COMO SI FUERA ESTA NOCHE Gracia Morales (obra para dos jóvenes actrices)





COMO SI FUERA 

ESTA NOCHE 

Gracia Morales 


El escenario debería simular un espacio un tanto ecléctico, donde se mezclan las 
reminiscencias de distintos lugares posibles: el comedor de una casa de una 
familia de clase media de los años 80, un taller de costura, un apartamento 
moderno... 
Allí se encuentra la MUJER 1: menos de treinta años, aunque aparenta más, 
vestida con mucha sencillez, como quien ya no piensa salir a la calle. Su aspecto 
ha de resultar un poco fuera de moda, como vestiría una “mujer casada” de la 
década de 1980. 
Está gateando por el suelo y se nota claramente que busca algo. 
MUJER 1: Siempre lo mismo… ¡Y cuando más prisa tengo! ¡Clara, ¿puedes venir a 
ayudarme?!… Nada… Nunca aparecen cuando se les necesita… 
Entra la MUJER 2. Veintitantos años. Viene algo maquillada, pero no mucho. Su 
aspecto es el de una joven de comienzos del siglo XXI. Llega con evidente 
cansancio. Se sienta en la mecedora. Saca un cigarro, lo enciende y le da unas 
caladas. Después lo deja sobre el cenicero. Durante toda la obra las dos mujeres 
compartirán el mismo espacio físico, pero, salvo cuando se indique, cada una 
habitará en una realidad diferente, donde además hay otras personas que el 
público no ve. 
MUJER 1 (Levanta el rostro, como si mirara hacia una pared.): ¡Las diez y 
media…!¡Clara, ¿dónde estás?! Ven a ayudarme, anda, que tu padre va a llegar y 
yo tengo que acabar con todo esto… Siempre lo mismo, ¡voy a tener que 
atármelo a la mano…! 

Mientras, la MUJER 2 deja el cigarro en un cenicero, se quita el calzado, se 
masajea un poco los pies. Busca algo a su alrededor hasta que encuentra el 
mando a distancia de una televisión. Mima el gesto de encenderla, se escucha de 
fondo un noticiario cualquiera, típico del telediario de la noche. Poco después 
sale. 
La MUJER 1 sigue con su búsqueda infructuosa. De pronto levanta la cabeza como 
atraída por un sonido que no escuchamos. 
MUJER 1: ¿Sí? Sí, Matilde, estoy aquí, pasa… Sí, aquí, al fondo… (Se levanta y se 
sacude la falda.) Me pillas por los suelos… Buscando el dedal, que se me pierde 
cada dos por tres…. ¿Un dedal? Pues es una cosa pequeña, que se pone en… Pero, 
¿no sabes cómo es un dedal?… Bueno, alguna vez habrás cosido algo, digo yo… 
¿No? ¿Ni siquiera poner un botón?… 
Entra la MUJER 2. Se ha desmaquillado y se ha recogido el pelo. Trae un teléfono 
inalámbrico. Apaga el televisor. Marca. Espera. 
MUJER 1: Pues sí que es raro… ¡Ah, sí, tu encargo! Pues no, no he terminado 
todavía (busca entre las cestas con ropa y saca una camisa), mira, a falta de 
hacerle dos ojales… 
MUJER 2: ¿Raúl?… Hola, sí, soy yo… 
MUJER 1: Mañana la tienes lista… 
MUJER 2: Acabo de llegar… 
MUJER 1: Pásate, no sé, a eso de las once… 
MUJER 2: Bueno, regular… Un día extraño… ¿Y tú? 
MUJER 1: La acabaré siempre que encuentre el dedal, porque sin él no sé dar ni 
una puntada. ¿Tú lo ves por algún sitio? 
MUJER 2: ¿Un ocho? ¡Estupendo!, me alegro un montón… 
MUJER 1: Pues ya te lo he explicado… Como un capuchoncito para el dedo… 
MUJER 2: Sí, sí, claro que lo celebraremos… Oye… te llamaba porque… 
MUJER 1: De metal… Seguro que lo tengo delante de mis narices y no consigo 
verlo… 
MUJER 2: ¿Podrías venir un rato? 
MUJER 1: Bueno, da igual, no te preocupes… Siempre termina apareciendo. 
MUJER 2: Sí, ahora. 
MUJER 1: ¿A Fernando? ¿Dónde? 
MUJER 2: Ya sé que tienes que estudiar y que es un poco tarde… Pero… 
MUJER 1: Iría al “Casa Paco”… Los viernes se ve allí con los amigos… 
MUJER 2: (Alzando un poco el tono de voz.): Es importante, Raúl… Si no, no te lo 
pediría… 
MUJER 1: ¿Y qué te ha dicho? 
MUJER 2: No, no pasa nada… Bueno, sí…, pero no es algo para hablarlo por 
teléfono… 
MUJER 1: Ah,… eso… Sí, ya he hablado con él… Nada, Agustín, que le va a ayudar 
con un trabajillo que tiene para mañana… 
MUJER 2: Está bien. Te espero. 
Cuelga y sale. Poco después volverá a entrar sin el teléfono. Trae una grabadora 
en una mano y una copa con bebida en la otra. 
MUJER 1: Sí, algo rápido, para la hora de comer habrán acabado… Oye, y…, ¿no 
te dijo si pensaba volver pronto?… Pues Fernando, mujer… No, da igual, ya no 
tardará… Sobre todo sabiendo que mañana tiene que madrugar… Para esas cosas 
Fernando es muy responsable, ya le conoces tú… 
MUJER 2 (Hablándola a la grabadora.): Un dos, probando probando. (Detiene el 
grabador y lo rebobina.) 
MUJER 1: Bueno, pues a eso de las once te espero… Venga sí, que todavía tengo 
que acabar todo esto. Hasta luego… 
MUJER 2 (Le da de nuevo al play, se escucha en off su “Un dos, probando 
probando”. Lo detiene y lo pasa hacia el principio.): Bien… (Carraspea, toma un 
trago, se prepara para empezar.) 
(Mientras la MUJER 1 comienza de nuevo su búsqueda del dedal. De vez en 
cuando dirá expresiones como “¡nada!”, “¡aquí no!” o “pero, ¿dónde lo habré 
puesto…?”, suspira, silba “Bésame mucho” muy fugazmente…, a la vez que va 
vaciando cajitas de distintos tamaños y colores, lo va volcando todo en el suelo y 
luego volviéndolo a guardar. Está nerviosa, pero no mucho.) 

MUJER 2 (Hablándole a la grabadora.): Hola Raúl, ¿qué tal? Siéntate… Mira, te he 
pedido que vinieras porque… aún sabiendo que es tarde y que estás en época de 
exámenes y todo eso, pues no podía dejar pasar más tiempo… y por eso te he 
llamado y… por eso… (Detiene la grabadora.) No, no, no, no… Se me nota muy 
nerviosa… Más relajada, más relajada… (Vuelve el grabador al comienzo, toma 
otro trago.) 
MUJER 1 (Sacando unas tenazas.): ¡Anda! ¡Mira dónde estaban las tenazas! 
Fernando lleva tres meses revolviendo toda la casa… 
MUJER 2 (Hablándole a la grabadora.): Raúl, ¡qué bien que hayas podido venir! 
¿Te apetece un copa? (Detiene la grabadora. Reflexiona. Toma otro trago.) 
MUJER 1: ¡Pero qué tarde es! Mira, pues sin dedal, ya está, ya no puedo esperar 
más. (Muy decidida se pone a coser una prenda que tiene a medias.) 
MUJER 2: ¡Vamos allá! (Vuelve a conectar la grabadora.) Mira Raúl… ya sabes 
que llevo una semana un poco inquieta, y yo te dije que no era nada, que el 
trabajo y verte a ti tan agobiado con los exámenes… No, no, no es eso… ¡Déjame 
hablar, Raúl! No, no pasa nada, sólo un poco nerviosa y si no me dejas hablarte 
con tranquilidad… Porque no es fácil, ¿sabes?, tengo que buscar las palabras y 
hasta los gestos con los que voy a contarte lo que tengo que contarte… Porque yo 
no tenía prevista esta conversación, y no sé por dónde voy a empezar ni en 
dónde acabar… ¡Que no me interrumpas, joder! No, no estoy histérica, ¡no estoy 
histérica! (Detiene la grabadora enfadada.) Sí que estoy histérica… (Le da otro 
trago a la copa. Se la acaba.) 
MUJER 1: ¡Mierda! (Se lleva el dedo a la boca.) ¡Nada, que sin dedal no sé!… ¿Y 
qué hago ahora?… (Piensa un momento y después busca un trozo de tela pequeño 
y se lo enrolla en el dedo en el que normalmente se coloca el dedal.) 
MUJER 2: Como siga a este ritmo, me voy a emborrachar… (Deja el vaso y la 
grabadora. Coge una servilleta y se limpia la boca, luego las manos, luego la 
mesa, el suelo…, todo ello mientras habla, riéndose.) Estaría bueno, que llegara 
Raúl y me encontrara como una cuba… (Riéndose más.) ¡Celebrándolo! 
MUJER 1 (Riéndose también, al mirarse el dedo.): ¡Menudo invento! Podría 
patentarlo… 
MUJER 2 (Sin dejar de limpiar, todavía riéndose.): Y ahora a limpiar… Y, ¿por 
qué no? Es como… un acto reflejo… Te ayuda a no desesperarte, a no dejarte 
llevar por el nerviosismo. Sería un buen tema para un estudio psicológico. 
Primero le quitas el polvo a los muebles, luego barres, (Seguirá haciendo su 
enumeración, en voz más baja, a la vez que la MUJER 1 dice su monólogo.), 
friegas los platos, los secas, los colocas, riegas las plantas, apartas los sillones, 
las estanterías, la mesa, la cama y limpias todo el suelo a conciencia, luego le 
toca a los cristales, al frigorífico, las persianas, la bañera, las cortinas, el lavabo, 
el váter, el bidé, la baranda de la escalera, el horno, las lámparas, los azulejos 
del baño, los azulejos de la cocina, pones sábanas limpias, sacudes la alfombra, 
descuelgas los cuadros, los vuelves a colgar, pones una lavadora, la tiendes, 
haces comida para toda la semana, vacías los armarios, planchas los vaqueros, 
las braguitas, las camisetas, ordenas los cubiertos, haces la lista de la compra, te 
lavas la cabeza, te pones mechas, te depilas, y si te queda tiempo revisas los 
cristales, los azulejos, limpiando sobre limpio, el horno, las taquillas, las 
lámparas, el váter, el frigorífico, te pintas las uñas, vuelves a fregar el suelo, te 
maquillas, ordenas los libros, los periódicos, te inventas un peinado diferente… 
MUJER 1: ¡Esto no sirve! (Se quita el vendaje.) Mira que soy desastre… Todos los 
días se me pierde algo, el dedal, la canilla, la bobina negra o el alfiletero… Ya 
me lo decía mi madre: Mercedes, hay que poner más atención. Mercedes, sí, 
aunque todo el mundo me llama Merceditas. Como mi tía abuela, por vía 
materna. Pero igual podría llamarme Ramona, que Pepa, que Milagros o que 
Nieves. Sería igual… Los nombres y las fechas terminan siendo lo de menos… Hoy, 
por ejemplo, es viernes, 25 de julio, diez y media de la noche,… viernes, un 
viernes cualquiera, un viernes cualquiera a las diez y media de la noche… 
Fernando siempre se recoge tarde los viernes; es su noche libre, porque 
normalmente no madruga al día siguiente. Yo me preocupo de todas formas 
cuando veo que anochece y no llega, casi por costumbre… Nieves es un nombre 
bonito, sí señor, pero mi tía abuela se llamaba Mercedes y ese me tocó… ¡Qué se 
le va hacer! (Descubre el dedal en el bolsillo.) Anda, aquí estaba el puñetero… Si 
cuando yo digo que las cosas las esconde el diablo… (Se siente y se pone a coser.) 
MUJER 2:... Cuando te convences de que ya no te quedan más fuerzas, te sientas 
en cualquier sitio y te fumas un cigarro, casi tranquila… Quienes me conocen ya 
saben que cuando el apartamento está desordenado y hay un poco de polvo sobre 
la tele, es que todo va bien en mi interior. (La MUJER 1 comienza a tararear una 
tonadilla: la de “Bésame mucho”. Canta para ella, sin la pretensión de hacerlo 
bien, para distraerse mientras cose. La MUJER 2 deja de fregar: por primera vez 
parece percatarse de la presencia de la otra, pero sin verla. Sólo parece 
escucharla.) Mi madre, cuando estaba nerviosa, solía cantar… 
MUJER 1: Bésame/ bésame mucho…/ como si fuera esta noche la última vez/ 
bésame/ bésame mucho/ 
AMBAS: que tengo miedo a perderte/ perderte después. /Quiero sentirte muy 
cerca,/ mirarme en tus ojos,/ verte junto a mí./ Piensa que tal vez mañana/ yo 
estaré lejos/ muy lejos de ti. (La MUJER 1 sigue cantando, retomando de nuevo 
el comienzo.) 
MUJER 2: La recuerdo sentada y cosiendo, con el delantal como una segunda 
piel, recuerdo sus manos oliendo a lejía y sus dedos manchados de azafrán… 
Siempre preocupada, con la sensación de que el día duraba muy poco para todas 
las cosas de las que había que encargarse… Menos cuando esperaba a que mi 
padre llegara de la calle. Entonces el tiempo parecía detenerse… Algunos viernes 
y sábados también, a veces… Yo regresaba de la calle y la escuchaba canturrear 
desde la puerta… 
MUJER 1 (Deja de cantar en ese momento.): ¡Clara!, ¡Clara!, ¿eres tú? 
MUJER 2: Casi siempre se enfadaba al verme llegar sudando. 
MUJER 1 (A la MUJER 2, mirándola directamente. Durante toda esta escena, la 
MUJER 2 nunca trata de comportarse como una niña: sigue siendo el mismo 
personaje de antes y sus frases serán dichas desde la actitud una mujer de casi 
treinta años.): Mira cómo vienes… Sin aliento y colorada como un tomate. 
MUJER 2: Mi madre murió cuando tenía la misma edad que yo tengo ahora. 
MUJER 1 (Se dirige a unas sábanas que están colgadas detrás.): Anda, ayúdame a 
doblar esto, que ya está seco. 
MUJER 2 (Se ponen a doblar las sábanas, como en una especie de danza, 
cruzándose, pasando la una bajo la otra, mientras hablan en un tono normal.): 
Yo era una niña de nueve años a la que le encantaba estar en la placeta, jugando 
a la comba, a la rayuela, al pilla pilla. 
MUJER 1: No es bueno cansarse tanto... El día menos pensado te va a dar algo… 
MUJER 2: Fue un viernes, día 25 de julio, igual que hoy. 
MUJER 1: Un soponcio en mitad de la calle… No es la primera vez que pasa. 
MUJER 2: Veinticinco de julio… Recuerdo que esa noche me dijo las mismas 
cosas de cada noche… 
MUJER 1: A un primo de tu abuela le faltó la respiración, y ¡hala!, se quedó en el 
sitio… O al menos eso me contaron. 
MUJER 2: Era una mujer joven, pero a veces parecía mayor, como si repitiera 
frases oídas hace mucho tiempo, aprendidas de memoria... 
AMBAS: Ojalá te gustara más el colegio y menos andar en la placeta con los 
niños… 
MUJER 2: Si hubiera sabido que esa era la última vez que iba a hablar con ella, 
le hubiera dicho otras cosas… más importantes. 
MUJER 1: Y ahora te pones el pijama y te acuestas, que ya sabes que a tu padre 
no le gusta que andes levantada a esta hora. 
MUJER 2: Ya entonces se me quedaron muchas cosas por decirle. Pero la mayoría 
han ido llegando después, cuando ella era sólo un recuerdo con el que conversar. 
MUJER 1: Sí, ya sé que mañana es sábado… Pero no es bueno trasnochar… 
(Han acabado de doblar las sábanas. La MUJER 1 se sienta.) 
MUJER 1: Bueno... Venga, coge papel y lápiz que me vas a anotar lo que tengo 
que comprar mañana. 
La MUJER 2 empieza a anotar palabras en una pizarra, mientras habla. Ahora 
escribe “quince” y “papá”. 
MUJER 2: A los quince años… Mamá, papá ha salido de la cárcel… De todos 
modos, Pablo y yo vamos a seguir viviendo con la tía Encarna. Creo que papá 
quiere mudarse a otra ciudad. 
MUJER 1: Pero haz la letra despacito, que si no luego no la entiendo. 
La MUJER 2 escribe: “dieciséis”, “concierto de Mecano”. 
MUJER 2: A los dieciséis… Mamá, hoy me ha besado un chico de la clase. En un 
concierto. Me ha dado un poco de asco porque metía su lengua dentro y la 
movía… ¿Siempre es así? Yo no quiero que los besos me den asco… 
MUJER 1: A ver… leche. Cuatro litros… a cincuenta pesetas cada uno… ¿Cuánto 
es? 
La MUJER 2 escribe “diecisiete”, “Trabajo clínica”. 
MUJER 2: Mamá… creo que voy a dejar los estudios. Me han ofrecido un trabajo, 
recibiendo a los pacientes en una clínica dental… 
MUJER 1: Fruta… A ver si los plátanos están baratos, que es lo que más le gusta a 
tu padre. Pon que me gaste unas… setenta pesetas. 
MUJER 2: Ya sé que tú querías que hiciera una carrera y todo eso…, pero es un 
trabajo bien pagado… Y me deja tiempo libre… 
MUJER 1: Café descafeinado… Doscientas ochenta… 
La MUJER 2 escribe “diecinueve”, “Ernesto”. 
MUJER 2: Mamá… estoy saliendo con un chico… Llevo ya cinco meses y creo que 
es importante… Pero es un chico muy débil, ¿sabes?, todo le hace daño y debo 
tener mucho cuidado con él. Se llama Ernesto. 
MUJER 1 (Empieza a inquietarse: parece estar pensando en otra cosa.): Leche… 
¡Ah, no!, eso ya lo he dicho… Cola-cao. 
MUJER 2: Ayer… ayer… hicimos el amor por primera vez… No sé si me gustó… 
MUJER 1: Doscientas veinticinco. 
La MUJER 2 escribe “veintitrés” y borra el nombre de “Ernesto”. 
MUJER 2: Mamá, Ernesto ha dejado la relación… Dice que es demasiado joven 
para comprometerse. 
MUJER 1: ¿Estás anotando bien? A ver… danones, pero pon que de fresa no, que a 
tu hermano no le gustan y siempre me olvido. 
La MUJER 2 escribe “veintiséis”, “Raúl”. 
MUJER 2: ¡Adivina!, creo que he vuelto a enamorarme… Se llama Raúl, estudia 
Ciencias Políticas… Es inteligente, maduro y ¡hace el amor como los ángeles! 
MUJER 1: Cuatro danones a dieciocho pesetas cada uno. 
MUJER 2 (Picarona.): ¡O como un demonio, según se mire! 
MUJER 1: ¡No estás atenta a lo que te digo y te vas a equivocar! 
MUJER 2: ¡Ah, y he cambiado de trabajo! Ahora estoy en (Escribe “despacho”.) 
el despacho de un abogado. Ese abogado es el padre de Raúl. 
MUJER 1: ¿Qué hora será ya? 
La MUJER 2 escribe “veintisiete”, después deja la tiza, se acerca a la MUJER 1, 
se sienta en el suelo, junto a sus pies, apoya la cabeza en su regazo. La MUJER 1 
parece no percatarse. 
MUJER 2: Hoy… Bueno hoy es un día extraño… Hoy es veinticinco de julio, como 
hace dieciocho años… 
MUJER 1 (Más nerviosa.): Patatas… cincuenta pesetas. 
MUJER 2: Es curiosa la vida… Precisamente hoy… 
MUJER 1: Arroz… No, arroz compré antesdeayer. (Levantándose, resolutiva.) 
Bueno, hemos acabado… Súmalo todo y me anotas cuánto es al final… 
MUJER 2: Mamá, esta tarde he estado en el hospital… 
MUJER 1: Yo voy a salir un momento… 
MUJER 2: No, mamá, ahora no,… déjame hablarte. 
MUJER 1: Seguro que tu padre no se acuerda de que mañana tiene que ir a 
trabajar. 
MUJER 2: ¡He de hablar contigo ahora, antes de que llegue Raúl! 
MUJER 1: Me cambio de ropa y bajo… Es a la vuelta de la esquina. 
MUJER 2: Escúchame, por favor, ¿no ves que estoy aquí? 
MUJER 1: Pongo alguna excusa… Que Pablito está pachucho o algo así… 
MUJER 2: A lo mejor podríamos cambiar esta noche, juntas, si me escucharas… 
MUJER 1: O voy así mismo. Me quito el delantal y me pongo los zapatos. 
MUJER 2: Tal vez estemos a tiempo, ¿me oyes?… 
MUJER 1: Es temprano y no ha podido beber mucho. Algunas cervezas, quizá, 
pero todavía se podrá hablar con él… ¿Cómo tengo el pelo? ¿Estoy bien? 
MUJER 2: Si te acostaras en vez de esperarlo despierta… 
MUJER 1: Le digo que Pablito ha preguntado por él… que… que la cena se enfrió 
hace mucho rato… No tardaré. (Sale.) 
MUJER 2 (Alejándose del radio de acción de la escena anterior.): Una sabe que 
pasa… Que ha pasado otras veces, que seguirá pasando. Mientras es posible, toda 
la familia acuerda tácitamente guardarlo escondido, la ropa sucia no se lava en 
la calle, se lava en la casa de uno, o se la deja bien metida en el fondo de los 
cajones, escondida detrás de falsas sonrisas que regalar a las vecinas, al 
panadero, a los amigos de los hijos cuando un día son invitados a almorzar. 
Además, ¿en qué pareja no hay desencuentros? (Se dirige a un montón de 
periódicos que hay sobre una mesa, coge las tijeras de costura de su madre y, a 
la vez que habla, irá hojeando y recortando noticias que va pegando sobre la 
pizarra en la que antes escribía.) La convivencia es difícil, ya se sabe, realice 
usted una encuesta y entenderá lo que le digo, el que esté libre de pecado que 
tire la primera piedra. Y sí, qué se le va a hacer, hay momentos en que se 
pierden los estribos, no es culpa de nadie, ella comienza a alzar el tono de voz, 
él la manda callar, ella grita más aún, él arroja una silla al suelo, ella amenaza 
con marcharse, él pega un puñetazo en la pared, puede ser ella quien dé la 
primera bofetada y después se aleje, andando hacia atrás, consciente ahora de 
que él es el más fuerte, de que empezarán los golpes, de que habrá que meterse 
debajo de la mesa o correr hacia el baño y echar el cerrojo y esperar a que se 
agote aporreando la puerta… Yo los escuchaba acurrucada en la cama queriendo 
dormirme pronto para que fuera ya el día siguiente. (La MUJER 1 vuelve a entrar 
y se sienta en el mismo sitio que ocupaba antes. De nuevo hay un muro invisible 
entre las dos. La primera se descalza, se pone las zapatillas de andar por casa y 
el delantal.) Hasta que una noche, un veinticinco de julio u otra fecha 
cualquiera, puede ocurrir que la discusión llegue más lejos y que en la décima de 
segundo que unas tijeras tardan en hundirse en la carne, el cuerpo de la mujer 
haya quedado en el suelo, muy quieto mientras la sangre corre a borbotones… 
MUJER 1 (Toma un trozo de tela y empieza a cortarla, utilizando una señal 
indicada, como un patrón.): Un viernes de cada tres hago esto mismo… Me calzo, 
me meto las llaves en el bolsillo y bajo al bar que está en el fondo de la calle. 
MUJER 2: Es entonces cuando la prensa se conmueve ante “este nuevo caso de 
violencia doméstica”. 
MUJER 1: Busco la figura de Fernando entre el humo, entre otras figuras tan 
parecidas a él, todas con la misma forma de estar apoyados en la barra, de reírse 
con ese sonido que sólo he escuchado en los hombres cuando se reúnen y creen 
que no hay mujeres cerca. 
MUJER 2: Durante el juicio, el agresor declaró: “No recuerdo nada, no 
recuerdo... Sólo sé que fue un accidente.” 
MUJER 1: Finalmente le encuentro, y vuelvo a percatarme de cómo se parece a 
mi padre cuando tenía su misma edad. Voy hacia él tratando de no sentir las 
miradas de los otros hombres, “Fernando, aquí vienen a buscarte”. 
MUJER 2: Y los vecinos contestan: “No señor, nosotros no sabíamos nada, él era 
un hombre muy trabajador, muy tranquilo”. 
MUJER 1: y yo no me vuelvo para saber quién ha hablado, porque me siento 
pequeñita aquí, insignificante y pequeñita ahora que mi mirada se ha gastado y 
que mis piernas no saben llevarme erguida. 
MUJER 2: “Bueno, sí… De vez en cuando se le veía bebido… Pero como todos 
alguna vez, ¿no?” 
MUJER 1: En los ojos de Fernando veo que se avergüenza de que haya venido 
hasta aquí, como si él fuera un niño a quien hay que llevar a casa tirándole del 
brazo, como si fuera un pelele, como si fuera un perro que se escapó a la calle 
sin bozal. Y su vergüenza viene a unirse a la mía, porque ya sé que no va a 
acompañarme a casa, ahora sí que no puede dejar a sus compañeros, tiene que 
demostrarles que a él nadie puede colocarle un bozal ni una correa… Un viernes 
de cada tres hago esto mismo, y yo me calzo y bajo al bar y cuando vuelvo a 
subir la calle sola, la calle más larga que nunca, siempre me digo a mí misma que 
esta noche ha sido la última vez… 
MUJER 2: Todos los hombres de mi barrio llegaban alguna vez borrachos a casa. 
MUJER 1: Lo oiré subir las escaleras lento, inseguro, agarrado con fuerza al 
pasamanos para no caer… 
MUJER 2: Y las vecinas observaban escondidas tras la persiana cuánto tarda el 
marido de otra en encontrar la llave y abrir la puerta. 
MUJER 1: Y dudaré si levantarme a ayudarle o quedarme sentada, ajena. 
MUJER 2: La semana después de cada borrachera ocurría siempre lo mismo, 
como si se repitiera un ciclo inevitable. El sábado mi padre se pasaba todo el día 
acostado. 
MUJER 1: Mañana y pasado no nos dirigiremos la palabra. Luego, durante tres 
días, sólo nos diremos lo imprescindible… 
MUJER 2: A media tarde, mi madre le preparaba caldo o zumo y me decía que se 
lo llevara. Recuerdo la habitación oscura a pleno día… 
MUJER 1: como si fuéramos dos extraños compartiendo el pasillo, el comedor, el 
dormitorio… 
MUJER 2: Recuerdo el aire oliendo a alcohol y la respiración desacompasada de 
mi padre. 
MUJER 1: Dos noches dormiré en el salón y la tercera dormiremos juntos, muy 
quietos, cada uno en su filo de la cama, 
MUJER 2: Durante siete días la casa se llenaba de paredes invisibles y mi padre 
se movía entre ellas rehuyendo nuestros ojos. 
MUJER 1: muy quietos, fingiendo estar dormidos. 
MUJER 2: Después, poco a poco, todo volvía a la tranquilidad… 
MUJER 1: Hasta que una noche los pies se rozan por debajo de las sábanas y la 
costumbre del sueño nos acerca y me despierto abrazada a él y sé que no es un 
extraño, que es él, y ya han pasado ocho o diez días y no soporto la frialdad de la 
casa, el silencio, las miradas llenas de reproches… 
MUJER 2: Eso siempre me sorprendía, que todo pudiera volver a estar como 
antes… 
MUJER 1: Ese día hablábamos, por fin, sobre todo yo, desahogándome, diciendo 
todo lo que había callado durante siete días, 
MUJER 2: No sé si yo podría soportar tanto como mi madre, 
MUJER 1: dispuesta ya a perdonar, porque Fernando lo lamenta, lo lamenta de 
verdad, 
MUJER 2: no sé si merecería la pena soportar tanto como soportaba ella… 
MUJER 1: lo veo en sus ojos, en su voz, en sus manos, lo lamenta de veras, no 
sabe cómo evitarlo, pero lo va a intentar, y termina llorando, lo va a intentar por 
mi bien, con todas sus fuerzas, por Clara y Pablo, y lo dice de verdad, yo sé que 
lo dice de verdad, pero no, él no necesita ayuda, él lo va a lograr solo, y lo dice 
de verdad..., “de verdad, Mercedes, de verdad…” (La MUJER 2 se dirige hacia el 
grabador, lo pasa hacia atrás y lo conecta, para escuchar lo que había registrado 
antes. Su voz en off empieza a sonar antes de que acabe el monólogo de la 
MUJER 1.) Por eso, a los nueve o diez días, me obligo a creer que ya no va a 
suceder más… 
VOZ EN OFF DE LA MUJER 2: Raúl, ¡qué bien que hayas podido venir! ¿Te 
apetece un copa? (Un pequeño corte. Después continúa su voz en un tono más 
bajo. Sobre ella se superpone el resto de la escena.) Mira Raúl… ya sabes que 
llevo una semana un poco inquieta, y yo te dije que no era nada, que el trabajo y 
verte a ti tan agobiado con los exámenes… No, no, no es eso… ¡Déjame hablar, 
Raúl! No, no pasa nada, sólo un poco nerviosa y si no me dejas hablarte con 
tranquilidad… Porque no es fácil, ¿sabes?, tengo que buscar las palabras y hasta 
los gestos con los que voy a contarte lo que tengo que contarte… Porque yo no 
tenía prevista esta conversación, y no sé por dónde voy a empezar ni en dónde 
acabar… ¡Que no me interrumpas, joder! No, no estoy histérica, ¡no estoy 
histérica! 
MUJER 1: y me lo digo así, en voz alta, “¡no va a suceder más!”, para hacerme 
más fuerte, para convencerme, “¡confía en él!” y aprendo a quererle de nuevo y 
a abrazarme a él por las noches, “¿y qué hago si vuelve a pasar?”… A los tres 
meses, otro viernes u otro sábado, Fernando se retrasa, y yo vuelvo a calzarme y 
bajo al bar, y cuando subo la calle sola, la calle más larga que nunca, siempre 
me digo a mí misma que esta noche ha sido la última vez… Pero son sólo 
palabras… 
MUJER 2: Palabras… 
MUJER 1: Palabras aprendidas 
MUJER 2: palabras grabadas 
MUJER 1: palabras oídas mil veces 
MUJER 2: palabras dichas mil veces 
MUJER 1: palabras susurradas 
MUJER 2: palabras a gritos. 
MUJER 1: Coja usted una palabra, dóblele cuidadosamente las esquinas 
MUJER 2: guárdela en un cajón, preferiblemente de madera. 
MUJER 1: Si lo abre a los tres días descubrirá que 
MUJER 2: insospechadamente 
MUJER 1: y por arte de magia 
MUJER 2: su palabra inocente 
MUJER 1: pequeñita 
MUJER 2: de las esquinas dobladas 
MUJER 1: ha abierto un agujero terrible 
MUJER 2: en su precioso mueble de caoba. 
MUJER 1: Palabras como grietas 
MUJER 2: como ecos 
MUJER 1: como filtros 
MUJER 2: como piedras 
MUJER 1: palabras para alejar a los fantasmas 
MUJER 2: para apagar la soledad 
MUJER 1: para apagar el silencio. El silencio… ¡Clara! ¡Clara! Pon la radio, que a 
esta hora comienzan los discos dedicados… 
VOZ DEL LOCUTOR: Y ahora este tema que Ramón le dedica a Conchita, para 
demostrarle su amor y porque sabe que le gusta mucho. 
Comienza a sonar “Bésame mucho” de The Beatles. Las dos mujeres lo 
escucharan primero quietas, luego irán progresivamente despertando su cuerpo y 
acabarán bailando cada una a su lado, con la libertad de quien no está siendo 
visto por nadie. Durante el baile, llega un momento en el que ambas se 
encuentran y comienzan a bailar juntas, jugando felices. 
MUJER 2: ¿Te acuerdas de cuando jugábamos a la rayuela? 
MUJER 1: Sí, claro… 
MUJER 2: Tú hacías el dibujo en el suelo. 
MUJER 1: Y tú buscabas una piedra adecuada. 
MUJER 2: Ni muy grande ni muy pequeña… Mis amigas se extrañaban de ver a 
una madre saltando… 
MUJER 1 (Comenzando a jugar.): Abajo la tierra. 
MUJER 2: Arriba el cielo. 
MUJER 1: Y para llegar arriba hay que ir despacio, pasito a pasito, sin 
impacientarse, golpeando con suavidad porque si no la piedra se sale del dibujo y 
ya has perdido. 
MUJER 2: Pasito a pasito. 
MUJER 1: Hasta llegar al cielo… ¿Sabes cuándo llegaba yo al cielo? 
MUJER 2: ¿Cuándo? 
MUJER 1 (Se va hacia la zona de la MUJER 2 y se acomoda allí, como si estuviera 
en la habitación de una amiga.): Los martes por la tarde… 
MUJER 2: ¿Los martes? 
MUJER 1: Sí… era nuestro día… 
MUJER 2: ¿El día de quién? 
MUJER 1 (Picarona.): Pues de quién va a ser, boba, de tu padre y mío… Ya 
sabes…, “el día”… No te pongas colorada, mujer, que ya no eres una chiquilla… 
MUJER 2: ¿Teníais un día? 
MUJER 1: Pues claro… Bueno, no, al principio no… Pero luego, pues no sé cómo 
llegó la cosa, pero tocaba el martes, quizá porque era el día que Pablito y tú os 
ibais con la abuela… 
MUJER 2: ¿Así que mientras la abuela nos preparaba churros con chocolate, 
vosotros…? 
MUJER 1 (Risueña.): Pues sí… ¿No me digas que te sorprende? 
MUJER 2: No, claro… Pero es que me cuesta imaginaros… 
MUJER 1: ¿Y cómo te crees que vinisteis Pablito y tú al mundo? Yo me pasaba 
toda la semana deseando que llegara el martes… 
MUJER 2: Podríais haber elegido dos días en vez de uno... 
MUJER 1: No…, si estaba bien esa sensación de espera… Tu tía Encarna se 
escandalizaba un poco, porque ella decía que sólo lo hacía por obligación, 
porque Javier la reclamaba… En cambio yo me lo pasaba muy bien… me reía 
mucho… 
MUJER 2: ¿Te reías? 
MUJER 1: Sí… Tu padre era un hombre muy gracioso en esas situaciones… 
MUJER 2: No me lo imagino… 
MUJER 1: Normalmente era cariñoso, ¿sabes? Por eso me enamoré de él… Tú lo 
veías de otra manera… 
MUJER 2: A mí lo que más me gustaba de papá eran su brazos... Sus brazos 
fuertes, su espalda ancha, su manera de levantarme en volandas y llevarme 
corriendo por toda la casa. Fíuhhhh... Fíííuuuhhh... Alto y rápido... Fííuhhhh... Y 
yo me sentía protegida, sujeta por sus músculos de 
Popeye. La primera vez que le vi pegarte yo tenía seis años. Era de noche. 
Recuerdo que había tenido una pesadilla y me había levantado para que me 
dejarais dormir con vosotros, como otras veces. Pero al entrar a vuestro cuarto vi 
que la cama estaba sin deshacer, y entonces os escuché en la cocina. Discutíais, 
sentí un golpe, como una silla muy pesada que volcara y cayera. 
MUJER 1: Cuando te descubrí en la puerta, quieta, medio dormida en tu pequeño 
pijama de ositos, ese pijama rosa lleno de ositos que jugaban... 
MUJER 2: “¡Clara, regresa a la cama! ¡Quién te ha dicho que te levantaras!” 
MUJER 1: ¡No me gusta que andes descalza! 
MUJER 2: No me gusta que andes descalza... Menudo comentario... A mí me 
parecía que todo se había quedado parado, como cuando se pulsa el pause en 
una película de vídeo..., y yo miraba muy fijo los brazos de papá, esos brazos 
anchos y fuertes de Popeye el marino soy... esos brazos que ya nunca más 
volvieron a llevarme en volandas... 
MUJER 1: Tenía un lunar aquí, ¿recuerdas?, en el hombro derecho. 
MUJER 2: Dicen que dejó de beber en la cárcel... Cuando salió de allí, la tía 
Encarna lo mantuvo alejado... No sé si él hubiera querido seguir viviendo con 
Pablo y conmigo... Nunca le pregunté. 
MUJER 1: Y otro en la oreja, pequeñito, casi invisible... 
MUJER 2: Ha envejecido muy rápido, ¿sabes? En este 
ultimo año nos hemos vistos dos veces, y a mí me 
parecía que se iba desgastando, minuto a minuto. 
MUJER 1 (Mirando hacia su lado del escenario.): ¿Has oído? 
MUJER 2: Mañana voy a llamarle... Hace mucho que no hablamos... 
MUJER 1 (Levantándose.): Es Pablo, ¿verdad? Creo que está llorando... 
MUJER 2: Yo no he escuchado nada. 
MUJER 1: Debo irme... Llevo mucho rato aquí y... me queda mucha costura. Y 
Pablo... no debo dejarle solo... (Se dirige hacia su lado.) 
MUJER 2: ¿Lo vas a esperar despierta? 
MUJER 1: Sí…, ya no tardará mucho. 
MUJER 2: ¿Sabes?, es una lástima que las madres y las hijas se lleven tantos 
años… (La MUJER 1 asiente sin hablar. Es de nuevo la ama de casa de las escenas 
anteriores. Cuando está a punto de llegar.) Mamá. (La MUJER 1 se vuelve.) No, 
nada… 
La MUJER 1 se vuelve a su sitio, y retoma la costura. Mientras la MUJER 2 coge el 
grabador. Lo pone a grabar. Lo deja durante un rato grabando el silencio, sin 
saber que decir. Luego comienza. 
MUJER 2: No es sólo cuestión de que no encuentre las palabras precisas… Es que 
ni siquiera sé cómo pensarlo. “Raúl, estoy embarazada.” Esa sería la forma más 
directa y precisa… No, no entiendo cómo ha pasado… Yo tampoco lo esperaba… 
Algún fallo de cálculo…, imagino… ¡No lo sé Raúl, no lo sé! No sé de quién es la 
culpa…, pero ya todo eso da igual, ¿entiendes?, porque ahora hay algo aquí 
dentro… (Mirándose el vientre.) Algo tan pequeño que casi no existe… Sería muy 
fácil decir que no; no dejaría ni una huella, apenas una mañana en el hospital y 
todo seguiría igual que antes… Y es lo que debería hacer, seguramente, es lo que 
le recomendaría a cualquiera en mi caso…, es lo que yo misma hubiera hecho 
ayer, antes de escuchar al médico decirme que sí, que hay algo de tres semanas 
ocupándome por dentro… ¿Imaginas? Algo chiquito que crece aquí dentro… 
MUJER 1: Anoche soñé que era abuela. Clara me traía un bebé precioso, no sé si 
niño o niña, y me lo colocaba en el regazo… Se parecía tanto a ella recién 
nacida… Fue delicioso descubrir la forma perfecta y diminuta de sus deditos, 
sentirlos aquí, abrazando con fuerza mi pulgar… Clara me traía su bebé y yo la 
enseñaba a acunarlo, a vestirlo, a hacerle botitas y gorros de punto… Después 
cantábamos juntas con esa voz que ponemos las madres cuando mecemos a 
nuestro hijo,… con esa voz…, muy bajito, para se quede dormido y tenga dulces 
sueños… 
Las dos comienzan a tararear “Bésame mucho”, muy lento, como una nana, la 
MUJER 1 cosiendo y la otra meciéndose con suavidad, abrazada a su vientre. 

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