La calle de la gran ocasión. Luisa Josefina Hernández. El poeta y Filomena

La calle de la gran ocasión

El poeta y Filomena*

De Luisa Josefina Hernández Lavalle


Personajes:
Poeta: hombre culto y afectado.
Filomena: empleada doméstica alegre y sincera.

La acción en la sala de una casa acomodada de alguna ciudad de la República Mexicana. Por la mañana. El Poeta está sentado en un sillón y Filomena se esfuerza en trapear el piso a pesar de la conversación que ni le va ni le viene, al menos al principio.

Poeta.— (Levanta uno de sus pies) No sabes lo extraordinario que es ser poeta. Hay una doble vista que hace accesible la realidad desde diversos ángulos y que luego busca expresión en frases de ecos universales.
Filomena.— Ahora levante usted el otro pie para que yo pueda acabar de trapear.
Poeta.— (Afectadamente) Luego, el momento de la inspiración: cuando el mundo es transparente y se presenta en todas sus maravillas y el poeta se olvida de todo; de sí mismo, de su pobreza, de sus necesidades.
Filomena.— (Burlona) ¿Cada cuando le sucede eso?
Poeta.— (Sin darse por aludido)A menudo. Casi todos los días.
Filomena.— Puede ser que se olvide de muchas cosas, pero nunca se le olvida venir a comer a esta casa, y conste que nadie lo invita. Si no está el señor se queda usted esperándolo tres o cuatro horas.
Poeta.— No son horas perdidas. Medito, encuentro alguna rima difícil, pienso...
Filomena.(Detiene su labor y lo encara, con desenfado) Conversa usted conmigo...
Poeta.— El poeta es un hombre como todos, más comprensivo que ninguno. (Conquistador) Dicen que es el mejor amante.
Filomena.— (Trapea justo debajo del sillón donde está sentado)) ¿Quienes dicen?
Poeta.— Las grandes, las fascinantes mujeres que los poetas han amado e inmortalizado.
Filomena.— Baje los dos pies, que se va a cansar.
Poeta.— ¿Ves? Así somos los poetas, pisamos la realidad sin rozarla siquiera.
Filomena.— ¿De qué viven los poetas?
Poeta.— De alimentos breves. El mundo los comprende y los protege.
Filomena.(Con interés) ¿Hay mujeres poetas?
Poeta.(Evasivo) Sí, algunas.
Filomena.— Y ¿también ellas hacen para los hombres versos que duran siempre?
Poeta.— Se ha dado el caso.
Filomena.— Perdone usted que lo moleste con tanta pregunta, pero quisiera saber otra cosa: si por ejemplo usted, digo por ejemplo, recibiera un verso mío, un verso de amores, ¿qué haría?
Poeta.— (Súbitamente apasionado) ¿Qué dices, creatura maravillosa? Filomena, si tú me mandaras no un verso, un recado cualquiera, yo caería a tus plantas. Filomena... no me mires con ese asombro. No tienes idea del derroche de hermosura con que la naturaleza te ha favorecido. Filomena... eres una reina. Deja que te bese las manos.
Filomena.— (Escandalizada) Si no me deja las manos, le voy a dar un trapazo que le va a quitar lo atrevido para toda su vida. ¡Cómo se le ocurre!
Poeta.— No seas cruel, Filomena, vida mía. No juegues con mis sentimientos. ¿No has caído en la cuenta de que mi presencia en esta casa no tiene otro motivo que lo que siento por ti?
Filomena.— (Sin rodeos) Me doy cuenta de que viene a comer sin que le cueste y ahora quiere mujer sin que le cueste.
Poeta.— No reciba con vulgaridad estas palabras que nacen de lo más íntegro de mi alma. Además... tú las provocaste.
Filomena.— Yo nada más le hice una pregunta y usted me contestó una serie de cosas que no tenían que ver. Yo lo único que quería saber es si una mujer puede mandarle un verso a un hombre.
Poeta.— (Ofendido) Bueno. No me humillo más y te contesto. Puede mandarle todos los versos que quiera.
Filomena.— ¿Y a él... ¿le gustaría eso?
Poeta.— Seguramente.
Filomena.— ...
Poeta.— ¿Qué te pasa? Ya estás arrepentida de haberme rechazado, ¿verdad?
Filomena.— (Con frescura) No. Ya ni me acordaba de eso.
Poeta.— (Intrigado) ¿Qué te sucede entonces?
Filomena.— Que no sé hacer versos.
Poeta.— Ah, quieres aprender a hacer versos. Pues yo encantado de enseñarte. ¿Cuándo quieres que te dé la primera lección?
Filomena.— No tengo tiempo de aprender. Mire, francamente, lo que yo quiero es que usted me haga un verso.
Poeta.— ¿Para qué?
Filomena.— Para dárselo a un señor que es chofer y que vive en el sótano de la panadería.
Poeta.— (Indignado) La abyección no tiene límites. No hago el verso.
Filomena.— (Manipuladora) Será porque no puede. Ya me imaginaba que usted es uno de eso que mucho hablan y luego no dan una.
Poeta. Eso sí que no lo permito. Voy a darle una prueba de mi talento. ¿Qué quiere usted que diga el verso?
Filomena.— Pues que yo, cuando voy a comprar el pan para el desayuno lo veo por la ventanita enrejada que está a la altura de la calle: que me he fijado que se peina con mucho cuidado y ojalá que no tenga novia. Que a veces cuando me acuerdo de él se me olvida todo y me regaña el señor y hasta me ha dicho estúpida. Que cuando me despierto y veo mis zapatos juntos al pie de la cama se me hace que se sienten muy solos y que me gustaría que allí estuvieran los suyos para hacerles compañía. Que yo me llamo Filomena y que ya sé que él se llama Carlos y que su nombre es muy bonito...
Poeta.— Muy bien, cuenta con el poema. Ya casi lo tienes hecho.
Filomena.— Bueno. Pues muchas gracias, Aquí tiene.
Poeta.— (Sorprendido) ¿Qué es esto?
Filomena.— Tres pesos. Hay un señor en el mercado que los hace a peso, pero yo creo que el suyo va a salir más a mi gusto.
Poeta.— (irónico) Te agradezco el elogio y lo acepto. Pero ten una cosa presente. Un poema no tiene precio, con él pueden lograse las cosas más inalcanzables.
Filomena.— (Con picardía) ¡Así lo espero!

*En esta breve obra se han agregado acotaciones, por razones didácticas.


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