El pelícano STRINDBERG





Personajes

LA MADRE, Elisa, viuda.
EL HIJO, Federico, estudiante de derecho.
LA HIJA, Gerda.
EL YERNO, Axel, casado con Gerda.
MARGARITA, Criada.

Un salón. Al fondo, una puerta que da al comedor. A la derecha, la puerta achaflanada de un balcón. Arquimesa, escritorio, diván con una cubierta de felpa roja, una mecedora.

(Entra LA MADRE, se sienta en una silla y allí se queda abúlica, sin hacer nada. Va de luto. De vez en cuando, escucha nerviosa.)
(Se oye la «Fantasía Impromptu”, opus 66, de Chopin, obra póstuma, que alguien toca en la habitación de al lado.)
(MARGARITA, la cocinera, entra por la puerta del fondo.)
LA MADRE.- Cierra la puerta, por favor.
MARGARITA.- ¿Está sola la señora?
LA MADRE.- Cierra la puerta, por favor... ¿Quién toca?
MARGARITA.- ¡Vaya noche de perros cómo sopla El viento! Y cómo llueve...
LA MADRE.- ¡Que cierres la puerta! No puedo soportar ese olor a fenol y a ramitas de abeto...
MARGARITA.- Eso ya lo sabía yo, señora. Por eso le dije que instalasen la capilla ardiente en la iglesia...
LA MADRE.- Fueron los chicos los que se empeñaron en celebrar la ceremonia en casa...
MARGARITA.- ¿Por qué sigue la señora aquí? ¿Por qué no se cambian de casa?
LA MADRE.- El propietario no nos deja marcharnos. No podemos movernos de aquí... (Pausa.) ¿Por qué has quitado la funda del diván rojo?
MARGARITA.- La llevé a la lavandería. (Pausa.) La señorita sabe muy bien, claro, que el señor expiró en ese sofá. Pero quite usted el sofá...
LA MADRE.- No puedo tocar nada hasta que terminen el inventario..., por eso estoy aquí encerrada..., y en las otras habitaciones no puedo estar...
MARGARITA.- ¿Y eso por qué?
LA MADRE.- Los recuerdos..., esos penosos recuerdos... y ese espantoso olor... ¿Es mi hijo el que toca?
MARGARITA.- Sí, no se encuentra a gusto aquí. Está nervioso, inquieto. Y, además, eso de andar siempre con hambre... Dice que nunca ha podido comer hasta hartarse...
LA MADRE.- Siempre ha sido un enclenque, desde que nació...
MARGARITA.- A un niño criado con biberón hay que darle después una comida muy nutritiva...
LA MADRE (cortante, agresiva).- ¿Qué dices? ¿Es que aquí ha faltado algo?
MARGARITA.- Precisamente, no. Sin embargo, la señora no debería haber comprado siempre la peor comida y la más barata. Y mandar a los chicos a la escuela con una taza de achicoria y un pedazo de pan..., ¡eso sí que no está bien!
LA MADRE.- Mis hijos no se han quejado nunca de la comida...
MARGARITA.- ¿Ah, no? A usted no se le han quejado, claro, parque no se atrevían. Pero desde que se hicieron mayorcitos venían a la cocina y se quejaban...
LA MADRE.- Siempre hemos vivido con gran escasez de medios...
MARGARITA.- ¡Qué va! Leí en el periódico que a veces el señor pagaba impuestos por unos ingresos de veinte mil coronas...
LA MADRE.- ¡Y todo se iba!
MARGARITA. Sí, bien. Pero los chicos están enclenques. La señorita Gerda, bueno, ahora habrá que llamarla señora, parece una niña y eso que ya ha cumplido los veinte años...
LA MADRE.- ¿Qué tonterías dices?
MARGARITA.- ¡Sí, claro, tonterías! (Pausa.) No quiere que le encienda la estufa? Aquí hace frío.
LA MADRE.- No, gracias. No podemos permitirnos el lujo de andar quemando el dinero...
MARGARITA.- Pues su hijo se pasa el día tiritando. Por eso se va de casa o se pone a tocar el piano... para calentarse...,
LA MADRE.- Siempre ha sido muy friolero...
MARGARITA.- ¿A qué se deberá eso?
LA MADRE.- Ten cuidado, Margarita... (Pausa.) ¿Anda alguien por ahí fuera?
MARGARITA.- No, nadie.
LA MADRE.- ¿Crees que tengo miedo a los fantasmas?
MARGARITA.- Yo no sé... Pero no voy a seguir mucho tiempo aquí... Cuando vine a esta casa lo hice como si mi destino hubiese sido cuidar de los niños... Al ver lo mal que trataban a las criadas quise marcharme, pero no pude o no me dejaron... Ahora, después de la boda de la señorita Gerda, tengo la impresión de que mi misión ha terminado. Está muy cerca la hora de mi liberación, pero aún es pronto...
LA MADRE.- No entiendo una palabra de lo que dices..., todo el mundo sabe cómo me he sacrificado por mis hijos, cómo he llevado mi casa y cómo he cumplido con mis deberes... Tú eres la única que me recrimina mi conducta, pero no me importa nada. Puedes marcharte cuando quieras. Cuando los recién casados vengan a vivir en este piso, ya no pienso tener criada...
MARGARITA.- Espero que la señora se encuentre bien con ellos..., los hijos son ingratos por naturaleza, y a las suegras no las aguanta nadie, a menos que tengan dinero...
LA MADRE.- No te preocupes por mí..., pagaré mi parte y además ayudaré en los trabajos de la casa... Además, mi yerno no es como los demás yernos...
MARGARITA.- ¿Ah, no?
LA MADRE.- No, es muy diferente. A mí no me trata como a una suegra, sino como a una hermana..., por no decir como a una amiga...
(MARGARITA hace una mueca.)
LA MADRE.- Sé lo que significan tus muecas. Sí, me gusta mi yerno, nadie puede prohibírmelo, y tal se lo merece... A mi marido no le gustaba, le tenía envidia, por no decir celos... Sí, sí, me honraba con sus celos, porque ya no soy tan joven... ¿Decías algo?
MARGARITA.- No, nada... Me pareció que venía alguien... Será su hijo, como viene tosiendo... ¿Enciendo la estufa?
LA MADRE.- ¡No hace falta!
MARGARITA.- Señora..., yo en esta casa he pasado mucho frío y he pasado mucha hambre. Bien, pasado está..., pero déme una cama, una cama de verdad. Ya soy vieja y estoy cansada...
LA MADRE.- ¡A buenas horas! ¿No decías que te ibas a marchar?
MARGARITA.- ES verdad! j Lo había olvidado! Pero por el honor de la casa, queme la ropa de mi cama, esas ropas donde han muerto varias personas... Así al me- 4 nos no tendrá que avergonzarse delante de mi sustituta, si es que viene alguien cuando yo me vaya! vendrá nadie!
MARGARITA.- Y si viniese, no aguantaría mucho tiempo... He visto marcharse de esta casa a cincuenta criadas...
LA MADRE.- Porque eran gentuza. Como lo sois todas...
MARGARITA.- ¡Muchas gracias!... Bueno, pronto le negará a usted su hora. A todos les llega su hora, señora. A todos, uno tras otro.
LA MADRE.- Me estás hartando... ¡A ver si me dejas pronto en paz!
MARGARITA.- ¡Sí, pronto! ¡Muy pronto! ¡Antes de lo que se imagina!
(Sale.)
(EL HIJO entra, tosiendo, con un libro en la mano. Tartamudea ligeramente.)
LA MADRE.- Cierra la puerta, por favor.
EL HIJO.- ¿Y eso por qué?
LA MADRE.- ¿Tienes que contestar siempre así?... ¿Qué quieres?
EL HIJO.- ¿Puedo estudiar aquí? Hace tanto frío en mi cuarto...
LA MADRE.- Siempre tan friolero.
EL HIJO.- ¡E1 frío se siente más cuando uno está sentado sin moverse! (Pausa. Primero hace como que lee.) ¿Aún no han terminado el inventario?
LA MADRE.- ¿A qué viene esa pregunta? Dejemos que pase el luto. ¿Es que no has sentido la muerte de tu padre?
EL HIJO.- Sí, claro..., pero él ahora está bien y tiene bien merecida la paz de que goza. Eso no es obstáculo para que quiera conocer mi situación..., si podré seguir estudiando hasta el día del examen sin tener que pedir un préstamo...
LA MADRE.- Tu padre no ha dejado nada, ya lo sabes. Tal vez deudas...
EL HIJO.- Pero la tienda tiene que valer algo...
LA MADRE.- ¡La tienda! ¿Llamas tienda a un local donde no hay mercancías, a un almacén sin existencias?
EL HIJO (después de reflexionar).- Pero la razón social, el nombre, la clientela...
LA MADRE.- Desgraciadamente la clientela no se puede vender... (Pausa.)
EL HIJO.- Pues por ahí dicen que si.
LA MADRE.- ¿Has estado con el abogado? (Pausa.) ¿Es así como guardas luto por tu padre?
EL HIJO.- No, así no... Pero lo uno no tiene que ver nada con lo otro. ¿Dónde están mi hermana y mi cuñado?
LA MADRE.- Volvieron esta mañana del viaje de bodas y se quedaron en una pensión.
EL HIJO.- Allí al menos podrán matar el hambre.
LA MADRE.- ¡Siempre hablando de comida! ¿Tienes algún motivo para quejarte de la que te doy?
EL HIJO.- ¡No, no, por Dios!
LA MADRE.- Dime ahora una cosa. Te acuerdas de cuando tuve que vivir últimamente separada de tu padre cierto tiempo y tú te fuiste a vivir solo con él..., ¿no te habló nunca de su situación económica?
EL HIJO (enfrascado en la lectura.- No, no me dijo nada especial.
LA MADRE.- Entonces, ¿cómo te explicas que si durante estos últimos años ganaba veinte mil coronas anuales no nos haya dejado nada?
EL HIJO.- No sé nada de los negocios de mi padre. Pero decía que llevar una casa costaba mucho. Y hace poco había comprado muebles nuevos.
LA MADRE.- ¿Ah, sí? ¿Decía eso? ¿Sabes sí tenía deudas?
EL HIJO.- No sé. Las había tenido, pero ya las había pagado.
LA MADRE.- ¿Adónde habrá ido a parar el dinero? ¿Habrá hecho testamento? A mí, que me odiaba, me había amenazado varias veces con dejarme en la calle. ¿Habrá escondido sus ahorros en alguna parte? (Pausa.) ¿Anda alguien por ahí fuera?
EL HIJO.- Yo no oigo nada.
LA MADRE.- Con todo esto del entierro y los asuntos de tu padre estoy un poco nerviosa... Y hablando de otra cosa. Sabrás que tu hermana y su marido van a vivir aquí y que tú tendrás que buscarte una habitación en la ciudad.
EL HIJO.- Sí, ya lo sé.
LA MADRE.- No te cae bien tu cuñado, ¿verdad?
EL HIJO.- No goza de mis simpatías.
LA MADRE.- Pues es un buen chico y muy capaz. Trata de que te caiga bien. Se lo merece.
EL HIJO.- Yo tampoco soy santo de su devoción..., y además se portó muy mal con mi padre.
LA MADRE.- ¿Quién tuvo la culpa?
EL HIJO.- Mi padre era incapaz de hacer daño a nadie...
LA MADRE.- ¿Ah, sí? Vaya...
EL HIJO.- ¡Creo que ahora sí que anda alguien por ahí fuera!
LA MADRE.- ¡Enciendan un par de luces! ¡Pero sólo dos!
(EL HIJO enciende la luz eléctrica.)
(Pausa.)
LA MADRE.- ¿Por qué no te llevas ese retrato de tu padre a tu cuarto? Sí, ése que está ahí colgado.
EL HIJO.- ¿Por qué me lo voy a llevar?
LA MADRE.- Porque mí no me gusta. Tiene una mirada tan dura.
EL HIJO.- A mí no me lo parece.
LA MADRE.- Pues llévatelo. Si tanto te gusta, es justo que sea para ti.
EL HIJO (descolgando el cuadro).- Sí. Me lo llevo.
(Pausa.)
LA MADRE.- Estoy esperando a Axel y a Gerda... ¿Tienes ganas de saludarlos?
EL HIJO.- No es lo que más me apetece... Me voy a mi habitación..., si pudiese encender la estufa aunque fuese un poco...
LA MADRE.- No podemos permitirnos el lujo de andar quemando el dinero...
EL HIJO.- Llevo veinte años oyendo la misma canción. Pero en cambio podíamos permitirnos aquellos viajes ridículos al extranjero para darnos tono... Y también ir a restaurantes donde una cena costaba cien coronas, es decir, el equivalente de cuatro estéreos de leña. ¡Cuatro estéreos por una cena!
LA MADRE.- ¡Qué tonterías dices!
EL HIJO.- No son tonterías. Aquí han pasado cosas muy raras, pero ya se acabó..., una vez arregladas las cuentas...
LA MADRE.- ¿Qué insinúas?
EL HIJO.- Cuando terminemos el inventario y arreglemos lo demás...
LA MADRE.- ¿Lo demás?
EL HIJO.- Las deudas y los asuntos pendientes...
LA MADRE.- ¿Ah, sí? Vaya, vaya...
EL HIJO.- Bueno..., ¿crees que me puedo comprar ropa de lana?
LA MADRE.- ¿Cómo se te ocurre pedirme eso ahora? Más te valdría ponerte a trabajar y a ganar pronto algo de dinero...
EL HIJO.- Cuando haya terminado la carrera.
LA MADRE.- Entonces, pide un préstamo, como todos los demás.
EL HIJO.- ¿Quién me va a prestar dinero a mí?
LA MADRE.- Los amigos de tu padre.
EL HIJO.- Él no tenía amigos. Un hombre tan independiente como él no podía tenerlos, porque la amistad no es más que un grupito de gentes entregadas al ejercicio de la admiración y de la adulación mutua...
LA MADRE.- Una reflexión muy inteligente. La habrás aprendido de tu padre.
EL HIJO.- Sí, mi padre fue un hombre inteligente... que a veces cometió alguna locura.
LA MADRE.- ¡Lo que hay que oír!... Bueno, ¿cuándo piensas casarte?
EL HIJO.- ¿Casarme yo? ¡No, gracias! No estoy dispuesto a mantener a una mujer para entretenimiento de los solteros, ni a convertirme en la cobertura legal de una zorra, ni a proporcionarle armas a mi mejor amigo, entiéndeme, a mi peor enemigo, para que se lance en una cruzada contra mí... ¡No! ¡Me cuidaré mucho de hacerlo!
LA MADRE.- ¡Lo que me faltaba por oír!... ¡Vete a tu cuarto! ¡Estoy de ti hasta la coronilla! ¿A qué has vuelto a beber?
EL HIJO.- Tengo que beber un poco por la tos... y para matar el hambre.
LA MADRE.- ¡Otra vez con la comida! ¿Tan mala es la que te doy?
EL HIJO.- No, si mala no es..., ¡pero es tan ligera! Sabe a aire.
LA MADRE (asombrada).- ¡Vete de aquí!
EL HIJO.-Otras veces la condimentáis con tanta pimienta y sal que lo que hace es abrir el apetito. Es como comer aire condimentado con especias.
LA MADRE.- Estás borracho. Tienes que estarlo. ¡Vete de aquí!
EL HIJO.- Sí..., ¡ya me voy! Iba a decirte algo más, pero ya basta por hoy... ¡Sí! (Sale.)
(LA MADRE se pasea, inquieta, por la habitación, abre los cajones del escritorio.)
(Entra EL YERNo sin llamar, precipitadamente.)
LA MADRE (lo saluda afectuosamente).- ¿Axel! ¿Eres tú? ¡Por fin! ¡Te he echado tanto de menos! Pero, ¿dónde está Gerda?
EL YERNo.- Enseguida viene. Y tú, ¿cómo estás? ¿Qué tal por aquí?
LA MADRE.- Anda, siéntate aquí y déjame hacerte unas preguntas... No nos hemos visto desde el día de la boda... ¿por qué habéis vuelto tan pronto? Pensabais estar de viaje ocho días y a los tres ya estáis en casa...
EL YERNo.- Bueno..., el tiempo se nos hacía interminable..., ya sabes, cuando dos personas ya se han dicho todo lo que tienen que decirse, la soledad se hace insoportable.
Y además estábamos tan acostumbrados a tu compañía... Te echábamos mucho de menos.
LA MADRE.- ¿Ah, sí? ¿De verdad? Claro, nosotros tres nos hemos mantenido muy unidos a pesar de todas las dificultades, y creo que os he sido útil...
EL YERNo. Gerda es como una niña..., no sabe nada de la vida, tiene muchos prejuicios y es un poco tozuda... En ciertos casos... fanática...
LA MADRE.- ¿Y qué te pareció la boda?
EL YERNo.- Un éxito. Un verdadero éxito. Y la poesía, ¿qué te pareció?
LA MADRE.- Te refieres a la poesía que me dedicaste, ¿no? ¡Qué quieres que te diga! Creo que nunca le habrán dedicado a una suegra una poesía parecida el día de la boda de su hija... El pelícano que alimenta a sus hijos con su propia sangre..., ¿sabes que lloré?..., sí...
EL YERNo.- Entonces sí lloraste, pero después no te perdiste un baile. Gerda casi tenía celos de ti...
LA MADRE.- No hubiese sido la primera vez. Ella quería que fuese vestida de negro. Por el luto, decía. Pero no le hice ningún caso. ¡Estaría bueno que tuviese que obedecer a mis hijos!
EL YERNo.- No tienes que hacerles el menor caso. A veces Gerda se pone hecha una loca..., basta con que yo mire a una mujer...
LA MADRE.- ¿Qué me dices? ¿No sois felices?
EL YERNo.- ¿Felices? Si me explicas lo que es eso...
LA MADRE.- ¡Vaya! ¿Ya habéis reñido?
EL YERNo.- ¿Ya? Si no hemos hecho otra cosa desde el día en que nos prometimos... Y, por si fuese poco, ahora hay que añadir lo de mi renuncia al ejército. Ya no soy más que teniente de reserva... Sí, es absurdo, pero parece que le gustaba más de militar...
LA MADRE.- Entonces, ¿por qué no vas de uniforme? Debo confesar que me cuesta trabajo reconocerte de civil. Eres otro hombre...
EL YERNo.- No puedo ponérmelo más que cuando estoy de servicio y en los desfiles,..
LA MADRE.- ¿No puedes?
EL YERNo.- No, lo prohíbe el reglamento...
LA MADRE.- De todas formas, Gerda me da pena. Se prometió con un teniente y de pronto se ve casada con un chupatintas.
EL YERNo.- ¿Y qué quieres que le haga? ¡Hay que vivir! Y hablando de vivir..., ¿cómo andan los negocios?
LA MADRE.- ¡Francamente, no lo sé! Pero estoy empezando a sospechar de Federico.
EL YERNo.- ¿Por qué?
LA MADRE.- Esta tarde me ha estado diciendo unas cosas tan raras...
EL YERNo.- Ese imbécil...
LA MADRE.- Esos imbéciles suelen ser muy zorros. Y no me sorprendería que hubiese un testamento o ahorros en algún sitio...
EL YERNo.- ¿Has buscado bien?
LA MADRE.- He registrado todos sus cajones.
EL YERNo.- ¿Y los del chico?
LA MADRE.- También, claro. Todos los días miro en su papelera, porque no hace más que escribir cartas, que luego rompe...
EL YERNo.- No importa. Pero, ¿has mirado bien en la arquimesa del viejo?
LA MADRE.- Sí, naturalmente...
EL YERNo.- Pero, ¿a fondo? ¿Todos los cajones?
LA MADRE.- ¡Todos!
EL YERNo.- Todas las arquimesas suelen tener cajones secretos.
LA MADRE.- No pensé en eso…
EL YERNo.- Entonces, tenemos que volver a mirar bien.
LA MADRE.- No, no la toques. Está sellada por lo del inventario.
EL YERNo.- ¿Y no podemos saltarnos los sellos a la torera?
LA MADRE.- ¡No! ¡Eso no!
EL YERNo.- Basta con quitar la tabla de atrás. Todos los cajones secretos están ahí..., detrás...
LA MADRE.- -Harán falta herramientas...
EL YERNo.- ¡Qué va! Puedo hacerlo sin ellas...
LA MADRE.- ¡Pero que no se entere Gerda!
EL YERNo.- No, claro..., enseguida iría corriendo a contárselo a su hermanito...
LA MADRE (cerrando las puertas).- Así estaremos más seguros...
EL YERNo (examinando la parte posterior de la arquimesa).- ¡Vaya, vaya! Alguien ha andado aquí... La tabla está suelta... Puedo meter la mano...
LA MADRE.- ¡Ha sido Federico! Ves cómo mis sospechas... ¡Date prisa! ¡Viene alguien!
EL YERNo.- Aquí hay unos papeles...
LA MADRE.- Date prisa, viene alguien...
EL YERNo.- Un sobre...
LA MADRE.- ¡Es Gerda! Dame los papeles... ¡De prisa!
EL YERNo (le entrega a LA MADRE un sobre grande, que ella esconde).- ¡Toma! ¡Escóndelo!
(Alguien tira del pestillo, luego se oyen unos golpes en la puerta.)
EL YERNo.- Pero..., ¿cómo se te ocurrió cerrar con llave?.. . ¡Estamos perdidos!
LA MADRE.- ¡Cállate!
EL YERNo.- ¡Eres una idiota!... ¡Abre!... ¡Si no, abriré yo!... ¡Apártate! (Abre la puerta.)
GERDA (entra, enfadada).- ¿Por qué os habéis encerrado?
LA MADRE.- Pero, chiquilla, ¿qué maneras son ésas? Entras sin saludar, y eso que no nos vemos desde el día de la boda. ¿Qué tal el viaje? ¿Lo habéis pasado bien? Anda, cuéntame. ¡Y alegra esa cara!
GERDA (s e sienta en una silla, abatida).- ¿Por qué habéis cerrado la puerta?
LA MADRE.- Porque se abre sola y ya estaba cansada de decirle a todo el que entraba que la cerrarse. ¿Por qué no hablamos un poco de cómo queréis amueblar el piso? Supongo que viviréis aquí..,
GERDA.- ¡Qué remedio... ! A mi me da igual..., ¿y a ti, Axel?
EL YERNo.- Viviremos aquí y doña Elisa no tendrá queja..., porque donde reina la armonía...
GERDA.- ¿Y cuál va a ser la habitación de mamá?
LA MADRE.- Está ahí la mía. Con poner aquí una cama...
EL YERNo (a LA MADRE) .- ¿Pretendes poner una cama en el salón?
GERDA (al oír el «tuteo», salta).- ¿Me dices a mí?
EL YERNo.- No, hablaba con tu madre... Pero todo se arreglará... Ayudándonos los tres... y con lo que ahora paga doña Elisa podremos vivir...
GERDA (se le ilumina la cara).- Y me ayudarás un poco en los trabajos de la casa...
LA MADRE.- Pero, claro, hija mía... Lo que no haré será fregar.
GERDA.- ¿Cómo se te puede ocurrir una cosa así, mamá? Por lo demás, todo irá muy bien, porque lo único que pido es tener a mi marido para mí sola. No tolero ni que lo miren..., eso es lo que hacían todas en la pensión y por eso fue tan corto el viaje de bodas... Pero a la que trate de quitármelo, ¡a ésa la mato! ¡Ahora ya lo sabemos todos!
LA MADRE.- Por qué no empezamos ya a cambiar algunos muebles...
EL YERNo (mirando fijamente a LA MADRE).- ¡Estupendo! Gerda puede empezar aquí en esta habitación...
GERDA.- ¿Y eso por qué? No quiero quedarme sola aquí... Hasta que no nos hayamos mudado no estaré tranquila...
EL YERNo.- Como las señoras tienen miedo a la oscuridad, vamos los tres juntitos...
(Salen los tres.)
(El escenario queda vacío. Hace un viento muy fuerte que silba en las ventanas y ulula en la chimenea de la estufa. Comienza a batir la puerta del fondo. Los papeles del escritorio vuelan por la habitación y la palma que está sobre la repisa se mueve violentamente. Cae unta fotografía colgada de la pared. Se oye la voz del HIJO: «iMamá!, inmediatamente después: ¡Cierra la ventana!» Pausa. La mecedora se balancea.)
LA MADRE (entra, furiosa, leyendo el papel que lleva en la mano).- ¿Qué es esto? ¡La mecedora se mueve!
EL YERNo (siguiéndola).- ¿Qué era? ¿Qué pone ahí? ¡Déjame leer! ¿Es el testamento?
LA MADRE.- ¡Cierra la puerta! ¡Nos va a llevar la corriente! Tengo que tener la ventana abierta por el olor. No es el testamento..., es una carta dirigida al chico en la que nos calumnia a mí... y a ti.
EL YERNo.- ¡Déjame leerla!
LA MADRE.- ¡No, es puro veneno! La voy a romper. ¡Menos mal que no ha caído en sus manos! (Rompe la carta y la echa en la estufa.) Es como si se levantase y me hablase desde la tumba... ¡No, no está muerto! No podré vivir aquí... En la carta dice que lo asesiné yo... ¡No es verdad! ¡Yo no lo maté! Murió de un derrame cerebral, lo certificó el médico... Dice también otras cosas..., ¡todo mentira!... ¡Que lo arruiné!... ¿Me escuchas, Axel? ¡Tienes que sacarnos de esta casa cuanto antes! ¡Yo aquí no aguanto! ¡Prométemelo!... ¡Mira la mecedora! (b mecedora se balancea.)
EL YERNo.- Es la corriente.
LA MADRE.- ¡Sácanos de aquí! ¡Prométemelo!
EL YERNo.- No puedo..., yo contaba con la herencia que vosotras me pusisteis delante de los ojos. Si no, no me hubiese casado, claro. Ahora tenemos que aceptar la dura realidad y tú puedes considerarme un yerno engatusado... arruinado! Tenemos que mantenernos muy unidos para poder vivir. Tendremos que hacer economías, y tú nos ayudarás.
LA MADRE.- ¿Quiere decir que voy a estar de criada en mi propia casa? ¡Eso sí que no!
EL YERNo.- La necesidad no conoce ley. No hay más remedio...
LA MADRE.- Eres un canalla.
EL YERNo .- ¡Cierra el pico, vejestorio!
LA MADRE.- ¿Yo, criada tuya?
EL YERNo.- Así sentirás en tu carne las miserias que han sufrido tus criadas. El frío y el hambre que pasaron. Aunque, en fin, eso te lo vas a ahorrar.
LA MADRE.- Yo tengo mi pensión...
EL YERNo.- Que no te llega ni para pagar una buhardilla. Aquí, al menos, basta para pagar el alquiler, si tenemos cuidado... Y si no lo tenéis, yo me largo.
LA MADRE.- ¿Abandonando a tu mujer? No la has querido nunca...
EL YERNo.- Eso lo sabes tú mejor que yo... Tú me la arrancaste del corazón, la fuiste apartando de todos los sitios, excepto del dormitorio..., es lo único que pudo conservar..., y si tuviese un hijo, también se lo quitarías... Aún no sabe nada, no entiende nada, pero está empezando a despertarse de ese sueño de sonámbula. ¡Y ay de ti el día que abra los ojos!
LA MADRE.- Axel, tenemos que mantenernos muy unidos..., no podemos separarnos..., yo no puedo vivir sola. Acepto todo... menos el diván...
EL YERNo.- Eso también. No quiero estropear el piso poniendo aquí un dormitorio..., así es que ya lo sabes.
LA MADRE.- Pues cómprame otro diván...
EL YERNo.- No, no podemos permitirnos ese lujo. Además, ése es muy bonito.
LA MADRE.- Uf! ¡Pero si es un banco de matarife!
EL YERNo.- ¡Tonterías!... Pero si no quieres, siempre te queda la buhardilla y la soledad, la casa de beneficencia y el asilo de ancianos.
LA MADRE.- ¡Me rindo!
EL YERNo.- Haces muy bien...
(Pausa.)
LA MADRE.- Pero, ¿no te das cuenta que le escribe a su hijo que murió asesinado?
EL YERNo.- Hay muchas formas de asesinar... y la tuya tiene la ventaja de no estar recogida en el código penal.
LA MADRE.- Di la nuestra. Porque tú no te quedaste cruzado de brazos. Con tus provocaciones lo llevaste a la locura y a la desesperación...
EL YERNo.- Se cruzó en mi camino y luego no quiso apartarse. Por eso tuve que empujarlo...
LA MADRE.- Lo único que te reprocho es que me separases de mi hogar con tus engaños... y nunca me olvidaré de aquella tarde, la primera que estuve en tu casa, cuando nos disponíamos a empezar la espléndida cena y de repente oímos aquellos horribles gritos que venían de la plantación, aquellos gritos que nos parecieron venir del patio de la cárcel o del manicomio..., ¿te acuerdas? Era él, vagando por la plantación de tabaco, envuelto en las tinieblas, bajo la lluvia, dando de dolor por la ausencia de la mujer y de los hijos...
EL YERNo.- ¿A que viene eso ahora? ¿Y cómo sabes que era él?
LA MADRE.- Lo poda en la carta.
EL YERNo.- Y eso qué nos importa! El tampoco era un angelito...
LA MADRE.- No, no lo era. Pero, a veces, tenía sentimientos humanos, sí, más que tú...
EL YERNo.- Tus simpatías empiezan a cambiar de dirección...
LA MADRE.- No lo tomes a mal. Tenemos que vivir en paz.
EL YERNo.- Tenemos que hacerlo. Estamos condenados a ello...
(Gritos roncos en el interior del piso.)
LA MADRE.- ¿Qué es eso? ¡Oyes! Es él...
EL YERNo (con dureza).- ¿El, quién?
(LA MADRE escuchando.)
EL YERNo.- ¿Quién será?... ¡El chico! Habrá vuelto a beber.
LA MADRE.- (Es Federico? Parecía él..., a ese no podré aguantarlo! Y a ése, ¿qué le pasará ahora?
EL YERNo.- Ve a ver. Estará borracho, ese canalla.
LA MADRE.- Pero qué manera de hablar es ésa! ¡No olvides que es mi hijo!
EL YERNo.- ¡Tuyo, sí, no lo olvido! (Saca su reloj de bolsillo.)
LA MADRE.- ¿Por que miras la hora? ¿No te vas a quedar a cenar?
EL YERNo.- No, gracias. No suelo tomar té aguado, ni comer anchoas rancias..., ni gachas... Además tengo una reunión...
LA MADRE.- ¿Qué clase de reunión?
EL YERNo.- De negocios. No es asunto tuyo. ¿O es que piensas hacer el papel de suegra?
LA MADRE.- ¿Vas a dejar sola a tu mujer la primera noche que estáis en casa?
EL YERNo.- Tampoco eso es asunto tuyo.
LA MADRE.- Ahora me doy cuenta de lo que nos espera... a mí y a mis hijos. Ha llegado el momento de quitarse la careta...
EL YERNo.- Sí, ya ha llegado.
El mismo decorado. Alguien toca fuera una compsicidn de Godard: la «Berceuse», de Jocelyn. GERDA está sentada ante el escritorio. Larga pausa.
EL HIJO (entra).- ¿Estás sola?
GERDA.- Sí, mamá está en la cocina.
EL HIJO.- Y Axel, ¿dónde está?
GERDA.- En una reunión... Siéntate aquí a hablar un poco, Federico. Así me haces compañía.
EL HIJO (se sienta).- Creo que no hemos tenido nunca una verdadera conversación, siempre tratábamos de evitarnos, no nos teníamos demasiado afecto...
GERDA.- Tú siempre te ponías de parte de papá y yo de mamá.
EL HIJO.- Quizá ahora cambien las cosas... ¿Conociste bien a tu padre?
GERDA.- ¡Qué pregunta! Aunque, en realidad, únicamente lo veía con los ojos de mamá...
EL HIJO.- ¡Pero te darías cuenta de que te quería!
GERDA.- Entonces, ¿por qué se opuso a mi noviazgo y trató luego de romperlo?
EL HIJO.- Porque pensaba que tu novio no era el hombre que necesitabas.
GERDA.- En todo caso ya recibió su castigo cuando mamá lo dejó.
EL HIJO.- ¿Fue tu marido el que la indujo a abandonarlo?
GERDA.- Mi marido y yo queríamos que él, que había tratado de separarnos, sintiese en su propia carne lo que era una separación.
EL HIJO.- Eso acortó su vida... Y créeme, él sólo quería tu felicidad.
GERDA.- Tú que te quedaste con él, cuéntame, ¿qué decía?, ¿cómo reaccionó?
EL HIJO.- Soy incapaz de describir su dolor...
GERDA.- ¿Qué decía de mamá?
EL HIJO.- Nada... Lo que sí puedo decir es que después de lo que vi yo no me casaré nunca. (Pausa.) Gerda, ¿tú eres feliz?
GERDA.- ¡claro! Cuando una mujer se casa con el hombre al que quiere, es feliz.
EL HIJO.- ¿Por qué te ha dejado sola tu marido la primera noche que pasáis en casa?
GERDA.- Por una reunión de negocios.
EL HIJO.- ¿En un restaurante?
GERDA.- ¿Qué dices? ¿Cómo lo sabes?
EL HIJO.- Creía que lo sabías.
GERDA (se echa a llorar, tapándose la cara con las mano).- ¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío!
EL HIJO.- Perdóname. No quería hacerte daño.
GERDA.- Me has hecho mucho daño! ¡Oh, quiero morirme!
EL HIJO.- ¿Por qué volvisteis tan pronto del viaje de bodas?
GERDA.- Axel estaba muy preocupado por sus negocios. Y echaba de menos a mamá, no puede pasar un día sin ella... (Se miran fijamente.)
EL HIJO.- ¿Ah, si? (Pausa.) Y por lo demás, ¿lo habéis pasado bien?
GERDA.- ¡Muy bien!
EL HIJO.- ¡Pobre Gerda!
GERDA.- Pero ¿qué dices ahora?
EL HIJO.- Mira, tú sabes muy bien lo curiosa que es mamá... y que maneja el teléfono como nadie.
GERDA.- ¿Qué insinúas? ¿Que nos estuvo espiando?
EL HIJO.- Es lo que hace siempre... Probablemente está detrás de la puerta escuchando nuestra conversación...
GERDA.- Tú siempre estás pensando mal de nuestra madre.
EL HIJO.- Y tú siempre bien. ¿Cómo te lo explicas? Sabes muy bien cómo es...
GERDA.- ¡No! Ni quiero saberlo...
EL HIJO.- ¡Ah, bueno! Si no quieres saberlo es otra cosa. Algún interés tendrás en ello...
GERDA.- ¡Cállate! Soy una sonámbula que camina dormida, lo sé, y además no quiero que me despierten. Porque ya no podría vivir.
EL HIJO.- Entonces, ¿no crees que todos vivimos como sonámbulos?... Como sabes, estoy estudiando derecho. Pues bien, leyendo la historia de los grandes procesos he comprobado que los criminales más conocidos no pueden explicar cómo se desarrollaron los hechos de autos... Más aún, creían que obraban correctamente hasta el momento de la detención y entonces despertaban. Si no cometieron sus crímenes mientras soñaban, lo hicieron mientras dormían.
GERDA.- Déjame dormir. Sé que un día me despertaré, pero ¡ojalá tarde en llegar! iUf, todo esto que no conozco, pero presiento! Recuerdas cuando éramos niños... Llamaban malo al que decía la verdad. ¡Qué mala eres!, me decían, cuando explicaba que algo malo era malo... y fui aprendiendo a callar y entonces todo el mundo elogiaba mi buena educación. Así fui aprendiendo a decir lo que no pensaba, es decir, me fui preparando para hacer mi entrada en sociedad.
EL HIJO.- Se deben disimular los defectos y flaquezas del prójimo, sí, es cierto..., pero si damos un paso más caemos en la hipocresía y en la adulación... Es difícil saber cómo comportarse..., pero a veces es un deber decir la verdad sin paliativos...
GERDA.- ¡Calla!
EL HIJO.- Bien. Me callo.
(Pausa.)
GERDA.- No, es mejor que sigas hablando, pero no de eso. El silencio me hace oír lo que piensas... Cuando la gente se reúne, entonces todos hablan, hablan sin parar únicamente para ocultar sus pensamientos..., para olvidar, para ensordecerse... Quieren oír novedades sobre los demás, sí, pero al mismo tiempo ocultar sus propias preocupaciones.
EL HIJO.- ¡Pobre Gerda!
GERDA.- ¿Sabes lo que más daño hace? (Pausa.) El comprobar la futilidad de la suprema felicidad.
EL HIJO.- Eso es mucho decir.
GERDA.- Tengo frío. Enciende un poco la estufa.
EL HIJO.- ¿También tú eres friolera?
GERDA.- Yo siempre he tenido frío y hambre en esta casa.
EL HIJO.- ¡También tú! ¡Qué raro es lo que pasa en esta casa!... ¡Pero si ahora voy por leña, se armará un escándalo que durará una semana!
GERDA.- Quizá haya algo de leña en la estufa. A veces mamá ponía algunas astillas para engañarnos...
EL HIJO (va hasta la estufa y la abre).- Sí, aquí hay unas astillas. (Pausa.) Y esto, ¿qué es? ¡Una carta! Rota, servirá para encender el fuego...
GERDA.- No, Federico, no enciendas. Nos echará una bronca que no acabará nunca... Siéntate a mi lado y vamos a seguir hablando...
(EL HIJO va hacia ella, se sienta y deja la carta en la mesita de al lado.)
(Pausa.)
GERDA.- ¿Sabes por qué odiaba papá tanto a mi marido?
EL HIJO.- Sí, porque tu Axel le quitó a su hija y a su mujer, dejándolo completamente solo. Y luego el viejo notó que al otro le daban mejor comida que a él. Que os encerrabais en el comedor para hacer música y leer, es decir, que hacíais cosas que no podían caerle bien a nuestro padre. Él se fue sintiendo relegado, expulsado de su propia casa. Y por eso, finalmente, comenzó a ir al café.
GERDA.- Nosotros no nos dábamos cuenta de lo que hacíamos... ¡Pobre papá!... De todas formas, es una suerte tener unos padres de intachable reputación. Por eso sí que debemos estarles agradecidos... ¿Te acuerdas de sus bodas de plata, de los discursos que pronunciaron en su honor y de los poemas que les dedicaron?
EL HIJO.- Sí, me acuerdo. Pero a mí me pareció una farsa el celebrar la felicidad de un matrimonio que ha llevado una vida de perros...
GERDA.- ¡Federico!
EL HIJO.- No puedo remediarlo, y tú sabes muy bien la vida que llevaban... ¿O es que ya no te acuerdas de cuando mamá se quiso tirar por la ventana y tuvimos que sujetarla para impedírselo?
GERDA.- iCalla!
EL HIJO.- Debió de tener motivos que nunca llegamos a conocer..., y después del divorcio, cuando yo acompañaba a papá en sus paseos, él trató varias veces de decirme algo, pero no logró despegar los labios... A veces sueño con él...
GERDA.- ¡También yo!... Cuando lo veo en sueños es un hombre de treinta años.... me mira cariñosamente, como queriendo decirme algo, pero no logro entender lo que quiere..., a veces mamá va con él. No parece enfadado con ella, porque la quiso, a pesar de todo, hasta el final... ¿Te acuerdas de lo bien que habló de ella el día de las bodas de plata, dándole las gracias, a pesar de todo...?
EL HIJO.- iA pesar de todo! Eso es mucho decir. Y es también no decir nada.
GERDA.- Pero fue hermoso. En todo caso, ella tenía un gran mérito..., que llevaba muy bien su casa.
EL HIJO.- iAhí está precisamente el quid de la cuestión!
GERDA.- ¿Qué quieres decir con eso?
EL HIJO.- ¡Cómo hacéis todas causa común! Basta con rozar el tema de la administración de una casa, para que os pongáis todas del mismo lado..., es como la masonería o la Camorra... Yo he llegado a preguntarle a la vieja Margarita, que tanto me quiere, algo tocante a la economía de la casa, le he preguntado por qué uno nunca llega a sentirse satisfecho después de comer..., y esa mujer, que es una verdadera cotorra, se calla como una muerta... y además... se enfada... ¿Puedes explicarme eso?
GERDA (seca).- ¡No!
EL HIJO.- ¡Ahora veo que tú también eres miembro de esa masonería!
GERDA.- No entiendo lo que quieres decir.
EL HIJO.- A veces me pregunto si mi padre no fue víctima de esa Camorra que él probablemente había descubierto.
GERDA . A veces hablas como un loco...
EL HIJO.- Recuerdo que papá solía utilizar la palabra «Camorra» medio en broma, pero al final de su vida no la volvió a pronunciar...
GERDA.- ¡Qué frío tan espantoso! Es un frío sepulcral...
EL HIJO.- Voy a encender la estufa y que pase lo que Dios quiera. (Coge la carta rota, primero distraído, luego su mirada va fijándose en ella y comienza a leer.) Pero... ¿qué es esto? (Pausa.) ¡A mi hijo!... ¡Es la letra de papá! (Pausa.) Entonces, jes para mí! (Se pone a leerla. Se deja caer en una silla y sigue leyendo en silencio.)
GERDA.- ¿Qué es eso? ¿Qué lees?
EL HIJO.- iAlgo horroroso! (Pausa.) iAbsolutamente espantoso!
GERDA.- ¡Pero jdime qué es!
(Pausa.)
EL HIJO.- Esto es demasiado... (A GERDA.) ¡Es una carta que me escribió mi padre poco antes de morir! (Sigue leyendo.) ¡Ahora despierto de mi profundo sueño!
(Se tira sobre el diván gritando su dolor, mientras se guarda el papel en el bolsillo.)
GERDA (arrodillándose a su lado).- ¿Qué te pasa, Federico? ¡Dime qué te pasa!... Hermanito querido, dime, ¿estás enfermo? ¡Dime!
EL HIJO (incorporándose).- jYa no puedo seguir viviendo!
GERDA.- Pero dime... ¿Por qué? Dime.
EL HIJO.- ¡Es tan increíble! ¡Tan absolutamente increíble!
(Se recapera, se pone de pie.)
GERDA.- iPuede no ser verdad!
EL HIJO (molesto).- jLo es! El no podría mentirme desde la tumba...
GERDA.- Pero ha podido ser víctima de fantasías enfermizas... .
EL HIJO.- ¡La Camorra! ¡Ya vuelve la Camorra otra vez! iTe lo voy a contar todo!... ¡Escucha!
GERDA.- Me da la impresión que sé todo de antemano, pero no puedo creerlo.
EL HIJO.- ¡No quieres creerlo!... ¡Mira, ésta es la verdad! ¡La mujer que nos dio el ser no es más que una vulgar ladrona!
GERDA.- ¡No!
EL HIJO.- Sisaba del dinero de la casa, falsificaba las cuentas, compraba siempre lo peor diciendo que pagaba el precio más alto, comía en la cocina por las mañanas y a nosotros nos daba las sobras recalentadas, sin sustancia; se tomaba la nata de nuestra leche, por eso fuimos dos niños enclenques, raquíticos, que siempre andábamos enfermos y hambrientos. Sisaba también del dinero de la leña y por eso nos hemos pasado la vida tiritando. Cuando nuestro padre descubrió todo esto, le llamó la atención. Ella le prometió enmendarse, pero siguió igual. Llegó incluso a superarse, ¡fue cuando descubrió la soja y la pimienta de Cavena!
GERDA.- ¡No creo ni una palabra!
EL HIJO.- ¡La Camorra!... ¡Y ahora viene lo peor! ¡Ese canalla, ese degenerado que ahora es tu marido, Gerda, no te ha querido nunca a ti, sino a tu madre!
GERDA.- iOh! ¡No!
EL HIJO.- Cuando papá descubrió el pastel, y como además tu marido le había sacado dinero prestado a tu madre, a nuestra madre, el sinvergüenza pidió tu mano para ocultar su juego. Eso es, a grandes rasgos, lo que ha pasado. Los detalles puedes imaginártelos.
GERDA (llora secándose con el pañuelo, y luego).- Yo esto ya lo sabía y sin embargo no lo sabía... Era algo que no me cabía en la cabeza... porque era demasiado.
EL HIJO.- Y ahora, ¿qué podemos hacer para sacarte de esta humillante situación?
GERDA.- iMarcharnos!
EL HIJO.- (Adónde?
GERDA.- No sé.
EL HIJO.- Entonces vamos a esperar el curso de los acontecimientos.
GERDA. Una hija no tiene armas Dara luchar contra su madre. La madre es sagrada...
EL HIJO.- ¡Como el mismísimo Satanás!
GERDA.- iNo digas eso!
EL HIJO.- Es astuta como un zorro, pero su egoísmo suele cegarla...
GERDA.- ¡Vámonos de aquí!
EL HIJO.- ¿Adónde? ¡No! ¡Nos quedaremos hasta que ese sinvergüenza la eche de casa!... iChsss, calla! ¡El canalla vuelva al hogar!... iCalla!... Gerda, ahora nosotros dos formaremos una masonería. Esta será la contraseña: «Te pegó la noche de bodas.»
GERDA.- ( Recuérdamelo muchas veces!... Si no, lo olvidaría. ¡Me gustaría tanto poder olvidar!
EL HIJO.- Han destrozado nuestras vidas..., no tenemos nada que respetar, nada que nos sirva de modelo... Tampoco podemos olvidar... iVivamos, pues, para rehabilitar la memoria de nuestro padre y buscar una reparación para nosotros!
GERDA.- ¡Y para hacer justicia!
EL HIJO.- ¡Dí mejor para vengarnos!
(Entra EL YERNo.)
GERDA (representando su papel).- ¡Bienvenido !... ¿Lo has pasado bien en tu reunión? ¿Os dieron algo bueno?
EL YERNo.- ¡Se suspendió!
GERDA.- ¿Quién se sorprendió?
EL YERNo.- iHe dicho que se suspendió!
GERDA.- jAh! ... He oído que te vas a hacer cargo de la administración de la casa...
EL YERNo.- ¡Qué alegre estás esta noche! Claro, la compañía de Federico anima a cualquiera.
GERDA.- Hemos estado jugando a los masones.
EL YERNo.- ¡Mucho cuidado! Es un juego peligroso.
EL HIJO.- ¡Entonces jugaremos a la Camorra! iO a la «vendetta»!
EL YERNo (a disgusto).- ¡Qué cosas tan raras decís! ¿Qué os traéis entre manos? Secretillos, ¿eh?
GERDA.- ¿Tú no andas pregonando tus secretos, verdad? ¿0 es que el señor no tienes secretos?
EL YERNo.- ¿Qué ha pasado aquí? ¿Ha venido alguien?
EL HIJO.- Gerda y yo nos hemos hecho espiritistas y hemos recibido la visita de un fantasma.
EL YERNo.- iBasta ya de bromas, o acabaremos mal! Aunque te sienta bien estar alegre, Gerda. Estás siempre tan tristona... (Va a hacerle una caricia en la mejilla, pero ella se aparta.) ¿Me tienes miedo?
GERDA (a tacando).- ¿Yo? ¡En absoluto! Hay sentimientos que parecen miedo, pero son otra cosa, hay gestos más expresivos que las muecas, y palabras que ocultan lo que pueden revelar gestos o expresiones...
(EL YERNo, asombrado, se pone a toquetear un estante de libros.)
EL HIJO (se levanta de la mecedora, que queda balanceándose hasta que entra LA MADRE).- ¡Ya viene mamá con las gachas!
EL YERNo.- ¿Es que...?
LA MADRE (entra y queda aterrada al ver balancearse la mecedora, luego se domina).- ¿Queréis pasar a la mesa? Las gachas están servidas.
EL YERNo.- No, gracias. Si son de avena se las puedes dar a los perros, si es que los tienes; si son de centeno haces una cataplasma y te la pones para curarte el grano...
LA MADRE.- Somos pobres y no podemos gastar...
EL YERNo.- Con veinte mil coronas al año nadie es pobre.
EL HIJO.- Sí; los que prestan dinero a quienes no lo devuelven.
EL YERNo.- Pero ¿qué dices? ¿Estás loco?
EL HIJO.- Quizá lo haya estado antes.
LA MADRE .- ¿Venís ya?
GERDA.- iHala, vamos! ¡Ánimo, señores! Les voy a dar un filete con pan y mantequilla...
LA MADRE.- ¿Tú?
GERDA.- Sí, yo, aquí en mi casa..., en mi propia casa.
LA MADRE.- ¡Y que tenga yo que oír esto!
GERDA (señalando la puerta).- ¡Señores, tengan la amabilidad de pasar!
EL YERNo (a LA MADRE).- ¿Qué ocurre?
LA MADRE.- ¡Aquí hay gato encerrado!
EL YERNo.- Sin duda!
GERDA.- ¡pasen, señores, háganme el favor! (Se dirigen todos hacia la puerta.)
LA MADRE (al YERNo.- ) ¿Viste que la mecedora se estaba moviendo? Su mecedora.
EL YERNo.- No, no la vi. ¡Pero vi otra cosa! El mismo decorado. Se oye el vals de Ferrari u11 me disait». GERDA está sentada leyendo un libro.
LA MADRE (entra).- ¿Lo reconoces?
GERDA.- ¿El vals? Sí, claro.
LA MADRE.- ¡El vals de tu boda que yo bailé hasta la madrugada!
GERDA.- ¿Tú?... ¿Dónde está Axel?
LA MADRE.- ¡Eso no es asunto mío!
GERDA.- iVaya, vaya! ¿Ya habéis reñido?
(Pausa. Mímica.)
LA MADRE.- ¿Qué lees, hija mía?
GERDA.- Un libro de cocina. Pero ¿por qué no pondrán el tiempo que tienen que estar los diferentes platos al fuego?
LA MADRE (a disgusto).- Es que eso varía mucho, ¿sabes?, depende del gusto de cada uno... Unos lo hacen de una manera, otros de otra...
GERDA.- Eso es lo que no entiendo. La comida tiene que servirse en su punto, recién hecha, si no hay que recalentarla y se estropea. Ayer, por ejemplo, tuviste al fuego una perdiz blanca tres horas. Durante la primera hora la casa se llenó del delicioso aroma un poco salvaje de la caza. Después la cocina quedó en silencio. Y cuando la sirvieron no tenía el más mínimo aroma y no sabía más que a aire. ¡Anda, explícamelo!
LA MADRE (a disgusto).- iNo te entiendo!
GERDA.- ¿Explícame por qué estaba tan seca la perdiz, adónde fue a parar el jugo, quién se lo comió?
LA MADRE.- No entiendo una palabra.
GERDA.- Pero yo he andado preguntando por ahí y me he enterado de muchas casas...
LA MADRE (interrumpiéndola).- Ya lo sé. Pero no vas a ser tú la que me enseñes nada nuevo. Yo sí podría enseñarte a llevar una casa...
GERDA.- ¿Te refieres a lo de la soja y la pimienta de Cayena? También lo sé yo... ¿0 lo de elegir, cuando tienes invitados, platos que nadie come, para darnos las sobras a nosotros al día siguiente? ¿O lo de invitar a los amigos cuando en la despensa no hay más que algunos restos de comida...? ¡Todo eso lo tengo ya muy bien aprendido y por eso, a partir de hoy, seré yo la que lleve la casa!
LA MADRE (furiosa).- Y yo seré tu criada, ¿verdad?
GERDA.- Yo la tuya y tú la mía. Así nos ayudaremos... Ya viene Axel.
EL YERNo (entra con un grueso bastón en la mano).- ¿Qué, has dormido bien? ¿Qué tal el diván?
LA MADRE.- Hombre, te diré...
EL YERNo (amenazadoramente).- ¿Tienes algún reparo? ¿Te falta algo?
LA MADRE.- Ahora empiezo a entender.
EL YERNo.- ¿Ah, sí?... Pues bien, como en esta casa siempre nos quedamos con hambre, Gerda y yo hemos decidido comer aparte.
LA MADRE.- ¿Y yo?
EL YERNo.- Tú estás gorda como un cerdo, así es que no necesitas gran cosa. Te sentirías mucho mejor si adelgazases un poco, como hemos tenido que hacer nosotros... ¡Y bien, sal un momento, Gerda! ¡Ahora vas a encender la estufa!
(GERDA sale.)
LA MADRE (temblando de rabia).- Ya he puesto bastante leña...
EL YERNo.- No, ¡hay cuatro astillas! ¡Y ahora vas a traer más! ¡Y llenar bien la estufa!
LA MADRE (remoloneando).- Pero ¿es que vamos a quemar nuestro dinero?
EL YERNo.- ¡No, qué va! Lo que hay que quemar es leña para calentar la casa. ¡De prisa!
(LA MADRE remdonea.)
EL YERNo.- iUno, dos..., tres! (Da un bastonazo en la mesa.)
LA MADRE.- Me parece que ya no queda leña...
EL YERNo.- ¡Mentira! O te has guardado el dinero..., porque anteayer compramos un saco de leña.
LA MADRE.- Ahora me doy cuenta de quién eres...
EL YERNo (sentándose en la mecedora).- Hace tiempo que lo podrías haber visto si tu edad y experiencia no se hubiesen dejado engañar por mi juventud... ¡Hala, de prisa! Ve por la leña, si no... (Levanta el bastón.)
(LA MADRE sale y vuelve inmediatamente con la leña.)
EL YERNo.- Y ahora vas a encender la estufa..., pero ¡de verdad! ¡Nada de camelos! ¡Uno, dos, tres!
LA MADRE.- ¡Cómo te pareces ahora al viejo, ahí sentado en su mecedora!
EL YERNo.- iEnciende de una vez!
LA MADRE (plegándose, pero con rabia).- ¡Ya voy, ya voy!
EL YERNo.- Y ahora te quedas atendiendo al fuego mientras nosotros cenamos en el salón...
LA MADRE.- ¿Y qué voy a cenar yo?
EL YERNo.- Las gachas que te dejará Gerda en la cocina.
LA MADRE.- Con leche desnatada...
EL YERNo.- Como debe ser. ¿No te has tomado tú ya la nata? Es justo, pues.
LA MADRE (con voz apagada).- Entonces me iré de casa.
EL YERNo.- No podrás, porque te encerraré.
LA MADRE (en un susurro).- ¡Entonces me tiraré por la ventana!
EL YERNo.- Por mí deberías haberlo hecho hace tiempo. Así hubieses salvado cuatro vidas... ¡Enciende ya!... ¡Sopla bien!... ¡Así, así! Quédate aquí hasta que volvamos. (Sale.)
(Pausa.)
(LA MADRE detiene primero el balanceo de la mecedora, luego va a escuchar a la puerta, después saca una parte de la leña que ha metido en la estufa y la esconde debajo del diván.)
(Entra EL HIJO, algo bebido.)
LA MADRE (sobresaltada).- ¿Ah, eres tú?
EL HIJO (sentándose en la mecedora).- Sí.
LA MADRE.- ¿Cómo estás? ¿Te encuentras mal?
EL HIJO.- Muy mal. Creo que no voy a durar mucho.
LA MADRE.- ¡Qué ocurrencia! Esas son fantasías... ¡Deja de balancearte así!... Mírame a mí, una persona que ha alcanzado una avanzada..., una cierta edad..., y que me he pasado la vida trabajando, cumpliendo con mis deberes de ama de casa y de madre, sacrificándome por mis hijos..., ¿es que no lo he hecho?
EL HIJO.- ¡Claro!... El pelícano... que, por cierto, nunca alimentó con su sangre a sus polluelos. Los libros de zoología dicen que eso es mentira.
LA MADRE.- Si tienes alguna queja de mí, dilo.
EL HIJO.- Mira, mamá, si no estuviese un poco-borracho, no podría hablarte con franqueza, porque no me atrevería. Pero ahora sí, puedo decirte que he leído la carta de papá, la que robaste y tiraste a la estufa...
LA MADRE.- ¿Qué dices? ¿De qué carta me hablas?
EL HIJO.- ¡Siempre mintiendo! Aún me acuerdo de cuando me enseñaste a mentir por primera vez... Yo apenas sabía hablar. ¿Te acuerdas?
LA MADRE.- No, no me acuerdo. ¡Y deja en paz la mecedora!
EL HIJO.- Y de la primera vez que me mentiste, ¿te acuerdas? Y de aquella vez que, siendo niño, me escondí detrás del piano y llegó una señora de visita... Yo me acuerdo... Allí tuve que estar tres horas oyendo las mentiras que estuviste contándole todo el rato.
LA MADRE.- ¡Mientes!
EL HIJO.- ¿Y sabes por qué soy tan enclenque? Porque nunca me diste el pecho. Me crié con el biberón que me daba una niñera. Unos años después esa misma niñera me llevaba a ver a su hermana que trabajaba en un burdel y allí presencié las misteriosas escenas que, por lo demás, los propietarios de perros ofrecen a los niños en plena calle, en primavera y en otoño. Cuando te contaba lo que había visto en la casa del vicio..., tenía entonces cuatro años..., me decías que mentía y me pegabas por mentiroso, a pesar de que decía la verdad. La niñera, animada por tu beneplácito, me inició a los cinco años en todos los secretos del asunto... ¡Y sólo tenía cinco años!... (Solloza.) Y luego comencé a pasar hambre y frío, como papá y los demás. Y he tenido que esperar hasta ahora para enterarme de que tú sisabas del dinero de la compra y de la leña... ¡Mírame, pelícano! ¡Mira a Gerda, con su pecho esquelético!... Tú sabes muy bien cómo asesinaste a mi padre, cómo lo empujaste a la desesperación, un crimen que no castiga la ley. También sabes cómo asesinaste a mi hermana. ¡Pero ahora también lo sabe ella!
LA MADRE.- ¡Deja en paz la mecedora!... ¿Qué sabe?
EL HIJO.- Lo que tú sabes y yo no me atrevo a decir. (Solloza.) Es espantoso haberte dicho todo esto, pero tenía que decirlo... Me parece que cuando se me pasen los efectos de la borrachera me pegaré un tiro. Por eso sigo bebiendo..., porque no me atrevo a estar sereno...
LA MADRE.- ¡Sigue, sigue mintiendo!
EL HIJO.- Un día papá dijo, en un ataque de cólera, que la naturaleza había hecho de ti una inmensa impostora..., que no habías aprendido como los demás niños a hablar sino a mentir..., que siempre te las arreglabas para sacudirte el yugo de tus obligaciones para así poder irte de fiesta. Y aún recuerdo la noche que estando Gerda agonizando te fuiste a ver una opereta... Recuerdo perfectamente tus palabras: «Bastante dura es la vida, ¿para qué hacerla más difícil?» Y los tres meses de verano que te pasaste en París con mi padre divirtiéndote en grande y hundiendo a la familia en un pozo de deudas... Aquel verano mi hermana y yo tuvimos que pasarlo en la ciudad, encerrados en este piso con dos criadas; con una de ellas vivía, en vuestro dormitorio, un bombero, y el lecho conyugal era utilizado incesantemente por la afectuosa pareja...
LA MADRE.-¿Por qué no me lo dijiste entonces?
EL HIJO.- ¿Y has olvidado que te lo dije y también que me pegaste por chismoso o mentiroso? Utilizabas alternativamente ambas palabras, porque tan pronto oías una verdad decías que era mentira.
LA MADRE (da vueltas por la habitación, como una fiera recién enjaulada).- ¡Jamás he oído a un hijo decirle semejantes cosas a su madre!
EL HIJO.- En efecto, es bastante excepcional y va contra las leyes de la naturaleza,' lo sé, pero alguna vez tenía que decírtelo. Tú andabas dormida como una sonámbula y no te podíamos despertar. Por eso tampoco podías corregirte. Papá decía: «Aunque la pongan en el banco del tormento, tu madre es absolutamente incapaz de admitir una falta o confesar una mentira...
LA MADRE.- ¡Tu padre, claro! ¿Crees que no tenía defectos?
EL HIJO.- Los tenia y grandes. Aunque contigo y con nosotros siempre se portó bien... Pero en tu matrimonio aún hay otros secretos, cosas que he intuido, que han despertado mis sospechas, pero que nunca he querido admitir... Esos secretos se los llevó, en parte, mi padre a la tumba.
LA MADRE.- ¿No crees que ya has hablado bastante?
EL HIJO.- Ahora me voy a beber... Nunca sacaré el título de abogado, porque no creo en la administración de justicia. Las leyes parecen escritas por ladrones y asesinos con el único propósito de absolver a los culpables. El testimonio de un hombre honesto no vale nada, pero el de dos testigos falsos constituye una prueba concluyente. A las once y media, mi causa se considera justa, pero pasadas las doce ya he perdido el proceso. Un error, un margen que falte en el escrito pueden mandarme a mí, un inocente, a la cárcel. Si muestro clemencia con un delincuente, éste presenta una denuncia contra mí por difamación. Siento un desprecio tan enorme por la vida, la humanidad, la sociedad y por mí, que ni siquiera tengo ganas de hacer el menor esfuerzo por seguir viviendo... (Va hacia la puerta.)
LA MADRE.- ¡No te vayas!
EL HIJO.- ¿Te asusta la oscuridad?
LA MADRE.-Estoy muy nerviosa.
EL HIJO.- Lo uno es consecuencia de lo otro.
LA MADRE. Y esa mecedora acabará volviéndome loca. Cuando él estaba allí sentado me parecía ver dos grandes cuchillos de picar carne... que me picaban en trocitos el corazón.
EL HIJO.- jSi tú no tienes corazón!
LA MADRE.- ¡No te vayas! No puedo quedarme aquí... Axel es un canalla.
EL HIJO.- Es lo que yo creía hasta hace un momento. Ahora creo que es una víctima de tus perversas inclinaciones.. . Sí, la historia del jovencito seducido.
LA MADRE.- En mala compañia debes andar!
EL HIJO.- Claro. ¡Nunca las he tenido buenas!
LA MADRE.- ¡No te vayas!
EL HIJO.- ¿Para qué quieres que me quede? No haría más que torturarte con mis palabras hasta matarte...
LA MADRE.- ¡No te vayas!
EL HIJO.- ¿Estás despertándote?
LA MADRE.- ¡Sí, ahora me despierto, como de un sueño largo, muy largo! ¡Es terrible! ¿Por qué no me han despertado antes?
EL HIJO.- Si nadie pudo hacerlo es porque sería imposible. Y como era imposible, tú no tienes ninguna culpa.
LA MADRE.- iRepite esas palabras!
EL HIJO.- Que tú no podías ser distinta de la que eres.
LA MADRE (besándole servilmente la mano).- ¡Sigue, dime más cosas!
EL HIJO.- No puedo decirte más... Sí, quiero pedirte una cosa. No te quedes aquí. No harías más que agravar la situación.
LA MADRE.- Tienes razón. Me iré... lejos.
EL HIJO.- iPobre mamá!
LA MADRE.- ¿Tienes compasión de mí?
EL HIJO (sollozando).- iSí, claro que sí! iCuántas veces habré dicho hablando de ti: «Es tan mala que me da lástima»!
LA MADRE.- Gracias por tus palabras... Ahora vete, Federico.
EL HIJO.- ¿Y esto no tiene remedio?
LA MADRE.- No, es irremediable.
EL HIJO.- Sí, lo es... ¡Es irremediable! (Sale.)
(Pausa.)
LA MADRE (sola, se queda un rato con los brazos cruzados sobre el pecho. Después va a la ventana, la abre y mira hacia abajo. Vuelve al centro de la habitación y toma carrera para saltar por la ventana, pero, al oír tres golpes en la puerta del fondo, cambia de parecer).- ¿Quién será? ¿Qué habrá sido? (Cierra la ventana.) ¡Adelante! (Se abre la puerta del fondo.) ¿Hay alguien ahí? (Se oyen los gritos del HIJO en el interior del piso.) ¡Es él! ¡El en la plantación de tabaco! Entonces... ¿no está muerto? ¿Qué voy a hacer? ¿Dónde me voy a meter? (Se escode detrás de la arquimesa.) (Vuelve a soplar el viento y los papeles vuelan por la habitación.) ¡Cierra la ventana, Federico! (El viento derriba una maceta.) ¡Cierra la ventana! ¡Me muero de frío! ¡Y la estufa se está apagando!
(Enciende la luz eléctrica, todas las lámparas; cierra la puerta, que se vuelve a abrir; el viento mueve la mecedora; ella empieza a dar vueltas y vueltas por la habitación, hasta que se tira de bruces sobre el diván y esconde la cara entre los cojines.)
Se oye el vals «Il me disait» que tocan en otra habitación.
(LA MADRE sigue tumbada en el diván con la cabeza escondida bajo los cojines.)
(Entra GERDA con el plato de gachas en una bandeja que coloca en la mesa; luego apaga todas las lámparas menos una.)
LA MADRE (se despierta y se pone de pie).- ¡No apagues!
GERDA.- Sí. Tenemos que ahorrar.
LA MADRE.- ¿Ya de vuelta?
GERDA.- Sí, como le faltabas tú, Axel se aburría.
LA MADRE.- ¡Se agradece la gentileza!
GERDA.- Aquí tienes la cena.
LA MADRE.- No tengo hambre.
GERDA.- ¡Sí, tienes hambre, pero no comes gachas!
LA MADRE.- Sí, a veces...
GERDA.- No, nunca. Pero hoy te las vas a comer. ¿Sabes por qué? Por aquella sádica sonrisa que iluminaba tu cara cuando nos martirizabas obligándonos a comer las gachas de avena..., las mismas que les dabas a los perros.
LA MADRE.- Yo no trago la leche desnatada. Me da escalofríos.
GERDA.- ¡Ya te has tomado la nata con el café de las once!... ¡Puedes darte por contenta! (Le sirve las ge chas en una escudilla.) ¡Y ahora, a comer! iY que yo te vea!
LA MADRE.- ¡No puedo!
GERDA (se agacha y saca unos trozos de leña de debajo del diván).- Si no comes le diré a Axel que has robado la leña.
LA MADRE.- Axel, que tanto me echaba de menos, no me hará ningún daño. ¿Te acuerdas del día de tu boda, cómo bailó conmigo el vals Il me disait? ¡Escucha!
(Tararea el vals, que se oye en el interior del piso hasta el segundo estribillo.)
GERDA.- Sería más prudente no recordar semejante escándalo...
LA MADRE.- Y me dedicaron poesías. Y para mí fueron las flores más hermosas.
GERDA.- iCállate!
LA MADRE.- ¿Quieres que te recite aquélla? Me la sé de memoria... «En el Ginnistan... » Ginnistan es una palabra persa que significa Jardín del Edén... Y allí viven las adorables Peris que se alimentan del perfume de las flores... Las Peris son unos genios o hadas, cuya naturaleza hace que conforme van pasando los años se vayan haciendo más jóvenes...
GERDA.- Oh, Dios mío, ¿no te habrás creído que eres una Peri?
LA MADRE.- Bueno, lo dice el poema... Y el tío Víctor se me ha declarado... ¿Qué diríais si me volviese a casar?
GERDA.- Pobre mamá! Todavia andas como una sonámbula, como hemos vivido todas... Pero ¿es que no vas a despertar nunca? ¿No te das cuenta de que todos se ríen de ti? ¿Es que tampoco entiendes los insultos de Axel?
LA MADRE.- ¿Qué insultos? Yo sigo creyendo que es mucho más considerado conmigo que contigo...
GERDA.- ¿Hasta cuando te amenaza con el bastón?
LA MADRE.- ¿A mí? ¡Es a ti a quien amenaza con el bastón, hija mía!
GERDA.- Pero, mamá, ¿has perdido la razón?
LA MADRE.- El me ha echado de menos esta tarde... Tenemos siempre tantas cosas de que hablar..., es el único que me comprende, y tú no eres más que una niña...
GERDA.- (coge a su madre por los hombros y la sacude).- ¡Despierta, por Dios, despierta!
LA MADRE.- Aún no eres una persona adulta. Y yo soy tu madre que te crió con su sangre...
GERDA.- No, me diste una botella de cristal y un pedazo de goma que yo chupaba. Después me vi obligada a robar del aparador, donde no había más que pan de centeno viejo. Me lo comía con mostaza y cuando no podía resistir el ardor de la garganta me la refrescaba con la botella de vinagre. Esa fue mi despensa, ¡la vinagrera y la panera!
LA MADRE.- iVaya, vaya! iAsí es que ya robando desde niña! ¡Muy bonito! ¿No te da vergüenza confesarlo? ¡Y pensar que he sacrificado mi vida por unos hijos así!
GERDA (llorando).- Podía habértelo perdonado todo! ¡pero el haberme quitado la vida..., eso no te lo perdonaré nunca!... Sí, él era mi vida, porque con él empecé a vivir...
LA MADRE.- ¿Tengo acaso la culpa de que me prefiriese a mí? Ouizá me encontró.... ¿cómo lo diría?.... más atractiva... Sin duda tenía mejor gusto que tu padre, que no supo apreciarme en lo que valía hasta que no tuvo rivales... (Se oyen tres golpes en la puerta.) ¿Quién llamará ahora?
GERDA.- ¡No hables mal de mi padre! No creo que me baste toda mi vida para arrepentirme del daño que le hice. ¡Pero tú lo vas a pagar, sí, tú que me azuzaste contra él! ¿Te acuerdas de cuando me enseñaste, siendo una niñita, a decirle palabras hirientes, que yo entonces no comprendía, simplemente para mortificarlo? Claro que papá no me castigaba. Era lo bastante inteligente como para saber quien manejaba el arco que lanzaba las flechas que lo herían. ¿Recuerdas cuando me enseñaste a engañarlo diciéndole que necesitaba libros para la escuela? Cuando le sacábamos el dinero nos lo repartíamos tú y yo... ¿Cómo voy a olvidar ese pasado? ¿Es que no hay ninguna bebida que borre los recuerdos sin ahogar la vida? ¡Si al menos tuviese fuerzas para dejar todo esto! Pero yo soy como Federico, somos impotentes, víctimas abúlicas, tus víctimas... ¡Y tú, un ser empedernido, que ni siquiera puedes sufrir por tus propios crímenes!
LA MADRE.- ¿Qué sabes tú de mi infancia? ¿Puedes siquiera imaginarte el horror del hogar en que me crié? ¿El mal que aprendí allí? Es como una herencia que nos viene desde arriba..., pero ¿de quién? De nuestros primeros padres, dicen los libros de nuestra infancia y bien puede ser... No me eches la culpa y así yo no se la echaré a mis padres, que a su vez podrían echársela a los suyos y así sucesivamente. Además, lo mismo pasa en todas las familias, aunque no andan pregonándolo ante extraños...
GERDA.- Si la vida es así, yo no quiero vivir. Y sí tengo que seguir viviendo, entonces preferiría estar ciega y sorda para cruzar por toda esta miseria, pero con la esperanza de una vida mejor después...
LA MADRE.- ¡Qué exagerada eres, hija mía! Cuando tengas el primer hijo ya verás cómo se te van esas ideas de la cabeza...
GERDA.- No puedo tener hijos...
LA MADRE.- ¿Cómo lo sabes?
G E R D A . Me lo ha dicho el médico.
LA MADRE.- Se equivoca...
GERDA.- Ya estás mintiendo otra vez... Soy estéril, raquítica, como Federico, y por eso no quiero vivir...
LA MADRE.- Tonterías...-
GERDA.- Si yo pudiese hacer daño como quisiera, tú ya no existirías! ¿Por qué es tan difícil hacer daño? ¡Cuando levanto la mano contra ti, es como si me golpease a mí misma! ...
(De repente, cesa la música. Se oyen los gritos del HIJO en el interior del piso.)
LA MADRE.- iOtra vez borracho!
GERDA.- iPobre Federico! ¿Y qué otra cosa puede hacer?
EL HIJO (entra, medio borracho).- Me..., me parece... que hay humo... en..., en la cocina.
LA MADRE.- ¿Qué dices?
EL HIJO.- ¡Creo... yo..., yo creo... que algo... se quema!
LA MADRE.- ¿Se quema? Pero ¿qué dices? ¡Habla claro!
EL HIJO.- ¡Sí, yo... creo... que hay fuego!
LA MADRE (corre hacia el foro y abre la puerta, pero un resplandor rajo la detiene).- ¡Fuego! ... ¡Cómo vamos a salir de aquí!? ¡No quiero arder viva!... ¡No, no quiero! (Comienza a dar vueltas por la habitación.)
GERDA (abrazando a su hermano).- iFederico! iHuye, tenemos el fuego encima! ¡Sálvate!
EL HIJO.- ¡No me quedan fuerzas!
GERDA.- ¡Huye! Tienes que poder!
EL HIJO.- ¿Adónde?... No, no quiero...
LA MADRE.- Yo prefiero tirarme por la ventana... (Abre las puertas del balcón y se precipita en el vacío.)
GERDA.- ¡Oh, Dios mío, ayúdanos!
EL HIJO.- !Era lo único!
GERDA.- Esto... lo has hecho tú?
EL HIJO.- Sí, ¿qué otra cosa poda hacer?... ¿Podía haber hecho otra cosa?
GERDA.- ¡No, no! ¡Todo tiene que arder, todo, si no nunca podremos salir de aquí! ¡Abrázame, Federico, abrázame fuerte, muy fuerte, hermano! ¡Nunca me he sentido tan feliz! ¡Qué claridad! La luz lo va llenando todo... Pobre mamá, que era tan mala, tan mala...
EL HIJO.- ¡Hermanita querida! ¡Pobre mamá! ¿Notas el calor que hace? ¡Qué bien se está ahora! ¡Ya no tengo frío! ¡Escucha cómo crepita el fuego ahí fuera! Ahora está ardiendo todo lo viejo, todo lo viejo arde y lo malo y lo odioso y lo feo...
GERDA.- iAbrázame fuerte, hermanito querido! El fuego no nos quemará, nos ahogará el humo. ¿No notas lo bien que huele? Es la palmera y la corona de laurel de papá que arden. Y ahora se está quemando el armario de la ropa de cama. ¡Huele a espliego! ¡Y ahora a rosas! ¡No tengas miedo, hermanito querido, pronto habrá pasado todo! ¡Hermano querido, no te caigas! ¡Pobre mamá, que era tan mala! i Abrázame fuerte, más fuerte, estrújame en tus brazos, como solía decir papá! Es como Nochebuena, cuando nos dejaban cenar en la cocina y untar el pan en la olla, el único día en que podíamos comer hasta quedar satisfechos, como decía papá... ¡Qué bien huele! ¿No lo notas? Es el aparador de la cocina que arde..., el té y el café y las especias... ¿No hueles a canela y a clavo...?
EL HIJO (en pleno éxtasis).- ¿Es ya verano? El trébol está en flor... Ya estamos de vacaciones. ¿Recuerdas cuando íbamos hasta el embarcadero a ver los vapores blancos y los acariciábamos cuando estaban recién pintados y sólo nos esperaban a nosotros? ¡Entonces sí que estaba papá contento! Se sentía vivir, como é1 decía. ¡Se acabaron los libros escolares! Así debía ser siempre la vida, decía. ¡El pelícano era él! ¡Era é1 quien se sacrificaba por nosotros! El andaba siempre con rodilleras en los pantalones y los cuellos raídos, mientras nosotros íbamos vestidos como condecitos... iGerda, date prisa, el barco va a salir! Ya ha sonado la campana. Mamá ya está sentada en el salón... No, no está a bordo... ¡Pobre mamá! ¡No está aquí! ¿Se habrá quedado en tierra? ¿Dónde estará? No la veo... Sin mamá no lo vamos a pasar muy bien... iAhí esd! ¡Ya viene!... ¡Ahora sí que empiezan las vacaciones!
(Pausa.)
(Se abre la puerta del foro, se ve el intenso resplandor rojo del incendio.)
(ELH IJO y GERDA caen al suelo.)

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