Personas Inestables. Benjamín Gavarre.







Personas Inestables

Benjamín Gavarre




Personajes:
Fernanda: psicoanalista 45 años

Jorge: “compositor” 29

Héctor: profesor de filosofía 36

Gaby: traductora 29

El Psicoanalista   (personaje funcional).

La obra se desarrolla en una ciudad mediana o grande, en diferentes espacios y en diferentes tiempos donde podamos representar a dos parejas de una clase más o menos profesional; más o menos ilustrada. 



1

DEPARTAMENTO
Cantina casera 

(En general, los espacios están más que representados, sugeridos).

Héctor está cerca de Jorge en un extremo, y, en el otro lado, Gaby y Fernanda. Todos brindan y sonríen.

JORGE.― Las mujeres... ¿Tú las entiendes?
HÉCTOR.― Me esfuerzo por entender a Gaby.
JORGE.― No, yo no. Digo, yo ni lo intento... Entender a Fernanda.
HÉCTOR.― (apura su copa y dice...) Me gustaría otro en las rocas.


*** 

FERNANDA.― Así que ginecóloga.
GABY.― Me siento más en confianza, que con un ginecólogo... pero no creas, se pasa 
de... impertinente. Me dijo: ---"¿se llama Héctor tu esposo?, ¡qué gracioso! Yo le 
contesté: ―"No es mi esposo y no le veo ninguna gracia". Y me respondió muy seria: 
―"me acordé de un novio que tuve". 
FERNANDA.― ¡Qué bueno que te instalaste el dispositivo! Jorge quería que tuviéramos una mascota, un perro, ¿te imaginas?... Pero no estuve de acuerdo: eso de cuidar de algo, de alguien... Ni pensarlo.


***

JORGE.― Desde que me acuerdo estuve ligado a las mujeres. Han dominado mi vida. 
(abre una caja de metal y saca lo necesario para forjar un cigarro de mariguana) Entonces qué... ¿un jaloncín?
HÉCTOR.― O dos o tres.
JORGE.― O cuatro o cinco...

***

FERNANDA.― Jorge... tampoco es muy sexual.
GABY.― Pues si me pides mi opinión...
FERNANDA.― Te coqueteó. Siempre lo hace, con cualquiera. Lo hace como  travesura, para molestarme. Por fortuna solamente es eso: coqueteo. Nada serio. A  veces tiene aventuras, también sin importancia. Yo me doy cuenta.
GABY.― ¿Por qué dices que no es sexual?
FERNANDA.― Oh, no conmigo.

***

JORGE.― “Yo no puedo tenerte ni dejarte...”.
HÉCTOR.― “Ni sé por qué al dejarte o al tenerte”...
JORGE.― “Se encuentra un no sé qué para quererte”...
HÉCTOR.― “Y muchos sí sé qué para olvidarte”...
JORGE.― Salud, maestro... ¿Cómo sigue?
HÉCTOR.― Cálmate... no me pidas tanto.


***

GABY.― Es un abusivo; no sabes cómo me trata. A veces... a su lado, me siento como  si... como si yo estuviera sola.
FERNANDA.― Héctor sabe que te tiene segura, por eso se aprovecha. Tú debes  entender que una situación se tolera hasta que ya no tiene sentido seguir soportándola.


***

JORGE.― ¿Dinero?... con que haya: siempre llega, siempre se va. ¿Qué más?... Las  mejores drogas, los mejores viajes; por lo menos un libro que me entusiasme, una  película que no sea una pendejada... Y discúlpame pero te faltó lo más importante de la 
vida.
HÉCTOR.― ¿Qué?
JORGE.― Mu-je-res: muchas, variadas, ¡DISPUESTAS! ¡Por qué las mujeres siempre "se hacen del rogar"? Los hombres somos más fáciles.
HÉCTOR.― Lo dirás por experiencia.


***

GABY.― Me esfuerzo por entenderlo, y solamente consigo su indiferencia.
FERNANDA.― ¿A ti te gusta que te humillen?
GABY.― ¡Claro que no!
FERNANDA.― ¿Por qué sigues con Héctor?
GABY.― Porque... ¿A ti te quiere Jorge?
FERNANDA.― Me adora.
GABY.― ¿Qué? Pero si piensas que te engaña.
FERNANDA.― No me engaña: son simples travesuras, una especie de revancha  infantil. En cambio tú, con Héctor, mantienes una relación sadomasoquista.

***

JORGE.― Pues a ella no le importa mantenerme, y a mí tampoco, ella gana bastante 
bien, como psicoanalista. No se mete, me refiero, no en un plan profesional.
HÉCTOR.― Comprendo, no te analiza.
JORGE.― Casi no.
HÉCTOR.― ¿Casi?
JORGE.― Me dice puras pendejadas: dice que soy un caso típico del "síndrome de  Peter Pan", dice que siempre seré un irresponsable, un inmaduro; que me niego a ser un adulto. Luego, que soy un caso típico del "síndrome de don Juan", que detrás de 
tanta mujer, inconscientemente, yo trato de resolver un conflicto homosexual...
HÉCTOR.― Yo pienso lo mismo.
JORGE.― ¡Qué pasó!
HÉCTOR.― Pues eso. Siempre estás hablando de mujeres y te me quedas viendo...  así, como si me tuvieras ganas.
JORGE.― Uy, no sabes. Me encantas, pinche cabrón.
HÉCTOR.― Pues cuándo quieras, tú nomás me dices.
JORGE.― Ya, no mames.
HÉCTOR.― Oh... ¡no me limites, güey!

***

GABY.― Jamás me ha golpeado.
FERNANDA.― Pero te utiliza. Le das mucho y en el fondo quieres que desprecie tu 
esfuerzo y te mire desde sus alturas como un Dios que se digna tenerte cerca.

***

JORGE.― Entonces qué... tú piensas de veras que estoy reprimiendo una  homosexualidad inconsciente y latente.
HÉCTOR.― Oye, cálmate. Estaba bromeando. Si tienes algo reprimido... pues lo sacas  en otra parte, conmigo no.
JORGE.― A mí no me molestaría, en todo caso, digo, si fuera verdad... Pero lo que me fastidia es el terminito ese: "inconsciente". Es ridículo.
HÉCTOR.― Mira, güey, si resulta que es verdad... No cuentes con mi ayuda.
JORGE.― Ya ves cómo eres.
HÉCTOR.― No me chingues. 

***

GABY.― Y si te dijera que en el fondo Héctor se menosprecia... Una basura, me lo ha  confesado.
FERNANDA.― Eso hace el caso aún más interesante. (A los demás) ¿Ya quieren cenar?





2

Cambio de luz. 
Cena

JORGE.― (a Héctor) Oye, maestro. Quita esa cara y come algo... (Héctor no dice nada y se queda absorto frente a una botella de whisky casi vacía). Es alta cocina. La encargó Fernanda a un restaurante italiano ca-rí-si-mo.

Pausa

FERNANDA.― (A Gabriela) Qué misterioso tu marido, Gaby. ¿Se pone así a menudo?
GABY― No es mi marido. Y sí, a veces se pone así. Prefiere beber y pensar, a comer.
FERNANDA.― ¡Qué tal!... ¿Y en qué tanto piensas?: ¿tienes alguna teoría sobre la condición humana?
HÉCTOR.― Más o menos. Me preguntaba si el hombre es un animal de costumbres...
FERNANDA.― ¿Y a qué conclusión llegaste?
HÉCTOR.― Creo... que para no perder la costumbre, el hombre se comporta como un animal.
FERNANDA.― Hablarás por ti.

Pausa

JORGE.― ¿Quieren que les diga un adelanto del blues que pienso componer? Ya tengo la letra.
FERNANDA.― No, por favor. Ya me la sé casi de memoria.
JORGE.― Bueno, si tú ya la conoces... Deja que otros disfruten, ¿no crees?
FERNANDA.― Ya conozco la letra, Jorgito; desde hace dos años. ¿Cuándo le vas a poner música?
JORGE.― Ya pronto. Se llama: “Amor... didas” (Todos lo miran entre interesados e incómodos. Jorge dirige su entera atención a Héctor y Gaby. Fernanda muestra signos de fastidio) Ahí les va...
...Con ustedes “Amordidas”... 

(Jorge medio dice medio canta la letra de “su blues”)...

Yo quiero que te vayas al demonio.
Me llevas al suicidio, al manicomio.
No me explico como le haces
para estar en todas partes:
En mis sábanas, mi toalla,
mis cajones, mis zapatos.
Te apareces en la estufa,
me haces gestos en la tele,
cantas rolas en el radio,
te lo advierto ya estoy harto.
Yo quiero asesinarte lentamente,
echarte a la basura y orinarte,
ponerte un monumento y adorarte
sólo un rato y olvidarte.
Todo el tiempo pienso en ti
No lo puedo resistir.
No bromeo si te digo
que me caigo de la cama, 
ve mi cara amoratada,
tengo rota la nariz.
Cómo quieres que le baje, 
tengo rota la cabeza, 
mis ojeras ya dan pena, 
ya estoy cerca de un infarto,
veo tu cara atravesando
las paredes de mi cuarto.
¡Yo quiero que te vayas al demonio!
Me llevas al suicidio, al matrimonio.
¡No soporto te lo juro!
No me queda más remedio
Perra suerte: estoy contigo.

(Termina la letra y se hace un silencio incómodo)... ¿Qué tal?

GABY― (Aplaude tratando de ser natural) Muy bien Jorge, ¡bravo!
HÉCTOR.― (Aplaude un poco también) Francamente muy bien, Jorge, pero sí, como que le haría falta la música. ¿Cuándo se la pones?
JORGE.― En eso ando.
FERNANDA.― Desde hace dos años.
GABY― Deberías sentirte halagada, Fer. Seguramente se inspiró en ti.
FERNANDA.― Jorge se inspira en todo lo que se mueva... menos en mí.
JORGE.― Tú siempre eres mi inspiración, vida mía. Eres mi todo, mi sustento, mi amor.
FERNANDA.― Sobre todo soy tu sustento económico.
JORGE.― No, y de todo tipo... Eres... lo máximo, (A Héctor y Gaby) y la cena que 
encargó al restaurante italiano ca-rí-si-mo... estuvo deliciosa.
FERNANDA.― Así es, Jorge. Pago bien por lo que me gusta.
GABY― No le hagas caso, Fer. Todo estuvo delicioso. Yo te voy a ayudar a levantar los platos.
FERNANDA.― Gracias, Gabriela.
JORGE.― (a Fernanda) Y yo te ayudo a lavarlos, mi amor.
FERNANDA.― Los dos son un encanto, gracias.




3

Sobremesa

Fernanda y Héctor se quedan en una “sobremesa incomoda”, mientras Gaby y Jorge “recogen todo” y van a la cocina "a lavar los trastos".

FERNANDA.― (inicia una conversación incomoda) ¿Y... qué dice la Filosofía? ¿Sigues dando clases?
HÉCTOR.― Son dos preguntas diferentes. Sí, sigo dando clases. En cuanto a L
Filosofía... ¿De veras te interesa?
FERNANDA.― No.
HÉCTOR.― Qué alivio. Puedo hablarte sobre la filosofía de un alcohólico.
FERNANDA.― Tampoco me interesa, gracias.
HÉCTOR.― De nada... ¿Fumas?
FERNANDA.― No antes de dormir. (pausa). ¿Sabes?, eres muy afortunado en tener 
una pareja como Gaby; ella es una gran persona.
HÉCTOR.― Lo es. (pausa). Ojalá tuviera alguna idea de qué hacer con su vida (toma un trago más de whisky).
FERNANDA.― (irónica) Al menos tú sí sabes qué hacer con la tuya.

HÉCTOR.― A veces.


***

LUZ IRREAL. Lo que sigue “sucede sólo en la mente de Héctor”.
Héctor se levanta y revisa a Fernanda de arriba a abajo.


FERNANDA.― ¿Qué haces?
HÉCTOR.― Nada importante: miro tus piernas. Son bastante aceptables... y... sí, 
tienes un culo magnífico. Muy buenas nalgas, sí.
FERNANDA.― ¡Qué tal!
HÉCTOR.― Me pareces una pretenciosa y una estúpida, pero tus nalgas no están 
nada mal. (se aproxima a la cara de Fernanda) ¿Me das un beso?
FERNANDA.― (le da una bofetada) ¡Eres un imbécil!... ¡Jorge! ¡Gabriela!

Entran Jorge y Gaby

FERNANDA.― ¿Saben lo que opina este cretino de mis piernas?
JORGE.― Que son hermosas por supuesto. Yo lo sé, que lo sepa el mundo.
FERNANDA.― Dijo además que le gustaban mis nalgas.
JORGE.― ¿Eso dijo?
FERNANDA.― ...y que le gustaría acostarse conmigo aquí mismo, sin importar que tú o Gabriela estuvieran presentes. ¿Qué van a hacer al respecto?
JORGE.― No sé, Fernanda. Héctor es mi mejor amigo.
GABY.― Y es mi pareja.

Brevísimo Oscuro

Luego, la situación y la iluminación regresan "a la normalidad" 
Jorge y Gaby están en la cocina, y, Héctor y Fernanda están en la cantina realizando, al principio de la siguiente escena, exactamente las mismas primeras acciones de la situación anterior.

HÉCTOR.― ¿Fumas?
FERNANDA.― No antes de dormir. (pausa). Sabes, eres muy afortunado en tener una 
pareja como Gaby; ella es una gran persona.
HÉCTOR.― Lo es. (pausa). Ojalá tuviera alguna idea de qué hacer con su vida (toma un trago más de whisky).
FERNANDA.― (irónica) Al menos tú sí sabes qué hacer con la tuya.
HÉCTOR.― A veces. 

Pausa larga. Héctor se queda ensimismado, mirando su copa, luego de un instante, se  ríe "sin motivo aparente".

FERNANDA.― Cuéntame el chiste.
HÉCTOR.― Me imaginé que tú... Que yo... No lo entenderías.
FERNANDA.― Oh... debe ser profundo.
HÉCTOR.― ¿Sabes?, tú también eres una gran persona.
FERNANDA.― Gracias.
HÉCTOR.― De nada.
Jorge entra y se sienta, muy serio, a la mesa.
FERNANDA.― Héctor me estuvo hablando sobre asuntos graves. Muy profundos.
HÉCTOR.― No. Fernanda es la que estuvo muy lúcida... Aunque eso sí, no muy graciosa.

Jorge no dice nada. Simplemente se sirve un trago, se lo toma rápidamente, se levanta  y regresa a la cocina ―la cual podemos ver parcialmente mediante una ventana o un rompimiento.





Cocina “Minutos” atrás. Gaby y Jorge. 

JORGE.― (se acerca, muy sexual, a Gaby) Dame chance, Gaby. Para recordar los 
buenos tiempos.
GABY― (contenida) Nunca hubo “buenos tiempos”. Nunca me gustaste... Y lo que 
pasó, fue ya hace mucho... y sin que yo quisiera.
JORGE.― Te puedo hacer feliz... ahora tengo más experiencia.
GABY― No seas cerdo... No te me acerques tanto.
JORGE.―Siénteme nomás tantitito.
GABY― (siempre contenida) ¡Se van a dar cuenta!
JORGE.― Están muy ocupados. Ándale, Gaby. Tócame, quiéreme, bésame. (le hace 
bajar la cabeza) Así, mira. Ves cómo es tan sencillo (grita de dolor, pero siempre 
contenido) ¡Qué haces! ¡Me la mordiste!
GABY― ¿No te gustó?... Lo siento mucho. Qué te parece si acabamos de lavar los 
trastos, en silencio.
JORGE.― ¿De veras nunca hubo buenos tiempos? ¿De veras nunca te gusté?
GABY― Ahora estoy con Héctor. Eso es todo.
JORGE.― Yo no te veo muy feliz con él.
GABY― Ahora las cosas son distintas. 
JORGE.― Se nota.
GABY― ¡No me veas así!
JORGE.― ¿Te pongo nerviosa?
8GABY― Para nada. 
JORGE.― Eso significa que te gusto.
GABY― Ya cállate.
JORGE.― Lo ves. Te gusto.
GABY― No me voy a poner a discutir. Lárgate, déjame sola.



5
Consultorio de psicoanalista
El psicoanalista, primero a solas.
(Las escenas con el psicoanalista no son necesariamente ‘realistas’ y no forzosamente  inciden en el desarrollo de la acción)

Psicoanalista (Puede usar media máscara blanca, neutra. Lee un resumen de “sus notas”.).― A Gabriela, aunque no lo reconozca, por falso pudor, le gusta mucho el sexo. Sin embargo, Héctor prefiere masturbarse a realizar un coito común.

***

Héctor y Gabriela bajo un cenital, alejados a unos metros del psicoanalista

GABY.― Estoy harta de tener que pedírtelo. Tú dices que me quieres pero no muestras ningún interés en mí. ¿Ya no te gusto? ¿Te estás acostando con alguien?
HÉCTOR.― Ya son muchos años, Gaby.
GABY.― ¿Sabes que me duele tu indiferencia? 
HÉCTOR.― De verdad, te amo Gaby.
GABY.― ¿Y entonces?... Ya casi nunca lo hacemos... Y cuando de casualidad te dan ganas... lo hacemos... lo haces... de una forma... Como si fuera un trámite.
HÉCTOR.― Yo no entiendo por que le das tanta importancia al sexo, Gaby. ¿Es tan necesario para ti?
GABY.― ¿Y para ti no?
HÉCTOR.― Pues sí. Es tan importante como sonarse la nariz. Hay que hacerlo cuando es necesario. Pero nada más.
GABY.― ¿Y yo qué soy entonces?... ¿Una especie de kleenex? ¡Por qué soy tan idiota! ¿por qué pierdo el tiempo contigo?
Se apaga el cenital de Héctor y Gaby

***

Psicoanalista.― (Continúa leyendo sus notas) Jorge necesita afianzar su identidad sexual pero en realidad siente una fuerte atracción, no irremediablemente sexual, aunque él la considere así, hacia Héctor, el cual se siente halagado ante la constante 
seducción de Jorge, pero, en realidad, difícilmente tendría una relación que rebasara los límites con quien él... considera su mejor amigo. 


***

Héctor y Jorge, bajo el cenital

HÉCTOR.― Nunca va a suceder. Lo que tú pides nunca va a suceder.
JORGE.― Tú nada más acuéstate y disfruta. No voy a hacer nada que no quieras.
HÉCTOR.― Es decir que si yo quiero tú me la... 
JORGE.― Te la agarro, te la chupo, te la manipulo, te hago sentir lo que nunca 
soñaste.
HÉCTOR.― No... Eso nunca va a suceder. Somos amigos.
JORGE.― Lo somos por algo. Estamos juntos, por algo... entre los amigos también 
hay atracción.
HÉCTOR.― Pero no sexual, Jorge. Olvídalo.
JORGE.― Sabías que me he acostado con Gaby...
HÉCTOR.― ¿Cómo?
JORGE.― Así es, imbécil, ¿qué no has sentido mi olor cuando la besas?
Se apaga el cenital de Héctor y Jorge.






6


Héctor se sienta frente al doctor.

HÉCTOR.― Me gusta recordar las cosas que hacía cuando vivía solo. Bebía todo el ron, todo el tequila barato que deseara sin que nadie me dijera nada. Me fumaba el último cigarro de la última cajetilla y no tenía remordimiento alguno cuando bajaba a 
comprar otra. Luego, seguía fumando y bebiendo, bebiendo y fumando. Me metía a la cama y no extrañaba a nadie.
Psicoanalista.― ¿Le gustaba esa vida? ¿Le gustaba estar siempre solo? 
¿Completamente solo?
HÉCTOR.― ¿Siempre solo?... No. Al menos no durante todo el día.
Psicoanalista.― Pero le gustaba meterse a la cama, solo, de noche, sin extrañar a 
nadie. ¿Por qué vive ahora con Gabriela?
HÉCTOR.― Me siento tan bien junto a su cuerpo cada noche... Y espero los domingos 
para caminar con ella por el parque. Me quedo por las tardes con ella, en silencio.
Psicoanalista.― Y mientras usted está en silencio, en su mundo privado... ¿Ella qué 
hace?
HÉCTOR.― Se ocupa de muchas cosas. De su trabajo, de sus traducciones. Se ocupa 
de la casa. También de repente lee: novelas rosas, baratas. Nada que ver con la alta 
literatura que estudió. También se la pasa mandando mensajes a sus amigas... A veces 
le gusta quedarse viendo fijamente por la ventana.
Psicoanalista.― ¿Y no les manda mensajes a sus amigos?
RAÚL.― Que yo sepa no tiene ninguno. No sé, no lo creo.
Psicoanalista.― Usted lo sabría. 
HÉCTOR.― Si los tuviera no me importaría. Ella siempre ha sido muy libre.
Psicoanalista.― ¿No le importaría de veras? ¿Le gustaría volver a vivir solo, sin 
Gabriela y no extrañarla? No extrañar a nadie...
HÉCTOR.― A veces sí... Me gustaría. Pero es Gabriela la que se quiere separar de mí.




7

Departamento
Cantina
Gabriela y Jorge

Están solos y se besan acaloradamente. En cierto momento, Jorge le besa el cuello.

GABY― (se separa por un segundo de Jorge para reclamarle) No me dejes marcas. En el cuello no.
JORGE.―¿En el cuello no? De acuerdo (le abre la camisa y empieza a besar sus senos).
GABY― ¿Qué no entiendes!... ¿No puedes besarme de otra forma? Más suave, Jorge.
JORGE.― Entiendo que no quieres que te deje marcas en el cuello... Pero qué tiene si te beso una de tus chichis.
GABY― No les digas así.
JORGE.― ¿Las bubis?
GABY― ¡Que no!
JORGE.― ¿Tus senos?, ¡tus pechos!, ¿tus nenas?, ¿tus tetitas?
GABY― Ya te dije. Lo que haces tú no es besar; no entiendo por qué me quieres dejar marcada. Además, no quiero que Héctor se dé cuenta.
JORGE.― ¿Y cómo? ¿No me dijiste que ya no lo hacen? ¿Que mi querido Héctor nada más se queda abrazado de ti por las noches, mientras tú te mueres de ganas? Yo te voy a quitar las ganas. (se abre el pantalón, le toma la cabeza y trata de obligarla a 
hacerle sexo oral).
GABY― ¡Qué no! ¿Por qué esa obsesión?
JORGE.― (Se abrocha los pantalones y se va a tomar un trago) Como quieras. Yo lo hacía por ti.
GABY― Oye, no. Ahora resulta que necesito de tu compasión.
JORGE.― Tú fuiste la que me llamaste.
GABY― Para que tomáramos un café.
JORGE.― Sí, cómo no. (Irónico) Me llamaste para que platicáramos” toda la tarde.
GABY― Está bien. Te llamé porque... quería estar contigo, pero... ¿no se te ocurre que podríamos hacerlo de un modo normal?
JORGE.― Qué, ¿en una cama? Qué flojera.
GABY― Pues si no en una cama... Hagámoslo... como todo el mundo. Por qué siempre quieres que te la... Por qué te gusta tanto el sexo oral. 
JORGE.― La primera vez que me la mamaste... que me lo hiciste, para que no te enojes... te veías muy feliz.
GABY― Fue... diferente... Pero de eso a que me haya gustado... Yo soy una mujer más... convencional. Y sí: me gusta en una cama...
JORGE.― Está bien. Vamos a la cama. Pero con una condición.
GABY― Ya te veo venir.
JORGE.― Todavía no me vengo. (Al ver la expresión de desaprobación de Gabriela ante sus palabras) Mira, vamos a la cama, pero tú te subes encima de mí. Como un jinete. Ándale, ¡súbete al caballito!
GABY― Qué dices. No sé... ¿Yo de jinete? 
JORGE.― Ven. Yo te explico.
GABY― No lo creo... (Pausa) Bueno, pero sin chupetones.
JORGE.― No. Te lo juro.
GABY― Creo que me voy a arrepentir.
JORGE.― Vamos.
GABY― Sí.




8
Recámara
Por la mañana
Fernanda, sola en un principio, se arregla el pelo frente al espejo.


FERNANDA.- ¿Una mujer de mediana edad? ¿Y qué será eso? Una mala traducción, del inglés supongo, para decir: una mujer madura. Ni muy joven, ni demasiado... entrada en años; como yo, exactamente como yo. (pausa) Pues para mi edad no estoy 
tan mal. (pausa) Pero qué digo, estoy increíblemente bien. De acuerdo: bastante bien. (pausa) Jorge se comporta a veces como un niño. ¿Y yo? En todo caso soy la perfecta estúpida que siempre le cumple sus caprichos. (pausa) Qué horror, ¡como si fuera su 
madre! (pausa) ¡Qué bajo he caído!

***

Entra Jorge y se tumba en un sillón a leer el periódico. Fernanda lo voltea a ver, le  sonríe, le coquetea, pero él apenas levanta la vista para regresar inmediatamente a su  lectura. Ella regresa al espejo.

FERNANDA.- Me siento como si fuera tu madre.
JORGE.- Cállate.
FERNANDA.- Ya ni siquiera hacemos el amor como antes; ya ni siquiera hacemos el amor.
JORGE.- ¿No? ¿Y cómo le llamas a lo de anoche?
FERNANDA.- Fue un excelente masaje, Jorge, gracias.
JORGE.- Fernanda, no me presiones, ¡estoy harto!
FERNANDA.- ¿El señor está harto? Al señor le hablan sus amantes a mi propia casa, hace citas con ellas casi en mis narices, pasa las tardes con ellas. Llega muy noche,  cansadísimo, y me dice que no lo presione. Por lo menos podrías disculparte.
JORGE.- ¿Estás conmigo, no? Eso debería bastarte.
FERNANDA.- Eres un imbécil.
JORGE.― No soy un imbécil y tú deberías sentirte agradecida que a tus años estés con alguien como yo.
FERNANDA.― Agradecido tú. ¡Sin mí tú te mueres, pendejo! 
JORGE.― ¿Ya empezaste con los lugares comunes? ¿No que los detestas? Fernanda: Si tú no quieres estar conmigo, me voy, con mucho gusto. Tengo muchas oportunidades, ofertas, si te da la gana. Gente a la que le gusto y que me gusta... Gente joven, ¿sabes? Y bella...
FERNANDA.― ¡Gente? ¿Podrías ser menos ambiguo? ¿No serán hombres? Señores que te pagan porque les das lo que a mí no me puedes dar... Maricón.
JORGE.― Pues como quieras, Fer. Pero no es la manera de arreglar las cosas.
FERNANDA.― Yo no quiero arreglar nada contigo, ¡pedazo de mierda!
JORGE.― ¿Entonces me voy? ¿Eso quieres?...






9
Consultorio de psicoanalista

El psicoanalista y Gabriela 

GABY― Y no me quejo de Héctor. Lo quiero, pero no estoy satisfecha.
Psicoanalista.― Usted no se queja, pero no está satisfecha. ¿Se da cuenta de lo que dice?
GABY― Él está siempre ausente, aunque esté conmigo. De noche se aferra a mí como si en ello se le fuera la vida. Esos son los mejores momentos, si es que son buenos. Y luego...
Psicoanalista.― ¿Luego?
GABY― En la intimidad...
Psicoanalista.― En el sexo.
GABY― Pues no hay tal. O cuando hay... es muy raro. Él se masturba y cuando ha... terminado.
Psicoanalista.― Eyaculado.
GABY― Eso. Cuando ha “eyaculado”. Cuando ya se vino... Me masturba para que yo me quede tranquila. Pero, eso es a veces. Casi siempre... Él acaba... y se duerme.
Psicoanalista.― Y eso la deja insatisfecha.
GABY― Por eso he buscado a otros hombres. 
Psicoanalista.― ¿A otros? ¿No solamente a Jorge?
GABY― Es una manera de decirlo. (se corrige) Bueno, las otras veces han sido aventuras como ya le he dicho. Ni siquiera me acuerdo de sus nombres.
Psicoanalista.― Pero del nombre de Jorge sí se acuerda.
GABY― Yo tengo que sentir algo por la gente con la que “salgo”. No soy una...
Psicoanalista.― Prostituta.
GABY― No soy una mujer fácil.
Psicoanalista.― Ya veo. Necesita sentir algo por sus amantes. Si no, piensa que son sólo hombres sin rostro... y usted necesita enamorarse un poco de ellos.
GABY―Yo sigo enamorada de Héctor.
Psicoanalista.― Pero siente algo por Jorge.
GABY― Me gusta. Lo quiero... hasta cierto punto. Pero es tan raro. Siempre quiere que... Me quiere obligar a hacerle...
Psicoanalista.― Sexo oral. 
GABY― Ajá. Casi nunca lo hemos hecho de forma normal.
Psicoanalista.― Con un coito normal.
GABY― Eso. La última vez quiso... que hiciéramos... un coito anormal. Ya sabe... Por atrás.
Psicoanalista.― Anal, ya veo. ¿Estaba menstruando?
GABY― ¡No!... Me dijo que me iba a gustar más. Y no fue así.
Psicoanalista.― El sexo anal es más frecuente de lo que muchos piensan. Sin embargo... es raro que... su amante... ¿Jorge? (ante el asentimiento de Gabriela) Sí. Es extraño que no quiera realizar el coito de una manera... normal. Convencional.
GABY― Eso es lo que yo le he dicho. ¿Por qué no podemos hacerlo de una manera  normal?
Psicoanalista.― ¿Normal? Todo es más normal de lo que se imagina. En todo caso: ¿usted por qué piensa que es así? ¿Por qué se relaciona con hombres como Héctor y Jorge?
GABY― No lo sé... Con su esposa... con su mujer es igual. Solamente le da masajes. 
Ella dice que es un homosexual en potencia. ¿Usted qué opina?
Psicoanalista.― ¿Y usted, Gabriela? ¿Qué es lo que piensa usted?






10
Casa de Fernanda
Cantina

Los cuatro amigos están en una más de sus reuniones en el bar.

JORGE.― Estaba en un salón de clases. Era mi primaria pero también era la universidad. Yo le estaba dando un masaje a mi maestra, encima de su escritorio.
HÉCTOR.― ¿Solamente le dabas masaje?
JORGE.― Seguro. Era como esos que le doy a Fer. Cuando terminé, me dio unos billetes y me dijo: espero que un día me hagas lo mismo que a tus compañeritas. Yo me reía y me guardaba el dinero en los calzones.
HÉCTOR.― ¿Qué opinas, “Fer”? ¿Te identificas con alguno de los ‘personajes’ de su sueño?
FERNANDA.― Es claro que Jorge simboliza a su mujer interna a través de su maestra.
JORGE.― ¿Mi mujer interna? No digas pendejadas.
FERNANDA.― Mira, Jorge. El hombre que hay en ti... tendría que vencer al adolescente que insiste en hacer travesuras para liberarse de su detestada imagen materna, es decir tu maestra, es decir yo.
JORGE.― ¡Oooh!
FERNANDA.― Aunque te burles; el día en que puedas de verdad amarme será ése en el que no me necesites.
JORGE.― ¿Quién necesita a quién?
HÉCTOR.― Yo necesito otra copa. Se acabó el whisky, hermano.
JORGE.― Te lo acabaste. Ven, acompáñame por otra botella.


***

Jorge y Héctor salen del escenario.

FERNANDA.― Qué par de idiotas. ¿Por qué tengo que solucionarle la vida a Jorge? 
¿Acaso yo pido que me la solucionen? Vamos a terminar de cenar.
GABY.― Gracias, no.
FERNANDA.―¿Te sientes mal? Te ves como apagada.
GABY.― Más o menos... Últimamente no sé qué me pasa, he estado como deprimida, sin poder respirar, cansada todo el tiempo, adolorida...
FERNANDA.― (aparte). Gabriela me aburre.

Pausa

GABY.― (aparte). Necesito un abrazo.
Pausa
GABY.― Me duele la cabeza.

***

Se enciende la luz del cenital y vemos al psicoanalista

Psicoanalista.― (Continúa leyendo sus notas) Fernanda es un animal raro. Su relación con el mundo es distinta y distante. Con Gabriela tiene una actitud siempre de suficiencia. A Héctor lo menosprecia ya que ha notado sentimientos de hostilidad y de 
lujuria entremezclados. Para ella, Jorge es una obsesión. Le duele que la engañe, le duele que la manipule y se aproveche de su dinero. Realmente no sé si lo quiere o lo tiene con la esperanza de que la quiera y reconozca lo que ha hecho por él. Eso sin embargo nunca va a suceder. Fernanda ha soportado mucho. Es una mujer, sin embargo, que siempre ha sabido lo que quiere. Sabe siempre decir sí o no. Pero quién sabe si soporte que Jorge se enamore de su mejor amigo. Del mejor “amigo” de él.

Pausa

El psicoanalista deambula por la escena pero sin relacionarse con los personajes.

GABY.― Me duele la cabeza.
FERNANDA.― ¿Cómo?
GABY.― Me siento mal. Desubicada. De un tiempo para acá, por las noches, me despierto con un dolor inexplicable, quizá en el estómago. No lo puedo identificar.
FERNANDA.― Se llama angustia.
GABY.― (se acerca a Fernanda, pero ella sigue comiendo). Fer, tú... Has llegado a ser una persona muy importante para mí.
FERNANDA.― (no se levanta) Gracias.
GABY.― He llegado a quererte. Eres mi mejor amiga.
FERNANDA.― Tú también me simpatizas mucho. ¿De veras no quieres que te recete? 
Creo que necesitas un antidepresivo. No causan adicción... 

(Gabriela se separa y se queda de pie, de nuevo, mirando hacia la puerta. Fernanda permanece sentada en la mesa)

GABY― Gracias. Estoy viendo a un psiquiatra. También es psicoanalista. Igual que tú.
FERNANDA.― Eso está bien. Tal vez necesitas que te cambien la dosis. O tal vez el medicamento. Si quieres te recomiendo a alguien. Yo podría ayudarte, pero ya sabes. 
Yo no podría atenderte. Somos amigas.
GABY― Sí. Seguro.






11


JORGE Y HÉCTOR.
Entran borrachos a la casa de Fernanda.

JORGE.― ¡Ya llegamos, familia! ¿Dónde están todas?
HÉCTOR.― Ya se fueron.
JORGE.― Pero cómo. ¿No nos esperaron? ¡Si no nos tardamos!... (grita) ¡Fernanda!
FERNANDA.― (Sale de su recámara en bata) ¿Ya llegaron? Se tardaron tres horas. 
Gabriela se sentía mal y tomó un taxi.
HÉCTOR.― Ella siempre se siente mal.
JORGE.― Vente, mi amor. Trajimos un excelente tequila. Vente a tomar un trago.
FERNANDA.― Gracias, no. Los dejo solitos. Nada más me dejan dormir. Es una orden 
(se va a dormir).
JORGE.― Como quieras. (se sirve un trago) Mejor. Así tenemos más para nosotros. 
Para nosotros dos.
HÉCTOR.― Calma... con calma.
JORGE.― Qué... ¿qué tiene?
HÉCTOR.― Eso de “nosotros dos”... No te digo...
JORGE.― Nosotros dos, como amigos... ¿no piensas que somos amigos?
HÉCTOR.― Sí. Nada más amigos. 
JORGE.― ¿Tú que te imaginas?
HÉCTOR.― No. Tú qué te imaginas. Te la pasas abrazándome. Me tocas. Te me 
quedas viendo... qué crees que no me doy cuenta. Te me quedas viendo las nalgas.
JORGE.― Pues sí, güey. No ves que estás bien bueno.
HÉCTOR.― Ya cabrón. No te aproveches porque estoy borracho.
JORGE.― Pues yo también, ¿qué no? Entonces qué.
HÉCTOR.― ¿Qué de qué, güey?
JORGE.― Tú sabes.
HÉCTOR.― No. Ni loco, cabrón. 
JORGE.― Dame chance.
HÉCTOR.― Entonces… Es cierto. Sí quieres conmigo.
JORGE.― Pues sí. ¿No te sientes halagado?
HÉCTOR.― Un poco. Pero no se me ocurre... 
JORGE.― Yo te enseño. Si tu quieres te la... 
HÉCTOR.― Quieres decir... ¿chupar? ¿Tú ya lo has hecho?... ¿Con otros cabrones?
JORGE.― Entonces qué... ¿Si quieres?... Tú no tienes que hacer nada. Fernanda está dormida. 
HÉCTOR.― No, güey. Tú eres mi amigo. Quiero seguirte viendo como a un amigo. Los 
pedos que tengas. Pues si quieres me los platicas. No. Mejor no. Mejor seguimos así, como cuates.
JORGE.― Como cuates. Tienes razón... (pausa) Te veo muy seco, cabrón. ¿Te sirvo un trago?
HÉCTOR.― Claro. Ya me dio sed.
JORGE.― A mí también.

***

LUZ IRREAL

Lo siguiente sólo ocurre “en la mente” de Jorge.

FERNANDA.― (Se aparece de repente). Ya no puedo dormir. ¿Les importa si los acompaño?
HÉCTOR.― Para nada. Aquí, Jorge me estaba... tratando de convencer.
FERNANDA.― ¿Sí?
HÉCTOR.― Quiere que nos vayamos a seguirla a un antro. Tú que piensas. 
FERNANDA.― No cuenten conmigo. Vayan ustedes dos. Yo me quedo aquí y me tomo unas copas.
JORGE.― Eso me parece bien. Vamos a un antro. De puros hombres. No te molesta, verdad Fernanda. 
FERNANDA.― No, para nada.
HÉCTOR.― Pero antes nos tomamos un trago. Para darnos valor. No vamos a dejar sola aquí a mi mujer.
JORGE.― De ninguna manera. Además... Tú y yo vamos a pasar toda la noche, juntos.
HÉCTOR.― Pues sí... eso es un hecho. Pues salud. Para que el zapato afloje.
JORGE.― Salud. Por la amistad.
HÉCTOR.― Por nuestra amistad.
FERNANDA.― Salud.



***


Cambio de luz

Fernanda se va a su recámara. La luz y la situación regresan a la “normalidad” Héctor y Jorge repiten los últimos diálogos de la escena previa.

HÉCTOR.― No, güey. Tú eres mi amigo. Quiero seguirte viendo como a un amigo. Los pedos que tengas. Pues si quieres me los platicas. No. Mejor no. Mejor seguimos así, como amigos, como cuates.
JORGE.― Como cuates. Te veo muy seco, cabrón. ¿Te sirvo un trago?
HÉCTOR.― Claro. Ya me dio sed.
JORGE.― A mí también.
HÉCTOR.― ¡Pues salud!
JORGE.― Salud. No te gustaría... Conozco un antro que está de poca.
HÉCTOR.― ¿Un antro? Me da huevita. ¿Qué no estás a gusto aquí?
JORGE.― Sí, cómo no.
HÉCTOR.― Además Fernanda ya se durmió... Y Gaby no está.
JORGE.― Tienes razón. Yo creo que mejor me voy.
HÉCTOR.― Porque quieres. Yo aquí estoy muy a gusto.
JORGE.― Sale. Te cuidas.
HÉCTOR.― Ándale. 




12

Consultorio de psicoanalista
El psicoanalista y Fernanda. 


FERNANDA.― (Después de una larga pausa) .........Yo...
Psicoanalista.― Esa es una palabra característica en usted. Siempre es un ‘yo’. ¿Lo sabe?
FERNANDA.― Lo sé... Un colega suyo, y nuestro, ya me lo había dicho.
Psicoanalista.― ¿Cuándo fue que la última vez que estuvo en análisis?
FERNANDA.― Yo siempre me analizo. Estuve diez años en terapia, como se imaginará. Pero ahora... 
Psicoanalista.― Se siente rebasada.
FERNANDA.― Más o menos. Racionalmente tengo toda mi vida en perspectiva. Pero la relación con mi... con Jorge.
Psicoanalista.― Ya no la tiene segura.
FERNANDA.― Nunca la tuve. Pero ahora... Lo quiero, pero tengo que decirle que se vaya.
Psicoanalista.― Por Gabriela.
FERNANDA.― Por eso y por muchas cosas más. Jorge tiene que encontrarse. Me he despertado mientras él dice entre sueños: ¡Héctor!... Héctor!... (Pausa) No lo puedo 
soportar. Antes, eran, sus amantes: mujeres. No me importaba. Yo podía competir con ellas. ¡Pero con un hombre!
Psicoanalista.― Y sin embargo, Héctor no le ha querido hacer caso.
FERNANDA.― Sí. Pero yo me siento insegura. Por primera vez. Si no es Héctor, que es nuestro amigo, sería cualquier otro.
Psicoanalista.― Sin embargo usted siempre supo que Jorge... 
FERNANDA.― Siempre lo supe. Lo que es peor: siempre le hice saber que lo sabía. 
Pero ahora las cosas han cambiado. Él parece estar decidido a cambiar... Lo único que lo contiene es...
Psicoanalista.― Que tiene la vida segura, con usted. Al menos económicamente. 
FERNANDA.― Me gustaría pedirle... que se largue... que se vaya... De hecho se lo he pedido, pero siempre se queda. No sé... Las relaciones, como usted sabe, no se pueden romper de un día para otro. Hay muchas...
Psicoanalista.― ¿Dependencias, neurosis? ¿Qué es lo que verdaderamente la tiene atada a Jorge?
FERNANDA.― ¿Atada? ¿Usted piensa que estoy atada?
Psicoanalista.― No es así como funciona, ¿se acuerda? La pregunta es: ¿Usted qué piensa? ¿Vive atada?, ¿vive amarrada? ¿Por qué?



Trece

GABRIELA Y HÉCTOR
Casa de ambos 

HÉCTOR.― ...Pero Jorge es nuestro amigo.
GABY.― No me importa. Que se consiga un trabajo, una manera de ganarse la vida, y 
entonces hablamos.
HÉCTOR.― Es sólo por unos días. No se puede quedar en la calle.
GABY.― Tú lo conoces. No tiene oficio ni beneficio. Si Fernanda lo corrió, no fue por... 
no fue gratis. Es un parásito. ¿Cuándo fue la última vez que le conociste un empleo?
HÉCTOR.― Con mayor razón. Hay que apoyarlo.
GABY.― No te entiendo. Tú defiendes siempre tu intimidad. Tu soledad. A veces 
pienso que te gustaría estar incluso sin mí. Te bastas muy bien a ti mismo.
HÉCTOR.― No te pongas en ese plan, no otra vez. Se trata de Jorge.
GABY.― Precisamente por eso. Él es muy... El siempre ha sido muy...
HÉCTOR.― Qué.
GABY.― No lo quiero aquí en la casa. Eso es todo.



***


Jorge, quien ha estado escuchando la conversación sin ser notado, interviene.


JORGE.― Yo sé muy bien por qué Gabriela no quiere que me quede.
HÉCTOR.― Te despertamos.
JORGE.― Sí. Creo que ya me voy.
GABY.― Jorge. No puedes quedarte, lo siento.
HÉCTOR.― ¿Ya decidiste?
GABY.― Al menos tienes que entender que no puedes quedarte todo el tiempo. Tal vez 
esta noche sí, pero...
JORGE.― Sí, no te preocupes, Gabriela. No voy a tratar de hacer nada contigo. ¿Es eso lo que te preocupa?
HÉCTOR.― Ya, cálmate, maestro. Nadie piensa que desees hacer nada con Gaby.
JORGE.― Tampoco voy a tratar de hacer nada contigo, Héctor. En realidad lo único 
que quisiera hacer en este momento, es largarme de aquí. Pero como lo dijo muy bien 
mi querido amigo. No tengo a dónde ir. ¿Soy una patética molestia no te parece, Gabriela?
GABY.― Yo... Por qué dices que no... que no te gustaría hacer nada... ¿Con Héctor?
JORGE.― ¿Sabes por que me pidió amablemente Fernanda que me fuera de la casa? 
Porque en sueños, decía, en voz alta... el nombre de Héctor. Sí. Ya lo saben los dos. 
Lo que tú no sabes, mi querido amigo, es que Gabriela y yo.
GABY.― Cállate, por favor.
JORGE.― No, no me callo. Héctor, tú mujercita insatisfecha, por tanto tiempo, por haberla dejado tanto tiempo sola, o casi sola... Pues ha recurrido a toda clase de amantes. Debo decir que a ninguno de ellos lo ha visto mucho. A casi ninguno. 
Solamente a mí, que le di... casi todo lo que ella deseaba. Pero no. Lo que ella desea no sé muy bien quién sea capaz de dárselo. El caso es que sí. Mis queridos Gabriela y Héctor. Yo me he quedado sin casa, sin mujer, sin amante y sin amado... Y pues no 
tengo dónde pasar la noche, al menos esta noche. Les molestaría darme alojamiento por lo menos unos días. Juro que ya no trataré de seducirte, Héctor. En cuanto a ti, Gaby... Hace mucho que dejaste de interesarme. O de veras crees que seguiría 
intentando hacer algo contigo. Esa historia terminó. ¿Me puedo quedar esta noche al menos? ¿Qué piensan?
HÉCTOR.― Puedes quedarte.
GABY.― (Alterada) ¿Qué?... ¡No puede! (a Héctor, histérica) ¿Cómo que trataba de seducirte? ¡por qué no me habías dicho!
HÉCTOR.― ¡No me grites! No tienes derecho a ponerte así.
GABY.― ¡Y cómo quieres que me ponga! Nos acaba de confesar nuestro mejor amigo que quería acostarse contigo!
HÉCTOR.― ¿Confesar? ¡No seas ridícula! ¡Si se tratara de pecados tú saldrías perdiendo! Hace mucho sabía que lo hiciste con Jorge, pero realmente no me importó... ¿Pero qué es eso de que te has acostado con varios? 
JORGE.― Con varios... 
GABY.― ¡Degenerado, tú no puedes hablar!
JORGE.― Degenerada tú, putita. Yo al menos reconozco lo que hago.
HÉCTOR.― Así es Gabriela, tú te pones como la víctima y te atreves a juzgarlo. No sé por qué piensas que es peor que Jorge haya tratado de seducirme... Tú te acostaste  con él.
JORGE.― Y con algunos otros.
GABY.― ¡Quieres callarte! No estás en posición de juzgarme.
JORGE.― ¿Y tú sí?
GABY.― Yo he tenido mis razones, Héctor. Y tú lo sabes bien.
JORGE.― Se quejaba mucho de que ya no te la cogías, maestro.
GABY.― ¡Cállate!
JORGE.― Yo le hacía el favor. Para qué son los amigos, después de todo.
HÉCTOR.― Tus razones deben de ser más importantes que las de los demás, Gabriela. Sabes que para mí el sexo...
GABY.― Sí, ya sé... Díselo a Jorge para ver qué opina... (a Jorge) “es como sonarse la nariz”... Qué opinas, ¿te sigue interesando “mi marido”?
HÉCTOR.― A mí me interesan otras cosas, Gabriela. Vivimos una relación, compartimos nuestras vidas... Somos una pareja.
GABY.― Te interesa estar en tu mundo privado. Yo me la paso dando vueltas mientras tu bebes y fumas, fumas y lees. Te la pasas muy bien contigo mismo. Hasta te masturbas cuando “hacemos el amor”... No te hago ninguna falta.
HÉCTOR.― Yo sé que siempre andas por ahí.
JORGE.― ¡Como un fantasma! (Se ríe) O mejor aún, como alma en pena.
GABY.― Gracias, Jorge... Tienes razón, aunque insistas en hacer tus malditas bromas. 
Así es, Héctor. Vivo como si estuviera sola, llena de angustia. Tengo un enorme vacío que tú difícilmente llenas. Tú lo único que haces es abrazarte a mí... Aferrarte a mí como si te fueras a... como si de un momento a otro pudieras desaparecer. 
HÉCTOR.― Me gusta estar abrazado a ti. Son nuestros mejores momentos.
GABY.― Los tuyos. Yo podría... Sería mejor... No sé que estamos haciendo juntos. No lo sé.
HÉCTOR.― La paso bien contigo, es lo único que te puedo decir.
GABY.― Creo que... Yo he estado sin ti durante mucho tiempo. Demasiado como para seguir soportándolo.

Pausa

JORGE.― ¿Y entonces? ¿Me puedo quedar? 
(Silencio)



14

Meses después

Cantina

Fernanda está en el bar de su casa. Limpia y arregla hasta el momento en que tocan el timbre. Sale a abrir la puerta. Entra Gabriela.

FERNANDA.― Pasa, siéntate. Lo siento mucho pero no hice nada de cenar. Al rato llega la pizza. Espero que te guste la que pedí. Eso sí, de tomar hay todo lo que quieras.
GABY― Gracias.
FERNANDA.― ¿Y qué me cuentas? ¿Ya más relajada? Qué es eso de que estás esperando.
GABRIELA.― Lo dices de una manera... Sí... el dispositivo falló, ya ves. Pero me alegro, en realidad me siento muy feliz.
FERNANDA.― No voy a decir que me da gusto, lo siento. Eso de traer hijos al mundo... Pues qué quieres que te diga. ¿Es de Héctor el niño?
GABY― Tú siempre has sido muy sincera, Fernanda. No creo que sea de Héctor, no sé.
FERNANDA.― No me digas... ¿Y sabes de quién es al menos?
GABY― Creo... Tengo alguna idea.
FERNANDA.― Bueno, qué importa si no sabes. El hijo va a ser sólo tuyo. ¿Extrañas a  Héctor?
GABY.― No lo puedo extrañar porque siento siempre estuvimos separados. No puedes echar de menos lo que nunca tuviste.
FERNANDA.― Sé de lo que hablas. Pero... en mi caso. A veces me gustaría que Jorge regresara. Pero no. Ya tomé una decisión. (Cambia de tema) Entonces, ¿estás ya dispuesta a ser una madre soltera?
GABY.― Claro que sí. Va a ser solamente mío, o mía... también puede ser una niña... 
Si quieres oír mi opinión... Yo... 
FERNANDA.― (Suena el timbre de la puerta. Fernanda feliz de no seguir con una conversación que no le agrada). Ah, qué alivio. ¡Ya llegó! Debe de ser la pizza.
GABY.― O a lo mejor es Jorge.
FERNANDA.― ¿Qué?, ¡por qué!
GABY― Se enteró de que venía contigo. Tal vez venga con Héctor.
 (Al ver la reacción de disgusto de Fernanda) ¿Te molesta?
FERNANDA.― Ya ves que no. ¿Me veo molesta? ¿Me veo preocupada? Gracias, Gabriela.


***


LUZ IRREAL
Lo que sigue ocurre sólo en la mente de Fernanda.
Entran Jorge, Héctor y el psicoanalista.

JORGE.― Ella es mi ex-mujer, maestro. Se ve muy feliz. No sé si lo está.
Psicoanalista.― La conozco un poco. En realidad los conozco a todos. Un poco más que a ti.
JORGE.― No tiene que ser amable. Yo nunca quise conocerlo a usted.
Psicoanalista.― Sí. Cierto. ¿Por qué no quieres hablar de ti?
JORGE.― ¿De mí? ¿Por qué, doctor? ¡Por qué me hace eso? Necesitaría estar borracho para hablar de mí... Pero le puedo decir lo que Fernanda dice de mí. A ver qué opina del juicio de su colega: Yo soy.. “el típico caso de el hombre que no quiere 
involucrarse. El típico síndrome de Peter Pan... no puedo estar a gusto en ningún lado. 
No puedo amar a las mujeres porque siempre quiero que ellas me resuelvan la vida. Y sin embargo... las odio porque me mantienen. Detesto a las mujeres mayores y exitosas, pero estoy con ellas porque me dan todo lo que necesito... y sin embargo, las 
desprecio. Quiero seducir a cuanta mujer se me ponga enfrente porque quiero que sepan que yo puedo satisfacerlas, pero no lo logro... siempre acabo logrando que me rechacen... lo consigo porque me porto como un patán con ellas... A los hombres... 
siempre les saco lo que yo quiero... Dinero... sobre todo. A algunos hombres no los he podido conquistar... Como a Héctor... Lo veo como a un eterno adolescente, al que no le gusta el mundo de los adultos. Es igual que yo. Pero no me hace caso. Qué tal, 
doctor. Qué piensa: ¿es un buen diagnóstico? No todo es de Fernanda, algunas cosas las pienso yo mismo... de mí... Qué le parece... (Al ver que el doctor se dispone a hablar, interrumpe, cambia el tema) Y qué tal, Fer. No nos invitas un trago.
FERNANDA.― (Lo acaricia) Te he extrañado, Jorge, pero no al punto de querer que regreses conmigo. Estoy mejor sin ti.
JORGE.― Siempre me acusaste de ser un inmaduro, pero en todo caso tú eres la inmadura que siempre quiso tenerme a tu lado.
FERNANDA.― Es cierto. Pero ya no. Me da gusto que estés lejos de mi vida. Tal vez los dos logremos crecer un poco. Lejos, uno de otro.
JORGE.― (A Héctor y Gaby) ¿Y a ustedes dos cómo les va? Siento que se hayan separado por mi culpa.
GABY― No. Al contrario. Te agradecemos que nos hayamos dado cuenta de qué tan separados estábamos.
FERNANDA.― Gabriela piensa que por el hecho de tener un hijo se va a sentir más tranquila. Yo creo que el gusto le durará poco. ¿Usted qué piensa, doctor?
Psicoanalista.― Podrá estar mejor... Nunca ha estado del todo mal.
JORGE.― Pero tampoco bien. Le gusta hacerse la víctima, pero no es muy buena persona.
Psicoanalista.― Eso no lo sabemos, Jorge, define “buena persona”.
JORGE.― Usted es el doctor.
Psicoanalista.― Quizá ella dure un tiempo bien, Jorge, pero, al final de cuentas, Gabriela siempre se sentirá insatisfecha, al igual que Héctor... él extrañaba su vida de soltero. Pero ahora que está solo... Seguramente extraña la vida de pareja.
HÉCTOR.― No hable por mí, doctor. Yo me siento muy bien ahora.
Psicoanalista.― Por ahora, tú lo has dicho. Seguirás viviendo en tu eterno ir y venir del alcohol al tabaco, de los libros al sueño... Pero cuando sientas de nuevo la soledad volverás a desear estar abrazado de un cuerpo cada noche.
FERNANDA.― Pues parece que la única que ha sido congruente, la única persona madura y con los pies en la tierra... soy yo.
Psicoanalista.― Se equivoca usted, Fernanda. Usted vivía engañada... por usted misma. Sabía que Jorge tenía muchas aventuras y no hacía nada. 
FERNANDA.― Hasta que lo corrí de mi casa.
GABY― ¿Y no lo extrañas, Fer?
FERNANDA.― ¿Cómo?
HÉCTOR.― Qué si no lo extrañas... A Jorge.
FERNANDA.― Claro que sí. No puedo dormir pensando en él. No puedo hacer nada. 
Está en mis sueños, en mis cosas, en mis recuerdos... y sin embargo... tampoco sería capaz de recibirlo otra vez en mi casa. No podría.



***


Cambio de luz. 
La escena vuelve “a la normalidad”. Suena el timbre de la puerta. La escena vuelve a los primeros diálogos de la situación previa. No están ni Jorge ni Héctor ni el Psicoanalista.


FERNANDA.― (Suena el timbre de la puerta). ¡Ya llegó! Debe de ser la pizza.
HÉCTOR.― O a lo mejor es Jorge.
FERNANDA.― ¿Qué?, ¡por qué!
GABY― Se enteró de que venía contigo. Tal vez venga con Héctor.
 (Al ver la reacción de disgusto de Fernanda) ¿Te molesta?
FERNANDA.― Ya ves que no. ¿Me veo molesta? ¿Me veo preocupada? Gracias, Gabriela.

Entran Jorge y Héctor

JORGE.― (Pausa) Hola, Fernanda.
FERNANDA.― (Siempre cerca de la puerta) Qué tal, Héctor. Discúlpame, Jorge... 
Pero...
JORGE.― ¿No quieres que me quede?...
FERNANDA.― Yo no te invité.
JORGE.― Me invitó Gabriela.
FERNANDA.― ¿A mi casa? 
JORGE.― Siempre fue tu casa, verdad, señora.
FERNANDA.― Siempre ha sido mi casa.
JORGE.― Tienes razón. Será mejor que me vaya. Te cuidas, Fer.
FERNANDA.― No. Te cuidas tú.
JORGE.― Adiós, Gaby. Nos hablamos. 
HÉCTOR.― Nada de eso, Jorge. Vamos a tomar un trago. Fernanda invita. No te vas a ser grosera con los amigos, ¿o sí Fer?
FERNANDA.― Con los amigos de quién.
HÉCTOR.― ¿Tuyos?
FERNANDA.― Héctor. Yo decido quién entra o no a mi casa y en este caso ni tú ni tu amiguito son bienvenidos.
JORGE.― Ya la oíste, cuate. Fernanda es la dueña y vieja y rica señora de esta casa. 
FERNANDA.― No estoy vieja, y sí, tengo el suficiente dinero como para haberte mantenido mucho tiempo.
JORGE.― Sí estás vieja y te estás volviendo una amargada. No sé cómo la soportas, 
Gaby. Ella siempre me hablaba pestes de ti y ahora te usa como pañuelo de lágrimas.
FERNANDA.― Qué patético espécimen de hombre te has vuelto. Yo nunca hablé mal de Gabriela. ¿Y qué? ¿Ahora ustedes andan muy unidos?
JORGE.― Nos la pasamos haciendo apuestas. Junto con Gabriela, claro.
GABY― Jorge, por favor.
FERNANDA.― No me interesan tus acertijos. De verdad: no me importa lo que digas    ni lo que hagas.
JORGE.― Tratamos de adivinar si el hijo que espera Gabriela es de Héctor, mío, de algún otro... Aunque Gaby dice que ella lo va a cuidar sola, que no necesita de ningún padre... Pero nosotros, estamos intrigados.
FERNANDA.― Jorge, si me estás dando a entender que Gabriela puede estar esperando un hijo tuyo... Si quieres decirme, si quieres informarme, a destiempo, que entre tus múltiples aventuras, tuviste una con Gabriela... déjame decirte que no me importa. En efecto, el hijo que ella espera lo cuidará sola, si se le da la gana. A mí no 
me importa. Tampoco lo que tú hagas con Héctor, si es que haces algo, o con quien se te pare enfrente. Entiende únicamente que no eres bienvenido a mi casa. Ni tú, ni tú tampoco Héctor. Así que si nos disculpan...
JORGE.― Ya estuvo. Ya nos vamos.
GABY.― Creo que yo también yo... Me voy.
HÉCTOR.― No, Fernanda... No estamos dispuestos a que nos corras de tu casa. Tú, en el fondo no eres una bruja amargada, estoy seguro. Mira. Invítanos un trago y...
FERNANDA.― (Estalla) ¡Que no entienden! ¡No es posible que los esté echando de mi vida y no me hagan caso! Por qué no se largan de una vez y me dejan sola. A ninguno de ustedes le importa lo que yo sienta. Yo nunca te importé, Jorge. Siempre me lo 
dijiste, me lo hiciste sentir. Por qué me sigues buscando. Por qué de una maldita vez no te largas de mi vida, ¡por qué no me dejas en paz! ¡Largo, váyanse todos de aquí! 
(Fernanda rompe en llanto)
Pausa 
JORGE.― (Se le acerca y la trata de tocar, pero Fernanda lo rechaza violentamente
No hagas esto. Sabes que nunca he soportado las lágrimas... Y menos las tuyas. De hecho nunca te había visto llorar.
FERNANDA.― ¿Qué no puedes dejar de decir estupideces?
JORGE.― Soy un estúpido, lo siento. Lo siento tanto. Pero... soy un estúpido que todavía te quiere... como yo lo entiendo... a mi manera, pero todavía te... quiero. No mealejes. No así.
FERNANDA.― Bonita forma de quererme.
JORGE.― Es la única que tengo. Ya sabes. Soy un estúpido que no puede estar contigo... ¿Te acuerdas? No puedo tenerte... Ni dejarte. 
FERNANDA.― Yo tampoco. 

Se dan un fuerte abrazo. Héctor y Gabriela se mantienen emocionados a cierta  distancia.

JORGE.― ¡Quién chingados nos hizo como somos! Carajo. Por qué no nos podemos relacionar como dios manda. Dónde está un psicoanalista, me lleva...
HÉCTOR.― Ahí tienes a una enfrente.
JORGE.― Fernanda... Ah, pero ella no cuenta... Ella no puede analizarme porque yo soy su... Bueno, fui su... marido, pareja... En realidad sí me analizaba, pero no profesionalmente. Yo me refería a...
GABY.― Qué les parece si nos tomamos una copa... 
JORGE.― Gabriela... Tú no puedes beber... recuerda que quizá esperes un hijo mío.
HÉCTOR.― O mío...
GABY.― Solamente mío. Lo siento mucho, señores, pero ustedes no están capacitados para cuidar ni de ustedes mismos.
JORGE.― No empieces.
HÉCTOR.― Sí, por favor. Sabes que todos seremos buenos padres...
JORGE.― O tíos...
GABY.― Lo voy a cuidar yo sola. Pero sí... Pueden considerarse todos buenos tíos. Y tía también, Fernanda, aunque ya sé que detestas a los niños.
FERNANDA.― Sí, un poco... Pero no creas... Yo espero que...
GABY.― ¿Sí? 
FERNANDA.― Lo siento mucho, pero yo no puedo evitar ser cómo soy. Lo mismo que ustedes.
JORGE.― Esa es mi... Esa es Fer.
FERNANDA.― Pero y entonces qué... vamos a brindar o no... ¡Por nosotros!
GABY.― ¡Y por mi hijo!
JORGE.― ¡Por nuestro hijo!
HÉCTOR.― Por nosotros... ¡Me parece bien!
FERNANDA.― ¡Pues brindemos! Porque a pesar de nosotros mismos, a pesar de ser como somos, a pesar de nuestros problemas y nuestros tropiezos... Estamos aquí... juntos.
JORGE.― Eso, sí... Muy juntos. Pero... Fernanda... ¿Vas a matar a tus invitados de hambre?
FERNANDA.― ¡Es cierto, ya debería haber llegado la pizza! (Suena el timbre de la puerta, los cuatro personajes miran expectantes). Jorge, sé bueno conmigo y ve a abrir  la puerta.
JORGE.― ¿Como antes, Fer? 
FERNANDA.― Qué quieres que te diga. Sí, como antes, Jorge. Como antes. Se miran con infinito cariño. Héctor y Gabriela hacen un gesto de complicidad.

 Jorge abre la puerta. Entra el psicoanalista y se quita la máscara.

Las dos parejas lo miran con un gesto de enorme incredulidad.



Fin


21 de junio de 2007
® Benjamín Gavarre 
sogem
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