Volpone BEN JHONSON

Volpone
Ben Johnson

ACTO PRIMERO

ESCENA PRIMERA
Sala en casa de Volpone. (Entran Volpone y Mosca.)

VOLPONE.– ¡Buenos días al día; y después a mi oro!... Abre el relicario para que pueda ver a mi santo. (Mosca descorre una cortina, y descubre montones de oro, vajilla de plata, joyas, etc.) ¡Salve, alma del mundo y mía! Más gozoso que la fecunda tierra al ver el tanto tiempo deseado sol asomar entre los cuernos del celestial Carnero, estoy yo al contemplar tu esplendor que al suyo oscurece; y que, yaciendo aquí, entre mis otros tesoros, se muestra como llama en la noche o como el día arrancado del caos, cuando toda la oscuridad huyó a hundirse en el centro. ¡Oh, tú, hijo del Sol, pero más brillante que tu padre, déjame besar con adoración a ti y a cada una de las reliquias del sagrado tesoro en esta bienaventurada estancia. Bien hicieron los sabios poetas en titular con tu glorioso nombre aquella edad que tuvieron por la mejor de todas; porque tú eres la mejor de las cosas, y sobrepasas muy mucho todo estilo de gozo, en hijos, padres, amigos o cualquier otro soñar despierto sobre la tierra: tu apariencia si se atribuye a Venus debiera haberle dado veinte mil Cupidos; ¡tales son tus bellezas y nuestros amores! Santa querida, Riqueza, diosa muda que das a todos los humanos lenguas; no puedes hacer nada, y sin embargo fuerzas a los hombres a hacerlo todo; precio de las almas; hasta el infierno con ti de añadidura vale por un cielo. Tú eres virtud, fama, honor y todas las cosas. El que puede alcanzarte será noble, valiente, honrado, sabio...
MOSCA.– Cierto que sí, señor. Riquezas son en fortuna más alto bien que la sabiduría lo es en naturaleza.
VOLPONE.– Verdad, mi amado Mosca. No obstante, más me glorio en la astuta consecución de mi riqueza que en el gozo de su posesión, ya que no la gano por manera corriente; no empleo comercio, no arriesgo nada; no hiero la tierra con desgarrante arado, no engordo animales para alimentar los mataderos; no tengo molinos para hacer polvo el hierro, el aceite, el grano o a los hombres; no soplo el sutil cristal; no expongo navios a las amenazas del mar con su rostro surcado de arrugas; no cambio monedas en el Banco público ni practico en privado la usura.
MOSCA.– No, señor, ni devoráis pródigos blandos. Hay quien es capaz de tragarse a un heredero derretido lo mismo que se traga un holandés pildoras de mantequilla, y nunca necesita purgarse por ello; hay quien arranca de sus lechos a los padres de familias pobres y los entierra vivos en alguna bondadosa y atrapadora prisión donde enseñarán los huesos cuando se íes haya podrido la carne; mas vuestro amable natural aborrece tales procederes; no podéis sufrir que las lágrimas de la viuda o del huérfano laven vuestros suelos, o que sus gritos lamentables resuenen en vuestros techos batiendo el aire en demanda de venganza.
VOLPONE.– Dices bien, Mosca; lo aborrezco.
MOSCA.– Y además, señor, no somos como el trillador que está en pie con un largo flagelo, vigilando un montón de trigo, y, hambriento, no se atreve a probar el grano más pequeño, sino se alimenta de malvas y otras amargas hierbas; ni como él mercader que habiendo llenado sus bodegas con ricos vinos de Romana y Candía, bebe las heces del vinagre lombardo; no yacéis sobre paja, mientras polillas y gusanos se alimentan con vuestras suntuosas colgaduras y blandos colchones; sabéis el uso de las riquezas y os atrevéis a dar de vuestro brillante montón ora a mí, vuestro pobre contemplador, ora a vuestro enano o a vuestro hermafrodita o a vuestro eunuco, o a cualquier otra nonada doméstica a quien tenéis placer en mantener...
VOLPONE (dándole dinero).– Sírvete, Mosca, toma de mi mano; das con la verdad en todo, y los que te envidian te llaman parásito. Llama a mi enano, a mi eunuco y a mi bufón, y que vengan a divertirme. (Sale Mosca.) ¿Qué he de hacer sino lisonjear mi genio, y vivir libre para todos los deleites a que mi fortuna me llama? No tengo esposa, ni padres, hijo ni aliado a quien dar mi substancia; de lo que logro, debo ser mi heredero; y ello hace que los hombres me observen; trae cada día nuevos clientes a mi casa, mujeres y hombres de todo sexo y edad que me ofrecen presentes, que me envían vajilla de plata, monedas, joyas, con la esperanza de que cuando muera (lo cual esperan cada codicioso minuto) se lo devolveré decuplicado; mientras algunos, más ambiciosos que los demás, procuran monopolizarme del todo y para contrarrestarse unos a otros, compiten en regalos como si pareciesen competir en amor: todo lo cual, sufro, jugando con sus esperanzas, y contento de acuñarlas en provecho propio, y considero sus bondades, y recibo más, y lo torno a considerar; y así los tengo en la mano, dejando a la cereza tocar sus labios y retirándola de la boca, y vuelta a empezar... ¿Quién llega?

(Vuelve a entrar Mosca con Nano, Andrógino y Castrone.)

NANO.– ¡Paso a los nuevos juglares! Habéis de saber que no os traemos una comedia ni un espectáculo universitario, por lo cual os pedimos nos perdonéis si algún paso en falso se desliza en esta nuestra representación. Si ello os asombra, más asombro tendréis antes de que pasemos, porque habéis de saber también que en uno de nosotros se esconde, como después iréis viendo, el alma de Pitágoras, ese juglar divino. Alma que rauda y libre, salió primeramente de Apolo y fue a parar a Mercurio, su hijo donde tuvo el don de recordar cuanto sucediera desde que se echó a volar; y, saliendo de él, hizo rápida transmigración al cuerpo de Euforbo el de los rizos de oro, que fue muerto con todas las reglas del arte en el sitio de Troya por el cornudo de Esparta... Hermótimo fue el primero (aquí tengo la lista) que después la albergara, y apenas hubo abandonado su cuerpo, pasó al de un tal Pirro de Délos con el cual aprendió a ir de pesca. Desde allí entró en el sofista de Grecia... Desde Pitágoras, pasó a una buena pieza, la alta Aspasia, la meretriz; y el salto siguiente llevóla también a una mala persona, ya que se convirtió en filósofo, Grates el Cínico, como él mismo lo cuenta. Desde entonces, reyes, caballeros, mendigos, lacayos, lores y locos le han dado albergue, asi como también un buey, un asno, un camello, un mulo, una cabra y un tejón, en todos los cuales habló lo mismo que en el gallo del zapatero. Mas, no he venido aquí a discurrir sobre esta materia, ni acerca de su uno, dos y tres, ni de su juramento, de su música, de su trigonometría, de su regla de oro, de cómo dijo que los elementos hacen juegos de manos y se truecan unos en otros. Quiero saber (se dirige al Andrógino) tan sólo cuántas transmigraciones has sufrido últimamente y cómo has cambiado de casaca en estos tiempos de reforma.
ANDRÓGINO.– Como cualquiera de los reformados, me he convertido en loco, ya lo ves, y tengo por herejía cualquier doctrina antigua.
NANO.— Mas, ¿no te habrás aventurado a comer los manjares que tu antigua creencia prohibiera?
ANDRÓGINO.– Comí pescado cuando, primero, entré en el cuerpo de un cartujo.
NANO.– ¿Y cuándo renunciaste a tu dogmático silencio?
ANDRÓGINO.– De ése me despojó un abogado charlatán.
NANO.– ¡Oh, cambio maravilloso! Y cuando te abandonó el letrado, díme, por Pitágoras ¿qué cuerpo te acogió?
ANDRÓGINO.– Un excelente mulo testarudo.
NANO.– ¿Y, por ese medio, lograste el privilegio de comer habas?
ANDRÓGINO.– Si.
NANO.– Y del mulo ¿a qué cuerpo pasaste?
ANDRÓGINO.–  Al de un animal muy extraño al que unos escritores llaman asno y otros puro, observante, iluminado hermano, de los que devoran carne y a veces se devoran unos a otros, y dejan caer un libelo o un santificado embuste entre cada cucharada de un pastel de Navidad.
NANO.– ¡Apártate, por el Cielo de esa hueste profana, y haznos la gracia de contarnos tu subsiguiente transmigración!
ANDRÓGINO.– Vine a ser lo que soy.
NANO.– ¡Una criatura de deleite y lo que es más, un loco, un hermafrodita! Ahora, di, por favor, alma gentil, de entre todas tus variaciones, ¿qué cuerpo elegirías para habitar en él indefinidamente?
ANDRÓGINO.– A decir verdad, éste en que estoy; quisiera vivir en él para siempre.
NANO.– ¿Por qué puedes alternar el deleite de cada sexo?
ANDRÓGINO.– ¡Ay, esos placeres están rancios, y los he abandonado! No, lo que con tal extremo me place es el ser loco, única criatura a quien oso llamar bienaventurada, ya que en todas las demás formas he sufrido hartos sinsabores.
NANO.– Has hablado verdad, como si aún estuvieras dentro de Pitágoras. Hemos de celebrar esta erudita opinión, compañero Eunuco, como corresponde, con todo nuestro ingenio y nuestra arte para exaltar aquello de que nosotros somos parte tan grande y especial.
VOLPONE.– ¡Muy, muy, muy lindo! Mosca, ¿esto es invención tuya?
MOSCA.– Si os agradó, señor, de nadie más.
VOLPONE.– Agradóme, buen Mosca.
MOSCA.– Entonces, es mía, señor.

Nano y Castrone cantan:

Son los locos la sola nación 
Digna de envidia o admiración; 
Libres de cuidado y preocupación.

A sí y a los otros
Causan regocijo;
Cuanto hablan en broma

Es cierto y es fijo. 
El loco es del grande 
Muy amado hijo.

A las bellas damas dan juego y placer; 
En sus juglerías, se esconde el saber 
Y dice verdades cuando es menester.

Es de toda fiesta 
La gracia y la sal. 
Y no pocas veces, 
Huésped principal.

A fe no le faltan taburete y plato. 
Paga con su ingenio escote barato, 
¡Oh, quién no quisiera ser él. 
¡Él, Él, Él!

(Llaman fuera.)

VOLPONE.– ¿Quién es? ¡Fuera! (Salen Nano y Castrone.) Vé a ver, Mosca. ¡Bufón, márchate! (Sale Andrógino.)
MOSCA.– Señor, es el señor Voltore, el abogado. Le conozco por el aldabonazo.
VOLPONE.– Tráeme mi bata, mis pieles, mis gorros de dormir. Dile que me están cambiando de cama, y que se entretenga mientras tanto en la galería. (Sale Mosca.) ¡Ahora, ahora empiezan las visitas de mis clientes! ¡Buitre, grajo, cuervo, devoradores de carroña, todos mis pájaros de presa que acuden porque piensan que en carroña me estoy convirtiendo! Ya llegan... Mas, no estoy para ellos... todavía.

(Vuelve a entrar Mosca con la bata, etc.)

VOLPONE.– ¿Qué hay? ¿Noticias?
MOSCA.– Una fuente de plata, señor.
VOLPONE.– ¿De qué tamaño?
MOSCA.– Grandísima, maciza y antigua, con vuestro nombre y vuestras armas, grabadas en ella. 
VOLPONE.– Bien. ¿Y no ha grabado también un zorro rampante burlándose con finos artificios de un buitre con la boca abierta? ¿Eh, Mosca?
MOSCA.– Agudo, señor.
VOLPONE.– Dame las pieles. (Se pone sus, vestiduras de enfermo.) ¿Por qué te ríes de ese modo, hombre?
MOSCA.– No puedo remediarlo, señor, cuando me doy cuenta de qué pensamientos tiene ahora ahí fuera mientras pasea impaciente. Piensa que éste bien pudiera ser el último obsequio que ha de presentar; que con él os ha de vencer; en que morís hoy, y se lo legáis todo, lo que él podrá ser mañana; qué gran recompensa han logrado todos sus adelantos; cómo será adorado y reverenciado; a caballo con sus pieles y sus gualdrapas; esperado por manadas de necios y clientes; cómo todos abrirán paso a su muía tan letrada como él; cómo le llamarán grande y docto abogado; y luego, concluye: ¡Nada es imposible!
VOLPONE.– Sí, ser docto, Mosca.
MOSCA.– ¡Oh, no! Riqueza implica sabiduría. Encaperuzad a un asno con reverenda púrpura para tapar sus ambiciosas orejas, y pasará por doctor en cátedra.
VOLPONE.– Mis gorros, mis gorros, buen Mosca. Hazle entrar.
MOSCA.– Esperad, señor. El ungüento para los ojos.
VOLPONE.– Es verdad. Despacha, despacha; ansio entrar en posesión del nuevo presente.
MOSCA.– Espero, señor, que habéis de veros dueño de éste y de muchos más.
VOLPONE.– Gracias, buen Mosca.
MOSCA.– Y que cuando yo esté convertido en polvo, y ciento como yo uno tras otro...
VOLPONE.– No, eso sería demasiado, Mosca.
MOSCA.– Viviréis, viviréis para embaucar a esas arpías.
VOLPONE.– ¡Amante Mosca! Está bien; ahora mi almohada, y que entre. (Sale Mosca.) Ahora, mi tos fingida, mi tisis, mi gota, mi apoplejía, parálisis y catarros, ayudad con vuestras forzadas funciones esta mi actitud, con la cual llevo ya tres años ordeñando sus esperanzas. Viene. Lo oigo... (Tose.) ¡Uh, uh, uh, uh! ¡Ay!...

(Vuelve a entrar Mosca introduciendo a Voltore que trae una fuente de plata.)

MOSCA.– Seguís, señor, siendo lo que erais. Sólo a vos de entre todos los demás, concede su amor y obráis cuerdamente conservándolo con tempranas visitas, y amables muestras de lo bien que le queréis, las cuales, lo sé, no pueden por menos de serle gratísimas. iPatrón! ¡Señor! Aquí ha venido el señor Voltore...
VOLPONE (con voz débil).– ¿Qué decís?
MOSCA.– Señor, el señor Voltore viene de mañana a visitaros.
VOLPONE.– Le doy las gracias.
MOSCA.– Y os ha traído una pieza de vajilla antigua de plata, comprada en San Marcos, con la cual os obsequia.
VOLPONE.– Es muy bienvenido. Ruégale que venga más a menudo.
MOSCA.– Sí.
VOLTORE.– ¿Qué dice?
MOSCA.– Os da las gracias, y desea que vengáis a verle a menudo.
VOLPONE.– Mosca.
MOSCA.– ¡Patrón mío!
VOLPONE.– Haz que se acerque, ¿dónde está? Ansío tocar su mano.
MOSCA.– La fuente de plata está aquí, señor.
VOLTORE.– ¿Cómo estáis, señor?
VOLPONE.– Os doy gracias, señor Voltore. ¿Dónde está la fuente? Veo tan mal.
VOLTORE (poniéndola en sus manos).— Lamento, señor, que aún estéis tan débil.
MOSCA (aparte).– Que aún no estéis más débil.
VOLPONE.– Sois demasiado generoso.
VOLTORE.– No, señor. Pluguiese al cielo que pudiera daros salud como os doy esta plata.
VOLPONE.– Dais, señor, aquello que podéis. ¡Os doy las gracias! En esto hay un regusto de vuestro amor, y no quedará sin respuesta: os ruego que vengáis a verme más a menudo.
VOLTORE.– Así lo haré, señor.
VOLPONE.– No estéis lejos de mí.
MOSCA.– ¿Reparáis en esto, señor?
VOLPONE.– Escuchadme aún; lo que he de decir, os concierne.
MOSCA.– Sois hombre afortunado, señor. Enteraos de vuestra buena ventura.
VOLPONE.– Yo ya no puedo durar mucho...
MOSCA.– Señor, sois su heredero.
VOLTORE.– ¿De veras?
VOLPONE.– Me siento acabar. ¡Uh, uh, uh, uh! Ya van mis velas rumbo al puerto. ¡Uh, uh, uh, uh, uhl Y estoy contento de encontrarme ya tan cerca de él.
MOSCA.– ¡Ay, buen caballero! En fin, todos debemos partir...
VOLTORE.– ¡Pero, Mosca!
MOSCA.– La edad vence.
VOLTORE.— Te ruego que me oigas: ¿Estoy ciertamente designado por heredero suyo?
MOSCA.– ¡Y cómo si lo estáis! Os suplico, señor, que me inscribáis entre vuestros familiares. Todas mis esperanzas dependen de vos. Estoy perdido, a no ser que el sol saliente se digne brillar sobre mí.
VOLTORE.– Brillará y te calentará, Mosca.
MOSCA.– Señor, soy hombre que no ha hecho a vuestro amor los peores oficios: aquí llevo vuestras llaves, ved todos vuestros cofres y vuestras cajas cerrados. Llevo el pobre inventario de vuestras joyas, de vuestra plata y vuestros dineros; soy vuestro mayordomo, señor, administro aquí vuestros bienes.
VOLTORE.– Pero ¿soy heredero único?
MOSCA.– Sin copartícipe, señor; confirmado esta mañana: la cera de los sellos está todavía caliente, y apenas se ha secado la tinta sobre el pergamino.
VOLTORE.– ¡Feliz, feliz de mí! ¿Por qué buena suerte, amable Mosca?
MOSCA.– Por vuestro mérito, señor; no conozco causa segunda.
VOLTORE.– Modestia tuya es no conocerla; está bien; lo pagaré.
MOSCA.– Siempre le agradó vuestra carrera, señor; eso es lo primero que le inclinó hacia vos. A menudo, le he oído decir cuánto admiraba a los hombres de vuestra gran profesión que pueden hablar en favor de cualquier causa, y sobre cosas meramente contrarias hasta ponerse roncos, y todas dentro de la ley; que con la más rápida agilidad, saben volver y revolver, hacer nudos y deshacerlos; dar consejos ahorquillados o sea de dos puntas; tomar oro enemigo en una y otra mano y reunirlo; tales hombres, bien lo sabe, se irán lejos con su humildad. Y por su parte, se consideraría bienaventurado teniendo un heredero de tan sufrido espíritu, tan prudente, tan grave, de lengua tan perpleja y al mismo tiempo tan fuerte, que ni se movería ni se quedaría quieta sin cobrar por ello; ya que cada palabra que vuestra dignidad deja caer es un cequí.i (Llaman fuera.) ¿Quién es? Alguien llama; no quisiera, señor, que os vieran aquí. Y sin embargo... fingid que habéis venido y os vais a toda prisa... yo inventaré una excusa... y, gentil señor, cuando nadéis en grasa de oro, cuando estéis hundido en miel hasta por encima de los brazos, de modo que vuestra barbilla se alce sostenida por la grosura de las olas, pensad en vuestro vasallo; no hagáis sino recordarme: no he sido el peor de vuestros clientes.
VOLTORE.– ¡Mosca!
MOSCA.– ¿Cuándo queréis, señor, que os lleve el inventario? ¿O deseáis ver una copia del testamento?... ¡Pronto!... Yo os la llevaré, señor. Salid, marchaos. Poned cara de negocios. (Sale Voltore.)
VOLPONE (poniéndose en pie de un salto).– ¡Excelente, Mosca! Ven aquí. Deja que te dé un beso.
MOSCA.– ¡Quieto, señor! Aquí está Corbaccio.
VOLPONE.– Quita de en medio la fuente; ¡el buitre se fue, y viene el viejo cuervo!
MOSCA.– Volved a vuestro silencio y a vuestro sueño. (Pone la fuente de plata con el resto de los tesoros.) ¡Quédate aquí y multiplícate! Ahora, vamos a ver un desdichado que está más impotente de lo que se puede fingir estarlo, y que, sin embargo, espera dar saltitos por encima de su sepultura... (Entra Corbaccio.) ¡Señor Corbaccio! Sois muy bien venido, señor.
CORBACCIO.– ¿Cómo se encuentra vuestro patrón?
MOSCA.– A decir verdad, lo mismo que estaba. No hay mejoría.
CORBACCIO.– ¿Que hay mejoría?
MOSCA.—No, señor. Más bien está peor.
CORBACCIO.– Está bien. ¿Dónde se encuentra?
MOSCA.– En su lecho, señor; ha vuelto a quedarse dormido.
CORBACCIO.– ¿Duerme bien?
MOSCA.– No pegó los ojos, señor, en toda la noche, ni ayer; pero está como adormilado.
CORBACCIO.– ¡Está bien! Debiera consultar con algunos médicos. Aquí le traigo una poción de opio, preparada por mi propio doctor.
MOSCA.– No quiere oír hablar de drogas.
CORBACCIO.– ¿Por qué? Yo mismo estuve presente mientras la preparaba, y vi todos los ingredientes; sé que no puede causar más que una acción suavísima; pondría mi vida; es sólo para hacerle dormir.
VOLPONE (aparte).– Sí, mi último sueño, si la tomase.
MOSCA.– Señor, no tiene fe en la medicina.
CORBACCIO.– ¿Cómo decís? ¿Cómo decís?
MOSCA.– Que no tiene fe en la medicina; piensa que la mayor parte de los doctores son el mayor peligro y la enfermedad más difícil de curar. A menudo, le he oído afirmar que vuestro médico no será nunca su heredero.
CORBACCIO.– ¿Que yo no seré nunca su heredero?
MOSCA.– No, señor, vuestro médico.
CORBACCIO.– ¡Oh, no, no, no; no lo entiendo así!
MOSCA.– No, señor, ni el dinero que cobran; no lo puede sufrir. Dice que azotan a un hombre antes de matarle.
CORBACCIO.– En verdad, os comprendo.
MOSCA.– Y lo hacen como experimento; por lo cual, la ley no sólo les absuelve, sino les da gran recompensa. Dice que no le gusta alquilar su propia muerte.
CORBACCIO.– Es verdad. Matan, con tanta licencia como un juez.
MOSCA.– No, más. Porque el juez mata a aquellos a quienes la ley condena, y los médicos lo pueden matar a él también.
CORBACCIO.– Sí o a mí, o a cualquiera. ¿Qué tal va su apoplejía? ¿Aún le da muy fuerte?
MOSCA.– Violentísima. Apenas puede hablar, tiene los ojos cuajados, la cara más larga de lo debido...
CORBACCIO.– ¡Cómo! ¡Cómo! ¿Más fuerte de lo debido?
MOSCA.– No, señor. La cara se le ha puesto más larga de lo debido.
CORBACCIO.– ¡Ah, está bien!
MOSCA.– Tiene siempre la boca abierta, y los párpados caídos.
CORBACCIO.– Está bien.
MOSCA.– Helado entumecimiento endurece todas sus articulaciones. Y el color de su carne es como de plomo.
CORBACCIO.– Está bien.
MOSCA.– El pulso marcha lento y débil.
CORBACCIO.– Buenos sintonías todos.
MOSCA.– Y de su cerebro...
CORBACCIO.– Ya entiendo...  está bien.
MOSCA.– Fluye un sudor frío con humor continuo por los deshechos rincones de sus ojos.
CORBACCIO.– ¿Es posible? Sí, me siento mejor. ¡Ah! ¿Qué tal va con los vértigos de cabeza?
MOSCA.– ¡Ay, señor! Ya es más que vértigo; ahora, pierde el sentido, y hasta ha dejado de roncar. Apenas se puede percibir que respira.
CORBACCIO.– ¡Excelente, excelente! De seguro lo sobreviviré; eso me hace veinte años más joven.
MOSCA.– Estaba a punto de ir a buscaros.
CORBACCIO.– ¿Ha hecho testamento? ¿Qué me deja?
MOSCA.– No, señor.
CORBACCIO.– ¿Nada? ¡Ah!
MOSCA.– No ha hecho testamento, señor.
CORBACCIO.– ¡Oh, oh, oh! Entonces ¿qué estaba haciendo aquí Voltore el abogado?
MOSCA.– Olfateó un cadáver, señor, en cuanto oyó que mi amo pensaba en hacer testamento, como yo le había aconsejado para bien vuestro...
CORBACCIO.– Y vino a verlo. Me lo figuraba.
MOSCA.– Sí; y le obsequió con esta fuente de plata.
CORBACCIO.– ¿Para ser su heredero?
MOSCA.– No lo sé, señor.
CORBACCIO.– Cierto: yo también lo sé.
MOSCA (aparte).– Juzgando por vuestra propia medida, señor.
CORBACCIO.– Bien; todavía puedo adelantarlo. Mira, Mosca, mira. Aquí, he traído un saquito de relucientes cequíes, que pesarán un poco más que la fuente de plata, y harán bajar su platillo en la balanza.
MOSCA (tomando el saquito).– Seguro, señor. Esta es medicina sagrada, médico verdadero. No habléis de pócimas de opio, ¡éste es el verdadero elixirl
CORBACCIO.– Es "aurum palpabile, si no potabile".
MOSCA.– Se le administrará en este cuenco.
CORBACCIO.– Sí, hazlo, hazlo, hazlo.
MOSCA.– ¡Benditísimo cordial! Con esto sanará.
CORBACCIO.– ¡Sí, hazlo, hazlo, hazlo!
MOSCA.– Pienso que no sería lo mejor, señor.
CORBACCIO.– ¿Qué?
MOSCA.– Sanarlo, señor.
CORBACCIO.— ¡Oh, no, no, no! ¡De ninguna manera!
MOSCA.– Porque, señor, esto, con sólo que lo huela, producirá algún efecto extraño.
CORBACCIO.– Es verdad; por lo tanto, evitémoslo. Correré el riesgo. Devuélvemelo.
MOSCA.– De ninguna manera. Perdonadme. No os hagáis a vos mismo tal agravio, señor. Yo os aconsejaré de modo que lleguéis a ser dueño de todo.
CORBACCIO.– ¿Cómo?
MOSCA.– De todo, señor; es vuestro derecho, vuestra propiedad; no hay hombre que pueda pretender parte en ello; es vuestro, sin rival; decretado por el destino.
CORBACCIO.– ¿Cómo, cómo, buen Mosca?
MOSCA.– Os lo diré, señor. De este ataque, saldrá.
CORBACCIO.– Comprendo.
MOSCA.– Y aprovechando la primera ventaja de haber recobrado el sentido, volveré a importunarle para que haga testamento (señalando el dinero) y le mostraré esto.
CORBACCIO.– Está bien, está bien.
MOSCA.– Mejor estará si seguís mis consejos, señor.
CORBACCIO.– Sí, de todo corazón.
MOSCA.– Ahora, os lo aconsejo, volved a vuestra casa a toda prisa; allí, redactad un testamento en el cual nombraréis a mi amo único heredero.
CORBACCIO.– ¡Y he de desheredar a mi hijo!
MOSCA.– ¡Oh, señor, es lo mejor; porque eso le hará heredar mucho más!
CORBACCIO.– ¿Sí, mas con qué pretexto?
MOSCA.– Ese testamento, señor, me lo enviáis a mí. Así, cuando tenga que encarecer, como he de hacerlo, vuestros cuidados, vuestras vigilias y vuestras muchas oraciones, vuestros más que abundantes dones, vuestro obsequio de hoy, como final, le presentaré vuestro testamento; en el cual, sin vacilar, sin la menor consideración a vuestro propio vastago, un hijo tan bizarro y de tan altos merecimientos, la corriente de vuestro desviado amor os ha llevado hacia mi amo, y le habéis hecho vuestro heredero: no puede ser tan estúpido, aunque fuera una piedra, si por escrúpulo de conciencia y mera gratitud no...
CORBACCIO.– ... ¿me proclama heredero suyo?
MOSCA.– Ésa es la verdad.
CORBACCIO.– En esta astucia había ya pensado.
MOSCA.– ¡Lo creo!
CORBACCIO.– ¿Que no lo crees?
MOSCA.– Sí, señor.
CORBACCIO.– El proyecto es totalmente mío.
MOSCA.– Así, señor, cuando lo haya hecho...
CORBACCIO.– ¿Cuando me haya instituido heredero suyo?
MOSCA.– Estando vos tan cierto de sobrevivirle...
CORBACCIO.– Sí.
MOSCA.– Puesto que sois hombre tan sano...
CORBACCIO.– ¡Es verdad!
MOSCA.– Sí, señor...
CORBACCIO.– Eso lo había pensado también. ¡Miren cómo es este hombre el propio órgano para expresar mis pensamientos!
MOSCA.– No sólo os habéis hecho un bien a vos mismo...
CORBACCIO.– Sino he multiplicado la herencia de mi hijo.
MOSCA.– Así es, señor.
CORBACCIO.– También invención  mía.
MOSCA.– ¡Ay de mí, señor! El cielo sabe que había empleado todo mi estudio, todo mi cuidado (hasta se me ha puesto el cabello gris), buscando el medio de arreglar las cosas.
CORBACCIO.– ¡Te comprendo, amable Mosca!
MOSCA.– Vos sois aquel por quien aquí trabajo.
CORBACCIO.– Sí, hazlo, hazlo, hazlo; te haré justicia. (Se dirige a la puerta.)
MOSCA.— ¡Que el diablo vaya contigo, cuervo!
CORBACCIO.– Sé que eres honrado.
MOSCA (aparte).– ¡Mentís, señor!
CORBACCIO.– Y...
MOSCA.– Vuestro saber no es mayor que vuestras orejas, señor.
CORBACCIO.– No dudaré en ser un padre para ti.
MOSCA.– Ni yo en tragarme la hacienda de mi hermano.
CORBACCIO.– Puede que me vuelva mi juventud. ¿Por qué no?
MOSCA.– ¡Vuestra reverencia es un precioso asno!
CORBACCIO.– ¿Qué dices?
MOSCA.– Deseo que os apresuréis, señor.
CORBACCIO.– Está hecho, está hecho; me voy. (Sale.)
VOLPONE (saltando de su lecho).– ¡Oh, estallo! Sujétame las costillas, sujétame las costillas...
MOSCA.– Contened vuestro flujo de risa, señor; sabéis que esta esperanza es tal cebo que cubre cualquier anzuelo.
VOLPONE.– ¡Oh, pero tu trabajo, tu modo de llevarlo! No puedo contenerme. ¡Excelso picaro, deja que te bese: nunca te había visto con humor tan exquisito!
MOSCA.– ¡Ay, señor, hago lo que me enseñan! Sigo vuestras graves instrucciones; les doy palabras; echo aceite en sus oídos, y les mando a su casa.
VOLPONE.— Es verdad, es verdad. ¡Qué tremendo castigo es la avaricia!
MOSCA.– Sí, con nuestra ayuda, señor.
VOLPONE.– Tantos cuidados, tantas dolencias, tantos temores acompañan a la vejez, sí, y la muerte llama a su puerta tan a menudo, que ningún deseo puede ya frecuentarlos; sus miembros flaquean, sus sentidos se embotan, vista y oído huyen muriendo todos antes que ellos; sí, hasta sus mismos dientes, instrumentos de su comer les fallan; ¡y a pesar de ello a esto le llaman vida! ¡Ya ves, aquí hemos tenido a uno que ahora se ha ido a su casa, y que desea seguir viviendo! No siente su gota, ni su parálisis; se finge más joven por veintenas de años, adula a su edad negándola confiadamente; espera que puede, como Eson, con hechizos recobrar su juventud; y con tales pensamientos sacia su deseo como si al destino pudiera embaucársele tan fácilmente como a él. ¡Y todo se va en aire! (Llaman dentro.) ¿Quién viene ahora? ¡El tercero!
MOSCA.– ¡Aprisa! ¡Volved a vuestro lecho! Oigo su voz. Es Corvino, nuestro apuesto mercader.
VOLPONE (volviendo a tenderse).– ¡Muerto!
MOSCA.– Otro poco de ungüento, señor, en los ojos. (Le unge.) ¿Quién está ahí? (Entra Corvino.) ¡Señor Corvino! ¡Entre el muy deseado! ¡Oh, cuan feliz hubierais sido si lo hubieseis sabido hace poco!
CORVINO.– ¿Cómo? ¿Qué? ¿Dónde?
MOSCA.– La última hora ha llegado, señor.
CORVINO.– ¿No ha muerto?
MOSCA.– Muerto, no señor, pero casi; ya no conoce.
CORVINO.– ¿Y cómo voy a hacer?
MOSCA.– ¿Por qué, señor?
CORVINO.– Le traía una perla.
MOSCA.– Tal vez le quede sentido bastante para reconoceros, señor; aún os llama; ningún nombre sino el vuestro está en su boca. ¿Es vuestra perla de Oriente, señor?
CORVINO.– Venecia nunca vio otra igual.
VOLPONE (con voz débil).– ¡Señor Corvino!
MOSCA.– ¡Escuchad!
VOLPONE.– ¡Señor Corvino!
MOSCA.– Os llama; acercaos y dádsela... Aquí está, señor, y os ha traído una rica perla.
CORVINO.– ¿Cómo estáis, señor? Decidle que dobla los doce quilates.
MOSCA.– Señor, no puede comprender; ya no oye, y sin embargo le consuela veros.
CORVINO.– Decidle que le traigo también un diamante.
MOSCA.– Mejor será mostrársela, señor. Ponédsela en la mano; únicamente ahí se da cuenta; aún tiene en ella sentimiento. ¡Mirad cómo la aprieta!
CORVINO.— ¡Ay, pobre caballero! ¡Qué aspecto tan lamentable!
MOSCA.– ¡Bah! Olvidadlo, señor. El llanto de un heredero bien puede ser risa bajo una careta.
CORVINO.– ¿Cómo? ¿Soy su heredero?
MOSCA.– Señor, he jurado que no mostraré el testamento hasta que haya muerto; mas aquí ha estado Corbaccio, ha estado Voltore, han estado otros, no puedo numerarlos, eran tantos, todos abriendo la boca para atrapar legados; mas yo, aprovechando lo mucho que os nombraba: ¡Señor Corvino, señor Corvino!, tomé papel, pluma y tinta; y le pregunté quién quería fuese su heredero: Corvino. ¿Quién había de ser el ejecutor? Corvino. Y a toda otra pregunta, guardó silencio; a pesar de lo cual, yo interpreté los movimientos de cabeza que hacía de pura debilidad, como consentimiento; y mandé a los demás a sus casas, con nada que heredar sino llantos y maldiciones.
CORVINO.– ¡Oh, mi amado Mosca! (Se abrazan.) ¿No nos ve?
MOSCA.– No más que un arpista ciego. No conoce a nadie, ni rostro de amigo ni nombre de criado ninguno. No sabe quién le dio el alimento la última vez ni la bebida; ni a aquellos a quienes engendró o crió puede recordarlos.
CORVINO.– ¿Tiene hijos?
MOSCA.– Bastardos, una docena o más que engendró en mendigas, gitanas, judías y negras moras cuando estaba ebrio. ¿No lo sabíais, señor? Es fábula común. El enano, el bufón, el eunuco, todos son suyos; es el padre verdadero de su familia en todos, excepto yo. Mas, no les ha dejado nada.
CORVINO.– ¡Eso está bien, eso está bien! ¿Estás seguro de que no nos oye?
MOSCA.— ¡Seguro, señor! Mirad, dad crédito a vuestros propios sentidos. (Grita en la oreja de Volpone.) La viruela se acerca y añade a vuestras dolencias. Si os manda fuera de aquí cuanto antes por vuestra incontinencia, bien merecido lo tenéis, y por completo, ¡y la peste por añadidura!... Podéis acercaros más, señor... ¿Queréis cerrar de una vez esos ojos legañosos, que manan lodo como dos criaderos de ranas? Y esas mejillas colgantes cubiertas de pellejo y no de piel... ¡Ayudadme, señor!... que parecen trapos de cocina colgados en fila y helados por la escarcha.
CORVINO (en voz alta).– ¡O pared cubierta de humo en la cual la lluvia baja en sucios surcos!
MOSCA.– ¡Excelente, señor! Hablad con franqueza. Podéis gritar aún más; una culebrina descargada en su oído apenas le molestaría.
CORVINO.– Su nariz es como un albañal público que no cesa de correr.
MOSCA.– Eso está bien. ¿Y qué es su boca?
CORVINO.– Un verdadero pozo negro.
MOSCA.– ¡Oh, callad!...
CORVINO.– De ningún modo.
MOSCA.– Dejadme a mí os lo ruego; a fe mía, podría ahogarle primorosamente con una almohada lo mismo que cualquier mujer de las que le sirven.
CORVINO.– Haz lo que quieras. Pero yo tengo que marcharme.
MOSCA.– Hacedlo. Vuestra presencia es la que le hace durar tanto.
CORVINO.– Te lo ruego; no emplees violencia.
MOSCA.– ¿No, señor? ¿Por qué? ¿Por qué habíais de ser tan escrupuloso, decídmelo, señor, os lo ruego?
CORVINO.– A tu discreción queda.
MOSCA.– Muy bien, señor, marchaos.
CORVINO.– No quiero molestarle ahora para quitarle mi perla.
MOSCA.– ¡Bah! Ni vuestro diamante. ¿Qué innecesario cuidado os aflige? ¿No es vuestro todo lo que hay aquí? ¿Y no estoy aquí yo, a quien habéis hecho vuestra criatura? ¿Yo que os debo mi ser?
CORVINO.– ¡Agradecido, Mosca! Eres mi amigo, mi compañero, mi socio, y tendrás parte en todas mis fortunas.
MOSCA.– Excepto en una.
CORVINO.– ¿Cuál es?
MOSCA.–Vuestra galana esposa, señor... (Sale Corvino.) Ya se fue. No teníamos otro medio que éste de echarlo de aquí.
VOLPONE.– ¡Mi divino Mosca! Hoy te has sobrepasado a ti mismo. (Llaman dentro.) ¿Quién es? No quiero que me molesten más. Prepárame música, danzas, banquetes, todos los deleites. El Turco no es más sensual en sus placeres que lo ha de ser Volpone. (Sale Mosca.) Veamos ¡una perla! ¡Un diamante! ¡Vajilla de plata! ¡Cequíes! ¡Buen mercado esta mañana! Y vale más que robar iglesias; o que engordar, comiéndose a un hombre una vez al mes... (Vuelve a entrar Mosca.) ¿Quién es?
MOSCA.– La hermosa señora Quiero y no puedo, Lady Would-be, señor, esposa del caballero inglés Sir Politick Would-be (este es su estilo, señor, y se me ha contagiado), ha enviado a saber cómo habéis dormido esta noche, y si desearíais ser visitado.
VOLPONE.– Ahora no. Dentro de unas tres horas.
MOSCA.– Eso mismo le he dicho al escudero.
VOLPONE.– Cuando esté animado con alegría y vino; entonces, entonces. ¡Por el cielo que admiro el desesperado valor de los osados ingleses que se atreven a dejar a sus mujeres libres para todos los encuentros!
MOSCA.– Señor, este caballero no lleva en vano su nombre; es político, y sabe que aunque su mujer afecte modales extraños, no tiene el arresto de ser deshonesta. ¡Si hubiera sido la esposa del señor Corvino!...
VOLPONE.– ¿Tiene de veras tan prodigioso rostro?
MOSCA.— ¡Oh, señor! ¡Es la maravilla, la centelleante estrella de Italia! ¡Una buena hembra de la primera hornada! ¡Una beldad madura para la cosecha! ¡Cuya piel es toda ella más blanca que el cisne, que la plata, la nieve o las azucenas! Dulces labios, que os tentarían a una eternidad del beso. ¡Carne que se derrite en sangre al tacto! ¡Brillante como vuestro oro, y digna de amor como vuestro oro!
VOLPONE.– ¿Cómo no he sabido antes esto?
MOSCA.– ¡Ay, señor, yo mismo no lo descubrí hasta ayerl
VOLPONE.– ¿Cómo podría verla?
MOSCA.– ¡Oh, no es posible! Está tan cuidadosamente guardada como vuestro oro; nunca sale, jamás toma el aire más que en una ventana. Todas sus facciones son nuevas como las primeras uvas o las primeras cerezas, y están tan estrechamente vigiladas como ellas.
VOLPONE.– ¡Tengo que verla!
MOSCA.– Señor, la cerca una guardia de espías; todos los de su casa; cada uno está vigilado por uno de sus compañeros, y todos tienen encargo, cuando uno sale o entra de registrarlo.
VOLPONE.– La veré aunque no sea más que en su ventana.
MOSCA.– Entonces, tendréis que disfrazaros de algún modo.
VOLPONE.– Es verdad; debo mantener mi forma siempre la misma; pensaremos. (Salen.)


ACTO SEGUNDO

ESCENA PRIMERA
Plaza de San Marcos; un rincón retirado delante de la casa de Corvino. (Entran Sir Politick Would-be y Peregrino.)

SIR POLITICK.– Señor, para el hombre cuerdo, todo el mundo es su tierra; no es Italia ni Francia ni siquiera Europa las que pueden atarme si mi destino me llama a otra parte. Sin embargo, protesto que no es liviano deseo de ver países, de dejar de lado una religión, ni desafecto alguno hacia el Estado donde me crié y al cual debo mis mejores planes lo que me sacó de él; mucho menos ese vano, antiguo, rancio anhelo que ya tiene la cabeza gris de conocer las mentes y costumbres de los hombres como le sucediera a Ulises. Sino un peculiar humor de mi mujer inclinada a esta altura de Venecia, para observar, anotar, aprender el lenguaje, etcétera ... Espero, señor, que viajáis con licencia.
PEREGRINO.– Sí.
SIR POLITICK.– Me gusta el trato con la mayor seguridad... ¿Cuánto tiempo, señor, hace que salisteis de Inglaterra?
PEREGRINO.– Siete semanas.
SIR POLITICK.– ¡Tanto! ¿Habéis estado ya con el señor embajador?
PEREGRINO.– Aún no, señor.
SIR POLITICK.– Os lo ruego, señor, ¿qué nuevas corren por nuestro clima? Oí decir anoche la cosa más extraña a uno del séquito de nuestro embajador, y ansio saber si puede dársele crédito.
PEREGRINO.– ¿Qué es, señor?
SIR POLITICK.– ¡Virgen María! Hablan de un cuervo que va a construir un navio para los reyes.
PEREGRINO (aparte).– ¿Este individuo se mofa de mí o se han mofado de él? ¿Vuestro nombre, señor?
SIR POLITICK.– Mi nombre es Politick Would-be.
PEREGRINO (aparte).– Eso le pinta. ¿Caballero, señor?
SIR POLITICK..– Caballero pobre, señor.
PEREGRINO.– ¿Vuestra esposa está aquí en Venecia para informarse de los tocados, modas y comportamientos, entre las cortesanas? ¿La pura Lady Would-be?
SIR POLITICK.– Sí, señor; la araña y la abeja a menudo liban en la misma flor.
PEREGRINO.– Buen Sir Politick, os pido perdón; he oído hablar mucho de vos; lo que decís del cuervo, es cierto.
SIR POLITICK.– ¿Lo sabéis, de buena tinta?
PEREGRINO.– Sí, y también que un león ha parido en la Torre de Londres.
SIR POLITICK.– ¿Otro cachorro?
PEREGRINO.— Otro, señor.
SIR POLITICK.– ¡Santo Cielol ¿Qué prodigios son éstos? ¡Los fuegos en Berwick! ¡La estrella nueva! ¡Todas estas cosas coincidiendo, extrañas y llenas de presagios! ¿Habéis visto esos meteoros?
PEREGRINO.– Los he visto, señor.
SIR POLITICK.– ¡Tremendo! Os ruego, señor, que me confirméis si es verdad que se vieron tres cachalotes sobre el puente, como dicen.
PEREGRINO.– Seis y un esturión, señor.
SIR POLITICK.– ¡Estoy atónito!
PEREGRINO.– Señor, no hay por qué. He de contaros un prodigio más grande que todos ésos.
SIR POLITICK.– ¿Qué presagian todas estas cosas?
PEREGRINO.– El mismo día (creo estar seguro) en que salí de Londres, se descubrió en el río, una ballena, tan alta como Woolwich, que ha estado esperando allí quién sabe cuántos meses, para destrozar la flota.
SIR POLITICK.– ¿Es posible? Creedlo, la han enviado España o los Archiduques. ¡La ballena de Spinola, por mi vida, por mi crédito! ¿No cesarán nunca en tales proyectos? Digno, señor; ¿qué más noticias?
PEREGRINO.– A fe mía, Stone el loco ha muerto, y les hace extraordinaria falta un bufón de taberna.
SIR POLITICK.– ¿Mass Stone ha muerto?
PEREGRINO.– Ha muerto, señor. Espero que no le tendríais por inmortal... (Aparte.) ¡Oh, este caballero si fuese bien conocido, sería preciosa figura en nuestra escena inglesa! A quien pudiese escribir semejante individuo, le tacharían de fingir demasiado y aun con malicia.
SIR POLITICK.– ¡Muerto, Stone!
PEREGRINO.— ¡Muerto! ¡Señor! ¡Cuan profundamente lo lamentáis! ¿No sería pariente vuestro?
SIR POLITICK.– No, que yo sepa. ¡Bien! El pobre era un bufón desconocido.
PEREGRINO.– ¿Mas vos, al parecer, le conocíais?
SIR POLITICK.– Sí tal. Señor, sabía que era una de las cabezas más peligrosas que vivían en el Estado, y por tal lo tuve siempre.
PEREGRINO.– ¿En verdad, señor?
SIR POLITICK.– Mientras vivió, estuvo en acción. Recibía sema-nalmente informes, por lo que yo alcancé a saber, de los Países Bajos para todas las partes del mundo, escondidos en coles; y repartía los tales informes a los embajadores dentro de naranjas, melones, moscateles, albaricoques, toronjas, y cosas semejantes; a veces dentro de ostras de Colchester y en caracoles marinos de Selsey.
PEREGRINO.– Me llenáis de asombro.
SIR POLITICK.– Señor, tuve ocasión de observarle muy bien, en las mesas de los figones, mientras recibía los informes de algún viajero, un estadista oculto, en una tabla de trinchar carnes; e instantáneamente, antes de que hubiese terminado la comida, daba la respuesta en un mondadientes.
PEREGRINO.— ¡Extraño! ¿Cómo podía ser esto, señor?
SIR POLITICK.– La carne estaba trinchada en tal forma, y colocada de tal manera que él podía leer fácilmente el mensaje en cifra.
PEREGRINO.– He oído decir, señor, que no sabía leer.
SIR POLITICK.– Eso hacían correr, por política, los que le empleaban; pero sabía leer, y conocía varias lenguas, aunque pareciese un pelele...
PEREGRINO.– He oído decir, señor, que hay monos que son espías, una especie de astuta nación cerca de China...
SIR POLITICK.– Sí, sí, los Mamalichi. A fe mía, intervinieron en una o dos conspiraciones francesas; pero eran tan extremamente aficionados a las mujeres que todo lo descubrían; sin embargo, yo tuve aviso aquí, el miércoles pasado, por uno de su casta de que habían vuelto, entablado relaciones como de costumbre, y que ahora andan buscando nuevo empleo.
PEREGRINO.– ¡Corazón mío! (Aparte.) Este sir Pol no ignora nada. Parece señor, que lo sabéis todo.
SIR POLITICK.– Todo, no, señor, mas tengo algunas nociones generales. Pláceme notar y observar; aunque vivo fuera y libre del activo torrente, sin embargo marco las corrientes y el pasar de las cosas para mi uso particular; y conozco las mareas altas y bajas del Estado.
PEREGRINO.– Creedlo, señor, no cuento por escasa ventaja en mi fortuna el haber tropezado así con vos, cuyo saber, si la generosidad le iguala, ha de serme de gran ayuda para instruirme en mi comportamiento y en mi porte que aún es tan rudo y crudo.
SIR POLITICK.– ¿Tan vacío de reglas para el viaje, os habéis lanzado a él?
PEREGRINO.– A fe, tenía algunas de las corrientes tomadas de la vulgar gramática que el que me adiestra a declamar en italiano me enseñó.
SIR POLITICK.– Eso es lo que echa a perder toda nuestra valiosa sangre, el confiar nuestra prometedora juventud a individuos pedantes de fuera de casa que no son más que corteza. Parecéis ser un caballero de ingeniosa raza. No me jacto de ello, mas mi destino ha querido que dondequiera que he estado, me consultaran, sobre estas cosas altas, tocantes a hijos de los grandes hombres, a personas de sangre y honor...

(Entran Mosca y Nano, disfrazados, seguidos por otros que traen materiales para armar un tablado.)

PEREGRINO.– ¿Quiénes son éstos, señor?
MOSCA.– Bajo esta ventana debe ser. La misma.
SIR POLITICK.– Gentes que van a armar un tablado. Vuestro instructor en las preciadas lenguas ¿nunca os habló de los saltimbanquis italianos?
PEREGRINO.– Sí, señor.
SIR POLITICK.– Pues aquí podéis verlos.
PEREGRINO.– Estos son curanderos, individuos que viven de vender óleos y drogas.
SIR POLITICK.– ¿Es así cómo os los describió?
PEREGRINO.– Si no recuerdo mal.
SIR POLITICK.– Compadeceos de su ignorancia. ¡Estos son los hombres que más saben en Europa! ¡Grandes eruditos, excelentes médicos, admiradísimos estadistas, favoritos reconocidos y consejeros de gabinete de los grandes príncipes! ¡los únicos poliglotas del mundo entero!
PEREGRINO.— Y por lo que he oído los más descarados impostores, compuesto de componendas y retazos; no menos traficantes con los favores de los grandes que con sus propias viles medicinas que vocean con monstruosos juramentos; y que cuando van a marcharse venden por dos peniques la droga que al principio valoraban en doce coronas.
SIR POLITICK.– Señor, la mejor respuesta a la calumnia es el silencio. Vos mismo juzgaréis. ¿Quién sube al tablado, amigos?
MOSCA.– Scoto de Mantua, señor.
SIR POLITICK.– ¿Es él? Entonces orgullosamente os prometo, señor, que vais a ver a un hombre a quien os han pintado con colores falsos. Me asombra, con todo, que arme su tablado aquí, en este rincón, él que ha sido digno de aparecer en el centro de la plaza. Aquí llega.

(Entra Volpone, disfrazado de doctor saltimbanqui, y seguido por multitud de gente.)

VOLPONE (a Nano).– ¡Sube, tonto! 
LA GENTE.– ¡Seguidle, seguidle, seguidle!
SIR POLITICK.– Ved cómo le sigue la gente. Es hombre que puede girar diez mil coronas en cualquier Banco de la ciudad. Observad. (Volpone sube al tablado.) Reparad en sus ademanes... Acostumbro a observar la majestad que guarda al subir.
PEREGRINO.– Vale la pena, señor.
VOLPONE.– ¡Nobilísimos señores, y dignos patrones míos! Puede parecer extraño que yo, vuestro Scoto Mantuano, que he acostumbrado siempre a montar mi tablado en el centro de la plaza pública, cerca del soportal del Pórtico de la Procu-rantia, venga ahora después de ocho meses de ausencia de esta ilustre ciudad de Venecia, a retirarme humildemente en un rincón oscuro de la Plaza.
SIR POLITICK.– ¿No había hecho yo la misma objeción?
PEREGRINO.– Silencio, señor.
VOLPONE.– Permitidme que os diga: No tengo, como reza vuestro proverbio lombardo, frío en los pies; ni me place separarme de mis productos a precio más bajo del que acostumbrara: eso, no lo esperéis. Ni penséis que los calumniosos informes de ese insolente detractor, vergüenza de nuestra profesión (quiero decir Alejandro Buttone), que dijo en público que yo había sido condenado como forzado a galeras por haber envenenado al cardenal Bembo... quiero decir a su cocinero... me hayan alcanzado y mucho menos abatido. No, no, dignos caballeros; a decir verdad, no puedo soportar la vista de esa chusma de charlatanes de piso bajo, que tienden sus capas en el santo suelo como si fueran a hacer volatines, y luego proceden cojeando con sus cuentos mohosos de Bocaccio, como el rancio Tabarin el fabulista; unos de ellos hablan de sus viajes y de su tedioso cautiverio en las galeras turcas, cuando en realidad, si fuera a descubrirse la verdad donde estuvieron fue en las galeras cristianas, comiendo pan muy escaso y bebiendo agua como saludable penitencia impuesta por sus confesores por bajas raterías.
SIR POLITICK.– Observad su actitud y el desdén con que habla de los tales.
VOLPONE.– Esos repugnantes, asquerosos malolientes, sarnosos, piojosos, legañosos picaros, con un pobre penique de mal preparado antimonio, finamente envuelto en varios cartuchos, son harto capaces de matar a veinte en una semana, y seguir haciendo su juego; mas los flacos, espíritus muertos de hambre que casi han detenido los órganos de sus mentes con terrosas opilaciones, no necesitan hallar sus favorecedores entre los artesanos estreñidos que no comen más que ensalada y que se llenan de alegría si pueden conseguir su medicina por medio penique; aunque la purga les lleve al otro mundo no les importa.
SIR POLITICK.– ¡Excelente! ¿Habéis oído nunca mejor lenguaje?
VOLPONE.– Está bien. Con su pan se lo coman. Y, caballeros y honradísimos señores, sabed que, por esta vez, nuestro tablado alejado como veis de los clamores de la canalla, ha, de ser escenario de placer y deleite; porque no tengo nada que vender, poco o nada que vender.
SIR POLITICK.– Os dije, señor, cuáles eran sus fines.
PEREGRINO.– Así lo hicisteis, señor.
VOLPONE.– Afirmo que yo y mis seis servidores no damos abasto a preparar este precioso licor con suficiente prisa para los caballeros de esta ciudad que van a buscarlo a mi alojamiento, extranjeros de Tierra Firme, dignísimos mercaderes; sí, y también senadores que, desde que llegué, me han detenido a su servicio por medio de espléndidas liberalidades. Y con razón; porque ¿de qué sirve al rico tener sus almacenes llenos de moscateles o de la uva más pura, cuando sus médicos le prescriben, bajo pena de muerte, no beber sino agua cocida con granos de anís? ¡Oh, salud, salud! ¡Bendición de los ricos! ¡Riqueza de los pobres! ¿Quién puede comprarte demasiado cara, puesto que sin ti no hay goce en el mundo? No seáis, pues, demasiado avaros de vuestras bolsas, honorables señores, a costa de abreviar el curso natural de vuestras vidas...
PEREGRINO.– Ved qué final.
SIR POLITICK.– Sí. ¿No os parece bueno?
VOLPONE.– Porque si un flujo húmedo o catarro, por la mutabilidad del aire, cae de vuestra cabeza sobre un brazo o un hombro o cualquier otra parte... aplicad un penique o un cequí de oro sobre la parte afectada, y ved si puede producir algún buen efecto. No, no; lo que habéis de aplicar es este bendito ungüento, este raro elixir, que es el único que tiene el poder de dispersar todo humor maligno, ya proceda de frío, calor, humedad, viento...
PEREGRINO.– Se le olvidó incluir la sequía.
SIR POLITICK.– Atended, os lo ruego.
VOLPONE.– Para fortalecer el estómago más indigesto y crudo, si, aunque fuera uno de esos que, por causa de extrema debilidad, vomitan sangre, sólo con aplicar sobre el lugar afectado, después de la unción y la fricción una servilleta caliente; para el vértigo de la cabeza, con sólo poner una gota en las narices y otra en cada oreja, soberano y bien probado remedio; para el mal caduco, calambres, convulsiones, parálisis, epilepsias, tremor cordia, nervios contraídos, malos vapores del bazo, obstrucción del hígado, piedra, estranguria, hernia ventosa, dolor ilíaco; detiene inmediatamente una disentería; calma la contracción de los pequeños intestinos; y cura la melancolía hipocondríaca si se toma y aplica de acuerdo con mi receta impresa. (Mostrando el papel que tiene en una mano y el frasco en la otra.) Porque éste es el médico y ésta la medicina; éste aconseja y esto cura; éste da la dirección; esto hace el efecto; y, en suma, ambos juntos bien pueden ser llamados el extracto de la teoría y la práctica en el arte de Esculapio. Os costará ocho coronas. Y, Zan, Fritada canta, te lo ruego, en su honor un verso extemporáneo.
SIR POLITICK.– ¿Qué os parece, señor?
PEREGRINO.– ¡Extraño lenguaje a fe mía!
SIR POLITICK.—Es alquimia pura. ¡Nunca oí nada semejante! Los libros de Broughton.

Nano, canta:
Si Hipócrates o Galeno 
Que tantos libros llenaron
Escribiendo medicinas,
Ésta hubieran encontrado.
(¡Culpa suya fue si no la encontraronl)
Tanto papel inocente
No hubieran sacrificado,
¡Y cuantísima candela
se hubieran ahorrado!
Ni la droga india se hubiera ensalzado,
Ni tabaco ni azafrán se habrían nombrado,
Ni una barrita de guaco se hubiera empleado.
Ni el Gran Elixir sería afamado
de Raimundo Lulio,  doctor celebrado,
Ni de Paracelso nadie hubiera hablado.
¡Si esta medicina se hubiera encontrado!
PEREGRINO.– Todo eso, sin embargo, no dará resultado; ocho coronas son mucho dinero.
VOLPONE.– No más... Señores, si tuviera tiempo de explicaros los maravillosos efectos de este mi aceite, que lleva por nombre "aceite del Scoto"; con el incontable catálogo de aquellos a quienes con él he curado de las dolencias ya nombradas y de muchas más; las patentes y privilegios de todos los príncipes y Estados de la Cristiandad, o siquiera de las declaraciones de los que comparecieron en mi favor ante la señoría de la "Sanitá" y del muy docto Colegio de médicos; por los cuales fui autorizado, teniendo en cuenta las admirables virtudes de mi medicamento y de mi propia excelencia en materia de raros y desconocidos secretos no sólo a dispersarlos públicamente en esta famosa ciudad, sino en todos los territorios que felizmente gozan bajo el gobierno de los más piadosos y magníficos Estados de Italia. Mas puede que algún valiente diga: "¡Oh, hay muchos que proclaman tener recetas tan buenas y probadas como las vuestras!" En verdad muchos han intentado como monos, la imitación de lo que real y esencialmente está en mí para hacer este óleo; han gastado mucho en construir hornos, retortas, alambiques, fuegos continuos, en preparar los ingredientes (porque en verdad entran en él seiscientos simples diversos, más cierta cantidad de grasa humana para la conglutinación, que compramos a los anatómicos), pero cuando los que tal intentan llegan a la última cocción, ¡sopla, sopla, resopla, resopla!, todo se va en humo; ¡ja, ja, ja, ja!. ¡Pobres infelices! Casi me dan lástima su necedad y su indiscreción aun más que su pérdida de tiempo y de trabajo; porque esa puede recobrarse con industria: mas nacer necio es enfermedad incurable. En cuanto a mí, siempre, desde mi juventud, he procurado conseguir los más raros secretos y hacerlos míos ya a cambio de otros, ya por dinero. No he escatimado costo ni trabajo donde había algo digno de ser aprendido. Y, caballeros, honorables caballeros, me comprometo por la virtud del arte químico, a extraer del honorable sombrero que cubre vuestras cabezas, los cuatro elementos: a saber, el fuego, el aire, el agua y la tierra y a devolveros el sombrero sin daño ni mancha. Porque mientras otros han estado en el juego, yo he estado en mi libro; y ahora he salido de las sendas pedregosas del estudio y he llegado a las florecidas llanuras del honor y la fama.
SIR POLITICK.– Os aseguro, señor, que ésa es su meta.
VOLPONE.– Mas, nuestro precio...
PEREGRINO.– Además, esto, Sir Politick.
VOLPONE.– Todos sabéis, honorables señores, que nunca valoré esta ampolla o frasquito en menos de ocho coronas; pero esta vez, me complace privarme de ella por seis; seis coronas es su precio, y sé que, en cortesía, no podéis ofrecerme menos. Tomadlo o dejadlo; de un modo o de otro, quedo a vuestro servicio. No os pido el valor de la cosa, porque entonces, tendría que pediros mil coronas, así los cardenales Montalto, Fernese, el gran duque de Toscana, mi padrino, y otros diversos príncipes me lo han pagado. Mas desprecio el dinero. Sólo para mostrar el afecto que os tengo, honorables señores, a vosotros y a vuestro ilustre Senado he descuidado los mensajes de todos esos príncipes, mis propios trabajos, proyecté mi viaje hasta aquí, únicamente para mostraros el fruto de mis peregrinaciones... Afina una vez más tu voz a tono con tus instrumentos y da a esta respetable asamblea algo de deleitosa recreación.
PEREGRINO.– ¡Qué trabajo penoso y monstruoso, para conseguir tres peniques! Porque en eso vendrá a parar todo.

Nano, canta: 
Los que queráis larga vida gozar
¡No andéis dudando, comprad, comprad!
¿Queréis ser siempre joven y hermosa,
Con dientes sanos, lengua armoniosa?
Aquí está el aceite que os lo ha de lograr.
¡Basta de dudas, comprad, comprad!
¡Oído brujo, sutil olfato,
Mano flexible, tacto de gato,
Y, por decirlo en pura verdad,
poner en fuga toda enfermedad!
El óleo de Scoto os lo ha de alcanzar.
¡No más recelos,  comprad, comprad!
¿A la dulce amiga queréis complacer
Sin dolor de huesos ni llaga temer?
Aquí está el remedio santo y saludable
que usan los canónigos con fe inquebrantable.
VOLPONE.– Bien, en este momento estoy en vena de regalar la pequeña cantidad que contiene mi cofre; a los ricos, como cortesía, y a los pobres, por amor de Dios. Por lo tanto, atended: Os había pedido seis coronas; y en otras ocasiones, seis coronas me hubieseis pagado; ahora, no me daréis seis coronas, ni cinco, ni cuatro, ni tres, ni dos, ni una; ni medio ducado, ni un moccinigo. Seis peniques os va a costar, o seiscientas libras... no esperéis rebaja, porque por la bandera de mi frente, no he de rebajar ni una bagatina... lo que quiero recibir de vosotros únicamente es una prenda de vuestro afecto para llevar conmigo algo vuestro, que me demuestre que no me despreciáis. Por consiguiente, ahora, haced ondear vuestros pañuelos, alegremente, alegremente; y os advierto que al primer espíritu heroico que se digne regalarme un pañuelo, le daré un pequeño recuerdo de algo que le ha de agradar más que si le hubiese regalado una pistola doble.
PEREGRINO.– ¿Queréis ser esa centella heroica, sir Pol? (Celia desde una alta ventana, arroja su pañuelo.) ¡Oh, mirad! La ventana se os ha adelantado.
VOLPONE.– Señora, beso vuestra prenda; y por esta oportuna merced que habéis hecho a vuestro pobre Scoto de Mantua, os retornaré además y por encima de mi aceite, un secreto de tan alta e inestimable naturaleza, que os ha de dejar enamorada para siempre de este minuto, en que vuestra mirada descendió por primera vez sobre tan menguado, aunque no por completo despreciable objeto. Oculto en este papel, va un polvo, de cuyo valor si yo quisiera hablar, nueve mil volúmenes serían como una sola página, esa página como una línea, esa línea como una palabra; tan corta es esta peregrinación del hombre (que algunos llaman vida) para expresarla. ¿He de reflexionar sobre su precio? Entonces, el mundo entero no es sino un imperio, ese imperio, una sola provincia, esa provincia, un Banco, ese Banco, una bolsa particular para comprarle. Sólo una cosa os diré: es el polvo que hizo a Venus diosa (fue regalo de Apolo), el que la conservó perpetuamente joven, borró sus arrugas, afirmó sus encías, llenó su piel, coloreó su cabello: De Venus, pasó a Elena, y en el saqueo de Troya se perdió desdichadamente; hasta que ahora, en nuestro siglo, fue felizmente recobrado por un estudioso anticuario, en unas ruinas de Asia; el tal envió la mitad a la corte de Francia (pero muy adulterado), y con él allí las damas tiñen sus cabellos. El resto, al presente, está en mi poder; extractado hasta su quintaesencia; así que donde quiera que toca, conserva la juventud perpetua, en la ancianidad restaura el cutis; afirma los dientes, aunque ya se movieran como teclas de espineta y los deja firmes como una pared, los hace blancos como el marfil aunque estuvieran negros...

(Entra Corvino.)

CORVINO.– ¡Ira del diablo y vergüenza mía! ¡Baja aquí; baja! ¿No había otra casa que la mía para hacer vuestra escena? Señor Flaminio, ¿queréis bajar? ¡Abajo! ¿De modo que mi mujer es vuestra Francisquina, señor mío? ¿No había otras ventanas en la plaza sino que las mías para plantar vuestro escenario? ¡Sólo las mías! (La emprende a golpes con Volpone, Nano, etc.) ¡Corazón! De aquí a mañana, me habrán cristianado de nuevo y me llamarán el Pantalone de los Necesitados, por toda la ciudad.
PEREGRINO.– ¿Qué significa esto, sir Pol?
SIR POLITICK.– Algún secreto de Estado, creédmelo. Me voy a mi casa.
PEREGRINO.– Tal vez es una conspiración contra vos.
SIR POLITICK.– No lo sé; estaré en guardia.
PEREGRINO.– Es lo mejor que podéis hacer, señor.
SIR POLITICK.– Estas tres últimas semanas, todas mis cartas, todos mis informes han sido interceptados.
PEREGRINO.– ¿En verdad, señor? Más valdrá que tengáis cuidado.
SIR POLITICK.– Desde luego, así lo haré.
PEREGRINO (aparte).– No me aparto de este caballero hasta la noche. Es demasiado divertido. (Salen.)


ESCENA SEGUNDA
Sala en casa de Volpone. (Entran Volpone y Mosca.)

VOLPONE.– ¡Oh! Estoy herido.
MOSCA.– ¿Dónde, señor?
VOLPONE.– No por fuera. Los golpes no fueron nada; siempre los he sabido soportar. Mas, Cupido enojado, disparando desde los ojos de ella, se ha clavado dentro de mí como una llama, y ahora me envuelve en quemante ardor, como ambicioso fuego en un horno que tiene el respiradero atascado. Toda la lucha está dentro de mí. No puedo vivir si no me ayudas, Mosca. Se me derrite el hígado, y yo todo, sin esperanza de un poco de aire suave de su refrigerante aliento, no soy sino un montón de cenizas.
MOSCA.– ¡Ay de mí, señorl Ojalá no la hubieseis visto nunca.
VOLPONE.– ¡Ojalá nunca me hubieses tú hablado de ella!
MOSCA.– Señor, es verdad. Confieso que yo fui malaventurado y vos infeliz; mas estoy obligado en conciencia, no menos que por mi deber, a hacer lo más que pueda para aliviar vuestro tormento. ¡Y así lo haré, señor!
VOLPONE.– Amado Mosca, ¿podré esperar?
MOSCA.– Más que amado, señor, no os aconsejo desesperar de nada que esté dentro de las fuerzas humanas.
VOLPONE.– ¡Oh! Aquí habla mi mejor ángel. Mosca, toma mis llaves, oro, plata y joyas, todo está a tu devoción; empléalo como quieras; acúñame también a mí, para poder, en esto, coronar mis anhelos, Mosca.
MOSCA.– Emplead, señor, vuestra paciencia.
VOLPONE.– Así lo estoy haciendo.
MOSCA.– No dudo de lograr buen éxito para vuestros deseos.
VOLPONE.– Siendo así, no me arrepiento de mi último disfraz.
MOSCA.– Si podéis regalarle unos cuernos, señor, no tendréis por qué arrepentiros.
VOLPONE.– Verdad. Además, nunca tuve intención de hacer de él mi heredero... ¿Es que el color de mi barba y de mis cejas no habrán hecho que me reconozca?
MOSCA.– En modo alguno.
VOLPONE.– Resultó bien la farsa.
MOSCA (aparte).– Tan bien, que ojalá la que yo estoy tramando lograse siquiera la mitad de fortuna que la vuestra... Y, sin embargo, quisiera librarme de vuestro epílogo.
VOLPONE.– Pero ¿se tragaron de veras que yo era Scoto?
MOSCA.– ¡Señor, Scoto mismo apenas pudiera haber notado la diferencia! No tengo tiempo ahora de adularos; hemos de separarnos. Y si salgo con bien, aplaudid mi arte.

(Salen.)


ESCENA TERCERA 
Habitación en casa de Corvino. (Entra Corvino con la espada en la mano, arrastrando a Celia.)

CORVINO.– ¡Muerte de mi honor, con el bufón de la ciudad! ¡Un juglar, un sacamuelas, un charlatán saltimbanqui! ¡Y en una ventana pública! ¡Donde, mientras él con sus ademanes forzados y su reparto de muecas atraía vuestros oídos ansiosos a su sermón sobre las drogas, una multitud de viejos solteros conocidos por su lascivia estaban mirando hacia arriba como sátiros; y tú sonreías graciosamente, y lanzabas al aire tus favores para satisfacer a tus ardientes espectadores! ¿Acaso el saltimbanqui fue su modo de llamarte? ¿Su silbato? ¿O es que te enamoraste de sus anillos de cobre, sus joyas de azafrán con su pedrusco falso, o su túnica bordada y el manto hecho con una manta de caballo? ¿O de la pluma vieja de su tocado? ¿O de su barba almidonada? Está bien. ¡Lo tendrás, lo tendrás! Vendrá a casa y te administrará la fricción para la pasión histérica. O, veamos, creo que también tú debes subir al tablado. Si quieres, puedes; sí, de veras, puedes, y así te verán de abajo arriba empezando por los pies. Búscate una cítara, lady Vanidad y hazte mercadera con el hombre virtuoso; haceos dos en uno. Yo me proclamaré cornudo y me quedaré con tu dote. ¿Soy, por ventura, un holandés? ¡Porque si creyeras que soy italiano, te hubieras condenado antes de hacer esto, ramera! ¡Hubieras temblado al imaginar que el asesinato de tu padre, tu madre, tu hermano y toda tu raza habían de satisfacer mi justicia!
CELIA.– Buen señor mío, tened paciencia.
CORVINO.– ¿Qué menos podías suponer que a ti misma había de acaecerte sino que yo, en el calor de mi ira, y bajo el aguijón de mi deshonra, había de hundir en ti este acero con tantos golpes como miradas recibiste de los que te miraron con ojos de cabra?
CELIA.– ¡Ay, señor,  tranquilizaos!  Nunca pude  suponer  que el asomarme a la ventana pudiera provocar vuestra impaciencia más que otras veces.
CORVINO.– ¿No? ¿Ni el buscar y sostener palique con un conocido truhán, delante de una multitud? Fuiste una cómica con tu pañuelo que él besó dulcemente al recibirlo y que pudo sin duda devolverte y sin duda te devolvió con una carta indicando el lugar en que podríais encontraros; la casa de tu hermana, la de tu madre, la de tus tías bien podrán servir para el caso.
CELIA.– ¿Cuándo, amado señor, he tomado yo tales pretextos, o cuándo salgo de casa como no sea para ir a la iglesia, y eso tan raras veces...?
CORVINO.– Pues, de aquí en adelante, serán menos; y tu sujeción de antes era libertad comparada con la que ahora decretaré; por consiguiente, óyeme bien. Primero, mandaré condenar esa ventana alcahueta; y hasta que esté tapiada, trazaré una línea de cal a dos o tres varas de distancia; si sobre la cual, aunque sólo sea por casualidad, pones tu pie desesperado, caerán sobre ti más infierno, más horror, más salvaje ira sin remordimientos que pudieran caer sobre un conjurador que por descuido hubiera salido del círculo de seguridad antes de llamar al demonio. Además, te pienso sujetar con un candado y ahora, que lo pienso, te tendré siempre de espaldas; tu alojamiento estará en la parte trasera de la casa; andarás hacia atrás; tu caminar será siempre hacia atrás. Sí, puesto que haces fuerza a mi honrado natural, has de saber que la ligereza del tuyo es la que me obliga a tratarte de este modo; ya que no pueden contentarse tus sutiles narices en una habitación agradable sino que necesitan sorber el aire de los que pasan rancios y sudorosos. (Llaman dentro.) Alguien llama. Quítate de delante, que no te vean; te va en ello la vida. Ni mires hacia la ventana; si lo haces... No, espera, óyeme... que me arruine, ramera, si no hago contigo una anatomía, diseco lo que me pertenece, y sobre tu cuerpo, doy una conferencia en la ciudad y en público. ¡Fuera! (Sale Celia. Entra un criado.) ¿Quién está ahí?
CRIADO.– Es el señor Mosca, señor.
CORVINO.– Hazle entrar. (Sale el criado.) Su amo ha muerto; siempre viene algún bien a remediar el mal. (Entra Mosca.) ¡Bienvenido, mi Mosca! Adivino qué noticias traes.
MOSCA.– Temo que no podéis, señor.
CORVINO.– ¿No son las de su muerte?
MOSCA.– Más bien lo contrario.
CORVINO.– ¿No su mejoría?
MOSCA.– Sí, señor.
CORVINO.– Estoy maldito, estoy embrujado, mis cruces se amontonan para fastidiarme. ¿Cómo? ¿Cómo? ¿Cómo? ¿Cómo?
MOSCA.– Pues, señor, con el aceite de Scoto. Corbaccio y Voltore lo trajeron, mientras yo estaba ocupado en el interior de la casa.
CORVINO.– ¡Muerte de mi vida! Ese condenado saltimbanqui; ahora mismo lo quisiera matar; no es posible que su aceite posea tal virtud. ¿No lo he conocido cuando era un picaro vulgar que iba tocando el violín por las hosterías con una ramera volatinera, y que cuando había hecho todos sus trucos se contentaba con una pobre cucharada de vino lleno de moscas? No puede ser. Todos sus ingredientes son una hiél de carnero, orugas machacadas, un tuétano de cierva asado y gargajos del hospital; los conozco hasta la última dracma.
MOSCA.– Ño lo sé, señor; pero le echaron un poco en las narices, un poco en las orejas y mejoró. Sólo con darle la fricción...
CORVINO.– ¡Peste de fricción!
MOSCA.– Y luego para mostrarse más serviciales y cuidadosos de su salud, han llevado, pagándolo carísimo a todo el colegio de médicos para consultar los medios de curarlo por completo. Mientras uno recomienda una cataplasma de especias, otro un mono desollado aplicado sobre el pecho, el tercero prescribe un perro, el cuarto un ungüento con pieles de gato salvaje; por fin, todos decidieron que para sanarlo no existía otro medio que buscar a una mujer joven, lozana, jugosa para dormir con él; y de este servicio, por desdicha, estoy ahora encargado, y he pensado en ponerme de acuerdo con vos y pediros consejo, puesto que más que a nadie os concierne; porque no quisiera hacer cosa que contrariase vuestros fines, de los cuales, señor, dependo absolutamente. Sin embargo, si no cumplo el encargo, delatarán mi desidia a mi amo y le harán formar mal concepto de mí, en cuyo caso todas vuestras esperanzas, fortunas o como queramos llamarlas, se frustran. No hago sino decíroslo, señor. Además, todos están ahora compitiendo por ver quién se la ofrece primero; así es que os lo suplico, decidid algo pronto; prevenidles si podéis.
CORVINO.– ¡Muerte de mis esperanzas! ¡Villana fortuna! Lo mejor es alquilar una cortesana vulgar.
MOSCA.– Sí, eso pensé yo; pero son tan sutiles, están tan llenas de arte... Y el anciano, chocheando y blando, de modo que... no puedo decir... pudiéramos por casualidad dar con una mala yegua que nos estafase a todos.
CORVINO.– Eso es verdad.
MOSCA.– No, no; ha de ser una que no nos haga trampas, señor. Una mujer sencilla, una criatura especial para el caso, una moza sobre la que se pueda mandar. ¿No tenéis ninguna parienta? O cosa así... Pensad, pensad, pensad, pensad, pensad, pensad, señor. Uno de los doctores ofreció su hija.
CORVINO.– ¿Cómo?
MOSCA.– Sí, el señor Lupo, el físico.
CORVINO.– ¡Su hija!
MOSCA.– ¡Y virgen, señor! Porque ¡ay! conoce el estado de su cuerpo, sabe lo que es; que nada más que una fiebre le puede calentar la sangre; no hay conjuro capaz de levantar su espíritu; un largo olvido se ha adueñado de aquella parte. No obstante, señor, ¿quién sabe? Una o dos...
CORVINO.– ¡Déjame pensar, te lo ruego! (Pasea de un lado para otro.) Si cualquier otro hombre tuviera la suerte que yo... La cosa en sí, ya lo sé, no es nada... Por lo cual, ¿no puedo mandar en mi sangre y sobreponerme a mis afectos como ese doctor estúpido? En lo tocante al punto de honor los casos de una mujer y de una hija son iguales.
MOSCA (aparte).– Ya va acercándose.
CORVINO.—Lo hará: está hecho. ¡Pardiez! Si ese doctor, que no tiene interés personal en el asunto, ofrece su hija ¿que debo hacer yo que estoy tan hondamente interesado? Me adelantaré a él. ¡Canalla! ¡Canalla codicioso!... Mosca, he decidido.
MOSCA.– ¿Cómo, señor?
CORVINO.– Lo aseguraremos todo. La persona que andas buscando será mi propia mujer, Mosca.
MOSCA.– Señor, cosa como ésa, no podía yo aconsejárosla. Tenía que salir de vos primeramente. Echad vuestra cuenta, les habéis cortado a todos el cuello. ¡Eso es lo que se llama tomar posesión directamente! Y en el primer ataque, podemos acabar con él. No hay sino emplear la almohada en que apoya la cabeza, y queda ahogado; antes se hubiera hecho a no ser por vuestras dudas escrupulosas.
CORVINO.– ¡Sí, la peste cargue con ellas! ¡Mi conciencia oscurece mi ingenio! Está bien. Seré rápido; tú has de serlo también no sea que alguien se nos adelante. ¡Vete a casa, prepárale, díle con qué celo y solicitud lo hago; jura que lo decidí a la primera palabra que me dijiste, como puedes hacerlo, en verdad, por mi libre voluntad.
MOSCA.– Señor, os garantizo que de tal modo lo he de convencer que arrojará de casa a todos sus demás clientes hambrientos. Sólo vos seréis recibido. Mas no vengáis, señor, hasta que os mande a buscar. Tengo que madurar alguna otra cosa en beneficio vuestro, que por ahora no debéis saber.
CORVINO.– Pero no se te vaya a olvidar.
MOSCA.– No temáis. (Sale.)
CORVINO.– ¿Dónde estás, mujer? ¡Celia mía! ¡Mujer! (Vuelve a entrar Celia.) ¿Qué es eso? ¿Haciendo pucheritos? Ven, seca esas lágrimas. Te figuraste que hablaba en serio. ¡Bah! Por la luz que nos alumbra, sólo hablé por probarte; creo que la levedad de la ocasión hubiera debido hacértelo comprender. Acércate. No soy celoso.
CELIA.– ¡No!
CORVINO.– Nunca lo fui, a fe mía; es un humor mezquino y del que no se saca provecho. ¿Acaso no sé que si las mujeres quieren hacer una cosa, la hacen a pesar de todas las guardas del mundo, y que los más fieros espías se domestican con oro? Ea, confío en ti, ya lo has de ver; y has de ver también cómo te doy motivo para creerlo. Ven, dame un beso. Anda, y arréglate a toda prisa, ponte la mejor ropa, las mejores joyas, sí todas, y con ellas tu mejor cara. Estamos invitados a una solemne fiesta en casa del viejo Volpone, en la cual se hará evidente cuan lejos estoy de celos o de temor. (Salen.)


ACTO  TERCERO

ESCENA PRIMERA 
Una calle. (Entra Mosca.)

MOSCA.– Temo que estoy empezando a enamorarme de mi Apropia persona, y mis cualidades más prósperas brotan y echan vastagos; siento en la sangre una a modo de fantasía; no sé si el éxito no me ha hecho jactancioso. Podría en este instante, tan flexible me siento, salirme de mi piel como sutil serpiente. ¡Oh! El parásito es cosa preciosísima, caída de lo alto, no criada entre terrones y gaznápiros aquí en la tierra. Me admira que el misterio no se haya convertido en ciencia puesto que se profesa con tal abundancia. Todo ser cuerdo en la naturaleza es poco más o menos un parásito o un subparásito... Y no hablo de los que practican mi arte menguado vagando por la ciudad en busca de quien les dé de comer; los que no tienen casa, ni familia, ni cuidado, y, a guisa de anzuelo, forjan cuentos como cebo para los oídos de los que pasan; o amañan invenciones de cocina y unas cuantas recetas rancias para halagar al paladar y al bajo vientre; ni a los otros con sus trucos de perros amaestrados que saben acariciar y hacer burlas, sacando su renta de saltos y muecas, haciéndose eco de los señores, lamiéndoles las motas. Hablo del granuja fino y elegante que sabe erguirse e inclinarse casi a un tiempo, como una flecha; cruzar el aire, ágil como una estrella; cambiar de dirección tan de prisa como una golondrina; y estar aquí y allí y acá y allá, todo a la vez; presente a todo humor, en toda ocasión, cambiando de careta más rápidamente que un pensamiento. Esta es la criatura que ha nacido con el arte dentro; que no pena para aprenderlo, sino lo practica merced a su excelentísima naturaleza; y tales centellas son los verdaderos parásitos, los otros no son sino sus payasos. (Entra Bonario.) ¿Quién es ése? Bonario, el hijo del viejo Corbaccio. La persona a quien iba buscando precisamente... Señor mío, felizmente os encuentro.
BONARIO.– ¿Tú a mí? ¡Imposible!
MOSCA.– ¿Por qué, señor?
BONARIO.– Sigue tu camino, te lo ruego y déjame en paz. Me desagradaría cambiar palabras con uno como tú.
MOSCA.– Cortés, señor, no desdeñéis mi pobreza.
BONARIO.– No, por el cielo; mas, me has de permitir que odie tu bajeza.
MOSCA.– ¿Bajeza?
BONARIO.– Sí. Respóndeme: ¿No es tu holgazanería motivo suficiente? ¿Tu adulación? ¿Tus medios de ganarte la vida?
MOSCA.– ¡El cielo me ampare! Esas acusaciones son demasiado vulgares, señor, y es fácil achacárselas a la virtud cuando es pobre. No sois mi igual, y, por consiguiente, vuestra sentencia puede ser justa, mas vos no lo seréis si antes de conocerme dais en censurarme; San Marcos me es testigo contra vos; esto es inhumano. (Llora.)
BONARIO (aparte).– ¿Cómo? ¡Llora! Suave y buena señal. Arrepiéntome de haber sido demasiado duro.
MOSCA.– Es verdad que, sacudido por fuerte necesidad, me veo forzado a ganar mi pan inseguro harto servilmente; cierto también que debo hilar mi pobre ropa a fuerza de obediencia, ya que no he nacido para una libre fortuna, ejerciendo bajos oficios, separando amigos, dividiendo familias, traicionando consejos, murmurando falsas mentiras o minando a los hombres con lisonjas, aumentando su credulidad con perjurios, corrompiendo la castidad, mas ¡perezca yo y conmigo toda esperanza de bondad si amo tanto mi propio fácil bienestar que no prefiera seguir el más áspero y laborioso camino con tal de redimirme de mi presente mala fama!
BONARIO (aparte).– Esto no puede ser arrebato fingido. (A Mosca.) Merezco censura por haberte juzgado mal. Perdóname, te lo ruego; y di lo que tengas que decir.
MOSCA.– Señor; es cosa que os concierne; y aunque, al principio parezca que hago ofensa al buen proceder y a la gratitud que debo a mi amo, por el puro amor que tengo a la justicia y el odio que me inspira el mal obrar, me veo obligado a revelarlo. Vuestro padre, a esta hora, está tratando de desheredaros...
BONARIO.– ¿Qué?
MOSCA.– Y arrojaros de sí como ajeno a su sangre; es cierto, señor; ello no tiene nada que ver conmigo, mas, como pretendo interesarme por el estado general de la bondad y dé la verdadera virtud, que según he oído tanto abundan en vos, y que me fuerzan a respetaros de tal modo, sin segunda intención, os lo he dicho...
BONARIO.– Este cuento me hace perder mucho de la fe que habías ganado conmigo; es imposible; no puedo ni pensar que mi padre pudiera obrar tan contra naturaleza.
MOSCA.– La confianza que tenéis en él honra vuestra piedad filial; y está sin duda basada en vuestra propia inocencia; lo cual hace más monstruoso y aborrecible el agravio que piensan infligiros. Mas, señor, por ahora, os diré más. En este mismo minuto, ya está hecho o se está haciendo; y si os place siquiera venir conmigo, os llevaré, no me atrevo a decir donde veáis, sino donde vuestros oídos puedan ser testigos de la escritura, donde vos mismo oigáis cómo os proclaman bastardo y afirman que habéis nacido de la madre tierra.
BONARIO.– ¡Estoy atónito!
MOSCA.– Señor, si no lo hago, desenvainad vuestra justa espada, y señalad vuestra venganza en mi frente y mi rostro; mareadme por villano; sufrís demasiado agravio, y yo padezco por vos, señor. Mi corazón llora sangre de angustia...
BONARIO.– Guía. Te sigo. (Salen.)


ESCENA SEGUNDA
Habitación en casa de Volpone. (Entra Volpone.)

VOLPONE.– Paréceme que Mosca tarda demasiado... Traed vuestros juegos, y ayudadme a endulzar el tiempo sin ventura.

(Entran Nano, Andrógino y Castrone.)

NANO.– Enano, loco y eunuco nos encontraremos aquí, para resolver la duda de cuál de los tres, ya que somos la conocida golosina de un hombre rico, puede jactarse de haber logrado su preferencia en el oficio de agradarle.
CASTRONE.– Yo la reclamo para mí.
ANDRÓGINO.– Y lo mismo hace este loco.
NANO.– Lo cual, en verdad, es locura; dejad que os dé una reprimenda a ambos. En primer lugar, vuestro enano es pequeño e ingenioso. Y todo lo que es pequeño es lindo. Si no es así ¿por qué las gentes dicen en cuanto ven a una criatura de mi forma: "Eres un lindo monito"? Y ¿por qué un lindo mónita sino por la agradable imitación de las acciones de los más grandes hombres por modo ridículo? Además, este elegante cuerpo mío no pide ni la mitad de alimento, bebida y tela que uno de vuestros bultos necesita. Admito que vuestro loco pueda engendrar la risa, pero en cuanto a ingenio, siempre se quedará atrás. Y aunque ello sea lo que le da de comer, es lamentable caso que su cuerpo sustente tan mala cara.

(Llaman dentro.)

VOLPONE.– ¿Quién está ahí?... Mi cama... ¡Fuera! ¡Mirad! Nano, mira. (Salen Andrógino y Castrone.) Dame mis gorros, antes. Vé a enterarte. (Sale Nano.) ¡Y ahora, Cupido, envía a Mosca con buena respuesta!
NANO (dentro).– Es la hermosa señora...
VOLPONE.– ...¿Quiero-y-no-puedo?
NANO.– La misma.
VOLPONE.– ¡Ya me cayó encima el tormento! Sírvele de escudero; porque entrará, o se quedará a vivir aquí para siempre. Ea, de prisa. (Se retira a su cama.) ¡Ojalá se me hubiese pasado el ataque! Temo también un segundo infierno, y es que mi aborrecimiento por ésta me quite el apetito para la otra. ¡Ojalá estuviera ya despidiéndome! ¡Señor, cómo me atormenta la amenaza de lo que tengo que sufrir!

(Vuelve a entrar Nano con Lady Politick Would-be.)

LADY POLITICK.– Os doy gracias, buen señor. Os ruego hagáis saber a vuestro patrón que estoy aquí... Esta cinta no hace resaltar mi cuello lo bastante... ¿Puedo molestaros, señor, pidiéndoos que digáis a una de mis doncellas que entre...? ¡A fe que estoy hoy favorabilísimamente vestida! ¡No importa! Estoy bastante bien... (Entra la Doncella primera.) ¡Mira, ve cómo esas aturdidas han arreglado esto!
VOLPONE (aparte).– Siento que la calentura me entra por los oídos. ¡Oh, si hubiera un hechizo para espantarla!
LADY POLITICK.– Acércate más. ¿Está este rizo en su sitio? ¿Y éste? ¿Por qué éste está más alto que todos los demás? ¡Todavía no te has lavado los ojos! ¿O es que ni siquiera los tienes en la cara? ¿Dónde está tu compañera? ¡Llámala! (Sale la primera Doncella.)
NANO.– ¡Ahora, San Marcos, libertadnos! Ahora va a pegar a sus doncellas, porque tiene la nariz colorada.

(Entran las Doncellas primera y segunda.)

LADY POLITICK.– Hacedme el favor de mirar este tocado... ¿Está todo en punto o no?
DONCELLA PRIMERA.– Un cabello aquí, sobresale tal vez.
LADY POLITICK.– ¡Tal vez! Y ¿dónde estaba tu preciosa vista cuando le arreglaste? ¡Tal vez! Y ahora ¿qué, ojos de pájaro? ¿Y tú también? Acercaos, os lo ruego, y arregladlo. ¡Por la luz que nos alumbra, pienso que no os da vergüenza! Yo que tantas veces os he predicado lo mismo, os he leído los principios, he argüido sobre todos los fundamentos, discutido toda proporción, toda gracia, que os he llamado a consejo en tan frecuentes pruebas...
NANO (aparte).– Más cuidadosa de ello que de vuestra fama o vuestra honra.
LADY POLITICK.– Os he explicado qué amplio dote habría de ser para vosotras el conocimiento de todas esas cosas, cómo ello sólo os conseguiría maridos nobles al volver a Inglaterra ¡y así lo descuidáis! Sabiendo además qué gente tan curiosa son los italianos. ¿Qué van a decir de mí? La dama inglesa no sabe vestirse. ¡Amable acusación para vuestro paísl Bueno, seguid vuestro camino, y quedaos en la habitación inmediata. Este perfume también es demasiado fuerte; no importa... Buen señor, ¿queréis entretenerlas?

(Salen Nano y las Doncellas.)

VOLPONE.– La tormenta se dirige hacia mí.
LADY POLITICK (acercándose al lecho).– ¿Cómo va mi Volpone?
VOLPONE.– Perturbado por el ruido, no puedo dormir. Soñé que entraba una extraña Furia, ahora, en mi casa, y que con la tremenda tempestad de su aliento, arrancaba mi techo.
LADY POLITICK.– Creedme, yo también he tenido el sueño más temeroso. ¡Si pudiera recordarlo...!
VOLPONE (aparte).– ¡Maldigo mi destino! Le he dado ocasión de atormentarme; me va a contar los suyos.
LADY POLITICK.– Me parece que la dorada medianía, cortés y delicada....
VOLPONE.– ¡Oh, si me amáis, no más! Sudo, sufro a la sola mención de cualquier sueño; sentid como aún tiemblo.
LADY POLITICK.– ¡Ay, alma mía! Eso es mal del corazón. Os sentaría bien tomar aljófar hervido con jarabe de manzana, tintura de oro y coral, pildoras de limón, raíz de heliantemo, ciruelas índicas...
VOLPONE (aparte).– ¡Ay de mí! ¡He atrapado una langosta por las alas!
LADY POLITICK.– ...seda quemada y ámbar. ¿Tendréis en casa buen moscatel...?
VOLPONE.– ¿No queréis beber un poco y marcharos?
LADY POLITICK.– No temáis. Dudo si no podremos conseguir un poco de azafrán inglés; con medio dracma, habría bastante: unos dieciséis clavos de especia, un poco de almizcle, menta seca, buglosa y harina de cebada...
VOLPONE (aparte).– ¡Buenos estamos! Antes, fingía dolencias y ahora tengo una.
LADY POLITICK.– Todo ello aplicado con un trozo de tela escarlata.
VOLPONE (aparte).– ¡Otra inundación de palabras! ¡Un verdadero torrente!
LADY POLITICK.– Señor, ¿queréis que os prepare una cataplasma?
VOLPONE.– ¡No, no, no! Estoy muy bien, no necesitáis recetar más.
LADY POLITICK.– Estudié un poco de medicina, mas ahora estoy completamente dedicada a la música, excepto en las mañanas, una hora o dos a la pintura. Quisiera, en verdad, que una dama entendiera de todo, letras y artes, que fuese capaz de conversar, de escribir, de pintar, pero lo principal, como Platón sostiene es la música y lo mismo dice el sabio Pi-tágoras; ella es nuestro verdadero éxtasis: cuando hay armonía en el rostro, en la voz, en el vestido; y, en verdad, es el mejor adorno de nuestro sexo.
VOLPONE.– Un poeta tan antiguo en el tiempo como Platón y tan sabio como él, dice que la más alta gracia femenina es el silencio.
LADY POLITICK.– ¿Qué poeta? ¿Petrarca o Tasso o Dante? ¿Guarini, Ariosto, Aretino? ¿Cieco di Hadria? Los he leído a todos.
VOLPONE (aparte).– ¿Todo ha de ser causa de mi destrucción?
LADY POLITICK.– Creo que he traído dos o tres conmigo.
VOLPONE (aparte).– ¡El sol, el mar, se quedarán quietos antes que su lengua eterna! ¡Nada puede escapar de ella!
LADY POLITICK.– Aquí está Pastor Fido...
VOLPONE (aparte).– Guardaré obstinado silencio: ésa es mi más segura salvación.
LADY POLITICK.– Todos nuestros escritores ingleses, quiero decir los que tienen la felicidad de entender el italiano, se dignan robar a este autor, principalmente; casi tanto como a Montaigne; tiene una vena tan moderna y tan fácil, que va con el tiempo y encanta los oídos de la Corte. Petrarca es más apasionado, pero en los días del soneto, le empleó demasiado; Dante es áspero, y pocos pueden comprenderlo, mas para ingenio desesperado, ahí está Aretino, aunque sus pinturas son un tanto obscenas... No me hacéis caso.
VOLPONE.– ¡Ay de mí! Tengo la mente perturbada.
LADY POLITICK.– En tales casos, debemos curarnos por nuestros propios medios, emplear nuestra filosofía...
VOLPONE.– ¡Ay de mi!
LADY POLITICK.– Y si nuestras pasiones se rebelan, salirles al encuentro con nuestra razón o distraerlas, dando paso a cualquier otro humor menos peligroso. Lo mismo que en los cuerpos políticos, nada hay que sobrecoja el juicio y nuble el entendimiento como fijaros y empeñarse demasiado, como si dijéramos dejarse esclavizar por un objeto. Porque la incorporación de esas mismas cosas exteriores, en esa. parte que llamamos mental, deja ciertas heces que obstruyen los órganos y, como dice Platón, asesinan al conocimiento.
VOLPONE (aparte).– ¡Espíritu de la paciencia, ampárame!
LADY POLITICK.— Os he de visitar muchos días; y os pondré bien; os haré reír y estar alegre.
VOLPONE (aparte).– ¡Mi buen ángel me guarde!
LADY POLITICK.– No hubo más que un solo hombre en el mundo con el que pude simpatizar; y se pasaba, a menudo, tres o cuatro horas seguidas oyéndome hablar; y a veces estaba tan extasiado que me respondía completamente fuera de propósito, como vos, y vos sois exactamente como él. Hablaré, señor, aunque sólo sea para haceros dormir. ¡Cómo pasamos juntos nuestro tiempo y nuestros amores durante unos seis años!
VOLPONE.– ¡Oh, oh, oh, oh, oh, oh!
LADY POLITICK.– Porque éramos coetáneos y nos criamos...
VOLPONE (aparte).– ¡No hay poder, no hay destino, no hay fortuna que venga a rescatarme!

(Entra Mosca.)

MOSCA.– ¡Dios os guarde, señora!
LADY POLITICK.– ¡Buen señor!
VOLPONE.– ¡Mosca! Bien venido, bien llegado para mi redención.
MOSCA.– ¿Por qué, señor?
VOLPONE.– ¡Oh! Sácame de esta tortura, rápidamente, aquí. Esta señora con su voz infinita. ¡Las campanas en tiempo de pestilencia nunca hicieron semejante ruido ni estuvieron en movimiento perpetuo! La riña de gallos no tiene comparación con esto. Toda mi casa ahora está llena de vapor como un baño gracias a su espeso aliento. Ni un abogado hubiera logrado hacerse oír; ni hay mujer que haya podido dejar caer jamás tal granizada de palabras. ¡Por el infierno, llévatela de aquí!
MOSCA.– ¿Ha regalado algo?
VOLPONE.– ¡Oh, no me importa! ¡Lo que quiero es su ausencia, a cualquier precio, con cualquier pérdida!
MOSCA.– Señora...
LADY POLITICK.– He traído a vuestro patrón un juguete, una gorra hecha por mis manos.
MOSCA.– Está bien. Había olvidado decíroslo; he visto a vuestro caballero, donde menos podéis figuraros...
LADY POLITICK.– ¿Dónde?
MOSCA.– ¡Pardiez! Donde si os dais prisa, lo podréis alcanzar, remando sobre el agua en una góndola con la más astuta cortesana de Venecia.
LADY POLITICK.– ¿Es verdad?
MOSCA.– Perseguidle y creed lo que vean vuestros ojos. Dejadme, yo presentaré vuestro obsequio. (Sale Lady Politick, apresuradamente.) Estaba seguro de que resultaría; porque fácilmente las que a sí mismas se permiten mayor licencia, suelen ser las más celosas.
VOLPONE.– Mosca, gracias de todo corazón, por tu rápida ficción y mi propia libertad. Y ahora, a mis esperanzas. ¿Qué me dices?

(Vuelve a entrar Lady Politick.)

LADY POLITICK.– Pero ¿habéis oído, señor?
VOLPONE.– ¡Otra vez! Temo una convulsión.
LADY POLITICK.– ¿En qué dirección navegaban?
MOSCA.– Hacia Rialto.
LADY POLITICK.– Os ruego me prestéis vuestro enano.
MOSCA.– Os ruego que os lo llevéis. (Sale Lady Politick.) Señor, vuestras esperanzas, como felices y hermosas flores, prometen oportuno fruto, si esperáis a que maduren; quedaos en el lecho. Corbaccio va a llegar de un momento a otro con el testamento, cuando se vaya, os diré más.
VOLPONE.– Mi sangre, mi espíritu hanse recobrado; estoy vivo, y como el jugador cuyo pensamiento le ha dicho al oído: "No vayas más lejos", pienso que miento y me preparo... para un encuentro.

(La escena se cierra sobre Volpone.)


ESCENA TERCERA
El pasillo que conduce a la habitación de Volpone. (Entran Mosca y Bonario.)

MOSCA.– Señor, aquí, escondido (le muestra una alacena), podréis oírlo todo. Mas, os ruego, señor, tengáis paciencia. (Llaman.) Precisamente, vuestro padre es quien llama; tengo que dejaros. (Sale.)
BONARIO.– Vé... Sin embargo no puede imaginar mi pensamiento que esto sea verdad. (Entra en la alacena.)


ESCENA CUARTA
Otra parte del mismo pasillo. (Entran Mosca y Corvino,, Celia les sigue.)
MOSCA.– ¡Muerte de mi vidal Habéis venido demasiado pronto. ¿Qué pretendéis? ¿No os dije que os mandaría recado?
CORVINO.– Sí, pero temí que se te olvidase, y se nos adelantaran.
MOSCA (aparte).– ¡Adelantarse! ¡Hubo jamás hombre a quien tanta prisa le corriesen los cuernos! No tendría tanta un cortesano por un empleo... Bien; ya no tiene remedio. Quedaos aquí. Ahora vuelvo. (Sale.)
CORVINO.– ¿Dónde estás, Celia? ¿De modo que no sabes para qué te he traído aquí?
CELIA.– No muy bien, excepto lo que me dijisteis.
CORVINO.– Ahora te lo diré. Escucha. (Salen.)

ESCENA QUINTA
Alacena que da a una galería. (Entran Mosca y Bonario.)

MOSCA.– Señor, vuestro padre ha enviado recado de que aún tardará media hora en venir; por lo cual si, entretanto, os place salir a esta galería... allí, en el extremo... hay unos cuantos libros para pasar el tiempo; y cuidaré, señor, de que nadie venga a molestaros.
BONARIO.– Sí, aquí me estaré. (Aparte.) Dudo de este hombre. (Sale de la alacena.)
MOSCA (mirándolo alejarse).– Ahí; queda bastante lejos; no puede oír nada; y en cuanto a su padre, puedo impedir que entre. (Sale.)


ESCENA SEXTA 
La habitación de Volpone. (Volpone en su lecho. Mosca sentado junto a él. Entra Corvino que obliga a Celia a entrar por fuerza.)

CORVINO.— Ahora ya no es posible volverse atrás, y, por lo tanto, decídete; así lo he decretado, y hay que hacerlo. No me marcharé antes porque quiero evitar todos los ardides y evasivas que pudieran hacerme faltar a mi palabra.
CELIA.– Señor, permitidme que os ruegue: no empleéis estas extrañas pruebas; si dudáis de mi castidad, encerradme para siempre; hacedme heredera de la oscuridad. Dejadme vivir donde pueda acallar vuestros temores, ya que no merecer vuestra confianza.
CORVINO.– Créeme; esto no es fingimiento. Digo lo que quiero decir; todavía no estoy loco. Ea; demuestra que eres una esposa obediente.
CELIA.– ¡Oh, cielos!
CORVINO.– Te lo digo, hazlo.
CELIA.– ¿Ésta era la añagaza?
CORVINO.– Ya te he explicado las razones; lo que los médicos han ordenado; de cuánta importancia puede ser para mí; cuáles son mis compromisos; cuáles mis medios; y la necesidad de esos medios para salir a flote; por consiguiente, si eres leal y mía, déjate vencer, respeta mi buena suerte.
CELIA.– ¿Antes que vuestro honor?
CORVINO.– ¿Honor? ¡Batí! Es un suspiro; no existe tal cosa en la naturaleza; es una mera palabra inventada para asustar a los necios. ¿Es peor mi oro porque alguien lo toque, mis ropas porque alguien las mire? Pues esto no es más. Un desdichado viejo decrépito, que no tiene sentidos ni fuerzas; que toma su alimento con dedos ajenos; que no sabe más sino quedarse con la boca abierta si se le queman las encías; una voz, una sombra. ¿Cómo puede tal hombre dañarte?
CELIA (aparte).– Señor, ¿qué demonio es éste que ha entrado en él?
CORVINO.– Y en cuanto a tu buena fama, es una canción. ¿Acaso he de ir yo a contarlo en la Plaza? ¿Quién lo ha de saber si él no puede hablar, y en cuanto a su criado tengo sus labios en el bolsillo? A no ser que tú quieras ir proclamándolo, no conozco a nadie que lo sepa.
CELIA — ¿Es que el cielo y los santos no son nada? ¿Se han tornado ciegos y estúpidos?
CORVINO.– ¿Qué dices?
CELIA.– Buen señor mío; seguid siendo celoso; imitadlos; pensad qué odio arde en ellos hacia todo pecado.
CORVINO.– Te lo garantizo; si pensara que fuese pecado, no insistiría, si ofreciese esto a cualquier joven francés o a algún alemán de sangre caliente que hubiese leído al Aretino, anotado todos sus escritos, conociese las vueltas y revueltas del laberinto del placer y fuese crítico profesor de lascivia y estuviese mirándole y le aplaudiese, eso sí sería pecado; pero aquí, al contrario, es una obra mía, mera caridad empleada como medicina, discreta política para asegurar mi propio bien.
CELIA.– ¡Oh cielo, puedes sufrir semejante mudanza!
VOLPONE.– ¡Tú eres mi honor, Mosca, y mi orgullo, mi gozo, mi excitante, mi deleite! Anda, traélos.
MOSCA (adelantándose).– Dignaos acercaros, señor.
CORVINO.– Ven. ¿No serás rebelde? Con esta luz...
MOSCA.– Señor, el señor Corvino ha venido a veros.
VOLPONE.– ¡Oh!
MOSCA.– Y habiendo tenido noticia de la consulta que últimamente se ha celebrado acerca de vuestra salud, ha venido a ofreceros, o mejor dicho, señor, a prostituir...
CORVINO.– Gracias, amable Mosca.
MOSCA.– Libremente, sin que se le pida, sin que se le ruegue...
CORVINO.– Bien.
MOSCA.– Como verdadera, ferviente prueba de su amor, a su bellísima y propia esposa; la beldad más preciada de Venecia...
CORVINO.– Bien argumentado.
MOSCA.– Para que sea vuestra confortadora, y os conserve.
VOLPONE.– ¡Ay, ya pasó! Os lo ruego, dadle las gracias por su buen cuidado y prontitud; pero, en cuanto a eso... es vana labor luchar contra el cielo; arrimar fuego a una piedra. (Tose.) ¡Uh, uh, uh, uh! Hacer que una hoja seca vuelva a crecer. Acepto sus deseos con gratitud... podéis decírselo, y decidle lo que he hecho en su favor; mas, en mi estado ya no cabe esperanza. ¡Que rece por mí! Y que use su fortuna con reverencia, cuando le llegue.
MOSCA.– ¿Lo oís, señor? Acercaos con vuestra esposa.
CORVINO.– ¡Corazón de mi padre! ¿Aún te niegas? Ven, acércate, te lo suplico, ven. Ya ves como es nada, Celia. ¡Por esta mano, juro que me harás emplear violencia! ¡Ven, te digo!
CELIA.– Señor, matadme antes. Tomaré veneno, comeré carbones ardiendo, haré cualquier cosa...
CORVINO.– ¡Condénate! Corazón, te llevaré arrastrando por el cabello, desde aquí a casa; diré a gritos por las calles que eres una prostituta; te rasgaré la boca hasta las orejas; te despellejaré la nariz como si fuera un lenguado crudo... ¡No me tientes! Ven. Cede. ¡Te aborrezco!... ¡Muerte de mi vida! Compraré un esclavo, y lo mataré y te ataré a él, viva, y os colgaré en la ventana imaginando algún monstruoso crimen que grabaré en tu piel en letras mayúsculas con agua fuerte y quemantes corrosivos, sobre tu pecho terco. ¡Por la sangre que has convertido en fuego, lo haré!
CELIA.– Señor, como gustéis; soy vuestra mártir.
CORVINO.– No te obstines así; no lo he merecido; piensa quién es el que así te ruega... Por favor, dulcísima... Te lo prometo; tendrás joyas, vestidos, galas, lo que quieras y pidas. Dale siquiera un beso, o acaricíale al menos... ¡Por mí!... Porque yo te lo ruego... Sólo una vez... ¡No! ¡No! Lo recordaré. ¿Así me arruinas? ¿Tienes sed de perderme?
MOSCA.– Gentil señora, dejaos aconsejar...
CORVINO.– No, no. Ha medido el tiempo. Esto es ruindad, vileza; eres una...
MOSCA.– Calmaos, señor.
CORVINO.– ...una vil langosta, por el cielo, una langosta. ¡Ramera! ¡Cocodrilo que has preparado tus lágrimas esperando el momento en que te convenga dejarlas correr...!
MOSCA.– Os ruego, señor... Ella considerará...
CELIA.– Si mi vida sirviera para satisfacer...
CORVINO.– ¡Muerte! Si consintiera siquiera en hablarle y poner a salvo mi reputación, algo sería; ¡mas, consumar rencorosamente mi propia ruina!
MOSCA.– Sí; ahora habéis puesto vuestra suerte en sus manos, mas, a fe, se trata de su pudor; hay que absolverla. Si estuvierais ausente, se mostraría más tratable, lo sé; me atrevo a dar mi palabra por ella. ¿Qué mujer puede, en presencia de su marido? Os lo ruego, alejémonos y dejémosla aquí.
CORVINO.– Dulce Celia mía; aún puedes remediarlo todo; no te digo más. De lo contrario, date por perdida. Ea, quédate aquí. (Sale con Mosca, cerrando la puerta.)
CELIA.— ¡Oh Dios y sus ángeles buenos! ¿A dónde, a dónde ha huido la vergüenza de los corazones humanos, para que con tal facilidad los hombres osen arrojar así nuestro honor y el suyo? ¿Acaso lo que siempre fue causa de vida, se considera ahora la más baja circunstancia, y hace del pudor un desterrado por el dinero?
VOLPONE.– Así es, en Corvino y en entendimiento como el suyo, alimentados de tierra (saltando del lecho) que nunca gustaron el verdadero cielo de amor. Puedes estar segura, Celia, que el que hubiera sido capaz de venderte sólo por la esperanza, y ésa incierta, de ganar dinero, hubiera vendido también su parte de Paraíso si hubiera encontrado comprador. ¿Por qué te espanta verme revivir? Aplaude más bien el milagro de tu hermosura: ésta es tu grande obra, que no sólo ahora sino varias veces me exaltó en varias formas, la última esta mañana en forma de saltimbaqui para poder verte en tu ventana. Sí, dejando mi oficio por tu amor, habría competido con el azul Proteo o el encrespado mar. Ahora, eres bienvenida.
CELIA.– ¡Señor!
VOLPONE.– No huyas de mí, ni dejes que tu engañosa imaginación te persuada de que soy un inválido confinado en un lecho; ya irás viendo que no lo soy. Ahora estoy tan lozano, tan caliente, tan alto y en tan jovial disposición como cuando en la tan celebrada escena, recitando nuestra comedia para divertir al gran Valois personifiqué al joven Antinoo, y atraje las miradas y los oídos de todas las damas presentes para que admirasen cada uno de mis graciosos gestos, de mis notas, de mis pasos. (Canta.)
¡Ven, Celia mía, gustemos
Mientras podemos,
Los dulces juegos de amor.
El tiempo no es siempre nuestro,
y en separar es maestro
lo que un buen día juntó.
No desdeñemos sus dones.
Sol que se pone
puede volver a salir,
mas, si luz de amor perdernos,
noche perpetua  tendremos.
¿Por qué el gozo diferir?
Buena fama es niñería.
¿Quién nuestra culpa sabría?
Robo de amor no es pecado
y aunque se llegue a saber,
de antemano descontado 
está el crimen del placer.
CELIA.– ¿Qué rocío maléfico me marchita, qué horrible rayo cae sobre mi faz culpable?
VOLPONE.– ¿Por qué desmayas mi Celia? Has hallado en lugar de un marido vil, un amante digno de ti; aprovecha bien tu fortuna, con secreto y placer. Mira, contempla el tesoro de que eres reina; no en esperanza, como aquel con que a los demás alimento, sino en posesión, para servirte de corona. Mira, aquí hay una sarta de perlas; y cada una de mejor oriente que aquellas que la bizarra reina egipcia, preciaba, disolvía y bebía. Mira, un rubí que haría salir de sus órbitas los dos ojos de San Marcos, un diamante con el que hubiera podido comprarse a Lollia Paulina cuando se adelantó como envuelta en fulgor de estrellas, cubierta de joyas que eran despojos de provincias enteras; toma éstas, llévalas, piérdelas; siempre quedará este zarcillo para volverlas a comprar, ellas y todo el Estado. Una piedra preciosa que no vale más que un patrimonio particular no es nada; nos comeremos una en cada festín. Cabezas de papagayos, lenguas de ruiseñores, sesos de pavo real y de avestruz serán nuestro alimento; y si pudiéramos encontrar al ave Fénix, aunque la naturaleza haya dejado perder su especie, manjar nuestro sería.
CELIA.– Buen señor, esas cosas pueden mover a un ánimo inclinado a tales deleites; pero yo, para quien la inocencia es la única riqueza y el único placer digno de ser gozado y que una vez perdida, nada me dejará, no puedo ser vencida por esos cebos sensuales. Si tenéis conciencia...
VOLPONE.– Ésa es la virtud de los mendigos; y si tú tuvieses cordura, óyeme, Celia, tus baños serían el jugo de las flores de julio, esencia de rosas y de violetas, leche de unicornios, aliento de panteras recogido en sacos y mezclado con vinos de Creta. Nuestras bebidas estarían preparadas con oro y ámbar; y beberíamos de ellas hasta que el mismo techo girase a fuerza de vértigo; y mi enano bailaría, mi eunuco cantaría, mi bufón haría cabriolas mientras nosotros, en mudadas formas, representaríamos cuentos de Ovidio, tú, ahora como Europa y yo como Jove, luego yo como Marte y tú como Erycine; y así hasta qvie hubiésemos recorrido y agotado todas las fábulas de los dioses. Luego te gozaría en formas más modernas, ataviada como desenvuelta dama de Francia, como briosa señora alemana, o como orgullosa beldad española; a veces como la esposa del Persa o la amante del gran señor; y para variar, como una de nuestras más astutas cortesanas, o alguna vivaz negra o fría rusa. Te saldré al encuentro en otras tantas formas diferentes en las cuales podremos transfundir nuestras almas errantes en nuestros labios y amontonar sumas de placeres. (Canta.)
Que los curiosos no entenderán,
ni podrán contar.
Que a los envidiosos, cuando les cuenten,
Harán penar...
CELIA.– Si tenéis oídos a los cuales pueda llegar mi voz..., si tenéis ojos que puedan abrirse..., si tenéis un toque de los santos... o del cielo... hacedme la merced de dejarme marchar... Si no, sed generoso y matadme. Bien sabéis que soy una criatura a quien trajo aquí una mala traición por un hombre cuya vergüenza podría olvidar si no me negaseis una de esas dos gracias. Señor, satisfaced vuestra ira mejor que vuestra lascivia (la ira es vicio que está más cerca de la virilidad). Y castigad este infeliz crimen de la naturaleza que llamáis por error mi hermosura; azotad con un látigo mi rostro o envenenadle con ungüentos por haber suscitado en vuestra sangre tal rebelión. Frotad estas manos con algo que produzca devoradora lepra que llegue hasta mis huesos y mis tuétanos; todo cuanto pueda dañarme, excepto en mi honor... me pondré de hinojos ante vos, y rezaré por vos, cumpliré mil votos por hora, por vuestra salud. Reportaos, y pensad que sois virtuoso...
VOLPONE.– ¿Pensar que soy frío, helado e impotente, y reportarme así? Pensarías, si así lo hiciera, que tengo la hernia de Néstor. Estoy degenerando, y agravio a mi nación, jugando tanto tiempo con la ocasión; hubiera debido empezar por hacer, y hablar luego. (La sujeta.) ¡Cede o te forzaré!
CELIA.– ¡Oh, justo Dios!
VOLPONE.– Es en vano.
BONARIO (que entra precipitadamente).– ¡Perdona, sucio forzador, cerdo libidinoso! ¡Suelta a esa dama o mueres, impostor! Si no fuera que no quiero quitarle tu castigo a la mano de la justicia, podrías servir de adecuado sacrificio de venganza ante este altar y esta escoria, tu ídolo... Señora, salgamos de aquí; ésta es la guarida de la villanía; no temáis; tenéis quien os guarde; y él, dentro de poco, encontrará su justa recompensa. (Salen Bonario y Celia.)
VOLPONE.– ¡Cae sobre mí, techo y entiérrame en ruinas! ¡Sé mi sepulcro tú que me protegías! ¡Oh! ¡Estoy desenmascarado, destrozado, deshecho! Condenado a la mendicidad, a la infamia...

(Entra Mosca, herido y sangrando.)

MOSCA.– ¿Dónde huiré, desdichadísima vergüenza de los hombres, para saltarme mis malaventurados sesos?
VOLPONE.– Aquí, aquí. ¡Cómo! ¿Estás herido?
MOSCA.– ¡Ojalá su bien dirigida espada hubiera sido lo bastante cortés para rajarme hasta el ombligo, antes de haber vivido para ver mi vida, mis esperanzas, mi brío, a mi patrón tan desesperadamente comprometido, por mi error!
VOLPONE.– ¡Culpa a tu fortuna!
MOSCA.– Y a mis locuras, señor.
VOLPONE.– ¡Me hundes en la miseria!
MOSCA.– Y a mí también, señor. ¿Quién hubiera pensado que hubiese podido oír así?
VOLPONE.– ¿Qué haremos?
MOSCA.– No lo sé; si mi corazón pudiera expiar la mala ventura, me lo arrancaría. ¿No os place colgarme o cortarme el cuello? Todo os lo agradecería, señor. Muramos como Romanos ya que hemos vivido como Griegos.

(Llaman fuera.)

VOLPONE.– ¡Escucha! ¿Quién está ahí? Oigo pasos. ¡Deben ser alguaciles, corchetes que vienen a prendernos! Ya siento cómo silba el hierro candente sobre mi frente; ahora, me duelen las orejas.
MOSCA.—A vuestro lecho, señor. Aprovechadle al menos. (Volpone se tiende como antes.) Los que tienen culpa, temen lo que merecen. (Entra Corbaccio.) ¡Señor Corbaccio!
CORBACCIO.– ¿Qué hay? ¿Cómo vamos, Mosca?
MOSCA.— ¡Oh, deshecho, aturdido, señor! Vuestro hijo, no sé por qué accidente, se enteró de vuestras intenciones en favor de mi patrón, respecto al testamento y a que ibais a nombrarle heredero, y entró en nuestra casa con violencia, con la espada desenvainada, buscándoos, llamándoos malvado, contra naturaleza, jurando que os había de matar.
CORBACCIO.– ¡A mi!
MOSCA.– Sí, y a mi amo.
CORBACCIO.– Esta acción suya le deshereda en verdad. Aquí está el testamento.
MOSCA.– Está bien, señor.
CORBACCIO.– Está bien y es justo. Ahora cuida de mis intereses.

(Entra Voltore sin que lo vean.)

MOSCA.– Mi vida, señor, ya no me pertenece. Soy sólo vuestro.
CORBACCIO.– ¿Cómo está? ¿Crees que se morirá pronto?
MOSCA.– Temo que pase de mayo.
CORBACCIO.– ¿Hoy mismo?
MOSCA.– No, que saldrá de mayo, señor.
CORBACCIO.– ¿No puedes darle una pócima?
MOSCA.— ¡Oh, de ninguna manera, señor!
CORBACCIO.– No es que yo te lo pida.
VOLTORE (adelantándose).– Éste es un bribón, ya lo veo.
MOSCA (viendo a Voltore).– ¿Cómo? ¡Señor Voltore! (Aparte.) ¿Me habrá oído? 
VOLTORE.– ¡Parásito! 
MOSCA.– ¿A quién os referís?... ¡Oh, señor, habéis llegado muy a tiempo! 
VOLTORE.– Tarde,  temo,  para  descubrir vuestras  tretas.   ¿De modo que eres sólo -suyo? Y mío también, ¿no? 
MOSCA.– ¿Quién? ¿Yo, señor?
VOLTORE.– Vos, señor. ¿Qué historia es ésa de un testamento?
MOSCA.– Un ardid en vuestro favor.
VOLTORE.– Ea, no empleéis vuestras trampas para mí; las oleré de lejos.
MOSCA.– ¿No habéis oído?
VOLTORE.– Sí, he oído que Corbaccio ha nombrado heredero suyo a vuestro patrón.
MOSCA.– Es cierto; es obra mía que le he movido a ello con la esperanza...
VOLTORE.– ¿De que vuestro patrón le pague en la misma moneda? ¿Y le habéis prometido?
MOSCA.– Lo hice por vuestro bien, señor. Es más, se lo dije a su hijo, lo traje aquí, donde pudiese oír a su padre, leer la escritura; movióme a hacerlo, señor, el pensamiento de que primero, la contra naturaleza del hecho y luego el oír que su padre renegaba de él varias veces (cosa que confiaba conseguir con mi ayuda) seguramente habían de causarle tal ira que le llevarían a alguna violencia contra su padre, tras lo cual tendría que intervenir la ley y así vos quedaríais asentado en esperanzas dobladas. Es verdad, por mi bienestar y mi conciencia, mi único fin en todo esto ha sido sacar para vos una fortuna cavando en estos viejos sepulcros hediondos.
VOLTORE.– Te pido perdón, Mosca.
MOSCA.– Acción digna de vuestra paciencia y de vuestro gran mérito, señor. ¡Y ved qué mudanza!
VOLTORE.– ¿Qué ha sucedido?
MOSCA.– Una gran desdicha. Vos podréis ayudarnos, señor. Mientras estábamos esperando a ese cuervo viejo, vino la mujer de Corvino, enviada por su marido...
VOLTORE.– ¿Con un regalo?
MOSCA.– No, señor, de visita. Luego os lo contaré. Y como demoraba largo tiempo, el joven se impacientó, salió de su escondite, se apoderó de la dama, me hirió a mí, la hizo jurar a ella (asegurándola que si no lo hacía la mataría) que afirmaría que mi patrón la había hecho violencia; ¡ya veis que es imposible, señor! y con tal pretexto, se marchó a acusar a su padre, difamar a mi amo, deshaceros a vos...
VOLTORE.– ¿Dónde está su marido? Mandad que me le busquen inmediatamente. 
MOSCA.– Señor, iré yo mismo. 
VOLTORE.– Llevadle al Scrutineo. 
MOSCA.– Sí, señor. 
VOLTORE.– Esto hay que detenerlo. 
MOSCA.– Os portáis noblemente, señor. ¡Ay de mí! Todo el trabajo fue por vuestro bien. No faltó consejo en el plan; mas, la fortuna puede a cualquier hora hundir los proyectosde cien clérigos doctos, señor. 
CORBACCIO (escuchando).– ¿Qué es esto? 
VOLTORE.– Señor, ¿queréis hacerme la merced de salir conmigo?

(Sale Corbaccio seguido de Voltore.)

MOSCA.– Patrón, id a rezar por nuestro buen suceso. 
VOLPONE (alzándose del lecho).– La necesidad engendra la devoción. ¡El cielo bendiga vuestro trabajo! (Salen.)


ACTO CUARTO

ESCENA PRIMERA
Una calle. (Entran Sir Politick Would-be y Peregrino.)

SIR POLITICK.– Ya os dije, señor, que era una conspiración. ¡Ved qué gran cosa es el observar! Me rogasteis os diese algunas instrucciones; os diré, señor (ya que estamos en esta altura de Venecia), algunos detalles que he escrito sólo para este meridiano, y que debe conocer todo viajero inexperto como vos; y son los siguientes: No tocaré, señor, a vuestro modo de hablar y a vuestras ropas que son anticuadas.
PEREGRINO.– Señor, las tengo mejores.
SIR POLITICK.– Perdonad; he querido decir en cuanto a temas.
PEREGRINO.– ¡Oh, señor, proseguid! No volveré a dudar de vuestro ingenio.
SIR POLITICK.– En primer lugar, vuestro porte debe ser grave y serio, muy reservado y cauto; no decir un secreto en ningún caso, ni a vuestro padre; pocas veces, una fábula, mas con precaución; elegid con cautela vuestras compañías y vuestras palabras; cuidad de no decir nunca una verdad...
PEREGRINO.– ¡Cómo!
SIR POLITICK.– A los extraños, porque ésos serán aquellos con quien más tendréis que hablar. A los demás, yo no los conocería, ni de lejos, para poder librarme de ellos. A cada hora os pondrán una trampa. Respecto a religión, no profeséis ninguna, pero maravillaos de la diversidad de todas, y, por vuestra parte, afirmad que no hay otra sino las simples leyes de la tierra que puedan satisfaceros; Nicolás Maquiavelo y monsieur Bodin fueron ambos de esta misma opinión. Luego, tendréis que aprender a usar los tenedores de plata en las comidas, y el metal de vuestras copas (eso es lo que tiene más importancia para los italianos); y saber la hora a que debéis comer los melones y los higos.
PEREGRINO.– ¿También eso es asunto de Estado?
SIR POLITICK.– Aquí lo es; porque si el veneciano ve a un hombre absurdo en lo más mínimo, se lanza contra él inmediatamente. Y es capaz de desplumarlo. Yo os iré enseñando, señor; llevo viviendo aquí unos catorce meses, y a la primera semana de llegar, todos me tomaban por ciudadano de Venecia; tan bien conocía las buenas formas.
PEREGRINO (aparte).– Y nada más.
SIR POLITICK.– Había leído a Contarene, había tomado casa, había tratado con los judíos para que me proveyesen de muebles... Mas, si pudiera encontrar un hombre, uno que me llegase al corazón, de quien poder fiarme, haría...
PEREGRINO.– ¿Qué, señor?
SIR POLITICK.– Le haría rico; le haría conseguir una fortuna. No tendría que volver a pensar. Yo lo dirigiría todo.
PEREGRINO.– ¿En qué?
SIR POLITICK.– Con ciertos proyectos que tengo; y que no descubriré.
PEREGRINO (aparte).– Si tuviera alguien con quien apostar, apostaría a que me los evienía inmediatamente.
SIR POLITICK.– Uno de ellos, y ése no me importa grandemente que lo sepan, es cómo abastecer al Estado de Venecia de arenques rojos durante tres años, a cierto precio desde Rotterdam donde tengo corresponsales. Hay una carta que me ha sido enviada por uno de los hombres que allí gobiernan a este propósito; no puede escribir su nombre pero trae su marca.
PEREGRINO.– ¿Es un abacero?
SIR POLITICK.– No, un fabricante de queso. Hay otros con quienes estoy en tratos para la misma negociación; y la emprenderé, porque me será fácil llevarla a cabo, lo he proyectado todo. La barca, una caraba, no lleva más que tres hombres y un grumete, y hará tres viajes al año: así, con que llegue uno de los tres, el negocio está en salvo; si dos, podré bajar el precio de la mercadería... Pero eso únicamente si me falla mi principal proyecto.
PEREGRINO.– ¿Tenéis, pues, otros?
SIR POLITICK.– Me avergonzaría respirar el aire sutil de un lugar como éste, si no tuviera mil. No finjo, señor; a donde quiera que voy me place meditar; y lo cierto es que, en mis horas libres, he pensado en ciertas mercaderías que pudieran introducirse en Venecia y a las cuales llamo mis reservas, y las cuales tengo propósito, mediante una pensión, de proponer al Gran Consejo, ya al de los Cuarenta ya al de los Diez... Los pasos están ya dados...
PEREGRINO.– ¿Por quién?
SIR POLITICK.– Por alguien, señor, que aunque su posición sea oscura, puede influir y obligar a que le oigan. Es un alguacil.
PEREGRINO.– ¡Cómo! ¿Un vulgar sargento?
SIR POLITICK.– Señor mío, aunque parezcan poca cosa, si se les ponen en la boca las palabras que deben decir, a veces, sirven tanto como los más grandes. Creo que tengo aquí mis notas; os las mostraré. (Rebusca en sus bolsillos.)
PEREGRINO.– ¡Buen señor!
SIR POLITICK.– Mas, habéis de jurarme por vuestra fe de caballero, no anticipar...
PEREGRINO.– ¡Yo, señor!
SIR POLITICK.– No revelar ni un solo detalle... No tengo aquí el papel.
PEREGRINO.– Seguramente, podéis recordar, señor.
SIR POLITICK.– Mi primer proyecto se refiere a los encendedores de yesca. Habéis de saber que aquí no hay familia sin su encendedor, el cual siendo cosa tan portátil, pongamos por caso que vos o yo fuésemos enemigos del Estado; llevándolos, pasaríamos por ciudadanos de Venecia y podríamos entrar y salir libremente en el arsenal sin que nadie sospechase nuestras intenciones...
PEREGRINO.– ¡Señor!
SIR POLITICK.– Prosigamos. En vista de lo cual, pienso advertir al Estado de lo muy conveniente que sería que no se consintiese tener en su casa objeto semejante sino a los verdaderos amantes de su país, conocidos como verdaderos patriotas; y hasta éstos, habrían de llevarlos a sellar a una oficina y ser de tal tamaño que no pudieran esconderse en un bolsillo.
PEREGRINO.– ¡Admirable!
SIR POLITICK.– Otro de mis proyectos es cómo daros cuenta y resolver con una demostración perentoria si un barco recién llegado de Soria o de cualquier otro punto sospechoso de Levante trae la peste a bordo, evitando así que pierda, como ahora se acostumbra, cuarenta y a veces cincuenta días en el lazareto; ahorraré de este modo gasto y pérdida a los comerciantes y en una hora aclararé la duda.
PEREGRINO.– ¿De veras, señor?
SIR POLITICK.– O... perderé mi trabajo.
PEREGRINO.– Gran cosa a fe mía.
SIR POLITICK.– Comprendedme, señor. Me costará en cebollas, unas treinta libras venecianas, que son una libra esterlina. Además de mis obras hidráulicas; para esto, lo primero que haré es colocar al barco entre dos muros de ladrillo; ésos, desde luego, tendría que construirlos el Estado. En uno de los muros hago tender un lienzo alquitranado, y sobre él clavo las cebollas partidas en dos mitades; el otro muro estará lleno de agujeros, en los cuales introduciré los tubos de otros tantos fuelles; y esos fuelles los conservaré en movimiento perpetuo por medio de la fuerza hidráulica, lo cual es la cosa más sencilla del mundo. Ahora bien, señor, la cebolla, naturalmente, atrae la infección, y como los fuelles soplarán sobre ellas demostrarán instantáneamente, por el cambio de color, si existe el contagio; y si no existe, permanecerán tan blancas como de costumbre... Ea, ya lo he dicho... no tiene importancia.
PEREGRINO.– Tenéis razón, señor.
SIR POLITICK.– Quisiera tener aquí mis notas.
PEREGRINO.– Yo también lo quisiera; mas, por una vez, habéis acertado.
SIR POLITICK.– Si no fuese leal, podría demostraros con razones cómo me sería posible vender este estado al Turco, a pesar de sus galeras y de sus... (Rebusca sus papeles.)
PEREGRINO.– Os ruego, señor, que me lo expliquéis.
SIR POLITICK.– No tengo los papeles.
PEREGRINO.– Lo temía. Aquí están, señor.
SIR POLITICK.– No. Esto es mi Diario en el que anoto cuanto hago en el día.
PEREGRINO.– Os ruego, señor, que me lo dejéis ver. ¿Qué es esto? (Lee.) Notandum. Una rata ha roído las correas de mis espuelas; en vista de lo cual las mandé poner nuevas y seguí adelante; pero antes tiré tres habichuelas por encima del umbral, ítem, salí a comprar dos mondadientes, uno de los cuales quebré inmediatamente en una discusión con un mercader holandés acerca de la "razón de Estado". Desde allí fui a pagar un moccinigo por remendar los puntos de mis medias de seda; en el camino, regateé unas cuantas anchoas; y en San Marcos, oriné. ¡Son notas políticas, a fe mía!
SIR POLITICK.– Señor mío, no dejo pasar sin anotarla ninguna acción de mi vida.
PEREGRINO.– ¡Cosa muy prudente!
SIR POLITICK.– ¡Seguid leyendo!

(Entran, a distancia, Lady Politick, Nano y las dos Doncellas.)

LADY POLITICK.– ¿Dónde creéis que estará ese caballero perdido? Seguro se ha vuelto a casa.
NANO.– Muy rápido es entonces.
LADY POLITICK.– Sí, compite conmigo. Deteneos, os lo ruego. Este calor hace más daño a mi cutis de lo que vale su corazón. (No me interesa impedir que me engañe sino pescarlo en falta.) (Frotándose las mejillas.) ¡Cómo se me corre el colorete!
DONCELLA PRIMERA.– ¡Ahí está el señor!
LADY POLITICK.– ¿Dónde?
DONCELLA SEGUNDA.– Con un joven caballero.
LADY POLITICK.– ¡Es ella, es ella, vestida de hombre! ¡Os lo ruego, señor, llamad la atención a mi caballero; quiero dejar a salvo su reputación, aunque no lo merece.
SIR POLITICK (viéndola).– ¡Mi esposa!
PEREGRINO.– ¿Dónde?
SIR POLITICK.– Sí, ella es. Quiero presentárosla. ¡Es, aunque no fuese mía, dama de tal mérito tanto en la elegancia como en el comportamiento! Y en cuanto a hermosura, me atrevo a compararla...
PEREGRINO.– A lo que se ve, no sois celoso cuando tanto osáis alabarla.
SIR POLITICK.– ¡Y en la conversación!
PEREGRINO.– Siendo esposa vuestra no podría ser de otro modo.
SIR POLITICK (presentando a Peregrino).– Señora, os presento a este caballero. Tratadlo bien, os lo suplico. Parece un jovenzuelo, pero...
LADY POLITICK.– Pero no lo es.
SIR POLITICK.– Aunque haya salido tan temprano a afrontar el mundo...
LADY POLITICK.– ¿Tan temprano? ¿Queréis decir hoy?
SIR POLITICK.– ¿Qué queréis decir vos?
LADY POLITICK.– Quiero decir en ese traje, señor mío. Me comprendéis de sobra... ¡Ay, señor, esto no es digno de vos! Hubiera querido creer que el perfume de vuestro buen nombre era más precioso para vos; que no erais capaz de plantear así vuestro honor, sin contar vuestra seriedad y vuestro rango! Mas, ya lo veo; los caballeros dan poca importancia a los juramentos que hacen a las damas; especialmente si son sus esposas.
SIR POLITICK.– ¡Juro por mis espuelas que son el símbolo de mi caballería...!
PEREGRINO (aparte).– ¡Cómo se humilla su cerebro para ir a buscar un juramento!
SIR POLITICK.– ¡...que no os comprendo!
LADY POLITICK.– Está bien... vuestra diplomacia puede arreglarlo así... (A Peregrino.) Señor, una palabra. Aborrezco pelear en público con dama ninguna o parecer mal educada y violenta, cosas demasiado rústicas para una Lady, y que procuro evitar por todos los medios; y merezca lo que quiera de Sir Politick, no puedo menos de considerar como un solecismo y una falta de buenas maneras para con nuestro sexo el que así obligue a una dama digna a ser instrumento para agraviar a otra a quien no conoce, si y a persistir en mi presencia...
PEREGRINO.– Señora, ¿qué es esto?
SIR POLITICK.– Dulce señora mía, si os dignarais aclarar un poco lo que os proponéis...
LADY POLITICK.– Así lo haré, señor, ya que me provocáis con vuestra insolencia y con la risa de esta vuestra sirena de tierra adentro de vuestro Sporo, de vuestro hermafrodita...
PEREGRINO.– ¿Qué es esto? ¿Furia poética, tormenta histórica?
SIR POLITICK.– Este caballero, creedlo, es hombre de valor. Y pertenece a nuestra nación.
LADY POLITICK.– Sí, a la vuestra. ¡Me ruborizo por vos, milord, me avergüenzo de que carezcáis de sentido común hasta el punto de hacer el papel de patrono o de San Jorge con una liviana ramera, con una vil mujer, con un demonio femenino, vestida de hombre!
SIR POLITICK.– Señora, puesto que así tomáis las cosas, me veo obligado a renunciar al deleite de vuestra presencia. Este caso parece demasiado líquido. (Sale.)
LADY POLITICK.– ¡Sí, podéis ponerlo en claro con vuestra cara de diplomático! (A Peregrino.) Si no fuera por vuestra carnavalesca concupiscencia que no sirve para huir con libertad de conciencia de la furiosa persecución del alguacil, yo tomaría venganza por mi propia mano con una disciplina...
PEREGRINO.— ¡Linda cosa a fe mía! ¿Usáis a menudo el procedimiento? ¿Forma parte de vuestros ejercicios de ingenio siempre que halláis ocasión? Señora...
LADY POLITICK.– Podéis seguir si os place.
PEREGRINO.– ¿Me oís, milady? Si vuestro caballero os emplea para hacer amigos o quiere invitarme a su casa, pudiera haberlo hecho con más franqueza.
LADY POLITICK.– Con eso no podréis libraros de mis redes.
PEREGRINO.– ¿Acaso estoy ya en ellas? Ciertamente, vuestro marido me dijo que erais hermosa, y lo sois, pero vuestra nariz se alza demasiado para mirar al sol y hace salir la nuez en vuestro cuello...
LADY POLITICK.– ¡Esto no puede tolerarse con paciencia!

(Entra Mosca.)

MOSCA.– ¿Qué sucede, señora?
LADY POLITICK.– Si el Senado no me hace justicia en este caso, protestaré ante el mundo entero diciendo que aquí no hay aristocracia.
MOSCA.– ¿Quién os ha injuriado, señora?
LADY POLITICK.– ¿Quién ha de ser? La ramera de que me hablasteis y que he atrapado aquí, disfrazada.
MOSCA.– ¿Quién? ¿Éste? ¿Qué quiere decir vuestra señoría? La persona de quien os hablé ya está presa y comparece ante el Senado; la veréis...
LADY POLITICK.– ¿Dónde?
MOSCA.– Yo os guiaré. A este joven caballero le vi desembarcar esta mañana en el puerto.
LADY POLITICK.– ¡Es posible! ¿Dónde tenía yo el juicio? Señor, ruborizándome, debo deciros que cometí un error; y os suplico me perdonéis.
PEREGRINO.– ¿Más mudanzas?
LADY POLITICK.– Espero que no tendréis la malicia de recordar un arrebato de mujer. Si os quedáis en Venecia, servios de mí, señor, os lo ruego...
MOSCA.– ¿No queréis que vayamos, señora?
LADY POLITICK.– Sí, os lo suplico, servios de mí; cuanto más me veáis, más segura estaré de que habéis olvidado nuestra querella.

(Salen Lady Politick, Mosca, Nano y las dos Doncellas.)

PEREGRINO.– ¡Esto es raro! ¿Sir Politick Quiero-y-no-puedo? No; Sir Politick rufián. ¡Hacerme conocer de este modo a su mujer! Está bien, prudente sir Pol, puesto que así habéis abusado de mi inexperencia, intentaré saber si vuestra cabeza llena de sal está a prueba de un contra ardid. (Sale.)


ESCENA SEGUNDA
El Scrutineo o Casa del Senado. (Entran Voltore, Corbaccio, Corvino y Mosca.)

VOLTORE.– Bueno, ahora que sabéis cómo hay que llevar el asunto, todo lo que se requiere para sacarlo adelante es vuestra constancia.
MOSCA.– ¿Está la mentira seguramente comunicada a todos nosotros? ¿Estáis seguro de ello? ¿Sabe cada uno su papel?
CORVINO.– Sí.
MOSCA.– Siendo así, no hay que volverse atrás.
CORVINO.– Pero el abogado ¿sabe la verdad?
MOSCA.– ¡Oh, señor, de ninguna manera! Yo he inventado un cuento formal que pone a salvo vuestra reputación. ¡Sed valiente, señor!
CORVINO.– No temo sino que él pueda pretender que el defender nuestra causa le convierta en coheredero.
MOSCA.– ¡Co-demonio! ¡Que lo cuelguen! No haremos más que usar de su lengua, de su ruido.
CORVINO.– ¿Y él qué va a hacer?
MOSCA.– ¿Cuando hayamos terminado?
CORVINO.– Sí.
MOSCA.– Ya lo pensaremos. Lo venderemos como una momia. Ya está medio convertido en polvo... (A Voltore.) ¿No os hace sonreír ver a este búfalo empeñado en darle vueltas a la cabeza? (Para si.) Yo también lo haría si todo hubiese terminado para bien. (A Corbaccio.) Señor, sólo vos recogeréis la cosecha completa, y éstos no saben para quién están trabajando.
CORBACCIO.– Sí, callad.
MOSCA (volviéndose hacia Corvino).– Sólo vos comeréis. (Aparte.) ¡Y mucho! (A Voltore.) Dignísimo señor, Mercurio se pose sobre vuestra lengua, o tal vez Hércules y haga vuestro len
guaje tan irresistible como su maza para que podáis aplastar como con una tempestad a nuestros adversarios; mucho más vuestros que de nadie, señor.
VOLTORE.– Ahí vienen. Apartaos.
MOSCA.– Señor, si lo habéis menester, puedo presentar otro testigo.
VOLTORE.– ¿Quién es? 
MOSCA.– Una dama, señor.

(Entran los Jueces y ocupan sus asientos. Entran también Bonario, Celia, el Notario, Alguaciles, Corchetes y otros Oficiales de justicia.)

JUEZ PRIMERO.– Nunca se ha presentado ante el Senado caso como éste.
JUEZ SEGUNDO.– Extrañísimo ha de parecer cuando informemos sobre él.
JUEZ CUARTO.– La señora siempre ha gozado fama de irreprochable.
JUEZ TERCERO.–Y lo mismo el mancebo.
JUEZ CUARTO.– El proceder más contra naturaleza es el del padre.
JUEZ SEGUNDO.– Más lo es el del marido.
JUEZ PRIMERO.– No acierto qué nombre dar a acto tan monstruoso.
JUEZ CUARTO.– Pero el impostor es un ser que no ha tenido ejemplo.
JUEZ PRIMERO.– No lo tendrá en los tiempos venideros.
JUEZ SEGUNDO.– Nunca había oído hablar de un sibarita semejante.
JUEZ TERCERO.– ¿Están presentes todos los citados a comparecer?
NOTARIO.– Todos menos el viejo magnífico Volpone.
JUEZ PRIMERO.– ¿Y por qué no está aquí?
MOSCA.– Con permiso de vuestras paternidades, aquí está su abogado. Él está tan enfermo, tan débil...
JUEZ CUARTO.– ¿Vos quién sois?
BONARIO.– Su parásito, su lacayo, su alcahuete; pido al tribunal que se le obligue a venir para que vuestros austeros ojos, puedan ser fuertes testigos de sus extrañables imposturas.
VOLTORE.– Por mi fe y fiado en vuestras virtudes aseguro que no es capaz de soportar el aire libre.
JUEZ SEGUNDO.– Traedle, sin embargo.
JUEZ TERCERO.– Queremos verlo.
JUEZ CUARTO.– Mandadlo a buscar.
VOLTORE.– La voluntad de vuestras paternidades será obedecida. (Salen algunos alguaciles.) Mas, seguramente, su vista más ha de moveros a lástima que a indignación. Si al tribunal le place, entre tanto, puede escucharme. Sé que este lugar está vacío de todo prejuicio, y por consiguiente ansio hacerme oír, ya que no tengo motivo de temer que nuestra verdad perjudique a nuestra causa.
JUEZ TERCERO.– Hablad libremente.
VOLTORE.– Siendo así, honorabilísimos padres, debo ahora denunciar a vuestros oídos extrañamente engañados, el más prodigioso y descarado ejemplo de sólida insolencia y traición que jamás produjo la naturaleza viciosa para vergüenza del Estado de Venecia. Esa mujer liviana (señalando a Celia) que no ha menester artificios ni lágrimas para ayudar a la máscara que oculta su verdadero rostro, hace tiempo que se sabe comete en secreto adulterio con este lascivo mancebo (señalando a Bonario); no se sospecha, digo, se sabe de cierto, y ha sido sorprendida en el acto precisamente con él, por este hombre, su propio marido que la perdonó. Y esa inoportuna magnanimidad suya le ha traído aquí como desdichadísima e inocente víctima; porque ellos no han sabido reconocer don de misericordia tan alta sino añadiendo a su vergüenza, ya que colocados por encima de toda fuerza de gratitud, empezaron a aborrecer el beneficio recibido; y, en lugar de agradecer, decidieron extirpar la memoria de semejante acción. Ruego, por lo tanto, a vuestras paternidades que reparen en la maldad, diré más en la rabia que estas criaturas ponen de manifiesto en sus maldades. ¡Y qué aliento sacan hasta de sus crímenes!... Mas de esto pronto tendréis más clara evidencia... Este otro caballero, padre del joven, al enterarse de esta conducta abominable que referente a éste y a otros actos llegaban a diario a sus oídos demasiado amantes, dolido tanto más cuanto que no podía dejar de sentirse padre, por el extraño y cada día aumentado torrente de la maldad de su hijo, por fin, decidió desheredarlo.
JUEZ PRIMERO.– ¡Qué lances tan extraños!
JUEZ SEGUNDO.– Este mancebo ha gozado siempre fama de honrado y honesto.
VOLTORE.– Por eso hay mucho más peligro en su vicio que así puede engañar bajo la sombra de la virtud. Mas, como digo, reverendísimos señores, su padre, una vez decidido su propósito... no sabemos por qué medios alguien lo traicionó y descubrió el día señalado para hacer la escritura. Y este parricida, porque no puedo darle mejor nombre, habiendo tramado con su amante y preparado lo necesario para que ella estuviera presente, entró en la casa de Volpone (que era, sépanlo vuestras paternidades el hombre designado para ser su heredero) buscando allí a su padre... Mas ¿con qué propósito lo buscaba, señores? Tiemblo al decir que un hijo para un padre, ¡y qué padre! haya podido abrigar tan malvado, tan felón intento. ¡Fue para asesinarlo! No dominó sus malos pensamientos. ¡La maldad una vez empezada no termina! Imposibilitado de hacerlo por su felicísima ausencia ¿qué hizo? Arrastró al anciano que yacía en la cama impedido desde hacía más de tres años, y, desnudo, lo arrojó al suelo, y allí lo dejó. ¡Qué acción horrible, padres! Más hazañas: hirió a su sirviente en el rostro; y con esta ramera que, endurecida en su maldad común, había consentido en ayudarlo (aquí deseo que vuestras paternidades reparen en la sutileza de mis deducciones), pensó inmediatamente en contrarrestar las intenciones de su padre, desacreditar la libre elección que había hecho en el anciano caballero y redimirse ellos infamando a aquel hombre a quien, con vergüenza, debieran agradecer sus vidas.
JUEZ PRIMERO.– ¿Qué pruebas tenéis de todo eso?
BONARIO.– Honradísimos padres, humildemente os pido no deis crédito a la lengua mercenaria de este hombre.
JUEZ SEGUNDO.– ¡Reportaos!
BONARIO.– Su alma se mueve a compás de lo que cobra.
JUEZ TERCERO.– ¡Oh, señor!
BONARIO.– Este individuo, por seis sueldos más es capaz de pleitear contra su Hacedor.
JUEZ PRIMERO.– Os olvidáis...
VOLTORE.— No, no, graves padres, dejadle que se desahogue. ¿Cómo nos vamos a figurar que ha de tener consideración con su acusador, quien estaba dispuesto a quitar la vida a su padre?
JUEZ PRIMERO.– Está bien. Presentad vuestras pruebas. 
CELIA.– ¡Quisiera poder olvidar que soy un ser vivo! 
VOLTORE.– ¡Señor Corbaccio! 

(Corbaccio se adelanta.) 

JUEZ CUARTO.– ¿Quién es éste? 
VOLTORE.– El padre. 
JUEZ SEGUNDO.– ¿Ha prestado juramento? 
NOTARIO.– Sí.
CORBACCIO.– Y ahora, ¿qué tengo que hacer? 
NOTARIO.– Os piden vuestro testimonio. 
CORBACCIO.– ¡Hablar yo con ese truhán! Antes quiero que me tapen la boca con tierra. Mi corazón aborrece el conocerlo. Reniego de él.
JUEZ PRIMERO.– Mas ¿por qué causa? 
CORBACCIO.– ¡Ese monstruo de la naturaleza! No tiene nada que ver con mi sangre.
BONARIO.– ¿Os han mandado que digáis eso? 
CORBACCIO.– ¡No quiero oírte!  ¡Monstruo entre los hombres, cerdo, cabra, lobo, parricida! ¡No hables, víbora! 
BONARIO.– Señor, me sentaré. Prefiero que sufra mi inocencia a resistir a la autoridad de un padre. 
VOLTORE.– ¡Señor Corvino!

(Corvino se adelanta.)

JUEZ SEGUNDO.– Esto es extraño.
JUEZ PRIMERO.– Éste ¿quién es?
NOTARIO.– El marido.
JUEZ CUARTO.– ¿Ha jurado?
NOTARIO.– Ha jurado.
JUEZ TERCERO.– Hablad entonces.
CORVINO.– Esta mujer, con permiso de vuestras paternidades, es una ramera, más caliente que una perdiz en celo... 
JUEZ PRIMERO.– ¡Basta! 
CORVINO.– Relincha como una jaca... 
NOTARIO.– Respetad el honor del tribunal. 
CORVINO.– Así lo haré, y el pudor de vuestros reverendísimos oídos. A pesar de lo cual, espero poder decir que estos ojos  la han visto pegada a ese pedazo de cedro, a ese apuesto galán; y que poseo cartas que pueden leerse y que pondrán en claro el cuento. 
MOSCA.– ¡Excelente, señor! 
CORVINO (aparte a Mosca).– Creo que no hay vergüenza en haber dicho esto. 
MOSCA.– Ninguna. 
CORVINO.– Aunque hubiese dicho que espero que se condenará si existe infierno más grande que una mala mujer; un buen católico podría dudarlo.
JUEZ TERCERO.– Su agravio lo ha enloquecido. 
JUEZ PRIMERO.– Sáquenle de aquí. 
JUEZ SEGUNDO.– Mirad a la mujer.

Celia se desmaya.)

CORVINO.— ¡Exquisito! ¡Qué bien sabe fingir!
JUEZ CUARTO.– Apartaos de ella.
JUEZ PRIMERO.– Hacedle aire.
JUEZ TERCERO (a Mosca).– ¿Qué podéis decir vos?
MOSCA.– Mi herida, con licencia de vuestra sabiduría, habla por mí. La recibí cuando acudí a amparar a mi amo, cuando él no encontró a su padre al que venía buscando, cuando esa dama bien aleccionada empezó a gritar que la violentaban.
BONARIO.– ¡Oh premeditadísima impudencia! Padres...
JUEZ TERCERO.– Guardad silencio. Se os ha dejado hablar libremente y ellos tienen derecho también a hacerse oír.
JUEZ SEGUNDO.– Empiezo a sospechar que en esto hay impostura.
JUEZ CUARTO.– Esa mujer tiene muchas tretas.
VOLTORE.– Austeros padres, es una ramera de la más descarada y prostituida liviandad.
CORVINO.– Impetuosísima, insatisfecha, austeros padres.
VOLTORE.– ¡Ojalá sus fingimientos no induzcan en error a vuestras sabidurías! Hoy, sin ir más lejos, con sus miradas incitadoras y sus lascivísimos besos, rindió a un grave caballero, un extranjero. Este hombre los vio juntos en el canal, en una góndola.
MOSCA.– Además, aquí está la esposa del caballero que tambien los vio, que los sorprendió y los persiguió por las calles, sólo para salvar el honor de su caballero. 
JUEZ PRIMERO.– Traed a la señora. 

(Sale Mosca.) 

JUEZ SEGUNDO.– Que entre.
JUEZ CUARTO.– Tales cosas nos llenan de asombro. 
JUEZ TERCERO.– Estoy hecho una piedra.

(Vuelve a entrar Mosca con Lady Politick.)

MOSCA.– ¡Sed fuerte, señora! (Le señala a Celia.)
LADY POLITICK.– ¡Sí, es la misma! ¡Oh, ramera, camaleón! Ahora, tus ojos compiten en lágrimas con los de una hiena. ¿Te atreves a mirar mi agraviado rostro?... (A los jueces.) Os pido perdón. Temo haber transgredido involuntariamente contra la dignidad del tribunal.
JUEZ SEGUNDO.– No, señora.
LADY POLITICK.– Y haber sido exorbitante.
JUEZ SEGUNDO.– De ninguna manera, señora.
JUEZ CUARTO.– Estas pruebas son fuertes.
LADY POLITICK.– Seguramente, no ha sido mi propósito escandalizar a vuestros Honores ni a mi propio sexo.
JUEZ SEGUNDO.– Así lo creemos.
LADY POLITICK.– Seguramente, podéis creerlo.
JUEZ SEGUNDO.– Lo hacemos, señora.
LADY POLITICK.– Podéis hacerlo, en verdad; mi educación no es tan ruda...
JUEZ CUARTO.– Lo sabemos.
LADY POLITICK.– ...que me consienta ofender con pertinacia ...
JUEZ TERCERO.– Señora...
LADY POLITICK.– ...¡a tan altas presencias! No, seguramente.
JUEZ PRIMERO.– Así lo creemos.
LADY POLITICK.– Debéis creerlo.
JUEZ PRIMERO.– Dejad que vuelva en sí. (A Bonario.) ¿Qué testigos tenéis para apoyar vuestra denuncia?
BONARIO.– Nuestras conciencias.
CELIA.– Y el Cielo que nunca abandona al inocente.
JUEZ CUARTO.– Ésos no son testigos.
BONARIO.– No en vuestros tribunales donde la multitud y el escándalo vencen. 
JUEZ PRIMERO.– Estáis lindando con la insolencia.

(Vuelven a entrar los Alguaciles trayendo a Volpone en una camilla.)

VOLTORE.– ¡Aquí, aquí viene el testigo que convencerá y hará enmudecer sus osadas lenguas! ¡Vedle, austeros padres, éste es el seductor, el raptor de esposas ajenas, el gran impostor, el gran sibarita! ¿No creéis que esos miembros conservan afición a la lascivia? ¿O que esos ojos codician una concubina? Os lo ruego, mirad esas manos; ¿no son propias para acariciar los pechos de una dama?... Tal vez finge...
BONARIO.– Así es.
VOLTORE.– ¿Querríais que le diesen tormento?
BONARIO.– Quisiera que le sometiesen a prueba.
VOLTORE.– Mejor será probarle con pinchos, con hierros candentes. Ponedle en el potro; dicen que el tormento cura la gota, dádsele, a fe mía, y ayudadle a librarse de una enfermedad. Mas si me dais licencia, respondo de que le quedan otras tantas como adúlteros ha tratado ella (por Celia) o rameras tú... (A Bonario.) ¡Oh, soberanamente ecuánimes oyentes míos, si hazañas como éstas, si actos de tal osadía y tan exorbitante horror pueden pasar con tolerancia! ¿qué ciudadano rio tendrá su vida y su fama en manos del que se atreva a denunciarlo? ¿Cuál de vosotros, honradísimos padres me atrevo a preguntar? Preguntaré con licencia de vuestras austeras paternidades, ¿hay en esta impostura el menor aspecto ni color de verdad? ¿No huele hasta por la nariz de los que no tienen olfato, a rancia y abominabilísima calumnia? Os suplico tengáis consideración a este buen caballero cuya vida está en gran peligro con su fábula; y en cuanto a ellos, terminaré diciendo que las personas viciosas cuando son ardientes y carnales, no se hartan de cometer actos impíos. Y se arrojan con la mayor tranquilidad a las más condenables acciones.
JUEZ PRIMERO.– Custodiadlos y separadlos.
JUEZ SEGUNDO.– ¡Lástima que puedan existir tales monstruos!
JUEZ PRIMERO.– Volved con cuidado a su casa a ese anciano. (Salen los alguaciles con Volpone.) Lamento que nuestra credulidad le haya agraviado.
JUEZ CUARTO.– ¡Éstos son dos monstruos!
JUEZ TERCERO.– Tengo dentro de mí un terremoto.
JUEZ SEGUNDO.– La vergüenza los abandonó en la misma cuna.
JUEZ CUARTO (a Voltore).– Y habéis hecho un gran servicio al Estado desenmascarándolos.
JUEZ PRIMERO.– Antes de la noche, sabréis qué castigo les impone el tribunal.

(Salen los Jueces, el Notario y los Oficiales de justicia llevándose a Bonario y a Celia.)

VOLTORE.– Damos las gracias a vuestras paternidades. (A Mosca.) ¿Qué tal?
MOSCA.– ¡Exquisito! Habría que forraros la lengua en oro por esto, señor; quisiera haceros heredero de toda la ciudad. Esta tierra no tenía hombres hasta que vos nacisteis. Tendrán que levantaros una estatua en San Marcos. (A Corvino.) Señor Corvino, quisiera que vinieseis a casa para mostraros lo que habéis conquistado.
CORVINO.– Sí.
MOSCA.– Ha sido mucho mejor que vos mismo os hayáis proclamado cornudo que haber obligado a los jueces a someterla a ella a la prueba.
CORVINO.– Eso tuve en cuenta; ahora la culpa es suya.
MOSCA.—Y de otro modo, hubiera sido vuestra.
CORVINO.– Cierto. Pero sigo dudando de ese abogado.
MOSCA.– A fe mía, no tenéis por qué. Yo os quitaré ese cuidado.
CORVINO.– En ti confío, Mosca. (Sale.)
MOSCA.– Como en vuestra propia alma, señor.
CORBACCIO.– ¡Mosca!
MOSCA.– Ahora a los negocios, señor.
CORBACCIO.– ¡Cómo! ¿Tenéis negocios?
MOSCA.– Sí. Los vuestros, señor.
CORBACCIO.– ¿Nada más?
MOSCA.– Ningún otro, a fe.
CORBACCIO.– Entonces, andad con cuidado.
MOSCA.– Podéis dormir con los ojos cerrados, señor.
CORBACCIO.– Daos prisa.
MOSCA.– Ahora mismo.
CORBACCIO.– Y cuida de que todo, sea lo que sea, esté junto: joyas, vajilla de plata, monedas, ropa de casa, avíos de cama, cortinas...
MOSCA.– Anillas de cortinas, señor. No habrá que deducir más que el pago del abogado.
CORBACCIO.– Ahora le pagaré; porque vos seríais demasiado pródigo.
MOSCA.– Señor, hay que tenerle consideración.
CORBACCIO.– Con dos cequíes, basta.
MOSCA.– No, seis, señor.
CORBACCIO.– Es demasiado.
MOSCA.– Ha estado hablando mucho tiempo; debéis tenerlo en cuenta, señor.
CORBACCIO.–Bueno; aquí hay tres...
MOSCA.– Se los daré.
CORBACCIO.– Hazlo. Y aquí tienes para ti. (Sale.)
MOSCA (aparte).– ¡Huesos liberales! ¡Qué extraño y hórrido pecado debió cometer en su juventud para merecer esta vejez! (A Voltore.) Ya veis, señor, cómo trabajo en vuestro favor; haced como que no os enteráis.
VOLTORE.– No, en vuestras manos lo dejo. (Sale.)
MOSCA.– Todo es vuestro y el diablo con ello. ¡Buen abogado! (A Lady Politick.) Señora, os llevaré a vuestra casa.
LADY POLITICK.– No. Voy a ver a vuestro amo.
MOSCA.– De ninguna manera; os diré por qué. Me propongo intentar que mi amo reforme su testamento; y conseguir que mientras hasta ahora no erais sino la tercera o la cuarta, ahora paséis a ser la primera; si estuvierais presente parecería que lo habíais pedido. Por consiguiente...
LADY POLITICK.– Vos me mandáis. (Salen.)  


ACTO QUINTO

ESCENA PRIMERA
Habitación en casa de Volpone. (Entra Volpone.)

VOLPONE.– Ea, aquí estoy, y el embate pasó. Nunca estuve a disgusto dentro de mi disfraz hasta el momento que acaba de pasar; aquí, en privado, todo iba bien, pero, en público... miedo me daba respirar. ¡Por Dios, mi pierna izquierda empezó a darme calambres, y temí que alguna fuerza me había dado un golpe de terrible parálisis! ¡Está bien! Alegrémonos y olvidémoslo. Muchos temores como éste me causarían cualquier villana - enfermedad, si cayeran sobre mí; los prevendré. ¡Dadme una taza de vino fuerte para espantar tales humores de mi corazón! (Bebe) ¡Hum, hum, hum! Ya casi han pasado. Venceré. Ahora cualquier espectáculo de rara e ingeniosa truhanería, que me cause risa violenta, me volverá a mi ser. (Bebe de nuevo.) ...¡Así, así, así, así! Este calor es vida; ya se ha convertido en sangre... ¡Mosca!
MOSCA (entrando).– ¿Cómo os sentís ahora, señor? ¿Vuelve el día a parecer claro? ¿Nos hemos recobrado y, curados de error, en nuestro camino, vemos el buen sendero? ¿Está nuestro negocio libre una vez más?
VOLPONE.— ¡Exquisito Mosca!
MOSCA.– ¿No se llevó el asunto doctamente?
VOLPONE.—Y fuertemente: los buenos ingenios son grandes en los casos apurados.
MOSCA.– Sería necedad extremada, confiar ningún acto grande a un ingenio cobarde; me parece que no mostráis demasiada admiración.
VOLPONE.– ¡Oh, más que si hubiese gozado de la buena mesa! El placer que dan todas las mujeres no puede compararse con éste.
MOSCA.– Ahora, señor, habláis como es debido. Debemos detenernos. Aquí tenemos que descansar. Ésta ha sido nuestra obra maestra; no podemos pensar en ir más allá.
VOLPONE.– Es cierto. Has ganado el premio, mi precioso Mosca.
MOSCA.—Y más, señor; embaucar al tribunal...
VOLPONE.– Y desviar el torrente que se nos echaba encima, sobre los inocentes que nos acusaban.
MOSCA.– Sí, sacar tan exquisita música de tantas disonancias...
VOLPONE.– Tienes razón. ¡Lo que más me asombra es como lo has llevado a cabo! Que todos ellos tan divididos entre sí, no hayan olido algo en mí o en ti, que les haya inducido a dudar.
MOSCA.– En verdad, no querían verlo. Creo que les cegaba la demasiada luz. Cada uno de ellos estaba tan poseído y relleno de sus propias esperanzas que se resistía a admitir lo contrario por muy cierto, por muy aparente, por muy palpable que fuese.
VOLPONE.– Como una tentación del demonio.
MOSCA.– Tenéis razón, señor. Los mercaderes hablan del comercio y los grandes señores de tierras que dan gran rendimiento; pero mucho me engaño si Italia tiene gleba más fértil que esos individuos. ¿No hizo vuestro abogado verdaderos prodigios?
VOLPONE.– ¡Oh!... (Repite en son de burla, las palabras del abogado.) "Preguntaré, austeros padres, con licencia de vuestras paternidades: ¿Hay en esta impostura el menor aspecto o color de verdad? Si hazañas como éstas, si actos de tal osadía pueden pasar, honradísimos padres..." Trabajo me costó no echarme a reír.
MOSCA.– Parecióme veros sudar, señor.
VOLPONE.– Es verdad. Sudé un poco.
MOSCA.– Confesadlo, señor. ¿No estabais atemorizado?
VOLPONE.– En buena fe, estaba un tanto confundido, mas no abatido. Nunca dejé de ser yo mismo.
MOSCA.– Lo creo, señor. Ahora, así la verdad me ayude, y por descargo de conciencia para vuestro abogado, debo decir esto, señor: Hase tomado trabajo tales que a fe, señor, en mi pobre juicio —no digo esto para contrariaros sino por amor a la justicia—, merece ser muy ricamente, digamos... embaucado.
VOLPONE.– Verdad. Lo mismo pienso, por lo que pude oír al fin de su discurso.
MOSCA.– ¡Oh, señor, si le hubierais oído antes! Señalar a ciertas personas, agravar los hechos, emplear conceptos vehementes... ¡Y pensar que lo hacía por puro amor, sin esperar ganancia ninguna!...
VOLPONE.– Cierto. No puedo recompensarle como quisiera. Todavía no. Si no fuera por ti, porque me lo ruegas, empezaría ahora mismo a emprenderla con todos...
MOSCA.– Y haríais bien, señor.
VOLFONE.– Llama al enano y al eunuco.
MOSCA.– ¡Castrone, Nano!

(Entran Castrone y Nano.)

NANO.– Aquí estamos.
VOLPONE.– ¿Podéis representar ahora un entremés?
MOSCA.– Como gustéis, señor
VOLPONE.– Id inmediatamente por las calles, vosotros dos, diciendo que he muerto; hacedlo con perseverancia, tristemente, ¿lo oís? Imputad mi muerte al dolor de esta última calumnia. 

(Salen Castrone y Nano.)

MOSCA.– ¿Qué pretendéis, señor?
VOLPONE.– ¡Oh!, instantáneamente veré acudir aquí volando a mi Buitre, a mi Cuervo, a mi Grajo, en cuanto hayan oído las noticias para picotear mi cadáver; también vendrá mi Loba, todos codiciosos, llenos de esperanzas...
MOSCA.– ¡Para ver que les quitan el bocado de la boca!
VOLPONE.– Cierto. Quiero que te pongas una bata, y que te comportes como si fueras el heredero. Enséñales un testamento; abre ese cofre, y saca uno de los que tienen los nombres en blanco; voy ahora mismo a escribir el tuyo.
MOSCA (le da un papel).– Será peregrina cosa, señor.
VOLPONE.– Sí, cuando se queden con la boca abierta y se encuentren burlados.
MOSCA.– Sí.
VOLPONE.– ¡Y tú les trates con desdén!   ¡De prisa, ponte la bata.
MOSCA (poniéndose una bata).– Pero, ¿y si preguntan por el cadáver?
VOLPONE.– Di que se ha corrompido.
MOSCA.– Diré que hedía de tal modo que tuve que ponerle sin tardanza en un ataúd y hacer que se lo llevasen.
VOLPONE.– Cualquier cosa. Lo que quieras. Toma: aquí está el testamento. Ponte un gorro, busca un libro de cuentas, pluma y tinta, rodéate de papeles; siéntate como si estuvieras naciendo un inventario; yo me esconderé detrás de la cortina, subido en un taburete y escucharé; a veces, asomaré un poco la cabeza para ver desde lo alto qué aspecto tienen, cómo gradualmente se les va la sangre del rostro. ¡Oh exquisito banquete de risa!
MOSCA (poniéndose un gorro, sentándose a la mesa, etc.).— Vuestro abogado se volverá tonto de repente.
VOLPONE.– Se le mellará el filo a su oratoria.
MOSCA.– Y el noble veneciano, el viejo corvado, se derrumbará de golpe.
VOLPONE.– ¿Y Corvino?
MOSCA.– ¡Oh, señor! Mañana le veréis por las calles con un cordel y un puñal; se habrá vuelto loco. Mi Lady también, que acudió al tribunal a prestar falso testimonio en favor vuestro.
VOLPONE.– Sí, y a besarme delante de los jueces aunque tenía la cara rezumando aceites.
MOSCA.– Y sudores, señor. Ah, el oro es tal medicina que seca todos esos detestables sabores, transforma a los más deformados y los torna apuestos, como si fuera el poético cinturón mágico. El mismo Jove no pudo inventar disfraz más sutil para pasar ante los guardas de Acrisio. Es lo que da al mundo toda su gracia, su juventud, su hermosura. 
VOLPONE.– Creo que me tiene amor. 
MOSCA.– ¿Quién? ¿La Lady, señor? Tiene celos de vos. 
VOLPONE.– ¿Eso crees? 

(Llaman fuera.)

MOSCA.– Escuchad. Ya viene alguien.
VOLPONE.– Mira.
MOSCA.– Es el Buitre. Es el que tiene mejor olfato.
VOLPONE.– Yo voy a mi escondite; tú a tu ficción. (Desaparece detrás de la cortina.) 
MOSCA.– Ya estoy listo. 
VOLPONE.– Sé astuto, atorméntales por modo peregrino.

(Entra Voltore.)

VOLTORE.– ¿Y ahora, qué, mi Mosca? 
MOSCA (escribiendo).– Tapices turcos, nueve... 
VOLTORE.– ¡Haciendo un inventario! Eso está bien. 
MOSCA.– Tres juegos de colchones y ropa de cama, tisú... 
VOLTORE.– ¿Dónde está  el  testamento?  Déjamelo  leer  entretanto.

(Entran Criados, trayendo a Corbaccio en una silla.)

CORBACCIO.– Bien: dejadme en el suelo, y volved a casa. 

(Salen.)

VOLTORE.– ¡Ahora viene éste a estorbarnos!
MOSCA.– De paño de oro, dos más...
CORBACCIO.– ¿Hecho, Mosca?
MOSCA.– De varios terciopelos, ocho...
VOLTORE.– Me place su cuidado.
CORBACCIO.– ¿No me oyes?

(Entra Corvino.)

CORVINO.– ¡Ah! Llegó la hora, Mosca.
VOLPONE (mirando desde lo alto de la cortina).– Ahora se muestran como son.
CORVINO.– ¿Qué hace aquí el abogado, o este Corbaccio? 
CORBACCIO.– ¿Qué hacen éstos aquí?

(Entra Lady Politick.)

LADY POLITICK.– Mosca, ¿está hilado el lino? 
MOSCA.– Ocho cofres de lienzo...
VOLPONE.– ¡Oh, mi fina dama Quiero-y-no-puedo!
CORVINO.– Mosca, el testamento para que pueda enseñárselo a ésos, y quitarles de aquí.
MOSCA.– Seis cofres de mantelería, cuatro adamascada... ¡Ahí va! (Les da como al descuido el testamento por encima del hombro.)
CORBACCIO.– ¿Es esto el testamento?
MOSCA.– Edredones de plumón y almohadas...
VOLPONE.– ¡Cosa peregrina! Apresuraos. Ahora empiezan a revolotear. Ninguno piensa en mí. ¡Mirad, ved, ved, ved! Buscad el nombre, los legados. Cómo recorren sus ojos rápidos la larga escritura, buscando el nombre, los legados, lo que se les da.
MOSCA.– Diez juegos de colgaduras...
VOLPONE.– Sí, para hacerse ligas. Ahora sus esperanzas se quedan con la boca abierta.
VOLTORE.– ¡Mosca, el heredero!
CORVINO.– ¿Qué es esto?
VOLPONE.– Mi abogado está mudo. Mirad a mi mercader; ha oído hablar de una extraña tormenta; su barco se perdió; se desvanece. Milady se va a desmayar. El viejo de los ojos turbios aún no se ha dado cuenta de su desdicha.
CORBACCIO.– Todos éstos han perdido la esperanza. De seguro, soy yo. (Toma el testamento.)
CORVINO.– ¡Pero, Mosca!
MOSCA.– Dos bargueños...
CORVINO.– ¿Esto es en serio?
MOSCA.– Uno de ébano...
CORVINO.– ¿O pretendes engañarme?
MOSCA.– El otro de nácar... Estoy muy ocupado. A fe mía, ha caído una fortuna sobre mí... ítem, otro de ágata... sin que yo lo haya buscado.
LADY POLITICK.– ¿Oís, señor mío?
MOSCA.— Una caja perfumada... Os suplico perdonéis, ya veis que estoy trabajando... hecha de ónice...
LADY POLITICK.– ¡Cómo!
MOSCA.– Mañana o pasado mañana, podré hablaros a todos.
CORVINO.– ¿Es este el resultado de mi gran esperanza?
LADY POLITICK.– Señor, necesito respuesta más cortés.
MOSCA.– ¡Señora! La tendréis; os lo ruego; tened la bondad de salir de mi casa. No suscitéis tormenta con vuestras miradas; recordad lo que vuestra señoría me ofreció si os ponía como heredera; y lo que dijisteis que las nobles damas hacían para ganar el sustento. ¿Y que por qué vos no? Basta. Volved a vuestra casa y tratad bien al pobre sir Pol, vuestro caballero, por temor a que yo descubra unos cuantos acertijos; andad; sed melancólica. (Sale Lady Polilick.)
VOLPONE.– ¡Oh, mi fino demonio!
CORVINO.– Mosca, os lo ruego, una palabra.
MOSCA.– ¡Señor! ¿Aún no os habéis marchado? Pienso que hubierais debido darles a todos el ejemplo. ¿Por qué permanecer aquí? ¿Con qué intención, con qué promesa? ¿Oíros? Vos no lo sabéis, pero yo sé que sois un asno, y que hubierais sido con gusto cualquier otra especie de animal si la fortuna os lo hubiese consentido. ¿Que os habéis declarado cornudo por poco precio? ¿Queréis decirme que esta perla era vuestra? Es verdad. ¿Y este diamante? No lo niego, y os doy las gracias por ellos. ¿Que aquí hay mucho más, que en tiempo fue de vuestra pertenencia? Es posible. Mas pensad que éstas vuestras buenas obras pueden ayudaros a ocultar las malas. Yo no os haré traición. Aunque seáis un ser extraordinario, cornudo sólo en título, con ello basta. Idos a vuestra casa y entregaos también a la melancolía o volveos loco. (Sale Corvino.)
VOLPONE.– ¡Extraordinario Mosca! ¡Qué bien le sienta la villanía!
VOLTORE.– De seguro ha embaucado a todos éstos para favorecerme a mí.
CORBACCIO.– ¡Mosca, el heredero!
VOLPONE.– ¡Oh! Al fin lo han alcanzado a ver sus cuatro ojos.
CORBACCIO.– ¡Yo, engañado, embaucado por un esclavo parásito! ¡Rufián, me has hecho comulgar con muelas de molino!
MOSCA.— Sí, señor. ¡Cerrad la boca o arrancaré el único diente que queda en ella! ¿No sois el repugnante y codicioso cuitado con tres patas que, por esperanza de presa, habéis olfateado aquí durante tres años con vuestra escrutadora nariz, y que hubierais querido alquilarme para que envenenase a mi amo? ¿No sois el que hoy, delante del tribunal os jactabais de desheredar a vuestro hijo? ¿El que ha jurado en falso? ¡Idos a vuestra casa, y morid, y pudrios! Si graznáis ni una sola sílaba, lo descubro todo. ¡Fuera! ¡Llamad a vuestros porta-sillas! (Sale Corbaccio.) ¡Andando, a pudriros!
VOLPONE.– ¡Excelente alguacil!
VOLTORE.– Ahora, mi fiel Mosca, descubro tu lealtad para conmigo.
MOSCA.– ¡Señor!
VOLTORE.– Sinceramente.
MOSCA (escribiendo).– Una mesa de pórfido... Lamento que seáis tan molesto.
VOLTORE.– Deja ya de fingir; todos se fueron.
MOSCA.– ¿Y quién sois vos? ¿Quién os mandó a buscar? A fe, lamento por vos que esta mi buena suerte venga a echar por tierra vuestros (justo es decirlo) muy meritorios trabajos; mas, protesto señor, que ha caído sobre mí sin yo buscarla, y que casi desearía no tenerla, a no ser porque hay que respetar la voluntad de los muertos. Mi única alegría es que vos no la habéis menester; tenéis un don, señor (gracias a vuestra educación), que no consentirá jamás que paséis necesidades mientras existan hombres y malicia para engendrar pleitos. ¡Daría toda mi fortuna por tenerla! Si tengo, como espero, algún pleito, ya que esas cosas son tan fáciles y directas, nunca osaré prescindir de vuestra vociferante ayuda, comprendedme, pagándoos lo justo, señor. Hasta entonces, puesto que sabéis tanto de derecho, sé que no ha de dejaros la conciencia codiciar lo que es mío. Buen señor, os doy gracias por mi vajilla de plata; ayudará a emprender su carrera a un joven. A fe mía, parece que os sentís estreñido; más valdrá que vayáis a vuestra casa y toméis una purga, señor. 

(Sale Voltore.)

VOLPONE (saliendo de detrás de la cortina).– Recomiéndale que coma lechuga, en abundancia. ¡Mi ingenioso truhán, deja que te abrace! ¡Oh, si pudiera transformarte en una Venus! Mosca, ve a toda prisa, ponte mi traje de noble veneciano y echa a andar por las calles: el verte, les atormentará más. Debemos seguir adelante y proyectar. ¿Quién hubiera querido perderse esta fiesta?
MOSCA.– Dudo que hayan quedado en estado de andar sueltos.
VOLPONE.– ¡Bah! Mi vuelta a la vida les mejorará a todos. ¡Si pudiera pensar en algún disfraz para encontrármelos y hacerles unas cuántas preguntas! ¡Cómo les vejaría a la vuelta de cada esquina!
MOSCA.– Señor, puedo proporcionárosle.
VOLPONE.– ¿Puedes?
MOSCA.– Sí. Conozco a uno de los corchetes que se parece tanto a vos, señor. Iré ahora mismo en busca suya, le emborracharé y os traeré su ropa.
VOLPONE.– Peregrino disfraz, y digno de tu ingenio. ¡Será una nueva enfermedad para ellos!
MOSCA.– Señor, vais a buscaros unas cuantas maldiciones...
VOLPONE.– Que maldigan hasta que revienten. El zorro goza cuando le maldicen.

(Salen.)


ESCENA SEGUNDA
Antesala en casa de Sir Politick. (Entran Peregrino disfrazado y tres Mercaderes.)

PEREGRINO.– ¿Estoy bien disfrazado?
MERCADER PRIMERO.– Os lo garantizo. 
PEREGRINO.– Mi única ambición es darle un susto.
MERCADER SEGUNDO.– Si pudierais embarcarlo para quitarle de en medio, sería cosa excelente.
MERCADER TERCERO.– A Zante o a Alepo.
PEREGRINO.– Sí, y escribir sus aventuras en el Libro de Viajes, dando por verdadero el cuento que ha de tragarse su credulidad. Bueno, caballeros, cuando yo lleve un rato ahí dentro y penséis que estamos en lo mejor de la conversación, ya sabéis cómo habéis de intervenir.
MERCADER PRIMERO.– Dejadlo a nuestro cuidado. (Salen los mercaderes.)

(Entra una Doncella de servicio.)

PEREGRINO.– ¡Salve, hermosa señora! ¿Está en casa sir Pol? 
DONCELLA.– Señor, no lo sé.
PEREGRINO.– Os ruego le digáis que hay aquí un mercader que desea hablar con él para un negocio urgente.
DONCELLA.– Voy a ver, señor. (Sale.)
PEREGRINO.– Os lo ruego... Veo que el personal es aquí todo femenino.

(Vuelve a entrar la Doncella.)

DONCELLA.– Dice, señor, que tiene importantes asuntos de Estado que en este momento le requieren por completo; que en otra ocasión podréis hablarle.
PEREGRINO.– Os ruego le digáis que si esos le requieren por completo, éstos lo obligan, porque le traigo noticias. (Sale la Doncella.) ¿Qué grave asunto de Estado puede ocuparlo ahora? ¿Cómo hacer en Venecia salchichón de Bolonia, ahorrando uno de los ingredientes?

(Vuelve a entrar la Doncella.)

DONCELLA.– Señor, dice que por vuestra palabra noticias, comprende que no sois un estadista, y que, por lo tanto, desea que os quedéis.
PEREGRINO.– Dulce señora, os ruego que volváis a decirle que no he leído tantas proclamas ni las he estudiado para encontrar palabras como él... pero... ¡ah! Se digna venir.

(Sale la Doncella y entra Sir Politick.)

SIR POLITICK.– Señor, ansio vuestro cortés perdón. Hoy, por mala ventura, ha ocurrido un desagradable desastre entre mi esposa y yo; y estaba redactando mi apología para darle satisfacción, cuando llegasteis.
PEREGRINO.– Señor, me aflige traeros un desastre peor. El caballero a quien hoy encontrasteis en el puerto, y que os dijo que acababa de llegar...
SIR POLITICK.– Sí. ¿Era una prostituta fugitiva?
PEREGRINO.– No, señor, un espía que habían encargado de vigilaros; y ha hecho una relación ante el Senado diciendo que le habéis confesado estar en una conspiración para vender el Estado de Venecia al Turco.
SIR POLITICK.– ¡Ay de mí!
PEREGRINO.– En vista de lo cual, se han firmado órdenes para deteneros y registrar vuestro despacho en busca de papeles...
SIR POLITICK.– ¡Ay, señor, no tengo más que notas en hojas arrancadas de libros de comedias!
PEREGRINO.– Más vale así, señor.
SIR POLITICK.– Y unos cuantos ensayos. ¿Qué voy a hacer?
PEREGRINO.– Señor, lo mejor será que os escondáis en un cajón de azúcar; o si pudierais yacer enroscado, sería magnífica una espuerta, en la cual podría mandaros a. bordo de un navio.
SIR POLITICK.– Señor, dije eso sólo por tener un motivo de conversación.

(Llaman dentro.)

PEREGRINO.– Escuchad, ahí están.
SIR POLITICK.– ¡Soy un cuitado, un cuitado!
PEREGRINO.– ¿Qué vais a hacer, señor? ¿No tenéis ni una sera de pasas de Corinto en qué esconderos? Os pondrán en el potro. Tenéis que daros prisa.
SIR POLITICK.– Señor, tengo un artefacto...
MERCADER TERCERO (dentro).– ¡Sir Politick Would-be!
MERCADER SEGUNDO.– ¿Dónde está?
SIR POLITICK.– En el cual he pensado antes de ahora.
PEREGRINO.– ¿Qué es?
SIR POLITICK.– El tormento no le soportaría. Es, en realidad, una concha de tortuga que hice preparar por si llegaba uno de estos casos extremos. Os lo ruego, señor, ayudadme. Aquí tengo sitio para doblar las piernas. Os ruego que me cubráis con ella. (Se tiende en el suelo mientras Peregrino lo cubre con la concha.) Con este gorro y mis guantes negros. Aquí me estaré quieto como una tortuga hasta que se marchen.
PEREGRINO.– ¿Y a esto llamáis un artefacto?
SIR POLITICK.– Es de mi invención... Buen señor, pedid a las doncellas de mi esposa que quemen mis papeles.

(Sale Peregrino. Los tres Mercaderes entran precipitadamente.)

MERCADER PRIMERO.– ¿Dónde está escondido?
MERCADER TERCERO.– Hemos de encontrarlo y seguramente le encontraremos. 
MERCADER SEGUNDO.– ¿Dónde está su despacho?

(Vuelve a entrar Peregrino.)

MERCADER PRIMERO.– Señor, ¿quién sois?
PEREGRINO.– Soy un mercader que vengo a ver esta tortuga.
MERCADER TERCERO.– ¡Cómo!
MERCADER PRIMERO.– ¡San Marcos! ¿Qué animal es éste?
PEREGRINO.– Es un pescado.
MERCADER SEGUNDO.– ¡No os burléis!
PEREGRINO.– Le podéis dar de golpes, andar sobre él. Es capaz de sostener un carro.
MERCADER PRIMERO.– ¿Correr sobre él, decís? 
MERCADER SEGUNDO.– ¡Demos saltos sobre él! 
MERCADER TERCERO.– ¿No anda? 
PEREGRINO.– Se arrastra. 
MERCADER PRIMERO.– Veámosle arrastrarse. 
PEREGRINO.– No, buen señor, le haríais daño. 
MERCADER SEGUNDO.– He de verlo arrastrarse o le saco las tripas. 
MERCADER TERCERO.– ¡Ahora mismo! 
PEREGRINO (aparte a Sir Politick).– Os lo ruego, señor, reptad un poco.
MERCADER PRIMERO.– ¡Adelante! 
MERCADER SEGUNDO.– Un poco más.
PEREGRINO (aparte a Sir Politick).– ¡Buen señor, reptad! 
MERCADER SEGUNDO.– Queremos verle las patas. (Dan vuelta a la tortuga y lo descubren.) 
MERCADER TERCERO.– ¡Qué raro! Gasta ligas. 
MERCADER PRIMERO.– ¡Y guantes!
MERCADER SEGUNDO.– ¿Es ésta vuestra terrible tortuga? 
PEREGRINO (descubriéndose).– Ahora, Sir Pol, estamos en paz; estaré preparado para vuestro próximo proyecto; lamento la pira funeraria de vuestras notas. 
MERCADER PRIMERO.– Rara invención para enseñarla en Fleet Street. 
MERCADER SEGUNDO.– Sí; o para mostrarla en la feria de Smithfield.
MERCADER PRIMERO.– Paréceme espectáculo melancólico. 
PEREGRINO.– ¡Adiós, politiquísima tortuga!

(Salen Peregrino y los Mercaderes. Vuelve a entrar la Doncella.)

SIR POLITICK.– ¿Dónde está Milady? ¿Se ha enterado de esto? 
DONCELLA.– No lo sé, señor. 
SIR POLITICK.– Id a inquirir.

(Sale la Doncella.)

SIR POLITICK.– ¡Oh! Seré la fábula de todas las fiestas, el alimento de las gacetas y lo que es peor, hablará de ello hasta el vulgo.
DONCELLA (volviendo a entrar).– Señor, Milady volvió a casa muy melancólica, y dice, señor, que se va ahora mismo al mar, en busca de medicina.
SIR POLITICK.– Yo, también, abandono para siempre este lugar y este clima. Arrastrando con mi casa a cuestas, y pienso que haré bien en esconder mi pobre cabeza en mi concha política.

(Salen.)


ESCENA TERCERA 
Sala en casa de Volpone. (Entran Mosca en traje de noble veneciano y Volpone vestido de alguacil.)

VOLPONE.– ¿Me parezco a él?
MOSCA.– ¡Oh, señor, sois él mismo! Nadie podría distinguiros uno de otro. 
VOLPONE.– Está bien. 
MOSCA.– Y yo ¿qué soy? 
VOLPONE.– ¡Por el cielo, un valiente noble veneciano; te sienta bien la ropa! ¡Lástima que no lo seas de nacimiento! 
MOSCA (aparte).– ¡Si conservo lo que aparento ser, todo irá bien!
VOLPONE.– Voy antes que nada a ver qué noticias hay en el tribunal. (Sale.) 
MOSCA.– Hazlo así. Mi zorro sale de su madriguera, y antes de que vuelva a entrar en ella, le haré languidecer en su ropa prestada a no ser que se avenga a un arreglo conmigo... ¡Andrógino, Castrone, Nano!

(Entran Andrógino, Castrone y Nano.)
TODOS.– Henos aquí.
MOSCA.– Salid a recrearos a la calle; divertios. (Salen.) Así, ahora que tengo las llaves y estoy en posesión de todo, puesto que ha querido morir antes de tiempo, lo enterraré o algo saldré ganando: soy su heredero, y así tendrá que conservarse hasta que reparta conmigo. Quitárselo todo no sería sino un engaño muy en su lugar; nadie lo llamaría pecado. El que se ha divertido, que pague. Esto es lo que se llama atrapar a un zorro en su propia trampa. (Sale.)


ESCENA CUARTA
Una calle. (Entran Corbaccio y Corvino.)

CORBACCIO.– Dicen que está reunido el tribunal.
CORVINO.– Hemos de mantener nuestro cuento, para conservar nuestra reputación. 
CORBACCIO.– Lo mío no es cuento; mi hijo hubiera sido capaz de matarme. 
CORVINO.– Es verdad. Se me había olvidado. (Aparte.) El mío sí lo es, estoy seguro. Mas ¿y vuestro testamento, señor? 
CORBACCIO.– Sí, tengo que ver a Mosca para hablarle de esto, ya que su amo ha muerto.

(Entra Volpone.)

VOLPONE.– ¡Señor Corvino! ¡Señor Corbacciol ¡Albricias infinitas!
CORVINO.– ¿Por qué?
VOLPONE.– La súbita bienandanza que os ha caído encima...
CORBACCIO.– ¿De dónde?
VOLPONE.– Y sin saber cómo. Del viejo Volpone, señor.
CORBACCIO.– ¡Fuera de aquí, picaro redomado!
VOLPONE.– Señor, no consintáis que la demasiada riqueza os ponga furioso.
CORBACCIO.– ¡Fuera de aquí, alguacil!
VOLPONE.– ¿Por qué, señor?
CORBACCIO.– ¿Te burlas de mí?
VOLPONE.– Vos os burláis del mundo, señor. ¿No cambiasteis testamentos con él?
CORBACCIO.– ¡Fuera, he dicho, truhán!
VOLPONE.– ¿Oh, acaso seréis vos el afortunado, señor Corvino? A fe mía hacéis bien en no engreíros con vuestra buena suerte. Me place vuestro espíritu. No os hincháis con vuestra fortuna. Alguno, en vuestro caso, se hubiera subido como vino que fermenta en semejante otoño... ¿Os lo ha dejado todo, señor?
CORVINO.– ¡Quítate de mi vista, canalla!
VOLPONE.– En verdad, vuestra esposa se ha portado como una verdadera mujer, pero a vos os ha traído cuenta. No tenéis por qué preocuparos, señor; tenéis buena hacienda para sobrellevarlo mejor con esta suerte. Excepto si Corbaccio tiene parte...
CORBACCIO.– ¡Fuera de aquí, alguacil!
VOLPONE.– ¿No queréis que se sepa, señor? Es prudente. Así hacen todos los jugadores, en todos los juegos. Disimulan. Nadie quiere reconocer que ha ganado. (Salen huyendo Corvino y Corbaccio.) Ahí viene mi buitre, levantando el pico y olfateando.

(Entra Voltore.)

VOLTORE.– ¡Despojado así por un parásito! ¡Un esclavo que va a hacer mandados y hace piruetas por unas migajas! Bueno... ¿qué puedo hacer?
VOLPONE.– El tribunal está detenido esperando a vuestra señoría. Me complace, señor, la buena suerte de vuestra señoría y que haya caído en manos tan eruditas que entienden el manejo...
VOLTORE.– ¿Qué queréis decir?
VOLPONE.– Quiero ser cliente de vuestra señoría para conseguir el pequeño edificio medio derruido que está al final de vuestra larga fila de casas cerca de la Pescadería; en tiempo de Volpone, vuestro predecesor, antes de que cayese enfermo, era una linda, bien acondicionada casa de liviandad y con clientela como la que más en Venecia, no despreciando ninguna; pero cayó con él; su cuerpo y esa casa se derrumbaron juntos.
VOLTORE.– Señor mío, dejad de hablar sin ton ni son.
VOLPONE.– Es que si vuestra señoría me ampara, y puedo conseguir que me adjudiquen los materiales de derribo, estoy salvado. Para vos es un juego, señor... Vuestra letrada señoría lo sabe de sobra.
VOLTORE.– ¿Yo qué sé de eso?
VOLPONE.– Vuestra riqueza no tiene fin, señor. ¡Dios la disminuya!
VOLTORE.– ¡Picaro deslenguado! ¡Cómo! ¿Te burlas de mi desdicha. (Sale.)
VOLPONE.–Dios os la aumente, señor, ¡ojalá fuera más grande! Ahora vuelvo a los otros, en la primera esquina. (Sale.)


ESCENA QUINTA 
Otra parte de la calle. (Entran Corbaccio y Confino.– Mosca atraviesa la escena ante ellos.)

CORBACCIO.– ¡Mirad! ¡Vestido como uno de nosotros! ¡Insolente lacayo!
CORVINO.– ¡Si pudiera tirarle mis propios ojos como balas de cañón!

(Entra Volpone.)

VOLPONE.– Pero ¿es verdad, señores, lo que dicen del parásito? 
CORBACCIO.– ¡Otra vez a afligirnos, monstruo!
VOLPONE.– A fe mía, señor, duéleme cordialmente que una barba de tan austera longitud haya podido ser vencida en astucia. Nunca pude sufrir al tal parásito; parecióme siempre capaz de embaucar hasta con la nariz. Había en su mirar algo que prometía la muerte de un noble veneciano.
CORBACCIO.– ¡Truhán!
VOLPONE.– Y sin embargo, vos, tan avezado al comercio del mundo, astuto mercader, fino pájaro, Corvino, que tenéis emblemas tan morales sobre vuestro nombre, no debierais haber cantado vuestra propia vergüenza, y dejado caer el queso del pico y consentir que el Zorro se riese de vuestro ayuno.
CORVINO.– Señor mío, pensáis que el privilegio de vuestro empleo y vuestra presuntuosa gorra roja, que se me antoja clavada con dos cequíes a vuestra cabeza loca, puede autorizar vuestros insultos; venid aquí y podréis daros cuenta de que me atrevo a daros de palos; acercaos.
VOLPONE.– No os apresuréis, señor; harto conozco vuestro valor, puesto que os atrevéis a publicar lo que sois.
CORVINO.– Aguarda, quiero hablar contigo.
VOLPONE.– Señor, señor, otra vez será...
CORVINO.– Ha de ser ahora mismo.
VOLPONE.– Oh, señor, siendo hombre prudente ¿cómo he de afrontar la furia de un cornudo furioso? (Sale corriendo a tiempo que entra Mosca.)
CORBACCIO.– ¡Otra vez aquí éste!
VOLPONE.– ¡A ellos, Mosca! ¡Sálvame!
CORBACCIO.– Está corrompido el aire que respira.
CORVINO.– ¡Huyamos! (Salen Corvino y Corbaccio.)
VOLPONE.– ¡Excelente basilisco, vuélvete hacia el buitre!

(Entra Voltore.)

VOLTORE.– Bien, mosca carnicera, llegó tu verano; pero vendrá tu invierno.
MOSCA.– Buen abogado, te ruego que no insultes, ni amenaces así fuera de lugar. Cometerías un solecismo, como dice Milady. Ponte un gorro más que se te escapa el seso. 

(Sale Mosca.)

VOLTORE.– ¿No hacéis nada, señor?
VOLPONE.– ¿Quisierais que zurrase a ese insolente esclavo, que echase barro sobre su primera ropa decente?
VOLTORE.– Éste debe ser algún deudo suyo.
VOLPONE.– Señor, el tribunal os está esperando. Me enloquece ver que un mulo que nunca leyó a Justiniano se alce así y cabalgue sobre un abogado. ¿No tenéis ningún ardid para evitar que os embauque semejante criatura? Supongo que todo esto es broma; no es el heredero y vos lo sabéis, pero estáis confabulado con él para cegar a los demás. El heredero sois vos.
VOLTORE.– ¡Extraño, oficioso, molesto truhán! Me atormentas.
VOLPONE.– Sé lo que digo; no es posible, señor, que os hayan embaucado de tal modo. No hay hombre con genio bastante para conseguirlo, ¡sois tan cuerdo, tan prudente! y es justo que la riqueza y la sabiduría vayan juntas. 

(Salen.)


ESCENA SEXTA 
El Scrutineo o Casa del Senado. (Entran los Jueces, el Notario, Bonario, Celia, Cor-baccio, Corvino, Alguaciles, Corchetes, etc.)

JUEZ PRIMERO.– ¿Están presentes todas las partes? 
NOTARIO.– Todas, menos el abogado. 
JUEZ SEGUNDO.– Y aquí llega.

(Entran Voltore y Volpone.)

JUEZ PRIMERO.– Siendo así, leedles la sentencia.
VOLTORE.– ¡Oh, padres honorabilísimos, dejad que por una vez vuestra piedad venza a vuestra justicia para perdonar...! ¡Estoy trastornado...!
VOLPONE (aparte).– ¿Qué va a hacer éste ahora?
VOLTORE.– ¡Ay! No sé a quién dirigirme primero; si a vuestras paternidades o a esos inocentes...
CORVINO (aparte).– ¿Se va a traicionar a sí mismo?
VOLTORE.– ... a quienes también he agraviado, llevado de codiciosísimos fines...
CORVINO.– ¡Ese hombre está loco!
CORBACCIO.– ¿Qué es eso?
CORVINO.– ¡Está poseído por el demonio!
VOLTORE.– Por lo cual, ahora herido por mi conciencia, me postro a vuestros ofendidos pies, pidiendo perdón.
JUECES PRIMERO Y SEGUNDO.– ¡Levantaos!
CELIA.– ¡Oh Cielo, cuan justo eres!
VOLPONE (aparte).– Me enredé en mi propia red...
CORVINO (a Corbaccio).– Sed constante, señor. Ahora, no puede ayudarnos sino la impudencia.
JUEZ PRIMERO.– Seguid hablando.
ALGUACIL.– ¡Silencio!
VOLTORE.– No es ofuscación mía, reverendos padres, no es sino la conciencia, buenos señores míos, la que me fuerza a decir la verdad. Ese parásito, ese picaro ha sido el instrumento de todo.
JUEZ PRIMERO.– ¿Dónde está? Buscadle.
VOLPONE.– Voy. (Sale.)
CORVINO.– Graves padres, ese hombre está trastornado; él mismo lo confiesa, porque esperando ser el heredero del viejo Volpone que ahora ya ha muerto...
JUEZ TERCERO.– ¿Cómo?
JUEZ SEGUNDO.– ¿Ha muerto Volpone?
CORVINO.– Muerto ya, graves padres.
BONARIO.– ¡Oh, certera venganza!
JUEZ PRIMERO.– Deteneos. Siendo así, no era un embaucador.
VOLTORE.– ¡Oh, no, de ninguna manera; el parásito, austeros padres!
CORVINO.– Habla por pura envidia, porque el criado logró lo mismo que él quería lograr. Con licencia de vuestras paternidades, ésa es la verdad, aunque no quiero justificar al otro que bien puede tener algo de culpa.
VOLTORE.– Sí, contra vuestras esperanzas, lo mismo que contra las mías, Corvino; mas no quiero promover escándalo. Dígnense vuestras corduras aceptar estas notas, y creer lo que en ellas va escrito. Lo mismo que espero vuestra merced, aseguro que dicen la pura verdad.
CORVINO.– El demonio le ha entrado en el cuerpo.
BONARIO.– O habita en vos.
JUEZ CUARTO.– Hemos hecho mal en mandar a buscarlo por un alguacil, siendo el heredero. 
JUEZ SEGUNDO.– ¿A quién? 
JUEZ CUARTO.– Al que llaman el parásito. 
JUEZ TERCERO.– Es cierto. Ahora es hombre de gran riqueza, ¿no? 
JUEZ CUARTO (al notario).– Id vos, enteraos de cómo se llama, y decid que el tribunal le ruega que se presente, sólo para declarar unas cuantas dudas. 

(Sale el notario.) 

JUEZ SEGUNDO.– Estamos en el mismo laberinto. 
JUEZ PRIMERO.– ¿Insistís en vuestra primera declaración? 
CORVINO.– Mi hacienda, mi vida, mi fama... 
BONARIO.– ¿Dónde está vuestra fama? 
CORVINO.– Pendiente de esto.
JUEZ PRIMERO (a Corbaccio).– ¿La vuestra también? 
CORBACCIO.– El juez es un canalla y tiene la lengua de dos puntas.
JUEZ SEGUNDO.– Contestad a lo que se os pregunta. 
CORBACCIO.– Lo mismo que el parásito. 
JUEZ PRIMERO.– Esto es una confusión. 
VOLTORE.– Ruego a vuestras paternidades que lean estas notas. (Les da unos papeles.) 
CORVINO.– Y no deis crédito a nada de lo que haya escrito ese falso espíritu.  ¡No es posible que no esté poseído por el demonio!

(Se cierra la escena.)



ESCENA SÉPTIMA
Una calle. (Entra Volpone.)

VOLPONE.– ¡Hacer un lazo para mi propio cuello! ¡Y meter la cabeza en él, voluntariamente! ¡Riendo! ¡Cuando había escapado de nuevo y estaba libre y limpio, por mera jactáncia! ¡Oh, el demonio estúpido estaba dentro de este cerebro mío cuando se me ocurrió, y Mosca se avino a secundarme; ahora es menester que me ayude a cauterizar esta vena o morimos desangrados...! (Entran Nano, Andrógino y Castrone.) ¿Qué es eso? ¿Quién os ha soltado? ¿Dónde vais ahora? ¿A comprar cerveza de jengibre o a hacer juegos de manos?
NANO.– Señor, maese Mosca nos llamó desde fuera, nos dijo que fuésemos a jugar, y nos tomó las llaves.
ANDRÓGINO.– Eso es.
VOLPONE.– ¿Maese Mosca se apoderó de las llaves? ¿Por qué? ¡Estoy lucido! Éstas son mis sutiles invenciones. ¡Tendré que alegrarme de mi propio daño! ¡Qué vil cuitado he sido que no he sabido disfrutar sobriamente mi buena fortuna! ¡Tenía que lucir mis extravagancias, mis fantasías! Está bien. Id a buscarlo; tal vez su intención sea más leal que mis temores. Decidle que venga inmediatamente a buscarme al tribunal. (Salen.) Allí estaré y, si es posible, lanzaré a mi abogado sobre nuevas esperanzas. Cuando lo provoqué, me perdí. 

(Sale.)


ESCENA OCTAVA 
El Scrutinea o Casa del Senado. (Jueces, Bonario, Celia, Corbaccio, Corvino, Alguaciles, Corchetes, etc., lo mismo que antes.)

JUEZ PRIMERO.– Estas cosas no encajan unas con otras. (Muestra los papeles.) Él, aquí, asegura que a este caballero se le hizo agravio y que esta señora fue llevada a la fuerza por su marido que allí la dejó.
VOLTORE.– Ciertísimo.
CELIA.– ¡Cuan presto acude el Cielo a los que le imploran!
JUEZ PRIMERO.– Mas que Volpone haya forzado a la señora, lo tiene por completamente falso, dada su impotencia.
CORVINO.– ¡Austeros padres, está poseído por el demonio! Vuelvo a decirlo: poseído; si posesión y obsesión son cosas distintas, padece de ambas. 
JUEZ TERCERO.– Aquí viene nuestro oficial.

(Entra Volpone.)

VOLPONE.– El parásito estará aquí dentro de un instante, graves padres.
JUEZ CUARTO.– Pudierais inventar otro nombre, señor alguacil.
JUEZ TERCERO.– ¿No le encontró el notario?
VOLPONE.– No, que yo sepa.
JUEZ CUARTO.– Cuando llegue, se pondrá todo en claro.
JUEZ SEGUNDO.– Sí, está nebuloso.
VOLTORE.– Dígnense vuestras paternidades.
VOLPONE (en voz queda a Voltore).– Señor, el parásito me rogó os dijera que su amo vive, que vos seguís siendo el heredero, y vuestras esperanzas las mismas; y que todo ello no fue sino una broma.
VOLTORE.– ¿Cómo?
VOLPONE.– Señor, para probar si erais leal, y cómo tomabais las cosas.
VOLTORE.– ¿Estás seguro de que vive?
VOLPONE.– ¿Vivo yo?
VOLTORE (reconociendo a Volpone).– ¡Ay de mi! Fui demasiado violento.
VOLPONE.– Señor, podéis remediarlo. Dicen que estáis poseído por el demonio. Dejaos caer al suelo y fingid que lo estáis; algo se arreglará. (Voltore cae al suelo.) ¡Dios ampare a este hombre!... Detened el aliento fuertemente e hinchaos... ¡Mirad, ved, ved! Vomita alfileres doblados. Se le cuajan los ojos como a una liebre muerta colgada en carnicería. Su boca se retuerce. ¿Veis, señor? ¡Ahora tiene al demonio en el vientre!
CORVINO.– Sí, el demonio.
VOLPONE.–   ¡Ahora en la garganta!
CORVINO.– Claro lo veo.
VOLPONE.– ¡Ya sale! ¡Ya sale! ¡Apartaos! Ved como vuela, en forma de sapo azul con alas de murciélago. ¿No lo veis, señor?
CORBACCIO.– ¿Qué? Creo que sí.
CORVINO.– Es harto manifiesto.
VOLPONE.– ¡Ved! Vuelve en sí.
VOLTORE.– ¿Dónde estoy?
VOLPONE.– Cobrad ánimo. Lo peor ya ha pasado, señor. Estáis desposeído.
JUEZ PRIMERO.– ¿Qué accidente es éste?
JUEZ SEGUNDO.– ¡Súbito y asombroso!
JUEZ TERCERO.– Si estaba poseído, como parece, todo esto no es nada.
CORVINO.– Muy a menudo sufre de esos ataques.
JUEZ PRIMERO.– Mostradle estos papeles... ¿Reconnocéis la letra por vuestra, señor?
VOLPONE (en voz queda a Voltore).– Negadla, señor, negadla; no la reconozcáis.
VOLTORE.– Sí, la reconozco muy bien; es mi letra; mas todo lo que contiene es falso.
BONARIO.– ¡Oh, concreta intriga!
JUEZ SEGUNDO.– ¿Qué enredo es éste?
JUEZ PRIMERO.– Siendo así, ¿el que llamáis el parásito no es culpable?
VOLTORE.– Graves padres, ni él ni su amo el buen viejo Volpone.
JUEZ CUARTO.– Ése ya está muerto.
VOLTORE.– ¡Oh, no, reverenciadísimos padres! Vive...
JUEZ PRIMERO.– ¡Cómo! ¿Vive?
VOLTORE.– Vive.
JUEZ SEGUNDO.– Esto es aún más sutil.
JUEZ TERCERO.– Vos mismo dijisteis que había muerto.
VOLTORE.– Nunca.
JUEZ TERCERO.– Lo dijisteis.
CORVINO.– Yo lo oí.
JUEZ CUARTO.– Ahí viene el caballero. Abridle paso.

(Entra Mosca.)

JUEZ TERCERO.– Una añagaza.
JUEZ CUARTO (aparte).– Un hombre de veras; y si Volpone ha muerto, un buen marido para mi hija. 
JUEZ TERCERO.– Abridle paso.
VOLPONE.– Mosca, estaba casi perdido. El abogado lo había contado todo; pero ahora se arregló; todo ha vuelto a entrar en quicio... (Aparte a Mosca.) Di que estoy vivo.
MOSCA.– ¿Qué impertinente truhán es éste? Reverenciadísimos padres, más pronto hubiera acudido a vuestro placentero llamamiento, si el arreglo del funeral para mi amadísimo señor no me hubiera obligado a...
VOLPONE (aparte).– ¡Mosca!
MOSCA.– Porque es mi intención enterrarlo como a un caballero.
VOLPONE (aparte).— ¡Sí, y robármelo todo!
JUEZ SEGUNDO.– ¡Cada vez más extraño e intrincado!
JUEZ PRIMERO.– ¡Y vuelta a empezar!
JUEZ CUARTO (aparte).– Es un buen partido; mi hija tiene suerte.
MOSCA (en voz baja a Volpone).– ¿Me dais la mitad?
VOLPONE.– ¡Antes me cuelgan!
MOSCA.– Ya sé que tenéis buena voz, no gritéis tanto.
JUEZ PRIMERO.– Pregunto al abogado: señor, ¿no afirmasteis que Volpone vivía?
VOLPONE.– Y vive, señor. Este caballero me lo dijo. (Bajo a Mosca.) Tendrás la mitad.
MOSCA.– ¿Quién es este borracho? Que hable alguno que lo conozca. Yo, en mi vida le he visto la cara.. . (Aparte a Volpone.) Ahora, ya no puedo hacerlo tan barato.
VOLPONE.– ¡No!
JUEZ PRIMERO (al A bogado).– ¿Qué decís?
VOLTORE.– Ese alguacil me lo dijo.
VOLPONE.– Lo dije, graves padres, y mantendré que vive con mi propia vida. Y que este malvado (señalando a Mosca) me dijo... (Aparte.) Nací con todas las estrellas en contra mía.
MOSCA.– Gravísimos padres. Si insolencia como ésta puede caer sobre mí, me callo; espero que no fue para esto para lo que me mandasteis a buscar.
JUEZ SEGUNDO (a los corchetes señalando a Volpone).– Lleváoslo.
VOLPONE.– ¡Mosca!
JUEZ TERCERO.– Que le azoten.
VOLPONE.– ¿Quieres traicionarme? ¿Robarme?
JUEZ TERCERO.– Y enseñaros a comportaros con personas de su rango. 
JUEZ CUARTO.– Lleváoslo.

(Los Corchetes se apoderan de Volpone.)

MOSCA.– Doy humildemente las gracias a vuestras paternidades.
VOLPONE (aparte).– ¡Calma, calma! ¡Azotado! ¡Y perder cuánto tengo! Si confieso, no puede ser mucho más.
JUEZ CUARTO (a Mosca) .– Señor, ¿sois casado?
VOLPONE.– Pronto serán parientes. ¡Resolución! (Se quita el disfraz.) El zorro se quita la piel.
MOSCA.– ¡Patrón!
VOLPONE.– Sí; ahora mi ruina no será sólo mía. Participarás de ella, eso te lo aseguro. Mi sustancia no te ha de engordar ni te hará entrar en una familia.
MOSCA.– ¡Pero, patrón!
VOLPONE.– Soy Volpone, y éste (señalando a Mosca) es mi lacayo. Éste (señalando a Voltore) es lacayo de sí mismo; éste (señalando a Corbaccio) está loco de codicia; éste (señalando a Corvino) es un compuesto, una quimera de asno, necio y rufián. Y reverenciadísimos padres, ya que no podemos esperar sino una sentencia, que no sea demasiado desesperada. No tengo más que decir.
CORVINO.– Si vuestras paternidades se dignan...
ALGUACIL.– ¡Silencio!
JUEZ PRIMERO.– El nudo se ha deshecho por milagro.
JUEZ SEGUNDO.– Nada puede estar más claro.
JUEZ TERCERO.– Ni puede probar mejor que éstos son inocentes.
JUEZ PRIMERO.– Ponedlos en libertad. (Por Bonario y Celia.)
BONARIO.– El Cielo no podía dejar que quedasen ocultos mucho tiempo tales crímenes.
JUEZ SEGUNDO.– ¡Si se considera que éste es el camino real para ganar riquezas, prefiero ser pobre!
JUEZ TERCERO.– Esto no trae ganancia sino tormento.
JUEZ PRIMERO.– Éstos poseen riqueza como los enfermos poseen calenturas, que más bien podría decirse les poseen a ellos.
JUEZ SEGUNDO.– Desnudad a ese parásito.
CORVINO Y MOSCA.– Honradísimos padres...
JUEZ PRIMERO.– ¿Aún tenéis algo que alegar para detener el curso de la justicia? Si es así, hablad.
CORVINO y VOLTORE.– Pedimos clemencia.
CELIA.– Y piedad.
JUEZ PRIMERO.– Agraviáis a vuestra inocencia, rogando por los malvados. Adelantad. Primero, el parásito; parece que habéis sido el primer ministro sino el urdidor de todas estas livianas imposturas; y ahora, al final, habéis agraviado al tribunal con vuestra insolencia engañándolo en traje de caballero veneciano, siendo un cualquiera sin nacimiento ni sangre; por lo cual ésta es nuestra sentencia: en primer lugar azotado y después viviréis para siempre prisionero en nuestras galeras.
VOLPONE.– Os doy las gracias en su nombre.
MOSCA.– ¡Malhaya tu alma de lobo!
JUEZ PRIMERO.– Entregadle a los corchetes.

(Se llevan a Mosca.)

JUEZ PRIMERO.– Tú, Volpone, siendo por sangre y rango un caballero, no puedes caer bajo tal castigo; mas nuestro juicio sobre ti es que tus bienes sean inmediatamente confiscados a beneficio del Hospital de los Incurables; y puesto que la mayor parte de ellos la conseguiste por impostura, fingiéndote cojo, gotoso, paralítico más otras enfermedades, vivirás en prisión sujeto con hierros hasta que estés de verdad enfermo e inválido. .. Lleváoslo.

(Lo apartan de la barra.)

VOLPONE.– A esto se llama poner un zorro en adobo.
JUEZ PRIMERO.– Tú, Voltore, para borrar la afrenta que has infligido a todos los hombres dignos de tu profesión, serás expulsado de su colegiatura y de nuestro Estado. ¡Corbac-cio.. .1 Acercadle. .. Mandamos que tu hijo entre en posesión de toda tu hacienda, y a ti te confinamos al Monasterio del Espíritu Santo; allí, ya que no has sabido vivir bien aquí, te enseñarán a bien morir.
CORBACCIO.– ¡Eh! ¿Qué ha dicho?
ALGUACIL.– Señor, pronto lo sabréis.
JUEZ PRIMERO.– Tú, Corvino, serás embarcado desde tu propia casa y te llevarán a remo por toda Venecia y a lo largo del Gran Canal, tocado con un gorro, con largas orejas de asno en lugar de cuernos; y así, con un papel prendido en el pecho, subirás a La Berlina.
CORVINO.– Sí; y me tirarán a los ojos pescado putrefacto, fruta averiada, y nuevos podridos. .. Está bien. Pláceme, que así, al menos, no veré mi vergüenza.
JUEZ PRIMERO.– Y para expiar los agravios que hiciste a tu mujer, la volverás a casa de su padre, con la dote que te trajo, triplicada. Y éstas son todas nuestras sentencias.
TODOS.– Honrados padres...
JUEZ PRIMERO.– Y sin revocación posible. Ahora, cuando los crímenes se han cometido, y han pasado y se han castigado, a pensar lo que fueron los vuestros. Sacadlos de aquí, que aquellos que ven estos vicios así recompensados tomen aliento y quieran estudiar lo que son. Las malas acciones se alimentan como animales hasta que engordan y entonces sangran. (Salen.)
VOLPONE (se adelanta).– La razón de una comedia es el aplauso que recibe. Ahora bien, aunque el Zorro haya sido castigado por la ley, se atreve a esperar que no merece pena alguna por delito que haya cometido contra vosotros; si alguno hay, censuradle; aquí está en la duda: si no, alegraos y batid palmas. 

FIN

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