ESTA NOCHE SE IMPROVISA LA COMEDIA LUIGI PIRANDELLO


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ESTA NOCHE SE IMPROVISA LA COMEDIA

LUIGI PIRANDELLO

ADVERTENCIA
El anuncio de esta comedia, tanto en los periódicos como en los prospectos y
carteleras, debe ser puesto sin el nombre del autor, así:
TEATRO N.N.
ESTA NOCHE SE IMPROVISA LA COMEDIA
bajo la dirección del
DOCTOR HINKFUSS
(.............................)
con la colaboración del público, que se prestará
a ello gentilmente, y de las señoras .......... y
los señores ............
(En las rayas de puntos, los nombres de las actrices y actores principales. No es
mucho, pero bastará así.)
La sala del teatro está llena esta noche de ese público especial que suele asistir a los
estrenos.
El anuncio en los periódicos y carteleras del insólito espectáculo de una comedia «que
van a improvisar», ha despertado en todos una gran curiosidad. Sólo los señores críticos
teatrales de los periódicos de la localidad, la disimulan; porque creen poder decir mañana
fácilmente que fue «un churro». (¡Dios mío, algo así como la antigua comedia del arte!: pero
¿dónde están hoy los actores capaces de improvisar, como en sus tiempos aquellos cómicos
endiablados de la comedia del arte, a los cuales, por otra parte, los antiguos cañamazos, y la
máscara tradicional, y el repertorio, facilitaban la tarea, y no poco?) Los críticos están un poco
encolerizados porque no se lee en las carteleras ni en los periódicos, ni se sabe, además, el
nombre del escritor, que habrá dado al director y a los actores de esta noche, por lo menos, un
guión; privados de toda indicación a la que poder hacer cómodamente referencia, a un juicio
ya dado, temen caer en alguna contradicción.
Puntualmente, a la hora anunciada para la representación, se apagan las luces de la
sala y se enciende, baja, la batería del escenario.
El público, ante la imprevista penumbra, primero presta atención; luego, no oyendo el
gong que suele anunciar que se alza el telón, empieza a agitarse un poco; tanto más que, a
través del telón cerrado, llegan del escenario voces confusas y acaloradas, como si los actores
protestaran y alguien tratara de cortar sus protestas.
UN SEÑOR DEL PATIO DE BUTACAS. —(Mira a su alrededor y pregunta fuerte.) ¿Qué ocurre?
OTRO DE LA GALERÍA. —Parece que hay una lucha en el escenario.
UN TERCERO DE LOS SILLONES. —Quizá forme parte del espectáculo. (Alguien ríe.)
UN SEÑOR ANCIANO, DESDE UN PALCO. —(Como si aquellos rumores fueran una ofensa a su
seriedad de espectador muy en su papel.) ¿Pero qué escándalo es éste? ¿Cuándo se ha visto
una cosa semejante?
UNA SEÑORA ANCIANA. —(Saltando de su butaca, en las últimas filas, con cara de gallina
espantada.) ¿No será un incendio? ¡Dios nos libre!
EL MARIDO. —(Rápido, sujetándola.) ¿Estás loca? ¿Qué incendio? ¡Siéntate y estáte quieta!
UN JOVEN ESPECTADOR VECINO. —(Con una melancólica sonrisa de compasión.) ¡No lo diga
usted ni en broma! ¡Habrían bajado el telón metálico, señora! (Por fin suena el gong del
escenario.)
ALGUNOS DE LA CASA. —¡Ah! ¡Ya está! ¡Ya está!
OTROS. —¡Silencio!
(Pero el telón no se abre. En cambio, se oye de nuevo el gong, al cual responde desde
el fondo de la sala la voz colérica del DOCTOR HINKFUSS, que ha abierto violentamente la
puerta de entrada y avanza furioso por el pasillo central del patio de butacas.)
DOCTOR HINKFUSS. —¡Pero qué es eso! ¿Quién ha mandado tocar el gong? ¡Daré yo la orden,
cuando sea hora!
(Estas frases serán gritadas por el DOCTOR HINKFUSS mientras atraviesa el pasillo y
sube la escalerilla que conduce de la sala al escenario. Ahora se dirige al público, conteniendo
con admirable rapidez sus nervios alterados. Viste de frac, con un rollo de papel bajo el brazo.
El DOCTOR HINKFUSS sufre la terribilísima e injustísima condena de ser un hombrecillo poco
más alto que un brazo. Pero se venga de ello llevando una cabellera así de larga. Mira primero
sus manitas, que quizá le infunden repugnancia a él mismo, con aquellos deditos pálidos,
velludos, que al moverse parecen orugas; luego dice, sin dar mucho peso a las frases:) Siento
mucho el momentáneo desorden que el público ha podido advertir detrás del telón, antes de
la presentación, y pido a ustedes que me perdonen; aunque, quizá, si se quiere tomar y
considerar como prólogo involuntario...
EL SEÑOR DE LAS BUTACAS. —(Interrumpiendo, contentísimo.) ¡Eso, eso! ¡Lo había dicho yo!
DOCTOR HINKFUSS. —(Con fría dureza.) ¿Qué tiene que observar el señor?
EL SEÑOR DE LAS BUTACAS. —Nada. Estoy contento de haberlo adivinado.
DOCTOR HINKFUSS. —¿Adivinado, qué?
EL SEÑOR DE LAS BUTACAS. —Que esos rumores formaban parte del espectáculo.
DOCTOR HINKFUSS. —¡Ah!, ¿sí? ¿De veras? ¿Le ha parecido que era un truco? ¡Precisamente
esta noche que me he propuesto jugar con las cartas boca arriba! No se haga ilusiones,
caballero. He llamado prólogo involuntario, y añado no del todo impropio, quizá, al insólito
espectáculo a que asisten ustedes esta noche. Le ruego no me interrumpa. He aquí, señoras
y señores... (Saca el rollo de papel de debajo del brazo.) En este rollo de pocas páginas, tengo
todo lo que necesito Casi nada. Un cuentecillo, o poco más, apenas dialogado, a trozos, por
un escritor que a ustedes no les es desconocido.
ALGUNOS, EN LA SALA. —¡El nombre! ¡El nombre!
UNO DE LA GALERÍA. —¿Quién es?
DOCTOR HINKFUSS. —Por favor, señores, por favor. No es mi intención convocar al público
para unas elecciones. Quiero, sí, responder de lo que he hecho; pero no puedo admitir que
me pidan cuentas durante la representación.
EL SEÑOR DE LAS BUTACAS. —Todavía no ha empezado.
DOCTOR HINKFUSS. —Sí, señor, ha empezado. Y el que menos derecho tiene a ponerlo en
duda es usted, que ha tomado esos rumores del principio como prólogo del espectáculo. La
representación ha empezado, puesto que estoy yo aquí, ante ustedes.
EL SEÑOR ANCIANO, DESDE EL PALCO. —(Congestionado.) Yo creí que venía usted a pedir perdón
por el escándalo inaudito de esos rumores. Por lo demás, le advierto a usted que no he
venido al teatro a oír una conferencia.
DOCTOR HINKFUSS. —¡Pero qué conferencia! ¿Cómo se atreve usted a creer y a decir a gritos
que yo estoy aquí para hacerle oír a usted una conferencia? (El señor anciano, muy
indignado por este apóstrofe, se levanta rápido y sale gruñendo del palco.) ¡Ah, puede usted
marcharse!, ¿sabe? Nadie se lo impide. Yo estoy aquí, señores, sólo para prepararles para
todo lo insólito que van ustedes a presenciar esta noche. Creo merecer su atención.
¿Quieren ustedes saber quién es el autor del cuentecillo? Puedo decírselo, si quieren.
ALGUNOS, EN LA SALA. —¡Claro que sí! ¡Dígalo! ¡Dígalo!
DOCTOR HINKFUSS. —Bueno, pues lo diré: Pirandello.
(Exclamaciones en la sala: ¡Uhhhh...!)
EL DE LA GALERÍA. —(Fuerte, dominando las exclamaciones.) ¿Y quién es ése?
(Muchos, en las butacas, en los palcos y plateas, se ríen.)
DOCTOR HINKFUSS. —(Riendo un poco él también.) ¡Siempre el mismo, sí; incorregiblemente!
¡Pero si ya les ha hecho de las suyas dos veces a mis colegas; una vez, mandándole a uno
seis personajes perdidos, en busca de autor, que armaron una revolución en el escenario y
les hicieron perder la cabeza a todos; y otra vez, presentando con engaño una comedia con
clave, por la cual otro de mis colegas tuvo que ver cómo el espectáculo fue interrumpido por
todo el público sublevado; esta vez no hay peligro de que me haga a mí lo mismo. Estén
ustedes tranquilos. Lo he eliminado. Su nombre ni siquiera figura en las carteleras; porque
también hubiera sido injusto por mi parte hacerlo responsable del espectáculo de esta
noche, aunque sólo fuera en parte. El único responsable soy yo. He cogido un cuento suyo,
como podría haber cogido otro cualquiera. He preferido uno suyo, porque, entre todos los
autores teatrales, quizá sea el único que ha demostrado comprender que la obra del escritor
ha terminado en el mismo momento en que él termina de escribir la última palabra. De esta
obra suya, responderá al público de lectores y a la crítica literaria. No puede ni debe
responder al público de espectadores y a los señores críticos teatrales, que juzgan sentados
en el teatro.
VOCES, EN LA SALA. —Ah, ¿no? ¡Ésta es buena!
DOCTOR HINKFUSS. —No, señores. Porque, en el teatro, la obra del escritor ya no existe.
EL DE LA GALERÍA. —¿Pues qué existe, entonces?
DOCTOR HINKFUSS. —La creación escénica que haya hecho yo, y que es sólo mía. Vuelvo a
rogar al público que no me interrumpa. Y advierto..., ya que he visto sonreír a alguno de los
señores críticos..., que ésa es mi convicción. Son muy dueños de no respetarla y de seguir
metiéndose injustamente con el escritor, al cual, sin embargo, concederán ustedes que tiene
derecho también a sonreírse de sus críticas, como ustedes ahora de mi convicción: en el
caso, se entiende, de que las críticas sean desfavorables; porque, en el caso contrario, sería
el escritor el injusto tomando para él los elogios que me corresponden a mí. Mi convicción
está basada en sólidas razones. La obra del escritor es ésta. (Y enseña el rollito de papel.)
¿Qué hago yo con ella? La tomo como materia prima de mi creación y me sirvo de la calidad
de los actores elegidos para hacer los papeles según la interpretación que yo he dado a la
obra; y de los escenógrafos y tramoyistas, a los que ordeno que pinten o monten los
decorados; y de los electricistas que lo iluminan; todos, según las instrucciones e
indicaciones que yo dé.
En otro teatro, con otros actores y otro montaje, con otra disposición y otras luces,
admitirán ustedes que la creación sería ciertamente distinta. ¿Y no les parece a ustedes que
queda demostrado con esto que lo que se juzga en el teatro no es nunca la obra del escritor
—única en su texto—, sino ésta o aquella creación escénica que se ha hecho de la misma,
todas distintas, mientras la obra sigue siendo una? Para juzgar el texto, sería preciso
conocerlo; y en el teatro no es posible, a través de una interpretación, que hecha por ciertos
actores será una y hecha por otros será forzosamente otra. Sólo la obra que pudiera
representarse por sí sola, no con actores, sino con sus mismos personajes, que, por
prodigio, adquirieran cuerpo y voz; sólo en ese caso, podría, sí, ser juzgada directamente en
el teatro. Pero, ¿es acaso posible tal prodigio? Hasta ahora, nadie lo ha visto. Y entonces,
¡oh, señores!, queda el que con más o menos empeño se las ingenia para crear, cada noche,
con sus actores: el director de escena. El único posible.
Para evitar a lo que digo todo aspecto de paradoja, les invito a considerar que una
obra de arte queda fija para siempre en una forma inmutable que representa la liberación
del poeta de su trabajo creador: la perfecta quietud, alcanzada después de todas las
agitaciones de ese trabajo.
Bien. ¿Les parece a ustedes, señores, que pueda seguir habiendo vida donde ya nada
se mueve; donde todo reposa en una perfecta quietud?
La vida debe obedecer a dos necesidades que, por ser opuestas entre sí, no le
consienten tener consistencia duradera ni moverse siempre. Si la vida se moviera siempre,
no tendría consistencia nunca; si tuviera consistencia siempre, ya no se movería. Y la vida
necesita tener consistencia y moverse.
El poeta se engaña cuando cree haber encontrado la liberación y alcanzado la
quietud fijando para siempre su obra de arte en una forma inmutable. Solamente ha
terminado de vivir esa su obra. La liberación y la quietud hay que pagarlas al precio de dejar
de vivir
Y cuantos las han encontrado y alcanzado, se encuentran en esa miserable ilusión,
que creen estar todavía vivos; pero están tan muertos que ni siquiera perciben ya el hedor
de su cadáver.
Si una obra de arte sobrevive, es sólo porque nosotros podemos todavía moverla de
la fijeza de su forma; desatar esa su forma dentro de nosotros en movimiento vital; y la vida
se la damos nosotros entonces; de vez en cuando, diversa, y distinta, según cada uno de
nosotros; tantas vidas, y no una, como se puede deducir de las continuas discusiones que
suscitan y que nacen de no querer creer precisamente esto: que somos nosotros los que le
damos esa vida; de manera que la que le doy yo no puede ser igual, en absoluto, a la de
otro. Les ruego me dispensen, señores, del largo rodeo que he tenido que hacer para llegar a
esto, que es el punto a donde quería llegar.
Alguno podría preguntarme:
«¿Pero quién le ha dicho a usted que el arte tenga que ser vida? Cierto que la vida
debe obedecer a las dos opuestas necesidades que usted dice, y por eso no es arte; como el
arte no es vida, precisamente, porque consigue liberarse de esas opuestas necesidades y
consiste para siempre en la inmutabilidad de su forma. Y justamente por eso, el arte es el
reino de la creación realizada, allí donde está la vida, como debe ser, en una formación
infinitamente varia y continuamente mudable. Cada uno de nosotros intenta crearse a sí
mismo y la propia vida, con las mismas facultades del espíritu con que el poeta crea su obra
de arte. Y, en efecto, el mejor dotado y que sabe emplearlas mejor, consigue alcanzar una
mayor altura y darle una consistencia más duradera. Pero nunca será una verdadera
creación; ante todo porque está destinada a acabar y perecer con nosotros en el tiempo;
luego, porque tendiendo a alcanzar una meta, nunca será libre; y, por último, porque,
expuesta a todos los azares imprevistos, a todos los obstáculos que los demás le ponen,
corre el riesgo continuo de ser contrariada, desviada, deformada. El arte, en cierto sentido,
se venga de la vida, porque la suya sólo es verdadera creación en cuanto está liberada del
tiempo, de las casualidades y de los obstáculos, sin otro fin que en sí misma.»
Sí, señores, respondo yo; así es, precisamente.
Y cuántas veces, les digo, me ha ocurrido pensar con angustioso espanto en la
eternidad de una obra como en una inalcanzable y divina soledad, de la cual hasta el mismo
poeta, inmediatamente después de haberla creado, queda excluido: ellos, mortales de
aquella inmortalidad.
Tremenda, en la inmovilidad de su actitud, una estatua. Tremenda, esta eterna
soledad de las formas inmutables, fuera del tiempo.
Todo escultor —yo no lo sé, pero me lo supongo—, después de haber creado una
estatua, si verdaderamente cree haberle dado vida para siempre, debe desear que ella, como
una cosa viva, tenga que poder liberarse de su actitud, y moverse, y hablar.
Dejaría de ser estatua; se convertiría en persona viva. Pero sólo a ese precio, señores,
puede traducirse en vida y volver a moverse lo que el arte fijó en la inmovilidad de una
forma; con la condición de que esa forma vuelva a tener movimiento en nosotros, una vida
diversa, y varia, y momentánea: la que cada uno de nosotros sea capaz de darle.
Hoy día se dejan fácilmente en aquella su divina soledad fuera del tiempo las obras
de arte. Los espectadores, después de una gravosa jornada de preocupaciones gravosas y
afanosas ocupaciones, angustias y trabajos de todo género, por la noche, en el teatro,
quieren divertirse.
EL SEÑOR DE LAS BUTACAS. —¿Divertirnos? ¿Con Pirandello? (Se ríe.)
DOCTOR HINKFUSS. —No hay peligro. Estén ustedes seguros. (Muestra de nuevo el rollito.) Esto
no es nada. Lo haré yo, lo haré yo: todo por mí. Y espero haberles creado un espectáculo
agradable, si los cuadros y escenas se hacen con el atento cuidado con que yo los he
preparado, tanto en el conjunto como en los detalles; y si mis actores responden en todo a la
confianza que he puesto en ellos. Por lo demás, estaré yo aquí, entre ustedes, dispuesto a
intervenir si es necesario, sea para encarrilar la representación, al menor obstáculo, o para
suplir con explicaciones y aclaraciones cualquier defecto en el trabajo; lo cual —y ello me
halaga— les hará a ustedes más agradable la novedad de esta tentativa de comedia
improvisada. He dividido en tantos cuadros el espectáculo. Breve pausa de uno a otro.
Muchas veces, sólo un momento de oscuridad, del cual un nuevo cuadro nacerá de
improviso, aquí, en el escenario, o también entre ustedes: sí, en la sala he dejado
expresamente un palco vacío, allí arriba, que a su tiempo será ocupado por los actores; y
entonces todos ustedes participarán también en la acción. Una pausa más larga les será
concedida, para que puedan ustedes salir de la sala, pero no a respirar, se lo advierto desde
ahora, porque les he preparado también allí, en el vestíbulo, una nueva sorpresa.
Una última y brevísima advertencia, para que puedan ustedes orientarse.
La acción se desarrolla en una pequeña ciudad del interior, en Sicilia, donde —como
saben ustedes— las pasiones son fuertes, anidan en lo más profundo, y luego arden con
violencia: entre todas, ferocísima, la de los celos. El cuento representa precisamente uno de
esos casos de celos, y de los más tremendos, por irremediables: los del pasado. Y ocurren en
una familia de la que deberían haber estado más alejados que nunca, porque, entre la
clausura casi hermética de todas las demás, es la única de la ciudad abierta a los
forasteros, con una hospitalidad excesiva, practicada como de intento, a despecho de la
maledicencia y para desafiar el escándalo que los demás hacen de ello.
La familia La Croce.
Está compuesta, como verán ustedes, por el padre, don Palmiro, ingeniero de minas:
Zampoña, como lo llama todo el mundo, porque, distraído, siempre está silbando; la madre,
doña Ignacia, oriunda de Nápoles, conocida en la comarca por La Generala; y cuatro bellas
hijas, regordetas y sentimentales, vivaces y apasionadas:
Mommina, Totina, Dorina y Nené.
Y ahora, con permiso. (Da unas palmadas, como para llamar; y, apartando un poco el
telón, ordena en el interior del escenario:) ¡Gong! (Se oye un golpe de gong.) Llamo a los
actores para la presentación de los personajes.
(Se abre el telón.)
Se ve, casi a la espalda, un telón ligero, verde, que puede abrirse por el medio.
DOCTOR HINKFUSS. —(Separando un poco un ala de este telón y llamando:) Por favor, señor...
(Pronuncia el nombre del PRIMER ACTOR, que hará el papel de RICO VERRI. Pero EL PRIMER
ACTOR, aunque está detrás de las cortinas, no quiere salir. Entonces, el DOCTOR HINKFUSS
repite:) Por favor, por favor, salga usted, señor... (Como antes.) Espero que no insistirá usted
en su protesta, incluso delante del público.
EL PRIMER ACTOR. —(Vestido y caracterizado de Pico VERRI, con uniforme de oficial de aviación,
saliendo de detrás de la cortina excitadísimo.) ¡Insisto, sí, señor! ¡Tanto más que usted se
atreve ahora a llamarme por mi nombre delante del público!
DOCTOR HINKFUSS. —¿Le he ofendido?
EL PRIMER ACTOR. —Sí, y sigue usted ofendiéndome, sin darse cuenta, al tenerme
discutiendo con usted después de haberme obligado a salir.
DOCTOR HINKFUSS. —¿Quién le manda discutir? ¡No discuta! ¡Yo lo llamo para que cumpla
usted con su deber!
EL PRIMER ACTOR. —Estoy dispuesto. Cuando me toque salir a escena. (Se retira, apartando
la cortina con un gesto de cólera.)
DOCTOR HINKFUSS. —(Que ha quedado mal.) Quería presentarlo...
EL PRIMER ACTOR. —(Volviendo a salir.) ¡No, señor! ¡Usted no tiene que presentarme al
público, que me conoce! ¡Yo no soy ningún títere en manos de usted, para mostrarme al
público como aquel palco que han dejado allí vacío, o una silla puesta en un sitio
determinado para conseguir algún efecto mágico de los suyos!
DOCTOR HINKFUSS. —(Apretando los dientes, frito.) Usted abusa en este momento de la
paciencia que debo tener...
EL PRIMER ACTOR. —(Rápido, interrumpiendo.) ...no, señor mío: nada de paciencia; usted debe
creer solamente que, bajo estos vestidos, el señor... (dice su nombre) ya no existe; porque,
habiéndose comprometido con usted para trabajar esta noche improvisando, para tener a
punto las frases que han de nacer, nacer del personaje que represento, y espontánea la
acción, y natural todo gesto; el señor... (como antes) tiene que vivir el personaje de Rico Verri:
y lo es, lo es ya; tanto que, como le decía al principio, no sé si podrá adaptarse a todas las
combinaciones, sorpresas y jueguecitos de luz y sombra preparados por usted para divertir
al público. ¿Ha comprendido? (Se oye en este momento el chasquido de una sonorísima
bofetada detrás de la cortina, e, inmediatamente después, la protesta del VIEJO ACTOR DE
CARÁCTER, que hará el papel de «ZAMPOÑA».)
EL VIEJO ACTOR DE CARÁCTER. —¡Ay! ¿Qué es eso? ¡No pegue usted esas bofetadas en serio,
caramba! (La protesta es acogida con risas detrás de la cortina.)
DOCTOR HINKFUSS. —(Mirando detrás de la cortina, hacia el escenario.) ¿Pero qué diablos
ocurre? ¿Qué ha pasado ahora?
EL VIEJO ACTOR DE CARÁCTER. —(Saliendo de la cortina con una mano en la mejilla, vestido y
caracterizado de «ZAMPOÑA».) Pues pasa que no tolero que la señora... (dice el nombre de LA
CARACTERÍSTICA), con el pretexto de que tiene que improvisar, me suelta cada bofetada —¿no
ha oído usted?— que, entre otras cosas (le muestra la mejilla golpeada), me estropea el
maquillaje, ¿no?
LA CARACTERÍSTICA. —(Saliendo, vestida y caracterizada de DOÑA IGNACIA.) ¡Pues defiéndase,
santo cielo! ¡Eso poco cuesta! Es un movimiento instintivo y natural.
EL VIEJO ACTOR DE CARÁCTER. —¿Y cómo voy a defenderme, si usted me las suelta así, de
improviso?
LA CARACTERÍSTICA. —¡Cuando se las merece, señor mío!
EL VIEJO ACTOR DE CARÁCTER. —¡Ya! ¡Pero yo no sé cuándo me las merezco, señora mía!
LA CARACTERÍSTICA. —¡Pues esté siempre a la defensiva, porque se las merece siempre! ¡Y yo,

si he de improvisar, no voy a soltárselas en un momento señalado de antemano!
EL VIEJO ACTOR DE CARÁCTER. —¡Pero no hay necesidad de que me las suelte de verdad!
LA CARACTERÍSTICA. —Y entonces, ¿cómo? ¿Fingidas? Yo no tengo un papel aprendido de
memoria: tiene que venir todo de aquí (señala del estómago para arriba) y ser todo
espontáneo. Usted me las arranca, y yo se las suelto.
DOCTOR HINKFUSS. —¡Vamos, señores, que están ustedes delante del público!
LA CARACTERÍSTICA. —Estamos haciendo ya nuestro papel, señor Director.
EL VIEJO ACTOR DE CARÁCTER. —(Volviendo a llevarse la mano a la mejilla.) ¡Y cómo!
DOCTOR HINKFUSS. —¡Ah! ¿Usted lo entiende así?
LA CARACTERÍSTICA. —Dispense, ¿no quería usted hacer la presentación? ¡Pues aquí estamos
presentándonos nosotros solos! ¡Una bofetada, y este imbécil de mi marido ya está
presentando. (EL VIEJO ACTOR DB CARÁCTER, en su papel de «ZAMPOÑA», se pone a silbar.) ¿Ve
usted? Ya está silbando. Perfectamente dentro de su papel.
DOCTOR HINKFUSS. —¿Pero les parece a ustedes posible, fuera de esta cortina, fuera de
cuadro, y sin ningún orden?
LA CARACTERÍSTICA. —¡No importa! ¡No importa! ¡No importa!
DOCTOR HINKFUSS. —¿Cómo, no importa? ¿Qué quiere usted que comprenda el público, así?
EL PRIMER ACTOR. —¡Claro que comprenderá! ¡Así comprenderá mucho mejor! Déjelo de
nuestra cuenta. Estamos todos caracterizados para hacer nuestros papeles.
LA CARACTERÍSTICA. —Actuaremos, créame, con mucha más facilidad y naturalidad, sin el
estorbo y sin el freno de un campo limitado de una acción preestablecida. ¡Haremos,
haremos también todo lo que usted ha preparado! Pero, mientras tanto, mire, con su
permiso voy a presentar también a mis hijas. (Aparta la cortina para llamar.) ¡Chicas! ¡Venid
aquí! (Coge por un brazo a la primera y la hace salir.) Mommina. (Luego, a la segunda.)
Totina. (Luego, a la tercera.) Dorina. (Luego, a la cuarta.) Nené. (Todas, excepto la primera,
hacen al entrar una magnífica reverencia.) ¡Unas chicas estupendas, gracias a Dios, que se
merecen las cuatro llegar a ser reinas! ¿Quién dice que son hijas de un hombre como ése?
(DON PALMIRO, al verse señalado, vuelve rápido la cabeza y se pone a silbatear.) ¡Silba, sí,
silba! ¡Ay, querido, un poco de grisú, mira, como yo tomo un poco de rapé, un poco de grisú
en tus narices es lo que debía ponerte tu mina de azufre: sí, querido, que te deje tieso y te
quite de una vez de delante de mi vista!
TOTINA. —(Acudiendo con DORINA a sujetarla.) ¡Por caridad, mamá, no empieces!
LA CARACTERÍSTICA. —¡Él es el que se ha puesto a silbar! (Luego, saliéndose del papel, al
DOCTOR HINKFUSS.) ¡No dirá usted que no sale bien! ¿Eh?
DOCTOR HINKFUSS. —(Con una chispa de malicia, encontrando rápidamente una salida para
salvar su prestigio.) Como el público habrá comprendido, esta rebelión de los actores que
están a mis órdenes, es fingida, concertada de antemano entre ellos y yo, para hacer más
espontánea y viva la representación. (Ante esta mala pasada, los actores se quedan de
repente como fantoches con gesto de turbación. El DOCTOR HINKFUSS lo nota en seguida: Se
vuelve a mirarlos y los muestra al público:) Este azoramiento también es fingido.
EL PRIMER ACTOR. —(Agitándose, indignado.) ¡Tonterías! Yo ruego al público se digne creer
que mi protesta no ha sido fingida, ni mucho menos. (Retira la cortina, como antes, y se va
furioso.)
DOCTOR HINKFUSS. —(Rápido, como confidencialmente, al público.) Todo es fingido: incluso
esta divergencia. Al amor propio de un actor como... (dice el nombre del actor), uno de los
mejores de nuestra escena, yo no puedo menos de concederle alguna satisfacción. Pero
ustedes comprenderán que todo lo que ocurra aquí arriba no puede menos de ser fingido.
(Dirigiéndose a LA CARACTERÍSTICA.) Siga, siga usted, señora... (Como antes.) Va muy bien. No
podía esperar menos de usted.
LA CARACTERÍSTICA. —(Desconcertada, casi atolondrada de tanta falta de discreción, sin saber
ya qué hacer.) ¡Ah!, ¿quiere usted... ahora, que siga yo...? Y... y..., perdone, ¿qué tengo que
hacer?
DOCTOR HINKFUSS. —¿Qué va a hacer? ¡La presentación! ¡La presentación, que había
empezado tan bien, como habíamos convenido!
LA CARACTERÍSTICA. —No, no, escuche: no diga «convenido», por favor, si no quiere que me
quede yo aquí parada, sin saber qué decir.
DOCTOR HINKFUSS. —(De nuevo al público, como confidencialmente.) ¡Es magnífica!
LA CARACTERÍSTICA. —¿Pero quiere usted dar a entender, en serio, que habíamos concertado
con usted esta nuestra salida a escena?

DOCTOR HINKFUSS. —Pregúntele usted al público, a ver si no tiene la impresión, en este
momento, de que estamos improvisando la comedia. (El señor de las butacas, los cuatro del
palco platea, el de la galería, empiezan a aplaudir; pero, si el público no los sigue por contagio,
dejarán de aplaudir en seguida.)
LA CARACTERÍSTICA. —¡Ah, bien, eso sí! ¡Verdaderamente, estamos improvisando! Hemos
salido, y tanto yo como usted no hacemos más que improvisar.
DOCTOR HINKFUSS. —Bueno, pues siga usted. ¡Siga, y llame a los demás actores para
presentarlos!
LA CARACTERÍSTICA. —¡Ahora mismo! (Llamando hacia dentro del telón.) ¡Eh, jovencitos! ¡Aquí,
aquí todos!
DOCTOR HINKFUSS. —¡Haciendo su papel, por supuesto!
LA CARACTERÍSTICA. —No lo dude, están en ello. ¡Aquí, aquí, amiguitos! (Entran ruidosamente
cinco jóvenes oficiales de aviación, de uniforme. Primero saludan enfáticamente a DOÑA
IGNACIA.)
—¡Querida doña Ignacia!
—¡Viva nuestra gran Generala!
—¡Y nuestra Santa Protectora! (Y otras explicaciones por el estilo. Luego saludan a las cuatro
muchachas, que contestan alegremente. Alguno va a saludar también a DON PALMIRO. DOÑA
IGNACIA trata de interrumpir aquel alboroto de saludos verdaderamente improvisados.)
LA CARACTERÍSTICA. —¡Piano, piano, queridos, no alborotar así! ¡Usted aquí, Pomárici, mi
sueño dorado para Totina! ¡Venga, cójala usted del brazo, así! ¡Y usted, Sarelli, aquí con
Dorina!
EL TERCER OFICIAL. —¡No, hombre, no! ¡Dorina está conmigo (la sujeta por un brazo), déjese
de bromas!
SARELLI. —(Cogiéndola por el otro brazo y tirando de ella.) ¡Ahora me la cedes, que su madre
me la ha asignado!
EL TERCER OFICIAL. —¡Ni hablar! ¡Esta señorita y yo estamos de acuerdo!
SARELLI. —(A DORINA.) ¡Ah! ¿Ustedes están de acuerdo? ¡Enhorabuena! (Denunciándolos.) ¿Ha
oído usted, Doña Ignacia?
LA CARACTERÍSTICA.—¿Cómo, de acuerdo?
DORINA. —(Enfadada.) ¡Claro que sí, señora... (dice el nombre de LA ACTRIZ DE CARÁCTER), de
acuerdo para hacer nuestros papeles!
EL TERCER OFICIAL. —Señora, haga el favor de no armar líos. Habíamos quedado...
LA CARACTERÍSTICA. —¡Ah, sí, perdonen, no me acordaba! Usted, Sarelli, está con Nené.
NENÉ. —(A SARELLI, abriendo los brazos.) ¡Conmigo! ¿No recuerda usted que habíamos
quedado en eso?
SARELLI. —¡Si es igual! Nosotros estamos aquí sólo para armar un poco de jaleo.
DOCTOR HINKFUSS. —(A LA CARACTERÍSTICA.) ¡Un poco de atención, señora, por favor!
LA CARACTERÍSTICA. —Sí, sí, perdone; tenga un poco de paciencia. Como son tantos, me había
confundido. (Volviéndose para buscar a su alrededor.) Pero ¿y Verri? ¿Dónde está Verri?
Tenía que estar aquí con sus compañeros.
EL PRIMER ACTOR. —(Dispuesto, asomando la cabeza por entre las cortinas.) ¡Sí, buenos
compañeros, que dan lección de modestia a sus queridas hijas!
LA CARACTERÍSTICA. —¿Pues qué quiere? ¿Que las tenga en un colegio de monjas,
aprendiendo el catecismo y a bordar? Pasaron aquellos tiempos, Eneas... (Va a cogerlo y lo
hace salir cogido de la mano.) ¡Vamos, venga usted aquí, sea bueno! ¡Mírelas: usted que
habla de modestia: no hacen alarde de ello; pero tienen sus virtudes de mujercitas de su
casa, ¿sabe? ¡Como pocas, en estos tiempos! Mommina es una gran cocinera...
MOMMINA. —(En tono de reproche, como si la madre acabara de revelar un secreto
vergonzoso.) ¡Mamá!
DOÑA IGNACIA. —...y Totina sabe remendar...
TOTINA. —(Como antes.) Pero ¡qué estás diciendo!
DOÑA IGNACIA. —...y Nené...
NENÉ. —(Rápida, agresiva, amenazándole con taparle la boca.) ¿Quieres callarte, mamá?
DOÑA IGNACIA. —...no hay otra que sepa, como ella, hacer un vestido nuevo de uno viejo...
NENÉ. —(Como antes.) ¿Pero no puedes callarte? ¡Ya está bien!
DOÑA IGNACIA.—...quitarle las manchas...
NENÉ. —(Le tapa la boca.) ¡...ya está bien, mamá!
DOÑA IGNACIA. —(Liberándose de la mano de NENÉ.) ...darles la vuelta... ¡Y para llevar las

cuentas, Dorina!
DORINA. —¿Has acabado ya de vaciar el saco?
DOÑA IGNACIA. —¡Adónde hemos llegado! ¡Se avergüenzan...!
ZAMPOÑA. —¡...como de vicios secretos!
DOÑA IGNACIA. —Y luego, no son nada exigentes; se conforman con poco. ¡Con tal de poder ir
al teatro, no les importa quedarse sin comer! ¡Nuestro viejo melodrama: ¡ah!, me gusta
tanto, a mí también!
NENÉ. —(Que entró con una rosa en la mano.) ¡El melodrama no, mamá! ¡La ópera Carmen!
(Se pone la rosa en la boca y canta, contoneándose, provocativa):
«Es el amor un extraño pájaro
que no se puede domesticar...»
LA CARACTERÍSTICA. —Sí, claro, la Carmen también; pero no hace bullir el corazón como el
fuego de nuestro viejo melodrama, cuando ves que la inocencia grita y nadie la cree, y la
desesperación de la enamorada: «¡Ah! ¡Ese infame ha vendido mi honor...!» ¡Pregúntaselo a
Mommina! Basta. (Dirigiéndose a VERRI.) Usted vino por primera vez a nuestra casa,
acuérdese bien, presentado por estos jóvenes...
EL TERCER OFICIAL. —¡...y ojalá no se nos hubiera ocurrido nunca...!
LA CARACTERÍSTICA. —...oficiales de guarnición en nuestro campo de aviación...
EL PRIMER ACTOR. —...oficiales de complemento, si le es a usted lo mismo... por seis únicos
meses... y luego, si Dios quiere, ¡se les acabó a éstos el momio de poder vivir a costa mía!
POMÁRICI. —¿Nosotros? ¿A costa tuya?
SARELLI. —¡Míralo!
LA CARACTERÍSTICA. —Eso no tiene nada que ver. Quería decir que ni yo, ni mis hijas, ni ése...
(De nuevo, DON PALMIRO, al verse indicado, vuelve la cabeza y se pone a silbar.) ¡Deja de
silbar, o te doy en la cara con este bolsito! (Es un bolso enorme. DON PALMIRO deja de silbar
en el acto.) ...Ninguno de nosotros nos dimos cuenta, al principio, de que usted tenía esa
sangre negra de los sicilianos...
EL PRIMER ACTOR. —¡...y a mucha honra...!
LA CARACTERÍSTICA. —¡...Ah, pero ahora ya lo sé...! ¡Y de qué manera!
DOCTOR HINKFUSS. —¡No anticipe nada, señora, no anticipe nada, por caridad!
LA CARACTERÍSTICA. —No, no tenga miedo, no anticiparé nada.
DOCTOR HINKFUSS. —Limítese a la presentación, clarísima; y basta.
LA CARACTERÍSTICA. —Clarísima, sí, no lo dude. Digo, y es verdad, que antes no se jactaba de
ello: al contrario, estaba con nosotros, haciendo frente a estos salvajes de la isla, que
tomaban casi como una ofensa nuestro inocente género de vida, al estilo del continente; el
que recibiéramos en casa a unos cuantos jóvenes, y toleráramos algunas bromas sin
malicia... ¡Pero, Dios mío, si son cosas de la juventud! Él también bromeaba con mi hija
Mommina... (La busca.) ¿Dónde está...? ¡Ah, está aquí! Ven, acércate, pobre hija mía
desgraciada; todavía no es hora de que te pongas así; (LA PRIMERA ACTRIZ, que hace el papel
de MOMMINA, tirando de la mano, se resiste.) ¡Ven, ven aquí!
LA PRIMERA ACTRIZ. —No, déjeme, señora... (dice el nombre de LA CARACTERÍSTICA; luego,
resueltamente, adelantándose, al DOCTOR HINKFUSS.) ¡Yo así no puedo trabajar, señor
Director! Se lo digo desde ahora. ¡No es posible! Usted ha trazado un plan, ha establecido un
orden de cuadros: bien, ¡pues aténgase a ellos! Yo tengo que cantar. Necesito sentirme
segura, en mi puesto, en la acción que se me ha asignado. Pero así, a merced del viento, yo
no voy.
EL PRIMER ACTOR. —¡Claro! Porque quizá esta señorita haya copiado y se haya aprendido de
memoria las frases que tiene que decir, según el guión.
LA PRIMERA ACTRIZ. —Naturalmente que me he preparado. ¿Y usted no?
EL PRIMER ACTOR. —Yo también, yo también; pero no las frases que tengo que decir. ¡Las
cosas claras, señorita! Entendámonos: no espere usted que yo hable como usted quiera
hacerme hablar según las réplicas que usted se ha preparado, ¿sabe? Yo diré lo que tengo
que decir.
(A esta pelotera, sigue un murmullo de comentarios simultáneos entre los actores.)
—¡Claro! ¡Estaría bonito!
—¡Que uno le hiciera decir a otro lo que a él le conviniera!
—¡Pues, entonces, adiós comedia improvisada!

—¡Ya, puesta a ello, podría escribir también los papeles de los demás!
DOCTOR HINKFUSS. —(Cortando los comentarios.) ¡Señores míos, señores míos, hablen ustedes
lo menos posible, hablen lo menos posible, ya se lo tengo dicho...! Basta. La presentación ya
está hecha. Más actitudes, más actitudes y menos palabras, háganme caso. Les aseguro que
las frases saldrán solas, espontáneamente, de la actitud que adopten según la acción, como
yo se la he trazado. Sigan el guión y no se equivocarán. Déjense guiar y colocar por mí,
como hemos acordado... Bueno, retírense ahora. Vamos a bajar el telón. (El telón ha bajado.
El DOCTOR HINKFUSS, quedando en el proscenio, añade, dirigiéndose al público:) Un momento,
por favor, señoras y señores. Ahora empezará el espectáculo en serio. Cinco minutos,
solamente cinco minutos, con permiso de ustedes, porque tengo que ver si está todo en
orden.
(Se retira, bordeando el tetón. Cinco minutos de pausa.)


II
Vuelve a abrirse el telón.
El DOCTOR HINKFUSS empieza a dar largas.
«En principio, no estará mal —habrá pensado— hacer una presentación sintética de
Sicilia con una procesión religiosa. Eso dará colorido.»
Y lo ha dispuesto todo para que esta procesión se mueva desde la puerta de entrada
al patio de butacas, hacia el escenario, por el pasillo central, en el siguiente orden:
) Cuatro monagos, con sotanas negras y roquetes blancos con guarniciones de encajes; dos
delante y dos detrás, llevan cuatro antorchas encendidas;
) cuatro jovencitas, llamadas «Virginales», vestidas de blanco, con velos blancos, guantes
blancos de hilo, demasiado grandes para sus manos, expresamente para que parezcan más
desmañadas; de dos en dos ellas también, llevan las cuatro varas de un baldaquín de seda
azul celeste;
) bajo el baldaquín, la «Sagrada Familia»; es decir, un viejo caracterizado y vestido de San
José, como se le ve en los cuadros sacros que representan la Navidad, con un nimbo de
purpurina y un largo báculo florecido en la parte de arriba; a su lado, una bellísima muchacha
rubia, con los ojos bajos y una dulce y modestísima sonrisa en los labios, vestida y arreglada
de Virgen María, también ella con el nimbo en torno a su cabeza, y en los brazos un hermoso
muñequito de cera que representa al Niño Jesús, como los que se ven todavía en Sicilia, por
Navidad, en ciertas representaciones rústicas con acompañamiento de música y coros;
) un pastor, con montera de piel y anguarina de paño basto, polainas de piel de cabra, y otro
pastor más joven; tocan el primero la zampoña y el segundo la ocarina;
) un cortejo de aldeanos y aldeanas de todas las edades; las mujeres con sayas largas,
abombadas a los lados, con plieguecitos, y la «mantellina» en la cabeza; los hombres con
chaquetillas cortas y calzones acampanados, sostenidos por anchas fajas de seda de colores;
en la mano, los gorros de punto de media, negros, con la borlita en la punta; entran en la sala
cantando, al son de la zampoña y de la ocarina, la cantilena:
«Hoy y siempre sea alabado
nuestro Dios sacramentado:
y alabada a porfía
nuestra Virgen María.»
En el escenario, mientras tanto, se ve una calle de la población, con las paredes
blancas, toscas, de una casa, que irá de izquierda a derecha ocupando más de las tres
cuartas partes de la escena, donde hará ángulo en profundidad. En la esquina, una farola con
su brazo. Después de la esquina, en la otra pared de la casa de ángulo obtuso, se ve la puerta
de un Cabaret, iluminada por bombillitas de colores; y, casi enfrente, un poco más al fondo, y
de perfil, el portal de una antigua iglesia, sobre tres gradas.
Un poco antes de levantarse el telón y de que la procesión entre en la sala, llegará del
escenario el sonido de las campanas y, apenas perceptible, la música de un órgano que toca
en el interior de la iglesia. Al levantarse el telón y entrar la procesión, se ve en el escenario a
hombres y mujeres —no más de ocho o nueve— que se arrodillan a lo largo de la pared de la
derecha; pasaban por la calle, al llegar la procesión. Las mujeres se santiguan; los hombres
se quitan la gorra. Cuando la procesión ha subido al escenario, y entra en la iglesia, estos
hombres y mujeres se unen al cortejo, y entran también. Cuando ha entrado el último, cesa el
toque de campanas; ahora, en el silencio, se oye mejor, y dura un momento todavía, el sonido
del órgano, que irá apagándose gradualmente, al mismo tiempo que la luz de escena.
De repente, apenas extinguido el sonido sacro, estallará, en violento contraste, el
sonido de un jazz en el Cabaret, y, al mismo tiempo, la pared blanca, que recorre más de tres
cuartos de la escena, se hace transparente. Se ve el interior del Cabaret, radiante de luces de
colores. A la derecha, hasta cerca de la puerta de entrada, está el mostrador, detrás del cual
hay tres muchachas descotadas y pintarrajeadas. En la pared del fondo, cerca del mostrador,
una gran cortina de terciopelo rojo chillón, y delante de ella, como si fuera un bajorrelieve, una
extraña chantease vestida con velos negros, pálida, con la cabeza inclinada hacia atrás y los
ojos cerrados, canta lúgubremente la letra del jazz. Tres bailarinas rubias mueven
cadenciosamente los brazos y las piernas, de espaldas al mostrador, en el poco espacio que
hay entre éste y la primera fila de veladores, a los que están sentados los clientes —no
muchos— con las consumiciones delante.
Entre estos clientes se encuentra ZAMPOÑA, con el sombrero en la cabeza y un largo
puro en la boca.
El cliente que se sienta detrás de él, en la segunda fila de veladores, viéndolo tan
atento a los movimientos de las tres bailarinas, le está preparando una broma feroz: dos
largos cuernos, recortados en la cartulina donde está impresa, junto con el programa, la lista
de vinos y licores del Cabaret.
Los demás clientes, que se han dado cuenta y les divierte la idea, le hacen guiños y
señas para que se dé prisa.
Cuando los dos hermosos cuernos están recortados y montados sobre el círculo de
cartulina que hace de base, el cliente se levanta y con mucha cautela los coloca sobre el
sombrero de ZAMPOÑA.
Todos se echan a reír y aplauden.
ZAMPOÑA, creyendo que las risas y los aplausos son para las tres bailarinas, que
justamente han terminado su número, se pone a reír y aplaudir él también, haciendo duplicar
la intensidad de las carcajadas de los otros y el fragor de los aplausos. Pero no se explica por
qué lo miran todos, incluso las muchachas del bar, y las tres bailarinas, que se van muertas
de risa. Se turba; la risa se le cuaja en los labios; el aplauso se le apaga en las manos.
Entonces, aquella extraña chanteuse tiene un impulso de indignación, se destaca de
la cortina de terciopelo y avanza para quitarte a ZAMPOÑA aquel ignominioso trofeo, gritando:
LA CHANTEUSE. —¡No! ¡Pobre viejo! ¿No os da vergüenza?
(Los CLIENTES la detienen, gritando a su vez simultáneamente en gran confusión.)
Los CLIENTES. —¡Quieta, boba!
—¡Tú, a callar! ¡A tu sitio!
—¡Qué, pobre viejo!
—¿A ti qué te importa?
—¡Deja, deja!
—¡Se lo merece!
—¡Se lo merece!
(Y entre estos gritos confusos, LA CHANTEUSE sigue gritando y protestando, mientras la
sujetan, debatiéndose.)
LA CHANTEUSE. —¡Bellacos! ¡Soltadme! ¿Por qué se lo merece? ¿Qué daño os ha hecho él?
ZAMPOÑA. —(Levantándose más turbado que nunca.) ¿Qué me merezco? ¿Qué me merezco?
EL CLIENTE QUE LE HA GASTADO LA BROMA. —¡Nada, don Palmiro! ¡No haga caso!
EL SEGUNDO CLIENTE. —¡Está borracha, como de costumbre!
EL CLIENTE QUE LE HA GASTADO LA BROMA. —¡Márchese, márchese, éste no es sitio para usted!
(Y lo empuja con los otros hacia la puerta.)
EL TERCER CLIENTE. —¡Nosotros sabemos muy bien lo que usted se merece, don Palmiro!
(ZAMPOÑA es conducido a la calle con sus hermosos cuernos en la cabeza. El transparente de
la pared se apaga. Se oyen todavía los gritos de los que sujetan a LA CHANTEUSE; luego, una
gran carcajada y vuelve a tocar el jazz.)
ZAMPOÑA. —(A los dos o tres CLIENTES que lo han sacado a empujones y ahora se divierten a
su costa, a costa de su «corona», bajo la farola encendida.) Pero yo quisiera saber qué es lo
que ha pasado.
EL SEGUNDO CLIENTE. —Nada. Es por la historia de la otra noche.
EL TERCER CLIENTE. —Todos saben que le gusta a usted la chanteuse...
EL SEGUNDO CLIENTE. —Querían, así, en broma, que ella me otra bofetada, como la otra
noche...
EL TERCER CLIENTE. —¡...claro... diciendo que usted se lo merece!
ZAMPOÑA. —¡Ah, comprendido! ¡Comprendido!
 EL PRIMER CLIENTE. —¡Oh...! ¡Mirad! ¡Mirad! ¡Arriba, en el cielo! ¡Las estrellas!
EL SEGUNDO CLIENTE. —¿Las estrellas?
EL TERCER CLIENTE. —¿Qué pasa con las estrellas?
EL PRIMER CLIENTE. —¡Que se mueven! ¡Se mueven!
EL SEGUNDO CLIENTE. —¡Vamos, anda!
ZAMPOÑA. —¿Es posible?
EL PRIMER CLIENTE. —¡Sí, sí, mirad! ¡Como si uno las tocara con dos... varas! (Y levanta los
brazos en forma de cuernos.)
EL SEGUNDO CLIENTE. —¡Calla, calla! ¡Tú estás bebido!
EL TERCER CLIENTE. —¡Los farolillos te parecen estrellas!
EL SEGUNDO CLIENTE. —¿Qué decía usted, don Palmiro?
ZAMPOÑA. —¡Ah!, sí, que yo, esta noche, no sé si se han dado ustedes cuenta, he estado
mirando todo el tiempo a las bailarinas, con toda intención, sin volver la cabeza una sola vez
para ella. ¡Me impresiona tanto, tanto, la pobre, cuando canta con los ojos cerrados y con
aquellas lágrimas que le resbalan por las mejillas!
EL SEGUNDO CLIENTE. —¡Son lágrimas profesionales, don Palmiro! ¡No crea usted en ellas! ¡Es
la profesión!
ZAMPOÑA. —(Negando seriamente, también con el dedo.) ¡No, ah, no, no! ¡Qué profesión! ¡Qué
profesión! Les doy mi palabra de honor, que esa mujer sufre: sufre de veras. Y luego... tiene
la misma voz de mi hija mayor: ¡idéntica!, ¡idéntica! Y me ha confiado que ella también es
hija de buena familia...
EL TERCER CLIENTE. —¿Ah, sí? ¡Mira! ¿Es ella también hija de algún ingeniero?
ZAMPOÑA. —Eso no lo sé. Pero sé que ciertas desventuras pueden ocurrirle a cualquiera. Y
cada vez que la oigo cantar... me entra una angustia, una pena...
(Llegan en este momento por la izquierda, marcando el paso, TOTINA, del brazo de
POMÁRICI; NENÉ, del brazo de SARELLI; DORINA, del brazo del TERCER OFICIAL ; MOMMINA, junto a
Rico VERRI, y DOÑA IGNACIA, del brazo de los otros dos JÓVENES OFICIALES. POMÁRICI canta el
paso para los demás, antes de que la Compañía entre en escena. Los tres CLIENTES, que se
han convertido en cuatro o más, al oír las voces, se retiran junto a la pared del Cabaret,
dejando sólo a DON PALMIRO bajo la farola, con sus cuernos en la cabeza.)
POMÁRICI. —Un, dos..., un, dos..., un, dos...
(Van al teatro; las cuatro muchachas y DOÑA IGNACIA visten elegantes trajes de noche.)
TOTINA. —(Viendo a su padre con aquellos cuernos en la cabeza.) ¡Pero... papá! ¿Qué te han
hecho?
POMÁRICI. —¡Bellacos, asquerosos!
ZAMPOÑA. —¿A mí? ¿Qué...?
NENÉ. —¡Pero quítate eso que te han puesto en el sombrero!
DOÑA IGNACIA. —(Mientras su marido tantea con las manos el sombrero.) ¿Los cuernos?
DORINA. —¡Canallas! ¿Quién ha sido?
TOTINA. —¡Vamos, mira que...!
ZAMPOÑA. —(Quitándoselos.) ¿A mí? ¿Los cuernos? ¡Ah, entonces, por eso...! ¡Miserables!
DOÑA IGNACIA. —¡Y los tienes todavía en la mano! ¡Tíralos, imbécil! ¡Sólo sirves para ser el
hazmerreír de todos los bribones!
MOMMINA. —(A su madre.) ¡Sólo falta que la tomes tú ahora con él...!
TOTINA. —¡...cuando han sido esos asquerosos!
VERRI. —(Dirigiéndose a la puerta del Cabaret, al encuentro de los CLIENTES que están
mirando.) ¿Quién ha tenido el atrevimiento...? (Agarra a uno por las solapas) ¿Ha sido usted?
NENÉ. —¡Y se ríen...!
EL CLIENTE. —(Tratando de soltarse.) ¡Déjeme! ¡Yo no he sido! ¡Y cuidadito con ponerme la
mano encima!
VERRI. —¡Pues diga usted quién ha sido!
POMÁRICI. —¡No, Verri, deja...! ¡Vámonos!
SARELLI. —¿Para qué vamos a armar aquí un jaleo?
DOÑA IGNACIA. —¡No, no, yo quiero una satisfacción, del dueño de esa guarida de gente de
mal vivir!
TOTINA. —¡No hagas caso, mamá!
EL SEGUNDO CLIENTE. —(Adelantándose.) ¡Cuidado con lo que dice, señora! ¡Nosotros también
somos caballeros!
MOMMINA. —¿Caballeros que se conducen así?
DORINA. —¡Lo que son, unos sirvergüenzas...!
EL TERCER OFICIAL. —¡No haga caso, no haga caso, señorita...!
EL CUARTO CLIENTE. —Son jovenzuelos, han dado una broma...
POMÁRICI. —¡Ah! ¿A eso lo llama usted una broma?
EL SEGUNDO CLIENTE. —Todos apreciamos a don Palmiro...
EL TERCER CLIENTE. —(A DOÑA IGNACIA.) ¡...y en cambio, a usted no la apreciamos, señora, en
absoluto!
EL SEGUNDO CLIENTE. —¡Es usted la comidilla del pueblo!
VERRI. —(Irritado, levantando los brazos.) ¡A ver si medimos las palabras, o no respondo...!
EL CUARTO CLIENTE. —¡Nosotros daremos parte al Coronel!
EL TERCER CLIENTE. —¡Parece mentira que vistiendo el uniforme de oficiales...!
VERRI. —¿Quién va a dar parte?
Los CLIENTES. —(Incluso desde dentro del Cabaret.) ¡Todos! ¡Todos!
POMÁRICI. —¡Ustedes han insultado a las señoras que van acompañadas por nosotros, y
nosotros tenemos el deber de defenderlas!
EL CUARTO CLIENTE. —¡Nadie las ha insultado!
EL TERCER CLIENTE. —¡Es usted, señora, la que ha insultado.
DOÑA IGNACIA. —¿Yo? ¡No! ¡Yo no he insultado a nadie! ¡Yo no he hecho más que decirles a
ustedes lo que son gentes de mal vivir! ¡Bribones! ¡Pícaros! ¡Dignos de estar enjaulados,
como los animales salvajes! ¡Eso es lo que son! (Y como todos Los CLIENTES ríen a mandíbula
batiente.) ¡Sí, ríanse, ríanse, pícaros, salvajes!
POMÁRICI. —(Con los otros OFICIALES y las hijas, tratando de calmarla.) ¡Vámonos, vámonos,
señora...!
SARELLI. —¡Basta ya!
EL TERCER OFICIAL. —¡Vámonos al teatro!
NENÉ. —¡No te manches la boca contestándoles a esos!
EL CUARTO OFICIAL. —¡Vámonos, vámonos! ¡Se ha hecho tarde!
TOTINA. —¡Seguro que ya habrá terminado el primer acto!
MOMMINA. —¡Sí, vámonos, mamá, mándalos a paseo!
POMÁRICI. —¡Venga, venga usted al teatro con nosotros, don Palmiro!
DOÑA IGNACIA. —¡No, qué, al teatro él! ¡A casa! ¡Ale, a casa ahora mismo! ¡Mañana tiene que
madrugar para ir a la mina de azufre! ¡A casa! ¡A casa! (Los CLIENTES vuelven a reírse de esta
orden perentoria de la mujer al marido.)
SARELLI. —¡Y nosotros al teatro! ¡No perdamos tiempo!
DOÑA IGNACIA. —¡Imbéciles! ¡Cretinos! ¡Ríanse de su ignorancia!
POMÁRICI. —¡Basta! ¡Basta!
LOS OTROS OFICIALES. —¡Al teatro! ¡Al teatro!
(En este momento, el DOCTOR HINKFUSS, que desde el principio, había entrado en la
sala detrás de la procesión, y se había parado para presenciar la representación, y está
sentado en una butaca de primera fila reservada para él, se levanta para gritar:)
DOCTOR HINKFUSS. —¡Sí, sí, basta! ¡Basta ya! ¡Al teatro! ¡Al teatro! ¡Fuera todos! ¡Los clientes,
vuelvan a entrar en el Cabaret! ¡Los otros, hagan el mutis a la derecha! ¡Y cierren un poco
las cortinas, por ambos lados! (Los ACTORES obedecen. El telón se ha cerrado un poco,
dejando en medio un espacio para que quede visible la pared blanca que servirá de pantalla
para la proyección cinematográfica del espectáculo de ópera. Sólo EL VIEJO ACTOR DE
CARÁCTER ha quedado allí delante cuando todos los demás han desaparecido.)
EL VIEJO ACTOR DE CARÁCTER. —(Al DOCTOR HINKFUSS.) Si no voy con ellos al teatro, yo tendré
que hacer el mutis por la izquierda, ¿no?
DOCTOR HINKFUSS. —¡Por supuesto! ¡Usted por la izquierda! ¡Venga, márchese! ¡Qué
pregunta!
EL VIEJO ACTOR DE CARÁCTER. —No, quería hacerle notar que no me han dejado decir una
palabra. ¡Demasiada confusión, señor director!
DOCTOR HINKFUSS. —¡Ni mucho menos! ¡Ha ido todo muy bien! ¡Venga, venga, márchese!
EL VIEJO ACTOR DE CARÁCTER. —¡Debo hacerle notar que siempre tengo yo que pagar los
vidrios rotos!
DOCTOR HINKFUSS. —¡Muy bien! ¡Ya me lo ha hecho usted notar; y ahora váyase! ¡Ahora viene
la escena del teatro! (EL VIEJO ACTOR DE CARÁCTER se va por la izquierda.) ¡El gramófono! ¡Y
preparen en seguida la proyección! ¡Tonfilm!
(El DOCTOR HINKFUSS vuelve a sentarse en su butaca. Mientras tanto, a la derecha,

detrás del telón, corrido hasta tapar la esquina de la pared donde está la farola, los
tramoyistas habrán colocado un gramófono con un disco del final de un viejo melodrama
italiano, «La fuerza del destino», o «Un baile de máscaras», o cualquier otro, con tal de que se
tenga sincrónicamente la proyección sobre la pared blanca que hace de pantalla. En cuanto se
oye el gramófono y empieza la proyección, el palco que se había dejado vacío en la sala se
ilumina con una luz especial que no se sabe de dónde procede; y se ve entrar a DOÑA IGNACIA
con sus cuatro hijas, Rico VERRI y los otros JÓVENES OFICIALES. La entrada será ruidosa y
provocará la inmediata protesta del público.)
DOÑA IGNACIA. —¡Tenías tú razón! ¡Está ya terminando el primer acto!
TOTINA. —¡Qué carrera! ¡Yo vengo sin aliento! (Se sienta en la primera silla del palco, frente a
su madre.) ¡Ay, qué calor! ¡Estamos todas sofocadas!
POMÁRICI. —(Echándole aire en la cabeza con un abanico.) ¡Aquí estoy yo para servirla!
DORINA. —¡Hemos venido a marchas forzadas! ¡Un, dos..., un, dos...!
VOCES, EN LA SALA. —¡Pero qué es eso!
—¡Silencio!
—¡Mira que es una manera de entrar en un teatro!
MOMMINA. —(A TOTINA.) ¡Has cogido mi sitio: levántate!
TOTINA. —¡Pero si Dorina y Nené se han sentado ahí en medio...!
DORINA. —Porque creímos que Mommina querría sentarse detrás, con Verri, como la vez
pasada.
VOCES, EN LA SALA. —¡Silencio! ¡Silencio!
—¡Siempre son ellas!
—¡Es una vergüenza!
—¡Es asombroso que unos señores oficiales...!
—¿Pero no hay quién les llame la atención?
(Entretanto, en el palco arman un verdadero barullo para cambiar de sitio. TOTINA ha
cedido el suyo a MOMMINA y ha cogido el de DORINA, que ha pasado a la silla que ocupaba
NENÉ, la cual ha ido a sentarse en el diván, junto a su madre. Rico VERRI se sienta junto a
MOMMINA, en el diván de enfrente; detrás de TOTINA, POMÁRICI; detrás de DORINA, el TERCER
OFICIAL; y en el fondo, SARELLI y los otros dos oficiales.)
MOMMINA. —¡No hagáis tanto ruido, por favor!
NENÉ. —¡Eso es! ¡Después que organizas tú el jaleo..!
MOMMINA. —...¿yo...?
NENÉ. —...¡no, a ver...! ¡Con todos estos cambios de sitio!
DORINA. —¡Y encima, protesta!
TOTINA. —¡Como si no hubiera visto nunca...! (Dice el título del melodrama.)
POMÁRICI. —¡Podían tener un poco de consideración con las señoras!
VOCES EN LA SALA. —¡Cállese usted!
—¡Es una vergüenza!
—¡Que los echen!
—¡Que los pongan en la puerta!
—¡Y que sea precisamente el palco de los oficiales el que dé este escándalo!
—¡Fuera! ¡Fuera!
DOÑA IGNACIA. —¡Caníbales! ¡No es culpa nuestra si hemos llegado tan tarde! ¡Y dirán que
estamos en un país civilizado! ¡Primero una agresión en la calle, y ahora agredidas en el
teatro! ¡Caníbales!
TOTINA. —¡En el Continente se hace así!
DORINA. —¡Se va al teatro a la hora que uno quiere!
NENÉ. —¡Y aquí hay gente que lo sabe, cómo se hace y se vive en el Continente!
VOCES. —¡Basta! ¡Basta!
DOCTOR HINKFUSS. —(Levantándose, y dirigiéndose a los actores del palco.) ¡Sí, sí, basta!
¡Basta! ¡No exageren, por favor, no exageren!
DOÑA IGNACIA. —¡Pero qué, exagerar! ¡La culpa la tienen los de abajo! Es una persecución
insoportable, ¿no lo ve usted? ¡Total, porque hemos hecho un poco de ruido al entrar!
DOCTOR HINKFUSS. —¡Está bien! ¡Está bien! ¡Pero basta ya! ¡Por otra parte, el acto ha
terminado!
VERRI. —¿Ha terminado? ¡Ah, alabado sea Dios! Salgamos, salgamos.
DOCTOR HINKFUSS. —¡Muy bien, sí, salgan, salgan!
TOTINA. —¡Yo tengo una sed! (Sale del palco.)
NENÉ. —¡Menos mal si venden helados! (Como antes.)
DOÑA IGNACIA. —¡Vamos, vamos, salgamos de aquí, o exploto!
(Terminada la proyección, cesa el gramófono. El telón se cierra del todo. El DOCTOR
HINKFUSS sube al escenario y se dirige al público, mientras se enciende la luz de la sala.)
DOCTOR HINKFUSS. —Los espectadores que tengan por costumbre salir en el entreacto,
podrán hacerlo, si lo desean, y asistirán al escándalo que esa dichosa gente seguirá dando
en el vestíbulo. No porque ellos se lo propongan, sino porque ahora ya cualquier cosa que
hagan llamará la atención, ya que son objeto de curiosidad y están condenados a servir de
pasto a la maledicencia general. Vayan, vayan ustedes; pero no todos, por favor; aunque
sólo sea por evitar las apreturas, y el tener gente detrás empujando porque quieren ver lo
que, poco más o menos, ya han visto aquí.
Puedo asegurarles que los que permanezcan sentados en sus butacas, no perderán
nada sustancial. Seguirán viéndose ahí, mezclados entre los espectadores, esos que han
visto ustedes salir del palco, para el acostumbrado intervalo entre un acto y el siguiente.
Yo aprovecharé este intervalo para cambiar el decorado. Y lo haré delante de
ustedes, ostensiblemente, para ofrecerles también a ustedes, los que se quedan en la sala,
un espectáculo al que no están acostumbrados. (Da unas palmadas, como señal, y ordena:)
¡Abrid el telón!
(El telón se abre.)

INTERMEDIO
Representación simultánea, en el vestíbulo del teatro y en el escenario.
En el vestíbulo, los actores y actrices actuarán con la máxima libertad y naturalidad —
cada uno dentro de su papel, por supuesto— como espectadores entre los espectadores,
durante el entreacto.
Se agruparán en cuatro puntos distintos del vestíbulo, y, allí, cada grupo hará su
escena independientemente de los otros, y al mismo tiempo: Rico VERRI, con MOMMINA; DOÑA
IGNACIA, con dos de los oficiales —que se llaman el uno POMETTI y el otro MANGINI—, estará
sentada en algún banco; DORINA se pasea conversando con EL TERCER OFICIAL, que se llama
NARDI; NENÉ y TOTINA irán con POMÁRICI y SARELLI al fondo del vestíbulo, donde hay un
pequeño bar con licores, café, cerveza, caramelos y otras golosinas.
Estas escenitas esparcidas y simultáneas, por necesidad de espacio, son transcritas
aquí unas después de otras.


I
NENÉ, TOTINA, SARELLI y POMÁRICI, en el bar del fondo del vestíbulo.
NENÉ. —¿No tiene helados? ¡Qué lástima! Pues deme algo de beber. Algo fresco, por favor.
Una menta, sí.
TOTINA. —A mí, una limonada.
POMÁRICI. —Un paquetito de chocolatinas; y caramelos, también.
NENÉ. —¡No, no los compre, Pomárici! Gracias.
TOTINA. —No serán buenos. ¿Son buenos? ¡Ah, entonces, sí, cómprelos, cómprelos! ¡Es una
de las cosas que más nos gustan a las mujeres!
POMÁRICI. —...¿las chocolatinas?
TOTINA. —...¡no... hacer gastar dinero a los hombres!
POMÁRICI. —¡Por tan poca cosa! Lástima que no tuvimos tiempo de entrar en el café, según
veníamos al teatro...
SARELLI. —...por aquel maldito incidente...
TOTINA. —¡En parte, es culpa de papá! ¡Parece que él mismo va buscando las ocasiones de
esa indigna persecución, frecuentando ciertos sitios!
POMÁRICI. —(Poniéndole entre los labios una chocolatina.) ¡No se amargue! ¡No se amargue!
NENÉ. —(Abriendo la boca como un pajarito.) ¿Y a mí?
POMÁRICI. —(Poniéndole un caramelo en la boca.) En seguida: pero a usted, un caramelo.
NENÉ. —¿Y es seguro que en el Continente se hace así?
POMÁRICI. —¿Cómo no? ¿Poner un caramelo en la boca a una señorita guapa? ¡Segurísimo!
SARELLI. —¡Eso, y otras cosas!
NENÉ. —¿Qué cosas? ¿Qué cosas?
POMÁRICI. —¡Ah, si quisiéramos hacer en todo como en el Continente!
TOTINA. —(Provocando.) ¿Por ejemplo?
SARELLI. —Aquí no podemos darle el ejemplo.
NENÉ. —¡Entonces, mañana, las cuatro tomaremos por asalto el campo de aviación!
TOTINA. —¡Y pobres de ustedes si no nos dan una vueltecita en avión!
POMÁRICI. —La visita será gratísima; pero eso de volar...
SARELLI. —¡Prohibido por el reglamento!
POMÁRICI. —Con el comandante que tenemos ahora...
TOTINA. —¿No habían dicho ustedes que ese ogro se iba a ir en seguida con permiso?
NENÉ. —Yo no atiendo razones: quiero volar sobre la ciudad, para darme el gustazo de
escupir desde allá arriba. ¿Se podrá?
SARELLI. —Volar, imposible...
NENÉ. —No, digo, tirarle así... ¡puaf!, un escupitajo. Le doy a usted el encargo.
II
DORINA y NARDI, paseando.
NARDI. —¿Sabe usted que su papá está enamorado como un loco de la chanteuse del
Cabaret?
DORINA. —¿Papá? ¿Qué me dice?
NARDI. —Papá, papá; se lo aseguro yo; por lo demás, lo sabe toda la comarca.

DORINA. —¿Pero lo dice usted en serio? ¿Papá enamorado? (Una carcajada que hace volverse
a todos los espectadores vecinos.)
NARDI. —¿No vio usted que estaba allí, en el Cabaret?
DORINA. —¡Por Dios, que no se entere mamá! ¡Lo descuartizaría! ¿Pero quién es esa
chanteuse? ¿Usted la conoce?
NARDI. —Sí, la he visto una vez. Una loca afligida.
DORINA. —¿Afligida? ¿Cómo...?
NARDI. —Dicen que llora cuando canta, con los ojos cerrados; lágrimas auténticas; y algunas
veces, se cae al suelo, anonadada por la desesperación que la hace llorar, borracha.
DORINA. —¡Ah! ¿sí? ¡Entonces será el vino!
NARDI. —Quizá. Pero parece ser que bebe porque está desesperada.
DORINA. —¡Dios mío! ¿Y papá...? ¡Pobrecito! ¿Sabe usted que papá es verdaderamente
desgraciado, el pobre? No, no, yo no lo creo.
NARDI. —¿No lo cree? ¿Y si yo le dijera que una noche, quizá un poco alegre él también, dio
el espectáculo en el Cabaret, yendo con un pañuelo en la mano y las lágrimas en los ojos a
enjugárselas a la que cantaba con los ojos cerrados?
DORINA.—¡Oh, no! ¿En serio?
NARDI. —¿Y sabe cómo le contestó ella? ¡Propinándole una solemnísima bofetada!
DORINA. —¿A papá? ¿También ésa? ¡Le da tantas mamá, al pobre papá!
NARDI. —Y eso mismo le dijo él, allí, delante de los clientes que se reían: «¿También tú,
ingrata? ¡Me da tantas mi mujer!» (En este momento están cerca del bar. DORINA ve a sus
hermanas y corre hacia ellas con NARDI.)
III
(Delante del bar, NENÉ, TOTINA, DORINA, POMÁRICI, SARELLI y NARDI.)
DORINA. —¿Sabéis lo que dice Nardi? ¡Que papá está enamorado de la chanteuse del
Cabaret!
TOTINA. —¡No!
NENÉ. —¿Tú lo crees? ¡Es una broma!
DORINA. —¡No, no: es verdad, es verdad!
NARDI. —Puedo garantizar que es verdad.
SARELLI. —Claro que sí; yo también me he enterado.
DORINA. —¡Y si supierais lo que ha hecho!
NENÉ. —¿Qué ha hecho?
DORINA. —¡Se ha llevado una bofetada, también de ella, en pleno café!
NENÉ. —¿Una bofetada?
TOTINA. —¿Y por qué?
DORINA. —¡Porque quería enjugarle las lágrimas!
TOTINA. —¿Las lágrimas?
DORINA. —Sí, porque dicen que es una mujer que siempre llora...
TOTINA. —¿Habéis comprendido? ¡Tenía yo razón, cuando lo dije hace poco! ¡Es él, es él!
¿Cómo queréis que luego la gente no se ría y no hagan mofa de él?
SARELLI. —Si quieren ustedes una prueba, regístrenle los bolsillos de la chaqueta: tiene que
tener el retrato de la chanteuse: me lo enseñó a mí una vez, con unas exclamaciones que...
no les digo nada, ¡el pobre don Palmiro!

IV
Rico VERRI y MOMMINA, aparte.
MOMMINA. —(Un poco intimidada por el aspecto hosco con que VERRI salió del palco.) ¿Qué le
pasa?
VERRI. —(De mal talante.) ¿A mí? Nada. ¿Qué me va a pasar?
MOMMINA. —Entonces, ¿por qué está así?
VERRI. —No lo sé. Sé que, si estoy un momento más en el palco, acabo haciendo una locura.
MOMMINA. —No hay quien soporte esta vida.
VERRI. —(Fuerte, áspero.) ¿Ahora se da usted cuenta?
MOMMINA. —¡Por favor, cállese! Todas las miradas están pendientes de nosotros.
VERRI. —¡Pues por eso mismo! ¡Por eso mismo!
MOMMINA. —Yo ya he llegado a un extremo que no sé ni moverme ni hablar.
VERRI. —Yo quisiera saber por qué tiene que mirarnos tanto, y estar escuchando lo que
hablamos entre nosotros.
MOMMINA. —¡Sea usted bueno, hágame ese favor, no los provoque!
VERRI. —¿No estamos aquí como todos los demás? ¿Qué ven en nosotros de particular, en
este momento, para estar mirándonos así? Yo pregunto si alguna vez es posible...
MOMMINA. —...Claro que sí..., vivir..., se lo he dicho..., volver a hacer un gesto, levantar los
ojos, así, bajo la mirada de todo el mundo. Mire allí, también en torno a mis hermanas, y
allí, en torno a mamá.
VERRI. —¡Como si estuviéramos aquí dando un espectáculo!
MOMMINA. —¡Claro!
VERRI. —Sin embargo, dispense, pero... sus hermanas, allí...
MOMMINA. —¿Qué hacen?
VERRI. —Nada; no quisiera darme cuenta de ello, pero me parece que les encanta...
MOMMINA. —¿El qué?
VERRI. —¡Llamar la atención!
MOMMINA. —Pero si no hacen nada malo: se ríen, charlan...
VERRI. —¡Van provocando, con esa actitud descarada!
MOMMINA. —Pero si son también sus compañeros, perdone...
VERRI. —Los que las animan, ya lo sé; y crea usted que ya están empezando a cargarme,
especialmente ese Sarelli, y también Pomárici y Nardi.
MOMMINA. —Están de buen humor...
VERRI. —Podrían darse cuenta de que lo están a expensas de la buena reputación de tres
muchachas decentes; y, por lo menos, abstenerse de ciertas actitudes, y de ciertas
confianzas.
MOMMINA. —Eso sí que es verdad.
VERRI. —Yo, por ejemplo, no consentiría que uno de ellos se permitiera con usted...
MOMMINA. —...no lo consentiría yo; sería la primera en no consentirlo, ¡usted lo sabe!
VERRI. —¡Bueno, vamos a dejar eso, por caridad! ¡Usted también, usted también lo ha
consentido antes!
MOMMINA. —¡Pero ahora ya no, desde hace tiempo, me parece! Debería usted saberlo.
VERRI. —¡Pero no basta que lo sepa yo: deberían saberlo también ellos!
MOMMINA. —¡Lo saben! ¡Lo saben!
VERRI. —¡No lo saben! Más de una vez han querido demostrarme que no querían saberlo; y
precisamente como desafiándome.
MOMMINA. —¡No, eso no! ¿Cuándo? ¡Por Dios, no se meta esas ideas en la cabeza!
VERRI. —¡Deberían comprender que conmigo no se juega!
MOMMINA. —¡Lo comprenden, esté usted seguro! Pero cuanto más deje usted ver que le
molesta la broma más inocente, más seguirán ellos, aunque sólo sea por demostrar que no
lo habían hecho con ninguna malicia.
VERRI. —Entonces, ¿usted los disculpa?
MOMMINA. —¡Ni mucho menos! Lo digo por usted, para que esté tranquilo; y también por mí,
que sabiendo que es usted así, vivo en continuo sobresalto. Vamos, vamos. Mamá se ha
levantado; parece que quiere entrar.

V
DOÑA IGNACIA en un banco, con POMETTI y MANGINI, uno a cada lado
DOÑA IGNACIA. —¡Ah, ustedes podrían hacer grandes méritos, grandes méritos, amigos míos,
en pro de la civilidad!
MANGINI. —¿Nosotros? ¿Y cómo, doña Ignacia?
DOÑA IGNACIA. —¿Cómo? ¡Poniéndose a dar lecciones, en su círculo!
POMETTI. —¿Lecciones? ¿A quién?
DOÑA IGNACIA. —¡A estos groseros palurdos del pueblo! Aunque sólo fuera una hora diaria.
MANGINI. —¿Lecciones de qué?
POMETTI. —¿De buena crianza?
DOÑA IGNACIA. —No, no, demostrativa. Una leccioncita al día, de una hora, que les informara
de cómo se vive en las grandes ciudades del Continente. ¿Usted de dónde es, amigo
Mangini?
MANGINI. —¿Yo? De Venecia, señora.
DOÑA IGNACIA. —¿De Venecia? ¡Oh, Venecia, mi sueño dorado! ¿Y usted, Pometti?
POMETTI. —De Milán.
DOÑA IGNACIA. —¡Oh, Milán! Milano... ¡Si estuviéramos allí! II nostro Milano... Y yo soy de
Nápoles; de Nápoles, que... sin hacer de menos a Milán... digo... y salvando los méritos de
Venecia... como paisaje, digo... ¡un paraíso! ¡Chiaja! ¡Posillipo! Me dan... me dan ganas de
llorar, cuando me acuerdo... ¡tantas cosas! ¡tantas cosas...! Aquel Vesubio, Capri... ¡ustedes
tienen el Duomo, la Galería, la Scala... Y ustedes la Plaza de San Marcos, el Gran Canal...
¡tantas cosas! ¡tantas cosas! En cambio, aquí, toda esta mezquindad... ¡Y si sólo fuera en la
calle!
MANGINI. —¡No lo diga usted tan fuerte, delante de ellos, por caridad!
DOÑA IGNACIA. —¿Cómo que no? Yo hablo fuerte. ¡Santa Clara de Nápoles, amigos míos! La
tienen dentro, la mezquindad. En el corazón, en la sangre la llevan. ¡Comidos por la rabia!
¿No les da a ustedes esa impresión, como si estuvieran todos rabiosos?
MANGINI. —La verdad, a mí...
DOÑA IGNACIA. —...¿No les parece...? ¡Claro que sí!, todos siempre quemados por una...
¿cómo diría yo?, sí, rabia instintiva, que los hace feroces a unos contra otros; basta que
uno..., no sé..., mire para aquí, en lugar de mirar para allí, o se suene un poco fuerte, o se
sonría porque se acuerda de algo... ¡Dios nos libre! «¡Se ha reído de mí!», «¡Se ha sonado tan
fuerte para hacerme una afrenta a mí!» «¡Ha mirado para allí, por hacerme un desprecio a
mí!» No puede una hacer nada sin que sospechen que hay doble intención, y quién sabe qué
malicia; porque la malicia la tienen todos ellos dentro, al acecho. Mírenles ustedes a los
ojos. Meten miedo. Ojos de lobo... ¡Bueno, vamos, que debe ser hora de entrar...! Vamos con
esas pobres hijas.
(Medido el tiempo necesario para que los cuatro grupos reciten simultáneamente sus
réplicas, cada uno en su puesto indicado, se hará de modo —incluso suprimiendo o
añadiendo, cuando sea necesario, algunas frases— que todos, al final, se muevan al mismo
tiempo para reunirse y salir juntos del vestíbulo. Pero esta simultaneidad deberá estar
también cronometrada con el tiempo que necesite el DOCTOR HINKFUSS para hacer sus
prodigios en el escenario.
Tales prodigios podrían ser dejados al capricho del DOCTOR HINKFUSS; pues como él, y
no el Autor del Cuento, ha querido que Rico VERRI y los otros JÓVENES OFICIALES fueran
aviadores, es posible que también haya querido reservarse el placer de preparar delante del
público que se haya quedado en la sala, un hermoso campo de aviación, escenificado con
admirables efectos de perspectiva. De noche, bajo un magnífico cielo estrellado, con pocos
elementos sintéticos: en tierra, todo pequeño, para dar la sensación del inmenso espacio con

aquel cielo sembrado de estrellas; pequeñita, al fondo, la caseta blanca de los OFICIALES, con
las ventanas iluminadas; pequeños los aparatos, dos o tres, esparcidos por el campo; y una
gran sugestión de luces oscuras, y el ronquido de un aeroplano invisible, que vuela en la
noche serena. Se le puede permitir ese gusto al DOCTOR HINKFUSS, aunque en la sala no haya
quedado ni un sólo espectador. En ese caso —que hay que tener previsto— ya no se tendría la
representación simultánea de este intermedio en el vestíbulo y en el escenario. Pero el mal
sería fácilmente remediable. El DOCTOR HINKFUSS, mandando abrir el telón, y viendo que su
celo no produce el efecto de retener en la sala a un pequeño sector del público, se retiraría
entre bastidores, un poco contrariado, y se desahogaría, dando la prueba de su valer, al
terminar la representación del vestíbulo, cuando los espectadores, llamados por el toque del
timbre, vuelvan a la sala a ocupar sus localidades.
Lo que importa, sobre todo, es que el público soporte estas cosas que, si no superfluas,
son ciertamente accesorias. Pero en vista de que hay tantos síntomas de que gustan, y de que
estas cosas de relleno van saboteándose más que la auténtica pitanza, ¡que le aproveche! El
DOCTOR HINKFUSS tiene razón, por lo tanto, después de este cuadro del campo de aviación, le
sirve al público otra escena diciendo claramente, y con el desdén del gran señor que puede
permitirse ciertos lujos, que, en realidad, del primero se puede prescindir, por no ser
estrictamente necesario. Se habrá perdido un poco de tiempo para conseguir un bello efecto,
pero se dará a entender lo contrario: que no se quiere perder el tiempo, tanto es así, que se ha
cortado una escena que podía ser suprimida sin daño para la representación. Omitiremos
también nosotros las órdenes que el DOCTOR HINKFUSS podrá concertar por sí mismo fácilmente
con los tramoyistas y electricistas para la preparación de ese campo de aviación. Apenas
montado, baja del escenario a la sala, se coloca en medio del pasillo para, con otras
oportunas órdenes, regular bien los efectos de luces, y cuando los haya obtenido perfectos,
vuelve a subir al escenario.)
DOCTOR HINKFUSS. —¡No, no! ¡Fuera todo! ¡Fuera todo! ¡Que cese ese zumbido! ¡Apaguen!
¡Apaguen! Estoy pensando que esta escena puede suprimirse también. Sí, el efecto es
bonito, pero con los medios que tenemos a nuestra disposición, podemos obtener otros no
menos bonitos, que llevarán la acción adelante más expeditamente. Por fortuna, esta noche
estoy libre delante de ustedes y espero que no les desagradará ver cómo se monta un
espectáculo, no sólo ante sus propios ojos, sino también —¿por qué no?— con la
colaboración de ustedes.
El teatro, como ustedes ven, señores, es la boca abierta hasta atrás de una gran
maquinaria que tiene hambre: un hambre que los señores poetas...
UN POETA, DESDE LOS SILLONES. —¡Por favor, no llame señores a los poetas; los poetas no son
señores!
DOCTOR HINKFUSS. —(Rápido.) Tampoco los críticos son, en ese sentido, señores; pero yo los
he llamado así, por una especie de afectación polémica que, sin ánimo de ofender, creo que
puede ser permitida en este caso. Un hombre, decía, que los señores poetas tienen la poca
habilidad de no saber saciar. Para esta máquina del teatro, como para otras máquinas
enormes y admirablemente multiplicadas y desarrolladas, es deplorable que la fantasía de...
los poetas, atrasada, no consiga ya encontrar un alimento adecuado y suficiente. No quieren
entender que el teatro es, ante todo, espectáculo. Arte, sí, pero también vida. Creación, sí,
pero no durable: momentánea. Un prodigio: ¡la forma que se mueve! Y el prodigio, señores,
no puede ser más que momentáneo. En un momento, ante los ojos de ustedes, crear una
escena; y dentro de ésta, otra, y otra más. Un momento de oscuridad; una rápida maniobra;
un sugestivo juego de luces. Así, verán ustedes. (Da una palmada y ordena:) ¡Oscuro!
(Se hace el oscuro, el telón se cierra silenciosamente a la espalda del DOCTOR
HINKFUSS. Se enciende la luz de la sala mientras los timbres llaman a los espectadores porque
ha terminado el entreacto.
En el caso de que todos los espectadores hubieran salido al vestíbulo, y que el DOCTOR
HINKFUSS —habiendo faltado la simultaneidad de la doble representación, la del vestíbulo y la
del escenario— se viera obligado a esperar a la maniobra de la primera escena en el campo
de aviación y a la charla sucesiva, se entiende que el telón no bajaría, y que, una vez
ordenado el oscuro, él, delante de todo el público presente en la sala, seguiría dando las
demás órdenes para la continuación del espectáculo.
Aquí se previene el caso de la simultaneidad, como sería de desear que se produjera, y
se procurará que se produzca. Cerrando entonces el telón y dada la luz de la sala, el DOCTOR
HINKFUSS seguirá diciendo:)
DOCTOR HINKFUSS. —Esperaremos hasta que haya entrado todo el público. Tenemos que dar
tiempo a que Doña Ignacia y las señoritas La Croce entren en casa, después del teatro,
acompañadas por sus jóvenes amigos oficiales. (Dirigiéndose al SEÑOR DE LAS BUTACAS, que
entra ahora en la sala:) Y si mientras tanto, usted, caballero, mi impertérrito interruptor,
quisiera informar al público que se quedó aquí en la sala, de si ha ocurrido algo nuevo en el
vestíbulo...
EL SEÑOR DE LAS BUTACAS. —¿Me dice a mí?
DOCTOR HINKFUSS. —A usted, sí. Si quisiera usted ser tan amable...
EL SEÑOR DE LAS BUTACAS. —No, nada nuevo. Un gracioso entretenimiento. Han charlado.
Solamente se ha sabido que ese payaso de don Palmiro, «Zampoña», está enamorado de la
chanteuse del Cabaret.
DOCTOR HINKFUSS. —¡Ah, sí! Pero eso ya habían podido comprenderlo. Por lo demás, tiene
poca importancia.
EL JOVEN ESPECTADOR DE LA PLATEA. —No, dispense, también se ha comprendido que el oficial
Rico Verri...
EL PRIMER ACTOR. —(Asomando la cabeza por el telón, a la espalda del DOCTOR HINKFUSS.)
¡Basta, basta ya de ese oficial! ¡Dentro de poco me libero de este uniforme!
DOCTOR HINKFUSS. —(Volviéndose al PRIMER ACTOR, que ya ha retirado la cabeza.) Pero, usted,
¿por qué interviene? Y perdone.
EL PRIMER ACTOR. —(Asomando nuevamente la cabeza.) Porque me irrita ese calificativo, y por
poner las cosas en su punto: yo no soy oficial de carrera. (Retira nuevamente la cabeza.)
DOCTOR HINKFUSS. —Lo hice constar desde el principio. Basta. (Al JOVEN ESPECTADOR:) ¡Usted
dispense! ¿Decía usted, señor...?
EL JOVEN ESPECTADOR. —(Intimado y azarado.) Pues... nada... Decía que... que también allí,
en el vestíbulo, ese señor Verri ha demostrado su mal humor y que... y que parece que
empieza a estar bastante harto del escándalo que dan esas señoritas y su... señora madre...
DOCTOR HINKFUSS. —Sí, sí, está bien; pero también eso ha podido verse desde el principio.
Gracias, de todos modos. (Se oye, detrás del telón, el piano que toca el aria de Siebel del
Fausto de Gounod:
«Le parlate d'amoro cari fior...»)
Bien: el piano: todo está listo. (Retira un poco el telón y da orden hacia dentro.) ¡Gong!
(Al golpe de gong, vuelve a bajar a su butaca de primera fila, y se abre el telón.)

III
A la derecha, al fondo, la armazón de una pared de cristales, con puerta en medio, de
modo que se entrevea, en la parte de allá, la antesala; pero apenas con algunos sabios toques
de color y alguna lámpara encendida. En medio de la escena, otra armazón de pared, también
con puerta en medio, abierta, que desde el salón, que queda a la derecha, conduce al
comedor, indicado esquemáticamente con un pretencioso aparador y una mesa cubierta con
un tapete rojo, sobre la cual pende del techo una lámpara, ahora apagada, con enorme
pantalla de campana de bonitos colores naranja y verde. Encima del aparador, habrá, entre
otras cosas, una palmatoria de botella. En el salón, además del piano, un diván, algunos
veladores, sillas.
Abierto el telón se ve a POMÁRICI que sigue tocando sentado al piano, y a NENÉ, que
baila con SARELLI, como DORINA con NARDI. ES un vals. Han regresado del teatro. DOÑA IGNACIA
se ha atado a la cara un pañuelo de seda negro, para un dolor de muelas que le ha entrado.
Rico VERRI ha ido corriendo a una farmacia de guardia en busca de un calmante. MOMMINA
está sentada junto a su madre, en el diván, cerca del cual está también POMETTI. TOTINA está
allí —fuera de escena—con MANGINI.
MOMMINA. —(A su madre, mientras POMÁRICI toca y las dos parejas bailan.) ¿Te duelen
mucho? (Y le acerca una mano a la mejilla.)
DOÑA IGNACIA. —¡Estoy rabiosa! ¡No me toques!
POMETTI. —Verri ha ido corriendo a la farmacia: estará aquí en seguida.
DOÑA IGNACIA. —¡No le abrirán! ¡No le abrirán!
MOMMINA. —¡Pero si tienen obligación de abrir: farmacia de guardia!
DOÑA IGNACIA. —¡Ya! ¡Como si no supiera yo en qué país vivimos! ¡Ay! ¡Ay! ¡No me hagáis
hablar; estoy rabiosa! ¡Capaces de no abrirle, si saben que es para mí!
POMETTI. —¡Ya verá usted cómo Verri consigue que le abran! ¡Él también es capaz de echar
la puerta abajo!
NENÉ. —(Plácida, mientras sigue bailando.) ¡Claro que sí, puedes estar segura, mamá!
DORINA. —(Como antes.) ¡Figúrate, si no abren! ¡Se les mete dentro, es más bestia que ellos!
DOÑA IGNACIA. —No, no, pobrecillo, no digas eso. ¡Es tan bueno! ¡En seguida fue corriendo!
MOMMINA. —¡Y tanto! ¡Él solo! Mientras ustedes están ahí bailando.
DOÑA IGNACIA. —¡Deja, deja que bailen! Después de todo, el dolor no se me iba a pasar
porque estuvieran a mi alrededor preguntándome qué tal estoy. (A POMETTI.) ES la furia, la
furia que me pone en la sangre esta gente, la razón de todos mis dolores.
NENÉ. —(Dejando de bailar y acudiendo a su madre, toda encendida por la proposición que va
a hacer.) Mamá, ¿y si dijeras el Ave María, como aquella vez?
POMETTI. —¡Eso! ¡Muy bien!
NENÉ. —(Siguiendo.) ¡Ya sabes que, diciéndola, se te pasó el dolor!
POMETTI. —¡Sí, pruebe, señora, pruebe usted!
DORINA. —(Mientras sigue bailando.) ¡Sí, sí, dila, dila, mamá! ¡Verás cómo se te pasa!
NENÉ. —¡Claro! ¡Pero ustedes dejen de bailar!
POMETTI. —¡Cierto! ¡Y tú, de tocar, eh, Pomárici!
NENÉ. —¡Mamá dirá el Ave María como aquella vez!
POMÁRICI. —(Levantándose del piano y acudiendo.) ¡Ah, muy bien, sí! ¡Vamos a ver, vamos a
ver si se repite el milagro!
SARELLI. —¡Dígala en latín, en latín, doña Ignacia!
NARDI. —¡Eso! ¡Hará más efecto!
DOÑA IGNACIA. —¡Pero dejadme en paz! ¿Qué queréis que diga?
NENÉ. —¡Perdona, tienes la prueba de la otra vez! ¡Se te pasó!
DORINA. —¡En la oscuridad! ¡En la oscuridad!
NENÉ. —¡Recogimiento! ¡Recogimiento! ¡Pomárici, apague la luz!
POMÁRICI. —Pero, ¿dónde está Totina?

DORINA. —Está ahí con Mangini. ¡No te ocupes de Totina y apaga la luz!
DOÑA IGNACIA. —¡De ningún modo! ¡Hace falta por lo menos una vela! ¡Y las manos, en su
sitio! Y Totina, aquí.
MOMMINA. —(Llamando.) ¡Totina! ¡Totina!
DORINA. —¡La vela está allí!
NENÉ. —¡Cógela tú; yo voy a buscar la estatuita de la Madona! (Sale corriendo por el fondo.
Mientras tanto, DORINA va al comedor, con NARDI, a coger la palmatoria que está encima del
aparador. Antes de encenderla, en la oscuridad, NARDI abraza fuertemente a DORINA y le da
un beso en la boca.)
DOÑA IGNACIA. —(Gritando a NENÉ que ha salido corriendo.) ¡No, deja! ¡No hace falta! ¡Qué,
estatuita! ¡Se puede prescindir!
POMÁRICI. —(Como antes.) ¡A la que debe usted llamar es a Totina!
DOÑA IGNACIA. —¡Un velador que haga de altarcito! (Va a cogerlo.)
DORINA. —(Volviendo con la palmatoria encendida, mientras POMÁRICI apaga la luz.) ¡Aquí está
la vela!
POMETTI. —¡Aquí, sobre el velador!
NENÉ. —(Por el fondo, con la estatuilla de la Madona.) ¡Y aquí la Madona!
POMÁRICI. —¿Y Totina?
NENÉ. —¡Ahora viene, ahora viene! ¡No nos dé la lata con Totina!
DOÑA IGNACIA. —Pero ¿se puede saber qué hace ahí?
NENÉ. —¡Nada, prepara una sorpresa, ahora veréis! (Luego, invitándolos a todos con el gesto.)
¡Aquí, detrás, detrás todos, y en semicírculo! ¡Recógete, mamá!
(Cuadro. En la oscuridad, apenas modificada por la luz oscilante de la palmatoria, el
DOCTOR HINKFUSS ha preparado un delicadísimo efecto: la fusión de una suavísima «luz de
milagro» —luz psicológica—, verde, casi emanación de la esperanza de que el milagro se
produzca. Esto, en cuanto DOÑA IGNACIA, ante la Madona —colocada, como la palmatoria,
sobre el velador—, se ponga a recitar con las manos juntas, con voz lenta y profunda, las
palabras de la oración, casi esperando que el dolor se le pase al terminar de pronunciar cada
palabra.)
DOÑA IGNACIA. —«Ave María, gratia plena, Dominus tecum...»
(De improviso, un trueno y el reflejo diabólico de un relámpago rojo lo estropea todo.
TOTINA, vestida de hombre, con el uniforme de oficial, de MANGINI, entra cantando, seguida de
MANGINI, que se ha puesto un larguísimo batín de DON PALMIRO. El trueno se convierte de
repente en la voz de TOTINA que canta; como el relámpago rojo, en la luz del salón que MANGINI
da al entrar.)
TOTINA. —«Le parlate d'amor —o cari fior...» (Grito unánime, fortísimo, de protesta.)
NENÉ. —¡Cállate, estúpida!
MOMMINA. —¡Lo has estropeado todo!
TOTINA. —(Azorada.) ¿Qué pasa?
DORINA. —Mamá estaba rezando el Ave María.
TOTINA. —(A NENÉ.) ¡Podías habérmelo dicho!
NENÉ. —¡Claro! ¡Iba yo a figurarme que tú ibas a aparecer así en este momento!
TOTINA. —¡Ya estaba vestida cuando entraste a buscar la Madona!
NENÉ. —¡Basta! ¡Basta! ¿Qué hacemos ahora?
POMÁRICI. —¡Volver a empezar! ¡Volver a empezar!
DOÑA IGNACIA. —(Atontada, en espera, como si ya tuviera el milagro en la boca.) No...
Esperad... Yo no sé...
MOMMINA. —(Contenta.) ¿Se te ha pasado?
DOÑA IGNACIA. —(Como antes.) No sé... habrá sido el diablo... o la Madona... (Se aprieta toda
la mejilla por una nueva punzada de dolor.) No, no... ¡Ay...! ¡Otra vez...! ¡Qué, pasado! ¡Ayyyy!
¡Dios mío, qué congoja...! (De pronto, dominándose, da una patada en el suelo y se impone a
sí misma.) ¡No! ¡No quiero darme por vencida! ¡Cantad, cantad, hijas! ¡Dadme ese gusto,
cantad, cantad! ¡Pobre de mí, pobre de mí, si me acobardo ante este cochino dolor! ¡Vamos,
Mommina: «Stride la vampa»!
MOMMINA. —(Mientras todos gritan aplaudiendo: «¡Sí, sí! ¡Muy bien! ¡El coro de «II Trovatore»!)
¡No, no, mamá, no estoy en vena! ¡No!
DOÑA IGNACIA. —(Suplicando con rabia.) ¡Hazme esta caridad, Mommina! ¡Es para mi dolor!
MOMMINA. —¡Te digo que no estoy en vena!
NENÉ. —¡Vamos! ¿No puedes complacerla una vez?
TOTINA. —¡Te está diciendo que no quiere acobardarse por el dolor!
SARELLI y NARDI. —¡Sí, sí, venga!
—¡Dele ese gusto, señorita!
NENÉ. —¿Te figuras que no nos suponemos por qué ya no quieres cantar?
POMÁRICI. —¡No, no, si la señorita va a cantar!
SARELLI. —¡Si es por Verri, no dude que nos encargaremos nosotros de tenerlo a raya!
POMÁRICI. —Cantando, le juro que el dolor se le conjura.
DOÑA IGNACIA. —¡Sí, sí, hazlo, hazlo, por tu mamá!
POMETTI. —¡Qué valor tiene esta Generala nuestra!
DOÑA IGNACIA. —Tú, Totina, haces de Manrico, ¿eh?
TOTINA. —¡Por supuesto! ¡Ya estoy vestida!
DOÑA IGNACIA. —¡Póngale el bigote, póngale el bigote a mi hija!
MANGINI. —¡Eso, sí! ¡Yo se lo pinto!
POMÁRICI. —¡No! ¡Si me lo permite, se lo pintaré yo!
NENÉ. —¡Aquí está el tapón de corcho, Pomárici! ¡Voy corriendo a buscarle un sombrero con
plumas! ¡Y un pañuelo amarillo, y un chal rojo para Azucena! (Escapa por el fondo, y poco
después vuelve con todo lo que ha dicho.)
POMÁRICI. —(A TOTINA, mientras le pinta el bigote.) ¡Estése quietecita, por favor!
DOÑA IGNACIA. —¡Muy bien! Mommina, Azucena...
MOMMINA. —(Casi para sí, sin fuerza ya para oponerse.) No, yo no...
DOÑA IGNACIA. —(Siguiendo) ...y Totina, Manrico...
SARELLI. —¡...y todos nosotros, el coro de zíngaros!
DOÑA IGNACIA. —(Aludiendo al coro de zíngaros.)
«All'opra, all'opra! Dàgli. Martella.
Chi del gitano la vita abbella?»
(Se lo pregunta cantando a algunos, que se quedan mirándola sin saber si lo pregunta
en serio o en broma; y entonces, ella, dirigiéndose a otros, pregunta:
«Chi del gitano la vita abbella?»
(Pero éstos la miran como los primeros; no puede aguantar el dolor; y rabiosa,
pregunta a todos, para obtener la respuesta):
«Chi del gitano la vita abbella?»
(Todos, comprendiendo, por fin, entonan la respuesta):
«La zingarééé... eeélla!»
DOÑA IGNACIA. —(Primero, respirando por haber sido, al fin, comprendida.) ¡Ah! (Luego,
mientras los otros sostienen la nota, para sí, retorciéndose de dolor.) ¡Ayyy! ¡Ayyy! ¡No
aguanto más! ¡Valor! ¡Valor! ¡Venga, hijitos, cantad pronto!
POMÁRICI. —¡No, no: esperen que termine!
DORINA. —¿Todavía? ¡Ya está bien así!
SARELLI. —¡Está muy bien!
NENÉ. —¡Un amor! ¡Ahora, el sombrero! ¡El sombrero! (Se lo da, y se dirige a MOMMINA.) ¡Y tú,
sin historias! ¡El pañuelo en la cabeza! (A SARELLI.) ¡Áteselo atrás! (SARELLI lo hace.) ¡Y el chal,
así!
DORINA. —(Con un empujón, a MOMMINA, que sigue inmóvil.) ¡Pero muévete!
POMÁRICI. —¡Ah, pero hace falta algo para tocar!
NENÉ. —¡Lo he encontrado! ¡Los almireces de cobre! (Va a cogerlos del aparador del comedor;
vuelve y los distribuye.)
POMÁRICI. —(Yendo al piano.) ¡Vamos, atentos! ¡Empecemos por el principio!
«Vedi le fosche notturne spoglie...»
(Se pone a tocar el coro de los zíngaros con que empieza el segundo acto de «II
Trovatore».)
CORO. —(Atacando):
«Vedi le fosche notturne spoglie
de' cieli sveste l'immensa volta:
sembra una vedova che alfin toglie
i bruni panni ond'era involta.»
(Luego, golpeando los almireces:)
«All'opra, all'opra! Dàgli. Martella.
Chi del gitano la vita abella?»
(Tres veces.)

«La zingarella!»
POMÁRICI. —(A MOMMINA.) ¡Atención, señorita! ¡Usted! ¡Y vosotros todos a su alrededor!
MOMMINA. —(Adelantándose.)
«Stride la vampa! la folla indomita
corre a quel foco, lieta in sembianza!
Urli di gioja intorno echeggiano:
cinta di sgherri donna s'avanza.»
(Mientras los otros cantan, primero a coro, y ahora MOMMINA sola, DOÑA IGNACIA,
sentada en una sillita, agitándose como un oso, pateando tan pronto con una pierna como con
la otra, murmura entre dientes, cadenciosamente, como si dijera una letanía en su sufragio:)
DOÑA IGNACIA. —¡Dios mío, yo me muero! ¡Dios mío, yo me muero! ¡Castigo por mis pecados!
¡Dios mío, Dios mío, qué congoja! ¡Dame fuerzas, Dios mío! ¡Golpéame y hazme sufrir a mí
sola! ¡Que pague yo sola, Dios mío, la diversión de mis hijas! ¡Cantad, cantad, sí, sí,
disfrutad, hijas! ¡Dejad que rabie yo sola con estos dolores que son la penitencia por todos
mis pecados! ¡Yo os quiero contentas, alegres, alegres, así...! ¡Sí, dagli, martella, dale,
martillea encima de mí! ¡A mí sólo, Dios mío, y deja disfrutar a mis hijas...! ¡Ah, Dios, la
alegría que yo no pude tener nunca... nunca, Dios mío, nunca..., quiero que la tengan mis
hijas...! ¡Deben tenerla! ¡Deben tenerla! Pagaré yo, pagaré yo por ellas, incluso si faltan a tus
mandamientos. (Y entona con los otros, mientras las lágrimas le ruedan por las mejillas.) «La
zingarééé... eeellaaaa...» ¡Silencio! ¡Ahora canta Mommina, con su voz de «primo cartello»...«La
vampa», sí...! La llama... ¡La tengo yo en la boca, la llama...! «Lieta, sí, lieta in sembianza...
Alegre en apariencia...
(Llega en este momento por el fondo Rico VERRI. Queda primero suspenso, como si el
asombro abriera un precipicio delante de él; luego da un salto y se lanza contra POMÁRICI; lo
agarra en el taburete del piano y lo tira al suelo, gritando:)
Rico VERRI. —Con que sí, ¿eh? ¿Así os mofáis de mí?
(Todos se quedan helados, lo que se traduce en alguna exclamación tonta,
incongruente.)
NENÉ. —¡Mira qué modales!
DORINA. —¿Estás loco?
(Luego, una riña, al levantarse POMÁRICI, que se lanza contra VERRI, mientras los otros
se interponen, para separarlos y sujetarlos, hablando todos a la vez, en gran confusión.)
POMÁRICI. —¡Me responderás de lo que has hecho!
VERRI. —(Rechazándolo violentamente.) ¡Todavía no he acabado!
SARELLI Y NARDI. —¡Estamos nosotros aquí, también!
—¡Nos responderás a todos!
VERRI. —¡A todos, a todos! ¡Me basto yo solo para romperos el hocico a todos vosotros!
TOTINA. —¿Es usted el amo en nuestra casa?
VERRI. —Me envían a buscar la medicina...
DOÑA IGNACIA. —...la medicina: y ¿luego?
VERRI. —(Por MOMMINA.) ¡...me la presentan disfrazada así!
DOÑA IGNACIA. —¡Usted se va ahora mismito de mi casa!
MOMMINA. —¡Yo no quería, yo no quería! ¡Les he dicho a todos que no quería!
DORINA. —¡Mira! ¡Qué cosas hay que oír! ¡Esta estúpida, disculpándose!
NENÉ. —¡Abusa de que no tenemos en casa un hombre que lo eche de aquí a patadas, como
se merece!
DOÑA IGNACIA. —(A NENÉ.) ¡Anda a llamar a tu padre, ahora mismo! ¡Que se levante de la
cama y que venga en seguida!
SARELLI. —¡Si por eso es, podemos echarlo de aquí nosotros!
NENÉ. —(Corriendo a llamar a su padre.) ¡Papá! ¡Papá! (Sale.)
VERRI. —(A SARELLI.) ¿Vosotros? ¡Me gustaría veros! ¡Intentadle! (A NENÉ, que corre.) ¡Llame,
sí, llame a su papá: responderé ante el cabeza de familia de lo que hago: exigir de éstos el
respeto para todas ustedes!
DOÑA IGNACIA. —¿Y quién le ha dado a usted ese encargo? ¿Cómo se atreve?
VERRI. — ¿Cómo? ¡La señorita lo sabe! (Señala a MOMMINA.)
MOMMINA. —¡Pero no así, por la violencia!
VERRI. —¡Ah! ¿Es mía la violencia? ¿No de los otros sobre usted?
DOÑA IGNACIA. —¡Le repito que no quiero saber nada! Esa es la puerta: ¡fuera!
VERRI. —¡No, eso no debe decírmelo usted!

DOÑA IGNACIA. —¡Se lo dirá también mi hija! ¡Además, el ama en mi casa soy yo!
DORINA. —¡Se lo decimos todas!
VERRI. —¡No basta! ¡Si la señorita está conmigo! ¡Soy aquí el único que viene con intenciones
honestas!
SARELLI. —¡Mira! ¡Honestas!
NARDI. —¡Aquí no se hace nada malo!
VERRI. —¡La señorita lo sabe!
POMÁRICI. —¡Payaso!
VERRI. —¡Los payasos sois vosotros! (Blandiendo una silla.) ¡Y guardaos muy bien de volver a
entrometeros, o acabaremos mal ahora mismo!
POMETTI. —(A sus compañeros.) ¡Vámonos, vámonos de aquí!
DORINA. —¡No, no! ¿Por qué?
TOTINA. —¡No nos dejen ustedes solas! ¡Él no es el dueño de esta casa!
VERRI. —¡No te pongas enfermo mañana, tú, Nardi! ¡Nos veremos!
NENÉ. —(Entrando con gran ansiedad.) ¡Papá no está en casa!
DOÑA IGNACIA. —¿No está en casa?
NENÉ. —¡Lo he buscado por todas partes! ¡No aparece!
DORINA. —¡Pero, cómo! ¿No ha vuelto a casa?
NENÉ. —¡No ha venido!
MOMMINA. —¿Y dónde estará?
DOÑA IGNACIA. —¿Todavía fuera de casa, a estas horas?
SARELLI. —¡Habrá vuelto al Cabaret!
POMÁRICI. —Señora, nosotros nos retiramos.
DOÑA IGNACIA. —No, no, esperen...
MANGINI. —¡Por fuerza! ¡Esperad! ¡No voy a salir así a la calle!
TOTINA. —¡Ah, claro! Dispense. Ya no me acordaba de que llevaba puesto su uniforme. ¡Voy a
quitármelo! (Sale corriendo.)
POMÁRICI. —(A MANGINI.) Espera tú a que la señorita te lo devuelva; nosotros nos vamos.
DOÑA IGNACIA. —Pero dispensen..., no veo...
VERRI. —Ellos, ellos ven, si usted no quiere ver.
DOÑA IGNACIA. —¡Vuelvo a decirle que debe marcharse usted! ¡No ellos! ¿Ha comprendido?
VERRI. —¡No, señora: ellos! ¡Porque, ante la seriedad de mis intenciones, saben que éste no
es sitio para sus bromas de mal gusto!
POMÁRICI. —¡Sí, sí, mañana verás cómo nos divertimos nosotros!
VERRI. —¡No sé por qué, mañana!
MOMMINA. —¡Por caridad, por caridad, Verri!
VERRI. —(Temblando.) ¡Usted no me venga con ruegos!
MOMMINA. —¡No, no ruego! ¡Quiero solamente decir que la culpa es mía, que me sometí...!
¡No debí, sabiendo que usted...
NARDI. —...como buen siciliano, no podría soportar la broma!
SARELLI. —¡Pero si nosotros tampoco la soportamos ya!
VERRI. —(A MOMMINA, como PRIMER ACTOR, saliéndose espontáneamente de su papel, con la
cólera del primer actor arrastrado a decir lo que no quiere.) ¡Muy bien! ¿Está usted
satisfecha?
MOMMINA. —(Como PRIMERA ACTRIZ, desconcertada.) ¿De qué?
VERRI. —(Como antes.) ¡De haber dicho lo que no debía! ¿Por qué tenía usted que culparse a
sí misma, al final?
MOMMINA. —(Como antes.) Me ha salido espontáneo...
VERRI. —¡Y mientras tanto, le ha dado pie a éstos! ¡Tengo que ser yo el último que grita que
se las verán conmigo todos ellos!
MANGINI. —¿Y yo también, así, con este batín? (Y se descoyunta torpemente para ponerse
firme.) ¡A sus órdenes!
NENÉ Y DORINA. —(Riendo y aplaudiendo.) ¡Muy bien! ¡Bravo!
VERRI. —(Como antes, indignado.) ¡Qué bravo, ni qué...! ¡Así se echa a perder una escena! ¡Y
no hay manera de acabarla!
DOCTOR HINKFUSS. —(Surgiendo de su butaca.) ¡No, hombre, no! ¿Por qué? ¡Pero si estaba
saliendo muy bien! ¡Adelante, adelante! (Se empieza a oír llamar, cada vez más fuerte,
dentro, al fondo, como si fuera a la puerta de entrada.)
MANGINI. —(Disculpándose.) Es que... con este batín... no pude resistir la tentación de

bromear un poco...
NENÉ. —¡Naturalmente!
VERRI. —(Desdeñoso, a MANGINI.) ¡Pues váyase a jugar a la gallina ciega, y no venga aquí a
representar comedias!
MOMMINA. —¡Si el señor... (dice el nombre del PRIMER ACTOR) quiere hacer él solo su papel, y
los demás nada, que lo diga, y nos iremos todos!
VERRI. —No, al contrario, me iré yo, si los demás quieren actuar cada uno a su capricho,
aunque no venga a cuento.
DOÑA IGNACIA. —¡Pero si resultaba tan bien, y tan oportuna, santo Cielo, la súplica de la
señorita: «¡La culpa es mía, que me sometí!»
POMÁRICI. —(A VERRI.) ¡Tenga usted en cuenta que nosotros también tenemos que actuar!
SARELLI. —¡Sólo quiere lucirse él! ¡Cada uno tiene que decir lo suyo!
DOCTOR HINKFUSS. —(Gritando.) ¡Basta! ¡Basta! ¡Sigan ustedes la escena! ¡Ahora me parece
que es precisamente usted, señor... (Dice el nombre del primer actor) el que lo estropea todo!
VERRI. —¡No, yo no, por favor! Al contrario, yo digo que hable al que le toque, y que me
respondan a tono. (Alude a LA PRIMERA ACTRIZ.) ¡Hace tres horas que estoy repitiendo: «¡La
señorita lo sabe!, ¡la señorita lo sabe!», y la señorita no encuentra una palabra para
sostenerme. ¡Siempre en esa actitud de víctima!
MOMMINA. —(Exasperada, casi llorando.) ¡Claro, como que soy la víctima! ¡Víctima de mis
hermanas, de la casa, de usted; víctima de todos! (En este momento, entre los actores que
hablan en el proscenio, frente al DOCTOR HINKFUSS, se hace sitio EL VIEJO ACTOR DE CARÁCTER,
O sea «ZAMPOÑA», con cara de muerto, las manos ensangrentadas, el vientre herido de una
cuchillada, y ensangrentados también el chaleco y el pantalón.)
ZAMPOÑA. —¡Bueno, pero... señor Director, yo venga llamar, llamar, así, todo ensangrentado;
tengo las tripas en la mano, tengo que venir a morirme en escena, que no es fácil para un
actor cómico; nadie me abre la puerta; encuentro aquí un desorden... Los actores fuera de
su papel; faltando el efecto que yo me prometía sacarle a mi entrada en escena, porque,
además de ensangrentado y moribundo, estoy borracho... Ahora le pregunto yo a usted:
¿cómo se remedia esto!
DOCTOR HINKFUSS. —¡Eso se arregla en seguida! Apóyese en su chanteuse: ¿dónde está?
LA CHANTEUSE. —Estoy aquí.
UNO DE LOS CLIENTES DEL CABARET. —Y estoy aquí yo también, para sostenerlo.
DOCTOR HINKFUSS. —¡Muy bien! ¡Sosténgalo!
ZAMPOÑA. —¡Tenía que subir las escaleras, llevado en brazos por los dos...!
DOCTOR HINKFUSS. —¡Pues suponga que ya las han subido, caramba...! ¡Y ustedes, cada uno
a su sitio! ¡Y no se desesperen! ¿Es posible que se ahoguen ustedes así, en un vaso de agua?
(Vuelve a su butaca refunfuñando.) ¡Por una tontería de nada!
(Continúa la escena. DON PALMIRO aparece por el fondo sostenido por LA CHANTEUSE de
un lado y EL CLIENTE DEL CABARET del otro. De repente, la mujer y las hijas, en cuanto lo ven,
dan un grito. Pero EL VIEJO ACTOR DE CARÁCTER está fuera de su papel y las deja desahogarse
un buen rato, con una sonrisa de paciencia en los labios, como diciendo: «Cuando acabéis
vosotras empezaré yo.» A las angustiosas preguntas con que se ve acosado, deja que
contesten un poco LA CHANTEUSE y otro poco EL CLIENTE DEL CABARET, aunque él desearía que
se callaran, en espera de la verdadera respuesta que él se reserva para el final. Los otros, al
verlo con aquel aspecto, no saben adónde quiere ir a parar, y siguen haciendo sus papeles lo
mejor que pueden.)
DOÑA IGNACIA. —¡Ay, Dios mío! Pero, ¿qué ha pasado?
MOMMINA. —¡Papá! ¡Papá mío!
NENÉ. —¿Herido?
VERRI. —¿Quién lo ha herido?
DORINA. —¿Dónde está herido? ¿Dónde?
EL CLIENTE. —¡En el vientre!
SARELLI. —¿Con un cuchillo?
LA CHANTEUSE. —¡Desgarrado! ¡Ha perdido toda la sangre por el camino!
NARDI. —Pero ¿quién ha sido, quién ha sido?
POMETTI. —¿En el Cabaret?
MANGINI. —¡Pero acuéstenlo, por el amor de Dios!
POMÁRICI. —¡Aquí, aquí, en el diván!
DOÑA IGNACIA. —(Mientras LA CHANTEUSE y EL CLIENTE acuestan a DON PALMIRO en el diván.)
Entonces, ¿es que había vuelto al Cabaret?
NENÉ. —¡Pero, mamá, no pienses ahora en el Cabaret! ¿No ves cómo está?
DOÑA IGNACIA. —¡Veo entrar en casa...! ¡Y mira, mira, cómo se abraza a ella! ¿Quién es?
LA CHANTEUSE. —¡Una mujer, señora, que tiene más corazón que usted!
EL CLIENTE. —¡Piense usted, señora, que su marido está aquí muriéndose!
MOMMINA. —Pero, ¿cómo ha sido? ¿Cómo ha sido?
EL CLIENTE. —Quiso defenderla a ella... (Indica LA CHANTEUSE.)
DOÑA IGNACIA. —(Con una risa sarcástica.) ¡Claro...! ¿Cómo no? ¡El caballero!
EL CLIENTE. —...y aquel burro...
EL CLIENTE. —...la dejó a ella y se volvió contra él.
VERRI. —¿Y lo han detenido, al menos?
EL CLIENTE. —No, huyó, con el cuchillo en la mano, amenazando a todo el mundo.
NARDI. —Pero ¿se sabe, por lo menos, quién es?
EL CLIENTE. —(Señalando a LA CHANTEUSE.) Ella lo sabe bien...
SARELLI. —¿Su amante?
LA CHANTEUSE. —¡Mi verdugo! ¡Mi verdugo!
EL CLIENTE. —¡Quería hacer una carnicería!
NENÉ. —¡Pero hay que ir a buscar un médico en seguida! (Llega TOTINA, todavía medio
vestida.)
TOTINA. —¿Qué ha pasado? ¿Qué ha pasado? ¡Dios mío, papá! ¿Quién lo ha herido?
MOMMINA. —¡Habla, papá, habla! ¡Di algo, por lo menos!
DORINA. —¿Por qué nos miras así?
NENÉ. —Nos mira y sonríe.
TOTINA. —Pero ¿dónde ha sido? ¿Cómo ha sido?
DOÑA IGNACIA. —(A TOTINA.) ¡En el Cabaret! ¿No lo ves? (Señalando a LA CHANTEUSE.) ¡Ya lo
creo!
NENÉ. —¡Un médico! ¡Un médico! ¡No vamos a dejarlo morir así!
MOMMINA. —¿Quién va? ¿Quién va corriendo a llamarlo?
MANGINI. —Yo iría, si no estuviera así... (Muestra el batín.)
TOTINA. —¡Ah, ya!, vaya, vaya a coger su uniforme: está allí.
NENÉ. —¡Usted, Sarelli, por caridad!
SARELLI. —¡Sí, yo voy, yo voy ahora mismo! (Sale por el fondo, con MANGINI.)
VERRI. —Pero ¿cómo es que no dice nada? (Alude a DON PALMIRO.) ¡Debería decir algo...!
TOTINA. —¡Papá! ¡Papá!
NENÉ. —Sigue mirando y sonriendo.
MOMMINA. —¡Estamos aquí todos, a tu alrededor, papá!
VERRI. —¿Es posible que quiera morirse sin decir nada?
POMÁRICI. —¡Muy cómodo! Se está ahí, ni muerto ni vivo. ¿Qué espera?
NARDI. —¡Yo ya no sé qué añadir! Sarelli ha ido corriendo en busca del médico, ¡feliz él!, y
Mangini a buscar su uniforme...
DOÑA IGNACIA. —(A su marido.) ¡Habla! ¡Habla! ¿No sabes decir nada? ¡Si hubieras
obedecido... pensando que tenías cuatro hijas, a las que ahora puede llegar a faltarles el
pan!
NENÉ. —(Después de haber esperado un poco con todos.) Nada. Míralo. Sonríe.
MOMMINA. —Eso no es natural.
DORINA. —¡Tú no puedes sonreír así, papá, mirándonos! ¡Estamos aquí también nosotras!
EL CLIENTE. —Quizá sea porque ha bebido un poco...
MOMMINA. —¡Eso no es natural! ¡Cuando uno ha bebido, si las coge melancólicas, se está
callado; pero si puede reírse, lo mismo puede hablar! ¡O no debería reírse!
DOÑA IGNACIA. —¿Se puede saber, por lo menos, por qué sonríes así? (Otra vez quedan todos
suspensos en una nueva pausa de espera.)
ZAMPOÑA. —Porque me complazco en ver que todos sois mejores que yo.
VERRI. —(Mientras los demás se miran a los ojos, repentinamente enfriados en su papel.)
¿Pero qué dice?
ZAMPOÑA. —(Incorporándose en el diván.) Digo que yo, así, sin saber cómo he entrado en
casa, puesto que nadie ha venido a abrirme, después de haber estado un rato llamando a la
puerta...
DOCTOR HINKFUSS. —(Levantándose de la butaca, furioso.) ¿Otra vez? ¿Vuelta a empezar?
ZAMPOÑA. —...No consigo morirme, señor Director; me entra la risa, viendo lo bien que lo
hacen todos, y no consigo morirme. La doncella (mira a su alrededor) —¿dónde está? No la
veo— tenía que haber salido corriendo, y anunciar: «¡Ay, Dios mío! ¡El señor! ¡Ay, el señor!
¡Lo traen herido!»
DOCTOR HINKFUSS. —Pero ¿qué nos viene usted contando ahora? ¿No habíamos dado ya por
hecha la escena de su entrada en casa?
ZAMPOÑA. —¡Pues entonces, usted perdone; más vale que me dé usted también por muerto, y
ni una palabra más!
DOCTOR HINKFUSS. —¡No, señor! ¡Usted tiene que hablar, hacer la escena, morirse!
ZAMPOÑA. —¡Está bien! ¡Aquí está la escena: (se abandona sobre el diván) ¡estoy muerto!
DOCTOR HINKFUSS. —¡Pero no así!
ZAMPOÑA. —(Levantándose y avanzando.) Querido señor Director, suba y acabe usted de
matarme, ¿qué quiere que le diga? Le repito que así, solo, no consigo morirme. Yo no soy
ningún acordeón, y dispense, que se estira y se encoge, y con pisar las teclas sabe la
sonatina.
DOCTOR HINKFUSS. —¡Pues sus compañeros...!
ZAMPOÑA. —(Rápido...) son mejores que yo; lo he dicho y lo he celebrado. Yo no puedo. Para
mí, la entrada era el todo. Usted ha querido saltársela... Para entrar en situación, yo
necesitaba aquel grito de la doncella. Y la Muerte tenía que entrar conmigo, presentarse
aquí, entre la vergonzosa francachela de esta mi casa: la Muerte borracha, como habíamos
convenido: borracha de un vino que se había convertido en sangre. Y tenía que hablar, sí, ya
lo sé; empezar yo a hablar en medio del horror de todos... yo... sacando valor del vino y de la
sangre junto a esta mujer. (Va al lado de LA CHANTEUSE y se le cuelga del cuello con un brazo)
—así— y decir palabras insensatas, incongruentes y terribles, para mi mujer, para mis
hijas, y también para estos jóvenes, a los cuales tenía que demostrar que, si he estado
haciendo el idiota, es porque ellos han sido malos: mala esposa, malas hijas, malos amigos;
y no yo tonto, no; yo solo bueno; y ellos, estúpidos; yo, en mi ingenuidad; y ellos, en su
bestialidad perversa; sí, sí; (enfureciéndose como si alguien le llevara la contraria.)
¡Inteligente, inteligente!, como son inteligentes los niños —no todos; los que crecen tristes
entre la bestialidad de los mayores—. Pero, tenía que decir todo esto borracho, delirando; y
pasarme las manos ensangrentadas por la cara, así... y manchármela de sangre (pregunta a
los compañeros...) ¿se ha manchado? (y como ellos dicen con el gesto que sí...) bien... (y
continúa...) y aterrorizaros, y haceros llorar... pero llorar de verdad... y yo, sin aliento ya,
poniendo los labios así... (intenta silbar, pero ya no tiene fuerzas...) para silbar un poquito
antes de morirme; y luego... (llama al CLIENTE DEL CABARET) ven, aquí tú también... (se le
cuelga del cuello con el otro brazo) así... entre vosotros dos... pero más cerca de ti, hermosa
mía... inclinar la cabeza... como hacen enseguida los pajaritos... y morirme. (Inclina la
cabeza sobre el seno de LA CHANTEUSE; afloja después tos brazos; cae en tierra, muerto.)
LA CHANTEUSE. —¡Dios mío! (Intenta sostenerlo, pero luego lo deja caer.) ¡Está muerto! ¡Está
muerto!
MOMMINA. —(Arrojándose sobre él.) ¡Papá, papá mío, papá mío...! (Y se echa a llorar de
verdad.)
(Este ímpetu de sincera emoción en LA PRIMERA ACTRIZ, provoca la emoción también en
las demás actrices, que se echan a llorar sinceramente ellas también. Y entonces el DOCTOR
HINKFUSS surge gritando:)
DOCTOR HINKFUSS. —¡Muy bien! ¡Apaguen el cuadro! ¡Apaguen el cuadro! ¡Oscuro! (Se hace el
oscuro.) ¡Fuera todos...! Las cuatro hijas y la madre, a la mesa del comedor... seis días
después... apagado el salón ¡luz a la lámpara del comedor!
MOMMINA. —(En la oscuridad.) Pero, señor Director, tenemos que ir a vestirnos de negro.
DOCTOR HINKFUSS. —¡Ah, ya! De negro. Tenía que bajar el telón después de la muerte. No
importa. Vayan a vestirse de negro. ¡Y que bajen el telón! ¡Luz a la sala!
(Ha bajado el telón. Se ha encendido la luz de la Sala. EL DOCTOR HINKFUSS sonríe,
arrepentido.)
El efecto ha fallado, en parte; pero mañana por la tarde saldrá de maravilla. Ocurre
también en la vida, señores, que un efecto preparado con toda diligencia, y con el que
contábamos, venga a fallar en lo mejor, y siguen, naturalmente, los reproches a la mujer, a
las hijas: «¡Si tú hubieras hecho esto!» y «¡Si tú hubieras dicho lo otro!» Cierto que aquí era
un caso de muerte. ¡Lástima que el bueno de... (dice el nombre del ACTOR DE CARÁCTER) se
obstinara en aquello de que si su entrada en escena...! Pero es un buen actor. Seguramente
en la función de mañana hará una escena de maravilla. Escena capital, señores, por las
consecuencias que trae. Se me ha ocurrido a mí; en el guión no está; y estoy seguro de que
el autor no la habría puesto nunca, por un escrúpulo que yo no tengo por qué respetar: por
no remachar el clavo de la creencia, muy extendida, de que en Sicilia se usa tan fácilmente
la navaja. Si se le hubiera ocurrido hacer morir al personaje, lo habría hecho morir de un
síncope, o de otro accidente cualquiera. Pero ya han visto ustedes qué efecto teatral más
distinto se obtiene con una muerte como la que yo he imaginado, con el vino y la sangre, y
un brazo al cuello de esa Chanteuse. El personaje tiene que morir; la familia, por esa
muerte, tiene que caer en la miseria; sin estas condiciones, no me parece natural que la hija
Mommina pueda consentir en casarse con Rico Verri, ese energúmeno, y resistir a los
consejos en contra de la madre y las hermanas, las cuales se han informado ya en la vecina
ciudad de la costa meridional de la Isla, y se han enterado de que él, sí, es de familia
acomodada, pero que el padre tiene fama de usurero en la región, y de ser hombre tan
celoso que en pocos años mató a su mujer a disgustos. ¿Cómo no se imaginaba esta
muchacha la suerte que le esperaba? ¿Y las condiciones que ese Verri por salirse con la
suya casándose con ella, en contra de sus compañeros oficiales, habría acordado con aquel
padre celoso y usurero, y qué otras condiciones habría establecido consigo mismo, no sólo
para compensarse del sacrificio que le cuesta aquel puntillo, sino también para elevarse
frente a sus paisanos, que conocen bien la fama de que goza la familia de la mujer? ¡Sabe
Dios cómo le hará pagar los placeres que ha podido darle la vida, tal como la ha vivido hasta
ahora en casa, con su mamá y sus hermanas! Consejos, como ven ustedes, valiosísimos. Mi
excelente primera actriz, la señorita... (dice el nombre de LA PRIMERA ACTRIZ), no es,
verdaderamente, de mi opinión. Mommina es para ella la más prudente de las cuatro
hermanas, la sacrificada, la que ha preparado siempre las diversiones para las otras, y no
ha disfrutado nunca de ellas, sino a costa de fatigas, de desvelos, de atormentados
pensamientos; el peso de la familia cae todo sobre ella. ¡Y comprende tantas cosas! Y lo
primero de todo, que los años pasan; y que el padre, con todo aquel desorden en casa, no ha
podido ahorrar nada; que ningún joven de la comarca se casará con ninguna de ellas;
mientras que Verri, ¡ah!, Verri se batirá por ella, no una vez sino todas las que hagan falta,
contra esos oficiales que, de repente, al primer golpe de la desgracia, las han dejado a todas
plantadas: la pasión de los melodramas, en el fondo, la tiene ella también, como sus
hermanas: Raúl, Ernani, don Álvaro...
«ni quitarme podrá
su imagen del corazón...»
¡Y se casa con él!
(El DOCTOR HINKFUSS ha estado habla que te habla para dar tiempo a las actrices que
tienen que vestirse de negro; pero ya no puede más: tiene un arranque; separa un poco el
telón y grita hacia dentro:) ¡Bueno!, pero ¿no suena el gong? ¡Me parece que ya han tenido
tiempo de vestirse las actrices! (Y añade, simulando hablar con alguien que está detrás del
telón.) ¿No...? ¿Qué pasa ahora...? ¿Qué? ¿Que no quieren seguir trabajando...? ¿Pero qué
es eso? ¡Con el público aquí esperando...! ¡Venga, venga, adelante!
(Se presenta el SECRETARIO del DOCTOR HINKFUSS, todo apurado y azorado.)
EL SECRETARIO. —Pues nada, que dicen...
DOCTOR HINKFUSS. —¿Qué dicen?
EL PRIMER ACTOR. —(Detrás del telón, al SECRETARIO.) ¡Hable, hable usted fuerte, diga a gritos
nuestras ratones!
DOCTOR HINKFUSS. —¡Ah, otra vez el señor...! (Dice el nombre del PRIMER ACTOR; pero aparecen
fuera del telón también los demás ACTORES y ACTRICES; empezando por LA CARACTERÍSTICA,
que se quita la peluca delante del público, como EL ACTOR DE CARÁCTER. El PRIMER ACTOR se ha
quitado el uniforme militar.)
LA CARACTERÍSTICA. —¡No, no, somos todos, somos todos, señor Director!
LA PRIMERA ACTRIZ. —¡Así no hay manera de continuar!
LOS OTROS. —¡Imposible! ¡Imposible!
EL ACTOR DE CARÁCTER. —Yo he terminado mi papel, pero aquí estoy, aquí, por...
DOCTOR HINKFUSS. —Bueno, pero, ¿se puede saber qué ha pasado ahora?
(Cae como una ducha fría la frase del ACTOR DE CARÁCTER:)
EL ACTOR DE CARÁCTER. —...¡solidaridad con mis compañeros!
DOCTOR HINKFUSS. —¿Solidaridad? ¿Qué quiere decir?
EL ACTOR DE CARÁCTER. —¡Que nos marchamos todos, señor Director!
DOCTOR HINKFUSS. —¿Que se van ustedes? ¿Adónde?
ALGUNOS. —¡Nos vamos! ¡Nos vamos!
EL PRIMER ACTOR. —¡A no ser que se vaya usted!
OTROS. —¡O se marcha usted o nos marchamos nosotros!
DOCTOR HINKFUSS. —¿Que me vaya yo? ¿Cómo se atreven? ¿A mí con semejante
intimidación?
Los ACTORES. —¡Pues entonces, nos vamos nosotros!
—¡Claro que sí, vámonos, vámonos!
—¡No queremos hacer de marionetas!
—¡Vámonos, vámonos!
(Y se mueven agitados.)
DOCTOR HINKFUSS. —(Deteniéndolos.) ¿Adónde? ¿Están ustedes locos? ¡Está aquí el público
que ha pagado! ¿Qué quieren ustedes que hagamos con el público?
EL ACTOR DE CARÁCTER. —¡Eso decídalo usted! Nosotros le decimos: ¡O se marcha usted, o
nos marchamos nosotros!
DOCTOR HINKFUSS. —Yo vuelvo a preguntarles: ¿qué ha sucedido ahora?
EL PRIMER ACTOR. —¿Ahora? ¿Le parece poco lo que ha pasado?
DOCTOR HINKFUSS. —Pero ¿no se había remediado ya todo?
EL ACTOR DE CARÁCTER. —¿Cómo remediado?
LA CARACTERÍSTICA. —Usted pretende que improvisemos la comedia...
DOCTOR HINKFUSS. —¡Y ustedes se habían comprometido a ello!
EL ACTOR DE CARÁCTER. —¡Ah!, pero no así, dispensa pitando escenas, y usted ordenando y
mandando cuando tenga que morir...
LA CARACTERÍSTICA. —¡Volviendo a empezar las escenas por la mitad, en frío!
LA PRIMERA ACTRIZ. —No le salen a una las frases...
EL PRIMER ACTOR. —...¡Eso es! ¡Lo que le dije yo desde el principio...! ¡Las frases, tienen que
nacer...!
LA PRIMERA ACTRIZ. —¡Perdone, pero usted ha sido el primero en no respetar las que me
nacían a mí por un impulso espontáneo!
EL PRIMER ACTOR. —¡Sí, tiene usted razón; pero la culpa no es mía!
POMÁRICI. —¡Pues usted es el que empezó...!
EL PRIMER ACTOR. —¡Déjeme hablar! ¡No es mía la culpa, sino suya! (Señala al DOCTOR
HINKFUSS.)
DOCTOR HINKFUSS. —¡Cómo, mía? ¿Por qué?
EL PRIMER ACTOR. —¡Por estar aquí entre nosotros, son, su maldito teatro, que Dios
confunda!
DOCTOR HINKFUSS. —¿Mi teatro? Pero ¿se ha vuelo usted loco? ¿Dónde estamos? ¿No
estamos en el teatro?
EL PRIMER ACTOR. —¿Estamos en el teatro? ¡Bien! ¡Pues repártanos usted los papeles que
hemos de hacer cada uno...!
LA PRIMERA ACTRIZ. —...acto por acto, escena por escena.
NENÉ. —...con las réplicas escritas, palabra por palabra...
EL ACTOR DE CARÁCTER. —...y en ese caso, corte usted todo lo que quiera; y háganos saltar lo
que le parezca; ¡pero en un punto señalado, convenido de antemano!
EL PRIMER ACTOR. —¡Y no que empieza usted por desencadenar en nosotros la vida...!
LA PRIMERA ACTRIZ. —...con tanta furia de pasiones...
LA CARACTERÍSTICA. —...cuanto más se habla, más se entra en situación, ¿sabe...?
NENÉ. —¡...estamos todos alborotados...!
LA PRIMERA ACTRIZ. —¡Todos bullendo...!
TOTINA. —(Indicando al PRIMER ACTOR.) ...¡Yo lo mataría...!
DORINA. —...¡dominante! ¡que viene a dictar leyes en nuestra casa!
DOCTOR HINKFUSS. —¡Pero mejor, sí, es mejor así!
EL PRIMER ACTOR. —¡Qué, mejor, si luego pretende que estemos al mismo tiempo atentos a la
escena...!
EL ACTOR DE CARÁCTER. —...que no se pierda tal o cuál efecto...
EL PRIMER ACTOR. —¡...porque estamos en el teatro...! ¿Cómo quiere que sigamos pensando
en su teatro, nosotros, si tenemos que vivir? ¿No ha visto usted cómo le he seguido, cómo he
tenido en cuenta por un momento que había que terminar la escena como usted quería, con
la frase final para mí, y me metí con la señorita...? (Señala a LA PRIMERA ACTRIZ), que tenía
razón, sí, tenía razón ella al suplicar en aquel momento...
LA PRIMERA ACTRIZ. —...¡he suplicado por usted...!
EL PRIMER ACTOR. —...¡sí, sí, de acuerdo...! (Al ACTOR que ha hecho el papel de MANGINI.)
¡...Como usted, bromeando con el batín!; y perdone: el tonto he sido yo, que le hice caso
(Señala al DOCTOR HINKFUSS.)
DOCTOR HINKFUSS. —¡Tenga cuidado con lo que dice!, ¿sabe?
EL PRIMER ACTOR. —¡No me saque usted de quicio! (Lo descarta y se vuelve de nuevo, con
calor, a LA PRIMERA ACTRIZ.) Usted es la verdadera víctima; veo, siento que está usted
viviendo plenamente su personaje, como yo el mío; viéndola ante mí (le coge la cara entre las
manos) con esos ojos, con esa boca, sufro todas las penas del infierno; usted tiembla, se
muere de miedo bajo mis manos: ahí está el público, al que no podemos despedir; teatro,
no; ya no podemos, ni usted ni yo, ponernos a hacer teatro como de costumbre; pero como
usted grita su desesperación y su martirio, yo también tengo que gritar mi pasión, la que me
hace cometer el delito. Bien: ¡que el público esté ahí, como un jurado que nos oiga y nos
juzgue! (De pronto, al DOCTOR HINKFUSS.) ¡Pero es preciso que usted se vaya!
DOCTOR HINKFUSS. —(Asombrado.) ¿Yo?
EL PRIMER ACTOR. —...sí... ¡y que nos deje solos! ¡Nosotros dos solos!
NENÉ. —¡Muy bien!
LA CARACTERÍSTICA. —¡Y que hagan lo que salga de ellos, como lo sientan!
EL ACTOR DE CARÁCTER. —¡Lo que salga de ellos, muy bien! .
TODOS LOS ACTORES. —(Empujando al DOCTOR HINKFUSS, echándolo del escenario.) ¡Sí, sí,
váyase de aquí! ¡Váyase de aquí!
DOCTOR HINKFUSS. —¿Me arrojan ustedes de mi teatro?
EL ACTOR DE CARÁCTER. —¡Ya no le necesitamos a usted!
TODOS LOS DEMÁS. —(Empujándolo ahora por el pasillo del patio de butacas.) ¡Váyase! ¡Váyase!
DOCTOR HINKFUSS. —¡Esto es un ultraje inaudito! ¿Quieren ustedes hacer de jueces?
EL PRIMER ACTOR. —¡Queremos hacer verdadero teatro!
EL ACTOR DE CARÁCTER. —¡Lo que usted menosprecia cada noche, para hacer que cada
escena sea sólo un espectáculo para la vista!
LA CARACTERÍSTICA. —¡Vivir una pasión: eso es el verdadero teatro! ¡Y entonces, basta poner
un rótulo!
PRIMERA ACTRIZ. —¡No se puede jugar con las pasiones!
EL PRIMER ACTOR. —¡Sacrificarlo todo con tal de conseguir un efecto! ¡Eso puede usted
hacerlo con un juguete cómico!
TODOS LOS DEMÁS. —¡Fuera! ¡Fuera!
DOCTOR HINKFUSS. —¡Yo soy vuestro director!
EL PRIMER ACTOR. —¡En la vida que nace no manda nadie!
LA CARACTERÍSTICA. —¡Hasta el escritor debe obedecerla!
LA PRIMERA ACTRIZ. —¡Eso, obedecer, obedecer!
EL ACTOR DE CARÁCTER. —¡Y que se vaya el que quiera mandar!
TODOS LOS DEMÁS. —¡Fuera! ¡Fuera!
DOCTOR HINKFUSS. —(Con la espalda a la puerta de la sala.) ¡Protestaré! ¡Es un escándalo!
Soy vuestro direct... (Es empujado fuera. Entretanto, se ha abierto el telón en el escenario
vacío y sin iluminar; el Secretario del DOCTOR HINKFUSS, los Tramoyistas, los Electricistas, todo
el personal del escenario, ha venido a presenciar el extraordinario espectáculo del DIRECTOR
DEL TEATRO expulsado por sus actores.)
EL PRIMER ACTOR. —(A LA PRIMERA ACTRIZ, invitándola a volver al escenario.) ¡Vamos, vamos!
¡Volvamos arriba, en seguida!
LA CARACTERÍSTICA. —¡Lo haremos todo nosotros solos!
EL PRIMER ACTOR. —¡No necesitaremos nada!
POMÁRICI. —Montaremos nosotros mismos los decorados...
EL ACTOR DE CARÁCTER. —...¡Muy bien! ¡Y yo me encargaré de las luces!
LA CARACTERÍSTICA. —¡No, mejor así, todo vacío y oscuro! ¡Mejor así!
EL PRIMER ACTOR. —¡La luz indispensable para iluminar las figuras sobre este fondo negro!
LA PRIMERA ACTRIZ. —¿Y sin decorado?
LA CARACTERÍSTICA. —¡El decorado es lo de menos!
LA PRIMERA ACTRIZ. —¿Ni siquiera las paredes de mi cárcel?
EL PRIMER ACTOR. —Sí, pero apenas insinuadas... ahí... un momento; si usted las toca; y
basta: lo demás, oscuro; en suma, para hacer comprender que ya no es el decorado el que
manda.

LA CARACTERÍSTICA. —Basta que tú, hija mía, te sientas encarcelada, ¡y la cárcel aparecerá, la
veremos todos, como sí la tuvieras a tu alrededor!
LA PRIMERA ACTRIZ. —¡Pero tendré que arreglarme por lo menos un poco la cara...!
LA CARACTERÍSTICA. —¡Espera! ¡Tengo una idea! ¡Una idea! (A un TRAMOYISTA.) ¡Una silla aquí,
pronto!
LA PRIMERA ACTRIZ. —¿Qué idea?
LA CARACTERÍSTICA. —¡Ya verás! (A los ACTORES.) Ustedes, entretanto, preparen, preparen,
pero sólo lo indispensable. Las sillitas de las dos niñas. Miren a ver si están ahí ya
preparadas. (El TRAMOYISTA trae la silla)
LA PRIMERA ACTRIZ. —Yo decía, arreglarme la cara...
LA CARACTERÍSTICA. —(Dándole la silla.) Sí, siéntate aquí, hija mía.
LA PRIMERA ACTRIZ. —(Perpleja, como aturdida.) ¿Aquí?
LA CARACTERÍSTICA. —¡Sí, aquí, aquí! ¡Y sentirás tu alma desgarrada...! Corre, Nené, ve a
buscar la caja del maquillaje, una toalla... ¡Ah, escuchad! ¡Las dos niñas, con las camisitas
largas de dormir!
LA PRIMERA ACTRIZ. —¿Pero qué quiere usted hacer? ¿Cómo?
LA CARACTERÍSTICA. —Deja eso de nuestra cuenta; lo arreglaré yo, tu madre, y tus hermanas:
te arreglaremos nosotras la cara... ¡Anda, Nené!
TOTINA. —¡Coge también un espejo!
LA PRIMERA ACTRIZ. —¡Pero, entonces, el vestido también!
DORINA. —(A NENÉ, que ya va corriendo hacia los camerinos.) ¡El vestido también! ¡El vestido!
LA PRIMERA ACTRIZ. —¡La falda y la blusa! ¡En mi camerino! (NENÉ dice que sí con la cabeza, y
desaparece por la izquierda.)
LA CARACTERÍSTICA. —Debe ser nuestro el dolor, ¿comprendes?; mío, de tu madre, que sabe
lo que es la vejez... antes de tiempo, hija, ¡envejecerte...!
TOTINA. — ...¡y nuestro! ¡Nosotras que te ayudamos a ponerte guapa...; ahora, a ponerte fea!
DORINA. —- ...¡ajarte...!
LA PRIMERA ACTRIZ. —...¿darme la condena de haber querido a aquel hombre?
LA CARACTERÍSTICA. —...sí, pero con dolor del alma, con dolor del alma, la condena...
TOTINA. —...de haberte separado de nosotras...
LA PRIMERA ACTRIZ. —...pero no creáis que fue por miedo a la miseria que nos esperaba al
morir nuestro padre... ¡no!
DORINA. —..¿Por qué, entonces? ¿Por amor? Pero, ¿de verdad pudiste enamorarte de un
monstruo como aquél?
LA PRIMERA ACTRIZ. —...no; por gratitud...
TOTINA. —...¿de qué?
LA PRIMERA ACTRIZ. —...de haber creído..., él sólo..., después de todo el escándalo que se
había sembrado...
TOTINA. —...¿que una de nosotras podía casarse todavía?
DORINA. —...¡pues, sí! ¡Vaya una ganancia, casarse con él...!
LA CARACTERÍSTICA. —...¿y cuál fue el resultado...? ¡Ahora..., ahora lo veréis!
NENÉ. —(Volviendo con la caja del maquillaje, un espejo, una toalla, la falda y la blusa.) ¡Aquí
está todo! No encontraba...
LA CARACTERÍSTICA. —¡Trae, trae! (Abre la caja y empieza a maquillar a MOMMINA. Levanta la
cabeza.) ¡Ay, hija mía, hija mía! ¡Tú sabes cuánta gente dice en el pueblo cómo se dice de
una muerta!: «¡Qué guapa era! ¡Y qué buen corazón tenía!» Apagada ahora..., así, así... la
cara que no recibe la caricia del aire, ni ha vuelto a ver el sol...
TOTINA. —...y las ojeras, las ojeras, ahora...
LA CARACTERÍSTICA. —...sí..., eso es..., así...
DORINA. —...no le pongas muchas...
NENÉ. —...¡al contrario!, ¡muchas, ponle muchas...!
TOTINA. —...los ojos de quien tiene que morir de disgustos...
NENÉ. —...y ahora aquí, en las sienes, el pelo...
LA CARACTERÍSTICA. —...sí, sí...
DORINA. —...¡blanco, no!, ¡blanco, no...!
NENÉ. —...no; blanco, no...
LA PRIMERA ACTRIZ. —...Dorina, queridita mía...
TOTINA. —...Así..., ya está bien..., a poco más de los treinta años...
LA CARACTERÍSTICA. —...¡empolvados de vejez...!
LA PRIMERA ACTRIZ. —...¡ya no querrá ni que me peine! ¡Mi pelo...!
LA CARACTERÍSTICA. —(Despeinándoselo.) ...entonces, espera: así... así...
NENÉ. —(Alargándole el espejo.) Y ahora, ¡mírate...!
LA PRIMERA ACTRIZ. —(Rápida, retirando con ambas manos el espejo.) ¡No! ¡Los ha tirado! ¡Ha
tirado todos espejos que había en casa! ¿Sabes dónde pude mirarme todavía? ¡Como una
sombra, en los cristales, o deformada en el agua de una tinaja! ¡Y me quedé horrorizada!
LA CARACTERÍSTICA. —¡Espera...! ¡La boca! ¡La boca!
LA PRIMERA ACTRIZ. —¡Sí! ¡Quítame todo el rojo: ya no me queda sangre en las venas...!
TOTINA. —Y las arrugas, en las comisuras...
LA PRIMERA ACTRIZ. —También algún diente caído, a los treinta años...
DORINA. —(En un arranque de emoción, abrazándola.) ¡No, no, Mommina mía, no, no!
NENÉ. —(Casi iracunda, alcanzada ella también por la emoción, apartando a DORINA.) ¡Fuera
el vestido, fuera el vestido! ¡Desvistámosla!
LA CARACTERÍSTICA. —¡No, encima! ¡Se pone encima la blusa, y la falda!
TOTINA. —¡Eso, muy bien; así parecerá más desarreglada!
LA CARACTERÍSTICA. —Se te escurrirán los hombres como a mí, que soy vieja...
DORINA. —...jadeante, andarás por la casa...
LA PRIMERA ACTRIZ. —...aturdida por el dolor...
LA CARACTERÍSTICA. —...arrastrando los pies...
NENÉ. —...carne inerte...
(Cada una, al decir su última réplica, irá retirándose hacia la derecha, en la oscuridad.
LA PRIMERA ACTRIZ ha quedado sola entre las tres paredes desnudas de su cárcel, que,
durante la caracterización y mientras se vestía, han sido colocadas en el oscuro de la escena.
Avanza hasta golpear con la frente las paredes: Primero la de la derecha; luego, la del fondo,
y luego la de la izquierda. Al tocar cada pared con la frente, se hace visible durante un
momento, por un cortante rayo de luz, que viene de arriba, como un relámpago, y vuelve a
quedar en la oscuridad.)
LA PRIMERA ACTRIZ. —(Con lúgubre cadencia, creciente en profunda intensidad, pegando en las
tres paredes con la frente, como un animal enfurecido en una jaula.) ¡Esto es pared! ¡Esto es
pared! ¡Esto es pared! (Y va a sentarse en la silla con el aspecto y la actitud de una
insensata. Queda así un rato. De la derecha, por donde se retiraron la madre y las hermanas,
llega una voz de la oscuridad: La voz de la madre, que dice, como si leyera una historia en un
libro:)
LA CARACTERÍSTICA. —«...fue encarcelada en la casa más alta del pueblo. Tapada la puerta,
tapadas todas las ventanas, vidrieras y persianas: solamente una, pequeñita, abierta, con
vista al lejano campo y al lejano mar. De aquel pueblo, situado en lo alto de la colina, sólo
podía ver los tejados de las casas, los campanarios de las iglesias: tejados, tejados por los
que se escurría el agua, tendidos en tantos planos, tejas, tejas, nada más que tejas. Pero
sólo por la noche podía asomarse a aquella ventana a tomar un poco de aire.» (En la pared
del fondo se hace transparente una pequeña ventana, como velada y lejana, por la cual entra
un suave resplandor de luna.)
NENÉ. —(Desde la oscuridad, bajo, contesta con tono de maravilla infantil, mientras se oye en
la lejanía un débil sonido como de una remota serenata.) ¡Uh, la ventana, mira, la ventana de
verdad...!
EL ACTOR DE CARÁCTER. —(Despacio, desde la oscuridad él también.) Si ya estaba; pero,
¿quién la ha iluminado?
DORINA. —¡Callad!
(La prisionera ha quedado inmóvil. La madre continúa diciendo, como si leyera:)
LA CARACTERÍSTICA. —«Todos aquellos tejados, como pedestales negros, le daban vueltas a
sus pies en la claridad que se esfumaba de las luces de las calles del pueblo en declive; en
medio del profundo silencio de las callejuelas más próximas, se oía algún rumor de pasos
que hacían eco; la voz de alguna mujer que quizá estaba esperando, como ella; el ladrido de
un perro, y, con más angustia, las campanadas del reloj de la iglesia más cercana.
Pero, ¿por qué sigue midiendo el tiempo aquel reloj?
¿A quién le señala la hora?
Todo está muerto y vacío.»
(Después de una pausa, se oyen cinco campanadas, veladas, lejanas. La hora.
Aparece, hosco, Rico VERRI. Vuelve ahora a casa. Trae el sombrero en la cabeza; levantado el
cuello del abrigo; una bufanda al cuello. Mira a la mujer, que sigue allí inmóvil en aquella silla;
luego, mira receloso a la ventana.)
VERRI. —¿Qué haces ahí?
MOMMINA. —Nada. Esperándote.
VERRI. —¿Estabas a la ventana?
MOMMINA. —No.
VERRI. —Todas las noches te asomas.
MOMMINA. —Esta noche, no.
VERRI. —(Después de haber tirado sobre una silla el abrigo, el sombrero, la bufanda.) ¿No te
cansas nunca de pensar?
MOMMINA. —No pienso en nada.
VERRI. —¿Y las niñas? ¿En la cama?
MOMMINA. —¿Dónde quieres que estén a estas horas?
VERRI. —Te lo pregunto para recordarte en lo único que debes pensar; en ellas.
MOMMINA. —He pensado en ellas durante todo el día.
VERRI. —¿Y ahora, en qué piensas?
MOMMINA. —(Comprendiendo las razones por las que le pregunta con tanta insistencia,
primero lo mira con desdén; luego, volviendo a su actitud de apática inmovilidad, le contesta:)
En ir a echar sobre el lecho esta carne mía deshecha.
VERRI. —¡No es verdad! ¡Quiero saber en qué piensas! ¿En qué has pensado todo el tiempo,
mientras me esperabas? (Pausa de espera. Y como ella no responde:) ¿No contestas? ¡Ah,
claro! ¡No me lo puedes decir! (Otra pausa.) ¿Conque confiesas?
MOMMINA. —¿Qué confieso?
VERRI. —¡Que piensas en cosas que no puedes decir!
MOMMINA. —Ya te he dicho en qué pienso: en irme a dormir.
VERRI. —¿Con esos ojos, a dormir? ¿Con esa voz...? ¡Quieres decir: a soñar!
MOMMINA. —No sueño.
VERRI. —¡No es verdad! ¡Todos soñamos! ¡No es posible, durmiendo, no soñar!
MOMMINA. —Yo no sueño.
VERRI. —¡Mientes! ¡Te digo que no es posible!
MOMMINA. —Pues, entonces, sueño; como tú quieras...
VERRI. —Sueñas, ¿eh...? ¡Sueñas..., sueñas y te vengas! ¡Piensas y te vengas...! ¿Qué
sueñas? ¡Dime qué sueñas!
MOMMINA. —No lo sé.
VERRI. —¿Cómo que no lo sabes?
MOMMINA. —No lo sé. Lo dices tú, que sueño. Tan pesado está mi cuerpo, y tan cansada me
siento, que caigo, en cuanto me acuesto, dormida como un lirón. Ya no sé qué quiere decir
soñar. Si sueño, y al despertar ya no me acuerdo qué he soñado, me parece que es lo mismo
que no haber soñado. ¡Y quizá Dios quiere ayudarme así!
VERRI. —¿Dios? ¿Te ayuda Dios?
MOMMINA. —¡Sí, a soportar esta vida, que al abrir los ojos me parecería atroz, si por
casualidad en el sueño me hubiera hecho la ilusión de tener otra! ¡Pero compréndelo,
compréndelo! ¿Qué quieres de mí? Muerta me quieres; muerta; que no vuelva a pensar; que
no vuelva a soñar... Y todavía, pensar, puede depender de la voluntad, pero soñar —si
soñara— sería sin querer, durmiendo; ¿cómo podrías impedírmelo?
VERRI. —(Desvariando, agitándose él, ahora como una fiera enjaulada.) ¡Eso es! ¡Eso es! ¡Eso
es! ¡Cierro puertas y ventanas, pongo trancas y barrotes, y ¿de qué me vale, si está aquí,
aquí dentro de la misma cárcel, la traición? ¡Aquí, en ella, dentro de ella, en esta su carne
muerta..., viva..., viva la traición..., puesto que piensa, y sueña, y recuerda! ¡Está delante de
mí!; me mira... ¿puedo abrirle la cabeza para ver lo que piensa? Se lo pregunto; me contesta:
«nada»; y mientras tanto, piensa, y sueña, y recuerda ante mis propios ojos, mientras me
mira, y quizá mientras lleva a otro dentro, en su recuerdo; ¿cómo puedo saberlo?, ¿cómo
puedo verlo?
MOMMINA. —¿Pero qué quieres que tenga ya dentro, si ya no soy nada, no me ves? ¡Ni
siquiera soy otra; ya, nada! ¡Con el alma apagada!, ¿de qué quieres que me acuerde ya?
VERRI. —¡No digas eso! ¡No digas eso! ¡Ya sabes que es peor que digas eso!
MOMMINA. —¡Bien, bien, no lo diré, no lo diré, estáte tranquilo!
VERRI. —¡Aunque te quedaras ciega, lo que tus ojos han visto, los recuerdos que tienes ahí,
en los ojos, te quedarían en la mente; y si te arrancaras los labios, esos labios que han
besado, el placer, el placer, el sabor que has probado al besar, seguirías sintiéndolo
siempre, dentro de ti, recordando, hasta morir, hasta morir ese placer! ¡No puedes negarlo;
si niegas, mientes; tú sólo puedes llorar y horrorizarte de todo lo que yo sufro contigo, lo
malo que has hecho, que te indujeron a hacer tu madre y tus hermanas; no puedes negarlo;
lo has hecho, lo has hecho ese mal; y sabes, ¡lo ves!, que yo sufro por ello, que sufro hasta
volverme loco; sin culpa, sólo por la locura que hice de casarme contigo.
MOMMINA. —Locura, sí, locura; y sabiendo cómo eras, no debí cometerla yo...
VERRI. —¿Cómo era yo? ¡Ah, sí! ¿Cómo era yo, dices? ¡Sabiendo cómo eras tú, deberías decir!
¡La vida que habías hecho con tu madre y tus hermanas!
MOMMINA. —¡Sí, sí, eso también, eso también! ¡Pero piensa que te diste cuenta de que yo no
aprobaba la vida que se hacía en mi casa...!
VERRI. —...¡si la has vivido tú también...!
MOMMINA. —...¡por fuerza! ¡Estaba allí...!
VERRI. —...y sólo cuando me conociste a mí dejaste de aprobarla...
MOMMINA. —...¡no! ¡antes también, antes también...! tanto es así, que tú mismo me creíste
mejor... No te digo esto por mí, por acusar a los demás y disculparme yo, no; lo digo por ti,
para que tú tengas piedad, no de mí, si para ti es una especie de satisfacción no tenerla, o
demostrar a los demás que no la tienes; sé cruel, sé cruel conmigo; pero ten piedad al
menos de ti mismo pensando que me creíste mejor; que hasta, en medio de aquella vida,
creíste poder amarme...
VERRI. —...¡tanto, que me casé contigo...! ¡cierto que te creí mejor...! ¿y con eso, qué...? ¿qué
piedad de mí...?, si pienso que te amé, que pude amarte allí, con la vida que habías vivido...
¿qué piedad?
MOMMINA. —...¡claro que sí...!, reconociendo que había en mí algo que justificara, en parte, la
locura cometida al casarte conmigo, ¡eso es... lo digo por ti!
VERRI. —¿Y no es peor? ¿Es que así consigo borrar la vida que hiciste antes de que yo me
enamorara de ti? El haberme casado contigo porque eras mejor, no puede justificar mi
locura, más bien la agrava. Más grave, tanto más grave se hace el mal de aquella tu vida,
cuanto mejor fueras tú. Te he retirado yo de aquel mal, pero cargando con todo al cargar
contigo, y trayéndomelo a casa, aquí, a esta cárcel, para pagarlo junto contigo, como si yo
también lo hubiera cometido; y sintiéndome devorar, devorar por él, siempre vivo,
mantenido siempre vivo por lo que sé de tu madre y de tus hermanas.
MOMMINA. —¡Yo no he vuelto a saber nada de ellas!
NENÉ. —(Surgiendo de la oscuridad.) ¡Oh, vil! ¡Ahora le habla de nosotras!
VERRI. —(Gritando, terrible.) ¡Silencio! ¡Vosotras no estáis aquí!
DOÑA IGNACIA. —(Viniendo hacia las paredes, desde la oscuridad.) ¡Fiera! ¡Fiera! ¡La tienes
ahí, entre los dientes, ahí, dentro de la jaula, para lacerarla!
VERRI. —(Tocando las paredes dos veces con las manos, haciéndolas visibles dos veces.) ¡Esto
es pared! ¡Esto es pared...! ¡Vosotras no estáis aquí!
TOTINA. —(Viniendo ella también con las otras hacia la pared, agresiva.) ¿Y de eso te
aprovechas, vil, para decirle vituperios contra nosotras?
DORINA. —¡Estábamos a punto de hundirnos, Mommina!
NENÉ. —¡Habíamos gastado el último céntimo!
VERRI. —¿Y cómo salisteis a flote?
DOÑA IGNACIA. —¡Canalla! ¡Te atreves a echárnoslo en cara, tú que la estás haciendo morir a
ella, desesperada!
NENÉ. —¡Nosotras disfrutamos!
VERRI. —¡Os habéis vendido! ¡Deshonradas!
TOTINA. —Y el honor que le has conservado a ella, ¡cómo se lo estás haciendo pagar!
DORINA. —¡A mamá, ahora, no le falta nada, Mommina! ¡Si vieras qué bien está! ¡Cómo va
vestida! ¡Tiene un abrigo de piel de castor!
DOÑA IGNACIA. —Gracias a Totina, ¿sabes? ¡Ha llegado a ser una gran cantante!
DORINA. —¡Totina La Croce!
NENÉ. —¡Todas las empresas se la disputan!
DOÑA IGNACIA. —¡Homenajes! ¡Triunfos!
VERRI. —¡Y el deshonor!
NENÉ. —¡Si el honor es esto que tú le das a tu mujer, viva el deshonor!
MOMMINA. —(Rápida, con ímpetu de afecto y de piedad, a su marido que se desalienta
llevándose las manos a la cabeza.) No, no, no soy yo la que dice eso, no lo digo yo; no
lamento nada, yo...
VERRI. —Quieren hacerme condenar...
MOMMINA. —¡No, no, yo siento que tú tienes que gritar todo tu tormento para desahogarte!
¡Tienes que gritarlo!
VERRI. —¡Ellas me lo tienen encendido! ¡Si supieras el escándalo que siguen dando! ¡En todo
el pueblo hablan de eso, y figúrate la cara que pondré yo...! El triunfo que han obtenido las
ha desenfrenado, las ha vuelto más descocadas...
MOMMINA. —¿También Dorina?
VERRI. —¡todas! ¡Dorina también; pero especialmente esa Nené... anda por ahí... de cocotte...
(MOMMINA se cubre la cara con las manos.) ...sí, sí... ¡pública!
MOMMINA. —¿Y Totina se ha dedicado a cantar?
VERRI. —Sí, en los teatros —de provincia, por supuesto— donde el escándalo es siempre
mayor, con aquella madre y aquellas hermanitas...
MOMMINA. —¿Las lleva con ella?
VERRI. —¡Todas van con ella, de francachela...! ¿Qué te pasa? ¿Te impresionas?
MOMMINA. —No... Me entero ahora... No sabía nada...
VERRI. —¿Y te sientes toda estremecer? ¿El teatro, eh? ¡Cuando cantabas tú también... con
tu bonita voz! ¡Tú eras la que tenía mejor voz! ¡Piensa qué vida más distinta! Cantar en un
gran teatro... Tú pasión, cantar... Luces, esplendores, delirios...
MOMMINA. —¡No, no...!
VERRI. —¡No digas que no! ¡Lo estás pensando!
MOMMINA. —¡Te digo que no!
VERRI. —¿Cómo que no? Si te hubieras quedado con ellas... fuera de aquí... ¡qué vida más
distinta sería la tuya...! ¡y no ésta...!
MOMMINA. —¡Pero si me lo haces pensar tú! ¿Qué quieres que piense yo, deshecha como
estoy ya?
VERRI. —¿Te da ansia?
MOMMINA. —Tengo el corazón que me sube a la garganta...
VERRI. —¡Ya lo creo! ¡La añoranza...!
MOMMINA. —Tú quieres matarme...
VERRI. —¿Yo? Tus hermanas, la que fuiste, tu pasado que te revuelve todo en tu interior, te
hacen subir el corazón a la garganta.
MOMMINA. —(Jadeante, con las manos en el pecho.) Por caridad... te lo suplico... ya no puedo
ni respirar...
VERRI. —¿Ves cómo es verdad, ves cómo es verdad lo que te digo?
MOMMINA. —Ten compasión...
VERRI. —La que fuiste... los mismos pensamientos, los mismos sentimientos... los creías
borrados, apagados, ¿no es verdad? ¡La más pequeña llamada...! ¡y ahí los tienes, en ti,
vivos, los mismos!
MOMMINA. —Los llamas tú...
VERRI. —No, cualquier cosa los llama, porque siguen vivos... tú no lo sabes, pero viven
dentro de ti, agazapados bajo tu conciencia. ¡Toda la vida que has vivido, la tienes todavía
viva dentro de ti! Basta una palabra, un sonido... la más pequeña sensación... Mira lo que
me pasa a mí: el olor de la salvia... y me veo en el campo, en agosto, niño de ocho años,
detrás de la casa del criado, a la sombra de un gran olivo, asustado por un gran abejorro
azul, hosco, que zumba glotón dentro del cáliz blanco de una flor; veo aquella flor violentada
temblando sobre su tallo al choque de la voracidad feroz de aquel bicho que me daba miedo;
¡y todavía tengo aquí aquel miedo, en los riñones, lo tengo aquí...! ...No digamos, tú... toda
aquella vida tan buena, las cosas que ocurrían entre vosotras, muchachas, y todos aquellos
jóvenes por la casa, encerrados en esta o en la otra habitación... ¡no lo niegues! He visto yo
cosas..., aquella Nené, una vez, con Sarelli... Se creían solos, y habían dejado la puerta
entornada... pude verlos... Nené simuló que huía por la otra puerta del fondo... había una
cortina verde... salió, y reapareció en seguida, entre las alas de aquella cortina... se había
descubierto el pecho, bajándose la malla de seda rosa... y con la mano hacía el ademán de
ofrecérselo, y lo escondía en seguida con la misma mano... lo he visto yo; un pecho
maravilloso, ¿sabes? Pequeño; ¡cabría todo en una mano! Todo estaba permitido... Antes de
llegar yo, tú, con aquel Pomárici... ¡lo he sabido...! ¡Y antes de Pomárici, sabe Dios con
cuántos otros! Durante años, aquella vida, con la casa abierta a todo el mundo... (Se le
acerca, tembloroso, desfigurado.) Tú, algunas cosas... conmigo por primera vez... Si
verdaderamente, como me dijiste, las ignorabas hasta entonces... no habrías podido
hacerlas...
MOMMINA. —¡No, no, te lo juro, nunca, nunca antes que contigo, nunca!
VERRI. —Pero abrazos, apretones, aquel Pomárici... los brazos, los brazos, ¿cómo te los
apretaba?, ¿así?, ¿así?
MOMMINA. —¡Por caridad, déjame! ¡Yo me muero!
VERRI. —(Agarrándola con una mano por la nuca, furibundo.) ¿Y la boca, la boca? ¿Cómo te la
besaba, la boca? ¿Así...? ¿así...? ¿así...? (Y la besa y la muerde, y ríe a carcajadas, y la
agarra de los cabellos, como loco; mientras MOMMINA, tratando de liberarse, grita
desesperadamente.)
MOMMINA. —¡Auxilio! ¡Auxilio!
(Acuden, con las camisitas largas de dormir, las dos niñas, asustadas, y se agrupan a
su madre, mientras VERRI, cogiendo de la silla solamente el sombrero, huye gritando.)
VERRI. —¡Yo me vuelvo loco! ¡Yo me vuelvo loco! ¡Yo me vuelvo loco!
MOMMINA. —(Atrincherándose detrás de sus dos niñas.) ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Sal de aquí, bruto!
¡Sal de aquí! ¡Sal de aquí! ¡Déjame con mis niñas! (Cae agotada sobre la silla; las dos niñas
están a su lado y ella las tiene abrazadas, una a cada lado.) ¡Hijas mías, hijas mías, qué
cosas os toca ver! ¡Encerradas aquí, conmigo, con esas caritas de cera y esos ojitos
desencajados de terror! ¡Ya se ha ido, ya se ha ido; no tembléis así, quedaos un poquito
aquí, conmigo...! No tenéis frío, ¿verdad...? La ventana está cerrada. Ya debe ser muy tarde.
Estáis siempre pegaditas allí, vosotras, en esa ventana, como dos pobrecitas que mendigan
la vista del mundo... Contáis las velas blancas de los balandros del mar, y las casitas
blancas del campo, donde nunca habéis estado; y queréis saber cómo son el mar y el
campo. ¡Ay, hijitas, hijitas, qué suerte ha sido la vuestra! ¡Peor que la mía! ¡Pero vosotras, al
menos, no lo sabéis! ¡Y vuestra mamá tiene un dolor tan grande, tan grande aquí, en el
corazón; me golpea, tengo aquí, en el pecho, un galope como de un caballo que se escapa!
¡Aquí, aquí, dadme las manitas, sentidlo...! ¡Que Dios no se lo haga pagar... por vosotras,
hijitas! Pero os dará el martirio también a vosotras, porque no puede evitarlo; es su
naturaleza; se martiriza también a sí mismo. ¡Pero vosotras sois inocentes... vosotras sois
inocentes...! (Acerca a sus mejillas las dos cabecitas de las niñas y permanece así. Se
acercan, como si las hubieran invocado, por la derecha, a la pared, saliendo de la oscuridad,
la madre y las hermanas, lujosamente ataviadas, de modo que hagan un cuadro de vivísimo
color, iluminado desde arriba oportunamente.)
DOÑA IGNACIA. —(Llamando, bajito.) Mommina... Mommina...
MOMMINA. —¿Quién es?
DORINA. —¡Somos nosotras, Mommina!
NENÉ. —¡Estamos aquí! Todas.
MOMMINA. —¿Aquí? ¿Dónde?
TOTINA. —¡Aquí... en el pueblo: he venido a cantar aquí!
MOMMINA. —¡Totina...! ¿tú...? ¿a cantar aquí?
NENÉ. —¡Aquí, sí, en el teatro de aquí!
MOMMINA. —¡Ah, caramba! ¿Aquí? ¿Y cuándo? ¿Cuándo?
NENÉ. —Esta noche, esta misma noche.
DOÑA IGNACIA. —¡Dejadme hablar a mí también, dejadme decir algo, hijitas! Escucha,
Mommina... mira... ¿qué iba yo a decirte...? ¡ah, sí...! mira, ¿quieres convencerte...? Tu
marido ha dejado el abrigo allí, encima de la silla...
MOMMINA. —(Volviéndose a mirar.) Sí, es verdad.
DOÑA IGNACIA. —¡Busca, busca en uno de los bolsillos de ese abrigo, y verás lo que
encuentras! (En voz baja, a las chicas.) ¡Hay que ayudarle a hacer la escena ahora; estamos
al final!
MOMMINA. —(Levantándose y yendo a registrar febrilmente en los bolsillos de aquel abrigo.)
¿El qué? ¿El qué?
NENÉ. —(En voz baja, a LA CARACTERÍSTICA.) ¿Contesta usted?
LA CARACTERÍSTICA. —No, no, diga usted... ¡Qué historia...!
NENÉ. —(Fuerte, a MOMMINA.) El anuncio del teatro... uno de esos prospectos amarillos,
¿sabes?, que en provincias se reparten en los cafés...
DOÑA IGNACIA. —En él encontrarás el nombre de Totina, con letras grandes... el nombre de la
«Primadonna». (Desaparecen.)
MOMMINA. —(Encontrándolo.) ¡Aquí está! ¡Aquí está...! (Lo desdobla, lee:) «II Trovatore... II
trovatore... Leonora» —soprano—, Totina La Croce... Esta noche... La tía, hijitas, la tía que

canta... ¡Y la abuela, y las otras tiítas... están aquí! ¡están aquí! Vosotras no las conocéis, no
las habéis visto nunca... ni yo tampoco, desde hace tantos años... ¡Están aquí! (Pensando en
la furia del marido.) ¡Ah, por eso...! —aquí, en el pueblo — Totina que canta en el teatro de
aquí... ¡Entonces, es que hay aquí un teatro...! yo no lo sabía... ¡Tía Totina...! ¡conque es
verdad! Quizá con el estudio, la voz... ¡se puede cantar en el teatro...! Pero vosotras no
sabéis siquiera qué es un teatro, pobres hijitas mías... El teatro, el teatro, ahora os lo digo
yo cómo es... ¡Allí canta tía Totina esta noche...! ¡Qué guapa estará, vestida de Leonora...!
(Intenta cantar.)
«Tacea la notte placida
e bella in ciel sereno
la luna il viso argenteo
mostrava lieto e pieno...»
¿Veis cómo sé cantar yo también? Sí, sí, yo también, yo también sé cantar; cantaba siempre,
yo, antes; Il Trovatore me lo sé todo de memoria; ¡y os lo canto yo! Ahora os hago yo el
teatro; para vosotras que no lo habéis visto nunca, pobres pequeñitas mías, encerradas aquí
conmigo. Sentaos, sentaos, aquí, delante de mí, las dos juntas, en vuestras sillitas. ¡Hago yo
el teatro para vosotras! Primero os cuento cómo es: (Sienta frente a ella a las dos niñas
asombradas; y toda estremeciéndose, irá excitándose cada vez más, hasta que el corazón,
fallándole, la hará caer el suelo, muerta de dolor:) Una sala, una sala grande, grande, con
muchas filas de palcos todo alrededor: cinco o seis filas llenas de señoras elegantísimas, con
plumas, gemas preciosas, abanicos, flores; y los señores de frac, con perlitas en la pechera
de la camisa, y corbata blanca; y mucha, mucha gente también abajo, en las butacas todas
rojas, y en las plateas: un mar de cabezas; y luces, luces por todas partes; y una gran araña
en el medio, que parece que está colgada en el cielo, y toda de brillantes; una luz que
deslumbra, que embriaga, como no podéis imaginaros; y un murmullo, un movimiento; las
señoras hablan con sus caballeros, se saludan de un palco a otro, unas van a sentarse
abajo, en su butaca, otras miran con los gemelos... aquellos de nácar, con los que os dejé
un día mirar el campo... ¡aquéllos...! los llevaba yo, los llevaba vuestra mamá cuando iba al
teatro, y ella también miraba, entonces... De repente, se apagan las luces; sólo quedan
encendidas las lucecitas verdes, en los atriles de la orquesta, que están delante de las
butacas, debajo del telón; ya están allí los músicos, muchos músicos, afinando sus
instrumentos; y el telón es como una cortina, pero grande, y pesa mucho, y es todo de
terciopelo rojo con franjas de oro, lujosísimo; cuando se abre —porque ha llegado el maestro
a dirigir a los músicos con su batuta— empieza la ópera; se ve el escenario, donde hay un
bosque, o una plaza o un palacio real; y tía Totina sale allí a cantar con los otros, mientras
toca la orquesta... ¡Eso es el teatro! Pero antes era yo, no tía Totina, la que tenía la voz más
bonita; yo, yo, bastante más bonita; una voz que, lo decían todos entonces, debería haber
ido a cantar en los teatros; yo, vuestra mamá; y en cambio, ha ido tía Totina... ¡Ah, ella se
ha atrevido...! Conque, oídme: se abre el telón —se abre por la mitad— se ve en el escenario
un atrio, el atrio de un gran palacio, con hombres de armas que se pasean al fondo, y
muchos caballeros, con un tal Ferrando, que esperan a su jefe, el Conde de Luna. Todos
están vestidos a la antigua, con capas de terciopelo, sombreros con plumas, espadas,
polainas... Es de noche; están cansados de esperar al Conde que, enamorado de una dama
de la corte de España, que se llama Leonora, está celoso, y está acechando debajo de los
balcones de ella, en los jardines del palacio real; porque se sabe que a Leonora, todas las
noches, el Trovatore —que quiere decir: uno que canta y que también es guerrero— viene a
cantarle la misma canción:
«Deserto sulla térra...»
(Se interrumpe un momento para decir casi para sí:) ¡Ay, Dios mío, el corazón...! (Y
rápidamente vuelve a cantar, pero con dificultad, luchando con la ansiedad qué le ha entrado,
también por la emoción de oírse a sí misma cantar:
«Col mio destino in guerra,
é sola speme un cor (tres veces)
—un cor—al Trovator...»
Ya no puedo cantar... me... me falta el aliento... el corazón... el corazón me da angustia...
hace tantos años que no canto... Pero quizá poco a poco recupero el aliento y la voz... Debéis
saber que ese trovador es hermano del Conde de Luna... sí... pero el Conde no lo sabe, y ni
siquiera lo sabe él, el trovador, porque fue robado por una gitana cuando era niño. ¡Es una
historia horrible, escuchad! La cuenta en el segundo acto la misma gitana, que se llamaba
Azucena, para vengar a su madre quemada viva por el Conde de Luna, siendo inocente. Son
vagabundas que leen la buenaventura, las gitanas, y todavía las hay, y dicen que roban a
los niños, tanto, que las mamás tienen mucho cuidado. Pero esta Azucena roba al hijo del
Conde, como os decía, para vengar a su madre, y quiere darle la misma muerte que tuvo su
madre inocente; enciende el fuego, pero en el furor de la venganza, medio loca, confunde a
su propio hijo con el hijo del Conde, y quema a su propio hijo, ¿comprendéis? ¡a su propio
hijo...! «II figlio mío... il figlio mío...» No puedo, no puedo contároslo... Vosotras no sabéis lo
que es para mí esta noche, hijitas... Precisamente II Trovatore... esa canción de la zíngara...
mientras yo, una noche, la cantaba con todos alrededor... (Canta entre lágrimas:)
«¿Chi del gitano la vita abbella?
¡La zingarella!»
mi padre, aquella noche, mi padre... vuestro abuelito... lo llevaron a casa todo
ensangrentado... y tenía a su lado a una especie de zíngara... y aquella noche, aquella
noche, hijitas, se cumplió, se cumplió mi destino... (Se levanta y canta con toda la voz:)
«¡Ah, che le morte ognora
é tarda nel venir
a chi desia
a chi desia morir!
Addio,
addio, Leonora, addio...»
(Cae, de pronto, muerta. Las dos niñas, más asombradas que nunca, no sospechan lo más
mínimo; creen que es el teatro que les está representando la mamá; y siguen allí sentaditas en
sus sillas, esperando. En aquella inmovilidad, el silencio se hace de muerte, hasta que, en la
oscuridad, por el fondo, a la izquierda, llegan ansiosas las voces de Rico VERRI, de DOÑA
IGNACIA, de TOTINA, DORINA y NENÉ.)
VERRI. —Está cantando, ¿habéis oído? Era su voz...
DOÑA IGNACIA. —¡Sí, como el pájaro en la jaula!
TOTINA. —¡Mommina! ¡Mommina!
DORINA. —¡Mira, estamos aquí con él: se ha sometido...!
NENÉ. —Con el triunfo de Totina..., ¡si hubieras oído! ¡El pueblo en de... (Quiere decir «en
delirio»; pero se para en seco, aterrorizada, como los demás, a la vista del cuerpo inerte, allí en
el suelo, y de las dos niñas, que siguen esperando, inmóviles.)
VERRI. —¿Qué es esto?
DOÑA IGNACIA. —¿Muerta?
DORINA. —¡Estaba haciendo el teatro para las niñas!
TOTINA. —¡Mommina!
NENÉ. —¡Mommina!
(Cuadro. Por la puerta de la sala aparece, corriendo a lo largo del pasillo, el DOCTOR
HINKFUSS, derecho al escenario!
DOCTOR HINKFUSS. —¡Magnífico! ¡Magnífico cuadro! ¡Han hecho ustedes lo que yo había
dicho! ¡Eso no está en el cuento!
LA CARACTERÍSTICA. —¡Ya está aquí otra vez!
EL ACTOR DE CARÁCTER. —(Apareciendo por la izquierda.) ¡Pero si ha estado aquí con los
electricistas, dirigiendo a escondidas todos los efectos de luz!
NENÉ. —¡Ah, por eso han salido tan bonitos...!
TOTINA. —Lo sospeché yo, cuando aparecimos allí, en grupo... (Indica a la otra parte, a la
derecha, detrás de la pared.) ...¡qué efecto debe hacer desde abajo!
DORINA. —(Por EL ACTOR DE CARÁCTER.) ¡A mí me parecía que era éste!
LA CARACTERÍSTICA. —(Por LA PRIMERA ACTRIZ, que sigue en el suelo.) Pero ¿por qué no se
levanta la señorita? Sigue ahí...
EL ACTOR DE CARÁCTER. —¿No se habrá muerto de verdad?
(Todos se inclinan presurosos sobre LA PRIMERA ACTRIZ.)
EL PRIMER ACTOR. —(Llamándola y sacudiéndola.) ¿Se siente usted mal, de verdad?
NENÉ. —¡Ay, Dios mío, está desmayada! ¡Vamos a levantarla!
LA PRIMERA ACTRIZ. —(Incorporándose ella sola.) No... gracias... es el corazón, de veras...
Déjenme, déjenme respirar...
EL ACTOR DE CARÁCTER. —¡Claro! ¡Quieren que vivamos los personajes, y mira las
consecuencias! Pero nosotros no estamos aquí para esto, ¿sabe? Nosotros estamos aquí
para decir nuestros papeles copiados y aprendidos de memoria. ¡No pretenderá usted que
cada noche deje aquí la piel uno de nosotros!
EL PRIMER ACTOR. —¡Hace falta el autor!
DOCTOR HINKFUSS. —¡No, el autor, no! Los papeles copiados, sí, a lo sumo, para que
volvamos a tener vida por nosotros mismos, durante un rato, y... (vuelto hacia el público) sin
que vuelvan a producirse las impertinencias de esta noche, que el público sabrá
perdonarnos. (Se inclinan.)
TELÓN

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