La fiesta o Comedia para un delirio José Triana


La fiesta o Comedia para un delirio
José Triana


Para Maria Antonia Rey y René Sánchez



Observaciones generales

Pienso esta obra, igual a todas mis obras, como un juego de la memoria, como un desenfadado intento de recrear personajes y situaciones que en cierta manera están extrañamente vinculadas a una parte de la realidad, pero que no es la realidad, y que si tiene algún contacto con la realidad, es a través de un espejo que se deforma o que impone rostros al revés o de la materia huidiza que vemos con los ojos ciegos de los sueños. Una realidad que se hace y se deshace, que se afirma como una columna o muro y luego se desvanece o diluye para adquirir el vago dibujo de una flor sobre una estameña impresionante. Una realidad que se crea y se esconde en el diverso instante único. Una realidad de sombras difuminadas en un cristal opaco.
El decorado es una casa simple y corriente. Pero puede ser un jardín. Puede ser una playa iluminada por una luna de cartón y estrellas de confeti. O un fragmento de Everglades o del parque de Vizcaya. Puede ser varias cosas al mismo tiempo. El sentido de su realidad debe estar dado por objetos dispares y anacrónicos.
La luz y el claroscuro son elementos fundamentales que deben tenerse en cuenta como algo que configura la realidad y la realidad otra.
La presencia de la música ocupa una parte activa en el desarrollo de la trama y casi podría afirmar que debería ser apoyatura de energía, energía que ayude a darle al texto una mayor fluidez en el trabajo de los actores. Música que viene de lo hondo y se manifiesta en pálpito y gozo, en delicadeza y arrebato expresivo. El texto, por momentos, debe ser cantado y bailado, sin ninguna reserva, tal era lo habitual en el teatro bufo y en el teatro trashumante.


PERSONAJES
 

GERARDO,   hombre de 48 años.
LAURA,   su mujer, 45 años.
ROSI,    hija de ambos, 18 años.
JOHNNY,   novio de Rosi, 20 o 22 años.
PERUCHO,    el tío de Laura, llamado también Perico, 55 años.
CARMELINA,    tía de Gerardo, 60 años.
AMELITA,   supuesta prima de Laura e hija de Perucho, 35 años.
BENITO,   padre de Gerardo, 78 años.
DOÑA PEPILLA,    madre de Gerardo, 75 años, o más.

Lugar: Una casa o un parque o el mezzanini de un hotel, en Miami. Época actual.
  




ArribaActo I

Escena I


Al abrirse el telón aparece en lo oscuro absoluto, al fondo, CARMELINA, vestida con un déshabillé de tul y satín, a la manera de las actrices de los años 30 y 40 del cine americano y francés. Trae una lámpara en las manos. CAMINA lentamente, como una sonámbula. Se sienta en una butaca y se queda dormida con la lámpara en las manos. Afuera se oyen voces y risas apagadas, ruido de cubiertos y platos y el choque de vasos y copas en brindis esporádicos. Una música suave se esparce como un murmullo sensual. Lentas campanadas a intervalos. Entran en lo oscuro JOHNNY vestido como un tenista y PERUCHO como José Candelario Tres Patines, el personaje del teatro vernáculo cubano.


JOHNNY, PERUCHO y CARMELINA, aparte.

JOHNNY.-  ¡Esto me parece un sueño!… O que estoy en las nubes, en la estratosfera..., o en el vacío. ¡Váyase a la puñeta, el muy desgraciado! En otras palabras...
PERUCHO.-  ¡Tremendo embarque, nagüe!
JOHNNY.-  ¿A que viene esa representación en la fiesta?  (Se quita la ropa y se pone otra indumentaria un poco extravagante.)  ¡Eso nunca se ha hecho! ¡No entiendo!, y lo que menos acabo de entender es por qué lo hace. A todas luces, está jodiendo... Ignoro por dónde va. Ignoro por qué. ¡Jamás lo hubiera imaginado!... Recuerda lo que te digo..., esto trae migas.
PERUCHO.-   ¡Natural!... ¡Dos y dos son cuatro y no cinco! ¡Chuparme el dedo a mis años, coño, sería el colmo!... Y el meter a mi hija de reina Etíope me da mala espina... ¡Ella es negra y ahí está el quid! Pero de ahí a convertirla en una mona... ¡No y no!
JOHNNY.-  ¡Lo mismo digo yo!... La fiesta la ha cuidado a las mil maravillas... El escenario, los reflectores, las invitaciones, los programas, los disfraces... Si Fulana viene con Mengano, Perencejo con Sutanejo, el otro con Mascual, la otra con Masquien..., y el Profesor Cachanga, y la Profesora de la Luna Tuerta y la Reina de Transilvania y la Princesa del Comeguanajo y la Reina de Sálvese Quien Pueda y la Marquesa de Aguas Turbias. ¡Del carajo, compadre! Yo, que pensaba en el disfraz de Robín Hood..., ahora..., de eunucos, ¡imagínate tú!
PERUCHO.-    (Indignado.)  ¡De eunuco!... Ayer me dijo de pirata. Y tras antier de brujero. Todos los días hay un cambio. ¡Pues, de eunuco!
JOHNNY.-  ¡Vístete, que nos esperan! ¡Hay que ensayar! ¡Lo ha dicho! ¡En ese molote lo encontrarás...!
PERUCHO.-  Pero uno podría decidir al menos lo que quiere.
JOHNNY.-  ¡No hay peros que valgan!
PERUCHO.-  ¡Le zumba el merequeté!...  (Registra en un bulto y saca un traje de satín. Haciendo una caricatura divertida y con el tono de la conversación anterior.)  Y lo que me encabrona, Carmelina metida en lo que no le importa..., que el color del pelo, que los zapatos, que las camisas, los pliegues del refajo, que el traje de tul..., que el traje de Maria Antonieta y de Shirley Temple..., que si el programa, que si el Sexteto... ¡Si la cojo entre manos, me oirá! La descarga llegará hasta el séptimo cielo.  (Otro tono.)  Ah, y dónde me dejas a la vieja, a Doña Pepilla..., ¡esto no tiene precio!...
JOHNNY.-  ¡Y yo, de inocentón, al principio, diciéndole si a todo! ¡Te digo yo!...  (Haciendo mímica, imitando a GERARDO.)  ¡La fiesta! ¡La fiesta, mi socio!  (Cambio brusco.)  Es capaz de matar a su madre, por hacer lo que tiene entre ceja y ceja. Porque de algo sí estoy convencido... a ése nadie lo detiene... ¿Viste cómo lo decía ayer, delante del viejo y de la vieja? «Esta es la fiesta más importante desde que el tiempo es tiempo» Yo me puse punto en boca...  (Terminándose de disfrazar.)  ¿Cómo me queda esto?
PERUCHO.-    (Con una mueca.)  ¡Pasable!  (Riéndose.)  ¡La fiesta!
JOHNNY.-  ¡Sí, la fiesta!
PERUCHO.-    (Riéndose.)  ¡Hay que tener gandinga!
JOHNNY.-    (Riéndose.)  ¡La fiesta!

(Los dos hombres se ríen mirándose y repitiendo el estribillo de «la fiesta» a manera de leiv-motiv; el uno provoca al otro. Se hacen señas con el intento de calmarse. Pero la risa continúa, y se hace algo incontenible. Los personajes se ponen de espaldas, y creen que se han calmado y cuando vuelven a enfrentarse y a mirarse, la risa explota de nuevo. CARMELINA se despierta mira a los lados y extrañada, como si estuviera oyendo voces de ultratumba, se persigna y llora.)

CARMELINA.-    (Entre sollozos.)  ¡Ay, pobrecito Johnny! ¡Ay, pobrecito!

(Se queda dormida abruptamente y se apaga la lámpara. El escenario cobra, poco a poco, una luz neblinosa de sueño. CARMELINA desaparece. Al fondo aparecen lejanas estrellas. Debe cuidarse la atmósfera de estas y de las subsiguientes escenas.)



Escena II


JOHNNY y PERUCHO.

PERUCHO.-    (Todavía riéndose. A JOHNNY caricaturizando a GERARDO.)  ¡La fiesta más grande desde que el tiempo es tiempo!  (Otro tono.)  ¡Que será como una papaya explosiva o un caracol que se muerde la cola!
JOHNNY.-    (Tratando de reprimir la risa. A PERUCHO.)  ¡Contrólate, viejo!... ¡No me mires, coño!... ¿Qué es lo que te pasa? Oye, Perico, tú... ¡Por favor, si sigues me iré al carajo!
PERUCHO.-    (Limpiándose las lágrimas con un pañuelo.)  ¡El diablo con su badajo, cómo que me llamo Pedro Villavicencio! Es que...  (Irrumpe nuevamente en las risotadas.)  ¡Es increíble!... Y de lo que estábamos hablando antes... Gerardo no está en sus cabales, ¡te lo juro, Johnny!, anda como si estuviera dando tumbos, detrás del palo...  (Mirándose en el espejo del público.)  ¡Miren esto! ¡Un espantapájaros!  (Otro tono.)  ¡Para qué quejarse! Al fin y al cabo, yo puse mi granito de pimienta. La idea de las representaciones fue mía, y él se lo ha tomado tan a pecho que ha comenzado a escribir..., cosas sin ton ni son..., y hay que repetirlas de a porque sí..., y esa historia del robo, pura invención..., y el resto..., te digo yo... ¡Me arrepiento!
JOHNNY.-  ¡Me entra una roña, coño!
PERUCHO.-    (Lo mira, un acento de fría perversidad se encubre en sus palabras.)  ¡Intenta de ser razonable, chico... Frente a la intrepidez y a la locura...
JOHNNY.-    (Evidentemente indignado.)  ¡Que sea razonable! ¡Esta es una encerrona, mírese como se mire, o algún jueguito sucio se trae entre manos!... Ningún derecho tiene, Perucho. ¡Ninguno!... Se ha tomado unas atribuciones, que ni a mi padre, ¿lo oyes?, se las he permitido. Y Rosi, la pobre..., piensa que hay que seguirle la corriente, y ella y su madre andan vestidas como unas brujas...
PERUCHO.-  ¡No me hables! ¡Que se me enciende la sangre, y, mira, soy capaz de volverme un siquitraque, o un volador de a peso!...  (Otro tono.)  ¡Atizar la candela, jamás!  (El falso malestar se hace evidente.)  Piensa que la cuerda se rompe por el lugar más frágil..., y mi relación con Gerardo ha sido difícil, dificilísima... Ha estado y está suspendida en el pico del aura..., o en las tenazas de un cangrejo. ¡Sí, riéte!
JOHNNY.-  Me río pensando en la invención de la avioneta metida, en el mezzanini de Coconut Grove..., y Doña Pepilla subiendo y saludando a los invitados... ¡Tú, eres tú, quien anda agazapado en ese tejemaneje también, bribón!
PERUCHO.-    (Divertido.)  ¡No tiene vuelta de tuerca! Otros se montan en una enorme piña..., en una tinaja como un castillo, en una galaxia, en un carrusel..., en una bicicleta aéreo dinámica..., ¡qué tiene de particular! La vieja puede...
JOHNNY.-  ¡Pero soy yo la estampa viva de un martirologio, Perico!... Nadie puede contarme un cuento. ¡En mi propia carne, en las entrañas! ¡Sí, Perico, sí!  (Con sentido teatral, patético.)  ¡Mírame!... ¡Mírame, coño!
PERUCHO.-  ¡Si sigues, me vas a hacer llorar!  (Se saca un pañuelo de un bolsillo trasero del pantalón y hace que llora.)  ¡Qué cabrona desgracia!  (Mira de reojo a JOHNNY que se ha quedado paralizado, como una estatua.)  Johnny, yo tengo el corazón frágil, y tan indefenso...  (Finge un llanto desconsolado.) 
JOHNNY.-   (Mirándolo extrañado, al público.)  ¿Y a este qué le pasa? ¿Se habrá pensado que soy un comebolas, que me trago picos y flautas...? ¿O tratar á de embrollarme en sus trastadas, y luego sacarme alma y seso?...  (Otro tono. Para sí.)  ¡Cuidado, que este es rinquincalla!


Escena III


JOHNNY, PERUCHO y CARMELINA.
   
Oyese rumor de olas que chocan contra algún farallón. Acto seguido el trote de un caballo que se acerca. Aparece, por el fondo del escenario, CARMELINA montada en un caballo de madera.

CARMELINA.-  (Atravesando el escenario de derecha a izquierda.) ¡Arre, caballito, arre!... ¡Ay, Johnny, mi pobre Johnny, en qué güirigay andas metido! ¡Corre, caballito, corre!  (Hace mutis.) 


Escena IV


JOHNNY y PERUCHO.

PERUCHO.-    (Mirando a JOHNNY que ha vuelto a su posición de estatua. Al público.)  ¡Me da pena! Pero con la pena poco se puede arreglar..., y debo mantener la cabeza fría...  (JOHNNY hace un gesto al público. Después repite los gestos de PERUCHO, evitando ser descubierto.)  Frente a las estupideces de Gerardo y de su futuro yerno, ahí estoy yo, igual que un cañón... ¡Los negocios son los negocios!... ¡Billetes que no los brinca un chivo, en la caja fuerte! Y no perderé la ocasión... El ha ido a la compañía de Aviación y ha hecho un trato fabuloso, ha corrido a los bancos, contando historias mil..., plata, plata... Yo la he visto y me dije: El socio trabaja pa'linglé. ¡Lo que pueda saquear, lo saquearé! Y si Amelita sigue haciéndose la interesante, la embarco, que no es la primera vez...  (Le da una palmada en un hombro. JOHNNY se tambalea, y vuelve a su posición anterior.)  ¡Cabronazo!  (Al público.)  Dios le da barbas a quien no tiene quijada. Porque si no fuera tan socotroco..., con ese corpachón, con esa cara..., el mundo sería mío...
JOHNNY.-    (Lastimero, entrando en una broma.)  ¡Ay, mundo cruel! ¡Sombras en torno sólo veo!... ¿Es este mi destino?... ¡Virgen y mártir, moriré!
PERUCHO.-    (Al público.)  ¿Qué dice...? ¡Peor de lo que yo creía!  (A JOHNNY.)  ¿Es cierto?
JOHNNY.-    (Simpático, divertido.)  ¡Es un decir, hombre!... ¡No comas catibia! Tú lo llevas a la tragedia...  (Cantando en tono de guaracha.)  Castigador, castigador...
PERUCHO.-  (Exagerando, cambiando el tono de voz.) Me tienes erizado..., me tienes en un hilo, en un hilito...!
JOHNNY.-  ¡Tranquilízate! ¡Que no es para tanto!... Gerardo piensa una cosa y es otra. Me está haciendo la vida imposible. ¿Qué es lo que se trae este tipo?... Vamos, aclárame... ¡Sí, no te me hagas el sueco!... ¡Tú sabes!
PERUCHO.-  ¡Que yo sé! ¡En buena me pones! ¡Sé lo que tú me cuentas y punto!
JOHNNY.-    (Fuera de sí.)  ¿Sólo eso?...  (Agarrándolo por el cuello.)  ¡Degenerado!
PERUCHO.-  ¡Si me insultas, no me pegues!
JOHNNY.-  ¡Tramposo! ¿Crees que puedo creerte?... ¡Cómo si no te conociera!... A buen gancho me he colgado...  (Lo suelta. PERUCHO, anonadado no sabe qué hacer.) 
PERUCHO.-  ¡Soy un libro abierto!
JOHNNY.-  ¡Berraco que soy! Lo pienso, y me resisto a creerlo. ¡Sí, viejo, Gerardo es peor que el demonio suelto.  (Otro tono.)  ¿Y cómo es que yo he caído tan bajo?... Porque alguna razón debo tener..., que ignoro.  (Otro tono.)  Me escribe largas cartas, me acosa a llamadas telefónicas, me dice que venga, me arma un zarambeque, y me busca y me trae de Nueva York, ¿y esto a qué viene?, me digo, ¿será que al fin ha comprendido que mi relación con su hija Rosi va en serio?, y me lo repito y casi me convenzo..., y yo trato de poner los puntos sobre las íes, hablarle claramente, y..., y me quedo frito..., y no es eso, cuando me tiene aquí, casi me impide que vea a su hija, el trabajo que me ofrece, ni hablar..., y me tiene entretenido en cuanta bobería existe, que si hay que traer las cortinitas para la señora Laura, que al perrito le gustan los caramelitos de vainilla y los pancakes de Versalles..., y no, que no, que no va..., y me zarandea de lo lindo, sí..., y yo perdiendo el pellejo y las patas por complacerlo, y corre para acá, que si la pintura, corre para allá, que si las mesas y las sillas, que si los micrófonos... Y me veo en el peor de los estropicios, y apenas me reconozco.  (Otro tono.)  ¡Y conmigo no puede! ¡Si me busca, me encuentra!... ¡Perro no come perro!


Escena V


JOHNNY, PERUCHO y GERARDO.


Al fondo se ven los trazos en el cielo de fuegos de artificios o de cometas o meteoros fulgurantes. Repique de tambores, de güiros y maracas. Sorpresivamente aparece GERARDO. Viste el traje de un prestidigitador de los films de los años 30. Un enorme tabaco pende de la comisura de sus labios hacia el lado izquierdo. De vez en cuando algún salivazo.

GERARDO.-  ¿Conspirando, eh, muchachones?  (JOHNNY y PERUCHO quedan paralizados. No responden. GERARDO sonríe divertido, y enseguida mueve su bastón, y se oyen los compases de «El manisero» de Moises Simmons, cantado por Miguelito Valdés. La escena se transforma en la pista de un night club. GERARDO hace los gestos como si cantara bailando.)  ¡Maní! ¡Manisero se va!

(JOHNNY y PERUCHO comienzan a moverse de un modo inconsciente para terminar bailando, cada uno en un sector diferente del escenario. PERUCHO, por su parte, establece un contrapunto con GERARDO cantando: «EL botellero», desgañitándose y remedando al negrito del teatro bufo: «Botellero, ya me voy/cambio globos por botellas./ Botellero, botellero...» Al terminar el número musical, JOHNNY y PERUCHO han hecho mutis, despidiéndose con señas y visajes. GERARDO está solo en la escena.)

GERARDO.-  Eh, tú, Perucho... Johnny, ¿dónde se han metido?... ¡Están jugando al escondido! ¡Esto se pasa de la raya!... Claro, donde puse el ojo puse la bala. ¡Conspiraban! ¡Es increíble! Vengo con las mejores intenciones, ¡y zaz!...  (Cantando en forma de juego.)  ¡Perucho! ¡Johnny! ¡Cuchi-cuchi!...  (Otro tono, enseriándose.)  ¿Estaban, sí o no?... ¿Acaso estoy soñando...? ¡Déjate de estupideces! ¡Ponte en órbita! Uno de los dos ha metido la mano de lo lindo, y debo cogerlo in fraganti, si no estaré hecho leña... ¡Uno o el otro! Estaré atento, vigilaré, me convertiré en un perro de caza, el sabueso de Baskerville, pero el que sea, la pagará... ¡Robarme a lo descarado!... ¿Qué digo? ¿Qué estoy diciendo? ¿Es mi lengua la que habla o es la de otro?  (Amenazador con el bastón, se encamina hacia el lateral derecho e izquierdo.)  ¡Sal, insolente, deslenguado! ¡Sal corriendo!...


Escena VI


GERARDO, LAURA y ROSI.


Por el fondo aparecen LAURA y ROSI vestidas de damas antiguas, con caretas desfiguradas que recuerdan a la Reina Mala y a La Cenicienta. GERARDO, sorprendido, golpea el suelo con el bastón.

GERARDO.-  ¿Estamos de carnaval? ¿De quiénes son esas caretas? ¿Qué buscan? ¿Qué pretenden? ¿Ladrones de pacotilla?
LAURA.-    (En la representación teatral.)  ¡Ladrones, qué obsesión!... ¿El señor llamaba?
ROSI.-  Vengo a implorar clemencia, poderoso taumaturgo.  (Se posterna.) 
GERARDO.-  ¡Qué carajos!
LAURA.-  ¡Cuide su lengua, el señor!...
ROSI.-  ¡Soy una hija vilipendiada, amenazada, torturada! Mi amor, mi único amor...
LAURA.-  ¡Qué descaro, mi hijita!  (Otro tono. A GERARDO. Con gran desenfado a la manera de Luz María Nananina.)  Esta obstinada mocosa se cree que es La Princesa del castillo embrujado de Viscaya, y a los cuatro vientos se afana en desprestigiarme, y merece una reprimenda, te lo digo para que estés sobre aviso..., que el carnicero Serafín, tú entiendes, tú lo conoces..., y que me voy a jugar a los gallos en la valla con Lola la del puerto, y que soy yo y no eres tú, quien se opone al matrimonio...
GERARDO.-   (Al público.)  Pero, ¿qué está pasando, Dios de Dios? ¿De qué hablan? Caretas, máscaras. ¡Oprobios, por todas partes! ¿Es que están conspirando contra mí?...
LAURA.-  ¿Conspirando, de qué, viejo facineroso? ¡Me tienes aburrida con tus enredos! Quieres que se prepare la fiesta, que se hagan los ensayos, y ahora, cuando comienza, te echas para atrás. ¿Te peinas o te haces papelillos?...
GERARDO.-  ¿Cómo? ¿La fiesta? ¡Deliras!
LAURA.-  ¡Qué deliras, ni ocho cuartos! (En una explosión.)  ¡La fiesta, chico!
GERARDO.-    (Totalmente anonadado.)  ¡La fiesta!
LAURA.-  ¿Este hombre está sordo o loco, o amnesia, o qué le pasa? ¿En que trapalerías anda?
ROSI.-   (Con grandes lloros y lamentos.)  Padre, mi dolor aumenta lo mismo que fiebre perniciosa...  (LAURA la mira indiferente y se maquilla hasta la exageración.)  Me han dicho de muy buena tinta que vas a desterrar al hombre de mis sueños a los matojos de las Everglades y allí se pudrirá de nostalgia entre the alligators y las yaguasas, y las cotorras y los pájaros azules, como si fuera Tarzán de rama en rama... o un nuevo Robin Hood...

(Jipíos y lamentos estentóreos de ROSI.)

LAURA.-    (Exasperada, exaltada. A GERARDO y al público.)  ¡Oye, oigan! ¡El colmo del desafío! Tal parece que la estamos matando... ¡Qué bárbara! ¡Qué salación!
ROSI.-  ¡Ayúdame, padre, en mi desamparo!... ¡Muero, muero!... Me arrancaré el corazón y se lo echaré a los perros..., en un collar de lágrimas...
GERARDO.-  Niña, ese es un melodramón, o un soap opera. ¿Estoy soñando o me ponen en los ojos una venda de milagros?
LAURA.-  ¡Qué imaginación! ¡Un despropósito continuo!
ROSI.-    (Imitando a las actrices del cine silente, aferrándose a las piernas de GERARDO.)  Oh, my father, daddy, my Robin no es un eunuco, ¡Dios me libre!, ni ningún maleante..., intercedo por él..., mírame, languidezco de ausencia..., soy capaz de..., de que me entregue al vicio... Ten piedad. ¡Mírame a tus pies!... No seas así de infame como el tío Perico, que tiene a mi prima Amelita, a pan y agua en una mazmorra..., por amores contrariados...
LAURA.-  ¡Pusiste el dedo en la llaga, hija!  (Feroz. A GERARDO.)  ¡Amelita! ¡No te da vergüenza! ¡Amelita!... ¡Anoche, buena noche, tuviste! ¡Todo el mundo se presta a la infamia! ¿Irá con nosotras en el Oldsmovil? ¿O tendrá, ella, una carroza especial, como la Marquesa de Antioquía?
GERARDO.-    (Exaltado.)  Mujer, no te permito... No me hagas que pierda la paciencia, que esta no es una novela de Corín Tellado...
ROSI.-    (Indiferente a los gritos de sus padres.)  ¿Soy un jazmín, una rosa, o un clavel apachurrado...?
GERARDO.-    (Como un niño pequeño que le da una perreta. Golpeando con el bastón a diestra y siniestra.)  ¡No entiendo! ¡No entiendo! ¡Me acusan como si yo fuera el Hombre de las Barbas! ¡Vade retro!... ¡Semejante atropello! La cabeza me va a estallar y no quiero perder el control... ¡Váyanse, las dos!
LAURA.-    (Ofendida.)  De lugares mejores me han botado, infiel... ¡Rosi, levántate, y que los dioses no sean benignos!  (Ayuda a levantar a ROSI. Despectiva.)  Tu padre padece de sonambulismo crónico.  (Las dos hacen mutis.)  ¡Pirata!
GERARDO.-    (Recapacitando.)  ¡Tienen razón! ¡La fiesta! ¡Ya la había olvidado!  (Mirando al público como si fuera un espejo; se oyen pasos y mira hacia atrás. Al publico.)  ¡El sueño de mis sueños!  (Oyense los compases del danzón «Almendra». Revisa su corbata, el chaleco, los bigotes postizos, las cejas, el sombrero de copa, etc.)  ¡La reina etíope!... Ah, la pasión me inflama...

(Se esconde detrás del biombo. El escenario se transforma bajo el efecto de una luz rosada de amanecer, y se hace perceptible un instante de magia. Música: formidable simbiosis de los ritmos hindúes y afrocubanos de Zakir Hussain y Tata Guines.)



Escena VII


AMELITA, GERARDO (escondido) y JOHNNY y PERUCHO vestidos de eunucos, portadores de enormes abanicos.

AMELITA.-
 (Avanza lentamente por el escenario vestida como la Reina de la Noche mientras deshoja una rosa. JOHNNY y PERUCHO la acompañan abanicándola.)  
Sonámbula igual que agua remota
Orión los huertos acuna del alba,
fulgores y murmullos en el cuerpo,
una especie de música celeste.
Un aire que florece devorando
las cuerdas vaporosas, las señales
dispuestas como cartas o señuelos
de los gnomos sagrados y graciosos.
Sonámbula y continua Orión agita.
Su fijeza estremece, nada alude.
Nadie piensa hasta qué punto pervive
como imagen tenaz alucinada
en la memoria a trazos, atrevida
compañera, secreta, estrella lúdica.


(AMELITA termina el poema de rodillas en el centro del escenario, y luego se recuesta entre unos almohadones.)

AMELITA.-   (A JOHNNY y a PERUCHO.)  Dejadme en los brazos del lecho.

(Los dos personajes hacen mutis, después de rendirle una reverencia.)



Escena VIII


GERARDO y AMELITA.


Entra en puntillas de pie GERARDO. Se oye, como un leve cosquilleo -a veces imperceptible, tal el aire del trópico al amanecer- el son «Tres lindas cubanas» de GUILLERMO Castillo, tocado por el Sexteto Habanero.

GERARDO.-  ¡Dios mío, duerme!... ¡Ah, la luz del alba puede despertarla! Su ágil sueño puede vestirse de espejos taciturnos...  (Se aproxima al lecho improvisado de cojines.)  Su aliento embalsama mi alma.  (La mira de cerca.)  Oh, ángel nubio, eres el modelo perfecto que ha creado la naturaleza...  (Otro tono.)  ¡Cuántas noches desvelado he pensado en su aérea forma..., y ahora podría tocarla, ahora la tengo a mi voluntad, tan cercana, que tengo miedo! Es como si llegara este instante demasiado de prisa, como si fuera demasiado real, como si me viera obligado a aceptarlo, y mis manos y mis ojos no pueden negarlo ni pueden probarlo..., y me veo en la necesidad de aceptarlo y de creer en lo inexplicable.
AMELITA.-    (Entre sueños.)  ¿Quién se agita a mi lado?
GERARDO.-  Todavía está amaneciendo.
AMELITA.-  ¡No puede ser!
GERARDO.-  ¡Te digo que sí! Tintes rojizos en el horizonte...
AMELITA.-    (Todavía entre sueños.)  Toda la noche estuve mirando cómo las estrellas golpeaban la arena..., y tuve miedo.  (Otro tono.)  ¿Quién eres?  (Como una letanía.)  ¿Quién, quién, quién?
GERARDO.-  ¡Soy yo!
AMELITA.-    (Todavía entre sueños. Como una adolescente.)  ¿Tú? ¿Quién?
GERARDO.-  Cuido tu sueño. Sigue dormida.
AMELITA.-  Necesito saber...
GERARDO.-  Nadie sabe.
AMELITA.-  ¡Pronto será de día! La luz avanza..., se difumina..., y la música del aire, columnas viene creando entre tú y yo..., y un muro que nos separa... No quiero saber tu nombre, porque tu nombre conozco, y se irá conmigo a la tumba...
GERARDO.-  ¡Calla!... No abras los ojos. Quédate soñando tu sueño que es aventura.  (Suavemente la incorpora, ella se cuelga de sus brazos.)  ¡Hasta ahora era imposible vernos de este modo!...  (Aparte.)  Me la comería viva.
AMELITA.-  Dime que este sueño nunca termina, que la noche es el día, y el día un oscuro crucigrama..., que se hace noche si tú quieres, y caen en pedazos los astros en la palma de tu mano..., y el musgo de tus dedos...
GERARDO.-    (Apasionado.)  ¡Oh, amor, amor...!  (Intenta besarla.) 
AMELITA.-  ¡Canalla! ¿Cómo has entrado en mi cuarto?... ¡Te aprovechas de mi debilidad!... ¡Soy una mujer indefensa!
GERARDO.-    (Conciliador.)  ¡No digas eso!
AMELITA.-  ¡Lo afirmo!...  (Violenta.)  ¡Déjame! No puedo seguir en esto. No lo soporto. Me siento perdida.
GERARDO.-  ¿Rechazas este sueño? ¿Te apartas del juego?
AMELITA.-  ¿Qué sueño? ¿Qué juego? ¡Tu sueño! ¡Tu juego!... ¿Y Laura? ¿Acaso no debo respetarla?... ¿Quieres que en sus propias narices...? Si, Ulrico, es un sueño que no quiero soñar, un juego al que no sé jugar..., ni me interesa...
GERARDO.-    (Con un dejo de cinismo y melancolía.)  ¡Dices boberas! ¡Un error funesto! ¿Por qué metes a Laura en esto? ¿Es que no puedes comprender que ella sea totalmente indiferente?...  (AMELITA está súbitamente hipnotizada.)  Las relaciones cambian con el tiempo. Algún día lo sabrás. Si tú quieres, tu discreción no permitirá ningún resquicio... Ella no tendrá un motivo de queja. Yo lo sé...  (Apartándose.)  Te juro que yo...
AMELITA.-  ¿Juras, qué, desvergonzado?... ¿Qué careta te has puesto?
GERARDO.-    (Sonriente, divertido.)  ¡La que tengo!
AMELITA.-    (Agresiva.)  ¡No me hagas reír!
GERARDO.-    (Sonriente todavía.)  ¿Te desagrada?
AMELITA.-    (Severa.)  Haciendo el papelito del mandamás. El que mueve los hilos y villas y castillos.
GERARDO.-  ¿Me recriminas entonces?
AMELITA.-  Cara de palo, no..., de plomo. Vienes con la intención..., de... echarme el guante. ¡Apártate! ¡Lárgate de mi vista!... Jamás se te ocurra..., ¿me oyes?...  (GERARDO se pone en pie, y se aparta temeroso.)  ¡Eso es lo que tienes que hacer! ¡Vete!  (GERARDO comienza su retirada. Cambio brusco de tono.)  ¿Te vas?... Amor, amor, espejo roto, cabeza vana...
GERARDO.-  Cuando me acerca te alejas, cuando me alejo te acercas... ¡En una perpetua batalla que me impones, no puedo, no puedo...! ¡Me quieres para ti sola?... Sin proponérmelo, exiges que deje casa, mujer, hija...? ¿Quieres que sea un errante, un vagabundo?
AMELITA.-  ¡Mentira!... ¡Esa es una excusa! Lo que ocultas es que, en el fondo, en el fondo de ti, soy un juguete, un instrumento..., un cero a la izquierda, y me dejarás dormida siempre en este sepulcro del sueño. ¡Sí, confiésalo! Mañana ignorarás lo que me has dicho, y me vilipendiarás, y estarás de espaldas, como mi padre, que me ha retenido cualquier gesto de afecto, porque soy diferente..., ¡una negra!...
GERARDO.-    (Sarcástico.)  ¡Qué tupé el tuyo! ¡Cómo si fuera un obstáculo a estas horas el color de la piel?  (Otro tono.)  ¡Te gusta humillarme!
AMELITA.-    (Riéndose, con largas carcajadas.)  No deseas oír la realidad..., siempre al otro lado, siempre con la conciencia sucia...
GERARDO.-  Si lo prefieres..., ni te asomes por la fiesta.
AMELITA.-  ¡Ulrico!  (Se miran brevemente; él le da la espalda.)  Ah, poco me importa,  (Se pone en pie.)  quédate..., no seas bobo, quiero conquistar tu amor... Comprende que una mujer...  (GERARDO continúa de espaldas.)  Sí, te lo suplico...  (Le da la espalda.)  ¡Ahora o nunca!  (Pausa breve. GERARDO desaparece.)  ¡Déjame, déjame sola!  (En un grito.)  ¡No te vayas, pipo! ¡Ulrico!...  (Hace mutis, corriendo detrás de él.) 


Escena IX


LAURA, ROSI, Don BENITO y DOÑA PEPILLA.


La escena se transforma con los cambios de la luz. Se sobre impone la voz cantarina de LAURA, llamando a GERARDO. Entran a escena LAURA, ROSI y Don BENITO. Dando tumbos, apoyada en su bastón, los sigue DOÑA PEPILLA. Utilizan trajes contemporáneos. Don BENITO, sin decir palabra, la mayor parte del tiempo, observa, husmea, comprueba la calidad de las columnas de maderas colocadas en el escenario como laberinto.

ROSI.-  ¡Ay, mami, no grites! ¡Te desgañitas inútilmente!... (Mirando a su entorno.) ¡Qué feo es esto! ¿Y aquí es donde papi quiere hacer la fiesta?  (Señalando al público.)  ¿Y esa gente qué hace ahí sentada?
LAURA.-    (Dándole un manotazo.)  ¡Cállate, Rosi! ¡Que pueden oírte!... ¡Qué imprudente, Dios mío!  (Secreteando.)  ¡Son de la construcción!...  (Llamando con voz cantarina va hacia un lateral del escenario.)  ¡Gerar...! ¡Gerardo!
ROSI.-    (Mirando hacia arriba en el centro de la escena.)  ¡Es horrible! ¡Uf, me da grima!... ¿Y es este el mezzanine del Coconut Grove? ¿Estaré soñando?
DOÑA PEPILLA.-    (Sola.)  ¡Ya te lo dije, Benito, si empiezan a hablar de política, me voy! Bastante tengo con el salpullido que me crece como un árbol desde las plantas de los pies. ¡Te lo digo, pero tú no escarmientas! ¡La política! ¡La política!... ¡Qué insensatez!  (A ROSI. Con sigilo.)  Rosi, Rosi, ven acá. ¿Sabes de lo que me enteré ayer? La prima de la sobrina de una parienta de Benito logró escaparse de la isla montada en un tiburón, como Dios manda... y Luisito, el medio hermano de la negra...
ROSI.-  ¡No entiendo, abuela! ¿De quién habla?...
DOÑA PEPILLA.-  El medio hermano de la negra...
ROSI.-  ¿De la negra? ¿De qué negra?
DOÑA PEPILLA.-  ¿De quién va a ser, hijita? ¡De ese parche oscuro, de esa contienda!  (Secreteando, llena de visajes.)  ¡De Amelita!
ROSI.-  ¡Ah!... (Otro tono.)  ¿Y su medio hermano, Luisito, qué...?
DOÑA PEPILLA.-  Atravesó en bicicleta el Paso de los vientos...
ROSI.-  ¡Abuela, te la comiste!
DOÑA PEPILLA.-  ¡Si, Rosi, como te lo digo!  (Gráfica.)  En bicicleta, dale que dale, dale que dale...
ROSI.-    (Gritando.)  Mami, mami... Oye, lo que dice abuela...
LAURA.-    (Gritando desde el fondo.)  ¡Ya voy, Rosi! ¡No jeringues!
DON BENITO.-  ¡Esto no tiene pinta para se haga una fiesta!
ROSI.-  ¡Es lo que digo yo, abuelo! ¡Qué fúnebre! ¡Me pone los pelos de punta! Esta es la cueva de Drácula. O de Frankestein.
DON BENITO.-  ¡A mí no me gusta!
LAURA.-    (A GERARDO que viene hacia el primer plano.)  ¡Al fin, hombre!


Escena XI


GERARDO y los otros personajes.

GERARDO.-    (Entrando, sonriente.)  ¿Les gusta, no?...  (Toma una silla y se la ofrece a DOÑA PEPILLA.)  Venga, mamá, siéntese.
LAURA.-  ¡Gustarme, lo que se dice, gustarme...!
ROSI.-    (Represiva, a LAURA.)  ¡Mami!...  (A GERARDO.)  ¡Hablando con propiedad, papi, es un horror..., sí, un horror! ¿Es este realmente el mezzanine tan fantástico?
DON BENITO.-  ¡Niña!... En la casa sería mejor...
LAURA.-  ¡En la casa! ¡Ah, no!... Con el servicio que una fiesta requiere... ¡Ah, no!... Me estropearían los muebles, y las alfombras y la vajilla..., y el búcaro que compré en Tiffany..., y las lámparas...
GERARDO.-  ¡Eso es lo de menos, mujer! ¡Se comprarían platos de cartón y los cubiertos plásticos!...
LAURA.-  ¡Qué estás diciendo, hombre!
ROSI.-    (Violenta.)  ¿Quéee? ¡Estás loco! ¡Cubiertos plásticos! ¡Platos de cartón! ¿Qué dirían mis amiguitas?..., y Johnny, yo sé que se opondrá.
LAURA.-    (Radical.)  ¡No! ¡Quítatelo de la cabeza! La niña tiene razón.
DOÑA PEPILLA.-    (Casi gritando y dando bastonazos.)  ¡Si van a hablar de política, yo me voy! ¡Nada bueno trae!, y en la última trifulca, acuérdate, hijo, que...
ROSI.-    (Violenta.)  ¡Cállese ya, abuela!
DOÑA PEPILLA.-  ¡Sí, la política, sí, yo sé bien...!
GERARDO.-    (Gritando.)  No estamos hablando de política, coño.
DOÑA PEPILLA.-  ¡Es lo que tú me quieres hacer creer, hijo! La política, siempre...


Escena XII


CARMELINA y los otros personajes.


Entra CARMELINA con una bata de andar por casa, unas chinelas y la cabeza, con el pelo recogido por múltiples rolos, envuelta en un turbante transparente o una redecilla.

CARMELINA.-  ¡Ay, niños, que bulla, qué gritería! ¡No la dejan a uno dormir la mañana!  (Se sienta abruptamente en una silla y saca de un costurero hilos y agujas y se pone a tejer.)  Y con las neuralgias y los desvelos que tengo, y luego esa madrépora pegada, endilgada,  (Señala hacia el riñón y la cintura.) , con una impertinencia y un desasosiego, como en un cachumbambé..., y medicinas vienen y medicinas van..., y el Doctor Pérez y el Doctor Juan..., y sigue, en lo mismo, fija. ¡Digo, la madrépora!  (Se sienta con gran desplante y murumacas.)  Ah, y la señorita..., Amelita..., me dijo que no podía venir, que la disculparan, que había pasado una noche de perros..., por el insomnio..., que las decisiones que tomaran, ella las aceptaba..., sin chistar, como cosa buena. ¡Esa morenita se las trae! ¡En lo que la he visto, bueeno...!

(Mira a GERARDO, con una sutil provocación. GERARDO no se siente aludido. Los personajes se miran unos a los otros llenos de perplejidad, encogiéndose de hombros. LAURA y GERARDO se pierden en el laberinto, conversando, más bien, discutiendo; se deduce por el manoteo empleado. Don BENITO mira el cielo raso como si contemplara las nubes, en una abstracción absoluta. Sin mirarlos.)
  
¿De qué hablaban? ¿De la fiesta?...  (A DOÑA PEPILLA.)  Ven, acá, vieja, ¿es verdad que las madréporas se reproducen en la primavera?
DOÑA PEPILLA.-  ¿Qué, hija, qué?
CARMELINA.-    (Al público.)  ¡Está más sorda que una tapia!...  (Otro tono.)  ¡Ay, hermana, hermanita!...
DOÑA PEPILLA.-  ¡La política, hija!
CARMELINA.-  Naturalmente...
LAURA.-    (A CARMELINA, refiriéndose al salón.)  ¡Esto hay que pintarlo de todas todas para la fiesta! ¿Tú crees que el rojo bermellón o el amarillo canario o un prusia tirando a violeta?... ¿O los tapices venecianos de Maricusa irán mejor?  (CARMELINA no le hace caso. Indignada.)  Perdona, mujer...
CARMELINA.-    (Abstraída, en una nebulosa.)  ¿Quién hablaba?
DOÑA PEPILLA.-  Que el Presidente Menocal, ese si que era un hombre..., decía mamá, y con sus baches y pifias que los tuvo..., y hacerse ilusiones..., ¡puaf!, y dígame usted..., lo que vino después se lo regalo al mono más pintado.
CARMELINA.-  En efecto, hermana...
LAURA.-  ¡Ay, Dios mío, qué barrenillo tiene hoy!
ROSI.-    (A LAURA.)  ¡Está insoportable!
GERARDO.-    (Que está al fondo entre el laberinto de los soportes de los andamios de madera, salta como un tigre. A LAURA y ROSI.)  ¡A todos nos llega ese cuarto de hora y cuando les llegue a ustedes, veremos!
LAURA.-  ¡Ya ni se puede hablar!  (Regresa a donde está GERARDO.) 
ROSI.-    (A DOÑA PEPILLA en tono cantarín.)  Abuela, se lo voy a decir a Johnny..., y yo sé que a él no le va a gustar...
DOÑA PEPILLA.-    (Asustada.)  ¿Qué cosa, hija..., qué cosa?
ROSI.-    (Jugándole una broma.)  Yo sé que si Johnny se entera que usted está despotricando contra la política, le pondrá mala cara... Porque Johnny, sí, abuela, Johnny será algún día alcalde... ¿El no es su novio?...  (DOÑA PEPILLA hace un gesto de sorpresa, poniéndose la mano en la boca, divertida, emitiendo una risita y palabras ininteligibles.)  Daddy, ¿que le pasa a Johnny que no viene?
GERARDO.-    (Dentro del laberinto.)  Johnny, Johnny, Johnny... ¡Ya me tienen hasta la coronilla con el Johnny ese!
ROSI.-    (A GERARDO.)  ¡Tú no lo soportas! Lo maltratas, lo humillas en la primera oportunidad que se te presenta.
GERARDO.-    (A ROSI.)  ¡No es eso, hija!... Pareces una retrasada mental: Johnny, Johnny. Johnny para aquí, Johnny para acá. ¡Deja al muchacho que se desarrolle! Él y Gerardo están solucionando los costos de la fiesta con el Administrador y Director del Hotel. ¡Para qué los he entrenado!  (Exaltando, burlón.)  Johnny, Johnny... ¡Qué pendencia, madre mía!  (ROSI, molesta, se sienta aparte.) 
DOÑA PEPILLA.-    (A GERARDO.)  ¡Deja tranquilo a Johnny, que es más bueno que una panetela borracha!
CARMELINA.-    (Con un diabolismo encubierto.)  ¡Sí, aguanta el carro, Gerardo! Johnny es un ángel caído del cielo...
DOÑA PEPILLA.-    (A CARMELINA.)  ¿Lo estás defendiendo, querida?... A mi me parece lo contrario.
LAURA.-    (Indignada.)  ¿No tienen otra cosa que hacer? Porque si van a armar una bronca a causa de Johnny, me lo avisan, y espanto la mula ahora mismitico...  (A GERARDO.)  Por última vez, te lo suplico, que esa fiesta...
CARMELINA.-    (En su labor.)  Los humores, hoy por hoy, están echando chispas...
GERARDO.-    (A LAURA.)  Te opones a lo que digo, a lo que hago, como si fuera un cero a la izquierda...
LAURA.-  Por favor, no des un espectáculo...
GERARDO.-  Si la rechazas de plano, ¡allá tú!  (Va hacia el fondo.) 
LAURA.-  ¡Es imposible!  (Sigue a GERARDO.) 
DON BENITO.-    (Sentándose, enérgico.)  ¡Imposible!... ¡Lo digo yo! Pero me abstengo de opinar... Porque a la hora de los mameyes, la culpa de todo lo tiene el totí..., y estos son capaces de enredarme en la pata de los caballos..., por un sí o por un no. ¡Conozco el percal! ¡Y guerra avisada no mata soldado!... ¡Sí, señor, palabra santa!
DOÑA PEPILLA.-   ¡Pues yo si quiero la fiesta, qué caramba!...  (Casi poniéndose en pie.)  Con lechón asado y congrí y los platanitos bien maduritos, requetemaduritos..., y los tamalitos de Berta, y la yuca con mojo, y las frituritas de bacalao, y los boniatos asaditos, y las empanadillas, y el fufú..., ah, y los pimientos morrones, y la salsita, eh, Gerardo, hijo...
CARMELINA.-    (En un exabrupto.)  ¡Misericordia!  (Se persigna.)  ¡Mi hermana y tú puede comer esa cantidad, así..., sin miseria! ¡Una oye cada cosa, Madre Santísima! ¡Eso se llama atracón, y lo demás es mentira!  (Hablando con un personaje invisible.)  ¡Dígame usted, si la dejan sola! ¡No hay quien le quite una apoplejía, y con ambulancia, de corre corre, y ni el médico chino la salva!  (Otro tono.)  ¡No se agite, abuela, que esto hay que tomarlo con calma! Paciencia, mucha paciencia, como decía Chan Li Po. ¡Mejor viva, que muerta!
DOÑA PEPILLA.-  ¡Ay, muchacha, qué ordinaria y qué mala entraña!...  (Mascullando, para sí.)  La política siempre es una enfermedad.
GERARDO.-    (Desde el fondo, gritando.)  ¡Esto se arregla facilito, de un plumazo y democráticamente! ¡Johnny, Perucho!
LAURA.-    (Desesperada. A GERARDO.)  ¡Por favor, viejo, no te acalores! ¡Puede darte un infarto!
GERARDO.-    (A JOHNNY y PERUCHO.)  ¡Terminen de una vez!

(ROSI, rápida, corre a los brazos de su padre, esperando la entrada de JOHNNY. Oyese alharaca, risas y voces, y los compases del «Son de La Loma» suena del mismo modo que en la Escena 8, «Las Tres Lindas Cubanas».)

CARMELINA.-    (Misteriosa, como si hablara con un personaje invisible.)  Anoche, después de lo que vi en la comedia, me puse a soñar con madréporas.
DOÑA PEPILLA.-    (Ansiosa, sacando el rosario de un bolsillo.)  ¿Qué fue lo que viste? ¿Se puede saber?
CARMELINA.-  ¡Ay, Doña Pepilla, en boca cerrada no entran moscas!  (Otro tono.)  ¡Es un bombazo!
DON BENITO.-    (Como si hablara con un personaje invisible.)  A misteriosa no hay quien se la gane..., ni la hija de Agatha Christe, y es mucho. Enredadora a más no poder. Yo le huyo como a la peste... Usted la ve, con esa carita de yo no fui... Se despepita por chismes, embrollos..., un permanente culipandeo..., que si en la tierra ella estuviera sola, hasta con las piedras..., lo juro!... ¡hasta con las piedras! ¡Especialista!
DOÑA PEPILLA.-    (A CARMELINA.)  ¡Anda, suelta prenda! ¡Al bagazo poco caso!... El está chocho y loco de atar...  (Gesto negativo de CARMELINA con los labios.)  ¿Qué viste?
CARMELINA.-  ¿Chocho, loco, dices? No, querida. Ahí está el detalle.  (Paladeando cada palabra, y algunas muecas. Autosuficiente.)  Don Benito, déjeme recordarle, que el que puede puede, ¿de acuerdo? Estoy hablando con mi hermana, y mi marido, que habiendo sido mi marido, Dios lo tenga en la gloria, era incapaz de insinuarme e insinuar los oprobios que usted en una fracción de segundo es capaz de expeler a los cuatro puntos cardinales del Zodíaco...  (Poniendo la misma cara a la réplica anterior de DOÑA PEPILLA.)  ¡No, Doña Pepilla!... A Don Benito le inquiquina.  (Otro tono, quizás un poco zafia.)  ¡No se apure!...  (Mirando a Don BENITO y en secreteo.)  Ya te lo contaré con lujo de detalles, ¡entre mujeres solas!
DOÑA PEPILLA.-  Ay eres mi hermana, pero...  (Al público.)  ¡Qué pesada!... ¡Y ají guaguao!
DON BENITO.-    (Al público.)  ¡Dios las cría y ellas se juntan!

( Pausa.)

CARMELINA.-    (Hablando con otro personaje invisible.)  ¡Fue un sueño tremendo!  (Pausa breve. Otro tono. En una especie de monólogo.)  Un sueño largo, interminable... Vi las madréporas cómo crecían, y caracoles y tulipanes, y culebras que se descolgaban de un árbol extraño, como sólo en los sueños vemos... Oí perros gruñendo una eternidad, y yo estaba en lo oscuro, mirando, igualita que cuando niña. Con mis bucles a lo Shirley Temple..., y unas manos que venían y me rozaban..., ¡qué miedo! Y soplaba una ventolera de humo, y cruzaban miles y miles de zepelines, simulando bandadas de pájaros locos, casi a ras de tierra, y no tuve miedo, porque allí estaba mi difunto..., arrancándose brazos y piernas..., y el humo iba cubriendo el paisaje, y yo me quedé con unos caracoles en las manos y unos tulipanes resplandecientes... Es extraño, ¿verdad?

(Mientras CARMELINA narra el sueño, DOÑA PEPILLA y Don BENITO se quedan dormidos. Al concluir la narración, DOÑA PEPILLA se despierta, bajo el efecto de una sacudida, mira a todos lados sorprendida.)


DOÑA PEPILLA.-    (A CARMELINA, gritando.)  ¡Chica, estás más loca que una cabra!


Escena XIII


JOHNNY, PERUCHO y los mismos.


JOHNNY y PERUCHO entran al escenario con los rostros eufóricos. GERARDO, LAURA y ROSI los siguen expectantes, sin decir palabra. JOHNNY mira a PERUCHO cuando está, más o menos, en el centro del escenario y se detiene.

JOHNNY.-    (Al PERUCHO.)  ¡Dile tú!
PERUCHO.-  ¿Qué le diga yo, qué?
JOHNNY.-    (A GERARDO, frotándose las manos.)  ¡Asunto concluido! ¡Una ganga!... ¡Una verdadera ganga!... ¡Trabajo fino!...  (A PERUCHO.)  ¿Qué, se lo digo?
PERUCHO.-  ¡Díselo! ¡Que entre hombres no hay cuentos de camino!
JOHNNY.-  ¡Veinte mil maracas!
DON BENITO.-    (Se despierta de un salto. En su asombro.)  ¿Quéee? ¡Veinte mil!
LAURA.-    (En un grito.)  ¿Veinte mil...?
DOÑA PEPILLA.-  ¿Veinte mil?... ¡Dios mío, que careros!... ¿Y no pueden hacer una rebajita?
ROSI.-  Pero, Johnny, mi amor, ¿tú crees que los dólares vienen cayendo del cielo, o son mangos bajitos?
CARMELINA.-  ¡Veinte mil...!  (A JOHNNY.)  ¡Tú estás jugando!
JOHNNY.-  ¡Como zumba y suena!  (Cantarín.)  ¡Veinte mil maracas!
DON BENITO.-  ¡No, no es posible!
JOHNNY.-    (Sonriente, divertido.)  ¡Que sí, que sí es posible!
DON BENITO.-  Oye, con esa cantidad, pido un adelanto en el Banco, me compro un apartamento en la playa y lo alquilo, y vivo de rentas...
ROSI.-  No, Johnny, no. Este lugar es feo..., espantoso..., horroroso.
DOÑA PEPILLA.-  ¡Inconcebible!... Me ha dejado turalata. ¡Qué horror!... Y a ti, Johnny, te parece una ganga... ¡Veinte mil dólares! ¡Ni uno más ni uno menos! ¡Uno detrás del otro!... ¿Quieren que les sea sincera?... Con ese dinerito me doy un crucero por las Bahamas en una nueva Luna de Miel con Benito..., ¿qué les parece?
JOHNNY.-  Oigan, señores, ustedes piensan que soy yo quien decide..., no, es él... (Señala hacia GERARDO.) 
GERARDO.-    (Sonriente.)  ¡Sí, soy yo! Y digo: a un gustazo un trancazo y la muerte le sabe a gloria...
DON BENITO.-  ¡Que ese trancazo te sea menos leve!
LAURA.-    (Indignada.)  Querido, si tú quieres tirar la plata por la ventana o en el latón de la basura, yo me opongo.  (A ROSI.)  ¿No es cierto, nena?
ROSI.-    (Como una niña malcriada.)  ¡No, daddy, no!

(Se inicia una algarabía que se va haciendo más y más rítmica y estruendosa (que no destruya la escena de CARMELINA y PERUCHO), hasta alcanzar un clímax. JOHNNY contra ROSI, DOÑA PEPILLA contra Don BENITO, LAURA contra GERARDO, GERARDO contra JOHNNY, ROSI contra DOÑA PEPILLA, Don BENITO contra LAURA: «Que no» «Que sí» «Que no» «Que sí», casi en forma de canto, a la manera de Rossini.)

PERUCHO.-    (A CARMELINA, en plan de conquistador.)  ¿Y usted, qué dice, señora?
CARMELINA.-    (Circunspecta.)  ¿Yo?... Miro, oigo y callo.
PERUCHO.-  ¿Y se puede saber, por qué?
CARMELINA.-  ¿Y a usted qué le va y qué le viene, señor?... En un decir, ¿quién le dio velas en este entierro?
PERUCHO.-  Quizás sea posible..., yo podría resolver, sin mucha dificultad... Yo podría ayudarla a que desaparecieran esas telarañas del abandono, de la ausencia... ¡A darle candela, mulata!
CARMELINA.-  Pero, ¿con quién piensa usted que está hablando?  (Otro tono.)  Oye, niño, déjate de esa confiancita... ¡Tan sangrón!

(Desde el fondo se oye un grito atroz.)

GERARDO.-    (Gritando.)  ¡Basta!  (Los personajes quedan paralizados. De un salto, se sube a un pequeño andamio. Otro tono.)  ¡Calma!..., señores. ¡Calma! Debemos ponernos de acuerdo... Cosa embrollada, debido a la complejidad de criterios, debido a las dificultades de entendimiento. Hablamos con las mismas palabras, y estamos planteando puntos de vistas diferentes..., y esto se vuelve una cacofonía.  (Voces al fondo. Alguien emite un chiflido, quizás Don BENITO.)  Hablando democráticamente, estamos de acuerdo en que debemos hacer la fiesta.  (Voces desde diferentes lugares: ¡Sí! ¡No! ¡No! ¡Sí!)  ¿Nos podremos de acuerdo? ¿Sí o no?  (Silencio absoluto.)  Por favor, hablen. Expresen sus opiniones. Por qué sí. Por qué no.  (Silencio absoluto.)  ¿Los ratones les han comido las lenguas? ¡Que no se diga!... Vamos, ánimo! Por allí, a ver...  (Señala a Don BENITO que comienza a emitir gruñidos ininteligibles. Otro tono.)  Ya he oído el runrún, voces que andan vagando por la sala, de que este es un lugar muy feo, que es espantoso, que es insalubre, que no se presta, que..., que apenas existen condiciones... Y a esas mismas voces, yo le respondo: cuando llegamos, hace ya unos cuantos añitos, Rosi no estaba nacida, ni creo yo se pensara en ello, esas mismas palabras de hoy «feo, espantoso, insalubre», las oí en aquel entonces, y qué ha sucedido, con la contribución de cientos y cientos de hombres hemos construido un sueño, no..., no es perfecto, lejos de ello, queda mucho por hacer..., y seguiremos luchando y creando..., creando y luchando. Apliquemos esa lección en este sitio. Hay quienes construyen. Hay quienes destruyen. Ustedes lo saben. Seamos de los primeros. Y veremos, veremos la fiesta, nuestra fiesta.  (Los personajes se miran unos a otros, conmovidos. Otro tono.)  A ver, ¿quién se decide y expone algo?... Un esfuercito, señores.
DOÑA PEPILLA.-  ¡Qué lindo discurso!  (Se limpia las lágrimas de los ojos.)  Ay, estoy... Estoy emocionadísima.
CARMELINA.-  Perdona, querido, que yo sea poco ducha en este tipo de cuestión, digo, de reunión... Ah, me hago un barullo..., y las palabras..., estoy tan conmovida..., y en ascuas. ¡Oh, Virgen mía!...  (El cestillo y las agujas y los hilos caen al suelo. JOHNNY los recoge. Pausa breve.)  Gracias, muchacho. Que Dios te lo pague.  (Sonríe.)  Y yo quisiera preguntar, ¿por qué se hace la fiesta? ¿Existe algún motivo? ¿Por qué...?  (Pausa, casi al borde del sollozo.)  Muchas gracias.

(Aplauso general, vivas y después al unísono: «¿Por qué, sí, por qué se hace la fiesta.» Gesto embarazoso de GERARDO. CARMELINA se limpia las lágrimas de las mejillas.)

GERARDO.-    (A CARMELINA.)  ¡Tú, como siempre, me pones una piedra en el camino! ¡Después, me darás una manito, para coordinar un poco esto!  (Otro tono.)  Ejem, déjenme ver... ¿Por qué se hace la fiesta?... ¿Por qué?, me pregunto yo. A la vista, ningún cumpleaños ni santo. Tampoco una fecha patriótica ni religiosa. Digamos...  (Mira los personajes, uno a uno.)  Diría que... ¡A la vieja!... Mi madre, por ejemplo. Sí, a mi madre...  (Mirando a GERARDO, con cierta complicidad.)  E instalaremos una avioneta en el centro del salón de baile...
PERUCHO.-    (Satisfecho, sonriente.)  ¡Exacto! ¡Una avioneta!

(Los personajes se miran alarmados y mascullan de un modo diferente: «Una avioneta, una avioneta.» « Por qué? ¿Por qué?».)

GERARDO.-    (Grandilocuente. Satisfecho.)  ¡Señal de nuestro progreso!

(Los personajes casi a coro responden: «¡Ah!». Pausa larga, como si pasara un ángel.)

ROSI.-  Abuela, ¿es tu cumpleaños?
DOÑA PEPILLA.-   ¿Mi cumpleaños! ¡Alabado sea el Señor!...Yo ya no cumplo años, mi hijita. Soy más vieja que Matusalén... No, no, ¿quién se acuerda de eso? No, a mí, no.
LAURA.-  ¡Así que vas a canonizar a la vieja!
DOÑA PEPILLA.-  ¿Canonizarme, a mí? ¡Dios lo libre!... Si se le ocurre hacérmelo, mal risco lo pele... ¡A mí, no! ¡A mí, en paz, en paz, entre la gente!... (Con voz apagada.) ¡A mí, no!
PERUCHO.-  Señores y señoras, chirrín, chirrán, este cuento se acabó.
JOHNNY.-  ¡Enciendan las luces y nos vamos!
GERARDO.-  ¿Cómo?... ¡De eso, nada!... La fiesta continúa. ¡Adelante!




TELÓN VIOLENTO.

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