TODOS ERAN MIS HIJOS Arthur Miller

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TODOS ERAN MIS HIJOS

 Arthur Miller


Personajes
Joe Keller
Kate Keller
Chris Keller
Ann Deever
George Deever
Dr. Jim Bayliss
Sue Bayliss
Frank Lubey
Lydia Lubey
Bert



Primer acto: El patio zaguero del hogar de los KELLER en las afueras de una ciudad norteamericana. Agosto de nuestraépoca.
Segundo acto: Lo mismo, al anochecer, con la luz del crepúsculo.
Tercer acto: Lo mismo, a las dos de la madrugada siguiente.
Lista de objetos
I
Cajón de basura Incinerador de hojas Periódico dominical Bolso de papel Pétalos
Vaso de agua y aspirinas
Escalera de mano
Olla con porotos en sus vainas
II
Ramas de árbol abatido
Bandeja con jugo de toronja: jarra y vasos
Un trozo de papel
Sombrero (para George)
Sombrero con flores (para Lydia)
Hojas de papel
Unas seis manzanas en una cajita de frutas Sierra
III
Carta


PRIMER ACTO
El patio zaguero de la casa de los KELLER en las afueras de una ciudad norteamericana. Agosto de nuestra época.
El escenario está bordeado a derecha e izquierda por altos álamos, plantados con reducidos intervalos, de modo
que procuran un ambiente protegido y retirado. Al fondo, la parte zaguera de la casa, con su pórtico abierto y sin tejado
que avanza unos dos metros en el patio. La casa es de dos pisos y tiene siete habitaciones. Costó tal vez unos quince mil
dólares a comienzos de la década del veinte, fecha de su construcción. Ahora, está bien pintada g parece pulcra y cómoda;
el patio luce el verdor del césped y tiene algunas plantas cuya estación ha pasado ya. A la derecha, junto a la casa, cabe
per el término del camino de coches, pero los álamos impiden divisar la continuación del mismo, escenario adelante. En el
ángulo de la izquierda, al fondo, hay un tocón de algo más de un metro de altura, correspondiente a un esbelto manzano
cuyo tronco superior y cuyas ramas se hallan caídos al lado, todavía con los frutos.
Al fondo, a la derecha, hay una especie de emparrado decorativo con la forma de una concha, con un bulbo de
adorno que cuelga de su techo, curvado hacia adelante. Se ven esparcidas varias sillas de jardín y una mesa. En el terreno
inmediato a los peldaños del pórtico, se ven una caja para las basuras y un incinerador de hojas.
Al levantarse el telón es primera hora de la mañana del domingo. JOE KELLER está sentado al sol, leyendo los
anuncios de colocaciones ofrecidas y solicitadas del periódico dominical. Las otras secciones del periódico se hallan junto
a él, en el suelo. A su espalda, dentro del emparrado, el DR. JIM BAYLISS está leyendo parte del periódico en la mesa.
KELLER tiene cerca de sesenta años. Es un hombre macizo de cuerpo e impasible de espíritu, dedicado a los
negocios desde hace años, pero todavía con las huellas del obrero y patrón de taller. Cuando lee, habla o escucha, lo hace
con la terrible concentración del hombre inculto para quien todavía hay materia de asombro en muchas cosas muy
conocidas; es un hombre cuyos juicios tienen que basarse en la experiencia y en un sentido común como el del labriego. Un
hombre entre los hombres.
El DOCTOR BAYLISS se acerca a los cuarenta. Es un hombre avisado y muy dueño de sí, de lengua expedita, pero
con un dejo de tristeza que se advierte incluso en su suave humorismo:
Al levantarse el telón, JIM está de pie, a la izquierda, en contemplación del caído manzano. Da en él con la pipa,
sopla en ésta, busca tabaco en sus bolsillos y luego habla.
JIM. — ¿Dónde está su tabaco?
KELLER. — Creo que lo dejé sobre la mesa. (JIM va lentamente a la mesa del emparrado de la derecha, encuentra una
tabaquera, se sienta en el banco y llena su pipa.) Va a llover esta noche.
JIM. — ¿Dice eso el periódico?
KELLER. — Sí, aquí.
JIM. — Entonces, no lloverá.
Entra FRANK LUBEY por la derecha, por un estrecho espacio entre los álamos. FRANK tiene treinta y dos años,
aunque se está quedando calvo. Es un hombre amable y porfiado, poco seguro de sí mismo, con inclinación a la
displicencia cuando se enfada, pero deseoso siempre de mostrarse agradable y cordial. Entra calmosamente, sin nada que
hacer. No advierte la presencia de JIM en el emparrado. Cuando saluda, JIM no se molesta ni en levantar la vista.
FRANK. — ¡Hola!
KELLER. — ¿Qué tal, Frank? ¿Qué hay de nuevo?
FRANK. — Nada. Paseando para bajar el desayuno. (Mira el cielo.) ¡Lindo día! Ni una nube.
KELLER (mirando también el cielo). — Sí, muy lindo.
FRANK. — Todos los domingos deberían ser así.
KELLER (señalando las secciones que están a su lado). — ¿Quiere el periódico?
FRANK. — ¿Para qué? No hay más que malas noticias. ¿Qué calamidad ha ocurrido hoy?
KELLER. — No lo sé. Ya no leo nunca las noticias. Me interesan más los anuncios económicos.
FRANK. — ¿Pues? ¿Piensa comprar algo?
KELLER. — No; no es más que curiosidad. Ver lo que la gente quiere, ¿sabe? Por ejemplo, hay aquí un tipo que busca dos
perros de Terranova. ¿Qué diablos quiere hacer con dos perros de Terranova?
FRANK, — Sí, es curioso.
KELLER. — Aquí tiene otro... Se desean diccionarios viejos. Se pagan altos precios... ¿Qué puede hacer un hombre con un
viejo diccionario?
FRANK. — ¡Hombre! Probablemente, es un coleccionista de libros.
KELLER. — ¿Usted cree que puede ganarse la vida así?
FRANK. — Claro. Hay muchos que hacen eso.
KELLER (meneando la cabeza). — ¡Qué cantidad de oficios hay ahora! En mis tiempos, se era abogado o médico o se
trabajaba en un taller. Ahora...
FRANK. — Bien, yo estuve a punto de ser guardabosques.
KELLER. — Bien, ahí tiene una prueba. En mis tiempos, no había cosas así. (Examina la página, pasando su mano por
ella.) Ante una página así, comprende uno qué ignorante es. (Suavemente, con asombro, mientras recorre la página.)
¡Pss...!
FRANK (advirtiendo el árbol). — ¡Oiga! ¿Qué le ha pasado al manzano?
KELLER. — ¿Ha visto? El viento lo derribó esta noche. Habrá oído el viento, ¿verdad?
FRANK. — Sí, también ha hecho de las suyas en mi patio. (Se acerca al árbol.) ¡Qué lástima! (Se vuelve hacia KELLER.)
¿Qué ha dicho Kate?
KELLER. — Todos están durmiendo todavía. Estoy esperando a que lo vea.
FRANK (impresionado). — ¿Sabe. ..? Es extraño...
KELLER. — ¿Qué?
FRANK. — Larry nació en agosto. Ha cumplido veintisiete años este mes. Y su árbol se viene al suelo.
KELLER (emocionado).—Me sorprende que recuerde la fecha de cumpleaños, Frank. Es de agradecer.
FRANK. — Bien, estoy haciendo su horóscopo.
KELLER. — ¿Cómo puede hacer su horóscopo? Eso es para el futuro, ¿no?
FRANK. — Bien, lo que estoy haciendo es esto... A Larry se le dio como desaparecido el 25 de noviembre, ¿verdad?
KELLER. — ¿Y...?
FRANK. — Entonces, hay que presumir que murió ese día. Y Kate quiere...
KELLER. — ¡Ah! ¿Es Kate quien le ha dicho que haga el horóscopo?
FRANK. — Sí, quiere saber si el 25 de noviembre era un día fasto para Larry.
KELLER. — ¿Qué es eso de un día fasto?
FRANK, — Bien, un día fasto para una persona es un día favorable de acuerdo con sus estrellas. En otras palabras, sería
prácticamente imposible que Larry hubiera muerto en uno de sus días fastos.
KELLER. — ¿Y...? ¿Fue para él un día fasto ese 25 de noviembre?
FRANK. — ¡Eso es lo que estoy averiguando! Hace falta tiempo. La cuestión es ésta: si el 25 de noviembre era su día fasto,
es muy posible que viva, porque... Digo únicamente posible. (Advierte la presencia de JIM, quien le está mirando
como se mira a un idiota. A, JIM, con una risa de incertidumbre.) ¡Ah! No le había visto.
KELLER (a JIM). — ¿Habla juiciosamente?
JIM. — ¿Frank? Desde luego. Lo que pasa es que tiene poquísimo juicio.
FRANK (enojado). — Lo que pasa con usted es que no cree en nada.
JIM. —Y lo que pasa con usted es que cree cualquier cosa. ¿No vio usted a mi chico esta mañana?
FRANK. — No.
KELLER. — ¿Se imagina? Se fue con su termómetro. Se lo sacó del maletín.
JIM (se levanta). — ¡Qué problema! Mira a una chica y le toma la temperatura. (Va al camino y mira hacia adelante, en
dirección a la calle.)
FRANK. — Ese chico va a ser un gran médico. Es muy listo.
JIM. — Tendrá que pasar sobre mi cadáver para que sea médico. Será un buen comienzo, desde luego.
FRANK. — ¿Por qué dice eso? Es una profesión muy honrosa.
JIM (mira a FRANK con aburrimiento). — Frank, ¿quiere dejar de hablar como un manual de instrucción cívica?
(KELLER se ríe.)
FRANK. — ¿Por qué? Hace dos semanas, vi una película que me hizo acordar de usted. Había allí un médico.
KELLER. — ¡Don Ameche!
FRANK. — Sí, creo que era él. Trabajaba en un sótano descubriendo cosas. Eso es lo que usted debería hacer; podría
ayudar a la humanidad, en lugar de...
JIM. — Me gustaría ayudar a la humanidad con un sueldo de la "Warner Brothers".
KELLER (se ríe y hace un ademán en dirección a JIM). — ¡Muy buena salida, Jim!
JIM (mira hacia la casa). — Bien, ¿dónde está esa guapa chica que dicen que para aquí?
FRANK (interesado). — ¿Ha venido Annie?
KELLER. — Sí, está durmiendo arriba. La recogimos anoche; llegó en el tren de la una. ¡Es algo maravilloso! Se va de aquí
y es entonces una chiquilla encanijada. Pasan un par de años y hela convertida en una mujer. Apenas la reconocí, a
pesar de que ha correteado por este patio toda su vida. Era una familia muy feliz la que vivía en su casa, Jim.
JIM. — Me gustaría conocerla. Esta calle necesita una chica guapa. En toda la vecindad no hay nadie que valga la pena...
(Entra SUE, la esposa de JIM, por la izquierda. Es una mujer cerca de los cuarenta, metida en carnes y que teme
engordar. Al verla, JIM añade levemente.) Salvo mi mujer, claro está.
SUE (en el mismo tono). — La señora Adams está al teléfono, tú, perro.
JIM (a KELLER). — Tal es la condición que en mí prevalece... (Acercándose a su mujer.) Mi amor, mi tesoro...
SUE. — No vengas a husmear a mi alrededor. (Señalando a la casa, hacia la izquierda.) Y a ver cómo le contestas... Hasta
por el teléfono podía oler su perfume.
JIM. — ¿Qué le pasa ahora?
SUE. — No lo sé querido. Parecía sufrir horriblemente... a no ser que tuviera algún caramelo en la boca.
JIM. — ¿Por qué no le has dicho que se acueste?
SUE. — Le gusta más que se lo digas tú. Y, ¿cuándo vas a ver al señor Hubbard?
JIM. — Querida, el señor Hubbard no está enfermo y tengo ocupaciones más interesantes que la de sentarme a su lado y
tomarle el pulso.
SUE. — Yo creo que por diez dólares vale la pena tomarle el pulso.
JIM (a KELLER). — Si su hijo quiere jugar al golf, dígale que estoy a su disposición. (Se va hacia la izquierda.) O si
prefiere hacer un viaje de treinta años alrededor del mundo... Sale por la izquierda.
KELLER. — ¿Por qué acosa usted a su marido? Es médico y es natural que las mujeres le llamen.
SUE. — Yo sólo le he dicho que la señora Adams estaba al teléfono. ¿Me puede dar un poco de perejil?
KELLER. — Desde luego... (SUE va hacia la izquierda, hasta la caja de perejil, y saca un poco del condimento.) Susie, fue
usted enfermera demasiado tiempo. Es usted... demasiado... realista.
SUE (riéndose y señalándole). — ¡Ahora me lo dice!
Entra LYDIA LUBEY por la izquierda. Es una joven lozana y risueña de veintisiete años.
LYDIA. — Frank, el tostador... (Ve a los demás.) ¿Qué tal todos?
KELLER. — ¡Hola, hola!
LYDIA (a FRANK). — El tostador se ha estropeado de nuevo.
FRANK. — Enchúfalo bien. Si acabo de arreglarlo...
LYDIA (cariñosamente, pero con insistencia). — Mira, arréglalo otra vez y déjalo como estaba antes.
FRANK. — Verdaderamente, no comprendo cómo no puedes hacer funcionar una cosa tan sencilla como un tostador.
FRANK sale por la derecha.
SUE (riéndose). —Tomás Edison.
LYDIA (defendiendo a su marido). — Es muy hábil para estas cosas; tiene muy buenas manos. (Ve el árbol roto.) ¡Oh! ¿Ha
sido el viento?
KELLER. — Sí. Anoche.
LYDIA. — ¡Qué lástima! ¿Annie está en casa?
KELLER. — Pronto bajará. Espere y la conocerá, Sue. Es una preciosidad.
SUE. — Debí haber nacido hombre. Siempre me están presentando a mujeres guapas. (A JOE.) Dígale que venga luego a
casa. Supongo que querrá saber qué hemos flecho con la casa que fue suya. Y gracias.
SUE sale por la izquierda.
LYDIA. — ¿Todavía está triste, Joe?
KELLER. — ¿Annie? No creo que tenga muchas ganas de bailar, pero ya parece haber superado la cosa.
LYDIA. — ¿Se va a casar? ¿Hay alguien...?
KELLER. — Supongo... Mira, ya han pasado dos años. No va a pasarse la vida guardando luto a un muchacho.
LYDIA. — Es tan raro... Annie está aquí y ni siquiera está casada. Y yo tengo tres niños. Siempre me dije que sucedería al
revés.
KELLER. — Bien, así son las cosas de la guerra. Yo tenía dos hijos y ahora solamente tengo uno. En mis tiempos, cuando
se tenían hijos era un honor. Hoy, cualquier médico ganaría un millón de dólares si pudiera idear el modo de traer un
chico al mundo sin el dedo en el gatillo.
LYDIA. — Mire, estaba leyendo... (Entra, saliendo de la casa, CHRIS KELLER. Queda de pie en la puerta.)
LYDIA. — ¡Hola, Chris...! (FRANK grita fuera de escena, por la izquierda.)
FRANK. — ¡Lydia, ven aquí! Si quieres que funcione el tostador, no enchufes el mezclador de malta.
LYDIA (turbada, pero riéndose). — ¿Hice eso acaso?
FRANK. — Y la próxima vez que arregle una cosa, no me digas que estoy chiflado. . . ¿Quieres venir?
LYDIA (a KELLER). — ¡Buena me espera!
KELLER (llamando a FRANK). — ¿Qué importancia tiene? ¡En lugar de la tostada, tómese una malta!
LYDIA. — Sss... sss... (Sale por la derecha, riéndose.)
CHRIS la observa salir. Es un hombre de treinta y dos años; fornido, como su padre, y de los que prefieren escuchar a
hablar. Es inmensamente afectuoso y leal. Tiene una taza de café en una mano y un bollo en la otra.
KELLER. — ¿Quieres el periódico?
CHRIS. — Bueno, sólo la sección bibliográfica. (Se agacha y toma del piso del pórtico una parte del periódico.)
KELLER. —Siempre estás leyendo la sección de los libros y nunca te veo comprar libro alguno.
CHRIS (yendo a sentarse en la banqueta). — Me gusta estar al tanto de mi ignorancia. (Se sienta en la banqueta.)
KELLER. — ¿Pues? ¿Todas las semanas publican algún libro nuevo?
CHRIS. — Muchos libros nuevos.
KELLER. — ¿Todos diferentes?
CHRIS. — Todos diferentes.
KELLER (menea la cabeza, deja el cuchillo en el banco y pone la piedra de afilar en el armario). — Pss... ¿No se ha
levantado Annie todavía?
CHRIS. — Mamá le está sirviendo el desayuno en el comedor.
KELLER (cruza por delante del escabel y mira el árbol caído). — ¿Has visto lo que le ha sucedido al árbol?
CHRIS (sin levantar la vista). — Sí.
KELLER. — ¿Qué nos dirá tu madre? (BERT sale corriendo del camino. Tiene ocho años. Salta al escabel y de aquí a la
espalda de KELLER.)
BERT. — ¡Por fin, le agarré!
KELLER (volviéndose y haciendo bajar al niño). — ¡Ah! ¡Ya tenemos aquí a Bert! ¿Dónde está Tommy? Ya se ha
apoderado otra vez del termómetro de su padre.
BERT. — Está tomando una temperatura.
CHRIS. — ¿Qué?
BERT. — Pero solamente bucal.
KELLER. — ¡Ah, bien, menos mal! ¿Qué hay de nuevo esta mañana, Bert?
BERT. — Nada. (Se acerca al árbol caído y se desplaza a su alrededor.)
KELLER. — Entonces, ni vigilas como debes la manzana. Antes, cuando te hice policía, venías todas las mañanas con
alguna noticia. Ahora, nunca sabes nada.
BERT. — La única novedad es la de unos chicos de la Treinta. Comenzaron a dar patadas a una lata y yo les hice marcharse
porque usted estaba durmiendo.
KELLER. — Eso es hablar con fundamento, Bert. Eso está muy bien. En cuanto tenga ocasión, te haré inspector.
BERT (le tira de la solapa hacia abajo y le murmura al oído). — ¿No podría ahora ver la cárcel?
KELLER. — No está permitido ver la cárcel. Ya lo sabes.
BERT. — ¡Bah! Apostaría qué no hay cárcel siquiera. No he visto ningún barrote en las ventanas del sótano.
KELLER. — Bert, te doy mi palabra de honor de que hay una cárcel en el sótano. ¿No te he enseñado acaso mi escopeta?
BERT. — Es una escopeta de caza.
KELLER. — Es una escopeta de reglamento.
BERT. — ¿Por qué entonces no detiene usted a nadie? Tommy dijo el otro día una palabra fea en casa de Doris y usted ni
siquiera le riñó.
KELLER (hace un chasquido de lengua y guiña un ojo a CHRIS, quien está disfrutando de la escena). — Sí, es un
individuo muy peligroso ese Tommy. (Hace una seña a BERT para que se acerque más.) ¿Qué palabra fea dijo?
BERT (retrocediendo rápidamente, muy turbado). — ¡Oh, no puedo decirla!
KELLER (le agarra por la camisa y le atrae). — Bien, dame una idea.
BERT. — No puedo. Es una palabra fea.
KELLER. — Murmúrala a mi oído. Cerraré los ojos. Tal vez ni la oiga siquiera.
BERT (de puntillas, acerca los labios al oído de KELLER; luego, corno si no pudiera vencer su turbación, retrocede). —
No puedo, señor Keller.
CHRIS (riéndose). — No le hagas eso, papá.
KELLER. — Muy bien, Bert. Creo lo que me dices. Ahora, vete y estate con los ojos muy abiertos.
BERT (interesado). — ¿Para qué?
KELLER. — ¿Para qué? ¡Bert, toda la vecindad confía en ti! Un policía no hace preguntas. ¡Ten muy abiertos los ojos!
BERT (desconcertado, pero muy dispuesto). — ¡Muy bien! (Sale corriendo por la derecha, por detrás del árbol.)
KELLER (llamándole). — Y chitón es la consigna, Bert.
BERT (se detiene y asoma la cabeza entre las ramas). — ¿Para qué?
KELLER. — En general, en general... Ten mucho cui-da-do.
BERT (asintiendo con desconcierto). — Muy bien. (Sale por la derecha.)
KELLER (riéndose). —Vuelvo locos a todos los chiquillos.
CHRIS. — Cualquier día de éstos, se van a presentar todos aquí y te van poner en un aprieto.
KELLER. — ¿Qué va a decir tu madre? ¿No crees que deberíamos prevenirla?
CHRIS. — Ya lo ha visto.
KELLER. — ¿Cómo ha podido verlo? Yo he sido el primero en levantarme. Ella estaba todavía acostada.
CHRIS. — Estaba aquí fuera cuando el árbol se cayó.
KELLER. — ¿Cuándo?
CHRIS. — Hacia las cuatro de la madrugada. (Señalando a la ventana de arriba.) Oí el crujido, me levanté y miré. Mamá
estaba de pie aquí mismo cuando el árbol se quebró.
KELLER. — ¿Y qué estaba haciendo aquí a las cuatro de la madrugada?
CHRIS. — No lo sé. Cuando el árbol se cayó, mamá corrió de nuevo a la casa y estuvo llorando en la cocina.
KELLER. — ¿Hablaste con ella?
CHRIS. — No... Me dije que lo mejor era dejarla sola. Pausa.
KELLER (muy emocionado). — ¿Lloró mucho?
CHRIS. — Oía su llanto perfectamente a través del piso de mi cuarto.
KELLER (breve pausa). — ¿Qué podía estar haciendo aquí fuera a esa hora? (CHRIS permanece silencioso. KELLER
continúa con enfado reprimido.) Está pensando otra vez en él. Anda desvelada toda la noche.
CHRIS. — Creo que es eso.
KELLER. — Se está poniendo como cuando murió tu hermano. (Breve pausa.) ¿Qué sentido tiene eso?
CHBIS. — No sé qué sentido tiene. (Breve pausa.) Pero sé una cosa, papá. Hemos cometido una terrible equivocación con
mamá.
KELLER. — ¿Cuál?
CHRIS. — No hemos sido sinceros con ella. Esas cosas siempre se pagan. Y, ahora, nos toca a nosotros pagar.
KELLER. — ¿Qué quieres decir con eso de que no hemos sido sinceros?
CHRIS. — Tú sabes y yo sé que Larry no va a volver. ¿Por qué permitimos que mamá piense que compartimos su creencia?
KELLER. — ¿Qué quieres? ¿Que discutamos con ella?
CHRIS. — No quiero discutir con ella, pero es hora que comprenda que nadie cree que Larry esté con vida. (KELLER se
aleja, pensando, mirando al suelo.) ¿Por qué está con esa obsesión? ¿Por qué pasa las noches en vela, esperándole?
¿Es que la contradecimos? ¿Le decimos, acaso, abiertamente que ya no hay esperanzas? ¿Que hemos perdido Tas
esperanzas desde hace años?
KELLER (asustado ante la idea). — No podemos decirle eso.
CHRIS. — Tenemos que decírselo.
KELLER. — ¿Cómo vas a probarlo? ¿Puedes probarlo, acaso?
CHRIS. — ¡Por el amor de Dios! ¡Son tres años! Nadie vuelve al cabo de tres años. Es una insensatez.
KELLER. — Para ti y para mí, sí. Pero no para ella. Digas lo que digas, no hay un cadáver ni una tumba. ¿Qué cabe hacer
en estas condiciones?
CHRIS. — Siéntate, papá. Tengo que hablarte.
KELLER (mira a su hijo con expresión interrogante y se sienta). — El fastidio son esos malditos periódicos. No hay mes en
el que no aparezca un muchacho procedente de Dios sabe dónde. Así, el siguiente tiene que ser Larry y...
CHRIS. — Muy bien, muy bien, escúchame ahora. (Breve pausa. KELLER se instala en la banqueta.) Tú sabes por qué he
pedido a Annie que venga aquí, ¿verdad?
KELLER (lo sabe, pero...). — ¿Por qué?
CHRIS. — Lo sabes.
KELLER. — Bien, tengo una idea, pero... ¿En qué consiste la cosa?
CHRIS. — Voy a pedirle que se case conmigo. (Breve pausa.)
KELLER (mueve la cabeza asintiendo). — Bien, eso es asunto tuyo, Chris.
CHRIS. — Tú sabes que no es únicamente asunto mío.
KELLER. — ¿Qué puedo hacer yo? Tienes la edad suficiente para tomar tus propias decisiones.
CHRIS (preguntando, con fastidio). —Estamos de acuerdo. ¿Puedo llevar las cosas adelante?
KELLER. — Bien, tú quieres asegurarte de que tu madre no va a...
CHRIS. — Entonces, no es asunto exclusivamente mío.
KELLER. — Yo únicamente decía...
CHRIS. — A veces me sacas de quicio, ¿sabes? ¿No es asunto tuyo tampoco si yo se lo digo a. mamá y mamá arma una de
mil diablos? Tienes un verdadero talento para pasar por alto lo que te molesta.
KELLER. — Paso por alto lo que tengo que pasar por afro. La chica es la novia de Larry...
CHRIS. — No es la novia de Larry.
KELLER. — Desde el punto de vista de tu madre. Larry no ha muerto y tú no tienes derecho a llevarte a esa muchacha.
(Breve pausa.) Partiendo de este supuesto, puedes continuar e ir adonde quieras, pero yo te digo que no sé adonde ir.
¿Comprendes? No lo sé. Ahora, dime qué puedo hacer por ti.
CHRIS. — Yo no sé lo que me pasa, pero cada vez que alargo el brazo para tomar algo que me gusta, tengo que retirarlo
para no disgustar a otros. Siempre me ha pasado esto en mi maldita vida, siempre...
KELLER. — Eres un muchacho muy considerado. No creo que haya ningún mal en ello.
CHRIS. — ¡Al demonio con la consideración!
KELLER. — ¿Se lo has pedido ya a Annie?
CHRIS. — Quería arreglar antes este asunto.
KELLER. — ¿Cómo sabes que va a querer casarse contigo? Tal vez piense lo mismo que mamá.
CHRIS. — Bien, si piensa así, el asunto habrá terminado. Yo deduzco de sus cartas que lo ha olvidado ya. Lo averiguaré. Y,
en seguida, iremos a ver a mamá. ¿De acuerdo? Papá, no rehúyas el bulto.
KELLER. — El fastidio es que andas muy poco con chicas. Siempre has sido retraído.
CHRIS. — ¿Y qué? No soy faldero.
KELLER. — No comprendo por qué tiene que ser precisamente Annie...
CHRIS. — Porque es así.
KELLER. — Es una buena respuesta, pero no contesta nada. No la has visto desde que te fuiste a la guerra. Son cinco años.
CHRIS. — No puedo impedirlo. Es la muchacha a la que conozco mejor. Me crié junto a su puerta. Todos estos años,
siempre que pensaba en alguien que pudiera ser mi mujer, pensaba en Annie. ¿Qué es lo que quieres? ¿Un diagrama?
KELLER. — No quiero un diagrama... Yo..., yo... Tu madre cree que va a volver, Chris. Si te casas con esa chica, es
declararle muerto. ¿Qué va a suceder a tu madre? ¿Lo sabes? ¡Yo no! (Pausa.)
CHRIS. — Muy bien, pues, papá.
KELLER (creyendo que CHRIS ha cedido). — Medítalo más, muchacho.
CHRIS. — Lo he meditado durante tres años. Tenía la esperanza de que, si esperaba, mamá olvidaría lo de Larry y, luego,
podríamos casarnos normalmente y ser todos felices. Pero, si esto no puede suceder así, tendré que marcharme.
KELLER. — ¿Qué demonios significa eso?
CHRIS. — Me iré. Me casaré y viviré en otro sitio. Tal vez en Nueva York.
KELLER. — ¿Estás loco?
CHRIS. — He sido demasiado tiempo un buen hijo, un perfecto estúpido. Estoy harto.
KELLER. — Tienes aquí un negocio montado. ¿Qué demonios significa eso?
CHRIS. — ¡El negocio! El negocio no me inspira nada.
KELLER. — ¿Tienes que estar inspirado?
CHRIS. — Sí. Por lo menos, una hora al día. Si he de estar ganando dinero durante todo el día, quiero por lo menos que mis
veladas sean agradables. Quiero una familia, quiero tener hijos. Quiero tener algo a lo que pueda dedicarme. Annie
está en medio de todo esto. Ahora..., ¿adónde lo he de encontrar?
KELLER. —Es decir... (Se acerca a su hijo.) Dime algo... ¿Piensas abandonar el negocio?
CHRIS. — Sí. En ese caso, sí.
KELLER (pausa). — Bien... No hay ni que pensar en eso.
CHRIS. — Entonces, ayúdame a quedarme.
KELLER. — Muy bien, pero... no piensas en eso. Porque, ¿para qué diablos he estado entonces trabajando? Es únicamente
para ti, Chris. ¡Todo, todo es para tí!
CHRIS. — Ya lo sé, papá. Lo que tienes que hacer es ayudarme a quedarme.
KELLER (poniendo un puño en la barbilla de CHRIS). — Pero no pienses en eso, ¿me oyes?
CHRIS. — Estoy pensando en eso.
KELLER (bajando su puño). — No te comprendo. No puedo comprenderte.
CHRIS. — No, no me comprendes. Soy muy duro.
KELLER. — Sí. Ya lo veo. (LA MADRE aparece en el pórtico. Es una mujer que ha cumplido ya los cincuenta, una mujer
que se deja llevar por sus inspiraciones y con una enorme capacidad de cariño.)
LA MADRE. — ¿Joe?
CHRIS (acercándose al pórtico). — Buenos días, mamá.
LA MADRE (indicando la casa tras ella. A KELLER). — ¿Retiraste una bolsa del fregadero?
KELLER. — Sí, la puse en la caja de la basura.
LA MADRE. — Bien, sácala de la caja. Son mis patatas. (CHRIS se echa a reír y se aleja sendero arriba.)
KELLER (riéndose). — Creí que era basura.
LA MADRE. — ¿Quieres hacerme un favor, Joe? No ayudes.
KELLER. — Bueno, da esas patatas por perdidas. Corro con el gasto.
LA MADRE. — Minnie fregoteó anoche esa caja con agua hirviendo. Está más limpia que tus dientes.
KELLER. — No puedo comprender por qué, después de cuarenta años de trabajo y de tener finalmente una criada, tengo
que sacar la basura.
LA MADRE. — Si se te metiera en la cabeza la idea de que no todas las bolsas que hay en la cocina están llenas de basura,
no tirarías así mis verduras. La última vez fueron las cebollas. (Entra CHRIS y entrega la bolsa a su madre.)
KELLER. — No me gusta que haya basura en la casa.
LA MADRE. — Entonces no comas. (Se va a la cocina con la bolsa.)
CHRIS. — Ya te han arreglado las cuentas por hoy.
KELLER. — Sí, vuelvo a ser el último mono. No sé; pero yo solía pensar que, cuando volviera a tener dinero, tendría una
criada y mi mujer descansaría. Ahora, tengo dinero y tengo una criada, pero mi mujer trabaja para que la criada
descanse. (Se sienta en una silla. LA MADRE sale con las últimas palabras. Trae una olla con porotos.)
LA MADRE. — Hoy es tu día de asueto. ¿Qué andas farfullando?
CHRIS (a su madre). — ¿Ha terminado Annie su desayuno?
LA MADRE (mirando con preocupación al patio). — Saldrá en seguida. (Se desplaza.) El viento ha hecho.de las suyas esta
noche. (Mirando al árbol.) Cúmplase tu voluntad, Señor.
KELLER (señalando la silla que tiene a su lado). — Siéntate. Toma las cosas con calma.
LA MADRE (se aprieta con una mano la parte alta de la cabeza). —Tengo un dolor muy curioso aquí arriba...
CHRIS. — ¿Quieres que te traiga una aspirina?
LA MADRE (toma unos cuantos pétalos del suelo, los huele en la mano y luego los esparce por las plantas). — Se
acabaron las rosas. Es tan curioso... Todo decide suceder al mismo tiempo. Este mes es su cumpleaños... Su árbol se
viene al suelo y Annie viene... Todo parece volver. Acabo de bajar al sótano, y, ¿a que no sabéis con qué he
tropezado? Con su guante ele béisbol. No lo había visto hacía un siglo.
CHRIS. — ¿No te parece que Annie está guapísima?
LA MADRE. — Desde luego. Nadie puede ponerlo en duda. Es una belleza. Y todavía no sé qué la ha traído aquí. No es
que no esté contenta de verla, pero...
CHRIS. — Yo me dije que sería una gran cosa que nos viéramos todos de nuevo. (LA MADRE se limita a mirarle, con un
levísimo movimiento afirmativo de cabeza, casi como admitiendo algo.) Y yo mismo tenía muchas ganas de verla.
LA MADRE (dejando de asentir, a KELLER). — Tal vez se le haya alargado un poco la nariz. Pero siempre me ha gustado
esa chica. Es de las que no se van a la cama con otro en cuanto el suyo ha desaparecido.
KELLER (como si fuera imposible con ANNIE). — ¡Oh! ¿Cómo puedes pensar...?
LA MADRE, —Nada, nada. La mayoría ni esperaron abrir los telegramas. Estoy contenta de que haya venido; así veréis
que no he perdido completamente el juicio. (Se sienta y, con agilidad, comienza a abrir las vainas de los porotos
dentro de la olla.)
CHRIS. — El que no se haya casado no significa necesariamente que haya estado guardando luto a Larry.
LA MADRE (observando bajo la superficie). — ¿Por qué no se ha casado entonces?
CHRIS (un poco confuso). — Bien... pueden ser mil los motivos.
LA MADRE (directamente a su hijo). — ¿Por ejemplo?
CHRIS (turbado, pero sin ceder terreno). —No lo sé. Cualquier cosa. ¿Quieres que te traiga una aspirina?
LA MADRE se lleva la mano a la cabeza.
LA MADRE (se levanta y sin finalidad concreta se dirige hacia los árboles). — No es como la jaqueca.
KELLER. — No duermes, eso es lo que te pasa. Gastas más las zapatillas que los zapatos.
LA MADRE. — Ha sido una noche terrible. (Se detiene.) Nunca he pasado una noche así.
CHRIS (mira a KELLER). — ¿Qué te ha pasado, mamá? ¿Has tenido pesadillas?
LA MADRE. — Ha sido algo más que un sueño.
CHRIS (vacilante). — ¿Acerca de Larry?
LA MADRE. — Estaba profundamente dormida y... (Levantando el brazo sobre el auditorio.) ¿Recordáis cómo solía volar
casi a ras del tejado cuando se estaba adiestrando? ¿Recordáis cómo podíamos distinguir la cara cuando pasaba con
su avión? Así le he visto esta noche. Pero estaba a mucha altura. Muy arriba, muy arriba, donde están las nubes. Era
algo tan real que podía alargar el brazo y tocarle. Y, de pronto, comenzó a caer. Y me gritaba: "¡Mamá, mamá!" Le
oía como si le hubiera tenido en mi habitación. "¡Mamá, mamá!" Era su voz... Si se me hubiese permitido tocarle,
habría detenido la caída... Pero... (Se interrumpe y deja caer su mano.) Me desperté y fue muy curioso... El viento...
era exactamente como el rugido del motor. Salí aquí... Sin duda, estaba medio dormida. Podía oír el mismo rugido
del avión que pasaba. El árbol se vino abajo delante de mí... y era... En esto, me desperté. (Mira el árbol. De pronto,
comprende, algo, y, volviéndose, amenaza con el dedo, como reprendiendo, a KELLER.) ¿Ves? Nunca debimos
haber plantado este árbol. Así lo dije desde el principio. Era demasiado pronto para plantar un árbol en recuerdo de
nuestro hijo.
CHRIS (alarmado). — ¿Demasiado pronto?
LA MADRE (enfadándose). —Nos precipitamos. Todos tenían prisa en enterrarle. Yo dije que no se plantara ese árbol
todavía. (A KELLER.) ¡Yo te lo dije!
CHRIS. — ¡Mamá, mamá! (Su madre le mira a la cara.) Ese árbol ha sido abatido por el viento. ¿Qué sentido tiene eso?
¿De qué estás hablando? Mamá, por favor... No comiences de nuevo, ¿quieres? No conduce a ninguna parte. He
estado pensando, ¿sabes? Deberíamos esforzarnos por olvidar...
LA MADRE. — Es la tercera vez que dices eso esta semana.
CHRIS. — Porque no es justo lo que pasa. ¿Es que nunca vamos a rehacer nuestras vidas? Se diría que estamos en una
estación a la espera de alguien cuyo tren nunca ha de llegar.
LA MADRE (apretándose la cabeza). — Tráeme una aspirina, ¿quieres?
CHRIS. — En seguida... Y salgamos de esto, ¿quieres, mamá? He pensado que nosotros cuatro podríamos cenar fuera un
par de noches... Tal vez hasta ir a bailar al balneario.
LA MADRE. —Muy bien, (A KELLER.) Podría ser esta misma noche.
KELLER. — ¡Por mí, encantado!
CHRIS. — Sí, tenemos que divertirnos un poco. (A LA MADRE.) Vas a comenzar con esta aspirina. (Entra en la casa muy
animado. La sonrisa de su madre se desvanece.)
LA MADRE (con acento acusador). — ¿Por qué ha invitado a Annie a venir aquí?
KELLER. — ¿Qué te puede importar eso?
LA MADRE. — Annie ha pasado tres años y medio en Nueva York y, de pronto. ..
KELLER. — Bien, tal vez... Tal vez tenía deseos de verla...
LA MADRE. — Nadie viaja más de mil kilómetros solamente "para verse".
KELLER. — ¿Qué quieres decir? Han vivido aquí, apenas pared por medio, juntos, toda su vida. ¿Qué tiene de extraño que
Chris quiera ver a Annie? (LA MADRE mira a KELLER con expresión crítica.) No me mires así... No me ha dicho
más de lo que haya podido decirte.
LA MADRE (formulando una prevención y una pregunta). — No se casará con ella.
KELLER. — ¿Cómo sabes si tan siquiera piensa en eso?
LA MADRE. — Ése es el asunto.
KELLER (observando atentamente la reacción de su esposa). — Bien, ¿y aunque así fuera?
LA MADRE (alarmada). — ¿Qué está pasando aquí, Joe?
KELLER. — Mira, chiquita...
LA MADRE (eludiendo el contacto con KELLER). — Annie no es de Chris; ella lo sabe.
KELLER. — No sabes lo que Annie piensa.
LA MADRE. — Entonces, ¿por qué no se ha casado? Nueva York está llena de hombres. ¿Por qué no se ha casado?
(Pausa.) Probablemente, son cientos las personas que le han dicho que es una estúpida, pero ella ha esperado.
KELLER. — ¿Cómo sabes que ha esperado?
LA MADRE. —Annie sabe lo que yo sé. Ahí tienes el motivo. Es fiel como una roca. En mis peores momentos, pienso en
ella esperando pacientemente y comprendo que tengo razón.
KELLER. — Mira, el día es precioso. ¿Por qué estamos discutiendo?
LA MADRE (previniendo). — Nadie en esta casa debe hacerle perder la fe y la esperanza, Joe. Los extraños pueden
hacerlo. Pero no el padre y el hermano...
KELLER (exasperado). — ¿Qué puedo hacer yo? Dime, ¿qué quieres?
LA MADRE. — Quiero que procedas como si nuestro hijo fuera a volver. Y lo mismo pido a Chris. No creáis que no he
advertido nada desde que Chris la invitó. Y no estoy dispuesta a admitir ninguna tontería.
KELLER. — Pero, Kate...
LA MADRE. — Porque si no vuelve, me mataré... Ríete, ríete todo lo que quieras. (Señala el árbol.) Pero, ¿por qué ha
sucedido esto la misma noche de la llegada de Annie? Ríete, pero estas cosas tienen un significado. Annie va a
dormir en la habitación de nuestro hijo y este recuerdo de nuestro hijo se cae en pedazos. Míralo; míralo. (Se sienta
en el banco, a la izquierda de KELLER.) Joe...
KELLER. — Cálmate.
LA MADRE. — Créeme, Joe. No puedo resistir yo sola.
KELLER. — Cálmate.
LA MADRE. — La semana última, apareció en Detroit un hombre que llevaba como desaparecido más tiempo que Larry.
Tú mismo lo leíste.
KELLERR. — Muy bien, muy bien, cálmate.
LA MADRE. —Tú eres el primero que debes creer, tú...
KELLER (se levanta). — ¿Por qué yo el primero?
LA MADRE. —...sencillamente no debes dejar de creer.
KELLER. — ¿Qué quieres decir con eso de yo el primero? (BERT viene corriendo por la izquierda.)
BERT. — ¡Señor Keller! ¡Oiga, señor Keller! (Señalando al camino.) ¡Tommy acaba de decir esa palabra otra vez!
KELLER (no recordando nada del asunto). — ¿Qué palabra? ¿Quién?
BERT. — Esa palabra fea.
KELLER. — ¡Ah! Bien...
BERT. — ¡Oiga! ¿No va usted a detenerle? Yo ya se lo he dicho.
LA MADRE (con brusquedad). —Basta ya, Bert. Vete a casa. (BERT retrocede, mientras ella avanza.) No hay cárcel aquí.
KELLER (como diciendo "por favor, mujer, no lo decepciones"). — Kate...
LA MADRE (volviéndose hacia KELLER, furiosa). — ¡No hay cárcel aquí! ¡Acaba ya con esa historia de la cárcel!
(KELLER se vuelve, avergonzado y malhumorado.)
BERT (a KELLER, a través de su mujer). — ¡Está al otro lado de la calle!
LA MADRE. — ¡Vete a casa, Bert! (BERT se vuelve y se va al camino. LA MADRE está temblorosa. Habla de modo
entrecortado y con vehemencia.) Tienes que acabar con eso, Joe. ¡Con toda esa historia de la cárcel!
KELLER (alarmado, y como consecuencia, enfadado). — ¿No ves en qué estado te pones? ¡Estás temblando!
LA MADRE (tratando de dominarse y moviéndose con las manos entrelazadas). — No puedo, no puedo.
KELLER. — ¿Qué es lo qué tengo que ocultar? ¿Qué diablos te pasa, Kate?
LA MADRE. — No he dicho que tengas que ocultar nada. Lo único que te digo es que acabes con esa historia. ¿Me
entiendes? (ANN y CHRIS aparecen en el pórtico. ANN tiene veintiséis años; es apacible, pero, incluso contra su
voluntad, capaz de aferrarse con firmeza a lo que conoce. CHRIS le abre la puerta.)
ANN. — ¿Qué tal, Joe? (Inicia una risa general, en actitud que no resulta afectada, porque todos se conocen muy bien)
CHRIS (hace bajar a ANN, ayudándola, de modo caballeresco, con el brazo extendido). — Respira este aire, chiquita.
Nunca tendrás un aire así en Nueva York.
LA MADRE (auténticamente admirada). — Annie, ¿dónde te hiciste ese vestido?
ANN. — No pude resistir la tentación. Y lo luzco antes de que se me eche a perder. (Hace un giro, exhibiéndose.) ¿Qué tal
parecen estas tres semanas de sueldo?
LA MADRE (a KELLER). — ¿Verdad que es la chica más...? (A ANN.) Es precioso, sencillamente pre...
CHRIS (a su madre). — Ahora, en serio: ¿no es la chica más bonita que has visto en tu vida?
LA MADRE (sorprendida por esta admiración manifiesta, recurre a tomar el vaso de agua y la aspirina que su hijo le
ofrece). — Has engordado un poco, ¿verdad, querida? (Traga la pastilla y bebe un sorbo de agua.)
ANN. — Son dos o tres kilos que vienen y se van.
KELLER. — ¡Mira qué preciosas piernas tiene!
ANN (corre a la cerca, a la izquierda). — ¡Ui, chico! ¡Qué grandes se han hecho los álamos! ¿Verdad?
KELLER (se acerca a la banqueta y se sienta). — Bien, son tres años, Annie. Nos estamos haciendo viejos, chiquita.
LA MADRE. — ¿Le gusta a tu mamá Nueva York? (ANN sigue mirando a través de los árboles.)
ANN (un poco dolida). — ¿Por qué se han llevado nuestra hamaca?
KELLER. — ¡Oh, no, se rompió! Hace un par de años.
LA MADRE. — ¿Cómo se rompió? Volvía de uno de sus ligeros almuerzos y se vino al suelo con todo.
ANN (se ríe y vuelve hacia el patio de JIM). — ¡Oh, perdón...! (JIM se ha acercado a la cerca y está mirando por encima
de ella. Está fumando un cigarro. Cuando ANN grita, da un rodeo y entra en escena.)
JIM. — ¿Qué tal está? (A CHRIS.) ¡Parece muy inteligente!
CHRIS. — Ann, te presento a Jim... el doctor Bayliss. ..
ANN (estrechando la mano de JIM). — ¡Ah! ¿Qué tal está usted? Chris me escribe mucho acerca de usted.
JIM. — No se lo crea. Es cariñoso con todo el mundo. En el batallón, le llaman Mamá McKeller.
ANN. — No puedo creerlo... ¿sabe? (A LA MADRE.) Es tan extraño ver salir al doctor Bayliss de ese patio. (A CHRIS.)
Creo que sigo siendo la niña de antes. Estoy viendo a papá y mamá ahí, en el patio. Y tú y mi hermano estudiando
álgebra y Larry tratando de copiar mis deberes. ¡Ah! Aquellos días que no han de volver...
JIM. — Bien, supongo que eso no significará que debo marcharme de la casa, ¿verdad?
SUE (llamando desde afuera, por la izquierda). — ¡Jim, te llaman! ¡El señor Hubbard está al teléfono!
JIM. — Ya te he dicho que no quiero...
SUE (en tono suavemente autoritario). — ¡Vamos, querido! ¡Ven!
JIM (resignado). — Muy bien, Susie. (Demorándose.) Muy bien, muy bien... (A ANN.) Acabo de conocerla, pero puedo ya
ofrecerle un consejo... Cuando se case, nunca cuente, ni en su imaginación, el dinero de su marido.
SUE (desde fuera). — ¡Jim, por favor!
JIM. — ¡Voy! (Se vuelve y va hacia la izquierda.) ¡Voy! (Sale por la izquierda.)
LA MADRE (mientras ANN la mira, habla con segunda intención). — Le he dicho a Susie que aprenda la guitarra. Sería
una buena cosa para los dos. (Se ríen.) ¿Por qué no? A Jim le chifla la guitarra.
ANN (como para halagar a LA MADRE, se anima repentinamente, se acerca a KELLER, que está instalado en la
banqueta, y se sienta en sus rodillas). — ¿Por qué no vamos esta noche al balneario? ¡A armar un alboroto, como
solíamos hacerlo antes de que Larry se fuera!
LA MADRE (con emoción). — ¡Ah! ¡Piensas en Larry! ¿Veis? (Triunfalmente.) ¡Piensa en Larry!
ANN (con una sonrisa de incomprensión). — ¿Qué quiere decir, Kate?
LA MADRE. — Nada. Eso que he dicho. Que le recuerdas, que está en tus pensamientos.
ANN. — ¿Y qué tiene de extraño? ¿Cómo quiere usted que no lo recuerde?
LA MADRE (las cosas se le están torciendo; comienza de nuevo. Se levanta y se acerca a ANN). — ¿Has colgando ya tus
cosas?
ANN. — Sí... (A CHRIS.) Oye, no andas nada mal de ropa... Apenas he encontrado sitio en el armario.
LA MADRE. — No... ¿No lo recuerdas? Es la habitación de Larry.
ANN. — ¿Cómo? ¿Es la ropa de Larry?
LA MADRE. — ¿No la reconociste?
ANN (levantándose lentamente, un poco turbada). — Bien, nunca se me hubiera ocurrido. Es decir, los zapatos están recién
lustrados.
LA MADRE. — Sí, hijita... (Breve pausa. ANN no puede dejar de mirarla. LA MADRE sale del paso cambiando de
conversación, tomando a ANN por la cintura y desplazándose con ella hacia la izquierda.) Hace tiempo que tenía
unos deseos locos de charlar contigo, Annie. Cuéntame cosas.
ANN. — ¿Qué quiere que le cuente?
LA MADRE. — No lo sé. Cualquier cosa linda.
CHRIS (aviesamente). — Quiere saber si te diviertes mucho.
LA MADRE. — ¿Quieres callarte?
KELLER. — Y si hay entre tus galanes alguno que valga la pena.
LA MADRE (se ríe y se sienta en su silla). — ¿Queréis callaros vosotros dos?
KELLER. —Annie, ya no puedes ir a un restaurante con ella. A los cinco minutos, hay sentadas a su mesa treinta y nueve
personas desconocidas que le están contando sus vidas.
LA MADRE. — ¿Puedo hacer a Annie una pregunta de carácter personal?
KELLER. — Pregunta, pregunta, pero no acoses, no acoses. (Todos se ríen.)
ANN (a LA MADRE. Toma la olla de los porotos de la banqueta, la pone en el suelo bajo la silla y se sienta). — No les
deje usted que se salgan con la suya. Pregúnteme lo que quiera. ¿Qué es lo que quiere saber, Kate? Vamos,
charlemos.
LA MADRE (a CHRIS y KELLER). — Es la única persona sensata que hay aquí. (A ANN.) TU madre... no va a
divorciarse, ¿verdad?
ANN. — No, se ha calmado ya. Creo que, cuando papá salga, volverán a vivir juntos. En Nueva York, desde luego.
LA MADRE. — Me parece muy bien. Porque tu padre, pese a todo... Es decir, es un hombre muy bueno, al fin de cuentas.
ANN. — Allá ellos. Que mamá vuelva a hacerse cargo de él, si quiere.
LA MADRE. — ¿Y tú? Tú (Mueve negativamente la cabeza.)...¿sales mucho? (Breve pausa.)
ANN (con delicadeza). — ¿Me pregunta usted si sigo esperándole?
LA MADRE. — Bien, no, no es que yo crea que le sigues esperando, pero...
ANÑ (cariñosamente). — Pero es eso lo que quiere usted decir, ¿verdad?
LA MADRE. — Bien..., sí...
ANN. — Bien. Pues no, Kate.
LA MADRE (débilmente). — ¿De veras?
ANN. — ¿No es absurdo? Usted no creerá que todavía...
LA MADRE. —Ya lo sé, hijita, pero no digas que es absurdo, porque los periódicos constantemente traen casos así. Yo no
sé lo que pasa en Nueva York, pero he visto más de media página dedicada a un hombre que llevaba desaparecido
más tiempo que Larry y que volvió de Birmania.
CHRIS (acercándose a ANN). — Tal vez no tuviera muchas ganas de volver a casa, mamá.
LA MADRE. — No te pases de listo.
CHRIS. — Cabe divertirse mucho en Birmania.
ANN (se levanta y se balancea apoyándose en la espalda de CHRIS). — Eso me han dicho.
CHRIS. — Mamá, te apostaría cualquier cosa a que eres la única mujer del país que, al cabo de tres años, todavía...
LA MADRE. — ¿Estás seguro?
CHRIS. — Sí, lo estoy.
LA MADRE. — Bien, no tiene vuelta de hoja. (Vuelve la cabeza un instante.) No lo dicen, claro está, por la radio, pero
tengo la seguridad de que de noche, a oscuras, siguen esperando a sus hijos.
CHRIS. — Mamá, estás completamente...
LA MADRE (agita una mano rechazándole). —Te repito que no te pases de listo. Y basta ya de eso... (Breve pausa.) Hay
unas cuantas cosas que tú no sabes. Que no sabéis ninguno de vosotros. Y te voy a decir una de ellas, Annie. Ahí, en
lo más hondo de tu corazón, tú siempre le has estado esperando.
ANN (con decisión). — No, Kate.
LA MADRE (con pasión creciente). — ¡Ahí, muy dentro, en lo más hondo, Annie!
CHRIS. — Pero Annie lo sabría, mamá.
LA MADRE. — No dejes a los demás que digan lo que piensas. Escucha a tu corazón. Sólo a tu corazón.
ANN. — ¿Por qué su corazón le dice que vive?
LA MADRE. — Porque tiene que ser así.
ANN. — Pero, ¿por qué, Kate?
LA MADRE (acercándose a ANN). — Porque hay ciertas cosas que tienen que ser y otras que no pueden ser jamás. Como
sale cada día el sol, tiene que ser. Por eso hay Dios. De otro modo, podría suceder cualquier cosa. Pero, como hay
Dios, ciertas cosas no pueden suceder nunca. Lo sabría, Annie... Como supe el día en que este otro hijo (Señala a
CHRIS.) intervino en aquella terrible batalla. ¿Es que me escribió? ¿Es que lo dijeron los periódicos? No, pero
aquella mañana no pude levantarme de la cama. Pregúntaselo a Joe. De pronto, lo supe... ¡Lo supe! ¡Y casi lo
mataron aquel día! ¡Ann, tú sabes que tengo razón!
ANN (queda de pie, silenciosa; luego, se vuelve temblando y va hacia el fondo). — No, Kate.
LA MADRE. — Voy a tomar un poco de té. (FRANK aparece por la izquierda, trayendo una escalera.)
FRANK. — ¡Annie! (Acercándose.) ¿Qué tal estás chiquita?
ANN (estrechándole la mano). — ¿Qué tal, Frank? ¡Oh, estás perdiendo el pelo!
KELLER. — Es ahora una persona seria.
FRANK. — ¡Ay, chiquita, cuánto me alegra verte!
KELLER. — Sin Frank, las estrellas no sabrían cómo salir.
FRANK (se ríe. A ANN). — Eres una mujer hecha y derecha. Estás guapísima. Estás...
KELLER. — Con calma, Frank, que eres casado.
ANN (mientras se ríen). — ¿Sigues de camisero?
FRANK. — ¿Por qué no? Tal vez llegue yo también a presidente. ¿Qué tal está tu hermano? Me dijeron que había
terminado la carrera.
ANN. — ¡Oh! George tiene ahora su propio despacho.
FRANK. — ¡No sigas! (Con tono compungido.) ¿Y tu padre? ¿Sigue...?
ANN (con brusquedad). — Muy bien. Voy a visitar a Lydia.
FRANK (con simpatía). — ¿Qué hay de ese asunto? ¿Dejarán pronto en libertad a tu padre?
ANN (cada vez más molesta). —No lo sé, francamente...
FRANK (defendiendo tesoneramente al padre por simpatía hacia la hija). — Lo digo, ¿sabes?, porque entiendo que, si a un
hombre tan inteligente como tu padre se le mete en la cárcel, debería haber una ley que dijera que le ahorcaran o le
dejaran en libertad pasado un año.
CHRIS (interrumpiendo). — ¿Quieres que te ayude con la escalera, Frank?
FRANK (comprendiendo al fin). — Gracias, ya me arreglo yo solo... (Recoge la escalera.) Terminaré el horóscopo esta
noche, Kate. (Turbado.) Hasta luego, Annie, restas preciosa. (Sale por la derecha. Todos miran a ANN.)
ANN (a CHRIS. Se sienta lentamente en el escabel). — ¿Todavía no han dejando de hablar de papá?
CHRIS (se acerca y se sienta en el brazo de una silla). Nadie habla ya de él.
KELLER (se levanta y también se acerca). — Todo está ya olvidado, chiquita.
ANN. — Díganmelo, porque no quisiera tropezar con algún vecino que me...
CHRIS. — Annie, eso no debe preocuparte.
ANN (a KELLER). — ¿Todavía recuerdan ese asunto, Joe? ¿Hablan de ustedes?
KELLER. — La única que todavía habla del asunto es mi mujer.
LA MADRE. — Eso es porque tú sigues jugando al policía con los chiquillos. Todo lo que sus padres oyen de ti es cárcel,
cárcel, cárcel.
KELLER. — Lo que pasa es que, cuando yo volví de la cárcel, los chiquillos se interesaron mucho por mí. Ya sabes cómo
son los chiquillos. Yo era... (Se ríe.) ...como un perito en cárceles. Y, con el correr del tiempo, todo se fue
confundiendo y... acabé en policía. (Se ríe.)
LA MADRE. —Pero ellos no se confunden. (A ANN.) Entrega insignias de policía que saca de los paquetes de bizcochos.
(Se ríen.)
ANN (mirándole con extrañeza y contenta. Se levanta y, acercándose a KELLER, le abraza por los hombros). — ¡Uf!
¡Qué gran cosa es oírle reírse de ese asunto!
CHRIS. — ¿Por qué? ¿Qué temías?
ANN. — Mi último recuerdo de esta vecindad es una palabra... "¡Asesinos!" ¿Lo recuerda, Kate? La señora Hammond,
delante de nuestra casa y gritando esa palabra... Todavía andará por aquí, ¿no?
LA MADRE. — Todos andan todavía por aquí.
KELLER. — No le hagas caso. Los domingos por la noche todos vienen a jugar al póker en este patio. Todos los que antes
gritaban asesino aceptan muy a gusto ahora mi dinero.
LA MADRE. — No, Joe. Annie es una muchacha muy sensible; no trates de engañarla. (A ANN.) Todavía se acuerdan de
tu papá. Con él, es diferente... (Señala a JOE.) Fue absuelto, mientras que tu padre sigue allí. Por eso no me
entusiasmaba la idea de que vinieras. Sinceramente, sé lo impresionable que eres y le dije a Chris... dije...
KELLER. — Escucha, haz lo que hice yo y todo marchará sobre ruedas. El día que volvía a casa, bajé del coche. ...pero no
frente a la casa, sino en la esquina. Todo el mundo sabía que me ponían en libertad aquel día y las puertas estaban
llenas de gente. Imagínate; nadie creía en mi inocencia. Decían que yo me había arreglado para que me absolvieran.
Bajé, pues, del coche y comencé a avanzar por la calle. Pero muy lentamente. Y con una sonrisa. ¡El criminal! Era el
monstruo, el tipo que había vendido culatas de cilindro rajadas a la Fuerza Aérea del Ejército, el tipo que había hecho
que se estrellaran veintiún P-40 en Australia... Chiquita, cuando avanzaba por la calle aquel día, me sentía el más
feroz criminal del mundo. Salvo que no lo era y que llevaba en el bolsillo un papel del tribunal que así lo probaba. Y
pasé... por delante de las puertas. ¿Resultado? Catorce meses después, tenía otra vez uno de los más acreditados
talleres del Estado. Era otra vez un hombre respetado, con más poder que nunca.
CHRIS (con admiración). — Joe Corazón de León.
KELLER (ahora, con vehemencia). —El único modo de imponerse son las entrañas (A ANN.) Lo peor que hicisteis fue
marcharos de aquí. Ahora, cuando vuestro padre salga, le resultará muy dura la cosa. Por eso, como te digo, me
gustaría que viniera de nuevo a instalarse en esta misma manzana.
LA MADRE (amargada). — ¿Cómo es posible que vuelvan?
KELLER. — ¡El asunto no terminará hasta que vuelvan! (A ANN.) Hasta que la gente vuelva a hablarle, sonreírle, a jugar a
las cartas con él. No se juega a las cartas con un hombre que puede ser un asesino. Y la próxima vez que le escribas
dile exactamente lo que te acabo de decir. (ANN se limita a mirarle.) ¿Me oyes?
ANN (sorprendida). — ¿No le guarda rencor?
KELLER. — Annie, nunca creí en crucificar a las gentes.
ANN (perpleja). —Pero era su socio y le arrastró por el fango...
KELLER. — Bien, no es mi amigo predilecto, pero hay que perdonar, ¿no es así?
ANN. — ¿Y usted, Kate? ¿No le guarda ningún...?
KELLER (A ANN). — La próxima vez que le escribas a tu papá...
ANN. — Yo no le escribo.
KELLER (impresionado). — Bien, de cuando en cuando, tú....
ANN (un poco avergonzada, pero con decisión). — No, nunca le he escrito. Y tampoco mi hermano. (A CHRIS.) Dime.
¿ése es también tu modo de pensar?
CHRIS. — Asesinó a veintiún pilotos.
KELLER. — ¿Qué locuras estás diciendo?
LA MADRE. — Eso no se dice de un hombre.
ANN. — ¿Qué otra cosa se puede decir? Cuando se lo llevaron, yo le seguí. Le visitaba todos los días. Hasta que llegó la
noticia de Larry. No se puede tener piedad de un hombre así. Padre o no padre, sólo hay un modo de mirarle. A
sabiendas, entregó accesorios defectuosos que podían provocar la caída de un avión. ¿Y quién nos dice que Larry no
fue uno de ellos?
LA MADRE. — Lo estaba esperando. (Acercándose a ANN.) Mientras estés aquí, Annie, te ruego que no digas eso de
nuevo.
ANN. — Me sorprende, Kate. Yo creí que usted estaría furiosa contra mi padre.
LA MADRE. — Lo que tu padre hizo no tiene nada que ver con Larry. Nada.
ANN. — ¿Cómo podemos saberlo?
LA MADRE (luchando por dominarse). — ¡Mientras estés aquí!
ANN (desconcertada). — Pero, Kate...
LA MADRE. — ¡Que se te meta eso bien en la cabeza!
KELLER. — Porque....
LA MADRE (rápidamente, a KELLER). — Basta ya, basta ya... (Se pone la manó en la cabeza.) Entra ahora y toma el té
conmigo. (Se vuelve y sube por los peldaños.)
KELLER (A ANN). — Lo que yo quiero es que tu...
LA MADRE (vivamente). — No ha muerto, de modo que eso no se discute... ¡Ven conmigo, Joe!
KELLER (enfadado). — ¡En seguida! (LA MADRE se vuelve y entra en la casa.) Mira, Annie...
CHRIS. — Estoy harto del tema. ¿Por qué no habláis de otra cosa?
KELLER. — ¿Quieres que las cosas sigan así? (A ANN.) Esas culatas de cilindro eran únicamente para los P-40. ¿Qué
fantasías son ésas? Tú sabes que Larry nunca voló en un P-40.
CHRIS. — Entonces, ¿quiénes volaron en los P-40? ¿Los cerdos?
KELLER. — Herb fue un insensato, pero no hagáis de él un asesino. ¿Habéis perdido el juicio? ¡Ved qué efecto causa en
ella! (A ANN.) Escucha, tienes que darte cuenta de los que pasaba en aquel taller durante la guerra, ¡Los dos!
Aquello era una casa de orates. Cada media hora, el mayor llamaba pidiendo culatas de cilindros. Nos estaban
azotando con el teléfono. Los camiones se llevaban las culatas todavía calientes. Quiero que veáis las cosas desde un
punto de vista humano, meramente humano. De pronto, una hornada sale con una raja. Eso sucede a veces; es el
negocio. Era una raja fina, como un pelo. Muy bien... Tu padre es un hombre débil, sin carácter, siempre asustado de
los gritos, ¿Qué dirá el mayor? La producción de medio día totalmente perdida. ¿Qué dirá? ¿Comprendéis lo que
quiero decir? Es humano... (Hace una pausa.) En su vista, tomó los útiles... y disimuló el defecto de las culatas. Muy
bien, muy bien... Está mal hecho, muy mal, pero eso es lo que hace un hombre sin carácter. Si yo hubiese estado allí
aquel día, le hubiera dicho: "Nada, Herb, hagamos frente a las cosas; podemos hacerlo". Pero estaba solo y tuvo
miedo. Creía que el defecto no impediría el buen funcionamiento. Eso es un error, no un asesinato. No debéis tener
ese concepto de él. ¿Me comprendéis? No es justo.
ANN (le mira un momento). — Joe, olvidemos eso.
KELLER. — Annie, el día en que llegó la noticia de Larry, estaba en la celda inmediata a la mía... Y lloró, Annie, lloró
durante media hora.
ANN (emocionada). —Debió haber llorado la noche entera.
Breve pausa.
KELLER (casi enfadado). — Annie, no comprendo por qué tú...
CHRIS (interrumpiendo con nervioso afán). — ¿Vais a dejar de una vez ese asunto?
KELLER (tomando a ANN por la cintura, sonriente). — Uno tiene sus sentimientos. ¿Qué te parece un buen biftec?
CHRIS. — ¡Con champaña!
KELLER. — ¡Ahora se empieza a funcionar! ¡Llamaré a Swanson para que nos reserve una mesa! ¡Hay que divertirse esta
noche, Annie!
ANN. — Me siento muy a tono.
KELLER (a CHRIS, señalando a ANN). — Me gusta esta chica. No la dejes escapar. (Se ríen, KELLER sube los peldaños
del pórtico.) ¡Tienes unas piernas lindísimas, Annie! ¡Quiero ver esta noche a todos borrachos! (Señalando a
CHRIS.) Mira, se está poniendo colorado. (Riéndose, entra en la casa.)
CHRIS (gritándole). — ¡Vete a tomar tu té, Casanova! (Se vuelve hacia ANN.) ¿Verdad que es un gran tipo?
ANN. — ¡Eres el único hijo que conozco que quiere a sus padres!
CHRIS. — Lo sé. Soy un anticuado, ¿verdad?
ANN (con repentina tristeza). —Está muy bien. Es una gran cosa. (Mira en torno.) ¿Sabes? Es precioso esto. El aire es
delicioso.
CHRIS (esperanzado). — No lamentas haber venido, ¿verdad?
ANN. — No, no lo lamento. Pero... no voy a quedarme...
CHRIS. — ¿Por qué?
ANN. — En primer lugar, tu madre me ha dicho poco menos que me vaya.
CHRIS. — ¿Y?
ANN. — Tú lo has visto... y luego... tú has estado...
CHRIS. — ¿Qué?
ANN. — Bien, como violento, desde que he venido...
CHRIS. — El fastidio es que yo proyectaba dedicarme a ti durante una semanita o cosa así. Pero dan por supuesto que todo
está ya decidido.
ANN. — Ya lo sabía. Por lo menos, en cuanto a tu madre.
CHRIS. — ¿Cómo lo sabías?
ANN. — Desde su punto de vista, ¿qué otro motivo tenía yo para venir?
CHRIS, — Bien... ¿Lo quieres, Annie? (ANN le estudia.) Creo que sabes que ése era el motivo de que te pidiera que
vinieras.
ANN. — Creo que ése es el motivo de que haya venido.
CHRIS. — Ann, te quiero. Te quiero entrañablemente. (De modo definitivo.) Te quiero. (Pausa. ANN espera.) No tengo
imaginación... Eso es todo lo que tengo que decirte. (ANN espera, preparada.) Te estoy fastidiando. No quería
decírtelo aquí. Quería decírtelo en un sitio donde nunca hubiéramos estado, en un sitio que fuera nuevo para los
dos... Está mal decírtelo aquí, ¿verdad? En éste patio, en esta silla... Quiero que tú estés libre para mí. No quiero
arrancarte de nada...
ANN (echándole los brazos). — ¡Oh, Chris! Estoy libre para ti hace tiempo, muchísimo tiempo...
CHRIS. — Entonces, Larry ha desaparecido para siempre... ¿Estás segura...?
ANN. — Estuve a punto de casarme hace dos años.
CHRIS. — ¿Por qué no lo hiciste?
ANN. — Comenzaste a escribirme... (Breve pausa.)
CHRIS. — ¿Me querías ya algo entonces?
ANN. — No he dejado de quererte ni un solo día desde entonces.
CHRIS. — Ann, ¿por qué no me lo dijiste?
ANN. — Yo te estaba esperando, Chris. Hasta entonces, nunca escribiste. Y cuando comenzaste a escribir, ¿qué decías?
Como sabes, puedes ser muy ambiguo en tus expresiones.
CHRIS (mira a la casa y luego a ANN, temblando). — Dame un beso, Ann. Dame un... (Se besan.) ¡Cielos, te he besado,
Annie! He besado a Annie. ¡Cuánto tiempo he esperado para besarte!
ANN. — Nunca te lo perdonaré. ¿Por qué esperaste todos estos años? He tenido que esperar sentada, preguntándome si era
una estúpida al pensar en ti.
CHRIS. — ¡Annie, qué bien vamos a vivir ahora! ¡Sólo voy a pensar en hacerte feliz! (La besa, pero sin que los cuerpos se
toquen.)
ANN (un poco turbada). — No, así no me harás feliz.
CHRIS. — Te he besado...
ANN. — Como el hermano de Larry. Hazlo como tú, Chris. (CHRIS se separa de ella bruscamente.) ¿Qué es esto, Chris?
CHRIS. — Vamonos en el coche a algún sitio... Quiero estar a solas contigo.
ANN. — No. ¿Qué es esto, Chris? ¿Tu madre?
CHRIS. — No, nada de eso...
ANN. — Entonces, ¿qué pasa? Hasta en tus cartas había algo... Parecía que estabas avergonzado.
CHRIS. — Sí, no me extraña. Pero ya se me está pasando.
ANN. — Tienes que decírmelo...
CHRIS. — No sé cómo empezar. (Toma la mano de ANN. Habla en voz baja, sin emoción al principio.)
ANN. — Así no podrás explicarme nada. (Breve pausa.)
CHRIS. — Es algo mezclado con muchas otras cosas... ¿Recuerdas cómo, allá lejos, estaba al frente de una compañía?
ANN. — Desde luego.
CHRIS. — Bien, perdí a todos mis hombres.
ANN. — ¿A cuántos?
CHRIS. — A casi todos.
ANN. — ¡Cielos!
CHRIS. — Hace falta tiempo para que eso se vaya. Porque eran simplemente hombres. Por ejemplo, hubo una vez que
llovió durante varios días y aquel muchacho se me acercó y me entregó el único par de calcetines secos que tenía.
Me los puse en el bolsillo. Es un detalle de nada, si quieres, pero así eran los hombres que mandaba. No morían; se
mataban defendiendo a sus compañeros. Es eso exactamente; con un poco más de egoísmo, estarían aquí. Y, al
verlos caer, tuve una idea. Todo estaba siendo destruido, ¿sabes?, pero me parecía que se estaba construyendo algo
nuevo. Una especie de... responsabilidad. Hombre por hombre. ¿Me comprendes? Mostrar eso, traerlo a la tierra
como una especie de monumento que cada cual lo sintiera detrás... Eso supondría para cada cual una diferencia.
(Pausa.) Y, luego, volví a casa y resultaba increíble. Yo... Bien, aquí aquello no tenía sentido; todo parecía... un
simple accidente de autobús. Comencé a trabajar con papá. Era otra vez la carrera de ratas. Me sentí... como tú has
dicho... avergonzado en cierto modo. Porque nadie había cambiado. Parecía que convertíamos en unos tontos a una
serie de hombres magníficos. Tenía remordimientos de estar vivo, de abrir la libreta de cheques, de conducir el
nuevo coche, de contemplar la nueva heladera. Es decir, cabe sacar esas cosas de una guerra, pero, cuando conduces
ese coche, tienes que pensar que procede del amor que un hombre puede sentir por su semejante y tienes que ser,
precisamente por eso, mejor de lo que eres. De otro modo, lo que posees es simplemente botín y está manchado de
sangre. No quería tocar nada de eso. Y en eso, comprendo que estabas incluida tú.
ANN. — ¿Sigues pensando de ese modo?
CHRIS. — Ahora te necesito, Annie.
ANN. — Ya no tienes que pensar así. Porque tienes derecho a todo lo que posees. A todo, Chris, ¿me comprendes? A mí
también... Y en cuanto al dinero, no hay nada malo en tu dinero. Tu padre hace volar a cientos de aviones y eso es un
motivo de orgullo para ti. Se debe pagar eso...
CHRIS. — ¡Oh, Annie, Annie! ¡Voy a hacer una fortuna para ti!
KELLER (fuera de escena). — ¡Hola!... Sí. En seguida...
ANN (riéndose nuevamente). — ¿Qué haré con una fortuna? ...
Se besan. KELLER entra procedente de la casa.
KELLER (señalando con el pulgar hacia la casa). — Oye, Ann, tu hermano... (CHRIS y ANN se apartan, avergonzados.
KELLER baja los peldaños y maliciosamente...) ¿Qué es hoy? ¿El Día del Trabajo?
CHRIS (agitando una mano, sabiendo que la broma puede prolongarse indefinidamente). — Está bien, está bien...
ANN. — No debe usted aparecer de modo tan repentino.
KELLER. — Bien, nadie me dijo que era el Día del Trabajo. ¿Dónde están las salchichas?
CHRIS (disfrutando con la broma). — Está bien. Ya lo dijiste una vez.
KELLER. — Bien, una vez enterado de que es el Día del Trabajo, llevaré una campanilla al cuello.
ANN (con afecto). — Es tan sutil...
CHRIS. — Sí, George Bernard Shaw convertido en elefante.
KELLER. — ¡George! ¡Vaya, el beso me lo había quitado de la cabeza! Tú hermano está al teléfono.
ANN (sorprendida). — ¿Mi hermano?
KELLER. — Sí, George. Larga distancia. . .
ANN. — ¿Qué pasa? ¿Ha sucedido algo?
KELLER. — No lo sé. Kate está hablando con él. ¡Corre! Le va a costar cinco dólares.
ANN (sube un peldaño y luego baja, hacia CHRIS). — ¿Tenemos que decírselo en seguida a tu madre? Es decir, yo no sé
arreglarme .para discutir.
CHRIS. — Esperaremos a esta noche. Después de la cena. No te pongas nerviosa; deja el asunto a mi cargo.
KELLER. — ¿Qué vais a decirle?
CHRIS. — ¡Corre, Ann! (Con temores, ANN, sube y entra en la casa.) Vamos a casarnos, papá. (KELLER asiente con la
cabeza, sin decisión.) Bien, ¿no tienes nada que decir?
KELLER (distraído). — Me alegro mucho, Chris, me... George está llamando desde Columbus.
CHRIS. — ¿Desde Columbus?
KELLER. — ¿No te dijo Annie que George iba hoy a ver a su padre?
CHRIS. — No. Creo que no sabe nada de eso...
KELLER (preguntando con turbación). — ¡Chris! ¿Estás...? ¿Crees que la conoces muy bien?
CHRIS (dolido, y con aprensión). — ¡Qué pregunta!
KELLER. — Estaba pensando, nada más... En todos estos años, George no ha visto a su padre. Y, de pronto, va a verle... y
Annie viene aquí.
CHRIS. — ¿Y qué pasa?
KELLER. — Es una tontería, pero se me ha ocurrido. Annie no me guarda ningún rencor, ¿verdad?
CHRIS (enfadado). — No comprendo de qué estás hablando.
KELLER (con mayor combatividad). — Son .cosas que se me ocurren. Hasta el último día del proceso, ese hombre me
estuvo echando la culpa de lo sucedido. Y es su hija. ¿No la habrán enviado para que averigüe algo?
CHRIS (cada vez más enfadado). — ¿Para qué? ¿Qué puede averiguar?
ANN (en el teléfono, fuera de escena). — Pero, ¿por qué estás tan excitado, George? ¿Qué ha sucedido ahí?
KELLER. — Es decir, en el supuesto de que quieran revisar la causa, sólo por el daño que puedan hacer, para vengarse...
CHRIS. — Papá..., ¿cómo puedes pensar eso de Annie?
ANN (todavía en el teléfono). — Pero, ¿qué te dio, por el amor de Dios?
KELLER. — No podría ser, no. Tú lo sabes...
CHRIS. — Papá, me dejas aturdido.
KELLER (interrumpiendo). — Muy bien. Olvida eso. Olvídalo. (Con gran fuerza, paseándose.) Quiero para ti un buen
comienzo, Chris. Voy a cambiar el nombre de la firma. .. Christopher Keller...
CHRIS (un poco inquieto). — Creo que J. O. Keller está muy bien.
KELLER. — Ya hablaremos del asunto. Voy a construirte una casa, de piedra, con un gran camino de coches desde la
carretera. Quiero que subas, Chris, que uses cuanto he guardado para ti... (Se ha acercado a su hijo.) Es decir, con
alegría, Chris, sin vergüenzas... Con alegría.
CHRIS (emocionado). — Así lo haré, papá.
KELLER (con emoción muy honda). — Dímelo.
CHRIS. — ¿Por qué?
KELLER. — Porque a veces me parece que estás... avergonzado del dinero.
CHRIS. — No, no es así.
KELLER. — Porque es un buen dinero; no hay nada de malo en ese dinero.
CHRIS (un poco asustado). — Papá, no tienes ninguna necesidad de decirme eso.
KELLER (ahora, rebosando cariño y confianza en sí mismo. Agarra a CHRIS por la nuca y se ríe entre sus mandíbulas
apretadas). — Mira, Chris, voy a prepararte el terreno con tu madre. Esta noche, le vamos a hacer beber tanto qué
nos casaremos todos. (Se aparta, con un amplio ademán del brazo.) ¡Va a haber una boda muchacho, como no sé ha
visto jamás! ¡Champaña, ropas de etiqueta...!
Se interrumpe cuando llegan las fuertes voces de ANN, quien todavía está hablando por teléfono.
ANN. — Sencillamente, porque, cuando te excitas, no sabes lo que haces... (LA MADRE sale de la casa.) Bien, pero,
¿quieres decirme qué te dijo? (Pausa.) Bien, ven entonces. (Pausa.) Sí, todos estarán aquí. Nadie se escapará de ti. Y
trata de dominarte, ¿quieres? (Pausa.) Muy bien, muy bien. Adiós. (Hay una breve pausa mientras ANN cuelga el
aparato y sale de la cocina.)
CHRIS. — ¿Ha sucedido algo?
KELLER. — ¿Va a venir aquí?
ANN. — En el de las siete. Está en Columbus. (A LA MADRE.) Le he dicho que muy bien.
KELLER. — ¡Desde luego! ¿Es que tu padre está enfermo?
ANN (desconcertada). — No, George no dijo que estuviera enfermo. Yo... (Rechazando la idea.) No lo sé; supongo que es
una tontería. Ya conocen ustedes a mi hermano... (Se acerca a CHRIS.) Vamos a dar un paseo en coche, a hacer
algo...
CHRIS. — Sí, en seguida. Dame las llaves, papá.
LA MADRE. — Id por el parque. Está precioso ahora.
ANN (mientras se va con CHRIS camino arriba). — Hasta luego.
LA MADRE se acerca a KELLER, mirándolo fijamente.
KELLER. —No tenéis prisa... (A LA MADRE.) ¿Qué quiere George?
LA MADRE. —Ha estado en Columbus desde esta mañana con Steve., Y dice que quiere ver a Annie en seguida.
KELLER. — ¿Para qué?
LA MADRE. —No lo sé. (Habla como previniendo.) Es ahora un abogado, Joe. George es un abogado. No había enviado
en todos estos años a Steve ni una tarjeta postal. Desde que volvió de la guerra, ni una sola postal.
KELLER. — ¿Y qué?
LA MADRE (cuya tensión se desborda finalmente). — ¡Y, de pronto, toma un avión en Nueva York para verle! ¡Un avión!
KELLER. — Bien... ¿y...?
LA MADRE (temblando). — ¿Por qué?
KELLER. — Yo no sé leer los pensamientos. ¿Lo sabes tú?
LA MADRE. — ¿Por qué, Joe? ¿Qué es lo que Steve ha tenido repentinamente que decirle, lo que ha inducido a George a
tomar un avión para ver a su padre?
KELLER. — ¿Qué me importa lo que Steve haya podido decirle?
LA MADRE. — ¿Estás seguro, Joe?
KELLER (asustado, pero con enfado). — Sí, estoy seguro.
LA MADRE (se sienta rígidamente en una silla). — ¡Sé hábil ahora, Joe! El muchacho viene... ¡Sé hábil!
KELLER (desesperadamente). — ¿Me has oído de una vez por todas lo que te he dicho? ¡Te he dicho que estoy seguro!
LA MADRE (asiente débilmente con la cabeza). — Muy bien, Joe. (KELLER, con furor impotente, mira a su mujer, gira,
sube al pórtico, entra en la casa y da un violento portazo tras él. LA MADRE permanece sentada en la silla, rígida,
mirando, viendo...)
TELÓN


SEGUNDO ACTO
El anochecer del mismo día.
Al levantarse el telón, CHRIS, a la derecha, está aserrando el árbol caído, dejando únicamente el tocón. Está
vestido con unos buenos pantalones y zapatos blancos, pero sin camisa. Desaparece con el árbol sendero arriba cuando
LA MADRE aparece en el pórtico. KATE lleva una bata y trae una bandeja con jugo de toronja en una jarra y vasos en
los que se han puesto una ramita de menta.
LA MADRE (llamando en dirección del sendero). — ¿Tenías que ponerte los pantalones buenos para hacer eso? (Avanza
por el escenario y coloca la bandeja en la mesa del emparrado. Mira inquieta alrededor y, luego, comprueba la
frescura de la jarra. Entra CHRIS, procedente del sendero, limpiándose las manos.) ¿No has advertido que hay más
luz desde que desapareció ese árbol?
CHRIS. — ¿Por qué no te vistes?
LA MADRE. — Hace arriba un calor sofocante. He hecho para George este jugo de toronja. Siempre le gustó la toronja.
Ven y toma un poco.
CHRIS (con impaciencia). — Bien, vamos, vete a vestirte. ¿Y por qué papá está durmiendo tanto? (Se acerca a la mesa y se
sirve un vaso de jugo.)
LA MADRE. — Está preocupado. Y cuando está preocupado, duerme. (Pausa. Mira a su hijo a los ojos.) Somos muy
tontos. Papá y yo somos muy tontos, Chris. No sabemos nada de nada. Tienes que protegernos.
CHRIS. — ¡Qué tontería! ¿De qué podéis tener miedo?
LA MADRE. — Hasta el último día del juicio, Steve insistió en que papá le indujo a hacer aquello. Si se revisa el caso, no
quiero volver a pasar aquellas angustias.
CHRIS. — George es un majadero, mamá. ¿Cómo puedes tomarle en serio?
LA MADRE. — Esa familia nos odia. Tal vez hasta la misma Annie...
CHRIS. — ¡Oh! Vamos, vamos, mamá.
LA MADRE. —Tú crees que, como quieres a todos, todos te quieren.
CHRIS. — Bueno, basta de dar vuelta a las cosas. Déjalo todo a mi cargo.
LA MADRE. — Cuando George se vaya, dile a Annie que se vaya con él.
CHRIS (sin comprometerse). — No te preocupes por Annie.
LA MADRE. — Steve también es el padre de ella...
CHRIS. — ¿Quieres acabar con eso? Vamos...
LA MADRE (alejándose con él). — ¡Tú no sabes cómo se puede odiar, Chris! Se puede odiar hasta estar dispuesto a hacer
el mundo pedazos... (ANN, ya vestida, aparece en el pórtico.)
CHRIS. — ¡Mira! Está ya vestida. (Mientras sube los peldaños con su madre.) Me tengo que poner una camisa...
ANN (con precaución). — ¿Se siente usted bien, Kate?
LA MADRE. — Esto tiene poca importancia, querida. Hay personas que cuanto más enfermas parecen, viven más. (Entra
en la casa.)
CHRIS. — Estás guapísima.
ANN. — Se lo diremos a tu madre esta noche.
CHRIS. — No te preocupes por eso.
ANN. — Me gustaría decírselo ahora. No puedo soportar las incertidumbres. Me producen cosquilleos en el estómago.
CHRIS. — No se trata de incertidumbres. Lo que pasa es que conviene decírselo cuando esté de buen humor.
LA MADRE (fuera de escena, dentro de la casa). — ¡Joe! ¿Vas a dormir todo el día?
ANN (riéndose). — El único que está tranquilo es tu padre. Duerme como un leño.
CHRIS. — Yo también estoy tranquilo.
ANN, — ¿De veras?
CHRIS. — Mira. (Levanta la mano y la hace temblar.) Avísame cuando llegue George.
Entra en la casa. ANN se mueve sin propósito y, de pronto es atraída por el tocón del árbol. Se acerca y,
ensimismada, toca vacilante el tocón. Fuera de escena, LYDIA llama: "¡Johnny, ven a tomar tu cena!' SUE entra por la
izquierda y, al ver a ANN, se detiene.
SUE. — ¿Está mi marido?
ANN (se vuelve, con sobresalto). — ¡Oh!
SUE. — Le he dado un susto. ¡Cuánto lo siento!
ANN. — No es nada. Siempre soy un poco tonta con la oscuridad.
SUE (mira a su alrededor). — Sí, está oscureciendo.
ANN. — ¿Está usted buscando a su marido?
SUE. —Como de costumbre. (Se ríe con cansancio.) Pasa tanto tiempo aquí que le van a cobrar una renta.
ANN. — Como nadie estaba preparado, ha ido a la estación a recoger a mi hermano.
SUE. — ¡Ah! ¿Viene su hermano?
ANN. —Sí, llegarán dentro de unos minutos. ¿Quiere usted un refresco?
SUE. — Bueno, gracias. (ANN se acerca a la mesa y sirve.) Ese marido mío... Hace demasiado calor para llevarme a la
playa. Los hombres son como los niños; siempre están dispuestos a cortar la hierba al vecino.
ANN. — No sé, pero siempre ha gustado a la gente hacer favores a los Keller. Ha pasado así desde que tengo memoria.
SUE. — Es sorprendente. Supongo que su hermano vendrá para la boda, ¿verdad?
ANN (sirviéndose el refresco). —No lo sé. Supongo que sí.
SUE. — Estará usted muy nerviosa...
ANN. — Siempre es un problema casarse, ¿no?
SUE. — Eso depende de las circunstancias. En el caso de usted, no veo problema alguno.
ANN. — He tenido oportunidades...
SUE. — No me extraña. Es muy romántico... y también poco corriente casarse con el hermano del propio novio.
ANN. — No sé a qué se debe. Creo que principalmente obedece a que, siempre que necesito a alguien que me diga la
verdad, pienso en Chris. Cuando dice algo, ya se sabe que es algo cierto. Eso tranquiliza.
SUE. — Y tiene mucho dinero. Esto también es importante.
ANN. — Eso no me importaría.
SUE. — Quedaría usted sorprendida de la diferencia que supone. Yo me casé con un interno. Teníamos que vivir con mi
sueldo. Y eso es muy malo, porque, en cuanto una mujer sostiene a un hombre, éste se siente en deuda. Y no hay
ningún deudor que no tenga resentimiento contra su acreedor. (ANN se ríe.) Eso es verdad, se lo aseguro.
ANN. — En el fondo creo que el doctor está muy enamorado de usted.
SUE. — Sí, sin duda. Pero es mala cosa cuando un hombre se cree entre barrotes. Jim siempre tiene la impresión de estar en
una cárcel.
ANN. — ¡Oh!
SUE. — Tal es el motivo de que quiera pedirle un favor, Ann... Es muy importante para mí.
ANN. — Cuente conmigo, si está en mi mano...
SUE. — Está en su mano. Cuando vaya a poner casa, procure instalarse lejos de aquí.
ANN. — ¿Está usted bromeando?
SUE. — Le hablo muy en serio. Mi marido no es feliz con Chris al lado.
ANN. — ¿Cómo así?
SUE. — Jim es un médico con muy buena clientela. Pero se le ha metido en la cabeza que debe dedicarse a la investigación.
A descubrir cosas. ¿Comprende?
ANN. — ¿No es eso una gran cosa?
SUE. — La investigación produce veinticinco dólares a la semana menos los gastos del lavado de los guarda-polvos. Hay
que abandonarlo todo para dedicarse a eso.
ANN. — ¿Y qué intervención tiene ahí Chris?
SUE (cada vez más excitada). — Chris tiene el don de hacer que las gentes quieran ser mejores de lo que son.
ANN. — ¿Es eso malo?
SUE. — Mi marido tiene una familia, querida. Cada vez que tiene una charla con Chris, se diría que se halla bajo la
impresión de que es un conformista, de que está cometiendo una falta al no abandonarlo todo por la investigación.
¡Como si Chris o cualquier otro no hiciera lo propio! Eso sucede con Jim cada dos años. Conoce a un hombre y le
erige una estatua en su corazón.
ANN. — Tal vez tenga razón. No quiero decir que Chris merezca una estatua, pero...
SUE. —Mire, querida, usted sabe bien que no tiene razón.
ANN. — No estoy de acuerdo con usted. Chris...
SUE. — Atengámonos a las realidades, querida. Chris está trabajando con su padre, ¿no es así? Saca dinero de ese negocio
todas las semanas del año.
ANN. — Y eso, ¿qué tiene que ver...?
SUE. -— ¿Usted me pregunta qué tiene que ver?
ANN. — Claro que se lo pregunto. (Parece a punto de perder los estribos.) No debería usted lanzar insidias así. Me
sorprende.
SUE. — ¿Cómo? ¿Le sorprendo?
ANN. — No sacaría cinco centavos de esa fábrica si hubiera en ello el menor mal.
SUE. — Usted lo sabrá.
ANN. — Claro que lo sé. Y me molesta cuanto usted ha dicho.
SUE (acercándose a ANN). — ¿Sabe usted lo que a mí me molesta, querida?
ANN. — Por favor, no quiero discutir.
SUE. — Me molesta vivir puerta con puerta con la sagrada Familia. Hace que me sienta una estúpida, ¿sabe?
ANN. — Yo no puedo remediar eso.
SUE. — ¿Quién es él para destrozar la vida de un hombre? Todo el mundo sabe que Joe hizo una jugada para salir de la
cárcel.
ANN. — ¡Eso no es verdad!
SUE. — ¿Por qué no sale y habla con la gente? Vaya, hábleles. No hay una persona en toda la vecindad que no sepa la
verdad.
ANN. — Eso es una mentira. La gente viene aquí a jugar a las cartas y...
SUE. — ¿Y qué? Le admiran porque ha demostrado ser muy listo. También lo admiro yo; no tengo nada contra Joe. Pero, si
Chris quiere que los demás se pongan un cilicio, debe quitarse la ropa cómoda que lleva encima. Está volviendo loco
a mi maridó con su estúpido idealismo y estoy hasta la coronilla de todo el asunto. (Entra CHRIS por el pórtico,
llevando ahora camisa y corbata. SUE se vuelve rápidamente, al oírlo. Con una sonrisa.) ¿Qué tal, Chris? ¿Cómo
está su madre?
CHRIS. — Creí que había llegado George.
SUE. — No, éramos nosotras.
CHRIS (bajando hasta ellas). — Susie, ¿quiere hacerme un favor? Suba con mamá y trate de calmarla. Está muy nerviosa.
SUE. — ¿No sabe todavía lo de ustedes dos?
CHRIS (se ríe un poco). — Creo que lo adivina. Ya conoce a mi madre.
SUE (subiendo al pórtico). — ¡Oh, sí, es psíquica!
CHRIS. — Tal vez haya algo en el botiquín de medicinas.'
SUE. — Le daré un poco de todo. (En el pórtico.) No se preocupe por Kate; con un par de tragos y otro par de bailes... Va a
querer mucho a Ann. (A ANN.) Porque usted es la versión femenina de él. (CHRIS se ríe.) No se alarme; he dicho
versión. (Entra en la casa.)
CHRIS. — Mujer interesante, ¿verdad?
ANN. — Sí, muy interesante.
CHRIS. — Es una gran enfermera, ¿sabes? Ha...
ANN (tensa, pero tratando de dominarse). — ¡Siempre lo mismo!
CHRIS (advirtiendo que algo anda mal, pero sonriendo todavía). — ¿Cómo lo mismo?
ANN. — En cuanto conoces a una persona, ya estás viendo en ella toda clase de perfecciones. ¿Cómo sabes que es una gran
enfermera?
CHRIS. — ¿Qué te pasa, Ann?
ANN. — Esa mujer te odia. Te desprecia...
CHRIS. — ¡Oye! ¿Qué mosca te ha picado?
ANN. — ¡Oh, Chris...!
CHRIS. — Pero, ¿qué ha pasado aquí?
ANN. — Tú nunca... ¿Por qué no me lo dijiste?
CHRIS. — Decirte, ¿qué?
ANN. — Dice que todos creen que Joe fue culpable.
CHRIS. — ¿Qué importa lo que crean?
ANN. — No me importa lo que crean. Lo que no comprendo es por qué te tomaste el trabajo de negarlo. Dijiste que el
asunto estaba olvidado.
CHRIS. — No quise que creyeras que era una imprudencia presentarte aquí. Conozco a muchos que juzgan culpable a mi
padre y pensé que esto podría afectarte de algún modo.
ANN. — Pero yo no he dicho ni una sola vez que sospechara de él...
CHRIS. — Nadie lo dice.
ANN. — Chris, yo sé lo mucho que le quieres, pero nunca podría...
CRHIS. — ¿Crees que yo podría perdonarle si hubiese hecho una cosa así?
ANN. — Yo no vengo de un cielo inmaculado, Chris. Me aparté por completo de mi padre. Ahora, si hay aquí también algo
feo...
CHRIS. — Lo sé, Ann.
ANN. — George viene después de haber visitado a papá y no creó que sea con bendiciones.
CHRIS. — Será él bienvenido. No tienes que temer nada de George.
ANN. — Dime eso... Quiero que me lo digas.
CHRIS. — Mi padre es inocente, Ann. Recuerda cómo fue acusado falsamente una vez y los días amarguísimos que pasó.
¿Cómo reaccionarías si te vieras de nuevo en la misma situación? Annie, créeme, no hay nada malo en que hayas
venido aquí; puedes creerme, chiquita.
ANN. — Muy bien, Chris, muy bien. (Se abrazan en el momento en que KELLER aparece silenciosamente por el pórtico.
ANN se limita a estudiarlo.)
KELLER. — Cada vez que me presento aquí, veo que la gente está de fiesta. (Los jóvenes se separan y se ríen turbados.)
CHRIS. — Yo creí que te estabas afeitando.
KELLER (sentándose en el banco). — En seguida... Acabo de despertarme. No veo nada.
ANN. — Parece usted afeitado.
KELLER. — ¡Oh, no! (Se acaricia la barba.) Hoy tiene que ser algo especial. ¡Una gran noche, Annie! ¿Qué tal es la vida
de casada?
ANN (se ríe). — No lo sé todavía.
KELLER (a CHRIS). — ¿Qué pasa? ¿Estás durmiendo? (Mientras habla, torna una cajita de manzanas de debajo del
banco.)
CRHIS. — ¡El grandísimo "roué"!
KELLER. — ¿Qué es eso de "roué"?
CHRIS. — Es francés.
KELLER. — No digas indecencias. (Se ríen.)
CHRIS (a ANN). — ¿Has visto un ignorante mayor?
KELLER. — Bien, alguien tiene que dedicarse a traer el dinero.
ANN (mientras se ríen). — Está retratado.
KELLER. — No sé, pero todo el mundo está haciéndose tan bien educado en este país que no hay nadie que quiera recoger
la basura. (Se ríen.) A tal punto han llegado las cosas que los únicos brutos son los jefes.
ANN. — Usted no tiene nada de bruto, Joe.
KELLER. —- Ya lo sé, pero vete a nuestra fábrica, por ejemplo. Tengo allí tantos tenientes, mayores y coroneles que no me
atrevo a decir a nadie que barra el suelo. Tengo que andar con pies de plomo, no sea que ofenda a alguien. No es
broma. Es una tragedia; si se va por la calle y se escupe, se alcanza a un universitario.
CHRIS. — Bien, no escupas.
KELLER (parte una manzana en dos y ofrece las mitades a ANN y CHRIS). — Es un decir. (Toma aliento.) He estado
pensando, Annie... Tu hermano George... He estado pensando en tu hermano George. Cuando venga, me gustaría que
le enjarretaras algo.
CHRIS. — Enjarretaras.
KELLER. — ¿Qué pasa con enjarretaras?
CHRIS (sonriendo). — Qué está mal dicho.
KELLER. — Cuando iba a la escuela nocturna, se decía enjarretar.
ANN (riéndose). — Bien, en la escuela diurna se dice enjaretar.
KELLER. — No me acoséis, ¿queréis? En serio, Ann... Dices que no se desenvuelve bien. Yo me he dicho que es una
tontería que George ande luchando en Nueva York con la terrible competencia que hay allí, cuando yo tengo aquí
muchos amigos. Estoy en muy buenas relaciones con varios de los grandes abogados de esta ciudad. Podría facilitar
mucho las cosas a George.
ANN. — Es usted muy amable, Joe.
KELLER. — No, chiquita, déjate de amabilidades. Quiero que me comprendas. Estoy pensando en Chris. (Breve pausa.)
Mira..., lo que quiero decir es esto. Cuando se llega a cierta edad, se quiere tener la sensación de... haber realizado
algo. Mi única realización es mi hijo. Es un chico inteligente. Es lo único que he realizado. Ahora bien, dentro de un
año, de dieciocho meses, tu padre estará en libertad. ¿Adónde irá? Junto a Annie, su hija. A vuestra casa. Y llegará
viejo, rabioso, amargado...
ANN. — Eso ya no puede importar, Joe.
KELLER. — No quiero que surja el odio entre nosotros. (Hace un ademán señalando a CHRIS y señalándose.)
ANN. —Yo lo único que puedo decirle es que eso no sucederá jamás.
KELLER. — Ahora estás enamorada, Annie, pero, créeme, soy más viejo que tú y tengo más experiencia... Una hija es una
hija y un padre es un padre. Y podría suceder... (Hace una pausa.) Me gustaría que tú y George fuerais a la cárcel y
le dijerais: “Papá, Joe quiere meterte en el negocio cuando salgas”.
ANN (sorprendida y hasta escandalizada). — ¿Cómo? ¿Tenerlo como socio?
KELLER. — No; como socio, no. Con un buen puesto. (Pausa. KELLER ve que ANN está escandalizada, un poco
perpleja. Se levanta y habla nerviosamente.) Quiero que sepa, mientras está allí, quiero que sepa que, cuando salga,
tiene un puesto que le espera. Eso le hará las cosas menos amargas. Saber que se tiene algo... aplaca los nervios.
ANN. — Joe, usted no le debe nada.
KELLER. — Le debo un buen puñetazo en las narices, pero es tu padre...
CHRIS. — Entonces, dale el puñetazo en las narices. No le quiero para nada en la fábrica, ¿sabes? Además, no hables de él
de esa manera. La gente puede interpretarte mal.
KELLER. — Y yo no comprendo por qué Annie ha de crucificar a su padre.
CHRIS. — Bien, es su padre y si ella lo entiende así...
KELLER. — No, no...
CHRIS (casi enfadado). —Pero, ¿qué te pasa? ¿Por qué...?
KELLER (dominado por los nervios, tiene una explosión autoritaria). — ¡Un padre es un padre! (Como si la explosión le
hubiera puesto al descubierto, mira en torno, tratando de recoger velas. Se lleva la mano a la mejilla.) Bien, creo
que... vale más que me afeite. (Se vuelve sonriendo. A ANN.) No he querido gritarte, Annie.
ANN. — Olvidemos todo el asunto, Joe.
KELLER. — De acuerdo. (A CHRIS.) Es un encanto.
CHRIS (un poco molesto por la actitud de su padre). — ¿Quieres ir a afeitarte?
KELLER. — Ahora mismo.
Mientras se vuelve hacia el pórtico, entra LYDIA corriendo por la derecha, procedente de su casa.
LYDIA. — Me olvidé por completo... (Al ver a CHRIS y ANN.) ¿Qué tal? (A JOE.) Le prometí a Kate peinarla para esta
noche. No se habrá peinado todavía, ¿verdad?
KELLER. — Siempre sonriente, ¿verdad, Lydia?
LYDIA. — ¡Claro! ¿Por qué no?
KELLER (subiendo al pórtico). — Ven y peina a mi Kate. (LYDIA sube al pórtico.) Hoy es una gran noche. Procura que
esté muy bonita.
LYDIA. — Desde luego.
KELLER (mantiene la puerta abierta para LYDIA y ésta entra en la cocina. A CHRIS y ANN). — ¡Eh! Podría hacerse con
esto una canción. (Canta con suavidad.) "Ven y peina a mi Kate, que está de fiesta; ven y que luzca su gracia, muy
peripuesta. . ." (A ANN.) ¿Qué te parece para un año de escuela nocturna? (Continúa cantando mientras entra en la
cocina. ) "Ven y peina a mi Kate, ven y peina a mi Kate..."
JIM BAYLISS dobla por el ángulo del camino, a paso rápido. Se acerca a CHRIS, le llama con una seña, y le lleva
al fondo izquierdo con mucha excitación. KELLER queda inmediatamente en el interior de la cocina, observándoles.
CHRIS. — ¿Qué pasa?
JIM. — ¿Dónde está tu madre?
CHRIS. — Arriba, vistiéndose.
ANN (acercándose a ellos rápidamente). — ¿Qué le ha pasado a George?
JIM. — Le he pedido que espere en el coche. Escúchenme ahora. ¿Quieren un consejo? (Esperan.) No le traigan aquí.
.ANN. — ¿Por qué?
JIM. — Kate no está bien de salud y no se puede provocar esta explosión delante de ella.
ANN. — ¿Que explosión?
JIM. — Usted sabe para qué ha venido su hermano; no trate de cerrar los ojos a. la realidad. Está furioso; vaya con él en
coche y háblele a solas.
(ANN se vuelve para ir al camino, da un par de pasos, ve a KELLER y se detiene. KELLER entra silenciosamente
en la casa.)
CHRIS (impresionado y, como consecuencia, enfadado). — ¡Nada de histerismos!
JIM. — Ha venido para llevársela a casa. ¿Qué significa eso? (A ANN.) Usted sabe lo que significa. Vaya a librar la batalla
a otro sitio.
ANN (vuelve hacia CHRIS). — Voy a ir con él en el coche... a algún sitio.
CHRIS (acercándose a ANN). — No.
JIM. -— ¿Quieres no hacer majaderías?
CHRIS. — Nadie le tiene miedo aquí. ¡Basta ya! (Inicia la marcha hacia el camino, pero se detiene al ver a GEORGE, que
entra. GEORGE es de la edad de CHRIS, pero más pálido, y ahora está haciendo un gran esfuerzo por contenerse.
Habla en voz baja, como temeroso de descubrir que está gritando. Después de un momento de vacilación, CHRIS se
le acerca, con la mano tendida y sonriendo.) ¡Qué modo de hacer las cosas! ¿Qué hacías ahí fuera?
GEORGE. — El doctor dijo que tu madre no estaba bien...
CHRIS. — ¿Y qué? ¿No quiere verte acaso? Te hemos estado esperando toda la tarde. (Pone la mano en el brazo de
GEORGE, pero éste se aparta y va hacia ANN.)
ANN (tocando el cuello a su hermano). — Está todo sucio. ¿No has traído otra camisa? (GEORGE se aparta de ella y se
dirige al fondo, izquierda, examinando el patio. La puerta se abre y GEORGE se vuelve rápidamente, creyendo que
es KATE, pero es SUE. Esta le mira y él se aleja, moviéndose hacia la izquierda, hasta la cerca. Mira por encima
de ella a su antigua casa. SUE se acerca a JIM.)
SUE (con fastidio). — ¿Qué me dices de la playa, Jim?
JIM. — ¡Oh! Hace demasiado calor para conducir.
SUE. — ¿Y cómo has ido a la estación? ¿En Zeppelín?
CHRIS. — Te presento a la señora Bayliss, George. (Llamando, pues GEORGE, dedicado a la contemplación de su antigua
casa, por la izquierda, no hace caso.) ¡George! (Este se vuelve.) La señora Bayliss...
SUE. — ¿Qué tal está usted?
GEORGE (descubriéndose). — Ustedes son quienes compraron la casa, ¿verdad?
SUE. — Eso es. Antes de que se vaya, venga a ver lo que hemos hecho con ella.
GEORGE (se aparta de ella, hacia el fondo). — Me gustaba como era.
SUE (tras una breve pausa). — Por lo menos es franco, ¿no?
JIM (llevándose a SUE por la izquierda). — Bien, hasta luego... Tome las cosas con calma, amigo. (Salen por la izquierda.)
CHRIS (llamándoles). — ¡Gracias por haberle traído! (Volviéndose hacia GEORGE.) ¿Quieres un poco de jugo de toronja?
Mamá lo ha hecho especialmente para ti.
GEORGE (agradeciendo con un esfuerzo). — ¡La buenísima Kate! ¡Mira cómo se acuerda de mi jugo de toronja!
CHRIS. — ¿Recuerdas cuánto jugo has tomado en esta casa? ¿Qué ha sido de ti todo este tiempo, George? Siéntate.
GEORGE (sigue paseándose). — En seguida. . . (Mirando a su alrededor.) Parece imposible.
CHRIS. — ¿Qué?
GEORGE. — Estar de nuevo aquí.
CHRIS. — Oye, estás un poco nervioso, ¿no?
GEORGE. — Sí, desde hace poco. ¿Qué tal te desenvuelves tú? Serás ya una gran autoridad en la fábrica, ¿no?
CHRIS. — No tanto, no tanto. ¿Cómo andan esas leyes?
GEORGE. — No sé. Cuando estudiaba en el hospital, todo me parecía razonable, pero no parece que las leyes sirvan de
mucho en el mundo. Cómo han crecido los árboles, ¿verdad? (Señala el tocón.) ¿Qué es eso?
CHRIS. — El viento lo derribó anoche. Lo teníamos en recuerdo de Larry, ¿sabes?
GEORGE. — ¿Pues? ¿Miedo de olvidarlo acaso?
CHRIS (avanzando hacia GEORGE). — ¿Qué quieres decir con eso?
ANN (interviniendo y poniendo una mano en CHRIS, a guisa de freno). — ¿Desde cuándo usas sombrero?
GEORGE (descubre el sombrero en su mano). — Desde hoy. De hoy en adelante, voy a parecer un abogado, de todos
modos. (Enseña el sombrero a su hermana.) ¿No lo reconoces?
ANN. — No sé... Espera...
GEORGE. — Es el de nuestro padre. Me pidió que lo usara.
ANN. — ¿Qué tal está?
GEORGE. — Ha empequeñecido.
ANN, — ¿Empequeñecido?
GEORGE. — Sí, está hecho muy poca cosa. (Levanta una mano, como midiendo.) Es un hombrecillo. Es lo que sucede a
todos los tontos, ¿sabes? Fue una buena cosa que fuera a visitarle. Un año más y sólo hubiera quedado de él el olor.
CHRIS. — ¿Qué pasa, George? ¿Qué asunto es ése?
GEORGE. — ¿Qué asunto? Lo que pasa es que, cuando se toma de tonto a alguien una vez, no debe repetirse la jugada.
CHRIS. — ¿Qué quieres decir?
GEORGE (a ANN). — No te has casado todavía, ¿verdad?
ANN. — George, quieres sentarte y cesar de...
GEORGE. — No te has casado todavía, ¿verdad?
ANN. — No. No me he casado todavía.
GEORGE. — Bien, no te vas a casar con él.
ANN. — ¿Por qué no me voy a casar con él?
GEORGE. — Porque su padre ha destruido a nuestra familia.
CHRIS. — Mira, George...
GEORGE. — Ahorremos palabras, Chris. Dile que se vuelva conmigo a casa. No discutamos. Ya he dicho lo que tenía que
decir.
CHRIS. — George, no pretenderás ser la voz de Dios, ¿verdad?
GEORGE. — Yo soy...
CHRIS. — Siempre ha sido ése tu defecto, George. Te lanzas de cabeza... ¿Qué pronunciamientos son ésos? Eres ya una
persona mayor.
GEORGE. — Sí, soy una persona mayor.
CHRIS. — No vengas aquí con actitudes prepotentes. Si tienes algo que decir, dilo con buenas maneras.
GEORGE. — ¡Vaya! ¡No admito que aquí me enseñen buenas maneras!
ANN. — ¡Sss...!
CHRIS (disponiéndose a pegarle). — ¿Vas a hablar consideradamente? ¿Sí o no?
ANN (rápidamente, para prevenir una explosión). — Siéntate, George. No te enfades y dime qué te pasa. (GEORGE se
deja sentar por su hermana, mirándola.) ¿Qué ha sucedido? Me besaste cariñosamente cuando me despedí y ahora...
GEORGE (sin aliento). —Mi vida ha quedado completamente trastornada desde entonces. No pude ir al trabajo cuando te
fuiste. Sentía la necesidad de ir a ver a papá y decirle que te ibas a casar. Creía que era monstruoso no decírselo. Te quiso siempre tanto... (Pausa.) Annie... Hemos hecho algo terrible. No se nos puede perdonar jamás. Ni siquiera le
enviamos una tarjeta de Navidad. ¡Y yo no le vi una sola vez desde que volví de la guerra! Annie, tú no sabes lo que
se ha hecho con ese hombre. Tú no sabes lo que sucedió.
ANN (asustada). — Claro que lo sé.
GEORGE. — No lo sabes, porque, si lo supieras, no estarías aquí. Papá fue a trabajar aquel día. El capataz de noche se le
acercó y le mostró las culatas de los cilindros... Salían del proceso con defectos. Había algo que no funcionaba en el
proceso de fabricación. Papá fue derechamente al teléfono y llamó aquí; le dijo a Joe que fuera a la fábrica en
seguida. Pero pasó la mañana y Joe no se dignó aparecer. Papá llamó de nuevo. Para entonces había cien culatas
defectuosas. El ejército pedía insistentemente el material y papá no tenía nada para entregar. Y Joe le dijo... por
teléfono... que soldara, que tapara las grietas como pudiera y entregara las culatas.
CHIRIS. — ¿Has terminado?
GEORGE (dirigiéndose con furia a CHRIS). — ¡No he terminado! (De nuevo a ANN.) Papá estaba asustado. Quería que
Joe estuviera allí, si había que hacer aquello. Pero Joe no podía ir a la fábrica... Estaba enfermo. ¡Enfermo!
Repentinamente, estaba con gripe. ¡Una gripe repentina! Pero prometió aceptar la responsabilidad. ¿Comprendes lo
que estoy diciendo? ¡No hay responsabilidad por teléfono! Ante un tribunal, se puede negar siempre una
conversación telefónica y es eso exactamente lo que hizo Joe. En primera instancia, comprendieron que había
mentido, pero, en la apelación, creyeron esa indecorosa mentira y, ahora, Joe es un personaje y tu padre es un
desecho. (Se levanta.) Dime ahora qué piensas hacer. ¿Comer en su mesa, dormir en su cama? Contéstame. ¿Qué vas
a hacer?
CHRIS. — Y tú, ¿qué vas a hacer, George?
GEORGE. — Ha sido demasiado listo. No puedo probar una conversación telefónica.
CHRIS. — Entonces, ¿cómo te atreves a venir con esa inmundicia?
ANN. — George, el tribunal...
GEORGE. — ¡El tribunal no conocía a tu padre! Pero tú le conoces. Tú sabes en el fondo de tu corazón que fue Joe quien lo
hizo.
CHRIS (sacudiendo a GEORGE). — ¡Baja la voz o te saco de aquí de mala manera!
GEORGE. — Tú lo sabes, Annie, tú lo sabes...
CHRIS (a ANN). ¡Sácalo de aquí, Ann! ¡Sácalo de aquí!
ANN. — Sé todo lo que has dicho, George. Papá lo dijo en el juicio y el tribunal...
GEORGE (casi gritando). — ¡El tribunal no le conocía, Annie!
ANN. — ¡Sss...! Pero tú sabes que papá es capaz de decir cualquier cosa. Tú sabes qué rápidamente idea una mentira.
GEORGE (volviéndose hacia CHRIS, deliberadamente). — Voy a preguntarte una cosa y vas a mirarme a los ojos cuando
me contestes.
CHRIS. — Te miraré a los ojos.
GEORGE. — Tú conoces a tu padre...
CHRIS. — Le conozco muy bien.
GEORGE. — ¿Es un patrón como para permitir que ciento veintiún culatas de cilindro sean reparadas y entregadas sin estar
él delante?
CHRIS. — Es un patrón así.
GEORGE. — Y ése, ¿es el mismo Joe Keller que nunca abandonaba el taller sin cerciorarse de que todas las luces estaban
apagadas?
CHRIS (con creciente enfado). — El mismo Joe Keller.
GEORGE. — ¿El mismo hombre que sabe cuántos minutos al día pasan sus obreros en el retrete?
CHRIS. — El mismo hombre.
GEORGE. — Y mi padre, aquel ratoncito tímido que jamás se compraba una camisa sin tener a alguien al lado, ¿pudo
atreverse a hacer una cosa así por su cuenta?
CHRIS. — Sí, señor, por .su cuenta. Y, como es un ratoncito tímido, es capaz de hacer otra cosa: echar la culpa a otro,
porque no tiene coraje para aceptar sus propias responsabilidades. Lo intentó ante el tribunal y la cosa le salió mal.
Pero contigo le sale bien.
GEORGE. — ¡Chris, te estás mintiendo a ti mismo!
ANN (muy impresionada). — ¡No hables así!
CHRIS (se sienta frente a GEORGE). — Dime, George, ¿qué ha sucedido? Las constancias del tribunal fueron suficientes
para ti todos estos años. ¿Por qué no lo son ahora? ¿Por qué creíste todos estos años?
GEORGE (después de una breve pausa). — Porque tú lo creías... Ésa es la verdad, Chris. Lo creí todo, porque veía que tú
lo creías. Pero hoy oí la historia de su propia boca. Y es una historia muy diferente. Todo aquel que le conozca y
conozca a tu padre, creerá lo que dice. Tu padre se apoderó de cuanto teníamos. Eso no tiene remedio. Pero Annie es
una partida de la que no se apoderará. (Se vuelve hacia ANN.) Recoge tus cosas. Cuanto tienen está manchado de
sangre. No eres una mujer capaz de vivir así. Recoge tus cosas.
CHRIS. — Ann..., tú no puedes creer eso, ¿verdad?
ANN (acercándose a CHRIS). — Tú sabes que no es verdad, ¿no?
GEORGE. — ¿Qué otra cosa puede decirte? ¡Es su padre! (A CHRIS.) ¡Nada de esto ha pasado siquiera por tu cabeza!
CHRIS. — Sí, ha pasado por mi cabeza. ¡Cualquier cosa puede pasar por la cabeza!
GEORGE. — ¡Lo sabe, Annie! ¡Lo sabe!
CHRIS. — ¡La Voz de Dios!
GEORGE. — Entonces, ¿por qué tu nombre no figura en la firma? ¡Explica eso a Annie!
CHRIS. — ¿Qué tiene eso que ver...?
GEORGE. — Annie, ¿por qué su nombre no figura en la firma?
CHRIS. — Claro, aunque yo no sea dueño de nada.
GEORGE. — ¿Qué bromas son ésas? ¿A quién irá todo cuando él muera? (A ANN.) Abre los ojos, pues conoces a los dos.
¿No es la primera cosa que harían, queriéndose como se quieren? J. O. Keller e Hijo... (Pausa. ANN pasa su mirada
de GEORGE a CHRIS.) Voy a aclararlo. ¿Quieres aclararlo o tienes miedo de hacerlo?
CHRIS. — ¿Qué quieres decir?
GEORGE. — Déjame subir y hablar con tu padre. En diez minutos, tendrás la respuesta. ¿O es que tienes miedo de la
respuesta?
CHRIS. — No tengo miedo de la respuesta, porque sé cuál es. Pero mi madre no está bien y no quiero peleas ahora.
GEORGE. — Déjame hablar con él.
CHRIS. — No quiero que inicies ahora una pelea.
GEORGE (a ANN). — ¡¡¡Qué más quieres!!! (Se oyen pasos en la casa.)
ANN (volviendo bruscamente la cabeza hacia la casa). — Alguien viene...
CHRIS (a GEORGE, en voz baja). —No digas nada ahora.
ANN. — Te irás pronto. Voy a pedir un coche.
GEORGE. — Tú vendrás conmigo.
ANN. — ¿Me oyes? por favor... George, no armes ahora una pelea... (Oye pasos.) Sss...
Entra LA MADRE por el pórtico. Está vestida casi de gala y muy bien peinada. Todos se vuelven hacia ella. Al ver
a GEORGE, levanta las dos manos y va hacia él.
LA MADRE. — ¡Georgie, Georgie!
GEORGE (siempre ha tenido simpatía por ella). — ¿Qué tal está usted, Kate?
LA MADRE (toma el rostro de GEORGE entre sus manos). — Han hecho de ti un viejo. (Le acaricia el pelo.) Mira, tienes
canas.
GEORGE (la piedad de KATE, espontánea y cordial, le emociona. Sonríe tristemente). — Lo sé. Yo...
LA MADRE. — Ya te dije cuando te fuiste... Que no buscaras medallas.
GEORGE (se ríe, con cansancio). —No las busqué, Kate. Me resultó muy fácil...
LA MADRE (sinceramente encadada). — ¡Vamos, vamos! ¡Todos sois iguales! (A ANN.) Mírale, ¿por qué dijiste que
estaba muy bien? Parece un fantasma.
GEOGE (saboreando esta solicitud). — Me siento muy bien.
LA MADRE. — Me da no sé qué verte. ¿Qué pasa con tu madre? ¿Es que no te da de comer?
ANN. — Es un buen hombre sin ningún apetito.
LA MADRE. — Si comiera en mi casa, tendría apetito. (A ANN.) Compadezco a tu marido. (A GEORGE.) Siéntate. Voy a
hacerte un emparedado.
GEORGE (se sienta, riéndose, turbado). — No tengo hambre, se lo aseguro.
LA MADRE. — Os lo aseguro; se me parte el corazón al ver lo que sucede con todos nuestros hijos. Hemos trabajado y
proyectado para vosotros y no veo que seáis mejores que nosotros en nada.
GEORGE (emocionado y con cariño), — Usted... usted no ha cambiado nada, Kate, ¿sabe?
LA MADRE. —Nadie ha cambiado, George. Todos te queremos. Joe hablaba el otro día del día en que naciste, cuando la
casa se quedó sin agua. Los vecinos venían con baldes desde una cuadra de distancia. Un forastero hubiera dicho que
había fuego en la casa... (Se ríen. LA MADRE ve el jugo. A ANN.) ¿Por qué no le has dado un poco de jugo?
ANN (ala defensiva). — Ya se lo ofrecí.
LA MADRE (riñendo). — ¡Ya se lo ofrecí! (Poniendo un vaso en la mano de ANN.) ¡Dáselo! (A GEORGE, que se está
riendo.) Y, ahora, vas a sentarte, tomar un poco de jugo... y parecer una persona.
GEORGE (sentándose). —Kate, comienzo a sentir apetito.
CHRIS (con orgullo). — Es capaz de convertir al Mahatma Gandhi en un peso pesado.
LA MADRE (a CHRIS, con gran energía). — ¡Mira, envía al diablo el restaurante! Tengo en la heladera jamón, fresas,
peras y...
ANN. — ¡Magnífico! Yo ayudaré.
GEORGE. — El tren sale a las ocho y media, Ann.
LA MADRE (a ANN). — ¿Os vais?
CHRIS. — No, mamá, Annie. ..
ANN (interrumpiendo y acercándose a GEORGE). — Apenas has llegado; aprovecha la ocasión para recordar todo esto...
CHRIS. — Claro... Se diría que eres un desconocido.
LA MADRE. — Bien, Chris, si no pueden quedarse, no les...
CHRIS. — No; es asunto de George, mamá, que quiere...
GEORGE (se levanta cortésmente, con nobleza, en atención a KATE). — Mira, espera un momento, Chris...
CHRIS (sonriendo y muy autoritario, interrumpiéndole). — Si quieres irte te llevo ahora mismo a la estación, pero si te
quedas, nada de discusiones.
LA MADRE (confesando finalmente la tensión). — ¿Por qué va a discutir? (Se acerca a GEORGE y, desesperada y
compasiva, le acaricia el cabello.) Georgie y nosotros no podemos discutir. ¿Cómo podríamos hacerlo, Georgie?
Todos nosotros hemos sido alcanzados por el mismo rayo... ¿Has visto, Georgie, lo que ha sucedido al árbol de
Larry? (Le toma del brazo y le obliga a cruzar el escenario con ella.) ¿Te imaginas? Mientras soñaba con mi hijo en
medio de la noche, vino el viento y... (LYDIA entra por el pórtico. Y en cuanto ve a GEORGE:)
LYDIA. — ¡Hola, Georgie! ¡Georgie, Georgie, Georgie! (Corre hacia él con vehemencia. Lleva en la mano un sombrero de
flores que KATE le quita mientras la joven va hacia GEORGE.)
GEORGE (estrecha la mano de LYDIA con calor). — ¡Que tal, Risueña! ¿Sigues creciendo?
LYDIA. — Soy ya una chica grande.
LA MADRE (enseñando el sombrero). — Mira lo que puede hacer con un sombrero.
ANN (a LYDIA, admirando el sombrero). — ¿Tú lo has hecho?
LA MADRE. — ¡En diez minutos! (Se lo pone.)
LYDIA (arreglando el sombrero en la cabeza de KATE). — ¡Oh! No he hecho más que arreglarlo,
GEORGE. — ¿Todavía te haces todas tus ropas?
CHRIS (refiriéndose a su madre). — ¿No está elegante? Sólo le falta ahora un mastín ruso al lado.
LA MADRE (moviendo la cabeza de derecha a izquierda). — Me hace el efecto de tener a alguien sentado en mi cabeza.
ANN. — No; es muy bonito, Kate.
LA MADRE (besa a LYDIA. A GEORGE). — ¡Es un genio! ¿Por qué no te casaste con ella? (Se ríen.) ¡Lydia te hubiese
alimentado muy bien!
LYDIA (extrañamente turbada). — ¡Oh, cállese, por favor, Kate!
GEORGE (a LYDIA). — ¿Es verdad lo que he oído? ¿Que tienes una criatura?
LA MADRE. — Has oído mal. Tiene tres criaturas.
GEORGE (un poco dolido. A LYDIA). — ¡No puede ser! ¿Tres?
LYDIA. — Sí, así fue... Uno, dos, tres... Has estado ausente mucho tiempo, George.
GEORGE. — Comienzo a comprenderlo.
LA MADRE (a CHRIS y GEORGE). — Lo que os pasa, muchachos, es que pensáis demasiado.
LYDIA. — Bien, también pensamos nosotras.
LA MADRE. — Sí, pero no todo el tiempo.
GEORGE (con envidia casi manifiesta). — Nunca se llevaron a Frank, ¿verdad?
LYDIA (un poco excusándose). — No, siempre estaba un ano por delante de la conscripción.
LA MADRE. — Es asombroso. Cuando llamaban a los de veintisiete años, Frank tenía veintiocho, y cuando llamaban a los
de veintiocho, tenía veintinueve. Por eso se ha dedicado a la astrología. Todo está ya cuando se nace; luego, no hace
más que manifestarse.
CHRIS. — ¿Que es lo que se manifiesta?
LA MADRE (a CHRIS). — No presumas de hombre al cabo de la calle. ¡Algunas supersticiones no hacen ningún mal! (A
LYDIA.) ¿Ha terminado el horóscopo de Larry?
LYDIA. — Voy a preguntárselo ahora, pues tengo que volver a casa (A GEORGE, un poco tristemente, casi turbada.) ¿No
quieres ver a mis niños? ¡Ven!
GEORGE. —- Mira, Lydia, prefiero...
LYDIA (comprendiendo). —- Muy bien. Que tengas mucha suerte, Georgie.
GEORGE. — Gracias. Y también tú... y Frank. (LYDIA le sonríe, se vuelve y se va por la derecha, a su casa. GEORGE se
queda mirándola.)
LYDIA (mientras se va). — ¡Eh...Frank!
LA MADRE (como reprochándole). — ¡Preciosa, grandísimo majadero!
GEORGE (mira a su alrededor con nostalgia. Habla suavemente, con un nudo en la garganta). — Hace bonito cuanto la
rodea.
LA MADRE (amenazándole con un dedo). — ¡Mira lo que te ha sucedido por no hacerme caso! ¡Te dije que te casaras coi,
esa chica y no te metieras en la guerra!
GEORGE (riéndose de sí mismo). — Era una chica que se reía demasiado.
LA MADRE. —Y tú no te reías lo suficiente. Mientras andabas loco con eso del fascismo, Frank se metía en la cama de
Lydia.
GEORGE (a CHRIS). — Frank ganó la guerra...
CHRIS. — Todas las batallas.
LA MADRE (a tono con este estado de ánimo). — El día que iniciaron la conscripción, George, te dije que estabas
enamorado de esa chica.
CHRIS (riéndose). — No hubo hombre más enamorado.
LA MADRE. — Soy más lista que cualquiera de vosotros.
GEORGE (riéndose). — Es usted maravillosa.
LA MADRE. — Y, ahora, me vas a escuchar, George. Los tres erais hombres de ideas, de grandes principios... Y, ahora yo
tengo un árbol y a éste (Indicando a CHRIS.), que apenas puede tenerse de pie cuando hace mal tiempo. En cambio
(Señalando hacia la casa de LYDIA.), ese bobalicón, que apenas lee más que historietas, tiene tres hijos y su casa
pagada. Deja de filosofar y mira para ti. Como Joe me decía hace un momento, vuelve aquí y él te ayudará a abrirte
camino. Y encontrarás una chica que te alegrará la cara.
GEORGE. — ¿Joe? ¿Joe quiere que venga aquí?
ANN (con afán). — Me pidió que te lo dijera y creo que es una buena idea.
LA MADRE. —Claro que es una buena idea. ¿Por qué tienes que imaginarte que nos odias? ¿Es eso también un gran
principio? No nos odias, George. Te conozco y no puedes engañarme. Yo te envolví en pañales. (De pronto,
volviéndose hacia ANN.) ¿Te acuerdas de la hija del señor Marcy?
ANN (riéndose, a GEORGE). — ¡Ya estás enganchado! (GEORGE se ríe, excitado.)
LA MADRE. — Tienes que verla, George. Tú me dirás si no es bonita.
CHRIS. — Tiene verrugas, George.
LA MADRE (a CHRIS). — ¡No tiene verrugas! (A GEORGE.) Tiene un lunarcito en la barbilla...
CHRIS. — Y dos en la nariz.
LA MADRE. — ¿No recuerdas? Su padre, ya retirado, fue el inspector de policía.
CHIRS. — Sargento, George.
LA MADRE. — ¡Es un hombre muy bueno!
CHRIS. — Con aspecto de gorila.
LA MADRE (a GEORGE). — Bien, no ha matado a nadie. (Todos se ríen de buena gana. En este momento, KELLER
aparece en la entrada de la casa. GEORGE se levanta bruscamente y mira a KELLER, quien se le acerca
rápidamente.)
KELLER (cesan las risas. Con jovialidad forzada). — ¡Bien! ¡Miren quién está aquí! (Tendiendo la mano.) Georgie,
mucho me alegro de verte.
GEORGE (estrechando la mano. Sombríamente). — ¿Qué tal está usted, Joe?
KELLER. — Así, así. Haciéndome viejo. ¿Vas a cenar con nosotros?
GEORGE. — No, tengo que volver a Nueva York.
ANN. —Voy a pedir un coche. (Entra en la casa.)
KELLER. — ¡Cuánto siento que no puedas quedarte, George! Siéntate. (A LA MADRE.) Tiene muy buen aspecto.
LA MADRE. — Nada de eso.
KELLER. — Eso es lo que he dicho. Tienes muy mal aspecto, George. (Se ríen.) En cuanto me pongo los pantalones, me
azotan con el cinturón.
GEORGE. — Vi su fábrica cuando vine de la estación. Parece la General Motors.
KELLER. — Ojalá fuera la General Motors, pero no lo es. Siéntate, George, siéntate. (Saca un cigarro de su bolsillo.) ¿De
modo que has ido por fin a visitar a tu padre, según me han dicho?
GEORGE. — Sí, esta mañana. ¿Qué es lo que fabrica ahora?
KELLER. — ¡Oh! Un poco de todo. Cocinas a presión, piezas para máquinas de lavar... Tengo ahora unas instalaciones
muy flexibles. ¿Y qué tal encontraste a tu padre? ¿Está bien de salud?
GEORGE (observando a KELLER, habla sin decisión). — No, no está bien, Joe.
KELLER (encendiendo su cigarro). — ¿Otra vez su corazón?
GEORGE. — Es todo, Joe. Es su alma.
KELLER (despidiendo el humo). — ¡Uh, uh...!
CHRIS. — ¿Qué, te parece que vayamos a ver lo que han hecho con tu casa?
KELLER. — Déjale tranquilo.
GEORGE (a CHRIS, señalando a KELLER). — Desearía hablar con él.
KELLER. — Desde luego. Si acaba de llegar... Eso es lo que hacen, George. Un hombre modesto comete un error y le
ponen en la picota; en cambio, si el error es de un personaje, le hacen embajador. Me hubiera gustado saber que ibas
a visitar a tu padre.
GEORGE (estudiándole). — No sabía que estuviera interesado.
KELLER. — En cierto modo, lo estoy. Quería que supiera, George, que, en lo que a mí respecta, cuando él quiera, tendrá
un puesto en mi fábrica. Desearía que lo supiera.
GEORGE. — Odia el temple de usted, Joe. ¿No lo sabía?
KELLER. — Me lo imaginaba. Pero eso puede cambiar también.
LA MADRE. — Steve nunca fue así.
GEORGE. — Es así ahora. Le agradaría agarrar a cuantos hicieron dinero durante la guerra y arrimarlos a una pared
CHRIS. — Necesitaría muchas balas.
GEORGE. — Y vale más que no consiga ninguna.
KELLER. — Es triste oír eso.
GEORGE (con tono en el que predomina la amargura). — ¿Por qué? ¿Qué otra cosa puede pensar?
KELLER (la fuerza de su temperamento, comienza a manifestarse, aunque está todavía contenida). — Siento que no haya
cambiado. Desde que le conozco, y son veinticinco años, nunca ha sabido soportar sus culpas. Tú lo sabes, George.
GEORGE (lo sabe). — Bien, yo...
KELLER. — Lo sabes muy bien. Porque, tal como te presentas, se diría que no lo recuerdas. Me refiero, por ejemplo, a
1937, cuando teníamos el taller en Flood Street. Casi nos hizo volar con aquel horno que dejó encendido durante dos
días, sin agua. No quiso nunca confesar que era culpa suya. Tuve que despedir a un mecánico para cubrirle. Tienes
que recordarlo.
GEORGE. — Sí, pero...
KELLER. — No hago más que mencionarlo, George. Pero se trata solamente de un botón de muestra. Como cuando dio a
Frank aquel dinero para que lo invirtiera en acciones de petróleo.
GEORGE (turbado). — Ya lo sé, pero...
KELLER (lanzado, pero frenándose). — No está de más recordar estas cosas, muchacho. ¡Cómo maldijo a Frank porque
las acciones bajaron! ¿Era culpa de Frank? Si se le escuchaba, Frank era un estafador. Y todo lo que hizo el hombre
fue darle una indicación errónea.
GEORGE (se levanta y se aleja un poco). — Ya sé todo eso.
KELLER. — Pues recuérdalo, recuérdalo. (ANN sale de la casa.) Hay algunos que prefieren ver ahorcado a medio mundo
antes que reconocer su propia falta. ¿Me comprendes, George? (Están frente a frente y GEORGE le estudia.)
ANN (bajando del pórtico). — El coche está en camino. ¿Quieres lavarte?
LA MADRE (con esperanzas). — ¿Por qué tiene que irse? Que salga de madrugada.
KELLER. — ¡Claro! ¡Así cenarás con nosotros!
ANN. — ¿Qué te parece? ¿Por qué no? Cenaremos en el lago. Vamos a divertirnos a lo grande.
GEORGE (larga pausa, mientras mira sucesivamente a ANN, CHRIS, KELLER y de nuevo a ANN). — Muy bien.
LA MADRE. — Así se habla.
CHRIS. — Tengo una camisa que irá perfectamente con ese traje.
LA MADRE. — Del quince y medio. ¿Te vendrá bien, George?
GEORGE. — ¿Es que Lydia...? Es decir, ¿van a venir Frank y Lydia?
LA MADRE. — Voy a citarla para que venga con nosotros. Verás. Va a venir hecha un brazo de mar... (Inicia la marcha
hacia el fondo.)
GEORGE (se ríe). — No, por favor, no quiero una cita.
CHRIS. — Conozco a quien es pintiparada para ti. ¡Charlotte Tanner! (Inicia la marcha hacia la casa.)
KELLER. — Eso es. Llama a Charlotte.
LA MADRE. — Sí, sí. Corre al teléfono. (CHRIS entra en la casa.)
ANN. — Sube y elige una camisa y una corbata.
GEORGE (se detiene, les mira y luego mira el patio y la casa). — Nunca me he sentido en casa en ninguna parte, pero
aquí... (Casi se ríe y se aleja del grupo.) Kate, está usted jovencísima, ¿sabe? No ha cambiado nada. Es... todo como
antes. (Se vuelve hacia KELLER.) Y usted, Joe, También es el mismo. Todo aquí está igual que antes.
KELLER. — Mira, no he tenido tiempo de estar enfermo.
LA MADRE. — No ha estado en cama desde hace quince años.
KELLER. — Si exceptúas mi gripe, durante la guerra.
LA MADRE. — ¿Cómo?
KELLER. — Mi gripe... Cuando estuve enfermo... durante la guerra.
LA MADRE. — Bien, sí... (A GEORGE.) Salvo aquella gripe, desde luego. (GEORGE permanece en inmovilidad
absoluta.) Bien, es algo que se me pasó por alto; no me mires así. Quiso ir a la fábrica, pero no pudo levantarse de la
cama. Creí que era una pulmonía.
GEORGE. — ¿Por qué dijo que nunca había estado...?
KELLER. — Comprendo tu estado de ánimo, muchacho. Nunca me lo perdonaré. Si hubiese podido ir aquel día a la
fábrica, no hubiera permitido que tu padre tocara aquellas culatas.
GEORGE. — Kate ha dicho que usted nunca estuvo enfermo.
LA MADRE. — He dicho que estuvo enfermo, George.
GEORGE (acercándose a ANN). — Ann, ¿no le has oído decir...?
LA MADRE. — ¿Recuerdas cada vez que has estado enfermo?
GEORGE. — Recordaría una pulmonía. Especialmente, si era el día en que mi socio iba a remendar unas culatas
defectuosas... ¿Qué sucedió aquel día, Joe?
FRANK (entra animadamente por el camino, con el horóscopo de LARRY en la mano. Se acerca a KATE). — ¡Kate!
¡Kate!
LA MADRE. — Frank, ¿viste a George?
FRANK (tiende su mano). — Lydia me lo dijo. Encantado... Perdóneme. (Lleva a LA MADRE hacia la derecha.) Tengo
algo asombroso para usted, Kate. He terminado el horóscopo de Larry.
LA MADRE. — Te interesará esto, George. Es maravilloso cómo comprende las...
CHRIS (entrando procedente del teléfono). — George, la chica está al teléfono.
LA MADRE (desesperadamente). — ¡Ha terminado el horóscopo de Larry!
CHRIS. — Frank, ¿no pudiste elegir un momento mejor que éste?
FRANK. — ¡Los hombres más ilustres creyeron en las estrellas!
CHRIS. — ¡Basta de meterle esas tonterías en la cabeza!
FRANK. — ¿Es tontería creer que hay un poder superior al nuestro? ¡He estudiado las estrellas de su vida! Ya te he dicho
que no quiero discutir contigo. En algún lugar de este mundo, tu hermano está vivo...
LA MADRE (inmediatamente, a CHRIS). — ¿Por qué no puede ser?
CHRIS. — Porque es una locura.
FRANK. — Espera un momento. Voy a decir algo y después cada cual que haga lo que quiera. Yo sólo pido que se me deje
decirlo. Se supone que murió el veinticinco de noviembre. Pero el veinticinco de noviembre es para él un día fasto.
CHRIS. — ¡Mamá!
LA MADRE. — ¡Escúchale!
FRANK. —Era un día en que todo le era favorable; Use día en que uno debería casarse. Pueden ustedes reírse cuanto
quieran, porque comprendo sus risas. Pero hay una probabilidad contra un millón de que un hombre muera en uno de
sus días fastos. ¡Está comprobado, Chris, está comprobado!
LA MADRE. — ¿Por qué no puede ser, Chris? ¿Por qué no puede ser?
GEORGE (a ANN). — ¿No comprendes lo que está diciendo? Te está diciendo que te vayas. ¿A qué esperas ahora?
CHRIS. — Nadie puede decirle que se vaya. (Se oye la bocina de un coche.)
LA MADRE (a FRANK). —Gracias por el trabajo que te has tomado. ¿Quieres decirle que espere, Frank?
FRANK (mientras se va). — Desde luego.
LA MADRE (llamando). — ¡Van en seguida, chófer!
CHRIS. — Ann no se va, mamá.
GEORGE. — Ya has oído lo que ha dicho. ¡Nunca estuvo enfermo!
LA MADRE. — ¡Me ha interpretado mal, Chris! (CHRIS mira a su madre, impresionado.)
GEORGE (a ANN). — Dijo a tu padre que matara pilotos y se amparó metiéndose en la cama...
CHRIS. — Contéstale tú misma. Annie, contéstale.
LA MADRE. — Te he preparado tu maleta, querida...
CHRIS. — ¿Qué?
LA MADRE. — Te he preparado tu maleta... No tienes más que cerrarla.
ANN. — Yo no cierro nada. Chris me pidió que viniera y me quedaré hasta que me diga que me vaya. (A GEORGE.)
¡Hasta que Chris me lo diga!
CHRIS. — ¡Ya está dicho todo! ¡Ahora, vete, George!
LA MADRE (a CHRIS). — Pero si George piensa así...
CHRIS. — ¡Ya está dicho todo hasta la venida de Cristo! ¡No se vuelva a hablar de Larry mientras yo esté aquí! (A
GEORGE.) ¡Ahora, vete, George!
GEORGE (a ANN). — Dímelo tú. Quiero que ella me lo diga.
ANN. — ¡Vete, George! (Desaparecen por el camino, mientras ANN dice a su hermano: “No lo tomes así, George... Por
favor, no lo tomes así”.)
CHRIS. — ¿Qué quieres decir con eso de que has preparado su maleta? ¿Cómo te atreves...?
LA MADRE. — Chris...
CHRIS. — ¿Cómo te atreves a prepararle la maleta?
LA MADRE. — No es de casa.
CHRIS. — Entonces, tampoco lo soy yo.
LA MADRE. — Es la novia de Larry.
CHRIS. — Y yo soy su hermano. Él ha muerto y yo me voy a casar con su novia.
LA MADRE. — ¡Jamás! ¡No lo consentiré!
KELLER. — ¿Te has vuelto loca?
LA MADRE. — Tú no tienes nada que decir.
KELLER (con crueldad). — Tengo muchas cosas que decir. Llevas tres años y medio hablando como una perfecta
chiflada...
LA MADRE (da una cachetada a su marido). — Nada. No tienes nada que decir. Quien habla ahora soy yo. Larry va a
volver y todos vamos a esperarle.
CHRIS. — Mamá, mamá...
LA MADRE. — Tú esperas como los demás.
CHRIS. — ¿Cuánto tiempo? ¡Dime!
LA MADRE (fuera de sí). — ¡Hasta que venga! ¡Eternamente, hasta que venga!
CHRIS (como un ultimátum). — Mamá, estoy decidido a seguir adelante.
LA MADRE. — Chris, no te he dicho que no en mi vida. ¡Ahora te digo que no!
CHRIS. — No abandonarás esa idea hasta que lo haga.
LA MADRE. — No abandonaré a Larry y tú tampoco.
CHRIS. — Yo ya le he abandonado. Hace tiempo.
LA MADRE (con no menos fuerza, pero volviendo la espalda a CHRIS). — Entonces, abandona también a tu padre.
(Pausa. CHRIS queda atónito.)
KELLER. — Ha perdido la cabeza.
LA MADRE. —Por completo. (A CHRIS, pero sin mirar a ninguno de los dos.) Tu hermano está vivo, hijo mío, porque si
ha muerto, es tu padre quien lo ha matado. ¿Me comprendes ahora? Mientras vivas, ese chico vive. Dios no deja que
un padre mate a su hijo. ¿Lo ves ahora? ¿Lo ves? (Totalmente fuera de sí, corre y se mete en casa.)
KELLER (CHRIS no se ha movido. Su padre habla de modo insinuante, interrogante). — Ha perdido la cabeza.
CHRIS (con un murmullo entrecortado). — Entonces... fuiste tú...
KELLER (con el comienzo de un alegato en su voz). — Nunca voló en un P-40...
CHRIS (abrumado). — Pero los demás...
KELLER (insistentemente). — Ha perdido la cabeza... (Da un paso hacia CHRIS, suplicante.)
CHRIS (sin ceder). — Papá... ¿Lo hiciste?
KELLER. — No voló nunca en un P-40... ¿Qué te pasa?
CHRIS (todavía interrogando). — Entonces, lo hiciste... A los otros. (Los dos hablan en voz baja.)
KELLER (asustado de la helada insistencia de su hijo). — ¿Qué te pasa? ¿Quieres decirme qué te pasa?
CHRIS (con una actitud increíblemente reposada). — ¿Cómo pudiste hacer eso? ¿Cómo?
KELLER. — ¿Quieres decirme qué te pasa?
CHRIS. — ¡Papá...! ¡Papá, has matado a veintiún hombres!
KELLER. — ¿Qué dices? Yo no he matado a nadie.
CHRIS. — Los has matado. Los has asesinado.
KELLER (como abriéndose totalmente ante CHRIS). — ¿Cómo puedo yo haber matado a nadie?
CHRIS. — ¡Papá, papá!
KELLER (tratando de calmar a su hijo). — ¡No he matado a nadie!
CHRIS. — Entonces, explícamelo. ¿Qué hiciste? ¡Explícamelo o te hago ahora mismo pedazos!
KELLER (horrorizado ante el furor de su hijo). — ¡No, Chris, no...!
CHRIS. — Quiero saber qué hiciste. ¡Ahora mismo! Tenías ciento veinte culatas de cilindro defectuosas. ¿Qué hiciste?
KELLER. — Si me vas a ahorcar por eso, entonces...
CHRIS. — ¡Estoy escuchando, cielos! ¡Estoy escuchando!
KELLER (los movimientos de los dos son ahora los de una persecución y una huida sutiles. KELLER, mientras habla,
procura mantenerse siempre a un paso del alcance de su hijo). — ¡Tú eras un niño! ¿Qué podía hacer? Tengo un
negocio, un negocio... Con aquellas ciento veinte piezas defectuosas, me veía en la ruina. Si tengo un proceso de
fabricación y el proceso no funciona, es el desastre. No sabes producir y tu mercadería es mala. Te cierran los
talleres, anulan los contratos... ¿Qué les importa? Estás cuarenta años en el negocio y, de pronto, te ves desplazado
en cinco minutos. ¿Qué podía hacer? ¿Permitir que me quitaran esos cuarenta años, que me quitaran la vida? (Su voz
se quiebra.) Nunca pensé que llegaran a instalar aquellas piezas. Te lo juro. Supuse que las descartarían antes de que
nadie levantara el vuelo.
CHRIS. — Entonces, ¿para qué las entregaste?
KELLER. — Me dije que, para cuando las descubrieran, tendría de nuevo el proceso en marcha, con lo que me necesitarían
y dejarían seguir las cosas. Pero pasaron varias semanas y nadie nos llamo al orden. Fue entonces cuando pensé
decirles lo que había pasado.
CHRIS. — ¿Y por qué no lo dijiste?
KELLER. — Era demasiado tarde. Los periódicos... Era toda la primera plana. Veintiún aviones estrellados... Era
demasiado tarde. Vinieron con esposas al taller... ¿Qué podía hacer? (Se sienta en el banco, en el centro.) Chris...
Chris, lo hice por ti. Había un riesgo y lo corrí por tí. Tengo sesenta y un años. ¿Cuándo iba a tener otra oportunidad
de hacer algo por ti? A los sesenta y un años, ya no hay oportunidades, ¿comprendes?
CHRIS. — Tú sabías incluso que los aviones tenían que caerse...
KELLER. — Yo no he dicho eso...
CHRIS. — ¿No ibas a prevenirles que no los usaran?
KELLER. — Pero eso no quiere decir...
CHRIS. — Quiere decir que tú sabías que se iban a estrellar.
KELLER. — No quiere decir eso.
CHRIS. — Entonces, tú creías que se iban a estrellar.
KELLER. — Tal vez temía...
CHRIS. — ¡Tal vez temías! ¡Cielos! ¿Qué clase de persona eres? Los pobres muchachos colgaban en el aire de esas
culatas... ¿No lo sabías?
KELLER. — ¡Lo hice por ti! ¡Era un negocio para ti!
CHRIS (con incontenible furia). — ¡Para mí! ¿Dónde vives? ¿De dónde vienes? ¡Para mí! Yo me estaba muriendo cada día
y tú matabas a mis hombres y... ¿lo hacías para mí? ¿En qué crees que estaba pensando? ¿En el maldito negocio? ¿Es
eso hasta donde puedes ver? ¿Tu negocio? ¿Qué significa eso, el negocio? ¿Qué significa eso de que lo hiciste para
mí? ¿No tienes una patria? ¿No vives en el mundo? ¿Qué diablos eres tú? No eres ni siquiera un animal, porque los
animales no matan a los suyos. ¿Qué eres? ¿Qué puedo hacer contigo? Debería arrancarte la lengua ahora mismo.
¿Qué puedo hacer? (Con un puño, golpea en el hombro de su padre, quien se tambalea, cubriéndose el rostro
mientras llora.) ¿Qué puedo hacer, Cristo, qué puedo hacer?
KELLER. — Chris... Mi Chris...
TELÓN


TERCER ACTO
Las dos de la madrugada del día siguiente. LA MADRE está levantada, meciéndose de modo incesante en una silla,
con los ojos muy abiertos, enfrascada en sus pensamientos. Se mece de modo corto e intenso. Hay una luz en el dormitorio
de arriba; las ventanas del piso bajo están a oscuras. La luna brilla con fuerza y arroja una luz azulada.
Aparece JIM por la izquierda, con chaqueta y sombrero. Al ver a LA MADRE, se acerca a ella.
JIM. — ¿Alguna novedad?
LA MADRE. — No, ninguna.
JIM (cariñosamente). — No puede pasar la noche aquí sentada, amiga mía. ¿Por qué no se va a la cama?
LA MADRE. — Estoy esperando a Chris. No se preocupe por mí, Jim Estoy perfectamente bien.
JIM. — Pero si son casi las dos...
LA MADRE. —No puedo dormir. (Breve pausa.) ¿Ha tenido usted alguna llamada urgente?
JIM (con cansancio). — Un señor que tuvo una jaqueca y creyó que se iba a morir. (Breve pausa.) La mitad de mis clientes
están locos. Nadie comprende cuántos son los que andan sueltos y deberían estar encerrados. Dinero. Dinero, dinero,
dinero... Se repite tanto que no llega a significar nada. (LA MADRE sonríe, ríe silenciosamente.) ¡Oh! ¡Cómo me
gustaría estar presente cuando eso sucediera!
LA MADRE (menea la cabeza). — ¡Es usted un niño, Jim! Lo parece a veces...
JIM (la mira durante unos instantes). — Kate... (Pausa.) ¿Qué ha sucedido?
LA MADRE. — Ya se lo dije. Tuvo una discusión con Joe. Luego, tomó el coche y se fue.
JIM. — ¿Qué clase de discusión?
LA MADRE. — Una discusión... Joe estaba llorando como un niño.
JIM. — ¿Discutieron sobre Ann?
LA MADRE (con leve vacilación). — No, no sobre Ann. ¿Se imagina? (Señala a la ventana iluminada de arriba.) Ann no
ha salido de la habitación desde que Chris se marchó. Toda la noche ahí arriba.
JIM (mira a la ventana y luego a KATE). — ¿Qué es lo que ha hecho Joe? ¿Decírselo?
LA MADRE (deja de mecerse). — Decirle... ¿qué?
JIM. — No se asuste, Kate. Lo sé. Siempre lo he sabido.
LA MADRE. — ¿Cómo?
JIM — Me lo imaginé hace tiempo.
LA MADRE. — Yo siempre tuve la impresión de que, en el fondo de su conciencia, Chris... casi lo sabía. No creí que le
causara tan terrible impresión.
JIM (se levanta). — Chris no sabría vivir con una cosa así encima. Hace falta cierto talento... para la mentira. Usted lo tiene
y yo también. Pero él, no.
LA MADRE. — ¿Qué quiere decir? ¿No va a volver?
JIM. — ¡Oh, no! Volverá. Todos volvemos, Kate. Estas revolucioncitas privadas siempre se extinguen. Siempre se llega al
compromiso. De un modo o de otro. Frank tiene razón: cada hombre cuenta con su estrella. La estrella de la propia
honradez. Nos pasamos la vida buscándola, pero, una vez extinguida, ya no luce de nuevo. No creo que haya ido
muy lejos. Probablemente, quería estar solo para ver cómo su estrella se extinguía.
LA MADRE. — Siempre que vuelva.
JIM. — ¡Ojalá no lo hiciera, Kate! En una ocasión, me fui a Nueva Orleáns. Durante dos meses, viví a régimen de bananas
y leche y estudie cierta enfermedad. ¡Era algo hermoso! Y, en esto, se presentó ella y me lloró. Resultado: volví a
casa con ella. Y. ahora, vivo en la oscuridad habitual; no puedo encontrarme a mí mismo y hasta me es difícil a veces
recordar la clase de hombre que quise ser. Soy, un buen marido. Y Chris es un buen hijo... Volverá. (KELLER sale
por el pórtico, con bata y zapatillas. Va hacia el fondo, al sendero. JIM se le acerca.)
JIM. — Tengo la impresión de que está en el parque. Voy a buscarle. Métala en la cama, Joe; no es bueno para lo que tiene.
(JIM sale por el camino.)
KELLER (se desplaza hacia el primer término). — ¿Qué hacía aquí?
LA MADRE. — No es amigo de estar en casa.
KELLER (con la voz ronca. Se acerca a su esposa). — Se mezcla demasiado en nuestras cosas.
LA MADRE. — Es demasiado tarde. Lo sabe.
KELLER (con aprensión). — ¿Cómo lo sabe?
LA MADRE. — Se lo imaginó hace tiempo.
KELLER. — No me gusta eso.
LA MADRE (se ríe peligrosamente, con alboroto, mientras habla). — Lo que no te guste...
KELLER. — Sí, lo que no me guste.
LA MADRE. — Déjate ahora de bravatas, Joe. Vale más que pongas en todo los cinco sentidos. Esta cosa... no ha
terminado todavía.
KELLER (señalando a la ventana iluminada). — ¿Y qué hace ella ahí arriba? No quiere salir de la habitación.
LA MADRE. — ¿Cómo quieres que sepa qué está haciendo? Siéntate y deja de hacer locuras. ¿Quieres vivir? En ese caso,
vale más que seas cauto.
KELLER. — Ella no lo sabe, ¿verdad?
LA MADRE. — Vio a Chris salir hecho una furia de aquí. Es uno y uno... y sabe sumar.
KELLER. — ¿No crees que debería hablar con ella?
LA MADRE. — No me lo preguntes a mí, Joe.
KELLER (casi haciendo explosión). — Entonces, ¿a quién he de preguntárselo? Pero no creo que ella haga nada en este
asunto...
LA MADRE. — Ya me estás preguntando de nuevo.
KELLER. — Sí, te estoy preguntando. ¿Qué soy? ¿Un extraño? Creí que tenía aquí una familia. ¿Qué ha sucedido con mi
familia?
LA MADRE. — Tienes una familia. Lo único que te digo es que ya no me quedan fuerzas para pensar.
KELLER. — ¡Ya no tienes fuerzas! Cuando estamos ante un problema, te quedas sin fuerzas.
LA MADRE. —Joe, estás volviendo a lo de siempre. Durante toda tu vida, cuando ha habido un conflicto, me has gritado y
has pensado que con eso lo solucionabas todo.
KELLER. — Entonces, ¿qué he de hacer? Dímelo, habla... ¿Qué he de hacer?
LA MADRE. — Joe..., he pensado... Si vuelve...
KELLER. — ¿Qué es eso de “si” vuelve? ¡Claro que va a volver!
LA MADRE. — He pensado que, si te sientas con él... y te explicas... Es decir, le tienes que hacer ver que hiciste algo
terrible. (Sin mirarle a los ojos.) Es decir, si él ve que comprendes lo que hiciste... ¿Me comprendes?
KELLER. — ¿Adónde se va con eso?
LA MADRE (con un poco de miedo). — Es decir, si le dices que quieres pagar lo que hiciste.
KELLER (comprendiendo... en voz baja). — ¿Cómo puedo pagar?
LA MADRE. — Diciéndole... que estás dispuesto a ir a la cárcel. (Pausa.)
KELLER (impresionado, aturdido). — ¿Dispuesto a ir a...?
LA MADRE (rápidamente). — No irías. No te exigiría que fueras. Pero, si le dijeras que quieres ir, si advirtiera tu deseo de
pagar, tal vez te perdonaría.
KELLER. — ¿Me perdonaría? ¿Qué tiene que perdonar?
LA MADRE. — Joe, tú sabes lo que quiero decir.
KELLER. — ¡No sé lo que quieres decir! Tú querías dinero y yo hice dinero. ¿Qué me tenéis que perdonar? ¿No querías
dinero, acaso?
LA MADRE. — No lo quería de esa manera.
KELLER. — ¡Yo tampoco lo quería de esa manera! ¿Qué diferencia supone eso en lo que querías? Os he mimado a los dos.
Lo que debí hacer es ponerle a trabajar a los diez años y obligarle a pagar su manutención. Como hicieron conmigo.
Entonces sabría cómo se gana el dinero en este mundo. ¡Perdonarme! Yo hubiera podido vivir con un par de dólares
por semana, pero tenía una familia y...
LA MADRE. — Joe, Joe... No es excusa el que lo hayas hecho por la familia.
KELLER. — Sí, es excusa.
LA MADRE. — Hay para él algo más importante que la familia.
KELLER. — No hay nada más importante.
. LA MADRE. — Para él, sí.
KELLER. — No hay nada que pueda hacer que yo no se lo perdone. Porque es mi hijo. Porque yo soy su padre y él es mi
hijo.
LA MADRE. — Joe, yo te digo...
KELLER. — No hay nada más importante que eso. Y vas a decírselo, ¿me oyes? Yo soy su padre y él es mi hijo, y si hay
algo más importante que eso, me pegaré un tiro...
LA MADRE. — ¡No digas eso!
KELLER. — Lo que me oyes... Ya sabes lo que tienes que decir. (Pausa. Se, aparta de su esposa y se detiene.) Pero no me
rechazará, ¿verdad? No puede hacerlo..., no lo hará...
LA MADRE. — Te adoraba, Joe. Y le has hecho un terrible mal.
KELLER. — Pero rechazarme...
LA MADRE. — No lo sé. Comienzo a pensar que no le conocemos bien. Dicen que en la guerra mataba sin la menor
vacilación. Aquí, en cambio, se asustaba de los ratones. No le conozco. Y no sé lo que hará.
KELLER. — ¡Maldita sea! Si Larry viviera, no procedería así. Comprendía cómo era el mundo. Me escuchaba. Para él, el
mundo tenía una fachada de diez metros y terminaba en el linde de la casa. En cambio, este otro siempre se preocupa
por las cosas más absurdas. Si se cierra un trato cobrando dos centavos de más, pierde el pelo. No comprende lo que
es el dinero. Lo ha adquirido siempre con demasiada facilidad. Sí, señor, Larry. El chico que perdimos. Ése era el
que valía, Larry, Larry... (Se deja caer en una silla delante de su esposa.) ¿Qué puedo hacer, Kate?
LA MADRE. — Joe, Joe, por favor... Todo se arreglará, no va a suceder nada...
KELLER (desesperado, en pleno desconcierto). — Para ti, Kate... Para vosotros dos... Nunca he tenido otra finalidad en la
vida.
LA MADRE. —Lo sé, querido, lo sé... (Entra ANN, procedente de la casa. No dicen nada, a la espera de que hable.)
ANN. — ¿Por qué están ustedes levantados? Ya les llamaré cuando venga.
KELLER (se levanta y se acerca a ANN). — No has cenado nada, ¿verdad? (A LA MADRE.) ¿Por qué no le preparas algo?
LA MADRE. — Desde luego... Voy a...
ANN. — No, no, Kate. Me siento muy bien. (Son incapaces de hablarse.) Quiero decirles una cosa. (Comienza y se
detiene.) No voy a hacer nada en ese asunto...
LA MADRE. — ¡Qué buena eres, Annie! (A KELLER.) ¿Ves? Es una.
ANN. — No voy a hacer nada en ese asunto, Joe, pero ustedes van a hacer algo por mí. (Directamente a LA MADRE.) Han
hecho ustedes que Chris se sienta un reo conmigo. Queriéndolo o no, le han colocado ante mí en una posición
desdichada. Quiero que le digan que Larry ha muerto y que ustedes lo saben. ¿Me comprenden? No me voy a ir de
aquí sola. No hay vida para mí de esa manera. Quiero que le dejen en libertad. Y yo les prometo que todo terminará.
Nos iremos y eso es todo.
KELLER. — Vas a hacerlo. Tienes que decírselo.
ANN. — Sé lo que estoy pidiendo, Kate. Tenía usted dos hijos. Pero ya no tiene usted más que uno.
KELLER. — Tienes que decírselo.
ANN. — Y tiene que decírselo en forma que vea que usted dice la verdad.
LA MADRE. —Hija mía, si mi hijo hubiera muerto, no dependería de mí que Chris lo supiera... La noche que se acueste en
tu cama, su corazón quedará seco. Porque lo sabe, como lo sabes tú. ¡Esperará a su hermano hasta el día de, su propia
muerte! No, querida, nada de cosas raras. Te irás por la mañana y te irás sola. Ése es el destino de tu vida, de tu vida
de soledad. (Se va al pórtico y va a entrar en la casa.)
ANN. — Larry ha muerto, Kate.
LA MADRE (se detiene). — ¡No me hables!
ANN. — Le digo que ha muerto. ¡Lo sé! ¡Se estrelló frente a la costa de China el veinticinco de noviembre! No fue una
falla en el motor. Pero murió. Lo sé...
LA MADRE. — ¿Cómo murió? Me estás mintiendo. Si lo sabes, dime: ¿cómo murió?
ANN. — Yo le quería. Usted sabe que yo le quería. ¿Es que hubiera mirado a otro, si no hubiese estado segura? Eso debe
bastar para usted.
LA MADRE (acercándose a ANN). — ¿Debe bastar para mí? ¿De qué estás hablando? (Agarra a ANN por las muñecas.)
ANN. — Me está haciendo daño.
LA MADRE. — ¿De qué estás hablando? (Pausa. Mira a ANN un momento; luego, se vuelve y va hacia JOE.)
ANN. — Joe, váyase a la casa...
KELLER. — ¿Por qué he de irme?
ANN. — Por favor, váyase...
KELLER. — Llámame cuando llegue Chris... (KELLER entra en la casa)
LA MADRE (ve que ANN saca una carta del bolsillo). — ¿Qué es eso?
ANN. — Siéntese... (LA MADRE se mueve hacia la izquierda, pero no se sienta.) En primer lugar, tiene usted que
comprender. Cuando vine, no tenía la menor idea de que Joe... No tenía nada contra él y contra usted. Vine para
casarme. Tenía esa esperanza... Por eso, no traje esto para herirla. Me dije que se lo enseñaría únicamente si no había
otro modo de que usted desechara esas imaginaciones sobre Larry.
LA MADRE. — ¿Larry? (Arranca la carta de las manos de ANN.)
ANN. — Me la escribió inmediatamente antes de que... (LA MADRE abre la carta y comienza a leerla.) No quiero herirla,
Kate. Usted me ha obligado a hacer, esto... Recuerde ahora que... Recuerde. ¡Me he sentido tan sola, Kate!... No
quiero ahora irme sola otra vez... (Se oye un bajo y prolongado gemido de la garganta de LA MADRE, quien está
leyendo.) Usted me ha obligado a enseñársela... No quería creerme. Se lo dije cien veces, pero usted no quería
creerme...
LA MADRE. — ¡Dios mío!
ANN (con compasión y miedo). — Kate, por favor, por favor...
LA MADRE. — ¡Dios mío! ¡Dios mío!
ANN. — Kate, no sabe usted cómo lo siento... No lo sabe usted bien. (CHRIS entra por el camino; parece agotado.)
CHRIS. — ¿Qué pasa?
ANN. — ¿Dónde has estado? Estás transpirando... (LA MADRE no se mueve). ¿Dónde has estado?
CHRIS. — He andado un poco en el coche. Creía que te habías ido.
ANN. — ¿Adónde? No tengo ningún sitio adonde ir.
CHRIS (a su madre). — ¿Dónde está papá?
ANN. — Dentro. Se ha recostado.
CHRIS. — Sentaos las dos. Os diré lo que debo deciros.
LA MADRE. — No oí el coche.
CHRIS. — Lo dejé en las cocheras.
LA MADRE. — Jim te está buscando.
CHRIS. — Mamá..., me voy. Hay dos firmas en Cleveland... Creo que obtendré trabajo en alguna de ellas. Es decir, me voy
para siempre. (A ANN solamente.) Ya sé lo que estás pensando. Es verdad. Soy un flojo. Me hicieron flojo en esta
casa, porque yo sospechaba de mi padre y no hice nada... Pero, si yo hubiese sabido la noche que volví a casa lo que
sé ahora, mi padre estaría ya en el despacho del fiscal 'del distrito. Yo mismo le hubiera llevado. Ahora, cuando le
miro, sólo soy capaz de llorar.
LA MADRE. — ¿Qué dices? ¿Qué otra cosa puedes hacer?
CHRIS. — ¡Podría meterle en la cárcel! ¡Podría meterle en la cárcel, si tuviera todavía algo de humanidad! Pero, ahora, soy
como los demás. Soy práctico ahora. Me habéis hecho un hombre práctico.
LA MADRE. — Tienes que serlo.
CHRIS. — Los gatos que merodean por aquí son prácticos. Y los tipos que huían mientras nosotros combatíamos eran
prácticos. Sólo los muertos no eran prácticos. Pero yo soy práctico ahora y me escupo a mí mismo. Me voy. Me voy
ahora mismo.
ANN (se le acerca para detenerlo). —Yo me voy contigo.
CHRIS. — No, Ann.
ANN. — Chris, no te pido que hagas nada con Joe.
CHRIS. — Sí, me pides.
ANN. — Te juro que nunca te lo pediré.
CHRIS. — En tu corazón, siempre me lo pedirás.
ANN. — Entonces, ¡haz lo que tienes que hacer!
CHRIS. — ¿Qué tengo que hacer? ¿Qué? Durante toda la noche, he estado buscando una razón para hacerle sufrir.
ANN. — ¡Existe esa razón!
CHRIS. — ¿Dónde está? ¿Resucitarán los muertos cuando le ponga entre rejas? ¿Para qué he de hacer eso? Allí, solíamos
pegar un par de tiros al hombre que se portaba como un perro, pero allí había un honor, se estaba protegiendo algo.
Pero, ¿aquí? Ésta es la tierra de los grandes perros. Aquí no se ama al semejante, sino se le devora. Tal es el
principio; el único al que ajustamos nuestras vidas. Lo único que pasó es que se mataron unos cuantos; nada más. El
mundo es así. ¿Cómo voy a sacarle esa idea de la cabeza? ¿Qué sentado tiene? ¡Esto es un zoológico, un zoológico!
ANN (a LA MADRE). — Usted sabe lo que Chris debe hacer. Dígaselo.
LA MADRE. — Déjale que se vaya.
ANN. — No le dejaré irse. Usted le va a decir lo que tiene que hacer...
LA MADRE. — ¡Annie!
ANN. — Entonces, ¡lo haré yo! (Entra KELLER, procedente de la casa. CHRIS le ve y se va hacia la derecha, junto al
emparrado.)
KELLER. — ¿Qué te pasa? ¿Quieres decírmelo? Quiero hablar contigo.
CHRIS. — No tengo nada que decirte.
KELLER (tomándole el brazo). — ¡Quiero hablar contigo!
CHRIS (desprendiéndose con violencia). — No hagas eso, papá. Puedo hacerte daño, si lo haces. No hay nada que decir, de
modo que dilo pronto.
KELLER. — ¿Quieres decirme qué significa todo esto? ¿Qué sucede? ¿Es que tienes demasiado dinero? ¿Es eso lo que te
molesta?
CHRIS (con algo de sarcasmo). — Es eso lo que me molesta.
KELLER. . — Si no puedes acostumbrarte a él, tíralo. ¿Me oyes? Toma hasta el último centavo y distribúyelo en caridades
o arrójalo al sumidero. ¿Se arreglan así las cosas? Al sumidero, eso es todo. ¿Crees que bromeo? Estoy diciéndote lo
que debes hacer; si es un dinero sucio, quémalo. Es tu dinero. No es el mío. Yo soy un hombre muerto, un viejo.
Nada es mío... ¡Bien, háblame! ¿Qué quieres hacer?
CHRIS. — No se trata de lo que yo quiero hacer, sino de lo que tú quieres hacer.
KELLER. — ¿Qué quieres que haga? (CHRIS permanece silencioso.) ¿La cárcel? ¿Quieres enviarme a la cárcel? Si quieres
hacer eso, dilo. ¿Mi sitio es la cárcel? ¡Anda, dímelo (Breve pausa.) ¿Qué es lo que pasa? ¿Por qué no puedes
decírmelo? (Con furia.) Ya me has dicho todo lo demás; dime eso... Porque tú sabes que mi sitio no es la cárcel. ¡Lo
sabes! (Con vehemencia y pasión crecientes con un persistente tono de desesperación.) ¿Quién trabajó gratis durante
la guerra? Cuando los demás trabajen gratis, yo trabaré gratis. ¿Es que salía de Detroit un cañón o un camión por el
que no se pagara su precio? ¿No es eso limpio? Son dólares y centavos, dinero contante y sonante. En paz o en
guerra, es dinero contante y sonante. ¿No es limpio? Si yo tuviera que ir a la cárcel, me tendría que acompañar la
mitad del maldito país... Tal es el motivo de que no puedas decírmelo.
CHRIS. — Exactamente.
KELLER. — Entonces, ¿por qué soy malo?
CHRIS. — Ya sé que no eres peor que la mayoría, pero te creí mejor. Nunca te vi como hombre. Te vi como padre. (Casi
vencido por la emoción.) ¡No puedo mirarte de ese modo! ¡Ni puedo mirarme a mí mismo! (Se aparta, incapaz de
mirar a KELLER. ANN se acerca rápidamente a LA MADRE y le quita la carta; luego, inicia la marcha hacia
CHRIS. LA MADRE corre instantáneamente a cerrarle el paso.)
LA MADRE. — ¡Dame eso!
ANN. — Tiene que leerla. (Pone la carta en manos de CHRIS.) Es de Larry. Me la escribió el día en que murió...
KELLER. — ¿Larry?
LA MADRE. — ¡Chris, no es para ti! (CHRIS comienza a leer.) ¡Joe...! ¡Vete...!
KELLER (perplejo, asustado). — ¿Qué está diciendo? ¿Larry...? ¿Qué...?
LA MADRE (empuja a su esposo desesperadamente hacia el sendero, mirando a CHRIS). — ¡Vete a la calle, Joe, vete a la
calle! (Queda junto a KELLER.) No, no, Chris... (Suplicando con toda el alma.) ¡No se lo digas...!
CHRIS (en voz baja). — Tres años y medio..., hablando, hablando... Ahora, dime lo que debes hacer... Es así como murió.
Ahora, dime cuál es tu sitio...
KELLER (suplicante). — ¡Chris, un hombre no puede ser un Cristo en este mundo!
CHRIS. — Ya sé todo lo de este mundo. Conozco toda esa estúpida historia... Pero lee esto y dime lo que debe ser un
hombre... (Lee.) “Mi muy querida Ann...” ¿Escuchas? Escribió esto el día en que murió. Escucha y no llores...
¡Escucha! “Mi muy querida Ann: es imposible que exprese lo que siento. Pero tengo que decirte algo. Ayer, llegaron
diarios de ahí y leí cómo papá y tu padre habían sido condenados. No sé qué decir. No puedo expresarte lo que
siento. La vida me resulta insoportable. Anoche, tuve que pasear durante veinte minutos por los alrededores de la
base antes de que me pudiera reponer... No puedo presentarme ante nadie... Voy a salir en misión dentro de unos
minutos. Probablemente, dirán que he desaparecido. Si lo hacen, quiero que sepas que no debes esperarme. Te
aseguró, Ann, que, si lo tuviera delante, sería capaz de matarle...” (KELLER toma la carta de manos de CHRIS y la
lee.) (Después de una larga pausa.) Ahora echa la culpa al mundo. ¿Comprendes esta carta?
KELLER (habla de modo que apenas se le oye). — Creo que sí... Necesito el coche... Me pondré la chaqueta... (Se vuelve y
se dirige lentamente hacia, la casa. LA MADRE corre a cerrarle el paso.)
LA MADRE. — ¿Adónde vas? Tienes que dormir... ¿Adónde vas?
KELLER. — No puedo dormir aquí. Me sentiré mejor si me voy.
LA MADRE. — ¡Estás loco! Larry era tu hijo, ¿no? Y tú sabes que nunca te hubiera dicho que hicieras esto.
KELLER (mirando la carta que tiene en la mano). — ¿Qué hace esto, si no es decírmelo? Cierto, era mi hijo. Pero creo que
él pensaba que todos eran mis hijos. Y comprendo que lo eran, comprendo que lo eran. Bajaré en seguida. (Entra en
la casa.)
LA MADRE (a CHRIS, con determinación). — ¡Tú no puedes llevarle!
CHRIS. — Sí, voy a llevarle.
LA MADRE. — Depende de ti. Si se lo pides, se quedará. ¡Vete a decírselo!
CHRIS. — Nadie podría detenerle ahora.
LA MADRE. — ¡Tú puedes hacerlo! ¿Cuánto tiempo podrá vivir en la cárcel? ¿Es que quieres matarle?
CHRIS (mostrando la carta). — Creía que habías leído esto.
LA MADRE (refiriéndose a la carta de Larry). — ¡La guerra ha terminado! ¿Me oyes? ¡Ha terminado!
CHRIS. — Entonces, ¿qué era Larry para ti? ¿Una piedra que cae en el agua? No es bastante lamentar su muerte. Larry no
se mató para que tú y papá tuvierais pena.
LA MADRE. — ¿Qué más podemos hacer?
CHRIS. — ¡Ser mejores! De una vez por todas, podéis saber que hay ahí fuera un universo de gentes ante las que sois
responsables y, a menos que sepáis esto, habréis arrojado a vuestro hijo como se arroja un estorbo, pues fue por eso
por lo que murió.
Se oye un tiro en la casa. Quedan helados durante un breve segundo. CHRIS se lanza hacia el pórtico; se detiene en
los peldaños y se vuelve hacia ANN.
CHRIS. — ¡Busca a Jim! (Entra en la casa y ANN corre al camino. LA MADRE se queda sola, inmovilizada.)
LA MADRE (suavemente, casi gimiendo). — Joe... Joe... Joe... Joe... (CHRIS sale de la casa y va a los brazos de su
madre).
CHRIS (casi llorando). — Mamá, yo no quise...
LA MADRE. — No, hijo mío. No te eches la culpa... Olvida... Vive... (CHRIS se mueve como para con testar.) Ssss... (Se
desprende suavemente de los brazos de CHRIS y avanza hacia el pórtico.) Ssss... (Al llegar a los peldaños, comienza
a sollozar, mientras cae el)
TELÓN

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