MI AMIGO MOZART Esther Suárez Durán

MI AMIGO MOZART
Esther Suárez Durán





PERSONAJES
Escritor
Tía
Tío
Maestro
Camarero
Mozart 1
Mozart 2
Mozart 3
Bastián
Bastiana
Colás
Fígaro
Susana
Conde
Condesa
Don Juan
Fantasma del Comendador


La acción se desarrolla en el escenario de un teatro para niños. Transcurre en tres
planos: el primero corresponde a los actores que trabajan “en vivo”; en el segundo
--compuesto por uno o más retablos de alturas distintas--, actúan los personajes
representados por muñecos, mientras el tercero está demarcado por la pantalla de
sombras.
Por la escena aparecen diseminados diversos elementos teatrales, entre ellos una
percha, de donde cuelgan una espada y una manta. En otra zona del escenario está
ubicada una mesa de tamaño mediano con cuatro pequeños bancos.
El Escritor escribe afanosamente a máquina -- puede elaborarse una banda sonora con
el sonido de varias máquinas de escribir--. De vez en vez saca la cuartilla y la desecha,
coloca otra en su lugar y escribe de nuevo.
Se escucha un tema que identifica la programación televisiva en tanto aparece un
televisor en escena. De su pantalla emerge el locutor.
Locutor de TV: Buenas tardes, amables televidentes. Ahora, las noticias.
Este año el mundo entero conmemora el bicentenario de la muerte de Wolfgang
Amadeo Mozart, un genio de la música. De ahí que exhortemos a todos los escritores
del país a escribir una serie sobre la vida de Mozart para la televisión.

Escritor: (Al locutor.) Gracias, pero no puedo. Intento escribir una obra sobre Mozart...
para el teatro.
Locutor de TV: (Asombrado.) ¡¿Para el teatro?! ¿Usted está loco? ¿Y por qué mejor no
escribe para la televisión? El teatro jamás puede ser comparado con ella. Piense en el
número de televidentes que disfrutará de su obra. ¡Millones!, en cambio, ¿cuántas
personas caben en un teatro?
El escritor opera el control remoto y apaga el televisor.
Aparece en escena un receptor de radio. Se escucha el sonido de estática propio de este
medio de difusión. A continuación, la voz del Locutor. El aparato de radio se anima.
Locutor de radio: (Con la dinámica propia del discurso radial.) ¡Buenas tardes,
amables radioescuchas! De nuevo en su compañía, esta vez con una información
especial para ustedes. Se trata de Mozart. Este año, los habitantes del planeta
conmemoramos los doscientos años de la desaparición física de Wolfgang Amadeo
Mozart, uno de los grandes de la música, y queremos comunicarnos por este medio con
todos los escritores del país para solicitarles que escriban una radionovela sobre él.
Escritor: No puedo, gracias. Quiero escribir sobre Mozart, pero será una obra de teatro.
El receptor de radio se anima nuevamente.
Locutor de radio: ¡¿Teatro ha dicho?! Amigo, ¿por qué no escribe mejor para la radio?
La radio entra en todas las casas. ¿Quién cree usted que va a ir al teatro a ver su obra?
El Escritor lo apaga de un golpe. Sigue escribiendo. Por la platea aparece un equipo de
filmación con luces, micrófono, cámara y claqueta. El Ayudante hace sonar la última.
Iluminan a los espectadores, la cámara hace tomas de ellos.
Director de cine: ¿Qué tal? Somos del cine. Como ustedes ya saben este año se cumplen
dos siglos de la muerte de Mozart. Estamos buscando un escritor que nos prepare el
guión para hacer una película sobre él. ¿Saben ustedes si por aquí hay alguno?
Los niños del público deben señalar al Escritor que permanece en el escenario. El
Escritor se cubre de las luces que caen ahora despiadadamente sobre él.
Director: ¿Cómo le va, amigo? (Le da la mano calurosamente.) Buscamos un escritor
para una película sobre Mozart. ¿Qué nos dice?
Escritor: Lo siento. No quiero escribir para el cine, sino para el teatro. Quiero hacer con
Mozart una maravillosa obra de teatro.

El Ayudante hace sonar la claqueta.

Director: ¿Teatro, dices? (A los miembros del equipo y al público.) ¿Ustedes han oído?
Dijo: ¡Teatro! (Al Escritor.) Pero, amigo, recapacite. El cine es el arte del siglo XX, del
XXI, ¡del XXV! En el cine se puede hacer ¡todo! Y las imágenes se ven ¡así de grandes!
(Se apoya con gestos.) Además, si hace una obra para el cine podrá ser vista en todas las
provincias, en todos los países, ¡en todos los planetas!
El Ayudante suena la claqueta.
Escritor: Yo amo el teatro.
El Ayudante suena la claqueta.
Director: Ustedes, los del teatro, ¡son incorregibles! (Saliendo de la sala.Proyecta.) Si
cambia de idea, sabe donde encontrarnos.
Mientras se retiran, el Ayudante, suena repetidas veces la claqueta.
Escritor: (Al público.) Amo el teatro. Aquí los personajes aparecen y uno los ve, los
oye, y hasta los podría tocar si quisiera porque están ahí mismo, muy cerquita de uno.
Yo soy un Escritor de Teatro. Todo lo que tengo que hacer es concentrarme,
imaginarme cómo serán mis personajes y ellos comienzan a moverse por el escenario.
Así de lindo es mi oficio. Todo lo que imagino... (chasquea los dedos) aparece en
escena. Claro que eso también es una cosa muy seria. Una gran responsabilidad. Y en el
caso de Mozart tengo que estudiar mucho, investigar sobre él, para poder imaginarlo
tal cuál era, si no, corro el riesgo de presentar ante ustedes un Mozart que no existió.
¡Ay, y sobre Mozart hay tantas historias distintas y tanta confusión!... Porque, además,
él vivió en Austria hace ¡dos siglos! Todos aquellos que lo conocieron ya no están. Sólo
quedan los libros que hablan sobre él. Y lo más importante: ¡su música!

Se escucha un fragmento de la Sinfonía 40 o de la Pequeña música nocturna, K. 525.

Escritor: Su música poderosa, inmortal. Fue un gran músico, pero, ¿qué clase de hombre
fue? ¿Ingenuo? ¿Triste? ¿Alegre? ¿Conoció el amor? ¿En qué pensaba cuando
componía esa música? (Suspira.) Todavía no lo sé. (Pausa.) Si al menos tuviera alguien
con quien hablar... Si al menos tuviera una tía... (En voz baja.) Porque, entre ustedes y
yo, lo mejor de una familia son los tíos. Los tíos, sí, que te complacen siempre y te
dejan hacer todo lo que deseas. ¿Que quieres comer dulces antes de la comida? Cómete
un cake, si puedes. ¿Que te quieres bañar en el aguacero? ¡Arriba!, que el agua es vida.
¿Que no quieres acostarte temprano? Quédate con las estrellas toda la madrugada.
(Transición.) ¡Eso es! ¡Me inventaré una Tía! Imaginaré una Tía para mí. Todo lo que
tengo que hacer es cerrar los ojos y concentrarme. (Cierra los ojos.) Pensar en ella con
todas mis fuerzas. (Pausa.) Quiero una Tía que sea... (Abre los ojos, a los niños.)
Vamos a ver, ¿cómo la pido? ¿Pequeña o alta? (El actor estimula la intervención del
público.) A mí me gusta pequeñita... (A los niños.) Y, ¿qué más? ¿Delgada o gruesa?
(Los niños intervienen.) La prefiero delgada. Eso es. (Escribe.) Tía pequeña de estatura,
delgada... (A los niños.) Y ¡dulce! ¡Que sea dulce y bondadosa! (Escribe. A los niños.)
Y que se mueva... ¿cómo? ¿Rápido o despacio? (Los niños intervienen.) Mejor
despacio y levemente (Escribe.) Como si flotara en el aire... (Continúa escribiendo
mientras habla.) Que me comprenda y no me prohíba nada... ¡Ah!, que sepa cocinar
muy bien y prepare muchos postres y... ¡muy importante! que sepa mucho, muchísimo,
acerca de Mozart. (Mira la cuartilla.) ¡Ya está!
Se escucha un fuerte acorde de música sinfónica. La luz parpadea.
Escritor: (Entusiasmado.) ¡Llegó!
Entra la Tía como una tromba. Es una mujer corpulenta. Viene con una maleta, una
sombrilla y un pliego enrollado bajo el brazo.
Tía: (Con carácter.) ¿Dónde está eso que me ha tocado por sobrino? (Pasa por delante
del Escritor sin reparar en él. Éste la mira anhelante. La Tía se detiene y se vuelve.
Entonces lo revisa con la mirada, de arriba a abajo.) ¿!Tú!? (Transición.) Sí, debes ser
tú porque... no hay otro. (Despliega el papel que trae. Lo mira. Compara.) Además,
estás ¡igualito! (Le entrega el pliego al Escritor, quien lo mira atónito y lo muestra a los
niños. Es un dibujo que no debe parecérsele en nada.)¡Idéntico! A ver la uñas (revisa),
y las orejas... ¡Y ese pelo! ¡Y esa ropa! Te pelaremos y te cambiarás de ropa, y
cuidadito con comer nada antes de la hora de la comida, ni con salir a la calle (extiende
el brazo en el gesto típico de comprobar si cae la lluvia) si llueve. Y... tempranito, ¡a la
cama! (Transición. Para sí.) ¿Dónde pongo mis cosas?
Escritor: (Reacciona.) ¡Oiga! Espere, aquí debe haber un error, yo... (Transición.)
Usted, ¿quién es?
Tía: ¿Quién crees tú? ¿La madrastra de Blanca Nieve? ¡Tu Tía, por supuesto!
Escritor: Pero es que yo no... Perdone, pero yo... siempre imaginé que mi Tía sería...
Tía: Sí, ya sé (saca la cuartilla de la máquina y lee con desdén): “pequeña de estatura,
delgada, dulce y bondadosa... Se mueve como si flotara”... (Se mira a sí misma.
Continúa.) “Comprende a su sobrino y no es capaz de prohibirle nada”. (Para sí.) Sólo
eso me faltaba (Transición.) Pues, ¡no hay! ¡Se acabaron! Todas las Tías así ya están
repartidas en otras familias. Sólo quedaba yo y me tocaste tú. (Transición.) Tienes
suerte de que, al menos, sé preparar postres.
Escritor: (Resignado.) ¡Ah!
Tía: Hago unos helados de zanahoria y una natillas de pescado ¡deliciosas! Y lo más
importante; conozco muy bien a Mozart. ¿Ya llegó?
Escritor: Todavía.
Tía: ¿Cómo que todavía? ¿Qué esperas?
Escritor: Necesito saber más sobre él. Por eso la traje a usted, para que me ayudara.
Tía: Así que me has imaginado a mí y no has sido capaz de imaginártelo a él.
Escritor: A usted era más fácil imaginársela, Tía. Y ya ve lo que pasó. Con él debo tener
mucho cuidado. Esto es un teatro para niños. A ellos no puedo engañarlos, presentarles
un Mozart que no es.
La Tía sube a una silla en actitud de quien ha visto un ratón.
Tía: ¿Teatro para quién, has dicho?
Escritor: Para niños. Mírelos. (Señala al público.)
Tía: Teatro... ¿!Para niños!? ¿Quieres decir... que además de soportarte a ti, tendré que
lidiar con decenas... centenas... quizás ¡miles! de chiquillos todos los días? ¡No! ¡Ni
hablar! (Desciende y va en busca de su equipaje.) ¡Me voy!
Escritor: ¡Espere! (Transición.) No puede irse.
Tía: ¿Ah, no? ¿Y eso por qué?
Escritor: Porque usted está aquí por mí. Porque yo la imaginé y la traje.
Tía: De acuerdo. Ve desimaginándome, porque me quiero ir. (Inicia la salida.)
Escritor: ¡No puedo!
Tía: ¿Cómo que no puedes?
Escritor: ¡No! Una vez que imagino algo después no lo puedo des...imaginar. Lo más
que hago es... seguir imaginándome cosas.
Tía: ¿Más gente? ¡No! Ya entre tú y los chiquillos es más que suficiente. (Transición.)
Ve a lavarte las orejas y empezarás tu trabajo sobre Mozart.
Escritor: Tal vez un Tío.
Tía: ¡¿Un Tío?! ¿Y eso para qué?
Se escucha de nuevo un fuerte acorde sinfónico. La luz parpadea nuevamente.
Escritor: Para que la ayude con los “chiquillos”, como usted les dice, y me ayude a
mí... con usted. (Se dirige diligente hacia una de las entradas del escenario.) Pase,
querido Tío.
Tío: (Trae la gorra en la mano. Se asoma con gran timidez.) ¿Se... se... puede?
Escritor: ¡Claro! (Mira a la Tía. Con intención.) Está usted en su casa.
Tío: Eres muy amable. (Sin decidirse a pasar.) Pero... ¿se... podrá?... ¿Seguro?
Escritor: Por supuesto, Tío. (Lo hala.) Acabe de pasar (En voz baja.) Tiene que
ayudarme.
Tía: Y el... señor... ¿quién es?
Tío: ¿Yo?... Eh... El... Tío. (Mira al Escritor.)
Escritor: (Presentándolo.) Un hombre honesto, noble, pero muy firme. De mucho
carácter.
Tío: No... yo estoy bien, gracias.
Tía: (Da la vuelta alrededor del Tío revisándolo.) ¿También te lo imaginaste?
Escritor: (Asiente.) ¡Uhum! (Al Tío.) Póngase cómodo.
Tía: ¿No tiene frío?
Tío: ¿Frío?... No... No hace frío.
Tía: (Amenazante.) ¿Que no hace frío? ¿Está seguro?
Tío: Bueno,... sí..., sí..., tiene usted razón... hace un poco de frío. (Mira al Escritor.)
Tía: (Amenazante.) ¡¿Un poco?! Hace mucho frío ¡Mucho, mucho frío! Mire usted
como está temblando.
Tío: ¿Yo? ¿Temblando? (Mira al Escritor.)
Tía: Sí, usted. ¡Mire eso, si se muere de frío!
El Tío comienza a temblar. Le castañean los dientes. La Tía toma la manta de la
percha, envuelve en ella al Tío y le cala la gorra hasta los ojos.
Tía: Así está mejor. ¿No quisiera fumar ahora?
Tío: (Castañeándole los dientes.) ¿Fu...fu-mar? N-o... no, gracias... Y-o... yo... no
fumo.
Tía: (Amenazadora.) ¿No fuma?
Tío: Bueno... yo...
Tía: (Enciende una pipa y la coloca en la boca del Tío.) Vamos, fume.
Escritor: Tío...Tío, usted dijo que no fumaba y, además, en el teatro no se fuma. (Le
quita la pipa.)
Tío: ¿Yo dije que no fumaba?... ¿En el teatro no se fuma?... Ah, bueno, pues no fumo.
Tía: (Le pone de nuevo la pipa en la boca.) ¡Fume!
El Tío fuma.
Escritor: ¡No fume!
El Tío cesa de fumar.
Tía: ¡Fume!
Escritor: ¡No fume!
Tía: ¡Fume!
El Tío comienza a toser y a ahogarse.
Escritor: ¡No fume, Tío!
Tía: ¡Claro que sí! ¡Fume!
El tío sigue tosiendo, se ahoga, se marea.
Escritor: (Le quita la pipa.) ¡Basta ya, Tía! ¿Qué quiere? ¿Matarlo? (Toma al Tío en sus
brazos, lo ayuda a sentarse, le quita la gorra y la manta.)
Tía: Sólo estaba viendo cuan “firme” era ese Tío que te inventaste. (Transición.) Bien,
ya todo sabido y comprobado, háganme el favor los dos, usted y su... “Tío” de recoger
bien este escenario, limpiarlo, sacudirlo y después preparar a todos estos chiquillos que
están aquí.
Tío: (Al Escritor.) ¡¿Los va a bañar?!
Escritor: ¡Tía!
Tía: (Terminante.) ¡A todos! (Va hacia la platea y toma a uno de los niños por el cuello
de la camisa.) Empezaremos por este. (Lo arrastra hasta el escenario.)
El Escritor toma al niño por una mano y trata de alejarlo de la Tía, que lo tiene sujeto
por la otra. El Tío hala al Escritor tratando de ayudarlo. Se aparenta un juego de fuerzas
sobre el niño.
Escritor: Tío, tiene que hacer algo. ¡Imponga su carácter!
Tío: (Jadea por el esfuerzo.) Lo siento mucho, sobrino, pero... ya me ves... (Con
intención.) Y la ves a ella.
Tía: (Forcejeando. Al niño.) De todos modos te bañaré.
Tío: Si al menos tuviera un apoyo... ¡Un amigo! Alguien entusiasta, alegre, decidido.
¿Puedes imaginarlo?
Escritor: ¿Uno solo le bastaría?
En ese momento parece que la Tía tiene ganada la partida.
Tío: Si pudieran ser dos...
Se escuchan de nuevo los acordes que antecedieron a la llegada de la Tía y el Tío. La
luz parpadea y baja totalmente por unos segundos. Cuando sube ya están en escena los
dos amigos, colocados junto al Tío. Entre todos logran separar al niño de la Tía.
Aquella cae al suelo. El Escritor acompaña al niño hasta su asiento.
Tía ¿Y estos, quienes son?
Maestro: (Altanero.) José María Canto Liso, maestro primario. He tenido muchos,
muchos alumnos. (Transición.) Ay, pero no venían a la escuela por mí, sino porque
querían ser médicos, pilotos, constructores, cuando fueran grandes. Yo no he olvidado
una sola de sus caras, pero ellos no me recuerdan. Yo sólo he sido un maestro más entre
todos los maestros de todas sus escuelas.
Escritor: Tío...
Tía: (Al otro.) ¿Y usted?
Camarero: José Jacobo Recogido, camarero. Trabajo en un gran restaurante. Tengo
muchos clientes (Transición.) Ay, pero, ¿sabe lo que es eso? Vivir como una sombra.
Atender a todos, sin que a mí nadie me atienda. Todos los días cientos de personas
celebran allí encuentros, cumpleaños, amistades, éxitos, amores, y yo me desvivo
porque estén satisfechos, pero ellos ni me miran, sólo ven sus copas y sus platos. El
problema no es que ellos me olviden, sino que no me ven.
Tío: Sobrino...
Escritor: Son los... amigos del... Tío.
Maestro: (Sorprendido.) ¿Amigos? ¿De quién?
Camarero: Aquí no conocemos a nadie.
Escritor: Bueno..., no lo son, pero... lo serán. Serán sus amigos.
Tía: ¿Y qué hacen aquí? (Al Escritor.) No quiero pensar que...
El Tío tose tratando de salir del apuro.
Escritor: (Mira al Tío, se encoge de hombros.) Los traje... para que conocieran a
Mozart.
Tía: ¿Y para qué quieres tú que estos señores conozcan a Mozart?
Escritor: Porque... Tal vez a partir de ahí sus vidas cambien. (Mira al Tío.)
Tía: Muy bien, pero tenemos un pequeño problema: y es que todavía Mozart no está
aquí.
Escritor: Tía, quizás ellos puedan ayudarnos.
Maestro: Sí... este... yo tengo entendido que Mozart vivió en Austria, en el siglo
dieciocho, y que fue un genio de la música.
Tía: Y las personas que viven en Austria son todas personas elegantes, y los individuos
del siglo dieciocho son todos muy distinguidos, y los genios, pues... son geniales.
Maestro: Orgullosos, altivos, reservados...
Tía ¡Eso es! ¡Todo un carácter! ¡Sobrino! ¿Qué haces que no escribes?
Escritor: (Consulta un libro.) Sí, aquí dice que Mozart se preocupaba mucho por su
ropa, que le encantaban los encajes y los puños. También dice que contrajo muchas
deudas.
Tía: ¿Qué dices? ¿Deudas? Vamos, escribe, imagínalo: altanero, elegante, confiado...
Escritor: Tía, es que... ese que ustedes dicen, ¿no será un hombre muy aburrido?
Tía ¿Aburrido? ¡Qué ideas tienes!
Escritor: Pero es que cuando uno escucha la música de Mozart piensa...
Tío: ¡Eso! ¡Su música!
Tía: Vamos, vamos, haznos caso a mí y al señor profesor. Imagínalo, imagínalo.
(Tararea de manera muy engolada algún pasaje de la Sinfonía no. 40.)
Comienza a escucharse el pasaje introducido por la Tía. El Escritor escribe. La luz
baja al máximo, cuando sube está Mozart a los pies de la Tía besando su mano.
Camarero: ¿Y este quién es?
Mozart 1: (Se incorpora y hace una profunda reverencia.) Juan Crisóstomo Amadeo
Wolfgang Sigismundus Mozart, para servir a Dios y al Emperador.
Maestro y Camarero: ¡Mozart!
Tía ¡Al fin!
Mozart 1: (Altanero.) Caballero de la Espuela de Plata (señala su condecoración),
maestro concertante y organista de corte, director de orquesta y compositor de
(petulante) aproximadamente más de seiscientas obras.
Tía: (Cada vez más emocionada.) ¡Oh!... ¡Oh!... ¡Oh!...
Mozart 1 recorre el escenario con empaque, se arregla continuamente los puños, el
cuello, se alisa el traje y el pelo, revisa con los dedos el polvo, valora la calidad de la
tela de las cortinas. Todos lo siguen, menos el Escritor que lo contempla a distancia.
De vez en vez Mozart repara en ellos y les hace una reverencia, luego adopta alguna
pose y prosigue su recorrido.
Tío (Cansado, se separa del grupo y va hacia el Escritor. Se echa fresco con la gorra.)
Ya no puedo más.
Tía: (En igual condición, a Mozart 1.) Maestro, ¿por qué mejor no nos sentamos un rato
y descansamos? Venga. (Le indica la mesa y las sillas, comienza un juego interminable
de reverencias alrededor de la mesa, hasta que por fin se sientan.)
Tío: (Al escritor.) ¿Qué pasa?
Escritor: (Busca en un libro.) Que no me parece que este sea el verdadero Mozart. No lo
creo capaz de haber compuesto aquella ópera tan linda, Bastián y Bastiana. ¿La
recuerda?
Tío: ¡Cómo olvidarla! Mozart hizo la música cuando sólo tenía doce años.
Camarero: (Se ha escurrido hasta donde están el Escritor y el Tío.)Bastián y Bastiana?
¿Qué es?
Escritor: Una ópera, una obra cantada con tres personajes: Bastián, que es un joven
pastor enamorado de Bastiana...
En el retablo aparece el muñeco que representa a Bastián, saluda.
Tío: Bastiana, joven pastora enamorada de Bastián...
Aparece Bastiana en el retablo. Saluda.
Tía: (Que ha estado al tanto de la conversación, desde la mesa.)... Y Colás, el
hechicero.
Se produce una columna de humo en el retablo, aparece el muñeco que representará a
Colás, ríe y saluda. La luz desciende en el primer plano del escenario y cobra
intensidad en el plano del retablo. Se deja oír un fragmento de la obertura de Bastián y
Bastiana. Durante el transcurso de la representación deberán escucharse fragmentos
de esta ópera a discreción del Director.
Durante la obertura, Mozart 3 aparece en la escena. Se divertirá como un niño con la
representación y cuando se escuche su música la tarareará y solfeará con la mano.
Nadie reparará en él. La música de la obertura pasa a plano de fondo hasta
desaparecer.
En el retablo, Colás y Bastiana.
Bastiana: Oh, Colás, Colás, ¡qué desdichada soy! ¡Qué desdichada!
Colás: ¿Por qué se siente infeliz una joven tan bella como tú?
Bastiana: Oh, porque Bastián ya no me quiere, Colás. Se ha cansado de mi amor. Yo
suspiro y él no suspira. Yo lo miro y el ingrato ni me mira. Yo desespero por verlo, y él
se ocupa de otras damas.
Colás: Hija mía, a veces al amor hay que añadirle una pizca de sal.
Bastiana: ¿Qué quieres decir?
Colás: Que si Bastián se comporta así contigo, bien podrías probar tú a hacerte la
indiferente, hasta podrías fingir que te has enamorado de otro.
Bastiana: ¿Crees que dé resultado?
Colás: Si de verdad te ama, eso nunca falla.
Bastiana: Lo haré. Gracias, hechicero. (Sale de la escena.)
Entra Bastián.
Bastián: ¡Colás! ¡Oh, Colás! ¡Auxíliame! ¡Soy muy desgraciado!
Colás ¿Qué sucede?
Bastián: Se trata de Bastiana. La he perdido. No me quiere. Antes ella suspiraba, me
miraba, me hablaba. Ahora yo suspiro y ella no suspira. La miro, pero ella ¡ni me mira!
Le hablo y... siempre está lejos, pensando en otra cosa. ¿Podrás hacer algo para
ayudarme? ¿Algún sortilegio? ¿Alguna magia?
Colás: Mmmmm. Veamos. Siempre que hay amor todas las magias funcionan. (Saca un
libro y hace toda clase de gestos mientras lee.)
Colás: Diggi, daggi, shurry, murry, forum, harem, lirum, larum. Raudi, maudi, giri, gari,
posito, besti, asti. Saron froh, fatto, matto, quid pro quo. !Fatto, matto, quid pro quo !
Se produce una columna de humo.
Bastián: (Asustado.) ¿Terminó el conjuro?
Colás: Traeré a Bastiana y veremos qué nos dice. Entretanto tú, escóndete.
Entra Bastiana.
Colás: ¡Bienvenida seas, hermosa Bastiana! Te he llamado ante mí porque (con
intención) necesito saber la verdad acerca de tus sentimientos hacia Bastián. (En un
susurro.) Aquí está Bastián escondido, recuerda lo que hablamos. (Transición.) Dí,
Bastiana, ¿amabas tú a Bastián?
Bastiana: Con toda mi vida.
Colás: ¿Y qué sucedió? ¿Él no te amaba?
Bastian: Pensaba yo que sí, pero luego comprendí que estaba equivocada.
Colás: ¿Lo amas ahora?
Bastián: (Flaquea.) Ay, buen Colás, yo... con toda mi vida...
Colás: (La advierte.) ¡Bastiana!
Bastiana: (Transición.) Traté de olvidarlo.
Bastián: (Oculto.) ¡Ah!
Colás: ¿Y lo lograste?
Bastiana: Ay, mi buen Colás, yo no...
Colás: (La advierte.) ¡Bastiana!
Bastiana: No he pensado en él ni un solo día más de mi vida.
Bastián: (Oculto.) ¡Oh!
Colás: ¿Quieres decir que hoy él te es indiferente?
Bastiana: ¡No!
Colás: (Advirtiéndola.) ¡Bastiana! ¿Te es indiferente?
Bastiana: (Transición.) ¡Totalmente!
Bastián: (Oculto.) ¡Ay!
Colás: ¿Tal vez porque estás nuevamente enamorada?
Bastiana: ¡Enamorada, mi buen Colás, perdidamente enamorada!
Colás se retira un poco. Bastián sale de su escondite.
Bastián: ¡Lo sabía, oh, ingrata! ¡Sabía que amabas a otro!
Bastiana ¿Y qué importa, si tú ya no me amas?
Bastián: ¿Qué no te amo? El otro malvado es quien, de seguro, no te quiere.
Bastiana: ¿Qué no me quiere? (Coqueta.) Hum, él suspira.
Bastián: ¿Suspira? ¿Y qué más?
Bastiana: Y me mira arrobado.
Bastián. ¿Te mira? ¿Y qué más?
Bastiana: Me besa dulcemente bajo las estrellas.
Bastián ¿Te besa? ¡Te besa! ¡Lo mato! ¿Quién es? ¿Dónde está?
Bastiana: No es asunto que deba ocuparte, Bastián. Tú me olvidaste.
Bastián: Yo también suspiro por ti, Bastiana.
Bastiana: ¡Ajá!
Bastián: (Se acerca.) Y sólo deseo tenerte a mi lado.
Bastiana: ¡Uhum!
Bastián: (Ya junto a ella.) Y poderte besar dulcemente bajo las estrellas.
Se besan.
Colás: Diggi, daggi, schurry, murry, forum, harem, lirum, larum. Ya lo dije: siempre
que hay amor todas las magias funcionan. Enamorados para siempre quedan Bastián y
Bastiana.
Colás produce una columna de humo en el retablo. Se escucha un fragmento del final
de Bastián y Bastiana. Todos aplauden entusiasmados. Los muñecos saludan desde el
retablo. Mozart 3 va hacia ellos, saluda mientras duran los aplausos y besa agradecido
la mano de Bastiana, quien le hace una reverencia. Mozart 1 se ha dormido. Mozart 3
sigue saludando, pero se da cuenta de que nadie lo ve. Se les acerca, trata de llamar la
atención sin resultado. Mediante una cortina de luz se retira de escena.
El Escritor se levanta de su asiento sobresaltado.
Tía: ¿Qué pasa?
Escritor: No sé, de pronto me pareció ver a alguien allí.
Tía: ¿Allí? No veo a nadie.
Camarero: Me ha gustado mucho.
Maestro: También a mí. (A Mozart 1.) ¿Qué opina, Maestro?
Camarero: ¡Se ha dormido!
Tía: ¡Oh!... ¡Oh!... ¡Oh!...
Maestro: ¿Cómo es posible?
Tío: ¿Será que no es el verdadero Mozart?
Tía: No hable tonterías, amigo mío. Claro que es Mozart, ¿quién otro podría ser? Lo que
sucede es que esa ópera es... una simpleza, un juego de niños. Además, el pobre debe
de estar muy cansado. ¡Viajó dos siglos!
Camarero: Sí, este señor tiene más de doscientos años.
Tío: ¡Insisto! El verdadero Mozart no se dormiría mientras se representa una de sus
obras.
Camarero: Y los músicos no son pesados y estirados como ese señor. (Señala a Mozart
1.) Son alegres, divertidos, medio locos, botarates...
Tía: (Insultada.) ¡Botarates!
Camarero: Siempre gastan mucho dinero, que yo los he visto. Y a algunos les gusta...
(Hace un gesto que alude a la bebida.)
El tío ríe.
Tía: ¡Cómo se atreve! ¿Qué quiere decir eso de... (Repite el gesto del camarero.) Eso
nunca pudo haberlo hecho Mozart.
Camarero: Por algo tenía tantas deudas. O a lo mejor era un poco tonto y le robaban el
dinero.
Tía: ¿Qué dice? ¿Cómo iba Mozart a ser tonto?
Camarero: Quiero decir, un tipo ingenuo. Se puede ser muy sabio para unas cosas y
muy bobo para otras.
Tía: ¡En lo absoluto! ¡No estoy de acuerdo! Mozart fue un genio por los cuatro
costados. ¡Sobrino! Haz algo con este hombre.
Escritor: (Trae un libro en las manos.) Aquí dice... (señala el libro) que Mozart tuvo
siempre un alma de niño, que le gustaban las burlas y las bromas, que era nervioso e
inquieto y que el Arzobispo, a cuyo servicio trabajaba como músico, lo botó de su casa
con un puntapié .(Va hacia la máquina de escribir y comienza a teclear.)
Maestro: Lo del puntapié... eh... (Mira a la Tía.) Quizás el Arzobispo era un
envidioso...
Tío: Y Mozart un malcriado.
Tía: Pero...,¿será posible que tenga que oír estas cosas?
Tío: (Cómplice.) Sobrino...
Escritor: Ya casi, Tío.
El Camarero silba un pasaje de algún minué o divertimento de Mozart. Se escucha la
música de ese pasaje. La luz parpadea de nuevo. Entra Mozart 2 dando un gran
traspiés, tal parece que lo han arrojado al escenario. Cae al suelo. Lleva una flor en la
solapa.
Maestro: ¿Y este quién es?
Camarero: ¡El del puntapié!
Mozart 2 sigue a gatas por el suelo. Se presenta.
Mozart 2: Wolfinni Amadeini Mozartini, pero me dicen Mozart. (Ríe tontamente.) ¿Y
usted? (Al maestro.) Tal vez sea... ¿Fígaro? (Le tiende la mano.)
Maestro: ¿Fígaro? No, yo... (Toma la mano que Mozart 2 le extiende y se queda con
ella. Se trata de una mano de goma.)
Mozart 2 ríe y le echa agua de la flor que lleva en la solapa. El Maestro se enoja e
intenta abalanzarse sobre él. Mozart 2 se aparta y el Maestro va a parar sobre la Tía.
Mozart 2 salta y ríe con una risa tonta. Da otro traspié y cae sobre Mozart 1 que
despierta.
Mozart 2: (A Mozart 1.) ¡Ah! ¡Fígaro! (Le echa agua con la flor.)
Tía: (Al Camarero y al Tío.) ¿De veras creen ustedes que ese... “señor” pueda ser
Mozart? Me pregunto si alguien así pudo crear Las bodas de Fígaro.
Camarero: ¿Qué bodas son esas que no me invitaron?
Tío: Una de las más populares óperas de Mozart.
Camarero: ¿Y qué pasa con las bodas esas?
Comienza a escucharse la obertura de Las bodas de Fígaro. Entra de nuevo a escena
Mozart 3.
Escritor: Que se arma tremendo enredo. Las bodas de Fígaro cuenta una historia que
sucede en casa del Conde... (Busca en uno de los libros.)
Mozart 3: (Le apunta.) Almaviva.
Escritor: (Sin mirar.) Gracias.
El personaje aparece en el retablo y saluda.
Escritor: Fígaro...
El personaje aparece en el retablo y saluda.
Escritor: Es un ayudante del Conde y está enamorado de Susana...
El personaje aparece en el retablo y saluda.
Escritor: Que es, a su vez...
Mozart 3: La ayudante de la Condesa.
Escritor: Eso es. (Se sorprende.)
La Condesa aparece en el retablo y saluda.
Escritor: (Ya avisado.) Fígaro necesita el permiso del Conde para poder casarse... (Mira
y espera.)
Mozart 3: Con Susana.
Escritor: Pero el Conde... el Conde...
Mozart 3 está entretenido con la Condesa y Susana que lo miman tiernamente.
Escritor: (Con intención.) El Conde...
Mozart 3: (Que reacciona.) Está a su vez enamorado de Susana y por lo tanto hace todo
lo que puede para demorar las bodas. (Le sonríe al Escritor y luego se aleja del
retablo.)
Tía: ¿Te ocurre algo, sobrino?
Escritor: No... Nada... Me pareció... Nada.
Mozart 3: Entonces... ¡Música, Maestro!
Se escucha en primer plano la obertura de Las bodas de Fígaro. En el retablo Susana y
Fígaro. Termina la Obertura.
Fígaro: Dentro de poco podremos casarnos, Susana.
Susana: No lo creo, Fígaro, el señor Conde seguirá tratando de demorar nuestra boda.
No sé qué hacer. (Solloza.)
Mozart 3 se acerca al retablo, llama aparte a Fígaro, le dice algo al oído.
Fígaro: ¡Tengo una idea, Susana! (Se acerca a Susana. Habla con ella en secreto.)
Conde: (Desde fuera del escenario.) ¡Susana! ¿Estás ahí?
Fígaro: Viene el Conde. Me voy. Tú, haz todo como te he dicho, que si sale bien,
podremos casarnos enseguida. (La besa.) Adiós. (Sale.)
Conde: (Entra a escena.) ¡Oh, Susana! ¡Susanita! Ahora que nadie nos ve, ¿por qué no
me das un beso? (Se le acerca.) ¡Un beso, Susana! ¡Un beso!
Susana: (Se aleja.) Ahora no, señor Conde. Puede entrar la Condesa. Pero tengo una
proposición que hacerle. (Coqueta.) ¿Por qué mejor no nos vemos esta noche en el
jardín?
Conde: ¿Esta noche?
Susana: Mire, yo iré con esta capa morada. (Muestra la capa, se la pone.) Por ella podrá
reconocerme. En el jardín, de noche, estaremos más tranquilos.
Condesa: (Fuera de escena.) ¡Susana! (Llama.) ¡Susana!
Susana: ¡La Condesa!
Conde: ¡Mi mujer! Mejor me voy. Hasta la noche en el jardín, mi bello tesoro. (Sale.)
Entra la Condesa.
Condesa: Susana, me ha dicho Fígaro que querías hablarme de algo muy importante.
Susana: Sí, señora Condesa, el asunto es que el señor Conde no cesa de acosarme con
sus requiebros de amor, y como usted sabe, mi corazón está entregado a Fígaro, y es con
él con quien quiero casarme, pero el señor Conde no termina de darnos su permiso.
Entonces, Fígaro y yo hemos pensado... (le habla al oído) y si usted acepta ayudarnos,
podríamos... (le habla de nuevo al oído.)
Condesa: Descuida, Susana. Pueden contar con ni ayuda. Ustedes, lograrán sus bodas, y
yo, que mi marido esté tranquilo por algún tiempo.
Susana: Entonces, esta noche vaya al jardín y cúbrase con esta capa morada.
Salen de escena. Se escucha un fragmento de Las bodas de Fígaro.
Entra el Conde.
Fígaro: (Desde afuera.) ¡Señor Conde! (Llama.) ¡Señor Conde! (Entra a escena.)
Conde: Por Dios, hombre, ¿qué gritos son esos?
Fígaro: Es que tengo algo urgente que contarle. Su señora, la Condesa, parece que tiene
un enamorado.
Conde: (Alterado, se le encima.) ¿Qué dices, desgraciado?
Fígaro: Lo que escucha. La Condesa tiene un enamorado con quien se verá esta noche
en el jardín. Ella irá cubierta por una capa verde.
Conde: Así que con una capa verde, ¿no? ¡Hum! Ya verán la Condesa y su enamorado.
Salen de escena. En el retablo aparecen las plantas del jardín y la luna. Entra el
Conde.
Conde: Ya es noche cerrada. ¿Cuándo vendrá mi Susana? Desespero por besarla.
Entra un personaje cubierto por una capa morada. Se detiene junto al Conde.
Conde: Susana, Susanita, ¡oh, no eres capaz de imaginarte cuánto me gustas!Te adoro,
te idolatro.
Entra otro personaje cubierto con una capa verde y seguido de un hombre
enmascarado que no será otro que Fígaro
Fígaro: (Enmascarado.) ¡Oh, señora Condesa! ¡Señora Condesa! No sabe usted lo que
siente mi corazón a su lado. Y lo que sufro cuando la veo junto a ese cruel villano de su
marido. Una mujer como usted merece un hombre como yo y no un bribón egoísta y
cretino como el señor Conde.
Conde: ¡Oh! ¡Oh! Esa es mi esposa y el imbécil que la corteja. Terminaré con él de
inmediato. (Llama.) ¡Soldados! ¡A mí! ¡Soldados!
Condesa: (Se descubre. Al Conde.) No tan rápido, mi señor marido. Primero aclaremos
usted y yo algunas cosas...
Conde: (Sorprendido.) Pero... ¿Eres tú... mi... (transición) querida esposa? Y
entonces... esos... ¿quiénes son?
Susana y Fígaro se muestran.
Condesa: Nuestro fieles sirvientes, señor, que están enamorados y desean casarse cuanto
antes y no creo yo que haya mejor momento para otorgarles el permiso de la boda.
Conde: ¿!Qué!? ¿!Cómo?! Sí, sí, claro. ¡Claro! ¡Tienen mi permiso! ¡Pueden casarse!
Susana y Fígaro les hacen una reverencia y luego se besan con pasión.
Se escuchan fragmentos de la escena final de Las Bodas de Fígaro. Todos aplauden con
entusiasmo. De nuevo, Mozart 3 saluda y trata de hacerse evidente.
Tío: ¿Qué sucede, sobrino?
Escritor: Que hay alguien allí.
Mozart 2 también saluda al público, tratando de tomar todo el espacio para sí,
mientras Mozart 1 recibe los aplausos majestuosamente. El Escritor se dirige hacia el
retablo. Ante la presencia de Mozart 2 que trata de acaparar los aplausos, Mozart 3
desaparece tras una cortina de luces.
Escritor: (A Mozart 3.) ¡Eh, espera! ¡Espera!
Todos se dirigen hacia allí. Mozart 2 se abre paso hacia el primer plano del escenario y
continúa solicitando aplausos.
Tía: (Al Escritor.) ¿Con quién hablas?
Maestro: (Confidencial.) Creo que el esfuerzo lo ha enfermado.
Escritor: Con Mozart. Estaba aquí. Lo he visto.
Tía: Claro que está aquí. (Conduce al Escritor hacia Mozart 1.) Es este.
Mozart 2 ha entrado en el retablo y juega allí con los muñecos. Ante la presencia del
Escritor y la Tía Mozart 1 comienza de nuevo con sus reverencias.
Escritor: No, Tía, hay otro.
Camarero: ¿Otro más?
Escritor: Lo acabo de ver junto al retablo.
Tía: Allí no hay nada, hijo. Convéncete. Debes descansar. (La Tía saca al
Escritor fuera de escena.)
Mozart 2: (Tras el retablo, sin que se le vea.) ¡Auxilio! ¡Auxilio! ¡Sálvenme! ¡No
quiero morir!
Tío: ¿Qué alaridos son esos? ¿Qué pasa ahora?
Tía: (Entrando en escena.) Parece que es “su” Mozart. Vaya a ver qué quiere.
Mozart 2: ¡Está aquí! ¡Lo he visto!
Maestro: ¿A quién?
Mozart 2: (Temeroso.) A... A... ¡Creo que es Don Juan!
Don Juan: ( En el retablo.) El mismo que viste y calza. (Se mueve tratando de asustar
aún más a Mozart 2.)
Mozart 2: (Grita.) ¡Ahhhh! ¡El infierno! ¡Estamos en el Infierno! (Sale del retablo para
el proscenio.)
Tío: Al fin alguien lo comprende.
Tía: ¿! Cómo se atreve !?
Mozart 1: ¿El Don Juan ha dicho?
Don Juan: ¡De cuerpo presente!
Mozart 1: ¡Ah... Ah... Ahhhhh! (Corre por la escena junto con Mozart 2.) ¡Don Juan
al morir fue arrastrado al Infierno!
Se escucha un fragmento del Réquiem.
Tía: ¡Pobrecito!
Camarero: ¡Qué calor! ¿Y qué fue lo que hizo?
Maestro: Don Juan mató al Comendador, el padre de Doña Ana.
Camarero: ¡Qué violento! (Transición.) Y, ¿cómo sucedió?
Tía: En un duelo. (Suspira.) Don Juan resultó vencedor.
Camarero: Pero no por eso debió ir al Infierno.
Maestro: No, señor, al Infierno fue por su vida desordenada.
Camarero: (Trata de salir.) Con su permiso, debo ir a organizar mi casa. Dejé todo
regado.
Maestro: No me refiero a esa clase de desorden. Don Juan se burlaba de todo el mundo.
Le gustaba enamorar a cuanta mujer encontraba y luego... la dejaba plantada.
Camarero: No creo que eso sea tan malo.
Don Juan: (Se anima de nuevo.) Eso mismo pienso yo, amigo.
Mozart 1 y 2 se asustan de nuevo. La luz baja en el primer plano del escenario y se
ilumina intensamente la zona del retablo. En él aparecen distintos personajes
femeninos de los cuentos infantiles: Cenicienta, Blanca Nieve, La Bella Durmiente, y
Cucarachita Martina.
Don Juan: (A Cenicienta.) Hermosa Cenicienta, ¿adónde vas con tanta prisa? ¿No
quieres venir conmigo a buscar tu zapatilla? (A Blanca Nieve.) Linda Blanca Nieve, por
ti soy capaz de desafiar a todas las reinas malvadas de este mundo. (A la Bella
Durmiente, que viene transportada en una camilla.) Dulce Bella Durmiente, yo soy el
príncipe que romperá el hechizo. (Aparece la Cucarachita Martina.) ¡Oh!, y esta dama
con ese exótico vestido, ¿quién será?
Cucarachita: (Con voz aflautada.) ¿Yo? La Cucarachita Martina.
Don Juan: ¿Cucarachita, dices?
Cucarachita: Sí, ¿tú también te quieres casar conmigo?
Don Juan: Bueno..., yo... (Se aclara la garganta.) ¿Cucarachita, dijiste?
Cucarachita: A ver, ¿qué haces tú de noche?
Don Juan: ¿!Yo!?... ¡¡¿Yo?!! Pues, bueno... (Pícaro.) ¡Muchas cosas! (La enlaza por el
talle y sale con ella de escena.)
Los otros personajes suspiran y se desmayan, salvo la Bella Durmiente que vuelve en sí
y sale tras él.
Bella Durmiente: ¡Don Juan! ¡Oh, Don Juan!
Se ilumina de nuevo el primer plano del escenario.
Camarero: (Se coloca en una de las dos mitades del escenario, siempre próximo al
retablo.) ¡No debió ir al Infierno!
Maestro: (Se ubica en la otra mitad.) Pues yo creo que sí.
Tío: Pues, yo... Yo creo que no.
Maestro: ¿Y usted?, que es una mujer tan recta.
Tía: ¿Yo? Eh...
Maestro: ¿No cree que en el Infierno es donde debe estar?
Tía: Sí..., eh..., claro... (Se coloca junto al maestro sin mucho entusiasmo.)
Camarero y Tío: ¡Al Infierno, no!
Maestro y Tía: ¡Al Infierno, sí!
Camarero y Tío: ¡Que no!
Maestro y Tía: ¡Que sí!
Camarero y Tío: (Apoyados por una batería de muñecos que surgen en el retablo, en la
zona de su bando cantando.) ¡Noooooo!
Maestro y Tía: (Apoyados por otra batería igual.) ¡Siiiiii!
Camarero y Tío: (Con los muñecos cantando. )¡Nooooooo!
Maestro y Tía: (Idem.) ¡Siiiiiii!
Con sumo cuidado la Tía se pasa al bando contrario, sin que el Maestro lo note. Las
baterías de muñecos comienzan a doblar los coros de un fragmento de la primera parte
del Réquiem de Mozart, en un contrapunto que adquiere la significación del que
anteriormente establecieron los actores. Ahora los actores sólo apoyan y animan la
intervención de la batería de muñecos de su bando. Termina el fragmento del Réquiem.
Los muñecos desaparecen. Se ilumina el primer plano del escenario.
Maestro: Don Juan tenía que ir al Infierno porque le faltó el respeto al Comendador ya
muerto.
Camarero: (Asombrado.) ¿Y eso cómo fue?
Tío: Don Juan se presentó ante la estatua del Comendador y la invitó a un banquete.
Camarero: ¿A la estatua?
Maestro: (Narra con solemnidad.) Sí. Y esa noche el fantasma del Comendador se
apareció en el banquete y le pidió a Don Juan que se arrepintiera de todos sus pecados,
de todas las conductas incorrectas que había mantenido a lo largo de su vida.
Tío: Don Juan no lo hizo y ahí mismo ¡se lo llevó para el Infierno!
Camarero: (Impresionado.) ¿El fantasma del Comendador?
Tía: (A Mozart 1 y 2.) ¿Saben ustedes si el pobre Don Juan tenía familia?
Mozart 1: ¿Familia?
Mozart 2: Tenía un criado. (Ríe.)
Tía: ¡Ah! ¿Ve, usted? Seguro que el pobre no tenía ni una Tía que lo cuidara. (Don
Juan, que ha escuchado a la Tía, aparece en el retablo. Ella lo acaricia y él, mimoso, la
deja hacer.) Nadie que le preparara helados de zanahoria y natillas de pescado.
Don Juan: (Alarmado.) ¿Natillas de pescado? ¿Helados de zanahoria?
Tía: (Sin oírlo.) Si nada más hay que verlo. (Lo separa de sí y lo muestra.) Mire, usted,
lo flaquito que está. (A Don Juan.) No te preocupes, cariñito mío, que voy a darte una
sopa de caramelos y luego te comerás un pudín de lechugas. Ven, ven conmigo. Vamos
adentro. (Don Juan muestra una expresión pícara. Salen de escena.)
Se escuchan tres llamadas a la puerta, solemnes, terribles.
Maestro: Alguien llama.
Tío: Iré a ver. (Va hacia una de las entradas del escenario.)
Se escucha el sonido de una puerta que se abre pesadamente. Efecto de corriente de
aire que entra. Luces que parpadean.
Tío: No hay nadie.
Reaparece Don Juan por una esquina del retablo.
Don Juan: Sí hay, sí hay. Es él.
Tío: ¿Quién?
Mozart 1 y Mozart 2: ¡El fantasma del Comendador! (Se esconden.)
Se escucha el inicio de la escena del Comendador, Acto III, de la Ópera Don Giovanni.
Don Juan: Es él. Viene otra vez a llevarme. ¡Uuuuy! (Se desmaya en brazos de la Tía.)
Tía: ¡Oh, pobrecito! (Sale con él de escena.)
Tío: Un momentico, un momentico. (A Mozart 1 y 2.) ¿Dónde dicen que está?
Mozart 1: (Desde su escondite.) Ahí, ahí mismito.
Tío: (Mira a todos, se aclara la garganta.) Bien... Buenas tardes, señor Comendador.
(A Mozart 1 y 2.) ¿Qué dice?
Mozart 1 y 2 se conducen como si percibieran de nuevo alguna actitud agresiva por
parte del Comendador y vuelven a ocultarse.
Tío: (Carraspea de nuevo. Mira a todos.) ¿Por qué primero no se sienta un ratico? Debe
estar cansado del viaje. (A Mozart 1.) ¿Qué hace? ¿Se sienta o no?
Se escucha el sonido de una silla que se corre. La silla se desplaza sola, ante la vista de
todos.
Mozart 1: (Atónito.) ¡Se ha sentado!
Mozart 2: (Ríe. Transición.) ¡Aaaayyyy!
Tío: ¡¿Qué?!... (Transición.) Bueno, ¿por qué luego de sentarse, no toma algo? Usted
viene del Infierno, ¿no? Allá abajo eso debe estar muy caliente. (Le hace señas al
Camarero. Este coloca un vaso, lo llena y deja en la mesa la botella.) ¡Beba, beba!
Mediante los recursos del teatro negro el vaso se eleva hasta la altura de la boca del
Comendador fantasma. Luego se eleva la botella y se escucha un glug – glug – glug...
Tío: ¡Mmmm! Ya esto va mejor. (A Mozart 1.) ¿Dice algo?
El Comendador emite unos hip-hip-hip.
Mozart 1: Creo que está un poco bebido.
Tío: (Al fantasma.) ¿Quiere echar ahora una pulseada? (Coloca el brazo sobre la mesa,
en posición.)
Mozart 2: ¡Ha desenvainado la espada!
Tío: ¡Eh! (Al Comendador.) No, no, usted no me ha entendido, un duelo no. Una
pulseada. (Habla en inglés, como si tratara de hacerse entender por un turista.) You...
and... me... echar... una pulseada. ¿Qué? ¿Tiene miedo a perder? Sí, no me parece que
esté usted muy fuerte. (De repente la mano del Tío comienza a moverse como si
pulseara. Es llevada hasta la superficie de la mesa. El Tío queda exhausto.)
Se escucha el sonido de una silla que se mueve. La silla se desplaza.
Mozart 1 y Mozart 2: ¡Cuidado!
Maestro: ¿Qué pasa?
Mozart 1: Sacó de nuevo...
Mozart 2: ¡La espada!
Camarero: (Al Comendador.) No, no, oiga, olvídese de ese Don Juan. Tiene toda la vida
para llevárselo al Infierno, antes vamos a divertirnos un poco. (Coloca en la mesa otras
dos botellas. Ambas suben de nuevo hasta la boca del fantasma. El Camarero hace
como si le palmeara la espalda.) Así me gusta, socio. ¡A cogerla en grande!
Tío: Ahora haría falta un poco de música.
Aparece en escena Mozart 3.
Tío: (A Mozart 3.) Usted, toque un poco de música. Vamos. Y hágale una historia
cualquiera.
Mozart 3: ¿Una historia?
Tío: Sí, pero algo que sea alegre y bonito.
Mozart 3: ¡De acuerdo!
Mozart 3 dirige una orquesta imaginaria. Se escucha el 3er. movimiento del Concierto
para dos pianos y orquesta K.365. En el retablo aparecen, entre otros, los personajes de
la Commedia dell’Arte. (Arlequino, Pantalone, etc.) Se desarrolla una historia simple
al estilo de los títeres de cachiporra con burladores y burlados, castigos y
persecuciones.
Termina la representación. Se escuchan los acordes finales, cuando estos se apagan se
oye el llanto del Comendador.
Tío: ¿Qué pasa?
Mozart 3: ¡El Comendador! ¡Está llorando!
Tío: (Al fantasma.) No, oiga, no se ponga así... Vamos... Vamos... (A Mozart 3.) ¿Qué
le ocurre?
Mozart 3: Es muy sensible.
Maestro: ¡Ah!
Tío Y, ¿qué quiere?
Mozart 3: Quiere que lo carguen.
Tío: ¿Qué lo carguen?
Mozart 3: Sí, acúnelo. (Le muestra con el gesto.)
El Tío hace la pantomima de cargar al fantasma. Lo mece y le pasa la mano por la
cabeza. De adentro llegan las voces de Don Juan y la Tía.
Don Juan: ¡Nooo!
Tía: ¡Síii!
Don Juan: ¡Nooo, por todos los demonios!
Tía: ¡Claro que síii, ingrato!
Tío: Es mi mujer... Mi mujer que está con ese... Don Juan. (Se levanta y deja caer al
fantasma del Comendador. Se escucha el estruendo de la caída. El Tío sale de escena.)
Entre el Maestro y el Camarero levantan al fantasma y lo acomodan en una silla.
Tío: (Fuera de escena.) Pero, ¿!qué hace!? (Entran la Tía, el Tío y Don Juan a escena.)
Tío: (A la Tía.) Estoy esperando que me explique.
Tía: Que le explique, ¿qué?
Tío: Lo que estaba haciendo tanto tiempo sola con ese hombre. (Señala a Don Juan.)
Tía: ¿Qué estaba haciendo? ¿Qué estaba haciendo? ¡Nada! Trataba de que ese
desgraciado se alimentara.
Tío: ¿Y para eso tiene que abrazarlo?
Tía: ¿Abrazarlo? Bueno... esto... yo... (Coqueta.)
Tío ¡Abrazarlo!, que la he visto.
Don Juan: Un momento, señor, que yo... Solo estaba (con intención) enseñándole una
canción a esta buena moza.
Tío: ¿Y para eso tenías que pegarte a su oído?
Se comienzan a escuchar los ronquidos del Comendador.
Don Juan: Sí, señor, porque es una canción que se canta muy bajito. Así. (Pega su
mejilla a la de la Tía, que se ríe nerviosa.)
Tío: ¡Vas a ver ahora, demonio (toma la espada de utilería que cuelga de la
percha), como van a irse tú y tu Comendador con todos los diablos.
Tía: (A Mozart 3.) Oh, toque algo, maestro. Rápido.
Mozart 3 dirige una orquesta imaginaria. Se escucha un pasaje apropiado de
cualquiera de sus sinfonías u óperas de acuerdo con el diseño del montaje que se
decida para este momento del espectáculo. Al compás de la música. Don Juan y el Tío
comienzan a batirse.
Don Juan: (Mientras se bate.) Señor Comendador, señor Comendador, despierte.
Camarero: ¡Ay! Alguien me ha pinchado.
Mozart 3: ¡Es el Comendador! Ahí viene con su espada.
Camarero: ¿Espaditas a mí?
El Camarero comienza a hacer malabares para defenderse del Comendador. Se
escenifica un duelo entre la supuesta espada y los malabares.
Maestro: (Aparta al Camarero.) Ahora me toca a mí. (Realiza breves números de magia
y acrobacia.)
Entra el Escritor a escena.
Escritor: (Contempla el espectáculo que se le ofrece junto a Mozart 3, quien se divierte
mientras ayuda a cada uno de los contrincantes.) ¿Qué es todo este jaleo?
Maestro: (Al Escritor.) ¡Te toca, muchacho! (Le cede su puesto.)
El Escritor hace elegantes movimientos de kárate frente al Comendador. Mozart 3 lo
observa admirado. Desde otro ángulo y sobre una silla la Tía disfruta la pelea y anima
al Tío y al Escritor.
Don Juan: (Batiéndose y haciendo miles de trucos desde el retablo. Proyecta.) ¡Señor
Comendador, creo que es hora ya de irnos los dos al Infierno! Allí no hay natilla de
pescado y vamos a estar mejor que en este teatro loco.
La pelea llega al paroxismo, apoyada por el juego de las luces, hasta que Don Juan y el
Comendador abandonan la escena. Todos jadean, se felicitan.
Tía: (Se acerca al Tío. Lo besa en la mejilla, emocionada.) ¡Oh, te has portado como un
valiente!
Tío: ¿Sí, eh?, me alegra saberlo, porque a partir de ahora vamos a ver quién dice la
última palabra.
El Maestro y el Camarero miran sorprendidos sus manos y sus cuerpos como si los
contemplaran por primera vez. Ensayan gestos en el aire. Mientras, Mozart 3 se
sacude el traje, arregla los puños y encajes y pone en orden su pelo.
Tío: (Que observa al Maestro y al Camarero.) ¿Algún problema?
Maestro: Es que hace un momento me pareció que mis manos se movían como si yo
hiciera magia.
Camarero: A mí también me pasó algo extraño... Creí que estaba haciendo...
malabares.
Mozart 3: (Al Maestro.) Tal vez sea usted un mago... vago y (al Camarero) usted, un
malabarista... sin vista.
Maestro: ¡No, señor! Mi trabajo es muy serio.
Camarero: Y el mío muy discreto.
Maestro: No tiene nada que ver con... ¡juegos! como esos.
Camarero: Y en el mío hay que pasar inadvertido.
Maestro: ¡Yo soy un maestro!... pestro. (El juego de palabras debe salirles al Maestro
y al Camarero como algo involuntario o incontrolable.)
Camarero: ¡Y yo, un Camarero!... lero.
Maestro: Tengo a mi cargo cientos de niños... cariños.
Camarero: Y yo, cientos de clientes... puentes.
Maestro: Que luego me olvidan. (Suspira.)
Camarero: Que en mí no se fijan. (Suspira.)
Mozart 3: ¿Y cómo es eso posible si ustedes son únicos, distintos?
Maestro: ¿!Únicos!?
Camarero: ¿!Distintos!?
Mozart 3: Deben tener algún arte.
Maestro: ¿Algún arte?
Camarero: ¿Seguro?
Mozart 3: Señor Maestro, necesito una clase. Como usted debe conocer yo en mi vida
contraje muchas deudas, siempre debía dinero. Eso sucedió porque no supe
administrarme... darme, ni ahorrar... parar. (Ríe.) Me vendría bien una clase de
Matemática... simpática.
Maestro: (Engolado.) Necesitamos tizas, una pizarra, un compás, dos cartabones...
Mozart 3: (Interrumpiéndolo.) Olvide todo eso. Mejor escuche esa música y haga algo
nuevo, original. (Extrae unas barajas de uno de los bolsillos del Maestro, ante la
sorpresa de aquel.) Utilice estas barajas.
Se escucha el pasaje de un concierto, divertimiento o de cualquier creación de Mozart
que se considere apropiada con el ritmo y la naturaleza del número de magia que se
desarrollará a continuación.
Maestro: (A Mozart 3.) Atienda, usted. Si yo tengo cinco barajas (las muestra) y tomo
tres, ¿cuántas quedan?
Mozart 3: Yo diría que dos.
Maestro: ¿Y si tomo dos?
Maestro: Pues, no sé cómo, pero aquí aparece ¡una!
Todos aplauden admirados. El Maestro sigue realizando con las barajas o con otros
útiles un número de magia que podrá ser de cualquier tipo, siempre que se inserte en
los propósitos del espectáculo, y para el cual se podrá ajustar el texto. Al finalizar el
truco relacionado con la Matemática todos aplauden admirados.
Maestro: (Entusiasmado.) Ahora pasamos a la clase de Física ¿ve usted este periódico?
Lo cortamos en pedacitos... (Desarrolla el número del periódico descompuesto en
varias partes que al final se integran o cualquier otro truco que pueda ser relacionado
con la Física. Al final todos aplauden aún más calurosamente.) Y ahora, ¡la clase de
Química! (Debe haber un número con líquidos, donde intervengan vinos y copas.)
Cuando termina:
Mozart 3: ¿Ve usted? Así sus clases serán más interesantes. Sus alumnos aprenderán
mucho mejor y lo recordarán siempre. Ahora, señor Camarero, quisiera un poco de ese
vino.
Camarero: Enseguida, señor. (Le ofrece una copa.)
Mozart 3: ¡Camarero! ¡Camarero! Pero... ¿dónde está usted que yo no lo veo?
Camarero: (Va por el otro lado.) Aquí, señor, para servirlo.
Mozart 3: Me parece oír su voz, pero no logro verlo en parte alguna.
Camarero: Señor, ya le dije...
Mozart 3: Haga algo para que lo vea yo. Vamos, haga algo. Me quiero tomar ese vino.
Camarero: (Sin decidirse.) Es que...
Mozart 3: ¡Haga algo, demonio, que quiero tomarme ese vivo! ¡Escuche la música!
Entra en primer plano cualquier pasaje o fragmento apropiado. El Camarero hace un
número de malabares que debe terminar con la copa de vino. Al finalizar la ofrece a
Mozart 3.
Mozart 3: (Bebe el vino.) ¡Oh, qué vino más delicioso! ¡El mejor que he tomado! Todo
gracias a usted. ¿Cómo podría ahora olvidarlo?
Camarero: (En el colmo de la emoción, lo besa.) ¡Me vio! ¡Me vio! ¡Seré recordado!
Se escuchan voces fuera del escenario.
Mozart 1: Apártese de mí, le dije. Voy a salir.
Mozart 2: Todavía no, tengo mucho miedo del Don Juan.
Mozart 1: ¡Que se quite le digo!
Tía: ¿Qué escándalo es ese?
Entran a escena Mozart 1 y 2. El segundo viene prácticamente colgado del cuello del
primer Mozart. Trae los ojos cerrados.
Mozart 1: (Al 2.) ¿Ve? No hay nadie.
Mozart 2: (Abre los ojos y mira. Se separa de Mozart 1. Descubre a Mozart 3.) ¿Y este
qué hace aquí?
Tío: ¡Estoy viendo triple!
Tía: ¿Qué es esto?
Mozart 1: (A Mozart 3. Terminante.) ¿Quién es usted?
Maestro: (Anhelante.) ¿Quién es?
Mozart 3: (Hace una reverencia, luego una parada de manos.) Wolfgantiki Amadetichi
Mozartsisi. Escobillón de su Majestad. (Alude a su pelo.) Pero en casa me llaman
Worlferl. Y las personas que se creen serias me nombran (imposta la voz, asume una
pose) Mozart.
Tío, Camarero y Maestro: (Con admiración.) ¡Mozart!
Tía: (Desencantada, arruga la nariz.) Wolfgan... tiki.
Escritor: (Con alegría.) ¡Worlferl!
Tío: Te lo dije, sobrino. Te dije que por su música llegaríamos a él.
Mozart 1: ¡Un momento! Que este señor no es Mozart.
Tío: ¡Ah, no! ¿Y se puede saber por qué?
Mozart 2: Porque Mozart soy yo. (Ríe.)
Mozart 1: ¡Yo!
Mozart 2: ¡Yo!
Mozart 3: ¡Yo!
Tía: ¡Basta ya! ¿Por fin, cuál es Mozart?
Los tres Mozart dan un paso al frente y responden al unísono.
Tía: Primero no teníamos ninguno y ahora tenemos tres. ¿Cuál es el verdadero?
Los tres Mozart responden de nuevo a la vez.
Tío: No puede haber tres Mozart. Uno de ustedes se quedará y los demás se tendrán que
irse.
Mozart 1: Ni lo piense. Yo he venido para quedarme.
Mozart 2: Y yo. (Ríe.)
Mozart 3: En ese caso seré yo quien se marche. (Da media vuelta e inicia la salida,
nadie se mueve. Entonces, regresa.) ¿Me van a dejar ir así? ¿No van a hacer nada para
impedírmelo? (Casi en tono de una pataleta.) Vine porque estoy cansado de que las
personas de esta época escuchen mi música y me imaginen como este señor (señala a
Mozart 1): antipático, estirado y aburrido. O si no, como un cretino frívolo e
irresponsable (toma a Mozart 2 por el cuello y lo sacude) que sólo supo hacer
“musiquita” linda y vacía. En mi música está la vida. La mía y la de todos ustedes.
Vine para que aprendieran a escucharla y a través de ella me escuchen. ¡Llevo dos
siglos hablándoles y no me oyen! (Al Camarero.) Por eso he pasado tanto rato en este
escenario sin que hayan podido verme. Y aunque digan que sí, tampoco a mí, señor
Maestro, me recuerdan. No pueden recordarme porque no me conocen y sólo se conoce
lo que se ama. (Transición. Juega de nuevo.) ¡He dicho! (A Mozart 2.) ¡Bicho!
Mozart 1: Muy bien, señor. ¿ya terminó su perorata? Entonces puede irse. Yo me
quedo.
Mozart 2: (Tímido.) Y yo (Ríe.)
Tío: ¡Tengo una idea! Hagamos una prueba.
Mozart 1: ¿Qué prueba? No hay que hacer ninguna prueba.
Mozart 2: ¡Una prueba! ¡Un examen! ¡Qué miedo! Yo no he estudiado.
Tío: Hagamos la prueba de La Flauta Mágica.
Tía: Sí, la última ópera de... (mira a los tres Mozart sin saber por cual decidirse)
¡ejem! Mozart.
Escritor: ¿Qué prueba es esa?
Tío: La de La Montaña de Fuego y El Torrente de Agua. En esa ópera el personaje
principal, que es el Príncipe Tamino, tiene que atravesar una montaña de fuego y un
torrente de agua, y sale vencedor porque lleva la Flauta Mágica.
Maestro: ¿Y dónde está esa flauta?
Mozart 3: En uno mismo, señor, y por eso en cualquier parte.
Mozart 1 y Mozart 2: Tenemos que encontrarla.
Mozart 1 revisa el escenario, mientras Mozart 2 busca entre el público: en los asientos,
la ropa, las manos y el pelo de los niños. Terminan la búsqueda. Se encuentran en el
escenario.
Mozart 1 y Mozart 2: ¡No encontramos nada!
Mozart 3: (Toma la pipa del Tío.) Pues aquí está mi flauta.
Camarero: ¡Con eso!... ¿se hace música?
Mozart 3: La música está en el aire.
Sopla la pipa. Se escucha el sonido dulce de una flauta. La pipa echa pompas de jabón.
En la pantalla de sombras se ve la Montaña de Fuego. Mozart 3 sale de escena, como si
se dirigiera a la montaña. Reaparece tras la pantalla. Se pierde en la Montaña de
Fuego. El resto de los personajes contemplan lo que sucede y acompañan toda la
acción con exclamaciones. Mozart 3 logra atravesar la montaña y reaparece tras la
pantalla. El fuego se dispersa en unos reguiletes tras la pantalla hasta desvanecerse.
Aparece entonces el Torrente de Agua. Por unos segundos Mozart se pierde en el
torrente para reaparecer después. El torrente se convierte en un hermoso surtidor. Con
cada triunfo desaparece uno de los otros Mozart. Entra de nuevo Mozart a escena.
Mozart 3: ¡Huy! ¡Brrr! Esa agua estaba muy fría. Convendría ahora un buen carnaval
para calentarme. ¡Un baile de disfraces! Estoy muy contento de estar de nuevo en el
teatro.
Todos buscan máscaras y trajes. Se escucha a todo volumen el final turco de Un rapto
en el Serrallo. Se produce un baile de carnaval donde el Maestro y el Camarero hacen
malabares y acrobacias. Pueden integrarse también otros artistas circenses. Todos los
retablos se pueblan de muñecos. Otros aparecen por las patas y bambalinas del
escenario. Tras la pantalla de sombras proseguirá el baile con actores, muñecos o
artistas de circo. Las zonas de luz cambian constantemente. Termina el festejo. Todos
jadean, respiran agitados. Se ven muy contentos. Poco a poco vuelve la calma al
escenario.
Tía: (Entusiasmada.) Worlferl... Oh, Worlferl... (No lo encuentra.)
Camarero: Estimado Escobillón, no sabe usted... (No lo encuentra.)
Tío: (Llama.) ¡Mozart!
Tía: (Llama.) ¡Wolfgantiki...!
Escritor: (Llama.) ¡Worlferl!... ¡Worlferl!
Maestro: (Llama.) ¡Maestro!... ¡Maestro!
Nadie responde. Por unos instantes todos quedan en suspenso.
Maestro: (Se despide del Tío y de la Tía.) Vuelvo a mis clases. Ahora mis alumnos me
esperan con ansia. (Tararea, sale haciendo un juego de manos.)
Camarero: (Se despide.) También yo regreso a mi trabajo. Mis clientes esperan (ensaya
unos malabares) por mis manos. (Sale tarareando.)
La Tía recoge sus cosas. El Tío, gentil, la ayuda con la maleta.
Escritor: ¡Tía! (La abraza.) ¡Tío! (Lo abraza.)
Tía: Otros sobrinos nos pueden estar necesitando.
Escritor: (A la Tía, tras una pausa.) Mozart... ¿se fue?
Tía: Dejó su música. Estará contigo siempre que seas capaz de escucharla. Se quedó,
como se queda siempre lo más querido; no puedes verlo porque está en todas partes. (Al
Tío.) ¿Vamos?
Echan a andar tomados del brazo. Tararean bajito la melodía del final de Un rapto en
el Serrallo. Casi al salir de escena ensayan unos pasos de baile. Se pierden.
El Escritor queda solo en la escena. Va a proscenio. Tararea la misma melodía,
primero en voz baja. Por unos segundos, con similar intensidad, se escucha la música.
Cesa. El Escritor tararea más alto. Se escucha la música por unos instantes, ahora a
mayor volumen. Cesa. El Escritor tararea aún más alto, le pide a los niños que lo
ayuden. La música se escucha esta vez con toda intensidad. Se integran la música y el
canto.
Escritor: ¡Es cierto! ¡No te has ido! ¡No te has ido! ¡Mi amigo! ¡Mozart!
TELON

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