Copi Las viejas travestís

Copi
Las viejas travestís
“Mimí, atiende, hay un negro que nos mira” dijo Gigí. Eran dos viejas
travestís con pelucas rubias que hacían la calle por la acera de Rue des
Abbesses. El hecho de vestirse como si fueran gemelas les conservaba
una cierta clientela, a pesar de sus sesenta años bien cumplidos. Mimí,
que era muy miope, gritó: “¿Vienes, querido?”, dirigiéndose a una
farola. Gigí lanzó una carcajada. “Eres la maricona más bruta que he
visto nunca” dijo desternillándose de risa. El Príncipe Koulotô sacó
una petaca de oro del bolsillo interior de su gabardina blanca, extrajo
un Kool y lo encendió con su mechero de laca china. “¿Te vienes,
pues, querido?” se pusieron a chillar las dos travestís desde el otro
lado de la calle, haciendo restallar sus látigos sobre la acera. El
Príncipe Koulotô, tras haber encendido su cigarrillo, atravesó la calle
y fue a inclinarse ante ellas. “iYo querer ofreceros mi reino!” Y sacó
de su billetera de cocodrilo verde una tarjeta dorada en la que se
hallaba escrito su nombre con gruesos caracteres, sobrevolado por una
corona. “¡Vosotras, mujeres más bellas universo!” añadió, inclinán-
dose hasta casi tocar el suelo con la frente. Gigí le dio un codazo a su
amiga. “¿Has oído eso?” dijo. “¿Cuánto pagas por hacerte azotar por
las gemelas rubias?” le gritó Mimí, haciendo chasquear su fusta. “Yo
amor sincero” dijo el Príncipe, cruzando las manos sobre el pecho y
poniéndose de rodillas. Gigí le largó un fustazo a su panamá blanco,
que cayó a la calzada. “Entonces ¿te gustan mis tetas, querido?” dijo
Mimí, desabrochándose su corsé de cuero y dejando ver sus grandes
prótesis de parafina. Gigí le sacó la billetera del bolsillo interior; un
taco de billetes de quinientos francos rodó por la acera. Las dos viejas
travestís se precipitaron a recogerlos, los metieron en uno de sus bol-
sos y corrieron hasta la esquina de la Rue des Martyrs. Una vez allí,
miraron hacia atrás. El Príncipe Koulotô permanecía inmóvil en el
mismo sitio, bajo la luz de la farola. “Está lelo” dijo Gigí; y se pusie-
ron a contar los billetes de quinientos francos. Había un centenar. “¡Es
una millonaria!” gritó Mimí. Y se volvieron corriendo hacia Koulotô.
“Estamos enamoradísimas, ¿sabes?” dijo Mimí. Lo tomaron cada una
por un brazo y lo ayudaron a levantarse; lo arrastraron hasta Rue des
Martyrs, haciéndolo subir uno a uno los escalones de su edificio, hasta
un quinto piso, donde tenían alquilado un destartalado apartamento de
dos piezas. Todo el suelo estaba recubierto de pieles de cabra. Koulotô
se dijo que nunca en su vida había encontrado unas mujeres tan en-
cantadoras. Había desembarcado en Orly a las cuatro de la mañana y
había alquilado un Cadillac blanco para precipitarse hacia Pigalle, que
él consideraba el centro del mundo. Y había tropezado con las dos
viejas travestís, que eran las últimas que estaban haciendo aún la calle
por no haber encontrado clientela. Quedó inmediatamente prendado
de sus vestidos de cuero y sus gafas de brillantes; paró el Cadillac en
la esquina de Rue des Martyrs y se acercó a ellas tímidamente. El
modo como lo habían tratado no le chocó lo más mínimo; encontraba
a las dos travestís adorables y se puso caliente de inmediato. Mimí lo
acostó sobre las pieles de cabra del suelo, le abrió la bragueta y le
mordió el sexo, mientras Gigí se quitaba las bragas y le frotaba el suyo
contra la cara. El olor de pachulí de Gigí le hizo dar vueltas la cabeza.
Eyaculó hundiendo la cara entre las piernas de Gigí, que le orinó en la
boca; Mimí le mordía al mismo tiempo los testículos hasta hacerlo
llorar; el Príncipe eyaculó por segunda vez, sollozando, mientras Gigí
le arrancaba su reloj de pulsera de oro y Mimí le registraba los bolsi-
llos, donde encontró una postal de Koulataï: un lago en el que se re-
flejaban las trescientas sesenta y tres torres del palacio del PríncipeKoulotô, en pleno centro de África. Las viejas travestís se miraron
entre sí. Después de sesenta años de humillaciones (o casi), habían
encontrado al fin el hombre de sus vidas. Se besaron diez veces en las
dos mejillas y se pusieron a bailar una java al son de un viejo disco de
Yvette Horner. Koulotô, que nunca había visto bailar a mujeres blan-
cas de carne y hueso, creyó morir de asombro. Se abrochó la bragueta
y preguntó: “¿Cuarto baño?” “iHala a bañarte!” rió Gigí, mientras
Mimí lo empujaba hacia el interior de su minúscula cocina, donde
Koulotô pudo lavarse la cara y el sexo con la ayuda de un paño de
cocina que apestaba a moho, pero que él tomó por el colmo del refi-
namiento en materia de cosmética parisién. Entre tanto, las travestís
bajaban sus maletas de cartón de encima del armario y metían dentro
todos sus cachivaches gemelos: dos pares de botas de tacón de aguja
en plástico dorado, dos pares de pantuflas totalmente gastadas, unos
cuantos pares de medias de malla desparejados, dos petos de cuero
con agujeros para dejar ver los senos, dos minifaldas de esponja color
naranja y dos pantis de piel de cebra sintética. Mimí metió en su ma-
leta los cosméticos y las hormonas y Gigí las cosas de aseo en la suya:
un cepillo de dientes común, una piedra pómez, una vieja pera de la-
vajes y pegamento dental para las dentaduras postizas, que al mismo
tiempo les servía como lubrificante para el ano. El Príncipe Koulotô se
inclinó para recoger las dos maletas y salió al pasillo, mientras las dos
viejas travestís se dedicaban a romper todo lo que quedaba en el apar-
tamento. Destriparon los colchones, hicieron trizas el espejo del arma-
rio, arrojaron la mesita de noche por la ventana, y dejaron abierto el
gas y los grifos de agua. Luego se colocaron sus impermeables de piel
de pantera sintética y bajaron las escaleras del inmueble, ante los ve-
cinos que, despertados por el escándalo, se agolpaban en los rellanos.
A menudo les habían causado molestias, debido a lo especial de su
clientela, pero esta vez no se atrevieron a insultarlas como habían
hecho otras veces, a la vista del negro que las seguía: un gigante de
casi dos metros, bello como un dios. Mme. Pignou, en camisón, su-
surró a su vecina de escalera: “¡Si es el Príncipe Koulotô!” Había visto
su foto en un vespertino. Descendiente de la Reina de Saba, por parte
de madre, tenía fama de poseer el rostro más perfecto de toda la raza
negra. La gracia de su sonrisa y su mirada de gacela volvían locas a
las lectoras de revistas del corazón del mundo entero, desde que había
entrado en posesión de la más fabulosa fortuna de la Tierra. Era el jefe
espiritual de doscientos millones de almas extremadamente piadosas
que, cada viernes, le regalaban su peso en diamantes, y un pájaro de
papel, emblema de su dinastía.
El Príncipe Koulotô abrió el portamaletas del Cadillac blanco donde
metió las dos maletas de cartón; abrió luego la puerta trasera a las dos
viejas travestís y se sentó en el lugar del conductor. De inmediato,
corrieron rumbo a Orly, atravesando el París desierto de las cinco de
la madrugada. Las dos viejas travestís, que hacía siglos que no salían
de Pigalle, lanzaban gritos de alegría cada vez que veían un monu-
mento. Koulotô estaba radiante de alegría. Una vieja leyenda africana
decía que el dios del Universo Futuro nacería de la coyunda de un rey
negro y dos mujeres idénticas de cabellos rubios, que tendrían pene y
que llegarían a su reino en un pájaro metálico. En Orly, un avión
construido en forma de ave del paraíso, sutilmente pintado por los más
grandes artistas del reino Koulô, resplandecía bajo el primer sol de la
mañana, con los motores ya en marcha. Las dos viejas travestís aplau-
dieron y se pusieron a bailar de alegría en la misma pista de aterrizaje,
ante la mirada de asombro de la tripulación, compuesta por eunucos
vestidos con túnicas de pluma blancas. Una joven impúber, negra
como el ébano, descendió completamente desnuda la escalera del
avión, con un brillante grande como un puño en cada mano; dio unos
pasos de danza extremadamente graciosos y tendió un brillante a cada
una de las travestís; ellas los metieron en sus viejos bolsos de lonaencerada. A continuación, toda la corte entró en el avión, los dos tra-
vestís a la cabeza, cantando: “Il est cocu, le chef de gare!” Los indíge-
nas acompañaban el estribillo con su acento melodioso. La puerta del
ave del paraíso se cerró y el “Concorde” despegó. La corte del
Príncipe Koulotô respiró al fin, viendo, por primera vez desde su as-
censión al trono, brillar el sol de la felicidad en la imberbe cara de su
jefe espiritual, mientras las viejas travestís se ponían moradas de
champán y se metían una a la otra los cuellos de las botellas en el
culo, saltando sobre los respaldos de los asientos. Y cuando, comple-
tamente mareadas, se pusieron a vomitar, los eunucos las acostaron en
dos divanes recubiertos de piel de nutria negra. Mimí, con el vientre
sobresaltado por tantas emociones, se cagó. Los eunucos la perfuma-
ron con incienso; el Príncipe Koulotó la cubrió de besos mientras ella
roncaba como un loro. Gigí, en cambio, reía en sus sueños como una
loca. Una hora antes de llegar al aeropuerto del reino, los eunucos
despertaron a las dos viejas travestís, para colocarles dos hermosos
vestidos recamados de perlas negras que llegaban hasta el suelo, con
rubíes en la parte de los senos. Ellas se echaron a reír al verse en el
espejo del lavabo. El Príncipe Koulotó abrió la puerta y pisó él pri-
mero la inmensa escalerilla del avión, toda ella tapizada de piel de
visón blanco. Afuera, una muchedumbre imposible de abarcar con la
vista aguardaba desde la noche anterior, esperando la llegada de las
dos travestís anunciada a todo el país por las radios de transistores.
Trescientos sesenta y tres elefantes, pintados de mil colores, arrodilla-
dos al principio de la pista, esperaban. Cada uno de ellos llevaba en-
cima una palmera rosa, con un joven negro colgado de ella en posi-
ción artística, mostrando una banana rosa en la mano. El Príncipe
Koulotó, que se había puesto una chilaba de lino blanco y un turbante
del mismo color, se inclinó ante las dos travestís que, locas de alegría,
se pusieron a cantar la Marsellesa. Koulotó tomó a cada una de un
brazo y bajó la escalerilla del “Concorde”, aclamado por la multitud
indígena. Gigí y Mimí ingresaron así, con gran naturalidad, en el des-
tino de su sueño común, que habían presagiado desde siempre.

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