Un trágico a a pesar suyo. Anton Chejov








Un trágico a a pesar suyo
Anton Chejov

PERSONAJES
IVÁN IVANOVICH TOLKACHOV
Padre de familia.
ALEKSEI ALEKSEEVICH MURASCHKIN
Su amigo.



La acción tiene lugar en Petersburgo y en el piso habitado por MURASCHIN



Acto único



Despacho de MURASCHKIN. Muebles mullidos. Ante la mesa de escritorio está sentado MURASCHKIN cuando entraTOLKACHOV cargado con los siguientes objetos: un globo de cristal de lámpara, una bicicleta de niño, tres sombrereras, un gran envoltorio conteniendo vestidos, un paquete con botellas de cerveza y varios bultitos más. Después de pasear una mirada aturdida a su alrededor, se deja caer sin fuerzas sobre el sofá.



     MURASCHKIN.-Buenos días, Iván Ivanich. Me alegra mucho verte. ¿De dónde vienes?
     TOLKACHOV.-(Respirando fatigosamente.) ¡Querido!... ¡Tengo que pedirte un favor!... ¡Te lo suplico!... ¡Préstame hasta mañana una pistola!... ¡Sé un buen amigo!...
     MURASCHKIN.-¿Para qué quieres la pistola?
     TOLKACHOV.-La necesito... ¡Ay, Dios mío!... ¡Dame agua!... ¡Pronto! ¡La necesito!... Esta noche tendré que atravesar el bosque en plena oscuridad y..., por si acaso... ¡Préstamela! ¡Hazme el favor!
     MURASCHKIN.-Me parece que estás mintiendo, Iván Ivanich... ¡Qué diablos de bosque oscuro!... Seguramente andas planeando alguna cosa. Veo por tu cara que tramas algo malo... Pero ¿qué te pasa?... ¿No te encuentras bien?
     TOLKACHOV.-Espera... Déjame respirar un poco... ¡Ay, Dios mío!... ¡Estoy cansado como un perro!... ¡Tengo la sensación en todo el cuerpo y en la calamocha de que han hecho conmigo un «schaschiik» (1)!... ¡No puedo aguantar más! ¡Sé mi amigo y no me preguntes! ¡No busques detalles! ¡Dame la pistola! ¡Te lo suplico!
     MURASCHKIN.-Bueno, bueno... ¡Qué pusilanimidad la tuya, Iván Ivanich!... ¡Todo un padre de familia! ¡Un consejero civil!... ¿No te da vergüenza?
     TOLKACHOV.-¡Qué padre de familia! ¡Lo que soy es un mártir! ¡Un animal de carga, un negro, un esclavo!... ¡Un canalla que todavía espera algo y no se va al otro mundo!... ¡Soy un trapo, un tonto, un idiota!... ¿Para qué vivo? ¿Para qué?... (Se levanta de un salto.)¡Dime, por favor, para qué vivo!... ¿Por qué esta sucesión ininterrumpida de sufrimientos físicos y morales?... ¡Comprendo ser mártir de una idea..., eso sí..., pero serlo sabe el diablo de qué..., de faldas femeninas, de globos de lámpara... no! ¡Gracias!... ¡No, no y no!... ¡Basta!
     MURASCHKIN.-No grites así. Pueden oírte los vecinos.
     TOLKACHOV.-¡Pues que me oigan! ¡Me es igual! ¿No me das la pistola?... ¡Otro me la dará! ¡No seguiré vivo! ¡Está decidido!
     MURASCHKIN.-Espera... Me has arrancado el botón. Habla con sangre fría... ¡No comprendo por qué tu vida es tan imposible!
     TOLKACHOV.-¿Por qué?... ¿Me preguntas por qué?... ¡Pues voy a decírtelo! ¡Ya verás! ¡Te lo contaré todo, y quizá me sienta más aliviado!... ¡Sentémonos! ¡Escucha!... ¡Ay, Dios mío!... ¡Qué jadeante estoy!... ¡Tomemos el día de hoy como ejemplo! ¡Tomémoslo!... Como tú sabes, desde las diez hasta las cuatro trabajo en la oficina... Allí hace calor, hay una atmósfera sofocante, moscas y, en fin... un caos como no puedes, hermano, imaginarte... El secretario está de vacaciones, Jrapov se fue para casarse, y a los chupatintas les traen locos las casas veraniegas, los amores y las funciones de aficionados. Todos están faltos de sueño, cansados, bebidos, y no sirven para nada... El puesto del secretario lo ocupa ahora un sujeto sordo del oído izquierdo, y enamorado. Los solicitantes parecen atontados y, sin que se sepa por qué, meten prisa, se enfadan y amenazan. El barullo es, por tanto, tal, que poco le falta a uno para pedir socorro a gritos. ¡Hay un jaleo..., un alboroto! Añade a esto un trabajo de infierno, y siempre lo mismo.... siempre lo mismo: petición de informes..., contestación... ¡Monótono como un mar poco agitado!... ¡Todo esto, sencillamente, te saca los ojos de las órbitas!... ¡Dame agua!... ¡Así, pues, cuando sale uno de la oficina deshecho... como un estropajo..., lo natural sería, claro está, irse a comer y echarse después a dormir!... Pues no... Tienes que acordarte de que eres un veraneante..., que es lo mismo que decir un esclavo, una basura, un estropajo..., y has de salir corriendo para hacer encargos. En nuestros puntos de veraneo se ha establecido esta grata costumbre: si el veraneante va a la ciudad, todo el mundo, sin hablar ya de la esposa, considera tener la facultad y el derecho de abrumarle con encargos. La esposa le exige que vaya a la modista para regañarla porque el vestido está ancho por el cuerpo y estrecho por los hombros... Hay que cambiar los zapatos de Sonichka y comprar para la cuñada seda color carmesí, según muestra, a veinte «kopeikas»..., a más de tres varas de cinta. Espera, que te voy a leer. (Saca del bolsillo una apuntación, y lee.) «Un globo para la lámpara. Una libra de salchicha de jamón. Cinco «kopeikas» de clavo y canela. Aceite de ricino para Mischa. Diez libras de azúcar. Coger de casa la palangana de cobre y la mano del mortero de machacar azúcar. Ácido bórico. Polvos persas. Diez «kopeikas» de polvos para la cara. Veinte botellas de cerveza. Esencia de vinagre y un corsé del número ochenta y dos para «mademoiselle Chanceau»... ¡Uf!... ¡Ah!... ¡Y coger en casa el abrigo de otoño de Mischa y los chanclos!... Esas son las órdenes de la esposa y de la familia: ahora vienen los encargos de los buenos amigos y los vecinos... ¡Al diablo con ellos!... Como los Vlasin celebran mañana el santo de Volodia, hay que comprarle una bicicleta... La coronela Vijrina se encuentra en estado interesante y, por lo mismo, estoy obligado a ver diariamente a la comadrona e invitarla a ir allá... Y así, etcétera, etcétera... Llevo cinco notas en el bolsillo, y todo el pañuelo lleno de nudos... De manera, querido, que entre la oficina y el tren, tienes que ir corre que te corre por la ciudad como un perro..., con la lengua fuera... Corres y corres, y terminas por maldecir de la vida... De la tienda a la farmacia, de la farmacia a la modista, de la modista al despacho de embutidos; de allí, otra vez a la farmacia... Aquí te tropiezas, allá pierdes dinero, en el tercer sitio se te olvida pagar y salen corriendo detrás de ti y armándote un escándalo..., en el cuarto pisas la cola de una señora... ¡Menuda lata!... Tanta carrera acaba poniéndote de un humor endiablado, el cuerpo entero te duele, y después estás toda la noche con los huesos crujiéndote y soñando con cocodrilos... Pero bien.... una vez cumplidos los encargos y hechas las compras.... ¿cómo crees que se puede empaquetar toda esa música?... ¿Qué paquete harías tú, por ejemplo, con una mano de mortero de cobre, que pesa, y un globo de lámpara?... ¿Y la lejía con el té?...¿Cómo hacer una sola cosa de las botellas de cerveza y la bicicleta?... ¡Trabajo de chinos!... ¡Un problema mental! ¡ acertijo!... ¡Podrás romperte la cabeza, emplear ardides... y al final puedes estar seguro de que algo habrá de chascarse o de caerse, y de que, una vez en la estación y dentro del vagón, tendrás que ir de pie, con los brazos en aspa por los paquetes. despatarrado, sosteniendo con la barbilla algún que otro bulto, rodeado de envoltorios, sombrereras y otras minucias!... Y cuando el tren arranca, el público empieza a tirarte el equipaje de aquí para allá, porque, con tus paquetones, has ocupado un sitio que no te pertenece... Chillan, llaman al revisor, te amenazan con obligarte a bajar del tren... ¿Y qué vas a hacer?... Yo me estoy quieto, sin más movimiento que el de pestañear... Igual que un burro apaleado... Y ahora, escucha lo que sigue... Llego a mi hotelito y, una vez en él, lo bueno sería, como es natural después de tantos trabajos, comer y echarte a dormir..., ¿no es cierto?... Pues nada de eso... La esposa hace tiempo que te está acechando, y no has hecho más que tomar un poco de sopa, cuando ya se ha apoderado de este siervo de Dios, y quieras que no, tienes que salir para alguna función de aficionados o para algún baile. ¡Y ni pensar en protestar!... Eres un «marido», y la palabra «marido», traducida al léxico veraniego, significa: «animal sumiso sobre el que puede montarse y llevar tanta carga como se quiera sin temor a la intervención de la Sociedad Protectora de Animales»... Uno, claro está, va y tiene que asistir a la representación de obrillas como «Escándalo en una familia noble» o «Motia»... Tiene que aplaudir a las órdenes de la cónyuge, mientras en su fuero interno se siente amustiar..., amustiar..., y espera que, de un momento a otro, le dé un colapso... Si a lo que vas es al baile, tienes que mirar cómo bailan y buscar caballero para tu cónyuge..., y si no lo hubiere, tienes que lanzarte tú mismo al rigodón. Cuando, pasada la medianoche, vuelves del teatro, ya no eres un hombre, sino un cuerpo muerto propio para el desecho... He aquí, sin embargo, que, por fin, has alcanzado la meta. Te has desvestido. y echado sobre la cama. ¡Magnífico!... ¡A cerrar los ojos y a dormir!... ¡Todo lo ves tan agradable, tan poético, tan acogedor!... ¿Comprendes?... ¡Sin cónyuge, sin niños que chillen al otro lado de la pared, y con la conciencia pura!... ¡No puedes pedir nada mejor!... Empiezas ya a adormecerte, cuando, de repente, oyes un «bsss, bsss»... ¡Los mosquitos! (Levantándose de un salto.) ¡Los mosquitos! ¡Tres veces malditos!... ¡Los mosquitos!... (Agitando los puños.) ¡Los mosquitos!... ¡Qué suplicio tártaro! ¡Qué inquisición!... «bsss»... ¡Zumban de un modo tan lamentoso..., tan triste!... ¡Como si te estuvieran pidiendo perdón!... Pero ¡los muy canallas te pican de tal manera, que luego te estás una hora rascándote!... ¡Fumas, los matas, te tapas la cabeza..., pero no hay salvación!... Por fin te resignas y te dejas despedazar... ¡Devoradme, malditos!... Apenas te has acostumbrado a los mosquitos, surge un nuevo suplicio tártaro: en la sala, la esposa con sus tenores empieza a ensayar romanzas. De día duermen y por la noche preparan conciertos de aficionados... ¡Oh, Dios mío!... Los tenores representan tal martirio, que no hay mosquito que pueda comparárseles... (Canta.) «¡No digas fue la juventud tu pérdida!».... «¡Ante ti de nuevo, fascinado estoy!»... ¡Oh, infames!... ¡Me han desquiciado el alma!... Entonces, para apagar un poco el sonido de sus voces, empiezas a darte con el dedo golpecitos en las sienes, junto al oído, y así hasta las cuatro, hora en que se van... Dame un poco más de agua... Pues bien: después de no haber dormido, te levantas a las seis y te marchas a la estación a tomar el tren. Vas corre que te corre; tienes miedo de llegar tarde, y en el camino encuentras barro, niebla y frío. Brrrr... Y cuando llegas a la ciudad, venga otra vez a dar vueltas al manubrio... Así es, hermano... La vida es ruin... No se la deseo ni a mi mayor enemigo... He enfermado, respiro con dificultad, siento un ardor en el estómago..., que ha dejado de funcionarme bien; estoy siempre temiendo algo y se me nublan los ojos... Me creerás o no, pero me he vuelto un psicópata... (Mirando a su alrededor.) Que quede entre nosotros, pero quiero ir a consultar a Chechot o a Merjeevskiii. A veces me ocurre algo rarísimo, hermano. En los momentos de enojo o de aturdimiento..., cuando me pican los mosquitos o cantan los tenores..., de pronto se forma ante mis ojos una niebla; me levanto de pronto de un salto y echo a correr por toda la casa gritando: «¡Quiero sangre!» «¡Quiero sangre!»... Y, en efecto, en esos momentos siento deseos de apuñalar a alguien o de darle con una silla en la cabeza... ¡He aquí hasta qué extremos le lleva a uno el veraneo!... ¡Nadie, además, se compadece de ti...! ¡Consideran esto lo natural, y hasta se ríen!... Pero ¡tú compréndeme!... ¡Soy un animal y quiero vivir!... ¡Esto no es un «vaudeville», sino una tragedia!... Escucha..., ¡si no me das la pistola, por lo menos compadéceme!
     MURASCHKIN.-Te compadezco.
     TOLKACHOV.-¡Ya veo cuál es tu compasión!... Adiós... Me voy a comprar latas de «kilki» (2) y la salchicha. Tengo que comprar después los polvos de dientes e irme a la estación.
     MURASCHKIN.-¿Y dónde estás veraneando?
     TOLKACHOV.-En «Dojlaia-Rechka» (3).
     MURASCHKIN.-(Con alegría.) ¿Será posible?... ¡Oye!... ¿Conoces allí a una veraneante que se llama Oiga Pavlovna Finberg?
     TOLKACHOV.-Sí que la conozco.
     MURASCHKIN.-¿Será posible?... ¡Qué oportuno!... ¡Qué oportuno!... ¡Qué bien por tu parte!
     TOLKACHOV.-¿De qué se trata?
     MURASCHKIN.-¡Querido!... ¿Podrías hacerme un pequeño favor?... ¡Sé un buen amigo, por favor!... ¡Tienes que darme tu palabra de honor de que me lo vas a hacer!
     TOLKACHOV.-¿El qué?
     MURASCHKIN.-¡Te lo suplico, alma mía!... ¡En nombre de nuestra antigua amistad!... En primer lugar, irás a saludar a Olga Pavlovna y a decirle que estoy vivo, en buena salud, y que le beso las manos... En segundo, le llevarás una cosita... Me encargó le comprara una máquina de coser, y no encuentro a nadie que pueda llevársela... ¡Llévasela tú, querido!... ¡Ah!.... y de paso, ¡también esta jaula con este canario!... ¡Eso sí.... ten cuidado de no romper la puertecilla!... Pero ¿qué te pasa?... ¿Por qué me miras así!...
     TOLKACHOV.-¡La máquina de coser!... ¡La jaula con el canario!... ¡Los jilguerillos! ¡Los tordos!
     MURASCHKIN.-¡Iván Ivanich!... ¿Qué te pasa? ¿Por qué te has puesto tan rojo?
     TOLKACHOV.-(Dando patadas en el suelo.) ¡Venga la máquina!... ¡Dónde está la jaula!... ¡Móntate tú también encima!... ¡Devora al hombre!... ¡Martirízalo..., mátalo! (Apretando los puños.) ¡Quiero sangre..., sangre..., sangre!...
     MURASCHKIN.-¿Te has vuelto loco?
     TOLKACHOV.-(Avanzando amenazador.) ¡Quiero sangre!... ¡Sangre!...
     MURASCHKIN.-(Preso de espanto.) ¡Se ha vuelto loco! (Llamando a gritos.) ¡Petruschka! ¡María! ¿Dónde estáis?... ¡Aquí! ¡Socorro!...
     TOLKACHOV.-(Persiguiéndole a todo lo largo de la habitación.) ¡Quiero sangre!... ¡Sangre!... (Telón.)

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