El Jinete de la divina Providencia Oscar Liera

El Jinete de la divina Providencia


OSCAR LIERA

FARSA TRÁGICA EN DOS ACTOS

Personajes del espacio interior
Adela Carrillo
Francisco Cañedo
Juan Martínez de Castro
Martín Fernández
El Polidor
Ricardo Carrillo
Obdulio Pacheco
Hilario
La Cuanina
El Chango
Candelario Itonina, El monaguillo
Toño
Constantino
Campesinos
Trabajadores
Hombres y Mujeres del Pueblo


Personajes del espacio interior
Obispo
Padre Jaime
Padre Javier
Padre José
Martha
Guadalupe
Lázaro
Claudia
Beto
Miguel
Médico

Tiempo y espacio

La obra maneja dos realidades temporales. Una a finales del siglo XIX y la otra en la época actual. Por esta razón, sugiero que la escenografía delimite muy bien estos dos mundos. Un mundo mágico, contenido en un cuadro concéntrico al escenario y que esté lleno de grava o piedra de río y escasas piedras grandes, limitado por un marco de madera. Las escenas que suceden en este espacio son como recuerdos imprecisos; por lo tanto sugiero, de acuerdo con el diseñador Adrián Rivera, que el vestuario y todos los elementos escenográficos nos recuerden viejas fotografías en sepia. Y el espacio entre el marco y las piernas del foro, que serán como una serie de largos pasillos y que estará destinado al mundo contemporáneo, contendrá sillas para los curas y bancos para los informantes, en los cuatro lado. El colorido en ese mundo debe ser total. Dentro del espacio mágico, que llamaré a lo largo de la obra “interior”, deberá haber una tina de baño con patas ya algunos elementos que irán apareciendo, al gusto del escenógrafo, tales como una mesa, un cántaro de barro, los chiribitales, etc. Al otro mundo, el de los pasillos, el contemporáneo, lo llamaré “exterior”.



PRIMER ACTO


Exterior
MARTHA:  ¡Pues sí, cómo no! ¡Malverde! Yo siempre que puedo hablar de sus milagros lo hago porque tengo mucho que agradecerle. Yo no lo conocí personalmente, por supuesto; él  murió a fines del siglo pasado; pero cuando yo estaba joven conocí a una viejita que me contó la historia; ella era una chamaca cuando lo mataron; me decía incluso que fue al monte a ver su cadáver. Malverde, como ya se ha dicho aquí muchas veces, robaba para los pobres, en esa época Culiacán no era tan tarde; todo eso donde ahora está su tuba era un monte de bainoros; por allí pasaba el camino que iba para la costa, para Navolato, Aguaruto, Bachigualato, La Pipima; por allí llegaban los lecheros y los queseros que venían al mercado de Culiacán a vender sus cosas; y por allí había un mezquite que tenía una rama que cruzaba el camino. Pues Malverde era un hombre muy hábil; cuando los rurales creían que lo tenían cercado, ya estaba haciendo otra de las suyas. Recuerdo que contaba la señora que una vez que lo perseguían los rurales llegó y se metió en la fábrica de hilados de los Redo, que eran los hombres más poderosos en aquellos tiempos y a los cuales ya les había robado. Pero don Diego Redo era un hombre muy recto y salió y les dijo cuando querían entrar: “No, señores, ustedes aquí no pueden entrar a apresarlo;; si él ha buscado asilo aquí, aquí lo tiene; agárrenlo, si quieren, cuando salga; pero aquí tiene mi protección”. Y allí se quedaban los rurales esperándolo días enteros, pero quién sabe cómo se les huía y cuando los rurales dejaban el lugar era porque les avisaban que Malverde ya había robado en otra parte.
PADRE
JAVIER:      Es, señora, y lo cual le agradecemos, muy interesante su conversación, pero nosotros, en nuestro procedimiento, quisiéramos oír primero los milagros que ale ha obrado el ánima de Malverde y luego, sí, claro, conocer lo que sabe usted de su historia.
MARTHA:  Milagros, muchos, muchos; no me alcanzaría el día para contarlos.
PADRE JOSE: Cuéntenos los que usted considere más importantes.
MARTHA:  Me sanó a mi marido de cáncer: Los médicos, aquí en  Culiacán, me dijeron que tenía los pulmones y el hígado y todos los órganos llenos de cáncer que ya hacía muchos años le había hecho (saco un papelito y lee) metástasis y que se había desparramado por todas partes; aquí traigo las radiografías donde se ven los tumores y donde se van los órganos sanos.
OBISPO:    ¿Y cómo podremos probar que ambas son de su marido?¡
MARTHA:  No, no, ambas no; cáncer fue lo que les dije.
PADRE
JAVIER:     ¿Podremos nosotros, señora, saber que las radiografías que presentan los tumores y las que no los tienen son de su esposo? ¿Quién lo puede atestiguar?
MARTHA:  Allí están los médicos del Seguro y de la Clínica Humaya que se les salían los ojos
MARTHA:  y allí está mi marido. (Lo busca y le grita entre el público. Le grita). ¡Lupe! ¡Lupe! (Al cura.) Allí está; es muy cimarrón, él no quería que viniéramos. “Vamos, Lupe – le dije yo – es capaz de que Malverde se enoje y te salgan otra vez las (lee) metástasis esas”. ¡Ay, Lupe! (Baja del escenario por él y lo sube a empellones mientras discuten.)Aquí lo tienen, sanito, y hasta engordó, porque no crean que esta panza es positza, a ver, hijo, sólo la panza...
PADRE JOSE:      Creemos, señora, que no es necesario.
MARTHA:  ¡Claro que es necesario! (Le levanta la camisa.) Miren, aquí la tienen llana de pelos y salud.
PADRE
JAVIER:     Decía usted que le había hecho muchos milagros; ¿cuáles otros le hizo?
MARTHA:  Cualquier cosa que es pierda. Malverde la encuentra: vacas, burros, caballos, y sobre todo caballos, porque a él le gustaban mucho y era muy buen jinete, ¡un gran jinete! Cuando el gobierno que lo perseguía se cansó de tanta burla, ofreció cincuenta pesos oro de recompensa al que le entregara a Malverde: ¡Cincuenta pesos, imagínese ustedes, entonces era un capitalazo! Eso despertó la codicia de muchos. Los amigos, por esa cantidad, se volvieron enemigos. Malverde tenía un compadre que siempre le llevaba de comer cuando andaba huido. Cuando el compadre supo lo de la recompensa, se puso a afilar el hacha y su mujer le dijo: “Ay ¿quién sabe qué vayas a hacer?” “Nada, le respondió él. “Tú métete en tu casa y prepara la comida para llevársela a mi compadre”. En esa época las mujeres no éramos más que una cosa; a mí todavía me toco parte de eso, el hombre le decía a una: “Métete en la casa, no tienes ningún negocio allí en la puerta”; y una tenía que hacerlo, y qué esperanzas que se pudiera contradecir o discutir un poco con el hombre. Ahora ya no es igual. (Ríe).
PADRE JOSE:      Quisiéramos saber de sus milagros para investigar...
MARTHA:  (Sin oírlo.) Pues la mujer le preparó la comida y se quedó callada la boca, el hombre se fue y encontró a su compadre dormido. Inmediatamente agarró el hacha y le cortó las dos piernas para que no se fuera de allí y corrió a delatarlo. “Usted había de ser, compadre”, le dijo Malverde levantando la cabeza y retorciéndose del dolor. Cuando llegaron los rurales no lo encontraron en el sitio en que lo dejó el compadre, se había ido arrastrando hasta el caballo pero no alcanzó a llegar; murió como a cien metros, desangrado. El gobernador mandó que lo ataran del brazo del mezquite que cruzaba el camino, que lo acostaran sobre él y que lo amarraran y decretó pena de muerte al que lo quisiera enterrar. Y allí estuvo el cadáver pudriéndose sobre el brazo del mezquite y cayéndose a pedazos. A uno de los lecheros que pasaba todos los días por ese lugar, una vez se le perdió una vaca y se acordó del ánima de Malverde, de aquel cadáver que todavía se caía a pedazos, y prometió llevarle a una piedra para ayudar a cubrir su cuerpo, pues estaba prohibido enterrarlo. En ese momento recogió la piedra y al levantar la cabeza tenía frente a él la vaca que desde hacía días andaba buscando. El lechero inmediatamente contó la historia y los milagros se fueron multipli1cando, y las piedras sobre el cadáver fueron aumentando hasta dar sepultura a su cuerpo y pues ni modo de condenar a muerte a todo su pueblo. De allí viene la tradición de ponerle una piedra a Malverde por cada milagro que hace.
PADER JOSE:      ¿Le reza usted oraciones?
MARTHA:  No, ¿para qué? Él goza de Dios, él no quiere oraciones, quiere piedras. Yo creo que venerar a Malverde es como una forma de desafiar a los malos gobernantes. Le llevamos veladoras y música, le gusta mucho la tambora y que uno vaya a echarse sus cervecitas allí.
OBISPO:    Pero eso no tiene nada que ver con nuestra religión católica.
MARTHA:  ¿Qué es lo que tiene que ver? En la iglesia tocan música y se canta y se consagra el vino.
PADRE
JAVIER:     Es otra cosa muy diferente.
MARTHA:  Claro que es diferente. Malverde siempre ayudó a los pobres, estuvo del lado de ellos; aquí, el obispo sólo va a desayunar a la casa de los ricos. Además, la música que le gusta a Malverde es la música que nos gusta a todos. Decía mi abuela que tenemos el equilibrio dentro de la oreja y que la gente que oía música bonita nunca perdía el sentido, ni el rumbo. En la época de Malverde al gobernador Cañedo, que era un bandido, le encantaba la música; una vez dijo en la plaza que cuando él se muriera quería que lo enterraran con El niño perdido.

Interior
La luz baja de intensidad. Adela está bañando a Cañedo dentro de una tina de porcelana, como si estuviera puliendo la piel opaca y ceniza de una inmensa tortuga rubia, desbordada en pliegues, que ha dejado el caparacho. Se oye El niño perdido; un hombre entra tocando la trompeta por entre el público y desaparece por el foro.

ADELA:      (Muy grave. Este personaje habla con voz grave.) Ya andan acercando otra vez El niño perdido; desde que dijo que quería que con esa pieza lo enterraran, se la echan cada noche por la ventana. (Al hombre que salió.) ¡Ya, cabrones, que todo lo que buscan les salga al revés! “Con dos te mido, con tres te ato, la sangre te chupo, el corazón te arrebato, y con esta sal te mato”. “Oh, Dios de infinita bondad y misericordia, yo os suplico la gracia de que el espíritu purificado del que fue en el plano terrenal don Pedrito Jaramillo venga en estos momentos angustiosos a prestarme el consuelo que necesito para que nos ayude con su fuerza a desterrar de mis ventanas a ese mal-verde, hijo del diablo y a todos esos galleros con sus trompetas malditas”, amén (A Cañedo.) No se preocupe, don Francisco, todos van a salir bien, esta sal está bendita.
CAÑEDO:   Es que veo ojos por todas partes, oigo voces y pasos que, me siguen. (Se oye el caer de una piedra sobre las otras.) ¿Oyes?
ADELA:      Debe ser el viento que se golpea entre las piedras.

Se oyen pasos.

CAÑEDO:   ¡Shhh!, oye... ¿no oíste?
ADELA:      Han de ser los rurales que vienen a vigilar la casa para que no pase nada.
CAÑEDO:   No debí haber hablado ¿verdad? Creo que eché a andar un gran mecanismo con mis palabras y no sé como se para. El sol no sale y se oye ruido de gente que llaga hasta mi casa.

Llega Hilario hasta la ventana. Siempre trae un paraguas rojo abierto y habla con una voz de espanto.

HILARIO:   Adela, Adela,
CAÑEDO:   ¡Dios mío, es el loco ese!
HILARIO:   Adela, Adela, dame un miserito de queso, Adela.
ADELA:      Ya te dije, Hilario, que no me andes gritando por las ventanas del señor; lo asustas.
HILARIO:   Un miserito de queso y me voy, Adela.
CAÑEDO:   ¡Queso, queso! No sabe pedir más que cosas buenas; no se conforma con tortillas; como si el queso estuviera tan barato.
ADELA:      (A Hilario.) Vete allá por la ventana de la cocina, allá espérame, Hilario.
HILARIO:   Por allí andaba la mirruña bebiéndose la leche.
ADELA:      ¿Y la espantaste?
HILARIO:   Dicen que los gatos de los ricos deben beber mucha leche para que les blanqueen los sesos y puedan ver a la muerte.
CAÑEDO:   (Asustado.) Todos hablan de la muerte por mis ventanas.
ADELA:      ¡Que te vayas a la cocina! ¿No me oíste?
HILARIO:   Dame un miserito de queso, Adela.
ADELA:      (Desesperada.) ¡Por allá te lo voy a dar, hombre de Dios! (A Cañedo.) Aquí están las toallas para que se seque. (Se aleja.)
CAÑEDO:   Se va a acabar el queso, Adela...
ADELA:      Se acaba uno... (Se aleja, llega hasta la ventana de la cocina. Cañedo se seca y se viste. Adela toma el queso y le ofrece un pedazo a Hilario.) Ten, Hilario. No me hables por las ventanas del señor, ya te lo he dicho, Hilario; se asusta, no le gusta; le andan echando El niño perdido y ya van dos veces que le salen al paso los galleros.
HILARIO:   Allí iban pa´l monte orita, sobándole la cresta a los gallos, pa´ver si atraían al sol porque desde hace muchas horas no se mueve, ya casi va a ser mediodía y aún no sale; fueron a quemar oro al horizonte pa´que el sol salga.
ADELA:      Así dijeron que iba a pasar este día, Hilario; que el sol iba a tardar en salir y que no miráramos pa´l cielo porque nos podíamos quedar ciegos.
HILARIO:   Muchas coas malas van pasar, Adela han visto aparecidos por los caminos; salen bolas de lumbre de la tierra y las gallinas ya están cantando por las noches.
ADELA:      ¡Ay, Hilario, qué cosas dices! No andes alborotando a las gentes con tus tonterías. Ya te di el queso; que pases buena tarde.
HILARIO:   Platican las ramas de los árboles, Adela; se oye la voz de los que ya murieron; entre las hojas hay murmullos y cantos como si anduvieran bocas solas volando por el aire.
ADELA:      ¡Cállate, tonto! Vete y no andes asustando a las gentes con tus mentiras y tus cuentos.
HILARIO:   Mentiras, cuentos... a la gente no le gusta la verdad, Adela; la verdad es como el limón en los ojos, arde mucho, pero luego los abre más y se ve más claro. (Ríe.) Mira lo que pasa, Adela, mira bien lo que pasa.
ADELA:      Yo sólo veo lo que quiero ver, Hilario.
HILARIO:   El sol no camina, Adela. Lleva muchas horas parado. No mires lo quieres, sino lo que sucede; esta noche vendrá el diablo verde por aquí por la casa.
ADELA:      ¡Cállate ya, Hilario!, ¿no ves que está enfermo y tiene miedo? Tiene el mal del miedo metido en todos los huesos.
HILARIO:   Así dijeron ayer por la mañana en el mercado, que dejó un letrero en la amapa blanca; que esta noche, a la hora del calor fuerte, cuando las tochis se haigan encerrado en sus agujeros y de tan oscuro no se vean ni las manos, vendría para aclarar la muerte del Julián.
ADELA:      Por la tarde van a venir lo de la acordada a vigilar la casa; ya está todo arreglado.
HILARIO:   Ésos son los que tienen más miedo; llevan años y años buscando al diablo verde y no lo hallan, es un mal- verde el que viene, Adela. (Ríe.) Muchas cosas malas van a pasar y tú lo sabes, muchas cosas malas van a entrar en las casas de los ricos, Adela. (Se va riendo y rumiando las últimas palabras.)
ADELA:      “Oh, espíritu purificador de don Pedrito Jaramillo, ven en estos momentos tan angustiosos, cuídame del mal-verde y no dejes que se aproxime a esta casa.”

Antes de que termine la escena anterior, se escucha el ruido de piedras producido por hombres que las trabajan. Se oye la voz del Chango, como si fuera un grito callado, agudo y lejano, que dice: “Cuanina, Cuanina, te voy a llevar con la coyota. Cuanina”. Aparece por ese lado la Cuanina asustada, cargando sus muñecas, llena de muñecas, envuelta en muñecas. Los trabajadores detienen su labor y observan el cuadro, ellos también entran en el juego y la encierran en un círculo y la hacen que se desespere. Todos a destiempo: “Cuanina, te voy a llevar con la coyota, Cuanina”: Ella llora, se desespera, toma unas piedras, les tira, ellos se divierten. Entra Martín.

MARTÍN:   ¡Déjenla!

Las risas se van apagando...”Cuanina...” Los trabajadores se ponen a trabajar con cierta lentitud “Te voy a llevar con la coyota, Cuanina”: La Cuanina se abraza de Martín. La Cuanina es una loca muy joven y bella, lleva muñecas de trapo atadas por todas partes; ella las llama “malutas”. Está sucia y pasa de la angustia absoluta a la paz y a la tranquilidad.

CUANINA: (Aterrorizada.) Me quieren llevar con la coyota, para que le coma la cabeza a mis malutas.
MARTÍN:   (Con gran autoridad.) No te van a llevar nada. (Se oye: “Te voy a llevar con la coyota, Cuanina”.) ¡Ya, cabrones; diviértanse, si tienen ganas, con su madre!
CUANINA: ¡Dicen que la coyota les va a comer la cabeza a mis multas; diles, Martín, que no me lleven!
MARTIÍN:  No te van a llevar.
CUANINA: ¡Diles que no me lleven!
MARTÍN:   Ya se fueron.
CUANINA: Se esconden en los chiribitales, andan por todos los caminos buscándome, dicen que la coyota pregunta por mí y que ya se le hacen agua la boca. (A las muñecas, muy dulce.) “Ya se fueron, ya se fueron, dice Martín que ya se fueron”. (A Martín.) Me muerden el pecho las malutas, se asustan, no quieren oír hablar de la coyota. “Ya se fueron”. En las noches cuando se duermen los pájaros, mis malutas sacan las lenguas largas para comerse a los copeches blancos y que les brillen los ojos.
MARTÍN:   Son muy amargos los copeches.
CUANINA: Andan volando entre los bainoros y prenden y apagan sus lucecitas; no son amargos, saben a manteca rancia; pero hay que comérselos porque un día se van a caer las estrellas y todos los que no coman copeches blancos se van a quedar ciegos, porque no van a tener luz por dentro; y yo también me como lo copeches, pero los rojos no, porque son del diablo.
MARTÍN:   Hacen daño, Cuanina, dan maldeojos.
CUANINA: No, se te va la lucecita a los ojos y puedes ver de noche como los gatos.

Martín le toca los pechos.

MARTÍN:   Tienes unos pechos, como de cabra recién parida, duritos, Cuanina; mira, ven, vamos por allá donde están aquellos álamos.
CUANINA: ¡No, Martín! ¡No, Martín! ¡Te están brillando quién sabe de qué modo los ojos; tú te has comido los copeches rojos que son del diablo!
MARTÍN:   Ven, Cuanina, vamos para allá abajo, a la orilla del río, a bañarnos.
CUANINA: ¡No, Martín, no, me da miedo; me vas a llevar con la coyota; también tú eres malo y te brillan muy feos los ojos!
MARTÍN:   (Está muy excitado.) Nadie va a vernos, la coyota no sale de día; ven, vamos, mira, tiéntame aquí, Cuanina.
CUANINA: ¡No, Martín, no, Martín, me van a dar las ñáñaras, me van a dar las ñáñaras!

Empieza a retorcerse y le sale una espuma blanca por la boca. Se cae al suelo; Martín le abre la boca, le echa una piedra y ella se calma, se queda como dormida. Entonces él le toca los pechos y le recorre el cuerpo con una mano, luego le levanta la falda, se desabrocha los pantalones, se los baja y se monta sobre ella. Mientras le hace el amor se escuchan desde lejos los cánticos de una procesión: “Óyeme, Virgen María, ábrenos tu corazón, líbranos de los pecados y danos tu bendición”. Entra la procesión que trae una virgen en andas. El monaguillo por delante levantando la cruz como un cirial, el cura con tricornio, encorvado y viejo, y el pueblo. La procesión entra en la escena y todos se quedan estupefactos con la visión, aunque quien primero lo descubre es el monaguillo, el cual grita pícaramente: “¡ñacas! La procesión se paraliza. El cura, sorprendidísimo, gime: “¡Martín!” Martín se levanta subiéndose los pantalones, la gente se burla, se ríe, los hombres por ver y, por descuido, dejan caer la virgen, la cual se hace mil pedazos entre las piedras. Hay una inmovilidad absoluta, como si el tiempo se hubiera detenido.

Exterior
PADRE
JAVIER:     ¿Martín?
MARTHA:  Ése fue el verdadero principio de las cosas, fue un 6 de junio del 1878. Ésa fue la fecha que eligió el diablo para volver a la tierra; por si ustedes no lo saben, Culiacán es la ciudad que queda exactamente del otro lado de la tierra en donde nació el verdadero Mesías.
PADRE
JAVIER:     Muchas gracias, señora, gracias por su información; es muy interesante lo que nos acaba de contar, tenemos ya los nombres de los médicos que atendieron a su marido; iremos a pedir información.
MARTHA:  Cuando gusten. Vámonos, Lupe, (Lupe le dice algo al oído.) Perdone, padre, ¿por dónde podemos pasar a orinar?
PADRE
JAVIER:     Allí, por allí; la hermana les puede decir.
MARTHA:  Gracias. (Va a salir.)
OBISPO:    Perdone, señora, pero en verdad Culiacán no queda del otro lado de la tierra de Jerusalén.
MARTHA:  (Tímida.) Es que yo dije el verdadero Mesías (Sale.)

Interior
Pasa Hilario con su paraguas rojo: Candelario, siempre vestido de monaguillo, está recogiendo los pedazos de la virgen rota.

CANDELARIO:   ¿Para dónde la llevas, Hilario?
HILARIO:   Aquí, pa´l río, a traer unos quelites pa´la Facunda, que tiene antojo.
CANDELARIO:   Yo voy por ellos, y tú ve y dile que quiero hablar con ella y aquí nos vemos a ver qué dice.
HILARIO:   No quiere hablar con nadie, se pasa todo el día encerrada llorando, y se está poniendo amarilla como el salitre. “Son los chinacates los que le están chupando la sangre por las noches”, le digo a la Sebastiana. Ya me voy porque me pegan.
CANDELARIO:   Oye, mira, cuando no te vea Sebastiana, dale este papelito a la Facunda, dile que se lo manda Martín.
HILARIO:   No quiere ni oírlo mentar; todas las gentes le contaron que él con la Cuanina...
CANDELARIO:   Si le llevas el papelito, te voy a dar queso.
HILARIO:   No, queso no, dice Sebastiana que cuando los pobres comen queso, les salen gusanos en la lengua. Siempre que me manda a comprar queso al mercado, me recomienda mucho que ni lo huela porque, donde me vea el primer gusano, no me va a curar y me va a agarrar a palos. Ya me voy, porque me pegan.
CANDELARIO:   Mentiras de ella, el queso es muy bueno. Yo te voy a dar tantito, pero dile a la muchacha que Martín quiere verla.
HILARIO:   Vienen por la noche los chinacates de la torre de la iglesia y le chupan la sangre a la Facunda; todo el día se la lleva dormida y llorando. Doña Sebastiana, quiere que la vea el dotor, pero ella dice que no, que no, que quiere morirse. Ya me voy porque me pegan (Se encamina, regresa.) Bueno, no des queso porque me salen gusanos; pero si me das un centavo, se lo llevo.
CANDELARIO:   (Le entrega el centavo y el papelito.) Dile que se lo manda Martín, que quiere verla. Que no te oiga doña Sebastiana. Martín Fernández, le dices.

Exterior
MIGUEL:    Martín Fernández, mi bisabuelo, era un hombre muy mujeriego; tuvo muchos hijos regados, pero nunca reconoció a ninguno; nunca estuvo seguro de si él era el padre o no. Era un chamaco y ya administraba la hacienda; muy ricos los Fernández en esa época; también a ellos les robó Malverde. Cuentan que mi bisabuelo era un hombre muy noble, trataba muy bien a sus trabajadores y en verdad todos querían trabajar con él, porque siempre ayudaba a sus familiares. No se casó porque desconfiaba de todas las mujeres; para él todas habían sido fáciles y pensaba que así eran los demás. Murió muy viejo, solo y achacoso.

Interior
MARTÍN:   (Con unos campesinos. A uno de ellos.) Dicen que la Conchita, tu hija mayor, ya cumplió catorce años, a ver si luego me la traes a presentar, se la sacas a su madre de entre las faldas y me la traes; quiero regalarle unos vestidos para cuando cumpla sus quince. ¡¿Qué no oíste?!
CAMPESINO I:    ¿Sabe, patrón, cuál es la maldición que le echo? Que no conozca a sus hijos y que muera viejo, achacoso y enfermo.

Martín lo golpea duro con el fuete.

MARTÍN:   ¡Imbécil! No vuelvas a pararte por mi casa.
CAMPESINO I:    Muy bien, patrón; sólo que me tiene que pagar los cinco meses que me debe.
MARTÍN:   Claro que sí, a mi no me gusta quedarle a deber a nadie y menos a un piojoso como tú. Ten y no me sigas molestando. (Lo mata de un balazo. A otro: ¿A ti cuánto te debo?
CAMPESINO 2:(Temeroso.) Me debe... este, me debe, creo que más de tres meses.
MARTÍN:   ¿Cómo cuántos?
CAMPESINO 2:Como siete.
MARTÍN:   Bien (Grita.) ¡Toño, Toño! (Entra Toño.) Anda y ve por los rurales, diles que aquí este hombre [el campesino 2] mató a otro, que vengan por él. (Sale Toño. A los otros: ¿Y a ustedes cuánto les debo?
                   -Nada, nada, patrón.
CAMPESINO 2:A mí tampoco me debe nada.
MARTÍN:   Hombre, haberlo dicho antes; ahora ya van a venir por ti.
CAMPESINO 2:Tengo hijos y una mujer enferma...
MARTÍN:   Para que veas que soy un hombre noble, voy a decir que lo mataste en defensa propia y me voy a hacer responsable de tu conducta, pero vas a quedar muy endeudado conmigo y me lo vas a pagar con trabajo. Si tratas de huir y no vuelves, diré que me robaste y huiste, y con el antecedente de que acabas de matar, te van a dejar pudrir en la cárcel.

Entra Hilario con su paraguas rojo mientras sacan al campesino muerto y salen todos juntos con Martín. Adela está parada junto a la ventana. Cañedo, aterrorizado, ya vestido elegantemente, se apoya en la tina. Cañedo siempre oye discretamente y en la penumbra la conversación de Adela con Hilario; más bien parece ser que ellos dirigen la conversación hacia él como si quisieran ir llenándolo de miedos con sus historias.

HILARIO:   Platican las ramas de los árboles. Adela; se oye la voz de los que ya murieron; entre las hojas hay murmullos y cantos como si anduvieran bocas solas volando por el aire.
ADELA:      ¡Cállate ya, Hilario!, ¿no ves que está enfermo y tiene miedo? Tiene el mal del miedo metido en todos los huesos.
HILARIO:   Así dijeron ayer por la mañana en el mercado, que dejó un letrero en la amapa blanca, que esta noche, a la hora del calor fuerte, cuando chillan las urracas y de tan oscuro no se sienten ni los pasos, vendría para aclarar la muerte de Julián.
ADELA:      Por la tarde van a venir los de la acordada a vigilar la casa...
HILARIO:   Ésos son los que tienen más miedo; llevan años y años buscando al diablo verde y no lo hallan, es un mal – verde el que viene. Adela. (Ríe.) Muchas cosas malas van a pasar y tú lo sabes, muchas cosas malas van a entrar en la casa de los ricos, Adela. (Se va riendo y rumiando las últimas palabras.)
ADELA:      “Oh, espíritu purificado de don Pedrito Jaramillo, ven en estos momentos tan angustiosos, cuídanos del mal – verde y no dejes que se aproxime a esta casa”.
CAÑEDO:   ¿Qué te dijo el loco ese?
ADELA:      Locuras.
CAÑEDO:   ¿Dijo que vendrá esta noche?
ADELA:      Ya está saliendo el sol.
CAÑEDO:   ¡¿Vendrá esta noche?!
ADELA:      Los eclipses son de mal agüero.
CAÑEDO:   ¡¿Vendrá?!
ADELA:      Todo es de mal agüero cuando se está asustado.
CAÑEDO:   (Terriblemente angustiado, cae de rodillas, llora.) ¿Por qué no vas, Adela, a la plaza y gritas delante de todos, que donde quiera que esté, que me dejes tranquilo, que estoy enfermo, que ya estoy viejo?
ADELA:      (Seca.) Se reirían, no lo van a entender. Más tarde van a venir los de la acordada y los rurales y van a cercar la casa...
CAÑEDO:   Ésos también están asustados. Ve a la plaza. Adela, dilo que se te pegue la gana, diles, y que llegue por todos los rincones para que él lo oiga, que ya estoy muy viejo, que tenga compasión de mis canas.
ADDELA:   Es ridículo, yo no me despegare ni un momento de usted; ésa es mi misión desde hace tiempo.
CAÑEDO:   si me prometes que vas, te diré un gran secreto que ansías saber desde hace muchos años. Conozco al que mató a tu hijo, Adela.
ADELA:      (Pausa larga, llanto, ríe.) Hace mucho tiempo que lo sé; por eso ahora acaricio y acaricio venganza.

Exterior
PADRE JOSÉ:      El señor obispo se disculpa; es posible que no venga; si viene, va a llegar un poco tarde. Vamos a comenzar nosotros; si hay algo interesante después, él querrá, de cerca, examinarlo.
PADRE
JAIME:       La señora acaba de llegar, viene de Tacuichamona.
PADRE JOSÉ:      Bien, usted sabe, señora, que estamos haciendo una investigación para proponer la beatificación de Malverde.
CLAUDIA:  Por allá llegó la Chencha con un escándalo; que ya lo iban a hacer santo, que tenía uno que venir a contar los milagros que ha hecho, y como por allá en Tacuichamona no hay ninguno mejor que Malverde...
PADRE JOSÉ:      nosotros queremos saber de algunos milagros que se puedan probar y que nos cuente lo que sabe la vida de Malverde.
CLAUDIA:  Pos era un ladrón que robaba pa´ los pobres. Iri padre, yo le vo a contar lo que me han contado porque yo no lo conocí.
PADRE
JAVIER:     ¿Y no tiene miedo de que le hayan contado mentiras’
CLAUDIA:  Pos como todo lo que uno no ve con los ojos. Como todos los santos que tienen por allí parapetados, uno no los conoció y cuentan maravillas.
PADRE
JAIME:       ¿Qué sabe usted?
CLAUDIA:  A mí me contaba mi abuela que Malverde comenzó a robar porque veía la injusticia que había en ese entonces; decía que el gobernador era un sinvergüenza; bueno, las cosas no han cambiado mucho; decía que los ricos acusaban a un pobre y que lo fusilaban por nada. Entonces Malverde robaba a los ricos y corría en su caballo y se iba aventando las monedas cerca de las casa de los pobres. Por eso la gente decía que era un jinete enviado por la Providencia Divina. La primera vez que robó, decidió el gobierno detener a los que fueran a comparar con monedas de oro; pero para las diez de la mañana ya tenían en la cárcel a casi todos los pobres de  la ciudad, así que tuvieron que soltarlos. Pasaban cosas muy curiosas...

Interior
CHANGO:  (Grita desde afuera.) ¡Manuela, Manuela! (Entra corriendo, se tropieza y cae sobre las piedras, con algo se corta una muñeca, saca de su bolsa un trapo sucio y se venda la mano, se levanta. A Cañedo.) No está por ningún lado, patrón; creo que se llevó todos sus tiliches, porque ni señas dejó.
CAÑEDO:   ¡Hija de su madre! A ver si me buscas una mujer que me ayude en la casa.
CHANGO:  Pues ahí está Adela.
CAÑEDO:   Ya hablé con ella y no quiere.
CHANGO:  Ahora es diferente; si le dice, sí se viene.
CAÑEDO:   Ve, pues. Y dele que quiero hablar con ella.

El chango va a salir; entra Juan Martínez, un hombre guapo y muy elegantemente vestido.

JUAN:         ¿Está tu patrón Chango?
CHANGO:  Ahí ta.

Juan le descubre la venda en la muñeca, le toma el brazo, se la mira con detenimiento y luego voltea a verlo a él significativamente. El Chango se zafa de él.

JUAN:         Señor Cañedo, buenos días.
CAÑEDO:   Buenos.
JUAN:         Le tengo una buena noticia; ya vamos a agarrar a Malverde. (Voltea de nuevo a ver significativamente al Chango.)
CAÑEDO:   ¡Cómo! (Al Chango.) Ve, pues, a ver qué razón me traes de Adela. (Sale el Chango.)
JUAN:         ¿Qué le pasó al Chango en la mano?
CAÑEDO:   Ahorita se acaba de caer y se cortó con algo.
JUAN:         ¡Qué raro!
CAÑEDO:   ¿Decías...?
JUAN:         Ah, sí, anoche Epifanio Amézquita sorprendió a Malverde robando en su casa y dice que le dio un balazo en una muñeca, que vio muy clarito que se la jodió.
CAÑEDO:   ¡Ah, pues con un balazo en la muñeca se va a morir muy pronto!
JUAN:         No estoy bromeando.
CAÑEDO:   Pues así parece.
JUAN:         ¿Qué pensaría usted si hoy viéramos a un hombre con la muñeca vendada y con sangre?
CAÑEDO:   Genial, genial, genial.
JUAN:         Ahora sólo hay que ir a buscar a...

Entra Candelario con una mano vendada y con sangre.

CANDELARIO:   Señor Cañedo... perdón, disculpen; pero el padre Alfredo quiere verlo.
CAÑEDO:   Claro que iré, claro. ¡Dios mío, Dios mío! ¡¿pero qué te pasó en lesa mano, muchacho?!
CANDELARIO:   Me lastimé la muñeca hoy en la mañana cuando fui a tocar las campanas, brinqué y caí con la mano doblada, pero ya me sobaron y estoy bien, gracias.
CAÑEDO:   Pero yo veo sangre en la venda esa.
CANDELARIO:   Es sangre seca porque estaba sucio el trapo.
CAÑEDO:   ¡A, sí, a ver, déjame quitártela para ver!
CANDELARIO:   (Se asusta.) No. (Sale corriendo.)
CAÑEDO:   Vamos a hablar con el padre.
JUAN:         Vamos.

Entra Adela, también tiene una mano vendada y con sangre.

ADELA:      ¿Me mandó llamar, señor?
CAÑEDO:   ¿Qué, ya decidiste venir a trabajar conmigo?
ADELA:      Sí, señor.
CAÑEDO:   Mandaré unos hombres que vayas por tus cosas.
ADELA.      Ya no tengo nada, señor, todo lo eché al río. Así me vengo.
JUAN:         ¿Qué te pasó en la mano, Adela?
ADELA:      Me lastimé.
JUAN:         Pero tiene sangre.
ADELA:      Es sangre seca porque estaba sucio el trapo.

Pasa Hilario y algunos campesinos y gente del pueblo con una mano vendada y con sangre.

Exterior
CLAUDIA:  Y toda la gente anduvo varios días con la mano vendada. Otra vez don Clemente de la Vega aseguró que a Malverde, al ir a robarle a él, lo agarró de una pata una trampa pa´ coyotes y al día siguiente toda la gente andaba renguiando de una pata. ¿Coincidencia o milagro?
PADRE
JAVIER:      Eso que usted nos acaba de decir es muy interesante, aunque la figura de nuestro hombre se nos diluye más y más.
PADRE
JAVIER:      ¿Cuál es el milagro más importante que ha hecho?
CLAUDIA:  Desde muy jovencilla, tendría yo unos trece años, un hombre me engatusó y me sacó de la casa de mis padres, me llevó a la frontera y me metió a trabajar en un burdel. En realidad me había vendido y yo ni sabías; pa´ esto ya estaba embarazada, pos luego m e hicieron abortar, la dueña del burdel me dio a tomar unos tragos y ahí con las manos cochinas...
PADRE
JAVIER:      Quizá no sea prudente seguir con una conversación...
CLAUDIA:  ¿Qué? ¿Les horroriza? Pero eso existe, está allí en cada ciudad, es muy fácil no mirar. Están ustedes como lo hacen muchos cuando se les presentan las cochinadas feas, voltean los ojos al cielo y piensan en las vírgenes bien vestidas de la iglesia y llenas de joyas, pero así no se remedia nada.
PADRE
JAVIER:      Tiene razón, sólo que no es el momento, nosotros, quizá usted no pueda entendernos...
CLAUDIA:  Muy bien que los entiendo, quieren cuentitos bonitos de niñas que nacieron con un ángel de la guarda al lado, pero yo no lo tuve.
PADRE
JAVIER:      No trate de justificarse...

Se oye una voz que grita: “Cuanina, Cuanina, te voy a llevar con la coyota, Cuanina”. Aparece la Cuanina huyendo. Nuevas voces se unen y aparecen hombres por todas partes; todo esto sucede dentro del mundo mágico interior. El padre Javier, con un pie puesto en cada uno de los mundos, mira la escena con horror. La Cuanina grita, se desespera. Los hombres se montan sobre ella, la poseen todos con gran violencia y la sacan de escena, jaloneándola. Esa escena ha quedado registrada como una visión del padre Javier; se queda inmóvil, aterrorizado.

CLAUDIA:  ¿Me iba a decir algo, padre?
PADRE
JAVIER:      Perdón, no sé qué me pasa, hablábamos de la Cuanina esa...
CLAUDIA:  No, hablábamos del ángel.
PADRE
JAVIER:      Perdón, quisiera ir a descansar un poco; con permiso.

Mientras el padre sale, Claudia, en silencio, sale también. En otro banco está sentado Beto. El obispo y el padre José están con él. Los otros salen a oscuras, en silencio.

BETO:        Veinte años duró robando el Malverde ese, hasta que un día lo acorralaron los federales y se lo tronaron por allí, por el camino a Navolato y allí lo dejaron que se pudiera sobre la tierra. Le decían Malverde porque se vestía con unas hojas verdes de plátano para esconderse entre los matorros y los chiribitales.
OBISPO:     Y bien, gracias por venir. El asunto que ahora nos interesa está referido a los prodigios que usted nos pueda relatar.
BETO:        ¿Qué?
PADRE JOSÉ:      ¿Qué milagros nos puede contar?
BETO:        Bueno, pues yo hace algún tiempo que había agarrado una vieja, bien buena que estaba la jija de su chingada madre, y pues yo la quería un chingo.
OBISPO:     A ver si puede evitar esas palabras, que está con gente dedicada al señor.
BETO:        Y... pues está ca... Bueno, pues, este, si, yo mire, yo aprendí a hablar en la calle, a lo mejor usted tuvo padres que lo enseñaran y pues así es otro pedo, bueno, otra maniobra; es caso, pues, que yo había agarrado a esa vieja y la muy jija de su ..., la muy... la vieja esa se me fue con otro bato; yo soy pobre, tengo un desgüesadero de carros por allá por el barrio, ¿y cómo...? A ver, usted (Al obispo.), ¿cómo se sentiría si otro cabrón le bajara a su vieja? No, mejor no; hablo puras regadas.
OBISPO:     Diga lo que tenga que decir como pueda. También San Cristóbal, según cuentan las historias, tenía un lenguaje muy áspero.

BETO:        Pues yo como hombre me sentí muy pa´ la chin... tegua y no me iba quedar allí con los brazos cruzados, ni sabía con cuál bato para ir a romperle la madre. Pues agarré una piedra y me fui con Malverde, se la llevé porque yo quería que ella se muriera; pero allí me encontré con un compa que me dijo que no le podía pedir eso a Malverde.
OBISPO:     ¿Por qué?
BETO:        Porque él no hizo cosas malas, ni mató nunca a ningún cabrón.
PADRE JOSÉ:      Tenemos datos de un informante que nos dijo que sí mató a un hombre.
BETO:        ¡No, qué iba a matar!, achaques que le sacaron. Malverde ya tenía como quince años robando; un día Cañero fue y gritó en la plaza que cómo a él no le robaba, y dicen que al día siguiente, cuando estaba sentado en la plazuela, se acercaron varios trabajadores a saludarlo y, cuando se fueron, ni se dio cuenta pero alguien le dejó un changado papel en el que decía que esa noche le iba a robar y lo firmaba Malverde. El viejo metió vigilancia por todas partes pero con todo y eso le robó, y al día siguiente los pobres gastaban sus monedas en la plaza.

Interior
CAÑEDO:   (Furibundo.) ¡Hijos de toda su repinche madre! ¿Babosos, estúpidos! Bien pudo haberme matado y ustedes no movieron ni un dedo.
TRABAJADOR I:
                   Malverde no mata, patrón.
CAÑEDO:   Pero a mí me pudo haber matado.
TABAJADOR 2:
                   Si quisiera matar a los ricos, ya hace muchos años lo hubiera hecho.
CHANGO:  No lo sentimos, don Francisco, le aseguro que ni pestañamos.
TRABAJADOR I:
                   Seguro que es un ánima, porque ni los perros lo sintieron.
CAÑEDO:   Yo no creo en las ánimas, creo en los que inventan ánimas para chingar. Ustedes están metidos en este jueguito; uno de ustedes o todos son esa ánima que han inventado.
CHANGO:  No diga eso, don Francisco, nosotros somos de carne y hueso y somos fieles a usted.
CAÑEDO:   ¡Eso me lo vas a demostrar, Chango!
TRABAJADOR 2:
                   Si desconfía de nosotros, córranos; pero sí le digo una cosa, patrón: los perros de aquí no lo sintieron, pudimos haber sido nosotros, pero Malverde ha robado en muchas casas y si fuéramos nosotros, los perros de las otras casas nos sentirían. Robó a los Martínez Castro, a los Redo, a los De la Rocha, a los Fernández, ¿y los perros de allí qué?
CAÑEDO:   Entonces en cada casa o en cada hacienda hay varios Malverde.
TRABAJADOR I:
                   Eso es lo que debería ser.
CAÑEDO:   ¿Qué dijiste?
TRABAJADOR I.
                   Dije que a lo mejor eso es lo que debe ser; por eso no lo sienten los perros. Pero sí le digo una cosa, si yo me robara el dinero, no andaría de pendejo aventándolo; yo me chingaba en él y me iba a Guadalajara a gastarlo.
CAÑEDO:   Que no los agarre yo en una treta porque ya me conocen. (Los despide, con un gesto. Van a salir.) Tú, Chango, quédate. (Salen los otros. A él.) Así que me puedes demostrar que me eres fiel... ¿Te quieres ganar ocho pesos en un ratito?
CHANGO:  ¡Ocho pesos! ¿A quién hay que matar?
CAÑEDO:   A quien tú quieras. El Malverde ese se cubre con hojas de plátano; córtale las hojas a ese que está allí; con esas hojas, y como estás prieto, no te vas a ver en  la noche. Te voy a dar una moneda de oro, la avientas en la casa de algún cabrón, del que te quieras chingar, y cuando salga a recogerla, lo matas. Aquí está la pistola, mañana en la plaza diremos que fue Malverde para que ya nadie lo proteja y la gente tenga miedo de salir a recoger las monedas de oro. ¿A quién te gustaría matar?
CHANGO:  Al Julián.
CAÑEDO:   Vamos a ver cómo te ves con esas hojas. (Sale por las hojas. Cañedo le ayuda a ponérselas.) Nos tenemos que poner de acuerdo en muchas cosas porque los dos vamos a decir que lo vimos; diremos que veníamos ya noche de la huerta porque yo me había quitado mis espuelas de plata y no me acordaba dónde las había dejado, que estaba oscuro y...

Exterior
BETO:        (A los curas.) Y el compa ese se puso de acuerdo con el caballerango ese que le decían el Chango al cabrón; yo creo que por feo al hijo de la chingada. Ya las dos de la mañana el Chango se fue a casa del Julián, un cabrón que lo había puesto en ridículo con una mujer y que el Chango no se lo perdonó. Pasó trotando el caballo, aventó la moneda y se regresó a pie.

Se oye caer la moneda, sale el hombre a busacarla; el disparo; un grito de mujer; sale gente; lo lloran; lo recogen y los llantos se van borrando en la lejanía. Esta pequeña escena sucede dentro del mundo interior.

Interior
Una plaza de mercado. Entra el Polidor: es un hombre maravilloso viejo, de barbas y pelo largo. Viste estrafalariamente, usa un largo embudo a manera de megáfono. Es un tipo encantador y simpatiquísimo, gordito y de ojos parlanchines. El Polidor hace junto con Obdulio la suerte de adivinar el pensamiento, ¡ese maravilloso número de circo que tanto hemos visto y tanto disfrutamos! El Polidor venda los ojos de Obdulio y lo coloca de espaldas al público. Luego del primer parlamento baja hasta el público y desde allá preguntará a Obdulio sobre los colores de las prendas de vestir de los asistentes, números, denominaciones de billetes, nombres de gente, todo lo cual Obdulio adivinará. Al final de la obra aparece la clave para realizar este truco. A una frase acordada del Polidor, extraordinario, por ejemplo, entrarán los demás personajes.

POLIDOR.  El Polidor, el Polidor. Tururutututú, tururutututú, tururutututú, conozca usted y deslúmbrese con el poder de Obdulio Pacheco: el hombre iluminado, tururutututú, el gran arúspice del momento. Vea y asómbrese de sus poderes mentales, tururutututú. Y ahora, si me lo permiten, haremos una demostración del poder de este joven prodigio, para que usted se maraville con este pasmoso portento. El Polidor, el Polidor, tururutututú.

El Polidor baja a adivinar entre el público. Luego llagarán los demás.

                   - Mataron anoche a Julián.
                   - La pobre viuda ahora sí se quedó jodida.
                   - Ya supiste, Chango, que mataron anoche al Julián.

CHANGO:  Fue Malverde.
                   - ¿Cómo lo  sabes?
CHANGO:  Yo lo vi. Veníamos anoche a las dos de la mañana don Francisco, mi patrón, y yo de la huerta y al pasar por allí, por la Vaquita, vimos corriendo a Malverde envuelto en unas hojas de plátano; lo mató y nos pasó rozando.
                   - ¿Y cómo sabes que eran las dos de la mañana?
CHANGO:  Porque el reloj de la catedral dio la hora en ese momento.

Escena de adivinación del Polidor.

CAÑEDO:   De suerte que no nos vio; si no, nos mata también a nosotros; iba como alma que lleva el diablo, tenía los ojos rojos.
- Es un peligro suelto ese Malverde.
- Un día de estos nos van a matar a todos.
- Dicen que es un ánima en pena y que avienta el dinero para que se le construya     una ermita con puras monedas de oro.
- Hace más de quince años que viene repartiendo entre nosotros el dinero que roba; y ahora se le ocurre matar a uno de los pobres ¿qué raro, no creen?
CHANGO:  Les juro por Dios santito, bendito, sagradito que yo lo vi y allá está mi patrón, que él lo vio conmigo.

Escena de adivinación de Polidor.

- Yo creo que en caso de matar a alguien, mataría a un rico.
CAÑEDO:   Pues las ánimas también cambian de parecer: Nosotros vimos el bulto verde; se los juro por Dios que yo lo vi.
- Pues nadie puede dudar de sus palabras, don Francisco; esto se va a poner terrible.

Escena del Pulidor; entra Juan.

JUAN:         ¡Qué bueno que los encuentro a todos! Este diablo verde se está pasando de la raya.
CAÑEDO:   Esto es lo que comentábamos ahorita.
JUAN:         Pero esta vez casi lo pescamos; anoche le anduvimos pisando los talones a Malverde: Estaban en mi casa el jefe de la acordada y cinco rurales y a las dos de la mañana se presentó Malverde, desató los caballos, los puso en estampida; ya para eso me había robado quinientos pesos oro. Fuimos por unas yeguas que yo tenía en el corral y casi le damos alcance, pero se metió en la cordelería de Diego Redo, y don Diego no quiso darnos permiso de entrar a buscarlo; dijo que ahí tenía la protección suya; pero allí lo tenemos cercado; a ver si va usted, don Francisco, para que hable con don Diego y lo convenza de que nos deje entrar.
CAÑEDO:   Conozco a Diego, no va a querer.
JUAN:         Hay que convencerlo.
- ¿A qué hora dijo que fue, don Juan?
JUAN:         Un poquito antes de las dos de la mañana, porque ya íbamos tras él cuando el reloj de catedral dio las dos.
- ¿No dijo usted que a esa hora lo vio por la Vaquita cuando mató al Julián?
CAÑEDO:   Yo lo vi.
- Pero la casa de don Juan está en el Coloso y eso está del otro lado de la ciudad.
- Uno de los dos está mintiendo.
CAÑEDO:   ¿Ponen ustedes en duda mis palabras?
JUAN:         ¡Cómo!, ¿qué, qué enredo tren?, ¿a quién mataron?
CHANGO:  Nosotros vimos a Malverde a las dos de la mañana por la Vaquita cuando mató a Julián. Aquí está don Francisco de testigo.
JUAN:         Pues yo tengo de testigos al jefe de la acordada, a los rurales, a mi familia y a don Diego Redo.
                   - ¡Se está llenando de fantasmas la ciudad!
CAÑEDO:   ¿Están poniendo en duda mis palabras? ¿Están poniendo en duda mis palabras? ¡Están poniendo en duda mis palabras!

Escena de adivinación del Polidor.

CANDELARIO:   (Entra corriendo) ¡Se acaba de fugar otra vez Malverde! Allí van ya los de la acordada.
- Miren, allí hay un papel en la amapa blanca. (Van y lo recogen.)
- (Lee.) “Mañana en la noche iré a la casa de Cañedo a investigar sobre el crimen de Julián: Malverde”.
- ¡Dios mío! ¡Ave María Purísima!

El Polidor sube al escenario y adivina cosas y objetos de los personajes, todos se encantan, se fascinan con ellos, los creen como venidos de otro mundo, no se atreven a tocarlos, sólo Juan Martínez permanece frío al juego. Cañedo los mira con desconfianza y luego comienza a maquinar cosas.

POLIDOR:  Lo que quieran saber del presente, del pasado y del futuro lo sabrán por la boca de este hombre iluminado, tururutututú, las consultas tienen un módico precio al alcance de sus bolsillos, sólo estaremos pocos día en esta ciudad.

Cañedo se acerca a Obdulio, vacía delante de él una bolsa llena de monedas de oro y le dice con arrogancia.

CAÑEDO:   ¿Quién es y dónde se esconde Malverde?


TELON

ACTO SEGUNDO


Exterior
OBISPO:     Espero que con lo que hemos oído les resulte suficiente y sirva para que no me digan autoritario, impositivo y quién sabe cuántas cosas más. Ya les cumplí el caprichito de estas reuniones. Creo que se han convencido de que no es tan fácil iniciar un proceso de beatificación. ¿Se imaginan ustedes si presentamos el material recopilado hasta ahora? La congregación de ritos en Roma nos destituye a todos de nuestros cargos por ineptos.
PADRE
JAVIER:      Pero es una realidad, una misteriosa realidad mística, mágica y social.
PADRE JOSÉ:      Supongo que todos estamos convencidos de que en la actualidad tenemos que ser más prácticos que teóricos.
OBISPO:     Pero si Culiacán no ha sido más que un pueblo de locos.
PADRE
JAVIER:      También a él lo llamaron loco. ¿Y si los locos fuéramos nosotros que desperdiciamos la vida encerrados en bibliotecas, en lugar de vivir al aire libre sin angustias, sin prisas?
PADRE JAIME:    Todo lo que he oído a mí me parece estúpido: Nadie se pone de acuerdo; todos cuentan cosas diferentes de un mismo suceso.
PADRE JOSÉ:      Cada uno de los evangelistas cuenta distintos aspectos, y con los puntos de vista diferentes de la ida del señor; ¡y convivieron con él! ¿Qué pretende, padre? ¿qué vengan todos y nos cuenten la misma historia? Entonces no habría nada que investigar.
OBISPO:     Si ustedes me lo permiten, yo tengo muchas cosas que atender de la diócesis, tendrían mi permiso para seguir con su investigación, pero ya no podré continuar con ustedes.
PADRE JAIME:    Yo tampoco...
OBISPO:     Usted se queda porque tiene los pies más puestos en la tierra que ellos.
PADRE JAIME:    Sí, señor.

Sale el Obispo.

LÁZARO:   Todos los jueves nos llevaba mi abuelo a la nieve y de allí a la tumba de Malverde, a veces le llevábamos flores, veladoras y cuando él tuvo el accidente y sanó, le llevó su foto. Nos contaba mi abuelo historias maravillosas de Malverde. Los ricos eran muy malos con los pobres, los hacían trabajar de sol a sol durante meses y no les pagaban; luego los acusaban de robo o los mataban; contaba que don Facundo Cerecero, un viejo muy sanguinario que le decían El Tigre por asesino, hacía que los peones trabajaran mese sin pagarles, luego los mandaba cavar una noria y cuando ya estaban dentro del hoyo, ordenaba a sus guardaespaldas que echaran tierra y luego declaraba a las autoridades que tales y cuales hombres le habían robado y que habían huido. Pues, según ellos, los ricos, todos los peones eran ladrones; Malverde conocía esto porque había sido peón; había sido albañil durante muchos años, por lo cual conocía por dentro caso todas las casas de los ricos, porque él había trabajado en la construcción.

Interior
RICARDO: Los mangos ya están floreciendo, madre, se ven blancos como si estuvieran llenos de mariposas y ¡cómo huelen!
ADELA:      El olor de las plantas, ¡no hay nada mejor! Y nada como las noches cuando queman la caña para llevárselas a moler: Esas noches espesas y grises, olorosas a miel; y allá, a lo lejos, los cañaverales ardiendo y aquel humo azucarado que llenaba la oscuridad y se metía por todas las ventanas del pueblo, ¡ay!
RICARDO: Tienes ganas de volver a Sanalona, madre.
ADELA:      Allá no quedan más que recuerdos, tumbas en el cementerio. Lo demás, lo otro, no me importa. La gente que nació para ser feliz, que lo sea. Tú y yo somos todo lo que hay en el mundo.
RICARDO: Pronto seremos muchos otra vez, ahora que me case con la Modesta.
ADELA:      Falta tanto.
RICARDO: El domingo; faltan tres días.
ADELA:      No, para ver los frutos.
RICARDO: Para julio; las ciruelas estarán antes.
ADELA:      Tonto. Los nietos.
RICARDO: (Ríe.) Para cuando vuelvan a florecer los mangos, ya tendrá el primero entre sus brazos.
ADELA:      El sábado voy a la huerta, llevaré cosas y comeremos por allá.
RICARDO: Ya me voy, madre, que tengo que ir a la hacienda de don Juan, porque mañana empezamos a barbechar.
ADELA:      Dios te bendiga. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
RICARDO: Amén. (Se encamina.) Viejita, va a venir Modesta más tarde...
ADELA:      Iré a recoger flores para la mesa.
RICARDO: Gracias, madre, quisiera quedarme aquí con usted platicando y esperarla, pero...
ADELA:      Quédate, no te vayas hoy, ya irás mañana.
RICARDO: Hay que trabajar mucho para pagar esa huerta: Dijo don Juan que hoy habrá dinero y que nos pagará todos los mese que nos debe. Adiós.
ADELA:      (Sobresaltada.) ¡No me digas adiós, hijo! Dime hasta luego.
RICARDO: ¡Qué tontería! Adiós.
ADELA:      Adiós, hijo, llenaré tu casa de flores.

A lo lejos oye la voz de Hilario: “Adela, Adela”. Vuelve a sobresaltarse. Voltea para todos lados, no se ve a nadie y sale.

Exterior
LAZARO:   Adela era una mujer enigmática como un gato; decía mi abuelo que siempre hablaba sólo lo indispensable y luego de la muerte de su hijo nunca más volvió a reír.

Interior
Adela viene con unas flores silvestres. Se la encuentra Cañedo.

CAÑEDO:   Buenos días, Adela.
ADELA:      Buenos días, don Francisco.
CAÑEDO:   Bonitas flores.
ADELA:      Hay muchas cerca del río.
CAÑEDO:   Pero en mi casa no hay quien vaya a recogerlas... desde que se murió mi mujer... bueno, a ella nunca le gustaron esos detalles. ¡Ay, mujer, y tú sigues metida en ese chiname, achicharrándote del calor! Vente a trabajar a mi casa; necesito una mujer maciza, honrada y trabajadora como tú.
ADELA:      Aquí vivimos mi hijo y yo, solos, muy a gusto, no hay como la casa de uno, señor.
CAÑEDO:   ¿Y cómo que es de ustedes la casa?
ADELA:      Hace muchos años que vivimos aquí, desde que llegué de Sanalona con el niño recién nacido.
CAÑEDO:   Seguro que el padre...
ADELA:      Mi hijo no tiene padre.
CAÑEDO:   Yo te iba a preguntar por la casa, que a lo mejor tu... bueno, no sé quién... mira: el caso es que me vendieron estos terrenos, son míos y, pues, a lo mejor me engañaron y en verdad son tuyos; pero no te preocupes, préstame tus títulos de propiedad para que se aclare esto.
ADELA:      (Lo mira con gran odio, vergüenza, tristeza e ironía.) Dios nos mandó a la tierra, señor, bichis, sin título de propiedad y uno se arrima a donde puede.
CAÑEDO:   Ahí a ver, pues, si le exiges a él que te defienda.
ADELA:      (Como si sólo se escuchara su voz.) ¡Oh, dios de infinita bondad y misericordia, os suplico la gracia de que el espíritu purificado del que fue en el plano terrenal Pedrito Jaramillo venga en estos momentos angustiosos a prestarme el auxilio y el consuelo que necesito para que nos dé casa y no permita que nos dejen desamparados, amén.
CAÑEDO:   Te quedaste ida, mujer, piensa lo  de mi ofrecimiento, de trabajo, del trabajo; aquí se construirá una fábrica y tu hijo también podrá trabajar conmigo; piénsalo, mujer, es por tu bien.

Cañedo da la media vuelta. Adela toma una piedra, se queda con la intención de golpearlo, él sale y ella rompe el cántaro con la piedra y agua empieza a correr entre las piedras.

Exterior
FERNANDO:       Cañedo, este, bueno, Cañedo... yo desciendo por línea directa de él, es como mi tatarabuelo. Un gran hombre forjador de esta ciudad de Culiacán, gracias a su religiosidad y a  su fuerte caridad cristiana se iniciaron los trabajos de la nueva catedral. Eso ustedes deben saberlo perfectamente.
PADRE JAIME:    Sí, sí, perfectamente.
FERNANDO:       Era un hombre muy limpio, en el verano se bañaba hasta siete veces al día; al levantarse, a mediodía, por la tarde y siempre por la noche antes de acostarse; también su espíritu reflejaba esa limpieza que...
PADRE JAIME:    Sí, sí, todos lo sabemos muy bien, sólo que nosotros queremos que este asunto gire en torno a la figura de Malverde.
FERNANDO:       Pero es que Malverde existió gracias a la protección de mi tatarabuelo.
PADRE JAIME:    Sabemos por algunos informantes que quien realmente lo protegió fue don Diego Redo, quien nunca dejaba que entraran a tomar a Malverde cuando buscaba protección en su fábrica.
FERNANDO:       (Ríe.) En verdad, Diego Redo no dejaba entrar a nadie ajeno a sus fábricas para que no vieran todo el contrabando que allí guardaba, comenzando por la maquinaria.
PADRE JOSÉ:      ¿Cuál es la historia de Malverde que guarda su familia?
FERNANDO:       Malverde era un ladrón de siete suelas, un ladrón vulgar al que le celebran que le aventara el dinero a los pobres. (Irónico). Claro que es muy fácil ir a tirar el dinero que ha sido ganado por otros. Se le consecuentó para no deshacer la paz de la ciudad y finalmente murió abandonado en el monte y pudriéndose de alguna enfermedad contagiosa y mala. Hacen mal en tolerar que la gente venere a un ladrón, como si robar fuera algo bueno. Eso que la gente llama milagros no han de ser más que coincidencias y la gente le llama milagros por zafia. Juan Martínez, contemporáneo de Malverde, pariente lejano mío y compadre de Cañedo, murió ciego, con vértigo; tenía que amarrarlo en las sillas para que no se cayera  y decía mi nana que había sido por una maldición que le echó una loca de entonces, que le decían Cuanina; de creer historias así, pensaríamos que también la Cuanina hacía milagros.

Interior
Se oye: “Cuanina, Cuanina, Cuanina, te voy a llevar con la coyota, Cuanina”: Aparece la Cuanina. Adela cruza entre el grupo de hombres; n se ven entre sí. La Cuanina viene embarazada. Hay un hombre tirado en el piso. La Cuanina se acerca a Juan y se abraza de él.

CUANINA: (Angustiada.) ¡Le quieren comer la cabeza a mis malutas, allá con la coyota, y los copeches se prenden en los ojos para cuando caigan las estrellas!
JUAN:         ¡Suéltame, me ensucias!
CUANINA: ¡Me quieren llevar con la coyota!
JUAN:         Yo soy el que te va a llevar con la coyota por andar de coscolina.
CUANINA: No, Juan, yo no te he hecho nada, tú también te escondes en los chiribitales. (Como una terrible maldición.) Te vas a morir ciego y te vas a caer y no vas a tener quien te levante, sin ojos, sin luz, sin nadie.

Juan le golpea la barriga a la Cuanina con el fuerte y ésta sale doblada por el dolor.

JUAN:         (Le da una patada al hombre que está tirado.) ¿Crees que estoy aquí pintado o qué? ¡Levántate, güevón!
MOZO I:     No puede, patrón, le picó el mosco de las calenturas y desde hace días que no come nada.
MOZO 2:    Se pone tan caliente que parece que se llena de lumbre.
JUAN:         ¿Quién les ha hablado a ustedes? Aquí si no les pica el mosco del trabajo, se van a la chingada. ¡Todos son iguales! ¡No les gusta para nada el trabajo! ¡Se llevarían echados todo el día! ¡Levántate güevón! (Lo patea.)
MOZO I:     No le pegue, patrón; está enfermo.
MOZO 2:    De verás que está enfermo, usted sabe que es muy trabajador.
JUAN:         ¡Qué trabajador ni qué las hilachas! Aquí el que no trabaja, no traga, y se larga mucho a la porquería de la que sale.
RICARDO: Páguele los ocho meses que le debe y seguro de que se va.
JUAN:         Tú también cállate el hocico. Estúpido, ahora resulta que se han convertido en defensores cuando que toda la vida han sido ustedes sus peores enemigos. A quien tienen que defender es a mí, soy yo quien les da de tragar; ¡pero si son como los cochis; les tiene que tirar uno la comida lejos para que no le muerdan la mano! (Patea al enfermo.) Lárgate de mi casa si no quieres tra...
RICARDO: (Pierde el control y se lanza sobre Juan, lo golpea, lo hace caer al suelo y le brota de la boca sangre.) Que no lo golpeara, ¿qué no oyó? Está enfermo; no puede trabajar porque está enfermo y porque no come, usted se ha quedado con nuestro dinero y este hombre tiene a toda su familia muerta de hambre.
JUAN:         (Muerto de rabia.) Esto no se va a quedar así, esto lo vas a pagar muy caro, Ricardo:         (Grita frenético.) ¡Constantino! ¡Constantino! (Entra Constantino.) Llama a los rurales que están en el establo. (Sale Constantino. A Ricardo.) Esto te va a costar la vida, hijo de tu pinche madre. ¡Cría cuervos!, ¡cría cuervos!

Entre ellos se mezcla gente del pueblo y se repite la misma escena con que terminó el primer acto; es el mismo cuadro plástico. Cañedo vacía la bolsa de monedas frente a Obdulio.

CAÑEDO:   ¿Quién es y dónde se esconde Malverde?
OBDULIO:  Malverde no se esconde; ustedes no quieren verlo.
CAÑEDO:   ¿Quién es Malverde?

Obdulio se quita la venda, se le queda viendo muy fijamente.

OBDULIO:  Soy yo.

Se carcajea, saca un puñal y se lo entierra en el corazón Cañedo. Se oye El niño perdido; se va haciendo el oscuro; por otro lado entra Adela con una lámpara encendida. Llega hasta Cañedo, quien está en la tina completamente desnudo como en la primera escena.

ADELA:      (Lo mueve para despertarlo.) Don Francisco, don Francisco, ¿se quedó dormido?
CAÑEDO:   Adela, Adela, tengo tanto miedo, allí en el centro de la plaza y nadie hizo nada. ¿Por qué el pueblo no ama a sus gobernantes?
ADELA:      (Siempre seca.) Yo amo a mis gobernantes. (Para ella.) Ya andan acercando otra vez El niño perdido, desde que dijo que quería que con esa pieza lo enterraran, se lo echan cada noche por la ventana. (Al hombre que salió.)¡Ya, cabrones, que todo lo que buscan les salga al revés!

Exterior
MÉDICO:    Aquí los más asombrados somos nosotros, nosotros, todos los médicos que conocemos el caso del señor. Tenía sólo unos meses de vida y en las nuevas radiografías no aparece ni un solo tumor.
PADRE
JAIME:        Dice usted que no hay posibilidad de error en el primer diagnóstico.
MÉDICO:    Posibilidades de error en los diagnósticos siempre hay; lo que no puede equivocarse es una máquina que toma radiografías.
PADRE
JAIME:        Quizá cambiaron las radiografías y en uno u otro caso pudieron haber pertenecido a otro paciente.
MÉDICO:    ¿Sabe qué, señor cura? Hay dos cosas que le quiero decir; en primer lugar, no soy el único médico que conoció este caso; somos muchos y fueron muchas las radiografías que se le tomaron al señor, pero sí tuve el error de ser el único médico que aceptó venir, y acepté por una sencilla razón; porque quiero decirle que en nuestro país las instituciones no funcionan, son un asco, están corrompidas. No sé si esté de acuerdo.
PADRE
JAIME:        Sí, casi totalmente.
MÉDICO:    Pues bien: la iglesia, como institución, está en el mismo caso. Yo le pediría que no trataran de institucionalizar a Malverde; es un santón y un héroe del pueblo; no traten de arrebatárselo de las manos; la realidad es que está allí, la gente lo quiere, le tiene fe y lo más maravilloso es que (Muestra las radiografías.) hace milagros.

Interior
Como si viniera de muy lejos, se oye la canción Modesta Ayala. En escena, al centro, dentro de un costal y lleno de sangre, se encuentra el cuerpo de Ricardo. Entra Adela, llega lentamente hasta el costal, se acerca al rostro de su hijo muerto y ensangrentado, le lame y bebe la poca sangre que le queda en la cara, le besa los labios. Levanta los ojos para decir, “cara, muy cara vas a pagar, Culiacán, esta sangre”. Toma el saco y se lo lleva arrastrando como si nada y se apaga la canción de la Modesta Ayala. Corre el viento y el polvo, corren como mariposas desesperadas las hojas de los árboles por todas partes. Entra Candelario y lo sigue Hilario.

HILARIO:   Eres malo, eres malo como las serpientes. Yo nunca lo había probado.
CANDELARIO:   Hay muchas casas en la ciudad, Hilario, ve a pedir allá.
HILARIO:   Yo le dije a la Facunda y fue a verlo.
CANDELARIO:   Y yo te di el queso.
HILARIO:   Pero muy poquito.
CANDELARIO:   No era ninguna miseria de queso, era suficiente.
HILARIO:   Dame más.
CANDELARIO:   Ya no tengo. Además, ya te he dado tres veces.
HILARIO:   Y tres veces ha salido Facunda a verlo. Martín es malo, es como las crecientes de los ríos, se lleva todo y ahoga con sus emporcadas aguas.
CANDELARIO:   Bueno... si la convences de que mañana en la noche vuelva a verlo otra vez, te daré más queso.
HILARIO:   Ya no quiere, me dijo: “Ya no quiero ir, Hilario, déjame”; “me quiero morir”, me dijo; “guardo una vergüenza muy grande”. “Dile que no, siempre dile que no”.
CANDELARIO:   Entonces olvídate del queso (Sale.)
HILARIO:   (Lo sigue, diciéndole.) ¡Eres malo, como las serpientes...!

Entra Adela; ellos salen sin verla. Adela hace algunas libaciones en el lugar donde todavía hay sangre. Sopla el viento con más fuerza, el polvo es más espeso, la atmósfera más densa.

ADELA:      ¡Oh, Dios de infinita bondad y misericordia, yo os suplico la gracia de que el espíritu purificado del que fue en el plano terrenal don Pedrito Jaramillo venga en estos momentos angustiosos a prestarme el auxilio y el consuelo que necesito! (Aprieta los dientes como en un rezo enfermo.) Quiero venganza. Quiero la venganza.

Aparece el Polidor.

POLIDOR:  (Como en un susurro.) Adela, Adela, ¿qué te pasa?, ¿estás mala?
ADELA:      (Alarmada.) ¡Don Pedrito Jaramillo! ¡Don Pedrito...!
POLIDOR:  No, Adela, soy Polidor, ¿no te acuerdas?
ADELA:      (Sin entender.) Estoy clamando venganza y has venido oyendo mi ruego, sé que no hay que tocarte, conozco todas las reglas del más allá. Aquí tienes la sangre de mi hijo sobre las piedras, todavía está caliente. Quiero meter los dedos en los que mataron lo que era mío. Tú, príncipe de las tinieblas, me ayudarás, quiero ahogarlos con mis manos.
POLIDOR:  Adela, soy el Polidor, ¿no te acuerdas? Estuve en Sanalona...
ADELA:      Sanalona; allí debí haber iniciado mi venganza antes de que me dejaran sola. Es como si me hubieran robado el tesoro de la divina gracia y me dejaran más miserable y pobre que nunca ¡Ladrones!, ¡ladrones, quiero mi tesoro! Todo me han robado.
POLIDOR:  (La toma del brazo.) Ven, vamos a que tomes agua...
ADELA:      ¡No me toques! (Pausa.) Esta noche vamos a juntar a todos los coyotes, voy a dejar salir los que traigo dentro y todos van a conocer mi vergüenza; van a ver venir mi venganza como se ven venir los huracanes. Ahogados, ahogados, los quiero ver a todos ahogados, flotando hasta la playa. (Ríe.)
POLIDOR:  (Muy íntimo.) Mira, ¿ves esa sombras que se mueven en el viento? Son los fantasmas que han venido a ayudarte.
ADELA:      Siempre hemos vivido entre fantasmas, siempre hemos visto sombras entre los árboles y entre los huecos del viento. Debajo de todas las piedras se esconden voces extrañas y en el croar de las ranas hay un lamento acechante.
POLIDOR:  Ven, vamos allá, a la plaza.
ADELA:      Esta noche, después que suelte mis coyotes, me fingiré una mujer seria y recatada y llevaré mi odio a todos los rincones. Callando, callando; en silencio, como una procesión nefasta. ¿Por qué te ocultas en el Polidor y no te muestras? (El Polidor comienza a inquietarse, voltea hacia todas partes como si temiera ser descubierto por extraños.) ¿Por qué tratas de engañarme? Tú también como yo eres un fantasma. Te mataron los gañanes de Sanalona. Recuerdo cuando hacías aquellos malabares y estalló la dinamita...
POLIDOR:  (Desesperado, le tapa la boca.) ¡Cállate, estás delirando!
ADELA:      (Se le desprende, alarmada.) ¡No me toques!
POLIDOR:  Tienes fiebre.
ADELA:      Es el calor de la rabia y del odio que se están manifestando.
POLIDOR:  Vete a tu casa.
ADELA:      (Muy lentamente.) Ya no tengo casa. Ya no tengo nada; nada.
POLIDOR:  Voy para arriba a la parte más alta. Adela; voy a volver a buscarte y espero que estés más tranquila.
ADELA:      Me voy a ir callando y apagando.
POLIDOR:  No, juega a que te callas, pero manténte hablando.

El Polidor desaparece. Adela sale afirmando muy notablemente que “sí” con la cabeza. Cesan el polvo y el viento.

Exterior
GUADALUPE:     No, juega a que te callas, pero manténte hablando. Es una frase a la que nunca le he hallado el sentido, pero así la contaba mi abuela; yo pienso que también ella estaba loca.
PADRE
JAVIER:      ¿Adela?
GUADALUPE:     No, mi abuela siempre mezclaba sus historias con cosas jaladas de los pelos y a veces las contaba de un modo y a veces de otro. Contaba ella que una vez, lavando en el río, perdió su anillo de matrimonio y como su marido, mi abuelo, era muy celoso y muy cruel con ella, pensó que la mataría. Tarde se le hizo en el río buscando el anillo y no lo encontró. Por el camino de regreso a la casa se acordó del ánima de Malverde y recogió una piedra y se la ofreció si lo encontraba. Al día siguiente, por la tarde, se presentó un pordiosero en su casa y le pidió de cenar; ella se conmovió con el hombre aquel y decidió freírle uno de los pescadores que había comprado en la mañana en la plaza y – cuál no sería su sorpresa – que al abrir el pescado se encontró dentro el anillo que había perdido y salió inmediatamente a ver quién era el hombre que le había pedido de cenar; pero ya no estaba. Terminó de freír el pescado y se lo llevó a Malverde, a su tumba, junto con la piedra, segura de que había sido él quien le pidió de cenar.
PADRE
JAIME:        La iglesia necesita datos más concretos, verosímiles. Me choca la palabra, pero sería científicos, por llamarlos de algún modo.
GUADALUPE:     (Con la mirada perdida.) No sé, la gente quizá imagine cosas y las crea; las inventa; en el mundo hay más fantasía que cosas reales; creemos y no creemos; no creemos, pero sí creemos. Todo es tan cierto, tan falso, tan frágil. El mundo, quién sabe, el hombre...

Su voz se ha ido apagando, también aquí llega a mezclarse el mundo exterior el interior por un momento, porque sobre las últimas palabras de Guadalupe vuelve a oírse la canción de la procesión: “Oyeme, virgen María, ábreme tu corazón, líbrame de los pecados y dame tu bendición”. Entra la misma procesión del primer acto, pero quien está sobre la Cuanina es el gobernador Cañedo.

CANDELARIO:   ¡Ñacas! (Se le cae la virgen y se rompe.)
CURA:        ¡Don Francisco!
CAÑEDO:   ¡Padre! (Mientras se sube los pantalones.)
CURA:        Es una vergüenza, si esto se llega a saber en Culiacán... usted como gobernador...(A los feligreses.) Hermanos, no podemos poner en peligro la paz de la ciudad... el señor gobernador seguramente podrá ser indulgente con todos ustedes y nosotros a cambio podremos guardar este secreto ¿Se imagina usted si las gentes todas supieran lo que acabamos de ver?
CAÑEDO:   Yo entiendo, yo entiendo...
CURA:        Me gustaría que se iniciaron ya los trabajos de la nueva catedral; todas las ciudades tienen hermosas catedrales, pero nosotros no, lo que actualmente tenemos...
CAÑEDO:   Hace días que tenía la intención de ir a verlo para esto. (A los otros.) Para ustedes tengo por ahí unos chivitos que les voy a regalar.
CURA:        (A los fieles.) ¡Ah, eso sí!, esto es como un secreto de confesión, si alguien llega a revelarlo y lo comenta, queda excomulgado ipso facto; ahora que si no aguantan el gusanito y quieren decir por qué se nos rompió la virgen, diremos que fue Martín; ya ven que él es tan mujeriego y nadie lo va a dudar. Tú, Candelario, junta los pedazos de la virgen y nosotros vamos a escoger un buen lugar para la catedral.

Sale todos, menos Candelario, quien se queda recogiendo los pedazos de la virgen rota.

Exterior
GUADALUPE:     La hija de la Cuanina, porque fue mujer, en verdad era del gobernador. La Cuanina le puso el nombre de Diez de Mayo por haber nacido ese día. Y por fuera de la casa, meciéndose, por las tardes, en una poltrona, muy maquillada y con la casa llena de muñecas, la única herencia que le dejó su madre.

Interior
Pasa Hilario con su paraguas. Candelario recoge los pedazos de la virgen.

CANDELARIO:   ¿Para dónde la llevas, Hilario?
HILARIO:   Aquí pa´l río, a traer unos quelites pa´... la Facunda, que tiene antojo.

Salen. Se repite de nuevo la última escena del primer acto. El Polidor adivina cosas de los personajes, éstos se encantan, se fascinan con ellos. Finalmente pregunta: “¿Qué es lo que tiene ese hombre en sus manos?” Obdulio responde: “Un papel”. El hombre lo lee: “Mañana en la noche iré a casa de Cañedo a investigar sobre el crimen de Julián. Malverde”.

- ¡Dios mío!
- ¡Ave María Purísima!

POLIDOR:  Lo que quieran saber del presente, del pasado y del futuro lo sabrán por boca de este hombre iluminado, tururututú, las consultas tienen un módico precio al alcance de sus bolsillos, sólo estaremos pocos días en esta ciudad.

Cañedo se acerca a Obdulio, vacía delante de él una bolsa llena de monedas de oro y le dice con arrogancia.

CAÑEDO:   ¿Quién es y dónde se encuentra Malverde? (Se hace un silencio general.) ¿Quién es Malverde?
OBDULIO:  Ese dinero apesta, quien quiera que lo haya tirado, que lo recoja y se largue.
POLIDOR:  Un momento, Obdulio, tú y yo tenemos un trato, ¿cómo que apesta el dinero? Bueno, y si apesta, pues toda la vida habrá apestado. (Empieza a recoger el dinero.) Tienes que decirle al señor quién es ese Malverde...
CAÑEDO:   (Se para sobre las manos del Polidor y saca una pistola y apunta a Obdulio.) Y si no me lo dice por la buena, me lo dice por la mala.
OBDULIO:  Y bien: no sé quién es ese Malverde; puede matarme. Pero sí sé quién mandó matar anoche a Julián.
CAÑEDO:   No tienes que decirlo; fui yo. El Chango lo mató por orden mía, ya no tiene que ir Malverde a investigar nada a mi casa; todo Culiacán lo sabe, siempre han sabido lo que hago, pero viven en el miedo y se callan. Voy a indemnizar a su mujer para que no quede desamparada. Quiero decirte una cosa, estúpido: si quiero yo, muevo este mundo con mis manos.
OBDULIO:  Escrito está; pero no puedes pararlo.

Obdulio se despide complacido y con múltiples adioses con sus manos. La gente de la plaza va desapareciendo. Cañedo se queda solo y aparecen tres galleros por un lado del escenario y otros tres por el otro. Los galleros son seres vestidos con pantalones, faldas cortas y máscaras primitivas, cada uno de ellos trae un gallo de plumas brillantes. Ninguno habla, pero mantienen una actitud amenazante. Cañedo se desespera, se angustia, se aterroriza, grita, trata de huir, llora.

CAÑEDO:   ¡No, no! ¡No, no! ¡No, no, perdónenme, perdónenme!

Salen los galleros.

HILARIO:   Muchas cosas malas van a pasar, Adela; han visto aparecidos por los caminos, salen bolas de lumbre de tierra y las gallinas ya están cantando por las noches.
ADELA:      ¡Ay, Hilario, qué cosas dices! No andes alborotando a las gentes con tus tonterías. Ya te di el queso; que pases buena tarde.
HILARIO:   Platican las ramas de los árboles, Adela, se oye la voz de los que ya murieron; entre las hojas hay murmullos como si anduvieran bocas solas volando por el aire.

Cañedo ya debe estar desnudo dentro de la tina de baño.

Exterior
PADRE
JAVIER:      No es tan fácil, esto nos llevaría años y años investigando, hasta el momento ni siquiera puedo precisar si Malverde existió o es un producto de las circunstancias sociales.
MARTHA:  Pues sí, cómo no. Malverde. Yo siempre que puedo hablar de sus milagros, lo hago, porque tengo mucho que agradecerle. Yo no lo conocí personalmente, por supuesto; él murió a fines del siglo pasado, pero cuando yo estaba joven conocí a una viejita que me contó la historia; ella era una chamaca cuando lo mataron; me decía incluso que fue al monte a ver su  cadáver.
PADRE JOSÉ:      Yo creo que en esa época todos eran Malverde.
PADRE JAIME:    ¿Y cómo explicaríamos los milagros?
PADRE JOSÉ:      Es que el pueblo, cuando quiere, hace milagros.

Interior
ADELA:      Ya está oscureciendo, ya está la casa sitiada por los de la acordada; tome su baño y espere a Malverde.
CAÑEDO:   (Contrito.) Creo que eché a andar un mecanismo y no sé cómo pararlo.
ADELA:      (Perdida.) Sí.

Adela empieza a bañarlo. Hombres y mujeres del pueblo salen y, mirando fijamente al público, empiezan a golpear piedra contra piedra. Cuando todos han salido, Adela toma una piedra grande, se dirige a Cañedo por sus espaldas y, antes de asestarle el golpe mortal, se hace el oscuro. Aunque es  posible que él haya muerto anteriormente de miedo en el corazón, contagiado por el miedo de los huesos.


Culiacán de las Maravillas, Sinaloa, junio de 1984.

Clave para la adivinación del pensamiento

Frase                   Número               Número               Color                   Objeto

Di                         0                          10                         rojo                                 reloj
Puedes decir         I                           II                          verde                               cadena
Podrás decir          2                          12                         azul                                lentes
Podrás decir          3                          13                         café                                anillo
Por favor di          4                          14                         negro                              aretes
Escucha, di           5                          15                         amarillo                           bolsa
Fíjate bien, di        6                          16                         violeta                             llavero
Ahora di                  7                       17                         blanco                              pulsera
Vamos a ver, di    8                          18                         gris                                   pluma
Veamos pues, di   9                          19                       dorado                                  cartera
Haz el favor de decir                                                     plateado                           encendedor
Atención               100                                                   rosa                                peine
Rápido                 1000                                                 lila                                   espejo
Aprisa                  10,000                                              anaranjado                         collar
Al instante             1’000,000                                         tinto                                 cepillo



Valor de los pronombres enclíticos

Me = 0                 Le = 00                          Nos = 000            Le = 0000

La palabra rápidamente duplica los números. Se deben usar ciertas muletillas para separar frases que puedan sonar repetidas, pero estas frases no tienen ninguna significación específica: “mucho cuidado”; “concéntrate”; “sigue mis indicaciones”, etcétera. Esta clave se puede ampliar con nuevas frases, objetos, números y colores. Si se hace la pregunta simple, la respuesta se halla en la primera columna de números o en la columna de colores. Para hacer referencia a la segunda columna de número, o bien, a la columna de objetos, se deben anteponer frases como: “Gran arúspice”, “Obdulio” o “Ser del más allá”. Los pronombres enclíticos “me, le, nos, les” agregan sus ceros al número que se tiene por respuesta. A continuación, ofrezco algunos ejemplos para esclarecer este juego, las preguntas vienen obviamente del Polidor y las respuestas por parte de Obdulio.

-         Di de qué color es la blusa de la señora.
-         Roja
-         Gran Arúspice, ¿podrás decir qué tengo en la mano?
-         Unos lentes.
-         Por favor di ¿de qué color son los anillos?
-         Negros.
-         Rápido, ¿de cuánto es el billete que tengo en la mano?
-         De mil pesos.
-         Escucha, fíjate bien, di cuántos años tiene el señor.
-         Cincuenta y seis.
-         Por favor, vamos a ver, fíjate bien, ¿podrás decir qué número escribió el joven?
-         Cuatro mil ochocientos sesenta y dos.
-         Obdulio, veamos, ahora di, ¿qué tengo en la mano?
-         Una cartera.
-         Aprisa, ¿de cuánto es este billete que he tomado?
-         De diez mil pesos.
-         ¡Extraordinario!

Además de este juego, los actores se pondrán de acuerdo sobre alguna persona que haya asistido a la función y que resulte más o menos conocida para el público en general. Sobre esa persona se adivinará el nombre, la profesión y, con lujo de detalles, cómo viene vestida.
También deberán adivinarse cosas increíbles, que resulten chistosas. Por ejemplo, el Polidor pued preguntar por el número de cabellos que tiene alguna señorita, Obdulio dará cualquier cifra desorbitada y el Polidor puede comentar con el público que quien no esté de acuerdo pueda pasar a contárselos.
Esta escena debe ser brillante y muy divertida. Cuando los demás personajes aparezcan y continúe la obra, las adivinaciones tendrán que reducirse a dos o tres cosas para que no decaiga el ritmo de la obra.



Regionalismos usados en la obra


                                     Amapa:                 Árbol de la región.
                                     Bainoro:      Arbusto de la región.
                                      Bato:           Muchacho, hombre (no tiene femenino.)
                                      Bichi:          Desnudo.
                                      Cochi:                  Puerco, marrano.
                                      Copeche:     Luciérnaga.
                                      Coscolina:   Mujer de cascos ligeros.
                                      Chinacate:   Murciélago.
                                      Chiname:     Jacal.
                                      Chiribitales: Matorros, matorrales.
                                      Gañanes:     Hombres rústicos.
                                      Nacas:                  Expresión de picardía.
                                      Tochi:                   Liebre.
                                      Poltrona:     Silla mecedora.



Poblados


Aguaruto
Bachigualato
La Pipima
Navolato
Sanalona
Tacuichamona


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