El descenso del Monte Morgan Arthur Miller













El descenso del Monte Morgan

Arthur Miller

Personajes
Lyman
Enfermera
Theo
Bessie
Leah
Tom



ACTO PRIMERO

ESCENA PRIMERA
Lyman Felt duerme en una cama de hospital. La enfermera Logan lee una revista a unos metros. Él, profundamente dormido, ronca de vez en cuando.

lyman (los ojos todavía cerrados): Gracias, muchas gracias a todos. Siéntense, por favor. (La enfer­mera se vuelve y lo mira.) Esta tarde tenemos mucho material... no material... sí, material... que abordar, así que, si son tan amables, tomen asiento y crucen las piernas. No, no... (Ríe débil­mente.) No crucen las piernas; basta con que to­men asiento...
enfermera: Señor Felt, ha pasado por el quirófano. Debería descansar... ¿O está grogui?
lyman (duerme por un momento, ronca, y después): Hoy me gustaría que considerasen el seguro de vida desde una perspectiva distinta. Quiero que imaginen el sistema económico en su conjunto como una teta gigante. (La enfermera se ríe entre dientes.) Así pues, la misión del individuo consis­te en conseguir un buen sitio en la cola para dar una chupada. De donde, dicho sea de paso, viene la expresión «chupar del bote». (Ella ríe más fuer­te.) O... o no.
enfermera: Mire, después de tantas operaciones más vale que se tranquilice.
lyman (abre los ojos): ¿Es usted negra?
enfermera: Eso me han dicho siempre.
lyman: Magnífico. Tengo un curso de formación es­tupendo para ustedes, el mejor del sector, y antes puedo ofrecerles también otro de introducción a las ventas. Ahora no hay elecciones, ¿no? ¿Eisenhower o algo así?
enfermera: Es diciembre. Y Eisenhower lleva mu­cho, mucho tiempo muerto.
lyman: Eisenhower... muerto. (Mira confuso a su al­rededor.) Oh, sí, claro... ¿Por qué no puedo mo­verme si puede saberse?
enfermera (vuelve a su silla): Está enyesado de pies a cabeza, se ha roto un montón de huesos.
lyman: ¿Quién?
enfermera: Usted. Destrozó su coche en un acciden­te. Dicen que bajó el monte Morgan esquiando en un Porsche.

(Ella se ríe. Él entorna los ojos, intentando orientarse.)

lyman: ¿Dónde...? ¿Dónde estoy?
enfermera: En el Hospital de Clearhaven.
lyman: ¿Es Earl Hines?
enfermera: ¿Quién?
lyman: Ese piano. Sueña como Earl Hines. (Entona una melodía de Earl Hines. Ríe admirativamente.) Escúchela, ¿no la oye? ¿No es preciosa? Jimmy Baldwin... hace mucho, mucho tiempo, cuando yo todavía era escritor... decía: «Lyman, tienes alma de negro». (Ríe entre dientes; se le apaga la voz. Ahora, con cierta angustia...) ¿Dónde ha dicho?
enfermera: En el Hospital de Clearhaven.
lyman (toma conciencia lentamente): ¿Clearhaven?
enfermera: Su mujer y su hija acaban de llegar de Nueva York. Están en la sala de visitas.
lyman (amago de cautela, pero todavía confuso): ¿De Nueva York? ¿Por qué? ¿Quién las ha llamado?
enfermera: ¿Qué quiere decir? ¿Por qué no?
lyman: ¿Y dónde estamos?
enfermera: En Clearhaven. Yo soy canadiense; acabo de empezar aquí. En Canadá aún tenemos ferro­carriles.
lyman (un lapso de silenciosa confusión): Escuche... no me encuentro bien. ¿Por qué estamos hablan­do de ferrocarriles canadienses?
enfermera: No, sólo lo mencionaba por el temporal.
lyman: ¿Y qué... qué... qué me decía de mi mujer... de Nueva York?
enfermera: Está aquí, en la sala de espera.
lyman: Aquí, en la sala de espera...
enfermera: Y también su hija.
lyman (la tensión de su rostro aumenta a medida que se va despejando; se mira la palma y el dorso de las manos): ¿Le importaría...? ¿Tocarme? (Ella le toca la cara; él se irrita al comprender claramente qué está pasando.) Por amor de Dios, ¿quién demo­nios las ha llamado? ¿Por qué nadie me ha pre­guntado nada?
enfermera: ¡Yo soy nueva aquí! Si me encuentra defectos, lo siento.
lyman (muy angustiado): ¿Quién ha dicho que le en­cuentro defectos? ¿A qué viene toda esta... ver­borrea innecesaria?... Por Dios, no verborrea... quiero decir... (Con la respiración entrecortada.) Oiga, no puedo ver a nadie; tienen que volverse a Nueva York ahora mismo.
enfermera: Pero mientras está despierto...
lyman: ¡Inmediatamente! Échelas de aquí. (Punzada de dolor.) ¡Ay!... Por favor, ¡vaya, échelas ya...! ¡Espere!... No hay ninguna, esto... ninguna otra mu­jer ahí fuera, ¿verdad?
enfermera: Que yo sepa, no.
lyman: Vaya, por favor, deprisa... ¡No puedo ver a nadie!

(Ella sale, desconcertada.)

lyman: Oh, pobre Theo... ¡aquí! Dios mío, ¡qué he hecho! ¡Cómo se me ocurrió ir por esa carretera con este temporal! (Aterrorizado ante la posibili­dad de haberse delatado.) ¿Es que has perdido tu miserable cabeza? (Paralizado por la angustia, mira fijamente hacia delante. Se oye música. Cambia de ánimo mientras le va asaltando una visión catastró­fica.) Oh, Dios mío, esto no puede, no debe ocurrir.

(Sobre el escenario se hacen visibles su mujer, Theo, y su hija, Bessie, sentadas en un sofá de la sala de es­pera. Bessie llora inconsolable. Lyman no las ve di­rectamente, se las imagina.)

lyman: Oh, Bessie, ¡mi pobre Bessie! (Se tapa los ojos mientras Bessie solloza.) No, no y no; ¡esto no puede estar pasando!... ¡Piensa en otra cosa!

(Su visión le hace levantarse de la cama; lleva puesta la bata del hospital. La música deja de oírse.)

theo (acariciando la mano de Bessie): Cariño, debes procurar contenerte.
bessie: No puedo evitarlo.
theo: Claro que puedes. Ahora tienes que ser va­liente, pequeña.
lyman (entra en el espacio de las mujeres): ¡Ahí está! ¡Ésa es mi Theo! ¡Es lo que diría, palabra por pa­labra! ¡Qué mujer!
theo: Procura pensar en toda la felicidad; piensa en su risa. Tu padre ama la vida; luchará por ella.
bessie: Supongo que en realidad es porque nunca me ha pasado nada malo.
lyman (a unos pasos): ¡Mi pequeña Bessie...!
theo: Pero a medida que te hagas mayor verás que todo va encajando... y para bien.
lyman (mirando al frente): Ah, sí, Theo... La buena episcopaliana de siempre.
theo: Vamos, Bessie. ¿Recuerdas lo bien que lo pa­samos en África? Piensa en África.
bessie: Mamá, eres increíble.

(Entra la enfermera Logan.)

enfermera: No podrá ver a nadie aún por un tiem­po. ¿Quieren que llame a un motel? Aunque es temporada de esquí, seguramente mi marido pue­de conseguirles habitación; es él quien les quita la nieve del camino de entrada.
bessie: ¿Sabe si está ya fuera de peligro?
enfermera: Eso creo, pero sin duda los médicos las informarán. (Cambiando de tema de manera evi­dente.) Me cuesta creer que hayan conseguido ve­nir desde Nueva York con esta aguanieve.
theo: Una hace lo que tiene que hacer. Mire, pen­sándolo bien... ¿Le importaría llamar al motel? Ha sido un viaje espantoso...
enfermera: A veces me volvería a Canadá de bue­na gana..., allí al menos teníamos ferrocarril.
theo: Aquí volveremos a tener. Puede que en este país las cosas lleven su tiempo, pero al final las hacemos.
enfermera: Si le apetece más té, no dude en pe­dirlo.

(Sale la enfermera.)

theo (con una sonrisa forzada, se vuelve hacia Bessie): ¿Qué te ha hecho tanta gracia?
bessie (tocando la mano de Theo): No es nada...
theo: Venga, dímelo.
bessie: Bueno, es que... en este país las cosas no siempre se hacen.
theo (retirando la mano; está dolida): A mí me pa­rece que sí, a la larga. Yo he vivido cambios que eran inconcebibles hace treinta años. (Esforzán­dose por reír.) La verdad, Bessie, tan ingenua no soy.
bessie (enfadándose): En fin, no te pongas así, no es para tanto... Por aquí la gente es muy amable, ¿no crees?
theo (recuperando la serenidad): Sí, desde luego. Cuán­to he lamentado que nunca hayas conocido la vida de pueblo, esa bondad que se percibe.
bessie: Me pregunto si no deberíamos avisar a la abuela Esther.
theo (con expresión de estar haciendo una concesión): Si quieres... (Breve pausa. Bessie guarda silencio.) Pero es que tiene unas reacciones tan exagerada­mente emotivas, es sólo eso. Pero llama... al fin y al cabo es su madre.
bessie: Ya sé que es una mujer superficial, pero no puedo evitarlo, yo...
theo: Es normal que la quieras, ella te adora; senci­llamente nunca le he caído bien, y yo siempre lo he sabido, sólo eso. (Desvía la mirada.)
bessie: Es que a veces es muy divertida, y afectuosa.
theo: ¿Afectuosa? Sí, supongo que sí, siempre que serlo no la comprometa con nada ni con nadie. Nunca lo he ocultado, cariño: creo que ella es el centro del problema psicológico de tu padre...
lyman: ¡Tal cual!
theo: Aunque supongo que tengo prejuicios.

(Lyman ríe en silencio y muestra regocijado que está de acuerdo asintiendo con la cabeza.)

theo: Antes pensaba que era porque no se casó con una judía.
bessie: Pero tampoco ella se casó con un judío.
theo: Cariño, ella habría rechazado a cualquier mu­jer con la que él se casara..., salvo a una rica he­redera o a un bombón descerebrado. Pero ve, anda, creo que debes llamarla. (Bessie se pone de pie.) Y dale recuerdos de mi parte, por favor.

(Lyman suelta una risotada para demostrar lo mucho que valora la manera de ser de Theo. Entra Leah. Ronda los treinta; abrigo de mapache abier­to, zapatos de tacón. La acompaña la enfermera.)

lyman (en el instante en que ella entra se tapa los ojos con las manos): ¡No, no debe estar aquí! ¡Esto no puede ocurrir! ¡No debe! (Incapaz de soportarlo, empieza a huir, pero se detiene cuando...)
leah: ¡Por Dios, después de tanto dinero como he­mos dado a este hospital, me parece que bien po­dría hablar con la enfermera jefa!
enfermera: ¡Hago todo lo que puedo para encon­trarla...!
leah: Muy bien, pues dése prisa. (La enfermera em­pieza a marcharse.) ¡Sólo pido un poco de infor­mación, qué caramba!

(Sale la enfermera. Pausa.)

lyman (suplicándose a sí mismo, cerrando los ojos con fuerza): Piensa en otra cosa. Veamos... el nuevo Mercedes descapotable... aquella actriz, ¿cómo se llama?

(Pero no puede evadirse y, asustado, vuelve la cabeza hacia (Leah, que se sienta, pero enseguida se pone en pie de nuevo y se mueve inquieta. Theo y Bessie la observan in­directamente, con educada curiosidad. Ahora sus mi­radas se cruzan. Leah levanta las manos.)

leah: Igual que cuando di a luz aquí a mi hijo. Sonsa­carles si era niño o niña fue como arrancarles los dientes.
bessie: ¿Es una urgencia?
leah: Mi marido; ha chocado con el coche en el monte Morgan. ¿Y ustedes?
bessie: Mi padre. También en un coche.
lyman (con la mirada alzada hacia el cielo y las ma­nos entrelazadas): ¡Oh, no; por favor, por favor!
theo: Las carreteras están intransitables.
leah: No sé cómo pudo ocurrírsele conducir por el monte Morgan con hielo... y para colmo, ¡de noche! ¡Es incomprensible! (Un súbito estallido.) ¡Los muy idiotas! ¡Tengo derecho a saber qué ha pasado! (Sale precipitadamente.)
bessie: Pobre mujer.
theo: Pero ya sabe lo ocupados que están...

(Ahora silencio; Theo se recuesta y cierra los ojos. Bessie está otra vez al borde del llanto, se contiene y se tapa los ojos. De pronto se viene abajo y llora.)

theo: Vamos, Bessie, cariño, procura no...
bessie (moviendo la cabeza en un gesto de impoten­cia): ¡Es que lo quiero tanto!

(Vuelve Leah, ya más apaciguada. Con evidente cansan­cio, se sienta y cierra los ojos. Pausa. Se acerca a la ventana y mira afuera.)

leah: Y ahora, ahora precisamente, sale la luna. Todo el mundo se estrella debido a la oscuridad y aho­ra podría leerse el diario ahí fuera.
bessie: ¿Vive por aquí?
leah: No muy lejos. En el lago.
bessie: El paisaje es precioso.leah: Ah, sí, pero yo me quedo con Nueva York sin la menor duda. (Se le escapa un profundo sollozo que contiene al instante.) Perdón.

(Pero vuelve a llorar desconsoladamente cubriéndose con el pañuelo. Bessie, afectada, empieza a llorar tam­bién.)

theo: ¡Pero, vamos...! (Sacude el brazo a Bessie.) ¡Basta ya! (Ve la mirada de indignación de Leah.) Todavía no sabe si es muy grave o no, ¿verdad? ¿Qué necesidad hay de ponerse así?
leah (de muy mala gana): Puede que tenga razón.
theo (eufórica, dirigiéndose también a Bessie): ¡Claro que sí! Quiero decir que siempre hay tiempo para la desesperación, ¿por qué, pues, habríamos...?
leah (con aspereza): ¡Ya le he dicho que tiene ra­zón, que estoy de acuerdo con usted! (Theo se pone tensa y vuelve un poco la cabeza.) Disculpe.

(Las mujeres se quedan inmóviles.)

lyman (maravillado): ¡Admirables mujeres! ¡Y qué personalidades tan fuertes, tan firmes...! Gracias a Dios sólo me lo estoy imaginando para atormen­tarme... Pero ¡basta ya! (Se encamina con resolu­ción hacia la cama, pero se detiene al asaltarle de nuevo la visión.) ¿Y qué dirán a continuación?
bessie: ¿Cultivan algo donde ustedes viven?
leah: Casi todo lo que nos comemos. Y ahora empe­zamos a criar animales de raza, a pequeña escala.
bessie: Ah, eso me encantaría...
leah: Envidio esa serenidad de ustedes, la de las dos. De verdad, me ha reconfortado. ¿En qué parte de Nueva York viven?
bessie: En la calle Setenta y cuatro Este.
lyman: ¡Oh, no! ¡No, no...!
leah: ¿En serio? Nosotros nos alojamos a menudo en el Carlyle...
bessie: Ah, está casi al doblar la esquina.
theo: Por como habla, se diría que es neoyorquina.
leah: Fui tres años a la Escuela de Administración de Empresas de la Universidad de Nueva York, pero me crié aquí, en Elmira, y aquí tengo mi em­presa, así que...
theo: ¿Qué clase de empresa es?
leah: Seguros.
bessie: ¡Ah, como mi padre!
lyman (dándose golpecitos con los nudillos en la ca­beza): ¡No! ¡Basta ya, ya es suficiente! (Con las manos entrelazadas, de cara al cielo): ¡No, no, no y no!
leah: Bueno, somos un millón. ¿Usted también se dedica a eso?
bessie: No, yo estoy en casa... cuido de mi marido.
leah: Espero vender la agencia, dentro de un par de años, quizá, buscar casa en Manhattan y pasarme el resto de la vida pintando de la mañana a la noche.
bessie: ¿De verdad? Mi marido es pintor.
leah: ¿Profesional o...?
bessie: Ah, sí. Es Harold Lamb.

(Lyman corre a la cama y se echa las sábanas por en­cima de la cabeza.)

leah: ¿Harold Lamb?

(Leah, tras interrumpir todo movimiento, mira a Bessie fijamente. Ahora se vuelve para mirar a Theo.)

theo: ¿Qué pasa?
leah: ¿De verdad Harold Lamb es su marido?
bessie (muy ufana y orgullosa): ¿Lo conoce?
leah (a Theo): ¿No será usted la señora Felt?
theo: Pues sí.
leah (expresión de perplejidad): Entonces ustedes... (Se interrumpe y a continuación...) No estarán aquí por Lyman, ¿verdad?
bessie: ¿Conoce a mi padre?
leah: Pero... (Volviéndose de una a la otra.) ¿Cómo es que las han avisado a ustedes?
lyman (se incorpora en la cama y alza una mano su­plicante y devota, susurrando en voz alta): ¡Basta, impídelo, basta...!
theo (sin comprender, pero empezando a ofenderse): ¿Y por qué no habrían de avisarme?
leah: Bueno..., después de tantos años...
theo: ¿Qué quiere decir?
leah: Pero hace ya más de nueve años...
theo: ¿De qué?
leah: De su divorcio. (Theo y Bessie enmudecen. Un silencio.) Usted es Theodora Felt, ¿no?
theo: ¿Quién es usted?
leah: Soy Leah. Leah Felt.
theo (empieza a adoptar una actitud altiva): ¡Felt!
leah: Lyman es mi marido.
theo: ¿Quién es usted? ¿De qué habla?
bessie (sintiendo una intensa curiosidad por Leah, se eno­ja con Theo): ¡Por amor de Dios, no te enfades tanto!
theo: ¡Cállate!
leah (viendo la sinceridad de Theo): Bueno, están di­vorciados, ¿no?
theo: ¡Divorciados!... ¿Quién demonios es usted?
leah: Soy la mujer de Lyman.

(Theo ve que es una mujer seria; eso la hace callar.)

bessie: ¿Cuándo...? ¿Usted cuándo se...? O sea...
theo (otra vez en movimiento): ¡Está loca!... ¡Es una chiflada o algo así!
leah (a Bessie): Hizo nueve años el pasado julio.
theo: ¿Y quién celebró ese... ese acontecimiento?
leah: El funcionario del Ayuntamiento de Reno, y más tarde el rabino de Elmira. Mi hijo se llama Benjamín, por el padre de Lyman, y Alexander, por su bisabuela: Benjamin Alexander Felt.
theo (en un intento poco convincente de mantener el tono de burla): Ya, claro.
leah: Sí. Si usted no lo sabía, lo siento mucho.
theo: No sabía ¿qué? ¿De qué me está hablando?
leah: Llevamos un poco más de nueve años casados, señora Felt.
theo: ¿Ah, sí? Me imagino que tendrá algún docu­mento...
leah: Tengo el certificado de matrimonio, supon­go...
theo: ¡Supone!
leah (airada): ¡Bueno, estoy segura! Y me consta que tengo el testamento de Lyman en nuestra caja fuerte...
theo (burlándose, sin poder contenerse): Y figura us­ted como esposa.
leah: Y Benjamin, como su hijo. (Theo vacila ante su actitud realista.) Pero supongo que usted tiene más o menos lo mismo... ¿no es así? (Theo sigue de una pieza.) ¿De verdad no se divorciaron?
bessie (lanzando una mirada a su afligida madre... en un susurro, casi en tono de disculpa): No.
leah: En fin, creo que lo mejor será que nos... reu­namos, o algo así. Y hablemos. (Theo tiene la mi­rada fija en el vacío.) ¿Señora Felt? Me hago car­go de sus sentimientos, pero sencillamente tendrá que aceptarlo, supongo: tenemos un grave proble­ma. ¿Señora Felt?
theo: Es imposible; hace nueve años... (A Bessie:) Por entonces fuimos todos a África.
bessie: ¡Ah, es verdad!... ¡El safari!
theo (a Leah, con una risa triunfal, aunque casi his­térica): ¡En la vida habíamos estado tan unidos. Viajamos por Kenia, Nigeria... (Como si esto zanjase el asunto de manera definitiva.)... ¡incluso fui­mos en avión a Egipto!
enfermera: El doctor Lowry desearía ver a la señora Felt.

(Por un instante nadie se mueve... y de pronto las dos, Theo y Leah, se levantan simultáneamente. Al dar así Leah rango de realidad a su afirmación, Theo se enva­ra, obligándose a encaminarse con aplomo hacia la en­fermera... y se balancea y empieza a caer al suelo.)

leah: ¡Agárrela!
bessie: ¡Mamá!

(La enfermera y Bessie sostienen a Theo y la tienden en el suelo.)

leah: ¡Ayuda, alguien se ha desmayado! ¿Dónde hay un médico, maldita sea?

(Se apagan las luces.)


ESCENA SEGUNDA
Un sofá y una silla. Leah está sentada frente a Tom Wilson, un abogado de mediana edad pero en muy buena forma física que lee un testamento y toma café. Al cabo de un momento, ella se pone en pie, se aparta hasta determinado punto y fija la mirada con expresión de miedo en los ojos. Luego, mientras mar­ca un número en un teléfono móvil, se vuelve hacia él.

leah: Supongo que le apetecerán unas tostadas. Me temo que como anfitriona no soy gran cosa.
tom (absorto): Gracias. Ya casi he terminado.
leah (marcando): Dios, estoy horrorizada... mi hijo llegará del colegio de un momento a otro... (Por teléfono.) Tina, ponme con mi hermano... ¿Lou?... No lo sé, aún no me han dejado verle. ¿Qué diría Uniroyal? ¿Cómo? ¡Pues llama a Los Ángeles ahora mismo! ¡Por el amor de Dios, Lou, quiero a ese cliente!... (Cuelga.) ¿Cuánto tiene uno que pagarle a un pariente para que haga algo? (Tom cierra la carpeta, se vuelve en silencio hacia Leah.) Sé que es usted el abogado de ella, pero yo en rea­lidad no le estoy haciendo una consulta, ¿no?
tom: De estos detalles puedo hablar. (Le devuelve la carpeta.) En el testamento reconoce al niño como hijo suyo, pero usted no es su esposa.
leah (alzando la carpeta): Pero aquí se me mencio­na como esposa suya...
tom: Me temo que eso no significa nada, dado que él no se divorció. Sin embargo... (Se interrumpe y se aprieta los ojos.) Estoy atónito; sencillamente no puedo asimilarlo.
leah: Pero yo sigo flotando en alguna parte.
tom: ¿Qué me preguntaba? Ah, sí... con tal de que la esposa legal reciba un mínimo de un tercio de la herencia, él puede dejarle a usted todo lo que quiera. Así que queda bien cubierta. (Suspira. Se inclina hacia delante y se sujeta la cabeza.) ¿Así que él sabe pilotar un avión, me decía?
leah: Sí, y también planeadores.
tom: Durante años no subió a un avión a menos que fuese inevitable, ¿sabía?
leah: Ah, volar se le da de maravilla. (Pausa.) No estoy aquí. Sencillamente... no estoy aquí. ¿Puede ser dos personas a la vez? ¿Es eso posible?
tom: ¿Me permite hacerle una pregunta...?
leah: Por favor... A propósito, ¿hace mucho que le conoce?
tom: Dieciséis, diecisiete años... Cuando decidieron ca­sarse, él le dijo, supongo, que se había divorciado...
leah: Claro. Fuimos los dos a Reno.
tom: ¡No me diga! ¿Y qué pasó?
leah: Dios mío, me había olvidado... (Se interrumpe.) ¡Cómo he podido ser tan tonta!... Verá, era julio, en la calle hacía un calor abrasador, así que me obligó a quedarme en el hotel mientras él iba al juzgado a recoger la sentencia de divorcio... (Que­da en silencio.)
tom: ¿Sí?
leah (moviendo la cabeza): ¡Dios mío!... ¡Cómo pude ser tan crédula!... Yo sentía curiosidad por ver cómo era la sentencia... (Entra Lyman con una camisa veraniega de manga corta y un sombrero de cow­boy.) Por ninguna razón en particular, pero nunca había visto una...
lyman: La he tirado.
leah (una carcajada de sorpresa): ¿Por qué?
lyman: No quiero mirar atrás. ¡Me siento como si tu­viese veinticinco años! (Ríe.) ¡Pareces asombrada!
leah: Supongo que nunca me creí del todo que fue­ras a casarte conmigo, cariño.
lyman (la atrae hacia él): Leah, yo ya sólo creo en los sentimientos... tú me has devuelto la fe en ellos. Los sentimientos son el caos, sí, pero también la fuente de todo lo bueno que he hecho en la vida; en cambio, todas las cagadas de las que me aver­güenzo fueron fruto de una cuidadosa reflexión. No puedo perderte, Leah, de ninguna manera; te necesito... Pareces asustada... ¿qué pasa?
leah: No quiero decirlo.
lyman: Dímelo, por favor.
leah: Todas las relaciones que he conocido llegan a un punto en que tienen que recurrir a la mentira para seguir adelante.
lyman: ¡Pero no siempre tiene por qué ser así!
leah (vacila): ¿Puedo decir algo? Me gustaría que hiciéramos una promesa nupcial diferente, como: «Amado mío, te prometo todo lo bueno, pero quizás alguna vez tenga que mentirte». (Él parece desconcertado, pero sonríe.) Quería decírtelo, ¿lo entiendes? Te ha sorprendido, ¿verdad?
lyman: ¡Hace falta valor para decir una cosa así!... Ven aquí. (Le toma la mano, cierra los ojos.) Voy a aprender a pilotar un avión.
leah: ¿De qué estás hablando?
lyman: Lo haré porque volar me aterroriza. Voy a vencer todos mis miedos, uno por uno, hasta que me haya deshecho de ellos y sea un hombre libre. (Le aprieta las manos con fuerza, pega la cara a la de Leah.) Tengo un coche con chófer esperán­donos abajo. (Alza un brazo para avisar al coche.) Y ahora vamos a tu boda, Leah, cariño mío.

(Lyman sale sin bajar el brazo.)

leah: ¡Y todo era una sarta de mentiras! ¿Cómo es posible? ¿Por qué lo hizo? ¿Qué pretendía?
tom: A decir verdad... (Intenta recordar.) Sí, me pa­rece que una vez mantuvimos una conversación sobre el divorcio hará unos nueve años..., aunque en aquel momento no me lo tomé muy en serio. Un día se presentó sin previo aviso en mi des­pacho con cierta «investigación» que, según él, había hecho...

(Entra Lyman, trajeado. Tom se ha alejado de Leah.)

lyman: ...He estado haciendo indagaciones sobre la bigamia, Tom.
tom (ríe, sorprendido): ¡La bigamia!... ¿De qué me hablas?
lyman: Hoy día existe muchísima bigamia en Estados Unidos.
tom: ¡Ah! Pero ¿para qué...?
lyman: Y no sólo se da entre negros y pobres. He estado pensando en crear una póliza de seguros para casos de abandono. Podría llamarse Plan de Protección contra la Bigamia. (Tom ríe.) No, ha­blo en serio. Podríamos fijar una prima muy baja. Sería muy útil, en especial para las mujeres de las minorías.
tom (con gran admiración): ¡Pero bueno!... ¿De dón­de demonios sacas esas ideas?
lyman: Sólo me pongo en el lugar de otras personas. Por cierto, ¿con qué frecuencia se lleva a juicio la bigamia hoy día? ¿Tienes idea?
tom: No. Pero es un delito sin víctimas, así que no puede ser muy a menudo.
lyman: Esa impresión tenía yo. Pon a alguien a inves­tigarlo, ¿quieres? Me gustaría asegurarme... Esta­ré en Elmira hasta el viernes. (Hace ademán de salir pero retrasa el momento.)
tom: No sé por qué, pero diría que estás deprimido.
lyman: Supongo que sí, un poco. (Sonríe.) En julio cumpliré cincuenta y cuatro.
tom: Los cincuenta son mucho peores, creo.
lyman: Mi padre murió a los cincuenta y tres.
tom: Sí, ya vas cuesta abajo. Pero no conozco a na­die con una salud como la tuya.
lyman: Sí, fíate.
tom: ¿Te pasa algo, Lyman?
lyman: No creo que vaya a atreverme. (Una carcaja­da. Lyman se va poniendo tenso por momentos, hasta que, afrontando el desafío, se vuelve hacia Tom casi con brusquedad.) En nadie confío tanto como en ti, Tom. (Una sonrisa burlona.) Ya sabes, supon­go, que he engañado a Theodora. ¿No es así?
tom: Bueno, tenía mis sospechas, sí... sobre todo desde que te sorprendí echando un casquete con aquella mecanógrafa paquistaní encima de tu es­critorio.
lyman (ríe): ¡«Un casquete»!... Me encantan esas memeces presbiterianas tuyas; ésa no la oía desde hacía años.
tom: Cuáqueras.
lyman (en tono de confesión, en voz baja): Ha habido más de una mujer, Tommy.
tom (ríe): Dios, ¿de dónde sacas el tiempo?
lyman: ¿Te parece repulsivo?
tom: He visto cosas peores.
lyman (pausa, se serena, vuelve a esbozar una sonri­sa): Creo que me he enamorado.
tom: ¡Oh, Lyman... no me digas!
lyman (señalándolo y riéndose forzadamente): ¡Hete ahí!... Dios mío, de verdad quieres a Theodora, ¿eh?
tom: ¡Claro que sí!... ¿No estarás pensando en el di­vorcio?
lyman: No sé en qué estoy pensando. Quizá sólo que­ría decírselo a alguien en voz alta.
tom: ¿Hasta qué punto estás seguro de tus sentimien­tos hacia esa mujer?
lyman: Completamente seguro. Una nueva mujer siempre ha sido como una playa sin hollar, y ahora lo que más deseo es ir hasta ella, Tom. Quiero una mujer para el resto de mi vida. Y no creo que sea Theodora.
tom: Tú sabes que te ama profundamente, Lyman.
lyman: Tom, también yo la amo, pero tras treinta y dos años, nos aburrimos, ésa es la realidad. Y el abu­rrimiento es una forma de engaño, ¿no? El enga­ño se ha convertido en mi nazi, en mi peor horror; quiero mostrar mi verdadera cara hasta el día que me muera. ¿O no crees que esa clase de rectitud sea posible?
tom: De más está que te lo diga, pero el problema no es la rectitud sino el daño que haces a los demás.
lyman: Exactamente. ¿Y qué me dices de la religión...? Aunque tampoco por ese lado hay remedio, me temo.
tom: No sé por qué, pero no te imagino rezando, Lyman.

(Breve pausa.)

lyman: ¿Hay alguna respuesta?
tom: Lo ignoro; quizá la única esperanza sea el arre­pentimiento sincero.
lyman: Tom, ¿tú has sido infiel alguna vez?
tom: No.
lyman: ¿Me lo juras? Te he visto comerte con los ojos a las chicas por aquí.
tom: Es la verdad.
lyman: ¿Es ése el arrepentimiento del que me habla­bas? (Tom ríe pudorosamente. Lyman ríe también. Y de pronto el sufrimiento y la vergüenza asoman a su rostro.) Mierda, eso ha sido un comentario cruel, Tom, ¿me perdonas? Maldita sea, ¿por qué me dejo llevar por la depresión? ¡Esto no es más que culpabilidad sin sentido! Empecé de cero, he crea­do cuatro mil doscientos puestos de trabajo y he hecho ascender a cargos de responsabilidad a más de sesenta negros salidos de los guetos, cosa nada fácil... Debería estar orgulloso de mí mismo, de este hijo de puta que soy, y lo estoy, lo estoy. (Gol­pea el escritorio con el puño; luego se serena, mira al frente y abajo.) Me encanta esta vista. Ese río rojo de luces de posición deslizándose por Park Ave-nue una noche de invierno... y todos esos muslos blancos y sedosos cruzados dentro de esas limusi­nas con calefacción... Dios, ¿hay en el mundo visión más excitante? (Volviéndose hacia Tom.) Me acuer­do mucho de mi padre... de la comunión que existía entre él y su vida. Cada mañana abría impaciente la tienda y, encantado, contaba los encurtidos, reor­ganizaba los barriles de aceitunas. La gente como él conocía lo esencial. Que es ¿qué? ¿Sabes tú qué es lo esencial? (Tom calla.) Oye, no te preocupes, lo cierto es que no me veo sin Theodora. ¡Es una esposa magnífica!... ¡Adoro a esa mujer! Siempre es un placer hablar contigo, Tom. (Se dispone a mar­charse; se detiene.) Quizá todo se reduzca a que si pretendes vivir conforme a tus verdaderos deseos, acabas pareciendo una mierda.

(Lyman sale. Leah se tapa la cara y se produce una pausa mientras Tom la observa.)

tom: Lo siento.
leah: Lo tenía todo cuidadosamente planeado desde el principio.
tom: Yo diría que fue más bien... una improvisación continua.
leah: Fue por el bebé, ¿sabe?... En cuanto me quedé embarazada él ya no atendía a razones...

(Lyman, con abrigo, se acerca apresuradamente y le tapa la boca con la mano.)

lyman: No me digas que ya es demasiado tarde. (La besa.) ¿Lo has hecho?
leah: Ahora me iba al hospital.
lyman: Ah, gracias a Dios. (La arrastra hacia un asien­to y la obliga a sentarse.) Por favor, cariño, concé­deme un minuto y luego haz lo que prefieras.
leah (con dolor): No, Lyme, es imposible.
lyman: Ya sabes que, si lo haces, las cosas cambia­rán entre nosotros.
leah: Cariño, todo se reduce a si quiero ser madre sol­tera o no, y sencillamente no quiero.
lyman: Ya le he puesto nombre al niño.
leah (divertida, le acaricia la cara): ¿Cómo sabes que será niño?
lyman: Nunca me equivoco. Tengo una relación muy íntima con los vientres de las damas. Se llamará Benjamin, como mi padre, y Alexander, la madre de mi madre, a quien quise mucho. (Esboza una sonrisa burlona por su propio egoísmo.) Tú puedes ponerle el segundo nombre.
leah (ríe con tristeza): ¡Vaya, muchas gracias! (Intenta levantarse, pero él la retiene.) Me ha pedido que sea puntual.
lyman: Los rusos, antes de una despedida importan­te, se quedan sentados y guardan silencio por un momento; es una antigua costumbre. Concédele a Benjamin este momento.
leah: ¡No es Benjamin! ¡Y ahora basta ya!
lyman: Confía en tus sentimientos, Leah; lo demás son tonterías. Busca dentro de ti. ¿Qué deseas de todo corazón? (Silencio durante un momento.) Lo acompañaría al colegio en coche por las mañanas; lo llevaría a partidos de fútbol.
leah: ¿Dos veces al mes?
lyman: Cuando abramos aquí la nueva oficina, fácil­mente podría pasar contigo más de la mitad del tiempo.
leah: ¿Y Theodora?
lyman: Me es difícil hablar de ella.
leah: Hablar de ella conmigo, querrás decir.
lyman: Cariño, no puedo engañarme; ha sido una es­posa extraordinaria. Sería demasiado injusto.
leah: Pero si lo mantenemos en secreto, ¿en qué papel quedo yo? Ya bastante me cuesta saber quién soy tal como están las cosas. Y dudo mucho de que no vaya a enterarse tarde o temprano, y entonces ¿qué?
lyman: Si llega el momento de elegir, serás tú. Pero ella no conoce a nadie en esta zona; existe una probabilidad entre un millón de que se entere. Aho­ra ya paso casi la mitad del tiempo contigo, y nos ha ido bastante bien, ¿no?
leah (tocándose el vientre): ...Pero ¿qué le diremos a éste...?
lyman: Benjamín.
leah: ¡Deja de llamarlo Benjamín! ¡No hace ni tres semanas!
lyman: Tiempo más que suficiente para que sea Benjamin. Tiene un horóscopo, astros y planetas; tie­ne un futuro.
leah: Hay algo... ¿por qué tengo la sensación de que estamos dando vueltas alrededor de algo? Hay algo aquí que no acabo de creerme... ¿qué es?
lyman: Quizá que deseo esto con tal desesperación. (Le besa el vientre.)
leah: ¿De verdad?... No soy capaz de expresarlo... hay algo en cuanto a este bebé que no parece... no sé... inevitable.
lyman: Cariño, no he querido nada de esta manera desde que tenía veinte años, cuando luchaba por ser poeta y hacer algo sólo mío que perdurase.
leah: Ya.
lyman: Es la verdad.
leah: Es conmovedor, Lyman... Estoy muy emociona­da. (La posibilidad flota en el aire por un momen­to.) Pero no puedo, y no lo haré. Siempre acabo asumiendo las responsabilidades; ha sido así toda mi vida. Tendría que hacerme cargo por comple­to de tu hijo y sé que al final sentiría resquemor, con la situación y quizá también contigo. Vuelves a ponerme en la misma posición que cuando tenía doce o trece años y mis padres me preguntaban adonde íbamos de vacaciones, o qué clase de co­che comprar o qué color de cortinas. ¡No sabes cómo lo detesto! En ti, una de las cosas más sen­suales era que podía recostarme y dejarte conducir, y ahora me pones otra vez al volante. Senci­llamente es un error.
lyman: Pensaba que si viviésemos juntos, digamos, diez años, tú estarías aún en la flor de la vida, y en buena posición económica, y yo...
leah: ¿Te marcharías un día al atardecer?
lyman: Pretendo ser tan cruelmente realista como la propia vida, cariño. ¿Has querido a algún hombre como me quieres a mí?
leah: No.
lyman: ¿Y entonces? No hay más realidad que ésa.
leah: Si tanto te gusta el realismo, puedes llevarme al hospital. (Se pone en pie. Él también.) Pobrecillo, te veo tan triste... (Le besa; en este beso hay una callada despedida; toma el abrigo y se vuelve hacia él) No flaquearé, querido, así que decídete.
lyman: Si lo haces, nos perderemos el uno al otro, lo presiento.
leah: Bueno, existe una manera muy sencilla de no perderme, querido; para eso se inventó, imagino... Vamos, espérame en el hospital si quieres. Y si no, volveré mañana. (Tira de él, pero él se detiene.)
lyman: ¿Me das una semana para contárselo a ella? Aún tienes tiempo de sobra, ¿no?
leah: Contarle ¿qué?
lyman: Que voy a casarme contigo.
tom: Entiendo.

(Lyman se adentra en la oscuridad.)

leah: No lo comprendo. Tenía docenas de mujeres; ¿por qué me eligió a mí para ser insustituible? (Baja la vista para consultar su reloj y, en silencio, man­tiene la mirada fija.) ¡Dios! ¿Cómo voy a decírselo a mi hijo?
tom: ¿Ahora tiene nueve años?
leah: Y siente adoración por Lyman. Adoración.
tom: Mejor será que me acerque al hospital. (Se dis­pone a marcharse, pero se detiene, vacilante.) No me conteste si no quiere, pero ¿aceptaría otra vez a Lyman?
leah (piensa por un momento): ¿Cómo puede pre­guntarme una cosa así? Es insultante... ¿Lo acep­taría Theodora? Me ha parecido una mujer con las ideas muy claras.
tom: Ah, también tiene su lado tierno. Supongo que no ha tenido tiempo de pensar en el futuro, como tampoco lo ha tenido usted.
leah: Todo esto me recuerda la idea que antes me hacía de él... bueno, parecerá místico y estúpido...
tom: Por favor. Me gustaría mucho comprender me­jor a Lyman.
leah: Bueno... es que es tanto lo que desea, como un niño en una feria. Una manzana de caramelo aquí, algodón de azúcar allí, y luego una vuelta en la montaña rusa... y nunca se cansa. Y eso es lo que lo hace tan atractivo... para las mujeres, quiero decir... Lyman tiene el pensamiento metido deba­jo de tu falda, pero es tan raro verse deseada así. Indiferencia es lo que sienten ahora la mayoría de los hombres... o sea, tienen apetito pero no hambre... y éste es un hombre prodigiosamente hambriento, y eso... en fin... tiene un gran valor para una cuan­do pasa de los veinticinco años. Le diré la verdad: en el fondo, creo, yo presentía que no era trigo limpio, pero... debía de quererlo tanto que... (Se interrumpe.) Pero no debo hablar así. ¡Es imper­donable! No he visto nada más despreciable en la vida. La respuesta es no, rotundamente no.
tom (asiente, piensa, a continuación): Bueno, me mar­cho ya. Espero que las cosas no le sean demasia­do difíciles con el niño. (Sale.)

(Las luces del escenario se apagan en torno a Leah.)


ESCENA TERCERA
Lyman ronca suavemente; sin embargo, duerme en un estado de agitación... malos sueños, murmura, levanta un brazo. Entra Tom con la enfermera. Ella levanta un pár­pado a Lyman.

enfermera: Aún está consciente sólo a ratos, pero pruebe.
tom: ¿Lyman? ¿Me oyes? (Lyman deja de roncar pero sus ojos permanecen cerrados.) Soy Tom Wilson.
enfermera: Siga intentándolo; ya no debería seguir mucho tiempo en este estado.
tom: Lyman, soy Tom.
lyman (abre los ojos): ¿Tú en la tienda?
tom: Estamos en el hospital.
lyman: ¿El hospital...? Ah, sí, sí, Dios mío... Estaba soñando con la tienda de mi padre; cada vez que me miraba, decía: «Éste no tiene remedio». (Ríe cansinamente, intentando fijar la mirada.) Dame un segundo... un poco confuso... ¿Cómo has llega­do aquí?
tom: Me telefoneó Theodora.
lyman: ¿Theodora?
tom: Tienes el coche matriculado en la ciudad, así que la policía del estado la avisó a ella.
lyman: He tenido un sueño extraño en el que ella y Bessie... (Se interrumpe.) No están aquí, ¿verdad?
enfermera: Ya le dije que su mujer vino...
tom (a la enfermera): ¿Sería tan amable de dejarnos solos, por favor?
enfermera: Pero ya se lo dije.

(Sale.)

tom: Se han conocido, Lyman.
lyman (pausa; intenta situarse): Theo... no se desma­yó, ¿verdad?
tom: Sí, pero ya ha vuelto en sí; se pondrá bien.
lyman: No lo comprendo; creía que lo había soñado todo...
tom: Bueno, tampoco sería tan difícil; es todo bas­tante inevitable.
lyman: ¿Por qué me hablas con tanta rudeza?
tom: No hay tiempo de juegos; tienes decisiones que tomar. Ha salido todo por televisión...
lyman: ¡Oh, no!... ¿La has conocido? ¿A Leah? Es­toy acabado.
tom: Hemos tenido una charla. Es una mujer de rom­pe y rasga.
lyman (agradecido): ¿A que sí? También ella está fu­riosa, ¿no?
tom: En fin, no es para menos.
lyman: Verás... Pensaba divorciarme de Theo más tarde, de alguna manera... Pero las cosas fueron asentándose, y al cabo de un tiempo el hecho de tenerlas a las dos no me parecía tan horrible... ¿Y cómo está Bessie?
tom: Bastante afectada, imagino.
lyman: ¡Dios mío, y el pobre Benny! Cielo santo, ojalá pudiese atravesar el techo y desaparecer sin más.
tom: Ha salido todo por televisión. Creo que deberías hacer unas declaraciones a la prensa para atajar el asunto cuanto antes. Respecto a tus intenciones.
lyman: ¿Qué intenciones? Dale a las dos lo que quieran. Yo probablemente me vaya a vivir a otra parte... quizás a Brasil o algo...
tom: ¿No vas a intentar retener a ninguna?
lyman: ¿Te has vuelto loco? Ya no querrán saber nada de mí. Dios mío... (Con lágrimas en los ojos, desvía la mirada.) ¿Cómo puedo haberlo arruinado todo así? ¡Cómo soy! (Mayor intensidad.) ¿Por qué viajé en coche con semejante tormenta? ¡No alcanzo a entenderlo! Tenía la habitación en el Howard Johnson; incluso me había acostado ya, creo... pensaba esperar a que pasara la tormenta allí... ¿Por qué volví a salir?
tom: ¿Puedes concederle unos minutos a Theo? Quie­re despedirse.
lyman: ¿Cómo voy a mirarla a la cara? Pídele que espere hasta mañana; tal vez entonces me encuen­tre un poco mejor y...

(Entran Theodora y Bessie; Lyman no las ve porque están detrás de él.)

tom: Están aquí, Lyman.

(Lyman cierra los ojos, con la respiración acelerada. Bessie, cogiendo a Theodora del codo, la acompaña jun­to a la cama.)

bessie (susurrando, un poco conmodonada): ¡Fíjate en las vendas! (Volviéndose.) ¡Ay, mamá!
theo: Ya basta. (Inclinándose hacia Lyman.) ¿Lyman? (Él no reúne valor para hablar.) Soy Theodora.
lyman (abriendo los ojos): Hola.
theo: ¿Cómo te encuentras?
lyman: Ahora ya no tan mal. Espero no decir inco­herencias, con tanto calmante... ¿Eres tú, Bessie?
bessie: Sólo he venido por acompañar a mi madre.
lyman: Ah. Muy bien. Perdóname, Bess... por ser tan mala persona, quiero decir. Pero me enorgullece que tengas la fortaleza necesaria para despreciarme.
bessie: ¿Quién no la tendría?
lyman: ¡Magnífico! (Empieza a quebrársele la voz, pero se controla.) Bien dicho, tesoro.
bessie (con repentina rabia): No me llames así...
theo (a Bessie): ¡Chist! (Ha estado observándolo en silen­cio.) ¿Lyman? ¿Es verdad? (Él cierra los ojos.) Ten­go que oírtelo decir a ti. ¿Te casaste con esa mujer?

(Profundos ronquidos.)

theo (con mayor apremio): ¿Lyman?
bessie (señala): ¡Se hace el dormido!
theo: ¿Tuviste un hijo con esa mujer? ¿Lyman? ¡In­sisto! ¿Me oyes? ¡Insisto!

(Lyman sale de detrás del lado de la cama que da al fondo del escenario, tapándose los oídos con las ma­nos, mientras Theo y Bessie continúan hablándole a la cama, como si él todavía siguiera acostado. Cambio de luz; ahora es etérea y sin color, aire des­provisto de pigmento.)

lyman (grito de angustia, los oídos aún tapados): ¡Ya te he oído!

(Theo sigue dirigiéndose a la cama, y también Bessie mantiene la vista fija en ésta, pero su actitud ha adqui­rido un carácter formal al convertirse también ellas en parte de la visión de Lyman.)

theo: ¿Qué has hecho, por todos los santos?

(Casi retorciéndose a causa del conflicto, Lyman se acla­ra la garganta. Permanece en el fondo del escenario, más allá de la cama.)

bessie (inclinada sobre la cama): ¡Chist! Está di­ciendo algo.
lyman: Comprendo... que parece un disparate, Theodora... (Se interrumpe.)
theo: ¿Sí?
lyman: ... No estoy muy seguro, pero... me pregunto si este accidente... no habrá sido inconscientemen­te una manera... de que las dos... os conocieseis, por fin.
theo (con aversión): ¿Conocer yo a ésa?
lyman: Sé que parece absurdo pero...
theo: ¡Absurdo!... ¡Es bochornoso! Precisamente es de esas que se olvidan de lavarse las bragas.
lyman (hace una mueca, pero con cierto placentero reconocimiento): ¡Sabía que dirías eso!... Aunque admito que tiene algo de descuidada...
theo: Pertenece a la peor generación de nuestra his­toria: se tiran a todo aquello que lleva pantalón, luego paren a sus crías como gatas y pregonan cre­dos místicos sobre la responsabilidad cósmica, la ecología y los derechos humanos.
lyman: Hasta el día en que me muera me asombra­rá tu capacidad de hablar en párrafos completos.
theo: Insisto en que me lo expliques tú mismo. ¿Ly-man?... ¡Lyman! (Entra Leah. Theo reacciona al instante.) ¡Aquí no debe entrar nadie excepto la familia! (A Bessie:) ¡Ve a por la enfermera!
leah (pese a Theo, se acerca a la escayola, pero con in-certidumbre ante la reacción de Lyman hacia ella): ¿Lyman?
theo (a Tom): ¡Sácala de aquí! (Tom está inmóvil, y ella se aproxima airada a él.) ¡Éste no es su sitio!
leah (a la escayola... con cierto afecto): Soy yo, Lyme. ¿Me oyes?
theo (precipitándose amenazadoramente hacia Leah): ¡Fuera, fuera, fuera...!

(En el preciso instante en que Theo está a punto de po­ner las manos sobre Leah, Lyman levanta los brazos y grita en tono de súplica.)

lyman: ¡Quiero que todo el mundo se acueste!

(Las tres mujeres quedan inanimadas como si de pron­to se hallasen bajo la perentoriedad del control de Lyman. Éste gesticula, sin llegar a tocarlas, e induce a Leah y Theo a yacer en la cama.)

leah (mientras yace; voz baja, remota): ¿Qué voy a decirle a Benny? Caray, Lyman, ¿por qué...?
theo (tendida junto a Leah): Tiene usted un olor muy fuerte; debería ponerse algo.
leah: Lo tengo, sí, pero a él le gusta.
theo: Bobadas. (A Lyman:) ¿Y qué dirías tú si una de nosotras se llevase a otro hombre a la cama y te pidiese que te acostases a su lado?
lyman (quitándole las gafas): Ah, lo mataría, queri­da; pero tú eres una señora, Theodora; la delicada escultura de tu noble mirada, tu fe de niña en mí y tu desilusión; tu idealismo y tu inconfesa avari­cia de riqueza; la torpe ternura de tus dedos rígi­dos, tus guisos incorregiblemente protestantes; tu savoir faire y tu inexperiencia sexual; tus zapatos cómodos y tu maternidad abnegada, tu radicalismo intolerante del pasado y tu inquebrantable amor a la patria de ahora... ¡tu Theodorismo! ¿Quién po­dría sustituirte?
leah (riendo): ¿Por qué me río?
lyman: Porque eres una jodida anarquista, cariño. (Se tiende sobre las dos.) ¡Oh, qué placer, qué in­tensidad! Vuestras corrientes opuestas son como cables eléctricos pelados. (Las besa, primero a una, luego a otra.) No tendría problema en defenderos a las dos hasta la muerte. ¡Oh, el calor doble de dos benditas esposas...! ¡Esto es el cielo!

(Apoya la cabeza en Leah mientras mantiene la mano de Theo en su mejilla.)

leah: Oye, tienes que tomar cierta decisión.
lyman: Sólo la aplazo todo lo posible; aplacémosla hasta la hora de nuestra muerte. Aplazamiento, aplazamiento, ¡qué delicia, mi afectuosa Leah, es el aplazamiento!
theo (se incorpora): No alcanzo a entender cómo si­gues hablando de amor.
lyman: Y todavía te amo, Theodora, aunque ciertas partes de tu cuerpo me llenan de rabia.
theo: Así que simplemente te buscaste las partes de otra.

(Leah, todavía tendida boca arriba, alza una pierna y su falda se desliza dejando el muslo a la vista.)

lyman (contestando a Theodora, besando el muslo de Leah): Ésa es la verdad, sí; en un principio, al me­nos, todo era carne.
leah (estirando los brazos y el cuerpo): ¡Oh, qué bien ha estado eso! Palpito aún de la cabeza a los pies. (Theo le ayuda a ponerse una camisa y unos pan­talones, y le da una chaqueta.) De verdad estás sano, ¿no?
lyman (se apartan de Theo): ¿Para mi edad, quieres decir? Sí.
leah: ¡No me refería a eso!

(Se oyen unos fuertes golpes a una puerta... Leah se vuelve hacia el fondo del escenario un poco asustada. Resuena la voz iracunda de un hombre; unas palabras apagadas. Ella permanece inmóvil.)

lyman: ¿Estás bien?
leah: No es nada. ¿Tienes tiempo para dar un pa­seo?
lyman: Gozo de una salud excelente; de hecho, ame­naza una y otra vez mi dignidad.

(Aparece el banco de un parque.)

leah: ¿Y eso?
lyman: Bueno, ¿cómo es que estoy holgazaneando en un parque con una chica, y en día laborable? La verdad es que no había planeado hacer una cosa así esta tarde. ¿Tú sabías que iba a hacerlo?
leah: No... pero yo nunca lo sé.
lyman: ¿De verdad? Pero si pareces tan organi­zada...
leah: En el trabajo sí; pero no en el placer.
lyman: Lo que me ha sorprendido de ti ha sido la naturalidad de tu risa con todos esos ejecutivos tan serios en la mesa.
leah: Es que tu exposición ha sido tan graciosa... Había oído decir que eras un verdadero lince, no un cómico.
lyman: Bueno, los seguros son algo en esencia cómi­co, ¿no? O al menos patético.
leah: ¿Por qué?
lyman: Compras la inmortalidad, ¿no? Tiendes la mano desde la tumba para pagar las facturas, para recordarle tu amor a la gente. Es poesía. En otro tiempo el alma era inmortal; ahora tenemos la póliza de seguros.
leah: Lo planteas de una manera bastante cínica.
lyman: Ni mucho menos. Empecé siendo escritor; na­die anhela la inmortalidad tanto como un escritor.
leah: ¿Cómo llegaste a los seguros?
lyman: Puro azar. ¿Y tú?
leah: Mi madre había muerto, mi padre tuvo una embolia, y a los seguros podía dedicarme desde casa. Como mi padre era médico, conocía a mucha gente, y así empecé a abrirme camino.
lyman: No me malinterpretes, pero ¿sabes qué me excita más de ti?
leah: ¿Qué?
lyman: Tu independencia económica. Espantoso, ¿no?
leah: No, ¿por qué? (Irónicamente.) Todo lo que ayuda, bienvenido sea.
lyman: No pareces una mujer casada. ¿Lo estás?
leah: ¡Vaya un momento para preguntarlo! (Ríen, se acercan.) No me veo casada... o al menos no to­davía. Por cierto, ¿has estado escuchándome?
lyman: Sí, pero la atención se me va una y otra vez hacia un sitio cálido y afelpado... (Ella ríe, encan­tada.) Es curioso. En mi generación, nos casába­mos para demostrar madurez; en la tuya, os que­dáis solteros por la misma razón.
leah: ¡Una buena observación!
lyman: ¡Qué feliz soy! (Se olfatea las manos.)... Aquí en Elmira, sentado contigo al sol, y tu olor aún en mis manos. ¡Dios, cuántas maneras distintas hay de intentar ser real! Ignoro cuál es la conexión, pero al cumplir los veinte vendí tres poemas al New Yorker y un relato a Harper's, y lo primero que me compré fue un traje azul de hombre de éxito para convencer a mi padre de lo real que yo era pese a ser escritor. Él tenía una tienda de aperitivos en la calle Cuarenta esquina con la No­vena Avenida. (Sonríe, casi ríe.) Y ve el traje y dice: «¿Cuánto ha costado?». Y yo le digo: «Vein­tinueve con cincuenta», pensando que había con­seguido una verdadera ganga. Y él dice: «Ruega a Dios que no te quite el ojo de encima durante el resto de tu vida».
leah (ríe): ¡Qué horror!
lyman: ¡No! Fue un estímulo. (Ríe.) Siempre daba dos sabios consejos: nunca te fíes de nadie y nun­ca perdones... ¡Qué curioso! Ha sido como magia; sencillamente no consigo recordar cómo hemos aca­bado en la cama.
leah (lanza una ojeada a su reloj): Tengo que volver a la oficina... Pero ¿Lyman es un nombre albanés?
lyman: Lyman es el nombre del juez de Worcester, en Massachusetts, que concedió la nacionalidad a mi padre. Felt es abreviación de Feltman, el ape­llido de mi madre, porque el de mi padre era im­pronunciable, y querían a un americano de éxito por hijo.
leah: Tu madre era judía, pues.
lyman: Y la fuente de todos mis conflictos. En el corazón judío hay un abogado y un juez, en el al­banés un bandido que desafía al gobierno con un cuchillo.
leah: ¡Eres una auténtica sorpresa!

(Ella se levanta, y él también.)

lyman: ¿Por lo tonto?
leah: Por lo interesante, y además en el mundo de los seguros.
lyman (le coge la mano): ¿Cuál ha sido el momen­to? Sólo por curiosidad.
leah: No lo sé... Supongo que en la mesa de reunio­nes he pensado: «Me habla a mí básicamente». Pero luego me he dicho: «Ésa debe de ser la razón por la que es tan buen vendedor, porque todo aquel con quien habla se siente amado».
lyman: ¿Sabes una cosa? Nunca había estado con una chica judía.
leah: Pues tú eres mi primer albanés.
lyman: Tienes algo venerable en la mirada. No vie­jo, ancestral. Como en la de los hombres y muje­res de nuestros pueblos.
leah (le acaricia la mejilla): Cuídate, querido.
lyman (cuando ella pasa por delante, él le coge la mano): ¿Por qué tengo la sensación de que no sé nada de ti?
leah (se encoge de hombros, sonríe): Quizá no me estabas escuchando... cosa que no me importa si es por una buena causa.
lyman (le suelta la mano): Paseo por el valle de tus muslos. (Ella ríe; le da un beso rápido.) Ahora cuando te alejes, ¿quieres volverte un momento?
leah (risueña): Claro, ¿por qué?
lyman (medio en broma, con romanticismo): Ten­go que tomar el avión, un vuelo corto, y si mue­ro, quiero recordar esa imagen mientras caigo...
leah (retrocede con un gesto de despedida): Adiós, Lyman...
lyman: ¿Puedo preguntar quién era ese individuo que aporreaba la puerta de tu apartamento?
leah (desprevenida): Uno con el que salía... Estaba enfadado, sólo eso.
lyman: ¿Le tienes miedo?
leah (se encoge de hombros admitiendo incertidumbre): Hasta la vista, querido.

(Se da la vuelta y recorre unos metros; se detiene y vuelve la cabeza para mirarlo por encima del hombro. Sale.)

lyman: Preciosa. (Solo.) Milagroso. (Piensa por un momento.) Aunque... quizá tampoco ha sido para tanto. (Saca un teléfono móvil, preocupado.) ¿Theo?... Hola, cariño, estoy a punto de salir. Ah, sin duda, tiene todas las posibilidades de convertirse en una operación de mucha mayor envergadura; he teni­do una charla con la principal representante de Aetna aquí, y ha accedido a colaborar con noso­tros, así que seguramente me veré obligado a pa­sar más tiempo aquí... Sí, una mujer; tiene una agencia grande. Quizá me plantee adquirir parti­cipación en el negocio... Oye, querida, y si coges un avión, te vienes, alquilamos un coche y cruza­mos el Cherry Valley... Ahora está todo en flor... Ah, me olvidaba; pues nada, mejor será que va­yas a tu reunión, no importa; no, es sólo que de pronto he pensado que pasa todo muy deprisa y... ¿Alguna vez has tenido la sensación de que nunca has llegado a conocer realmente a nadie? (Ella nunca la ha tenido; él se siente contrariado y en su voz empieza a traslucirse cierta aspereza.) Pues sí, yo a veces sí tengo esa sensación, a menudo; sien­to que voy a desaparecer sin dejar huella, Theo. (Ya con tristeza, ira disimulada; se ha perdido el romanticismo.) Theo, querida, no es nada contra ti; sólo pretendía decir que, a pesar de tanto aná­lisis, novelas y Freuds, seguimos siendo tan impe­netrables y poco transparentes como una hilera de estatuas en la pared de una iglesia.

(Cuelga. Ahora la luz enfoca la escayola en la cama. Se acerca y se mira a sí mismo. Bessie, Theo y Leah es­tán de pie, inmóviles, alrededor de la cama y Tom, a un lado, observa. Lyman alza lentamente los brazos y la cara como un suplicante.)

lyman: Estamos todos en una caverna... (Las tres mujeres empiezan a moverse, al principio de ma­nera casi imperceptible; vuelven la cabeza como si intentasen ver algo a lo lejos o en lo alto o en el suelo.) donde entramos para hacer el amor o ama­sar fortuna o alcanzar la fama. Aquí dentro está oscuro, tan oscuro como un sueño, y todos se mueven a ciegas, buscándose mutuamente; para tocarse, con la esperanza, y el temor, de tocarse; con la esperanza, y el temor.

(Mientras habla, las mujeres y Tom se mueven con trayectorias serpenteantes y entrecruzadas, sin tropezar­se por muy poco, abarcando una porción de escenario cada vez mayor, hasta que desaparecen uno por uno. Lyman se ha situado más allá de la cama, donde yace su escayola.)

lyman: Ahora que estamos aquí... ¿qué vamos a decir?

(Se apagan las luces.)

SEGUNDO ACTO

ESCENA PRIMERA
La sala de espera del hospital. Tom sentado con Theo.

tom: De verdad, Theo, deberías dejar que Bessie te lleve a la ciudad.
theo: No me lo repitas más, por favor. (Breve pausa.) Necesito hablar con él... Nunca volveré a verlo. No puedo marcharme así sin más. ¿Me tiembla la ca­beza?
tom: Un poco, quizá. ¿No tendría que verte alguno de los médicos?
theo: No será nada. Mi familia tiene tendencia a los temblores. Hace años que me pasa cuando estoy tensa. ¿Qué hora es?
tom: Dales unos minutos más... Se te ve pálida.
theo (se aprieta las sienes con los dedos para serenar­se): Al hablar con esa mujer... ¿llegaste a alguna conclusión sobre... sus intenciones?
tom: Para ella, esto ha sido un golpe tan grande como para ti. Su mayor preocupación era el niño.
theo: Ya. ¿Quién lo iba a decir?
tom: Creo que lo es todo para ella.
theo (a regañadientes): Bueno, todo un detalle. Los líos como éste son cómicos más que nada, ¿no crees?... hasta que llegamos a los hijos. Estoy muy preocupada por Bessie. Está ahí tendida mi­rando al techo. No puede apenas hablar sin echar­se a llorar. Él ha sido su... su mundo. (Empieza a emocionarse.) Tienes razón; creo que voy a irme. Es sólo que, de algún modo, esto me parecía in­acabado... pero quizá sea mejor dejar las cosas como están... (Se dirige hacia su bolsa, se detiene.) No sé qué hacer. Tan pronto lo mataría como me pregunto si no sufrirá alguna... perturbación mental...

(Entra Leah. No esperaban verse. Una pausa momentá­nea. Leah se sienta.)

leah: Buenas tardes.
tom: Buenas tardes.

(Silencio incómodo.)

leah (preguntando): ¿No está en su habitación?
theo (le cuesta dirigirse a Leah; se vuelve hacia ella lentamente): Están curándole el ojo.
leah: ¿El ojo?
tom: No es nada grave; intentó salir por la ventana durante la noche. Probablemente dormido. Se ara­ñó un poco el párpado con un rododendro.
theo (un intento de comunicación): No debió de dar­se cuenta de que está en la planta baja.

(Breve pausa.)

leah: ¡Mmm! Eso es interesante, porque anoche te­lefoneó un amigo nuestro, Ted Colby, el jefe de la policía estatal aquí. Habían colocado una valla de madera en la carretera del monte Morgan cuando había tanto hielo; y piensa que Lyman apartó la valla.
tom: ¿Cómo saben que fue él?
leah: En la nieve se veían las huellas de un solo coche.
theo: Dios mío.
leah: Está preocupado por él. Son buenos amigos; salen de caza juntos.
theo: ¿Lyman caza?
leah: Sí, claro. (Theo mueve la cabeza en un gesto de incredulidad.) Pero no me lo imagino con esa cla­se de depresión, ¿y ustedes?
tom: Yo, la verdad..., sí me lo imagino.
leah: Ya. Conmigo siempre parece tan vital, y feliz. (Theo, molesta, le lanza una mirada y luego des­vía la vista. Leah consulta su reloj.) Sólo tengo que resolver un asunto con él durante unos minutos. No me interpondré en su camino.
theo: ¿Mi camino? Por lo que a mí se refiere, es us­ted muy libre de hacer lo que se le antoje.
leah (un poco desconcertada): Sí... lo mismo digo... en su caso. (Un instante.) O sea, por lo que a mí se refiere. (La hostilidad la induce a mirar de nuevo el reloj.) Quiero decirle que... por alguna razón, casi lo lamento más por usted que por mí.
theo (risa cínica): ¿Y eso? ¿Tan vieja le parezco? (Leah se pone tensa ante el segundo desplante.) No debería haber dicho eso. Le pido disculpas. Estoy agotada.
leah (pasándolo por alto): ¿Cómo se encuentra su hija? ¿Sigue aquí?
theo (ánimo hostil a pesar de todo): En el motel. Está desolada.
tom: ¿Se lo ha tomado bien su hijo?
leah: No, está por los suelos; es terrible. (A Theo:) He pensado que quizás a Lyman se le ocurra cómo lidiar con él; el niño siempre lo ha idolatra­do. Yo ya no sé qué hacer.
theo (muy irritada pero contenida): Somos como el polvo que él pisa; nos levantamos tras su paso y volvemos a posarnos después. Billie Holliday... (Se toca la frente.) No recuerdo cuándo murió; hace bastante tiempo, ¿no?
tom: ¿Billie Holliday? ¿Por qué?

(Tom y Leah observan, perplejos, mientras Theo, en si­lencio, mantiene fija la mirada. A continuación...)

leah: ¿Y si vuelvo dentro de un par de horas? Ten­go una multiconferencia a las dos en punto, y se me está haciendo un poco tarde... (Se levanta, se acerca a Theo y le tiende la mano.) En fin, si no volvemos a vernos...
theo (tocándole ligeramente la mano, la hostilidad su­perada por un momento): ¿Usted entiende esto?
leah: Es desconcertante. Ha participado en carreras en el monte Morgan; sabe lo peligrosa que es esa carretera incluso en verano.
theo: ¿Carreras? ¿Se refiere a carreras de coches?
leah: Claro. Tiene un Lotus y un Z. Tenía un Ferra­ri, pero quedó destrozado... (Theo se vuelve y mira al espacio.) Antes he pensado...
theo: Siempre le ha aterrorizado la velocidad; nunca conduce a más de noventa.
leah: Me recuerda a una rana...
theo: ¿Una rana?
leah: Quiero decir que cuando miras una rana, nun­ca sabes si es la misma que acabas de ver u otra distinta. (A Tom:) Cuando hable usted con él..., la televisión está acosándonos; tiene que hacer una declaración concluyente para atajar esas especula­ciones absurdas.
theo: ¿Qué especulaciones?
leah: Habrá visto el Daily News, ¿no?
theo: ¿Cómo?
leah: Salimos las dos en primera plana con un titular...
tom (a Theo, apaciguándola): No tiene importancia...
theo (a Leah): ¿Cuál es el titular?
leah: «¿Quién se queda con Lyman?».
theo: ¡Cómo se atreven!
tom: No te alteres. (A Leah:) Le sacaré una declara­ción esta tarde...
leah: Adiós, señora... (Se interrumpe; una breve risa.) Iba a llamarla señora Felt pero... (Vuelve a corre­girse.) Al fin y al cabo, lo es, ¿no? ¡Imagino que soy yo quien no lo es! Vendré a eso de las tres.

(Sale.)

theo: Lo quiere recuperar, ¿no?
tom: ¿Por qué?
theo (una risa breve): ¿No lo has oído? El sólo ha sido feliz con ella.
tom: Ah, no creo que haya querido decir...
theo (se ha despertado su feroz competitividad): Eso es precisamente lo que ha querido decir. La com­padezco... con ese hijo tan pequeño. (Se indigna en silencio.) ¿Puede haber sido suicidio?
tom: Para serte sincero, en cierto modo casi tenía la esperanza de que así fuese.
theo: Indicaría una conciencia moral, ¿a eso te re­fieres?
tom: Sí... Pero me pregunto si... no sé, quizá sólo que­ría cambiar de vida, hacer cosas que nunca había hecho, ser una persona totalmente distinta...
theo (mira fijamente por un momento): Quizá no tan distinta.
tom: ¿Qué quieres decir?
theo (una larga vacilación): No sé por qué todavía intento protegerle... una vez trató de matarme.
tom: No hablas en serio.

(Lyman aparece bajo el sol en bañador, inhalando pro­fundamente en la cubierta de un barco. Ella se encami­na hacia él.)

theo: ¡Sí! Por entonces desconocía la existencia de esa mujer, pero ahora me doy cuenta de que ocurrió en las fechas en que acababan de casarse o estaban a punto de hacerlo. (Mientras avanza hacia Lyman, se despoja del abrigo, quedándose en bañador.) Se lo notaba muy raro, irreal. Habíamos ido a nave­gar un par de días frente a Montauk...

(Lyman realiza ejercicios respiratorios.)

lyman: La bruma matutina que se eleva del mar es siempre como el primer día del mundo... los «os-trigordos y los visigordos...».

(Theo entra en su zona de actuación.)

theo: Flnnegan's Wake.
lyman: Oiremos el parte meteorológico. (Se arrodi­lla, intenta sintonizar una emisora; interferencias.) ¿Es nuevo ese bañador? Es de lo más sexy.
theo: De hace dos años. Me lo compraste tú en San Diego.
lyman (con mímica, se lleva una mano a la cabeza a modo de pistola): Bang.
locutor (voz en off): Según se nos ha informado, debido a las temperaturas anormalmente altas de las mareas de primavera se han visto tiburones frente a Montauk... uno medía alrededor de cua­tro metros...

(Se oye mucho ruido de estática; con mímica, él apa­ga la radio.)

lyman: Dios santo.
theo: ¡Bah, tonterías! ¡Es sólo mayo! Yo voy a dar­me un chapuzón... (Otea el mar.)
lyman: Pero ese hombre ha dicho...
theo: Estupideces. He navegado por aquí desde que era niña, y mi padre navegó también, y mi abue­lo; nunca hay tiburones hasta julio, si es que los hay... el agua está demasiado fría. ¿Vienes con­migo?
lyman (sonríe, molesto): Soy de tipo mediterráneo; somos informales y no nos gusta el agua fría. Ya sé que no debería decirlo, Theo, pero ¿cómo pue­des aferrarte a tus convicciones ante una infor­mación así?... Parece... no sé... fanatismo.
theo (una risa áspera, resuelta): Eso ha estado de más, francamente. Tú eres tan testarudo como yo cuando te empeñas en algo.
lyman: ¡Tienes toda la razón, qué caramba! ¡Y adoro esa convicción tuya! Adelante; no te quitaré el ojo de encima.
theo (con una risa afectuosa): Sencillamente no so­portas que te contradiga, cariño, pero es un exce­lente ejercicio para tu carácter.
lyman: ¡Tú lo has dicho! Y es un carácter horrible. ¡Al agua! (Se separa de ella; escruta el mar.)
theo (se inclina para zambullirse): En sus marcas... listos...
lyman (señala a la izquierda): ¿Qué es aquello?
theo: No, los tiburones siempre se mueven; eso es un tronco.
lyman: Muy bien, pues adelante, salta.
theo: Tomaré carrerilla. Espera, haré un poco de ca­lentamiento. (Retrocede para tomar carrerilla.) ¡Va­mos, ven comigo!
lyman: Imposible, querida; le tengo miedo a la muerte.

(Ella está detrás de él, corriendo sobre el terreno. Él, de espaldas a ella, atisba algo a la derecha; queda bo­quiabierto y, horrorizado, sigue con la mirada a un ti­burón en movimiento. Ella se inclina para iniciar la carrera.)

theo: ¡Muy bien, a la de una... a la de dos... y a la de... tres!

(Se echa a correr y, cuando llega a la altura de Lyman, él de pronto, en el último momento, extiende el brazo y la detiene en el borde.)

lyman: ¡Alto!

(Señala al frente; ella observa, con creciente horror en el rostro mientras sigue al pez con la mirada.)

theo: ¡Dios mío, es enorme! ¡Ohhh...!

(Rompe a llorar en el desahogo del terror; él la estre­cha entre sus brazos.)

lyman: Cielo... ¿cuándo vas a creer algo de lo que digo?
theo: Voy a devolver...

(A punto de vomitar, se inclina y se adentra precipita­damente en la oscuridad. La luz se apaga en torno a Lyman e ilumina a Tom en la sala de espera; mira al frente y escucha. La luz se amplía e ilumina también a Theo, de pie con su abrigo de piel.)

tom: Más bien parece que te salvó.
theo: Sí, también yo he procurado verlo siempre de esa manera, pero ahora debo hacer frente a todas las posibilidades... (Acercándose al proscenio, otra vez angustiada por el recuerdo.) No lo dijo a ple­no pulmón. Es decir, no fue...

(La luz ilumina por un momento a Lyman en baña­dor, que a pleno pulmón y horrorizado grita...)

lyman: ¡Alto!

(Como hipnotizado, permanece inmóvil y mira abajo hacia el tiburón. La escena se oscurece en torno a él.)

theo: Fue más bien...

(La luz vuelve a iluminar por un momento a Lyman, y en un tono sólo de relativa urgencia, como ha hecho en la escena, grita...)

lyman: Alto.

(La escena se oscurece en torno a Lyman.)

theo: Te aseguro que estuvo a punto de dejarme saltar.
tom: Vamos, Theo; dudo mucho de que creas eso de verdad. Si así fuese, ¿cómo habrías sido capaz de seguir viviendo con él?
theo: ¿Cómo he seguido con él? (Una sonrisa aver­gonzada, de amargura.) Bueno, hemos tenido dos separaciones que iban en serio y hemos pasado meses sin... relaciones... (Monta en cólera de forma gradual.) No señor, no voy a eludir la cuestión. ¿Cómo fui capaz de seguir? Tal vez es­toy corrompida, Tom. Antes no lo estaba, pero ahora ¿quién sabe? Es rico, ¿no? Y muy respe­tado, ¿y qué haría yo sola? ¿Por qué siguen jun­tas las personas cuando se dan cuenta de con quién viven? (De pronto furiosa.) ¿Por qué de­monios me quedo aquí? ¡Ésta es la mayor estu­pidez que he hecho en la vida! (Indignada, coge su bolsa.)
tom: Lo quieres, Theo. (La detiene físicamente.) Vete a casa, por favor. Y deja pasar unas semanas an­tes de tomar una decisión. (Ella ahoga un sollozo mientras él la abraza.) Sé que te parecerá un dis­parate, pero una parte de él te venera, estoy se­guro.
theo (de pronto le grita a la cara): Lo odio. ¡Lo odio! (Está rígida, pálida, y él la sujeta por los hombros para serenarla. Una pausa.) Tengo que acostarme. Antes de irme he de saber qué ocurrió. Segura­mente volveremos a la ciudad esta noche. Avísame si se despierta. Es muy difícil marcharse así como así, sin saber qué ha pasado. O quizá me vaya sin más, no lo sé. (Se pasa una mano por la frente.) ¿Tengo un aspecto extraño?
tom: Sólo estás cansada. Ven, te buscaré un taxi.
theo: Son unas pocas calles; el aire me sentará bien. (Tras ponerse en marcha, se vuelve.) ¡Qué hermo­so es aquí el paisaje todavía! Como si nada malo hubiese pasado en el mundo. (Sale.)

(Tom, solo, permanece de pie con la mirada fija en el espacio, los brazos cruzados, buscando la manera de enfocar la cuestión. Las luces se apagan.)


ESCENA SEGUNDA
La habitación de Lyman. Está profundamente dor­mido; al principio ronca con placidez. Empieza a bal­bucear.

enfermera: ¿Por qué no se toma un respiro? Traba­ja más dormido que la mayoría de nosotros des­piertos. Debería venir a pescar en el hielo con no­sotros, eso le tranquilizaría.

(Sale la enfermera. Ahora Lyman se tensa; gime en sueños. Leah y Theodora aparecen una por cada lado, pero en plataformas elevadas, como dos deidades de piedra; llevan delantales de cocina, el cabello recogido con cintas propias de una esposa. Pero se advierte algo amenazador en su mortal quietud cuando la sepulcral luz de ensoñación las ilumina, inmóviles en este cua­dro vivo. Al cabo de un momento, que se hace largo, cobran animación. Como en la vida, muestran reserva mutua, rivalizando. Su manera de hablar es propia de deida­des, mortuoria.)

theo: No me importaría en absoluto que se ocupase usted de cocinar alguna que otra cosa; en esto, yo tampoco soy nada del otro mundo.
leah (generosamente): Sin embargo, he oído decir que prepara unos postres excelentes.
theo: El timbal de manzana, sí; el pan de jengibre con nata montada. (Con creciente aplomo.) Y unos gofres excepcionales para el desayuno, con autén­tico sirope de arce, aunque él ha tenido que pres­cindir de las salchichas.
leah: Yo sé hacer tortitas de puré de patata y segedina gulash.
theo (con desaprobación): ¿Y todo ese pimentón?
leah: Tiene que añadirse y removerse, claro.
theo (desconcertada, presintiendo la derrota): ¡Ah, re­moverse! Me temo que no sería capaz de hacer una cosa así.
leah (sonriendo, aprovechando brutalmente su venta­ja): ¡Pues sí, removerse y removerse pero que muy bien! Y las albóndigas de pescado me quedan de lo más tiernas. (Batiendo las palmas ahuecadas.) Me humedezco las manos y las amaso y amaso hasta darles una forma perfecta.
theo (luchando con el desconcierto): Le encanta mi jamón en dulce. Sí... y mi lengua hervida. (Depron­to una idea brillante.) ¡Natillas!
leah (generosamente): Usted puede preparar siempre las natillas y el jamón en dulce y yo me ocuparé siempre de las albóndigas de pescado y el gulash... y de remover.
theo: Pero ¿eso podré hacerlo también yo? ¿Una o dos veces al mes, quizá?
leah: Que él decida... algunos meses puede hacerlo más...
theo: ¡Sí!... y algunos meses usted.
leah: ¡De acuerdo! ¿Y me lavaría usted las bragas?
theo: Eso por descontado. Siempre y cuando él me cuente mis mentiras.
leah: ¡Estupendo! Así usted tendrá sus mentiras y yo las mías.
leah y theo: ¡Un hurra por el menú!
leah (llena de admiración): Tiene usted clase, desde luego.

(Lyman ríe en sueños mientras ellas se desprenden de su recatado atuendo de mujeres maduras; se quedan con un body negro, ceñido y sexy, y zapatos de tacón alto. Se acercan silenciosamente, se besan, se vuelven hacia la cama y, mientras Lyman ríe, alzan contra él unas largas dagas y se las clavan varias veces. Lyman grita y se re­tuerce en la cama cuando la enfermera entra en escena y ellas desaparecen.)

enfermera: Ya está bien, vuelva en sí, querido; venga, vuelva en sí... (Él deja de forcejear y abre los ojos.)
lyman: Ufff. ¡Oh, qué sueños! ¡Dios mío, cómo de­searía estar muerto!
enfermera: No empiece a compadecerse de sí mis­mo; ya conoce el dicho: baja de la cruz, que nece­sitan la madera.
lyman: Me ahogo. ¿No puede abrir una ventana?
enfermera: No, otra vez no.
lyman: ¿Eh?... Ah, oiga, eso es absurdo. No quería saltar...
enfermera: Pues disimuló muy bien sus intenciones. Su abogado pregunta si puede entrar...
lyman: Pensaba que había vuelto a Nueva York. ¿Tengo muy mal aspecto?
enfermera (le limpia la cara y las manos): Se lo toma usted muy a la tremenda. Otra cosa sería si hu­biese abandonado a esas mujeres, pero salta a la vista que están muy bien atendidas...
lyman: Vamos, Hogan, no me venga con ésas; detrás de esa aparente tranquilidad suya, este asunto le ha puesto los pelos de punta como al que más.
enfermera: Ande, lávese los dientes. (Mientras él lo hace.) La última vez que se me pusieron los pelos de punta fue cuando me pasó la corriente por cul­pa de un cortocircuito en la aspiradora... (Él ríe; luego gime de dolor.) Aunque sí hay una cosa que me intriga.
lyman: ¿Qué le intriga?
enfermera: Siendo tan listo como es, ¿cómo se le ocurrió casarse con esa mujer?
lyman: ¿Antes me ha hablado del hielo?
enfermera: ¿El hielo? Ah, se refiere... sí, vamos al lago a pescar en el hielo, mi marido, mi hijo y yo. Ahora ya recuerda mucho más.
lyman (mirando fijamente): Va a parecer muy raro... Nunca he dejado de estar casado, ¿sabe? Es como si de pronto la causa fuese sobreseída y ya no tu­viese que ir a juicio, esa sensación tengo.
enfermera: No hable mal de esas mujeres; no se las ve malas personas.
lyman: ¿Por qué me casé con ella? Me atraen las mu­jeres que huelen a fruta; Leah olía como un melón maduro, rosa, un poco pasado. Y su sonrisa... cuando sonreía era como si se quedase sin ropa. Nunca había sentido unos celos así. Si me ven­dasen los ojos y pasase ante mí por la acera un centenar de mujeres, distinguiría su taconeo, lo juro. Me encantaba incluso estar tendido en la cama escuchando su tranquilo chapoteo en el agua de la bañera. Y por supuesto entrar en su suave catedral...
enfermera: Tiene usted la mente más sucia que he visto en un hombre culto.
lyman: No podía perderla, Hogan. No podía perder­la. No podía perderla, y por eso me casé con ella. Y todas ésas son buenas razones, a no ser que uno ya esté casado.
enfermera: Voy a buscar al abogado, ¿vale? (De pron­to él parece abrumado; llora.) Y ahora no se eche a llorar otra vez...
lyman: Es por mis hijos... no se imagina cómo me respetaban... (Se serena.) ¡Pero nadie es mejor que nadie, maldita sea!

(Entra Tom.)

tom: ¿Puedo entrar?
lyman (incertidumbre, intentando adivinar las intencio­nes de Tom): ¡Hola! Pensaba que te habías mar­chado... ¿Alguna novedad?
tom: ¿Podemos hablar?

(Sale la enfermera.)

lyman: Si tú puedes soportarlo... (Sonríe.) ¿Me des­precias, Tom?
tom: Aún me hago cruces; no sé qué pensar.
lyman: Claro que lo sabes, pero da igual. (Su sonri­sa encantadora.) ¿Qué pasa?
tom: He tratado de ciertos asuntos con las muje­res...
lyman: Creía que ya te lo había dicho, ¿o no? Dales lo que quieran, y listos. Dentro de lo razonable, quiero decir.
tom: Creo sinceramente que a Theo le gustaría en­contrar la manera de perdonarte.
lyman: ¡Ah, no! Imposible.
tom: Tiene un gran corazón, Lyman.
lyman: ... No tan grande; me obligaría a vivir de ro­dillas el resto de mi vida.
tom: Quizá no. Si hablaseis claramente y llegaseis a un acuerdo...
lyman: Ahora te hablaré yo claramente: soy un egoís­ta de mierda. Pero he amado la verdad.
tom: ¿Y cuál es la verdad?
lyman: Un hombre puede ser fiel a sí mismo o a otras personas, pero no las dos cosas a la vez. O al menos, no si ha de ser feliz. Todos lo sabemos, pero admitirlo es inmoral: la primera ley de la vida es la traición. ¿Por qué, si no, esos rabinos eligie­ron a Caín y Abel para dar comienzo a la Biblia? Caín se sintió traicionado por Dios, así que él le traicionó a su vez y mató a su hermano.
tom: Pero la Biblia no termina ahí, ¿verdad?
lyman: ¡Dios santo! No puedo venerar la negación de uno mismo; perdona pero para mí eso no vale. Todos somos puro ego, muchacho, ego más algu­na que otra oración.
tom: En ese caso, ¿por qué te has tomado la moles­tia de levantar una de las empresas con mayor responsabilidad social de Estados Unidos?
lyman: ¿Quieres la verdad? Hice eso hace veinticin­co años, cuando todavía era un joven honrado; pero ahora soy un hombre maduro y sin concien­cia, y lo único que puedo hacer es intentar vivir sin demasiadas mentiras. (De repente se desmorona.) ¿Por qué tengo que verlas?... ¿Qué puedo decirles? ¡Santo Dios, ojalá perdiera el conocimiento! (5a-lanceándose de angustia.)... Ayúdame, Tom; acon­séjame...
tom: Quizá te convendría dejar de mostrarte tan fuerte.

(Breve pausa.)

lyman: ¿Qué quieres que diga? ¿Que soy un per­dedor?
tom: En fin... ¿acaso no lo eres... en este momento?
lyman: Pues... no, caramba. Un perdedor ha vivido la vida de otra persona; yo he vivido la mía pro­pia, y aunque sea una mierda, es la mía. ¡Y no soy peor que nadie! Ahora contéstame a eso, y no me mientas.
tom: De acuerdo, no te mentiré: creo que has hecho un daño atroz a esas mujeres.
lyman: Eso crees.
tom: Sobre todo a Theo. Creo que le has desgarra­do el alma. Si quieres salir de este culebrón en el que te has metido, yo empezaría por afrontar ese hecho.
lyman: También le he dado una vida interesante, una hija maravillosa, y mucho dinero. Así pues, ¿cuál es exactamente ese daño del que hablas?
tom: Lyman, la has engañado...
lyman (la ira se adueña de él): ¡Pero ella no habría tenido nada de eso si no la hubiese engañado! Tú sabes tan bien como yo que nadie sería capaz de vivir con Theo más de un mes sin algún desahogo. Yo he sufrido en este jodido matrimonio tanto como ella, por lo menos.
tom (objetando): En fin...
lyman: Oye, ¿quieres la verdad lisa y llana?... ¡Maldi­go el día que puse los ojos en ella y no quiero su perdón!
tom: No te enfades, por Dios...
lyman: ¿Te he contado alguna vez cómo nos cono­cimos?... ¡Por favor, basta ya de hablar de este matrimonio como si hubiese sido un designio di­vino! Yo regresaba de Cornell a dedo. A mis ino­centes diecinueve años. Estoy junto a la carrete­ra con mi maleta. Dejo la maleta y me voy detrás de un arbusto. Cierto pastor ve la maleta y para, se ofrece a llevarme y acabo en una merienda al aire libre organizada por la Sociedad Audubon. Allí, mira por dónde, conozco a su hija, Theodora... ¡Si me hubiese llevado la maleta detrás del arbusto, no la habría conocido! Y personas serias van por ahí buscando el propósito moral del uni­verso...
tom: Al margen de alguna que otra mala racha, vuestro matrimonio es el mejor de todos los que he conocido.
lyman (un suspiro): Lo sé. Mira, todos somos igua­les; un hombre es una casa con catorce habitacio­nes: en el dormitorio se acuesta con su inteligente esposa, en la sala se da un revolcón con una nena en cueros, en la biblioteca paga sus impuestos, en el jardín cría tomates, y en el sótano fabrica una bomba para volarlo todo. Y nadie es distinto... Ex­cepto tú, quizá. ¿Lo eres?
tom: Yo no cultivo tomates... Oye, la televisión está sacándole jugo a la historia, y es humillante para esas dos mujeres; decidámonos por una declara­ción y zanjemos el asunto. ¿Tú qué quieres?
lyman: Lo que siempre he querido: a las dos.
tom: Un poco de seriedad...
lyman: Conozco a esas dos mujeres, y todavía me aman. Si algo las confunde, es sólo lo que creen que deberían sentir. ¿Te parece un disparate?
tom: Perdona, pero hay otro asunto urgente. Esta ma­ñana a las seis he recibido una llamada de Jeff Huddleston. Se ha enterado por la radio. Va a in­sistir en que dimitas del consejo de administración.
lyman: ¡Ni soñarlo! ¡Ese farsante seboso...! Jeff Huddleston tiene una mujer escondida en la Torre Trump y otras dos en Los Angeles.
tom: ¿Huddleston?
lyman: Una vez se ofreció a prestarme una. Huddles­ton tiene más fulanas que un burdel de Nevada.
tom: Pero no se casa con ellas.
lyman: ¡Exacto! Dicho en otras palabras, lo que yo he violado en realidad es la ley de la hipocresía.
tom: Por desgracia, ésa es la que rige.
lyman: Sí. Pues no para mí, muchacho. ¡Puede que sea un cabrón, pero no un hipócrita! No pienso renun­ciar a mi empresa. ¿Y qué dice Leah? ¿Dice algo?
tom: Se ha quedado de una pieza. Pero, para serte sincero, tampoco estoy muy seguro de que ella lo tenga del todo claro... si ésa es la jugada que te proponías.
lyman (profundamente conmovido): ¡Hay que ver qué talla tienen esas mujeres! (El llanto lo amenaza de nuevo.) ¡Tom, estoy perdido!

(Entran Bessie y Theo. Theo se queda de pie junto a la cama de Lyman mirándolo inexpresiva. Bessie ni si­quiera lo mira directamente. Al cabo de un largo mo­mento...)

lyman (venciendo el miedo): Dios mío, Theo; gra­cias... por venir, quiero decir. No esperaba que tú...

(Ella se sienta en elocuente silencio. Bessie continúa de pie, se mantiene distante de forma implacable. Lyman se muestra visible e incómodamente avergonzado...)

lyman: Hola, Bessie.
bessie: He venido por ella; quería decirte algo. (Apre­miándola.) ¿Mamá?

(Pero Theo, sin darse por aludida, mira a Lyman con una sonrisa fija e inescrutable. Al cabo de un largo e incómodo momento...)

lyman (para llenar el vacío): ¿Cómo te encuentras hoy? He sabido que estuviste...
theo (categórica, lo interrumpe): No volveré a verte, Lyman.
lyman (a pesar de todo, es un golpe... breve pausa): Sí, ya... Supongo que de nada sirve disculparse, ya sa­bes cómo soy... Aun así, lo siento.
theo: No puedo dejar mi vida desparramada por el suelo de esta manera.
lyman: Hablaré de lo que tú quieras.
theo: Parezco confusa pero no lo estoy; son ya dema­siadas las cosas que... que no quiero seguir guar­dándome dentro.
lyman: Claro, lo entiendo.
theo: ¿Recuerdas a aquel joven profesor de inglés al que dejó su mujer... y el consejo que te dio sobre el sexo?
lyman: ¿Un profesor de inglés?
theo: «Dóblatela», dijo, «y átatela con una goma elás­tica.»
lyman (ríe, pero un poco alarmado): ¡ Ah, sí, Jim Donaldson!
theo: Todos se reían de eso.
lyman (la sonrisa de ella es vacía; el encanto de él, desesperado): ¡Sí! «Dóblatela y...» (Sigue una risa forzada.)
theo (interrumpiéndole): Me molestó que tú te rie­ses de eso; puso en evidencia tu lado vulgar y propenso al mal gusto. Sentí vergüenza... por ti y por mí.
lyman (cogido por sorpresa): Ya. Pero de eso hace mucho tiempo, Theo...
theo: Estuve a punto de dar por terminada la rela­ción en aquel preciso momento, pero pensé que era demasiado inexperta para juzgar algo así. Sin embargo, tenía razón: eras un hombre vulgar e in­sensible, y todavía lo eres.

(Lyman, nervioso, lanza un vistazo a Bessie en busca de ayuda o de alguna explicación de este despropósito.)

lyman: Ya. Supongo, pues, que toda nuestra vida ha sido un error. (Aunque airado, procura seguir mostrán­dose encantador.) Pero me he ganado bien la vida.
bessie: Vamonos, mamá, por favor; se está riendo de ti, ¿es que no te das cuenta?
lyman (montando en cólera): ¿Acaso no debo defen­derme? Continúa, Theo, por favor, te escucho; en­tiendo lo que dices, y me parece bien si es lo que sientes.
theo (en apariencia totalmente relajada): ¿Cómo se llamaba aquel río, a una media hora de camino después de dejar atrás el edificio de química?
lyman (perplejo... ¿está loca?): ¿Qué río?
theo: A donde fuimos a bañarnos en cueros con aquellos geólogos y sus novias...
lyman (desconcertado por un momento, luego...): ¡Ah, te refieres a la noche de la graduación...!
theo: ¿Todos nadando desnudos junto a la cascada... y sus novias riendo en la oscuridad...?
lyman (empezando a sonreír, sin comprender): ¡Ah, sí... fue una noche fantástica!
theo: Enrosqué las piernas alrededor de ti, y por en­cima de tu hombro... ¿acaso lo soñé?... recuerdo una pared blanca de piedra caliza, que se alzaba del río...
lyman: Exacto, del devónico. Estaba llena de fósiles.
theo: ¡Sí! Huellas de escarabajos, rastros de gusanos, crustáceos de hace cincuenta millones de años le­vantándose como el muro blanco de un templo... y nosotros abajo, flotando al lado como dos ranas unidas en las oscuridad... nuestras pestañas moja­das en contacto.
lyman: Sí. Fue estupenda. Me alegra que guardes tan buen recuerdo.
theo: Claro que la recuerdo. Como ves, no soy tan puritana; es sólo cuestión de gusto... aquella no­che fue sugerente.
lyman: En fin, yo nunca he tenido buen gusto, y los dos lo sabemos. Pero no voy a mentirte, Theo; para mí, el buen gusto es eso que a la gente le queda de la vida cuando ya no puede follar.
theo: Deberías habérmelo dicho hace treinta años.
lyman: Hace treinta años no lo sabía.
theo: ¿Y recuerdas qué dijiste mientras estábamos allí flotando?
lyman (vacila): Sí.
theo: No, no lo recuerdas.
lyman: Dije: «¿Qué podría interponerse jamás entre nosotros?».
theo (inmenso asombro y alivio): Sí. ¿Y te salió del alma? ¿O yo me lo creí por pura candidez? Dime la verdad, te lo ruego.
lyman (con afectación): Sí, lo creía.
theo: ¿Cuándo empezaste a engañarme?
lyman: Por favor, no sigas...
theo: Intento determinar cuándo acabó mi vida exac­tamente. Sólo por saberlo; no es mucho pedir, ¿no?
lyman: Con el corazón en la mano, Theo, te pido perdón.
theo: ¿Cuándo murió Billie Holliday?
lyman (perplejo): ¿Billie Holliday? Pues... no lo sé, hace... ¿diez, doce años? ¿Por qué? (Ella se queda en silencio, fija la mirada en el espacio. De pronto él está al borde del llanto al verla sufrir.) ¿Por qué quieres saber cuándo murió Billie...?
bessie: Mamá, ya está bien. Vamonos, ¿quieres?
lyman: Bessie, quizá sea mejor, creo, que no se que­de con nada dentro...
bessie: A nadie le interesa tu opinión. (A Theo:) ¡Quiero que nos vayamos ya!
lyman: ¡Ten compasión de ella!
bessie: ¿Y tú hablas de compasión?
lyman: ¡Por ella, no por mí!... ¿Es que no entiendes lo que está intentando decir...? Me amaba.
bessie: ¿Cómo puedes escuchar estas gilipolleces?
lyman: ¿Cómo te atreves? ¡Te he dado una vida re­galada, Bessie!
bessie: ¡Tú ya no tienes nada que decir! ¡Eres un fan­toche!
theo: ¡Por favor, cariño!... Espera fuera un momento. (Bessie, viéndola firme, sale con paso enérgico.) Le has roto el corazón. (Él se vuelve, intentando reprimir el llanto.) ¿Te producía alguna satisfacción ponerme en ridículo? ¿Por qué no me hablaste de esa mujer?
lyman: Lo intenté, muchas veces, pero... Te parecerá una locura, pero... no soportaba la idea de perderte.
theo: ¡Pero...! (Una intensidad súbita, casi histérica.) Me mentiste a diario durante esos nueve o diez años, y también antes de eso con otras mujeres, ¿o no? ¿Qué ibas a perder?
lyman (decidido a no flaquear): Tu felicidad.
theo: ¡Mi felicidad! ¡En el nombre de Dios! ¿De qué estás hablando?
lyman: Sólo la verdad puede ayudarnos, Theo. Creo que has sido más feliz en estos últimos años que en ninguna otra etapa de nuestro matrimonio... tú tienes esa sensación, ¿no? (Ella no le contradice.) Y la razón, creo, es que nunca me aburría al es­tar contigo.
theo: ¿Te has aburrido conmigo?
lyman: Igual que tú conmigo, querida... Hablo de... en fin, ya me entiendes... aburrimiento conyugal normal y corriente. (Pero ella parece incapaz de com­prenderlo, así que él intenta explicárselo.) Entién­deme, como por ejemplo en la cena, cuando yo re­petía una historia que ya habías oído mil veces... Como aquella de mi abuelo, que perdió tres dedos al atrepellarlo el tranvía de la Novena Avenida...
theo: ¡Pero a mí me encantaba esa historia! Nunca me aburrí contigo... por estúpido que eso fuera.
lyman (ahora ella parece simplemente obstinada): Theo, te aburrías; no es un pecado. Igual que me aburría yo cuando tú empezabas a contar a alguien por diezmilésima vez que... pongamos... (Su risa encan­tadora.) como hija de un pastor, no se te permitía trepar a un árbol y enseñar las bragas.
theo (resistiéndose con severidad a su encanto): ¡Pero yo opino que a la gente sí le interesa una forma de sociedad que ya ha desaparecido! ¡Esa anéc­dota tiene una importancia histórica!
lyman (totalmente atormentado): ¡Pero, cariño, llevo esa anécdota grabada en la carne!... Y te lo supli­co, no conviertas esto en un dilema moral; no es más que tedio doméstico normal y corriente, que­rida, es la vida, y no conozco a ninguna otra mu­jer que tenga la honestidad y la entereza de acep­tarla como vida... ¡si quisieras!
theo (una pausa; por encima de su confusión, hace un esfuerzo desesperado por comprender): ¿Y por qué dices que he sido más feliz en estos últimos años?
lyman: Porque percibías mi satisfacción, y estaba sa­tisfecho...
theo: ¿Porque ella...?
lyman: Porque siempre que empezabas otra vez con lo de las bragas, podía encontrarte adorable a pe­sar de todo, sabiendo que esa anécdota no iba a ser mi único destino hasta el día de mi muerte.
theo: Porque ella te esperaba.
lyman: Así es.
theo: ¿Con ella nunca te aburrías?
lyman: ¡Ah, sí! A veces incluso más que contigo.
theo (una curiosidad repentina, intensa y esperanza­da): ¡No me digas! Y entonces ¿qué?
lyman: Entonces bendecía mi suerte por poder vol­ver junto a ti... Sé que es difícil entenderlo, Theo.
theo: No, no... supongo que siempre lo he sabido.
lyman: ¿Qué?
theo: Eres una especie de... de almeja gigante.
lyman: ¿Almeja?
theo: Estás en el fondo, a la espera de todo aquello que pueda caer del océano en tu boca; eres simple avidez, y a esa avidez la llamas amor. Eres una especie de monstruo, y creo que incluso lo sabes, ¿verdad? Casi empiezo a compadecerte, Lyman. (Se vuelve para marcharse.) Espero que te mejo­res. Ahora todo está ya muy claro; me alegro de haberme quedado.
lyman: Es asombroso... justo cuando aparece el mis­terio de la vida, tú crees que todo se ha aclarado.
theo: ¡Para mí no hay ningún misterio! ¡Tú nunca has querido a nadie!
lyman: Explícate, pues, cómo esta almeja traicione­ra, despreciable, sin capacidad de amar, ha podi­do, sin ayuda de nadie, hacer felices como nunca lo habían sido a dos mujeres tan distintas.
theo: ¡Habráse visto! (Deja escapar una risa que aca­ba casi en un grito.) ¿Verdaderamente felices?
lyman: ¡En realidad, si tengo el valor de admitir la es­túpida verdad, el único que ha sufrido durante estos nueve últimos años he sido yo!

(Un imponente rugido resuena en todo el teatro: el ru­gido de un león. La luz ilumina a Bessie, que mira al frente con unos prismáticos; lleva pantalón corto, sala­cot y sahariana caqui.)

theo: ¿Sufrir tú? ¡Hay que ver! ¡Dios nos asista!

(Intenta mantener su risa amarga y se dirige hacia Bessie; cuando entra en el espacio de ésta, su risa se desvanece, extrae un salacot de una cesta de picnic y se lo pone. Lyman sigue a Theo. No hay interrupción del diálogo.)

lyman: ¿Cómo llamas, si no, a tener que contemplar vuestras caras inocentes y satisfechas conociendo la vacuidad en que vuestra felicidad se basaba? ¿Acaso no es eso sufrimiento?

(Ocupa su lugar junto a las dos mujeres, con la mira­da al frente en la misma dirección, protegiéndose los ojos del sol. Sin interrupción en el diálogo.)

bessie (mirando con los prismáticos): Santo Dios, ¿va a montarla otra vez?
lyman: No lo llaman el rey de los animales porque sí, cielo.
bessie: ¡Qué paciencia tiene, la pobrecilla!
theo (quitándole los prismáticos): Vamos, querida, no es sólo paciencia lo que yo veo.
bessie (extendiendo un mantel en el suelo y colocan­do las cosas del picnic): Pero es sólo una vez cada medio año, ¿no?
lyman: Sólo una vez, que nosotros sepamos.
theo (ayudando a disponer el picnic): Ah, no, son pa­rejas de una fidelidad extraordinaria.
lyman: No, querida, tienen harenes; tú estás pensan­do en las cigüeñas.
bessie (ofreciendo un huevo): ¿Papá?
lyman (sentándose; comiendo a gusto): Estáis encanta­doras con salacot; parecéis dos aristócratas de safari.
theo (estirándose en el suelo): ¡Este aire! El silencio. Esas montañas.
bessie: Gracias por traerme, papá. Es una verdadera lástima que Harold no pudiese venir... ¿Por qué tienes esa cara tan triste?
lyman: Por nada, sólo estaba pensando. (A Theo:) En la monogamia... ¿por qué consideramos la monoga­mia una forma de vida más elevada? (Ella se vuelve hacia él... a la defensiva...) Sólo..., sólo era una idea.
theo: Bueno, supone una intensificación del amor.
lyman: ¿Qué opinas tú de eso, Bess? Tú tuviste mu­chos novios antes de Harold, ¿no?
bessie: Bueno... sí, supongo que con uno solo es más intenso.
lyman: Pero ¿por qué lo convierte eso en una forma más elevada?
theo: La monogamia fortalece la familia; andar fo­llando a diestro y siniestro la debilita.
lyman: Pero, como diría un neurótico a otro, ¿qué tiene de bueno fortalecer la familia?
theo: Pues, para empezar, aumenta la libertad.
bessie: ¿La libertad? ¿De verdad?
theo: La familia disciplina a sus miembros; cuando la familia es débil, tiene que intervenir el Estado; así pues, cuanto más fuerte es la familia, menos nu­merosa es la policía. Y por eso la monogamia es una forma más elevada.
lyman: Por Dios, ¿te lo acabas de inventar? (A Bes-sie:) ¿No es maravillosa? Le pongo un sobresa­liente alto.
theo (alegremente dolida): Bah, calla.
lyman: ¿Y qué me dices de los musulmanes? Son muy de la familia estable pero muchos tienen dos o tres mujeres.
theo: Pero sólo una es en realidad la esposa.
lyman: Según mi padre, no: a menudo tenían dos mu­jeres principales, una para ocuparse de la casa y otra para la cama. Pero las dos eran esposas en toda regla.
theo: La sociología de tu padre estaba a la altura de su sentido moral: era inexistente.
lyman (ríe; a Bessie): Tu madre es una mujer clási­ca, ¿sabes por qué?
bessie (riendo encantada): ¿Por qué?
lyman: Porque siempre es clara y coherente y...
theo: Bastante aburrida.

(Él suelta una afectuosa carcajada, aplaudiendo por encima de la cabeza para apreciar el comentario.)

bessie: ¡Tú no eres aburrida! (Corre a abrazar a Theo.) ¡Dile que no es aburrida!
lyman (abrazando a Theo con Bessie): No, por fa­vor.... te juro que no quería decir aburrida.
theo (tristemente dolida): ¡Pues prefiero ser aburrida y clara a ser guapa y tonta!
lyman: ¿Quién te ha pedido que seas guapa? ¡Y no sigas más con eso, por favor!
theo: ¡Ojalá supiese cómo divertirte! Has tenido los ojos vidriosos desde que pusimos los pies en este maldito continente!
lyman (con aspecto de culpabilidad, extiende los bra­zos hacia ella para darle un forzado abrazo): Me encanta este viaje, y estar con vosotras dos... ¡Theo, por favor! ¡Ahora sí me haces sentir culpable!

(El rugido del león los interrumpe y todos miran al frente, sobresaltados.)

bessie: ¿Viene hacia aquí? ¡Papá!... ¡Está trotando!
voz del guía (en off por un megáfono): ¡Tendrán que volver al coche! ¡Todos! ¡Enseguida!
lyman: ¡Deprisa!

(Empuja a las dos mujeres.)

bessie (mientras sale): ¡Papá, ven!
theo (dándose cuenta de que él se rezaga): ¿Lyman...?
lyman: ¡Vete!

(La aleja de un empujón, pero él vuelve.)

voz del guía: ¡Venga al coche de inmediato, señor Felt!

(Rugido de león, pero ahora más cerca. Lyman mira al frente y hacia el león, preparado para salir corrien­do pero sin retroceder.)

voz del guía: ¡Señor Felt, vuelva al coche! (Otro rugido.)

lyman (con la mirada puesta en el león, gritándole con la euforia del miedo): ¡Soy feliz, sí! ¡Por estar ca­sado con Theodora y tener a Bessie... sí, y a Leah también!

(Otro rugido.)

bessie (a lo lejos): ¡Papá, por favor, ven aquí!
lyman: ¡Y por haber hecho una montaña de dinero... sí, y no tener pleitos pendientes!
bessie (a lo lejos): ¡Papá...!
lyman (arrojando sus palabras a la bestia que se acerca, pero agachado y listo para huir): ¡Y por no sacrificar ni un precioso día por cosas en las que no creo... y eso incluye la monogamia, sí. (Extien­de los brazos hacia delante en un fingido gesto de terror.) ¡Amo mi vida! ¡No soy culpable! ¡Atréve­te a devorarme, bestia inmunda!

(¡Rugido ensordecedor! Con los ojos desorbitados, to­davía agachado en posición de echarse a correr, observa al león que se acerca, cuyo rugido, como ahora oímos, ha cambiado, convirtiéndose en un gruñido gutural más relajado, muy atenuado; y Lyman se yergue con cautela y se vuelve triunfalmente hacia las mujeres, fuera del escenario. Y Bessie sale corriendo, lo rodea con los brazos en extasiado alivio, lo besa.)

bessie (mirando al frente): ¡Papá, se ha ido! ¿Por qué has hecho eso?

(Entra Theo.)

theo: ¡Se ha ido! (A él:) ¿Cómo has hecho eso? (A Bessie:) ¿Has visto cómo se ha parado y le ha mirado y se ha dado media vuelta? (A Lyman:) ¿Qué ha pasado?
lyman: Creo que... ha percibido que yo... cariño, creo que he perdido la culpabilidad. (Casi riéndo­se:) ¡Quizá los leones no devoren a las personas felices!
theo: ¿Cómo?
lyman (mirando maravillado): Su rugido me ha sacu­dido como una descarga eléctrica y de pronto he visto muy claro que... (Se vuelve hacia ella.) ¡Siem­pre he sido feliz contigo, Theo! ¡Soy un hombre fe­liz y nunca volveré a disculparme por ello! ¡Es un milagro!
theo (con lágrimas de gratitud, juntando las manos en actitud de oración): ¡Oh, Lyman! (Apresurándo­se a besarlo.) ¡Oh, cariño!
lyman (todavía en su euforia, le tiende la mano): ¡Qué buenos amigos somos, Theo! ¡Chócala! (Ella ríe y le estrecha la mano masculinamente.) ¡Qué gran persona eres! ¡Qué rostro grave y hermoso tienes!
bessie: ¡Papá, qué bonito! ¡Eres maravilloso! (Llora.)
lyman: Adoro a esta mujer, Bessie. (A Theo:) ¿Cómo es posible que sigamos juntos? (A Bessie:) ¿Te das cuenta de lo mucho que debe de quererme para so­portar mi carácter?
theo: ¡Esto es lo que siempre imaginé que algún día ocurriría! (Una risa poco espontánea.) ¡No con un león, claro, pero sí exactamente este repentino destello de luz...!
lyman: ¡Ahora veo el futuro con toda claridad! No avanzaremos discreta y vergonzosamente hacia la última etapa de nuestra madurez; marcharemos con la cabeza bien alta. Voy a construir una egoís­ta casita en el Caribe y la llenaremos con todas esas voluminosas novelas inglesas que nunca aca­bamos de leer... además de Proust... y compraré dos ciclomotores con cestas en los manillares para ir a la compra...
theo: ¡Lo sabía, lo sabía!
lyman: Y pasaré todos los días contigo... excepto quizás una o dos semanas al mes en la oficina de Elmira.
bessie: ¡Es fantástico, mamá!
theo: ¡Gracias, león! ¡Gracias, África! (Volviéndose hacia él.) ¿Lyman?
lyman (alejándose ya mentalmente de la escena): ¿Eh? ¡Sí!
theo: ¡Soy una mujer nueva!

(Lo rodea con los brazos y hunde la cara en su cuello. Él mira al frente con una expresión de sufrimiento cada vez más hondo.)

bessie: ¡Éstas han sido las dos semanas más extraor­dinarias de mi vida! ¡Te quiero, papá!

(Corre hacia Lyman y él la estrecha con un brazo, man­teniendo el otro alrededor de Theo; las lágrimas aso­man a sus ojos.)

bessie: ¿Estás llorando?
lyman: Simple asombro, cielo... por mi buena suerte, supongo. Venga, será mejor que volvamos.

(Con expresión sombría, las vuelve hacia el fondo del escenario; las luces cambian, se hacen gradualmente más tenues, y ellas se adentran en la oscuridad mien­tras él queda atrás. La escasa luz muestra a la enfer­mera sentada junto a la cama.)

enfermera: Lo que no me explico es por qué, sien­do tan listo como es, se casó con esa mujer.

(Lyman fija la mirada al frente mientras Leah apare­ce, aislada en un círculo de luz; lleva su abrigo de piel, exactamente como en el Primer Acto, cuando se dis­ponía a salir para abortar. La enfermera permanece en un extremo, inmóvil.)

leah: Sí, supongo que podría esperar una semana o así, pero... de verdad, Lyman, sabes de sobra que nunca la abandonarás.
lyman: Tú anula la operación, ¿de acuerdo? Y yo se lo diré mañana.
leah: Le dirás ¿qué?
lyman (casi conteniendo la respiración): No buscaré explicaciones racionales para apartarte de mí. ¡Ten­go una sola vida! Voy a pedirle el divorcio.
leah: ¡Dios mío, Lyman!... Escúchame, sé lo unido que estás a ella...
lyman: (Besa la mano a Leah.) Por favor, ten este niño, ¿quieres? Y quédate en casa con las piernas cruzadas.
leah: ¿Esto va en serio?
lyman: Va en serio. Voy a pedirle el divorcio.
leah: ¿Por qué, de pronto, no estoy segura de querer ser madre? ¿Quiero? ¿Tú qué crees?
lyman: ¡Sí quieres, eso creo!

(La besa. Ríen. Él se vuelve para irse; ella le coge las manos y las estrecha entre las suyas en un gesto de ora­ción; y eleva la cara al cielo...)

leah: ¡Un poco de suerte, por favor! (A él directa­mente:) ¿Por qué es todo tan peligroso?

(Ella lo besa con pasión. Sale y, mientras él se vuelve, aparece Theo; ella esconde algo detrás de la espalda y sonríe afectuosamente. Lyman la mira con expresión solemne, preparado para la confrontación.)

lyman: Theo, querida... tengo que decirte una cosa...
theo (tendiéndole un jersey de cachemir): ¡Feliz cum­pleaños!
lyman (sorprendido): ¿Eh? Pero aún no es julio, ¿no?
theo: Pero era tan escandalosamente caro que nece­sitaba una excusa. (Poniéndole el jersey.) Así... arré­glatelo. Es italiano. No te viene grande, ¿verdad? (Dando un paso atrás para admirárselo.) ¡Estás guapísimo! ¡Mírate en el espejo!
lyman: Es precioso, querida, gracias. Pero de verdad, atiéndeme, tengo algo que...
theo: ¡Dios mío, Lyman, estás sencillamente magní­fico! (Cruzando los brazos y moviéndose con su tor­pe andar.) Tengo otra sorpresa... ¡He sacado en­tradas para ver a Ballanchine! ¡Y he reservado una mesa en Luigi's para después!
lyman (armándose de valor y ya un tanto molesto con la actitud dominante de ella): Theo, tengo que de­cirte una cosa, ¿por qué me lo pones tan difícil?
theo: ¿Qué? (Él está paralizado.) ¿Qué es? ¿Ha pa­sado algo? (Ahora alarmada.) ¡Lyman! (Pregun­tando.) ¡Te has hecho el chequeo!
lyman (a punto de estallar): ¡No, por Dios, no es eso!
theo: ¿Por qué tienes ese color gris? Por favor, ¿qué es? Te noto muy asustado. (Él se aleja de ella y de sus insufribles atenciones y se detiene mirando al fren­te. Ella se queda donde está y lo llama desde lejos.) Mi primo Wilbur sigue en el hospital general de Massachusetts. ¡Podemos ir juntos...! ¡Por favor, ca­riño, no te preocupes por nada...! ¿Qué es? ¿Pue­des decírmelo?

(En un total bloqueo -tanto en el pasado como en el presente- respira hondo y deja escapar un alarido lar­go y colosal, con los brazos en alto, suplicando al cie­lo que le conceda un respiro. En efecto, la expulsa de su mente: ella queda inanimada y a oscuras, y él está solo otra vez.)

lyman (para sí, mirando al frente): Me han faltado agallas. No hay más. ¡Me han faltado agallas! ¡Me ha faltado valor! Si hubiera sido sincero durante tan sólo tres minutos seguidos... ¡No! Yo sé cuál es mi problema: ¡nunca he podido quedarme es­perando la muerte de brazos cruzados! Lo que tienes que hacer, a cierta edad, o corres el riesgo de ponerte en ridículo... lo que tienes que hacer es quedarte en actitud noble y serena y dejar que la muerte, con su cinta métrica, te tome las medi­das de los brazos y el vientre y la entrepierna has­ta que te tiene listo para ese último traje negro. ¡Y yo no puedo, no quiero!... Así que me quedo luchando con esta anacrónica energía que... (mien­tras salta a la cama y se tapa el brazo izquierdo clamando a los cuatro vientos...) Dios me ha dado y que usaré hasta que me echen la palada de tie­rra en la boca. ¡Vida! ¡Vida! ¡A la mierda la muer­te y el morir!

(La luz se ensancha, iluminando a Leah en el presen­te, vestida de manera distinta a la anterior -con su abri­go de piel-, de pie cerca de la cama con la enfermera, escuchando los gritos de él.)

enfermera: No se asuste, espere un momento; ya está volviendo en sí. Seguro que quiere verla.
leah (acercándose vacilante a la escayola): ¿Lyman? (Él la mira y la reconoce vagamente.) Soy yo, Leah.

(Sale la enfermera. Lyman es ahora plenamente cons­ciente de la presencia de Leah.)

lyman: ¡Leah! (Desviando la mirada.) ¡Dios mío, qué te he hecho!... Espera... (Un momento; mira alre­dedor.) ¿Theo ha estado aquí?
leah: Creo que se ha ido; yo acabo de llegar.
lyman: ¡Ay, Leah, me pesa sobre el pecho como un saco de cemento!
leah: ¿El qué?
lyman: Mi carácter.
leah: Sí, en fin... lo tienes bastante malo. Escucha...
lyman (conmovido): Gracias por venir. Eres una ver­dadera amiga.
leah: He venido sólo por Benny. (Frustrada, se da la vuelta.) Está entusiasmado con eso de que tiene una hermana.
lyman (dolorosa admiración): ¡Ese hijo mío!
leah: Está hecho un lío, Lyman; nos ha visto a todos en la tele, y los niños le han dicho que tiene dos ma­dres. Se sienta y se echa a llorar. Me pregunta una y otra vez si volverás a casa. Se me cae el alma a los pies. Me da miedo que si esto no se resuelve bien, pueda arruinarle la vida. (Asoman las lágri­mas.) ¡Eres su ídolo, Lyman! ¡Su dios!
lyman: ¡Qué desastre, qué desastre...!
leah: Dime la verdad; no pasa nada si no me lo dices, es sólo por saberlo: ¿Te sientes responsable o no?
lyman (estallando, tan asustado como indignado): ¿Cómo puedes preguntarme una cosa así?
leah: ¡Pero si es una pregunta lógica!
lyman: ¡A ver, escúchame, sé que me he equivocado y me he vuelto a equivocar, pero no os cargué a las dos en mi silla de montar para violaros en mi tien­da! Tú sabías que estaba casado, e hiciste lo posible para que te amase, así que no soy del todo...
leah: ¡Lyman, si me echas la culpa a mí, se me va a tragar la tierra!
lyman: Yo no hablo de culpas sino de verdades... ¡este desastre no es obra de un solo hombre!
leah: ¡Es asombroso, tan pronto como hablas de la verdad, acabas pareciendo mejor que nadie!
lyman: ¡Eso no es justo!
leah (breve pausa): Quiero hablar de Benny.
lyman: Podrías traerlo mañana si te apetece. Pero adelante, podemos hablar ahora.
leah (una pausa mientras ella se calma): Estoy pen­sándomelo.
lyman: ¡Pues deja de pensar y tráelo!
leah (una sonrisa, ruborizada): Por cierto... Me han dicho que has pasado más de una hora con tu mu­jer. ¿Vais a volver?
lyman: Se ha sentado ahí y no ha hecho más que de­cirme que soy un monstruo que nunca ha amado a nadie.
leah (con una sonrisa severa): Y supongo que, para su tranquilidad, le habrás asegurado que no es así.
lyman: Bueno, la amé, ésa es la verdad. Y tú lo sa­bes mejor que nadie.
leah: ¡Desde luego, Lyman, buena pieza estás tú he­cho! Te despeñas por una montaña y sigues sin entender que aborreces a esa mujer. Es algo des­comunal lo tuyo. Es oceánico...
lyman: ¿A qué viene eso ahora?
leah: Señor mío, por si ya no te acuerdas, cuando estaba embarazada de dos meses, fuimos a Nueva York y tú elegiste el hotel Carlyle para alojarnos... ¡a cuatro manzanas de tu casa! «La amaste»... ¡Dios bendito...!

(Empieza a aparecer una ventana al fondo del esce­nario con Theo sentada de perfil leyendo un libro. Él mira fijamente mientras sale de la escayola, volvién­dose para dirigir la vista hacia la ventana... Leah pro­sigue sin pausa.)

leah: ¿Qué era aquello sino odio?... ¿Y pasar conmi­go por delante de tu ventana con ella allí sentada...? ¡Llevabas dentro rabia y todavía la llevas! Probablemente también hacia mí.
lyman (lanzando una mirada a Theo en la ventana): Pero a mí no me parecía rabia ni mucho menos. Estaba bailando en la cuerda floja al borde del mundo... arriesgándolo todo por fin para encon­trarme a mí mismo... Paseando contigo frente a mi casa, la brisa de la primavera, la lencería en los escaparates de Madison Avenue, el susurro de... ¿no era una falda de tafetán lo que llevabas?... y mi bebé acurrucado en tu vientre. ¡Había vencido la culpabilidad para siempre! (Ella se mueve hacia él, parte de su recuerdo.) ¡Y qué lánguida estabas, con todo el esplendor de tu embarazo asomando a la luz de la farola!

(Ella adopta la soltura de ese andar de otro tiempo, y...)

leah: ¿Es ella?

(Lyman alza la vista para mirar primero a Theo, y luego a Leah, inspirado, vivo.)

lyman: ¡Leah, cariño, qué sexy estás con edificios al­tos a tus espaldas!
leah (una cálida sonrisa; lo coge del brazo): Estás tenso, ¿verdad?
lyman: Bueno, he vivido aquí con ella durante mu­chos años... ¿Sabes? Me encantaría subir y saludar­la... pero no tengo el valor...
leah: ¿Se disgustó mucho cuando se lo dijiste?
lyman (trágicamente; pero vacila): Sí, querida, mucho.
leah: Quizá vuelva a casarse con el tiempo.
lyman: ¿Casarse otra vez? (Un vistazo a la ventana; la obliga a soltarle el brazo.) Por alguna razón, lo dudo.
leah (una sonrisa intrigada): ¿No debemos tocarnos?
lyman (apresurándose a cogerle otra vez el brazo): ¡Cómo no!

(Empiezan a alejarse.)

leah: Me encantaría conocerla alguna vez... como amigas.
lyman: Puede que llegue el día. (Se detiene; de pron­to con extraña determinación:) Oye, me gustaría ver si soy capaz de entrar a saludarla.
leah: ¿Por qué no? ¿No quieres que te acompañe, verdad?
lyman: Todavía no. ¿Te molestaría mucho?
leah: En absoluto. Me alegra que no te desentiendas de la gente sin más.
lyman: ¡Dios, los tienes bien puestos! Nos veremos en el hotel dentro de veinte minutos, ¿de acuer­do?
leah: No tengas prisa. Jugaré con toda esa precio­sa ropa interior que has comprado. (Tocándose el vientre.) ¡Estoy tan contenta, Lyman!

(Ella se vuelve y se marcha. Él permanece bajo la venta­na, mientras contempla cómo se aleja su figura.)

lyman (solo): Cuanto más feliz es ella, más triste me pongo, ¿por qué será? ¡Es esta maldita objetividad! ¿Por qué soy incapaz de zambullirme en mi felicidad y dejarme llevar? (Ahora mira a Theo, y lo asalta el desánimo. Salta con vehemente deter­minación.) ¡Idiota! ¡Ámala! ¡Ahora que ya no te priva de nada, deja que brote el amor hacia tu sensata y extraordinaria esposa! (Corre hacia Theo, pero de pronto se da media vuelta, aterrorizado; ca­mina en círculo, resopla y se tapa la cara.) ¡Al dia­blo la culpabilidad!

(Vuelve a encaminarse apresuradamente hacia la ven­tana... que desaparece mientras ella se levanta, sorpren­dida.)

theo: ¡Lyman! Dijiste el martes, ¿no?

(La estrecha entre sus brazos, la besa con desesperada pasión. Ella está sorprendida y contenta.)

lyman: ¡Qué atractiva señora! Theo, eres la escritu­ra de Dios.
theo: Ralph Waldo Emerson.
lyman: Un día me apropiaré de alguna imagen que nunca hayas oído. (Riendo, con actitud de camara­dería, la abraza con fuerza a la vez que la lleva a un asiento... embargado por cierta exaltada intimi­dad.) Oye, le he pedido a cierto piloto que me trai­ga con su Cessna nueva... Tengo reuniones mañana a partir de las siete y media, pero sencillamente necesitaba darte una sorpresa.
theo: ¿Has viajado en avioneta de noche?
lyman: Todo ese miedo era culpabilidad, Theo: pensaba que merecía estrellarme. Pero merezco vivir porque no soy mala persona y te quiero.
theo: ¡Vaya, me siento en las nubes! ¿Cuándo tienes que volver?
lyman: Ahora.
theo (casi ríe ante tal absurdo): ¿No podemos siquie­ra charlar?
lyman: No. De hecho, será mejor que llame para avi­sar que voy de camino. (Marca un número.)
theo: Te llevaré al aeropuerto.
lyman: No, va a pasar a recogerme por el Carlyle... ¿Hola?

(La luz ilumina a Leah, que sostiene un auricular.)

leah: ¡Cariño!
lyman: Estaré ahí dentro de diez minutos.
leah (perpleja): ¿Eh? De acuerdo. ¿Por qué llamas?
lyman: Sólo para asegurarme de que no te has mar­chado olvidándote de mí.
leah: ¡Tus celos son tan reconfortantes!... ¿Sabes?, ella ofrecía una imagen muy digna, leyendo en la ventana... parecía un cuadro de Edward Hopper, como hechizada.
lyman: Sí, bueno, enseguida salgo. (Cuelga.)
theo: No te olvides de la cena del jueves con Leona y Gilbert... él ya tiene el audífono, así que no será tan molesto.
lyman (con cierta solemnidad le coge las manos): Sólo necesitaba brindarnos una ocasión furtiva para mi­rarte una vez más... la vida es tan absurdamente corta, Theo.
theo (feliz): ¿Por qué tienes siempre a la Muerte sobre el hombro? ¡Llevas dentro más vida que nadie! (Alborotándole el pelo.) De hecho, esta no­che estás radiante.
lyman (reaccionando a su gesto): Oye, tenemos tiem­po de hacer el amor.
theo (una risa sorprendida, encantada): ¡Me gustaría saber qué se ha adueñado de ti!
lyman: Simplemente, me he acordado de qué bom­bón tengo por mujer. (Empieza a llevársela.)
theo: Debe de ser la nueva oficina de Elmira... ¡los comienzos siempre son estimulantes!
lyman (volviéndola hacia sí, la besa en la boca): Una cosa que muchas veces he querido preguntarte: ¿ha existido algún dios que fuese culpable?
theo: Los dioses nunca son culpables, por eso son dioses.
lyman: Me siento como si tuviese la luna en el vien­tre y el sol en la boca y estuviese iluminando el mundo. (Ríe burlándose de sí mismo.)... ¡Una au­téntica linterna planetaria! ¡Vamos!

(Y riendo con gran tensión, la coge de la mano y la lle­va a la oscuridad...)

theo: ¡Lyman, qué maravillosa e interminablemente cambiante eres!

(La escena se oscurece.)


ESCENA TERCERA
(La luz enfoca a Leah en la habitación del hospital; Lyman se encamina a la cama.)

leah: Así que aquella noche te la tiraste.
lyman: ¿Qué puedo decir?
leah: Y cuando volviste al hotel, ¿tú y yo no...?
lyman: ¡No pude contenerme! Las dos estabais irre­sistibles. ¿Qué maldad puede haber en eso?
leah (un suspiro): Oye, tengo que hablar de cosas serias. Quiero poner la casa a mi nombre de in­mediato.
lyman: ¿Qué?
leah: De inmediato. Sé que has puesto el corazón en ella, pero busco la seguridad de Benny.
lyman: Leah, te ruego que esperes con eso...
leah: ¡No esperaré! Y quiero recuperar mi negocio.
lyman: Eso será complicado; es mucho mayor que cuando yo asumí el control...
leah: ¡Quiero que me lo devuelvas! ¡Lo habría ex­pandido igualmente sin ti! ¡No estoy dispuesta a quedar como una absoluta idiota! ¡Te deman­daré!
lyman (una sonrisa muy vacilante): ¿De verdad me demandarías?
leah (buscando en su cuaderno): No estoy para bro­mas, Lyman. Me has hecho mucho daño... (Se in­terrumpe, contiene las lágrimas. Saca un papel.)
lyman (se ve obligado a volverse): Dios, no soporto verte llorar.
leah: Traigo algo que quiero que firmes.
lyman: ¿Que firme?
leah: Es una escritura de renuncia a la casa y mi ne­gocio. ¿Quieres leerla?
lyman: No hablas en serio.
leah: Le pedí a Ted Lester que la redactase. Ten, léela.
lyman: Sé lo que es una escritura de renuncia; no me pidas que lea una escritura de renuncia. ¿Cómo puedes hacer una cosa así?
leah: No estamos casados y no quiero que me ven­gas con reclamaciones.
lyman: ¿Y... y qué pasa con Benny? No pretenderás quitarme a Benny...
leah: Yo...
lyman: Quiero que lo traigas mañana por la mañana para que hable con él.
leah: Un momento...
lyman: Vas a traerlo, Leah...
leah: ¡Escúchame bien! No te permitiré verlo hasta que sepa qué te propones decirle sobre todo esto. He estado hablando con el antiguo abogado de mi padre y, desde el punto de vista legal, llevas todas las de perder.
lyman: Le diré la verdad: que lo quiero.
leah: ¿Te refieres a que te parece normal mentir y engañar a la gente que quieres? Lyman, ahora él es lo único que me queda, y no quiero verlo en­loquecer.
lyman: ¡No sigas con eso! Aparte de mentirle, he he­cho mucho más...
leah (desahogándose): ¡Le has mentido! ¿Es que no te das cuenta?... Comprarle el poni, y enseñarle a esquiar, y llevarlo en el planeador... lo has indu­cido a idolatrarte... ¡cuando sabías lo que sabías! ¡Eso es crueldad!
lyman: Está bien. ¿Qué crees tú que debo decirle?
leah: Le pides perdón y le explicas que no debe se­guir tu ejemplo porque cuando uno miente a los demás, les hace daño.
lyman: ¡No voy a degradarme delante de mi hijo! Y si algo puedo enseñarle ahora es a tener las agallas de ser fiel a uno mismo. ¡Eso es lo único que importa!
leah: ¿Aun cuando para ello tenga que traicionar a todo el mundo?
lyman: ¡Sólo la verdad es sagrada, Leah! ¡No guar­darse nada!
leah: Debes de estar loco... ¡Tú te lo has guardado todo! Realmente no distingues el bien del mal, ¿verdad?
lyman: ¡Por Dios, hablas como Theo!
leah: ¡Quizá sea lo que le pasa a las personas que se casan contigo! Mira, no creo que en este momen­to sea buena idea...
lyman: ¡Tengo derecho a ver a mi hijo!
leah: ¡No permitiré que te imite, Lyman! ¡Eso echa­ría a perder su vida!

(Se dispone a marcharse.)

lyman: ¡Quiero aquí a Benny! ¡Quiero aquí a Benny, Leah! ¡Me traerás a Benny!

(Entra Bessie sola. Está muy tensa y nerviosa.)

bessie: ¡Ah! Me alegro de que esté aún aquí. Oiga...
leah: Ya me iba...
bessie: ¡No se vaya, por favor! Mi madre ha sufrido una especie de ataque...
lyman: Dios mío, Bessie... ¿qué ha sido?
bessie: La están examinando en otra habitación del pasillo. Delira un poco y dice que quiere llevárse­lo a casa y creo sinceramente que la ayudaría ver que están juntos...
leah: Pero no estamos juntos.
lyman: ¿Por qué tiene que ser un delirio? Quizá tu madre quiere realmente que vuelva...
bessie (con frustración, da una patada al suelo): ¡Quie­ro sacarla de aquí y llevármela a casa!
lyman: ¡No soy un monstruo, Bessie! Dios santo, ¿de dónde sale tanta crueldad?
leah: Él quiere quedarse con ella, ya ve...
lyman: ¡Quiero quedarme con las dos!
bessie (con un tonillo histérico, gritando): ¿Alguna vez en la vida pensarás en otro ser humano?

(Entran Tom y Theo con la enfermera. Él la lleva del brazo. Ella tiene un aire de mayor comprensión, una sonrisa fija y apagada; le tiembla la cabeza.)

lyman: ¡Theo! ¡Ven, Tom, siéntala aquí!
leah (a Bessie; con miedo): La verdad, creo que de­bería irme...
theo: ¡Ah, desearía que se quedase un momento! (A la enfermera:) Por favor, traiga una silla para la señora Felt.

(La referencia causa sorpresa a Bessie. Leah mira de inmediato a Bessie, perpleja porque esto es lo contra­rio de lo que deseaban Theo y Bessie. Lyman lo con­sidera en extremo alentador. La enfermera, mientras sale en busca de la silla, lanza miradas a unos y otros, perpleja.)

theo: ¡Bueno! Aquí estamos todos juntos.

(Breve pausa.)

tom: Theo ha tenido un pequeño... incidente, Lyman. (A Bessie:) He pedido un avión; podemos volver los tres juntos a la ciudad.
bessie: Ah, estupendo... Mamá, está todo listo para marcharnos en cuanto tú digas.
lyman: Theo, gracias... por venir.
theo (se vuelve hacia él con una sonrisa inexpresiva): El socialismo ha muerto.
lyman: ¿Perdón? ¿Qué has dicho?
theo: Y el cristianismo está acabado, así que... (Bus­ca.) Ya no queda nada que... que... defender. ¿Ex­cepto la simplicidad? (Cruza las piernas y el abri­go se le abre parcialmente, dejando al descubierto su muslo desnudo.)
bessie: ¡Mamá! ¿Dónde está tu falda?
theo: Estoy bien, no te preocupes...

(Entra la enfermera con una silla.)

bessie: Debe de haberse dejado la falda en la habi­tación donde estaba hace un momento. ¿Sería tan amable de traerla?

(Sale la enfermera, otra vez perpleja.)

theo (a Leah): Lamento haberme comportado así... disculpe. En realidad no tengo nada contra usted personalmente, sólo que nunca me habían intere­sado las mujeres de su clase. La sorpresa es lo que me ha trastornado, el que estuvieran de hecho casados. Pero, sinceramente, me parece una per­sona interesante... No me lo esperaba. Pero ahora ya lo veo todo mucho más claro, sí. (Se interrum­pe.) ¿Aquí ven Village Voice?
leah: Sí, alguna que otra vez.
theo: Hace unos años salió una entrevista curiosa con Isaac Bashevis Singer... el novelista, ¿sabe? La entrevistadora era una mujer a la que el mari­do había abandonado por otra y no entendía por qué. Y Singer dijo: «Quizá le gustaba más su agu­jero». En su día yo me escandalicé, me pareció una auténtica atrocidad... ya me entiende, que le hubiesen dado el Nobel; en cambio, ahora pienso que demostró una gran valentía diciéndolo, porque seguramente era verdad. Valentía... ¡la valentía es siempre lo más importante!

(Entra la enfermera, le ofrece la falda.)

enfermera: ¿Le ayudo a ponérsela?
theo (coge la falda, la mira sin reconocerla y la tira al suelo): No recuerdo si la he llamado Leah o se­ñora Felt.
leah: De hecho, no soy la señora Felt.
theo (una sonrisa afable y cordial): Bueno, en reali­dad, usted sí es una señora Felt; tal vez es lo úni­co que podemos esperar ya, cuando todos somos intercambiables. ¿Quién sabe qué señora Felt ba­jará a desayunar? (Breve pausa.) Su hijo necesita a su padre, supongo.
leah: En fin... sí, pero...
theo: Entonces debería quedarse con usted, ¿no? Ahora todos tenemos que ser realistas. (A Lyman:) Puedes venir aquí siempre que quieras... si es ése tu deseo.
bessie (a Tom): Está demasiado enferma para esto... Vamos, mamá, nos...
theo: Estoy perfectamente. (A Lyman:) Puedo decir «joder», ¿sabías? Nunca me ha gustado esa pala­bra, pero seguro que también ella tiene sus limi­taciones. Puedo decir «jódeme», «jódete», lo que sea.

(Lyman guarda silencio con angustia culpable.)

bessie (a Lyman, con rabia): ¿No vas a decirle que se vaya? ¡Aunque sólo sea por respeto, por amistad!
lyman: Sí. (Con delicadeza.) Tiene razón, Theo, creo que será mejor...
theo (a Bessie): No, podré cuidarle mejor en casa. (A Leah:) La verdad es que yo no tengo nada que hacer, y usted, imagino, estará muy ocupada...
bessie: Tom, ¿quieres...?
tom: ¿Por qué no la dejamos que diga lo que piensa?
theo (a Bessie): Quiero que empieces a ser realista. Tu padre tiene todo el derecho a estar resentido conmigo. ¿Qué he hecho siempre sino corregirle? (A Leah:) Usted no le corrige, ¿verdad que no? Le gusta tal como es, incluso ahora, ¿verdad? Y ése es el secreto, ¿no? (A Lyman:) Pues yo puedo ha­cerlo. No necesito corregirte... ni fingir que...
bessie: ¡No lo soporto, mamá!
theo: Pero ésta es nuestra vida, Bessie, cariño mío; tienes que soportarla... Creo que siempre he sabi­do bastante bien lo que él estaba haciendo. En nuestro fuero interno, todos lo sabemos todo, ¿ver­dad? Pero uno tiene que vivir, cariño; vivir... en la misma casa, en la misma cama. Y así aprende a tolerar... la tolerancia es buena... (Un grito furioso.) ¡Y yo he tolerado y tolerado!

(Silencio. Miedo en todos ellos.)

bessie (aterrorizada por su madre): Papá, por favor... dile que se vaya.
lyman: Pero está diciendo la verdad, cariño.
leah (estallando de pronto): ¡Pobre mujer! (A él:) ¡Qué cabrón eres! Habría bastado una frase sin­cera tuya, y nada de esto habría pasado. ¡Es una canallada! (Apelando a Theo:) Lo siento mucho, señora Felt...
theo: No, no... él tiene toda la razón... siempre lo ha dicho... ¡Lo que pasa es que no tengo fe en la vida! Pero usted sí... usted sí tiene fe en ella, y por eso debe ganar...
leah: Pero eso no es verdad... ¡Yo nunca he confiado en él plenamente! Siempre supe que había algo es­pantoso removiéndose por debajo, oculto. (Total­mente sublevada.) Para serle franca, nunca he que­rido casarme con nadie, no he conocido a una sola pareja feliz... Oiga, no debe culparse, ese tinglado no sale bien, nunca sale bien... cosa que yo sabía, y a pesar de todo seguí adelante y lo hice, y nunca he entendido por qué.
lyman: Porque si no te hubieses casado conmigo, no te habrías quedado con Benny, por eso, ni más ni me­nos. (Ella no encuentra palabras.) No habrías teni­do a Benny ni estos últimos nueve años de felicidad. Te has convertido en la mujer que deseabas ser, en lugar de... (Se contiene.) En fin, ¿qué más da?
leah: No, no te cortes... ¿en lugar de qué? ¿De qué me has salvado?
lyman (aceptando el desafío): Como quieras... en lu­gar de todas esas duchas solitarias después del coi­to, y las absurdas conversaciones entre las sábanas, y las cajas de condones sin sentimientos al lado de tu cama...
leah (sin habla): ¡Pero bueno!
lyman: ¡Estoy harto de esa mierda, Leah!... ¡Algo has sacado de esta despreciable traición!
theo: Decirle eso es una atrocidad.
lyman: Pero la verdad es atroz, ¿no es eso lo que aca­bas de decir? Y es atroz porque nos avergüenza; pero la verdad, para serlo ¡tiene que avergonzar­nos siempre! Me tolerabas porque me querías, pero ¿no te he dado también a ti una buena vida?... Bien, ¿y qué hay de malo en eso? ¿No son per­sonas las mujeres? ¿No gustan el poder y las co­modidades a las personas? ¡No entiendo dónde está la deshonra!
bessie (a las dos mujeres): ¿Por qué siguen ahí sen­tadas? ¿Es que no tienen orgullo?... (A Leah:) ¡Esto da asco!
leah: ¿Quiere dejar ese tono de moralina? ¡Tengo asuntos pendientes con él, así que debo hablar con él!... ¡Voy a volverme loca aquí! ¿Se me acu­sa de algo?

(A un lado, Tom apoya la cabeza en las manos entre­lazadas, con los ojos cerrados.)

bessie: ¡No debería estar en la misma habitación que él!
leah (alterada): Acabo de explicarlo, ¿no? ¿Qué de­monios quiere?
lyman (con un grito, la voz entrecortada por un so­llozo): ¡Quiere recuperar a su padre!
bessie: ¡Hijo de puta! (Levanta los puños; luego llo­ra de impotencia.)
lyman: ¡Te quiero, Bessie!... ¡Os quiero a todas! ¡Sois extraordinarias!
bessie: ¡Habría que matarte!
lyman: ¡Todas sois maravillosas!

(Bessie rompe a llorar. Un río impotente de dolor que ahora se desborda para llevarse consigo a Lyman; luego Leah se ve arrastrada por la ola de llanto. Todas las estrategias se desmoronan cuando finalmente Theo se contagia. Los cuatro se tapan impotentes la cara. Es una auténtica lamentación colectiva, una explosión funeraria de dolor, cada uno por su propio estado, por la frustración del amor y por el final de toda ca­pacidad de razonar. Tom les ha vuelto la espalda, la cabeza gacha en actitud de oración, las manos entrelazadas, los ojos cerrados.)

lyman (ve la pierna desnuda de Theo): ¡Tom, por fa­vor! ¡Haz que se ponga algo de ropa...! (Se in­terrumpe.) Por Dios, ¿estás rezando?
tom (con la mirada fija al frente): No hay manera de seguir adelante. Todas debéis dejar de amarlo. O eso, o será vuestra ruina. Este hombre es una cuerda sin fin sujeta a nada.
lyman: ¿Quién no es una cuerda sin fin? ¿Quién es fiel a algún elevado propósito en este mundo? ¿Los abogados? ¿Por qué decís tantas tonterías?
tom: Ahora Theo necesita ayuda, Lyman, y no deseo conflictos, así que no veo cómo puedo continuar representándote.
lyman: Claro que no, no soy digno. (Un grito, pero con la tensión de la pérdida, de la incapacidad de comunicación.) ¡Pero soy humano, y estoy orgu­lloso de ello! ¡Del esplendor y de la mierda! ¡La verdad! ¡La verdad es sagrada!
tom (explotando): ¿Lo es? Pues entonces reconoce que apartaste esa valla y te metiste a sabiendas en la placa de hielo. Porque ésa es la verdad, ¿no?
lyman (un instante de vacilación): ¡No fue un suici­dio! ¡No soy de los que se rajan!
tom: ¿Por qué dices rajarse? Sentiste vergüenza, ¿no? ¿O acaso eso es demasiada verdad para que te con­suele? ¡Por Dios, tu vergüenza es lo mejor de ti...! ¿Por qué finges que no la tienes? (Se interrumpe y ceja en su empeño.) Por mí, ya podemos mar­charnos, Theo.
lyman (hundido de repente): Esperad un momento... os lo ruego. Antes de marcharos... por favor... quie­ro deciros algo.
bessie (implacable y tranquila): ¿Mamá? (Pone a Theo en pie. Le tiembla la cabeza. Se vuelve hacia Lyman.)
lyman: Te estoy pidiendo que me escuches, Theo. Por fin comprendo lo que pasó.
theo: Por desgracia, ya no me queda nada dentro, Lyman.

(Bessie la coge del brazo para marcharse. Leah se le­vanta, como para irse.)

lyman: Te lo suplico, Leah, dos minutos. ¡Tengo que explicártelo!
leah (un aire evasivo): Tengo trabajo en la oficina...
lyman (perdiendo el control): Dos minutos... ¿Leah? Antes de que me apartes de mi hijo por mi in­dignidad. (Pausa. Algo sencillo, sincero en su tono los detiene a todos.) Así es como llegué a la carre­tera del monte Morgan: te llamé una y otra vez desde el Howard Johnson... sí. Para decirte que pasaría allí la noche por la tormenta... pero comu­nicabas. Así que me acosté, sí... Pero aún comunicabas... una hora entera... ¡más! Y... sí, me dispo­nía a pedirle a la operadora que te cortase la co­municación como en una emergencia, pero... (Se interrumpe.) Me acordé de algo que me dijiste una vez...
leah: Estaba hablando con...
lyman (arranque de rabia): Me da igual, no te estoy excusando, ni siquiera defendiéndome. ¡Estoy con­tándote lo que pasó! ¡Déjame acabar!
leah: ¡Estaba hablando con mi hermano!
lyman: ¿Con Japón, durante más de una hora?
leah: Volvió el lunes.
lyman: En fin, no importa.
leah: ¡Claro que importa!
lyman: Por favor, déjame acabar. Leah, ¿recuerdas que una vez me dijiste... «Quizá te engañe»? ¿Lo recuerdas? ¿Muy al principio? Entonces me pareció tan maravilloso... que fueses capaz de tal sinceri­dad; pero allí, tendido de espaldas en esa habita­ción, empecé a morir.
leah: No quiero oír ni una palabra más.

(Theo y Bessie van a salir.)

lyman: ¡Esperad! ¡Por favor! ¡No he acabado! (Algo nuevo, auténtico en su voz las detiene.) Quiero de­jar de mentir. Así de simple. (Mira como si tuvie­ra una visión.) Tumbado boca arriba en aquella cama, la nieve amontonándose fuera... el viento aullando en mi ventana... estos nueve años de ir y venir me parecieron absurdos, de repente todo era ridículo. No entendía por qué lo había hecho. Y me di cuenta de que no sentía nada... ni por mí ni por los demás... Era un cadáver en aquella cama. Me vestí, subí al coche y me metí en la tormenta. No sé... tal vez deseaba morir, pero lo que pensaba era que si aparecía a las dos o las tres de la madruga­da en medio de una descomunal ventisca como ésa... creerías lo mucho que te necesitaba... y tam­bién yo lo creería... y volvería a la vida. A no ser que... (Se vuelve hacia Tom:) Sólo quería que aca­bara todo. (A las mujeres:) Pero os juro... al mira­ros ahora, Theo, Leah, y tú también, Bessie..., que nunca he sentido tanto amor como ahora. Pero os he hecho daño y lo sé... Y una cosa más, no puedo dejaros ir con una mentira: la verdad es que en al­gún rincón desolado y oscuro de mi alma sigo sin saber con certeza por qué se me condena. Os ben­digo a todas. (Llora de impotencia.)

(Bessie hace girar a Theo para encaminarla hacia la salida.)

theo: Despídete de él, cariño.
bessie (ahora sin lágrimas en los ojos; sus sentimien­tos más claros, emite un sonido casi impersonal): Espero que te mejores pronto, papá. Adiós.

(Toma a su madre del brazo; Theo ya no se resiste mientras se adentran en la oscuridad. Él se vuelve ha­cia Leah.)

lyman: Leah, di algo duro y sincero... como tú sabes hacerlo.
leah: No sé si volveré a creer en algo... o en alguien.
lyman: Oh, no. ¡No! ¡Yo no he hecho eso!

(La sacude un gran sollozo y sale apresuradamente.)

lyman: ¡Leah! ¡Leah! ¡No digas que yo he hecho eso! (Pero ella se ha ido.)
tom: Ya hablaremos.

(Ve que Lyman está perdido en el espacio, y sale. La enfermera se acerca a él desde su rincón.)

enfermera: ¿Le duele? (Él no contesta.) Le traeré un tranquilizante.
lyman: No me deje solo, ¿eh? ¿Sólo un ratito? Por favor. Siéntese conmigo. (Da unas palmadas en el colchón. Ella se acerca a la cama pero no se sien­ta.) Quiero darle las gracias, Logan. No olvidaré su calor. El calor de una mujer es la última magia; es usted un trozo de sol. Dígame, cuando va a pes­car en el hielo con su marido y su hijo... ¿de qué hablan?
enfermera: Pues, a ver... esta última vez nos com­pramos todos unos zapatos en Knapp, esa zapate­ría enorme que hay allí, ¿sabe? Son usados, pero nadie los distinguiría de unos nuevos.
lyman: ¿Y hablaron de sus zapatos nuevos?
enfermera: Son una buena compra.
lyman: Claro. Es... es maravilloso hacer una cosa así. No sé por qué, pero lo es.
enfermera: Enseguida vuelvo.

(Empieza a irse.)

lyman: ¿Me odia?
enfermera (incómoda, se encoge de hombros): No lo sé. Tengo que pensarlo.
lyman: Vuelva enseguida, ¿eh? Aún estoy un poco... débil. (Ella se inclina y le besa la frente.) ¿Por qué ha hecho eso?
enfermera (se encoge de hombros): Por nada en par­ticular.
(Sale.)

lyman (una angustiada expresión de asombro y anhe­lo en el rostro, los ojos desorbitados, la mirada des­pierta): ¡Todo es un milagro! ¡Todo sin excep­ción!... Fíjate... los tres allí sentados, en el lago, ¡hablando de zapatos! (Se echa a llorar, pero rápi­damente se contiene.) Y ahora a aprender qué es la soledad. Pero con buen ánimo. Porque te lo has ganado a pulso, chico, tú sólito. Sí. ¡Por fin has en­contrado a Lyman! Así que... ¡ánimo!

(La escena se oscurece.)

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