El color de nuestra piel CELESTINO GOROSTIZA



El color de nuestra piel


CELESTINO GOROSTIZA


PERSONAJES


Alicia
Héctor
Don Ricardo
Carmela
Manuel


PRIMER ACTO

Escena: Estancia en la casa de D. Ricardo Torres Flores. Es una moderna construcción burguesa, ajuarada con muebles americanos costosos de los que fabrican en serie los almacenes de los Estados Unidos.
Sin embargo, la calidad de la construcción y algunos objetos- una mesa, una silla, una lámpara - adquiridos en bazares de antigüedades, y algunos retratos y paisajes mexicanos del siglo XIX, dan al conjunto cierto tono de distinción. A la derecha, en primer término, puerta amplia que comunica con la biblioteca. En seguida, mesa pequeña para lámpara, y dos sillas. Arriba de la mesa, contra el muro, un lujoso espejo veneciano. En segundo término, la puerta del vestíbulo por donde se entra a la casa.
Al fondo, ocupando todo el ancho de la escena, un mezanine con un gran“couch”, radio, consola, lámpara, sillón, etc. A la derecha del mezanine, una ventanaje ve al parque; y a la izquierda, el arranque de la escalera que conduce a las habitaciones.
A la izquierda de la escena, en primer término, la chimenea, alrededor de la cual hay un gran sofá con sus dos sillones y una mesita baja. Sobre la chimenea, el retrato de un caballero de fines del siglo XIX, tipo europeo de ojos claros. En segundo término, la puerta que comunica con el comedor y enseguida los escalones que suben al mezanine. Debajo de éste, al fondo, en el centro, un pequeño piano de lujo con sillas a los lados.
Al levantarse el telón, la escena esta vacía y a oscuras. No hay más luz que la que viene de la biblioteca, el comedor y el vestíbulo, que están alumbrados , y la más tenue, del atardecer, que entra a través de la ventana del mezanine. Después de un momento aparece por el comedor Alicia, joven sirvienta de líneas seductoras y rostro agraciado, de tipo definidamente mestizo. Enciende la lámpara que está a la izquierda del sofá, atraviesa la escena para encender la que está sobre la mesa de la derecha y luego sube al mezanine para encender la que queda a un lado del “couch” . Al hacerlo y volverse, apenas puede contener una exclamación de sorpresa, pues se topa de manos a boca con Héctor, el hijo menor de la casa, muchacho de diecisiete años, de pelo rubio y ojos claros, vivaz y desenvuelto, que se ha deslizado silenciosamente desde la escalera que conduce a las habitaciones y que, tras de dejar sobre el “couch”un paquete que trae en las manos, toma a Alicia por la cintura y trata de besarla. Ella lucha por evitarlo.

ALICIA.- ¡ Ay ...! Déjeme usted ...

HÉCTOR.-(Bajo.) Sh...Que está mi papá en la biblioteca.

ALICIA .- Y a mí qué me importa.¡Suélteme !

( De un empellón logra desasirse y trata de retirarse, pero él le cierra el paso. )

HÉCTOR .- ¡ No seas tonta , Alicia ! Si no te voy a hacer nada.

ALICIA .-(Esquivando un nuevo intento.) ¡ Déjeme pasar, o grito!

 HÉCTOR .- (Asiéndola enérgicamente por la muñeca.) Óyeme... Pues qué te estas creyendo tú. A poco me vas a presumir de señorita.

ALICIA.- No presumo de nada. Pero yo hago lo que quiero con quien me da la gana.

HÉCTOR .- (Burlón) No me digas... ¿Desde cuándo se han vuelto ustedes tan remilgosas?

ALICIA .- ¿Nosotras?¿Quiénes?
¿Las gatas, verdad?

HÉCTOR .- Yo no he dicho que seas una gata...

ALICIA .- ¡Ah , no! Es verdad que ya subimos de categoría... Ahora somos las changuitas...

HÉCTOR .- (Hace un nuevo intento de besarla. Ella se defiende.) ¡Bueno!¡Ya!¡Déjate de tonterías!

ALICIA .-Mire, joven Héctor... Si no me deja en paz, llamo a su papá.

HÉCTOR .- ¿ Y qué vas a ganar con eso?¿Que te echen a la calle?

( En el calor de la lucha han subido demasiado la voz y don Ricardo, el padre de Héctor, aparece por la puerta de la biblioteca con un libro en la mano. Es un hombre de cincuenta y cuatro años, esbelto y robusto, con el gesto endurecido y el tono y los ademanes solemnes de quien se siente satisfecho y seguro de sí mismo. Apenas se le notan las canas, y su piel, todavía fresca, tiene un tinte moreno claro, tirando a cenizo, como si estuviera polveada. Se queda escuchando desde el umbral.)

ALICIA .- No es ésta la única casa en donde puedo servir...

 HÉCTOR .- Y a poco crees que en las otras casas no va a haber quien te haga el amor...

ALICIA .- Ahora hay harto trabajo en las fábricas.

HÉCTOR .- Y allí tampoco hay jefes... ni patrones...No, chiquita, si en todas partes es igual...Hasta las estrellas de cine tienen que pasar por eso ... (Nuevo intento de besarla.)

ALICIA .- ¡ Oh!¡Que me deje!

DON RICARDO.- ¡ Héctor!

(Deja su libro sobre la mesa, enciende la luz del candil y da unos pasos dentro de la escena. Héctor se aparta de Alicia con aire más bien molesto que apenado. Ella está furiosa, avergonzada, temblando, a punto de llorar.)

¡ Héctor, ven aquí !

(Él no se mueve. Después de un momento, Alicia tomando una decisión, baja del mezanine y viene hacia don Ricardo.)

ALICIA .- Lo siento mucho, señor. Voy a alzar mis cosas para irme. (Va a retirarse, pero don Ricardo la detiene.)

DON RICARDO .- No, eso lo arreglarás más tarde con la señora. Sabes muy bien que pasado mañana es el matrimonio civil de la señorita Beatriz y no vamos a quedarnos sin servicio.

ALICIA .- Es que... Yo quería explicarle a usted...

DON RICARDO .- No tienes nada que explicarme. Lo he visto todo. Y te aseguro que esto no se va a volverá repetir. Puedes retirarte.

(Con ademán violento, Alicia se retira por el comedor. Don Ricardo se queda mirando fijamente a Héctor. Éste coge su paquete, desciende los escalones y se dirige lentamente, con la cabeza baja, hacia el vestíbulo.)

DON RICARDO .- ¿ Adónde vas?

HÉCTOR .- (Deteniéndose, sin mirar a don Ricardo.) Tengo una cita con un amigo. Ya se me hizo tarde.

DON RICARDO.-
¡ Naturalmente! ¡ Se te hizo tarde!
¿Eso es todo lo que se te ocurre decir?

HÉCTOR .- ¿Qué otra cosa quieres que te diga , papá? No tengo nada que decir.

DON RICARDO .- ¡ Ah! ¿No? Pues yo sí tengo algo que decirte a ti. Hazme el favor de sentarte.(Le indica el sillón del centro.)

HÉCTOR .- Te digo que se me hace tarde, papá.

DON RICARDO .- No me importa. Siéntate allí.

(De mala gana, Héctor va a sentarse donde le indica, siempre llevando un paquete en las manos. Don Ricardo espera a que se siente. Luego da unos pasos sin saber cómo empezar su discurso. Al fin queda frente a Héctor y lo mira fijamente.)


DON RICARDO .- ¿Qué llevas en ese paquete?

HÉCTOR .- Son mis patines.

DON RICARDO .- ¿Tus patines?
¿Acaso vas a patinar?

HÉCTOR .- No, papá. Iba yo a hacer un cambalache.

DON RICARDO .- (Paseando.)
¡Un cambalache ! ¡Un cambalache! ¡Siempre estas haciendo cambalaches!

HÉCTOR .- ¿Y qué voy a hacer con ellos, si ya no los uso?
DON RICARDO .- (Se detiene. Ha agarrado la coyuntura que necesitaba.) No. Es verdad. Ya no eres un chiquillo. Ya eres todo un hombrecito. Precisamente por eso quiero hablarte de hombre a hombre... Como un amigo... (Se acerca a él y le pone la mano sobre el hombro.) Eso que haces no está bien. Faltas el respeto a tu casa, a tu familia... y te degradas tú mismo al ponerte al tú por tú con una prieta mugrosa de éstas... Si el mundo está lleno de mujeres... blancas...bonitas...limpias... Toda clase de mujeres que tú puedes llegar a tener con solo proponértelo...

HÉCTOR .- (Bajo, tímidamente.) A mí me gusta ésta...

D.RICARDO .- (Reacciona ante el cinismo de Héctor y se aparta, pero se domina y continúa.) A tu edad los muchachos no saben todavía lo que les gusta. Lo que quieren es una mujer y no se fijan en pelos ni señales. Es la época en que corren detrás de una escoba con faldas. Se agarran de la más fácil, de lo más rápido. Por eso casi todos los muchachos mexicanos nos hemos iniciado con estas indias piojosas, sin medirlas consecuencias. Pero te aseguro que la mayor parte lo hemos tenido que lamentar el resto de nuestra vida. (Héctor lo mira con asombro.) Sí, no debe asombrarte. Yo no podía ser la excepción, sustraerme al ambiente, a las circunstancias...

(Va a sentarse al sofá, junto a Héctor. Durante el parlamento siguiente, Carmela, la esposa de D. Ricardo, desciende por la escalera de las habitaciones y va bajando al salón, pero al darse cuenta de lo que hablan D. Ricardo y Héctor, se queda en el mezanine escuchando desde el barandal. Ellos no la advierten. En Carmela, de cuarenta y cinco años, se notan las huellas de algún oculto y largo sufrimiento. Se la siente encogida, más bien que delgada, y sus negros y profundos ojos languidecen bajo el peso de una vaga nostalgia. En su fisonomía se advierte aún la clásica belleza de la mestiza mexicana, de la que tiene el color de la piel dorada por el sol.)

Escúchame: Y conste que eres la primera persona en el mundo a quien voy a confiar este secreto. Tendría yo tu edad o poco más cuando se me metió en la cabeza la misma chifladura que a ti ahora. Al cabo de un tiempo, me enteré con terror de que la muchacha estaba encinta. Lo que sufrí en esos días no puedo explicártelo. El miedo constante de que mis padres se enteraran, el saber que iba yo a ser padre del hijo de una criada... Pero eso no fue nada en comparación con lo que siguió después... Mis padres, naturalmente, se dieron cuenta de lo que pasaba. Sin decirme nada, me mandaron a Oaxaca. Y cuando regresé, la criada había desaparecido. Nunca más volví a saber de ella ni de su hijo. Pero desde entonces , y hasta hoy, no he podido librarme nunca de la angustia de pensar que cualquier hombre que tropiece yo en la calle, en la oficina, en cualquier parte, puede ser mi hijo.

HÉCTOR .- ¿Por qué no una muchacha? ¿La misma Alicia, por ejemplo?

D.RICARDO .- ¡Tienes razón!
¿Por qué no? ¡Cualquiera! Claro que en el caso de Alicia no es posible, porque su edad no corresponde a la época en que sucedió esto. Además, conocemos a su madre. Pero cualquiera otra,
¿por qué no? Y éste es un sufrimiento del que tú no tienes la menor idea y del que ningún hombre de conciencia y bien nacido puede librarse. Entre otras razones muy importantes, para evitar que la historia se repitiera, fue por lo que mandé a tu hermano Jorge a estudiar en los Estados Unidos, y por lo que tú te vas a ir allá también cuanto antes.

HÉCTOR .- ¿Crees que Jorge no sería capaz de hacer lo mismo si le gustara la muchacha?

D.RICARDO .-Estoy seguro. Tres años en los Estados Unidos hacen ver nuestras prietitas de modo muy distinto.

(Héctor se sonríe con escepticismo.)

Y ahora que le he puesto su negocio y que se codea con hombres de empresa y con mujeres de mundo, ni pensarlo.

( Pausa corta.)

HÉCTOR .- Yo no quiero ir a los Estados Unidos. No tengo ganas de estudiar.

D.RICARDO .- ¿Qué es lo que quieres hacer entonces?

HÉCTOR .- Quiero trabajar. Ganar dinero.

D. RICARDO .- Todavía estás muy joven. Hasta ahora no te hace falta nada de lo que necesitas.

HÉCTOR .- Ya ves que sí...

D.RICARDO .- (Se desconcierta, pero se domina y se levanta para disimular.) Bueno... Ya hablaremos de eso. Por lo pronto es necesario que me prometas que no vas a volver a meterte con Alicia ni con ninguna otra criada.

HÉCTOR .- (Sin prometerlo, se levanta aliviado.) ¿Ya puedo irme entonces?

D.RICARDO .- ¿Por qué tanta prisa? ¿ Adónde vas?

HÉCTOR .- Ya te dije que tenía una cita con un amigo... El del cambalache.

D.RICARDO .- Puedes dejarlo para otro día. Nunca estás en tu casa. Dentro de un rato vendrá tu hermana y supongo que estarás enterado de su casamiento...

HÉCTOR .- Bueno... Después de todo, puede que ya no sea tiempo de ir. Bajaré cuando ella llegue.

(Se dirige a la escalera a través del mezanine, llevándose su paquete. Su madre lo sigue con la vista. Al volverse , don Ricardo se da cuenta de la presencia de ella.)

D.RICARDO .- ¿Ah? ¿Estabas allí?

CARMELA .- Sí. (Se dispone a bajar del mezanine.)

D.RICARDO .- ¿Oíste lo que le dije a Héctor?

CARMELA .- Sí.

(Viene a sentarse a la izquierda del sofá. Don Ricardo, ligeramente cohibido, se aparta a la derecha. Luego se vuelve.)

D.RICARDO .- Bien...Eso me evita la pena de darte una explicación...por lo demás, muy molesta...

CARMELA .- Nunca me habías dicho nada, Ricardo.

D.RICARDO .- No es fácil decir esas cosas... Hasta hoy no había encontrado la forma...la oportunidad... Además sucedió hace tanto tiempo... Todavía no nos conocíamos tú y yo. Era yo apenas un estudiante de Leyes. Tal vez eso contribuyó a que no terminara la carrera.

(Pausa. Ella se queda mirando fijamente delante de sí. Él la observa y se acerca de ella.)

Espero que eso no vaya a ser motivo de ningún disgusto entre nosotros, Carmela.

CARMELA .- (Como si despertara.) No, no...es que enterarse de algo...así...tan repentinamente... Me ha hecho pensar en tantas cosas... No sé... Me ha llenado de confusiones...

D.RICARDO .- (Se sienta junto a ella, afectuoso.) A ver, a ver... Vamos a ver que confusiones son esas...

CARMELA .- Muchas... Tantos recuerdos dormidos que despiertan de pronto...tantas ideas, tantas emociones encontradas... Ese hijo tuyo...

D.RICARDO .-Bueno... Es una suposición... En realidad no sé si existe. Pudo no haber nacido... Pudo haber muerto... Lo espantoso es precisamente no saberlo... Pensar que puede existir...estar cerca de mí...necesitarme tal vez...y no saber nada....no poder hacer nada... Es una pena que no le deseo a nadie, y a mis hijos menos que a nadie . Es lo que traté de hacerle entender a Héctor.

CARMELA .- Lo malo con Héctor es que lo consientes demasiado, Ricardo. Sabe que estás orgulloso de él, que lo prefieres a sus hermanos, que todo lo que dice y todo lo que hace te parece maravilloso, y naturalmente se ha vuelto malcriado y se permite toda clase de libertades...

D.RICARDO .- (Se levanta y camina a la derecha. Luego se vuelve.) No sé por qué dices que lo prefiero a sus hermanos. ¿Acaso Jorge no ha tenido todo lo que ha querido? ¿No le dí todo el dinero disponible que tenía y hasta el de algunos de mis amigos para que pusiera ese negocio de producción de películas que quería poner?
¿Acaso omití esfuerzo para que Beatriz fuera al colegio adonde van todas las muchachas aristocráticas de México, y para que siguiera frecuentando, a su regreso, los círculos más elegantes y distinguidos? Gracias a eso va a hacer el matrimonio que va a hacer.

CARMELA .- (Se levanta y va hacia él.) No se trata de lo que hagas por ellos materialmente, sino de tu afecto, de tu cariño, de todas esas pequeñas cosas aparentemente insignificantes que a Héctor le das a manos llenas y a los otros les niegas.

D.RICARDO .- No entiendo qué cosas pueden ser ésas...

CARMELA .- (Se vuelve hacia la izquierda.) Claro, tú no te das cuenta, El tono en que les hablas ...la manera de mirarlos...los reproches para unos y los elogios para el otro...

D.RICARDO .- A todos les hago reproches. ¡Naturalmente! Si son mis hijos. ¿No acabo de regañar a Héctor aquí mismo, delante de ti?

CARMELA .- A Héctor, hasta cuando lo regañas, lo distingues de sus hermanos por la ternura, por el interés con que lo haces.

D.RICARDO .- Y en cuanto a elogiarlo... ¿Qué culpa tengo yo de que Héctor sea más inteligente, más listo que sus hermanos?

CARMELA .- (Dolida, vuelve a sentarse en el sofá.) ¿Lo ves?

D. RICARDO .- Te lo repito, Carmela. ¿Qué culpa tengo yo? Ese muchacho tiene iniciativa, es independiente, orgulloso. Le gusta resolver él solo sus problemas, en lugar de venir a llorar para que se los resuelvan.

( Vuelve a sentarse junto a ella. Habla con visible delectación, recreándose en las cualidades de su hijo.)

¿Te acuerdas, hace cinco años, cuando él era apenas un mocoso de doce, de aquella plaga de chiquillos que se soltaba todos los sábados en las paradas de los tranvías pidiendo a los pasajeros que bajaban el abono semanal que ya no iban a utilizar para luego vendérselo a los que subían ? Fue Héctor el que inventó el negocio y el primero que lo puso en práctica sin decir una palabra a nadie. Luego lo copiaron los demás. Y así ha sabido ingeniarse siempre para ganar su dinerito, con sus “cambalaches” como el dice.

(Se oye sonar el timbre de la puerta.)

CARMELA .- (Se levanta y va hacia la chimenea, dando la espalda a don Ricardo.) No estás haciendo más que darmela razón. Aprovechas cualquier oportunidad para alabar a Héctor. Y eso humilla a sus hermanos y me humilla a mí. Me ha humillado siempre...

D.RICARDO .- (Se levanta, va hacia ella y tomándola por los hombros, le hace volverse hacia él, al tiempo que Alicia cruza del comedor al vestíbulo.) Le estás dando demasiada importancia a una cosa que no la tiene. Lo que pasa es que te ha puesto nerviosa el matrimonio de tu hija. Es natural ... A todas las madres les sucede lo mismo... Además , estás cansada... Tanto ajetreo... Las preocupaciones...

ALICIA .- (Apareciendo por el vestíbulo.) El señor Torres lo busca a usted, señor.

D.RICARDO .- (Se vuelve extrañado. Va hacia el centro, por detrás del sofá.) ¿El señor Torres? Habrá preguntado por el señor Torres... El señor Torres soy yo.

ALICIA .- No señor. Dice que es el señor Torres de los Laboratorios Zeyer.

D.RICARDO .- Pues da la casualidad de que el señor Torres de los Laboratorios Zeyer soy yo... En fin ... Dile que pase. (Va hacia Carmela que ha caminado hasta la parte de atrás del sofá, y le hace un cariño en el mentón.) Volveremos a tratar este asunto porque no quiero que te quedes con las ideas que se te han metido en la cabeza. ¡Ah! Y será bueno que convenzas a Alicia de que se quede. Sería una gran complicación que se fuera precisamente ahora.

(Manuel Torres está ya en la puerta del vestíbulo. Es un joven de treinta y dos años, agradable tipo de mestizo, culto, activo, serio y enérgico. Saluda desde la puerta, mientras Alicia atraviesa la escena y hace mutis por el comedor.)

MANUEL .- Buenas noches.

D. RICARDO .- (Se vuelve y lo observa un instante con excesivo interés, pero reacciona en seguida y adopta una actitud cordial.) Buenas noches. ¿Usted es el señor Torres de los Laboratorios Zeyer?

MANUEL .- Sí, señor. Manuel Torres, a sus órdenes. Soy el químico responsable.

D.RICARDO .- ¡Ah, sí, sí! Es verdad. Ya me habían hablado de usted. Pase a sentarse, ingeniero (Presentando.) Mi señora. MANUEL .- (Desde donde ésta.) Para servirla, señora.

CARMELA .- Mucho gusto. Con permiso. (A don Ricardo, más bajo.)Voy a hablar de una vez con Alicia.

D.RICARDO .- Sí, anda.

(Carmela hace mutis por el comedor. Don Ricardo la ve irse y luego se vuelve a Manuel.)

Si no me equivoco, usted es el que me organizó un sindicatito en los laboratorios...

MANUEL .- No, señor. Lo organizaron mis compañeros y me nombraron su dirigente. Naturalmente, yo acepté.

D.RICARDO .- Bien, bien. Y dígame... ¿Por qué se llama usted Torres?

MANUEL .-(Se desconcierta y ríe de lo que considera una broma.) Pues...porque es el nombre de mi familia.

D.RICARDO .- (Ríe también.)Sí, sí, claro.

MANUEL .- No deja de ser una coincidencia que yo tenga el mismo nombre que usted. Pero, después de todo, Torres es un apellido tan común...

D.RICARDO .- (Un poco molesto, pero fingiendo bromear.) En realidad yo no soy Torres a secas. Yo soy Torres Flores. Cuando tiene uno dos apellidos comunes, lo mejor que puede hacer es juntarlos y convertirlos en uno singular. Le doy ese consejo.

MANUEL .- (Riendo.) Gracias, señor Torres Flores.
D.RICARDO .- Vamos a ver... En su caso, por ejemplo...¿Cual es su segundo apellido?
MANUEL .- (Titubea por lo inesperado de la pregunta.)
¿Cómo?...¡Ah, sí! Mmm... Martínez...
D.RICARDO .- Ahí lo tiene usted... Torres Martínez... No suena mal.

(Ambos ríen.)

Bien, ingeniero. Siéntese y dígame que lo ha traído por aquí. MANUEL .- (Cruzando hacia el sofá.) Tengo interés en hablar con usted sobrela organización y el funcionamiento de los laboratorios.
D.RICARDO .- (Bajando al primer término.) Usted sabe que yo no me ocupo personalmente de eso. La dirección del banco Hispano-Americano absorbe todo mi tiempo.
MANUEL .- Pero siendo usted prácticamente el dueño de los laboratorios...
D.RICARDO .- ¡Nada de eso! Tengo invertido allíun poco de dinero y nada más. Mi socio, don Daniel Zeyer, es la autoridad técnica y administrativa del negocio.
MANUEL .- Justamente por eso he venido a verlo. Tengo la seguridad de que su negocio- por qué ya se que usted es propietario de más del cincuenta por ciento de las acciones- no está en buenas manos.
D.RICARDO .- (Reacciona desagradablemente, pero disimula, y mostrándose más interesado va a sentarse en el sillón de la derecha. Manuel lo hace en el sofá.)¿Tiene usted algún motivo concreto para hacer esta afirmación?
MANUEL .- Le ruego, ante todo, que entienda que vengo a hablarle como dirigente del sindicato. A los trabajadores nos interesa el progreso de las industrias en que trabajamos, porque de ello depende nuestro propio progreso.
D.RICARDO .- Sí, sí, pero...¿qué cargo concreto tiene usted que hacerle a don Daniel?
MANUEL .- Creo que en manos del señor Zeyer no van a progresar los laboratorios, porque el señor Zeyer no es un técnico y desconoce las inmensas posibilidades de esa industria. D.RICARDO .- El negocio ha venido marchando... Y en realidad, me rinde muy apreciables utilidades. Tanto, que el señor Zeyer me ha propuesto comprarme mi parte en términos muy ventajosos para mí...
MANUEL .- Y usted se ha negado a vendérsela...
D.RICARDO .- Naturalmente.
MANUEL .- Ha hecho usted bien. El señor Zeyer es un buen comerciante. Pero el comercio, entendido así, como una mera habilidad para obtener provecho de los demás haciéndoles creer que se les presta un servicio, nunca puede conducir a un fin satisfactorio.
D.RICARDO .- (Se levanta y cruza hacia la chimenea.) Yo quisiera que se explicara usted con mayor claridad.
MANUEL .- Los laboratorios están rindiendo utilidades porque estamos usando materias primas importadas, de baja calidad, y el producto se vende cómo de primera, al amparo de las tarifas aduanales; pero con el tiempo no podremos soportar la competencia de todos los buenos productos extranjeros que hay en el mercado, de los que los nuestros resultan una burda imitación. Y en cambio, estamosdesperdiciando lamentablemente un sinnúmero de materias primas que se encuentran en abundancia en la naturaleza de México, con las que podríamos llegar a fabricar productos originales, muy superiores a los extranjeros.
D.RICARDO .- ¿Le ha explicado usted eso al señor Zeyer? MANUEL .- Tengo un proyecto escrito que se ha negado a leer. No quiere nada que signifique innovación o experimento y menos si viene de alguno de nosotros. Ése es otro punto del que quería hablarle. El trato que el señor Zeyer da a los trabajadores no es digno ni humano. Ha llegado a decirnos que todos los extranjeros saben muy bien que a los mexicanos hay que gritarnos para hacernos entrar en razón. Los muchachos se resienten, como es natural, y eso puede dar lugar a un conflicto el día menos pensado. D.RICARDO .- (Se sienta en el sillón de la izquierda.) ¿Tiene usted alguna proposición que hacerme para resolver estos problemas?
MANUEL .- He venido a ofrecer a usted la colaboración y la amistad de los trabajadores. Yo le respondo que los laboratorios llegarána alcanzarun auge no imaginado el día que pueda prescindirsede la intervención del señor Zeyer.
D.RICARDO .- (Se levanta divertido y escandalizadoa un tiempo y cruzahacia la derecha.)
¡Imposible! ¡Lo que usted me propone es sencillamente absurdo!

Yo no entiendo nada del negocio ni tengo tiempo de ocuparme de él. ¿En quién voy a confiar? ¿En usted? Yo no dudo que usted sea un químico excelente... Pero...¿qué experiencia comercial tiene usted?
MANUEL .- Si logramos fabricar buenos productos, tendrán que imponerse por sí mismos.
D.RICARDO .- No cabe duda de que es usted un romántico
,ingeniero. Eso de que“el buen paño en el arca se vende”, es una teoría tan anticuada como los cuantos de Las mil y una noches . En está época de lo que se trata es de venderel mal paño a como dé lugar. Estamosen la era de losmerolicos y el éxito es del que pueda gritar más fuerte, durante más tiempo. Para eso se han inventado los altavoces, el radio y la televisión...

(Manuel va a replicar, pero él le interrumpe.)

Por otra parte, acá entre nosotros, como mexicanos, vamos a confesarnos que efectivamente no somos muy de fiar. Hablamos muy bonito desde la barrera, pero a la hora de la verdad somos indolentes, descuidados, irresponsables...No, no me diga usted nada. Si no tiene una proposición mejor que hacerme es inútil seguir hablando del asunto.
MANUEL .- En ese caso, señor Torres Flores, me retiro.(Se levanta.)
D.RICARDO .- No, no se vaya. De todos modos me interesa su proyecto. Tráigamelo un día para verlo. Además, me es usted simpático. Me gustaría charlar con usted de otras cosas.
MANUEL .- se lo agradezco, don Ricardo. Con mucho gusto. D.RICARDO .- (Cruza hacia la chimenea.) Supongo que no será indiscreto preguntarle ...¿Viven sus padres?
MANUEL .- (Ríe evadiendo la respuesta.) No veo que realción pueda tener ...
D.RICARDO .- No tiene importancia. Es una simple curiosidad. Si no quiere , no me conteste.
MANUEL .- ¿Por qué no? Mi madre solamente.
D.RICARDO .- (Midiendo sus preguntas.) Su familia...es de aquí...¿de la capital?
MANUEL .- No, del Estado de
Hidalgo.
D.RICARDO .- ¿Su padre...murió hace mucho tiempo?
MANUEL .- Sí ...mucho ...Yo era muy niño todavía.
D.RICARDO .- Pero ... ¿usted lo conoció?
MANUEL .- (Duda un segundo.)Sí...naturalmente...
D.RICARDO .-(No muy satisfecho.) Vaya, vaya ... (Cavila un instante. Se oye cerrar la puerta exterior del vestíbulo y la risa de Beatriz. Don Ricardo reacciona y pasa por detrás del sofá para salir al encuentro de su hija.) Aquí está ya mi hija.

(Manuel se aparta hacia la chimenea y enciendeun cigarro. Aparece Beatriz por el vestíbulo, guardando las llaves en su bolso. Tiene veintidós años. Es la muchacha rica, despreocupada y desenvuelta, un poco esnob y un tanto cínica. No sepodría decir si su color, más claro que el de su madre, pero más oscuro que el de su padre, es el natural de su piel o el resultado de los deportes al aire libre. La sigue Carlos, su novio, cargado de paquetes que va a dejar sobre el piano mientras ella besa a don Ricardo. Él es el típico “muchacho bien” cosmopolita, fino de facciones y de modales, de estudiada elegancia dentro de un aparente descuido en elvestir y una laxitud de movimientos calcada del último duque de Windsor.)
¡Muchachos! ¡Pero qué cargamento!
BEATRIZ .- Son las invitaciones que pasamos a recoger. El “shower” en casa de la Yoyis fue de utensilios de cocina. El coche viene cargado de paquetes hasta el techo.
D.RICARDO .- Dile a Alicia que los suba.
BEATRIZ .- Ya los está metiendoel chofer de Carlos por el garage. (Repara en Manuel y se le queda mirando con evidente simpatía que es correspondida. Pausa.)
D.RICARDO .- El señor es el químico de los laboratorios, don Manuel Torres.
BEATRIZ .-(Va hasta él, tendiéndole la mano.) Mucho gusto, señor Torres. No sabía que fuera usted tocayo nuestro.
D.RICARDO .- Y este es mi futuro yerno , el señor Carlos Ahumada. (Le pasa la mano por el hombro a Carlos que ha estado desenvolviendo una caja de invitaciones, y se adelanta con él.) CARLOS .- Mucho gusto.
MANUEL .- (Al mismo tiempo, desde su lugar.)Mucho gusto. BEATRIZ .- (A Manuel) Un futuro muy próximo, porque ya sabrá usted que nos casamos pasado mañana por lo civil.
MANUEL .- Permítame felicitarla.
BEATRIZ .- Espero que nos hará el favor de venir a acompañar... MANUEL .- Con muchos gusto, señorita.

(En este momento, aparece Carmela por el comedor. Carlos sale al encuentro , detrás del sofá)

CARLOS .- Buenas noches, señora. ¿Cómo esta usted?
BEATRIZ .- (Subiendo, por la izquierda del sofá para besar a Carmela.) ¡Mammy!
CARMELA .- Muy bien, Carlos, muchas gracias. (A Beatriz.) ya vi que te fue muy bien en el “shower”.
BEATRIZ .- ¡Estuvo brutal!
CARLOS .-(Reconviniéndola amablemente.) Beatriz ...

(Ella se cohíbe y le sonríe. Carlos saca una invitación de la caja que yaha acabado de abrir y la muestra a Carmela.)

Estás son las invitaciones para el religioso. Quedaron muy bonitas. CARMELA .- Preciosas ... Y muy finas ...
BEATRIZ.- ¿Cómo dijeron que eran? ¡Ah, sí! A la plancha. CARLOS.- (Siempre muy amable.) No, Beatriz. A la plancha fueron los langostinos que comimos el otro día en el restoran . Esto es grabado en plancha de acero.
BEATRIZ.- ¡Ah, sí! Perdóname...

(Don Ricardo va a ir a verlas, pero Manuel cruza en ese momento hacia él, tendiéndole la mano.)

MANUEL .- Con su permiso, don Ricardo. Tengo que irme. D.RICARDO .- Espere usted. Vamos a tomar un trago a la salud de los novios.
MANUEL .- Muchas gracias, pero...
D.RICARDO .- Beatriz, dile a Alicia que nos traiga un “high- ball”.
BEATRIZ .- Sí, papá.
CARMELA .- Ya le dije yo que lo sirviera.
D.RICARDO .- (Cruzando hacia el grupo, atrás del sofá.) Siéntense. Y déjenme ver esas invitaciones.

(Carlos le pasa la invitación y va a dejar la caja sobre el piano. Carmela baja por la izquierda y se sienta en el extremo de ese lado
del sofá. Beatrizviene a sentarse en el sillón de la derecha y Carlos en el brazo izquierdo del mismo sillón. Don Ricardo cruza hacia la chimenea leyendo la invitación.)

En efecto...muy bonitas... Pero me parece que están un poco retrasadas. Ya deberían estarse repartiendo.
CARLOS .-Faltan ocho díaspara la ceremonia religiosa. Mañana yo mismo voy a rotular los sobres y a ponerlas en el correo. Ya tenemos las listas completas. (Saca unos papeles de la bolsa de la cartera.)
D.RICARDO .-(Dejando la invitación sobre la chimenea.) A ver, a ver... Me gustaría oír los nombres.
BEATRIZ .- (Se vuelve hacia Manuel y le indica el sofá.) Venga, señor Torres. Siéntese aquí.
MANUEL .- (Yendo a sentarsea la derecha del sofá.) Gracias. CARLOS .- (Revisa la lista y saca un lapicero con el que tacha un nombre.) Había yo puesto a los Mena, pero no están ahora en México.
D.RICARDO .- ¡Qué lástima! Con las ganas que tenía de conocerlos... Supongoque habrán puesto a los Pérez Rivas... CARLOS .- A todos ellos. Siendo mis parientes, no podían faltar. D,RICARDO .- Yo he tratado a algunos. En el terrenode los negocios , claro. Por el Banco... Pero hasta ahora voy a tener el gusto de alternar con ellos socialmente.
CARMELA.- (A Beatriz.) Y no se te vaya a olvidar poner a tu tía Conchis.
BEATRIZ .- ¡Ay, mamá! Si es una lata...
CARMELA .- Pero es tu tía. No vas a dejar de invitar a tus parientes y a casarte en medio de puros extraños.
D.RICARDO .- (En tono de discreta reconvención.) No debes llamar extraños a los familiares y alos amigos de Carlos. Después de todo, va a ser nuestro yerno.
CARMELA .- Pero ésa no es una razón para que se discrimine a nuestra familia.
BEATRIZ .- No, mamacita, si nadie la estádiscriminando. (A Carlos, tímidamente.) ¿Me quieres hacer el favor de ponerla? CARLOS .- (De no muy buen grado.) Cómo no... Si tú quieres ...

(Lo hace . Aparece Alicia por el comedor con los ingredientes para el “high-ball” en una charola que viene a colocar sobre la mesita que está enfrente del sofá. Don Ricardo se acerca y se dispone a servir.)

D.RICARDO .- Bueno, aquí está ya el “whisky”. (A Alicia.)
¿Trajiste agua natural?
ALICIA .- Sí, señor. Aquí está (Se va por el comedor.) D.RICARDO .- (Sirviendo.) A Carlos no le gusta el whisky con soda.
CARLOS .- (Fingiendo bromear.) No, es más británico con agua natural.
D.RICARDO .-Y sin hielo, además. Leí el otro día que la Cámara de los Lores le dio una reprimenda al Ministro de Turismo porque recomendó a los hoteleros que les sirviera a loa americanos el “high-ball” con hielo. “Tenemos que aprovechar su paso por Inglaterra para educarlos”, le dijeron.

(Risas ligeras.)

Pero qué quiere usted... Yo todavía no soy tan refinado.
CARLOS.- (Con pedantería.) Es una simple cuestión de costumbre. D.RICARDO .- (A Carmela.) ¿Tú no tomas, verdad?
CARMELA .- No. No he podido acabar de encontrarle el gusto a eso. Me parece que sabe a yodo.

D.RICARDO .- (En tono de reproche.) Al menos, no deberías decirlo. (Les pasa sus vasos a Beatriz, a Carlos y a Manuel que se levantan para recibirlos. Él mismo toma uno y deja otro servido para Héctor.)
CARLOS.- Gracias.
MANUEL .- Gracias, don
Ricardo.
D.RICARDO .- Bueno... A la salud de los novios.
BEATRIZ .- (Con coquetería.) Y
por usted, señor Torres.
MANUEL .- Felicidades, señorita.
CARLOS .- (Al mismo tiempo.)
Salud.

(Mientras beben, baja Héctor con una pistola escuadra en las manos. Se detieneen el segundo escalón y mete una bala en la recámara. Beatriz es la primera en darse cuenta y grita.)

BEATRIZ .- ¡Héctor!
D.RICARDO .- ¡Muchacho! (Le sale al encuentro por la izquierda.) ¿Qué andas haciendo con esa pistola? ¿ De dónde la sacaste?
HÉCTOR .- (Sencillamente.) Del cajón de tu escritorio.
D.RICARDO .- ¡Ah! Es mi pistola. ¿Vas a hacer otro cambalache con ella?
HÉCTOR .-La saqué para limpiarla. El día que se necesite no va a servir para nada.
D.RICARDO .- Hazme el favorde ir a dejarla inmediatamente de donde la tomaste.
HÉCTOR .- (Yéndose por la biblioteca.) Eso es precisamente lo que iba yo a hacer.
D.RICARDO .- ¡Este muchacho!
¡Siempre tan inquieto! (Vuelve a tomar su vaso que había dejado sobre la chimenea.)
CARMELA .-Si alguna vez lo regañaras de verdad...en serio...
BEATRIZ.- ¡Me dio un susto! Creí que iba a disparar sobre alguien.
CARLOS .- ¿Por qué iba a hacerlo? Solamente que estuviera loco.
BEATRIZ .- Está bastante loco el pobre, no creas.
HÉCTOR .- (Apareciendo por la biblioteca.) ¿No hay un “high- ball” para mí?
D.RICARDO .-Allí está servido. Tómalo.

(Héctor va por su vaso a la mesa y vuelve con él hacia la derecha.)

CARMELA .- Podías, al menos, saludar.
HÉCTOR .- (Se detiene y se vuelve hacia Carlos.) ¿Qué hay, idiota?

(Carlos se ríe.)

CARMELA .- ¡Héctor!
D.RICARDO .- (Al mismo tiempo.) ¡Héctor!
HÉCTOR .- (A Manuel.) ¿Cómo le va , señor Torres?
MANUEL .- ¡Qué tal, Héctor!
D.RICARDO .- ¡Ah! ¿Pero se conocía ustedes?
MANUEL .- Estuvo una vez en los laboratorios con el señor Zeyer. Por cierto que no le he vuelto a ver por ahí.
HÉCTOR .- No... Fui nada más a darme cuenta de la instalación. (A don Ricardo.) Soy el único de tus hijos que se interesa por tus negocios.
D.RICARDO .- Es verdad. Tengo que reconocerlo.

(Gesto de desaprobación de Carmela. Don Ricardo se sienta en el sillón de la izquierda. Héctor seva a sentar en la silla de la extrema derecha. Carlos y Manuel vuelven a sentarse en sus lugares. En este momento se oye cerrar la puerta exterior del vestíbulo.)

Debe ser Jorge. Es el único que falta para que la familia esté completa.

(Aparece Jorge por el vestíbulo con aire apresurado. Es un muchacho de veinticuátro años, moreno como su hermana, pero muy acicalado y peripuesto. Sus modales y el tono de su voz demuestransuficiencia y pedantería.)

JORGE .- Buenas noches a todos. (Reparando en Manuel.) Buenas noches.
MANUEL .- (Levantándose.)
Buenas noches.
JORGE .- (Da una palmada a Carlos y pasa por detrás del sofá sin darle la mano a Manuel.) Siéntese, siéntese. (Besa a Carmela en la frente. Ella le hace uncariño en la mano.) ¿Cómo estás, mamacita?
HÉCTOR .- (Desde su lugar.)
¿Quihúbole , negro?
JORGE .- (Furioso, va sobre él.)
¡Ya te he dicho mil veces que no quiero que me llames así! HÉCTOR .- (Riéndose.) Si te lo digo de cariño, imbécil...
JORGE .- Pues no quiero que me lo digas ni de cariño.
CARMELA .- ¿Y qué clase de lenguaje es ése, Héctor?
HÉCTOR .- Así se usa ahora , mamá.
CARMELA .- Es una costumbre muy fea.
BEATRIZ .- (A Manuel.) dispense usted, señor Torres.
MANUEL .- ¿Por qué? Si me parece muy divertido.
JORGE .- Bueno ... Con permiso. Voy a darme un regaderazo. (Se dirige al mezanine.)
D.RICARDO .- ¿No tomas un
“high-ball”?
JORGE .- Tengo una cena con unos productores y apenas me queda el tiempo justo.
D.RICARDO .- Muchas cenas con productores y con estrellas, y
muchos retratos en los periódicos, pero la película no empieza nunca. Llevas más de seis meses...
JORGE .- Es que no encuentro asunto ,papá. Todos los escritores son unos burros. No hay manera de que entiendan lo que yo quiero, tendré que acabar por escribir la historia yo mismo.
D.RICARDO .- (Burlón.) No me digas. ¿Ya también te volviste autor?
JORGE .- Para hacer cine no hace falta ser autor. Lo que importa es entender el cine (Con mucha suficiencia.) ¡Y yo sé lo que es el cine!
D.RICARDO .- ¡Vaya! Pues como dicen en las comedias, “ahora lo comprendo todo”.
JORGE.- Bueno. Con permiso (Sube rápidamente por el mezanine.)
D.RICARDO .- Es la tercera vez que se baña hoy. En la mañana, a mediodía y ahora. No entiendocuán es el objeto. A mí me parece que por sucia que sea una persona, no necesita bañarse tantas veces.
HÉCTOR .- Es que cree que así se va a volver blanco.

(Mirada fulminante de Carmela.)

D.RICARDO .- Tal vez... ¿Por qué no? Hay gente que se vuelve blanca. Fíjate en don Porfirio. Mientrasno fue más que “El Indio de la Carbonera”, siemprefue bien prieto. Y mira sus retratos blancos y sonrosados de presidente.
HÉCTOR .- Es que los pintores sabían como darle gusto... CARMELA .- No tolero que se burlen de Jorge en esa forma. Después de todo , tiene mi color.
HÉCTOR .- Y el de Beatriz.
BEATRIZ .- (Volviéndose a Héctor, desde su asiento.) Yo no, chiquito. Este color es de Acapulco, para que te lo sepas.
HÉCTOR .- Siii, cooomo noooo...
BEATRIZ .- Y además, es el color que está de moda. En las playas la gente blanca se ve como si estuviera más desnuda.
CARLOS .- Sí... Está de moda entre las rubias...porque en seguida se notaque la piel está nada más tostada por el sol.

(Reparando en Carmela y en Manuel, trata de rectificar.)

Pero afortunadamente, en México la cuestión del color no representa ningún problema y no tiene ninguna importancia... Hasta en una misma familia hay prietos y güeros, y nadie se fija ni habla de ello.
MANUEL .- Yo creo que lo malo es que no se hable. Por que, por no hablar, se fomentan complejos, antipatías y hasta rencores injustificados. Todavía hay muchos blancos que por el hecho de serlo se consideran superiores, y muchos prietos que se sienten deprimidos, avergonzados o resentidos.
D.RICARDO .- (Se levanta. Habla en tono doctoral.) Eso sucede, porque la cuestión tiene de todos modosmás importancia de la que queremos darle. El color de nuestra piel es siempre indicio del mayor o menor grado de la mezcla de la sangre. (Cruza a la derecha.) Y no porque ninguna de las razas que han entrado en la mezcla sea humanamente superior a la otra; pero no hay que olvidarse de los desastrosos resultados que produce a veces el choque de sangres. Precisamente hace un rato leía yo en este libro la carta que escribió a Felipe II el Virrey don Luis de Velasco, unos años después de la conquista, cuando los primeros mestizos comenzaban a crecer y multiplicarse. (Toma el libro de la mesa de la derecha y cruza hacia la izquierda por detrás del sofá, buscando lapágina.) Sí, aquí está. (Leyendo.) “Los mestizos aumentan rápidamente y muestran tan malas inclinaciones, tienen tal atrevimiento para la maldad, que ellos son, y no los negros, a quienes debe temerse.”
MANUEL .- (Se levanta y cruza a la izquierda. Habla natural , sencillamente, en tono de conversación.) Perdóneme, don Ricardo. Eso fue hace cuatrocientos años. Es natural que del primer encuentro de dos razas opuestas surjan unos hombres desconcertados y desconcertantes, que no pertenecen a ninguna de las dos y que no constituyen todavía, por sí solos, una nueva raza ni una nacionalidad. Pero admitirá usted que en cuatrocientos años lámesela se ha asentadolo suficiente para producir un tipo de hombre normal y equilibrado que ha venido luchando cada vez con más seguridad y con mayor energía por construir su propia patria.
BEATRIZ .- (Se levanta y va hacia él con entusiasmo.) Muy bien dicho. Estoy enteramentede acuerdo con usted.
MANUEL .- Reconozco, sin embargo, que nos queda una tarea, la más difícil de vencer y la que más daño nos hace.
BEATRIZ .- ¿Cuál?
MANUEL .- Todavía no creemos en nosotros mismos. Para convencernos de que valemos más que nuestros compatriotas, de que somos diferentes a ellos, cada uno de nosotros continúa aliándose con el extranjero encontra de sus propios paisanos, es decir,, en contra de sí mismo. Eso no es más que un suicidio colectivo, porque México valdrá tanto como valgan los mexicanos y cada mexicano valdrá tanto comolos otros mexicanos lo hagan valer. Por el contrario, cada mexicano que menosprecia a sus connacionales, no hace sino restar valora su propia nacionalidad, es decir, a sí mismo. Y nosotros, aunque no lo reconozcamos, nos menospreciamos unos a otros con tanta más vehemencia cuanto más clara es nuestra piel , porque entonces empezamos a creer que somos efectivamente distintos y excepcionales.
HÉCTOR .- (desde su lugar, divertido.) Tú eres de esos, papá. D.RICARDO .- ¿Estás loco? Yo no soy mestizo ¿De donde crees tú que sacaste los ojos claros? Mira a mi padre. Criollo puro .Tú lo heredaste a él. Abueleaste ,como dicen aquí.

(Señala el retrato de la chimenea . Manuel lo mira con una imperceptible sonrisa de conmiseración.)

HÉCTOR.- Bueno. En Michoacán y en Jalisco hay indios que tienen los ojos verdes. A veces hasta son güeros.
D.RICARDO .- (Molesto.) Pero nosotros no somos de Michoacán ni de Jalisco. Mi familia es de Oaxaca.

(Pausa. Héctor recapacita.)

HÉCTOR .- ¿Cuántos años tienes, papá?
D.RICARDO .- Cincuenta y cuatro. ¿Por qué?
HÉCTOR .- (Calculando.) Quiere decir...que naciste en el año de ...1898.
D.RICARDO .- Exactamente.
HÉCTOR .- Y tu papá...¿Cuántos años tendría cuando tú naciste? D.RICARDO .- No sé... Treinta y tantos...
HÉCTOR .- ¿Treinta y cinco?
D.RICARDO .- Es posible ...
HÉCTOR .- (sacando la cuenta.) Noventa y ocho menos treinta y cinco...sesenta...y...tres. Entonces nació en 1863, en plena intervención francesa. A los franceses les gustaban las indias de Oaxaca...
D.RICARDO .- (No se le había ocurrido pensar en eso . Se queda un moneto suspenso, luego explota.) ¡eres un imbécil! No sabes lo que estásdiciendo...
HÉCTOR .- (Sin inmutarse.)
¿Entonces , de dónde saliste prietito?
D.RICARDO .-¿Prietito yo?
¡Habráse oído semejante cosa! (Atraviesa rápidamente hasta el espejo de la derecha, en el que se mira. Se tranquiliza a sí mismo.) Prietito yo...
CARMELA .- (Que ha estado haciéndose gran violencia todo el tiempo, se levanta y estalla.).
¡Héctor! ¡Basta ya de faltarle el respeto a tu padre!
D.RICARDO .- (Yendo hasta ella.) Déjalo, mujer. Esta bromeando. ¿No tienes sentido del humor?
CARLOS .- (Levantándose, a Beatriz.) Bueno, Beatriz... ¿Nos vamos al cine?
BEATRIZ .- (Sorprendida.) ¿Al cine?
CARLOS .- (Haciendo presión.)
¿No te acuerdas que habíamos quedado de ir al “Roble”? BEATRIZ.- ( No muy convencida.) está bien... Si tú quieres...
CARMELA .- ¿No se quedan a cenar entonces?
CARLOS .- Tomaremos cualquier cosa por ahí. Mañanaes la presentación de Beatriz con todos mis parientes. Pasado mañana, el matrimonio civil. Después de eso, no creo que Beatriz tenga tiempo de ir al cine. Luego, el viaje de bodas...
BEATRIZ .- a mí no me hace tanta falta ir al cine...
CARLOS .- (Molesto, pero condescendiente.)No, si no tienes ganas...
BEATRIZ .- (Reaccionando.)Sí, sí, cómo no. Entonces hasta luego, mamá. (La besa.)
HÉCTOR .- (Deja su vaso sobre la mesa de la derecha, se levanta
y se va por el mezanine.) Yo tampoco quiero cenar. Me voy a acostar para levantarme temprano. Buenas noches a todos.

(Los tres a un tiempo.)

BEATRIZ .- Adiós.
CARLOS .- Hasta mañana, Héctor.
MANUEL .- Buenas noches.
BEATRIZ .- (Despidiéndose de Manuel.) Conste que la invitación es en serio. Lo esperamos pasado mañana.
MANUEL .- Si, señorita. Muchas gracias.
CARLOS .- (Mientras Beatriz cruza haciadon Ricardo, a la derecha.) Hasta mañana, señora. Buenas noches.
CARMELA .- Buenas noches.
CARLOS .- (Dando la mano a Manuel.) Mucho gusto.
MANUEL .- Buenas noches.
D.RICARDO .- (A Beatriz.)No vuelvan tarde.
CARLOS .- (Que cruza hacia él y le da la mano.) No tenga cuidado, don Ricardo. Antes de las doce estaremos aquí. (Yendo a coger las invitaciones de encima del piano.) Me llevo de una vez las invitaciones. (Se va , tras de Beatriz, por el vestíbulo.) MANUEL .-Yo también me retiro, don Ricardo (Dando la mano a Carmela.) Señora, he pasado un rato muy agradable.
CARMELA.- Mucho gusto, señor Torres.

( Manuel cruza hacia don
Ricardo, a la derecha.)

D.RICARDO .- No se olvide de traerme esos proyectos suyos. Me interesa verlos. Y así tendremos oportunidad de volver a platicar. MANUEL .- (Dándole la mano.) Cuando usted guste, don Ricardo. Yo los tengo listos.
D.RICARDO .-Véngase cualquier tarde de estas por aquí. Mañana
mismo, si quiere... Sí , mañana que mi hija se va a esa cena, tenderemos tiempo.
MANUEL .- Perfectamente. Estaré aquí a las siete y media. Muy buenas noches.

(Mutis de Manuel por el vestíbulo. Don Ricardo rehuye deliberadamente la mirada que Carmela fija sobre él, toma el libro que había dejado sobre el respaldo del sofá y lo hojea.)

CARMELA .- Voy a decir que preparen la cena.

(Hace mutis por el comedor. En cuanto ella sale, don Ricardo va rápidamente a verse otra vez en el espejo. Desde allí se vuelve a mirar el cuadro de la chimeneay luego se ve de nuevo en el espejo. Hundido en sus meditaciones , apaga la luz del candil y entra en la biblioteca con el libro entre las manos. Casi inmediatamente, se asoma Héctor por la escalera, trayendo su paquete. Se cerciora de que no hay nadie y se dirige rápidamente hacia el vestíbulo. Cuando está a punto de llegar a la puerta, sale Alicia por el comedor. Héctor se vuelve hacia ella y Alicia se detiene a la expectativa. Héctor habla con mucho sigilo.)

HÉCTOR .- ¿Qué paso? ¿Vamos a ser amigos?
ALICIA .- (Con voz natural.) No tengo por qué ser amiga de usted. Yo soy una sirvienta y nada más.
HÉCTOR .- Shhh... Está bien. Pero no vamos a ser enemigos ,
¿verdad?
ALICIA .- No soy su enemiga.
HÉCTOR .- Entonces, pico de cera. Como digas que me viste salir, me la vas a pagar.
ALICIA .- Si me lo preguntan, claro que lo digo.
HÉCTOR .- (En tono amenazador.) Como quieras...

¡Pero acuérdate!...¡Ya sabes lo que te dije!

(Se desliza rápidamente hacia el vestíbulo y hace mutis mientras Alicia recoge los vasos que quedaron dispersos y los reúne en la charola, con la que hace mutis por el comedor, por donde, al mismo tiempo, aparece Carmela, quien atraviesa hasta cerca de la puerta de la biblioteca.)

CARMELA .- Ya van a servir la cena.
D.RICARDO . - (Aparece por la bibliotecay cruza hasta el sofá. Desde allí se vuelve hacia Carmela.) He estado pensandoen lo que hablamos a propósito de Héctor. Me parece que lo mejor será mandarloinmediatamente a los Estados Unidos.
CARMELA .- ¿Qué es lo que piensas remediar con eso? D.RICARDO .- Sacarlode este medio, de este ambiente... Que veael mundo civilizado...que se libre del complejo de inferioridad de los mexicanos...
CARMELA .-Éste es el ambiente en que va a vivir¿Quieres que regrese como Beatriz y Jorge, desadaptado, extraño, perdido en su propia tierra?
D.RICARDO .- Yo encuentro que Beatriz y Jorge se desenvuelven muy bien...
CARMELA .-En lo exterior, sí, demasiado bien. Preferiría yo ver en ellos la discreción, la mesura, el pudro de los muchachos educados en México. Pero interiormente, yo, que soy su madre, sé que sufren. D.RICARDO.- (Sube hacia atrás del sofá.) Esas son fantasías tuyas...
CARMELA .- (Le sale al encuentro.) ¡No! ¡No son fantasías! Solo una madre, como lo soy yo,podía haber visto en sus cartas cuando contaban lo felices que eran y todo lo que se divertían en los Estados Unidos , como la tinta se había corrido en alguna parte por las lágrimas que caían sobre el papel mientras escribían. D.RICARDO .- (Preocupado, cruza hacia la derecha.) ¿Alguna vez te han dicho algo?
CARMELA .- Nunca. Son demasiado orgullosos para hacerlo. Pero yo séque regresaron más heridos y más susceptiblesde lo que se fueron, tan sólo para encontrar que en su propia casa se les iba a seguir lastimando.
D.RICARDO .- ¿Cómo en su propia casa?
CARMELA .-¿Pero no te das cuenta cómo hablas delante de ellos? ¿Con qué desdén te refieres siempre a los indios, a los prietos, a los mestizos?
D.RICARDO .- lo hago sin darle ninguna importancia, justamente porque, como hijos míos que son, no los considero indios, ni prietos, ni mestizos.
CARMELA .- (Yendo hacia él.) Pero en el fondo ellos saben lo que son. Cómo sé yo que lo soy yo misma. Y no me siento menos lastimada que ellos. Verdaderamente , no sé por qué no te casaste con una güeraen lugar de casarte conmigo.
D.RICARDO .- Sencillamente, porque me gustaste más que ninguna otra... Por que te quise, como te he seguido queriendo hasta ahora... No veo en qué haya podido lastimarte con eso... CARMELA .- No con eso...sino a pesar de eso...
D.RICARDO .- ¿Pero cómo?
¿Cuándo? Dímelo...
CARMELA .- Desde el día en que nació Jorge. Esperaba yo ansiosamente el momento en que entraras en mi cuarto para mostrarte a tu primer hijo. Y aunque hiciste todo lo posible por disimularlo, leí en tus ojos la decepciónque sufriste al ver su color moreno. Cuando nació Beatriz, tu desilusión fue mayor, porque, además, era mujer. (Se sienta, desolada, en la silla de la derecha del piano.) Pero nuncame sentí tan humillada como el día en que nació Héctor. Fue el día más desgraciado de mi vida y el más feliz de la tuya. Desde entonces te dedicaste a mimarlo, a distinguirlo, a ponerlo entodo como ejemplo a sus hermanos, tan solo porque era huerito y tenía los ojos claros.
D.RICARDO .- No puedes reprocharme que lo quiera. Pero te aseguro que estás equivocada. Lo quiero exactamente igual que a Jorge y Beatriz, y creo haberlo demostrado suficientemente. CARMELA .- (Se levanta y cruza hacia la mesa de la derecha. Queda de espaldas a don Ricardo.) Tal vez lo has hecho inconscientemente. Pero le has enseñado a despreciarnos a sus hermanos y a mí, sobre todo a causa del color de nuestra piel. Ha acabado por creer que es un ser superior y que nosotros no somos dignos siquiera de considerarnos sus parientes.
D.RICARDO .- (La mira un momento, desconcertado.) Pero...no entiendo cómo puedes tener esa ideade Héctor. No me gustaría pensar que no lo quieres... CARMELA .- (Se vuelve desafiante.) ¡No! ¡No lo quiero!

(Pausa. Don Ricardo se queda viéndola, en suspenso, sin comprender. Ella baja la vista y se sienta en la silla, a la izquierda de la mesa, encogida y asustada de lo que ha dicho, buscando una explicación a su desahogo.)

Ha sido causa de muchas penas ocultas , de muchos rencores contenidos, de muchas lágrimas disimuladas...
D.RICARDO .- En ningún momento llegué a pensar que sucediera semejante cosa. Por el contrario , siempre creí que está era la casa más feliz del mundo.
Nada nos ha faltado... Tenemos salud... Hemos prosperado... Nuestros hijos tienen un porvenir brillante... Y en vísperasdel matrimonio de nuestra hija, cuando deberíamos estar rebosantes de satisfacción y alegría, me sales con esa revelación absurda.
CARMELA .- Has estado demasiado ocupadocon los problemas de la prosperidad, del porvenir y del éxito para darte cuenta de lo que pasaba en el interior de los que te rodean...

( En este momento aparece Alicia por la puerta del comedor.)

ALICIA .- La cena está servida.

(Don Ricardoy Carmela reacciona como si esa frase los despertara y los volviera a la realidad. Despuésde un instante, ella se levanta, con cansancio.)

CARMELA .- Vamos.

(Camina despacio havia el comedor, seguida de don Ricardo , mientras cae lentamente el

TELÓN




SEGUNDO ACTO

Escena: La misma del primer acto, el día siguiente a las siete de la noche.

Al levantarse el telón, Carmela esta tejiendo, sentada en el extremo izquierdo del sofá, a la luz de la lámpara. Las otras lámparas están también encendidas. Después de un momento baja Beatriz de las
habitaciones, lista para salir. Caminahasta detrás del sofá. Su madre se vuelve para verla.

CARMELA .- ¿Te vas ya?
BEATRIZ .- No, tiene que venir Carlos por mí. Falta más de media hora.
CARMELA .- ¿Es en casa de
Carlos la cena?
BEATRIZ .- Sí. Quieren presentarme con toda su parentela. La verdad es que no tengo ni tantitas ganas de ir.
CARMELA .- (Extrañada.) ¿Por qué no? Me figuro que deben ser gente muy fina.
BEATRIZ .- (Se sienta en el respaldo del sofá.) Demasiado fina. Los que conozco son tan estirados...tan ceremoniosos... CARMELA .- Los papás de Carlos me parecieron muy amables.
BEATRIZ .- Todos son amables. Pero es una amabilidad que ofende. Se creen tan superiores... Siempre parece que le están haciendo a una el favor de dirigirle la palabra. Yo me siento cohibida y me entran unas ganas horribles de tirar las copas...de manchar el mantel...de comer con las manos.
. .
CARMELA .- (Sorprendida.)
¿Pero cómo es eso , Beatriz? Tú que siempre has sido ten cuidadosa, tan educada...
BEATRIZ .- (Se levanta, deja el abrigo y la bolsa sobre el respaldo del sofá y camina hacia la derecha, primer término.) No sé por qué. Nada más entre esa gente me sucede. Es que me siento observada, vigilada como un ser extraño que hubiera caído de pronto entre los habitantes de otro planeta.

CARMELA .- Yo creo que exageras. Es verdad que ellos pertenecen a una familia de muy rancia aristocracia...

BEATRIZ .- (Volviéndose a ella.) Eso es precisamente lo que no entiendo. Descienden de no sé que personaje de la Independencia, o de la Reforma, o de la Revolución... No estoy segura... (Vuelve a caminar hacia atrás del sofá. Habla con mucha ironía.) Fue un hombre humildeque peleó en su época por su pueblo, por los hombres iguales a él. Y ahora los descendientes, al mismo tiempo que están muy orgullosos de su antepasado, desprecian al pueblo por el que peleó y no consideran dignos de alternar con ellos más que a los aristócratas de parís ...de Biarritz...y de la “Côte d`Azur”...
CARMELA .- (Se levanta y sale al encuentro de Beatriz por la izquierda del sofá. La toma de la barbilla y la observa un momento.) Dime , Beatriz... ¿No será que no quieres a Carlos? BEATRIZ .- (Sin mucha convicción.) Él es muy bueno conmigo...muy
condescendiente...A veces quisiera que no lo fuera tanto...o, al menos, que no me lo hiciera sentir.

(Se oye sonar el timbre de la puerta.)

CARMELA .-(Toma a Beatriz por los hombros. Con firmeza.) Piénsalo bien. Todavía tienes tiempo. Sí no estas enamorada... Si dudas el amor de Carlos...nada te obliga a comprometer tu felicidad para toda la vida...

(Alicia cruza del comedor al vestíbulo.)

BEATRIZ .- (Camina, pensativa, hacia la derecha. De pronto, como rechazando una idea sombría, se vuelve hacia su madre con exagerada alegría.) ¡Qué absurdo! ¡Si yo adoro a Carlos y estoy segura de que él me quiere, mañana a estas horas estaremosfirmando el acta matrimonial y vamos a ser la pareja más feliz del mundo.
CARMELA .- (Desconcertada, tratando de leer en el corazón de su hija.) Pero lo que acabas de decirme ...
BEATRIZ .- (Yendo hacia Carmela.) Puras tontería, mammy... Todo el mundo tiene algo criticable... Y ya sabes que a mi me gusta manejar las tijeras... (Le hace un cariño en la mejilla.) Ni siquiera vale la pena hablar de eso. Voy a leer un rato mientras viene Carlos.

(Se dirige a la biblioteca y se tropieza con Héctor que aparece por el vestíbulo con un paquete semejante al que sacó en el primer acto.)

HÉCTOR .- ¿Quihúbole, changuita?
BEATRIZ .- (Furiosa.) ¡Oye, mocoso! A mí no me vengas con tus majadería. Yo no me meto para nada contigo y no quiero que tú te metas conmigo.

(Cruza hacia la puerta de la biblioteca y se vuelve a las palabras de Héctor, en actitud arisca.)

HÉCTOR .- ¡Újule...! Pues qué susceptibles se me han vuelto todos en esta casa...
CARMELA .- (Enérgica.)
¡Héctor! ¡Ven aquí!

(El se acerca despacio, cohibido, al centro de la escena.)

De una vez por todas, quiero que sepas que no voy a seguir tolerando que molestes a tus hermanos con motes y apodos despectivos. Si eso se repite, aunque sea una sola vez, me harás el favor de no volverme a dirigir la palabra, (Vuelve a sentarse en el sofá y se pone a tejer con gran rapidez.)


BEATRIZ .-(Desde la puerta de la biblioteca.) Unade las cosas por la que estoy más contenta de casarme, es porque ya no voy a tener que soportar que me des la lata a todas horas. (Mutis.)
HÉCTOR .- (Se queda un momento contemplando su paquete, indeciso. Luego se va por el lado derecho del sofá a colocarse frente a su madre. Habla en tono suplicante.) Mamacita... Si yo no les digo nada a mis hermanos por ofenderlos... Cómo ellos son más grandesy no me toman en cuenta...yo les hago bromas...por jugar...como un pretexto para que hablen conmigo...
CARMELA .- (Sin levantar la vista de su tejido.) Podías encontrar otros pretextos menos desagradables.
HÉCTOR .- (Se sienta junto a ella en el sofá.) No te enojes conmigo, mamacita... Mira... Te traje un regalo... (Muestra el paquete y empieza a abrirlo.)
CARMELA .- (Lo mira de reojo y se desconcierta.) Debiste haber comprado mejor un regalo de boda para tu hermana.
HÉCTOR .- Ya lo compré también. Pero ese va a se una sorpresa. ¿No te gusta? (saca una elegante bolsa de señora y la muestra.)
CARMELA .- (Tomándola.) Es muy elegante... Y muy fina... Te lo agradezco mucho. Pero... ¿de donde has sacado tanto dinero? HÉCTOR .- Pst... Negocios que hago yo... Tú sabes...
CARMELA .- No me agrada esa afición tuya a ...los negocios
,como tú dices. Lo que sé es que muchas veces les compras a tus amigos objetos que ellos sacan de sus casas sin permiso de sus padres. Como lo haces tú. Preferiría verte emplear tu inteligencia en algo más digno, más noble...

HÉCTOR .- (Dolido.) Mamacita, no me regañes...yo quería darte gusto...verte contenta... Nunca eres cariñosa conmigo... A veces pienso que no me quieres.

(Carmela deja la bolsa sobre el sofá, se levanta y cruza hacia la derecha para ocultar su emoción a Héctor . Éste continúa desde su lugar con aire abatido. )

Yo creo que por eso no me quieren mis hermanos tampoco. Nadie me quiere. Debo ser muy malo... Pero yo no me doy cuenta... Yo los quiero a todos y hago lo que puedo por agradarlos... Pero todo lo que hago no sirve más que para enfurecerlos contra mí. Sí no fuera por mi papá, no sé qué sería de mí en esta casa...
CARMELA .- (Se vuelve hacia él haciendo esfuerzos por dominarse.) No, hijo... No debes hablar así. Todos tequeremos. Lo que pasa es que tú te empeñas en decir a tus hermanos cosas que los lastiman...y...es natural...con eso me lastimas a mí ...
HÉCTOR .- (Va rápidamente hasta ella, conteniendo las lágrimas. ) Perdóname , mamacita... Nunca he tenido la intención... ¿Cómo iba yo a querer lastimarte?
CARMELA .- (Lo estrecha contra su pecho y permanece erguida, sufriendo. Luego se aparta, secando furtivamente una lágrima. De espaldas a él ,le tiende la mano. )Dame la bolsa. (Él se la da. Ella le hace un cariño, esforzándose por reír.) Muchas gracias. De veras te lo agradezco. De todo corazón.

(Y se retira apresuradamente por la escalera. Héctor la ve irse, luego da unos pasos meditando seriamente, pero ya confortado. Se detiene y saca con grandes esfuerzos de la bolsa del pantalón un reloj despertador que se pega al oído, moviéndolo para cerciorarse de que no anda. Luego saca de la bolsa trasera un desarmador y empieza a destornillar el reloj. Para mayor comodidad, se sienta a la derecha del sofá. Poco después, aparece Beatriz por la biblioteca, con un libro en las manos.)

BEATRIZ .- ¿Qué horas tienes?
HÉCTOR .- (Mostrándole el despertador.) No anda. Pero ahorita lo voy a componer y te digo.

(Beatriz se retira hacia el piano, riendo, pero Héctor la llama confidencialmente y dejando el reloj y desarmador sobre el sofá, va hacia ella a la vez que saca de otra bolsa una vieja cartera con toda clase de papeles y recortes que empieza a hojear.)

Pst... Mira... Te voy a enseñar una cosa. Aquí está. No, no es ésta...
¡Ah, sí!... Esta es... (Desdobla un recorte que muestra a Beatriz.) Ahí tienes a Jorge con la rubia más superplatino que ha venido a México. la mandó traer de los Estados Unidos y le está enseñando español para que trabaje en sus películas. Y además ...le regaló un convertible “Cadillac”.
BEATRIZ .- (Le devuelve el recorte. Reconviniéndolo.) ¿Y tú por qué andas espiando a Jorge?
HÉCTOR .- (Sorprendido.) ¡Yo no lo ando espiando! Los periódicos publican su retrato y yo lo recorto para enseñarles a mis amigos la clase de hermano que tengo...
BEATRIZ .-(Desconfiada.) ¿Qué clase?
HÉCTOR .- De la clase de los convertibles...
BEATRIZ .- (Riendo, le da un coscorrón.) ¡Baboso!

(Héctor se aparta, riendo también.)

Y no vas a llenar de basura todos los muebles con tu matraca. HÉCTOR .- Bueno... Bueno... Ya me voy con la música a otra parte.

(Beatriz va a sentarse al banquillo del piano, vuelta hacia el público y continúa leyendo en su libro. [Si la actriz toca el piano, puede tocar algún fragmento de algún “Nocturno” de Chopin.] Héctor se está guardando la cartera cuando se oye sonar el timbre de la puerta y él mismo se va por el vestíbulo para abrir. Se escuchan débilmente los saludos de Héctor y Manuel.)

VOZ DE MANUEL .- Buenas noches. ¿Está tu papá?
VOZ DE HÉCTOR .- No debe tardar en llegar. Pase usted a esperarlo.
VOZ DE MANUEL .- Si no es ninguna molestia ...
VOZ DE HÉCTOR .- No, no, pase...

(Aparecen los dos por la puerta del vestíbulo. Manuel trae una carpeta en la mano. Beatriz se da cuenta de su presencia y se levanta positivamente encantada, mientras Héctor recoge reloj y desarmador del sofá.)

MANUEL .- Buenas noches
.señorita.
BEATRIZ .- Buenas noches, señor Torres. No esperaba verlo hasta mañana.
MANUEL .- Anoche, después de que usted se fue, su papá me dio una cita para hoy. Tengo que mostrarle estos papeles.
BEATRIZ .- Es raro que no esté aquí ya. Pase a sentarse .
HÉCTOR .- (Acercándose a Manuel.) ¿Usted conoce de relojes, señor Torres?
MANUEL .- No creo ser lo que se llama un conocedor...
HÉCTOR .- (Mostrándole el despertador.) Es suizo... Antimagnético... Y la campana es tan suave y tan agradable, que la gente puede seguir durmiendo cuando suena.
MANUEL .- (Cruza, riendo, hacia el primer término, izquierda.) Debe de ser el despertador ideal.
HÉCTOR .- Y todo por dos cincuenta. Es cierto que no anda, pero...
BEATRIZ .- (Por lo bajo, a Héctor.) ¡Héctor! Ya está bien. HÉCTOR .- Sí, sí... Ya me voy... (Se escabulle hacia el mezanine, donde continúa su trabajo sobre el “couch”.)
MANUEL .- (Volviéndose a Beatriz .) No quisiera interrumpir. Continué con lo que estaba haciendo y no se moleste por mí. BEATRIZ .- (Bajando hasta la silla izquierda de la mesa de la derecha.) No es ninguna molestia. Al contrario, lo que siento es que dentro de un momento voy a tener que irme.
MANUEL .- Obre usted con toda libertad , señorita.
BEATRIZ .- (Con coquetería.) Y no me diga señorita. Me suena tan raro... Llámeme por mi nombre: Beatriz.
MANUEL .- (Complacido.) Si usted lo prefiere...
BEATRIZ .- Naturalmente.

(Pequeña pausa. Ella se sienta en la silla de la izquierda de la mesa. Habla en tono indiferente, por iniciar una conversación.)

¿Son asuntos de los Laboratorios los que va usted a tratar con mi papá?
MANUEL .- Mmmm... no precisamente. Quiero enseñarle unos apuntes que he hecho sobre la posibilidad de experimentar con nuevas materias primas para fabricar productos medicinales distintos de los que hay en el mercado.
BEATRIZ .- Qué interesante.
¿Son materias primas que usted ha descubierto?
MANUEL .-No, no, de ningún modo. (Cruzando a sentarse en la silla de la derecha de la mesa.) Han existido siempre en la naturaleza , en las plantas de México. Durante siglos, los habitantes del campo han aprendido a conocer por experiencia el poder curativo de esas plantas. Algunos sabios las han clasificado y las han consignado en unos cuantos libros que nadie ha leído y que seguirán empolvándose en las bibliotecas quién sabe hasta cuándo.
BEATRIZ .- Es una vergüenza...
MANUEL .- El pueblo naturalmente sigue usándolas en forma de infusiones, de ungüentos, de cataplasmas. Pero nadie, o casi nadie, se ha molestado en analizar las sustancias curativas que contienen. Y como no han sido consagradas por la ciencia europea, continúan ignoradas o desdeñadas, vendiéndose en los mercados como cosa de brujos y yerberas, para uso de las clases incultas.
BEATRIZ .- (Divertida.) Es verdad. Nuestra cocinera tiene siempre una colección de manojitos que nos recomienda para toda clase de enfermedades. Pero el médico jamás nos ha permitido tomarlas.
MANUEL .- (Se levanta y cruza a la izquierda, hablando con ironía.) Tal parece que en México hasta las yerbas son inferiores a las del resto del mundo...(Se vuelve.) Pero una de esas yerbas, por ejemplo, es la “cabeza de negra”. de allí están obteniendo ahora la última maravilla de la medicina: la cortisona , que durante mucho tiempo solo se pudo administrar a unos cuantos enfermos privilegiados, porqué únicamente la extraían en dosis mínimas de una glándula del buey. Y la “cabeza de negra” la han vendido siempre las yerberas en los mercados.
BEATRIZ .- (Yendo hacia él.) nadie lo hubiera dicho, al ver esos tenderetes miserables de los mercados.
MANUEL .- (Se sienta en el brazo izquierdo del sofá. Con humor.)Y sin embargo...es en esa miseria en donde hay que buscar la verdad y la grandeza de México.
BEATRIZ .- (Se queda mirándolo, fascinada. Después de un momento, va a sentarse en el sofá, junto a él. Habla para sí misma.)Debe de ser maravilloso aventurarse a investigar en el misterio de tantos siglos y en los secretos de tantas razas desconocidas para nosotros. (Pausa. Luego, como si despertara.) Estoy segura de que a mi papá va a interesarle su proyecto tanto como a mí.
MANUEL .- (Caminando hacia la chimenea.)Desgraciadamente, su papá, como la mayoría de los mexicanos, no cree en los mexicanos. La prueba: tiene sus negocios encomendados a un extranjero. Y no es que yo ponga en tela de juicio la capacidad y la buena fe de los extranjeros. Pero es natural que no tengan ningún interés en el engrandecimiento ni en el futuro de un país que no es el suyo. Salvo muy raras excepciones , cuando uno sale de su casa a buscar fortuna, lo que le importa son los resultados inmediatos. Y el que venga atrás, que se las componga como pueda...
BEATRIZ .- Pero lo que usted explica me parece tan lógico y tan claro, que yo creo que cualquiera puede entender las ventajas de intentarlo...
MANUEL .- (Va a sentarse en el sofá, a la derecha de Beatriz.) No

es fácil... El proyecto requiere mucho tiempo, mucho esfuerzo y mucho dinero... Mis trabajos hasta ahora han sido puramente teóricos, por que los he hecho en los ratos libres, por las noches, en micasa, donde no tengo ninguno de los elementos necesarios...
BEATRIZ .- ¿Vive usted solo?
MANUEL .- Con mi madre, señorita Beatriz.
BEATRIZ .- (Con un signo de advertencia amistosa.) Beatriz... (Los dos ríen.)
MANUEL .- Vivimos en ese populoso edificio que está a espaldas de está casa, a sólo dos cuadras de aquí.
BEATRIZ .- ¿Y por qué no se ha casado?
MANUEL .- Pues...primero...porque no he tenido con quién... Y después...porque con el costo de la vida y el valor de nuestra moneda, el matrimonio se ha convertido en un lujo en el que la clase media ya no puede pensar.

(Se oye abrir la puerta exterior del vestíbulo.)

BEATRIZ .- Entonces, según usted, la clase media tendrá que desaparecer.
MANUEL .- Si no cambian las condiciones actuales, temo que sí. HÉCTOR .- (Desde su lugar.) Con aumentar el número de las empleadas en las oficinas y el de los niños en la casa de una, está todo resuelto.
BEATRIZ .- (Se levanta y se vuelve enojada hacia él.) ¡Héctor! No abras la boca más que para decir impertinencias.

(Manuel, riendo, se levanta y se aparta a la izquierda.)

D.RICARDO .- (Aparece por el vestíbulo. Ha oído las palabras de Beatriz.) ¿Qué es lo que ha dicho ahora el joven genio?
BEATRIZ .- (Yendo a besar a don Ricardo en la mejilla.) ¿Qué quieres que diga? Puras tonterías.
HÉCTOR .- (Desde su lugar, saludando con la mano.) ¡Helloe, chief!
D.RICARDO .- (Cruzando a saludar a Manuel. Beatriz baja al primer término, derecha.) ¿Cómo está , ingeniero? Perdóneme por haberme retrasado, pero hoy tuvimos junta en el banco y ya sabe usted lo que son esas cosas.
MANUEL .- No tenga cuidado, don Ricardo. He pasado un rato muy agradable en compañía de la señorita Beatriz.

(Se oye abrir la puerta exterior del vestíbulo.)

BEATRIZ .- Me explicó en que consiste su proyecto. Y quedé convencida de que es algo muy importante, en que tienes que ayudarlo.
D.RICARDO .- (Mira rápidamente uno y a otra, con aire sospechoso, al que en seguida da un aspecto de burla.)
¡Ajá...! De manera que ya cuenta usted con una cabeza de playa en esta casa...
MANUEL .- Eso, cuando menos, tengo adelantado.
D.RICARDO .- Se ve que no pierde usted el tiempo. ¿Trajo sus papeles?
MANUEL.- (Señalando la mesa donde los dejó.) Allí los tiene usted.
D.RICARDO .- Pues vamos a verlos en seguida.

(Va a iniciar el mutis por la biblioteca, pero se detiene porque ve aparacer a Jorge por el vestíbulo con tres o cuatro libros en las manos.)

JORGE.- Buenas noches.
D.RICARDO .- ¡Hola! ¿Ya vienes a bañarte?
JORGE .- Claro que sí, papá. Yo soy una persona civilizada. D.RICARDO .- Eso quiere decir que hoy tampoco vas a cenar en tu casa...
JORGE.- Estoy invitado a una
“avant-première”...
D.RICARDO .- (Fijándose repentinamente en los libros.)
¡Pero qué veo...! ¿Tú con libros?
¿Es qué ya vas a empezar a leer también?
JORGE .- Ni modo... Se me ocurrió que un buen asunto sería una combinación de Los tres mosqueteros con Los tres laceros de Bengala, naturalmente, con charros...
D.RICARDO .- Pues sí que es toda una combinación...
JORGE.- desde luego es más seguro que un asunto original de cualquier mamarracho de por aquí y de ese modo no hay que pagar derechos de autor. Pero lo malo es que me tengo que leer todos estos mamotretos, porque no me acuerdo bien de cómo van. HÉCTOR .- (Asomándose al barandal del mezanine, sin ver a Carmela que en ese momento aparece por la escalera de las habitaciones . A Jorge, con exagerada amabilidad.) Oye, güero...
JORGE.- (Se vuelve como por resortes, avienta los libros sobre el piano y sube corriendo al mezanine.) ¡Con un demonio! ¡Te voy a dar una lección de una buena vez a ver si aprendes a no burlarte de mí!
HÉCTOR .- (Al mismo tiempo, arrinconándose y cubriéndose la cara para evitar el golpe con que lo amenaza su hermano.) ¡Oye!
¡Espera! ¡Déjame explicarte!
CARMELA .- (Al mismo tiempo, gritando.) ¡Jorge! ¡Héctor!
¡Quietos!
D.RICARDO .- (Al mismo tiempo, yendo rápidamente hasta el piano y dominando todas las otras voces.) ¡Jorge! ¡Hazme el favor de guardar compostura!

(Hay un segundo de silencio, Jorge se vuelve, extrañado y dolido , hacia su padre.)

JORGE .- ¿Pero todavía es a mí a quien llamas la atención, papá? D.RICARDO .- Ya no estás en edad de portarte como un chiquillo.

(Avergonzado, Jorge hace un ademán de impotencia.)

Y tú, Héctor, que sea la última vez que das motivo para que tu hermano nos ofrezca estos espectáculos. Parece que cuando menos eso ha aprendido en el cine.
¡A ser muy macho!
CARMELA .- (Bajando del mezanine, en tono de reconvención.) ¡Ricardo! (A Héctor.) ¿Recuerdas lo que te dije hace un momento, Héctor?

(Se oye sonar el timbre de la puerta.)

HÉCTOR .- (Asustado.) Pero déjenme explicarles... Yo le dije así...para que no se enojara si le decía...de otro modo... Y lo que iba a decirle...es que si quería. Yo leía los libros y luego se los contaba para que él no tuviera que leerlos...
D.RICARDO .- (Volviéndose a Carmela.) ¿Lo ves? (Luego a Jorge.) ¿Ves como Héctor tenía las mejores intenciones? Y tú te pones hecho un basilisco. Bueno, se acabó ¿Estas de acuerdo en lo que te propone tu hermano?
JORGE .- (Violento.) Está bien. Que haga lo que le dé la gana.
D. RICARDO .- (Tomando los libros del piano y pasándoselos a Héctor por encima del barandal.) Aquí están los libros. Y vete a leerlos a tu cuarto. (A Jorge.) Y tú, a bañarte de una vez.


(Jorge se va rápidamente por la escalera. Héctor, tras de tomar los libros, recoge del “couch” el reloj y el desarmador y lo sigue.)

BEATRIZ .- (Que se ha mostrado muy apenada, cruzando hacia Manuel, quien , vuelto de espaldas a la escena, ha adoptado una actitud discreta.) Perdone usted, Manuel. Es una vergüenza que pasenestas cosas...
CARMELA .- (Reparando en Manuel, baja hasta el respaldo del sofá.) ¡Ay! Es verdad... Dispénsenos a todos... Yo ni siquiera le he saludado.
MANUEL .- No tiene ninguna importancia. Es muy natural que suceda eso entre muchachos.
CARLOS .- (Aparece por el vestíbulo, vestido de etiqueta.)
¿Cómo están ustedes?
D.RICARDO .- (Dándole la mano.) ¿Qué tal, Carlos? ¿Se van ya a esa cena?
CARLOS .- Sí, don Ricardo. (Cruzando a saludar a Carmela.) Buenas noches, señora.
CARMELA .- ¿Cómo le va, Carlos?
CARLOS.- (A Beatriz.) ¿Ya estas lista? (A Manuel.) Buenas noches, señor.

(Manuel responde con una inclinación de cabeza.)

BEATRIZ .- (Subiendo por la derecha del sofá.) Completamente. Hace más de media hora.
CARLOS .- (Toma el abrigo de Beatriz del respaldo del sofá y le ayuda a ponérselo. Luego le pasa la bolsa y los guantes.) No es tarde, pero nos vamos en seguida para llegar a tiempo.
D.RICARDO .- (Que ha bajado al primer término, derecha.) ¿No se toman un trago antes de irse?
CARLOS .- Muchas gracias, don Ricardo; pero van a estar en la cena todos mis parientes y ya sabe usted que, para la gente educada en Europa, la puntualidad es una cosa de elemental educación. No quisiera que se formaran una mala idea de Beatriz.

(Beatriz voltea a verlo con un gesto de reproche.)

D.RICARDO .- (Aceptando la frase con humor, como una lección.) Bueno, bueno... No insisto. Espero que se diviertan. Salúdenos a sus papás.
CARLOS .- Muchas gracias. Hasta mañana, entonces.

(Inicia el mutis por el vestíbulo y se detiene a esperar a Beatriz, que besa a su madre.)

BEATRIZ .- Adiós, mamy...
CARMELA .- Adiós, hija.
BEATRIZ .- (Bajando por la derecha del sofá para despedirse de Manuel. Éste le sale al encuentro, en el centro del proscenio.) Entonces, lo esperamos mañana. No se le olvide.
MANUEL .- De ningún modo. Aquí estaré.
BEATRIZ .- (Con un guiño, cruzando los dedos, por lo bajo.) Y mucha suerte.
MANUEL .- Gracias.
BEATRIZ .- (Yendo a besar a su papá..) Hasta luego, papá. D.RICARDO .- (Tomando la carpeta de Manuel de encima de la mesa y hojeándola, indica a éste la puerta de la biblioteca.) Veremos de una vez esto. Hágame el favor de pasar.
MANUEL .- (A Carmela.) Con su permiso, señora.
CARMELA.- Usted lo tiene.
MANUEL .- (Cruza hasta don Ricardo y le deja el paso.)Después de usted, don Ricardo.

(Hacen mutis los dos por la biblioteca. Carmela medita un instante, preocupada ,apoyándose en el respaldo del sofá. Luego, como si tomara alientos, baja por la izquierda hasta la mesita, de donde toma su tejido y se sienta con cansancio en el lado izquierdo del sofá. Se queda mirando vagamente delante de sí, y al fin, rechazando su preocupación, se pone a tejer. Poco despuésse oye sonar el timbre de la puerta del vestíbulo y desde allí anuncia.)


ALICIA .- Está aquí el señor Zeyer con otro señor.
CARMELA.- (Después de un instante, con disimulado sobresalto.) Dígale que pase.
(Deja el tejido sobre la mesita y se levanta.)

ALICIA .- (Desde la puerta.) Que pase usted, señor.

(Se va por el comedor.)

VOZ DE ZEYER .- Cómo no, con mucho gusto.

(Aparace Zeyer precipitadamente por el vestíbulo. Al ver a Carmela, se detiene bruscamente, un poco cohibido. Zeyer es un tipo indefinido de comerciante extranjero, rubio, de cuarenta y ocho años, que lo mismo puede ser noruego, que suizo o checoslovaco. Habla perfectamente el español con acento mexicano y sólo advierte que no es su lengua original por la pronunciación muy abiertade las vocales y por el prurito de usar con exceso y no siempre con exactitud, los modismos mexicanos. Se le nota visiblemente alterado. )

ZEYER .- ¡Ah! Buenas noches.
CARMELA .- (Que también disimula cierta impresión al verlo.) Pase, Daniel... Buenas noches.
ZEYER .- (Yendo , ya repuesto, a darle la mano.) Perdón... Creí que estaba aquí Ricardo.
CARMELA .-(Retira la mano, sin mucho aspaviento, pero casi instantáneamente.) Está tratando un asunto en la biblioteca. Voy a llamarlo. (Cruza hacia la biblioteca.)
ZEYER .- Gracias.
CARMELA .- (En la puerta de la biblioteca.) Ricardo... Aquí está Daniel (Volviéndose, sube hacia el centro, en segundo término.) Siéntese usted.
ZEYER .- Muchas gracias.

(Dando muestras de impaciencia, va nerviosamente hasta la chimenea.)

D.RICARDO .- (Apareciendo por la biblioteca) ¡Hola, Daniel! ¿Qué milagro es éste? Hace años que no te hago venir a mi casa ni amarrado...
ZEYER .- (Adelanta unos pasos hacia él y dirige una mirada inquieta a Carmela.) Es que... Mi viejo, necesito hablar contigo urgentemente.
CARMELA .- Con permiso.
D.RICARDO .- No, no te vayas... Tenemos que celebrar juntos esta sorpresa...
CARMELA .- De todos modos... Tengo que ver la cena... D.RICARDO .- ¡Buena idea! (A Zeyer.) Supongo que te quedarás a cenar...
ZEYER .- Te lo agradezco mucho...pero no sé si podré... Tenemos un problema muy serio en los laboratorios.
CARMELA .- Como guste. (Hace mutis por el comedor.) D.RICARDO .- (Alerta.) ¿Qué es lo que te pasa?
ZEYER .-(Sube hasta el segundo término para ver recelosamente hacia el vestíbulo. Luego baja, toma del brazo a don Ricardo y apartándolo hacia la izquierda, habla con sigilo.)Una mordida, mi
viejo. Imagínate que traigo aquí a un cuatezón que quiere cincuenta mil lanas.
D.RICARDO .- (Alarmado.)
¿Cómo, cincuenta mil lanas ? ¿Por qué?
ZEYER .- Una de nuestras vacunas. Parece que no dio resultado y se petateo un escuincle de difteria.
D.RICARDO .- (Se aparta un paso y lo mira con desconfianza.)
¿No estarás haciendo alguna tontería que nos vaya a meter en dificultades?
ZEYER .- (Dolido.) ¡Hombre, hermano! Me crees tan pazguato! Yo me las averiguo para que la producción salga barata...Eso ya lo sabes... Pero no soy capaz de una cosa así , mi viejo. Tu me conoces.
D.RICARDO .- Entonces...es cuestión de demostrar que no es culpa de los laboratorios. No tienes por qué darle mordidas a nadie. Este individuo...
ZEYER .- Es un periodista que seolió la cosa. Un tal Ramírez. Al principio quería cien mil.
D.RICARDO .-(Cruza a la izquierda, preocupado.) No me gusta que se enteren de que tengo negocios fuera del banco. Esas cosas deberías resolverlas tú solo.
ZEYER .- (Quejumbroso.) ¡Mi viejo! ¿De dondé quieres tú que agarre yo cincuenta mil lanas así nomás? En caja no llegamos a los veinte, y hay que rayar el sábado. Claro que tenemos cobros pendientes por diez veces más, pero ya sabes como se hacen patos los clientes.
D.RICARDO .- ¿Y yo? ¿Crees que tengo amontonado el dinero? Sobre todo ahora, con todos los gastos del matrimonio de mi hija. Pero...en todo caso...no debiste haberme traído aquí a este periodista.
ZEYER .- Es que ese tipo lo sabe todo. No hay nada que ocultarle. Y no te imaginas lo perro que se puso. Tienes que ayudarme a torearlo.
D.RICARDO .- (Aceptando lo inevitable.) Si no queda otro remedio... Pero ese dinero no hay que darlo de ningún modo.
ZEYER .- ¡Naturalmente que no! Voy a decirle que pase. (Va a la puerta del vestíbulo. En el camino se trasfigura y adopta un tono de exagerada cordialidad.)
¡Pasele ,mi amigo!

(Aparece Ramírez con el sombrero en la mano. Es un tipo esmirriado, descuidadamente vestido, de mirada y ademanes inquietos, pero cínico y resuelto. Zeyer le pasa la mano por los hombros y lo conduce así hasta don Ricardo.)

Aquí tienes a nuestro hombre.
RAMÍREZ .- Buenas noches, señor Torres Flores.
D.RICARDO .- (Le indica el sofá pero no le da la mano.) Hágame el favor de sentarse.
RAMÍREZ .- No es necesario. Ya el señor Zeyer le habrá explicado de lo que se trata.
D.RICARDO .- Sí... Y aunque no tengo nada que ver en el asunto... RAMÍREZ .- Mire, señor Torres Flores. No tiene caso perder el tiempo. Vamos a hablar con las cartas sobre la mesa. Usted es copropietario de los Laboratorios Zeyer. Los Laboratorios Zeyer están vendiendo ampolletas de suero antidiftérico ya vencido, en cajas a las que han cambiado la fecha para hacerlo aparecer en vigor...
ZEYER .- (Sorprendido.) ¡Cómo!
D.RICARDO .- (Severo, a Zeyer.) ¿Es verdad eso?
ZEYER .- (Se aparta, escandalizado.) ¡Es una vil mentira! Usted no me había dicho eso...
RAMÍREZ.- (Mostrando triunfalmente la caja de una ampolleta que saca de la bolsa.)

Tengo las pruebas en la mano. Le cuesta cincuenta mil pesos que no aparezca mañana la noticia a ocho columnas en todos los periódicos. Comprenderá usted que eso...el mismo día del matrimonio de su hija...sería muy regocijado...

(Hay una pausa desconcertante.)

D.RICARDO .- (Demudado, cruza hasta Daniel que lo mira con angustia.) Dime la verdad.
¿Es cierto?
ZEYER .- ¡De ninguna manera!
¡Te lo juro, hermano!
D.RICARDO .- (Se vuelve a Ramírez. Habla pausadamente, con srenidad, pero la ira se advierte en su voz enronquecida.) Usted tiene un envase de suero con una fecha. Según usted, ¿qué es lo que prueba que el líquido que contenía es anterior a esa fecha? RAMÍREZ .- (Sin inmutarse.) La muerte del niño a quien se le inyectó, ¿le parece a usted poco? El medicote lo atendió ha adquirido otra ampolletas en la misma botica y las ha mandado a analizar.
D.RICARDO .- (Cada vez más alterado, cruza hacia la chimenea.) Comprendo... Por lo visto, el médico también tiene algo que ver en este...negocio...
RAMÍREZ .- Naturalmente... El médico y los compañeros que tiene la misma fuente en los otros periódicos. En total somos diez. Ya verá usted que la cantidad que le pido no es nada exagerada, si se toman en cuenta las circunstancias...
MANUEL .- (Apareciendo sonriente por la biblioteca.)
Perdóneme, don Ricardo. He oído a pesar mío lo que están ustedes tratando...
ZEYER .- (Se vuelve hacia él, sorprendido. Adopta un tono déspota y altanero.) ¿Usted? ¿Qué es lo que hace usted aquí?
MANUEL .- Vine a tratar un asunto con don Ricardo.
ZEYER. - No tiene usted nada que tratar con don Ricardo ¿No sabe quién es el gerente de los laboratorios?
MANUEL .- Mire, señor Zeyer: no es el momento de hacer sentir su autoridad...
ZEYER .- ¡Señor Torres...!
D.RICARDO .- Está bien, Daniel. Vamos a oír lo que tiene que decirnos el ingeniero.
MANUEL .- Simplemente que todos los sueros vencidos que se devuelven a los laboratorios, los destruyo yo en presencia del inspector de Salubridad, y eso consta en actas firmadas por el mismo inspector, que deben estar archivadas en las oficinas del señor Zeyer.
ZEYER .- (Aparentemente satisfecho de la solución en que no había pensado.) ¡Es verdad! Yo tengo todas esas actas, por orden riguroso de fechas.
RAMÍREZ .- (Sentándose en el brazo del sillón de la derecha.) Y yo tengo las pruebas de que, a pesar de todo, en las farmacias se venden, con fechas alteradas, sueros vencidos con la marca de los Laboratorios Zeyer.
D.RICARDO .- Entonces, es cuestión de abrir una averiguación para esclarecer de donde proceden esos sueros... Puede tratarse de una falsificación... Alguna persona extraña a los laboratorios puede muy bien. .
RAMÍREZ .- (Con malicia y cinismo.) Eso me parece muy acertado. Solo que no sería posible hacer ninguna aclaración hasta después de algunos días de que apareciera la noticia... Y ya saben ustedes que las aclaraciones nunca son eficaces...
MANUEL .- En realidad, don Ricardo, lo único recto que corresponde hacer es que los mismos laboratorios se adelanten a presentar hoy mismo la denuncia en contra de quien resulte responsable.

(Tanto Ramírez como Zeyer se alarman. Éste protesta con violencia.)

ZEYER .- ¡No, no! ¡De ningún modo! De lo que se trata es de evitar a toda costa el escándalo... No le conviene a don Ricardo... Y eso traería de todos modos el escándalo...
MANUEL .- (Cruzando hacia Ramírez.) En ese caso...se podrían mostrar esta misma noche a los directores de los periódicos las actas de la destrucción de los sueros vencidos, y tal vez ellos accederían a no publicar ninguna noticia hasta conocer el resultado de la investigación.
RAMÍREZ .- (Se levanta desconcertado y titubea por un momento, pero en seguida se repone y se vuelve aún más cínico.) es difícil... No creo que...encuentren a los directores a esta hora... Y por otra parte...ningún director que se respete va a dejar ir una buena noticia como ésta. O a lo mejor, les resulta a ustedes mucho más caro...
D.RICARDO .- De manera que no queda más remedio que pagar... RAMÍREZ .- Esta misma noche...y en efectivo.
D. RICARDO .- Muy bien... Pero... ¿Qué seguridad tenemos nosotros de que la noticia no se va a publicar después de que le entreguemos el dinero?
RAMÍREZ .- En un caso así, no les queda más remedio que confiar en mi palabra.
D.RICARDO .- Es decir...que nosotros, que en realidad no lo conocemos, estamos obligados a fiar en su palabra... Y usted, que sabe perfectamente quienes somos, no puede confiar en la nuestra...
RAMÍREZ .-¿Qué quiere usted decir?
D.RICARDO .- Que nadie tiene cincuenta mil pesos en efectivo en su casa, ni le es fácil conseguirlos a estas horas en ninguna parte. Yo le doy mi palabra de honor de entregarle esa cantidad mañana mismo a las once de la mañana, en mi despacho del Banco Hispano- Americano. Si usted no puede esperar, nosotros vamos a sufrir ciertamente un grave descrédito, pero usted va a perder cincuenta mil pesos...
RAMÍREZ .- (Disimulando su decepción.) ¿Me los entregará usted...sin averiguaciones de ninguna especie?
D.RICARDO .- Le he dado mi palabra.
RAMÍREZ .- (Tranquilizado.) Estaré a las once en su despacho. D.RICARDO .- Hasta mañana , entonces.
RAMÍREZ .- Buenas noches, señores.
ZEYER .- Buenas noches.
MANUEL .- (Al mismo tiempo.) Buenas noches.

(Ramírez hace mutis por el vestíbulo. Zeyer va hasta la puerta. Cuando se cerciora de que el periodista se ha ido, cruza rapidamente hacia don Ricardo. Manuel se aparta a la derecha.)

ZEYER .- Estuviste estupendo, hermano. Cuando menos ganamos tiempo y hay que aprovecharlo. Mañana, cuando se presente el periodista...
D.RICARDO .- Ése no es periodista ni cosa que se le parezca ¿No viste como se turbó cuando hablamos de ver a los directores?
ZEYER .- A mí me enseño una credencial de no sé dónde. Estaba yo demasiado aturdido para fijarme.
MANUEL .- Si usted me lo permite, don Ricardo, yo puedo ir a indagar con discreción si hay algún periódico en donde trabaje. D.RICARDO .- Me parece muy bien.
ZEYER .- Pero diste tu palabra de no hacer averiguaciones , hermano.
MANUEL .-Yo no di ninguna palabra. Y yo soy el que las va a hacer ¿Cuál es su nombre?
ZEYER .- No sé... Ramírez... Creo que... Javier Ramírez... MANUEL .- Perfectamente
D.RICARDO .- (A Zeyer.) De todas maneras, por las dudas, llévame antes de las once todo el dinero que puedas reunir. Por mi parte, yo voy a ver lo que consigo. No vaya a dar la de malas... ZEYER.- (Disponiéndose a marcharse, da la mano a don Ricardo.) Descuida, haré todo lo que pueda.
D.RICARDO .- ¡Ah! Y quiero una averiguación minuciosa sobre eso de las vacunas vencidas. Si es verdad, tenemos que encontrar al responsable.
ZEYER .- ¡Naturalmente, viejo! Yo me encargo. Buenas noches. (Hace mutis rápidamente por el vestíbulo.)
MANUEL .- (Saliendo al encuentro de don Ricardo en el centro de la escena.) Bueno, don Ricardo, me voy alos periódicos... D.RICARDO .- Muchas gracias.
MANUEL .- (Dándole la mano.) Y no se preocupe. Estoy seguro de que todo saldrá bien.
D.RICARDO .- Gracias.

(Manuel hace mutis por el vestíbulo. Don Ricardo, camina hacia la puerta de la biblioteca, donde se detiene un momento. Luego va despacio hacia el comedor. Se detiene detrás del sofá, porque ve bajar a Jorge, cambiado, de traje y más acicalado y reluciente que antes.)

D.RICARDO .- ¡Hombre! Qué bueno que estás aquí todavía. Tengo que hablarte.
JORGE .- (Cruzando hacia el vestíbulo, impaciente.) Me voy volando, papá. Tengo el tiempo justo.
D.RICARDO .- Esto es más importante. Hazme el favor de escucharme.
JORGE.- (Se detiene de mala gana.) Dime lo que sea, pero rápido por favor, papá. Tengo que irme.
D.RICARDO .- (Enérgico.) Por principio de cuentas, me vas a hablar en otro tono, y en seguida, vas a oír lo que tengo que decirte. JORGE.-(Fastidiado, se deja caer en la silla, a la derecha del piano.)Está bien. Dime.
D.RICARDO .- Acaban de venir a hacerme un chantaje. Me amenazan con un escándalo de prensa si para mañana a las once no he entregado cincuenta mil pesos. Como debes suponer, no tengo dinero en este momento... (Jorge lo mira aterrado.) En cambio, me imagino que los doscientos mil pesos de tu compañía estarán intactos, puesto que todavía no inicias ninguna actividad en firme.
JORGE .- (Levantándose.) Estás completamente equivocado , papá...
D.RICARDO .- ¿Cómo completamente equivocado, si no tienes siquiera el argumento que vas a filmar?
JORGE .- Pero se han hecho muchas otras inversiones... La instalación de las oficinas...
D.RICARDO .-Quince mil pesos a lo sumo...
JORGE .- Ha habido que asegurar algunos artistas con anticipos... D.RICARDO .- ¿Artistas? ¿Para qué, si no sabes si van a tener papel o no en la película?
JORGE .- (Acorralado.) Siempre es bueno contar con algunos nombres...
D.RICARDO .- (Presionándolo.)
¿Para qué?
JORGE .- (Violento.) ¡Para prestigio de la compañía, papá...! Además...la publicidad...
D.RICARDO .-¿Cuál publicidad? Yo no he visto ninguna publicidad.
JORGE .- ¡Es que tú no entiendes de estas cosas! Tú crees que la publicidad son nada más los anuncios en los periódicos... Pero la verdadera publicidad son muchas otras cosas... Exhibir a las estrellas en los centros públicos... Los obsequios...las fiestas... Las invitaciones a los cronistas... Las reuniones con la gente del gremio... Todo eso se capitaliza más tarde...
D.RICARDO .-(Comprendiendo que es un caso perdido, se va hacia el, furioso. En este momento, atraída por las voces, aparece Carmela por el comedor y contempla la escena. Don Ricardo está de espaldas a ella.) En resumen, que no tienes un centavo. Que en seis meses has gastado doscientos mil pesos en exhibir a las estrellas y en invitar a los cronistas...
JORGE .-(Se vuelve a él implorante.) Todos los negocios tienen un principio... Si tú no me ayudas a seguir adelante...
D.RICARDO .-¡Ah! ¿De manera que encima pretendes que te dé más dinero para seguir adelante con tu vida de exhibicionismo y de juergas? ¿No sabes que lo que has gastado ni siquiera es todo mío?
¿qué hay que rendir cuentas a las personas que invirtieron su dinero?
JORGE .- Yo estoy dispuesta a rendirlas.
D.RICARDO .-¡Sí, claro! Y ellas se van a quedar muy conformes con que les enseñes las cuentas de los cabarets y de los hoteles de Acapulco... Y ni aún así es creíble un gasto semejante. Yo voy a poner en claro adónde se ha ido todo ese dinero.
JORGE .- (Enconchándose en un cinismo desdeñoso.) Si no quieres entender...
D.RICARDO .-¡No! Lo único que entiendo de todo esto es que hice mal en fiarme de ti, por que no tienes cabeza ni seriedad. Eres un completo irresponsable. (Se vuelve y camina a grandes pasos de un lado a otro. Ve a Carmela, pero sin hacer caso de ella, continua deahogándose.) Ahora me voy a ver obligado a recurrir a no sé qué...a hipotecar esta casa, a vender los laboratorios...no solamente para salir de mi compromiso, sino para responder a las personas honorables que por deferencia a mí te confiaron su dinero... ¡Y todavía tienes el cinismo y la pretensión de pedirme que te ayude a seguir adelante! (Dice esto último con una risa amarga. Se detiene a mitad de la escena y muestra su hijo a Carmela.) ¡Ahí lo tienes! Sin la careta del niño bien, elegante y distinguido, que gasta a manos llenas el dinero de los demás, y te darás cuenta de que no es más que un retrasado mental...un cretino ...
CARMELA .- (Se ha transfigurado. Está rígida, erguida, terrible. Grita en un tono que no deja lugar a réplica.)
¡Ricardo! ¡Basta ya!

(Don Ricardo se queda inmóvil, a pesar suyo, ante lo contundente de la orden.)

Jorge, vete a la calle. Yo voy a hablar con tu padre.

(Jorge ni siquiera replica. Se escurre hacia el vestíbulo, cohibido y humillado, mirando a uno y a otra.)

D.RICARDO .-(Bajando hacia la derecha, en tono resentido.) No me parece bien que menoscabes mi autoridad en esa forma... CARMELA .- (bajando por la izquierda del sofá.) Te interrumpí en el momento en que le ibas a echar en cara a Jorge el color de su piel.
D.RICARDO .- (Mirándola, asombrado, pero todavía iracundo.)¡Sí! ¡Precisamente! Por desgracia, a juzgar por mí propio hijo, me veo obligado a reconocer algo que tiene eso que ver con el desarrollo mental y moral de la gente.
CARMELA .- (Se yergue con violencia. Durante su parlamento, va acercándose lentamente, por impulsos , a don Ricardo.) ¡No es verdad! Durante muchos años he venido disimulando, ignorando, tolerando tus quejas y tús ofensas más o menos veladas. Pero he decidido poner término a eso de una vez por todas. Lo que Jorge hace lo hubiera hecho cualquier joven de su edad, no importa de qué raza o de qué coloro. Ningún muchacho de veinticuatro años se hubiera privado, a menos de ser, él sí, un anormal, de las diversiones, de los placeres que se han puesto a su alcance. Pero Jorge tiene todavía una justificación más: el complejo de inferioridad que tú le has formado. Hablas de mandar a Héctor a los Estados Unidos para que se libre del complejo de inferioridad de los mexicanos; pero a los otros, tú mismo te has encargado de formárselo a cada instante, con cada palabra, sin perder una sola ocasión de menospreciarlos (Vuelve hacia la izquierda.) ¿Por qué te extraña entonces que Jorge trate de probarse a sí mismo y a los demás que no es el ser inferior que lo han hecho sentirse? (Volviéndose hacia don Ricardo.) ¿Qué es tan importante y tan digno de estimación como cualquier otro?
¿Qué puede acometer cualquier empresa?

D.RICARDO .- Pero el caso es que...los hechos demuestran que no puede...
CARMELA .- ¡Claro!
¡Naturalmente! Le falta experiencia... Lo han ofuscado las mujeres, por qué también ha querido demostrarse que está en condiciones de la que le guste, igual una rubia que una morena. Tú mismo...¿no te has aferrado a la circunstancia de tener un hijo güero para probarte que eres superior, que no perteneces a la raza que en el fondo desprecias, pero a la que también, muy en el fondo, sabes que perteneces?
D.RICARDO .- Para eso no necesito a Héctor. (Señala el cuadro de la chimenea.) Allí tienes a mi padre.
CARMELA .- (Mirando el cuadro instintivamente.) Es un retrato al óleo. Anoche, Héctor te explicó como a veces los pintores tratan de dar gusto a sus clientes. En lugar de recrearte en ese retrato de tu padre , deberías de fijarte bien en tu propia piel. Un poco más clara que la mía, es cierto, pero nada más un poco.

(Don Ricardo sufre el impacto de la frase y se muerde los labios para contener un impulso desmesurado. Carmela avanza hacia el centro del proscenio. Al mismo tiempo, aparece Héctor por la escalera de las habitaciones y va a bajar al mezanine, pero se queda suspenso al oír las palabras de Carmela. Ni ésta ni don Ricardo lo advierten.)

Anoche también le hablaste a Héctor de la posibilidad de que existe un hijo tuyo que no conoces. Eso te parece la cosa más natural del mundo . Pero... ¿nunca se te ha ocurrido pensar en la posibilidad de que Héctor no fuera tu hijo?

D.RICARDO .- (Después de un segundo de sorpresa, no queriendo creer lo que ha oído.) ¿Qué estás diciendo?
CARMELA .- Que si nunca se te ha ocurrido pensar en la posibilidad de que Héctor no fuera hijo tuyo.

(Héctor, herido en lo más profundo se recoge dentro de sí mismo y se va lentamente por la escalera.)

D. RICARDO .- (Rechazando la idea con terror.) ¡No, no! Quien sabe que monstruosidad estas maquinando...por venganza porque te sientes ofendida... (Como Carmela se calla, va violentamente hasta ella y tomándola con firmeza por lo brazos, la hace volverse hacia él.) ¡Dime que eso no es cierto!
¡Dímelo!
CARMELA .- (Muy naturalmente.) No he dicho que sea cierto. Te pregunté solamente si no has pensado en esa posibilidad.
D.RICARDO .- ¡No! (Se aparta a la derecha, fuera de sí.) ¡Por qué había de pensar en semejante tontería? (Volviéndose hacia ella.) No entiendo muy bien lo que te propones , pero de cualquier modo me parece que es indigno de ti lo que haces.
CARMELA .- (Apartándose hacia la izquierda.) ¿Por qué? Yo hubiera encontrado más lógico que siendo morenos tú y yo, te extrañara alguna vez tener un hijo rubio.
D.RICARDO .- (Yéndose al fondo, hacia el centro.) ¡Ya te he dicho mil veces que entre mis antepasados los ha habido rubios y de ojos claros!
CARMELA .- (Sentándose en el sillón de la izquierda.)Y luego...
¿tampoco has pensado nunca de lo que puede ser capaz una mujer a la humillado en lo más íntimo de su ser?...¿ En su sangre?...¿En sus propios hijos?...¿No piensas que también una mujer puede sentir el deseo de demostrarse a sí misma que no es un ser inferior,que no es despreciable para ningún hombre y que está en aptitud de traer hijos rubios al mundo?
D.RICARDO .- (Bajando por la derecha del sofá.) ¡Cállate ya!
¡Me horroriza oírte hablar así! Lo que no me imaginé jamas es que fueras capaz de abrigar siquiera esos pensamientos. (Se aparta a la derecha.)
CARMELA .- Nunca los había tenido. ¿Sabes cuando fue la primera y única vez que pensé en eso?

(Don Ricardo se vuelve a ella expectante.)

Cuando eras todavía cajero del banco y te mandaron a los Estados Unidos a llevar aquellas barras de oro. Fui contigo a la estacióny nos acompaño Daniel. ¿Te acuerdas?
D.RICARDO .- (Ansioso.) Sí. ¿Y luego?
CARMELA .- Ya habían nacido Jorge y Beatriz, y ya ya había yo sufrido en silencio tu decepción. En el coche, no hiciste más que hablar de las güeras... De cómo te ibas a “desquitar” en Nueva York ... Todo era una broma, por supuesto...
D.RICARDO .- Claro...de otro modo no lo hubiera dicho delante de ti.
CARMELA .- Sí... Es el viejo procedimiento de engañar con la verdad... Porque yo vi cuando Daniel te llevó aparte en el andén y te apuntó una dirección en una tarjeta... ¡Con que malicia se rieron los dos!... Aquella risa se me clavó como un cuchillo en el vientre y la sangre que me subió a la cabeza me oscureció la vista. En aquel momento me sentí capaz de...
D.RICARDO .- (Cada vez más ansioso.) Bueno...sí... ¿Y que pasó después?
CARMELA .- (Se levanta y sube por la izquierda del sofá.) Nada... El tren se fue... Daniel me llevó a la casa...y lo olvide todo hasta que tu confesión de anoche vino a revolver dentro de mí no se cuantos recuerdos...quién sabe qué sentimientos dormidos... D.RICARDO .- (Sube por la derecha del sofá hasta enfrentarse con Carmela. Vuelve a tomarla violentamente por lo brazos.)
¡Carmela! ¿Eso es una confesión?
¿Fuiste capaz de traicionarme?
¿Quieres insinuar que Zeyer?...
¡Exijo que me digas la verdad!
CARMELA .- (También con violencia, librándose de las manos de don Ricardo.) ¡No! ¡No es una confesión! (Ya libre, más calmada.) Y no fui capaz... Te estoy explicando simplemente a lo que me orillaste. .Lo que pudo haber sido... (Súbitamente, con aire desafiante.) ¡Supón que hubiera sucedido! En nada cambiaría las cosas. ¿Qué podrías hacer?
D. RICARDO .- (Con un ademán hacia la biblioteca.) ¡Iría ahora mismo a matar a Zeyer!
CARMELA .- (Riendo .) ¡Pobre Daniel!
D.RICARDO .- (Se aparta a la derecha, torturado y frenético.)
¡No, no! ¡Si no es posible! Te has propuesto torturarme y has buscado todo lo que más profundamente podía herirme. Has pensado en Daniel, porque saber que nadie en el mundo me debe tanta gratitud como él. Que lo saqué de la nada... Que le proporcioné la manera de ganar sus primeros pesos, cuando él no era nada más que un trampa y yo un pobre empleado, facilitándole diariamente dinero de la caja, sin más garantía que su palabra, para que hiciera operaciones de cambio ido a la cárcel por eso ... Y luego...
¡No, no! ¡Hubiera sido la más horrible de las infamias! ¡La muerte sería poco para castigarlo! (Se sienta abatido en la silla de la izquierda de la mesa.)
CARMELA .- (Bajando por la izquierda del sofá.) Podías pensar también en matarme a mí. pero la verdad es que no estamos en edad de tragedias pasionales. Y además...la muerte no me haría sufrir más de lo que he sufrido todos estos años.
D. RICARDO .- Y quieres hacerme sufrir a mí ahora, haciéndome dudar. .Porque nunca llegaré a saber si lo que has dejado entrever es cierto... Obligándome a que sospeche de Héctor, por que supones que es el hijo que más he querido... Eso es perverso, Carmela... No se si sería preferible que todo fuera verdad, porque así al menos podría vengarme.
CARMELA .- No podrías hacerlo aunque fuera verdad ¿Serías capaz de destruir el matrimonio de Beatriz, el porvenir de Jorge, la carrera de Héctor, tan solo por satisfacer un sentimiento de amor propio? Por ellos, por tus hijos, te he dicho lo que te he dicho. Pero no por uno. Por todos. Porque todos son nuestros hijos y nos debemos a ellos, que empiezan su vida. La nuestra ya está hecha y terminada. Ya no nos pertenecemos a nosotros mismos.
ALICIA.- (Aparece por el comedor con el teléfono en las manos y llega hasta el centro de la escena.) Habla el cronista de sociedad de Excelsior. Quiere que le den unos datos sobre el matrimonio de la señorita Beatriz.

(Don Ricardo reacciona tardíamente y se levanta con rapidez, como si hubiera sido sorprendido en un sueño involuntario, mira a Alicia y a Carmela, indeciso, sin replicar.)

CARMELA .- Contesta. D.RICARDO .- Sí, sí. Ponlo ahí.

(Alicia enchufa el cordón en el muro, debajo del espejo y coloca el teléfono sobre la mesa. Luego se va por el comedor.)

D.RICARDO .- (Toma la bocina maquinalmente y habla con voz apagada, cansada. Se diría que ha envejecido repentinamente.)
¿Sí?... Para servirle... Si...mañana a las ocho...aquí en la casa... El Juez Ibáñez... Joaquín Ibáñez... Mañana le tendré una lista completa de los invitados... (Empieza a bajar lentamente el telón.) Sí, una cena... Los testigos son don Antonio Mariscal...don Fernando Godoy... El doctor Farías...sí, don Ignacio...don Pedro Rodríguez del Villar...

Carmela atiende inmóvil hasta que acaba de caer el


TELÓN



TERCER ACTO

CUADRO 1

Escena : La misma del acto anterior , el día siguiente, a las siete de la noche. Todas las luces están encendidas y elsalón se encuentra profusamente adornado con flores blancas. Al levantarse el telón, Alicia uniformada de gala, está frente al piano recibiendo un ramo de rosas blancas que le pasa Carmela. Ésta esta vestida de “soirée” , lista para la ceremonia.

CARMELA .- Toma. Ponlas en el florero de la mesita
ALICIA .- Sí, señora. (Va a colocar las rosas como le indicaron.)
CARMELA .- (Arreglando ella misma un ramo de gladiolas en un
jarrón, sobre el piano.) En cuanto lleguen las primeras visitas, les ofreces tú los cócteles en una charola pequeña. Ya cuando sean más de doce o quince que les sirva el mesero. Y tú ofreces los canapés cada diez minutos
¿Entiendes?

(Suena el teléfono que está sobre la mesa de la derecha. Alicia va a contestar... Carmela se vuelve y escucha.)

¿Bueno?... Sí, la casa del señor Torres Flores... ¿De parte de quién?...Muy bien, señora, ... Yo pasaré el recado. (Cuelga y se vuelve a Carmela.) De parte de la señora Rivero, que sienten mucho no poder venir porque tienen un cuidado de familia, pero que le desean muchas felicidades a la señorita Beatriz.
CARMELA .- (Al tiempo que aparece don Ricardo, de frac, por la escalera de las habitaciones, y baja hasta el salón.) ¡Que raro... Van cuatro familias que se excusan en un momento!...
D.RICARDO .- ¿Cómo está eso?
¿Quién se ha excusado?
CARMELA .- Los Amieva... Los Sánchez Olvera... Los Solórzano y los Rivero... Está bien, Alicia.
(Alicia hace mutis por el comedor.)
D.RICARDO .- (Cruza, preocupado, hacia la mesa de la derecha.) No comprendo... No creo que haya ninguna razón especial...
CARMELA .- (Yendo a componer el ramo que colocó
Alicia.) Todas son amistades de la familia de Carlos. Tal vez no les
parecemos bastante distinguidos para alternar con nosotros...
D.RICARDO .- No lo creo. Es verdad que no tenemos ningún
título de nobleza... Pero ellos tampoco. Y nosotros no somos
ningunos advenedizos indeseables con quien no se pueda cumplir por una vez con un compromiso social.

(Suena el timbre del teléfono.)

D.RICARDO .- (Reaccionando con cierta nerviosidad y descolgando el audífono.)
¿Bueno?...¿Sí?... ¡Ah, don Alfonso!... Mucho gusto... Sí, aquí Torres Flores... ¿Cómo?... Bueno, pero podrían venir aunque fuera un momento... Nada más a la ceremonia... Se lo agradezco mucho... Mis respetos a la señora... Hasta luego... (Colgando el audífono.) Estás son amistades nuestras.
CARMELA .- (Que ha estado expectante.) ¿Los Quintero? D.RICARDO .- Si... Que salen de viaje en el avión de las siete y que tiene que arreglar sus maletas esta noche...

(Se oye sonar el timbre de la puerta.)


*****

(Se oye sonar el timbre de la puerta.)
Ahí están los primeros (Subiendo hacia el piano, más animado. Alicia atraviesa del comedor al vestíbulo.) Después de todo, estamos dando a esas excusas una importancia que no tienen. Es
natural que cuando tratas de reunir a un grupo numeroso, muchas personas tengan dificultades y compromisos anteriores...
ZEYER .- (Apareciendo de frac, por el vestíbulo. Alicia cruza hacia el comedor y hace mutis.)
¡Mi hermano! ¡Felicidades! Quise ser el primero en venir a darte un abrazo.

D.RICARDO .- (Rehuyendo el abrazo, en tono frío.) Muchas gracias...
ZEYER .- (Desconcertado.) ¿Qué pasa, mi viejo? ¿Estás disgustado?
D.RICARDO .- No, nada. Estas cosas que siempre están llenas de pequeños problemas.
ZEYER .- (Dándole una palmada.) No hay que hacer caso de los pequeños problemas. Siempre se resuelven solos. (Cruzando a saludar a Carmela, con igual efusividad. Don Ricardo los mira con desconfianza.) Señora... Ya sabe todo lo que le deseo para Beatriz.
CARMELA .- Muchas gracias. Daniel.

(Suena el timbre del teléfono. Carmela cruza para contestar. Don Ricardo baja hasta el respaldo del sillón de la derecha.)

¿Bueno?... La casa del señor Torres Flores... Sí, habla la señora... ¿Cómo está, señor Borbolla?... ¿Quiere usted hablar con Ricardo?

(Reacción de Ricardo.)

Yo se lo diré... Creame usted que lo sentimos mucho... Muchísimas gracias... El gusto es mio, señor Borbolla. (Cuelga.)
D.RICARDO .- ¿Tampoco puede venir?
CARMELA .- No. Le ha empezado un ataque de gripe. D.RICARDO .- (Francamente alarmado.) Pues esto sí ya es sospechoso. El presidente del banco...
ZEYER .- (Solícito.) ¿Pasa algo, mi hermano?
D.RICARDO .- Que todo el mundo se está excusando... No me lo explico... ¿Sería posible que se haya publicado algo sobre ese asunto del suero?
ZEYER .- Ni una palabra. Yo mismo revisé todos los periódicos. D.RICARDO .- ¿Entonces?...
ZEYER .- Supongo que no volviste a saber nada del famoso periodista...
D.RICARDO .- Absolutamente nada. Estuve esperándolo hasta las cinco de la tarde con el dinero dispuesto. En realidad, desde anoche que me informó por teléfono el ingeniero Torres que lo conocían en ningún periódico, yo sabía que no se presentaría.
ZEYER .- No... El golpe de él estaba en sacarnos el dinero ayer mismo. De lo contrario, estaba perdido.
D.RICARDO .- Sin embargo... Algo raro debe estar pasando... JORGE.- (Llega precipitadamente por el vestíbulo, vestido de calle. Observa la escena y baja a besar a su madre. Se le nota alterado.) Buenas noches.
ZEYER .- Buenas noches.
CARMELA .- ¿Pero todavía no te has vestido, hijo? Dentro de un rato empezarán a llegar los invitados.

(Sin decir palabra, Jorge va hacia su padre y le tiende un periódico doblado que extrae de la bolsa del saco.)

D.RICARDO .- (Desdobla el periódico con nerviosidad y reacciona desagradablemente.) Aquí está. En los periódicos de la tarde. ¡Y a ocho columnas! (Leyendo.) “Horrendo crimen de unos laboratorios”. (Estruja el periódico y lo deja en manos de Zeyer, que se ha precipitado a lado de don Ricardo.) ¡Malditos!... Léelo tú. .Yo no puedo...

(Se aparta con paso vacilante hacia la derecha y se deja caer, abatido, en la silla de la derecha de la mesa. Zeyer empieza a leer ávidamente para sí.)

CARMELA .- (Yendo hasta Jorge, en voz baja.) Vete a vestir, hijo.
JORGE.- Sí, mamá.

(Se va despacio, con aire humillado, por la escalera. Carmela permanece en su lugar, a la expectativa, en actitud estoica.)

ZEYER .- Te mencionan a ti...como el principal propietario de los laboratorios... Y a mí... Fue el médico que atendió al chamaco el que presentó la denuncia hoy en la mañana... Dijo que un enviado nuestro que se decía periodista le ofreció dinero porque guardara silencio...
D.RICARDO .- (Se levanta y cruza hacia la izquierda.) ¡El muy bribón! Había combinado maravillosamente su negocio... Con el dinero que pensaba sacarme, iba a comprar al médico y así nadie se enteraría de nada. . (Volviéndose desde la chimenea.) Debimos haberle hecho caso al ingeniero y adelantarnos a presentar la denuncia por falsificación...
ZEYER .- Pero tú no quería que hiciera ningún escándalo...
D .RICARDO .- No sé... Debimos haberle dado el dinero a ese bandido... No sé todavía lo que debíamos haber hecho...
ZEYER .- Todavía debe estar el subgerente en la oficina. Voy a llamarle para ver si sabe algo (Va a sentarse a la silla izquierda de la mesa y marca un número en el teléfono.) ¿Quién habla?... ¿Es usted, Domínguez?... ¿Sabe usted algo de ese asunto que traen los periódicos de la tarde?...
¿Cómo?... ¿En este momento?... Bueno . Dígales que esperen... Voy para allá en seguida...

(Se levanta demudado. En este momento aparece Alicia por el comedor trayendo una charola con cuatro o cinco“martinis”. Ofrece a Carmela, luego a Zeyer y finalmente a don Ricardo. Todos rehusan con un “No, gracias”. Durante su recorrido por el salón, presta mucha atención a lo que se dice y todavía antes de hacer mutis por el comedor, se detiene un momento a escuchar. Casi en seguida reaparece y sube rápidamente por la escalera de las habitaciones.)

Han hecho ya la consignación. En este momento están en la oficina dos agentes de la Procuraduría. Yo creo que todavía es tiempote que presentemos nosotros una acusación en contra de quien resulte responsable de haber cambiado las fechas en los envases. Que se haga la investigación...
D.RICARDO .- ¿Y si hay orden de aprehensión contra ti? ¿O contra mí, puesto que me mencionan en la denuncia?
ZEYER .- No lo creo. Pero si fuera así, no habrá más remedio que cargar la culpa sobre el químico de la compañía... Para eso es el responsable.
D.RICARDO .- Pero...las actas en que consta la destrucción de los sueros vencidos ¿no prueban su inocencia?
ZEYER .- (Con mucha malicia.) Sí... Nada más que esas las tengo yo y las voy a usar en la forma que más me convenga.
CARMELA .- (Protestando.)
Sería una injusticia...
ZEYER .- Señora... Mientras las cosas no se aclaren, lo que importa es que no vayamos a la cárcel ni Ricardo ni yo. (Da una palmada a don Ricardo.) Ya te avisaré como van las cosas. (Cruzando hacia Carmela.) Con su permiso.
(Hace mutis por el vestíbulo. Carmela, desolada, camina hacia la derecha y se sienta en la silla de la izquierda. Don Ricardo se deja caer, abatido, en el sillón de la izquierda.)

CARMELA.- ¿Qué piensas hacer de todo esto?
D.RICARDO .-No sé ... No tengo la menor idea... No puedo pensar... CARMELA .- Habrá que darle una explicación a Carlos...

D.RICARDO .- Y a su familia... Lo que resulta todavía más penoso...

(De pronto se oyen pasos precipitados que bajan atropelladamente la escalera y gritos en confusión de Héctor y Alicia, quienes aparecen por el mezanine y bajan hasta detrás del sofá, aquel tratando de detener a ésta. Héctor está vestido de“smocking” . Alicia trae en la manos dos cajas idénticas a las que sacó Héctoral principio del primer acto. Don Ricardo y Carmela se ponen de pie como por resortes.)

VOZ DE ALICIA .- ¡Déjeme!
¡Suélteme! ¡Ya nada va a conseguir con eso! ¡Ahorita mismo se lo voy a decir todo a su papá!
VOZ DE HÉCTOR .- (Al mismo tiempo.) ¡No, Alicia! ¡Espera!
¡Déjame decirte una cosa! ¡Por favor! ¡No hagas eso!
ALICIA .- (Apareciendo, agitada.) ¡Ya no voy a dejar que siga engañando a su papá todo el tiempo!
HÉCTOR .- (Tras de Alicia, tratando de detenerla, al mismo tiempo.) ¡No es cierto , papá! ¡No le creas nada! ¡Es una mentirosa!
D .RICARDO .- ¡Silencio! ¿Qué escándalo es éste? ¿Qué es lo que pasa?
ALICIA .- Mire, señor... Yo desde hace tiempo se lo quería decir a usted. .No más que el joven Héctor me ha tenido amenazada... HÉCTOR .- ¡No es cierto, papá!
D.RICARDO .- ¡A callar!

(Héctor cruza compungido hacia la derecha.)

¿Qué era lo que me querías decir?
ALICIA.- Que el joven Héctor es el que les cambia las fechas a las inyecciones.
D.RICARDO .- ¿Cómo es eso?
CARMELA .-¡Héctor! ¿Es posible?
ALICIA .- Siempre tiene de estas cajas en su “clóset” y con una agüita que tiene en unas botellitas les borra la fecha y luego tiene unos sellitos con los que les pone otra fecha...
D.RICARDO .- ¿Cómo sabes tú todo eso?
ALICIA .- Porque él mismo me lo contó un día que lo encontré haciéndolo... Pero luego le entró miedo deque yo lo dijera y por eso empezó a enamorarme. Pero como yo no le hacía caso, me amenazo con que iba a hacer todo lo posible porque me corrieran...
CARMELA .- (Llorosa.) ¿Es verdad, Héctor?¿Has sido capaz de hacer todo eso?

(Héctor no contesta y se conforma con bajar la cabeza. Está temblando. Carmela se retira hacia la derecha, esforzándose por ocultar el llanto. Vuelve a sentarse en la silla de la izquierda de la mesa.)

D.RICARDO .- (Que mientras tanto ha tomado las cajas de las manos de Alicia y ha examinado el contenido. Ahogado por la ira.)
¿Cómo has hecho para conseguir estas cajas?
HÉCTOR .- Con una credencial de los laboratorios... Iba yo a recogerlas a las farmacias...
D.RICARDO .- ¿Quién te dio esa credencial?
HÉCTOR .- Zeyer.
D.RICARDO .-¿Cómo Zeyer?
¿Por qué te la dio?
HÉCTOR .- El día que fui a los laboratorios estaban haciendo otras credenciales... Yo le pedí una...y me la dio...
D.RICARDO .- ¿Y tú? ¿Qué es lo que salías ganando con hacer este cambio?
HÉCTOR .- No devolvía las cajas a las mismas farmacias... Iba a otras...y se las vendía más baratas de lo que las venden los laboratorios...
D.RICARDO .- (Arroja las cajas sobre el sofá y estalla.) ¡Además de ladrón, imbécil! ¿No pensaste que más tarde o más temprano las farmacias donde las recogías iban a reclamarlas?

(Héctor se deja caer en el banquillo del piano y se cubre la cara con las manos para ahogar el llanto que ya no puede contener.)

CARMELA .- (Levántandose y yendo a él, llorosa.) ¿Te das cuenta de lo que has hecho?... Un niño ha muerto a causa de eso.
.Tal vez otros hayan muerto también sin que nosotros lo sepamos... Has expuesto a tu familia al escándalo...y la has colocado al borde de la ruina... Un inocente puede ser llevado a la cárcel por tu culpa... Tú mismo podrías ir a la cárcel si esto llegara a descubrirse...
HÉCTOR .-(Llorando abiertamente.) ¡No lo pensé, mamacita...! ¡Te lo juro que no lo pensé!... Todo lo que yo quería era ganar un poco de dinero...
D.RICARDO .- ¡Mientes! Tú no eres de los que no piensan las cosas... Al contrario... A un estúpido, podría perdonársele... Pero no a ti, que meditas y calculas perfectamente todas las cosas.... De ti lo único que puede uno pensar es que eres un monstruo...

(Se oye sonar el timbre de la puerta. Alicia hace intento de ir a abrir. Don Ricardo la detiene. Carmela reacciona y trata de arreglarse rápidamente frente al espejo.)

Espera (Toma las cajas del sofá y se las pasa a Héctor.) Vete a tu cuarto y guarda bien esto.

HÉCTOR .- (Levantándose y tomando las cajas.) ¡Perdóname , papá!
D.RICARDO .- Ya iré yo después a hablar contigo. Espérame en tu cuarto. No es el momento para tratar aquí esta cuestión.

(Héctor se va con las cajas por el mezanine. A Alicia.)

Ya puedes abrir

(Alicia se va por el vestíbulo. Don Ricardo trata de serenarse.)

No sé como vamos a sacar a este muchacho del enredo en que nos ha metido a todos...
CARMELA .- (Volviéndose hacia él.) Si salimos con bien de todo esto, tienes que aplicarle un castigo muy severo. Es indispensable corregirlo... CARLOS .- (Apareciendo por el vestíbulo, vestido de calle, con aire compungido. Alicia se va por el comedor.) Buenas noches. D.RICARDO .- (Comprendiéndolo todo al verlo, sin poder disimular su temor y su desilusión.) Buenas noches...
CARLOS .- (Tímidamente, a Carmela, que ha sufrido una fuerte sacudida.) Señora... Muy buenas noches...
CARMELA .- (Haciéndose fuerte.) Pase, Carlos... Siéntese y díganos lo que tenga que decirnos...
CARLOS .- Gracias, señora... Efectivamente , tenía la intención de hablar con ustedes...
CARMELA .- (Yendo a sentarse
a la derecha del sofá.) Bueno...pues lo escuchamos... Siéntese usted...
(Carlos baja a sentarse en el sillón de la derecha. Don Ricardo baja por la izquierda del sofá y se sienta en el sillón de la izquierda.)

CARLOS .- (Después de una pausa embarazosa.) No necesito
explicar a ustedes cuanto siento lo que ha pasado...
D.RICARDO .- (Débilmente.)
Gracias.
CARMELA .- (Igual , al mismo tiempo.) Muchas gracias.
CARLOS .- Por desgracia, como ustedes comprenderán, eso me obliga a aplazar mi matrimonio con Beatriz...
CARMELA .- Francamente...yo no veo la razón... Por el hecho de que los periódicos hayan publicado una noticia que está muy lejos de haber sido comprobada ...
D.RICARDO .- Nos hace usted muy poco honor al dar por cierta esa noticia sin esperar a oír lo que nosotros tengamos que decir sobre el particular... Por principio de cuentas, yo solamente soy socio capitalista de la compañía... Por otra parte... Estoy seguro de que los laboratorios saldrán airosos de esta calumnia...

(Alicia, que ha aparecido por el comedor trayendo una charola con cuatro “martinis”, les ofrece a Carmela, a Carlos y a don Ricardo. Todos rehúsan con un movimiento de cabeza. Alicia deja la charola sobre la mesita.)

CARLOS .- Yo también estoy seguro de ello. Por eso he hablado solamente de un aplazamiento... En cuanto las cosas queden en su lugar, no habrá ningún inconveniente en celebrar la ceremonia...
CARMELA .- Pero comprenda usted el ridículo en que nos deja a Beatriz y a nosotros...media hora antes de la ceremonia...cuando los invitados están por llegar... Es decir... Los pocos que no hayan dado crédito a la noticia... El aplazamiento no hará, en todo caso, más que confirmarla...
D.RICARDO .- (Levantándose.) Y luego...no veo que culpa pueda
tener mi hija en todo esto...en caso de que hubiera alguna culpa. CARLOS .- (Se levanta.) Ninguna., naturalmente. Yo soy el primero en lamentar estas desgraciadas circunstancias, por el cariño que le tengo a Beatriz... (Cruzando hacia don Ricardo.) Pero comprenda usted, don Ricardo. La notaria de mi padre es una de las más prestigiadas de México. Maneja los negocios de todas las firmas más importantes de la ciudad... Y yo trabajo en la notaría de mi padre... No puedo exponerme almenor descrédito...
CARMELA .- (Levantándose, ofendida.) Sigue usted dando por hecho que , al casarse con Beatriz, se casaría con la hija de una familia de ladrones y criminales...
CARLOS .- De ninguna manera, señora. Si por el contrario, yo he logrado vencer todos los obstáculo que mis padres oponían a esta unión... Pero ante una cosaasí...
CARMELA .- ¿Obstáculos...?
¿Qué obstáculos podían poner...?
CARLOS .- Nada de importancia, desde luego... Ellos son muy conservadores y tienen algunas ideas especiales sobre ciertas cosas...
CARMELA .- (Violenta.)
¿Cuáles?

(Carlos se siente acorralado y no sabe que responder.)

D.RICARDO .- (Tratando de poner fin a lo embarazoso de la situación.) Me parece que la única que tiene que resolver esto es la misma Beatriz. Nosotros no vamos a ponerle una pistola en el pecho a Carlos para que se case contra su voluntad...
CARMELA .- No... Ni Beatriz tampoco...
CARLOS .- Pero si yo no estoy tratando de ningún modo de romper mi compromiso con Beatriz.



(Suena el teléfono. Don Ricardo cruza para contestarlo. Habla fría, duramente.)

D.RICARDO .- ¿Bueno?... Sí...
¿Eres tú, Daniel?... ¿Y que voy yo a hacer a la Procuraduría?... Pues mi declaración será bien corta. Que soy socio capitalista del negocio y que ignoro absolutamente lo que pasa... Si tú hubieras resuelto los problemas de la compañía sin mezclarme a mí, como era tu deber, no estaría yo sufriendo estas molestias... Sí, voy para allá en seguida. (Cuelga. A Carmela.)Voy a tener que ir a declarar a la Procuraduría. Lo mejor será que llames a Beatriz de una vez...
CARMELA .- Sí, voy a llamarla, me despido de usted, Carlos. CARLOS .- (Dándole la mano.) Señora, le ruego que me perdone... CARMELA .- No tengo nada que perdonarle. Estoy segura de que Beatriz sabrá resolver lo que más le convenga. (Se va por el mezanine.)
CARLOS .- (A don Ricardo.) Yo quisiera que usted entendiera mis razones, don Ricardo. Yo no puedo decidir por mí mismo en un caso como este, sin tomar en cuenta los intereses de mi familia. Me debo a ella...y aunque sus decisiones sean a veces contrarias a mi conveniencia y hasta a mis sentimientos, mi obligación es solidarizarme con los míos...
D.RICARDO .-(Que ha escuchado con sumo interés y en quien las palabras de Carlos parecen haber causado gran impacto. Habla más bien para sí. )Entiendo perfectamente... Y ahora comprendo que mi gran error fue no haber sembrado en mi familia el mismo espíritu de unión, la misma solidaridad... Por eso la de usted es una familia fuerte...en tanto que la mía se desgaja y parece que va a desbaratarse al primer impulso adverso.. .

(Volviéndo a la realidad.) Sin embargo, tengo la impresión de que usted está a punto de cometer el mismo error. Por solidaridad con la familia a la que pertenece, empieza usted por ser desleal a la familia que quiere formar...a la que va a ser en realidad su única y auténtica familia... Verdaderamente , me parece muy mal principio.

CARLOS .- (Lastimado.) Don Ricardo...

(Jorge baja de las habitaciones vestido de “smocking”. Tan pronto como don Ricardolo ve, le sale al encuentro frente al piano. Carlos , nervioso, se aparta un poco a la izquierda.)

D.RICARDO .- ¡Ah, Jorge! Mira... Aquí está la lista de los invitados. (La saca de la bolsa.) Llama rapidamente a todo por teléfono y les dices que el matrimonio se ha aplazado por una indisposición de tu hermana... Que oportunamente te les avisará la fecha en que se celebre...
JORGE .- (Sorprendido y apenado, toma la lista y va al teléfono.) Sí, papá... (Mirando con recelo a Carlos.) ¿Qué tal, viejo? CARLOS .- Qué tal...
D.RICARDO .- ¡Ah! Le llamas al Juez antes que a nadie. Y llévate mejor el teléfono al “office” , porque Carlos va a hablar aquí con tu hermana... Yo tengo que salir un momento...
JORGE.- Sí, papá.

(Desenchufa el teléfono y se lo lleva por el comedor, mientras don Ricardo baja hasta el primer término, al centro, para despedirse de Carlos.)

D.RICARDO .- Créame Carlos, que cualquiera que sea el resultado de este asunto, usted seguirá contando con toda nuestra estimación y que siempre será muy bien venido a esta casa.
CARLOS .- (Dándole la mano.) Muchas gracias, don Ricardo. D.RICARDO .- Hasta luego, entonces.
CARLOS .- Buenas noches.

(Don Ricardo hace mutis por el vestíbulo. Cuando Carlos queda solo, va nerviosamente hacia la chimenea, haciendo un esfuerzo por dominarse, camina despacio hasta el extremo derecho , meditando. Desde allí se vuelve cuando oye bajar a Beatriz que aparece por el mezanine, deslumbrante en su vestido se “soirée”. indudablemente está ya enterada de lo que pasa, pues su porte es altivo y su tono sarcástico, pero interiormente está profundamente herida.)

BEATRIZ .- (Parándose en la escalera del mezanine.) Me dijo mi mamá que querías hablarme .
CARLOS .- (Muy cohibido.) Si, Beatriz...
BEATRIZ .- Pues aquí estoy...
CARLOS .- Por favor... Ven a sentarte (Le indica el sofá.) BEATRIZ .- Como gustes... (Baja por la izquierda del sofá y se sienta en ese mismo lado.) Tú dirás...
CARLOS .- Supongo que ya te habrá dicho tu mamá...
BEATRIZ .- Sí, todo absolutamente.
CARLOS .- (Yendo a sentarse junto a Beatriz.) Antes que nada, quiero que sepas que mi cariño hacia ti no ha variado en lo más mínimo... Que es lo más importante para mí... Que te quiero y te seguiré queriendo por encima de todas las cosas y que mi decisión de casarme contigo es inquebrantable...

(Trata de tomarle la mano que Beatriz retira con elegancia.)

BEATRIZ .-¿Crees tú?
CARLOS .- Estoy completamente seguro. ¿Por qué dudas?
BEATRIZ .- (Levantándose y yendo hacia la chimenea.) De manera que según tú nadie puede quebrantar tu decisión... Por lo visto, la mía no cuenta para nada...
CARLOS .- (Mirándola, atemorizado.) ¿Qué quieres decir? BEATRIZ .-Que mi decisión de no casarme contigo es igualmente inquebrantable.
CARLOS .- (Levantándose, angustiado.) ¡Beatriz!... Deberías pensarlo mejor... En este momento estás exaltada... Estás nerviosa. BEATRIZ .- (Se vuelve hacia el aparentando exagerada y fría naturalidad.) No...en lo más mínimo... Estoy perfectamente tranquila ¿Y sabes una cosa? A mi misma me ha llamado la atención, porque me he dado cuenta de que no me importa para nada.
CARLOS .- (Yendo rápidamente hacia ella. En tono suplicante.) Eso no es verdad, Beatriz... Yo sé que me quieres... Que me has querido... Cómo es posible que así...en un momento...
BEATRIZ .- (Cruzando hacia el extremo derecho.) ¿No te he dicho que a mí misma me ha llamado la atención? Y me alegro mucho de que me hayas dado esta oportunidad de darme cuenta, porque de lo contrario hubiéramos cometido una equivocación imperdonable.
CARLOS .- (Yendo hasta el centro del proscenio.) Permíteme que te diga que no lo creo, Beatriz... Te sientes ofendida y estás haciendo todo lo posible porlastimarme... Estás representando una comedia... Y eso es indigno de ti . Beatriz ... Tu éres una muchacha fina...
BEATRIZ .- (Cínica. Con mucha ironía.)Nada de eso... Otra de las cosas deque me he dado cuenta es de que no soy fina... Nunca lo he sido. Y tu tampoco lo crees... A una muchacha a quién tu considerases realmente fina, jamás te hubieras atrevido a proponerle que aplazara su matrimonio, media hora antes de la ceremonia... Por el contrario...siempre me he sentido muy grosera junto a ti y muchas veces he tenido que hacer verdaderos esfuerzos para no demostrarlo... ¡Esa ha sido la comedia! Pero ahora no quiero que te vayassin que me conozcas tal cual soy, para que no tengas remordimientos. ¿Sabeslo que me pareces allí parado en medio del salón? (Él la mira dolido y atemorizado. Ella le arroja a la cara su desprecio.) ¡Un payaso ridículo!
CARLOS .- (Reaccionando con dignidad.) En realidad, nunca esperé que me hicieras este recibimiento.
BEATRIZ .- No es un recibimiento. Es una despedida. Y definitiva.
(Le vuelve la espalda. Carlos interrumpe un ademán hacia ella. Medita un segundo y tomando una resolución, se va rápidamente por el vestíbulo. Cuando Beatriz se da cuenta de que se ha ido, se vuelve y, haciendo grandes esfuerzos por convencerse a sí misma de su tranquilidad, coloca las manos por detrás y camina a pasos largos, pausados y firmes, hacia el sofá. Queda detrás de la mesitay de pronto repara en los “martinis” que Alicia había dejado allí. Toma una copa, sin deseo, como por curiosidad, la prueba y luego la bebe como un vaso de agua. Deja la copa y se queda mirando las demás. En un rápido impulso, toma otra y la bebe de un solo trago. La impresión es de desagrado. Y aquí, su tensión se rompe. Arroja la copa contra la chimenea, se tira sobre el sofá y trata de ahogar los sollozos que ya no puede contener, hundiendo la cara entre los brazos. Instantes después se oye sonar el timbre de la puerta y un momento más tarde atraviesa Alicia del comedor al vestíbulo, para reaparecer al cabo de varios segundos, seguida de Manuel, vestido de “smocking”, que permanece en la puerta del vestíbulo mientras ella avanza hasta el respaldo del sofá.)

ALICIA .- Señorita... Señorita...
BEATRIZ .- (Incorporándose. Como si despertara.) ¿Eh...?
¡Qué...!
ALICIA .- Está aquí el señor Torres.
BEATRIZ .- (Vuelve violentamente hacia el vestíbulo y descubre a Manuel. Con gran alegría.) ¡Ah, Manuel! ¡Qué gusto!

( Se levanta y tratando de componerse un poco con discreción le sale al encuentro. No está trastornada. El efecto de las copas se notará cuando mucho en una mayor desenvoltura, viveza y seguridad, y si acaso, muy de vez en cuando, en cierta pastosidad casi imperceptible de la lengua, cuando se trata de palabras de difícil dicción..)

MANUEL .- (Un tanto extrañado de la soledad, y del aspecto y la actitud de Beatriz.)¿Cómo está, Beatriz? ¿Ha pasado algo? ¿Se siente usted mal?
BEATRIZ .- ¡Todo lo contrario!
¡Me siento dichosa! (Va hacia la mesita y desde allí se vuelve a Manuel.) ¿Quiere saber lo que ha pasado? ¡Que he roto mi compromiso! Me alegro de que haya venido, porque usted y yo vamos a celebrarlo solos. (Se inclina para tomar dos copas, una de las cuales ofrece a Manuel.)
¡Venga! ¡Acérquese! ¡Vamos a beber por mi felicidad! (Manuel se
acerca sin poder disimular su desconcierto y toma la copa que le ofrece Beatriz.) ¡Salud! ¡Por mi felicidad! (Choca su copa con la de Manuel.)
MANUEL .- A su salud, Beatriz. (Ella bebe toda la copa de una sola vez, en tanto que Manuel da un pequeño sorbo.) Créame que lo siento mucho...
BEATRIZ .- Hace usted mal... (Se sienta en el centro del sofá y le indica el lugar a su derecha.) Venga, siéntese aquí. (Manuel lo hace.) ¿Sabe lo que voy a hacer ahora? (Lo contempla un momento, sonriendo.) ¡Me voy a casar ...con un hombre como usted!
MANUEL .- (Riendo de buena gana.)No se lo aconsejo... BEATRIZ .- ¿Por qué?
MANUEL .- Primeramente, porque tendría usted que pasar muchas privaciones y muchos trabajos a los que no está acostumbrada...
BEATRIZ .- Eso no tiene importancia. ¿Y después?
MANUEL .- Después...aunque yo no creo en la diferencia de clases...sí me parece que para que haya armonía en el matrimonio, debe haber un relativo nivel económico...un equilibrio social...cierta similitud de hábitos, gustos y costumbres entre las dos familias y hasta en sus respectivos círculos de amistades... De lo contrario, pronto empiezan a surgir diferencias y problemas que hacen de la vida conyugal un infierno...
BEATRIZ .- Pero yo no soy ninguna aristócrata... No encuentro que entre...un hombre como usted y...yo, existan esas diferencias...
MANUEL .- (Levantándose para dejar su copa sobre la mesita. Luego cruza hacia la chimenea.)Mucho más de lo que usted imagina, Beatriz. Yo soy un hombre de origen sumamente humilde...
BEATRIZ .- Yo también... Mi papá empezó su carrera como un modestísimo empleado.
MANUEL .- (Sonríe y se sienta en el brazo derecho del sillón de la izquierda.)Por lo que a mí respecta, voy a desilusionarla de una vez por completo: soy hijo de una sirvienta indígena...y de un padre desconocido...
BEATRIZ .- (Se levanta asombrada. Para sí misma.)
¿Cómo es posible?
MANUEL .- No me da vergüenza decirlo, aunque habitualmente, como es natural, rehuyo hablar de ello.
BEATRIZ.- (Yendo hacia él. Mas bien con admiración.) ¿Pero como es posible? Usted, un profesionista...
MANUEL .- El caso es más general de lo que usted cree.Es así como esas pobres mujeres cumplen con la ley de la vida. Son el instrumento ciego de que se vale la naturaleza para seguir consolidando una raza nueva, a la que le prestan, cuando menos, el color de su piel... (Cruza a la derecha, hasta el centro de la escena, y luego se sienta en el brazo derecho del sillón de la derecha .) Como ya no hay conquistadores ni colonos que vayan a mezclarse con ellas en el campo, ellas vienen a la ciudad, obligadas por la necesidad,a buscar acomodo en los hogares, en donde por grado o por fuerza un día tienen que rendirse al requerimiento de sus amos. No hay deseo. No hay amor ni placer. Ni siquiera pecado. Son como esas flores que abren sus corolas para recibir el polen que les trae el viento de no saben qué otras flores ignoradas y remotas. (Baja la cabeza y se calla un momento. Ella lo mira fascinada desde la chimenea.) Luego...empieza su calvario. Rechazadas de todas partes, se convierten en la madre y en el padre de las criaturas que traen al mundo, por las que luchan sin descanso para abrirles paso en el ambiente tumultuoso de la ciudad. Naturalmente , muchas fracasan. Pero otras, tal vez las menos, logran su propósito y encuentran en ello la razón de ser y la felicidad de su vida.
BEATRIZ .- (Va lentamente hacia él, le toma la mano y le habla con voz enamorada.)
¿Quiere que le diga una cosa? Siento que lo aprecio infinitamente más por todo lo que acaba de decirme (Se miran profundamente a los ojos durante un instante. Luego, ella misma rompe el encanto del momento y recobrando su tono frívolo, cruza hasta el muro de la derecha, donde toca el timbre.) Bueno... Pero dijimos que íbamos a celebrar la ruptura de mi compromiso... Tenemos que hacer algo... Ya no vamos a hablar más de esas cosas...
MANUEL .- (Levantándose.)
Como usted guste...
BEATRIZ .- (Yendo hacia él, con rítmicos movimientos infantiles.) Estoy contenta como nunca lo había estado. Tengo ganas de beber... de aturdirme...
ALICIA .- (Aparece por el comedor.) ¿Llamó usted ,señorita? BEATRIZ .- Sí, Alicia. Bájame mi estola.
MANUEL .- ¿Tiene usted frío?
¿No se siente bien?
BEATRIZ .- ¡Nada de eso! Nos vamos a ir a la calle. ¡A los cabarets! Pero no a los cabarets elegantes donde la gente tiene miedo de divertirse y se sienta en una mesa a exhibirse como los maniquís en los escaparates de las tiendas... ¡Nos vamos a ir a los arrabales! A confundirnos con la multitud que de verdad necesita divertirse...
MANUEL .- (Ligeramente desconcertado.) Yo iría con muchísimo gusto... Pero...no sé si deba... No soy más que un empleado de su papá...
BEATRIZ .- ¿Qué tiene eso que ver?
MANUEL .- Cuando menos...creo que sería conveniente pedirle permiso...
BEATRIZ .- No está.
MANUEL .- A su mamá, entonces.
BEATRIZ .- ¡No! ¡Ésta es una escapada!
ALICIA .- (Bajando por la derecha del sofá.) Aquí está, señorita.
MANUEL .- (Cruza para tomar la estola.) Gracias.

(Alicia hace mutis por el comedor. Mientras Manuel coloca la estola en los hombros de Beatriz, ella desliza sus manos sobre las de él.)

BEATRIZ .- ¿No quiere usted acompañarme?
MANUEL .- Debería usted pensarlo mejor, Beatriz. No me parece correcto...
BEATRIZ .- (Tomando una decisión, va hacia la puerta del vestíbulo. A medio camino se para y se vuelve hacia Manuel.) ¿Sabe una cosa? Si usted no va conmigo, voy a ir sola. ¿Prefiere que me vaya sola?

(Manuel se deconcierta y titubea sin saber que decir. Ella aprovecha ese desconcierto y desde su lugar le tiende la mano con coquetería.)

¿No viene usted?

Tras un instante de indecisión, Manuel se resuelve y va a tomar la mano de Beatriz. Los dos hacen mutis rápidamente por el vestíbulo, como en una huida, mientras con igual rapidez cae el

TELÓN


CUADRO II

Escena. La misma del cuadro anterior, el día siguiente, poco después de las cinco y media de la mañana. Todo está como quedo la noche anterior, con excepción de las copas, que han sido retiradas, y del candil que ha sido apagado. Las lámparas permanecen encendidas. La luz del exterior empezará a aumentar paulatinamente desde el principio del acto hasta el final, en que será completamente de día.
Al levantarse el telón, Carmela está sentada, cubierta con una bata, en el sillón de la izquierda. Su actitud es de extremo abatimiento. No llora, pero se conoce que lo ha hecho toda la noche. En el “couch” del mezanine, acodado sobre las rodillas y apoyada la cabeza entre los puños, esta sentado Héctor. Viste todavía de “smocking”, pero se ha soltado la corbata y se ha desabrochado el cuello. Esta despeinadoy su gesto tiene una expresión trágica.

CARMELA .- (Después de un momento, con voz fatigada.) ¿Qué horas son, Héctor?
HÉCTOR .- (Se levanta y va hacia la ventana.)Deben ser más de las cinco. Esta empezando a amanecer...
CARMELA .- Y ni tu padre ni Jorge regresan ... (Con un acceso de llanto contenido.) ¿Dónde puede haberse metido esa niña? HÉCTOR .- (Viniendo al barandal.) No te preocupes mamá... Estará en algún cabaret... Pero ve tú a saber en cuál...
CARMELA .- ¿Te das cuenta de todo lo que has hecho, Héctor? HÉCTOR .- (Con rabia y desesperación, a punto de estallar en llanto , golpea el barandal con el puño.) ¡Sí, sí! ¡No tengo perdón! ¡Soy un imbécil! Tiene que haber algo dentro de mí que me obliga a hacer cosas perversas... Eso no es normal...
CARMELA .- No hay nada anormal. Si tú te propones ser bueno, todo lo que hagas tendrá que ser bueno...
HÉCTOR .- Hasta lo que hago con las mejores intenciones, creyendo que es algo bueno, al fin resulta malvado. ¡Debe de haber algo maldito en mi sangre!
CARMELA .- (Se levanta , aterrorizada.) ¡Te prohíbo que vuelvas a decir eso! ¡Es una blasfemia! No quiero volvértelo a oír ¿entiendes?
HÉCTOR .- (Con un además de impotencia y desaliento, se retira hacia la ventana.) ¿Lo ves? Yo no lo dije con esa intención. Pensaba nada más en la mezcla de sangres...en el choque de que hablaba mi papá la otra noche...
CARMELA .- Tú, menos que nadie, debes pensar en semejante cosa. Tú eres rubio... Tienes los ojos azules...
HÉCTOR .- Es lo que más me preocupa... Si el resultado de ese choque no es precisamente una cuestión de color de la piel...sino más bien algo que sucede dentro de la mente...en el cerebro...en los nervios...¡No se!... (Dice esto último con rabia y se vuelve a mirar hacia fuera, a través de la ventana.)
CARMELA .- (Totalmente desconcertada.) Además,...no sé por que hablas de choque de sangres... Sabes perfectamente que...tu papá...y yo...tenemos la misma mezcla...somos de una misma raza...

(Héctor se vuelve hacia ella y la mira fija y profundamente, sin atreverse a decir lo que quisiera decir. Hay angustia, incertidumbre y recriminación a un tiempo en esta mirada.
Carmela la sostiene valientemente durante unos segundos, pero al fin se traiciona, y no pudiendo soportarla, se da la vuelta con amargura y se apoya, desfallecida en la repisa de la chimenea. Héctor, profundamente dolido, reclina la cabeza contra la ventana.)

HÉCTOR .- (Después de una pausa. ) Ahí está ya papá. CARMELA .- (Volviéndose rápidamente.) ¿Con Beatriz? HÉCTOR .- No...solo...
CARMELA .- (Ansiosa, pero tratando de dominar sus nervios, sube por la izquierda del sofá hasta la izquierda del piano.)
¡Dios mío! ¿Dónde puede estar?...
¿Dónde puede estar?

(Después de un momento se oye cerrar la puerta de entrada y aparece don Ricardo por el vestíbulo. Sobre el frac, tiene puesto el abrigo, con el cuello levantado. En su cara se advierten la angustia y la vigilia. Héctor viene otra vez al barandal expectante.)

D.RICARDO .- ¿No ha venido
Jorge?
CARMELA .- No...
D.RICARDO .- ¿No ha llamado por teléfono?
CARMELA .- No, ¿por qué?
¿Sabes algo?
D.RICARDO .- Nada. Hemos buscado hasta el último rincón donde podía estar. Jorge ha ido a enterarse a las “cruces”...a las delegaciones... Puede haberle pasado algo...
CARMELA.- (Alarmada.) ¡No digas eso, por lo que más quieras! (Apartándose ,desconsolada, a la izquierda.) Dios no ha de permitirlo...
HÉCTOR .- (Tímidamente, desde el barandal.) Si me dieran permiso de salir, yo podría...
D.RICARDO .- (Seco. Despectivo.) No. Tú no.

(Héctor, humillado, se da la vuelta y permanece de espaldas. Don Ricardo se deja caer, abatido, en la silla de la izquierda de la mesa.)

Yo sabía que ese individuo no podía traernos nada bueno... Lo presentía... A esa gente hay que tratarla como lo que es... No se les puede hacer la menor confianza porque no la merecen y...¡claro! Abusan en seguida...
CARMELA .- En realidad, no estamos seguros de que Beatriz esté con él...
D.RICARDO .- ¡Con quién más iba a estar! Alicia los vió salir juntos. (Pequeña pausa.) Ahora estoy contento de que Zeyer haya declarado en contra de él. Afortunadamente, hoy mismo lo buscarán para aprehenderlo.
CARMELA .- De cualquier modo, eso no está bien, Ricardo. Tú sabes que es inocente.
D.RICARDO .- ¡Es que me tiene rabioso! ¡Por qué ha hecho esto!
¡Por qué!

(Se oye cerrar la puerta exterior. Don Ricardo se levanta y queda suspenso. Carmela se yergue ansiosa. Héctor se precipita al barandal y observa angustiado hacia el vestíbulo, por donde a poco aparece Beatriz, tranquila, sonriente, con un brillo de satisfacción y malicia en los ojos. Avanza hasta el piano, observando con curiosidad las actitudes trágicas de sus padres, quienes de pronto permanecen en silencio, hasta que Carmela se precipita hacia ella. Héctor baja lentamente del mezanine hasta el respaldo del sofá.)

CARMELA .- ¡Beatriz! ¡Hija!
¿Qué es lo que has hecho? ¿Dónde has estado?
BEATRIZ .- (Muy natural.)
Paseando, mamá.
D.RICARDO .- ¿Te parece bien tener a toda tu familia angustiada hasta estas horas de la mañana?
BEATRIZ .- Pero... ¿por qué angustiada, papá?
D.RICARDO .- ¿En donde estabas? Te hemos buscado en todos los cabarets de México.
BEATRIZ .- Estuvimos en muchas partes... Tal vez no coincidimos...
D.RICARDO .- Y luego... ¡con quién! Con un pelagatos cualquiera...
BEATRIZ .- (Yendo hacia don Ricardo.) Pero no comprendo por que tanta alarma y tantos aspavientos ¿No he salido toda la vida con Carlos?
CARMELA .- (Adelantándose hasta el brazo izquierdo del sillón derecho.) Pero siempre sabíamos donde estabas...
D.RICARDO .- Y Carlos pertenece a una familia conocida. Es un muchacho decente...
BEATRIZ .- ¡Manuel también lo es!
D.RICARDO .- Es lo que está por verse...
BEATRIZ .- Y yo también soy una muchacha decente, papá. Mi decenciano depende del hombre que me acompañe sino de mi misma.
D.RICARDO .-En cuanto a ese individuo, tendrá que responderme de su abuso de confianza y de su falta de respeto.
BEATRIZ .-Pero si yo lo obligué , papá. El no quería acompañarme a menos de que ustedes dieran su consentimiento.
CARMELA .-¿Entonces?
BEATRIZ .-¡Mammy! ¿Crees que después de lo que acaba de pasar yo estaba muy normal y muy tranquila? ¿qué podía ir muy seriecita y muy mona a pedir permiso de salir, prometiendo estar de regreso a buena hora? Si, por el contrario, tenía ganas de hacer algo...alguna cosa...una locura... Y obligué a Manuel a que saliéramos juntos. Le dije que si el no me acompañaba, me iría sola. Fue entonces cuando se decidió a salir conmigo. (Riendo.) ¿Y saben lo que hizo? Se dedicó a cuidarme como si fuera su hija o su hermana menor. Nunca me he sentido tan acompañada ni tan protegida. Lo único malo es que no me dejo hacer ninguna locura. Por primera vez me di cuenta de lo que significa para una mujer tener a su lado a un hombre.
D.RICARDO .- (Amainando un poco.) Es mis tiempos, esto hubiera bastado para exigir a ese caballero que se casara contigo. BEATRIZ .-¡Yo lo haría encantada, papá! Pero ¿sabes? Existe un pequeño inconveniente... (Va a sentarse en el sillón de la derecha.) No para mí, por supuesto...sino para ti. Es hijo de una criada...

(Reacción de don Ricardo y Carmela que se dirigen una mirada significativa. Héctor también reacciona y pone desmesurada atención.)

D.RICARDO .- ¡Cómo!... ¿Y quien es su padre?
BEATRIZ .- No lo sabe . No lo conoció.
D.RICARDO .- Pues a mí me dijo que sí lo había conocido... De manera que a uno de los dos le ha mentido.
BEATRIZ .- Sí... Lo comprendo... A mí me explicó que habitualmente rehuye hablar de eso.

(Nueva mirada de desconcierto de don Ricardo y Carmela. Ésta va a sentarse en el brazo del sillón donde está Beatriz y la estrecha contra ella.)

CARMELA .- ¿No te habrás enamorado de ese muchacho? BEATRIZ .-Creo que sí... Me perece que empiezo a sentir lo que es eso...
CARMELA .- Pero no sabemos nada de él... No conocemos sus antecedentes...Habrá que averiguar antes...
BEATRIZ .- Yo sí los conozco.
¿No te estoy diciendo que es el hijo de una criada? No sabe quién fue su padre... Es ingeniero químico...y es un muchacho decente... ¿Todo eso no quiere decir nada para ustedes?
D.RICARDO .- (Buscando con la vista sobre la mesa de la derecha.) Voy a tomar un vaso de agua. Tengo la garganta seca.

(Hace mutis por el comedor. Casi al mismo tiempo se oye sonar el timbre de la puerta.)

CARMELA .- (Extrañada.)
¿Quién puede ser a estas horas?
HÉCTOR .- Voy a ver. (Se va por el vestíbulo.)
CARMELA .- Debes pensarlo bien, Beatriz ... No es posible que te hayas enamorado así, tan repentinamente... Puede ser una falsa impresión... En este momento te sientes despechada y ...
BEATRIZ .- No... Creo que no es eso... Además ...estas cosas no se piensan, mamy... Se sienten...y uno no puede evitarlo...
HÉCTOR .- (Apareciendo por el vestíbulo.) Pase usted por aquí, señora.
CARMELA .- (Levantándose.)
¿Quién es , Héctor?
HÉCTOR .- La mamá del ingeniero Torres.

(Beatriz también se levanta para salir al encuentro de la visita. La señora Torres aparece por el vestíbulo. Es una mujer de tipo indígena, de más de cincuenta años, vestida a la usanza de las mujeres mexicanas de la clase media pobre: falda larga, blusa negra, suéter de abrochar, también negro, y chal del mismo color sobre la cabeza. Se la notaatribulada, aunque observa una actitud respetuosa, pero digna.)

SRA. TORRES.- Buenos días.
BEATRIZ .- Buenos días. Pase usted, señora.
CARMELA .- (A la expectativa.)
Buenos días...
SRA. TORRES.- Quisiera hablar con el señor Torres Flores. Es algo muy urgente. Por eso me tomé la libertad de venir a molestar a estas horas.
CARMELA .- Avísale a tu papá, Héctor.
HÉCTOR .- Sí, mamá.
BEATRIZ .- (Tomándola por el brazo.) En este momento viene. Pase usted a sentarse. (La conduce al sofá.)
SRA. TORRES .- Muchas
Gracias.

(Se sienta en la orilla del sofá. Beatriz se aparta a la derecha. Don Ricardo aparece por el comedor, con aire desconcertado y temeroso. Consulta con la vista a Carmela, quien se conforma con indicarle con los ojos a la señora. Don Ricardo, viéndola de espaldas, titubea. Baja lentamente por la izquierda del sofá, como si tratara de evitar el momento de encontrarla. No habla hasta que no la ha visto bien, todavía dudando. Héctor , que ha aparecido después de don Ricardo, por el comedor, observa la escena tímidamente, pero con gran curiosidad.)

D.RICARDO .- Buenas noches.
SRA. TORRES .- Buenas noches, señor.
D.RICARDO .- ¿Quería usted hablar conmigo, señora?
SRA. TORRES.- (Levantándose.)
¿Usted es el señor Torres Flores?
D.RICARDO .- Para servirla, señora. Siéntese usted. (Ella lo hace.) ¿Usted es...la madre del Ingeniero Torres...?
SRA. TORRES .- Sí, señor.
D.RICARDO .- (No deja de observarla con gran interés, pero no se atreve a hacer la pregunta que quisiera hacer.) Y... ¿En qué puedo servirla?
SRA. TORRES .- (Sin poder contener el llanto, yendo hacia él.) Señor... Acaban de llevarse a la cárcel a Manuel...
BEATRIZ .- ¡No puede ser! ¿Por qué?
D.RICARDO .- (Al mismo tiempo.) A ver... ¿Cómo está eso?
SRA TORRES .- Toda la noche estuvieron esperándolo unos agentes de la policía...que por la falsificación de unas medicinas... Yo le juro a usted, señor, que no es cierto... Manuel siempre ha sido muy honrado y muy bueno...
BEATRIZ .- (Indignada.) ¡Eso es un atropello indigno, papá! ¡Yo no creo que Manuel sea capaz de una cosa semejante!
SRA. TORRES .- Lo que pasa es que su patrón, ese señor Zeyer, nuna lo ha querido... Pero yo sé que usted es un hombre recto y bondadoso...
D.RICARDO .-(Reaccionando.)
¿Usted...ha oído hablar de mí?
SRA. TORRES .- A mi hijo... Siempre se ha expresado muy bien de usted... ¡Señor! Usted puede influir para que lo dejen libre... Manuel es mi único apoyo...
D.RICARDO .- Entiendo que...el padre del ingeniero murió siendo él muy niño...
SRA. TORRES .- No, señor... Me han dicho que vive... Pero Manuel ni lo conoció... Yo misma no lo volví a ver desde antes de que nacieraManuel...
D.RICARDO .- Pero...si usted lo viera, lo reconocería seguramente...
SRA. TORRES .- Yo creo que no... Apenas lo conocí... Éramos muy jóvenes entonces...y han pasado tantos años... Los dos hemos de haber cambiado mucho...

(Don Ricardo se aparta a la izquierda. Beatriz está ansiosa, sin comprender lo que pasa. Carmela, viendo el desconcierto de don Ricardo, interviene.)

CARMELA .- ¿El apellido del ingeniero Torres es el de usted, o el de su padre?
SRA. TORRES.- No... Es el mío. El apellido de su papá es Martínez... Pero yo nunca he querido que lo use...

(Don Ricardo se vuelve aliviado por esa solución inesperada.)

BEATRIZ .- (Impaciente.) ¡No sé a que viene todo eso en este momento, papá! ¡Tienes que hacerque pongan en libertad a Manuel inmediatamente!
D.RICARDO .- Yo haré todo lo posible...
SRA. TORRES .- (Yendo hacia Beatriz.) Niña... Yo le juro que mi hijo es un hombre honrado... Por lo que más quiera usted en el mundo...dígale a su papacito que no permita ese atropello... BEATRIZ .- (Consolándola con unas palmadas.) Cuenta usted conmigo, señora. Yo me encargó de eso.
SRA. TORRES.- (Volviéndose hacia Carmela.) Por el amor de Dios, señora...
CARMELA .- Cálmese, señora, cálmese. Puede usted estar segura de que mi esposo hará que todo se arregle satisfactoriamente.
SRA. TORRES .- (Yendo hacia don Ricardo.) Perdóneme, señor, que haya venido a importunarlo... Pero usted hubiera hacho lo mismo por un hijo suyo...
D.RICARDO .- Esté usted tranquila, señora. Yo estoy convencido de la inocencia del ingeniero. Le doy mi palabra de que haré hoy mismocuanto esté en mano para que su hijo quede en libertad.
SRA. TORRES .- (Tomándole las manos.) ¡Gracias ,señor! ¡Ya sabía yo que usted era un hombre de buen corazón! ¡Dios se lo ha de pagar! (Se enjuga las lágrimas.) D.RICARDO .- (Conduciéndola hacia el vestíbulo.) Váyase a su casa, señora, y espere tranquila. Probablemente todo esto no es más que una equivocación.
SRA. TORRES .- (Al pasar, a Beatriz.) Un millón de gracias, señorita... (Cruzando hacia Carmela.) Perdone tanta molestia, señora... Yo no hubiera sido capaz... Pero se trataba de mi hijo...Es lo único con que cuento en el mundo...
CARMELA .- No tenga cuidado, señora. Me alegro mucho de que podamos hacer algo por él.
D.RICARDO .- Espere usted en su casa. Yo le mandaré cualquier noticia que tenga...
SRA. TORRES .- (Iniciando el mutis.) Con el permiso de ustedes... Que Dios se lo premie a todos... Un millón de gracias, señorita... Muy buenos días... (Hace mutis por el vestíbulo y don Ricardo la acompaña.)
CARMELA .-(Bajando hacia la derecha, se sienta en la silla de la derecha de la mesa.) Pobre señora...
BEATRIZ .- (Cruzando hacia la izquierda, mientras Héctor, pegado al barandal del mezanine, se escurre como una sombra hasta la izquierda del piano.) ¡Esa es una canallada! ¡Tenían que echarle la culpa a alguien, y han escogido al más pobre, al más indefenso, en vez de buscar al verdadero culpable! (Héctor, empavorecido, baja la cabeza. A don Ricardo, que reaparece por el vestíbulo.)

No quiero creer que tú seas cómplice de esto, papá. Si no haces algo en seguida para que Manuel quede libre, me formaré una mala opinión de ti.

D.RICARDO .- ( Un tanto indeciso, cruzando hasta detrás del sofá.) Ten paciencia, hija... En realidad no sabemos como están las cosas... Zeyer puede haber hecho algo que no sea fácil deshacer... Pero, de todos modos, yo te prometo que todo se arreglará...
BEATRIZ .- (Sentándose en el sillón de la izquierda, iracunda y nerviosa.) ¡Maldito Zeyer!
JORGE .- (Apareciendo por el vestíbulo. Trae también encima del frac el abrigo con el cuello levantado. Su gesto es de disgusto y de asco. Reacciona al ver a Beatriz.) ¡Ah! ¿Estabas aquí?
BEATRIZ .- (Hundida en sus propias preocupaciones.) Ya lo ves.
JORGE .- (Avanzando hasta el respaldo del sillón izquierdo.) Lo dices tan tranquila. No tienes la menor idea de todas las andanzas en que me has metido por encontrarte...
BEATRIZ .- (Igual.) Lo siento.
JORGE .- Vengo de un mundo de horror y de asco... ¡Las comisarías! Con los borrachos...los rateros...las prostitutas...los gendarmes...
¡Puah!
BEATRIZ .- ¡Ah! ¿Pero me fuiste a buscar también a las comisarías?
¿Cómo a una criminal?
JORGE .- ¿Sabía yo lo que podía haberte pasado? En una de ellas me hicieron entrar a la sección medica para identificar el cadáver de una muchacha...
BEATRIZ .- (Con estremecimiento.) ¡Qué horror!
JORGE .- ¡Si! ¡Qué horror! El segundo de angustia que yo sufrí antes de que levantaran la sábana que cubría el cuerpo no se lo deseo nadie... Era muy bonita... Y pensar que en este momento su familia debe suponerla llena de salud, disfrutando de la vida...o quizá la busca con el mismo temor con que te buscábamos a ti... (Con los nervios deshechos, se hunde en el sillón de la derecha.) ¡Es espantoso!
CARMELA .- (Levantándose, conmovida, vas hasta él y lo oprime por los hombros. Héctor, muy lentamente, avanza hasta la mesa de la derecha.) Estás cansado... Tienes los nervios alterados...voy a prepararte una taza de tila...
JORGE .- No...no quiero nada... Tengo revuelto el estómago... ALICIA .-(Apareciendo por el comedor, con un vestido modesto, despeinada, sin delantal ni cofia, provista de escoba, plumero y trapo para hacer el aseo.) Buenos días, señora. Buenos días, señor. CARMELA .- (Es la única que contesta.) Buenos días ...

(Alicia se da cuenta de que las lámparas están encendidas. Y como ya es pleno día y por la ventana del mezanine entra un rayo de sol, apaga la lámpara de la izquierda del sofá y cruza para apagar la de la mesa de la derecha.)

D.RICARDO .- Lo que nos convendría a todos ahora es tomar un descanso, que bien lo necesitamos.
BEATRIZ .- (Levantándose rápidamente.) ¡Ah, no , papá! Tú vas a ir a ver el asunto de Manuel.
D.RICARDO .- Bueno, hija... Supongo que cuando menos me permitirás que me dé un baño y me cambie de ropa...

(Cuando Alicia está apagando la lámpara de la derecha , se oye sonar el timbre de la puerta. Alicia hace mutis por el vestíbulo.)

CARMELA .- (A Jorge, dándole unas palmadas.) Anda, hijo, vete a acostar. Eso te compondrá. (Jorge se levanta con fatiga. A Héctor.) Tú también, Héctor, ve a dormir un rato.
HÉCTOR .- (Muy apagado.) Yo no tengo sueño, mamy. CARMELA .- No importa. Vámonos todos. Alicia va a hacer ya la limpieza.

(Sube hasta el pie de la escalera del mezanine y Jorge va tras ella. Se detienen porque Alicia anuncia desde la puerta del vestíbulo.)

ALICIA .- Está aquí el señor
Torres.
BEATRIZ .- (Petrificada.)
¿Manuel?
D.RICARDO .- (Al mismo tiempo.) ¡No es posible! Que pase, que pase... (Cruza hasta el piano para recibirlo.)
ALICIA .- Pase usted, señor. (Sube al mezanine para apagar la lámpara y luego hace mutis por el comedor.)
MANUEL .- (Apareciendo por el vestíbulo, con el abrigo sobre el “smocking”.) Perdóneme, don Ricardo...
BEATRIZ .- (Subiendo rápidamente por la izquierda del sofá.) ¡Manuel!
MANUEL .- (Cruza para salir al encuentro de Beatriz, a quien toma de las manos. Desde allí se vuelva a don Ricardo.) Pensaba venir a verlo más tarde, pero las cosas se han precipitado de tal manera que me he visto obligado...
D.RICARDO .- (Bajando hasta el extremo derecho del sofá. Carmela y Jorge regresan hasta el piano un poco más abajo.) ¿Pero no lo habían detenido a usted? Su mamá vino a avisarnos... MANUEL .- Si. Zeyer hizo desaparecer las actas de la destrucción de sueros y declaró en contra mía.
D.RICARDO .- ¿Entonces?
MANUEL .- Conozco los procedimientos de Zeyer, de modo que siempre conservé en mi poder una copia de esas actas. Y en cuanto supe lo que pasaba, conseguí un amparo.
D.RICARDO .- ¡Qué bien! Lo felicito...ha sido usted muy hábil... (Se acerca a él y le estrecha la mano.)
MANUEL .- Pero eso no es todo. Ayer mismo me dediqué a investigar el caso. Aunque no se todavía quién es , he descubierto que hay una persona que ha recogido de las farmacias vacunas vencidas, usando una credencial de los laboratorios.

(Don Ricardo, instintivamente, se vuelve a ver a Héctor. Éste desamparado y encogido, se sienta en la silla de la derecha de la mesa.)

Tengo pruebas de que Zeyer aconsejó a esa persona, lo mismo que al individuo que se hizo pasar por periodista. Todo esto no ha sido más que una combinación hábilmente preparada por Zeyer.. D.RICARDO .- (Baja al primer término, meditando.) ¿Pero con qué objeto?
MANUEL.- Para provocar el escándalo ¿No se dio cuenta del interés que puso en mezclarlo a usted en la cuestión? ¿En hacerlo aparecer en todo momento como el principal propietario del negocio?
D.RICARDO .- Sí, sí... Pero no veo...
MANUEL .- El quería quedarse con los laboratorios; pero como usted se había negado a venderle sus acciones, buscó un procedimiento torcido para obligarlo. Sabía que el escándalo iba a afectarlo de tal modo, que usted se retiraría cediendo su parte por cualquier cosa.
D.RICARDO .- (Preocupado, haciendo asociaciones de ideas, se sienta en el sillón de la derecha.) Sí, eso muy claro... Pero...es que el escándalo iba a perjudicarlo a él también...
MANUEL .- No... Ésa es la diferencia entre usted y él. Él no tiene arraigo en este país... No tiene tradición ni antecedentes... No tiene un nombre, ni una familia, ni una posición social que cuidar... No tiene más que dinero y no le importa otra cosa. Las armas con que está luchando contra usted resultan, entonces, forzosamente desiguales...

(Don Ricardo acepta la terrible verdad y se queda anonadado. Manuel baja por la izquierda del sofá.)

Todo eso es lo que pensaba decirle a usted más tarde, pero Zeyer está actuando con tanta rapidez, que pensé que era preferible tomar providencias inmediatas para defenderse. El personal de los laboratorios tiene motivos suficientes para ir a la huelga y está dispuesto a declararla hoy mismo. De esa manera podremos atajar y desenmascarar a Zeyer.
D.RICARDO .- (Se levanta y cruza a la izquierda, meditando. Se vuelve desde la chimenea y habla gravemente, con resolución. Beatriz baja por la izquierda del sofá, a quedar entre él y Manuel. Carmela y Jorge bajan por la derecha cerrando un semicírculo, del que, naturalmente, queda fuera Héctor.) Pues no voy a luchar contra Zeyer. Vamos a dejarlo que se quede con el negocio. Que se llevé todo el dinero que quiera. No me importa el escándalo. Claro que me ha perjudicado... Entre otras cosas, no puedo seguir al frente del Banco. Iré hoy a presentar mi renuncia. Pero todo esto me ha hecho un gran bien. Me alegro mucho de que las circunstancias me hayan llevado a tomar esta resolución. Porque ahora sé que más importante que el dinero y el éxito y la posición social, es la unión, la paz y el afecto de nuestra familia. No tenemos otra. Y sólo de ella podemos dar y recibir alguna satisfacción. Vamos a olvidarnos de Zeyer y los laboratorios. Vamos a juntar lo poco que nos dejen y empezaremos a trabajar de nuevo, modestamente, pero todos juntos, sin celos, diferencias ni rivalidades, por el bienestar de todos y cada uno. (Con malicia.) Contamos con usted , Manuel.
MANUEL .- (Encantado.) Incondicionalmente, don Ricardo. D.RICARDO .- Y olvídese usted también de seguir investigando quién tuvo la culpa o quién no la tuvo. A nosotros no nos importa ya. Que se encargue de averiguarlo Zeyer, si es que no lo sabe ya, y que se encargue de que le apliquen el castigo que merezca al verdadero culpable, si es que todavía le interesa. (Con oculta intención.)Ése será,al mismo tiempo, su castigo.

(A las últimas palabras de don Ricardo, Héctor, empavorecido, se levanta. Luego, humillado,deshecho, hace mutis por la biblioteca, sin que nadie lo advierta.)

Y ahora ,a dormir, que bien merecido lo tenemos. (A Manuel.) Vaya usted a tranquilizar a la pobre de su mamá, que está muy angustiada, y véngase a la noche para que hablemos.
MANUEL .- Con mucho gusto, don Ricardo.

(En este momento se oye un disparo de pistola en la biblioteca. Hay un desconcierto de un segundo, al cabo del cual, Carmela, notando la desaparición de Héctor, con un grito corre despavorida a la biblioteca.)

CARMELA .- ¡Héctor!

( Jorge va también rápidamente hacia la biblioteca, pero al llegar a la puerta recibe una impresión dolorosa que lo paraliza y lo obliga a volverse.)

BEATRIZ .- (Gritando casi al mismo tiempo que Carmela, corre hacia la biblioteca.) ¡Héctor!

(Jorge la detiene. Ella ahoga el llanto sobre el pecho de su hermano que la abraza, a la vez que se oye dentro el llanto desconsolado de Carmela.)

VOZ DE CARMELA .- ¡Héctor!
¡Se ha matado! ¡Está muerto!
¡Muerto! ¡Hijo! ¡Hijo mío! ¡Por qué has hecho esto! ¡Héctor!

Don Ricardo, que se había quedado rígido, tiene un impulso y da unos pasos hacia la biblioteca . Pero a las palabras de Carmela se detiene, vacila un momento y regresa con pasos lentos, débiles, hasta la derecha del sofá, donde se deja caer hecho pedazos y se cubre la cara con las manos para ocultar sus lágrimas. Manuel, apesadumbrado, se acerca de él y le oprime el hombro con la mano como una muestra de condolencia y simpatía, mientras cae el

TELÓN



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