
STANLEY: Quería...
McCANN: No sabe. ¡No sabe qué fue primero!
GOLDBERG: ¿Qué fue primereo?
McCANN: ¿La gallina? ¿El huevo? ¿Qué fue primero?
GOLBERG y McCANN: ¿Qué fue primero? ¿Qué fue primero? ¿Qué fue primero?
STANLEY grita.
GOLDBERG: No sabe. ¿Sabe cómo es su propia cara?
McCANN: Despiértelo. Clávele una aguja en el ojo.
GOLDBERG: Usted es una plaga, Webber. Es una ruina.
McCANN: ¡Sos los residuos!
GOLDBERG: Pero tenemos la respuesta para usted. Podemos esterilizarlo.
McCANN: ¿Qué me decís de Drogheda 5 ?
GOLDBERG: No es más que un perro que ladra. Lo único que queda es el tufo.
McCANN: Traicionaste a nuestra tierra.
GOLDBERG: Traiciona nuestra estirpe.
McCANN: ¿Quién sos, Webber?
GOLDBERG: ¿Qué lo lleva a creer que existe?
McCANN: Estás muerto.
GOLDBERG: Está muerto. No puede vivir, no puede pensar, no puede amar. Está
muerto. Es una plaga que salió mal. No le queda nada de jugo por dentro. ¡No es más
que un olor!
Silencio. Están parados por encima de él. Él se acurruca en la silla. Alza la
vista lentamente y patea a GOLDBERG en el estómago. GOLDBERG cae. STANLEY
se pone de pie. McCANN agarra una silla y la eleva por encima de su cabeza.
STANLEY agarra una silla y se cubre la cabeza con ella. McCANN y STANLEY
describen un círculo.
GOLDBERG: Tranquilo, McCann.
STANLEY: (andando en círculos.) ¡Uuuuuhhhhh!
McCANN: Muy bien, Judas.
GOLDBERG: (levantándose.) Tranquilo, McCann.
McCANN: ¡Vení!
STANLEY: ¡Uuuuuuuhhhhh!
McCANN: ¡Está sudando!
STANLEY: ¡Uuuuuhhhhh!
GOLDBERG: Con calma, McCann.
McCANN: El cerdo sudoroso está sudando.
Un tamborileo a todo volumen se escucha desde la izquierda, bajando por las
escaleras. GOLDBERG le saca la silla a STANLEY. Bajan las sillas. Se detienen en
seco. Ingresa MEG, luciendo un vestido de noche, trayendo los palillos y el tambor.
MEG: Bajé el tambor. Me vestí para la fiesta.
GOLDBERG: Maravilloso.
MEG: ¿Le gusta el vestido?
GOLDBERG: Maravilloso. De otro mundo.
MEG: Lo sé. Me lo regaló mi padre. (Dejando el tambor sobre la mesa.) ¿No es cierto
que hace un ruido hermoso?
GOLDBERG: Un trabajo muy fino. A lo mejor Stan nos toca una tonadita más tarde.
MEG: Uy, sí. ¿Vas a tocar, Stan?
STANLEY: ¿Me pueden dar los anteojos?
GOLDBERG: Ah, sí. (Extiende una mano hacia McCANN. McCANN le pasa los
anteojos.) Acá están. (Los extiende a STANLEY, que trata de alcanzarlos.) Acá están.
(STANLEY los agarra.) Bien. ¿A ver qué tenemos por acá? Suficiente como para llenar
la bodega de un transatlántico. Tenemos cuatro botellas de escocés y una botella de
irlandés.
MEG: Oh, señor Goldberg, ¿qué me tomo?
GOLDBERG: Los vasos, primero los vasos. Abra el escocés, McCann.
MEG: (junto al armario.) Acá están mis mejores vasos, acá adentro.
McCANN: Yo no tomo escocés.
GOLDBERG: Tiene el irlandés.
MEG: (trayendo los vasos.) Acá están.
GOLDBERG: Bien. Señora Boles, yo creo que Stanley tiene que servir para el brindis,
¿no le parece?
MEG: Oh, sí. Vamos, Stanley. (STANLEY camina lentamente hacia la mesa.) ¿Le
gusta mi vestido, señor Goldberg?
GOLDBERG: Es fuera de serie. Dese la vuelta un minuto. Supe estar en el negocio de
la moda. A verla, camine para allá.
MEG: Oh, no.
GOLDBERG: No sea tímida. (Le da una palmada en las nalgas.)
MEG: ¡Oooh!
GOLDBERG: Camine por la pasarela. Vamos a verla bien. Qué presencia. ¿Usted qué
opina, McCann? Como una condesa, nada menos. Madame, ahora dese la vuelta y
haga una caminata hacia la cocina. ¡Qué porte!
McCANN: (a STANLEY.) Me podés servir mi irlandés, también.
GOLDBERG: ¡Parece una gladiola! 
MEG: Stan, ¿qué tal el vestido?
GOLDBERG: Uno para la dama, uno para la dama. A ver, madame... su vaso.
MEG: Gracias.
GOLDBERG: Alcen sus copas, damas y caballeros. Vamos a hacer un brindis.
MEG: No está Lulu.
GOLDBERG: Ya es bien pasada la hora. A ver... ¿quién propone el brindis? Señora
Boles, la única posible es usted.
MEG: ¿Yo?
GOLDBERG: ¿Quién, si no?
MEG: ¿Pero qué digo?
GOLDBERG: Diga lo que siente. Lo que siente de verdad. (MEG se ve un poco
insegura.) Es el cumpleaños de Stanley. Su Stanley. Mírelo. Mírelo y ya le va a salir.
Espere un minuto, la luz está muy fuerte. Vamos a poner la iluminación adecuada.
McCann, ¿tiene su linterna?
McCANN: (sacando una linternita del bolsillo.) Acá.
GOLDBERG: Apague las luces y encienda la linterna. (McCANN va hacia la puerta,
apaga las luces, regresa, ilumina a MEG con la linterna. Detrás de la ventana, afuera,
todavía hay una luz débil.) ¡A la dama no, al caballero! Tiene que iluminar al chico del
cumpleaños. (McCANN dirige la linterna hacia la cara de STANLEY.) Ahora, señora
Boles, es todo suyo.
Pausa.
MEG: No sé qué decir.
GOLDBERG: Mírelo. Nada más mírelo.
MEG: ¿La luz no le está dando justo en los ojos?
GOLDBERG: No, no. Adelante.
MEG: Bueno... es muy, muy lindo estar aquí esta noche, en mi casa, y quiero
proponer un brindis por Stanley, porque es su cumpleaños, y vive acá desde hace un
tiempo, ya, y ahora es mi Stanley. Y pienso que es un chico bueno, aunque a veces
sea malo. (GOLDBERG profiere una risa comprensiva.) Y es el único Stanley que
conozco, y lo conozco mejor que el mundo entero, aunque él no esté de acuerdo.
(GOLDBERG dice: “Bien dicho... Bien dicho”) Bueno, podría llorar porque estoy muy
feliz de tenerlo acá y que no se haya ido, en su cumpleaños, y no hay nada que yo no
haga por él, y todas estas buenas personas esta noche... (Solloza.)
GOLDBERG: ¡Hermoso! Un discurso hermoso. Prenda la luz, McCann. (McCANN va
a la puerta. STANLEY permanece quieto.) Ése fue un brindis precioso. (Vuelve la luz.
Ingresa LULU por la puerta, por la izquierda. GOLDBERG conforta a MEG.) Arriba ese
ánimo, ahora. Vamos, sonría al pichón. Así está mejor. Ah, miren quién está aquí.
MEG: Lulu.
GOLDBERG: Encantado, Lulu. Soy Nat Goldberg.
LULU: Hola.
GOLDBERG: Stanley, un trago para su invitada. Se acaba de perder el brindis, mi
querida, y qué brindis.
LULU: ¿Sí?
GOLDBERG: Stanley, un trago para su invitada. Stanley. (STANLEY le da un vaso a
LULU.) Bien. Ahora levanten sus vasos. ¿Todos de pie? No, usted no, Stanley. Usted
se tiene que quedar sentado.
McCANN: Sí, eso. Que se siente.
GOLDBERG: ¿No le molesta sentarse un minuto? Vamos a beber a su salud.
MEG: ¡Vamos!
LULU: ¡Vamos!
STANLEY se sienta a la mesa en una silla.
GOLDBERG: Bien. Ahora Stanley se sentó. (Tomando el escenario.) Bueno, quiero
decir primeramente que nunca se me conmovió tanto como con el discurso que
acabamos de escuchar. ¿Cuándo tenemos la oportunidad, en estos días, en esta
época, de encontrarnos con calidez de la verdadera? Una vez en la vida. Hasta hace
unos momentos, damas y caballeros, yo, como todos ustedes, me hacía la misma
pregunta. ¿Qué pasó con el amor, la bonhomía, la expresión de afecto libre de
pudores típica de antaño, que nuestras mamás nos enseñaron en el jardín de
infantes?
McCANN: Se los llevó el viento.
GOLDBERG: Eso es lo que yo pensaba, hasta hoy. Yo soy de los que creen en una
buena risa, la pesca del día, un poco de jardinería. Estaba muy orgulloso de mi viejo
invernadero, hecho de mi propio sudor y lágrimas. Soy ese tipo de hombre. No en
tamaño sino en calidad. Un Austin 7 chiquito, el té en Fullers, un libro de la biblioteca
Boots, y ya me doy por satisfecho. Pero en este preciso momento, digo en este
preciso momento, la señora de la casa dijo lo suyo y yo por mi parte estoy
completamente sacudido por los sentimientos que expresó. Afortunado el hombre que
lo recibe, eso es lo que digo. (Pausa.) ¿Cómo se los puedo explicar? Todos vagamos
en soledad por este mundo. Dormitamos sobre una yerma almohada. ¿Verdad?
LULU: (con admiración.) ¡Exacto!
GOLDBERG: De acuerdo. Pero esta noche, Lulu, McCann, hemos conocido gran
fortuna. Hemos escuchado a una dama extender la suma total de su devoción, en todo
su orgullo, pluma y pavo real, a un miembro de su propia raza viviente. Stanley, mis
sentidas felicitaciones. Le deseo, en nombre de todos nosotros, un feliz cumpleaños.
Estoy seguro de que nunca ha estado más orgulloso que hoy. ¡Mazoltov! ¡Y que
siempre nos encontremos en simjes! (LULU y MEG aplauden.) Apague la luz,
McCann, mientras hacemos el brindis.
LULU: Qué maravilla de discurso.
McCANN apaga la luz, regresa, e ilumina la cara de STANLEY con la linterna.
La luz tras la ventana es más débil.
GOLDBERG: Levanten los vasos. Stanley... feliz cumpleaños.
McCANN: Feliz cumpleaños.
LULU: Feliz cumpleaños.
MEG: Muchas felicidades en tu día, Stan.
GOLDBERG: Y acabemos de una vez con este ayuno.
Todos beben.
MEG: (besándolo.) Oh, Stanny...
GOLDBERG: ¡Luces!
McCANN: ¡Bien! (Prende las luces.)
MEG: Brindá conmigo, Stan.
LULU: Señor Goldberg...
GOLDBERG: Llámeme Nat.
MEG: (a McCANN.) Brinde conmigo.
LULU: (a GOLDBERG.) Está vacío. Déjeme que le llene el vaso.
GOLDBERG: Es un placer.
LULU: Es un orador maravilloso, Nat, ¿lo sabía? ¿Dónde aprendió a hablar así?
GOLDBERG: ¿Le gustó, eh?
LULU: ¡Oh, sí!
GOLDBERG: Bueno, mi primera oportunidad de pararme y dar una charla fue en el
Salón de Ética, Bayswater. Una oportunidad fabulosa. No me voy a olvidar más.
Estaban todos ahí esa noche. La calle Charlotte estaba vacía. Por supuesto que de
esto ya hace un buen tiempo.
LULU: ¿De qué habló?
GOLDBERG: De lo Necesario y lo Posible. Fue un gran éxito. Desde entonces
siempre hablo en las bodas.
STANLEY está quieto. GOLDBERG se sienta a la mesa, a la izquierda. MEG
se une a McCANN en proscenio, a la derecha; LULU está en proscenio, a la izquierda.
McCANN se sirve en su vaso más irlandés de la botella, que no ha soltado.
MEG: A ver, probemos el suyo.
McCANN: ¿En ése?
MEG: Sí.
McCANN: ¿Está acostumbrada a la mezcla?
MEG: No.
McCANN: Deme el vaso.
MEG se sienta en un cajón de lustrar zapatos, adelante, a la derecha. LULU,
en la mesa, sirve más para GOLDBERG y para sí misma, y le da el vaso a
GOLDBERG.
GOLDBERG: Gracias.
MEG: (A McCANN.) ¿Le parece que debo?
GOLDBERG: Lulu, usted es una chica grandota y rebotona. Venga y siéntese en mis
rodillas.
McCANN: ¿Por qué no?
LULU: ¿Le parece que debo?
GOLDBERG: Pruebe.
MEG: (sorbiendo.) Muy rico.
LULU: Voy a rebotar hasta el techo.
McCANN: No sé cómo puede mezclar esas cosas.
GOLDBERG: Aventúrese.
MEG: (a McCANN.) Siéntese en esta banqueta.
LULU se sienta en las rodillas de GOLDBERG.
McCANN: ¿Ésta?
GOLDBERG: ¿Cómoda?
LULU: Sí, gracias.
McCANN: (Setándose.) Es cómoda.
GOLDBERG: Sabe qué... sus ojos dicen mucho.
LULU: Y los suyos también.
GOLDBERG: ¿Le parece?
LULU: (tentada.) ¡Vamos!
McCANN: (a MEG.) ¿Dónde la consiguió?
MEG: Me la dio mi padre.
LULU: No sabía que lo iba a conocer acá esta noche.
McCANN: (a MEG.) ¿Estuvo en Carrikmacross?
MEG: (bebiendo.) Estuve en King’s Cross.
LULU: Usted se me apareció de sopetón, ¿lo sabía?
GOLDBERG: (mientras ella se mueve.) Ojo cómo se mueve. Me está crujiendo una
costilla.
MEG: (poniéndose de pie.) ¡Quiero bailar! (LULU y GOLDBERG se miran a los ojos.
McCANN bebe. MEG va hacia STANLEY.) Stanley. Bailá. (STANLEY sigue sentado,
quieto. MEG baila sola por el cuarto, luego vuelve a McCANN, que le llena el vaso.
Ella se sienta.)
LULU: (a GOLDBERG.) ¿Le digo una cosa?
GOLDBERG: ¿Qué?
LULU: Yo confío en usted.
GOLDBERG: (levantando su vaso.) Gesundheit. 
LULU: ¿Tiene esposa?
GOLDBERG: Tuve esposa. Qué esposa. Escuchen esto. Viernes, por la tardecita, a mí
se me daba por salir a dar una caminata, hasta el parque. Eh, haceme un favor,
sentate un minuto acá en la mesa, ¿sí? (LULU se sienta en la mesa. Él se estira y
prosigue.) Una pequeña caminata. Saludaba a los pequeños, a las pequeñas –no
hacía distinciones- y después me volvía, de vuelta a mi bungalow de techo chato.
“Simey,” me gritaba mi esposa, “¡rápido, antes de que se enfríe!” Y ahí en la mesa,
¿qué veía? La porción más hermosa de arenque enrollado y pepino en vinagre que
puedas desear encontrarte en un plato.
LULU: Pensé que su nombre era Nat.
GOLDBERG: Ella me decía Simey.
LULU: Seguro que usted era un buen marido.
GOLDBERG: Tendrías que haber visto su funeral.
LULU: ¿Por qué?
GOLDBERG: (retiene la respiración y menea la cabeza.) Qué funeral.
MEG: (a McCANN.) Mi padre me iba a llevar a Irlanda, una vez. Pero después se fue
solo.
LULU: (a GOLDBERG.) ¿Usted cree que a lo mejor me conoció cuando era una nena?
GOLDBERG: ¿Eras una nena linda?
LU: Sí.
MEG: No sé si se fue a Irlanda.
GOLDBERG: A lo mejor te cargué a cococho.
LULU: A lo mejor.
MEG: No me llevó.
GOLDBERG: O te hice Manuelita la tortuga. 10
LULU: ¿Eso es un juego?
GOLDBERG: ¡Claro que es un juego!
McCANN: ¿Por qué no la llevó a Irlanda?
LULU: ¡Me hace cosquillas!
GOLDBERG: Es de preocuparse.
LULU: Siempre me gustaron los hombres mayores. Saben cómo calmarte.
Se abrazan.
McCANN: Yo conozco un sitio. Roscrea. Lo de Mamá Nolan.
MEG: Había una luz de noche siempre prendida en mi pieza, cuando era chiquita.
McCANN: Una vez me quedé ahí con los muchachos toda la noche. Cantando y
tomando toda la noche.
MEG: Y mi niñera se quedaba sentada a mi lado, y me cantaba canciones.
McCANN: Y un plato bien frito a la mañana. Ahora ni sé dónde estoy.
MEG: Mi piecita era rosa. Tenía alfombra rosa y cortinas rosas, y tenía cajitas de
música por toda la pieza. Y sonaban para que yo me durmiera. Y mi padre era un gran
doctor. Por eso nunca me quejé. Me cuidaban, y tenía hermanitas y hermanitos en
otras piezas, de colores todos diferentes.
McCANN: Tullamore, ¿dónde estás?
MEG: (a McCANN.) Deme una gota más.
McCANN: (llenando su vaso y cantando.) ¡Oh gloria, oh gloria, a los audaces
Fenianos!
MEG: Oh, qué voz tan hermosa.
GOLDBERG: ¡Denos una canción, McCann!
LULU: ¡Una canción de amor!
McCANN: (recitando.) La noche que enterraron al pobre irlandés, todos los muchachos
lo fueron a visitar.
GOLDBERG: ¡Una canción de amor!
McCANN: (a toda voz, canta.)
Oh, el Jardín del Edén se ha desvanecido, así dicen,
Mas yo conozco su forma, oh, sí.
Con sólo doblar a la izquierda al pie de Ben Clay
Y parar a mitad del camino a Coote Hill
Es allí que lo hallarás, bien seguro que lo sé
Y me está susurrando:
Vuelve, Paddy Reilly, a Bally-James-Duff,
¡Vuelve a casa, Paddy Reilly, ven a mí! 
LULU: (a GOLDBERG.) Usted es el retrato del primer hombre que amé en mi vida.
GOLDBERG: Ni falta hace que lo digas.
MEG: (levantándose.) ¡Quiero jugar un juego!
GOLDBERG: ¿Un juego?
LULU: ¿Qué juego?
MEG: Cualquier juego.
LULU: (parándose de un salto.) Sí, juguemos un juego.
GOLDBERG: ¿Qué juego?
McCANN: La escondida.
LULU: El gallito ciego.
MEG: ¡Sí!
GOLDBERG: ¿Quieren jugar al gallito ciego?
LULU y MEG: ¡Sí!
GOLDBERG: Muy bien. El gallito ciego. ¡Vamos! ¡Todos arriba! (Levantándose.)
McCann. Stanley... ¡Stanley!
MEG: Stanley. Arriba.
GOLDBERG: ¿Qué le pasa a éste?
MEG: (inclinándose sobre él.) Stanley, vamos a jugar un juego. Oh, dale, no estés
enfurruñado, Stan.
LULU: Dale.
STANLEY se pone de pie. McCANN se pone de pie.
GOLDBERG: ¡Perfecto! Ahora... ¿quién hace de gallito primero?
LULU: La señora Boles.
MEG: Yo no.
GOLDBERG: Por supuesto, usted.
MEG: ¿Quién, yo?
LULU: (sacándose la chalina del cuello.) Aquí tiene.
McCANN: ¿Cómo se juega a esto?
LULU: (atando la chalina en los ojos de MEG.) ¿Nunca jugó al gallito ciego? Quieta,
señora Boles. Tiene que evitar que lo toquen. Pero no se puede mover después de
que ella esté ciega. Tiene que quedarse donde esté después de que ella esté ciega. Y
si ella lo toca entonces ahora usted hace de ciego. Dese vuelta. ¿Cuántos dedos
tengo acá?
MEG: No veo.
LULU: Bien.
GOLDBERG: ¡Bien! A moverse todos. McCann. Stanley. Ahora paren. Ahora quietos.
¡Ahí va!
STANLEY está en proscenio, a la derecha, MEG deambula por el cuarto.
GOLDBERG manosea a LULU extendiendo el brazo. MEG lo toca a McCANN.
MEG: ¡Te agarré!
LULU: Sáquese el pañuelo.
MEG: ¡Qué pelo precioso!
LULU: (desatando la chalina.) Listo.
MEG: ¡Es usted!
GOLDBERG: Póngaselo, McCann.
LULU: (atando el pañuelo en los ojos de McCANN.) Listo. Dese vuelta. ¿Cuántos
dedos tengo acá?
McCANN: No sé.
GOLDBERG: ¡Bien! A moverse todos. Bien. ¡Paren! ¡Quietos!
McCANN empieza a moverse.
MEG: ¡Oh, esto es divino!
GOLDBERG: ¡Callada! Tch, tch, tch. Ahora... a moverse todos otra vez. ¡Paren!
¡Quietos!
McCANN va a tientas. GOLDBERG manosea a LULU extendiendo el brazo.
McCANN se acerca a STANLEY. Estira el brazo y toca los anteojos de STANLEY.
MEG: ¡Es Stanley!
GOLDBERG: (a LULU.) ¿Divertida con el juego?
MEG: Te toca a vos, Stan.
McCANN se quita la venda.
McCANN: (a STANLEY.) Le saco los anteojos.38
McCANN le saca los anteojos a STANLEY.
MEG: Deme el pañuelo.
GOLDBERG: (sosteniendo a LULU.) Átele el pañuelo, señora Boles.
MEG: Es lo que hago. (A STANLEY.) ¿Me ves la nariz?
GOLDBERG: No puede. ¿Listos? ¡Bien! A moverse todos. ¡Paren! ¡Y quietos!
STANLEY se queda de pie, vendado. McCANN retrocede lentamente por el
escenario hacia la izquierda. Rompe los anteojos de STANLEY, partiendo los marcos.
MEG está en proscenio, a la izquierda, LULU y GOLDBERG atrás al centro, cerca el
uno de la otra. STANLEY empieza a moverse, muy despacio, hacia la izquierda.
McCANN recoge el tambor y lo ubica de lado en el camino de STANLEY. STANLEY
mete un pie en el tambor y se tropieza hacia delante con el pie atrapado en él.
MEG: ¡Oh!
GOLDBERG: ¡Sssh!
STANLEY se levanta. Empieza a moverse hacia MEG, arrastrando el tambor
en el pie. Llega a ella y se detiene. Sus manos se mueven hacia ella y alcanzan su
garganta. Empieza a estrangularla. McCANN y GOLDBERG se abalanzan y lo arrojan
a un lado.

APAGÓN

Ahora ya no hay nada de luz por la ventana. El escenario está en oscuridad.

LULU: ¡Las luces!
GOLDBERG: ¿Qué pasó?
LULU: ¡Las luces!
McCANN: Esperen un minuto.
GOLDBERG: ¿Dónde está?
McCANN: ¡Suélteme!
GOLDBERG: ¿Quién es?
LULU: ¡Alguien me está tocando!
McCANN: ¿Dónde está?
MEG: ¿Por qué se fue la luz?
GOLDBERG: ¿Dónde está su linterna? (McCANN orienta la linterna a la cara de
GOLDBERG.) ¡A mí no! (McCANN mueve la linterna. Se la golpean, para hacerla caer
de su mano. Se apaga al caer.)
McCANN: ¡Mi linterna!
LULU: ¡Oh Dios!
GOLDBERG: ¿Dónde está su linterna? ¡Agarre su linterna!
McCANN: No la encuentro.
LULU: Abráceme. Abráceme.
GOLDBERG: Arrodíllese. Ayúdelo a encontrar la linterna.
LULU: No puedo.
McCANN: No está.
MEG: ¿Por qué se fue la luz?
GOLDBERG: ¡Todos callados! Ayúdenlo a encontrar la linterna.
Silencio. Gruñidos de McCANN y GOLDBERG arrodillados. De pronto se
escucha un preciso y sostenido redoble con un palo en el borde del tambor desde
atrás de la habitación. Silencio. Gemidos de LULU.
GOLDBERG: Por acá. ¡McCann!
McCANN: Acá.
GOLDBERG: Venga para acá, venga para acá. Despacio. Por ahí.
GOLDBERG y McCANN van hacia atrás por la izquierda de la mesa. STANLEY
va para adelante por la derecha de la mesa. LULU de pronto lo percibe moviéndose
hacia ella, grita y se desvanece. GOLDBERG y McCANN giran y se tropiezan el uno
con el otro.
GOLDBERG: ¿Qué pasa?
McCANN: ¿Quién es?
GOLDBERG: ¿Qué pasa?
En la oscuridad, STANLEY levanta a LULU y la ubica sobre la mesa.
MEG: ¡Es Lulu!
GOLDBERG y McCANN van hacia delante, a la derecha.
GOLDBERG: ¿Dónde está ella?
McCANN: Se cayó.
GOLDBERG: ¿Dónde?
McCANN: Por acá.
GOLDBERG: Ayúdeme a levantarla.
McCANN: (yendo hacia delante, por la izquierda.) No la encuentro.
GOLDBERG: Tiene que estar en algún lado.
McCANN: Acá no está.
GOLDBERG: (yendo hacia delante, por la izquierda.) Tiene que estar.
McCANN: Se fue.
McCANN encuentra la linterna en el suelo, la enciende en dirección a la mesa y
a STANLEY. LULU está acostada con las piernas abiertas sobre la mesa, STANLEY
inclinado sobre ella. STANLEY, ni bien le da la luz de la linterna, empieza a reírse,
tentado. GOLDBERG y McCANN van hacia él. Él retrocede, tentado de risa, la luz de
la linterna en plena cara. Ellos lo siguen hacia atrás del escenario, a la izquierda. Él
retrocede hasta chocar con el pasaplatos, riendo. La linterna se acerca. Su risa sube y
crece mientras él se achata contra la pared. Las siluetas de los otros dos convergen
sobre él.
Telón

Tercer Acto

A la mañana siguiente. PETEY ingresa por la izquierda, con un periódico, y se sienta a
la mesa. Empieza a leer. La voz de MEG viene a través del pasaplatos.
MEG: ¿Sos vos, Stan? (Pausa.) ¿Stanny?
PETEY: ¿Sí?
MEG: ¿Sos vos?
PETEY: Soy yo.
MEG: (apareciendo en el pasaplatos.) Ah, sos vos. Me quedé sin copos de maíz.
PETEY: Bueno, ¿qué otra cosa tenés?
MEG: Nada.
PETEY: ¿Nada?
MEG: Esperá un segundo. (Desaparece del pasaplatos y entra por la puerta de la
cocina.) ¿Tenés tu diario?
PETEY: Sí.
MEG: ¿Está bueno?
PETEY: No está mal.
MEG: Los dos caballeros se comieron lo que me quedaba para freír esta mañana.
PETEY: ¿Oh, sí?
MEG: Hay un poco de té en la tetera, igual. (Le sirve té.) Voy a salir de compras en un
minuto. A buscarte algo rico. Se me parte la cabeza.
PETEY: (leyendo.) Dormiste como un tronco, anoche.
MEG: ¿Sí?
PETEY: Muerta.
MEG: Debo haber estado cansada. (Mira en derredor y ve el tambor roto en la
chimenea.) Ay, mirá. (Se levanta y lo recoge.) El tambor está roto. (PETEY levanta la
vista.) ¿Por qué está roto?
PETEY: No sé.
Ella palma el tambor.
MEG: Todavía hace ruido.
PETEY: Podés ir y comprar otro.
MEG: (triste.) Capaz que se rompió en la fiesta. Igual no me acuerdo que se rompiera,
en la fiesta. (Lo deja a un lado.) Qué lástima.
PETEY: Podés ir y comprar otro, Meg.
MEG: Bueno, por lo menos lo pudo tener para el cumpleaños, ¿no? Como yo quería.
PETEY: (leyendo.) Sí.
MEG: ¿Ya lo viste bajar? (PETEY no responde.) Petey.
PETEY: ¿Qué?
MEG: ¿Lo viste bajar?
PETEY: ¿A quién?
MEG: Stanley.
PETEY: No.
MEG: Yo tampoco. Ese chico tendría que estar levantado. Llega tarde a desayunar.
PETEY: No hay nada que desayunar.
MEG: Sí, pero él no lo sabe. Voy a llamarlo.
PETEY: (veloz.) No, no hagas eso, Meg. Dejalo que duerma.
MEG: Pero después decís que se lo pasa en la cama.
PETEY: Dejalo que duerma... esta mañana. Dejalo.
MEG: Ya subí una vez, con su taza de té. Pero me abrió McCann. Dijo que estaban
hablando. Dijo que él ya le había hecho el té. Se debe haber levantado temprano. No
sé de qué estarían hablando. Me sorprendió. Porque Stanley por lo habitual está
profundamente dormido cuando lo despierto. Pero esta mañana, no. Lo escuché
hablar. (Pausa.) ¿Vos creés que se conocen? Me parece que son amigos de antes.
Stanley tenía un montón de amigos. Eso lo sé. (Pausa.) No le di el té. Ya se había
tomado uno. Bajé de nuevo y seguí con mi trabajo. Entonces, después de un ratito,
bajaron a desayunar. Stanley se debe haber dormido de nuevo.
Pausa.
PETEY: ¿Cuándo vas a hacer las compras, Meg?
MEG: Sí, tengo que ir. (Agarrando la bolsa.) Tengo un dolor de cabeza asqueroso. (Va
hacia la puerta trasera, se detiene súbitamente y gira.) ¿Viste lo que hay ahí afuera
esta mañana?
PETEY: ¿Qué?
MEG: Ese auto grande.
PETEY: Sí.
MEG: Ayer no estaba. ¿Vos... vos le echaste un vistazo por adentro?
PETEY: Espié un poquito.
MEG: (adelantándose en tensión, y murmurando.) ¿Hay algo adentro?
PETEY: ¿Adentro?
MEG: Sí.
PETEY: ¿Qué querés decir, adentro?
MEG: Adentro del auto.
PETEY: ¿Qué cosa, por ejemplo?
MEG: Bueno... por ejemplo... ¿hay... hay una carretilla adentro?
PETEY: ¿Una carretilla?
MEG: Sí.
PETEY: No vi ninguna.
MEG: ¿No? ¿Estás seguro?
PETEY: ¿Para qué querría el señor Goldberg una carretilla?
MEG: ¿El señor Goldberg?
PETEY: Es su auto.
MEG: (aliviada.) ¿Su auto? Oh, no sabía que era su auto.
PETEY: Claro que es su auto.
MEG: Oh, me siento mejor.
PETEY: ¿Qué te está pasando?
MEG: Oh, sí que me siento mejor.
PETEY: Andá y tomá un poquito de aire.
MEG: Sí, voy a hacer eso. Lo voy a hacer. Voy a ir y hacer las compras. (Va hacia la
puerta trasera. Arriba se oye un portazo. Ella se da vuelta.) ¡Es Stanley! Está
bajando... ¿qué voy a hacer con su desayuno? (Se precipita hacia la cocina.) Petey,
¿qué le doy? (Mira por el pasaplatos.) Copos de maíz no hay. (Los dos se quedan
mirando hacia la puerta. Entra GOLDBERG. Se detiene en la puerta, al toparse con la
mirada de ellos, luego sonríe.)
GOLDBERG: ¡Un comité de recepción!
MEG: Oh, pensé que era Stanley.
GOLDBERG: ¿Encuentra algún parecido?
MEG: Oh, no. Son muy distintos.
GOLDBERG: (ingresando a la habitación.) Distinta contextura, por supuesto.
MEG: (entrando de la cocina.) Pensé que bajaba a tomar el desayuno. Todavía no
desayunó.
GOLDBERG: Su mujer hace una muy buena taza de té, señor Boles, ¿lo sabía?
PETEY: Sí, a veces sí. A veces se olvida.
MEG: ¿Va a bajar?
GOLDBERG: ¿Bajar? Claro que va a bajar. ¿Un día de sol tan precioso como éste y
no va a bajar? Se va a levantar y va a estar acá en menos que canta un gallo. (Se
sienta a la mesa.) Y qué desayuno que va a tomar.
MEG: Señor Goldberg.
GOLDBERG: ¿Sí?
MEG: No sabía que ese auto afuera era suyo.
GOLDBERG: ¿Le gusta?
MEG: ¿Va a dar un paseo?
GOLDBERG: (a PETEY.) Un auto elegante, ¿eh?
PETEY: Brilla que da gusto.
GOLDBERG: Lo que es viejo es bueno, yo sé lo que le digo. Tiene espacio. Espacio
adelante, y espacio atrás. (Acaricia la tetera.) La tetera está caliente. ¿Más té, señor
Boles?
PETEY: No, gracias.
GOLDBERG: (sirviendo té.) ¿Ese auto? Ese auto jamás me dejó a pie.
MEG: ¿Se va a ir de paseo?
GOLDBERG no responde, bebe su té.
MEG: Bueno, mejor me voy ahora. (Va hacia la puerta trasera, y gira.) Petey, cuando
baje Stanley...
PETEY: ¿Sí?
MEG: Decile que no tardo.
PETEY: Le digo.
MEG: (vagamente.) No tardo. (Sale.)
GOLDBERG: (sorbiendo su té.) Una buena mujer. Una mujer encantadora. Mi madre
era igual. Mi esposa era idéntica.
PETEY: ¿Cómo está esta mañana?
GOLDBERG: ¿Quién?
PETEY: Stanley. ¿Está mejor?
GOLDBERG: (un poco imprecisamente.) Oh... un poco mejor, me parece, un poco
mejor. Por supuesto, no estoy muy calificado para decir, señor Boles. Quiero decir, no
tengo las... las cualidades. Lo mejor sería que alguien con la... mnn... cualidad...
apropiada... le eche un vistazo. Alguien con algún título delante del nombre. Es
completamente distinto.
PETEY: Sí.
GOLDBERG: Igual, Dermot está con él en este momento. Le está... haciendo
compañía.
PETEY: ¿Dermot?
GOLDBERG: Sí.
PETEY: Qué cosa terrible.
GOLDBERG: (suspira.) Sí. La celebración de cumpleaños fue demasiado para él.
PETEY: ¿Qué le pasó?
GOLDBERG: (lacónicamente.) ¿Qué le pasó? Un colapso, señor Boles. Lisa y
llanamente. Un colapso nervioso.
PETEY: ¿Pero qué lo desató tan de repente?
GOLDBERG: (levantándose, y yendo hacia atrás.) Bueno, señor Boles, puede pasar
de todo tipo de maneras. Un amigo me estuvo contando del tema, justo el otro día. Los
dos habíamos estado involucrados con otro caso... no totalmente similar, por
supuesto, pero... bastante parecido, bastante parecido. (Hace una pausa.) De todos
modos, me estuvo contando, ¿vio?, este amigo mío, que a veces ocurre
gradualmente... día a día se agranda y se agranda y se agranda... día a día. Y otras
veces ocurre de golpe. ¡Plaf! ¡Así! Se rompen los nervios. No hay garantía de cómo va
a pasar, pero con alguna gente... es una conclusión inevitable.
PETEY: ¿En serio?
GOLDBERG: Sí. Este amigo mío... me estuvo contando del tema... justo el otro día.
(Se para, inquieto, por un momento, luego saca una caja de cigarrillos y extrae uno.)
Sírvase un Abdullah.
PETEY: No, no, no los fumo.
GOLDBERG: Muy de vez en cuando me hago el honor de un cigarrillo. Un Abdullah,
quizás, o un... (Chasquea los dedos.)
PETEY: Qué noche. (GOLDBERG prende el cigarrillo con un encendedor.) Llegué a la
puerta del frente y todas las luces estaban apagadas. Puse un centavo en la ranura,
entré y la fiesta ya se había acabado.
GOLDBERG: (yendo hacia proscenio.) ¿Puso un centavo en la ranura? 
PETEY: Sí.
GOLDBERG: Y volvió la luz.
PETEY: Sí, después entré.
GOLDBERG: (con una risa corta.) Hubiera jurado que fue un fusible.
PETEY: (continuando.) Había un silencio mortal. No se oía nada. Así que subí y su
amigo –Dermot- se me cruza en la escalera. Y me contó.
GOLDBERG: (bruscamente.) ¿Quién?
PETEY: Su amigo... Dermot.
GOLDBERG: (pesadamente.) Dermot. Sí. (Se sienta.)
PETEY: Igual a veces se reponen, ¿no? Quiero decir, ¿se pueden recuperar, no?
GOLDBERG: ¿Recuperar? Sí, a veces se recuperan, de un modo u otro.
PETEY: Quiero decir, a lo mejor ya se recuperó, ¿no?
GOLDBERG: Es concebible. Concebible.
PETEY se levanta y recoge la tetera y la taza.
PETEY: Bueno, si no está mejor para la hora del almuerzo voy a ir a buscar un
médico.
GOLDBERG: (rápido.) Ya está todo arreglado, señor Boles. Usted no se preocupe.
PETEY: (dubitativo.) ¿Qué quiere decir? (Ingresa McCANN con dos valijas.) ¿Todo el
equipaje listo?
PETEY lleva la tetera y tazas a la cocina. McCANN cruza hacia la izquierda y
deja las valijas en el suelo. Va hacia la ventana y mira hacia fuera.
GOLDBERG: ¿Entonces? (McCANN no contesta.) McCann. Le pregunté entonces.
McCANN: (sin darse vuelta.) ¿Entonces qué?
GOLDBERG: ¿Qué es qué? (McCANN no contesta.)
McCANN: (dándose vuelta para mirara a GOLDBERG, torvamente.) No voy a volver a
subir.
GOLDBERG: ¿Por qué no?
McCANN: No voy a volver a subir.
GOLDBERG: ¿Qué pasa, ahora?
McCANN: (yendo hacia proscenio.) Ahora está callado. Ya dejó de... parlotear hace un
rato.
PETEY aparece en el pasaplatos, sin que lo noten.
GOLDBERG: ¿Cuándo va a estar listo?
McCANN: (de mal humor.) La próxima puede subir usted.
GOLDBERG: ¿Pero qué le pasa?
McCANN: (con calma.) Le di...
GOLDBERG: ¿Qué?
McCANN: Le di los anteojos.
GOLDBERG: ¿No se alegró de recuperarlos?
McCANN: Se rompió el marco.
GOLDBERG: ¿Cómo pasó eso?
McCANN: Estaba tratando de hacer coincidir los agujeros de los ojos con los ojos. Lo
dejé haciendo eso.
PETEY: (en la puerta de la cocina.) Hay una cinta Scotch en alguna parte. Los
podemos pegar.
GOLDBERG y McCANN se dan vuelta para verlo. Pausa.
GOLDBERG: ¿Cinta Scotch? No, no, está bien, señor Boles. Por ahora eso lo va a
mantener tranquilo, con la cabeza despejada de otras cosas.
PETEY: (yendo hacia proscenio.) ¿Y qué tal un médico?
GOLDBERG: Ya está todo arreglado.
McCANN se desplaza en dirección al cajón de lustrar zapatos, y extrae un
cepillo y se cepilla los zapatos.
PETEY: (va hacia la mesa.) Yo creo que necesita uno.
GOLDBERG: Estoy de acuerdo con usted. Ya está todo arreglado. Le vamos a dar un
poquito de tiempo para que se asiente, y después lo voy a llevar a lo de Monty.
PETEY: ¿Lo va a llevar a un médico?
GOLDBERG: (fijando la mirada en él.) Claro. Monty.
Pausa. McCANN se cepilla los zapatos.
¿Así que la señora Boles salió a comprarnos algo rico para el almuerzo?
PETEY: Así es.
GOLDBERG: Lástima que capaz ya no estemos para ese entonces.
PETEY: ¿No?
GOLDBERG: Para ese entonces capaz ya no estemos.
Pausa.
PETEY: Bueno, creo que voy a ir a ver cómo andan mis arvejas, mientras tanto.
GOLDBERG: ¿Mientras tanto?
PETEY: Mientras esperamos.
GOLDBERG: ¿Esperamos qué? (PETEY camina hacia la puerta trasera.) ¿No va a
volver a la playa?
PETEY: No, todavía no. Llámeme cuando baje, ¿puede ser, señor Goldberg?
GOLDBERG: (tomándoselo muy en serio.) Hoy va a tener una playa repleta... en un
día como éste. Van a estar tirados boca arriba, nadando en el mar. Mi vida. ¿Cómo
van las reposeras? ¿Están listas las reposeras?
PETEY: Las puse todas afuera hoy a la mañana.
GOLDBERG: ¿Y los boletos? ¿Quién va a recibir los boletos?
PETEY: Todo en orden. Va a estar todo en orden, señor Goldberg. No se preocupe
por eso. Ya vuelvo.
Sale. GOLDBERG se levanta, va a la ventana y lo sigue con la mirada.
McCANN se desplaza hacia la mesa, a la izquierda, se sienta, recoge el diario y
empieza a romperlo en tiritas.
GOLDBERG: ¿Está todo listo?
McCANN: Claro.
GOLDBERG camina pesadamente hacia la mesa, cavilando. Se sienta a la
derecha de ésta y repara en lo que hace McCANN.
GOLDBERG: ¡Deje de hacer eso!
McCANN: ¿Qué?
GOLDBERG: ¿Por qué hace eso todo el tiempo? Es infantil, es insensato. No tiene el
menor sentido.
McCANN: ¿Qué es lo que le pasa hoy?
GOLDBERG: Preguntas, preguntas. Deje de hacerme tantas preguntas. ¿Qué se
piensa que soy?
McCANN lo estudia. Luego dobla el diario, dejando las tiritas adentro.
McCANN: ¿Entonces?
Pausa. GOLDBERG se inclina en la silla, los ojos cerrados.
McCANN: ¿Entonces?
GOLDBERG: (con fatiga.) ¿Entonces qué?
McCANN: ¿Esperamos o vamos y lo agarramos?
GOLDBERG: (lentamente.) ¿Usted quiere ir y agarrarlo?
McCANN: Quiero terminar con esto.
GOLDBERG: Es comprensible.
McCANN: ¿Entonces esperamos, o vamos y lo agarramos?
GOLDBERG: (interrumpiendo.) No sé por qué, pero me siento exhausto. Me siento un
poquito... No es nada común en mí.
McCANN: ¿Ah, sí?
GOLDBERG: Es inusual.
McCANN: (levantándose rápidamente y yendo detrás de la silla en la que está
GOLDBERG. Susurrando.) Terminemos y vayámonos. Acabemos esto y vayámonos.
Hagámoslo. Terminemos la cosa ésta. ¡Hagamos esta cosa y vayámonos!
Pausa.
¿Voy para arriba?
Pausa.
¡Nat!
GOLDBERG permanece sentado, encorvado. McCANN se desliza hasta
quedar a su lado.
¡Simey!
GOLDBERG: (abriendo los ojos, contemplando a McCANN.) ¿Cómo... me... llamaste?
McCANN: ¿Quién?
GOLDBERG: (asesinamente.) ¡No me llames así! (Agarra a McCANN de la garganta.)
¡NUNCA ME LLAMES ASÍ!
McCANN: (contorciéndose.) Nat, Nat, Nat, ¡NAT! Te llamé Nat. Te estaba
preguntando, Nat. Lo juro por Dios. Era nada más una pregunta, es todo, nada más
una pregunta, ¿ves?, ¿me seguís?
GOLDBERG: (sacándoselo de encima de un empellón.) ¿Qué pregunta?
McCANN: ¿Voy para arriba?
GOLDBERG: (violentamente.) ¿Arriba? Pensé que no ibas a volver a subir.
McCANN: ¿Qué querés decir? ¿Por qué no?
GOLDBERG: ¡Vos lo dijiste!
McCANN: ¡Jamás dije eso!
GOLDBERG: ¿No?
McCANN: (desde el suelo, a toda la habitación.) ¿Quién dijo? ¡Jamás dije eso! ¡Voy a
subir ahora!
Se para de un salto y se precipita a la puerta de la izquierda.
GOLDBERG: ¡Espere!
Estira sus brazos para hacerlos coincidir con los apoyabrazos de su asiento.
Venga acá.
McCANN se acerca muy despacio.
Quiero su opinión. Míreme adentro de la boca.
Abre la boca de par en par.
Mire bien.
McCANN mira.
¿Entiende lo que le quiero decir?
McCANN examina.
¿Sabe qué? Nunca perdí ningún diente. Desde el día que nací. Nada ha cambiado.
(Se para.) Por eso llegué a mi posición, McCann. Porque estuve siempre a punto
como un violín. Toda la vida vengo diciendo lo mismo. A jugar como un hombre, como
un hombre, y a jugar al juego. Honrarás a tu padre y a tu madre. Hasta el final de la
línea. Siga la línea, la línea, McCann, y no le puede ir mal. ¿Qué piensa, que soy un
hombre que se hizo a sí mismo? ¡No! Me senté donde se me dijo siéntese. Mantuve la
vista en la pelota. ¿Escuela? Ni me hable de la escuela. El primero en todas las
materias. ¿Y por qué? Porque yo se lo digo, yo se lo digo, ¿me sigue la línea? ¿Sigue
mi pensamiento? Aprender de memoria. Jamás apuntar por escrito. Y no ir demasiado
cerca del agua. Y va a ver - que lo que digo es verdad.
Porque creo que el mundo... (Ausente.)...
Porque creo que el mundo... (Desesperado.)...
PORQUE CREO QUE EL MUNDO... (Perdido.)...
Se sienta en su silla.
Siéntese, McCann, siéntese acá donde pueda mirarlo de frente.
McCANN se arrodilla delante de la mesa.
(Intensamente, con creciente certidumbre.) Mi padre me dijo, Benny, Benny, dijo, vení
acá. Se estaba muriendo. Me arrodillé. A su lado día y noche. ¿Quién más estuvo allí?
Perdoná, Benny, dijo, y dejá vivir. Sí, papá. Andá a casa con tu mujer. Lo haré, papá.
Mantenete alerta y cuidado con los pordioseros, vagabundos y mendigos. No
mencionó nombres. Se me fue la vida al servicio de los otros, dijo, no me avergüenzo.
Cumplí con tu deber y guardate tus observaciones. Dales siempre los buenos días a
los vecinos. Nunca, nunca te olvides de tu familia, ¡porque son la roca, la constitución
y el centro! Si alguna vez estás en problemas, el Tío Barney te va a sacar adelante. Yo
me arrodillé. (Se arrodilla, frente a McCANN.) Juré sobre la Santa Biblia. Y supe la
palabra que debía recordar: ¡Respeto! Porque, McCann... (Con delicadeza.) Seamus,
¿quién vino antes de tu padre? El padre de él. ¿Y quién vino antes de él? ¿Antes de
él?... (Ausente-triunfante.) ¿Quién vino antes del padre de tu padre sino la madre del
padre de tu padre? Tu tatarabuelita.
Silencio. Se levanta lentamente.
Y por eso llegué a mi posición, McCann. Porque estuve siempre a punto como un
violín. Mi lema. Trabajar duro y jugar duro. Ni un día por enfermedad.
GOLDBERG se sienta.
GOLDBERG: Igual, sópleme en la boca. (Pausa.) Un soplido en la boca.
McCANN se para, apoya las manos en las rodillas, se agacha, y sopla dentro
de la boca de GOLDBERG.
Otro para el camino.
McCANN le vuelve a soplar en la boca. GOLDBERG respira profundo, sonríe.
GOLDBERG: ¡Bien!
Entra LULU. McCANN los observa, y va hacia la puerta.
McCANN: (en la puerta.) Le doy cinco minutos. (Sale.)
GOLDBERG: Vení para acá.
LULU: ¿Qué va a pasar?
GOLDBERG: Vení para acá.
LULU: No, gracias.
GOLDBERG: ¿Qué pasa? ¿Tenés algo contra el Tío Natey?
LULU: Me voy.
GOLDBERG: Vamos a jugar una mano de Black Jack primero, por los viejos tiempos.
LULU: Ya jugué bastantes juegos.
GOLDBERG: Una chica como vos, a tu edad, en este momento de tu salud, ¿y no te
atraen los juegos?
LULU: Es muy ingenioso.
GOLDBERG: De todos modos, ¿quién dice que no te atraen?
LULU: ¿Se piensa que soy como todas las otras chicas?
GOLDBERG: ¿Todas las otras chicas también son así?
LULU: No tengo idea con respecto a otras chicas.
GOLDBERG: Yo tampoco. Jamás he tocado a otra mujer.
LULU: (angustiada.) ¿Qué diría mi padre, si lo supiera? ¿Y qué diría Eddie?
GOLDBERG: ¿Eddie?
LULU: Fue mi primer amor, Eddie. Y fuera lo que fuera, fue puro. ¡Con él! ¡No entraba
a mi cuarto por la noche con un portafolios!
GOLDBERG: ¿Quién abrió el portafolios, yo o vos? Lulu, schmulu, lo pasado, pisado,
haceme el favor. Un beso y hagamos las paces.
LULU: No pienso tocarlo.
GOLDBERG: Y hoy me voy.
LULU: ¿Te vas?
GOLDBERG: Hoy.
LULU (con creciente enojo.) Me usaste por una noche. Un capricho pasajero.
GOLDBERG: ¿Quién usó a quién?
LULU: Hiciste uso de mí mediante engaños cuando mis defensas estaban bajas.
GOLDBERG: ¿Quién las bajó?
LULU: Eso es lo que hiciste. Saciaste tu horrible sed. ¡Me enseñaste cosas que una
chica no debe saber antes de casarse por lo menos tres veces!
GOLDBERG: ¡Ahora estás un paso más adelante! ¿De qué te quejás?
McCANN ingresa rápidamente.
LULU: No me apreciaste por lo que soy. Te tomaste todas esas libertades sólo para
satisfacer tu apetito. Oh, Nat, ¿por qué lo hiciste?
GOLDBERG: Vos querías que lo hiciera, Lulula, así que lo hice.
McCANN: Es justo. (Avanzando.) Ya durmió mucho, señorita.
LULU: (retrocediendo hacia la izquierda del escenario.) ¿Yo?
McCANN: Las de tu tipo, ustedes se pasan demasiado tiempo en la cama.
LULU: ¿Qué me quiere decir?
McCANN: ¿Tenés algo que confesar?
LULU: ¿Qué?
McCANN: (salvaje.) ¡Confesá!
LULU: ¿Que confiese qué?
McCANN: ¡De rodillas y a confesar!
LULU: ¿Qué me quiere decir éste?
GOLDBERG: Confesá. ¿Qué podés perder?
LULU: ¿Qué, a él?
GOLDBERG: Hace apenas seis meses que le sacaron los hábitos.
McCANN: ¡Arrodillate, mujer, y contame lo último de lo último! 
LULU: (reculando hasta la puerta trasera.) Vi todo lo que pasó. Sé lo que está pasando
acá. Tengo una idea bastante aproximada.
McCANN: (avanzando.) Ya te vi, a vos, perdiendo el tiempo en la catedral de Cashel,
profanando el suelo con tus monigotadas. ¡Fuera de mi vista!
LULU: Me voy.
LULU sale. McCANN va hacia la puerta, a la izquierda, y sale. Luego hace
entrar a STANLEY, que está vestido con un traje negro muy elegante y de cuello
blanco. Tiene los anteojos rotos en la mano. Está recién afeitado. McCANN lo sigue y
cierra la puerta. GOLDBERG se encuentra con STANLEY, lo sienta en una silla.
GOLDBERG: ¿Cómo estás, Stan?
Pausa.
¿Te sentís mejor?
Pausa.
¿Qué les pasa a los anteojos?
GOLDBERG se inclina a mirar.
Están rotos. Una pena.
STANLEY tiene la mirada vacía, fija en el suelo.
McCANN: (en la mesa.) Se ve mejor, ¿no?
GOLDBERG: Mucho mejor.
McCANN: Un hombre nuevo.
GOLDBERG: ¿Sabe lo que vamos a hacer?
McCANN: ¿Qué?
GOLDBERG: Le vamos a comprar un par nuevo.
Empiezan a importunarlo, suavemente y con fruición. Durante las siguientes
secuencias STANLEY no muestra reacción alguna. Permanece, sin hacer ningún
movimiento, donde está sentado.
McCANN: De nuestros propios bolsillos.
GOLDBERG: Ni falta hace que lo digamos. Entre vos y yo, Stan, es hora de que
tengas un par de anteojos nuevos.
McCANN: No ves derecho.
GOLDBERG: Es verdad. Hace años que estás bizco.
McCANN: Ahora estás incluso más bizco.
GOLDBERG: Tiene razón. Fuiste de mal en peor.
McCANN: Peor que peor.
GOLDBERG: Te hace falta una buena convalecencia.
McCANN: Un cambio de aire.
GOLDBERG: Un sitio sobre el arco iris.
McCANN: Donde los ángeles temen pasar.
GOLDBERG: Exacto.
McCANN: Estás atascado en tu rutina.
GOLDBERG: Se te ve anémico.
McCANN: Reumático.
GOLDBERG: Miope.
McCANN: Epiléptico.
GOLDBERG: Estás al borde.
McCANN: Sos un patito muerto.
GOLDBERG: Pero podemos salvarte.
McCANN: De un destino peor.
GOLDBERG: Cierto.
McCANN: Innegable.
GOLDBERG: De ahora en más seremos el eje de tu rueda.
McCANN: Te vamos a renovar el pase de temporada para todo el campeonato.
GOLDBERG: Nos vamos a descontar de a dos centavitos de cada desayuno.
McCANN: Te vamos a hacer descuento en todos los productos inflamables.
GOLDBERG: Te vamos a cuidar.
McCANN: A aconsejar.
GOLDBERG: A darte el cuidado y tratamiento apropiados.
McCANN: A dejarte usar el bar del club.
GOLDBERG: Reservarte mesa.
McCANN: Ayudarte a reconocer los días de ayuno.
GOLDBERG: Hornearte pasteles.
McCANN: Ayudar a arrodillarte en los días de arrodille.
GOLDBERG: Darte un pase libre.
McCANN: Llevarte a caminar.
GOLDBERG: Darte los consejos más oportunos.
McCANN: Te vamos a munir de la soguita para saltar.
GOLDBERG: El chaleco y los pantalones.
McCANN: El ungüento.
GOLDBERG: La cataplasma calentita.
McCANN: El dedil. 
GOLDBERG: El cinturón abdominal.
McCANN: Los auriculares.
GOLDBERG: El talco para bebés.
McCANN: El rascador de espaldas.
GOLDBERG: La llanta de repuesto.
McCANN: La bomba de estómago.
GOLDBERG: La carpa de oxígeno.
McCANN: La rueda tibetana de oraciones. 
GOLDBERG: El yeso de París.
McCANN: El casco de seguridad.
GOLDBERG: Las muletas.
McCANN: Un servicio de día y noche.
GOLDBERG: Todo a cuenta de la casa.
McCANN: Eso es.
GOLDBERG: Vamos a hacer de vos un hombre.
McCANN: Y una mujer.
GOLDBERG: Vas a ser reorientado.
McCANN: Vas a ser rico.
GOLDBERG: Vas a ser ajustado.
McCANN: Vas a ser nuestra alegría y nuestro orgullo.
GOLDBERG: Vas a ser un mensch. 
McCANN: Vas a ser un éxito.
GOLDBERG: Vas a estar integrado.
McCANN: Vas a dar órdenes.
GOLDBERG: Vas a tomar decisiones.
McCANN: Vas a ser un magnate.
GOLDBERG: Vas a ser estadista.
McCANN: Vas a tener yates.
GOLDBERG: Animales.
McCANN: Animales.
GOLDBERG dirige una mirada a McCANN.
GOLDBERG: Animales lo dije yo. (Vuelve a STANLEY.) Vas a poder hacer y
deshacer, Stan. Por mi vida. (Silencio. STANLEY está quieto.) ¿Y bien? ¿Qué me
decís?
La cabeza de STANLEY se eleva muy lentamente y gira en dirección a
GOLDBERG.
GOLDBERG: ¿Qué te parece? ¿Eh, muchacho?
STANLEY empieza a apretar y luego abrir los ojos.
McCANN: ¿Cuál es su opinión, señor? ¿De esta perspectiva, señor?
GOLDBERG: Perspectiva. Claro que sí. Vaya perspectiva.
Las manos de STANLEY, aferrando los anteojos, empiezan a temblequear.
¿Qué opinás de esta perspectiva? ¿Eh, Stanley?
STANLEY se concentra, abre la boca, intenta hablar, fracasa y emite sonidos
de garganta.
STANLEY: Uh-gug... uh-gug... eeehhh-gag... (Mientras exhala.) Caahh... caahh...
Lo observan. Profiere un largo aliento que estremece todo su cuerpo. Se
concentra.
GOLDBERG: Bueno, Stanny, muchacho, ¿qué me decís, eh?
Observan. Él se concentra. Su cabeza desciende, su mentón se clava en su
pecho, se agazapa.
STANLEY: Ug-gughh... uh-gughhh....
McCANN: ¿Qué opina, señor?
STANLEY: Caaahhh... caaahhh....
McCANN: ¡Señor Webber! ¿Qué opina?
GOLDBERG: ¿Qué me decís, Stan? ¿Qué pensás del proyecto?
McCANN: ¿Qué opina del proyecto?
El cuerpo de STANLEY se estremece, se relaja, su cabeza cae, vuelve a
quedar quieto, agachado. PETEY ingresa por la puerta, cerca de proscenio, a la
izquierda.
GOLDBERG: Siempre el mismo viejo Stan. Vení con nosotros, Vamos, muchacho.
McCANN: Venga con nosotros.
PETEY: ¿A dónde lo llevan?
Se dan vuelta. Silencio.
GOLDBERG: Lo llevamos a lo de Monty.
PETEY: Se puede quedar acá.
GOLDBERG: No sea tonto.
PETEY: Lo podemos cuidar acá.
GOLDBERG: ¿Por qué lo quiere cuidar?
PETEY: Es mi huésped.
GOLDBERG: Necesita tratamiento especial.
PETEY: Ya vamos a encontrar a alguien.
GOLDBERG: No. Monty es el mejor que hay. Tráigalo, McCann.
Ayudan a STANLEY a salir del sillón. Los tres van hacia la puerta de la
izquierda.
PETEY: ¡Déjenlo en paz!
Se detienen. GOLDBERG lo estudia.
GOLDBERG: (insidiosamente.) ¿Por qué no viene con nosotros, señor Boles?
McCANN: Sí, ¿por qué no viene con nosotros?
GOLDBERG: Venga con nosotros a ver a Monty. Hay un montón de lugar en el auto.
PETEY no hace movimiento alguno. Pasan a su lado y llegan a la puerta.
McCANN abre la puerta y recoge las valijas.
PETEY: (quebrado.) Stan, ¡no dejes que te digan qué hacer!
Salen.
Silencio. PETEY se queda parado. Se escucha un portazo de la puerta
principal. Ruido de un auto que enciende el motor. Ruido de un auto que se aleja.
Silencio. PETEY va lentamente hacia la mesa. Se sienta en una silla, del lado
izquierdo. Recoge el diario y lo abre. Caen las tiritas de papel al piso. Baja la vista y
las mira. MEG pasa por la ventana y entra por la puerta trasera. PETEY estudia la
primera plana del diario.
MEG (avanzando por el escenario.) Se fue el auto.
PETEY: Sí.
MEG: ¿Se fueron?
PETEY: Sí.
MEG: ¿No van a estar para el almuerzo?
PETEY: No.
MEG: Oh, qué pena. (Deja la bolsa sobre la mesa.) Hace calor afuera. (Cuelga su
saco de un gancho.) ¿Qué hacés?
PETEY: Leo.
MEG: ¿Está bueno?
PETEY: Está bien.
Ella se sienta junto a la mesa.
MEG: ¿Dónde está Stan?
Pausa.
¿Ya bajó Stan, Petey?
PETEY: No... está...
MEG: ¿Todavía está en la cama?
PETEY: Sí, está... dormido todavía.
MEG: ¿Todavía? Va a llegar tarde al desayuno.
PETEY: Dejalo... dormir.
Pausa.
MEG: ¿No fue una fiesta preciosa, anoche?
PETEY: No estuve.
MEG: ¿No estuviste?
PETEY: Llegué después.
MEG: Oh.
Pausa.
Fue una fiesta preciosa. Hacía años que no me reía tanto. Bailamos y cantamos. Y
jugamos. Tendrías que haber estado.
PETEY: Estuvo buena, ¿eh?
Pausa.
MEG: Fui la reina del baile.
PETEY: ¿Sí?
MEG: Oh, sí. Todos dijeron que sí.
PETEY: Yo también apuesto que sí.
MEG: Oh, es verdad. Lo fui.
Pausa.
Yo sé que lo fui.
Telón

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