Fausto. Goethe.


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FAUSTO

JOHAN
WOLFGANG
GOETHE



LA TRAGEDIA


PRIMERA PARTE
LA NOCHE
Una estancia gótica, estrecha y de elevada bóveda. FAUSTO,
inquieto, sentado en su sillón delante de un pupitre.


FAUSTO
Con ardiente afán ¡ay! estudié a fondo la filosofía,
jurisprudencia, medicina y también, por mi mal, la teología; y
héme aquí ahora, pobre loco, tan sabio como antes. Me
titulan maestro, me titu-lan hasta doctor y cerca de diez años
ha llevo de los cabezones a mis discípulos de acá para allá, a
diestro y siniestro... y veo que nada podemos saber. Ésto llega
casi a consumirme el corazón. Verdad es que soy más
entendido que todos esos estultos, doctores,. maestros, es-
critorzuelos y clérigos de misa y olla; no me atormentan
escrúpulos ni dudas, no temo al infierno ni al diablo... pero, a
trueque de eso, me ha sido arrebatada toda clase de goces.
No me figuro saber cosa alguna razonable, ni tampoco
imagino poder enseñar algo capaz de mejorar y convertir a
los hombres. Por otra parte, carezco de bienes y caudal, lo
mismo que de honores y grandezas mundanas, de suerte que
ni un perro quisiera por más tiempo soportar semejante vida.
Por esta razón me di a la magia, para ver si mediante la fuerza
y la boca del espíritu, me sería revelado más de un arcano,
merced a lo cual no tenga en lo sucesivo necesidad alguna de
explicar con fatigas y sudores lo que ig-noro yo mismo, y
pueda con ello conocer lo que en lo más intimo mantiene
unido el universo, contemplar toda fuerza activa y todo
germen, no viéndome así precisado a hacer más tráfico de
huecas palabras.
¡Oh luna, que brillas en toda tu plenitud! ¡Ojalá vieras
por vez postrera mi tormento! Tú, a quien tantas veces a la
medianoche esperaba yo velando junto a este pupitre;
entonces, inclinado sobre papeles y libros, te me aparecías,
triste amiga mía. ¡Ah! ¡Si a tu dulce claridad pudiera al menos
vagar por las alturas montañosas o cernerme con los espíritus
en derredor de las grutas del monte, moverme en las praderas
a los rayos de tu pálida luz, y, libre de toda la densa
humareda del saber, bañarme sano en tu rocío!
¡Ay de mí! ¿Todavía estoy metido en esa mazmorra?
Execrable y mohoso cuchitril, a través de cuyos pintados
vidrios se quiebra morte-cina la misma grata luz del cielo.
Estrechado por esa balumba de li-bros roídos por la polilla,
cubiertos de polvo, y alrededor de los cuales, llegando hasta
lo alto de la elevada bóveda, se ven pegados primeros de
ahumados papeluchos; cercado por todas partes de redomas
y botes; atestado de aparatos e instrumentos; abarrotado de
cachivaches, herencia de mis abuelos... ¡He aquí tu mundo!
¡Y a éso se llama un mundo!
¿Y aún preguntas por qué tu corazón se oprime ansioso
en tu pecho, por qué un dolor indecible paraliza en ti todo
movimiento vital? En lugar de la naturaleza viviente en cuyo
seno creó Dios a los hombres, sólo ves en torno tuyo
esqueletos de animales y osamentas de muertos, todo
confundido entre el humo y la podredumbre.
¡Ea! ¡Fuera de aquí! ¡Huye al dilatado campo! ¿Acaso no
es para ti suficiente salvaguardia este misterioso libro de la
propia mano de Nostradamus?. Entonces conocerás el curso
de los astros, y si la Na-turaleza te alecciona, entonces se te
abrirá la potencia del alma, y te hablará como habla un
espíritu a otro espíritu. en vano es que la árida meditación te
descifre aquí los sagrados signos. ¡vosotros, espíritus que
flotáis junto a mi, respondedme, si oís mi acento! (Abre el libro
y ve el signo del Macrocosmo).
¡Ah! ¡Qué deleite invade súbitamente todos mis sentidos
a la vista de este signo! Siento circular por mis nervios y
venas, otra vez enardecida, una nueva y santa dicha de vivir.
¿Fué un dios quien trazó estos signos que calman el hervor
de mi pecho, llenan de gozo mi pobre corazón, y mediante
un misterioso impulso descubren en torno mío las fuerzas de
la Naturaleza?

¿Soy un dios? ¡Todo se hace para mí tan claro! En estos
simples rasgos veo expuesta ante mi alma la Naturaleza en
plena actividad. Ahora, por vez primera, comprendo lo que
dice el Sabio: "El mundo de los espíritus no está cerrado; tu
sentido está obtuso, tu corazón está muerto. ¡Ánimo,
discípulo, baña sin descanso tu pecho terrenal en los rayos de
la aurora!" (contempla el signo).
¡Cómo se entretejen todas las cosas para formar el Todo,
obrando y viviendo lo uno en lo otro! ¡Cómo suben y bajan
las potencias celes-tes pasándose unas a otras los cubos de
oro!. Con alas que exhalan bendiciones, penetran desde el
cielo a través de la tierra llenando de armonía el Universo
entero.
¡Qué espectáculo! Mas ¡ay! ¡un espectáculo tan sólo! ¿Por
dónde asirte, Naturaleza infinita? ¿Cómo coger tus pechos,
manantiales de toda vida, de quienes están suspendidos el
cielo y la tierra, y contra los cuales se oprime el lánguido
seno? Os mostráis túrgidos, ofrecéis el sustento que mana de
vosotros, ¿Y yo me consumiré así en vano?
(Vuelve con despecho la hoja del libro, y percibe el signo del espíritu
de la Tierra).
¡Cuán diversamente obra en mi ser este signo! Estás más
cerca de mí, espíritu de la Tierra; siento ya más exaltadas mis
fuerzas y hállome enardecido, como si fuera por efecto del
vino nuevo. Siéntome con bríos para aventurarme en el
mundo, para afrontar las amarguras y dichas terrenas, para
luchar contra las tormentas y permanecer impávido en medio
de los crujidos del naufragio.

Anúblase el ambiente sobre mi... la luna vela su luz... mi
lám-para se amortigua. Exhálanse vapores... rojas centellas
surcan el aire en derredor de mis sienes... un frío
estremecimiento baja como un soplo desde la bóveda y se
apodera de mí. Bien lo veo: eres tú que flotas en torno mío.
espíritu que yo imploro. ¡Muéstrate a mi vista! ¡Ah! ¡cómo se
sobresalta mi corazón! Todos mis sentidos pugnan por
abrirse a nuevas impresiones. Siento cómo mi corazón se
entrega, por completo a ti. ¡Aparece! ¡aparece! Preciso es,
aunque me cueste la vida.

(Coge el libro y pronuncia misteriosamente el signo del espíritu.
Surge de pronto una llama rojiza, y en medio de ella aparece EL
ESPÍRITU).

EL ESPÍRITU
¿Quién me llama?
FAUSTO
(Volviendo la cabeza a otro lado). ¡Espantosa visión!
EL ESPÍRITU
Me has atraído con fuerza; largo tiempo aspiraste en mi
esfera, y ahora...
FAUSTO
¡Ay de mí! No puedo resistir tu presencia.
EL ESPÍRITU
Suspiras anhelante por contemplarme, oír mi voz y ver mi
rostro. La poderosa instancia de tu alma me obliga a ceder.
Aquí me tienes... ¡Qué mezquino terror se apodera de ti,
criatura sobrehumana! ¿Qué se hizo del clamor de tu alma?
¿Do está aquel pecho que se creaba un mundo dentro de sí,
lo llevaba y mantenía con esmero; aquel pecho que se
henchía con estremecimientos de gozo para encumbrarse al
nivel de nostros, los espíritus? ¿Dónde estás, Fausto, tú, cuyo
acento llegaba hasta mí, y que con todas tus fuerzas pugnabas
por alcanzar-me? ¿Eres tú quien, al sentirse envuelto en los
efluvios de mi aliento, tiembla en todas las profundidades
vitales, un gusano que huye medroso y encogido?
FAUSTO
¿Yo retroceder ante ti, engendro de la llama? ¡Soy yo, soy
Fausto, tu igual!
EL ESPÍRITU
En el oleaje de la vida, en el torbellino de la acción,
ondulo subiendo y bajando, me agito de un lado a otro.
Nacimiento y muerte, un océano sin fin, una actividad
cambiante, una vida febril: así trabajo yo en el zumbador telar
del Tiempo tejiendo el viviente ropaje de la Divinidad.
FAUSTO
Tú, que vagas por toda la redondez de la vasta tierra,
espíritu afanoso, ¡cuán cerca me siento de ti!
EL ESPÍRITU
Te igualas al espíritu que tú concibes, no a mí.
(Desaparece).
FAUSTO
(Anonadado). ¿No soy igual a ti? ¿A quién, pues? Yo,
imagen de la Divinidad, ¿ni tan siquiera me igualo a ti?
(Llaman a la puerta).
¡Maldición! Bien lo sé... es mi fámulo. Mi más bella
felicidad se reduce a la nada. ¿Por qué ha de venir ese árido
socarrón a desbaratar este mundo de visiones?
(Entra WAGNER con bata y gorro de dormir, llevando una luz
en la mano. FAUSTO le vuelve la espalda con enojo).
WAGNER
Perdonad; os oí declamar. ¿Leíais, sin duda, una tragedia
griega? Algo quisiera yo aprovechar en este arte, porque hoy
día es cosa de gran efecto. No pocas veces he oído decir en
son de elogio que un comediante podía dar lecciones a un
clérigo.
FAUSTO
Cierto, si el clérigo es un comediante, como puede muy
bien darse el caso algunas veces.
WAGNER
¡Ah! Cuando uno se halla así como encantado en su mu-
seo, sin ver apenas el mundo algún día festivo, y sólo de
lejos, casi no más que con un anteojo, ¿cómo podrá dirigirlo
por medio de la persuasión?
FAUSTO
No lo conseguiréis con todos vuestros afanes si no lo
sentís, si ello no surge de vuestra alma y con encanto muy
poderoso y sostenido no subyuga los corazones de todo el
auditorio. Ya podéis estar siempre clavado en una silla, hacer
una amalgama de todo, aderezar un guiso con los relieves de
ajeno festín y sacar a fuerza de soplo mezquinas llamas de
vuestro puñado de cenizas. Podréis así excitar la admiración
de los niños y de los monos, si tal es vuestro gusto, mas
nunca haréis llegar el corazón a los corazones si ello no os
sale del corazón.
WAGNER
Pero la elocuencia labra el éxito del orador. Bien lo
comprendo: todavía estoy muy atrasado.
FAUSTO
Buscad el logro de buena ley; no seáis un bufón que hace
sonar sus cascabeles. La razón y el verdadero sentimiento se
expresan ellos mismos con escaso artificio; y si deseáis decir
alguna cosa de impor-tancia, ¿qué necesidad tenéis de ir a
caza de palabras? Sí; vuestros discursos, que tan brillantes
son, y en los cuales rizáis recortes de papel para la
humanidad, son pesados como el brumoso viento de otoño
que murmura a través de las secas hojas.
WAGNER
¡Ay, Dios! El arte es largo, y breve es nuestra vida. En mis
esfuerzos de crítica llego a temer no pocas veces por mi ca-
beza y mi pecho. ¡Cuán arduos de conseguir nos son los
medios por los cuales se remonta uno a la fuente! Y sin duda
ha de morir el pobre diablo antes de haber andado sólo la
mitad del camino.
FAUSTO
¿Crees tú que un árido pergamino es la fuente sagrada
que, con sólo beber un trago de ella, apague la sed para
siempre? No hallarás refrigerio alguno si no brota de tu
propia alma.
WAGNER
Perdonad, pero no deja de ser un vivo deleite
transportarse al espíritu de los tiempos para ver cómo pensó
algún sabio antes que nosotros, y considerar después a qué
gloriosas alturas al fin hemos llegado.
FAUSTO
¡Oh, sí! hasta las estrellas. Los tiempos pasados, amigo
mío, son para nosotros un libro de siete sellos. Lo que
llamáis espíritu de los tiempos no es en el fondo otra cosa
que el espíritu partículas de esos señores, en quienes los
tiempos se reflejan y a decir verdad, todo ello resulta muchas
veces una miseria tal que uno se os aparta con asco al primer
golpe de vista. Es un cesto de basura, un cuarto de trastos
viejos, y a lo sumo un mal dramón histórico con excelentes
máximas pragmáticas, de esas que tan bien cuadran en boca
de títeres.
WAGNER
Pero, ¿y el mundo, y el corazón, y el espíritu humano?
¿Quién no desea saber de ello alguna cosa?
FAUSTO
Cierto; ¡lo que así denominan saber! ¿Quién se atreve a
llamar al niño por su nombre verdadero? Los pocos hombres
que han sabido algo de esto, que, asaz insensatos, no
supieron evitar que se desbor-dara su corazón, y
descubrieron al mundo sus sentimientos y sus ideas, en todo
FAUSTO
tiempo han sido crucificados o condenados a la hoguera...
Pero dispensadme, amigo, la noche está muy avanzada, y es
menester que por hoy hagamos punto aquí.
WAGNER
Con gusto hubiera seguido en vela para continuar con
vos una plática tan instructiva; pero mañana, como primer
día de Pascua, per-mitidme haceros alguna que otra pregunta.
Con afán me he consa-grado al estudio; verdad es que ya sé
mucho, pero quisiera saberlo todo. (Vase.)
FAUSTO
(Solo). ¡Cómo nunca desaparece toda esperanza de la
cabeza de aquel que siempre se aferra a cosas insulsas! Con
ávida mano escarba la tierra buscando tesoros, y se da por
satisfecho, si encuentra unas lombrices. ¿Es posible que se
deje oír semejante voz humana en este sitio, donde me
rodeaba un mundo de visiones? Mas ¡ay! por esta vez te lo
agradezco, ¡oh tú, el más mísero de todos los hijos de la
tierra! Tú me arrancaste de los brazos de la desesperación,
que amenazaba trastornar mis sentidos. ¡Ah! Tan colosal era
la aparición que a su lado no pude menos de juzgarme un
pigmeo.
Yo, imagen de la Divinidad, yo que me figuraba estar ya
muy cerca del espejo de la verdad eterna, que gozaba de mí
mismo, bañado en la luz y el esplendor celeste, y había
despojado al hijo de la tierra; yo, superior al querubín, yo,
cuya libre fuerza, llena de presen-timientos, ya pretendía
osadamente correr por las venas de la Natura-leza, y, creando,
aspiraba a gozar de la vida de los dioses, ¡cómo debo expiar
mi vana presunción! Una sola palabra, potente como el rayo,
ha bastado para anonadarme.
No puedo pretender igualarme a ti. Si tuve poder para
atraerte, no lo tuve para conservarte junto a mí. En aquellos
felices instantes ¡sentíame a la vez tan pequeño y tan grande!
Me rechazaste despiadado, sumiéndome de nuevo en la
incierta suerte humana. ¿Quién me instruirá? ¿Qué debo
evitar? ¿Tengo que ceder a aquel impulso? ¡Ay! Nuestras
mismas acciones, lo propio que nuestros sufrimientos, entor-
pecen la marcha de nuestra existencia.
En las más sublimes concepciones del espíritu se ingiere
de continuo materia cada vez más extraña. Cuando llegamos
a lo bueno de este mundo, lo mejor se califica entonces de
engaño e ilusión. Los nobles sentimientos que nos dieron la
vida se .amortiguan en medio del bullicio mundanal.
Si la fantasía, llena de esperanza y con vuelo audaz, se
extiende de ordinario hacia lo infinito, un breve espacio es
suficiente para ella cuando una dicha tras otra naufragan en
el remolino de los tiempos. Al punto anida la inquietud en el
fondo del corazón engendrando allí secretos dolores, y se
agita intranquila turbando placer y reposo. Cúbrese sin cesar
con nuevos disfraces y puede aparecer ora como hacienda y
hogar, y ora como esposa e hijo, o bien como fuego, agua,
puñal o veneno. Tiemblas ante todo lo que no te alcanza, y
tienes que llorar sin tregua aquello que nunca pierdes.
No; no me igualo a los dioses. Harto lo comprendo. Me
asemejo al gusano que escarba el polvo, y mientras busca allí
el sustento de su vida, le aniquila y sepulta el pie del
caminante.
¿No es polvo también todo cuanto llena estos cien
estantes de los altos muros que me oprimen, y ese fárrago,
que con mil fruslerías y bagatelas me ciñe en este mundo de
carcoma y polilla? ¿Y es aquí dónde he de encontrar lo que
me falta? ¿Tengo acaso necesidad de leer en estos mil
libracos que en todas partes se atormentaron los hombres, y
que sólo aquí y allí ha habido uno que fuera dichoso?
Y tú, vacía calavera, ¿por qué me miras riendo con sorna,
cual si me dijeras que tu cerebro, desconcertado en otro
tiempo como el mío, buscó la serena luz del día, y sendiento
de verdad, erró lastimosa-mente en el triste crepúsculo?
Vosotros, instrumentos, sin duda hacéis mofa de mí con
esas ruedas y esos dientes, cilindros y arcos. Yo estaba frente
a la puerta; vosotros debías ser las llaves, y con todo y tener
vuestras guardas bien rizadas, no movéis el pestillo.
Misteriosa en pleno día, la Naturaleza no se deja despojar de
su velo, y lo que ella se niega a revelar a tu espíritu, no se lo
arrancarás a fuerza de palancas y tornillos. Tú, ve-tusto ajuar
que nunca utilicé, ahí te estás sólo porque mi padre se sirvió
de ti. Y tú, vieja polea, ¡cómo te has ennegrecido desde que la
triste lámpara ha humeado sobre este pupitre! Mucho mejor
hubiera obrado yo disipando lo poco que poseo, que estarme
aquí sudando agobiado por el peso de tal escasez. Lo que tú
heredaste de tus padres, adquiérelo para gozar de ello. Lo que
no se utiliza es una carga pesada; sólo puede ser de provecho
aquello que crea el momento.
Mas, ¿por qué se fija mi vista en aquel sitio? ¿Es aquel
pequeño frasco un imán para mis ojos? ¿Por qué de
improviso todo se vuelve para mi suavemente claro, como
cuando de noche, en medio de la selva tenebrosa, nos baña el
resplandor de la luna?
Yo te saludo, redomita singular, que con recogimiento
bajo ahora de tu sitio. En tí venero el ingenio y el arte del
hombre. Tú, agregado de benéficos jugos soporíferos; tú,
extracto de todas las sutiles fuerzas mortales, da a tu dueño
una muestra de tu favor. Te miro, y el dolor se mitiga; te
tomo en mis manos, y mengua el afán, baja poco a poco la
marea creciente del espíritu. Siéntome arrastrado a la alta mar,
el espejo de las olas brilla a mis pies, hacia ignotas playas me
atrae un nuevo día.
Sostenido por leves alas, un carro de fuego flota en el aire
hacer-cándose a mí. Dispuesto me siento a cruzar el éter por
inusitada vía, lanzándome a nuevas esferas de pura actividad.
Pero ¿eres acaso digno de esa existencia sublime, de esos
deleites divinos, tú, que hace un instante no eras más que un
vil gusano? Sí; vuelve con ánimo resuelto la espalda al bello
sol de la tierra. Decídete con osadía a forzar las puertas ante
las cuales de buen grado pasan todos de largo esquivando el
riesgo. Llegó ya el momento de probar con hechos que la
dignidad del hombre no cede ante la grandeza de los dioses;
hora es ya de no temblar frente a ese antro tenebroso en
donde la fantasía se condena a sus propios tormentos; de
lanzarse hacia aquel pasaje, alrededor de cuya estrecha boca
vomita llamas todo el infierno; de resolverse a dar este paso
con faz serena, aun a riesgo de abismarse en la nada.
Desciende ahora y sal de tu viejo estuche, copa de
límpido cristal, que tenía yo olvidada luengos años ha. Lucías
en las rego-cija-das fiestas de mis antepasados, y alegrabas a
los graves comensales según ibas pasando de uno a otro. La
rica magnificencia de tus nume-rosas figuras con tanto arte
labradas, la obligación que tenía el bebe-dor de explicarlas en
rimas y de vaciarte de un solo trago, evocan en mí el recuerdo
de más de una noche de la juventud. No te pasaré ahora a
ningún vecino, ni haré gala de mi ingenio ensalzando tus
primores. He aquí un licor que produce súbita embriaguez.
Su parda onda llena tu cavidad. Yo mismo lo prepararé y lo
elijo para mí. Sea ésta mi liba-ción postrera, que consagro en
este instante, con toda la efusión de mi alma y como solemne
y supremo saludo a la aurora del nuevo día. (Aplica la copa a
sus labios.)
(Tañido de campanas y canto en coro.)
CORO DE ÁNGELES
¡Cristo ha resucitado! ¡Júbilo al mortal, que estaba
encadenado por los funestos e insidiosos vicios hereditarios!
FAUSTO
¿Qué sordo rumor, qué armónicos sonidos arrancan de
un modo violento la copa de mis labios? ¿Anunciáis ya,
broncas campanas la solemne hora primera de la fiesta de
Pascua? Y vosotros, celestes coros, ¿entonáis ya el himno
consolador que largo tiempo ha, en la noche del sepulcro,
salía de los labios de los ángeles, como prenda de nueva
alianza?
CORO DE MUJERES
Con aromas le ungimos nosotras, sus fieles siervas; le
deposita-mos en el sepulcro, le envolvimos con limpias
vendas y blancos cen-dales, y ¡ay! ¡no encontramos a Cristo
aquí!
CORO DE ÁNGELES
¡Cristo ha resucitado! ¡Feliz aquel que ama, aquel que ha
resistido la dolorosa, saludable y aleccionadora prueba!
FAUSTO
¿Por qué venís a buscarme en el polvo, dulces y
poderosos acentos celestiales? Resonad doquiera que haya
hombres débiles. Oigo bien el mensaje, pero fáltame la fe, y el
hijo mimado de la fe es el milagro. No me atrevo a aspirar a
esas esferas desde donde se deja oír la fausta nueva; y a pesar
de ello, estos acentos a que estoy habituado desde mi niñez,
me llaman ahora de nuevo a la vida. Otras veces, en medio
del austero recogimiento del domingo, descendía sobre mí el
ósculo de amor celeste, entonces resonaba, llena de presagios,
la plenitud del sonido de las campanas, y la plegaria
constituía para mí un férvido deleite; un dulce e inexplicable
anhelo me impelía a divagar por bos-ques y praderas, y
bañado en ardientes lágrimas, sentía nacer un mundo para
mí. Este canto anunciaba los alegres juegos de la juven-tud,
la franca felicidad de las fiestas primaverales. Tal recuerdo,
impregnado de sentimiento infantil, me impide ahora dar el
último, el imponente paso. ¡Ah! Seguid sonando, dulces
cantos celestes. Brota una lágrima de mis ojos: la tierra se
enseñorea de mí otra vez.
CORO DE DISCÍPULOS
Excelso y lleno de vida, el Sepultado ha ascendido ya
glorioso a las alturas. En el goce de la nueva existencia, está
cercano a la felici-dad creadora, en tanto que nosotros ¡ay!
permanecemos en el seno de la tierra para sufrir. Nos ha
dejado abandonados, nosotros sus discí-pulos, que
languidecemos aquí abajo. ¡Ah, Maestro! lloramos tu
felicidad.
CORO DE ÁNGELES
Cristo ha resucitado del seno de la corrupción. Romped
gozosos vuestras cadenas. Para vosotros, que le glorificáis
con vuestras obras, que dáis pruebas de amor, que os partís el
pan como hermanos, que recorréis la tierra predicando a los
hombres y prometiéndoles la bienaventuranza, para vosotros
el Maestro está cerca, para vosotros ahí está.

ANTE LA PUERTA DE LA CIUDAD
GENTES DE TODAS CLASES salen a pasear
ALGUNOS COMPAÑEROS ARTESANOS
¿Por qué vais por ese lado?
OTROS
Subimos hasta la posada del Cazador.
LOS PRIMEROS
Pues nosotros nos encaminamos al Molino.
UNO DE LOS ARTESANOS
Si queréis creerme a mí, vamos al ventorrillo del estanque.
SEGUNDO ARTESANO
El camino nada tiene de agradable.
LOS SEGUNDOS
Y tú, ¿qué piensas hacer?
UN TERCERO
Yo voy con los demás.
UN CUARTO
Venid cuesta arriba hacia Burdorf. Con seguridad en-
contraréis allí las más lindas muchachas, la mejor cerveza y
camorras de primer orden.
UN QUINTO
Estás de muy buen humor, camarada. ¿Tienes comezón
en el pellejo por tercera vez? Lo que es yo, no voy allá; le
tengo horror a tal sitio.
UNA MOZA DE SERVICIO
No, no; yo me vuelvo a la ciudad.
OTRA
Segura estoy de que le vamos a encontrar junto a aquellos
álamos.
LA PRIMERA
Para mí no es muy divertido eso. Irá él a tu lado, y una
vez en el corro, con nadie bailará sino contigo. ¿Qué me
importan a mí tus gustos?
OTRA
Es que a buen seguro hoy no estará solo. Ha dicho que
con él iría el Cabeza-crespa.
UN ESTUDIANTE
¡Voto va! ¡Cómo andan aquellas garridas mozas! Ven,
camarada; hemos de acompañarlas. Buena cerveza, tabaco
fuerte y una muchacha muy acicalada: esto es lo que me gusta
a mí.
UNA SEÑORITA DE LA CLASE MEDIA
(A otra.) Mira, mira aquellos guapos mocitos. ¿No es una
vergüenza que, pudiendo gozar de la mejor compañía, corran
tras esas mozas de servicio?
SEGUNDO ESTUDIANTE
(Al primero). No tan aprisa. Ahí detrás vienen dos mu-
chachas muy lindamente vestidas; una de ellas es vecina mía,
y es una chica de la cual estoy muy prendado. Andan con su
paso tranquilo, y acabarán por juntarse con nosotros.
PRIMER ESTUDIANTE
No, señor camarada; no me gusta a mí tanto engorro.
Apretemos el paso, no sea que se nos escape la pieza. La
mano que empuña la escoba el sábado, es la que mejor te
acariciará el domingo.
UN BURGUÉS
No; no me gusta el nuevo burgomaestre. Ahora que lo es,
se vuelve cada día más insolente. Y vamos a ver: ¿qué hace
en favor de la ciudad? ¿Por ventura no van las cosas siempre
de mal en peor? Debe uno obedecer más que nunca y pagar
más que antes.
UN MENDIGO
(Cantando.) Vosotros, buenos caballeros, y vosotras, bellas
da-mas, tan bien ataviadas y de mejillas como rosas; dignaos
echarme una mirada compasiva y aliviar mi necesidad. No
permitáis que toque yo aquí la gaita en vano. Sólo es dichoso
aquel que quiere dar. Que este día, que todo el mundo
celebra, sea día de cosecha para mí.
SEGUNDO BURGUÉS
Para mí, nada hay mejor los domingos y días de fiesta,
que hablar de la guerra y del bullicio de la guerra, mientras
allá lejos, en Turquía, los pueblos pelean uno con otro. Se
está uno tranquilamente a la ventana, vacía su copita
contemplando como se deslizan río abajo los pintados
barquichuelos, y luego, a la caída de la tarde, se vuelve
satisfecho a su casa bendiciendo la paz y los tiempos de paz.
TERCER BURGUÉS
Sí, señor vecino; también dejo yo que las cosas vayan de
ese modo. Ya pueden ellos romperse la crisma y puede
llevárselo todo el diablo, con tal que en casa siga todo como
antes.
UNA VIEJA
(A las señoritas de la clase media). ¡Oiga! ¡y qué peripuestas
vais! ¡La hermosa juventud! ¿Quién no se encaprichará por
vosotras? Pero no seáis tan orgullosas. ¡Vaya, eso sí que está
bien! Cuando yo podría proporcionaros lo que deseáis!
UNA DE LAS SEÑORITAS
Vámonos, Águeda. Mucho me guardo de ir en público
con tales brujas. Por cierto que ella me hizo ver, en la noche
de San Andrés, a mi futuro novio en persona.
LA OTRA SEÑORITA
A mí me lo enseñó en el cristal. Vestía de militar,
acompañado de varios calaverones. Pero, por más que miro a
mi alrededor y le busco por todos lados, mi novio no quiere
toparse conmigo.
SOLDADOS
Castillos con altas murallas y almenas, mozas arrogantes y
esquivas quisiera yo conquistar. Audaz es la empresa,
espléndido el galardón. Y dejamos que el clarín nos llame lo
mismo al placer que al exterminio. ¡Esto es un asalto! ¡Esto
es la vida! Mozas y castillos, todo se ha de rendir. Audaz es la
empresa, espléndido el galardón. Y los soldados marchando
van.

EN LA CAMPIÑA
FAUSTO y WAGNER
FAUSTO
Libres de hielo están ya el río y los arroyos, merced a la
dulce y vivificante mirada de la primavera. Verdea en el valle
la dicha de la esperanza; el caduco invierno, en su debilidad,
se ha retirado a los ás-peros montes, y desde allí, en su fuga,
no nos envía más que escarchas e impotentes granizos, que
forman estrías sobre la verdeante campiña. Mas el sol no
sufre blancor alguno; por doquiera se hacen sentir la
formación y el esfuerzo; todo quiere animarlo con brillantes
matices. Pero, a falta de flores en el campo, acepta al gentío
engalanado con sus trajes de fiesta.
Vuélvete, Wagner, y desde estas alturas mira hacia atrás en
direc-ción de la ciudad. Por la honda y sombría puerta sale
una compacta muchedumbre abigarrada. Hoy van todos muy
contentos a tomar el sol. Celebran la Resurrección del Señor,
puesto que ellos, a su vez, han resucitado también, y de las
ahogadas estancias de las bajas viviendas, de las trabas de
profesiones y negocios, de la opresión de paredes y techos,
de la aplastadora estrechez de las calles, de la respetable
oscuridad de los templos, todos ellos son atraídos a la luz.
Pero mira, mira cuán presurosa se esparce la multitud por
campos y huertas; mira cómo el río mece en todas
direcciones tantos graciosos esquifes, y como se aleja esta
última navecilla, que de puro cargada está a pique de
zozobrar. Hasta desde las lejanas veredas de la montaña
brillan los vestidos de vivos colores. Oigo ya el barullo de la
aldea. Aquí está el verdadero cielo del pueblo; llenos de
alborozo, todos, grandes y pe-queños, lanzan gritos de
júbilo. Aquí soy hombre: aquí me permito serlo.
WAGNER
El pasearme con vos, señor doctor, es honroso y de
provecho; pero no me extraviaría solo por aquí, pues soy
enemigo de toda rustiquez. El chirriar de los violines, la
algarabía el juego de bolos, todo ello es para mí un ruido
odioso en extremo. Alborotan todos y se agitan frenéticos,
cual movidos por el maligno espíritu, ¡y a eso llaman
divertirse, a eso llaman cantar!

ALDEANOS BAJO EL TILO
Danza y canto
Atavióse el zagal para el baile, con vistosa chaqueta, cintas
y guirnalda; iba vestido que daba gozo verlo. No cabía más
gente bajo el tilo, y todos danzaban ya como locos. ¡Ole!
¡Ole! ¡Viva la alegría! Y a compás iba el arco del violín.
A empujones, presto abrióse paso, y le dió con el codo a
una muchacha. La fresca moza se volvió y dijo: ¡Vaya, que
encuentro eso brutal! ¡Ole! ¡Ole! ¡Viva la alegría! No seáis tan
mal criado.
En tanto, reinaba en el corro la mayor animación; se
bailaba a diestro y siniestro, las sayas flotaban al viento.
Poníanse todos encendidos y acalorados, y apoyábanse
jadeantes uno en el brazo de otro. ¡Ole! ¡Ole! ¡Viva la alegría!
Y las caderas contra los codos.
Pero no me hagáis tan confiada. ¡Cuántos hombres no
han enga-ñado y dejaron chasqueadas a su novia! A pesar de
esto, con piropos y zalamerias se la llevó él aparte, y desde el

tilo resonaban a lo lejos: ¡Ole! ¡Ole! ¡Viva la alegría! Gritos, y
dale con el arco al violín.
UN VIEJO ALDEANO
Hermoso es por vuestra parte, señor doctor, el no
desdeñarnos en el día de hoy y pasear entre este numeroso
gentío siendo vos un sabio tan eminente. Aceptad, pues, el
más bello jarro, que hemos llenado de fresca bebida. Os lo
presento deseando vivamente que no sólo apague vuestra
sed, sino también que cada gota que contiene sea un día más
añadido a los de vuestra existencia.
FAUSTO
Acepto esa refrigerante bebida, y en retorno, junto con mi
agradecimiento, os deseo salud a todos.
(La gente se reúne alrededor formando círculo).
EL VIEJO ALDEANO
Ciertamente, muy bien hicisteis en dejaros ver por aquí en
día tan alegre, ya que en otro tiempo y en calamitosos días os
mostrásteis con nosotros muy benévolo. Más de uno hay
aquí lleno de vida, a quien vuestro padre arrancó por fin al
ardiente furor de la fiebre cuando puso término a la
pestilencia. Y vos también, joven como érais entonces,
acudíais a todas las casas donde había enfermos; llevábanse
no pocos cadáveres, mas vos salíais de allí sano y salvo.
Habéis soportado multi-tud de duras pruebas; a nuestro
salvador salvó el Salvador de lo alto.
FAUSTO
TODOS
¡Salud al hombre acrisolado, para que nos pueda
favorecer aún largo tiempo!
FAUSTO
Prosternaos ante Aquél de las alturas, que enseña a
socorrer y envía el socorro. (Aléjase acompañado de Wagner.)
WAGNER
¡Qué impresión debes sentir, oh grande hombre, ante el
respeto de esa multitud! ¡Ah! ¡dichoso quién puede sacar tal
fruto de sus dotes! El padre te muestra a su hijo; todo el
mundo inquiere, se estruja y acude presuroso; enmudece el
violín; párase el bailador. Echas a andar, y se colocan ellos en
fila, vuelan los gorros por el aire, y poco falta para que se
doblen las rodillas cual si pasara el Santísimo Sacramento.
FAUSTO
Subamos unos pasos más arriba hacia aquella roca, y
descanse-mos allí de nuestro paseo. ¡Cuántas veces solo,
pensativo y mortificado por la oración y el ayuno, vine a
sentarme en este mismo sitio! Rico de esperanzas, firme en la
fe, imaginaba yo arrancar del Señor de los cielos, a fuerza de
lágrimas, suspiros retorcimientos de manos, el tér-mino de
aquel contagio. Las aclamaciones de la multitud resuenan
aho-ra en mis oídos como un sarcasmo cruel. ¡Oh! Si
pudieras leer en mi interior, verías cuán poco digno de tales
honores fueron el padre y el hijo. Era mi padre un oscuro

hombre honrado, que de buena fe, pero a su manera, se
metió a discurrir con afán quimérico sobre la Naturaleza y
sus sagrados círculos. Acompañado de algunos adeptos,
encerrábase en la negra cocina y allí con arreglo a recetas sin
fin, operaba la transfusión de los contrarios. Un León rojo,
audaz pretendiente, era allí casado con la Azucena en el baño
tibio, y después, con flameante fue-go descubierto, ambos
eran torturados de una a otra cámara nupcial. Tras esto,
aparecía en el vaso la joven Reina con variados colores, y
quedaba hecho el remedio. Morían los enfermos, sin que
nadie se cuidara de inquirir quién sanaba. Así es que con
nuestros electuarios infernales, causamos en estos valles y
montes más estragos que la peste misma. Con mis propias
manos administré el tósigo a millares de pacientes;
sucumbían los infelices, y yo debo vivir aún para escuchar los
elogios que se tributan a los temerarios asesinos.
WAGNER
Pero ¿es posible que os desazonéis por ello? ¿No hace
acaso bastante el hombre honrado que con toda conciencia y
puntualidad ejerce el arte que se le transmitió? Si de joven
honras a tu padre, aprenderás de él con gusto; si una vez
hombre, acrecientas el caudal del saber, tu hijo puede
alcanzar una meta más elevada.
FAUSTO
¡Ah! ¡Feliz aquel que abriga aún la esperanza de
sobrenadar en este piélago de errores! Aquello que no se sabe
es cabalmente lo que se utilizaría, y aquello que se sabe no
puede utilizarse. Pero ¿a qué turbar con tan negras
reflexiones los goces de esta hora deliciosa? Contempla cómo
a los fuegos del sol poniente resplandecen las cabañas
rodeadas de verdor. Declina el sol y se hunde en el ocaso, el
día ha fenecido; pero el radiante astro, siguiendo su carrera
veloz, despierta en otros pa-rajes una nueva vida. ¡Ah! ¡qué
no tenga yo alas para elevarme más a-rriba de la tierra y
lanzarme anhelante en pos, siempre en pos de él! Entonces
vería, en un perenne crepúsculo vespertino, el mundo
silencioso a mis pies, abrasadas las cumbres todas de los
montes, plácidos los valles, y el arroyuelo argentino correr
trocada en oro su corriente. La abrupta sierra, con todos sus
despeñaderos, no atajaría entonces mi carrera, semejante a la
de los dioses. Ante los ojos atónitos, extiéndese ya el mar con
sus abrigados senos. Pero el dios tiene trazas de hundirse y
desaparecer por fin en lontananza. Con todo, despiértase un
nuevo impulso, y con apresurado vuelo sigo adelante para
saciarme de su eterna luz. Ante mí, el día; detrás de mí, la
noche; el cielo arriba, las olas abajo. ¡Qué delicioso sueño! Y
en tanto, el astro desaparece. ¡Ay! Con las alas del espíritu no
se juntará tan fácilmente ninguna ala corpórea. Y a pesar de
todo, es innato en cada hombre que su alma se lance hacia
arriba y adelante, cuando por cima de nosotros, perdida en el
espacio azul, la alondra emite sus notas estridentes; cuando
más arriba de las escarpadas cumbres pobladas de pinos, se
cierne el águila con las alas extendidas, y dominando llanuras
y mares, la grulla vuela afanosa hacia su país natal.

WAGNER
También he tenido yo a menudo mis horas de quimeras,
pero no he sentido jamás todavía un impulso parecido.
Pronto se hastía uno de la vista del bosque y de los campos, y
nunca envidiaré las alas del ave. ¡Cuán otramente los goces
del espíritu nos llevan de libro en libro, de hoja en hoja!
¡Cuán gratas y deleitosas se vuelven así las noches de
invierno! Una vida feliz presta calor a todos los miembros, y
si desarrollas un valioso pergamino, ¡ah! entonces el cielo
entero desciende hasta ti.
FAUSTO
Tú no tienes idea sino de una sola aspiración. ¡Ah! ¡no
aprendas jamás a conocer la otra!. Dos almas residen ¡ay! en
mi pecho. Una de ellas pugna por separarse de la otra; la una,
mediante órganos tenaces, se aferra al mundo en un rudo
deleite amoroso; la otra se eleva violenta del polvo hacia las
regiones de sublimes antepasados. ¡Oh! Si hay en el aire
espíritus que se mueven reinando entre la tierra y el cielo,
descen-ded de las áureas nubes y conducidme lejos, a una
nueva y variada vida. Sí; a poseer yo tan sólo un manto
mágico que me transportara a extrañas regiones, no lo cedería
por las vestiduras ociosas, ni por un manto real.
WAGNER
No evoques la bien conocida turba que, cual torrente
impetuoso, se extiende por la atmósfera y por todos lados
prepara al hombre mil diversos peligros. Del Norte, te
acometen el agudo diente de los espíritus y sus lenguas
afiladas como saetas; del Levante llegan, secán-dolo todo, los
que se nutren de tus pulmones; si el Mediodía manda del
desierto aquellos que amontonan ascua sobre ascua en
derredor de tu cabeza, el Poniente aporta el enjambre que al
principio recrea, para anegarte a ti y el campo y la dehesa.
Escuchan ellos gustosos, plácida-mente vueltos hacia el mal,
obedecen de buen grado, porque de buen grado nos
engañan; se fingen enviados del cielo, y susurran de un modo
angelical cuando mienten. Pero vámonos. La tierra ha
tomado ya un tinte gris, refresca el aire y cae la neblina. Al
atardecer es cuando más se aprecia el hogar... ¿Por qué así te
detienes y absorto miras hacia aquel sitio? ¿Qué puede
sobrecogerte de tal modo en esta hora crepuscular?
FAUSTO
¿Ves aquel perro negro que anda vagando por entre los
trigos y rastrojos?
WAGNER
Mucho rato ha que le veía, y no me ha parecido que tenga
importancia alguna.
FAUSTO
Obsérvalo bien. ¿Por quién tomas ese perro?
WAGNER

Por un perro de aguas, que, a su manera, se empeña con
porfía en seguir las huellas de su amo.
FAUSTO
¿Adviertes cómo, describiendo anchas espirales, corre en
derredor nuestro y cada vez más cerca? Y si no me engaño,
deja a su paso, a modo de torbellino, un rastro de fuego.
WAGNER
No veo sino un perro de aguas negro. Eso bien podría
ser una ilusión de vuestros ojos.
FAUSTO
Paréceme que tiende sutiles lazos mágicos alrededor de
nuestros pies, para formar luego una atadura.
WAGNER
Véole inseguro y temeroso saltar en torno nuestro
porque, en lugar de su amo, ve dos desconocidos.
FAUSTO
El círculo se va estrechando; ya está cerca.
WAGNER
Bien ves que aquello es un perro y no un fantasma.
Gruñe y vacila, se echa sobre el vientre, menea la cola... en
fin, todas las costumbres del perro.

FAUSTO
(Al perro). ¡Júntate con nosotros! ¡Ven acá!
WAGNER
Es un animal divertido como todos los perros de aguas.
Si te de-tienes, se pone derecho esperando tu mandato; si le
hablas, quiere subírsete encima, pierdes alguna cosa, te la
traerá, y tras tu bastón se tirará al agua.
FAUSTO
Sin duda tienes razón; no encuentro vestigio de ningún
espíritu. Todo ello no es más que adiestramiento.
WAGNER
Si el can está bien amaestrado, hasta el sabio llega a
cobrarle afición. Sí, bien merece todo tu favor el aventajado
discípulo de los estudiantes.
(Entran por la puerta de la ciudad.)

GABINETE DE ESTUDIO
Entra FAUSTO acompañado del perro
FAUSTO
Abandoné el campo y los prados, cubiertos por una
densa noche, que con santo temor lleno de presentimientos
despierta en nosotros el alma superior. Adormecidos están
ahora los ímpetus desordenados, a la vez que toda actividad
turbulenta; ahora se hace sentir el amor a la humanidad, se
hace sentir el amor a Dios.
Estáte quieto, perro; no corras de acá para allá. ¿Qué estás
olfateando ahí en el umbral?. Échate detrás de la estufa. Te
cedo mi mejor almohadón. Ya que allá fuera, en el
montañoso camino, nos divertiste con tus carreras y brincos,
acepta ahora también mis agasajos, como huésped apacible y
bienvenido.
¡Ah! Cuando en nuestra angosta celda de nuevo arde
risueña la lámpara, entonces luce la claridad en nuestro
pecho, en el corazón, que se conoce a sí mismo. Empieza la
razón a hablar una vez más y la esperanza a reflorecer; el
hombre suspira por los arroyos de la vida, ¡ah! por la Fuente
misma de la vida.
No gruñas, perro. Esa voz animal no puede armonizar
con los sa-grados acentos que al presente embargan mi alma
entera. Estamos habi-tuados a que los hombres hagan burla
de lo que no entienden, y mur-muren a la vista de lo bueno y
lo bello, que a menudo les causa enojo, y a ejemplo de ellos,
¿quiere el perro gruñir a eso?
Mas ¡ay! pese a la mejor buena voluntad, no siento ya el
contento brotar de mi pecho. Pero ¿por qué ha de agotarse
tan presto el manan-tial dejándonos sedientos otra vez? ¡De
ello tengo yo tanta expe-riencia... Esta falta, empero, permite
ser compensada, pues, aprende-mos a apreciar lo que está
más alto que la tierra, suspiramos por una Revelación, que en
ninguna parte brilla más augusta y bella que en el Nuevo
Testamento. Siéntome impulsado a consultar el texto
primitivo, a verter con fiel sentido el original sagrado a mi
amada lengua alemana.
(Abre un libro y se dispone a trabajar.)
Escrito está: "En el principio era la Palabra”... Aquí me
detengo yo perplejo. ¿Quién me ayuda a proseguir? No
puedo en manera alguna dar un valor tan elevado a la
palabra; debo traducir esto de otro modo si estoy bien
iluminado por el Espíritu. Escrito está: “En el principio era el
Pensamiento...” Medita bien la primera línea; que tu pluma
no se precipite. ¿Es el pensamiento lo que todo lo obra y
crea... ? Debiera es-tar así: “En el principio era la Fuerza...”.
Pero también esta vez, en tan-to que esto consigno por
escrito, algo me advierte ya que no me atenga a ello. El
Espíritu acude en mi auxilio. De improviso veo la solución, y
escribo confiado: "En el principio era la Acción".
Si he de compartir la estancia contigo, perro, cesa de
aullar, cesa de ladrar. No puedo sufrir a mi lado un
compañero tan importuno; es menester que uno de los dos
abandone la celda. Con pesar mío que-branto el derecho de
hospitalidad. Franca está la puerta; libre tienes la salida... Mas
¿qué veo? ¿Puede eso acontecer de un modo natural? ¿Es
ficción vana? ¿Es realidad? ¡Cómo se agranda en todos
sentidos mi perro de aguas! Empínase con violencia. Esa no
es la figura de un perro. ¡Qué fantasma he traído a mi casa!
Ya se parece a un hipopó-tamo, de ojos encendidos como
fuego y dientes formidables. ¡Oh, con seguridad eres mío!
Para semejante ralea medio infernal es buena la clave de Salo-
món.
ESPÍRITUS
(En la galería). ¡Ahí dentro hay uno preso! Quedaos fuera,
que ninguno le siga. Cual zorro en la trampa cogido,
temblando está un viejo lince del infierno. Pero estad ojo
avizor. Volad aquí y allí, arriba y abajo, y se pondrá en
libertad. Si podéis serle útiles, no le dejéis ahí encerrado, pues
harto ha hecho ya por complacernos a todos.
FAUSTO
En primer lugar, para ir al encuentro del animal, me valgo
de la fórmula de los Cuatro:
Que se abrase la Salamandra,
retuérzase la Ondina,
desvanézcase el Silfo,
afánese el Gnomo.
Quien no conozca estos elementos, su poder y
propiedad, nunca será dueño de los espíritus.
Desaparece en llamas; Salamandra;
derrítete murmurante, Ondina,
luce con belleza de meteoro, Silfo,
aporta ayuda doméstica, Incubo, Incubo
aparece y haz el remate.
Ninguno de los cuatro se halla metido en el animal. Está
echado con el mayor sosiego y me mira riendo con sorna.
Ningún daño le he causado todavía. Has de oírme conjurar
con mayor fuerza.
Si tú, compañero, eres un fugitivo del infierno, contempla
este signo, ante el cual se humillan las negras falanges.
Ya se abulta con el pelo erizado. ¡Réprobo! ¿Puedes tú
leerlo el Increado, el Inefable, extendido por todos los cielos,
el Traspasado por mano impía? Fascinado detrás de la estufa,
se hincha como un elefante, llena todo el espacio, va a
disiparse en niebla. No subas hasta la bóve-da. ¡Échate a los
pies de tu amo! Ya ves tú que no amenazo en vano. Con una
llama sagrada te chamusco. No esperes la luz tres veces ar-
diente. No aguardes el más poderoso de mis artificios.
(Mientras cae la niebla, sale de detrás de la estufa
MEFISTÓFELES vestido con traje de estudiante vagabundo).

MEFISTÓFELES
¿A qué viene ese alboroto? ¿En qué puedo servir al
señor?
FAUSTO
¿Conque era ése el núcleo del perro de aguas?. ¡Un
estudiante andariego! El lance me mueve a risa!
MEFISTÓFELES
Saludo al docto señor. Me habéis hecho sudar de lo
lindo.
FAUSTO
¿Cómo te llamas?
MEFISTÓFELES
Baladí me parece la pregunta para uno que tanto desdeña
la pala-bra y que huyendo de toda apariencia, sólo busca el
fondo de los seres.
FAUSTO
Entre vosotros, señores, se puede de ordinario adivinar el
ser por su nombre, en donde se revela harto explícito,
cuando se os apellida Dios de las moscas, Corruptor,
Mentiroso. Veamos, pues: ¿quién eres tú?
MEFISTÓFELES
Una parte de aquel poder que siempre quiere el mal y
siempre obra el bien.
FAUSTO
¿Qué viene a significar ese lenguaje enigmático?
MEFISTÓFELES
Soy el espíritu que siempre niega y con razón, pues todo
cuanto tiene principio merece ser aniquilado, y por lo mismo,
mejor fuera que nada viniese a la existencia. Así, pues, todo
aquello que vosotros denomináis pecado, destrucción, en
una palabra, el Mal, es mi propio elemento.
FAUSTO
Te llamas una parte, y sin embargo, entero estás ante mí.
MEFISTÓFELES
Dígote modestamente la verdad. Si el hombre, ese
pequeño mundo extravagante, se tiene de ordinario por un
todo, yo soy una parte de aquella parte que al principio era
todo, una parte de las Tinieblas, de las cuales nació la Luz, la

orgullosa Luz que ahora disputa su antiguo lugar, el espacio
a su madre la Noche. Y a pesar de todo, no lo ha conseguido,
pues, por mucho que se afane, se halla fuertemente adherida
a los cuerpos; emana de los cuerpos, embellece los cuerpos, y
un simple cuerpo la detiene en su camino. Así, espero que no
durará mucho tiempo, y que con los cuerpos desaparecerá.
FAUSTO
Ahora conozco tus dignos oficios. Nada puedes aniquilar
en grande, y al presente lo intentas en pequeño.
MEFISTÓFELES
Y a decir verdad, no se ha adelantado gran cosa con esto.
Lo que se opone a la nada, ese algo, ese mundo grosero, por
más que ya lo haya intentado yo, no he podido hacerle mella
alguna con oleadas, tormentas, terremotos ni incendios:
tranquilos quedan al fin mar y tierra. Y tocante a la maldita
materia, semillero de animales y hombres, no hay medio
absolutamente de dominarla. ¡Cuántos y cuántos no he
enterrado ya! Y a pesar de todo, siempre circula una sangre
fresca y nueva. De continuar ello así, habría para
desesperarse. Del aire, del agua, lo mismo que de la tierra, se
desprenden mil gérmenes, en lo seco, lo húmedo, lo cálido,
lo frío. A no haberme yo reservado la llama, nada quedaría
para mí.
FAUSTO
Así, pues, ¿a la potencia eternamente activa, a la fuerza
saludable y creadora, opones tú la helada mano del diablo,
que en vano se crispa aleve? Trata de emprender otra cosa,
extraño hijo del Caos. .
MEFISTÓFELES
Ciertamente ya nos detendremos más en ello las próximas
veces. ¿Puedo ahora retirarme?
FAUSTO
No sé por qué lo preguntas. Esta vez he aprendido a
conocerte; ven ahora a visitarme según te plazca. Ahí está la
ventana, ahí está la puerta; tienes también disponible
seguramente el cañón de la chimenea.
MEFISTÓFELES
Lo confieso con ingenuidad. Un pequeño obstáculo me
impide salir: ese pie de bruja que está en vuestro umbral.
FAUSTO
¿El pentagrama te desazona? Ea, dime, hijo del infierno,
si eso te detiene, ¿cómo entraste, pues? ¿Cómo se dejó
engañar un espíritu como tú?
MEFISTÓFELES
Míralo bien; no está trazado de la manera debida. Uno de
los ángulos, el que mira hacia fuera, está, como ves, un poco
abierto.

FAUSTO
En ello anduvo muy acertada la casualidad. Según eso,
¿tú serías prisionero mío? La cosa ha salido bien por azar.
MEFISTÓFELES
El perro de aguas nada advirtió cuando entraba de un
salto. Ahora la cosa cambia de aspecto: el diablo no puede
salir de la casa.
FAUSTO
Pero ¿cómo no sales por la ventana?
MEFISTÓFELES
Es ley para diablos y espectros, que por donde se colaron,
por allí han de salir. Lo primero es libre para nosotros; de lo
segundo somos esclavos.
FAUSTO
¿Conque el mismo infierno tiene sus leyes? Me gusta eso.
¿Luego se podría con toda confianza cerrar un pacto con
vosotros, señores?
MEFISTÓFELES
De lo que se te prometa gozarás plenamente, nada se te
descaba-lará. Pero eso no es para decirlo en tan breves
palabras, y de ello ha-blaremos más tarde. Ahora te ruego con
empeño, con el mayor empeño, que por esta vez me permitas
salir.
FAUSTO
Quédate siquiera un instante más, sólo para contarme
alguna bella historia.
MEFISTÓFELES
Ahora dame suelta. Pronto vuelvo, y entonces podrás
preguntar-me a discreción.
FAUSTO
Yo no te armé lazo alguno, antes tú mismo te metiste en
la red. Quien coja al diablo, téngalo sujeto; pues no le será
tan fácil atraparlo por segunda vez.
MEFISTÓFELES
Si ello te place, dispuesto también estoy a quedarme aquí
para darte compañía, pero a condición de hacerte pasar el
tiempo de una manera digna con mis artificios.
FAUSTO
Bien me parece. A tu albedrío lo dejo, con tal que el
artificio sea gustoso.
MEFISTÓFELES
En esta hora, amigo, mío, sacarás mayor provecho para
tus sentidos que en la monotonía del año. Lo que te canten

los sutiles es-píritus, las bellas imágenes que produzcan, no
son vano juego de pres-tigio. También se recreará tu olfato y
deleitarás tu paladar, y entonces tu alma quedará embelesada.
No es menester preparación alguna de antemano. Nos
hallamos reunidos ya. Empezad.
CORO DE ESPÍRITUS
Desvaneceos, altas y sombrías bóvedas. Que aquí dentro,
más embelesador, mire risueño el éter azul. Disípense las
oscuras nubes. Centellean las estrellitas, y soles más suaves
lucen entre ellas. La belleza espiritual de los hijos del cielo, en
su vacilante curso, pasa cerniéndose en el aire. El ardiente
anhelo sigue más allá, y las ondulantes cintas de las vestiduras
cubren los campos, ocultan la enramada, donde,
embebecidos los amantes, se entregan uno a otro por la vida.
¡Emparrado junto al emparrado! ¡Sarmientos fecundos! El
pesado racimo cae en la cavidad de la prensa estrujadora;
precipítanse en arroyos los espumosos vinos y corren mur-
murando por entre límpi-das piedras preciosas; extíéndense
en forma de lagos alrededor de mul-titud de verdeantes
colinas, que en ellos se miran ufanas. Y el mundo alado
saborea delicias, vuela al encuentro del sol y de las
espléndidas islas que se mueven meciéndose sobre las ondas
y donde oímos alegres coros y vemos en las florestas
bailadores que se diseminan todos por la campiña. Algunos
trepan hasta llegar a las cumbres; otros surcan na-dando los
lagos; ciérnense otros en los aires, y todos corren hacia la
vida; todos se lanzan a la lejanía de las amorosas estrellas,
cuyo favor aporta felicidad.
MEFISTÓFELES
¡Duerme! ¡Bravo, aéreos y sutiles rapazuelos! Habéisle
concienzu-damente adormecido con nuestros cantos.
Obligado os quedo por tal concierto. No eres hombre aún
para tener sujeto al diablo. Rodeadle de placenteros
ensueños; sumidle en un mar de ilusiones... Mas, para
deshacer el encanto de este umbral, necesito un diente de
ratón. No he menester conjurar largo tiempo; ya oigo el ruido
que hace uno al correr por aquí, y al punto me escuchará. El
señor de ratas y ratones, moscas, ranas, chinches y piojos te
ordena que te aventures a salir para roer este umbral
conforme él lo va punteando con aceite... ¡Hete ya aquí que
vienes dando, saltitos! Sobre todo anda listo en tu obra. La
punta que con mágico poder me cerraba el paso, se halla más
hacia delante en la arista. Una dentellada más, y asunto
concluido. Ahora, Fausto, continúa soñando hasta que nos
veamos de nuevo. (Vase.)
FAUSTO
(Despertando). ¿Véome, pues, burlado una vez más? ¿Así
se desvanece el tropel de visiones, de suerte que un sueño
falaz me hacía ver al diablo y se me escapaba un perro de
aguas?

GABINETE DE ESTUDIO
FAUSTO, MEFISTÓFELES
FAUSTO
¿Llaman? ¡Adelante! ¿Quién vendrá a importunarme de
nuevo?
MEFISTÓFELES
Soy yo.
FAUSTO
¡Adelante!
MEFISTÓFELES
Es menester que lo digas tres veces.
FAUSTO
¡Adelante! pues.
MEFISTÓFELES
¡Así me gustas! Confío que acabaremos por entendernos.
Pues sí; para ahuyentar tus quimeras, héteme aquí como un
noble hidalgo, con vestido rojo ribeteado de oro, ferreruelo
de seda recia, la pluma de gallo en el sombrero, y una larga
espada de aguda punta. Y ahora te aconsejo, en breves
palabras, que te vistas también de un modo parecido, a fin
de que, desembarazado y libre, sepas lo que es la vida.
FAUSTO
Cualquiera que sea mi vestido, sentiré sin duda el
tormento de la estrecha existencia terrena. Harto viejo soy
para andar en holgorios, y sobrado joven para estar sin
deseos. ¿Qué puede ofrecerme el mundo? “Es menester que
te abstengas”. “Has de abstenerte”: He aquí la sempiterna
canción que resuena en los oídos de todos y que, Nerón-
quecida, nos canta cada hora durante nuestra existencia
entera. Con espanto me despierto por la mañana. Quisiera
llorar lágrimas amargas al ver el día, que en su curso no
saciará uno solo de mis anhelos, ni uno tan siquiera; que con
porfiada crítica quisquillosa amengua hasta el gusto
anticipado de todo placer; que contraría las creaciones de mi
agitado pecho con las mil bagatelas de la vida. Y luego,
cuando desciende la noche, debo tenderme intranquilo en el
lecho, y ni aun allí encuentro reposo alguno, pues fieros
ensueños vendrán a llenarme de sobresalto. El dios que
reside en mi pecho puede agitar profun-damente lo más
íntimo de mi ser, pero él, que impera sobre todas mis facul-
tades, nada puede mover por fuera, de suerte que la existen-
cia es para mí una penosa carga, ansío la muerte y detesto la
vida.
MEFISTÓFELES
Y sin embargo, la muerte nunca es un huésped
bienvenido del todo.
FAUSTO
¡Oh! ¡Feliz aquel a quien ella le ciñe las sienes con
sangrientos lauros en medio del esplendor de la victoria!
¡Dichoso aquel a quien sorprende en brazos de una joven
después de vertiginosa y frenética danza! ¡Ah! ¡Si extasiado
ante el poder del sublime Espíritu, hubiese yo caído allí
exánime!
MEFISTÓFELES
Y con todo, no falta quien aquella noche dejó de beber
cierto licor pardo.
FAUSTO
A lo que parece el fisgonear es tu afán.
MEFISTÓFELES
No soy omnisciente, pero sé muchas cosillas.
FAUSTO
Si unos dulces acentos que me eran conocidos me
arrancaron a la horrible confusión burlando el último resto
de mis sentimientos infan-tiles con el recuerdo de un tiempo
feliz, maldigo todo cuanto cerca el alma con el señuelo de
seducciones y prestigios, y en este antro de dolor la retiene
fascinada mediante fuerzas que deslumbran y halagan.
¡Maldito sea por adelantado el alto concepto de que se rodea
a sí mis-mo el espíritu! ¡Maldito el engaño de la apariencia
que acosa a nuestros sentidos! ¡Maldito lo que en sueños se
insinúa hipócritamente en nosotros con ilusiones de gloria y
fama imperecedera! ¡Maldito lo que nos lisonjea como
posesión en forma de esposa e hijo, de sirviente y arado!
¡Maldito sea Mammón, cuando con tesoros nos incita a
arrojadas empresas, cuando para el placer ocioso nos apareja
mullidos almohadones! ¡Maldito sea el balsámico zumo de la
uva! ¡Malditos sean los favores supremos del amor! ¡Maldita
sea la esperanza! ¡Maldita sea la fe, y maldita, sobre todo, la
paciencia!
CORO DE ESPÍRITUS
(Invisibles). ¡Ay! ¡ay! Con diestra potente has destruido el
mundo seductor; se derrumba, cae en ruina. Un semidiós lo
ha hecho trizas. Nosotros llevamos más allá los escombros a
la Nada, y lloramos la belleza perdida. Tú, poderoso entre los
hijos de la tierra, reconstrúyelo más espléndido, créalo de
nuevo en tu pecho! Emprende una nueva carrera de vida con
espíritu sereno, y resuenen acto seguido nuevos cantos.
MEFISTÓFELES
Estos son los pequeños entre los míos. Escucha como,
con sensa-tez de viejo, aconsejan el placer y la actividad.
Pretenden atraerte al vasto mundo, lejos de la soledad, donde
se paralizan los sentidos y los humores. Cesa de jugar con tu
pesadumbre, que, cual buitre, devora tu existencia. La más
ruin compañía te hará sentir que eres hombre entre los
hombres. Con todo, no quiere esto decir que vayas a
encajetarte con la chusma. No soy ninguno de los grandes,
pero, a pesar de ello, si quieres junto conmigo emprender la
marcha a través de la vida, quiero prestarme gustoso a ser
tuyo ahora mismo. Tu compañero soy, y si estás satisfecho de
mi, soy tu servidor, tu esclavo.
FAUSTO
Y en retorno, ¿qué debo hacer por ti?
MEFISTÓFELES
Mucho tiempo aún te queda para eso.
FAUSTO
No, no; el diablo es egoísta, y no hace fácilmente por
amor de Dios cosa alguna que sea de provecho para otro.
Expresa claramente sus contradicciones. Un servidor tal trae
peligro a la casa.
MEFISTÓFELES
Oblígome a servirte aquí, a la menor indicación tuya, sin
darme paz ni reposo; cuando nos encontremos otra vez más
allá, tú has de hacer otro tanto conmigo.
FAUSTO
Poco puede inquietarme el más allá. Convierte primero en
ruinas este mundo, y venga después el otro en buena hora.
De esta tierra dimanan mis goces, y este sol alumbra mis
pesares. Si algún día consigo arrancarme de ellos, entonces
venga lo que viniere; si en el mundo venidero también se
ama o se odia, y si igualmente hay en esas esferas un arriba y
un abajo, no quiero, saber de ello nada más.
MEFISTÓFELES
En tal disposición de ánimo puedes arriesgar la cosa.
Oblígate; estos días verás con placer: mis artificios. Doite lo
que todavía no ha visto ningún mortal.
FAUSTO
¿Que puedes darme, pobre diablo? El espíritu humano,
en sus altas aspiraciones, ¿ha sido acaso nunca comprendido
por tus semejantes? Sí, tú tienes un manjar que no sacía;
tienes oro bermejo que, como el azogue, sin cesar se escurre
de la mano; un juego en el cual nunca se gana; una joven que,
reclinada sobre mi pecho, por medio de guiños se entiende
ya con el vecino; la gloria, bello placer de los dioses, que se
desvanece cual fugaz meteoro. Muéstrame el fruto que se

pudre antes de cogerlo, y árboles que diariamente se cubren
de nuevo verdor.
MEFISTÓFELES
No me arredra un encargo tal. Esos tesoros que dices, yo
te los puedo ofrecer. Mas, amigo querido, también se acerca
el tiempo en que podamos regaladamente comer en paz
alguna cosa buena.
FAUSTO
Si jamás me tiendo descansado sobre un lecho ocioso,
perezca yo al instante; si jamás con halagos puedes
engañarme hasta el punto de estar yo satisfecho de mí
mismo; si logras seducirme a fuerza de goces, sea aquél para
mí el último día. Te propongo la apuesta.
MEFISTÓFELES
¡Aceptada!
FAUSTO
¡Choquen nuestras manos! Si un día le digo al fugaz
momento: “¡Detente! ¡eres tan bello!”, puedes entonces
cargarme de cadenas, entonces consentiré gustoso en morir.
Entonces puede doblar la fúne-bre campana; entonces
quedas eximido de tu servicio; puede pararse el reloj, caer la
manecilla y finir el tiempo para mi.
MEFISTÓFELES
Piénsalo bien; no lo echaremos en olvido.
FAUSTO
Pleno derecho tienes para ello. No me obligué con
temeraria pre-sunción. Tal como me hallo, esclavo soy. Que
lo sea tuyo o de otro, ¿qué me importa?
MEFISTÓFELES
Hoy mismo, en el banquete doctoral llenaré mis funcio-
nes de ser-vidor. Una cosa no más... Por razones de vida o de
muerte, te pido un par de líneas.
FAUSTO
¡Eso más! ¿También me pides un escrito, pedante? ¿No
has conocido todavía ningún hombre ni palabra de hombre?
¿No basta que mi palabra hablada deba disponer de mis días
para siempre? El mundo se desencadena sin cesar en todas
sus corrientes, ¿y a mí ha de tenerme sujeto una promesa?
Pero esta idea quimérica está arraigada en nuestro corazón;
¿quién quiere de buena voluntad librarse de ella? ¡Dichoso
aquel que mantiene pura la fe en su pecho! Ningún sacrificio
le pesará jamás. Pero un pergamino, escrito y sellado, es un
espantajo ante el cual todo el mundo se amedrenta. La
palabra expira ya en la pluma; la cera y la piel tienen la
suprema autoridad. ¿Qué quieres de mí, espíritu maligno?
¿Bronce, mármo, pergamino, papel? ¿Tengo que escribir
con buril, cincel, pluma? Te dejo enteramente libre la
elección.
MEFISTÓFELES
¿Cómo puedes extremar tu facundia con tal calor? Una
pequeña hoja cualquiera es buena para el caso. Firmarás con
una gotita de tu sangre.
FAUSTO
Si eso te satisface plenamente, pase como chanza.
MEFISTÓFELES
Es la sangre un fluido muy singular.
FAUSTO
No haya miedo alguno de que rompa yo este pacto.
Cabalmente lo que prometo es la tendencia de todas mis
energías. Demasiado me envanecí; no pertenezco más que a
tu condición. El grande Espíritu me desdeñó, y ante mí se
cierra la Naturaleza. Roto está el hilo del pen-samiento; largo
tiempo ha que estoy hastiado de todo saber. Apa-guemos las
ardientes pasiones en los abismos de la sensualidad. Bajo
impenetrables velos mágicos, apréstese al punto toda
maravilla. Lancé-monos en el bullicio del tiempo, en el
torbellino de los aconteci-mientos. Alternen uno con otro
entonces, como puedan, el dolor y el placer, la suerte
próspera y la adversa. Sólo por una incesante actividad es
como se manifiesta el hombre.
MEFISTÓFELES
No se os fija medida ni término. Si os gusta golosinear en
todas partes, coger alguna cosa fugitiva, buen provecho os
haga lo que os deleite. Pero echad la mano y no seáis tímido.
FAUSTO
Bien sabes tú que no se trata de placer. Al vértigo me
abandono, al más amargo de los goces, al odio amoroso, al
enojo avivador. Mi corazón, curado ya del afán de saber, no
debe cerrarse de hoy más a dolor alguno, y lo que está
repartido entre la humanidad entera quiero yo experimentarlo
en lo íntimo de mi ser; quiero abarcar con mi espíri-tu lo más
alto y lo más bajo, acumular en mi pecho el bien y el mal de
ella, extendiendo así mi propio ser al suyo, y como ella
misma, estrellándome yo también al fin.
MEFISTÓFELES
¡Oh! Créeme a mí, que hace muchos miles de años que
estoy mascando ese duro manjar; desde la cuna hasta el
sepulcro, ningún hombre digiere la vieja levadura. Cree a uno
de nosotros: ese Todo no se ha hecho sino para un Dios; El
mora en un eterno esplendor; a nosotros nos ha puesto en
las tinieblas, y únicamente a vosotros convienen el día y la
noche.
FAUSTO
¡Pero yo lo quiero!
MEFISTÓFELES
¡Sea en buena hora! Sin embargo, una sola cosa temo; el
tiempo es breve y el arte es largo. Pienso que haréis bien en
dar oídos a la razón. Asociaos a un poeta, dejad que el
maestro divague en sus pensamientos y amontone sobre
vuestra respetable testa todas las nobles cualidades: al arrojo
del león, la agilidad del ciervo, la sangre ardiente del italiano,
la constancia del Norte. Dejadle que os halle el secreto de
aunar la grandeza de ánimo con la astucia, y de apasionaros,
conforme a un plan, con fogosos ímpetus juveniles. Hasta
tendría yo gusto en conocer a un tal señor; le apellidaría
señor Microcosmo.
FAUSTO
¿Qué soy, pues, si no es posible llegar a conseguir la
corona de la humanidad, hacia la cual tienden con afán todos
mis pensamientos?
MEFISTÓFELES
Tú eres, al fin y al cabo... lo que eres. Ponte pelucas de
millones de bucles; calza tus pies con coturnos de una vara
de alto, y a pesar de todo, seguirás siendo siempre lo que eres.
FAUSTO
Bien lo veo. En balde acumulé sobre mí todos los tesoros
del espíritu humano, y cuando al fin me siento para
descansar, ninguna nueva fuerza, a pesar de ello, nace en mi
pecho; no soy mas alto del grueso de un cabello, ni estoy más
cerca de lo Infinito.
MEFISTÓFELES
Mi buen señor, vos veis las cosas exactamente como se
ven de ordinario. Es preciso obrar con más tino, antes que
huya de nosotros el placer de la vida. ¡Qué diantre! Tuyos
son, sin duda, manos y pies, cabeza y c...; pero todo aquello
de que yo disfruto buenamente ¿es menos mío por eso? Si
puedo pagar seis caballos, ¿no son mías las fuerzas de ellos?
Corro así velozmente y soy un hombre verdadero y cabal,
como si tuviera veinticuatro piernas. ¡Ánimo, pues! Déjate de
cavilaciones, y lancémonos de rondón en el mundo. Yo te lo
digo: el hombre que se devana los sesos, es como una bestia
a quien un mal espíritu hace dar vueltas por un seco erial, por
todas partes rodeado de lozanos y verdes pastos.
FAUSTO
¿Cuándo empezamos eso?
MEFISTÓFELES
Partimos al instante. ¿Qué lugar de tortura es ese? ¿Puede
llamarse vivir el aburrirse uno mismo y aburrir a los
muchachos? Deja eso para el vecino maese Barrigón. ¿Por
qué te afanas trillando la paja? Lo mejor que puedes saber no
te atreves a enseñarlo a tus discípulos... Precisamente ahora
oigo uno en el corredor.
FAUSTO
No me es posible recibirle.

MEFISTÓFELES
El pobre chico está esperando largo rato ha, y no puede
irse des-consolado. Ven, dame tu ropón y tu gorro. Tal
disfraz debe sentarme a maravilla. (Se cambia de vestido). Ahora
deja eso para mi ingenio. No necesito más que un breve
cuarto de hora. Mientras tanto, prepárate para el hermoso
viaje.
(Vase Fausto).
MEFISTÓFELES
(Vestido con el ropón de Fausto). Desdeña la razón y el saber,
supremas fuerzas del hombre; déjate afirmar, por el espíritu
de mentira, en las obras de ilusión y prestigio; de esta suerte
ya eres mío de manera incondicional... Dióle el destino un
espíritu que, indómito, se lanza siempre adelante y, en su
harto precipitado esfuerzo, salta por cima de los goces
terrenos. Yo le arrastraré por una vida desordenada, por la
trivial frivolidad; es preciso que se me revuelva, se obstine y
se prenda en la liga, e insaciable como es, verá suspendidos
manjares y bebidas ante sus ávidos labios, sin que llegue a
tocarlos. En vano implorará consuelo para él, y aunque no se
hubiese dado al diablo, habría de perderse sin remedio.
Entra un ESTUDIANTE
ESTUDIANTE
Muy poco tiempo hace que estoy aquí, y vengo sumiso
para ha-blar y conocer a un hombre, a quien todos me
nombran con respeto.
MEFISTÓFELES
Vuestra cortesía me halaga en extremo. Veis un hombre
como tantos otros. ¿Os habéis dirigido ya a otras partes?
ESTUDIANTE
Ruégoos que os intereséis por mí. Llego con la mejor vo-
luntad, algún dinero y sangre joven. A duras penas consintió
mi madre en separarse de mí. Bien quisiera yo aprender aquí
algo bueno.
MEFISTÓFELES
Entonces os halláis cabalmente en el sitio debido.
ESTUDIANTE
Francamente, quisiera volverme ya. Entre esas paredes, en
esos recintos, no me hallo a gusto en manera alguna. Es un
espacio harto reducido, no se descubre nada de verdor,
ningún árbol, y en esas aulas, en esos bancos, se me van el
oído, la vista y el pensamiento.
MEFISTÓFELES
Eso no es sino cuestión de hábito. Tampoco, al principio,
toma el niño de buen grado el pecho de su madre, pero bien
pronto se alimenta con delicia. Así también, junto a los

pechos de la sabiduría, sentiréis cada día acrecentarse vuestro
afán.
ESTUDIANTE
A su cuello quiero colgarme con deleite, Mas decidme:
¿cómo puedo conseguirlo?
MEFISTÓFELES
Explicaos antes que vayáis más lejos, ¿Que facultad
elegis
ESTUDIANTE
Quisiera llegar a ser muy sabio, y me gustaría comprender
todo cuanto hay en la tierra y el cielo, la ciencia y la
naturaleza.
MEFISTÓFELES
Estáis, pues, en el verdadero camino, pero no debéis
dejaros distraer.
ESTUDIANTE
Conforme estoy en alma y cuerpo; pero sin duda no me
vendría mal un poco de libertad y esparcimiento en las
hermosas vacaciones de verano.
MEFISTÓFELES
Aprovechad el tiempo; ¡pasa tan pronto...! Pero el
método os enseñará a ganarlo. Para ello, caro amigo, os
aconsejo ante todo el Collegium logicum. Allí se adiestrará bien
vuestro espíritu, aprisio-nado en borceguíes españoles, a fin
de que así, más reflexivo, en ade-lante recorra con paso
mesurado la vía del pensamiento y no divague tal vez como
un fuego fatuo de aquí para allí, a diestro y siniestro. Luego
se os enseñará durante muchos días que aquello que antes
solíais ejecutar de un solo golpe con toda libertad, como el
comer y el beber, es necesario hacerlo en uno, dos, tres
tiempos. No hay duda que con la elaboración de las ideas
pasa lo mismo que con una obra maestra de tejedor, en la
cual una simple presión del pie pone en movimiento un
millar de hilos, las lanzaderas se disparan hacia aquí y hacia
allí, los hilos corren invisibles, y un golpe único forma de
repente mil trabazones. Viene el filósofo, y os demuestra que
ello debe ser de este modo: lo primero era así y lo segundo
así, luego lo tercero y lo cuarto son así; y si lo primero y lo
segundo no existiesen, lo tercero y lo cuarto jamás podrían
existir. Los estudiantes de todas partes ponen esto sobre las
nubes, mas no han llegado a ser tejedores. El que quiere co-
nocer y describir alguna cosa viviente, procura ante todo
sacar de ella el espíritu; entonces tiene en su mano las partes,
lo único que falta ¡ay! es el lazo espiritual que las une.
Enqueiresin naturoe llama a eso la química, que, sin saberlo, se
burla de sí misma.
ESTUDIANTE
No puedo acabar de comprenderos.
MEFISTÓFELES
Pronto lo entenderéis mejor cuando aprendáis a reducirlo
y clasificarlo todo de la manera debida.
ESTUDIANTE
Tan aturdido estoy con todo ello, como si dentro de la
cabeza me diera vueltas una rueda de molino.
MEFISTÓFELES
En seguida, antes que ninguna otra cosa, es menester que
os apliquéis a la Metafísica. En ella, ved de abarcar con
espíritu profundo lo que no se adapta al cerebro humano.
Para aquello que entra en él o deja de entrar, tenéis a vuestra
disposición un nombre rimbombante. Pero sobre todo, en
este medio año observad bien el mejor método. Cinco horas
de lección tenéis cada día; estad dentro al toque de campana.
Venid bien preparado de antemano y tened bien aprendidos
los parágrafos, a fin de que luego veáis más claro que el
profesor no dice sino lo que está en el libro. No obstante,
aplicaos de veras a escribir, como si os dictara el Espíritu
Santo.
ESTUDIANTE
Eso no tendréis que decírmelo dos veces. Ya me figuro
cuán provechoso es, puesto que lo que se posee en negro
sobre blanco, puede uno llevárselo confiado a su casa.
MEFISTÓFELES
Pero elegid una facultad.
ESTUDIANTE
A la jurisprudencia no puedo acomodarme.
MEFISTÓFELES
No encuentro eso tan mal de parte vuestra. Bien sé lo que
pasa con esta ciencia. Leyes y derechos se transmiten de un
modo hereditario como una enfermedad perenne; van
arrastrándose de generación en generación y avanzan
lentamente de un lugar a otro. La razón se convierte en
sinrazón, el beneficio en ofensa. ¡Desgraciado de ti que eres
nieto! Del derecho que con nosotros nació, de él ¡ay! nunca
se dice una palabra.
ESTUDIANTE
Mi aversión crece al oíros, ¡Oh! ¡Dichoso aquél a quien
vos adoctrináis! Ahora casi estoy por estudiar Teología.
MEIFISTÓFELES
No quisiera yo induciros en error. Tocante a esta ciencia,
es muy difícil evitar el falso camino; hay en ella tanto veneno
escondido, que apenas puede distinguirse del remedio.
También aquí lo mejor será que no escuchéis sino a un solo
maestro y que juréis por su palabra. En suma, ateneos a las
palabras. Entonces, por la segura puerta, entráis en el templo
de la certeza.
ESTUDIANTE

Pero la palabra debe entrañar una idea...
MEFISTÓFELES
¡Cabal! Pero no hay que apurarse mucho por eso, pues
precisa-mente allí donde faltan las ideas, se presenta una
palabra en punto y en sazón. Con palabras se puede discutir
a las mil maravillas, con palabras es posible erigir un sistema;
en las palabras se puede creer a ciegas; de una palabra no se
puede quitar ni un tilde.
ESTUDIANTE
Perdonad si os detengo con tantas preguntas, pero no
puedo menos de molestaros aún. ¿No podríais decirme
también alguna pala-brita de peso acerca de la Medicina? Tres
años son un tiempo asaz breve, y ¡ay, Dios! el campo es
dilatado en exceso. Si uno tiene siquiera una indicación, esto
permite más pronto avanzar por tanteos.
MEFISTÓFELES
(Aparte). Ya estoy ahito de este tono árido; es menester
que vuelva a mi papel de diablo. (Alto). El espíritu de la
Medicina es fácil de concebir. Estudiáis a fondo el grande y el
pequeño mundo, para dejar al fin y al cabo que vayan las
cosas como a Dios le plazca. Inútil es que divaguéis de un
lado a otro en busca de sabiduría; cada uno aprende sólo
aquello que puede aprender; empero, el que sabe aprovechar
el momento oportuno, es el verdadero hombre. Por lo
demás, estáis dotado de regular apostura, tampoco os falta
osadía, y bastará que tengáis confianza en vos mismo, para
que los demás la tengan en vos. Aprended sobre todo a
gobernar a las mujeres. Sus sempiternos ayes y gimoteos,
repetidos de mil maneras diversas, hay que curarlos todos de
un modo único y con sólo portaros tal cual decentemente,
dispondréis de todas ellas como se os antoje. Ante todo, un
título debe darles plena garantía de que vuestro arte
sobrepuja a muchas otras artes. De buenas a primeras palpáis
entonces todas aquellas cositas, alrededor de las cuales otro
va rodando años enteros. Sabed oprimir bien el pequeño
pulso, y asestando picaras miradas de fuego, ceñid con
delicadeza el talle esbelto sin reparo alguno, para ver si le
aprieta demasiado el corsé.
ESTUDIANTE
Eso parece ya mejor. Al menos ve uno el dónde y el
como.
MEFISTÓFELES
Toda teoría es gris caro amigo, y verde el árbol de oro de
la vida,
ESTUDIANTE
Os juro que eso me parece un sueño. ¿Me permitiréis que
venga a molestaros otra vez para escuchar a fondo vuestra sa-
biduría?
MEFISTÓFELES

Cuanto de mí dependa, gustoso lo haré.
ESTUDIANTE
No puedo en manera alguna retirarme sin presentaros
antes mi álbum. Otorgadme esa muestra de fineza.
MEFISTÓFELES
Muy bien. (Escribe, y devuelve el álbum).
(Lee). ERITIS SICUT DEUS, SCIENTES BONUM ET
MALUN. (Cierra el álbum con respeto, y se despide).
MEFISTÓFELES
(Solo). Sigue la vieja sentencia de mi prima la serpiente, y
de seguro algún día te dará que sentir tu semejanza con Dios.
(Entra FAUSTO)
FAUSTO
¿Adónde hay que ir ahora?
MEFISTÓFELES
Adonde te plazca. Veremos primero el pequeño, y luego
el ,gran mundo (). ¡Con qué placer, con qué provecho vas
a seguir de balde este curso!
FAUSTO
Pero con mi luenga barba, fáltame soltura en el trato de
las gentes. La tentativa no me saldrá bien; jamás he sabido
acomodarme al mundo. ¡Siénteme tan pequeño delante de
los demás...! Siempre estaré cortado.
MEFISTÓFELES
Todo se remediará, mi buen amigo. Sabrás vivir tan luego
como tengas confianza en ti mismo.
FAUSTO
¿Y cómo salimos de casa, pues? ¿Dónde tienes los
caballos, lacayo, carruaje?
MEFISTÓFELES
Extendemos sencillamente este manto, que nos ha de
llevar por los aires. Para este atrevido viaje, te encargo
sobremanera que no lleves ningún lío abultado. Un poco de
aire ígneo, que yo prepararé, nos elevará pronto de esta tierra,
y si somos ligeros subiremos, con rapidez. Doite mi
enhorabuena por la nueva carrera de tu vida.
EL BODEGON DE AUERBACH EN LEIPZIG
Reunión de alegres camaradas

FROSCH
¿No quiere nadie beber? ¿Nadie quiere reír? Ya os
enseñaré yo a poner mal gesto. Vaya, que hoy estáis como
paja mojada, vosotros que de ordinario ardéis siempre con
llama viva.
BRANDER
Tuya es la culpa; no nos sales con nada, ni una simpleza,
ni una gorrinería.
FROSCH
(Vertiéndole un vaso de vino sobre la cabeza). Ahí tienes ambas
cosas.
BRANDER
¡Recochino!
FROSCH
Puesto que lo queréis, no hay más remedio que serlo.
SIEBEL
¡Fuera, a la calle quien se desmande! A voz en cuello
cantad co-plas en rueda. ¡Emborrachaos y gritad! ¡Sus! ¡Hola!
¡Eh!
ALTMAYER
¡Ay de mí! Estoy perdido. ¡Venga algodón! Ese majadero
me está desgarrando los oídos.
SIEBEL
cuando resuena la bóveda, mejor se siente la potencia
fundamen-tal del bajo.
FROSCH
¡Muy bien dicho! Y el que tome en mala parte alguna
cosa, ¡afuera con él! ¡Ha tara lara la!
ALTMAYER
¡Ha tara lara la!
FROSCH
Las gargantas están afinadas. (Canta). “¿Cómo se
mantiene en pie todavía el amado sacro Imperio romano?”.
BRANDER
¡Vaya una canción más fea! ¡Uf! Una canción política,
una canción fastidiosa. Dad gracias a Dios todas las mañanas
por no tener necesidad de cuidaros del Imperio romano. Yo
tengo al menos por una gran ventaja no sea emperador ni
Canciller. Pero tampoco debe faltarnos una cabeza. Elijamos
Papa nosotros. Ya sabéis qué cualidad es la decisiva, la que
enaltece al hombre.
FROSCH
(Canta). “Levanta el vuelo, maese Ruiseñor; saluda diez
mil veces a mi querida.”

SIEBEL
A la querida, nada de saludos. De eso no quiero oír ni
una palabra.
FROSCH
A la querida, saludo y beso. No serás tú quien me lo
estorbe. (Canta). ¡Cerrojo descorrido! en la noche silenciosa.
¡Cerrojo desco-rrido! el amado vela. ¡Cerrojo echado! al
despuntar el día.
SIEBEL
Sí, canta, canta y ensálzala y celébrala. Ya reiré yo a mi vez.
Me engañó a mí, y lo mismo hará contigo. ¡Que le den por
amante un diablillo que pueda refocilarse con ella en una
encrucijada! ¡Qué un viejo cabrón, al regresar del Blochsberg
con su voz temblona le dé aún las buenas noches al galopel
Un bravo mozo de carne y hueso es demasiado bueno para
esa perdida. Que no me hablen de otro saludo que romperle
a pedrada limpia los vidrios de su ventana.
BRANDER
(Golpeando
la
mesa).
¡Atención!
¡Atención!
¡Obedecedme! Confesad, señores, que yo sé vivir: hay aquí
presentes algunos enamo-rados, a quienes yo he de
obsequiar, como se debe a su condición, con alguna cosa
para pasar bien la noche. Estadme atentos. Ahí va una
canción de novísimo cuño. A grito pelado cantad conmigo el
estribillo. (Canta.) “En un agujero de la despensa había un
ratón; sustentábase sólo de lardo y manteca, y había echado
una tripita lo mismo que el doctor Lutero. La cocinera le
puso rejalgar, y entonces sintióse tan estrecho en el mundo,
cual si tuviera amor en el cuerpo.”
EL CORO
(Cantando con algazara). “Cual si tuviera amor en el
cuerpo.”
BRANDER
“Corre de aquí para allí, sale disparado, bebe con afán en
todos los charcos, roe, araña toda la casa; de nada sirve su
furor. Da muchos brincos de angustia, pero pronto se cansa
el pobre animalito, cual si tuviera amor en el cuerpo.”
EL CORO
“Cual si tuviera amor en el cuerpo.”

BRANDER
“Corre azorado a la cocina en pleno día; cae junto al
hogar, sacude las patitas y quédase tendido jadeando que da
compasión. Ríese aún entonces la envenenadora. ¡Ay! Está ya
en las últimas, cual si tuviera amor en el cuerpo".
EL CORO
“Cual si tuviera amor en el cuerpo.”
SIEBEL
¡Cómo se ríen los badulaques! ¡Ya se necesita grande
habilidad, me parece a mí, para echar veneno a los pobres
ratones!
BRANDER
Diríase que han encontrado mucho favor en ti.
ALTMAYER
¡Miren el barrigón de cabeza pelada! La desgracia le
vuelve afable y tierno. En el hinchado ratón ve su perfecto
retrato al natural.
(Entran FAUSTO Y MEFISTÓFELES)
MEFISTÓFELES
Ante todo, debo ahora introducirte en una alegre
sociedad, a fin de que veas cuan fácil cosa es el vivir. Para esa
gente, cada día es una fiesta. Con un poquito de agudeza y
mucho agrado, cada uno gira en su estrecho circulo como los
gatitos al jugar con su cola. Cuando no se quejan de dolor de
cabeza, viven alegres y exentos de cuidados mientras les fía el
tabernero.
BRANDER
Esos acaban de llegar de viaje; bien se echa de ver por su
extraño porte. No hace una hora que están aquí.
FROSCH
Sin duda tienes razón. No me hables más que de mi
Leipzig. Es un pequeño Paris, y da buenos modales a su
gente.
SIEBEL
¿Por quién tomas tú esos forasteros?
FROSCH
Dejadme a mí. En teniendo yo cerca un vaso lleno, les
saco a esos camaradas lo que tengan en el buche con la
misma facilidad con que se le saca un diente a un niño.
Paréceme que son de noble casa; tienen un aire altivo y
displicente.
BRANDER
A buen seguro son charlatanes, Apostaría cualquier cosa.
ALTMAYER
Puede que sí.

FROSCH
Prestad atención. Voy a darles zumba.
MEFISTÓFELES
(A Fausto). Esa gentecilla nunca huele al diablo, aunque la
tenga él agarrada por el gañote.
FAUSTO
Recibid nuestro saludo, señores.
SIEBEL
Con mil gracias os lo devolvemos. (En voz baja, mirando de
soslayo a Mefistófeles). ¡Qué! ¿Cojea de un pie el tío ése?
MEFISTÓFELES
¿Nos dáis licencia para sentarnos también a vuestro lado?
A falta de una buena bebida, que no es posible tener, la
compañía nos deleitará.
ALTMAYER
Parecéis hombre muy mal acostumbrado.
FROSCH
Seguramente habréis salido tarde de Rippach. ¿Habéis
cenado con maese Juan Mamacallos antes de partir?
MEFISTÓFELES
Hoy hemos pasado de largo por delante de su casa. La
última vez que le hablamos nos dijo muchas cosas de sus
primos, y nos encargó muchos saludos para cada uno de
ellos. (Inclinándose hacia Frosch.)
ALTMAYER
(En voz baja. A Frosch). ¡Anda! tómate esa! No se mama el
dedo.
SIEBEL
¡Vaya un tío más ladino!
FROSCH
Espera un poco. Verás como le atrapo.
MEFISTÓFELES
Si no me engaño, hemos oído cantar un coro de voces
adiestradas. Sin duda el canto debe resonar maravillosamente
aquí bajo esta bóveda.
SIEBEL
¿Sois tal vez entendido en música?
MEFISTÓFELES
¡Ah, no! La afición es grande, pero el talento escaso.
ALTMAYER
Cantadnos una canción.

MEFISTÓFELES
Muchas, si queréis.
SIEBEL
Pero que sea una pieza flamante.
MEFISTÓFELES
Cabalmente ahora mismo llegamos de España, hermoso
país del vino y de las canciones. (Canta.) “Érase una vez un
rey, que tenía una gran pulga...”
FROSCH
¡Oid! ¡Una pulga! ¿Habéislo entendido bien? La pulga es
para mí un curioso huésped.
MEFISTÓFELES
(Cantando). “Érase una vez un rey, que tenía una gran
pulga, a quien amaba no menos que a su propio hijo. Llamó
a su sastre; el sastre se presentó. A ver, hazle un vestido al
noble mozo, y tómale la medida para unos calzones.
BRANDER
Sobre todo, no se os olvide encarecer al sastre que le
tome la medida con toda exactitud y, si tiene cariño a su
cabeza, procure que no hagan arrugas los calzones.
MEFISTÓFELES
“De seda y terciopelo quedó el bicho vestido; tenía cintas
en el traje, en él llevaba también una cruz, y luego fué
ministro y lucía una gran estrella. Entonces sus hermanos y
hermanas llega ron a ser grandes personajes en la corte.
“Y los caballeros y las damas de palacio hallábanse muy
molesta-dos, la reina y su doncella sentíanse picadas y
mordidas sin atreverse a aplastar con la uña los bichos ni a
sacudírselos a fuerza de rascar. Pero nosotros los aplastamos
y ahogamos al punto cuando nos pica alguno.”
EL CORO
(Cantando con algazara). “Pero nosotros los aplastamos y
ahogamos al punto cuando nos pica alguno.”
FROSCH
¡Bravo! ¡bravo! ¡Linda canción!
SIEBEL
¡Así les suceda eso a todas las pulgas!
BRANDER
Alargad los dedos y cogedlas con cuidado.
ALTMAYER
¡Viva la libertad! ¡Viva el vino!
MEFISTÓFELES

De buena gana bebería yo un vaso para ensalzar la
libertad, si tan siquiera vuestros vinos fuesen un tantico
mejores.
SIEBEL
No nos digáis eso otra vez.
MEFISTÓFELES
Temo que se ofenda el bodegonero; si no fuera por eso,
regalaría a esta digna compañía con algo de nuestra bodega.
SIEBEL
Venga, venga, Pues. Eso corre por mi cuenta.
FROSCH
Presentadnos un buen vaso, y haremos vuestro elogio.
Pero no nos déis unas muestras harto mezquinas, porque si
yo he de juzgar, quiero tener la boca bien llena.
ALTMAYER
(En voz baja). Según presumo, son del Rhin.
MEFISTÓFELES
Traed acá un taladro.
BRANDER
¿Qué vais a hacer con él? Pero si no tenéis aún los toneles
a la puerta.
ALTMAYER
Ahí detrás el tabernero tiene un esportillo con
herramientas.
MEFISTÓFELES
(A Frosch, tomando el taladro). Ahora decid qué deseáis
probar.
FROSCH
¡Cómo se entiende! ¿Tanta variedad tenéis?
MEFISTÓFELES
Eso lo dejo al gusto de cada cual.
ALTMAYER
(A Frosch), - ¡Ajajá! Ya empiezas a relamerte.
FROSCH
Pues bien: si he de escoger yo, quiero vino del Rhin. No
hay do-nes más ricos que los que ofrece la patria.
MEFISTÓFELES
(Haciendo un agujero en el borde de la mesa hacia el sitio donde está
sentado Frosch.) Traedme acá un poco de cera para hacer luego
los tapones.
ALTMAYER

¡Ah! ¡Esas son artes de birlibirloque!
MEFISTÓFELES
(A Brander). ¿Y vos?
BRANDER
Yo quiero champaña, y que sea bien espumoso.
(Mefistófeles sigue taladrando. Uno de los camaradas ha hecho
entre-tanto los tapones de cera, con los cuales cierra los agujeros.)
BRANDER
No siempre puede uno huir de lo extranjero; ¡lo bueno se
halla muchas veces tan lejos de nosotros...! El verdadero
alemán no puede sufrir a los franceses, pero bebe con gusto
sus vinos.
SIEBEL
(Mientras Mefistófeles se acerca a su sitio). Debo confesar que
no me gusta lo áspero. Dadme un vaso de legítimo dulce.
MEFISTÓFELES
(Mientras sigue barrenando). Para vos, manará Tokay al
instante.
ALTMAYER
No, señores; miradme cara a cara. Veo que os estáis
burlando de nosotros.
MEFISTÓFELES
¡Ta, ta! Con unas personas tan nobles, la cosa sería un
poco, arriesgada. ¡Pronto! Decid sin empacho con qué vino
puedo obse-quiaros.
ALTMAYER
Con todos. No nos vengáis con tantas preguntas.
(Después de hechos y tapados todos los agujeros.)
MEFISTÓFELES
(Con ademanes y gestos extravagantes). Racimos lleva la vid;
cuernos el cabrón, jugoso es el vino; leña son los sarmientos;
vino pue-de dar también la mesa de madera. Una profunda
mirada en la Natura-leza, y cata ahí un milagro. ¡Creed tan
sólo! Ahora quitad los tapones y bebed.
TODOS
(Mientras quitan los tapones y cae en los vasos el vino que ha
pedido cada uno). ¡Oh, fuente hermosa, que para nosotros
mana!
MEFISTÓFELES
Sobre todo, tened cuidado de no derramar ni una gota.
(Todos beben a más y mejor.)
TODOS
(Cantan). Estamos caníbalmente bien, como quinientos
marranos.

MEFISTÓFELES
El pueblo es libre. ¡Ved qué bien le va!
FAUSTO
De buena gana me iría ahora mismo.
MEFISTÓFELES
Presta atención; la bestialidad va a exhibirse en toda su
magni-ficencia.
SIEBEL
(Bebe atolondrado, el vino corre por el suelo y se convierte en
llamas). ¡Favor! ¡Fuego! ¡Socorro! ¡El infierno arde!
MEFISTÓFELES
(Conjurando la llama). ¡Aplácate, elemento amigo! (A los
com-pañeros). Por esta vez, no ha sido más que una chispa del
purgatorio.
SIEBEL
¿Qué significa eso? ¡Cuidado! Lo vais a pagar caro.
Parece que no nos conocéis bien.
FROSCH
Guardaos de hacer eso otra vez.
ALTMAYER
Yo pienso que lo mejor será decirle con buenos modos
que se largue tranquilamente.
SIEBEL
¡Cómo se entiende, señor mío! ¿Quiere atreverse a hacer
aquí su trápalas?
MEFISTÓFELES
¡Silencio, viejo odre de vino!
SIEBEL
¿Aún querrás venirnos con desvergüenzas, palo de
escoba?
BRANDER
¡Mucho ojo! van a llover estacazos.
ALTMAYER
(Quita un tapón de la mesa y sale fuego en dirección de él.) ¡Qué
me abraso! ¡Que me abraso!
SIEBEL
¡Brujería! ¡Duro con el! El bribón está fuera de la ley
(Sacan los cuchillos y arremeten contra Mefistófeles.)
MEFISTÓFELES

(Con aire grave). ¡Imagen y palabra mentidas muden el
sentido y el lugar! ¡Estad aquí y allí! (Los compañeros se quedan
atónitos, mirándose unos a otros)
ALTMAYER
¿Dónde estoy? ¡Qué bello país!
FROSCH
¡Viñedos! ¿Veo bien?
SIEBEL
¡Y uvas al alcance de la mano!
BRANDER
Aquí bajo este verde emparrado, ¡mirad qué cepa! ¡Ved
qué racimos! (Coge la nariz de Siebel; los demás hacen mutuamente lo
mismo y levantan al aire sus cuchillos para cortarlas.)
MEFISTÓFELES
(Como antes). ¡Error, suelta la venda de los ojos! Y
vosotros, re-cordad cómo se chancea el diablo. (Desaparece con
Fausto; los com-pañeros se separan bruscamente unos de otros).
SIEBEL
¿Qué es eso?
ALTMAYER
¡Cómo!
FROSH
¿Era éso tu nariz?
BRANDER
(A Siebel). ¡Y tengo la tuya en la mano!
ALTMAYER
Ha sido un golpe que ha recorrido todos los miembros.
Dadme una silla; yo desfallezco.
FROSH
Pero decidme: ¿que ha ocurrido?
SIEBEL
¿Dónde está el bribón? Si llego a rastrearle, no se me
escapará vivo.
ALTMAYER
Yo mismo le he visto salir por la puerta del bodegón
cabalgando en un tonel. Tengo los pies como si fueran de
plomo. (Volviéndose de cara a la mesa.) ¡Por mi vida! ¿Correría
aún el vino?
SIEBEL
Todo fue farsa, mentira e ilusión.
FROSH

Parecíame, sin embargo, que bebía vino.
BRANDER
Pero ¿que ha sido de las uvas?
ALTMAYER
Y que me digan ahora que no ha de creer uno en
milagros.
COCINA DE BRUJA
En un fogón bajo hay una gran marmita sobre la lumbre. En el
vapor que de ella se eleva, aparecen figuras diversas. UNA MONA
está sentada junto a la marmita espumándola y cuidando de que no
rebose. EL MONO, con los pequeñuelos, está sentado cerca del fogón
calentándose Las paredes y el techo están decorados con los más extraños
arreos y útiles de las hechiceras.
FAUSTO, MEFISTÓFELES
FAUSTO
Asco me da ese estrambótico aparato hechiceresco. ¿Me
prometes que yo me recobraré en ese caos de extravagancias?
¿Será menester que pida consejo a una vieja? Y ese asqueroso
menjurje ¿me quitará treinta años del cuerpo? ¡Desdichado
de mí si no sabes nada mejor! Ha desaparecido ya para mí la
esperanza. ¿No han descubierto algún bálsamo la Naturaleza
ni un noble espíritu?
MEFISTÓFELES
Ahora hablas de nuevo sesudamente, amigo mío. Para
rejuvene-certe, hay también un medio natural, pero se halla
en otro libro y forma un curioso capítulo.
FAUSTO
Quiero saberlo.
MEFISTÓFELES
Bien está. Es un remedio que se logra sin dinero, sin
médico y sin brujería alguna. Vete en seguida al campo,
empieza a cavar y remover la tierra, manténte tú y tu espíritu
en un círculo muy reducido; susténtate con alimentos
sencillos, vive como bestia entre las bestias, y no tengas por
delito estercolar tú mismo el campo cuyas mieses recogerás.
He aquí el mejor medio, créelo, para remozarte hasta a los
ochenta años.
FAUSTO
No estoy habituado a eso; no puedo avenirme a empuñar
el aza-dón. La vida estrecha no es en modo alguno para mí.
MEFISTÓFELES
Entonces forzoso será que en ello intervenga la bruja.
FAUSTO
¿Y por qué ha de ser precisamente esta vieja? ¿No puedes
preparar tú mismo la pócima?
MEFISTÓFELES
¡Vaya un bonito pasatiempo! Interin podría yo muy bien
construir un millar de puentes. Para esa obra no bastan el arte
y el saber; también se necesita paciencia. Un espíritu tranquilo
se pasa trabajando así años enteros, y sólo el tiempo hace
eficaz la sutil fermentación. Y todo cuanto para ello es
menester, son cosas raras en extremo. No hay duda que el
diablo es quien lo enseñó a la bruja, pero el diablo no puede
hacerlo. (Reparando en los animales). ¡Mira qué graciosa fami-lia!
Esta es la criada; éste, el criado. (A los animales). Parece que la
señora no está en casa.
LOS ANIMALES
Para ir al festín, ha salido de casa por el cañón de la
chimenea.
MEFISTÓFELES
¿Y cuánto tiempo suele correr acá y acullá?
LOS ANIMALES
El tiempo de calentarnos las patas nosotros.
MEFISTÓFELES
(A Fausto). ¿Qué te parecen esos amables animalejos?
FAUSTO
Los más insulsos que he visto en mi vida.

MEFISTÓFELES
¡Quiá! Una cháchara como esa es cabalmente la que sigo
con más gusto. (A los animales). Ea, decidme, muñecos
malditos, ¿qué papilla es esa que estáis revolviendo ahí?
LOS ANIMALES
Cocemos unas sopas aguadas para los pobres.
MEFISTÓFELES
Entonces tendréis un gran público.
EL MONO
(Acercándose a Mefistófeles y haciéndole carantoñas). ¡Oh! Ju-
guemos a los dados en seguida, y hazme rico dejándome
ganar. Esto anda muy mal, y si yo tuviese dinero, estaría
dotado de juicio.
MEFISTÓFELES
¡Qué dichoso se juzgaría el mono si pudiera jugar
también a la lotería!
(Entretanto, los monos pequeños han estado jugando con una gran
bola, y la hacen rodar hacia adelante).
EL MONO
¡He aquí el mundo! Sube y baja y rueda sin cesar. Suena
como vidrio. ¡Cuán pronto se quiebra! Está hueco por
dentro. Por aquí brilla mucho, y por aquí aun más. Yo soy
FAUSTO
viviente. Amado hijo mío, acuérdate de esto. Tú debes morir.
Es de arcilla, y se hace añicos.
MEFISTÓFELES
¿Para qué sirve esa criba?
EL MONO
(Descolgándola). Si fueras un ladrón, yo te reconocería al pun-to.
(Corre hacia la Mona, y la hace mirar a través de la criba). Mira a
través de la criba. ¿Reconoces al ladrón y no te atreves a
nombrarlo?
MEFISTÓFELES
(Acercándose a la lumbre). ¿Y ese puchero?
EL MONO y LA MONA
¡Necio mentecato! ¡No conoce el puchero! ¡No conoce la
marmita!
MEFISTÓFELES
¡Deslenguado animal!
EL MONO
Toma el escobón que está aquí y siéntate en esta silla.
(Invitando a Mefistófeles a sentarse).
FAUSTO

(Que durante este tiempo había permanecido delante de un es-pejo,
ora acercándose a él ora alejándose). ¡Qué veo! ¿Que célica imagen
se muestra en este mágico espejo? ¡Oh, Amor, préstame las
más veloces de tus alas y condúceme a la región que ella
habita! ¡Ah! Si me muevo de este sitio, si me aventuro a
acercarme no puedo verla sino co-mo envuelta en niebla. ¡La
más hermosa imagen de mujer! ¿Es posible que la mujer sea
tan bella? ¡He de ver yo en este cuerpo tendido el compendio
de todos los cielos? ¿Existe en la tierra cosa igual?
MEFISTÓFELES
Naturalmente, cuando todo un Dios se afana primero
durante seis días, y aun al fin exclama ¡bravo!, por fuerza he
de resultar una cosa razonable. Por esta vez, mira hasta
saciarte; yo sabré descubrir para ti un tesoro parecido, y
¡dichoso aquel que, en calidad de novio, tenga la buena
fortuna de conducirlo a su casa!
(Fausto mira sin cesar en el espejo; Mefistófeles, arrellanándose en el
asiento y jugando con el escobón, sigue hablando).
Heme aquí sentado como un rey en su trono. Aquí tengo
el cetro; sólo me falta la corona.
LOS ANIMALES
(Que hasta ahora han hecho toda clase de movimientos extrava-
gantes en revuelta confusión, llevan con grande algarabía una corona a
Mefistófeles). ¡Oh! Tened la bondad de embadurnar esta
corona con sudor y sangre.
FAUSTO
(Los animales manejan con torpeza la corona y la rompen en dos
pedazos, con los cuales saltan de un lado a otro.)
¡Ya está hecho! Nosotros hablamos y vemos, nosotros
olmos y rimamos.
FAUSTO
(Frente al espejo). ¡Ay de mí! Casi me vuelvo loco.
MEFISTÓFELES
(Señalando a los animales). Ahora hasta casi comienza a
darme vueltas la cabeza.
LOS ANIMALES
Y si ello nos sale bien, y si ello se concierta, resultan
pensamien-tos.
FAUSTO
(Como antes). Mi pecho se me empieza a abrasar.
¡Huyamos presto!
MEFISTÓFELES
(En la actitud anterior).Vaya, al menos hay que reconocer
que son poetas sinceros.
(La marmita, que hasta entonces la Mona había descuidado,
empieza a rebozar. De resultas de ello, surge una gran llama que sube
hasta la chimenea. La BRUJA desciende rápidamente a través de la
llama dando espantosos alaridos.)
LA BRUJA
¡Ay! ¡ay! ¡ay! ¡Arre allá, maldita marrana! ¡Bestia
condenada! ¿Así cuidas de la marmita? ¿Así quemas a la
señora? ¡Maldito animal! (Viendo a Fausto y Mefistófeles). ¿Qué
es eso? ¿Quiénes sois? ¿Qué buscáis ahí? ¿Quién se ha
metido aquí a hurtadillas? ¡Que el tormento del fuego os
llegue hasta los huesos!
(Mete súbitamente la espumadera en la marmita y lanza con fuerza
una rociada de llamas sobre Fausto, Mefistófeles y los animales. Los
animales dan gritos lastimeros.)
MEFISTÓFELES
(Da media vuelta al escobón que tiene en la mano, y golpea ,con el
mango a derecha e izquierda los vasos y cacharros). - ¡Roto! ¡roto!
Ahí está derramada por el suelo la papilla. Ahí por tierra está
el vaso. No es sino pura diversión, carroña; llevo el compás
de tu melodía. (Mientras la Bruja retrocede llena de furor y espanto).
¿Me conoces ahora, estantigua, tarasca? ¿No conoces a tu
amo y señor? No sé qué me detiene que no te zurro y no te
hago pedazos a ti y a tus espíritus-monos. ¿No tienes ya
respeto al jubón rojo? ¿No sabes distinguir la pluma de
gallo? ¿Por ventura he ocultado este rostro? ¿Será menester
acaso que me nombre yo mismo?
LA BRUJA
¡Oh! Perdonad, señor, mi impolítico saludo. Pero no veo
ningún pie de caballo. ¿Dnde están, pues vuestros dos cuer-
nos?.
MEFISTÓFELES
Por esta vez, te escapas así; porque la verdad es que hace
ya algún tiempo que no nos hemos visto. La civilización, que
pule al mundo entero, ha alcanzado también al mismo
diablo. El Fantasma del Norte no se deja ver ya. ¿Dónde ves
tú cuernos, rabo ni garras? Y en lo que atañe al pie, del cual
no me puedo privar, me perjudicaría ante las gentes. Por esta
razón, desde hace muchos años, me valgo, como más de un
mozalbete, de pantorrillas postizas.
LA BRUJA
(Bailando). Casi pierdo el sentido y el juicio al ver aquí otra
vez al señorito Satán.
MEFISTÓFELES
Guárdate bien, mujer, de darme tal nombre.
LA BRUJA
¿Y por qué? ¿Qué os ha hecho?
MEFISTÓFELES
Desde hace mucho tiempo está inscrito en el libro de la
fábula. Mas no por eso han mejorado los hombres; están
libres del Malo, pero los malos han quedado. Llámame señor
barón, y así se arregla la cosa. Yo soy un caballero como otro
cualquiera. No puedes dudar de mi noble sangre. Mira: He
aquí mis blasones. (Hace un ademán deshonesto.)

LA BRUJA
(Riendo a carcajadas). ¡Ja ja! Eso es muy propio de vuestro
carácter. Sois un pícaro, como siempre lo fuisteis.
MEFISTÓFELES
(A Fausto). Apréndelo bien, amigo mío. Esta es la manera
de conducirse uno con las brujas.
LA BRUJA
Y ahora decidme, señores: ¿qué deseáis?
MEFISTÓFELES
Un buen vaso del licor que tú sabes. Pero he de pedirte
del más añejo que tengas; los años doblan su fuerza.
LA BRUJA
Que me place. Aquí tengo una redoma, de la cual por
golosina bebo yo misma de vez en cuando, y que no hiede ya
lo más mínimo. Con mil amores voy a ofreceros un vasito.
(En voz baja a Mefistó-feles). Pero si ese hombre la bebe sin estar
dispuesto bien lo sabéis, no puede vivir ni una hora.
MEFISTÓFELES
Es un buen amigo, a quien eso ha de hacer bien; quisiera
para él lo mejor de tu cocina. Traza tu círculo, pronuncia tus
fórmulas, y preséntale una taza llena.

(La Bruja, haciendo estrambóticos ademanes, traza un círculo en el
cual dispone objetos extraños. Entretanto, los vasos y las mar-mitas
empiezan a sonar, haciendo música. Por fin, trae ella un grue-so librote
y coloca los Monos dentro del círculo, para que le sirvan de atril y tengan
la antorcha. Hace a Fausto seña de acercarse.)
FAUSTO
(A Mefistófeles). No, dime: ¿en qué vendrá a parar todo
ello? Esos chirimbolos extravagantes, esos ademanes
frenéticos, esa farsa tan ridícula me son conocidos y asaz
odiosos.
MEFISTÓFELES
¡Bah! ¡bufonadas! Eso no es más que para reír. No seas
tan repa-rón. Ella, como buen médico, ha de hacer un poco
de comedia para que el licor te obre bien. (Obliga a Fausto a
entrar en el Círculo).
LA BRUJA
(Con grande énfasis empieza a declamar leyendo en el libro). Es
menester que lo entiendas. De uno haz diez, y el dos quítalo,
y tres haz al punto, ¡así eres rico! Deja el cuatro. De cinco y
seis, así dice la bruja, haz siete y ocho; de esta suerte está
consumado, y nueve es uno, y diez es ninguno. Esta es la
tabla de multiplicar de las brujas.
FAUSTO
Antójaseme que la vieja delira.
MEFISTÓFELES
Mucho falta aún para terminar; bien lo sé. Así reza todo
el libro. Harto tiempo he perdido yo en eso, puesto que una
contradicción com-pleta resulta un misterio tanto para los
sabios como para los necios. El arte, amigo mío, es viejo y
nuevo. En todos los tiempos ha habido cos-tumbre de
difundir, por tres y uno y uno por tres, el error en lugar de la
verdad. De este modo se charla y se dogmatiza sin inquietarse
uno lo más mínimo. ¿Quién va a meterse con los locos? De
ordinario, el hombre cree cuando oye sólo palabras, pero es
menester también que ellas hagan pensar alguna cosa.
LA BRUJA
(Prosiguiendo). El alto poder de la sabiduría está oculto
para todo el mundo. Y al que no discurre, a él es concedido;
él lo tiene sin fatiga alguna.
FAUSTO
¡Qué desatinos está ensartando! Mi cabeza está a punto
de esta-llar. Paréceme oír todo un coro de cien mil orates.
MEFISTÓFELES
¡Basta, basta, ilustre sibila! Danos acá tu elixir, y llena
pronto la copa hasta el borde, pues a mi amigo no le dañará
esa bebida. Es hom-bre de muchos grados y ha echado más
de un buen trago.

(La Bruja vierte con muchas ceremonias el licor en una taza. En el
momento en que Fausto la lleva a sus labios, brota una ligera llama.)
MEFISTÓFELES
¡Valor! Al coleto de una vez. Bebe sin vacilar. Eso te
alegrará al instante el corazón. Te tuteas con el diablo, ¿y
tendrás miedo a una llama?
(La Bruja rompe el círculo, y Fausto sale de él).
MEFISTÓFELES
Y ahora salgamos al momento. No puedes estar en
reposo.
LA BRUJA
Que os haga buen provecho el traguito.
MEFISTÓFELES
(A la Bruja.) Y si puedo complacerte en algo, no tienes
que decírmelo en el aquelarre.
LA BRUJA
He aquí una canción. Si la cantáis de vez en cuando,
notaréis un efecto singular.
MEFISTÓFELES
(A Fausto). Ven presto, y déjate guiar. Es necesario que
trans-pires, a fin de que la virtud de la pócima penetre hasta
el interior y exterior. Luego te enseñaré a apreciar la noble
ociosidad, y bien pronto vas a sentir con íntimo deleite cómo
se mueve Cupido y salta de acá para acullá.
FAUSTO
Déjame siquiera mirar un momento más en el espejo.
¡Era tan seductora aquella imagen de mujer...!
MEFISTÓFELES
No, no. Ante ti has de ver bien pronto en persona el
modelo ,de todas las mujeres. (Aparte.) Con esa bebida en el
cuerpo, presto verás una Helena en cada mujer.'

UNA CALLE
FAUSTO, MARGARITA, transitando
FAUSTO
Bella señorita ¿puedo atreverme a ofreceros mi brazo y
compañía?
MARGARITA
No soy señorita ni bella, y se ir sola a mi casa. (Se suelta y
se aleja.)
FAUSTO
¡Por el cielo, que es hechicera esta niña! Jamás vi cosa
igual. ¡Tan modesta y virtuosa, pero a la vez algo arisca! El
carmín de sus labios, la tersura de sus mejillas, eso no lo
olvidaré en todos los días de mi vida. Su manera de bajar los
ojos se ha grabado profundamente en mi corazón; su modo
de mostrarse esquiva, en fin, es para dejar a uno embelesado
por completo.
Entra MEFISTÓFELES

FAUSTO
Oye: es preciso que me proporciones esta niña.
MEFISTÓFELES
Veamos: ¿cuál?
FAUSTO
La que ahora acaba de pasar.
MEFISTÓFELES
¿Aquélla? Venía de ver a su confesor, que la ha absuelto
de todos sus pecados. Yo me había deslizado muy cerquita
del confesionario. Es una criatura muy inocente, que por
nada, absolutamente por nada ha ido a confesar. Sobre ella
no tengo poder alguno.
FAUSTO
Sin embargo, bien pasará de los catorce años.
MEFISTÓFELES
Tú hablas ni más ni menos que Juan el Burlador, que
desea para sí todas las flores bonitas, y se figura, en su
presunción, que no hay honra ni favor alguno que no sean
para coger. Pero eso no siempre es licito.
FAUSTO
Mi señor maestro Doctrinero, dejadme en paz con
vuestra moral. Y os digo claro y sin ambages que si esta dulce
joven no reposa hoy en mis brazos, al llegar la medianoche
todo queda roto entre nosotros.
MEFISTÓFELES
Pensad en lo que es posible y puesto en razón. Necesito
al menos quince días sólo para asechar la coyuntura.
FAUSTO
Si tuviese yo siquiera siete horas de sosiego, no tendría
necesidad alguna del diablo para seducir una criatura como
esta.
MEFISTÓFELES
Ya casi habláis como un francés. Pero os ruego que no os
impacientéis. ¿De qué sirve el gozar de buenas a primeras?
El deleite no es ni con mucho tan grande como cuando
primero, por arriba y en contorno, habéis amasado y
aderezado el muñequito con toda suerte de futesas, según
enseña más de un cuento italiano.
FAUSTO
Sin eso, también tengo apetito.
MEFISTÓFELES
Ahora, dejando a un lado burlas y chacotas, os digo una
vez por todas que con la hermosa niña no se puede ir aprisa.
Ahí nada hay que tomar por asalto; fuerza es resignarnos a la
astucia.
FAUSTO
Facilítame alguna cosa de ese tesoro angelical.
Condúceme a su lugar de reposo. Proporcióname una
pañoleta de su pecho, una liga de mi amorosa pasión.
MEFISTÓFELES
Para que veáis que en vuestra cuita quiero seros útil y
servicial, no perdamos ni un instante; hoy mismo voy a
guiaros a su aposento.
FAUSTO
¿Y la veré? ¿Será mía?
MEFISTÓFELES
No. Estará en casa de una vecina, y entretanto, solo del
todo, podéis vos en su ambiente recrearos hasta la saciedad
con toda la expectativa de futuros goces.
FAUSTO
Podemos ir allá?
MEFISTÓFELES
Es harto temprano aún.
FAUSTO
Cuida de buscarme un presente para ella (Vase).
FAUSTO
MEFISTÓFELES
¿Tan pronto regalitos? ¡Bravo! Entonces se saldrá con la
suya. Conozco más de un hermoso paraje y más de un tesoro
enterrado mucho tiempo ha. Es menester que yo registre un
poquito. (Vase).

A LA CAIDA DE LA TARDE
MARGARITA
(Trenzando sus cabellos y recogiéndolos). Cualquier cosa daría
sólo por saber quien era el caballero de esta mañana. No hay
duda que tenía muy buena traza, y es de noble familia; lo
lleva escrito en la frente. De otra suerte, no fuera tan osado.
(Vase).
MEFISTÓFELES, FAUSTO
Un cuartito aseado
MEFISTÓFELES
Adelante, muy quedito; entrad.
FAUSTO
(Después de un momento de silencio.) Déjame solo; te lo ruego.
MEFISTOFELES
(Huroneando por todos lados). No todas las chicas son
tan aseadas. (Vase.)
FAUSTO
(Levantando la vista y mirando en derredor.) Bien venida seas,
dulce claridad del crepúsculo, que penetras en este santuario.
Apodé-rate de mi corazón, dulce tormento de amor, tú que
lánguido vives del rocío de la esperanza. ¡Qué sentimiento de
placidez, de orden, de con-tento respira todo lo que me
rodea! En esta pobreza, ¡qué abundancia! En esta prisión,
¡qué beatitud! (Se deja caer en el sillón de vaqueta, junto a la cama)
¡Oh! Acógeme, tú que en los goces y amarguras recibiste a los
antepasados en tus brazos abiertos. ¡Cuántas veces ¡ay! se
habrá suspendido un enjambre de niños alrededor de este
trono de los padres! Tal vez aquí mismo mi amada, con sus
frescas mejillas in-fantiles, agradecida por los aguinaldos de
Navidad, ha venido a besar piadosamente la rugosa mano del
abuelo. Siento murmurar en torno mío ¡oh niña! tu espíritu
de orden y abundancia, que todos los días te alecciona de un
modo maternal, te hace extender los limpios manteles sobre
la mesa, y hasta arreglar con arte la arena a tus pies. ¡Oh
mano querida, tan semejante a la de los dioses! Por ti, la
cabaña se muda en reino celeste. ¡Y aquí! (Levantando una de
las cortinas de la cama). ¡Qué estremecimiento de vivo deleite
invade mi ser! Aquí yo quisiera estar horas enteras. Aquí ¡oh
Naturaleza! formaste en plácidos sueños este ángel sin igual.
Aquí yacía la niña, henchido el tierno seno de calor y vida, y
aquí, con una actividad santa y pura, se desarrolló esta
imagen divina. Y tú, ¿qué te ha traído a este sitio? ¡Cuán
íntimamente conmovido me siento! ¿Qué quieres, qué buscas
aquí? ¿Por qué se te o-prime el corazón? ¡Miserable Fausto!
No te reconozco ya. ¿Es un mag-nífico efluvio lo que aquí
me envuelve? Un vivo impulso me arrastraba, en derechura
al goce, y ahora siento derretirme en un sueño de amor.
¿Somos acaso juguete de cada soplo de viento? Y si ella
entrara en este instante, ¡cómo expiarías tu temeridad! El gran
personaje ¡ah, qué pequeño! caería anonadado a sus pies.
(Entra MEFISTÓFELES)
MEFISTÓFELES
¡Aprisa! La veo venir allá abajo.
FAUSTO
Salgamos, salgamos. Nunca más vuelvo.
MEFISTÓFELES
He aquí una cajita tal cual pesada, que he cogido en algún
otro paraje. Dejadla ahí en el armario, y os juro que la chica
va a perder la cabeza. Os he puesto dentro algunas cositas
para ganar otra. No hay duda: los niños son niños, y los
juegos, juegos son.
FAUSTO
No sé si debo...
FAUSTO
¿A qué tantos reparos? ¿Pensáis tal vez guardar el tesoro?
En este caso, aconsejo a vuestra codicia que no pierda un
tiempo precioso y me ahorre a mí nuevas molestias. Poco
esperaba yo que fuéseis tacaño. Yo me rasco la cabeza, me
restriego las manos para... (Coloca la cajita en el armario y lo cierta
de golpe). ¡Ea, salgamos! ¡Aprisa...! para inclinar la dulce y tier-
na niña hacia el deseo y la voluntad de vuestro corazón; y
vos ponéis una cara como si hubiéseis de entrar en la cátedra;
como si, vagas y sombrías, estuvieran en persona ante vos la
Física y la Metafísica. Ea, vámonos. (Vanse).
(Entra MARGARITA con una lámpara.)
MARGARITA
¡Qué aire más pesado y sofocante hay aquí! (Abre la
ventana.) Y eso que afuera no hace tanto calor. Me siento no
sé cómo... Quisiera que mi madre volviese. Un escalofrío re-
corre todo mi cuerpo... Pero soy una mujer ridículamente
miedosa.
(Se pone a cantar mientras se desnuda.)
“Había un rey en Thule, muy fiel hasta la tumba. Su
amada al morir le dejó una copa de oro.
“Para él no había cosa de más valor; vaciábala en cada
festín; los ojos se le arrasaban en lágrimas cada vez que en
ella bebía.
“Y cuando estuvo próximo a morir, contó las ciudades de
su reino; todo lo cedió a su heredero, todo, excepto la copa.
“Sentado estaba en el regio festín, rodeado de caballeros,
en el gran salón de los antepasados, allá en el castillo que
domina el mar.
“En pie estaba allí el anciano bebedor; bebió la postrera
chispa vital, y arrojó la venerable copa abajo en las ondas.
“La vió caer, llenarse de agua y hundirse en el fondo del
mar; cerráronse sus ojos: nunca bebió una gota más.”
(Abre el armario para colocar en él sus vestidos, y ve el cofrecito de
joyas).
¿Cómo ha entrado aquí esta hermosa cajita? Y yo estoy
bien segura de haber cerrado el armario. ¡Es muy extraño...!
¿Que habrá dentro...? Tal vez alguien la habrá traído en
prenda, y mi madre ha prestado dinero sobre ella. Ahí de una
cinta cuelga una llavecita. ¡Si yo la abriera...! ¿Qué es eso?
¡Dios del cielo! En mi vida he visto cosa igual. ¡Un aderezo!
Con él podría una noble dama concurrir a la fiesta más
solemne. ¿Cómo me sentaría la gargantilla? Pero ¿de quién
será esa preciosidad? (Se atavía con ella y se pone delante del espejo).
¡Si tan siquiera fuesen míos los pendientes! Con esto una
tiene en seguida un aire muy distinto. ¿De qué os sirve
belleza, juventud? Todo eso es a la verdad hermoso y bueno,
pero también nadie hace caso de ello. Se os dirige un
cumplido medio por lástima, pues todo corre en tropel hacia
el oro, y al oro todo se aferra. ¡Ah, pobres de nosotras!

UN PASEO
FAUSTO pensativo, yendo y viniendo. MEFISTÓFELES
llegándose a él.
MEFISTÓFELES
¡Por todo amor desdeñado! ¡Por el fuego del infierno!
Quisiera saber algo pero para poder jurar por ello.
FAUSTO
Pero, ¿qué tienes? ¿Qué es lo que así te ataraza? En mi
vida he visto facha igual.
MEFISTÓFELES
De buena gana me daría ahora al diablo, si el diablo no
fuese yo mismo.
FAUSTO
¿Se te ha trastornado la cabeza? ¡Te sienta bien eso de
exaltarte como un energúmeno!
MEFISTÓFELES
Haceos cuenta no más que el aderezo que yo traje para
Margari-tilla, lo ha garfiñado un frailote, No bien la madre
llegó a ver la cosa, empezó a sentir un secreto temor. Esa
mujer tiene un olfato muy fino, siempre tiene metida la nariz
en su libro de oraciones, y con oler tan sólo un objeto,
conoce si la cosa es sagrada o profana, y al fijarse en el
aderezo, olió muy claro que no había en él mucha bendición.
“Hija mía, exclamó, los bienes mal adquiridos turban el alma
y consumen la sangre. Ofrezcamos esto a la Madre de Dios, y
ella nos deleitará con el maná celestial.” Margaritilla torció el
gesto. Después de todo, pensó, es caballo regalado, y de fijo
no será un impío quien con tanta delicadeza lo trajo aquí. La
madre mandó llamar un frailuco, que apenas se hubo
enterado de la broma, quedóse muy satisfecho al ver aquello,
y dijo: “Muy bien pensado! Aquel que se vence, aquel gana.
La iglesia tiene buen estómago; ha devorado países enteros, y
a pesar de esto no ha padecido todavía ningún empacho.
Sólo la Iglesia, señoras mías, puede digerir los bienes mal
adquiridos.”
FAUSTO
Esa es una costumbre general; un judío, un rey pueden
hacer otro tanto.
MEFISTÓFELES
Dicho esto, se embolsó broche, gargantilla y anillos, lo
mismo que si fueran baratijas, dió las gracias ni más ni menos
que si se tratara de una cesta de nueces, les prometió todo
género de recompensas celestiales... y con esto se quedaron
ellas muy edificadas.
FAUSTO
¿ Y Margaritilla?
MEFISTÓFELES
Está ahora llena de inquietud y sin saber qué hacer.
Piensa noche y día en las alhajas y aun más en quien se las ha
traído.
FAUSTO
Me apena el disgusto de mi amada. Depárale al momento
un nue-vo aderezo. Al fin y al cabo, el primero no era gran
cosa.
MEFISTÓFELES
¡Oh! Sí; para su señoría, todo es una bagatela.
FAUSTO
Al avío, y obra según mi intento. Pégate a su vecina. No
seas, pues, un diablo de pastaflora, y apronta un nuevo
aderezo.
MEFISTÓFELES
Sí, monseñor, con todo mi corazón.
(Vase Fausto.)
MEFISTÓFELES
Un loco enamorado cual ése os hará estallar en el aire,
como un fuego de artificio, el sol, la luna y todas las estrellas,
sólo para propor-cionar un rato de solaz a su dueño
idolatrado. (Vase.)

LA CASA DE LA VECINA
MARTA sola
MARTA
¡Dios se lo perdone a mi querido esposo! No se ha
portado bien conmigo. Lanzóse a correr mundo, y me deja
sola y abandonada. Y sin embargo, segura estoy de no
haberle dado el menor disgusto, y bien sabe Dios que le he
amado de todo corazón. (Rompe a llorar.) Tal vez habrá
muerto... ¡Ay, qué dolor...! ¡Si al menos tuviese yo su partida
mortuoria...!
Entra MARGARITA
MARGARITA
Señora Marta...
MARTA
¿Qué hay, Margaritilla mía?
MARGARITA

Casi se me doblan las rodillas. Ved ahí que en mi armario
encuentro una nueva cajita como la otra, de ébano, pero
mucho más rica que la primera, y con unas cosas de todo
punto soberbias.
MARTA
No vayas a decírselo a tu madre; al momento se la llevaría
también el confesor.
MARGARITA
¡Ah! Ved, mirad.
MARTA
(Ataviándola). ¡Dichosa criatura!
MARGARITA
Pero ¡ay! no me atrevo a presentarme con esto en la calle
ni en la iglesia.
MARTA
Ven, pues, a verme a menudo, y te pones aquí el aderezo
sin que nadie te vea. Paséate una horita delante del espejo, y
en ello tendremos nuestro placer. Luego se presenta una
ocasión, viene una fiesta, y así poco a poco se deja ver eso a
la gente, primero una cadenita, después la perla en la oreja.
Tu madre no reparará en ello seguramente, o bien se le hace
creer un cuento cualquiera.
MARGARITA
Pero ¿quién ha podido traer los dos estuches? Eso no es
de buena ley. (Llaman.) ¡Dios mío! ¿Será tú madre?
MARTA
(Mirando a través del visillo). Es un señor desconocido.
Pasad adelante.
Entra MEFISTÓFELES
MEFISTÓFELES
Con perdón de esas damas, me tomo la libertad de entrar
sin cere-monias. (Se hace atrás respetuosamente delante de Margari-
ta). De-searía hablar a la señora Marta Verduguillo.
MARTA
Servidora vuestra. ¿Qué se os ofrece, caballero?
MEFISTÓFELES
(En voz baja a Marta). Ahora os conozco ya. Esto me
basta. Tenéis ahí una visita muy distinguida. Perdonadme la
libertad que me he tomado. Volveré esta tarde.
MARTA
(En alta voz). ¡Por vida mía! Figúrate, niña: Este señor te
toma por una señorita de calidad.
MARGARITA

Soy una pobre-joven. ¡Dios mío! El señor es demasiado
amable; estos adornos y dijes no son míos.
MEFISTÓFELES
¡Oh! No son los arreos tan sólo. Tenéis un aire, una
mirada tan penetrante... ¡Cuánto me alegro de poder
quedarme!
MARTA
¿Qué me traéis, pues? Tengo vivos deseos de...
MEFISTÓFELES
Quisiera comunicaros una noticia más alegre. Espero que
por ello no me haréis sufrir penitencia. Vuestro marido ha
muerto, y vengo a transmitiros sus saludos.
MARTA
¿Ha muerto? ¡Corazón fiel! ¡Ay de mi! Mi marido ha
muerto ¡Ay! Yo desfallezco.
MARGARITA
¡Ah, buena señora! ¡No os desesperéis así!
MEFISTÓFELES
Escuchad, pues, la triste historia
MARGARITA
Por esta razón no quisiera yo amar en toda mi vida. Una
pérdida tal me mataría de sentimiento.
MEFISTÓFELES
No hay alegría sin pena, ni pena sin alegría.
MARTA
Relatadme el fin de su vida.
MEFISTÓFELES
Yace enterrado en Padua, cerca de San Antonio, en tierra
muy sagrada, que le sirve de eterno y fresco lecho de reposo.
MARTA
¿Y no tenéis ninguna otra cosa que traerme?
MEFISTÓFELES
Sí, por cierto. Un encargo importante y grave, y es que
hagáis cantar para él trescientas misas. Por lo demás, mis
bolsillos están vacíos.
MARTA
¡Cómo! ¿Ni una medalla, ni una alhaja? ¿Una de esas
cosas que todo artesano guarda como recuerdo en el fondo
de su bolsa, prefi-riendo padecer hambre y pedir limosna
antes que deshacerse de ellas?
MEFISTÓFELES

Señora, lo siento en el alma; pero, a decir verdad, no ha
tirado el dinero por la ventana. Además, se arrepintió mucho
de sus faltas, sí; y lamentóse mucho más aún de su
desventura.
MARGARITA
¡Ah! ¡Que hayan de ser tan desdichados los hombres! Sin
falta rezaré por él también más de un Requiem.
MEFISTOFELES
(A Margarita). Merecerías entrar ahora mismo en el estado
de matrimonio. Sois una niña muy amable.
MARGARITA
¡Oh, no! No hay que pensar aún en tal cosa.
MEFISTÓFELES
Si no es un marido, que sea entretanto un galán. Es uno
de los mayores dones del cielo el tener en los brazos un ser
tan querido.
MARGARITA
No es esa la costumbre del país.
MEFISTÓFELES
Que sea costumbre o no, eso se arregla también.
MARTA
Contadme, pues.
MEFISTÓFELES
Estaba yo junto a su lecho de muerte, que era un poquito
mejor que el estiércol: de paja medio podrida. Pero eso sí,
murió como buen cristiano, y vió que era mucho más aún lo
que tenía que pagar. “¡Cuán-to no debo odiarme hasta el
fondo de mi alma -exclamaba él- por aban-donar de este
modo mi oficio y mi mujer! ¡Ah! Este recuerdo me mata. Si al
menos me perdonara ella en esta vida.”
MARTA
(Llorando). ¡Esposo de mi alma! Mucho tiempo ha que le
perdoné.
MEFISTÓFELES
“Pero, bien lo sabe Dios -siguió diciendo-, más culpa
tuvo ella que yo.”
MARTA
En eso miente. ¡Habráse visto! ¡Mentir estando al borde
de la sepultura!
MEFISTÓFELES
Seguramente deliraba en sus últimos momentos, si es que
algo entiendo de esto. “Yo -continuaba él- no tenía tiempo
para estarme papando moscas; primero darle hijos, y luego
ganar para ellos el pan, y pan en toda la extensión de la

palabra, sin que ni una vez siquiera pudiese yo comer mi
parte en paz y sosiego.”
MARTA
¡Cómo! ¿Así se olvidaba de toda mi fidelidad, de todo mí
cariño, de mi trajín de día y de noche?
MEFISTÓFELES
Eso no. Pensaba de todo corazón en esas cosas, y añadió:
“Cuan-do partí de Malta, oré fervorosamente por mi mujer y
mis hijos y así el cielo nos fué tan propicio, que nuestra nave
apresó un bajel turco que conducía un tesoro del gran Sultán.
Allí tuvo el valor su recompensa, y por lo tanto, recibí yo
también, como era de regla, mi parte bien medida.”
MARTA
¿Eh? ¿Cómo? ¿Dónde? ¿Lo habrá enterrado quizá?
MEFISTÓFELES
¡Quién sabe donde lo guardan ahora los cuatro vientos!
Una gentil damisela se interesó por él cuando, extranjero en
Nápoles, paseábase tranquilo de un lado a otro, y tantas y
tantas pruebas le dió de amor y fidelidad, que el pobre se
sintió de ellas hasta su feliz muerte.
MARTA
¡El muy tunante! ¡Ladrón de sus hijos! ¡Ni todas las mise-
rias, ni todas las calamidades pudieron poner freno a su
vergonzosa vida!
MEFISTÓFELES
Ya lo veis. De resultas de eso yace ahora muerto. Si estu-
viese yo en vuestro lugar, llevaría luto por él un año, como es
debido, y luego, entretanto, pondría las miras en algún nuevo
galán.
MARTA
¡Ah, Dios mío! Como el primero, no encontraré tan fácil-
mente otro en este mundo. Apenas podía haber un locuelo
más cariñoso que él; sólo que tenía demasiada afición a correr
mundo, a las mozas extranjeras, al vino extranjero y al
maldito juego de los dados.
MEFISTÓFELES
¡Bah! Eso podía muy bien pasar si, por su parte, os había
él tolerado poco más o menos otro tanto. Os juro que con
esta condición, yo mismo cambiaría con vos el anillo.
MARTA
¡Oh! El señor gusta de bromear.
MEFISTÓFELES

(Aparte). Ahora sí que es tiempo de largarme. Esa mujer
sería muy capaz de coger por la palabra al mismo diablo. (A
Margarita.) ¿Cómo va ese corazoncito?
MARGARITA
¿Qué quiere decir el señor con eso?
MEFISTÓFELES
(Aparte). ¡Buena, inocente niña! (Alto.) Señoras, tengo el
gusto de saludaros.
MARGARITA
Adiós.
MARTA
¡Ah! Una palabra. Desearía tener un atestado en que
conste dón-de, cómo y cuándo murió y fué enterrado mi
tesoro. Siempre he sido amiga de tener las cosas en regla.
Quisiera también leer su muerte en el boletín semanal.
MEFISTÓFELES
Sí, buena señora. Por boca de dos testigos, se hace
notoria la verdad en todas partes. Tengo precisamente un
compañero muy distin-guido, a quien, en obsequio vuestro,
haré comparecer ante el juez. Voy a traerle aquí.
MARTA
¡Oh, si! Hacedlo sin falta.
MEFISTÓFELES
¿Y esa joven estará también aquí...? Es un gallardo mozo
que ha viajado mucho y es muy galante con las señoritas
MARGARITA
No podría menos de sonrojarme delante de ese caballero.
MEFISTOFELES
Eso, ni delante de ningún rey de la tierra.
MARTA
Allí detrás de la casa, en mi jardín, esperaremos esta tarde
a los señores.
UNA CALLE
FAUSTO, MEFISTÓFELES
FAUSTO

¿Qué tal anda eso? ¿Va adelante el asunto? ¿Llegaremos
presto al fin?
MEFISTÓFELES
¡Ah! ¡Bravo! Parece que os hallo enardecido. Dentro de
poco, Margaritilla es vuestra. Esta tarde la veréis en casa de su
vecina Marta. Es una mujer, ésta, que ni hecha de encargo
para el oficio de alcahueta y gitana
FAUSTO.
¡Perfectamente!
MEFISTÓFELES
Pero también solicitan alguna cosa de nosotros.
FAUSTO
Favor con favor se paga.
MEFISTÓFELES
Se trata simplemente de dar en debida forma testimonio
de que los estirados miembros de su marido descansan en
Padua, en lugar sagrado.
FAUSTO
¡Acertadísimo! Ante todo, será menester que hagamos el
viaje.
MEFISTÓFELES
¡Sancta simplicitas!. Nada de eso. Testificad sencillamente
sin saber una palabra.
FAUSTO
Si no tienes nada mejor, ha fracasado el plan.
MEFISTÓFELES
¡Oh, santo varón! En este caso si que lo seríais. ¿Será ésta
la primera vez en vuestra vida que habréis prestado un falso
testimonio? ¿No habéis dado con el mayor aplomo, con cara
petulante y pecho audaz, definiciones acerca de Dios, del
mundo y de cuanto en él se mueve, del hombre y de lo que
se agita en su cabeza y su corazón? Y no obstante, si queréis
entrar como se debe en lo interior, de todo eso sabíais tanto,
preciso es que lo confeséis con franqueza, como de la muerte
de maese Verduguillo.
FAUSTO
Eres siempre un mentiroso, un sofista.
MEFISTÓFELES
Ciertamente, si no supiera uno de las cosas un poquito
más a fondo. Vamos a ver; mañana, con todo el honor
imaginable, ¿no engañarás tú a la pobre Margarita, y no le
jurarás todo el amor de tu alma?
FAUSTO
Y de todo corazón, sin duda alguna.

MEFISTÓFELES
Muy bien. Entonces, todo aquello de fidelidad y de amor
eterno, de pasión única e irresistible vendrá a resultar... ¿Y
eso también saldrá del corazón?
FAUSTO
¡Basta! Sí, saldrá... Cuando yo siento, y para expresar este
sentimiento, este frenesí, busco nombres sin hallar ninguno,
y entonces con todos los sentidos divago por el mundo
tratando de coger todas las palabras más sublimes, y llamo
infinito, eterno, sí, eterno este fuego que me abrasa, ¿es ésto
una diabólica impostura?
MEFISTÓFELES
Con todo, tengo razón.
FAUSTO
Escucha, y recuerda bien esto y te ruego no fatigues mis
pulmo-nes: Quien desea tener razón, de fijo la tendrá con
sólo tener lengua. Vamos; cansado estoy de tanta palabrería,
pues si tienes razón, es sobre todo porque me veo obligado
por la necesidad.


UN JARDÍN
MARGARITA, del brazo de FAUSTO; MARTA, paseándose
de un lado a otro con MEFISTÓFELES.
MARGARITA
Bien comprendo que el señor guarda muchas atenciones
conmigo y se humilla hasta llegar a confundirme. Tan
habituado está un viajero a mostrarse complacido por
delicadeza con lo que halla... Harto sé que mi pobre
conversación no puede halagar a un hombre tan instruido.
FAUSTO
Una mirada tuya, una palabra, me halagan más que toda la
sabiduría de este mundo. (Le besa la mano.)
MARGARITA
No os toméis esa pena. ¿Cómo podéis siquiera besar mi
mano? ¡Es tan fea, tan ruda! ¿Qué no he debido hacer ya? Mi
madre ¡es tan exigente...! (Pasan.)
FAUSTO
MARTA
Y vos, caballero, ¿viajáis así de continuo?
MEFISTÓFELES
¡Ay! La profesión y el deber a ello nos obligan. ¡Con
cuánto pesar se abandona más de un sitio, y sin embargo, no
hay manera de quedarse uno allí!
MARTA
En el ardor de la juventud, puede bien pasar eso de correr
tan libre de una a otra parte del mundo, pero llega la edad
achacosa, y el arrastrarse solo como soltero hacia la tumba, a
nadie ha hecho bien jamás.
MEFISTÓFELES
Con espanto lo veo de lejos.
MARTA
Entonces, apreciable señor, determinaos con tiempo.
(Pasan.)
MARGARITA
Sí: cuan lejos de ojos, tan lejos de corazón. La cortesía os
es familiar, pero tendréis no pocos amigos de más talento que
yo.
FAUSTO
¡Oh, amor mío! Ten por cierto que lo que llaman talento
es, a menudo, más bien fatuidad e inteligencia limitada.
MARGARITA
¡Cómo!
FAUSTO
¡Ah! ¡Qué la sencillez y la inocencia no se conozcan
nunca a sí mismas ni aprecien su sagrado valor! ¡Qué la
humanidad y la modestia, dones los más sublimes que
distribuye la bondadosa Naturaleza...!
MARGARITA
Pensad en mí sólo un breve instante; yo tendré tiempo
sobrado para pensar en vos.
FAUSTO
¿Sin duda estás sola mucho tiempo?
MARGARITA
Sí; poca cosa es el arreglo de la casa, pero así y todo, hay
que atender a él. No tenemos sirvienta; hay que cocinar,
barrer, hacer media, coser y no parar mañana ni tarde, y en
todas cosas ¡es tan minu-ciosa mi madre...! Y no es
precisamente que haya que reducirse tanto; podríamos vivir
con más desahogo que algunos otros. Mi padre dejó una
bonita fortuna, una casita y un pequeño huerto en las afueras
de la ciudad. A pesar de todo, paso ahora días bastante
tranquilos; mi her-mano es soldado y mi hermanita murió.
Verdad es que la niña me hizo pasar mis malos ratos, pero
gustosa cargaría yo de nuevo con todas aquellas molestias:
tanto amaba a la chiquita.
FAUSTO
Un ángel, si se parecía a ti.
MARGARITA
Yo la crié, y ella me quería de corazón. Vino al mundo
después de la muerte de mi padre. Dábamos por perdida la
madre: tan postrada yacía a la sazón, pero se fué reponiendo
lentamente paso a paso. No podía, pues, ella pensar entonces
en dar el pecho a la pobre criaturita, y así es que con leche y
agua la crié yo sola, y de esta suerte la niña vino a ser como
hija mía. En mi brazo, en mi falda estaba risueña, retozaba e,
iba creciendo.
FAUSTO
Con seguridad, gozaste la dicha más pura.
MARGARITA
Pero no hay duda que también pasé no pocas horas muy
amargas. De noche, la niña tenía su cuna junto a mi cama;
por poco que se moviera, ya estaba yo despierta, y ora tenía
que darle de beber, ora acostarla a mi lado; otras veces, si no
callaba, tenía que levantarme y pasearla meciéndola en mis
brazos, de un extremo a otro del aposento, y al amanecer

debía estar ya en el lavadero, luego ir a la compra, cuidar de la
cocina, y así siempre, lo mismo hoy que mañana. Con una
vida así, señor, no siempre está una descansada, pero en
cambio se halla buena la comida y bueno el reposo. (Pasan.)
MARTA
Para las pobres mujeres, eso es una calamidad. Un
solterón es difícil de corregir.
MEFISTÓFELES
Sólo una mujer cual vos podría desengañarme.
MARTA
Decidme con franqueza, caballero: ¿No habéis
encontrado nada todavía? ¿No se ha prendado el corazón en
alguna parte?
MEFISTÓFELES
Dice el refrán que: “hogar propio y mujer honesta valen
oro y perlas”.
MARTA
Os pregunto si nunca os ha entrado algún deseo, si
habéis recibido alguna prueba de afecto.
MEFISTÓFELES
En todas partes se me ha recibido de un modo muy
cortés.
MARTA
Quería decir si en vuestro corazón no ha habido jamás
alguna cosa formal.
MEFISTÓFELES
Con las mujeres, nunca debe uno atreverse a jugar.
MARTA
¡Ah! No me comprendéis.
MEFISTÓFELES
Lo siento en el alma. Pero sí comprendo que... sois muy
amable. (Pasan.)
FAUSTO
¿Me reconociste, ángel mío, luego que entré yo en el
jardín?
MARGARITA
¿No lo vísteis? Bajé los ojos.
FAUSTO
¿Y me perdonas la libertad que me tomé, lo que se
permitió mi atrevimiento cuando saliste de la catedral el otro
día?
MARGARITA

Quedéme turbada, pues nunca me había sucedido tal
cosa; nadie podía decir mal de mí. ¡Ah! pensé ¿habrá visto en
tu porte algo de indecoroso, de inconveniente? Parecía de
pronto que tenía ganas de proceder sin miramientos con esta
joven. Con todo, debo confesarlo. Yo no sé lo que en
seguida empezó a agitarse aquí en favor vuestro; pero, podéis
bien creerlo, estaba muy enojada conmigo por no poder estar
más enojada con vos.
FAUSTO
¡Dulce amor mío!
MARGARITA
Permitidme un momento. (Coge una margarita y arranca los
pétalos uno tras otro.)
FAUSTO
¿Qué es eso? ¿Un ramillete?
MARGARITA
No, es sólo un juego.
FAUSTO
¿Cómo?
MARGARITA
¡Vaya! Os reiréis de mí. (Deshoja la flor musitando.)
FAUSTO
¿Qué estás musitando?
MARGARITA
(En voz baja). Me ama... no me ama...
FAUSTO
¡Hechicero rostro celestial!
MARGARITA
(Continuando). Me ama... no... me ama... no...
(Arrancando la última hoja, con encantadora alegría.) ¡Me ama!
FAUSTO
Sí, niña mía. Que este lenguaje de la flor sea para ti
oráculo divino. ¡Te ama! ¿Comprendes tú lo que esto
significa? ¡Te ama! (Le coge ambas manos.)
MARGARITA
Me da un temblor...
FAUSTO
No tiembles. Deja que esta mirada, este apretón de manos
te digan lo que no se puede expresar. Abandonarse por
completo y sentir un embeleso que ha de ser eterno.
¡Eterno...! Su fin sería la desesperación. ¡No; ¡sin fin! ¡sin fin!
(Margarita le estrecha las manos; logra luego desasirse y huye.
Fausto queda un momento pensativo, y luego echa a correr tras ella.)

MARTA
(Llegando). Anochece ya.
MEFISTÓFELES
Sí, y nosotros vamos a retirarnos.
MARTA
Os rogaría que os quedáseis aquí más tiempo, pero este es
un sitio muy malo. No parece sino que nadie tenga nada en
que ocuparse ni otra cosa que hacer más que atisbar las idas y
venidas del vecino, y haga uno lo que se quiera, anda siempre
de boca en boca... ¿Y nuestra parejita?
MEFISTÓFELES
Ha emprendido su vuelo allá en la calle de árboles.
¡Mariposas juguetonas!
MARTA
Parece que él ha cobrado afición a ella.
MEFISTÓFELES
Y ella a él. Así anda el mundo.
UN PEQUEÑO PABELLÓN DEL JARDÍN
MARGARITA entra de un salto, se esconde detrás de la puerta,
aplica la punta del dedo a los labios, y mira por la rendija.
MARGARITA
¡Ya viene!
FAUSTO
(Llegando). ¡Ah!, ¡bribonzuela! ¿Así te burlas de mí? ¡Ya te
pillé! (Le da un beso.)
MARGARITA
(Abrazando a Fausto y devolviéndole el beso.) ¡El mejor de los
hombres! Te amo con toda mi alma.
(Mefistófeles llama a la puerta.)
FAUSTO
(Hiriendo el suelo con el pie). ¿Quién va?
MEFISTÓFELES

Un buen amigo.
FAUSTO
Un animal.
MEFISTÓFELES
Hora es ya de que nos despidamos.
MARTA
(Llegando). Sí; es tarde, señor.
FAUSTO
(A Margarita). ¿No me dais licencia para que os
acompañe?
MARGARITA
Mi madre me... ¡Adiós!
FAUSTO
¿Debo, pues, partir? ¡Adiós!
MARTA
¡Adiós!
MARGARITA
Hasta que luego volvamos a vernos.
(Vanse Fausto y Mefistófeles.)
MARGARITA
¡Dios de bondad! ¡Cuántas y cuántas cosas no podrá
pensar un hombre de su condición! Ante él quédome toda
confusa, avergonzada, y a todo digo que sí. Es que soy una
pobre niña ignorante; no comprendo qué encuentra en mí.
(Vase.)

UNA SELVA CON UNA CAVERNA
FAUSTO solo
FAUSTO
Espíritu sublime tú me otorgaste todo cuanto pedí. No
en balde volviste hacia mí tu faz en medio de la llama. Me
diste la espléndida Naturaleza por reino, y a la vez, poder
para sentirla y gozar de ella. No es puramente con fría
admiración como me permites contemplarte, sino que me
concedes la facultad de mirar en su profundo seno como en
el pecho de un amigo. Haces desfilar ante mí la seguida de
seres vivientes, y me enseñas a conocer mis hermanos en el
tranquilo matorral, en el aire y en el agua. Y cuando ruge la
tormenta y estalla en la selva; cuando el pino gigante, al
desplomarse, troncha y arrastra consigo ramas y troncos
cercanos, y a su caída truena la montaña sordamente en sus
concavidades; entonces me guías a la segura caverna, me
muestras a mi mismo, y se manifiestan las recónditas,
profundas maravillas de mi propio pecho. Y cuando ante mis
ojos sube límpida la luna difundiendo calma por doquier, se
elevan para mi en el aire, desde los escarpados riscos y la
húmeda maleza, las argentinas formas de lo pasado,
templando el austero deleite de la contemplación, ¡Ah! Bien
veo ahora que al hombre nada perfecto se le ofrece. A la par
que este arrobamiento que me transporta cada vez más cerca
de los dioses, me diste el compañero de quien no puedo ya
privarme, a pesar de que, frío y procaz, me humilla a mis
propios ojos y con un soplo de su palabra reduce tus dones a
la nada. Con empeño atiza en mi pecho un violento fuego
que me arrastra hacia aquella hechicera imagen. Así, ando
vacilante del deseo al goce, y en el goce suspiro por el deseo.
(Aparece MEFISTÓFELES.)
MEFISTÓFELES
¿No os habéis cansado ya de llevar esa vida? ¿Cómo
puede gustaros a la larga? Bueno es probarla una vez; pero
luego, a otra cosa nueva.
FAUSTO
Bien podrías hacer cosa mejor que venir a importunarme
en mis momentos de placidez.
MEFISTÓFELES
Bueno, bueno. Con mucho gusto te dejo tranquilo; no
hay necesidad de que me lo digas con esa cara tan seria. Con
un compañero tan adusto, desabrido y extravagante como tú,
sin duda poco hay que perder. Todo el día se ajetrea uno por
complacerle, y nunca es posible adivinar por la nariz de ese
señor lo que le place y lo que hay que dejar.
FAUSTO
¡Cabal! Quiere aún que le dé las gracias por estarme
fastidiando.
MEFISTÓFELES
¿Cómo hubieras tú, pobre hijo de la tierra, vivido sin mí?
Del chichirimoche de la imaginación, no obstante, ya te he
curado por mucho tiempo; y si no fuera por mí, ya te
hubieras ido a pasear lejos de este globo terráqueo. ¿Qué
sacas tú con estarte consumiendo ahí agazapado como un
mochuelo en las cavernas o hendeduras de los peñascos?
¿Para qué chupar, como un sapo, tu alimento del húmedo
musgo y de las rezumantes rocas? ¡Vaya un bonito y dulce
pasatiempo! Tienes aún el doctor metido en el cuerpo.
FAUSTO
¿No concibes qué nueva energía vital me depara este
paseo en la soledad? Ciertamente, si pudieras tú sospecharla,
serías bastante diablo para envidiar mi dicha.
MEFISTÓFELES
Sí, ¡una dicha supraterrena! Tenderse en las montañas por
la noche sobre el césped bañado de rocío, y embebecido,
abarcar tierra y cielo, hincharse hasta creer llegar a la talla de
un dios, escudriñar el meollo de la tierra con el ardor del
presentimiento, sentir dentro del pecho toda la obra de los
seis días, dotado de soberbia pujanza gozar de no sé qué,
desbordarse luego con amoroso enajenamiento en todo, sin
quedar rastro del hijo de la tierra, y entonces terminar esta
sublime contemplación (haciendo un adernán expresivo.)...
de un modo que no me atrevo a decirlo.
FAUSTO
¡Quítate allá!
MEFISTÓFELES
Esto no os cae en gracia. Tenéis el derecho de decir con
buenos modos: ¡quítate allá! Delante de castos oídos, no se
ha de nombrar aquello de que no pueden privarse los castos
corazones. Y por decirlo claro y en breves palabras, te
concedo el placer de mentirte un poco a ti mismo cuando
llegue el caso; pero no lo aguantarás largo tiempo. Ya estás
otra vez rendido, y si esto llega a durar mucho, te consumirás
de frenesí o de angustia y espanto. Pero basta ya de eso. Tu
amada no se mueve de allí dentro, y todo se le hace estrecho
y triste. Tú no te apartas ni un ápice de su pensamiento, y ella
te ama con extremo. Al principio, tu amoroso frenesí vino a
desbordarse, como se sale de madre el arroyuelo al derretirse
la nieve; ese frenesí tú se lo vertiste en el corazón, y ahora tu
pequeño arroyo se ha quedado seco de nuevo. Me parece a
mí que, en vez de imperar en las selvas, haría bien el noble
señor en recompensar ese pobre pimpollo por su cariño. El
tiempo se le hace horriblemente largo. Se está ella junto a la

ventana viendo alejarse las nubes por cima de los viejos
muros de la ciudad. ¡“Si fuera yo pajarito”! Esta es su
canción de todos los días y de la mitad de la noches. Alguna
vez está alegre; las más está triste; otras veces, después de
desahogarse llorando, se queda de nuevo tranquila, al
parecer, pero siempre enamorada.
FAUSTO
¡Serpiente! ¡serpiente!
MEFISTÓFELES
(Aparte). ¡Claro! Para cogerte a ti.
FAUSTO
¡Infame! Quítate de ahí y guárdate de nombrar esa gentil
mujer. No traigas de nuevo ante mis sentidos medio
extraviados el deseo de su cuerpo hechicero.
MEFISTÓFELES
¿Y qué? Ella se figura que tú huiste, y casi, casi lo has
hecho.
FAUSTO
Cerca estoy de ella, y por lejos que estuviera, jamás podría
olvidarla, jamás perderla. Sí; envidio ya el cuerpo del Señor
en el momento en que lo tocan sus labios.
MEFISTÓFELES
¡Bravísimo, amigo mío! Yo os he enviado muchas veces
el par de mellizos que pace entre rosas.
FAUSTO
¡Aparta alcahuete!
MEFISTÓFELES
¡Lindamente me insultáis y no puedo menos de reírme!
El Dios que creó mozos y mozas determinó al punto el más
noble de los oficios: originar asimismo hasta la ocasión. Pero
partamos. ¡Cuidado, que es una gran desdicha! Debéis
encaminaros al aposento de vuestra amada, y no a la muerte
quizá.
FAUSTO
Entre los brazos de ella, ¿qué son los goces del cielo?
Que me caliente yo contra su pecho, ¿acaso no siento
siempre su desventura? ¿No soy el fugitivo que carece de
hogar, el monstruo sin ideal y sin sosiego, parecido a una
catarata, cuyas aguas mugen y espuman de roca en roca,
corriendo furiosas hacia el abismo? Y al lado, ella con los
sentidos infantilmente velados, en la cabañita del pequeño
campo alpino, y toda su actividad doméstica limitada al
reducido mundo en que vive. Y a mi, el odiado de Dios, no
me había bastado batir las peñas y hacerlas pedazos. Era ella,
era su tranquilidad lo que debía yo minar. ¡Infierno, tú
necesitabas tener esta víctima! Ayúdame, demonio, a abreviar

el tiempo de angustia. Lo que ha de suceder, suceda al
instante. Caiga sobre mí su destino, y conmigo ella sucumba.
MEFISTÓFELES
¡Cómo bulle, cómo arde eso de nuevo! Anda a
consolarla, insensato. Allí donde una cabeza tan pequeña no
ve salida alguna, al punto se figura que todo ha concluido.
¡Viva aquel que se mantiene animoso! Fuera de eso, sin
embargo, estás bastante endiablado ya. Nada encuentro más
ridículo en el mundo que un diablo sumido en la
desesperación.
APOSENTO DE MARGARITA
MARGARITA sola, junto al torno de hilar
MARGARITA
Oprimido está mi corazón, huyó de mi el sosiego; nunca
lo recobraré, nunca, nunca más.
Allí donde no le tengo a él, es para mí la tumba, el mundo
entero está para mí lleno de amargor.
Turbada está mi pobre cabeza, hecha pedazos tengo mi
pobre alma.
Oprimido está mi corazón, huyó de mí el sosiego; nunca
lo reco-braré, nunca, nunca más.
Sólo para verle a él miro por la ventana; por él sólo salgo
de mi casa.
¡Su paso arrogante, su noble apostura, la sonrisa de sus
labios, el poder de sus ojos!
El flujo mágico de su palabra, la presión de su mano y
¡ay! ¡su beso!

Oprimido está mi corazón, huyó de mi el sosiego; nunca
lo reco-braré, nunca, nunca más.
Mi corazón se lanza hacia él. ¡Ah! ¡si yo pudiese abrazarle
y retenerle,
y besarle cual yo quisiera, aunque hubiese de morir en sus
besos!
FAUSTO
EL JARDIN DE MARTA
MARGARITA, FAUSTO
MARGARITA
Prométeme, Enrique...
FAUSTO
Lo que pueda.
MARGARITA
Vamos, dime: ¿qué piensas en materia de religión? Eres
un hombre bueno de corazón: mas de esto, creo que no
haces gran caso.
FAUSTO
Dejemos eso, hija mía. Ya ves que yo te quiero bien, y por
las personas a quienes amo, daría mi cuerpo y mi sangre. No
quiero arrebatar a nadie sus sentimientos ni apartarle de su
iglesia.
MARGARITA
No basta eso; es preciso creer.
FAUSTO
¿Es preciso?
MARGARITA
¡Ah! ¡Si tuviera sobre ti algún poder! Tampoco veneras
los santos Sacramentos.
FAUSTO
Los venero.
MARGARITA
Pero sin fervor. Hace mucho tiempo que no has ido a
misa ni a confesar. ¿Crees en Dios?
FAUSTO
Amor mío, ¿quién osaría decir: “Creo en Dios?” Puedes
preguntar a sacerdotes y sabios, y su respuesta no parecerá
sino una burla dirigida al preguntador.
MARGARITA
Luego, ¿no crees?
FAUSTO
No interpretes mal mis palabras, hermosa mía. ¿Quién
puede nombrarlo? ¿Y quién puede confesar: “Creo en Él”?
¿Quién, siendo capaz de sentir, puede atreverse a exclamar:
No creo en Él”? Aquel que todo lo abarca, Aquel que todo
lo sostiene , ¿no abarca, no sostiene a ti, a mí, a él mismo?
¿No se extiende el cielo formando bóveda allá en lo alto?
¿No está la tierra firme bajo nuestros pies? ¿No se elevan las
eternas estrellas mirando con amor? ¿No te contemplo yo
clavando mis ojos en los tuyos? Y todo cuanto existe ¿no
impresiona tu cabeza y tu corazón y se agita visible e invisible
cerca de ti en un eterno misterio? Por grande que sea, llena de
esto tu corazón, y cuando, penetrada de tal sentimiento, seas
feliz, nómbralo entonces como quieras, llámale Felicidad,
Corazón, Amor, Dios. Para ello no tengo nombre; el
sentimiento es todo. El nombre no es más que ruido y humo
que ofusca la lumbre del cielo.
MARGARITA
Todo eso es muy bello y bueno. Poco más o menos es lo
que también dice el cura, sólo que con términos algo
distintos.
FAUSTO
Y esto mismo lo dicen todos los corazones en todas
partes a la celeste claridad del día, cada uno en su lenguaje.
¿Por qué no puedo yo decirlo en el mío?
MARGARITA
Al escucharlo así, podría parecer pasadero; mas, con todo,
hay siempre algo sospechoso, por la razón de que no eres
cristiano.

FAUSTO
¡Niña querida!
MARGARITA
Desde hace mucho tiempo, me apena el verte con esa
compañía.
FAUSTO
¿Cómo así?
MARGARITA
Ese hombre que tienes a tu lado, me es odioso en lo más
profundo de mi alma. Nada en mi vida me ha dado una tal
punzada en el corazón como la facha repulsiva de ese
hombre.
FAUSTO
No le temas, ídolo mío.
MARGARITA
Su presencia me altera la sangre. Fuera de esto, quiero
bien a todo el mundo; pero, así como suspiro por verte,
delante de ese hombre siento un secreto horror; y además, le
tengo por un bribón. ¡Perdóneme Dios si soy injusta con él!
FAUSTO
Es menester que haya también esa casta de pajarracos.
MARGARITA
No quisiera yo vivir con alguno de ellos. Si una vez llega
a pasar la puerta, siempre lanza dentro una mirada tan
burlona y medio colérica... Bien se echa de ver que no toma
interés por nada, y en la frente lleva escrito que a nadie puede
amar. Hállome tan a gusto en tus brazos, tan libre, tan
ardientemente abandonada, y la presencia de ese hombre me
oprime el corazón.
FAUSTO
¡Oh ángel lleno de presentimientos!
MARGARITA
Hasta un extremo tal esto me domina, que dondequiera
que él se acerque tan sólo a nosotros, llego a creer que ya no
te amo. Cuando está ahí, tampoco podría yo jamás orar. Esto
me devora el corazón, y a ti, Enrique, debe pasarte lo mismo.
FAUSTO
Eso es que le tienes antipatía.
MARGARITA
Ahora debo retirarme.
FAUSTO

¡Ah! ¿No podré yo jamás, durante una horita, reposar,
tranquilo en tu seno, oprimir pecho contra pecho y penetrar
el alma en el alma?
MARGARITA
¡Ah! ¡si tan siquiera durmiese sola! De buen grado te
dejaría descorrido el cerrojo esta noche, pero mi madre tiene
el sueño ligero, y si nos sorprendiese, yo moriría al punto allí
mismo.
FAUSTO
No hay cuidado, ángel mío. Toma este pomito. Tres gotas
tan sólo en su bebida sumen plácidamente la naturaleza en
profundo sueño.
MARGARITA
¿Qué no haría yo por ti? Espero que eso no la dañará.
FAUSTO
De no ser así, ¿te lo aconsejara yo, amor mío?
MARGARITA
Sólo al mirarte, ¡oh tú el mejor de los hombres!, no sé que
me impele a cumplir tu voluntad. Tanto hice ya por ti, que
casi nada me queda por hacer. (Vase).
(Entra MEFISTÓFELES)
MEFISTÓFELES
FAUSTO
¡La bobalicona! ¿Ha salido?
FAUSTO
¿Acechaste otra vez?
MEFISTÓFELES
Lo he oído muy bien, punto por punto. Os han
catequizado aquí, señor doctor. Espero que eso os será de
gran provecho. Verdaderamente, las chicas tienen no poco
interés en que uno sea devoto y sencillo a la vieja usanza. Si a
esto se allana, piensan ellas, también nos obedecerá de igual
modo a nosotras.
FAUSTO
¿No comprendes monstruo, que esta alma buena y
sincera, llena de su fe, que por sí sola le da la salvación, se
atormenta santamente porque ha de considerar como
perdido al hombre a quien más ama?
MEFISTÓFELES
A ti, galanteador sensual y supersensual, una chiquilla te
lleva de la nariz.
FAUSTO
¡Monstruoso engendro de lodo y fuego!
MEFISTÓFELES
Y en cuestión de fisonomías entiende de un modo
magistral. Delante de mí, no sabe lo que le pasa. Mi pequeño
disfraz le anuncia un misterio; ella huele que soy sin duda un
genio o quizá el mismo diablo... Conque, esta noche...
FAUSTO
¿Y eso que te importa?
MEFISTÓFELES
¡Toma! También tengo en ello mi placer.
FAUSTO
EN LA FUENTE
MARGARITA e ISABELITA con cántaros
ISABELITA
¿Has sabido nada de Barbarita?
MARGARITA
Ni una palabra. Salgo tan poco...
ISABELITA
Por cierto, Sibila me lo ha dicho hoy. Al fin se ha dejado
,seducir. He aquí en qué paran aquellos aires de arrogancia.
MARGARITA
¿Cómo así?
ISABELITA
Eso trasciende. Ahora sustenta a dos cuando come y
bebe.
MARGARITA
¡Ah!
ISABELITA
Así es que al fin le llegó su merecido. ¡Cuánto tiempo no
ha ido colgadita de ese mozo! Que se trataba de un paseo, de
ir a la aldea o al baile, en todas partes había de ser la primera,
y él la obsequiaba siempre con vino y pastelillos. Estaba muy
pagada de su belleza, pero era tanto su descaro que no se
avergonzaba de admitir regalos de él. Vinieron besuqueos y
caricias, y hete aquí que la florecilla desapa-reció.
MARGARITA
¡Pobrecita!
ISABELITA
¿Y aun la compadeces? Mientras nosotras estábamos
hilando sin que nuestra madre nos permitiese bajar por la
noche, pasaba ella el tiempo dulcemente al lado de su galán, y
en el poyo de la puerta y en el pasadizo oscuro, ninguna hora
se les hacía demasiado larga. Así, pues, que se oculte ahora en
un rincón y que, vestida con el sayal de pecadora, cumpla la
penitencia impuesta por la Iglesia.
MARGARITA
Seguramente la tomará por mujer.
ISABELITA
Muy necio sería. Un mozo listo como él también se las
compone en otra parte. Así, pues, se ha escabullido.
MARGARITA
Eso no está bien.
ISABELITA
Y si logra atraparle, mal lo pasará ella. Los muchachos le
arrancarán la corona, y nosotras esparciremos paja picada
delante de la puerta de su casa. (Vase).
MARGARITA
(Dirigiéndose a su casa). ¡Cómo podía yo antes lanzar tan
duras invectivas cuando una pobre joven caía en un desliz!
Entonces no podía encontrar en mi lengua bastantes palabras
contra los pecados ajenos. ¡Cuán negro parecíame aquello, y
a pesar de que lo ennegrecía aún más, nunca era bastante
negro para mí, y me hacía cruces y me gloriaba, y ahora yo
misma me hallo entregada al pecado! Mas... todo cuanto me
impulsó a él, ¡Dios mío!, era tan bueno, ¡ay! ¡era tan dulce...

INTERIOR DE LA MURALLA
En un hueco de la muralla, una devota imagen de la Dolorosa;
delante de ella, unos tiestos de flores.
MARGARITA pone llores frescas en los tiestos
MARGARITA
¡Ah ¡Vuelve compasiva tu rostro a mi duelo, Madre
dolorosa!
Con la espada en el corazón, con dolores mil, elevas los
ojos hacia tu Hijo moribundo.
Miras al Padre y lanzas suspiros a lo alto, por su angustia
y la tuya.
¿Quien es capaz de sentir como taladra el dolor mis
huesos? Lo que agita mi pobre corazón, lo que lo estremece,
lo que él ansía, sólo tú lo sabes, nadie más que tú.
Doquiera que vaya, ¡qué dolor, qué dolor, que dolor
siento aquí en mi pecho! No bien estoy sola, ¡ay! lloro, lloro y
lloro, y se me parte el corazón.
FAUSTO
Con mis lágrimas ¡ay! he regado las macetas de mi
ventana mientras, al rayar el alba, cogía estas flores para ti.
Cuando muy de mañana lucía el sol en lo alto de mi apo-
sento, estaba ya sentada en mi lecho, sumida en la mayor
desolación.
¡Acude en mi auxilio! ¡Sálvame de la deshonra y de la
muerte! ¡Ah! ¡Vuelve compasiva tu rostro a mi duelo, Madre
dolorosa!

LA NOCHE
Una calle, frente a la puerta de Margarita
VALENTÍN, soldado, hermano de Margarita
VALENTÍN
Cuando me hallaba en una francachela, donde más de
uno gusta de jactarse, y los camaradas habían ponderado en
alta voz delante de mi la flor de las mozas anegando los
elogios en el vaso lleno hasta el borde, estaba yo de codos en
la mesa sentado con el mayor sosiego, es-cuchando todas
aquellas fanfarronadas. Me acaricio sonriendo la bar-ba,
tomo en mi mano el vaso lleno, y digo: Cada cosa en su
lugar. Pero ¿hay en todo el país una muchacha que valga
tanto como mi querida Margaritilla, y le llegue a la suela del
zapato a mi hermana? ¡Top! ¡top! ¡Cling! ¡clang! y el chocar
de las copas daba vuelta a la mesa. “Tiene razón, exclamaban
unos, es la joya de todo su sexo”. Enmudecían en-tonces
todos los elogiadores. ¡Y ahora...! Hay que mesarse los ca-
bellos y tirarse de cabeza contra las paredes. Con dichos
picantes y gestos burlones, no habrá pícaro que no me
ultraje, ¡y yo habré: de quedarme quieto como un mal
deudor, sudando a cada leve palabra dicha al azar! Y aunque
pudiera molerlos a palos todos juntos, no podría, sin
embargo, llamarlos embusteros... ¿Quién llega? ¿Quién se
acerca con paso furtivo? A no engañarme, son dos. Si es él, al
punto le echo la mano encima y no escapará vivo de aquí.
(Entran FAUSTO y MEFISTÓFELES)
FAUSTO
Como de aquel ventanal de la sacristía se eleva tremulenta
la luz de la pequeña lámpara perpetua y cada vez más
mortecina alumbra débilmente de soslayo, y en torno de ella
se cierran las tinieblas, así reina la noche en mi alma.
MEFISTÓFELES
Y yo soy como el gatito que, consumido de lúbrico ardor,
se escurre a lo largo de una escala de incendio, y luego se
frota suavemente contra las paredes. Con esto me siento del
todo virtuoso una pizca de codicia ladronesca y una pizca de
lascivia gatuna. Así es que ya me trasguea por todos los
miembros la deliciosa noche de Walpurgis, que será pasado
mafíana. Allí, al menos, sabe uno por qué trasnocha.
FAUSTO
Interín ¿no sube a la superficie el tesoro que veo
centellear allí detrás?.
MEFISTÓFELES

Muy pronto sentirás el gozo de sacar del suelo, el
calderito. El otro día eche una ojeada dentro, y vi que
contenía magníficos escudos leoninos.
FAUSTO
¿Y no había ni una presea, ni una sortija con qué adornar
a mi amada?
MEFISTÓFELES
Yo bien vi allí una cosa como una especie de collar de
perlas.
FAUSTO
Bien está. Me da mucha pena ir a su casa sin algún
presente.
MEFISTÓFELES
No debía disgustaros lo más mínimo el saborear alguna
cosa de balde. Y ahora que brilla el cielo tachonado de
estrellas, vais a oír una verdadera obra maestra. Voy a cantarle
a ella una canción moral a fin de seducirla con más
seguridad.
(Canta acompañándose con la cítara.)
“¿Qué haces ahí, Catalinita, frente a la puerta del galán, en
los primeros albores de la mañana? ¡Guarda! ¡Guarda! Te
dejará entrar como doncella, pero como doncella no te dejará
salir. ¡Andaos con tiento! Se consumó la cosa. Conque,
¡buenas noches!, vosotras pobres, pobres niñas. Si os
estimáis en algo, guardaos de hacer nada por amor a ningún
ladrón, si no es con el anillo nupcial en el dedo.”
(VALENTÍN se adelanta)
VALENTÍN
¿A quién engatusas ahí? ¡Rayo de Dios! ¡Maldito cazador
de ratones! ¡Al diablo, primero el instrumento! ¡Al diablo,
después el cantor!
MEFISTÓFELES
Rota está la cítara. Nada se puede aprovechar.
VALENTÍN
Ahora falta que os rompa los cascos.
MEFISTÓFELES
(A Fausto). Señor doctor, no hay que arredrarse. ¡Animo!
Teneos firme a mi lado, de manera que os pueda guiar. ¡Al
aire vuestro plu-mero! Tirad solamente. Yo paro los golpes.
VALENTÍN
Para éste.
MEFISTÓFELES
¿Por qué no?
VALENTÍN
Y éste.

MEFISTÓFELES
Sin duda.
VALENTÍN
Creo habérmelas con el diablo. ¿Qué es eso? Mi mano se
entorpece ya.
MEFISTÓFELES
(A Fausto). Tiraos a fondo.
VALENTÍN
(Cayendo). ¡Ay!
MEFISTÓFELES
Ya está amansado el majadero. Mas ahora huyamos de
aquí. Hay que desaparecer al momento, pues se levanta ya
una gritería horrible. Yo sé componérmelas muy bien con la
policía, pero con la jurisdicción criminal ya es otra cosa.
MARTA
(Desde la ventana). ¡Socorro! ¡Favor!
MARGARITA
(Desde la ventana). ¡Aquí! ¡Una luz!
MARTA
(Como antes). Se querellan y disputan, gritan y pelean.
EL PUEBLO
Ahí yace ya uno muerto.
MARTA
(Entrando). ¿Se han escapado, pues, los asesinos?
MARGARITA
(Entrado). ¿Quién yace aquí?
EL PUEBLO
El hijo de tu madre.
MARGARITA
¡Dios Todopoderoso! ¡Qué tormento!
VALENTÍN
¡Yo muero! Pronto está dicho y aún más pronto hecho.
Pero, ¿qué hacéis ahí, mujeres, con esos gimoteos y esos
lamentos? Acercaos y escuchad.
(Todas le rodean.)
Mira, Margarita mía, tú eres joven aún, no tienes todavía
bastante experiencia y te das poca maña en tus cosas. Te lo
digo en confianza: puesto que ahora eres ya una prostituta,
sélo en toda regla.
MARGARITA
¡Hermano mío! ¡Ay, Dios! ¿Qué quieres decir con eso?

VALENTÍN
No mezcles a Dios Nuestro Señor en esas niñerías. Lo
hecho, hecho está, por desgracia, y saldrá lo que salga.
Empezaste de tapadillo con uno solo; luego van viniendo
otros a su vez, y cuando seas ya de una docena, entonces eres
también de toda la ciudad. Al principio, cuando nace la
deshonra, sale a luz en secreto, y se tiende sobre su cabeza y
sus orejas el velo de la noche. Sí, de buena gana la ahogarían.
Pero va creciendo y formándose, y entonces sale desnuda en
pleno día, sin que por eso haya aumentado su belleza.
Cuanto más feo se vuelve su rostro, tanto más busca ella la
luz del sol. En verdad, veo ya llegar el día en que todas las
personas honradas se apartarán de ti, ramera, como de un
cadáver infecto. El corazón desfallecerá en tu cuerpo cuando
te miren en los ojos. No llevarás ya cadenillas de oro, ni en la
iglesia te pondrás cerca del altar, ni tampoco irás a divertirte
en el baile luciendo una hermosa gorguera de encaje. En un
mísero rincón oscuro tendrás que ocultarte confundida entre
mendigos y lisiados, y aunque Dios te perdone, maldita serás
en la tierra.
MARTA
Encomendad vuestra alma a la misericordia divina.
¿Queréis aun cargar sobre vos la calumnia?
VALENTÍN
Si tan siquiera pudiese yo llegar a tu escuálido cuerpo,
infame alcahueta, esperaría encontrar pleno perdón de todos
mis pecados.
MARGARITA
¡Hermano mío! ¡Qué infernal suplicio!
VALENTÍN
Déjate de lágrimas, digo. Al perder la honra, descargaste
en mi corazón el golpe más cruel... Por el sueño de la muerte,
voy a Dios como soldado y hombre de honor.
(Muere.)

LA CATEDRAL
OFICIO CON ORGANO Y CANTO
MARGARITA entre la multitud; detrás de MARGARITA el
ESPÍRITU MALIGNO
EL ESPÍRITU MALIGNO
¡Cuán otra eras tú, Margarita, cuando, llena de inocencia
todavía, te acercabas aquí al altar y balbucías tus oraciones del
manoseado librito, con el corazón dividido entre Dios y tus
infantiles juegos! ¡Margarita! ¿Dónde tienes la cabeza? ¡Qué
iniquidad en tu pecho! ¿Ruegas por el alma de tu madre, que
por culpa tuya se durmió para sufrir en el otro mundo un
largo, largo tormento? ¿Cuya es la sangre vertida en el umbral
de tu puerta? Y en tus entrañas, ¿no se agita ya un ser, que
para tu tormento y el suyo, va creciendo y te acongoja con su
presencia llena de presagios?
MARGARITA
¡Ay! ¡Ay de mí! ¡Que no pueda librarme de los
pensamientos que cruzan por mi cabeza a despecho mío!
CORO
DIES IRAE, DIES ILLA
SOLVET SAECLUM IN FAVILLA.
(Suena el órgano.)
EL ESPÍRITU MALIGNO
La desesperación se apodera de ti. Suena la trompeta. Las
tumbas se estremecen, y tu corazón, resucitado del reposo de
las cenizas, se despierta con sobresalto para sufrir los
tormentos de las llamas.
MARGARITA
¡Quién pudiera estar lejos de aquí! paréceme como si el
órgano me cortara el aliento, como si ese canto me arrancara
el corazón desde lo más profundo de mi ser.
CORO
JUDEX ERGO CUM SEDEBIT,
QUIDQUID LATET ADPAREBIT,
NIL INULTUM REMANEBIT.
MARGARITA
¡Me ahogo! Los Pilares de los muros me oprimen; la
bóveda pesa sobre mí... ¡Aire! ¡Aire!
EL ESPÍRITU MALIGNO
¡Escóndete! El pecado y la deshonra no quedan ocultos.
¿Aire? ¿Luz? ¡Ay de ti!

CORO
QUID SUM MISER TUNG DICTURUS?
QUEM PATRONUM ROGATURUS?
CUM VIX JUSTUS SIT SECURUS!
EL ESPÍRITU MALIGNO
Los bienaventurados desvían de ti su faz. Al tenderte la
mano, se estremecerían los justos. ¡Ay de ti!
CORO
QUID SUM MISER TUNG DICTURUS?
MARGARITA
¡Vecina!... Vuestro pomo de sales...
(Cae desmayada.)

LA NOCHE DE WALPURGIS
MONTAÑAS DEL HARZ. REGIÓN DE SCHIERKE
Y ELEND
FAUSTO, MEFISTÓFELES
MEFISTÓFELES
¿No deseas un palo de escoba? Para mí quisiera el cabrón
más potente. Por este medio, estamos aún lejos del término.
FAUSTO
Mientras me sienta yo firme aún sobre mis piernas,
bástame este nudoso palo, ¿Para qué abreviar el camino?
Deslizarse en el laberinto de los valles, trepar luego a este
risco, desde donde se precipita el manantial siempre
borbotante: he aquí el placer que sazona tales vericuetos. La
primavera se agita ya en los abedules, y el mismo pino siente
ya su influencia; ¿por qué no habría de obrar también sobre
nuestros miembros?

MEFISTÓFELES
A decir verdad, nada de eso experimento yo. Tengo el
invierno en el cuerpo. Quisiera ver mi camino cubierto de
escarcha y nieve. ¡Cuán triste sube el rojo disco escotado de
la luna con su tardía lumbre, y cuán mal ilumina, que a cada
paso choca uno contra un árbol o una roca! Deja que llame
yo un fuego fatuo, precisamente veo allí uno que arde alegre.
¡Eh ¡Amigo mío! ¿Puedo pedirte que vengas hacia noso-
tros? ¿Por qué te empeñas en arder tan sin provecho? Ten,
pues, la bondad de alumbrarnos hasta allá arriba.
EL FUEGO FATUO
Por respeto a vos, confío que lograré dominar mi natural
ligero. Nuestra marcha no va de ordinario sino en zigzag.
MEFISTÓFELES
¡Hola, hola! Piensa él imitar a los hombres. Anda
derecho, en nombre del diablo, o apago de un soplo la
oscilante llama de tu Vida.
EL FUEGO FATUO
Bien advierto que sois el amo de la casa y de buen talante
me someto a vos. Pero tened en cuenta que la montaña está
hoy locamente embrujada, y si un fuego fatuo os ha de
mostrar el camino, no habéis de fijaros en tales menudencias.
FAUSTO, MEFISTÓFELES y el FUEGO FATUO, en
canto alternado.
FAUSTO
Según parece, hemos entrado en la esfera de los sueños y
encan-tamientos. Guíanos bien, y hazte honor a ti mismo,
para que pronto lleguemos a los vastos espacios desiertos.
Veo los árboles como pasan con rapidez unos tras otros y
las escarpadas rocas que se inclinan y las largas narices de los
peñascos que roncan y soplan.
Por entre las piedras, por entre la hierba, corren hacia
abajo arroyo y arroyuelo. ¿Oigo murmurios? ¿Oigo cantos?
¿Oigo una dulce queja amorosa, voces de aquellos días
celestiales? ¿Son nuestras esperanzas? ¿Son nuestros amores?
Y el eco resuena como leyenda de tiempos pasados.
¡U-hu! Chu-hu! Esto se oye más cerca; lechuza, frailecillo
y grajo, ¿están todos despiertos? ¿Son salamandras lo que
hay entre las breñas, con sus luengas patas e hinchados
vientres? Y las raíces, a semejanza de serpientes, se retuercen
por fuera de la roca y de la arena y tienden extraños lazos
para asustarnos o cogernos. Desde las animadas y recias
excrecencias nudosas, alargan en dirección al caminante sus
tentáculos de pulpo. Y ratones de mil colores corren en
tropel a través del musgo y del matorral. Y las luciérnagas
vuelan en apretados enjambres formando un confuso
acompañamiento.
Mas dime: ¿estamos parados o avanzamos? Todo, todo
parece dar vueltas, peñas y árboles, que hacen visajes, y
fuegos fatuos, que se multiplican y se agrandan.
MEFISTÓFELES
Cógete bien de la punta de mi manto. He aquí una
especie de picacho central, desde donde con asombro se ve
cómo Mammón brilla en la montaña.
FAUSTO
¡Cuán extrañamente luce en el fondo de los valles esa
pálida y rojiza claridad matinal, que penetra hasta en las
fauces profundas del abismo! Allí suben densos vapores, allí
se exhalan emanaciones mefíticas, aquí, a través del velo sutil
de tales efluvios, resplandece un fuego ardiente, que ya se
desliza cual tenue hilo, ya surge con ímpetu como un
manantial. Aquí se entrelaza formando cien arterias que se
diseminan por una vasta extensión del valle, y allí, en el
rincón donde se hacina la muchedumbre, se recoge de
pronto en si mismo. Allí brotan chispas en derredor, se-
mejando arena de oro que se desparrama. Pero, mira como
arde la Pared de rocas en toda su altura.
MEFISTÓFELES
¡Qué! ¿No ilumina con esplendidez el señor Mammón el
palacio para la presente fiesta? Es una suerte feliz que hayas
visto tal espectáculo. Ya huelo a los turbulentos huéspedes.
FAUSTO
¡Cuán furioso se desata el huracán en el aire! ¡Con qué
golpes hiere mi nuca!
MEFISTÓFELES
Es menester que te agarres a las viejas salientes de la roca;
de lo contrario, la borrasca te despeñará al fondo de estas
simas. La niebla hace la noche más densa. Escucha como
cruje la selva. Los mochuelos huyen despavoridos. ¡Oye! Las
columnas de los palacios perpetua-mente verdes saltan
convertidas en astillas. Las ramas gimen y se desga-jan; los
troncos son sacudidos con violencia; rechinan las raíces y se
abren como bostezando. En la espantosa confusión de la
caída, desplómanse todos con estrépito unos sobre otros, y
por los precipicios cubiertos de broza, silba y aúlla el
huracán. ¿No oyes voces en lo alto, en lontananza, en las
cercanías? Sí, a lo largo de toda la montaña corre un furioso
canto mágico.
LAS BRUJAS
(En coro). Avanzan las brujas hacia el Brocken; amarillo es
el rastrojo, verde la sementera. Allí se congrega la gran mu-
chedumbre; en el sitio más alto está entronizado el señor
Urián. Eso, pues, va a todo correr; la bruja vent... el cabrón
hiede.
UNA VOZ
Montada en una marrana, viene sola la vieja Baubo.
EL CORO
Así, ¡honor a quien se debe honor! ¡Adelante, señora
Baubo, y marchad a la cabeza! un vigoroso puerco y la
madre, encima, y en pos toda la cáfila de brujas.
UNA VOZ
¿Por qué camino has venido?
OTRA VOZ
Por el Ilsenstein. Allí eché una ojeada al nido de la
lechuza. ¡Ha hecho un par de ojos!
UNA VOZ
¡Ah! ¡Vete al infierno! ¿Por qué cabalgas tan aprisa?
OTRA VOZ
Me ha hecho un desollón. Mira las heridas.
CORO DE BRUJAS
Ancho es el camino; largo es el camino. ¿Qué frenética
turbamulta será esa? La horca pincha, la escoba araña, el niño
se ahoga, la madre revienta.
LOS BRUJOS
(Medio coro). Nos arrastramos como el caracol con su casa.
Las mujeres van todas delante; porque en tratándose de ir a
casa del diablo, la mujer tiene mil pasos de ventaja.
EL OTRO MEDIO CORO DE BRUJOS
Poco nos importa eso a nosotros. Pues lo que hace la
mujer con mil pasos, por mucho que se apresure, de un salto
lo hace el hombre.
UNA VOZ
(Arriba). Venid con nosotras, venid con nosotras desde el
lago peñascoso.
UNAS VOCES
(Abajo). Bien quisiéramos reunirnos con vosotras ahí
arriba. Estamos lavando y quedamos limpias del todo, pero
también somos eternamente estériles.
LOS DOS COROS
Enmudece el viento, huye la estrella, escóndese gustosa la
melan-cólica luna. En su zurrido, el coro mágico hace brotar
millares de chispas.
UNA VOZ
(Abajo). ¡Deteneos! ¡Deteneos!
OTRA VOZ
(Arriba). ¿Quién llama ahí desde la hendedura de la peña?
UNA VOZ
(Abajo). ¡Admitidme entre vosotras! ¡Admitidme entre
vosotras! Trescientos años hace que estoy subiendo, y no
puedo llegar a la cumbre. A gusto me hallaría entre mis
iguales.
LOS DOS COROS
Escoba, palo, horquilla, cabrón: todo sostiene, todo lleva.
Quien no llegue a remontarse hoy, es hombre perdido para
siempre.
UNA MEDIA BRUJA
(Abajo). ¡Marcho detrás a pasos cortitos tanto tiempo
ha...! ¡Cuán lejos están ya las otras! En casa no tengo reposo
alguno, y sin embargo, aquí me quedo rezagada.
CORO DE BRUJAS
El unto dé bríos a las brujas; un guiñapo puede servir de
vela; una artesa cualquiera es un buen barco. Nunca volará
quien no haya volado hoy.
LOS DOS COROS
Y cuando pasemos alrededor de la cumbre, rasad el suelo,
y cu-brid en todas direcciones el matorral con vuestro
enjambre de hechi-ceras.
(Descienden a tierra.)
MEFISTÓFELES
Todo empuja y se atropella, zumba y rechina; todo silba y
forma remolinos; todo corre y charla; todo luce, chisporrotea,
apesta y arde. Es un verdadero elemento de brujas. Sobre
todo, tente firme a mi lado; de lo contrario, nos veríamos
separados al momento. ¿Dónde estás?
FAUSTO
(Desde lejos.) Aquí.
MEFISTÓFELES
¡Cómo! ¿Te arrastraron ya ahí abajo? Entonces será
menester que haga uso de mi derecho doméstico. ¡Ea! ¡Plaza!
Aquí viene el señor Voland. ¡Plaza, querida chusma! ¡Plaza!
Aquí, doctor, agárrate a mí. Y ahora, de un brinco;
escapémonos de ese jabardillo. Harto loco es aún para mis
semejantes. Allí a corta distancia brilla algo con una claridad
muy singular. Alguna cosa me atrae hacia aquellas matas.
¡Ven, ven! Escurrámonos hacia allí.
FAUSTO
¡Espíritu de contradicción! ¡Adelante! Condúceme en
buena, hora. ¡Eso sí que está bien, a fe mía! Nos
encaminamos al Brocken la noche de Walpurgis, para
aislarnos aquí mismo a nuestro sabor.
MEFISTÓFELES
Mira allí qué llamas de varios colores. Es un alegre club
que se ha reunido. En un pequeño círculo no se está solo.
FAUSTO
Mejor quisiera, sin embargo, estar allí arriba. Ya veo
lumbre y una humareda que gira formando remolino. Allí
corre en tropel la multitud hacia el Malo. Más de un enigma
debe descifrarse allí.
MEFISTÓFELES
Pero también se forma el nudo de más de un enigma.
Deja que grite y alborote el gran mundo; permanezcamos
nosotros aquí en sosiego. Pero es cosa sabida mucho tiempo
ha que en el gran mundo se hacen pequeños mundos. Veo
allí unas brujas mozas que andan en cueros vivos, y otras
viejas que prudentemente se cubren. Sé amable, siquiera por
complacerme a mí. Poca es la molestia, grande el placer. Oigo
sonar un runrún de instrumentos. ¡Maldita cencerrada! Hay
que acostumbrarse a ella. Ven conmigo, ven conmigo. No
hay más; yo me adelanto, te introduzco y te obligo de nuevo.
¿Qué dices tú, amigo? No es un espacio reducido que diga-
mos. Mira allí. Apenas ves el fin. Un centenar de fogatas arde
en hilera. Se baila, se chacharea, se guisa, se bebe, se enamora;
con que, díme: ¿dónde hay cosa mejor?
FAUSTO
¿Quieres tú ahora, para introducirnos ahí presentarte
como brujo o como diablo?
MEFISTÓFELES
La verdad es que estoy muy acostumbrado a ir de
incógnito. No obstante, en un día de gala luce uno su
insignia. Una jarretera no me distingue, pero el pie de caballo
hace aquí dignamente su papel. ¿Ves tú ese caracol? Se acerca
arrastrándose, y con su ojo que busca a tientas ha descubierto
ya alguna cosa en mí. Aunque yo no quiera, no puedo negar
aquí mi condición. Ven. Iremos de fogata en fogata; yo soy el
medianero y tú el galán.
(A unos que están sentados alrededor de unas ascuas que se van
apagando lentamente.)
¿Qué hacéis ahí en el extremo, viejos señores? Yo os
aplaudiría si os hallara buenamente en el medio, rodeado de
la algazara y del regocijo de la juventud. Bastante solo está
cada cual en su casa.
UN GENERAL
¿Quién puede confiar en las naciones, por mucho que
haga uno por ellas? Porque entre el pueblo, lo mismo que
entre las mujeres, la juventud figura siempre en lugar
preferente.
UN MINISTRO
Hoy día se vive demasiado lejos de lo justo. Para mí no
hay como los buenos ancianos. Porque, francamente, cuando
nosotros estábamos en nuestro apogeo, reinaba entonces la
verdadera edad de oro.
UN ADVENEDIZO DE LA FORTUNA
Indudablemente, tampoco éramos lerdos nosotros, y
muchas veces hicimos lo que no debíamos hacer. Mas ahora
todo se ha vuelto de arriba abajo, y eso precisamente cuando
pretendíamos consolidarlo.
UN AUTOR
¿Quién puede, ahora sobre todo, leer un escrito que
contenga algo medianamente razonable? Por lo que atañe a la
querida juventud, nunca ha sido tan petulante como ahora.
MEFISTÓFELES
(Apareciendo súbitamente muy viejo). Observo que el pueblo
está ya maduro para el juicio final, ahora que por última vez
subo a la montaña de las brujas, y puesto que de mi pequeño
tonel mana turbio el vino, así también el mundo está
próximo a su fin.
UNA BRUJA PRENDERA
No paséis así de largo, señores. No dejéis escapar la
ocasión. Mirad atentos mis mercancías. Las hay aquí muy
diversas, y sin mi tienda, a la cual no se parece ninguna otra
de la tierra, que no haya una vez al menos servido para grave
daño de los hombres y del mundo. Ningún puñal hay aquí
del que no haya goteado sangre; ningún cáliz del cual no se
haya vertido en un cuerpo perfectamente sano un devorador
veneno ardiente; ninguna joya que no haya seducido a una
mujer amable; ninguna espada que no haya roto una alianza
o herido a traición al adversario.
MEFISTÓFELES
Señora prima, vos comprendéis mal los tiempos. Lo
pasado, pasado. Dedicaos a las novedades. Únicamente las
novedades nos atraen.
FAUSTO
Como no me olvide yo de mí mismo... A eso llamo una
feria.
MEFISTÓFELES
Todo el remolino se lanza hacia arriba. Piensas empujar, y
te empujan a ti.
FAUSTO
¿Quién es aquélla?
MEFISTÓFELES
Obsérvala con atención. Es Lilith.
FAUSTO
¿Quién?
MEFISTÓFELES
La primera mujer de Adán. Ponte en guardia contra sus
hermosos cabellos, contra tal adorno, el único de que hace
gala. Cuando con su cabellera logra atrapar un joven, no lo
suelta tan fácilmente.
FAUSTO
Allí hay dos que están sentadas, una vieja con una joven.
Han brincado ya de lo lindo.
MEFISTÓFELES
Hoy no existe aquí el menor reposo. Se pasa a una nueva
danza. Ven, pues. Agarrémoslas.
FAUSTO
(Bailando con la joven). Una vez tuve un hermoso sueño. Vi
un manzano; dos bellas manzanas lucían en él; me tentaron, y
a él me subí.
LA HERMOSA
Mucho os alampáis por la manzanita ya desde el paraíso.
Movida me siento de gozo al pensar que también las hay en
mi jardín.
MEFISTÓFELES
(Con la vieja). Un día tuve un sueño asqueroso. Vi un
árbol ahor-quillado que tenía un...; y aunque era tan..., así y
todo me gustó.
LA VIEJA
Saludo de todo corazón al caballero de pie de caballo.
Tenga él dispuesto un... si no teme...
PROCTOFANTASMISTA
¡Ralea maldita! ¡Qué osadía la vuestra! ¿No se os ha
probado mucho tiempo ha que un espíritu no se sostiene
nunca sobre verdade-ros pies? ¡Y ahora mismo estáis
danzando exactamente igual que noso-tros los hombres!
LA HERMOSA
(Bailando). ¿Qué busca ése en nuestro baile?
FAUSTO

(Bailando). ¡Bah! En todas partes se mete. Lo que los otros
bailan, él lo ha de juzgar. Si no puede charlatanear a
propósito de cada paso, es como si el paso no hubiese
existido. Lo que más le altera es que nosotros vamos
adelante. Si quisiéseis vos dar vueltas en círculo, como lo
hace él en su viejo molino, acaso le parecería bien aún, sobre
todo si para ello le pidiéseis su venia.
PROCTOFANTASMISTA
¿Aún estáis ahí? ¡No, esto es inaudito! ¡Desapareced,
pues! Noso-tros hemos derramado la luz. Pero esa chusma
diabólica no tiene en consideración regla alguna. Somos tan
ilustrados, y sin embargo, se presentan aparecidos en Tegel.
¡Cuánto tiempo no he estado yo ba-rriendo semejante
ilusión, sin que eso quedara limpio! ¡Es verdade-ramente
inaudito!
LA HERMOSA
Cesad, pues, de fastidiarnos aquí.
PROCTOFANTASMISTA
Os lo digo a vuestra faz, espíritus: yo no sufro el
despotismo del espíritu; mi espíritu no lo puede ejercer.
(Siguen bailando.) Hoy, harto lo veo, nada me quiere salir bien.
No obstante, llevo siempre conmigo un Viaje, y confío aún,
antes de mi último paso, meter en cintura a diablos y poetas.
(Vase.)
MEFISTÓFELES
Ahora se va a sentar en una charca. Esta es la manera que
tiene de aliviarse; y cuando las sanguijuelas se regodean en
sus posaderas, queda curado de los espíritus y del espíritu.
(A Fausto, que ha dejado de bailar)
¿Por qué dejas marchar esa linda muchacha, que tan
deliciosa-mente cantaba para incitarte a bailar?
FAUSTO
¡Ah! En medio del canto, saltó de su boca un ratoncillo
colorado.
MEFISTÓFELES
¡Brava cosa! No hay que reparar en pelillos. Menos mal
que el ratón no era gris. ¿Quién hace caso de ello en la hora
propicia al amor?
FAUSTO
Luego vi...
MEFISTÓFELES
¿Qué?
FAUSTO
Mefisto, ¿ves allí una pálida y hermosa jovencita que está
sola y apartada? Se aleja con paso lento, y diríase que anda
con los pies encadenados. Debo confesarlo: pienso que se
parece a la buena Margarita.

MEFISTÓFELES
¡Déjalo, déjalo! Eso no hace bien a nadie. Es una figura
encantada y sin vida, una sombra. No es bueno encontrarla.
Su mirada fija hiela la sangre, y el hombre se convierte casi en
piedra. Sin duda habrás oído hablar de Medusa...
FAUSTO
En verdad, son los ojos de una muerta, que una mano
amorosa no ha cerrado. Este es el seno que Margarita me
ofreció; éste es el delicioso cuerpo que yo gocé.
MEFISTÓFELES
Eso es hechicería, insensato que te dejas fácilmente
seducir. Porque ella se presenta a cada uno como si fuera su
amada.
FAUSTO
¡Qué delicia! ¡Qué tormento! No puedo sustraerme a su
mirada ¡Cuán extraño es que adorne su hermoso cuello un
solo cordoncito rojo no más ancho que el canto de una
cuchilla!
MEFISTÓFELES
En efecto. También lo veo yo. Puede asimismo llevar la
cabeza bajo el brazo, pues se la cortó Perseo, ¡Siempre ese
afán de quimeras! Ven, pues, al pequeño collado. Es tan
FAUSTO
alegre como el Prater y si no me han hechizado, veo
realmente un teatro. ¿Qué hay allí?
SERVÍBILIS
Al instante se vuelve a empezar. Una nueva pieza. La
última pieza de siete; porque aquí es costumbre dar tal
número. La escribió un aficionado, y aficionados son quienes
la representan. Perdonad, señores, si me eclipso; mis aficiones
me llevan a subir el telón.
MEFISTÓFELES
Si os encuentro en el Blocksberg, bien lo hallo, porque es
el sitio que os conviene.

SUEÑO DE LA NOCHE DE WALPURGIS
BODAS DE ORO DE OBERÁN Y TITANI
INTERMEDIO
EL DIRECTOR DE ESCENA
Hoy es día de descanso para nosotros, bravos hijos de
Mieding. Una vieja montaña y un húmedo valle: he aquí toda
la escena.
EL FARAUTE
Para que sean de oro las bodas, cincuenta años han de
haber transcurrido; pero, una vez pasada la querella el oro es
más grato para mí.
OBERÓN
Si vosotros, espíritus, estáis donde yo estoy, mostraos en
estas horas. El Rey y la Reina están de nuevo unidos.
PUCK
Llega Puck y se vuelve de través y arrastra el pie en la dan-
za; cientos llegan detrás para divertirse igualmente con él.
ARIEL
Con sonidos de pureza celeste, Ariel anima el canto; su
melodía atrae numerosos mamarrachos, pero también atrae a
las bellas.
OBERÓN
De nosotros dos aprendan los esposos que quieran vivir
en dulce armonía. Para que dos se amen, no se necesita más
que separarlos.
TITANIA
Si pone hocicos el marido y tiene lunas la mujer, cogedlos
sin dilación; llevádmela a ella al Mediodía, y a él al extremo
del Norte.
LA ORQUESTA, TUTTI
(Fortíssimo.) Trompas de moscas y narices de mosquitos
junto con su parentela, rana entre el follaje y grillo entre la
hierba: he aquí los músicos.
SOLO
Ved, ahí viene la cornamusa. Es la burbuja de jabón.
Escuchad el ñec-ñic-ñac que sale de su chata nariz.
UN GENIO EN CIERNES

Patas de araña, vientre de sapo y pequeñas alas a ese
pigmeo. Verdad es que esto no forma un animalejo, pero
forma un pequeño poema.
UNA PAREJITA
Pasos menuditos y grandes brincos por el rocío de miel y
los perfumados vapores. Sin duda pataleas bastante, pero no
te elevas en el aire.
UN VIAJERO CURIOSO
¿No es éso una broma de mojiganga? ¿Debo dar crédito
a mis ojos? ¡Ver hoy también aquí a Oberón el bello dios!
UN ORTODOXO
¡Ni garras ni cola! Sin embargo, no cabe en ello duda
alguna: lo mismo que los dioses de la Grecia, ese es también
un diablo.
UN ARTISTA DEL NORTE
Lo que tengo entre manos no está hoy, a decir verdad,
más que abocetado; pero me preparo con tiempo para el viaje
a Italia.
UN PURISTA
¡Ay! Mi mala estrella me condujo a este sitio. ¡Qué
desbarajuste no reina aquí! Y de toda la caterva de brujas,
sólo hay dos que vayan empolvadas.
UNA BRUJA MOZA
Los polvos, lo mismo que los vestidos, se dejan para las
mujercitas viejas y canosas. Por esto voy sentada desnuda
sobre mi cabrón y ostento un lozano cuerpecito.
UNA MATRONA
Harto mundo tenemos para reñir con vosotras; mas yo
espero que os pudriréis, por muy jóvenes y tiernas que seáis.
EL DIRECTOR DE ORQUESTA
Trompas de moscas y narices de mosquitos, no revolotéis
en torno de la joven desnuda. Rana entre el follaje y grillo
entre la hierba, guardad pues, bien el compás.
UNA VELETA
(Vuelta hacia un lado.) Una sociedad que nada deja que
desear. No hay más que desposadas, en verdad, y solteros,
gente todos ellos de grandes esperanzas.
LA VELETA
(Vuelta hacia el otro lado.) Y si no se abre la tierra para
tragárselos a todos, emprendiendo veloz carrera, voy a
precipitarme en seguida al infierno.
LOS XENIOS
Cual sabandijas, estamos aquí con diminutas pinzas
afiladas, para honrar como se merece a Satán, nuestro señor
papá.

HENNINGS
Ved como en apiñado enjambre retozan juntas con la
mayor naturalidad. ¡Y aun dirán ellas, al fin, que tienen buen
corazón!
EL MUSAGETA
Me gusta en extremo perderme entre esa multitud de
brujas; porque, francamente, mejor sabría yo dirigir a éstas
que a las Musas.
EL EX-GENIO DE LA ÉPOCA
Con personas cabales se llega a ser algo. Ven, cógete de la
punta de mi manto. El Blocksberg, lo mismo que el Parnaso
alemán, tiene una cumbre vastísima.
EL VIAJERO CURIOSO
Decid: ¿cómo se llama ese hombre tan estirado? Anda
con paso arrogante y husmea todo cuanto puede husmear.
“Va rastreando jesuitas.
UNA GRULLA
En agua clara me gusta pescar, y también en la turbia. Por
esto veis al devoto señor mezclarse igualmente con los
diablos.
UN HOMBRE MUNDANO
Sí, creedme: Todos los medios son buenos para los
devotos. Aquí en el Blocksberg forman más de un
conventículo.
UN DANZARÍN
¿Si vendrá un nuevo coro? Oigo lejanos tambores... Tran-
quilizaos: son los monótonos alcaravanes de los cañaverales.
EL MAESTRO DE BAILE
¡Cómo levanta cada uno las piernas, a pesar de todo, y
sale como puede del aprieto! El contrahecho salta, el
zamborotudo va dando brincos, sin que nadie se inquiete
por la figura que hace.
EL RASCADOR DE VIOLÍN
Esa chusma se odia de corazón, y de buena gana se
destrozarían unos a otros. La cornamusa los une aquí, como
unía la lira de Orfeo las bestias feroces.
UN DOGMÁTICO
Yo no me dejo extraviar por los gritos ni por la crítica ni
por la duda. El diablo debe ser realmente alguna cosa; de lo
contrario, ¿cómo habría diablos?
UN IDEALISTA

En mi ánimo impera demasiado esta vez la fantasía.
Verdadera-mente, si yo soy el todo, entonces soy un loco en
el día de hoy.
UN REALISTA
El Sér es para mí un verdadero suplicio y he de darme
mucho que sentir. Por vez primera, aquí no estoy firme sobre
mis pies.
UN SUPERNATURALISTA
Con gran contento estoy aquí y me regocijo con éstos;
porque de los diablos bien puedo inferir los buenos
espíritus.
UN ESCÉPTICO
Siguen el rastro de las pequeñas llamas y se figuran estar
cerca del tesoro. En alemán, diablo rima sólo con duda allí
estoy yo verdaderamente en mi lugar.
EL DIRECTOR DE ORQUESTA
Rana entre el follaje y grillo entre la hierba ¡detestables
aficio-nados! Trompas de moscas y narices de mosquitos,
vosotros al menos sois músicos.
LOS APROVECHADOS
Desahogada: así se llama la turba de alegres criaturas.
¿Qué no se anda ya sobre los pies? Entonces andamos
nosotros cabeza abajo.
LOS TORPES
En otro tiempo, más de un bocado ganamos a fuerza de
adular; mas ahora, ¡se acabó! Nuestros zapatos están
estropeados de tanto bailar, y corremos, con las plantas
desnudas.
FUEGOS FATUOS
Venimos del pantano donde hemos nacido; mas no por
eso dejamos de ser en la danza los espléndidos galanes.
UNA ESTRELLA FUGAZ
Desde las alturas lancéme aquí con un fulgor de estrella y
de fuego, y ahora yazgo en la hierba. ¿Quién me ayudará a le-
vantarme sobre mis piernas?
LOS AMAZACOTADOS
¡Plaza, plaza, alrededor de aquí! Así se abaten las hierbe-
cillas. Llegan los espíritus; hasta los espíritus tienen los
miembros macizos.
PUCK
No andéis de un modo tan pesado cual jóvenes elefantes,
y que el más macizo de todos en este día, sea el mismo
robusto Puck.
ARIEL

Si la amorosa naturaleza, si el espíritu os dieron alas,
seguid mi leve rastro hacia arriba hasta la cumbre de la colina
de rosas.
LA ORQUESTA
(Pianíssimo). Disípense por arriba la hilera de nubes y el
velo de bruma. Aire en el follaje y viento en el cañaveral, y
todo queda desvanecido.
FAUSTO
DIA NEBULOSO
Campo
FAUSTO, MEFISTÓFELES
FAUSTO
¡En la miseria! ¡En la desesperación! ¡Lastimosamente
extraviada largo tiempo en la tierra, y al fin encarcelada!
Como una criminal, ¡recluída la dulce e infortunada criatura
en una mazmorra para sufrir horribles tormentos...! ¡Hasta
ese extremo! ¡Y tú me lo tenías oculto, espíritu aleve y ruin!
Quédate, sí, quédate. Revuelve airado en sus órbi-tas tus ojos
diabólicos. Quédate para provocarme con tu insoportable
presencia. ¡Encarcelada! ¡Sumida en irreparable desventura!
¡Entregada a los malos espíritus y a la humanidad que juzga
sin compasión! ¡Y mientras estás meciéndome en insulsos
devaneos, me ocultas su deso-lación creciente, y la dejas
morir en el mayor abandono!
MEFISTÓFELES
No es ella la primera.
FAUSTO
¡Perro! ¡Monstruo abominable! Transfórmale, tú, Espíritu
infinito, transforma de nuevo ese reptil en su figura de perro,
bajo la cual, por la noche, complacíase a menudo en trotar
delante de mí, en revolcarse delante de los pies del pacífico
viajero y agarrarse a los hombros de aquel que violentamente
cae en tierra. Transmútale otra vez en su forma predilecta,
para que ante mí se arrastre sobre su vientre en el polvo, y
huelle yo con mis pies a ese réprobo... ¡No es la primera!
Horror, horror incomprensible para toda alma humana, que
más de una criatura se haya hundido en el fondo de tal
miseria, y que la primera de ellas, a los ojos de Aquel que
eternamente perdona, no haya bastado a expiar la falta de
todas las demás con la mortal angustia en que se retorcía. El
dolor de esta sola me penetra hasta el corazón y trastorna mi
vida y tú, con el mayor desenfado, te ríes sarcásticamente de
la suerte de millares como ella!
MEFISTÓFELES
Otra vez nos hallamos en el límite de nuestra razón, en
aquel punto donde vosotros los mortales perdéis el seso.
¿Por qué trabas relación con nosotros si no puedes
sostenerla hasta el fin? ¿Pretendes volar y no estás seguro
contra el vértigo? ¿Nos hemos metido contigo, o eres tú que
con nosotros se metió?
FAUSTO
No me muestres tus dientes voraces de un modo tan
provocador. Eso me repugna. Grande y sublime Espíritu que
te dignaste aparecerte a mí, tú que conoces mi corazón y mi
alma, ¿por qué me encadenaste a ese infame compañero, que
se alimenta del mal y se complace en la destrucción?
MEFISTÓFELES
¿Acabaste ya?
FAUSTO
Sálvala, o ¡ay de ti! ¡La más tremenda maldición caiga
sobre ti por miles de años!
MEFISTÓFELES
Yo no puedo romper las cadenas de la vengadora justicia
ni descorrer sus cerrojos... ¡Sálvala...! ¿Quién la arrojó a la
perdición? ¿Yo o tú?
(Fausto lanza furiosas miradas en torno suyo).
MEFISTÓFELES
¿Vas a empuñar el rayo? Fortuna que no se os haya dado
a vosotros, míseros mortales. Aplastar al inocente que replica
es el proceder de los tiranos para salir bien de un apuro.
FAUSTO
Llévame a su lado. Es preciso que esté libre.

MEFISTÓFELES
¿Y el peligro a que te expones? Sabe que sobre la ciudad
pesa aún el homicidio cometido por tu mano. Sobre el lugar
en que cayó la víctima se ciernen espíritus vengadores
acechando la vuelta del asesino.
FAUSTO
¡Eso más! ¡Pese sobre ti, monstruo, un mundo de
maldiciones! Condúceme allá, digo, y ponla en libertad.
MEFISTÓFELES
Te conduciré, y escucha lo que puedo hacer. ¿Tengo
acaso un poder omnímodo en el cielo y sobre la tierra? Voy a
nublar los senti-dos del carcelero; apodérate de las llaves, y
con mano de hombre sácala de allí. Yo estaré alerta. Los
caballos encantados están ya dis-puestos. Yo os llevaré. Esto
es lo que puedo hacer.
FAUSTO
¡Ea! ¡Partamos!
FAUSTO
NOCHE
Campo raso
FAUSTO y MEFISTÓFELES, montados en caballos negros
que vie-nen a galope dando fuertes resoplidos.
FAUSTO
¿Qué, están tramando aquéllas allí en torno de la Piedra
de los Cuervos?
MEFISTÓFELES
No se qué cuecen ni qué hacen.
FAUSTO
Suben y bajan; se inclinan y postran.
MEFISTÓFELES
Es una pandilla de brujas.
FAUSTO
Hisopean y consagran.
MEFISTÓFELES
Pasemos, pasemos de largo.
FAUSTO
UN CALABOZO
FAUSTO, con un manojo de llaves y una lámpara, delante de una
pequeña puerta de hierro.
FAUSTO
Apodérase de mí un temblor insólito mucho tiempo ha.
Todo el dolor de la humanidad hace presa a mí. Aquí está
ella tras esa húmeda pared, y su delito fue una inocente
ilusión. Vacilas en correr a su lado. Temes verla de nuevo.
¡Adelante! Tu indecisión, tus temores, con su tardanza,
apresuran su muerte. (Pone la mano en la cerradura).
(Se oye cantar dentro:)
“Mi madre, la ramera, me dió muerte. Mi padre, el bribón,
me comió. Mi tierna hermanita guardó los huesos en un sitio
fresco, y allí convertíme en un bello pajarito del bosque.
Echo a volar, a volar”.
FAUSTO
(Abriendo la puerta). No presume que su amante la escucha
y oye sonar las cadenas y crujir la paja. (Entra en el calabozo).

MARGARITA
(Ocultándose en su yacija). ¡Ay! ¡ay de mí! Ya vienen.
¡Amarga muerte!
FAUSTO
(En voz baja). ¡Silencio! ¡Silencio! Vengo a ponerte en
libertad.
MARGARITA
(Arrastrándose hacia él). Si eres hombre, no seas insensible a
mi desolación.
FAUSTO
Vas a despertar los vigilantes con tus gritos. (Coge las ca-
denas para quitárselas).
MARGARITA
(De rodillas). ¿Quién te dió, verdugo, tal poder sobre mí?
¿Vienes ya a buscarme a la medianoche? ¡Ten piedad!
¡Déjame vivir! ¿No es bastante mañana temprano?
(Levantándose). ¡Soy joven, tan joven aún! ¡Y he de morir ya!
También era hermosa, y esto fué mi perdición. Cerca estaba
el amigo; ahora está lejos. Destrozada está la corona,
esparcidas yacen las flores... No me cojas con tal violencia.
Trátame con más miramiento. ¿Qué te hice yo? No dejes que
suplique en vano, bien que no te he visto jamás en mi vida.
FAUSTO
FAUSTO
¿Podré resistir yo tal tormento?
MARGARITA
Ahora estoy del todo en poder tuyo. Permíteme siquiera
dar el pe-cho a mi hijo. Toda la noche estuve haciéndole
caricias y estrechándole contra mi corazón. Me lo arrebataron
para afligirme, y ahora dicen que yo le maté. Nunca más
recobraré la alegría. Entonan canciones alusivas a mí. Eso
está mal hecho por parte de esa gente, Hay un viejo cuento
que así termina, pero ¿quién les manda a ellos aplicármelo?
FAUSTO
(Echándose a los pies de Margarita). Un amante está a tus pies
para librarte de esa angustiosa esclavitud.
MARGARITA
(Arrodillándose junto a Fausto). ¡Ah! Caigamos de hinojos
para invocar a los santos. Mira. Debajo de esas gradas, debajo
del umbral bulle el infierno. El demonio, con una rabia
espantosa, ¡produce un estruendo...!
FAUSTO
(En voz alta). ¡Margarita! ¡Margarita!
MARGARITA
(Prestando atención). ¡Esa era la voz del amigo! (Levántase de
un salto. Las cadenas caen). ¿Dónde está? He oído que me
llamaba, ¡Estoy libre! Nadie ha de contrariarme. Quiero volar

de su cuello, descansar en su pecho. Ha exclamado
“¡Margarita!” Estaba en el umbral de la puerta. En medio de
los alaridos y del crujir de dientes del infierno, entre las
feroces carcajadas diabólicas, he reconocido aquella voz
dulce y amorosa.
FAUSTO
¡Soy yo!
MARGARITA
¡Eres tú! ¡Oh! Dilo una vez más. (Asiéndole). ¡Es él! ¡Es él!
¿Dónde están ahora todos mis tormentos? ¿Dónde está la
angustia de la prisión y de los hierros? ¿Eres tú? ¡Vienes a
libertarme! ¡Ya estoy libre...! He aquí de nuevo la calle donde
te vi por vez primera y el risueño jardín donde Marta y yo te
esperábamos.
FAUSTO
(Esforzándose por llevársela). ¡Ven conmigo! ¡Ven!
MARGARITA
¡Oh! ¡Quédate! ¡Estoy tan a gusto allí donde tú estás!
(Aca-riciándole).
FAUSTO
¡Date prisa! Si no te apresuras, habremos de pagarlo caro.
MARGARITA
¡Cómo! ¿No sabes ya besar? Amigo mío, tan poco tiempo
que estuviste lejos de mí, ¿y te has olvidado ya de besarme?
¿Por qué estoy tan angustiosa a tu cuello, cuando otras veces,
a tus palabras, a tus mi-radas, todo un cielo descendía sobre
mí, y me abrazabas cual si quisie-ras ahogarme? Dame un
beso, o te lo doy yo a ti. (Le abraza y besa). ¡Ay! Tus labios
están fríos, están mudos. ¿Qué se ha hecho de tu amor?
¿Quién me lo ha robado? (Se aparta de él).
FAUSTO
¡Ven! ¡Sígueme...! ¡Valor, amada mía! Te amo con un
ardor cien veces más grande que nunca; pero sígueme, No te
pido más que esto.
MARGARITA
(Fijando en él los ojos). Pero ¿eres tú? ¿Eres tú de veras?
FAUSTO
Si, soy yo. ¡Ven conmigo!
MARGARITA
Rompes mis cadenas; me acoges de nuevo en tu seno.
¿Cómo no te horrorizas delante de mi...? ¿Ya sabes, amigo
mío, a quién das libertad?
FAUSTO
¡Ven, ven! Cede ya la noche profunda.

MARGARITA
Di muerte a mi madre, ahogué a mi hijo. ¿No nos fué
dado a ti y a mí? Sí, a ti también... Pero ¿eres tú? Apenas lo
creo... Dame la mano... No, no es sueño. Es tu mano
querida... ¡Ah! Pero está húmeda. Enjú-gala. Paréceme que
veo sangre en ella. ¡Dios mío! ¿Qué has hecho? Envaina la
espada, te lo ruego.
FAUSTO
Dejemos lo pasado. Me estás matando.
MARGARITA
¡No! Es preciso que me sobrevivas. Quiero indicarte la
disposición de las tumbas. De esto has de cuidar mañana
mismo. El sitio mejor lo darás a mi madre; al lado de ella
pondrás luego a mi hermano; a mí un poquito separada, pero
no muy lejos; y al pequeñuelo, a mi derecha, sobre mi pecho.
Nadie más reposará cerca de mí... Estar a tu lado, unidos en
estrecho abrazo, ¡qué dulce, qué deliciosa felicidad fué aque-
lla! Pero nunca más habré de lograrla. Siento como si debiera
hacer un esfuerzo para llegarme hasta ti, y se me figura que
me rechazas de tu lado. Y a pesar de todo, eres tú, ¡y me
miras con tanta bondad, tanta ternura ...!
FAUSTO
Si sabes que soy yo, ven, pues.
MARGARITA
¿Allá fuera?
FAUSTO
Al aire libre.
MARGARITA
Si la tumba está fuera, si la muerte está en acecho, ven.
Desde aquí al lecho del eterno reposo, y ni un solo paso
más... ¿Te vas ahora? ¡Ah! ¡Que no pueda yo acompañarte,
Enrique!
FAUSTO
Puedes hacerlo. Quiérelo no más. Franca está la puerta.
MARGARITA
No me atrevo a salir. Para mí no hay esperanza alguna.
¿De qué sirve huir? Me están acechando siempre. ¡Es tan
triste haber de mendigar, y más aún con la conciencia
culpable! ¡Es tan triste vagar por extrañas tierras! Y al fin me
prenderán.
FAUSTO
Yo estaré a tu lado.
MARGARITA
¡Pronto! ¡Pronto! ¡Salva a tu pobre hijo! ¡Corre! Sigue
siempre hacia arriba el camino contiguo al arroyo, pasa el
puentecillo de tablas, entra en el bosque, a la izquierda,

donde hay la compuerta del estan-que. Cógelo al punto.
Quiere sobrenadar; todavía está luchando. ¡Sál-vale! ¡Sálvale!
FAUSTO
Vuelve en ti. Un paso más y eres libre.
MARGARITA
¡Si tan siquiera hubiésemos transpuesto la montaña! Allí,
sobre una piedra, está sentada mi madre. ¡Me coge una
horripilación...! Allí, sobre una piedra, está sentada mi madre.
Está dando cabezadas; no hace signo alguno, ni mueve los
ojos; tiene pesada la cabeza. Tanto tiempo ha dormido, que
ya no despierta más. Durmióse para que nosotros gozáramos.
¡Qué felices tiempos aquellos!
FAUSTO
Puesto que no valen aquí súplicas ni razones, me atrevo a
llevarte a viva fuerza.
MARGARITA
¡Suéltame! No, no sufro violencia alguna. No me sujetes
de esa manera tan cruel. En otro tiempo no había cosa que
yo no hiciera por tu amor.
FAUSTO
Despunta el día. ¡Amor mío! ¡Amor mío!
MARGARITA
¡El día! Sí, alborea ya. Penetra la luz de mi día postrero.
Este debía ser el de mis bodas. No digas a nadie que has
estado ya en casa de Margarita, ¡Pobre guirnalda mía! Ya está
hecho. No hay remedio. Nos volveremos a ver, mas no será
en el baile. La muchedumbre se apiña: no se la oye. La plaza,
las calles no pueden contenerla. La campana está llamando;
quebrada está la varilla. ¡Cómo me sujetan y agarrotan! Ya me
llevan al sangriento banquillo. Todos creen sentir en su nuca
el filo de la cuchilla que se levanta sobre la mía. El mundo
entero está callado como la tumba.
FAUSTO
¡Así nunca hubiese yo nacido!
MEFISTÓFELES
(Apareciendo a la puerta). ¡Arriba, o estáis perdidos! Dejaos
de temores, vacilaciones y charlas inútiles. Mis caballos se es-
tremecen impacientes. Despunta el alba.
MARGARITA
¿Qué es eso que surge del suelo? ¡El! ¡El! Échale afuera.
¿Qué quiere en este sagrado recinto? Quiere apoderarse de
mí.
FAUSTO
Tú debes vivir.
MARGARITA

¡Justicia de Dios! A ti me entrego.
MEFISTÓFELES
(A Fausto). Ven, ven, o te dejo abandonado con ella.
MARGARITA
¡Tuya soy, Padre celestial! ¡Sálvame! Vosotros, ángeles,
vosotras, santas milicias, formad un círculo en torno mío
para protegerme. ¡Enrique! Tengo miedo de ti. (Muere.)
MEFISTÓFELES
¡Está juzgada!
UNA VOZ
(De lo alto). ¡Está salvada!
MEFISTÓFELES
(A Fausto). ¡Ven! ¡A mí!
(Desaparece con Fausto.)
UNA VOZ
(Que sale del interior y va perdiéndose en el espacio) ¡Enri-que!...
¡Enrique!...

SEGUNDA PARTE

EN CINCO ACTOS

ACTO PRIMERO
UNA FLORESTA
FAUSTO echado sobre el césped florido; fatigado, inquieto y
tratando de conciliar el sueño.

CREPÚSCULO

CORO DE ESPÍRITUS, graciosas figuritas que se mueven
cerniéndose en el aire.
ARIEL
(Canto con acompañamiento de arpas eólicas). Cuando la pri-
maveral lluvia de flores cae fluctuante sobre todos, cuando la
verde abundancia de los campos brilla para todos los hijos
de la tierra, la magnanimidad de los pequeños Elfos vuela
con presteza allí donde puede resultar beneficiosa. Que sea
santa, que sea perverso, el hombre desdi-chado los mueve a
piedad.
Vosotros que, formando aéreo círculo, os cernéis en
torno de esa frente, mostraos aquí cual nobles Elfos,
apaciguad la fiera lucha del corazón, arrancad las ardientes y
agudas saetas del remordimiento, expeled de su pecho los
horrores que sintiera.
Cuatro son las divisiones de la noche. Llenadlas ahora sin
tardanza de un modo placentero. Ante todo, reclinad su
cabeza sobre la fresca almohada; bañadle luego en el rocío de
las ondas del Leteo. En breve quedarán ágiles los contraídos
y convulsos miembros si, ya fortalecidos, reposa esperando el
día. Cumplid el más grato deber de los Elfos, restituidle a la
santa luz.
CORO DE ELFOS
(Cantando a solo, a dúo o a varias voces, alternativamente
y juntos).
(Serenata)
Cuando se saturan los aires tibios en torno de la llanura
ceñida de verdor, cuando el crepúsculo hace bajar
perfumados efluvios y velos de neblina, emitís quedito un
dulce susurro de paz; mecéis el corazón en una calma
infantil, y cerráis las puertas del día a los ojos de este hombre
rendido de cansancio.

(Nocturno)
Ha descendido ya la noche; júntase santamente la estrella
a la estrella; grandes luceros, diminutas chispas brillan cerca y
centellean a lo lejos; lucen aquí reflejándose en el lago,
resplandecen allá arriba en la noche serena, y sellando la
dicha del más profundo reposo, domina el pleno esplendor
de la luna.
(Alborada)
Extinguiéronse ya las horas; huyeron el dolor y la
felicidad; Sábelo con tiempo: vas a quedar curado de tus
males, confía en la mirada del nuevo día. Verdean los valles,
las colinas despliegan su exuberante vegetación para convidar
con su sombra al descanso, y en fluctuantes olas argentinas,
las sementeras ondulan hacia la cosecha.
(Canto del despertar)
Para saciar deseo tras deseo, contempla aquel lejano
resplandor. Débiles son los lazos que te sujetan; el sueño es
una cáscara; arrójala lejos de ti. No tardes en cobrar osadía
mientras la multitud yerra indecisa. Todo puede llevarlo a
cabo el alma noble que sabe y pone resueltamente manos a la
obra.
(Un rumor inmenso anuncia la proximidad del sol)
ARIEL
Escuchad, escuchad el tumulto de las Horas. Sonoro al
oído del espíritu, ha nacido ya el nuevo día. Las puertas de
roca rechinan con estrépito, las ruedas del carro de Febo dan
vueltas chirriando. ¡Qué fragor trae la luz! Oyese el sonar de
trompetas y clarines, parpadea deslumbrado el ojo, atúrdese
el oído, lo inaudito no se oye. Deslizaos, Elfos, en las corolas
de las flores, más adentro, más, para instalaros tranquilos en
las peñas, bajo el follaje. Si hasta vosotros llega tal ruido, os
quedáis sordos.
FAUSTO
Los pulsos de la vida laten con nueva animación para
saludar amorosos el etéreo crepúsculo. Esta noche también
tú, Tierra, estuviste firme, y con renovados bríos alientas a
mis pies; empiezas ya a rodearme de placer, despiertas y
excitas en mi una enérgica resolución: la de aspirar sin tregua
a la más elevada existencia. El mundo está abierto ya en una
luz crepuscular; la selva deja oír los mil acentos de la vida;
fuera del valle y el valle mismo extiéndese una faja de
neblina; empero la celeste claridad desciende hasta las
profundidades, y las ramas de los árboles, dotadas de nuevo
vigor, surgen del vaporoso abismo en que dormían
sepultadas. Así también del fondo en que la flor y la hoja
destilan temblorosas perlas, destácase claramente color sobre
color. Todo cuanto me circunda se trueca para mi en un
paraíso.
Tienda la vista a lo alto. Las gigantescas cumbres de las
montañas anuncian ya la hora más solemne. Antes de tiempo
pueden gozar de la eterna luz, que más tarde desciende hasta
nosotros. Por las verdes praderas de las vertientes de los
Alpes difúndese ahora una nueva luz, una nueva claridad,
que por grados llega a las hondonadas... ¡Aparece el sol...! y
¡ay!, deslumbrado ya, vuelvo el rostro, herido por el dolor de
mis ojos.
Lo propio acontece cuando una ardiente esperanza que, a
fuerza de lucha, en lo íntimo de nuestro ser se ha convertido
en sublime anhelo, halla abiertas de par en par las puertas de
la realización. Pero si de aquellas eternas profundidades surge
de golpe un torrente de llamas, nos quedamos suspensos:
queríamos encender la antorcha de la vida, y nos envuelve un
mar de fuego. Y ¡qué fuego! ¿Es el amor, es el odio, que
ardientes nos rodean con espantosas alternativas de dolor y
rego-cijo, de suerte que nuevamente dirigimos la vista a la
tierra para guare-cernos bajo el velo más juvenil? .
Quédese, pues, el sol a mi espalda. Con embeleso
creciente contemplo la catarata que se precipita estruendosa
por el escarpado peñasco. De salto en salto, se revuelve
derramándose primero en mil corrientes y luego en otras mil,
y levantando en el aire con bronco fragor masas de espuma.
Pero ¡cuán majestuoso, naciendo de esta tempestad, se
redondea el cambiante arco multicolor, tan pronta claramente
dibujado, como perdiéndose en el aire y esparciendo en
torno una lluvia fresca y vaporosa! Esto retrata el afán del
hombre. Medita sobre ello y lo comprenderás mejor: en ese
colorado reflejo tenemos la vida.

PALACIO IMPERIAL

SALÓN DEL TRONO

EL CONSEJO DE ESTADO se halla reunido esperando al
Emperador. Toque de trompetas.
Entran CORTESANOS de toda suerte magníficamente vestidos.
EL EMPERADOR se sienta en el trono. A su derecha se coloca el
ASTRÓLOGO.
EL EMPERADOR
Saludo a los leales y amados cortesanos, que de cerca y de
lejos habéis venido a congregaros aquí. A mi lado veo al
sabio, pero, ¿dónde está el loco?
UN GENTILHOMBRE
Detrás mismo de la cola de tu manto fué dando tumbos
por la escalinata. Se llevaron aquel fardo de gordura muerto o
embriagado; no se sabe.
SEGUNDO GENTILHOMBRE
Al punto, con maravillosa presteza, corre otro para
ocupar su puesto. Va muy ricamente vestido, pero tiene una
facha tan grotesca que deja pasmados a todos. La guardia
pone cruzadas ante él las alabardas en la puerta... Mas ya está
ahí ese loco audaz.
MEFISTÓFELES
(Arrodillándose al pie del trono). ¿Qué es abominado y
siempre bienvenido? ¿Qué se anhela con ardor y se rechaza
sin cesar? ¿Qué es lo que siempre se protege? ¿Qué es
duramente maldecido y acusado? ¿A quién no osas tú
mandar venir? ¿A quién oyen todos nombrar con gusto?
¿Qué es lo que se acerca a las gradas de tu trono? ¿Que es lo
que se ha desterrado a sí mismo?
EL EMPERADOR
Por esta vez, ahorra tus palabras. Aquí no están los
enigmas en su lugar. Eso es asunto de aquellos señores. Da
allí la solución, y la escucharé de buen grado. Mi antiguo
bufón, harto lo temo, se ha ido al otro mundo. Ocupa su
puesto, y ven a mi lado.
(MEFISTÓFELES sube las gradas del trono y se coloca a la
izquierda del Emperador.)
MURMULLOS DE LA MULTITUD
Un nuevo bufón... Para nuevo tormento... ¿De dónde
viene...? ¿Cómo ha podido introducirse...? El antiguo ha
caído... Ha terminado su papel ... Era una cuba... El de ahora
es un espárrago...
EL EMPERADOR
Así pues, leales y amados cortesanos, con bien vengáis de
cerca y de lejos. Os reunís bajo una estrella propicia. Allá
arriba está escrito para nosotros: dicha y prosperidad. Mas
decid: ¿por qué en estos días en que nos desembarazamos de
cuidados y nos ponemos antifaz, como se acostumbra en una
mascarada, sin otro afán que el de gozar de cosas alegres, por
qué hemos de molestarnos celebrando consejo? Mas, puesto
que vosotros entendéis que no podía ser de otra suerte, ya
que llegó el caso, sea en buen hora.
EL CANCILLER
La suprema virtud, a guisa de aureola, circunda la frente
del Emperador; sólo él puede ejercerla con validez: la justicia.
Lo que aman todos los hombres, lo que todos piden y
desean, y de que difícilmente pueden privarse, en la mano de
él está otorgado al pueblo. Mas ¡ay! ¿Qué aprovechan al
humano espíritu el entendimiento, al corazón la bondad y a
la mano la diligencia, si el mal se desata con febril furor en el
Estado y se propaga incubando nuevos males? Cuan-do uno,
desde este alto sitio, mira hacia abajo contemplando el vasto
Imperio, esto le parece un sueño penoso, en que la
monstruosidad ejer-ce su despótico poder entre monstruosi-
dades, en que la anarquía reina legalmente y donde se
desenvuelve un mundo de errores. Este roba hatos de
ganado, aquel arrebata una mujer, un cáliz, una cruz y los
candeleros del altar, y durante muchos años se jacta de ello
con el pellejo sano y el cuerpo indemne. Entonces los
querellantes corren en tropel a la sala de justicia; el juez se
pavonea sobre su alto almohadón; entretanto, agítase
ondulante, en furiosa avenida, el creciente tumulto de
amotinados. El uno tiene la avilantez de hacer gala de su
infamia y sus fechorías; el otro se excusa con algunos
cómplices más criminales, y tú oyes pronunciar la palabra
culpable allí donde la inocencia está sola para defenderse ella
misma. Así es que todo el mundo intenta destrozarse y
aniquilar lo que es justo y razonable. ¿Cómo se desarro-llaría
entonces el sentido, lo único que nos conduce a la rectitud?
Al fin, el hombre de buenas intenciones se baja ante el
adulón y ante el corruptor; el juez que no sabe castigar acaba
por asociarse con el delincuente. Negro es el cuadro que os
he pintado, y así, mejor hubiera yo querido correr sobre la
pintura un velo más denso. (Pausa.) Preciso es tomar una
resolución; cuando todos causan daño, cuando todos sufren,
la Majestad misma está en camino de la presa.
EL GENERALÍSIMO
¡Qué alboroto se arma en estos días turbulentos! Cada
uno hiere y es herido, y todos se hacen sordos al mandato. El
burgués detrás de sus paredes, el caballero en su nido de
rocas, hanse conjurado para hacernos frente y mantienen
firmes sus fuerzas. El soldado mercenario se impacienta,
exige con vehemencia su paga, y si dejáramos de serle
deudores, desertaría con toda seguridad. Quien se opone a lo
que todos quieren, ese ha hurgado en el avispero. Saqueado y
devastado está el Imperio que debían ellos defender. Déjase
que su violencia cause fieros estragos; la mitad del mundo
está ya arruinada. Hay todavía reyes fuera de aquí, pero ni
uno solo de ellos piensa que pueda eso importarle lo más
mínimo.
EL TESORERO
¿Quién puede contar con los aliados? los subsidios que
nos habían prometido no llegan, como el agua de las cañerías
averiadas. Además, Señor, en tus vastos, dominios, ¿en qué
manos ha venido a parar la propiedad? Doquiera que uno
vaya, un nuevo dueño ocupa la casa y quiere vivir
independiente, y ha de estarse uno mirando como lo hace.
Tantos derechos hemos abandonado, que no nos queda un
derecho sobre cosa alguna. Por otra parte, no se puede hoy
día tener la menor confianza en los partidos, cualquiera que
sea su nombre; que ellos reprueben o que aplaudan, amor y
odio han venido a ser indiferentes. Los gibelinos, lo mismo
que los güelfos, se ocultan para tomar algún descanso.
¿Quién piensa ahora en ayudar a su vecino? Bastante trabajo
tiene cada cual para sí. Las puertas del oro están atrancadas;
todo el mundo rasca, hinca las uñas y atesora, y nuestras arcas
quedan vacías.
EL SENESCAL
¡Qué de angustias debo sufrir yo también! Todos los días
quere-mos economizar, y cada día gastamos más, y
diariamente nace para mí un nuevo tormento. A los
cocineros no les aflige ninguna penuria: jabalíes, venados,
liebres, corzos, pavos, gallinas, ocas y anades, esos tributos en
especie, esas rentas seguras, ingresan aún tal cual, pero al fin
falta el vino. Si en otro tiempo se amontonaban en la bodega
toneles sobre toneles de los mejores ribazos y de los años
mejores, las interminables orgías de los nobles chupan hasta
la última gota. El Consejo municipal también ha de vender al
por menor su provisión, se echa mano a los cuencos, se echa
mano a los tazones, y el festín acaba debajo de la mesa.
Ahora tengo que saldar cuentas, pagar a todos su salario. El
judío no guardará contemplaciones conmigo: suministra
anticipos que comen por adelantado año tras año. Los cerdos
no llegan a engordar, están empeñados los colchones, y en la
mesa se sirve pan comido antes de tiempo.
EL EMPERADOR
(A Mefistófeles después de un momento de reflexión). Dime
bufón, ¿no sabes tú también alguna otra calamidad?
MEFISTÓFELES
¿Yo? No, en manera alguna, al mirar el esplendor que te
rodea a ti y a los tuyos. ¿Podría faltar crédito allí donde la
Majestad manda sin oposición; donde la fuerza está pronta a
dispersar cuanto se muestre hostil; donde la buena voluntad,
fortalecida por la inteligencia, y la múltiple actividad se tienen

a mano? ¿Qué podría en este caso confabularse para el mal,
para las tinieblas, allí donde brillan semejantes astros?
MURMULLOS
Es un taimado... Ese lo entiende... Se insinúa a fuerza de
mentir ... Según anda ello... Ya sé yo... lo que se oculta ahí
detrás ... ¿Y qué más hay, pues... ? Un proyecto...
MEFISTÓFELES
¿Dónde no falta alguna cosa en una parte cualquiera de
este mundo? A uno le falta esto; a otro, aquello; pero aquí lo
que falta es dinero. La verdad es que no se le coge a puñados
del suelo; pero la sabiduría sabe hacer surgir lo que yace en lo
más profundo. En las venas de las montañas, en los
cimientos de los muros se encuentra oro acuñado y sin
acuñar. ¿Y quién lo saca a luz? me preguntaréis: el poder de
la naturaleza y el espíritu de un hombre capaz.
EL CANCILLER
¡Naturaleza! ¡espíritu...! No es así como se habla a los
cristianos. Por eso se quema a los ateos, porque tales palabras
son altamente peligrosas. La Naturaleza es el pecado, el
Espíritu es el Diablo, y entre los dos dan pábulo a la duda, su
monstruoso engendro híbidro. No nos vengan con eso. De
los antiguos dominios del Emperador sólo han salido dos
castas que sostienen dignamente el trono: los eclesiásticos y
los caballeros. Ellos son los que resisten todas las tormentas,
y en recompensa se posesionan de la Iglesia y del Estado. Del
sentimiento vulgar de los espíritus extraviados, despliégase
una oposición: son los herejes, son los hechiceros, que
corrompen la ciudad y el campo. Con tus insolentes
chocarrerías, pretendes ahora introducirlos de un modo
fraudulento en estas elevadas esferas. (Al Emperador.) Vos,
Señor, guardáis muchas atenciones a un corazón
corrompido. Con el loco están los tales emparentados de
cerca.
MEFISTÓFELES
En eso reconozco al docto señor. Aquello que no palpáis,
está cien leguas distante de vos; aquello que no comprendéis,
para vos no existe; aquello que no calculáis, creéis que no es
verdad; aquello que no pesáis, no tiene para vos peso alguno;
aquello que no podéis amonedar, imagináis que nada vale.
EL EMPERADOR
Con eso no se remedian nuestras necesidades. ¿Qué
pretendes ahora con tu sermón de cuaresma? Harto estoy de
esos sempiternos sí y cómo. Lo que hace falta es dinero.
Pues, bien, a ver si nos lo facilitas.
MEFISTÓFELES
Os facilitaré lo que deseáis y aun más. No hay duda que
esto es fácil; pero lo fácil es difícil. El dinero ya está ahí, mas
para obtenerlo, y ésta es la habilidad, ¿quién sabe cómo se las
ha de componer? Tened sólo en cuenta que en aquellas
épocas de terror, en que oleadas de hombres inundaban el

país y la nación, tales o cuales, tanto era el pa-vor de que
estaban poseídos, escondieron acá y acullá sus más precia-
dos tesoros. Siempre sucedió así en tiempo de los poderosos
romanos, y así ha sucedido desde entonces hasta ayer y aún
hasta hoy. Todo ello está secretamente sepultado en tierra; la
tierra es del Emperador, suyos son, pues, tales tesoros.
EL TESORERO
Por ser loco, no se expresa mal. Este es, en realidad, el
derecho del antiguo Emperador.
EL CANCILLER
Satán os tiende lazos tejidos de oro. Eso no se hace de un
modo piadoso y natural.
EL SENESCAL
Que nos depare tan siquiera dones que sean bien
recibidos en la corte, y con gusto cometería yo un pecadillo.
EL GENERALÍSIMO
El bufón es muy sagaz; promete a cada uno lo que le
aprovecha. El soldado no se mete por cierto en averiguar de
dónde ello viene.
MEFISTÓFELES
Y si pensáis tal vez que os engaño, aquí está un hombre.
¡Vedle aquí! Consultad al astrólogo. Esfera por esfera,
conoce la hora y la casa. Conque, di: ¿cuál es el aspecto del
cielo?
MURMULLOS
Son dos pícaros... Ya se entienden ellos... Un loco y un
visio-nario... Tan cerca del trono... La vieja canción... tantas
veces repetida... El loco hace de apuntador... el sabio habla.
EL ASTRÓLOGO
(Repitiendo lo que Mefistófeles le apunta). El Sol mismo es oro
puro; Mercurio, el mensajero, sirve por favor y por salario; la
señora Venus os ha hechizado a todos, y tarde o temprano os
mira con dulces ojos; la casta Luna muestra un humor
caprichoso; si Marte no os alcanza, os amenaza su poder, y
Júpiter sigue siendo siempre el más hermoso lucero. Saturno
es grande, lejano y pequeño al ojo; como metal, no le
honramos mucho, exiguo en valor, pero grande en peso. Sí;
cuando con el Sol se casa oportunamente la Luna, y con la
plata el oro, entonces el mundo está contento y feliz; todo lo
que le falta se puede lograr: palacios, jardines, mórbidos
pechos, sonrosadas mejillas. Todo esto lo proporciona el
hombre sapientísimo que puede hacer lo que no es posible
para ninguno de nosotros.
EL EMPERADOR
Oigo por duplicado lo que dice, pero ello no me
convence.

MURMULLOS
¿Qué nos importa eso...? Bufonadas de las que nadie hace
caso... Astrología... Alquimia... Eso muchas veces lo he oído...
y esperado en vano... Y aunque se salga él con la suya... no
dejará de ser un farsante.
MEFISTÓFELES
Ahí están en derredor mío, llenos de asombro y sin creer
en el gran descubrimiento. El uno desatina acerca de la
mandrágoras, el otro acerca del perro negro. ¿De qué sirve
que el uno la eche de agudo, que el otro clame contra la
hechicería, si un día por casualidad sienten hormigueo en la
planta de los pies o dejan de tener seguro el paso? Todos
experimentáis la secreta influencia de la Naturaleza
eternamente activa, y de las regiones más inferiores sube
serpenteando un rastro viviente. Cuando sintáis comezón en
todos los miembros, cuando en un paraje os halléis
inseguros, luego al punto resueltamente cavad y ahondad: allí
yace el músico, allí está el tesoro.
MURMULLOS
Tengo pesados los pies cual si fueran de plomo... Me dan
calambres en el brazo... Es la gota... Yo siento hormigueo en
el dedo gordo... A mí me duele todo el espinazo... Por unos
tales indicios, éste sería el punto más rico en tesoros.
EL EMPERADOR
¡Al avío! pues. Esta vez no te escapas. Verifica las
burbujas de tus mentiras, y muéstranos al punto esos ricos
lugares. Yo depongo espada y cetro, y con mis propias manos
augustas quiero, si no mientes, llevar a cabo la obra, y si
mientes, mandarte al infierno.
MEFISTÓFELES
En todo caso, ya sabría encontrar el camino... Pero sería
cosa de nunca acabar si fuera yo a decir lo que yace en todas,
partes en espera de posesor. El labriego que está abriendo el
surco por medio del arado, levanta con el terrón una jarra
llena de oro; de una pared de tierra apisonada espera uno
encontrar salitre, y con sobresalto, con alegría, encuentra en
su mísera mano barras de oro reluciente. ¡Qué de bóvedas
hay que hacer saltar, en qué resquebraduras, en qué galerías
no ha de estrujarse para llegar a dos dedos del infierno aquel
que es sabedor de un tesoro! En espaciosas cuevas,
guardadas de antiguo por todos lados, ve ante él dispuestas
hileras de tazas, fuentes y platos de oro; hay también copas
de rubíes, y si quiere servirse de ellas no falta allí cerca un
licor extraañejo. Pero -podéis bien creer al conocedor- desde
mucho tiempo está podrida la madera de las duelas, y el
tártaro ha formado un nuevo tonel al vino. Las esencias de
tan generosos vinos, lo propio que el oro y las joyas, se
rodean de tinieblas y espantos. El sabio escudriña allí sin
darse punto de reposo. Bagatela es descubrir tales cosas a la
luz del día. Entre tinieblas, están en su elemento los
misterios.

EL EMPERADOR
Esos los dejo para ti. ¿Para qué pueden servir las
tinieblas? Si alguna cosa tiene valor, muéstrelo a la luz del sol.
¿Quién distingue lo suficiente al bribón en la noche oscura?
Negras son las vacas, como pardos son los gatos. Maneja tu
arado, y labrando la tierra, saca a luz esas jarras llenas de oro
que están ahí abajo.
MEFISTÓFELES
Empuña el azadón y la pala; cava tú mismo. El trabajo de
campesino te va a engrandecer, y del suelo surgirá un rebaño
de becerros de oro. Entonces, sin reparo alguno, con
embeleso podrás engalanarte a ti mismo y engalanar a tu
amada. Una pedrería radiante de color y luz da realce tanto a
la belleza como a la majestad.
EL EMPERADOR
Pues ¡al momento! ¡al momento! ¿Hasta cuándo hay que
esperar?
EL ASTRÓLOGO
(Como antes). Modera, Señor, tan apremiante anhelo. Deja
pasar primero la abigarrada fiesta. Un ánimo distraído no nos
conduce al fin propuesto. Ante todo, es menester
purificarnos en el recogimiento, merecer lo inferior por
medio de lo superior. Quien quiera el bien, empiece por ser
bueno; quien ansíe el gozo, aquiete su sangre; quien apetezca
vino, estruje racimos maduros; quien milagros espere,
fortalezca su fe.
EL EMPERADOR
Pasemos, pues, el tiempo en medio del regocijo y en muy
buena hora, llegue el miércoles de Ceniza. Entretanto, sea
como fuere, celebremos con más alegría que nunca el
bullicioso carnaval.
(Toque de trompetas. Vanse.)
MEFISTÓFELES
Cómo se enlazan el mérito y la fortuna, eso jamás se les
ocurre a los necios. Si tuviesen ellos la piedra filosofal, no
habría filósofo para la piedra.

VASTO SALON CON PIEZAS CONTIGUAS
DISPUESTO Y DECORADO PARA LA
MASCARADA
EL HERALDO
No penséis hallaros en tierras alemanas, con sus danzas
de diablos, locos y muertos. No; una divertida fiesta os
espera. El Señor, en sus viajes a Roma, para su provecho y
vuestro placer, ha transpuesto los altos Alpes y ha
conquistado para sí un risueño reino. El Emperador en
persona pidió primero a las santas chinelas el derecho al
poder, y al ir en busca de la corona para él, trajo también
consigo el capuz para nosotros. Ahora todos renacemos,
todo hombre que tenga experiencia del mundo, se cubre
gustoso la cabeza y las orejas con el capuz, que le asemeja a
los locos extravagantes, mientras por debajo es cuerdo hasta
donde puede. Estoy viendo ya como se agrupan, se separan
vacilando, se aparean de un modo familiar, con porfía el coro
se junta al coro. Entrad, salid, siempre infatigables, pues, al
fin y al cabo, después lo mismo que antes, el mundo, con sus
cien mil bufo-nadas, no es más que un gran loco.
JARDINERAS
(Canto con acompañamiento de mandolinas.) Para lograr
vuestro aplauso, nos hemos engalanado esta noche; jóvenes
florentinas, hemos seguido la magnificencia de la corte
alemana. En nuestros castaños rizos llevamos el adorno de
varias alegres flores; hilos de seda, copos de seda
desempeñan aquí su papel. Pues tenemos esto por cosa de
mérito y del todo digna de loa: nuestras flores, de brillo
artificial, florecen todo el año. Retazos colorados de toda
suerte se han dispuesto con simetría; podéis reíros mirando
pieza por pieza, pero el conjunto os atrae. Lindas somos a la
vista, jardineras y galanas; pues el natural de las mujeres está
muy de cerca emparentado con el arte.
EL HERALDO
Dejad ver las ricas cestas que lleváis sobre la cabeza y que,
matizadas de diversos colores, se ahuecan en el brazo. Elija
cada cual lo que le plazca. ¡Aprisa! Que bajo el follaje y en las
alamedas se descubra un jardín. Dignas de que la multitud se
agolpe a su alrededor son las vendedoras tanto como las
mercancías.
LAS JARDINERAS
En este risueño paraje, ofreced ahora precio, pero nada de
regatear. Y con una breve palabra ingeniosa, sepa cada uno lo
que tiene.
UNA RAMA DE OLIVO CON FRUTO
Yo no envidio ningún ramillete de flores; huyo de toda
contienda por ser contraria a mi naturaleza. Soy
verdaderamente el meollo del país, y como prenda cierta, un
signo de paz para todo territorio. Hoy, según espero, me
cabrá la dicha de adornar de un modo digno una hermosa
frente.
UNA CORONA DE ESPIGAS DORADAS
Los dones de Ceres, para engalanaros, se mostrarán
graciosos y agradables. Que lo más apetecido por su utilidad,
sea para vosotros un bello atavío.

UNA CORONA DE FANTASÍA
¡Matizadas flores, parecidas a las malvas, florescencia
maravillosa surgida del musgo! Esto no es propio de la
Naturaleza, pero la moda lo produce.
UN RAMILLETE DE FANTASIA
Deciros mi nombre no osaría el mismo Teofrasto, y no
obstante, confío agradar, si no a todas, a más de una a quien
de buen grado me entregaría si me enlazara en su cabello, si
pudiera decidirse a cederme un sitio en su corazón.
PROVOCACIÓN
Florezcan para la moda del día multicoloras fantasías y
presenten una forma rara en extremo, como nunca se
despliega la Naturaleza. Tallos verdes, campanillas de oro,
dejaos ver asomando por entre opulentos rizos... Pero
nosotros...
CAPULLOS DE ROSAS
Nosotros nos quedamos ocultos. ¡Feliz quien nos
descubre en nuestro frescor! Cuando se anuncia el verano, se
inflama el capullo de la rosa. ¿Quién puede privarse de una
dicha tal? En el reino de Flora, las promesas, los favores
dominan la mirada, el sentido y el corazón a la vez.
(Bajo el verde follaje de las calles de árboles., las jardineras exhiben
vistosamente sus mercancías.)
JARDINEROS
(Canto con acompañamiento de tiorbas). Ved las flores brotar
tranquilas y ceñir hechiceras vuestra cabeza. No pretenden las
frutas seducir; gustándolas es como se puede gozar de ellas.
Morenos semblantes ofrecen cerezas, albérchigos, ciruelas
reales. Comprad. Pues al lado de la lengua y del paladar, el
ojo es mal juez. Venid a saborear con deleite las frutas más
sazonadas. Sobre las rosas se puede poetizar; tratándose de
manzanas, hay que morder. Séanos permitido asociarnos a
vuestra rica flor de juventud, y ostentaremos aparatosa, como
vecinos, la abundancia de nuestras sazonadas mercancías.
Entre gayas guirnal-das, en el seno de vistosas enramadas,
todo se encuentra a la vez: capu-llo, hojas, flor y fruto.
(En medio de un canto alternado, con acompañamiento de vihuelas
y tiorbas, continúan ambos coros arreglando sus mercancías en forma de
altas pirámides, y ofreciéndolas a los concurrentes.)
UNA MADRE Y SU HIJA
LA MADRE
Cuando viniste al mundo, hija mía, te adorné con una
gorrita. ¡Tenías un rostro tan hechicero y un cuerpecito tan
grácil! Pensaba luego verte prometida y desposada después
con el hombre más opu-lento; me figuraba verte ya una
mujercita. ¡Ay! En balde han trans-currido no pocos años; la
variada turba de galanteadores ha pasado de largo con
rapidez; bailabas ligera con uno; hacías a otro muda seña con
el codo. En vano se celebraba toda fiesta que pudiera uno

imaginar; el juego de prendas y el de la gallina ciega ningún
efecto bastaron a producir. Hoy los locos andan sueltos,
descubre tu seno, hija mía; tal vez alguno quede cogido.
Algunas jóvenes y lindas COMPAÑERAS acuden a juntarse al
GRUPO; la charla familiar se hace ruidosa.
Unos PESCADORES y PAJAREROS, provistos de redes,
anzuelos, varetas con liga y otros enseres por el estilo, entran y se
mezclan con las hermosas jóvenes. Sus mutuas tentativas para atraer,
atrapar, huir y sujetar dan ocasión a los más sabrosos diálogos.
LEÑADORES
(Entrando de un modo brusco y grosero). ¡Ea! ¡Plaza!
¡Despejad! Nos hace falta espacio. Talamos árboles que caen
crujiendo, y cuando trajinamos leña menudean los
encontrones. En elogio nuestro, poned esto en claro, pues si
los rústicos no trabajáramos as! en el campo, ¿cómo se las
compondrían las personas finas, por más que se devanaran
los sesos? Tenedlo bien entendido: si nosotros no
sudáramos, os quedarías yertos de frío.
POLICHINELAS
(Torpes, casi imbéciles). Vosotros sois los tontos, que
nacisteis encorvados; nosotros somos los listos, que jamás
llevamos cosa alguna, puesto que nuestros gorros, chaquetas
y guiñapos son ligeros y fáciles de llevar. Y satisfechos y
siempre ociosos, calzados los pies con pantuflos, corremos
por las ferias entre la muchedumbre, nos quedamos con la
boca abierta y cacareamos delante de la gente. Armando tal
barullo, nos escurrimos como anguilas a través del api-ñado
gentío, juntos brincamos y juntos promovemos algazara.
Podéis aplaudirnos, podéis censurarnos: nos importa un
pito.
PARÁSITOS
(Codiciosos aduladores). Vosotros, bravos portadores de
leña, y vuestros amigos los carboneros, sois nuestros
hombres; pues todas las reverencias, todos lo signos de
aprobación, las frases sinuosas, la ampulosidad de doble
sentido, que calienta y enfría según como uno lo examina,
¿de qué puede ello servir? En vano fuera que bajase del cielo
un fuego atroz si no hubiese haces de leña y cargas de carbón
para encender el hogar y convertir en ascuas su contenido.
Entonces se asa y se hierve, se guisa y se fríe. El verdadero
gastrónomo, el lameplatos, huele lo que asan, presiente el
pescado; esto mueve a las hazañas en la mesa del protector.
UN BEODO
(Inconsciente). Nada venga hoy a contrariarme. ¡Siéntome
tan li-bre y tan a mis anchas! Nuevos goces y alegres
canciones he venido a buscar. Y así, yo bebo, bebo y vuelvo
a beber. ¡Choquen los vasos! Tin, tin. Tú que estás ahí fuera,
llégate acá. Choquen los vasos y la cosa se acabó.
Mi mujercita gritaba furiosa poniendo mal gesto a este
traje de colorines, y como yo me pavonease, me ha motejado
de mamarracho. Pero yo bebo, bebo y vuelvo a beber.

¡Choquen los vasos! Tin, tin. ¡Hacedlos chocar,
mamarrachos! Cuando suenan los vasos, la cosa se acabó.
No digáis que yo me he extraviado, pues me hallo donde
me cuadra. Si no me fía el tabernero, me fiará la tabernera, y
si no, en fin, me fiará la criada. Yo siempre bebo, bebo y
vuelvo a beber. ¡Arriba vosotros! Tin, tin. Cada uno a la
salud de cada uno, y así todos, uno tras otro. Pero me parece
que la cosa se acabó.
Cómo y dónde me divierto, eso me importa un bledo.
Dejadme estar tumbado aquí donde estoy, porque no me
puedo tener ya de pie.
EL CORO
¡Que cada compañero beba y beba! Echad alegres un
brindis. Tin, tin. Tenemos firmes sentados en el banco y la
tabla. Para aquel que está debajo de la mesa, la cosa se acabó.
EL HERALDO anuncia diversos poetas, poetas naturalistas,
trova-dores de corte y de caballería, lo mismo sentimentales que entusias-
tas. En esta turba de competidores de todo género, ninguno deja recitar a
los otros, Uno de ellos pasa furtivamente diciendo algunas palabras.
UN POETA SATÍRICO
¿Sabéis lo que más me deleitaría a mí, poeta? Poder decir
y cantar lo que nadie quisiera oír.
Los Poetas de la noche y de las tumbas se hacen excusar porque en
aquel preciso momento están ocupados en una interesantísima plática
con un vampiro recién resucitado, de la cual podría originarse quizás un
nuevo género de poesía. El Heraldo se ve precisado a admitir tales
FAUSTO
excusas, y entretanto evoca la Mitología griega, que, aun bajo su
moderna máscara, no pierde su carácter ni su encanto.
LAS GRACIAS
AGLAE
Nosotras aportamos gracia en la vida. Poned gracia en el
dar.
HEGEMONE
Poned gracia en el recibir; dulce cosa es satisfacer el
deseo.
EUFROSINA
Y que en el curso de vuestros apacibles días, graciosa en
extremo sea la gratitud.
LAS PARCAS
ATROPOS
A mí, la más vieja, hanme invitado ahora a hilar. Mucho
hay que discurrir, mucho hay que meditar sobre el tenue hilo
de la vida. A fin de que sea para vosotros flexible y suave, he
debido escoger el lino más delicado; para que sea liso, fino e
igual, mi dedo hábil lo alisará. Si en placeres y danzas
pretendieseis mostraros asaz desenfrenados, pensad en los
límites de este hilo. ¡Sed precavidos! Podría romperse.
CLOTO
Sabed que en estos últimos días me han confiado las
tijeras, porque no era muy edificante la conducta de nuestra
vieja hermana. Estira largamente las más inútiles hilazas a la
luz y al aire, y de un tijeretazo arrastra a la tumba la esperanza
de los más óptimos frutos. Pero también yo, en mi proceder
juvenil, me engañé ya cien veces; hoy, para tenerme a raya,
meto en la funda las tijeras. Y así gustosa estoy ligada,
mirando este sitio con benevolencia. Conque, sin tregua ni
descanso, armad siempre holgorio en estas horas de libertad.
LAQUESIS
A mí, la única razonable, me han confiado el orden. Mi
devana-dera, siempre animada, aún no se ha apresurado
mucho jamás. Los hilos vienen, los hilos se devanan; a cada
uno de ellos señalo su camino, a ninguno dejo que se desvíe;
fuerza es que se arrolle en el ovillo. Inquieta estaría por el
mundo si llegara yo a descuidarme una vez. Las horas
cuentan, los años miden, y el tejedor se lleva la madeja.
EL HERALDO
Éstas que ahora llegan, no lograréis reconocerlas, por muy
versados que estéis en los antiguos escritos. Al verlas ellas,
que tanto mal causan, las calificarías de huéspedes bien
venidos. Son las Furias (nadie nos creerá), bonitas, bien
formadas, amables y jóvenes en años. Entrad en relaciones
con ellas, y veréis que tales palomas muerden como víboras.
Cierto es que son disimuladas, pero hoy día que cada loco se
jacta de sus vicios, no aspiran tampoco ellas a tener fama de
ángeles, y se reconocen como azotes de la ciudad y del
campo.
LAS FURIAS
ALECTO
¿De qué os sirve eso? Os fiaréis de nosotras, pues somos
lindas y jóvenes y gatitas zalameras. Si alguno entre vosotros
tiene una mujer amada, le estaremos recreando los oídos
hasta que podamos decirle cara a cara que al mismo tiempo
ella también guiña el ojo a éste o al de más allá, que tiene
huera la cabeza, que es corcovada de espalda, que cojea; y si
es su prometida, que no vale nada absolutamente. De esta
suerte sabemos también atormentar a la novia, diciéndole que
su mismo amado, hace algunas semanas, habló de ella con
desdén a fulana. Hácense las paces, pero siempre queda algo.
MEGERA
Eso no es más que un juego, puesto que, una vez están
ellos unidos, tomo la cosa por mi cuenta, y bien sé yo, en
todo caso, acibarar con antojos la dicha más pura. El hombre
es variable, y variable son las horas. Y no hay uno solo que,
teniendo en sus brazos el objeto deseado, en medio de la
felicidad suprema a que se habituara, no suspire locamente
por un objeto más apetecido. Huye del sol para ir a calentar
el hielo. En todo esto sé yo la manera de conducirme, y traigo

al fiel Asmodeo para sembrar la desdicha en tiempo
oportuno. Así, a pares, causo la perdición del linaje humano.
TISISFONE
Para el perjuro, en vez de malas lenguas, mezclo el
veneno y aguzo el puñal. Si amas a otra, más tarde o más
temprano el exterminio caerá sobre ti. Preciso es que lo más
dulce de los guiños se convierta en hiel y espumarajos. Aquí,
nada de regateos, nada de transacciones. Como lo hizo, lo
paga. Nadie hable de perdón. A las peñas voy a quejarme de
mi malandanza, y el eco, escuchad, responde: “¡Vengan-za!”
Y quien varía no ha de vivir.
EL HERALDO
Tened a bien haceros a un lado, pues lo que ahora llega
no es de vuestra laya. Veis como a través de la compacta mul-
titud se acerca una montaña, con los costados soberbiamente
cubiertos de vistosos tapices, provista la cabeza de largos
colmillos y de una trompa serpentina. Misteriosa es, pero yo
os indico la clave. Sobre su cerviz está sentada una mujer
graciosa y fina, que con una débil varilla la gobierna con
destreza. La otra, que está en pie en lo alto, arrogante,
majestuosa, se halla rodeada de un brillo que me deslumbra
en demasía. Al lado marchan encadenadas dos nobles
mujeres, angustiosa la una, placen-tera a la vista la otra. La
una ansía la libertad; la otra se siente libre. Descubra cada
cual quién es.
EL TEMOR
Hachas humeantes, lámparas y antorchas despiden pálido
fulgor en medio de la turbulenta fiesta. Entre estas engañosas
figuras, la cade-na ¡ay! me retiene cautiva. ¡Apartad, ridículos
reidores! Vuestra risa burlona me causa recelo, todos mis
adversarios me acosan esta noche. Aquí un amigo se ha
vuelto enemigo, conozco ya su disfraz; aquél pretendía
asesinarme, y ahora se escabulle al verse descubierto. ¡Ah!
¡Cuán de grado, por cualquier camino, huiría yo lejos de este
mundo! Pero más allá me amenaza la aniquilación, y así
fluctúo entre las som-bras y el espanto.
LA ESPERANZA
Os saludo, hermanas queridas. Hoy y ayer os habéis com-
placido ya en las mascaradas, pero sé con certeza que mañana
todas vosotras os despojaréis de vuestros disfraces. Y si a la
débil claridad de las antor-chas no hallamos un singular
encanto, iremos en días serenos entera-mente a nuestro
propio arbitrio, ora acompañadas, ora solas, a recorrer libres
las hermosas campiñas; a nuestro talante descansaremos o
trabajaremos, y llevando una vida exenta de inquietudes, sin
sufrir jamás privaciones, nos esforzaremos siempre en
alcanzar el ideal. Como huéspedes bien recibidas en todas
partes, entramos con plena confianza. No hay duda: el bien
supremo se ha de encontrar en alguna parte.
LA PRUDENCIA

Dos de los más grandes enemigos del hombre, el Temor y
la Esperanza, los tengo encadenados lejos de la multitud.
¡Abrid paso! Estáis a salvo. Guío este coloso viviente, como
véis, cargado con una torre, y anda él paso a paso, sin
fatigarse, por sendas escarpadas. Pero allá arriba, en la
almena, está aquella diosa de ágiles y anchurosas alas, para
dirigirse por doquier a la conquista. Brillando a lo lejos por
todas partes, rodeada está de gloria y esplendor. Victoria tiene
por nombre, y es la diosa de toda actividad.
ZOILO- TERSITES
¡Oh! ¡Oh! A buen punto llego. A todos juntos os tildo de
canallas. Pero lo que por blanco de mis ataques me propuse,
es aquella que está allí en lo alto, la señora Victoria. Con su
par de blancas alas, figúrase sin duda ser un águila, y que
doquiera que se dirija, le pertenecen todo pueblo y toda
tierra, Mas, si algo glorioso llega a feliz término, eso al punto
me mueve a cólera. Ver arriba lo que está abajo, y abajo lo
que está arriba, lo torcido derecho, y lo derecho torcido, es lo
único que me pone de buen temple. Así lo quiero yo en toda
la redondez de la tierra.
EL HERALDO
¡Así te alcance, perro miserable, el golpe de maestro de la
varita! ¡Encógete y retuércete ahí al instante...! Ved como la
doble figura de pigmeo se apelotona de súbito en una masa
repugnante. Mas ¡oh prodigio! La masa se transforma en
huevo, que se hincha y estalla por el medio. Ahora sale de él
una pareja gemela: la víbora y el murciélago; la una se aleja
arrastrándose por el polvo; el otro, negro, como un tizón,
echa a volar hacia el techo: los dos se apresuran a salir para
una asociación, en la que no quisiera yo ser el tercero.
MURMULLOS
¡Ea, sus! Allí fuera están balando ya... No; yo quisiera
estar lejos de aquí... ¿No sientes cómo nos cerca y entrelaza la
fantástica ralea...? Lo cierto es que ello zumba sobre mis
cabellos... Y eso que antes lo percibía a mis pies... Ninguno
de nosotros está herido... Pero todos estamos dominados por
el espanto... Se aguó por completo la fiesta... Y esos brutos lo
han querido así.
EL HERALDO
Desde que en las mascaradas me confiaron las funciones
de he-raldo, vigilo atento en la puerta, a fin de que nada
funesto venga a sorprendernos en este alegre sitio. No vacilo
ni cedo. Mas temo que por las ventanas entren fantasmas
aéreos, y de aparecidos y hechicerías no sabría yo libraros. Si
el pigmeo se hizo sospechoso, ahora allí detrás hay un gran
desbordamiento. Bien quisiera descubriros, cual corresponde
a mi cargo, el significado de las figuras; pero lo que no se
puede comprender, tampoco os lo sabría yo aclarar.
Ayudadme todos a instruirme. ¿Véis aquello que vaga por
entre la multitud? Tirado por una cuadriga, un carro
suntuoso es conducido a través de todo, pero sin hender al
gentío y sin que vea yo apreturas en parte alguna. Despide a

distancia colorados destellos; como proyectadas por una
linterna mági-ca, brillan estrellas errantes de vivos matices. Se
acerca resoplando con la violencia del huracán. ¡Abrid paso!
Yo me estremezco.
UN MANCEBO CONDUCTOR DEL CARRO
¡Alto! Atajad vuestro vuelo; bribones; sentid el freno
acostum-brado; dominaos cuando os contengo, partid con
estrépito cuando os aguijo. Honremos estos sitios. Mirad a la
redonda como se multiplican los admiradores, de corro en
corro. ¡Ea! Heraldo, antes que huyamos lejos de vosotros,
descríbenos a tu manera, nómbranos, pues somos alegorías, y
así debieras conocernos.
EL HERALDO
No sabría yo nombrarte; mejor podría describirte.
EL MANCEBO CONDUCTOR
Inténtalo, pues.
EL HERALDO
Preciso es confesarlo; en primer lugar, eres joven y bello.
Eres un mozo medio formado, pero las mujeres, por su
parte, quisieran verte ya del todo cumplido. Me pareces un
galán en ciernes, un verdadero seductor de pura raza.
EL MANCEBO CONDUCTOR
No está mal. Prosigue. A ver si descubres la solución del
enigma.
EL HERALDO
Los rayos de tus negros ojos, la noche de tus rizados
cabellos, alegrada por una cinta de pedrerías, la graciosa
vestidura que flotante cuelga desde tus hombros hasta los
coturnos, con una orla de púrpura y de luciente oropel,
pudieran hacerte tomar por una joven; pero, sea como fuere,
aun ahora mismo podrías ya tener partido entre las
muchachas; ellas te enseñarían el A, B, C.
EL MANCEBO CONDUCTOR
¿Y ese que, como imagen de la magnificencia, resplandece
aquí en él trono del carro?
EL HERALDO
Parece un rey, opulento y bondadoso. ¡Feliz quien su
favor alcanza! Nada más tiene que desear. Indaga su vista
doquiera que haya una necesidad., y el gozo puro que siente
al dar, es mayor aún que la posesión y la bienandanza.
EL MANCEBO CONDUCTOR
No te detengas aquí; tienes que describirle bien
puntualmente.
EL HERALDO

La dignidad no se describe. Pero ese rostro sano como la
luna, esa boca fresca esas floridas mejillas que lucen bajo el
adorno del turbante, esa rica holgura en su ropaje de anchos
pliegues... ¿Y qué diré de su continente? Creo reconocer en él
un soberano.
EL MANCEBO CONDUCTOR
Es Pluto, llamado Dios de la riqueza, que llega con gran
pompa. El augusto Emperador desea con afán su venida.
EL HERALDO
Por lo que a ti concierne, di también el porqué y el cómo.
EL MANCEBO CONDUCTOR
Soy la prodigalidad soy la Poesía; soy el poeta que se
consuma al prodigar su bien más íntimo. También soy
inmensamente rico y me considero igual a Pluto. Yo animo y
decoro sus danzas y festines, lo que le falta a él, lo doy yo a
manos llenas.
EL HERALDO
La jactancia te sienta a maravilla; pero muéstranos tus
artes.
EL MANCEBO CONDUCTOR
No tenéis más que verme aquí castañetear los dedos, y ya
relum-bra y centellea todo alrededor del carro. Ahí surge un
collar de perlas. (Haciendo castañetear siempre los dedos en todas
direcciones.) Tomad estas preseas de oro para la garganta y las
orejas, y también esta peineta, estas pequeñas diademas sin
tacha y piedras preciosas de gran valor montadas en sortijas.
Prodigo asimismo de vez en cuando peque-ñas llamas, que
esperan donde puedan prender fuego.
EL HERALDO
¡Cómo agarra y pilla la amable multitud! El dador casi se
halla en un aprieto. Lo mismo que en un sueño, tira las
alhajas haciendo castañetear los dedos, y todos las cogen al
vuelo. Mas ahora veo nuevos artificios. De lo que cada uno
cogiera con tanto afán, realmente ningún provecho sacará,
puesto que las dádivas se le escapan volando. El collar de
perlas se deshace, y multitud de escarabajos pulula en su
mano; el pobre diablo se los sacude de encima, y ellos
zumban en torno de su cabeza. Otros, en lugar de objetos
sólidos, atrapan frívolas mariposas. El truhán que tantas
cosas prometió, no reparte más que vano oropel.
EL MANCEBO CONDUCTOR
Ciertamente, a lo que veo, sabes anunciar las máscaras;
pero penetrar dentro de la envoltura de los seres, no son las
funciones cortesanas de un heraldo. Esto requiere una vista
más perspicaz. Con todo, quiero evitar toda contienda. A ti,
señor, dirijo preguntas y discurso. (Vuelto hacia Pluto.) ¿No me
confiaste el huracán de la cuadriga? ¿No guío acaso con
destreza cual tú ordenas? ¿No estoy allí donde tú indicas? ¿Y
no he sabido con atrevidas alas conquistar para ti la palma?

Cuantas veces luché en favor tuyo, otras tantas salí airoso. Si
los lauros coronan tu frente, ¿no los tejí yo con mi ingenio y
mi mano?
PLUTO
Si necesario es que yo dé testimonio respecto a ti, dígolo
de buen talante: Eres Espíritu de mi espíritu. Obras siempre
conforme a mi intento; eres más rico aún que yo mismo. Y
para premiar tus servicios, prefiero este ramo verde a todas
mis coronas. Ante todos lo proclamo con sinceridad: ¡Mi
amado hijo, en ti recibo complacencia!
EL MANCEBO CONDUCTOR
(A la multitud). Los más ricos dones de mi mano, bien lo
véis, los he prodigado en torno mío. Sobre esta cabeza y
sobre aquella arde una pequeña llama que yo despedí; va
saltando de uno a otro; en éste se fija, del otro huye; muy rara
vez, empero, elévase llameante y resplandece viva con brillo
fugaz. Para muchos, aun antes de haberla visto, se extingue
tristemente consumida.
HABLADURÍAS DE MUJERES
Aquel que está allí arriba, montado en la cuadriga, es a
buen seguro un charlatán; acurrucado detrás del carro, está el
Payaso, aunque consumido por el hambre y la sed, como
nunca se le había visto aún. Nada siente, sin duda, si le
pellizcan.
EL ESCUÁLIDO
¡Lejos de mí, repugnante sexo mujeril! Ya sé que por
vosotras nunca soy bien acogido. Cuando la mujer cuidaba
aún del hogar, llamábame yo Avaricia. Entonces todo iba
bien en nuestra casa: entraba mucho y nada salía. Yo velaba
solícito por el arca y el armario. Esto podría ser muy bien un
vicio; pero como en estos últimos años la mujer ha perdido
la costumbre de ahorrar, y, lo mismo que todo mal pagador,
tiene muchos más antojos que escudos, por eso le queda al
pobre marido no poco que sufrir; a cualquier lado que vuelva
la vista, no hay sino deudas. Si devanando puede ella ganar
algo, lo emplea para su cuerpo y para su amante; come
también mejor y bebe aún más con la caterva maldita de
galanteadores. Esto acrece para mí el atractivo del oro; soy
del género masculino: ¡el Genio de la Avaricia!
LA MUJER PRINCIPAL
Muéstrese tacaño el dragón con los dragones, pues al fin
y al cabo eso no es más que farsa y mentira. Viene para
exasperar a los maridos, como si no fuesen ya harto
fastidiosos.
LAS MUJERES EN MASA
¡Vaya un espantajo! Atízale una manotada. ¿Qué quiere
con sus amenazas ese potro de tormento? ¡Si vamos a temer
su facha grotesca! Los dragones son de madera y cartón.
¡Ánimo, y arrojaos sobre él!

EL HERALDO
¡Por mi bastón! ¡Estaos quedas...! Pero apenas es
menester mi ayuda. Ved como los fieros monstruos,
impelidos en el espacio rápidamente ganado, despliegan su
doble par de alas. Irritadas se estremecen las escamosas
fauces de los dragones, vomitando fuego. La multitud echa a
correr; despejada está la plaza.
(Pluto baja del carro).
EL HERALDO
¡Con qué regia majestad desciende! Hace un signo, y los
dragones se agitan. Del carro han traído ellos aquí el arca con
el oro y la Avaricia. Vedla ahí a sus pies. Un prodigio es la
manera como ello ha acontecido.
PLUTO
(Al Mancebo conductor). Ahora te has desembarazado de esa
carga enojosa en extremo, quedas libre y franco. Dirígete
ahora presuroso a tu esfera. No está aquí. Confuso,
abigarrado, turbulento, aquí nos asedia y oprime un enjambre
de figuras grotescas. Sólo allí donde tú con ojo sereno miras
en la dulce claridad, donde te perteneces a ti mismo y en ti
solo confías, allí donde no se deleita uno sino en lo Bello y lo
Bueno, en la soledad... allí crea tu mundo.
EL MANCEBO CONDUCTOR
Así me considero como digno enviado, así te amo cual mi
más próximo pariente. Allí donde tú estás reina la
abundancia; donde yo estoy, cada uno se siente en el colmo
de la dicha. Así también vacila a menudo el hombre en esta
vida, donde hay tan opuestos modos de pensar, ¿Debe
abandonarse a ti o a mí? Los tuyos pueden sin duda
entregarse al ocio, pero quien me sigue a mí tendrá siempre
algo que hacer. Yo no ejecuto en secreto mis actos; no hago
más que respirar, y quedo ya descubierto. Adiós, pues. Me
das verdaderamente mi felici-dad. Pero no tienes más que lla-
marme muy quedito, y vuelvo al instante. (Vase como ha
venido).
PLUTO
Hora es ya de soltar los tesoros. Hiero las cerraduras con
la vara del Heraldo. El arca se abre. ¡Mirad! En calderas de
cobre esto se hincha y bulle cual sangre de oro en la que
sobrenada el aderezo de coronas, cadenas, sortijas; sube, y
fundiendo tales joyas, amenaza tragarlas.
CLAMORES ALTERNADOS DE LA MULTITUD
¡Ved ahí! ¡Oh! Ved como esto fluye copiosamente y llena
el arca hasta el borde... Fúndense los vasos de oro; rollos de
moneda van dando vueltas... Saltan ducados como hechos a
cuño. ¡Ah! ¡Cómo agita eso mi pecho...! ¡Cómo contemplo
todo cuanto yo codiciaba! Desde allí vienen rodando por el
suelo... Os lo ofrecen; aprovechaos de ello sin dilación. No
tenéis más que bajaros y os hacéis ricos. . . Nosotros, rápidos
como el rayo, nos apoderamos del arca.

EL HERALDO
¡Qué es eso, insensatos! ¿Qué debo pensar de tal cosa?
Esto, no pasa de ser una broma de máscaras. Esta noche no
se pide más. ¿Imagináis acaso que os van a dar oro y objetos
de valía? En este juego, aun las mismas fichas son demasiada
cosa para vosotros, ¡Necios! ¡De una lisonjera apariencia
hacer al punto una realidad positiva! ¿De qué os serviría la
realidad...? Agarráis por todos los cabos una vaporosa
ilusión... Pluto disfrazado, héroe carnavalesco, échame esa
gente fuera de aquí.
PLUTO
Tu vara es muy a propósito para eso. Préstamela por un
momento... La introduzco en el fuego hirviente... ¡Ea!
¡Máscara, estad alerta! ¡Cómo reluce, crepita y chisporrotea!
La vara está ya hecha ascua. Quien se llega demasiado cerca,
al punto queda abrasado sin piedad... Ahora empiezo a dar
mi vuelta.
CLAMOREO Y ATROPELLO
¡Ay! ¡Estamos perdidos... ! Sálvese quien pueda... Hazte
atrás, atrás, tú que te hallas en pos de mí... Eso me lanza
chispas en la cara... Me oprime el peso de la vara encendida...
Estamos perdidos todos, todos sin remedio... ¡Atrás, atrás,
avalancha de máscaras! ¡Atrás, atrás, multitud insensata...!
¡Oh! Si tuviera yo alas, echaría a volar.
PLUTO
Ya está repelido el círculo, y nadie, creo yo, se ha
chamuscado. Despavorida, retrocede la multitud... No
obstante, para asegurar el orden, trazo un círculo invisible.
EL HERALDO
Llevaste a cabo una obra soberbia. ¡Cuán reconocido
estoy a tu inteligente poder!
PLUTO
Se necesita paciencia aún, mi noble amigo. Amenaza
todavía más de un tumulto.
EL GENIO DE LA AVARICIA
Así puede uno a lo menos, si le place, contemplar con
gusto ese círculo, porque las mujeres siempre están en
primera fila allí donde hay algo con qué embobarse o alguna
golosina que comer. Aun no estoy tan por completo
enmohecido. Una mujer bonita siempre es bonita; y hoy,
puesto que ello nada me cuesta, vamos resueltamente a hacer
el galán. Pero como en un sitio tan atestado de gente no
todas las pala-bras son perceptibles para cada oído, voy a
probar con tiento, y espero conseguirlo, a expresarme de un
modo claro valiéndome de la panto-mima. Si no me bastan la
mano, el pie, el gesto, entonces habré de apelar a una
jugarreta. Cual húmeda arcilla voy a manejar el oro, por-que
este metal en todo se deja transformar.
EL HERALDO

¿Qué va a hacer ese loco cenceño? ¿Cómo puede un
hombre tan famélico estar de buen humor? Amasa como una
pasta todo el oro, que se ablanda en sus manos. De cualquier
modo que lo apriete y apelo-tone, queda ello siempre una
cosa disforme. Se dirige hacia las mujeres que hay allí; todas
gritan, todas quisieran huir, y hacen gestos y ademanes de
gran repugnancia. El bribón muestra malas intenciones.
Temo que se divierta ofendiendo el pudor. Ante una cosa así,
no puedo permanecer callado. Dadme mi vara para echarle
de aquí.
PLUTO
No sospecha él lo que nos amenaza desde fuera. Déjale
hacer esas locuras; no le quedará lugar para sus bufonadas.
Poderosa es la ley, pero más poderosa es la necesidad.
TUMULTO Y CANTO
De la cumbre de la montaña y de los bosques del valle
viene de golpe la horda selvática; acércase irresistible.
Festejan a su gran Pan. Ellos saben al menos lo que nadie
sabe, y se arremolinan en el círculo desierto.
PLUTO
Bien os conozco a vosotros y a vuestro gran Pan. Habéis
dado todos juntos un paso audaz. Sé muy bien lo que no
saben todos, y como es debido, abro este estrecho círculo.
¡Que los acompañe la buena suerte! Pueden ocurrir las cosas
más estupendas. Ignoran ellos adonde van, y no han tomado
precaución alguna.
CANTO TUMULTUOSO
¡Tú, plebe acicalada, ostentación de oropel! Avanzan
rudos y cerriles dando grandes brincos en rauda carrera;
preséntanse recios y vigorosos.
LOS FAUNOS
La turba de Faunos, en lúbrica danza, con su corona de
encina en la crespa cabellera y una oreja fina y puntiaguda
que se abre paso a través de la ensortijada cabeza, una
pequeña nariz chata, un rostro ancho, nada de eso perjudica
en el concepto de las mujeres. Cuando el Fauno tiende la
garra, la mujer más linda difícilmente se niega a bailar con él.
UN SÁTIRO
En pos llega ahora el Sátiro dando saltitos con su pie de
cabra y sus enjutas piernas, que para él han de ser flacas y
nervudas. Y seme-jante a la gamuza en la cima del monte, se
deleita mirando en derredor. Confortado luego en medio del
aire de la libertad, se ríe del niño, de la mujer y del hombre
que, profundamente sumidos en los vapores y el humo del
valle, creen de buena fe que también viven, siendo así que a
él solo pertenece, puro y apacible, el mundo de allá arriba.
LOS GNOMOS
Aquí entra andando a pequeños pasos la caterva
diminuta. No le gusta a ella juntarse por parejas. Con su
mohoso vestido y su luciente lamparita, agítase ligera en
confusa mezcla, donde cada cual trabaja por su propia
cuenta, como hervidero de luminosas hormigas, y afanosa se
ajetrea de un lado a otro, atareada a diestro y siniestro.
Emparentados de cerca con los dóciles duendes, bien
conocidos como cirujanos de las rocas, escarificamos las altas
montañas, sangramos las repletas venas; amontonamos metal
y más metal, llenos de confianza en el saludo: “¡Buena suerte!
¡Buena suerte!”. Y esto es con la mejor intención del mundo,
pues somos amigos de los hombres de bien. Con todo,
extraemos el oro a la luz del día para que se pueda robar y
alca-huetear, y procuramos que no falte hierro al hombre
soberbio que ideó el asesinato general. Y quién' desdeña los
tres mandamientos, tampoco hace caso de los demás. Todo
eso no es culpa nuestra; así, seguid, como nosotros, teniendo
paciencia.
LOS GIGANTES
Se les apellida hombres salvajes, y son bien conocidos en
las montañas del Harz. En su natural desnudez en toda su
pujanza, llegan juntos, gigantescos, con el tronco de abeto en
su diestra, en torno de su talle un abultado cinto y el más
rudo mandil hecho de ramas y hojas, guardia del cuerpo
como no la tiene el Papa.
NINFAS EN CORO
(Rodean al gran Pan). ¡También llega él! El Todo del
mundo está representado en el gran Pan. Vosotras, las más
risueñas, circuídle, y en danza loca voltejead en torno suyo;
pues por ser grave y bondadoso a la par, quiere que la gente
esté regocijada. Bajo la bóveda azul, también ha estado en
continua vela; no obstante, el rumor del arroyue-lo llega
hasta su oído, y los blandos céfiros le mecen suavemente en
plácido reposo. Y cuando al mediodía está entregado al
sueño, la hoja no se mueve en la rama, el balsámico aroma de
las plantas salutíferas impregna el aire tranquilo y silencioso;
la ninfa no se atreve a juguetear, y allí donde se encontraba,
allí se duerme. Mas cuando luego, de improviso, resuena
potente la voz del dios como la crepitación del rayo o el
bramido del mar, entonces nadie sabe hacia dónde volverse,
la valerosa hueste se dispersa en la llanura y el héroe tiembla
en el tumulto. ¡Honor, pues, a quien el honor corresponda!
¡Salud a quien nos ha conducido aquí!
DIPUTACIÓN DE LOS GNOMOS
(Al gran Pan). Cuando el rico y brillante metal pasa a
modo de hilos por las quebrajas y sólo descubre sus
laberintos a la perspicaz varilla divinatoria, excavamos en
oscuros subterráneos nuestra casa a manera de trogloditas, y
a los puros aires del día tú distribuyes tesoros con mano
generosa. Cerca de aquí acabamos de descubrir un
maravilloso manantial, que promete dar sin trabajo lo que a
duras penas se podría alcanzar. Esto puedes llevarlo a cabo;
tómalo, señor, bajo tu guarda. En tus manos, todo tesoro
redunda en beneficio del mundo entero.
PLUTO
(Al Heraldo). Preciso es que mantengamos nuestro ánimo
a la altura debida y dejemos confiados que suceda lo que ha
de .suceder; por otra parte, estás siempre lleno de firmísimo
valor. Ahora mismo va a ocurrir una cosa muy horrenda, que
el mundo y la posteridad negarán con obstinado empeño;
pero tú consignalo fielmente en tu protocolo.
EL HERALDO
(Tomando la vara que Pluto tiene en la mano). Los enanos
conducen pasito el gran Pan a la fuente del fuego, que, bu-
llidora, sube del más profundo abismo para en seguida
precipitarse de nuevo al fondo, quedando oscura la abierta
boca. Otra vez sube borbotando en ardiente ebullición. El
gran Pan se detiene satisfecho y se recrea con este prodigio.
Una espuma de perlas brota a derecha e izquierda, ¿Cómo
puede él fiarse de semejantes cosas? Inclínase para mirar al
fondo. Mas ved ahí que su barba cae dentro... ¿Quién será
ése de rostro lampiño? La mano lo oculta a nuestra vista...
Ahora sucede una gran catástrofe. La barba se enciende y
vuela subiendo por donde cayera, y abrasa corona y cabeza y
pecho. En dolor truécase la alegría... Para extinguir el fuego,
acude corriendo la multitud, pero nadie queda libre de las
llamas, y cuanto más se manotea y más golpes se dan, más se
avivan las llamas y se multiplican. Envuelto por el voraz
elemento, se abrasa todo un grupo de máscaras. Pero ¡qué
oigo! ¿Qué rumor llega hasta nosotros cundiendo de oído en
oído, de boca en boca? ¡Oh noche para siempre fatal, qué de
males nos has traído! El próximo día pregonará lo que nadie
puede oír con agrado. No obstante, de todas partes oigo
exclamar: “El Emperador es quien padece tal tormento”..
¡Oh! ¡si fuera cierta otra cosa! El Emperador es presa de las
llamas, lo mismo que su escolta. ¡Maldita sea ella, que la he
arrastrado, que se ha ceñido con ramillos resinosos, sin más
objeto que venir aquí a alboro-tar con chillidos para la
perdición de todos. ¡Oh juventud, juventud! ¿no limitarás
nunca el regocijo a su justa medida? ¡oh majestad, majes-tad!
¿no obrarás nunca de un modo razonable como obras con
omnipo-tencia? Ya consumen el bosque las llamas, que con
su puntiaguda len-gua dirigida hacía arriba, lamen el techo
formado de madera entre-cruzada. Nos amenaza un incendio
general. Colmada está la medida del desastre. No sé quién
podrá salvarnos. En montón de cenizas de una noche yacerá
mañana convertida la rica magnificencia imperial.
PLUTO
Bastante se ha difundido el terror. Tiempo es ya de
disponer el auxilio. ¡Hiere, poder de la sagrada varilla, y que
el suelo tiemble y resuene! Tú, vasto espacio aéreo, llénate de
frescos vapores. Acudid y vagad de un lado a otro,
exhalaciones nebulosas; cubrid, estrías preñadas de lluvia,
esta llameante confusión. Corred, murmurad, encrespaos,
nubecillas; deslizaos ondulantes, sofocad suavemente;
pugnad en todas partes extinguiendo; vosotros, vapores
calmantes, húmedos, transformad en relampagueo este

fantástico juego de llamas... Cuando los espíritus amenazan
dañarnos, la Magia debe ponerse de manifiesto.

JARDIN DE RECREO
Sol naciente
EL EMPERADOR y su CORTE; FAUSTO y
MEFISTÓFELES convenientemente vestido, sin extravagancia, al
estilo de la época. Los dos se arrodillan.
FAUSTO
¿Perdonas, Señor, este fantasmagórico juego de llamas?
EL EMPERADOR
(Haciendo seña de que se levanten). Mucho me huelgo con
semejantes diversiones. De golpe me vi en una esfera ardien-
te. Creía casi que yo era Plutón. Una roqueña sima de ti-
nieblas y carbón estaba allí enrojecida por las pavesas. De
este y aquel abismo se elevaban formando remolinos miles y
miles de fieras llamas que se unían osci-lantes a guisa de
bóveda. Serpenteaban hacia arriba lenguas de fuego trazando
una elevadísima cúpula, que siempre se formaba y siempre se
desvanecía. A lo lejos, por entre las retorcidas columnas de
fuego, veía agitarse largas hileras de gentes que se acercaban
estrechándose en el vasto círculo y me rendían homenaje,
como siempre lo hicieron. Reco-nocí a tal o cual personaje
de mi corte, y parecía ser yo el rey de mil salamandras.
MEFISTÓFELES
Y lo eres, Señor, pues cada elemento reconoce la Majestad
como absoluta. Ahora mismo experimentaste la obediencia
del fuego. Arroja-te al mar, allí donde con más furor bramen
las olas, y no bien pises el fondo rico en perlas, se forma
undoso un circulo espléndido, y ves subir y bajar fluctuantes
olas de un verde claro orladas de púrpura, que van
engrosándose en torno de ti, punto central, para formar la
más bella mansión. A cada uno de tus pasos, doquiera que
vayas, los palacios te acompañan. Los muros mismos gozan
de vida, ofrecen un hormigueo rápido como la saeta y están
animados de un impulso de vaivén. Los monstruos marinos
se apiñan para ver la nueva y grata aparición; lánzanse
impetuosos hacia ella, pero ninguno puede entrar. Allí
juguetean matizados dragones de escamas de oro, el tiburón
abre la boca, y tú te ríes ante sus fauces. Por muy suspensa
que en este momento esté la corte que te rodea, jamás viste
semejante hervidero, Mas no por eso estás separado de lo
más encantador: curiosas Nereidas se acercan a la magnífica
mansión en medio del frescor eterno. Tímidas y voluptuosas
como peces las más Jóvenes; prudentes las de más edad. Tetis
está ya informada del caso, y al nuevo Peleo presenta mano y
labios ... Después, el sitio en las regiones del Olimpo...

EL EMPERADOR
De los espacios aéreos, hágote gracia. Harto temprano
aún se sube a aquel trono.
MEFISTÓFELES
Y la tierra, altísimo Señor, la posees ya.
EL EMPERADOR
¿Qué buena fortuna te ha traído aquí directamente de las
Mil y una noches? Si en fecundidad te igualas a Scheherazada,
yo te garantizo el más alto de los favores. Procura estar
siempre aprestado para cuando vuestro mundo monótono,
cual me acontece a menudo, me fastidie a más no poder.
EL SENESCAL
(Entrando precipitadamente). Serenísimo Señor: en mi vida
pensé anunciarte nuevas más faustas que ésta que labra mi
mayor dicha y me enajena en presencia tuya. Cuenta tras
cuenta, todo está pagado; las garras de los usureros están
aplacadas; libre estoy de tal tormento del infierno. Ni en el
cielo se puede ser más feliz.
EL GENERALÍSIMO
(Siguiendo apresuradamente). A cuenta se ha satisfecho la
soldada; todo el ejército se ha enganchado otra vez; el
lansquenete siéntese con sangre nueva, y posadero y mozas
hacen su agosto.

EL EMPERADOR
¡Cómo respira vuestro pecho dilatado! ¡Cómo se pone ri-
sueño vuestro contraído semblante! ¡Cuán presurosos llegáis!
EL TESORERO
(Presentándose). Pregunta a éstos que han realizado la obra.
FAUSTO
Al Canciller toca explanar el asunto.
EL CANCILLER
(Acercándose lentamente). Azás dichoso me siento en mis
viejos días. Escuchad, pues, y ved la hoja preñada de fortuna
que ha trocado en bien todo mal. (Lee). “Sépalo cualquiera
que lo desee: El presente billete vale mil coronas. Quédale
asegurado, como garantía cierta, un sinnúmero de bienes
sepultados en territorio imperial. Se han tomado
providencias para que el rico tesoro, una vez extraído, sirva
de reintegro.”
EL EMPERADOR
Barrunto una fechoría, una monstruosa farsa. ¿Quién ha
falsificado aquí la firma del Emperador? ¿Ha quedado
impune semejante delito?
EL TESORERO
Recuerda que tú en persona lo has firmado esta noche
misma. Ha-cías el papel de gran Pan, y el Canciller,
acompañado de nosotros, se llegó a ti diciendo: “Asegúrate el
noble placer de la fiesta, la prosperidad del pueblo, con
unos pocos rasgos de pluma.” Tú los trazaste cla-ros, y luego,
esta noche, unos hechiceros reprodujeron esto rápida-mente
a millares, y a fin de que todos s aprovechen del beneficio sin
dilación alguna, hemos timbrado después la serie entera.
Billetes de diez, treinta, cincuenta y ciento están prestos ya.
No podéis figuraros cuánto bien ha hecho esto al pueblo.
Ved vuestra ciudad, antes medio enmohecida en la muerte;
ahora todo vive y bulle saboreando el placer. Por más que tu
nombre haga desde mucho tiempo la felicidad del mundo,
nunca se le ha considerado de un modo tan halagüeño. El
alfabeto desde hoy está de más. Con este signo, ahora cada
uno llega a ser feliz.
EL EMPERADOR
Y para mis súbditos, ¿vale éso como buen oro? Para el
ejército, para la corte, ¿basta eso como plena paga? Por
mucho que ello me asombre, debo admitirlo.
EL SENESCAL
Imposible seria retener las fugitivas hojas, con la celeridad
del rayo hanse diseminado en la circulación. Las casas de
cambio tienen las puertas abiertas de par en par, y allí se hace
honor a cada billete por medio del oro y de la plata, con
algún descuento, es verdad. De allí se va entonces a casa del
carnicero, del panadero, del tabernero; medio mundo no
parece pensar sino en comilonas, mientras que el otro medio
se pavonea con vestidos nuevos. El tendero corta, el sastre
cose. Al grito de “¡Viva el Emperador!”, mana el vino en los
bodegones, allí se cuece, se asa y se hace sonsonete con los
platos.
MEFISTÓFELES
El que solitario se pasea por las terrazas, percibe la más
hermosa mujer, ricamente ataviada, oculto un ojo tras el
soberbio abanico de plumas de pavo real; nos sonríe, y con la
vista sigue un billete como esos, y más presto que con el
talento y la oratoria, se logran los más preciados favores del
amor. No habrá que molestarse llevando bolso ni escarcela;
una pequeña hoja es fácil de llevar en el seno, y se aparea
muy bien con un billetito amoroso. El sacerdote la lleva
devotamente en su breviario, y el soldado, para volverse más
aprisa, aligera con presteza el talego que ciñe sus riñones.
Perdone Vuestra Majestad si en tales menudencias rebajo al
parecer la grande obra.
FAUSTO
Los inmensos tesoros que, ateridos, están esperando
enterrados profundamente en el suelo de tus dominios, yacen
sin utilizarse. El más vasto pensamiento es sobrado estrecho
para poder abarcar una riqueza tal, y la fantasía, en su más
alto vuelo, se afana sin conseguirlo jamás. Con todo, los
espíritus dignos de contemplar profundamente, adquieren
una confianza sin límites en lo infinito.
MEFISTÓFELES
Un papel así, en lugar de oro y perlas, ¡es tan cómodo! Al
menos sabe uno lo que tiene. No hay ya necesidad de
regateos ni cambios. A su gusto puede uno embriagarse de
amor y de vino. ¿Se quiere metá-lico? Siempre se encuentra
un cambista, y si falta el metal, entonces se cava la tierra un
momento. Copas y cadenas se venden a subasta, y el papel,
amortizado al instante, deja confuso al incrédulo que con
descaro se ríe de nosotros. Una vez se ha acostumbrado uno
a esto, ya no quiere otra cosa. Así, de hoy más en todos los
dominios imperiales habrá suficiente existencia de alhajas,
oro y papel.
EL EMPERADOR
(A Fausto y Mefistófeles). Por ese gran bien os queda
obligado nuestro Imperio. En lo posible, sea la recompensa
equivalente al servicio. Que se os confíen las entrañas de la
tierra del Imperio, pues sois los más dignos custodios de los
tesoros. Sabéis donde están guardadas estas inmensas
riquezas, y cuando se practiquen excava-ciones, sea por
mandato vuestro. Poneos ahora de acuerdo, vosotros,
señores de nuestro tesoro; desempeñad con celo las elevadas
funciones de vuestro cargo, donde, en feliz maridaje, se unen
el mundo superior y el inferior.
EL TESORERO

Entre nosotros, no debe suscitarse en lo venidero la más
leve discordia; pláceme tener por colega al hechicero. (Vase
con Fausto.)
EL EMPERADOR
Si ahora ofrezco dádivas, uno por uno, a todos los de la
corte, confiéseme cada cual en qué desea emplearlas.
UN PAJE
(Recibiendo la dádiva). Yo viviré alegre, contento y de buen
humor.
OTRO PAJE
(Lo mismo). Yo regalaré luego a mi amada sortijas y
cadena.
UN CAMARERO
(Lo mismo). Desde ahora beberé doble y mejores
botellas.
OTRO
(Lo mismo). Los dados me están dando va comezón en el
bolsillo.
UN CABALLERO MESNADERO
(Con circunspección). Yo libraré de gravámenes mi castillo y
mis tierras.
OTRO
(Igualmente). Es un tesoro que juntaré a otros tesoros.
EL EMPERADOR
Esperaba de vosotros afán y alientos para nuevas
empresas; pero quien os conoce, fácilmente os adivinará.
Bien lo advierto: en medio del estado floreciente de todos los
tesoros, tal como érais antes, os quedáis después.
EL BUFÓN
(Llegando). Estáis prodigando dádivas; hacedme también
merced de algunas.
EL EMPERADOR
¿Y estás vivo otra vez? Pronto las derrocharás bebiendo.
EL BUFÓN
¡Hojas mágicas! No lo entiendo bien.
EL EMPERADOR
Lo creo perfectamente, porque las emplearás mal.
EL BUFÓN
Ahí caen otras. No sé qué hacer.
Cógelas, pues; te han caído en suerte. (Vase).
EL BUFÓN
¡Cinco mil coronas tendría yo en las manos!

MEFISTÓFELES
¿Conque resucitaste, odre con dos piernas?
EL BUFÓN
Esto me acontece a menudo, pero nunca tan bien como
esta vez.
MEFISTÓFELES
Tanto te alegras, que esto te hace sudar.
EL BUFÓN
Fíjate bien aquí: ¿esto tiene el valor de la moneda?
MEFISTÓFELES
Con esto tienes lo que apetecen la garganta y el vientre.
EL BUFÓN
¿Y puedo comprar tierras, casa y ganado?
MEFISTÓFELES
¡Claro que sí! No tienes más que ofrecer, y eso no marra
nunca.
EL BUFÓN
¿Y un palacio con bosque y caza y riachuelo con peces?
MEFISTÓFELES
A fe mía, me gustaría verte hecho un señor formal.
EL BUFÓN
Esta misma noche voy a pavonearme en mi propiedad.
(Vase).
MEFISTÓFELES
(Solo). ¿Quién duda aún de la agudeza de nuestro bufón?
UNA GALERÍA OSCURA
FAUSTO, MEFISTÓFELES
MEFISTÓFELES
¿Por qué me conduces a esos lóbregos corredores?
¿Acaso no reina allí dentro bastante regocijo, ni se ofrece en
la compacta y variada turba cortesana ocasión para chacota y
embeleso?
FAUSTO

No digas tal; desde antiguos días lo has gustado hasta la
planta de los pies. Ahora, empero, tu ir y venir no es más que
para no cumplirme la palabra. Sin embargo, me importunan
para emprender la obra; el senescal y el chambelán me están
apremiando. El Emperador lo quiere, y hay que hacerlo en
seguida; quiere ver ante él a Helena y Paris; quiere contemplar
en forma patente el modelo de los hombres y el de las
mujeres. ¡Pronto! ¡al avío! No puedo faltar a mi palabra.
MEFISTÓFELES
Desatino fué prometer tan de ligero.
FAUSTO
Tú no has considerado, compañero, adonde nos llevan
tus artifi-cios. Antes, le hemos enriquecido; ahora nos es
preciso divertirle.
MEFISTÓFELES
¿Te figuras que eso se arregla en un abrir y cerrar de ojos?
Aquí nos hallamos delante de escalones más empinados.
Tocas con la mano unos dominios del todo extraños para ti,
y, temerario al fin, contraes nuevas deudas. Piensas evocar a
Helena con igual facilidad que a ese fantasma de papel
moneda. Para estúpidas farsas de brujas, para tramas de
espectros, para enanos con paperas pronto estoy a servirte;
pero las queridas del diablo, sin ánimo de ofenderlas, no
pueden pasar por heroínas.
FAUSTO
Ya salimos con la canción de todos los días. Contigo se
cae siempre en lo incierto. Eres el padre de todas las
dificultades; para cada expediente quieres una nueva
recompensa. Con mascullar unas pocas palabras, bien lo sé,
está hecha la cosa; en un periquete haces que se aparezcan.
MEFISTÓFELES
El mundo pagano no me concierne a mí; habita su
infierno particular. Sin embargo, hay un medio...
FAUSTO
Habla sin dilación.
MEFISTÓFELES
Mal de mi grado descubro el sublime misterio. Hay unas
diosas augustas que reinan en la soledad. En torno de ellas
no hay espacio y menos aún tiempo. Hablar de ellas es un
trabajo. Son las MADRES.
FAUSTO
(Sobresaltado). ¡Las Madres!
MEFISTÓFELES
¿Eso te espanta?
FAUSTO

¡Las Madres! ¡las Madres...! Suena eso de un modo tan
extraño...
MEFISTÓFELES
Y lo es en realidad. Diosas desconocidas para vosotros
los morta-les, y que nosotros nunca nombramos de buen
talante. Para descubrir su morada, puedes cavar hasta lo más
profundo. Tú mismo tienes la culpa de que tengamos
necesidad de ellas.
FAUSTO
¿Dónde está el camino?
MEFISTÓFELES
No hay camino alguno, allí donde nadie ha sentado el pie
ni puede sentarlo; un camino hacia lo que no es solicitado ni
se puede solicitar. ¿Estás dispuesto...? No hay allí cerraduras,
ni hay cerrojos que descorrer; irás errante por las soledades.
¿Tienes tú idea del vacío, de la soledad?
FAUSTO
Creí que excusarías tales discursos. Aquí huele eso a
cocina de hechicera, a unos tiempos que pasaron mucho
tiempo ha. ¿No he debido acaso frecuentar el mundo,
aprender el vacío y enseñar el vacío...? Si hablaba de un
modo razonable, tal como yo entendía, la contradicción se
dejaba oír doblemente ruidosa, y aun fuéme preciso, ante
tales enojosas burlas, huir a la soledad, a sitios desiertos, y
por no vivir solo y olvidado por completo, hube al fin darme
al diablo.
MEFISTÓFELES
Si atravesaras a nado el océano y contemplaras allí lo infi-
nito, verías al menos venir ola tras ola, y aunque te
estremeciese la idea de irte al fondo, al menos verías algo.
Verías, sin duda, en las verdes aguas del mar en calma,
deslizarse los delfines; verías pasar las nubes, el sol, la luna y
las estrellas; mientras que en un alejamiento eternamente
vacío, nada verás, no oirás siquiera el rumor de tus pasos, ni
hallarás un punto firme donde reposar.
FAUSTO
Hablas como el primero de los mistagogos que hayan
jamás engañado a los sinceros neófitos; sólo que es a la
inversa. Me envías al vacío para que allí acreciente yo mi arte
y mi poder. Me tratas de esta suerte para que, como el gato de
la fábula, yo te saque las castañas del fuego. Pero ¡adelante
siempre! Profundicemos la cosa; en tu Nada, espero
encontrar el Todo.
MEFISTÓFELES
Te felicito antes de separarnos. Ya veo bien que conoces
al diablo. Toma esta llave.
FAUSTO
¡ Esa pequeña cosa!

MEFISTÓFELES
Tómala, digo, y no la tengas en poco.
FAUSTO
¡Cómo crece en mi mano! ¡Brilla! ¡Centellea!
MEFISTÓFELES
Presto verás lo que con ella se posee. Esa llave descubrirá
el verdadero sitio. Síguela hacia abajo, y te conducirá a las
Madres.
FAUSTO
¡Las Madres! Eso me hiere cada vez como un golpe.
¿Qué palabra es esa, que no puedo entender?
MEFISTÓFELES
¿Tan apocado eres que así te turba una palabra nueva?
¿No, quieres oír sino lo que oíste ya? Nada te turbe, suene
como sonare, tú que desde tanto tiempo estás ya habituado a
las cosas más estupendas.
FAUSTO
Pero si yo no busco en la apatía mi ventura, el estremeci-
miento es la mejor parte de la humanidad. Por muy caro que
el mundo le haga pagar el sentimiento, en medio de su
emoción es cuando el hombre siente profundamente la
inmensidad.
MEFISTÓFELES
Desciende, pues. Podría también decir: Sube. Es igual.
Huye de lo que tiene existencia, lánzate a los libres, ilimitados
espacios de las imágenes. Deléitate en lo que desde hace
mucho tiempo, no existe. Cual hileras de nubes, se entrelaza
el torbellino. Agita la llave en el aire, y haz por tener las
imágenes a distancia del cuerpo.
FAUSTO
(Con exaltación). ¡Bien! Empuñándola con fuerza, siento
un nuevo vigor; dilátase el pecho para emprender la grande
obra.
MEFISTÓFELES
Un trípode ardiente te dará a conocer al fin que has,
llegado al fondo, a lo más profundo de todo. A su
resplandor verás las Madres; unas están sentadas, otras en pie
y andan vagando al azar. Formación, transformación, eterno
juego del Pensamiento eterno. Rodeadas de las flotantes
imágenes de toda criatura, ellas no te verán, pues sólo
perciben los esquemas. Cobra entonces valor, porque es
grande el peligro; corre en derechura al trípode, y tócalo con
la llave.
(Fausto, con la llave en la mano, torna una resuelta actitud im-
perativa) .
MEFISTÓFELES
(Contemplándole). ¡Muy bien! El trípode se arrima a ti y te
sigue como fiel criado. Subes tranquilo, la buena fortuna te
eleva, y antes que ellas lo adviertan, estás ya de vuelta con el
trípode. Y una vez que lo hayas traído aquí, evocas del seno
de la noche al héroe y la heroína, tú, el primero que ha osado
acometer tal empresa; hecha está, y tú la llevaste a cabo. En
seguida, mediante una operación mágica, la nube de incienso
debe quedar transformada en dioses.
FAUSTO
Y ahora, ¿qué hay que hacer?
MEFISTÓFELES
Haz que tu ser se esfuerce por bajar. Húndete golpeando
el suelo con el pie, y golpeando el suelo con el pie subes de
nuevo. (Fausto da con el pie en el suelo y se hunde).
MEFISTÓFELES
¡Con tal que la llave le sirva a más y mejor...! Curiosidad
tengo de saber si volverá.

SALAS ESPLENDIDAMENTE ILUMINADAS
EL EMPERADOR y IOS PRÍNCIPES; LA CORTE en
movimiento.
EL CHAMBELÁN
(A Mefistófeles). Aun nos debéis la escena de los
aparecidos. ¡Manos a la obra! El Señor está impaciente.
EL SENESCAL
Eso pedía ahora mismo el augusto Soberano. No os
detengáis. Eso fuera un ultraje a la Majestad.
MEFISTÓFELES
Para ello precisamente ha partido mi compañero. El sabe
ya como debe hacerlo, y trabaja silencioso encerrado en el
misterio. Ha de aplicarse a ello con un esmero muy especial,
pues quien pretenda de-senterrar tal tesoro, lo Bello, ha
menester del supremo arte, la Magia de los sabios,
EL SENESCAL
Poco importan las artes de que os valgáis. Lo que quiere
el Emperador, es que todo esté aparejado.
UNA RUBIA
(A Mefistófeles). Una palabra, caballero. Como veis, terso
es mi rostro, pero no es siempre así durante el fastidioso ve-
rano. Entonces salen cien pecas rojizas que, con harto
disgusto mío, cubren esta blanca tez. Dadme un remedio.
MEFISTÓFELES
Lástima es que un tesoro tan radiante esté tan moteado en
mayo como vuestros gatitos de piel de pantera. Tomad overa
de rana y lenguas de sapo, destilad, rectificad con gran
cuidado en el plenilunio, y cuando la luna esté en el cuarto
menguante, untaos sencillamente con esto. Llega la
primavera, y las pecas han desaparecido.
UNA MORENA
La multitud acude a empellones para lisonjearos de un
modo servil. Os suplico me déis un remedio. Este pie helado
no me deja andar ni bailar, y hasta me muevo con torpeza
para hacer una reverencia.
MEFISTÓFELES
Permitidme una pisada de mi pie.
LA MORENA
Sea. Entre enamorados, eso es cosa corriente.
MEFISTÓFELES
La pisada de mi pie, hija mía, tiene mayor importancia.
Para lo semejante, lo semejante, cualquiera que sea el mal de
que uno adolez-ca, el pie cura al pie, y lo propio sucede con
todos los miembros. Acer-caos. Prestad atención. Pero no
habéis de responder a ello.
LA MORENA
(Gritando). ¡Ay! ¡Ay! Eso quema. Ha sido un pisotón
recio, como de un casco de caballo.
MEFISTÓFELES
Has logrado la curación. De hoy más puedes bailar a tu
gusto, y en la mesa, mientras saboreas exquisitos manjares,
podrás hacer juego de pies con tu galán.
UNA DAMA
(Pugnando por acercarse). Dejadme pasar. Grandes en
demasía son mis cuitas; hirviendo en mi pecho, me taladran
hasta lo más hondo del corazón. Ayer mismo aun buscaba él
la dicha en mis miradas, y ahora charla con ella y me vuelve la
espalda.
MEFISTÓFELES
Grave cosa es. Pero escúchame. Es preciso que con
tiento, te acerques a él; toma este carbón, traza una raya en la
manga de su vestido, en la capa o en el hombro, según se
ofrezca el caso, y sentirá en el pecho el saludable aguijón del
arrepentimiento. Mas tú debes luego tragar el carbón sin
llevar vino ni agua a los labios. Esta noche ya estará él
suspirando frente a tu puerta.
LA DAMA
Pero ¿no será eso ningún veneno?
MEFISTÓFELES
(Indignado). ¡Respeto a quien sea debido! Muy lejos ha-
bríais de correr para encontrar un carbón como este.
Proviene de una hoguera que en otro tiempo atizamos con el
mayor afán.
UN PAJE
Yo estoy enamorado, pero me tienen por un niño.
MEFISTÓFELES
(Aparte). Ya no sé donde he de atender. (Al Paje). No
debéis fundar vuestra dicha en la más joven, las mujeres
entraditas en años sabrán apreciaros mejor.
(Otros están haciendo esfuerzos para acercarse).
¿Aun hay más? ¡Qué rudo asalto! Voy por fin a salir del
paso con ayuda de la verdad. Es el peor de los recursos; pero,
a grandes males... ¡Oh Madres! ¡Madres! ¡Dejad a Fausto en
libertad! (Mirando en derredor). Las luces arden ya mortecinas
en la sala. Toda la Corte se pone en movimiento a la vez. Los
veo desfilar de una manera ordenada, unos tras otros, por los
largos corredores y por las lejanas galerías. Ved, se congregan
en el espacioso recinto de la antigua sala de los Caballeros,
que apenas puede contenerlos. En las amplias paredes se han
prodigado los tapices; con armaduras hanse decorado
ángulos y hornacinas. Aquí, entiendo yo que no hay
necesidad de evocación mágica alguna. Los espíritus se
presentan por sí mismos en tal sitio.

SALA DE LOS CABALLEROS
Iluminación escasa
EL EMPERADOR y LA CORTE han entrado
EL HERALDO
Mi antigua función de anunciar el espectáculo ha
padecido mengua por la misteriosa influencia de los
fantasmas. En balde se aventura uno a explicar por causas
razonables su embrollado proceder. Sitiales, sillas, todo está
ya dispuesto. Han colocado al Emperador frontero a la
pared; allí puede a su placer contemplar en los tapices las
batallas de los tiempos heroicos. Todos, el Soberano y la
Corte, están ya sentados en círculo; los bancos están
apretados unos contra otros en el fondo. El amante, en estas
sombrías horas de los fantasmas, ha encontrado también un
sitio delicioso al lado de la amada. Y así, toda vez que todos
se han instalado en su debido lugar, nosotros estamos
dispuestos. Pueden venir los fantasmas.
(Toque de trompetas).
EL ASTRÓLOGO
Empiece al punto el drama su curso: lo manda el Señor.
¡Abríos, paredes! Nada estorbe ya. Aquí tenemos la magia a
nuestra disposición. Desaparecen los tapices, como
arrollados por el fuego; hiéndese el muro de arriba abajo, gira
sobre sí mismo; parece surgir un gran teatro y alumbrarnos
una luz misteriosa. Y yo subo al proscenio.
MEFISTÓFELES
(Sacando la cabeza por la concha del apuntador). Desde aquí
espero granjearme el favor del público; las sugestiones son la
oratoria del diablo. (Al Astrólogo). Tú conoces la regla según
la cual se mueven los astros; también comprenderás
magistralmente mi susurro.
EL ASTRÓLOGO
Mediante un poder maravilloso, aparece aquí a la vista un
antiguo templo de construcción harto maciza. Semejantes a
Atlas, que en pasa-dos tiempos sostenía el Cielo, levántanse
aquí en hilera numerosas columnas. Bien pueden bastar para
esta pesada mole de piedra, cuando dos solas ya sostendrían
un gran edificio.
EL ARQUITECTO
¿Sería eso antiguo? No sabría yo apreciarlo. Burdo y
pesado es como debiera llamarse. Denominan noble a lo
grosero, grandioso a lo chanflón. Columnas sutiles, atrevidas,

sin límite, es lo que me gusta a mí; el cénit ojival eleva el
espíritu; una construcción parecida nos edifica más que otra
alguna.
EL ASTRÓLOGO
Acoged con respeto las horas concedidas por los astros;
que por la mágica palabra quede atada la razón, y que, por el
contrario, la soberbia y audaz fantasía emprenda extenso y
libre vuelo. Mirad ahora con vuestros propios ojos lo que
osadamente anheláis. Imposible cosa es, y por lo mismo,
digna de fe.
FAUSTO surge del suelo en el otro lado del proscenio
En traje sacerdotal, coronadas las sienes, un hombre
prodigioso ahora da cima a lo que con ánimo comenzó. Un
trípode sube con él de una honda caverna. Paréceme ya sentir
el aroma del incienso que sale del braserillo. Se dispone a
bendecir la grande obra. En adelante, sólo pueden suceder
cosas afortunadas.
FAUSTO
(Con solemnidad). En vuestro nombre, Madres, que reináis
en lo infinito y vivís eternamente solitarias, pero a la vez
sociables. En torno de vuestra cabeza flotan las imágenes de
la vida, móviles aunque sin vida. Lo que un día existió, en su
forma y en todo su esplendor se mueve allí, pues intenta
existir eternamente. Y vosotras lo distribuís, potestades
omnipotentes, en el pabellón del día, en la bóveda de la
noche. Unas de ellas son arrastradas por la dulce corriente de
la vida; en pos de las otras, va el mago audaz; con rica
liberalidad y lleno de confianza, deja ver lo que cada uno
desea: lo que es digno de admiración.
EL ASTRÓLOGO
No bien la llave ardiente toca el braserillo, una niebla va-
porosa llena al punto el espacio; se desliza, ondula a manera
de nube, se dilata, se redondea, se entrelaza, se divide, se
junta. Y ahora observad una obra maravillosa de los
espíritus. En cuanto andan, dejan oír una música. De los
aéreos sonidos se exhala un no sé qué; a su paso, todo se
vuelve melodía. Resuena la columnata lo mismo que el
triglifo, y aun creo que canta todo el templo. Descienden los
vapores; del ligero velo avanza con paso cadencioso un lindo
mancebo.
Aparece PARIS
Aquí terminan mis funciones: no necesito nombrarlo.
¿Quién no conocería al gentil Paris?
UNA DAMA
¡Oh! ¡Qué brillantez de floreciente vigor juvenil!
SEGUNDA DAMA
Fresco y jugoso como un albérchigo.
TERCERA DAMA
Los labios dibujados con finura, suavemente abultados.

CUARTA DAMA
Bien quisieras tú beber a pequeños sorbos en esa copa.
QUINTA DAMA
Es muy bello, aunque no precisamente fino.
SEXTA DAMA
Pero podría tener un poquito más de soltura.
UN CABALLERO
Creo oler aquí el zagal; nada de príncipe y nada de los
modales de la corte.
OTRO CABALLERO
Vaya, así medio desnudo, no puede negarse que el mocito
es hermoso, pero habría que verle antes con la armadura.
UNA DAMA
Se sienta muellemente, con gracia.
UN CABALLERO
Sobre sus rodillas estarías muy a gusto, ¿no es cierto?
OTRA DAMA
¡Apoya de una manera tan delicada el brazo sobre la
cabeza!
EL CHAMBELÁN
¡Qué rustiquez! Eso no está permitido.
UNA DAMA
Vosotros, señores, en todo halláis qué decir.
EL CHAMBELÁN
¡En presencia del Emperador echarse de esa manera!
UNA DAMA
No hace más que representar su papel. Se figura estar
solo.
EL CHAMBELÁN
El espectáculo mismo aquí ha de ser decoroso.
LA DAMA
El sueño se ha apoderado suavemente del lindo
mancebo.
EL CHAMBELÁN
Y se pondrá luego a roncar; es lo más natural del mundo.
UNA JOVEN DAMA
(Embelesada). A los vapores del incienso, ¿qué nuevo
perfume se mezcla que me refrigera hasta lo más íntimo de
mi corazón?
OTRA DAMA DE MÁS EDAD

En efecto, penetra profundamente en el alma un hálito
que emana de él.
LA DAMA MÁS VIEJA
Es la flor del desarrollo, que en el joven es como la
ambrosía, y se difunde por la atmósfera en torno suyo.
Aparece HELENA
MEFISTÓFELES
¿Sería ella, pues? Ante ésa, estaría yo tranquilo. Es bien
parecida, no hay duda, pero no es de mi gusto.
EL ASTRÓLOGO
Esta vez, nada más tengo que hacer. Como hombre de
honor, lo confieso y reconozco. La beldad avanza, y aunque
tuviera yo lenguas de fuego... Sobre la belleza, mucho se ha
cantado en todo tiempo. Aquel a quien se aparece, siéntese
enajenado; aquel a quien perteneció, fué dichoso en extremo.
FAUSTO
¿Tengo ojos aún? ¿Se muestra en lo más hondo de mi
alma la fuente de la Belleza vertida a plenos raudales? Mi
pavoroso viaje me reporta la más feliz recompensa. ¡Cuán
nulo, cuán cerrado estaba el mundo para mi! ¿Y qué no es
ahora, desde mi sacerdocio? Por vez primera lo hallo
apetecible, cimentado, duradero. ¡Desaparezca de mí la
fuerza del aliento de vida si alguna vez me canso de ti! La
bella forma que en otro tiempo me seducía y en mágico
reflejo me colmaba de dicha, no era más que una sombra de
semejante beldad. ¡A ti consagro el impulso de todas mis
fuerzas, mi pasión entera, a ti las inclinaciones mías, amor,
adoración, delirio!
MEFISTÓFELES
(Desde la concha del apuntador). Reprimíos, pues, y no salgáis
de vuestro papel.
LA DAMA MÁS VIEJA
Es alta, bien formada; sólo que la cabeza es demasiado
pequeña.
LA DAMA MÁS JOVEN
Mirad el pie. No puede ser más rústico.
UN DIPLOMÁTICO
Princesas he visto de esta forma. A mi me parece hermosa
desde la cabeza hasta los pies.
UN CORTESANO
Acércase amorosa con disimulo al durmiente.
UNA DAMA
¡Qué fea es al lado de esa imagen de pura juventud!
UN POETA
Ella es quien le ilumina con los rayos de su belleza.
LA DAMA
¡Endimión y la Luna! ¡Es un verdadero cuadro!
EL POETA
¡Muy bien! La diosa parece bajarse; se inclina sobre él
para aspi-rar su aliento. ¡Qué digno de envidia! ¡Un beso...!
La medida está colmada.
UNA DUEÑA
¡En presencia de todo el mundo! Eso es sobrado
extravagante.
FAUSTO
¡Temible favor para el joven!
MEFISTÓFELES
¡Calma! ¡Silencio! ¡Déjale a la sombra hacer lo que le
plazca.
EL CORTESANO
Ella se aleja callandito con pie ligero; él se despierta.
LA DAMA
Vuelve ella la cabeza. Bien me lo figuraba yo.
EL CORTESANO
El mocito se asombra. Es un prodigio lo que le acontece.
FAUSTO
LA DAMA
Para ella no es ningún prodigio lo que se ofrece a su vista.
EL CORTESANO
Con decoro vuélvese hacia él.
LA DAMA
Ya observo que ella le está enseñando la lección. En casos
semejantes, todos los hombres son unos imbéciles. Figúrase
también, sin duda, ser el primero.
UN CABALLERO
No me objetéis su valer. Majestuosa, fina.
LA DAMA
¡La meretriz! Eso lo llamo ordinario.
UN PAJE
Yo quisiera hallarme en lugar de él.
EL CORTESANO
¿Quién no quedaría cogido en una red como ésta?
UNA DAMA
La joya ha pasado por tantas manos, que el oro está
bastante desgastado.
OTRA DAMA
Desde los diez años no ha valido nada.
EL CABALLERO
Cuando llega la ocasión, cada cual toma para si lo mejor.
Yo me contentaría con esos hermosos restos.
UN PEDANTE
Véola claramente; sin embargo, confieso con toda
franqueza que tengo mis dudas sobre si es la verdadera
Helena. La presencia nos lleva a la exageración. Yo me atengo
ante todo a lo escrito, y allí leo que, en efecto, gustó ella de
un modo singular a todas las barbas grises de Troya; y, según
imagino, esto se ajusta perfectamente aquí. No soy joven, y a
pesar de ello, me gusta.
EL ASTRÓLOGO
No es ya un mozalbete. Es un héroe audaz que la sujeta
sin que pueda ella defenderse, y con brazo vigoroso la
levanta en vilo. ¿Intentará robarla?
FAUSTO
¡Loco temerario! ¡Cómo te atreves...! ¿No me oyes...?
¡Tente...! ¡Eso es demasiado!
MEFISTÓFELES
Pero si tú mismo has creado ese juego de fantasmagoría.
EL ASTRÓLOGO
Una palabra no más. Después de todo cuanto ha
ocurrido, yo titulo la pieza: El Rapto de Helena.
FAUSTO
¡Qué rapto! ¿No estoy yo para nada aquí ¿No tengo en
la mano esta llave? A través de los horrores, de las ondas y
del oleaje de las soledades, ella me ha guiado aquí en sitio
firme. Aquí hago pie. Lo de aquí son realidades. Desde aquí
el espíritu osa luchar con los espírituss, y asegurarse el vasto y
doble imperio. Ella, que tan lejos estaba, ¿cómo puede estar
más cerca? Yo la salvo, y por lo mismo, es dos veces mía...
¡Valor! ¡Madres! ¡Madres! Preciso es que me lo concedáis.
Quien la ha conocido, no puede vivir sin ella.
EL ASTRÓLOGO
¿Qué haces, Fausto? ¡Fausto...! La coge con violencia. La
figura se torna ya confusa... Vuelve la llave hacia el joven, le
toca... ¡Ay de nosotros! ¡Ahora! ¡Al instante!
(Explosión. Fausto yace desvanecido en el suelo. Las dos Sombras
se disipan en vapor.)
MEFISTÓFELES
(Cargándose a Fausto en hombros). ¡Eso os habéis ganado! El
encargarse de locos acaba por dañar al mismo diablo.
(Tinieblas, tumulto)

ACTO SEGUNDO
Aposento gótico, estrecho, de alta bóveda, que en otro tiempo era el
de Fausto, sin cambio alguno.
MEFISTÓFELES
(Saliendo detrás de una cortina. Mientras la levanta y vuelve la
cabeza hacia atrás, se ve a FAUSTO tendido en un lecho de tiempo
antiguo). ¡Reposa aquí, desdichado, preso en amorosos lazos
difíciles de romper! Aquel a quien paralizó Helena, no
recobra fácilmente la razón. (Mirando en derredor.) Qué vuelva
yo la vista hacia arriba, aquí o allí, nada veo cambiado, todo
está intacto. Los vidrios de colores me parecen más
empañados, hanse multiplicado las telarañas, la tinta está seca
y el papel se ha puesto amarillento, pero todo permanece en
su sitio. Hasta veo aquí aún la pluma con que Fausto firmó
su pacto con el diablo. Sí, en el fondo de su cañón se ha
cuajado una gotita de sangre que con maña le saqué. Por una
pieza tan singular como ésta, yo felicitaría al mayor de los
coleccionistas. La vieja pelliza pende también de la antigua
percha y me trae a la memoria aquellas chanzas con que una
vez aleccionaba yo al mozalbete y con las cuales, joven ya,
acaso se nutre todavía. Por cierto, que me entran deseos de
cubrir-me contigo, tosca y caliente envoltura, para
pavonearme de nuevo dándome aires de profesor, como
aquel que se figura en todo tener ra-zón. Los sabios son
entendidos en eso de darse tono, pero al diablo se le han
quitado las ganas desde hace mucho tiempo.
(Sacude la pelliza, que ha descolgado, y de ella se escapan cigarras,
escarabajos y polillas.)
CORO DE INSECTOS
¡Bien venido! ¡Bien venido, viejo patrón! Revoloteamos
zumban-do y te conocemos ya. Uno a uno, en silencio nos
sembraste, y a milla-res, padre, venimos danzando. De un
modo tal se oculta el disimulo en el pecho, que más pronta se
descubren los piojitos de la pelliza.
MEFISTÓFELES
¡Qué grata sorpresa me da esta joven creación! No hay
más que sembrar, y con el tiempo se recoge. Otra vez sacudo
el viejo ropón, y todavía sale algún insecto revoloteando acá
y acullá. ¡Arriba! ¡En todos lados! En cien mil rincones
apresuraos, amiguitos míos, a esconderos; allí entre aquellas
viejas arcas, aquí en el pardusco pergamino, en los
polvorientos pedazos de añosas vasijas, en las vacías cuencas
de aque-llas calaveras. En un fárrago tal y en una mohienta
vida como esa, nun-ca deben faltar grillos. (Se envuelve con la
pelliza.) Ven, cúbreme una vez más las espaldas... Ahora soy

de nuevo rector del colegio. Mas ¿de qué me sirve titularme
así? ¿Dónde están los que por tal me reconocen?
(Tira de la campana, que deja oír un sonido agudo, penetrante, por
efecto del cual retiemblan las salas y se abren las puertas bruscamente.)
EL FÁMULO
(Llega vacilante por el largo corredor oscuro). ¡Qué estrépito!
¡Qué sobresalto! La escalera vacila, tiemblan las paredes; a
través de los trémulos vidrios multicolores de las ventanas,
veo la fulguración de la tormenta. Salta y se resquebraja el
pavimento, y de lo alto caen, como menudo granizo, cal y
cascote desprendidos de la bóveda. Y la puerta, a pesar de
sus fuertes cerrojos, se abre con violencia, como empujada
por una fuerza prodigiosa... ¡Qué veo allí! ¡Horror! Un
gigante está en pie, cubierto con la vieja pelliza de Fausto. A
sus miradas, a sus señas, siento doblarse mis rodillas. ¿Debo
huir? ¿Debo quedarme? ¡Ay! ¿qué será de mí?
MEFISTÓFELES
(Haciéndole una seña). Acercáos, amigo mío. ¿No os llamáis
Nicodemus?
EL FÁMULO
Tal es mi nombre, respetable señor... Oremus.
MEFISTÓFELES
Dejemos eso.
EL FÁMULO
¡Cuánto me alegro de que me conozcáis!
MEFISTÓFELES
Bien lo sé: ¡cargado de años y todavía estudiante, rancio
señor. También el hombre sabio sigue estudiando, porque
no sabe hacer otra cosa. Así uno se edifica un regular castillo
de naipes, que ni aun el más grande ingenio deja acabado del
todo. Pero vuestro amo es un pozo de sabiduría. ¿Quién no
conoce al ilustre doctor Wagner, hoy día el primero en el
mundo sabio? El solo es quien lo sostiene, él que diariamente
enriquece la ciencia. Oyentes y discípulos, ávidos de todo
saber, en tropel acuden a reunirse en derredor suyo. Sólo él
relumbra desde la cátedra; como San Pedro, dispone de las
llaves, y abre lo de abajo lo mismo que lo de arriba. Y por
cuanto brilla y resplandece sobre todos, ninguna reputación,
ninguna gloria se mantiene firme; hasta el nombre de Fausto
queda eclipsado. El es el único que ha inventado.
EL FÁMULO
Perdonad, respetable señor, si os digo... si me atrevo a
replicaros que no se trata de nada de todo eso. La modestia
es la parte que le ha tocado en suerte. No sabe él resignarse a
la misteriosa desaparición del hombre insigne, de cuyo
retorno espera encontrar dicha y consuelo. Como en los días
del doctor Fausto, el aposento, intacto aún desde su partida,
aguarda a su antiguo dueño. Apenas me atrevo a entrar en él.
¿Qué hora sideral debe ser? Los muros parecían temblar de
miedo, estremecíanse los montantes de las puertas, saltaron
los cerrojos. De otra suerte, vos mismo no hubiérais entrado
aquí.
MEFISTÓFELES
¿Dónde se ha metido ese hombre? Conducidme a su
presencia, o traedle acá.
EL FÁMULO
¡Ah! Su prohibición es harto rigurosa, y no sé si puedo
atreverme. Atareado en la grande obra, desde algunos meses
acá vive en el más silencioso retiro, y él, que es el más pulcro
de los hombres de ciencia, tiene toda la facha de un
carbonero; atezado desde las orejas hasta la nariz, encendidos
los ojos a fuerza de soplar en el fuego, y así se consume por
momentos con la música que produce el ruidoso chocar de
las tenazas.
MEFISTÓFELES
¿Me negaría la entrada? Yo soy el hombre que puede
adelantar su dicha.
(Vase el Fámulo. Mefistófeles se sienta con gravedad.)
No bien he tomado sitio aquí, veo moverse allí detrás un
huésped que no me es desconocido. Pero esta vez es de los
más modernos, y va a dar pruebas de una osadía sin límites.
EL BACHILLER
(Llegando impetuosamente por el corredor). Abiertas hallo de
par en par las puertas todas. Es, pues, de esperar al fin que
aquel hombre que hasta ahora vivía como un cadáver en
medio de la podredumbre, habrá cesado de languidecer y
consumirse y de morir para la vida misma. Esos muros, esos
tabiques se inclinan amenazando desplomarse, y si no
huimos al punto, nos alcanzará su caída y ruina. Audaz soy
como ningún otro, y con todo, nadie me obligará a dar un
paso más. Pero ¿qué debo aprender hoy? ¿No era aquí
donde, muchos años ha, llegaba yo temeroso y con el
corazón oprimido, como buen estudiante novel, para
entregarme confiado en manos de esos barbones e instruirme
con su cháchara mentirosa? Pertrechados con sus rancios
libracos, encajábanme tantos embustes como cosas sabían,
pues a lo que sabían ni ellos mismos daban fe, robando de
esta suerte su vida y la mía. ¡Cómo...! ¡Allí detrás, en la celda
entreclara, alguien está sentado todavía! Al acercarme, veo
con asombro que está metido aún en la parda pelliza, ni más
ni menos que como le dejé, todavía cubierto con el tosco
abrigo de pieles. Cierto es que entonces parecíame hábil de
veras cuando yo no le comprendía aún. Pero lo que es esta
vez, todo eso no me causará efecto alguno. Abordémosle con
resolución. (a Mefistófeles.) Viejo señor, si por vuestra cabeza
calva y caída de través no pasaron las turbias ondas del Leteo,
ved llegar y reconoced en mi al estudiante emancipado ya de
académicas férulas. Os encuentro aún tal como os veía; en
cuanto a mí, vuelvo hecho otro hombre.
MEFISTÓFELES
Huélgome de haberos atraído con el son de la campana.
Entonces no os tenía yo en poco: la oruga, la crisálida
anuncian ya la futura mariposa de brillantes colores. Con
vuestra cabeza rizada y vuestro cuello de encaje, sentíais un
placer infantil. Seguramente no habéis nunca llevado coleta.
Hoy os veo con el cabello al estilo sueco. Tenéis el aire del
todo arrogante y resoluto, pero no os volváis a casa tan
absoluto.
EL BACHILLER
Mi viejo señor, nos hallamos en el mismo sitio que la otra
vez., Considerad, sin embargo, la corriente de los tiempos
modernos y escusad palabras de doble sentido. Ahora, al
revés de antes, abrimos el ojo. Os burlásteis del bueno e
ingenuo muchacho, y eso lo habéis logrado sin arte alguno,
cosa a que hoy nadie se atreve.
MEFISTÓFELES
Cuando a la juventud se le dice la pura verdad, en modo
alguno les acomoda a los mozalbetes; mas, cuando
transcurridos varios años, la han duramente experimentado
ellos sobre su mismo pellejo enton-ces, en su petulancia, se
figuran que ha salido de su propio caletre, y así van diciendo
que el maestro era un imbécil.
EL BACHILLER
Un trapalón tal vez... Y sino, ¿qué profesor nos dice cara
a cara la verdad? Cada cual sabe exagerar lo mismo que
disminuir, ya en serio, ya en discreta chanza, delante de
cándidos niños.
MEFISTÓFELES
Ciertamente, hay una edad para aprender; para enseñar, a
lo que veo, vos mismo estáis dispuesto. Desde muchas lunas,
desde algunos soles, habréis, sin duda, adquirido grande
experiencia.
EL BACHILLER
¡Experiencia! Espuma y polvo, y no corre pareja con el
talento. Confesad que lo que en todo tiempo se ha sabido,
no vale absolutamente la pena de saberse.
MEFISTÓFELES
(Después de una pausa). Mucho tiempo ha que esa es mi
opinión. Yo era un loco, y ahora me parece que soy muy
insulso y necio.
EL BACHILLER
Mucho me regocija eso. Al fin oigo alguna cosa
razonable. Sois el primer viejo sensato que he conocido.
MEFISTÓFELES
Buscaba un tesoro escondido, y en vez de oro, saqué
horribles carbones.

EL BACHILLER
Confesad, pues, que vuestra calva cabeza no vale más que
esos cráneos vacíos que están ahí.
MEFISTÓFELES
(Con aire bonachón). ¿No sabes tú, amigo mío, lo grosero
que eres?
EL BACHILLER
En alemán, miente uno cuando se muestra cortés.
MEFISTÓFELES
(Se adelanta cada vez más con su sillón de ruedas hacia el proscenio
y se dirige a la gente del patio.) Aquí arriba me niegan aire y luz.
¿Hallaré acogida entre vosotros?
EL BACHILLER
Encuentro presuntuoso que, hacia el término más ruin, se
pretenda ser algo cuando ya no se es nada. La vida del
hombre está en la sangre, y ¿dónde bulle la sangre como en el
joven? La sangre viva, en fresco vigor, es la que, de la vida, se
hace brotar una vida nueva. Allí todo se agita, allí se hace
algo; lo débil sucumbe, lo fuerte progresa. En tanto que
nosotros hemos conquistado medio mundo, ¿qué habéis
hecho vosotros, pues? Dar cabezadas, cavilar, soñar,
examinar; planes y siempre planes. No hay duda: la vejez es
una fiebre fría en medio del calofrío de una impotencia capri-
chuda. Aquel que ha pasado de los treinta años, está ya lo
mismo que muerto. Lo mejor fuera quitaros la vida a tiempo.
MEFISTÓFELES
A eso, el diablo nada más tiene que decir.
EL BACHILLER
Si no quiero yo, no puede haber ningún diablo.
MEFISTÓFELES
(Aparte). Y sin embargo, dentro de poco el diablo te
echará la zancadilla.
EL BACHILLER
Esta es la más noble misión de la juventud. El mundo no
existía antes de haberlo creado yo; yo hice surgir el sol del
seno del mar; con-migo la luna empezó el curso de sus fases;
el día se engalanó entonces a mi paso; cubrióse de verdor la
tierra y floreció a mi llegada. A una seña mía, en aquella
primera noche, se ostentó el esplendor de todos los astros.
¿Quién, fuera de mí, os libró de todas las trabas de las pe-
destres ideas que os sujetaban? Yo, empero, libre, según se
me antoja, sigo contento y gozoso mi luz interior, y con paso
acelerado marcho en medio del más íntimo embeleso,
teniendo la claridad ante mí, y detrás las tinieblas. (Vase.)
MEFISTÓFELES

¡Qué original! Vete en tu jactancia. ¡Cuánto te
mortificaría el con-siderar esto! ¿Quién puede pensar cosa
alguna, disparatada o razo-nable, que no hayan pensado ya
nuestros antecesores...? Pero con ése, nada hemos de temer;
dentro de pocos años la cosa habrá cambiado. Por muy
extravagante que sea la manera de agitarse el mosto, no por
eso al fin deja de haber vino. (A los jóvenes del patio que no
aplauden.) Os quedáis fríos al oír mis palabras; os lo perdono,
buenos niños. Tenedlo presente: El diablo es viejo;
envejeced, pues, para comprenderlo.

UN LABORATORIO
Al estilo de la Edad media; complicados y toscos aparatos para fines
fantásticos.
WAGNER
(Junto al hornillo). Suena la campana; su tañido formidable
hace retemblar los muros ennegrecidos por el hollín. No
puede durar más tiempo la incertidumbre de la más atenta
espera. Acláranse ya las tinie-blas; en el fondo de la redoma
ya empieza a enrojecerse una cosa cual si fuera carbón
encendido, sí, como el más precioso carbunclo, que despide
claros destellos a través de la oscuridad. Aparece una viva luz
blanca. ¡Ah! ¡que no lo pierda yo esta vez...! ¡Oh!¡Dios! ¿Qué
es lo que produce ese ruido en la puerta?
MEFISTÓFELES
(Entrando). ¡Salve! Es con buena intención.
WAGNER
(Inquieto). ¡Salud a la estrella del momento! (En voz baja).
Pero retened en la boca palabra y respiro. Está a punto de
consumarse una obra grandiosa.
MEFISTÓFELES
(Más bajo). ¿Qué hay, pues?
WAGNER
(Más bajo). Se está formando un ser humano.
MEFISTÓFELES
¿Un ser humano? ¿Y qué amorosa pareja habéis
encerrado en el cañón de la chimenea?
WAGNER
¡Dios me libre! La manera de procrear al estilo de antes, la
declaramos vana simpleza. El delicado punto de donde brota
la vida, la deleitosa fuerza que se lanzaba del interior y recibía
y daba, destinada a darse forma a sí misma y asimilarse
primero lo que tiene más cerca y luego lo extraño, todo eso se
halla ahora destituido de su dignidad. Si el bruto sigue aún
hallando placer en ello, el hombre, con sus nobles facultades,
ha de tener en lo sucesivo un origen más puro, más elevado.
(Vuelto de cara al hornillo.) ¡Esto reluce! ¡Ved...! Ahora sí que es
realmente de esperar que si con la mezcla de muchos
centenares de ingredientes, pues todo consiste en la mezcla,
componemos con faci-lidad la humana substancia, si la
encerramos en un alambique y la colocamos de la manera
debida, la obra se lleva así a cabo en silencio. (Vuelto otra vez
de cara al hornillo.) ¡Eso va marchando! La masa se agita más
clara. Cada vez más firme es mi convicción. Lo que se pon-
deraba como misterioso en la Naturaleza, osamos nosotros
experi-mentarlo de un modo racional, y lo que ella hasta
ahora dejaba organi-zarse, lo hacemos nosotros cristalizar.
MEFISTÓFELES
Quien largo tiempo vive, mucho ha aprendido; nada
nuevo se le puede ofrecer en este mundo. Yo he visto ya, en
mis años de viaje, pueblos enteros cristalizados.
WAGNER
(Que hasta aquí ha estado siempre mirando con atención la
redoma). Esto sube, esto centellea, esto se condensa. Dentro
de un instante estará hecha la cosa. Un gran proyecto parece
insensato al principio, pero de hoy más nos reiremos del azar,
y así, un cerebro que deba pensar de un modo perfecto, en lo
venidero será también obra de un pensador. (Contemplando
extasiado la redoma.) Una fuerza suave hace sonar el vidrio.
Esto se enturbia, esto se clarifica; así, pues, la, cosa tiene que
realizarse. En una graciosa forma, veo moverse un gentil
hombrecillo. ¿Qué más queremos? ¿Qué más quiere ahora el
mundo? El misterio está en plena luz. Prestad oído a este
rumor, se convierte en voz, pasa a ser lenguaje.
HOMÚNCULO

(Dentro de la redoma, a Wagner). ¡Hola, querido papá!
¿Cómo va eso? De cierto, no era cosa de risa. Ven, estrécha-
me muy tierna-mente contra tu corazón. Pero cuidado con
apretar mucho, para que no se quiebre el vidrio. Ved ahí lo
que son las cosas: para lo natural, apenas basta el universo,
mientras que lo artificial sólo requiere un reducido espacio.
(A Mefistófeles.) ¿Tú por aquí, buena pieza? Mi señor primo,
en el momento oportuno te doy las gracias. Un hado feliz te
condujo aquí entre nosotros; ya que existo, debo también
mostrarme activo. Quisiera disponerme ahora mismo para el
trabajo; tú eres hábil para acortarme los caminos.
WAGNER
Una palabra no más. Hasta el presente he debido verme
confuso, pues viejos y jóvenes me asediaban con problemas.
Por ejemplo: nadie ha podido comprender todavía cómo el
alma y el cuerpo, que tan bien se relacionan, se hallan unidos
de un modo tan estrecho como si jamás debieran separarse, y
no obstante, se amargan sin cesar la vida. Además...
MEFISTÓFELES
¡Alto ahí! Yo quisiera mejor preguntar: ¿por qué marido y
mujer se llevan tal mal? Eso, amigo mío, no llegarás nunca a
ponerlo en claro. Bastante hay que hacer aquí, y eso
precisamente es lo que quiere el chiquitín.
HOMÚNCULO
¿Qué hay que hacer?
MEFISTÓFELES
(Señalando una puerta lateral). Muestra aquí tu talento.
WAGNER
(Mirando siempre el interior de la redoma). ¡Eres verdadera-
mente un chico encantador!
Ábrese la puerta lateral y se ve a FAUSTO tendido en el lecho
HOMÚNCULO
(Atónito). ¡Estupendo! (La redoma se escapa de las manos de
Wagner, se cierne por encima de Fausto y le ilumina). ¡Qué bello es
cuanto nos rodea...! Aguas cristalinas en el soto umbrío,
mujeres que se desnudan. ¡Qué hechiceras! Eso va siendo
mejor cada vez. Una de ellas, sin embargo, se distingue por
su esplendor; pertenece a la más ilustre raza de héroes y
seguramente a la de los dioses. Pone el pie en el diáfano
líquido; la suave llama vital de su majestuoso cuerpo se
templa en el flexible cristal de la onda... Mas ¿qué rumor de
alas vivamente agitadas, qué murmurio, qué susurro altera así
el pulido espejo? Las jóvenes huyen azoradas. Sola se queda
la Reina mirando tranquila, y ve, con vanidoso placer
femenil, estrecharse contra sus ro-dillas al príncipe de los
cisnes, manso hasta la impertinencia. Parece familiarizarse...
Mas, de pronto, elévase un vapor y cubre con un tupido velo
la más deliciosa de todas las escenas.
MEFISTÓFELES
¡Qué de cosas no tienes tú que contar! Todo lo que tienes
de di-minuto, tienes de gran visionario. Yo nada veo...
HOMÚNCULO
Lo creo así. Tú, que eres del Norte y naciste en la edad
nebulosa, en el caos de la caballería y del poder clerical,
¿cómo estarían expe-ditos tus ojos aquí? Sólo en medio de
las sombras estás en tu elemento. (Mirando en derredor.) ¡Mole
de piedra negruzca, enmohecida, repug-nante, de arcos
ojivales, ruín, recargada de adornos de pésimo gusto! Si llega
él a despertar, eso le dará nueva pesadumbre, y se quedará
muerto al punto aquí mismo. Fuentes en medio de la
arboleda, cisnes, desuní-das beldades, tal era su sueño lleno
de presentimientos; ¿cómo podría habituarse a este sitio? Yo,
el más acomodadizo de los seres, apenas puedo sufrirlo.
Partamos ahora con él,
MEFISTÓFELES
La escapatoria ha de gustarme.
HOMÚNCULO
Manda al guerrero al combate; lleva la joven al baile, y así
se arregla todo en seguida. Esta es precisamente, ahora lo
recuerdo, la clásica noche de Walpurgis. No podía
presentarse ocasión mejor para conducirle a su elemento.
MEFISTÓFELES
Jamás oí hablar de tal cosa.
HOMÚNCULO
¿Y cómo podía eso llegar a vuestros oídos? Vos conocéis
tan sólo los fantasmas románticos; el verdadero fantasma
debe ser también clásico.
MEFISTÓFELES
Entonces, ¿hacia qué lado hay que emprender el viaje? Ya
estoy hastiado de mis antiguos colegas.
HOMÚNCULO
Al noroeste, Satán, se halla tu región predilecta, pero esta
vez hacemos rumbo hacia el sudeste... Por una dilatada
planicie corre libre el Peneo formando frescos y apacibles
remansos cercados de malezas y árboles; extiéndese la llanura
hacia las gargantas de las montañas... y arriba está situada la
antigua y moderna Farsalia.
MEFISTÓFELES
¡Uf! ¡Quita allá! Y deja a un lado esas luchas entre la
tiranía y la esclavitud. Eso me causa enfado, pues no bien
concluye la cosa, la empiezan ellos de nuevo, sin que nadie se
percate de que no está hostigado sino por Asmodeo, que
permanece detrás. Bátense, a lo que dicen, por los derechos
de la libertad, y bien mirado, no son más que esclavos contra
esclavos.
HOMÚNCULO

Deja a los hombres su natural indómito; es menester que
cada uno se defienda como pueda desde niño; así llega
finalmente a ser hombre. Ahora sólo se trata de saber cómo
puede sanar este infeliz. Si cuentas con algún medio, haz aquí
mismo la prueba; si nada puedes hacer, déjalo entonces para
mí.
MEFISTÓFELES
Más de una pequeña escena del Brocken habría para ensa-
yar, pero encuentro echados los cerrojos del paganismo. El
pueblo griego nunca valió gran cosa, pero os deslumbra con
su libre sensualismo y seduce el corazón humano con
pecados risueños, mientras que los nuestros siempre los
encontrarán tenebrosos. Y ahora, ¿qué hay que hacer?
HOMÚNCULO
Sin duda, no eres tímido de ordinario, y si yo te hablo de
las hechiceras de Tesalia, creo haber dicho algo.
MEFISTÓFELES
(Con avidez). ¡Las hechiceras de Tesalial ¡Muy bien! Son
perso-nas ésas de quienes me informé mucho tiempo ha. Pa-
sar con ellas no-che tras noche, no creo que sea muy
divertido; pero como visita, como ensayo...
HOMÚNCULO
Venga el manto, y que se extienda alrededor del caballero.
Ese guiñapo os llevará, como hasta ahora, al uno y al otro.
Yo voy delante para alumbraros.
WAGNER
(Con angustia). ¿Y yo?
HOMÚNCULO
¡Bah! Tú te quedas en casa para hacer alguna cosa de
mayor importancia. Despliega los viejos pergaminos; junta
según las reglas, los elementos vitales y con cuidado
combínalos unos con otros. Considera bien el porqué y
considera más aún el cómo. En tanto que yo recorro una
pequeña parte del mundo, descubro tal vez el puntito sobre
la i. Entonces se ha logrado el principal objeto. Un esfuerzo
tal, bien merece semejante recompensa: oro, honores, gloria,
vida sana y dilatada... y también, quizás, ciencia y virtud.
¡Adiós!
WAGNER
(Desolado). ¡Adiós! Esto me oprime el corazón. Temo ya
no vol-ver a verte jamás.
MEFISTÓFELES
Ahora, ¡resueltamente al Peneo! No hay que desairar al
señor primo. (A los espectadores.) Al fin dependemos siempre
de las criaturas que son obra nuestra.

NOCHE DE WALPURGIS CLÁSICA
Campos de Farsalia. Oscuridad
ERICTO
Para la horripilante fiesta de esta noche, llego aquí, como
tantas otras veces, yo, la sombría Ericto, no tan espantosa,
empero, como en su exageración me difaman los malditos
poetas, que no agotan jamás elogios ni vituperios... A lo lejos,
paréceme que el valle está cubierto de blancura por la oleada
de las grises tiendas de campaña, cual visión retrospectiva de
la noche más azarosa y siniestra. ¡Cuántas veces se ha
repetido ya tal espectáculo y se renovará sin cesar
eternamente...!Nadie cede el imperio a otro; nadie deja de
envidiarlo a quien lo ha conquista-do por la fuerza, y por la
fuerza domina. Pues no hay uno, incapaz de gobernarse a sí
mismo, que no arda en deseos de gobernar la voluntad del
vecino según sus propias miras orgullosas... Aquí mismo, con
la guerra, se dió un buen ejemplo: vióse cómo al más fuerte
se opone la fuerza, cómo se hace trizas la hermosa corona de
mil flores de la libertad, cómo en torno de la cabeza del
dominador se dobla el rígido laurel. Aquí soñaba Pompeyo el
Magno con un día florido de su primera grandeza. Allí
velaba César observando atento el fiel de la balanza. Van a
medirse de nuevo, pero el mundo sabe a quién sonrió la
suerte. Arden los fuegos de la guardia del campo
despidiendo rojizas llamas; la tierra exhala, cual reflejo
luminoso, el vaho de la sangre derramada, y atraída por el
extraño resplandor maravilloso de la noche, congrégase la
turba del mito helénico. En derredor de todas las ho-gueras,
flota incierta o se sienta cómodamente la fabulosa creación
de antiguos días... La luna no está en su lleno, cierto es; pero,
brillante y serena, elévase difundiendo por doquiera su dulce
claridad; desaparece la ilusión de las tiendas; los fuegos arden
con luz azulada. Mas, ¿qué inesperado meteoro será ese que
sobre mí se cierne? Resplandece e ilumina un globo
corpóreo. Husmeo la vida. En este caso, no me puede con-
venir acercarme a un ser viviente, pues soy funesta para él;
esto me acarrea un mal nombre y no me reporta el menor
provecho. Ya desciende. Después de pensarlo con madurez,
yo me esquivo. (Se aleja.)
Los VIAJEROS AÉREOS, en lo alto
HOMÚNCULO
Demos una vuelta más por encima de los horrores de las
llamas y del espanto, pues el fondo del valle ofrece un
aspecto altamente fantástico.
MEFISTÓFELES
Cuando, como si fuera por la antigua ventana, en el fango
y el horror del Norte, veo espeluznantes fantasmas, lo mismo
aquí que allí siéntome muy a mi gusto.
HOMÚNCULO
¡Mira! Por allí se aleja, dando zancadas, una estantigua
delante de nosotros.

MEFISTÓFELES
Parece que anda despavorida; nos ha visto pasar por los
aires.
HOMÚNCULO
Deja que se vaya. Pon en el suelo a tu caballero, y al
punto volverá a la vida, pues la busca en el reino de la
Fábula.
FAUSTO
(Tocando el suelo). ¿Dónde está?
HOMÚNCULO
No sabríamos decírtelo, pero es probable que la
encuentres a fuerza de preguntar por ella. Dándote prisa,
puedes, antes que ama-nezca, ir siguiendo su rastro de llama
en llama. Para quién ha osado ir hasta las Madres, ya nada hay
insuperable.
MEFISTÓFELES
También estoy aquí por mi propio interés. Así, opino que
lo, mejor para nuestro buen éxito, sería que cada cual tentara
entre las fogatas sus propias aventuras. Y luego, para
reunirnos de nuevo, chiquitín, haz lucir y sonar tu linterna.
HOMÚNCULO
Así es como lucirá y sonará. (El vidrio suena y resplandece de
un modo intenso.) Ahora vamos resueltamente en busca de
nuevas maravillas.
Vanse HOMÚNCULO Y MEFISTÓFELES
FAUSTO
(Solo). ¿Dónde estás...? No preguntes más ahora... Si no
era ésta la tierra que la sostenía, si no era ésta la onda que se
rompía a sus pies, era el aire que hablaba su lengua. ¡Aquí!
Por un prodigio, ¡aquí en Grecia! Al punto sentí el suelo que
yo pisaba. Desde que, durante mi sueño, un espíritu acaba de
enardecerme, soy por mi ánimo un Anteo. Y aunque hallara
yo reunido aquí lo más peregrino, escudriñaría solícito ese
laberinto de llamas. (Aléjase.)
EN EL ALTO PENEO
MEFISTÓFELES
(Huroneando por todas partes). Según voy errando a través de
esos pequeños fuegos, encuéntrome de todo punto extraño.
Todo lo veo casi desnudo, y aquí y allí sólo vestido con ca-
misa. Las descaradas esfinges, los imprudentes grifos y qué sé
yo cuantos otros seres rizados y alados se reflejan en el ojo,
por delante y por detrás... Cierto es que nosotros también
somos indecentes de corazón, pero encuentro lo antiguo
demasiado a lo vivo; habría que sujetarlo al gusto más
moder-no y revestirlo de diversas maneras, según la moda...

¡Es un pueblo asqueroso! Mas por ello no ha de pesarme el
saludarlos de un modo conveniente cual nuevo huésped...
¡Felicidades mil a las hermosas damas, a los discretos gofos!
UN GRIFO
(Con una voz parecida al graznido). ¡No gofos! ¡Grifos...! A
nadie le gusta oírse llamar gofo. Cada vocablo suena según el
origen del cual deriva: grimoso, grotesco, granuja, grosero,
gravoso, gruñón, etimológicamente suenan de un modo
parecido, pero son malsonantes para nosotros.
MEFISTÓFELES
Y no obstante, sin desviarnos del asunto, la voz garfa no
se aviene mal con el honroso título de grito.
EL GRIFO
(Como antes y siempre continuando). ¡Naturalmente! Bien
probada está la filiación. Censurada a menudo, es verdad,
pero más a menudo aún, objeto de elogios. No hay más que
echar la garra a las chicas, a las coronas, al oro: las más de las
veces la fortuna es propicia al rapiñador.
HORMIGAS
(De una especie colosal). Ya que de oro habláis, nosotras
habíamos allegado mucho y escondido secretamente en rocas
y cavernas. El pueblo de los Arimaspos lo descubrió, y ahora
se ríen allí por habérselo llevado.
LOS GRIFOS
Ya haremos nosotros que lo confiesen.
LOS ARIMASPOS
Pero que no sea en esta desenfrenada noche de holgorio.
De aquí a mañana, todo se habrá derrochado. Esta vez nos
habremos salido con la nuestra.
MEFISTÓFELES
(Que se ha situado entre las Esfinges). ¡Cuán fácilmente y de
buen grado me habitúo aquí! Los voy conociendo uno por
uno.
UNA ESFINGE
Nosotras emitimos nuestros sonidos de espíritu y
vosotros les dáis cuerpo en seguida. Ahora nómbrate, hasta
que te conozcamos mejor.
MEFISTÓFELES
Con multitud de nombres cree la gente nombrarme. ¿Hay
ingleses aquí? Como suelen viajar tanto en busca de campos
de batalla, de saltos de agua, de muros derruídos, de clásicos
parajes cubiertos de musgo, este sitio sería para ellos un
objeto digno de atención. Atestiguarían también que en las
antiguas farsas teatrales se me veía allí desempeñar el papel de
Old Iniquity.
LA ESFINGE
¿Y como se pudo llegar a eso?
MEFISTÓFELES
¿Cómo? ni yo mismo lo sé.
FAUSTO
LA ESFINGE
Es posible. ¿Tienes algún conocimiento de las estrellas?
¿Qué dices tú de la hora presente?
MEFISTÓFELES
(Mirando al cielo). La estrella corre tras la estrella; la luna
cerce-nada brilla con luz clara, Y yo me hallo muy bien en
este agradable si-tio, calentándome junto a tu piel de león.
Lástima fuera encumbrarse a tales alturas. Propón algunos
enigmas, o cuando menos alguna charada.
LA ESFINGE
Defínete solamente a ti mismo. Eso será ya un enigma.
Intenta una vez siquiera descifrarte lo más íntimamente
posible. “Necesario para el justo, lo mismo que para el
pecador; para el uno, es una coraza con que ejercitarse en la
esgrima ascética; para el otro, un compañero que le ayuda a
cometer locuras, y lo uno y lo otro únicamente para divertir a
Júpiter.”
EL PRIMER GRIFO
(Graznando). No me gusta ése.
EL SEGUNDO GRIFO
(Graznando más fuerte). ¿Qué querrá de nosotros?
LOS DOS
Ese bergante está de más aquí.
MEFISTÓFELES
(Brutalmente). ¿Crees tú acaso que las uñas del huésped no
hacen cosquillas tan bien como tus agudas garfas? Pruébalo
una vez.
LA ESFINGE
(Afable). Puedes quedarte siempre, pero tú mismo te
apartarás de nuestra compañía. En tu país te diviertes de lo
lindo, mientras que, si no me engaño, aquí te aburres.
MEFISTÓFELES
Eres muy apetitosa mirada por arriba, pero por abajo la
bestia me da miedo.
LA ESFINGE
¡Farsante! Vienes para tu amarga penitencia, pues nuestras
garras están sanas. En cuanto a ti, con tu encogido pie de
caballo, eso no se acomoda a nuestra sociedad.
(LAS SIRENAS preludian en lo alto.)
MEFISTÓFELES
¿Qué aves son ésas que están meciéndose en las ramas de
los álamos del río?
LA ESFINGE
¡Andad con cuidado! Ese canto monótono ha vencido ya
a los más osados.
LAS SIRENAS
(Cantando). ¿Por qué deseáis echaros a perder entre esos
mons-truos deformes? Oid, nosotras venimos aquí por
legiones y entonando armoniosos cantos, cual corresponde a
las Sirenas.
LAS ESFINGES
(Escarneciéndolas con la misma melodía). Obligadlas a descen-
der. En las ramas ocultan sus feas garras de azor para
acometeros sin piedad si les prestáis oído.
LAS SIRENAS
¡Fuera odios! ¡Fuera envidias! Juntemos las alegrías más
puras esparcidas bajo el cielo. Que en el agua y en la tierra se
acoja al bien-venido huésped con el semblante más risueño.
MEFISTÓFELES
He aquí unas lindas novedades: el sonido de la garganta y
el de las cuerdas, que se enlazan uno con otro. Para mí se
acabaron ya los gorgoritos; son una cosa que me hace
cosquillas alrededor de los oídos, pero que no penetra hasta
el corazón.
LAS ESFINGES
No hables de corazón. Es inútil. Una arrugada bolsa de
cuero es lo que mejor cuadra con tu facha.

FAUSTO
(Avanzando). ¡Qué maravilloso! El espectáculo me llena de
satisfacción. En medio de lo monstruoso, veo grandes,
vigorosos trazos. Presiento ya una suerte favorable. ¿Adónde
me transporta esta vista imponente? (Señalando las Esfinges).
Ante éstas detúvose un día Edipo. (Señalando las Sirenas). Ante
éstas se retorcía Ulises en sus ataduras de cáñamo. (Señalando
las Hormigas). Por éstos fué acumulado el más rico tesoro,
(Señalando los Grifos). Por éstos fué guardado fielmente y de
un modo irreprochable. Siéntome penetrado de un nuevo
espíritu; grandes las figuras, grandes los recuerdos.
MEFISTÓFELES
Otras veces los hubieras ahuyentado a fuerza de
maldiciones; mas ahora eso parece interesarte, pues allí donde
se busca a la mujer amada, hasta los monstruos son bien
acogidos.
FAUSTO
(A las Esfinges), Vosotras, imágenes de mujeres, preciso es
que me respondáis: ¿Alguna de vosotras ha visto a Helena?
LAS ESFINGES
No alcanzamos hasta sus días. Hércules dió muerte a la
última de nosotras. Podrías informarte de eso por Quirón,
que anda galopando por estos contornos en la presente
noche de fantasmas. Si se detiene por ti, mucho habrás ade-
lantado.
LAS SIRENAS
Pero eso no te haría tampoco falta alguna... Cuando
Ulises se detuvo entre nosotras sin pasar de prisa lanzando
improperios, sabía muchas cosas que contar; todo te lo
confiaríamos si quisieras venirte a nuestras regiones junto al
verde mar.
UNA ESFINGE
No te dejes engañar, noble señor. En vez de hacerte atar
como Ulises, deja que te liguen nuestros buenos consejos. Si
puedes encontrar el egregio Quirón, sabrás lo que yo te
prometí.
(Fausto se aleja).
MEFISTÓFELES
(Desazonado). ¿Qué es aquello que pasa graznando y ba-
tiendo las alas, tan veloz que no se le puede distinguir, y
siempre uno tras otro? Fatigarían al cazador.
LAS ESFINGES
Comparables a los tempestuosos aquilones de invierno y
apenas accesibles a las saetas de Alcides, son las raudas Estin-
fálidas con su pico de buitre y sus patas de ansar. Nos
saludan amistosamente con tales graznidos. De buen grado
quisieran ellas exhibirse como de una casta igual en nuestros
círculos.

MEFISTÓFELES
(Como azorado). Otra cosa aún silba por allí.
LA ESFINGE
Ante ellas, no abriguéis temor alguno. Son las cabezas de
la Hidra de Lerna que, separadas del tronco, se figuran ser
algo. Mas decid: ¿qué os pasa? ¿qué inquietos ademanes son
esos? ¿adónde queréis ir? ¡Partid, pues...! Ya lo veo: aquel
coro hace de vos un torcecuello. No os violentéis; id, y
saludad a tanto rostro hechicero. Son las Lamias refinadas y
apetitosas, rameras, de boca risueña y semblante procaz,
como les gusta a los sátiros. Un pie de carbón puede allí
atreverse a todo.
MEFISTÓFELES
Pero vosotras, ¿os quedáis aquí para que os encuentre yo
de nuevo?
LA ESFINGE
Sí. Mézclate con la chusma liviana. Nosotras, que
procedemos del Egipto, estamos acostumbradas, desde hace
mucho tiempo a reinar durante miles de años. Respetad,
pues, nuestra posición; regulamos así los días lunares y
solares. Sentadas estamos delante de las Pirámides para la
suprema justicia de los pueblos, las inundaciones, la guerra y
la paz... y nuestro semblante permanece impasible.
EN EL PENEO INFERIOR
PENEO rodeado de aguas y de Ninfas
PENEO
Déjate oír, murmurio de los juncos; despedid vuestro
suave hábito, cañas hermanas; susurrad blandamente, tiernos
sauces; hablad quedito, ramas de álamo temblón, a mis
interrumpidos ensueños... Una horrible tormenta, un temblor
interno que todo lo conmueve me despierta sacándome de la
undosa corriente y del sosiego.
FAUSTO
(Acercándose al río). Si mal no oigo, debo creer que detrás
de esta bóveda de entrelazado ramaje, detrás de estos arbus-
tos, suenan unos acentos que semejan a la voz humana. La
ondulación del agua parece una parlería, la leve brisa es
como... un juego festivo.
LAS NINFAS

(A Fausto). Lo mejor para ti fuera echarte en el suelo,
restaurar en el frescor tus fatigados miembros y gozar del
reposo que sin cesar huye de ti. Nosotras susurramos,
nosotras musitamos, nosotras murmu-jeamos a tu lado.
FAUSTO
Bien despierto estoy. ¡Oh! Dejad que reinen esas formas
inompa-rables tal como están dispuestas ahí a mi vista.
¡Siéntome penetrado de una impresión tan extraña...! ¿Son
sueños? ¿Son recuerdos? Otra vez te viste así colmado de
felicidad. Deslízanse las aguas a través de la frescura de los
espesos matorrales mansamente movidos; no corren con
fragor; apenas murmuran. De todos lados cien manantiales
vienen a unirse en el límpido y claro seno poco ahondado,
propio para el baño. Sanas y juveniles formas de mujer,
duplicadas por el húmedo espejo, se ofrecen a la deleitada
vista. Báñanse luego juntas con alegría, nadando unas
atrevidas, avanzando otras con pie temeroso, y al fin acaban
con una gritería y lucha en el agua. La vista de ellas debiera
darme contento; mis ojos habrían de recrearse aquí, pero mi
pensa-miento se lanza cada vez más lejos. Mi penetrante
mirada se dirige hacia aquel velo de tupido y verde follaje que
oculta a la excelsa reina. ¡Cosa admirable! Unos cisnes llegan
también a nado desde los remansos moviéndose de una
manera majestuosa realzada por su blancor. Balanceándose
con suavidad, delicadamente sociables, pero ufanos y sa-
tisfechos de sí mismo, ved como mueven la cabeza y el pico...
Uno de ellos, sobre todo, pavoneándose audaz, parece estar
complacido, y sigue su rumbo veloz por entre los demás; su
plumaje se ahueca hinchándose; la onda misma, undulando
sobre las ondas, lánzase en dirección del sitio sagrado... Los
otros cisnes nadan de una parte a otra con sus plumas de
suave brillo, y pronto se empeña entre ellos una viva y
aparatosa lucha para que se alejen las asustadizas doncellas y,
olvidando su servicio, no piensen más que en su propia
seguridad.
LAS NINFAS
(En coro). Aplicad, hermanas, el oído contra el verde su-
bidero de la orilla; si mal no oigo, ello semeja el ruido que
produce el casco de un corcel. Quisiera saber quién trae esta
noche el rápido mensaje.
FAUSTO
Paréceme como si temblara la tierra resonando bajo el
raudo paso de un bridón. ¡Hacia allí, ojos míos! ¿Debe ya
llegar a mí una suerte favorable? ¡Oh prodigio sin igual!
Viene un jinete al trote; parece dotado de talento y valor, y
llevado por un caballo de blancura deslumbradora... No me
engaño, le conozco ya: ¡él renombradrado hijo de Filira...
¡Tente, Quirón! ¡Alto! Tengo que decirte...
QUIRÓN
¿Que ocurre? ¿Qué es ello?
FAUSTO

Modera tu paso.
QUIRÓN
No me detengo.
FAUSTO
Entonces, por favor, llévame contigo.
QUIRÓN
Sube. Así puedo a mi talante preguntar: ¿Adónde vas? Te
hallas en esta orilla; presto estoy a llevarte al otro lado del río.
FAUSTO
(Montando en el Centauro). Adónde quieras. Por siempre lo
agradezco a ti... Al grande hombre, al noble pedagogo, que,
para su propia gloria, educó una generación de héroes, la
lucida falange de los ilustres Argonautas y todos cuantos
fundaron el mundo del poeta.
QUIRÓN
Dejemos eso en su lugar. La misma Palas, en figura de
Mentor, no llega a los honores; al fin, los discípulos siguen
obrando a su manera, como si no se les hubiese educado.
FAUSTO
Al médico que nombra cada planta, que conoce a fondo
las raíces, que da salud al paciente y alivio al herido, yo le
abrazo aquí estrechamente en alma y cuerpo.
QUIRÓN
Cuando a mi lado caía herido un héroe, yo sabía entonces
darle auxilio y consejo; mas al fin abandoné mi arte a
curanderas y sacerdotes.
FAUSTO
Eres con verdad el grande hombre, que no puede oír
palabras de elogio. Procura esquivarse modestamente y hace
como si existiera su igual.
QUIRÓN
Y tú me pareces diestro para fingir, para lisonjear lo
mismo al príncipe que al pueblo.
FAUSTO
Con todo eso, no podrás menos de confesar que tú viste
los más grandes personajes de tu tiempo, que en proezas
rivalizaste con el más ilustre, y que, augusto como un
semidiós, pasaste los días de tu vida. Pero, entre las figuras
heroicas, ¿a quién tuviste por la más grande?
QUIRÓN
En la noble falange de los Argonautas, cada uno era
bravo a su propia manera, y por la fuerza que le animaba,
podía bastar allí donde los demás estaban faltos de ella. Los
Dióscuros triunfaron siempre allí donde prevalecían la
belleza y el vigor de la juventud. Decisión y rapidez en el

obrar para el bien ajeno, fueron la hermosa dote de los
Boréades. Reflexivo, enérgico, prudente, oportuno en el
consejo, así mandaba Jasón, bienquisto de las mujeres. Orfeo,
que tierno y siempre plácidamente discreto, no tenía rival
cuando pulsaba la lira. Linceo, de penetrante vista, que día y
noche guió la nave sagrada por entre escollos y bajíos. Sólo
en común se corre el peligro; si uno de ellos obra, aplauden
todos los demás.
FAUSTO
Y de Hércules, ¿nada quieres decir?
QUIRÓN
¡Ay dolor! No renueves mis pesares... Nunca había visto a
Febo ni tampoco a Arés ni a Hermes, como se les llama,
cuando vi ante mis ojos al que todos los hombres ensalzan
como divino. Era rey por nacimiento; como joven, era
delicioso de ver; estaba sometido a su hermano mayor y
también a las mujeres más seductoras. Gea no engendrará
nunca más un segundo Hércules, ni Hebe le conducirá al
empíreo; en balde se fatiga la poesía; en vano se atormenta la
piedra.
FAUSTO
Por mucho que cincelen los estatuarios y se envanezcan
de él, jamás se ofreció tan admirable a la vista. Hablaste del
hombre más hermoso, habla ahora también de la más bella
mujer.
QUIRÓN
¡Bah...! La belleza femenil nada significa. Harto a menudo
no es más que una imagen yerta y fría. Sólo puedo celebrar
aquel ser que vierte alegría y gozo de vivir. La belleza cifra su
dicha en sí misma; la gracia es lo que hace irresistible, como
Helena cuando yo la llevé.
FAUSTO
¿Tú la llevaste?
QUIRÓN
Sí, sobre este lomo.
FAUSTO
¿No estoy ya asaz turbado para que el ocupar tal sitio
deba colmarme de felicidad?
QUIRÓN
Cogíame así por la cabellera, cual lo haces tú.
FAUSTO
¡Oh! Yo me pierdo por completo. Cuéntame cómo. Ella
es mi ú-nico anhelo. ¡Ah! ¿de dónde, dónde la llevaste?
QUIRÓN
Fácil es satisfacer a tu pregunta. Los Dióscuros habían a
la sazón librado a su tierna hermana de las garras de sus

raptores. Estos, no acostumbrados a ser vencidos, cobraron
aliento y se lanzaron con ímpetu en pos de ellos. Los
pantanos de las cercanías de Eleusis atajaron la rápida carrera
de los hermanos y de la hermana; ellos los vadearon, y yo,
batiendo el agua, nadé hasta la opuesta orilla. Entonces
Helena saltó a tierra, y pasando suavemente la mano por mis
húmedas crines, me acarició y dió las gracias con discreta
amabilidad y sin olvidarse de sí misma. ¡Cuán hechicera
estaba aquella niña, delicia del anciano!
FAUSTO
¡Diez años apenas!
QUIRÓN
Veo que los filólogos te han engañado, como se
engañaron ellos mismos. Es verdaderamente singular lo que
pasa con la mujer mitológica: el poeta la presenta de la
manera que le conviene a él, nunca es mayor de edad, nunca
envejece, de formas siempre apetitosas, es robada cuando
joven, y cuando vieja, es aún galanteada. En una palabra:
ningún tiempo liga al poeta.
FAUSTO
Que tampoco ella, pues, sea ligada por tiempo alguno.
¿Acaso no la encontró Aquiles en Feres fuera de todo
tiempo? ¡Qué rara dicha el haber conquistado el amor contra
el destino! ¿Y no podría yo, por la fuerza del más ardiente
anhelo, volver a la vida esa forma tan sin par, esa criatura
eterna, igual a los dioses por su condición, tan noble como
tierna, tan majestuosa como amable? Tú la viste en otro
tiempo; yo la he visto hoy mismo, tan bella como seductora,
y tan suspirada como bella. Mi pensamiento, todo mi ser está
rigurosamente esclavizado; dejo de vivir si no puedo
obtenerla.
QUIRÓN
Querido extranjero, como hombre, estás embelesado;
mas, entre los espíritus, diríase que tienes trastornada la
cabeza. Por fortuna, todo se concierta aquí para tu bien; pues
todos los años, durante breves momentos tan sólo, tengo
costumbre de presentarme en la morada de Manto, hija de
Esculapio. En silenciosa oración, implora ella a su padre, con
el objeto de que, para gloria suya, ilumine al fin el
entendimiento de los médicos y los aparte del homicidio
temerario. De todas las sibilas, es ella la que más aprecio; sin
grotescas contorsiones, muestrase afable y benéfica. Quédate
aquí algún tiempo, y ella logrará sin duda curarte de raíz por
la virtud de las plantas.
FAUSTO
No quiero que me curen. Mi espíritu es poderoso.
Entonces, sería yo tan vulgar como los demás.
QUIRÓN
No rehuses la salud que brota de tan rico manantial.
Apéate pronto. Hemos llegado ya.

FAUSTO
Dime: ¿a qué país me has conducido, en medio de la
tétrica noche, a través de arenosas vertientes?
QUIRÓN
Aquí, teniendo el Penco a la derecha y el Olimpo a la iz-
quierda, Roma y Grecia se disputaron en combate el
vastísimo reino que se pierde en la arena. Huye el rey, triunfa
el ciudadano. Levanta la vista. Aquí muy cerca, a la claridad
de la luna, elévase grandioso el templo eterno.
MANTO
(Dentro del templo, soñando). Un casco de caballo hace
resonar la gradería sagrada. Hacia aquí llegan unos
semidioses.
QUIRÓN
Cabal. Abre los ojos.
MANTO
(Despertándose). Con bien vengas. Veo que no has dejado
de volver.
QUIRÓN
Y también está en pie todavía ese templo que te sirve de
morada.
MANTO
¿Andas errante aún, infatigable, sin cesar?
QUIRÓN
Mientras tú vives siempre tranquilamente recluida, yo me
com-plazco en ir rodando.
MANTO
Yo sigo siempre así; el tiempo da vueltas en torno mío.
¿Y ése?
QUIRÓN
La noche de mala fama, en su torbellino, le ha traído aquí.
Por Helena suspira él en su desvarío, a Helena ansía poseer, y
no sabe cómo ni por dónde empezar. Más que ningún otro,
digno es de una cura de Esculapio.
MANTO
Amo a quien desea lo imposible.
(Quirón se ha alejado ya).
MANTO
Entra, temerario. Debes alegrarte. Este lóbrego pasadizo
conduce a la mansión de Perséfone. En la hueca base del
Olimpo está atenta esperando en secreto la prohibida visita.
Aquí, en otro tiempo, introduje furtivamente a Orfeo.
Aprovéchate mejor que él. ¡Ea! ¡valor!
(Los dos descienden).

FAUSTO
EN EL ALTO PENEO
(Como antes)
LAS SIRENAS
Lanzaos en las ondas del Peneo. Hay que nadar batiendo
el agua y entonar canción tras canción para el bien de la gente
infortunada. Sin agua no hay dicha alguna. Si nos dirigimos
presurosas en lucido enjambre hacia el mar Egeo, todo placer
nos caerá en suerte.
(Temblor de tierra)
LAS SIRENAS
Cubierta de espuma retrocede la onda, no corre ya
bajando por la pendiente de su lecho: tiembla el fondo del
río; refluye el agua; la masa de arena y la orilla se agrietan
humeantes. ¡Huyamos! ¡Venid todas, venid! Lo
extraordinario a nadie aprovecha. Corred, nobles y joviales
huéspedes, a la regocijada fiesta marítima, allí donde,
trémulas y centelleantes, las ondas se hinchan suavemente
inundando la ribera; allí donde luce doble la luna y nos baña
de sagrado rocío. Allí, una vida animada y libre; aquí, un
angustioso temblor de tierra. Apresúrense a huir todos los
que son prudentes. En este sitio reinan el espanto y el horror.
SEISMOS
(Gruñendo y causando estrépito en las profundidades). Una vez
más empujemos con fuerza, levantemos esforzadamente con
los hombros. Así llegamos a lo alto, donde todo ha de ceder
ante nosotros.
LAS ESFINGES
¡Qué enojoso estremecimiento! ¡qué hórrida y aborrecible
tormenta! ¡qué oscilación, qué temblor, qué bamboleo y qué
esfuerzos de vaivén! ¡qué insoportable fastidio! A pesar de
todo, no cambiaremos de sitio, aunque se desatara todo el
infierno. Elévase, ahora una bóveda maravillosa. Es él
mismo, aquel viejo encanecido mucho tiempo ha, que erigió
la isla de Delos haciéndola surgir del seno de las olas por
amor de una mujer acometida de dolores de parto. Con
esfuerzos, apretones y empujes, rígidos los brazos, doblada la
espalda, semejante a un Atlas en la actitud, levanta suelo,
césped, tierra, guijarros y pedruscos, arena y arcilla, lechos
reposados de nuestra ribera. Así destroza de una parte a otra
una extensión de la tranquila alfombra del valle.
Esforzándose hasta lo sumo, sin fatigarse jamás, cariátide
colosal, y hundido aún en el suelo hasta la cintura, lleva a
cuestas un formidable tablado de piedras. Pero la cosa no irá
más lejos: las esfinges han tomado asiento.
SEISMOS
Que yo solo he obrado esto, no se me negará al fin, y si
no hubiese sacudido y agitado con violencia, ¿cómo fuera
tan bello este mundo? ¿Cómo se erguirían vuestras montañas
allá arriba en el magnífico y puro azul del éter, si no las
hubiese yo empujado hacia fuera para ofrecer un espectáculo
pintoresco y encantador, cuando en presencia de nuestros
primeros abuelos, la Noche y el Caos, yo me porté con
bravura, y en compañía de los Titanes jugué, cual si fueran
pelotas, con el Pelión y el Osa. En nuestro ardor juvenil
seguimos haciendo locuras hasta que al fin, cansados ya, con
mano impía colocamos, como un doble casquete, los dos
montes sobre el Parnaso. En esta gozosa mansión reside
ahora Apolo con el bienaventurado coro de las Musas, y a
Júpiter mismo y a las flechas de sus rayos, yo erigí en lo alto
un trono encumbrado. Al presente, con un descomunal es-
fuerzo, he surgido del fondo del abismo, e invito en alta voz
a gozar de una nueva vida a alegres habitantes.
LAS ESFINGES
Habría que confesar que es antiquísima la montaña aquí
levanta-da, a no haber visto nosotras mismas de qué modo se
ha esforzado la tierra en vomitarla de su seno. Extiéndese
hacia arriba un espeso bosque, aun se oprimen peñas contra
peñas al moverse hacia aquí. Pero una Esfinge no hará de
ello caso alguno, nosotras no nos dejamos turbar en nuestro
asiento sagrado.
LOS GRIFOS
Oro en hojuelas, oro en cañutillos veo vibrar a través de
las quebrajas. No os dejéis robar un tesoro tal. ¡Al avío,
Hormigas! ¡a extraerlo!
CORO DE HORMIGAS
Puesto que los gigantes lo empujaron a lo alto, vosotras,
que no os dais punto de reposo, subid presto a la cumbre.
Entrad y salid a toda prisa. En tales hendiduras, cada migajita
es digna de ser poseída. Con la mayor presteza debéis
descubrir la más diminuta partícula en todos los rincones.
Muy diligentes habéis de ser vosotras, hormigueantes
muchedumbres. Adentro con el oro solamente, y abandonad
luego la montaña con las escorias.
LOS GRIFOS
¡Adentro, adentro! No más que oro a montones.
Nosotros pone-mos encima nuestras garras, que son cerrojos
de la mejor especie: bien guardado está así el más rico tesoro.
LOS PIGMEOS
Ocupamos verdaderamente nuestro sitio, y como ha sido
ello, no lo sabemos. No preguntéis de donde venimos,
puesto que al fin y al cabo estamos aquí. Para vivir con
alegría, todo país es bueno; aparece una grieta en una roca, ya
está el enano allí dispuesto. Enano y enana son activos en la
labor; cada pareja es un modelo. No sé si ya sucedía lo
propio en el paraíso, pero encontramos esto que no hay más
que pedir, y con gratitud bendecimos nuestra estrella; pues, lo
mismo en Oriente que en Occidente, la madre Tierra
engendra gustosa.
LOS DÁCTILOS
Si en una sola noche ha dado ella a luz a los pequeños,
engendra-rá a los mínimos, y encontrarán ellos también sus
semejantes.
EL MÁS VIEJO DE LOS PIGMEOS
Daos prisa en ocupar un sitio cómodo. ¡Pronto! ¡al avío!
Rapidez en lugar de fuerza. Hay paz todavía. Labraos la
fragua para proveer al ejército de arneses y armas ofensivas.
Vosotras todas, Hormigas, muchedumbre diligente,
deparadnos metales. Y vosotros, Dáctilos, minúsculos y tan
numerosos, recibid orden de ir en busca de leña. Aglomerad
ocultas llamas, suministradnos carbón.
EL GENERALÍSIMO DE LOS PIGMEOS
Con la flecha y el arco, poneos resueltamente en marcha.
Junto a aquel estanque tirad a las garzas reales, que anidan
innumerables pavoneándose con altivez; tirad de un golpe,
todos como uno solo, para exhibirnos con yelmo y penacho.
LAS HORMIGAS Y LOS DÁCTILOS
¿Quién nos libertará? Nosotros aprontamos el hierro;
ellos forjan las cadenas. No es tiempo aún de emanciparnos;
sed, pues, sumisos.
LAS GRULLAS DE IBICO
¡Gritos de muerte y lamentos de agonía! ¡Angustioso ba-
tir de alas azotando el aire! ¡Que suspiros, qué gemidos
suben hasta nuestras alturas! Todas las garzas reales están ya
exterminadas; el lago se ha enrojecido con su sangre; una
monstruosa codicia roba a la garza real su vistoso adorno,
que al fin ondea sobre el yelmo de esos bribones barrigudos
y patizambos. A vosotras, aliadas de nuestro ejército, que
viajando en hileras, cruzáis el mar, os excitamos a la venganza
en una causa que tan de cerca nos toca. Qué nadie escatime
vigor ni sangre. ¡Guerra eterna de esa relea! (Las Grullas se
dispersan gruyendo en los aires).
MEFISTÓFELES
(En la llanura). Bien sabía yo dominar las brujas del Norte;
pero con esos espíritus extranjeros no me hallo muy a gusto.
El Blocksberg es un sitio muy cómodo; dondequiera que
uno esté se halla como en familia. La señora Isabelita vela
por nosotros en lo alto de su roca; sobre su eminencia, estará
Enrique tan ufano; los Roncadores, no puede negarse, tratan
con aspereza a la Miseria, bien que todo está asegurado por
miles de años. Pero aquí, ¿quién sabe tan siquiera adónde va
y dónde se halla, y si el suelo no se hinchará bajo sus pies?
Marcho tan campante por un valle liso e igual, y de golpe,
detrás de mi se alza una montaña, que, a decir verdad, apenas
merece el nombre de montaña, pero que ya es bastante alta
para separarme de mis Esfinges. Aquí se agita más de un
fuego bajando por el valle, y llamea en derredor del
prodigio... Aún danza y revolotea el galante coro, que me
atrae y retrocede ante mí, chanceándose de una manera
picaresca. Pero vámonos con tiento, y adelante. Quien está
muy acostumbrado a las golosinas, busca, dondequiera que
sea, algo que atrapar.
LAS LAMIAS
(Atrayendo a Mefistófeles tras ellas). ¡Aprisa! ¡Más aprisa! ¡Y
siempre más lejos! Y después nos detenemos de nuevo
charlando como un descosido. ¡Es una cosa tan divertida
arrastrar en pos de nosotras al viejo pecador! Por dura
penitencia, con el pie envarado, viene cojeando; se acerca
dando traspiés y arrastrando la pierna detrás de nosotras, en
tanto que huímos de él.
MEFISTÓFELES
(Deteniéndose). ¡Suerte maldita! ¡Cómo se nos engaña a los
hombres! ¡Badulaques seducidos desde Adán! Uno se vuelve
viejo, sin duda, pero ¿quién se vuelve juicioso? ¿No tenías tú
ya bastante perdida la cabeza? Sabido es que esa ralea no vale
nada enteramente, ceñidas de cuerpo, lleno de afeites el
rostro, nada sano tienen ellas para dar en cambio; por
dondequiera que se las coja, se las encuentra podridas en
todos los miembros. Uno lo sabe, uno lo ve, uno puede

tocarlo con las manos, y a pesar de todo, uno baila cuando
silban esas encarroñadas pellejas.
LAS LAMIAS
(Deteniéndose). ¡Alto! Delibera, vacila, detiénese inmóvil. Id
a su encuentro para que no se os escape.
MEFISTÓFELES
(Avanzando). ¡Adelante, pues! Y no te dejes prender como
un necio en las redes de la duda. Porque, si no hubiese bru-
jas, ¿quién diablos quisiera ser diablo?
LAS LAMIAS
(En tono muy melifluo). Demos vueltas en derredor de ese
héroe. El amor se insinuará, sin duda, en su corazón por una
de nosotras.
MEFISTÓFELES
Ciertamente, a esa claridad dudosa, parecéis unas mozas
bonitas, y así, no quisiera yo agraviaros.
EMPUSA
(Introduciéndose en el corro). Ni a mi tampoco. Como una de
tantas, dejadme entrar en vuestra compañía.
LAS LAMIAS
Esa está de más en nuestro círculo. Siempre desbarata
nuestro juego.
EMPUSA
(A Mefistófeles). Recibe el saludo de tu primita Empusa, tu
amiga de pie de asno. Tú tienes sólo un pie de caballo, y así,
te dirijo mi más gracioso saludo, mi señor primo.
MEFISTÓFELES
Pensaba no encontrar aquí más que simples desconocidos
y, por mi mal, encuentro parientes cercanos. Es un viejo libro
que está por hojear: desde el Harz hasta la Hélade siempre
primos.
EMPUSA.
Yo sé obrar presto y con decisión. Podría transformarme
de muchas maneras; pero, en honor vuestro, me he puesto
ahora la cabecita de asno.
MEFISTÓFELES
Observo que, entre esas gentes, el parentesco es cosa de
gran monta. Mas, venga lo que venga, de buen grado negaría
yo la cabeza de asno.
LAS LAMIAS
Deja a esa fea asquerosa, ella sola ahuyenta todo lo que
parece hermoso y agradable. Todo cuanto sería grato y bello
deja de existir cuando ella se acerca.
MEFISTÓFELES

También esas primitas, tiernas y delicadas, me son
sospechosas todas ellas, y detrás de la rosa de sus mejillas
temo igualmente algunas metamorfosis.
LAS LAMIAS
Haz la prueba, pues. Somos numerosas. Echa la mano, y
si eres afortunado en el juego, atrapa el mejor lote... ¿A qué
vienen esas lascivas dilatorias? Eres un mísero galanteador.
Te pavoneas ufano y te das tanta ínfulas... Ahora se mete
entre nuestros grupos. Dejad una tras otra las máscaras, y
mostradle vuestro ser al descubierto.
MEFISTÓFELES
Heme escogido la más bonita. (Abrazándola). ¡Desdichado
de mí! ¡Qué escoba seca! (Echando mano a otra). ¿Y ésta...?
¡Qué ignomi-niosa facha!
LAS LAMIAS
¿Mereces tú algo mejor? No creas tal.
MEFISTÓFELES
La pequeña quisiera yo asegurarme... ¡Un lagarto que se
me escurre de las manos! ¡Y la trenza de pelo lisa como una
serpiente! En desquite, trabo esa alta... ¡y agarro un tirso, con
una piña por cabeza! ¿Cómo acabará eso? Aun queda una
rolliza, con la cual me refocilaré quizás. Arriesguémonos, por
última vez. ¡Adelante! Muy gordinflona mofletuda. .. Esto lo
pagan a subido precio los orientales. Mas ¡ay! ¡El cuesco del
lobo da un estallido!
LAS LAMIAS
Disgregaos, flotad y sosteneos en el aire. Veloces como el
rayo, en negra bandada rodead al intruso hijo de bruja.
Formad círculos inciertos, espantables, murciélagos de alas
silenciosas. Se escapa harto bien librado.
MEFISTÓFELES
(Moviéndose agitado de un lado a otro). A lo que parece, no me
he vuelto mucho más avisado. Todo es absurdo aquí,
absurdo en el Norte. Aquí, lo mismo que allí, estrambóticos
fantasmas, pueblo y poetas insípidos; aquí, todo es ni más ni
menos que una mascarada, una danza sensual, como en todas
partes. He tendido la mano hacia lindas máscaras, y he
cogido seres que me han puesto carne de gallina... Bien
hubiera querido engañarme si tan sólo durara eso más
tiempo. (Perdiéndose entre las rocas). Pero ¿dónde estoy?
¿Adónde va eso a parar? Esto era una senda, y ahora es un
montón de piedras. Llegué aquí por caminos llanos, y al
presente tropiezo con masas de tierra y rocalla. En vano me
fatigo subiendo y bajando; ¿dónde volveré a encontrar mis
Esfinges? Nunca me hubiera figurado una cosa tan
extravagante: ¡una montaña como esa en una sola noche! A
eso llamo yo una nueva cabalgata de brujas, que llevan
consigo su Blocksberg.
UNA ORÉADA
(Desde lo alto de una peña natural). Sube aquí. Mi montaña es
antigua y se mantiene en su forma primitiva. Honra estos
ásperos senderos de rocas escalonadas, últimas estribaciones
del Pindo. Ya existía yo así innoble cuando huyó Pompeyo
pasando sobre mí. Al lado está el producto de la ilusión que
se desvanecerá al cantar el gallo. A menudo veo yo quimeras
parecidas nacer y disiparse en un abrir y cerrar de ojos.
MEFISTÓFELES
¡Honor a ti, venerable cumbre coronada por las robustas
encinas de tus alturas! La purísima claridad de la luna no
penetra en tus umbrías. Mas, junto a los matorrales, pasa una
luz que brilla muy moderada. ¡Cómo llega todo eso en buena
hora! ¡Pardiez! ¡Es Homúnculo! ¿De dónde vienes
compañerito?
HOMÚNCULO
Voy así revoloteando de un sitio a otro, y gustoso
quisiera nacer, en el mejor sentido de la palabra. Lleno estoy
de impaciencia por romper mi vidrio; pero en lo que he visto
hasta aquí, no quisiera arriesgarme. Sólo que, para decírtelo
en confianza, estoy sobre el rastro de dos filósofos; yo
escuchaba, y decían: ¡Naturaleza! ¡Naturaleza! No quiero
separarme de ellos. Deben de conocer al menos la esencia
terrestre, y acabaré, sin duda, por saber hacia que lado es más
razonable volverme.
MEFISTÓFELES
Eso hazlo a tu propio albedrío. Porque allí donde los
fantasmas han tomado sitio, el filósofo es igualmente bien
acogido. Para que la gente goce de su arte y favor, crea él al
instante una docena de nuevos fantasmas. Si no te
descaminas, nunca llegarás a la razón. ¿Quieres nacer? Nace a
tu propio arbitrio.
HOMÚNCULO
Un buen consejo no es cosa de desdeñar.
MEFISTÓFELES
Vete, pues, Ya lo veremos más adelante.
(Se separan).
ANAXÁGORAS
(A Thales). Tu espíritu reacio no quiere doblarse. ¿Es
menester algo más para convencerte?
THALES
La ola se dobla buenamente a todo viento, pero se
mantiene lejos de la escarpada roca.
ANAXÁGORAS
Por la exhalación del fuego, esta roca está aquí.
THALES
En lo húmedo ha nacido lo viviente.

HOMÚNCULO
(Entre los dos). Permitidme marchar a vuestro lado. Tam-
bién tengo yo vivos deseos de nacer.
ANAXÁGORAS
¿Has hecho salir jamás del légamo, en una sola noche, oh
Thales, una montaña como esta?
THALES
La naturaleza y su flujo viviente nunca estuvieron sujetos
al día ni a la noche ni a las horas. Traza ella con regularidad
toda forma, y ni aun en lo grande hay violencia alguna.
ANAXÁGORAS
Pero aquí la hubo. Un horrible fuego plutónico, la
formidable fuerza explosiva de las exhalaciones eólicas
rompieron la vieja costra del suelo llano, de suerte que una
nueva montaña debió surgir al punto.
THALES
¿Y qué se sigue de eso? Sea en buen hora. Al fin, sea
como fuere, la montaña está ahí. Con tales discusiones,
pierde uno el tiempo de una manera lastimosa, y no se hace
más que llevar del cabestro al paciente pueblo.
ANAXÁGORAS
Pronto la montaña es un hervidero de Mirmidones, que
acuden a habitar las hendiduras de las peñas: Pigmeos,
Hormigas, Pulgarcillos y otros minúsculos seres activos. (A
Homúnculo). Tú no aspiraste jamás a la grandeza, has vivido
confinado en la soledad; si puedes habituarte a la soberanía,
yo te hago coronar por rey.
HOMÚNCULO
¿Qué dice mi Thales?
THALES
No te lo aconsejara yo. Con los pequeños, se obran
pequeñas acciones, con los grandes, el pequeño se vuelve
grande. Mira allí. La negra nube de grullas amenaza a ese
pueblo alborotado y amenazaría asimismo al rey. Con sus
afilados picos y sus patas provistas de garfas, se arrojan sobre
los pequeños. Brillan ya los relámpagos de la fatalidad.
Manos criminosas dieron muerte a las garzas reales que
rodeaban el tranquilo y pacífico estanque. Mas aquella lluvia
de mortíferas saetas provoca una venganza cruel y sangrienta,
excita el furor de los próximos allegados contra la criminal
raza de los Pigmeos. ¿De qué sirven ahora escudo, yelmo y
lanza? ¿Qué aprovecha a los enanos el brillante plumaje de
las garzas reales? ¡Ved como se escon-den los Dáctilos y las
Hormigas! Vacila ya la hueste, huye, se des-banda.
ANAXÁGORAS
(Solemnemente, después de una pausa). Si hasta aquí he podido
celebrar las potencias subterráneas, en esta ocasión me dirijo
hacia arriba ... ¡Tú que estás ahí en lo alto, nunca envejecida,
de tres nombres, de trina forma, yo te invoco en la
desventura de mi pueblo, Diana, Luna, Hécate! ¡Tú que
dilatas el pecho, absorta en las más profundas meditaciones,
tranquila en apariencia, violenta en secreto, abre el espantoso
abismo de tus sombras, y que, sin ayuda de prestigio alguno,
se muestre tu antiguo poder! (Pausa).
¿Tan presto ha llegado mi voz a ti? ¿Ha podido mi
súplica, remontada a esas alturas, trastornar el orden de la
Naturaleza? Y más grande, siempre más grande, acércase ya el
trono de la diosa circularmente trazado, colosal, formidable a
la vista. Su fuego adquiere un tinte rojo sombrío... No te
acerques más, círculo poderoso, amenazador; tú nos
conduces a la destrucción, a nosotros, a la tierra y al mar.
¿Sería, pues, cierto que algunas mujeres de Tesalia, en una
impía confianza mágica, te habrían hecho bajar de tu vía con
sus cantos, y te habrían arrancado tu influjo más dañino? El
luminoso disco háse oscurecido; de pronto estalla y fulgura y
centellea. ¡Qué crepitación! ¡Qué silbidos mezclados con el
fragor del trueno y de la tormenta...! Humildemente me
postro ante las gradas del trono... ¡Perdón! Yo lo he llamado.
(Se arroja de cara contra el suelo.)
THALES
¡Qué de cosas no ha visto y oído ese hombre! Yo no sé a
punto fijo lo que nos ha pasado. Tampoco he sentido sus
impresiones. Confesemos que esos son momentos de locura,
y que la luna se mece muy tranquila en su sitio, lo mismo que
antes.
HOMÚNCULO
Mirad hacia la residencia de los Pigmeos. La montaña era
redonda, al presente es puntiaguda. He sentido un choque
formidable. Una roca ha caído de la luna, y al punto ha
aplastado, ha dejado sin vida indistintamente lo mismo a los
amigos que a los enemigos. Con todo eso, no puedo menos
de admirar unos artificios creadores, que, en una sola noche,
han llevado a cabo, a la vez de abajo y de arriba, esta
construcción montañosa.
THALES
¡Sosiégate! ¡No fué más que ilusión! ¡Váyase de aquí la
menguada ralea! Felicítate que no hayas sido su rey. Partamos
ahora hacia la alegre fiesta marítima. Allí se espera y se honra
a huéspedes prodigiosos.
(Se alejan.)
MEFISTÓFELES
(Trepando por el lado opuesto). Nada, forzoso es que yo me
arrastre por los empinados escalones, por las rígidas raíces de
las añosas encinas. En mi Harzsl las emanaciones resinosas
tienen algo de la pez, que es de mi gusto; sobre todo el
azufre. . . Pero aquí, entre esos griegos, apenas si hay vestigios
de tales cosas para oler. Curiosidad tendría yo de averiguar
con qué atizan los tormentos y las llamas del infierno.
UNA DRÍADA
En tu país podrás ser inteligente al estilo de allí, pero en
tierra extraña no eres muy listo. No debieras dirigir el
pensamiento hacia tu patria, sino venerar aquí la majestad de
las encinas sagradas.
MEFISTÓFELES
Se piensa en lo que uno dejó; aquello a lo cual se estaba
acostumbrado, es un paraíso. Mas, decidme: ¿Qué es aquello
de trina figura que, a la débil claridad de aquel antro, se ve allí
acurrucado en su interior?
LA DRÍADA
Son las Fórcidas. Atrévete a llegarte a ellas y dirigirles la
palabra, si ello no te espanta.
MEFISTÓFELES
¿Y por qué no? Veo algo y me asombro. Tan altanero
como soy, debo confesarme a mi mismo que no he visto
jamás cosa igual. Son por cierto peores que los alrunes. ¿Es
posible encontrar en los más nefandos pecados la menor
fealdad cuando uno ve ese triple monstruo? No le
sufriríamos nosotros en los umbrales del más hórrido de
nuestros infiernos, ¿y se arraiga aquí en el país de la Belleza?
¡Y a éso se da el pomposo nombre de clásico...! Ellas se
agitan, parecen olerme y chirrían silbando, murciélagos
vampiros.
UNA FÓRCIDA
Dadme el ojo, hermanas mías, para que observe quien se
aventura tan cerca de nuestros templos.
MEFISTÓFELES
Muy respetables damas. Permitidme que me acerque a
vosotras para recibir vuestra triple bendición. Yo me
presento como un desco-nocido todavía, es cierto; mas, si no
me engaño, en calidad de pariente lejano. He visto ya dioses
de respetable antigüedad; heme inclinado profundamente en
presencia de Ope y Rea; las Parcas mismas, hermanas del
Caos y vuestras, las vi ayer... o anteayer; y con todo, jamás he
visto vuestras iguales. Ahora me callo, y me siento
embelesado.
LAS FÓRCIDAS
Parece inteligente ese espíritu.
MEFISTÓFELES
Lo que me maravilla es que ningún poeta os ensalce... Y
decid: ¿de qué proviene y cómo ha sido que yo no os haya
visto nunca en estatua, vosotras que más que nadie lo
merecéis? Trate, pues, el cincel de reproduciros, y no a Juno,
Palas, Venus y otras por el estilo.
LAS FÓRCIDAS
Sumidas en la soledad y la noche más silenciosa, nuestra
tríada no pensó jamás en ello.

MEFISTÓFELES
¿Y cómo es posible tal cosa, puesto que, alejadas del
mundo, a nadie veis aquí ni nadie os ve? Debiérais iros a
vivir en unos parajes donde la magnificencia y el arte estén
entronizados en un mismo solio, donde cada día, veloz y con
paso redoblado, un bloque de mármol entre en la vida en
figura de héroe, donde...
LAS FÓRCIDAS
Ten la lengua y no nos inspires deseos. ¿Qué nos aprove-
charía si lo supiésemos mejor, nosotras que, nacidas en el
seno de la noche y emparentadas con las tinieblas, somos casi
desconocidas de nosotras mismas y enteramente de todos?
MEFISTÓFELES
En tal caso, esto no tiene gran importancia. Se puede
también transmitirse uno mismo a otros. A vosotras tres os
bastan un solo ojo y un solo diente. Así, pues, sería posible, y
también mitológico, reunir en dos la esencia de las tres y
cederme por breve tiempo la figura de la tercera.
UNA DE LAS FÓRCIDAS
¿Qué os parece? ¿Puede ser eso?
LAS OTRAS
Hagamos la prueba ... pero sin ojo y sin diente.
MEFISTÓFELES
Pues entonces quitáis precisamente lo mejor. ¿Cómo
podría ser perfecta la semejanza?
UNA DE ELLAS
Cierra un ojo: esto es fácil. Deja ver luego el único diente
caballino, y visto de perfil, al instante llegarás a parecerte a
nosotras por completo, como hermano y hermanas.
MEFISTÓFELES
Es mucho honor. Sea en buena hora.
LAS FÓRCIDAS
Sea, pues.
MEFISTÓFELES
(Como Fórcida de perfil). Heme aquí ya hijo muy amado del
Caos.
LAS FÓRCIDAS
Hijas del Caos somos nosotras sin disputa alguna.
MEFISTÓFELES
¡Qué ignominia! Ahora se me tratará de hermafrodita.
LAS FÓRCIDAS
En la nueva tríada de las hermanas, ¡qué hermosura!
Tenemos dos ojos y dos dientes.

MEFISTÓFELES
Preciso será que me oculte a los ojos de todo el mundo
para ir a asustar a los diablos en el abismo del infierno.
(Vase.)
FAUSTO
BAHÍAS ROQUEÑAS DEL MAR EGEO
La luna inmóvil en el cénit
LAS SIRENAS
(Situadas acá y acullá sobre las rocas, tañendo flautas y cantando).
Si en otro tiempo las magas de Tesalia, en el pavor, de la
noche, te atrajeron de un modo sacrílego hacia la tierra, mira
apacible desde tu arco nocturno las trémulas ondas,
hormiguero de luz que riela dulcemente e ilumina el tumulto
que de las olas se eleva. Pronta siem-pre a servirte, hermosa
Luna, ¡senos propicia!
NEREIDAS Y TRITONES
(En forma de monstruos marinos). Sonad con fuerza, emitid
sonidos más agudos que resuenen a través del anchuroso
mar; llamad desde ahora a los habitantes del abismo. Ante las
vorágines horribles de la tormenta, nos retiramos a las
profundidades más tranquilas, y desde allí nos atrae un dulce
canto. Ved como en nuestro arrobamiento nos ataviamos
con cadenas de oro, y cómo a las diademas y pedrerías
unimos broches y ceñidores. Todo ello es fruto vuestro. Los
tesoros tragados aquí por el naufragio, nos los habéis atraído
con vuestros cantos, vosotras, genios de nuestra bahía.
LAS SIRENAS
Bien lo sabemos. En la frescura del mar tranquilo, se
complacen los peces en una vida vaga y libre de penas; pero
vosotros, que en tropel os agitáis para la fiesta, quisiéramos
hoy saber si sois más que peces.
NEREIDAS Y TRITONES
Antes de venir aquí lo habíamos pensado ya. Hermanas,
hermanos, daos prisa ahora. Hoy bastará el más pequeño
viaje para demostrar del modo más irrebatible que somos
más que peces. (Se alejan.)
LAS SIRENAS
Se han ido en un abrir y cerrar de ojos. En derechura a la
.Samotracia han desaparecido con viento próspero. ¿Qué
piensan hacer en el reino de los excelsos Cabires? Son éstos
unos dioses extrañamente singulares, que sin cesar se
engendran ellos mismos sin saber nunca lo que son. En tus
alturas, amorosa Luna, permanece propiciamente inmóvil, a
fin de que perdure la noche y no nos ahuyente el día.
THALES
(En la orilla, a Homúnculo). De buen grado te conduciré a la
morada del anciano Nereo. Verdad es que no estamos lejos
FAUSTO
de su covacha. Pero tiene dura la cabeza ese ente arisco y
avinagrado. La humanidad entera jamás hace cosa alguna a
gusto de ese viejo gruñón. No obstante, tiene el don de leer
en lo porvenir, y por lo mismo, todos le profesan respeto y le
honran en su retiro. Por otra parte, ha hecho bien a más de
uno.
HOMÚNCULO
Hagamos la prueba y tentemos el vado. No creo que me
cueste el vidrio y la llama.
NEREO
¿Son voces humanas las que percibe mi oído? ¡Qué
coraje me da en lo más hondo del corazón! Criaturas que
aspiran a llegar al nivel de los dioses, y condenadas, sin
embargo, a semejarse siempre a si mismas. Desde remotos
tiempos podía yo gozar de un reposo divino, y con todo,
sentíame impelido a hacer bien a los mejores de entre los
hombres, y cuando al fin consideraba los hechos realizados,
era exactamente lo mismo que si nada hubiese yo aconsejado.
THALES
Y a pesar de ello, ¡oh Viejo de la mar! se tiene confianza
en ti. Sabio eres, no nos rechaces de este sitio. Mira esta
llama, y aunque de humana configuración, se abandona por
entero a tu consejo.
NEREO
¡Qué! ¡Un consejo! ¿Ha tenido jamás un consejo valor
alguno entre los hombres? Una palabra sensata se embota en
el oído duro. Por más que la mayoría de las veces los hechos
se condenen de un modo despiadado a sí mismos, la gente
sigue por eso tan reacia como antes. ¡Qué de paternales
consejos no di a Paris antes de que hiciera caer en las redes
de su pasión una mujer extranjera! En la playa griega estaba él
a la sazón lleno de audacia; le anuncié lo que yo veía en
espíritu: el aire cargado de espesa humareda, un color
encendido que se iba extendiendo; las viguerías abrasadas;
abajo, la matanza y la muerte: día de la sentencia de Troya,
fijado en rimas y tan horrendo como famoso durante millares
de años. La palabra del viejo pareció cosa de burla al
petulante mozo; obedeció él a los impulsos de su deseo, y
cayó Troya... cadáver gigantesco, yerto después de prolonga-
do suplicio; festín muy bien recibido por las águilas del Pin-
do. Y a Ulises, ¿no le predije también los artificios de Circe,
la espantosa ferocidad de Cíclope, su propia irresolución, el
espíritu liviano de los suyos, y qué sé yo cuantas cosas más?
¿Sacó algún beneficio de esto? Ninguno, hasta que, bien
zarandeado, las ondas favorables le llevaron, aunque harto
tarde, a una playa hospitalaria.
THALES
Para el hombre sabio, semejante proceder es un tormento;
con to-do, el bondadoso prueba aún otra vez. Una dracma
de agradecimiento pesará más, para llenarle de gozo, que cien
veces otro tanto de ingratitud. Porque no es cosa de poca
monta lo que hemos de suplicar: este mocito que aquí véis,
con buen acuerdo desea nacer.
NEREO
No turbéis uno de mis rarísimos instantes de alegría. Otra
cosa muy diversa estoy esperando hoy. Mandé venir aquí a
todas mis hijas, las Gracias del mar, las Dóridas. Ni el
Olimpo ni vuestro suelo produ-cen un bello conjunto de
criaturas que se mueva de tan airosa manera. Con los más
graciosos ademanes, lánzanse del dragón acuático a los
caballos de Neptuno, tan sutilmente unidas al líquido
elemento que la misma espuma parece aún elevarlas. Llevada
en el juego de colores de la concha de Venus, viene Galatea,
actualmente la más bella de todas, quien, desde que Cipris se
apartó de nosotros, es a su vez adorada en Pafos como diosa.
Y así la agraciada dórida posee mucho tiempo ha, a título de
heredera, la ciudad del templo y el carro del trono. Alejaos de
aquí. En la hora de los goces paternales, no sienta bien el
odio en el corazón ni la invectiva en los labios. Id en busca
de Proteo. Preguntad a ese hacedor de milagros cómo puede
uno nacer y transformarse. (Aléjase en dirección del mar).
THALES
Con este paso, nada hemos adelantado. Si se llega a en-
contrar a Proteo, al punto se desvanece, y si se detiene por
vosotros, no dice al fin sino cosas que le dejan a uno atónito
y confuso. Mas tú tienes necesidad de tales consejos;
probémoslo y sigamos nuestro camino. (Se alejan.)

LAS SIRENAS
(En lo alto de las rocas). ¿Qué es aquello que vemos a lo
lejos deslizarse por el reino de las ondas? Cual blancas velas
que avanzan obedientes al viento, así son esplendorosas a la
vista las radiantes hijas del mar. Descendamos de estas peñas
abruptas. ¿No oís sus voces?
NEREIDAS Y TRITONES
Lo que llevamos en las manos debe gustar a todos. La
gigantesca concha de Quelona refleja severas imágenes: son
dioses lo que trae-mos. Debéis entonar sublimes cantos.
LAS SIRENAS
Pequeños de talla, grandes en poder, salvadores de
náufragos, dioses adorados desde remota antigüedad.
NEREIDAS Y TRITONES
Traemos los Cabires para celebrar una fiesta sosegada,
pues allí donde reinan santamente, apacible se mostrará
Neptuno.
LAS SIRENAS
Somos inferiores a vosotros. Cuando se estrella un bajel,
irresis-tibles en fuerza, salváis la tribulación.
NEREIDAS Y TRITONES
Tres hemos traído con nosotros; el cuarto no quiso venir.
Decía ser el verdadero, el que pensaba por todos ellos.
LAS SIRENAS
Bien puede un dios burlarse de otro dios. En cuanto a
vosotros, honrad todos los favores y temed todo mal.
NEREIDAS Y TRITONES
En realidad, son siete.
LAS SIRENAS
¿Dónde quedaron los tres restantes?
NEREIDAS Y TRITONES
No sabríamos decirlo. Habrá que buscarlos en el Olimpo;
allí hay también, sin duda, el octavo, en el cual nadie había
aún pensado. Prontos a hacernos mercedes, pero no
dispuestos todavía todos ellos. Estos seres incomparables
pretenden ir siempre más lejos, ham-brientos, anhelosos de
lo inaccesible.
LAS SIRENAS
Nosotras estamos habituadas a elevar preces dondequiera
que haya un ser entronizado en el sol y en la luna. Esto
reporta provecho.
NEREIDAS Y TRITONES

¡Cómo resplandece en sumo grado nuestra gloria al
dirigir la presente fiesta!
LAS SIRENAS
Los héroes de la antigüedad carecían de gloria, donde y
como quiera que se ostente. Si ellos conquistaron el vellocino
de oro, hemos nosotros conquistado los Cabires.
(Estribillo en coro)
NEREIDAS, TRITONES Y LAS SIRENAS
Si ellos conquistaron el vellocino de oro, habéis vosotros
conquis-tado los Cabires.
(Pasan las Nereidas y los Tritones).
HOMÚNCULO
Yo considero esos seres deformes como viejas y ruines
vasijas de barro; al presente, los sabios topan con ellas y se
rompen sus duras testas.
THALES
Eso es precisamente lo que se desea. El robín es lo que
hace apreciable la moneda.
PROTEO
(Sin ser visto). Eso me divierte a mí, viejo forjador de
ficciones. Cuanto más extraña es una cosa, más respetable es.
THALES
¿Dónde estás, Proteo?
PROTEO
(Con voz de ventrílocuo, tan pronto cercana como distante). Aquí y
aquí.
THALES
Te perdono esa rancia chocarrería; pero a un amigo, nada
de palabras vanas. Sé que hablas desde un falso lugar.
PROTEO
(Como desde lejos). Adiós.
THALES
(En voz baja a Homúnculo). Está muy cerca. Ahora relumbra
tú con viveza. Es curioso como un pez, y dondequiera que
esté parado en una u otra forma, es atraído por la llama.
HOMÚNCULO
Despido al instante un buen golpe de luz, con discreción,
sin embargo, para no hacer estallar la redoma.
PROTEO
(En figura de tortuga gigante). ¿Que es eso que luce con tan
hermoso brillo?
THALES
(Ocultando a Homúnculo). ¡Bueno! Si lo deseas, puedes
verlo más de cerca. No te arredre esa pequeña molestia, y

muéstrate sobre dos pies humanos. El que quiera ver lo que
ocultamos, consígalo por nuestro favor, por nuestra
voluntad.
PROTEO
(En una figura noble). No olvidaste aún las sutilezas
filosóficas.
THALES
Y cambiar de forma es todavía tu afán. (Descubriendo a
Homúnculo).
PROTEO
(Admirado). ¡Un pequeño enano luminoso! ¡Cosa nunca
vista!
THALES
Solicita consejo, y de buena gana quisiera nacer. Según lo
he sabido por él mismo, vino al mundo de una manera muy
extraordinaria, aunque sólo a medias. No carece de facultades
mentales, pero tiene suma falta de solidez tangible. Hasta
ahora, el vidrio sólo le da peso; mas ante todo, le gustaría
estar dotado de cuerpo.
PROTEO
Eres un verdadero hijo de virgen; antes de que hubieras
existir, existes ya.
THALES
(En voz baja a Proteo). Por otra parte, paréceme crítico el
caso. Presumo que es hermafrodita.
PROTEO
Entonces, tanto más pronto logramos nuestro objeto. De
cualquier modo que ello se presente, la cosa se arreglará. Mas
no se trata ahora de cavilar mucho; es preciso que tengas tu
origen en el dilatado mar. Allí uno empieza primero siendo
pequeño y se complace engullendo a los más pequeños; de
este modo va creciendo poquito a poco, y se forma para
empresas más elevadas.
HOMÚNCULO
Aquí sopla un airecillo muy suave; esto enverdece, y la
fragancia me deleita.
PROTEO
Lo creo así, niño encantador, y más lejos aún te parecerá
mucho más grato; en esa estrecha lengua de tierra cercada por
el mar, la atmósfera excede a toda ponderación. Ahí enfrente
vemos bastante de cerca la muchedumbre que ahora llega
flotando. Venid conmigo allá abajo.
THALES
Os acompaño.
HOMÚNCULO

¡Paseo de espíritus triplemente digno de ver!
Llegan Los TELQUINOS DE RODAS montados en
hipocampos y dragones marinos, manejando el tridente de Neptuno.
CORO DE TELQUINOS
Hemos forjado para Neptuno el tridente con que
apacigua las olas más encrespadas. Si el Tonante despliega las
preñadas nubes, Neptuno responde al pavoroso rumor del
trueno, y en tanto que de las alturas se lanza el sinuoso rayo,
ola tras ola surge de abajo, y aquello que en medio ha
luchado aún entre congojas, por largo tiempo juguete de la
tempestad, es tragado por el profundo abismo. Por esto nos
ha cedido hoy el cetro... Ahora flotamos con festival pompa,
sosegados y libres.
LAS SIRENAS
A vosotros, los consagrados a Helios, los benditos de la
clara luz del día, ¡salud en esta hora de emociones dulces,
que mueve a una profunda adoración a la Luna!
LOS TELQUINOS
¡Diosa la más amable de todas, que estás en la celeste bó-
veda! Tú oyes con embeleso celebrar a tu hermano. A la
venturosa Rodas prestas oído, de allí se eleva hacia él un
himno eterno. Al principiar el curso del día y al terminarlo,
nos contempla con su radiante mirada de fuego. Los montes,
las ciudades, las riberas, las olas placen al dios, son agradables
y esplendorosas. Ni una niebla se cierne en tomo nuestro, y si
acaso se desliza alguna, bastan un rayo de luz y una brisa leve
para quedar pura la isla. Allí el dios se contempla en cien
formas, como adolescente, como gigante, grandioso,
benéfico. Nosotros fuimos los primeros en representar el
poder de los dioses en una digna forma humana.
PROTEO
(A Homúnculo). Déjalos cantar, déjalos engreírse. Para los
sagrados rayos de vida del sol, las obras muertas no son más
que una bufonada. Esa laya infatigable funde y moldea y una
vez han vaciado ellos la figura en bronce, piensan entonces
haber hecho algo, Pero, ¿qué les pasa al fin a esos soberbios?
Majestuosas erguíanse las imágenes de lo dioses... una
sacudida terrestre las destruyó y hubo que refundirlas hace
mucho tiempo. La actividad terrestre, sea cual fuere, en todos
tiempos no es más que un verdadero tráfago. La onda es más
provechosa a la vida. Al seno de las eternas aguas te va a
conducir Proteo-delfín (Se transforma). Ya está hecho. Allá
debe esto redundar en el mayor bien para ti. Tómote sobre
mi dorso y te caso con el Océano.
THALES
(A Homúnculo). Cede al loable deseo de empezar de nuevo
la creación por el principio. Apréstate para una acción rápida.
Allí te moverás según las reglas eternas, a través de mil y mil
formas, y hasta llegar a ser hombre, tienes tiempo.
(Homúnculo monta en el Delfín-Proteo.)

PROTEO
Acompáñame, ser inmaterial, a la húmeda extensión. En
ella, al momento vives a tus anchuras; aquí te mueves a
placer. Sólo te encarezco que no aspires a órdenes más
elevadas, porque, no bien te hayas vuelto hombre, todo
enteramente se acabó para ti.
THALES
Eso según y conforme. También es cosa muy grata ser
hombre digno en su época.
PROTEO
(A Thales). Sí, alguno de tu condición, sin duda. Eso dura
todavía algún tiempo, puesto que desde hace muchos
centenares de años, te veo entre las pálidas legiones de
espíritus.
LAS SIRENAS
(En las rocas). ¿Qué anillo de pequeñas nubes forma al-
rededor de la Luna un cerco tan magnífico? Son palomas
enardecidas de amor, y cuyas alas son blancas como la luz.
Pafos ha enviado aquí su bandada de ardorosas aves.
Completa está nuestra fiesta; apacible deleite, colmado y
puro.
NEREO
(Avanzando hacia Thales). Un viandante nocturno, sin
duda, calificaría de fenómeno atmosférico esta corona lunar;
mas nosotros, los espíritus, somos de un parecer totalmente
distinto, el único acertado: son palomas que acompañan en
su travesía la concha de mi hija, aves de un vuelo maravilloso
de índole especial, aprendido desde remotos tiempos.
THALES
También juzgo ser lo mejor lo que bien le parece al digno
hombre cuando, en el nido apacible y cálido, se mantiene
viva una cosa sagrada.
PSILOS Y MARSOS
(Montados en toros, becerros y carneros marinos). En las agrestes
y profundas cavernas de Chipre, no cegadas por el dios del
mar ni destruidas por Seismos, nosotros, acariciados por
eternas brisas, como en antiquísimos días, y sintiendo una
satisfacción tranquila, guardamos el carro de Cipris, y en
medio del murmurio de la noche, a través del gracioso
entretejido de las ondas, hacia aquí conducimos, invisibles
para la nueva generación, tu más encantadora hija.
Silenciosamente activos, no tememos ni el Águila en el León
alado ni la Cruz ni la Media Luna; poco nos importa cómo
viven y gobiernan allá arriba ni cómo de un modo alternado
se agitan y mueven, se persiguen y exterminan desolando
mieses y ciudades. Siguiendo como hasta ahora, conducimos
aquí la más hechicera soberana.
LAS SIRENAS
Con movimiento ligero, con prisa moderada en torno del
carro, formando círculo tras círculo, pronto enlazadas fila
por fila, dispuestas en hileras de ondulación serpentina,
acercaos, vigorosas Nereidas, recias mujeres graciosamente
bravías; conducid, tiernas Dóridas, a Galatea, imagen de su
madre; grave, parecida por su aspecto a los dioses, digna de
inmortalidad; pero, como las graciosas mujeres humanas, de
una gentileza seductora.
LAS DÓRIDAS
(En coro, pasando por delante de Nereo, todas ellas montadas en
delfines). Danos ¡oh Luna! luz y sombra, presta claridad a este
florecimiento de juventud; pues, suplicantes, presentamos a
nuestro padre los esposos amados. (A Nereo.) He aquí unos
mancebos, a quienes libramos del diente feroz de las
rompientes; los tendimos en lechos de juncos y blando
musgo, y a fuerza de calor los retornamos a la luz. Ahora
deben ellos, con besos ardientes, darnos las gracias más
cordiales. Mira propicio a estos agraciados jóvenes.
NEREO
Altamente es de apreciar esa doble ventaja: ser
compasivas y deleitarse a un tiempo.
LAS DÓRIDAS
Si tú, padre, apruebas nuestro proceder, nos das una
alegría bien merecida; déjanos estrecharlos inmortales contra
nuestro pecho eternamente joven.
NEREO
Podéis gozar de la hermosa presa; formaos del
adolescente un hombre. Con todo eso, no podría yo otorgar
lo que sólo Zeus puede conferir. La ola que os mece y
balancea tampoco permite constancia al amor, y cuando la
afición haya cesado de juguetear, plantadlos bonitamente en
la orilla.
LAS DÓRIDAS
Vosotros, gallardos mancebos, sois nuestro amor; mas,
por des-gracia, debemos separarnos. Ansiábamos nosotras
una fidelidad eterna, y los númenes no quieren permitirla.
LOS JÓVENES
Con tal que sigáis recreándonos así a nosotros, bravos y
jóvenes marinos... Nunca lo hemos pasado tan bien, y no
deseamos pasarlo mejor.
Acércase GALATEA en la concha
NEREO
¿Eres tú, amada mía?
GALATEA
¡Oh padre! ¡qué dicha! ¡Teneos, delfines! Esa mirada me
cautiva.
NEREO
Ya están lejos. Pasan como un torbellino. ¿Qué les
importa el intimo sentimiento del corazón? ¡Ah! ¡si me
llevaran consigo! Empero una sola mirada me deleita,
resarciéndome por todo el año.
THALES
¡Salve! ¡Salve otra vez! ¡Cómo se dilata de júbilo mi
corazón, penetrado de lo bello, de lo verdadero...! Todo
dimana del agua, y por el agua todo se mantiene. Océano,
¡favorécenos con tu eterna acción soberana! Si no enviaras
las nubes; si no prodigaras los ricos arroyos; si no hicieras
correr los ríos por aquí y por allí; si no llenaras los torrentes,
¿qué serían las montañas y llanuras, qué sería el mundo? Tú
eres quien mantiene la más lozana vida.
ECO
(Coro de todos los círculos). De ti brota la más lozana vida.
NEREO
Se retiran balanceándose a lo lejos. Ya no se encuentran
sus miradas con las mías. Dispuestas en cadena, formando
extensos círculos, va serpenteando la innumerable
muchedumbre para mostrarse cual requiere la fiesta. Mas yo
la veo bien todavía la concha en que está entronizada
Galatea; a guisa de estrella, reluce por entre la multitud. A
través de la turba numerosa, brilla el objeto amado. Por lejos
que se halle, resplandece con luz clara, y viva, siempre
cercano y real.
HOMÚNCULO
En este benigno elemento húmedo, todo cuanto ilumino
es bello y encantador.
PROTEO
En este húmedo vital, tu linterna empieza a lucir con
magnifica resonancia.
NEREO
¿Qué nuevo misterio en medio de las multitudes, viene a
reve-larse a nuestros ojos? ¿Qué es aquello que relumbra
alrededor de la concha, en torno de los pies de Galatea? Ora
arde con violencia, ora de un modo apacible, ora con
suavidad, cual si fuera movido por las pulsaciones del amor.
THALES
Es Homúnculo, instigado por Proteo... Estos son los
indicios del imperioso anhelo. Presiento el gemido de una
sacudida angustiosa; va a estrellarse contra el resplandeciente
trono. Ahora despide llamas, ahora centellea... Ya se derrama.
LAS SIRENAS
¿Qué ígneo prodigio nos ilumina las olas, que, lanzando
chispas, se rompen unas contra otras? Así ello reluce, fluctúa
e ilumina estén-diéndose; los cuerpos se abrasan en la carrera
nocturna, y en todo el contorno hay un desbordamiento de
fuego. Reine, pues, así Eros, que dió principio a todo.

¡Gloria al mar! ¡Gloria a las ondas envueltas en el fuego
sagrado! ¡Gloria al agua! ¡Gloria al fuego! ¡Gloria al singular
prodigio!
TODOS JUNTOS
¡Gloria a los vientos suavemente prósperos! ¡Gloria a las
caver-nas llenas de misterio! ¡Sed altamente celebrados aquí
vosotros, los cuatro Elementos!


ACTO TERCERO
ANTE EL PALACIO DE MENELAO EN
ESPARTA
Entra HELENA acompañada de un coro de TROYANAS
cautivas. PANTALIS, corifea
HELENA
Muy admirada y muy vituperada, yo, Helena, llego de la
playa donde acabamos de saltar en tierra, ebria aún por el
vivo balanceo de las olas, que sobre su dorso altamente
erizado nos han traído de las frigias llanuras a los ancones
patrios, por el favor de Poseidón y la fuerza de Euro. Allá
abajo, a estas horas, está Menelao celebrando su regreso
junto con los más de sus valientes guerreros. Mas tú, dame
buena acogida, suntuosa mansión que mi padre Tíndaro, a su
retorno, edificó para sí, cerca de la falda de la colina de Palas
y decoró con mayor magnificencia que todas las casas de
Esparta, cuando yo crecía aquí jugando alegre y
fraternalmente con Clitemnestra y también con Cástor y
Pólux. Os saludo, batientes de la puerta de bronce. Por
vuestra amplia abertura, que invita hospitalaria, un día
Menelao, elegido entre un gran número, vino radiante a mi
encuentro en calidad de novio. Abridmelas de nuevo, para
que cumpla con fidelidad una orden apremiante del Rey, cual
conviene a la esposa. Dejad que entre y que en pos de mí
quede todo cuanto de aciago se desencadenó hasta ahora en
torno mío. Pues desde que yo, libre de cuidados, abandoné
este sitio para visitar el templo de Citerea, en cumplimiento
de un deber sagrado, y desde que allí un raptor, el frigio, me
robó, muchas cosas han acae-cido, que los hombres con
tanto gusto relatan por doquier, pero que no las oye con
agrado aquel cuya historia, a fuerza de exageraciones, se ha
tramado hasta convertirse en fábula.
EL CORO
No desdeñes, ¡oh ínclita mujer!, la gloriosa posesión del
bien supremo; pues sólo a ti es concedida la mayor dicha: la
fama de la belleza, que descuella sobre todas las demás. El
héroe va precedido de la resonancia de su nombre, y así anda
con la frente altiva; pero el hombre más indómito dobla al
punto su voluntad ante la belleza, que todo lo subyuga.
HELENA
¡Basta! Acompañada de mi esposo, hice vela hacia aquí, y
ahora me envía delante de él a su ciudad; mas no adivino qué
pensamiento puede alimentar. ¿Vengo como esposa? ¿Vengo
como Reina? ¿Vengo acaso como víctima expiatoria del
amargo dolor del príncipe y de la adversa fortuna tanto
tiempo experimentada por los griegos? Conquis-tada soy; si
soy cautiva, no lo sé. Pues, en verdad, los inmortales
designaron de un modo ambiguo para mi la celebridad y el
destino, compañeros peligrosos de la belleza, que, aun en este
umbral se yerguen a mi lado con su presencia sombría y
amenazadora. Ya en el cóncavo bajel, sólo rara vez me
miraba mi esposo, sin proferir palabra alguna de consuelo;
cual si meditara algún daño, estaba sentado frente a mí. Mas,
después de haber remontado la profunda bahía del Eurotas y
cuando apenas los espolones de las naves delanteras saluda-
ban la tierra, dijo como inspirado por el numen: “Aquí
desembarcan mis guerreros por su orden; yo les paso revista
alineados en la ribera del mar; pero tú sigue avanzando,
remonta siempre la feraz orilla del Eurotas sagrado; guía los
corceles sobre el césped de la húmeda para-dera hasta que
llegues a la amena planicie donde fué edificada Lacedemonia,
en otro tiempo vasto campo fértil rodeado de cerca por
ásperas montañas. Entra luego en la regia mansión de
elevadas torres, y pásame revista a las sirvientas que allí dejé
con la anciana y discreta ama de gobierno. Haz que ésta te
muestre la rica colección de tesoros, tales como al morir los
dejara tu padre y que yo mismo, tanto en la guerra como en la
paz, he amontonado acreciéndolos sin cesar. Lo hallarás todo
en buen orden, que privilegio es del príncipe encontrarlo
todo puntualmente en su casa cuando a ella vuelve, cada cosa
en su sitio conforme lo dejara; puesto que, por sí mismo, el
servidor no tiene atribuciones para alterar cosa alguna.”
EL CORO
Recrea ahora en este magnífico tesoro siempre
acrecentado los ojos y el corazón. Los arreos de la cadena, la
pedrería de la corona reposan allí con altivez pensando ser
algo; pero no tienes más que entrar y retarlos, y al punto se
aprestarán ellos a la lid. Pláceme ver la belleza en lucha con el
oro y las perlas y las piedras preciosas.
HELENA
Luego continuó así la imperiosa palabra del soberano:
“Cuando al fin lo hayas todo examinado por orden, toma
entonces tantos trípodes como creas necesarios y los
diferentes vasos que ha de tener a mano el sacrificador al
celebrar la solemne ceremonia sagrada: los calderos, lo mismo
que las copas y el plato circular: que en grandes jarros esté
prevenida el agua más pura del sagrado manantial; en seguida
ten asimismo dispuesta allí leña seca que fácilmente sea pasto
de la llama, y que, por último, no falte una bien afilada
cuchilla; pero todo lo restante lo fío a tu cuidado.” Así dijo,
compeliéndome a separarnos. Mas quien tales mandatos
dicta, nada me designa dotado de aliento de vida que pre-
tenda él inmolar en honor de las divinidades del Olimpo.
Esto da que pensar; con todo, no me inquieto más por ello, y
sea lo que dispongan los altos dioses, quienes obran lo que
en su dictamen les parece mejor; que sea juzgado bueno o
malo por los hombres, nosotros los mortales lo hemos de
soportar. No pocas veces el sacrificador en la consagración
alzaba ya la pesada cuchilla sobre la cerviz de la res
encorvada hacia tierra, y no pudo consumar el acto por
impedirlo la proximidad del enemigo o la intervención de la
Divinidad
EL CORO
Lo que puede acontecer, no lo imaginas. ¡Reina! avanza
con buen ánimo. El bien y el mal llegan al hombre sin
pensarlo; aún vaticinados, no lo creemos. A pesar de ello,
ardió Troya; a pesar de ello, vimos la muerte ante nuestros
ojos, una muerte afrentosa, por cierto; ¿y no estamos
nosotras aquí a tu lado gozosamente serviciales? ¿No
contemplamos el sol deslumbrador del cielo y cuanto hay de
más bello en la tierra, a ti, llena de benevolencia para
nosotras, las más dichosas mujeres del mundo?
HELENA
Sea lo que haya de ser. Cualquiera que sea la suerte que
me aguarda, conviene que yo suba sin tardanza a la regia
mansión, que de nuevo se halla ante mis ojos no sé cómo;
mansión que tanto tiempo he echado de menos, por la que
tanto suspiré y que yo había casi perdido por ligereza. Los
pies no me llevan tan resueltos a lo alto de estas soberbias
gradas, que saltando subía yo en mi niñez. (Vase).
EL CORO
Arrojad lejos, ¡oh hermanas!, tristes cautivas, todos los
pesares. Compartid la dicha de la Reina, participad de la
ventura de Helena, que con tardío pie para regresar, es cierto,
pero tanto más firme, gozosa llega al hogar paterno.
Glorificad a los númenes santos, que reponen y conducen
felizmente a la patria. Quien goza de libertad, se cierne como
si tuviera alas sobre los parajes más abruptos, mientras que,
lánguido y anheloso, el cautivo se consume tendiendo los
brazos por cima de las almenas de su prisión. Mas ella, la
expatriada, cogióla un dios, y de las ruinas de Ilión la ha
vuelto aquí, a la antigua casa paterna nuevamente decorada, a
fin de que, tras alegrías y tormentos indecibles, ella, ya
reanimada, recuerde los primeros tiempos de la juventud.
PANTALIS
(Como corifea). Abandonad ahora la regocijada senda del
canto, y dirigid vuestra vista a los batientes de la puerta. ¡Que
veo, hermanas mías! ¿No vuelve la Reina hacia nosotras,
agitada y con paso violento? ¿Qué es eso, gran Reina? ¿Qué
pudo acontecerte en los recintos de tu morada, en lugar del
homenaje de los tuyos, que tal emoción te causara? No lo
disimulas, pues veo en tu frente la indignación, una noble ira
que lucha con la sorpresa.
HELENA
(Aparece emocionada; ha dejado abiertas las hojas de la puerta). A
la hija de Júpiter no cuadra un temor trivial y la mano leve y
fugaz del miedo no llega a tocarla; pero el espanto que,
surgiendo desde el principio de los tiempos del seno de la
antigua Noche se revuelve y sube aún bajo numerosas
formas, cual nubes ardientes salidas del abismo de fuego de
la montaña, estremece también el pecho del héroe. De tan
pavorosa manera las estigias potestades marcaron hoy para
mí la entrada en la casa que, a semejanza de un huésped
despedido, gustosa quisiera yo alejarme de unos umbrales
tantas veces hollados y por los cuales tanto tiempo suspiré
con afán. Pero ¡no! He retrocedido hasta aquí hacia la luz, y
no me obligaréis a dar un paso más, vosotras, Potencias,
quienesquiera que seáis. Quiero pensar en la consagración, y
luego, una vez purificada, la llama del hogar salude a la
esposa lo mismo que al señor.
LA CORIFEA
Descubre, ¡oh noble mujer!, a tus servidoras, que
respetuosas te asisten, lo que ha ocurrido.
HELENA
Cuanto he visto, lo veréis vosotras mismas con vuestros
ojos si la antigua Noche no ha devorado al instante su obra
haciéndola entrar de nuevo en su profundo seno misterioso.
Ello no obstante, para que lo sepáis, os lo expreso con
palabras. En el punto en que, pensando en el deber más
inmediato, puse el pie con solemnidad en el severo recinto
interior de la casa del Rey quedéme sorprendida a causa del
silencio que reinaba en las desiertas galerías. Ningún rumor
de personas que corrieran diligentes llegaba al oído, ningún
apresuramiento de viva solicitud hería la vista, y no se
presentó ninguna doméstica, ningún ama de gobierno, ellas
que de ordinario saludaban con agrado a toda persona
extraña. Mas, cuando me acerqué al hogar, vi entonces
sentada en el suelo, junto a las tibias cenizas, residuos de un
fuego extinguido, una mujer alta, cubierta con un velo y que
no parecía dormida, sino más bien meditabunda. Con
palabra imperativa la llamo al trabajo, tomándola por la
mujer de gobierno que tal vez en el interín la previsión de mi
esposo colocara allí antes de partir; pero ella permanece
inmóvil y acurrucada en su asiento. Al fin, sólo después de
mis amenazas, mueve el brazo derecho, como para echarme
fuera del hogar y de la estancia. Llena de enojo, apártome de
ella y corro al punto hacia la gradería sobre la cual se eleva
adornado el tálamo cerca de la sala de los tesoros. Mas aquel
prodigio se levanta bruscamente del suelo y, cerrándome el
paso con imperiosa actitud, se muestra en toda su elevada
estatura, cenceña, con la mirada cavernosa, sangrienta,
sombría; extraña figura que turba el ojo y el espíritu. Pero
estoy hablando al aire, pues en vano se esfuerza la creadora
palabra en construir formas. Vedla ahí a ella misma. ¡Y aún
osa presentarse en plena luz! Aquí mandamos nosotras hasta
la llegada del Rey y señor. Los horribles engendros de la
Noche, Febo amante de lo Bello, los rechaza a las cavernas, o
bien los domeña.
(Aparece FÓRCIDA en el umbral, entre las jambas de la puerta.)
EL CORO
Muchas cosas presencié, aunque juveniles rizos ondean
en derredor de mis sienes. He visto gran número de horrores:
FAUSTO
los estragos de la guerra, la noche en que cayó Ilión. A través
de las nubes de polvo que levantaba el tumulto de los
combatientes en su acometida, escuché el formidable clamor
de los dioses; oí la broncínea voz de la Discordia resonar por
los campos hacia las murallas. ¡Ay! En pie estaban aún los
muros de Troya; mas el ardor de las llamas iba avanzando
por momentos, extendiéndose de un lado a otro por el soplo
de la propia tormenta, sobre la ciudad sumida en las sombras
de la noche. Al huir, por entre el humo, el incendio y las
llamas, que semejaban lenguas de fuego, vi acercarse los
dioses terriblemente airados, prodigiosas formas gigantescas
que discurrían a través de la oscura y densa humareda,
rodeada de la claridad del incendio. ¿Lo he visto, o es que mi
espíritu, oprimido de angustia, ha forjado tal embrollo?
Nunca sabré decirlo; pero que yo veo aquí con mis propios
ojos esa figura horrible, si, lo sé de cierto. Podría hasta
cogerla con las manos si no me contuviera el temor del
peligro. ¿Cuál de las hijas de Forcis eres tú? Pues yo te igualo
a esa raza. ¿Eres acaso una de las Creas, canosas de
nacimiento, partícipes por turno de un ojo único y de un
solo diente? ¿Osas tú, monstruo abominable, exhibirte al
lado de la Belleza, ante la experta mirada de Febo? Avanza,
empero, sin detenerte, pues él no ve la fealdad, de igual
manera que su ojo sagrado jamás percibió la sombra. Mas
nosotras, mortales, una triste fatalidad ¡ay! nos condena por
desgracia al indecible tormento de los ojos que lo repulsivo,
lo siempre funesto, despierta en los amantes de lo bello. Sí,
escucha, pues: si nos replicas con lengua procaz e insolente,
oye la maldición, oye todas las invectivas, todas las amenazas
proferidas por la execratoria boca de las bienaventuradas que
formaron los dioses.
FÓRCIDA
Antiguo es el dicho, pero el sentido permanece elevado y
verdadero, de que la Honestidad y la Belleza no siguen
jamás su vía juntas, mano a mano, por el verde sendero de la
tierra. Hondamente arraigado, un antiguo rencor habita entre
las dos, de suerte que, en cualquier punto del camino donde
se encuentren, cada una vuelve la espalda a su adversaria, y
luego cada cual se apresura más vivamente a seguir de nuevo
su ruta, la Honestidad cabizbaja, y la Belleza con aire
arrogante, hasta que al fin la envuelve la noche profunda del
Orco, si antes no la domeñó la vejez. Os encuentro ahora,
procaces como sois, descargadas aquí del extranjero, llenas de
insolencia, parecidas a la ronca y alborotadora bandada de
grullas, que formando larga nube por encima de nuestra
cabeza, envía hacia abajo graznadora sus chirridos, que
invitan al pacífico viandante a mirar hacia lo alto; pero ellas
siguen su camino, y él va el suyo. Otro tanto nos acontecerá a
nosotras. ¿Quiénes sois, pues, para que os atreváis, frenéticas
cual Ménades semejantes a mujeres ebrias, mover esa
algarabía junto al gran palacio del Rey? ¿Quiénes sois, pues,
para recibir ladrando al ama de gobierno de la casa como
ladra a la luna la cuadrilla de perros? ¿Pensáis que se me
oculta de qué casta sois? ¡Tú, joven ralea engendrada durante
la guerra, criada en medio del combate! ¡Tú, ansiosa de
hombres, tan seductora como seducida, que enervas la fuerza
del guerrero lo mismo que la del ciudadano! Al veros así
agrupadas, diríase que una nube de langosta se precipita
sobre el campo cubriendo las verdes mieses. ¡Devoradoras
de afanes ajenos! ¡Golosas destructoras de la prosperidad
naciente! ¡Conquistadas, vendidas en el mercado, mercancía
averiada!
HELENA
Aquel que, en presencia de la señora, riñe a las sirvientas,
usurpa temerario el derecho doméstico del ama, pues sólo a
ella toca enaltecer lo que es digno de elogio, así como castigar
lo reprensible. Por otra parte, muy satisfecha estoy de los
servicios que me prestaron ellas cuando la alta fortaleza de
Ilión fué sitiada y acabó por sucumbir. No menos satisfecha
de ellas quedé cuando en nuestra marcha errante sufrimos las
vicisitudes de la angustiosa estrechez, en la que de ordinario
cada cual mira primero por sí mismo. También aquí espero
algo parecido de esta multitud solícita. El amo no inquiere lo
que es el servidor, sino como sirve. Sella el labio, pues, y deja
de mirarlas con esa irónica sonrisa. Hasta aquí guardaste bien
la casa del Rey en ausencia de la señora; eso habla en favor
tuyo; pero al presente llega ella en persona. Así, pues, retírate,
no sea que la merecida recompensa se trueque en castigo.
FÓRCIDA
Amenazar a la servidumbre es un noble derecho del cual
la augusta esposa del soberano, favorecido de los númenes,
se ha hecho muy digna por una acertada dirección durante
dilatados años. Y puesto que, ya reconocida, ocupadas hoy
de nuevo la antigua plaza de Reina y señora de la casa,
empuña las riendas desde tanto tiempo aflojadas, gobierna
ahora; toma posesión del tesoro, y por añadidura, de todas
nosotras juntas. Pero, ante todo, protégeme a mí, la más
anciana, contra esa turba que, al lado de tu belleza de cisne,
no es otra cosa que una manada de graznadoras ocas mal
aladas.
LA CORIFEA
¡Cuán fea, al lado de la belleza, se muestra la fealdad!
FÓRCIDA
¡Cuán necia, al lado de la discreción, es la necedad!
(A partir de aquí, responden las Coristas saliendo del coro una por
una)
PRIMERA CORISTA
Haznos saber de tu padre, el Erebo; infórmanos de tu
madre, la Noche.
FÓRCIDA
Y tú, habla de Escila, tu prima hermana.
SEGUNDA CORISTA
Más de un monstruo figura en tu árbol genealógico.
FÓRCIDA
Vete al Orco, y busca allí tu parentela.
TERCERA CORISTA
Harto jóvenes para ti son todos cuantos allí habitan.
FÓRCIDA
Embiste haciéndole el amor al viejo Tiresias.
CUARTA CORISTA
La nodriza de Orión fué tu tataranieta.
FÓRCIDA
Las Arpías, a lo que imagino, te criaron en la basura.
QUINTA CORISTA
¿De qué sustentas esa magrez tan cuidada?
FÓRCIDA
No es con sangre, de que tan ávida eres.
SEXTA CORISTA
Hambrienta de cadáveres, tú, asqueroso cadáver.
FÓRCIDA
Dientes de vampiro brillan en tu insolente boca.
LA CORIFEA

La tuya cerraré si digo quién eres.
FÓRCIDA
Nómbrate primero, y queda resuelto el enigma.
HELENA
No airada, pero sí afligida, avanzo entre vosotras para
prohibir la violencia de tal querella. Pues nada hay más
pernicioso para el señor y soberano que la solapada discordia
que, a semejanza de una llaga que supura por dentro, se
oculta entre los fieles servidores. El eco de sus mandatos ya
no retorna entonces a él de un modo armonioso en forma de
acto presto llevado a cabo. No, rugiente y voluntarioso, da
bramidos en torno de él, que, desorientado, intenta en vano
reprender. Y no es sólo eso: en vuestra desenfrenada cólera,
evocásteis aquí terrorífica imágenes de siniestras visiones, que
me acosan por todas partes de un modo tal, que yo misma
me siento arrastrada hacia el Orco, a despecho del país patrio.
¿Es esto un recuerdo? ¿Era por ventura una ilusión que se
apoderé de mí? ¿He sido yo todo esto? ¿Lo soy? ¿Lo seré en
lo venidero, el fantasma del sueño y espanto de esta
destructora de ciudades? Temblorosas están estas jóvenes;
pero tú, la más anciana, permaneces impasible. Dime una
palabra sensata.
FÓRCIDA
A aquel que recuerda largos años de dicha variada, el más
alto favor de los dioses acaba por parecerle un sueño. Mas tú,
altamente favorecida sin tasa ni límite, no has visto en el
curso de la vida más que amantes apasionados, rápidamente
enardecidos para las empresas más audaces y arriesgadas de
todo género. Ya Teseo, hombre fuerte como Heracles y
admirablemente bien formado, te arrebató en edad temprana,
excitado por vehemente anhelo.
HELENA
Robóme, esbelta gacela de diez años, y el castillo de
Afidno en el Atica fué mi encierro.
FÓRCIDA
Pero libertada en breve por Cástor y Pólux fuiste luego
requerida de amores por multitud de héroes ilustres.
HELENA
Mas, con preferencia a todos ellos, gustosa lo confieso,
obtuvo un secreto favor Patroclo, vivo retrato del hijo de
Peleo.
FÓRCIDA
La voluntad paterna, sin embargo, te unió a Menelao,
audaz corredor de los mares y guardián asimismo de su casa.
HELENA
Dióle él su hija y le confió igualmente la administración
del reino. De esta unión conyugal nació Hermione.

FÓRCIDA
Pero mientras en lejanas tierras adquiría él con las armas
la herencia de Creta, a ti, solitaria esposa, se presentó a la
sazón un huésped hermoso en demasía.
HELENA
¿Por qué me traes a la memoria aquella viudez a medias y
el horrible quebranto que de ello para mí resultó?
FÓRCIDA
También a mí, cretense nacida libre, aquella expedición
me causó el cautiverio y una larga esclavitud.
HELENA
Luego te puso aquí en calidad de ama de gobierno,
confiándote buen número de cosas, la morada y el tesoro
audazmente adquirido.
FÓRCIDA
Que tú abandonaste vuelta hacia Ilión, la ciudad rodeada
de torres, y hacia los inagotables goces del amor.
HELENA
No me recuerdes tales goces. La inmensidad de un dolor
acerbo en exceso inundó mi pecho y mi cabeza.
FÓRCIDA
Dícese también que tú apareciste cual doble imagen, vista
en Ilión a la vez que en Egipto.
HELENA
No acabes de embrollar el desvarío de un espíritu
trastornado. Aun ahora mismo no sé quien soy.
FÓRCIDA
Cuentan, además, que, saliendo del profundo reino de las
sombras, apasionado juntóse aún contigo Aquiles, tras
haberte amado antes contra todo decreto del Destino.
HELENA
Pero como sombra me uní a él, sombra también. Aquello
fué un sueño; bien lo dice la tradición misma... Yo me
desvanezco, y hasta para mí vengo a ser una sombra. (Cae en
brazos del semicoro.)
EL CORO
¡Silencio! ¡Silencio! ¡Tú de mirada siniestra, tú
maldiciente! De tu horrenda boca provista de un diente
único, ¿qué pueden exhalar tan abominables y espantosas
fauces? El malvado de exterior bondadoso, pero con la
ferocidad del lobo bajo la lanuda piel de oveja, es para mí
mucho más terrible que la boca de perro de tres cabezas. Con
angustioso afán estamos aquí esperando saber cuándo, cómo,
de dónde pudo surgir así tal monstruo pérfido y hondamente
acechador. Pues ahora, en vez de cariñosas palabras, ricas en

consuelo, muy suavemente lisonjeras, que como el Leteo
deparen el olvido, remueves tú de todo lo pasado lo peor
con preferencia a lo bueno, y oscureces a la par el brillo de lo
presente, así como la suave y centelleante luz de esperanza de
lo porvenir. ¡Silencio! ¡Silencio! para que el alma de la Reina,
presta ya a escaparse, quede aún aquí detenida y mantenga se-
gura la forma sin igual entre todas las formas que jamás el sol
iluminó.
(HELENA ha vuelto en sí, y de nuevo se mantiene en medio del
coro.)
FÓRCIDA
Sal de entre las nubes fugitivas, espléndido sol de este día,
que, aun velado, ya nos embelesaba, y ahora reina con brillo
deslumbrador. Tú misma contemplar con dulce mirada cómo
se despliega el mundo ante ti. Por más que ésas me tachen de
fea, no dejo de conocer bien lo bello.
HELENA
Vacilante salvo del vacío que me rodea durante el vértigo,
y con gusto me abandonaría yo de nuevo al reposo: tan
fatigados están mis miembros. Con todo, importa a las reinas
e importa a los hombres todos dominarse y cobrar alientos,
cualquiera que sea el peligro que amenazador les sorprenda.
FÓRCIDA
Ahora te muestras ante nosotras en toda tu grandeza y
beldad; tu mirada dice que mandas. ¿Qué ordenas? Dilo.
HELENA
Aprestaos a recuperar el tiempo que perdisteis con
vuestra vergonzosa rencilla. Daos prisa en preparar un
sacrificio, según me lo ordenó el Rey.
FÓRCIDA
Todo está dispuesto en la casa: copa, trípode, hacha
cortante, agua lustral, incienso. Falta sólo que designes lo que
se ha de inmolar. El Rey no lo expresó.
FÓRCIDA
¿No lo dijo? ¡Oh Palabra funesta!
HELENA
¿Qué duelo te coge así de improviso?
FÓRCIDA
Reina, tú eres la víctima designada.
HELENA
¿Yo?
FÓRCIDA
Y ésas.
EL CORO
¡Ay dolor! ¡Que calamidad!

FÓRCIDA
Tú caerás bajo el hacha.
HELENA
¡Qué horror! Pero lo presentía. ¡Infeliz de mí!
FÓRCIDA
Eso me parece inevitable.
EL CORO
Y a nosotras, ¿qué suerte nos aguarda?
FÓRCIDA
Ella morirá de noble muerte; mas allí dentro, en la alta
viga que sostiene el coronamiento del techo, vosotras os
agitaréis en fila, cual tordos cogidos en el lazo.
(HELENA y EL CORO se quedan en actitud de espanto y
horror for-mando un grupo expresivo bien dispuesto.)
FÓRCIDA
¡Fantasmas...! Como rígidas figuras os estáis ahí,
horrorizadas ante la idea de separaros de la luz que no os
pertenece ya. Los hom-bres, todos ellos fantasmas cual
vosotras, tampoco renuncian de buen grado a la gloriosa luz
del sol; nadie, sin embargo, intercede por ellos ni los salva del
fin que les aguarda. Todos lo saben, pero pocos se resignan a
ello. No hay más; estáis perdidas. Conque, ¡pronto! ¡al avio!
(Da unas palmadas, y acto seguido aparecen en la puerta unos
ENANOS ENMASCARADOS, que ejecutan al punto con
rapidez las órdenes expresadas.)
FÓRCIDA
Ven acá, monstruo tenebroso, redondo como una bola.
Rogad vosotras hacia este lado; aquí hay daño que hacer, a
vuestro gusto. Haced sitio para el altar portátil de cuernos de
oro. Que la cuchilla esté colocada reluciente sobre el borde
de plata. Llenad las jarras de agua, pues hay que lavar la
horrible mancha, de sangre negra. Extended aquí sobre el
polvo la preciosa alfombra, para que la víctima se arrodille de
una manera regia, y envuelta en su mortaja, sin cabeza, por
supuesto, reciba luego una sepultura adecuada, digna, pero
sepultura al fin.
LA CORIFEA
Ahí a un lado está pensativa la Reina; marchítanse las
jóvenes como la hierba segada de los prados. Pero me parece
conforme a un deber sagrado, a mí, la más anciana, cambiar
unas palabras contigo, la más vieja de las viejas. Experta eres
y sabia; pareces bien intencionada para con nosotras, por más
que, desconociéndote, te haya ultrajado esa caterva sin seso.
Dinos, pues, lo que juzgas que puede aún hacerse para
nuestra salvación.
FÓRCIDA
Pronto está dicho. De la Reina tan sólo depende salvarse
ella mis-ma y salvaros a vosotras, sus aditamientos, con ella.
Es menester tomar un partido, y el más rápido posible.
EL CORO
Tú, la más venerable de las Parcas, la más sabia de las Si-
bilas, ten cerradas las áureas tijeras, y anúncianos luego la luz
y la salvación. Porque sentimos ya con disgusto nuestros
delicados miembros pendientes en el aire, oscilando y
bamboleándose, ellos que de mejor gana se recrearían
primero en la danza, para reposar después contra el pecho
del amado.
HELENA
Déjalas que tiemblen. Aflicción siento, que no temor.
Con todo, si sabes un medio de salvación, acéptalo sea con
gratitud. Sin duda, al inteligente, al previsor, aun lo imposible
se ofrece a menudo como hacedero. Habla e indícalo.
EL CORO
Habla y dinos, dinos presto cómo escaparemos a los
horribles, a los repugnantes lazos que amenazan arrollarse
alrededor de nuestro cuello, cual pésimas gargantillas.
Nosotras, infelices, lo presentimos hasta el punto de
ahogarnos y perder el aliento, si tú, Rhea, excelsa madre de
todos los dioses, no te apiadas de nosotras.
FÓRCIDA
¿Tendréis paciencia para escuchar silenciosas el extenso
hilo de mi relato? Son muchas historias.
Paciencia sobrada.
escuchamos, vi vimos.
EL CORO
Después de
todo,
mientras
FÓRCIDA
Aquel que, estándose quieto en casa, guarda un rico
tesoro y sabe revocar las paredes de la alta mansión, así como
asegurar la techumbre contra el rigor de la lluvia, aquel pasará
bien los dilatados días de su vida; pero quien temerario
atraviesa a la ligera y con fugitiva planta el sagrado linde de
sus umbrales, a su regreso encuentra, sin duda, el antiguo
sitio, bien que todo cambiado, sino enteramente destruido.
HELENA
¿A qué vienen ahora tales sentencias harto sabidas? Si
quieres narrar, no suscites pesares.
FÓRCIDA
Es pura historia, no es reproche ni por asomo.
Navegando como corsario, Menelao bogó de bahía en bahía;
playas e islas, todo lo tocaba de paso como enemigo, y volvía
con un botín, ese mismo que está amontonando ahí dentro.
Frente a Ilión pasó diez largos años; mas para el regreso al
hogar, no sé cuanto estuvo. Pero, ¿qué ha sido aquí de la
noble casa de Tíndaro? ¿Qué ha sido del reino del contorno?
HELENA
¿Tan completamente encarnado en ti está el vituperio,
que sin zaherir no puedes mover los labios?
FÓRCIDA
Otros tantos años abandonada quedó la montañosa
región entrecortada de valles, que se eleva al otro lado de
Esparta, hacia el norte, adosada al Taijeto, de donde baja
rodando el Eurotas como alegre arroyo, y luego,
ensanchándose, corre en medio de juncales a través de
nuestro valle para sustentar vuestros cisnes. Allí detrás, en el
valle montuoso, se ha establecido calladamente una osada
raza, salida de la noche cimeria y ellos se han erigido una
fortaleza inaccesible, desde donde vejan al país y sus
habitantes como les place.
HELENA
¿Eso pudieron llevar a cabo? Parece del todo imposible.
FÓRCIDA
Tiempo han tenido. Hace de esto quizás unos veinte
años.
HELENA
¿Hay entre ellos un jefe? ¿Son numerosos esos bandidos?
¿Están coligados?
FÓRCIDA
No son bandidos, pero uno de ellos es su jefe. No le
censuro, por más que me haya hecho ya una visita. Bien
podía quitármelo todo, pero se contentó con unos pocos
presentes voluntarios, como los calificaba él, no tributos.
HELENA
¿Qué traza tiene?
FÓRCIDA
No es mala. A mí me parece bien. Es un hombre listo,
audaz, muy instruido, un hombre inteligente como hay
pocos entre los griegos. Tildan a ese pueblo de bárbaro; mas
no creo que haya uno tan cruel como una porción de héroes,
que frente a Ilión dieron muestras de ser unos caníbales. Yo
atiendo a su nobleza, a él me confié... ¡Y su castillo! Tendríais
que verlo con vuestros propios ojos. Es una cosa muy
distinta de las chapuceras murallas que vuestros padres
hacinaron sin orden ni concierto, ciclópeamente, como
Cíclopes echando de golpe piedra bruta sobre piedra bruta.
Allí, por el contrario, allí todo está hecho a plomo, a nivel y
según la regla. Vedlo desde fuera. Elévase hacia el cielo tan
enhiesto, todo tan bien ajustado, terso y espejante como
bruñido acero. ¡Trepar por allí...! ¡Ya! el pensamiento mismo
resbala. Y por dentro, los vastos recintos de grandes patios,
por todas partes rodeados de construcciones de toda suerte y
para todos los fines. Allí veríais columnas y columnitas, arcos

y arquitos, halcones, galerías para mirar afuera y adentro, y
blasones..
EL CORO
¿Qué son blasones?
FÓRCIDA
Ayax llevaba ya en su escudo una serpiente enroscada,
como visteis vosotras mismas. Cada uno de los Siete, allí
delante de Tebas, llevaba esculpidas en su broquel figuras
ricas en significado. Veíanse allí la luna y las estrellas en el
oscuro campo del cielo, y también una diosa, un héroe y una
escala, espadas, antorchas y cuanto de opresor y calamitoso
amenaza cruelmente a las buenas ciudades. Figuras pare-
cidas, con el brillo de los colores, las lleva asimismo nuestra
legión de héroes desde sus tatarabuelos. Veis allí leones,
águilas, y además garras y picos, cuernos de búfalo, alas,
rosas, colas de pavo real, lo mismo que bandas de oro, negro
y plata, azules y rojas. Cosas por el estilo cuelgan en no
interrumpida hilera en los salones, unos salones inmensos,
tan vastos como el mundo. Allí sí que podríais bailar,
EL CORO
Dinos, ¿hay también danzantes allí?
FÓRCIDA
Los mejores. Alegre enjambre de frescos mozuelos de
rizos de oro, y que exhalan juventud. No exhalaba Paris otro
perfume cuando se acercó a la Reina más de lo debido.
HELENA
Te sales enteramente de tu papel. Dime la última palabra.
FÓRCIDA
A ti toca decirla. Con formalidad y de un modo bien
clara, pro-nuncia: “Sí”, y al punto yo te rodeo de ese castillo.
EL CORO
¡Ah! profiere la breve palabra, y sálvate y sálvanos a
nosotras a un tiempo.
HELENA
¡Cómo! ¿Debiera temer yo que el rey Menelao cayese en
falta de un modo tan cruel para causarme daño?
FÓRCIDA
¿Olvidaste acaso de qué inaudita manera mutiló al
hermano de Paris, que murió luchando, a tu Deifobo que,
porfiado, triunfó de ti, siendo viuda, y tuvo la dicha de
tenerte por concubina? Le cortó la nariz y las orejas, y siguió
mutilándole así. Daba horror el verlo.
HELENA
Eso hizo con él y lo hizo por causa mía.

FÓRCIDA
Y por causa de él, otro tanto hará contigo. La belleza es
indivi-sible. Quien la poseyó por entero prefiere antes
aniquilarla, maldi-ciendo toda posesión parcial.
(Lejano toque de trompetas. El Coro se estremece de horror.)
FÓRCIDA
Como el agudo y estridente son de la trompeta hace presa
desgarrando oído y entrañas, así los celos se aferran al pecho
del hombre, que jamás olvida lo que un día poseyó, y
perdido ahora, lo ha dejado de poseer.
EL CORO
¿No oyes el son de los clarines? ¿No ves el centelleo de
las armas?
FÓRCIDA
Sé bien venido, señor y Rey. Pronta estoy a dar cuenta de
todo.
EL CORO
¿Y nosotras?
FÓRCIDA
Claro lo sabéis ya. Delante de los ojos veis la muerte de la
Reina; y vosotras presentís la vuestra allí dentro. No; no hay
remedio para vosotras.
(Pausa).
HELENA
He discurrido lo primero que puedo arriesgar. Eres un
genio hos-til, bien lo advierto, y temo que vuelvas el bien en
mal. Mas, ante todo, quiero seguirte a la fortaleza; lo restante
ya lo sé. Lo que la Reina pretende además ocultar
secretamente en el fondo del pecho, sea impenetrable a
todos. Anciana, marcha delante.
EL CORO
¡Oh, cuán de grado vamos allá con pie presuroso, tras
nosotras la muerte, y delante, otra vez el muro inaccesible de
una encumbrada fortaleza! ¡Protéjanos ella tan bien como la
ciudadela de Ilión, que sólo sucumbió al fin gracias a un
infame ardid!
(Levántanse unas nieblas que se extienden velando el fondo y
también el proscenio, a voluntad.)
¡Cómo! ¿Pero cómo? Mirad, hermanas, en torno vuestro.
¿No estaba el día claro? De la corriente sagrada del Eurotas
elévanse nieblas que osculantes forman estrías. La deliciosa
orilla, coronada de juncos, ha desaparecido ya de nuestra
vista. Tampoco ¡ay! veo ya los cisnes, que de un modo suave
deslizábanse libres, graciosamente ufanos, en el placer de
nadar en compañía. Empero oigo aún a lo lejos su voz, un
ronco sonido que, según dicen, presagia la muerte. ¡Ah! Con
tal que, en lugar de la dicha de salvación prometida, no nos
anuncie al fin también la ruina a nosotras, semejantes a cisnes
de cuello largo, airoso, blanco, y ¡ay! a nuestra Soberana,
engendrada de cisne. ¡Ay de nosotras! ¡Ay! Todo se ha
cubierto ya de niebla en derredor. No nos vemos siquiera
unas a otras. ¿Que acontece? ¿Marchamos? ¿Nos soste-
nemos en el aire andando con breve paso sin tocar el suelo?
¿Nada ves? ¿No anda acaso el mismo Hermes por el aire de-
lante de nosotras? ¿No reluce su varita de oro imperiosa
ordenándonos entrar de nuevo en el tétrico y tenebroso
Hades lleno de formas impalpables, atestado y siempre vacío?
Sí; de golpe todo se vuelve lóbrego; sin resplandor alguno
desaparece la niebla gris oscura, de un tinte pardusco de
muralla. Preséntanse a la vista unos muros inmóviles frente a
la mirada libre. ¿Es eso un patio? ¿Es un foso profundo?
Horrible es en todo caso. ¡Ay! Hermanas, cautivas somos;
nunca como ahora fuimos tan cautivas.
PATIO INTERIOR DE UN CASTILLO, rodeado de ricas
y fantásticas construcciones de estilo medioeval.
LA CORIFEA
¡Atolondradas y locas, en realidad verdaderas mujeres!
Esclavas del momento, juguete del tiempo, de la fortuna
próspera y de la adversa, a ninguna de las dos sabéis nunca
afrontar con ánimo igual. Una de vosotras contradice sin
cesar vivamente a la otra, y las demás le llevan la contra a ella.
Sólo en la alegría y en el dolor es cuando reís y gimoteáis en
un mismo tono. Ahora calláos, y con atento oído escuchad lo
que la magnánima Reina tenga a bien acordar para ella y para
nosotras.
HELENA
¿Dónde estás, pitonisa? Cualquiera que sea tu nombre, sal
de esas bóvedas del lóbrego castillo. Si acaso fuiste a
anunciarme al prodigioso y heroico señor para que me
dispusiera una buena acogida, recibe por ello las gracias, y
condúceme luego a su presencia. Deseo que termine mi
errante carrera; no anhelo sino el reposo.
LA CORIFEA
En vano, Reina, miras a todos lados en derredor tuyo. Ha
desaparecido la maldita estantigua; tal vez quedó allí en la
niebla, del seno de la cual hemos venido aquí, no sé como,
de una madera veloz y sin dar un paso. O quizás, dentro del
laberinto del castillo, conjunto de partes que de maravillosa
manera forman un todo único, vaga ella al azar en busca del
señor para que te rinda un homenaje digno de príncipes. Mas
ved, allá arriba bulle ya en gran número por doquiera, en las
galerías, en las ventanas, en los portales, moviéndose
diligente por aquí y por allí, una crecida servidumbre. Esto
anuncia una honrosa recepción de huéspedes bien venidos.
EL CORO
Se me dilata el corazón. ¡Oh! Ved cuán comedida, con
paso lento, la más graciosa muchedumbre de donceles
desciende gallarda en ordenada comitiva. ¡Cómo! ¿A las
órdenes de quién, pues, aparece tan presto alineada y
dispuesta esa soberbia multitud de adolescentes? ¿Qué
admiro más? ¿Es su marcha airosa, o tal vez la ensortijada
cabellera que circunda su tersa frente, o son quizá sus finas
mejillas, sonrosadas como melocotones y asimismo cubiertas
de un vello suave cual terciopelo? De buena gana mordería
en ellas, pero me estremezco al pensarlo, pues en un caso tal
la boca, horrible es decirlo, se llena de ceniza. Los más
agraciados avanzan hacia aquí. ¿Qué traen, pues? Gradas
para el trono, alfombra y sitial, cortinaje y arreos para el
pabellón. El adorno sobresale por arriba formando coronas
de nubes para la cabeza de nuestra Reina; pues, obediente a
la invitación, ha subido ya a ocupar el soberbio cojín.
Acercaos, grada por grada, ordenaos con seriedad. Digna,
¡oh! digna, tres veces digna, ¡bendita sea una recepción tal!
(Todo cuanto acaba de decir el Coro, se va ejecutando
sucesivamente).
Después de bajar en larga hilera los donceles y escuderos, aparece en
lo alto de la escalinata FAUSTO en traje de corte, como el de los
caballeros de la Edad media, y desciende lentamente con dignidad.
LA CORIFEA
(Observándole con atención). Si los dioses, como lo hacen a
menudo, no le han prestado de un modo pasajero, por breve
tiempo tan sólo, esa admirable figura, ese aire noble, esa
presencia atractiva, será afortunado en todo cuanto
emprenda, ya en las luchas con los hombres, ya en las
pequeñas lides con las más bellas mujeres. En verdad, es muy
preferible a muchos otros a quienes, sin embargo, vi con mis
ojos gozar de alto aprecio. Con su paso lento, grave,
mesurado, digno, en él reconozco al Príncipe. Vuelve allí tus
miradas, ¡oh Reina!
FAUSTO
(Acércase teniendo junto a él un hombre encadenado). En vez del
más solemne saludo, como sería del caso, en vez de una
respetuosa bienvenida, te presento, cargado de fuertes
cadenas, este servidor que, olvidando sus deberes, hizo que
faltara yo a los míos... Arrodíllate aquí y haz a esta nobilísima
mujer la confesión de tu culpa. Este es, augusta soberana, el
hombre encargado de observar desde lo alto de la torre, con
una singular penetración de mirada, todo el contorno, para
abarcar con vista perspicaz el espacio celeste y la extensión de
la tierra, lo que acá y acullá podría acaso anunciarse, todo
cuanto desde el círculo de las colinas en el valle pudiera
moverse hacia el castillo, ya sea la oleada de los rebaños, ya
sea quizás el paso de un ejército; a aquellos los protegemos, a
éste le salimos al encuentro. Pero hoy, ¡qué incuria! Llegas tú,
y deja él de anunciarlo. Se ha malogrado la recepción más
honrosa, la más debida a un huésped tan ilustre. De
temerario modo ha perdido el derecho a la vida, y al presente
yacería bañado en la sangre de una muerte merecida. Mas tú
sola puedes castigar y conceder perdón como bien te plazca.
HELENA
Por muy alta que sea la dignidad que me confieras, como
juez, como soberana, y aunque sólo fuera para probarme,
según debo presumir, cumplo ahora el primero de los
deberes de un juez: oír al acusado. Habla, pues.
LINCEO, vigía de la torre
Deja que caiga de hinojos, déjame contemplar, déjame
morir, déjame vivir; pues entregado estoy ya a esta mujer por
un dios engendrada.
Esperaba yo las delicias de la mañana, y acechando su
curso por la parte de Oriente, vi de súbito salir el sol de un
modo prodigioso al Sur.
Dirigí la mirada hacia aquel sitio para, en vez de
hondonadas, en vez de alturas, en lugar de la extensión de la
tierra y del cielo, observarla a ella, la sin igual.
Un rayo de vista se me concedió como al lince subido al
árbol más elevado; pero esta vez debí hacer un esfuerzo,
como al salir de un sueño profundo y sombrío.
¿Sabía yo dónde me hallaba? ¿Dó estaban las almenas y la
torre y la cerrada puerta? La niebla oscila, se desvanece; la
diosa avanza.
Con la vista y el corazón hacia ella dirigidos, aspiraba yo
el dulce fulgor; esta deslumbradora beldad me deslumbró del
todo a mí, infeliz.
Olvidé los deberes de atalaya, olvidé por completo la
bocina sobre la cual prestara juramento. Amenaza con
aniquilarme; la Belleza aplaca todo enojo.
HELENA
Castigar no puedo el mal que yo causé. ¡Ay de mí! ¿Qué
hado fatal me persigue para seducir así en todas partes el co-
razón de los hombres, hasta el punto de no respetarse ellos
mismos ni respetar cosa alguna digna? Por medio del rapto,
de la seducción, de la lucha, llevándome de un sitio a otro,
semidioses, héroes, dioses y aun demonios hanme arrastrado
aquí y allí por extraviadas sendas. Única, turbé el mundo;
doble, aun más; y ahora, triple, cuádruple, causo desastre
sobre desastre. Aleja a ese buen hombre, déjalo en libertad.
Que ningún desdoro alcance a quien deslumbraron los
dioses.
FAUSTO
Con asombro ¡oh Reina! veo a un tiempo a la que hiere
con acierto, y aquí al que fué herido. Veo el arco que disparó
la saeta e hirió a ese hombre. Las flechas suceden a las flechas
alcanzándome a mí. De todas partes las presiento,
emplumadas, silbando de un lado a otro por el castillo y el
espacio. ¿Qué soy ahora? De golpe tornas rebeldes mis más
leales servidores e inseguras mis murallas. Y así, temo ya que
mi ejército obedezca a la mujer victoriosa jamás vencida.
¿Qué me resta hacer sino entregarme a ti yo mismo y todo
cuanto creía ser mío? Deja que a tus plantas, libre y fiel, yo te
reconozca por soberana, tú que, con sólo presentarte,
adquiriste posesión y trono.
LINCEO
(Con una arquilla y seguido de algunos hombres que llevan otras).
Heme aquí de vuelta ¡oh Reina! El rico mendiga una mirada.
Te ve, y al punto siéntese pobre como un mendigo y rico
como un príncipe.
¿Qué era yo antes? ¿Qué soy ahora? ¿Qué hay que
querer? ¿Qué hay que hacer? ¿De qué sirve el más penetrante
rayo de los ojos? Repercute al dar contra tu solio.
Del Oriente llegamos, y sucumbió el Occidente; era una
larga y extensa avalancha de pueblos; el primero de ellos nada
sabía del úl-timo.
Cayó el primero; el segundo permanecía en pie, la lanza
del ter-cero estaba ya en ristre; cada uno estaba reforzado por
otros ciento; mil morían ignorados.
Continuábamos empujando, seguíamos embistiendo;
quedábamos dueños de un sitio a otro, y allí donde yo como
señor mandaba hoy, otro pillaba y saqueaba mañana.
Nosotros observábamos, rápida era la observación, éste
asía la más bella mujer; aquél se apoderaba del toro de más
firme paso; los caballos debían todos venir con nosotros.
Pero yo prefería descubrir lo más raro que se hubiese
visto, y cualquier cosa que otro poseyese era para mí hierba
marchita.
Iba yo siguiendo la pista de tesoros y obedecía sólo a mis
penetrantes miradas; echaba una ojeada en todos los
bolsillos; toda arca era transparente para mí.
Y me apropié de montones de oro y las más ricas piedras
precio-sas. La esmeralda, empero, es lo único que merece
verdear sobre tu corazón.
FAUSTO
Tembleque ahora entre oreja y boca la ovalada gota salida
del fondo del mar; los rubíes muy azorados están: el rubor de
tus mejillas los vuelve pálidos.
Y de esta suerte, aquí está tu sitial, traigo el mayor de
todos los tesoros; que a tus pies sea aportada la cosecha de
más de una sangrienta lid.
Por numerosas que sean las arquillas que yo arrastre aquí,
quédanme aún más arquillas de hierro; súfreme en tu
camino, y yo henchi-ré tus cuevas de tesoros.
Pues apenas subiste las gradas del trono, se postran, se
humillan, ya la inteligencia y la riqueza y el poder ante la
forma sin igual.
Todo esto lo guardaba yo para mí; mas ahora, suelto,
viene a ser tuyo. Lo juzgaba estimable, precioso y de un valor
real, y al presente veo que era cosa baladí.
Ha desaparecido lo que yo poseía, hierba segada y mustia.
¡Oh! ¡devuélvele con una mirada risueña todo su valor!
Aparta presto, sin vituperio, por cierto, pero sin
recompensa, el pesado botín audazmente adquirido. Suyo es
ya todo cuanto encierra en su seno el castillo; ofrecer a ella
alguna cosa aparte, es inútil. Ve a juntar de una manera
ordenada tesoros sobre tesoros. Dispón un espectáculo
soberbio de una magnificencia nunca vista. Haz que brillen
las bóvedas como un cielo puro, forma paraísos de vida
inanimada. Adelántate rápido a sus pasos y desenrolla una
tras otra las floridas alfombras. Que su planta encuentre un
suelo muelle, y su mirada, que sólo a los dioses no
deslumbra, resplandezca con la mayor brillantez.
LINCEO
Fácil cosa es lo que ordena el señor. El siervo lo hace
como un juego: sobre los bienes y sobre la vida, reina
siempre la arrogancia de esa beldad. Sumiso está ya todo el
ejército; embotados e impotentes es-tán todos los aceros;
ante esa forma excelsa, el sol mismo está pálido y frío; ante la
riqueza de su semblante, todo es vano, todo es nada. (Vase).
HELENA
(A Fausto). Deseo hablarte, pero sube junto a mi. Este
sitio desocupado espera a su dueño y me asegura el mío.
FAUSTO
Ante todo, mujer sublime, dígnate aceptar gustosa el fiel
homenaje que de hinojos te rindo. Permite que yo bese la
mano que a tu lado me encumbra. Afírmame como
corregente de tu imperio que no conoce límites; adquiere
para ti adorador, custodio, esclavo, todo en uno solo.
HELENA
Veo y escucho multiplicadas maravillas; el asombro se
apodera de mí. Quisiera hacer no pocas preguntas. Mas yo
desearía saber por qué el lenguaje de aquel hombre me
sonaba de un modo singular, singular y halagüeño. Un
sonido parecía armonizarse con el otro, y cuando una palabra
se ha pegado al oído, viene otra a acariciar la primera.
FAUSTO
Si te place ya el lenguaje de nuestros pueblos, ¡oh! con se-
guridad te embelesará asimismo su canto, satisface hasta lo
más profundo el oído y el corazón. Pero lo más seguro es
que lo practiquemos ahora mismo; el diálogo invita a ello, lo
promueve.
HELENA
Dime, pues: ¿cómo hablaría yo también de un modo tan
bello?
FAUSTO
Es muy fácil; esto debe salir del corazón.
Cuando el pecho llena ardiente pasión,
busca ansiosa el alma...
HELENA
amante corazón.
FAUSTO
No le turba el pasado ni espera el más allá,
tan sólo ve el presente...
HELENA
que es la felicidad.
FAUSTO

De este bien supremo, logro y garantía,
¿quién de ello responde?
HELENA
Mi mano lo fía.
EL CORO
¿Quién culparía a nuestra soberana por dar al señor del
castillo tales muestras de amistad? Porque, confesadlo, todas
nosotras somos realmente cautivas, como tantas veces lo
fuimos desde la ignominiosa caída de Ilión y el laberíntico
viaje lleno de sobresaltos y dolores. Las mujeres habituadas al
amor de los hombres, aunque inteligentes, no son muy
delicadas en la elección; y tanto a los zagales de dorados rizos
como tal vez a los faunos de hirsuta cabellera, según la
ocasión se ofrece, conceden ellas un derecho completo e
igual sobre sus túrgidos miembros. Cada vez más cerca, están
ya sentados, apoyándose el uno en el otro, hombro contra
hombro, rodilla contra rodilla; mano a mano se mecen sobre
los espléndidos cojines del trono. La majestad no rehuye la
presuntuosa exhibición de secretos goces ante los ojos del
pueblo.
HELENA
¡Siéntome tan lejos, y sin embargo, tan cerca! Y no digo
sino asaz gustosa: ¡Heme aquí, aquí!
FAUSTO
Apenas respiro; mi voz tiembla, se me corta. Esto es un
sueño; han desaparecido el día y el sitio.
HELENA
Paréceme haber envejecido, y no obstante, ¡soy tan joven,
estrechamente unida contigo, fiel al desconocido!
FAUSTO
No sondees el sin igual destino; la existencia es un deber,
aunque no sea más que un instante.
FÓRCIDA
(Entrando impetuosamente). Deletreáis en el abecedario del
amor; devaneando, no sutilizáis sino en ternezas; ociosos,
continuáis haciendo el amor con sutilidad; pero el tiempo no
es para eso. ¿No sentís una sorda tormenta? Escuchad el
estridente sonido del clarín. Vuestra pérdida no está lejos.
Con oleadas de guerreros, Menelao avanza contra vosotros.
Preveníos para un rudo combate. En medio del hormiguero
de tropas victoriosas, tú, mutilado como Deifobo, pagarás
caro ese acompañamiento de mujeres. Luego que bambolee
en el aire esa liviana mercancía, al punto estará aparejada para
ésta junto al altar, una cuchilla recién afilada.
FAUSTO
¡Qué temeraria interrupción! Importuna se introduce ella
aquí. Ni aun en los peligros me gusta una impetuosidad
desatinada. Un mensaje infausto afea al más bello mensajero,
y tú, el ser más disforme, te com-places en traer sólo un
mensaje siniestro. Mas esta vez no lograrás tu designio; con
hueco aliento conmueves los aires. Aquí no hay peligro
alguno, y el peligro mismo no parecería sino vana amenaza.
(Señales, explosiones procedentes de las torres, toques de clarines y
cornetas, música guerrera, desfile de una poderosa fuerza militar).
FAUSTO
No. Ahora mismo verás reunida la compacta falange de
héroes, Sólo merece el favor de las mujeres aquel que sabe
protegerlas con denuedo. (A los caudillos del ejército, que salen de
entre filas y se adelantan.) Con ese furor silencioso y reprimido
que os asegura la victoria, avanzad vosotros, floreciente
juventud del Norte, vosotros, florido vigor del Oriente.
Cubiertos de acero, rodeados de luminosos destellos, huestes
aguerridas que deshizo imperio tras imperio, preséntanse a la
vista, tiembla a su paso la tierra y avanzan remedando el
fragor del trueno. Desembarcamos en Pilos; el anciano
Néstor no existe ya, y el indómito ejército rompe las
pequeñas alianzas de reyes. Sin dilación rechazad ahora de
estos muros a Menelao hacia el mar, Allí puede errar a la
ventura, pillar, estar al acecho, que era en él incli-nación y
destino. Debo proclamaros caudillos; la Reina de Esparta lo
ordena. Poned ahora a sus pies montes y valles, y vuestra sea
la conquista del reino. Tú, Germano, defiende con vallados y
baluartes las bahías de Corinto; la Acaya de cien desfiladeros,
Godo, la confío luego a tu tesón. Hacia la Élida diríjanse las
huestes de los Francos; sea la Mesenia el lote de los Sajones;
limpie el Normando los mares y engrandezca la Argólida.
Entonces cada cual habitará en su casa, dirigirá hacia fuera su
pujanza y sus rayos; pero Esparta, antigua residencia de la
Reina, debe estar entronizada sobre vosotros. A todos y a
cada uno os ve ella disfrutar del país en donde no falta bien
alguno; confiados buscáis a sus pies garantía y derecho y luz.
(Fausto desciende, los Príncipes forman un círculo alrededor de él
para escuchar más de cerca sus órdenes e instrucciones.)
EL CORO
Aquel que para sí pretenda la más bella mujer, hábil ante
todo, con prudente acuerdo trate de procurarse armas; con
halagos ha obtenido lo más sublime que hay en la tierra; mas
no lo posee tran-quilo; no faltan pícaros que se la quitan
diestramente con lisonjas, ni raptores que se la arrebatan con
osadía. Que esté ojo avisor para impe-dirlo. Por esto aplaudo
a nuestro Príncipe y le tengo en más alta estima que a los
demás, pues, bizarro y prudente, háse aliado de tal modo que
los poderosos se mantienen sumisos, atentos a la menor
indicación. Ejecutan fielmente sus órdenes, cada uno por su
propio interés y también por remuneradora gratitud al
soberano, para conseguir la mayor gloría de los dos. ¿Quién,
pues, arrebatará ahora Helena al po-deroso posesor? Ella le
pertenece; séale concedida sin envidia, doble-mente
concedida por nosotras, a quienes él ha cercado, junto con
ella a la vez, con la más sólida muralla por dentro, y el más
formidable ejército por fuera.
FAUSTO
Grandes y espléndidos son los dones ofrecidos a estos
guerreros, a cada uno de los cuales ha tocado un rico
territorio. Que partan, pues. Nosotros nos mantenemos en el
centro. Defiéndante ellos a porfía, tú, casi isla que baten las
olas por todas partes, unida por una leve cor-dillera de
colinas a la última ramificación de las montañas de Europa.
Que este país, el primero de todos los países que ilumina el
sol, sea por siempre feliz y próspero para toda raza, ahora
que, atraído a mi Reina, en hora temprana elevó a ella la
mirada cuando, al murmurio de los juncales del Eurotas,
salió radiante de la cáscara oscureciendo la lumbre de los
ojos a su augusta madre y sus hermanos. Este país, vuelto
sólo hacia ti, ofrece su más excelso florecimiento; al orbe
terrestre que a ti pertenece, ¡oh! prefiere tu patria. Y aunque
en el dorso de sus montes la cima dentellada sufre aún los
fríos dardos del sol, la peña se muestra verdeante, y la golosa
cabra recibe allí una reducida parte del sustento. Mana la
fuente; juntando sus aguas, despéñanse los arroyos, y rever-
decen ya barrancos, cuestas y prados. Por la llanura
interpolada de cien colinas, ves pasar dispersos lanosos
rebaños. Esparcidas, graves, avanzan con mesurado paso,
subiendo hacia el borde abrupto, las cornudas reses bovinas,
hay, empero, un abrigo dispuesto para todos, pues,
formando cien grutas, está excavado el muro de rocas. Allí,
Pan los protege, y las vivificadoras ninfas habitan en el
húmedo y fresco recinto de frondosas hendeduras, y
anhelosos de más altas regiones, elevan sus ramas los árboles,
que se estrechan unos contra otro. Son antiguas selvas.
Yérguese robusta la encina, y de una manera caprichosa se
enlazan las ramas con las ramas; el tierno arce, preñado de
dulce savia, elévase pulido y juega con su carga. Y en la
umbría silenciosa, mana de la madre leche tibia aparejada
para el infante y el corderillo; a mano está la fruta, sazonado
manjar de las llanuras, y del hueco tronco fluye la miel. Aquí
la bienandanza es hereditaria; la mejilla está risueña, lo mismo
que la boca; cada uno, en su lugar, es inmortal; todos están
contentos y sanos. Y así, bañado de luz pura, se desarrolla el
gracioso niño hasta lograr el vigor de padre. Nos admiramos
de ello; mas siempre queda en pie la cuestión de si son dioses
o si son hombres. Tal semejanza tenía Apolo con los
pastores tocante a la disposición del cuerpo, que uno de los
más hermosos entre ellos se le parecía; pues allí donde la
Naturaleza reina en su pura esfera, se enlazan todos los
mundos. (Sentándose al lado de Helena.) Tanto para ti como para
mí, el éxito ha sido lisonjero. Finido quede lo pasado detrás
de nosotros. ¡Oh! Siéntete nacida del dios supremo; sólo
perteneces al primer mundo. No debe ceñirte un fuerte
castillo. En las cercanías de Esparta, extiéndese aún para
nosotros, en una perpetua lozanía juvenil, la Arcadia,
ofreciéndonos una mansión llena de delicias. - Llamada a
vivir en un suelo venturoso, te refugiaste en el más risueño
destino. Los tronos se cambian en enramadas de follaje; a la
manera de Arcadia, libre sea nuestra dicha.

(La escena cambia por completo. Tupidas enramadas se elevan
junto a una serie de grutas abiertas en los peñascos. Un bosque umbrío
se extiende subiendo hasta las escapadas rocas dispuestas en círculo. No
se ve a Fausto ni a Helena. EL CORO, diseminado acá y acullá, yace
dormido.)
FÓRCIDA
Cuanto tiempo ha que duermen esas jóvenes, no lo sé; si
han visto en sueños lo que claro y distinto he visto yo ante
mis ojos, lo ignoro también. Por esa razón, las despierto. Hay
para admirarse la gente joven, lo mismo que vosotros,
barbones que, sentados ahí abajo, estáis esperando ver, por
fin, el desenredo de unos prodigios dignos de fe. ¡Ea, arriba,
arriba! y sacudid pronto vuestros rizos. Quitaos el sueño de
los ojos. No pestañeéis así, y escuchadme.
EL CORO
Habla, por favor; cuenta, cuenta lo que ha acontecido de
extraño. Con el mayor gusto oiríamos hasta lo que no
podemos creer en modo alguno, porque estamos aburridas
de contemplar esos peñascos.
FÓRCIDA
Apenas os habéis restregado los ojos, niñas, ¿y ya os
fastidiáis? Sabed, pues, que en estas cavernas, en estas grutas,
bajo, estas enra-madas, han encontrado protección y
alberque, cual amorosa pareja de idilio, nuestro soberano y
nuestra soberana.

EL CORO
¡Cómo! ¿Ahí dentro?
FÓRCIDA
Retirados del mundo, no han llamado más que a mí sola
para ser-virles en silencio. Altamente honrada estaba yo cerca
de ellos; con todo, según conviene a los confidentes,
observaba en derredor alguna otra cosa. Iba de aquí para allí
buscando raíces, musgo, cortezas, cual conocedora que soy
de todas sus virtudes, y así quedaron solos.
EL CORO
Pero tú hablas como si ahí dentro hubiese mundos
enteros, prados y bosques, arroyos y lagos. ¡Qué patrañas
estás forjando!
FÓRCIDA
No os quepa duda alguna, jóvenes inexpertas. Hay allí
profundi-dades no exploradas; salas y más salas, patios y más
patios, que yo iba recorriendo pensativa, cuando de golpe
resuena una risotada en los recintos de las grutas. Miro, y veo
allí saltar un chiquillo del regazo de la mujer hacia el hombre,
y del padre hacia la madre. Las caricias, las jocosidades, los
arrumacos de un amor insensato, los gritos de alborozo y las
exclamaciones de júbilo me aturden con alternación.
Desnudo, un genio sin alas, especie de fauno sin bestialidad,
salta sobre el suelo firme; pero el suelo, reaccionando, le
lanza a las alturas aéreas, y al segundo, al tercer brinco, toca la
alta bóveda. Presa de angustia, dícele a voces la madre: “Salta
una y otra vez a tu antojo; mas guárdate de volar; un vuelo
libre te está vedado.” Y así le previene el afectuoso padre:
“Reside en la tierra la fuerza elástica que te lanza hacia arriba;
no toques el suelo sino con la punta del pie, y al igual que
Anteo, hijo de la Tierra, al punto cobras vigor” Y así el niño
va dando brincos sobre la mole de esta peña desde un
extremo al otro y a la redonda, de igual modo que salta una
pelota. Pero de súbito desaparece en la quiebra de una
fragosa torrentera, y le creemos perdido. Laméntase la madre,
el padre la consuela, y yo, encogida de hombros, estoy
acongojada. Mas ¡qué nueva aparición la de ahora! ¿Habrá
allí tesoros ocultos? Lleva puestos con dignidad vestidos
adornados de flores. Oscilantes flecos cuelgan de sus brazos,
revolotean cintas alrededor de su pecho, lleva en la mano la
lira de oro, lo mismo que un pequeño Febo, y avanza
placentero hacia el borde, hacia el punto más saliente.
Nosotros estamos sobrecogidos; y fuera de sí, arrójanse los
padres uno en brazos de otro. Mas ¡cómo reluce aquello que
ostenta sobre su cabeza! Lo que brilla, difícil es decirlo. ¿Es
una diadema de oro? ¿Es la llama de un genio superior?. Y
en tal guisa se mueve y acciona, anunciándose ya desde niño
como futuro maestro de todo lo bello, aquel por cuyos
miembros bullen las eternas melodías; y así vais a oírle, y así
veréis con admiración sin igual.
EL CORO
¿A eso llamas una maravilla, tú, engendrada en Creta?
¿No has, pues, escuchado jamás la palabra poéticamente
instructiva? ¿No has oído nunca de la Jonia, ni aprendiste
tampoco de la Hélade la riqueza divina, heroica de las
tradiciones primitivas? Todo cuanto se compone hoy día es
eco triste de los gloriosos días de nuestros mayores. Tu relato
no puede compararse a aquella deleitable ficción, más
fidedigna que la verdad, que cantó al hijo de Maya. Apenas
nacido, la caterva de niñeras parlanchinas, de preocupaciones
absurdas, envuelve con la fel-pa de los más blancos pañales a
este crío airoso, aunque robusto, y le aprieta con el arreo de
preciosas fajas y mantillas. Pero, robusto y gracioso, ya saca
con maña el picarillo los miembros flexibles y elásticos,
dejando tranquilamente en su lugar la envoltura purpurina
que oprime de angustiosa manera, parecido a la mariposa
perfecta, que, salida de la dura estrechez de la crisálida, con
alas desplegadas se desliza ágil revoloteando audaz y
juguetona por el éter atravesado por los rayos del sol. Listo
en extremo, además, a fin de ser para los ladrones y pícaros y
también para todos cuantos van en busca de fortuna un
genio eternamente propicio, lo prueba al punto con las más
diestras mañas. Con ligereza roba el tridente al soberano del
mar; a Arés mismo, sí, le quita sutil la espada de la vaina; a
Febo le sustrae también arco y flecha, así como las tenazas a
Hefestos; y le quitaría el rayo al mismo Zeus, al padre si no le
asustara el fuego; pero vence a Eros en el juego de los
luchadores echándole la zancadilla; por añadidura, roba
igualmente a Cipris el cinturón de su seno mientras ella le
está acariciando.
(Oyese procedente de la gruta una música de instrumentos de cuerda
de sonidos embelesadores, puramente melancólicos. Todas las Coristas
escuchan con atención y en breve parecen profundamente emocionadas.
Desde aquí hasta la pausa indicada más adelante, acompañamiento de
música de orquesta completa.)
FÓRCIDA
Escuchad esos arrobadores sonidos. Libraos presto de las
fábulas; dejad ese viejo revoltillo de vuestros dioses; se acabó
ya. Nadie quiere ya comprenderos. Pedimos un tributo aun
más elevado; porque es preciso que del corazón salga lo que
ha de obrar sobre los corazones. (Retirase hacia la roca.)
EL CORO
Si tú, espantosa criatura, eres afecta a esos halagadores so-
nidos, nosotras nos sentimos como recién recobradas y
enternecidas hasta verter lágrimas de gozo. Desaparezca en
buen hora el esplendor del sol, cuando raya el día en el alma,
encontramos en nuestro propio corazón lo que nos niega el
mundo entero.
HELENA, FAUSTO y EUFORIÓN, este último con el traje
descrito más arriba.
EUFORIÓN
Si oís entonar cantos infantiles, al punto hacéis de ello
vuestra propia fiesta; si me veis saltar a compás, brinca
vuestro corazón paternal.
HELENA
El amor, para hacer humanamente feliz, aproxima una
digna pare-ja; mas, para un embeleso divino, forma una
deliciosa tríada.
FAUSTO
Entonces ya nada nos falta. Tuyo soy, y tú eres mía, y así
estamos unidos. En verdad, no podría ser de otra suerte.
EL CORO
Al grato aspecto de este niño, se acumula sobre esta
pareja una dicha de numerosos años. ¡Oh, cuánto me
conmueve esta unión!
EUFORIÓN
Dejadme ahora brincar, dejadme ahora saltar. Lanzarme a
las más elevadas regiones del aire es mi anhelo, el afán que ya
se apodera de mi.
FAUSTO
Con mesura, sobre todo; con mesura. Nada de temeridad,
a fin de evitar una caída y un desastre. Que este hijo querido
no cause nuestra pérdida.

EUFORIÓN
No quiero estar más tiempo fijo en el suelo. Soltadme las
manos, soltad mis rizos, soltad mis vestidos; son míos.
HELENA
¡Oh! Piensa, piensa a quien perteneces. ¡Cuánto nos
afligiría si destruyeras el bien mío, el tuyo y el suyo, con tanta
fatiga adquirido!
EL CORO
Bien pronto, así lo temo, se deshará esta unión.
HELENA y FAUSTO
Reprime, reprime, por el amor de tus padres, esos
ímpetus violentos y vivos en demasía. En una calma
campestre, sé el ornamento de la llanura.
EUFORIÓN
Sólo por cumplir vuestra voluntad, deténgome.
(Confundiéndose entre el Coro y obligándole a bailar.) Más ligero
revoloteo alrededor de las chicas alegres. ¿Es ahora la
melodía y el compás lo que deben ser?
HELENA
Si, todo está bien. Conduce a las bellas jóvenes a una
danza artística.
FAUSTO
¡Cuándo acabará todo eso! Ese zangoloteo no puede
divertirme lo más mínimo.
(EUFORIÓN y EL CORO, danzando y cantando, se mueven
en hileras entrelazadas.)
EL CORO
Cuando meneas graciosamente los brazos, cuando,
sacudiéndola, agitas en su esplendor tu rizada cabellera,
cuando tu pie se desliza tan ligero sobre la tierra, cuando acá
y acullá otra vez los anillos pasan alrededor de la cadena, has
logrado tu objeto, niño encantador. Todos nuestros
corazones se sienten atraídos a ti.
(Pausa.)
EUFORIÓN
Vosotras sois otras tantas cervatillas de ligeros pies. Para
un nuevo divertimiento, alejaos presto de aquí. Yo soy el
cazador, vosotras sois la caza.
EL CORO
Si quieres atraparnos, no te apresures; porque al fin no
deseamos más que abrazarte, hermosa criatura.
EUFORIÓN
¡Ea, a través de los sotos! ¡Hacia troncos y piedras! Me re-
pugna lo que se logra con leve esfuerzo; lo que se obtiene
por la violencia es casi lo único que me halaga.

HELENA y FAUSTO
¡Qué temeridad! ¡Qué delirio! Ninguna moderación hay
que esperar. Parece oirse el sonido de cuernos de caza, que
resuena por el valle y los bosques. ¡Qué alboroto! ¡Qué
vocerío!
(LAS CORISTAS entran precipitadamente una a una.)
EL CORO
Ante nosotras ha pasado corriendo y escarneciéndonos
con desdén. Ahora arrastra hacia aquí las más esquiva de toda
la turba.
EUFORIÓN
(Conduciendo una joven). Arrastro aquí esta chica zahareña
para un deleite forzado. Para mis delicias, para mi placer, yo
ciño ese pecho reacio, beso una boca desdeñosa, hago
patentes mi fuerza y voluntad.
LA JOVEN
¡Suéltame! Debajo de mi exterior hay bravura y fuerza de
espíritu. Parecida a la tuya, nuestra voluntad no se deja
fácilmente arras-trar. ¿Me crees, sin duda, en aprieto? Harto
fías en tu brazo. Tenme sujeta, y yo te abraso, insensato, por
divertirme. (Ella se en-ciende y, remontándose en el aire, despide
llamas). Sígueme en los aires leves, sígueme en las heladas
grutas, atrapa el objeto desaparecido.
EUFORIÓN
(Sacudiendo las últimas llamas). Aquí, rocas amontonadas
entre la maleza del bosque. ¿Por qué he de vivir en esa estre-
chura siendo joven y alentado? Silban los vientos, braman las
olas; pero oigo unos y otras desde lejos, y de buen grado
estaría yo cerca. (Da saltos cada vez más elevados hacia lo alto de la
roca.),
HELENA, FAUSTO y EL CORO
¿Quisieras parecerte a la gamuza? Temblamos por la
caída.
EUFORIÓN
Siempre más alto debo subir, siempre más lejos debo
mirar. Ahora sé donde estoy: en medio de la isla, en el centro
del país de Penélope, que participa de la tierra y del mar.
EL CORO
Si no puedes morar apacible en el monte y la selva,
busquemos al punto vides en hilera, vides en los ribazos de
la colina, higos y doradas manzanas. ¡Oh! ¡En el plácido país,
permanece plácido!
EUFORIÓN
¿Soñáis con el día de la paz? Sueñe quien quiera soñar.
¡Guerra! Tal es la divisa. ¡Victoria! y este grito resuena sin
cesar.
EL CORO

Aquel que en la paz desea de nuevo la guerra, está
privado de la dicha de la esperanza.
EUFORIÓN
A aquellos que este país engendró de peligro en peligro,
libres, de un arrojo sin límites, pródigos de su propia sangre,
por un sagrado sentimiento que nada puede ahogar, a todos
los combatientes reporte ello la victoria.
EL CORO
Mirad hacia arriba, ved como se ha elevado, y a pesar de
esto, no nos parece pequeño. ¡Cuán radiante aparece bajo el
arnés, con el brillo del bronce y del acero, cual si estuviera
dispuesto para la victoria!
EUFORIÓN
Nada de vallados, nada de murallas. Conózcase tan sólo
cada uno a si mismo. Para resistir, el broncíneo pecho del
hombre es un fuerte castillo. ¿Queréis ser invencibles?
Armaos a la ligera y corred al cam-po; las mujeres se vuelven
amazonas, y cada niño llega a ser un héroe.
EL CORO
¡Remóntese al cielo la santa Poesía! ¡Relumbre la estrella
más hermosa lejos y cada vez más lejos! No por eso dejará de
llegar siempre hasta nosotras. Se la oye aún; se la escucha con
agrado.
EUFORIÓN
No; no he aparecido niño; armado llega el adolescente;
aliado con los fuertes, los libres, los audaces, ha obrado ya en
espíritu. Partamos ahora, al instante; allí se abre el camino de
la gloria.
HELENA Y FAUSTO
Apenas llamado a la vida, apenas expuesto a la luz del día,
desde vertiginosas alturas, suspiras por un sitio fecundo en
dolo res. ¿Nada enteramente somos, pues, para ti? ¿Es un
sueño esta dulce unión?
EUFORIÓN
¿No oís el trueno en el mar? ¿No lo oís repercutir allí de
valle en valle, y en el polvo y en las olas chocar un ejército
contra otro ejército, en impulso tras impulso, hacia el dolor y
el tormento? Y la muerte es la consigna: esto desde luego se
comprende.
HELENA, FAUSTO y EL CORO
¡Qué espanto! ¡Qué horror! ¿La muerte es, pues, una
consigna para ti?
EUFORIÓN
¿Debería yo mirarlo desde lejos? No; yo comparto afanes
y riesgos.
HELENA, FAUSTO y EL CORO

Arrogancia y peligro, ¡suerte fatal!
EUFORIÓN
Pero... ¡y se despliega un par de alas! ¡Allí! Debo partir. Es
preciso, es preciso. Permitid que yo emprenda el vuelo. (Se
lanza a los aires, los vestidos le llevan un momento; su cabeza se vuelve
radiante; en pos de él deja un rastro de luz.)
EL CORO
¡Icaro! ¡Icaro! ¡Basta de tormentos!
(Un bello adolescente cae a los pies de sus padres; se cree reconocer en
el cadáver una figura conocida; pero la parte corporal desaparece al
momento; la aureola se remonta hacia el cielo a manera de un cometa.
La túnica, el manto y la lira quedan abandonados en el suelo.)
HELENA y FAUSTO
Al regocijo sucede luego un horrible pesar.
EUFORIÓN
(Voz que sale de lo profundo). No me dejes solo, madre, en el
reino sombrío.
(Pausa.)
EL CORO
(Canto fúnebre). ¡Solo! Nunca, doquiera que te halles, pues
creemos reconocerte. ¡Ah! Más que huyas de la luz del día,
ningún corazón se apartará de ti. Con todo apenas
podríamos lamentarnos; con envidia cantamos tu suerte. En
días serenos y sombríos, canto y arrojo fueron en ti bellos y
grandes.
¡Ay! Nacido para la dicha terrena, descendiente de ilustres
abue-los, dotado de gran pujanza, en edad temprana, ¡ay!
Perdido para ti mismo, segada flor de juventud; mirada
penetrante para contemplar el mundo; simpatía por todo
impulso del corazón; llama de amor para las más bellas
mujeres, y un canto propio, singular.
Mas, sin que nada pudiera atajar tu curso, corriste libre
para caer en el lazo inerte. Así rompiste de violenta manera
con las costumbres, con las leyes, pero al fin el pensamiento
más elevado dió peso a tu noble ardor; pretendiste alcanzar
lo sublime, mas no te favoreció la suerte.
¿A quién sonríe la fortuna? Tenebrosa pregunta ante la
cual se vela el Destino, cuando en el más aciago día
enmudece todo un pueblo ensangrentado. Pero entonad
nuevos cantos, no estéis más tiempo hondamente abatidos;
porque la tierra engendra de nuevo tales seres, como siempre
los engendró.
(Pausa completa. Cesa la música.)
HELENA
(A Fausto). Por desgracia, una antigua sentencia se
confirma también en mí: que la dicha y la belleza no se
juntan de un modo dura-dero. Roto está el lazo de la vida, lo
mismo que el del amor. Deplo-rando uno y otro, despídome
llena de congoja, y por vez postrera me echo en tus brazos...
¡Perséfone, acoge al niño y acógeme a mí!

(Helena abraza a Fausto. La forma corporal desaparece; vestidura
y velo quedan en los brazos de Fausto.)
FÓRCIDA
(A Fausto). Ten firme lo que de todo eso te ha quedado.
No sueltes el vestido. Ahí los demonios tiran ya de los cabos,
y bien quisieran llevárselo al mundo inferior. Ten firme. No
es ya la diosa, a quien perdiste, pero es una cosa divina.
Aprovéchate del alto, del inapreciable favor, y remóntate a las
alturas. Esto te llevará con rapidez hacia el éter, por cima de
todo lo vulgar, todo el tiempo que tú vivas. Volveremos a
vernos, lejos, muy lejos de aquí.
(Los vestidos de Helena se resuelven en nubes, que rodean a Fausto,
le elevan en el aire y se lo llevan).
FÓRCIDA
(Recoge del suelo la túnica, el manto y la lira de EUFORIÓN, se
adelanta hacia el proscenio y, levantando en el aire estos despojos, dice):
Siempre es eso un feliz hallazgo. Ha desaparecido la llama, es
cierto; mas no lo siento por el mundo. Queda aquí lo
bastante para consagrar poetas, para suscitar la emulación de
corporaciones y oficios, y si no puedo conferir talentos, a lo
menos presto el ropaje. (Siéntase en el proscenio al pie de una
columna.)
PANTALIS
(La Corifea). ¡Aprisa ahora, jóvenes! Libres al fin nos
vemos del hechizo, de la vil opresión de ánimo en que nos
tenía esa odiosa vieja tesaliana, así como del mareo del
retintín de sonidos muy confusos que turban el oído, y aun
peor que eso, el sentido interno. ¡Abajo, hacia el Hades! La
Reina se ha apresurado a bajar con paso majestuoso. Que a
las huellas de sus plantas se junte sin dilación el paso de sus
fieles servidoras. La encontraremos cabe el trono de la
Inescrutable.
EL CORO
Las reinas, a decir verdad, se hallan a gusto en todas
partes. Aun en el Hades, ocupan un sitio encumbrado,
ufanamente acompañadas de sus iguales y en cordial
intimidad con Perséfone. Pero nosotras, sumidas en el fondo
de bajas praderas de asfódelos, entre alineados álamos y
sauces estériles, ¿que solaz tenemos? Piar como murciélagos,
murmurio lúgubre, espectral.
LA CORIFEA
Quien no ha conquistado para sí un nombre ni aspira a lo
sublime, pertenece a los elementos. Así, pues, partid. Ardo en
deseos de estar con mi Reina. No sólo el mérito, la fidelidad
también, conserva nuestro ser personal (Vase.)
TODAS
Restituidas estamos a la luz del día. No tenemos
personalidad, es cierto; lo sentimos, lo sabemos, pero al
Hades no volveremos jamás. La Naturaleza, siempre viviente,
hace valer sobre nosotras, espíritus, y nosotras sobre ella,
unos derechos de todo punto legítimos.
UNA PARTE DEL CORO
En el tremor susurrante y en el balanceo, murmurador de
estas mil ramas, estimulamos juguetonas y atraemos con
suavidad desde las raíces las fuentes de la vida hacia las
ramas; ora con hojas, ora con exuberancia de flores,
adornamos la cabellera que ondea libre en el aire para su
medro. Cae el sazonado fruto, y al instante se reúnen,
gozosos de vivir, gentes y rebaños para cogerlo y saborearlo,
llegando en tropel, estrujándose afanosos y, lo mismo que
ante los primeros dioses, todo se inclina en derredor nuestro.
OTRA PARTE DEL CORO
Al pulido espejo de estos muros de rocas que resplandece
a lo lejos, nos adherimos halagadoras moviéndonos en
suaves ondula-ciones. Escuchamos, estamos atentas a cada
rumor, al canto del ave, al aflautado sonido del cañaveral, y
así fuese la formidable voz de Pan, la respuesta no se hace
esperar. Si ello murmura, respondemos murmu-rando; si
truena, en seguida se dejan oír nuestros truenos en un
redoble que causa un estremecimiento tres veces, diez veces
mayor.
UNA TERCERA PARTE
Hermanas, nosotras, de carácter más movedizo, corremos
más allá en los arroyuelos, porque desde lejos nos atraen las
hileras de colinas ricamente engalanadas. Siempre hacia abajo,
siempre más hondo, regamos serpenteando, a modo del
Meandro, ahora la pradera, luego la dehesa, después el jardín
que rodea la casa. Allí lo indican las agudas copas de los
cipreses, que se elevan hacia el éter, por encima del paisaje,
del contorno de la orilla y del espejo de las ondas.
UNA CUARTA PARTE
Marchad ondulando, vosotras, allí donde os plazca;
nosotras cercamos la colina en todas partes cultivada,
zumbamos en derredor, allí donde junto a la estaca verdea la
vid; allí a todas horas del día, el afán del viñador deja ver el
dudoso éxito de la solicitud más amorosa. Ora con el
azadón, ora con la laya, ora atetillando, podando, atando,
invoca a todos los dioses, y ante todo al dios del sol. Baco, el
afeminado se inquieta muy poco por el fiel servidor; descansa
bajo las enramadas, se reclina en las cuevas bromeando con
el más joven de los faunos. Todo cuanto ha menester para la
semiembriaguez de sus desvaríos, siempre está para él
guardado por tiempos perdurables en odres, jarras y vasos, a
derecha e izquierda de frescas grutas. Mas cuando todos los
dioses y sobre todo Helios, aireando, humedeciendo,
calentando, abrasando, han colmado el cuerno de
abundancia de los granos allí donde en silencio laboraba el
viñador, allí, de repente todo se anima, y los pámpanos
susurran en cada emparrado y se oye un murmurio que va de
estaca a estaca. Crujen los cuévanos, rechinan las comportas,
gimen las banastas, todo en camino de la gran tina, para la
vigorosa danza de los pisauvas. Y así, la santa abundancia de
los granos límpidos y jugosos es despachurrada con los pies
sin consideración alguna; espumando, chispeando, todo se
mezcla ingratamente aplastado. Y ahora taladran el oído los
metálicos sones de címbalos y tímpanos, por, que Dionisos
se ha despojado de los Misterios; preséntase con caprípedos
haciendo dar volteretas a las caprípedas, y en medio de ellos,
rebuznando con voz en exceso estri-dente, el orejudo animal
en que cabalga Síleno. Nada de miramientos. Los
ahorquillados pies huellan toda conveniencia, túrbanse todos
los sentidos, presa del vértigo; el oído se aturde
horriblemente. Los beodos buscan a tientas el cuenco;
cabezas y barrigas están sobrecargadas. Serenos están todavía
éste y aquél, pero acrecen el tumulto, puesto que para guardar
bien el nuevo mosto, se vacía a toda prisa el odre viejo.

CAE EL TELÓN
(En el proscenio, Fórcida se yergue gigantesca; desciende de los
coturnos, échase atrás la máscara y el velo, y se deja ver como
Mefistófeles, para comentar, en tanto que fuere necesario, la pieza en el
epílogo.)

ACTO CUARTO
MONTES ELEVADOS. ENHIESTOS PICACHOS
DE ROCAS DENTELLADAS
Acércase una nube, se arrima a la montaña y desciende sobre Una
meseta que forma saliente. Ábrese la nube, y aparece FAUSTO.
FAUSTO
(Adelantándose). Al contemplar bajo mis pies la más pro-
funda de las soledades, huello con ánimo deliberado el borde
de estas cumbres, abandonando el soporte de mi nube, que
blandamente me ha conducido en días serenos por encima
de tierra y mar. Sin disiparse, poco a poco va
desprendiéndose de mí. Hacia el Oriente dirige su curso de
apelotonada masa, y lleno de admiración la sigue el ojo
atónito. En su camino, se divide undosa, cambiante; pero va
a modelarse... Sí, no me engaña mi vista... Soberbiamente
tendida sobre almohadones iluminados por el sol, veo
gigantesca, es verdad, una imagen de mujer semejante a los
dioses. Parecida a Juno, a Leda, a Helena, ¡cuán majestuo-
samente seductora oscila ante mis ojos! ¡Ah! ya se desordena.
Informe, ancha y amontonada, se para en el Oriente
semejando apartados montones cubiertos de nieve, y refleja
deslumbradora el gran pensamiento de fugitivos días. Pero
una sutil y luminosa franja de niebla fluctúa aún en derredor
de mi pecho y de mi frente, serenándome, fresca y halagüeña.
En este momento sube, ligera y vacilante, cada vez más alto, y
se aglomera. ¿Me engaña una encantadora imagen, como el
bien supremo y tanto tiempo llorado de la primera juventud?
Surgen los más primitivos, los más íntimos tesoros del
corazón. Esto me designa el amor de mi aurora, de ligero
vuelo, la primera mirada, apenas comprendida, que tan rápida
impre-sión produjo en mi, y que retenida fielmente, superaba
en brillo a todos los tesoros. Cual la belleza del alma,
agrándase la forma hechicera y, lejos de disiparse, se remonta
en el éter llevándose consigo la mejor parte de mi corazón.
Una bota de siete leguas se asienta pesadamente en el suelo; otra la sigue
al momento. MEFISTÓFELES echa pie a tierra. Las botas se ponen
de nuevo en marcha alejándose con rapidez.
MEFISTÓFELES
A eso llamo yo en conclusión adelantar. Pero ahora dime:
¿qué pensamientos te asaltan? ¿Desciendes en medio de tales
horrores, en esos peñascales que bostezan de una manera tan
espantosa? Bien conozco yo eso, mas no en este sitio, porque
eso fué propiamente el fondo del infierno.
FAUSTO
Nunca te faltan leyendas extravagantes. Empiezas otra vez
a venirme con tales cosas.
MEFISTÓFELES
(En tono serio). Cuando Dios el Señor y bien sé yo por qué,
nos arrojó de las regiones del aire precipitándonos a los más
profundos abismos, en el centro de los cuales un ardiente
fuego eterno se abría paso por todas partes con sus llamas,
nos encontramos, en medio de una claridad excesiva, en una
posición muy ahogada e incómoda. Los diablos empezaron
todos a la vez a toser y soplar por arriba y por abajo; el
infierno se llenó de hedor de azufre y de ácido. ¡Esto
produjo un gas...! Aquello llegó a ser monstruoso, en
términos que, al cabo de muy poco tiempo, la costra lisa de
los continentes, por muy gruesa que fuese, hubo de estallar
quebrándose con estrépito. Ahora tenemos la cosa por el
extremo opuesto: lo que antes era fondo, es ahora cima. En
eso se funda aún la justa doctrina de mudar lo más bajo en lo
más alto. Así es que, del abrasador subterráneo de esclavitud,
nos escapamos al exceso de dominio del aire libre. Misterio
manifiesto, bien guardado y que no llega sino muy tarde a ser
manifestado a los pueblos.
FAUSTO
Una masa de montañas permanece para mí noblemente
silenciosa. No pregunto de dónde procede ni cómo...
Cuando la Naturaleza se constituyó en sí misma, redondeó
entonces de una manera perfecta el globo terráqueo;
complacióse formando picos y barrancos, y dispuso peña tras
peña, monte tras monte; trazó luego cómodamente las
colinas en declive y suavizó la cuesta en el valle. Allí, todo
verdea y crece, y, para recrearse, no tiene ella necesidad alguna
de trastrueques insensatos.
MEFISTÓFELES
Así lo pensáis vos. Eso os parece claro como el sol, pero
de diversa manera lo sabe quien estaba presente. Allí estaba
yo cuando la masa ígnea del abismo, borbotante aún, se
hinchó despidiendo torrentes de llamas; cuando el martillo
de Moloch forjando roca sobre roca, arrojaba a gran distancia
restos de montes. Todavía está la tierra erizada de masas
extrañas de peso enorme. ¿Quién puede explicar semejante
fuerza de proyección? El filósofo no puede comprender tal
cosa. La roca está allí, y allí hay que dejarla. Hemos cavilado
ya hasta perder la cabeza. El pueblo sencillo es el único que
comprende sin dejarse extraviar en sus juicios. Desde hace
mucho tiempo, ha madurado en él la sabiduría. ¿Hay una
maravilla? A Satán se atribuye el honor. Mi peregrino,
cojeando y apoyado en la muleta de su fe, se encamina hacia
la Piedra del Diablo o al Puente del Diablo.
FAUSTO
No deja de ser curioso ver y estudiar cómo consideran los
diablos la Naturaleza.
MEFISTÓFELES
¿Y a mí qué me importa eso? Sea la Naturaleza como ella
sea. Esta es una cuestión de puntillo: el diablo estaba allí
presente. Somos gente para llegar a grandes cosas; tumulto,
violencia y frenesí: he aquí la señal. Pero, en fin, hablando
con toda franqueza, ¿nada te ha gustado en nuestra
superficie? Abarcaste con la mirada, en inconmensurables
extensiones, “los reinos del mundo y su esplendor.”. Mas,
descontentadizo como eres, ¿no has sentido acaso algún
deseo?
FAUSTO
Si tal. Una gran cosa me ha atraído. Adivínala.
MEFISTÓFELES
Pronto está hecho. Yo escogería para mí una capital de
este modo: en el centro, el horror de las industrias con que se
ganan la vida los ciudadanos; callejuelas estrechas y tortuosas,
fachadas puntiagudas, un mercado reducido, coles, nabos,
cebollas, tablas de carnicero, donde pululan las moscas para
darse un banquete con carnes gordas. Allí, por de contado,
encuentras en todo tiempo hediondez y actividad. Luego,
plazas espaciosas, anchas calles, para darse uno cierto aire de
distinción. Por último, allí donde ninguna puerta sirva de
límite a la ciudad, arrabales prolongados hasta perderse de
vista. Allí me recrearía con el rodar de los carruajes, con el
ruidoso vaivén del tránsito, con el incesante correr de un
lado a otro, con el bullir de los hormigueros dispersos. Y
cuando pasara en carruaje o montara a caballo, siempre
parecería yo su centro, respetado por centenares de miles de
personas.
FAUSTO
Eso no podría satisfacerme. Alégrase uno de que el
pueblo se multiplique, viva con holgura a su modo, y hasta
se eduque, se Ins-truya... y no se cría más que rebeldes.
MEFISTÓFELES
Luego, en un sitio ameno, construiría de una manera
grandiosa, como yo me sé, un palacio de recreo. Bosques,
colinas, llanuras, praderas, campiñas, todo magníficamente
dispuesto alrededor en forma de jardín. Frente a verdes
faldas de montaña, prados de aterciopelado césped, avenidas
tiradas a cordel, umbrías artísticamente dispuestas, cascadas
cuyas aguas caigan apareadas de roca en roca, y surtidores de
toda especie; allí el agua se eleva majestuosa, pero por los
lados sale murmurante y borbota formando mil variados
juegos. Y por último, mandaría edificar para las más lindas
mujeres unas casitas íntimamente cómodas; allí pasaría horas
sin fin en un retiro deliciosamente acompañado. Y digo mu-
jeres, porque, una vez por todas, quiero yo las beldades en
plural.
FAUSTO
¡Ruin y moderno! ¡Sardanápalo!
MEFISTÓFELES

¿Se puede adivinar a qué aspirabas? A buen seguro, sería
alguna cosa sumamente atrevida. Tú, que te remontaste tan
cerca de la luna, tu manía, sin duda, te ha atraído allí.
FAUSTO
Nada de eso. Este globo terrestre ofrece todavía campo
para grandes acciones. Han de realizarse cosas dignas de
admiración; sién-tome con fuerzas para una osada actividad.
MEFISTÓFELES
Así, ¿quieres adquirir gloria? Bien se echa de ver que
llegas del país de las heroínas,
FAUSTO
Lo que yo ambiciono es el dominio, el señorío. La acción
es todo, la gloria nada es.
MEFISTÓFELES
Sin embargo, no faltarán poetas que anuncien el lustre de
tu nom-bre a la posteridad para enardecer la locura con la
locura.
FAUSTO
Todas estas cosas son extrañas para ti. ¿Qué sabes tú de
lo que el hombre desea? Tu natural displicente, acre, mordaz,
¿qué sabe de lo que necesita el ser humano?
MEFISTÓFELES
Hágase, pues, según tu voluntad. Confíame todos tus
caprichos.
FAUSTO
Mi vista sentíase atraída hacia alta mar. Esta se engrosaba
para elevarse sobre sí misma a grande altura; cedía luego y
desplegaba sus olas para invadir la extensión de la, aplanada
orilla. Y esto causóme despecho: así es como el orgullo, por
la agitación de una sangre apasionada, promueve un
sentimiento de disgusto en el libre espíritu que respeta todos
los derechos. Creí que esto era efecto del azar. Agucé la vista;
detúvose la ola y rodó luego hacia atrás, alejándose del límite
ufanamente alcanzado; y al llegar la hora, repite el juego.
MEFISTÓFELES
(A los espectadores). En eso no hay para mí nada nuevo que
aprender. Ya lo conozco desde hace cien mil años.
FAUSTO
(Continuando con pasión). Avanza deslizándose mansa la
onda, estéril como es, para difundir la esterilidad en partes
innúmeras. Ahora se hincha y crece y rueda cubriendo el
ingrato suelo de la playa desierta. Domina allí, animada por la
fuerza, ola sobre ola, y se retira sin haber efectuado cosa
alguna, lo cual es capaz de angustiarme hasta la
desesperación. ¡Fuerza de indómitos elementos que carece de
objeto! Entonces mi espíritu osa excederse a sí mismo; aquí
yo quisiera luchar; esto lo quisiera vencer. ¡Y es posible...! Por
muy crecida que sea la marea, al pasar la ola, se rinde ante
cada eminencia, y por mucho que se agite orgullosa, una
insignificante altura se yergue soberbia frente a ella, y una
pequeña profundidad la atrae con fuerza. Entonces concebí
presto en el espíritu plan sobre plan. Proporciónate, me dije,
el goce exquisito de rechazar de la orilla el mar impetuoso, de
reducir los límites de la húmeda extensión y hacerla re-
troceder a lo lejos mar adentro en sí misma. Paso a paso he
sabido apurar la cuestión. Tal es mi anhelo: aventúrate a
secundarlo.
(Redoble de tambores y música guerrera detrás de los espectadores, en
lontananza, viniendo del lado derecho.)
MEFISTÓFELES
¡Cuán fácil es eso...! ¿Oyes los tambores a lo lejos?
FAUSTO
¡Otra vez ya la guerra! El hombre de buen juicio no oye
eso con agrado.
MEFISTÓFELES
Guerra o paz, sensato es el afán de sacar partido de cada
circuns-tancia. Se acecha, se observa cada instante propicio.
He aquí la oca-sión; ahora, Fausto, no la dejes escapar.
FAUSTO
Excúsame tal fárrago de enigmas. Y en resumidas cuentas,
¿qué significa eso? Explícate.
MEFISTÓFELES
Durante mi expedición, no se me ocultó que el bueno del
Emperador está sumido en grandes cuidados; tú le conoces
ya. Cuando nosotros le divertíamos, cuando hacíamos llover
en sus manos una mentida riqueza, entonces para él todo el
mundo era vendible. Pues, joven aún, le cupo en suerte el
trono, y le plugo concluir erróneamente que eran dos cosas
que bien podían ir juntas y que era muy deseable y hermoso
el reinar y divertirse a un tiempo.
FAUSTO
¡Craso error! El hombre que debe mandar, ha de sentir en
el mando la dicha suprema. Su pecho está lleno de una alta
voluntad, pero lo que él quiere no es permitido a ningún ser
humano de sondearlo. Lo que ha murmurado al oído de los
más fieles, queda hecho, y todo el mundo se asombra. Así,
será siempre el más encumbrado, el más digno de todos. El
goce avillana.
MEFISTÓFELES
No es él así. También ha gozado, ¡y de qué manera! Entre
tanto, el imperio se desquiciaba en una anarquía, en el cual
grandes y pequeños se hacían la guerra a diestro y siniestro, y
los hermanos se perseguían y mataban, castillo contra castillo,
ciudad contra ciudad, el pueblo en pugna con la nobleza, el
obispo con el cabildo y la comunidad; bastaba mirarse uno a
otro para ser enemigos. En las iglesias eran cosas corrientes la

muerte y el asesinato; ante las mismas puertas de las ciudades,
cada caminante y cada mercader estaban perdidos. Y en
todos crecía no poco la audacia, pues vivir era defenderse...
En fin, la cosa marchaba.
FAUSTO
Ello marchaba y cojeaba, vino al suelo, levantóse otra vez;
luego cayó de espaldas y fué rodando pesadamente en
confuso montón.
MEFISTÓFELES
Y nadie tenia derecho a condenar tal estado de cosas.
Cada uno podía, cada uno quería valer, el más ínfimo gozaba
de la mayor consideración; mas, para los mejores, eso acabó
por ser insensato en extremo. Los más avisados se levantaron
con pujanza y dijeron: “Señor es quien nos depara el sosiego.
El Emperador no puede, no quiere ha-cerlo; elijamos un
nuevo Emperador, demos nueva vida al imperio, y mientras
él nos resguarda a todos, enlacemos en un mundo
regenerado, paz y justicia.”
FAUSTO
Eso suena mucho a clerical.
MEFISTÓFELES
Clerizontes eran ellos también. Aseguraban su panza bien
nutrida, y estaban en el asunto más interesados que los
demás. Creció el motín; la revuelta fué santificada, y nuestro
Emperador, a quien divertíamos, se encamina hacia aquí, tal
vez para la última batalla.
FAUSTO
Lástima me da. ¡Era tan bonachón e ingenuo!
MEFISTÓFELES
Ven, observemos. El que vive ha de esperar. Saquémosle
de este angosto valle. Salvado una vez, lo está por mil.
¿Quién sabe cómo pueden correr aún los dados? Y si tiene
buena suerte, tendrá también vasallos.
(Suben a la cima de la montaña intermediaria y observan la dis-
posición del ejército acampado en el valle. Desde abajo resuenan
tambores y una música marcial.)
MEFISTÓFELES
La posición, a lo que veo, está bien tomada. Intervenimos
nosotros, y entonces la victoria es completa.
FAUSTO
¿Qué puede esperarse de eso? ¡Embeleco, ilusión mágica,
apariencia vana!
MEFISTÓFELES
Ardid de guerra con el fin de ganar batallas. Afírmate en
grandes pensamientos mientras consideras tu objeto. Si le
conservamos al Em-perador su trono y sus Estados, no tiene

más que doblar la rodilla, y recibes en feudo una playa sin
límites.
FAUSTO
Tú llevaste a cabo ya muchas cosas; a ver si ganas también
una batalla.
MEFISTÓFELES
No; tú la ganarás. Esta vez eres tú el general en jefe.
FAUSTO
Eso fuera para mí el verdadero colmo: mandar allí donde
nada entiendo.
MEFISTÓFELES
Deja que de ello se cuide el estado mayor, y el
feldmariscal queda a salvo. Desde mucho tiempo acá he
olido la inmundicia de la guerra, y al momento formé por
adelantado el consejo de guerra con la fuerza de los
primitivos hombres de las montañas primitivas. ¡Dichoso
quien les echa la uña y los junta a toda prisa!
FAUSTO
¿Qué veo allí, pertrechado con armas? ¿Amotinaste acaso
la gente de las montañas?
MEFISTÓFELES
No; pero, a semejanza de maese Pedro Squenz, he ex-
traído la quintaesencia de toda la chusma.
Adelántanse LOS TRES VALIENTES
MEFISTÓFELES
He aquí a mis muchachos. Como ves, son de edades muy
distintas y llevan vestidos y armamentos diversos. No te
hallarás mal con ellos. (A los espectadores.) A cada chico le
gustan ahora el arnés y la gola, y alegóricos como son esos
andrajos, tanto mejor parecerán.
MATACHÍN
(Joven, armado a la ligera y con traje abigarrado). Si alguno me
mira en los ojos, al punto le doy el puño en los hocicos, y al
mandria que huya le agarro por sus últimos cabellos.
RAPIÑADOR
(Hombre en plena edad viril, bien armado, ricamente vestido). Tan
vanas palestras son una patarata; con ellas pierde uno tiempo.
Sólo en pillar sé infatigable; de todo lo demás, no hagas caso
sino hasta después.
TENAZA
(Vicio, fuertemente armado, sin vestido). Con eso tampoco se
ha ganado mucho. Un gran bien está pronto disipado, y baja
ruidoso y veloz en el torrente de la vida. Cierto que es muy
bueno el pillar, pero mejor aún es guardar. Déjale hacer al ca-
noso compinche, y nadie te quitará cosa alguna.

(Todos juntos descienden más abajo.)
EN EL ESTRIBO DE LA MONTAÑA
Sonido de tambores y música guerrera que viene de abajo. Es
montada la tienda de campaña del Emperador.
EL EMPERADOR, EL GENERAL EN JEFE y
SOLDADOS de la guardia imperial
EL GENERAL EN JEFE
Cada vez más acertado me parece el plan de replegar todo
el ejército en masa en este valle tan ventajosamente situado.
Abrigo la firme esperanza de que la elección tendrá para
nosotros un éxito lisonjero.
EL EMPERADOR
Como irá la cosa, ello dirá; pero esa retirada, esa especie
de fuga me da que sentir.
EL GENERAL EN JEFE
Echa una mirada aquí Príncipe mío, sobre nuestro flanco
derecho. Una posición como ésta es la que para sí desea la
guerrera fantasía. Las alturas, sin ser escarpadas, no son
tampoco demasiado accesibles; favorables para los nuestros,
peligrosas para el enemigo. Merced a las ondulaciones del
terreno, estaremos medio emboscados; la caballería no se
arriesgará a acercarse.
EL EMPERADOR
No me queda más que aplaudir. Aquí pueden ponerse a
prueba brazo y pecho.
EL GENERAL EN JEFE
Allí, en los espacios llanos de la pradera central, ves la
falange muy animada para lidiar. Brillan las picas
centelleando en el aire a los rayos del sol, a través de los
nebulosos vapores de la mañana. ¡Cuán sombrío ondula el
poderoso cuadro! ¡Millares de hombres hay aquí enardecidos
por una grande acción! Por esto puedes apreciar el poder de
la masa; yo la creo capaz de desbaratar las fuerzas del
enemigo.
EL EMPERADOR
Por vez primera se me ofrece tan bello golpe de vista. Un
ejército tan bien vale por dos.
EL GENERAL EN JEFE
De nuestra izquierda nada tengo que decir. Valientes
héroes ocupan el empinado risco. El peñascal en donde
ahora relucen las armas, defiende el importante paso del
estrecho desfiladero. Presiento ya que aquí se estrellarán de
improviso las fuerzas del adversario en la sangrienta empresa.
EL EMPERADOR

Por allí avanzan los falsos parientes, que, apellidándome
tío, primo, hermano, se permitían siempre nuevas libertades,
restando poder al cetro y acatamiento al trono; más tarde,
divididos entre sí, desvastaban el Imperio, y ahora, reunidos
todos ellos, hanse alzado contra mí. La multitud fluctúa con
ánimo indeciso, y al fin sigue como un río allí donde la
corriente la arrastra.
EL GENERAL EN JEFE
Un hombre fiel, enviado a la descubierta, baja presuroso
por el peñón. ¡Ojalá le haya sido propicia la suerte!
PRIMER EXPLORADOR
Nuestro artificio, hábil y osado, nos ha salido tan
felizmente que hemos penetrado acá y acullá; mas poco
gratas son las nuevas que traemos. Muchos te juran perfecto
vasallaje, como gran parte de tropa fiel, pero alegan como
pretexto de su inacción la efervescencia intestina, el peligro
popular.
EL EMPERADOR
Siempre fué doctrina del egoísmo el guardarse a sí propio,
y no la gratitud, la simpatía, el deber y el respeto. ¿No
consideráis que, cuando esté colmada vuestra medida, os
consumirá el incendio de la casa del vecino.
EL GENERAL EN JEFE
Llega el segundo explorador bajando con paso lento. Este
hombre está fatigado, y tiembla de pies a cabeza.
SEGUNDO EXPLORADOR
Ante todo, hemos visto con placer el curso errante de un
tumulto desordenado. De pronto, cuando menos se
esperaba, preséntase un nue-vo Emperador, y, por sendas de
antemano señaladas, la muchedumbre se pone en marcha a
través de los campos, y todos, cual rebaño de carneros,
siguen las falsas banderas desplegadas al viento.
EL EMPERADOR
Por mi bien llega un Emperador rival. Ahora, por vez
primera, siento que yo soy el Emperador. Solamente como
soldado revestíme con el arnés; para más alto fin me lo he
puesto ahora. En cada fiesta, por muy lucida que fuese, y
aunque no se echara de menos cosa alguna, me faltaba el
peligro. Quienquiera que seáis, vosotros me aconsejábais
correr la sortija. Latíame con fuerza el corazón, yo no
alentaba sino para los torneos, y si no me hubiéseis
disuadido de guerrear, ya resplandecería ahora por mis
brillantes proezas. Sentía en mi pecho en sello de la
independencia cuando, como un espejo, me miré en el reino
de fuego; el furioso elemento se desató contra mí. Aquello
fué sólo apariencia, pero la apariencia era grandiosa.
Confusamente he soñado con triunfos y gloria. Voy a reparar
lo que de un modo culpable descuidé.
(Los Heraldos son despachados para ir a retar al Antiemperador.)

FAUSTO, cubierto con la armadura, y medio calada la visera; los
TRES VALIENTES, armados y vestidos como se indicó antes.
FAUSTO
Nos presentamos en la confianza de no vernos
desairados; aun sin necesidad, la previsión ha tenido bien su
valor. Tú sabes que la gente de las montañas piensa y
discurre, y que ha estudiado en el libro de la Naturaleza y de
las rocas. Los espíritus, retirados mucho tiempo ha del país
llano, son más afectos que antes a la montaña peñascosa.
Obran en silencio por entre laberínticas quebrajas, en medio
del noble gas de las ricas exhalaciones metálicas; en la
continua desagregación, experiencia y combinación, su único
afán es descubrir algo nuevo. Con el dedo leve de las
potencias espirituales, labran ellos formas diáfanas, y luego,
en el cristal y su eterno silencio, perciben los acontecimientos
del mundo superior.
EL EMPERADOR
Tengo noticia de ello y te creo. Mas dime, hombre
bizarro, ¿a qué viene eso?
FAUSTO
El nigromante de Norcia, el Sabino, es tu fiel y honrado
servidor. ¡Qué horrible suerte le amenazaba cruelmente!
Chisporroteaban los ramujos, surgían ya llamas, que se
elevaban a modo de lenguas de fuego; entrecruzados
alrededor, estaban los áridos leños mezclados con pez y
varillas de azufre. Ni hombre ni dios ni diablo podían
salvarle. Tu Majestad rompió las encandecidas cadenas, Esto
fué en Roma. Por ello te queda altamente obligado, y siempre
solícito sigue tus pasos. Desde aquel momento, se olvidó por
completo de sí mismo, sólo por ti interroga a los astros y las
profundidades. Nos encargó, como el más apremiante
empeño, el estar a tu lado. Grandes son las fuerzas de la
montaña; la Naturaleza obra allí libre y prepotente. El sentido
obtuso de los clérigos califica eso de hechicería.
EL EMPERADOR
En los días de regocijo, cuando saludamos a los
huéspedes que risueños acuden para gozar alegremente, nos
complacemos viendo allí como todos se empujan y oprimen,
y uno tras otro van estrechando el recinto de los salones;
pero con la más alta consideración debe ser acogido el
hombre leal cuando se presenta denodado a nosotros para
aportar auxilio en la critica hora matinal que rige, pues por
cima de ella domina la balanza del Destino. Con todo, en
estos instantes solemnes, retirad de la dócil espada la diestra
vigor osa; respetad el momento en que muchos millares de
hombres avanzan para pelear en favor mío o contra mí. El
hombre es uno mismo. Quien aspire al trono y a la corona,
ha de ser personalmente digno de tales honores. Que al
fantasma que se ha alzado contra nosotros titulándose
Emperador y señor de nuestros Estados, caudillo del ejército,
señor feudal de nuestros magnates, ¡sea precipitado por
nuestra propia mano en el reino de los muertos!
FAUSTO
Por muy glorioso que sea dar cima a una empresa tan
heroica, no es bien que así expongas tu cabeza. ¿No está el
casco adornado con cimera y penacho? El es quien protege la
cabeza que exalta nuestro ardimiento. Sin la cabeza, ¿de qué
servirían los miembros? Pues si ella está adormecida, todos
desfallecen; si recibe daño, al punto son heridos, y renacen
sanos cuando ella sana en breve. Con presteza sabe el brazo
hacer uso de su firme derecho; levanta el broquel para
proteger el cráneo; la espada atiende sin dilación a su deber:
desvía con fuerza el golpe y lo devuelve, el sólido pie toma
parte en su fortuna sentándose resuelto sobre la cervis del
caído adversario.
EL EMPERADOR
Tal es mi enojo, que así le quisiera Yo tratar: hacer de su
altiva cabeza un escabel para mis pies.
LOS HERALDOS
(Volviendo). De escaso honor, de poca autoridad hemos
gozado allí. Como de una bufonada insulsa, hanse reído de
nuestro enérgico y noble mensaje. “Vuestro Emperador
-decían- se ha desvanecido como un eco en el estrecho valle.
Si en alguna ocasión hemos de acordarnos de él decimos
como el cuento; Érase una vez...”
FAUSTO
Las cosas han sucedido a medida del deseo de los
mejores Vasallos, que firmes y leales se mantienen a tu lado.
Por allí se acerca el enemigo; llenos de ardor, los tuyos
aguardan. Ordena el ataque, el momento es propicio.
EL EMPERADOR
Yo resigno aquí el mando. (Al General en jefe.) A ti
incumbe, príncipe, cumplir tu deber.
EL GENERAL EN JEFE
Entonces, pues, que se ponga en marcha el ala derecha.
La izquierda del enemigo, que está subiendo ahora mismo,
antes de haber dado el último paso, ha de ceder a la fuerza
juvenil de una fidelidad puesta a prueba.
(Indicando a la derecha). Permite, pues, que sin tardanza
tome sitio en tus filas este héroe solícito, que se incorpore es-
trechamente a ellas, y de esta suerte asociado, de impulso a su
vigorosa naturaleza.
MATACHÍN
(Adelantándose). Quien me muestra la cara, no la vuelve sin
tener rotas las quijadas. Quien me vuelve la espalda, tendrá al
punto desmazalados cuello, cabeza y topete bamboleando
horriblemente sobre el cogote. Y si tus hombres hieren luego
con la espada y la maza, como yo enfurecidos, cae el
enemigo, hombre sobre hombre, ahogado en su propia
sangre. (Vase.)
EL GENERAL EN JEFE
Que la falange de nuestro centro siga despacio, y con toda
su pujanza salga prudentemente al encuentro del enemigo,
un poco a la derecha, y allí, encarnizada, la fuerza militar de
los nuestros ha desbaratado ya su plan.
FAUSTO
(Señalando al del medio.) Que éste, pues, obedezca también a
tu palabra. Es muy listo, y todo se lo lleva.
RAPIÑADOR
(Adelantándose). Con el valor heroico de las tropas
imperiales debe aparearse la sed de botín. Propóngase por
objeto a todos la rica tienda del Antiemperador, y no se
pavoneará éste mucho tiempo en su sitial. Yo me pongo a la
cabeza de la falange.
URRACA
(La cantinera, pegándose al Rapiñador). Bien que no estoy
casada con él, es para mí el amante más querido. Para
nosotros ha madurado semejante cosecha. La mujer es atroz
cuando agarra, y no tiene miramiento alguno cuando pilla.
¡Adelante, a la victoria! y todo está permitido. (Vanse los dos.)
EL GENERAL EN JEFE
Según era de prever, su derecha se arroja con denuedo
sobre nuestra izquierda. Hombre tras hombre resistirá a la
furiosa tentativa de ganar el estrecho paso del sendero entre
los riscos.
FAUSTO
(Señalando a la izquierda.) Ruégote asimismo, Señor, que
también repares en éste. No está mal que los fuertes se
refuercen.
TENAZA
(Adelantándose.) Tocante al ala izquierda, no hay el menor
cuida-do. Allí donde estoy yo, la posesión se halla en seguri-
dad. En ella se acredita el viejo. Ningún rayo parte lo que yo
poseo. (Vase.)
MEFISTÓFELES
(Descendiendo de la altura.) Ved ahora como allá en el fondo,
de cada boquerón de los dentellados peñascos, salen en
tropel gentes armadas para estrechar los angostos senderos.
Con sus cascos, armaduras, espadas y broqueles, forman un
muro a nuestra espalda, aguardando la señal de ataque. (En
voz baja a los que están en el secreto). De donde viene esto, no lo
habéis de preguntar. Lo cierto es que no me he dormido; he
dejado vacías las salas de armas de todo el contorno. Allí
estaban ellos a pie, a caballo, cual si fueran todavía señores de
la tierra. En otro tiempo eran caballeros, reyes, emperado-res,
y al presente no son más que vacías conchas de caracol, con
las cuales se ha engalanado mucho más de un fantasma
haciendo resurgir vivaz la Edad media. Quienquiera que sea
el diablillo que ahí dentro se ha metido, por esta vez hará su
efecto. (Alto.) Escuchad como se enfurecen por adelantado,
como se empujan y chocan unos contra otros con el
triquitraque de la plancha de hierro, jirones de bandera
ondean también junto a los estandartes, que impacientes
esperaban frescos airecillos. Considerad que aquí hay
dispuesto un pueblo antiguo, que de buen grado tomaría
también parte en el moderno combate.
(Formidable toque de trompetas que viene de arriba. En
el ejército enemigo se nota una marcada vacilación.)
FAUSTO
El horizonte hase oscurecido; tan sólo aquí y allí centellea
significativa una luz roja llena de presagios, relucen ya
sangrientas las armas. En ello se inmiscuyen el peñascal, el
bosque, la atmósfera, el cielo entero.
MEFISTÓFELES
El flanco derecho se mantiene firme; mas entre los
guerreros, descollando sobre todos, distingo a Juan
Matachín, el listo gigante, vivamente atareado a su manera.
EL EMPERADOR
He visto primero levantarse un solo brazo; ahora veo ya
agitarse furiosos una docena. Eso no es natural.
FAUSTO
¿No has oído hablar de una fajas de niebla que vagan
sobre las costas de Sicilia? Allí flotando clara en plena luz del
día, elevada hasta la región media del aire, reflejada en ciertos
vapores especiales, aparece una singular visión: allí se ven
jardines que suben y bajan conforme una imagen tras otra
rasga el éter.
EL EMPERADOR
Pero, ¡cuán sospechoso es eso! Veo centellear todas las
puntas de las altas picas; sobre las bruñidas lanzas de nuestra
falange veo danzar ligeras pequeñas llamas; eso me parece
sobrenatural en extremo.
FAUSTO
Perdona, ¡oh Señor! Son vestigios de naturalezas
espirituales desaparecidas mucho tiempo ha, un reflejo de los
Dióscuros, por quienes juraban todos los navegantes. Aquí
reúnen sus últimas fuerzas.
EL EMPERADOR
Mas dime: ¿a quién somos deudores de que la Naturaleza,
que vela sobre nosotros, junte lo que hay de más
extraordinario?
MEFISTÓFELES
¿A quién si no al excelso maestro que lleva en su seno tu
destino? Las violentas amenazas de tus enemigos le exaspera-
ron hasta lo más profundo de su ser. Su reconocimiento
quiere verte salvo, aunque hubiera él de morir en la empresa.
EL EMPERADOR
Gozaba el pueblo paseándome con gran pompa. Enton-
ces era yo algo; de ello quise hacer la prueba, y sin pensarlo
mucho, juzgué oportuno dar un poco de aire fresco a aquella
barba blanca. He aguado una fiesta al clero, y ya se ve, no me
he atraído con esto su favor. ¿Debería yo ahora, después de
tantos años, tocar el resultado de una buena acción ?
FAUSTO
Un franco servicio reporta con creces ricos frutos. Dirige
la mirada hacia lo alto. Paréceme que quiere enviarnos él un
signo. Presta atención; esto se dará a conocer en seguida.
EL EMPERADOR
Ciérnese un águila en las celestes alturas. Un grifo la
persigue con saña feroz.
FAUSTO
Presta atención. Esto me parece muy favorable. El grifo
es un animal fabuloso: ¿cómo puede olvidarse de sí mismo
hasta el punto de medirse con una verdadera águila?
EL EMPERADOR
Ahora dan vueltas alrededor de ellos describiendo
círculos muy dilatados... en un mismo instante se arrojan uno
contra otro para desgarrarse pecho y cuello.
FAUSTO
Observa ahora cómo el cruel grifo, sacudido, zamarreado,
no encuentra sino daño, y con su cola de león entre piernas,
desaparece precipitado en la selva que corona la cima del
monte.
EL EMPERADOR
Hágase ello como se ha anunciado. Lo acepto con
admiración.
MEFISTÓFELES
(Vuelto hacia la derecha). A nuestros golpes con insistencia
repetidos, han de ceder nuestros adversarios, y empeñados en
una lucha incierta, cargan de tropel hacia su derecha,
desordenando así, en la pelea, el flanco izquierdo de su
fuerza principal. La sólida cabeza de nuestra falange se dirige
a la derecha, y cae como un rayo sobre el punto débil...
Ahora, a semejanza de la ola agitada por la tempestad,
echando chispas, arremeten furiosas una contra otra dos
fuerzas iguales en un doble combate. Nada puede imaginarse
más grandioso. ¡Hemos ganado la batalla!
EL EMPERADOR
(Vuelto hacia el lado izquierdo a Fausto). Mira. Aquel punto
de allí me parece comprometido. Nuestra posición es
peligrosa. No veo volar piedra alguna; las rocas inferiores son
escaladas, las de arriba están abandonadas ya. ¡Ved ahora...!
El enemigo, avanzando con ímpetu en masas compactas que
se acercan mas y más, ha ganado quizás el desfiladero.
Resultado final de un impío esfuerzo. Vanos son vuestros
artificios.
(Pausa.)
MEFISTÓFELES
Allí llegan mis dos cuervos. ¿Qué mensaje traerán?
Mucho temo que eso vaya mal para nosotros.
EL EMPERADOR
¿Qué significan esas aves de mal agüero? Desde la
ardiente pelea del peñascal, dirigen hacia aquí sus negras
velas.
MEFISTÓFELES
(A los cuervos). Colocaos muy cerquita de mis oídos. Aquel
a quien favorecéis no está perdido, porque vuestro consejo es
razonable.
FAUSTO
(Al Emperador). Sin duda has oído hablar de unas palomas
que, desde las tierras más lejanas, vuelven para incubar su
nidada y buscar el sustento. Lo propio acontece aquí, pero
con notables diferencias: el mensaje de las palomas está al
servicio de la paz; la guerra, por el contrario, requiere el
mensaje de los cuervos.
MEFISTÓFELES
Se anuncia un gran desastre. Ved, observad el apuro de
nuestros héroes alrededor de la muralla de rocas. Las alturas
más próximas son escaladas, y nos hallaríamos en una
situación difícil si llegaran los otros a forzar este paso.
EL EMPERADOR
¡Conque al fin me veo engañado! Habéisme hecho caer
en el lazo, y me estremezco de horror desde que estoy preso
en él.
MEFISTÓFELES
¡Animo, sobre todo! Aún no está eso perdido. Paciencia y
astucia para el último nudo. De ordinario, al fin es cuando
las cosas ofrecen más dificultades. Tengo mis fieles
mensajeros. Ordenad que pueda yo mandar.
EL GENERAL EN JEFE
(Que entretanto se ha acercado). Te coligaste con ésos, y ello
me ha apenado desde el principio. La hechicería no produce
ningún bien duradero. Nada sé yo para cambiar el aspecto de
la batalla. Ellos lo empezaron, que lo acaben. Yo depongo mi
bastón.
EL EMPERADOR
Guárdalo hasta horas mejores, que tal vez nos deparará la
suerte. Me da horror ese bellaco ruin y su intimidad con los
cuervos. (A Mefistófeles). No puedo confiarte el bastón de
mando; no me pareces el hombre a propósito. Con todo,
manda y procura salvarnos. Venga lo que viniere. (Retirase al
interior de la tienda con el General en jefe.)
MEFISTÓFELES
Protéjale ese trozo de palo. A nosotros poco puede
servimos. Había en él algo de la cruz.
FAUSTO
¿Qué hay que hacer?
MEFISTÓFELES
Ya está hecho... Ahora, negros primos, prontos en el
servicio, id al gran lago de la montaña. Saludad de mi parte a
las Ondinas, y pedidles la apariencia de sus raudales. Median-
te femeninos artificios, difíciles de conocer, saben ellas
separar la apariencia de la realidad, y todos jurarían que es la
realidad misma.
(Pausa.)
FAUSTO
Nuestros cuervos deben de haber engatusado por
completo a esas señoritas de las aguas. Allí ya empieza
aquello a manar. En varios sitios erizados de peñas desnudas
y áridas, brota copioso y raudo manantial. De la victoria de
los otros no hay que hablar: es cosa perdida.
MEFISTÓFELES
He aquí un saludo singular; los más audaces trepadores
están confusos.
FAUSTO
Murmura poderoso ya un arroyo corriendo hacia abajo
hasta juntarse a otros arroyos; al salir de las barrancas, doblan
su caudal. Un torrente se precipita ahora en forma de
cascada, de pronto se extiende en una vasta llanura de rocas,
y espuma fragoroso corriendo de aquí para allí y de grado en
grado se lanza en el valle. ¿Qué aprovecha una valerosa y
heroica resistencia? La potente oleada corre veloz para
arrastrarlos; yo mismo me estremezco ante una tan furiosa
inundación.
MEFISTÓFELES
Nada veo de esos embelecos de aguas. Únicamente los
ojos humanos se dejan engañar, y ese lance extraño me
divierte. Ved como huyen y en tropel caen vistosas bandas
enteras. Esos imbéciles creen ahogarse en tanto que resuellan
con desahogo en tierra firme, y corren de una manera
grotesca con los movimientos de un nadador. Al presente la
confusión es general.
(Los cuervos han vuelto.)
MEFISTÓFELES
(A los cuervos). Yo haré vuestro elogio ante el alto Maestro.
Si queréis ahora acreditaros vosotros mismos de maestros,
volad presurosos hacia la ardiente fragua en donde el pueblo
de pigmeos bate infatigable metal y piedra hasta brotar chis-
pas. Pedidles, engatusán-dolos con prolijas frases zalameras,
un fuego tan luciente, fúlgido, chispeante como pueda uno
concebir. Cierto es que los relampagueos en lontananza o
una súbita caída de las más elevadas estrellas pueden
acontecer cada noche de verano, pero relampagueos en los
enmarañados matorrales, y estrellas que pasan silvando sobre
el húmedo suelo, eso no se ha visto tan fácilmente. Así,
preciso es que, sin molestaros mucho, pidáis primero y
ordenéis después.
(Vanse los cuervos. Esto sucede conforme se ha ordenado.)
MEFISTÓFELES
Para los enemigos, densas tinieblas, y piérdanse en lo in-
cierto sus pasos todos. Visión de centellas errantes por
doquiera, un resplandor capaz de cegar de un modo
repentino. Todo eso fuera prodigiosamente hermoso, pero
todavía es menester ahora un ruido espantable.
FAUSTO
Las vacías armaduras, salidas del sepulcro de los salones,
siéntense reanimadas al aire libre. Allá arriba óyese un fragor,
un estrépito mucho tiempo ha, un prodigioso ruido que no
es natural.
MEFISTÓFELES
¡Muy bien! Nada puede ya contenerlos. Ya se oyen
palizas, caballerescas, como en los buenos tiempos de
antaño. Brazales, lo mismo que canilleras, cual güelfos y
gibelinos, renuevan briosos la eterna lucha. Firmes, asentados
en el sentimiento hereditario, muéstranse irreconciliables. La
batahola resuena ya en todas direc-ciones. Al fin y a la postre,
en todas las fiestas del diablo el encono de los partidos obra
que no hay más que pedir, hasta el horror más extremado.
Esto repercute por fuera en pánico desaforadamente
enojoso, mezclado con una gritería chillona, estridente,
satánica, que siembra el espanto en el valle.
(Tumulto guerrero, en la orquesta, que al fin se convierte en alegre
música militar.)

LA TIENDA DEL ANTIEMPERADOR
Trono rodeado de gran riqueza
RAPIÑADO, URRACA
URRACA
¿Conque somos aquí los primeros?
RAPIÑADOR
Ningún cuervo vuela tan rápido como nosotros.
URRACA
¡Oh! ¡Qué tesoro hay aquí amontonado! ¿Por dónde
empezar? ¿Por dónde concluir?
RAPIÑADOR
¡Todo este sitio está tan lleno...! Yo no sé adónde he
echar mano.
URRACA
El tapiz ése me vendría de molde. ¡Es tan mala muchas
veces mi cama...!
RAPIÑADOR
Cuelga aquí una maza de acero toda erizada de puntas a
modo de estrella. Una como ésta deseaba yo hace mucho
tiempo.
URRACA
Este manto rojo ribeteado de oro... Yo había soñado para
mi una cosa por el estilo.
RAPIÑADOR
(Tomando el arma) Con esto se concluye muy pronto. Se le
deja a uno en el sitio, y adelante. Has cargado ya con tantas
cosas, y aún así no has metido en el saco nada que valga la
pena. Deja en su lugar esas zarandajas y llévate una de estas
arquillas. Es la paga destinada al ejército. En su vientre hay
oro fino.
URRACA
Esto tiene un peso abrumador. No lo puedo levantar; no
puedo llevarlo.
RAPIÑADOR
Bájate presto. Tienes que agacharte. Yo te lo cargo sobre
tus robustas espaldas.

URRACA
¡Ay! ¡ay! No puedo más. La carga me rompe el espinazo.
(La arquilla cae al suelo y se rompe.)
RAPIÑADOR
Hay aquí oro bermejo a montones. ¡Aprisa! Cógelo.
URRACA
(Agachándose). Pronto, en la falda. Aun habrá bastante.
RAPIÑADOR
Y aun sobrado. Y ahora, a escape. (Ella se levanta.) ¡Mal
haya! El delantal tiene un agujero. Donde quiera que vayas,
dondequiera que estés, siembras los tesoros a granel.
SOLDADOS DE LA GUARDIA DE NUESTRO
EMPERADOR
¿Qué hacéis ahí en este sitio sagrado? ¿Qué estáis
revolviendo en el tesoro imperial?
RAPIÑADOR
Hemos puesto a salario nuestros miembros, y venimos a
buscar nuestra parte de botín. Es la costumbre en los reales
del enemigo, y nosotros, nosotros también somos soldados.
LOS SOLDADOS DE LA GUARDIA
Eso no es cosa corriente entre nosotros: soldado y ladrón
en una pieza. Aquel que se acerque a nuestro Emperador, ha
de ser un soldado que tenga honradez.
RAPIÑADOR
La honradez es cosa ya bien sabida: se llama
contribución. Todos sois lo mismo. ¡Paga! es el saludo del
oficio. (A Urraca). Date prisa, y llévate aunque sea a rastras lo
que tienes. Aquí no somos huéspedes bien acogidos. (Vanse
los dos.)
PRIMER SOLDADO
Dí, ¿por qué no le atizaste en seguida un bofetón a ese
pícaro sinvergüenza?
SEGUNDO SOLDADO
Yo no sé, me faltaban las fuerzas. ¡Tenían ellos tanto de
fantasmas...!
TERCER SOLDADO
Yo tenía telarañas en los ojos; veía lucecillas, no
distinguía claro.
CUARTO SOLDADO
Ha hecho todo el día un calor tan bochornoso, tan
pesado, tan sofocante, que no sé cómo expresarlo. El uno
estaba de pie, el otro caía, iba uno a tientas y hería a un
tiempo; a cada golpe era derribado el adversario; delante de

los ojos flotaba como un velo; después todo zumbaba y
zurría y silbaba al oído, y así continuó hasta el fin. Ahora
estamos aquí sin saber siquiera cómo ello acaeció.
Aparece el EMPERADOR acompañado de cuatro
PRÍNCIPES. Los soldados de la Guardia se retiran.
EL EMPERADOR
Sea como fuere, hemos ganado la batalla. En su
desordenada fuga, el enemigo ha desaparecido en el campo
raso. Aquí está el trono desocupado; un pérfido tesoro,
cubierto de tapices, reduce el espacio en contorno. Nós,
colmado de honores, protegido por nuestros soldados de la
guardia, esperamos en calidad de Emperador a los enviados
de los pueblos. De todas partes llegan faustos mensajes: que
el Imperio está pacificado, que nos es gustosamente adicto. Si
en nuestra lucha se mezcló también la hechicería, al fin nos
batimos solos. Cierto es que sobrevienen azares en beneficio
de los combatientes: cae del cielo una piedra, llueve sangre
sobre el enemigo, de las oquedades de las peñas salen
potentes, prodigiosos sonidos que dilatan nuestro pecho y
oprimen el del adversario. Cae el vencido, cubierto de un
baldón siempre renovado; el vencedor, radiante de gloria,
ensalza al Dios propicio, y sin necesidad de mandato alguno,
todo el mundo une su voz a la suya, y millones de gargantas
entonan a coro: Te Deum laudamus. Mas yo, para suprema
alabanza, vuelvo la piadosa mirada a mi propio pecho, cosa
que antes sucedía rara vez. Por más que un príncipe mozo y
jovial pierda su tiempo sin provecho, los años le enseñan la
importancia del momento. Así, pues, sin dilación alguna, me
uno ahora mismo a vosotros cuatro, ilustres próceres, para el
gobierno de la Casa, de la Corte y del Imperio. (Al primero). A
ti ¡oh Príncipe! se debe la sabia organización del ejército;
después, en el momento crítico, en la paz, obra según lo
requiera el tiempo. Yo te nombro Gran Mariscal, y te
confiero la espada.
EL GRAN MARISCAL
Cuando tu ejército leal, hasta el presente ocupado en el
interior, allá en la frontera confirme tu persona y trono,
séanos permitido prepararte el banquete el día de fiesta en
que los convidados se apiñan en el salón del espacioso
castillo de tus padres. Desnuda llevaré entonces esta espada
ante tí; desnuda la tendré a tu lado, para perpetua
salvaguardia de la Majestad suprema.
EL EMPERADOR
(Al segundo). Tú, que te muestras como hombre alentado y
a la vez afable y servicial, sé Gran Chambelán. El cargo no es
fácil. Eres cabeza de toda la servidumbre de la Casa; debido a
sus disensiones intestinas encuentro yo malos servidores.
Que de hoy más sea presentada como un honroso ejemplo tu
manera de complacer al Señor, a la Corte y a todos.
EL GRAN CHAMBELÁN
El secundar los altos designios del Señor reporta la gracia
de favorecer a los buenos, de no dañar ni aun a los malos, y

por añadidura, de ser ingenuo sin artificio y afable sin
doblez. Si tu vista penetra hasta lo más íntimo de mi ser, esto
es ya bastante para mí. ¿Puede la fantasía elevarse hasta
semejante fiesta? Cuando te dirijas a la mesa, yo te presentaré
la jofaina de oro y te guardaré las sortijas, a fin de que en tal
momento de placer se refresque tu mano, a la par que tu
mirada me llena de regocijo.
EL EMPERADOR
Asaz cuidadoso, a decir verdad, me siento para pensar en
fiestas. Pero, sea. Un alegre principio es también beneficioso.
(Al tercero). A ti te elijo para Trinchante mayor. Desde ahora
estén bajo tu dirección caza, corral y alquería; haz aderezar
para mí con esmero y en todo tiempo, según los meses, los
platos favoritos de mi elección.
EL TRINCHANTE MAYOR
Que un riguroso ayuno sea para mí el más grato deber
hasta que, ante ti colocado, te deleite un exquisito manjar. El
personal de la cocina ha de unirse a mi para hacer venir
lejanos productos y adelantar la estación. A ti no te seduce lo
exótico ni lo tempranero con que se engalana la mesa:
sencillo y substancioso es lo que tu gusto apetece.
EL EMPERADOR
(Al cuarto). Puesto que, sin poderlo evitar, no se trata aquí
sino de fiestas, sé para mí, joven héroe, transmutado en
Copero. Cuidas ahora, Copero mayor, de que nuestras
bodegas estén muy copiosamente abastecidas de buen vino.
Por tu parte, sé sobrio y no te dejes llevar por la tentadora
ocasión más allá de la serena alegría.
EL COPERO MAYOR
Príncipe mío, la juventud misma, con sólo tener uno
confianza en ella, cuando menos se espera, hállase
constituida en hombres. Yo me transporto también a esa
gran fiesta. Aderezo de la mejor manera posible el aparador
imperial con vasos suntuosos, todos ellos de oro y plata;
pero antes elijo para ti la copa más exquisita, un límpido
cristal de Venecia, donde está esperando el placer y se
refuerza el sabor del vino sin que éste embriague jamás. De
este maravilloso tesoro muchas veces se fía uno en demasía,
pero más aún guarda tu templanza, altísimo Señor.
EL EMPERADOR
Los cargos que en esta hora solemne os he conferido, los
habéis con seguridad escuchado de una boca infalible. Sagra-
da es la palabra del Emperador, y ella garantiza toda merced.
Con todo, para la confirmación, es menester el valioso
escrito, hace falta la firma. A fin de disponerlo en debida
forma, veo llegar el hombre a propósito en la hora oportuna.
Entra EL ARZOBISPO GRAN CANCILLER
EL EMPERADOR
Cuando se confía una bóveda a la clave, está construida
con seguridad para un tiempo perpetuo. Aquí ves cuatro
Príncipes. Ante todo, hemos examinado lo que ayuda en
primer lugar a la estabilidad de la Casa y de la Corte. Mas
ahora, que lo que encierra el Imperio, sin excepción alguna,
con poder y autoridad, descanse sobre el número cinco. En
tierras, deben ellos sobresalir entre todos los demás, y por
este motivo dilato ahora mismo la extensión de sus dominios
sobre el patrimonio de aquellos que nos abandonaron. A
vosotros, que os mantenéis fieles, adjudico varios hermosos
territorios, juntamente con el alto derecho de extenderlo más
allá, según las circunstancias, por sucesión, compra y
permuta. Que os sea además concedido de un modo expreso
ejercer sin traba alguna los derechos que a vosotros,
Príncipes reinantes, os pertenecen por privilegio. Como
jueces, dictaréis las sentencias definitivas; que no sea válida
apelación alguna de las decisiones de vuestro altísimo
ministerio. Por otra parte, han de perteneceros impuestos,
censos, tributos en especie, feudos, derechos de escolta y
peaje, de regalía sobre minas, sal y acuñación de moneda.
Pues, para daros una valiosa y plena prueba de mi
reconocimiento, os he elevado a la primera jerarquía después
de la Majestad.
EL ARZOBISPO
En nombre de todos, recibe la expresión del más
profundo. Agra-decimiento. Tú nos haces poderosos y
fuertes, y a la vez consolidas tu poderío.
EL EMPERADOR
A vosotros cinco, quiero conferiros aún más altas
dignidades. Yo vivo todavía para mi Imperio y tengo afán de
vivir; pero una cadena de altos abuelos desvía de la febril
ambición la mirada pensativa para fijarla en el fin que nos
amenaza. También me separaré yo, en su día, de aquellos que
me son queridos. Sea entonces vuestro deber nombrar mi
sucesor. Después de coronado, elevadle sobre el santo altar, y
que termine entonces de un modo, pacífico lo que esta vez
tan borrascoso fué.
EL GRAN CANCILLER
Con orgullo en lo más hondo del pecho, con humildad
en el semblante, están inclinados ante ti los Príncipes, los
primeros de la tierra. En tanto que la sangre fiel agite nuestras
repletas venas, somos el cuerpo que tu voluntad mueve sin
trabajo.
EL EMPERADOR
Y así, en conclusión, que para todos los tiempos
venideros sea confirmado por escrito y rúbrica lo que hemos
manifestado hasta aquí. En verdad, como señores, tenéis la
posesión plenamente libre, pero a condición de que sea
indivisible. Y, de cualquier modo que aumentéis lo que de
Nós recibisteis, el hijo primogénito debe adquirirlo en igual
medida.
EL GRAN CANCILLER

Desde luego voy gozoso a confiar al pergamino, para el
bien del Imperio y el nuestro, este importantísimo estatuto.
La copia y la selladura deben ocupar la Cancillería; con la
sagrada firma, tú, Señor, lo confirmarás.
EL EMPERADOR
Y así podéis retiraros, a fin de que cada uno, recogido,
pueda considerar este gran día.
(Los Príncipes seglares se retiran.)
EL PRÍNCIPE ECLESIÁSTICO
(Se queda y habla con tono patético). Se fué el Canciller;
quédase el Prelado, impelido a hablarle a solas por un celoso
espíritu de admonición. Lleno de inquietud, su corazón
paternal tiembla por ti.
EL EMPERADOR
¿Qué temores son los tuyos en estos momentos de
júbilo? Habla.
EL ARZOBISPO
¡Con qué amargo dolor veo, a estas horas, tu sacratísima
persona en liga con Satán! En verdad, según parece, te hallas
asegurado en el trono, mas ¡ay! con escarnio de Dios nuestro
Señor y del Santo Padre el Papa. Si llega éste a tener noticia
de ello, al punto dispondrá en justo castigo tu inicuo
Imperio con el sagrado rayo del anatema. Porque no ha
echado aún en olvido de qué manera, en el momento
supremo, tú salvaste al hechicero el día de tu coronación. El
primer rayo de gracia de tu diadema alcanzó aquella cabeza
maldita en detrimento de la cristiandad. Mas, hiere tu pecho,
y de esa fortuna impía restituye luego al punto un modesto
óbolo santuario. El vasto espacio de las colinas, allí donde se
levantaban tus reales, allí donde se congregaron malos
espíritus para tu defensa y donde prestaste dócil oído al
príncipe de la mentira, conságralo tú, piadosamente
instruído, a una santa obra, junto con la montaña y la tupida
selva, tan lejos como se extienden, con las alturas que se
cubren de verdor para ofrecer un pasto perpetuo, con los
cristalinos lagos abundantes en pesca; después los arroyos sin
cuento, que, serpenteando rápidos, se precipitan en el valle;
luego el extenso valle mismo, con sus prados, vegas y
hondonadas. Así se mostrará el arrepentimiento, y tú hallarás
gracia.
EL EMPERADOR
Tan profundamente aterrado estoy por mi grave culpa,
que tú mismo fijarás el límite según tu propia medida.
EL ARZOBISPO
Primero: que el espacio profanado en donde tanto se
pecó, sea incontinenti declarado para el servicio del Altísimo.
Ya veo en espíritu alzarse con rapidez sólidos muros; la
mirada del sol matutino ilumina el coro; en forma de cruz se
desarrolla el creciente edificio; prolóngase la nave y se eleva
para júbilo de los fieles, que afluyen ya, llenos de fervor,

cruzando el majestuoso portal. La primera llamada de las
campanas ha resonado a través del monte y del valle,
dejándose oír desde las encumbradas torres que tienden a
subir al cielo. Acércase el penitente para empezar una nueva
vida. En el gran día de la consagración (¡quiera Dios que
llegue pronto!), tu presencia será el más preciado ornamento.
EL EMPERADOR
Que tan grande obra haga patente el piadoso designio de
glorificar a Dios nuestro Señor, así como de purificarme mis
pecados. ¡Basta! Siento ya cómo se exalta mi espíritu.
EL ARZOBISPO
En calidad de Canciller voy ahora a activar conclusión y
formalidades.
EL EMPERADOR
Presentas un documento en debida forma para transferir
a la Iglesia estos bienes. Gustoso lo firmaré.
EL ARZOBISPO
(Se ha despedido, pero vuelve en el momento de salir.) Al propio
tiempo dedicas a la obra, en cuanto vaya a empezarse, todas
las rentas del país: diezmos, censos, tributos en especie, a
perpetuidad. Mucho es menester para un digno
sostenimiento, y una cuidadosa administración crea enormes
dispendios. Y a fin de acelerar la construcción, en un sitio tan
desierto como éste, nos aprontarás alguna cantidad de oro de
las arcas de tu botín. A más de esto, hay también necesidad,
no puedo pasarlo en silencio, de madera procedente de
parajes lejanos, así como de cal y pizarra y otros materiales
por el estilo. Instruido desde el púlpito, el pueblo se
encargará del acarreo. La Iglesia bendice a quien lleva carga
para su servicio. (Vase.)
EL EMPERADOR
Enorme y grave es el pecado que pesa sobre mi. La
maldita ralea hechiceresca me sume en rudo quebranto.
EL ARZOBISPO,
(Volviendo otra vez y haciendo la más profunda reverencia).
Perdona, ¡oh Señor! A ese hombre de tan pésima fama se le
ha cedido el litoral del Imperio; mas sobre él caerá el anatema
si tú, arrepentido, no concedes igualmente al elevado minis-
terio de la Iglesia los diezmos, censos, donaciones y derechos
de tales dominios.
EL EMPERADOR
(Malhumorado). Tal territorio no existe aún. Yace en el
fondo del mar.
EL ARZOBISPO
A quien tiene derecho y paciencia, le llega también su
tiempo. Que para nosotros subsista en su vigor Vuestra
palabra. (Vase.)
EL EMPERADOR

(Solo.) A este paso, bien podría yo desde luego empeñar
todo el Imperio.



ACTO QUINTO
SITIO DESPEJADO
UN VIAJERO
EL VIAJERO
Sí, aquellos son los tilos umbrosos en la fuerza de su
edad. ¡y yo debo encontrarlos de nuevo después de tan largo
viaje! Así éste es el antiguo sitio, ésta es aquella choza que me
cobijó cuando las olas, agitadas por la tempestad, me
arrojaron a aquellas dunas. Quisiera bendecir a mis
compasivos huéspedes, pareja excelente que era ya harto
entrada en años en aquellos días para que hoy vuelva yo a
encontrarla. ¡Ah! ¡Qué buena gante era! ¿Llamaré a la puerta?
¿Llamaré a voces...? Yo os saludo, si hospitalarios, gozáis aún
hoy día de la dicha de hacer bien.
BAUCIS
(Buena mujer muy viejecita). Quedito, quedito, caro ad-
venedizo, silencio. Deja descansar a mi esposo. Un sueño
prolongado depara al anciano la pronta actividad de una
breve vigilia.
EL VIAJERO
Di, buena mujer: ¿eres tú la misma, para recibir aún mis
gracias por lo que en otro tiempo hiciste, junto con tu
marido, para salvar la vida de un joven? ¿Eres tú Baucis,
aquella que solícita refrigera la casi expirante boca?
Entra EL MARIDO
EL VIAJERO
¿Eres tú Filemón, aquel que tan esforzado arrancó mi
tesoro a las olas? Las llamas de vuestro fuego vivo, el son
argentino de vuestra esquila... Sí, a vosotros estaba confiado
el desenlace de aquella horrible aventura. Y ahora, permitid
que me adelante, que contemple el mar sin límites; dejad que
caiga de hinojos, dejadme orar. ¡Tengo tan oprimido el
pecho...! (Avanza sobre la duna.)
FILEMÓN
(A Baucis). Apresúrate a poner la mesa en el sitio más
ameno y florido del pequeño jardín. Déjale que corra, deja
que se asombre, pues no cree lo que está viendo. (Sigue al
Viajero y se coloca a su lado). El mar que tan fieramente os
maltrató, ola tras ola, espumando bravío, veislo transformado
en jardín, en un cuadro paradisíaco. Ya más viejo, no estaba
yo en aptitud ni era capaz de prestar ayuda como antes, y
cuando decayeron mis fuerzas, la ola estaba ya lejos también.

Audaces servidores de hábiles maestros abrieron fosos,
levantaron diques, redujeron los derechos del mar para ser
señores allí donde antes él dominaba. Mira como verdean
una pradera tras otra, dehesa, jardín, aldea y bosque... Mas
ven ahora a tomar algún alimento, porque el sol va a dejarnos
en breve... Allá en el punto más lejano, deslízanse unas velas,
que buscan seguro puerto donde pasar la noche- las aves
conocen bien su nido-, porque ahora el puerto está allí. En
lontananza, pues, no percibes más que la franja azul del mar;
y a derecha e izquierda, en toda su amplitud, un espacio
densamente habitado.

EN EL PEQUEÑO JARDÍN
FILEMÓN, BAUCIS y EL VIAJERO, sentados a la mesa
BAUCIS
(Al viajero). ¿Estás silencioso? ¿No llevas ningún bocado
a tus sedientos labios?
FILEMÓN
No; él quisiera enterarse de tal prodigio. Tú, que hablas
de buen talante, infórmale de ello.
BAUCIS
Si. Realmente fué un prodigio. Aun hoy día no me deja
en reposo, pues todo ello no se hizo de un modo natural.
FILEMÓN
¿Acaso pudo cometer un pecado el Emperador, que le
ofreció la ribera? ¿No lo pregonó un heraldo a son de
trompeta al pasar por aquí? No lejos de nuestras dunas se
empezó a tomar pie: tiendas, cabañas... y en medio del verdor
levantóse pronto un palacio.
BAUCIS
De día, en vano los servidores hacían mucho ruido con
azadón y pala, golpe tras golpe; allí donde de noche
revoloteaban pequeñas llamas en crecido número, alzábase
un dique al otro día. Debió de correr la sangre en los
sacrificios humanos; durante la noche oíanse los gemidos
arrancados por el dolor; hacia abajo, en dirección del mar,
corrían torrentes de fuego, y a la mañana siguiente aparecía
un canal. Ese hombre es un impío. Nuestra cabaña, nuestro
soto le tientan, y por más que había ostentación de ser
vecino, debe uno mostrarse sumiso.
FILEMÓN
Sin embargo, nos ha ofrecido una hermosa hacienda en la
nueva tierra.
BAUCIS
No te fíes del suelo de las aguas; mantente firme en tu
altura.
FILEMÓN
Dirijámonos a la capilla para contemplar la postrera
mirada del sol. Toquemos la campana, oremos de rodillas y
tengamos confianza en el Dios de nuestros padres.

UN PALACIO
Vasto jardín de recreo. Gran canal trazado en línea recta.
FAUSTO, en la extrema vejez paseándose pensativo
LINCEO, EL VIGÍA
(Hablando con ayuda de la bocina). Declina el sol; ufanas
entran en el puerto las últimas embarcaciones. Una gran nave
está a punto de llegar aquí por el canal. Multicolores
gallardetes ondean juguetones; los enhiestos mástiles están a
la vela; en tí júzgase dichoso el contramaestre. En este
momento supremo te sonríe la fortuna.
(Suena la esquila en la duna.)
FAUSTO
(Exasperado). ¡Maldito campaneo! Como tiro disparado
por mano aleve, hiéreme de un modo harto ignominioso.
Ante los ojos, mi reino se extiende sin límites; detrás de mí, el
enojo me exaspera. Ese envidioso tañido me recuerda que no
es cumplida mi alta posesión: el paraje donde se elevan los
tilos, la choza de tinte oscuro, la ruinosa capilla no son míos.
Y si quiero descansar allí, las sombras extrañas me
estremecen. Es una espina para los ojos, una espina en los
pies. ¡Oh! ¡Si estuviera yo muy lejos de aquí!
EL VIGÍA
(Como antes). ¡Cómo navega placentera hacia acá la vistosa
nave impelida por la fresca brisa de la tarde! ¡Cómo se
amontonan en su acelerada marcha cofres, cajas y sacos!
(Aparece una magnífica nave ricamente cargada con variedad de
productos de países extranjeros.)
MEFISTÓFELES y Los TRES VALIENTES
COMPAÑEROS
CORO
Aquí saltamos en tierra; aquí estamos ya. ¡Viva el señor!
¡Viva el patrón! (Desembarcan. Las mercancías son transportadas a
tierra.)
MEFISTÓFELES
Así nos hemos bien puesto a prueba, contentos
estaremos si el patrón lo aplaude. Con dos naves tan sólo
partimos; con veinte estamos ahora de regreso en el puerto.
Qué grandes cosas hicimos, se ve por nuestro cargamento. El
mar libre da libertad al espíritu, ¿quién sabe allí lo que es
reflexión? Allí no aprovecha sino una garra pronta; se coge el
pez, se apresa una nave, y no bien es uno señor de tres, se
atrae con garfios la cuarta; entonces la cosa va mal para la

quinta. Quién tiene la fuerza, tiene también el derecho.
Tiénese en cuenta el qué y no el cómo. Preciso fuera que
nada supiese yo de navegación: guerra, tráfico y piratería son
tres cosas en una, imposibles de separar.
LOS TRES VALIENTES COMPAÑEROS
¡Ni gracias ni saludo! ¡Ni saludo ni gracias! Como si le
aportáse-mos pestilencia al señor. Pone mal gesto; no le
halaga este bien regio.
MEFISTÓFELES
No esperéis ninguna recompensa más. Habéis tomado ya
de aquí vuestra parte.
LOS COMPAÑEROS
Eso fué sólo para no aburrirnos. Todos reclamamos una
parte igual.
MEFISTÓFELES
Poned primero en orden allá arriba, de sala en sala, todos
los objetos preciosos. Y cuando el señor vea de cerca esta rica
exposición y lo evalúe todo con mayor exactitud, a buen
seguro no se mostrará mezquino, y dará a la flota fiesta tras
fiesta. Las aves de variados colores llegan mañana; de ellas
cuidaré yo a la perfección.
(Se llevan el cargamento.)
MEFISTÓFELES
(A Fausto). Con frente adusta, con mirada sombría te
informas de tu soberbia fortuna. Coronada está la alta
sabiduría; la ribera está reconciliada con el mar; de la ribera
recibe el mar con agrado las naves para una rápida travesía.
Confiesa, pues, que aquí, aquí desde el palacio, ciñe tu brazo
el orbe entero. Todo arrancó de este sitio; aquí se erigió la
primera casa de tablas; abriáse una pequeña zanja allí donde
ahora el remo diligente hace saltar el agua. Tu alto
pensamiento, la solicitud de los tuyos, merecieron el galardón
del mar y de la tierra. Desde aquí...
FAUSTO
¡Ese aquí maldito! Eso justamente es lo que pesa de una
manera enojosa sobre mí. Fuerza es que te lo diga, tú que tan
diestro eres: eso me da en el corazón golpe tras golpe; eso no
lo puedo, sufrir. Y me sonrojo al decírtelo. Los viejos de allí
arriba debieran marcharse; yo desearía para mi residencia el
paraje donde hay los tilos. Aquellos pocos árboles que no
son míos me desbaratan la posesión del mundo. Allí, para
explayar la vista a lo lejos en todo el contorno, quisiera
construir tablados de una rama a otra; quisiera abrir a la
mirada un vasto campo para ver todo cuanto hice, y abarcar,
con una sola ojeada la obra maestra del ingenio humano, que
se ha manifestado en la sensata idea de ganar a las aguas una
vasta extensión de tierra destinada a habitación de las gentes.
Así es que del modo más cruel nos atormenta el sentir, en el
seno de la opulencia, la falta de una cosa. El sonido de la
esquila, el perfume de los tilos me envuelven como en la

iglesia y en la tumba. El árbitro del hombre todopoderoso se
estrella aquí contra esa arena. ¿Cómo alejar eso de mi
pensamiento? Suena la campanita, y entro yo en furor.
MEFISTÓFELES
Naturalmente, un disgusto capital debe amargar tu vida.
¿Quién lo niega? A todo oído delicado ese retintín parece
odioso. Y ese maldito bim bom de campaneo, anublando el
sereno cielo del atardecer, se mezcla en cada acontecimiento,
desde el primer baño hasta la sepultura, cual si entre bim y
bom, la vida fuera un sueño que se desvanece.
FAUSTO
La resistencia, la. obstinación menoscaban el logro más
soberbio; de suerte que, para más profundo y más horrible
tormento, debe uno cansarse de ser justo.
MEFISTÓFELES
¿A qué, pues, desazonarte aquí? ¿No debes tú, desde hace
mucho tiempo, colonizar?
FAUSTO
Id, pues, y alejádmelos de mi lado. Sabes ya la hermosa
haciendi-ta que escogí para esos ancianos.
MEFISTÓFELES
Se los saca de allí y se dejan en el suelo. Antes que uno
vuelva la cabeza, están otra vez de pie. Después de la
violencia padecida, una bella mansión concilia los ánimos.
(Lanza un silbido agudo.)
Entran LOS TRES COMPAÑEROS
Venid, según lo ordena el señor, y mañana habrá fiesta
naval.
LOS TRES COMPAÑEROS
El viejo señor nos ha recibido de mala manera. Una fiesta
espléndida es lo que nos conviene.
MEFISTÓFELES
(A los espectadores). Aquí acontece también lo que sucedió
hace mucho tiempo, pues hubo ya la viña de Naboth.

NOCHE PROFUNDA
LINCEO
(El vigía, cantando desde la atalaya del palacio.) Nacido para
ver, encargado de observar, sujeto por juramento a la torre, el
mundo me encanta. Miro a lo lejos, veo en la cercanía la luna
y las estrellas, la selva y el venado. Así, en todo percibo la
eterna belleza, y como ello me place, yo me plazco también a
mi. Lo que visteis, ojos afortunados, sea lo que fuese, ¡era en
verdad tan bello...! (Pausa). No estoy colocado tan alto aquí
sólo para recrearme. ¡Qué horrible sobresalto me amenaza
del mundo envuelto en tinieblas! Veo surgir centelleantes
chispas a través de la doble noche de los tilos. Cada vez más
violento se aviva un incendio atizado por la corriente de aire.
¡Ay! Arde el interior de la mohosa y húmeda choza. Claman
pronto auxilio, y ningún medio de salvación se vislumbra.
¡Ah! ¡los buenos ancianos, en otro tiempo tan cuidadosos
del fuego vienen a ser presa de densa humareda! ¡Qué
horrible suceso! Resplandece la llama; roja y hecha un ascua,
sostiénese la negra armazón enmohecida. ¡Si al menos
aquellas buenas gentes se hubiesen salvado de ese infierno
furiosamente abrasado! Brillantes fulgores, parecidos a
lenguas de fuego, suben por entre las hojas y el ramaje, las
ramas secas, que arden chisporroteando, se abrasan presto y
se vienen abajo. ¿Por qué, ojos míos, habías de percibirlo?
¿Por qué debo yo tener una vista tan penetrante? Despló-
mase la capillita bajo el peso de las ramas caídas;
serpenteantes, las voraces llamas prenden ya en la cima, de los
árboles, y hasta su raíz arden los huecos Aroncos,
convertidos en ascuas rojas como la púrpura. (Larga pausa.
Canto). Lo que se recomendaba poco antes a la vista, ha
desaparecido con los siglos.
FAUSTO
(En el balcón, frente a las dunas). ¿Qué plañidero canto, viene
de arriba? Sobrado tardíos son aquí palabra y sonido. Mi
vigía prorrumpe en lamentos. En el fondo de mi corazón me
da grima este acto impaciente. Pero si desaparecieron los
tilos, sin quedar de ellos más que unos horribles troncos
medio carbonizados, bien presto queda construida una
atalaya para mirar en lo infinito. Desde allí veré también la
nueva morada que alberga a esa anciana pareja, que,
impresionada por mi generosa atención, goza placentera de
avanzados días.
MEFISTÓFELES Y LOS TRES COMPAÑEROS
(Abajo). Llegamos al trote largo. Perdonad. Eso no ha
sido de buenas a buenas. Hemos llamado a la puerta, la
hemos, aporreado, y nunca se abría. La empujamos, la
sacudimos, continuamos dando recios golpes, y entonces la
carcomida puerta se vino abajo. Llamamos a voces y
proferimos duras amenazas, pero no encontramos quien nos
oyera. Y como ocurre en tales casos, ellos ni oían ni querían
oír. Mas nosotros no hemos titubeado, y sin pérdida de
tiempo te hemos desembarazado de ellos. La pareja no se ha
dado gran pena, puesto que del susto ha caído exánime. Un
extranjero, que estaba allí oculto y pretendía resistir, quedó
tendido sin vida en el breve espacio de una lucha
encarnizada. Unas ascuas esparcidas en derredor incendiaron
la paja, y ahora todo arde libremente, cual hoguera para esos
tres.
FAUSTO
¿Fuisteis sordos a mis palabras? Yo quería una permuta,
no una expoliación. Ese golpe inconsiderado, salvaje, lo
maldigo. Tome su parte cada uno de vosotros.
CORO
Dice la sentencia, la vieja sentencia: Obedece de buen
grado, al poder. Y si eres osado y resistes, arriesga casa y
hacienda y... tu persona. (Vanse.)
FAUSTO
(En el balcón). Las estrellas ocultan su mirada y su fulgor; el
fuego decrece y despide exigua llama; un viento ligero, que da
calofríos, le atiza haciendo llegar hasta mí humo y vapor.
Pronto ordenado, harto pronto llevado a efecto... ¿Qué es
aquello que viene flotando en el aire, parecido a unos
fantasmas?

MEDIANOCHE
Entran CUATRO MUJERES CANOSAS
LA PRIMERA
Yo me llamo la Escasez.
LA SEGUNDA
Yo me llamo la Deuda.
LA TERCERA
Yo me llamo la Inquietud.
LA CUARTA
Yo me llamo la Miseria.
TODAS MENOS LA INQUIETUD
Cerrada está la puerta; no podemos entrar. Ahí dentro
vive un rico; no queremos entrar.
LA ESCASEZ
Allí me convierto en sombra.
LA DEUDA
Allí me reduzco a la nada.
LA MISERIA
Desvían de mí el semblante estragado.
LA INQUIETUD
Vosotras hermanas, no podéis ni osáis entrar. La
Inquietud, por su parte, se introduce furtivamente por el ojo
de la llave. (La Inquietud desaparece).
LA ESCASEZ
Vosotras, canosas hermanas, alejaos de aquí.
LA DEUDA
Yo no me separo ni un ápice de tu lado.
LA MISERIA
Muy cerca de tus talones te acompaña la Miseria, la
menguada suerte.
LAS TRES
Pasan las nubes, desaparecen las estrellas. ¡Allí detrás, allí
detrás! De lejos, de lejos, allí viene nuestra hermana; allí viene
ella... la Muerte.
FAUSTO
(En el palacio). Cuatro he visto venir, y sólo tres veo
marchar. No pude comprender el sentido de sus palabras.
Ello sonaba cual si dijeran: Miseria, menguada suerte, y
seguía un lúgubre consonante: Muerte. Esto producía un
sonido cavernoso, ahogado, como la voz de un espectro. Por
más que luche, no he logrado aún la libertad. Si de mi
camino pudiera yo alejar la magia, si me fuera dado olvidar
del todo las fórmulas de encanto; si ante ti, Naturaleza, no
fuese más que un simple mortal, entonces valdría la pena de
ser hombre. Yo lo fui en otro tiempo, antes de buscar en las
sombras, antes de haber maldecido con una impía palabra a
mí y al mundo. Ahora está el aire tan lleno de tales fantasmas,
que nadie sabe cómo debe huir de ellos. Hasta cuando nos
sonríe un día lúcido y razonable, la noche nos enreda en una
trama de sueños. Volvemos regocijados de la verde campiña
y oímos graznar un ave. ¿Qué presagia tal graznido? Infortu-
nio. Envueltos tarde y temprano en las redes de la
superstición, todo son apariciones, avisos, presagios, y de tal
suerte atemorizados, nos encontramos solos... Rechina la
puerta, y nadie entra. (Sobresaltado). ¿Hay aquí alguien?
LA INQUIETUD
La pregunta requiere un sí.
FAUSTO
Y tú ¿quién eres, pues?
LA INQUIETUD
Aquí estoy ya.
FAUSTO
¡Vete!
LA INQUIETUD
Estoy en el sitio debido.
FAUSTO
(Primero colérico, después apaciguado. Para sí). Andate con tiento y
no profieras ninguna palabra mágica.
LA INQUIETUD
Aunque ningún oído me escuchara, debiera esto hallar
eco en el corazón; en una forma cambiante, ejerzo un poder
terrible. En las sendas de la tierra, en las ondas del mar, soy el
compañero eternamente angustioso, a quien se encuentra
siempre sin buscarlo jamás, tan lisonjeado como maldecido.
¿No conociste nunca la Inquietud?
FAUSTO
Sólo he atravesado corriendo el mundo. He asido por los
cabellos cada deseo; lo que no me satisfacía, lo dejaba, y lo
que huía de mi dejábalo correr. No hice más que anhelar y
satisfacer mis afanes, y anhelar de nuevo, y así con pujanza he
pasado impetuosamente mi vida, grande y poderosa al
principio, más ahora anda ella con tino y prudencia. El globo
terrestre me es bastante conocido. Hacia el más allá la vista
nos está cerrada. Insensato es quien dirige allí los ojos
pestañeando, quien imagina encontrar su igual más arriba de
las nubes. Manténgase firme y mire aquí en torno suyo. Este
mundo, para el hombre inteligente, no es mudo. ¿Para qué
necesita un hombre tal andar errante en la eternidad? Lo que
él conoce se deja aprehender. Siga así su vía todo lo largo de
la jornada terrena, si se presentan fantasmas, vaya él su
camino; en su avance progresivo encuentre tormentos y
dichas, él que ni un solo instante está satisfecho.
LA INQUIETUD
A aquel que está una vez en mi poder, de nada le sirve el
mundo entero; para él desciende una eterna lobreguez; para
él no sale ni se pone el sol; teniendo sentidos exteriores
perfectos, anidan las tinieblas en su interior. De ningún
tesoro sabe ponerse en posesión. Felicidad y desdicha
resultan quimeras; se muere de hambre en el seno de la
abundancia; sean delicias, sean pesares, todo lo remite al día
de maña-na; sólo está atento a lo porvenir, y así no acaba
nunca.
FAUSTO
¡Basta ya! De esta manera no puedes cogerme. No quiero
escuchar tales desatinos. ¡Vete! Esa fastidiosa letanía podría
engañar aún al hombre más avisado.
LA INQUIETUD
¿Debes ir? ¿Debes venir? Le falta resolución. En medio
del camino trillado, vacila y anda a tientas con paso breve.
Extravíase cada vez más, todo lo ve a tuertas, y acaba por
hacerse odioso a sí mismo y a los demás, respirando y
ahogándose, no ahogado y sin vida, ni desesperado ni
resignado. Un tan incesante rodar, una abstención dolorosa,
un ingrato deber, ora libertad, ora opresión, un sueño a
medias, un mal refrigerio le clavan en su sitio y le disponen
para el infierno.
FAUSTO
¡Fantasmas funestos! ¡Ved ahí cómo tratáis mil veces al li-
naje humano! Aun los días indiferentes los transformáis en
odioso revoltillo, de entrelazados tormentos. De los
demonios, bien lo sé, difícilmente uno se libra; no hay medio
de romper el estrecho lazo espiritual, mas tu poder, ¡oh
Inquietud!, que se agranda de un modo imperceptible, no lo
reconozco.
LA INQUIETUD
Experiméntalo ahora que, maldiciéndote, me alejo de ti.
Los hombres son ciegos durante toda la vida. Al Presente
¡oh Fausto! sélo tú al fin. (Le sopla en el rostro y desaparece.)
FAUSTO
(Cegado). La noche parece penetrar cada vez más
profundamente, pero en mi interior brilla una luz clara. Lo
que yo imaginé, me apresuro a ejecutarlo. La palabra del
señor es la única que tiene autoridad. ¡Arriba! ¡Fuera de la
cama, vosotros mis servidores, uno por uno! Poned
felizmente de manifiesto lo que con audacia concebí.
Empuñad los útiles, poned en movimiento pala y azadón. El
plan diseñado debe llevarse luego a feliz término. De un
orden riguroso, de una febril actividad, resulta la más bella
recompensa. Para dar cima a la más grande obra, un solo
ingenio basta a mil manos.

GRANDE ATRIO DEL PALACIO
Noche oscura. Algunas antorchas iluminan
fantásticamente la escena
MEFISTÓFELES
(Al frente de los otros, como capataz). ¡Venid, venid acá!
Entrad, entrad, desvencijados Lémures, medias naturalezas
mal forjadas con ligamentos, tendones y huesos.
LOS LÉMURES
(En coro). Nos ponemos desde luego a tus órdenes, y se-
gún lo hemos medio entendido, se trata quizás de un vasto
terreno que hemos de' adquirir. Ahí están las estacas
puntiagudas, la larga cadena para medir. Porque nos
llamaron, lo hemos olvidado.
MEFISTÓFELES
Aquí no es cuestión de trabajo artístico. Proceded sólo
según vuestra propia medida. Extiéndase en el suelo, tan
largo como es, el más talludo de todos, y vosotros excavad el
césped en todo el contorno. Cual lo hicieron para nuestros
padres haced un hoyo en forma de cuadro un poco largo.
Del palacio hasta la estrecha morada, ved ahí cuán
estúpidamente corre todo a su fin.
LOS LÉMURES
(Cavando con ademanes grotescos). Cuando era joven y vivía
entregado al amor, paréceme que era muy dulce; allí donde
había alegre música y reinaba el jolgorio, allí se agitaban mis
pies. Mas ahora la solapada vejez me ha herido con su
muleta, y he dado un trompicón en la puerta de la tumba,
porque ¡justamente estaba abierta!
FAUSTO
(Saliendo del palacio, llega a tientas hasta el quicio de la puerta).
¡Cuánto me deleita el ruido de las azadas! Es la multitud que
trabaja a mi servicio, que reconcilia la tierra consigo misma,
que fija su limite a las olas, que ciñe el mar con sólida barrera.
MEFISTÓFELES
(Aparte). Al fin y al cabo, te afanas sólo para nosotros, con
tus diques y malecones, puesto que preparas ya un gran festín
a Neptuno, el demonio de las aguas. De todas maneras estáis
perdidos; los elemen-tos están confabulados con nosotros, y
todo eso corre a la destrucción.
FAUSTO
¡Capataz!
MEFISTÓFELES
Aquí estoy.
FAUSTO
Por todos los medios posibles reúne masas y masas de
obreros, aliéntalos mediante el logro y el rigor; paga,
engolosina, engancha. Todos los días quiero tener aviso de
cómo adelanta la emprendida obra del foso.
MEFISTÓFELES
(En voz baja). Si no estoy mal informado, no se trata de
foso, sino de... una fosa.
FAUSTO
Extiéndase hasta el pie de la montaña una ciénaga que in-
ficiona todo cuanto se ha ganado a fuerza de trabajo;
desaguar también esa charca pestilente fuera el logro
supremo. A muchos millones de hombres les abro espacios
donde puedan vivir, no seguros, es cierto, pero sí libres y en
plena actividad. Verde y fértil es la campiña; hombres y
rebaños se han cómodamente instalado desde luego en esta
tierra del todo nueva, junto a la fuerte colina levantada por
un pueblo audaz y laborioso. Aquí, en el interior, un país
paradisíaco; allá fuera desátense en hora buena las olas
subiendo hasta el borde, si a bocados mellan el dique para
hacer violenta irrupción, todos, aunando sus esfuerzos, se
apresuran a cerrar la brecha. Sí, a esta idea vivo entregado por
completo; es el fin supremo de la sabiduría; sólo merece la
libertad, lo mismo que la vida, quien se ve obligado a
ganarlas todos los días. Y de esta suerte, rodeados de
peligros, el niño, el adulto y el viejo pasan bien aquí sus años.
Quisiera ver una muchedumbre así en continua actividad,
hallarme en un suelo libre. Entonces podría decir al fugaz
momento: “Detente, pues; ¡eres tan bello!”. La huella de mis
días terrenos no puede borrarse en el transcurso de las
edades. En el presentimiento de tan alta felicidad, gozo ahora
del momento supremo.
(FAUSTO cae de espaldas. Los LÉMURES le cogen y le tienden
en el suelo.)
MEFISTÓFELES
Ningún deleite le satisface, ninguna dicha le llena, y así va
sin cesar en pos de formas cambiantes. El último, el mísero,
el vano momento ansía retenerlo ese infeliz. Aquel que tan
tenaz resistencia me opuso, queda dominado por el tiempo:
el viejo yace ahí en la arena. Párase el reloj ...
EL CORO
¡Se para! Callado está cual la medianoche. Cae la
manecilla.
MEFISTÓFELES
Cae; todo está consumado.
EL CORO
Ha finido.
MEFISTÓFELES
¡Finido! ¡Necia palabra! ¿Por qué finido? Finido y pura
nada son exactamente lo mismo. ¿Para qué nos sirve, pues, el
eterno crear? Para reducir a la nada lo creado. ¡Conque ha
finido! ¿Qué se ha de argüir de eso? Es como si ello no
hubiese jamás existido, y sin embargo, circula cual si existiese.
En su lugar, prefiriera yo el vacío eterno.

SEPULTURA
UNO DE LOS LÉMURES
(Solo). ¿Quién construyó tan mal esta casa con palas y
azadones?
LOS LÉMURES
(En coro). Para ti, rancio huésped vestido de cáñamo, es
aún demasiado buena.
UNO DE LOS LÉMURES
(Solo). ¿Quién alhajó tan mal esta sala? ¿Dónde están
mesa y sillas?
LOS LÉMURES
(En coro). Las habían prestado por breve tiempo. ¡Son
tantos los acreedores...!
MEFISTÓFELES
El cuerpo yace en tierra, y si el alma quiere escaparse, yo le
presento al punto el pacto escrito con sangre. Pero ¡ay!
¡existen ahora tantos medios para substraer las almas al
diablo...! En la antigua vía se dan tropezones; en la nueva, no
estamos bien recomendados. En otro tiempo, eso lo hubiera
hecho yo solo; ahora he de buscar quienes me ayuden. Todo
anda mal para nosotros; práctica consuetudinaria, antiguo
derecho, ya no puede uno fiarse de nada absolutamente.
Antes volaba el alma con el último suspiro; poníame yo en
acecho, y lo mismo que el gato con el más ágil ratón, ¡zás! ya
la tenía fuertemente cogida en mis garras. Ahora roncea y se
resiste a abandonar el lúgubre sitio, la asquerosa morada del
ruín cadáver, hasta que a la postre los elementos antagonistas
la, arrojan con ignominia, y entretanto yo me consumo horas
y días haciéndome la fastidiosa pregunta: ¿Cuándo? ¿cómo?
y ¿dónde? La vieja Muerte ha perdido su rápido poder, y aun
es dudoso por mucho tiempo si uno está muerto o si no lo
está. ¡Cuántas veces he mirado con afán los rígidos miem-
bros, y no era ello más que apariencia; el cuerpo se movía, se
meneaba otra vez! (Haciendo fantásticos ademanes de conjuro, a
modo de cabo de fila). ¡Sus! Venid acá. Redoblad el paso. Vos-
otros, señores del cuerno derecho, señores del cuerno
retorcido, diablos chapados a la antigua, aportad con
vosotros la boca del infierno. Cierto es que el infierno tiene
muchas, muchas bocas y engulle según conviene a la
condición y dignidad de cada cual; pero en este último juego
tampoco se andará con tantos repulgos de ahora en adelante.
(Ábrese a la izquierda la horrible boca del infierno.)
Entreabiertas están las mandíbulas; de la cavidad de las
fauces brota furioso un torrente de fuego, y en la hirviente
humareda del fondo veo la ciudad de las llamas en perpetuo
incendio. Lánzase la roja oleada hasta chocar con los dientes;
algunos réprobos, esperando salvarse, llegan a nado, pero la
hiena colosal los tritura, y angustiosos recorren de nuevo la
ardiente vía. En los rincones queda aún mucho por
descubrir. ¡Cuántos horrores de los más espeluznantes en tan
reducido espacio! Muy bien hacéis en amedrentar a los
pecadores; pero ellos tienen eso por mentira, embeleso y
sueño.
(A los diablos gordinflones de cuernos cortos y derechos.)
¡Ea! bellacos panzudos de mofletes como fuego!
¡Vosotros, que tan enardecidos y bien cebados estáis por el
azufre del infierno, con esos cogotes como una bola, cortos,
inmóviles! Acechad aquí abajo y ved si luce alguna cosa a
manera de fósforo; es el alma, la Psiquis alada, la desplumáis
y queda entonces convertida en un feo gusano. Quiero
marcarla con mi sello, y luego os la lleváis al torbellino de
fuego. Vigilad en las regiones inferiores, vosotros, cueros de
vino, que tal es vuestro deber. Si se le antojó residir allí, no se
sabe a punto fijo. Alójase a gusto en el ombligo; andad alerta,
no sea que por allí se os escurra.
(A los diablos flacuchos, de cuernos largos y retorcidos.)
Vosotros, truhanes fanfarrones, gigantes cabos de fila, en-
sayaos sin tregua asiendo en el aire. Estaos con los brazos
tendidos y las afiladas garfas al descubierto, a fin de agarrar la
voladora fugitiva. A buen seguro, se siente mal en la vieja
mansión, y el genio quiere lanzarse pronto arriba.
(Aparece a la derecha UNA GLORIA que desciende de lo alto.)

LA MILICIA CELESTE
(Canto). Seguid con vuelo plácido, mensajeros hijos del
cielo, para perdonar a los pecadores, para reanimar el polvo;
producid para todas las naturalezas saludables impresiones
en el majestuoso vuelo de vuestra pausada carrera.
MEFISTÓFELES
Oigo sonidos discordantes, un sonsonete fastidioso. Eso
viene de lo alto acompañado de una claridad importuna. Es
esa chapucería, mezcla de galopín y doncella, tal como puede
apreciarla un gusto santurrón. Bien sabéis cómo en horas
profundas impías, nosotros maquinamos la destrucción del
linaje humano: lo más nefando que hemos inventado se
acomoda perfectamente a su piedad. ¡Ved con qué disimulo
llegan los boquirrubios! Así nos han birlado a más de uno;
nos combaten con nuestras propias armas; también son ellos
diablos, aunque enmascarados. Perder aquí la partida, fuera
para nosotros un baldón eterno. (A los diablos.) Acercaos a la
tumba y teneos firmes en el borde.
CORO DE ÁNGELES
(Esparciendo rosas). Rosas deslumbradoras, que exhaláis
fragancia; vosotras que, vivificando en secreto, revoloteáis
flotantes en el aire con alas de ramitas y con entreabiertos
capullos, apresuraos a florecer. Haced que surja la verde y
purpúrea primavera; aportad el paraíso a aquel que reposa.
MEFISTÓFELES
(A los diablos). ¿A qué agachar la cabeza y estremeceros
así? ¿Es éso costumbre en el infierno? Teneos firmes, pues, y
dejadles que vayan sembrando. Cada mochuelo a su olivo.
Piensan ellos quizás, con tal derroche de flores, cubrir de
nieve a los ardientes diablos. Eso se marchita y se arruga ante
vuestro hálito. Soplad, pues, ahora, diablos sopladores...
¡Basta, basta! Ante vuestras exhalaciones palidece toda la
bandada. No con tanta fuerza. Cerrad hocicos y narices. En
verdad, soplásteis demasiado recio. ¡Qué no sepáis nunca la
justa medida! Eso no se arruga solamente, se tuesta, se
deseca, se inflama. Suspenso en el aire, acércase despidiendo
luminosas llamas envenenadas. Hacedles frente, apretaos con
fuerza todos juntos... El vigor se apaga. Todos sus bríos se
han perdido. Los diablos huelen un extraño fuego
acariciador.
CORO DE ÁNGELES
Las gloriosas flores, las jocundas llamas difunden amor,
preparan todas las delicias que anhela el corazón. Las
palabras de verdad, en el Eter luminoso, dan en todas partes
luz a las eternas falanges.
MEFISTÓFELES
¡Maldición! ¡Oprobio a semejantes imbéciles! Los diablos
están de cabeza abajo. Esos zopencos hacen rueda tras rueda,
y a reculones se precipitan en el infierno. Que os aproveche
el baño caliente que bien merecido tenéis. En cuanto a mí, yo
permanezco en mi sitio... (Revolviéndose contra la lluvia de rosas.)
¡Atrás, fuegos fatuos! Tú, por muy vivo que brilles, una vez
atrapado, no eres más que un repugnante fango viscoso. ¿Por
qué revoloteas así? ¿Quieres largarte? Eso se me aferra al
cogote, como si fuera pez y azufre.
CORO DE ÁNGELES
Aquello que no es propio de vosotros, debéis evitarlo.
No habéis de sufrir lo que turba vuestro corazón. Si penetra
de un modo violento, es menester mostrarnos fuertes. El
amor no deja entrar en el cielo sino a los que aman.
Me abrasa la cabeza, el corazón, el hígado un elemento
más que diabólico, mucho más vivo que el fuego del
infierno. Ved ahí porque os lamentáis de tan atroz manera,
infelices amantes desairados, que con el cuello torcido
acecháis a la mujer amada. Otro tanto me pasa a mi. ¿Qué es
eso que me obliga a volver la cabeza a este lado con el cual, a
despecho de todo, estoy en guerra jurada? Esta vista ¡me
hería antes de una manera tan odiosa...! ¿Me ha penetrado de
parte a parte alguna cosa extraña? Me gusta ver esos chicos
encantadores. ¿Qué me contiene, que no me atrevo a soltar
reniegos...? Y si yo me dejo embobar, ¿quién será tachado de
loco de ahora en adelante? Esos diablillos, a quienes
aborrezco, me parecen, a pesar de todo, harto deliciosos...
Decidme, bellos niños: ¿no sois también de la raza de
Lucifer? Sois tan lindos que de veras quisiera daros un beso;
me parece que llegáis a buen punto. ¡Hállome tan bien, tan a
mi gusto como si os hubiese visto ya mil veces, anheloso de
un modo tan íntimo, tan gatuno...! Cada vez que os miro, os
encuentro más y más bellos. ¡Oh! ¡Acercaos, concededme
una mirada tan sólo!
LOS ÁNGELES
Hénos aquí ya. ¿Por qué retrocedes? Pues nos acercamos,
perma-nece, si puedes, en tu sitio.
(Los Ángeles, diseminándose en derredor, ocupan todo el espacio.)
MEFISTÓFELES
(Repelido hasta el proscenio). Nos calificáis de espíritus
réprobos, Y sois vosotros por cierto los hechiceros, porque
seducís a hombres y mujeres. ¡Qué maldita aventura! ¿Será
eso el elemento del amor? Todo mi cuerpo está de tal manera
enardecido que apenas siento eso que me abrasa la nuca.
Estáis oscilando de acá para acullá; bajad, pues, menead los
graciosos miembros de un modo algo más mundano. No hay
duda que la seriedad os sienta a maravilla, pero me gustaría
veros sonreír una vez tan siquiera: esto sería para mí un
eterno encanto. Quiero decir como cuando miran sonriendo
los enamorados, con un ligero pliegue en la boca y nada más.
Tú, mozalbete más crecido, tú me gustas en extremo. Esa
facha sacristanesca no te cae nada bien, mírame, pues, de una
manera un poco lasciva. También podrías ir un poquito más
desnudos sin faltar al decoro. Ese largo camisón de arrugas
es sobremanera honesto... Ahora se vuelven del otro lado... A
ver por detrás ... Esos picaronazos son de veras sobrado
apetitosos...
CORO DE ÁNGELES
Volveos hacia la luz, llamas amorosas. Cure la verdad a
aquellos que se condenan, a fin de que gozosos se libren del
espíritu maligno y logren la suprema beatitud en la unión
universal.
MEFISTÓFELES
(Reanimándose). ¿Qué me pasa? Cual Job con toda su
persona cubierta de llagas, que se da horror a sí mismo, y que
al propio tiempo triunfa cuando se mira, muy a fondo,
cuando tiene confianza en sí y en su linaje; se han salvado las
partes nobles del diablo. El fantasma del amor se arroja sobre
la piel. Hanse ya extinguido las abominables llamas, y como
es del caso, os maldigo a todos juntos.
CORO DE ÁNGELES
¡Llamas benditas! Aquel en torno de quien ellas fluctúan
se siente en la vida dichoso con los buenos. Todos unidos,
elevaos y entonad loores. Purificado está el aire; respire, pues,
el espíritu.
(Se elevan llevándose la parte inmortal de Fausto.)
MEFISTÓFELES
(Mirando en derredor). Mas ¿cómo? ¿Adónde se han ido?
Enjambre de menores, tú me pillaste descuidado; han echado
a volar hacia el cielo con su presa. Por eso estaban ellos tan
engolosinados aquí alrededor de esta fosa. Me han robado
un gran tesoro, un tesoro único. El alma sublime se había
obligado a mí, y ellos con maña me la han birlado. ¿A quién
voy a quejarme ahora? ¿Quién me restituirá lo que de
derecho me pertenece? Engañado te ves en tus viejos días;
bien merecido te lo tienes. Eso va atrozmente mal para ti. He
faltado de una manera indigna. Un gran dispendio ¡qué
vergüenza! se ha malogrado. Un deseo vulgar, una pasión
absurda acomete al embreado diablo. Y si el viejo ladino
cargado de experiencia se ha entretenido con esa cosa pueril,
extravagante, no es pequeña por cierto la locura que al fin se
apodera de él.

BARRANCOS, SELVAS, PEÑAS, SOLEDAD
SANTOS ANACORETAS repartidos de abajo a arriba en la
montaña, e instalados en las cavidades de las peñas.
CORO Y ECO
La selva, con su balanceo, parece acercarse; las rocas dejan
sentir su peso aquí; aférranse al suelo las raíces; los apretados
se lanzan a lo alto; onda tras onda sale con ímpetu; la
profundísima gruta ofrece alberque; mudos, apacibles
alrededor de nosotros, se arrastran los leones respetando el
lugar consagrado, santo asilo del amor.
PADRE EXTÁTICO
(Sube y baja flotando en el aire). Eterno fuego de delicias,
férvido lazo de amor, hirviente dolor del pecho, espumante
placer divino. Flechas, traspasadme; lanzas, sometedme;
mazas magulladme; rayos, heridme, para que se volatilice
todo lo vano, para que luzca la estrella perenne, foco del
eterno amor.

PADRE PROFUNDO
(Región baja). Como el despeñadero que está a mis pies
descansa pesado sobre un profundo abismo; como mil
arroyuelos corren radiantes hacia el hórrido precipicio del
espumoso torrente; como por su propio impulso se yergue
vigoroso el tronco en el aire; así es el omnipotente amor, que
todo lo forma, todo lo mantiene. Óyese en torno mío un
zumbido agreste, cual si ondulasen la selva y el fondo de
rocas, y con todo, benigno en su zurrido, despéñase en el
abismo el raudal llamado a regar luego el valle; cayó
llameante el rayo para purificar la atmósfera, que llevaba en
su seno mefísticos vapores: ¿qué son sino otros tantos
mensajeros de amor, que ponen de manifiesto lo que,
obrando eternamente, nos rodea por doquier? ¡Así inflame
ello también mi pecho, donde el espíritu, conturbado y frío,
se atormenta en los límites de los torpes sentidos, en las
estrechas cadenas de dolor! ¡Dios mío, acalla mis
pensamientos, ilumina mi corazón. necesitado!
PADRE SERÁFICO
(Región intermedia). ¡Qué nubecilla matinal se cierne a
través de la oscilante cabellera de los abetos! ¿Presiento acaso
lo que vive en lo interior? Es un joven coro de espíritus.
CORO DE NIÑOS BIENAVENTURADOS
Dinos, Padre, ¿adónde vamos? Dinos, buen Padre
¿quiénes so-mos? Somos felices; para todos, para todos ¡es
tan apacible la existencia ...!
PADRE SERÁFICO
Niños nacidos a la medianoche, con el espíritu y los
sentidos a medio abrir, perdidos en hora temprana para los
padres, beneficio de los ángeles; habéis sentido bien la
presencia de un sér amante. Acercaos, pues. Pero vosotros,
bienhadados, no tenéis idea alguna de los ásperos senderos
de la tierra. Descended, pues, hasta mis ojos, órganos hechos
para el mundo terrestre. Cual si fueran vuestros, podéis
serviros de ellos. Contemplad este paisaje. (Recibiendo a los
Niños en su interior.) Esto son árboles; esto son rocas, un
torrente que se despe-ña y que con un rodar formidable
abrevia el abrupto camino.
LOS NIÑOS BIENAVENTURADOS
(Desde el interior del Padre Seráfico). Esto es grandioso a la
vista, pero asaz sombrío es el paraje; nos estremece de horror
y espanto. Tú, que eres noble y bueno, déjanos partir.
PADRE SERÁFICO
Subid a una esfera más elevada, creced siempre de un
modo insensible, a medida que, en una pureza eterna, os
fortalezca la presencia de Dios. Porque éste es, para los
espíritus, el alimento que domina en el libérrimo Éter la
manifestación del eterno Amor, que se despliega en beatitud.
CORO DE NIÑOS BIENAVENTURADOS
(Dando vueltas alrededor de las cumbres más elevadas). Enlazad
gozosos las manos para formar juntos un círculo; moveos y
con cánticos expresad sentimientos sagrados. Divinamente
instruidos, podéis confiar; Aquel a quien adoráis, vosotros le
contemplaréis.
UNOS ÁNGELES
(Cerniéndose en la atmósfera más alta y llevando la parte inmortal
de Fausto). Hase librado del Malo el noble miembro del
mundo de los espíritus. “Aquel que se afana siempre
aspirando a un ideal, podemos nosotros salvarle”; y si
además, desde las alturas, por él se ha interesado el amor, el
coro bienaventurado le acoge con una cordial bienvenida.
LOS ÁNGELES NOVELES
Esas rosas, venidas de las manos de amorosas y santas pe-
nitentes, nos ayudaron a obtener la victoria y completar la
alta obra, adquirir el tesoro de esta alma. Cuando las
esparcíamos, los malignos espíritus se hicieron atrás; cuando
los alcanzamos, los diablos emprendieron la fuga. En lugar
de las ordinarias penas del infierno, padecieron los malos
espíritus el tormento del amor; y hasta el viejo señor de los
satanes sintióse penetrado de punzante tortura. Prorrumpid
en exclamaciones de júbilo. El éxito ha sido feliz.
LOS ÁNGELES MÁS PERFECTOS
Quédanos un residuo terrestre penoso de llevar, y aunque
fuera él de asbesto, no es puro. Cuando la gran fuerza del
espíritu ha atraído poderosamente hacia si los elementos,
ningún ángel llegaría a disociar la doble naturaleza de dos
partes íntimamente unidas. Sólo puede separarla el eterno
Amor.
LOS ÁNGELES NOVELES
Cual niebla que envuelve las peñascosas alturas, diviso
ahora mismo una animada multitud de espíritus, que se
mueve en las cercanías. Acláranse las nubecillas, y veo un
enjambre móvil de niños bienaventurados, libres de la
opresora carga terrestre. Unidos en círculo, recréanse en la
nueva primavera y en las galas del mundo superior. Que para
principiar y para un creciente y pleno beneficio, se una él a
estos niños.
LOS NIÑOS BIENAVENTURADOS
(Recibiendo de manos de los Angeles noveles la parte inmortal de
Fausto). Gozosos le recibimos en estado de crisálida. De esta
suerte obtenemos una prenda angelical. Desprended las
groseras vestiduras que le envuelven. Una vida santa le ha
hermoseado y engrandecido.
EL DOCTOR MARIANO
(Desde la celda más elevada y pura). Libre es aquí la vista; el
espíritu se sublima, Allí pasan unas mujeres, que, suspensas
en el aire, suben a lo alto. En medio, coronada de estrellas,
veo resplandecer la gloriosa Reina del cielo. (Extasiado.)
¡Excelsa soberana del mundo, déjame contemplar tu misterio
en el desplegado pabellón azul del cielo! Aprueba los
sentimientos que de un modo tierno y ferviente agitan el
corazón humano y lo elevan hacia ti con un santo anhelo
amoroso. Indómito es nuestro valor cuando majestuosa tú
mandas, de súbito se aplaca el ardor cuando nos apaciguas.
¡Virgen, pura en el más bello sentido; Madre digna de
veneración; Reina elegida para nosotros y de condición igual
a los Dioses! En derredor de ella se enlazan leves nubecitas:
son las Penitentes, pequeño grupo afectuoso, que en torno
de tus rodillas aspira el Éter implorando gracia. A ti,
Inviolable, no te está vedado dejar que esas criaturas, fáciles
de seducir, lleguen familiarmente a ti. Caídas en la flaqueza,
son difíciles de salvar; pero ¿quién, rompe con sus propias
fuerzas las cadenas de las concupiscencias? ¡Cuán presto se
escurre el pie por una pendiente resbaladiza! ¿A quién no
seduce una mirada, un saludo, un aliento acariciador?
(LA MADRE GLORIOSA avanza suspendida en el aire).
CORO DE PENITENTES
Majestuosa vuelas hacia las alturas de los reinos eternos;
¡oye nuestras súplicas, oh Tú sin igual, Tú llena de gracia!
LA GRAN PECADORA
Por el amor que hizo correr las lágrimas junto con el
bálsamo sobre los pies de tu divino Hijo glorificado, a
despecho de los sarcasmos del fariseo; por el vaso que tan
copiosamente vertió el perfume; por los rizados cabellos que
con tanta suavidad secaron los miembros sagrados...
LA MUJER SAMARITANA
Por el pozo hacia el cual, en antiguos tiempos, Abraham
hizo conducir los rebaños, por el cántaro que pudo con su
contacto refrescar los labios del Salvador; por el puro y rico
manantial que ahora desde allí se desborda caudaloso por
todas partes corriendo eternamente límpido a través de todos
los mundos...
MARÍA EGIPCIACA
(Acta Sanctorum.) Por el lugar altamente consagrado en el
cual depositaron al Señor; por el brazo que por vía de aviso
me rechazó de la puerta; por la penitencia de cuarenta años, a
la que permanecí fiel en los desiertos; por el bendito adiós
postrero que en la arena dejé escrito...
LAS TRES
Tú, que no impides que se acerquen a ti las grandes
pecadoras y que acrecientas en las eternidades el fruto del
arrepentimiento; a esta buen alma que no se olvidó más que
una vez, sin darse cuenta de que faltaba, concede igualmente
tu con digno perdón.
UNA DE LAS PENITENTES
en otro tiempo llamada Margarita (juntándose a las demás).
Vuelve, ¡oh Tú sin igual, Tú gloriosa! vuelve benigna tu
rostro hacia mi felicidad. Libre de su turbación, retorna ya el
amado de otro tiempo.
LOS NIÑOS BIENAVENTURADOS
(Acercándose con un movimiento circular.) Nos aventaja él ya
por sus poderosos miembros y dará espléndida recompensa a
nuestra fiel solicitud. En tiempo prematuro fuimos separados
de los coros de la vida; mas éste, aprendió y nos aleccionará.
UNA DE LAS PENITENTES
en otro tiempo llamada Margarita. Rodeado del noble coro de
espíritus, el recién venido apenas se reconoce él mismo, y no
bien presiente la nueva vida, semeja ya la legión sagrada. Mira
como se arranca todo lazo terreno de la antigua envoltura, y
como del etéreo ropaje resurge la primera fuerza juvenil.
Permite que yo le instruya; la nueva luz le deslumbra todavía,
LA MADRE GLORIOSA
¡Ven! Elévate a más altas esferas. Si él te presiente, irá en
pos de ti.
EL DOCTOR MARIANO
(Adorando, con el rostro contra el suelo.) Levantad los ojos
hacia la mirada salvadora, vosotras todas, tiernas almas arre-
pentidas, a fin de transformaros, llenas de agradecimiento,
para un venturoso destino. Que cada sentido purificado esté
pronto para tu servicio. ¡Virgen, Reina, Diosa, sé propicia!
CORO MÍSTICO
Todo lo perecedero no es más que figura. Aquí lo
Inaccesible se convierte en hecho; aquí se realiza lo Inefable.
Lo Eterno-femenino nos atrae a lo alto.


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