Lulú La caja de Pandora Wedekind Frank

FRANK WEDEKIND
LA CAJA DE PANDORA


ACTO PRIMERO

Una magnífica sala del Renacimiento alemán, con un oprimente cielorraso de roble tallado. Las paredes están cubiertas hasta cierta altura por tallas en madera oscura. En ambas paredes laterales, tapices un tanto desteñidos. La pared del fondo está cerrada por arriba por una galería velada con cor­tinas, de la que desciende, a la izquierda, una monumental escalera hasta la mitad de la escena. En el medio, bajo la ga­lería, la puerta de entrada con columnas y arquitrabe. En la pared de la derecha, una gran estufa. Más adelante, una ventana con pesadas cortinas, que da a un 'balcón. En la pared de la izquierda, delante de la terminación de la escalera, una puerta cerrada por un cortinado. Delante de la columna que eemata la baranda de la escalera, un decorativo caballete vacío. Delante, a la izquierda una larga otomana en el medio de ia habitación, una mesa cuadrada y, a su alrededor, tres si­llas de alto respaldo. Adelante, a la derecha, una mesita y, cerca de ella, una silla con brazales. La sala está débilmente iluminada por una lámpara a querosene muy velada, ubicada sobre la mesa del medio.

(Aiwa Schón se pasea de aquí para allá delante de la puer­ta de entrada. En la otomana está sentado Rodrigo, vestido de criado. A la derecha, en la silla con brazos, la Condesa Geschwitz, vestida atildadamente de negro, hundida entre co­jines, con una manta sobre las rodillas junto a ella, en la mesita, una cafetera y una taza con café negro.)

RODRIGO.- ¡Este Schigolch se hace esperar más que un director de orquesta!
LA CONDESA.- ¡Por favor, no hablen...!
RODRIGO.- ¿Y cómo se hace para quedarse callado cuando se tiene, como yo, la cabeza llena de pensamientos?... No consigo explicarme de ninguna manera que, pese a todo, ella haya mejorado.
LA CONDESA.- ¡Está más hermosa que nunca!
RODRIGO.- ¡Dios me libre de fundar mi felicidad sobre sus gustos, Condesa! ... Si la enfermedad le ha hecho a ella tan bien como a usted, estoy listo. Ha salido usted del pabellón de aislamiento como una mujer que se hubiese puesto a trabajar de ayunadora de feria. Casi no es capaz ni de sonarse la nariz, le cuesta un cuarto de hora estirar los dedos y hay que tener una cautela máxima para no quebrárselos. 
LA CONDESA.- Lo que a nosotros nos entierra, a ella le da fuerza y salud.
RODRIGO.- Todo es lindo y bueno. Pero esta noche, probablemente no partiré con ella.
LA CONDESA.- No pretenderá que su novia viaje so­la, ¿no.-..?
RODRIGO.- En primer lugar, va el viejo con ella, para defenderla en caso de peligro; mi presencia sólo podría des­pertar sospecha. En segundo lugar, tengo que esperar que me terminen los trajes. Cruzaré la frontera en su debido mo­mento. Y entre tanto, espero que ella engorde un poco: des­pués que nos casemos, pretendo poder presentarla en público. En las mujeres, adoro el lado práctico; las teorías me dejan indiferente. ¿No es usted también de mi parecer, doctor? 
ALWA.- No escuchaba lo que decía... 
RODRIGO.- Yo no me habría complicado en este com­plot, si antes de su condena no me hubiese ya hecho cosqui­llas en las tripas... ¡Con tal que en el extranjero no se !e dé por dar mucha guerra...! Me gustaría llevarla por seis meses a Londres: ¡la llenaría a plumcakes! En Londres, basta el aire de mar para devolverle a uno el vigor. Allá, además, no se siente la mano del destino en la garganta a cada sorbo de cerveza.
ALWA.- Desde hace ocho días me pregunto si una per­sona condenada a prisión puede oficiar de protagonista en un drama moderno...
LA CONDESA.- ¡Si viniese de una vez...! 
RODRIGO.- Por otra parte, todavía tengo que desem­peñar mis herramientas: seiscientos kilos de hierro de óptima calidad. Su transporte me cuesta siempre tres veces mi propio pasaje. ¡Y decir que todo junto no vale una higa! Cuando fui a empeñarlas, todo sudado por el esfuerzo, me pregunta­ron si eran auténticas... Pensándolo mejor: habría sido más acertado, hacerme confeccionar los trajes en el extranjero. Los parisienses, por ejemplo, advierten a primera vista dónde están los méritos y se conceden escotes sin economía. Pero no son cosas que se aprendan viviendo panza arriba; hay que estudiarlas en personas de cultura clásica. Aquí tienen tanto miedo a la piel desnuda como en el extranjero a las bombas. Hace dos años, en el Teatro Alhambra, me aplicaron cin­cuenta marcos de multa cuando se dieron cuenta que tenía algunos pelos en el pecho, ¡y eso que eran apenas suficientes para hacer con ellos un cepillito de dientes! El Ministro de Instrucción Pública era del parecer que las alumnas podían perder por eso las ganas de hacer calceta. Desde entonces, me hago afeitar una vez por mes.
ALWA.- Si "El Dominador del Mundo" no requiriese en este momento toda mi energía espiritual, me pondría muy probablemente a estudiar ese problema. Toda la equivocación de nuestra literatura joven estriba en que somos demasiado literarios. No conocemos otros problemas que los que viven escritores y profesionales. Nuestro horizonte no va más allá de nuestros intereses de casta. Para encontrar de nuevo el ca­mino de un arte grande y fuerte deberemos movernos, posi­blemente, entre hombres que jamás en su vida hayan leído un libro y para cuyas acciones sirvan de norma los más simples instintos animales. Ya en mi "Espíritu de la Tierra" traté de trabajar enérgicamente según esos principios. La mujer que debía servirme de modelo para la protagonista del drama hace ya un año que ve el sol entre rejas. Y sin embargo, eí drama fue representado sólo para la libre sociedad literaria. Mientras vivía mi padre, todos los teatros de Alemania abrían sus puertas a mis creaciones. Ahora las cosas han cambiado mucho.
RODRIGO.- Me he hecho hacer mallas de un tierno color verde azulado; si no tienen todo un suceso en el extran­jero, me dedicaré a vender trampas para ratones. Las trusas son tan ceñidas que no puedo sentarme en el borde de una mesa. Sólo mi horrenda barriga rompe la buena impresión; esa barriga que debo a mi eficaz colaboración en esta gran­diosa conjuración. Estar tres meses internado, gozando de plena salud, no puede menos que hacer engordar como un cerdo hasta al vagabundo peor tratado por la suerte. Desde que salí, no como más que pastillas de Karlsbad: ¡noche y día soporto una orquesta en las tripas! ... Cuando consiga cruzar la frontera estaré tan débil que no podré levantar ni siquiera un tapón de corcho.
LA CONDESA.- Era reconfortante ver ayer, en el hospital, cómo la evitaba el personal de guardia... El jardín es­taba desierto. Los convalescientes no se atrevían a salir, pese ai 'hermoso sol de mediodía. En el fondo, cerca del pabellón de aislamiento, ella avanzó entre las moreras y se meció so­bre los tobillos. El portero me había reconocido y un enfer­mero que me encontró en un corredor tuvo un sobresalto, como si hubiese escuchado un tiro de revólver. Las enferme­ras se metían en las salas o permanecían pegadas a las pare­des ... Cuando regresé, no había un alma ni en el jardín ni en la puerta. No podía darse mejor oportunidad, si hu­biésemos contado ya con esos malditos pasaportes. ¡Y ahora éste dice que no quiere ir!
RODRIGO.- Comprendo a esos pobres diablos del hos­pital: uno tiene mal un pie; otro, una mejilla hinchada; ;y hete aquí que entre ellos aparece de pronto, en carne y hueso, el agente de seguros de la muerte! En las salas nobles —así llaman a esa benéfica sección mediante la cual organicé mi es­pionaje—, apenas se difundió la noticia de que Sor Teófila se había ido al otro mundo, ninguno quiso quedarse más «n su cama. Se encaramaron a los hierros de las ventanas, incluso al costo de arrastrar consigo toneladas de sufrimientos. ¡Ja­más en mi vida he escuchado maldiciones semejantes!
ALWA.- Permítame que le repita mi propuesta, Con­desa ... Esa mujer asesinó a mi padre en esta habitación; todavía no he encontrado en ese homicidio y en su castigo nada más que una horrible desgracia que la golpeó. Creo in­cluso que mi padre, si hubiera salido de ello con vida, no la habría abandonado totalmente... Tengo dudas aún sobre el resultado de su proyecto de liberación y no querría desco­razonarla. Pero no encuentro palabras para la admiración que me inspiran su abnegación, su energía, su sobrehumano des­precio por la muerte. Creo que jamás u.n hombre arriesgó tan­to por una mujer, y mucho menos por un amigo... Ignoro su fortuna, Condeza, pero entiendo que los gastos de esta empresa han terminado con su patrimonio. ¿Puedo ofrecerle entonces un préstamo de veinte mil marcos, de los que podría disponer sin causarme ninguna dificultad?
LA CONDESA.- ¡Qué felices fuimos cuando Sor Teó­fila murió de verdad! Después de ese día estuvimos sin vigilan­cia. Cambiábamos de cama según se nos antojaba. La peiné como yo y empecé a imitar su voz. Cuando el profesor ve­nía, la trataba a ella de señorita y a mí me decía; "Aquí se está mejor que en la cárcel, ¿eh?" Cuando la monja faltó impre­vistamente, nos miramos con nerviosidad; ambas llevábamos enfermas cinco días: el momento parecía haber llegado. Al día siguiente vino la enfermera. "¿Cómo está Sor Teófila?" "Murió." Nos entendimos con una mirada cruzada a sus es­paldas y cuando se fue, nos abrazamos: "¡Dios sea loado!" (¡Cuánto tuve que luchar para convencer a mi querida qae no se traicionase y revelara que ya estaba curada!) "¡Toda­vía tienes por delante nueve años de prisión!" Se lo repetía de la mañana a la noche. Ahora no la dejarán más de tres días en el pabellón de aislamiento.
RODRIGO.- Pasé tres meses bien cumplidos en el hos­pital para palpar el terreno, fingiendo dificultosamente los méritos para una internación tan prolongada. Ahora, Doctor, oficio aquí de criado suyo para que no entren en la casa sir­vientes extraños. ¿Cuándo ha hecho más un marido por su esposa?... También mis finanzas andan por el suelo.
ALWA.- Si logra hacer de esa mujer una artista de ver­dad, habrá ganado con ello el título de benefactor de la hu­manidad. Con el temperamento y la belleza que puede arran­car de dentro de sí misma, está en condiciones de tener con l'a boca abierta al público más aburrido. Y además, represen­tando la pasión, no se sentirá nunca más tentada de cometer otro delito en la vida real.
RODRIGO.- ¡Ya me encargaré yo de que se le pasen los caprichos!
LA CONDESA.- ¡Ahí viene!

(Se oyen pasos en la galería; las cortinas se abren en lo alto de la misma y aparece Schigolch, vestido con un traje de calle negro y portando en la mano un paraguas blanco. Du­rante los tres actos, se interrumpe a menudo para bostezar.) 

SCHIGOLCH.- ¡Qué oscuridad! ... Afuera hay un sol que quema los ojos.
LA CONDESA.- (Desembarazándose trabajosamente de la manta.) En seguida estoy lista.
RODRIGO.- Hace tres días que la Condesa no ve la luz del sol. Aquí se vive como en una tabaquera.
SCHIGOLCH.- Desde esta mañana no he hecho más que deambular entre ropavejeros. He despachado para Buenos Aires, vía Bremerhaven, tres baúles flamantes, llenos hasta el tope de pantalones viejos. Las piernas me tiemblan como ba­dajos de campana. ¡Por suerte, ahora cambiaremos de vida!
RODRIGO.- ¿Dónde calcula que estará mañana por la mañana?
SCHIGOLCH.- ¡Espero que no sea en una comisaria!
RODRIGO.- Puedo recomendarle una fonda inmejora­ble, donde estuve con una domadora de leones. Los dueños son berlineses.
LA CONDESA.- (Incorporándose del sillón.) ¡Vamos, ayúdenme...!
RODRIGO.- (Acudiendo a hacerlo.) En esa fonda es­tarán más al reparo de la policía que en la punta de un cam­panario.
LA CONDESA.- (A Schigolch.) Rodrigo quiere que usted parta solo con ella esta misma noche,
SCHIGOLCH.- ¡Me imagino que el frío lo tiene tras­tornado!
RODRIGO.- ¿Pretenden acaso que me presente a cum­plir mi nuevo contrato con ropa de entrecasa y pantuflas?
SCHIGOLCH.- Sor Teófila no se habría ido al Paraíso tan pronto si no hubiese ardido tanto en amor por nuestra enferma.
RODRIGO.- Si alguien tiene que atenderla durante la luna de miel, ya se las arreglará para que así sea. De todas maneras, no le hará mal ventilarse un poco antes ...
ALWA.- (Con un portafolios en la mano, a la Con­desa, que está junto a la mesa central, apoyada en el respaldo de una silla.) Aquí tiene diez mil marcos.
LA CONDESA.- No, gracias.
ALWA.- Acéptelos ... se lo ruego.
LA CONDESA.- ¡Vamos, vamos de una vez!
SCHIGOLCH.- No se impaciente, Condesa, No son más que dos pasos. Dentro de cinco minutos estaré de regreso con ella.
ALWA.- ¿La traerá aquí?
SCHIGOLCH.- Sí. ¿O acaso teme por su salud?
ALWA.- Bien puede ver que no tengo ningún temor.
RODRIGO.- Según las últimas noticias, el Doctor está en viaje hacia Constantinopla, donde hará representar su "Es­píritu de la Tierra" por odaliscas y eunucos para el Sultán...
ALWA.- (Abriendo la puerta del medio, bajo la gale­ría) Por aquí saldrán más directamente... (Schigolch y la Condesa abandonan la sala; cierra luego la puerta tras ellos.)
RODRIGO.- ¡Pensar que todavía quería darle dinero a esa momia...!
ALWA.- ¿Ya usted qué le importa?
RODRIGO.- A mí se me paga como a un lustrabotas, aunque en el hospital haya tenido que corromper a todas las monjas. Después les tocó el turno a los enfermeros y a los doctores. Y después ...
ALWA.- ¿Pretende decirme realmente que los doctores se dejaron influenciar por usted?
RODRIGO.- ¡Con el dinero que esos buenos señores me costaron podría convertirme, en América, en Presidente de los Estados Unidos!
ALWA.- Sin embargo, la Condesa le reembolsó hasta el último centavo que tuvo que gastar. Además, por lo que sé, recibe de ella un sueldo mensual de quinientos marcos ... En ciertos momentos, no es fácil creer en su amor por esa des­dichada asesina ... Si hace un rato le rogué a la Condesa que aceptara mi ayuda, no lo hice por cierto para excitar su insa­ciable sed de dinero. La admiración que siento en este asunto por la Condesa no la experimento ni lejanamente por usted. No logro de ninguna manera comprender qué pretensiones puede pretextar frente a mí. Si bien por casualidad estuvo pre­sente en el asesinato de mi padre, no por ello se estableció un vínculo de parentesco entre usted y yo. En cambio, soy un convencido de que, si la heroica empresa de la Condesa Geschwitz no le hubiera resultado útil, hoy estaría borracho y sin un centavo, tirado en una zanja.
RODRIGO.- ¿Y sabe qué sería de usted si no hubiese vendido por dos millones el pasquín que editaba su padre...? Se habría unido a la más insignificante bailarina y hoy sería el último peón en el Circo Vattelapesca. ¿Qué ha hecho, des­pués de todo? Escribir un dramón lleno de horrores, en el cual las piernas de mi novia son las verdaderas protagonistas: un drama que ningún teatro serio representa... ¡Zángano! ¡Fanfarrón!... Hasta hace dos años, yo sostenía sobre este tórax dos caballos militares con todos sus arreos. Cierto: no se cómo iré a terminar ahora con esta barriga. Los extranje­ros se formarán un lindo concepto del arte alemán cuando, a cada kilo que me agreguen, me vean aparecer el sudor a tra­vés de la malla. ¡Apestaré toda la sala con mi transpiración!
ALWA.- ¡Es usted un papanatas!
RODRIGO.- ¡Ojalá tuviese usted razón!...  ¿O quizá quería ofenderme? ¡Porque en ese caso, le encajaré una pata­da bajo el mentón de manera que su lengua se le incruste en. el paladar!
ALWA.- ¡Inténtelo!   (Se oyen pasos y voces afuera.) ¿Quién puede ser?
RODRIGO.- ¡Agradézcale al cielo que tenemos publico!
ALWA.- ¿Quién puede ser?
RODRIGO.- Mi amante. Hace un año ya que no nos vemos.
ALWA.- Todavía no pueden estar de regreso... ¿Quién será? No espero a nadie.
RODRIGO.- ¡Vamos, qué diablos! ¡Abra!
ALWA.- ¡Escóndase!
RODRIGO.- Me meteré aquí, detrás de la mampara. Ya estuve otra vez, hace un año.

(Rodrigo desaparece detrás de la mampara, izquierda ade­lante. Alwa abre la puerta del medio. Entra Alfredo Hugeriberg, con el sombrero en la mano.)

ALWA.- ¿Con quién tengo...? ¿Usted? ¿Pero no es usted...?
HUGENBERG.- ... Alfredo Hugenberg, en efecto.
ALWA.- ¿Qué quiere?
HUGENBERG.- Vengo de Münsterburg. Escapé esta mañana.
ALWA.- Tengo mal los ojos. Me veo obligado a man­tener cerradas las persianas.
HUGENBERG.- Necesito su ayuda. Confío en que no me la negará... Tengo un plan... ¿Estamos solos?
ALWA.- ¿De qué está hablando...? ¿Qué plan es ése?
HUGENBERG.- ¿Está solo?
ALWA.- Sí. ¿Qué quiere comunicarme?
HUGENBERG.- He desechado sucesivamente otros dos proyectos. Pero he estudiado con todo detenimiento el plan que en seguida le expondré. Si tuviese dinero, no se lo confia­ría. He pensado largamente en él ... ¿Me permite que se lo explique?
ALWA.- ¿Quiere decirme de una vez de qué está hablando?
HUGENBERG.- No es posible que aquella mujer le sea tan indiferente como para que yo tenga que decírselo: lo que usted dijo ante el juez de instrucción la favoreció más que todos los alegatos del defensor.
ALWA.- Le ruego me ahorre semejante imputación.
HUGENBERG.- Lo digo por decir. Comprendo, com­prendo ... Usted, sin embargo, fue el mejor testigo en su descargo.
ALWA.- ¡Usted lo fue! ¡Usted dijo que mi padre que­na obligarla a matarse!
HUGENBERG.- Y así era, en efecto. Pero no me creye­ron. No me hicieron jurar.
ALWA.- Y ahora, ¿de dónde viene?
HUGENBERG.- De un instituto correccional, del que me escapé esta mañana.
ALWA.- ¿Qué intenciones tiene?
HUGENBERG.- He logrado la confianza de un guardián.
ALWA.- ¿De qué va a vivir?
HUGENBERG.- Estoy parando en lo de una muchacha que ha tenido un hijo con mi padre.
ALWA.- ¿Qué hace su padre?
HUGENBERG.- Es comisario de policía. Conozco la cárcel sin haber jamás estado adentro y tal como estoy ahora ningún vigilante me reconocerá. Pero no cuento con eso. Sé de. una escalera de hierro por la que se sube del primer patio al techo. Una vez en el techo, puede entrarse en el desván por una claraboya. Una vez en el desván no hay manera de salir. En los cinco cuerpos, hay en los desvanes mesas y montones dé tablas. Puedo reunir las mesas y las maderas en un grupo único y prenderles fuego. Tengo los bolsillos llenos de mate­rial inflamable.
ALWA.- ¡Pero, en ese caso ... se quemaría usted tam­bién!
HUGENBERG.- Sí ... si no me salvan. Para alcanzar el primer patío, sin embargo, debo tener en un puño al car­celero, y para eso necesito dinero. No es que lo quiera sobor­nar, aunque no se negaría: me limitaré a prestarle el dinero para que pueda mandar de vacaciones a sus tres hijitos. En esas condiciones, puedo deslizarme adentro a eso de las cua­tro de la mañana, cuando se prepara a los detenidos que van a recuperar su libertad... Usted cierra la puerta detrás de mí y me pregunta cuáles son mis intenciones. Yo le ruego me deje salir de nuevo cuando llegue la noche. Y antes de que vuelva a amanecer estaré en el desván.
ALWA.- ¿Cómo hizo para escaparse del correccional? 
HUGENBERG.- Por la ventana... Necesito doscientos marcos para que ese pobrecito pueda mandar su familia de va­caciones.
RODRIGO.- (Saliendo de atrás de la mampara.) ¿El señor Barón desea el café en la sala de música o en el mirador?
HUGENBERG.- ¿De dónde salió éste...? ¡De la mis­ma puerta! ¡Salió de la misma puerta!
ALWA.- Está a mi servicio. Es de confianza.
HUGENBERG.- (Llevándose las manos a las sienes.) ¡Qué estúpido soy! ¡Oh, qué estúpido!
RODRIGO.- En efecto: ya nos hemos visto con ante­rioridad. Vayase a lo de su nueva madre. A su hermanito- b agradaría llegar a ser tío de sus hermanos. Haga que su pa­dre se convierta en abuelo de sus hijitos. ¡Sólo nos faltaba usted! ... ¡Si en las próximas dos semanas vuelve usted a caer bajo mi vista, le aplastaré los sesos!
ALWA.- ¡Tranquilícese!
HUGENBERG.- ¡Qué estúpido ... qué estúpido!
RODRIGO.- ¿Qué quiere que hagamos con sus mate­riales inflamables?... ¿No sabe que esa mujer murió hace tres semanas?
HUGENBERG.- ¿Cómo? ... ¿Le cortaron la cabeza?
RODRIGO.- No, todavía la conserva. Murió de cólera.
HUGENBERG.- ¡No puede ser!
RODRIGO.- ¡Qué sabe usted ...! Mire, lea aquí. (Saca de un bolsillo un diario y le indica una noticia.) "La asesina del Doctor Schón..." (Le entrega el diario.)
HUGENBERG.- (Lee.) "La asesina del Doctor Schon, por un azar inexplicable, enfermó de cólera en la cárcel." No dice que haya muerto.
RODRIGO.- ¿Qué otra cosa podía suceder?... Hace tres semanas que reposa en el cementerio. En el rincón izquier­do del fondo, detrás del montón de estiércol donde están las pequeñas cruces sin nombre, la encontrará bajo la primera cruz. Es fácil dar con el lugar porque en él no crece la hierba. Deposite una corona de lata y después dése prisa en regresar a su correccional, porque si no, lo denunciaré a la policía. Conozco a la prostituta que se hace endulzar por usted sus horas de ocio.
HUGENBERG.- (A Alwa.) ¿Es verdad que murió?
ALWA.- ¡Sí, gracias a Dios! ... Ahora le ruego que se retire. El médico me ha prohibido las visitas.
HUGENBERG.- ¡Para qué quiero vivir ahora...! Por la felicidad de ella, habría gastado lo poco que para mí cuen­ta la vida todavía. Ahora no me importa nada. De todas ma­neras, también yo me iré al infierno.
RODRIGO.- Si llega, a atreverse a molestar de cualquier manera al Dr. Schón, a mi amigo Schigolch o a mí mismo, lo acusaré de propósitos incendiarios. Usted necesita tres años de prisión para aprender dónde no debe meter la nariz. Y aho­ra, ¡fuera de aouí!
HUGENBERG.- ¡Qué estúpido soy...!
RODRIGO.- ¡Fuera! (Empuja a Hugenherg hacia la puerta y lo echa a empujones, luego regresa.) Me sorprende que no haya puesto también a disposición de ese imbécil su portafolio.
ALWA.- ¡Termine de una vez con sus porquerías!... ¡Vale más un dedo de ese muchacho que todo usted!
RODRIGO.- Para compañía, me basta la Geschwitz. Sí mi novia debe volverse una sociedad de responsabilidad limi­tada, los terceros sobran. Intento hacer de ella la más brillante volatinera y para eso pongo gustoso la vida en juego. Pero después, en mi casa, el patrón seré yo, y yo indicaré qué ca­balleros podrá recibir ella.
ALWA.- Ese muchacho posee lo que le falta a nuestra época: tiene alma de héroe. Por eso, naturalmente, marcha ha­cia la ruina. Recuerde cómo saltó al estrado de los testigos, antes de que se pronunciase la sentencia, y gritó al juez: "¿Có­mo hace para saber en qué se habría transformado usted si a los diez años hubiese tenido que deambular descalzo por los cafés?"
RODRIGO.- ¡Le hubiera dado una patada en el hoci­co...! ¡Gracias a Dios existen reformatorios donde se enseña a genios como él el respeto de las leyes!
ALWA.- El me podría servir de modelo para mi "Do­minador del mundo". Desde hace veinte años, la literatura no produce más que hombres a medias: hombres que no engen­dran hijos y mujeres que no logran parirlos. ¡Y a esto lo llaman "El problema moderno"!
RODRIGO.- He mandado hacer un látigo de hipopóta­mo de dos dedos de ancho. Si el mismo no da resultado con ella, admitiré que tengo cualquier cosa en vez de cerebro .. Sea amor o sea mentira, a esa mujer no le importa: con tal de; divertirse, ella permanece fresca y de pie... Ahora tiene veinte años y ya ha tenido tres maridos. Ha satisfecho a una inmensa multitud de amantes y he aquí que finalmente se hacen sentir también las necesidades del corazón. Pero uno tiene que tener en la frente los siete pecados capitales para que ella lo respete. Cuando uno causa la impresión de haber sido escupido en la calle por el lacero, no tiene por qué temer ya con semejantes mujeres la competencia de ningún príncipe... Alquilare una cochera de cincuenta pies de altura y en ella la harc ejercitar, y cuando haya ejecutado el primer salto sin romperse el cuello, me pondré mi frac negro y ya no moveré más un dedo hasta que muera... Dadas sus disposiciones prácticas, la mujer no hace, para mantener a su marido, ni siquiera la mitad de lo que el hombre hace. ¡Lo único que dece hacer el marido es procurarle trabajo intelectual y no de­jar que se pierda el sentido de la familia!
ALWA.- He aprendido a dominar a la humanidad y a hacerla correr delante de mí, embridada como si se tratase de un tiro de cuatro caballos... pero ese muchacho no se me quiere ir de la cabeza ... La verdad es que de estos estudiantes del Liceo podría tomar lecciones privadas de desprecio por el mundo.
RODRIGO.- ¡Y ella se hará forrar con billetes de mil!... A los directores, les chuparé los honorarios como si fuese una bomba centrífuga. Conozco esa raza. Cuando no tienen necesidad de uno, hacen que uno les lustre los zapatos, pero cuando necesitan un artista, se cuelgan en la horca con las propias manos entre los más sumisos cumplidos.
ALWA.- En mi situación, nada tengo que temer en este mundo excepto la muerte; en el reino de los sentimientos, en cambio, soy el más pobre de los mendigos. Pero no consigo encontrar el coraje moral para cambiar mi sólida posición por las agitaciones de la desenfrenada vida del aventurero.
RODRIGO.- Nos habían mandado a Papá Schigolch y a mí en comisión para que le descubriésemos un remedio fuerte contra el insomnio. Cada uno recibió veinte marcos. Y fue entonces que encontramos a ese muchacho en el café "Luz nocturna". Estaba en él como un delincuente en el banqui­llo de los acusados. Schigolch lo olfateó por todas partes y dijo: "Este todavía es virgen". (En lo alto, en la galería se oyen pasos arrastrados.) ¡Es ella!... ¡Se convertirá en la más espectacular volatinera de nuestro tiempo!

(Las cortinas se abren en lo alto de la escalera y Lulu, vestida de negro, baja lenta y dificultosamente tos escalones, apoyándose en Schigolch.)

SCHIGOLCH.- ¡Maldito sea...! ¡Hoy mismo debemos pasar la frontera!
RODRIGO.- (Mirando a Lulu, embrutecido.) ¡Muerte y maldición...!
LULU.- (Habla hasta el final del acto en tono alegre.) ¡Despacio ... me lastimas el brazo!
RODRIGO.- ¿Cómo has tenido la desvergüenza de es­capar de la cárcel con semejante cara de loba?
SCHIGOLGH.- ¡No empieces!
RODRIGO.- ¡Corro a la policía a hacer la denuncia! ... ¡Y este espantapájaros quiere hacerse ver en malla! ¡Engordar­ía, solamente, requeriría dos meses de gastos!... ¡Eres la más pérfida aventurera que jamás haya alojado la cárcel!
ALWA.- Le pido no insulte a esta mujer ...
RODRIGO.- ¡Lo llama insultar...! ¡Para este hueso roído me han hecho engordar!... Con ella, no hay ganancia posible. Y quiero ser de nuevo un acróbata, si todavía soy capaz de levantar un mango de escoba. ¡Que me muera ahora mismo si no logro arrancar de vuestros líos una renta vita­licia de diez mil marcos anuales! ¡Se los juro! ... ¡Buen viaje! ¡Corro a la comisaría! (Sale.)
SCHIGOLCH.- ¡Corre, corre...!
LULU.- ¡Se guardará muy bien de hacerlo!
SCHIGOLCH.- Bueno... nos hemos librado de él. ¡Ahora ... un café para la señora!
ALWA.- (Junto a la mesita, adelante, a la derecha.) Aquí está. No hay más que servirlo.
SCHIGOLCH.- Todavía tengo que conseguir los pasa­jes para el coche-dormitorio...
LULU.- (Serena.)  ¡Oh, la libertad ...! ¡Dios mío!
SCHIGOLCH.- Dentro de media hora vendré a buscar­te. Festejaremos el adiós en el restaurante de la estación. Orde­naré una cena como para durar hasta mañana a la mañana ... ¡Buen día, Doctor!
ALWA.- ¡Buenas tardes!
SCHIGOLCH.- ¡Que descanse!... Gracias, conozco to­das las puertas de aquí. ¡Hasta luego! ¡Que se diviertan! (Sale por la puerta del medio.)
LULU.- Hace un año y medio que no veo una habita­ción de verdad... Cortinas, sillas, cuadros...
ALWA.- ¿Quieres tomar algo...?
LULU.- Hace cinco días que no hago más que tomar café ... ¿No tienes algo fuerte?
ALWA.- Elixir de Spa...
LULU.- Recuerdos de otros tiempos... (Mientras Alwa llena dos vasos, mira a su alrededor.) ¿Dónde está mí re­trato?
ALWA.- Lo tengo en mi cuarto para que nadie lo vea.
LULU.- ¡Ve a buscarlo!
ALWA.- ¿Ni siquiera en la cárcel has perdido tu va­nidad?
LULU.- ¡No te imaginas qué angustia se siente cuando durante meses y meses no se ve la propia imagen!... Un día me dieron una pala flamante. A las siete de la mañana, cuan­do barría, me miraba en ella como si fuese un espejo. La lata no embellecía, claro, pero, en cierto sentido, era una distrac­ción... Vamos, ve a buscar mi retrato. ¿O quieres que vaya yo también?
ALWA.- Por favor ... debes haberte mirado bastante en tu vida.
LULU.- ¡Jamás me he mirado lo bastante! (Alwa sale por la puerta de la izquierda para ir a buscar el retrato.) Está enfermo del corazón, ¡pero haberse atormentado con Sa fantasía durante catorce meses ...! Me besa con angustia mor­tal y las rodillas le tiemblan como a un torpe mozo de café. ¡Oh, si no hubiese disparado a la espalda de su padre en esta misma pieza...!
ALWA.- (Regresa con el retrato de Lulu, vestida de pierrot.) Está lleno de polvo ... Lo había puesto sobre la chimenea, con la cara contra la pared.
LULU.- ¿No lo mirabas en mi ausencia?
ALWA.- ¿Sabes...? ¡Tenía tantas cosas que arreglar para vender nuestro diario! ... La Condesa Geschwitz lo ha­bría colgado gustosamente en su casa, pero temía se produjera un registro domiciliario. (Coloca el cuadro en el caballete.)
LULU.- (Alegre.) ¡Pensar que ahora, ese desdichado monstruo aprende a conocer en carne propia la alegre vida de la prisión...!
ALWA.- Todavía no advierto el nexo entre los aconte­cimientos...
LULU.- ¡Oh, la Geschwitz ha hilvanado las cosas con mucha sabiduría! ¡Admiro su espíritu inventivo!... Sabes bien que este verano el cólera se encarnizó con Hamburgo de una manera espantosa. Y sobre ese hecho, ella fundó el pro­yecto de mi fuga... Frecuentó un curso de enfermera y cuan­do obtuvo los certificados necesarios fue a Hamburgo para asistir a los enfermos de cólera. En la primera ocasión que se le ofreció, sustrajo la ropa blanca de una muerta reciente, ropa que, en rigor de verdad, debía ser quemada. El mismo día viajó hacia aquí y fue a la cárcel a visitarme. En mi celda, mientras la custodia estaba fuera, cambiamos rápidamente la ropa blanca.
ALWA.- ¡Fue así, entonces, que tanto ella como tú se enfermaron de cólera el mismo día!
LULU.- Exactamente. Como era natural, la Geschwitz fue retirada en seguida de su casa e internada en el pabellón de aislamiento del hospital. Y tampoco para mí se encontró otro lugar. Así nos encontramos en una pieza del pabellón y, desde el primer día, la Geschwitz recurrió a todas sus artes para que nuestros rostros se volviesen lo más parecidos posi­ble entre sí. Ayer la dieron de alta. Hoy volvió, pretextando haber olvidado su reloj. Me puse su ropa, ella se colocó la mía y yo me vine aquí. (Contenta.) Y ahora está allá, ¡con­vertida en la asesina del Dr. Schón!
ALWA.- Por lo que se refiere al aspecto exterior, estás aún a la altura de este .retrato.
LULU.- Tengo el rostro algo más demacrado, pero no he perdido nada del resto, Excepto que en la cárcel, una se vuelve increíblemente nerviosa.
ALWA.- Cuando entraste tenías un aspecto bastante desastroso...
LULU.- Era necesario; para sacarnos de encima a ese saltimbanqui... Y tú, ¿qué has hecho en este año y medio?
ALWA.- Tuve un gran suceso en el ambiente intelec­tual con un drama escrito sobre ti ...
LULU.- ¿Quién es tu amante?
ALWA.- Una actriz... para la que tomé un departa­mento en la calle San Carlos.
LULU.- ¿Te ama?
ALWA.- ¿Cómo podría saberlo?... Hace seis semanas que no la veo.
LULU.- ¿Y no se rebela...?
ALWA.- Nunca comprenderás esas cosas... En mi, hay un íntimo equilibrio entre mi sensualidad y mi actividad intelectual. Frente a ti, por ejemplo, sólo me queda la elección de retratarte artísticamente o de amarte.
LULU.- (Como contando un sueño.) Cada dos noches soñaba que caía en las garras de un asesino por mi propia voluntad... ¡Ven, dame un beso!
ALWA.- En tus ojos hay un resplandor como el que se ye en el agua de un pozo profundo, cuando se le tira una piedra. 
LULU.- ¡Ven!
ALWA.- (La besa.) Es verdad: tus labios se han vuelto más delgados...
LULU.- ¡Ven! (Lo empuja sobre una silla y se le sienta en las rodillas.) ¿Te causo horror...? En la cárcel tomába­mos un baño tibio por mes. Apenas estábamos en el agua, las guardianas aprovechaban la ocasión para visitar nuestros bol­sillos. (Lo besa apasionadamente.)
ALWA.- ¡Oh, oh...!
LULU.- ¿Tienes acaso miedo de no saber más escribir una poesía sobre mí cuando me vaya... ?
ALWA.- Al contrario, escribiré un ditirambo sobre tu magnificencia.
LULU.- Mi único fastidio son estos horribles zapatos que llevo...
ALWA.- No disminuyen tu fascinación... Podemos aprovechar la oportunidad.
LULU.- Hoy no tengo realmente ganas... ¿Recuerdas aquel baile de disfraz al que fui vestida de paje? ¡Cómo me perseguían las mujeres borrachas!... La Geschwitz no se apartaba de mí y me rogaba les reventara la cara a patadas.
ALWA.- ¡Ven, mi querida ... ven!
LULU.- (Con el tono que se usa para calmar a un niño fastidioso.) ¡Vamos, vamos...! He matado a tu padre.
ALWA.- ¡No por eso te amo menos! ¡Bésame!
LULU.-- Levanta la cabeza. (Lo besa con intención.)
ALWA.- Frenas el ardor de mi alma con toda habilidad. Y tu respiración es muy casta ... De todas maneras, si no fuese por tus grandes ojos oscuros de niña, debería conside­rarte la prostituta más lista que jamás haya arruinado a un hombre.
LULU.- (Jovial.) ¡Ojalá lo fuese!... ¡Ven también tú está noche al otro lado de la frontera! Así podremos vernos a voluntad y seremos todavía más felices por estar juntos.
ALWA.- A través de este vestido siento tu ser como una sinfonía: los tobillos delgados, un cantabile: las pantorillas cuidosas, tus rodillas... un capriccio; y el andante poderoso de la voluptuosidad. ¡Qué tranquilas se estrechan las dos pier­nas rivales sabiendo que ninguna de las dos tiene en la otra una belleza superior... hasta que se despierta la caprichosa dominadora de ambas y las dos rivales se separan como dos polos opuestos!... ¡Te cantaré loas hasta aturdirte!
LULU.- (Alegre.) Entretanto, hundo mis manos en tus cabellos. (Lo hace.) Pero aquí... estamos molestos.
ALWA.- Me has hecho perder el control.
LULU.- ¿No vienes con nosotros esta noche?
ALWA.- ¡Contigo va el viejo!
LULU.- No se volverá a hacer ver... ¿Este es aún ei mismo diván en que se desangró tu padre?
ALWA.- ¡Calla!... ¡Calla!

TELÓN

ACTO SEGUNDO

Una sala espaciosa con estuques blancos. Al fondo, una gran puerta de dos hojas; a ambos costados de la misma, altos es­pejos. En cada una de las paredes laterales, dos puertas; entre las dos de la izquierda, una consola rococó rematada por una plancha de mármol blanco arriba, en la pared, el retrato de Lulu vestida de pierrot. en un delgado marco dorado. En el medio del salón, un delicado sofá Luis XV, forrado con una tela clara; anchas poltronas, además, igualmente claras, con patas delgadas y débiles brazos. Adelante, a la derecha, una mesita. En el fondo, a la izquierda, la puerta de acceso. La puerta de adelante conduce al comedor. La puerta del fondo está abierta y se Ve una gran mesa de bacará, circundada por ccolchadas sillas turcas.

(Conversando animadamente, circulan Aiwa Schón, Rodri­go Quast, el Marqués de Casti-Piani, el banquero Punciu. el periodista Pleimann, Lulú, la Condesa Geschivitz, Magelona, Cadidia. Bianetta y Ludmila Steinherz. Los hombres visten de etiqueta. Lulú luce un vestido estilo Directorio, blanco, con puños amplios y encaje blanco, que cae desde el borde supe­rior de la cintura libremente hasta los pies; guantes blancos largos, peinado alto y rematado por un penachito blanco. La Condesa Ceschwitz viste una chaqueta celeste de húsar, con alamares plateados y orlada por un piel blanca; corbata blan­ca, encajes blancos en el busto, apretados puños verde claro, guantes gris perla, cabellos negros sueltos bajo un amplio som­brero de encaje verde con plumas blancas. Bianetta tiene un vestido de terciopelo verde oscuro; collar de perlas, mangas de btasa, túnica de pliegues sueltos, sin cintura y con el ruedo adornado por grandes topacios falsos engastados en plata. Lud­mila viste un vivaz conjunto de playa a rayas rojas y tur­quesas.)

RODRIGO.- (Con una copa llena en la mano.) Señoras v señores... Perdón. Les ruego un momento de silencio y que me permitan brindar ... ¡en homenaje al cumpleaños de nuestra gentil anfitriona ... (toma a Lulú de un brazo) la Condesa Adelaida d'Oubra ... reencarnación de Satanás! ¡Sa­lud... salud, señores! (Todos rodean a Lulú y entrechocan sus copas.)
ALWA.- (A Rodrigo, estrechándole la mano.) Felicita­ciones...
RODRIGO.- ¡Estoy sudando como un animal...!
ALWA.- (A Lulú.) Vayamos a ver si en la sala de juego está todo en orden ... (Sale con ella hacia el fondo.)
BIANETTA.- (A Rodrigo.) Hace un momento me afirmaban que es usted el hombre más fuerte del mundo...
RODRIGO.- Le dijeron la verdad, señorita. Y si quiete, puede usted disponer de mi fuerza.
MAGELONA.- Prefiero a los tiradores. Hace tres meses vi uno en el Casino que, cada vez que hacía "¡bum!", me ba­cía sacudir así. (Sacude su cuerpo, de la cintura para abajo sobre todo.)
CASTI-PIANI.- (Que durante todo el acto hablará en un tono cansado y aburrido; a Magelona.) Querida, tienes que aclararme... ¿cómo es que hoy vemos por primera vez aquí (señalando a Cadidia) a tu linda princesita?
MAGELONA.- ¿De veras te parece linda...? Todavía está en el colegio y el lunes próximo debe regresar al mismo.
CADIDIA.- ¿Qué decías, mamita?
MAGELONA.- Que la semana pasada sacaste la nota más alta de la clase en geometría.
HEILMANN.- ¡Qué hermosa cabellera tiene esta cria­tura...!
CASTI-PIANI.- ¡Mire sus pies, además...! ¡Cómo camina!
PUNCIU.- ¡Es una muchacha estupenda!
MAGELONA.- (Sonriendo.) ¡Por favor, señores... por favor! ¡Si todavía es una niña...!
PUNCIU.- (A Magelona.) ¡Eso no me sujetaría en lo más mínimo! (A Heilmann.) ¡Daría diez años de mi vida por poder iniciarla en los ritos de nuestro culto secreto!
MAGELONA.- Pero yo no, le doy el consentimiento ni siquiera por un millón. No quiero que arruine su juventud como yo hice con la mía.
CASTI-PIANI.- ¡Confesiones de un alma hermosa! (A Magelona.) ¿No lo permitirías ni siquiera a cambio de un aderezo de diamantes auténticos?
MAGELONA.- ¡No seas fanfarrón...! Sabes perfec­tamente que los diamantes verdaderos no los regalas ni a mi hija ni a mí. (Cadidia se dirige a la sala de juego.)
LA CONDESA.- ¿No se juega esta noche...?
LUDMILA.- Por supuesto que sí, Condesa. Cuento con ello.
BIANETTA.- Entonces, vayamos a ocupar nuestros lu­gares. Los hombres nos seguirán en el acto.
LA CONDESA.- Discúlpeme un instante... Tengo que hablar unas palabras con mi amiga.
CASTI-PIANI.- (Ofreciendo el brazo a Bianetta.) ¿Me concede el honor de jugar a medias con usted ...? ¡Tiene ana mano tan feliz!
LUDMILA.- ¡Déme su otro brazo y llévenos en se­guida! (Casti-Piani y las dos mujeres salen rumbo a la sala de juego.)
MAGELONA.- Dígame, señor Punciu ... ¿Tendría aún algunas acciones de la Jungfraa para mí?
PUNCIU.- ¿De la Jungfrau...? (A Heilmann.) La se­ñora se refiere al funicular que se construirá pronto... (A Magelona.) Posiblemente me queden unas cuatro mil, pero preferiría guardarlas para mí. No se da a menudo la ocasión de ganar un pequeño patrimonio.
HEILMANN.- Yo sólo tengo una de esas acciones. Y también yo querría conseguir otras.
PUNCIU.- Trataré de procurárselas, señor Heilmann. Pero se lo advierto desde ya: ¡las pagará a precio de oro!
MAGELONA.- A mí me aconsejó mi quiromántica y hace tiempo que ando detrás de ellas. He invertido todos mis ahorros en acciones de la Jungfrau. ¡Si llega a fallar, le arran­caré los ojos, señor Punciu!
PUNCIU.- Estoy absolutamente seguro del negocio.
ALWA.- (Que ha regresado de la sala de juego, a Magelona.) Le garantizo que sus temores son absolutamente in­fundados. Yo pagué mis acciones a un precio muy alto y no me arrepiento. Suben de un día para el otro. Es algo nunca visto.
MAGELONA.- ¡Ojalá tenga razón! (Tomando a Punciu de un brazo.) Vamos. Quiero tentar suerte al bacará. (Magelona, Punciu, Aiwa y Heilmann se dirigen a la sala de juego y quedan Rodrigo y la Condesa Geschwitz.)
RODRIGO.- (Garabatea algo en un papel y lo dobla; luego advierte a la Condesa.) ¡Oh, Condesa...! (Tras un sobresalto de ella.) ¿Tengo un aspecto tan peligroso? (Para sí.) Tengo que ser muy hábil. (Alto.) ¿Puedo tomarme una libertad...?
LA CONDESA.- ¡Vayase al infierno!
CASTI-PIANI.- (Regresando con Lula.) Permítame dos palabras solamente...
LULU.- (Mientras Rodrigo, a escondidas, le pone su mensaje en la mano.) Las que quiera...
RODRIGO.- Hasta luego ... (Se dirige a la sala de juego.)
LULU.- Dime en seguida todo lo que quieras.
CASTI-PIANI.- ¿No tienes más dinero para seguir dán­dome?
LULU.- ¿Cómo se te ha ocurrido que estamos sin dinero?
CASTI-PIANI.- Tú misma me entregaste ayer el últi­mo resto.
LULU.- Si estás seguro de ello, así será.
CASTI-PIANI.- Tú y tu escritor están sin fondos.
LULU.- ¿Y para qué tantas palabras...? Si quieres
tenerme contigo, no hay necesidad de amenazarme primero con el cuchillo del carnicero.
CASTI-PIANI.- Lo sé. Pero ya te he dicho muchas ve­ces que no entiendes mi caso. No te he despojado porque me amabas, sino que te amé para poder despojarte. Bianetta me gusta más que tú; desde la cabeza a los pies. Tú eres una mezcla de los bocadillos más selectos, pero cuando se los ha comido, se tiene más hambre que antes. Amas desde hace de­masiado tiempo, incluso para nuestro ambiente. No haces más que arruinar el sistema nervioso de los jóvenes. Te adaptas mucho mejor, en cambio, al puesto que he elegido para ti.
LULU.- Estás loco. ¿Acaso te he encargado que me bus­ques un puesto?
CASTI-PIANI.- También te he dicho muchas veces que oficio de agente de colocación...
LULU.- Lo que sí me dijiste fue que eras espía de la policía.
CASTI-PIANI.- No da para vivir. Originariamente, era agente de colocación hasta que me topé con la hijita de un pastor al que había ubicado en Valparaíso. Aquel angelito, en sus sueños infantiles, se había imaginado a la vida más embriagadora aún de lo que es y se le quejó a la madre. En­tonces me agarraron. Pero, con mi honesto comportamiento, conquisté en seguida la confianza de la policía. Y me man­daron acá con una asignación mensual de ciento cincuenta marcos, por cuanto iba a haber que triplicar la capacidad del presidio por la frecuencia de las bombas y los atentados. ¿Pero quién se da vueltas aquí con ciento cincuenta marcos por mes? Mis colegas se hacen mantener por mujeres. Para mí. en cambio, era más natural retomar mi antigua profesión, y entre las innumerables aventureras que aquí se dan cita —mu­jeres provenientes de las mejores familias de todo el mundo—, he mandado ya a más dé una joven criatura deseosa de vivir ni lugar que mejor convenía a su naturaleza.
LULU.- (Decidida.) No me avengo a esa profesión.  
CASTI-PIANI.- No me interesan tus opiniones sobre el particular. La Fiscalía del Estado dispone de mil marcos para quien entregue a la policía a la asesina del Dr. Sebón. Bastaría con que yo llamase de un silbido al vigilante de la esquina para embalsar mil marcos. En cambio, el Estable­cimiento Oikonomopulos de El Cairo, ofrece por ti setenta libras esterlinas. Son mil docientos marcos; es decir, docientos más que los que da la Fiscalía. Por otro lado, soy toda­vía bastante filántropo como para ayudar a ser felices a quie­nes quiero, antes que precipitarlos en la desgracia.
LULU.- (Como antes.) La vida en una casa semejante no podrá hacer nunca feliz a una mujer de mi clase. Quizá a los quince años me hubiera podido gustar, ya que entonces desesperaba de llegar a ser feliz. Me compré un revólver, y una noche, descalza, en rríedíó de la nieve, atravesé el puen­te y corrí al parque para matarme. Después, en cambio, pasé felizmente tres meses en un hospital sin ver nunca un hom­bre. Entonces se me abrieron los ojos y me conocí a mí mis­ma. Todas las noches veía en sueños al hombre para el que estaba hecha y que, a su vez, estaba hecho para mí. Cuando más tarde fui nuevamente lanzada entre los hombres, había dejado de ser una gansa. Desde entonces, veo a cien pasos de distancia en la noche más oscura si alguien está hecho para mí o no. Y cuando peco contra mi intuición, al día siguien­te me siento sucia de cuerpo y alma, y necesito semanas para vencer el asco por mí misma. ¡Y tú pretendes, ahora, que yo quiera entregarme a cualquier atorrante...!
CASTI-PIANI.- Los atorrantes no frecuentan el Oikonomopulos de El Cairo. Su clientela se compone de Lores in­gleses, dignatarios rusos, gobernantes hindúes y nuestros di­námicos grandes industríales del Rhin. Por mi parte, sólo debo garantizar que dominas el francés. Dadas tus eminentes aptitudes para el estudio de los idiomas, aprenderás rápida­mente el poco inglés necesario para tu actividad. Piensa que tendrás un departamento principesco con vista a los minaretes de la mezquita El Azhar, que te deslizarás todo el día sobie alfombras persas de una palma de alto, que lucirás todas las-noches un fantástico vestido de fiesta parisién, que beberás mucho champagne —todo el que puedan pagar tus clientes— y, en fin, que hasta cierto punto, incluso serás dueña de ti misma. Si el hombre no te gusta, no es obligatorio que le demuestres ningún afecto especial. Deja que entregue sus bi­lletes y todo estará listo. Si aquellas mujeres no lo hicieran así, toda la faena sería imposible, ya que después de las cua­tro primeras semanas, cada una se iría al infierno a tambor batiente.
LULU.- (Con voz temblorosa.) Me parece que de ayer a hoy tu cerebro ha dejado de funcionar como debería... ¿Quieres hacerme creer que ese egipcio de que hablas pagaría quinientos francos por una persona que no conoce?
CASTI-PIANI.- Me he permitido enviarle retratos tu­yos...
LULU.- ¿Le mandaste los retratos que te di a ti? 
CASTI-PIANI.- Ya ves que él los ha apreciado mejor que yo ... Apenas te ínstales allá, colgará de tu puerta ése «a que encarnas a Eva delante del espejo. Además, tienes que to­mar en consideración una cosa: en el Oikonomopulos estarás más segura de tus perseguidores que si te refugiaras en una selva virgen del Canadá. No es nada fácil llevar una cortesana egipcia a una cárcel alemana. Primero, por razones de eco­nomía; y segundo, por el temor de burlar con ello a la jus­ticia eterna.
LULU.- (Orgullosa, con voz limpia.) ¡Qué me impor­ta vuestra justicia eterna! ¡Puedes estar tan seguro como que dos y dos son cuatro que no me dejaré recluir en una casa semejante!
CASTI-PIANI.- Entonces, me permitirás que haga su­bir al policía.
LULU.- (Sorprendida.) Pero escucha, ¿por,qué no me pides simplemente mil docientos marcos si los necesitas?
CASTI-PIANI.- No necesito dinero. Por otra parte, no te lo pido porque ya no tiene.
LULU.- Todavía nos quedan trinta mil marcos.
CASTI-PIANI.- Sí, ¡en acciones de la Jungfrau! Ja­más iné he ocupado de acciones. La Fiscalía del Estado paga en dinero alemán y el Oikonomopulos en oro inglés... Ma­ñana a la mañana puedes estar a bordo. La travesía no re­quiere mucho más de cinco jornadas. Dentro de dos semanas, a más tardar, estarás segura. Aquí estás más cerca de la cárcel que en cualquier otro lugar. Es un milagro —milagro que, como agente secreto, no acierto a entender— que hayas podido vivir todo un año sin ser molestada. Pero como yo he des­cubierto tus antecedentes, del mismo modo, dada tu fuerte... experiencia en materia de hombres, uno de mis colegas puede hacer en cualquier momento el mismo afortunado descubri­miento. Entonces podría birlarme el bocado y tú pasarías a la sombra los años mejores para el placer... No me hagas enojar: decídete en seguida. El tren parte a las doce y media. Si para las once no nos hemos puesto de acuerdo, llamaré al policía. En caso contrario, te meto en un coche tal como estás, te llevo a la estación y mañana a la mañana te acom­paño personalmente al barco.
LULU.- No puedo creer que hables en serio...
CASTI-PIANI.- ¿No comprendes que solamente pro­curo salvarte?
LULU.- Iría contigo a América o a la China, pero no puedo venderme. Es peor que la cárcel.
CASTLPIANI.- ¡Lee esta carta! (Extrae una carta.) Te la leeré yo. Mira la estampilla y el sello de El Cairo para que no creas que me valgo de documentos falsos. Es de una muchacha berlinesa que estuvo casada dos años con un hom­bre que le habrías enviado, un amigo mío que ahora viaja por cuenta de una sociedad colonial de Hamburgo.
LULU.- (Alegre.) ¿Recordará entonces de vez en cuan­do a la mujer...?
CASTI-PIANI.- Muy posiblemente. Pero escucha esta impulsiva expresión de sus sentimientos... Debes saber qué mi tráfico de muchachas no me parece más honorable de lo que lo estimaría un juez, pero un destello de alegría como éste me hace sentir cierta satisfacción moral. Y me siento orgu­lloso de ganarme la vida distribuyendo la felicidad a manos llenas. (Lee.) "Querido señor Meyer —así me llamo en mi condición de traficante de mujeres—: Si va por Berlín, le pido se llegue en seguida al Conservatorio de la Postdamer Strasse y se entreviste con Tina von Rosenkron, la mujer más bella que jamás haya visto —manos y pies deliciosos, esbelta por naturaleza, torso erguido, cuerpo en flor, ojos grandes y nariz respingada—; todo de acuerdo con su gusto. Yo ya le he escrito. El canto no le ofrece ninguna posibilidad de por­venir. Su madre no tiene un centavo. Por desgracia, tiene va veintidós años, pero se consume de amor. He hablado con Madame. Acogería con gusto otra alemana con tal que sea bien educada y que tenga dotes musicales. Las italianas y las francesas no pueden competir con nosotras porque son dema­siado incultas. Si encuentra a Fritz —Fritz es el marido (divorciado, naturalmente)—, dígale que padezco un enorme fastidio. El era inmejorable y yo..." Bueno, viene una enu­meración exacta de...
LULU.- (Exasperada.) ¡No puedo vender la única cosa que siempre ha sido mía!
CASTI-PIANI.- ¡Deja que te lea más adelante!
LULU.- (Como antes.) ¡Esta misma noche te entregaré toda nuestra fortuna!
CASTI-PIANI.- Créeme cuando te digo que ya he aceptado tu último centavo. Si a las once no salimos de esta casa, mañana te repatriarán con toda la mesnada.
LULU.- ¡No puedes traicionarme así!
CASTI-PIANI.- ¿Crees que sería lo peor que habíia hecho en mi vida... ? Por si salimos esta noche, tengo toda­vía que decirle dos palabras a Bianetta. (Se dirige a la sala de juego y deja la puerta abierta. Lulú mira al vacío mientras hace un bollito el mensaje que le diera Rodrigo y que tuvo en la mano durante toda la conversación. Alwa se incorpora de la mesa de juego con un pagaré en la mano y regresa al salón.)
ALWA.- (A Lulú) ¡Magnífico! ¡Vamos magníficamente!... La Condesa está apostando hasta la camisa. Puncíu me ha prometido otras diez acciones de la Jungfrau. La Steinherz está embolsando alguna ganancia. (Sale por la puerta de la derecha, adelante.)
LULU.- (A solas.) ¡Yo en un burdel...! (Lee el mensaje que tiene en la mano y se echa a reír como una loca.)
ALWA.- (Que regresa de la derecha con una cajita en la mano.) ¿No te sientes bien...?
LULÜ.- Sí, sí ... ¿por qué no?
ALWA.- A propósito, en el "Berliner Tageblatt" salió hoy la noticia de que Alfredo Hugenberg se arrojó escaleras abajo en la cárcel.
LULU.- ¿Estaba preso también él?
ALWA.- Sí, pero sólo en una especie de prisión pre­ventiva. (Se dirige a la sala de juego. Ella está por imitarlo. pero se encuentra con la Condesa.)
LA CONDESA.- ¿Sales porque vengo yo...?
LULU.- (Decidida.) No. Pero si en verdad vienes, yo sí me voy.
LA CONDESA.- Me has quitado todos los bienes que aún poseía en este mundo. Y en tu conducta conmigo, podrías por lo menos observar las formas de la cortesía.
LULU.- (Como antes.) Soy tan cortés contigo como con cualquier otra mujer. Te ruego, solamente, que también tú lo seas conmigo.
LA CONDESA.- ¿Olvidaste ya los juramentos apasio­nados con los que me indujiste, cuando estábamos en el hos­pital, a hacerme recluir en tu lugar?
LULU.- ¿Y por qué me atacó el cólera antes?... ¡Durante el proceso juré muchas otras ¿osas! ;Otra que las pro­mesas que hice!... Me vienen escalofríos al sólo pensar que todo aquello pueda realizarse un día.
LA CONDESA.- Entonces, ¿me engañaste a conciencia?
LULU.- (Alegre.) ¿Por qué "engañado"?... Tus do­tes físicas han encontrado aquí un admirador tan entusiasta que me pregunto si un día no deberé dar lecciones de piano para vivir. Ninguna muchacha de diecisiete puede enamorar a un hombre más de lo que tú, tan reacia, lo has hecho con ese pobre diablo.
LA CONDESA.- ¿De quién estás hablando...? No entiendo una palabra.
LULU.- (Como antes.) Hablo de tu acróbata, Rodrigo Quast. Es un atleta capaz de sostener el peso de dos caballos ensillados. ¿Puede una mujer pretender más...? Me decía hace un momento que, si no te apiadas de él, se arrojará esta noche al río.
LA CONDESA.- No te envidio la habilidad para ator­mentar a las víctimas impotentes que un destino inescrutable te confía. No es justamente envidiarte lo que puedo ... La compasión que me inspiras no la he sentido ni siquiera por mi propio dolor. Me siento libre como un Dios cuando pienso de'quién eres esclava.
LULU.- ¿De quién hablas tú, ahora?
LA CONDESA.- De Casti-Piani, que lleva escrita en la frente con letras de fuego la más abyecta vulgaridad.
LULU.- ¡Cállate! ¡Si hablas mal de él, te reventaré a patadas!... Me ama con una sinceridad ante la cual tus más maravillosos sacrificios son una miseria. Me da tales pruebas de abnegación que me hacen entender qué despreciable eres tú ... Quedaste incompleta en el vientre de tu madre: no eres mujer ni hombre. No eres criatura humana como las demás. Para hombre, el material era insuficiente, y para mujer, tie­nes demasiado cerebro en el cráneo. Por eso eres loca. Orién­tate hacia la señorita Bianetta. Ella sí se prestará a todo. Bas­ta con pagarle. Ponle en la mano medio Luis y es tuya. (Bia­netta, Magelona, Ludmila, Rodrigo, Casti-Piani, Punciu, Heilmann y Alwa salen de la sala de juego y entran en el salón.) ¿Qué ha pasado...?
PUNCIU.- Nada, absolutamente nada. Tenemos sed, eso es todo.
MAGELONA.- Han ganado todos. ¡Es increíble!
BIANETTA.- ¡Tengo la impresión de haber ganado una fortuna!
LUDMILA.- No alardees, hijita. Trae mala suerte.
MAGELONA.- La banca también ganó. ¿Cómo es po­sible?
ALWA.-¿De dónde diablos salió todo este dinero?    
CASTI-PIANI.- ¡No indaguemos!... ¡Y no escatima­mos el champagne!
HEILMANN.- Cuando salga podré pagarme la cena en un restaurante de lujo, por lo menos.
ALWA.- Señores: al buffet. ¡Pasemos al buffet!

(Entran todos al comedor, menos Lulú, que es retenida por Rodrigo.)

RODRIGO.- Un momento, corazoncito... ¿Leíste mi mensaje de amor?
LULU.- ¡Puedes amenazar con denunciarme todo lo que quieras: no tengo más dinero!
RODRIGO.- ¡No mientas, ramera! Todavía tienes cua­renta mil acciones de la Jungfrau ... El que llamamos tu marido se ha vanagloriado de ello hace un momento.
LULU.- ¿Por qué entonces no vas a él con tus exigencias...? A mí me es indiferente cómo emplee su dinero.
RODRIGO.- Gracias, querida: con ese imbécil hacen falta cuarenta horas antes de que comprenda de qué se le ha­bla. Después llega el turno de las discusiones y ésas me en­ferman. Entre tanto, mi novia me escribe: "¡Se terminó!" y yo puedo cerrar la barraca.
LULU.- ¿Cómo...? ¿Estás de novio?
RODRIGO.- ¿Acaso tenía que pedirte permiso?... ¿Cuál fue tu agradecimiento por haberte sacado de la cárcel a costa de mi salud? ¡Me abandonaste!... Tendría que ha­ber trabajado de peón si esa muchacha no me hubiera acogido a su lado. Apenas me presenté en escena, la misma primera noche, me tiraron a la cabeza una butaca de terciopelo. Este país está demasiado en decadencia para poder apreciar autén­ticas exhibiciones de fuerza. Si fuese un canguro luchador me habrían entrevistado y fotografiado para todos los periódi­cos ...Por suerte, ya había conocido a mi Celestina. Tiene en el banco todos sus ahorros de veinte años de trabajo. Y me ama desinteresadamente. No vive como tú, siempre a la caza de la vulgaridad. Tiene tres hijos de un obispo ameri­cano y todos prometen muy bien. Pasado mañana a la ma­ñana nos casaremos por el registro civil.
LULU.- ¡Cuenta con mi bendición!
RODRIGO.- No la necesito. He dicho á mi novia que tengo en el banco veinte mil marcos en títulos.
LULU.- (Divirtiéndose.) ¡Y eres tan tonto como para haberme dicho"que te ama desinteresamente...!
RODRIGO.- ¡Celestina adora en mí al hombre de co­razón, no la fuerza física, como hicieron tú y todas las otras!... Ese punto está superado. Primero me arrancan la ropa de encima y después abrazan al mucamo. Prefiero convertirme en un esqueleto antes de prestarme otra vez a diver­siones semejantes.
LULU.- ¿Y por qué diablos persigues con tus proposi­ciones a la pobre Condesa... ?
RODRIGO.- Porque pertenece a la nobleza. Soy un hombre de mundo y conozco mejor que todos ustedes cuál es e! tono de la conversación aristocrática... Y dejémonos de charlas,  que ya estoy harto.   ¿Me entregarás el dinero o no antes de mañana a la noche?
LULU.- No tengo.
RODRIGO.- Con eso no te salvas. Si así fuera, bien podrías decir que tengo caca de gallina en vez de cerebro ... El te dará hasta el último centavo con sólo que tú cumplas de una buena vez tu puerco deber. Has arrojado a esto a ese pobre muchacho y ahora deberá buscar el modo de emplear decentemente su erudición.
LULU.- ¿Qué te importa a ti si despilfarra su dinero con mujeres o en el juego?
RODRIGO.- ¿Quieres de veras gastar con esta banda de extraños hasta el último centavo que su padre ganó con el diario? .  . Mira, tú harías feliz a cuatro personas si no mi­rases tanto por el desamparado y te sacrificases por una obra pía. ¿Debe ser forzosamente siempre, siempre y únicamente, Casti-Piani?
LULU.- ¿Quieres que le pida te indique la puerta dé salida...?
RODRIGO.- Como quiera, señora Condesa ... ¡Si para mañana a la noche no tengo los veinte mil marcos, haré íá denuncia en la policía y vuestra corte de bandidos se freirá en su propio aceite! ¡Adiós!

(Heilmann entra por el fondo a la derecha, sin aliento.)

LULU.- ¿Busca a la señora Magelona...? No está aquí,
HEILMANN.- No, busco otra cosa.
RODRIGO.- (Señalándote la puerta de acceso.) La se­gunda puerta a la izquierda...
LULU.- (A Rodrigo.)  ¿Lo aprendiste de tu novia...?
HEILMANN.- (Que se topa con Punciu en el umbral de ¡a puerta indicada.) ¡Disculpe...!
PUNCIU.- ¡Ah, es usted...! La señora Magelona lo espera en el ascensor.
HEILMANN.- Hágame un favor: acompáñela un mo­mento... Voy en seguida. (Sale corriendo por la puerta de entrada. Lulú se dirige al comedor. Rodrigo la sigue.)
PUNCIU.- (A solas.) ¡Uff, qué calor...! ¡Si no te liquido, me liquidas tú! ... Si no puedo alquilar mi Josafat, es necesario que me arregle con mi cerebro. Mi cerebro no se vuelve rugoso: no se enferma; no hay que estar bañándolo con agua de Colonia.

(Bob, un mandadero de quince años, vestido de rojo, ceñido pantalón de cuero y botas altas lustrosísimas, llega con un telegrama en la mano.)

BOB.- Señor Punciu... telegrama para usted.
PUNCIU.- (Abre el telegrama y murmura.) "Acciones funicular Jungfrau bajan a ..." ¡Así va el mundo!... (A Bob.) Espera. (Le da una propina.) Dime, ¿cómo te llamas verdaderamente?
BOB.- Alfredo, señor... pero me dicen Bob porque está de moda.
PUNCIU.- ¿Cuantos años tienes?
BOB.- Quince.
CADIDIA.- (Entra tímidamente desde el comedor.) Disculpe ... ¿no ha visto a mamá?
PUNCIU.- No, querida. (Para sí.) ¡Qué estupenda mu­chacha, Dios mío...!
CADIDIA.- La he buscado por todas partes y no con­sigo encontrarla...
PUNCIU.- ¡Ya reaparecerá! ... ¡Tan cierto como que me llamo Punciu! ¡Y esas piernas sin medias ...! ¡Dios San­to! ¡Es para temblar! (Sale por el fondo, derecha)
CADIDIA.- (A Bob.)   ¿No viste a mamá...?
BOB.- No, pero bastará que venga conmigo.
CADIDIA.- ¿A dónde...?
BOB.- Subió por el ascensor. ¡Venga, venga...!
CADIDIA.- No,  no. No quiero subir.
BOB.- Podemos escondernos allá arriba... en el co­rredor.
CADIDIA.- No, no,  no voy. Después me van a retar.
MAGELONA.- (Entra por la puerta de acceso, agitadí­sima, y toma a Cadidia de un brazo.) ¡Ah, por fin te en­cuentro...! ¡Mira que eres mal educada!
CADIDIA.- (Sollozando.) ¡Mamá, mamá... si yo te estaba buscando!
MAGELONA.- ¿Me buscabas...? ¿Acaso te dije que lo hicieras? ¿Qué hacías con ése...? (Heilmann. Aiwa. Ludmita, Punciu, la Condesa Geschwitz y Lulú regresan del co­medor; Bob se ha escurrido.) Y no llores delante de la gente, ¿comprendes...? (Todos rodean a Cadidia.)
LÚLU.- ¿Por qué lloras, querídita...  por qué lloras?
PUNCIU.- ¡Llora de veras!... ¿Quién te ha hecho mal, angelito?
LUDMILA.- (Se le arrodilla delante y la aprieta entre sus brazos.) Dime, pequeña, ¿qué pasó?... ¿Quieres una masita? ¿Chocolate...?
MAGELONA.- Son los nervios... los nervios. Se ha­cen sentir demasiado pronto en esta niña. Lo mejor sería no preocuparse...
. PUNCIU.-Sí, sí... usted sería muy capaz. Es una ma­dre desnaturalizada. Ya verá que la autoridad judicial termi­nará por quitarle a esta hijita y confiarme a mí su tutela... (Acariciando las mejillas de Cadidia.) ¿No es cierto, chi­quita?
LA CONDESA.- ¿Qué les parece si volvemos al ba­cará...?

(Pasan todos a la sala de juego. Lulú, en el umbral, es retenida por Bob, que le susurra algo en forma inaudible.)

LULU.- Sí, hazlo entrar no más...

(Bob abre la puerta del corredor y deja pasar a Schigolch, vistiendo frac, corbata blanca, zapatos de charol descascarado y un sombrero de copa puesto.)

SCHIGOLCH.- (Con una mirada a Bob.) ¿Dónde lo conseguiste?
LULU.- En el circo.
SCHIGOLCH.- ¿Qué  sueldo tiene?
LULU.- Pregúntaselo a él, si te interesa... (A Bob.) Cierra la puerta.

(Bob va hacia el comedor y cierra la puerta tras de sí.)

SCHIGOLCH.- (Sentándose.) Vengo a enterarte que necesito dinero ... He tomado un departamento para mí amante.
LULU.- ¿También aquí has encontrado una amante...?
SCHIGOLCH.-Es de Francfort. Cuando joven, fue mu­jer del Rey de Ñapóles. Todos los días me repite que, en sus tiempos, era fascinador.
LULU.- (Aparentemente muy calma.) Y el dinero, ¿le hace el mismo efecto...?
SCHÍGOLCH.- Sí, quiere amueblar el departamento... Es una suma que para ti es cosa de nada.
LULU.- (Tomada de pronto por un llanto convulso, se arroja a los pies de Schigolch.) ¡Dios mío! ¡Dios mío!
SCHIGOLCH.- (Acariciándola.) ¿Y ahora...? ¿Qué hay de nuevo?
LULU.- (Sollozando convulsamente.) ¡Es horrible!
SCHIGOLCH.- (La hace sentar en sus rodillas y la tiene entre los brazos como a ana niña.) ¡Vamos! ¡Exageras, hijita! ... Mira, una vez cada tanto debes meterte en cama con una novela... Llora, Llora, desahógate. También te sa­cudías igual hace quince años. Desde entonces, nadie ha gri­tado como tú lo hacías. Entonces no llevabas todavía en el cabello un penachito blanco y no tenías medias transparen­tes. ¡No tenías ni medias ni zapatos!
LULU.- (Llorando.) ¡Llévame contigo! ¡Esta misma noche! ¡Tómame!... ¡Encontraremos un coche en seguida?
SCHIGOLCH.- Lo haré, lo haré... Pero, ¿qué sucede?
LULU.- ¡Se trata de mi vida!... ¡Me van a denunciar!
SCHIGOLCH.- ¿Quién?
LULU.- El saltimbanqui.
SCHIGOLCH.-  (Con toda calma.)  Me ocuparé de él.
LULU.- (Implorando.) ¡Ocúpate, sí ... ocúpate de él! ¡Después harás cíe mí lo que quieras!
SCHIGOLCH.- Sí fuera a buscarme, estaría liquidado... Mi ventana da al río. (Sacudiendo la cabeza.) Pero no irá ... no irá.
LULU.- ¿Dónde vives?
SCHIGOLCH.- En el 376. La última casa antes del Hi­pódromo.
LULU.- ¡Te lo mandaré! Irá con esa loca que se arras­tra a mis pies... Esta misma noche. Vé y haz que la en­cuentre tibia.
SCHIGOLCH.- Que vengan,  no más...
LULU.- Mañana tráeme los aros de oro que tiene en las orejas.
SCHIGOLCH.- ¿Qué? ¿Usa aros?
LULU.- Se los puedes quitar antes de tirarlo abajo. Cuando se emborracha no se da cuenta de nada.
SCHIGOLCH.- ¿Y después, hijita?...  ¿Después?
LULU.- ¡Te daré el dinero para tu amante!
SCHIGOLCH.- ¡Eso se llama ser avara...!
LULU.- ¿Y qué más quieres aún...? Es todo lo que tengo.
SCHIGOLCH.- Hace casi diez años que no tenemos nada entre nosotros...
LULU.- ¡Si no es más que eso...! Pero tú tienes una amante.
SCHIGOLCH.- ¡No es de hoy, qué caramba...!
LULU.- Debes jurármelo.
SCHIGOLCH.- ¿Acaso he faltado a mi palabra alguna vez?
LULU.- Jura que lo liquidarás.
SCHIGOLCH   — Lo liquidaré.
LULU.  —  ¡Jura!... ¡Júramelo!
SCHIGOLCH.-  (Posando una mano en un tobillo de ella.) ¡Por lo más sagrado!... ¡Esta  noche, cuando vaya:
LULU.- ¡Por lo más sagrado...! ¡Qué frío!
SCHIGOLCH.- ¡Qué calor!
LULU.- Ahora vete a tu casa en seguida. Irán dentro de media hora. ¡Toma un coche!
SCHIGOLCH.- ¡Voy, voy...!
LULU.- ¡Rápido!  ¡Te lo ruego!... ¡Dios mío!
SCHIGOLCH.- ¿Y ahora, por qué me miras así?
LULU.- Nada, nada...
SCHIGOLCH.- Dime.  ¿O se te paralizó la lengua?
LULU.- Se me ha soltado una liga ...
SCHIGOLCH.- ¿Y con eso...?
LULU.- ¿Sabes lo que significa?
SCHIGOLCH.- No, ¿qué? ... Si te quedas quieta, te la prendo de nuevo.
LULU.- Significa... desventura.
SCHIGOLCH.- (Bostezando.) No para ti, querida. Quédate tranquila: lo liquidaré yo. (Sale. Lulú pone el pie sobre un taburete, se prende la liga y va luego hacia la sala de juego. Rodrigo empuja a Casti-Piani del comedor al salón.)
RODRIGO.- ¡Por lo menos, trátame decentemente!
CASTI-PIANI.  —   (Totalmente apático.)  ¿Qué me podría  inducir a  ello?... Quiero saber de qué hablaste hace un rato con ella.
RODRIGO.- Te has equivocado de dirección.
CASTI-PIANI.- ¿Quieres responderme de una gran vez, hijo de una gran perra?... ¡Pretendías que subiese contigo en el ascensor!
RODRIGO.- ¡Eso es una mentira pérfida y desvengonzada!
CASTI-PIANI.- Me lo dijo ella misma. La amenazaste con denunciarla a la policía si no iba contigo. ¿Andas bus­cando que te meta una bala en el cuerpo?
RODRIGO.- ¡Qué descarada! ¡Como si me pudiese ocurrir una idea semejante! ... Sí la pretendiese, no tendría por cierto que mostrarle la cárcel para conseguirla.
CASTI-PIANI.- Gracias. Era todo lo que quería saber. (Sale por la puerta de acceso.)
RODRIGO.- (A solas.) ¡Roñoso...! ¡Un tipo al que podría tirar contra el techo y aplastar hasta dejarlo más blan­do que queso fresco!... ¡Ven, ven aquí a que te detroce las tripas! ¡Sería muy lindo!
LULU.- (Regresa de la sala de juego con alegría.) ¿Dón­de te habías metido?... ¡Eres más difícil de encontrar que an alfiler de cabeza!
RODRIGO.- ¡Le hice ver qué quiere decir meterse con­migo!
LULU.- ¿A quién?
RODRIGO.- A tu querido Casti-Piani. ¿Por qué fuiste a decirle que yo te quería seducir?
LULU.- ¿Acaso no pretendiste que por veinte mil mar­cos en acciones de la Jugfrau me entregase al hijo de mi di­funto marido?
RODRIGO.- Porque es tu deber tratar bien a ese muchacho. ¡Le mataste el padre en la flor de la edad!... Pero descuida: tu Casti-Piani lo pensará bien antes de volver a ponerte ante mis ojos. ¡Le daré tal golpe en la barriga que le desparramaré sus tripas por el aire igual que si fueran co­hetes luminosos!... Si no tiene nada mejor con qué susti­tuirme, lamento haber gozado una vez de tu favor.
LULU.- La Condesa Geschwitz está en condiciones pa­vorosas... Se retuerce en medio de grandes convulsiones. Si ia sigues haciendo esperar, es muy capaz de tirarse al río.
RODRIGO.- ¿Y qué espera esa fiera?
LULU.- Te espera a ti... Espera que tú la tomes.
RODRIGO.- Entonces dale mis saludos y dile que se tire al río no más.
LULU.- Me presta veinte mil marcos para salvarme de la ruina con tal que tú la salves a ella. Si hoy la llevas con­tigo, mañana iré a un banco a depositar veinte mil marcos a tu nombre.
RODRIGO.- ¿Y si no lo hago...?
LULU.- Te denuncio. Alwa y yo estamos en la vía.
RODRIGO.- ¡Malditos sean todos...!
LULU.- Harás la felicidad de cuatro personas si no te andas con remilgos idiotas y te sacrificas con un fin benefi­cioso.
RODRIGO.- No será posible. Ya lo veo. Ya he probado bastante... ¿Cómo se hace para suponer tanta honestidad en semejante cascote?... Según mi parecer, el precio de ésa era pertenecer a la aristocracia. Me he comportado tan caba­llerescamente como no lo hacen los artistas alemanes. ¡Si por lo menos le hubiera pellizcado las nalgas...!
LULU.- (Espiándolo.) Todavía es virgen ...
RODRIGO.- (Con un suspiro.) Si existe un Dios, un día pagarás tus bromas ... Te lo auguro yo.
LULU.- La Condesa espera. ¿Qué debo decirle...?
RODRIGO.- Dale mis cumplimientos y dile que soy un pervertido.
LULU.- Bueno... se lo diré.
RODRIGO.- ¡Espera un momento!... ¿Estás segura de que tendré esos veinte mil marcos?
LULU.- ¡Pregúntaselo a ella!
RODRIGO.- En ese caso... dile que estoy pronto. La espero en el comedor. Antes, tengo que procurarme una bue­na lata de caviar. (Entra en el comedor.)
LULU.- (Abre la puerta de la sala de juego y llama en voz alta.) ¡Marta...! (Después que la Condesa Geschwitz entra en el salón y cierra la puerta tras de sí, de buen humor.) Escucha, mi amor... hoy puedes salvarme la vida.
LA CONDESA.- ¿Cómo?
LULU.- Yendo a un hotel con el saltimbanqui.
LA CONDESA.- ¿Y por qué tendría que hacerlo?
LULU.- Dice que si esta noche no eres suya... me de­nunciará a la policía.
LA CONDESA.- Sabes bien que no puedo pertenecer a ningún hombre ... El destino me hizo así.
LULU.- Si no le gusta, que se aguante. ¿Quién le man­dó que se enamorara de ti?
LA CONDESA.- ¡Será más brutal que un carnicero!... Se cobrará su decepción y me romperá los huesos. Ya me ha sucedido... ¿No hay manera de ahorrarme esa prueba tan atroz?
LULU.- ¿Qué ganas si me denuncia?
LA CONDESA.- Todavía poseo lo suficiente para que nosotras dos nos vayamos a América en un camarote de pri­mera clase. Allá estarás segura de todos tus perseguidores.
LULU.- (Alegre.) Quiero quedarme aquí. No puedo ser feliz en ninguna otra ciudad... Debes decirle que no puedes vivir sin él. Se sentirá halagado y se convertirá en un angelito... También tiene que pagar el coche. Dale al cor chero este papel: es la dirección. El número 376 es un hotel de sexto orden y allá te esperan esta noche con él.
LA CONDESA.- ¿Cómo puede salvarte esta anormali­dad? No comprendo... Para martirizarme, has provocado el destino más terrible que pueda golpear a una mujer como yo, ya bien castigada por su propia naturaleza.
LULU.- (Espiándola.) ¡Quién sabe... tal vez este en­cuentro te cure...!
LA CONDESA.- (Suspirando.) ¡Oh, Lulú... si exis­te una justicia en el más allá, no querría tener que responder por ti! No puedo admitir que no haya un Dios sobre nosotros. Tal vez tengas razón tú cuando sostienes que no lo hay. ¿De qué modo, si no, puedo haber provocado su cólera yo, insignificante gusano, para que sólo a mí me toquen los horrores mientras todo ser vivo goza mil delicias?
LULU.- No hay motivo para que te quejes... Si lle­gas a ser feliz, lo serás cien, mil veces más que nosotros, sim­ples mortales cualesquiera.
LA CONDESA.- Ya lo sé... No envidio a nadie. Pero todavía aguardo. ¡Me has engañado tantas veces ya...!
LULU.- Seré tuya, tesoro... si tienes tranquilo al sal­timbanqui hasta mañana. El no busca más que ver satisfecha su vanidad ... Tienes que lograr que se apiade de ti.
LA CONDESA.- ¿Y mañana...?
LULU.- Te esperaré, querida... No abriré los ojos hasta que vengas. No veré a la mucama ni al peluquero, te repito que no abriré los ojos hasta que estés conmigo.
LA CONDESA.- Bien, entonces... Hazlo venir.
LULU.- Tienes que echártele al cuello, ¿comprendes, mi amor...? ¿Tienes el número de la casa?
LA CONDESA.- Sí... 376. ¡Pero hagámoslo cuanto antes!
LULU.-   (Se asoma al comedor.) ¿Quieres venir, querido...?
RODRIGO.- (Entrando.) Tendrán que disculparme las señoras si acudo con la boca llena...
LA CONDESA.- (Tomándole una mano.) ¡Te ado­ro!... ¡Ten piedad de mi pena!
RODRIGO.- ¡A la bonne heure!... ¡Entonces, suba­mos al patíbulo! (Ofrece el brazo a la Condesa y sale con ella.)
LULU.- ¡Que lo pasen bien, muchachos...! (Acompaña a la pareja hasta el corredor y regresa con Bob.) ¡Pronto... pronto, Bob! ¡Tenemos que irnos de inmediato! Tu me acompañarás... Pero antes tenemos que cambiarnos nues­tras ropas.
BOB.- (Con voz limpia.) ¡Como la señora mande!
LULU.- (Tomándole una mano.) ¡Otra que señora de Egipto...! Dame tu ropa y ponte la mía. ¡Vamos! (Entra con Bob en el comedor. En la sala de juego estalla una dis­cusión. La puerta se abre de golpe. Entran Punciu, Heilmann, Alwa, Bianetta. Magelona, Cadidia y Ludmila.)
HEILMANN.- (Una carpeta de acciones en la mano, en cuya carátula se ve un paisaje alpino; a Punciu.) ¿Quiere aceptar esta acción de la Jungfrau, sí o no?
PUNCIU.- ¡Pero es un título sin valor, mi querido amigo...!
HEILMANN.- ¡Sinvergüenza! ¡No quiere concederme la revancha!
MAGELONA.- (A Bianetta.) ¿Entiende usted lo que está pasando...?
LUDMILA.- Punciu le ganó todo el dinero y ahora re­nuncia a seguir jugando.
HEILMANN.- ¡Este puerco judío suspende la partida!
PUNCIU.- ¿Quién ha dicho que no juego más? ¿Quién que suspendo la partida?... Pero el señor debe jugar con dinero contante y sonante. ¿Acaso estamos aquí en mi oficina de cambios?... Puede ofrecerme su pedazo de papel mañana por la mañana.
HEILMANN.- ¿Lo llama un pedazo de papel...? Se­gún tengo entendido, estas acciones están a doscientos diez.
PUNCIU.- Ayer... estaban a docientos diez: dice bien. Pero hoy ya no. Y mañana, no encontrará nada más exqui­sito y a mejor precio para tapizar el vestíbulo de su casa.
ALWA.- ¿Es posible...? ¡Nos quedaremos en la calle, entonces...!
PUNCIU.- ¿Qué tendría que decir yo, que pierdo toda mi fortuna?... Mañana a la mañana tendré el gusto de vol­ver a emprender por trigésimasexta vez la lucha por una exis­tencia segura.
MAGELONA.- (Adelantándose.) ¿Estoy soñando o he oído bien...? ¿Las acciones de la Jungfrau están bajando?
PUNCIU.- Sí, ya están más abajo que usted... Po­drá usarlas para hacerse los rulos.
MAGELONA.- ¡Dios mío... diez años de trabajo! (Se desvanece.)
CADIDIA.- ¡Mamá... mamá...!
BIANETTA.- Dígame, señor Punciu, ¿dónde cenará está noche tras haber perdido su fortuna?
PUNCIU.- Donde usted quiera, señorita. Lléveme don­de quiera, ¡pero que sea pronto! ¡Aquí se armará el fin del mundo! (Sale con Bianetta.)
HEILMANN.- (Hace una pelota con su título y lo tira al suelo.) ¡Estos son los regalos que se reciben de esos cana­llas!
LUDMILA.- ¿Por qué tiene que fincar todas sus es­peculaciones. en la Jungfrau...? Haga llegar a la policía ale­mana noticias de esta gente... Cualquier cosita significará una ganancia segura.
HEILMANN.- Jamás lo he intentado en mi vida, pero sí usted quisiera darme una mano...
LUDMILA.- Vayamos a un restaurante que esté abier­to toda la noche... ¿Conoce "El Carnero de Cinco Patas"?
HEILMANN.  — No  me gusta...
LUDMILA.- O "El Ternero de Leche"... o "El Pe­rro Humeante"... Quedan todos cerca de aquí. En cual­quiera podremos estar tranquilos. Y antes de la madrugada, tendremos lista la notita.
HEILMANN.- ¿No dormirá usted...?
LUDMILA.- ¡Por cierto que sí, pero no de noche! (Sa­le con Heilmann.)
ALWA.- (Desde hace un rato está inclinado sobre Magelona, tratando de reanimarla.) Tiene las manos heladas. ¡Qué hermosa mujer!... Habría que aflojarle el pecho... Acércate, Cadidia; suelta un poco el busto de tu madre. Está muy ajustado.
CADIDIA.-  (Sin moverse.)  Tengo miedo...

(Llega Lulú del comedor vestida con chaqueta toja, som­brero de jinete, pantalones de cuero blanco y botas con el bor­de doblado; en la espalda, una mantilla.)

LULU.- Alwa... ¿tienes dinero todavía?
ALWA.-  (Levantando la vista.) ¿Te has vuelto loca?
LULU.- Dentro de dos minutos llegará la policía. Nos han denunciado. Tú puedes quedarte, si quieres.
ALWA.- (Incorporándose.) ¡Dios del cielo...! (Sale con Lulú por la puerta de acceso.)
CADIDIA.- (Llorando y sacudiendo a su madre.) ¡Ma­má... mamá...! ¡Despierta, mamá! ¡Se han ido todos!
MAGELONA.- (Volviendo en sí.) ¡Adiós, juventud... adiós, hermosos días! ¡Oh, qué vida!
CADIDIA.- Todavía soy joven, mamá. ¿Por qué no podría ganar dinero?... No quiero volver al convento. ¡Te lo ruego, mamá: tenme contigo...!
MAGELONA.- ¡Dios te bendiga, querida! No sabes lo que dices... No, no, veré de contratarme en un teatro de variedades y cantaré a la gente mis desgracias con las accio­nes de la Jungfrau. Eso se aplaude siempre.
CADIDIA.- Pero no tienes voz, mamá...
MAGELONA.- Cierto ... es verdad.
CADIDIA.- ¡Llévame contigo al teatro!
MAGELONA.- ¡No, no! ¡Se me parte el corazón!... Pero, si no se puede hacer otra cosa, si ese es tu destino, ¿qué podemos haces?... Mañana podemos ir juntas al Olimpia,
CADIDIA.- ¡Qué alegría me das, mamá!
UN COMISARIO DE POLICÍA.- (De civil, entrando desde el corredor.) ¡Quedan arrestadas en nombre la ley!
CASTI-PIANI.- (Siguiéndolo, cansado.) ¡Vamonos, no haga tonterías!... No es ella.

TELÓN

ACTO TERCERO

Un desván sin ventanas. Dos grandes claraboyas inclinadas, desde el techo, permiten la entrada de la luz. Adelante, a la derecha, una puerta. A la izquierda, atrás, otra puerta, que cierra mal; adelante, otra puerta, más chica, que da a un re­dundo cuchitril practicable. En el proscenio, a la izquierda. un deteriorado colchón grisáceo. Adelante, a la derecha, una vacilante mesita de tres patas; sobre ella, una botella y una humeante lámpara a querosene. A la derecha, al fondo, una vieja reposera; cerca de la puerta, una silla de paja muy usada. Bajo una de las claraboyas, una palangana recoge el agua de una gotera.

(Se escucha a la lluvia golpear el techo. Tirado en el col­chón, está Schigolch, envuelto en un largo capote gris. En la reposera, Aiwa Schón, embozado en una manta de viaje, cuya correa se ve colgada en la pared, sobre él.)

ALWA.- ¡Un tiempo ideal para iniciarse...! Estaba justamente soñando que almorzábamos todos juntos en el comedor del Olimpia. También estaba Bianetta... ¡El man­tel ¿berreaba champagne por los cuatro costados!
SCHIGOLCH.- Yes, yes ... Y yo soñaba con un pan dulce de Navidad. (Entra Lula, con un raído vestido negro, descalza y con los cabellos sueltos y cortos.) ¿Dónde estabas metida, hija de Dios...? ¿Haciéndote los rulos?
ALWA.- Lo hace tanto como para refrescar antiguos recuerdos...
LULU.- ¡Sí por lo menos pudiese calentarme junto a r.no de de ustedes...!
ALWA.- ¿Vas a iniciar descalza tu peregrinaje?
SCHIGOLCH.- El primer paso cuesta siempre llantos y suspiros... Hace veinte años, la situación no era mejor ni mucho menos, y sin embargo, ¡cuánto has aprendido desda entonces!... Pero dejémonos de echar leña al fuego. Des­pués de diez días, ni siquiera diez locomotoras podrían rete­nerla en este desván.
ALWA.- La palangana está por rebalsarse...
LULU.  — ¿Dónde tiro el agua...?
ALWA.- Por la ventana ...
LULU.- (Se sube a una silla y vuelca la palangana por la claraboya.) Parece que va a dejar de llover...
SCHIGOLCH.- Estás desperdiciando la hora en que los hombres regresan a sus casas...
LULU.- ¡Querría estar ya donde ningún paso podrá despertarme nunca más!
ALWA.- Yo también. ¿Para qué seguir arrastrando esta vida? Es mejor morir de hambre esta misma noche, pero en paz y concordia... De todos modos, es la última estación.
LULU.- ¿Por qué no vas a conseguirnos algo que co­mer... Todavía no has ganado un centavo en tu vida.
ALWA.  — ¿Cómo.  ..?  ¿Con este tiempo de porquería?
LULU.- ¡Yo sí, en cambio! ¡Yo tengo que llenarles la boca con el poco de sangre que todavía me queda en el cuerpo!
ALWA.- No quiero un centavo de ese dinero.
SCHIGOLCH.- No la entretengas más... Tengo mu­chas ganas de festejar Navidad; es lo único que pido.
ALWA.- Me conformo con un bife y un cigarrillo. Y después, morir... También estaba soñando con un cigarrillo como jamás se ha fumado en la vida.
SCHIGOLCH.- Prefiere vernos morir antes que procu­rarnos un pequeño placer...
LULU.- Los hombres que aborde en la calle preferirán darme su abrigo antes que venir conmigo gratis. ¡Si por lo menos no hubiese vendido mis vestidos, no me vería obligada a rehuir la luz de los faroles!... ¡Me gustaría ver qué mu­jer ocdría ganar algo con estos andrajos!
ALWA.- Hice lo humanamente posible. Mientras tuve dinero, pasé las noches elaborando tablas con las que se debía vencer aún contra los tahúres más refinados, y lo único que conseguí fue perder más cada noche, como si hubiese tirado por las ventanas billetes tras billete. Más tarde, me ofrecí a las cortesanas, pero ésas no agarran a ninguno que no tenga el timbre de la autoridad judicial y advierten a primera vista si uno tiene o no negocios con la guillotina.
SCHIGOLCH.- Yes,  yes ...
ALWA.- He sufrido todas las desilusiones: cuando en­tretejía palabras espirituales, se rieron de mí; cuando me pre­sentaba como el ser lleno de bonhomía que soy, me tomaron en burla: cuando probé ser vulgar, todos se volvieron castos y, vpuros de manera de hacerme erizar los pelos de horror. Quien no ha superado la sociedad humana no encuentra fe en los otros.
SCHIGOLCH.- ¿No te decides a calzarte, querida?... Creo que en esta casa no llegaré a ser más viejo de lo que ya soy. Hace ya meses que tengo las puntas de los pies in­sensibles... Hacia la medianoche bajaré al bar a tomar al­gunas copitas. La patrona me dio a entender ayer que tengo serias perspectivas de convertirme en su amante.
LULU.- ¡Maldito seas...! Ya bajo. (Toma la bote­lla de la mesa y se la empina.)
SCHIGOLCH.- ¡Claro... así después te sienten llegar a media hora de distancia!
LULU.  — No he tomado casi nada.
ALWA.- No, tú no bajarás. Eres mía y no bajarás. ¡Te lo prohibo!
LULU.- ¿Qué puedes prohibirle a tu mujer si no eres capaz de mantenerte a ti mismo?
ALWA.- ¿De quién es la culpa? ¿De quién, sino de mi mujer, que me ha enfermado?
LULU.- ¿Acaso estoy enferma?
ALWA.- ¿Quién me ha arrojado al fango? ¿Quién me hizo asesinar a mi padre?
LULU.- ¿Lo mataste tú...? ¡No has perdido gran cosa, pero cuando te veo así tirado, me haría amputar las manos por haber pecado contra rni convicción! (Sale por la izquier­da y se mete en su cuarto.)
ALWA.- Esos miserables no comienzan jamás a sufrir suficientemente temprano, y eso, si finalmente no terminan en ángeles.
SCHIGOLCH.- Debió haber nacido Emperatriz de Ru­sia ... Ese hubiera sido su lugar. Otra Catalina II.
LULU.- (Viene de su cuarto con un par de destrozados zapatos y se sienta en el suelo para calzárselos.) ¡Por qué no te tiras por la escalera...! ¡Uh, qué frío!... ¿Hay en el mundo algo más triste que una mujer de la calle?
SCHIGOLCH.- ¡Paciencia, paciencia...! Los negocios requieren mucho aire.
LULU.- Todavía tengo que adaptarme... Por lo de­más, ya no tengo nada que perder. (Se aproxima a la botella.) ¡Esto calienta un poco!...  ¡Maldito mundo! (Sale por la puerta de la derecha.)
SCHIGOLCH.- Cuando la oigamos regresar, tenemos que retirarnos a nuestro cuchitril ...
ALWA.- ¡Qué pecado comete Lulú! Cuando pienso en ello... En cierto modo, he crecido con ella.
SCHIGOLCH.- Ciertamente resistirá hasta que me que­ de vida...
ALWA.- Al principio, uno y otra éramos como herma­no y hermana. Entonces todavía vivía mamá... Un día la encontré por casualidad mientras se estaba arreglando. El Doctor Goll había sido llamado por una consulta. El peluquero de Lulú había leído mi primera poesía publicada en una re­vista: "¡Azuza a la jauria para que trepe la montaña!' Des­pués regresará, chorreando sudor..."
SCHIGOLCH.- ¡Oh, yes...!
ALWA.- Después fue al baile de la embajada española con un vestido de tul rosado, bajo el cual no tenía más..que un corpino de raso blanco. El Doctor Goll parecía presentir su muerte. Me rogó que bailara con ella para que no hiciera lo­curas. Y mientras papá nos seguía con los ojos, ella, sobre mi hombro, lo miraba continuamente, y sólo a él. Y terminó matándolo de un tiro de pistola. ¡Es increíble...!
SCHIGOLCH.- Pienso que no será fácil que consiga a alguno...
ALWA.- No se lo aconsejaría a nadie...
SCHIGOLCH.- ¡Que idiota!
ALWA.- Entonces, pese a ser ya una mujer formada, tenía la expresión de una chiquilla de cinco años, vivaracha y sana. Sólo tenía tres años menos que yo, ¡pero cuánto tiem­po ha pasado!... No obstante su maravillosa superioridad para la vida práctica, se hizo explicar por mí el contenido de "Tristán e Isolda", ¡y qué difícil era lograr que sé quedase quieta y escuchara!... La hermanita que tras casarse se sen­tía aún como una escolar, se volvió luego la desdichada e his­térica mujer de un artista. La mujer del artista pasó a ser la consorte de mi pobre padre, la mujer de mi padre fue más tarde mi amante, y así va el mundo. ¡De qué valdría oponerse!
SCHIGOLCH.- ¡Con tal que no nos traiga hombres con intenciones serias y que tampoco nos traiga un sin techo cualquiera después de haber cambiado con él los secretos del corazón...!
ALWA.- La primera vez, la besé mientras aún vestía su crujiente traje de novia, pero  luego fingió no acordarse. Y aún hoy sigo creyendo que ya entre los brazos de mi padre pensaba en  mí... Por otra parte, no podía tardar mucho más. El ya había sobrepasado la época brillante y ella lo trai­cionaba con e1 cochero y con el mucamo. Pero cuando se en­tregaba a él, en su corazón estaba yo. Y así... sin que yo me diese cuenta de ello, conquistó su terrible poder sobre mí. 
SCHIGOLCH.- ¡Ahí viene! (Se escuchan pasos pesados que suben la escalera.) 
ÁLWA.-  (Poniéndose de pie.)   ¡No quiero, no quiero! ¡Lo echaré!
SCHIGOLCH.- (Se incorpora trabajosamente, toma a Alwa por las solapas y lo empuja hacia la puerta del cuchitril.) ¡Vamos, vamos! ¿Cómo quieres que el jovencito le confiese sus cosas si nos quedamos aquí?
ALWA.- ¡Con tal que no pretenda infamias de ella...! 
SCHIGOLCH.- ¡Con tal que... con tal que...! ¿Qué otra cosa quieres que pretenda a esta altura de ella?... También él será un hombre como nosotros.
ALWA.- Dejaremos la puerta abierta. 
SCHIGOLCH.- (Empujando a Alwa.)  ¡No te hagas el estúpido!... ¡Cállate la boca!
ALWA.- (Ya adentro.) Escucharé. ¡Y que Dios lo pro­teja!
SCHIGOLCH.- (Cerrando tras de sí; desde adentro.) ¡Silencio!
ALWA.- (Desde adentro.) ¡Que se cuide bien de...! (Lulú abre la puerta y hace pasar al señor Hunidei. Es un hombre de estatura gigantesca, rostro colorado y bien afeita­do, ojos azules y simpática sonrisa. Tiene puesto un abrigo de lana y sombrero de copa, y trae en la mano un paraguas chorreante.)
LULU.- Esta es mi pieza... (Hunidei se lleva el índice a los labios y la mira con intención. Después abre el paraguas y lo deja en el fondo, sobre el piso, para que se escurra.) No es muy confortable que digamos, pero... (Hunidei se adelanta y le tapa la boca con la mano.) ¿Qué significa es­to...? (Hunidei mantiene su mano en la boca de ella y con la otra le hace señas para que se calle.) No comprendo... (El vuelve a cerrarle rápidamente la boca. Lula se libera.) Estamos solos. No nos escucha nadie. (Hunidei, con el indice en los labios, sacude la cabeza, señala a Lulú, abre la boca como para hablar, se señala a sí mismo y luego a la puerta; ella comenta para sí.) ¡Sí que está bueno...! ¡Un monstruo! (Hunidei le cierra la boca. Va luego al fondo, se quita el abrigo, lo dobla y lo coloca sobre el respaldo de la silla que está cerca de la puerta. Después regresa y, haciendo un guiño, toma la cabeza de Lulú entre sus manos y la besa en la frente.)
SCHIGOLCH.- (Tras la puerta cerrada del cuchitril.) Me parece que le falta un tornillo...
ALWA.- ¡Estese en guardia...!
SCHIGOLCH.- No podía traer un individuo más ines­perado...
LULÚ.- (Retrayéndose.) Espero que me regalará algo, ¿no?... (Hunidei le tapa la boca y le pone en la mano una moneda de oro. Ella la examina y la pasa de una mano a la otra. El la mira con aire interrogativo.) Sí, sí ... es bue­na. (La mete en un bolsillo. El vuelve a cerrarle la boca, le da una moneda de plata y le arroja una mirada significativa.) ¡Así va mejor...! (Hunidei rompe a saltar por la pieza como si fuera un loco, agita los brazos y mira hacia arriba como un desesperado. Ella se le acerca cautamente, le rodea el cuello con un brazo y lo besa en la boca. El se suelta, riendo, y mira a su alrededor como buscando sigo. Ella toma la lámpara de la mesa y abre la puerta de su cuarto. El entra, sonriendo, y se quita el sombrero en el umbral. La escena queda a oscu­ras, salvo un rayo de luz que viene del cuarto de Lulú, cuya puerta cierra mal. Aiwa y Schigolch salen gateando de su cuchitril.)
ALWA.- ¿Se fueron...?
SCHIGOLCH.- (Detrás de él.) Espere un momento.
ALWA.- No se escucha nada...
SCHIGOLCH.- ¡Ya se ha escuchado bastante!
ALWA.- Me arrodillare delante de su puerta...
SCHIGOLCH.- ¡Hay que ser loco...! (Se adelanta a Alwa, atraviesa a tientas la escena, toma el abrigo de Hunidei y hurga en sus bolsillos. Aiwa se ha arrastrado hasta delaníe de la puerta de Lulú.) Los guantes ... y nada más. (Hurga en los bolsillos interiores y encuentra un libro, que tiende a Aiwa.) ¡Mira esto...!
ALWA.- (Coloca el libro en el rayo de luz que sale de pieza y descifra dificultosamente el título.) "Guía del peregrino devoto y del que quiere llegar a serlo"... ¡Muy útil!... Precio: dos chelines y seis peniques.
SCHIGOLCH.- Me parece que éste va a ser un recha­zado por Dios ... (Vuelve a colocar el abrigo en la silla y se dirige hacia el cuchitril.) No hay nada que hacer con esta gente... La nación ha superado ya su época de oro.
ALWA.- La vida no es nunca tan pérfida como nos la figuramos!... (Regresa también él, arrastrándose, hacia el cuchitril.)
SCHIGOLCH.- Ni siquiera tiene un pañuelo de seda... ¡Y nosotros, en Alemania, nos arrodillamos ante esta ralea!
ALWA.- Ven, ven... escóndamenos pronto.
SCHIGOLCH.- Lo que pasa es que ella no piensa más que en sí misma y agarra al primero que se le cruza. ¡Confie­mos en que este animal no la pueda olvidar por el resto de su vida!

(Aiwa y Schigolch entran en el cuchitril y cierran la puer­ta. Poco después, aparece Lulú, que vuelve a colocar la lám­para sobre la mesa.)

LULU.- ¿Volverás...? (Hunidei le cierra la boca. Ella mira como desesperada hacia el cielo y sacude la cabeza. El se ha colocado el abrigo y se le acerca, haciéndole un guiño. Ella le arroja los brazos al cuello; él se libra dulcemente, le besa una mano, toma su paraguas y se va. Ella quiere acom­pañarlo, pero él le hace señas de que se quede y sale sin hacer hacer ruido. Schigolch y Aiwa salen de su cuchitril.)
LULU.- (Afónica.) ¡Cómo me excitó...!
ALWA.- ¿Cuánto te dio?
LULU.- (Como antes.) Aquí tienes. Todo. Tómalo. Yo vuelvo a salir.
SCHIGOLCH.- ¡Podremos vivir como príncipes...!
ALWA.- ¡Silencio!... ¡Regresa!
SCHIGOLCH.- ¡Escóndamenos en seguida!
ALWA.- Querrá su libro de oraciones... Aquí está. Debe habérsele caído del bolsillo.
LULU.- (Escuchando.) No, no es él... Debe ser otro.
ALWA.- Alguien sube... Lo escucho perfectamente.
LULU.- Está tanteando la puerta... ¿Quién podrá ser?
SCHIGOLCH.- Tal vez sea un amigo suyo, al que te habrá recomendado... ¡Adelante!

(Entra la Condesa Geschwitz. Viste pobremente y tiene en la mano un rollo de tela.)

LA CONDESA.- Si soy inoportuna, me voy en segui­da... Hace diez días que no hablo con nadie... Quería de­cirte que no he recibido dinero. Mi hermano ni siquiera me contestó.
SCHIGOLCH.- Entonces, la Condesa querría estirar las piernas bajo nuestra mesa, ¿no?...
LULU.- (Afónica.) Yo tengo que salir.
LA CONDESA.- ¿Dónde quieres ir vestida así?... No traigo dinero, peto no vengo con las manos vacías: algo te traigo. Un tipo me ofreció en la calle doce chelines por esta tela... No tuve corazón para separarme de ella... Pero tú, sí quieres, puedes venderla.
SCHIGOLCH.- ¿Qué es?
ALWA.- A ver... muestra. (Le toma el rollo, lo des­envuelve y exclama con alegría.) ¡Miren! ¡El retrato de Lulú!
LULU.- (Con un grito.) ¿Y tú, monstruo, lo traes aquí?... ¡Llévatelo de inmediato! ¡Tíralo por la ventana!
ALWA.- (Súbitamente reanimado y muy contento.) ¡No faltaría más!... Frente a este retrato recobro mi pro­pia estimación. Me vuelve comprensible mí destino. Todo lo que hemos pasado es límpido. (En tono un tanto alegíaco.) ¡El que frente a estos labios rojos y florecientes, a estos gran­des ojos de muchacha inocente, a este cuerpo en flor, blanco y rosado, se sienta seguro en su posición burguesa ... que arroje contra nosotros la primera piedra!...
SCHIGOLCH.- Hay que colgarlo... Causará una ópti­ma impresión a nuestra clientela.
ALWA.- (Diligente.) Allá hay un clavo en la pared...
SCHIGOLCH.- ¿Cómo lo consiguió?
LA CONDESA.- En la casa de París... después que ustedes la abandonaron.
ALWA.- ¡Lástima que esté algo descascarado en los bor­des!... No lo arrolló con suficiente cuidado. (Cuelga la tela de un clavo.)
SCHIGOLCH.- Hay que ponerle otro clavo abajo para que se mantenga bien... Todo el ambiente se ha vuelto más elegante... Déjenme, lo haré yo; yo sé. (Arranca algunos otros clavos de la pared, se quita un zapato y fija los clavos con el taco, en los bordes del retrato.) Es necesario que esté allí un tiempo para que pueda cumplir su objetivo... El que lo vea, creerá en seguida encontrarse en un harén hindú.
ALWA.- Cuando pintaron este retrato, su cuerpo estaba en el apogeo del desarrollo... Déme la lámpara, querida. Me parece que está muy descolorido.
LA CONDESA.- El que lo hizo debió ser un gran ar­tista...
LULU.- (Ya calmada, acercándose al cuadro con la lam­para.) ¿No lo conociste...?
LA CONDESA.- No. Supe, únicamente, que lo critica­bas porque, en su manía de persecuciones, se había rebanado la garganta.
ALWA.- (Confrontando el retrato con Lulú.) Pese a todo lo que ha pasado desde entonces, la expresión infantil de los ojos sigue siendo la misma. (Con alegría.) Pero el fres­ca perlado de la piel, el hálito perfumado, la luz radiante que se difunde de la frente blanca y esta invitadora magni­ficencia de la carne juvenil, del cuello y de los brazos...
SCHIGOLCH.- ...¡se ha ido todo a la basura! Ella puede decir con orgullo: "¡Así fui una vez!" El que hoy la tenga entre las manos, no tiene ni una remota idea de nues­tra juventud.
ALWA.- Por suerte, cuando se vive juntos, no se ad­vierte la progresiva decadencia... (Sin dar importancia a las palabras.) Para nosotros, la mujer florece en el momento en que está por echar al hombre a la ruina para toda la vida. La naturaleza le ha asignado ese destino.
SCHIGOLCH.- Afuera, bajo las luces de los faroles, to­davía puede mezclarse con una decena de fantasmas que circu­lan por la calle... A esta hora, el que busca compañía se fija más en la caridad del corazón que en el valor del cuer­po. Y elige ese par de ojos negros en los que brilla menos voluntad de robar.
LULU.- (Tan alegre ya como Alwa.) Veremos si tienes razón... Hasta luego.
ALWA.- (Repentinamente colérico.) ¡No saldrás de aquí!
LA CONDESA.- ¿Dónde vas?
ALWA.- A buscar un hombre.
LA CONDESA.- ¡Lulú...!
ALWA.- Hoy ya lo hizo una vez.
LA CONDESA.- ¡Lulú, Lulú!... ¡Donde tú vayas, iré yo también!
SCHIGOLCH.- Si quiere hacer producir a su osamenta, háganos el favor de buscarnos otro cuarto.
LA CONDESA.- No me separaré de ti, Lulú. Estoy ar­mada.
SCHIGOLCH.- ¡Maldita sea!... Usted, Condesa, quie­re pescarnos con nuestros propios anzuelos.
LULU.- ¡Mátame, pero no aguanto más aquí adentro!
LA CONDESA.- No tienes que tener ningún miedo. Estoy contigo.

(Lulú sale con la Condesa.)

SCHIGOLCH.- ¡Maldita!...
ALWA.- (Se deja caer en la reposera, sollozando.) No creo que pueda ya esperar nada bueno de esta vida...
SCHIGOLCH.- ¡Había que retener a esa mujer a cual­quier precio!... ¡Con ése aristocrático cráneo suyo hará es­capar a todo ser viviente!
ALWA.- Me ha enfermado y me ha cubierto de espinas por dentro y por fuera...
SCHIGOLCH.- En compensación, tiene en el cuerpo el coraje de diez hombres.
ALWA.- Ningún herido agradecería más que yo el gol­pe de gracia...
SCHIGOLCH.- Sí ésa no hubiese atraído a mi casa al saltimbanqui, todavía lo tendríamos sobre nuestra espalda.
ALWA.- Lo veo pender sobre mi cabeza como Tántalo al ramito con la miel dorada...
SCHIGOLCH.- (Tirado sobre el colchón.) ¿Quieres su­bir un poco esa lámpara...?
ALWA.- ¿Quién podría afirmar que el hombre primi­tivo sufría tan enormemente en su soledad?... ¡Dios mío, qué he hecho de mi vida!
SCHIGOLCH.- ¡Miren lo que este tiempo de porquería ha hecho de mi manta!... A los veinticinco años, yo sabía cómo arreglármelas.
ALWA.- No todos tuvieron mi magnífica, mi esplén­dida juventud...
SCHIGOLCH.- Me parece que está por apagarse... Cuando vuelvan, estaremos aquí tan a oscuras como en el seno materno.
ALWA.- He buscado voluntariamente la compañía de hombres que jamás habían leído un libro. Me abracé a ellos con toda mi abnegación y todo mi entusiasmo para ser transportado a las máximas alturas de la gloria poética. El cálculo era equivocado. Soy mártir de mi profesión. Después de la muerte de mi padre, no volví a escribir un solo verso.
SCHIGOLCH.- ¡Con tal que no hayan seguido jun­tas...! Si uno no es un verdadero estúpido, no agarra viaje con dos a la vez.
ALWA.- ¡No, no han seguido juntas!
SCHIGOLCH.- Esperemos que no. Ella es muy capaz, si es necesario, de alejarla a patadas.
ALWA.- Uno, salido del fango, es el hombre más cele­brado de la nación; otro, nacido en cuna de oro, está arrum­bado en la hez y no puede morir.
SCHIGOLCH.- ¡Vuelven...!
ALWA.- ¡Y cuántas horas felices de gloriosa creación en común vivieron juntos...!
SCHIGOLCH.- Con más razón lo pueden hacer ahora... Tenemos que ocultarnos.
ALWA.- Yo me quedo aquí.
SCHIGOLCH.- ¿Por qué la compadeces verdaderamen­te...? El que gasta su propio capital, tiene siempre sus bue­nas razones para hacerlo.
ALWA.- No tengo más el valor moral de dejarme mo­lestar por un sucio puñado de billetes. (Se acomoda bajo la manta de viaje.)
SCHIGOLCH.- ¡Noblesse oblige!... El hombre de bien obra conforme a su posición social. (Se esconde en el cuchitril.)
LULU.- (Abriendo la puerta.) ¡Entra, tesoro... entra!
CUNGU PÓTI.- (Príncipe heredero de Uahubee: abrigo claro, pantalones claros, polainas blancas, zapatos amarillos y sombrero de copa gris; al hablar, lo hace con la singular guturalidad africana y sus palabras son frecuentemente interrum­pidas con eructos.) Goddam... ¡Muy oscura la escalera!
LULU.- Aquí está más claro, mi amor... (Lo hace avanzar tirándole de la mano.) ¡Ven, ven...!
CUNGU POTI.- Hace frío aquí. Mucho frío.
LULU.- ¿Quieres una copita de grappa?
CUNGU POTI.- ¿Grappa?... Siempre tomo grappa. La grappa es buena.
LULU.- (Tendiéndole la botella.) Toma... No sé dónde está el vaso.
CUNGU POTI.- No es nada... (Toma la botella y bebe.) ¡Grappa! .¡Mucha grappa!
LULU.- Eres un hermoso muchacho.
CUNGU POTI.- Mi padre es el Emperador de Uahubee. Yo tengo aquí seis esposas: dos españolas, dos francesas y dos inglesas. Well... No amo a mis esposas.
LULU.- ¿Cuánto me regalarás...?
CUNGU POTI.- Moneda de oro. Puedes creerlo: tendrás moneda de oro. Siempre regalar moneda de oro.
LULU.- Puedes dármela después, pero entretanto muestramela.
CUNGU POTI.- Yo jamás pagar primero.
LULU.- ¡Pero puedes mostrármela!
CUNGU POTI.- ¡No entender, no entender!... ¡Ven! (Toma a Lulú por la cintura.) ¡Ven!
LULU.- (Soltándose.) ¡Déjame!

(Alwa se ha incorporado trabajosamente del jergón, se acerca a Cungu Poti por atrás y le tira del cuello.)

CUNGU POTI.- (Volviéndose de un salto.) ¡Oh, oh... aquí asesinos! ¡Ven, amigo.., darte somnífero! (Golpea a Aiwa en la cabeza con una especie de cachiporra y Aiwa se desploma con un gemido.) ¡Somnífero! ¡Opio!... Trae lin­dos sueños. ¡Lindos sueños!... (Da un beso a Lula y seña­la a Alwa.) ¡Sueña contigo!... ¡Lindos sueños! (Corriendo hacia la puerta.) ¡Aquí puerta! (Sale.)
LULU.- ¡No me quedaré aquí ni un solo momento más!... ¿Quién puede resistir esto? ¡La calle es mejor! (Sale también ella.)
SCHIGOLCH.- (Sale de su escondrijo: se inclina sobre Alwa.) ¡Sangre!... ¡Álwa!... ¡Hay que quitarlo de aquí!... ¡Upa! Si no, nuestras relaciones se escandalizarán... ¡Álwa, Aiwa!.... El que no está en paz consigo mismo... ¡Vamos, pronto será tarde!... Trataré de levantarlo. (Enciende un fósforo y se lo pone bajo la nuca. Alwa no se mueve.) Com­prendo: quiere reposar ... Pero aquí no se duerme. (Lo arras­tra por el cuello hacia la pieza de Lulú. Luego intenta levan­tar la llama de la lámpara.) También para mí va a ser la hora; si no, no encontraré nada de pan dulce en el bar... ¡Vaya a saber cuándo regresarán de su gira de placer.... (Observando el retrato de Lulú.) No sabe su oficio. No pue­de vivir del amor porque su vida es el amor... ¡Eso es todo! Veré de convencerla... (Se abre la puerta y aparece la Condesa Geschwttz.) Si quiere pasar la noche con nosotros, há­game el favor de vigilar que no se roben nada.
LA CONDESA.- ¡Qué oscuro está esto...!
SCHIGOLCH.  — Y se   pondrá  más  oscuro aún ...   El Doctor ya está descansando.
LA CONDESA.- Ella me dijo que me adelantara...
SCHIGOLCH.- Hizo bien ... Si alguien me busca, estoy en el bar de abajo... (Sale.)
LA CONDESA.- (A solas.) Me quedaré cerca de la puerta... Quiero ver todo sin pestañear. (Se sienta en la silla de paja, junto a la puerta.) Los hombres no se conocen a sí mismos... no saben cómo están hechos. Solamente quien no es hombre los conoce. Cada palabra que dicen es falsa ... mentira. Ellos lo ignoran porque hoy son así y mañana asá, según que hayan o no hayan comido, tomado y amado. Sólo el cuerpo permanece durante algún tiempo siendo lo que es y únicamente los niños tienen uso de razón. Los grandes son como las bestias: no saben lo que hacen. Cuando alcanzan el colmo dé la felicidad lloran, se lamentan; y cuando están en el fondo de la más profunda miseria gozan la menor peque­nez... ¡Es extraño cómo el hambre quita a los hombres la fuerza de ser infelices! Cuando están saciados, en cambio, ha­cen del mundo una sala de torturas y dan la vida por satisfa­cer un capricho... ¿Quién podría afirmar que ha habido hom­bres a los que el amor haya hecho dichosos? ¿En qué con­siste verdaderamente su: felicidad sino en el poder dormir me­jor y olvidar todo... ¡Dios mío, te agradezco no haberme hecho como a ellos!... Yo no soy una criatura humana, mí cuerpo no tiene nada en común con el cuerpo de los hombres. ¿Tengo acaso un alma humana?... Los hombres atormen­tados llevan en el pecho un corazón pequeño y mezquino; yo, en cambio, sé que no es mérito mío si doy todo... si sacri­fico todo...

(Lulú abre la puerta y hace entrar al Doctor Hilti. La Con­desa permanece sin ser vista, inmóvil junto a la puerta.)

LULU.- (Vivaz.) ¡Ven... entra!  ¿Te quedarás con­migo toda la noche?
HILTI.  — Sí,  pero no tengo más que cinco chelines... Nunca llevo más cuando salgo.
LULU.- Serán suficientes por tratarse de ti. ¡Tienes los ojos tan buenos...! ¡Ven y dame un beso!
HILTI.- ¡Por todos los diablos!... ¡Qué hembrón!
LULU.- Hazme un favor: no hables.
HILTI.- ¡Diablos... es la primera vez que voy con una muchacha. Puedes creérmelo... A decir verdad, me lo había imaginado muy distinto.
LULU.- ¿Eres casado?
HILTI.- ¿Por qué crees que habría de serlo?... No, soy profesor, profesor libre; doy lecciones de filosofía en la Universidad. ¡Diablos! Tienes que enterarte: soy de una de las mejores familias de Basilea. Cuando era estudiante, reci­bía solamente dos francos para los placeres menudos y tenía mejores modos de emplearlos que con las muchachas.
LULU.- ¿Y por eso no has estado nunca con una mujer?
HILTI.- Sí, pero ahora tengo necesidad de hacerlo. Esta noche me comprometí con una muchacha. También es de Ba­silea, pero vive aquí.
LULU.- ¿Es linda?...
HILTI.- Sí, tiene dos millones... Siento una gran cu­riosidad por ver cómo me resulta.
LULU.- (Echando atrás sus cabellos.) Eres bien afortu­nado. (Se levanta y toma la lámpara.) Pues bien ... si no le disgusta, señor profesor... (Conduce al Doctor Hilti a su pieza.)
LA CONDESA.- (Extrae de su cartera una pequeña pis­tola negra y se la lleva a la sien.) ¡Ven, adorada... ven!
HILTI.- (Abre violentamente la puerta y sale a la .ca­trera.) ¡Oh, hedionda carroña!... ¡Hay uno adentro!
LULU.- (La lámpara en la mano, lo retiene por una manga.) ¡Quédate conmigo...!
HILTI.- ¡Un muerto! ¡Un cadáver!
LULU.- ¡Quédate conmigo aquí!
HILTI.- (Soltándose.) ¡Ahí dentro hay un muerto! .¡Diablos del infierno!... ¡Canalla!
LULU.- ¡Quédate aquí!
HILTI.- ¿Por dónde se sale? (Descubriendo a la Con­desa.) ¡Hasta el mismo Diablo está presente!
LULU.- ¡Quédate, te lo ruego...!
HILTI.- ¡Carroña del infierno!... ¡Maldita seas! (Sale.)
LULU.- ¡Quédate... quédate...! (Corre tras él y sale también ella.)
LA CONDESA.- (A solas, baja la pistola.) ¡No, me­jor ahorcarse!... Si me viese desangrada, no derramaría una lágrima. Siempre he sido para ella el instrumento fácil de usar para los asuntos más difíciles. Desde el primer día me aborre­ció profundamente... ¿No será mejor que me tire desde el puente? ¿Qué será más frío? ¿El agua o su corazón?... So­ñaré hasta el momento de asfixiarme. ¡No, mejor ahorcarme! ¿O tal vez herirme? ... No se resuelve nada... ¡Cuántas veces soñé que me besaba! ¡Pero un minuto más tarde, una lechuza golpeaba a mi ventana y me despertaba!... ¡Mejor ahorcarme! El agua, no; el agua es demasiado limpia para mí. (Sobreponiéndose de pronto.) ¡Ya vuelve!... ¡Pronto, an­tes que llegue! (Descuelga de la pared la correa de la manta de viaje, sube a la silla, engancha la correa en un gancho que hay en el marco de la puerta, se rodea el cuello con el otro extremo, pega una patada a la silla y cae al suelo.) ¡Maldita vida, maldita vida!... ¿Tendré que seguir viviendo?... ¡Dé­jame hablar una sola vez a tu corazón, mi querida!... ¡Pero no, eres tan fría!... Aún no es tiempo de que yo desaparezca. Quizá también yo seré feliz una vez... Escucha, Lulú: toda­vía no es tiempo de que yo desaparezca. (Se arrastra hasta quedar delante del retrato de Lulú, se arrodilla y junta las manos.) ¡Ángel de mi corazón, amor mío, estrella de mi vida...! ¡Ten piedad de mí! ¡Ten piedad! ¡Piedad!

(Lulú abre la puerta y hace entrar a Jack. Es un hombre rechoncho, de movimientos elásticos, rostro pálido, ojos enro­jecidos, cejas pobladas, bigotes caídos, barba abundante, pa­tillas abultadas y manos rojas con uñas roídas. Tiene la mi­rada como clavada en el suelo. Lleva un abrigo oscuro y un sombrerito redondo de paño.)

JACK.- (Descubriendo a la Condesa.) ¿Quién es ésta?
LULÚ.- Mi hermana, señor... Está loca. No sé cómo hacer para sacármela de encima.
JACK.- Tienes una linda boca...
LULÚ.- La heredé de mi madre.
JACK.- Se ve.  ¿Cuánto quieres...? No tengo mucho.
LULÚ.- ¿No quieres quedarte toda la noche...?
JACK.- No, no tengo tiempo. Tengo que ir a casa.
LULÚ.- Puedes decir que perdiste el último ómnibus y que dormiste en casa de un amigo.
JACK.- ¿Cuánto quieres?
LULÚ.- No pretendo una moneda de oro ... pero sí una monedita. 
JACK.- (Se aleja para salir.) Buenas noches.
LULÚ.- (Lo retiene.) No, no, ¡quédate, por el amor del cielo...!
JACK.- (Pasa delante de la Condesa y abre el cuchitril.) ¿Por qué tendría que quedarme hasta mañana...? Me parece sospechoso... Durante el sueño me revisarán la cartera.
LULU.- ¡No acostumbro a hacerlo! Y nadie lo hace por mí... ¡No te vayas por eso!
JACK.- ¿Cuánto quieres?
LULU.- Dame la mitad de lo que te dije...
JACK.- No, es demasiado... Pareces una novata.
LULU.- Hoy es la primera vez... (La Condesa, siem­pre de rodillas, se ha vuelto hacia Jack; Lulú tira de la correa que sigue alrededor de su cuello.) ¡A la cucha....!
JACK.- ¡Déjala!... No es tu hermana. Y está enamo­rada de ti. (Le acaricia la cabeza como a un perro.) ¡Pobre animal...!
LULU.- ¿Por qué me miraste así...?
JACK.- Te juzgué por el modo de caminar... Me dije: "Debe tener un lindo cuerpo".
LULU.- ¿Se alcanza a ver?
JACK.- Vi también que tenías una linda boca... Pero sólo tengo una moneda de plata...
LULU.- ¿Qué importa?... Dámela lo mismo.
JACK.- ...y tienes que darme la mitad de vuelta para que mañana pueda tomar el ómnibus.
LULU.- No tengo un solo centavo en la cartera.
JACK.- Busca, busca bien... ¿Qué es eso? ¡Déjame ver!
LULU.- (Tendiendo la mano.) Es todo lo que tengo.
JACK.- Devuélveme mi moneda.
LULU.- Mañana la cambiaré y te daré la mitad.
JACK.- No, dámela ahora.
LULU.- (Se la da.) ¡Está bien! ¡Pero ahora, ven conmigo! (Toma la lámpara)
JACK.- No hay ninguna necesidad de luz. Hay luna.
LULU.- (Deja la lámpara.) Como quieras... (Le echa los brazos al cuello.) No te haré ningún mal. Te quiero, fe quiero mucho. ¡No te hagas rogar...!
JACK.- Bueno. (La sigue al cuchitril de Schigolch. La lámpara se apaga. Sobre el piso, bajo las claraboyas, se mar­can dos rectángulos de luz lunas. Se distingue cada objeto de la pieza.)
LA CONDESA.- (A solas: habla como en un sueño.) Esta es la última noche que paso con esta gente. Me volveré a Alemania... Mi madre me mandará dinero para el viaje. Me  inscribiré en  la  Universidad.   Tengo  que  luchar por ios derechos de la mujer; estudiaré abogacía.
LULU.- (Descalza, en camisa, abre de pronto la puerta gritando y la cierra por fuera.) ¡Ayúdenme... ayúdenme!
LA CONDESA.- (Se precipita hacia la puerta, extrae la pistola y, apartando a Lalú, apunta contra la puerta. A Lulú.) ¡Deja que salga!

(Jack, agazapado, abre desde adentro y entierro un cuchi­llo en el vientre de la Condesa; ésta alcanza a disparar un tiro al aire y cae al suelo con un gemido.)

JACK.- (Le quita el arma y se lanza hacia la puerta de salida.) ¡God dam!... ¡Nunca vi boca más hermosa! (Tiene los cabellos chorreantes de sudor y las manos ensangrentadas. Jadeando profundamente, mira al suelo con ¡os ojos que se le salen de las órbitas. Lulú mira a su alrededor, temblando íntegra salvajemente. Toma de pronto la botella, la rompe contra el borde de la mesa y teniendo el cuello en la mano se precipita sobre Jack. Este levanta su pie derecho y Lulú tro­pieza y cae. Después la levanta.)
LULU.- ¡No, no!... ¡Piedad!... ¡Asesino!... ¡So­corro, socorro! ¡Policía...!
JACK.- ¡Es inútil! ¡Ahora ya no te escaparás! (Se mete con ella en el cuchitril.)
LULU.- (Desde adentro.) ¡No, no, no!... ¡Oh, oh...!
JACK.- (Regresa después de un momento y pone la pa­langana sobre la mesa.) ¡Qué cansancio...! (Lavándose las manos.) ¡Tengo una suerte perra! (Mira a su alrededor buscando una toalla.) ¡Ni siquiera una toalla tienen éstos... ¡Qué guarida más miserable! (Se seca las manos en la falda de la Condesa.) Este monstruo no tenía nada que temer de mí... (A la Condesa.) También para ti todo terminará pronto. (Sale.)
LA CONDESA.- (A solas.) ¡Lulú ...! ¡Ángel de mi corazón!... ¡ Déjate ver una vez más aún!... Estoy cerca de ti. Déjame estarlo ... para toda la eternidad. (Derrumbán­dose sobre sus codos.) ¡Maldición...! (Muere.)

TELÓN  FINAL

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