GAS I ESPECTÁCULO EN CINCO ACTOS Georg Kaiser

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GAS I

ESPECTÁCULO EN CINCO ACTOS
Georg Kaiser

MULTIMILLONARIO. — Pero la verdad más profunda
sólo la encuentra algún individuo aislado. Y entonces es
ella tan (monstruosa, tan grotesca, tan extravagante, que
se hace infecunda.

G. KAISER: EL CORAL.

P E R S O N A J E S :

EL SEÑOR BLANCO
HIJO DEL MULTIMILLONARIO
HIJA
OFICIAL
INGENIERO
PRIMER SEÑOR NEGRO
SEGUNDO SEÑOR NEGRO
TERCER SEÑOR NEGRO
CUARTO SEÑOR NEGRO
QUINTO SEÑOR NEGRO
REPRESENTANTE DEL GOBIERNO
ESCRIBIENTE
PRIMER OBRERO
SEGUNDO OBRERO
TERCER OBRERO
MUCHACHA
MUJER
MADRE
CAPITÁN
SECCIÓN DE AMETRALLADORAS.
OBREROS.
PRIMER ACTO
Un aposento cuadrangular; la pared del fondo es de cristales. Despacho del HIJO DEL
MULTIMILLONARIO. A derecha e izquierda, en los muros, desde el pavimento al techo, pizarras
donde se leen cálculos. A la izquierda, una amplia mesa de escritorio con un sillón de mimbre. Al
lado, otro sillón. Una mesa pequeña de escritorio a la derecha. Fuera, chimeneas apretadas, como
lanzas, que vomitan en chorros desmelenados juego y humo.
Suena una música de baile dentro de la casa. En la mesa de escritorio, a la derecha, el joven
ESCRIBIENTE.
Entra EL SEÑOR BLANCO por la izquierda. Cierra la puerta sin ruido, avanza sin ruido.
Después de dar un vistazo al aposento se dirige al ESCRIBIENTE; poniéndole la mano sobre el
hombro.
EL SEÑOR BLANCO. — ¿Música?
ESCRIBIENTE. — (Vuelve, asustado, la cara hacia él.)
EL SEÑOR BLANCO. — (Atendiendo hacia el techo, con un gesto afirmativo.) ¿Vals?
ESCRIBIENTE. — ¿Cómo viene usted?...
EL SEÑOR BLANCO. — Sin llamar la atención lo más mínimo. Cierto silencio... conseguido por unas
medias suelas de goma. (Se sienta en el sillón junto a la mesa de escritorio. Cruza las piernas.) El
jefe... ¿ocupado? ¿Arriba?
ESCRIBIENTE. — ¿Qué... desea usted?
EL SEÑOR BLANCO. — ¿Reunión de baile?
ESCRIBIENTE. — (Siempre con fría precipitación.) Arriba... hay boda.
EL SEÑOR BLANCO. — (Jugueteando con los dedos.) ¿El jefe? ¿O...?
ESCRIBIENTE. — La hija... con el oficial.
EL SEÑOR BLANCO. — Entonces, desde luego, por el momento, es indispensable... el jefe... ¡El jefe!
ESCRIBIENTE. — Aquí no hay ningún... jefe.
EL SEÑOR BLANCO. — (Volviéndose hacia él, rápidamente.) Eso es interesante... Supuesto que usted
no es ducho en cálculos sutiles, eso que hay allí... ¿escalas de salarios?
ESCRIBIENTE. — Aquí no hay escalas de salarios.
EL SEÑOR BLANCO. — Usted acumula con rapidez los momentos conmovedores. Eso arrastra como
un torbellino hacia el centro de las cosas. (Señalando por la ventana.) ¿Este establecimiento de
gigantescas dimensiones, en plena actividad, explotando... sin jefe, sin escalas de salarios?
ESCRIBIENTE. — Trabajamos... y repartimos.
EL SEÑOR BLANCO. — (Señalando a las paredes.) ¿La fórmula? (Levantándose y leyendo las
tablas.) Tres grados. Hasta treinta, primera cuota; hasta cuarenta, segunda cuota. Más allá de
cuarenta, cuota tercera. Un simple ejemplo de cálculo: distribución de la ganancia, según los años
de vida. (Dirigiéndose hacia el ESCRIBIENTE.) Un invento del jefe... que no quiere serlo.
ESCRIBIENTE. — ¡Porque no quiere ser más rico que los otros!
EL SEÑOR BLANCO. — ¿Era rico?
ESCRIBIENTE. — ¡Es el hijo del multimillonario!
EL SEÑOR BLANCO. — Llegó hasta la periferia de la riqueza, y se vuelve hacia el centro..., hacia el
corazón...Y vosotros, ¿trabajáis?
ESCRIBIENTE. — Cada uno llega hasta lo último.
EL SEÑOR BLANCO. — ¡Si uno participa de la ganancia total!
ESCRIBIENTE. — Por eso trabajamos aquí más que nadie en la tierra.
EL SEÑOR BLANCO. — ¿Corresponde el producto a vuestra especial actividad?
ESCRIBIENTE. — ¡Gas!
EL SEÑOR BLANCO. — (Sopla en la mano hueca.)
ESCRIBIENTE. — (Con ardimiento.) ¿No sabe usted nada del gas que fabricamos?
EL SEÑOR BLANCO. — (Sigue haciendo lo mismo.)
ESCRIBIENTE. — Han sido superados el carbón, los saltos de agua. La nueva energía mueve
nuevos millones de máquinas con un impulso más potente. Nosotros lo creamos. ¡Nuestro gas
alimenta la técnica del mundo!
EL SEÑOR BLANCO. — (En la ventana.) Día y noche... ¿Fuego y humo?
ESCRIBIENTE. — ¡Han sido logrados los últimos frutos de nuestro trabajo!
EL SEÑOR BLANCO. — (Retrocediendo.) ¿Es porque la pobreza está ya abolida?
ESCRIBIENTE. — ¡Nuestro inmenso esfuerzo crea!
EL SEÑOR BLANCO. — ¿Es porque se distribuyen las ganancias?
ESCRIBIENTE. — ¡Gas!
EL SEÑOR BLANCO. — (Junto a él.) Y si el gas, una vez...
ESCRIBIENTE. — El trabajo no puede detenerse una sola hora. Trabajamos para nosotros.. . No
para bolsillos ajenos. No hay pereza...No hay huelga. La fábrica funciona sin interrupción. ¡El gas
nunca faltará!
EL SEÑOR BLANCO. — ¿Y si el gas, alguna vez...estalla?
ESCRIBIENTE. — (Le mira con sobresalto.)
EL SEÑOR BLANCO. — ¿Qué sucede entonces?
ESCRIBIENTE. — (Ha enmudecido.)
EL SEÑOR BLANCO. — (Le habla soplándole en la cara.) ¡El terror blanco! (Se yergue y escucha
hacia arriba.) ¿Música? (Se detiene en mitad del camino hacia la puerta.) ¿Vals? (Sale sin hacer
ruido.)
ESCRIBIENTE. — (Con inquietud creciente, se encorva sobre el aparato del teléfono. Casi
gritando.) ¡El ingeniero! (Corren despavoridas sus miradas de la puerta de la derecha a la de la
izquierda.)
INGENIERO. — (De frac, desde la derecha.) ¿Qué?
Por la izquierda, obreros azorados vestidos de blusones blancos.
ESCRIBIENTE. — (Con el brazo extendido hacia el INGENIERO.) ¡Allí!...
INGENIERO. — (Al OBRERO.) ¿Me busca usted a mí?
OBRERO. — (Vacilando.) Quería buscarle.
INGENIERO. — ¿Telefoneaba usted llamándome?
ESCRIBIENTE. — Porque...
INGENIERO. — ¿Recibió usted noticias?
ESCRIBIENTE. — (Moviendo la cabeza. Por el OBRERO.) El...
INGENIERO. —... pronto viene.
ESCRIBIENTE. —... ¡debía venir!
INGENIERO. — (Lleno de perplejidad.) ¿Que ha ocurrido?
OBRERO. — Se colorea el gas en el manómetro.
INGENIERO. — ¿Se colorea?
OBRERO. — Hasta ahora sólo es un suave matiz.
INGENIERO. — ¿Y crece?
OBRERO. — Visiblemente.
INGENIERO. — ¿La coloración?
OBRERO. — Un rosa claro.
INGENIERO. — ¿No se engaña usted?
OBRERO. — He observado con absoluta atención.
INGENIERO. — Desde hace...
ESCRIBIENTE. — (Precipitándose.) Diez minutos.
OBRERO. — Sí.
INGENIERO. — ¿Quién se lo cuenta a usted?
ESCRIBIENTE. — ¿No debe usted avisar allá arriba?
INGENIERO. — (Telefonea.) Ingeniero... Informe de la estación del control... Manómetro presenta
una coloración... Me encargo personalmente del control. (Al OBRERO.) Venga usted. (Ambos se
marchan por la izquierda.)
ESCRIBIENTE. — (Alza de pronto los brazos al cielo y corte gritando por la izquierda.) ¡No tenéis
salvación!... ¡No tenéis salvación! (Sale.) El HIJO DEL MULTIMILLONARIO —de sesenta años de
edad— y el OFICIAL de levita roja, vienen por la derecha.
OFICIAL. — ¿Hay motivo serio para perder la calma?
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — Espero aún el informe del ingeniero. En todo caso, me parece
bien que os vayáis. Quería, con todo, hablarte de la fortuna que mi hija te aporta. (Busca un libro
en la mesa del escritorio.)
OFICIAL. — Te estoy agradecido.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — A mí nada me debes. Procede de la línea materna. Puede ser de
consideración. Me falta inteligencia para esos cálculos.
OFICIAL. — Un oficial está obligado...
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — OS queréis... Y no opongo ninguna objeción.
OFICIAL. — Velaré por tu hija que hoy me confías, por mi honor.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — (Abriendo el libro.) Éste es el índice de los valores, con el
punto donde están depositados. Elegid un banquero experto y seguid sus consejos
confiadamente... Es preciso.
OFICIAL. — (Lee. Incorporándose, asombrado.) Desde luego, esto es asunto para un banquero.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¿Porque es un gran capital? No lo digo por eso.
OFICIAL. — Habla, por favor.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — Lo que tenéis ahora, lo tendréis también después. De mí no
podéis esperar nada. Ni ahora...ni mis adelante, yo no dejo herencia alguna. Mis principios son,
en general, bastante conocidos. Tú ya estás enterado.
OFICIAL. — Difícil será que lleguemos a tal extremo.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — No se puede saber... Por un lado se amontona dinero, por otro se
derrocha. Las situaciones fundadas en eso son siempre inseguras. Sólo he querido decir esto para
no sentirme alguna vez razonable. Tú te casas con la hija de un obrero... ¡No soy otra cosa! No te
lo oculto: me hubiera gustado más que la madre no hubiera dejado ninguna fortuna a mi hija.
Pero sólo tengo poder en mi esfera, y a nadie quiero empujar dentro de ella por la fuerza. Ni aun a
mi hija.
HIJA. — (En traje de viaje, desde la derecha.) ¿Por qué razón tenemos que viajar?
OFICIAL. —- (Le besa la mano.) Estás aún muy sofocada del baile.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — No quisiera que tu fiesta terminase con una disonancia. (Ante su
ademán de susto.) El peligro acabará pronto, pero eso exige todo nuestro esfuerzo.
HIJA. — (Hacia la ventana.) ¿Abajo, en la fábrica?
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — Más tarde, quizá no pudiera despedirte.
HIJA. — ¿Tan grave es la cosa?
OFICIAL. — Hemos tomado medidas para evitarla.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — (Tomando las manos de su hija.) ¡Feliz viaje! Te has
desprendido hoy de mi nombre. Nada se pierde con eso. Soy un hombre muy sencillo. No llego al
lujo de tu nuevo nombre. ¿Debes borrarte dentro de mí, cuando te marches?
HIJA. — (Le mira con aire interrogante)
OFICIAL, — ¿Cómo puedes hablar así?
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — No sigo en la confusión de vuestro error.
HIJA. — Pero voy a volver.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¡Quién sabe si podré aguardar tu vuelta! (Interrumpiéndose.)
Voy a rogar a los invitados que se vayan. Besa la frente de su hija. Da la mano al OFICIAL. La
HIJA sigue aún aturdida, el OFICIAL la conduce hacia la izquierda. Salen los dos.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — (Por teléfono.) Propague usted por la sala que un accidente de la
fábrica interrumpe la fiesta. Es conveniente abandonar cuanto antes el recinto de la fábrica. Cesa
la música. El INGENIERO, por la izquierda, con el blusón sobre el frac, terriblemente excitado.
INGENIERO. — (Gritando.) Informe de la estación del control. El gas se colorea por momentos,
cada vez más. Dentro de unos minutos. .., si sigue así, llegará... ¡al rojo vivo!
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¿Hay algún desperfecto en las máquinas?
INGENIERO. — Todo marcha normalmente.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¿Alguna falta en el material?
INGENIERO. — No dejamos de analizar ninguna materia prima antes de la mezcla.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¿Dónde está, pues, el error?
INGENIERO. — (Temblando fuertemente.) ¡En... la fórmula!
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¿Su fórmula...no... es exacta?
INGENIERO. — ¡Mi fórmula... no es exacta!
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¿Usted lo sabe?
INGENIERO. — ¡Ahora!
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¿Conoce usted el error?
INGENIERO. — ¡No!
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¿No lo encuentra usted?
INGENIERO. — ¡El cálculo... está bien!
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — Y, a pesar de eso, ¿se colorea el manómetro?
INGENIERO. — (Se deja caer en el sillón, junto a la mesa del escritorio. Nerviosamente, a
cortas sacudidas, rasguea en el papel.)
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¿Funciona el timbre de alarma?
INGENIERO. — (Sin interrumpirse.) ¡Todas las campanas suenan ya desde hace buen rato!
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¿Queda bastante tiempo para la retirada?
INGENIERO. — Los coches de transporte corren ya fuera de la fábrica.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¿Hay disciplina?
INGENIERO. — ¡Ejemplar!
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — (Sumamente excitado.) ¿Están todos fuera?
INGENIERO. — (Se levanta, brusco; se yergue rígido ante él.) He cumplido con mi deber. La
fórmula es clara. Sin fracción.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — (Como aturdido.) ¿No encuentra usted el error?
INGENIERO. — Nadie lo averiguará. Nadie puede. Ningún cerebro calcula con más exactitud. ¡El
último cálculo está resuelto!
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — Y ¿no es exacto?
INGENIERO. —- ¡Sí... y no! Hemos llegado al límite. ¡Es exacto... y no lo es! Más allá no hay ya
cálculo posible. ¡Es exacto...y no es exacto! Eso se sigue calculando por sí mismo, y se vuelve
contra nosotros. Es exacto...y no es exacto.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¿El gas?...
INGENIERO. — ¡...Sangra en el manómetro! ¡A lo largo de la fórmula flota en el manómetro un
rojo! Se aparta de todo cálculo, y vive independiente, por sí mismo. He cumplido con mi deber.
Mi cabeza está clara. Viene... lo que no puede venir...;Y, sin embargo, viene!
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — (Palpando, hacia el sillón.) Estamos entregados, sin defensa
posible...
INGENIERO. —... A la explosión.
Un ruido estrepitoso hiende el silencio exterior. Un trueno descomunal estalla. Las chimeneas se
agrietan y caen derrumbadas. Un silencio sin humo. La gran ventana cruje, haciéndose añicos,
que caen como una lluvia dentro del cuarto.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — (Acurrucado contra la pared. Sin voz.) Tiembla la tierra.
INGENIERO. — Presión de muchos millones de atmósferas.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — Silencio mortal.
INGENIERO. — Un área inmensa destruida.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¿Vive alguien aún?
Se abre la puerta de la izquierda de un empujón. Un OBRERO desnudo, rojo por la explosión,
penetra tambaleándose.
OBRERO. — Informe de la sala ocho... Central... Un gato blanco reventado... Ojos rojos,
desgarrados... Boca amarilla, abierta de par en par... El lomo, en arco, crujiente..., redondeándose
más y más... hasta derrumbar una columna... ¡Levanta el tejado y revienta en chispas! (Sentado en
medio del pavimento, golpea alrededor suyo.) Azuzad el gato... ¡Zape! ¡Zape! Dadle en la boca...
¡Zape! ¡Zape! Reventadle los ojos, que incendian... Hundid, empujad hacia abajo su joroba...
Todos los puños sobre esa joroba... Que se infla... ¡Se traga el gas de todas las grietas y tubos!
(Intentando incorporarse.) ¡Informe de la Central!... ¡El gato blanco explota! (Se derrumba a lo
largo del suelo.)
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — (Se acerca al OBRERO.)
OBRERO. — (Busca con la mano.)
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — (La coge.)
OBRERO. — (Dando un grito.) ¡Madre! (Muere.)
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — (Profundamente abatido.) Hombres...
TELÓN
SEGUNDO ACTO
El mismo aposento. Ante la gran ventana se ha corrido una persiana verde. Hay una mesa larga
para dibujar, cubierta de planos. El joven ESCRIBIENTE —de pelo ahora blancopajizo— en su
mesa, ocioso. El HIJO DEL MULTIMILLONARIO, arrimado a la mesa de dibujo.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¿Cuánto tiempo ha transcurrido desde entonces?
ESCRIBIENTE. — Diecisiete días.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — (Mirando hacia la ventana.) Antes, ahí se erguían techumbres
abovedadas, y las chimeneas rozaban el cielo, humeando halos ardientes. ¿No sucedía así detrás
de la persiana verde?
ESCRIBIENTE. — En unos minutos, todo quedó hecho polvo.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¿No sucedió eso hace mil años?
ESCRIBIENTE. — ¡Nunca olvidaré aquel día!
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¿No está hundido, sin embargo, en el pasado demasiado lejos ya
de usted?
ESCRIBIENTE. — (Le mira, interrogante.)
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¿No se miró el pelo en el espejo?
ESCRIBIENTE. — Estaba nervioso... Alucinado. Sentía cómo todo se iba preparando. Presentí —
físicamente— la catástrofe. Era eso peor que lo que, efectivamente, aconteció. ¡Entonces ya tenía
yo el pelo blanco!
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — (Haciendo un signo afirmativo.) ¡El terror blanco!... Ése nos
debía dar el golpe... mortal... para empujarnos mil años adelante... ¿Dice usted diecisiete días?...
¡Diecisiete días de completo descanso y sosiego!
ESCRIBIENTE. — (Indiferente.) Los obreros persisten en su negativa.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — Tampoco les puedo dar trabajo. La fábrica está a ras del suelo.
ESCRIBIENTE. — No empezarán a trabajar antes de que...
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — Hasta que yo lo autorice.
ESCRIBIENTE. — (Perplejo.) ¿Entonces... aplaza usted la reconstrucción?
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — (Moviendo la cabeza.) No la aplazo.
ESCRIBIENTE. — Traza usted ya los planos.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — (Reclinado sobre la mesa de dibujo.) Mido y pinto...
ESCRIBIENTE. — Va siendo urgente la demanda del mundo entero. Se agota la provisión, y dentro
de poco... ¡faltará gas!...
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — (Incorporándose.) ¿No tengo la suerte del mundo en mis
manos?
ESCRIBIENTE. — Debe usted atender a las exigencias de los obreros... Si no, ocurrirá pronto la
catástrofe más tremenda.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — (Se acerca a él y le pasa la mano por el pelo.) ¿La llama usted
catástrofe? Usted, joven encanecido, usted debiera estar ya alerta. ¡Ya tuvimos aquí bastante
susto, cuando todo reventó estrepitosamente! ¿Quiere usted volver al terror blanco? ¿Le tiembla
ya otra vez la pluma en los dedos? ¿Sólo es usted escribiente?
ESCRIBIENTE. — Tengo mi profesión.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¿No le desvía... de algo más interesante?
ESCRIBIENTE. — Necesito lo que gano.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¿Y si este motivo cesase ahora?
ESCRIBIENTE. — Yo... soy escribiente.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¿De pies a cabeza?
ESCRIBIENTE. — Yo... escribo.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¿Por qué ha escrito siempre?
ESCRIBIENTE. — ¡Es... mi profesión!
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — (Sonriendo.) Tan profundamente os ha sepultado. Han caído
sobre vosotros las capas de tierra, una sobre otra... Era preciso, pues, que un volcán os empujara
hacia arriba... No os hubierais ya levantado. Por la izquierda vienen tres OBREROS.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — (Dirigiéndose a ellos.) ¿Habéis huroneado ya otra vez por los
escombros? No he podido enviaros la respuesta. Está aún en germen... Estoy sumido en cálculos
y proyectos... ¿Ahí lo veis! Pero puedo daros esperanzas firmes, si me dais un último plazo.
¿Queréis?...
OBRERO PRIMERO. — La excitación...
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — Lo comprendo. Hubo muertos... No me atrevo a pensar cuántas
víctimas produjo la catástrofe. (Se lleva las manos a la cabeza.) Y, sin embargo, tengo que tenerla
ante los ojos. ¡Porque entonces se me evidencia mi decisión! ¡Hablad!
OBRERO PRIMERO. — Venimos, sencillamente, con la misma exigencia.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — La conozco. Bulle en mi cabeza. La tomé como motivo de mi...
(Rápidamente.) ¿Debo despedir al ingeniero?
OBRERO PRIMERO. — Hoy aún es tiempo.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¿Mañana?...
OBRERO PRIMERO. — Mañana nos negaríamos a acudir al trabajo por veinte semanas.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¿Dejar abandonadas las ruinas?
OBRERO PRIMERO. — Así, la fábrica puede en veinte semanas trabajar de nuevo,
OBRERO SEGUNDO. — No hay ya en el mundo provisión de gas para más de veinte semanas.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¿Por qué debo, en fin, despedir al ingeniero? (Al ver que los
OBREROS callan.) ¿En qué consiste su falta? ¿Han fallado las instalaciones de seguridad? ¿En un
detalle al menos? ¿No funcionaron bien los timbres de alarma? Debo también hacerle a él justicia,
si a vosotros os hago una concesión. Nada más justo que eso.
OBRERO TERCERO. — Ha explotado el gas.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¿Por su culpa? No. La fórmula está bien. Aun ahora.
OBRERO PRIMERO. — Se produjo la explosión.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — Según su ley. No según la del ingeniero.
OBRERO SEGUNDO. — Él hizo la fórmula.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¡De la más fuerte, nadie es responsable! (Los tres OBREROS se
callan.)
OBRERO PRIMERO. — ¡Debe marcharse el ingeniero!
OBRERO SEGUNDO. — ¡Hoy debe quedar fuera!
OBRERO TERCERO. — ¡Hoy se debe anunciar su despedida!
OBRERO PRIMERO. — ¡Sólo con esta seguridad podremos irnos!
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¿Queréis el sacrificio? ¿No es eso? ¿Pensáis, con eso, acallar a
los muertos que gritan dentro de vosotros? ¿Estrangular el alarido que sacude vuestra sangre?
¿Cubrir el campo de cadáveres con nuevas víctimas? ¿Os empeñáis en satisfacer este capricho
voluptuoso de resentidos, después de todo el horror sucedido? ¿Será ese el fruto del árbol
ardiente que llovió sobre vosotros pez y azufre?
OBRERO PRIMERO. — Nos falta aún decir una cosa: no respondemos ya de la actitud de los
obreros.
OBRERO SEGUNDO. — Hay una levadura que crece, que va creciendo...
OBRERO TERCERO. — La erupción se acerca, fatalmente.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — (Violento.) Decidles, pues, a ellos... ¡A todos, a todos! Tienen
oídos para oír, y una mente para pensar: Algo hubo que sobrepasó la humana medida. El cerebro
del ingeniero calculó hasta el último límite. Detrás de este límite flotan fantasmas sin control. El
error lo dictaron desde más allá. ¡La fórmula está bien... y el gas explota!... ¿No lo veis?
OBRERO PRIMERO. — Venimos con una misión...
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¿Cargáis con la responsabilidad?
OBRERO PRIMERO. — ¿De qué?
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — Accedo a vuestra exigencia... El ingeniero se marcha, y vosotros
entráis de nuevo en la fábrica.
OBRERO PRIMERO. — Respondemos de eso.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO.-— ¿Y hacéis gas?
SEGUNDO Y TERCER OBRERO. — ¡Gas!
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¿Vale la fórmula?
OBRERO PRIMERO. — (Titubeando.) Si está bien...
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¡Sin duda alguna!
OBRERO SEGUNDO. — Está bien, y...
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¡Y el gas explota! (Los tres OBREROS callan.) ¿No debe, ahora,
quedarse el ingeniero? (Los tres OBREROS bajan la cabeza.) ¿Mi negativa no os preserva del
espanto? ¿No mantengo cerradas las puertas, detrás de las cuales bulle el infierno? ¿Que no dejan
abierta ninguna ventana al cielo? ¿Que es un ardiente callejón sin salida?... ¿Quién camina por
callejones sin salida, y se borra de los ojos el confín? ¿Quién es el imbécil que se rompe la frente
en el último muro, y dice: "He llegado al fin"? Llegó al fin, ¡pero llegó destruido! ... ¡Volved,
volved! ¡La explosión fue una advertencia, hizo abrirse en gajos el aire, estalló con estrépito
sobre vosotros! ¡Volved, volved!
OBRERO PRIMERO. — (Creciéndose.) ¡Debemos trabajar!
OBRERO SEGUNDO. — ¡Es nuestro trabajo!
OBRERO TERCERO. — ¡Somos obreros!
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — Lo sois incansables. Empujados hacia arriba, hacia el último
trabajo. Inmensamente entusiastas de eso que está ahí... (Muestra las escalas.) Ahí está la cacería
con galgos, en esquema. Vuestro trabajo: en el hueco de vuestras manos la ganancia de todos. Eso
da fuerza, eso estimula más que la ganancia. Allí se hace el trabajo por el trabajo. La fiebre salta
por encima de todo, y enturbia los sentidos. Trabajo, trabajo; una cuña que se empuja a sí misma
hacia adelante, y taladra porque taladra. ¿Hacia dónde? Taladra, porque taladra... ¡Era
taladrador..., soy un taladrador... y seguiré taladrador!... ¿No os da espanto? ¿De la mutilación que
producís en vosotros mismos? ¡Seres maravillosos, múltiples..., vosotros, los hombres!
OBRERO PRIMERO. —... Debemos llevarnos una respuesta clara.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — Ya os la di. Pero vosotros aún no la comprendéis. Hasta para
mí es esto todavía nuevo... ¡Lo toco con el mayor cuidado!
OBRERO SEGUNDO. — ¿Se va el ingeniero?
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¡Se va!
OBRERO TERCERO. — ¿Hoy?
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¡Se queda!
OBRERO PRIMERO. — ¡Eso no es una respuesta clara!
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — Se va y se queda. El ingeniero debe seros indiferente.
OBRERO SEGUNDO. — ¿Qué quiere eso decir?
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — Mi pequeño y precioso secreto, todavía. Más tarde lo desplegaré
ante vosotros sin recelo. ¡Los planos...ahí están! Aun no los he terminado. Mi ayudante no está
aquí todavía: ¡sin él no los puedo poner en práctica!... y ése es el hombre que para vosotros es y
no es enemigo!
OBRERO SEGUNDO. — ¿Podemos ahí fuera prometer con seguridad?
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — Lo que queráis. Todo lo cumplo, y tanto corno prometáis ahí
fuera. ¡Eso debe haceros salir de aquí con alegría! Los tres OBREROS salen. Él va hacia la mesa
de trabajo y se inclina sobre los planos.
ESCRIBIENTE. — (Salta, precipitado, de la silla.) ¡Yo... me marcho!
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — (Se yergue.)
ESCRIBIENTE. — ¡No tengo nada que hacer!
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — Por el momento.
ESCRIBIENTE. — ESO... ¿queda también así?
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¿Otra vez fantasmas? Pero esta vez, ¿no son de más claros
contornos? ¿No son Fata Morgana con oasis bajo un verde de desierto? Vaticine usted, pues,
joven profeta. Tiene usted, en verdad, un talento bien extraño. ¡Me ponen nervioso sus augurios!
ESCRIBIENTE. — ¡Yo... no encuentro nada nuevo que escribir!
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¿No le seduce? ¿No le excita a usted su energía a mover muchas
manos en vez de esa que escribe...; a usted, paralítico de la mano izquierda?
ESCRIBIENTE. — ¡Yo... me voy!
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¿Adónde?
ESCRIBIENTE. — ¡Con los otros!
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — Reunidos..., gruñid ante la puerta. Aún gira la rueda dentro de
vosotros...Poco a poco se suavizan los golpes. Hace falta algún tiempo para que se detenga...
¡Entonces os dejaré volver!
ESCRIBIENTE. — (Sale, rápidamente, por la derecha.)
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — (De nuevo ante la mesa de dibujo.)
INGENIERO. — (Entra por la izquierda.)
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — (Volviéndose hacia él.) ¿Sin lesiones en el vientre? ¿Ni en el
traje?
INGENIERO. — (Le mira, como queriendo preguntarle algo.)
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¿No es usted el que todo lo aguanta, a quien se quiere hundir
los cuernos en el vientre? ¿Aún no le han pegado?
INGENIERO. — Oí silbidos.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — Así señalan hoy la víctima. Mañana es la muerte.
INGENIERO. —• No he pecado por negligencia, sino por impotencia.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — Pero ¿atentan contra su piel?
INGENIERO. — Debía demostrarse a las gentes...
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¡Que una demostración concluye, y, sin embargo, no
concluye!
INGENIERO. — No puedo irme... Sería como hacerme reo de todo.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¿No puedo despedirle?
INGENIERO. — ¡No! A menos que curen ustedes la herida que me hace salir.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — Debe uno sufrir por muchos.
INGENIERO. — (Excitado.) Si se atiende justamente al provecho de todos... ¡sí! ¿Dónde está aquí
la ventaja? Ponga en mi lugar a éste o a aquél... La fórmula queda en pie... Debe quedar en pie. Se
cuenta con la inteligencia de un hombre, y la inteligencia del hombre sólo llega hasta ahí... ¡O
usted debe hallar una fórmula más endeble!
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¿Usted lo cree?
INGENIERO. —Las máquinas del mundo sufrirían entonces una transformación.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — Por eso no fracasarían.
INGENIERO. — Suponiendo que necesitamos producir un medio de menor actividad. ..
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — Se puede hacer parar a las máquinas, ¡a los hombres, no!
INGENIERO. — ¿Y si se han dado cuenta del peligro?
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¡Si diez veces volasen por el aire, por undécima vez se
instalarían en la zona de peligro!
INGENIERO. —Una explosión como esta...
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¿Les hace reflexionar? ¿Les templa la fiebre en que arden?
Afuera están ya llamando: ¡Entréganos al ingeniero... y seguiremos frenéticamente, de explosión
en explosión!
INGENIERO. — Por eso es insensato que me marche.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — (Sonriendo astutamente.) ¡Una tontería sin semejante! Ellos
correrían de nuevo hacia dentro, hacia la caldera embrujada, los bribones. Hay que cerrar con una
barricada las puertas, y para eso utilizo la figura de usted. ¡Me siento vigoroso teniéndole a usted
a mi lado!
INGENIERO. — (Pasándose la mano por la frente.) Entonces, usted quiere. ..
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — Venga usted por aquí. (Le lleva a la mesa de los dibujos.) ¿Ve
usted eso?...Planos, en líneas generales...Precipitado primero de un proyecto... En fin, unas
piezas, sólo, para algo importante. Primeros bosquejos. . .
INGENIERO. — ¿Qué es esto?
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¿Conoce usted el terreno?
INGENIERO. — La... fábrica.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — El suelo está a nivel.
INGENIERO. — ¿Son éstos... los nuevos departamentos?
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¿De dimensiones tan ridículas?
INGENIERO. — ¿Son éstos los... patios?
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¿Los círculos multicolores?
INGENIERO. — ¿Son éstos... los rieles?
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¿Las líneas verdes? (El INGENIERO contempla atónito los
planos.) ¿Nada adivina usted? ¿Nada le hace sospechar? ¡Vaya bribón! ¡Usted que tan bien
calcula! ¿Le parece difícil el problema que aquí reluce con todos los colores?... Sois ciegos,
ciegos para los colores desde la eternidad de nuestra monotonía hasta hoy. Ahora se abre paso
hacia vosotros, primaveralmente, el nuevo día. ¡Ojos abiertos, que divagan por los campos: en
torno vuestro está la tierra multivaria! (Dibujando en los planos.) Líneas verdes —calles
bordeadas de árboles. Círculos rojos, amarillos, azules —plazas fertilizadas con arbustos que
emergen del césped. Rectángulos instalados en ellas —casas con un pequeño terreno propio,
acogedor...Magníficas calles hacia el exterior, conquistando, penetrando en otras comarcas,
pisadas por nosotros, peregrinos, que predicamos lo más simple: ... ¡nosotros! (Su ademán es
solemne.)
INGENIERO. — (Confuso.) ¿Alza usted la nueva fábrica en otro lugar?
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — Ella se enterró a sí misma. Se derrumbó en su apogeo. Por eso
estamos despedidos. ¡Usted...y yo...y todos! Limpia la conciencia. Hemos seguido el camino, sin
miedo, hasta el fin...Ahora nos desviamos. ¡Es nuestro derecho..., nuestro buen derecho!
INGENIERO. — ¿Está en litigio la reconstrucción?
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — (Golpeando los planos.) ¡Aquí se opina en contra de ella!
INGENIERO. — ¿Y el gas...que únicamente se puede fabricar aquí?
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¡Explotó!
INGENIERO. — ¿Y los obreros?
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — Serán colonos en esta tierra verde.
INGENIERO. — ¡Eso... es... imposible!
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¿Le sorprenden mis planes? Le dije que son imperfectos. Para
su ejecución he contado con usted. Sí, he contado con su ayuda. Es usted capaz, como ninguno,
de abarcar un gran proyecto. ¡Tengo en usted la mejor confianza! ¿Vamos a comenzar el trabajo?
(Acerca un sillón a la mesa de dibujo, y se sienta.)
INGENIERO. — (Retrocediendo.) ¡Soy ingeniero!
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — Aquí utilizaré de nuevo sus conocimientos.
INGENIERO. — ¡No es ése... mi ramo!
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — Aquí dejamos libres todas las energías.
INGENIERO. — ¡Yo no me encargo de esa tarea!
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¿Le parece demasiado fácil?
INGENIERO. — ¡Demasiado... mezquina!
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — (Se levanta.) ¿Qué dice usted ahí? ¿Es eso mezquino para su
calidad de ingeniero que sólo sabe calcular? ¿Le abruma a usted su propia fórmula. . ., la que
usted calculó? ¿Anda usted embrollado en ese andamio que usted construyó? ¿Brazos, piernas y
sangre y sentidos, tiene usted entregados a esas zarpas que le sujetan? ¿Es usted un esquema
enfundado en una piel? (Palpando hacia él.) ¿Dónde está usted? ¿Dónde su calor..., dónde su
pulso..., su dignidad?
INGENIERO. — Si no puedo ocuparme en mi especialidad...
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¿No castigan sus manos a esa boca... que habla de asesinar?
INGENIERO. — ¡Quiero que se me despida!
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — (Apoyándose en la mesa.) ¡No! Eso hará volver a los otros. El
camino está libre.. ., y ellos invaden el interior y reconstruyen su infierno... ¡Y la fiebre sigue
creciendo! Ayúdeme, quédese usted conmigo...Trabaje usted aquí, conmigo, ¡donde yo trabajo!
INGENIERO. — ¡Estoy despedido!
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — (Le mira, sin poder hablar.)
INGENIERO. — (Se va por la izquierda.)
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — (Al fin, con voz robusta.) ¡Entonces debo imponer mi voluntad,
dominaros a todos!
TELÓN
TERCER ACTO
Aposento ovalado. En los muros, de una madera muy clara, hay puertas invisibles: dos al fondo,
una a la izquierda. En el centro una mesa redonda, de pequeño radio, con tapete verde. Seis
sillas en torno a la mesa, muy juntas unas a otras.
El OFICIAL entra por la izquierda, con abrigo. Revela una inquietud apenas frenada. Busca las
puertas, golpea en el entarimado de los muros.
El HIJO DEL MULTIMILLONARIO viene por la izquierda, desde el fondo.
OFICIAL. — (Se vuelve de repente hacia el otro y avanza en dirección a él.) ¿Te molesto?
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — (Sorprendido.) ¿Estabais aquí vosotros?
OFICIAL. — No, estoy yo solo.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¿Por qué, sin tu mujer?
OFICIAL. — Ella... no me ha podido acompañar.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¿Está enferma mi hija?
OFICIAL. — No sabe nada de mi viaje.
Hijo DEL MULTIMILLONARIO. — (Abatido.) La perspectiva es, desde luego, poco grata... La
fábrica paterna, hecha un montón de escombros... ¿Quieres verlo todo desde aquí?
OFICIAL. — (Rápidamente.) Habrá sido terrible la catástrofe. ¿Se sigue con empuje la
reconstrucción?
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¿Has hecho observaciones en ese sentido?
OFICIAL — Es natural que trabajéis febrilmente.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — (Moviendo la cabeza.) Mi tiempo...
OFICIAL. — Estás ocupado. La tarea se te aumenta hasta ahogarte. (Señalando la mesa.) Tienes
junta. Vengo en plena inoportunidad. (Casi brusco.) ¡Pero tengo que pedirte una entrevista ahora
mismo!
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — Para mí todo tiene la misma importancia.
OFICIAL. — Agradezco tanta solicitud en escucharme... ¡Se trata de... salvarme!
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¿De qué?
OFICIAL. — ¡De la expulsión..., de la deshonra!
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¿Cómo?
OFICIAL. . — ¡Deudas de juego..., y debo pagar en un plazo que termina mañana, al mediodía!
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¿Y no puedes?
OFICIAL. — ¡No!
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — Si es preciso..., echa mano de vuestra fortuna.
OFICIAL. — ¡Es que ésa... ya no existe!
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¿Agotada?
OFICIAL. — (Excitado.) Jugué y perdí. Quise compensar las pérdidas y especulé. Las
especulaciones fracasaron, y engrosaron las deudas. Aumenté las posturas para ganarlo todo, por
encima de mis fondos, y ya... ¡sólo me queda la pistola, si no pago!
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — (Después de un silencio.) ¿Y tu último camino te dirige hacia
mí?
OFICIAL. — ¡Bien penoso es para mí dirigirme hacia quien me regaló su confianza, que he
defraudado! Pero me empuja hacia aquí la desesperación. He merecido tus reproches... Cada
reconvención tuya me quema, es lógico. Ante ti no encuentro una sola palabra de disculpa.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¡Nada te reprocho!
OFICIAL. — (Febril.) Aún me avergüenza más tu bondad que perdona. Yo sólo puedo prometer,
solemnemente, que he salido inmaculado de este peligro. . .
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¡No quiero juramentos!
OFICIAL. — ¡Me obligo a ti!
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. —... ¡porque no voy a prestarte nada para que te desquites!
OFICIAL. — (Le mira con rigidez.) Tú quieres mi...
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — Aunque quisiera ayudarte... no, no puedo... Te dije entonces
que tu mujer era la hija de un obrero. Esto soy yo. Nada te he ocultado. Todo lo has visto claro.
OFICIAL. — En todas partes hay medios a tu alcance.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — No.
OFICIAL. — A una palabra tuya, obedecen los Bancos.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¡Hoy ya no!
OFICIAL. — La fábrica, dentro de unas semanas, trabajará de nuevo...
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¡Está parada!
OFICIAL. — ¿Parada?
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — Sí. He pensado otras cosas... ¿Quieres ayudarme? Necesito del
apoyo de todos. La torre del error no vacila, si sólo la empuja una fuerza... ¡Deben zarandearla mil
manos!
OFICIAL. — (Confuso.) No quieres...
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. —- También yo estoy necesitado. Te trae aquí una feliz casualidad.
Eres culpable...como yo lo soy. Los dos somos inocentes. Brota hoy la confesión espontánea...Y
fuera, se difunde contra nosotros la calumnia.
OFICIAL. — (Llevándose las manos a la cabeza.) No puedo... pensar...
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — Desnúdate de ese ostentoso traje, deja tus armas. Eres el mejor
de los hombres, porque mi hija es tu mujer... En lo más hondo de ti...no hay mancha. ¿De dónde
han venido esas sombras? ¿Qué te enturbia y te esconde? ¿De dónde vino ese cebo del lujo?
OFICIAL. —- ¿Debo... yo... entonces... dejar de ser... oficial?
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — Confiesa tu culpa... y demuestra tu falta de culpa. Empuja tus
miradas hacia ti mismo, y haz que resuene en ti una voz: "Disfrazado con este traje, estoy ahora
vacío para la vida...Una reacción terrible de energías desbordantes se opera en mí, en un sentido...
Lleno de hechos aún no realizados, porque aún me amenaza una realidad, y ésta lleva a la
destrucción. ¡Sólo aplicada a un esfuerzo, irrumpe violentamente hacia afuera y corre a la ruina!"
OFICIAL. — (Con un gesto reprimido.) ¿Puedes... ayudarme?
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — Sí.
OFICIAL. — Entonces, dame...
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¡Lo que tú me dieses, no lo podría pagar!
OFICIAL. — Mi plazo corre...
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¡Dura infinitamente!
OFICIAL. — ¡Dinero!
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¿Debo engañarte con dinero? ¿Por ti mismo?
OFICIAL. — (Con suma perturbación.) Tengo que dejar el servicio... Me expulsan del regimiento... Yo...
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — (Le lleva hacia la puerta, por el hombro.) Sí, producirá
sensación el que yo te abandone... Mi yerno. . ., y, sin embargo, pude, a manos llenas, hacer mía
la fortuna... ¡Pero no lo hice! Eso llamará la atención. Escucharán con más ahínco. Los necesito,
y tú me los traes. Éste será tu mérito, que te enaltece, sin mi gratitud. Entonces todo lo aceptaré,
como algo natural.
OFICIAL. — (Se va.)
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — (Se acerca a la mesa, pasa la mano por encima del paño verde,
inclina la cabeza; se va por la izquierda, al fondo.) Llega por la izquierda el PRIMER SEÑOR
NEGRO. Sobre una negra levita escrupulosamente abotonada, la cabeza gruesa, de cabellos
grises, recortados en mechones cortos. Entra el SEGUNDO SEÑOR NEGRO, de traje muy
parecido al primero, como todos los que vienen después. Perfecta uniformidad. Se han quitado el
sombrero.
SEGUNDO SEÑOR NEGRO. — ¿Cómo le va en su casa?
PRIMER SEÑOR NEGRO. — No se mueve una mano.
SEGUNDO SEÑOR NEGRO. — Tampoco en mi casa.
Viene el TERCER SEÑOR NEGRO. Perilla amarillenta y en punta.
TERCER SEÑOR NEGRO. — (Dirigiéndose al PRIMERO.) ¿Cómo le va en su casa?
PRIMER SEÑOR NEGRO. — No se mueve una mano.
TERCER SEÑOR NEGRO. —(Hacia el SEGUNDO.) ¿Y en la suya?
SEGUNDO SEÑOR NEGRO. — (Un gesto negativo.)
TERCER SEÑOR NEGRO. — Tampoco en mi casa.
Vienen el CUARTO y el QUINTO SEÑOR NEGRO. Son hermanos muy parecidos, de treinta años.
CUARTO SEÑOR NEGRO. — (Hacia el PRIMERO.) ¿Cómo le va en su casa?
QUINTO SEÑOR NEGRO. — (Hacia el SEGUNDO.) ¿Cómo le va en su casa?
TERCER SEÑOR NEGRO. — (Hacia los dos.) ¿Y en la de ustedes?
CUARTO Y QUINTO SEÑOR NEGRO. — No se mueve una mano.
PRIMER SEÑOR NEGRO. — Tampoco en mi casa.
SEGUNDO SEÑOR NEGRO. — Es la huelga más colosal que conozco.
QUINTO SEÑOR NEGRO. — Y ¿cuál es la causa de todo?
TERCER SEÑOR NEGRO. — Nuestros obreros han declarado la huelga por simpatía con los de
aquí.
QUINTO SEÑOR NEGRO. — Y los de aquí ¿por qué la declararon?
SEGUNDO SEÑOR NEGRO. — Porque no fue despedido el ingeniero.
QUINTO SEÑOR NEGRO. — ¿A qué cuento iban a quedarse con él?
SEGUNDO SEÑOR NEGRO. — ¿Por qué?
CUARTO SEÑOR NEGRO. — Porque se trata de una arbitrariedad.
TERCER SEÑOR NEGRO. — ¡Está bien!
PRIMER SEÑOR NEGRO. — Aún puede haber otro motivo. Y éste es de capital importancia. Exigen
que se despida al ingeniero: eso es el nervio de la dificultad. Si a uno de nosotros se nos viene con
exigencias, entonces hay que resistir, incondicionalmente. Eso sucedió aquí. Y, como
consecuencia, el ingeniero se queda en su destino.
TERCER SEÑOR NEGRO. — Recordemos que no se trata de uno de nosotros.
CUARTO SEÑOR NEGRO. — Es una necedad, como la otra.
SEGUNDO SEÑOR NEGRO. — Exacto. Tan peligrosa como la otra. ¡Verán ustedes!
CUARTO SEÑOR NEGRO. — ¡Si no es más peligrosa!
TERCER SEÑOR NEGRO. — ¡Creo que ya no puede ser peor!
SEGUNDO SEÑOR NEGRO. — La primera ya nos molesta bastante.
CUARTO SEÑOR NEGRO. — Todos los obreros miran de soslayo esta fábrica.
QUINTO SEÑOR NEGRO. — El reparto de las ganancias es algo inquietante para todas las demás
fábricas.
SEGUNDO SEÑOR NEGRO. — ¡El foco de infección que se quería destruir!
TERCER SEÑOR NEGRO. — ¡Con pez y azufre!
PRIMER SEÑOR NEGRO. — Pero usted no olvide el fruto que maduró en el suelo de esta
instalación. La participación en las ganancias produjo una suma tensión del trabajo; y el trabajo
intenso produjo algo más fuerte: ¡gas!
SEGUNDO SEÑOR NEGRO. — Sí, gas.
TERCER SEÑOR NEGRO. — ¡Gas!
QUINTO SEÑOR NEGRO. — En todo caso, necesitamos gas.
CUARTO SEÑOR NEGRO. — En todo caso.
TERCER SEÑOR NEGRO. — Exigimos: ¡la despedida del ingeniero!
SEGUNDO SEÑOR NEGRO. — En absoluto independiente de los obreros.
QUINTO SEÑOR NEGRO. — ¡En absoluto independiente de los obreros!
CUARTO SEÑOR NEGRO. — Eso salva nuestra actitud.
TERCER SEÑOR NEGRO. — ¿Tienen ustedes el orden del día?
CUARTO SEÑOR NEGRO. — (Junto a la mesa.) Aquí no hay nada.
PRIMER SEÑOR NEGRO. — ¡Nada más que este punto! ¿Estamos conformes? Los demás
SEÑORES NEGROS se estrechan las manos. El HIJO DEL MULTIMILLONARIO al fondo, desde la
izquierda. Indica las sillas, donde los SEÑORES NEGROS se sientan inmediatamente. El HIJO DEL
MULTIMILLONARIO, se sienta, como en el último lugar, entre el CUARTO y QUINTO SEÑOR
NEGRO.
QUINTO SEÑOR NEGRO. — ¿Quién escribe el acta?
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¡No, no! ¡No se escribe nada!
TERCER SEÑOR NEGRO. — Una sesión sin...
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — Sí, sí. ¡Todo verbalmente!
PRIMER SEÑOR NEGRO. — Dada la trascendencia del tema, creo el acta muy necesaria... para
demostrar siempre nuestra independencia frente a tal exigencia de los obreros.
SEGUNDO SEÑOR NEGRO. — ¡Propongo la publicación del acta de la sesión!
TERCER SEÑOR NEGRO. — ¡A votación!
PRIMER SEÑOR NEGRO. — ¿Quién a favor?
Los SEÑORES NEGROS, con gesto muy enérgico, levantan un brazo.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — (Sujeta los brazos del CUARTO y QUINTO SEÑOR, que están
junto a él, empujándolos hacia abajo.) ¡Todos contra uno, no! Eso me hace demasiado poderoso.
Os acosaría... y sólo os quiero convencer.
PRIMER SEÑOR NEGRO. — Si nuestras discusiones...
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¿Queréis pactar conmigo? ¿Sois vosotros los obreros? ¿No sois
los señores?
TERCER SEÑOR NEGRO. — Nos ha convocado usted sin orden del día. Deducimos de eso, que se
nos confía el arreglo. Esto es una suposición justificada. Estamos de acuerdo sobre un mismo
punto.
SEGUNDO SEÑOR NEGRO. — La discusión, creo, será corta; y volvamos a nuestras fábricas.
CUARTO SEÑOR NEGRO. — Es el momento extremo; en nuestras casas hay que esperar de nuevo.
QUINTO SEÑOR NEGRO. — El primer turno debe entrar ya esta noche.
TERCER SEÑOR NEGRO. — Ya hay que reparar pérdidas.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¿Pérdidas, vosotros? ¿En qué habéis perdido?
LOS SEÑORES NEGROS. — (Confusamente.) El trabajo está detenido... La fábrica, parada en
absoluto... Los obreros, en huelga...
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — (Alzando una mano.) Yo lo sé. Estáis celebrando funerales. ¿No
es digna la causa? ¿No fueron miles los que ardieron?
PRIMER SEÑOR NEGRO. — La huelga tiene motivos muy distintos.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¡No, no! No debéis atender a sus comadrerías. Son insensatos.
¡Si yo os digo que exigen la expulsión del ingeniero! ¿No prueba eso una perturbación? No, ellos,
ahí fuera, no saben lo que hacen.
LOS SEÑORES NEGROS. — (Se miran estupefactos.)
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¿Es culpable el ingeniero de lo que origina su marcha? ¿Era
mala su fórmula? Era firme antes de la prueba, y sigue siéndolo. ¿Con qué motivo le despido?
SEGUNDO SEÑOR NEGRO. — (Baja la cabeza.) La fórmula está probada, experimentada.
TERCER SEÑOR NEGRO. — (Lo mismo.) Está comprobada su validez.
CUARTO SEÑOR NEGRO. — (Lo mismo.) Es la fórmula. ..
QUINTO SEÑOR NEGRO. — (Lo mismo.) ¡Para el gas!
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¿Reconocéis eso?
PRIMER SEÑOR NEGRO. — ¡Por eso la puede emplear cualquier ingeniero!
SEGUNDO SEÑOR NEGRO. — Éste o el otro.
CUARTO SEÑOR NEGRO. — ¡Entonces, el ingeniero es algo completamente secundario!
QUINTO SEÑOR NEGRO. — ¡Un nuevo ingeniero... y la misma fórmula!
TERCER SEÑOR NEGRO. — ¡Así se termina la huelga!
PRIMER SEÑOR NEGRO. — Esta exigencia nos reúne alrededor de la mesa: ¡La despedida del
ingeniero!
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — (Mirando con rigidez.)...¿Habéis olvidado?... Estáis sordos... No
zumba ya el estallido en vuestras orejas... Ya no osciláis en vuestras sillas... ¿Estáis ya
paralíticos?
SEGUNDO SEÑOR NEGRO. — La catástrofe es un borrón.
CUARTO SEÑOR NEGRO. — La sentamos en cuenta...
QUINTO SEÑOR NEGRO. —... y pasamos a otro folio.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¿La misma fórmula?
PRIMER SEÑOR NEGRO. — Esperamos...
SEGUNDO SEÑOR NEGRO, — Naturalmente.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¿La misma fórmula?
TERCER SEÑOR NEGRO. — Quizá se prolonguen los intervalos entre...
CUARTO SEÑOR NEGRO. — ¡Hay que recoger experiencias!
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¿Dos veces? ¿Tres?
QUINTO SEÑOR NEGRO. — Luego, se conocerá ya el turno...
SEGUNDO SEÑOR NEGRO. — ¡En todo caso, nosotros ya no lo vamos a vivir!
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¿Les debo dejar entrar...? ¿Entregar?...
PRIMER SEÑOR NEGRO- — Al fin y a la postre, la técnica del mundo no puede detenerse.
TERCER SEÑOR NEGRO. — ¡Que depende enteramente del gas!
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¿Que depende?... ¿Soy yo, entonces, el impulso que la mueve?
¿Es ése mi poder? Los SEÑORES NEGROS se miran asombrados.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — Mi poderosa voz, ¿está por encima del horror y del placer?
¿Hay ante mi sentencia una alternativa de muerte o de vida? El sí o el no de mi boca, ¿deciden
sobre la vida o sobre la destrucción? (Alzando las manos.) Yo os digo: ¡No!... ¡No!... ¡No! Un
hombre decide... Sólo un hombre puede decidir... ¡No!... ¡No!... ¡No! Los SEÑORES NEGROS se
miran unos a otros.
CUARTO SEÑOR NEGRO. — Eso...
QUINTO SEÑOR NEGRO. —... es...
TERCER SEÑOR NEGRO. —... pues...
SEGUNDO SEÑOR NEGRO. — Entonces..., pues... ¿qué?
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — Hemos allanado las ruinas..., y encima de las ruinas hay un
nuevo pavimento. Capa sobre capa... A la tierra le ha crecido una nueva corteza. Es su eterna ley
de evolución.
PRIMER SEÑOR NEGRO. — ¿Qué hay, pues?
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¡Nunca humearán aquí las chimeneas! ¡Jamás se oirá el
estrépito de las máquinas! ¡Jamás zumbará el alarido de las víctimas de una explosión ineludible!
SEGUNDO SEÑOR NEGRO. — La fábrica...
TERCER SEÑOR NEGRO. — La reconstrucción...
PRIMER SEÑOR NEGRO. — ¿Gas?
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — Nada de reconstruir...Nada de fábrica... ¡Nada de gas! Yo no
cargo con la responsabilidad... ¡Nadie puede cargar con ella!
PRIMER SEÑOR NEGRO. — Debemos...
TERCER SEÑOR NEGRO. —...renunciar...
QUINTO SEÑOR NEGRO. —... ¿al gas?
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¡A víctimas humanas!
SEGUNDO SEÑOR NEGRO. — Estamos instalados...
LOS OTROS SEÑORES NEGROS. —... ¡contando con el gas!
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¡Descubrid algo mejor...o contentaos con otro más débil!
PRIMER SEÑOR NEGRO. — Eso es enorme. A esa pretensión oponemos la más enérgica
resistencia. ¡Significa una transformación de nuestras fábricas!
CUARTO SEÑOR NEGRO. — ¡Gastos ruinosos!
TERCER SEÑOR NEGRO. — No se trata aquí de gastos, de la ruina de uno de nosotros. Yo
pregunto: ¿Debe disminuirse la producción del mundo?
QUINTO SEÑOR NEGRO. — Por eso debemos fabricar gas. Es el deber de usted. ¡Si no hubiéramos
tenido el gas!
SEGUNDO SEÑOR NEGRO. — Usted ha producido el más alto desarrollo de la técnica. ¡Ahora
debe proporcionarnos gas!
PRIMER SEÑOR NEGRO. — Con su temible método, que hace a los obreros partícipes de la
ganancia, obtuvo usted un fruto inmenso... ¡Gas! Por eso toleramos el método. ¡Pero hoy
exigimos gas!
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — Temible, sí; lo he aprendido. Pero no hice sino correr más de
prisa que vosotros el camino que todos habéis de recorrer un día: ¡La ganancia de todos en manos
de todos!
QUINTO SEÑOR NEGRO. — No se debió descubrir la fórmula, si alguna vez se iba a suspender la
producción de gas.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — Debió realizarse el descubrimiento. Estaba desencadenada la
furia del trabajo. ¡Un ciego ímpetu que arrastraba hacia los límites!
PRIMER SEÑOR NEGRO. — No podía lograrse una moderación del ritmo a que nos hemos
acostumbrado.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — No... No volver a un grado menor de movimiento; no lo
aconsejo. Hay que ir adelante... Detrás de nosotros, sólo perfecciones; si no, no somos dignos.
Que no prenda en nosotros ninguna cobardía. Hombres somos... Seres de extrema energía. ¿No lo
hemos comprobado otra vez? ¿No hemos avanzado virilmente hacia la última posibilidad? Y
¡sólo cuando miles de los nuestros queden tendidos en tierra, partiremos hacia un nuevo campo!
¿No pusimos de nuevo a prueba sectores de nuestra energía..., llevados a la última tensión, hasta
romperse, para conocer su máximo fruto..., para saber si pueden ligar el conjunto: el hombre?
¿No peregrinamos hacia él, por la larga carretera, de época en época..., de las que hoy se cierra
una para abrirse la próxima, que es la última?
SEGUNDO SEÑOR NEGRO. — ¿Quiere usted, pues, suprimir toda la producción?
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¡La medida es el hombre, que la mantiene!
TERCER SEÑOR NEGRO. — ¡leñemos otras necesidades!
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¡Mientras le cansamos de otro modo!
CUARTO SEÑOR NEGRO. — ¿Quiere usted engatusarnos?
QUINTO SEÑOR NEGRO. — ¿Con panfletos?
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — Doy el ejemplo sobre mi suelo. Junto a verdes avenidas,
pequeñas parcelas para nosotros.
PRIMER SEÑOR NEGRO. —... ¿Distribuye usted el terreno más rico de la tierra para esos fines?
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — Para ese fin... ¡que es el hombre!
TERCER SEÑOR NEGRO. — Debéis disponer de medios..., pues, al fin, el mundo aún cuenta con el
dinero.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — La ganancia anterior es suficiente para todos durante el tiempo
necesario para el efecto que se difunde.
CUARTO SEÑOR NEGRO. — ¡Esperaría usted mucho tiempo imitadores!
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¿Si os hace falta gas? (Los SEÑORES NEGROS se callan.) Os
podría obligar... ¡Lo reconocéis!... No lo quiero. Os enojaría... y necesito de vuestra ayuda. Seis
estamos sentados alrededor de la mesa. Seis se levantan y salen: entonces las palabras de los seis se
hinchan hasta tronar...Entonces se harán perceptibles. La presión de la anunciación, que se repite
seis veces, penetrará en el oído más torpe. Vosotros sois los grandes de la Tierra..., los señores
negros del trabajo. Levantaos y venid. Proclamaremos el fin del tiempo que se cumpla... y
volveremos a decirlo a aquellos que no pueden comprender, porque llevan en la sangre el hervor
que hasta ayer les sacudía... ¡Levantaos, y en marcha!
PRIMER SEÑOR NEGRO. — (Después de una pausa, mirando alrededor y recogiendo las miradas
de los otros.) ¿Estamos de acuerdo? (Los SEÑORES NEGROS alzan los brazos.) Concederemos un
plazo... hasta la noche. Si hasta entonces no nos ha sido comunicada la despedida del ingeniero...,
¡nos dirigiremos al Gobierno! Vamos. Los SEÑORES NEGROS se van.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — (Sentado a la mesa, pasa lentamente la mano por el tapete
verde, y susurra.): ¡No!... ¡No!... ¡No!... ¡No! El OFICIAL, sumamente excitado, por la izquierda.
OFICIAL. — (Se desciñe el sable y lo quiere poner sobre la mesa. Por fin lo arrastra hacia sí y se
lo vuelve a ceñir.) No...Eso... yo...no... puedo. (Se sitúa junto a la pared del fondo y se da un tiro
en el pecho.)
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — (Mira hacia allí. Se levanta.) ¡Que los otros encajen el mundo!
TELÓN
CUARTO ACTO
Sala de cemento armado, alta, redonda, brumosa. Desde la cúpula se difunde la luz de un arco
voltaico. En el centro una tribuna de hierro, estrecha, en escarpa.
Reunión de obreros. Muchas mujeres. Silencio.
VOCES. — (En crescendo.) ¿Quién?
MUCHACHA. — (Sube a la tribuna y levanta los brazos.) ¡Yo! (Silencio.) Hablo de mi hermano. No
sabía que tuviese un hermano. Un hombre se fue por la mañana de la casa, vino a la noche y
durmió. O se fue de noche y volvió por la mañana y durmió.. . Una mano era grande..., la otra
pequeña. La mano grande no dormía; ésta se agitaba en todas direcciones, día y noche. Le
consumió, creció a costa de todo su vigor. ¡Esta mano era el hombre! ¿Dónde quedó mi hermano?
¿Aquel que jugaba junto a mí, que construía castillos de arena con las dos manos? Se derrumbó
en el trabajo. Éste sólo le exigía una de las manos.. ., la que apretaba y alzaba la palanca, minuto
tras minuto, hacia arriba y hacia abajo, contados al segundo. Ningún movimiento dejó de
producirse. Puntualmente apuntó con su palanca ante la cual permanecía como un muerto.
Ningún error; jamás se equivocó en la numeración. La mano contaba con la cabeza, que sólo
obedecía a la mano... ¡Eso quedó de mi hermano!.. . ¿Eso quedó? Cierto mediodía cayó el rayo.
Por todas las grietas y agujeros se filtró la corriente de fuego. Entonces la mano fue también
deshecha por la explosión. ¡Mi hermano había dado ya lo último!... ¿Es demasiado poco? ¿Había
mi hermano regateado el precio cuando se necesitó su mano para mover la palanca? ¿No se
desprendió voluntariamente de sí mismo... y se arrugó en la mano que contaba?... ¿No pagó,
además, por fin, la mano? ¿Es el pago demasiado mezquino..., para pedir el ingeniero? ¡Mi
hermano es mi voz! ¡No trabajéis mientras el ingeniero no salga de la fábrica! ¡No trabajéis! ¡Es
la voz de mi hermano!
MUCHACHAS. — (Rebullen abajo, más cerca.) ¡Es mi hermano!
LA MUCHACHA baja en dirección a ellas. Silencio.
VOCES. — (Que crecen de nuevo.) ¿Quién?
MADRE. — ¡Yo! (Silencio.) La explosión pulverizó al hijo de una madre. ¿Qué es esto? ¿A quién
mató el fuego? ¿A mi hijo? Ya no le conocí... Le enterré una mañana muy temprano, la primera
vez que marchó a la fábrica. Dos ojos que quedan rígidos de mirar el manómetro, ¿son un hijo?
¿Dónde estaba ya mi niño? ¿Al que yo parí para que la boca riese, para que sus miembros se
agitasen? ¿Mi niño.. . que por detrás se me colgaba al cuello y me besaba alegremente? ¿Mi
niño?... Soy madre y sé que lo que nace con dolor se pierde con pena. Soy madre... y no me
quejo. Mi clamor está encerrado en el pecho y no estalla. Soy madre... ¡Ni rebeldía ni acusación!
No soy yo.. ., es mi niño quien llama. Mi regazo le despidió al nacer; ahora, muerto, vuelve a
venir a mí... de madre a madre. Mi hijo está otra vez conmigo. ¿No bulle en mi sangre? ¿No
empuja mi lengua y arranca de ella un grito? ¡Madre! ¿Dónde has estado tanto tiempo? ¡Madre,
tú no estabas conmigo! ¡Me dejaste muy pronto solo! ¡No hiciste añicos el manómetro..., no más
largo que tu dedo y delgado como las alas de una mosca! ¿Por qué no lo destruyó él mismo,
aplastándolo suavemente? ¿Por qué sacrificó a su madre? ¿Por qué se paralizó su cuerpo, para
concentrar todas sus energías en los rígidos ojos? ¿Por qué se los saltaron las llamas? ¿Por qué?
¿Por qué? ¿Debe trabajar todo y exigir nada? ¿Es eso grande, frente a haberlo perdido? ¡Aquí, una
madre... y allí, el ingeniero!
MUJERES. — (Rebullen abajo.) ¡Es mi hijo!
MADRE. — Madre, y madre, y madre, sois vosotras. Gritan en vosotras los hijos... No los
ahoguéis... Quedaos fuera de la fábrica..., fuera de la fábrica... ¡Allí está el ingeniero!
MUJERES. — ¡Lejos de la fábrica!
MADRE. — (Baja de la tribuna y se une a las mujeres. Silencio.)
VOCES. — (Gritando.) ¿Quién?
MUJER. — (En la tribuna.) ¡Yo! (Silencio.) Cierto día hubo una boda. Tocó el piano toda la
tarde. Bailaban todos, por las habitaciones. Un día entero, mañana, tarde...y noche. Mi gran
marido estaba todo un día conmigo. Un día, desde la mañana hasta la noche. ¡Un día era su
vida!... ¿Es demasiado? ¿Por qué un día tiene mañana, mediodía y... tarde? ¿Y, además, la noche?
¿Es demasiado largo para una vida? ¡Deliciosamente largo es!... ¡Veinticuatro horas... y boda!
¡Boda y veinticuatro horas... y piano... y baile, son, pues, una vida! ¿Qué más quiere un hombre?
¿Vivir dos días? ¡Cuánto tiempo es eso! Llega a ser ya eternidad. El sol se cansaría de iluminarlo
con su luz. La boda es sólo una vez, y la rueda motora gira siempre... Hacia adelante..., hacia
atrás..., hacia atrás..., hacia adelante...; el hombre rueda con ella. El hombre, rueda con ella
porque posee un pie. Sólo un pie es necesario. Éste pisa en el bloque de hierro para detener, para
mover; pisa y pisa y pisa ya sin el hombre que gira con ella. ¡Si el pie no estuviese tan
sólidamente unido al hombre! ¡El hombre podría vivir, pero el pie le mantiene sobre el volante
que da vueltas hacia adelante y hacia atrás..., día tras día, con el pie y su hombre! ¿Ocurrió la
explosión? ¿Por qué abrasó a mi marido? ¿Por qué todo el hombre? ¿No bastaba con el pie, que
era sólo lo que importaba de mi marido? ¿Por qué todo mi marido, con su tronco y
extremidades?... Porque el pie y el tronco y las extremidades son todo mi marido..., y su pie no
trabajaba sin el hombre. Su pie no trabajaba separado... ¡Necesitaba de mi marido! La fábrica, ¿es
como mi marido, que vivió un día de boda, y el resto de su vida estaba muerto? ¿No pueden
cambiarse unas piezas por otras..., y la fábrica funciona como antes?.. . ¿No es cada uno algo que
puede cambiarse por otro? Y la fábrica, ¿no se mueve lo mismo? No reemplacéis al hombre de la
palanca..., no reemplacéis al hombre del manómetro..., no reemplacéis al hombre del volante...
¡El ingeniero os obstruye el puesto; el ingeniero os obstruye el puesto!
MUJERES. — (En torno a la tribuna.) ¡A mi marido, no!
MUCHACHAS. — ¡A mi hermano, no!
MADRES. — ¡A mi hijo, no!
MUJER. — (Baja de la tribuna.)
OBRERO. — (Sube a la tribuna.) Muchachas: ¡soy el hermano! Juro que yo soy el hermano. Juro
que fui abrasado. ¡Yazco bajo los escombros hasta que tú me envíes a la palanca.. ., en vez de tu
hermano que estalló! Ésta es su mano... ancha y rígida para asir la palanca. La mano tiene su
rendimiento. .., que se acumula en su hueco...; le arrastró con ahínco hacia su casa. Entonces no
lo contó...; allí reposaba en el cajón; ¡fue llenando el cajón! ¡Así perdió su rendimiento! ¿Qué
compra esa mano, de la cual cuelga muerto tu hermano?... ¿Qué deseos son éstos que tiene una
mano? ¡Una mano sola, y toda la ganancia en el cajón! La mano está pagada, ¡tu hermano, no!
Aun abrasado, está viviendo..., y grita, con toda su ganancia: "¡Entregad al ingeniero!...
¡Entregad al ingeniero!...
OBREROS. — (Alrededor de la tribuna.) ¡Yo soy el hermano!
OBRERO. — (Baja hacia ellos.)
OBRERO. — (En la tribuna.) ¡Madre..., soy tu hijo! En torno a sus ojos..., rígidos por el
manómetro, ha crecido de nuevo. ¡Tu hijo es de nuevo palpitación y grito! Madre... ¡Me di a un
manómetro del tamaño de un dedo! Madre... ¡Me di para fijar mis ojos en el manómetro! Madre...
¡Morí con todo el cuerpo..., y sólo me encontré en mis dos ojos! Hice rodar todo el dinero sobre
la mesa...Tú no lo recogiste en el delantal... y se derramó por el suelo. Madre..., ahora ya no te
inclinas hacia él, ya no lo recoges, ya no lo juntas en montones... No hay techumbre para albergar
a tu hijo.. . ¡Es un manómetro su habitación, estrecha y venenosa! Leed las tablas, ¡buscad en
ellas el precio de una madre! ¡El de mi sangre y el de la sangre de mi madre..., que bebían mis
ojos en el manómetro! ...Calculad las cuotas en que se reparte la ganancia, y sumadlas todas...
¿Pagan una madre y el hijo de una madre?... En el manómetro, los ojos tienen su ganancia..., pero
el hijo de una madre se queda sin nada... ¿No tiene derecho a exigir por esta deuda, el cielo y la
tierra? ¿No está dispuesto a conformarse con recompensa más pequeña? ¿Qué vale esto para su
sacrificio?... ¿El ingeniero?... ¡Sólo el ingeniero..., y mis ojos pasan sobre mi madre y miran
rígidos el manómetro!... ¡Sólo el ingeniero!... ¿Sólo el ingeniero!. . .
OBRERO. — (Abajo, cerca de la tribuna.) ¡Yo soy el hijo!
OBRERO. — (Baja de la tribuna y se mezcla con los otros.)
OBRERO. — (En la tribuna.) ¡Mujer..., tus bodas vuelven! ¡El día..., con la mañana, el mediodía
y la tarde te pertenecen! Es un día.. . y después todos los días son ninguno para ti... Tu marido
rueda otra vez con el volante, hacia adelante y hacia atrás...; un hombre en un pie, que dirige...
¿No te ríes? ¡Un día es vuestra vida! Hombre y mujer con un día entero... ¡No se gasta mal el
tiempo, mientras el volante zumba! No toca ya el pie, mientras danza por el bloque de hierro...
¿Asfixia el roce de las ruedas con los rieles? Ningún día es vuestro, tú y tu marido. Ningún día
tiene mañana, ni mediodía, ni noche...; ninguna hora para el hombre y la mujer... El volante corre,
y el pie mantiene el ritmo... y el ritmo arrastra al hombre... ¿Un cubo debe convertirse en una gota
de agua. . ., mil días en un día de vida? No os engañéis... ¡No cabe una vida dentro de un día! No
os engañéis con la ganancia. Ninguna ganancia puede gastarse en un día. ¡Tenéis la ganancia y
ninguna vida! ¿Para qué os sirve esa ganancia que produce el pie..., que empobrece la vida
humana? Habréis perdido el tiempo..., y, con el tiempo, la vida. ¡Escupid en la ganancia que de
nada sirve...ante esta pérdida! Gritad por lo que habéis perdido...y llenad vuestras bocas de cólera
y rebeldía. Gritad: ¡Tiempo y vida perdidos! ¡Gritad! ¡Gritad! ¡Gritad lo que queréis, vuestra
voluntad! ¡Gritad qué queréis! ¡Gritad, que tenéis voz! ¡Gritad, que podéis gritar! ¡¡El
ingeniero!!
OBREROS. — (Desde toda la sala.) ¡¡Gritamos!!
OBRERO. — (Baja de la tribuna.)
OBRERO. — (Arriba.) Muchachas y muchachas...: ¡Os lo prometemos! Mujeres y mujeres...:
¡Os lo prometemos! Madres y madres...: ¡Os lo prometemos! ¡Ninguno de nosotros cavará en
los escombros..., ninguno alzará un ladrillo..., ninguno martilleará en el acero! Nuestra decisión
es inquebrantable. ¡Queda derrumbada la fábrica..., si no hay otro ingeniero! Llenad cada día esta
sala..., hermanos y hermanos, hijos e hijos, hombres y hombres. Unos con otros decididos, y en la
asamblea una inflexible voluntad para todos. ¡Arriba los brazos! ... ¡Brote el juramento de vuestra
boca! ¡Nada de gas... con este ingeniero!
TODOS LOS HOMBRES Y LAS MUJERES. — ¡Nada de gas... con este ingeniero!
OBRERO. — (Baja de la tribuna.)
OBRERO FORASTERO. — A la vuestra se adhiere nuestra resolución. Vengo a vosotros desde
nuestra fábrica... ¡que no se mueve! Junto a vosotros, esperamos...hasta que deis la señal de
trabajar de nuevo. ¡Contad con nosotros y exigid!
TODOS LOS HOMBRES Y LAS MUJERES. — ¡¡El ingeniero!!
OBRERO FORASTERO. — (Baja de la tribuna.)
OTRO OBRERO FORASTERO. —- (Arriba.) Soy para vosotros un desconocido. Os soy extraño.
Vengo de una fábrica lejana. Traigo nuestro mensaje. Hemos abandonado el trabajo en nuestra
fábrica, porque vosotros estáis en huelga. Solidaridad con vosotros hasta el último momento.
¡Resistid!... ¡Firmeza! ¡Debéis exigir, exigir para todos! ¡Tenéis la responsabilidad de todos!
TODOS LOS HOMBRES Y LAS MUJERES. — ¡¡El ingeniero!!
OBRERO FORASTERO. — (Baja.)
OBRERO. — (Arriba.) ¡La sala estalla de nuestros gritos! Retumban en la cúpula y cruje el
cemento armado... ¡No ruge afuera! ¡Fuera de la sala, delante de la casa, el clamor hacia él, hacia
lo alto! ¡En sus oídos, que escuchan al ingeniero! Reunidos en falanges, sobre los escombros, ¡a
él! ¡Aquí no nos oye! ¡Aquí no nos oye!
TODOS LOS HOMBRES Y LAS MUJERES. — ¡Delante de la casa! ¡¡Aquí no nos oye!! Frenético
movimiento hacia las salidas. Tumulto y bramidos.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — (Voz.) ¡Desde aquí os oigo! (Silencio de muerte. Voz.) ¡Estoy en
la sala! ¡Os he oído! (Le buscan entre murmullos. Voz.) ¡Quiero contestaros... aquí, en la sala!
(Crece el movimiento. Voz.) ¡Debéis escucharme ahora! Se abre un callejón en dirección a él.
ESCRIBIENTE. — (Lanzándose a la tribuna.) ¡No le dejéis hablar! ¡No le dejéis subir!
¡Apretaos! ¡No le abráis paso! ¡Corred hacia afuera! ¡Hacia la fábrica! ¡Corred y despejad
aquello de escombros, levantad andamios, construid la fábrica! ¡No le escuchéis! ¡¡No le
escuchéis!! ¡Corred! ¡¡Corred!! ¡¡Corred!! ¡Id hacia adelante! ¡Hacia mi mesa!...
¡Escribo!... ¡¡Escribo!! (Baja.)
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — (Arriba.) Desde el comienzo he estado en la sala. No pudisteis
conocerme, porque gritaba con vosotros. Para ti, muchacha, yo era un hermano, como
cualquiera... Para ti, mujer, yo era un marido, como cualquiera...Para ti, madre, yo era un hijo,
como cualquiera. ¡Ningún grito brotó de mi boca que no fuese como el vuestro!.. . Ahora, aquí
me veis. Aquí estoy ahora, sobre vosotros... ¡porque en mi garganta se cuaja el último clamor,
que vosotros no habéis lanzado!.. . Exigís... y lo que exigís es un grano de la mole de vuestras
exigencias, que deberíais formular. Reñís y disputáis por lo más .mezquino. ¿Qué es el
ingeniero? ¿Qué es para vosotros el ingeniero? ¿Qué es para vosotros, que venís de la hoguera '
de las ruinas? ¿Qué es para vosotros, supervivientes de la destrucción? ¿Qué es para vosotros,
el ingeniero?... Es vuestro grito... ¡La palabra en un grito que nada vale..., que solamente
resuena!... Lo sé. El ingeniero la provoca en vosotros.. . Su presencia renovará el terror en
vosotros, en donde lo veáis... El ingeniero y la explosión son la misma cosa... La fórmula no
dominó el gas...; este ingeniero ha administrado la fórmula... que trajo la explosión. Sólo
extinguiréis la explosión expulsando al ingeniero; ¡por eso gritan, ante todo, contra él!... ¿No
sabíais que la fórmula está bien? ¿Que estaba y está bien, hasta el extremo a que pueden llegar los
cálculos de un ingeniero?...Lo sabéis..., y, con todo, ¡gritáis contra el ingeniero!
VOCES. — (Sordamente.) ¡El ingeniero!
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¡Vuestro grito arranca de entrañas más profundas! ¡Vuestra
exigencia es más fuerte, mucho más...! ¡Yo os excito a pedir más..., a pedir más! (Se calman las
voces.) ¿Qué fue la terrible explosión? ¿Qué desgarró y quemó? ¿Silbó hacia alguno de vosotros
que ya no estuviese mutilado antes de la explosión? Muchacha: tu hermano, ¿estaba intacto?...
Madre: tu hijo, ¿estaba intacto?... Mujer: tu marido, ¿estaba intacto? En la fábrica que estalló,
¿había alguien intacto? ¿Qué estragos pudo aún hacer la explosión en medio de vosotros?
Muertos a golpes estabais antes del derrumbamiento, heridos antes del hundimiento... ¡Con un
pie..., con una mano..., con unos ojos abrasados en la cabeza muerta, estabais ya antes mutilados!
¿Lo puede eso compensar el ingeniero? ¿Puede una exigencia indemnizaros de eso?... ¡Exigid
más! ¡Exigid más!
MUCHACHAS, MUJERES, MADRES. — (Sordamente.) ¡Mi hermano!... ¡Mi hijo!... ¡Mi marido!...
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — Hermano y hermanos..., hijo e hijos..., marido y maridos: El
grito que brota de la sala... se alza por encima de los escombros, sobre la hecatombe de hermano
y hermanos..., de hijo e hijos..., de marido y maridos..., y girando dentro de vosotros, resuena
hacia atrás. ¡Exigid por vosotros! ¡Exigid por vosotros! (Silencio.) ¡Exigid..., que quiero
cumplirlo! ¡Hombres sois... en el hijo..., en el hermano..., en el marido! Producto ordinario de
todos vosotros por cada uno de vosotros... Nadie es parte... Cada uno, aislado, está completo en
comunidad... ¡El total es como un cuerpo, y eso es un cuerpo! Agrupaos. Cese vuestra
dispersión... y curad ya vuestra herida. ¡Sed hombres! (Silencio.) ¡Exigid. . ., que quiero
cumplirlo!... Hermano: eres hombre. ¡Ya tu mano no te paraliza en torno a la palanca!... Hijo: eres
hombre. ¡Ya tus ojos no vagan del manómetro a la lejanía!.. . Marido: eres hombre. ¡Tu día es un
día ya tuyo, del tiempo que tu vives!... (Silencio.) El espacio es vuestro... y la totalidad del espacio
que os alberga... ¡Sois hombres en él!... ¡Hombres con fe en cada milagro..., con energía para
cada decisión! En vosotros zumba el cielo y flota la llanura coloreada por las hierbas. El día del
trabajo es grande..., con nuevos hallazgos dentro de vosotros..., que no lo son...Sois perfectos...
a partir de ahora... Hombres..., acabada la última tarea, acabados con la fábrica de la que erais
esclavos... Llevasteis vuestra faena hasta el extremo límite... Los muertos cubren el suelo...
¡Estáis afirmados! (Silencio.) ¡Lo que vosotros exigís, lo cumplo!... Hombres sois, en unidad y
plenitud, para el mañana... Anchos prados verdes son vuestro nuevo territorio. Por encima de
escombros y de ruinas esparcidos, se extiende la colonia. Os habéis todos despedido de la
esclavitud y del porcentaje. Sois colonizadores con el mínimo de pretensión y el máximum de
fruto, ¡hombres! (Silencio.) Salid de la sala... Pisad el suelo nuevo... ¡Medid los terrenos!
¡Pequeño es el esfuerzo, pero la creación empuja hacia lo inmenso! ¡Salid de la sala! (Abandona
la tribuna.) Silencio. El INGENIERO sube a la tribuna.
UNA VOZ. — (Estridente.) ¡El ingeniero!
INGENIERO. — ¡Aquí estoy! ¡Escuchad esto! Me someto a vuestra voluntad... ¡Desaparezco!
Acepto, al marcharme, la mancha que me quema la frente. Recojo todas las maldiciones que
aúllan a mi espalda... Si mi marcha equivale a la confesión de mi enorme culpa, ¡quiero ser
culpable! Me marcho... para que volváis a la fábrica.. ¡El camino está libre! ¡A la fábrica!
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — (Abajo.) ¡Salid de la sala! ¡Instalad la colonia!
INGENIERO. — ¡Quietos aquí! ¡Quietos aquí, en la sala! Aquí soy una gran voz para vosotros...,
¡que truena desde aquí!
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¡Salid de la sala!
INGENIERO. — Permaneced en la sala. ¡No os engañéis! Voces. Crecen los murmullos
hostiles.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — Aún suenan aquí injurias. ¡Fuera se dispersan!
INGENIERO. — Tratáis de encubrir la ofensa con que me excitáis. Me marcho... ¡Ahora debéis ir a
la fábrica!
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¡Abrid las puertas a la claridad del día!
INGENIERO. — ¡Debéis ir a la fábrica! ¡No amontonéis engaño sobre engaño, mintiéndoos a
vosotros mismos! Daos cuenta de vuestro triunfo..., que os exalta. ¡Gas!... Vuestro trabajo crea
milagros de acero. Una fuerza que hace potentes las máquinas que vosotros impulsáis... ¡Gas!
¡Vosotros aviváis la rapidez de los caminos que cantan tonantes vuestra victoria por encima de
los puentes que lanzáis! ¡Vosotros empujáis colosos de vapor, sobre el mar que rayáis en líneas,
determinadas por vuestra brújula! ¡Construís torres escarpadas, trémulas en medio del viento que
silba amenazando a los cables donde habla la chispa! ¡Alzáis del suelo motores que arriba ululan
de rabia, al sentir anulado su peso, que se deja llevar por las nubes!... Vosotros..., seres tan
inofensivos. . ., cuya debilidad está a merced de una bestia que os acomete. . . vulnerables en
cada poro de la piel... ¡Vosotros sois los vencedores en el reino del mundo! (Profundo silencio.)
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — (Al pie de la tribuna, señalando al ingeniero.) Éste, aún sigue
abriendo ante vosotros el libro de estampas. . . Como niños estáis leyendo en él..., porque os habla
de cosas de vuestra infancia. ¡Ahora empezáis nueva época!
INGENIERO. — ¡Sois héroes..., en el hollín, en el sudor! ¡Sois héroes en la palanca. . ., ante el
manómetro..., en el cuadro de distribución! ¡Permanecéis inmóviles entre el oleaje de las correas,
en medio del tronar de las masas estrepitosas! Y lo más arduo no provoca en vosotros ningún
espanto duradero: ¡La explosión!
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¡Salid de la sala!
INGENIERO. — ¿Adonde vais ahora? ¿De vuestro reino al cortijo? ¿A trajinar, desde la mañana
a la noche, en los confines de vuestra colonia? ¿A plantar hierbecillas con vuestras manos, que
acumularon fuerzas? Vuestro celo va a servir para nutriros..., ¿ya no va a crear?
Hijo DEL MULTIMILLONARIO. — ¡Salid de la sala!
INGENIERO. — Sois aquí soberanos..., en la fábrica del trabajo omnipotente. ¡Creáis gas! Éste es
vuestro dominio..., fundado faena tras faena, día y noche.. ., llenos de febril esfuerzo. ¿Cambiáis
el poder por un tallo que espontáneamente brota? Sois aquí soberanos... ¡Allí sois...
campesinos!
UNA VOZ. — (Gritando.) ¡Campesinos!
OTRAS VOCES. — ¡¡Campesinos!!
NUEVAS VOCES. — ¡¡Campesinos!!
HOMBRES Y MUJERES. — (Rompiendo todos a gritos, abriendo las manos.) ¡¡Campesinos!!
INGENIERO. — (De pie, con un gran gesto de triunfo.)
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — (En la escalera de la tribuna.) ¿Me escucháis a mí... o a él?
HOMBRES Y MUJERES. — ¡¡El ingeniero!!
INGENIERO. — La explosión no os hace cobardes. ¿Alguno tiene miedo?
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¿Acaso os quiero dar miedo? ¿No pretendo algo más de vuestra
valentía? ¿No exijo de vosotros. . . el hombre? ¿Cómo podréis ser de nuevo campesinos, después
de haber sido obreros? ¿No se impone de nuevo un arranque. . ., el del que ya venció al
campesino. . ., el del que hoy vence al obrero. . . y obtiene el hombre? ¡Adelante os empuja la
faena; no hacia atrás! ¿No estáis ya maduros, después de esta última experiencia? ¿Hasta dónde
llegaréis... con la obra de vuestras manos y tareas? ¿Son vuestras vías trepidantes, vuestros puentes
colgantes, vuestros rápidos motores, recompensa para vuestra fiebre? ¡Burlaos, pues, de la
ganancia pobre! ¿Os engolosina la ganancia espléndida que nos repartimos? ¡De nuevo la
malgastaréis, mientras seguís malgastándoos vosotros mismos! Hay en vosotros una fiebre, una
agitación de trabajo que nada crea. Os devora. .. Vosotros no construís vuestra propia casa. No
sois los guardianes. . .; estáis sentados en una cárcel. Hay muros alrededor vuestro..., alzados por
vosotros. ¡Salid ahora! Sois héroes. .. que no ahorran ninguna tentativa. Penetrad audaces hasta el
fin del camino. . . Ningún terror se opone a vuestro paso... Un camino se acaba. . . Una vez más
se acaba un camino... Exaltad vuestro valor con otro nuevo... ¡Aquí está el hombre!
INGENIERO. — ¡Sois campesinos, de perezosa energía!
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¡Sois hombres todos, y uno a uno!
INGENIERO. — ¡Unas mezquinas necesidades se burlan de vuestra ambición!
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¡Se realizará vuestra esperanza!
INGENIERO. — ¡La indolencia asesina vuestros días!
Hijo DEL MULTIMILLONARIO. — ¡Vuestra faena no tiene límite!
INGENIERO. — ¡Ningún invento surge!
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¡Vais a ser vertidos en el único molde. .., en el del hombre!
INGENIERO. — (Alzando el revólver por encima de su cabeza.) ¡Proclamad la destrucción!
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¡Pasad de la destrucción a la perfección. .., ¡a ser hombres!
INGENIERO. — ¡Proclamad de nuevo mi destrucción... y corred a la fábrica! (Apoya la boca del
revólver en su sien. Silencio.) ¡Atreveos a gritar!
Voz. — (Abriéndose paso.) ¡Nuestro jefe debe ser el ingeniero!
OTRAS VOCES. —- ¡Nuestro jefe debe ser el ingeniero!
HOMBRES Y MUJERES. — ¡Nuestro jefe debe ser el ingeniero!
INGENIERO. — ¡Salid de la sala! ¡A la fábrica! ¡De explosión a explosión! ¡¡Gas!!
HOMBRES Y MUJERES. — ¡¡Gas!!
INGENIERO. — (Baja de la tribuna. Se abren anchamente las puertas. Los obreros corren hacia el
exterior.)
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — (Vacilante, en la tribuna.) ¡No matéis al hombre! ¡No más
mutilaciones! ¡Tú, hermano, eres algo más que una mano! ¡Tú, hijo, eres algo más que unos ojos!
¡Tú, marido, vives algo más que un día! Eternos y perfectos sois todos, desde la cuna... No os
mutiléis. Ambicionad más... para vosotros mismos. ¡Para vosotros! (La sala está vacía. Más
enérgico.) ¡He visto al hombre...y debo protegerlo contra él mismo!
TELÓN
QUINTO ACTO
Un muro de ladrillos, derrumbado en parte y ennegrecido por la explosión. En él una ancha
puerta de hierro, medio fuera de sus goznes. Hondones con escombros. Tras el muro, un
centinela con bayoneta calada. El HIJO DEL MULTIMILLONARIO, al amparo del muro, con la
cabeza vendada. El CAPITÁN aguarda, en el centro.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — Es un tremendo error. Tengo que hablar, aclararlo.
CAPITÁN. — Le han recibido a pedradas.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — No lo harán por segunda vez, cuando vean que me han herido.
CAPITÁN. — No lo puedo garantizar.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — Les excita ver a los soldados. Pero, con todo, quiero decirles el
motivo.
CAPITÁN. — Usted mismo ha solicitado protección.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — No para mi persona. Quiero oponerme a la fábrica. Eso se
aclara en tres o cuatro palabras.
CAPITÁN. — No le van a dejar decir la primera.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¡No tienen derecho a atacarme, cuando quiero justificarme!
CAPITÁN. — ¡Quédese usted pegado al muro!
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¿Quiere usted acompañarme ahí fuera?
CAPITÁN. — No.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¿No?
CAPITÁN. — Podrían también atacarme a mí..., y entonces tendría que hacer fuego.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¡No, no; eso no! ¡Entonces mi deber es esperar, hasta que
recobren el sentido! (Fuera, es relevado el centinela. Se alza un estruendo de mil voces.) ¿Por
qué gritan ahora?
CAPITÁN. — Relevan al centinela.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¡La confusión es horrible! ¿Es que no puede usted
comprender mi intención? Son mis hermanos...Soy solamente algo mayor, más ducho. . ., ¡y debo
poner sobre ellos mi mano! El REPRESENTANTE DEL GOBIERNO viene por la derecha.
REPRESENTANTE DEL GOBIERNO. — (En la puerta, atisbando el exterior.) Mal cariz tiene esto.
(Hacia el CAPITÁN.) ¿Puede usted hacer frente a todas las contingencias?
CAPITÁN. — Ametralladoras.
De nuevo se alza fuera un enconado tumulto, hasta que deja la puerta el REPRESENTANTE DEL
GOBIERNO.
REPRESENTANTE DEL GOBIERNO. — (Va hacia el HIJO DEL MULTIMILLONARIO, saludando
levemente con el sombrero de copa. Busca documentos en su cartera de cuero.) Lo peligroso y
excepcional de los muros de su fábrica ha impulsado al Gobierno a dirigirse a usted. Aquí tiene
mi nombramiento. . .
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — (Toma el documento. Lo lee. Mira hacia arriba.) ¿Plenos
poderes?
REPRESENTANTE DEL GOBIERNO. — En tales casos. ¿Podremos hablar aquí?
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — No dejo este sitio.
CAPITÁN. — ¡Recomiendo... que se resguarden detrás del muro!
REPRESENTANTE DEL GOBIERNO. — (Mete el documento en la cartera y saca otro.) Los
antecedentes de esta sublevación han sido bien puestos en claro. Después de la catástrofe, los
obreros se negaron a iniciar la reconstrucción de la fábrica si no se accedía a su petición, es decir,
al ingeniero.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¡Eso, precisamente, hubiera evitado nuevas catástrofes!
REPRESENTANTE DEL GOBIERNO. — El Gobierno sólo puede tener en cuenta hechos.
Hijo DEL MULTIMILLONARIO. — Pero la explosión se repite, seguramente. Sólo hay esta
fórmula... ¡o no hay gas!
REPRESENTANTE DEL GOBIERNO. — No podemos tener en cuenta las posibilidades... La
exigencia de los obreros fue rechazada por usted. Como consecuencia siguió la huelga, que se
extendió a las fábricas próximas, y cada día provoca más extensas complejidades.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — Sí... ¡Sí!
REPRESENTANTE DEL GOBIERNO. — Entretanto, el ingeniero, en un mitin, ha manifestado que se
retira voluntariamente. Un cambio de opinión hizo, más tarde, a los obreros renunciar a su
exigencia; y entonces pidieron que el ingeniero permaneciese.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¡Sí!
REPRESENTANTE DEL GOBIERNO. — Con ello desaparecía el motivo de la huelga, y los obreros
quisieron trabajar de nuevo.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — Entonces exigieron la entrada.
REPRESENTANTE DEL GOBIERNO. — Ahora usted se presenta prohibiéndoles volver. Sostiene
usted el punto de vista de que no puede hacerse responsable de las consecuencias de la
producción del gas.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¡Hablo de la pérdida de hombres!
REPRESENTANTE DEL GOBIERNO. — No desconoce, en modo alguno, el Gobierno la
extraordinaria gravedad del desastre que por desgracia ha ocurrido.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO.-— ¡Es poco!
REPRESENTANTE DEL GOBIERNO. — El número de víctimas ha producido la mayor
consternación. El Gobierno prepara en el Parlamento la correspondiente manifestación de duelo.
El Gobierno cree haber satisfecho con esta manifestación a usted y a los obreros.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — Sí. Sí; no podéis hacer otra cosa. ¡Lo demás, es mi tarea!
REPRESENTANTE DEL GOBIERNO. — De sus posteriores manifestaciones, que dan como resultado
la paralización duradera de la fábrica, se ha enterado el Gobierno, despertándose en él muy graves
recelos.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¡No dude usted de mi fuerza! ¡Tengo éxito en mis proyectos!
REPRESENTANTE DEL GOBIERNO. — (Sacando otro documento.) Se ha pensado ya el modo de
evitar el peligro.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — Deme soldados y seguridad para poder hablar ahí fuera.
REPRESENTANTE DEL GOBIERNO. — El peligro inminente de cesar la producción de gas, obliga al
Gobierno a hablarle a usted confidencialmente.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — (Le mira fijamente.) ¡Usted exige... gas!
REPRESENTANTE DEL GOBIERNO. — Toda la industria de armas está organizada a base del gas.
La falta de éste perjudicaría, de un modo muy sensible, la fabricación del material de armamento.
Estamos ante una guerra. Sin la primaria energía del gas, sería irrealizable el programa del
armamento. Por razón tan grave, el Gobierno no puede permitir una interrupción más larga en el
suministro de gas a las fábricas de armas.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¿No soy yo... aquí... dueño de mi terreno?
REPRESENTANTE DEL GOBIERNO. — Tiene el Gobierno el sincero deseo de llegar a un acuerdo
con usted. Se declara dispuesto a apoyar, con todos sus medios, la reconstrucción. Con tal fin,
llegan ahora ochocientos camiones con material. Puede empezar al momento a desescombrarse el
terreno.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — Armas... ¡contra hombres!
REPRESENTANTE DEL GOBIERNO. — Le ruego que reciba mis manifestaciones con la mayor
discreción.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¡Yo... grito! ¡Busco gente que se dé cuenta, por todos los
rincones, en todas partes!
REPRESENTANTE DEL GOBIERNO. — Comprendo su excitación. Sin embargo, el Gobierno se ve
frente a la más apremiante necesidad.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¡No blasfeme! ¡El hombre es el necesario! ¡No le inflijáis
nuevas heridas! ¡Curemos con ahínco las viejas! Déjeme ir ahí fuera, hacia ellos... Debo...
Va a la puerta. Es recibido con un alarido.
CAPITÁN. — (Le hace retroceder.) ¡Usted desencadena la tempestad!
Hijo DEL MULTIMILLONARIO. — (Tambaleando por el muro, hacia atrás.) ¿Estamos
endemoniados todos?
REPRESENTANTE DEL GOBIERNO. — Lo importante ahora para el Gobierno es saber si usted
persiste en su negativa, en negar la entrada a los obreros.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¡Precisamente ahora, veo... el deber!
REPRESENTANTE DEL GOBIERNO. — ¿Mantiene usted su anterior negativa?
Hijo DEL MULTIMILLONARIO. — ¡Mientras pueda hablar y respirar!
REPRESENTANTE DEL GOBIERNO. — Entonces tengo que hacer uso de mis plenos poderes. El
Gobierno se ve obligado, en vista del riesgo que corre la defensa del país, a excluir a usted, por el
momento, de la dirección de la fábrica, y a fabricar el gas bajo los auspicios del Estado. La
reconstrucción de la fábrica se realizará con anticipos del Imperio, y comenzará en seguida.
Esperamos que usted no inicie ningún intento de resistencia. ¡Sentiríamos deber emplear medidas
más graves contra usted!...Señor capitán, abra usted las puertas. Quiero dar cuenta de lo preciso a
los obreros. Estalla en las puertas un confuso estrépito.
CAPITÁN. —- ¡Atrás! ¡Pedradas!
REPRESENTANTE DEL GOBIERNO. — (Poniéndose al amparo del muro.) ¡Es inaudito! (Sigue el
tumulto.) Las gentes oponen un obstáculo natural...
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¡Yo no tengo miedo!
Algazara muy violenta juera. Él hace señas, desde el umbral, con las manos en alto. Viene una
ola de gritos.
CAPITÁN. — (Gritando, hacia el REPRESENTANTE DEL GOBIERNO.) ¡Vienen! Al través de la
puerta da órdenes, en dirección de la izquierda.
Viene la sección de ametralladoras y se sitúa en plan de ataque.
El CAPITÁN, con el sable desenvainado, se dispone a dar la señal.
Silencio profundo.
REPRESENTANTE DEL GOBIERNO. — (Junto al HIJO DEL MULTIMILLONARIO.) ¡No evita usted,
pues, el derramamiento de sangre!
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — (Queda paralizado.)
REPRESENTANTE DEL GOBIERNO. — ¡Aquí! (Le da un pañuelo.) Será una señal
comprensible. ¡Agite usted el pañuelo blanco!
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — (Lo hace todo mecánicamente.)
REPRESENTANTE DEL GOBIERNO. — Vea usted... cómo produce su efecto ¡Dejad caer las piedras!
(Hacia el CAPITÁN.) ¡Abra las puertas de par en par! (Los soldados abren las puertas.) ¡Retire
usted el cordón! (El CAPITÁN y la sección de ametralladoras se van. Dirigiéndose al HIJO DEL
MULTIMILLONARIO.) Anunciaré ahí fuera adonde van los vagones con el material. ¡Voy a llevar
allí la gente! Sale por la puerta. Al punto se oye juera un ruido alto y claro
que se aleja pronto. Silencio.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — (Se deja caer en un montón de escombros.)
HIJA. — (Viene, vestida de luto. Va hacia él. Le abraza.)
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — (Mira hacia arriba, sorprendido.)
HIJA. — ¿No me reconoces?
HIJO DEL MULTIMILLONARIO.-— Hija... ¿de luto?
HIJA. — Ya no vive mi marido.
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¿Reproches?... ¿También, contra mí, pedradas de tus manos?
HIJA. — (Moviendo la cabeza.) ¿Estás aquí, solo?
Hijo DEL MULTIMILLONARIO. — ¡Solo, por fin, como cualquiera, el que quería mezclarse
con todos!
HIJA. — (Le toca la venda que rodea su cabeza.) ¿Te acertaron?
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — También a mí.. . Hay flechas que rebotan y hieren a ambos. . .,
al blanco y al tirador.
HIJA. — ¿Está alejado el peligro?
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¿Han nacido los hombres? ¿De hombres..., hombres que no
gritan y espantosamente amenazan? ¿Dio el tiempo la vuelta de campana... y lanzó al hombre a la
luz? ¿Qué aspecto tiene?
HIJA. — ¡Dímelo a mí!
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — Perdí su imagen... ¿Qué aspecto tenía? (Coge las manos de
ella.) ¡Esto son manos, y crecen enlazadas...! (Acariciándole los brazos.) Éstos son miembros...,
unidos al cuerpo..., partes eficaces de un todo... y con un impulso en cada uno.
HIJA. — ¡Dímelo a mí!
HIJO DEL MULTIMILLONARIO. — ¿No empuja la corriente demasiado turbulenta e inunda las
orillas que no la contienen? ¿No puede construirse la presa que contenga la corriente? ¿No se
detiene la furia, y penetra en el campo y fertiliza, creciendo, la superficie, coloreándose de verde?
¿No hay parada? (Atrayendo a su hija hacia si.) Dímelo a mí. ¿Dónde está el hombre? ¿Cuándo
va a presentarse, a llamarse por su nombre: ¡hombre!? ¿Cuándo se comprenderá a sí mismo... y
llegará a su propio conocimiento? ¿Cuándo resistirá la maldición...y creará la nueva creación que
echó a perder... el hombre? Ya no le veía... No se me ofrecía claro, con todos los síntomas de su
plenitud..., potente, con gran energía..., tranquilo con plena voz, que dice: ... ¡Hombre! ¿No estaba
cerca de mí..., puede apagarse..., no debe una y otra vez volver, si lo intuí una vez? ¿No debe
llegar... mañana o pasado mañana... o dentro de una hora? ¿No soy yo testimonio suyo... y de su
origen y advenimiento..., no me es conocido su rostro virilmente perfilado?... ¿Debo aún dudar?
HIJA. — (Arrodillándose.) Yo quiero parirlo.


TELÓN FINAL


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