EL CAMINO ROJO A SABAIBA de Óscar Liera

EL CAMINO ROJO A SABAIBA
de Óscar Liera


Primer acto
La noche es oscura, huracanada. Una fuerte tempestad amenaza a la tierra. Los relámpagos y los truenos hacen una circunstancia primigenia. La lluvia empieza a caer intermitente y gruesa. Entra
un hombre vestido de soldado, el grado es teniente, y al entrar se tropieza con unas cabras que están echadas en el suelo. Se asusta. Las cabras balan y esto lo tranquiliza. “¡Ah!, son cabras”, dice como para curarse el miedo. Un hombre que se encuentra echado en un rincón enciende una lámpara de petróleo, lo que se traduce en otro sobresalto para el teniente, que se llama Fabián. El hombre de la lámpara habla como despreocupado: “Sí, son cabras”, dice y comienza a liar un cigarrillo. Zacarías Fajardo, que así se llama el hombre de la lámpara y del cigarrillo, se queda rumiando la palabra “cabra” mientras sigue con el tabaco: “Son cabras, cabras. ¿Le tienes miedo a las cabras?”
FABIÁN.- ¿Quién es usted?
ZACARÍAS.- Mucho tardaste en entrar al castillo; te vi pasar por esa puerta, por allí hubieras
entrado más fácil y no te hubieras mojado. (Pausa.) En la tarde calló granizo.
FABIÁN.- Sí, estaban blancos los caminos.
ZACARÍAS.- Es muy raro que caiga granizo. Por allá, en la sierra, los arroyos son de hielo... pero
aquí, con este calor, a la orilla del mar, nunca había pasado. Todos los peces se fueron lejos,
asustados, y regresaron las barcas vacías, sin lisas ni mojarras.
FABIÁN.- ¿Estamos a la orilla del mar?
ZACARÍAS.- Estamos a la orilla del mar.
FABIÁN.- (Reflexivo.) Entonces estuve caminando hacia el Poniente.
ZACARÍAS.- Estuviste caminando hacia el Poniente.
FABIÁN.- ¿Cómo lo sabe usted? ¿O le gusta repetir todo lo que digo?
ZACARÍAS.- Aquí hay un trago y hay cigarros.
FABIÁN.- Gracias, no tengo ganas de beber; más bien preferiría comer algo...
ZACARÍAS.- Es vino de ayale; es mejor que la comida; te va a dar fuerza y te va a relajar bien para que descanses.
FABIÁN.- (Toma la bola de ayale.) Gracias.
ZACARÍAS.- No me gusta que des las gracias.
FABIÁN:- Es la costumbre.
ZACARÍAS.- Es una mala costumbre, ¿quién te la enseñó?
FABIÁN.- Mi madre.
ZACARÍAS.- (Socarrón.) ¿Y tu padre qué te enseñó?
FABIÁN.- Nada. No lo conocí. Nunca se habló de él; supongo que está muerto.
ZACARÍAS.- Si yo hubiera sido tu padre, porque podría ser tu padre...
FABIÁN.- No lo creo, somos casi de la misma edad.
ZACARÍAS.- Es sólo la apariencia, debo de tener treinta o cuarenta años más que tú. Si yo hubiera
sido tu padre te hubiera enseñado a no dar las gracias a nadie.
FABIÁN.- ¿Qué decir entonces?
ZACARÍAS.- Nada; no se agradece; nos ofrecen, tomamos, es todo. Eso de decir gracias a cada rato
no significa nada. Bebe, bebe, te va a gustar.
FABIÁN.- (Bebe.) Sabe dulce (Bebe.) Está bueno. (Bebe.) Está realmente delicioso. ¿No le importa
si bebo más? (Bebe.)
ZACARÍAS.- Todo el que gustes.
FABIÁN.- Ayale.
ZACARÍAS.- Ayale, ¿conoces el árbol?
FABIÁN.- Claro, es un árbol que tiene las hojas en forma de cruz.
ZACARÍAS.- Un día que Dios estaba aburrido decidió hacer un árbol y le puso muchas crucecitas
en las hojas para que no se acercara el malo, el diablo; y entonces patas de chivo, que así me gusta
nombrarlo, muerto de coraje le jondió con unas piedras que se quedaron pegadas en el tronco y se
convirtieron en el fruto del árbol. De allí se hace este vino maravilloso que alimenta tanto.
FABIÁN- Ya se acabó, ¿no importa?
ZACARÍAS.- Tengo más, me quedaron aquí otras dos bolas llenas, si quieres.
FABIÁN.- No, está bien, quizá más tarde...
ZACARÍAS.- Nosotros cortamos las hojas del ayale y las ponemos en puertas y ventanas para que no caigan rayos; pero lo que más nos gusta son estas bolas que es la fruta y que es obra de patas de chivo (ríe); dice que a todo el que bebe su vino lo hace su compadre; así que ya sabes, por si quieres pedirle algo.
FABIÁN.- No soy hombre que se asusta fácilmente. Soy soldado y ahora mismo vengo del campo de batalla de luchar contra la muerte; se ha estado formando una revuelta para tumbar al gobierno porque dicen que es injusto y malo. Soy teniente de nuestro glorioso ejército y pertenezco al noveno batallón de infantería que comanda el general Ceferino Plata. Por allí unos revoltosos nos tendieron
una emboscada cerca de Cerro Viejo y nos dispersamos, teníamos que reunirnos en Batacudea,
donde la plaza es nuestra, pero yo.., ¿cómo supo que caminé hacia el Poniente?
ZACARÍAS.- Lo supe porque mi teniente llegó al mar; el mar con sus barcos y sus cangrejos queda
hacia el Poniente. Todos los que vienen por tierra vienen del Oriente; como el sol, aunque vaya por
el cielo. ¿Mi teniente llegó por barco?
FABIÁN.- No, señor.
ZACARÍAS.- No hay ciencia; mi teniente caminó hacia el Oeste.
FABIÁN.- Y estoy en un castillo a la orilla del mar.
ZACARÍAS.- A la orilla del mar.
FABIÁN.- Pues sepa, señor, que en esta región no hay castillos, además no escucho el rumor de las
olas.
ZACARÍAS.- Quizá mi teniente sepa muchas cosas del ejército y de las armas. ¿Sabía mi teniente
que los caracoles cantan? Si mi teniente no ha escuchado el canto de los caracoles no puede saberlo
todo.
FABIÁN.- Usted está borracho y trata de asustarme. Soy un valiente soldado de nuestro glorioso
ejército, ya se lo dije.
ZACARÍAS.- Pero mi teniente caminó hacia el Poniente.
FABIÁN.- Me equivoqué, perdí el rumbo.
ZACARÍAS.- (Ríe.) ¡Cómo equivocarse si al Oriente están las altas cordilleras, que se pueden ver
de cualquier parte, y al Poniente, cualquiera lo sabe, la costa y sus llanos! Mi teniente es un desertor
de su glorioso ejército, no es valiente ni es buen soldado.
FABIÁN.- No es verdad lo que me dice, le juro por la sagrada memoria de mi madre que perdí el
rumbo, me hallé como un ciego sin noción de los puntos cardinales. (Se apacigua, sorbe los restos
que quedan en la bola de ayale y sonríe.) O a lo mejor vine a que mi compadre me enseñara todo y
a escuchar luego el canto de los caracoles.
ZACARÍAS.- Mi teniente tiene que oírlos mañana temprano en la playa; ahora le conviene
descansar; hágame caso, yo soy su amigo, soy Zacarías Fajardo para servir a mi teniente y a Dios.
FABIÁN.- Gracias, yo me llamo Fabián, Fabián Romero.
ZACARÍAS.- ¿Romero?
FABIÁN.- Fabián Romero.
ZACARÍAS.- ¿Cuál es el apellido de tu madre?
FABIÁN:- Castro.
ZACARÍAS.- ¿Y su gracia?
FABIÁN.- Carmen.
ZACARÍAS.- Dios libre a todos de ti, Dios los libre; llegaste ya, Fabián Romero: pero has llegado
tarde. Te trajeron las lluvias de granizo y paraste en el castillo de Aztlán; eso es malo. Dios libre a
todos de tu ira, Fabián Romero Castro, hijo de la bien amada Carmen Castro; pero tarde, llegaste
demasiado tarde. (Desaparece.)
FABIÁN.- No se vaya. ¿Qué dice?, no lo entiendo, ¿A qué llegué tarde? ¡Está loco, y borracho! (Le
grita.) ¡Estás loco, Zacarías Fajardo, te lo digo yo, el teniente del noveno batallón de infantería,
Fabián Romero Castro!
Fabián, entre irritado y temeroso, y entre que se decide y no a seguir al hombre que ha salido,
trata de encontrar una justificación a todo aquello. Regresa sobre sus pasos, la escena se ha
ostensiblemente iluminado, en ese momento se da cuenta de que ya no están las cabras, no se dio
cuenta cuando salieron, el espacio está ahora limpio y arreglado y allí, en el mismo sitio, de pie y
sosteniendo un candelabro, se halla una hermosa monja que sonríe con amabilidad y con una
mirada curiosa. Esta monja, sobrina del ama, es sor Joaquina del Monte Carmelo.
SOR JOAQUINA.- No grites así, hermano. Vas, con ese estrépito, a despertar a todo el convento.
¡Vaya un jenízaro en casa! ¿Por dónde entraste?
FABIÁN.- Buenas noches, hermana, ¿cómo llegó hasta aquí?
SOR JOAQUINA.- El que llegó fuiste tú, jenízaro; yo estoy en el sitio que el Todopoderoso me
asignó como morada.
FABIÁN.- Cuando entré a guarecerme de la lluvia vi que entraba en una finca en ruinas.
SOR JOAQUINA.- El mundo que vivimos es una ruina.
FABIÁN.- No había techos ni ventanas...
SOR JOAQUINA.- Y si no había techos, ¿cómo entonces, hermano, pretendías guardarte de la
lluvia?
FABIÁN.- Pensaba que quizá más adentro, en otra estancia...
SOR JOAQUINA.- Ni la vista es el mejor sentido para obtener el conocimiento, ni la luz de los
relámpagos es mejor que la del sol para conocer las obras del Creador. Ver bien, decían los abuelos;
ver bien, develar, Fabián, quitar velos.
FABIÁN.- ¿Cómo supo mi nombre?
SOR JOAQUINA.- Es usted, teniente, un hombre educado, espero sepa disculparme que lo haya
tuteado.
FABIÁN.- Puede hacerlo, hermana, se lo ruego.
SOR JOAQUINA.- Teniente del noveno batallón de infantería Fabián Romero Castro, acabas de
gritar tu nombre; lo gritabas como loco. Soy la hermana Joaquina del Monte Carmelo y para
algunos que me tienen aprecio soy la hermana Quina.
FABIÁN.- Estuve hablando con un hombre que acaba de salir, a él le gritaba; Zacarías Fajardo, me
dijo que se llamaba.
SOR JOAQUINA.- (Muy sorprendida.) ¡Zacarías Fajardo!, Dios lo haya perdonado. Muchas culpas
seguramente guardabas Zacarías para que tu alma siga penando. (A Fabián.). Vamos a rezarle un
padrenuestro por su eterno descanso. “Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu
nombre. Que venga tu reino, que se haga tu voluntad en la tierra así como se hace en el cielo. Danos
hoy el pan que necesitamos. Perdónanos el mal que hemos hecho, así como nosotros hemos
perdonado a los que nos han hecho mal. No nos pongas frente al pecado sino líbranos del malo, de
sus obras, de sus tentaciones y del brebaje del ayale, porque tuyo es el reino, tuyo es el poder y tuya
es la gloria por siempre de los siempres, amén” (Pausa.) ¿Te sientes mal?
FABIÁN.- (Suda frío.) Me siento bien, señora.
SOR JOAQUINA.- Señora, señora, nadie me ha había dado el título de señora.
FABIÁN.- Perdón, hermana.
SOR JOAQUINA.- No hay de qué preocuparse, me gustó lo de señora, dime Quina.
FABIÁN.- De ninguna manera, hermana.
SOR JOAQUINA.- Hazlo y cura mi pasión de ánimo. (Cómo cuidándose de no ser escuchada por
nadie.) No puedo ser dichosa en este bosque de manglares. Llegan los meros y las toninas a los
esteros mostrando el lomo como una balsa plateada y la luna se entretiene entre las hojas de los
mangles espiando el desfile de peces por los canales. No me queda más que asomarme por el muro
del convento y ver a la gente que pasa; pasan los campesinos sudorosos sin sus camisas y con las
espaldas bien relumbrantes, oliendo a sobaco y ramas. Miro llegar a los pescadores en sus barcas y
cuando llegan las aguas se desbordan y dejan las orillas blancas de pura agua cristalizada.
FABIÁN.- Yo no quiero molestar la paz del claustro; la lluvia ya ha amainado, voy al pueblo a
buscar una pensión para pasar la noche.
SOR JOAQUINA.- Si no conoces el camino caerás a los canales, a veces entran algunos tiburones
que han perdido el rumbo y allí los pescadores los matan; cuando se pierde el rumbo es que la
muerte ya ha llamado. El pueblo no, está lejos del convento, aquí puedes pasar la noche, podríamos
juntos disfrutar de la bóveda celeste. (Se quita la cofia y se suelta el pelo.) No habías visto mi pelo,
¿verdad?
FABIÁN.- No.
SOR JOAQUINA.- ¿Y no lo imaginabas?
FABIÁN.- No.
SOR JOAQUINA.- Pero habías pensado en él, supongo. El pelo es importante.
FABIÁN.- No, sí, sí, no.
SOR JOAQUINA.- Este es mi pelo. Tócalo, tócalo.
7FABIÁN.- Yo...
SOR JOAQUINA.- (Muy infantil.) No es malo, hazlo.
FABIÁN.- (Lo hace.) Qué suave es, qué suave.
SOR JOAQUINA.- (Ríe.) Toca mi piel.
FABIÁN.- Qué piel tan delicada tienes y qué bonita forma de labios.
SOR JOAQUINA.- ¿Te parezco hermosa?
FABIÁN.- Sí, hermosa, muy hermosa.
SOR JOAQUINA.- (Se separa de él.) Seguramente has visto a otras mujeres más hermosas que yo.
FABIÁN.- No, nunca.
SOR JOAQUINA.- Creo que eres un halagador y un embustero. Las mujeres de estas tierras tienen
fama de ser muy bellas.
FABIÁN.- Es verdad, las hay preciosas, pero ninguna de las que he visto se te compara.
SOR JOAQUINA.- (Le toma una mano y la coloca sobre el pecho izquierdo.) Palpa mi corazón,
mira cómo se agita, ¿lo sientes? Parece que te conoce y sabe que vienes a curar mi pasión de ánimo.
La monja suavemente levanta la mano y toca la mejilla de Fabián. Se miran a los ojos con miradas
empañadas y ella, entrecerrando los párpados, le ofrece los labios. Fabián se encuentra
sobresaltado y sexualmente excitado; acerca sus labios a los de ella, pero cuando apenas los ha
tocado, siente que la sangre le llena la cabeza y se separa bruscamente.
FABIÁN.- No puedo, no puedo. Creo en Dios y respeto a sus siervas.
SOR JOAQUINA.- (Con una sensualidad infantil.) Esto que hacemos no es malo. ¿No dijo el
Señor que nos amaramos? ¿No fue su mensaje de amor por sobre todas las cosas? Fabián, Fabián,
cura este dolor extraño, me fugaré del convento si así lo exiges y me llevarás luego a pedirle perdón
al santo padre. Te seguiré por donde quiera que vayas. ¡Arráncame, Fabián, esta pasión de ánimo!
FABIÁN.- ¡Eres monja, seguramente estás consagrada; hermana, no puedo!
SOR JOAQUINA.- Déjame abrir tu camisa para asomarme a tu pecho. (Él se quita, ella se coloca
frente a él y se levanta el hábito.) Mira, Fabián, esto que nadie ha tocado, aquí guardo la virginidad
y aquí anida mi pasión de ánimo.
8Fabián se cubre los ojos con las manos y gira la cara; en ese momento oye la voz de un anciano
cerca de él: este anciano de grandes ojeras y de pelo blanco se llama Mayo.
MAYO.- Quina, deja al caballero y vete a dormir a tu celda. (Sor Joaquina recoge su cofia y sale en
silencio sin mirarlos.) Está loca, no le haga caso, es la sobrina del ama, se viste de monja y cree que
está en un convento enclaustrada. Sabe expresarse muy bien cuando habla y como sabe que es
bonita inventó que es prisionera del claustro y espera a un caballero que venga a rescatarla. La gente
dice que en lugar de sexo tiene una tarántula y que los hombres que la han visto desnuda se
convierten en toninas que se precipitan al agua; pero está loca, no le haga caso. (Pausa, dulce.) Y
usted, es una pena que haya entrado por la puerta Oriente que está destruida. Esta tarde granizó,
nunca antes había pasado, los antiguos siempre interpretaron esto como un mal presagio. (Muy en
confianza.) Hay además una lechuza que viene y canta todas las noches frente a mi ventana.
¿Entiende usted el canto de estas aves?
FABIÁN-. No, señor, no lo entiendo.
MAYO.- Hay muchos agoreros que saben explicarlo. Las lechuzas son los pájaros que hablan con
los muertos, por eso guardan la mirada de espanto, porque saben cosas que las ánimas mantuvieron
en secreto, y dicen que los secretos les pesan mucho en la tumba; hay que cuidarse de no morir con
ninguno. Si un día siente usted muy fuerte el peso de alguno, grítelo a los montes, que tienen ojos y
oídos.
FABIÁN.- No, no guardo, señor...
MAYO.- Si usted quisiera venir esta noche a asomarse por la ventana de mi cuarto tal vez pudiera
entender algo. Repite lo mismo todas las noches y yo no duermo. Ella se esfuerza, sé que sufre, trata
de decirme las cosas con claridad pero no comprendo cuál es su mensaje.
FABIÁN.- No sé de qué me está hablando.
MAYO.- Si usted quisiera hacerme ese favor yo podría volver a conciliar el sueño.
FABIÁN.- Yo nunca he hablado con... No sé, no conozco, es decir, mire usted, yo llegué aquí de la
guarnición de Batacudea, porque en Cerro Viejo... no sé si deba explicarle todo... perdí el rumbo,
llegué aquí como si hubiera recibido un llamado.
MAYO.- (Cambia de actitud.) Eres egoísta y obstinado. Claro que recibiste un llamado. Vienes a
cumplir la promesa de tu madre, pero tarde, has llegado tarde. Bienvenido seas, Fabián Romero, al
castillo de la siete veces digna Gladys de Villafoncurt, nuestra excelsa dama.
9Como por arte de encantamiento aparece la siete veces digna Gladys de Villafoncurt acompañada
por el ama. Se encuentra también un jorobado que usa medias, pantalón verde a la rodilla, camisa
y una chaqueta de color rojo. La digna Gladys generalmente se apoya en la joroba de este hombre
y en sus desplazamientos o bien avanzan juntos o bien ella camina y él llega hasta ella; otras veces
el jorobado marca el desplazamiento y ella llega hasta él. Gladys es una mujer madura
hermosísima. Viste con muy buen gusto. Es mesurada en sus movimientos, los cuales tienden más
bien a ser lentos. Escucha siempre con atención y antes de hablar medita las cosas. Gladys se
acerca a Fabián, lo mira, luego dice, como si hablara al viento: “Que vengan los maromeros”. El
ama acerca dos sillas para Gladys y para el invitado. El jorobado se echa a los pies de Gladys. El
ama siempre está vigilando cualquier movimiento de Gladys. Se oye una música y aparecen los
maromeros. De cuando en cuando, Gladys da la orden de que aplauda el ama y ésta lo hace,
aunque parece que el único que se divierte allí es el jorobado. Los maromeros terminan su número
y se despiden. Gladys se levanta. Al momento Fabián se pone de pie. Gladys lo invita a sentarse
con un ademán, pero él se queda detrás de la silla. Gladys se pasea de un lado a otro.
GLADYS.- Espero que le haya gustado el espectáculo, teniente. (Pausa.) Yo sé que a ustedes los
soldados les gustan otro tipo de diversiones más frívolas, pero comprenderá que en este lugar es
difícil...
FABIÁN.- Me ha gustado mucho, ha sido estupendo.
GLADYS.- No lo vi que aplaudiera, teniente. ¿No acostumbran a aplaudir por su tierra?
FABIÁN.- Sí, señora, pero yo no conozco la costumbre de aquí, y como usted tampoco lo hacía.
GLADYS.- Ellos aplaudían por mí.
FABIÁN.- Si he sido descortés, le ruego me disculpe.
GLADYS.- Es usted un caballero.
FABIÁN.- Para servirle.
GLADYS.- Va a ser una delicia tener en casa a un hombre tan bien educado... ama, por favor.
AMA.- Señora.
GLADYS.- El señor va a vivir desde ahora con nosotros, puede prepararle la habitación del Este,
quizá él tenga que estar viendo hacia el Oriente.
FABIÁN.- (Muy confundido.) Discúlpeme, señora, creo que hay un malentendido, yo...
0GLADYS.- Ahora sabrá perdonarme, teniente: por el momento lo he recibido, está usted en su casa,
más tarde nos vemos. (Desaparece.)
AMA.- Tenga a bien seguirme, caballero.
FABIÁN.- No, discúlpeme, tengo que explicar algo: en principio yo estoy aquí de paso.
AMA.- Todos estamos, señor, en el mundo, de paso.
FABIÁN.- Ama, quisiera antes aclarar algo.
AMA.- Todo está claro, ahora hasta las hojas de los árboles se han aclarado.
FABIÁN.- Cuando me acerqué a este lugar estaba todo envuelto por la maleza.
AMA.- Son grandes los jardines; todas esas son plantas africanas: Hace muchos años, tú no nacías
todavía, Fabián Romero, en esta sala precisamente, la señora Gladys oyó contar a su tía Alberta
Leheira de Villafoncurt que en su viaje a África había comprado una esclava en Addis-Abeba. Mil
maravillas contó la tía Alberta de Asmara, que así se llamaba la esclava. Asmara curaba con cantos,
atendía la casa, invocaba a sus dioses para que lloviera, cocinaba muy bien y era obediente y buena.
(Aparece Gladys.)
GLADYS.- Ama, me parece que el viento ya no sopla. Encárgate de lo que te pedí.
AMA.- Con todo gusto, señora. Hablaba de su viaje. La señora soñaba con tener una esclava etíope.
GLADYS.- ¡Ah, sí!, yo soñaba con tener una esclava comprada en Addis-Abeba y dispuse el viaje.
Ama, ¿te acuerdas? (Van a salir, del otro extremo aparece el capitán del barco.)
CAPITÁN.- El barco está listo, zarparemos en cuanto usted lo disponga.
GLADYS.- Gracias, estaré en el muelle en media hora. ¿Subieron ya las jaulas de las codornices,
capitán?
CAPITÁN.- Todo está listo, señora.
GLADYS.- Avise, pues, que zarparemos en media hora.
CAPITÁN.- A sus pies. (Desaparece.)
GLADYS.- (Narra. Estas narraciones serán siempre al público y como historia aparte, distinta de
las demás historias que se cuentan.) Mi marido, el bien nacido Arbel Romero de Villafoncurt, no
quiso ir conmigo; aunque al principio, cuando se proyectó el viaje, se veía muy entusiasmado en
acompañarme al África. Y sin más ni más, dos días antes cambió de opinión. También hacía dos
días que una mujer de bien, haciéndose pasar por sirvienta, solicitó trabajo en el castillo y se le dio.
Esta mujer estaba casada con un hombre que había sido muy poderoso al norte de la región, pero
ella ansiaba, yo creo, un hijo que llevara la sangre de los Villafoncurt. Esta mujer, teniente, se llamó
Carmen Castro.
FABIÁN.- (Sobresaltado.) Es mi madre.
GLADYS.- Y tu padre, el bien nacido Arbel Romero de Villafoncurt. El parecido es notable.
FABIÁN.- Usted me está engañando no sé para qué fin. Yo entré a este lugar y no vi más que ruinas
entre la maleza, luego me dieron a tomar un bebedizo que me ofreció Zacarías Fajardo.
AMA.- No lo nombres, deja descansar en paz a los muertos. (Aparece el capitán.)
CAPITÁN.- Señora, disculpe, pero dijo usted que zarparíamos en media hora; ya se echaron a andar
las máquinas. Hace más de una hora y cuarto que la esperamos, fue usted quien dispuso la salida, la
hora; es usted quien no ha sabido respetarla.
GLADYS.- (Furiosa.) ¡No le permito, capitán, no se lo permito! (Calmada.) Si este retraso aumenta
el costo del viaje estoy dispuesta a pagarlo, lo habla con mi apoderado. Zarparemos a la hora que yo
vaya, ¿de acuerdo?
CAPITÁN.- A sus pies. (Sale. En una esquina está sentado Arbel, un hombre parecido a Fabián.)
GLADYS.- He retrasado el viaje para que lo pienses una vez más. Soñabas con la cacería en las
colinas de África... (Desaparece el ama.)
ARBEL.- Ni yo mismo he podido entenderlo, no sé qué me pasa; es una pasión de ánimo que me
obliga a quedarme.
GLADYS.- ¿Ninguna reconsideración?
ARBEL.- Ninguna. (Pausa.) Yo... Siento nostalgia de los hijos que me faltan.
GLADYS.- Cuando hablamos de eso hay dos ruinas que me asaltan.
ARBEL.- Mejor no pensar en eso, Gladys. (Pausa.) Pero me sucede que hay como un runrún que
me sigue, como voces que me hablan por dentro, que preguntan por el hijo, el heredero. Cuando veo
la fortuna que tenemos me pregunto, ¿para qué atesoramos riquezas?
GLADYS.- Para una vejez tranquila.
ARBEL.- No me seduce mucho la idea de ser viejo. Te deseo buen viaje. (Se despide con un beso.)
GALDYS.- (Como narradora.) El barco se hizo a la mar. Todo el pueblo de Sabaiba fue a
despedirme. ¡Qué lejos estaba yo de imaginar en ese momento de dónde la venía al bien nacido
Arbel Romero su pasión de ánimo! Para antes del mediodía habíamos dejado ya el mar Bermejo y
entrábamos al Océano Pacífico. Pasamos por el canal de Panamá cuando apenas lo inauguraban; allí
supimos que Europa estaba en guerra y que había que rodear al África.
Hay una presencia constante de la mayoría de los personajes; no desaparecen del escenario; como
si se vigilaran siempre, siempre. Aparece el ama con una mujer muy hermosa. Esta mujer, de la
cual ya hemos hablado, es la bien amada Carmen Castro.
AMA.- (A Arbel.) Mi señor, ésta es la dama; su gracia es Carmen.
ARBEL.- Dime una cosa, ama, ¿alguien te vio entrar con ella a la habitación?
AMA.- Un hombre que llegó hace poco al palacio, y que la sigue por todas partes. Zacarías Fajardo
se llama.
CARMEN.- Me sigue desde que salí de Tehueco, de allá vengo, es un hombre que me ama y sabe lo
que quiero.
ARBEL.- ¿Y tú lo amas?
CARMEN.- No, señor, todo lo contrario.
ARBEL.- ¿Puedo pedir que lo maten?
CARMEN.- Primero que le den a beber vino de ayale.
ARBEL.- Ya lo sabes, ama; haz lo que tengas que hacer.
AMA.- A sus pies, mi señor. (Desaparece.)
Se oyen gritos de hombres, movimiento y ruidos de cosas que caen. Arbel mientras tanto destapa
una botella de vino blanco, lo prueba, sirve dos copas y le ofrece a Carmen; beben en silencio.
Aparece el capitán muy alarmado y se dirige a Gladys. Carmen y Arbel no oyen los gritos.
CAPITÁN.- ¡Señora!
GLADYS.- ¿Qué sucede, capitán?
CAPITÁN.- Es increíble, señora, es como un sueño, pero nos ataca un barco pirata.
GLADYS.- ¿En pleno siglo veinte?
CAPITÁN.- Pero tenemos suficientes armas.
GLADYS.- Tienen que ser holandeses, esos nunca dejaron de ser bárbaros.
CAPITÁN.- Podríamos fugarnos usted y yo en una embarcación pequeña que ya tengo preparada,
las islas de Barlovento no han quedado lejos.
GLADYS.- Yo voy, capitán González, al África, y usted para eso fue contratado.
CAPITÁN.- Quédese en mi camarote, sabré defender la nave, va mi vida de por medio.
GLADYS.- Es usted un hombre muy valiente.
CAPITÁN.- Y usted una mujer muy hermosa.
GLADYS.- (Seca.) Gracias, capitán, vaya a defender la plaza.
CAPITÁN.- Con su permiso. (Desaparece.)
ARBEL.- (A Carmen.) Me disculpará usted, señora, si tal vez hago preguntas que parezcan ociosas.
CARMEN.- Supe la noticia en Tehueco. He venido por caminos intransitados, a pie, a caballo.
ARBEL.- Es usted hermosa.
CARMEN.- Soy la mujer que anda buscando.
ARBEL.- ¿De qué familia es?
CARMEN.- Mi nombre es Carmen Castro Lavalle y Urrea, nieta de la digna Cleofás Urrea y de don
Evelino Lavalle. Descendemos de conquistadores de honra y casta. Mi familia proviene de San
Lorenzo de Tabalá, en donde la digna Gladys de Villafoncurt fue a ofrendar su virginidad.
ARBEL.- Lo sabes todo.
CARMEN.- Y nadie más. Me lo dijo una mujer muy en confianza, de Nío, se llama María
Eustaquia, ella me manda. Necesitas un hijo; te lo puede dar esta que habla. (Y se quedan bebiendo
vino.)
GLADYS.- (Narra.) Me encerré en mi camarote mientras duró el asalto, el capitán se sintió héroe y
se creyó insuperable. Pasó pronto todo y enfilamos rumbo al África, hacia las islas de Cabo Verde,
que sería nuestra próxima parada luego de cruzar el Atlántico.
ARBEL.- ¿Más vino, Carmen?
CARMEN.- Muy poco.
ARBEL.- (Como para sí.) Ahora debe de estar sobre el Atlántico.
CARMEN.- ¿Señor?
ARBEL.- Vamos a tutearnos. (Pausa.) ¿Conoces la recompensa?
CARMEN.- Mi familia es acomodada; no quiero joyas ni dinero.
ARBEL.- Querrás algo.
CARMEN.- Nada. Tendré el hijo.
ARBEL.- ¿Y si es hija?
CARMEN.- No lo será si lo engendras un martes o un viernes que haya luna y que estemos echados
sobre la tierra. Nos limpiaremos los cuerpos con leche de papayo macho y pondrás sobre mi vientre
un poco de arena fresca. Si no quedo preñada habrá que esperar otro ciclo cuando la luna sea buena.
ARBEL.- Quizá pase mucho tiempo.
CARMEN.- Gladys tardará el necesario si eso es lo que te preocupa.
AMA.- La primera noche que pasaron juntos tu madre no quedó preñada, así que hubo que esperar
otro ciclo lunar que llegara en un martes o un viernes; mientras esos días pasaban tu madre
encantaba a tu padre contándole cuentos.
GLADYS.- (Narra.) Llegamos a la isla de Santiago y nos quedamos dos días en Barlovento. Luego
volvimos a la nave para seguir hacia el cabo de Buena Esperanza. Para entretenernos por las noches,
el capitán o algunos miembros de la tripulación contaban historias extraordinarias.
Cantina del pueblo. Es de día. En una mesa está Celso, hijo de Celso viejo o Celso padre, y con él
está otro campesino llamado Efrén Pesqueira. Aparte de ellos hay sólo un parroquiano medio
ebrio, de nombre Santiago.
EFRÉN.- Eres un hombre extraño, Celso, como tu padre, que en paz descanse
CELSO.- (Rumiando las palabras.) Extraño, raro... (Muy vivaz.) ¡Veo!, simplemente veo lo que
pasa. Cuando desperté esta madrugada y vi que estaba el cielo encendido de nubes anaranjadas
comprendí que iba a pasar algo importante. ¡Linda mañana, Celso!, me dije, y unas palabras
5salieron de mi boca sin que yo moviera los labios: “Algo extraño va a pasar en el pueblo”, dijo
alguien dentro de mí. Tomé el café y me fui a la tierra. Empecé a barbechar con la yunta; al voltear
la tierra salieron las lombrices y los gusanos y cuando llegué al extremo de la parcela, volví la
mirada y parecía que había sembrado un surco de garzas.
EFRÉN.- Raro, extraño; eso que estás diciendo, por ejemplo, nadie lo dice.
CELSO.- Pero así pasa: llegan las garzas a comerse las lombrices, todos lo ven. ¿O no lo ven?
EFRÉN.- Pues yo miro las chingadas garzas y miro el surco, pero no veo esa cosa que tú juntas,
¡cómo cabrones voy a pensar que yo sembré un surco de garzas!
CELSO.- ¿Y no te gustaría sembrar garzas y que las vieras crecer como crece el algodón, y que una
mañana levanten todas el vuelo, como una nube blanca que se eleva al cielo con escándalo?
EFRÉN.- Pero tú estás fallo. ¿Cómo cabrones voy a sembrar garzas para que un día se vayan todas
volando? ¡Ni siquiera se comen las chingadas garzas!
CELSO.- ¿Pero no te gustaría?
EFRÉN.- ¿Para qué? ¿Qué me quedaría a mí?
CELSO.- La satisfacción. Cuando las vieras pasar volando podrías decir con emoción: “Yo sembré
esas garzas”.
EFRÉN.- ¿Y qué mierda iban a tragar mis hijos, mientras que el estúpido de su padre sembraba
garzas?
CELSO.- No es únicamente la comida lo que los hijos necesitan, Efrén. Un día que amaneciera el
cielo blanco de alas que pasaran volando, con orgullo tus hijos podrían decir: “Mi padre sembró
esas garzas”.
SANTIAGO.- (Desde su mesa, con entusiasmo.) ¡Yo sembré esas garzas, pero se fueron las hijas de
su pinchi madre! (Como si les gritara a las garzas.) A ver putas si regresan a sus guacalis. (Dolido.)
Méndigas garzas.
EFRÉN.- Tú has de ser de ésos que les dicen poetas.
SANTIAGO.- (Solo en su mesa.) Y es que así son las mujeres, como las garzas.
CELSO.- Me levanté a orinar al patio; la espuma que levantaron los orines en la tierra dibujó una
forma extraña y allí se quedó la espuma congelada. Pasó una bandada de pericos comentando algo;
fue cuando vi que todo el cielo estaba cubierto de nubes anaranjadas, como si estuvieran encendidas
por dentro. “Algo extraño va a pasar en el pueblo”, me salió una voz sin que yo hablara. También
contaba mi abuela que hace muchos años amanecieron nubes anaranjadas y por la tarde cayeron
aquellos granizales que ahuyentaron a los peces cuatro semanas y fue cuando, quebrando las gotas
de la lluvia congelada, regresó al pueblo Marcela Luallo a cobrar venganza. Son días de ictericia,
dicen los ancianos. Es como si el amarillo propiciara las venganzas. Hubo mucho desorden,
aparecieron fenómenos extraños; nació un niño con cuerpo de marrano y unos pescadores sacaron
del mar una caguama con cara de mujer.
EFRÉN.- (Muy serio.) No juegues con eso, ¡caramba! (Atmósfera tensa.)
CELSO.- Ya amanecieron las nubes anaranjadas. (Pausa.) Si por la tarde tenemos granizales es que
algo nos espera y debemos cuidarnos.
EFRÉN.- (Intenta romper la tensión.) ¡Qué chingado granizo va a caer en este pueblo con el calor
que hace! Aquí nadie ha visto nunca un granizo ni lo conocemos.
SANTIAGO.- ¡Ah!, pues allá iban las méndigas garzas; ¡eran garzas naranjeras! (Pausa.) Oyis,
Celso, yo no conozco garzas que coman naranjas.
Fue entonces cuando entró corriendo Mariano, aterrorizado.
MARIANO.- ¡Acaban de llegar unos hombres al pueblo con una mujer tarántula; dicen que la
encontraron en Dautillos y la traen amarrada!
EFRÉN.- (Revisa la cara de Celso. A Marino.) ¿Tú la viste, Marino?, ¿la viste?
MARINO.- Nomás me dejaron ver una pata porque están cobrando, y habla.
EFRÉN.- Vamos a verla, Celso, a lo mejor es de lo que comentabas.
SANTIAGO.- Yo también voy porque ya me asusté con eso de las garzas.
Salen todos. Aparece el ama muy seria, se frota la cara con las manos y se limpia los ojos. Se
dirige a Arbel y a Carmen.
AMA.- Mi señor, unos gañanes han reñido y han dado muerte a un buen hombre que llegó hace
poco tiempo de nombre Zacarías Fajardo. Mi señor, aunque estos hombres sean tus sirvientes deben
ser castigados, así lo suplica mi sobrina, María Quina, la monja, quien dice que sentía por este
hombre una pasión de... amigo.
7ARBEL.- Será como ella dice, se lo haces saber, ama. Dile que la justicia es el pilar más sólido del
buen gobierno y de esta casa.
AMA.- ¿Me puedo retirar?
ARBEL.- (Asiente.) Gracias por tus servicios, ama.
AMA.- (Se encamina, se detiene y luego vuelve la cabeza para ver a Carmen.) Tres bolas de vino
de ayale le preparé.
CARMEN.- Gracias. (Aparece el capitán.)
AMA.- Aunque no se había terminado ni una cuando lo mataron. (Desaparece.)
CARMEN.- Zacarías Fajardo, Dios te haya perdonado.
GLADYS.- (Narra.) Ya teníamos más de un mes navegando cuando doblamos el cabo de Buena
Esperanza.
CAPITÁN.- (Se acerca a Gladys muy nervioso.) ¿Puedo hablarle?
GLADYS.- Usted dirá, capitán.
CAPITÁN.- ¿Le dice algo el nombre del cabo de Buena Esperanza?
GLADYS.- (Seria.) Conozco parte de la historia de los navegantes portugueses, capitán.
CAPITÁN.- Necesito hablarle de algo que me está quemando. Nunca antes, señora, en mis
anteriores viajes, había sentido que el mar era tan vasto. Siempre hay muchas cosas que hacer y las
horas se pasan volando; ahora los días me parecen terriblemente largos; tengo la impresión de que
el barco no avanza. Siempre estoy pensando que tengo que hablarle; en la noche me digo,
“mañana”; pienso que es mejor por la tarde, “cuando el sol caiga”; por la tarde considero que la
noche es más apropiada y en la noche... ¿Le aburro, señora?
GLADYS.- (Fría.) Adelante.
CAPITÁN.- Ahora que llegamos al cabo de Buena Esperanza, el nombre, la historia de las
tormentas y el fantasma del mismo Vasco de Gama me empujaron a hablarle. Señora, perdone mi
atrevimiento, pero quiero que sepa que estoy loco por usted, que la amo. Eso es todo. La amo y
quiero que lo sepa. Si no puede corresponderme no importa, quiero que lo sepa, quiero poder verla
de frente sin asustarme y no quiero andar como loco por el barco, enyerbado. (Pausa larga.) ¿No
me dice nada, señora?
8GLADYS.- Sí.
CAPITÁN.- Diga lo que quiera, señora, hable.
GLADYS.- (Fría.) ¿Cuál es el próximo puerto, capitán?
CAPITÁN.- (Desconcertado.) ¿Puerto?, ¿próximo puerto?, ¿de qué puerto me habla?
GLADYS.- (Tranquila.) Sí, ¿cuál es el próximo puerto por el que pasaremos?
CAPITÁN.- Perdone, no me esperaba, es que yo no sé si supe explicarme.
GLADYS.- Perfectamente. ¿Cuál es, capitán González?
CAPITÁN.- Y bueno, nosotros pararemos hasta Lorenzo Marqués, en Mozambique, que es la
próxima escala.
GLADYS.- Debe haber otros puertos antes.
CAPITÁN.- Sí que los hay; tendría que consultar mi cuaderno de bitácora
GLADYS.- (Friísima.) Hágalo ahora mismo, capitán, espero que haya uno muy cerca. Allí se
quedará usted, se le pagará su sueldo y los viáticos para su regreso.
CAPITÁN.- No la comprendo.
GLADYS.- No hay nada qué comprender. Soy una dama y estoy felizmente casada.
CAPITÁN.- Pero es que nada le he pedido a cambio, sólo era un sentimiento que tenía que
revelárselo porque me mataba.
GLADYS.- Hay sentimientos que deben quedar en secreto, capitán. Usted me ha fallado.
CAPITÁN.- Permítame al menos permanecer cerca de usted.
GLADYS.- ¡No sea adolescente, capitán! Le suplico una cosa, no salga de su camarote, no quiero
verlo por ningún lado. ¡Ah!, y mire si entre la tripulación hay alguien que pueda hacerse cargo de la
nave; más tarde pasará a hablar con usted mi apoderado.
CAPITÁN.- (Llora desconsolado, va a salir, se vuelve para mirarla.) ¡Dios quiera... que Dios no
quiera! (Desaparece.)
En la parte de atrás de la sala un hombre que tiene aspecto de cirquero anuncia.
9ANUNCIANTE.- ¡Pase, pase a ver a la mujer tarántula! ¡Pase, pase!; sólo por cinco céntimos vea
este fenómeno humano, hable con ella y sepa por qué se convirtió en tarántula. (Se va caminando
hacia el escenario, habla con el público del teatro como si éste fuera el público que ha asistido a
ver a la mujer tarántula.) Tú, muchacho, siéntate bien porque tapas a los de atrás. Les advierto que
no pueden tirarle con nada, porque si alguno le pega con algo, ella va a saber quién es y en la noche
la suelto para que le coma los ojos; le gustan mucho los ojos y las legañas.
El anunciante llega hasta el escenario, corre unas cortinas y vemos el espectáculo: ¡la mujer
tarántula! Tiene unas enormes patas negras llenas de pelos que dan asco y que mueve con torpeza.
Abre los ojos y mira el público.
ANUNCIANTE.- Damas y caballeros, este ser abominable que tienen ante sus ojos es la mujer
tarántula. (A ella.) Hágame el favor de saludar al público.
MUJER TARÁNTULA.- Buenas tardes respetable público.
ANUNCIANTE.- ¿Dónde la capturaron?
MUJER TARÁNTULA.- Sobre las arenas de Dautillos, pero mi nacimiento fue en Cajeme y desde
allá me había venido escondiendo de la gente.
ANUNCIANTE.- Cuénteme cómo se convirtió en tarántula.
MUJER TARÁNTULA.- Por una maldición de mi madre.
ANUNCIANTE.- ¿Por qué la maldijo?
MUJER TARÁNTULA.- Por desobediente y mala.
ANUNCIANTE.- ¿Qué siente estar convertida en eso?
MUJER TARÁNTULA.- Es una vergüenza muy grande que no debe pasar a nadie.
ANUNCIANTE.- ¿Tiene algún mensaje que le quiera dar al público?
MUJER TARÁNTULA.- Que sean buenos hijos y que quieran y obedezcan a sus padres.
ANUNCIANTE.- (Cierra con violencia la cortina de la mujer tarántula y se dirige al público.) Y
esto ha sido todo, salgan por allá, salgan con cuidado; si su vecina no ha venido a verla, dígale que
no deje de hacerlo porque pasado mañana nos vamos. Y se acabó esta tanda pero sigue la otra. La
cola está allá, señor, allá está la cola. (El anunciante puede o no salir por donde está el público.)
0GLADYS.- (Narra.) El capitán pudo desembarcar en el puerto de Durban, en Sudáfrica; no volví a
verlo nunca, y nunca nadie volvió a molestarme. Al final de toda esa agua estaba Somalia.
Desembarcamos en Mogadiscio, nos unimos a una caravana de escandalosos italianos y poco a
poco nos fuimos introduciendo en el corazón de África. La llegada a Addis-Abeba fue uno de los
grandes triunfos. Supe que al día siguiente habría una subasta de esclavos y dispuse el día para ello.
(Todo esto lo cuenta realmente emocionada.) No hubo nada qué pensar: desde el primer momento
me enamoré perdidamente de una muchacha abisinia y le dije a mi apoderado: “Esa es Dancalia”,
que era el nombre que había escogido para llamarla. La muchacha me vio y se sintió feliz de que la
señalara. El vendedor, al darse cuenta de mi interés, me la vendió excesivamente cara. Por la tarde
Dancalia estaba ya en el hotel y yo podía disponer el regreso para la siguiente mañana.
En la plaza de Sabaiba los hombres y las mujeres discuten acalorados.
JUAN.- ¡Qué truco ni qué truco, lo que pasa es que fue desencantada!
EFRÉN.- Que se decida ahora qué se va a hacer con su cuerpo. (Siempre hay comentarios alrededor
de estos parlamentos.)
MARÍA.- Yo creo que lo mejor es quemar el cuerpo y echarlo al mar.
EFRÉN.- Al mar no porque puede envenenar a todos los peces.
JUAN.- ¿Cuáles peces?, no hay ni uno ni pa’ remedio en los canales.
PETRA.- Yo digo que hay que despedazarla y enterrar los trozos por los cuatro puntos cardinales.
(Entra Marino, sofocado.)
MARINO.- Se escapó, no sé cómo. Seguramente se metió al castillo y allí no entramos a buscarlo.
Iba cargando las patas de la tarántula. Gritaba que era un truco, que era un truco, que se había
cometido un crimen injusto.
MARÍA.- También debe de haber sido truco lo de los granizales.
MARINO.- Pues no lo encontramos.
CELSO.- No importa, que se vaya; el anunciante no tenía la culpa ni la mujer tarántula era culpable,
pero ya la mataron y ahora hay que enterrarla.
EFRÉN.- Mira, pinche, Celso, tú viste lo de las garzas.
SANTIAGO.- ¡Ah!, sí las garzas, yo te oyí.
EFRÉN.- Luego lo del cielo amarillo; ayer por la mañana dijiste lo de los granizales y por la tarde
estaba todo esto cubierto de hielo.
MARINO.- La mujer tarántula trajo los granizales.
EFRÉN.- Había que matarla para que no nos cayera la maldición de las garzas. Celso soñó también
que todo lo que sembráramos se iba a convertir en garzas.
CELSO.- Yo no dije eso.
SANTIAGO.- ¡Ah!, cómo no, pinchi Celso, yo te oyi. Clarito dijiste lo de las garzas.
CELSO.- ¡No, no, no, no, lo que dije...!
PETRA.- Y dijiste que iban a caer granizales porque una cosa extraña iba a pasar en el pueblo, y
cayeron los granizales y hoy en la madrugada los hombres decidieron matar a la mujer tarántula y
yo les dije que así tenía que ser porque venía la época de ictericia y de venganza. ¿No lo dijiste,
Celso?
Por un extremo entra Fabián, quien vine completamente sucio, despeinado; es para ellos como una
aparición. Uno a uno se van girando para ver al extraño. Hay una atmósfera de miedo, de misterio
y hay un terrible silencio. Fabián se halla confundido, solo; ha perdido la palabra, está mudo. Los
habitantes del pueblo no se atreven a decir nada, algunos retroceden ante la visión. Es una larga y
tensa pausa. Finalmente Juan se adelanta un poco y mira a Fabián de arriba a abajo.
JUAN.- (A Fabián.) ¿Es usted forastero?
FABIÁN.- (Apenas recuperando el habla, tímido, asustado.) Sí, señor.
JUAN.- ¿Venía a este pueblo a buscar algo?
FABIÁN.- Anoche, con la lluvia, perdí el camino.
JUAN.- Perdió el camino.
FABIÁN.- ¿No son bienvenidos aquí los forasteros?
PETRA.- Algunos no.
FABIÁN.- Yo... yo estoy muy confundido. Dormí, es decir, no sé si dormí, pasé la noche en un
lugar cerca de aquí, una especie, dicen, de castillo... (La gente empieza a sobrecogerse.) Y estuve
hablando con, no sé, la gente que allí vive, entre ellas con una señora que me dijo ser Gladys de
Villafoncurt, (Una mujer se santigua con disimulada lentitud.) Pero hoy en la mañana no había
nadie, parece que todo está en ruinas.
RUPERTO.- ¿Gladys de Villafoncurt, dijo?
FABIÁN.- Sí, señor, sí, así dijo.
EFRÉN.- Murió hace más de veinte años: al fondo del castillo está su panteón privado en donde se
encuentran sus restos y los de sus antepasados.
FABIÁN.- Cuando venía vi a un hombre corriendo que llevaba a cuestas las patas de una
descomunal tarántula. Nada de lo que pasa es normal, me pregunto si estoy soñando, si ustedes
tuvieran un médico que me examinara, yo sé que con las fiebres...
La gente comenta el suceso, todo en voz muy baja, sin dejar de mirar a Fabián. Juan no le ha
quitado la vista ni un momento, levanta la mano para que la gente se calle, se adelanta y se dirige
a él.
JUAN.- ¿Y usted quién es?
FABIÁN.- Soy el teniente de infantería Fabián Romero Castro.
JUAN.- (Aunque se dirige al pueblo no deja de ver a Fabián.) Allí lo tienen, ya ha llegado. (A
Fabián.) Dios nos libre a todos de tu ira, Fabián Romero, te estábamos esperando.
Oscuro
Segundo acto
Es la caída de la tarde. El barco se mueve con los movimientos propios del mar. Todos los barriles,
cajas y utensilios de cubierta se han colocado a manera de asientos para presenciar el espectáculo.
Se escuchan tambores. La esclava etíope, Dancalia, baila. Gladys, sentada en una silla de
extensión, vestida de blanco y con sombrero de encaje observa muy interesada la danza mientras se
abanica muy lentamente con su abanico de palma. Todos se hallan felices sobre la cubierta del
barco a excepción, quizá, del jorobado a quien se le ve triste; Fausto parece tener también una
pasión de ánimo. Cuando la danza termina, todos, incluso Gladys, aplauden entusiasmados.
Dancalia corre y se echa a los pies de ella; es, sin embargo, importante hacer notar que el
jorobado no ha estado durante todo este tiempo cerca de la señora aunque parezca extraño.
Cuando Dancalia se echó a los pies de Gladys se pudo comprender algo. Gladys acaricia el pelo
de su esclava, le limpia el sudor y le ofrece agua. Poco a poco los otros personajes van dejando la
cubierta.
GLADYS.- Eres extraordinaria, Dancalia. Bailas como si temblaras de miedo y el miedo te
circulara por todas partes. (Dancalia no entiende, sólo sonríe satisfecha. Gladys le da un beso en la
mejilla y ella sale ligera y feliz.)
FAUSTO.- (Se acerca a Gladys.) La señora ya no me tiene aprecio.
GLADYS.- ¡Qué tonterías dices, Fausto!
FAUSTO.- La señora, está visto, no me quiere.
GLADYS,- Te engañas, Fausto. Llené el barco de lo que más te gusta y te traje cientos de
codornices para que te alimentaras bien y nunca te faltaran.
FAUSTO.- Sí, pero ya no es como antes.
GLADYS.- Debes comprender que he hecho este largo viaje por Dancalia. Tengo sólo dos semanas
con ella y ya sabe decir: “¡Oh, señora, estoy mareada”, “buenos días”, “¿cómo está, señora Gladys?
FAUSTO.- (Con forzada sonrisa.) La señora sólo habla de las gracias de Dancalia.
GLADYS.- Y bien, así es, Fausto, Es mi esclava; mía, ¿me comprendes?; tú no eres más que un
asalariado y te puedes ir si te place, pero ella me pertenece; quizá tú no entiendas lo que significa
poseer algo.
FAUSTO.- La señora cuida a Dancalia como si fuera una hija.
GLADYS.- Es como mi hija, yo nunca antes había tenido una esclava.
FAUSTO.- La señora podría tener sus propias hijas.
Se abre una pausa que nos permite escuchar bien el viento y el sacudimiento de las olas contra el
barco. Gladys se levanta y se encamina hacia cualquier lado. A lo lejos alguien sopla, sin tocar
nada preciso, una armónica.
GLADYS.- (Muy resuelta, seria, nada melodramática.) No puedo, no puedo tener hijos.
FAUSTO.- (Con precaución.) ¿La señora no está enfadada?
GLADYS.- No, no, en absoluto; la llegada de Dancalia me ha cambiado definitivamente. No puedo
tener hijos, Fausto, tengo que conservarme virgen, he ofrecido mi virginidad a Santa Marta dos
veces y no fue aceptada. Santa Marta, tú sabes, hermana de Lázaro y María, amigos de Jesús, quien
estuvo en su casa en Betania. Santa Marta tuvo un problema desde que comenzó su regla y hasta el
día de su muerte nunca dejó de sangrar; a mí lo mismo me pasa. Todos los días sangro, poco, gotas,
a veces sólo unas manchas, pero siempre sangro. Me han visto muchos médicos, me han visto
brujos y la sangre nunca se detiene. Una vez di con la esperanza; una mujer con grandes dotes
mágicas, su nombre es María Eustaquia y vive en Nío, cerca de Guasave. La mandé llamar. Me
revisó y me dijo que la única posibilidad de curarme era ofreciendo mi virginidad a Santa Marta; y
me indicó el modo que tenía que hacerlo frente a la santa. Mandé hombres por todas partes y la
única imagen que había de ella en la región está en Imala. Tenía que penetrar desnuda en el templo
a media noche, sin que nadie me viera; llegar ante su imagen, recoger el cirio encendido que habría
puesto allí María Eustaquia, tirarme sobre el suelo y con aquel cirio, mirando fijamente a la santa,
entregar la ofrenda. Al principio me pareció monstruoso todo aquello, pero a medida que los días
pasaban lo fui aceptando hasta que me decidí. Hablamos con el cura, que al principio se negó, pero
el dinero todo lo alcanza, y me dejó abierta la puerta esa misma noche. Temblaba, el reloj parecía
que no caminaba, extraños pensamientos me asaltaban. Llegó la hora. Empujé con pavor la puerta y
rechinó. Vi el cirio ardiendo y como un espectro, la imagen santa. Me eché hacia atrás y me quité la
ropa; en ese instante las nubes despejaron el cielo y la luna me llenó de luz blanca el cuerpo y la
cara. Sentí vergüenza, me sentí impúdica ante la naturaleza que me miraba, ¡yo también soy
naturaleza, caramba!; esa reflexión me dio valor y al dar el primer paso el techo entero de la iglesia
se desplomó, ¡se vino abajo! Yo me vestí inmediatamente y me alejé. Con el estrépito llegaron los
habitantes y ante la confusión aprovechamos el momento para llegar a casa. María Eustaquia se
quedó algún tiempo conmigo auxiliándome. Yo quedé trastornada por la impresión. Me hizo
limpias con ruda y con albahaca. Me dijo que me tenían hechizada y que alguien se interponía a que
5mi regla se normalizara porque mis hijos serían grandes señores y que me habían condenado a que
la última sangre de los Villafoncurt terminara en mis plantas y la pisara. Yo con nada me
conformaba; me llené de caprichos. Por ese entonces se me ocurrió hacer el camino rojo a Sabaiba.
Se me ocurrió que los ladrilleros cocieran todo el barro del camino que hay del castillo hasta la
playa y se hizo; luego lo mandé sembrar de sabinos y eucaliptos, y se hizo; por entonces lo único
que me divertía eran las carreras de caimanes. (Pausa.) Pasó mucho tiempo, yo casi me olvidaba de
mi ofrenda, cuando un día se me presentó de nuevo María Eustaquia para decirme que había
hablado con el cura de Tabalá, quien bendijo una imagen de la santa y que la situaría en el altar
mayor y que el templo estaría abierto el día que nos presentáramos. Todo se hizo con presteza y
alegría porque como tú sabes el dinero es el que manda. Llegamos a Tabalá un sábado por la
mañana. “Es un día fasto”, me dijo María Eustaquia, “hay que aprovecharlo”. Todo quedó listo y
nos pusimos a esperar la noche con la seguridad casi absoluta de que obraría el milagro. Llegó la
noche cargada de nubes, y la oscuridad se fue haciendo cada vez más espesa. Antes de llegar a la
puerta de la iglesia había muchas tumbas y como tenía que caminar desnuda por donde encontrara
sagrado me veía obligada a cruzar así por el pequeño panteón que formaba el atrio. Cuando ya
desnuda, me disponía a dar los primeros pasos, dejaron sus tumbas y se me plantaron enfrente: la
digna Cleofás Urrea y de Romero y la digna Aurelia Perkins, detrás de ellas innumerables ánimas
me cerraban el paso. Allí estaban todas con sus cuerpos intactos, como el día de su muerte. Empecé
a escuchar una especie de rezo monódico: “No, no, no, no, no Gladys, no lo hagas”. La sangre con
el sudor comenzó a escurrirme por entre los muslos. Con un gesto de manos quise explicarles todo y
pedirles que comprendieran por qué estaba allí. Descalza como estaba di unos pasos y entonces las
dignas Cleofás Urrea y Aurelia Perkins, airadas, levantaron los brazos amenazantes. “Dios
todopoderoso que en el cielo y en la tierra estás, que las ánimas benditas del purgatorio regresen a
sus sepulcros y descansen en paz”, dije cerrando con fuerza los ojos, y desaparecieron como por
encantamiento. Continué mi camino, estaba llena de esperanza; el ansia del hijo y mi deseo de sanar
eran superiores a cualquier miedo. Alcancé el umbral y me quedé quieta, empujé la puerta y la
iglesia quedó de par en par abierta. Al fondo el cirio chisporroteaba y creí, incluso, ver a Santa
Marta risueña. Sólo dos pasos me faltaban para entrar. Entonces sí temblaba; estaba ante la
posibilidad del prodigio. Di el primer paso pero el techo de la iglesia también se desprendió, cayó al
suelo despedazado y solté el llanto; el ofrecimiento de mi virginidad a Santa Marta no había sido
aceptado, no había curación posible para mí; era yo otra existencia árida. Recogí la ropa y caminé
desnuda por la noche. La sangre me había llegado a los pies. Bajé al río y me lavé en sus aguas, me
vestí y regresé a la casa en que me hospedaba. En todas partes había gran escándalo por el templo
derrumbado, pero nadie supo ni imaginó nunca nada. Allí quedan esas dos ruinas como
monumentos al sacrificio de mi virginidad. (Pausa. Intenta entonar una melodía.) ¿No dices nada?
FAUSTO.- (Casi sin voz.) La señora me tiene sorprendido, aterrorizado.
GLADYS.- (Entona la melodía.) Aterrorizado. (Pausa.) Tal vez no sea algo amable.
FAUSTO.- ¿Quién más lo sabe?
GLADYS.- ¿Piensas tú, Fausto, que yo voy por la vida contando mis secretos? Nadie, nadie más
que tú lo sabes.
FAUSTO.- ¿Y por qué me lo ha contado?
GLADYS.- No puede la gente morirse con secretos porque se convierte en una lechuza que vaga.
FAUSTO.- ¿Pero la señora me tiene la confianza como para estar segura que por mí no lo sabrá
nadie?
GLADYS.- Yo sé, Fausto amable, que por ti nadie lo sabrá; estoy completamente segura. (Da unos
gritos angustiantes y un marinero entra corriendo.)
MARINERO.- ¿Le ocurre algo, señora?
GLADYS.- (Angustiada.) ¡Es horrible, horrible, echen a este jorobado al agua! (El marinero saca a
Fausto con violencia, éste implora piedad pero nadie le hace caso. Gladys, muy tranquila, ordena a
la tripulación.) Que venga Dancalia.
Entra un hombre con pantalón blanco, una chaqueta roja, botas y chisteras negras. El hombre da
un silbatazo, arranca una música de circo, aparece una bastonera, tras ella unos payasos echando
maromas y luego un domador con varios leones que trae amarrados con cadenas, un camello, un
hipopótamo y una inmensa mujer gorda que es mamá Esther y que viene en un carro tirado por
garzas. Todo ese desfile, que no es más que la visión del capitán. Gladys está esperando a
Dancalia y no ve el desfile. A quien descubrimos de pronto es al capitán, quien lo ve con desespero
y con ansias de que pase luego. Cuando el desfile acaba de pasar descubrimos, del otro lado, a sor
Joaquina, con una jaula de pájaros.
SOR JOAQUINA.- Capitán, ¿cuándo llegaron?
CAPITÁN.- Llegué yo. ¿No ha llegado la señora Gladys?
SOR JOAQUINA.- ¿No viajaba usted en el barco?
CAPITÁN.- Así es, pero la señora me despidió en Sudáfrica, ¿no han tenido noticias de ella?
SOR JOAQUINA.- No que yo sepa, capitán. (Pausa.) Es providencial que usted venga.
CAPITÁN.- ¿Por qué?
SOR JOAQUINA.- Temo que se sequen los manglares, la luna está llena de caprichos insanos y ha
encendido con violencia dentro de mí una pasión de ánimo.
CAPITÁN.- ¿Qué es una pasión de ánimo?
SOR JOAQUINA.- Eso dijo mi señor que anidaba dentro de él y eso mismo siento yo, pero lo
siento aquí abajo; debería usted sacarme de este claustro y llevarme luego a Roma a pedir perdón al
santo padre.
CAPITÁN.- Lo siento; no puedo llevarla a ninguna parte, hermana, debo esperar a la señora
Gladys.
SOR JOAQUINA.- Es tan buena la señora Gladys, antes de irse me mandó hacer nuevos hábitos y
me compró unos zapatos.
CAPITÁN.- Quisiera no pensar que es una mujer malvada.
SOR JOAQUINA.- Es muy buena, mandó hacer un camino de barro que llega hasta la playa y que
cruza todos los canales. Construyó también un campo de limo para las carreras de caimanes y luego
llenó el campo y el camino de árboles.
CAPITÁN.- Debe haber gastado una fortuna.
SOR JOAQUINA.- Al contrario, ella y el señor Arbel ganaron. Él vendió los árboles de su vivero;
son tan bonitos y están tan grandes. Allí podríamos ir usted y yo juntos, capitán.
CAPITÁN.- No puedo, hermana. Quizá también tenga yo otra pasión de ánimo. Tengo que esperar
a la señora Gladys porque me dejó enyerbado. (Gladys, junto a Dancalia, se dirige al capitán.) ¡Allí
viene la mil veces esperada! Bienvenida sea, señora Gladys.
GLADYS.- Capitán, ésta es Dancalia.
CAPITÁN.- Eres muy hermosa, Dancalia.
DANCALIA.- Gracias, señora Gladys.
GLADYS.- Gracias, capitán, Dancalia.
DANCALIA.- Gracias, capitán
GLADYS.- (A Dancalia.) Éste es el castillo de Aztlán, hacia allá queda el camino de barro, anda a
recorrerlo todo y que te acompañe la hermana Joaquina. (Se dirige a la monja y le besa la mejilla. A
ella.) Estás preciosa chiquilla. (Desaparecen la monja y Dancalia. Al capitán.) Es propio, capitán,
del hombre sabio equivocarse y de los necios permanecer en el error; debo reconocer que he
desacertado con usted. Mucho he pensado en sus palabras y uno de mis sueños era encontrarlo.
¿Podría usted perdonarme la injusticia cometida en Sudáfrica?
CAPITÁN.- Señora, no hable; de eso no hable. Estamos juntos y yo quisiera que no volviéramos a
separarnos. (Sonríe amargamente.) Ahora las lágrimas se me salen por nada; si me acerco al mar, la
recuerdo y me gana el llanto, si me tiro en las arenas la imagino y lloro.
GLADYS.- ¡Oh, capitán! ¿Cómo he podido estar tan ciega? ¿Cómo no me di cuenta de que en ese
momento, también yo, estaba enyerbada?
Gladys y el capitán se acercan y se besan apasionadamente. Se oye otra vez el silbato y vuelve a
pasar el desfile del circo con gran estrépito. Cuando el desfile termina vemos a los personajes
como al principio de la escena con Gladys y Dancalia, de manera que entendamos que todo esto no
fue más que la imaginación del capitán, de quien cuentan que murió viendo el mar, sentado en una
playa, en Sudáfrica.
GLADYS.- Que venga Dancalia. (Aparece un marinero.)
MARINERO.- Señora, unos hombres han salido al paso en sus lanchas y han suplicado que les
demos auxilio.
GLADYS.- ¿De qué se trata?
MARINERO.- Dicen que un capitán que viajaba en este barco se está dejando morir de sueños a la
orilla del mar, sobre la playa. Pero dicen que no puede morir mientras no termine de recoger su
sombra y creen que la dejó aquí, en el barco.
GLADYS.- Que lo suban por la noche cuando yo me haya retirado y que lo bajen rápido para que
muera en la playa.
MARINERO.- A sus órdenes.
GLADYS.- Por favor, tráigame una copa de vino blanco. (El marinero saluda y desaparece.)
ARBEL.- Extraordinario vino (Cambia de tono.), no me has dicho nada.
CARMEN.- Me gusta, me gusta mucho.
9ARBEL.- Mañana pasearemos por el camino de barro.
CARMEN.- El camino de Gladys.
ARBEL.- Vas a ver unos inmensos campos de algodón reventado.
CARMEN.- Ya conozco yo los caminos de algodón.
ARBEL.- Haremos juntos, si quieres, un viaje a Ocoroni; ya verás cómo cortas las manzanas con
tus propias manos.
CARMEN.- No, Arbel, no quiero. (Pausa.)
ARBEL.- Desde hace días, Carmen, que no te veo entusiasmada con nada; como si el embarazo te
hubiera apagado en vez de iluminarte. Me gustaría verte alegre, yo quiero un hijo alegre como su
padre.
CARMEN.- Como su padre.
ARBEL.- Al principio todo iba tan bien. Me has encantado con tus historias, ese cuento maravilloso
del hombre de las garzas, todo, todo lo tuyo me ha gustado. ¿Qué te pasa?
CARMEN.- Quiero regresar a mi casa.
ARBEL.- ¿Regresar?
CARMEN.- Regresar, volver.
ARBEL.- No veo la razón, creo que hemos sido felices.
CARMEN.- Tú eres un hombre casado.
ARBEL.- Eso no es más que un trato social, mi alianza contigo es amorosa, estoy enamorado de ti;
no entiendo que se pueda vivir sin estar contigo.
CARMEN.- No puedo. También yo estoy casada. Mi marido se llama Fermín Vega y es un hombre;
no, no es un hombre, es una bestia, un garañón al que sólo le importan el juego, la bebida y las
mujeres.
Aparece Fermín Vega, un hombre alto, corpulento, muy varonil, todo lo que pudiera entenderse
como un bello ejemplar masculino. Fermín se dirige a Carmen, Arbel ve con marcada discreción la
escenaFERMÍN.- Van, Carmen, a venir unos hombres por las vacas, se las entregas; yo no quiero estar
aquí cuando se las lleven.
CARMEN.- (Más que sorprendida.) ¡Las perdiste en el juego!
FERMÍN.- ¡Las cosas de los hombres son cosas de hombres; y las cosas de mujeres son cosas de las
mujeres!
CARMEN.- Las vacas, Fermín, también son cosas de mujeres; de allí beben leche tus dos hijas.
FERMÍN.- La leche la compraremos.
CARMEN.- (Sarcástica.) ¿Con qué? Ya perdiste todas tus tierras.
FERMÍN.- Algún día voy a ganar.
CARMEN.- Hectárea por hectárea; doscientas...
FERMÍN.- Voy a ganar un día, ya lo verás, y te voy a hacer una ninfa cuando gane.
CARMEN.- Has perdido mucho dinero y ahora pierdes las vacas. A ver cuándo juegas tu caballo, tu
mujer y tu vergüenza. (Fermín la abofetea con fuerza y cae al suelo. Llora.)
FERMÍN.- ¡No me vuelvas a hablar así, Carmen Castro, porque conmigo te lleva la chingada! (Se
encamina hacia la salida.) Cuando vengan por las vacas las entregas, allí va mi honra y mi palabra.
Mañana solamente nos despertarán los gallos, ¡Chingue a su madre! (Se aleja y desaparece.)
Carmen se levanta con trabajo, muerta de rabia y quién sabe cómo es que aparece Zacarías, quien
está sentado en cuclillas. No se sabe si estaba escondido y vio toda la escena, es probable; o entró
en cuanto Fermín se alejaba.
ZACARÍAS.- (A Carmen. Con voz ronca como de recién levantado de la cama.) Allá va como
alma que lleva el diablo. Va con las socarronas; con la Maleli y la Maritori, dos putitas que tiene la
Mica Arellano.
CARMEN.- No me importa, Zacarías, no me importa nada, ¿me oyes?, nada; vete.
ZACARÍAS.- Te importan tus dos hijas y las vacas; son dieciocho lecheras. Te importa porque
heredaste el ganado de tu padre...
CARMEN.- ¿No me has entendido?
ZACARÍAS.- Déjalo, Carmen.
CARMEN.- No puedo, tengo a las hijas y ésta es su casa.
ZACARÍAS.- Yo te ofrezco una casa y te acepto con las dos niñas, y trabajo, y no juego, y tengo
tierras y muchas cabras, y no te voy a despreciar como él si no tienes un hijo macho.
CARMEN.- No me gusta hablar contigo, Zacarías Fajardo, ya lo sabes, vete.
ZACARÍAS.- Es que yo siempre te digo verdades, Carmen. Me gustas mucho, Carmela.
CARMEN.- No me digas Carmela.
ZACARÍAS.- (Muy tierno.) Carmen.
CARMEN.- Apestas a vino de ayale.
ZACARÍAS.- No apesta el vino, huele y es muy saludable; es lo único que me queda, como tú no
me haces caso... Antes de morirme pediría yo un trago de ayale. (Pausa.) Se va con las putitas de la
Mica Arellano; con las socarronas; a revolcarse en los arenales, y si pasa uno por allí cerca y los
mira, ni se esconden, ni dejan de hacer lo que están haciendo. Ha perdido la vergüenza.
CARMEN.- (Horrorizada.) ¡No quiero oír ya nada, Zacarías Fajardo, nada! Hablas igual que un
amargado.
ZACARÍAS.- Así siento la boca desde que te casaste; amarga. (Pausa.) Tiene sólo hijas con otras
mujeres del valle, de la costa y de la sierra; ninguna le ha podida dar el varón y las desprecia y las
deja.
CARMEN.- Búscate una mujer; eres trabajador y tienes muchas cabras.
ZACARÍAS.- Ya la encontré y eres tú, Carmela.
CARMEN.- Yo estoy casada.
ZACARÍAS.- Pero eres infeliz. (Pausa.) Te seguiré buscando. A donde quiera que vayas te seguiré
como una sombra. Aunque me desprecies, óyelo bien, Carmen – Carmela, siempre estaré a tu lado.
(Desaparece.)
CARMEN.- (Se queda mirando muy fijamente el lugar donde estaba Zacarías.) Zacarías Fajardo,
Dios te haya perdonado.
Está la gente del pueblo de Sabaiba inmóvil como esperando algo. Están sentados, algunos en el
suelo, otros sobre cajas, otros de pie, están como petrificados y con cara de extrañeza. Aparece el
apoderado de Gladys; un tipo relavado de aspecto impecable y repugnante. Para el apoderado no
hay nombre.
APODERADO.- Buenas tardes. (Nadie responde.) Para los que no me conozcan soy el apoderado
de la señora Gladys de Villafoncurt.
EFRÉN PADRE.- Todos lo saben.
APODERADO. Mejor. Como también ya lo saben, pretende la señora hacer un camino de barro que
venga desde Dautillos a Sabaiba; que pase por el castillo y que llegue hasta la playa.
JUAN PADRE.- Ya hay un camino por allí.
APODERADO.- ¡Pero no de barro! Será de beneficio para todos.
EFRÉN PADRE.- ¿En qué nos beneficiará a nosotros?
APODERADO.- Tendrá árboles a los lados; habrá sombra para los caminantes.
JUAN PADRE.- ¿Cuánto va a pagar la jornada a los que trabajen?
APODERADO.- Ustedes van a pagarlos: el camino es para ustedes que andan por los lodazales, ella
tiene sus coches y sus barcos.
MARÍA MADRE.- ¡Ah!, pues mire, nosotros no necesitamos caminos de barro.
APODERADO.- El barro va a estar bien cocido; ella lo venderá de sus terrenos a buen precio. Será
un atractivo para el pueblo y además un camino seguro y rápido.
JUAN PADRE.- No queremos.
APODERADO.- Es mejor que lo piensen.
EFRÉN PADRE.- Ya lo hemos pensado.
JUAN PADRE.- Así es. (El apoderado desaparece, la gente discute entre sí. Aparece Gladys.)
GLADYS.- Buenas tardes. (La saludan cortésmente.) ¡Qué tal doña Mari! ¿Cómo siguió el niño?
MARÍA MADRE.- Ya anda corriendo por allá, bonita.
GLADYS.- Si se enferma otra vez me lo manda y vuelvo a enviar por el doctor a Dautillos. A ver si
no sucede como la vez pasada que con estos caminos tan malos los carros se atascan; se acuerda
cómo estábamos de nerviosas.
MARÍA MADRE.- ¡Ay!, sí, bonita, muy nerviosas porque no llegaba.
GLADYS.- ¿Y qué dijo el cochero cuando llegaron?
MARÍA MADRE.- (Mira a todos como buscando apoyo.) Que hacía mucho tiempo que había
salido pero que el camino estaba muy malo.
GLADYS.- (Se dirige a un anciano enfermo.) ¡Miren nomás a éste, si no vengo yo, nadie lo cura!
Fíjense cómo tiene la venda de la pierna. A ver tú, tráeme agua; tú, jabón. (Todos hacen lo que les
manda: mientras le quita la venda y le lava la pierna lo regaña.) Tienes que lavarte la pierna,
Eustolio, no esperes que alguien venga. Ya no la tienes inflamada. ¿Te duele aquí?
EUSTOLIO.- No, mi ángel.
GLADYS.- ¿Y si presiono aquí?
EUSTOLIO.- ¡Ay, ay, ay!, sí, allí, mi ángel.
GLADYS.- (Le pone nuevamente la venda en la pierna con cuidado.) Así, así, listo, allí está, a ver
si puedes caminar bien, Eustolio.
EUSTOLIO.- Creo que sí, muchas gracias, mi ángel.
GLADYS.- Todos los días hay que lavarse, Eustolio, si no te preocupas tú por ti nadie va a hacerlo,
¿me entiendes? Si nosotros mismos no hacemos las cosas que necesitamos nadie viene y nos las
hace. (Definitiva.) El pueblo necesita un mejor camino. Se hará un camino de barro que venga de
Dautillos a Sabaiba y que cruzando los canales llegue hasta la playa. Ya encargué la maquinaria que
servirá para cocer el barro.
JUAN PADRE.- La cosa... la verdad, es señora, que no estamos de acuerdo. Hace tres días estuvo
aquí su apoderado y le dijimos muy claro que no queremos el camino.
GLADYS.- Los médicos no llegan a tiempo para curar a los enfermos, ¿no aman el progreso?
¿Piensan pasar toda la vida entre caminos lodosos y polvorientos? (Con mucha autoridad.) ¿Quién
no quiere? (Pausa.) Pregunto, ¿quién no quiere? (Nadie le responde.)
JUAN PADRE.- Ellos, ellos no quieren.
GLADYS.- Nadie ha dicho nada.
JUAN PADRE.- ¡Hablen, carajo, digan lo que pasa! (Nadie dice nada.)
GLADYS.- Yo podría acusarlo a usted, Juan, de instigador y de subversivo; pero tengo la impresión
de que es un hombre responsable y trabajador. Quiero regalarle un hermoso caballo para que
supervise los trabajos; vaya y elija el que más le guste mañana temprano al castillo.
JUAN PADRE.- Gracias, gracias, no sé si aceptar, señora.
GLADYS.- Los demás están de acuerdo. ¿O no lo están? (Nadie dice nada.)
JUAN PADRE.- ¿Quiere que siga la misma ruta del que ya tenemos?
GLADYS.- No, tengo otra ruta pensada.
JUAN PADRE.- ¿Cuándo quiere que empecemos?
GLADYS.- Pasado mañana, martes.
Todos van saliendo en silencio, o hablando en voz baja. Solamente se quedan Eustolio y Fabián,
quien siempre ha estado de espaldas. Ahora podemos darnos cuenta de que era a él a quien le
estaban relatando la historia y que todo correspondía a una recreación escénica del relato de
Eustolio. Cuando todos han salido, se pone de pie y habla.
EUSTOLIO.- Y el martes se comenzó el camino rojo de Gladys. Muchos murieron durante la obra,
sobre todo de hambre. Hubo que abandonar la pesca y la siembra para trabajar en el barro. Fiebres,
paludismo, diarrea, miles de penurias y luego hubo que pagarlo y pagar los árboles a precio de oro.
Con el dinero que ganó, Gladys fletó un barco para ir a comprarse una esclava a África. Son cosas,
Fabián, de las que no se habla porque coincide con la llegada de una época negra del pueblo llena
de venganzas. Las cosas vuelven a coincidir: las nubes amarillas, los granizales, la mujer tarántula,
las cuatro semanas sin pescado y tu llegada. Yo sólo vine a decirte que te vayas, es gente muy muy
jodida y pisoteada. No entienden, viven asustados.
En la plaza del pueblo se halla toda la gente reunida. En un sitio muy visible tienen a Fabián, se le
ve cansado, muerto en vida, extenuado.
EFRÉN.- Días de ictericia, de venganza, dijiste, Celso, no quieras cambiarlo ahora. Todo coincide.
Incluso la llegada del hijo de Carmen Castro
MARÍA.- Todo está muy claro.
CELSO.- Hay que mandarlo lejos; que se vaya a su casaPETRA.- ¿Y que vuelva a matarnos? Ya viste que el hombre quería soltar a la mujer tarántula para
que nos comiera los ojos y nos dejara ciegos a todos.
MARÍA.- Acuérdate que tu padre contaba de aquella isla de ciegos; seguramente por alguna mujer
tarántula que soltaron.
CELSO.- Pero él dice que no sabe qué venganza.
MARÍA.- Porque miente.
EFRÉN.- Claro que no va a llegar diciendo: “Eh, que vengo a matarlos”.
JUAN.- Déjalo que hable. (A Fabián.) Dinos cómo fue que llegaste.
FABIÁN.- Ya lo he dicho mil veces; perdí el rumbo. Nos mandaron a sofocar una revuelta porque
dicen que el gobierno es injusto y malo; dicen que hubo una guerra que no sirvió para nada, que los
explotan igual y que los matan, que el gobernador es un tirano.
PETRA.- ¿Y tú a quién ibas a matar, a los buenos o a los malvados?
FABIÁN.- Yo soy soldado del noveno batallón de infantería que comanda el general Ceferino Plata.
MARÍA.- ¿Y tú, a sabiendas de que los que mandan no son justos los amparabas?
FABIÁN.- Yo cumplo las órdenes que recibo.
EFRÉN.- ¿Así como piensas cumplir la que recibiste de venganza?
FABIÁN.- No sé nada de venganzas, mi madre jamás me habló de eso, ni mencionó nunca a
Sabaiba. Llegué aquí, tenía miedo; me andaba escondiendo, o algo me llamó, no entiendo. No sé
qué me pasa, deliro, creo que los muertos me hablan.
CELSO.- Déjenlo que se vaya.
EFRÉN.- No, si lo dejamos traerá al ejército. Son días de ictericia, eso nadie puede cambiarlo.
¿Quién puede luchar contra el destino? ¿Quién puede? Nadie, nadie.
SANTIAGO.- (A Fabián.) A lo hecho, pecho, viejo, contra eso no hay nada; pobre cabrón, te vamos
a chingar por culpa de unas garzas.
FABIÁN.- (Desconcertado.) ¿Qué garzas?
SANTIAGO.- Cuéntale, Celso, qué garzas.
Los hombres se miran entre sí como acordando llevarse a Fabián de allí para ejecutarlo en alguna
parte cuando entra Mayo. Fabián, al verlo, sufre un sobresalto.
MAYO.- (Lo observa muy de cerca.) Éste es el hijo de la Carmen Castro; sangre de los
Villafoncurt; pero sin aguadijas de Gladys. (Mayo es el viejo sabio, el curandero y para otros el
brujo del pueblo. A Fabián.) ¡Si usted pudiera ayudarnos! Hay un pájaro de muerte que habla todas
las noches por mi ventana. No sé lo que dice, trae el mensaje de los que ya han muerto y sólo usted,
Fabián Romero, puede explicarlo. (A los del pueblo.) Suéltenlo y denle algo de comer.
EFRÉN.- No se puede, Mayo; vino como espía y traerá un ejército para vengarse.
MAYO.- Éste no sabe de venganzas; la madre guardó la afrenta, nunca le dijo nada. Éste tiene que
venir conmigo esta noche al castillo de Aztlán y sabremos los secretos de Gladys. Los muertos de
este pueblo descansarán en paz y podremos vivir tranquilos. ¿Qué quieren? ¿Morirse y seguir
penando como Gladys, como Zacarías Fajardo? Fabián es el único que puede ayudarnos, yo lo vi
anoche cómo hablaba con las ánimas, pero no entendí lo que decían. Si lo matan será una sombra
más, acechante, de Sabaiba. (Pausa.) Los peces huyen de los canales, los caminos se tuercen, no
sabemos ver bien y con frecuencia nos equivocamos. (A Fabián.) ¿Viste a Gladys?
FABIÁN.- Anoche.
MAYO.- Esta noche la verás también. Esta noche vamos.
GLADYS.- (Narra.) Ya de regreso yo no quería que nos detuviéramos casi en ninguna parte: lo
indispensable para el combustible, provisiones y agua. Dancalia era muy inteligente y con gran
rapidez aprendió a decir nuevas palabras. Fue ella quien decidió llamarme “la siete veces digna
Gladys” y lo acepté con alegría; porque venía de ella: de Dancalia. (A Fabián.) ¿Estuvo usted en el
pueblo, teniente?
FABIÁN.- Así es, señora.
GLADYS.- ¿Le falta algo en esta casa?
FABIÁN.- Al despertar no encontré a nadie...
GLADYS.- Y a usted, como supongo, le gusta la compañía.
FABIÁN.- Sí, señora. La gente tiene inquietudes; quiere aprender a ver bien; dice Mayo que es
engañoso el conocimiento, que hay demasiadas verdades. Si usted pudiera, dice, ayudarle; hay un
pájaro que canta todas las noches frente a su ventana.
GLADYS.- No puede uno morirse con secretos porque se convierte en una estrige que vaga. Por mi
parte, teniente, he tenido el cuidado de contarlo todo; pero hay una mujer que se ahoga en el deseo
de venganza.
FABIÁN.- Carmen Castro.
GLADYS.- Sabe usted muchas cosas, teniente.
FABIÁN.- En el pueblo...
GLADYS.- En los pueblos la gente es indiscreta. Ahora sabrá más, teniente, de Carmen Castro.
(Sobre el camino rojo de Gladys, camina Carmen Castro y la sigue Arbel Romero de Villafoncurt.)
ARBEL.- Carmen, ¡Carmen!
CARMEN.- No puedo, Arbel, no puedo, lo siento.
ARBEL.- Estás loca, no puedes irte sola.
CARMEN.- Está por empezar la molienda de caña, no puedes irte.
ARBEL.- Sí ya lo sabes, ¿por qué tanta prisa? Cuando pase la zafra yo te llevo hasta Tehueco y me
quedo contigo para siempre.
CARMEN.- Regreso con Fermín, Arbel. Dicen que llegó al pueblo, que ya tiene tres días borracho,
que viene a buscarme.
ARBEL.- Llevas un Villafoncurt en el vientre, ¿qué dirá Fermín cuando lo sepa?
CARMEN.- No le importará, escupirá y se irá con las socarronas y terminará por jugar la casa si es
que no lo ha hecho.
ARBEL.- Yo te amo, Carmen. Yo dejo todo por ti, dejo la casa, dejo a Gladys, dejo la zafra, nos
iremos juntos a donde tú quieras.
CARMEN.- Todas las noches sueño que mis hijas me buscan. He llegado a aceptar que todo esto
fue un capricho insano, una venganza. Llevo en el vientre al hijo de otro más grande que él, el varón
que nadie puede darle; estoy curada. (Pausa.) Me voy con Fermín, Arbel, porque es mi marido y
porque lo amo.
ARBEL.- No te dejaré, Carmen, seré para ti otro Zacarías Fajardo y te seguiré hasta que ordenes a
otros que me maten.
GLADYS.- (Narra.) Cuando llegamos a Panamá me sentía ya en casa. Cruzamos el canal y nos
detuvimos en la capital para descansar. Era un tres de noviembre, Panamá estaba de fiesta.
Se escucha una banda de música tocando y el espacio se llena de gente, la mayoría ebria. Son los
habitantes de Sabaiba; entre ellos se encuentra Fermín Vega, quien grita con botella en mano, cae
al suelo de borracho y lo levantan. Hay un gran escándalo, desorden, sería la palabra. Aparece
Carmen, mira a Fermín y se queda estupefacta, éste la descubre y se yergue muerto de rabia.
FERMÍN.- ¡Allí está la mil veces puta Carmen Castro! Ahora soy un triunfador, gané en el juego la
deshonra de los Urrea y Lavalle, conmigo te vas a chingar, raza del Tabalá y del Zuaque.
La chusma se lanza sobre ella, la dejan medio desnuda. Carmen, desesperada, grita, suplica
compasión, llama angustiada a Fermín pero nadie le hace caso; la gente está loca, el alcohol y la
rabia ha trastornado a todos. Fermín grita a los hombres: “¡Llévensela a los arenales, llévensela
rápido! Entre más puta quede, mejor; más me cuadra, más la gozaré bajo la sombra de mis
álamos. Juré que te haría una ninfa, Carmen Castro, si ganaba en el juego y he ganado. Gocen a
esa ninfa y vengan por su botella y su dinero.”
Carmen grita desesperada. La música toca fuerte, no se entiende lo que unos gritan, ni lo que dicen
otros. A Carmen la sacan en la silla cargando. Las mujeres ante el espectáculo reafirman su
honestidad y se ríen de ella. Poco a poco van saliendo algunos, otros vuelven por su botella. La
música se va apagando sobre los parlamentos de Gladys. Fermín Vega va en busca de su ninfa,
Carmen.
GLADYS.- Dancalia se sintió fascinada con la música antillana, algo había en esos ritmos que no le
eran ajenos. Nos despedimos luego de la ciudad y seguimos el viaje. Salvo el problema de los
piratas, que luego deduje que fue una trastada del capitán González, durante el viaje no pasó nada
extraordinario. Cuando entramos al mar Bermejo empecé a arreglar mi equipaje. (A Dancalia.) Ya
verás, Dancalia, el recibimiento que nos hacen.
Gladys se queda de pie con su esclava: llevan varias maletas. En el pueblo hay una gran tensión.
Carmen se encuentra frente a ellos complemente sucia, llena de moratones y de sangre. Se le ve
extenuada, desfallecida. Apenas puede hablar. Llora y parece que la sangre se le ha vuelto amarga.
CARMEN.- Vendrá un hijo para que este acto sea vengado. Será el día de la ira y todo el pueblo
caerá en sus manos; este pueblo debe ser castigado. No respetará niños, ni mujeres, ni viejos, ni
nadie, ni nadie, ni nadieCarmen sale repitiendo la última palabra y llorando. Pasa cerca de Gladys, quien está con su
esclava y sus maletas. La escena es lenta y llena de tensión, parece que el viento se ha detenido o
ha abierto un hueco en Sabaiba. De pronto alguien grita emocionado: “¡La señora Gladys ha
llegado!” La atmósfera cambia y se acercan a Gladys.
GLADYS.- Miren, ésta es Dancalia. En esas maletas hay un regalo para cada uno, de Panamá o de
África.
MARÍA.- Usted siempre se acuerda de nosotros.
GLADYS.- Así es, siempre. ¿Aquí qué ha pasado?
PETRA.- Una mujer borracha, señora Gladys, forastera, pero ya se ha marchado.
La gente se acerca a las maletas y empieza a sacar ropa y a medírsela. Algunos se entretienen con
la esclava. Gladys se dirige a un hombre que ha estado en una esquina, de espaldas. Ese hombre es
Fabián.
GLADYS.- ¿Qué piensas hacer?
FABIÁN.- Los voy a matar a todos.
GLADYS.- No, no puedes, ya casi todos están muertos. Has llegado tarde, demasiado tarde, Fabián
Romero.
FABIÁN.- Debí haber llegado matándolos a todos.
GLADYS.- Ellos son ya otra generación, se te adelantaron en la venganza, creo. Tú hablaste con los
hijos; los agresores de tu madre, todos a excepción de uno, todos han muerto.
FABIÁN.- (Rabioso.) ¿Quién es?, quiero saberlo.
GLADYS.- El viejo con el que hablas, el que ha querido defenderte: él es.
FABIÁN.- ¿Y qué puedo hacer para vengarme de los muertos?
GLADYS.- Es Mayo el que sabe de las venganzas entre los vivos y los muertos. (Fabián sale.
Gladys regresa con la gente del pueblo.) Espero que les hayan gustado sus regalos. Mañana
descanso y pasado mañana, martes, habrá una fiesta en los jardines del castillo para celebrar la
llegada de Dancalia; allí mismo se les informará de los nuevos impuestos que habrán de pagar a
partir del mes próximo. (Desaparece.)
La gente del pueblo sale comentando- Ya decía yo que estos regalos no eran regalos.
- Mejor no nos hubiera traído nada.
- Cuántos impuestos más se habrá inventado.
- Pronto nos va a hacer pagar el aire que respiramos.
AMA.- (A Arbel.) Ya viene por el camino rojo.
ARBEL.- Qué venga.
AMA.- No me gustaría, mi señor, que lo encontrara llorando.
ARBEL.- No me verá, me iré por el jardín cuando la sienta entrar.
AMA.- Es una mujer fuerte; se les encaro y juró venganza. No va a perder al niño, es de buen barro
y buena sangre.
ARBEL.- Pero la golpearon.
AMA.- Se fue completa. Si hubiera perdido al hijo no hubiera ido a amenazarlos.
ARBEL.- Tus palabras son siempre un buen consuelo, ama. ¿Por qué sigo aquí y no corro a
buscarla?
AMA.- Porque está por llegar tu prima Gladys, y esposa; y ante todo está la casta, está la honra y la
fama.
ARBEL- ¿Qué piensas de ese Fermín Vega, ama?
AMA.- Te conozco muy bien, Arbel, mi señor: ya fueron a buscarlo.
ARBEL.- No lo quiero ver.
AMA.- Para nada. En un hoyo muy profundo les dije que lo enterraran.
ARBEL.- ¿Y con el pueblo, qué hacemos?
AMA.- Allí no te metas; es mi gente. Ellos no tuvieron la culpa. Con una botella los compraron.
ARBEL.- ¿Tan muertos de hambre están?
AMA.- Es tu boca quien lo dice, no la mía. Vete, hijo, que Gladys ya está entrando.
La siguiente escena es entre Fabián y Mayo. Aunque las acotaciones pidan que un personaje entre
o salga, puede ya estar dentro o puede no salir si no es necesario. Siempre será preferible que los
personajes ya estén dentro, que se manejen con mucha discreción dejando el centro escénico a
quien deba tenerlo.
FABIÁN.- Mayo, a usted lo andaba buscando.
MAYO.- Mucho has tardado. No duermo, por la desesperación me estoy arrancando los cabellos.
FABIÁN.- Quiero vengarme de los que ofendieron a mi madre.
MAYO.- Ya es tarde. Casi todos murieron un verano que hacía un calor insoportable. “Se
deshidrataron”, dijo el señor Arbel y vimos cada día los cuerpos tirados por las calles. “Se
deshidrataron por el calor”, dijo y todos creímos en su palabra.
FABIÁN.- Quiero vengarme en sus almas.
MAYO.- Usted ya no puede hacerlo, Fabián: para eso se le ha hecho tarde, se le han adelantado. Lo
que sí puede es ayudarme a reconciliar el sueño, descubriremos todos los secretos, quitaremos los
velos para ver bien, ¿viene?, ¿viene?
FABIÁN.- Lo voy a pensar.
MAYO.- Piénselo y no piense en la venganza de los muertos, yo lo voy a estar esperando a
cualquier hora siempre, siempre. (Sale. Aparece sor Joaquina.)
FABIÁN.- ¿Qué tal, hermana, cómo ha estado?
SOR JOAQUINA.- Luchando con las telarañas que hay en los pasillos y en las ventanas. Esto es
como la selva; todo está lleno de alimañas, de pequeñas bestias que el Todopoderoso ha criado.
Todo en la naturaleza halla su nido; los pájaros anidan en los árboles y las golondrinas en los
tejados. En mí ha venido a anidar una pasión de ánimo; eres tú, Fabián, quien puede arrancarla,
hazlo.
FABIÁN.- No, no puedo. Estoy muy cansado.
SOR JOAQUINA.- La divina Gladys es muy buena. Me trajo muchos regalos de un Panamá que
está en África, ¿a ti que te trajo?
FABIÁN.- A mí me trajo otra pasión de ánimo muy diferente a la tuya porque la mía anida en mi
pecho, también me quema, pero no quiero que me la arranquen.
SOR JOAQUINA.- Tienes que pedirle perdón al Santo Padre porque toda pasión engendra pecado.
Ya me voy, voy a pedir por ti para que descanse tu alma, te voy a rezar un padrenuestro, Dios te
haya perdonado y que tu alma descanse en paz.
Sor Joaquina sale masticando un padrenuestro. Fabián vuelve a encontrarse con Zacarías
Fajardo.
FABIÁN.- Usted me faltaba para cerrar el círculo.
ZACARÍAS.- (Con una sonrisa.) En este mundo todo es obsesivamente circular: la tierra, el sol, la
noche, el día y la vida. Vivimos vidas circulares, ¡no fue un gran invento la rueda! Estaba allí, era
cuestión de tomarla. ¿Quiere un poco de Ayale, mi teniente?
FABIÁN.- Ya deje de decirme mi teniente, si usted podría ser mi padre.
ZACARÍAS.- ¿Quieres ayale, muchacho?
FABIÁN.- Bueno. (Bebe.)
ZACARÍAS.- (Luego de una pausa.) ¿Qué piensas hacer?
FABIÁN.- Vengarme.
ZACARÍAS.- Para eso has llegado tarde, Fabián Romero, se te adelantaron.
FABIÁN.- Quedan los hijos y lo nietos.
ZACARÍAS.- ¡Ah!, pues eso es muy fácil, por aquí, por arriba pasa un acueducto que lleva el agua
dulce al pueblo, vas allí, echas veneno un día y todos se mueren, ¿y luego?
FABIÁN.- Luego la paz.
ZACARÍAS.- ¿De quién?
FABIÁN.- Mía y de mi madre.
ZACARÍAS.- Fabián, toda esa historia de los Villafoncurt, de tu madre y de Sabaiba, puede ser que
no te la hayan contado bien, o que la hayas soñado mientras dormías debido al bebedizo de ayale. Y
si te dijera que Gladys te mintió, o que la mitad de lo que te contaron no es verdad o que nada es
cierto, ¿qué harías? Hoy vas a aprender algo; y es que la verdad no existe. (Le señala a Carmen y a
Arbel.)
CARMEN.- No, no, no, créeme, eres un hombre bueno.
ARBEL.- ¿Algo te ha faltado?
CARMEN.- Son los sueños, no me dejan; mis hijas se asoman a cada rato. Déjame ir; iré por ellas y
viviré con los tres en el pueblo, allí nacerá tu hijo.
ARBEL.- Que se llame Fabián, como mi abuelo.
CARMEN.- Así se hará, lo juro.
ARBEL.- Te quiero tanto, Carmen.
CARMEN.- Yo, debo confesarte, Arbel, que en mis sueños también aparece Fermín. Tú sabes que
no he podido enamorarme de ti por más que lo he intentado. Adiós.
ARBEL.- (Se vuelve de espaldas para que no lo vea llorar y se encamina hacia la salida.) ¡Se va,
se va Carmen y se van con ella mi hijo, mis sueños y mis más caros anhelos! (Desaparece. Aparece
Fermín.)
FERMÍN.- Una palabra más que te hubiera dicho el desgraciado ése y lo mato.
CARMEN.- Te veo delgado, ¿cómo diste conmigo?
FERMÍN.- ¿Traes un hijo de él?
CARMEN.- Sí.
FERMÍN.- (Después de una pausa.) Que nazca lejos y lo crías también lejos de las niñas y de mí.
Vámonos al pueblo.
Se dirigen por lo pronto hacia Sabaiba. Cuando los ven venir la gente del pueblo forma un muro
que impide la entrada.
CARMEN.- Queremos, por favor, un poco de agua.
MUJER .- No tenemos.
CARMEN.- Vamos hasta Tehueco y el camino es largo. De aquí a Dautillos sólo hay agua salada.
MUJER .- Sólo de esa nos queda que es amarga.
MUJER .- Como la deshonra.
MUJER .- Como la vergüenza.
CARMEN.- Yo puedo mantener mi frente muy alta y mirar más arriba que ustedes.
MUJER .- No hay agua.
OTRO ANCIANO.- (A Carmen.) Es una decisión de ellas. Has venido a darles un hijo a los
Villafoncurt; a prolongar la estirpe de esta gente que ha venido comiéndonos las entrañas, eso es lo
que nos duele.
CARMEN.- Le estás negando el agua a una criatura que llevo en las entrañas; ya vendrá para
vengarse de todos y será el día de la ira cuando después de unos granizales aparezca el teniente
Fabián Romero de Villafoncurt; mientras esto no suceda pueden estar tranquilos.
MUJER .- Yo pensé que el marido castigaría a ésta como lo haría un hombre con honra.
CARMEN.- ¡Ea!, tú, no le piques la cresta a los gallos que te pueden sacar los ojos, y ciega sólo
servirás para tirar los miados.
EL MISMO ANCIANO.- Esta mujer, Fermín, te ha faltado y un hombre es un hombre, recuérdalo.
FERMÍN.- Los dos nos hemos faltado; ya nos hemos perdonado.
CARMEN.- Mi marido y yo nos hemos ofendido, ya nos perdonamos porque estamos convencidos
de que nos amamos, porque el amor... (Irónica), pero no voy a hablarles del insomnio a los que
viven soñando. (Salen Carmen y Fermín. La tensión se irá disolviendo con la narración de Celso
padre.)
CELSO PADRE.- Pues ya se fueron, ¡lástima! Yo había soñado que el tal Fermín se pasaba tres
días borracho en el pueblo y que cuando ella entraba todos la agarrábamos y que el marido gritaba
que todo el que se revolcara con ella ganaría unas monedas y pues muchos del pueblos la jineteaban
por allá por los arenales. Y soñé que justo cuando ella se libraba y nos amenazaba con su hijo,
llegaba Gladys con su esclava llena de regalos para todos. (Entra Gladys; alguien grita
emocionado: “Le señora Gladys ha llegado”. Gladys trae las maletas con los regalos. Pero no son
regalos, son sábanas manchadas de sangre que la gente del pueblo toma y extiende.)
GLADYS.- Te juro, Fabián, por esa sangre, que la historia que te acaba de contar este hombre es
falsa, ¡Jamás, Fermín, que era un soberano animal, se hubiera domesticado! Y ni ése es el lenguaje
del pueblo, ni es ése el lenguaje de tu madre. Además aquí la honra no es problema. De cualquier
manera, Fabián, es triste pero debo anunciarte que se te ha hecho demasiado tarde, en todo se te han
adelantado.
La gente del pueblo empieza a acercarse a Fabián con las sábanas. Los demás personajes le
cuchichean algo que seguramente les importaba. Fabián queda tirado sobre las sábanas
ensangrentadas. Todos se quedan inmóviles. Sale un hombre y explica todo mientras que la luz va
disminuyendo.
HOMBRE QUE EXPLICA TODO.- Al teniente Fabián Romero lo mató la gente del pueblo de
Sabaiba el mismo día que llego por la noche, bajo la lluvia, después de unos granizales. Lo mataron
cuando dijo su nombre, por superstición y por miedo, y tiraron su cuerpo en las ruinas de una vieja
casona no lejos del pueblo sobre la cual se han inventado mil historias. Porque al hombre siempre le
han gustado los cuentos.
Oscuro

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