Desayuno en Tiffany's

 Desayuno en Tiffany's

Truman Capote


Siempre me siento atraído por los lugares en donde he vi-
vido, por las casas y los barrios. Por ejemplo, hay un edificio
de roja piedra arenisca en la zona de las Setenta Este donde,
durante los primeros años de la guerra, tuve mi primer aparta-
mento neoyorquino. Era una sola habitación atestada de mue-
bles de trastero, un sofá y unas obesas butacas tapizadas de ese
especial y rasposo terciopelo rojo que solemos asociar a los tre-
nes en día caluroso. Tenía las paredes estucadas, de un color
tirando a esputo de tabaco mascado. Por todas partes, incluso
en el baño, había grabados de ruinas romanas que el tiempo
había salpicado de pardas manchas. La única ventana daba a
la escalera de incendios. A pesar de estos inconvenientes, me
embargaba una tremenda alegría cada vez que notaba en el bol-
sillo la llave de este apartamento; por muy sombrío que fuese,
era, de todos modos, mi casa, mía y de nadie más, y la prime-
ra, y tenía allí mis libros, y botes llenos de lápices por afilar,
todo cuanto necesitaba, o eso me parecía, para convertirme en
el escritor que quería ser.

Jamás se me ocurrió, en aquellos tiempos, escribir sobre
Holly Golightly, y probablemente tampoco se me hubiese ocu-
rrido ahora de no haber sido por la conversación que tuve con
Joe Bell, que reavivó de nuevo todos los recuerdos que guar-
daba de ella.

Holly Golightly era una de las inquilinas del viejo edificio


de piedra arenisca; ocupaba el apartamento que estaba debajo
del mío. Por lo que se refiere a Joe Bell, tenía un bar en la
esquina de Lexington Avenue; todavía lo tiene. Holly y yo ba-
jábamos allí seis o siete veces al día, aunque no para tomar
una copa, o no siempre, sino para llamar por teléfono: duran-
te la guerra era muy difícil conseguir que te lo instalaran. Ade-
más, Joe Bell tomaba los recados mejor que nadie, cosa que
en el caso de Holly Golightly era un favor importante, porque
recibía muchísimos.

Todo esto pasó, naturalmente, hace un montón de tiem-
po, y, hasta la semana pasada, hacía años que no veía a Joe
Bell. Alguna que otra vez nos habíamos puesto en contacto, y
en ocasiones me había dejado caer por su bar cuando pasaba
por el barrio; pero nunca habíamos sido en realidad grandes
amigos, excepto en el sentido de que ambos éramos amigos de
Holly Golightly. Joe Bell no tiene un carácter precisamente afa-
ble, tal como él mismo reconoce, aunque dice que es por culpa
de su soltería y de las malas pasadas que le gasta su estómago.
Todos los que le conocen bien saben que no es fácil conver-
sar con él. Y que resulta hasta imposible si no tienes sus mis-
mas obsesiones, entre las cuales se cuenta Holly. De las otras
mencionaré el hockey sobre hielo, los perros de raza Weima-
raner, Our Gal Sunday (un serial radiofónico de baja estofa que
lleva oyendo desde hace quince años), y Gilbert y Sullivan:
afirma estar emparentado con uno de los dos, no recuerdo cuál.

De modo que cuando, el pasado martes por la tarde, sonó

el teléfono y oí «Soy Joe Bell», supe que tenía que ser por

algo referente a Holly. No lo dijo, sólo:

-¿Puedes venir a toda mecha? Es importante.

Y su voz afónica temblaba de excitación.

Tomé un taxi bajo un chaparrón otoñal, y por el camino

llegué incluso a pensar que quizá Holly hubiera regresado, que

quizá volvería a verla.

Pero en el local no había nadie más que el dueño. El bar

de Joe Bell es un sitio tranquilo en comparación con la mayor

parte de los que hay en Lexington Avenue. No ostenta neones

ni televisor. Dos viejos espejos reflejan el tiempo que hace en
la calle; y detrás de la barra, en un nicho rodeado de fotos de
estrellas del hockey sobre hielo, siempre hay un gran jarrón
de flores frescas que el propio Joe Bell arregla con maternal
cuidado. Eso es lo que estaba haciendo cuando entré.

-Desde luego -dijo, hundiendo un gladiolo en el jarrón-,
desde luego que no te hubiese hecho venir si no fuera porque
quería oír tu opinión. Es muy raro. Ha pasado una cosa rarísi-
ma .

-¿Has tenido noticias de Holly?

Palpó una hoja, como si no estuviera seguro de cómo con-
testarme. Es un hombre bajito con una magnífica melena de
áspero pelo blanco, y una cara huesuda y en declive que le
sentaría mejor a una persona más alta; su tez suele estar siem-
pre bronceada: en aquel momento se le enrojeció.

-No puedo decir exactamente que haya tenido noticias de
ella. En fin, no estoy seguro. Por eso quiero tu opinión. Espe-
ra, te prepararé un cóctel. Es nuevo. Lo llaman White Angel
-dijo, mezclando la mitad de vodka con la mitad de ginebra,
sin vermut.

Mientras yo me bebía el resultado, Joe Bell estuvo chupan-
do una pastilla para el estómago y dándole vueltas a lo que
tenía que decirme.

-¿Te acuerdas -dijo por fin, de un tal Mr. I. Y. Yunio-
shi, aquel señor del Japón?

-De California -dije, recordando perfectamente a Mr. Yu-
nioshi. Es fotógrafo de una revista ilustrada, y cuando le co-
nocí vivía en el estudio del último piso de la casa de piedra
arenisca.

-No trates de liarme. Sólo te pregunto si sabes a quién me
refiero. Bien. Pues ayer noche se presenta aquí ni más ni menos
que el mismísimo Mr. I. Y. Yunioshi. No le había visto, bueno,
desde hace más de dos años. ¿Y dónde dirías que ha estado
durante estos dos años?

-En Africa.

Joe Bell dejó de machacar su pastilla, entrecerró los ojos:


-¿Y cómo lo sabes?

-Lo ha contado Winchell. 1

Y así era, de hecho.

Abrió, con acompañamiento de un tintineo, la registrado-

ra, y sacó un sobre de papel manila.
-Muy bien, pues a ver si Winchell también ha contado
esto.

En el sobre había tres fotos más o menos iguales, pero to-
madas desde distintos ángulos: un negro alto y delicado, con
falda de calicó y una sonrisa tímida pero vanidosa, mostraba
en sus manos una extraña escultura de madera, una talla alar-
gada que representaba una cabeza, la de una chica de pelo liso
y tan corto como el de un hombre, con sus lustrosos ojos de
madera desproporcionadamente grandes y sesgados en el ahu-
sado rostro, y los labios gruesos, excesivamente marcados, casi
como los de un payaso. A primera vista parecía una talla muy
primitiva; pero luego no, porque aquello era la viva imagen
de Holly Golightly, todo lo parecido a ella que podía esperar-
se de aquel objeto negro y quieto.

-¿Qué me dices de esto? -dijo Joe Bell, satisfecho de mi
sorpresa.
-Se le parece.
-Mira, chico -y descargó una palmada sobre la barra-, es
ella. Como que me llamo Joe. Ese enano japonés supo que lo
era en cuanto la vio.
-¿La vio? ¿En Africa?
-Bueno. Sólo esta estatua. Pero es lo mismo. Lee tú mismo
lo que dice aquí -dijo, dándole la vuelta a una de las fotogra-
fías. En el reverso decía: Talla de Madera. Tribu S, Tococul,
East Anglia, Navidad, 1956.
-Esto es lo que dice el nipón -dijo Joe, y la historia era la
siguiente: el día de Navidad, Mr. Yunioshi pasó con su cámara
por Tococul, una aldea perdida en el laberinto del quinto infier-

1. Alusión a la columna del periodista Walter Winchell (1897-1972), a la
que estaban abonados numerosos periódicos de la mayor parte de los Estados
de EE.UU. (N. del T.)

no, y que aquí no nos interesa, un simple montón de chozas
de barro con monos en la puerta y buitres en el techo. Cuando
ya había decidido seguir su camino, Mr. Yunioshi se fijó de re-
pente en un negro sentado en cuclillas junto a su choza. Estaba
tallando monos en un bastón. A Mr. Yunioshi le llamó la aten-
ción su trabajo, y le rogó que le permitiera ver otras muestras.
Tras lo cual le enseñaron la talla de la cabeza de una joven: y
tuvo la sensación, o así al menos me lo contó Joe Bell, de estar
sumergiéndose en un sueño. Pero cuando dijo que quería com-
prarla, el negro se cogió las partes con la mano (un ademán al
parecer amable, algo así como llevarse la palma al corazón) y
se negó a vender. Ni un medio kilo de sal más diez dólares, ni
tampoco un reloj de pulsera más un kilo de sal más veinte dóla-
res, bastaron para convencerle. Mr. Yunioshi estaba decidido a
averiguar de la forma que fuese cómo había llegado a realizar
aquella talla. Y le costó su sal y su reloj, pero al final le conta-
ron la anécdota en una mezcla de africano, afroinglés y señas.
Le pareció entender que la anterior primavera había aparecido
de entre la maleza un grupo de tres blancos montados a caba-
llo. Una joven y dos hombres. Los hombres, con los ojos enro-
jecidos por la fiebre, se vieron obligados a permanecer varios
días temblando en una choza aislada, mientras que la joven,
que se encaprichó del escultor, compartió su jergón con él.

-Esta parte de la historia no me la creo -dijo el mojigato
Joe Bell-. Sé que Holly era como era, pero no creo que pu-
diese llegar ni de lejos a una cosa así.

-¿Y luego?

-Luego, nada -se encogió de hombros-. Al cabo de un
tiempo se fue tal como había llegado, montada a lomos de un
caballo.

-¿Sola, o con los dos hombres?

-Supongo que con los dos hombres -parpadeó Joe Bell-.
Pues bien, el ,nipón estuvo preguntando por ella a lo largo y
ancho de todo el país. Pero nadie más la había visto. -Luego
ocurrió como si Joe notara que se le filtraba mi propia decep-
ción, y no quisiera contagiarse-. Tendrás que admitir al menos


una cosa: es la primera noticia concreta que nos llega desde hace
no sé cuántos -contó con los dedos, pero no le bastaron-
años. Espero al menos que se haya hecho rica. Tiene que serio.
Hay que ser rico para andar perdiendo el tiempo por Africa.

-Probablemente jamás haya pisado Africa -dije, muy con-
vencido; y, sin embargo, podía imaginármela allí, era un sitio
al que podía haber ido. Y la cabeza tallada: volví a mirar las

fotos.
-Ya que tanto sabes, ¿dónde está?
-Habrá muerto. O estará en un manicomio. O se habrá

casado.

Joe reflexionó un momento.

-No -dijo, sacudiendo negativamente la cabeza-. Y te diré
por qué. Si estuviera aquí, yo la habría visto. Si una persona a
la que le gusta caminar, una persona como yo, alguien que
lleva diez o doce años caminando por estas calles, y que du-
rante todos estos años ha estado buscándola, no la ha visto ni
una sola vez, ¿no es para pensar que no está aquí? Veo partes
de ella constantemente, un culito plano, una chica flaca que
anda tiesa y a buen paso... -Hizo una pausa, como si le azo-
tase la fijeza con que le estaba mirando-. ¿Crees que estoy
majara?

-Sólo que no me había enterado de que estuvieses enamo-

rado de ella. Hasta ese punto.

Lamenté haberlo dicho; le desconcertó. Recogió las fotos

y volvió a meterlas en el sobre. Miré la hora en mi reloj. No

tenía que ir a ningún lado, pero me pareció que lo mejor sería

largarme.

-Espera -dijo, agarrándome de la muñeca-. La quería,

claro. Pero nunca se me ocurrió tocarla.-Y, sin sonreír, aña-

dió-: Tampoco creas que no pienso en esas cosas. Incluso a

mi edad, y el diez de enero cumpliré los sesenta y siete. Es

curioso, pero, cuanto más viejo me hago, más pienso en esas

cosas. No recuerdo haber pensado tanto en ellas cuando era

joven, y ahora en cambio me ocurre a cada momento. Quizá

sea porque cuanto más viejo te haces, menos fácil es lle-

var esos pensamientos a la práctica, quizá por que se te que-
da todo encerrado en la cabeza y se te convierte en una carga.
Pero -se sirvió una medida de whisky y se la bebió de un
trago- jamás haré nada deshonroso. Y te juro que jamás me
cruzó siquiera la imaginación la idea de hacerle algo a Holly.
Se puede querer a una persona sin que pasen esas cosas. Se
puede tratar a esa persona como a una desconocida, una des-
conocida que es tu amiga.

Entraron dos hombres en el bar, y pareció el momento
oportuno para irse. Joe Bell me siguió hasta la puerta. Volvió
a atraparme por la muñeca.

-¿Lo crees?

-¿Que jamás quisiste ni tocarla?

-No, me refiero a lo de Africa.

En aquel momento era como si no pudiese recordar la anéc-
dota, sólo la imagen de Holly alejándose, a caballo.
-De todos modos, ha desaparecido.
-Sí -dijo él, abriendo la puerta-. Ha desaparecido.
Afuera había dejado de llover, no quedaba más que un resto

de niebla en el aire, de modo que volví la esquina y anduve
por la calle en donde se encuentra el edificio de piedra arenisca.
Es una calle con árboles que durante el verano forman frescos
dibujos en la acera; pero las hojas estaban ahora amarilleadas,
habían caído en su mayor parte, y la lluvia las había dejado
resbaladizas, patinaban bajo mis suelas. La casa está a mitad
de la manzana, junto a una iglesia en cuya torre azulada da
las horas el reloj. La casa ha sido remozada después de que yo
me fuera; una elegante puerta negra reemplaza el viejo cristal
deslustrado, y unas bonitas contraventanas grises enmarcan las
ventanas. Ahora no vive allí ningún vecino del que yo guarde al-
gún recuerdo, con la sola excepción de Madame Sapphia Spane-
lla, una ronca soprano que cada tarde se iba a patinar a Central
Park. Sé que sigue viviendo allí porque subí los peldaños y
miré los buzones. Fue uno de estos buzones lo primero que me
condujo a enterarme de la existencia de Holly Golightly.


Llevaba más o menos una semana viviendo en esa casa
cuando me fijé en la curiosa tarjeta colocada en el buzón del
apartamento 2. Las letras impresas, tan elegantes como si
fuese una tarjeta de Cartier, decían: Miss Holiday Golightly, y,
debajo, en una esquina, Viajera. Sonaba tan fastidioso como

una canción. Miss Holiday Golihgtly, Viajera.

Una noche, bastante más tarde de las doce, me despertó la
voz de Mr. Yunioshi, que gritaba por el hueco de la escalera.
Como él vivía en el último piso, su voz bajaba por toda la
casa, exasperada y severa.

-¡Miss Golightly! ¡Tengo que presentarle mis quejas!

La voz que regresó, emergiendo desde el fondo de la esca-

lera, era juvenil y guasona.

-¡Ay, chico, no sabe cuánto lo siento! He vuelto a perder

la maldita llave.

-No debe seguir llamando a mi timbre. Por favor, se lo

pido por favor, encargue una llave nueva.

-Es que las pierdo todas.

-Yo trabajo. Tengo que dormir -gritó Mr. Yunioshi-. Y

usted siempre está llamando a mi timbre...

"-Oh, pero no se enfade, buen hombre, que no volveré a

hacerlo. Y, si me promete que no se va a enfadar -su voz se

iba acercando a medida que subía la escalera-, dejaré que me

haga esas fotos de las que hablamos.

En ese momento ya me había levantado de la cama y abier-

to la puerta un centímetro. Pude oír el silencio de Mr. Yu-

nioshi: oírlo porque estaba acompañado por un audible cam-

bio de respiración.

-¿Cuándo? -dijo por fin.

La chica se puso a reír.

-Algún día -contestó la chica, arrastrando las palabras.

Salí al rellano y me asomé a la barandilla, lo suficiente

como para ver sin ser visto. Ella seguía subiendo la escalera,

llegó a su piso, y la luz del rellano iluminó la mezcolanza de

colores de su pelo cortado a lo chico, con franjas leonadas,

mechas de rubio albino y rubio amarillo. Era una noche calu-

rosa, casi de verano, y Holly llevaba un fresco vestido negro,
sandalias negras, collar de perlas. Pese a su distinguida delga-
dez, tenía un aspecto casi tan saludable como un anuncio de
cereales para el desayuno, una pulcritud de jabón al limón, una
pueblerina intensificación del rosa en las mejillas. Tenía la boca
grande, la nariz respingosa. Unas gafas oscuras le ocultaban
los ojos. Era una cara que ya había dejado atrás la infancia,
pero que aún no era de mujer. Pensé que podía tener entre
dieciséis y treinta años; resultó finalmente que le faltaban dos
tímidos meses para cumplir los diecinueve.

No estaba sola. Un hombre la seguía. El modo en que su
rolliza mano le rodeaba la cadera parecía en cierto modo in-
decoroso; no moral, sino estéticamente. Era bajo y ancho, de
pelo abrillantinado y moreno artificial, un tipo encorsetado por
su traje a rayas, y con un marchito clavel rojo en el ojal. Cuan-
do llegaron a la puerta ella se puso a revolver el bolso en busca
de la llave, y ni se dio por enterada de que los gruesos labios de
aquel tipo le estaban hociqueando la nuca. Por fin, sin em-
bargo, tras encontrar la llave y abrir la puerta, Holly se volvió
cordialmente hacia él:

-Gracias, chato... Has sido muy amable acompañándome
hasta aquí.
-¡Eh, nena! -dijo él, porque estaban cerrándole la puerta

en las narices.

-Dime, Harry.

-Harry era el otro. Yo soy Sid. Sid Arbuck. Sé que te
gusto.

-Te adoro, Arbuck. Pero buenas noches, Arbuck.

Mr. Arbuck se quedó mirando con incredulidad la puerta,
que se cerró firmemente.

-Eh, nena, déjame entrar, anda. Sé que te gusto. Les gusto
a todas. ¿No me he hecho cargo yo de la cuenta, cinco perso-
nas, amigos tuyos, gente a la que jamás había visto hasta hoy?
¿No me da eso derecho a gustarte? Sé que te gusto, nena.

Dio unos golpes suaves a la puerta, y luego otros más fuer-
tes; al final retrocedió unos cuantos pasos, con el cuerpo en-


corvado y agachado, como si tuviera intención de cargar con-
tra ella. Pero en lugar de eso se lanzó escaleras abajo, no sin
descargar un puñetazo contra la pared. Justo cuando llegó a la
planta baja, se abrió la puerta del apartamento de la chica, que
asomó la cabeza.

-Oh, Arbuck...
El se volvió, con el rostro lubrificado por una sonrisa de
alivio: la chica estaba de guasa, eso era todo.

-La próxima vez que una chica te pida suelto para ir al
tocador -gritó, en absoluto de guasa-, sigue mi consejo, chico:
¡no le des veinte centavos!

Holly cumplió lo que le había prometido a Mr. Yunioshi;

o no volvió a llamar a su timbre, supongo, porque durante los
días siguientes comenzó a llamar al mío, a veces a las dos, o a
las tres y las cuatro de la madrugada: no tenía escrúpulos por
lo que respecta a la hora en que pudiera sacarme de la cama
para que pulsara el botón que abría el portal de la calle. Como
ninguno de mis amigos era de los que se te presentan en casa
a esas horas, siempre sabía que era ella. Pero las primeras veces
que llamó todavía me dirigía a la puerta, medio convencido
de que había malas noticias, algún telegrama, para mí. Pero
siempre era Miss Golightly, que gritaba desde abajo:
-Lo siento, chico. Me he olvidado la llave.

Naturalmente, no llegamos a trabar relación. Aunque de
hecho nos cruzábamos con frecuencia en la escalera o en la
calle; sin embargo, ella hacía como si no me viese. Nunca se
quitaba las gafas de sol, iba siempre muy bien vestida, con un
buen gusto casi pomposo pese a la sencillez de su ropa, de los
azules y los grises escasamente llamativos que hacían que fuese
ella, su persona, la que brillaba. Hubiera podido deducirse que
era modelo de fotógrafo, o una actriz principiante, aunque,
por sus horarios, era obvio que no tenía tiempo para dedicar-
se a ninguna de las dos cosas.

De vez en cuando la veía lejos de nuestro barrio. En una
ocasión, un pariente que vino a visitarme me invitó al «21», y

allí, en una mesa de primera, rodeada de cuatro hombres, nin-
guno de los cuales era Mr. Arbuck, aunque todos ellos fueran
intercambiables con él, se encontraba Miss Golightly, peinán-
dose de forma ociosa, pública; y su expresión, un bostezo con-
tenido, sirvió, por ejemplo, para asordinar la excitación que
me producía cenar en un lugar tan de postín. Otra noche, en
pleno verano, el calor que hacía en mi habitación me hizo
salir a la calle. Bajé por la Tercera Avenida hasta la calle Cin-
cuenta y uno, en donde había un anticuario en cuyo escapara-
te destacaba un objeto que yo admiraba: una jaula que era todo
un palacio, una auténtica mezquita con minaretes y habitacio-
nes de bambú que anhelaban la presencia de loros parlanchines.
Pero costaba trescientos cincuenta dólares. De vuelta a casa
me fijé en un grupo de taxistas que formaba un corro frente
al bar de P.J. Clark, aparentemente atraído por un alegre grupo
de oficiales del ejército australiano que, con ojos achispados de
whisky, entonaban Waltzing Matilda con sus voces de barí-
tono. Sin dejar de cantar, bailaban por turnos con una chica a
la que hacían girar como una peonza por el adoquinado bajo
el paso elevado del metro; y la chica, Miss Golightly, por su-
puesto, flotaba en sus brazos ligera como un pañuelo.

Pero si Miss Golightly no llegó a enterarse de mi existen-
cia, excepto en mi calidad de práctico portero, a lo largo de
aquel verano yo acabé convirtiéndome en toda una autoridad
sobre la suya. Descubrí, observando la papelera que dejaba
junto a su puerta, que sus lecturas normales eran la prensa po-
pular, los folletos de viajes y las cartas astrales; que fuma-
ba unos pitillos esotéricos de la marca Picayune; que sobre-
vivía a base de requesón y tostaditas; que su cabello multicolor
no era obra de la naturaleza. La misma fuente de información
me permitió saber que recibía montones de cartas del frente.
Siempre estaban rotas a tiras alargadas, como registros. A veces
me llevaba uno de esos registros para utilizarlo en mis lectu-
ras. Recuerdo y te echo de menos y llueve y escribe, por favor, y
maldita y condenada eran las palabras que más a menudo se
repetían en esas tiras de papel; éstas, y soledad y te quiero.



Además, tenía un gato y tocaba la guitarra. Los días de
mucho sol se lavaba el pelo y, junto con el gato, un rojizo
macho atigrado, se sentaba en la escalera de incendios y rasga-
ba la guitarra mientras se le secaba el pelo. Cada vez que oía
la música, yo me acercaba silenciosamente a la ventana. Toca-
ba muy bien, y a veces también cantaba. Cantaba con el acen-
to afónico y quebrado de un muchacho. Se sabía todas las can-
ciones de los musicales de éxito, de Cole Porter y Kurt Weill;
le gustaban sobre todo las canciones de Oklahoma!, recién es-
trenada aquel verano. Pero en algunos momentos tocaba me-
lodías que hacían que me preguntase de dónde podía haberlas
sacado, de dónde podía haber salido aquella chica. Canciones
nómadas, agridulces, con letras que sabían a pinar o pradera.
Una de ellas decía: No quiero dormir, no quiero morir, sólo quie-
ro seguir viajando por los prados del cielo; y parecía que ésta fuese
la que más la complacía, pues a menudo seguía cantándola
mucho después de que se le hubiera secado el pelo, cuando
el sol ya se había puesto y se veían ventanas iluminadas en el
anochecer.

Pero nuestra relación personal no empezó hasta septiem-
bre, una noche atravesada por los primeros y fríos estremeci-
mientos del otoño. Yo había ido al cine, regresado a casa, y
estaba acostado con un bourbon y el último Simenon: lo cual
constituía hasta tal punto mi ideal de comodidad que no con-
seguí entender cierta sensación de inquietud que fue creciendo
poco a poco, tanto que llegué a oír mis propios latidos. Era
una sensación acerca de la cual había leído y hasta escrito, pero
que jamás había experimentado. La sensación de estar siendo
vigilado. De una presencia invisible. Luego: un repentino gol-
peteo en la ventana, el vislumbre de un gris fantasmal: derra-
mé el bourbon. Transcurrieron unos momentos antes de que
tuviera arrestos para abrir la ventana, y preguntarle a Miss Go-
lightly qué quería.

-Tengo abajo a un hombre horripilante -dijo, saltando de
la escalera de incendios al interior de la habitación-. Bueno,
cuando no está bebido es encantador, pero tan pronto prueba

el vino, ¡Santo Dios, qué animal! No hay nada en el mundo
que deteste tanto como los hombres que te dan mordiscos.
-Se abrió un poco el albornoz gris para mostrarme las prue-
bas de lo que ocurre cuando un hombre da un mordisco. No
llevaba más que el albornoz-. Siento haberte pegado un susto.
Pero cuando ese animal se ha puesto imposible, he salido por
la ventana. Me parece que cree que estoy en el baño, y me
importa un cuerno lo que piense, que se vaya al infierno, se
cansará, se dormirá, Dios mío, tiene que dormirse, se ha to-
mado ocho martinis antes de cenar y suficiente vino como
para que se bañe un elefante. Oye, si quieres echarme, me
echas. Ya sé que es mucha jeta eso de entrometerme aquí de
esta forma. Pero ahí afuera hace un frío que pela. Y parecía
que aquí se estuviera tan bien. Me has recordado a mi herma-
no Fred. Dormíamos cuatro en la misma cama, y él era el único
que me dejaba abrazarle las noches más frías. Por cierto, ¿te
importa que te llame Fred?

Ya se había colado del todo en la habitación, y se detuvo
un momento para mirarme. Era la primera vez que la veía sin
las gafas de sol, y en ese momento resultaba obvio que eran,
además, gafas de aumento, porque sin ellas sus ojos me escru-
taban bizqueando, como los de un joyero. Eran unos ojos gran-
des, un poco azules, otro poco verdes, salpicados de motas par-
das: multicolores, como su pelo; y, como su pelo, proyectaban
una luminosidad cálida y viva.

-Supongo que estarás pensando que soy una descarada. O
très fou, o yo qué sé.

-En absoluto.

Pareció decepcionada.

-Desde luego que sí. Como todo el mundo. Me da igual.
Es muy práctico.

Se sentó en uno de los desvencijados sillones de terciopelo
rojo, dobló las piernas debajo de ella, e inspeccionó el resto
de la habitación, haciendo visajes incluso más pronunciados
con los ojos.

-¿Cómo lo soportas? Parece la cámara de los horrores.


-Uno se acostumbra a todo -dije, molesto conmigo
mismo, pues, en realidad, estaba orgulloso de mi casa.

-Yo no. Jamás me acostumbraré a nada. Acostumbrarse es
como estar muerto. -Sus ojos censuradores volvieron a ins-
peccionar la habitación-. ¿Y qué haces metido aquí todo el día?

Señalé una mesa con altos montones de libros y papeles.

-Escribo.

-Yo creía que los escritores eran muy viejos. Aunque, claro,

Saroyan no es viejo. Le conocí en una fiesta, y en realidad no
es nada viejo. De hecho -murmuró-, si se apurase más el afei-
tado... Por cierto, ¿Y Heminghway, es viejo?

-Yo diría que anda por los cuarenta y tantos.

-No está mal. Para que un hombre me excite tiene que
haber cumplido los cuarenta y dos. Una amiga mía que es una
idiota anda siempre diciéndome que tendría que ir a un co-
mecocos; dice que tengo complejo paterno. Lo cual me parece
una merde. Lo único que pasa es que yo misma me predispuse
a que me gustaran los hombres maduros, y ésa fue la decisión
más inteligente de mi vida. ¿Cuántos años tiene W. Somerset

Maugham?

-No estoy seguro. Sesenta y pico.

-No está mal. Nunca me he acostado con un escritor. Aun-

que, espera, ¿conoces a Benny Shacklett? -Al verme decir que

no con la cabeza, puso un gesto ceñudo-. Qué raro. Ha escrito

montones de cosas para la radio. Pero quel rata. Dime, ¿eres

un verdadero escritor?

-Depende de lo que entiendas por verdadero.

-Pues mira, ¿hay alguien que compre lo que escribes?

-Todavía no.

-Yo te ayudaré -dijo-. Puedo hacerlo, no creas. Imagina

cuantísima gente conozco que conoce a otra gente. Te ayuda-

ré porque eres como mi hermano Fred. Un poco más bajo,

solamente. No he vuelto a verle desde que yo tenía catorce

años, que es cuando me fui de casa, y entonces ya medía más

de metro ochenta. Mis otros hermanos eran más de tu talla,

enanos. Fue la mantequilla de cacahuete lo que hizo que Fred

creciera tanto. Todo el mundo pensaba que era una chifladura
eso de atiborrarse de mantequilla de cacahuete; las únicas cosas
que le gustaban eran los caballos y la mantequilla de cacahue-
te. Pero no estaba chiflado, sólo que era tierno y despistado y
muy lento; cuando me fui estaba repitiendo octavo por terce-
ra vez. Pobre Fred. Me gustaría saber si el ejército escatima la
mantequilla de cacahuete. Lo cual me recuerda una cosa: estoy
muriéndome de hambre.

Señalé una fuente con manzanas, y al mismo tiempo le pre-
gunté los motivos por los que se había ido tan joven de su
casa. Me dirigió una mirada inexpresiva, y se frotó la nariz,
como si le picara: un ademán que, viéndolo luego repetido mu-
chas veces, acabé por interpretar como señal de que alguien
empezaba a meterse en donde no le llamaban. Como les ocu-
rre a muchas personas que demuestran una osada afición a pro-
porcionarte informaciones que no les has solicitado, se ponía
en guardia ante cualquier cosa que se pareciese remotamente a
una pregunta directa, a un intento de hacerle precisar cual-
quier detalle. Le dio un mordisco a una manzana, y me dijo:

-Dime algo que hayas escrito. Cuéntame el argumento.

-Ese es uno de los problemas. No son historias que se pue-
dan contar de viva voz.
-¿Por guarras?
-Quizá algún día te pase un relato para que lo leas.
-El whisky y las manzanas casan muy bien. Prepárame un

trago, y luego puedes leerme tú mismo una historia.

Son muy pocos los autores, especialmente entre los inédi-
tos, capaces de resistirse a la invitación de leer su obra en voz
alta. Preparé una copa para cada uno y, sentándome en el otro
sillón, comencé a leer, con la voz algo temblorosa debido a
una mezcla de miedo escénico y entusiasmo: era un cuento
nuevo, terminado el día anterior, y aún no había transcurrido
el tiempo suficiente para que surgiese la inevitable sensación
de fracaso. Trataba de dos mujeres, maestras, que compar-
ten una casa, y una de ellas, cuando la otra se promete en
matrimonio, provoca por medio de notas anónimas un escán-


dalo que acabará impidiendo que se celebre la boda. Mientras
iba leyendo, cada vez que miraba de reojo a Holly se me en-
cogía el corazón. Estaba como azogada. Cogía de una en una
las colillas del cenicero, se observaba abstraída las uñas, como
si lamentara no tener una lima a mano; y, lo que es peor, cuan-
do me parecía haber atrapado su interés, sus ojos estaban vela-
dos por una capa de escarcha, como si en realidad estuviera
preguntándose si comprar o no los zapatos que había visto en
algún escaparate.

-¿Esto es el final? -me preguntó, despertando. Trató va-
namente de encontrar algo más que decir-. Las tortilleras me
caen bíen, claro. No me asustan en lo más mínimo. Pero los
cuentos de tortilleras me matan de aburrimiento. Soy incapaz
de meterme en su piel. Bueno, chico -dijo, porque yo estaba
verdaderamente desconcertado-, si no trata de un par de bo-
lleras, ya me explicarás de qué diablos va.

Pero yo no estaba de humor para complicar la equivoca-
ción que suponía el haberle leído el cuento con el no menos
embarazoso intento de explicárselo. La misma vanidad que me
había conducido a exponerme de aquel modo, me obligó en
ese momento a tacharla de petulante ser insensible, por com-
pleto desprovisto de inteligencia.

-Por cierto -dijo-, ¿no conoces por casualidad alguna les-
biana que sea buena chica? Estoy buscando una compañera de
apartamento. Oye, no te rías. Soy desorganizadísima, y no me
llega para una asistenta; y, la verdad, las tortilleras son unas
amas de casa fantásticas, les encanta encargarse de todo, no
tienes que preocuparte jamás por las escobas ni por desconge-
lar la nevera o mandar la ropa a la lavandería. Como aquella
compañera de habitación que tuve en Hollywood, hacía wes-
terns, la llamaban la Llanero Solitario; es mucho mejor que
tener a un hombre en casa. Claro, la gente pensaba que yo
también debía de ser un poco tortillera. Y lo soy, claro. Todo
el mundo lo es, un poco. ¿Y qué? Ningún hombre se ha echa-
do para atrás por eso hasta ahora; hasta parece que les exci-
ta. La misma Llanero Solitario, sin ir más lejos, estuvo casada

dos veces. Las tortilleras sólo suelen casarse una vez, por la re-
putación. Luego da mucho cachet que te llamen señora de tal o
de cual. iNo puede ser verdad! -Miraba fijamente el desperta-
dor de la mesilla de noche-, ¡No pueden ser las cuatro y media!

La ventana comenzaba a virar al azul. La brisa del amane-
cer agitaba las cortinas.

-¿Qué día es hoy?

-Jueves.

-Jueves. -Se levantó-. Dios mío -dijo, y volvió a sentar-
se, gimiendo-. Es espantoso.

Yo me encontraba lo suficientemente cansado como para
no sentir curiosidad. Me tendí en la cama y cerré los ojos.
Pero era irresistible:

-¿Qué tiene de espantoso que sea jueves?

-Nada. Sólo que nunca consigo acordarme de que ya está
cerca. Verás, los jueves tengo que tomar el de las ocho cuaren-
ta y cinco. Son quisquillosísimos con lo de las horas de visita,
y si te plantas allí alrededor de las diez, te queda sólo una
hora hasta que mandan a comer a esos pobres. Imagínatelo,
comen a las once. También puedes ir a las dos, y yo lo prefe-
riría, pero a él le gusta que vaya por la mañana, dice que así
aguanta mejor el resto del día. Tendré que mantenerme des-
pierta -dijo, pellizcándose las mejillas hasta hacer que flore-
ciesen las rosas-, no tengo tiempo de dormir, se me pondría
cara de tuberculosa, me desmoronaría como un edificio viejo,
y no sería justo. No está bien que una chica vaya a Sing Sing
con la cara verde.

-Supongo que no.
La furia que sentía contra ella por lo de mi cuento comen-
zaba a menguar; volvía a imantarme.

-Todas las visitas hacen lo posible por tener un buen as-
pecto, y es muy emocionante, precioso, ver a las mujeres que
se ponen lo mejor que tienen, quiero decir que incluso las vie-
jas y las que son muy pobres también hacen todo cuanto está
en su mano por ir bien vestidas y oler bien, y están adora-
bles. También me encantan los críos, sobre todo los negros.


Me refiero a los que llevan las esposas. Puede parecer triste
eso de ver a unos niños en un lugar así, pero no lo es, llevan
cintas en el pelo y los zapatos relucientes de betún, casi pare-
ce que vayan a celebrar algo: y a veces el locutorio parece pre-
cisamente eso, una fiesta. En fin, que no es como en las pelí-
culas, nada de sombríos murmullos a través de una reja. No
hay rejas, sólo un mostrador que te separa de ellos, y dejan
que las mujeres suban a los críos encima, para que ellos pue-
dan darles un abrazo. Si quieres besar a alguien, basta con in-
clinarte hacia adelante. Lo que más me gusta es lo felices que
son cuando vuelven a verse, tienen tantísimas cosas guardadas
de las que hablar, no hay modo de aburrirse, se pasan el rato
riendo y cogiéndose de las manos. Después es diferente -dijo-.
Las veo en el tren. Se quedan sentadas, en silencio, viendo
pasar el río. -Se estiró un mechón de pelo hasta metérselo en
la boca, y empezó a mordisquearlo meditativamente-. No te
dejo dormir. Anda, duérmete.

-Sigue, me interesa.

-Ya lo sé. Por eso quiero que te duermas. Porque si sigo
hablando te contaré lo de Sally. Y no estoy segura de que eso
sea juego limpio. -Masticó silenciosamente su pelo-. Nunca
me han dicho que no se lo cuente a nadie. No lo han dicho
explícitamente. Y es muy gracioso. Quizá tú podrías captarlo
en un cuento, cambiando los nombres y todo lo demás. Oye,
Fred -dijo, mientras cogía otra manzana-, tienes que hacer la
señal de la cruz sobre el corazón, y besarte el codo...

Es posible que los contorsionistas alcancen a besarse el
codo; tuvo que conformarse con una aproximación.

-Pues bien -dijo, con la boca llena de manzana-, quizá
hayas leído algo sobre él en la prensa. Se llama Sally Tomato,
y habla un inglés peor que mi yiddish; pero es un viejecito
encantador, muy religioso. Parecería un fraile si no tuviera los
dientes de oro; dice que reza cada noche por mí. Jamás ha
sido amante mío, desde luego; por lo que se refiere a eso, le
conocí cuando él ya estaba en la cárcel. Pero ahora, con todo
lo que me está costando ir a verle cada jueves desde hace siete

meses, le adoro, y creo que iría aunque no me pagase. Esta es
muy harinosa -dijo, y disparó el resto de la manzana por la
ventana-. Por cierto, sí conocía a Sally de vista. Venía al bar
de Joe Bell, ese que está a la vuelta de la esquina: no hablaba
nunca con nadie, se quedaba en pie, junto a la barra, como uno
de esos hombres que viven en hoteles. Pero me hace gracia re-
cordarlo, pensar en cómo se fijaba en mí, porque tan pronto
como le encerraron (Joe Bell me enseñó su foto en el periódico.
La Mano Negra. La Mafia. Todo ese jaleo: pero le echaron cin-
co años) llegó el telegrama del abogado. Decía que me pusiera
inmediatamente en contacto con él para proporcionarme una
información que iba a resultarme muy provechosa.

-¿Pensaste que alguien te había dejado una herencia de un
millón?

-Qué va. Creí que algún acreedor quería cobrar a la fuer-
za. Pero acepté el riesgo y fui a ver a ese abogado (suponiendo
que sea abogado, cosa que dudo, pues no parece tener bufete,
sólo un servicio de contestador automático, y siempre me cita
en el Hamburg Heaven: por eso está tan gordo, es capaz de
comerse diez hamburguesas y dos platos de entremeses y un
pastel de limón entero). Me preguntó si me gustaría alegrarle
la vida a un viejo solitario, y al mismo tiempo ganarme cien
dólares a la semana. Yo le dije mire, guapo, se ha confundido
usted de Miss Golightly, no soy una enfermera de las que
hacen servicio completo, con numeritos y todo. Tampoco me
impresionaron los honorarios; se puede ganar lo mismo ha-
ciendo expediciones al tocador: todo caballero que sea un poco
chic te da cincuenta dólares para ir al lavabo, y siempre pido
además para el taxi, que son otros cincuenta. Pero entonces
me dijo que su cliente era Sally Tomato. Dijo que su viejo
amigo Sally me había admirado à la distance desde hacía mucho
tiempo, y que si no sería una buena obra ir a visitarle una vez
a la semana. En fin, que no podía decir que no. Era super-
romántico.

-No sé qué decir. Suena poco limpio.

-¿Crees que miento? -sonrió.


-En primer lugar, no permiten que cualquier persona vaya
a visitar a un preso.
-Cierto, no lo permiten. En realidad, han organizado no
sé qué enredo para hacerme pasar por su sobrina.
-¿Así de sencillo? ¿Te da cien dólares por charlar una hora
con él?

-No me los da él. Me los da su abogado. Mr. O'Shaugh-
nessy me pone un giro en metálico en cuanto le paso la infor-
mación meteorológica.

-Creo que puedes meterte en un lío de cuidado -dije, y
apagué la lamparita; ya no la necesitábamos, el amanecer se
colaba en la habitación, y las palomas hacían gárgaras en la
escalera de incendios.

-¿De qué modo? -dijo ella muy en serio.

-Seguro que los libros de leyes tienen algo que decir sobre
los suplantadores de personalidad. Al fin y al cabo, no eres su
sobrina. ¿Y qué es eso del informe meteorológico?

Sofocó un bostezo con la palma de la mano.

-Pero si no tiene importancia. Sólo son recados que tengo
que dejar en el contestador automático, para que Mr. O'Shaugh-
nessy compruebe que he ido. Sally me dice lo que tengo que
decir, cosas como, no sé, «hay un huracán en Cuba», o «nieva
en Palermo». No te preocupes, chico -dijo, acercándose a la
cama-, llevo mucho tiempo cuidando de mí misma.

La luz del amanecer parecía refractarse a través de ella: cuan-
do me subía las mantas hasta la barbilla, brillaba como una
criatura transparente; después se tendió a mi lado.

-¿Te importa? Sólo quiero descansar un momento. No di-
gamos nada más. Duérmete.

Fingí hacerlo, respiré pesada y regularmente. Las campanas
de la vecina torre de iglesia dieron la media y la hora. Eran las
seis cuando apoyó su mano en mi brazo, un tacto frágil que
trataba de no despertarme.

-Pobre Fred -susurró, y parecía que estuviese hablando
conmigo, pero no era así-. ¿Dónde estás Fred? Porque hace
frío. Se nota la nieve en el aire.

Su mejilla se apoyó sobre mi hombro, un peso cálido y

húmedo.

-¿Por qué lloras?

Se enderezó disparada como un muelle; se quedó sentada.

-Por Dios -dijo, yéndose hacia la ventana para salir a la

escalera de incendios-, si hay una cosa que detesto en el
mundo son los fisgones.

Al día siguiente, viernes, me encontré al llegar a casa con
que me esperaba en la puerta una enorme cesta de luxe de
Charles & Co, con su tarjeta: Miss Holiday Golightly, Viajera;
y detrás, garabateadas con una letra monstruosamente torpe,
de niña de jardín de infancia: Bendito seas, querido Fred. Olvida-
te por favor de la otra noche. Te portaste como un ángel. Mille
Tendresses, Holly. P. S. No volveré a molestarte. Contesté: Hazlo,
por favor, y dejé esta nota en su puerta con lo máximo que
podía permitirme, un ramo de violetas de florista callejera. Pero
Holly parecía haber hablado en serio; no volví a verla ni a oír
nada de ella, y supuse que había llegado al extremo de conse-
guir una llave del portal. Fuera como fuese, dejó de llamar a
mi timbre. Lo eché de menos; y a medida que los días fueron
disolviéndose comencé a sentir por ella cierto desproporcio-
nado resentimiento, como si mi mejor amigo se hubiese olvida-
do de mí. Una inquietante soledad se filtró en mi vida, pero
no me produjo ningún deseo de buscar a mis amigos más an-
tiguos, que ahora me parecían una dieta sin sal ni azúcar. Cuan-
do llegó el miércoles, el pensar en Holly, en Sing Sing y Sally
Tomato, en mundos en los que los hombres sacaban con dos
dedos un billete de cincuenta dólares para el tocador, resulta-
ba ya tan obsesivo que no pude trabajar. Por la noche dejé un
recado en su buzón: Mañana es jueves. La siguiente mañana
m e premió con una nueva nota escrita con su juguetona letra
infantil: Bendito seas por recordármelo. ¿Podrías pasarte a tomar
una copa a eso de las seis de la tarde?

Esperé hasta las seis y diez, y entonces me obligué a retra-
sarme otros cinco minutos.


Un bicho raro me abrió la puerta. Olía a habanos y a co-
lonia Knize. Sus zapatos eran de doble tacón; sin esos centí-
metros añadidos se le hubiera podido confundir con un Ena-
nito de cuento. Su calva cabeza pecosa era desproporcionada-
mente grande, como la de los enanos; y llevaba pegadas un
par de orejas puntiagudas, exactamente iguales que las de los
elfos. Tenía ojos de pequinés, despiadados y ligeramente salto-
nes. De las orejas, y de la nariz, le brotaban matas de pelo;
una barba de horas agrisaba sus maxilares, y su apretón de
mano era casi peludo.

-La niña está en la ducha -dijo, señalando con un puro
hacia el ruido del agua, en un cuarto contiguo. En la habita-
ción dónde nos encontrábamos (estábamos en pie porque no
había donde sentarse) parecía como si alguien acabara de mu-
darse; casi tenías la sensación de que olía a recién pintado.
Los únicos muebles eran unas maletas y unas cajas de embala-
je sin abrir. Las cajas servían de mesas. Una de ellas sostenía
los ingredientes para preparar martinis; otra, una lámpara, un
tocadiscos portátil, el gato rojo de Holly, y un jarrón con rosas
amarillas. La librería, que cubría una pared, proclamaba medio
estante de literatura. Enseguida me sentí a gusto allí, disfruté
de aquel aire de provisionalidad.

El tipo carraspeó:

-¿Le habían citado?

No acabó de salir de dudas tras mi gesto de asentimiento.

Sus ojos fríos me intervinieron quirúrgicamente, hicieron lim-

pias incisiones exploratorias.

-Viene por aquí mucha gentuza, sin tener cita previa. ¿Hace

mucho que conoce a la niña?

-No mucho.

-¿Así que no la conoce desde hace mucho?

-Vivo arriba.

La respuesta pareció dar una explicación suficiente como

para tranquilizarle.

-¿Su piso es como éste?

-Mucho más pequeño.

Descargó una patada en el suelo.

-Esto es una porquería. Increíble. Pero esa niña no sabe

vivir, ni cuando tiene pasta. -Hablaba con un sincopado ritmo

metálico, como un teletipo-. Bien -dijo-, ¿qué opina? ¿Lo es

o no lo es?
-¿qué?
-Una farsante.
-Yo diría que no.
-Se equivoca. Lo es. Aunque, por otro lado, tiene usted
razón. No es una farsante porque es una farsante auténtica. Se
cree toda esa mierda en la que cree. No hay modo de conven-
cerla de lo contrario. Lo he probado de todas las maneras, hasta
llorando. El mismo Benny Polan, una persona a la que todo
el mundo respeta, Benny Polan lo intentó. Benny estaba em-
peñado en casarse con ella, pero a ella no le apetecía, y Benny
debió de gastarse miles de dólares mandándola a diversos co-
mecocos. Y hasta ese tan famoso, el que sólo habla alemán,
acabó arrojando la toalla. No hay quien la convenza de lo fal-
sas que son esas -cerró el puño, como si tratase de estrujar lo
intangible- ideas. Pruébelo algún día. Pídale que le explique
todas esas cosas en las que cree. Aunque -dijo- esa niña me
gusta. Le gusta a todo el mundo, pero hay mucha gente que no
la soporta. A mí me gusta. Esa niña me gusta, de verdad. Porque
soy una persona sensible. Hay que tener sensibilidad para po-
der apreciarla en lo que vale, un ramalazo de poeta. Pero le
diré la verdad. Por mucho que se rompa la cabeza tratando de
ayudarla, ella sólo le devolverá un chasco tras otro. Le daré
un ejemplo: viéndola hoy, ¿quién diría que es? Pues ni más ni
menos que una chica que saldrá en los periódicos cuando llegue
al fondo de un frasco de Seconal. No sería la primera vez que
me encuéntro con una cosa así, ni la segunda. Y esas crías ni
siquiera estaban chifladas. Mientras que ella lo está.
-Pero es joven. Y aún le queda mucha juventud por de-
lante.
-Si con eso quiere decir que tiene futuro, vuelve a equivo-
carse. Mire, hace un par de años, cuando vivía en la Costa,


hubo una época en la que todo hubiese podido ser diferente.
Un ángel la vigilaba, logró que la gente se interesara por ella,
le hubiesen podido rodar las cosas muy bien. Pero, en un
mundo como aquél, cuando alguien abandona ya no puede dar
un paso atrás y regresar. Pregúnteselo, si no, a Luise Rainer. Y
la Rainer era una estrella. Holly no lo era, por supuesto; ape-
nas si llegaron a hacerle algunas fotos. Pero eso fue antes de lo
de The Story of Dr. Wassell. Entonces sí que hubieran podido
rodarle bien las cosas. Lo sé, sabe, porque el que le dio el em-
pujón fui yo. -Se señaló con el habano-. O. J. Berman.

Esperaba que el nombre me sonara, y no me importó fin-
gir que así era, aunque jamás había oído hablar de O. J. Ber-
man. Resultó que era un agente artístico de Hollywood.

-Fui el primero que la vio. En Santa Anita. Todos los días
rondaba por el hipódromo. Me interesó, profesionalmente. Ave-
rigüé que andaba con un jockey, que vivía con ese escuchimi-
zado. Hice que le dijeran al jockey: Déjalo, o vendrán a verte
los chicos de la patrulla contra el vicio; sólo tiene quince años.
Pero qué elegante, qué fotogénica; estaba seguro de que servi-
ría. Incluso cuando se ponía esas gafas tan gruesas; incluso
cuando abría los labios y no sabías si era una palurda, o si
venía de Oklahoma, o qué. Sigo sin saberlo. Apostaría algo a
que nadie llegará jamás a saber de dónde salió. Es tan embus-
tera que quizá ni ella se acuerde ya. Pero nos costó un año
entero suavizarle el acento. ¿Sabe cómo lo hicimos al final?
Le dimos clases de francés: en cuanto logró imitar el acento
francés, no le costó mucho imitar el inglés. La arreglamos para
que diera el tipo de Margaret Sullavan,1 pero ella supo añadir-
le algún toque personal, la gente comenzó a interesarse por
ella, gente importante, y, para redondear la operación, Benny
Polan, un tipo muy respetado, Benny quería casarse con ella.

1. Margaret Sullavan (1911-1960) fue una actriz muy popular en los años
treinta gracias a la originalidad de sus peinados voluminosos con suave flequi-
llo. Su especialidad eran los papeles de joven inocente y romántica en pelícu-
las lacrimógenas como Only Yesterday (Frank Borzage, 1933). También prota-
gonizó The Shop around the Corner (Ernst Lubitsch, 1940). (N. del T.)
¿Qué más podía pedir un agente? Y entonces, ¡pam! The Story
of Dr. Wassell ¿Ha visto esa película? Cecil B. DeMille. Gary
Cooper. La leche. Me mato a trabajar, todo está listo: van a
hacerle una prueba para el papel de enfermera del doctor Was-
sell. Bueno, una de las enfermeras. Y entonces, ¡pam! Suena el
teléfono. -Descolgó un teléfono que flotaba en el aire, y se lo
llevó a la oreja-. Soy Holly, me dice, hola cariño, le digo yo,
estoy en Nueva York, dice, ¿qué coño estás haciendo en Nueva
York, le digo, si es domingo y mañana mismo tienes la prue-
ba? Estoy en Nueva York, dice ella, porque nunca había esta-
do en Nueva York. Ya puedes aposentar tu culo en un avión,
le digo, y volver ahora mismo. No quiero, dice ella. ¿Qúé te
pasa, niña?, le digo yo. Y ella me dice, para que las cosas salgan
bien tienes que querer hacerlas, y yo no quiero. Bien, le
digo, qué diablos quieres, y ella me dice, serás el primero en
saberlo en cuanto lo averigüe. ¿Me entiende? No te devuelve
más que un chasco tras otro.

El gato rojo bajó de un salto de la caja de embalaje, y fue
a frotarse contra su pierna. Berman levantó el gato sobre la
puntera de su zapato, y lo alejó de una patada, lo cual hubiera
sido francamente detestable por su parte si no hubiera sido
porque estaba tan metido en su propia irritabilidad que ni se
enteró de la existencia del gato.

-¿Es esto lo que quiere? -dijo, abriendo desesperadamente
los brazos-. ¿Una pandilla de tipos a los que no ha invitado?
¿Vivir de propinas? ¿Andar por ahí con desarrapados? ¿Para
poder quizá casarse con Rusty Trawler? ¿Cree ella que tendría-
mos que condecorarla por comportarse así?

Esperó, con la mirada llameante.

-Disculpe, pero no conozco a ese señor.

-Si no conoce a Rusty Trawler, difícilmente puede saber
nada de la niña. Lástima -dijo, haciendo chasquear la lengua
dentro de su enorme cabezota-. Yo esperaba que tuviese usted
cierta influencia. Que pudiese hablarle sinceramente antes de
que sea demasiado tarde.

-Pero, por lo que dice, ya es demasiado tarde.


Exhaló un anillo de humo y dejó que se desvaneciera antes
de sonreír; la sonrisa le alteró el rostro, hizo que se le suavizara.

-Podría conseguir que todo volviese a rodar. Ya se lo he
dicho -dijo, y parecía sincero-, esa niña me gusta de verdad.

-¿Qué chismorreas, O. J.?

Holly entró chorreando en la habitación, con una toalla
más o menos envuelta en torno al cuerpo, y los pies goteantes
dejando sus huellas en el suelo.

-Lo de siempre. Que estás chiflada.

-Fred ya está enterado de eso.

-Pero tú no.

-Enciéndeme un pitillo, anda -dijo, arrancándose de la ca-
beza el gorro de ducha y sacudiendo el pelo-. No te hablaba a
ti, O. J. Eres un desgraciado. Siempre hablas más de la cuenta.

Recogió el gato y se lo montó en el hombro. El gato se
instaló allí, tan buen equilibrista como un pájaro, con las uñas
enredadas en el cabello de Holly, como si fuese un ovillo de
lana; sin embargo, pese a esta actitud amistosa, era un gato
sombrío con cara de pirata asesino; tenía un ojo ciego y visco-
so, y el otro moteado de malicia.

-O. J. es un desgraciado -me dijo Holly, cogiendo el piti-
11o que yo acababa de encenderle-. Pero sabe una endiablada
cantidad de teléfonos. ¿Cuál es el número de David O. Selz-
nick, O. J.?

-Anda por ahí.

-No es broma. Quiero que le llames y le digas que Fred
es un genio. Ha escrito montañas de historias maravillosas. No
te sonrojes, Fred; no eres tú quien ha dicho que eres un genio,
he sido yo. Venga, O. J. ¿Qué vas a hacer para que Fred gane
una fortuna?

-Pongamos que dejas que yo mismo arregle ese asunto con

Fred, ¿eh?

-No lo olvides -dijo Holly, dejándonos-. Yo soy su agen-
te. Otra cosa, si grito, ven a subirme la cremallera. Y si llama
alguien, que pase.

Llamó una multitud. Durante el siguiente cuarto de hora

el apartamento fue asaltado por un montón de hombres con
cara de ir a una despedida de soltero, entre ellos varios tipos
de uniforme. Conté dos oficiales de la Marina y un coronel de
las Fuerzas Aéreas; pero les superaban en número los tipos
canosos con la mili terminada hacía mucho tiempo. Aparte de
la falta de juventud, no había ningún tema común entre los
invitados, parecían desconocidos entre desconocidos; de hecho,
cada uno de los rostros se había esforzado, en el momento de
entrar, por ocultar la decepción sentida al ver allí a los demás.
Era como si la anfitriona hubiese repartido las invitaciones
mientras recorría en zigzag varios bares; y seguramente había
sido así. Tras los iniciales gestos ceñudos, sin embargo, todos
fueron mezclándose sin musitar ni una queja, sobre todo O. J.
Berman, que explotó ávidamente a los recién llegados para no
tener que hablar conmigo de mi futuro en Hollywood. Quedé
abandonado junto a la librería; de los libros que contenía, más
de la mitad trataban de caballos, y el resto de baseball. Mientras
fingía interesarme por Cómo distinguir las razas equinas tuve am-
plias oportunidades para tomarles las medidas a los amigos de
Holly.

Al poco rato uno de ellos adquirió cierta notoriedad en
medio del grupo. Era un crío de mediana edad que nunca había
llegado a desprenderse de sus michelines infantiles, aunque
algún ingenioso sastre se las había arreglado para camuflar casi
por entero aquel rollizo culo al que te daban ganas de azotar.
No había modo de sospechar siquiera la presencia de algún
hueso en todo su cuerpo; la cara, un cero relleno de bonitos
rasgos en miniatura, poseía un aire fresco, virginal: era como
si, después de nacer, se hubiese hinchado simplemente, y tenía
la piel tan libre de arrugas como un globo, y en los labios,
aunque prestos a berrear y hacer rabietas, asomaba un mima-
do y dulce puchero. Pero no era su aspecto lo que le hizo
destacar: los niños crecidos no son tan infrecuentes. Sino, más
bien, su comportamiento; porque actuaba como si fuese él
quien daba la fiesta: a la manera de un pulpo rebosante de
energía, agitaba martinis, hacía presentaciones, se encargaba del


tocadiscos. Para ser justos con él, hay que añadir que sus ac-
tividades estaban siendo dictadas por la anfitriona: Rusty, te
importaría; Rusty, hazme el favor. Si estaba enamorado de ella,
era evidente que sostenía con firmeza las riendas de sus ce-
los. Un hombre celoso hubiese podido perder el control vién-
dola deslizarse por la habitación, con el gato en una mano
pero con la otra libre para enderezar una corbata o sacudir
la hilacha de una solapa; la medalla que llevaba el coronel
de las Fuerzas Aéreas se vio sometida a un concienzudo lus-
trado.

El tipo se llamaba Rutherfurd («Rusty») Trawler. En 1908
había perdido a sus progenitores; su padre, víctima de un anar-
quista, y su madre a consecuencia de la conmoción, y esta
doble desgracia convirtió a Rusty en huérfano, en millonario
y en personaje popular, y todo eso a los cinco años de edad.
Desde entonces había sido un socorrido recurso para los su-
plementos dominicales, y esta circunstancia alcanzó su huraca-
nada culminación el día en que, siendo todavía un colegial,
consiguió que su padrino y tutor fuese detenido, acusado de
sodomía. Posteriormente, las bodas y los divorcios le permitie-
ron conservar su lugar bajo el sol de los tabloides. Su primera
esposa se largó, con pensión incluida, a vivir con un rival de
Father Divine.1 La segunda esposa no parece haber dejado ras-
tro, pero la tercera le puso una demanda de divorcio en el
estado de Nueva York, aportando un buen montón de testi-
monios, de esos que resultan vinculantes. Fue él mismo quien
se divorció de la última Mrs. Trawler, y su principal queja con-
sistió en decir que ella se había amotinado a bordo de su yate,
y que el susodicho motín resultó en el abandono de Rusty en
las Dry Tortugas. Aunque desde entonces se había mantenido
soltero, parece ser que antes de la guerra se había declarado a

1. Father Divine (1875-1965), predicador de raza negra que decía ser Dios,
arrastró a las masas norteamericanas en los años treinta y cuarenta sobre todo.
Sus seguidores formaban comunas, «Heavens» (Cielos). (N. del T.)
Unity Mitford,1 o, como mínimo, se supone que le envió un
telegrama ofreciéndose a casarse con ella en caso de que Hit-
ler no quisiera hacerlo. Se dijo que éste fue el motivo por el
que Winchell solía llamarle nazi; por eso y porque asistió a
varios mítines en Yorkville.

No me enteré de todo eso porque alguien me lo contara.
Lo le í en la Guía del baseball,otro selecto volumen del estante
de Holly, y que ella utilizaba, aparentemente, como álbum de
recortes. Metidos entre sus páginas había artículos de los domi-
nicales, y frases entresacadas de las columnas de chismorreos.

Rusty Trawler y Holly Golightly acudieron juntos al estreno de
«One Touch of Venus». Holly se me acercó por la espalda y
me pilló leyendo: Miss Holiday Golightly, de los Golightly de
Boston, hace que todos los días sean fiesta para Rusty Trawler, el
hombre de 24 quilates.

-¿Admiras mi publicidad, o eres aficionado al baseball?
-dijo, poniéndose bien las gafas de sol mientras miraba por
encima de mi hombro.

-¿Cuál ha sido el informe meteorológico de esta semana?
Me guiñó un ojo, pero no fue en broma: era una adver-
tencia.

-Me apasionan los caballos, pero detesto el baseball -me
dijo, y el submensaje que transmitía su tono me dijo que que-
ría que me olvidase de que una vez me había hablado de Sally
Tomato-. Detesto escuchar las carreras por radio, pero tengo
que hacerlo, forma parte de mi preparación. Los hombres no
saben hablar de casi nada. A los que no les gusta el baseball,
les gustan los caballos, y si no les gusta ninguna de las dos
cosas, bueno, seguro que de todos modos me he metido en un
lío: tampoco les gustan las chicas. ¿Qué tal te llevas con O.J.?

1. Unity Mitford, fallecida en 1948, era hermana de la novelista Nancy
Mitford e hija del barón de Redesdale; mientras Nancy satirizaba a su clase,
la aristocracia inglesa, Unity se enamoraba de Hitler, y hasta parece que in-
tentó suicidarse cuando el Führer la rechazó. Sus afinidades nazis eran com-
partidas por otra de las hermanas, Diana, que llegó a casarse con sir Oswald
Mosley, fundador y principal dirigente del fascismo británico. (N. del T.)

-Nos hemos separado por mutuo acuerdo.

-Es una oportunidad, créeme.

-Ya me lo imagino. Pero no creo que nada de lo que yo

hago pueda parecerle una oportunidad a él.
-Vete hacia allá -insistió ella-, y convéncele de que no
da risa de sólo verle. Te puede ayudar de verdad, Fred.

-Según tengo entendido, tú no supiste valorar su ayuda.
-Me miró algo desconcertada, hasta que dije-: The Story of
Dr. Wassell.

-¿Todavía insiste? -dijo, y dirigió una mirada cariñosa
hacia Berman, al otro lado de la habitación-. En una cosa tiene
razón: debería sentirme culpable. Y no porque hubiesen podi-
do darme el papel ni porque yo hubiese podido ser buena ac-
triz; ni ellos querían, ni yo quería. Si me siento culpable es,
supongo, porque dejé que él siguiera soñando cuando yo ya
había dejado de soñar. Estuve engañándoles durante un tiem-
po porque quería pulirme un poco, pero sabía muy bien que
jamás llegaría a ser una estrella de cine. Es demasiado esfuer-
zo; y, si eres inteligente, da demasiada vergüenza. Me falta el
suficiente grado de complejo de inferioridad: para ser una es-
trella de cine hay que ser, según dice la gente, tremendamente
narcisista; de hecho, lo esencial es no serlo en absoluto. No
quiero decir que el ser rica y famosa fuera a fastidiarme. Esas
son cosas que ocupan un lugar importante en mis planes, y
algún día trataré de conseguirlas; pero, si las consigo, querría
seguir gustándome a mí misma. Quiero seguir siendo yo cuan-
do una mañana, al despertar, recuerde que tengo que desayu-
nar en Tiffany's. Necesitas una copa -dijo, viendo mis manos
vacías-, ¡Rusty! ¿Querrías prepararle un trago a este amigo?

Seguía con el gato en sus brazos.

-Pobre desgraciado -dijo, haciéndole cosquillas en la ca-

beza-, pobre desgraciado que ni siquiera tiene nombre. Es un

poco fastidioso eso de que no tenga nombre. Pero no tengo

ningún derecho a ponérselo: tendrá que esperar a ser el gato

de alguien. Nos encontramos un día junto al río, pero ningu-

no de los dos le pertenece al otro. El es independiente, y yo

también. No quiero poseer nada hasta que encuentre un lugar
en donde yo esté en mi lugar y las cosas estén en el suyo.
Todavía no estoy segura de dónde está ese lugar. Pero sé qué
aspecto tiene. -Sonrió, y dejó caer el gato al suelo-. Es como
Tiffany's -dijo-. Y no creas que me muero por las joyas. Los
diamantes sí. Pero llevar diamantes sin haber cumplido los cua-
renta es una horterada; y entonces todavía resulta peligroso.
Sólo quedan bien cuando los llevan mujeres verdaderamente
viejas. Maria Ouspenskaya. Arrugas y huesos, canas y diaman-
tes: me muero de ganas de que llegue ese momento. Pero no
es eso lo que me vuelve loca de Tiffany's. Oye, ¿sabes esos
días en los que te viene la malea?

-¿Algo así como cuando sientes morriña?

-No -dijo lentamente-. No, la morriña te viene porque
has engordado o porque llueve muchos días seguidos. Te que-
das triste, pero nada más. Pero la malea es horrible. Te entra
miedo y te pones a sudar horrores, pero no sabes de qué tie-
nes miedo. Sólo que va a pasar alguna cosa mala, pero no sabes
cuál. ¿Has tenido esa sensación?

-Muy a menudo. Hay quienes lo llaman angst.

-De acuerdo. Angst. Pero ¿cómo le pones remedio?

-No sé, a veces ayuda una copa.

-Ya lo he probado. También he probado con aspirinas.
Rusty opina que tendría que fumar marihuana, y lo hice, una
temporada, pero sólo me entra la risa tonta. He comprobado
que lo que mejor me sienta es tomar un taxi e ir a Tiffany's.
Me calma de golpe, ese silencio, esa atmósfera tan arrogante; en
un sitio así no podría ocurrirte nada malo, sería imposible,
en medio de todos esos hombres con los trajes tan elegantes,
y ese encantador aroma a plata y a billetero de cocodrilo. Si
encontrase un lugar de la vida real en donde me sintiera como
me siento en Tiffany's, me compraría unos cuantos muebles
y le pondría nombre al gato. He pensado que, después de la
guerra, Fred y yo... -Alzó sus gafas de sol, y sus ojos, todos
sus diversos colores, los grises y las motas verdes y azules, ha-
bían adquirido una agudeza visionaria-. Una vez estuve en


México. Es un país magnífico para la cría de caballos. Vi un
sitio junto al mar. Fred entiende mucho de caballos.
Se acercó Rusty Trawler con un martini; me lo dio sin mi-
rarme.

-Estoy hambriento -anunció, y su voz, tan aniñada como
todo él, emitió un enervante gemido de mocoso que parecía
echarle las culpas a Holly-. Son las siete y media y estoy ham-
briento. Ya sabes lo que dijo el médico.

-Sí, Rusty. Sé lo que dijo el médico.

-Pues, entonces, levanta la sesión. Vámonos.

-Me gustaría que te comportaras como es debido, Rusty.

Se lo dijo sin alzar la voz, pero su tono insinuaba esa ame-

naza de castigo que pronuncia la institutriz, y provocó en el
rostro de Rusty un peculiar sonrojo de placer, de gratitud.

-No me quieres -se quejó él, como si estuvieran solos.

-Nadie quiere a los niños malos.

Era obvio que Holly había dicho lo que él quería oír; aque-
llo, al parecer, le excitó y relajó simultáneamente. Pero, como
si se tratara de un ritual, Rusty añadió:

-¿ Me quieres?

-Vuelve a tus obligaciones, Rusty. -Le dio unas palmadi-
tas-. Y, cuando yo esté lista, iremos a cenar donde tú quieras.
-¿A Chinatown?
-Ya sabes que no puedes comer cerdo agridulce. Recuerda

lo que dijo el médico.

Mientras él regresaba con un satisfecho anadeo a sus ocu-
paciones, no pude resistir la tentación de recordarle a Holly
que no había contestado la pregunta de Rusty.

-¿Le quieres?

-Ya te lo dije: con buena voluntad, se puede querer a cual-

quiera. Además, tuvo una infancia repugnante.

-Si tan repugnante fue, ¿por qué se aferra a ella?

-Utiliza los sesos. ¿No ves que Rusty se siente más seguro

en pañales que si tuviera que ponerse falda? Y ésa es en reali-

dad la alternativa, sólo que es muy susceptible al respecto. Una

vez trató de clavarme el cuchillo de la mantequilla porque le

dije que ya era hora de que creciese y se enfrentara al proble-

ma, que sentase la cabeza e hiciera de ama de casa junto a un

camionero amable y paternal. Entretanto, le tengo en mis

manos; lo cual está muy bien, es inofensivo, las chicas no son

para él más que muñecas, literalmente.

-Gracias a Dios.

-La verdad, Si pudiera decirse lo mismo de la mayoría de

los hombres, yo al menos no le estaría en absoluto agradecida

a Dios.

-Quería decir que gracias a Dios que no tengas intención

de casarte con Mr. Trawler.

Holly enarcó una ceja:

-Por cierto, no he dicho que no sepa lo rico que es. In-

cluso en México, un terreno cuesta su dinero. Bien -dijo, em-
pujándome-, vamos a por O. J.
Me resistí, tratando de idear alguna fórmula que me per-
mitiese aplazar el encuentro. Hasta que lo recordé:

-¿Y por qué eso de Viajera?

-¿Te refieres a mi tarjeta? -dijo ella, desconcertada-. ¿Te
parece gracioso?
-Gracioso no. Sólo provocativo.
Holly se encogió de hombros.
-Al fin y al cabo, ¿cómo voy a adivinar dónde estaré vi-

viendo mañana? Por eso les dije que pusieran Viajera. En fin,
lo de las tarjetas fue tirar el dinero. Pero me parecía que esta-
ba obligada a hacer allí algún gasto. Son de Tiffany's. -Cogió
mi martini, que yo ni siquiera había probado; lo vació de dos
tragos, y me agarró la mano-. Déjate de evasivas. Vas a hacer-
te amigo de O. J.

Se produjo un incidente en la puerta. Era una joven, que
entró como un vendaval, una tempestad de foulards y tinti-
neante oro.

-Ho-Holly -dijo, avanzando con un amenazador dedo en
alto-, maldita acaparadora, ¡Cómo se te ocurre coleccionar a
toda esta pan-pandilla de hombres arre-arrebatadores!

Superaba holgadamente el metro ochenta, era más alta que


la mayor parte de los hombres presentes. Todos ellos endere-
zaron la espalda, encogieron el estómago; hubo un generaliza-
do concurso, a ver quién igualaba su tambaleante estatura.

-¿Qué haces aquí? -dijo Holly, y los labios se le contraje-
ron como un cordel tensado.
-Na-nada, cariño. He estado trabajando arriba, con Yunio-

shi. Fotos navideñas para Ba-bazaar. ¿Te has enfadado, cariño?
-Esparció una sonrisa por entre los presentes-. Y vosotros,
chicos, ¿también os ha-habéis enfadado conmigo por haberme
entrometido en vu-vuestra fiesta?

Rusty Trawler soltó una risilla disimulada. Le apretujó el
brazo, como si quisiera admirar su musculatura, y le preguntó
si le apetecía una copa.

-Desde luego -dijo ella-. Un bourbon.
-No hay -le dijo Holly. Circunstancia que el coronel de
las Fuerzas Aéreas aprovechó para sugerir que estaba dispuesto
a ir por una botella.

-No hace falta ar-armar ningún alboroto, os lo aseguro.

Me conformaría hasta con amoníaco. Holly, chata -dijo, em-

pujándola un poquito-, no te preocupes por mí. Yo misma

me presentaré. -Se agachó hacia O. J. Berman, cuyos ojos, co-

mo suele ocurrirles a los hombres bajos cuando están en pre-

sencia de una mujer alta, se habían velado con un vaho de

ambición-. Soy Mag Wi-Wildwood, de Wild-woo-woo-wood,

Arkansas. Una zona montañosa.

Parecía una danza, en la que Berman ejecutaba unos com-

plicados pasos a fin de impedir que sus rivales pudieran inter-

ponerse en su camino. Pero Mag se le escapó, arrastrada por

una cuadrilla de bailarines que comenzaron a engullir los tar-

tajeantes chistes de la chica como palomas precipitándose sobre

un puñado de maíz tostado. Su éxito era muy comprensible.

Era la fealdad derrotada, que suele ser mucho más cautivadora

que la verdadera belleza, aunque sólo sea por la paradoja que

lleva consigo. A diferencia de ese otro método que consiste

en el simple buen gusto acompañado de cuidados científicos, en

este caso el éxito era consecuencia de la exageración de los de-

fectos; Mag había logrado transformarlos en adornos por el
procedimiento de exagerarlos con la mayor osadía. Unos taco-
nes que realzaban su estatura, tan altos que le temblaban los to-
billos; un corpiño ajustado y plano que indicaba que hubiera
podido ir a la playa vestida sólo con pantalón de baño; el ca-
bello peinado muy tirante hacia atrás, para acentuar los rasgos
enjutos y magros de su cara de modelo. Incluso el tartamu-
deo, auténtico, sin duda, pero también un poco forzado, había
sido transformado en virtud. Ese tartamudeo era el toque maes-
tro; porque gracias a él se las arreglaba para que sus trivialida-
des pareciesen de algún modo originales, y, en segundo lugar,
porque servía, a pesar de su estatura, de su aplomo, para inspi-
rar en sus oyentes masculinos un sentimiento protector. A
modo de ilustración: hubo que pegarle unos cuantos golpes
en la espalda a Berman, simplemente porque le oyó decir,
«¿Quién pu-puede decirme dónde está el la-lavabo?»; y des-
pués, completando el ciclo, él mismo le ofreció el brazo para
guiarla hasta allí.

-No hace ninguna falta -dijo Holly-. No será la primera
vez que lo visite. Ya sabe dónde está.
Estaba vaciando ceniceros, y después de que Mag Wildwood
saliera de la habitación, vació otro y dijo, o, más bien, gimió:

-En realidad es muy triste. -Hizo una pausa, la prolongó
a fin de darse tiempo para calcular la cantidad de expresiones
interrogativas, eran suficientes-. Y misterioso. Lo raro es que
no se le note más. Pero bien sabe Dios que su aspecto es salu-
dable. Y muy, no sé, sano. Eso es lo más extraordinario. ¿No
dirías -preguntó preocupada, pero sin dirigirse a nadie en par-
ticular-, no dirías que parece estar sana?

Alguien tosió, varios tragaron saliva. Un oficial de la Mari-
na, que sostenía la copa de Mag Wildwood, la dejó.
-Aunque, claro -dijo Holly-, he oído decir que son mu-
chas las chicas del sur que tienen el mismo problema.
Se estremeció delicadamente, y se fue a buscar más hielo a
la cocina.
Mag Wildwood fue incapaz de comprender, a su regreso,


la repentina frialdad; las conversaciones que ella iniciaba te-
nían el mismo efecto que la leña verde, humeaban pero no
llegaban a prender. Y, lo que resultaba más imperdonable in-
cluso, la gente empezaba a irse sin haberle pedido antes su nú-
mero de teléfono. El coronel de las Fuerzas Aéreas aprovechó
para levantar el campamento un momento en que ella le daba
la espalda, y esto fue la gota que colmó el vaso: el militar la
había invitado a cenar con él esa noche. De repente, Mag se
cegó. Y como la ginebra guarda la misma relación con el arti-
ficio que las lágrimas con el rímel, su atractivo se descompuso
de forma instantánea. Comenzó a meterse con todo el mundo.
Tachó a su anfitriona de degenerada hollywoodiense. Retó a
un cincuentón a pelear con ella. Le dijo a Berman que Hitler
tenía razón. Y hasta logró reanimar a Rusty Trawler acorralán-

dole en un rincón.

-¿Sabes lo que te espera? -le dijo, sin rastro de tartamu-
deo-. Te haré correr hasta el zoo y te echaré al yak para que
te coma.

El pareció dispuesto a seguir sus planes, pero Mag le de-

cepcionó porque se dejó caer al suelo y se quedó allí sentada,

tarareando una canción.

-Me aburres. Levántate de ahí -le dijo Holly, acabando

de ponerse unos guantes. El resto de la concurrencia esperaba

en la puerta, y al ver que Mag no se levantaba, Holly me diri-

gió una mirada de disculpa:

-Pórtate como un buen chico, Fred. Métela en un taxi.

Vive en Winslow.

-No, en Barbizon. Regent 4-5700. Pregunta por Mag Wild-

wood.

-Eres un buen chico, Fred.

Y se fueron. La perspectiva de tener que tirar de aquella

amazona hasta un taxi bastó para borrar todo resto de resen-

timiento que pudiera quedarme. Pero ella misma resolvió el

problema. Levantándose a impulsos de su propio enfureci-

miento, me miró desde su tremenda estatura con tambaleante

altivez, y me dijo:

-Vamos al Stork. Te ha tocado la rifa.

Y a continuación cayó cuan larga era, como un roble tala-

do. Lo primero que se me ocurrió fue ir por un médico.

Pero al examinarla comprobé que su pulso era normal y su

respiración rítmica. Estaba simplemente dormida. Después de

meterle una almohada debajo de la cabeza, la dejé disfrutando

de su sueño.

Al día siguiente por la tarde choqué con Holly en la esca-

lera.

-¡Serás...! -me dijo, sin detener su carrera, cargada con un
paquete de la farmacia-. Ahí está, al borde de la pulmonía.
Una resaca de campeonato. Y, encima, la malea.

Deduje de todo esto que Mag Wildwood seguía en el apar-
tamento, pero Holly no me dio pie para explorar la sorpren-
dente simpatía que ahora mostraba por ella. A lo largo del fin
de semana el misterio fue oscureciéndose más aún. En primer
lugar, por el tipo de aspecto latino que llamó a mi puerta; por
error, pues preguntó por Miss Wildwood. Me costó un buen
rato sacarle de su engaño, ya que nuestros respectivos acentos
parecían mutuamente incompatibles, pero le bastó ese tiempo
para dejarme fascinado. Era una combinación meticulosanlen-
te perfecta, y tanto su oscura tez como su cuerpo de torero
poseían una exactitud, una perfección comparables a las de una
manzana, una naranja, una de esas cosas que la naturaleza hace
impecablemente. A lo cual había que añadir, en calidad de ador-
nos, el traje inglés, la colonia intensa y, cosa aún menos latina,
su timidez. El segundo acontecimiento del día le tuvo también
como protagonista. Atardecía, y le vi llegar en un taxi cuando
salía a cenar. El taxista le ayudó a entrar en el portal todo un
cargamento de maletas. Lo cual me proporcionó un nuevo te-
ma de reflexión. Cuando llegó el domingo me dolía la cabeza.

A continuación la imagen se hizo simultáneamente más
clara y más oscura.

El domingo hizo un día típico del veranillo de San Mar-
tín, brillaba el sol con intensidad, tenía la ventana de mi cuar-
to abierta, y me llegaban voces desde la escalera de incendios.


Holly y Mag se habían despatarrado abajo sobre una manta,
con el gato entre las dos. Les colgaba el cabello mojado, re-
cién lavado. Estaban muy atareadas, Holly pintándose las uñas
de los pies, Mag tejiendo un jersey. Hablaba Mag.

-Si quieres saber mi opinión, eres una chica con su-suerte.
Como mínimo, Rusty es norteamericano.

-¡Habrá que felicitarle!

-Chata, que estamos en guerra.

-Pues, en cuanto termine, no volverás a verme el pelo.

-No pienso como tú. Estoy or-orgullosa de mi país. Los
hombres de mi familia siempre fueron grandes soldados. Hay
una estatua del abuelo Wildwood justo en el centro de Wild-
wood.

-Fred es soldado -dijo Holly-, pero dudo que alguna vez
llegue a ser una estatua. Podría serlo. Dicen que la gente, cuan-
to más estúpida, más valiente. Y él es bastante estúpido.

-¿Fred es ese chico del piso de arriba? No me di cuenta
de que fuese un soldado. Pero sí parece estúpido.

-Un soñador, no un estúpido. Lo que más le gusta es estar

encerrado en donde sea, mirando afuera: cualquiera que tenga la

nariz aplastada contra un cristal tiene que parecer estúpido a la

fuerza. De todos modos, ése es otro Fred. Fred es mi hermano.

-¿Y llamas estúpido a alguien que lleva tu misma sangre?

-Si lo es, lo es.

-Quizá, pero es de mal gusto decirlo de un chico que está

combatiendo por ti y por mí y por todos nosotros.

-¿Qué es esto? ¿Un discurso para vender bonos de guerra?

-Simplemente, quiero que sepas lo que pienso. Puedo reír-

me de cualquier chiste, pero por dentro soy una persona muy

se-seria. Y estoy orgullosa de ser norteamericana. Por eso me

preocupa José. -Abandonó su labor-. ¿Verdad que te parece

guapísimo? -Holly dijo Hmn, y le pasó el pincel de uñas por

los bigotes al gato-. Ojalá consiguiera hacerme a la idea de

que voy a casarme con un brasileño. Y de que yo seré bra-

sileña. Se me hace muy cuesta arriba. Nueve mil kilómetros,

y ni siquiera conozco su idioma...

-Vete a la Berlitz.

-¿Y cómo diablos quieres que den clases de po-portugués?
Si casi parece imposible que haya alguien que hable ese idio-
ma. No, la única solución que se me ocurre es conseguir que
José se olvide de la política y se haga norteamericano, ¡Cómo
se le puede ocurrir a nadie querer ser pre-presidente nada
menos que del Brasil! -Suspiró y volvió a coger la labor-.
Debo de estar locamente enamorada. Tú nos has visto juntos.
¿Crees que estoy locamente enamorada?

-Te diré... ¿Muerde?

A Mag se le escapó un punto.

-¿Que si muerde?

-Que si te muerde a ti. En la cama.

-Pues no, la verdad. ¿Te parece que debería hacerlo?
-Luego añadió, en tono de censura-. Pero se ríe.

-Bien. Eso me parece correcto. Me gustan los hombres con
sentido del humor, la mayoría no hacen más que jadear y sol-
tar bufidos.

Mag retiró su queja; aceptó el comentario como un halago
que se reflejaba en ella.

-Sí. Yo diría que sí.

-Bien. No muerde. Ríe. ¿Qué más?

Mag volvió a contar los puntos hasta el que se había salta-
do, y reanudó luego la labor. Estaba haciendo punto del revés.
-Te he dicho que qué más.
-Ya te he oído. Y no es que no te lo quiera contar. Pero

me cuesta mucho acordarme. No les doy vu-vueltas a esas
cosas. No tanto como pareces hacerlo tú. Se me olvidan, como
los sueños. Estoy segura de que eso es lo co-corriente.

-Puede que sea corriente, pero yo prefiero ser rara. -Holly
interrumpió un momento su tarea, consistente en ir pintando
de rojo el resto de los bigotes del gato-. Mira, si no consigues
acordarte, prueba a ver qué pasa si dejas la luz encendida.

-Entiéndeme, por favor, Holly. Soy una persona supercon-
vencionalísima.

-Qué cojones, ¿te parece mal echarle una buena ojeada a


un tipo que te gusta? Los hombres son preciosos, hay muchos
que lo son, José lo es, y si ni siquiera te dignas mirarle, no
sé, yo diría que le están sirviendo un plato de macarrones bas-
tante frío.

-No grites ta-tanto.
-Es imposible que estés enamorada de él. Y bien, ¿respon-
de esto a tu pregunta?

-No. Porque no soy un plato de macarrones frío. Tengo
un corazón muy cálido. Esa es la esencia misma de mi ca-
rácter.

-De acuerdo. Tienes un corazón muy cálido. Pero si yo
fuese un hombre que está yéndose a la cama, preferida llevar-
me una botella de agua caliente. Es más tangible.

-José no es de los que chillan -dijo, muy satisfecha, mien-
tras el sol arrancaba destellos de sus agujas-. Además, estoy
enamorada de él. ¿Te has dado cuenta de que he tejido diez
pares de calcetines a cuadros en menos de tres meses? Y éste
es el segundo suéter. -Estiró el suéter y lo echó a un lado-.
¿Para qué?, me pregunto. Sueters en Brasil. Tendría que estar
haciendo cascos para el sol.

Holly se tendió de espaldas y bostezó.

-También debe de haber invierno.

-Es cuando llueve, eso al menos sí lo sé. Calor. Lluvia.
Se-selvas.
-Calor. Selvas. ¿Sabes que me gustaría?
-Mucho más que a mí.
-Sí -dijo Holly, en un tono adormilado que no era de

sueño-. Mucho más que a ti.

El lunes, cuando bajé por el correo de la mañana, la tar-
jeta del buzón de Holly estaba cambiada: Miss Golightly y Miss
Wildwood viajaban ahora juntas. Esto hubiese podido retener
mi interés un momento más, pero había una carta en mi
buzón. Era de una pequeña revista universitaria a la que había
remitido un cuento. Les había gustado; y, aunque me pedían
que entendiese que no podían permitirse el lujo de pagarme,

tenían intención de publicarlo. Publicarlo: lo cual equivalía a
letra impresa. Borracho de excitación no es una simple frase.
Tenía que decírselo a alguien: y, subiendo las escaleras de dos
en dos, aporreé la puerta de Holly.

Supuse que mi voz no sería capaz de transmitir la noticia;
en cuanto salió a la puerta, bizqueando de sueño, arremetí con
la carta contra ella. Para cuando me la devolvió, tuve la sensa-
ción de que había tardado el tiempo suficiente como para leer
sesenta páginas.

-Yo no se lo autorizaría. Si no pagan, nada -dijo, boste-
zando. Es posible que mi expresión bastara para hacerle en-
tender que no lo había comprendido, que no buscaba consejo
sino una felicitación: sus labios pasaron del bostezo a la son-
risa-. Oh, ya veo. Es maravilloso. Bueno, pasa -dijo-. Ha-
remos café y lo celebraremos. No. Me vestiré y te invitaré
a comer.

Su dormitorio estaba en armonía con la sala: perpetuaba
aquel mismo ambiente de campamento a punto de ser levan-
tado; cajas de embalaje y maletas, todo cerrado y listo para la
partida, como las pertenencias de un delincuente que sabe que
la ley anda pisándole los talones. En la sala no había muebles
propiamente dichos, pero la habitación contaba con una cama,
de matrimonio, por cierto, y espectacular: madera clara, satén
con borlas.

Dejó abierta la puerta del baño y charló desde allí; entre
chorros y fregoteos, la mayor parte de lo que dijo resultó inin-
teligible, pero en esencia era: me suponía al tanto de que Mag
Wildwood se había instalado allí, lo cual era muy práctico, por-
que, si necesitas una compañera de habitación, en el supuesto
de que no pueda ser bollera, no hay nada mejor que una chica
que sea absolutamente tonta, que es lo que Mag era en su opi-
nión, porque entonces es facilísimo dejar que pague ella el al-
quiler y que vaya ella a la lavandería.

Era evidente que Holly tenía problemas con la lavandería;
la habitación, como un gimnasio de chicas, estaba sembrada
de ropa sucia.


-...y, sabes, es una modelo que tiene mucho éxito, ¿no es

fantástico? Lo cual me va muy bien -dijo, saliendo del baño
a pata coja, porque al mismo tiempo se estaba ajustando la
faja-. Seguro que no tendré que aguantarla todo el día. Y no
creo que haya muchos problemas en el frente de los hombres.
Está prometida. Buen chico. Aunque hay una leve diferencia
de estatura: un palmo, yo diría, a favor de ella. Dónde dia-
blos...

Estaba de rodillas, metiendo el brazo bajo la cama. Cuando
encontró lo que buscaba, unos zapatos de lagarto, tuvo que
buscar una blusa, un cinturón, y me dio que pensar largamen-
te que, pese a todo aquel desbarajuste, consiguiese al final el
resultado apetecido: un aspecto de persona mimada por la vida,
serenamente inmaculado, como si la hubiesen estado cuidan-
do las doncellas de Cleopatra.

-Escúchame -dijo, y tomó mi barbilla en su palma-. Me
alegra lo del cuento. De verdad.

Aquel lunes de octubre de 1943. Un día precioso, alegre
como un pájaro. Nos tomamos para empezar sendos manha-
ttans en el bar de Joe Bell; y, cuando éste se enteró de mi buena
suerte, cócteles de champán por cuenta de la casa. Después pa-
seamos hasta la Quinta Avenida, en donde había un desfile. Las
banderas al viento, el retumbar de las bandas militares, no pare-
cían tener relación alguna con la guerra sino que más bien pa-
recían una fanfarria organizada exclusivamente en mi honor.

Comimos en la cafetería del parque. Luego, dando un rodeo
para no pasar por el zoológico (Holly dijo que no soportaba
la visión de cosas enjauladas), reímos, corrimos y cantamos
por los senderos que conducen al viejo cobertizo de madera
que en aquel entonces albergaba los botes, y que ahora ya ha
desaparecido. En el lago flotaban hojas; un jardinero abanica-
ba en la orilla una hoguera de hojarasca, y el humo, alzándose
como las señales de los indios, era la única mancha del aire
estremecido. Nunca me han dicho nada los abriles, es el otoño
lo que me parece la estación inaugural, primaveral; y así me

sentí mientras permanecía sentado con Holly en la barandilla
de la entrada del cobertizo. Pensé en el futuro, y hablé del
pasado. Porque Holly quiso saber cosas de mi infancia. Ella
habló también de la suya; pero fue un recital esquivo, sin
nombre ni lugar, impresionista, aunque la impresión que re-
cibí era opuesta a la que me había esperado, pues me hizo
unas descripciones casi voluptuosas de baños veraniegos, ár-
boles navideños, guapos primos, festejos: en pocas palabras,
alegre en un sentido en que ella no lo era, y en modo alguno,
desde luego, el pasado de una chica que se ha fugado de su

casa.
¿O, le pregunté, quizá no era cierto que se había largado a
vivir por su cuenta cuando sólo tenía catorce años? Se frotó la
nariz.
-Eso es cierto. Lo otro no. Aunque, la verdad, tu descrip-
ción de tu infancia ha sido tan trágica que me ha parecido
inoportuno rivalizar contigo.

Bajó de la barandilla dando un salto.

-En fin, esto me recuerda que tendría que mandarle un
poco de mantequilla de cacahuete a Fred.

Nos pasamos el resto de la tarde caminando al este y al
oeste, arrancándoles con añagazas a diversos tenderos numero-
sas latas de mantequilla de cacahuete, que iba muy escasa en
los años de la guerra; oscureció sin que hubiésemos obtenido
más que media docena de tarros, el último en una charcutería
de la Tercera Avenida, cerca de la tienda de antigüedades en
cuyo escaparate se encontraba aquella palaciega jaula, de ma-
nera que la llevé hasta allí para que la viese, y Holly supo apre-
ciar su encanto, su fantasía.

-De todos modos, es una jaula.

Cuando pasábamos delante de un Woolworth's, me agarró

fuertemente el brazo:

-Robemos algo -dijo, tirando de mí hacia el interior de la

tienda, en donde, de inmediato, me pareció sentir el acoso de

las miradas, como si ya fuésemos sospechosos-. Venga. No seas

gallina.


Exploró un mostrador con montañas de calabazas de papel
y máscaras para la noche de Halloween.1 La dependienta esta-
ba atareada con un grupo de monjas que se probaban másca-
ras. Holly cogió una máscara y se la puso; eligió otra, y me la
puso a mí; luego me tomó de la mano y salimos. Así de sen-
cillo. Una vez en la calle, corrimos a lo largo de varias manza-
nas, creo que sólo para añadirle emoción; pelo también por-
que, tal como descubrí entonces, el ladrón se siente eufórico
cuando un robo le sale bien. Le pregunté si robaba a menudo.

-Antes sí -dijo-. No me quedaba otro remedio si quería
algo, lo que fuese. Pero todavía lo hago de vez en cuando,
para no desentrenarme.

Aún llevábamos las máscaras puestas cuando llegamos a
casa.

Guardo el recuerdo de otros muchos días de andar de acá
para allá con Holly; y es cierto, hubo épocas en las que salía-
mos mucho juntos; pero el recuerdo, considerando las cosas
en conjunto, es falso. Porque hacia finales de mes encontré un
empleo: ¿hace falta añadir algo más? Mejor cuanto menos diga,
aparte de mencionar que me resultaba imprescindible, y que
duraba de nueve a cinco. Lo cual hizo que nuestros horarios,
el de Holly y el mío, fuesen extremadamente distintos.

A no ser que fuera jueves, su día de Sing Sing, o que se
hubiera ido al parque para montar a caballo, cosa que hacía
de vez en cuando, Holly nunca se había levantado cuando yo
regresaba a casa. En ocasiones, entraba en su piso y compartía
su café mientras ella se vestía para la velada. Siempre estaba a
punto de salir, no todas las veces con Rusty Trawler, pero casi
todas, y también casi todas en compañía de Mag Wildwood y
su guapo brasileño, cuyo nombre era José Ybarra-Jaegar: su
madre era alemana. Como cuarteto, daban una nota desafina-

1. Víspera de la festividad de Todos los Santos, que los niños norteameri-
canos celebran rondando disfrazados las casas del vecindario, iluminándose
con velas Colocadas en el interior de calabazas vacías en las que practican unos
orificios a modo de ojos y boca. (N. del T.)
da, sobre todo por culpa de Ybarra-Jaegar, que parecía tan des-
plazado al lado de los otros como un violín en un grupo de
jazz. Era un hombre inteligente, y presentable, y parecía to-
marse bastante en serio su trabajo, que era oscuramente ofi-
cial, vagamente importante, y le obligaba a estar en Washing-
ton varios días por semana. ¿Cómo pudo sobrevivir noche
tras noche en La Rue, El Morocco, escuchando el pa-parloteo
de Mag Wildwood y mirando aquella cara de culo desnudo de
niño que tenía Rusty? Es posible que, como la mayoría de la
gente que se encuentra en un país extranjero, fuese incapaz de
situar a la gente, de elegir un marco adecuado para su retrato,
cosa que en Brasil le hubiese resultado de lo más sencillo; es
decir, tenía que enjuiciar a todos los norteamericanos bajo una
luz prácticamente uniforme, y desde este punto de vista sus
acompañantes debían de parecerle ejemplos soportables del
color local, del carácter nacional. Esto explicaría muchas cosas;
la determinación de Holly explica las demás.

Una tarde, mientras estaba esperando un autobús en la
Quinta Avenida, me fijé en un taxi que aparcaba en la acera
de enfrente. Se apeó una chica, que luego subió corriendo
la escalera de la biblioteca pública de la calle Cuarenta y
dos. Entró antes de que la reconociese, cosa disculpable dado
que no era fácil relacionar a Holly con las bibliotecas. Dejé que
la curiosidad me empujara a pasar entre los leones de la en-
trada, mientras discutía conmigo mismo sobre qué era más
conveniente, si reconocer ante ella que la había seguido, o
fingir que era una coincidencia. Al final no hice ni una cosa
ni la otra, sino que me escondía varias mesas de distancia en
la sala de lectura, que es donde ella se había instalado, para-
petada detrás de sus gafas oscuras y una fortaleza de libros
que había amontonado en su pupitre. Pasó a toda velocidad
de un libro a otro, se detuvo intermitentemente en alguna
que otra página, siempre con el ceño fruncido, como si las
letras estuvieran impresas del revés. Tenía un lápiz apoyado
en el papel: nada parecía llamar su atención aunque, de vez en
cuando, como si fuera de pura furia, garabateaba laboriosa-


mente. Cuando la miraba recordé a una compañera de la
escuela, Mildred Grossman. Mildred: su cabello húmedo y sus
grasientas gafas, sus dedos manchados que diseccionaban ranas
y llevaban café a los piquetes de huelguistas, y sus ojos deslus-
trados que sólo se alzaban hacia las estrellas para calcular su
tonelaje químico. La tierra y el aire no podían ser más opues-
tos que Mildred y Holly, pero ambas adquirieron en mis pen-
samientos cierta semejanza siamesa, y la idea que las había
entrelazado era más o menos la siguiente: los caracteres suelen
ir evolucionando, y cada pocos años nuestros cuerpos experi-
mentan una remodelación completa; tanto si es deseable como
si no lo es, nada más natural que el que cambiemos. Pues bien,
he aquí dos personas que no cambiarían jamás. Era esto lo que
Mildred Grossman y Holly Golightly tenían en común. No
cambiarían jamás porque su carácter se había formado antes
de hora; lo cual, de la misma manera que los enriquecimien-
tos repentinos, produce desproporciones: la una se había atri-
buido a sí misma el fachendoso papel de persona seria y realis-
ta; la otra, el de desviacionista romántica. Me las imaginé en un
restaurante del futuro, Mildred dedicada todavía a estudiar la
carta desde el punto de vista del valor nutritivo, y Holly con
la misma glotonería de ahora por todos y cada uno de los pla-
tos. Nada cambiaría nunca. Andarían por la vida, y la abando-
narían, con el mismo paso decidido que apenas toma en cuenta
esos acantilados que quedan a la izquierda. Estas profundas
observaciones hicieron que me olvidase del lugar en donde me
encontraba; volví en mí, sobresaltado por la sombría luz de la
biblioteca, y totalmente sorprendido otra vez de encontrar allí
a Holly. Eran más de las siete, y estaba retocándose el carmín
de los labios, y modificando, mediante la adición de un foulard
y unos pendientes, el atuendo que le había parecido más ade-
cuado para una biblioteca a fin de convertirlo en el adecuado
para el Colony. Una vez se hubo ido, me acerqué a la mesa en
donde había dejado sus libros, que eran lo que yo quería ver.

El sur del pájaro del trueno. Rincones desconocidos del Brasil. La
mentalidad política latinoamericana. Y así sucesivamente.

Holly y Mag dieron una fiesta por Nochebuena. Holly me
pidió que fuese temprano para que la ayudase a adornar el
árbol. Todavía no entiendo cómo lograron meter aquel árbol
en el apartamento. Sus ramas superiores estaban aplastadas
contra el techo, y las bajas se extendían de pared a pared; en
conjunto era más o menos como el abeto gigante que suelen
instalar en la plaza Rockefeller. Es más, solamente todo un
Rockefeller habría podido adornarlo, pues engullía las bolas y
las cintas doradas como si se tratase de nieve derretida. Holly
insinuó que podía ir a Woolworth's y robar allí unos cuantos
globos; así lo hizo: y con ellos el árbol quedó bastante decen-
te. Brindamos por nuestra labor, y Holly dijo:

-Mira en el dormitorio. Hay un regalo para ti.

También yo tenía un regalo para ella: un paquetito que lle-
vaba en el bolsillo, y que me pareció más pequeño incluso
cuando vi, en medio de la cama y envuelta con cinta roja, la
maravillosa pajarera.

-Pero ¡Holly! !Es horrible!

-Estoy absolutamente de acuerdo contigo; pero me pare-
ció que la querías.
-¡ Me refiero al precio! ¡Trescientos cincuenta dólares!
Ella se encogió de hombros.
-Unos cuantos viajes de más al tocador. Pero me has de

prometer una cosa. Me has de prometer que jamás meterás ahí

dentro a ningún ser vivo.

Comencé a darle besos, pero ella levantó la mano.

-Dame el mío -dijo, palpando el bulto de mi bolsillo.

-Me temo que no es gran cosa.

Y no lo era; una medalla de San Cristóbal. Pero, como mí-

nimo, era de Tiffany's.

Holly no era una chica capaz de conservar nada, y a estas
alturas seguro que ya ha perdido la medalla, que la ha aban-
donado en alguna maleta o en el cajón de algún hotel. Pero
yo sigo conservando la pajarera. La he transportado a Nueva Or-
leans, a Nantucket, por toda Europa, Marruecos, el Caribe. Pero


casi nunca me acuerdo de que fue Holly quien me la regaló,
porque hubo un día en que decidí olvidarlo: tuvimos una tre-
menda pelea, y entre las diversas cosas que se pusieron a dar
vueltas en el ojo de nuestro huracán estuvieron la pajarera y

O.J. Berman y mi cuento, pues le di un ejemplar a Holly cuan-
do aquella revista universitaria lo publicó.
A mediados de febrero Holly se fue de viaje turístico in-
vernal con Rusty, Mag y José Ybarra-Jaegar. Nuestro altercado
ocurrió poco después de su regreso. Holly estaba más negra
que si se hubiese untado con yodo, el sol le había aclarado el
cabello hasta dejárselo de un blanco fantasmagórico, y se lo
había pasado muy bien:

-Mira, primero estuvimos en Key West, y Rusty se enfu-
reció con unos marineros, o fue al revés, no sé, la cuestión es
que tendrá que llevar una faja para la espalda durante el resto
de sus días. Mi queridísima Mag también terminó en el hospi-
tal. Quemaduras de sol, de primer grado. Repugnante: ampo-
llas y aceite de citronella por todo el cuerpo. Así que José y
yo les dejamos en el hospital y nos fuimos a La Habana. El
dijo espera a ver Río; pero, por lo que a mi respecta, me con-
formo con La Habana para gastarme allí todo mi dinero. Tu-
vimos un guía de los que no se olvidan, negro en un ochenta
por ciento, y chino el resto, y aunque no me gusta mucho ni
lo uno ni lo otro, la combinación era francamente fascinante;
así que le dejé que jugara a hacer rodillitas por debajo de la me-
sa porque, para serte franca, no me pareció en absoluto vulgar;
pero una noche nos llevó a ver una película porno, y ¿qué te
imaginas que pasó? Pues que salía él en la pantalla. Natural-
mente, cuando regresamos a Key West Mag estaba segura de
que me había pasado todos los días acostándome con José. Y
Rusty lo mismo: pero a él estas cosas le dan igual, sólo quiere
que se lo cuentes con todo detalle. De hecho, la situación fue
bastante tensa hasta que hablé con Mag de corazón a corazón.

Nos encontrábamos en la sala, en donde, aunque ya está-
bamos casi en marzo, el enorme árbol de Navidad, pardo y
desprovisto ya de olor, con sus globos arrugados como las tetas

de una vaca vieja, seguía ocupando la mayor parte del espacio.
Una pieza reconocible como mueble había sido añadida: un
camastro militar; y Holly, tratando de conservar su aspecto tro-
pical, estaba tendida en él bajo una lámpara solar.

-¿Lograste convencerla?

-¿De que no me había acostado con José? Santo Dios, sí.
Simplemente le dije, bueno, ya sabes: fingí que se trataba de
una torturada confesión, le dije que yo era bollera.

-Es imposible que se lo creyese.

-Y un cuerno que no se lo creyó. ¿Por qué crees que se
fue a comprar este catre de campaña? Déjalo en mis manos:
cuando se trata de escandalizar a la gente, no tengo rival. Sé
bueno, dame un poco de aceite en la espalda. -Mientras le
hacía este servicio, ella prosiguió-: O. J. Berman ronda por aquí
y, sabes, le he dado tu cuento, el de la revista. Le ha impresio-
nado bastante. Ahora cree que quizá valga la pena echarte una
mano. Pero dice que no vas por el buen camino. Negros y
niños, ¿a quién le importan?

-Deduzco que a Mr. Berman no le interesan.

-Ni a mí. He leído el cuento dos veces. Mocosos y negra-
zos. Hojas temblorosas. Descripciones. No me dice nada.

Mi mano, que estaba extendiendo el aceite sobre su piel,
pareció reaccionar por su cuenta: tenía ganas de alzarse para
caer sobre las nalgas de Holly.

-Dame un ejemplo -dije sin acalorarme-. Un ejemplo de
una historia que, en tu opinión, diga algo.

-Cumbres borrascosas -dijo ella, sin dudarlo.

Los deseos de mi mano comenzaban a escapar de mi control.

-Compararme con eso es una insensatez. Hablas de una
obra genial.
-¿Verdad que lo es? Mi dulce y salvaje Cathy. Dios mío,
lloré a mares. La vi diez veces.
Dije «Ah» con palpable alivio, un «Ah» acompañado de una
inflexión de ignominiosa superioridad, «la película».
Sus músculos se endurecieron, era como tocar una piedra
recalentada por el sol.


-Todo el mundo tiene que sentirse superior a otros -dijo-,
pero, antes de demostrárselo a quien sea, es costumbre ofrecer
alguna prueba.

-No estoy comparándome contigo. Ni con Berman. Por
lo tanto, puedo sentirme superior. No buscamos lo mismo.

-¿No quieres ganar dinero?

-Mis planes no llegan tan lejos.

-A eso justamente suenan tus historias. Como si estuvie-
ras escribiéndolas sin saber el final. Pues mira, te diré una cosa:
mejor sería que ganases dinero. Tienes una imaginación bas-
tante cara. No encontrarás a mucha gente que pueda comprar-
te pajareras.

-Lo siento.

-Lo sentirás de verdad como me pegues. Hace un minuto
estabas a punto de hacerlo: te lo he notado en la mano; y
ahora también tienes ganas.
Y lo hice, brutalmente; aún me temblaba la mano, y el
corazón, cuando tapé el frasco de aceite solar.

-Pues no, no me arrepiento. Sólo siento que te hayas gas-
tado tanto dinero conmigo. Es muy duro tener que ganárselo
con Rusty Trawler.

Se sentó en el catre, con la cara y los pechos desnudos

fríamente azulados a la luz de la lámpara solar.

-Necesitarás unos cuatro segundos para ir de aquí a la puer-

ta. Te concedo dos.

Subí directamente a mi piso, cogí la pajarera, la bajé y la

dejé delante de su puerta. Esta parte del asunto quedaba re-

suelta. O eso imaginé yo hasta la mañana siguiente, cuando,

camino del trabajo, encontré la jaula metida en un cubo, espe-

rando la llegada de los basureros. No sin vergüenza, la rescaté

y volví a subirla a mi casa, pero esta capitulación no debilitó

mi resolución de apartar totalmente a Holly de mi vida. Deci-

dí que era una «vulgar exhibicionista», una «pérdida de tiem-

po», una «farsante»: alguien con quien jamás volvería a hablar.

Y no lo hice. Durante bastante tiempo. Bajábamos la vista

cuando nos cruzábamos por la escalera. Si ella entraba en el
bar de Joe Bell, yo me iba. Hubo una ocasión en la que Sap-
phia Spanella, la soprano y aficionada al patinaje que vivía en
el primer piso, hizo circular entre los demás inquilinos de la
casa una demanda de deshaucio contra Miss Golightly, que,
decía Madame Spanella, era una persona «moralmente censu-
rable» que «perpetra reuniones nocturnas que ponen en peli-
gro la seguridad y la salud mental de sus vecinos». Aunque
me negué a firmarla, admití interiormente que las quejas de
Madame Spanella eran justificadas. Pero su demanda fracasó,
y, cuando abril se aproximaba a mayo, las cálidas noches pri-
maverales de ventanas abiertas se cargaron del espantoso es-
truendo de los ruidos de las fiestas, el tocadiscos a todo volu-
men y las risas de martini que salían del apartamento 2.

No era una novedad, sino todo lo contrario, que hubiese
tipos sospechosos entre los invitados de Holly; pero un día de
finales de esa primavera, al entrar en la casa, me fijé en un
hombre muy provocativo que estaba examinando el buzón de
Holly. Un tipo de cincuenta y pocos años, facciones duras y
curtidas, y ojos grises tristes. Llevaba un viejo sombrero gris
con manchas de sudor, y su barato traje de verano, azul páli-
do, le caía muy holgado sobre su largirucho esqueleto; sus
zapatos marrones eran nuevos. No parecía tener intención de
llamar al timbre de Holly. Se limitaba a pasar, lentamente,
como si leyera Braille, un dedo por el relieve de las letras de
su nombre.

Por la noche, cuando me iba a cenar, volví a verle. Estaba
en la acera de enfrente, apoyado en un árbol y mirando las
ventanas de Holly. Por mi cabeza circularon toda clase de si-
niestras especulaciones. ¿Podía tratarse de un detective? ¿Algún
enviado de los bajos fondos, relacionado con Sally Tomato,
su amigo de Sing Sing? La situación reavivó mis más tiernos
sentimientos por Holly; era justo que interrumpiese nuestro
enfado el tiempo suficiente como para advertirle que estaban
vigilándola. Mientras me encaminaba a la esquina y dirigía mis
pasos hacia el Hamburg Heaven de la esquina de Madison con


la Setenta y nueve, noté que la atención de aquel hombre se
centraba en mí. Al poco rato, sin volver la cabeza, noté que
me seguía. Porque le oí silbar. Y no era una cancioncilla co-
rriente, sino la quejumbrosa canción de las praderas que Holly
tocaba a veces con su guitarra: No quiero dormir, no quiero morir,
sólo quiero seguir viajando por los prados del cielo. Seguí oyendo
el silbido por Park Avenue y Madison arriba. Una vez, mientras
esperaba a que el semáforo cambiase, vi por el rabillo del ojo
que se agachaba para acariciar a un sucio pomeranio.

-Magnífico animal -le dijo al dueño, con una voz rural,
afónica.

El Hamburg Heaven estaba vacío. Sin embargo, tomó asien-
to en el mostrador, justo a mi lado. Olía a tabaco y sudor.
Pidió un café, pero cuando se lo sirvieron ni lo tocó. En lugar
de tomárselo, estuvo mordisqueando un palillo y estudiándo-
me en el espejo que teníamos delante de nosotros.

-Disculpe -le dije, hablándole por el espejo-, ¿se puede
saber qué quiere?
La pregunta no le azoró; pareció aliviado de que se la hu-
biese hecho.

-Muchacho, necesito un amigo -dijo.

Sacó una cartera. Estaba tan gastada como sus curtidas
manos, casi rota; y en el mismo estado se encontraba la ins-
tantánea agrietada, borrosa y frágil que me tendió. Había siete
personas en la foto, amontonadas bajo el hundido porche de
una espantosa casa de madera, y, aparte de él, que le pasaba el
brazo por la cintura a una chica gorda y rubia que se hacía
sombra con la mano sobre los ojos, todos eran niños.

-Ese soy yo -dijo, señalándose-. Esa es ella... -Dio un
golpecito sobre la chica rolliza-. Y ese de ahí -añadió, indi-
cando a un chico alto como un chopo y con pelo de estopa-
es su hermano Fred.

Volví a mirarla a «ella»: y, en efecto, ahora pude encon-
trar cierto parecido embriónico con Holly en la chica de gor-
das mejillas que bizqueaba bajo el sol. Justo en ese momento
comprendí quién debía de ser aquel hombre.

-Usted es el padre de Holly.

El hombre parpadeó, frunció el ceño.

-No se llama Holly. Antes se llamaba Lulamae Barnes.

Antes -dijo, cambiando de sitio el palillo que tenía aún en la

boca- de casarse conmigo. Soy su marido. Doctor Golightly.

Soy médico de caballos, veterinario. También trabajo un poco

la tierra. Cerca de Tulip, en Texas. ¿De qué se ríe, muchacho?

No era una verdadera risa: simple nerviosismo. Tomé un

poco de agua, me atraganté; él me golpeó la espalda.

-Esto no es cosa de risa, muchacho. Soy un hombre cansa-

do. Hace cinco años que busco a mi mujer. En cuanto recibí

la carta de Fred en la que me decía dónde estaba, compré un

billete de la Greyhound. Lulamae debería estar en casa, con su

marido y sus hijos.

-¿Hijos?

-Son ésos -dijo, casi gritando. Se refería a los otros cuatro
rostros jóvenes de la foto, dos niñas descalzas y un par de chicos
con mono. Bueno, era obvio: aquel hombre era un demente.

-Es imposible que Holly sea la madre de esos chicos. Son
mayores que ella. Más altos.

-No he dicho, muchacho -dijo él, explicándomelo con
calma-, que los haya parido ella. La maravillosa madre de estos
niños, aquella maravillosa mujer, que Dios la tenga en su glo-
ria, falleció el cuatro de julio, Día de la Independencia, de 1936.
El año de la sequía. Cuando me casé con Lulamae ya era 1938,
diciembre, ella estaba a punto de cumplir los catorce. Es posi-
ble que una persona corriente, con sólo catorce años, no su-
piera lo que se hacía. Pero Lulamae es otra cosa, una mujer
excepcional. Sabía muy bien lo que estaba haciendo cuando
me prometió ser mi esposa y la madre de mis hijos. Y nos
rompió el corazón a todos cuando se fue de aquella manera.
-Sorbió un poco de café ya enfriado, y me miró con interro-
gadora vehemencia-. Y ahora, muchacho, ¿dudas de lo que te
digo? ¿Crees que lo que te digo es cierto?

Le creí. Era demasiado implausible para no ser cierto; es
más, encajaba con la descripción que había hecho O. J. Ber-


man de la Holly que conoció en California. «No sabías si era
una palurda, o si venía de Oklahoma o qué.» No se le podían
echar las culpas a Berman por no haber adivinado que era una
niña casada, de Tulip, estado de Texas.

-Nos rompió el corazón a todos cuando se fue de aquella
manera -repitió el médico de caballos-. No tenía por qué. El
trabajo de la casa lo hacían las niñas. Lulamae podía darse la
buena vida: revolotear ante los espejos y lavarse el pelo. Te-
níamos vacas, teníamos huerto, gallinas, cerdos: muchacho, esa
chica se puso gorda de verdad. Y, mientras, su hermano crecía
y crecía hasta convertirse en un gigante. Todo un mundo de
diferencia en comparación a como estaban cuando se queda-
ron a vivir con nosotros. Fue Nellie, mi hija mayor, fue Nellie
la que los trajo a casa. Vino una mañana y me dijo: «Papá,
tengo a un par de pilletes encerrados en la cocina. Les he sor-
prendido afuera, robando leche y huevos de pava.» Eran Lula-
mae y Fred. Bueno, pues en su vida habrá visto dos críos que
dieran tanta pena como ellos. Les asomaban las costillas por
todos lados, y tenían las piernas tan canijas que no les soste-
nían en pie, y los dientes se les movían tanto que no les ser-
vían ni para masticar un puré. Contaron que su madre había
muerto de tuberculosis, lo mismo que su papá; y que todos
los hijos, un buen montón, fueron enviados a vivir con diver-
sas personas a cuál más mezquina. Pues bien, Lulamae y su
hermano habían estado en casa de algún mezquino don nadie,
a ciento cincuenta kilómetros al este de Tulip. Lulamae tuvo
buenos motivos para escaparse de aquella casa. Y ninguno para
irse de la mía. Era su hogar. -Apoyó los codos en el mostra-
dor y, apretándose los ojos cerrados con los dedos, suspiró-.
Engordó tanto que acabó convirtiéndose en una mujer verda-
deramente guapa. Y muy animada. Locuaz como un arrenda-
jo. Siempre tenía algún comentario ingenioso sobre el tema
que fuese: mejor que la radio. Y antes de que me diera cuenta
ya me había puesto a recoger flores. Domestiqué un cuervo
para regalárselo, y le enseñé a decir Lulamae. Y le di a ella

lecciones de guitarra. De sólo mirarla se me saltaban las lágri-

mas a los ojos. La noche de mi declaración lloré como un crío.
«¿Por qué lloras, Doc? -me dijo ella-. Pues claro que pode-
mos casarnos. Sera mi primera boda.» Me hizo reír, la verdad,
y la abracé y la besé: ¡Será mi primera boda!-Rió un poco, y
durante un momento volvió a morder el palillo-, ¡No me diga
que no era una mujer feliz! -dijo, en tono desafiante-. Todos
la mimábamos. No tenía que levantar un dedo, como no fuera
para comerse algún pedazo de pastel. Como no fuera para pei-
narse y mandar a alguien por todas las revistas. Debieron de
entrar revistas por valor de cien dólares en esa casa. Si quiere
saber mi opinión, eso fue lo que tuvo la culpa. Tanto mirar
fotos de gente ostentosa. Tanto leer sueños. Eso fue lo que la
empujó a dar los primeros pasos por el camino. Cada día an-
daba un poco más: un kilómetro, y volvía a casa. Dos kilóme-
tros, y volvía a casa. Un día, simplemente, siguió adelante.
-Volvió a posar las manos sobre sus ojos; su respiración pro-
ducía un ruido ronco-. El cuervo que le di se volvió loco y
huyó. Seguimos oyéndole todo el verano. En la era. En el huer-
to. En los bosques. El maldito pájaro se pasó todo el verano
gritando: Lulamae, Lulamae.

Se quedó encorvado y silencioso, como si estuviera escu-
chando la canción de aquel antiguo verano. Llevé la cuenta de
los dos a la caja. Mientras yo pagaba, se me acercó. Salimos
juntos y nos fuimos andando hacia Park Avenue. Era una
noche fría, ventosa; la brisa agitaba sonoramente los fláccidos
toldos. Seguimos andando en silencio hasta que yo le dije:

-¿Y su hermano? ¿No se fue?

-No -dijo, carraspeando-. Fred se quedó con nosotros
hasta que se lo llevó el ejército. Buen chico. Bueno para los
caballos. Tampoco él entendió qué le había pasado a Lulamae,
cómo había podido abandonar a su hermano y su marido y
sus niños. Pero en cuanto estuvo en el ejército, Fred comenzó
a tener noticias de ella. El otro día me mandó una carta con
sus señas. Por eso vine a buscarla. Sé que lamenta haber hecho
lo que hizo. Sé que quiere volver a casa.

Parecía estar pidiéndome que me mostrara de acuerdo con


él. Yo le dije que en mi opinión iba a encontrar bastante cam-
biada a Holly, o Lulamae.

-Escúchame, muchacho -dijo, cuando llegamos a la esca-
lera del portal-, ya te he dicho que necesito un amigo. Por-
que no quiero darle una sorpresa. Nada de sustos. Por eso he
estado esperando. Pórtate como un amigo: dile que he venido.

La idea de hacer las presentaciones entre Miss Golightly y
su marido tenía aspectos satisfactorios; y, alzando la vista hacia
sus iluminadas ventanas, confié en que estuvieran con ella sus
amigos, pues la perspectiva de ver el momento en que el teja-
no les estrechara la mano a Mag y Rusty y José, me resultaba
más satisfactoria incluso. Pero la grave y orgullosa mirada de
Doc Golightly, su sombrero sudado, hicieron que me avergon-
zase de mis expectativas. Entró detrás de mí en el edificio, y
se dispuso a esperar al pie de la escalera.

-¿Tengo buen aspecto? -susurró, desempolvándose las
mangas, ajustándose el nudo de la corbata.

Holly estaba sola: Abrió enseguida; en realidad estaba a
punto de salir: las zapatillas de satén blanco y las grandes dosis
de perfume anunciaban la inminencia de una fiesta lujosa.

-Lo siento, idiota -me dijo, y, jugando, descargó el bolso
contra mí-. Tengo demasiada prisa para hacer las paces ahora.
¿Te parece que dejemos para mañana lo de fumar la pipa?

-Claro, Lulamae. Suponiendo que mañana estés todavía por
aquí.

Se sacó las gafas oscuras y me miró bizqueando. Era como
si sus ojos fuesen prismas fragmentados, y las notas azules y
grises y verdes no fueran más que pedazos fotos de su antiguo
centelleo.

-Tiene que ser él quien te lo ha dicho -me dijo con una
vocecilla temblorosa-. Dímelo, por favor. ¿Dónde está? -De-
jándome atrás, se precipitó escaleras abajo-, ¡Fred! -gritó por
el hueco-, ¡Fred! ¿Dónde estás, mi Fred?

Oí los pasos de Doc Golightly, que empezaba a subir los

peldaños. Su cabeza se asomó por la barandilla, y Holly retro-

cedió, no tan asustada como para refugiarse en una concha de

desengaño. Hasta que él llegó a su altura, avergonzado y tímido.

-Caray, Lulamae -comenzó a decir, pero tuvo un momen-

to de vacilación porque Holly le miraba con desconcierto, co-

mo si no consiguiera idenfificarle del todo-. Vaya, cariño -aña-

dió por fin-, ¿no te dan de comer por estos pagos? Qué flaquí-

sima estás. Como el día en que te conocí. Con ojos de loca.

Holly le tocó la cara; palpó con sus dedos la realidad de
su mentón, de su barba de dos días.

-Hola, Doc -dijo Holly con amabilidad, y le besó en la
mejilla-. Hola, Doc -repitió alegremente mientras él la levan-
taba del suelo con un abrazo capaz de estrujarle las costillas.

-Caray, Lulamae -dijo él, estremecido por una risa de ali-
vio-. La venida del Reino.

Ninguno de los dos se fijó en mí cuando me colé por de-
trás de ellos para subir a mi habitación. Tampoco parecieron
darse cuenta de la presencia de Madame Sapphia Spanella, que
abrió su puerta y chilló:

-¡Callarse! Qué vergüenza. Lárgate a hacer de puta a otra
parte.

-¿Divorciarme de él? No me he divorciado. Pero, por Dios,
si yo tenía sólo catorce años. No pudo ser legal. -Holly dio unos
golpecitos en su vacía copa de martini-. Otros dos, Mr. Bell.

Joe Bell, en cuyo bar estábamos sentados, aceptó el pedido
de mala gana.

-Es muy temprano para agarrar una curda -se quejó, mas-
ticando una pastilla digestiva. Según el negro reloj de caoba
que había al otro lado de la barra, aún no era mediodía, y
ya nos había servido tres rondas.

-Pero si es domingo, Mr. Bell. Los relojes van más lentos
los domingos. Además, todavía no me he acostado -le dijo,
y, más confidencialmente, me confesó-: Al menos para dor-
mir. -Se sonrojó, y desvió la mirada con aire culpable. Por
vez primera desde que la conocía, parecía sentir necesidad de
justificarse-: Mira, tenía que hacerlo. Doc me quiere de ver-
dad, sabes. Y yo le quiero a él. Es posible que a ti te haya


parecido viejo y repulsivo. Pero no sabes lo dulce que es, la
confianza que puede inspirarles a los pájaros y a los mocosos
y a otras cosas frágiles. Cuando alguien te da su confianza,
siempre te quedas en deuda con él. Siempre me he acordado
de Doc en mis oraciones. ¡Y deja de burlarte, por favor! -me
pidió, aplastando una colilla-. Suelo rezar mis oraciones.

-No me burlo. Sólo sonrío. Eres la persona más descon-
certante del mundo.

-Supongo que sí -dijo, y su rostro, al que la luz de la
mañana daba un aspecto macilento, castigado, se iluminó; se
alisó el despeinado cabello, y sus variados colores brillaron
como en un anuncio de champú-. Seguro que tengo un as-
pecto terrible. Pero lo mismo le hubiese ocurrido a cualquiera.
Nos hemos pasado el resto de la noche caminando de un lado
para otro en una estación de autobuses. Hasta el último mi-
nuto, Doc estaba convencido de que me iría con él. A pesar
de que yo le estaba repitiendo todo el rato: Pero Doc, ya no
tengo catorce años, y no soy Lulamae. Pero lo más terrible, y
lo comprendí mientras estábamos esperando allí, es que lo soy.
Todavía ando robando huevos de pava y corriendo entre zar-
zales. Con la diferencia de que ahora lo llamo tener la malea.

Joe Bell dejó desdeñosamente los nuevos martinis delante
de nosotros.

-No se enamore nunca de ninguna criatura salvaje, Mr. Bell
-le aconsejó Holly-. Esa fue la equivocación de Doc. Siem-
pre se llevaba a su casa seres salvajes. Halcones con el ala rota.
Otra vez trajo un lince rojo con una pata fracturada. Pero no
hay que entregarles el corazón a los seres salvajes: cuanto más
se lo entregas, más fuertes se hacen. Hasta que se sienten lo
suficientemente fuertes como para huir al bosque. O subirse
volando a un árbol. Y luego a otro árbol más alto. Y luego al
cielo. Así terminará usted, Mr. Bell, si se entrega a alguna cria-
tura salvaje. Terminará con la mirada fija en el cielo.

-Está borracha -me informó Joe Bell.

-Un poco -confesó Holly-. Pero Doc me entiende. Se lo

he explicado con todo detalle, y eran cosas que podía enten-

der. Nos hemos dado la mano, nos hemos abrazado, y me ha
deseado buena suerte. -Echó una mirada al reloj-. A esta hora
ya debe de estar en los Montes Azules.

-¿De qué habla? -me preguntó Joe Bell.

Holly alzó su martini:

-Deseémosle suerte a Doc -dijo, haciendo chocar su copa
contra la mía-. Buena suerte, y créeme, queridísimo Doc, es
mejor quedarse mirando al cielo que vivir allí arriba. Es un
sitio tremendamente vacío. No es más que el país por donde
corre el trueno y todo desaparece.

QUINTA BODA DE TRAWLER. Vi el titular cuando iba en
metro por Brooklyn. El periódico que lo desplegaba en ban-
dera era de otro pasajero. El único fragmento del texto que yo
alcanzaba a leer decía: Rutherfurd «Rusty» Trawler, el playboy mi-
llonario que ha sido acusado frecuentemente de simpatizar con los
nazis, se fugó ayer a Greenwich para casarse con una guapa... No
sentía deseos de leer nada más. Así que Holly se había casado
con él, vaya, vaya. Sentí deseos de que me arrollara un tren.
Pero ya había deseado eso mismo antes de haber avistado el
titular. Por un puñado de razones. No había vuelto a ver a
Holly, a hablar con ella, desde nuestro ebrio domingo en el
bar de Joe Bell. Las semanas transcurridas desde entonces me
habían provocado mi propia malea. En primer lugar, me ha-
bían despedido de mi empleo: merecidamente, y por un di-
vertido ejemplo de mala conducta, tan complicado que no
puedo referirlo aquí. Además, el centro de reclutamiento que
me correspondía estaba demostrando un fastidioso interés por
mi persona; y, tras haberme librado tan recientemente de la
estricta normatividad de una ciudad pequeña, la idea de some-
terme a otra forma de vida disciplinada me desesperaba. Entre
la incertidumbre respecto a mi presunta movilización, y mi ca-
rencia de experiencias laborales concretas, no parecía haber
modo de encontrar otro trabajo. Eso era lo que estaba hacien-
do en aquel metro de Brooklyn: regresar de una decepcionante
entrevista con el director de un periódico ya fallecido, el PM.


Todo esto, combinado con el agobiante calor de la ciudad en
verano, me había dejado reducido a un estado de inercia ner-
viosa. De modo que cuando deseaba que me arrollase un tren
lo hacía bastante en serio. El titular hizo que ese deseo se rea-
firmara. Si Holly era capaz de casarse con aquel «absurdo feto»,
me daba igual que me atropellase todo el ejército de injusti-
cias que andaba rampante por el mundo. A no ser, y la pre-
gunta era evidente, que mi escandalizado enfurecimiento fuese
en parte consecuencia de que también yo estaba enamorado
de Holly. En parte. Porque sí lo estaba. De la misma manera
que años atrás me había enamorado de la vieja cocinera negra
de mi madre, y de un cartero que me permitía acompañarle
en su ronda, y de toda una familia, los McKendrick. También

esa clase de amor genera celos.

Cuando llegué a mi parada compré el periódico; y, al leer
el final de aquella frase, descubrí que la novia de Rusty era

una guapa modelo de las colinas de Arkansas, Miss Margaret
Thatcher Fitzhue Wildwood. ¡Mag! Tenía las piernas tan flojas
de alivio que tuve que tomar un taxi para que me llevase el
trecho que quedaba hasta mi casa.

Madame Sapphia Spanella me recibió en el portal, con mi-

rada demente y retorciéndose las manos.

-Corra -dijo-. Vaya por la policía, ¡Esa chica está ma-

tando a alguien! ¡Alguien está matándola a ella!

Sonaba verídico. Como si varios tigres anduvieran sueltos

por el apartamento de Holly. Un jaleo de cristales rotos, ras-

gaduras y caídas y muebles volcados. Pero la ausencia de gri-

tos en medio de todo aquel ruido le daban al estruendo un

aspecto antinatural.

-¡ Corra!-chilló Madame Spanella, empujándome-, ¡Dí-

gale a la policía que ha habido un asesinato!

Corrí; pero hacia arriba, en dirección a la puerta de Holly.

Aporreándola, logré un resultado: el estruendo amenguó su in-

tensidad. Paró del todo. Pero nadie respondió a mis súplicas

pidiendo que me dejara entrar, y mis esfuerzos por derribar la

puerta sólo culminaron en un buen cardenal en mi hombro.

Luego oí a Madame Spanella que, abajo, le ordenaba a otro
recién llegado que fuera por la policía.

-Cállese -le dijeron-. Y apártese de mi camino.

Era José Ybarra-Jaegar, cuyo aspecto no era en absoluto el
del elegante diplomático brasileño, sino el de una persona su-
dorosa y asustada. A mí también me ordenó que le dejara el
paso libre. Y, con su propia llave, abrió la puerta.

-Por aquí, doctor Goldman -dijo, cediendo el paso al
hombre que le acompañaba.

Como nadie me lo impidió, les seguí al interior del aparta-
mento, que estaba terriblemente destrozado. Por fin había sido
desmantelado, literalmente, el árbol navideño: sus secas ramas
pardas estaban esparcidas por entre una confusión de libros
con las páginas arrancadas, lámparas rotas, y discos de gramó-
fono. Hasta la nevera había sido vaciada, y su contenido des-
perdigado por toda la habitación: por las paredes resbalaban
huevos crudos, y, en medio de los escombros, el gato sin nom-
bre de Holly lameteaba tranquilamente un charco de leche.

En el dormitorio sentí deseos de vomitar tan pronto como
percibí el olor de los rotos frascos de perfume. Pisé las gafas
oscuras de Holly; estaban en el suelo, con los cristales ya rotos
y la montura partida por la mitad.

Quizá era ésta la razón por la cual Holly, aquella figura
rígida de la cama, miraba tan cegatamente a José, y no parecía
haber visto al médico que, mientras le tomaba el pulso, can-
turreaba:

-Jovencita, está usted muy cansada. Mucho. Ahora querrá
dormir, ¿verdad que sí? Ande, duérmase.
Holly se frotó la frente, y se dejó una mancha de sangre
porque se había cortado un dedo.

-Dormir -dijo, y sollozó como un crío exhausto, inquie-
to-. Sólo él me dejaba dormir. Y abrazarle las noches frías. Vi
una finca en México. Con caballos. Junto al mar.

José desvió la mirada, la visión de la aguja hipodérmica le
mareaba.
-¿Su enfermedad sólo es pesar? -preguntó, y su defectuo-


so conocimiento del idioma dio un matiz de involuntaria iro-
nía a la pregunta-. ¿Sólo es pena?

-¿Verdad que no le ha dolido? ¿Verdad que no? -preguntó
el médico, frotando el brazo de Holly con un poco de algodón.
Holly despertó lo suficiente como para enfocar la imagen
del médico.

-Todo duele. ¿Dónde están mis gafas?

Pero no las necesitaba. Estaban cerrándosele los ojos por
su propia cuenta.
-¿Sólo es pena? -insistió José.
-por favor -el médico le trató secamente-, déjeme solo

con la paciente.

José se retiró a la otra habitación, en donde dio rienda suel-
ta a su enfado contra la presencia fisgona de Madame Spane-
lla, que había entrado de puntillas.

-¡ No me toque, o llamaré a la policía! -gritó la mujer ame-
nazadoramente mientras él la expulsaba hacia la puerta con
maldiciones en portugués.

También consideró la posibilidad de expulsarme a mí; o
eso deduje de su expresión. Pero me invitó a una copa. La
única botella entera que logramos encontrar era de vermut seco.

-Tengo una preocupación -dijo-. Tengo la preocupación
de que esto cause escándalo. Que lo haya roto todo. Que haya
hecho locuras. No debo tener escándalos públicos. Es muy de-
licado: mi nombre, mi trabajo.

Pareció reanimarse cuando supo que yo no veía motivo al-
guno de «escándalo»; destruir las propias pertenencias era, pre-
sumiblemente, un asunto particular de cada uno.

-Es sólo cuestión de pesar -declaró firmemente-. Cuando
vino la tristeza, primero tira la copa que bebe. La botella. Los
libros. Una lámpara. Entonces me asusto. Corro por un médico.

-Pero ¿por qué? -quise saber-. ¿Por qué ha tenido que dar-
le este ataque por Rusty? En su lugar, yo lo hubiera celebrado.

-¿Rusty?

Yo llevaba todavía el periódico. Le enseñé el titular.

-Ah, eso. -Soltó una sonrisa desdeñosa-. Rusty y Mag nos

han hecho un gran favor. Nos hace reír mucho: que ellos crean
romper nuestros corazones cuando lo que nosotros queremos
es que se vayan. Se lo aseguro, cuando llegó la pena estába-
mos riendo. -Sus ojos recorrieron el estropicio esparcido por
el suelo; recogió un papel amarillo arrugado-. Esto -dijo.

Era un telegrama de Tulip, estado de Texas: Recibida noti-
cia joven Fred muerto en combate ultramar stop tu marido e hijos
compartimos dolor mutua pérdida stop sigue carta te quiero Doc.

Holly no habló nunca más de su hermano, con una sola
excepción. Es más, dejó de llamarme Fred. Durante junio, julio
y los demás meses cálidos estuvo hibernando como un animal
que no se hubiese enterado de que la primavera había llegado
y hasta terminado. Se le oscureció el cabello, engordó. Comen-
zó a vestir desaliñadamente: bajaba a la charcutería con el im-
permeable puesto directamente encima de la piel. José se mudó
a su apartamento, y su nombre reemplazó al de Mag Wild-
wood en la tarjeta del buzón. De todos modos, Holly se pasa-
ba sola muchas horas, porque José se quedaba en Washington
tres días a la semana. Durante sus ausencias Holly no recibía
visitas y apenas salía del apartamento como no fuera los jue-
ves, para su viaje semanal a Ossining.1

Lo cual no quiere decir que la vida hubiese dejado de inte-
resarle; todo lo contrario, parecía más contenta, muchísimo más
alegre que desde que yo la conocía. Aquel entusiasmo hogare-
ño tan intenso e impropio de ella que de repente la embargó
produjo como resultado una serie de compras también impro-
pias de ella: en una subasta celebrada en Parke-Bernet adqui-
rió un tapiz que representaba a un ciervo acorralado, y, de entre
las antiguas propiedades de William Randolph Hearst, una som-
bría pareja de incómodos sillones góticos; se compró la Mo-
dern Library entera, numerosos discos con los que llenó va-
rios anaqueles, innumerables reproducciones del Metropolitan

1. Población del estado de Nueva York que alberga el penal de Sing Sing.
(N. del T.)

Museum (entre ellas, una escultura china que representaba un
gato, y que su propio gato detestaba y trataba de acobardar
con bufidos, para finalmente destruirla), una batidora, una olla
a presión, y toda una biblioteca de libros de cocina. Hizo de
ama de casa durante tardes enteras que dedicó a ordenar de
forma en absoluto sistemática la sauna que era su cocina:

-Dice José que cocino mejor que el Colony. La verdad,
¿cómo hubiese nadie podido adivinar que yo poseía ese talen-
to natural? Hace un mes ni siquiera era capaz de hacer unos
huevos revueltos.

Y, si vamos a eso, seguía siendo incapaz de hacerlos. Los
platos más sencillos, un bisté, una ensalada como Dios manda,
estaban fuera de su alcance. En lugar de eso solía servirle a
José, y también a mí algunas veces, sopas outré (tortuga negra
al brandy servida en cortezas de aguacate), fantasías neronia-
nas (faisán asado, relleno de granada y placaminero), y otras
equívocas innovaciones (pollo y arroz al azafrán servidos con
salsa de chocolate: «Es un clásico caribeño, cariño»). El racio-
namiento bélico del azúcar y la crema de leche suponían un
estorbo para su imaginación a la hora de preparar postres; no
obstante, una vez consiguió hacer una cosa llamada tapioca
de tabaco; mejor será no describirlo.

Ni describir tampoco sus intentos de aprender portugués,
una ordalía tan tediosa para ella como para mí, ya que siem-
pre que iba a verla tenía girando en el gramófono uno de los
discos de la Linguaphone. En esa época, además, no emplea-
ba casi ninguna frase que no empezara por «Cuando ya este-
mos casados .... , o bien «Cuando vivamos en Río .... Y eso a
pesar de que José no había hablado nunca de matrimonio. Cosa
que ella reconocía.

-Pero, al fin y al cabo, él sabe que estoy embarazada. Sí,
guapo, lo estoy. Seis semanas. No entiendo por qué tiene que
sorprenderte una cosa así A mí no me ha sorprendido. Ni un
peu. Estoy encantada. Quiero tener nueve, como mínimo. Estoy
segura de que habrá unos cuantos que saldrán bastante morenos,
José tiene algo de le nègre, ya lo habrás adivinado, ¿no? Pero a

mí me está bien: ¿puede haber algo más bonito que Un recién
nacido mulato y con unos preciosos ojos verdes? Me hubiera
gustado, por favor, no te rías, me hubiera gustado haber sido
virgen cuando él me conoció, haber sido virgen para él. No es
que me haya liado con auténticas multitudes, como dicen al-
gunos: y no culpo a esos bastardos por decirlo, siempre he vi-
vido en plan loco. Aunque, la verdad, la otra noche eché cuen-
tas y sólo he tenido once amantes, sin contar lo que pudiera
haber ocurrido antes de cumplir los trece años porque, al fin
y al cabo, eso no cuenta. Once. ¿Basta eso para convertirme
en una puta? Fíjate en Mag Wildwood. O en Honey Tucker.
O en Rose Ellen Ward. Han tenido gonorrea tantas veces
que ya han perdido la cuenta. Desde luego, no tengo nada con-
tra las putas. Menos una sola cosa: las hay que no tienen mala
lengua, pero no hay ninguna que tenga buen corazón. Quiero
decir que no puedes follarte a un tío y cobrar sus cheques sin
al menos intentar convencerte a ti misma de que le quieres.
Yo lo he intentado siempre. Incluso con Benny Shacklett y
toda esa pandilla de roedores. Logré hipnotizarme a mí misma
hasta convencerme de que aun siendo absolutamente ratoni-
les, no carecían de cierto encanto. En realidad, aparte de Doc,
suponiendo que quieras contar a Doc, José es mi primer amor
no ratonil. Oh, no vayas a creer que es mi tipo ideal. Dice
mentirijillas y siempre anda preocupado por lo que pueda pen-
sar la gente, y se baña unas cincuenta veces al día: los hom-
bres deberían oler, un poco. Es demasiado mojigato, demasia-
do prudente para ser mi hombre ideal; siempre se vuelve de
espaldas para desnudarse, y hace demasiado ruido al comer y
no me gusta verle correr porque corre de una forma un tanto
ridícula. Si tuviese la libertad de elegir una persona de entre
todas las que hay en el mundo, chasquear los dedos y decir
eh, tú, ven para acá, no elegiría a José. Nehru se aproxima bas-
tante más a lo que yo pido. O Wendell Wilkie. 1 Me confor-

1. Wendell L. Wilkie (1892-1944) fue un influyente político norteamerica-
no, y rival republicano de Roosevelt en las elecciones presidenciales de 1940.
(N. del T.)

maría también con la Garbo. ¿Por qué no? Tendríamos que
poder casamos con hombres o mujeres o... Mira, si me dijeras
que pensabas liarte con un buque de guerra, yo respetaría tus
sentimientos. No, hablo en serio. Habría que permitir toda
clase de amor. Soy absolutamente partidaria de eso. Sobre todo
ahora que ya me he hecho una idea bastante aproximada de
lo que es. Porque sí, quiero a José; dejaría de fumar si me lo
pidiese. Se porta como un amigo, es capaz de provocarme la
risa hasta incluso cuando tengo la malea, aunque ahora ya no
me viene casi nunca, sólo a veces, e incluso esas veces no es
tan espantosa como para que me dé por tragarme frascos de
Seconal o por ir a Tiffany's: llevo un traje a la tintorería, o
preparo unas setas rellenas, y ya me siento bien, en forma. Otra
cosa, he tirado todos los horóscopos. Debo de haberme gasta-
do un dólar por cada una de las malditas estrellas que hay en
el maldito planetario. Es un fastidio, pero la solución consiste
en saber que sólo nos ocurren cosas buenas si somos buenos.
¿Buenos? Mas bien quería decir honestos. No me refiero a la
honestidad en cuanto a las leyes (podría robar una tumba, hasta
le arrancaría los ojos a un muerto si creyese que así me alegra-
ría un día), sino a ser honesto con uno mismo. Me da igual ser
cualquier cosa, menos cobarde, falsa, tramposa en cuestión de
sentimientos, o puta: prefiero tener el cáncer que un corazón
deshonesto. Y esto no significa que sea una beata. Soy simple-
mente una persona práctica. De cáncer se muere a veces; de lo
otro, siempre. Oh, a la mierda con este asunto. Anda, pásame
la guitarra, voy a cantarte un fado en un portugués perfecto.

Aquellas últimas semanas, las del final del verano y el co-
mienzo de otro otoño, aparecen borrosas en mi memoria, quizá
debido a que nuestra comprensión mutua llegó a esos maravi-
llosos extremos en los que llegas a comunicarte más a menu-
do por medio del silencio que con palabras: cierta afectuosa
calma reemplaza las tensiones; el parloteo nervioso y la perse-
cución mutua que suelen producir los momentos más especta-
culares, más superficialmente aparentes de una amistad. Con
frecuencia, cuando él no estaba en Nueva York (acabé sintien-
do hostilidad contra él, y raras veces pronunciaba su nombre),
nos pasábamos juntos veladas enteras durante las cuales ape-
nas si decíamos entre los dos más de cien palabras; en una
ocasión bajamos hasta Chinatown, tomamos una cena a base
de chow-mein, compramos farolillos de papel y robamos una
caja de incienso, y luego cruzamos lentamente el Puente de
Brooklyn, y desde el puente, mientras veíamos a los buques
que salían hacia alta mar deslizarse por entre acantilados de

incendiados rascacielos, ella me dijo:

-Dentro de unos cuantos años, de muchísimos años, uno

de esos barcos me traerá de regreso con mis mocosos brasile-

ños. Porque, sí, tienen que ver esto, estas luces, el río... Adoro

Nueva York, aunque esta ciudad no sea tan mía como pueden

llegar a serlo algunas cosas, un árbol o una calle o una casa,

algo, en fin, que sea mío porque yo le pertenezco.

Y yo le dije: «Cierra el pico», porque me sentía enfurece-

doramente excluido, apenas un remolcador en el muelle seco

mientras ella, deslumbrante viajera de seguro destino, salía del

puerto entre estruendosas sirenas y flotante confeti.

De modo que los días, esos últimos, revolotean en mi me-

moria neblinosa, otoñales, tan iguales los unos a los otros como

hojas: hasta que llegó un día completamente distinto de todos

los que he vivido.

Fue por azar el treinta de septiembre, el día de mi cumple-

años, hecho que no tuvo efecto alguno en los acontecimientos,

aparte de que, como yo estaba esperando la visita de alguna

forma de recordatorio pecuniario por parte de mi familia,

me encontraba aguardando con impaciencia la llegada del car-

tero de las mañanas. De hecho, bajé a esperarle en la calle.

Si no me hubiese encontrado haraganeando por allí, Holly no

me habría pedido que fuese con ella a montar a caballo; y, en

consecuencia, no le hubiese dado aquella oportunidad de sal-

varme la vida.

-Anda -me dijo cuando me encontró esperando al carte-

ro-. Ven conmigo al parque, alquilaremos un par de caballos.

-Se había puesto un chaquetón, tejanos y zapatillas de tenis;


se dio una palmada en el estómago, para subrayar lo plano que
lo tenía-. No creas que voy a perder al heredero. Pero es
que hay una yegua, mi queridísima Mabel Minerva... No puedo
irme sin haberme despedido de Mabel Minerva.

-¿Despedido?

-El sábado de la semana próxima. José ya ha comprado
los billetes. -Completamente en trance, dejé que me arrastrara
hasta la acera-. Haremos transbordo de avión en Miami. Luego
sobrevolaremos el mar. Y los Andes. ¡Taxi!

Sobrevolar los Andes. Mientras el taxi nos llevaba hacia
Central Park tuve la sensación de estar también yo volando, flo-
tando desoladamente sobre picos nevados, territorios peligrosos.

-Pero no deberías irte. Al fin y al cabo, para qué. Y bien, pa-
ra qué. Mira, no puedes largarte y abandonar a todo el mundo.

-No creo que nadie me eche de menos. No tengo amigos.

-Yo sí. Te echaré de menos. Y también Joe Bell. Y, oh,
habrá millones de personas que te echen de menos. Por ejem-
plo, Sally. El pobre Mr. Tomato.

-Cómo me gustaba el viejo Sally -dijo, y suspiró-. ¿Sabes
que hace todo un mes que no voy a verle? Cuando le dije que
iba a irme se portó como un ángel. De hecho -dijo, frunciendo
el ceño-, pareció encantado de que me fuera al extranjero. Dijo
que mejor que mejor. Porque tarde o temprano habría líos.
En cuanto descubriesen que yo no era su sobrina. Ese aboga-
do gordo, O'Shaughnessy, me mandó quinientos dólares. Por
si acaso. Es el regalo de bodas de Sally.

Sentí deseos de mostrarme antipático:

-También tendrás un regalo mío. Cuando se celebre la
boda, suponiendo que os caséis.
Ella se rió.
-Pues claro que se casará conmigo. Por la Iglesia. Y con toda
su familia presente. Por eso esperamos a llegar a Río para la boda.

-¿Sabe él que ya estás casada?

-¿Se puede saber qué te pasa? ¿Quieres echarme el día a
perder? Es un día precioso, no lo estropees.

-Pero sería perfectamente posible...

-No lo es. Ya te lo he dicho. Aquello no fue legal. Es im-
posible que lo fuera. -Se frotó la nariz, y me miró de sosla-
yo-. Como se lo cuentes a alguien te colgaré de los pies, te
aliñaré y te asaré como un cerdo.

Las cuadras -creo que ahora hay allí unos estudios de tele-
visión- estaban en la calle Sesenta y seis oeste. Holly eligió pa-
ra mí una vieja yegua blanca y negra de balanceante espinazo.

-No te preocupes, es más segura que la cuna de un bebé.

Lo cual, en mi caso, era una garantía imprescindible, pues
mi experiencia ecuestre no pasaba de los paseos de diez centa-
vos en pony durante las fiestas de mi infancia. Holly me ayudó
a encaramarme sobre la silla, montó luego en su propio caba-
llo, un animal plateado que se adelantó al mío en cuanto sor-
teamos el tráfico de Central Park West y entramos en el cami-
no especial para jinetes, moteado por las hojas que la brisa
hacía bailar en el aire.

-¿Lo ves? -gritó ella-, ¡Es fantástico!

Y de repente lo fue. De repente, mientras miraba el cente-
lleo del multicolor cabello de Holly a la luz amarillo rojiza que
filtraban las hojas, la amé tanto como para olvidarme de mí
mismo, de mis autocompasivas desesperaciones, y contentar-
me pensando que iba a ocurrir una cosa que a ella la hacía
feliz. Los caballos adoptaron un trote suave, comenzaron a sal-
picamos, a fustigamos el rostro olas de viento, fuimos sucesi-
vamente zambulléndonos en charcos de sol y de sombra, y
cierto júbilo, cierta alegría de vivir intensísima se puso a brin-
car en mi interior como si me hubiese tomado una copita de
nitrógeno. Esto duró un minuto; el siguiente dio paso a la
farsa, macabramente disfrazada.

Porque de súbito, como si se tratara de una emboscada de
salvajes en la selva, una pandilla de muchachos negros surgió
de entre los matorrales y se plantó en mitad del camino. Los
chicos, soltando abucheos, maldiciones, se pusieron a tirarles
piedras a los caballos y a fustigar con palos sus grupas.

El mío, la yegua blanca y negra, se levantó sobre sus patas
traseras, gimoteó, se balanceó como un funámbulo en la cuer-


da, y luego salió disparado como un rayo por el camino, dando
tumbos que hicieron que se me salieran los pies de los estri-
bos, y dejándome así muy mal sujeto a él. Sus cascos arran-
caban chispas de la gravilla. Se inclinó el cielo. Los árboles,
un estanque con veleros de juguete, las estatuas, iban pasando
como una exhalación. Las niñeras corrían a rescatar a los críos
para salvarles de nuestra terrible carrera; los hombres, los va-
gabundos, y otras personas me gritaban: «¡Tire de las riendas!»
y «¡So, caballo, so!» y «¡Salte!». Sólo más tarde llegué a recor-
dar esas voces; en aquel momento sólo tenía conciencia de
Holly, de su veloz galopar de cowboy en pos de mí, sin jamás
llegar a alcanzarme, repitiéndome gritos de ánimo a cada mo-
mento. Sin parar: cruzamos el parque y salimos a la Quinta
Avenida: desbocada, la yegua se metió en medio del tránsito
de mediodía, por entre taxis y autobuses que giraban brusca,
chirriantemente, para esquivarme. Pasé delante de la mansión
Duke, el museo Frick, el Pierre y el Plaza. Pero Holly fue ga-
nando terreno; es más, un policía a caballo también andaba
persiguiéndome: flanqueando, uno a cada lado, a mi desboca-
da yegua, sus caballos llevaron a cabo un movimiento de pinza
que la obligó, envuelta en vapor, a detenerse. Fue entonces
cuando, por fin, me caí de la silla. Me caí, me levanté y me
quedé allí plantado, sin saber muy bien en dónde estaba. Se
formó un gran corro. El policía resopló y tomó unos datos;
luego se mostró más amable, sonrió, y dijo que ya se encarga-
ría él de que nuestros caballos fuesen devueltos a su cuadra.

Holly paró un taxi.

-¿Cómo te encuentras?

-Bien.

-Pero si no tienes pulso -dijo, palpándome la muñeca.

-Entonces, será que me he muerto.

-No seas idiota. Esto es grave. Mírame.

El problema era que no podía verla; veía, más bien, varias
Hollys, un trío de rostros sudorosos y tan empalidecidos de
preocupación que me sentí a la vez conmovido y azorado.
-De verdad. No me pasa nada. Sólo que me da vergüenza.

-¿Estás seguro? Por favor, dime la verdad. Podrías haberte
matado.
-Pero no ha sido así. Y gracias. Por salvarme la vida. Eres
maravillosa. Unica. Te amo.
-Malditó imbécil.
Me besó en la mejilla. Luego vi cuatro Hollys, y caí des-
mayado.

Aquella tarde salieron fotos de Holly en la primera plana de
la última edición del Journal-American y en las primeras edicio-
nes del Daily News y del Daily Mirror. Tanta publicidad carecía
por completo de relación con caballos desbocados. Tenía que
ver con un asunto muy diferente, tal como revelaban los titula-
res: PLAYGIRL DETENIDA EN UN ESCANDALO POR NAR-
COTRAFICO (Journal-American), ACTRIZ DETENIDA POR
CONTRABANDO DE DROGAS (Daily News), DESARTICU-
LADA UNA RED DE TRAFICANTES. LA POLICIA INTE-
RROGA A UNA JOVEN DEL GRAN MUNDO (Daily Mirror).

El News era el que publicaba la foto más impresionante:

Holly, entre dos musculosos policías, un hombre y una mujer,

en el momento de entrar en la comisaría. En aquel ambiente

tan vil, incluso su forma de vestir (seguía llevando la ropa de

montar a caballo, el chaquetón y los tejanos) hacía pensar que

se trataba de la fulana de algún gángster: y las gafas oscuras, el

pelo revuelto, y el pitillo de marca Picayune que colgaba de

sus malhumorados labios no contribuían precisamente a bo-

rrar aquella impresión. El pie de foto decía: Holly Goligbtly, de

veinte años, guapa starlet y conocida personalidad del mundillo ele-

gante, ha sido acusada por el fiscal del distrito de ser una de las

figuras clave de una banda dedicada al contrabando internacional

de drogas cuyo jefe parece ser el gángster Salvatore «Sally» Tomato.

Los inspectores Patrick Connor (izq.) y Sheilah Fezzonetti (der.) apa-

recen en la imagen conduciéndola a la comisaría de la calle Sesenta

y siete. Más información en la pág. 3. La información, acompa-

ñada por la foto de un hombre identificado como Oliver «Fa-

ther» O'Shaughnessy (que ocultaba el rostro bajo un sombrero


flexible), ocupaba tres columnas. Parcialmente condensados,
éstos son los párrafos pertinentes: Los miembros de la sociedad
elegante se quedaron hoy pasmados ante la detención de la deslum-
brante Holly Golightly, una starlet de Hollywood que cuenta veinte
años de edad y que es una de las más conocidas figuras del gran
mundo neoyorquino. A la misma hora, las dos de la tarde, la poli-
cía sorprendió a Oliver O'Shaughnessy, de cincuenta y dos años, alo-
jado en el Hotel Seabord de la calle Cuarenta y nueve oeste, cuando
salía del Hamburg Heaven de Madison Avenue. Según el fiscal del
distrito, Frank L. Donovan, ambos son figuras destacadas de una
red internacional de traficantes cuyo jefe es Salvatore «Sally» Toma-
to, el famoso führer de la mafia, que actualmente cumple en Sing
Sing una condena de cinco años por un delito de soborno político...
O'Shaughnessy, un sacerdote que colgó la sotana y que en los círcu-
los de la delincuencia es conocido por los motes de «Father» y «El
Padre», tiene un historial de detenciones que se remonta a 1934,
fecha en la que cumplió dos años de cárcel en su condición de direc-
tor de un falso manicomio, El Monasterio, instalado en Rhode Is-
land. Miss Golightly, que no tiene antecedentes penales, fue detenida
en su magnífico apartamento, situado en un barrio de lujo del East
Side... Aunque la oficina del fiscal del distrito no ha emitido aún
ningún comunicado oficial, fuentes bien informadas aseguran que la
bella actriz rubia, hasta hace poco compañera permanente del multi-
millonario Ruthetfurd Trawler, había sido el «enlace» entre Tomato
y su principal lugarteniente, O'Shaughnessy... Fingiendo ser pariente
de Tomato, Miss Golightly visitaba semanalmente, según esas fuen-
tes, la cárcel de Sing Sing, desde donde Tomato le facilitaba mensa-
jes en clave que ella transmitía luego a O'Shaughnessy. Gracias a
este correo, Tomato, de quien se dice que nació en Cefalú, Sicilia, en
1874, pudo controlar personalmente una mafia mundial dedicada
al contrabando de narcóticos, con agentes esparcidos por México,
Cuba, Sicilia, Tánger, Teherán y Dakar. Pero la oficina del fiscal
del distrito se ha negado no sólo a ampliar detalles sobre estas acu-
saciones sino también a confirmarlas.,. Avisados con antelación, un

gran número de periodistas se encontraban en la comisaría de la
calle Sesenta y siete este cuando los dos acusados han llegado allí

para prestar declaración. O'Shaughnessy, un fornido pelirrojo, se ha

negado a hablar con la prensa y le ha propinado una patada en

los riñones a uno de los fotógrafos. En cambio, Miss Golightly,

frágil y despampanante, aunque vestida como un muchacho, con va-
queros y chaquetón de cuero, no parecía en absoluto preocupada. "A
mí no me pregunten de qué diablos va todo esto" les dijo a los pe-
riodistas. "Parce-que je ne sais pas, mes chers" (Porque yo no lo
sé, amigos), añadió. «Es cierto, he visitado a Sally Tomato. Iba a
verle cada semana. ¿Acaso tiene eso algo de malo? Sally cree en
Dios, y yo también.»

Más adelante, bajo un ladillo que decía ADMITE SER
DROGADICTA: Miss Golightly sondó cuando uno de los periodis-
tas le preguntó si ella tomaba drogas. «He probado alguna vez la
marihuana. No es ni la mitad de perjudicial que el brandy. Y sale
más barata. Por desgracia, yo prefiero el brandy. No, Mr. Tomato
no me ha hablado nunca de drogas. Me enfurece que ande persi-
guiéndole todo ese atajo de desdichados. Es una persona sensible,
religiosa. Un anciano encantador.»

Hay un error especialmente grave en esta información: no
la detuvieron en su «magnífico apartamento». Fue en mi cuar-
to de baño. Yo estaba tratando de aliviar mis dolores de jinete
en una bañera llena de agua hirviendo con sales de Epsom;
Holly, como una buena enfermera, permanecía sentada en el
borde de la bañera, dispuesta a frotarme con linimento Sloan
y meterme en la cama. Llamaron a la puerta. Como no estaba
cerrada, Holly gritó «Pase». Y entró Madame Sapphia Spane-
lla, seguida por un par de inspectores vestidos de paisano, uno
de los cuales era una mujer que llevaba un par de gruesas tren-
zas rubias sujetas en lo alto de la cabeza.

-Ahí está. ¡Ella es la de la orden de busca y captura! -dijo
con voz atronadora Madame Spanella, invadiendo el baño y
alzando un dedo acusador primero contra Holly y luego con-
tra mi propia desnudez-. Ya lo ven. La muy puta.

El policía pareció azorarse, por culpa de Madame Spanella
y de la situación; pero un austero goce puso en tensión el
rostro de su colega, que dejó caer la mano sobre el hombro


de Holly y, con una voz sorprendentemente aniñada, dijo:

-Ven, chica. Tú y yo nos vamos de paseo.

A lo cual Holly le contestó, con la mayor frialdad:

-Ya puedes sacarme de encima esas manos de palurda, bo-
llera repugnante, marimacho ridículo.

Esto contribuyó a que la mujer se enfureciese todavía más:
le dio a Holly una tremenda bofetada. Tan tremenda que le
hizo volver la cara hacia el otro lado, y la botella de linimen-
to, que salió despedida, se hizo añicos contra el suelo, que fue
donde yo, que había salido corriendo de la bañera dispuesto a
echar mi cuarto a espadas en la reyerta, la pisé, y a punto es-
tuve de rebanarme los dos pulgares. Desnudo, y dejando un
rastro de huellas ensangrentadas, seguí el desarrollo de los acon-
tecimientos hasta el mismo portal de la calle.

-Y no te olvides -se las arregló Holly para pedirme mien-
tras los inspectores la empujaban escaleras abajo- de darle de
comer al gato, po r favor.

Creí, naturalmente, que Madame Spanella tenía toda la
culpa: no era la primera vez que reclamaba la presencia de las
autoridades para quejarse de Holly. No se me ocurrió que el
asunto pudiera tener dimensiones mucho más calamitosas hasta
que, por la tarde, apareció Joe Bell blandiendo los periódicos.
Estaba demasiado nervioso para hablar con sensatez; mientras
yo leía las informaciones, estuvo armando jaleo en mi habita-
ción, golpeándose un puño contra el otro.

Hasta que por fin dijo:

-¿Crees que es verdad? ¿Es posible que estuviera mezclada

en un asunto tan repugnante?

-Pues sí.

Se metió una pastilla digestiva en la boca y, lanzándome

una mirada llameante, se puso a masticarla como si estuviera

triturando mis huesos.

-¿No te da vergüenza? Y decías que eras amigo suyo. ¡Hijo

de puta!

-Eh, espera un momento. No he dicho que estuviera mez-

clada en eso a sabiendas. Ella no lo sabía. Pero es cierto que
lo hacía. Transmitía mensajes y qué se yo qué más...

-Así que te lo tomas con toda la calma del mundo, ¿eh?
-dijo él-. Joder, pero si podrían caerle diez años. O más. -Me
arrancó los periódicos de las manos-. Tú conoces a sus ami-
gos. Los ricachones ésos. Baja conmigo al bar. Empezaremos a
telefonear. Nuestra amiga necesitará uno de esos abogados tram-
posos de postín, y no creo que a mí me alcance para pagarle.

Me encontraba tan dolorido y tembloroso que no hubiera
sido capaz de vestirme solo; tuvo que ayudarme Joe Bell. Una
vez en su bar, me empujó hasta el teléfono, provisto de un
martini triple y una copa de brandy repleta de monedas. Pero
no se me ocurría a quién recurrir. José estaba en Washington,
y yo no tenía ni la más remota idea de dónde localizarle allí.
¿Y Rusty Trawler? ¡Ni pensarlo, era un cabrón! Pero ¿qué
otros amigos de Holly conocía? Quizá ella había tenido razón
al decir que no tenía ninguno, ningún amigo de verdad.

Puse una conferencia con Crestview 5-6958, de Beverly
Hills, el número en el que me había dicho que podría locali-
zar a O. J. Berman. La persona que contestó dijo que a Mr.
Berman le estaban dando un masaje y que no se le podía mo-
lestar, que lo sentía y que probara más tarde. Joe Bell se puso
hecho una furia, me dijo que tendría que haber dicho que era
un asunto de vida o muerte; y se empeñó en que llamara a
Rusty. Hablé primero con el mayordomo de Mr. Trawler: Mr.
y Mrs. Trawler, me comunicó, estaban cenando, ¿quería que
les transmitiera algún recado? Joe Bell gritó en el auricular:

-Esto es urgente, jefe. De vida o muerte.

El resultado fue que me encontré hablando con, o, mejor
dicho, escuchando a, la chica que de soltera se había llamado
Mag Wildwood:

-¿Estás chiflado? -me preguntó-. Mi marido y yo deman-
daremos, y te lo digo en serio, a cualquiera que trate de rela-
cionar nuestros nombres con esa as-asquerosa, con esa de-
degenerada. Siempre supe que era una dro-drogota con menos
sentido ético que una perra en celo. Debería estar en la cárcel.


Y mi esposo está completamente de acuerdo conmigo. Deman-
daremos, te lo aseguro, a cualquiera que...

Mientras colgaba, me acordé de Doc, allá en Tulip, estado
de Texas. Pero no, a Holly no le gustaría que le llamase, me
mataría.

Volví a marcar el número de California; las líneas estaban
ocupadas, siguieron estándolo, y para cuando O. J. Berman se
puso al teléfono, me había tomado tantos martinis que tuvo
que preguntarme por qué le llamaba:

-Es por lo de la niña, ¿no? Ya me he enterado. Ya he ha-
blado con Iggy Fitelstein. Iggy es el mejor picapleitos de Nueva
York. Le he dicho que cuide de ella, que me mande la minu-
ta, pero que no mencione mi nombre, entiendes. Bueno, estoy
un poco en deuda con la niña. Aunque, si vamos a eso, tam-
poco es que le deba nada. Está loca. Es una farsante. Pero una
farsante auténtica, ¿lo recuerdas? En fin, sólo pedían diez mil
de fianza. No te preocupes, Iggy la sacará esta noche. No me
extrañaría que ya estuviese en casa.

Pero no lo estaba; tampoco había regresado a la mañana
siguiente, cuando bajé a darle de comer al gato. Como no tenía
la llave de su apartamento, bajé por la escalera de incendios y
me colé por una ventana. El gato estaba en el dormitorio, y
no se encontraba solo: había también un hombre agachado jun-
to a una maleta. Pensando los dos que el otro era un ladrón,
cruzamos sendas miradas inquietas en el momento en que yo
entraba por la ventana. Era un joven de rostro agradado y pelo
engominado que se parecía a José; es más, la maleta que estaba
preparando contenía la ropa que José solía tener en casa de
Holly, todos aquellos zapatos y trajes que solían provocar las
protestas de ella, pues siempre tenía que estar enviándolos a
arreglar y limpiar. Convencido de que así era, le pregunté:

-¿Le ha enviado Mr. Ybarra-Jaegar?

-Soy el primo -dijo, con una sonrisa cautelosa y un acen-
to meramente comprensible.

-¿Dónde está José?

El repitió la pregunta, como si la estuviera traduciendo a
otro idioma.

-¡Ah! ¡Dónde está ella! Ella espera -dijo y, como si con
esto me hubiera despedido, reanudó sus actividades de ayuda
de cámara.

De modo que el diplomático tenía intención de esfumarse.
Bueno, no me sorprendía; ni tampoco lo lamenté en lo más
mínimo. Pero qué decepción.

-Merecería que le azotaran con una fusta.

El primo soltó una sonrisilla boba, estoy seguro de que me
entendió. A continuación cerró la maleta y se sacó una carta
del bolsillo:

-Mi primo, ella me pide que deje esto para su amiga. ¿Hará
usted el favor?

En el sobre había garabateado: Para Miss H. Golightly.

Me senté en la cama de Holly, abracé su gato contra mí, y
sentí por ella tanta, tantísima pena como la que ella podía estar
sintiendo por sí misma.
-Sí, le haré el favor.

Y se lo hice: sin el menor deseo de hacérselo. Pero no tuve
valor para romper la carta; ni la fuerza de voluntad suficiente
como para guardármela en el bolsillo cuando Holly preguntó,
en tono muy poco seguro, si, por casualidad, me había llega-
do alguna noticia de José. Esto ocurrió al cabo de dos días,
por la mañana; yo estaba sentado junto a su cama en una ha-
bitación que olía a yodo y bacinillas, una habitación de hospi-
tal. Se encontraba allí desde la noche de su detención.

-Pues, chico -me saludó cuando me acerqué de puntillas,
con un cartón de Picayune y un ramito de violetas frescas de
otoño-, me quedé sin mi heredero.

Con su pelo vainilla peinado hacia atrás y sus ojos, des-
provistos por una vez de las gafas oscuras, transparentes como
agua de lluvia, parecía que no tuviese ni doce años: no daba
la sensación de que hubiese estado tan grave.

Pero era cierto:


-Señor, por poco la palmo. En serio, esa gorda casi me
mata. Menudo escándalo que armó. Me parece que no llegué
a hablarte de la gorda. A1 fin y al cabo, ni yo misma la conocí
hasta después de que muriese mi hermano. Estaba justo pen-
sando dónde estaría Fred, qué significaba eso de que hubiese
muerto; y entonces la vi, estaba conmigo en la habitación, y
tenía a Fred en sus brazos, acunándole, la muy puta, la malea
en persona meciéndose con Fred en su regazo, y riendo como
toda una banda de música, ¡Cómo se burlaba de mí! Pero eso
es lo que nos aguarda a todos, amigo mío: esa comediante que
espera para darnos la bronca. ¿Entiendes ahora por qué enlo-
quecí y me puse a romperlo todo?

Aparte del abogado que contrató O. J. Berman, yo era la
única visita autorizada. Holly compartía su habitación con otros
pacientes, un trío de mujeres que parecían trillizas y me exami-
naban con un interés que, sin ser enemistoso, era absolutamente
concentrado; estaban siempre susurrando entre ellas en italiano.

-Creen que eres mi pervertidor. El tipo que me llevó por el
mal camino -me explicó Holly. Y cuando le sugerí que las
sacara de su error, replicó-: Imposible. No saben inglés. De
todos modos, no me gustaría echarles a perder su diversión.

Fue entonces cuando me preguntó por José.

En cuanto vio la carta se puso a bizquear, se le arquearon
los labios en una sonrisilla de entereza que la avejentó incon-
mensurablemente.

-¿Te importaría -me dijo-abrir ese cajón y darme mi
bolso? Para leer esta clase de cartas hay que llevar los labios
pintados.

Guiándose con el espejito de la polvera, se empolvó y se
pintó hasta borrar todo vestigio de su rostro de niña de doce
años. Usó un lápiz para los labios, y otro para colorearse las
mejillas. Se marcó los bordes de los ojos, sombreó de azul sus
párpados, se roció el cuello con 4711; se adornó las orejas con
perlas y se puso las gafas oscuras; provista de esta armadura, y
tras un insatisfactorio repaso al descuidado aspecto de su ma-
nicura, rasgó el sobre y leyó la carta de un tirón. Su pétrea

sonrisilla fue empequeñeciéndose y endureciéndose por mo-
mentos. Al final me pidió un Picayune.

-Qué fuerte. Pero está divino -me dijo, después de dar
una calada; y, entregándome la carta, añadió-: Quizá te sirva,
si alguna vez escribes alguna historia de amores repugnantes.
No seas avaricioso: léela en voz alta. Quiero oírla.

Empezaba así:

«Queridísima pequeña .....

Holly me interrumpió inmediatamente. Quería saber qué

opinión me merecía su letra. No me merecía ninguna; una letra
apretada, muy legible, en absoluto excéntrica.
-Es clavada a él. Abotonada hasta el cuello y restreñida
-declaró Holly-. Sigue.

«Queridísima pequeña:

»Te he amado a sabiendas de que no eres como las demás.
Pero piensa en la desesperación que habré sentido al descubrir
de forma tan brutal y pública lo diferente que eras de la clase de
mujer que un hombre de mi religión y mi carrera necesita
como esposa. Lamento sincera y profundamente la desdicha de
las circunstancias en las que ahora te encuentras, y mi corazón
no es capaz de añadir mi propia condena a la condena que te
rodea. Tengo que proteger mi familia, y mi nombre, y cada
vez que están en juego esas instituciones me convierto en un
cobarde. Olvídame, bella chiquilla. Ya no vivo aquí. Me he
vuelto a casa. Pero que Dios siga siempre contigo y con tu
hijo. Que Dios no se porte tan mal como José.»

-¿Y bien?

-En cierto modo parece una carta muy honesta. Y hasta

conmovedora.

-¿Conmovedora? ¡Toda esa sarta de mentiras acojonadas!

-Pero al menos reconoce que es cobarde; y, desde su punto

de vista, tendrías que comprender...

Holly no quiso admitir que comprendía nada; su rostro,

no obstante, a pesar de su disfraz cosmético, lo confesaba.

-De acuerdo, tiene motivos para ser una rata. Una rata ta-

maño gigante, a lo King Kong, igual que Rusty. O que Benny


Schacklett. Pero, qué caray, maldita sea -dijo, llevándose todo

el puño a la boca como un crío con una rabieta-, yo le que-

ría. Quería a esa rata.

El trío de italianas imaginó que aquello era una crise amo-

rosa y, atribuyendo las quejas de Holly al motivo que según

ellas la causaba, me sacaron la lengua. Me sentí adulado: or-

gulloso de que alguien creyese que yo le importaba tanto a

Holly. Cuando le ofrecí otro pitillo se tranquilizó un poco.

Tragó el humo y me dijo:

-Bendito seas, chico. Y bendito seas por ser tan mal jine-

te. Si no hubiese tenido que hacer de Calamity Jane, ahora

estaría esperando que me trajesen la comida en alguna residen-

cia para madres solteras. Gracias al exceso de ejercicio, eso se

acabó. Pero he acojonado a todo el departamento de policía

porque les dije que fue por culpa de la bofetada que me pegó

Miss Bollera. Sí, señor, puedo demandarles por varios cargos,

entre ellos el de detención indebida.

Hasta ese momento habíamos evitado toda mención de sus

más siniestras tribulaciones, y esta alusión en tono humorísti-
co me pareció descorazonadora, patética, en la medida en que
revelaba de forma definitiva su incapacidad para hacerse cargo
de la negra realidad que la aguardaba.

-Mira, Holly -dije, pensando: sé fuerte, maduro, como un
tío suyo-. Mira, Holly. No podemos hacer como si esto fuera
un chiste. Hemos de idear algún plan.

-Eres demasiado joven para adoptar esos aires de serie-
dad. Demasiado bajito. Y, por cierto, y ¿a ti qué te importa lo
que me pase a mí?

-Podría no importarme. Pero eres amiga mía, y estoy preo-
cupado. Quiero averiguar qué piensas hacer.

Ella se frotó la nariz, y concentró la mirada en el techo.

-Hoy es miércoles, ¿no? Pues supongo que dormiré hasta
el sábado, pienso concederme un buen schluffen. El sábado por
la mañana pasaré un momento por el banco. Luego iré a casa,
recogeré un par de camisones y mi Mainbocher.1 Tras lo cual,

1. Un vestido diseñado por el modisto Mainbocher. (N. del T.)
pasaré por Idlewild. Como sabes, me espera allí una magnífica
reserva para un magnífico avión. Y, siendo como eres un buen
amigo, tú vendrás a despedirme. Deja de decir que no con la
cabeza, por favor.

-Holly, Holly. No deberías hacer nada de eso.

-Et pourquoi pas? No voy a ir corriendo en pos de José, si
es eso lo que temes. De acuerdo con mi censo, José es un sim-
ple ciudadano del limbo. Pero ¿por qué desperdiciar un bille-
te tan magnífico, y que ya está pagado? Además, no he estado
nunca en Brasil.

-¿Se puede saber qué clase de píldoras han estado sumi-
nistrándote aquí? ¿No comprendes que estás pendiente de una
grave acusación? Si te pillan saltándote las normas de la fianza
a la torera, te encerrarán y luego tirarán la llave. Y aunque no
te pillen, jamás podrás regresar a tu país.

-Bien, y qué, aguafiestas. De todas maneras, tu país es aquél
en donde te sientes a gusto. Y aún estoy buscándolo.
-No, Holly, es una estupidez. Eres inocente. Tienes que
aguantar hasta que esto acabe.

Me dijo «Ra, ra, ra», y me sopló el humo a la cara. No
obstante, había conseguido impresionarla; sus ojos estaban di-
latados por visiones de desdicha, al igual que los míos: celdas
de hierro, pasillos de acero en los que iban cerrándose sucesi-
vas puertas.

-No te jode -dijo, y aplastó el pitillo con rabia-. Tengo
bastantes probabilidades de que no me pillen. Sobre todo si
tú mantienes la bouche fermée. Mira, guapo, no me subvalores.
-Apoyó su mano en la mía y me la apretó con repentina e
inmensa sinceridad-. No tengo mucho en donde elegir. Lo he
hablado con el abogado; bueno, a él no le dije nada de lo de
Río, sería capaz de avisar él mismo a la bofia antes que perder
sus honorarios, y toda la pasta que O. J. Berman tuvo que poner
para la fianza. Bendito sea O. J.; pero una vez, en la costa del
Pacífico, le ayudé con más de diez mil en una mano de póquer:
estamos empatados. No, en realidad el problema es éste: lo
único que la bofia quiere de mí es que les sirva gratis un par
de presas, y que les preste mis servicios como testigo de la
acusación contra Sally. Nadie piensa juzgarme a mí, no tienen
ni la más mínima posibilidad de condenarme. Mira, guapito,
quizá esté podrida hasta el fondo mismo de mi, corazón, pero
no estoy dispuesta a dar testimonio contra un amigo. No pien-
so hacerlo, aunque logren demostrar que Sally dopó a una
monja. Trato a las personas como ellas me tratan a mí, y el
viejo Sally, de acuerdo, no fue del todo sincero conmigo, di-
g amos que se aprovechó un poco de mí, pero de todos modos
sigue siendo un buen tipo, y prefiero que esa policía gorda me

secuestre antes que ayudar a que esos leguleyos fastidien a Sally.
-Alzando el espejo de la polvera frente a su rostro, y arreglán-
dose el carmín con un pañuelo arrugado, prosiguió-: Y, para
serte sincera, eso no es todo. Hay cierto tipo de focos que son
muy perjudiciales para la tez de una chica. Aunque el jurado
me otorgara el título del Corazón Más Generoso del Año, en
este barrio no tendría futuro: me cerrarían igualmente las puer-
tas de todos los sitios, desde La Rue hasta el Perona's Bar and
Grill. Créeme, me recibirían tan bien como a la peste. Y si
tuvieras que vivir del tipo de talento que tengo yo, cariño, com-
prenderías muy bien a qué clase de bancarrota estoy refirién-
dome. En absoluto, no me hace ninguna gracia una escena final
en la que yo apareciese bailando un agarrado en el Roseland1
con algún patán del West Side, mientras la elegante señora de
Trawler pasea su tartamudeo por Tiffany's. No lo soportaría.
Prefiero enfrentarme a la gorda.

Una enfermera, que se coló sigilosamente en la habitación,
me dijo que la hora de visita se había terminado. Holly co-
menzó a quejarse, pero no pudo seguir porque le metieron un
termómetro en la boca. Pero, cuando yo me despedí, se lo
quitó para decirme:

-Hazme un favor, anda. Llama al New York Times o a

1. El Roseland era uno de los más populares salones de baile en la época
del swing. Entre sus atracciones destacaba la presencia de las dance-hostess, se-
ñoritas que, a cambio de una módica cantidad, accedían a bailar con todo
aquel que se lo propusiera. (N. del T.)
donde haya que llamar, y consígueme una lista de los cincuen-
ta hombres más ricos del Brasil: da igual la raza o el color.
Otro favor: busca en mi apartamento esa medalla que me diste,
y no pares hasta encontrarla. La de San Cristóbal. La necesita-
ré para el viaje.

La noche del viernes el cielo estaba rojo, tronaba, y el sá-
bado, fecha de la partida, la ciudad entera zozobraba bajo una
verdadera tempestad marina. No hubiera sido de extrañar que
apareciesen tiburones nadando por el cielo, pero parecía im-
probable que ningún avión consiguiera atravesarlo.

Pero Holly, haciendo caso omiso de mi animado conven-
cimiento de que el vuelo no despegaría, siguió haciendo sus
preparativos, aunque debo añadir que la mayor parte de esa
carga la hizo recaer sobre mis hombros. Porque había decidi-
do que no sería prudente de su parte acercarse siquiera al edi-
ficio de piedra arenisca. Y tenía toda la razón: estaba vigilado,
no se sabía si por policías, reporteros u otros posibles interesa-
dos: había, simplemente, algún hombre, a veces varios, ron-
dando siempre por allí. De modo que Holly se fue directa-
mente del hospital a un banco, y luego al bar de Joe Bell.

-Cree que no la han seguido -me dijo Joe Bell cuando
llegó con el recado de que Holly quería que me reuniese allí
con ella lo antes posible, al cabo de media hora como
máximo, cargado con-: Las joyas. La guitarra. Cepillo de
dientes y todo eso. Y una botella de un brandy de hace cien
años, dice que la encontrarás escondida en el fondo del cesto
de la ropa sucia. Sí, ah, y el gato. Quiere el gato. Aunque,
diablos -dijo-, no estoy muy seguro de que esté bien que la
ayudemos. Habría que protegerla de sí misma. A mí me
vienen ganas de decírselo a la poli. Podría volver al bar y
darle unas cuantas copas, a lo mejor la emborracho lo
suficiente como para que se quede.

A trompicones, subiendo y bajando a toda velocidad la es-

calera de incendios entre su apartamento y el mío, azotado por

el viento y calado hasta los huesos (y también arañado hasta


esos mismos huesos, porque al gato no le gustó la idea de la
evacuación, sobre todo con un tiempo tan inclemente) me las
arreglé para reunir con notable eficacia las pertenencias que
Holly quería llevarse. Incluso encontré la medalla de San Cris-
tóbal. Lo amontoné todo en el suelo de mi habitación hasta
construir una conmovedora pirámide de sujetadores y zapati-
llas y fruslerías, que luego metí en la única maleta que Holly
poseía. Introduje los montones de cosas que no cupieron allí
en bolsas de papel de las de la tienda de comestibles. No se
me ocurría cómo llevar el gato, hasta que decidí hundirlo en
una funda de almohada.

No importa ahora el porqué, pero en una ocasión me re-
corrí a pie todo el camino que va desde Nueva Orleans hasta
Nancy's Landing (Mississippi), casi ochocientos kilómetros.
Pues bien, aquello fue una nadería en comparación con el viaje
hasta el bar de Joe Bell. La guitarra se llenó de lluvia, la lluvia
ablandó las bolsas de papel, las bolsas se rompieron y se de-
rramó el perfume por la acera y las perlas cayeron rodando en
las alcantarillas, y todo eso mientras el viento me empujaba y
el gato lanzaba arañazos y maullidos; pero lo peor de todo era
que tenía muchísimo miedo: yo era tan cobarde como José;
me parecía que aquellas calles batidas por la tempestad se en-
contraban infestadas de presencias invisibles que de un mo-
mento a otro me atraparían, me encarcelarían por estar ayu-
dando a una delincuente.

-Llegas tarde, chico -dijo la delincuente-. ¿Has traído el
brandy?

Y el gato, una vez en libertad, saltó y se instaló sobre su
hombro, desde donde comenzó a balancear la cola como si se
tratase de una batuta dirigiendo alguna rapsodia. También
Holly parecía habitada por cierta melodía, airoso chumpachum-
pachum de bon voyage. Abrió la botella de brandy y me dijo:

-Tenía que haber formado parte de mi ajuar de novia. Mi
idea era pegarle un trago en cada aniversario. Gracias a Dios,
jamás llegué a comprarme el baúl donde meterlo todo. Mr.
Bell, tres copas.

-Sólo harán falta dos -le dijo él-. No pienso beber por el
éxito de esta locura.

Cuanto más trataba ella de camelarle («Ay, Mr. Bell. No
todos los días desaparece la dama. 1 ¿Seguro que no quiere brin-
dar por ella?»), de peor humor iba poniéndose él:

-No pienso participar en nada de esto. Si piensa irse al in-
fierno, tendrá que hacerlo sin mi ayuda.

Una afirmación, por cierto, inexacta: pues al cabo de unos
segundos de haberla pronunciado frenó delante del bar una
limousine con chófer, y Holly, la primera que se fijó, dejó su
copa en la barra y enarcó las cejas como si creyese que iba a
apearse el fiscal del distrito en persona. Lo mismo me ocurrió
a mí. Y cuando vi que Joe Bell se azoraba no tuve más reme-
dio que pensar, Santo Dios, de modo que sí ha llamado a la
policía. Hasta que, con las orejas al rojo, anunció:

-No os preocupéis. Sólo es uno de esos Cadillac de la
Carey. Lo he alquilado yo. Para que la lleve al aeropuerto.

Nos dio la espalda y se puso a manipular uno de sus ramos.

-Tenga la amabilidad, querido Mr. Bell -le dijo Holly-.
Vuélvase a mirarme.
El se negó a hacerlo. Sacó las flores del jarrón y se las tiró
a Holly; pero falló el blanco, y se esparcieron por el suelo.

-Adiós -dijo Joe Bell; y, como si estuviera a punto de vo-
mitar, se escabulló en dirección al retrete de caballeros. Oímos
correr el cerrojo.

El chófer de la Carey era un espécimen con mucho mundo
que aceptó nuestro chapucero equipaje de la forma más cor-
tés, y que mantuvo su expresión pétrea cuando, mientras la
limousine se deslizaba hacia la parte alta de la ciudad bajo una
lluvia no tan torrencial como antes, Holly se desnudó de la
ropa de montar a caballo que aún no había tenido oportuni-
dad de cambiarse, y logró ponerse con no pocas contorsiones
un ajustado vestido negro. No dijimos nada: hablar nos habría

1. El original contiene una referencia al título The Lady Vanishes (Alarma
en el expreso), película dirigida por Alfred Hitchcock en 1938. (N. del T.)

conducido a discutir; y, por otro lado, Holly parecía demasia-
do preocupada como para sostener una conversación. Tarareó
para sí, dio algunos tragos de brandy, estuvo acercándose una
y otra vez a la ventanilla para mirar afuera, como si buscara
unas señas; o, según acabé deduciendo, para llevarse una últi-
ma impresión de unos escenarios que quería recordar. Pero no
lo hacía por ninguna de esas dos cosas. Sino por esta otra:

-Pare aquí -le ordenó al chófer, y nos detuvimos junto a
la acera de una calle del Harlem latino. Un barrio salvaje, chi-
llón, triste, adornado con las guirnaldas de grandes retratos de
estrellas de cine y vírgenes. El viento barría los desperdicios,
pieles de fruta y periódicos putrefactos, porque aún silbaba el
viento, aunque la lluvia había amainado y se abrían estallidos
de azul en el cielo.

Holly bajó del coche, llevándonse consigo al gato. Acu-
nándolo, le rascó la cabeza y preguntó:

-¿Qué te parece? Creo que éste es un lugar adecuado para
alguien tan duro como tú. Cubos de basura. Ratas a porrillo.
Montones de gatos con los que formar pandillas. Así que sal
zumbando -dijo, y le dejó caer al suelo; y como él se negó a
alejarse, y prefirió permanecer allí, con su cabeza de criminal
vuelta hacia ella e interrogándola con sus amarillentos ojos de
pirata, Holly dio una patada en el suelo-: ¡Te he dicho que te
largues!

El gato se frotó contra su pierna.

-¡ Te digo que te largues por ahí a tomar por...! -gritó
Holly, y entró en el coche de un salto, cerró de un portazo y
dijo-: Vámonos. Vámonos.

Me quedé pasmado.

-La verdad es que lo eres. Eres una mala puta.

Recorrimos toda una manzana antes de que contestase.

-Ya te lo había contado. Nos encontramos un día junto al
río, y ya está. Los dos somos independientes. Nunca nos ha-
bíamos prometido nada. Nunca... -dijo, y se le quebró la voz,
le dió un tic, y una blancura de inválida hizo presa de su
rostro. El coche había parado porque el semáforo estaba en

rojo. Abrió de golpe la puerta y se puso a correr calle abajo.
Yo corrí tras ella.

Pero el gato no estaba en la esquina donde le habían deja-
do. No había nadie, absolutamente nadie en toda la calle, apar-
te de un borracho que estaba meando y un par de monjas ne-
gras que apacentaban un rebaño de niños que cantaban dulce-
mente. Salieron más niños de algunos portales, y algunas
mujeres se asomaron a sus ventanas para ver las carreras de
Holly, que corría de un lado para otro gritando:

-Eh, gato. Oye, tú. ¿Dónde te has metido? Ven, gato.

Siguió así hasta que un chico con muchos granos en la
cara se adelantó hacia ella con un viejo gato agarrado de los
pelos del cuello:

-¿Quiere un gato bonito, señora? Se lo doy por un dólar.

La limousine nos había seguido. Por fin Holly me dejó que
la llevara hacia el coche. Junto a la puerta todavía dudó; miró
por encima de mi hombro, por encima del chico que seguía
ofreciéndole su gato («Medio dólar. ¿Lo quiere por veinticinco
centavos? Veinticinco centavos no es tanto»), hasta que se es-
tremeció y tuvo que agarrarse a mi brazo para no caer.

-Joder. Eramos el uno del otro. Era mío.

Le dije que yo volvería a buscarlo.

-Y cuidaré de él. Te lo prometo.

Ella sonrió: aquella nueva sonrisa, apenas una muequecilla
desprovista de alegría.

-Pero ¿y yo? -dijo, susurró, y volvió a estremecerse-.
Tengo mucho miedo, chico. Sí, por fin. Porque eso podría se-
guir así eternamente. Eso de no saber que una cosa es tuya
hasta que la tiras. La malea no es nada. La mujer gorda tam-
poco. Eso otro, eso sí, tengo la boca tan reseca que sería inca-
paz de escupir aunque me fuera en ello la vida. -Subió al
coche, se hundió en el asiento-. Disculpe, chófer. Vámonos.

DESAPARECE LA CHICA DE TOMATO. Y: SE TEME
QUE LA ACTRIZ COMPLICADA EN EL CASO DE LOS
TRAFICANTES HAYA SIDO VICTIMA DE LA MAFIA. Sin
embargo, pasado algún tiempo la prensa informó: APARECE
EN RIO LA PISTA DE LA ACTRIZ DESAPARECIDA.

Las autoridades norteamericanas no hicieron, al parecer, ningún es-
fuerzo por recobrarla, y el caso fue perdiendo importancia hasta
quedar reducido a alguna que otra mención en las columnas
de cotilleo; como gran noticia, sólo resucitó una vez: por Na-
vidad, pues Sally Tomato murió de un ataque cardíaco en Sing
Sing. Transcurrieron los meses, todo un invierno, sin que me
llegara ni una sola palabra de Holly. El propietario del edifi-
cio de piedra arenisca vendió las pertenencias que ella había
abandonado: la cama de satén blanco, el tapiz, sus preciosos
sillones góticos; un nuevo arrendatario alquiló el apartamento,
se llamaba Quaintance Smith y reunía en sus fiestas un núme-
ro de caballeros ruidosos tan elevado como Holly en sus me-
jores tiempos, pero en este caso Madame Spanella no puso ob-
jeciones, es más, idolatraba al jovencito, y le proporcionaba
un filet mignon cada vez que aparecía con un ojo a la funerala.
Pero en primavera llegó una postal: «Brasil resultó bestial, pero
Buenos Aires es aún mejor. No es Tiffany's, pero casi. Tengo pega-
do a la cadera a un «Señor» divino. ¿Amor? Creo que sí. En fin,
busco algún lugar adonde irme a vivir (el Señor tiene esposa, y siete
mocosos) y te daré la dirección en cuanto la sepa. Mille tendresses.»
Pero la dirección, suponiendo que llegase a haberla, jamás me
fue remitida, lo cual me entristeció, tenía muchísimas cosas que
decirle: vendí dos cuentos, leí que los Trawler habían presenta-
do sendas demandas de divorcio, estaba a punto de mudarme
a otro lugar porque la casa de piedra arenisca estaba embruja-
da. Pero, sobre todo, quería hablarle de su gato. Había cum-
plido mi promesa; le había encontrado. Me costó semanas de
rondar, a la salida del trabajo, por todas aquellas calles del Har-
lem latino, y hubo muchas falsas alarmas: destellos de pelaje
atigrado que, una vez inspeccionados detenidamente, no eran
suyos. Pero un día, una fría tarde soleada de invierno, apare-
ció. Flanqueado de macetas con flores y enmarcado por lim-
pios visillos de encaje, le encontré sentado en la ventana de
una habitación de aspecto caldeado: me pregunté cuál era su
nombre, porque seguro que ahora ya lo tenía, seguro que había
llegado a un sitio que podía considerar como su casa. Y, sea
lo que sea, tanto si se trata de una choza africana como de
cualquier otra cosa, confío en que también Holly la haya en-
contrado.




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