SAM SHEPARD EL VERDADERO OESTE


SAM SHEPARD
EL VERDADERO OESTE





DECORADO
Las nueve escenas en el mismo decorado: cocina y salón de estar en una vieja casa, al sur de California, en un suburbio a unos sesenta kilómetros al este de Los Ángeles. La cocina ocupa casi todo el espacio iz­quierdo del escenario, desde el punto de vista del actor, un conjunto de servicios, rodeado por una especie de mostrador; un teléfono de pared; una pequeña ven­tana con cortinas amarillas; un refrigerador. El salón ocupa el espacio derecho sin que nada lo separe de la cocina. Todo está abierto, unido y accesible, sin más distinción que la de los muebles y objetos. Una peque­ña mesa redonda de cristal con patas de acero pinta­das de blanco. Dos asientos haciendo juego, uno fren­te a otro. Las paredes exteriores del salón y el ángulo que forman al borde del escenario tienen varias ventanitas que dejan ver plantas y limoneros. Muchas plantas en macetas y a distintos niveles. Suelo verde como de hierba sintética. No hay puertas. Los actores entran y salen sencillamente.


DECORADO Y VESTUARIO
El decorado debe ser realista y su construcción no debe forzar ni las dimensiones, ni las sombras, ni los volúmenes, ni los colores. No se debe presentar ningún elemento que llame especialmente la atención, salvo los que juegan expresamente. Si se estiliza el decorado sólo se conseguirá entorpecer la mecánica de los personajes que son lo verdaderamente importante en esta comedia.
Por la misma razón el vestuario debe responder con exactitud al carácter de los personajes sin agregar nin­gún elemento que pueda confundir al público.


SONIDO
Los coyotes del sur californiano parecen entre perros y hienas. Son numerosos, intensos y maniacos, espe­cialmente cuando atacan a los pobres perros urbanos. Se les oirá bastante al fondo, sobre todo en las esce­nas siete y ocho. Nunca debe oírseles como en las sombrías y fúnebres escenas de los estereotipos de Hollywood. Nada hay que decir sobre el sonido de los grillos. Coyotes y grillos deben oírse de forma realista aún cuando varíen en número y distancia.

PRIMERA PARTE

ESCENA I
Noche. Y una verdadera olla de grillos en la oscuridad. Después, la luz de una vela descubriendo el lugar con austin sentado ante una mesa de cristal, pluma en mano, anotando en un cuaderno. Un cigarrillo ardien­do en un cenicero. Una taza de café. Una máquina de escribir sobre la mesa. Muchas cuartillas. Y la vela encendida.
Suave luz de luna en la cocina destacando a lee que tiene en la mano un bote de cerveza y seis más, ya vacíos, en el mostrador, que queda a su espalda. Se apoya en el fregadero. Está medio borracho. Bebe un trago.

lee.—Así que mamá se largó a Alaska, ¿no?
austin.—Exacto.
lee.—Y te dejó al frente del hogar.
austin.—Más sencillo. Sabía que iba a venir aquí y me dejó la casa.
lee.—¿Has regado sus plantas?
austin.—Todos los días.
lee.—¿Y el fregaderito? ¿Está bien limpio el fregaderito? Sabes que no quiere ver en la pila ni media hoja de té.

(austin intenta concentrarse en su trabajo.)

austin.—Lo sé divinamente. (Pausa.)
lee.—¿Va a estar fuera mucho tiempo?
austin.—No tengo ni la menor idea.
lee.—Pues te ha venido muy bien su viaje, ¿no? Te has hecho el dueño del castillo...
austin.—Cierto. Su viaje me ha venido divinamente.
lee.—Una olla de grillos... Todos los grillos del mundo están   ahí  fuera...   (Da  un  vistazo  a  la  cocina.) ¿Fuiste a la tienda? ¿Has traído café? (austin levanta la cabeza del cuaderno.)
austin.—¿Qué decías?
lee.—Que si hay café.
austin.—Sí, tengo café.
lee.—Menos mal. (Breve pausa.) Café de verdad? ¿Sin moler?
austin.—Si. ¿Te apetece?
lee.—No, he traído unos botes de... (Alza el bote de cerveza en alto.)
austin.—En esa heladera tienes de todo... No hay más que... (Señala la heladera.)
lee.—Ya lo sé, ya lo sé... No te preocupes... Y menos por mí... Por mí no tiene que preocuparse nadie... Bueno, quiero decir que yo... me las sé arreglar... (Pausa.) Trabajas siempre a la luz de una vela?
austin.—No... Realmente... Bueno, no... No siempre..
lee.—Pocas veces.
austin.— (Deja de escribir y se frota los ojos.) Pocas . Es muy relajante...
lee.—O sea... como los viejos...
austin.—¿Cómo qué viejos?
lee.—Los viejos, los antiguos, los de antes, los tatara­buelos... Ya me entiendes.
austin.—No. No te entiendo.
lee.—Sí. ¿No hacían esto? Velas consumiéndose en la oscuridad de la noche... Cabañas perdidas en el de­sierto... (austin se alisa el pelo con las manos.)
austin.—Más o menos... Supongo...
lee.—¿Te estoy aburriendo?... Quiero decir que... no, que... si estás tratando de concentrarte, pues no me gustaría... Ya sabes lo que quiero decir...
austin.—Estáte tranquilo...
lee.—Bueno... Es que, claro yo... yo sé que un trabajo así... sólo con la cabeza... exige muchísima concen­tración.
austin.—Está bien, hombre...
lee.—¿Crees que yo no puedo entender esas cosas, verdad?
austin.—¿Qué cosas
lee.—Tu rollo... Tu trabajo... El arte, ya sabes... Tú sabrás cómo se llama.
austin.—Investigación... Un pequeño estudio...
lee.—Puede que no lo creas, pero yo también he hecho cosillas artísticas...
austin.—¿De verdad?
lee.—De verdad. Y me gustaba. Sólo que no le vi nin­gún futuro.
austin.—¿Qué era?
lee.—¡Qué más da! Olvídalo... (Pausa.) Por lo visto eso no está maduro para mí... (Pausa.)
austin.—De modo que fuiste a ver al viejo...
lee.—Sí. Fui a verlo.
austin.—¿Y cómo está?
lee.—Igual. Como está siempre.
austin.—Yo... Yo también le vi. ¿No lo sabías?
lee.—¿Esperabas que te dieran un premio por ir a ver­le? A ti te gustan mucho las medallitas. Sí, fuiste a verle. Me lo contó todo.
austin.—¿Qué te dijo?
lee.—Me habló... No te asustes... (Pausa.)
austin.—Bien. En ese caso...
lee.—No te molestes en explicarte...
austin.—No pienso hacerlo.
lee.—Si... Estás buscando una frase brillante. (Pausa.)
austin.—¿Piensas quedarte aquí mucho tiempo, Lee?
lee.—Puede... Según como se me den ciertas cosillas...
austin.—¿Conoces gente aquí?
lee.—(Riendo.) Conozco alguna... Sí... Alguna...
austin.—Bueno... Mientras esté yo aquí desde luego te puedes quedar.
lee.—Incluso me puedo quedar sin tu permiso, ¿no?
austin.—Sí, claro...
lee.—Porque tu madre también es mi madre, ¿no?
austin.—Una gran verdad.
lee.—Así que, igual que te lo ha pedido a ti, podía ha­berme pedido a mí que cuidase de esta casa...
austin.—Segunda verdad.
lee.—Con la diferencia, a mi favor, de que yo sé cui­dar las plantas. (Larga pausa.)
austin.—De modo que no sabes cuanto tiempo te vas a quedar por aquí...
lee.—No... Todo va a depender un poco de la calidad del menaje local, ¿comprendes?
austin.—¿Calidad de qué?
lee.—Menaje... Chismes eléctricos... Aparatos ...Cacha­rros... Útiles...  Estupideces...  Maravillas...  Electro­domésticos... Tendré que dar una vuelta antes de decidirme... (Breve pausa.)
austin.—Y... oye una cosa, Lee... ¿por qué no pruebas en otro sitio y no con nuestros vecinos?
lee.—(Riéndose.) Porque éstos no son malos... Esta es una zona importante... Hay dinero... lujo... gen­te bien educada... Y apenas tienen perros... Una maravilla...
austin.—Sí, pero... hay un problema... Nuestra madre vive aquí.
lee.—Nadie se va a enterar de nada... Que se les ha perdido algo... Bueno... Eso va a ser todo... Y ma­má ni eso... No le van a contar nada porque ni siquiera se van a dar cuenta...
austin.—Eso crees tú. Te cogerán en cuanto te vean rondando de noche por entre las casas.
lee.—¿A quién van a coger? ¿A mí? ¡Pero bueno! ¿Tú te has mirado al espejo? Pareces un pobre diablo... Fíjate, fíjate bien... Estás absolutamente impresen­table.
austin.—Tengo demasiado trabajo para preocuparme de mi aspecto.
lee.—Entonces olvídate del mío... Me va muy bien en la vida sin tu ayuda... Maldita la falta que me has hecho en estos últimos cinco años... ¿O no?
austin.—Tienes razón.
lee.—Entonces, déjame en paz... Soy un trabajador por cuenta propia.
austin.—Muy bien.
lee.—Lo único que necesito es que me prestes tu coche.
austin.—Ni hablar...
lee.—Un día. Sólo un día.
austin.—No.
lee.—No  haré  ni  treinta  kilómetros  Te  lo  prometo. Revisa el cuentakilómetros...
austin.—No te presto el coche... Y no se hable más de eso. (Pausa.)
lee.—Está bien... Te lo quitaré...
austin.—Escucha, Lee... No quiero tener problemas... ¿Entendido?
lee.—Materia no negociable... Jodido tema que no se discute... Es no y es no... Oye, tú cobras por es­cribir esta clase de escenas, ¿no?
austin.—Cobro. Y por eso, si lo necesitas, te puedo dar algún dinero.

(Súbitamente lee se lanza contra austin, lo agarra de la camisa y lo zarandea con enorme violencia.)

lee.—¡No vuelvas a decirme eso! ¡No me digas otra vez una cosa así! (Con la misma rapidez que an­tes, lo suelta, lo aparta y se separa de él.) Lo que has hecho con el pobre viejo no lo vas a hacer con­migo. Te lo has sacudido de encima una semana comprándole con ese puerco dinero de Hollywood... Pero a mí no me compras... Yo me gano la vida a mi manera... Y tengo lo que quiero... Todo lo que quiero...
austin.—Sólo te hice un ofrecimiento.
lee.—Pues no lo acepto... (Pausa larga.) Esos grillos son los más monótonos... los más pesados que he oído en toda mi vida...
austin.—A mí me encanta oírlos.
lee.—Dicen que el ritmo de su canto varía con la tem­peratura. ¿Tu concibes una cosa así?
austin.—¿La temperatura?
lee.—Sí. El aire. Cantan más o menos rápido si el aire está más o menos caliente...
austin.—¿Cómo sabes eso?
lee.—Si no lo sé... Me lo contó una chica... Una botá­nica. Por eso me lo he creído...
austin.—¿Cómo fue?
lee.—Cómo fue, ¿qué?
austin.—Que conociste a una botánica...
lee.—En el desierto... He estado mucho tiempo en el desierto.
austin.—¿Y qué diablos hacías allí?

(Pausa. lee se queda mirando al vacío, lejano.)

lee.—Ya no me acuerdo... Tenía una bestia maravi­llosa, pero se me escapó.
austin.—¿Una bestia?
lee.—Un perro luchador, cono... Gané muy buen dine­ro con el tal perrito... Sí... Muy buen dinero... (Pausa.)
austin.—Estoy pensando que podías venirte al Norte conmigo...
lee.—¿Y qué cosas tan interesantes te están esperan­do allí?
austin.—Una familia...
lee.—Es verdad... Una mujer y dos niños, ¿no es así?. . Bueno, y una casa y un coche... Tienes el lote completo. No me acordaba.
austin.—Podías pasar un par de días con nosotros para ver si te gusta aquello... Tenemos una habitación de sobra...
lee.—El Norte es demasiado frío...   (Pausa.)
austin.—¿Por qué no te echas un rato? (Pausa. lee mira directamente a austin.)
lee.—Porque yo no duermo jamás...

OSCURO

ESCENA II
(Es por la mañana. austin riega las plantas con un pulverizador.  lee   bebe  una  cerveza  sentado  ante  la mesa de cristal.)

lee.—Nunca se me ocurrió pensar que la vieja estuvie­se tan preocupada por su seguridad.
austin.—¿De qué estás hablando?
lee.—Di una vuelta de inspección esta mañana. Hay cerrojos por toda la casa... Cerrojos sencillos, cerrojos dobles y cadenas-cerrojo... Dime una cosa... Qué es lo que hay aquí de tanto valor?
austin.—Me imagino que algunas antigüedades... La verdad es que no lo sé.
lee.—¿Cómo antigüedades?... ¿Quieres decir que se trajo todas las porquerías que había en la otra casa? Pero si no valían nada... Unos cuantos pla­tos y unos pocos cubiertos...
austin.—Que seguramente, para ella, tendrán un gran sentido como recuerdos.
lee.— ¡Qué recuerdos ni recuerdos! Un montón de co­sas sucias, inútiles e inservibles... Si, sí, ya veo... "Recuerdo de Idaho". ¿Y a quién diablos le ape­tece comer con un dibujo del Parlamento delante? Cuanto más comes más edificio aparece en el plato.
austin.—Tendrá sentido para ella... Si no, no lo habría conservado.
lee.—Pues yo, personalmente, si como en casa no quie­ro ver el Parlamento... No sé si me explico... Mi casa es mi casa... Y no quiero saber nada del Poder Legislativo... No me   despierta el apetito. (Pausa.)
austin.—¿Saliste por fin anoche?
lee.—¿A qué viene esa pregunta?
austin.—Es que me pareció oírte...
lee.—Buen oído... Sí, sí, salí. ¿Me vas a interrogar?
austin.—Mi curiosidad no va tan lejos...
lee.—No podía dormir con esos malditos coyotes...
austin.—Tampoco yo... Debían haber matado a un perro o yo que sé...
lee.—En el desierto son distintos... Aúllan... Estos co­yotes son más señoritos...
austin.—Además tú no duermes nunca, ¿verdad? (Pausa. lee clava su mirada en austin.)
lee.—Te crees muy listo...
austin.—No, porque no te entiendo.
lee.—Pues en tu cabeza hay exactamente lo mismo que en la mía... Lo que pasa es lo que pasa... Que a ti la gente importante te invita a unas casas im­portantes... que te sientas con ellos... y que hablas todo el rato como si de verdad supieses lo que es­tás diciendo...
austin.—No creo que sean tan importantes.
lee.—Son bastante más importantes que los que me dicen a mí que vaya a su casa.
austin.—Creo que tú vas a las casas importantes sin que te inviten.
lee.—Eso es verdad. Me invito solo... O sea que puedo escoger muchísimo mejor que tú, ahora que lo pienso...
austin.—Eso no se duda.
lee.—La verdad es que he conocido casas elegantísi­mas... ¡Y eso que hay que ver a qué clase de cole­gio fui!
austin.—¿Qué quieres desayunar?
lee.—¿Desayunar?
austin.—Sí. ¿Es que tampoco desayunas?
lee.—Mira, deja ya de preocuparte por  mí...  Puedo cuidarme solo como Dios de bien...  Así que sigue con tus cosas como si yo no estuviera en la casa, ¿vale?

(austin va a la cocina y empieza a preparar café.)

austin.—¿A dónde fuiste anoche?  (Pausa.)
lee.—Fui hasta el monte... Hasta San Gabriel... No podía aguantar el calor.
austin.—¿Es  que  no  hace  calor  en  el  desierto?
lee.—Es otro calor... Un calor limpio. Y por la noche refresca.
austin.—¿Dónde era?
lee.—En el Mojave.
austin.—Hace años que no he estado allí...
lee.—Nada que ver con esto... Esto es otra cosa...
austin.—Han construido mucho.
lee.—¿Construir? Lo que han hecho es destruir... Por poco no reconozco el sitio...
austin.—Las montañas no han cambiado.
lee.—Las montañas, no... Es divertido volver a ver­las... Los olores y todo eso... Yo iba a cazar ser­pientes, ¿te acuerdas?
austin.—Sí.
lee.—Y a ti te gustaba hacer de Jefe Indio... Y comer al aire libre...
austin.—Tenia mucha imaginación. Y lo pasaba bien...
lee.—Eso sigue, ¿no?... Tu imaginación te sigue rin­diendo...
austin.—Así que sólo  diste un  paseíto hasta allí...
lee.—Sí. Un paseíto muy útil.
austin.—¿Te fijaste en las casas?
lee.—Miré un par de ellas... Bastante, bastante bue­nas... Algunas ni siquiera tenían perro... Así que me fui derechito a una ventana que estaba abierta y metí un poco la cabeza... Ningún problema... Sólo la dulce y maravillosa paz campestre.
austin.—¿Qué clase de casa era?
lee.—Un paraíso... Uno de esos sitios que te matan de envidia por dentro... Luces amarillas cálidas... Tejas mejicanas...  Ollas de cobre colgadas sobre la chimenea...  Las fotos  de las  revistas,  ya sabes... Y gente grata que se movía hablando en voz baja... (Pausa.)  La casa en que a uno le gustaría haber nacido y haberse hecho hombre.
austin.—¿A ti te gustaría haber vivido en una casa así?
lee.—Claro...
austin.—Yo creí que odiabas esa clase de vida...
lee.—Me lo imagino... Tú nunca has sabido gran cosa de mí. (Pausa.)
austin.—¿Por qué fuiste a ver el desierto antes que nada?
lee.—Fui a ver al viejo. El desierto estaba de camino.
austin.—¿Y no hiciste más que cruzarlo?
lee.—Sólo cruzarlo. Tres meses cruzándolo...
austin.—¿Has dicho tres meses?
lee.—Quizás fueran más. ¿Por qué me lo preguntas?
austin.—¿Has estado tres meses viviendo en el de­sierto?
lee.—Sí, señor. Tres meses. ¿Te parece mal?
austin.—Tres meses... ¿solo?
lee.—Prácticamente, sí... Recibí un par de visitas... Y el famoso perrito me acompañó bastante...
austin.—Pero... ¿es  que  no  echabas   de  menos  a la gente?
lee.—(Riéndose.)  ¿A qué gente?
austin.—No sé... La gente... La compañía humana... Yo me puedo volver loco al tercer día de estar solo en un motel.
lee.—Esta casa no es un motel.
austin.—Claro que no... Pero a veces hago noche en moteles...
lee.—Donde habrá otros huéspedes, me imagino.
austin.—Desconocidos...
lee.—Claro... Y tú eres del género sociable, ¿verdad?. ¿Verdad que eres muy sociable?   (Pausa.)
austin.—Estoy esperando visita, Lee...
lee.—¿Alguna amiga?
austin.—Un productor.
lee.—¿Ah, sí? ¿Y qué es lo que produce?
austin.—Películas. Cine. Ya sabes...
lee.—Cine. ¡El séptimo arte! Un pez gordo, ¿no?
austin.—Bastante gordo.
lee.—¿Y puede saberse a qué viene?
austin.—A que hablemos de una sinopsis.
lee.—¿Qué quiere decir eso? ¿Qué demonios es una si­nopsis?
austin.—Un guión...
lee.—Claro... ¿Y está más o menos en esos papeles?
austin.—Más bien menos que más.
lee.—¿De qué trata?
austin.—De época. Es una película histórica.
lee.—¿Qué quiere decir "película histórica"?
austin.—Déjalo... No te calientes la cabeza. Lo único que importa es que tengo que hablar a solas con él... O sea que...
lee.—No insistas, que no hace falta. Quieres que de­saparezca de tu película.
austin.—No, hombre... Lo que quiero decir es que ne­cesito discutir con él dos o tres horas... Pero a so­las, claro.
lee.—¿Te avergüenzas de mí, eh?
austin.—Ni me avergüenzo ni me dejo de avergonzar... Necesito estar a solas con él.
lee.—Bueno, bueno... Te hago una propuesta... Me das las llaves de tu coche y no vuelvo hasta las seis... ¿Tendrás suficiente?
austin.—No tengo el menor propósito de prestarte el coche, Lee...
lee.—Te basta con que desaparezca, con que me dé un buen paseíto, ¿verdad?... Yo le saco brillo al asfalto durante un par de horitas y tú mientras le vendes tu mierda en un millón...
austin.—Oye, no es nada fácil para mí, nada fácil, en­tendérmelas con ese tipo... Pero si además tengo que...
lee.—¿Es que no lo conoces?
austin.—No. Es un productor. Llevo no sé cuantos me­ses reuniéndome con él,, pero uno no conoce nunca a los productores.
lee.—Estás tratando de embobinarlo, ¿no? ¿Estás en esa fase?
austin.—Yo no embobino a nadie... Estoy tratando de llegar a un acuerdo. Y es difícil.
lee.—¿Qué clase de acuerdo?
austin.—Que tengo una buena historia y que vale la pena rodarla...
lee.—¿Y no te cree? Entonces, ¿para qué viene?... Bue­no, ya lo he entendido... Estáte tranquilo, que yo le convenceré...
austin.—Tú no tienes ni la menor idea de cómo fun­cionan estas cosas...
lee.—Explícamelo. Dime cómo funcionan...   (Pausa.)
austin.—Vamos a ver. ¿Estarás de vuelta a las seis en punto si te presto el coche?
lee.—Como un clavo. Y con el depósito lleno de gaso­lina... (austin busca en su bolsillo las llaves.)
austin.—Olvídate de la gasolina...
lee.—Te has vuelto viejo. La gasolina es oro, en estos tiempos... (austin da las llaves a lee.) ¿Te acuerdas de aquel coche que me prestabas antiguamente?
austin.—Sí.
lee.—Un Ford del 40.
austin.—Sí.
lee.—Le cabía en el culo toda la gasolina del mundo...
austin.—Está bien, Lee... No es que no quiera prestarte el auto, es que...
lee.—Es que me lo  vas a prestar...

(lee da a austin, en el hombro, un ligero golpe.)

austin.—Sí, desde luego... Lo que quiero que sepas es que...
lee.—¿Qué? ¿Qué quieres que sepa?
austin.—Nada. Nada. Me gustaría que...  me gustaría no tener que hablar de negocios en esta casa... Pre­feriría... pasar el tiempo contigo...
lee.—Creí que te habías encerrado aquí para fabricar un poco de "arte"...

(lee atraviesa la cocina hacia la salida. Juega con las llaves.)

austin.—Procura estar de vuelta a las seis, ¿en?
lee.—No sufras... Oye, si esa historia tuya no le inte­resa al hombre dile que yo tengo un par de sinop­sis que quizá le gustarían. Muy comerciales. Y con un suspense bárbaro... Pura vida. Para hacer pelí­culas como la vida misma...

(Sale lee. austin le mira desaparecer. Después va hacia la mesa y estudia los papeles.)

OSCURO

ESCENA III
(Atardecer. Cuarto de estar. saul kimmer y austin sen­tados ante la mesa uno frente a otro.)

SAUL.—Si quieres que te diga la verdad, Austin, en la vida me había gustado tanto una sinopsis.
austin.—Me encanta saberlo...
SAUL.—Y estoy absolutamente convencido de que vamos a poner en pie esta película. Tendremos que hacer una prevenía a Televisión y eso quiere decir que necesitaremos una gran estrella... Alguien que ven­da... Pero no me parece difícil conseguirla... Nada difícil...
austin.—¿No crees que nos hará falta un primer guión antes de buscar la cabecera del reparto?
SAUL.—En absoluto. No hace ninguna falta. Bastará con una sinopsis un poco detallada... No quiero que le des a las teclas de tu máquina de escribir hasta que tengamos el dinero.
austin.—Por mí, perfecto.
SAUL.—Es un gran tema... Un tema espléndido... Esta vez has dado en la diana...
austin.—Tener un productor entusiasmado es el col­mo del éxito...

(lee entra de sopetón en la cocina. Trae un televi­sor robado. Pequeña pausa.)

lee.—Mierda!   Perdóname,  Austin...  Perdóname...
austin.— (Incorporándose.) No tiene importancia. (lee va hacia austin.)
lee.—Creí que eran más de las seis... Insististe en te­ner el coche a esa hora.
austin.—Casi hemos acabado...   (A saul)  Te presento a mi hermano Lee...
saul.— (Levantándose.) Encantado... (lee deja el televisor en el mueble y da la mano a saul)
lee.—Me alegro muchísimo de conocerle, señor...
saul.—Saul Kimmer.
lee.—Señor Kimmer.
saul.— Saul...
austin.—Mi hermano ha estado pasando una tempora­da en el desierto y acaba de...
saul.—Es fantástico... (A lee)  ¿En Palm Springs?
lee.—Sí... Más o menos... ¿Sabe dónde vive Bob Hope? Pues por allí.
saul lee.—Sobre todo el aire. Es sanísimo.
saul.—Y luego el golf. No sé si usted juega, pero el golf allí es una maravilla.
lee.—Yo juego mucho al golf.
saul.—¿Ah, sí?
lee.—Sí. No puedo vivir sin el golf... Por cierto, que esperaba encontrar aquí algún compañero... y... he estado buscando, pero...
saul.—Bueno, yo a lo mejor podía...
austin.—Lee está de paso... Nuestra madre se ha ido a Alaska.
saul.—Nada menos que a Alaska...
austin.—De vacaciones... Y como esta casa es suya...
saul.— ¡Alaska!... ¡Fantástico!
lee.—¿Cuál es su handicap, señor Kimmer?
saul.—Imagíneselo... El de un modesto dominguero.
lee.—Eso estaría bien porque yo hace meses que no toco los palos.
saul.—De acuerdo... Nos reunimos un día y echamos una partida...  ¿Tú también juegas,  Austin?

(SAUL mima un golpe en el estilo de Johnny Carson.)

austin.—No. Pero lo sigo por la televisión.
lee.— (A saul)  ¿Y si jugamos un poco mañana temprano? Podíamos acercarnos al campo y hacernos dieciocho hoyitos antes de desayunar.
saul.—Sí... es... una idea... sólo que... tengo unos com­promisos urgentes...
lee.—Por eso se lo decía... Muy temprano... Al amane­cer. Con el rocío brillando al sol...
saul.—Dicho así suena divinamente...
lee.—Austin podía hacer de "caddie".
saul.—(Riéndose.) Esa es la mejor idea de todas.
austin.—No sé nada de golf.
lee.—Ni falta que te hace... Las reglas se aprenden en cinco minutos, ¿verdad, Saúl?
saul.—Verdad. Cinco minutos... Luego ya para jugar, jugar, hacen falta años, evidentemente... Bastan­tes (Se ríe.)
lee.—Te daremos un cursillo rápido sobre el terreno... Los "green" los hoyos, la arena, los diferentes pa­los... Dos trucos sobre cómo pegarle a la pelota y... hasta te dejaremos intentarlo tres o cuatro veces... ¿Vale, Saúl?
saul.—Por mí, sí... Es un buen plan... Yo hace sema­nas que no hago ejercicio.
lee.—Lo importante es ser un buen aficionado... Y re­cibir como premio un gran jugo de naranja... (Pausa.)
saul.—¿Cómo... un jugo de naranja?
lee.—Sí, claro... Vitamina C... Después de una partida el ritual perfecto es un jugo de naranja, una ducha caliente, una pequeña pelea a toallazos y un vivo sentimiento de fraternidad   deportiva... (saúl sonríe a austin.)
saul.—Lo cuenta tan bien que no se puede renunciar... Sí, no se puede contar mejor...
lee.—Entonces, ¿de acuerdo?
saul.—De acuerdo... Yo llamo al club y reservo hora.
lee.—Perfecto... Chico, lo único que siento es haber Interrumpido vuestra conversación de una manera tan brusca...
saul.— ¡Qué tontería!... Estábamos acabando.
lee.—Os esperaré fuera, si os parece...
saul.—Por favor... No hace falta...
lee.—Acabo de traer de la tienda la televisión de Austin... Seguiré un rato el campeonato de boxeo... (lee y austin se miran.)
saul.—Bueno...
lee.—¿Usted no tiene nada que ver con la Televisión, verdad Saul?
saul.—Ahora  no.   Produje   algunos   especiales...   Unos magazines... Ya sólo me interesaría una serie...
lee.—Ahí está el dinero, ¿no?
saul.—Sí. Ahí está.
austin.—¿Qué te parece si te llamo mañana, Saul, y rematamos el trabajo? Podíamos almorzar juntos...
saul.—Me parece bien.
lee.—Después del golf... (Pausa.)
saul.—¿Qué?
lee.—Que el almuerzo puede ser después del golf...
saul.—Sí, claro, claro...
lee.—Austin me ha dicho que ustedes buscan temas constantemente...
saul.—Buscamos, sí... Temas que sean comerciales...
lee.—Por ejemplo...
saul.—Pues lo corriente... Historias de amor... mucha acción... (Sonríe a austin.)
lee.—El oeste. Los famosos "westerns".
saul.—De vez en cuando...
austin.—Te llamaré por la mañana, Saul.

(austin empuja  a  saul hacia la  cocina, pero lee les cierra el paso.)

lee.—Tengo un "western" para dejar a los espectado­res sin aliento.
saul.—¿De veras?
lee.—Sí. Un "western" de hoy basado en una historia de hoy... Claro que yo no sé escribir como mi her­mano... La pluma no es lo mío...
saul.—Bueno...
lee.—Quiero decir que sé contar una historia, pero no la sé escribir... Y tampoco sé si eso es muy nece­sario...
saul.—En realidad... a veces no...
lee.—Hay gente que sabe historias apasionantes... His­torias de verdad... de la vida... Yo creo que se han hecho películas buenísimas sobre la vida real...
saul.—Sí, bastantes...
lee.—La última buena película del Oeste que yo vi fue "Los valientes están solos"... ¿Se acuerda de ella?
saul.—No. Ahora no...
lee.—Con Kirk Douglas... Espléndida... ¿Te acuerdas tú de ella, Austin?
austin.—Perfectamente.
lee.—(A saul) El protagonista moría por amor a su ca­ballo.
saúl.—¿De veras?
lee.—Sí... Se oía al caballo relinchando durante todo el final de la película... Y diluviaba. Hubo un últi­mo relincho... Y después un disparo... ¡Crac!... Un solo disparo... y ya nada más que el sonido de la lluvia... Kirk Douglas, en una ambulancia aleján­dose del lugar del accidente... Pero al oír el tiro, adivinó que su caballo había muerto... ¡Lo adivinó! Entonces vimos sus ojos... unos ojos que se cerra­ron... y supimos que él también había muerto... Kirk Douglas murió porque había muerto su caballo. (saul, nervioso, mira a austin)
saul.—Contada así es una película bastante buena... Siento habérmela perdido...
lee.—Es una pena. Es de esas películas que hay que ver.
saul.—Puede que la encuentre... Arreglaré una proyec­ción... Bueno, Austin, me voy a ir... Quiero estar en la autopista antes de la hora punta... (austin va a salir con él.)
austin.—Me ha alegrado mucho verte, Saúl. (saul da la mano a austin.)
lee.—Así   que   todavía   hay   mercado   para   un   buen "western", ¿no?... Un Oeste real y verdadero...
saul.—Claro que sí... ¿Por qué no le cuenta esa his­toria a Austin para que haga una pequeña sinopsis?
lee.—¿La leería usted?
saul.—Naturalmente.   La  leería   con   mucho  interés.. Me paso la vida persiguiendo nuevas ideas... (saul sonríe a austin.)
lee.—Magnífico... Lo leerá, ¿verdad?
saul.—Y le diré mi opinión. Si es que le sirve de algo...
lee.—De muchísimo. Con su opinión me  basta... Yo creo que es una historia con enormes posibilidades...
saul.—Bueno, ha sido una suerte que nos hayamos co­nocido... (Se dan la mano.)
lee.—Le llamaré muy temprano para lo del golf...
saul.—Perfecto...
lee.—Austin sabe su número, ¿no?
saul.—Sí.
lee.—Entonces hasta mañana, Saul.
(lee da a saul un golpe afectuoso en el hombro. Sale saúl. austin mira a lee, al televisor y luego otra vez a lee.)
austin.—Ahora dame las llaves del coche...

(austin alarga la mano. lee permanece inmóvil mi­rando a su hermano. Sonríe.)

OSCURO

ESCENA IV

(Noche. Coyotes lejanos. La máquina de escribir en la oscuridad. Grillos. Una vela en el salón y una luz suave en la cocina.
austin escribe a máquina en la mesa de cristal. lee está trente a él con los pies sobre la mesa. Alterna la cer­veza con el whisky. El televisor no ha cambiado de sitio. austin mecanografía unas palabras más y se detiene.)

lee.—Muy bien. Y ahora, léemelo...
austin.—No, Lee, no te lo leo... Lo leerás cuando yo termine. No puedo perder la noche entera con esto.
lee.—Tienes cosas más importantes que hacer, ¿ver­dad?
austin.—Sigamos. Venga. ¿Qué le sucede al salir de Texas?
lee.—¿Ya lo quieres sacar de Texas? Me parece que estás corriendo mucho. No, no... Todavía no puede irse...
austin.—Acaba de llegar a la frontera...
lee.—(Levantándose.) No... escúchame... Este es un mo­mento crucial... (Golpea él papel con la lata de cer­veza.) En esta escena no se puede correr... A él no le gusta nada la frontera... Está a ochenta kilóme­tros... Bastante lejos... En ochenta kilómetros pue­den sucedes muchas cosas...
austin.—Sí, pero esto ni siquiera es un primer trata­miento... No estamos escribiendo el guión...
lee.—Razón de más para no dejarnos nada atrás... Es un momento importantísimo...
austin.—Como quieras... Pero vamos a acabar de una vez...
lee.—Tú mandas. Pues ahora conduce el camión arras­trando un remolque donde lleva su caballo...
austin.—Eso ya está escrito...
lee.—Y entonces es cuando descubre Que le está si­guiendo otro camión... Otro camión que también lleva un remolque de ganado... Uno de esos donde se puede dormir...
austin.—Muy bien.  (Escribe a máquina.)
lee.—Lo que acabo de decirte es importantísimo...
austin.—Importantísimo... Puede dormir...
lee.—Sí. Ese es un detalle vital...

(austin mecanografía sin dejar de hablar.)

austin.—Ya me lo has dicho...
lee.—Y el otro tipo lleva ensillado el caballo en la par­te trasera del remolque...
austin.—Muy bien...
lee.—Así que los dos tienen listos los caballos, cada uno en su remolque...
austin.—Comprendido.
lee.—Y en ese momento el tipo que va delante descu­bre dos cosas...
austin.—¿El de delante?
lee.—Si... Descubre dos cosas a la vez. Simultánea­mente.
austin.—¿Qué dos cosas?
lee.—Una, que el tipo que le sigue es el marido de la mujer con quien acaba de estar... (lee hace un gesto obscena. austin le mira.)
austin.—Entendido...
lee.—...y dos, que está en tierra de nadie...
austin.—¿Cómo de nadie?
lee.—De nadie. Un poco de barro y un poco de agua... Justo allí... Ni nada ni nadie... Y tres...
austin.—Dijiste dos cosas...
lee.—Ahora son tres... Dos antes y ahora una tercera...
austin.—¿Cuál?
lee.—Que apenas si le queda gasolina...
austin.—(Dejando de escribir.)  Pero bueno, Lee... (austin se levanta, va a la cocina y vuelve con un vaso de agua.)
lee.—¿Qué quiere decir ese "pero, bueno"? Las cosas son como son. Escríbelo tal como te lo acabo de decir... No le queda gasolina...
austin .—Estás exagerando...
lee.—¿Exagerando?... Exagerando, ¿qué?... Es la pura realidad... Por eso te sorprende... Porque te estoy contando la pura verdad.
austin.—No, no y no... En la vida real las cosas son de otra manera... No...
lee.—¿Quieres decir que los hombres no se acuestan con las mujeres de los demás?
austin.—Sí... Pero no se persiguen por la tierra de nadie...
lee.—En esta película, sí.
austin.—...y no van por ahí con los caballos, sin tener bastante gasolina... Y desde luego tampoco viajan sin gasolina...
lee.—Estos lo hacen... La historia es mía y este hom­bre está sin gasolina...
austin.—Un invento idiota para darle interés a la per­secución...
lee.—¿Por qué?... La persecución ya ha sido... Empezó varios días antes...
austin.—Y por eso ahora van a abandonar los camio­nes, van a sacar los caballos y supongo que galo­parán por las montañas uno detrás del otro... (lee se incorpora de un salto.)
lee.—(Burlón.) En la tierra de nadie no hay una sola montaña... Es llana... (lee va con brusquedad hacia la ventana del cuarto de estar y lanza afuera la lata de cerveza.) Malditos   sean   esos   grillos!    (Grita   por   la  venta­na.)   ¡Callaros ya  de una vez.   (Pausa. lee vuelve junto a la mesa.) Esta casa es peor que un hotel! ¡No sé como puedes trabajar aquí!
austin.—Vamos a descansar un poco...
lee.—No estoy cansado... Lo único que quiero es que acabemos esto de una vez... Es mi oportunidad... (austin vuelve al salón.)
austin.—Está bien. Cálmate...
lee.—Me voy. Estoy perdiendo el tiempo.
austin.—Te vas... ¿a dónde?
lee.—Donde a ti no te importa. Me voy, me voy... No es culpa tuya... Es que yo soy de otra madera... Y me revientan los parásitos... Quiero hacer esto y largarme. (Pausa.)
austin.—¿Tú crees que yo soy un parásito?
lee.—Sí.
austin.—Aunque seas tú quien asalta las casas para llevarse los televisores...
lee.—Porque no los necesitan... Les estoy haciendo un servicio.
austin.—Devuélveme esas llaves, Lee...
lee.—No. No te las doy hasta que escribas mi historia... O la escribes de una vez o tu auto acaba repintado en un garaje de Arizona...
austin.—No puedes obligarme a escribir... Creí que me habías pedido un favor...
lee.—Si, claro, un favor... Un favor enorme, grandísi­mo, olímpico... Concedes favores como si fueses Dios en la cima de una montaña...
austin.—Vamos a seguir escribiendo... ¿Te parece? Va­mos a sentarnos y... a dejar de reñir... Venga... In­tentemos seguir con esto...

(austin se sienta de nuevo a la máquina. Pausa larga.)

lee.—No se lo piensas dar, ¿verdad?
austin.—¿Qué dices?
lee.—El tratamiento, el borrador, la historia... No tie­nes el menor propósito de dárselo a leer... Estás es­cribiendo porque me tienes miedo...
austin.—Dáselo tú mismo...
lee.—Desde luego. Se lo leeré personalmente en el golf...
austin.—Y otra cosa. No te tengo el menor miedo...
lee.—Entonces, ¿por qué sigues escribiendo?   (Pausa.)
austin.—Para que me devuelvas las llaves de mi coche... (Pausa. lee busca calmosamente en sus bolsillos y deja las llaves sobre la mesa. Gran pausa. austin tiene la vista fija en las llaves.)
lee.—Ahí están... Son tuyas. (austin mira a su herma­no. No toca las llaves.) Vamos... Ahí están tus lla­ves... (austin, muy despacio, recoge las llaves y se las guarda.) ¿Y ahora qué? ¿Piensas echarme a pa­tadas?
austin.—No, Lee...  No...
lee.—No  podrías  muchacho...   No  podrías...
austin.—Lo sé muy bien...
lee.—Así que ni siquiera lo has pensado... (Pausa.) Lo que sí puedes hacer es llamar a la policía... Eso en­tra en tu lógica... Es obvio...
austin.—Soy tu hermano.
lee.—Mal argumento... Pídele a la policía de Los Ángeles sus estadísticas criminales... Verás lo que te dicen sobre el total de asesinatos...
austin.—¿Pero de qué estás hablando? Asesinatos...
lee.—Te dirán que el mayor número de crímenes se da entre primos, cuñados y hermanos... Hablo de una media... Y de gente media... Parece que en verano se vuelven todos locos... Ya sabes... el calor... los incendios forestales... Bueno, esta época en que es­tamos...
austin.—Hay una diferencia...
lee.—¿Ah, sí? ¿Cuál?
austin.—Que tú y yo no estamos locos... Que no hay ninguna razón que nos empuje a la violencia... Y que no nos vamos a matar por un guión de mier­da... Así que siéntate...

(Pausa larga.)

lee.—Puede ser... (Se sienta otra vez en la mesa frente a austin) Puede que tengas razón... Puede que sea­mos verdaderamente listos... (Pausa.) Y que tenga­mos la cabecita muy bien puesta sobre los hom­bros... Uno de nosotros incluso fue a la Universi­dad... Algo habrá aprendido, ¿no?
austin.—Vamos a ver, Lee... Voy a escribir esta cosa tuya... No me cuesta lo más mínimo... Pero no quie­ro que nos peleemos... No vale la pena... Así que, tranquilo... Vamos a intentar seguir. ¿Te parece?
lee.—No, no me parece... Conozco formas mucho me­jores... y más fáciles... de ganar dinero... Hay unos cuantos sitios de donde puedo sacar miles de dó­lares sin estrujarme el cerebro... No me gusta esta porquería... Si salgo y robo un diesel, en una se­mana lo desguazo y he ganado diez mil dólares... En una semana...

(lee abre otra lata de cerveza y vuelve a poner los pies sobre la mesa.)
austin.—Voy a escribir tu historia porque es buena...
lee.—Ponte a escribir tus cosas... No quiero estropear tus planes...
austin.—Si vendes esta historia será estupendo... Pue­de ser una gran película. Te lo digo de verdad... (Pausa.)
les.—¿Estás seguro?
austin.—Más que seguro... Y para ti, una vida nueva... Una vida distinta...
lee.—Y... a lo mejor podría comprarme una casa...
austin.—Desde luego... No ya una casa... un rancho entero.
lee.—(Riéndose.) ¿Un rancho? ¿Eso puede dar para un rancho?
austin.—Sí, señor... ¿Sabes cuánto vale un buen guión hoy en día?
lee.—No tengo ni idea.
austin.—Pues un paquete. Un buen montón de dinero.
lee.—¿Miles?
austin.—Miles.
lee.—Un millón...
austin.—Por ahí...
lee.—Podríamos volver a traernos al viejo...
austin.—Sí. Podríamos intentarlo...
lee.—¿Qué quieres decir con eso de "intentarlo"?
austin.—Que haría falta algo más que dinero...
lee.—Tú me has dicho que yo llevaría una nueva vida... ¿Por qué no iba a llevarla él también?
austin.—Su caso es diferente.
lee.—Te parece de otra galaxia, ¿no?
austin.—Me parece incapaz de cambiar. No lo mezcle­mos en este asunto.
lee.—Es cierto. El no puede cambiar pero yo sí... Yo quiero cambiar de arriba a abajo... Quiero ser como tú... Un maldito vago que inventa cosas y cobra por soñar... Y venga de inventar y venga de soñar corriendo por la autopista...
austin.—No te creas que es tan fácil.
lee.—¿Ah, no?
austin.—No. La verdad es que es un trabajo duro.
lee.—¿Por qué es duro? ¿Por qué hay que decidir en­tre jugar al tenis o correr por el campo?

(Larga pausa.)

austin.—Asunto resuelto... Te quedas aquí y haces lo que te dé la gana... Usa mi coche... Entra y sal a tu gusto porque a mí me da lo mismo. Al fin y al cabo yo tampoco estoy en mi casa... Pero aclare­mos una cosa... ¿Quieres que te ayude a escribir esto, si o no?... Dímelo de una vez. Dime claramen­te qué es lo que quieres...
lee.—Vaya sorpresa. De pronto, sin más ni más, te pones a mi servicio...
austin.—Dime qué es lo que quieres, Lee...

(Pausa larga. lee mira a austin y se acerca a la ventana como si soñase.)

lee.—Lo que realmente me gustaría es volver a en­contrar a aquel perro... ¿Y sabes por qué?
austin.—No.
lee.—Porque me iría por ahí con él a montar peleas... ¡Qué maravilla! Aquel dichoso perrito podía acabar con cualquier bestia. Hay mucho dinero en las pe­leas de perros... Dinero en grande. (Pausa.)
austin.—¿Por qué no probamos a terminar esta histo­ria, Lee? A mí me parece importante...  ¿Tú no lo crees? (lee se queda pensativo. Pausa.)
lee.—No sé... Pero tampoco creo que perdamos gran cosa intentándolo. A ti te parece una buena idea, ¿no?... Siempre me he preguntado cómo me sen­tiría si fuese como tú...
austin.— ¡Qué curioso!
lee.—Te veía paseándote por la Universidad, con tus libros bajo el brazo y unas cuantas chicas rubias corriendo detrás de ti.
austin.—¡Qué divertido! ¡Rubias!
lee.—¿Por qué te hace gracia?
austin.—Porque yo también tenía mis ideas sobre ti...
lee.—Por ejemplo...
austin.—Aventuras... Aventuras por todas partes... Ma­ñana, tarde y noche, viviendo aventuras...
lee.—¿Ah, sí?
austin.—Sí. Y entonces me decía a mí mismo: "Es Lee. Es Lee quien tiene razón. El vive la vida con toda intensidad, mientras yo me pudro aquí encerrado. Es verdad...
lee.—Bueno... Estabas organizándote...
austin.—No lo sé...
lee.—Bien. Sigamos con lo que hemos empezado...
austin.—Sí. Vamos a seguir...

(austin se coloca ante la máquina y mete una hoja de papel.)

lee.—Dame ahora las llaves, que luego se me van a olvidar... (austin vacila.) Antes me has dicho que puedo usar tu coche como me dé la gana, ¿no? Me lo has dicho...
austin.—Sí. Te lo he dicho...

(austin busca en su bolsillo, saca las llaves y las coloca sobre la mesa. Lentamente, lee recoge las lla­ves y comienza a jugar con ellas.)

lee.—Así que... según tú... voy a poder comprarme un rancho, ¿no?
austin.—Cuando esté escrito esto...
lee.—Sí... Entonces... vamos a escribir... (La luz co­mienza a bajar muy lentamente. austin escribe. lee comienza a hablar.) La persecución se inicia en una pradera oscura. Una negra e interminable prade­ra... El sol comienza a caer y los dos hombres sien­ten el peso de la noche en sus espaldas... Ninguno de los dos conoce de verdad el terrible miedo del otro... Piensan que el miedo es sólo suyo... Pero si­guen cabalgando en la oscuridad... Sin saber nada... Porque ni el perseguidor sabe dónde le lleva el per­seguido, ni el perseguido sabe a dónde ir...

OSCURO

(Ya en el oscuro se interrumpe el ruido de la máquina de escribir y se desvanecen los grillos)

Música para el entreacto:
"RAMBLIN MAN", de Hank Williams.)

TELÓN

SEGUNDA PARTE

ESCENA V
(Por la mañana. lee está de pie, junto a la mesa del salón, con unos palos de golf. austin lava unos platos en el fregadero.)

austin.—Así que le gustó de verdad.
lee.—Si no le hubiera gustado no me habría regalado estos palos.
austin.—¿De verdad te los ha regalado?
lee.—Claro que sí... Ya te lo he dicho. Me ha regalado los palos y la bolsa.
austin.—Creí que te los había prestado.  
lee.—Pues no... Me dijo que era una pequeña parte del anticipo... Un detalle de buena voluntad...
austin.—¿Te ha prometido un anticipo?
lee.—¿No es normal?... Te conté que era una buena idea y tú estuviste de acuerdo...
austin.—Sí, sí, Lee... Eso dije... Pero me sigue pare­ciendo increíble. ¿Tú sabes la cantidad de escritores que se pasan la vida entera tratando de acercarse al cine? Sólo de acercarse... (lee saca unos palos de la bolsa y los prueba.)
lee.—No tengo ni la menor idea. ¿Cuántos?
austin.—¿Qué te ha prometido de anticipo?
lee.—Mucho. Hemos hablado de bastante dinero. Cerra­mos el trato en el hoyo nueve.
austin.—¿En firme?... ¿Un trato en firme?
lee.—De lo más en firme.
austin.—Está bien. Conozco a Saul. Cuando dice que un asunto le gusta, es que le gusta...
lee.—Ayer me dijiste que apenas le conocías...
austin.—Lo que conozco muy bien son sus gustos...
lee.—Antes de llegar al nueve le dejé que me sacara un par de golpes de ventaja... Estaba feliz pensan­do que me iba a destrozar... Así que no sabes la cara que puso cuando de un solo golpe me planté al borde del agujerito... Creí que se cagaba. No lo pudo remediar y se le escapó... me dijo: "¿Dónde demonios ha aprendido un tipo como tú a jugar así?" (lee se ríe. austin le mira asombrado.)
austin.—Sí. Lo que pasa es que un contrato, lo que se dice un contrato, todavía no lo tienes... Y en." esto del cine hasta que las cosas no están firma­das, lo mejor es no confiarse...
lee.—¿Por qué no? Ya no se puede escapar. Hemos hecho una apuesta.
austin.—¿Saul ha hecho una apuesta contigo?
lee.—Sí, señor. La historia le entusiasma, así que está bien que se arriesgue un poco. Lo único que yo hice fue asegurar el trato con mi buen juego en aquel hoyo... (Pausa.)
austin.—Bueno,  pues vamos  a  celebrarlo...  Mamá se : dejó una botella de  champagne  en la heladera... Brindaremos por tu éxito...

(austin saca unas copas y trae la botella de cham­pagne de la heladera.)

lee.—No deberías abrir esa botella, Austin... Se va a dar cuenta.
austin.—No creo que le importe... Al contrario... Estará encantada de que nos la hayamos bebido con tan fausto motivo... Además   la   compraré   otra...   El champagne   es   lo   más   indicado   en   estos   casos... (Pausa.)
lee.—Te vamos a pagar muy bien por escribir ese guión... Muy, muy bien...

(austin se detiene, mira a lee y deja la botella y las copas sobre la mesa. Pausa.)

austin.—¿Quién ha dicho que yo voy a escribir el guión?
lee.—El. El lo dijo. Dijo que no se podría contratar un guionista mejor que tú, en todo el país...
austin.—Yo estoy trabajando en otro guión... En un guión mío... No puedo escribir dos guiones a la vez...
lee.—No. Dijo que ya no le interesaba el otro. (Pausa.)
austin.—¿Qué estás diciendo? ¿Te refieres al mío? ¿Me estás contando que Saúl va a abandonar mi película para producir la tuya?
lee.—Bueno, Austin, ya sabes... Hay veces que la suer­te ayuda a los debutantes... ¿No estarás enfadado? (austin va hacia el teléfono y marca un número.) Ha salido, Austin... Me dijo que no volvería hasta última hora de la tarde...
austin.—No lo creo... Sencillamente no lo creo... ¿Es­tás seguro de que fue eso lo que te dijo? ¿Que dejar caer mi película?
lee.—Estoy seguro de que me lo dijo...
austin.—Primero de todo tenía que haber hablado con­migo... Eso lo primero... Sin hablar antes conmigo no puede decidir una cosa así...
lee.—A mí me extrañó, ¿qué quieres que te diga? Lo que pasa es que se embaló con mi historia... (austin cuelga brutalmente el teléfono. Se pasea.)
austin.—¿Qué dijo exactamente? Dime exactamente lo que dijo.
lee.—Lo que te he contado. Que mi idea le parecía una maravilla. Que era el primer oeste de verdad que le habían propuesto en diez años.
austin.—¿Una maravilla? ¿Una maravilla tu historia?
lee.—Sí. ¿Es que a ti no te gusta?
austin.—La idea es una estupidez... Es la historia más Imbécil que he oído en mi vida...
lee.—Oye, ten cuidado, que estás hablando de mi pe­lícula...
austin.—¡Una mierda de historia!  ¡Una mierda!... Dos tarados que se persiguen por el desierto... A mí no me tomas el pelo... No va nadie, nadie, ni un gato, a ver esa clase de cine.
lee.—No vamos a "hacer cine", como tú dices... Va­mos a hacer una película. Eso es otra cosa... Me lo dijo Saúl...
austin.—¿Saúl te ha dicho eso?
lee.—Exacto. Dijo: "En este negocio los americanos hacemos películas. Películas americanas... Deja eso de "hacer cine" para los muchachitos franceses".
austin.—Por lo visto os habéis hecho íntimos amigos... Te ha traspasado ya toda su ciencia cinematográ­fica...
lee.—Le he caído simpático, eso es todo... Cree que soy una persona en quien se puede confiar...
austin.—¿Y eso por qué? ¿Por qué le diste una paliza al golf?
lee.—(Incorporándose.) Bueno, ya está bien... Ya no te aguanto más insultos... Nadie te ha nombrado di­rector del departamento de grandes ideas... Ni si­quiera cocinero mayor del cine... Las ideas andan muy repartidas por este mundo, ¿sabes?, muy re­partidas...
austin.—Tienes que haberle hecho algo muy gordo... Le amenazaste, claro... ¿Con qué le amenazaste, Lee?
lee.—Fue muy sencillo. Le convencí...

(lee hace un movimiento amenazador, levanta un palo de golf y se acerca a austin. Se detiene. Vacila. Después de una gran pausa baja el palo.)

austin.— ¡Dios santo!... ¿Has herido a Saul?
lee.—Saúl está divinamente... Y le gustó mucho mi historia... Esa es la verdad pura y simple... Que mi historia le pareció la mejor de cuantas le ha­bían propuesto nunca...
austin.—Lo mismo que me dijo a mi. Exactamente lo mismo que dijo de la mía.
lee.—Pues mintió una de las dos veces... A uno de nosotros le ha tenido que mentir...
austin.—No puedes llegar a un sitio y empezar a pata­das con la gente... Te van a meter en la cárcel...
lee.—Y a ti en un manicomio... No he rozado a na­die... A Saúl le gané al golf limpia y deportiva­mente. (Pausa.) Nadie tiene porque ponerme la ma­no encima... Nadie... Estoy limpísimo... Podría en­trar en cualquier casa por la ventana y salir por la puerta principal, con la cabeza alta... No sos­pecharían de mí. Porque aquí el único que va a aho­garse eres tú... Estás liquidado... Así que no inten­tes seguir dándome consejos... (Pausa. austin vuelve a sentarse ante la máquina de escribir.)
austin.—Ponte en mi sitio, ¿no?... Haz un esfuerzo y ponte en mi sitio. De pronto, sin ningún motivo, Saúl abandona mi película... Han sido meses y me­ses de reuniones... Lo teníamos todo perfectamente planeado y ahora... Esto puede acabar conmigo... Me puede hundir profesionalmente...
lee.—¿De qué iba tu película?
austin.—De amor... Una simple y directa historia de amor...
lee.—Cuéntamela...

(austin se levanta y va a la cocina.)

austin.—No... No te la cuento.
lee.—No me la cuentas para que no te la robe,.. Eco­nomía de mercado. La competitividad ha llegado al mismísimo hogar... ¡Bravo!
austin.—¿Dónde ha ido Saul? ¿Tú lo sabes?
lee.—Sí. Quería que leyesen mi historia, en un par de productoras...
austin.—Mi "script... mío... Ese "script" lo he hecho yo... Y no me gusta que esté rodando por ahí...
lee.—Anoche dijiste que era una porquería.
austin.—Dame las llaves.
lee.—¿Qué?
austin.— ¡Que me des las llaves del coche!  ¡Que me las devuelvas!
lee.—¿Dónde vas a ir?
austin.—¿Y a ti qué te importa? A dar una vuelta... Aquí me estoy ahogando.
lee.—Dime dónde vas a ir, Austin...  (Pausa.)
austin.—Al desierto... Donde pueda estar solo... Tengo que reflexionar.
lee.—Reflexiona todo lo que quieras, pero aquí... Este es un sitio magnifico para meditar en lo divino y en lo humano... Anda, vamos a brindar... Y relá­jate... Ahora somos colaboradores... (lee hace saltar el tapón de la botella de cham­pagne, llena dos copas y muy lentamente se hace el
OSCURO

ESCENA VI
(Media tarde. lee y saúl en la cocina y austin en el salón.)

lee.—Dígaselo de una vez, señor Kipper, dígaselo de una vez.
saúl.—Kimmer. Me llamo Kimmer.
lee.—Kimmer, sí... Dígale lo Que me dijo a mí... Por­que a mí no me cree...
austin.—Prefiero   no   oírlo...
saul.—Puede que no sea una gran película, Austin.,. Aunque nunca se sabe... Pero la historia de tu her­mano me fascinó...
austin.—¡Te fascinó!... ¡Qué estupidez! Hiciste una apuesta y te ganó. Te apostaste mi guión...
saúl.—Tu guión es otro asunto, Austin... He decidido embarcarme en la idea de Lee... No sé si lo sa­bes, pero tu hermano tiene muchísimo talento...
austin.—Pues mejor para él... Pero no me lo cuentes a mí... Díselo a los ejecutivos... al director de la serie o... a quien sea... Pero no a mí.
saul.—Por que?... También quiero hacer tu película, Austin... ¿Por qué no la vamos a hacer?... Podemos hacer las dos... créeme... Somos grandes, Austin, so­mos grandes...
austin.—"¿Podemos?" ¿Has dicho "podemos"?... Yo des­de luego no puedo...
lee.—(A saul) ¿Estás viendo? ¿Ves lo que ha dicho? Odioso...
saul.—Austin, sería una tontería enorme que ahora nos pusiésemos a buscar otro guionista... Sería una me­mez... Sois hermanos... Os conocéis perfectamente... Tú ya estás familiarizado con la historia de Lee... Nadie lo haría mejor que tú...
austin—.No estoy mínimamente familiarizado con ese invento... No lo estoy... No he visto en mi vida una pradera negra y no sé cómo funcionan los remol­ques de ganado... Y tampoco me importan... (Seña­la con el dedo a lee) Es un arbitrista, ¿no le estás viendo? Es peor que tú... Pero ¿cómo no te das cuenta?
lee.— (A austin) Oye, oye, un momento... Te estoy dan­do una oportunidad y por lo visto no te la mere­ces... Soy yo quien ha convencido a Saúl de que eres el hombre ideal para hacer este guión... El favor me lo debes tú a mí...
austin.—Pero ¿de qué favor estás hablando? Soy yo quien ha escrito esas cuartillas... Yo... yo... Tú ni siquiera sabrías leerlas...
saúl.— (A austin) Tu hermano me ha explicado la ma­la situación en que está tu padre... (Pausa.)
austin.—¿Qué? (Mira a lee.)
saul.—Que sí, que me lo ha contado... Pero ahora, Austin, ahora tenemos un gran proyecto entre ma­nos... Vamos a recibir financiación de un buen es­tudio... Lo tenemos todo... Sólo con enseñar tu si­nopsis... con eso ha sido suficiente...
austin.—(A saul) ¿Qué es lo que te ha contado de mi padre?
saul.—Que lo han despedido... Que necesita ayuda eco­nómica.
lee.—Claro que la necesita.

(austin sacude la cabeza y los mira.)

austin.—(A lee.) Así que... piensas darle el anticipo al viejo... Una pequeña o no tan pequeña obra de ca­ridad... Bueno... y todo esto se gestó en el hoyo nueve y en un minuto...
saul.—Estamos hablando de mucho dinero, Austin.
austin.— (A lee.) Le mandé dinero... Lo Que pude... Tú lo sabes, Lee... Le mandé dinero y se lo bebió.
lee.—Ahora será distinto.
saúl.—Abriremos una cuenta a su nombre... Una cuen­ta importante... de la que sólo podrá retirar una cantidad fija mensual...
austin.—¿Quién ha decidido eso?
saúl.—¿Quién iba a ser? Lee... (austin se ríe.)
lee.—Yo... Quiero que viva con tranquilidad.
austin.—(A saul.) No voy a hacer ese guión... No pien­so escribir esa porquería por nada ni por nadie... ¿Está claro?... Y tampoco me voy a dejar chanta­jear... No admito amenazas... No lo hago y no lo hago. Punto. No insistáis más... (Larga pausa.)
saul.—No sé si has dicho tu última palabra, porque es­tábamos hablando de trescientos mil... Sólo por un primer tratamiento... Por eso me cuesta tanto creer­te, Austin... Hay tres estudios dispuestos a matarse por hacer esta película... Y todo en cuatro horas... Este asunto está que arde...
austin.—Me alegro mucho... Entonces, págame la sinop­sis... Y consíguele a mi hermano el genio un buen representante antes de que lo quemen vivo...
lee.—Me va a representar Saúl, ¿verdad?
saul.—Sí. Tu hermano tiene muchas cosas dentro, Austin... Me he pasado la vida en este negocio y tengo un buen olfato... Tu hermano es una mina...
austin.—De talento, nada... Pero es un jabato y te está llevando al huerto como le da la gana...
saúl.—Trescientos mil, Austin... Sólo por un primer guión... No creo que te hayan pagado eso nunca...
austin.—No quiero hacer ese guión... (Pausa.)
saúl.—Está bien. No lo hagas...
lee.—Buscaremos otro guionista... No insistas, Saúl... Contrataremos a alguien que ponga entusiasmo en su trabajo... Alguien que sepa apreciar un tema im­portante...
saul.—Lo siento mucho, Austin...
austin.—Está bien.
saul.—No, no está bien, porque yo creí que podríamos hacer las dos películas... Ahora veo que es impo­sible.
austin.—Y abandonas la mía... Comprendido... Tiras a la basura el trabajo de todos estos meses...
saul.—No se me ocurre otra solución.
austin.—Me he dejado la piel en ese trabajo, Saúl... Tú lo sabes mejor que nadie... No tengo ningún contrato... Si esa película no se hace...
saul.—Tengo que guiarme por mi instinto de produc­tor...
austin.—Tu instinto...
saul.—Llámalo como quieras... El oficio... La corazo­nada...
austin.— ¡Una apuesta!... Esa es toda la corazonada... Perdiste una apuesta... Y ahora tratas de decirme que te entusiasma su historia... No te creo... Es una estupidez sin nada dentro... No sé qué diablos has visto en ella...
saul.—Que suena a cierta, Austin...
austin.—(Riéndose.) ¿Qué suena a...?
lee,—No es que suene. Es que es cierta...
saul.—Es el Oeste de verdad...
austin.—¿Porque hay caballos? ¿Es por eso? ¿O quizá porque los hombres se comportan como niños?
saul.—Porque la tierra está viva... Porque tu hermano habla de lo que conoce...
austin.—Y yo también.
saul.—Sí, pero las historias de amor ya no interesan... Admítelo, Austin...
lee.—Esa es una gran verdad.
austin.—(A saul) Lee ha acampado tres meses en el desierto. De acuerdo... Ha tenido tiempo para ha­blar a fondo con los cactus... ¿Y qué? Los cactus no van al cine... Soy yo, yo, quien sabe lo que le interesa a la gente... Yo, que corro como ellos, día tras días, por las autopistas... Yo, que respiro su mismo aire contaminado... Yo, que los veo en la televisión... Yo, que me los encuentro en el super­mercado... Yo, yo soy Quien conoce a los especta­dores... El no tiene ni idea de cómo son...
saul.—Es hora de que me vaya, Austin... (Inicia la sa­lida.)
austin.—Los "westerns" se han acabado... Ya no hay más .. Están muertos. Se secaron... Y tú también, Saúl, tú también... (saúl se detiene y mira a austin)
saul.—Puede que tengas razón... Pero en este oficio mío hay que arriesgarse de vez en cuando...
austin.—Vas a hacer una locura, Saúl...
saul.—Siempre he seguido mis corazonadas... Siem­pre... Y la verdad es que no me han engañado nun­ca... (A lee) Te llamo mañana, Lee.
lee.—Muy bien, señor Kimmer.
saul.—Quizá podamos almorzar juntos...
lee.—Por mí no hay problemas... (lee sonríe a austin.)
saúl.—Yo te llamo...

(Sale saúl. Los dos hermanos se miran cara a cara sin acercarse, mientras va haciéndose el

OSCURO

ESCENA VII
(Noche. Coyotes, grillos y la máquina de escribir que comienza a oírse en la oscuridad. La luz de la vela. Con un solo dedo lee trata de escribir a máquina. austin está borracho, sentado en el suelo de la cocina, con una botella de whisky en la mano.)

austin.—(Canturreando.)
"Velas rojas al atardecer
camino del azul,
devolvedme a mi amada
sana y salva al hogar...
Velas rojas al atardecer..."

(lee da un golpazo en la mesa.)

lee.—Por favor, deja ya de cantar!... No puedo con­centrarme.
austin.—(Riéndose.)  ¿Estás tratando de concentrarte?
lee.—Lo estoy intentando...
austin.—Intentando concentrarte, ¿eh? ¡Qué divertido!
lee.—Pero entre los grillos, los coyotes y tú, me lo es­táis poniendo bastante difícil...
austin.—"Entre los grillos, los coyotes y tú..." Magní­fico título.
lee.—No estoy buscando títulos... Estoy buscando situa­ciones...
austin.—Pues aquí tienes una...
lee.—Gracias. No necesito ayuda... Me sobro y me bas­to para inventar lo que haga falta...
austin.—Así que piensas escribirte ese guión tú solito...
lee.—Sí. (Pausa.)
austin.—Te voy a dar otra idea. Verás. Primero llega Saúl Kimmer y luego...
lee.—¿Te quieres callar?
austin.—...nos confunde al uno con el otro...
lee.—No estoy para bromas.
austin.—Nos confunde... Cree que somos una sola per­sona y entonces le da un ataque de locura... Po­bre Saúl. (Ahoga una risotada.) Qué lío se ha arma­do con nosotros!
lee.—¿Por qué no te estás calladito y te bebes tu copa de champagne sin armar ruido?
austin.— (Levantando la botella.) Porque no estoy be­biendo champagne... El champagne se acabó hace mucho... Ahora tenemos que beber algo más serio... Los días del champagne pertenecen al pasado.
lee.—Pues vete fuera y bebe lo que te dé la gana...
austin.—¿Por qué?... Lo estoy pasando muy bien con­tigo, Lee... Por primera vez desde el día que llegas­te estoy encantado con tu compañía... No me pidas que me vaya solo a beber whisky.
lee.—Está bien... (Relee lo que ha escrito y tacha algo.)
austin.—¿Crees que vas a adelantar algo si te quedas solo? Pues no señor... Lo único que puede pasar es-que te vuelvas loco...
lee.—Podría hacer esto de un tirón... En una noche. Pero necesito paz y silencio.
austin.—Díselo a los grillos ya los coyotes... Y prohí­bele al helicóptero de la policía que dé pasados por aquí buscando gente de tu clase...
lee.—Ahora soy un guionista... Un ciudadano que me­rece respeto.
austin.— (Riéndose.)   ¡Un guionista!
lee.—Sí. Con un sueldo. Lo que tú no has tenido nun­ca... Y van a darme un anticipo...
austin.—Lo peor es que es verdad. Es la pura verdad... Un anticipo... (Pausa.) Quizá debiera echarme a la calle a ver cómo me va a mí en tu antiguo oficio, ya que a ti te va bien en el mío...
lee.—Ja, ja...

(lee vuelve a intentar escribir, pero se le atasca la cinta de la máquina. Sigue hablando mientras prueba a rebobinarla.)

austin.—No le veo la gracia... ¿Crees que yo no tengo lo que hay que tener para entrar en una casa y robar un televisor?
lee.—Ni un tostador eres tú capaz de robar sin que te dé un infarto...

(austin hace un esfuerzo y se levanta apoyándose en el fregadero.)

austin.—¿No me crees capaz de entrar en una casa y llevarme un tostador?
lee.—No... Anda ya y date una ducha...

(lee tira de la cinta y se queda con uno de los carretes en la mano. Comienza a tirar de ella con la técnica de un pescador.)

austin.—¿Con qué no soy capaz de robar un tostador, eh? ¿Cuánto quieres apostarte a que robo el pri­mero que vea?... ¿Cuánto, di? ¿Cuánto te apues­tas? ¿No eres un jugador?... Pues dime cuánto quie­res apostarte... ¿Cuánto te apuestas de ese gran anticipo que...? ¡Qué tontería! Todavía no has vis­to un céntimo...
lee.—Está bien... Te apuesto tu coche a que no eres capaz de robar un tostador sin que te agarren...
austin.—Mi coche ya lo tienes.
lee.—Entonces me apuesto tu casa...
austin.—¿Contra qué?... Mi coche es mío y mi casa también... ¿Qué es lo que tú me vas a dar a mí si pierdes? No tienes nada que apostar... Nada...
lee.—Te doy... te doy un sitio en los títulos de crédito de mi película... ¿Qué te parece? Haré que pongan en el contrato que esa historia es de los dos... Que la hemos escrito a medias.
austin.—No quiero ver mi nombre en una mierda de película... Quiero algo que valga la pena... ¿Es qué no tienes nada de valor?... ¿Ningún recuerdo del desierto?... La piel de una serpiente... Yo que sé... Me conformo con poco... Me bastaría con cualquie­ra de tus recuerdos personales...
lee.—Antes de un minuto lo que te voy a dar es una buena patada en el culo...
austin.—Así que ahora eres tú quien quiere sacarme de aquí a patadas... Ahora se han vuelto las tornas y yo soy el intruso que ha roto tu magnífico ais­lamiento...
lee.—Estoy tratando de escribir un guión... aquí y ahora...

(lee se incorpora. Levanta la máquina de escribir y la deja caer de golpe. Pausa. Grillos.)

austin.—Bueno... Creo que no necesitas nada... Hay bastante café...Y unas cuantas latas... Hasta tie­nes un auto... Y, por si te faltaba algo, has con­seguido un contrato... (Pausa.) Quizá te vendría bien una cinta nueva para la máquina, pero... por lo demás... tienes de todo... Voy a dejarte tra­bajar...

(austin intenta ponerse de pie. lee hace un movi­miento para ayudarle.)

lee.—¿Dónde vas?
austin.—Donde a ti no te importa... Ocúpate de tus asuntos...

(austin echa a andar y da un tropezón.)

lee.—¿Qué vas a hacer? ¿Dar vueltas por ahí en plena oscuridad?
austin.—Tengo ganas de dar un paseíto...
lee.—No seas imbécil y vete a la cama. Me estás re­volviendo el estómago...
austin.—Sé cuidar de mí mismo como los propios án­geles... Déjame tranquilo...

(austin da dos pasos hacia la salida y se cae al suelo. lee va hacia él, pero se queda de pie a su lado.)

lee.—¿Quieres que avise a tu mujer?
austin.—¿De qué están hablando?
lee.—De llamar a tu mujer... Ella sabrá como... te dirá algo... digo yo que sabrá lo que hay que hacer con­tigo... (austin intenta ponerse en pie.)
austin.—Está a ochocientos kilómetros de aquí... En el Norte... En un lugar pacífico... Y yo no necesito ayuda de nadie... Voy a salir a robar un tostador... O lo que me apetezca... Quizá cometa un crimen... Un crimen que nunca se te ocurriría a ti... Un cri­men que exige... una gran imaginación... Eso es... (austin termina por ponerse de pie y va hacia la salida.)
lee.—Austin, espera... Espera un momento...
austin.—¿Qué quieres?... No necesitas nada... ninguna ayuda... Nada de nada... Puedes hacer eso tú sóli­to... Y a mi....me apetece respirar la... la brisa nocturna, eso es... La yerba... los naranjos... hasta el polvo de los tractores... Y los... los pajaritos... con el rocío... y las luces de las casas... las luces... Tienes mucha razón en lo de las luces, Lee... La gente está viva... en sus hogares... a salvo... Vi­vimos en un Paraíso, Lee... Vivimos en un Paraíso y se nos está olvidando.
les.—Hablas como el viejo...
austin.—Todos decimos lo mismo cuando nos llega el agua al cuello... Todos...
lee.—A lo mejor si trabajamos juntos y... esto nos sa­liera bien, podíamos traerlo aquí otra vez... Encon­trarle un sitio...

(austin se vuelve bruscamente hacia lee y trata de darle un golpe, pero lo falla y se derrumba sobre el suelo. lee Queda de pie a su lado.)

austin.—No quiero que vuelva aquí... No quiero volver a verlo... Le busqué, Lee... le di dinero... y todo lo que hizo fue escupirme en la cara y poner discos de su tiempo en la máquina de un bar... Le di el dinero que pude...   (Pausa.)
lee.—Échame una mano con los personajes, Austin... Sólo una mano, ¿en?... Eso lo dominas... (austin se ríe desde el suelo.)
austin.— ¡Los personajes!
lee.—Ya me entiendes... Corno son... su forma de ha­blar... Lo tengo todo en la cabeza, pero no me sale cuando lo quiero escribir...
austin.—¡Los personajes! ¡Qué risa!
lee.—Bueno, los tipos... lo... lo que sean... de mi his­toria.
austin.—Eso... lo que sean... Cualquier cosa menos per­sonajes...
lee.—Lo que tú quieras... Pero tengo que escribirlos...
austin.—No llegan ni a la categoría de fantoches...
lee.—Bueno, pues fantoches... El problema es el mis­mo...
austin.—Fantoches irreconocibles de una infancia triste...
lee.— ¡Tengo que llenar estas cuartillas!   (Pausa.)
austin.—¿Por qué ¿No ha dicho Saúl que él te buscaría un buen guionista?
lee.— Quiero hacer yo este trabajo...
austin.— ¡Pues hazlo!... Hazlo... Ya estás solo... En­traste en esto a patadas... como una bestia... ahora tienes que seguir... pero solo, claro...
lee.—No te pido más que un consejo... Dime dos o tres cosas... Por favor, Austin... Dime lo que hay que hacer para que hablen como deben hablar... Sólo un par de cosas...
austin.—Por fin dudas de algo, ¿eh?... ¿Y a qué se debe eso?... Nervios, ¿no?... Claro que sí... ¿No lo sabías?... Pues ese es el "quid" de este trabajo... Así que... trágatelos como puedas... Aquí a... los que quieren triunfar a la primera los degüellan... Y además no te darán una segunda oportunidad.
lee.—Mi historia es buena... Lo sé... Pero necesito que me eches una mano.
austin.—No seré yo... No cuentes con la ayuda de tu hermano menor... Me he retirado...
lee.—Tú me puedes salvar, Austin... Iremos a medias, ¿quieres? Te doy la mitad del dinero... A mí me so­bra con la otra mitad... Total para rodar por ahí que es lo que me gusta hacer!... No volverás a ver­me... Te lo juro... No volverás a verme nunca más. (austin sigue en el suelo.)
austin.—¿Nunca?
lee.—Nunca.
austin.—¿y dónde piensas esconderte?
lee.—En cualquier sitio... Eso no importa...
austin.—Si que importa... Nadie es capaz de desapare­cer. No se puede... El viejo lo intentó y... ya estás viendo... Lo único que desapareció fue su denta­dura...
lee.—Porque nunca tuvo dinero...
austin.—¿Y qué?... Tuvo dentadura. Primero perdió la de verdad y luego la postiza... No lo sabías, ¿ver­dad?... Supongo que no... El nunca te contaba sus cosas... No se fiaba de ti...
lee.—No, no me lo dijo...
austin.—¿Te apetece un trago? (austin pasa la botella a lee y éste se sienta a su lado en el suelo. Beben los dos.) Pues sí... Primero se le fueron cayendo sus dientes, uno a uno... Cada mañana, cuando se despertaba, se encontraba un diente en el colchón .. Decidió ir al dentista, pero no tenía dinero... ¡Hummm!... En pleno Arizona, sin dinero, sin se­guro y con la boca deshaciéndosele... (Bebe.) ¿Qué iba a hacer, eh? ¿Qué iba a hacer?
lee.—No... no se me ocurre...
austin.—Bueno... Pidió ayuda a las autoridades... Co­mo un mendigo... Hipotecó su miserable pensión y... sacó un poco de dinero...
lee.—Sería poco...

(Se pasan, la botella uno al otro y beben.)

austin.—Poco... Los dentistas son muy caros... y ade­más cobran por pieza... Arreglarse la boca es una locura... Las muelas son carísimas... Y no te digo las de atrás...
lee.—Cuéntame lo que pasó... Cuéntamelo todo...
austin.—Le hablaron de un dentista mejicano, en Juá­rez, que era baratísimo... Lo hacía todo por nada... Y echó a andar hacia la frontera... Haciendo auto­stop...
lee.—Sigue...
austin.—¿Sabes cuánto tardó en llegar? ¿Sabes cuán­to? Un viejo... Porque era un viejo...
lee.—No lo sé...
austin.—Ocho días... Ocho días con lluvia... y con sol.., y con la boca destrozada... Sangraba tanto que ya no le paraba ningún coche... (Pausa. Vuelven a be­ber.) Hasta que llegó a la clínica... El dentista lo dejó sin sus dientes y sin su dinero... En Méjico, figúrate, con los bolsillos vacíos y la boca cosida de puntos... (Pausa. Bebe un gran trago.)
lee.—Continúa...
austin.—Así fue como me lo encontré... Lo llevé al me­jor restaurante chino que había y no probó boca­do... Se bebió un Martini detrás de otro... Se había quitado el aparato del dentista porque no lo podía aguantar... Lo puso encima de la mesa, junto a un vaso de plástico... Y bebió... Le pedí a la camarera una bolsa para llevarnos el chop-suey a casa, por si luego tenía hambre, y metió la dentadura pos­tiza en la bolsa... Después me arrastró por todos los bares de la autopista. Quería presentarme a sus amigos... Y por fin... en uno de esos malditos ba­res se dejó la bolsa con la comida china y la den­tadura sin estrenar.
lee.—¿Quieres decir que...  no la pudisteis recuperar?
austin.—No. No pudimos... Preguntamos en todos los bares donde habíamos estado, pero no pudimos en­contrarla... (Pausa.) Ahí tienes una historia de ver­dad... Tan real como la vida  misma... como  la vida... (Beben.)

OSCURO

ESCENA VIII
(Al amanecer. No hay grillos, pero se oyen algunos coyotes lejanos. Antes de que se ilumine el espacio escénico se percibe en la oscuridad la luz de un pe­queño fuego que resplandece en el salón y el ruido de lee que está destrozando la máquina de escribir con un palo de golf.
Luz.
lee golpea metódicamente la máquina. Luego tira las hojas de su obra en un recipiente en el que ha encendido fuego, que está en el suelo, en el salón. Arden las hojas. austin alinea los tostadores que ha robado sobre una repisa de la cocina, junto al televi­sor que robó lee. Los tostadores, en su mayoría cro­mados, son de modelos muy diferentes. austin los revi­sa una y otra vez, echándoles el aliento y abrillantán­dolos con un paño de cocina. Hay latas de cerveza y botellas vacías en el suelo de la cocina. Los dos her­manos están borrachos, pero continúan dándole a una botella de whisky, ya casi vacía, que está en una silla del salón. lee, con un palo del hierro nueve, continúa su metódica destrucción de la máquina de escribir. Las plantas se han secado todas.)

austin.—En esta vecindad se va a sentir una gran ca­rencia de tostadores dentro de un rato... Habrá muchas caras tristes... y muchos desayunos frus­trados... Bueno... Lo mejor será olvidarse de las víctimas...  ¿Es esa la psicología del ratero o no? (Pausa.)
lee.—¿Qué dices?
austin.—¿Qué si estoy comportándome psicológicamen­te como un buen ratero que no se acuerda de sus víctimas?
lee.—¿De qué víctimas?

(lee le atiza un nuevo golpazo a la máquina y echa más papeles al fuego.)

austin.—Las víctimas de sus robos. Supongo que el pri­mer requisito de toda actividad criminal será el si­lencio de la conciencia propia... ¿No te parece?
lee.—Consulta con un criminal... (Pausa. lee mira a austin) ¿Qué piensas hacer con esa colección de tostadores? Es el robo más imbécil que he visto en mi vida.
austin.—Un surtido de electrodomésticos es un valor seguro... Esto vale lo que vale... Si no lo quieres ver es que estás ciego.
lee.—¿Y qué has ganado a cambio de tu tiempo? Su­pongo que poco...
austin.—Me desafiaste en el terreno de los tostadores... Tú no hablaste más que de tostadores... Ha sido un robo muy cualificado... Un robo de especialista.
lee.—Yo no te desafié... En absoluto... Cualquier raterillo se puede llevar un tostador... ("lee le da otro leñazo a la máquina.)
austin.—Mi máquina de escribir no tiene la culpa de que tú no sepas escribir. Es un verdadero pecado lo que estás haciendo...
lee.—Pecado... Vaya palabra...
austin.—Piensa en tantísimos escritores que nunca han tenido una máquina... Habrían dado un ojo de la cara por una buena máquina de escribir... Y aun­que no hubiese sido buena... (lee vuelve a arrearle a la máquina. austin continúa sacando brillo a los tostadores.) Escribieron en cajetillas de tabaco... en bolsas de la basura... en papel higiénico... Los carceleros rompieron sus obras... y ellos insistieron... Esos escritores no te perdonarían lo que estás ha­ciendo... (lee le sacude un último golpe a la má­quina con toda la fuerza del hierro nueve y luego se deja caer en un asiento. Bebe. Pausa.) Y, por otra parte, también te has cargado un palo de golf magnífico... ¿Qué dirían tantos pobres jugadores que tuvieron que aprender con el palo de una esco­ba? (Pausa.)
lee.—¿Qué hora será?
austin.—No sé. Cuando me divierto no miro el reloj.
lee.—Podríamos llamar a una mujer, pero es un poco tarde. ¿Tienes alguna a mano?
austin.—Estoy casado...
lee.—Alguna habrá suelta por aquí...

(austin contempla el amanecer por la ventana del fregadero.)

austin.—No sé si es tarde o temprano... Tú que eres un fanático de la naturaleza deberías adivinar la hora mirando al cielo... Supongo que sabes lo de la Estrella Polar y esas cosas...
lee.—En este momento no sé nada de nada...
austin.—Eso es hambre... Tienes que desayunar... ¡Tos­tadas!... ¿No te apetecerían unas tostaditas? (austin abre el armario, saca un paquete de pan de molde y empieza a distribuir las rebanadas en los tostadores. lee continúa sentado. Bebe un trago y vigila el trabajo de austin)
lee.—No quiero tostadas. Quiero una mujer...
austin.—Mala  solución.  Siempre  lo  ha  sido.
lee.—Provisionalmente funcionan... La quiero para un rato. (austin sigue cargando los tostadores.)
austin.—Control de tostadores... Ahora vamos a saber cuales queman el pan y cuales lo dejan apetitoso y doradito...
lee.—¿Tienes bastante gasolina en el coche?
austin.—No sé. Hace días que no lo toco.
lee.—¿Pero crees que me  puede llevar hasta Bakersfield?
austin.—¿Bakersfield? ¿Qué se te ha perdido allí?
lee.—Eso no te importa. ¿Tendrá bastante gasolina?
austin.—Sí.
lee.—Has contestado sin pensar... Te encantaría que me dejase tirado por ahí...
austin.—El coche tiene gasolina bastante para llevarte adonde quieras. Además eres listo y eres testaru­do... Llegarás...
lee.—Pero, ¿qué hora es? Leche...

(lee saca una cartera y empieza, a mirar entre sus papeles, buscando un número de teléfono. Va tiran­do papelitos al suelo y al fuego.)

austin.—Bastante temprano... Es la hora en que los coyotes destrozan a los perritos falderos... ¿No los has oído? Están llamándolos desde el amanecer... (lee sigue rebuscando el número de teléfono.)
lee.—¿Qué número hay que marcar para Bakersfield?
austin.—No  sé... Pregunta a información.
lee.—No aguanto su tono...
austin.—¿Qué tono?
lee.—Ese... El tono con que te hablan para que entien­das que si hubieses buscado mejor lo habrías en­contrado en la guía porque está muy claro...

(lee se levanta con un papelito en la mano. Lo ha encontrado. Va hacia el teléfono, vacilante. Des­cuelga y comienza a marcar.)

austin.—No comprendo para qué necesitas hablar con alguien teniéndome a mí aquí... Habla conmigo, hombre. Soy tu hermano.
lee.—(Marcando.) Quiero oír una voz femenina. . Hace mucho que no la he oído.
austin.—¿Desde que estuviste con la Botánica?
lee.—¿Qué?
austin.—Nada, nada... (Vuelve a canturrear mientras enchufa los tostadores.)
"Velas rojas al atardecer,
camino del azul,
devolvedme a mi amada
sana y salva al hogar."
lee.—Déjalo ya, hombre, déjalo ya. Que es una con­ferencia...
austin.—¿Con Bakersfield?
lee.—Sí. En el condado de Kern...
austin.—¿Y éste cuál es?
lee.—Anda y tómate una aspirina.
austin.—Todos los condados son iguales...

(lee   habla  por  teléfono   mientras  austin   tararea "Velas rojas".)

lee.—(Al teléfono.) Sí, señorita... Dígame por favor, lo primero, el indicativo de Bakersfield... Bakersfield, sí... Gracias... muy bien... Y ahora, le agrade­cería muchísimo que me ayudase a encontrar a una persona... (Pausa.) No, no... claro... Eso quería de­cir... Un teléfono... Su número de teléfono... Por supuesto... (Lee el papelito.) Se llama Melly Ferguson... Sí, Melly... (Pausa.) Melly... Puede ser... Seguro... Melanie... Sí, Melanie Ferguson... Eso es... (Pausa.) ¿Cuántas... Le oigo muy mal... Muy nial... (Pausa.) ¿Diez Melanies Ferguson?... ¡Qué disparate! ¿Cómo puede haber tantas en un solo sitio?... Bueno... bueno... déme todos los números... Sí, por favor... Espero... (Pausa.) Sí, eh... un momento... (A austin) Dame una pluma.
austin.—No tengo...
lee.—Entonces, dame un lápiz.
austin.—Tampoco...
lee.— (Al teléfono.) Perdone, señorita... Es un segundo. (A austin.) Eres un escritor y no puedes darme ni un lápiz ni una pluma...
austin.—Tú eres el escritor. No yo...
lee.—Pero estoy hablando por teléfono... Búscame algo que escriba.
austin.—Estoy preparando las tostaditas...
lee.—(Al teléfono.) Perdone un segundo, señorita... Un segundo... (lee deja el teléfono que queda colgando y busca en todos los cajones de la cocina. Tira al suelo el contenido. austin no deja de mirarle. lee vacía cajones por toda la cocina.) Esta es la última vez que intento convivir con alguien... La última... Una y no más... No se puede creer... Situación lími­te, ¿no?... Esto no pasa en el desierto... Allí no se da esta situación estúpida... ¿Pero es posible que. en toda esta casa no haya una pluma ni un lápiz? ¿Quién demonios vive aquí?
austin.—Mamá. Aquí vive nuestra madre...
lee.—¿Y con qué escribe? Mamá es muy sociable, ¿no?... Y hará sus cuentas... y una lista de la compra... En algún lado tendrá un lápiz... (Lo encuentra.) ¡Ah! (Corre hacia el teléfono y toma el auricular.) Perdone señorita, ya estoy aquí... ¡Oiga!... ¡Seño­rita!... ¡Oiga, señorita!... Me cago en... (lee arranca el teléfono de un tironazo y lo tira al suelo. Bebe. Pausa larga.)
austin.—¿Te colgó?
lee.—Sí, me colgó... Sabía que me iba a colgar... Se lo noté en la voz... (Consulta otra vez todos sus papelitos.)
austin.—Lo mejor va a ser que te quedes aquí conmi­go... Yo me ocuparé de todo...
lee.—No necesito que se ocupen de mí. Y menos tú...
austin.—Las tostadas están a punto...

(austin comienza a untar las tostadas  de mante­quilla a medida que saltan en los tostadores.)

lee.—No quiero tostadas.  (Pausa larga.)
austin.—Necesitas comer algo... No se puede beber con el  estómago  vacío.   ¿Cuántas  horas   llevamos be­biendo? (lee vuelve a rebuscara en sus papelitos.)
lee.—Me parece que era de Fresno... ¿Cuál es el in­dicativo de Fresno? No se me puede haber perdido su número... Era una señora imponente... (Pausa.)
austin.—¿Por qué no dejas este tema, Lee?... Olvídate ahora de las mujeres...
lee.—Tenía los ojos verdes... Y a mí me matan, me matan esos ojos...
austin.—No te van a matar porque están lejísimos... Ya es casi de día. Y ella vive en Bakersfield...

(Pausa larga. lee parece estar estudiando la situa­ción.)

lee.—Bueno... (Mira por la ventana.) Ya es de día.
austin.—Vamos a comernos estas tostadas...
lee.—¡Pero qué pesado estás con las dichosas tosta­das! Ni que nos fuese la vida en ellas... No quiero comer tostadas... ¿Cuántas veces quieres que te lo diga?

(lee se incorpora y va hacia las ventanas del salón. Mira al exterior, austin unta las tostadas con man­tequilla.)

austin.—El pan tostado me tranquiliza... Debe ser el olor... Me encanta ese olor... Y el sol ya está ahí... El mundo es nuestro, ¿no crees?
lee.—(De espaldas.) Debías ir un rato a la iglesia.
austin.—Así empezó el mundo, sí señor... Me gusta ver empezar las cosas.
lee.—Te comprendo. También a mí .me molestan los finales...
austin.—¿Qué te parecería, Lee, si lo planto todo y me largo contigo? (Pausa. lee da la vuelta y mira a austin.)
lee.—¿Qué es lo que has dicho?
austin.—Que qué te parecería si me voy contigo al de­sierto.
lee.—¿Te quieres burlar de mí?
austin.—Lo que quiero es conocer el desierto.
lee.—No aguantarías allí ni veinticuatro horas, mu­chacho...
austin.—Eso es igual que lo que me dijiste de los tos­tadores... Que no sería capaz...
lee.—¿Es que no lo comprendes? ¿Es que tú crees que yo he vivido como he vivido porque me gustaba? Como quien elige esa filosofía vital, ¿no?... Por Dios... He vivido allí porque no podía vivir aquí... No me envidies...
austin.—Quiero aprender a vivir como tú.

(Pausa. lee niega con la cabeza.)

lee.—No te creo...
austin.—Déjame que me vaya contigo...
lee.—Cállate... Pareces un perro faldero...

(austin alarga a lee el plato con las tostadas recién hechas.)

austin.—¿Quieres una tostada?

(lee explota bruscamente. Da un golpe terrible al plato y las tostadas saltan por el aire. Una pausa larga. Antes de que lee vuelva a intervenir austin se arrodilla y comienza a recoger del suelo las tos­tadas colocándolas lentamente en el plato. lee, muy despacio, da vueltas en círculo alrededor de su her­mano. Como una fiera. Aplasta las tostadas, pisán­dolas. Silencio. austin continúa recogiendo tostadas. Todas. Incluso las aplastadas.)

lee.—Voy a decirte lo que quiero, querido hermanito... Sí... Haré un trato contigo... Un pequeño trato... (austin sigue recogiendo tostadas mientras lee con­tinúa dando vueltas a su alrededor.) Tú me escribes ese guión tal y como yo te diga... Puedes usar to­dos tus trucos... tus mejores palabras... tu sintaxis artística... lo que te parezca... Pero tienes que escri­bir exactamente lo que yo te diga... movimiento a movimiento... Si se quedan sin gasolina, se quedan sin gasolina... Cuando yo diga que montan a ca­ballo, montan a caballo... Y si les apetece quedarse en Texas, se quedan sin más... (Continúa girando alrededor de austin.) Quiero que escribas eso, exac­tamente eso, del principio al final... y que lo fir­mes con mi nombre... No hay más autor que yo... Me quedo con todos los derechos y con todo el dinero... ¿Está claro?... Obedéceme sin vacilar... haz todo lo que te he dicho y te llevo al desierto... (lee se detiene, hace una pausa y mira de frente a austin) Contéstame...

(Pausa. austin se Incorpora muy despacio sostenien­do con todo cuidado el plato de las tostadas. Las caras de los dos están muy próximas. Pausa.)

austin.—Trato hecho...

(lee mira fijamente a su hermano a los ojos. Lue­go, despacio, toma una tostada del plato, se la lleva a la boca y le arranca una gran bocado. Ninguno de los dos hombres aparta la vista de los ojos del otro.)

OSCURO

ESCENA IX
(Mediodía. Un gran silencio. Y mucho calor. La casa está deshecha: botellas, tostadores, la máquina de es­cribir machacada, el teléfono arrancado de la pared. Todos los daños hechos en la escena anterior son ahora bien visibles debido al intenso reflejo amarillento de un sol fortísimo. La helada atmósfera anterior ha de­saparecido completamente.
austin está sentado ante la mesa del salón. Tiene la camisa abierta. Suda. Está inclinado sobre un cuaderno en el que escribe con desesperación. lee, por su parte, con el torso sudoroso y desnudo y una botella de cer­veza en la mano se mueve alrededor de la mesa tra­tando de evitar todas las cosas que invaden el suelo a las que a veces da un puntapié.)

lee.— (Moviéndose.) Bueno... Léemelo ya... Léemelo de una vez...

(austin habla sin dejar de escribir a toda velocidad.)

austin.—Espera un segundo...
lee.—Venga, venga... Lee lo que has escrito.
austin.—Es que no te puedo seguir... No es igual que si tuviese la máquina...
lee.—Pues léeme lo que tengas... Olvídate de lo último.
austin.—De acuerdo... Te lo leo. (Se seca el sudor) Habla Luke... Dice...
lee.—¿Has dicho Luke?
austin.—Sí.
lee.—¿Le has puesto Luke? Bueno... Está bien. Siempre habrá  tiempo  de  cambiar  los  nombres,   ¿no? ¿Qué dice Luke?... Léemelo.
austin (Leyendo). Dice: "Te dije que era una locura seguirme hasta aquí... Conozco esta pradera... La conozco como la palma de mi mano."
lee.—No, no, no... Yo no te he dicho eso ni nada pa­recido.
austin.—Pues eso es lo que he escrito.
lee.—Pues no es lo que yo te he dicho... ¿De dónde te has sacado eso de "la palma de mi mano"...? ¡Me­nuda estupidez! Es un... ¿cómo se llama eso?
austin.—¿Qué?
lee.—Eso... Una tontería que se repite todo el tiempo... que se dice mucho... ¿cómo se llama?
austin.—Un lugar común...
lee.—Sí... Un lugar común... "La palma de mi mano"... Valiente tontería...
austin.—Es tuya.
lee.—No... no es mía... Y aunque lo fuera... Tu trabajo es mejorar lo que yo te digo.
austin.—¿Cómo? es imposible escribir y corregir al mis­mo tiempo.
lee.—Inténtalo... Cambia las frases cuando te parez­can tontas... Trabaja, joder...
austin.—Está bien... (Toma unas notas.)
lee.—Dime como queda...
austin.—Por el momento igual... Estoy anotando lo úl­timo que me has dicho.
lee.—Cambia esa frase... Cambíala... No podemos de­jar ahí esa frase... tan tonta... "La palma de mi mano"... Es de cretinos.
austin.—(Interrumpiéndose.) Muy bien.

(austin se retrepa en la silla. lee vuelve a pasear.)

lee.—¿Por cuál la vas a cambiar?
austin.—Pues... ¿Te gustaría... "Tengo una relación muy íntima con esta pradera"?... (lee reconsidera la propuesta sin dejar de pasear.)
lee.—"Tengo una relación muy íntima con esta pradera"... "Relación muy íntima"... "Muy intima"... "In­tima"... Es una referencia sexual, ¿no?
austin.—Quizá.
lee.—¿Y cómo se pueden tener relaciones sexuales con una pradera? Anda, explícamelo.
austin.—Eres tú quien ha hablado de sexo... Yo no he sido.
lee.—¿Y entonces?
austin.—Relaciones de proximidad... físicas... persona­les...
lee.—Eso es otra cosa... Bueno... Déjame oírlo, a ver como suena... Vuelve a leerlo todo... Quiero oírlo seguido... (Para si mismo.) "Una relación muy ín­tima"...
austin.—(Escribiendo.) Listo... Quedaría así... (Lee lo que ha escrito.) "Te dije que era una locura seguir­me hasta aquí... Tengo una relación muy íntima con esta pradera..."
lee.—Ahora me gusta... Me gusta mucho.
austin.—¿Te gusta?
lee.—Mucho. ¿A ti no?
austin.—Sí, sí...
lee.—No es nada vulgar... "Una relación muy íntima"... Me encanta... ¿Ves?... La cocina funciona... Hemos dado con la tecla...

(austin vuelve a tomar notas. lee pasea de nuevo, se echa un poco de cerveza en las manos y se frota el pecho con satisfacción. Entra discretamente la madre. Se detiene a contemplar la escena, con la maleta en la mano. Ninguno de los dos hermanos se ha dado cuenta de su entrada. austin está absor­to, escribiendo. lee continúa refrescándose el pecho con la cerveza.)

lee.—(Continuando.) "Una relación muy íntima con es­ta pradera"... Tiene misterio y... una nota de ame­naza... (austin escribe con rapidez.)
austin.—Sí...
lee.—Y entonces... entonces... (Se vuelve y descubre a su madre. La mira un momento, Quieto, y ella le devuelve la mirada. Sin darse cuenta, austin conti­núa escribiendo nerviosamente. lee se acerca a su madre sin dejar de mirarla. Una pausa larga.) ¡Mamá!

(austin alza la cabeza súbitamente y ve a su ma­dre. Se incorpora con rapidez. Pausa. La madre con­templa detenidamente el desastre general.)

austin.—¿Cómo has vuelto tan pronto?
la madre.—Pues porque sí...
lee.—Trae. Déjame que te ayude...

(lee deja la cerveza donde puede y toma las male­tas de su madre. No ve un sitio libre para dejarlas y se queda con ellas en las manos.)

austin.—No creí que ibas a volver tan pronto... Pensa­ba que... Bueno... ¿Qué tal Alaska?
la madre.—Interesante...
austin.—Y... ¿esquimales, no?
la madre.—Sobre todo hielo...
austin.—Habrás pasado mucho frío...
la madre.—No creas.
lee.—Tiene que hacer más frío que aquí. Aquí nos esta­mos achicharrando.
la madre.—Por Dios... (Mira los destrozos de sus hijos)
lee.—Hemos rozado los cuarenta...
austin.—Mamá, ¿no quieres quitarte el abrigo?
la madre.—No. (Pausa. La mirada de la madre vuelve a recorrer el lugar.) ¿Por qué no me decís qué es lo que ha pasado aquí?
austin.—Pues... nada... que Lee y yo hemos celebrado un...
la madre.—¿Qué habéis celebrado?
austin.—Una buena noticia... Sí... eso... que Lee ha vendido un guión. Mejor dicho, un argumento...
la madre.—¿Lee?
austin.—Sí, sí..
la madre.—¿No has sido tú?
austin.—No, no... Ha sido él...

(la madre mira a lee.)

la madre.—¿Qué tú has vendido un guión?
lee.—Sí, mamá... Ahora precisamente lo estábamos aca­bando... Ahora mismo...
austin.—Lee y yo nos vamos a ir a vivir al desierto.
la madre.—Los dos...
austin.—Sí... Me marcho con Lee.

(la madre los mira fijamente, a uno después de otro. Pausa.)

la madre.—Queréis vivir con vuestro padre...
austin.—No, no, mamá... Vamos a otro desierto.
la madre.—Sí, claro... Aunque al final acabaréis todos en el mismo... ¿Y qué hacen aquí todos estos tosta­dores?
austin.—Pues... es que habíamos hecho una apuesta ..
la madre.—¿Qué clase de apuesta?
lee.—Una tontería.
austin.—Y ganó Lee...
la madre.—¿Te han pagado mucho, Lee?
lee.—Todavía nada, pero cobraré un día de éstos...
la madre.—(A lee.) ¿Dónde está tu camisa?
lee.—Por ahí... Estaba muy sudada... He sudado como un cerdo...

(austin recoge de la mesa la camisa de lee y se la entrega. lee deja en el suelo el equipaje de su madre y se pone la camisa.)

la madre.—Habéis dejado esto hecho un verdadero de­sastre.
austin.—Ahora mismo lo limpio, mamá... Es que no te esperaba tan pronto.
la madre.—Cambié de idea.
austin.—¿Te pasó algo?
la madre.—No, nada...  Pero  echaba de menos a mis plantas... (Descubre que las plantas están secas.)
austin.—Eh...
la madre.—Todas secas... (Va hacia las plantas y las examina con cuidado.) No pudiste encontrar tiempo para regarlas un poco...
austin.—Las regué... Las regué hasta que llegó Lee... y después...
lee.—No fue culpa suya... Es que yo le di mucha guerra... (Pausa. la madre sigue contemplando las plantas)
la madre.—Bueno... Un problema menos en la casa. (Mira a sus hijos.) Por cierto... Antes que se me ol­vide... ¿A qué no sabéis quién está en el pueblo?... Venga, niños... A ver si sois capaces de adivinarlo...

(Pausa larga. Los dos hermanos la miran.)

austin.—Dilo tú, mamá...
la madre.—Adivina... Una persona muy importante aca­ba de llegar... Lo he leído por el camino.
lee.—¿Quién puede ser así tan... tan importante?
la madre.—Nunca en la vida... No lo adivinaréis nunca en la vida...
austin.—Mamá... Estamos intentando... (Señala el cuaderno de apuntes.)
la madre.—Picasso... Ha llegado Picasso... ¿No es fan­tástico? (Pausa.)
austin.—Picasso está muerto, mamá.
la madre.—No. ¿Cómo va a estar muerto si está visi­tando el museo? Me enteré en el autobús... Tene­mos que ir a verle al museo?
austin.—Mamá...
la madre.—Esto no sucede más que una vez en la vida... ¿Os dais cuenta? Vamos a conocerle... Debemos ir los tres...
lee.—Yo no tengo ganas de ver a nadie... Y mucho menos a ese... ¿cómo dices que se llama?
la madre.—Picasso. Es Picasso... ¿Es qué no has oído nunca hablar de Picasso?... Tú sí, ¿verdad, Austin?
austin.—Lo siento, mamá... No disponemos de tiempo...
la madre.—Pero si está ahí al lado... Con el coche lle­garemos en un rato... Nunca se nos volverá a pre­sentar una oportunidad así.
austin.—Tenemos que irnos ya, mamá.  (Pausa.)
la madre.—¿Tan pronto?
lee.—Sí. (Pausa.)
la madre.—¿Los dos juntos? (lee mira a su hermano.)
lee.—Eso habíamos decidido antes, pero ahora yo pien­so que...
austin.—Los dos juntos, sí... Los dos... Estamos comple­tamente de acuerdo.
la madre.— (A austin.) Tú tienes una familia a tu car­go... No puedes irte.
austin.—Me voy... Desaparezco...
lee.—(A su madre.) Yo la verdad, no creo que Austin pueda vivir en el desierto. ¿Tú qué opinas?
la madre.—Que no...
austin.—Yo me largo contigo, Lee...
la madre.—Es muy débil.
austin.—(A lee.) Terminamos enseguida el guión y nos vamos... Ese es el plan... Tú lo dijiste... Vamos, Lee... Vamos a acabar esto.
lee.—No puedo trabajar en estas condiciones. Hace demasiado calor.
austin.—De acuerdo. Lo terminaremos en el desierto...
lee.—No me des órdenes.
la madre.—En esta casa no se grita.
lee.—Será mejor esperar.
austin.—No quiero... Ya es tarde... He hecho lo que me pediste... Y estoy escribiendo todo lo que se te ocurre.
lee.—Sí, pero ahora me entran a mí las dudas... Puede que esa historia sea lo más imbécil que has oído en tu vida, como tú me dijiste...
austin.—Yo no he dicho tal cosa...

(lee se ríe en la propia cara de austin y luego se vuelve a su madre.)

lee.—Me voy a llevar algunas de tus valiosas antigüe­dades, mamá... Prestadas, por supuesto... ¿No te molesta?... Unos platos y unos cubiertos... Los de plata...
(lee comienza a revolver en el armario de la coci­na. Reúne unos cubiertos y algunos platos. austin y su madre le miran.)

la madre.—¿Es que no tienes nada en ese desierto?
lee.—Nada. Estoy seco...
austin.—(A lee) Pero ¿qué es lo que estás buscando?
la madre.—Ten cuidado... Esa es porcelana de China... Y muy antigua.
lee.—Estoy harto de comer con los dedos... Me parece muy poco elegante...
austin.— (A lee.) Hemos hecho un trato, Lee...
la madre-.—Llévate los  cubiertos  de plástico.  Me so­bran... (lee amontona los platos.)
lee.—Y a mí me molestan... No me gusta comer en pla­tos de plástico. Quiero un buen servicio... Un servi­cio noble... Y no te preocupes que te los pienso de­volver... (austin ataca a lee sujetándole por la espalda.)
austin.—No puedes saltarte de esta forma nuestro acuerdo, Lee... No puedes...

(lee se da la vuelta y empuja a austin hasta el sa­lón. Su madre los mira sin reaccionar. lee vuelve a la cocina y sigue reuniendo platos y cubiertos.)

la madre.—No me gusta veros pelear en casa... Si os vais a pegar os marcháis fuera...
lee.—No pienso pegarme... Me marcho.
la madre.—Ya me habéis destrozado esto bastante, ¿no? (lee continúa en la cocina, de espaldas, preparando todo lo que va a llevarse.)
lee.—Me largo ahora mismo y me largo para siempre... Aquí se vuelve uno loco... Fíjate en Austin... No quie­ro verme como él... No, no quiero... Prefiero vivir a mi manera... Eso es lo que voy a hacer... Antes a miles de kilómetros de la civilización que convertido en otro Austin...

(austin, mientras lee hablaba, ha recogido el teléfo­no del suelo y ha enrollado fuertemente el cordón en sus manos. Se lanza sobre lee, que está de espaldas y le pone el cordón al cuello con una vuelta rápida. Después apoya un pie en la espalda de lee y tira con fuerza. lee, casi estrangulado, no puede hablar ni puede defenderse con las manos. austin continúa apretando en la espalda de lee. la madre los mira. lee tira del cordón.)
austin.—Tú no vas a ir a ningún sitio... A ninguno... Y tampoco te vas a llevar nada de esta casa... Ni mi coche... Ni esos cubiertos. Nada... No vas a lle­varte nada... Te vas a quedar donde estás.
la madre-.—He dicho que no quiero que os peleéis en casa... Ahí fuera hay mucho sitio...

(lee trata de escapar de austin. Como un toro furio­so arrastra a austin con él por todo el escenario. Brama y ruge, pero no consigue liberarse. austin lo tiene muy bien sujeto y esquiva los ataques de su hermano hasta que derriban la mesa y caen los dos al suelo. lee, boca abajo, intenta defenderse a patadas. Se está ahoyando. austin tira un poco más del cordón y se levanta al fin aplastando con un pie la espalda de lee y sosteniendo muy tirante el cordón del teléfono.)

austin.—Dame esas llaves, Lee... Rápido... Devuélvemelas ahora mismo.

(lee trata de buscar las llaves en su bolsillo. la ma­dre se acerca muy tranquila a austin.)

la madre.—Oye, Austin, ¿no estarás matándole, verdad?
austin.—No sé. No sé si le estoy matando o no le es­toy matando... Lo que sí sé es que a esta bestia hay que pararla... Y eso es lo que estoy haciendo yo... (lee le amenaza, pero austin no le hace caso.)
la madre.—Déjale respirar un poco...
austin.—Dame las llaves, Lee...

(lee consigue encontrar las llaves y las tira lejos de austin. austin fuerza un poco la presión del cordón telefónico y obliga a lee a echarse hacia atrás. lee alcanza el cordón con una mano, pero no logra aflojarlo.)

austin.— Mamá, ¿quieres darme esas llaves?
la madre. — (Sin moverse.) Hijo, ¿por qué le haces eso a Lee?
austin. — Dame las llaves.
la madre. — No... Si no dejas de estrangularle, no te las doy...
austin. — No puedo. Me matará si no lo estrangulo.
la madre. — ¿Qué tonterías estás diciendo? Es tu hermano.
austin. — Cállate y dame las llaves.

(Una pausa. la madre coge las llaves y se las da a austin)

austin. — Gracias.
la madre. — Ahora ya le puedes soltar.
austin. — Y entonces él no me dejará salir de la casa.
la madre. — Lo único Que yo sé es que no puedes matar a tu hermano.
austin. — Claro que puedo. Y sin hacer un gran esfuerzo. Así... sólo tirando un poco... ¿Comprendes?

(Tira un poco del cordón. lee se ahoga. austin vuelve a aflojar la presión sin perder el dominio de lee)

la madre. — Te estás portando como un bruto...
austin. — Ya lo sé... Pero no vuelvas  a repetirme que no lo puedo matar porque si que puedo... Sólo tengo que tirar un poco... Muy poco...

(austin vuelve a apretar el cordón y lee se retiene al faltarle el aire. Se está ahogando.)

la madre. — ¡Austin!

(austin afloja el cordón. lee respira de nuevo hasta donde su hermano se lo permite.)

austin. — Me marcho al desierto... No hay nada que me lo impida... Me voy al desierto solo...

(la madre va hacia donde están sus maletas.)

la madre. — Yo soy quien se va... Dormiré esta noche en un motel... No tengo por qué seguir soportando esto...
austin.—Espera un poco. (la madre se detiene.)
la madre.—No quiero quedarme aquí... Esta no es mi casa...
austin.—Yo te  la  arreglaré... Te lo arreglaré todo... Pero haz el favor de quedarte. (la madre toma sus maletas.)
la madre.—Para que tú puedas irte al desierto...
austin.—Por favor, mamá...

(lee da una sacudida. austin le domina con facili­dad. la madre contempla a los dos hermanos con las maletas en alto.)

la madre.—El viaje a Alaska ha sido un espanto... Lo único que hice fue mirar por las ventanas del ho­tel... Nunca me he sentido tan frustrada... Por eso, cuando leí en el periódico que llegaba Picasso, pues pensé que...
austin.—Quédate aquí, mamá... Quédate... Este es tu hogar.

(la madre contempla la casa destrozada.)

la madre.—Está deshecho... No lo reconozco...

(Sale, llevándose el equipaje. austin va a seguirla, pero lee reacciona otra vez y austin se esfuerza para volver a dominarle. Pausa.)

austin.—Oye, Lee... Voy a proponerte un trato... Dé­jame salir de esta casa... Déjame ir hasta el auto... ¿Te parece bien? Dame unos minutos de ventaja y te suelto... Sólo quiero unos minutos... ¿De acuerdo? (lee no contesta. austin afloja poco a poco la ten­sión del cordón telefónico. lee no se mueve.) Me oyes, Lee? (lee continúa inmóvil. austin se incor­pora poco a poco, sosteniendo sin tirantez el cor­dón y con los ojos fijos en lee como esperando que comience a moverse. Finalmente, deja caer el cor­dón y queda en pie con la vista fija en lee que parece muerto. Deja escapar un murmullo.) Lee...

(Pausa. austin vacila, busca con los ojos la salida y mira de nuevo a lee. Va a alejarse. En el acto, lee se levanta de un salto y corre a cerrarle el paso hacia el exterior. Los dos hermanos se miran guar­dando las distancias. Pausa. Se oye un coyote dis­tante y comienzan a bajar las luces hasta no ser más que un reflejo lunar que parece dibujar a los dos hermanos como si estuvieran solos en medio de un enorme paisaje desértico. Están inmóviles, vigilándose, al acecho cada uno del menor movimiento del otro. Sobre esa imagen y el desvanecimiento del coyote se hace el
OSCURO

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