MOCTEZUMA II, de Sergio Magaña

 
 
MOCTEZUMA II
 
Tragedia en tres actos y un prólogo
 
 
 
 
SERGIO MAGAÑA
 
 
“...No era mi tiempo todavía... Y cuando un hombre está fuera de su tiempo, los Dioses lo destruyen.”
PERSONAJES:
 
Moctezuma II, último emperador de México
Ministro. Cihuacóatl Tlilpontongui-mujer serpiente- o Tlacaelel. Sumo sacerdote y consejero del emperador.
El Rey de Tacuba, joven de 22 años.
Cuauhtémoc, joven militar de 23 años.
La Madre, princesa Teizalco, mujer legítima de Moctezuma.
Tecuixpo, una joven.
Axayácatl, un niño (hijos de Moctezuma y Teizalco)
Chan, embajador de los mayas.
Cuitláhuac, príncipe de la casa de Moctezuma.
Ixtlixóchitl, Cacama, principes de la casa de Texcoco.
Coro de Ancianas, primera, segunda, tercera.
El Señor de Coyoacán.
El Señor de Culuacan.
El Señor de Xochimilco.
Jefe militar de Taltelolco.
Una esclava
Un mensajero.
Otros esclavos y mensajeros.
 
 
         La acción en la ciudad de México (Tenochtitlan) el día 7 de noviembre de 1519, un día antes de la llegada de hernán Cortés y sus hombres a la sede de las tieras aztecas, cuyo señor llamábase Moctezuma.
 
 
PROLOGO
 
MUSICA: Lamento de flauta con acompañamiento de huéhuetl.
 
PERSONAJES DEL PROLOGO
 
CORO: Lo componen tres mujeres ancianas, de aspecto augusto. Son igualmente flacas y apergaminadas en carnes, de modo que sus facciones, fuertemente indígenas, parecen petrificadas en el tiempo. Cubren los jirones blancos de sus cabellos con un rebozo oscuro. Van descalzas. Visten huilpiles (camisas de manta burda) y enaguas de tela rayada amarradas a la cintura con fajillas tejidas. Conservan este ropaje en todas sus apariciones.
LOS ENANOS: Llevan el torso desnudo; usan sandalias, taparrabo y traen los cabellos retorcidos en chonguillo a la altura del cráneo. Adornan su chongo con plumas de gallo, y su rostro con pintarrajeados de colores.
QUETZALCOATL: Es representado por un mancebo que ostenta en las manos y en la cintura las insignias de Quetzalcóatl. (El mancebo es el rey de Tacuba, Teplepanquétzal, y como tal aparece en el resto de la obra.)
MOCTEZUMA: Aparece en el prólogo con el mismo traje que usa para la primera parte del acto tercero.
Nota: La capa de plumas que muestran las viejas a Moctezuma juega después en la trama. Es por ello importante que por su color y adornos sea luego identificable.
 
OSCURIDAD
 
         Un haz de luz ilumina el lugar donde están las Tres Ancianas del Coro, sentadas en una especie de tronco de árbol. Una de ellas  levanta la mano llena de copal sobre un braserito de barro. Del fondo sube el grito ronco y excitante de un caracol guerrero. Las Ancianas 1ª. Y 3ª se hunden en el asiento, como abatidas, mientras la 2ª arroja el copal a las brasas. Surge la columna de humo.
 
ANCIANA 1ª.-(Con grito largo y golpeándose los huesos del seno.) ¡Hemos de llorar!
ANCIANA 3ª.-(Con sumo dolor.) ¡Y vivir!
ANCIANA 1ª.-¡Oh, sí! ¡Oh, sí!
ANCIANA 3ª.-¡Ay, señor de la noche! ¡Señora del agua!
ANCIANA 1ª.-¿Y el trabajo? ¿Y el trabajo?
 
Las ancianas 1ª. y 3ª agarran sus agujas de maguey y cosen plumas en una capa. La 2ª., en pie, levanta sus brazos a la noche.
 
ANCIANA 2ª.-¡Oh, señores míos! ¡Señores de las aguas, vientos y tierras, apiadaos de aquellos vuestros siervos y vasallos, las águilas, los tigres y soldados que han ido al campo estruendoso en la guerra! ¡Que no van por nosotras a traernos naguas ni huipiles; tampoco van a traer el sustento de nuestros hijos, ni maíz, ni jitomate; sino por vos, señor, pájaro hechicero, padrecito mío, que somos tus esclavos y debes mover tu pecho a condescendencias!
ANCIANA 3ª.-¡Nuestros hijos, pobres! ¡Nuestros maridos, pobres!
ANCIANA 1ª.-¡No les quites tu mano! ¡Consérvales el día!
 
Nuevo grito del caracol.
 
ANCIANA 2ª.-¡Que han ido a la guerra para gloria tuya y con soledad y tristeza de nosotras!
 
Tercer grito del caracol. Aparece Moctezuma entre dos hachones de luz que traen dos Enanos: Avanza al centro y cae postrado con una rodilla en tierra. Las ancianas tejen disimulando su presencia.
 
ANCIANA 2ª.-Xocoyotzin Moctezuma, señor y rey nuestro.
ANCIANA 1ª.-¿A qué viene aquí, donde nosotras estamos, que es Cicalco? ¿Qué busca?
ANCIANA 2ª.-La noche del Huémac.
ANCIANA 1ª.-(Con terror.) ¿La noche de Huémac? ¡Huémac!
ANCIANA 3ª.-¡Huémac! ¡Huémac!
 
De todas partes responden ecos irreales que van repitiendo el nombre de: ¡Huémac! Huémac!... alejándose y apagándose en la distancia.
 
ANCIANA 1ª.-(Que ríe sin recato.) Xocoyotzin Moctezuma.
ANCIANA 3ª.-Aturdido, borracho perdido. Que abandona su casa en el lago de la tierra.
ANCIANA 2ª.-Toma esta rosa y esta aguja de maguey y pínchalo en un muslo que no lo sentirá, que está muy perdido de borracho su corazón y todo su cuerpo. ¿No entiendes lo que te digo? Pínchalo en su muslo con tu aguja. ¿No quieres obedecerme?
 
Las tres ancianas permanecen quietas. Moctezuma lleva en las manos un cuchillo de obsidiana. Lo contempla y lo baja a la altura de uno de sus muslos, que se hiere; no siente dolor. Ninguna de las ancianas se ha movido.
 
ANCIANA 2ª.-¿Lo hiciste? (A la 1ª.)
ANCIANA 1ª.-Viajé por el aire. Conté las estrellas. Son cuatro.
ANCIANA 2ª.-¿Lo hiciste?
ANCIANA 1ª.-Lo he pinchado en su muslo y no siente
 
Moctezuma parece mirar por primera vez el grupo de las ancianas. Lo contempla con asombro.
 
ANCIANA 3ª.-Que se vaya de aquí. Que no lo recibirá el Huémac.
ANCIANA 2ª.-De las cuatro hay una: Huémac es la muerte.
CORO.-Huémac es la muerte.
 
Huéhuetl y Flauta.
 
ANCIANA 2ª.-(Levantándose.) ¡Venga, pues, la música ¡ ¡Qué suba! ¡Qué suba!
 
El golpe de Huéhuetl se acelera. De pronto cesa y ellas enmudecen con espanto. Cierran en puño las manos y las cruzan sobre sus pechos humillando la cara. Un ruido de plumas metálicas avanza desde la oscuridad. Los enanos retroceden, y extendiendo el brazo de la antorcha hacia fuera de su costado, caen de rodillas. Llega a luz la figura de nuestro señor Quetzalcóatl.
 
QUETZALCOALT.- Señor mío Moctezuma, ¿qué es lo que haces aquí? ¿Acaso eres cualquiera? ¿No eres tú la cabeza del mundo? Mira, señor, que parece mal que una persona de tan grandísimo valor como tú, emperador de mexicanos, haga de su persona tanto daño. ¿No eres tú Moctezuma?
MOCTEZUMA.-Yo soy.
QUETZALCOATL.-¿Y vienes con tus miedos y temores a interrumpir a estas madres y esposas cuyas oraciones y lamentos con ser tristes, se oyen esperanzados porque son como peticiones de que tus capitanes y feroces guerreros y vasallos salgan victoriosos de esta guerra? ¿Y qué pides? Mírate aquí, para vergüenza no solamente de nosotros sino de la descendencia de todos los mexicanos. ¡Tú el tigre! ¡Tú, el águila!... Levántate. Así los dioses no podemos verte. (Por las ancianas.) Estas serán tus jueces. (Señala con dolor también a los enanos.) Y aquellos los míos. ¿No son tus bufones? Serán ellos los primeros en despojarme.
 
Moctezuma se cubre los ojos. La flauta y el huéhuetl vuelven. El Dios retrocede unos pasos. Los enanos cubren y apagan sus antorchas. Se acercan al dios, le arrebatan las insignias ferozmente y desaparecen con ellas en la oscuridad. El Mancebo despojado queda inmóvil. Moctezuma mira con anhelo en torno, buscando el dios
 
MANCEBO.-¡Señor!
MOCTEZUMA.-(Infinitamente abatido.) ¡Muchacho!
MANCEBO.-(Postrándose.)Yo no soy nadie, señor.
MOCTEZUMA.-Se ha ido. Ahora ya estamos solos... Así, unos con otros están los árboles... o los niños... (A las ancianas.) ¿Por qué lloráis, vosotras?
ANCIANA 1ª.-(Con lágrimas.) ¡Ay, pobrecitos de los mexicanos que han de perder sus dioses y la tierra de ellos!
ANCIANA 3ª.-¡Ay, pobrecitos de mis padres y de mis hijos!
 
Moctezuma extiende a ellas su brazo. Ellas le dan la espalda.
 
ANCIANA 1ª.-(Sin volverse.) ¿Quién es éste que ya no conocemos?
ANCIANA 2ª.-(Sin volverse.) Nosotras sabemos que hemos de morir y que otros dioses más fuertes vendrán a ocuparse de estos lugares, pero también sabemos lo que será de ti. ¿Qué será de ti?
LAS OTRAS ANCIANAS.-(Con coro grave.) ¡Muerto!
ANCIANA.-2ª-¿Y nuestros padres?
LAS OTRAS ANCIANAS.-¡Muertos!
ANCIANA 2ª.-¿Y nuestros hijos?
LAS OTRAS ANCIANAS.-¡Muertos!
 
Se vuelven hacia él y muestran la capa de plumas.
 
ANCIANA 2ª.-Tú nos entregarás, señor.
ANCIANA 3ª.-¡Mira qué trabajamos!
 
Moctezuma mira con estupor la capa.
 
MANCEBO.-¿Es Huémac, señor?
ANCIANA 2ª.-Para juzgarte es Cicalco.
MOCTEZUMA.-¡Cuitláhuac! ¡Cacama!
 
Va a dar una orden al joven cuando una música occidental del siglo XVI, se insinúa.
 
ANCIANA 1ª.-No la escuches. No le abras tus ojos. Todo no será nada.
ANCIANA 3ª.-¿No eras tú el señor de los mexicanos?
 
La insinuación de la música cesa.
 
ANCIANA 2ª.-Tú sabes que nada es nada. Ven ahora, porque has de mirar el asiento donde sentadas trabajamos.
 
El joven toma en sus manos el madero donde estaban las ancianas y lo levanta: es una tosca cruz de madera. Viene de lejos un galope de caballos y un relámpago en el cielo. Las tres ancianas se cubren  en el rostro con máscaras de querubines de caritas policromadas y alitas blancas saliéndose del cuello. Juntas  sostienen la cruz formando con ella un grupo grotesco y angélico. El ruido de los caballos se aleja, pero liga el suave fondo con la música española que de nuevo crece.
 
MOCTEZUMA.-¿Qué es?
MANCEBO.-Era el ruido del mar, señor.
MOCTEZUMA.-¿Esto... qué es?
MANCEBO.-Es la cruz. Es una forma de violencia que tú desconoces. Es como un crimen... Es como tu muerte.
 
La música española sube con huéhuetl.
 
T E L Ó N
 
ACTO PRIMERO
 
MUSICA: Alegre. Anuncia la mañana. Deben utilizarse instrumentos de la época.
BOCETO ESCENOGRAFICO: Plataforma cortada en planos, algunos escalonados. Dos columnas al fondo sugieren la entrada principal al recinto, que es practicable por todos lados.
PRIMER PLANO: Un poco a la derecha el estrado del rey.
Escabeles distribuidos funcionalmente.
A  la izquierda un esquema de oratorio bárbaro donde una flama está siempre.
En un sitio hay un poyo de piedra, y en otro –bastante visible- un gran monolito ornamental azteca II.
Aunque la escena es practicable por todos lados, debe suponerse arbitrariamente que los pasos hacia el lado izquierdo van al gran patio y a otras habitaciones de la casa. Los pasos de la derecha suben a una plataforma, que es terraza.
Finalmente, el pórtico de columnas del fondo se abre de plano a la calle.
El acto primero liga casi inmediatamente al telón del Prólogo.
 
Una esclava gorda está sentada en un escabel y vigila una enorme piedra ornamental azteca.
De todas partes llegan risas y frases cortas que anuncian el movimiento de gente en la casa y en la calle.
Las aves de corral cantan. Ladran perros. Se percibe en el aire humo de cocinas y se oye dentro el palmetear desordenado de las mujeres que hacen tortillas.
La esclava se remueve en su asiento, agita un corto látigo de ixtle coronado por alegres cascabeles y habla hacia el gran monolito.
 
ESCLAVA.-Ahorita vas oírme tú si tú quieres que yo hable. Andamos aquí perdiéndonos de cosas muy buenas. Oye los pájaros. ¿Los oyes? Toda la gente de la casa despierta. ¡Huele a chocolate y algunas están moliendo maíz para las tortillas! Afuera está un sol grande subiendo y subiendo. Y debajo de tanto sol se mueven los pies y las manos y las cabezas de muchos que van al mercado de Tlaltelolco. Por los canales vienen bajando las canoas y a lo mejor traen juguetes y pelotas de hule que saltan con un hilo hasta las nubes... ¡Uy, que tú no podrás ver nada porque no quieres salir de ese rincón feo y oscuro, donde yo he visto escorpiones y arañas llenas de pelos y patas blanditas como pollitos recién nacidos!
 
Tras la piedra se asoma asustada la mano de un niño, luego la cabeza. Es Axayácatl, hijo menor de Moctezuma.
 
NIÑO.-Lo que tú quieres es pegarme.
ESCLAVA.-Sí. (Pausa.) Aunque luego te llevaré a ver esas cosas ricas de que te hablo.
NIÑO.-¿Vas a pegarme mucho?
ESCLAVA.-Lo que se pueda. (Pausa. El duda.) ¿Te quedarás ahí?
NIÑO.-No.
ESCLAVA.-¡Acércate, vaya!
 
El se acerca.
 
NIÑO.-Si me pegas mucho yo puedo acusarte.
ESCLAVA.-Será después.
 
Lo sujeta y le zurra con soltura. El Niño berrea desaforadamente.
 
ESCLAVA.-Entenderás... aprenderás...
 
Entra Tecuixpo del jardín y un momento después el Primer Ministro, que viene del patio de la casa seguido por la princesa Teizalco.
 
TECUIXPO.-¿Qué tienes, Axayácatl? Hasta el jardín oigo tus gritos. Los pájaros se han puesto a chillar.
NIÑO.-No es cierto.
 
El niño corre a esconderse tras el Ministro. La esclava se postra, azorada.
 
TECUIXPO.-(A ella.) Le pegaste otra vez ¿por qué?
MINISTRO.-Haya paz, Tecuixpo.
TECUIXPO.-No dejaré a una esclava pegarle a mi hermano.
LA MADRE.-Tecuixpo...
TECUIXPO.-Deberían encerrar a ésta, madre. Nadie verá bien que una como ella castigue a un niño de nuestra casa.
LA MADRE.-Tampoco verán bien que tú vayas y vengas en “nuestra casa” descalza como andas.
TECUIXPO.-(Con protestante respeto.) ¡Oh!
LA MADRE.-Va a cubrirte los pies. (A la Esclava.) Y tú, mujer, ve a lo que debes y deja los castigos de este niño para sus ayas.
ESCLAVA.-Señora...
LA MADRE.-Levántate.
ESCLAVA.-Señora, tú que eres amable... palomita blanca...
LA MADRE.-¿Qué quieres?
ESCLAVA.-No ir a las cocinas. El señor de Xochimilco está de mucha fiesta. Ellos dicen que yo vaya luego con otras muchachas a moler el nixtamal, y lo pidieron.
LA MADRE.-Ve, entonces
ESCLAVA.-Desde ayer comenzaron a matar los guajolotes y...
LA MADRE.-Vete.
 
La esclava se va.
 
TECUIXPO.-(A su hermano.) ¿Te pegó mucho?
LA MADRE.-No me has obedecido, Tecuixpo.
TECUIXPO.- ¡Oh, madrecita, es por tanto calor que agobia los pies!
LA MADRE.-Pero tú eres no sólo hija mía, sino hija también del señor de México, Moctezuma, y andas como andas, desnivelándote por eso hasta parecerte a cualquier mujer de los mercados.
EL NIÑO.-(Al Ministro.) ¿Sacrificaste ahora mucho?
LA MADRE.-Lleva también a tu hermano de aquí.
TECUIXPO.-Vamos, Axayácatl.
EL NIÑO.-(Al Ministro.) Cuando yo crezca seré sacrificador de hombres como tú. Quiero que me enseñes a sacar bien los corazones.
TECUIXPO.-¡Muy bien dicho, Axa! ¿Verdad que es valiente?
LA MADRE.-¡Qué pensarás, señor! Esto resulta de mis consentimientos.
MINISTRO.-No se piensa nada, Taizalco. Yo cuidaré a este niño y he de enseñarle lo que pida y lo que no pida. Tal fue la misión de mi padre junto a los reyes mexicanos y es debe ser la mía, que así lo han determinado los Dioses.
 
Rumor de flautas y teponaxtles.
 
TECUIXPO.-(Palmotea.) ¡Madre, ya regresan!
LA MADRE.-¡Tecuixpo!
 
Entra un Esclavo y se postra ante el Ministro.
 
ESCLAVO.-Señor y padrecito nuestro, muchos van al templo para el recibimiento de nuestros muy valientes jefes y soldados. Unos vienen acá.
MINISTRO.-¡Fortuna de Dioses!
EL NIÑO.-¡Madre, yo quiero verlos!
TECUIXPO.-No sólo tú, niño, ¿Puedo llevarlo? (A la Madre.) Antes, tengo por cierto que obedeceré.
 
El niño Tecuixpo y el Esclavo se van.
 
MINISTRO.-Luego han vuelto; es cosa de alegría. No se mira bien en tu cara esa tristeza.
LA MADRE.-Es verdad, señor. Así tú mismo no creas en tus palabras.
MINISTRO.-Lo que yo pienso no lo sabes. (De un poyo de piedra extrae un rollo de burdo papel vegetal.) Anotaremos el acontecimiento y luego daremos gracias a quien se debe. (Mira a la princesa.) Adelantas menos preocupándote por todo.
LA MADRE.-No son pocos los problemas de una familia.
MINISTRO.-(Sonriente, sin mucha atención.) Madre de casa grande, mujer con disgustos.
LA MADRE.-¿Y cómo si no? Ahora es Tecuixpo porque crece.
MINISTRO.-Es ley que se crezca.
LA MADRE.-(En reflexión.) Cuitláhuac, el hermano de Moctezuma, mira con ojos de cariño a esta niña.
MINISTRO.-Tecuixpo es ya una hermosa muchacha. (Con buen humor.) Trae de su madre la buena estampa.
LA MADRE.-¡Oh, señor! (Sonríe a medias. Transición.) Creo haber notado, además, que Cuauhtémoc, siendo  un escuntle como es, pone muchos y muy resbaladizos cuidados en ella.
MINISTRO.-(Examinando una hoja.) Es un error.
LA MADRE.-Que también yo preveo. (Se vuelve al ministro.) ¡Oh, yo estaba refiriéndome...!
MINISTRO.-No saben nada de historia. ¡Y aún se llaman cuilaztlis! Dos conejo...
LA MADRE.-No debo interrumpirte más señor.
MINISTRO.-Oh, sí... Perdóname, protestaba de éstos. Tú, de Cuauhtémoc, te oí. ¿Por qué te disgusta, siendo como es, joven y bien hecho? Será gran militar. Nuestro señor Moctezuma le dispensa señalados favores, lo mira con agrado.
 
Ha separado algunas hojas. Las otras las coloca en su lugar.
 
LA MADRE.-Pues yo no, y eso lo tengo a excusa. Francamente el deseo de su tío Cuitláhuac no lleva peligro, pues es un hombre maduro y en mucho tengo su nobleza; pero Cuauhtémoc tiene un carácter hosco y es rudo como cualquier grosero militar, y a pesar de ser tan joven manifiesta ya en sus ojos la brutalidad del celoso y la altivez del necio: Hace poco, también, he venido a saber que enjuicia y habla exageradamente de nuestra casa.
MINISTRO.-¡Ah!
LA MADRE.-Yo pienso que bien pueden ser los tiempos. No sólo mi casa es un lugar para la mala lengua: también Tezcoco, donde Cacama y su hermano Ixtlixóchitl pelean siempre.
MINISTRO.-Cacama necesita matar a su hermano.
LA MADRE.-La paz... ¿Quién conoce  la paz? Y encima... encima esos malos rumores que hablan de cosas horribles en la costa del mar y en Tlaxcala. ¿Qué pretende esa nueva casta de hombres que ha llegado?
MINISTRO.-Sólo los dioses pueden contestarte.
LA MADRE.-Pero los malos augurios se suceden uno tras el otro como las penas... ¡Abuelo, y a todo esto Moctezuma parece tranquilo!
MINISTRO.-(Se yergue ofendido.) No es tranquilidad. Si no aletargamiento de su corazón.
LA MADRE.-(Contrita.) No me habría engañado... Ah, si supiera hallar un camino, yo lo despertaría.
MINISTRO.-¿Hago yo otra cosa?
LA MADRE.-No es reproche, señor; tú eres Cihuacóatl.
MINISTRO.-Y como tal te digo: no te apenes más, Yo sabré despertar el temor a los Dioses en el corazón ingrato de Moctezuma.
LA MADRE.-Eres duro con él.
MINISTRO.-¿Y cómo no? La dureza nunca es inútil. El señor y Dios nuestro, Huitzilopochtli, tiene ojos y orejas para ver y entender.
LA MADRE.-Así sea.
MINISTRO.-Moctezuma quiere dominarlo todo con su palabra y presencia. ¿Y qué resulta de ello? (Reflexión.) Ah, pronto él verá su error y devolverá la grandeza a los templos, exaltará su fuerza militar, y la magnitud del poder mexicano humillará la irreverencia de los demás. ¿Dónde está ahora Moctezuma?
LA MADRE.-(Ajena y triste.) No lo sé.
MINISTRO.-Debemos ser fuertes, no tristes.
LA MADRE.-Soy mujer, señor. Tengo miedo.
MINISTRO.-(Alejándose al fondo.) Y todos te acompañamos. El debiera estar aquí.
LA MADRE.-Pregunta al rey de Tacuba. (El se vuelve hacia ella.) Salieron muy de mañana los dos juntos.
MINISTRO.-Mucho quiere Moctezuma a Tletepanquétzal.
 
Llega de la calle un hombre a postrarse a los pies del Ministro. Su amosqueador y bordón lo atestiguan como Mensajero. Vienen tras él dos tamemes cargando sendos chiquihuites. Los dejan y se retiran. El Mensajero saluda al viejo tocando la tierra con los dedos de la mano derecha y besándoselos luego.
 
MENSAJERO.-Gran padre y señor mío: yo soy humilde y te pido pinturas de tristeza para mi cara.
MINISTRO.-¿Es tan malo el aviso que traes?
MENSAJERO.-Los tres jefes nuestros vienen en camino y regresan tristes. (El viejo le hace notar la presencia de Teizalco.) Oh, mi señora... (Cambia su actitud.) Nuestros valientes jefes mexicanos, orgullosos de sus ricas plumas y valerosos como águilas, y temibles como feroces tigres, vienen en camino. Los del Norte y los del Sur quedaron asombrados aun en su cobardía... y...  con mucho gusto han dado su tributo. (Señala las cestas.) Traigo de muestra granos de maíz, también cacao.
 
A un gesto del viejo se va Teizalco.
 
MINISTRO.-(Sombrío.) ¡Derrotados! ¿Sabes ya el nombre de los muertos?
MENSAJERO.-Sólo que son muchos. Sus pueblos eran fieles y han comenzado a llorar. El capitán Malinche sabe usar muy bien la crueldad. Y con ella salieron de Cholula.
MINISTRO.-Eso no es cierto.
MENSAJERO.-No fuera desgracia si me equivocara.
MINISTRO.-Irás luego a todo el pueblo y que preparen ofrendas y sacrificios en los templos. ¡Qué amarga noticia! Nuestra ciudad debe estar de luto.
MENSAJERO.-Yo no era digno de esta noticia, señor.
MINISTRO.-¿Y tú, cumpliste?
MENSAJERO.-Así como lo mandaste.
 
De uno de los chiquihuites saca una águila muerta. El Ministro la examina, mira en torno con recelo y la vuelve a su lugar.
 
MINISTRO.-Ve y esparce la noticia de que un águila ha caído en la casa de Moctezuma. (Pausa.) Recibirás de recompensa pañetes y mantas; también huilpiles para las mujeres. Con esto te obligarás de tu parte a guardar silencio sobre este asunto que es tuyo y es mío. (Pausa.) De modo que sólo tu muerte pueda saberlo.
MENSAJERO.-Me guardaré, señor. (Va a retirarse.)
MINISTRO.-Debes saludar para despedirte. (Con majestad.) ¿Olvidas quién soy, y “que no somos iguales”?
MENSAJERO.-(Mirándolo de frente.) Sí, señor, lo he olvidado.
MINISTRO.-(Turbado.) ¿De dónde eres?
MENSAJERO.-De Cholula.
 
Se retira. El Ministro medita. Por la escalinata del jardín sube Ixtlixóchitl.
 
IXTLIXOCHITL.-En el jardín sólo están Cuauhtémoc y mi hermano Cacama. ¿Ha llegado al fin?
MINISTRO.-¿De quién hablas?
IXTLIXOCHITL.-¡Cómo! ¡Pues de él, de Moctezuma!
MINISTRO.-Ah. (Exclamación sin asombro.) Ganarás mucho hablando de él con mayor respeto, hijo. Moctezuma es el señor de México.
IXTLIXOCHITL.-No veo la ofensa, abuelo. Hablo de señor a señor. Si él es Moctezuma yo soy Ixtlixóchitl... ¿No soy para nadie rey de Tezcoco?
MINISTRO.-No, no lo eres. El rey es Cacama.
IXTLIXOCHITL.-El pobre Cacama.
MINISTRO.-Es tu hermano.
IXTLIXOCHITL.-(Molesto.) ¡Oh!... ¿Dónde está Moctezuma?
MINISTRO.-Y tú no eres nada sin el apoyo de él.
 
Del jardín suben Cacama y Cuauhtémoc. Observan a los otros.
 
IXTLIXOCHITL.-Abuelo, te lo pido, no amargues el ánimo. Vengo por un consejo y me dan de palos. ¿Qué mal hago al fin? ¿Por qué me odias?
MINISTRO.-Sabes usar bien la única palabra que conoces.
 
Ixtlixóchitl responde con un gesto de violencia contra el abuelo. Este se yergue.
 
IXTLIXOCHITL.-Perdóname... (Suplicante.) Pero también respóndeme... ¿Merezco esta humillación, cuando apenas reclamo los derechos que al morir estableció mi padre? Hace cuatro años que vivo en las montañas mientras Cacama goza de su poder y de su sitio.
CACAMA.-(Adelantándose.) ¿Qué hablas tú de mi padre, hermano?
IXTLIXOCHITL.-No es contigo la disputa, Cacama, sino contra ti. Busco a Moctezuma. De él dependerá si no vuelvo jamás a esta casa.
CACAMA.-(Irónico.) Todos lamentaremos tu ausencia.
MINISTRO.-Acércate, Cuauhtémoc. Ven y abre los ojos a este alegato de respeto filial. Mira cómo los dos hijos de un noble rey muerto se muerden el corazón.
CACAMA.-Cuauhtémoc está conmigo, padre.
IXTLIXOCHITL.-¿Es cierto? (Cuauhtémoc calla.)
CUAUHTEMOC.-¿Por qué no aceptas una reconciliación?
IXTLIXOCHITL.-(A Cacama.) Bien se ve cómo los tienes de tu parte, Cacama; pero no me ganarás. Aunque parezcan estar todos contigo... no me ganarás. (Al Ministro.) Señor, mucho sabré agradecerte sí previenes a Moctezuma de mi visita.
 
Se marcha, deteniéndose en el pórtico para dar paso a tres señores que parecen no verlo. Son Cuitláhuac y los Señores de Coyoacán y de Culuacan. Entran a postrarse ante el Ministro. Mientras, Cacama ha seguido hablando.
 
CACAMA.-Padre, sufro mucho de estas discusiones. No quisiera inquietar otra vez a Moctezuma.
MINISTRO.-Moctezuma debiera estar aquí.
CUAUHTEMOC.-¡Señor, ya vienen!
LOS JEFES.-(Postrados)
PRIMERO.-¡Señor!
SEGUNDO.-¡Recíbenos!
TERCERO.-¡Padre mío!
MINISTRO.-(Al de Coyoacán.) ¡Matlaltzincatzin! (Al de Culuacan.) ¡Y tú, Cuitláhuac! Levanta, señor, sean todos bienvenidos.
 
Los señores ocupan escabeles. Dos esclavas se aproximan y sirven refrescos.
 
CUAUHTEMOC.-¿Cuáles son las noticias?
MINISTRO.-Es aún temprano. Cuauhtémoc. (A los otros.) Yo he descubierto el sabor del agua de Chapultepec, agregándole miel y chía. (Sonríe.) Es cosa humilde, pero lleva buena voluntad.
CUITLAHUAC.-No esperábamos  aquí otra sino la de hallar a mi señor y hermano Moctezuma.
MINISTRO.-¡Cómo, pues nosotros esperábamos verle llegar en su compañía!
CUAUHTEMOC.-Ixtlixóchitl lo busca también. Nos aburrimos en los jardines esperando.
CACAMA.-Enviaremos por él.
MINISTRO.-Y no ganarás mucho. El debe saber esta llegada.
COYOACAN.-¿Cuándo ni siquiera ha salido a recibirnos, abuelo?
CULUACAN.-No vayas, Cacama. Al fin hemos de sumar esta ausencia a las malas noticias.
MINISTRO.-¿Luego es cierto?
CUAUHTEMOC.-Platica las nuevas, señor.
COYOACAN.-¿Nuevas? No se ha podido evitar nada.
MINISTRO.-Cuitláhuac.
CUITLAHUAC.-Señor, todo es cierto. (Pausa.) El pueblo de Cholula está perdido. Todos  estos días ha habido matanzas.
 
Cuauhtémoc se dirige al pórtico.
 
CACAMA.-¿Cuauhtémoc, dónde vas?
CUAUHTEMOC.-A preparar mis armas, Cacama... No seré yo quien se ponga a llorar con los brazos cruzados.
 
Se va.
 
CACAMA.-Espera...
MINISTRO.-Déjalo que haga. Es joven.  (A los otros.) Hemos de escuchar eso, señores.
CULUACAN.-Los extranjeros son monstruos y saben hechizar con la palabra fácil de esa mujer que traen... Malinche, que es ladina y con poderes.
MINISTRO.-Sabemos quién es. Yo lo sé.
CULUACAN.-Y Xicoténcantl...
CACAMA.-Es un valiente jefe. Aquí se le comenta mucho.
COYOACAN.-¡Hahj! Xicoténcatl ha consentido enteramente la alianza con el señor extranjero.
MINISTRO.-¡Dios! (Se le acerca rápido.) ¿Te burlas de nosotros?
COYOACAN.-No estoy jugando. Las cosas que pasan allá llenan de espanto mi corazón. Es difícil creerlas aun viéndolas con ojos propios. El capitán de ellos nos miraba riendo y nos abrazó luego con abrazo de Malinche.
CUITLAHUAC.-De Cortés, con ese nombre lo oímos nombrar. Dice venir como embajada de otro señor más poderoso, que ellos nombran España.
CULUACAN.-Y de otros dioses suyos. (Hace la señal de la cruz.)
COYOACAN.-Abrazó a Cuitláhuac y fuimos todos volviendo la cabeza para esconder nuestras lágrimas.
 
Cacama sale contrito hacia la izquierda.
 
MINISTRO.-¿Son así, como el cuilatzli los pinta?
CUITLAHUAC.-(Entregándole una hoja.) Estos son, que están bien copiados en caras y cuerpos y demás avíos. Son blancos y alguno güero, como hecho de maíz, y abajo del penacho duro parecen sus pelos caracoles dorados.
MINISTRO.-(A sí mismo.) Oh, mexicanos... oh, pueblo...
CULUACAN.-(Arrojándose a los pies del viejo, grita.) ¡Padre y señor mío, para mí que son dioses!
MINISTRO.-(Al postrado.) ¡Señor de Culuacan!
CULUACAN.-Si no fueran dioses no podrían hacer tanto como han hecho: hechizaron a los pueblos de todas las orillas del mar, y vinieron contra la gran Tlaxcala y la vencieron. ¿Son grandes, son fuertes!
COYOACAN.-Abre tus ojos para ver, abuelo, porque si nuestros dioses nos abandonan a la mala suerte yo sabré hacer que mi pueblo castigue al culpable.
CUITLAHUAC.-¿Tan pronto lo hallaste?
COYOACAN.-Tú lo hallaste primero que yo, Cuitláhuac; pero lo callas. ¿Quién, sino “ése” tiene la culpa del olvido de nuestros dioses? ¿No ha reducido los sacrificios a ridículas ceremonias blancas? ¡Los dioses piden sangre y reciben flores! ¿Y qué ha hecho de sus guerreros, no los odia? ¿Acaso nos acompaña a las batallas? Nos regatea mezquinamente cada uno de los privilegios que nos pertenecen.
MINISTRO.-¡Todo es de los dioses!
COYOACAN.-No, abuelo, no. En esta casa se niega el derecho supremo de la clase militar y se engorda al pueblo mientras Huitziloponchtli muere de hambre.
MINISTRO.-Hemos ordenado grandes sacrificios para su ofrenda. Hoy, en el templo, morirán treinta nativos. ¡Habrá sangre en abundancia!
CULUACAN.-¡Treinta solamente!
COYOACAN.-Es una burla mezquina.
CUITLAHUAC.-(Al de Coyoacan.) ¿Por qué no te sacrificas tú mismo?
COYOACAN.-¿Yo?
CUITLAHUAC.-(Avanzado a él.) ¿Sí, qué esperas? Aquí se ha ido más allá de todo comedimiento. Y tú, Cihuacótl, guardián de los reyes, mujer serpiente, ¿cómo permites oír palabras tan bajas contra nuestro señor y rey Moctezuma, cuyo nombre ni siquiera se han atrevido a nombrar? ¿Cuál es el reproche? Si él es tibio, nosotros somos indignos y tornadizos.
MINISTRO.-¡Cuitláhuac!
CUITLAHUAC.- Así éstos vienen luego a sembrar la confusión en el pueblo acusando desbocadamente a Moctezuma de una tibieza más a flor de la piel en ellos que en mi hermano.
COYOACAN.-¡Pruébalo!
CUITLAHUAC.-¿No dio orden Moctezuma de matar a Malinche en Cholula?
CULUACAN.-¿Y cómo va nadie a matar a unos dioses?
COYOACAN.-Pronto se supo lo de Cholula.
CULUACAN.-¿Olvidas también los presagios? Moctezuma ha mandado matar a los mensajeros y videntes que le anuncian estas calamidades, pero ellos, no mueren, pues cuando los toman para ejecutarlos se convierten en aire, en agua, en tierra o en luz, y desaparecen.
MINISTRO.-Es la verdad, Cuitláhuac.
CUITLAHUAC.-Abuelo, alguien los liberta.
MINISTRO.-(Entrampado.) No... no deberías dudar. Yo he (Todos lo miran. El agrega, firme.) Yo mismo he visto a uno desaparecer en mi presencia.
CUITLAHUAC.-Padre, alguien suelta a esos hombres.
MINISTRO.-(Enfrentándosele.) No quieras confundirme. Los presagios no mienten cuando yo los interpreto. Y ahora te digo que ellos tienen razón, que los que vienen son dioses. ¡Cómo, hijo mío! ¿Vas a dudar de mí?
CUITLAHUAC.-(Humilde.) Perdóname, señor. Sólo ha querido defender a mi hermano.
MINISTRO.-¿Dudas ahora, cuando en el sagrado alimento del tributo llega otro mensaje de Ellos y de su gran disgusto por nuestra conducta?
 
Muestra a todos el pájaro muerto. De los tres señores escapa un murmullo de terror. El Ministro deja el águila en su lugar.
 
CULUACAN.-¡Son dioses, son dioses!
 
Entra Moctezuma sencillamente vestido y sonriente. Llega sofocado y dos esclavos le presentan agua perfumada y un paño donde humedece y se enjuga sus dedos. Más tarde vienen los enanos con jícaras preciosas de flores frutos.
 
MOCTEZUMA.-¿Cómo hay aquí una reunión tan vistosa y nada se me avisa? (Avanza.) ¡Señores! (Todos, menos el Ministro, tocan el polvo con la mano derecha. Moctezuma los contempla con aguda sonrisa. Toma por el brazo a su hermano Cuitláhuac, y al levantarlo lo retiene un instante junto a su pecho.) Oh, no, hermano, eres la mejor visita. Espera... ¿Oyes?... Es mi corazón. Brinca sofocado como un pájaro mal asido... Y es viejo ya de más de cincuenta años. (Respira salud.) Ah, señores, ¿qué es la vejez? Ahora mismo acabo de derrotar al joven rey de Tacuba en el juego de la pelota. (Un enano ofrece flores a los señores, a quien un gesto de Cuitláhuac obliga a tomar una. Los militares, con sus margaritas, se ven ridículos. Moctezuma toma otra y juguetea con ella.) La juventud es fuerte, pero inocente. ¿Ha llegado por aquí? No le veo...
CULUACAN.-Admiro tu buen humor, señor.
MOCTEZUMA.-¿Oh, sí? Pues es natural que aparezca alegre por muy ligero. ¡Estuve a punto de pasar la pelota dos veces! (El enano atrapa la flor al vuelo.) Tetlepanquétzal me reconoció el triunfo casi llorando.
CULUACAN.-Sus lágrimas no serían cosa rara.
MOCTEZUMA.-(Con asombro inocente.) ¿Lo dices como crítica? Todos hemos llorado cuando hemos perdido. Yo recuerdo mucho tus lamentos en ocasión de la muerte de tu esposa... y también que ahora estás contento con la nueva. (Sonríe.) A eso le llaman fortuna. Yo en cambio no podré aligerar mi carga de casamiento. Teizalco no accede a libertarme con tanta sencillez... Bien, basta de mi persona... (Toma la jícara de frutas y aspira su perfume) muy ofendida contigo, señor de Coyoacan.
MINISTRO.-Regresan de...
MOCTEZUMA.-Es cierto, abuelo, a él y a Cacama los he invitado repetidas veces a tomar un descanso en Oaxtepec –de donde son estas frutas-, pero siempre olvidan la invitación y me dejan plantado con mis espléndidos jardínes... (les muestra un lindo mango.) ¿No es hermoso?
CUITLAHUAC.-Hermano, señor mío...
MOCTEZUMA.-¿Y qué pasa, Cuitláhuac? Ninguno de ustedes parece tranquilo. No está bien fomentar ese mal aspecto.
COYOACAN.-(Tragando indignación.) ¡Señor, nuestro aspecto no es bueno porque acabamos de volver de la guerra!
MOCTEZUMA.-(Devuelve la jícara.) Ve y dile al jardinero que estoy contento. (Al de Coyoacan.) ¿De cuál?
MINISTRO.-¡Señor!
 
Los demás reaccionan.
 
COYOACAN.-¡Del campo de guerra de los extranjeros!
 
Moctezuma se ve forzado a escucharles; pero su rostro va poniéndose sombrío.
 
MINISTRO.-Han viajado directamente desde Cholula adelantándose a los invasores, que contra lo que tú pensabas, vencieron nuestros obstáculos... y vienen.
CUITLAHUAC.-La orden que diste para matarlos en Cholula no pudo cumplirse.
COYOACAN.-Arrasaron el templo. Destruyeron nuestros dioses.
MINISTRO.-¿Eso más?
COYOACAN.-Hay muchas cosas y no las he dicho, abuelo, aguardando este momento para explicarlas; más no diremos nada si diciéndolas perturbamos “la tranquilidad de esta casa”.
MINISTRO.-No andes con suspicacias, habla claro. Estamos por encima de la tranquilidad.
 
Por el lado izquierdo entre el rey de Tacuba y se detiene, observado y oyendo.
 
CULUACAN.-¡Dile que son como dioses! Señor rey nuestro, contra ellos no valen nada nuestras armas ni las trampas. El capitán Malinche fue avisado por una mala mujer, resultando con todo que ellos empezaron a matar hombres y también mujeres y también niños, que en eso de la matanza es pareja. Otomil, tu pariente, fue colgado de los pies, de modo que la sangre le salía por las narices y las orejas, haciéndose luego una mezcolanza de lodo con sus cabellos llenos de tierra. Empezó a gritar y a orinarse hasta que Cortés mismo tomó un arma y se le hizo fuego en la cabeza... El Cortés Malinche nos abrazó luego; pero nosotros nos pusimos a llorar en cuclillas mientras el pueblo gritaba sobre los muertos... Así pasó en Cholula.
MOCTEZUMA.-Abuelo, despide a estos señores. Quiero estar contigo solamente.
 
Los otros se desconciertan.
 
MINISTRO.-Señor de Culhuacan, ve tú el primero y ordena la ceremonia en los templos.
COYOACAN.-Vamos todos, señores... Ahora recuerda Xocoyotzin: el pueblo espera mucho de tu presencia en el templo y quiere ver tu mano sacrificando a los treinta escogidos.
MOCTEZUMA.-Cuitláhuac. (Al Ministro.) Dale tu cuchillo. El lo hará por mí.
COYOACAN.-¿Y por qué, señor? El pueblo exigirá que seas tú mismo quien saque el corazón a los prisioneros.
MOCTEZUMA.-¿El pueblo eres tú?
COYOACAN.-¡Pero soy un jefe guerrero y la voluntad del pueblo debe ser guiada por la voz de los sacerdotes, y por la clase militar!
 
Moctezuma se levanta con indignación.
 
CULUACAN.-(Intercediendo.) Señor, este momento justifica toda palabra. Sólo se te pide no trastoques la tradición.
MINISTRO.-Hijo mío, es una ley de natural obediencia para todos los reyes mexicanos. En ocasión  como esta no puedes recusarla. Tú eres el señor que debe ser obedecido; nosotros, suplicantes.
CUITLAHUAC.-Mi hermano ha expresado ya su deseo de estar solo. Vamos pues. (Mira a Moctezuma con cariño.) Mucho mejor que nosotros él sabe sus obligaciones.
 
Los tres saludan y se marchan, cruzándose rumbo al pórtico con el Rey de Tacuba, a quien solamente Cuitláhuac rinde saludo. Los otros dos pasan junto a él con ostensible rudeza. Moctezuma, preocupado y molesto vuelve lentamente la cara hacia el camino de los señores. Descubre la presencia del Rey de Tacuba.
 
MOCTEZUMA.-Oh, estabas aquí.
MINISTRO.-Tú también tienes deberes. Puedes ir a cumplirlos.
TACUBA.-Conozco los del amigo, padre.
MINISTRO.-Demuéstralos. Queremos estar solos.
TACUBA.-(Hace un movimiento hacia Moctezuma.) ¿Tan grave es lo que pasa, tío? (El Ministro le pone una mano en el hombro. El joven comprende.) Está bien, señor.
 
Se retira. El Ministro lo ve partir. Moctezuma se aplana en su asiento.
 
MINISTRO.-Es demasiado joven para ser el rey de Tacuba... La juventud no resiste pruebas. (Va al nicho de piedra y escoge  dos navajas de obsidiana y un ancho cuchillo. Los deja fuera. Se vuelve a Moctezuma.) Es tiempo. Debemos ir. El pueblo estará junto a los señores esperando tu cumplimiento como jefe de los mexicanos. Luego habrá ocasión para reflexiones.
MOCTEZUMA.-(Asiente apenas. No parece oír.) Lo grave es el asombro, abuelo, y yo estoy asombrado. Muy asustados deben estar éstos antes llenos de zalemas y recato, para haberse atrevido a insolentarse como lo hicieron.
MINISTRO.-La razón habla cuando debe hablar. No pregunta cómo.
MOCTEZUM.-Me pareció incluso muy de su gusto verlos frente a mí con su calzado puesto. Olvidan o quieren olvidar el respeto debido a nuestra presencia. (Con resignada tristeza.) Será que el drama de las cosas es así, ministro; parecen acechar el momento de trastornarse... Basta entonces un soplo, una paja, una pequeñez cualquiera... ¡Pahf! Todo a un tiempo se transforma y se derrumba para manifestarse en su verdadera condición. Yo conozco la de éstos y es necia y es feroz. (Pausa.) Guerreros... Nadie sacará palomas de los zanates. Qué... ¿vas a disculparlos?
MINISTRO.-Por cierto, señor. De ello te pido perdón como humilde miembro de tu familia y alto gobierno... (Transición.) Mas como lengua de los dioses y representante de ellos frente al pueblo o frente a ti, yo te reprocho, Moctezuma Xocoyotzin, el recibimiento indiferente que les dispensaste. Llegaban a participarte una desgracia. Ni siquiera les oíste.
MOCTEZUMA.-Mejor. No quiero nada con las desgracias.
MINISTRO.-Amadísimo hijo nuestro, ¿qué dirán de ti esos señores, si ya por ellos mismos sólo te vigilan para lanzarte críticas?
MOCTEZUMA.-Las tengo sobreentendidas.
MINISTRO.-(Con un principio de indignación.) Tal vez no todas.
MOCTEZUMA.-Sin faltar ninguna. Estoy acostumbrado a recibirlas: de propios, de extraños. Las cobijo en mi casa, abuelo, y también  fuera. Nunca he visto en torno mío sino la veleidosa controversia de estos señores, tan ufanos de su clase militar como los niños de sus impertinencias. ¿Y qué dirán? Pues lo sabemos tú y yo. No es difícil agotar su reducido vocabulario: matanza, sangre y muerte. Triste es que los mexicanos seamos únicamente respetados por sanguinarios. “Exterminio ante todo.” Así han hecho odioso nuestro gobierno hasta el punto de producir pavor cuando se piensan las consecuencias políticas de tamaña violencia. (Pausa.) ¡Oh, qué valientes! Y hace poco, nadie los hubiera conocido... “Este momento lo justifica todo.” Óyeme bien, ministro, que no es mi intención hablar contigo de lo de diario y de siempre. Hoy por fin, quedo asombrado de su magnífica cobardía.
 MINISTRO.-Sólo venían a expli...
MOCTEZUMA.-(Grita, atajándolo rudamente.) ¡Sé muy bien cuánto venían a decirme! ¿Me crees tan desaprensivo de mis deberes para no darme cuenta de nuestra situación? Antes que ellos supe las noticias.
MINISTRO.-Malas o mentirosas fueron entonces tus palabras. ¿A qué era el juego?
MOCTEZUMA.-El juego del señor y de los siervos. De la seguridad frente a su escandalosa algarabía. Dame a mí una palabra para calificarlos. Mira al de Culuacan  relatando la violencia de Otomitl. Gozándose el gusto por el detalle con el mismo tono plañidero que usaría una llorona contratada... Hay mucho  detestable en ellos: la altanería del señor de Coyoacán, la pusilánime actitud del otro. Cuitláhuac mismo me pareció humilladamente impresionado... El, de suyo tranquilo ante mayores dificultades.
MINISTRO.-Sus ojos traían fijo el espectáculo de una ofensa. Creyeron su deber venir a darte cuenta de la sangre derramada allá.
MOCTEZUMA.-Ah, sí, la sangre, ¡Siempre la sangre!
MINISTRO.-(Severisímo.) La sangre es el alimento de los dioses.
MOCTEZUMA..¡Mentira, abuelo!
MINISTRO.-¡Señor!
MOCTEZUMA.-Tal vez blasfeme... Pero los dioses no siempre exigen sangre. Yo he sentido que también con placer reciben los beneficios puros de la tierra: el grano de cacao, los frutos, la alegría del campo recién regado y el aroma sencillo de las siembras... La sangre, cuando apesta, no debe gustarles.
MINISTRO.-(Con indignación y terror.) Moctezuma, su no fuera yo un viejo me corromperías. No me permitan nunca los dioses seguir tus retorcidos pensamientos. Es sacrílego de mi parte soportar tu petulancia, en estos momentos de extrema y suma gravedad para nosotros, con la furia de los dioses extranjeros a las puertas de tu gobierno. Qué hablas aquí tú de jefes, cuando deberías estar con ellos en la adustez del templo, pidiendo a Nuestro Señor una mirada de perdón para tu mala fe.
MOCTEZUMA.-Más sangre entonces... y hundir ese cuchillo congelado de muerte en el pecho de treinta infelices, a quienes Nuestro Señor Huitzilopochtli no importa tanto como sus dioses familiares. ¿A eso me conduces, abuelo? Entiéndeme, esos sacrificios nos dan mala fama y por ello nos temen y nos odian.
MINISTRO.-Es el tiempo del odio, hijo. Nadie sabe si habrá después otro mejor. ¿De dónde viene esa necia piedad hacia treinta indignos enemigos? La gloria es de los dioses y está pidiendo sangre. No se pide más. Tampoco es la época de las torturas porque nadie los comprendería. Serían debilidades, y pronto los mexicanos tendrían el mismo degenerado fin de los Toltecas. Nosotros estamos obligados a mantener en mucho esos sacrificios: así agradamos a los dioses, y también un poderoso ejército capaz de reducir por el terror a otros pueblos y exigirles el alimento para todos. Estamos igualmente obligados a Huitzilopochtli, el Gran Padre, y tú, como señor de la tierra, debes cumplir frente a él tu humilde penitencia. Toma. (Le alarga las navajas.)
MOCTEZUMA.-¿Rasgarme las orejas y tasajearme ferozmente las espinillas? No, abuelo, llévate esas navajas... No estoy para sangrías.
MINISTRO.-Tú harás penitencia... ¡toma!
MOCTEZUMA.-(Grita.) ¡No me fastidies más!
MINISTRO.-Ah, señor de México, con cuánta justicia Ellos manifiestan a cada instante su disgusto por tu conducta. Los dioses ciegan a quienes quieren perder.
MOCTEZUMA.-O les prestan ojos para ver mejor.
MINISTRO.-¿Y no lo percibes? Sólo te iluminan para hacer tu daño más irreparable. Vas a tu condenación con los ojos abiertos, cuando debieras guardarlos a lo que ha de venir.
MOCTEZUMA.-¿Mujer serpiente, vas a empezar otra vez con tus necias cosas oscuras?
MINISTRO.-Anuncian tu destino.
MOCTEZUMA.-Deja de lado las profecías. No hay mejor profecía a la evidencia misma de unos extranjeros llegados por el camino del mar.
MINISTRO.-Vienen contra tu pueblo, señor. Y vienen blancos poderosos.
MOCTEZUMA.-Bien está... y de eso a creerlos dioses enviados de dioses hay distancia de nuestras impresiones. Ve y di eso al señor de Culhuacán.
MINISTRO.-¿No mueven a fe tu corazón tantas y tantas cosas extraordinarias como hemos habido en los últimos tiempos cuando tú mismo y tu pueblo vimos durante noches ese espantable fuego que iluminaba el cielo por el Oriente?
MOCTEZUMA.-Pudo haber sido el fuego de una montaña en transformación.
MINISTRO.-¿Y el péndulo de las estrellas, y presencia de tu desaparecida hermana? ¿Y eso?
 
Va a la cesta y le muestra el águila.
 
MOCTEZUMA.-¿Esto?
MINISTRO.-Mírala bien. Trae una cuenta en el pico. Una cuenta nunca antes vista por nosotros: azul y transparente como turquesa desfallecida... y está fresca como si apenas hubiera caído, tócala aún caliente... y en su cuerpo no presenta huellas de haber sido cazada.
MOCTEZUMA.-Un pobre pájaro muerto.
MINISTRO.-Es una águila, hijo mío.
MOCTEZUMA.-¿Y qué de ello? ¿Ha de pensarse que la envían los dioses? ¡Pero, cómo, si hasta el más inocente de mis hijos pudo haberla puesto ahí!
MINISTRO.-No, señor, pues yo mismo recibí a quien esto trajo, y entonces conté el grano y uno de los granos se hizo de gran tamaño y apercibí a este animal moviéndose, en el que maravillan las patas azules, no obstante ser en todo un águila.
MOCTEZUMA.-No debe ser posible. Nos engañan, abuelo. Yo tengo en mucho el castigo de tales falsedades, ayer mismo mandé, preso a uno que se decía vidente y hechicero.
MINISTRO.-Ten cuidado, señor, mira que está tiene las patas azules y nadie ha visto nunca cosa igual.
MOCTEZUMA.-Pero pudieron habérselas pintado, ¿no es eso? ¡Cómo pasar tan burdos engaños! También un día, alguien me trajo un ave con un espejo amarrado en al cabeza. Todo es una colmena de mentiras inventadas por alguien, y no alcanzo a comprender sus deseos.
MINISTRO.-(Asistiendo con agudísima ironía) Tal vez las inventan los dioses... (Transición.) Pero ten firmes los pies, Moctezuma, tal vez las inventan para mover a fe tu corazón y para que vayas preparándote.
MOCTEZUMA.-(Con un dejo de terror.) ¿Prepararme... a qué... por qué?
 
Llega un Esclavo y se arroja en tierras ante Moctezuma. Tras el Esclavo vienen las Tres Sombrías Ancianas del Coro.
 
ESCLAVO.-Señor, poderoso señor... el adivino que ayer condenaste, ha muerto. No lo hallan por ningún lado...
 
El Ministro se yergue triunfante contra Moctezuma.
 
MOCTEZUMA.-¡Yo lo sabré!
ESCLAVO.-(Retirándose.) Se hizo aire, yo lo vi... lo vieron...
 
La música inicia el tema del Coro. Moctezuma se dirige rápidamente a la salida. Una de las Ancianas lo detiene con la sola voz.
 
ANCIANA 1ª.-¿Dónde vas Moctezuma?
ANCIANA 2ª.-No sabrá que mucha gente rodea su casa porque ha visto caer en ella una gran águila iluminada con luz azul.
 
Moctezuma mira con angustia a las Ancianas. Crece el tema musical.
 
ANCIANA 3ª.-¿Te acuerdas de nosotras, señor?
MOCTEZUMA.-(Balbuciente.) Sí, sí... era como un sueño... como lo que una vez y vuelve a pasar...
 
Las ancianas avanzan hasta juntarse. Se detienen arriba centro izquierdo.
 
MINISTRO.-Empiezan a caer las águilas.
ANCIANA 2ª.-Señores y siervos, viejas y viejos  esperan que vayas y hables con quien debe ser obedecido.
MOCTEZUMA.-(Cubriéndose los ojos.) Padre... algo me pasa...
MINISTRO.-Es la pena de tu conciencia.
LAS ANCIANAS.-(A coro.) Corta nuestros cabellos con navajas  de piedra.
 
A lo lejos se escucha el grito de la Llorona.
 
LLORONA.- ¡Oh hijos míos, estamos perdidos!
ANCIANA 2ª.-¿La oíste? Es la mujer que llora y baja a tu casa para avisarte.
 
Empieza a oírse el golpe del huéhuetl y a su compás rítmico se junta la voz del Ministro.
 
MINISTRO.-Hijo y señor nuestro, esfuérzate cuando puedas, que hoy, en la cima del templo y cerro, has de cumplir con tu obligación. No desmayes de ver a tu gente porque has de ser visto de todos, y has de ser el primero que ha de matar y untar sangre del muerto a Huitzilopochtli. Yo soy viejo y estaré contigo para acabar de matar a quien te escupiere.
 
El huéhuetl crece más y más.
 
MOCTEZUMA.-¡Basta! ¡Basta!
 
Se deja caer en un escabel. El Coro y el Ministro se inclinan hacia él, atisbando su sufrimiento. Cesa el huéhuetl. Entra Teizalco. Ve al Ministro, luego a Moctezuma. Lo sabe sufriendo y siente piedad, tocándole apenas la cabeza.
 
TEIZALCO.-Mi señor y rey...
MOCTEZUMA.-(Levantando su rostro.) Mujer... te necesito.
 
Teizalco va a responder con ternura, pero las Tres Ancianas levantan de golpe el brazo derecho y hacen sonar los cascabeles de sus brazaletes. Teicalco las mira aterrada, después el Ministro. Sin violencia aunque enérgicamente retira la mano de su marido que aferra su brazo.
 
TEIZALCO.-No es hora de lágrimas. Te esperan.
 
Vencido Moctezuma se levanta. El Ministro pone en sus manos el ancho cuchillo de obsidiana.
 
MOCTEZUMA.-Está bien, vamos.
 
Flautas y teponaxtles. Los dos salen. Teizalco cae de rodillas ante las Tres Ancianas augustas. Sube del fondo el barullo del pueblo.
 
T E L Ó N 
 
ACTO SEGUNDO
 
Música: Tema de amor: música de cítara con acompañamiento de cascabeles. Luego cítara  sola.
Nota: El autor, sin ignorar que el uso de la cítara de tortuga se desconocía en los tiempos de Moctezuma, usa y pide este instrumento sólo para dar el ambiente que requiere la escena.
 
Recostada en una esfera de piel de ocelote y marcando el compás con los cascabeles que coronan el látigo de Axayácatl, está Tecuixpo. Sentado a sus pies, Tetlepanquétzal, el joven rey de Tacuba, tañe una cítara de tortuga. Ella deja de agitar los cascabeles y escucha la voz del rey, que recita:
 
TACUBA.-Sólo venimos a dormir, sólo venimos a soñar: no es verdad, no es verdad que venimos a vivir en la tierra.
En yerba de primavera venimos a convertirnos:
Llegan a reverdecer, llegan a abrir sus corolas
Nuestros corazones.
Es una flor nuestro cuerpo: da algunas flores y se seca... (calla.)
TEXCUIXPO.-Oh... es todo... ¿es que no hay más?
TACUBA.-Se termina así.
TECUIXPO.-Lo siento mucho...
TACUBA.-(Cambiando de tono.) Conozco otras canciones, Tecuixpo.
TECUIXPO.-No es eso. Es que es tan bonita. Hay muchas cosas que no debieran decir fin.
 
Ella se levanta a tomar una jícara con frutas.
 
TECUIXPO.-(Sonríe feliz.) De cualquier modo estoy admirada. ¿Quién te enseña todas esas hermosas palabras y cantos, señor?
TACUBA.-Hace mucho las aprendí. Una mujer las sabía todas y las contaba a mi padre... y a él le gustaba esperar la noche para oírselas... Como ella era hermosa, le sentaba bien la delicadeza y yo la veía a través de las hierbas, bajo de las estrellas y montado en la luna.
TECUIXPO.-¿Qué, es un cuento?
 
Tecuixpo dispone la jícara en el suelo.
 
TACUBA.-De niño me lo parecía. Ahora sé que en verdad. Mi padre entrecerraba los ojos y ella cantaba. Así era siempre, Después, un día, las noches acabaron...
TECUIXPO.-¿Y ella?
TACUBA.-Me acarició antes. Luego creció.
TECUIXPO.-Ah, señor... ¿ella era...?
TACUBA.-Si. Mi madre era muy hermosa.
TECUIXPO.-Oh...
 
Yendo hacía el escabel donde están los refrescos.
 
TECUIXPO.-Creí que era un cuento. Sobre todo cuando te dijiste montado en la luna. Te veo como un buen niño. (Acercándose con las bebidas.) Yo era muy mala.
TACUBA.-Entonces todavía lo eres.
TACUIXPO.-¿Cómo?
TACUBA.-Porque eres todavía niña.
TECUIXPO.-No creas. De serlo, no me gustaría tanto esas canciones. ¿Todas las aprendiste de ella?
TACUBA.-No, otras las enseñaban los viejos. Otra en la escuela. Moctezuma me hizo aprender alguna también.
TECUIXPO.-¿Es cierto?
TACUBA.-Aunque él las dice mucho mejor.
TECUIXPO.-Nunca hubiera creído que mi padre fuera capaz de saber tan lindas cosas. Yo se lo reclamaré. ¿Crees tú que me las diga?
TACUBA.-Moctezuma tiene aspectos que no todos conocen, y son muy seductores, Tecuixpo. Un día me asombró. Se quitó la capa y la dio a una mujer vieja que lloraba de borracha.
 
Se quedan pensativos.
 
TECUIXPO.-(Ríe y agita los cascabeles.) ¿No suenan alegres? Axayácatl no piensa lo mismo. Con esto le pegan cuando es impertinente. El pobre, todo cabeza y mechón... ¿no es lindo? Es el menor de nosotros... Algún día será un gran militar. Hoy mismo por la mañana, el gran Mujer Serpiente prometió enseñarle cuanto sabe. Toma este refresco y escoge una fruta... ¿Te aburres?
TACUBA.-Sólo pensaba tus palabras. Que el tiempo pasa y uno se hace holgazán. Muchas veces he querido irme lejos y emprender magníficas campañas con jóvenes de mi edad. Cuauhtémoc, por ejemplo, me lleva un año y es distinguido ya por los jefes.
TECUIXPO.-Estoy segura de tus victorias, por eso eres rey de Tacuba. No, no... toma mejor la guayaba.
TACUBA.-(Comiendo.) Uno debe luchar y distinguirse aunque sea rey. La distinción se gana a base de habilidad en la guerra. El tío Cuitláhuac prometió llevarme con él a la próxima campaña. Mi maestro en el “tepuchcalli” confía en mí.
TECUIXPO.-(Al punto.) Señor...
TACUBA.-Sí, Tecuixpo.
TECUIXPO.-Oh, no me atrevo ni sé cómo pedirlo... Bien, lo que yo quiero es que me hables del “tepuchcalli”.
TACUBA.-(Con ternura.) No estaría bien. Tú eres una muchacha.
TECUIXPO.-Yo te lo pido y no veo nada malo en mi curiosidad. Yo he visto entrar a ustedes los jóvenes en esa escuela, los he visto salir, y nunca dicen lo que hacen. No me traiciones, dímelo. Te daré algo en cambio... (Le muestra tres hermosas plumas de quetzal.) Acéptalas, señor. Eran mías y son tuyas... (las deja junto a él.) Ahora cuéntame lo que hacen ustedes.
TACUBA.-No hacemos nada raro, Tecuixpo. Uno aprende y los maestros enseñan. El maestro es siempre un viejo guerrero que sabe bien las mañas de la guerra. Nos hace entrenar con macanas.
TECUIXPO.-¡Oh!
TACUBA.-¿De qué te espantas? Son macanas inofensivas, sin cuchillos. También se canta y se danza.
TECUIXPO.-Es bonito y es triste. (Mira al rey.) Sí, lo digo de las batallas. Me encanta ver a los guerreros cuando se van. Siempre hay fiestas y lindos trajes y plumas encantadores, pero...
TACUBA.-(Amorosamente.) ¡Tecuixpo!
TECUIXPO.-¡Señor! Me dolerá verte partir y no saber luego resignarme.
TACUBA:-No ofendamos a los dioses. Debemos glorificarlos con la guerra. Yo he de regresar y sólo tú me verás contigo.
TECUIXPO.-Pide entonces a los dioses que no cambien tu pensamiento.
TACUBA.-No podrá cambiar.
TECUIXPO.-¿No? A veces, el tiempo de las ausencias cambia el ánimo.
TACUBA.-Ah, no hables con amargura de mujer. ¿Cómo puedes? Una niña no sabe nada del tiempo sobre las cosas.
TECUIXPO.-Yo sé algunas que tú no sabes. Mira, tú me verás joven, pero el corazón siempre es viejo y sabe. (Se sobresalta.) ¿Oíste? (Ambos escuchan inquietos.) Ah, no es nada... ¿Y tu música? Toca algo más. Te acompañaré con los cascabeles.
TACUBA.-Pero seré yo quien escoja la canción. (Toma la cítara.)
TECUIXPO.-Eso es, te ves magnífico. Ahora empieza y yo te diré cuál... Te ríes...
TACUBA.-Te quiero, Tecuixpo.
TECUIXPO.-(Muy femenina.) Bueno, pues no es ese el verso. “Estoy tañendo el tamboril, gozáos amigos míos. Tiquiyí tiquití”... Yo comienzo y tú sigues.
 
Suena la cítara y los cascabeles. Entra Cuauhtémoc con arreos militares. El rey se levanta. Ambos se miden con la vista como empeñando su categoría hasta que Cuauhtémoc se ve obligado a rendir homenaje tocando el polvo con la mano.
 
CUAUHTEMOC.-Señor.
TACUBA.-Seas bienvenido. Cuauhtémoc.
TECUIXPO.-(Burlona.) Y participa de nuestra fiesta, ya que no necesitaste invitación.
CUAUHTEMOC.-Aunque se me invitara. No tengo la memoria para fiestas.
TECUIXPO.-¿A qué has venido, entonces? ¿Qué quieres?
CUAUHTEMOC.-(Aguzando los labios.) Nadie podría creerlo.
TACUBA.-(Prevenido.) ¿El qué?
CUAUHTEMOC.-No he de ser yo, señor, quien ha de marcar el paso de tu conducta, pero no es cosa buena que ustedes tengan fiesta mientras en los templos, otros están llorando y piden a los dioses el alivio de nuestra pena.
TECUIXPO.-¿Y tú por qué no estás con ellos? ¿Qué buscas aquí, en la casa de mi padre donde siempre entras como si fuera la tuya?
CUAUHTEMOC.-Porque oyendo esos cantos alegres quise castigar a quien los hacía. Mas no vienen como pensé, de ningún irresponsable.
TECUIXPO.-Sino de gente muy principal; Cuauhtémoc. La hija de Moctezuma y el rey de Tacuba.
CUAUHTEMOC.-(Desviando la cara.) ¡Y de ellos hemos de tomar ejemplo de buenos maneras!
TECUIXPO.-Nadie te pide alabanzas. Antes, si quieres, y díselo a mi padre, para que nos castigue.
CUAUHTEMOC.-No es mi oficio llevar mensajes.
TECUIXPO.-Tampoco el mío, que si lo fuera, daría cuenta a Moctezuma de tus libertades en nuestra casa.
CUAUHTEMOC.-Cualquiera sería libre para entrar y reconvenir tu conducta, Tecuixpo; pero no hayas temor. No seré yo quien vaya a decirlo a un señor que por desgracia... (Calla.)
TECUIXPO.-(Al rey.) ¡Señor!
TACUBA.-Espera. (A Cuauhtémoc.) ¿”Qué por desgracia...?”
CUAUHTEMOC.-No cuesta nada esperar la verdad si ésta llega sola.
TACUBA.-Por oírla de ti se puede pagar cualquier precio.
CUAUHTEMOC.-No pagarás mucho. Es barata. Cualquiera de tus collares vale más...
TACUBA.-¿A eso querías llegar?
CUAUHTEMOC.-Por supuesto que no. Las sutilezas no se hicieron para mí. Hablé de Moctezuma. Qué podría importarle a él la conducta de ustedes dos, cuando en esta casa... (calla.)
TECUIXPO.-Es la segunda vez que te detienes; ¿te has vuelto de pronto comedido?
CUAUHTEMOC.-Sea. ¿Le importaría eso, cuando en esta casa él ha consentido siempre las danzas y los cantos del mismo modo que hace de los sacrificios un espectáculo en vez de una devoción? No soy quien lo dice, son ellos, afuera... Retardó cuanto pudo la ceremonia e hico desfilar a los esclavos y a los señores para negarse después a cumplir su penitencia, no obstante que todos nuestros ojos le estaban viendo. Luego adoptó su postura de acostumbrada altivez absolutamente incomprensible si no tuviera como fondo su mala fe.
TACUBA.-Cuauhtémoc, frente a mí no permitiré que nadie hable así del que está por encima de ellos y de nosotros...
CUAUHTEMOC.-¿Lo defiendes? Yo debí comprenderlo. No se equivoca nadie al criticar una casa donde... ¡todos son iguales!
TECUIXPO.-Menos tú, que no perteneces a ella. Vas demasiado lejos, primo, y olvidas medir tu lengua frente a quien es mi huésped y es también tu rey.
CUAUHTEMOC.-Bien dicho.
TECUIXPO.-Es el rey de Tacuba y le debes respeto.
CUAUHTEMOC.-Tacuba hace tiempo es sólo una hermosa villa del señor de México, ¿no es cierto, Tetlepanquétzal?
TACUBA.-(Con ira reposada.) No te creí tan solvente. ¡Espera! No es este el lugar para responder a lo que de mí piensas. Tal vez tienes razón cuando. Me tachas de no ser sino una sombra en este vasto imperio del que también tú formas parte; pero no quiero, y te lo digo como señor, oírte desbocado en tus cargos hacia Moctezuma. ¿Qué eres tú para enjuiciarlo? Un joven militar lleno de ruido, un pariente segundón que ahora lastima la mano que le protege. Una sola de tus palabras dicha por mí a Moctezuma, bastaría para volverte a tu estricta condición; pero tampoco es mi oficio llevar a mi señor el mensaje de un ingrato.
CUAUHTEMOC.-Lástima. Podrías decirle que yo aun no siendo señor, lo juzgo como mezquino, negligente y pusilánime. Ve y dile también que puedo repetirle mis palabras de frente, pues no me anima la cobardía, y que sí por ellas recibo castigo, seré capaz luego de gritarlas para merecer la muerte.
TACUBA.-Te creo. Hombres como tú, que no saben qué hacer con su valor, están dispuestos a morir siempre, sólo para demostrar el coraje de sus venas.
CUAUHTEMOC.-Coraje que tú echas de menos señor. Mírame bien, no se te olviden estas armas, porque si como yo fueran todos los mexicanos no sufriríamos esta derrota ni Malinche habría pasado de Tlaxcala. Pero estimulados por el ejemplo suave de nuestro señor Moctezuma, nuestros guerreros se hacen cada vez más débiles. No quisiera ver que algún día vengan sobre los mexicanos otros pueblos cuyos dioses humillen a los nuestros, ¿Es cosa de risa, señor?
TACUBA.-Porque tus palabras hacen coro a todos los rumores de las mujeres de los mercados; y como ellas, tú también esperas la llegada de los dioses del mar.
TECUIXPO.-No diga más, no.
CUAUHTEMOC.-¡Pues ya vienen contra Moctezuma!
TACUBA.-¡Y quién nos va a salvar! ¿Tú? (Sonríe con sarcasmo.)
CUAUHTEMOC.-Por qué no?
TACUBA.-Te admiraba, Cuauhtémoc, y ahora temo haber admirado a un fanfarrón. No hables, ¡escúchame! Oye esto: Si Moctezuma, que es nuestro señor y nuestra cabeza, no puede salvarnos, no hay en Tenochtitlán otro que pueda hacerlo. Tú tienes coraje, valor, disciplina, y por eso, en vez de venir con esas palabras de crítica hacía su persona, deberías prestarle apoyo y tu corazón. Morir como lo quieres tú es fácil, pues todos los mexicanos sabemos morir cuando el momento es propicio.
CUAUHTEMOC.-(Insultante.) ¿Todos?
TACUBA.-Sí, todos. (Mirando a Tecuixpo.) Yo mismo lo haré aun amando la vida como la quiero.
 
Cuauhtémoc va a responder y Tecuixpo lo impide.
 
TECUIXPO.-Vete, Cuauhtémoc. Siempre echas todo a perder con tus violencias. Yo sé muy bien por qué viniste. No tanto por el celo de tu deber sino por el de tu cuidado hacia mi persona. Yo no te he dado motivo para ello, y sin embargo, te portas como asegurado. Vete pues, de otro modo me ingeniaría para llamar a mi padre y explicarle tu conducta, no tan irreverente para mí como para éste y para mi señor y padre Moctezuma.
CUAUHTEMOC.-Hazlo. No temo las consecuencias.
TACUBA.-Porque nunca las piensas.
CUAUHTEMOC.-¡Yo te haré ver, señor, que sí las pienso!
 
Sale furioso.
 
TECUIXPO.-Cómo lo siento.
TACUBA.-Yo también, Tecuixpo. Pero no hago cuenta de lo que ha pasado. ¡Tecuixpo!
TECUIXPO.-Voy a guardar mi cítara. Ya ves, nunca se sabe cuándo el contento se hace disgusto.
TACUBA.-¿Y hemos de pagar nosotros?
TECUIXPO.-Ah, mira, no me lastimes. Sonríeme un poco... (Abrazados.) Nunca me olvides... Ahora debemos irnos.
TACUBA.-Es pronto.
TECUIXPO.-Todo es pronto. La ceremonia en el templo debe haber terminado. Debemos irnos. También pronto llegará la gente y Teizalco me buscará. No estaría bien si alguien viene a sorprenderme aquí. Anda, señor, te digo. (Lo rechaza.) Yo conozco a Moctezuma y vería con disgusto tu presencia a solas conmigo.
TACUBA.-(Va a retirarse, se vuelve.) ¿Esta noche...?
TECUIXPO.-Esta noche. (Sonriente y procurando ser graciosa.) No hagas lo de siempre. Debemos esperar a que todos estén dormidos.
 
El Rey se marcha. Tecuixpo hace sonar débilmente la cítara.
 
TECUIXPO.-Debajo de las estrellas... colgados de la luna...
 
Se retira. La escena sola. Llegan Moctezuma y el ministro. Este con un braserito humeante en las manos. Moctezuma ha cambiado de traje. Los sigue un eEsclavo con unas sandalias de oro en la mano. Moctezuma se aplana en un escabel contemplándose las manos como si aún las tuviera sucias de sangre. El Ministro deposita el brasero en determinado lugar. Los esclavos con el manto de plumas y otros adornos, que dejan. Recogen  luego los objetos abandonados por Tecuixpo y con ellos se retiran al fondo mientras el primer Esclavo se arrodilla ante Moctezuma para cambiarle las sandalias. Ejecuta el cambio y queda mirando algunas manchas en el calzado que acaba de quitar. Moctezuma se inclina hacia él.
 
ESCLAVO.-Es... es de sangre, señor.
 
Moctezuma toma el látigo de Axayáctl y le cruza la cara con él. El esclavo se cubre el rostro sin quejarse y Moctezuma levanta su brazo una y otra vez hasta quedar exhausto. Arroja el látigo y vuelve la cara a otro lado.
 
MOCTEZUMA.-Que se lleven a este hombre de aquí:
 
Los otros ayudan a su compañero retirándose los tres. El Ministro observa la escena impasible.
 
MOCTEZUMA.-¿Quieres más pendencia?
 
Pausa.
 
MINISTRO.-Es un acto justo.
MOCTEZUMA.-Ah, sí... Todos mis actos son justos.
MINISTRO.-De otra manera no recibirás el título de señor. Sagrado debiera ser este látigo por el que tus manos han ejecutado tu deseo, y sagrado tu pensamiento que se manifiesta con violencia. Los actos del señor siempre son justos.
MOCTEZUMA.-Conozco la fórmula.
MINISTRO.-Pero cuando el hombre de la calle supera al dueño, la dignidad se pierde, la categoría del señor se derrumba y las acciones se aprecian ridículas. (Moctezuma lo mira extrañado.) No exageres tu violencia con un infeliz. No es ese el motivo de tu tristeza Búscale atrás en tus pensamientos.
MOCTEZUMA.-Te entiendo. Sé a dónde vas.
MINISTRO.-Y no te equivocas. ¿Por qué te negaste a la penitencia? Tu conducta humilló a los jefes, lastimó a los dioses. Ojos y orejas tienen para tacharte de renegado cuando debieras ser el hijo predilecto. Es natural entonces tu remordimiento. Veo tu corazón rebosante de penas y tristezas... pero te compadezco. Penas de saberte señor. Tristeza de tener un pueblo al que no te atreves a mirar.
MOCTEZUMA.-Tendría que mirarlo aún sin ojos.
MINISTRO.-Chicos y grandes. Viejos y viejas hablan de ti en términos hirientes. Yo por mi parte, estoy avergonzado.
MOCTEZUMA.-¿No cumpliste?
MINISTRO.-Avergonzado de ti. Ya no te conozco. Llamas barbarie a la devoción de los reyes y aquí te condueles exageradamente del castigo de un infeliz.
MOCTEZUMA.-No debía nada.
MINISTRO.-Provocó tu ira.
MOCTEZUMA.-Es un hombre, abuelo.
MINISTRO.-Un esclavo.
MOCTEZUMA.-Un cautivo.
MINISTRO.-Un esclavo es un esclavo y los esclavos deben soportar el sentimiento de los señores.
MOCTEZUMA.-(Ajeno.) Eso es... (Mira al Ministro.)
MINISTRO.-Siempre ha sido, señor.
MOCTEZUMA.-No lo volveré a hacer. Ministro, precisamente no lo volveré a hacer. (Ahora es el Ministro quién se extraña.) Me refiero a la penitencia. Si te repito esto es para que no lo olvides. No miro bien que un gobernante deba sangrarse la cara y las piernas con cuchillos... He de hablarte despacio de mis proyectos para ir alejando de nuestro pueblo estas costumbres. En cuanto al esclavo ese... –no me interrumpas-. Yo lo sentiré toda mi vida. Es... que nunca antes lo había hecho. Tú, otros, ejecutaban mis órdenes, pero... pues ahora yo mismo levanté la mano y es como si la hubieses levantado contra mí mismo. (Casi optimista.) Quisiera explicarme...
MINISTRO.-No lo hagas. Cosa amarga era saber tu desdén a nuestra desgracia, para verla hoy aumentada con unos sentimientos más de acuerdo en un criado que en un señor.
MOCTEZUMA.-Ten la lengua.
MINISTRO.-Perdóname, Soy duro contigo y resulto inútil.
MOCTEZUMA.-Porque te empeñas en desconocerme.
MINISTRO.-Tampoco lo permites. Yo trato de abrir tu corazón  a los dioses y a cada intento tú me desilusionas.
MOCTEZUMA.-No se hable más. Si te parezco indigno acabarás despreciándome.
MINISTRO.-Acabaré juntando mis lágrimas de viejo a la tristeza de tus vasallos. ¿Qué te ha transformado?  Vas de pena en pena, manifestando siempre... debilidad.
MOCTEZUMA.-Linda palabra.
MINISTRO.-No lo es.
MOCTEZUMA.-Pero acabas de inventarla contra mí y la darás a ellos para que me juzguen. No sabes cuánto daño habrá de causarme. Tanto más cruel por que exactamente no me califica. Yo no me siento débil; pero entiendo que este pueblo nuestro sí lo es. Sus odios, sus riñas, sus violencias... (Triste.) Yo lo conozco y presiento a veces con espanto a dónde me conducirá.
 
Entran dos esclavas llevando agua perfumada, espejo y adornos. Se detienen.
 
MOCTEZUMA.-Ah, es verdad. ¿Es indispensable?
MINISTRO.-Sí.
MOCTEZUMA.-Deberás tomarlo como desagravio a tu disgusto. (Las esclavas perfuman sus manos.) Lo hago por ti,  así no sean estos momentos para recepciones. Mírame, mujer... (Una de las esclavas levanta su rostro un momento.) ¡Qué belleza magnífica! (Al Ministro.) ¿La has visto?
MINISTRO.-La veo, señor.
MOCTEZUMA.-¿A nadie te recuerda?
MINISTRO.-Es evidente. A tu favorita Mixteca.
MOCTEZUMA.-Los mismos ojos enamorados y esa cara bellísima que conmueve... su belleza era donde los dioses... y dolía... No hables nunca, mujer, consérvame la ilusión. (Pensativo.) Mixteca... (Transición.) Si ese Cortés aprecia la hermosura, sabrá mostrarse agradecido del regalo.
MINISTRO.-¿La enviaste a él?
MOCTEZUMA.-La vi llorando al partir. Mixteca sola valía mucho más que las joyas que la acompañaba.
MINISTRO.-¿Te apenas?
MOCTEZUMA.-Está bien. Recibiré al embajador. A ti y a ese impertinente maya les haré ver que la fuerza está aquí,  (se toca la frente) no aquí. (Se toca el bíceps.)
 
El Ministro escoge algunos adornos.
 
MINISTRO.-Su visita conviene. Los mayas nunca han sido exactamente tributarios nuestros.
MOCTEZUMA.-Y yo quiero que lo sean.
MINISTRO.-A la larga lo serán.
MOCTEZUMA.-Y también a la corta. Tengo muy a mal su petulancia. Quieren dominar todos el Sur y pretenden influir sobre aquellos pueblos, mal aconsejándolos, y alentándolos a la rebeldía. ¿Quién es éste?
MINISTRO.-Chan. Viene acreditado como importante amigo de los de Tabasco.
MOCTEZUMA.-Es un observador. No debiste apoyar la petición de su entrevista. (El Ministro da las joyas escogidas a las mujeres. Estas adornan a Moctezuma.) Estos mayas son astutos y mandan sus mejores ojos para observarnos. Deben saber el fracaso de Cholula y querrán hallarnos llenos de cobardía por la proximidad de unos extranjeros escurridizos... (Irónico.) Dioses, como tú les llamas... (A sí mismo.) Cortés, Cortés...
MINISTRO.-Los mayas son astrónomos competentes. Saben leer los signos de las estrellas. Este puede informarte algún acontecimiento.
MOCTEZUMA.-(Tomándole la muñeca.) ¿Era ése tu empeño en la visita? ¿Más vaticinios, más conjuras?
MINISTRO.-Yo he prometido a los dioses tu conversión. (Desprendiéndose.) Son ellos quienes dictan  mis procedimientos.
MOCTEZUMA.-(Abatido y amargo.) Respetemos entonces a los dioses. (Pausa. Las esclavas continúan su adorno. El rechaza el penacho emplumado.) Eso no. Tampoco eso. (Rechaza uno de los collares.) El oro lo llevo en los pies.
MINISTRO.-(Recogiendo el penacho.) ¿Vas a recibirlo descubierto?
MOCTEZUMA.-El espejo. (Se lo presentan.) Le haré ver que la fuerza está de nuestra parte. (Contemplándose.) Cortés es un extraviado, abuelo. De mi parte están el poder y la razón.
MINISTRO.-O la vanidad.
MOCTEZUMA.-(Grita con irritación.) ¡Ministro, pareces una aya gruñona! ¡Todo críticas y pronunciamientos!
 
Las esclavas se van.
 
MINISTRO.-Tengo el título de serpiente, señor.
MOCTEZUMA.-Y como ella, te muestras implacable. Mal si te obedezco y peor si no. Vanidad... no admiraba en estas joyas y adorno o el valor  sino la fuerza que representan.
MINISTRO.-Hijo mío...
MOCTEZUMA.-He reinado durante diecisiete años y sé por qué te lo digo. No me fastidies ahora con tus críticas.
MINISTRO.-Otros reinaron más.
MOCTEZUMA.-(Impidiéndole de nuevo.) Dominaron sin gobernar. Mira las consecuencias; un pueblo bárbaro con leyes bárbaras.
MINISTRO.-Y tú dictaste leyes adelantadas. Pero decía otras cosas. Te hablo de vanidad no en razón de tus joyas sino de tus imponderables errores. Por vanidad te rodeas de alabanzas, de caravanas. Por vanidad lastimas también a los dioses.
MOCTEZUMA.-¿Si no me esperaban así, por qué me escogieron, por qué pusiste tu entero empeño en elevarme? Entre mis hermanos los pudo haber mejores.
MINISTRO.-Me cegó tu juventud, la gracia de tu inteligencia y... mí cariño.
 
Su voz se quiebra. De media vuelta y va por la capa de plumas sin hacer con ella otra cosa que tocarlas.
 
MOCTEZUMA.-(Conmovido.) Abuelo...
MINISTRO.-No te preocupes.  Lo has ido amenguando con tus errores.
MOCTEZUMA.-(Cariñoso.) Aún me quedará mucho, entonces.
MINISTRO.-Tu orgullo acabará por destruirlo. Moctezuma. Has hecho de él tu mejor escudo contra la sabiduría y el temor de Dios. No es cosa nueva. Yo te he visto crecer y aplaudo tus leyes como repruebo tus costumbres.
MOCTEZUMA.-(Con un suspiro de fastidio.) ¿Qué hay de mis costumbres?
MINISTRO.-Una entre muchas. Los servidores y embajadores de esta casa eran antes sencillos campesinos, hombres hechos a la fatiga y al trabajo de los caminos. Tú los desplazaste a favor de hijos de nobles con el solo afán de rodearte de refinamiento.
MOCTEZUMA.-¿Eso piensas?
MINISTRO.-Niega ahora tu vanidad.
MOCTEZUMA.-Pero, abuelo... ¿cómo no pudieron verlo? ¡Tomé esa medida para humillar a la nobleza! Si me hice servir por señores fue para gozarme, viendo a esos señores ejecutar las faenas más groseras ¿Está claro? Lo que perjudica a nuestro sistema son esos señores independientes, voluntariosos. Yo he de hallar la manera de reducirlos a una sola persona, a un solo poder.
MINISTRO.-Tú.
 
Moctezuma se limita a mirarlo. El Ministro mueve la cabeza como quien compadece. Llega Tecuixpo. Tras ella Cuitláhuac y dos esclavas llevando mantas preciosas, regalos y una gran hoja doblada de papel vegetal. Dejan las cosas y las eEsclavas se van.
 
TECUIXPO.-(Alegre.) Padre, ¿es cierto?... (Al Ministro.) Perdón,, señor.
MINISTRO.-(Con ternura.) Habla, Tecuixpo.
TECUIXPO.-¡Ese embajador, es maya! Oh, son tan elegantes y sabios... déjame estar contigo cuando él llegue. Cuitláhuac dice que lo traen en palanquín cuatro esclavos. Y viene descalzo para no ofenderte. ¡Y no has visto sus regalos! ¿Cuáles son los tuyos, éstos? ¡Ah, cuánta maravilla! ¡Todo parece un suelo! ¿Esa capa es tuya? Nunca he visto nada más precioso. Padre... (Se estrecha a sus rodillas.) Eres un gran señor.
MOCTEZUMA.-(Acariciándola.) Loca Tecuixpo. (La contempla.) Y qué hermosa es.
MINISTRO.-Eres ya en todo una mujer
TECUIXPO.-¿Me dejarás estar contigo cuando él llegue?
MOCTEZUMA.-No, Tecuixpo. No deben ser esas tus preocupaciones.
TECUIXPO.-¡Oh, me hubiera gustado tanto!
MINISTRO.-Puedes mirarlo desde los jardines de tu casa.
TECUIXPO.-No será lo mismo.
MOCTEZUMA.-Algún día te haré una fiesta donde te rendirán homenaje los embajadores de todos los pueblos de la tierra.
TECUIXPO.-(Lo abraza.) ¡Ah, papá!
MOCTEZUMA.-Niña...
TECUIXPO.-Me siento tan feliz.
 
Cuitláhuac aconseja algo al oído al Ministro.
 
MINISTRO.-Tecuixpo. Ve y di al Teizalco que ordene frutas y refrescos. Si el embajador no tiene prisa disfrutaremos luego su compañía.
TECUIXPO.-Gracias, señor. ¿No es un día inolvidable? (Yéndose.) No los probará nadie más exquisitos.
 
Se retira.
 
CUITLAHUAC.-Flor de algodón, capullo blanco,
 
El Ministro y Moctezuma lo miran sonrientes.
 
MOCTEZUMA.-El amor es terrible en un león viejo, hermano.
CUITLAHUAC.-Es verdad. (Y sonríe.) Chan está ávido de verte. Para mí todos los embajadores son espías o bandidos.
MOCTEZUMA.-O poetas. (Ríen.) Es un modo de ocultar la astucia con la gracia. De cualquier modo hemos decidido recibirlo. Es gente interesante. (Transición.) ¿Recuerdas, padre, aquel maya, aquel que comerciaba en cosas de mar, con pescadores y buzos? De eso hace varios años. Por él supe desde entonces que se preparaba grandes expediciones en islas desconocidas.
MINISTRO.-Nunca me lo dijiste.
MOCTEZUMA.-Una noticia como otra cualquiera que ustedes han fomentado de modo terrible.
 
Llega un Guerrero.
 
GUERRERO.-Señor, si atropello tu casa, perdóname.
MINISTRO.-¿De dónde vienes?
GUERRERO.-De las calles. Ixtlixóchitl ha provocado la disputa entre numerosos señores frente a su hermano, Cacama, y con gritos y palabras acusó a éste de usurpador. Todo Tezcoco se escandaliza y ellos vienen a verte como juez.
MINISTRO.-Es suficiente.
MOCTEZUMA.-Cuitláhuac, investiga sobre eso.
CUITLAHUAC.-(Al Guerrero.) Vamos.
MOCTEZUMA.-Espera, Cuitláhuac. Envié hace poco tributo a Cortés. Pregunta lo que dijo. También me inquietan los acontecimientos en el camino de Cholula y Chalco. Tú mismo dispusiste la emboscada. ¿Ha llegado algún correo?
CUITLAHUAC.-Lo estamos esperando, señor.
MOCTEZUMA.-(Al Ministro.) Si tenemos fortuna, abuelo, esos extranjeros no llegarán a Tenochtitlán. (A Cuitláhuac.) Procura saberlo, anda.
 
Cuitláhuac va a salir cuando llegan dos esclavos y se arrodillan. Pasa entre ellos Chan, el embajador maya, y se postra ante Moctezuma. Cuitláhuac y el Guerrero se van, Moctezuma se adelanta hacía Chan y lo levanta por los brazos sonriéndole.
 
MOCTEZUMA.-Seas muy bienvenido, señor. Haz tuya esta casa, del más humilde de los señores mexicanos.
CHAN.-¿Qué soy para merecer tanto? Nadie, nadie, nadie...
 
Intenta postrarse de nuevo. Moctezuma lo retiene.
 
MINISTRO.-Descansa, Chan, te miro fatigado.
CHAN.-Sólo de tanta dicha, señor.
 
Moctezuma se sienta. Los Esclavos disponen para Chan un escabel cubriéndolo con una piel nueva. Después se retiran de la escena. A pesar del asiento, el maya sigue de pie.
 
MINISTRO.-La dicha es de los dioses. Bienaventurado quien la recibe.
MOCTEZUMA.-¿Cómo no dijiste, abuelo, que Chan usaba ropas tan bien hechas? Sin duda dirá luego que los señores mexicanos visten como cazadores.
CHAN.-No tengo ojo para saberlo, señor. ¿No los miras cegados de contemplar una tras otra las maravillas de tu gobierno?
MINISTRO.-Exagera, señor. Mira que se ha quitado las sandalias para no mancharlas con el polvo de tu casa.
 
Los tres ríen. Chan se sienta.
 
MOCTEZUMA.-¿Te han tratado bien? Hazme, sino responsable de cualquier descuido. Yo preveo tu enorme disgusto y quiero complacerte con esas pobrezas. (Señala las mantas y regalos.) Te serán enviadas con tu equipaje.
CHAN.-Señor... (Al Ministro.) Gran abuelo, estoy avergonzado. Diré a los míos que la magnificencia de Moctezuma es superior a toda nuestra miseria.
MOCTEZUMA.-¿Llevas mucho en la ciudad?
CHAN.-Esta madrugada me sorprendió aún en camino.
MOCTEZUMA.-(Al Ministro.) Nuestros correos son entonces mentecatos, padre.
MINISTRO.-Sí, Chan, vinieron a decirnos que tres días ha que entraste por la calzada de Tacuba.
MOCTEZUMA.-Tal vez los necios se confundieron, señor, pues la descripción de ellos no corresponde a tu magnífica presencia. Hablaron de mercaderes ensabanados.
CHAN.-(Sonriente.) Debe ser una confusión, como tú dices. Hace tres días el sol de las montañas me hacía sombra.
MOCTEZUMA.-Olvidemos eso. (Sonriente.) Nada como el placer de mirarte y saberte contento.
CHAN.-Me olvidaba poner en tu mano el humilde halago de mí mismo.
 
Se levanta y entrega a Moctezuma una turquesa.
 
MOCTEZUMA.-¡Qué sólida hermosura, Chan! No olvidaré esta humillación. Abuelo...
 
El Ministro pone en las manos del Maya la gran hoja de papel doblada.
 
MINISTRO.-Nuestra pobreza no es correspondiente a tu magnanimidad.
 
Moctezuma se levanta y se acerca a él. Desdobla la hoja. Es un mapa de la ciudad.
 
CHAN.-¡Tecnochtitlán!
MOCTEZUMA.-Una pobre ciudad perdida en un lago.
CHAN.-No la subestimes, señor. Los pueblos de todos los puntos ven en Tenochtitlán cosa de admiración. Señores y esclavos alaban la populosa grandeza de los mercados. Las muchas canoas cruzando las iluminadas aguas del gran lago: las calles llenas de gente, los guerreros empenachados, adolescentes vigorosos saliendo del tepuchcali, mujeres y niños, hombres que venden productos, y los mazehuales y pochtecas levantando polvo en los caminos... y acá los nuevos templos, la mancha blanca y roja de las casas... Es un inmenso jardín suspendido entre el cielo y la tierra.
 
El Maya va a enrollar el mapa. Moctezuma lo evita.
 
MOCTEZUMA.-Pero que debe alimentarse, señor. Y se alimenta del tributo recogido aquí y allá de pueblos compadecidos de nuestra menguada economía.
MINISTRO.-Por cierto, Chan, que este año avanza y no hemos recibido todavía noticia alguna de los lejanos pueblos del Sur.
CHAN.-Me rogaron precisamente examinara el estado de los caminos para evitar su “inevitable” cooperación.
MOCTEZUMA.-¿Lo dices con pena? (Dice eso con burlón apuro. Su voz se enfría cuando agrega.) Si nos fuera dado, les ahorraríamos el largo viaje y la molestia insignificante de esa cooperación. (De nuevo burlón.) Desgraciadamente, hemos aumentado nuestros ejércitos y... eso significa más alimentos. Luego está la alianza con los mixtecas, que si bien nos defienden la espalda, nos abren más el apetito con los ejércitos. (Sonríe.)
CHAN.-(Riendo forzadamente.) Oh, señor... (Mira el mapa.) ¡Qué gran ciudad! Una maravilla  y un tesoro. La guardaré de las miradas celosas de lo demás.
 
Trata de doblar la hoja del mapa. Moctezuma la toma en sus manos y la contempla.
 
MOCTEZUMA.-¡No de todos, Chan! Deja que la miren siquiera los principales señores mayas. Les parecerá curiosa, aunque bien pintada. Esto debe ser... ¿Qué es esto, abuelo? (Señala un punto.)
MINISTRO.-Es un puente. También estos otros. Las rueditas de escudo indican fortificaciones.
 
Moctezuma demuestra asombro suspicaz.
 
MOCTEZUMA.-¿De modo que basta descubrir estos puentes para inundar el camino e impedir la llegada de cualquier tropa? ¡Oh abuelo, me dejas maravillado! ¿Eso significa que podemos rechazar cualquier agresión?
CHAN.-(Irónico.) También significa tu gran poder y fuerza.
 
Moctezuma dobla el mapa.
 
MOCTEZUMA.-La gracia es también una fuerza, Chan. (Dándole la hoja doblada.) Los mayas son sumamente agradables.
MINISTRO.-Y sabios en muchas cosas.
CHAN.-(Sentándose.) Sin embargo corren rumores de algunos pueblos remisos que se han negado a cooperar.
MINISTRO.-Esfalso, Chan. Todos han cumplido.
CHAN.-Tal vez me engaño, pero estuve a punto de creerlo... dadas las circunstancias...
MOCTEZUMA.-¿Cuáles, señor?
CHAN.-Oh, esos extranjeros. Tanto me dicen que vienen que he llegado a creerlo.
MOCTEZUMA.-También lo sabemos nosotros.
CHAN.-Lo suponía.
MOCTEZUMA.-¿Esperabas hallarnos tan preocupados como para no saber tu llegada aquí, graciosamente metido en una manta de mercader? (Ambos ríen) Ah, señor, me hace gracia imaginarte disfrazado.
CHAN.-Si he de reconocerlo, diré también que un disfraz es a veces sumamente útil. Se entera uno de rumores...
MINISTRO.-Un rumor es un rumor, Chan.
CHAN.-Es cierto sobre todo cuando afirman que esos extranjeros vienen venciendo “naturales” obstáculos.
MOCTEZUMA.-Lo supe antes que tú, hace unos días, cuando al azar discutía una más sólida alianza con los pueblos del valle. Todos estamos de acuerdo.
CHAN.-Alianza... ¿contra quién?... ¿Es que esos extranjeros vienen como..?
MOCTEZUMA.-Como enemigos. ¿Pudiste dudarlo? Han cometido demasiados errores para desconocer su intención.
CHAN.-(Sincero.) Admiro tu calma.
MOCTEZUMA.-No es calma sino seguridad. Tenochtitlán es una ciudad que, como tú ves, está bien defendida. Quiero creer amigos a los extranjeros; más en el caso de verlos llegar como enemigos nuestro ejército, unido al de Coyoacan, Culuacan, Ixtapalapa, Tezcoco... les impediría todo movimiento hostil.
CHAN.-¿Y no temes traiciones?
MOCTEZUMA.-No serían tan necios los señores que me acompañan. Se hundirían ellos conmigo y no veo cómo pueda convenirles. ¿Qué piensas, Chan?
CHAN.-Nada. Reconozco tu fuerza.
MOCTEZUMA.-Algunos pueblos del Sur deben haber pensado –no me refiero a los mayas por supuesto- ... deben haber pensado que el pánico dominaba a los mexicanos; pero ya miras nuestra casa. Tal vez hasta pensaron sacudirse un poco el... la amistad nuestra. Pronto sabrán que somos capaces de ir más allá y pactar un compromiso diplomático con el mismo Cortés Maliche.
CHAN.-Es evidente... Y si... digamos, ¿no fueran simples amigos?
MINISTRO.-(Con un dejo de terror.) ¿Dicen algo sus oráculos?
CHAN.-No tiene importancia, padre.
MOCTEZUMA.-(Burlón.) No nos prives del placer.
CHAN.-(Serio y sibilino.) Señor, nuestros oráculos dicen que son dioses.
MINISTRO.-(Aterrado.) ¡Chan!
MOCTEZUMA.-Coinciden exactamente con los nuestros. ¿No es cierto, abuelo? De ahí nuestra calma, embajador.
CHAN.-(Amenazante.) ¡Los dioses son hostiles cuando vienen a cobrar!
MOCTEZUMA.-Sé a lo que tú viniste, señor. A ningún pueblo como el maya le conviene tanto fomentar esa creencia.
CHAN.-No veo la intención.
MOCTEZUMA.-Rechazado antes por nosotros, Quetzalcóatl es dios protector de ustedes, y algunos dicen que él en persona es el que viene. Sería el resurgimiento de los mayas.
CHAN.-¡Cómo te atreves a hablar así del él! ¿No temes su venganza? Ten cuidado, Moctezuma, él prometió volver y ha llegado el tiempo.
MOCTEZUMA.-Se le recibirá, entonces. De cualquier modo quedamos tranquilos, Chan. Ningún asiento mejor para un dios huésped que la maravilla de Tenochtitlán donde Huitzilopochtli sabe ser amigo... pero también implacable cuando alguien atenta contra los suyos.
MINISTRO.-¡Cacama!
 
Cacama llega apresuradamente y queda desconcertado al ver a Chan. Inmediatamente irrumpe Ixtlixóchitl y tras él Cuitláhuac que trata de impedir su paso.
 
IXTLIXOCHITL.-¡He de pasar, Cuitláhuac! (Se desprende.)
MINISTRO.-¡Señores!
IXTLIXOCHITL.-¡Soy yo, Moctezuma...!
CACAMA.-(Sujetándolo) ¡Ayúdame, Cuitláhuac!
IXTLIXOCHITL.-¡Soy yo, Moctezuma! ¡Soy yo, Moctezuma!
CACAMA.-¡No te permito!
MINISTRO.-¡Suéltalo, Cuitláhuac, y tú Cacama!
IXTLIXOCHITL.-¡No saldré de aquí!
 
Moctezuma fuera de su primer movimiento de sorpresa, aparenta impasibilidad y vigila las reacciones del embajador.
 
MINISTRO.-¿Qué quieres?
IXTLIXOCHITL.-No es contigo, padre. (Lo esquiva.) ¡Vengo a reclamar mis derechos a la corona de Tezcoco! (Trata de avanzar; Cacama lo intercepta.)
CUITLAHUAC.-(Al Ministro.) Traté de evitarlo.
CACAMA.-¡Lárgate de aquí!
IXTLIXOCHITL.-¡Tendrás que oírme!
CACAMA.-¡Lo veremos!
MINISTRO.-¡Necios! Perdona, Chan.
 
Ambos con cuchillos. El Ministro detiene el brazo de Cacama. Cuitláhuac el de Ixtlixóchitl.
 
MINISTRO.-Espera, Cacama.
CACAMA.-¡Cúlpese a mí todo! ¡Debí matarlo!
MINISTRO.-¿A tu hermano?
IXTLIXOCHITL.-¡Anda, inténtalo!
CUITLAHUAC.-¡Te lastimarás!
CACAMA.-Debí matarlo.
IXTLIZOCHITL.-¡Suéltame, Cuitláhuac!
CUITLAHUAC.-¡Quieto!
IXTLIXOCHITL.-¡Pues me oirá Moctezuma! ¡Y me oirá encima de ti, Cacama, y encima de quien sea! Por favor, Cuitláhuac. (Este lo suelta.)
MINISTRO.-No eres oportuno, príncipe.
IXTLIXOCHITL.-¡Porque no tengo la engañosa calma de ustedes!
CUITLAHUAC.-¡Basta de gritos!
IXTLIXOCHITL.-¿Te parecen mucho? ¡Tú vienes de afuera y te diste cuenta del pánico de las calles. Se habla de esta casa, de ti y de ti. (A Moctezuma.) Y se grita la injusticia que cometes conmigo. Moctezuma!
CACAMA.-Amotinó a un grupo de infelices campesinos.
IXTLIXOCHITL.-¡Más nobles que tú! (A Moctezuma.) Señor, ven conmigo a la calle y te darás cuenta de las cosas. Tu reino es una olla de rencor y putrefacción.
CACAMA.-¡Cállate!
IXTLIXOCHITL.-¡Usurpador!
MINISTRO.-Cuitláhuac. Prende a ese hombre.
MOCTEZUMA.-¡No! (A su grito se hace el silencio. Moctezuma dulcifica su tono hasta hacerlo casi sonriente.) Lo lamento mucho, Chan. Es una disputa de familia... es cosa aburrida. ¿Piensas quedarte?
 
El Embajador se levanta.
 
CHAN.-No creo tener ningún interés.
MOCTEZUMA.-He ordenado habitación y comida para ti. Sería un placer retenerte.
CHAN.-(Hipócrita.) Rehuso con gran dolor, señor. Debo partir al punto.
MINISTRO.-¿No te llevarás, supongo, una mala impresión?
MOCTEZUMA.-¿De qué, Ministro?
CHAN.-Absolutamente. Estos pequeños disgustos los tienen todas las casas. (Saluda humillándose.) Señor...
MOCTEZUMA.-No olvides nuestra plática, embajador...
CHAN.-(Sonriente, a punto de salir, mirando burlonamente a los príncipes.) ¿Cómo olvidarla?
 
Se retira. El Ministro lo acompaña y sale también. Reina un breve silencio.
 
CACAMA.-Perdóneme, señor. No lo preví.
IXTLIXOCHITL.-A mí no me perdones. Vengo a ti como acreedor, no como suplicante. Quiero la corona de Tezcoco.
CUITLAHUAC.-¿Por eso chillabas?
IXTLIXOCHITL.-Respondéme, señor.
CUITLAHUAC.-Esa corona no te pertenece.
IXTLIXOCHITL.-Tampoco a Cacama y se la dieron. La ha tenido durante cuatro años sólo porque yo soy menor. Vengo a pedir que se le deponga y se convoque a un nuevo consejo. Yo les haré ver. Cuitláhuac, que no es la edad sino el valor, lo que cuenta para merecer un título. (A Moctezuma.) Señor, demuestra que conoces la palabra justicia. Yo la exijo y vengo a pedírtela.
MOCTEZUMA.-(Dominando su enojo.) No se puede ser dos veces justo, señor.
IXTLIXOCHITL.-Tú obligaste al cuerpo elector a dar su voto a favor de Cacama. Bien puedes hacerlo ahora por mí.
MOCTEZUMA.-El gobierno de Cacama es bueno. El pueblo de Tezcoco está contento con él.
IXTLIXOCHITL.- Te engañas o te engañan. De ser así no se viera mi hermano en tan seguidos aprietos.
CACAMA.-Tú los provocas. Yo he querido la paz y tú guerra.
IXTLIXOCHITIL.-Porque soy guerrero y abomino tus intrigas.
CACAMA.-Jamás he manejado las intrigas, no conozco la mentira. Ixtlixóchitl, te ofrecí compartir el poder conmigo y tú me devolviste motines y matanzas. Doy gracias a los dioses de la muerte de mi padre, por que volvería a morir abominado de ti.
IXTLIXOCHITL.-¡Te castigará Dios, Cacama! (Le grita como maldición.)
CACAMA.-Por que tú estás vivo. No es aquí tu lugar ni tampoco Tezcoco. Vete a las montañas y deja en paz a mi reino, reino de quien yo fui elegido, señor y que no abandonaré, sí como pienso, puedo seguir contando con el apoyo de mi tío Moctezuma.
IXTLIXOCHITL.-Perfectamente expuesto. (A Moctezuma.) Señor, en tus manos está la decisión de este contrato.
MOCTEZUMA.-Se tomó hace cuatro años, Ixtlixóchitl.
IXTLIXOCHITL.-Bien. (Mirando a todos.) No necesito más.
CACAMA.-¡Ahora, lárgate de aquí!
MOCTEZUMA.-¡Todavía no! Traía una proposición y una amenaza.
IXTLIXOCHITL.-Tienes razón, Xocoyotzin. Estaba en juego mi vida contra tu destino en este fallo. Tú liquidas una y yo te digo el otro: (Se acerca a él con odio silbante.) Apestas a muerte y veo en tu cara signo de la condenación.
 
Cuitláhuac da un paso, ve asombrado a Moctezuma.
 
MOCTEZUMA.-Espera, Cuitláhuac. (A Ixtlixóchitl.) ¿Es todo?
IXTLIXOCHITL.-No hagas esfuerzos. Yo te conozco. Tiembla para oír esto: Tengo mi gente. Y algunos de los señores que te rodean miran mi causa con simpatía.
CACAMA.-¡No lo creas!
IXTLIXOCHITL.No me refiero a ti, pobre Cacama. Quédate bien donde estás. Moctezuma sólo te permite porque puede manejarte a su antojo. (Se dispone a salir. En la entrada aparece el Ministro.) Yo buscaré una alianza con pueblos más poderosos.
CACAMA.-No hay otro pueblo más poderoso sobre la tierra que el de los mexicanos.
IXTLIXOCHITL.-Pues ya vienen y traen con ellos al señor Cortés.
MINISTRO.-No hagas cuenta de Cortés. Le hemos enviado tributo para que se retire. Tendremos un año para pensar y fortificarnos.
IXTLIXOCHITL.-¿Tributo? Señor, me haces compadecerte, Cortés es un dios a quien no le basta un tributo. No sabe ni entiende nuestros métodos.
MINISTRO.-Mientes para preocuparnos.
IXTLIXOCHITL.-Tú lo verás. Sabe manejar la violencia y el pillaje mejor que nosotros. Viene a poner cabeza de su rey en esta casa.
CACAMA.-(Avanza hacia él.) Ixtlixóchitl, ¡maldito seas! Nunca más nos veremos como hermanos. Eres un traidor.
IXTLIXOCHITL.-¡Y tú, vendido (Le pega en la cara y sale huyendo.)
CUITLAHUAC.-(A Moctezuma.) ¡Da una orden!
 
El Ministro sujeta a Cacama que quiere seguir al otro.
 
MOCTEZUMA.-(Se levanta rápido tan pronto sale Ixtlixóchitl.) No es conveniente. Quiero saber hasta qué punto los demás están con él. De eso te encargarás tú, Cuitláhuac.
CACAMA.-¡Y yo!
MOCTEZUMA.-No, Cacama. Hay momentos en que debemos olvidar la venganza para que también se olvide la ofensa. (Con odio.) Luego vendrá el desquite.
MINISTRO.-¡Nadie puede vengarse de los dioses!
MOCTEZUMA.-¡Cállate ya! ¿Dioses, cuando estamos conociéndolos en sus picardías y confabulaciones? ¿Te lo parecen a ti, Cuitláhuac, o a ti, Cacama? ¿Pues no lo son! Ah, razón tenía yo, abuelo, para odiar tus vaticinios y necias palabras. ¿Por qué me engañabas, por qué?
MINISTRO.-No te engaño. ¿Estás ciego? Me valgo de elaboradas apariencias para inducir en ti el temor hacia ellos. Sólo ellos pueden ayudarte.
MOCTEZUMA.-¡Tiempo! Quiero tiempo, no ayuda. ¡Señores, es la hora de la traición y el pánico, y debemos vencer! ¡Ese castrado cuenta con la feliz llegada de ellos...! ¡y no será! Cacama, reúne a los príncipes y señores aliados a consejo, ve luego a Tezcoco y prepara todos tus guerreros. Tú, Cuitláhuac, haz vigilar a Ixtlixóchitl y manda los más valerosos  correos al camino de Chalco. Corre, viejo mío; ¡nuestra suerte depende de esta emboscada! (Cacama y Cuitláhuac obedecen. Moctezuma avanza al primer plano.) Ahora conoceremos el destino de un hombre. (Mira al Ministro.) Dioses.
 
T E L Ó N
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
ACTO TERCERO
 
Música: Flauta y Teponaxtle. Luego flauta sola, bastante alegre, con acompañamiento de sonajas. Las variaciones son sobre el tema del coro.
Oscuridad. La  música a fondo. A telón cerrado se ilumina el área izquierda del proscenio. Ahí dos Ancianas del coro, 1ª, y 2ª., conversan en cuclillas.
 
ANCIANA 1ª.-¿Qué cosa y cosa que le rascan las costillas y está dando gritos?
ANCIANA 2ª.-La sonaja que se usa en la fiesta.
 
Ríen escandalosamente.
 
ANCIANA 1ª.-¿Qué cosa y cosa, que se toma en una montaña negra y se mata en una esfera blanca?
ANCIANA 3ª.-Es el piojo. Búscamelo en la cabeza.
 
Ríen.
 
ANCIANA 1ª.-¿Qué cosa y cosa, que brilla rodando y te cae en las manos?
ANCIANA 2ª.-Las lágrimas.
 
Se agarra la cabeza y se contonea de un lado a otro sin reír.
 
ANCIANA 1ª.-No llores, no llores. Yo estoy borracha y no quiero tus lágrimas.
 
La anciana 1ª. levanta sus manos. Trae en ellas una jícara con pulque y bebe.
 
ANCIANA 3ª.-No te lo acabes, vieja amiga.
 
Bebe también y las dos ríen.
 
ANCIANA 1ª.-(Levantándose.) ¡Oíd con atención todos los presentes!
 
Se interrumpe por la risa.
 
ANCIANA 3ª.-No hagáis caso. Yo sé lo que tiene.
ANCIANA 1ª.-Aquí están presente los más valientes y esforzados. Quien tiene un cargo en la república debe ser como su padre y madre de ella.
ANCIANA 3ª.-¡Se te caen los huesos de borracha!
ANCIANA 1ª.-Pero no de vieja... ¡Poesías, cantos!
Aguda de las verdes matas,
Tú me tumbas, tú me metas,
Tú me haces andar... a gatas.
 
Ríen destempladamente.
 
ANCIANA 3ª.- (Adelantándose.) A mí... me prostituyeron.
ANCIANA 1ª.-(Haciéndole caravana.) Oh, hija mía y muy amada primogénita.
ANCIANA 3ª.-Con hombres me acuesto y sola me levanto. Soy ave preciosa del lago floreciente... ¡No te lo acabes, vieja!
 
Ambas toman la jícara, arrodilladas parecen sostenerse entre las dos.
 
ANCIANA 3ª.- ¡Alegre!
ANCIANA 1ª.-¡Vino verde!
 
Ríen sosteniendo la jícara. Se levanta el telón. La anciana 2ª. Aparece precisamente junto a ellas el subir la cortina.)
 
ANCIANA 2ª.-¡Callad, necias borrachas! Es la hora amarga y ustedes huelgan.
 
Toma la jícara y la estrella. Las otras siguen de rodillas, pero ocultan  su rostro en las manos.
 
ANCIANA 2ª.-Quebrad los cántaros, que ya no ha de ser de hoy en adelante como hasta aquí, cuando estábamos muy prósperos; quebrad por todos lados las tinajas de pulque. ¡Cállese la flauta y la sonaja! (La música cesa.)
ANCIANA 1ª.- (Humildísima, tristísima.) Nos emborrachábamos por última vez.
ANCIANA 3ª.-El día último, la hora última...
ANCIANA 2ª.-Hermanas, es la hora del escrúpulo. Tengamos vergüenza. (Pausa. Su voz se va quebrando.) Para nosotros terminaron las fiestas. ¡Quién nos dijera si llegará otro día! Yo veo la noche donde quiera que reposan mis ojos.
 
Se los cubre con una mano.
 
ANCIANA 1ª.-¿También tú lloras?
ANCIANA 3ª.-Tú, la más poderosa.
 
Todavía arrodilladas se humillan, tristes.
 
ANCIANA 1ª.- Pobrecitos de los mazehuales.
ANCIANA 3ª.-¡Madrecita tierra, madre de Dios!
ANCIANA 2ª.- Si nuestra mala suerte quiere que otros dioses vengan y nos, atropellen, todo  quedará desierto. ¡No nos abandones, Señor, es la hora de la duda! Que otros hombres quieren venir a esta tierra, a la mano derecha y a la mano izquierda, y cruzando la viveza del mar quieren pasar adelante, sobre nosotros. (Mira postradas a las otras y se desalienta.) Oh... nosotras ancianas no podemos hacer nada, nos esperamos ya nada. Nos taparemos la cara cuando se apague el fuego de los Cúes.
 
Quedan las tres inmóviles y abatidas. De pronto parecen escuchar algo lejano. Las ancianas 1ª, y 3ª. Se levantan. Las tres inclinan sus cabezas tratando de oír. Una amorosa música se insinúa.
 
ANCIANA 2ª.-Yo la oí primero.
ANCIANA 1ª.-Mentirosa, tú hablabas del desierto.
ANCIANA 2ª.-¿Queda ahí alguna cosa?
ANCIANA 3ª.-Todavía hay primavera. Yo oigo los pájaros.
 
La anciana 2ª. camina. Las otras la siguen. La escena se va iluminando con luz de luna. En el extremo derecho se distinguen Tecuixpo y el rey de Tacuba. Ella reclinada sobre el pecho de él.
 
ANCIANA 1ª.-No les hables. No los interrumpas.
ANCIANA 3ª.-Cuando no les queda sino este momento.
ANCIANA 2ª.-¿Han de ser felices mientras nosotras sufrimos?
ANCIANA 3ª.-Porque no lo saben.
 
La 2ª. se acerca un poco más a los jóvenes.
 
ANCIANA 2ª.- Tecuixpo, Capullo Blanco, los momentos felices se pagan caro. Este joven rey no lo será tuyo, antes habrá muerto.
ANCIANA 1ª.-¡Ay, no se los digas!
ANCIANA 3ª.-Eres cruel.
ANCIANA 2ª.-Mirad cómo se sobresalta, no has oído. (A Tecuixpo.) Si la ruina de nosotros está próxima, tú la seguirás. Este joven rey no lo será tuyo. Antes te verás con Cuitláhuac.
TACUBA.-(A Tecuixpo.) ¿Qué tienes...?
ANCIANA 2ª.-Después vendrá Cuauhtémoc a ser tu esposo legítimo.
 
Tecuixpo se separa del Rey. Este la sigue juntándosele.
 
TACUBA.-Estás temblando, Tecuixpo.
ANCIANA 2ª.-Luego llegará tu noche y tu bautizo, Isabel de Moctezuma.
TECUIXPO.-Espera, señor.
 
Las ancianas van retirándose a la sombra.
 
ANCIANAS 1ª. Y 3ª.-(En coro susurrante.) ¡Tecuixpo! ¡Tecuixpo!
ANCIANA 2ª.-Isabel de Moctezuma.
 
La joven mira en torno. El Rey la estrecha.
 
TACUBA.-¿Pasó?
TECUIXPO.-No sé... Es como si algo malo me hubiese lastimado los ojos... Una sombra, algo...
TACUBA.-No es nada. Sólo se oyen los grillos y los animales del agua.
TECUIXPO.-Y el frío.
TACUBA.-(Sonriente.) Susto. Es todo.
TECUIXPO.-Sí, debe ser la noche... ¿Oíste? Todo despierta. (Cree oír los pájaros)
TACUBA.-Es el amanecer.
TECUIXPO.-Otro.
TACUBA.-¿No te gusta?
TECUIXPO.-Los días son malos, a veces.
TACUBA.-Mujer, que esta noche no termine con tristeza... Apóyate en mis brazos.
TECUIXPO.-¿Es el amanecer, dijiste?
TACUBA.-No. Mira las estrellas todavía. Te veo enteramente cerca de mí.
TECUIXPO.-(Como sí de nuevo oyera.) Los pájaros conocen el tiempo... ¡cómo es que una noche pasa tan pronto!
TACUBA.-No ha pasado, Tecuixpo. Y si pasa no debieras llevar la cuenta. Vendrán otras.
TECUIXPO.-Quisiera creerlo, no pensar... ¡Oh... esos pájaros!
TACUBA.-(Riendo.) Yo no oigo nada. Te llenas de presentimientos. ¿Por qué lloras?
TECUIXPO.-Oh, no creí que estuviera llorando, no sentí... ¿Todo el amor será como el mío... lleno de miedos? (Trata de reír. Se separa un poco de él.) La luna es grande... y es tonta, ¿verdad?
TACUBA.-No te muevas. Déjame mirarte así... ¡Qué triste eres, Tecuixpo!
TECUIXPO.-Sí... un día, todas las cosas se vuelven tristes... ¿Por qué será?
TACUBA.-Inquietud. Así eres tú y soy yo. No es el amor, es miedo. Miedo que tenemos de enseñarlo a los otros... ¿Vuelven a temblar?
TECUIXPO.-No. Ya pasó. (Los gritos de los faisanes y otros pájaros ahora si se hacen presentes.) ¿Oíste? No hagas crecer mi miedo. No deben tardar en llegar esos militares... Vete, ya no te digo hasta mañana; ya es mañana.
TACUBA.-Es hoy, Tecuixpo.
TECUIXPO.-¿Estarás tú con ellos?
TACUBA.-Ni siquiera se me participó.
 
Se oyen pasos y se acerca la luz de unas antorchas.
 
TECUIXPO.-(Asustada.) ¡Señor!
 
El rey escoge apresuradamente una salida.
 
TECUIXPO.-¡No! Tropezarás con los enanos.
 
El corre hacia la entrada principal, pero retrocede.
 
TACUBA.-Los otros.
 
Luego a los jardines. Tecuixpo lo impide.
 
TECUIXPO.-Te enviarán los criados.
TACUBA.-Déjame entonces aquí.
TECUIXPO.-¿Para que lo supieran? No ven, me moriría. Ven te digo.
TACUBA.-Déjame. No les tengo miedo. Inventaré alguna justificación.
TECUIXPO.-Pero yo no tengo ninguna. Es como una súplica. Ven.
 
Lo arrastra hacía el gran monolito y el rey se oculta en el mismo sitio que ocupaba antes el Niño. Llegan dos Enanos con antorchas en la mano. Ven asombrados a Tecuixpo que escapa por el camino de los jardines a tiempo de evitar la presencia de dos hombres que vienen del pórtico. Los enanos colocan las antorchas en determinados lugares de modo que su forma queda oculta, pero iluminan bien el recinto. Los dos recién llegados se aproximan. Son el señor de Culuacan y un Mazehual llevando consigo algún objeto envuelto en una manta. Los enanos se retiran al fondo izquierdo y se hacen invisibles en la sombra al lado de las ancianas del coro.
 
CULUACAN.-Descarga ahí. ¿No deberían haber llegado los otros?
MAZEHUAL.-Señor, tal vez hubiera sido mejor esperar la mañana enteramente.
CULUACAN.-El peligro no espera. En todas partes hay inquietud. ¿No la respiras aquí también?
MAZEHUAL.-En mi pueblo nadie ha dormido. (Se oyen chillidos de aves. El Mazehual se asusta.) ¿Qué fue?
CULUACAN.-Los pájaros de las jaulas. Vete ya.
MAZEHUAL.-¿La debo traer?
CULUACAN.-Creo haberme explicado bien. (El otro obedece.) Mazehual, ve donde esa mujer y guíala hasta aquí; pero no uses este camino. (Por el que llegaron.) Rodea con ella el patio y entrará, cuando yo te diga, por ese callejón, ¿Qué te pasa?
MAZEHUAL.-Señor de Culuacan, te hablo con mucho esmero y respeto.
CULUACAN.-¿No estás bien pagado? Te di tres mudas de ropa.
MAZAHUAL.-De ello ando muy agradecido, aunque prefiero dejar escondida a la mujer y marcharme luego.
CULUACAN.-¿Por qué?
MAZEHUAL.-¿No ves cómo hiede? De tal manera uno puede estar junto con ella sin cubrirse las narices. Va apestando el aire por donde pasa.
CULUACAN.-Se te pagó por eso.
MAZEHUAL.-Y yo te respeto; pero siento además que es malo traer esa hedionda señora a la casa del gran Moctezuma donde él es refinado, y hasta el humo de esas antorchas huele a copal, y gusta.
CULUACAN.-Tú vendrás con ella y los dos juntos aguardarán mis órdenes en el callejón. Ahora vete. (Mazehual se resigna.) ¿Por dónde vas? Te he dicho que uses el otro camino. Tú eres mazehual y esa entrada es para señores. (Mazehual obedece.) Si tropiezas con alguno de los que deben estar presentes en este consejo, dile que estoy esperando.
 
El hombre se retira. El de Culuacan levanta el bulto enmantelado y lo lleva a otro lugar. Llegan el señor de Xochimilco y el de Coyoacán.
 
XOCHIMILCO.-¡Qué bien iluminado se está aquí, y qué bien huele!
CULUACAN.-Es el humo perfumado de las antorchas.
COYOACAN.-¡Ah, tú! Yo te creía todavía en tus misteriosas pesquisas.
CULUACAN.- Han terminado, señor de Coyoacán. (Al otro.) Pasa y siéntate. Es a ti, señor, ¿Vienes de Xochimilco?
XOCHIMILCO.-Se me avisó lo de este consejo.
COYOACAN.-¿Y Moctezuma?
CULUACAN.-Estará vistiéndose para presidirnos. El señor de Xochimilco parece asombrado.
XOCHIMILCO.-Admiraba el gran gusto de este lugar. Nuestro señor Moctezuma jamás ha querido invitarme a venir.
CULUACAN.-Pues ya estás aquí y te recibirá con tus derechos de señor.
COYOACAN.-¿Y por qué no te invitaba?
XOCHIMILCO.-El sabrá.
COYOACAN.-¿Será que tu señorío es pobre?
XOCHIMILCO.-Ha sido empobreciéndose.
COYOACAN.-Si tuvieras tierras suficientes serías grande.
XOCHIMILCO.-No me dices nada nuevo.
COYOACAN.-Y a pesar de tu pobreza nuestro gran señor Moctezuma te solicita cordialmente. ¿Te das cuenta?
XOCHIMILCO.-¿Me devolverán algunas de mis tierras?
COYOACAN.-(Al de Culuacan.) Eso lo dice por ingenuidad. (Al otro.) Si te invita aquí, no será para devolverte lo que te han robado, sino porque los mexicanos estamos en peligro y queremos el apoyo de todos los señores vecinos.
XOCHIMILCO.-Hablas de ello como si no fueras mexicano.
COYOACAN.-Soy de este pueblo, pero soy guerrero y aquí la clase militar es menospreciada... o era hasta hace poco. Ahora Moctezuma presiente el peligro y con mucha oportunidad se aproxima a “los altivos y sanguinarios militarzotes”. A la “peligrosa casta”, como él nos llama, y con mil sonrisas quiere organizar su defensa.
XOCHIMILCO.-Es la defensa de todos, creo. Los extranjeros matan parejo.
COYOACAN.-Es la defensa de él. Los extranjeros vienen en contra de su pésimo gobierno y él nos pone a nosotros y a ustedes por delante... ¡Oh, esos malditos pájaros! Jardines exóticos, antorchas aromáticas, servidumbre, pieles... Admirabas el gusto de esta casa y... ¿quién lo paga? Tú, y nosotros.
CULUACAN.-Aparte de las nuevas restricciones. Parece estar en peligro.
XOCHIMILCO.-Tenía entendido que tú eras uno de sus mejores brazos.
COYOACAN.-No lo estoy negando ni viene al caso. Simplemente expongo los motivos de general disgusto... (Transición.) Una forma de pasar el tiempo mientras llegan los demás. A ti, señor de Culuacan, ¿no te casó Moctezuma con mujer necia sólo para tenerte asegurado y vigilado? Y faltan otros, el jefe militar de Tlatelolco, por ejemplo.
CULUACAN.-Ya debiera llegar.
XOCHIMILCO.-(Con gran placer.) ¿Cuauhtémoc, vendrá?
COYOACAN.-También oirás sus cargos contra cualquier descabellado proyecto.
CULUACAN.-Hablas por hablar y a veces atinas. (Cuchichea.) No saben hasta qué punto es descabellado.
COYOACAN.-¡Ah, sí, tus pesquisas! ¿Dieron resultado?
CULUACAN.-Tengo las pruebas. (Al otro.) Conmigo he traído tres pruebas que decidirán el destino de estos mexicanos y de Moctezuma.
 
Vienen Cuauhtémoc y el jefe de Tlatelolco.
 
JEFE MILITAR.-No le veo aquí.
COYOACAN.-Si preguntas por Moctezuma lo verás llegar pronto.
 
Se hacen dos grupos. Parece una verdadera conspiración. Cuauhtémoc los observa con inocencia.
 
JEFE MILITAR.-¿Hablaste?
COYOACAN.-Faltas tú.
JEFE MILITAR.-¿Qué dicen?
COYOACAN.-Te esperan.
CULUACAN.-¿Cuántos hombres tienes?
XOCHIMILCO.-Algunos. Mixquic está conmigo.
CULUACAN.-¿Con Moctezuma?
XOCHIMILCO.-Tengo miedo de compromisos.
 
El de Coyoacán y el Jefe de Tlatelolco se acercan a los otros.
 
CUAUHTEMOC.-No quiero interrumpir. Puedo esperar afuera.
JEFE MILITAR.-Eres militar y debes estar con nosotros, si estos señores lo permiten.
CULUACAN.-Contábamos con ello, Cuauhtémoc . También esperamos al señor de Tacuba.
CUAUHTEMOC.-Entonces yo sobro aquí.
COYOACAN.-El de Tacuba no vendrá. No se invitó. Nada ganaríamos con su amistad.
JEFE MILITAR.-Siéntate, Cuauhtémoc. Respira este aire puro perfumado. ¡Qué lindo! ¿Son las antorchas?
COYOACAN.-Aquí todo es perfumado y sutil, caudillo, hasta los enanos, con quienes Moctezuma se divierte.
CULUACAN.-La noche es corta.
CUAUHTEMOC.-(Juvenil y fanfarrón.) Mi ayuda es personal, aunque bien entrenada.
XOCHIMILCO.-Te reconozco valor... a éstos... pero yo...
CULUACAN.-Deja las dudas. Nuestra mano es débil para secundar un mal proyecto, desesperado por muchos conceptos.
CUAUHTEMOC.-Los asustas con bromas. (Al otro Señor de Xochimilco, tú no estás hecho a la lucha.) Déjame tus hombres. Tenochtitlán está bien defendido: pero el punto débil está en tu paso, confíamelo.
JEFE MILITAR.-No son bromas, Cuauhtémoc. La defensa que tú exaltas no acaba de definirse. Alegando eso estamos. Yo no puedo armar a Tlatelolco en una noche.
CUAUHTEMOC.-No te comprendo, señor. ¿Es miedo?
JEFE MILITAR.-Oh, no. Miedo no es.
CUAUHTEMOC.-La defensa  de la ciudad exige cualquier sacrificio.
COYOACAN.-(Mirando extrañado al Jefe Militar.) ¿Esta loco? ¿No le explicaste?
JEFE MILITAR.-Lo tenía sobreentendido.
XOCHIMILCO.-Yo tampoco esperaba esto, Cuauhtémoc. No se trata, parece, de la defensa de la ciudad. Más bien de reconocer que cada uno de nosotros tiene motivos contra los mexicanos.
CUAUHTEMOC.-¡Señor!
COYOACAN.-No te exaltes; nadie habla mal de los mexicanos. Discutíamos si conviene dar todo nuestro apoyo a Moctezuma.
CUAUHTEMOC.-¿Cómo si conviene? ¿Es que se trata de conveniencia? Es la obligación de todos. Tuya, mía y de éstos. Pelearemos, si fuera necesario con piedras. No creo estar proponiéndoles un absurdo.
JEFE MILITAR.-Lo absurdo es haberte invitado. Yo expondré al menos un motivo. Sobre todo a ti, señor de Xochimilco: mi pueblo no tiene ninguna prisa en ayudar a estos mexicanos... (Cuauhtémoc se vuelve violento al señor de Coyoacán. Este lo obliga a esperar.) Llegaron hambrientos a la orilla del lago cuando nosotros ya estábamos establecidos. Luego nos dieron guerra porque nuestro mercado les despertó codicia.
CUAUHTEMOC.-(Al de Coyoacán.) ¿Tú sabías esto?
COYOACAN.-Espera.
JEFE MILITAR.-¿Es que el mexicano debe ser siempre el beneficiado? Ahora son fuertes o se lo están creyendo; pero Tlatelolco es mi pueblo y no lo arriesgaré en la matanza sin sacar de ello provecho.
CUAUHTEMOC.-(Al de Coyoacán, que trata de aquietarlo.) ¿Cómo, siendo tú mexicano, soportas tranquilo las palabras de éste?
COYOACAN.-Porque no se dirige a nosotros, sino  a Moc...
CUAUHTEMOC.-A Moctezuma, exacto. ¿Y desde cuándo el mexicano debe aceptar el insulto que un “tameme” lanza a su emperador?
 
El Jefe se levanta contra él.
 
COYOACAN.-(Interceptando.) ¡Déjame a mí! (A Cuauhtémoc.) No perderemos tiempo en convencerte. Tampoco esperábamos tanta intransigencia. Lárgate si quieres, y olvida nuestra amistad.
CUAUHTEMOC.-¡Por Dios! Que nunca he contado con ella.
COYOACAN.-Y ahora esto: No serás tú quien nos obligue a la defensa de un gobernante cuyo origen ni siquiera está, como el mío, consagrado por los dioses. Los mexicanos empezamos a cansarnos de un “emperador” de origen culhua, no mexica. ¿Y tú, cómo viene hoy a defender a quien tanto has criticado en mi presencia? Por eso contábamos contigo.
CUAUHTEMOC.-Y te equivocaste. Criticaba al hombre. Pero en estos momentos no podemos abandonar al que es por derecho es el señor de México.
COYOACAN.-No conoces las circunstancias. Nada ganaríamos apoyándole.
CUAUHTEMOC.-¿Y qué proponen, cruzarnos de brazos?
COYOACAN.-Has dicho lo que aquí se necesitaba oír. ¡Con eso recordaremos a Moctezuma sus constantes menosprecios a la clase militar!
JEFE MILITAR.-¡Yo haré que se oiga la voz humillada de Tlatelolco!
XOCHIMILCO.-Recuérdale también la pobreza de los míos.
CULUACAN.-¡O el poder de los dioses!
CUAUHTEMOC.- ¡Señores, lo que ustedes hacen se llama traición!
COYOACAN.-Y lo tuyo, necedad. (Grita.) ¡Calla, soy el jefe! Si no quieres acompañarnos, escoge tu camino y vete.
CUAUHTEMOC.-¿Lo dudas?
COYOACAN.-Llenos de lástima te veremos luchar solo.
CUAUHTEMOC.-Mientes, aún está Cacama.
COYOACAN.-Que no hará nada sin la voluntad nuestra. Tú lo sabes.
CUAUHTEMOC.-¡Pues iré con Cuitláhuac!
COYOACAN.-(A los otros.) ¿No es inocente? ¡Cuitláhuac! Ve y convéncete. El más próximo hermano de Moctezuma verá con agrado la caída de éste para tomar jerarquía.
CUAUHTEMOC.-¿Calumnias encima?
CULUACAN.-Cuitláhuac daría su apoyo a cualquiera, menos a ti.
CUAUHTEMOC.-Por fin hablas tú. También tú, lleno de magias y mentira.
CULUACAN.-Tal vez mienta, pero Cuitláhuac no ayudaría nunca a su rival en amores.
CUAUHTEMOC.-¿Rival?
CULUACAN.-Has tardado en enterarte. Persigue como tú a la hija de Moctezuma. Es una mujer lo que separa a los dos. Su lo dudas ve y habla con él.
CUAUHTEMOC.-¿Rival...?
CULUACAN.-¿Comprendes ya?
COYOACAN.-Ha perdido el ímpetu con la voz de su corazón.
CULUACAN.-¿Qué tienes? ¿Por qué no vas?
CUAUHTEMOC.-Hablaste el último, señor; pero tú mejor que otros empleas las palabras más amargas.
COYOACAN.-¿No las querías oír? ¿Acaso el camino de tu corazón se opone al de tu deber?
CUAUHTEMOC.-Yo sabré separarlos. Es la voz de mi corazón la que no debe oír.
COYOACAN.-Ve y cuéntale a Cacama. Conmueve a Cuitláhuac. (Sonríe.)
CUAUHTEMOC.-¿Señores, que historia es ésta llena de intrigas y egoísmo? ¿Cómo será nunca grande un pueblo si llegado el momento todos queremos la ventaja personal? Yo no soy mejor que ustedes, no soy casi nadie; pero al menos me da horror lo mezquino de su espíritu. (Los mira desesperado.) Lo que ustedes quieren es... ¡el asesinato de Moctezuma, la ruina de mi pueblo!
JEFE MILITAR.-¿Qué decides al fin?
CUAUHTEMOC.-(Sin oírlo.) No... no podría creer lo... no puede ser posible...
COYOACAN.-Sólo falta que llore.
CUAUHTEMOC.-¿Quieres también que me rabaje para suplicar? Atiéndeme, señor; mucho depende de nosotros y no podemos defraudarlos. ¡Digan que no, que más allá de mi exaltación los entendí mal y este ha sido una broma improvisada!
CULUACAN.-Si lo fuera no estaríamos aquí.
CUAUHTEMOC.-Señor de Xochimilco...
XOCHIMILCO.-No me lo pidas, compréndeme, yo no cuento.
CUAUHTEMOC.-Señores, se trata de México.
COYOACAN.-Se trata de Moctezuma.
CUAUHTEMOC.-Pero él es tu pueblo, es el mío.
TACUBA.-(Saliendo.) Y también el mío. Yo iré contigo. (Lo dice todo con sencillez.) No me preguntes lo que hago aquí. Nos separa el amor, pero nos juntan las circunstancias. Yo te acompaño. No hablemos del destino.
CUAUHTEMOC.-(Conmovido.) Señor, los dioses se acordarán de ti.
TACUBA.-¿Vamos?
CUAUHTEMOC.-Vamos
 
Se marchan.
 
JEFE MILITAR.-¿Qué hacía escondido?
COYOACAN.-Moctezuma lo habrá nombrado observador.
CULUACAN.-Yo me imagino por qué estaba oculto. Con eso nos ganaremos definitivamente a Cuitláhuac.
XOCHIMILCO.-Irán luego con el soplo a Moctezuma.
COYOACAN.-No pensamos nada a espaldas de él. Vamos en contra de un plan equivocado. Es todo. Se lo diremos en cuanto venga. ¡Puf! ¡Qué hedor llega hasta aquí!
JEFE MILITAR.-¿Y el de Tacuba y Cuauhtémoc juntos, no podrían...?
COYOACAN.-Esos pobres. Sólo sabrán lamentarse como dos niños. No tienen armas ni gente.
XOCHIMILCO.-Tienen entusiasmo.
CULUACAN.-¿Qué es el entusiasmo? Cuando la cólera de los dioses se manifiesta, los demás fuegos desaparecen.
JEFE MILITAR.-Señores, a mí también me ha llegado un olor a putrefacción.
XOCHIMILCO.-Será el de las cosas que aquí pasan.
CULUACAN.-O que pasarán.
 
Todos se miran.
 
XOCHIMILCO.-Temo que la pérdida de Moctezuma significa también la nuestra.
COYOACAN.-Sea. Aceptamos las cosas. Yo no hablaría de salvarme. Ya no se trata de ganar nosotros sino de...
 
Cierra sus dedos en puño y baja el brazo violentamente.
 
XOCHIMILCO.-¡Cuánto le odias!
 
Oyen pasos.
 
JEFE MILITAR.-Es él.
XOCHIMILCO.-¿Qué diremos?
CULUACAN.-Yo hablaré por todos.
 
Moctezuma se detiene un momento en lo alto de plataforma. Lo sigue el Ministro que lleva en brazos el manto del coro y la media corona del rey. Ninguno de los señores se postra. El de Xochimilco lo intenta y el de Coyoacan se lo impide.
 
MOCTEZUMA.-¿Es esta la hora, abuelo? (El viejo baja la cabeza. Moctezuma avanza.) Bien, señores, los mexicanos agradecen por mi boca la diligencia con que han acudido a esta deliberación.
JEFE MILITAR.-El aviso llegó tarde.
MOCTEZUMA.-Se les notificó de urgencia hace varias horas y ustedes llegan casi al alba.
COYOACAN.-Culpa a tu sobrino Cacama cuyas dificultades familiares lo tienen preocupado.
MOCTEZUMA.-(Gritando.) ¡Y cómo en esta hora de apuro, concede mayor importancia...! (Dominándose.) En realidad la presencia de ustedes nos colma enteramente. Aunque no veo a todos los que debieran estar. Abuelo, ¿puedes explicármelo?
XOCHIMILCO.-Yo no vengo solo. Represento al de Mixquic y a otros dos.
JEFE MILITAR.-Yo, a Cuanacotzin. Soy, además, comisionado por Tlatelolco.
MOCTEZUMA.-Vi salir al de Tacuba. ¿Acordaron algo?
CULUACAN.-Salió hace poco con Cuauhtémoc. No dijo a qué.
MOCTEZUMA.-¿Quién es Cuauhtémoc?
MINISTOS.-Un sobrino de Cuitláhuac. Tú lo distinguiste en ocasión de su comportamiento en...
MOCTEZUMA.-Ah, sí, dale todo nuestro apoyo. Necesitamos ese valor.
CULUACAN.-No te dará. Tampoco ninguno de nosotros.
MOCTEZUMA.-¿Cómo?
CULUACAN.-No es el valor lo indispensable en esta lucha.
MOCTEZUMA.-Es evidente. Pero yo sólo pido armas, hombres y alimentos. Lo demás lo pongo yo.
COYOACAN.-No será mucho entonces.
MOCTEZUMA.-Cuando la cabeza decide, el brazo debe ser ciego en la obediencia.
COYOACAN.-No pensamos lo mismo.
MOCTEZUMA.-(Mordaz.) Por supuesto que no. (Transición.) Cuitláhuac está en el cumplimiento de un mandato y espera noticias de la emboscada de Chalco. Ustedes, señores, deben haber acordado su aportación.
CULUACAN.-¡Es imposible! Señor, tengo una noticia...
MOCTEZUMA.-¡Guárdale la noticia, dime el imposible!
COYOACAN.-Te desconocemos, señor, estás violento y nervioso. ¿Dormiste mal? No te mostrabas así esta mañana.
MINISTRO.-Tú eras el escandalizado, me acuerdo.
MOCTEZUMA.-(Al Ministro.) Deja, son meras palabras. Tal vez tiene razón. Yo venía en calma; pero al entrar aquí, algo, necedad mía quizás, me removió interiormente... fue algo físico... como si olor podrido viniera en el aire.
 
Se levanta. El de Culuacan cae de rodillas.
 
CULUACAN.-Yo te lo explicaré.
MOCTEZUMA.-¡No te hinques! ¡Habla!
CULUACAN.-Niños somos en manos de los dioses.
MOCTEZUMA.-¿Ah, como era eso? ¿Otra vez la concha de tus miedos y supersticiones? ¡Dioses! ¿El mundo está lleno de dioses?
COYOACAN.-Te acordarás de tus palabras.
CULUACAN.-¡Prometiste escucharnos! He traído conmigo las pruebas de tu destino. Pídemelas, y loco estarás si luego no reflexionas. Ellas te dirán por qué la defensa de los mexicanos es inútil, y nuestra resignación la única arma para obtener perdón.
MOCTEZUMA.-Pero... ¡necio!
MINISTRO.-Tienen derecho, hijo. Solicita esas pruebas.
MOCTEZUMA.-¡Habla de resignación! ¡No la tendría un niño!
CULUACAN.-Pregúntame dónde están, que son materiales y nuevas. Ni siquiera los señores aquí presentes, que alegaban otros motivos, sospechan la magnitud de su respuesta.
MOCTEZUMA.- Estás comprometiendo tu vida.
CULUACAN.- La estoy defendiendo conta la tuya. No voy lejos, espera.
 
Toma el bulto enmantelado. De ahí un espejo que tiende a Moctezuma.
 
MOCTEZUMA.- (Tomándolo) Bueno, es un espejo. Mejor trabajado y pulido que los nuestros.
CULUACAN.- ¿ No ves nada en él? Es raro. Quien me lo trajo, dijo: Es espejo de Quetalcóatl. Haz que Moctezuma se mire en él los ojos.
 
Moctezuma los fija en el espejo.
 
MOCTEZUMA.- La muerte. ¿ Y qué importa la muerte?
COYOACAN.- ( Desilusionado) ¿ Eso es todo? Ya veo tu necedad.
MOCTEZUMA.- En Tenochtitlan la muerte no significa nada. La glorificamos todos los días.
 
Deja con desprecio el espejo en manos del otro.
 
JEFE MILITAR.- No vale mucho tu vida, señor de Culuacan.
MOCTEZUMA.- ¿ Cuáles son las otras? Decías tener tres pruebas.
 
El de Culuacan saca del envoltorio un crucifijo. Un Cristo agónico ferozmente clavado en la madera, purulento de sangre y dolor. Una ola de perplejidad los conmueva a todos.
 
MOCTEZUMA.-(Desconcertado)¿ Qué es?
CULUACAN.- Es su Dios. Es una forma de violencia que tú desconoces.
XOCHIMILCO.- ¿ Qué tiene?
COYOACAN.- ¡ Lo han despedazado!
CULUACAN.- ¡Torturado!
MINISTRO.- ¿ Algunos enemigos de ellos?
CULUACAN.- Han sido ellos mismos.
MINISTRO.- ¿ A su Dios?
CULUACAN.- Mira esas manos estranguladas por los clavos, y la cara y las costillas llenas de sangre. Le encajaron púas en la cabeza y le lloran los ojos.
XOCHIMILCO.- Está muerto...(Lentamente) es...horrible.
MINISTRO.- Libéralo, desclávalo...Tal vez sepa mostrarse agradecido.
CULUACAN.- (A Moctezuma) Un Dios torturado es terrible en sus juicios y deben ser terribles sus venganzas. Nosotros no queremos nada con ellos. Sólo de verlo, nuestros dioses han envejecido.
JEFE MILITAR.- ¿ Así lo crees? Yo no. Se mira débil y Huitzilopochtli, en cambio, es vigoroso, fuerte y mucho más terrible en su apariencia.
MINISTRO.- Pero no lo hemos torturado. Es feliz. ( A Moctezuma) Señor, la cólera de un Dios resentido no la pueden calcular los hombres.
MOCTEZUMA.- Llévatelo. Me ha sido desagradable.
MINISTRO.- No. ( A Moctezuma) Hijo mío, veo por primera en tus ojos la humillación de tu orgullo. Nadie sabe lo que la llegada de este Dios puede traernos, pero yo doy gracias a su presencia cuando por ella, tu corazón, al fin, se abre al verdadero temor de los infinitos poderes. (El de Culuacan envuelve al Cristo y lo deposita cuidadosamente) Vayamos al templo y pidamos a los nuestros el conjuro de este peligro. En la lucha de los dioses las armas son inútiles. Sólo ellos pueden salvarnos. ¿ No te conmueves aún?
MOCTEZUMA.- Me quitas tiempo, Ministro.
COYOACAN.- (Sin mofa) ¿ Todavía hablas de tu tiempo, señor?
CULUACAN.- No, tú no te rindes aún; ¿no es cierto, Moctezuma? Pero dos pruebas suponen una tercera.
XOCHIMILCO.- Renunciemos a ella. Nos hará daño.
MINISTRO.- Trae esa última.
MOCTEZUMA.- No
MINISTRO.- Trae, te digo.
MOCTEZUMA.- Deja en paz las cosas...Abuelo, discutamos nuestro asunto.
COYOACAN.- (Con sincero asombro) ¿Cómo? ¿ Quieres ir todavía en contra? Yo soy militar y no tan obstinado.
JEFE MILITAR.- Te habla el corazón.
MOCTEZUMA.- (Titubeante) Algo debe intentarse...
 
El ministro anima con una seña al de Culuacan.
 
CULUACAN.- ¿ Te acuerdas de los regalos a Cortés? Había entre ellos una favorita, una hermosa mujer, Mixteca, que le enviaste.
MOCTEZUMA.- Nada tienes que ver con ella.
Culuacan.- ¿No? Tú verás si no.
MOCTEZUMA.- Padre...
MINISTRO.- Sigue.                                                                  
CULUACAN.- Tú no sabes quién es Cortés. Cortés es un dios que sabe también destruir la belleza, pudriéndola. ¡Mazehual! ¿Dudas que sea un dios?
Entra el Mazehual casi cargando a una mujer que lleva el rostro cubierto con una manta y los pies y las manos entrapajados) Maneja armas extrañas para nosotros. No te diré todas porque sentiría vergüenza...Pero ésta se llama viruela. (La descubre) Sólo un dios vengativo pudo ser capaz de poner esta masa de pus y gusanos en la hermosura de una mujer.
MOCTEZUMA.- (Con angustia) No es ella. ¿Cómo puede ser ella?
MIXTECA.- Yo era, señor.
CULUACAN.- Es su voz...
MOCTEZUMA.- (Aniquilado) Tú...
MIXTECA.- Ay, no me mires, señor.
 
La cubren.
 
MOCTEZUMA.- Mixteca...
 
Cae de rodillas ocultando el rostro en las manos. El Mazehual se retira con la mujer y el Cristo. El Ministro mira con dolor la postración del rey.
 
MINISTRO.- Señores, salgamos de aquí. Reverenciemos a los Dioses.
CULUACAN.- (A Moctezuma) ¿Aceptas entonces que lo son? ¿ Crees ahora en ellos? ¿En su poder?
MOCTEZUMA.- (Ininteligiblemente) Sí.
MINISTRO.- Debemos ir. (Yéndose todos) Cortés es un Dios...Cortés es un Dios. Es...
 
Moctezuma queda solo.
 
MOCTEZUMA.- Cortés...Cortés...(Se levanta desfallecido, la voluntad rota) Nuestra historia es una historia de traiciones y venganzas...(Cae tembloroso en el asiento. Se toca la garganta) Una dureza aquí y vacío el corazón para tener sentido. Dioses...El mundo está lleno de Dioses. Moctezuma, ¿dónde vivirán, cómo si no es en su sitio y su lugar? Y así nos avientan de un lado a otro como pequeñas cosas estupefactas...(Aprieta sus dientes en el puño de la mano) Oh, sí...Y el poder de todas nuestras fuerzas que un día nos recrearon animándonos, es sólo un poco del reflejo de Ellos. Sólo venimos a soñar y prestada es la salud y la belleza, pasajeras cosas intangibles...(Niega su pensamiento con la cabeza) Atrás están ellos, ávidos, acechando con ojo inmóvil nuestro desmoronamiento...qué diligentes, implacables son para escoger el momento de nuestra mayor desgracia. (Se mira las palmas) ¡Dioses! Sólo falta mirarlos en mis manos...(Los dos enanos surgen de la sombra: grotescos y desnudos y sonrientes y humildes, van a descansar sus cabezas en las rodillas de él) ¡Oh, los pobres! Tristes y tibios como perros...(Los acaricia levemente) Enanos absurdos, mudos y absurdos. ¡Yo daría mucho por tener un momento el derecho de Dios! No pensar...no hablar...¿ A quién sonríen, a mí? (Sonriente) ¡ Largo de mis rodillas! ¿ Qué piden ahora mis hijos? ¿ Cuentas? ¿ Collares? ¿Juegos? Ah, no está su señor para juegos...tampoco se los permitirían..Yo conocí a un pobre hombre que gritaba de noche, sonriendo, y le sorprendía la mañana siempre lejana, con los labios torcidos sobre la risa. (Lanza una sonrisa corta, tasajeada en la garganta. Uno de los Enanos tira de su manga y le ofrece algo humildemente) ¿ Qué es, hijo? ¡Mira! ¿ Un gusanito muerto? Ah, quieres llegar a profeta...¿ Y cómo? ¿ No ves tú que yo no soy siquiera un pequeño gusano? El gran Moctezuma...Los grandes se derrumban con estruendo...aquí...aquí...(Se toca el pecho) Aquí se rompía mi corazón y ahora está libre. (Transición risueña)¡ Ea, tontos! Esta fiesta se acaba y es el gran señor quien los invita. ¡ Sentados! (Ellos obedecen) Ahora diremos el acertijo del destino: ¡ qué cosa y cosa que viene en el aire y nos clava los dientes? (Pausa. Con tristeza luego) Enanos, yo lo sé...(De pronto con dureza) Toquen la tierra para oírlo...¡ En tierra! (Los enanos quedan en cuatro patas) ¡...ante el poder! ¿ Quieren una sonaja para bailar? Ta, ta, ta, ta...(A gatas frente al rey, los enanos levantan una y otra vez las patas traseras. De pronto no obedecen más. Se hacen bolita y besan, llorando, los pies de Moctezuma) ¿ Cómo, lágrimas? ¿ Y por qué lágrimas? (Se levanta y los enanos también) El hombre debe abandonar un día lo que le fue prestado: los Dioses no esperan...y pronto llegan a recuperarlo. (Transición) ¡Las antorchas para alumbrarme la cara, pero ya! (Van por las antorchas) ¡De prisa! ¡Alas en los pies!... Hay demasiada oscuridad en torno a un hombre solo. Demasiado silencio. ( Los enanos alumbran) Cerca de mí, más, un poco más...Ahora pequeños que se mueven atrás de una chispa... (Se abate desesperado) ¡Oh, Moctezuma! ¿ Quién  te ayudara? ¡Perdóname, señor, ayúdame! Ha caído ya el hombre dentro de mí. Necio he sido y mis errores imponderables...es que no sabía, no sabía...Ayúdame, ayúdame...(En el silencio se oye el tema del Coro. Las Ancianas avanzan) Ah, ustedes...
ANCIANA 3ª.- Te hemos oído, señor.
MOCTEZUMA.- No quiero ver el día.
ANCIANA 2ª.- Eso dice el hombre, pero no el rey.
ANCIANA 1ª.- ¿ Sabes ir a Cicalco, a la cueva de la abuela?
MOCTEZUMA.- ¿Huémac? Bendita seas por el ofrecimiento. ¡Huémac!
ANCIANA 2ª.- No te recibiremos en Cicalco.
MOCTEZUMA.- Es el hombre quien maneja su voluntad. Di a tu señor Huémac que Moctezuma lo necesita.
ANCIANA 3ª.- ¡Quiere morir por él mismo!
ANCIANA 2ª.- Tú lo verás que no. Nadie principia su dar y tomar.
ANCIANA 1ª.- Ni siquiera lleva puesto nuestro manto de plumas.
MOCTEZUMA.- (En soliloquio)...Una mejor penitencia para las protestas.
Anciana 2º.- No podrás, Moctezuma. Yo te digo que no te recibirá el Huémac. Es necesario esperar.
MOCTEZUMA.- (Llamando) ¡Enanos!
ANCIANA 2ª.- (Avanza) Esperar...
MOCTEZUMA.- No. Yo sé lo que le debo al rey. (A los enanos) ¡Las antorchas aquí!
 
Uno de los enanos obedece. El otro corre hacia el pórtico. Moctezuma se dirige rápidamente al nicho de piedra y saca un cuchillo de obsidiana. Las Ancianas 1ª y 3ª dan un paso adelante y elevan sus brazos agitando los cascabeles de sus brazaletes. El contempla el cuchillo.
ANCIANA 1ª.- ¿ No temes tu propia sangre? ¡Pínchate en tu muslo!
ANCIANA 3ª.- De las cuatro hay una. ¡Huémac es la muerte!
 
Moctezuma tiende a ellas la hoja. Las Ancianas 1ª y 3ª vuelven la cara cubriéndose luego con máscaras de querubines. La 2ª se adelanta sin máscara.
 
ANCIANA 2ª.- Sólo venimos a soñar...
¡No es verdad que venimos a vivir en la tierra!
En yerba de primavera venimos a convertirnos...
Es una flor nuestro cuerpo.
Da algunas flores ...y se seca...
 
Al terminar se pone, a su vez, la máscara. Mientras ella habla, Moctezuma cae postrado con una rodilla en tierra; el rey de Tacuba aparece en el pórtico precedido por el Enano que aún mantiene encendida su antorcha y le muestra la escena. El de Tacuba va hacia Moctezuma. El Enano se coloca junto a su compañero. Las Ancianas, los Enanos con antorchas y la postración de Moctezuma animan de nuevo el cuadro del prólogo.
 
MOCTEZUMA.- Así sea. (Se pincha ligeramente el muslo)Dolor. ¿ Esto es dolor? (Oprime el cuchillo y lo dirige a su pecho)
TACUBA.- (Acercándose) ¡Señor!
 
Moctezuma no lo oyó siquiera.
 
MOCTEZUMA.- Huémac...
TACUBA.- (Con doloroso asombro) ¡Eres tú, señor!
MOCTEZUMA.- (Aún ensimismado) Yo soy...
 
El de Tacuba da su escudo a los Enanos que se retiran definitivamente dejando el escudo en el suelo y colocadas las antorchas. Las Ancianas retroceden hacia el fondo. Empieza a amanecer.
 
TACUBA.- (Con amargo reproche) ¿ Y eres tú?
 
El otro reacciona con molestia y vergüenza.
 
MOCTEZUMA.- ¿ Qué me quieres? Vete de aquí.
TACUBA.- (Conmocionado) ¡Señor mío. Moctezuma...!
MOCTEZUMA.-  Vete de aquí. (Levantándose con rapidez y tragando desesperación y lágrimas. Sin mirarlo.)Vete de aquí.
 
Abre sus dedos y deja caer el cuchillo. Se lleva una mano a los ojos y estalla en sollozos.
 
TACUBA.-  (Postrándose)Perdóname...Yo no soy nadie.
MOCTEZUMA.- Lo siento mucho.
TACUBA.- Señor.
MOCTEZUMA.- Lo siento.
TACUBA.- Toma ese cuchillo y mátame si luego has de avergonzarte por lo que yo te he visto.
MOCTEZUMA. Ya lo has visto. Levántate.
TACUBA.- (En pie) Señor, ¿ por qué desesperas?
MOCTEZUMA.- Nunca he tenido esperanzas. No fue eso.
TACUBA.- Dudaste.
MOCTEZUMA.- No dudo. Creo. La convicción tiene sus consecuencias.
TACUBA.- No se repetirá. Yo te conozco. Cuando sepas...
MOCTEZUMA.- No me interesa lo que sabes. Déjame.
TACUBA.- (Desesperado) ¡Cuando sepas lo que hacen ellos!
MOCTEZUMA.- (Fastidiado) ¿ Otra vez?
TACUBA.- Otra vez, señor. Siempre otra vez. Afuera están aguardando tus palabras y tú acallas tu corazón y te derrumbas. No me desilusiones abandonando lo que debemos defender.
MOCTEZUMA.- Lo que debemos defender ha llegado a su término.
TACUBA.- ¡ Decirlo es fácil! Pero yo sé una palabra que cambiará tu pensamiento: Cortés.
 
Moctezuma lanza una queja de animal herido.
 
MOCTEZUMA.- ¡Ah! ¡Tú también me precipitas! ¿Qué quieren más de mí?
TACUBA.- Que no nos abandones...Atrás de ti estamos muchos. Yo no puedo soportar que una persona de tu valor se haga este daño.
MOCTERZUMA.- Tú estás fuera de él.
TACUBA.- ¿ Y tú? ¿Acaso eres cualquiera? Eres tú quien debe levantarse contra esos señores que te odian.
MOCTEZUMA.- Se cansarán del odio.
TACUBA.- ¡Y que te traicionan!
MOCTEZUMA.- Ni siquiera de eso son capaces.
TACUBA.- Lo que ellos quieren es entregarte a ti, humillarte a ti. No permitas que hagan esa burla de tu persona. Ve y confúndelos con tu voz, llámalos. Están en el patio de lo que todavía es tu casa. Ven luego conmigo y verás el desorden de la ciudad. Con la salida del sol ha crecido el pánico.
MOCTEZUMA.- ¡ El sol! (Pausa y movimiento) El sol...
TACUBA.- Señor, el día corre. (Lo apremia la inquietud)
 
Entra Tecuixpo.
 
TECUIXPO.- Padre...perdóname...Los sirvientes no quieren obedecer y un esclavo ha contestado groseramente a las palabras de mi madre. ¿ Qué sucede hoy en todas partes?
 
Se acerca a su padre.
 
MOCTEZUMA.- Tecuixpo, niña mía...
 
Llega Teizalco con el niño Axayácatl.
 
TEIZALCO.- Señor.
MOCTEZUMA.- Mujer.
TEIZALCO.- (Señalando al niño) Lo traje conmigo . No puedo entenderlo o no me atrevo.
MOCTEZUMA.- (A su hijo, sonriendo) Acércate, Axa.
 
El niño corre hacia él.                        
 
EL NIÑO.- Padre, el tío Cuitláhuac y otros señores...
MOCTEZUMA.- (Estrechándolo) Calla.
TEPUIXPO.- Oh...¿Qué es lo que nos pasa?
 
El de Tacuba se junta a ella. Moctezuma busca palabras para responder.
TEIZALCO.- Esposo, fortaléceme...
 
Entra de prisa el Ministro.
 
MINISTRO.- Señor mío, Moctezuma. La voluntad de nuestros dioses es sombría, y contraria a tu poder y a tu gobierno. Lo que te venga no será bueno.
MOCTEZUMA.- Esposa, Cihuacóatl. (A su mujer) Teizalco, toma estos niños y cuídalos. Las cosas no deben alcanzarlos a ellos. Y tú, Ministro, si luego yo faltare, préstales tu consejo y apoyo.
 
Tecuixpo y el Niño se estrechan a él.
 
TECUIXPO.- No te dejaré, padre. No me lo pidas.
NIÑO.- Pa.
TEIZALCO.- Déjanos a tu lado.
MOCTEZUMA.- Mujer, cumple tu deber. Llévatelos.
 
Tecuixpo y el Niño salen.
 
TEIZALCO.- ¿ Qué soy para consolarte?
MOCTEZUMA.- ( Tomándole la mano) Ya me has consolado. Anda, ve con ellos.
 
La madre se retira.
 
MOCTEZUMA.- No hagas el adiós más triste con tu actitud, Ministro.
MINISTRO.- Creí conocer el dolor, y no era todo.
MOCTEZUMA.- Pronto se consumirá también...como esto.
 
Alguien ríe al fondo.
 
MOCTEZUMA.- ¿ Quién tiene tan buen humor?...¿ El pueblo?
TACUBA.- (Reconociéndola)  Es la risa de Cuitlahuac.
MOCTEZUMA.- Ah, sí...(Transición) ¿ De Cuitlahuac? Ha vuelto Cuitlahuac.
MINISTRO.- La emboscada de Chalco fue un fracaso. Los extranjeros están ya en camino de Ixtapalapa.
 
Pausa. Otra vez la risa.
 
MOCTEZUMA.- (Reflexionando) Nunca entendí a Cuitláhuac, abuelo. ¿También él?
TACUBA.- No sé si también él; pero sí que son los otros. No me preguntes cómo...pero yo los he oído aquí mismo, hace un momento, quejándose de ti y agrupándose para perderte. Uno de tus guerreros ha ido a investigar sus pasos.
 
La risa de Cuitláhuac llega al fin coreada por otras.
 
MOCTEZUMA.- Es suficiente...(Reacciona) ¡Ya era suficiente! Padre, con esa risa de Cuitláhuac estoy de nuevo en mis terrenos. ¡Obraremos en consecuencia contra la petulancia de los ingratos! Dioses, Cuitláhuac...engaños...¿ Cómo pude haberles creído?
MINISTRO.- Acuérdate Que los Dioses saben perdonar.
MOCTEZUMA.- No hablaba de perdones. Simplemente acepto lo inevitable.
TACUBA.- (Con firme esperanza) ¡Señor!
MOCTEZUMA.- (A él) Tenías razón. Esto se acaba.
MINISTRO.- Pero no tu orgullo.
MOCTEZUMA.- A un señor no le queda otro camino.
MINISTRO.- Así sea. Yo sólo espero la catástrofe.
MOCTEZUMA.- La catástrofe..el fin...(Con rabia) ¡Pero no como ellos quieren! Ministro, si la lucha es contra los dioses, nos aliaremos a los Dioses. Pronto Moctezuma enseñará a esos militares cómo se porta un señor. ( Al de Tacuba) Llámalos. No les adviertas nada, llámalos. (El joven obedece rápido y feliz) Y tú, viejo triste, vísteme con atildamiento. Ellos acuden al hombre, y aquí los espera el Emperador. Ponme esa corona.
MINISTRO.- Te queda un soplo de vida y lo desperdicias en el escarnio.
MOCTEZUMA.- No me juzgues. Estoy más allá de ti.
MINISTRO.- Se explica entonces que nunca te haya comprendido. Venimos, parece, en tiempos distintos. No era el tuyo todavía.
MOCTEZUMA.- Sí, no era mi tiempo todavía.
MINISTRO.- Y cuando un hombre está fuera de su tiempo los Dioses lo destruyen. (Llevando la corona) Abre tus manos y recíbela. No serán las mías las que te apoyen en tu soberbia.
MOCTEZUMA.- (Tomando la corona) Si yo soy el objeto a destruir, que se me destruya, pues. (Contemplándola) Pero con esto: el poder. (Se corona a sí mismo. El Ministro se inclina ante la majestad) Obligaré a esos señores a pactar con...tus Dioses blancos. Si no puedo convencerlos, lo que venga vendrá. Ahora el manto. (El viejo no se mueve) ¡Obedéceme!
MINISTRO.- (Lleno de compasión y levantándose) Hijo mío, deseo que Cortés sepa entender tu amistad. Dicen que es un grande y noble señor.
MOCTEZUMA.- ¿ Ya no lo crees un Dios?
 
El Ministro le vuelve la espalda y toma el manto de plumas. El Coro avanza.
 
ANCIANA 1ª.- (Suplicante) No se lo pongas.
ANCIANA 2ª.- ( Triste) ¿ Por qué no? Ha terminado nuestro trabajo. Acábalo tú, Ministro.
 
El viejo duda. Deja el manto donde estaba e inicia su retirada.
 
MOCTEZUMA.- ¿ A dónde vas?
MINISTRO.- A rogar por ti a quien se debe. Quiero echar fuera la tristeza. Permíteme ir.
MOCTEZUMA.- Ponme ese manto, luego irás.
 
El Ministro le pone el manto mientras el Coro habla.
 
ANCIANA 3ª.- ¡Ay, dolor, que la ira y la indignación han descendido este día sobre nosotros!
 
El coro queda al fondo.
 
MOCTEZUMA.- (Acariciando el manto) ¡Qué suave es...y qué terso!
 
Llegan los señores de Coyoacán, Culuacan y Xochimilco; también el Jefe Militar de Tlaltelolco. Al ver coronado a Moctezuma, se humillan reverentes.
 
MOCTEZUMA.- ¡ De pie, señores, no nos debemos nada, ni siquiera la dignidad!
JEFE MILITAR.- (Al ministro) ¿ A eso fuimos llamados, abuelo?
MINISTRO.- ( A Moctezuma) Usaré tu consentimiento, señor.
 
Se retira el Ministro.
 
CULUACAN.- (A Moctezuma) Di lo que nos quieres.
JEFE MILITAR.- (Con sorna) ¿ Se te ocurrió algo nuevo?
COYOACAN.- De cualquier modo no podemos hacer nada...por ti.
MOCTEZUMA.- ¿ Y quién lo ha pedido?
COYOACAN.- Bien, bien. No lo dije con mala intención. Perdóname si te he ofendido.
MOCTEZUMA.-Tú, (lentamente, irónico) Tú no me puedes ofender a mí.
CULUACAN.- Explica lo que deseas. Tenemos quehacer.
MOCTEZUMA.- El quehacer lo tengo yo. La obediencia ustedes, que están obligados moral y militarmente al pueblo mexicano. ¡Estoy hablando yo, señor de Coyoacán! Presiento y sé que esos extranjeros no buscan la paz, por eso me preocupa la defensa.
COYOACAN.-¿ Tienes miedo?
MOCTEZUMA.- Me importan poco las intenciones de Cortés. Lo importante es que nos encuentre unidos; no tiene por qué enterarse de nuestros odios y diferencias.
 
Llega el de Tacuba con un Guerrero.
 
TACUBA.- ¡No confíes en ellos! ¡Están enfrente de la traición!
GUERRERO.- ¡ Cortés no quiere la paz! En el camino se ha puesto de acuerdo con Ixtlixóchitl asegurándole la corona de Tezcoco.
Moctezuma resiente el golpe. Mira al de Tacuba. Empiezan a oírse pasos rápidos al fondo.
 
TACUBA.- Es cierto, tío.
MOCTEZUMA.- ( Sobreponiéndose) Es natural, no sabe, no entiende. Si Cortés busca la alianza de un traidor y de un vasallo es porque no conoce todavía al Señor.
COYOACAN.- ¿ Quién es aquí el señor?
 
Moctezuma da un paso hacia él. El Guerrero se interpone aunque con respeto y habla vehementemente.
 
TACUBA.- (Al de Coyoacán) Te pesará.
COYOACAN.- ¿ A mí?
MOCTEZUMA. ¡ A ti!
GUERRERO.- Cortés viene escoltado por un hermano de Ixtlixóchitl que le ha prometido la alianza con Mixquic y Xochimilco, y estos señores aquí presentes, de Culucan y Coyoacán, han negociado por su cuenta y pactado con él, asegurándole la adhesión de todos los pueblos del valle, y han dado quejas de ti, y Cortés viene en contra.
TACUBA.- ¡Por eso hablé de traición!
MOCTEZUMA.- ( Se vuelve a ellos) ¡ Señores...!
COYOACAN.- (Altaneramente) Yo mismo quería confesártelo, es cierto. No pienses tampoco en Cuitláhuac ni en Cacama; también ellos han salido a recibirlo. ¿ Qué dices a eso?
MOCTEZUMA.- ¡Yo te lo contestaré! ¡Yo se lo contestaré también a Cortés! Si han fallado unas armas sabré como encontrar otras. Que venga, pues, Cortés. Que entre, se le recibirá. Son ustedes los que me obligan a dar ese paso. Cargo conmigo la responsabilidad ante los demás. ¡ Pero ahora, fuera!
XOCHIMILCO.- ¡ Señor, perdóname...!
MOCTEZUMA.- ¡ Fuera, he dicho! ¡ Vayan y confirmen su amistad con él! ¡ Yo lo mando! ¡ Vamos, fuera!
 
Los señores salen en tropel confundiendo sus pasos a los que se oyen por todas partes de la casa.
 
GUERRERO.- En la calle te aguardan los esclavos y la gente. ¿ No vienes a recibirlos? (El barullo crece. El Guerrero se contagia del frenesí) ¡ Es Cortés señor! ¡ Cortés, Cortés...!
 
Y escapa corriendo. Moctezuma tiene un momento de ofuscación desesperada. Contempla las cosas en torno sin mirarlas. Aparecen las Ancianas del Coro en actitud de sumo dolor. Moctezuma da unos pasos y llama.
 
MOCTEZUMA.-¡ Cuitláhuac! ¡ Cacama!
 
Se hace de pronto un profundo silencio.
 
TACUBA.- Señor, nos han dejado solos.
MOCTEZUMA.- A ti, no...a mí...(Pausa) Cómo pesa el silencio...¿ Por qué hay silencio?
ANCIANA 2ª.- Es el fin, Señor. Hemos llegado.
ANCIANA 3ª.- ¡Ay, de nosotros!
ANCIANA 2ª.- Morir...morir.
 
Son como lamentos ininteligibles dichos al mismo tiempo. Caen de rodillas ante Moctezuma y van cubriéndose la cara con sus mantas.
 
TACUBA.- ¿ De qué silencio hablas? ¿ No oyes?
 
De nuevo se presenta el ruido exterior. A los pasos, carreras y gritos, se suma una música española que se aproxima. Todo se funde entre golpes de huéhuetl, teponaxtles y víboras de flautas. Las Ancianas del Coro se abaten en el suelo, mudas de espanto y tristeza, mientas la voz de Moctezuma sube.
 
MOCTEZUMA.- Ahora te toca a ti Cortés...Tú ganas porque te acompañan la traición y los gritos...pero la fuerza de mi silencio ha de pasar el ruido de las cosas...¡Tú ganarás, pero yo lucharé contra ti a mi manera, hasta el fin, hasta que el polvo de los días nos agigante! (Al de Tacuba) ¡Salgamos, señor, es la hora! (El joven obedece. Moctezuma se detiene un instante) ¡Más allá de todo esto vendrá el nombre de Moctezuma a chocar contra el oído de los bárbaros!
 
Sale.
 
 
TELON FINAL

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