LA MADRE Witkiewicz Stanislaw Ignacy

LA MADRE
Witkiewicz
Stanislaw Ignacy

Obra repugnante en dos actos
y un epílogo
1924

Traducción : María Sten y Cristina Conde

PERSONAJES

LA MADRE: Nina Angula, matrona de 54 años. Alta, huesuda, pelo gris.
Tiene dos maneras de hablar: la primera 1 , populachera y auténtica,
la segunda2 , distinguida y artificial.

León Angula: Su hijo. Un atractivo moreno de 30 años. Rasurado.
Sofía Pleito: Bella joven, morena. Veinticuatro años.
Apolinar Pleito: Padre de Sofía. Cabello gris. Bigote abundante. Setenta
y cinco años.
DOROTEA: Sirvienta. Cuarenta años.
Voz tras la escena: Con timbre cálido de barítono.
Lucyna Beer: Hermosa mujer. Cuarenta años. Muy alta, tipo oriental.
Alfredo, Conde de la Trefouille: Un dandy aristocrático. Alrededor de
treinta años.
Adalberto de Modesto Vesícula: Rico terrateniente, buscador de placeres.
Treinta y dos años.
Antonio Murdel-Bendz: Individuo sospechoso. Treinta y cinco años.
Moreno. Bigote. Sin barba.
El Desconocido: Muy bien parecido. Bigote negro. La misma voz cálida
que la voz de tras la escena.
La desconocida: Encantadora. Un extraordinario parecido con la
Madre.
Josefa, Baronesa de la Zebada: Hermana de la Madre. Solterona disecada
de sesenta y cinco años.
Joaquín Cabezadevaca: Empresario de teatro. Pelo gris. Gordo. Cara
congestionada, sesenta años.
Seis obreros: Unos barbones, otros lampiños. Todos de fisonomías
agresivas.

En el Primer Acto todos los personajes son de color cadavérico. Los
labios negros. Tanto el vestuario como el decorado en negro y blanco.
La única mancha de color es el tejido de la Madre: puede ser azul,
rosa, amarillo o naranja.

ACTO PRIMERO
Una sala-comedor pobremente amueblada. Enfrente un sofá. Delante del sofá
una mesa cubierta con un mantel de plástico. La Madre sentada cerca de la
mesa, sola, con el tejido en la mano. A la izquierda una ventana, a la derecha
una puerta.

LA MADRE: [Dejando por un momento de tejer. Habla con veneno.}
¡Maldito vampiro! Tal padre, tal hijo. ¡Quién sabe! A lo mejor soy
injusta con uno y otro. ¿No será culpa mía que él sea así? ¿Acaso
merezco otra vida que la que tengo? ¿Qué he hecho yo nunca de
particular? Nada. . . Una madre común y corriente, eso es lo único
que soy. Pero, ¿qué he hecho yo para merecer tanto sufrimiento?
¡Dios mío! Mi vida se me escurre como una pesadilla, junto a mi otra
vida, la verdadera, que ya murió. Debo entenderlo todo. Quizá eso
me dé fuerzas para soportar las cosas aún peores que el destino me
depara. [De repente comienza a vociferar:]
Cuando era joven, cuando era hermosa,
tenía un alma y aún un cuerpo.
Todo era poco para mi afán.
¡Hoy nada queda!
¡Ay de mi vida/ ¡Ay , ay de mí!
[Hace la cuenta.] Ciento cincuenta de la librería, cincuenta de la
biblioteca, doscientos del cuarto. Y todo en nombre de eso que
llaman educación. ¿Cómo demonios voy a costear todo esto nada
más tejiendo? ¡Idiota! ¡Cretino! ¡Incapaz! Si por lo menos hiciera
algo que valiera la pena. . . ¡Pero, qué va! En su vida escribirá algo
que tenga pies ni cabeza. ¿Y yo qué? Yo pintaba, tocaba muy bien,
escribía cuentos que no estaban mal. . . Y no lo digo por exhibicionismo
mental, porque aquí desde luego no hay nadie. ¡Ay , esta eterna
soledad! Y nunca una palabra de consuelo. . .

LA VOZ: ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!

LA MADRE: No sé por qué de pronto me acordé de su risa. León tiene
una risa parecida, pero más desagradable. Lo que en él por lo menos
era abiertamente criminal, en León no es más que ruindad, algo repugnante
aplastado bajo el tacón de una bota lustrosa; nada más
asoma la cola, pero con eso me basta y sobra... ¡Qué poca cosa es
este hijo mío! ¿Por qué no lo habré criado con vodka desde niño?
Por lo menos sería enclenque como esos perros pekineses que maman
vodka desde cachorros, y no la repugnante nulidad adulta que
es ahora. Si fuera enano o tarado, lo querría más. ¡Dios mío! , ¡qué
vulgar me he vuelto! Yo , la baronesa de la Zebada. Y Josefa también
se ha vuelto una ordinaria. A lo mejor es puro cuento eso de "de la
Zebada". A lo mejor es Cebada y ya. Sin tanto "de la " y tanta "Z" .
Pero dicen que la buena casta no se pierde, aun en la adversidad,
(Vocifera de nuevo):

La más hermosa máscara pende sobre mi testa;
un demonio sin cuerpo me arrastra hacia el pecado.
Amantes he tenido, más de uno y más de tres,
y aún me cruje el cuerpo de enterrados deseos.

¿Se lo diré, o no se lo diré? [Entra Dorotea.] Dorotea querida, ¿quieres
ir preparando los macarrones?, a la italiana, ya sabes, echándolos
en agua fría, como le gustan al señor. Es tan hermoso ser madre y
poder mimar a su hijito, ¿verdad?

DOROTEA: Sí, señora. Yo también fui madre. Pero tuve suerte: a mi hijo
me lo mataron en la guerra.

LA MADRE 2: Dorotea, ¡por Dios! i Vete ya de aquí! ¡Ocúpate de los macarrones.
A mi hijo lo preservé de la guerra porque él debe salvar a la
humanidad entera. Es un gran pensador, pero tan frágil de salud.
Hombres así no deben morir. Debería hacer una comisión especial. . .

DOROTEA: [La interrumpe.] Otra vez ha estado usted bebiendo más de la
cuenta, señora… y con el estómago vacío, como si lo viera. ¿No podía,
por lo menos haberse aguantado hasta la hora de la cena?

LA MADRE 1: ¡Oh! [Hace un ademán despreciativo con la mano.]

DOROTEA: No es que yo tenga nada en contra del señor León. Pero a veces
vale más tener hermosos recuerdos de un hijo, que tenerlo a él vivo
y sano, pero no como uno quisiera que él fuese. ¡Qué sé yo qué
clase de hombre hubiera sido mi Freddy hoy en día. ¡Con lo revuelto
que anda hoy el mundo ! De pequeño era un horrendo mocoso malcriado;
ahora por lo menos tengo la satisfacción de saber que es un
héroe, y de héroe no hay quién me lo quite.

LA MADRE 2: Dorotea querida, ¿No ves que estoy sufriendo? ¿no te das
cuenta de que sufro espantosamente? No puedo seguir trabajando
así. Y míralo a él. . ., siempre ocupado, y tan distante; tan por encima
de todas las contingencias, que no logro ni hacerle entender que
ya no puedo seguir así. . ., tejiendo y tejiendo y tejiendo. . . ¡Dios
mío! Esta casa. . ., mis ojos. . ., me estoy quedando ciega. . ., el médico
me prohibió seguir tejiendo. . ., ¡ay, Dorotea, Dorotea!

DOROTEA: Lo que debía usted haber hecho es darle unas buenas nalgadas
de chico. Hoy en día, con lo duros que están los tiempos, un hombre
así se vuelve tan mentiroso, miente tan descaradamente de todo lo
habido y por haber, tan se miente y se re-miente a sí mismo y hasta a
su propia madre, y luego embrolla tan enredadamente en sus mentiras
a sí mismo y a los demás, que ya no hay fuerza humana que lo
desenrede. Tiene que seguir mintiendo hasta el fin. Hasta convertirse
en una mentira viviente —eso es lo que suele suceder.

LA VOZ: Igualito que yo. Pero yo era consecuente conmigo mismo —no
le tenía miedo a la soga. [Canta:]
Angula, entre el hampa, tiene fama casi santa. . .

LA MADRE 2: Algo me ha vuelto a recordar a mi marido. Fue un matrimonio
descastado. Sencillamente descastado. Y Dios me mandó el
castigo. A Dios no le gustan los matrimonios desiguales. Dorotea, ¿sabías
que mi marido murió en galeras en Castel do Assúcar, en Brasil,
por andar de bandolero en los ríos? Organizaba asaltos peligrosísimos...,
pero eso no viene al cuento. Esto sí he de decir en su abono:
tenía una magnífica voz de barítono, era guapo y audaz, y tenía imaginación.
Y, lo que es más, nunca se arrepintió. Era un verdadero soldado
de fortuna un vrai chevalier de fortune.

DOROTEA: Bueno, mejor me voy a la cocina, que más tarde se arrepentirá
usted de haberme dicho todas esas cosas. Pero, por favor, ¿no podría
usted dejar de beber tanto?

LA MADRE 2: No, seguiré bebiendo. Es lo único que me queda. Pero él
no sabe nada de esto. También tomo morfina, pero no muy a menudo.
Una parte de lo que gano la he estado guardando para mí sola.
Dorotea, lo que acabo de contarte es estrictamente confidencial. En
realidad, en algún remoto confín de mí misma, esta vida que llevo,
tan absolutamente desprovista de todo sentido, me arrebata de gozo
—me encanta regodearme en mi autosacrificio y hundirme en el
lodo. Me encanta cada hueco y recoveco, cada partícula de polvo,
cada hilacha. Pero es a mí a quien amo en todas esas cosas, Dorotea
querida. Es a mí a quien persigo por arriates de reseda y heliotropo,
como si fuera mi propia hermanita menor — esto no es modo normal
de amar al mundo , es horrible egoísmo a contrasentido. El también
lo tiene, pero al derecho. En lo más recóndito de su alma le tiene
odio a todos y a todo, incluso a mí. Pobrecito mío, traté de que engordase;
se moría de inanición. Hasta los siete años estaba flaco como
un fideo. Tenía un cuello así [Lo muestra con los dedos.] Me amo a
mí misma en él, y quizá más lo quiero por ser tan granuja. Le tengo
tanta lástima que se me parte el alma. ¡Qué sentimientos tan encontrados!
Más de lo tolerable, más de lo que uno puede soportar. El
siente lo mismo —lo conozco. Pero lo peor de estos sentimientos no
es lo encontrado, sino su peso mismo; cuando una persona pesa sobre
la otra, doblándola y aplastándola al fin. Ese es el tormento que sufre
mi hijo. Yo lo entiendo, lo entiendo perfectamente, pero no puedo
hacer nada, en lo absoluto, para aliviar su sufrimiento; al contrario,
cuanto hago aumenta, a mi pesar, su pena. Y sé que no podrá sobrevivir
a mi muerte. O quizá soy y o la que me lo imagino. A lo mejor
ese hijo descastado no siente nada de eso y yo sufro en vano. Y total,
¿a quién le importa? ¡Tanto estudiar! ¡Tanto estudiar! Toda su sapiencia
es un fraude, puro jarabe de pico, como tú dices. Nadie le entiende,
a lo mejor ni él mismo. No es más que una nulidad con destellos
de astucia. . . ¿Pero a lo mejor soy yo la que no lo entiende? A lo
mejor sí es un gran sabio. ¡Dios todopoderoso, qué atinadamente ordenas
las vidas, aun de las más viles de tus criaturas! ¡Cómo se ve en
todas las cosas el celo de tu propia gloria! [Llora.]

DOROTEA: ¡Uy!, iuy!, ¡uy! ¡Hoy sí que la pescó usted buena, señora!

[Se oye el timbre, Dorotea sale. Entra León]

LEÓN: ¿Qué sucede? ¿Mamá llorando? ¿Otro ataque de nervios? [Se
sienta a su lado y la abraza.] Mamá, querida, hoy precisamente que
esperaba encontrarte tranquila y serena, y sin sensiblerías.

LA MADRE: [Llora, pero se domina.] Está bien, León, hijo mío, está bien.
Ya pasó, ya estoy bien. Hijo, tú sabes que por ti haría cualquier cosa.
. . Si no fuera por ti, no seguiría viviendo un minuto más. . . Ya
no me quedan fuerzas. . .

LEÓN: Sí, sí, ¿pero para qué aplastarme con este gran sacrificio? Mejor
piensa qué harías si no fueras mi madre, si no tuvieras que tejer constantemente
tus carpetitas, si pudieras hacer todo lo que quisieras. . .
¿Acaso no harías lo mismo precisamente y con el mismo ahínco? En
vez de esta carpetita para vender, harías una de adorno, medias para
los pobres, qué sé yo. ¿No es cierto?

LA MADRE: Es cierto, es cierto, mi amor. Ahora dime, ¿por qué querías
que hoy estuviera tranquila? ¿Tengo que prepararme para una mala
noticia?

LEÓN: Supongo que no. Tú sabes hasta qué punto distraen mi mente todas
esas cosas que llaman "mis mujeres". Decidí romper mis últimos
cinco romances, que se han entrelazado de una manera muy extraña
y casarme con alguien de una esfera espiritual totalmente distinta.
Wengoriewski, hijo de un carpinterillo cantor, puede permitirse cierta
"mésalliance" aunque sea sólo espiritual. Otro tipo de "mesálliance"
sería para mí difícil de cometer. Aun si tomamos en cuenta la línea
materna —o sea el lado de la rueca-, y no sólo a mis antecesores por
parte de padre —o sea el lado de la espada—; aun así, y en el peor de
los casos, y desde el punto de vista del Almanaque de Gotha. . .

LA MADRE: ¡Leoncito!

LEÓN: Estaba bromeando. No sé si los de la Zebada -o simplemente
Zebada- estén anotados allí y además me importa un bledo...

LA MADRE: Es una lástima que haya tenido que vender ese libro bello
cuando tú eras pequeño todavía. El respeto a los ancestros. . .

LEÓN: [Con ironía.] Sí, en especial, en esta casa se adora a mi padre.
Pero da igual. Espero que no vayas a crear problemas innecesarios.
Ella está abajo en la cafetería de la izquierda. ¿Entonces,
mamacita?

LA MADRE: [Después de una pausa.] Estás haciendo cosas de mal gusto.
¿Es. . . es rica?

LEÓN: [Vacilante.] En primer lugar, todos estamos haciendo cosas de
mal gusto; tú también, mamá. No, no es rica en realidad, no tiene
absolutamente nada. Es muy mal educada, no sabe comportarse en
sociedad y no le gusta hacer nada. Ni siquiera es mi tipo. Te acuerdas
de lo que hacía mi difunto tío : "Nunca te cases con tu tipo,
cualquier muchacha bonita de tu tipo que encuentres en la calle te
parecerá mejor que tu esposa. . . "Pero Sofía es bella, y aunque no
debería ser así, me gusta muchísimo. Parece que estas locas combinaciones
son las más duraderas.

LA MADRE: Y las más peligrosas. . .

LEÓN: ¡Bah! No hablemos de esa clase de peligros, hay otros peores
que despuntan en el horizonte. Aparte de eso, sufre de una absoluta
falta de apego a la vida. Es raro en una persona tan primitiva. Combiné
maravillosamente estas cualidades ¿verdad? Ya resultarán útiles
en otra esfera. Ella es un magnífico antídoto contra mi cansancio
intelectual. ¿Tú crees que no hago nada? Tengo Surmenage. En mi
trabajo estoy llegando a las conclusiones definitivas y mi novia tiene
una cualidad indudable: comprende todo lo que le digo o leo. Nos
conocemos desde hace pocos días y todavía no he podido exponerle
todas mis ideas fundamentales.

LA MADRE: Sí, eso es. Esa es la cuestión: yo no te comprendo, yo lo sé.
Así que me va a caer encima otra carga más. ¿No ves que de veras no
puedo seguir así?. . . con las últimas fuerzas que me quedan. . .

LEÓN: Sólo por un año, o dos cuando mucho. ¿Sabes, mamá, que tengo
un orgullo anormal en cuanto al dinero? Hay una cosa que nunca podría
hacer: casarme con una rica. Estaría siempre dispuesto a romper
con mi mujer por cualquier tontería.

LA MADRE: Ya —sólo conmigo se te olvida el tal orgullo. A mí me dejas por un. . .
 "quítame allá esas pajas".

LEÓN: Pero tú eres mi madre ¿no?

LA MADRE: Hay momentos en que ya no sé ni lo que soy: cuando se
trata de guisar o tejer o barrer o zurcir, entonces sí soy madre, pero. . .

LEÓN: Madre, ipor Dios, ya basta!. . . Un día ¿no podemos tener un
solo día de paz y tranquilidad?. . . Dentro de un año, nueve meses
quizá, estaré dando clases en mi propia escuela, la escuela que tengo
la intención de abrir.

LA MADRE: ¿Qué? ¿Abrir escuela sin título ninguno? ¿Y sobre todo sin
relaciones? No te parece que esto es llevar las cosas un poco lejos. . .

LEÓN: Ya estás desanimándome otra vez, como cuando descubría los
principios fundamentalmente para la logificación, no sólo de las matemáticas
esenciales, sino de todas las ciencias. Y a estas alturas miles
de personas andan por ahí lanzando teorías sobre ese mismo tema, y
utilizando mi método. ¿Y cuántas veces me has hecho lo mismo, desde
que era pequeño?

LA MADRE: Sí, ya sé, yo soy la que lo echo a perder. Y     a cambio de dar
siempre al traste con todo tus proyectos, lo único que te doy es este
mísero sustento. Y ya sé lo poco que te importa. . .

LEÓN: Madre, ¿prefieres que me meta a padrote o a espía? Son oficios
que no requieren conocimientos especiales, y no agotan intelectualmente.

LA MADRE: ¿Quién es ahora el que dice cosas desagradables sin motivo
alguno? ¿No entiendes que lo único que trato de hacer es que abras
los ojos y veas las cosas como son? ¿Te has puesto alguna vez a pensar
lo que será de ti si de pronto yo llegara a faltar?

LEÓN: Sí, sí lo he pensado. Y Sofía es la única que podrá impedir que
me suicide cuando llegue ese día. Pero hay una cosa que tú no entiendes:
que de verdad te quiero y que hasta hoy no podía ni imaginar
la vida sin ti . Ni siquiera mis grandes ideas. . .

LA MADRE: Deja en paz tus grandes ideas por un momento. Tú crees que
tienes sentimientos, cuando en realidad no eres más que un sentimental.
Cuando aludo a mi posible muerte, lo único que se te viene a la
mente es tu propio suicidio, que además no ocurrirá nunca, porque
en el fondo no eres más que un cobarde.

LEÓN: Si lo soy, tú tienes la culpa, por criarme como me criaste.

LA MADRE: Siempre fuiste un alfeñique. . . Ay , ¿qué estoy diciendo?
¡Mira cómo nos estamos hablando! i Es horrible!

LEÓN: Estamos siempre dándole vuelta a lo mismo. ¿Por qué no dejamos
de una buena vez todas estas discusiones y tomamos la vida
como es?

LA MADRE: Lo cual significa seguir chupándole la sangre a tu pobre
madre, hasta que reviente como una bestia de carga. Ya sé, ya sé,
estoy tragificando mi vida; así es como lo llamas ¿no? Logificar
—tragificar. Tú logificas tus conocimientos sobre el porvenir de la
humanidad, yo tragifico mi conocimiento de ti y de mí .

LEÓN: ¿Y qué queda después de una discusión como ésta?, una sola
conclusión: que renuncie a mi labor esencial y que me ponga a ganarme
la vida a lo imbécil.

LA MADRE: ¡León, hijo mío! ¿De veras crees que soy como lo que
parezco cuando hablo contigo?

LEÓN: [Abrazándola.] Ya lo sé, Madre, ya lo sé —tampoco yo soy tan
cerdo como tú crees. ¡Verás cómo al final todo sale bien!

LA MADRE: Yo sólo quiero una cosa: que no te hagas demasiadas ilusiones
en cuanto a tu propia persona. Quizá yo no entiendo esa
labor tuya, pero no creo en ella. Tú en cambio no entiendes nada
de la vida. Yo soy la coraza que te protege. Y tiemblo sólo de pensar
que algún día descubriste que toda la vida soy yo , y nadie más. . .
y nadie más.


LEÓN: ¿Tú crees que y o no lo sé? Si no fuera así ¿hablaría de suicidarme?

LA MADRE: Si lo supieras, ni hablarías de suicidio, ni lo pensarías siquiera.

LEÓN: Ni tú me hubieras dicho esa terrible verdad: que soy un cobarde...,
si es que es verdad.

LA MADRE: Sí, eres capaz de jugarte la vida, subir a la cima de la montaña
más alta, batirte en duelo, con tal de angustiarme, de mortificarme.
Pero no se trata de eso.

LEÓN: Ya sé: no tengo el valor de meterme a obrero o a empleado de
correos. De eso se trata. A eso van a parar estas nuestras conversaciones,
que por francas llegan a ser trágicas. ¿No sería mejor llamar
a Sofía?

LA MADRE: Me temo, mucho me temo, que no me va a quedar más remedio
que odiarla.

LEÓN: Yo en cambio temo otra cosa: que me pierdas la poca consideración
que aún me tienes, y dejes de quererme cuando la conozcas
a ella. Aparte de su absoluta pereza y falta de consideración hacia
los demás es un ser maravilloso. Voy por ella. [Sale.]

LA MADRE: [Sola.] ¡Dios mío! Siempre pasa lo mismo. Por más que
me tenga jurado no volver nunca a hablar de estas cosas, no puedo
remediarlo. . . Tuve que hacerlo. ¡Oh, qué terrible suplicio el de
estos actos que sin querer nos nacen de las entrañas, y ante los
cuales se retuerce de pavor nuestra estúpida máscara humana, en
este mísero y bestial baile de disfraces, que es la vida social desde
la Revolución Francesa! Y sin embargo, tiene razón este animal de
mi hijo. [Entra Dorotea y pone la mesa.] ¿Dónde fue a parar toda
mi educación? ¿todo mi pretendido refinamiento aristocrático?
Pero tengo que hacer acopio de todas mis fuerzas para la lucha final
y volver a ser yo misma. [Cambiando de tono.] Dorotea, querida,
tráeme por favor mi tocado negro.

[Dorotea se lo entrega. La Madre se arregla con coquetería ante el
espejo. Suena el timbre. Se deja caer sin fuerzas en una silla. Entran
Sofía y León.]

LEÓN: Mamá, te presento a mi prometida, la señorita Sofía Pleito, la
única mujer sobre la tierra a quien podemos recibir en nuestra casa
sin la menor disonancia interna.

[Dorotea sigue poniendo la mesa.]

LA MADRE: Dirás en mi casa. [Se levanta.] Buenas noches, señorita.
[Sofía quiere besarle la mano, pero la Madre se retira.]
No es necesario. Ya nos iremos conociendo, sin forzarnos.

LEÓN: A mi madre, a veces le gusta mostrarse peor de lo que es. No se
fije, Sofía. Desde hoy, usted y su padre comerán con nosotros [Dirigiéndose
a la Madre] El padre de la señorita fue carpintero, tal como
mi padre.

LA MADRE: León, tu padre también fue cantante. [A Sofía] Si va usted
a venir a comer aquí con toda su familia, más vale que conozca
toda la verdad.

LEÓN: Pero, por favor mamá, sin dramas a la Ibsen, con toda esa dizque
tragedia de los oficios con sus ventajas e inconvenientes. Mejor nos
atenemos a las tragedias de sopa fría y carne reseca a la Strindberg.

LA MADRE: Tú todo lo empequeñeces. Tratas a Ibsen y a Strindberg
igual que a mí. ¿Habrá algo más genial que la Sonata de Espectros
de Strindberg? Pero dejemos eso. . . Bueno, Sofía, ¿me permites
tutearte. . .?

SOFÍA: [Tímidamente.] León y yo aún nos hablamos de usted. Nos comprometimos
hace apenas media hora.

LEÓN: ¿Qué más da? Tenemos la eternidad por delante. Por lo tanto, a
partir de este momento , vamos a tutearnos.

LA MADRE: [A León.] No seas mal educado. Eso no es lo más importante.
[A Sofía.} ¿Se quieren? [Pausa. Dorotea sale de puntillas.}
¿No? Entonces estamos en las mismas. A mí tampoco me quiere.
El no quiere a nadie. Dice que quiere a sus ideas, pero tampoco eso
es seguro.

SOFÍA: Y usted, señora, ¿lo quiere?
[Un silencio pesado. ]

LA MADRE: [Sordamente.] No lo sé. Sólo sé que si él muriese, yo no
podría. ..

LEÓN: ¿A qué vienen las palabras altisonantes y los grandes dramas?
Una tempestad en un vaso de agua sucia.

LA MADRE: ¡Qué vulgar eres! ¿No te da vergüenza delante de la señorita?

LEÓN: ¡Me aburre tanto todo esto! Hay cosas mil veces más importantes
que el que nos queramos o dejemos de querer. Se puede
crear vida, sin resolver esos problemas aparentemente profundos,
y en realidad muy pequeño-burgueses.

[Se sientan los tres. ]

LA MADRE: Sin embargo, desde el punto de vista práctico. . .

LEÓN: ¿No podríamos quedarnos en la esfera puramente espiritual?

LA MADRE: No. No y no. Todo va ligado entre sí. La» sopa fría y el
barrer de la casa. Ahora tengo una sirvienta, pero mis ojos. . .

LEÓN: [Incorporándose bruscamente.) ¡Por amor de Dios! ¡Voy a
volverme loco!

LA MADRE: Quizá; será mu y típico de ti.

SOFÍA: [Se levanta y pone la mano sobre la cabeza de León.] Cálmate,
mi vida.

LEÓN: [Se calma de inmediato y vuelve a sentarse. Sofía también se
sienta.] Tienes razón. Hemos llegado al extremo de no saber ya si
nos queremos o no; y sin embargo, no podemos vivir el uno sin el
otro. ¿Habrá cosa peor? Pues les voy a decir francamente la verdad:
[Señalando a la Madre.] ella dice que soy un vampiro. Ahora ya tenemos
otros: Sofía, y el tercero, su padre. Vengan más vampiros, así
podré seguir viviendo, puesto que soy yo quien justifica la existencia
de ustedes.

SOFÍA: No entiendo una palabra. Pero no te enfades, León.

LA MADRE: Es espantoso lo que está diciendo.

LEÓN: De ninguna manera. Tuve una idea genial. ¿Saben que pude haber
sido artista en tres artes distintos? Pintor, músico, escritor. Y también
pude haber sido un buen artesano en cualquiera de estas tres
ramas: un simple pintorzuelo realista, dedicado a imitar la inimitable
naturaleza, un compositor de canciones cursis para chicas histéricas o
un literato, o sea un individuo capaz de escribirlo todo. Y pude también
hacer dinero. Pero también pude haber sido un artista verdadero,
o sea alguien que crea conceptos formales a costa de cualquier
deformación. Podría haber alcanzado fama, o no -eso es otra cosa—,
o podría haber sido un farsante que especula sobre la decadencia del
arte, un chacal que lame las sobras de platos ajenos, y de este modo
amasar una bonita fortuna. Pero no quise. Mi ambición va mucho
más allá.

LA MADRE: Siempre has sido un dilettante, y un dilettante no puede
tener una verdadera ambición.

LEÓN: Te equivocas, madre. Hoy en día ser un dilettante es a veces
-digo a veces- más que ser un especialista dando vueltas a la noria
como mula con anteojeras. Ahora tenemos ya especialistas en arte,
no sólo en ciencias. Pero un genio de la talla de Leonardo da Vinci,
no lo hay ni lo habrá. Todo esto se debe a que cada una de las esferas
se ha desarrollado a tal punto, que ya nadie puede abarcar el todo.
Pero no es eso lo peor, sino que además lo individual ha ido perdiendo
fuerza, y no es sólo una impresión causada por el desarrollo actual
de la sociedad, sino una verdad. ¿Saben dónde queda todavía campo
abierto para un buen dilettante? En la interpretación de la historia y
en las conclusiones que de ella se pueden sacar para el porvenir. Dirán
ustedes que todas estas hermosas teorías no son más que palabras con
que me envanezco para crecerme a mis propios ojos. ¡No lo niego!
Sólo tengo una vida, y es única, como todas. Yo soy quien la vive,
yo, no otro, no los otros, no la colectividad.

SOFÍA: Pamplinas, amor mío. Todo eso son perogrulladas.

LEÓN: Quizá a ti te lo parezcan. A los no especialistas, las bases de la
lógica pueden también parecerles una sandez, una repetición de que A
es igual a A. Yo no me dejo resbalar como una masa inerte por la
línea de menor resistencia. Al contrario, yo pretendo vivir mi vida
al altísimo nivel que me ha señalado el destino, y ese destino he de
cumplirlo. Alguien tenía que sacrificarse para hacer precisamente lo
que yo hago, así, como Judas que tuvo que sacrificarse para vender
a Cristo. Si no, no habría redención.

SOFÍA: Pero, ¿en qué consiste exactamente tu idea, León? Explícanosla
de una buena vez.

LA MADRE: Ya me la ha explicado mil veces. Y sigo sin entenderla. Que
te la explique a ti , si quieres, yo voy a ocuparme de la cena. (Sale.)

LEÓN: Acabo de dar mi primera conferencia, sin que ustedes se enterasen.
Pero me escabullí antes de que empezara el debate. Es el principio
de mi carrera y si falla, ya tengo para otros diez años de vivir
amolado, chupándole la sangre a mi madre.

SOFÍA: Por una vez deja en paz a tu madre. Tú eres quien te chupas la
sangre a ti mismo.

LEÓN: (Hablando con creciente euforia.) Tienes razón. Mi idea es más
clara que el agua. Es un hecho que la humanidad está en plena decadencia.
El arte está muriéndose; que la muerte le sea leve. Se puede
vivir muy bien sin él. Ya no hay religión, la filosofía se está tragando
sus propias tripas y también acabará suicidándose. El individuo degollado
por la sociedad es ya un tópico. ¿Cómo invertir el aparentemente
irreversible proceso de socialización, en que todo lo que es
grande, relacionado con el Infinito o el Misterio de la Existencia queda
destruido?

SOFÍA: No puede invertirse.

LEÓN: Claro que sí se puede. Pero no por medio de la resurrección de
una raza de superhombres que es un mal chiste de ese horrendo impotente
mental, Nietzsche, ni con sus utopías de dicha universal en
que todos los hombres tendrán tiempo para todo. Sí, quizá lo tengan,
pero serán otros hombres, algo así como animales, eso es lo que no
entienden nuestros ingenuos soñadores; ni tampoco gracias a una
renovación artificial de la religión por medio de la fabricación de
nuevos mitos. Es la mentira de los nenes históricos de nuestra época.
Todo eso no es más que cerrar los ojos al hecho terrible de que estamos
todos en vías de perecer. Es repugnante. Qué demonios, si
efectivamente tenemos esa inteligencia que según Spengler es señal
de decadencia, para algo la tendremos, no sólo para percatarnos de
esa decadencia. Esta misma inteligencia puede convertirse en algo
creativo y detener la catástrofe final.

SOFÍA: Todo eso son promesas vanas. Ni tú mismo sabrías cómo realizarlas.

LEÓN: Sé cómo comenzar. Ante todo no hacer como avestruz sino mirar
la verdad a la cara, y con este intelecto tan despreciado hoy, rechazar
y vencer la verdad histórica que se deja caer sobre nosotros: la
uniformidad, la mecanización, la ciénaga sórdida de la perfección
social. So pretexto de que el intelecto se ha convertido en síntoma
de decadencia, ¿vamos a convertirnos en antiintelectuales o en idiotas
artificiales a la Bergson? No. Todo lo contrario: hay que ser consciente
hasta el último límite y hacer conscientes a todos. Es una tarea
difícil hacer conscientes a las masas, que el natural desarrollo social
lleva a una catástrofe. Habrá que fundar institutos especiales
para estudiar esta ciencia y difundirla a distintos niveles. La acción
tiene que ser colectiva y a escala gigantesca. Si mil millones de personas
se oponen conscientemente a una catástrofe, esa catástrofe no
tendrá lugar. Con que consiguiéramos una toma de conciencia general,
en todas las clases, en todas las sociedades sencillamente no podría
ocurrir tal catástrofe, excepto quizá entre las hormigas.

SOFÍA: Lo que no veo en lo absoluto es qué relación guarda tu idea con
la realidad.

LEÓN: Un momento. Lo que nos mata es el instinto social. Si pudiéramos
volverlo contra sí mismo.. . Para eso precisamente tenemos la
organización colectiva, para no dejarnos aniquilar, sino aniquilar en
ella lo que es nocivo para el individuo. En vez de engañar a la muchedumbre
con las utopías del socialismo estatal y con la horrible realidad
del sindicalismo y las cooperativas, ¿por qué no utilizar la organización
social ya existente, para poner sobre aviso a todo el mundo
de los peligros que entraña su desarrollo. Si todo el mundo pensara
como yo , entonces la sociedad no se impondría sobre el individuo.
Disponemos de la organización de la enseñanza y de la disciplina social
precisamente para poder lograr eso: quizá entonces, cuando la
humanidad alcance ese nivel, surjan nuevas y desconocidas perspectivas.
De cualquier modo, lo único que han conseguido nuestros
míseros y cobardes idealistas con su concepto de la felicidad general
para todos, es el grisáceo tedio de la mecanización. Sí. El individuo
por lo general se ha acabado. Quizá no quede más que yo como único
ejemplar de esa especie capaz de dar el salto hacia adelante, realmente
hacia adelante, en lugar de ese deslizarse hacia el abismo de nuestra
miseria gregaria, disfrazada de altos ideales humanistas. Y esto sólo
podríamos conseguirlo por medio de un gigantesco acto colectivo de
toma de conciencia, que desemboque en un estado de mutuo rechazo
entre el individuo y la sociedad, que exceda la fuerza de atracción entre
estos dos elementos.

SOFÍA: ¡Oh, si llegáramos a verlo! Si esa idea pudiera tomar cuerpo, sería
realmente extraordinario.

LEÓN: Entiéndeme bien: aquí un hombre solo, ni siquiera un grupo,
no basta. Sólo la humanidad entera puesta sobre aviso puede crear
un ambiente social, del cual surgirán los nuevos individuos, porque
este ambiente será tan nuevo que nunca ha existido desde que el
mundo es mundo . Y no hablo de la almibarada democracia de la
llamada "intelligentsia" que es la falsedad misma y no permite mirar la
verdad cara a cara. Sólo este mirar la verdad de frente, sólo el actuar
de las masas crearían ese nuevo estado colectivo del que estoy
hablando.

SOFÍA: ¿Y si eso fallara? ¿Qué pasará entonces?

LEÓN: No tenemos nada que perder. Quizá sea una ficción, pero es la
única que vale la pena intentar. De todos modos, hacia donde vamos
ahora, hacia donde nos arrastran las ciegas fuerzas sociales, o sea la
mecanización total y el embrutecimiento, no hay nada para nosotros.
Es el vacío absoluto. Nos espera un trabajo enorme -ha y que forjar
de la nada las bases de las nuevas posibilidades y estas son incalculables.
Será el más diabólico cambio que imaginarse pueda. Por eso,
ante todo , hay que desmaterializar el socialismo, empresa imposible
y, sin embargo, necesaria... No se trata de destruir la sociedad, ni de
crear payasos a la Nietzsche, sino de utilizar las fuerzas sociales para
crear las condiciones sociales y no individuales que permitirán el
advenimiento de una nueva humanidad. Y aparte de eso todos los
otros medios físicos de regeneración pueden seguir reforzándose. ¿Y
qué es lo que hacemos ahora? Producir autómatas rebosantes de
salud, mil veces más trágicos en su automatismo que los insectos,
porque nosotros lo hemos tenido todo y lo hemos perdido todo. (Se
deja caer exhausto en una silla.)

SOFÍA: Sí, entiendo. Me has dejado exhausta. No cabe duda que es una
gran idea. Pero quisiera saber algo: ¿todo eso lo haces por amor a la
humanidad?

LEÓN: No. Yo odio a la humanidad. Me avergüenzo de ser hombre. Pero
en nuestros tiempos ha surgido un divorcio entre las ideas del hombre
y su valor ético. Hoy día un profeta puede ser un cerdo; es triste,
pero así es. Por el momento no soy un cerdo, pese al odio que le
tengo a los hombres, a los hombres de nuestro tiempo. Pero entiéndeme:
tampoco me hubiera gustado ser un faraón egipcio, porque dada
la trágica monstruosidad del desarrollo social, un faraón es para mí
tan payaso como un cacique papúa que no es más que el arcaico fósil
de un faraón en pequeña escala, o como un Guillermo II o un Ludendorff.
En cuanto a nuestra mentirosa democracia a medias, me parece
tan repugnante como la deliberada reducción del hombre al estado de
animal, que yace en el fondo del comunismo o sindicalismo. El
resultado salta a la vista, sólo un cretino puede no verlo; en cambio lo
que y o digo, encierra posibilidades de abrir nuevos horizontes, es
impredecible y por lo tanto vale la pena llevarlo a cabo. Mi fe se basa
en el hecho de que el Misterio de la Existencia es inescrutable y
no cabe íntegramente en ningún sistema de ideas.

SOFÍA: ¿Y cuál es tu papel en todo eso?
LEÓN: Puedo ser el punto de partida para la corriente de los acontecimientos
universales. Con eso me siento satisfecho. Además, quizá no
esté solo, probablemente hay más hombres que piensan como yo.
Pero lanzarse a ello en gran escala, y sobre tod o lograr formularlo
claramente, les resulta cuesta arriba, y prefieren seguir engañándose a
sí mismos.
SOFÍA: Pero llevarlo a la práctica exige una terrible crueldad hacia todos
los ideales ya existentes; para eso se necesitaría que todos fueran tan
inteligentes o tan locos como tú . En otras palabras: se necesita una
colectividad organizada de locos.
'.eón: Tienes razón, veo que me entiendes perfectamente. T ú me
ayudarás en la campaña. Una mujer puede ser mu y útil en esta clase
de aventuras.
tofía: Siento que un nuevo espacio se acaba de abrir en mi interior.
Creo que estoy enamorada de ti . Ahora mismo, mientras hablabas de
todo esto, me gustabas mucho, o quizá es que nos drogamos con el
mismo fin : tú para sobrellevar tu vida de artista fracasado, yo la de puta
de tercera —porqu e para golfa de sociedad no creo tener aptitudes.

LEÓN: ¿A qué viene eso?

SOFÍA: Es posible que si no me hubieras encontrado ayer, hoy me
hubiera vendido a cualquiera. Ni sé, ni quiero trabajar normalmente.
Y eso no es un trabajo, sino una especie de improvisación artística.

LEÓN: Vampiros, ieso es lo que somos! Por el momento , seguiremos
viviendo a costillas de mi madre. Ella nos mantendrá con su tejido. Es
monstruoso, pero y o no tengo tiempo para otra cosa. Lo que he creado
me ha exigido una extraordinaria preparación y soledad, una
holgazanería aparente y mucho pensar, un incesante pensar, y por fin
tod o esto ha madurado y está a punt o de reventar. Soy como una
bala de alta potencia explosiva, que yace tirada tranquila en un
campo. Pero hasta ahora no había cañón, no había nadie que quisiera
dispararme. Y solo no puedo. Necesito de los hombres.

SOFÍA: Y o quiero ser disparada junt o contigo.
LEÓN: Y y o que pensaba que te quedarías para ayudar a mamá en su

trabajo.
SOFÍA: Eso nunca. No me harás morder el anzuelo. Primero te dejo, y
hago la campaña a tu favor puteando.
LEÓN: Bueno, bueno. Ya veremos cóm o nos las arreglaremos.

(Entra la Madre con Dorotea; sirven la cena.)
LA MADRE: ¿Qué opinas ahora, Sofía? ¿No me dirás que todo eso no es
más que una vana ilusión? Más le valdría conseguir un trabajo. Los

dos podrían conseguir empleo.
LEÓN: (A Sofía.) ¿Lo ves?
SOFÍA: No, madre. ¿Puedo llamarla madre?
LA MADRE: Por supuesto, hija mía. Soy su madre, en el sentido físico.

En el espiritual, León es exactamente igual que su padre. Excepto

que todavía no se ha convertido en criminal.
Sofía y LEÓN: ¿Cómo?
LA MADRE: Aja... Conque esta revelación sí les impresiona...
LEÓN: Madre, explícame de qué demonios estás hablando.
LA MADRE: T u padre murió en la horca, en Paraná, Brasil. De allá huí y o

contigo y aquí te crié para mi desgracia. Desde aquella época, he tenido
tres amantes.
LEÓN: ¡Qué maravilla! ¡ Y te has estado guardando este triunfo en la
manga, precisamente hasta el día de mi noviazgo formal! ¿Por qué?
¡Esto es extraordinario! ¿Tú qué dices, Sofía? ¿Quizá prefieras rom
per nuestro compromiso?
SOFÍA: ¿Sabes una cosa? Con toda franqueza, si me hubieras enterado
de esto antes de haberte oíd o explicar tus ¡deas'filosóficas, quizá


hubiera roto el compromiso. Pero ahora no lo haré. (A la Madre.)
Sabe, madre, creo que sí quiero a León, pero no he de trabajar para
él, trabajare con él. Me convertiré en vampiro. Por primera vez en mi
vida voy a ser yo misma.

LA MADRE: Ya veo. Pobrecita, te tiene ya en su poder. No te culpo en lo
más mínimo . Quizá algún día las cosas cambien. Por lo pronto, vamos
a cenar.

SOFÍA: Es que las cosas no son com o yo pensaba; yo creí que.. .

LEÓN: Ya no digas más. Cenemos y tengamos la fiesta en paz. Sólo
una última palabra —n o se me había ocurrido antes—, deben
saber que estoy profundamente desilusionado; Sofía, eres una
mujer terrible.

LA MADRE: León, es una pobre loca...

LEÓN: Escúchenme. ¿No entienden que soy y o quien les da a sus vidas
un significado más alto? Y o solo. Lo que pasa es que mamá no ha
podido meterse esto en la cabeza en todos estos años. Si no fuera por
mí, ustedes dos no serían más que subproductos ordinarios de la
vida pequeñoburguesa, trágica tan sólo por su infinita pequenez y
sosería. Y o arrojo una luz distinta, más brillante, sobre este cuadro,
creando un ambiente que sazona esta tragedia de sopa fría y de
madres que pierden la vista, de manos gastadas hasta el hueso de
tanto tejer... Soy y o quien le da a tod o esto su verdadero significado.
Eso nunca lo entenderá ella. Aunque mi gran idea fuera una
necedad, y o sería grande aun como vampiro, pero ustedes, ¿lo
son ustedes? Quizá Sofía sea grande a su modo, com o un vampirito
chico que aún está criándose y chupa a hurtadillas, por su cuenta. Si
no fuera por mí, no seríamos más que una de los cientos de miles de
familias venidas a menos, con un matrimonio plebeyo, con un hijo
de padre criminal, con una madre baronesa. (A Sofía.) Haz de saber
que el nombre de soltera de mi madre es de la Zebada, con Z, y no
como cualquier cebada, con C, como podríamos suponer. Ya en el
siglo once la familia de la Zebada se había establecido a orillas del
Rhin. ¡Ja, ja! Y o también soy algo snob, pero al mismo tiempo me
entusiasma la idea de que mi padre haya acabado en la horca —soy
snob de categoría. Estas indecencias brutales las digo con tod o
propósito.

iolin: [Turbada, pero encantada.) No tenía ¡dea... Es increíble...
(No sabe qué decir.)
ttnn: Ya ves, madre; Sofía está encantada de tener por suegra a una
baronesa, y por prometido a un miembro de la nobleza — o por lo

11 6

menos medio noble. (Llaman a la puerta. Una pausa. Dorotea sale y

vuelve en seguida.)

DOROTEA: Un hombre quiere hablar con el señor León.
LEÓN: Invítelo a cenar. Y sirva el vodka. (Dorotea sale.)
LA MADRE: ¡ León!
LEÓN: No te preocupes, alcanzará para todos. Siento que es mi deber
chupar a mi madre hasta la última gota de sangre —así totalmente
reseca, pasará a la historia. (Entra el Sr. Cabezadevaca. empresario de
teatro.) ¡Ah , es usted Sr. Cabezadevaca! El Sr. Cabezadevaca es el
empresario del teatro "Ilusión"; él me alquiló el auditorio para mi
conferencia de esta tarde. Madre, tendrás que completar lo del alquiler
—apenas se vendieron la mitad de los boletos. Todavía no he hablado
de ello, pero hoy he dado la primera conferencia de mi vida.
Permítame presentarle a mi madre, y a mi prometida, la señorita
Pleito.

Cabezadevaca: (Saluda a las señoras.) Amigo mío , la cosa se puso peor
de lo que usted parece creer. Después de la conferencia hubo una
discusión. Usted se largó, pero aquello fue de horror y misterio.

LEÓN: Tanto mejor para la publicidad.

Cabezadevaca: No lo crea, amigo, usted está quemado. La policía lo
anda buscando. La mitad de los asientos quedaron en pedazos, las
lámparas hechas añicos; aquello fue el caos. Alguien tendrá que pagar,
amigo mío ; alguien va a tener que pagar.

LA MADRE: (Con ironía.) Pierda usted cuidado, señor empresario. Ya lo
pagaré y o con lo que saque de mi tejido. Precisamente estoy terminando
un sweater precioso. Tome asiento, por favor. León tendrá
mucho gusto en compartir con usted su comida. Y o puedo pasármelas
sin comer; además me sienta mal hacerlo antes de acostarme.
Cabezadevaca: ¡Oh, gracias! Sólo me quedaré un momento. (A León.)
Sabe, lo que dijo usted esta tarde, me parece que no está falto de
razón, sólo que no logré entenderlo del todo. El caso es que ninguno
de los asistentes lo entendió tampoco: los más connotados intelectuales
del país estaban presentes. Tuve que meterlos casi a empellones,
y eso que todos tenían pases. Ninguno entendió una jota: se creyeron
que estaba usted tomándoles el pelo. Ni y o mismo sé a qué atenerme.
Pero están mu y indignados contra usted. Dicen que está decidido a
socavar toda nuestra ideología con su pesimismo podrido, su total
anarquía intelectual, y algo peor: con su degenerado nihilismo burgués.
Otros dicen que sus ¡deas son aún peores que el comunismo.
Claro que y o no sé de estas cosas.


LEÓN: ¿Entonces no hubo ninguna discusión seria?

Cabezadevaca: Lo que hubo fue una mu y seria riña a puñetazos. Tenía
usted dos partidarios —dos tipos de cuidado, no vaya usted a creer,
de ésos que es preferible tener como enemigos. Pues quedaron hechos
papilla. Hizo usted bien en desaparecer en cuanto terminó su perorata,
o también se hubiera llevado un buen golpe.
LA MADRE: Sí. Mi Leoncito tiene los nervios tan delicados..., no debe
exponerse...

LEÓN: ¡Madre, por Dios! ¿Así que esas tan cacareadas notabilidades,
crema y nata de la sociedad intelectual, no son más que un hatajo de
idiotas? Porque bueno, uno puede estar en contra de una idea; pero
uno trata de entenderla, uno la combate racional y objetivamente.

¡Ah , pero claro, eso es justamente lo que no se atreven a hacer estos
señores!
Cabezadevaca: Habrá usted de perdonarme, pero y o tampoco entiendo
de qué está usted hablando...
LEÓN: Entonces, antes de la conferencia estaba usted fingiendo entender,
¿no es así?

Cabezadevaca: No tiene caso seguir hablando con usted, está usted mu y
quisquilloso. Aqu í está la cuenta, si tiene usted la bondad: son dos
mil zlotys. Con su permiso. (Sale, saludando. Pausa.)

LA MADRE: Bueno, alegrémonos. Después de todo, nadie es profeta en
su tierra. Brindemos por este primer éxito. Cuanto menos se desconozca
el valor de un hombre, más valioso es. Sofía, querida, ¿tomarás
una copa de vodka conmigo?

LEÓN: ¡Madre! ¿Otra vez has estado bebiendo?
LA MADRE: Llevo dos años bebiendo, querido. ¿Crees que hubiera aguantado
todo esto si no bebiera? Soy una alcohólica consuetudinaria.

LEÓN: ¡Vaya, otro golpe bajo! Tendré que soportar éste también. Estaré
en la ruina durante los próximos dos años, pero no he de rendirme.


LA MADRE: Ni yo. He de seguir llevando mi cruz hasta el final. Pero, ¿y
si me muero a destiempo, antes de que hayas completado tu gran
obra?

LEÓN: Una vez en la vida, madre, vamos a cenar en paz, ¿quieres? (Se
sirve una copa de vodka y bebe.)

LA MADRE: ¡León!

LEÓN: Ya ves, y o también he caído en la bebida. Esto también se puede
convertir en un pavoroso melodrama si uno quiere. Sofía ¿por qué
no bebes tú también? Hay que festejar el compromiso. (Las mujeres

beben en copas chicas, León se echa al coleto otra copa grande.)

SOFÍA: Hay una cosa que no acabo de entender: si odia a toda la humanidad
en general y a cada individuo en particular, y se porta tan cruelmente
con sus más cercanos allegados —aunque esto lo entiendo
perfectamente— ¿por qué se empeña en seguir adelante? ¿Qué mecanismo
impulsa su sicología?
LEÓN: (Borracho, irónicamente.) No entiendes en lo más mínim o a los
grandes hombres, mi vida. Pero ya irás aprendiendo. No, no cejaré en
mi empeño.
LA MADRE: Hablar cuesta poco. Sofía. ¿Un poco más de macarrones?,
no te dé vergüenza. Todo esto..., me ha hecho perder mis modales.

SOFÍA: Ahora recuerdo..., se me había olvidado por completo; de hecho
a los dos se nos olvidó que mi padre sigue esperando en el café de la
esquina. Creo que mejor voy por él.. .
LEÓN: Desde luego. Y o no puedo ir, estoy demasiado borracho. De cualquier
modo, Cabezadevaca iba a quedarse a cenar, así que sobra un
lugar. Apúrate, Sofía, y discúlpate con tu padre por haberlo tenido
esperando tanto tiempo. (Sale Sofía.) Madre, ya sabes lo agradecido
que te estoy —si no fuera por ti no hubiera podido llevar a cabo nada
de esto.
LA MADRE: ¡Pues sí que has llevado mucho a cabo; una cuenta por dos
mil zlotys!
LEÓN: Madre, ¿no entiendes que para poder seguir en la brecha hay que
tener una energía diabólica?
LA MADRE: No empecemos de nuevo. Deberías comer algo, has bebido
demasiado.
LEÓN: (Tratando de abrazarla.) Madre, tienes que entender... Te juro
que deveras... Sin ti, y o no.. .
LA MADRE: (Rechazando el abrazo.) Sí, claro, sin tu madre. Te agarras
de las faldas de tu madre para no caerte. Me das asco.
LEÓN: Madre, no sé si podré nunca expresarlo..., pero sería tan feliz
si pudiéramos..., si pudiéramos querernos... (Le echa los brazos al
cuello.)

LA MADRE: ¡Vampiro! ¡Vampiro! ¡Quítate de mi vista! ¡No vuelvas a
tocarme en tu vida! De ahora en adelante nos saludaremos de lejos.
Va tienes otra víctima: esa infeliz de Sofía.

(Entra Sofía con su decrépito padre. La Madre se domina. León se
queda como petrificado.)
LEÓN: (Desquiciado.) Lo peor de tod o es el no saber qué parte de verdad
hay en tod o esto, y qué parte de engaño, de vil'engaño. No hay


más que una cosa segura en este mundo , el sufrimiento que.. . (Se

queda inmóvil.)

LA MADRE: Pase usted. Encantada de conocer al padre de mi futura nuera.
Tomen asiento, por favor. Es una cena sencilla. ¿Le sirvo un poco de
vodka? No le haga caso, se le han pasado las copas con lo del festejo.

SOFÍA: i Ja, ja, ja!

TELO N

ACTO SEGUNDO

Salón en un apartamiento bastante lujoso. Al frente y a la derecha unas puertas.
Es de noche y las lámparas están encendidas. Colores únicos: negro y blanco
como en el primer acto, a menos que se indiquen otros en el transcurso de la
acción. La Madre, vestida como antes, está sentada en el centro del salón en un
banquillo de cocina y tejiendo algo de color café. Lo hace frenéticamente. A su
lado, sobre una mesita un sifón con soda y una botella de vodka. De cuando en
cuando, la Madre se prepara un "whisky and soda" y lo bebe. En el cuarto contiguo
se oye el ruido de platos que alguien está colocando en el aparador.

LA MADRE: ¡Dorotea! ¡Dorotea! [Entra Dorotea vestida de negro con
un delantal blanco, mucho más elegante que en el Acto I.)
DOROTEA: A sus órdenes, señora.

LA MADRE: Tan feliz que estaba allá contigo, en la cocina, Dorotea. Allá
me sentía en mi casa. En cambio aquí, hasta sentada en este banco,
todo me parece extraño y me da miedo, como si fuera otro mundo .

DOROTEA: Pura imaginación; todo es nuevo, bonito y no da miedo. El
joven señor es tan bueno...

LA MADRE: El no me permite estarme en la cocina. Y aquí me siento tan
mal, tan horriblemente mal; como si tuviera pesadillas. Algo deforme,
pegajoso, sin manos ni pies, pesa sobre mí. Y no sé si es el tronco de
un cuerpo sin las extremidades, o si es algún animal. Tengo la impresión
de ser una torre enorme. Y así, grandotota, me paseo por las
habitaciones, y a la vez miro a la otra que también soy yo. La veo

12 0


correr com o un ratoncito a través de estas mismas habitaciones. Y
después "zaz" , el ratoncito cae en la ratonera y y o despierto. Así me
pasa varias veces al día.

DOROTEA: ¿Acaso está soñando?

LA MADRE: No. Estoy tejiendo. Tod o es como es. Y a pesar de eso, lo
demás ocurre com o si pasara en otro mundo , que sin embargo está
aquí y no allá. Quizá esto es la Pluralidad de la que habla ese filósofo
Chwistek que el señor lee ahora tod o el tiempo. Ahora sueña con la
logificación de los cambios sociales, para evitar fenómenos cíclicos.
Quiero decir: el señor León, no el filósofo ése.

DOROTEA: No entiendo nada de eso.

LA MADRE: Tampoco yo lo entiendo. De hecho no entiendo nada. Y él,
León, está siempre de viaje. El señor León es ahora representante
comercial; no agente viajero, sino algo más importante. ¿Por qué te
ríes, Dorotea? ¿No me crees?

DOROTEA: No me río. Usted se lo ha imaginado, com o al ratoncito. No
hay que beber tanto.
(La Madre se prepara otro "whisky and soda" y le ofrece un vaso a
Dorotea.) Si es para mí, prefiero un vodka solo. (Se sirve una copa.)
Un poquito así, no hace daño.
LA MADRE: Y o si no bebo, no veo nada. Manchas móviles cubren tod o lo
que miro. En la tarde, también, tod o lo vi borroso.
DOROTEA: ¿Para qué sigue tejiendo? Ahora el señor León gana mucho, y
a la joven señora le pagan bien por su trabajo de enfermera nocturna.
LA MADRE: Tres mil zlotys por semana. El señor León, no sé cuánto ganará,
depende de cómo vaya el negocio. Ah... , cuando me tom o una
copa empiezo a ver; sin el vodka me quedaría completamente ciega.
Dorotea, ¿por qué hablas con ese ton o tan extraño del trabajo de mis
hijos? Hay algo que no te gusta, ¿eh?

DOROTEA: ¡Qué va! Y o no pienso nada. ¿Por qué no me ha de gustar? Es
un trabajo como cualquier otro ; lo importante es ganar bien. Es usted
quien no me ha contestado. ¿Por qué se mata con este eterno tejido?
Ahora podría usted descansar; ahora que los jóvenes ya empezaron a
trabajar en serio. Si sigue así perderá la vista de verdad.

LA MADRE: Cállate, DOROTEA: ya empiezan otra vez a girar estos malditos
círculos. No veo nada. Tengo que beber. (Bebe.) Tejo, porque algo
me deja. Desde luego no es nada, comparado con las ganancias de
ellos. El señor León también me regaña para que deje esto. Tengo
que tejer a escondidas para que él no se entere, fingiendo que para m í
es un placer. Además, ¿qué otra cosa puedo hacer? El descanso es

para m í la peor de las torturas. Lo más horrible son las noches. Sola,

en esa cama lujosa, me parece que soy una niña pequeña, de los tiem


pos en que era baronesa. . . Dorotea, tú sabes que y o vengo de una

mu y buena...

DOROTEA: (Impaciente.) Ya me lo dijo la señora mil veces. Pero el señor
León me ha prohibido que le llame "señor barón" . Lo mismo ha
dicho la joven señora.

LA MADRE: ¿Qué le vamos a hacer? El padre de León era carpintero y
cantante, y fue ahorcado por un gran crimen que cometió. Sin embargo,
durante tres años me hizo tan feliz, que sólo por eso no me
arrepiento de haberlo conocido; a pesar de que vivir es tan horrible...
tan horrible: peor que morir entre torturas. Querida Dorotea, creo
que me estoy volviendo loca. Te voy a decir algo en secreto, aunque
tengo miedo de hablar de eso porque temo que me estalle la cabeza.
Me controlo para no enloquecer. No puedo dormi r sin morfina y
cada vez tengo que beber más; tod o mi cuerpo parece un alfiletero
con tanta inyección.

DOROTEA: Mejor no hable usted de eso. Hasto y o comienzo a sentirme
mal. Contrólese: deje de beber, o por lo menos no beba tanto, y deje
de tomar esa porquería.

LA MADRE: Es el propio señorito quien me la compra. Y no sé si lo hace
para que me muera antes o porque tiene buen corazón, y y o ya no
puedo vivir de otro modo . (Llora.)

DOROTEA: Mejor, me voy. No puedo hablar así. Y o sé, que es difícil
para la señora estar sola, pero ya no puedo más.

LA MADRE: (Sola.) ¡Oh, Dios! Estas manchas se vuelven cada vez peores.
(Bebe.) Ya no sé si existo, o si tod o esto es un horrible sueño de ultratumba
, quizá he muerto y no lo sé, y esto es un castigo en el infierno

o en el purgatorio, por haber educado a León de este modo , y por
haber empujado al otr o hacia el crimen. ¿Lo habré empujado realmente
yo? Quizá..., pero ¡si lo único que deseaba era un poco más
de lujo...! Sí, es culpa mía ; si no hubiera insistido tanto, él hubiera
sido un cantante famoso, y no hubiera terminado en el patíbulo.
Pobrecito, si robaba y mataba era por mí , y me hizo feliz. (Llora.)
Hay que beber, beber mucho, y entonces tod o pasará. (Bebe, trata de
dominarse. Por la puerta del centro entra el viejo Pleito, vestido de
levita negra.)

Pleito: (Muy respetuoso.) ¿Qué hay de bueno, señora? Veo que sigue
usted con su tejido. Je, je.
LA MADRE: ¡Oh!, señor Apolinar. Siéntese usted. Estoy mu y cansada.


Pleito: ¿Por qué? ¿Por qué, señora? (Se sienta.)
LA MADRE: Mejor no hablemos de eso. No hablemos. ¿De verdad no se

da cuenta que usted es para m í una pesadilla?
Pleito: Por Dios, señora baronesa...
LA MADRE: Ya le dije cien veces que no soy ninguna baronesa.
Pleito: Sí, sí, ya sé que es usted sólo hija de un barón.
LA MADRE: A y de mí, si aun las más externas formas de esta horrenda

cosa llamada vida, no son sino espantosa miseria.
Pleito: No tenemos por qué quejarnos de la suerte; nuestros hijos trabajan
com o bestias: El hijito siempre viajando...: lo quémenosm e gusta
es el trabajo de SOFÍA: esas guardias nocturnas de enfermera, los enfermos
y las inyecciones de noche; además el curso nocturno de imprenta
y un curso de danza para conservar la salud.
LA MADRE: (Comienza a hablar en tono muy distinguido.) ¿De verdad
encuentra usted algo incorrecto en ello? A m í me parece que el amor
que se tenían se ha vuelto artificial. El ha dejado de hablar de sus
ideas, aunque sigue dando alguna que otra conferencia. En estas cosas
es difícil estar seguro, mi querido señor, y la cosa parece empezar a
tomar forma . Nuestros tiempos están tan llenos de contrastes, de
ideas confusas, que y o misma me encuentro perdida...
Pleito: (Se siente molesto, y trata de salvarse siendo sincero.) No quiero
decir nada; sólo quise decir que desde hace cosa de un año no me
gustan nada los trazos de mi hija: se viste de un mod o extraño, siempre
está agitada, a veces por los asuntos filosóficos y prácticos de su
hijo y otras veces sus viajes. La vi en un coche con unos señores,
al parecer de la más alta aristocracia, un día que casualmente andaba
yo por la parte de la ciudad adonde nunca voy...
LA MADRE: (Como si hubiera despertado de un sueño.) ¿Qué dice usted
Señor Pleito? (No es una pregunta, sino un desafío.)
Pleito: Digo lo que pienso, señora baronesa: que mi hija tiene el aspecto
y se porta como una cualquiera.
LA MADRE: ¿Cómo se atreve a decirme eso?
Pleito: ¿No lo ve usted misma?
LA MADRE: Quizá. Lo que veo es cierta animación, un cambio en la manera
de vestirse... Pero trabaja, y en general el matrimonio tuvo
sobre ella una influencia positiva.
Pleito: ¿Es ésa su opinión? Es usted mu y optimista, señora baronesa.
LA MADRE: ¡Basta ya de títulos! ¿Me oye usted? Basta de burlas. ¡Oh,
Dios, no veo nada! (Bebe.) ¡Oh, la cabeza me da vueltas! Usted tocó
el punto más secreto de mis dudas.

Pleito: Le voy a decir algo más: en la ciudad dicen que su hijo tuvo que
asociarse —desde luego con fines ideológicos— con gente poco apropiada
para un joven recién casado, hijo de una señora como usted.
LA MADRE: ¿Qué quiere decir con eso? ¡Señor Pleito, por amor de Dios,
no me atormente más!
Pleito: Si le sirve de consuelo, hablaré con toda franqueza: dicen que se
juntó con unos tipos que están mu y ligados con algunas embajadas de
ciertos países nada amigos del nuestro. No hay ninguna prueba, pero
se habla. Me hablaron de cierto club, mu y indecente, financiado
por..., por personas mu y mal vistas. Además, señora, no es posible
que un marido joven ande por ahí con esa terrible millonaria Lucyna
Beer, que envenenó a su propio marido y ahora mantiene a los peores
pillos, y está depravando a la juventud. Ayer, lo vieron con ella en
L'lllusion o en El Dorado. Así es cómo nuestros hijos ganan...

LA MADRE: (Se incorpora violentamente.) ¡Fuera de mi casa, patán! No
permitiré que aquí.. . Cállese, o llamo a la policía, canalla... ¡Fuera!

(Pleito corre hacia la derecha, tosiendo. La Madre se desploma en un
sillón.) Conque así es como ellos... ¡Qué horror! Pero es raro lo normal
que me siento ahora. Se me pasó la locura por completo. (Se
acuerda de lo ocurrido.) ¡Qué horror! (En tono completamente diferente.
) i No, no es posible, no es posible!

LA VOZ: Y, sin embargo, hace unos instantes tú misma lo estabas pensando.
Hasta hablaste de ello con Dorotea. ¡Ja, ja, ja!

LA MADRE: (Sin oír la Voz.) ¿Sería yo quien los obligó a eso? Oh, no es
posible... Pero y o también pensaba así; y o misma acabo de hablar de
ello con Dorotea. No, no, no, es absolutamente imposible. Van a
llegar aquí dentro de poco, y lo negarán. Y o no quiero que eso sea
verdad. Este lujo yo no lo disfruto. Y o podría vivir de mis tejidos.
"Tienes el vicio del trabajo", así me dijo León. ¡Oh, miserable!,

¡después de veintisiete años trabajando para él!
LA VOZ: Pero a m í me obligaste, sí, me obligaste a cometer un crimen,
porque querías vivir con lujo, ¡Ja, ja, ja! ¡Qué divertido!

LA MADRE: (Contestando, pero como si hablara consigo misma) No, no,
a nadie he forzado, ni a él ni a ellos. Quise que León se ganase la vida
honradamente. Y lo está haciendo. ¡Lo quiero tanto! Estoy orgullosa
de él. Sus ¡deas comienzan a difundirse. Ya da algunas conferencias.
Fui injusta con él. Perdóname, León; perdóname por todo . ¡Yo no
quiero que sea así, no lo quiero, no lo quiero!

(Entra León. La Madre se cubre la cara con el tejido.)'
LEÓN: ¿Qué pasa? ¿Sigues tejiendo? ¡De veras estás loca! ¡Deja inme



diatamente de tejer! Vas a perder la vista por completo.
LA MADRE: (Tranquilamente.) Un momento , León, no quiero ver nada.
Tengo que descansar un rato.

LEÓN: ¿Entonces, por qué tejes? i El alcohol, la morfina y ese maldito
tejido! No, hasta ahora he sido tolerante, pero esto ya es demasiado.
Déjalo y prométeme que nunca más lo vas a hacer.

LA MADRE: (Con la cara cubierta con el tejido.) Pero, yo no podría vivir
sin trabajar. Lo estoy haciendo desde hace veintisiete años. Me he
acostumbrado, como uno se acostumbra al vodka.

LEÓN: Basta. No lo soportaré ni un minut o más. No me acerco porque
aún me acuerdo de lo que me dijiste aquel terrible día de mi compromiso:
que no volviera jamás a acercarme, a tocarte, a besarte. Hace
dos años de eso. Deja ese tejido inmediatamente, por favor.

LA MADRE: ¡Por favor! Es mi único consuelo.

LEÓN: ¡Diablos! Y o te doy tod o lo que quieras, mamá. (Cambia de
tono. Inseguro, con voz débil.) Para eso trabajo, para que lo tengas
todo. Trabajamos..., Sofía y yo .

LA VOZ: Sí. Trabajan. Pero, ¿en qué?

LEÓN: ¡Sólo eso me faltaba! ¿Estaré oyendo voces? ¿Tendré alucinaciones?
(Se estremece.) Debo estar cansado. Tuve la impresión de
que era mi padre el que me hablaba. Y, sin embargo, no lo conocí.

LA MADRE: Oh, él también me decía que trabajaba...
LEÓN: ¿Quién, demonios?
LA MADRE: Tu padre. Tú y él se parecen en todo ; exactamente como en

Espectros de Ibsen.
LEÓN: Quizá. Tú eres siempre la misma y despiertas las mismas reacciones

en gente mu y diferente. Pero ya basta, ¿vas a dejar ese tejido, sí o no?
LA MADRE: Te lo ruego...
LEÓN: Bueno, si es así, entonces voy a demostrarte que y o soy quien

manda en esta casa. ¡No es una casa sostenida por los tejidos de una
madre chupada por los vampiros! (Le arranca el tejido, lo tira al suelo
y lo pisotea con furia. La Madre queda con las manos en la cara.) Por
fin, y que sea la última vez que veo un tejido en esta casa.

LA MADRE: (Sin descubrirse la cara.) ¡Qué cruel eres...!

LEÓN: (Con una repentina ternura.) ¡Madre! ¡Mamá! Lo hago por tu
bien. (Se acerca a ella.) ¿Te puedo dar un beso, com o antes? (Cambiando
de tono.) Oh , no sé si todavía tengo derecho a hacerlo. Y sin
embargo, te quiero; tú eres la única a quien quiero de verdad.

LA MADRE: (Sigue con la cara en las manos.) ¿Qué estás diciendo? ¿De
qué derecho hablas? Y o también te quiero sólo a ti . Abrázame. Tod o

fue un terrible malentendido. Hijos , madres, padres, hermanos,
todos son seres humanos, sólo eso, y deben amarse a pesar de las diferencias.
Deben. Deben atenuar las diferencias para poder soportarse
unos a otros. De otro mod o la vida se vuelve un infierno; si los que
deben amarse, no por obligación, sino porque así es su destino, se
odian. Ven , abrázame como antes. Tengo la impresión de estar otra
vez en nuestro antiguo departamento. Allá fuimos felices.

LEÓN: Oh , no digas eso. Ninguno de los dos tratamos nunca de hallar la
simple y sencilla felicidad. Al contrario, los dos hicimos cuanto pudimos
por echarla a perder.

LA MADRE: [Con los ojos cubiertos.] Basta de reproches. Tod o va a salir
bien. Siento com o un extraño sosiego en el alma. Una de dos: o se
me pasó la borrachera o se me recrudeció. Ya pasó toda aquella locura.
[Con miedo.] ¿O quizá me he vuelto loca de verdad? [León la

abraza con frenesí.] No. Eres tú . Ya no me eres ajeno, ya no eres
extraño. Ya no estamos como antes. Pero ahora, dime: el padre de
Sofía, ese patán asqueroso, me contó cosas horribles; dime solamente
sí o no. Dime una sola palabra, que y o te creeré. ¿Sabes qué se chismorrea
acerca de ti y de Sofía? Se habla de gente sospechosa, de dinero.
. . [Inquieta.] ¿De dónde viene todo este lujo? ¡León, contéstame
!

LEÓN: [Se levanta. La Madre no se quita las manos del rostro. León lucha
consigo mismo.] No. Tod o eso es una calumnia indecente. Ni yo ,
ni Sofía. . .

LA MADRE: [Bruscamente se descubre la cara, se levanta y se echa sobre
León, pero se tambalea y cae sentada al suelo.] ¿Qué pasa? No veo
nada. Sólo manchas rojas. León, he perdido la vista. Dame un vaso de
vodka, sin agua. ¡Rápido! Soy tan feliz, no quiero quedarme ciega.
¿Quién nos sacará adelante? Tengo que terminar estos tejidos. . .
¡León, León! [León llena el vaso de vodka como una autómata. La
Madre lo bebe de un solo trago.] No es nada, ya pasará —aunque nunca
antes había llegado a tal grado. [Pausa.] Oh, ya se me está pasando.
Tenía que suceder, y ya sucedió: me estoy quedando ciega. Me
da igual porque sé que tod o aquello es mentira. Ocurra lo que ocurra,
soy feliz. Ya no te veré nunca más. Pero tú ya trabajas y eres alguien.
[León la abraza.] Estoy borracha perdida. No puedo beber más, aunque
si dejo de beber enloqueceré". ¿Hay en casa bromuro o amoníaco?
No quisiera volverme loca ahora.
LEÓN: ¡Mamá, mamá! ¡Ah í tienes el resultado de los tejidos y los narcóticos;
de la morfina con el vodka! Y o mismo te he ayudado, por


debilidad. ¿Por qué no habré tenido la fuerza para negártelo, para
detenerte? ¡Oh Dios, Dios! Tod o se paga en la vida. [Alguien toca a
la puerta. Se oye el ruido de la puerta que se abre. Lucyna Beer
irrumpe en el salón. ]

Lucyna: ¡León, León! No pude resistir más tiempo. Hace una semana
que ni vienes a verme. Por fin conseguí tu dirección. Oh , ésta debe
ser tu madre. Le ruego me disculpe por esta intrusión. Vo y a casarme
contigo. T ú eres el único a quien quiero. Señora, León es mi único,
mi último amor. No puedo vivir sin él. ¿Por qué está Ud. sentada en
el suelo?

LEÓN: Vayase de aquí. Mi madre acaba de perder la vista. Todo , tod o

está perdido.
LA MADRE: [Sigue sentada en el suelo.] ¿Qué pasa? ¿Quién es esta señora?
LEÓN: [Fríamente.] Es la señora Beer, que está enamorada de mí ; pero

el sentimiento no es mutuo.
Lucyna: ¿Que no es mutuo? ¡Oh, no! Tú me amas, León. No seas cruel.
LEÓN: [Sugestivo.] ¿No se da usted cuenta, señora, que hay cosas más
importantes en la vida que el amor? Vayase de aquí inmediatamente.
¿No ve usted que aquí acaba de ocurrir una desgracia? [La Madre se
levanta y se apoya en una silla, muy erguida.)
Lucyna: Conmigo no hay desgracias que valgan. Y o los salvaré a los dos.
Con toda seguridad están arruinados. León tiene que cumplir con su
destino. Sus ideas tienen que vencer. Sé que llegué en mal momento ,
pero me tendrán que perdonar. Ahora, después de pasar una semana
sin verte, he comprendido que t ú eres la razón de mi vida. Estemos
juntos en la desgracia. El nunca quiso darme su dirección. No he
podido averiguarla en ninguna parte. ¿Sigues avergonzado de mí ?
[Dirigiéndose a la Madre.) Nos han visto juntos una sola vez. [A
León.] Ni la policía sabe dónde vives. Me lo dijo aquél, ya sabes...
[A la Madre.) Diga algo, señora Fajkosz, haré tod o por...

LA MADRE: [Con una calma sorprendente.) ¡Recobre sus sentidos, señora!
Mi apellido de casada, es Angula. De soltera fui Zebada. De
la Zebada. Y mi hijo es un hombre casado.

Lucyna: ¡No es cierto! Quiero decir, lo de su apellido quizá, pero él no
es casado.
LEÓN: Desgraciadamente, mamá tiene razón. Me llamo Angula y soy
casado. [Le hace una señal con los o/os. Después recuerda algo y le
habla al oído.)
Lucyna: ¿Te vas a divorciar? Ya no creo en nada. ¿Tú casado? Es asqueroso.
[Con ironía] No quiso perderme y lo ocultaba. [A la Ma


dre.) Usted no se imagina cuánto me ha costado desde hace un año.
Me ha sacado miles. He perdido ya la cuenta. Pero no importa la cantidad.
Sólo me hablaba de sus ideas y de la miseria que reinaba en su
hogar. Pero, por lo que veo, ustedes viven bastante bien —ahora me
doy cuenta. [Mira a su alrededor.) Para m í no existía nada fuera de
él. Nada más por él he cambiado. ¿Y él? Su hijo, señora, es un padrote,
un vulgar padrote. ¿Entiendes, vieja bruja ciega? Has criado a un
padrote. De eso vive este monstruo. ¡Sí, no necesitas divorciarte! ¡Y
y o que estaba tan enamorada de él! ¡Dios mío , qué horror! ¡Cuánto
sentimiento! ¡Cuánto sentimiento, del más puro, desperdiciado! [La

Madre se queda inmóvil; sólo su mano frota nerviosamente el respal


do de la silla. ]

LEÓN: Le ruego que se vaya. Ho y no respondo de mí. ¿Me entiende?
También a m í me ha costado much o tod o esto [con ironía.] —ante
todo , mucha salud. Los excitantes para el dizque amor son mu y dañinos,
señora. Por suerte no me han dañado la inteligencia. Quizá
esta confesión la obligue por fin a abandonar esta casa.

Lucyna: ¡Qué cinismo! Esta es mi casa. Legalmente no los puedo echar,
¡pero son ustedes unos ladrones!
LEÓN: Tan pronto como mis ¡deas lleguen a tener aceptación entre el
público, el dinero le será devuelto.
Lucyna: ¡Sus ¡deas! ¡Estupideces! Nadie con dos dedos de frente puede
creer en las estupideces inventadas por un padrote.
[León se echa sobre ella para sacarla, pero en la puerta tropieza con
Sofía que lleva vestido largo negro de noche. La cara de Sofía da la
impresión de estar muy pintada. La acompañan dos señores de negro
y blanco —también con las caras pintadas—, de frac, abrigo de piel de
foca y chistera. ]
SOFÍA: [Sobreexcitada.] ¿Conque ésta es la golfa que te mantiene? Llegó
a tiempo. Hoy tomé mi primera dosis de cocaína. Todas las putas lo
hacen. ¿Por qué no he de hacerlo yo? Digo lo que me da la gana, voy
a donde quiero; floto por encima de la vida. No me importa nada
Soy una ramera. ¿Me entienden? ¡La joven señora Angula! Así que
mamá perdió por fin la vista. Magnífico. El tejido ganó la batalla.
¿Qué importa? Tengo dinero. Permitan que les presente: al conde
de la Tréfouille y el señor De Modesto Vesícula. Este último no usé
el títul o de príncipe, a pesar de que desciende de Gengis Khan. M
suegra: la baronesa de la Zebada. ¡Qué bien me siento! ¡Qué ma
ravillosa armonía reina en el mundo , a pesar de que tod o lo que le
compone es una mierda! ¡Qué bello es todo ! Las personas son come


maravillosos recuerdos de sí mismas, y sin embargo viven, son reales.
[Se queda como petrificada, en un éxtasis completo. Lucyna se sienta
en una silla, cerca de la puerta. ]

LEÓN: Ustedes perdonen. [A Sofía.} Dame también a m í un poco de cocaína.
Quizá así pueda soportar todo esto, porque la cabeza me estalla.
SOFÍA: Pídesela a estos señores. Ellos me la dieron. No te puedes imagi


nar, León, qué maravilla. He iniciado una nueva vida.
Modesto Vesícula: [Ofrece a León la cocaína en un tubo de vidrio.] Usted
es sin duda hermano de la señorita Sofía.

LEÓN: [Tomando la dosis; se queda salpicado de polvo blanco.] No, señor.
Su esposo. Y aquella señora es la que me mantiene. Es la señora
Lucyna Beer.

De la Trefouille: Nos encanta tod o lo que se salga de lo ordinario.

LEÓN: [Aspira por la nariz.] Tienes razón. Sofía, la cocaína es una maravilla.
Siento la mente despejada y ya nada me importa. Espero que se
queden a cenar con nosotros. Mamá, toma un poco. Es increíble.
Ahora tod o me parece distinto. No es como tu horrible morfina y el
vodka.

LA MADRE: Dame. Ya tengo la impresión de encontrarme en otro mundo.
Probablemente me he vuelto loca. [León le acerca a la nariz un
poco de la cocaína que le dio Modesto Vesícula.}

SOFÍA: Señores, siéntanse como en su casa. Vo y a ordenar la cena. [A
Lucyna.] Puedes quedarte tú también, golfa. [Sale por la derecha.]
Modesto Vesícula: [A León.] Y o no sé si está usted enterado, que
Trefouille y y o somos amantes de su esposa.
LEÓN: [Aspirando por la nariz.] Magnífico. ¡Oh, qué bien me siento!
Ahora estoy en plena armonía conmigo mismo.

LA MADRE: [Se sienta aspirando. ] Sabes, León, que estoy completamente
lúcida y tod o me parece tan necesario y aun hermoso. Oh, todo es
cada vez más hermoso, más hermoso. . . [Se queda en éxtasis.) [Se
levanta.] Denme también a mí. Hoy he sufrido la mayor decepción
de mi vida. Estoy acabada. Nunca tuve el valor de probarla.

Modesto Vesícula: [Le ofrece la cocaína.] En menos de dos minutos,
todo pasará. Un nuevo mund o se abrirá ante usted. A la señora An gula
madre le hará aún más efecto porque antes se echó un trago.
| Lucyna toma la cocaína y después un vodka.]

LEÓN: Caballeros, ustedes han de entender que y o tengo derecho a
desaparecer como se me antoje. Mi vida normal fue un infierno. Ahora
me doy cuenta, bajo la influencia de la cocaína. Ya no existe ninguna
tragedia, es maravilloso. Y mis ideas, que ustedes no conocen, ya

están germinando. Las ideas-fuerzas, como las llamó Fouillet o Gu
yot. ¡Qué bien pienso ahora! El mund o se está volcando en la lógic;
glacial de mi sistema.

Modesto Vesícula: Lo único malo es que después viene una depresiór
terrible. Sí, ahora tod o es claro y bello, después - ¡oh, Dios!-, ei
abominable; como. . . me faltan las palabras. Nosotros, Trefouille \
yo , somos sólo cocainómanos moderados, no drogadictos.

De la Trefouille: Vamos, vamos, no hables por hablar. No hay quien to
me cocaína sin ser drogadicto. A usted le parece que ve sus ¡deas mu \
claramente. . . ¡La cocaína no aporta nada nuevo, salvo una sen
sación de éxtasis! Es un narcótico estéril. Per o a nosotros no;
basta.

Lucyna: [Inspirando.] ¡Qué bien me siento! ¡Qué bien me siento!
LEÓN: Y o no me quedaré en aficionado. Mi vida ha terminado. [Aspire
profundamente; todo el mundo hace lo mismo y entran en éxtasis. ]

SOFÍA: [Aparece.] La cena está lista, pero es cena fría. Pasen. Ya estar
el vodka y los bocadillos. Vamos a divertirnos como locos. Una no
che en que tod o nos importará un comino.
LA MADRE: Lo dijiste mu y bien. Leoncito: no hay ningún drama. Esto\
completamente sobria, pero en otra dimensión; no abajo, sino arriba
Todo asciende más allá del alcohol. Es increíble. ¿Quiere alguien dar
me la mano? Estoy ciega.

De la Trefouille: [Le da la mano; ya antes él y Modesto Vesícula se har
quitado los abrigos de piel y las chisteras.] Sí, sí. Después de un vod
ka, la cocaína actúa mucho mejor. Además, es más saludable. ¡Ja, ja
ja!, ¡qué divertido es!

Modesto Vesícula: [Le da el brazo a Sofía. Todos van hacia el salón di
la derecha. León es el último. Tocan a la puerta. A/guien abre. Entre
Murdel Bendz. ]

Murdel-Bendz: León, quisiera hablarle un momento.
LEÓN: Muy buenas noches, Antonio . Espere un momento. Señores, pa
sen. [Todo el mundo pasa al salón. León y Murdel se quedan de es
pal das a la puerta del salón. La Madre regresa silenciosamente, tan
teando, y se queda escuchando, sin que León y Murdel se den cuente
de su presencia.] Tiene usted valor para venir aquí, Antonio . ¿Y sir
cocaína?

Murdel-Bendz: [Todo de blanco y negro, como los otros personajes.
¿Cuál cocaína? Me urgía hablar con usted. Necesito el número de có
digo de la movilización. No creen que sea un documento auténtico
Tienen que comprobarlo. Se lo devolveré enseguida.


LEÓN: [Saca de su billetera un pequeño block, y de entre sus páginas,
un papelito. ] Aq u í está.
[Murdel toma el papel ito y lo guarda. León apunta algo en el block.]

Murdel-Bendz: Gracias, León. Sabe, yo mismo no lo creía. Les vamos
a sacar un buen pico. Por lo menos un año de buena vida. ¡Ja, ja!

LA MADRE: [Ambos se vuelven hacia ella, al oírla.] ¿De qué documentos
se trata, Leoncito? ¿el señor tiene algo que ver con tus negocios?
Porque se trata de negocios, ¿verdad?

LEÓN: No, mamá. Hablemos abiertamente. Lo de Lucyna era dinero sólo
para los gastos de bolsillo. Nuestra principal fuente de ingresos es
el espionaje militar. Estas son las únicas ocupaciones que no me agotan
¡ntelectualmente. En primer lugar soy un erotómano mu y complejo,
en segundo lugar me gustan el secreto y el peligro, aunque a veces
me porto com o un cobarde. Debe ser influencia del cine. Au n yo
necesito descansar de vez en cuando, el número se refiere a documentos
militares robados. Es la prueba de mis servicios, una nota de
cobranza. Ahora, lo sabes todo .

Murdel-Bendz: ¿Qué está diciendo, León? Es un asunto estrictamente
confidencial. ¿Está usted loco? Tiene una mirada rara.

LEÓN: Pero, Antonio , es mi madre. Hoy perdió la vista y además perdió
la razón. Es de absoluta confianza. Además, le he chupado toda su
fuerza, como un vampiro. [Sumamente divertido.] Le he quitado las
fuerzas por medio de los tejidos. [La Madre, a medida que escucha se
va poniendo más rígida. ]

Murdel-Bendz: ¡León!, ¿qué le pasa? Me da usted miedo.

LEÓN: No hay por qué tener miedo, querido Antonio . Simplemente
acabo de tomar un poco de cocaína por primera vez en mi vida. Ahora,
vayase. [Murdel sale, empujado por León, saludando a la Madre.]

LA MADRE: Para soportar todo se necesita más que cocaína. Ni la cocaína
es capaz de ayudarme. Siento cómo se acerca la muerte. Siento
los últimos latidos de mi corazón. ¡Qué rápidos son! Ya no sé quién
soy. ¡León es un espía! [Cae hacia atrás, muerta. León se precipita
hacia ella. ]

LEÓN: ¡Mamá! ¡Mamá! [La ausculta y después se levanta.) No fueron
los sufrimientos morales la causa de su muerte. Ningún sufrimiento
moral es capaz de matar a nadie. La pobre tom ó una dosis excesiva
de cocaína. [Todo el mundo aparece en la puerta del salón, junto
con Dorotea.) Querida Dorotea, mi señora madre acaba de morir.
Después de todo , algún día tenía que suceder. Y o tampoco sé quién
soy, y no lo digo porque mi propia madre lo haya dicho antes de

morir. Ustedes tampoco saben quiénes son. Nadie lo sabe. No sab<
mos aún qué quiere decir ser. El Misterio de la Existencia es ine
crutable —es la base de tod o mi sistema de organización para combí
tir el automatismo. Alguien tenía que sacrificarse para inventar tod
esto. El destino me escogió a mí. Puedo desaparecer de un mod o
otro; la historia ya tom ó su curso. No podrá ya detenerse. Dicen qu
la cocaína destruye la memoria, la inteligencia, y convierte a los hon
bres en piltrafas humanas, sin vida. Pero, ¿qué puede importarme?

DOROTEA: Señorito, déjese de tonterías. ¡Hay que salvar a la señon

LEÓN: Sí, es verdad. Dorotea es la única de nosotros que no tom ó ce
caína. Vamos a acostar a la señora en el sofá. Así. . . [Llevan a I
Madre.] Y ahora vamos a seguir bebiendo, e inhalando este magnífic
remedio que permite eludir las tragedias, o posponerlas indefinide
mente. [Empuja a todo el mundo hacia el comedor y los sigue. Dore
tea se arrodilla junto al cadáver de la Madre. De repente, la mano di
recha colocada sobre el pecho de la difunta cae hacia el suelo. Dore
tea se levanta dando un grito. Todos irrumpen con los bocadillos
copas en la mano. Algunos están masticando.)

LEÓN: ¿Qué pasa ahora?
DOROTEA: Nada. La mano de la señora se cayó y me asusté.
LEÓN: No vuelva usted a molestarnos con semejantes tonterías. La señe
ra grande está definitivamente muerta. Y sin embargo, ella no sabe I
que es la muerte, com o nosotros no sabemos lo que es la vida, a pesa
de que todavía vivimos. Me parece que acabo de decir algo mu y prc
fundo; debe ser el efecto de la cocaína. Lo más probable es que se
\un a tontería. Vamonos de aquí. [Empuja a todos hacia el salón.}
LA VOZ: Bravo, León. ¡Por primera vez reconozco en ti a mi hijo!

TELO N

13:

ACTO TERCERO / EPILOGO

Un cuarto tapizado de negro, sin puertas ni ventanas. La pared frente al público,
la constituye una cortina negra, que se recorre hacia los lados. En el centro de la
escena [el suelo cubierto con un tapete negro] está un catafalco sobre el cual
yace la Madre muerta, con los pies hacia el público. Su cabeza se alza sobre un
cojín y tiene las manos cruzadas sobre el pecho. León, de frac negro, está parado
cerca del catafalco. Al comenzar a hablar se pasea. En la mano, tiene el mismo
tejido color café, que en el acto II pisoteó. Es el único color en la escena hasta
nuevas indicaciones.

LEÓN: [Dirigiéndose al público.] Les ruego que consideren la presente
situación como algo natural. A pesar de su evidente complejidad, es
tan natural como lo es el color rojo, o una nota musical. Algunas personas
pueden considerarla como una patraña, un sueño, un símbolo,

o quién sabe qué. Por lo tanto los dejo en libertad de interpretarla como
quieran, porque es lo que van a hacer de todos mqdos. Como dice
un viejo proverbio ruso: "N o se puede cortar el vidrio con un dedo.
" A pesar de tantas desgracias, me siento en realidad reconciliado
con mi destino. Y no piensen ustedes que estoy otra vez drogado como
aquella noche cuando murió mi madre [Indica el cadáver sin mirarlo.
| La cocaína es excelente en el moment o de tomarla, pero des-
pus hay que pagar un precio terrible. Fui aumentando la dosis, hasta
que al final toda la realidad, apretada en su cúspide hasta los últimos
límites, tensa hasta estallar, se volvió contra mí, y todo lo que había
13 4

sido tan hermoso se torn ó horrible en la misma proporción. Me en
contraba, en un infierno, en otro planeta; solo, único de mi especie
solitario, terriblemente ajeno a tod o lo que me rodeaba, y las demá
personas eran para m í —incluso mi difunta madre— unos extraños in
sectos incomprensibles. Sí —pued o decir que me hallaba en un infier
no moral, y hasta ahora no sé en qué consistía aquel infierno. No
no— , no todas las situaciones pueden resolverse de ese modo. No quie
ro parecer un moralizador, pero a nadie le aconsejaría usar esa por
quería, a menos que no tenga ya nada que perder. Y o desde luego po
dría hacerlo ahora mismo, pero no quiero, por razones que no revela
ré nunca. No tengo la menor idea de lo que pueda haber detrás de es
cortina. Este cuarto, dicen —no , no diré quién lo dice— , no tien
puertas ni ventanas. ¿Cómo hice para llegar junt o al cadáver de m
madre?, sigue siendo un misterio, aun para mí. Recuerdo, únicamen
te, que la última noche y o alternaba la bebida con la cocaína sin pa
rar, hasta que de pronto izaz!, y aquí estoy. Tengo una cruda y u
dolor de cabeza pavorosos, y la vida me da náuseas. Una reacción t
pica provocada por la cocaína. Pero insisto en que la situación es ab
solutamente real; lo que quiere decir que y o soy yo, y no mi doble
que no me he suicidado, que mi salud mental es perfecta, etc., etc
Me abstengo únicamente de analizar ciertas cosas, en lo especial a
gunas relaciones que existen entre el espacio y el tiempo. Por ejem
pío, no sé — y no lo quiero saber—, cuánto tiempo ha pasado desde
aquella noche.

LA VOZ: ¿Vas a terminar, o no?

LEÓN: Ya he terminado [Palmea y la cortina se abre, todos los persona
¡es de los actos anteriores están sentados en si/las rojas, con una paree
negra como fondo. Además de los persona/es ya conocidos, se en

/cuentran allí: la Tía, baronesa de la Zebada, una Desconocida vestido
de rojo, verde y violeta, que se parece sorprendentemente a la Madre
y cuya cara tiene un color normal. Todos, menos Sofía que lleva ur
maquillaje muy fuerte, están en blanco y negro. También se encuen
tra allí un Desconocido, vestido de negro.} i Oh, qué sorpresa! Todo
aquí, en el cuarto sin ventanas y sin puertas. Les juro que no teñí
la menor idea de esto. Desde luego que no tom o en cuenta el espacie
libre que conduce directamente hacia el abismo interestelar. [India
al público. ] Veo muchas caras desconocidas —¿d e dónde vinieron
En fin, no me importa; pero sí me parece extraña la presencia de per
sonas que conozco, y además no sé por qué me parece extraño.

[La Desconocida y el Desconocido se levantan y se acercan a León.

13£


La Desconocida: Estoy segura que no me reconoces, León. Soy t u madre,
cuando tenía 23 años, antes de nacer tú .
[La Tía se levanta y se le acerca. ]

LEÓN: Mi madre, enteramente chupada por mí , y a quien después por su
propia culpa he matado, está aquí. Muerta.

La Tía: Exactamente. Esta señora pretende que puede hacer milagros.
Desdoblamiento físico de la personalidad, a más de desplazamiento
en el espacio —es un poco demasiado. Aunque nos hemos criado en el
mund o de las ideas de Einstein, esto ya suena a patraña, aun en la esfera
puramente filosófica. Este tipo de experimentos intelectuales están
prohibidos, ya que niegan las leyes básicas de la ontología general.
Además no tiene sentido hablar de la realidad, aun si se tom a en
cuenta su pluralidad. La realidad no se somete totalmente a la lógica.
Soy la hermana de la muertecita: baronesa de la Zebada. Con zeta.

LEÓN: Y o sé algo de eso, ya que casi conseguí volver lógica la sociología.
Tiene usted razón, tía .
La Tía: No necesito que un producto de un mal casamiento com o tú ,
me dé la razón. Me refiero a ti , señor Angula.

La Desconocida: No me extraña nada su mod o de pensar. Pero tú ,
León, un muchacho tan inteligente, ¿cómo puedes? Yo , que estoy
contigo. Quiero decir: que espero estar contigo, o mejor dicho: esto
y contigo en mi interior, ya que espero darte a luz.

La Tía: Basta ya de bromas de mal gusto en mi presencia.

La Desconocida: [Con voz amenazante.] Le aconsejaría que se calmara,
porque puede resultar que es usted mucho menos real de lo que
se imagina. ¿Sabe usted de dónde y cómo vino aquí?
La Tía: [Muy confusa.] No tenía la intención. . . Sólo quería. . . Y o no
sé nada. . . Tengo miedo.
La Desconocida: Pues vuelva a su lugar y estése quieta. [-4 León. ] En
cuanto a ti , León, estoy horrorizada por tu deterioro intelectual, sobre
tod o después de ese discurso que hemos escuchado desde atrás de
la cortina.
LEÓN: Precisamente en eso estaba pensando. Y o mismo estoy sorprendido
por la estrechez de mis ideas. Es la influencia de la cocaína. Nunca
más tomaré un miligramo de esa porquería. Sí, usted es mi madre
cuando era joven. Es un hecho esencial que no puede ser analizado
más a fondo. Existir es tan extraño. . .
La Desconocida: Basta. Tienes una tendencia a pronunciar discursos demasiado
largos que resultan mu y aburridos para el público, y en especial
para las personas que no están bastante preparadas para seguir el

\

\

hilo de tu pensamiento. He de decir que tus ideas son geniales —m e
refiero a tus ideas sociales. Si hubieras tenido éxito antes, tod o hubie
ra sido diferente.

LEÓN: Mamá, me devuelve la confianza en m í mismo. Sin embargo esto
no cambia el hecho de que allí se encuentra el cadáver de mi madre, a
quien y o mismo he matado.

La Desconocida: Basta. Quiero presentarte a t u padre, a quien nunca
has conocido. Lo ahorcaron cuando tú tenías tres años. Seguramente
no te acuerdas de él. Albert [Pronuncia su nombre a la francesa. ], vo
tre fils, León.

El Desconocido: Eres un gran chico, León. Te quiero y siempre te he
querido; desde que eras todavía un chiquillo. Sabía que llegarías a se
alguien.

LEÓN: Sin embargo, papá, no tuve surte. Fui y o quien provocó la muer
te de mi madre y mis ideas son. . .

El Desconocido: [Con acento francés.] No exageres. Eres un genio. Me
jor que muchos artistas, sabios, técnicos, profesores y fundadores de
nuevas religiones.
LEÓN: Pero no llego a realizar nada, nada. . .

El Desconocido: Todo lo contrario. Estás mal informado. Desde hace
algún tiempo, me he venido haciendo cargo de toda tu corresponden
cia. Ya existen 36 asociaciones de intelectuales, pero no al estúpido
estilo democrático, sino com o tú lo describes en tu librito. Sin habla
de las asociaciones en el extranjero.

LEÓN: Sí. Es mi única obra. Treinta y seis páginas.

El Desconocido: lAh í está lo chic! i En treinta y seis páginas armar e
alboroto más grande que ha habido en el mundo , desde la Gran Revo
lución Francesa! Toma : aquí están los periódicos. Uruguay, Para
guay, Honduras, Filipinas, Japón —escoge. Eres famoso en el mund o
entero. El nombre de los Angula ha borrado todos los nombres famosos
en el mundo. Y esto por medio no del estúpido arte, o la ciencia,
o el crimen, sino porque has resuelto el problema de toda la humanidad.
Eres grande, León. Estoy orgulloso de ti . [Le palmea la espalda.
León mira los periódicos y las cartas. De repente, lo tira todo
al suelo, lo patea, y saca de deba/o de su brazo el tejido. ]

LEÓN: Todo esto ahora, cuando mi madre está muerta. Ni ese consuelo
me queda. ¡Qué mala suerte! Claro que podía y o haberme muerto
antes y entonces ni siquiera hubiera tenido esta satisfacción. Todo esto
es una mierda. Ustedes por lo menos se desplazan en el tiempo.
Y o ni eso puedo.


La Desconocida: Te olvidas que soy tu madre. Tod o esto me hace tan
feliz. Te lo perdono todo.

LEÓN: Sí. Pero allá se encuentra el cadáver, que ya no puede perdonarme
nada. ¡Dios mío , Dios mío ! Este es un tejido; éste es el culpable
de que la pobre haya perdido la vista. Y sé que tod o lo que ella dijo
durante su vida estaba calculado, involuntariamente, para que yo
no pudiera soportar su muerte. Y en realidad no puedo. Recuerdo
cada palabra suya, y cada una me duele como si tuviese mil tumores
cancerosos en la cabeza; daría cualquier cosa en este momento : toda
mi fama, todo el orgullo de que mis ideas se estén realizando; daría
no sé qué por poder borrar cada mala palabra con la que la he herido.
[Llora. ] Ustedes no saben lo que significa un remordimiento
tan horrible. No puedo seguir viviendo.

La Desconocida: Si no me tienes confianza, no puedo hacer nada por
ti. No existe ningún remedio contra la terquedad.

[León se acerca al cadáver, le pone entre las manos el te/ido y cae

de rodil/as, sollozando. ]

Si me permites un segundo, León, te voy a demostrar que este cadáver
es falso. Es sólo un maniquí. De hecho tod o esto —incluidos
nosotros— es una estupenda farsa. Pero, ¿montada por quién? Eso
no se sabe. En resumidas cuentas, tod o esto no es sino la mera forma
de los acontecimientos, congelados en la infinitud de la Existencia.
[Quiere tocar el cadáver. León se incorpora y todavía sollozando
dice: ]

LEÓN: Madre, no se atreva usted a tocar a mamá. Sería un terrible sacrilegio.
Vayase. Déjenme a solas con ella.
El Desconocido: Déjala, Nina. Y también a él déjalo en paz. Que se
desahogue. Llora, hijo mío , eso te aliviará.
La Desconocida: Tienes razón, Albert. Quizá al vivirlo a su manera se
recobrará.

LEÓN: [Llorando de desesperación.) Sigo sin entender nada. Pero, ¿sería
yo lo que soy, si no hubiera hecho tod o lo que he hecho? Tenía
que portarme como me he portado. Escogía ocupaciones que me
permitían descansar intelectualmente, y reunir fuerzas para seguir
pensando en mis ideas. Sin embargo, si hubiera tenido voluntad, hubiera
podido al mismo tiempo trabajar honradamente y crear mi
obra. Ella me estuvo manteniendo con sus tejidos durante veintisiete
años, y después yo a ella durante dos años, sin hacer más que una
marranada tras otra. ¡Oh, Dios, qué horrible castigo! Si ella fuera
como mamá [Indica a la Desconocida] todo resulten ía diferente.

La Desconocida: No seas tan exigente. Ella era vieja y yo soy joven.
Todavía no he sufrido.

LEÓN: ¡Mi pobre viejecita! ¡Ahora nada puede ayudarla! ¡Qué inmundo
fui , qué inmundo! [Llora. ]

El Desconocido: Me siento decepcionado. Parece entristecerle la suerte
de su madre, pero en realidad se enternece por sí mismo. Su estado es
grave. Hubiera jurado -a juzgar por sus ¡deas y su comportamiento
de aquella noche— que era un hombre fuerte. Pero esta gelatina se derrite
al menor estúpido remordimiento, por más que trata uno de meterle
en la cabeza que no tiene por qué tenerlos. León, te lo repito
por última vez: domínate, sufre, pero convierte ese sufrimiento
en una nueva fuerza. ¡Levanta la cabeza! Lo mejor que puedes
hacer ahora por tu madre, es olvidarte de tod o y empezar de
nuevo.

LEÓN: Ya lo sé, papá, tienes razón. Pero empezar, ¿qué cosa?

El Desconocido: Tienes que seguir luchando. Tu obra está lejos de haber
concluido. Tienes que terminarla. Viajar por el mundo, dar conferencias,
organizar. La gran obra apenas comienza. La humanidad
entera te está esperando.

LEÓN: La humanidad me importa un higo, ¿no lo sabía usted? La cambiaría
gustoso por un minut o de la vida de mi pobre madre, y porque
todas las porquerías que le hice no se las hubiera hecho nunca.

El Desconocido: ¡Oh! Su estado es más grave de lo que pensaba. Habrá

[El viejo Pleito se acerca a León. ]

Pleito: ¡Qué gusto me da volver a verlo! Ah , pero por ahí andan diciendo
que usted, adrede, le dio alcohol a su señora madre, para que se
muriera antes. No sé. Quizá lo hizo usted inconscientemente. Hay
muchas teorías ahora. . .

LEÓN: [Saca rápidamente la pisto/a y dispara.} No es verdad, patán. . .
Fui demasiado bueno con ella. Sabía que era su única consolación.

[Pleito cae al suelo. ]
El Desconocido: Bravo, León. Por fin comienzas a recobrar tus sentidos.
LEÓN: Y usted comienza a sacarme de quicio, padre. ¡Es de usted de
quien he heredado todas estas preciosas inclinaciones. Carne de patíbulo,
asesino del Brasil! i A ti te debo el haberme convertido en espía
y padrote!
El Desconocido: Ah , Leoncito, esto no me está gustando. Muy poco delicado.
Muy del estilo de la difunta. Me echaba la culpa de todo. En
eso saliste a tu madre.


LEÓN: i La grosería la he heredado de usted! Una palabra más y lo mato
como a un perro.
La Desconocida: Déjalo en paz, Albert. Está sumamente excitado; y y o
estoy en un estado delicado y no puedo soportar ningún escándalo.

[Se acercan Lucyna y Murdel-Bendz.]
Murdel-Bendz: [A León. ] En cuanto a lo del espionaje, deje de tener remordimientos.
Nada se ha descubierto. Nos hemos ganado unos centavos
y les hemos tomad o el pelo. Si sus agentes son tarados, la culpa
es de ellos, no nuestra.
LEÓN: No sabe cómo me ha tranquilizado, mi buen Antonio . [Le da
unas palmaditas. ]

Lucyna: León, tampoco yo te guardo rencor. Me hiciste sufrir mucho.
Me enseñaste lo que es un verdadero amor. El último. Y ante tod o
me enseñaste que no hay que ensuciarlo. En cuanto al dinero, me lo
devolverás todo , ahora que vas a ser rico.

LEÓN: [Besándole la mano. ] De verdad, no sé cómo darte las gracias,
Lucyna. Sí, desde luego que te lo devolveré todo. Aunque es mucho
dinero. Tomará algunos años. . . [Le besa otra vez la mano. Ella le besa
la frente. Se acerca Sofía y tras ella sus dos amantes.]

SOFÍA: Si te estás reconciliando con todo el mundo , quizá puedas reconciliarte
también conmigo, Leoncito. Podemos, si quieres, excluir las
relaciones sexuales, y vivir como un par de buenos amigos, unidos
por la gran ¡dea. Te voy a ayudar. Después de todo , no puedes dudar
de mi integridad en materia intelectual. En cuanto a lo demás, tú mismo
me empujaste. Pero no he dejado de amarte ni un solo segundo.

LEÓN: Sí, te empujé, siguiendo tus inclinaciones naturales. De otr o modo
no lo hubiera conseguido. De acuerdo, me reconcilio contigo, pero
tengo que arreglar cuentas con estos señores. Unas cuentas simbólicas:
en sus personas mataré a todos los amantes que has tenido. Seguro
que ni te acuerdas cuántos fueron.

[Dispara. La Trefouille y De Modesto, caen al suelo.]
El Desconocido: [Dirigiéndose a la Desconocida.] ¿Sabes qué, Nina?,
mejor nos vamos de aquí. Si sigue así, nos matará a todos como
conejos.
DOROTEA: [acercándose] Muy fácil de decir: vamonos de aquí, pero
¿cómo? Si no hay puertas ni ventanas, y nadie —y a he preguntado a
tod o el mundo— , nadie sabe cómo hemos entrado aquí.

[Del techo, un poco a la derecha, baja un enorme tubo negro de un
metro de ancho, directamente hasta una trampa que está en el piso.
Al abrirse una puerta que el tubo tiene atrás, salen Cabezadevaca y

\

seis obreros vestidos de negro. ]

Cabezadevaca: Señoras y señores, ¡Buenas noches!

El Desconocido: ¡Por fin podremos comunicarnos con el mundo ! ¿De
dónde vienen? ¿Hay alguna salida?

Cabezadevaca: ¡Qué va! Desde el principio estamos encerrados en este
tub o y no sabemos cómo entramos aquí. Soy el empresario Cabezadevaca.
Allá arriba hay un aparato mu y complicado; una joya, les digo.
Es un aparato para chupar las madres no suficientemente chupadas
por los hijos. Venimos para llevarnos el cadáver de la señora grande.
Arriba se encuentra un ingeniero con veinte personas; ellos tampoco
saben cómo llegaron allí. Nosotros los oíamos hablar a través de la
pared, pero ellos no podían oí r nada de lo que tratábamos de decirles.
LEÓN: Basta ya con esas bromas de mal gusto. Está bien, está bien,
pero no hay que exagerar.
[El tubo comienza a subir. Los obreros se ponen en fila a la derecha.}
Cabezadevaca: Esto sí es lo último. Ahora sí que nunca saldremos de
aquí. Pero hay bastantes cadáveres para la máquina. Su sangre, monsieur
Albert. [Lo pronuncia en francés.} De tal palo tal astilla.
LEÓN: ¡Toma! ¡Por las tonterías que estás diciendo! [Le administra
dos bofetadas. Cabezadevaca queda como muerto.) ¡Oh! ¿Para qué
hago tod o esto esto? ¡Si por lo menos pudiera ayudar en algo a mi
pobre madre! i Y este canalla se permite todavía hacer bromas! ¡Oh,
Dios mío , ya no me queda más que el sufrimiento!
La Desconocida: Y yo ya no aguanto más tus crímenes, tus disparos,
tu bla-bla-bla, tus retruécanos, tus bofetadas, tu pobreza espiritual,
tu complacencia en ese maloliente desgarrarte las entrañas. Y o quiero
vivir. Mira, León. Tod o esto es una gran farsa. [Se acerca al cadáver,
lo agarra por el pelo y le saca la cabeza de madera llena de paja y pedazos
de tela.] No es ningún cadáver, sólo un maniquí. La cabeza es
de madera. [Tira la cabeza al suelo.} Además, está hecha por un escultor
bastante conocido. Y sus manos son de yeso. Y el resto: paja.
[Tira al suelo los miembros del cadáver. También la tela negra
que cubría el catafalco. ]
LEÓN: [Aterrorizado.) ¡Oh! ¡Oh! Es terrible. ¿Cómo voy a vivir ahora?
Peor aún: ¿Cómo voy a morir? Ustedes lo han destruido todo.
¡Oh!
La Desconocida: Vamonos de aquí, Albert. Vamonos todos. Si logra
sobreponerse a tod o esto, saldrá fortalecido. Si no — ¡que se vaya al
diablo! De todos modos ha logrado su objetivo. Sus ideas ya están


circulando y nada, ni nadie, podrá ya detenerlas. Y eso de que aquí no
hay salida, es una broma. Estoy segura que debe haber alguna puerta
detrás de esas sillas. [Va derecho hacia el muro de enfrente, derribando
las sillas. La Tía se levanta. Todos, excepto los obreros. Cabezadevaca
y los cadáveres, la siguen. Ella palpa la pared.] i Oh, aquí está el
mecanismo! ¡Hay una puerta escondida! [Oprime un botón. Se abre
una puerta de dos hojas. Se ve un paisaje primaveral, con montañas
bañadas por los rayos del sol. En el cuarto la luz disminuye y se hace
rojiza. Todos salen por la puerta. La cortina se cierra. Durante todo
este tiempo León se queda inmóvil, mesándose el cabello y con los
ojos desorbitados. Cerrada la cortina, León cae de rodillas y, caminando
a gatas, recoge los restos del maniquí de la Madre y los estrecha
entre los brazos.}

LEÓN: Ahora ya no me queda nada. Me han despojado hasta de los remordimientos.
Me han despojado de mis sufrimientos. Ya no me queda
nada, nada, nada, nada. ¡Sólo estos miserables recuerdos! ¡Oh!
¡Oh!

Obrero primero de la fila: Y ahora, señores, vamos a hacer justicia en
nombre de la almibarada Democracia. [Los obreros se echan sobre
León, lo arrancan de los restos del maniquí y comienzan a estrangularlo.
Lo arrastran al hueco hacia el que había bajado antes el tubo,
y ocultándolo del público, lo echan adentro.] Toma . . ., toma. . .,
toma.. .

[Se levantan, respirando con esfuerzo. Baja el tubo y los obreros
desaparecen por su puerta posterior. Cabezadevaca completamente
olvidado durante la acción, trata de levantarse, farfullando algo ininteligible.
]

TELO N




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