Cruzando el puente José Triana (MONÓLOGO)


Cruzando el puente

José Triana


Para Lino Novas Calvo.




Amour qui est seul amour...

Agrippa D'Aubigné, Le Printemps               


Le passant anonyme et qui donne l'échelle voit paraitre l'autre ciel...

Jean Reda, Récitatif               





Nota

La luz figura como un elemento fundamental en la puesta en escena. Lo considero un personaje, una energía activa que describe claras imágenes. Recordar a Michelangelo Caravaggio.
Para la puesta en escena, si el director lo estima necesario puede utilizar la música de un modo discreto, casi imperceptible, a lo largo de la obra. Aunque pienso que en algunos momentos privilegiados deben destacarse el danzón Almendra, las danzas de Cervantes o Saumell, algún solo de Paquito Rivera, y las notas de percusión que a ratos celebra la memoria, me refiero al toque hondo de Tata Güines. Insisto en un empleo sutil, progresivo, idéntico al aplicado en los efectos luminotécnicos. Vale.


PERSONAJES
 

HERIBERTO.

Lugar: un escenario. Época: finales de los 80.
  



HERIBERTO.-   
(Quizás en la cincuentena, lleva un traje blanco bastante estrujado, con zapatos de dos tonos, blanco y negro, un sombrero de jipijapa. Fuma una breva fatigada y maloliente que enciende con frecuencia. Entra a escena. Silba una canción popular y arrastra una carretilla donde se hallan trastos inverosímiles, como plumeros, velas, arcos, flores plásticas, sillas estropeadas, vasos, botellas, vestidos de mujer, maracas, claves, sombreros, abrigos, candelabros, libros variados, una escoba, que irá utilizando en a lo largo de la puesta en escena. Al colarse en el escenario, se sorprende y retorna a un lateral, abandonando la carretilla. Pausa. Se asoma con un gesto simpático. Vuelve a esconderse. Regresa a escena muy seguro de sí mismo, toma los manubrios de la carretilla, la pasea y la coloca, de acuerdo a las instrucciones del director. Comienza a disponer los muebles y utensilios en el escenario. Juego, destreza, sueño. La luz intermedia se transforma gradualmente según un concepto bien definido del director. Daña el exceso. La simplicidad siempre resulta efectiva.)

  (Al público.) ¡A mí, déjenme tranquilo! ¡Basta de fulastrerías!... Loco-loco no estoy... Digan lo que digan, hagan lo que hagan, a mí, déjenme tranquilo... ¡Tal parece que se han encarnado! (En un exabrupto.)  ¡Por favor, aguanta el carro, mi hermano!...  (Otro tono.)  Una cosa es con flauta y otra con violín.   (Muy concreto, austero.)   Usted tiene una puerta aquí y una puerta allá. Un puente. La verdad de las verdades, la más hermosa de las verdades.  (Pausa. Se palpa los bolsillos de la chaqueta y de los pantalones. Extrañado, repite la maniobra. Descubre lo que busca en el bolsillo trasero del pantalón. Saca una barrita de tiza y crea un enorme círculo alrededor de él. Se sitúa en el centro. Gira sobre sus pies. Otea desde este punto la circunferencia que ha trazado; da grandes zancadas hacia el extremo delantero, intentando medir el espacio, viendo si corresponde a su cálculo, si guarda una proporción adecuada. Reitera la misma operación, en el extremo que estaba a sus espaldas; mira al público y sonríe, procurando hacerlo cómplice de sus actos. Rectifica hacia la derecha, también a la izquierda del círculo. Realmente indaga la equidistancia justa del centro. Comprueba, malhumorado, que existe una ínfima diferencia hacia el lado izquierdo, y la corrige. Observa su corrección, y tararea o silba la canción: «Allá en la Siria...». En el lado derecho, concluye un pequeño retoque. Satisfecho, contempla tanto al lado izquierdo como al derecho. Se congracia con el público bufoneando. Juzga que ha cumplido su propósito. Guarda el pedazo de tiza en un bolsillo. Se limpia las manos dándose palmadas. Pausa. Guiña los ojos como manifestación de un tic nervioso. Otro tono, preocupado.)  ¡A mí, tranquilo! ¡Tranquilo-tranquilo!... Loco-loco no estoy...  (Otro tono.)  ¿Quieren saber qué pasó? Pues, sencillo... ¡Sencillísimo!... ¡Equelecuá, tan sencillo nananina!... Porque trato de devanarme los sesos por entender al dedillo qué fue, cómo y por qué..., él, ángel o demonio, o los dos a la vez, o una exhalación de ultratumba, un desenterrado. ¡Mire, la piel se pone de gallina!...  (Pausa. Otro tono.)  En definitiva, ¿tengo que investigarlo?... ¡El andar rastreando, me jode!, y a nadie le incumbe, ni debe entrometerse, un negocio mío mío, de Menda...

(Saca de la carretilla y besa las efigies de Santos descascaradas, maltratadas y las agrupa al final en el borde del círculo en primer plano, de cara al espectador, creando fortuitamente un altar que destruye a lo largo del discurso y vuelve a recomponer. Las imágenes son de Santa Bárbara, San Lázaro y la de la Caridad del Cobre. Observa la obra realizada, y presuroso va hasta la carretilla y saca envueltos en papeles de periódico una palangana, un ramo de albahaca, un pomo de agua de colonia, una botella de aguardiente barato, un plato, y tres velas. Ubica el plato delante del altar y sobre éste las tres velas. Los otros objetos, así como el ramo de albahaca, los deja en el suelo.)
  
  (Otro tono.)  ¡Aunque tampoco debo crear tanto misterio entre cielo y tierra..., pues más tarde o más temprano, se cae en lo opuesto, en el chicharroneo y el pugilateo! (Otro tono.)  Soy un hombre que ha jugado un fracatán de barajas, y nunca me he arrepentido. A la pata la llana. Desde que era un piquiminí en la calle a lo mata perro. Marañas, una no, un montón. Eso que la gente cataloga un buscavida... Lo suelto sin el menor empacho. Menos con orgullo. Lo que es, es..., y ¡quiquiribú mandinga! Concubina, ninguna fija... estable, la que lava los calzoncillos, y te zurce las medias y te prende los botones en las camisas y te cocina la jama, te calienta el baño y la cama... ¡Vaya, mi cobio, problemas de carácter!... Que uno nació para enfaldado y yo para libre...  (Otro tono.)  Mientras mi madre vivía, que Dios la tenga en su gloria, que nunca hubo ni hay ni habrá mujer más santa en el globo terráqueo..., ella, la zanguangua, atendía de punta a punta la barraca, y se sacrificaba..., que si pajaritos volando quería... Y le asestaba: -«Vieja, mírame un hombre, hecho y derecho»; y ella: -«Muñeco, tú eres mi felicidad y mi recompensa...», y me echaba en su regazo y las lágrimas le rodaban por los cachetes... «¡Mamita, mi puchita!...», desahogándome..., «tú, mima, mimita...» ¡Hasta el pureto se ponía celoso, y barbarizaba, a quien quisiera oírlo, que ella había perdido la chaveta!... ¡Berracadas de vejete!..., y al bagazo poco caso. Jamás le tuve inquina, por descontado el odio, odio odio, pero él, a la usanza de la época del Cometa, metía el dedo donde le duele a uno y lo paré en seco... -«No me venga a la fiesta..., sin ser invitado».  (Otro tono.)  ¡Voluntad me sobra en esos casos! ¿Y esto lo desembucho por... por...?  (Pausa. Otro tono.)  ¡Ah, sí!, una vez me arrempujaron al vivac por el bayuseo de un robo en la venduta de Aquiles y a una abuela en un cine la desvalijamos..., juegos de bergantes, un fiñe de dieciséis años, tiernecito, una manera de comer catibia...; y que nos íbamos en pandilla, y en el gallinero, bajeábamos a un chiquito, arisco y flacucho, lo atrabancábamos a puñetazos en el servicio..., y otomías le hacíamos..., ¡positivo, lo forjamos un hombre!..., y por dónde iba..., desconecté el chucho, ¡anja!, le comentaba que..., allá, en el vivac, la poli manteniente sacó sus papeles, que desvirgué a la hija de Isabelita La Comadrona y me fugué..., y me acusaban por el traficoteo de la mariguana en el barrio de Manopla y en el bayú de Marina, y por el robo de un fotingo..., ¡me la armaron en grande!, y me engramparon, y, para remacharlo el ocamburrio, con decisión y descaro, en el juicio, a desquitarse..., me tiró para el pedregal..., que yo era un dolor de cabeza, un desastrado, un peligro universal, y una barbaridad de tropelías, algunas inventadas, otras ciertas, y la mayoría exageradas, como acontece siempre..., que hicieran de mí cascarita de caña, que un reformatorio, que él no se hacía responsable. ¡Ah, la gente, la gente..., si la gente se responsabilizara de los crímenes que perpetra!... ¡Un semestre y veintiún día a la sombra! Ah, diente e perro..., rezongué calladito. Prepárate cuando salga. Y llegando al cobijo, cogí el hacha con que la viejuca destriza los pollos y me fui corriendo a buscarlo al cuarto, a la cama donde dormía... -Levántate, cabrón, lo enfoqué empuñando el hacha. La pureta se metió por medio gimoteando, y mi hermana berreaba y lloraba a moco tendido... ¡Se dio un susto el ocambo! ¡La primera y única ocasión!... En adelante, santas pascuas. Y ella me suplicaba «apacíguate, neni, entra por el carril...», porque despilfarraba el tiempo con malas compañías..., y la infeliz, de las economías del lavado y del planchado y de las cantinas que repartía, me soltaba dos pesitos para que me entretuviera en el billar..., depós de la ducha y los motazos de talco y un chorro de colonia inglesa..., ¡buena buena, un pan!..., una mártir, una inocente... (Se ríe.)  , y cuando veía que alguna chamaca venía al apartamento, como una jiribilla se descontrolaba, se malhumoraba, se engrifaba: -Esa mosca quiere miel..., ¡chivas, pelandrujas, perras ruinas, solavaya!... Confío que la evitarás. ¡Tú eres para mí sola...!, y a mí se me encogía el corazón..., la parte floja, débil en uno... Eso que les relato..., por los cuarenta o los cincuenta..., antes que apareciera el ciclón, mejor dicho, el terremoto... ¡Antes! ¡Es increíble! ¡Si usted me hubiera visto!... ¡Ni memoria! ¡De cuajo, distinto!.... ¡El tiempo hace estragos!  (Registra en el bolsillo, saca la cartera y revisa en sus papeles, que van cayendo al suelo, por impericia o desgano.) Con mi cadena de oro macizo, mis manillas, mis sortijas... Bonche, aparte. Al seguro. Todo cabe en que encuentre una fotografía.  (Cantando.)  ¡Carachis!  (Otro tono.)  ¡Pish!... ¡La he dejado a tiro hecho en la chabola!  (Recoge los papeles que han caído al suelo, los coloca con la torpeza en la cartera y en los bolsillos de la chaqueta.)  Óigame, alabarme, pa'qué, cucusito. Jactancioso, cusí cusá, lo confieso con la verdad en la mano.  (Con una sonrisa perversa y cierta desfachatez.)  Las jebas y las jamonas me apodaban: «Santo». -«¿Santo de qué?», replicaba yo; y en el jueguito y la bobada, una me sonó una brujería, y me atagallaba mamacita, y la pasé bastante mal... Callejeaba embobado, desconchabado, mordido por el sueño y la matungería... Gracias a Dios me repuse con los baños y las oraciones y las velas a los santos..., y me curé de espanto, duro como el jiquí, hasta que surgió el ñangüeteao, que fue una aparición ultraterrena..., ¡ríase!, que poca broma se gasta esta jerigonza... ¡Averigüe usted!... Que loco-loco no estoy... Además que se manifestara de golpe y porrazo, como quien quiere apabullarte..., sí, así, ¡fuácata!, ¡allá va eso!...  (A un personaje invisible.)  Óigame, mi negro, hay que tener sangre de horchata... Desista de pensar que soy un pendejo..., tampoco las rodillas se me aflojan al primer encontronazo... Pero le puntualizo que el alma se me cayó a los pies...  (Se ríe. Señalando para las manos.)  Un puro erizo, ¡por mi madre!, le aseguro...  (Otro tono.)  Ocurrió a raíz de los cincuenta... Por aquella época, ni resingá idea tenía de que confrontaría semejante abacoro... Ambulaba yo en el sigilo, en las apuntaciones, en la banca de Arturito Ferrer..., y en el desparpajo... Jamás diré que hice..., jamás, una recolecta..., jamás, una bombita, jamás un siquitraque; jamás distribuí bonos, pingajos de a tres por cuatro..., ¡en lo mío!... ¡Conspirar, hasta fuerate...! ¡Hambre y necesidad pasábamos, los de abajo, con franqueza!... Recuerdo que por casualidad me topé con mi compadre Gualdimiro, por casualidad, y nos pusimos a paluchear de este valle de lágrimas, que la situación debe mudar, del embullo que cundía, mariconadas, y en una de ésas, me espetó, carcajeándose, con su cervecita: «¿Embullo?... Te enjaretas la soga al cuello». Y cavilé que hablaba basura. «¡Quítate el embullo! Quienquiera que te prometa villas y castillas, que te garantice que la humanidad va a cambiar, es peor que éstos que viven de la cogioca y son unos degenerados...» ¡Vivir para ver y ver para creer, compadre! ¡Estamos en una calamidad de ampanga, parecida a la de las putas de rastrojo! ¡Y nos hundimos!  (Pausa.)  Ah..., déjenme tranquilo... ¡Basta de fulastrerías! Loco-loco no estoy. Tranquilo-tranquilo. Y ahora, con este tejemaneje de las apariciones de los muertos, y sin poder hacer nada y tragarme la píldora y barambambay...  (Pausa. Otro tono.)  Porque usted me dirá en su momento qué significa... (Enseriándose.)   En fin, yo me recloqueaba en la bobera, viendo desfilar las pollitas, que si así, que si asao, viendo el cambia cambia del espectáculo, en otras palabras, viendo musarañas en el aire, mucho más concreto, viendo el curso de la vida. Puse un disco en el traganiquel, usted legisla, con la cervecita congelada al lado..., Martínez, el dueño del bar, de la vitrola y del copón divino, perseguía por las rinconeras las cucarachas o a una endiablada desgracia..., ya le había pagado el trago, y me dijo qué cagada, o yo fraguaba en mi magín que lo dijo, o que me lo decía..., que el calor y la resolana...que a lo mejor caía un chubasco..., en conclusión, con el ánima en grima...  (Con la mano derecha crea aros imaginarios, como volutas de humo.)  Pensaba y pensaba y no sabía en qué pensaba, o sabía y no sabía, consumiendo cervecita, volteando una manigueta, el raca raca de los pensamientos, raspando el vacío que uno arrincona dentro, escarbando..., y de súbito..., ¡ahí está!...  (Se describe.)  Bien plantado, con su traje de dril cien, sus zapatos de dos tonos, su sombrero jipijapa..., y me dice a boca de jarro, sonriendo: -«¿Qui'hubo?» Y lo chucheo: -«¡En la marchita!» Él se me acerca dándome cranque: -«¿Y qué más?» Y me exploto: -«¡En el tibiritaba!» Él se apoya en el mostrador y me asevera: -«Creo conocerlo». Y le respondo: -«Probable». Y lo miro, y me rehúye la mirada, y le marmullo: -«¿Vive usted por estos lares?...» Y él se enseria y sin contestarme se queda parado delante, un zombi, o..., extraño, como le chamullo, extrañísimo. Y de una vez se anima, sus ojos en mis ojos... Y me sube un frío por el espinazo, un frío que yo nunca sentí, un frío de hielo, un frío frío, y apenas atino, y doy dos pasos para atrás, y él me sigue escrutando, y las piernas me empiezan a bambolear. ¡Ave María Purísima! Un temblequeo mesmitico al baile de San Vito, ¡ay, mi madre!, prorrumpo, ¡ay!..., qué susto, o peor, peor...  (Recobrándose, en su teatralidad.) , y vea usted que el muy condenado se me aparea, sin ton ni son, aunque no tanto, su interés tenía, se me aparea y se mantiene en un pinrel, derechito derechito, y me sopla: -«¿Qué le pica, compay? ¿Se le enfriaron los huevos?...» ¡Degenerado!, mascullo entre dientes, ¡degenerado! ¡Mal rayo lo pele! ¡De algún modo me la cobro!..., y en consecuencia, revolviéndoseme las tripas, me sobrepongo y le desgrano a lo bandolero:  (Cambio brusco de tono y movimientos.)  -Aquí contemplando el mundo, cúmbila... ¡El mundo ancho y ajeno!  (Mirándolo de reojo, procurando conocer la reacción que puede provocar en el visitante, guiñándole el ojo al personaje imaginario primero.)  -Esperando a una hembra que me rompe el cráneo.  (Dándose una importancia exagerada, mirándolo con un oculto sentido despectivo, en una exaltación que tiene rasgos paródicos.) -¡Una hembra venerada por los santos, los de arriba y los de abajo!... ¡Una hembra que cuando me encierro con ella hasta le saco lascas al palo! ¡Las otras noches, óigame, desde las diez y media...! ¡Aquello fue el acabose! ¡Qué noche!...  (Otro tono. Calibrando la expresión del nuevo parroquiano.)  -Perdone usted... Comprendo que lo atosigo, que cometo una falta de respeto, al referirme a ella... De a poquito nos conocemos...  (Enseriando la expresión, en el juego teatral.)  -Le ruego que..., disculpe..., usted se hará una noción de mí..., que, tarín barín, escasamente se aproxima al dédalo que soy. Había que desembaular, a como sea..., que en este país cada uno a lo suyo... ¡Bagán, moñingo!... (Cambio absoluto de expresión, en su juego teatral.)  Me reparó de chiripas, haciéndose el que pica alto; se recostó al mostrador..., para entonces Martínez revoloteaba y abejorreaba como un moscón en el cálculo del traguito que pediría el nuevo cliente, y éste en la luna de Valencia..., y le ordené yo a Martínez: -«Ponle una línea al señor...», y Martínez me enfocó con los ojos que se le querían saltar de las órbitas y con la pasa erizada, como si yo estuviera en un orbe lunático, me preguntó con unos ostentosos visajes y secreteando: -«¿A quién?» Y con gran autoridad, le señalé: -«Al señor...» En un tris me paralizo, suspendido en los espacios, indicando el vacío. El hombre se volvió humo. Volatilizado..., ¿entiende usted? (Pausa muy breve.)  Desorientado y exaltado, de improviso me desmandé: -Santos Dios, ¿qué me aqueja? ¿Estoy copado de visiones?  (Con la voz casi ahogada y tímido.)  Ajuntando las cosas..., en los dares y tomares, señores, la cerveza se me ha subió al moropo... O las señas mortales, por los días que llevo sin probar bocado...,  (En un blanco de la memoria.)  pues, ¿por qué?...  (Musitando.)  ¿Será cierto que un hombre de carne y hueso, vivito y coleando, pueda conversar con las sombras?  (Pausa. Otro tono.)  Ah, verraco. Cometarugos, ¡déjate de bobadas! ¡Donde hay hombres no hay fantasmas!... ¿Y qué le explico a Martínez que me escarcuña cara a cara, de un blanco de papel? ¿Se habrá dado cuenta que..., denota..., que..., para mí?... Un qué raro me acojona, en firme, y prefiero escabullirme por la tangente... ¿O se figura que juego, que bromeo con los espíritus..., que intento levantarle una cervecita, que estando bruja, o con los bolsillos desfondados..., tengo que darme importancia..., que, regodeándome en mi fainera, le tomo el pelo a lo descarado, o sospecha que le monto un numerito..., y que de bobos y locos todos tenemos un poco?  (Pausa.)  ¿Qué le explico al bonachón de Martínez, todavía interrogándome sin mover en verdad la bemba?... Depende de la sandez que le diga..., y de cortar el run run de que a Heriberto Fonseca se le secó el güiro, o de que si negro o de que si punzó..., un ceremil de suposiciones..., y no me cuadra, uno debe cuidarse..., guardar la apariencia y la distancia...  (Pausa. Otro tono. Oteando hacia un punto indefinible fuera del escenario, quizás al público. Casi en la angustia total.)  Ah, cielos, tierra, trágame. Dame paciencia, la paciencia que necesito. Mírame, arcángel de ventura. Dioses benefactores..., contemplen a esta antigualla cargada de sinsabores... ¡Contémplenme a remolque con esta cruz insostenible!... Intercedan por mí, que ninguna injusticia se perpetre conmigo.  (Casi sollozando.)  Sáquenme el acíbar de las entrañas... Que mis lágrimas borren el pavor. ¡Piedad!...  (Violento.) ¡Desalmadas furias, virulentos endriagos nocturnos! Me vengaré de ustedes..., que con mi desdicha se complacen..., el planeta lo verá...  (Pausa. Sobrecogido.) ¡Oh, madre mía!..., ¿me ataranto? (Pausa. Cambio total.)  Me lo dije, como pez en el agua, de dientes pa afuera, tratando de eludir las influencias nefastas que existen por los cuatro costados, haciéndole miedo al miedo. A punto fijo, le prometo que ni en la paz de los sepulcros creo...  (Con una sonrisa, satisfecho.)  Y el pacato de Martínez me interrogaba en su asombro, sin barbotar jiña, de un vistazo, o de soslayo, como un furulla, un garabato danzarín..., y en el disimulo, habiendo discernido que él de la misa la media desconocía la trastienda que me traía, y en mi malicia, fingiendo que caía de una nube, le largué: -«Compadre, a pájaro que vuela, le cogerás el rabo cuando la rana críe pelos...» (Otro tono.)   De reojo, no... ¡De frente, lo solté!... Para que comprobara mi autoridad. Y él se lo sintió, porque se echó a reír..., y venga yo en mi envolvencia..., que uno, en el jiribijaba, como el que vivimos, de treinta y pico de años augurándonos el paraíso, y el resultado es que nos dan cuero hasta desconchinflarnos, en un permanente bocabajo y en la denigrante miseria, y..., qué vale que yo lo ventee a los cuatro vientos, que la gente está cogida en la trampa y prefiere engañarse y un día de pronto despertará manchada de sangre, o salpicada de fango, en la ignominia..., que a la carretillera de mi cuñado, por despotricar sonserías en una cola, la acusaron y la guardaron una semanita en la Estación de la Policía, que al hijo de una prima, que a mi..., que el tráfico de droga, que los periódicos y la tele, que el contrabando..., que una conspiración..., ¡el mundo colorado, mi hermano!... Y sabiendo que esto quería oír, me di gusto de lo lindo, que en la intriga naidien me gana..., y deduje que había desechado el desagradable incidente, que deseaba yo a toda costa que desechara, el incidente del entrometido.  (Pausa breve.) El entrometido permanecía como una estaca, a un costado, y Martínez apenas podía percibirlo. ¡Al que no ve, ojos ciegos!... El tipo, de desalmado, emulando un espectro, rebosando maldad, me cuchichea bajitico que estando alterado difícilmente me percataría del desatino que implicaba cotorrear de una guayabo con un estilo tan desfachatado, que era un canalla, que era un fana..., y dale que dale, y yo aguantando, y él a la carga, y Martínez, tamaño mentecato, desenchumbando el mostrador me ignoraba, y yo me divertía en mi fuero interno..., y aquel discursito seguía jodiendo la pita, una chicharra, ziz, ziz, ziz, ziz..., sacándome de quicio..., ziz, ziz, ziz, ziz..., y abocado a carabina pues, enseguida me reviro con el machete en alto y estallo a lo salvaje...  (Exaltado, lleno de veracidad.) , golpeo el mostrador, y manoteo, teatro, mero teatro, y voceo, y voceaba y estaba lejos de saber el sentido del voceo, voceaba a gaznate pelado, y la gente que frecuentaba el bar, alarmada, achispada, atemorada, en un decir Jesús se arremolina, ¿qué ocurre?, ¿qué pasa?, y yo, aquí no ocurre nada, aquí no pasa nada, y el..., el tipejo, desaparece, un espantapájaros de humo, y la gente que patea la calle se detiene, y Menda insiste: ¡A mí tranquilo! ¡Tranquilo-tranquilo!... ¡Loco-loco no estoy!...  (Otro tono.)  Y habiéndose creado el desparramo, salgo afuera, a tomar aire, aire, aire, y deambulo y deambulo, y la gente me desojeaba de un talante muy especial, tal parecía que salía de una carbonera, o del leprosorio, un apestado, y se reían en mis propias narices y me baladraban, eh, tú, loco, loquito, y sentí que iban a devorarme..., una masa informe de rostros y brazos se precipitaba y me acorralaba, y oh, ¿qué?, sin comerlo ni beberlo, ¿por qué?..., y aquellas risas y aquellos ululatos sería pertinente enterrarlos en un hueco o que Satanás los birle; y la algarabía ensordece, horrible, ae, ae, ae, el loco, el loco, y a empellones me defiendo, abrase visto tal desacato contra un ser humano, y me incita a huir, a huir, y echo un patín, y el gentío se voltea como una culebra que ruge por agarrar la carnada, y empecé a columbrar negritos y monitos descolgándose, me sacaban la lengua, me enseñaban el culo, y se enzarzaban en un zarambeque de padre y muy señor mío, y me dije: «uyuyuuy, me da mala espina, si vuelvo a estas andadas avistando negros y monos acosándome no cuento el cuento...»; y troteando por el asfalto consigo alcanzar una esquina y me pierden de vista..., y a la postre camina que te camina, huyendo, camina que te camina, huyendo..., y en mi bruma los oigo cantando ae, ae, ae, el loco, el loco, y se convierte en un ruido, en una humareda de la lejanía...  (Pausa.)  Y me recuesto en una columna, en la calle Pío Rosado, en dirección a la Estación de trenes...  (Totalmente fatigado.) , y me rozaba una brisa tan suave, tan..., tan agradable. (Suspira, se agacha. Suspira, movimiento negativo de cabeza.)  Me sentía abollado..., destoletado, hecho leña...,  (Pausa. Otro tono.)  y, ¡uf!, el jiniguano..., el entrometido traspasa las columnas, orondo, cariparejo, con su bastón de empuñadura plateada, con una serpiente de alas..., y un pañuelo, abanicándose, despreocupado, en la estratosfera, en el mejor de los limbos... -«¡Vaya, hombre!», le sueno como un bozalón. «¿Conque esas tenemos?» ¡Caray, curioso tipo! ¡Tremendo guyabero! ¡Ciento por ciento postalita!  (Otro tono.) ¡Claro, clarísimo! ¡Y me va a oír!..., ¿cómo?, ¡paciencia! Él, sin duda, el causante de esta infamia... Pagarme, me las pagará, el hijo de la reputísima.  (Pausa.) Excúseme la grosería, pero es ansimismitico.  (Pausa.)  ¡O se le escapó al diablo! ¡Qué diablo ni que ocho cuartos!  (Otro tono.)  ¿Qué busca? ¿Qué pretende? ¡Y me sigue! ¿Será de la jara? ¿O un chivato disfrazado de fantasma? ¡De pensarlo me espanto! Tal vez será... ¡Y menos, muchísimo menos los espíritus y los muertos que son fuñinga!  (Otro tono. Atemorizado.)  ¡Cuidado! ¡Subuso!...  (Otro tono. Convencido por una fracción de segundos.)  ¡Muy normal, normalísimo!... Cuando un blanco acosija a un mulato, su interés lo agita.  (Actuando por impulsión.)  ¡Ponte al hilo, zurrupio..., si quieres esquivar la hecatombe!  (Pausa. Otro tono.) Pasó, rozándome el hombro, en su papelito de distraído. Pasó, y lo dejé pasar..., y dando unos cuantos pasos hacia adelante, en un abrir y cerrar de ojos, gira en sí y me coacciona: -«Usted se empeña en que le acompañe. De acuerdo, voy con usted; sin embargo le advierto que alimenta una locura el cruzar el puente a estas horas, el calor raja las piedras, y tendrá una alferecía...» -«¿Cruzar el puente? ¿Qué puente de mierda?», le achuché. «¿Y usted, quién?...»  (Otro tono.)  Adivine mi indignación, y con razón. (Pausa. Muy suave, con cierta dulzura.)  - ¿Que quién soy? Pues Miguel... Miguel de la Guarda, para servirle.  (Otro tono. Seco. Cortante.)  - ¿Por qué este dale que te pego? ¿Qué se propone? (Otro tono.)  -Dispense, usted me llama. No soy yo.  (Otro tono. Indignado.)  - ¿Que yo...?  (Suave, preciso.) -El mismo, usted...  (Indignado.)  -Se equivoca de medio a medio.  (Suave.) - ¡La verdad!   (Cambio absoluto.) Y me sonreía de una manera distinta, mientras extraía de su chaqueta una inscripción de nacimiento y me la mostraba. -Se confunde, amigo mío. ¿Lo acompaño?  (Otro tono.) Temblaba cuando cogí aquel documento. Sí, era cierto. -Miguel, tartamudeé..., San Miguel... Y él se reía..., y me recordaba a un niño, una risita, ¡como decirles!, espontánea, íntima..., el murmullo del río transparente, un piano, un violín, una música que ni en las calendas había oído.   (Sonríe. Dudando.) Exagero...  (Otro tono.) Una brizna..., quizás inexpresable  (Otro tono.)  ¡Estás cayendo en la ratonera, Heriberto! ¡Ajila! ¡Zúmbale un estacazo!  (Otro tono.)  Y de sopetón lo aguijoneé, tirándole a degüello: -«Usted trabaja con la jara!»  (Otro tono.)  Uno anda escamado por este pícaro mundo, y se le estampan agallas o verdugones hasta en el tuétano. ¡Creer a esta mansa paloma, jaja, jaja!  (Seco. Cortante.)  - ¡Usted funge de policía!, me empeciné.   (Otro tono.) Me observó sorprendido, y entreabrió la boca..., en una fracción de segundos su jeta se cachicambió en una patética careta de dolor, de quién carijo sabe..., de..., desesperación, envejeciendo a galope, en una ventolera...Vislumbré un carajal de calcomanías juntas mudándolo en un piquiminí... (Otro tono. Frío, seguro.)  -Dejémonos, me recalcó. Usted me juega una trastada. Usted emplea cualquier subterfugio. Usted se escandaliza de sus percepciones, de sus deseos. Usted me persigue. Usted me importuna..., y en el instante, en que accedo, y vengo, en ese instante, se esconde, se agazapa... ¡Usted y su saltaperiqueo! En cuanto a mí, yo poseo el valor de ir hasta el final; nada me ha causado temor hasta el día de hoy, y si se me presentara algo que logre atemorizarme, espero tener la franqueza de confesarlo, de desgañitarlo. ¡Dios, los ángeles, o el pipisigallo..., ojalá me lo consientan!..., y si cometo una pifia, aceptaré de recibir lo merecido... ¡Adiós, y buena suerte!  (Alelado.)  Y se evaporó entre aquel gentío. Lo perdí, Dios, lo perdí para siempre...  (Otro tono.) Pero recapacitando en el encuentro, ¿éste qué me insinúa? ¡Ya entiendo!... ¿Que yo me paso la vida en esta matraca? ¿Que soy un cariduro un farsante? ¿Y él?... ¿Quién es él? ¿Quién porra...? ¿Con qué derecho...?...  (Otro tono.) ¿Qué te aflige, Heriberto? ¿Te aflojas? ¡Te lo decía, mi socio! Eso te sucede por permitirle la confiancita a gente que desconoces. Eso te sucede por..., por..., bobalicón, por cobardón...   (Pausa.) Y el cansancio me anula, y me acomete un burujón puña'o de siglos, y me aplasta el lomo una eternidad, o dos. Atribulado, vencido, viendo sin mirar, mirando sin ver aquesta multitud de uniformes marchando, «undotre, undotre», guardias, policías, milicianos, milicianas..., gente que bembetea que cree y no cree, gente que miente y no sabe que miente, y gentes que saben que mienten, y se embrollan con la mentira envuelta en algodones y celofán, atrapados en su desastre...  (Pausa breve.) Y oigo a cientos que gritan, que me gritan, y que continúan gritando para adentro, en las tripas, con el terror en la boca, en forma de ladrido... (Empleando una diversidad de tonos que corresponden a diferentes personajes.) , que se me derrumba el cuchitril, y nadie me tira un cabo, hay que llenar los barriles de agua, por donde Cristo dio las tres voces, ya llegó la carne, ya llegó el café, ya llegaron los huevos, apura la chancleta que se acaban, esta semana faltó la dieta de leche y del pollo, a veces se retrasa, y esta execrable diabetes se prolonga..., que los que se fueron y los que se quedaron, qué terrible..., que algún atentado se preparaba y los cogieron en el brinco..., ¿qué?, ¿qué dices?, ¿te avisaron que a Isolina la prima de Carmelina le mataron el marido en la guerra de Angola?, ¿y al concuño de Gualdimiro lo fusilaron trasanteanoche?, ¿por qué sería, a un angelote de oro?, te juro que aquí ni Perico de los Palotes se mueve, lo afirman, Edelmira, ¿de risa, eh?, ¡ay, negrita!, ¡a estas horas hacerte la payasa!  (Sarcástico.)  Juegan con un cuchillo de doble filo. Parece una zarzuela, y resulta una tragedia.   (Otro tono.) ¡Uf!, al par que yo..., tanto mejor tanto peor..., en este charco infinito de sangre, miedo, furor y odio...  (Pausa. Con un repentino estremecimiento.)  Oh, un contingente de muertos se avecina y los enanos verdes en confusa caravana de carromatos. Monstruos, engendros de los demonios y de los espíritus de los desenterrados...  (Se precipita hacia donde colocó el pomo de esencia de pachulí o colonia, lo toma, lo abre y marca una cruz con un chorro del líquido en el suelo, se moja las manos, se esparce el líquido por el cuero cabelludo y el cuerpo santiguándose.) ¡Santísimo, aparta esas abominables influencias!  (Otro tono. Alucinado.)  Están apretujándose, desaforados. Envueltos en harapos, con báculos quebrados, trajes agujereados, sábanas como sudarios, cabezas coronadas, bocas sin dientes, cuencas vacías. Sentados, o bailando una música que sólo ellos son capaces de oír... Nadie falló. ¡Hasta el último gato en la francachela! Oigo trompetas y cantos y cadenas..., ¿se acerca el final?... ¡Oh, diablo que eres, cálmate!  (Cae de rodillas delante del altar y reza un padrenuestro y un avemaría, mientras enciende las velas. El ritual debe realizarse con gran sinceridad.)  ¡Apártense las fuerzas del maligno! ¡Que el fuego del Gran Poder de Dios los disuelva!  (Traza la señal de la cruz en los espacios.)  ¡Indulgencia pido al Santísimo y a la Santísima Virgen de los mares! ¡Denme fuerzas para salir de esta encrucijada! (Saca unos caramelos del bolsillo y los lanza a los pies del altar. Reza el credo. Toma un buche de la botella de ron y la escupe delante del altar. Se persigna.)  ¡Por la presencia inefable de los espíritus benignos! (Toma el ramo de albahaca que flota en un recipiente con agua y se santigua.)   ¡Por la paz de los espíritus descarriados, por los desenterrados que vuelvan a la sombra del Dios Padre, por los muertos que en la muerte no encontraron la paz en sus sepulcros!  (Pausa. Otro tono.)  ¡Que la bienaventuranza reine sobre la tierra! ¡Paz, amor y concordia! Por el sagrado y bendito arcángel San Gabriel y el arcángel San Miguel, protectores divinos, fuerzas de lo invisible, fuerzas que ascienden y descienden por la esfera angélica y por la esfera astral, que en el principio eran luz soberana, intercesores nuestros con la Purísima Virgen María, Señora de las aguas, Señora de los encantamientos... ¡Luz y progreso, hermanos míos!...  (Cambio rápido, ojeando al público, con un tono de burla y grandes risotadas, destruyendo el altar a patadas.)  ¡Alabao, se acabó lo que se daba!... ¿Les gustó el espectáculo, eh? ¡Pues les he improvisado fantástico vacilón!...  (Meneándose. Imitando a un bufón.)  ¡Me pasé de rosca! (Como una rúbrica musical.)  ¡Ae!... (Pausa larga. Otro tono, casi como un sonámbulo.)  Y vocifero y arrastro las pezuñas entumecidas, que arrastran mi penoso y profundo desamparo..., Ah, nadie..., nadie..., un pabilo titubeante en la noche, nadie.  (Pausa larga. Otro tono.)  Arribo a mi covacha, en este infame solar... Entro al patio...  (Pausa. Otro tono. Con fastidio.) Y empieza la fiesta de los portazos, de las puñeteras risitas y de los alaridos, el loco, el loco, el loco..., una, racataplán, racataplán..., una tras otra, las puertas, al ric rac de un abanico, se abren y se cierran, y detrás, los rostros malos..., rinquincallas..., corroídos por la envidia, azuzando.  (Señalando a distintos puntos de la platea.)  Desde aquí los diviso. Sí, usted, señora..., ¿algún mono se me incrustó por algún hueco? ¿Ignora que me salió un lobanillo en el ojo del culo?..., Sí, señora, sí... Eh, tú, eh...¡Lucila, mamancona, puta! ¡Osiris, cundango!, Paco Trabuco te sigila en los marabuzales! ¡Puaf!... Eso quisiera endilgarles y me contengo por..., ¡qué sé yo qué!..., y subo las escaleras despacio, despacito, cabizbajo, un carcamal, un penco con orejeras... Y al fondo del pasillo, tendiendo una sábana retaceada de sacos de azúcar..., mi bella Dulcinea, mi Julieta de los sueños, la febril damisela de la que presumo con quienes me doy lija, la que me alborota, santificada por los dioses del panteón de Mari Tere...  (Se echa a reír.)  Le zumba el merequeté. ¡Qué vaina, madre mía!... Me gané el cielo...  (Como viéndola y saludándola. Muy sereno y cínico.)  ¡Véanla! Fuñique, fea, con la cara plagada de verrugas, ñáñaras y cicatrices, flaca, sin tetas, sin nalgas, y para colmo calva... ¡Concho, la respuesta que regalan los sueños!  (Firme, violento.)  Ésa, y no Chichita la calentona de barrio San Juan. (Otro tono.)  ¡Simpática y en la prángana!  (Otro tono.)  Abro la porta. Al fin en mi palacio... ¡Al fin!... Me derrumbo en mi taburete. Apenas me restan fuerzas para examinar la gotera del cielo raso... Enciendo un cigarro..., respiro fuerte, debo sacar energías de donde sea..., me acodo sobre la mesa, unas cucarachas se posan en los tarecos empós de una pizquita de azúcar..., ¡ay desdichadas!..., y las hormigas en hileras fatigan las paredes, en un viaje sin fin... Y me inmovilizo, si bien voy entrando en un túnel negro, muy negro, ¡un frío túnel negro!...  (Otro tono.)  ¿Podré apaciguar esta tristeza o melancolía que encima me ha caído, tristeza, melancolía..., que embarga, que oprime..., y el efluvio de lástima que despiertan en mí estos muebles, la cama deshecha, y el retrato de mamacita y del ocamburrio y de mi hermana, ausentes, lejanos, y del hijo ilusorio, y de aquella hermosa hembra, aquella, que a cachitos, o a jirones surge del olvido..., y que desconozco si existió..., si vive en algún limbo, inalcanzable?... Me paré de mal genio, me detuve en el espejo, me repaso las arrugas, me quito la dentadura postiza, me desnudo, así, a poquito a poquito..., y caigo en el catre roto.

(Lentamente se vuelve de espaldas al público, de un modo casi imperceptible. Pausa larga. El escenario a oscuras. Sólo la luz sobre su cuerpo. En un salto, en un exabrupto. Desagradable, brutal.)
  
¡Me cayó la mala!...¿Quién, carajos, llama?...  (Tono impersonal, narrativo.)  Unos golpecitos breves en la tranquera me sobresaltan, y sentándome en el catre sobreviene el malestar, el reconcomio de levantarme a las tantas, en la medianoche, hediendo a sudores y a malos sueños.  (Tono desagradable, brutal.)  ¿Quién merodea el gao? (Otro tono, impersonal.)  Nadie responde. De puntillas, con apurado sigilo me desplazo. Nadie.  (Otro tono, atemorizado.) ¡Es él! ¡Quién, sino él! ¿O todavía estoy soñando? ¿Acaso en los sueños me atrevo a nombrarlo? ¿O responde simplemente a un desvarío de los sueños de mi imaginación? ¿Seré capaz de urdir semejante artimaña o me enceguece un juego, una trampa que el azar me pone?   (Otro tono.) Me esfuerzo por ponerme en órbita, de organizar mi chola. (Cambia el tono.)  ¿Quién ronda? ¿Alguien anda jodiendo y quiere que me encabrone?  (Rotundo.) ¿Quién, coño?  (Tono impersonal.)  Sujeto el pomo del picaporte, lo tuerzo despacito evitando que el menor ruido se escape, y...,  (Interrumpe el relato y con gran desfachatez o espontaneidad gesticula.)  ¿A que ustedes no olfatean quién estaba detrás?, ¿Popeye?, ¿el Ratón Miquito?, ¿Trucutú?, ¡no, señoras y señores!, ¿sí?..., señoras y señores, ¿lo adivinaron?... ¡Lo único que faltaba!..., ¡mi adorable, mi queridísima Julieta!  (Grotesca pantomima que debe actuarse esquivando la caricatura.)  ¡Mi indispensable Galatea! ¡Mi Dulcinea! ¡Ah, mi esplendorosa, mi..., mi..., azar de mis azares, dolor de mis dolores, tormento de mis tormentos!  (Exhibiéndola.)  Mírenla.  (Besándola.)  Muau, muau.

(Dando vueltas alrededor de ella, que corresponde a un punto en el centro del escenario. Despliega la mímica de un show man. Óyese música. Su arbitraria gestualidad se transforma y baila y grita exaltado.)
  
¡En el cogollo, mulata! ¡Dale duro! ¡En un ladrillito! ¡Apurrúñame...! ¡Suénala! ¡Suave, suavecito! (Cambio radical. Pausa. Tono de realizar un acto sexual.)  Querida... Ahora te encalabernas. Ahora se te antoja.  (Más exaltado, aunque en tono bajo.)  El horno no está para pastelitos, y la quincena pasada te reconvine... ¿Cómo? La quincena antespasada te dije que detestaba que me dieras mantenimiento, que jamás tenías que sentirte obligada conmigo...

(La luz cobra lentamente su valoración inicial.)
  
¿Sin embargo, fue así?... Las cosas se desarrollaron de un modo diferente. ¡Exento de faramallas!... ¡Para ser honesto! Los golpecitos... Me espabilo acoquinado, con el corazón en el guargüero. Presiento que él vino. Presiento que al reflexionar sobre su mal comportamiento ha decidido arreglar el arroz con mango... Me abalanzo hacia el lavabo, me pongo los dientes en un soplido. Entreabro la puerta y ah, fatalidad, aparece ella. A tientas, rehuyéndola, me tumbo en la colchoneta, refunfuñando. Me siento mal. Mal..., con esta papa caliente. Ella cutarea, en su costumbre. Buscándome las cosquillas, infla globos, historias, que entiendo y me lavo las manos, ¡allá ella!..., que la comadre Queta le propuso el cambalacheo de un par de zapatos por unos calovares que el primo de Ruperta se los agenciaría..., que los zapatos eran preciosos, con una hebillita dorada en el empeine..., que el gato barcino le robó al inquilino del entresuelo la carne semanal, que el buldog de Ramoncito se alebrestra..., que Arístides le escribió desde Cayo Hueso, que Rosita parió unos mellizos en una barcaza mar adentro, entre locos, leprosos y presos comunes..., y que armó una bronca vigueta con la parentela; que aína chaqueteaba a ganar billetes..., y el ataque de asma..., que los rusos, que los americanos, que España, que Francia..., que le descontaron los tres días de enfermedad en el curralo..., que la vigilancia y la persecución, que en el ejército..., que todo se estancaba, que ella pudo asilarse en la Embajada, y por la pendeja mieditis y por mí..., y la aburría tanta miseria..., que me desinteresaba de ella..., que por qué timbales se pegaba como una lapa, que un millón de oportunidades dejó en un saco con furos por estar afincada a una ilusión, porque era una ilusión..., una ilusión reprobable..., que cuando menos lo esperara le daba candela al bajareque, y adiós ella, adiós Heriberto, adiós al planeta... ¡Qué jeringueta! A media madrugada, insoportable.  (Narrativo.)  Enciende la luz. Me molesta. Apaga, gruño. Obedece. Va al baño, la oigo ducharse. Farfulla sonseras, que al mediodía vino quién sabe quién... Siento sus huesos crujiendo. Sus tibios dedos me tocan...  (Pausa. Otro tono.) Alborea temprano y la tengo a mi lado. Enciendo un cigarro. Por la ventana avizoro el camión de la basura acercándose. Oigo el ruido de los motores de un avión y el sermoncito del tipo, como una perforadora, a lo hondo. Cierro la ventana, regreso al catre. Intento dormirme. Con los ojos entreabiertos, me cuesta trabajo rememorar que aconteció ayer..., fragmentos borrosos, el eco de una tabaola que se pierde en un lugar inadvertido en mi alma..., ¿y ese sabor amargo, pastoso, ese sabor a fiebre, ese sabor que puede ser un dolor que encubro?... Una ternura me invade al verla a mi lado dormida, mansa, fiel...; o una rara conmiseración que dudo si podré acallar... Innegablemente, guardaré silencio. Nadie debe iniciarse en esta carcomilla.  (Pausa larga.)  Me despertó el olor del café..., y ella traía una tacita... -Ponlo en el suelo, murmuré. - ¡Eres tan brusco!, balbuceó. Repliqué con un bufido y seguí acostado divisando el techo. Ella fantaseaba. Yo trasoía un disco rayado, un programa de radio interrumpido por una interferencia... Ella se regodeaba, voltejaba entre los féferes y reclamaba algo que he olvidado. Nerviosa, se sienta, se acomoda, se extiende junto a mí y percibo un crujido de ramas en el crepitar de sus huesos. Yo me soliviaba con dificultad. La miro. Ella murmura -«Hay que ir a por el pan para el desayuno». Me inclino y la beso muy tierno, y la estrangulo.   (Pausa.) No tuvo tiempo a defenderse. Creo que lo zanqueaba, que lo deseaba.  (Pausa.) Por mi parte ningún remordimiento, ni antes ni después. (Pausa larga. Observando con extrañeza a un personaje invisible.)  ¿Qué chapurrea? ¿Chino o polaco? ¡Un galimatías!... ¿Qué?... Usted bromea. ¿Responsable? ¡Igualitico a mi padre..., y a la mayoría!... Podría seguir haciéndolo. ¿Ha bartuleado usted en las guerras? ¿Justas? ¿Cuáles? ¿Injustas?  (Pausa. Otro tono. Con cierta emoción contenida. Recoge las imágenes de Santa Bárbara, San Lázaro y La Virgen de la Caridad del Cobre, las besa y las envuelve en papeles de periódicos y las guarda en la carretilla.)  Al contarlo, me cuesta. Harto complicado. Oh, al borde de la debacle si a uno le falla la relojería...  (Otro tono.)  Me pasé varios siglos sentado contemplándola, acariciándola. Unos hilos de sangre salieron de su nariz y de la boca y tuve que limpiárselos. Dormía. Su piel se había puesto sedosa, de espuma, secreta, asemejaba estar hecha de mariposas.  (Casi impersonal.)  Los pepillos y a las chicuelas en los zaguanes y las aceras jugaban a la gallinita ciega y a la pelota, en la revertera de todía. La música de una radio se mezclaba a los barrenos que sacudían el pavimento. Un estruendo atroz.  (Pausa.)  Es atroz, y es así.  (Pausa.)  Alguien tocó en mi tranquera, no abrí, luego en la suya, y una vecina paliqueó largo rato, diciendo que con certeza se hallaba en la pincha, que salía con el alba... Serían las tres de la tarde, y todavía aguardaba..., en el vacío..., barruntando que anocheciera. De todas todas, me desharía de ese cuerpo, en el momento en que a los muchachos los encierran en sus cuartos, las amas de casa adoban los bistec de puerco, condimentan el condumio y oyen la novela..., estonce maniobraría con mayor seguridad y libertad, a mis anchas...  (Impersonal.)  Tomé sus llaves y las metí en el bolsillo de mi camisa, cuestión de prevención y de tenerlas presente en el minuto decisivo..., y con estas elucubraciones, me recosté a sus pies y me dormí. Desperté por el cri-cric de las cucarachas hambrientas sobre mí; salté aterrado y la vi cubierta, ella también, de esos asquerosos animales. Agarré una toalla y empecé a azotarlos a toda caña, a diestra y siniestra... ¡al despetronque, hijas de puta!...-empecé a berrear, y adieso reconocí mi error... Una vez que logré matar algunas y las otras se dispersaron, ya de noche, noche cerrada..., me dispuse a sacarla. Primero me bañaría, olía a cojón de oso. Fui a la ducha... Mañana lo hago, barbullé. Supongo que me puse colonia y me peiné. Batalla por vestirla a duras penas, pesaba un quintal. Rígida y rugosa, como papel de esmeril; y en un santiguo, se abre la cerradura y entra él...  (Otro tono.)  Gigantesco, con una lámpara alumbrando... ¡Él!... Me petrifica. Fijo, de guijarro, yo, en el piso, en cuclillas, mientras trataba de calzarle a ella los zapatos..., él se ríe, un loco, un desenterrado, un fantasma, un muerto, viejita, mamacita, ayúdame..., y la vieja no estaba, y además inútil pensar que podía ayudarme, ¡qué socotroco!, pues solo estoy, y comprendo que el puente que mencionó aquella tarde era el puente de la locura, el puente de la vida y de la muerte..., el puente de los infiernos, el puente de la felicidad, el puente, breve y enorme, el puente del sueño y la vigilia..., y él entró de a porque sí; y forcejeando con él, procuro sacarla del aposento, y meterla en el suyo, y a cuchillazos lo tasajeo... Nadie vio nada. Nadie supo nada.  (Pausa larga. Examina a su alrededor. Coge algunos objetos esparcidos por el suelo y los mete en la carretilla.) Yo deambulé por una leonera gigantesca atiborrada de espíritus, de fantasmas, infinidades, y de madrugón me volatilicé. (Ase un último objeto. Lo tira con menosprecio en la carretilla. Otro tono.)  A menudo casi amaneciendo, dormido salgo de mi cobija, y debajo del puente, cruzándolo, digamos, cruzando el puente, constato que me he muerto, y anadeo por el cuarto, y ella sigue dormida y él surge de las tinieblas y me susurra: -«Déjala. ¿Ves que duerme?» -«¿Duerme?», pregunto. -«Sí, duerme. Verás cómo se despabila». -«Voy a prender la luz». -«Quédese quieto». -«Lo creo necesario». -«Enciende esta lámpara». La dulzura de su entonación me conmueve; él sonríe, apreciándola. En la penumbra, me anubla el furor repentino de apartarlo, de descuarejingarlo. -«¡Usted se inmiscuye! ¡Déjeme!»  (Pausa. Otro tono.)  Vuelve a sonreír: -«Imbécil, mírala. ¡Qué hermosa!...»  (Pausa. Otro tono.)  Por arte de magia ella se transfigura. Otra parece y es la misma. Luce los cabellos revueltos salpicados de ojos de cocuyos, y una placidez... Tal vez la muerte embellece o la resurrección. Ella se endereza, se echa a mi cuello, con cierto descuido, lánguida, y allora le musita halagüeña, a palo seco, reverenciándolo: -«Gracias».  (Otro tono.)  ¡Celos! ¡Celos!... Ella lo traslumbra agradecida, con una efusión, con... (Violento.)  ¡Pónganse en mi lugar! ¡Imposible evitarlo!  (Otro tono. Desesperado.)  Me aparto de ella. A la luz de la lámpara veo que le tiembla las mejillas..., veo cómo sus labios se entreabren...  (Otro tono.)  ¡Me resulta demasiado denigrante soportar semejante vejación! Quiero irme, que solos se las apañen... Este hombre trastorna el ritmo de mi existencia... Este hombre, quizás de ingenuo, conspira, me hunde, me hace añicos...  (Otro tono.)  ¡Maldito!  (En un grito contenido.)  ¡No puedo más!...  (Pausa larga. Otro tono.)  Llego al comedor y al pasillo. La densa neblina todo lo difumina. Lo apuñalearía... ¡A él!... ¡A ella, nunca! (Pausa.)  Ella viene tras de mí. -«¿Qué sucede? Es tu amigo». -«¡Al cipote!...»  (Otro tono.)  Ella se aferra a mi cuerpo. A rastras va conmigo escaleras abajo. En lo oscuro, él se empequeñece, un enano verde..., con la lámpara entre las manos. -Reconchis, jorobando con tu pituita, rebuzno. Ella sube las escaleras, corriendo y bramando: -«¿Por qué me odias?...» Luego atruena un portazo.  (Pausa.)  Le juro que no la odio. Ni a ella ni a nadie... El odio, el odio. Del odio que se cumple en el amor, de ése mentaba ella, ¿no?... ¿Acaso me perdonará que yo..., que yo...  (Esforzándose por quebrar el bastón. Tentativa fallida. Cae al suelo. Ojea al público anonadado.) , que yo...?  (Pausa. Casi en el vacío.)  ¡Misericordia!...  (Pausa.)  ¡Oh, sombras infernales, acállense! ¡Aléjense esos ruidos, esas cadenas agolpándose en mi cabeza!... ¿Un castigo de mis dioses? ¿O la plaga de Dios? ¿El invencible, el indestructible, el imponderable?  (Pausa. Violento.)  ¡Basta!  (Se incorpora lentamente, con cierta dificultad, mientras tararea.)  «Allá en la Siria, había una mora...»  (Termina el canto sollozando y en pie. Pausa. Otro tono, con una mueca de sonrisa leve, amarga y triste.)  ¡Y de la venganza que yo clamaba a los cielos..., a la humanidad qué le interesa! ¡Estúpido! Eso representa un cero a la izquierda frente a los crímenes impunes que se perpetran a diario y a la mentira de tantos años.  (Rotundo.)  La justicia tiene los ojos podridos..., y habría que ir a trotearla a alguna parte..., quizás, en el corazón...  (Pausa breve.)  Y me dicen ay, ay..., que ando desguañingado, y loco-loco no estoy, y sin que me quede un alpiste por dentro, lo apuntalo y lo repito..., que asimesmo nací y asimesmo hincaré el pico, libre, libre... (Otro tono. Alucinado.)  Usted tiene una puerta. Otra aquí. Otra acá. Otra un pelito, allá. Y una, ahí, intermedia... Todas las puertas dan a un laberinto. Un puente de verdad. Pero, ¿qué significa esto?... Porque yo me devano los sesos...



APAGÓN





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