LOS TEJEDORES. GERHART HAUPTMANN.



LOS TEJEDORES

GERHART HAUPTMANN



PERSONAJES
DREISSIGER, fabricante.
LA SEÑORA DE DREISSIGER.
PFEIFER, encargado.
NEUMANN, cajero.
UN EMPLEADO.
WEINKOLD, preceptor de los hijos de Dreissiger.
JUAN, cochero.
EL PASTOR KITTELHAUS.
LA SEÑORA DE KITTELHAUS.
HEIDE, comisario de policía.
KUTSCHE, gendarme.
WELZEL, posadero.
LA MUJER DE WELZEL.
ANA WELZEL, su hija.
WIEGAUD, carpintero.
UN VIAJANTE DE COMERCIO.
UN ALDEANO.
UN GUARDABOSQUE.
SCHMIDT, médico.
HORNIG, trapero.
WITTIG, herrero.
BAECKER.
MAURICIO JAEGER, soldado licenciado.
EL ABUELO BAUMERT.
LA ABUELA BAUMERT.
BERTA BAUMERT.
EMMA BAUMERT.
FRITZ, hijo de Emma, de cuatro años de edad.
AUGUSTO BAUMERT.
EL ABUELO ANSORGE, tejedor y casero.
LA MUJER DE HEINRICH, tejedora.
EL ABUELO HILSE.
LA ABUELA HILSE.
GOTTLIELB HILSE.
LUISA, mujer de Gottlielb.
MILIENA, su hija.
REIMANN.
HEIBER.
UNA TEJEDORA.
UN NIÑO.
TEJEDORES Y TEJEDORAS

La acción se desarrolla hacia 1840, en Kaschbach, en el Eulengebirge y en Petterwaldan y Laugenbielan, al pie del Eulengebirge


PRIMER ACTO

Una vasta lonja, de muros grises, en la fábrica de Dreissiger, en Petterwaldan.
Es el lugar a donde los tejedores van a entregar los tejidos ter¬minados. A la izquierda, ventanas sin cortinas. En el fondo, una puerta de vidrieras; a la derecha, otra puerta, también de vidrieras, por la que tejedores, mujeres y niños, entran o salen continuamente. A lo largo de la pared de la derecha, que está en su mayor parte, como las otras paredes, llena de estantes, se extiende un mostrador, sobre el que los tejedores depositan las piezas que traen. Con arreglo a su orden de llegada, van a que les examinen su trabajo. El encargado PFEIFER, está de pie tras una mesa grande, sobre la cual cada tejedor coloca a su vez la pieza que lleva para someter al examen. Para este examen, PFEIFER se sirve de un compás y de una lupa. Una vez vista la pieza por PFEIFER, el tejedor la vuelve a tomar y la pone en una balanza, en donde el empleado comprueba el peso. El mismo em¬pleado procede a almacenar en seguida la mercancía aceptada. El encargado PFEIFER, indica cada vez, en alta voz, al cajero NEUMANN, sentado ante una mesa, el salario que se ha de pagar. La escena se desarrolla en un día nublado, de fines de mayo. El reloj señala las doce. La mayor parte de los obreros presentes permanecen allí como si estuvieran en la barra de un tribunal del que tuviesen que esperar una decisión que fuera para ellos cuestión de vida o muerte. Todos tienen aspecto abatido, aspecto como de mendigos, de miserables que han rodado de humillación en humillación, y que, teniendo el sentimiento de no ser más que tolerados, están habituados a hacerse lo más pequeños posi¬ble. Todos los rostros llevan el rudo sello de crueles e inútiles ensueños. Los hombres se parecen casi todos, bajos de estatura, estrechos de hombros, catarrosos, con la cara pálida y sucia, condenados al oficio de tejer, que les hace ser patizambos. Sus mujeres son menos típicas a primera vista. Parecen enervadas y
agotadas, mientras que los hombres presentan todavía aspecto de una cierta gravedad lamentable. Aquéllas no van cubiertas sino de harapos, mientras que los trajes de los hombres están, por lo menos remendados. Entre ellas, las jóvenes no carecen de gracia: tienen una palidez de cera, formas delicadas, ojos gran¬des, salientes y melancólicos.
NEUMANN — (Contando el dinero). Restan diez groschen, dos pfennigs.
UNA TEJEDORA— (De treinta años, extenuada, recoge el dinero con temblona mano). Muchas gracias.
NEUMANN— (Viendo que no se va la mujer). ¿Qué hay? ¿No es esa su cuenta?
UNA TEJEDORA— (Conmovida y suplicante). Adelánteme usted una vez más algunos pfennigs; ¡me hacen tanta falta!
NEUMANN— ¡Ah! ¡Si fuera uno a considerar las cosas que ne¬cesita!... Yo necesitaría algunos cientos de thalers. (Poniéndose en seguida a pagar a otro tejedor, añade secamen-te). En cuestión de adelantos, el que decide es el señor Dreissiger.
UNA TEJEDORA — ¿Pero podré yo ver al señor Dreissiger?
PFEIFER — (Fue tejedor, pero no ha conservado el tipo. Es un hombre orondo, cuidadosamente vestido y afeitado. Es tam¬bién un gran aficionado al rapé. Replica bruscamente): Tendría harto que hacer si tuviera que ocuparse de todas esas miserias. Aquí estamos nosotros para eso. (Mide una pieza de tela con su compás y la examina con la lupa). ¡Se¬ñor, qué corriente de aire! (Se abriga el cuello con un gran pañuelo de seda). Cerrad la puerta cuando entréis.
UN EMPLEADO— (En alta voz a Pfeifer). Es como si se habla¬ra con las paredes.
PFEIFER — Ya está. Péselo ahora. (El tejedor pone la pieza de tela en la balanza). Me parece que no sabe usted gran cosa, que digamos, del oficio. Esto se encuentra lleno de defec¬tos; ni siquiera sabe usted urdir la tela. ¡Muy bonito! Que sea enhorabuena.
BAECKER — (Acaba de entrar. Es un tejedor joven, más robusto que sus compañeros, de modales desenvueltos, insolentes casi. Cuando entra, Pfeifer, Neumann y el empleado cam-bian una mirada de inteligencia). ¡Rediós, que tiempo de perros. Nos vamos a divertir!
UN TEJEDOR— (A media voz). Sí, pudiera ser que lloviese.
EL ABUELO BAUMERT — (Que ha entreabierto, para entrar, la puerta de la derecha. Detrás de la puerta se ve un grupo compacto de tejedores que espera su turno para entrar en la lonja. El abuelo Baumert avanza, arrastrando los pies, hasta colocarse casi en primer término. Deposita un paquete en el banco cerca de Baecker. Se sienta al lado, y se enjuga el rostro). Da gusto descansar.
BAECKER — Ya lo creo que da gusto. Más que el recibir los mi¬serables groschen de esos.
EL ABUELO BAUMERT — ¡Oh! También es bueno recibir los groschen. Buenos días Baecker.
BAECKER — Buenos días, abuelo Baumert. Todavía va a haber
que esperar, amigo.
UN TEJEDOR — Sí, aquí no reparan mucho en eso. Ya he hecho
yo cola dos horas enteras otra vez. Para ellos, un tejedor
no es nadie.
PFEIFER — A ver si os calláis vosotros, no se entiende uno.
BAECKER — (Más bajo). Ese está hoy de malas.
PFEIFER— (Al tejedor que tiene enfrente). Ya le he dicho bas¬tantes veces, sin embargo, que era menester limpiar esto mejor. Pero usted es muy apático. Mire, esta hilaza, larga como la mano, y paja, y todas estas suciedades.
REIMANN — ¡ No tanto!
EL EMPLEADO — (Que ha pesado la pieza). No tiene el peso.
PFEIFER — Están lucidos nuestros tejedores: merma en cada pieza entregada. ¡Ah! En mis tiempos no hubiera aceptado eso el amo. Pero entonces no sucedía lo que hoy, había que saber el oficio. Ahora, a la vista está... Reimann, diez groschen.
REIMANN — Sin embargo, hay derecho a una libra de merma.
PFEIFER — No tengo tiempo. Está arreglado. ¿Qué es lo que trae
usted?
HEIBER — (Deposita su pieza de tela. Mientras Pfeifer la examina, Heiber se acerca a él y le dice a media voz, pero con emoción). Perdone usted, señor Pfeifer; pero si fue¬ra un efecto de su bondad, si quisiera usted hacerme el favor, me haría usted un gran servicio de no descontar¬me esta vez el adelanto.
PFEIFER -— (Midiendo la tela y examinándola, responde con un tono de burla). ¡ Está bien elegido el momento para pedir¬me eso! ¡ Si al menos me trajese usted labor un poco limpia!
HEIBER— (Continuando en el mismo tono). La semana próxima podré arreglarlo todo. Pero esta semana he tenido que hacer dos días de jornada gratuita... Y además tengo a mi hija enferma.
PFEIFER—(Dando a pesar la pieza). Le digo que lo que me entrega aquí es trabajo echado a perder. (Examinando una nueva pieza). ¡Y esto! ¡Demasiado ancho por un lado, de¬masiado estrecho por otro! Y además, estos hilos de la tra¬ma, mezclados unos con otros, o bien flojos. ¡ Y ni siquiera sesenta hilos por pulgada! ¿Dónde está lo demás? ¿Qué ha hecho usted de ello? ¿Qué hace usted de lo que se le da? (Heiber contiene sus lágrimas y permanece consternado, sin atreverse ya a decir nada).
BAECKER—(En voz baja, a Baumert). ¡Qué animal tan in¬mundo! Querría tal vez que comprásemos el hilo nosotros mismos.
UNA TEJEDORA — (Que apenas se ha alejado de la caja, y que de cuando en cuando dirige en torno de ella una mirada desesperada, como para buscar socorro, parece, en fin, to¬mar una resolución heroica, y se dirige de nuevo supli¬cando al cajero). No podré salir de apuros si no me da us¬ted un pequeño adelanto... ¡Ah, Jesús mío!
PFEIFER — Déjenos en paz con sus jeremiadas; y deje a Jesús tranquilo. ¡Cómo si se ocupara usted mucho de Jesús, ha-bitualmente! Mejor será que se ocupe usted más bien de su hombre. No hay medio de hacer a usted adelantos. También nosotros tenemos que rendir cuentas. No es dinero nuestro, tenemos que decir lo que hemos hecho de él. Y además, cuando se conoce el oficio y se trabaja con temor de Dios, jamás se necesitan adelantos. ¿Estamos?
NEUMANN — Es como los tejedores de Bielan. Aunque ganen cuatro veces más, gastan cuatro veces más en divertirse, y todavía hacen deudas.
UNA TEJEDORA — (En voz alta, para poner a todos los presen¬tes por testigos). Sin embargo, yo no soy perezosa; pero ya no puede durar esto. He estado a punto de morirme dos veces. Y mi hombre no se tiene de pie; quería curarse; ha estado a ver al brujo de Zerlan, no ha podido hacer nada... No se puede hacer lo imposible; se hace todo lo que se puede. No duermo; hace semanas que no pego los ojos. ¡Si por encima de todo, no tuviese una enfermedad que me roe los huesos! Ya no puedo tenerme derecha. (Haciéndose más suplicante). Se lo ruego, mi buen señor; adelánteme usted algunos groschen.
PFEIFER— (Sin parecer oírla siquiera). Fiedler, once groschen.
UNA TEJEDORA-—Nada más que algunos groschen, para que pueda comprar pan. El panadero no quiere fiarme más. Y tenemos un montón de hijos.
NEUMANN — (Al empleado, en voz baja y con tono cómicamen¬te grave). Las tejedoras que hilan el lino tienen un chico todos los años, con regularidad, todos los años. ¿Puede us¬ted explicarme esto?
EL EMPLEADO— (Con el mismo tono). La tortuga es ciega seis semanas todos los años, con regularidad, todos los años. ¿Puede usted explicarme esto?
REIMANN — (Sin tocar el dinero que el cajero acaba de contar¬le). Me han dado siempre tres groschen por una pieza.
PFEIFER— (Le dice desde su puesto). Si no está usted contento, Reimann, no hay que decir más que una palabra. No faltan tejedores tan hábiles como usted. Cuando tenga el peso jus¬to, se le pagarán otra vez trece groschen.
REIMANN -— Habría que probarme que no está el peso justo.
PFEIFER — Traiga usted una pieza bien tejida, recibirá comple¬to su salario.
REIMANN — ¿Y acaso ésta no está bien? ¿En dónde ve usted tantos defectos?
PFEIFER— (Que ha empezado a examinar otra pieza). Quien teje bien, vive bien; quien teje mal, vive mal.
HEIBER — (Se ha quedado cerca de Pfeifer, para esperar un instante favorable. Ha sonreído a la réplica de Pfeifer, y se acerca entonces a él, y le habla en el mismo tono que la primera vez). Señor Pfeifer: si fuese un efecto de su bon¬dad, si quisiera usted ser bastante bueno para no descon¬tarme mi adelanto hoy; porque ya ve usted, desde la Cua¬resma, mi pobre hija está en la cama, toda estropeada. No ha podido hacer nada, y yo estoy obligado a pagar una de¬vanadora. Ya comprende usted, señor Pfeifer, que no es culpa nuestra.
PFEIFER — (Tomando un polvo de rapé). Mi bravo Heiber, no he de pensar solamente en usted. Es preciso que me ocupe también de los otros.
REIMANN — Me han dado el hilo así, lo he retirado del telar como lo había puesto, no puedo traer hilo mejor del que me dan.
PFEIFER — Si no le gusta el hilo, no tiene usted más que hacer sino no volver a buscarlo. Hay bastantes obreros que rom¬perían la suela de sus zapatos por venir a tomarlo como es.
NEUMANN— (A Reimann). ¿No quiere usted tomar el dinero?
REIMANN — No está mi cuenta.
NEUMANN — Bueno. (Sin ocuparse más de Reimann). Heiber diez groschen; descontando cinco groschen adelantados, quedan cinco groschen.
HEIBER — (Se acerca, echa una mirada a la suma, menea la ca¬beza como si no pudiese creer lo que sucede, y por fin toma las monedas una a una, suspirando). ¡Ah!, miseria, mise¬ria. .. ¡en fin!
EL ABUELO BAUMERT—(A Heiber, mirándole cara a cara). ¡Ah!, sí, mi pobre Francisco; hay de qué lamentarse, no es agradable la vida.
HEIBER— (Penosamente). Figúrate; mi pobre hija está en¬ferma. Habrá que comprar drogas.
EL ABUELO BAUMERT — ¿Qué tiene?
HEIBER — No se sabe bien, ya ves. Está hecha un cascajo desde que vino al mundo. Seguramente algún vicio que tiene en la sangre. Miseria de miseria. Cuando uno es pobre, se tie¬nen todos los males. Y no tiene fin, no tienen remedio. ¿Qué llevas ahí, en el pañuelo?
EL ABUELO BAUMERT — Pues mira, en casa estamos también sin una migaja, y he hecho que maten a nuestro perro. No ha¬brá mucho que comer, estaba medio muerto de hambre. Pe¬ro era tan cariñoso... Por eso se lo entregué a otros. Yo no hubiera tenido valor para matarlo.
PFEIFER— (Después de haber examinado la obra de Baecker). Baecker, trece groschen.
BAECKER — Esto es una limosna, no es un salario.
PFEIFER — Los que han cobrado pueden marcharse. No se pue¬de uno mover aquí.
BAECKER — (A los que le rodean, sin bajar la voz). Es una mi¬serable limosna, una propina nada más. Y para esto hay que matarse todo el día, no dormir la mitad de las noches.Y cuando se ha agotado, cuando se está medio muerto, se han ganado trece groschen.
PFEIFER — No venga usted aquí a vocear de esa manera.
BAECKER — De todos modos no será usted el que me haga callar.
PFEIFER— (Levantándose bruscamente). Ya lo veremos. (Yen¬do a la puerta de vidrieras y llamando). ¡Señor Dreissiger, señor Dreissiger! ¿Tendría usted la bondad?...
DREISSIGER — (Entra. Es un hombre de cuarenta años, poco más o menos, todavía joven, pero con algo de panza y asmático. Con aire severo). ¿Qué sucede?
PFEIFER— (Con socarronería). He mandado a Baecker que se calle, y se niega a obedecerme.
DREISSIGER— (Echando la cabeza hacia atrás para tomar una actitud, y anhelante). ¡Ah, ah! ¡Baecker!... (A Pfeifer, señalando a Baecker). ¿Ese es Baecker? (Sus empleados hacen un signo afirmativo).
BAECKER— (Insolentemente). Sí, sí, señor Dreissiger. (Señalándose). ¡Este es Baecker! (Señalando a Dreissiger). ¡Y el señor Dreissiger, es ese!
DREISSIGER— (Indignado). Es usted un desvergonzado.
PFEIFER — Parece que la cosa iba demasiado bien para él. Pero tanto va el cántaro a la fuente...
BAECKER — Cállate tú, brujo, cierra tu sucia boca de hijo del diablo; tu madre debió ir al aquelarre, y tener que ver con el demonio, para echar al mundo una fea bestia como tú.
DREISSIGER— (Estallando en cólera). Silencio en seguida, si¬lencio, o si no,.. (Tiembla de cólera y da algunos pasos hacia Baecker).
BAECKER— (Esperándole a pie firme). No soy sordo; no hace falta gritar de esa manera.
DREISSIGER— (Reponiéndose, pregunta con calma aparente). ¿No era este bribón de los de la banda de anoche?
PFEIFER — Es un tejedor de Bielan. Siempre está uno seguro de encontrarlos allí donde haya algo malo que hacer.
DREISSIGER — (Con la voz temblona). Pues bien, acuérdese de lo que voy a decirle. Si vuelve a suceder otra vez que una banda de borrachos, de perdidos, pase por delante de mi casa, como ayer por la noche, cantando esa innoble canción...
BAECKER — ¿La canción del sudario?
DREISSIGER — Ya se sabe lo que quiero decir. Pues bien, lo re¬pito: si vuelvo a oír otra vez esa canción, por mi honor, hago que detengan a uno de vosotros y lo entrego a la justicia. Ya veréis si bromeo. Y si descubro al que ha com¬puesto esa hediondez de canción...
BAECKER — No hay que burlarse de ella, es una bonita caución.
DREISSIGER — Si dice usted una palabra más, lo hago detener al punto. La cosa no será larga. Y ya sabrán salarle; ya he hecho salar a otros.
BAECKER — ¡Oh! No lo dudo. Un fabricante en grande como us¬ted, ¡caramba!, hasta puede hacer que salen pronto a dos¬cientos o trescientos tejedores en un abrir y cerrar de ojos. Ni siquiera se les deja algunos huesos sanos. Y un fabri¬cante en grande se puede comer todo eso, porque tiene cuatro estómagos como las vacas, y una quijada como la de los lobos.
DREISSIGER— (A sus empleados). No hay necesidad de deciros que no se debe volver a dar trabajo a este hombre.
BAECKER — Reventar ante un telar o en una zanja, me da lo mismo.
DREISSIGER — Largo, en seguida, largo.
BAECKER— (Con tono decidido). Primero, mi paga.
DREISSIGER—(A Neumann). ¿Cuánto hay que darle?
NEUMANN — Trece groschen.
DREISSIGER — (Toma violentamente el dinero de manos del ca¬jero y lo arroja sobre la mesa. Algunas monedas ruedan al suelo). Ahí está, y ahora, pronto, lárguese.
BAECKER — Cuando me hayan dado mi paga.
DREISSIGER — La he dado. Y si no se larga usted... son las doce, mis tintoreros van a salir...
BAECKER — Necesito mi dinero, en mi mano, aquí. (Con unos dedos de la mano derecha toca la palma de la mano iz¬quierda).
DREISSIGER—(Al empleado). Recójalo, Tilguer. (El empleado obedece y pone el dinero en la mano de Baecker).
BAECKER — Conmigo hay que ser atento. (Pone el dinero sin apresurarse en un portamonedas viejo).
DREISSIGER — ¿Y qué? (Viendo que Baecker no se apresura a salir, dice con impaciencia). ¿Hay que ir a ayudarte? (Pro¬dúcese un movimiento en el grupo compacto de tejedores. Se ha escuchado un largo y profundo suspiro. Oyese una caída. Toda la atención se dirige hacia aquel lado). ¿Qué pasa ahí?
VARIOS TEJEDORES Y TEJEDORAS — ¡Un pequeño que tiene un ataque! — Un pequeño ha caído. — ¿Es grave quizá? — No se sabe lo que tiene.
DREISSIGER — (Acercándose). ¿Qué? .¿Cómo?... ¡Un ataque!
UN ANCIANO TEJEDOR — Allí está, caído en el suelo. (Hacen sitio, y entonces se ve a un niño de unos ocho años que yace sin conocimiento en el suelo).
DREISSIGER — ¿Conoce alguien a ese pequeño?
UN ANCIANO TEJEDOR — No es de nuestro pueblo.
EL ABUELO BAUMERT — Tiene todo el aire de ser un pequeño de los Heinrichen. (Le mira de más cerca). Sí, es Gustavito Heinrichen.
DREISSIGER — ¿Dónde viven sus padres ?
UN ANCIANO TEJEDOR — Allá arriba, muy cerca de nuestra ca¬sa, en Kaschbach, señor Dreissiger. Se dedica a cantar por los caminos cuando no puede trabajar en el oficio. Tienen nueve hijos, y el décimo está en camino.
VARIOS TEJEDORES Y TEJEDORAS — Están en la miseria. — Una choza en ruinas. — No tienen pan. — No hay allí dos ca¬misas para los nueve chicos.
EL ABUELO BAUMERT— (Ocupado en levantar al niño). Vaya, pequeño, ¿qué tenemos? Vamos, vamos, hay que des¬pertarse.
DREISSIGER — Levántelo conmigo, que lo levanten. Es una lo¬cura hacer que haga semejante caminata un niño tan débil. Pfeifer, traiga un poco de agua.
UNA TEJEDORA— (Que ayuda a levantar al niño). No hay que hacer tonterías, pequeño, no hay que morirse.
DREISSIGER — Pfeifer, traiga usted más bien cognac, será mejor
BAECKER — (Olvidado de todos, se ha quedado a observar lo que pasa. Con la mano en el picaporte, exclama con voz fuerte y burlona). Denle más bien algo de comer y se res-tablecerá. (Váse).
DREISSIGER — Así no va bien. Tómelo por debajo de los brazos, Neumann. Suavemente... Suavemente..., allí..., allí..., Llevémosle a mi cuarto... ¿Qué? ¿Qué pasa?
NEUMANN —Ha dicho algo, señor Dreissiger. Mueve los labios.
DREISSIGER — ¿Qué? ¿Qué es lo que quieres, pequeño?
EL NIÑO—(Con dificultad). Tengo... tengo hambre.
DREISSIGER— (Reprimiendo un gesto de espanto). No se com¬prende lo que dice.
UNA TEJEDORA — Creo... que decía...
DREISSIGER — Bien, bien, ya veremos. Por de pronto, que no se quede aquí. En mi cuarto, en un sofá, estará muy bien. Ve¬remos lo que dice el médico. (Dreissiger, Neumann, y la tejedora conducen al pequeño a la habitación inmediata. Se produce un movimiento entre los tejedores, como entre los escolares cuando el maestro ha dejado la clase. Se estiran, murmuran, cambian de postura, y al cabo de algunos ins¬tantes la conversación se hace ruidosa y general).
EL ABUELO BAUMERT — Creo que Baecker tenía razón.
VARIOS TEJEDORES Y TEJEDORAS — Bien claro ha dicho el chico que tenía hambre. — No es nuevo eso de morirse de ham¬bre. — Algunos de nosotros espicharemos, el invierno, si continúan así disminuyendo nuestros salarios. — Sobre todo que la cosecha de patatas ha sido muy mala. — ¡ Si creéis, pobres muchachos, que cambiará esto alguna vez! — ¡Quién sabe, cuando estemos todos vapuleados!
EL ABUELO BAUMERT — El que la ha entendido mejor es el te¬jedor Neutwich, que se ha puesto una cuerda al cuello y se ha colgado de su telar. Vaya, toma un polvito, amigo. Yo he estado en Neurode, donde trabaja mi cuñado en la fá¬brica en que se hace el tabaco. Él es quien me lo ha dado. ¿Pero qué llevas de bueno en tu pañuelo?
UN ANCIANO TEJEDOR — Un poco de harina. El molinero de Ullbrich, con su carreta, marchaba delante mío. Se voleó un poco de un saco. Me dejó recoger lo que se había caído. Puedes creer que me hacía buena falta.
EL ABUELO BAUMERT — Hay veintidós molinos en Petterwaldan, pero no hay muchos que den vueltas para nosotros.
UN ANCIANO TEJEDOR — Bueno; de todos modos no hay que descorazonarse; siempre concluye por suceder algo que le ayuda a uno un poco.
HEIBER — Y cuando se tiene hambre se reza a todos los santos del Paraíso. ¿Pero si esto no sirve de ayuda? ¿Meterse una piedra en la boca y chupar? ¡Di, Baumert? (Vuelven a entrar Dreissiger, Pfeifer y Neumann).
DREISSIGER — No era nada. El pequeño está ya completamente restablecido. (Yendo y viniendo con agitación. Se detiene a veces completamente sofocado). De todos modos, es estú¬pido el mandar hacer semejantes correrías a un pequeñuelo que no abulta un comino, al que se le tiraría de un soplo. No comprendo que haya gentes... pobres que carezcan de conciencia hasta ese punto. Obligarle a hacer legua y media con dos piezas de fustán al hombro. Es cosa de no creerlo. En adelante, prohíbo que se reciban las piezas tejidas que sean traídas por los niños. (Da algunos pasos en silen-cio). En todo caso, no quiero que vuelva a suceder seme¬jante cosa. En último término, ¿a quién se hace responsable de ello? ¡A los fabricantes, caramba! Nosotros somos la causa de todo. Que un pobre diablillo como ese vaya un día de invierno a pararse y dormirse en la nieve, y siempre habrá por allí un periodista que llegará, no se sabe de dón¬de, para enterarse del hecho, y dos días después circulará por todos los periódicos. El padre, los parientes que hayan enviado al niño a la nieve, esos no tienen la culpa; nosotros somos los pérfidos emisarios. A los tejedores se les adula siempre; a nosotros nos vapulean. El fabricante es un hom¬bre sin corazón, duro como una roca, un ser peligroso, tras del cual todos los perros tienen derecho a ladrar. Vive en la opulencia, y no da más que un salario irrisorio a sus obreros. Que semejante hombre tenga sus preocupaciones, sus noches de insomnio; que corra riesgos de los que el obrero ni siquiera puede formarse una idea; que pierda la cabeza a fuerza de calcular; que no pase un día sin contra¬riedades o decepciones; que deba pensar en mil cosas, cada una de las cuales es para él una cuestión de vida o muerte, todo esto les da igual a los hacedores de frases bellas. ¡Dios sabe, sin embargo, todo lo que depende de los fabricantes y a cuánta gente hacen vivir! ¡Ah! Yo quisiera veros en mi pellejo un poco de tiempo de cuando en cuando; pronto os cansaríais. (Después de reponerse un poco). Y ya veis có¬mo se conduce ese desalmado, ese bribón de Baecker. Lo que no le impedirá ir a gritar por todas partes que yo soy un ser sin corazón, que por un sí o un no despido a mis obreros. Vamos a ver: ¿es cierto eso? ¿Soy yo un ser sin corazón?
MUCHAS VOCES — No, no, señor Dreissiger.
DREISSIGER — ¡Harto lo sé, caramba! Esto no impide el que esos brutos se paseen de noche por las calles, cantando innobles canciones sobre nosotros los fabricantes. ¡Parece que se les dejara morir de hambre! Lo cual no les impide encontrar con qué emborracharse, beber ginebra a vasos llenos. Que vayan a ver lo que pasa en otros lados, que comparen, aun¬que más no sea, su posición a la de los tejedores de tela. Tal vez éstos podrían hablar de miseria. Pero vosotros teje¬dores de fustán no veo verdaderamente de qué podríais quejaros, y más bien podéis dar gracias a Dios por tener¬me de amo. Apelo a mis antiguos obreros, a los buenos tra-bajadores que están aquí: ¿puede salir a flote en mi casa un tejedor que conozca bien su oficio, sí o no?
MUCHAS VOCES — Sí, señor Dreissiger.
DREISSIGER — ¿ Qué es lo que yo os decía ? Un holgazán como ese Baecker, no, ¡caramba! Pero creedme, tenedle sujeto. Si me llevan a lo último, cierro la fábrica. ¡Veremos en¬tonces en dónde encontraréis trabajo! Seguramente no será en casa de Baecker.
UNA TEJEDORA —(Que ha pedido ya un adelanto al principio de la escena. Se acerca a Dreissiger y le sacude el polvo de su manga con humildad rastrera). Se ha manchado usted un poco, señor Dreissiger.
DREISSIGER — Los negocios no marchan bien, lo sabéis. Yo pier¬do dinero en vez de ganarlo. Si a pesar de todo, me las arreglo de manera tal que doy trabajo a mis tejedores, por lo menos quiero que me lo agradezcan. Tengo ahí miles de fardos, de los que no sé si podré alguna vez desembarazar¬me. Ahora, me he enterado de que muchos tejedores de las cercanías están sin trabajo... Pero no, Pfeifer os expli-cará esto. Yo quiero solamente demostraros lo bien dispues¬to que estoy. No puedo distribuir limosnas, no soy bastante rico para eso. Pero quiero tratar, en cuanto yo pueda, de proporcionar a los que no tienen nada la ocasión de ganar por lo menos algunos groschen. El riesgo que esto me hace correr, eso queda de mi cuenta. Pero yo me digo: vale más que un hombre trabaje el cuarto de su jornada que el no hacer nada en absoluto, y morirse completamente de ham¬bre. ¿No tengo razón?
MUCHAS VOCES — Ciertamente, señor Dreissiger, ciertamente.
DREISSIGER — Estoy, pues, dispuesto a proporcionar trabajo to¬davía a doscientos tejedores... Pfeifer os explicará las condiciones. (Se dispone a salir).
UNA TEJEDORA — (Le cierra el paso, y le halla con precipita¬ción, con acento de súplica). Querido señor Dreissiger, yo quisiera pedirle, hacerle un modesto ruego... si acaso pu¬diese usted... he tenido ya dos ataques.
DREISSIGER — (Apresurándose). Hable a Pfeifer, buena mujer; me he retrasado ya. (Pasa ante ella).
REIMANN—(Se coloca a su vez ante él, y habla con tono de queja enfermiza). Señor Dreissiger, estoy verdaderamente obligado a reclamar... El señor Pfeifer me ha dado... yo he recibido siempre trece groschen por mis labores.
DREISSIGER— (Le corta la palabra). Mire, ahí está el encarga¬do ; vaya a verle; a él es a quien tiene usted que dirigirse.
HEIBER—(Reteniendo a Dreissiger). Querido señor Dreissi¬ger. .. (Se turba y balbucea). Si fuese un efecto de su bon¬dad ... si acaso se dignara usted... o si acaso el señor Pfeifer se dignara... si se dignaran...
DREISSIGER — ¿Qué desea usted ?
HEIBER — Un pequeño adelanto, porque la última vez... yo creía... pensaba...
DREISSIGER — ¡No le comprendo a usted!
HEIBER — Es que yo he estado un poco necesitado, porque...
DREISSIGER — Todo eso concierne a Pfeifer... Yo no puedo ocuparme en todo... Arréglese con Pfeifer. (Se esquiva por el mostrador. Los tres suplicantes se miran consterna¬dos, y se retiran uno tras otro suspirando).
PFEIFER— (Volviendo a empezar su trabajo de examen). ¿Qué es lo que traes, Anita?
EL ABUELO BAUMERT— ¿Y a cómo se pagará la pieza, señor Pfeifer?
PFEIFER — ¿ La pieza tejida?. .. Diez groschen.
EL ABUELO BAUMERT — ¡Eh!... Todavía se puede marchar. (Movimiento entre los tejedores. Cuchicheos y murmullos).

TELÓN





SEGUNDO ACTO
La humilde habitación del huésped Guillermo Ansorge, en Kaschbach, en el Eulengebirge.

Es una habitación sumamente estrecha y que tiene escasa¬mente seis pies de alto. El piso está medio podrido. Las vi¬gas están todas ahumadas. Dos jóvenes, EMMA y BERTA BAUMERT, están sentadas ante telares de tejedor. La abuela BAUMERT, una vieja apergaminada, está sentada en un taburete, cerca de la cama, con un torno delante de ella. Su hijo AUGUSTO, de veinte años, con una cabeza pequeñísima, de aspecto idiota, estrecho de torso, con las manos en forma de patas de araña, está sentado en un escabel, ocupado en devanar madejas de hilo. En la pared de la izquierda hay dos ventanucas estrechas, cuyos rotos cristales están sujetos por tiras de papel, y cuyos agujeros están tapados con paja. Es la hora del crepúsculo. Una débil luz rosada penetra en la estancia, iluminando un poco la cabellera de un rubio pálido de las jóvenes, la cual les cae suelta sobre sus delicados cuellos, de color de cera, y sobre sus hombros delgados y desnudos. Llevan una camisa de tela cruda y una saya corta de lana ordinaria. Esto constituye todo su traje. El rostro y el cuello de la vieja tienen un tono grasiento, la cara demacrada, la piel exangüe está llena de arrugas; los ojos son mortecinos y están enrojecidos y acuosos, a consecuencia del trabajo a la luz artificial y de la vida continua en medio del polvo de la lana y del humo. Tiene el cuello bocioso y lleno de pliegues. El seco pecho está cubierto de harapos. Una parte de la pared está ocul¬ta por el hogar y la cama. De la pared penden algunas imágenes piadosas, de colores crudos, iluminadas todavía por los últimos rayos del sol. Sobre una barra, cerca del hogar, se secan algunos harapos. Se ven en la chimenea algunos utensilios viejos y mise¬rables. En el banco que está junto al hogar, algunas vasijas y platos mellados. Hay puestas a secar sobre un papel algunas mondaduras de patatas. De las vigas del techo penden paquetes de hilo y devanaderas. Al lado de los telares hay cestillos con canillas. En la pared del fondo, una puerta baja sin cerradura. No lejos de allí, un haz de mimbres, apoyado verticalmente en la pared, y cerca varias cestas medio deshechas. Oyese el ruido producido por los telares, la marcha de las lanzaderas, el crujir de la madera, que hacen retemblar el piso de la habitación, al mismo tiempo que el zumbido continuo y sordo de los tornos.
LA ABUELA BAUMERT — (Con voz penosa, desfalleciente, cuan¬do observa que sus hijas dejan de tejer y se inclinan sobre el telar). ¡Más hilos rotos! Y volveréis a hacer nudos.
EMMA — (La mayor de las hijas, veintidós años, anudando los hilos rotos). Con un hilo como este no se puede hacer otra cosa.
BERTA— (Quince años). Tal vez llevabas la urdimbre con de¬masiada fuerza.
EMMA—-¿Dónde podrá estar papá? Se marchó a las nueve.
LA ABUELA BAUMERT — No sé... ¿Dónde podrá estar?
BERTA — No hay que atormentarse por eso... (Emma comienza, de nuevo a tejer). Escucha, Emma.
EMMA — ¿Qué hay?
BERTA — Me parecía que venía alguien.
EMMA — Debe ser Ansorge que vuelve. No; es Fritz.
FRITZ — (Un pequeñuelo de cuatro años, con los pies desnudos, lleno de jirones, entra llorando). Madre, tengo hambre.
EMMA — Espera un poco, chiquillo mío; el abuelo va a volver y traerá pan y café.
FRITZ—Tengo mucha hambre, madrecita.
EMMA — Hay que ser bueno; cuando te digo que el abuelo va a volver. Y traerá para ti un panecillo muy rico y café, en¬tiendes ; cuanto se quiera. Vamos a pasarlo muy bien. Y después mamá tomará las mondaduras de patatas y se irá a llevarlas a casa del colono para pagar una buena jarra de leche cuajada, y será para el pequeñín Fritz.
FRITZ — ¿A dónde ha ido el abuelo?
EMMA —A casa del fabricante, chiquito, para entregar una tela.
FRITZ — ¿A casa del fabricante?
EMMA—Sí, a casa del fabricante; a casa de Dreissiger, en Petterwaldan.
FRITZ — ¿Dará pan el fabricante?
EMMA — Sí, y además dinero para comprar otro.
FRITZ — ¿Traerá mucho dinero el abuelo ?
EMMA — Me mareas con tus preguntas. (Se pone en seguida a tejer, así como Berta, pero casi en seguida se paran ambas).
BERTA — Augusto, vete a ver si Ansorge va a encender pronto. (Augusto se aleja. Fritz le sigue).
LA ABUELA BAUMERT — (Con angustia creciente, casi infantil, y con lágrimas en los ojos). ¿Dónde puede haber ido vues¬tro padre?
BERTA — Habrá entrado en casa de Hauffen.
LA ABUELA BAUMERT—(Llorando). Con tal de que no haya ido a la taberna.
EMMA—No llores, madre; papá no es hombre que hace eso.
LA ABUELA BAUMERT — (Dejando estallar los terribles temores que la asaltan). ¿Qué va a ser de nosotras, si se hubiere... si se hubiere dejado arrastrar... si se lo hubiera bebido todo, y no trajese ni un pfennig. .. ? No hay una pizca de sal en la casa, ni un mendrugo de pan, ni un trozo de carbón...
BERTA — No llores por eso; madre, al carbón se le reemplazará. Hace luna esta noche, iremos con Augusto a recoger leña en el bosque.
LA ABUELA BAUMERT — Sí, ¡para que el guarda os denuncie!
ANSORGE — (Un tejedor viejo, que se ve obligado a inclinarse profundamente para entrar en el cuarto; pasa la cabeza y el busto por la puerta. Lleva en desorden los cabellos y la barba). ¿Qué queréis?
BERTA — Que encienda usted la lámpara.
ANSORGE — (Con voz apagada, como si hubiera un enfermo). Todavía está claro.
LA ABUELA BAUMERT — Siempre nos dejas hasta no ver ni pizca.
ANSORGE — También tengo yo que velar por mis negocios. (Sale)
BERTA — ¡Vaya que es rústico!
EMMA — Hay que esperar a que le dé la gana.
LA MUJER DE HEINRICH — (Entra. Treinta años. Está encinta. Su figura acusa los muchos hijos y las penalidades). Bue¬nas tardes a todo el mundo.
LA ABUELA BAUMERT — ¿Qué traes de nuevo ?
LA MUJER DE HEINRICH — (Cojeando). Que me he metido una espina en el pie.
BERTA — Siéntate aquí. Trataré de quitártela. (La mujer de Heinrich se sienta. Berta se arrodilla a sus pies y se ocupa en sacar la espina).
LA ABUELA BAUMERT — ¿Y cómo va por tu casa ?
LA MUJER DE HEINRICH— (Desesperadamente). ¡Ah!, no du¬rará mucho tiempo. (Estalla en sollozos).
LA ABUELA BAUMERT — Lo que valdría más, para gentes como nosotros, sería que Dios nos acogiera en gracia y nos mu¬riéramos.
LA MUJER DE HEINRICH — (Mientras continúa llorando convul¬sivamente). Mis pobres pequeños se mueren de hambre. (Exhala gemidos penosos). Yo no sé ya a qué santo enco¬mendarme. Por mucho que una haga, no hay medio de salir a flote. Nueve chiquillos, a los que hay que alimentar. ¿Con qué, Dios mío? La otra noche había en casa un mendrugo de pan, tan mísero, que ni siquiera bastaba para los dos más pequeños. Todos lo querían, todos se agarraron de mis faldas gritando: ¡ A mí, madrecita, a mí!... Y eso que hasta ahora he podido tenerme en pie; no sé lo que será de ellos cuando ya no pueda más, cuando tenga que quedar¬me echada.
BERTA — (Que ha sacado la espina del pie enfermo y lavado la herida). Vamos a poner una compresa. Busca un pedazo de tela, Emma.
LA ABUELA BAUMERT — En nuestra casa tampoco están las cosas mejor.
LA MUJER DE HEINRICH — Por lo menos, tú tienes a tus hijas y a tu hombre que puede trabajar. Al mío le ha vuelto su ata¬que y su mal la otra semana. Cuando le da eso lo rompe todo; se pone que no sabe lo que hace; no hay medio de impedirlo. Y cuando se le pasa el ataque tiene para ocho días de no poder hacer nada.
LA ABUELA BAUMERT — También el mío comienza a no poder hacer gran cosa; se está haciendo una carraca. No se sien¬te bien del pecho y de los riñones. Y no hay un pfennig en casa; si no trae hoy algunos groschen, no sé lo que va a ser de nosotras.
EMMA — La verdad es, que ya hemos llegado al colmo, y que el padre hasta ha tenido que mandar matar a nuestro po¬bre perrillo para tener algo que llevarse a los dientes.
LA MUJER DE HEINRICH — ¿De veras? ¿No tendríais siquiera un puñado de harina?
LA ABUELA BAUMERT — Ni eso tampoco; ni siquiera un grano de sal.
LA MUJER DE HEINRICH — Entonces no sé. .. (Se levanta y per¬manece en pie, pareciendo reflexionar). No, verdaderamente no sé... No hay esperanza. .. (Con un grito de angus-tia). ¡Con alimento de cerdos me contentaría! Sin embargo, yo no puedo volver a mi casa con las manos vacías, ¡no es posible! Vaya, que Dios me perdone; no hay medio de es¬capar. (Sale rápidamente, sin dejar de cojear del pie iz¬quierdo).
LA ABUELA BAUMERT — (Con solicitud). Sobre todo, no vayas a hacer la tontería...
BERTA — No tengas miedo, no se hará daño.
EMMA — Siempre grita lo mismo. (Vuelve a ponerse al telar y teje algunos instantes hasta la vuelta de Augusto, que en¬tra con una bujía encendida, alumbrando a su padre, el abuelo Baumert, que penetra en el cuarto arrastrando un paquete de hilos).
LA ABUELA BAUMERT — ¡Señor Jesús! ¿Pero dónde has podido estar tanto tiempo, hombre?
EL ABUELO BAUMERT — Vaya, vaya, se creería que me vas a comer. Déjame tomar aliento por lo menos. Y mira más bien a quien te traigo.
MAURICIO JAEGER — (Entra inclinándose a causa de la puerta. Es un reservista, de estatura mediana, robusto, con las me¬jillas rojas, la gorra de húsar sobre la oreja. Lleva traje y zapatos buenos y tina camisa limpia sin cuello. En cuanto entra adopta una actitud militar para saludar). Buenas no¬ches, tía Baumert.
LA ABUELA BAUMERT — Hola, hola, ya has vuelto. Así, pues, no nos has olvidado todavía. Siéntate, muchacho... Adelante, siéntate ahí.
EMMA— (Limpia un escabel con su falda, y se lo pone a Jae¬ger). Buenas noches, Mauricio. ¿Todavía vienes a ver lo que pasa en casa de unos pobres diablos como nosotros?
JAEGER — Pero, dime, Emma, yo no quería creerlo: ¡con que con un mocoso que no tardará en ser lo suficientemente grande para hacer un soldado! ¿De dónde has sacado eso ?
BERTA — (Ha desembarazado a su padre de las molestas provi¬siones que traía, ha puesto la carne en una cacerola, que desliza en el fogón, mientras Augusto enciende el fuego). ¿No conociste al tejedor Tinger?
LA ABUELA BAUMERT — Vivía aquí en un cuartucho. Quería casarse con ella, pero ya estaba enfermo del pecho. Ya le dije bastante a ella para que no se dejase atrapar. ¡Como si no! El otro, ahora, está muerto y enterrado desde hace mucho tiempo. ¡Y que se las arregle ella con su peque¬ño!... ¿ Pero qué ha sido de ti, Mauricio?
EL ABUELO BAUMERT — No te inquietes por él, vieja; es un vi¬vo, el mozo. Ahora se puede reír de nosotros. Lleva trajes de príncipe; tiene un reloj de cilindro, de buena marca, y, mejor que todo, diez buenos thalers de plata, en su bol¬sillo.
JAEGER— (Con ingenua satisfacción). Sí, no tengo de qué que¬jarme; no he sido desgraciado en el regimiento.
EL ABUELO BAUMERT — Ha sido asistente de su comandante. No tienes más que oírle, habla como las personas prin¬cipales.
JAEGER — Sí, me he acostumbrado a hablar bien; no habrá me¬dio de que me deshaga de ello.
LA ABUELA BAUMERT — Pero es preciso que me digas: uno que no servía para nada como tú, ¿cómo te las has arreglado para ganar tanto dinero? No hay que decir que nunca ser¬viste para nada, ni siquiera servías para desenredar una madeja. Siempre fuera, poniendo trampas a los ratones, cazando nidos de petirrojos. Tú preferías esto, ¿verdad?
JAEGER — Caramba, sí que es verdad, tía Baumert, pero no so¬lamente cazaba nidos de petirrojos, sino también de go¬londrinas.
EMMA —Sí, siempre te estábamos diciendo que era un pecado
atrapar golondrinas.
JAEGER — Bastante me importaba, ¿ eh? No me impedía eso el atraparlas... Bueno, y en casa de ustedes, tía Baumert, ¿qué es lo que ha pasado?
LA ABUELA BAUMERT — ¡ Ah, señor Jesús! Mucha miseria des¬de hace cuatro años. Yo no me puedo tener en pie. Y mis pobres dedos, ¡mírame esto! ni siquiera sé lo que tengo. ¡Reumatismo! ¡Y estoy molida! No puedo mover ni un miembro. Ya ves, nadie puede hacerse una idea de lo que sufro.
EL ABUELO BAUMERT — Sí, esta no marcha, ya no tiene sin du¬da para mucho tiempo.
BERTA — Por la mañana hay que vestirla y desnudarla por la noche, hay que darle de comer como a una criatura.
LA ABUELA BAUMERT — (Continuando con voz quejosa y lloro¬sa). Tengo necesidad de que me ayuden para todo. Es mu¬cho peor que si fuera una enfermedad, no sirvo para nada, sino de carga para los demás. Continuamente estoy pidiendo a Dios que me haga morir. Verdaderamente, Señor, no puedo más... no sé... la gente podría creer... yo he estado sin embargo acostumbrada a trabajar desde que es¬toy en el mundo, y de repente (trata en vano de levantar¬se) ... No hay modo, no puedo hacer nada... Tengo un buen hombre y buenos hijos, pero hay que ver eso... ¡La cara que tienen esas hijas!, no tienen gota de sangre en las venas; ¡blancas como la cera! ¡Pero no hay remedio! Hay que dar aprisa en el telar, ¡tanto peor si os destruye la sa¬lud! ¡Qué vida tan perra! Sin moverse de ahí todo el año. Nada para ponerse encima y estar un poco presentable o ir a la iglesia. Nunca un momento de placer. Estas tienen aire de víctimas, y son muchachas de quince y veinte años.
BERTA— (Junto a la chimenea). Esto comienza a humear.
EL ABUELO BAUMERT — ¡Ah! Sí, el asqueroso humo. Es para ahogarse. Esa chimenea está toda descompuesta; hay que dejarla que se deshaga, y tragar el humo. Tosemos desde la mañana hasta la noche, a más y mejor, hasta echar los pulmones. Pero nadie hace caso de ello.
JAEGER — Su huésped Ansorge es quien debe arreglarlo.
BERTA — Sí; bonita cara nos pondría si se lo pidiéramos. ¡Nos mira ya de una manera!
LA ABUELA BAUMERT-—Le parece que ocupamos demasiado sitio.
EL ABUELO BAUMERT — Si nos quejáramos, nos pondría a la puerta. Hace cerca de seis meses que no se le ha podido dar un pfennig.
LA ABUELA BAUMERT — ¡Un hombre que está tan bien! Debe¬ría ser más razonable.
EL ABUELO BAUMERT — Tampoco tiene nada; se da aires, pero
tampoco marchan sus negocios.
LA ABUELA BAUMERT — Por lo menos, siempre tiene su casa.
EL ABUELO BAUMERT — En eso es en lo que te engañas; de esta casa no le pertenece ni una piedra.
JAEGER — (Se ha sentado, ha sacado de uno de sus bolsillos una pipa corta, adornada con una hermosa borla, y de otro bol¬sillo una calabaza de aguardiente). Esto no puede seguir así. Mi palabra, es demasiada miseria. En las ciudades, los perros viven mejor que ustedes.
EL ABUELO BAUMERT— (Con agitación). ¿No es cierto? Ya ves que esto no puede durar. Pero si se dice esto a la gente, contestan que solamente hay que pasar una racha de mal tiempo.
ANSORGE — (Entra, llevando en una mano una escudilla de barro llena de sopa; en la otra tiene una cesta a medio tren¬zar). ¡Hola, Mauricio! Felicidades, muchacho. ¡Ya estás de vuelta!
JAEGER— Sí, señor Ansorge; muy felices.
ANSORGE— Y vienes muy bien; tienes casi el aspecto de un conde.
EL ABUELO BAUMERT — Enseña tu hermoso reloj. Tiene un tra¬je completamente nuevo. Y diez buenos thalers de plata.
ANSORGE — ¡Eh, eh!... Sí, sí.
EMMA—(Metiendo las mondaduras de patata en un saquito). Me voy a llevar esto. (Sale).
JAEGER — (Todos le escuchan atentamente). Y ya veis; sin em¬bargo, me censuraban. Espera un poco, me decían; ya ve¬rás cuando seas soldado. Pues bien, he sido soldado, y ya veis cómo me ha ido. He visto cosas duras, hay que decirlo. En el servicio hay que obedecer; eso es todo. Limpiar las botas al cabo, fregar el caballo, buscar cerveza. Yo era lis¬to, hacía cuanto querían. Siempre a mi tarea, hacer que reluciera el fusil y todo el equipo. ¡Puedo decir que ya he frotado, ya! El primero en la silla, el primero a la llamada, y sin quejarme nunca de la maniobra, de frente, marchen, vive Dios, con toda la impedimenta. Y de centinela, como un perro de guardia. Yo me decía siempre: amiguito, no hay más que una cosa, de la cual hay que cuidarse siempre: obedecer. ¡Diablo!, era duro; pero a fuerza de meterme eso en la cabeza, un hermoso día, delante de todo el escua¬drón, el comandante se para frente a mí, y dice: "Este es un buen soldado, un verdadero húsar". (Pausa. Enciende su pipa).
ANSORGE—(Sacudiendo la cabeza). ¡Eh, eh! Has tenido suer¬te, ¡eh, eh! (Se agacha poniendo a su lado el haz de mim¬bre y continúa trabajando en su cesta).
EL ABUELO BAUMERT —Hay que esperar que nos comunique un poco de su suerte. Mientras tanto, echemos un trago.
JAEGER — Vaya, caramba, abuelo Baumert. Y cuando no haya más, todavía hay. (Echa una moneda sobre la mesa).
ANSORGE—(Fingiendo asombro). ¡Hola! ¡Esto es una fies¬ta!... Aquí huele a asado. ¡Y aguardiente! (Bebe de la botella). A tu salud, Mauricio. .. ¡ Eh, eh!. .. Sí.. . Sí. .. (Beben todos a la ronda).
EL ABUELO BAUMERT — Si se pudiera tener un asado como este todos los días de fiesta; pero la carne no la ve uno a menu¬do. Es preciso que un perro le pase a uno entre las piernas, como sucedió hace un mes; pero esto es raro.
ANSORGE — ¿Has hecho matar a tu perrillo?
EL ABUELO BAUMERT — Hubiera muerto de hambre él también.
ANSORGE— ¡Eh, eh! Sí, sí.
LA ABUELA BAUMERT — ¡Era tan cariñoso el pobre!
JAEGER — ¿Le gusta a usted el asado de perro?
EL ABUELO BAUMERT — ¡Jesús! Si siquiera pudiese uno tenerlo siempre.
LA ABUELA BAUMERT — Es muy útil, sin embargo, un trozo de carne.
EL ABUELO BAUMERT — ¿A ti no te gusta? ¡Espera un poco, si te acostumbras en nuestra casa!
ANSORGE— (Oliendo). ¡Eh, eh! Sí, sí. . . No huele mal, hará un buen plato.
EL ABUELO BAUMERT — Huele a canela, como si dijéramos.
ANSORGE — Tienes que decirnos tu opinión, Mauricio. Tú has visto tierras, sabes lo que pasa en el mundo; ¿crees que acabaremos por ser más felices, nosotros, los tejedores?
JAEGER — ¡Dios! Hay que esperar que sí.
ANSORGE — No se llega ni a vivir, ni a morir, se pudre uno la sangre, hasta que se cae. La miseria nos come todo. En otro tiempo, cuando todavía se podía trabajar en el telar, era duro, pero se las arreglaba uno sin embargo. Hoy no hay medio de encontrar trabajo. Y la cestería no puede ha¬cerme ganar bastante. Yo hago cestas hasta por la noche, y cuando caigo molido en la cama, he ganado dos groschen. Tú que tienes educación, ¿qué dices de esto? Todo encarece, ¿cómo se las compone uno? Hay que dar cuatro thalers de contribución, tres por la casa —en todo el año puedo ga¬nar catorce, me quedan siete para mí, con los que tengo que hacer la cocina, pagar el carbón, los trajes, los zapatos, y demás. ¿Cómo queréis que se llegue a pagar el impuesto?
EL ABUELO BAUMERT —Lo que yo digo es que alguien vaya a Berlín y le diga al rey lo que pasa entre nosotros.
JAEGER — Eso no serviría de nada, abuelo Baumert. Ya se ha hablado de todo eso en los periódicos. Pero los ricos, ya ve usted, lo embrollan todo, hacen pasar a los mejores cris¬tianos por bandidos.
EL ABUELO BAUMERT— (Meneando la cabeza). ¡No tienen co¬razón en Berlín!
ANSORGE — Di, Mauricio, ¿es esto posible? ¿Es que no hay le¬yes? Cuando se trabaja hasta arrancarse la piel con la ma¬no, y ni siquiera se pueden pagar los intereses de su em¬préstito, ¿le pueden a uno echar? ¡Todos quieren su dine¬ro! ¡Qué va a ser de mí! ¡Ya estoy viejo y será preciso que me vaya! (Los sollozos le ahogan). He nacido aquí, mi pa¬dre ha trabajado en este telar más de cuarenta años. Siem¬pre decía a mi madre: si llego a morir, hay que conservar la casa de todos modos. ¡Bien ganó la casa! Cada clavo aquí ha costado una noche de trabajo para tener con qué com¬prarlo; cada tabla ha costado un año de pan seco. ¡Y me irían a echar de ella!
JAEGER—Son unos malditos los que arrebatan el último pfennig.
ANSORGE — Eh, sí, sí.... Pero yo no me iré, me llevarán sí quie¬ren, pero no me iré. Prefiero morir. Mi pobre padre tam¬poco sentía morir. Sin embargo, al fin sudaba de miedo. Yo me había acostado con él. Entonces se quedó más tran¬quilo. Pensad, yo tenía trece años en esa época. Estaba rendido; me dormí a su lado. No pensaba en nada, y cuan¬do me desperté estaba ya frío.
LA ABUELA BAUMERT— (Tras una pausa). Vete al horno, Ber¬ta, y trae la sopa a Ansorge.
BERTA — Aquí tiene usted la comida, señor Ansorge.
ANSORGE—- (Come llorando). ¡Eh, eh!... Sí, sí... (El abuelo Baumert toma un pedazo de carne de la cacerola para co¬merla).
LA ABUELA BAUMERT — ¡Ten un poco de paciencia, hombre! Deja a Berta poner la mesa.
EL ABUELO BAUMERT — (Marcando). Hace dos años que no he ido a comulgar; después de la última vez que fui, vendí mi traje de los domingos. Con eso compramos un poco de car¬ne de cerdo. Desde entonces, hasta esta noche, no había podido comer carne.
JAEGER — Los fabricantes se encargan de comerla por usted. Se atracan de lo lindo. Hay que ir a ver lo que pasa en Bielan y en Petterwaldan. Todos son palacios, verdaderos palacios. No son ellos los que se enteran de que los tiempos son difíciles. Ellos se pagan asados y dulces, y trenes, y caballos, y criados, y todo el diablo y su comitiva, hasta no saber lo que hacer de ellos.
ANSORGE — En otro tiempo no era así. Los fabricantes nos da¬ban de qué vivir. Hoy lo toman todo para ellos. Para mí, lo que sucede es que las gentes del gran mundo no creen ya ni en Dios ni en el diablo. No saben ya lo que está per-mitido y lo que no lo está, y nos arrebatan el pan de la bo¬ca, nos chupan hasta la última gota de nuestra sangre. Ellos son la causa de todas las desgracias. Si los fabricantes fue¬ran buenos cristianos, no habría tiempos difíciles.
JAEGER — Oíd, voy a leeros algo. (Saca unos papeles del bolsi¬llo). Tú, Augusto, vete a la taberna y tráenos otra botella. Pero, ¿qué te pasa? No haces más que reír como un tonto.
LA ABUELA BAUMERT — Sí, yo sé lo que tiene. Siempre está con¬tento. Se ríe de todo. Vamos, corre pues, de prisa. (Augus¬to sale, llevándose la botella vacía). ¿No es así, viejo? ¡Tú también sabes que es bueno!
EL ABUELO BAUMERT — (Masticando, excitado por el alimento y la bebida). Escucha, Mauricio, tú eres nuestro hombre. Sabes leer y escribir, conoces nuestra situación, y tienes piedad de nosotros. Deberías tomar nuestra causa en tus manos, ponerte a hablar por nosotros.
JAEGER — ¡Si solamente hubiera eso que hacer! Yo quisiera también jugarles una mala pasada a todos esos animales. No soy malo; pero si la sangre se me sube a la cabeza, aga¬rro al Dreissiger con una mano, al Dietrich con la otra y les doy de cabezadas uno contra otro hasta que se les salten los ojos. ¡Ah! Si pudiéramos entendernos, haríamos bailar a estos gorriones. ¡El gobierno!, que se vaya a paseo; no tenemos necesidad de que se mezcle en nuestros asuntos. No tenemos más que decir nosotros mismos: queremos esto y esto, y lo queremos y, ¡por Dios, que nos lo tendrán que dar! Cuando vean que se apunta a los pillos, se volverán suaves. ¡Conozco bien a esos monstruos, a esos cobardes!
LA ABUELA BAUMERT — Eso es verdad. Tampoco yo soy mala; siempre he dicho que hacen falta personas ricas; pero cuan¬do se ve lo que sucede.
JAEGER — ¡Personas ricas! Pues no, ¡que el diablo se las lleve a todas!
BERTA — ¿Dónde está el padre? (El abuelo Baumert se ha alejado en silencio).
LA ABUELA BAUMERT — No sé a dónde puede haber ido.
BERTA — Tal vez como no está acostumbrado a comer carne...
LA ABUELA BAUMERT — (Fuera de sí, llorando). Ya veis, no puede conservar nada. Lo poco de buena comida que toma, tiene que ir a devolverlo.
EL ABUELO BAUMERT — (Vuelve llorando de rabia). No, no, me da todo lo mismo ahora; ya no valgo para nada, no sirvo de nada. Por una vez que se tiene un poco que comer, hay que devolverlo, el estómago no lo quiere ya. (Se sienta llo¬rando en el, banco, cerca de la chimenea).
JAEGER— (Con tono fanático). Y hay gentes, vampiros que no hacen nada y nos explotan todo el año, que dicen que Dios lo quiere así, y que los tejedores no tienen más que hacer, para salir de apuros, sino no ser perezosos. ¡Ira de Dios!
ANSORGE — No son hombres, son monstruos.
JAEGER — Pero ya hace bastante tiempo que están criando grasa. Yo y Baecker, el rojo, hemos bebido ayer un trago juntos, y antes de volver a casa, hemos cantado la canción del sudario.
ANSORGE. — ¡Jesús! ¿Es esa la canción prohibida?
JAEGER — Sí, sí, la tengo aquí en un papel. (Saca el papel del bolsillo y lo enseña).
ANSORGE — ¿La canción del sudario?
JAEGER — Esperen, voy a leerla.
LA ABUELA BAUMERT — ¿Quién la ha inventado?
JAEGER — No se sabe, nadie lo sabe. Escúchenla (1) (Lee como un colegial, casi deletreando, pero con un sentimiento pro¬fundo, en el que se reconoce la desesperación, el dolor, la rabia, el odio y la sed de venganza).
Nosotros, a quienes llaman
la canalla, hemos llegado
de nuestro penar al límite;
nuestras fuerzas se agotaron,
vale más que de una vez
con la vida concluyamos.
Con las hijas y los hijos
tejemos nuestro sudario.

EL ABUELO BAUMERT — (Arrebatado por las palabras de esta canción, y agitado hasta el último grado, a duras penas ha resistido el interrumpir a Jaeger. Estalla al fin, y pudiendo apenas pronunciar las palabras, dice a su mujer, medio llorando, medio riendo). Vale más que de una vez con la vida concluyamos. . . El que ha escrito eso, mira tú, ha di¬cho la verdad. . . Sí, se ha llegado al límite, se ha llegado al límite... ¿No es verdad? Tú también puedes decirlo. .. ¿Cómo dice la canción? Nuestro sudario... Sí, eso es, eso, para eso nos sirve.... Tejemos nuestro sudario.
JAEGER — (Mientras sigue leyendo; Ansorge, dejando de traba¬jar, permanece como abrumado por el asombro y la emo¬ción, y la abuela Baumert y Berta, se enjugan sin cesar los ojos).
1 El canto de los tejedores, en el drama de Hauptmann, no es la estrofa de Heine, que sirvió de tema al poeta francés Maurice Vicaire para componer los couplets que se cantaron en el Teatro Libre de París. La idea que domina en las estrofas de Hauptmann es la alusión que hace desde los primeros versos al tribunal de Santa Vehme. Ofrecían un ca¬rácter demasiado exclusivamente alemán, que puede y debe hacer gran efecto en Alemania, pero se temió que no sucediera lo mismo en Francia, y por esto se reemplazaron los versos de Hauptmann por los versos de Heine, compuestos precisamente con motivo de esa revolución de teje¬dores que pone en acción el drama de Hauptmann. Por lo demás, he aquí la traducción, palabra por palabra, de los versos de Hauptmann:

Aquí, hay un tribunal / Peor que la Santa Vehme, / En donde no se pronuncia sentencia / Para arrebataros la vida más pronto.
Aquí, el hombre es lentamente martirizado, / Aquí está la cámara de tortura. / El número de suspiros es espantoso, / Que sean testigos del dolor.
Los Dreissiger son los verdugos, / Sus empleados sirven de esbirros, / Todos rivalizan en crueldad / En vez de disimular algo.
Baza de viles, hijos de Satanás, / Demonios escapados del in¬fierno / Roéis al pobre hasta los huesos / Sed malditos, como lo merecéis.
Aquí, ruegos y quejas son vanos, / Y vano todo ruego. / ¿No estáis contentos? Pues bien, marchad / Roed la tánica del hambre.
Que uno se imagine esta miseria, / La angustia, do estos desgra¬ciados. / En la casa, ni un bocado do pan, / ¿No causa esto piedad?
¡Piedad! es un hermoso sentimiento. / Que os es extraño, ¡oh caníbales! / Todo el mundo sabe lo que necesitáis / Arrancar al pobre la piel con su camisa.
En esta traducción española hemos puesto en verso castellano, con mejor intención que buen resultado, la composición de Vancarre, tomada de las estrofas de Heine. (N. del T.)



¡Abajo el amo y la patria
que nos mantienen esclavos!
¡ Son ellos nuestros verdugos
con tocios sus empleados!
Terminen los sufrimientos,
no más lamentos oigamos.
Con nuestros hijos amantes
les tejemos su sudario.

EL ABUELO BAUMERT — (Golpeando el suelo con el pie, con ra¬bia). Sí, su sudario también, es preciso que perezcan todos.
ANSORGE— ¡Eh, eh!, sí, sí... Sí, sí, su sudario también.
EL ABUELO BAUMERT — (Enseñando el puño con aire amena¬zador). Son nuestros verdugos, seremos los suyos... ¡Aba¬jo el patrón! ¡Mueran los verdugos!
JAEGER-— (Leyendo).
Nuestra casa es el presidio,
Dreissiger el carcelero; pero también un sudario sin tardanza tejeremos para ti, ¡oh, vieja Alemania!, en telares que son nuestros; con las hijas y los hijos su sudario aquí tejemos.
EL ABUELO BAUMERT—(En el paroxismo de la rabia). ¡Eso, eso! Tu sudario, ¡ oh, vieja Alemania! Porque yo pregunto: ¿ Es justo todo lo que pasa ? Aquí estoy yo, Guillermo Bau¬mert, maestro tejedor de Kaschbach. Yo puedo presentar¬me y decir que he sido un hombre honrado toda mi vida. Pues bien; miradme: ¿ qué es lo que he sacado con eso ? ¿Qué cara tengo? ¿Qué han hecho de mí?... Sí, nuestra casa es nuestro presidio.. . (Extiende los brazos). Pero... aquí tejemos tu sudario, vieja Alemania; es preciso que mueras; es preciso que mueras. (Cae extenuado en una silla).
ANSORGE — (Arroja lejos de sí la cesta en la que trabaja; se levanta temblando de rabia, y balbucea). Sí; es preciso que esto cambie; digo, que esto cambie en seguida. Que suceda lo que quiera, es preciso eme esto cambie en seguida.
TELÓN



















TERCER ACTO
La sala de la posada en Petterwaldan
Es una sala grande cuyo techo está sostenido en su centro por una columna de madera, alrededor de la cual hay una mesa. La puerta de entrada está en la pared del fondo, un poco a la derecha. Se ve por esa puerta un espacio ocupado por toneles y todo el material de cervecero. A la derecha de la puerta, en el ángulo, se encuentra el mostrador con los estantes para va¬sos y botellas. Delante del mostrador hay una mesa cubierta con un mantel de color de bajo de una lámpara colgante. Sillas de paja alrededor de esa mesa. No lejos de allí, en la pared de la derecha, se abre la sala reservada. Más en primer tér¬mino, en el mismo lado, un reloj antiguo con su caja de ma¬dera. A la izquierda de la puerta de entrada, a lo largo de la pared que forma el fondo, hay otra mesa con botellas y vasos, y, más distante, la gran chimenea de porcelana. La pared de la izquierda tiene tres ventanas pequeñas, a lo largo de las cuales corre un banco. De través, ante ese banco, varias mesas de madera. A lo largo de las mesas bancos con respaldo; a los lados taburetes de madera. La sala está pintada de azul. En las paredes hay carteles, imágenes y grabados, entre otros el retrato de Federico Guillermo IV. WELZEL es un buen coloso, de más de cincuenta años; está detrás del mostrador, ocupado en escanciar cerveza en un vaso. LA MUJER DE WELZEL está ocu¬pada en repasar cerca del fuego. Es una mujer bonita, vestida con gran pulcritud, que apenas tiene treinta y cinco años. ANA WELZEL, preciosa muchacha de diecisiete años, con magnífica cabellera de un rubio rojo, está vestida con gusto y aparece sentada, ocupada en bordar algo, cerca de la viesa, cubierta con el mantel. Aparta de cuando en cuando los ojos de su tra¬bajo, y se queda escuchando un coro fúnebre que se oye a lo lejos, cantado por niños. WIEGAUD, el carpintero, está sentado ante la mesa próxima, con su traje de trabajo, frente a un vaso de cerveza de Munich. Se ve que es un hombre práctico y listo, que se las debe entender para realizar sus negocios. EL VIAJAN¬TE DE COMERCIO está sentado ante la mesa del medio, muy ocu¬pado en comer un biftec alemán. Es de mediana estatura, repleto, tiene un aire de suficiencia que no le impide el mos¬trarse alegre, atrevido y de buena labia. Va vestido a la última moda; su maleta, sus cofrecillos de muestras, su paraguas, su gabán y su manta de viaje, están cerca de él, colocados en sillas.
WELZEL — (Al llevar un vaso de cerveza al viajero, dice al pasar a Wiegaud). El diablo se ha desatado hoy en Petterwaldan.
WIEGAUD— (Que tiene una voz aguda). Hoy es día de entrega en casa de Dreissiger.
LA MUJER DE WELZEL — Otras veces no había tanto ruido como ahora.
WIEGAUD—Será probablemente a causa de los nuevos, de los doscientos obreros que quiere contratar.
LA MUJER DE WELZEL— (Sin dejar de repasar). Sí, sí, debe ser eso; si quiere doscientos, de seguro que habrán venido seiscientos. La mala hierba nunca falta.
WIEGAUD — ¡Caramba, no!, no lleva camino de extinguirse. Por miserables que sean, siempre hacen más chiquillos de los que se necesitan para la tarea que hay que hacer. (Escúchese un instante con más claridad el coro). Ahí pasa el entierro. El tejedor Neutwich es el que ha muerto.
WELZEL — Bastante ha tirado. El pobre diablo no tenía más que huesos y pellejo.
WIEGAUD — Muy cierto; nunca he hecho yo un féretro tan pe¬queño. ¡Y el cuerpo no pesaba 90 libras!
EL VIAJANTE— (Disponiéndose a comer). No lo entiendo. Los periódicos están siempre hablando de la miseria de los tejedores, pretenden que se mueren todos de hambre; cuentan acerca de ellos historias que hacen estremecer. Pero yo he visto ese entierro cuando entraba en el pueblo. ¡Un verdadero entierro de rico! Música, niños de la es¬cuela, banderas, el pastor, gran número de asistentes, se creería que enterraban a un emperador chino. ¡Cuando esas gentes pueden pagarse todo eso! (Bebe, y después de dejar sobre la mesa su vaso de cerveza, toma un aire lige¬ro para decir a Ana): ¿No es verdad, señorita? ¿No tengo razón? (Ana sonríe con aire embarazado y continúa bordando). ¿Sin duda son unas zapatillas para su papá?
WELZEL — ¡Oh! Yo no me pongo esas cosas.
EL VIAJANTE — Pues bien, créame usted; si quiere, daría la mitad de todo lo que tengo para que ese bordado se hicie¬ra para mí.
LA MUJER DE WELZEL, — No se sabe lo que vale.
WIEGAUD — (Después de haber tosido varias veces, adelanta su silla y por fin se decide a hablar). ¡Cuánta razón tiene usted, señor, por lo que se refiere a esos entierros! Y, sin embargo, la señora de Welzel puede decirlo, ese no es uno de los mejores.
EL VIAJANTE — ¿ Cómo pueden encontrar todo el dinero ne¬cesario ?
WIEGAUD — Perdone usted, respetable señor, pero, ya ve, no habría medio para quitarles eso de la cabeza. Es como sí dijéramos una idea que se han hecho ellos acerca de los deberes que se refieren a los difuntos. Si sus padres han muerto, son supersticiosos en esas cosas. Piden dinero en todos los sitios donde pueden pedir. La herencia del muer¬to se gasta toda entera en eso. Y en seguida toman a prés-tamo en todas partes. Y tienen que darles dinero el pas¬tor, el sacristán y todos los vecinos. Y por además de eso hay que tener para beber, para comer y todo lo demás. Yo, ya ve usted, respetable señor, no puedo decir que no haya respetado a mis padres; pero no encuentro natu¬ral que se arruine uno por lo que se refiere a los que han fallecido.
EL VIAJANTE — Permítame, me parece que el pastor debería intervenir, disuadirlos.
WIEGAUD — Perdone usted, respetable señor, perdone usted. Tengo que revelarle a usted que en cada pueblo, como si dijéramos, hay una iglesia, y que todo lo que gana la iglesia, forma el sueldo, como si dijéramos los medios de vivir de los señores del clero. Cuando los entierros son buenos, ya ve usted, la suma es buena. Cuantas más per¬sonas haya para la ofrenda, más groschen se recogen. Y todas las personas que conocen estas cosas, podrán de¬cirle a usted la cara que ponen los señores pastores cuan¬do el entierro no es conveniente.
HORNIG — (Entrando; es un trapero viejo, que lleva el saco a la espalda). Felicidad a todos. ¿Se podrá beber un vasito? Y si hubiere! por ahí algunos trapos viejos. Señorita Ana, tengo en mi carreta hermosos collares, cintas para las trenzas, para las camisas, ligas, agujas, alfileres para el pelo, todo un tesoro, y doy todo eso por algunos trapos viejos. (Cambiando de tono). Y con los trapos, señorita Ana, se hace ese hermoso papel blanco, en el que puede usted escribir cartitas tiernas.
ANA —Gracias, no quiero novio.
LA MUJER DE WELZEL — (Poniendo un hierro en el fuego). Esta muchacha es así; no quiere oír hablar de matrimonio.
EL, VIAJANTE — (Se levanta bruscamente, mostrando una ale¬gre sorpresa; se acerca a la mesa cubierta y tiende la ma¬no a Ana). ¡Ah! Eso sí que está bien pensado, señorita. Haga usted como yo, y démonos la mano. ¡Vivan los cé¬libes!
ANA — (Poniéndose muy encarnada al darle la mano). ¿ Pero usted no está casado?
EL VIAJANTE — ¡ Dios me libre !... Sí, digo que lo estoy. Y us¬ted lo cree porque llevo un anillo de boda. Es para pro¬tegerme .- todas las solteras me harían la corte. Pero con usted no temo nada. (Se guarda la sortija en el bolsillo). Pero, dígamelo seriamente, ¿no tiene usted un poquillo de deseo de probar el matrimonio?
ANA—(Meneando la cabeza). Nada de eso.
LA MUJER DE WELZEL, — ¡Oh! Se quedará soltera, o se necesi¬taría que encontrase algo raro.
EL VIAJANTE — ¿Y qué? ¿ Quién dice que no suceda eso? Hubo un señor rico de Silesia que se casó con la doncella de su madre. ¿Y el señor Dreissiger? ¿Acaso no tomó por mujer a una muchacha de clase humilde, ni la mitad de linda que usted, señorita ? Y ahora lleva carruaje. ¿ Por qué no habría de ocurrirle a usted lo mismo? (Cambia de tono). Quisiera una taza de café. (Ansorge y el abuelo Baumert entran, cada uno con un paquete, y se sientan humildemente, sin decir nada, cerca de Hornig, ante la mesa que está a la izquierda, en primer término).
WELZEL — Buenas, abuelo Ansorge. Hace mucho tiempo que no se le veía.
HORNIG — Sí, ¡ ya has salido de tu agujero!
ANSORGE—(Torpe y visiblemente turbado). He vuelto a bus¬car trabajo.
ABUELO BAUMERT — Quiere trabajar a diez groschen la pieza.
ANSORGE — Jamás hubiera consentido en ello, pero el oficio de cestero no marcha ya.
WIEGAUD— Diez groschen, siempre es mejor que nada. Y ade¬más, eso siempre es una ocupación. Yo he hecho conoci¬miento con Dreissiger. Hace ocho días, fui allí a poner unas ventanas. Hablamos de eso. Es muy bondadoso para con los tejedores.
ANSORGE-—¡Eh, eh!... Sí, sí.
WELZEL— (Sirviendo un vaso pequeño a cada uno de los dos tejedores). Aquí tenéis de beber, amigos. Pero dime, abue¬lo Ansorge, ¿ cuánto tiempo hace que no vas a afeitarte ? Aquel señor que está allí quisiera saberlo.
EL VIAJANTE—(Desde su sitio). ¡Ah! Permítame, señor po¬sadero ; yo no he preguntado eso. La fisonomía de ese maes¬tro tejedor me ha llamado la atención, me ha parecido com¬pletamente venerable. ¡No se ven tan a menudo semejantes patriarcas!
ANSORGE — (Rascándose la cabeza con aire turbado). ¡Eh, eh!. .. Sí, si.
EL VIAJANTE — Es tan raro ver todavía hombres como éstos soberbiamente incultos, hoy que la civilización lo invade todo. A mí me gusta encontrar todavía un hombre de las selvas. ¡Las cejas como malezas, una barba que es un bos¬que virgen !. . .
HORNIG — Sabe usted, respetable señor, voy a decirle, es que sin duda no sabe gran cosa de lo que es un barbero y una navaja. Todo brota a capricho. Y, además, tal como están, les tiene sin cuidado.
EL VIAJANTE — Le ruego, buen hombre... (Bajo al posade¬ro). ¿Se le puede ofrecer un vaso al hombre de las barbas?
WELZEL — Me temo que rehúse. Tiene ciertas manías.
EL VIAJANTE — Bueno, no hablemos más. ¿Me permite usted, señorita? (Se sienta junto a la viesa cubierta). Puedo de¬cirle que desde que entró me llamó la atención lo bonito de sus cabellos. ¡Brillantes y finos y abundantes! (Expre¬sa su entusiasmo besándose la punta de los dedos). ¡Y eso color.. . ele trigo maduro! En Berlín, con esos cabello:;, revolucionaría usted a todo el mundo. Palabra de honor, llamaría usted la atención en la corte. (Reclinándose un poco para ver mejor la cabellera). ¡Magnífica, sencilla¬mente magnífica!
WIEGAUD — Por eso le han puesto tan bonito nombre.
EL VIAJANTE — ¡Áh!, ¡qué nombre!
ANA — (Sonriendo, con aire embarazado). No le haga usted caso.
HORNIG— La señorita rubita, ¿no es eso?
WELZEL — Vaya, es bastante. Le trastornáis la cabeza. Ya tiene dentro demasiados pajarillos. Ahora, quiere un conde, ma¬ñana necesitaría un príncipe.
LA MUJER DE WELZEL — No digas eso de nuestra hija. No es un mal el querer elevarse. No todo el mundo piensa como tú; si no fuera así nadie se movería, todos se quedarían detrás de su silla. Si hubiera dicho lo que tú el abuelo de Dreissiger, éste sería todavía hoy un pobre tejedor, mientras que ahí lo tiene rico como Creso. El viejo Tromtra también era un pobre tejedor, y ahora tiene doce castillos, y es noble por añadidura.
WIEGAUD — Todo esto está bien hablado, Welzel, tu mujer tie¬ne razón, te lo puedo asegurar. Si yo hubiese dicho lo que tú, no tendría siete obreros en estos momentos.
HORNIG — Has llevado bien tu barco, hay que hacerte justicia. Ni siquiera aguardas a que uno esté muerto para hacerle el cajón.
WIEGAUD— Cuando se quiere salir adelante hay que abrir los ojos.
HORNIG — Y tú los abres bien. En cuanto va a espichar el chico de un tejedor, lo sabes tú antes que el médico.
WIEGAUD—(Dejando de reír y encolerizándose). Bueno, ¿y tú? Si no hay necesidad de ir a preguntar a la policía para saber quien es el que roba cargas de hilo a Dreissiger. Parece que vas pidiendo trapos, pero ya sabes com¬prar esos hilos.
HORNIG — Y tú vas a recoger el pan en las tumbas, Cuantos más pobres diablos se largan, más contento estás tú. A me¬dida que mueren chicos, te restregas las manos, diciendo: es un buen año, esto marcha, buena cosecha; podrá uno emborracharse cuanto quiera.
WIEGAUD — Por lo menos, yo no robo a nadie.
HORNIG — ¡Como si no estuvieras listo al poner la cuenta! Y hasta haces que te paguen más de lo que has puesto.
WIEGAUD — (Volviéndose de espaldas). Habla con quien te dé la gana, pero no conmigo. (Volviéndose de repente). ¡ Asqueroso embustero!
HORNIG -— ¡ Sacamuertos!
WIEGAUD— (Dirigiéndose a los presentes). Todos saben que es un brujo que dice la suerte.
HORNIG — Pues ten cuidado, no te diga la tuya. (Wiegaud, pa¬lidece).
LA MUJER DE WELZEL — (Que había salido, trae el café al viajante). ¿Quiere usted que le sirva el café en el otro cuarto!
EL VIAJANTE — ¡Qué dice usted! (Dirigiendo una mirada amorosa a Ana). Quiero quedarme aquí hasta la muerte.
UN GUARDABOSQUE Y UN ALDEANO— (Joven aquél; el aldeano, de más edad, tiene un látigo; entran ambos). Buenos días. (Permanecen de pie ante el mostrador).
EL ALDEANO — ¿Pueden servirnos dos medios?
WELZEL — Ya lo creo; buenos días, amigos. (Sirve los vasos pedidos. Los recién llegados chocan, beben y dejan los va¬sos en el mostrador).
EL VIAJANTE—¿Se ha andado mucho, amigo guardabosque?
EL GUARDABOSQUE — Así, así. Vengo del pueblo de Steinseffer. (Entran dos tejedores viejos y se colocan cerca de Ansorge, Baumert y Hornig).
EL VIAJANTE — Permítame, ¿ es usted guarda del conde de Hochhein ?
EL GUARDABOSQUE — No, del conde de Keil.
EL VIAJANTE — Sí, sí, ese es el nombre que yo quería decir. Aquí no se acaba nunca con los condes y los barones y los señores de todo género. Hace falta una memoria ¡de perro para recordar todos los nombres... ¿De qué le sirve a us¬ted esa hacha?
EL GUARDABOSQUE — Se la he confiscado a unos merodeadores.
EL ABUELO BAUMERT — Es que nuestros buenos señores, sabe usted, cuidan mucho de que no se les tome la menor ramita para hacer fuego.
EL VIAJANTE — Pero si todo el mundo tuviera derecho a to¬mar leña, sería el cuento de nunca acabar.
EL ABUELO BAUMERT — Perdone usted, aquí sucede como en todas partes: hay ladrones grandes y pequeños. Los gor¬dos son los tratantes de maderas; éstos se hacen ricos. Los pequeños son los pobres diablos ele tejedores.
EL PRIMER TEJEDOR VIEJO— (Interrumpiendo a Baumert). Sí, por la menor rama que se recoja nos echan el guante, nos ponen multas, nos fustigan..., sin contar con todo lo que ya hay que dar, y todas las jornadas de trabajo que hay que hacer como impuestos, todas ellas para el señor.
ANSORGE — Sí; eso es lo que pasa: lo que el fabricante nos de¬ja, el señor viene a quitárnoslo del bolsillo.
EL SEGUNDO TEJEDOR VIEJO — (Que ha tomado puesto en la mesa de al lado). Yo he dicho a Su Gracia, nuestro señor; perdóneme, señor conde, le he dicho, pero no hay verda¬deramente modo de hacer tantos días de jornada. No es que yo discuta con usted, esto no serviría de nada; pero excúseme, el agua me ha destrozado todo, ha arruinado mi pequeño campo. Ya no puede darme nada, y ni siquiera tengo bastante para vivir, y hay que trabajar día y noche ¡Ah, hijos míos, hijos míos, qué desastre era aquello! ¡ No había más remedio que mirar y retorcerse las manos, sin poder hacer nada! Toda la tierra buena, llevada por el agua, arrastrada abajo de la colina, medio hundiéndose en las aguas. ¡Y perdida toda la rica cosecha! ¡Jesús! Durante ocho días creí que no podríamos salir de aquello, que habría que quedarse allí. Y después ha habido que subir hasta ochenta carretadas de tierra.
EL ALDEANO— (Rudamente). Siempre estáis hablando de mi¬seria para todo. Con el mal tiempo, que está fuera de nuestra voluntad, es preciso que uno se resigne. Y cuando vuestras cosas no marchan es a menudo por culpa vuestra. ;Si guardarais un poco de dinero cuando lo ganáis, os que¬daría para desgracias como esa. ¡ Pero que si quieres! Lo jugáis todo, os lo bebéis todo; haced, pues, economías cuan¬do podéis; así, pues, no tendréis necesidad de robar hilo y leña.
UN TEJEDOR JOVEN — (En la puerta, con algunos compañe¬ros). Un aldeano siempre es aldeano, hasta cuando quie¬re echárselas de listo.
EL PRIMER TEJEDOR VIEJO — Sí, hace mucho tiempo que se sabe eso; los aldeanos y los nobles marchan juntos. Cuan¬do un tejedor busca un cuarto, el aldeano dice: Bueno, ahí tienes un rincón, págame un buen alquiler y luego echa una mano para meter mi heno y mi avena, y si no quieres mis condiciones, lárgate a otra parte. Y vais a buscar un segundo que os recibe igual que el primero.
EL ABUELO BAUMERT— (Con odio). Sí, nosotros somos como un tonel, al que todo el mundo va a remojarse el gaznate.
EL ALDEANO—(Muy excitado). Pues bien, sí, recua de hol¬gazanes, recua de hambrientos, ¿de qué servís vosotros? ¿Sabéis siquiera llevar un arado, o manejar la hoz, o car¬gar una carreta de heno? ¡No servís más que para holga¬zanear y andar con mujeres! ¿Quién queréis que os haga maldito el caso? (Diciendo estas palabras, paga su gasto y sale. El guardabosque le sigue riendo. Welzel, su mujer y el carpintero ríen a carcajadas. El viajante sonríe. Por fin las risas cesan. Una pausa).
HORNIG — Un aldeano así es más bruto que un toro. ¡ Como si uno no supiera la miseria que hay aquí, en las aldeas! ¡Ah! ¡Y hay cada espectáculo! Es muy divertido... se acuestan desnudos, de cuatro en cuatro o de cinco en cin¬co, en un mismo jergón.
EL VIAJANTE— (Objetando muy suavemente). Permítame, buen hombre; no todo el mundo es de su opinión acerca del grado de miseria que reina en estas regiones. Si usted pu¬diese leer...
HORNIG — Yo puedo leer tan bien como usted, y también yo leo los papeles. Cuando se ha arrastrado el pellejo cuaren¬ta años, como yo, se sabe lo que ocurre. ¿Sabe usted lo que les pasó a los Tuller? Los chicos husmeaban en el patio con los patos de los vecinos, buscando algo que comer. Y concluyó la cosa muriéndose todos, desnudos, sobre jer¬gones podridos, después de haber tratado de comer hasta las basuras para no perecer de hambre. Y como este caso hay cientos y cientos.
EL VIAJANTE — Pero si usted lee los periódicos, debe usted sa¬ber que el gobierno ha ordenado una información, y que...
HORNIG — ¡Ah!, eso es conocido. Viene un personaje enviado por el gobierno, y que lo sabe todo ya antes de haber visto nada. Se pasea un poco por el pueblo, por la plaza, en donde están las mejores casas, pero no va más lejos, por¬que se mancharían sus hermosos zapatos. Y se dice: todo debe ser por aquí como lo que he visto, y vuelve a subir al coche, ¡y arrea cochero! Y no puede menos de dar su in¬forme en Berlín, diciendo que por aquí no hay trazas de miseria. Si hubiera sido un poco más animoso, si hubiera ido siquiera un poco más arriba, hacia las cabañas aisla¬das, las chozuelas tan negras y tan indecentes que ni siquiera valen la cerilla para prenderles fuego, no hubiera tal vez escrito las mismas cosas a Berlín. Si hubieran po¬dido venir a verme los señores de Berlín, que no quieren creer que hay miseria aquí, yo se la hubiera enseñado. No hacía falta más que abrir los ojos. (Se oye cantar fuera la canción de los tejedores).
WELZEL — Ya vuelven a cantar su canción del diablo.
WIEGAUD—Alarman a todo el pueblo.
LA MUJER DE WELZEL — Seguramente que ocurre algo. (Jaeger y Baecker, del brazo, a la cabeza de un numeroso grupo de tejedores jóvenes, penetran ruidosamente en la casa y después en la sala de la posada).
JAEGER— ¡Escuadrón, alto! ¡En su lugar, descanso! (Los re¬cién llegados toman sitio en las diferentes mesas, en don¬de ya están sentados los tejedores, y entablan conversación con ellos).
HORNIG— (A Baecker). ¿Qué quiere decir esto de veros a tan¬tos reunidos?
BAECKER— (Con tono significativo). ¡Tal vez querrá decir al¬go! ¿No es verdad, Mauricio?
HORNIG — Bueno, no vayáis a hacer tonterías.
BAECKER — La sangre ha corrido ya. ¿ Quieres ver ? (Se re¬manga el brazo y le enseña unas cicatrices frescas. Mu¬chos tejedores jóvenes, en las otras mesas, hacen lo mis¬mo . Hemos ido a que nos vacunen en casa del tío Schmidt.
HORNIG — Comprendo ahora. No es chocante que haya tanto ruido en las calles. ¡Cuando se juntan tantos alborotado¬res como vosotros!
JAEGER— (En voz alta, haciéndose el fanfarrón). Dos vasos, Weizel, en seguida. Soy yo el que paga. ¿Te figuras que no tengo dinero? Óyelo sonar. Si quisiera, podría uno pagarse aguardiente y café hasta mañana por la mañana, tan bien como un viajante de comercio. (Bisas entre los tejedores jóvenes).
EL VIAJANTE— (Con asombro cómico). ¿Se refiere usted a mí? (Weizel, su mujer y su hija, así como Wiegaud y el via¬jante, ríen).
JAEGER — Cuando le pica a uno, se rasca.
EL VIAJANTE — Permítame, joven; me parece que usted no
está mal.
JAEGER — Sí, no tengo por qué quejarme. Soy viajante en confecciones, asociado con un fabricante. Cuanto más se muera de hambre el tejedor, más engordo yo. No tengo por qué quejarme.
BAECKER — Bien dicho, eso ; bien contestado. ¡ Viva Mauricio!
WELZEL — (Ha traído el aguardiente. Mientras vuelve al mos¬trador se detiene un instante; volviéndose hacia los teje¬dores, sin perder nada de su flema y de su oteen carácter, les dice tranquilamente): Dejad tranquilo a este señor; no os ha hecho nada.
VARIOS TEJEDORES JÓVENES —: Bueno, tampoco nosotros le hemos hecho nada. (La mujer de Welzel cambia algunas palabras con el viajante. Toma la taza de café a medio beber que tiene él delante, y la lleva a la habitación inmediata. El viajante la sigue, acompañado por las risas de los tejedores. Estos cantan algunas frases de la canción del segundo acto).
Nuestra casa es el presidio.. . Dreissiger el carcelero.
WELZEL — ¡Psch, psch! Cantad eso donde queráis; pero no aquí, no quiero.
EL PRIMER TEJEDOR VIEJO — Tiene razón; hay que callarse.
BAECKER — Pero tenemos que pasar otra vez por la casa de Dreissiger y cantársela, hasta que acabe por saberla de memoria.
WIEGAUD— Mejor haríais en no sacarle de sus casillas, podría molestaros. (Risas y protestas).
EL ABUELO WITTIG—(Un herrero de cabellos grises, sin go¬rra, con delantal de cuero y abarcas, lleno de hollín, como si viniera de la fragua; ha entrado, y espera de pie, junto al mostrador, que le sirvan un vaso de aguardiente). Que metan un poco de ruido. Perro ladrador, poco mordedor.
VARIOS TEJEDORES VIEJOS — ¡ Wittig, Wittig!
WITTIG— Aquí estoy. ¿Qué hay?
VARIOS TEJEDORES VIEJOS — Sí; es Wittig. ¡Wittig, Wittig! Ven a sentarte aquí. Ven a nuestro lado.
WITTIG—No seré yo el que vaya a sentarme con unos cual¬quiera como vosotros.
VARIOS TEJEDORES VIEJOS — Vamos, ven, bebe con nosotros.
WITTIG — De ninguna manera. Guardaos vuestro dinero. Lo que yo bebo, yo lo pago. (Se sienta con su copa de aguardiente cerca de Baumert y de Ansorge, pegando a éste en el vien¬tre). ¿De qué se alimentan los tejedores? ¿De berza con piojos?
EL ABUELO BAUMERT— (Exaltado). Sí; pero no se contenta¬rán con eso mucho tiempo.
WITTIG — (Fingiendo asombro y mirando a Baumert con aire estúpido). ¡Ah! ¿qué es lo que dices? (Riendo a carca¬jadas). Lo dicho, hombre, si es para reventar de risa. ¡El abuelo Baumert que quiere sublevarse! Mañana lo querrán los chicuelos y después los cojos y los mancos. Mi palabra que va a ser muy divertido. (Continúa riendo).
EL ABUELO BAUMERT—Puedes creerme si quieres, Wittig; yo jamás he cambiado de opinión; si todo el mundo arri¬mara el hombro, la cosa iría mejor.
WITTIG — ¿A qué llamas tú "arrimar el hombro"? ¡Te figu¬ras que no hay más que ponerse de acuerdo! ¿Acaso no trataron de entenderse en Francia? ¿Acaso Robespierre halagaba a los ricos? En aquel tiempo llevaban a los aris¬tócratas a la horca, ¡Y no paraba la guillotina! Los patos no caen nunca asados en el plato; hay que cocerlos.
EL ABUELO BAUMERT — ¡Si al menos tuviera yo con qué ir tirando!
EL PRIMER TEJEDOR VIEJO — ¡Estamos con el agua al cuello!
EL SEGUNDO TEJEDOR VIEJO — Ni siquiera se atreve uno a meterse en su cabaña. Que se trabaje o que se duerma, se muere uno de hambre de las dos maneras.
EL PRIMER TEJEDOR VIEJO — Comienza uno a perder la cabeza.
ANSORGE — A mí ya me tiene sin cuidado; que suceda lo que quiera.
VARIOS TEJEDORES VIEJOS— (Con exaltación creciente). No se descansa en ninguna parte. Ya no tiene uno ánimos para trabajar. Arriba, en Steinkunzen, ya se ha vuelto loco uno de los nuestros. Se pasa el tiempo bañándose desnudo en el arroyo.
UN TERCER TEJEDOR VIEJO — (Se levanta y habla como un iluminado, levantando el trazo al cielo con aire de ame¬naza). Se oyen ruidos en el cielo.. No frecuentéis a los ricos y a los poderosos. Hay una justicia en el cielo. El señor Zebaot... (Varios compañeros se echan a reír. Hacen sentar al viejo en su silla).
WELZEL — Ese en cuanto toma una copa, ya está lleno.
EL TERCER TEJEDOR VIEJO — (Vuelve a decir en el mismo tono). Esperad, esperad; vosotros no creéis ni en Dios, ni en el diablo. Vosotros os burláis de la religión.
EL PRIMER TEJEDOR VIEJO — Bueno, déjanos en paz.
BAECKER — ¿ Por qué ? Déjale recitar sus profecías. Quizás
de eso ánimo a algunos.
MUCHAS VOCES— (Tumultuosamente). Sí, sí; que le dejen hablar.
EL TERCER TEJEDOR VIEJO — (Elevando más la voz). Sí; el Señor ha dicho: ¡Ay de los ricos, porque no es de ellos el reino de los cielos! ¡Ay de los ricos! (Tumulto).
BAECKER — Entonces nada tenemos que temer nosotros, los tejedores de algodón. (Bisas).
HORNIG — Para los tejedores de tela, todavía va la cosa peor. Todos tienen aspecto de espectros. A vosotros os queda aún un poco de esperanza.
WITTIG — Sí, sí, ¿te figuras que la cosa no puede ponerse peor todavía? Pronto concluirán los fabricantes con lo poco de fuerzas que quedan.
BAECKER — ¡Digo!, los tejedores acabarán por trabajar a cuarto de sueldo. (Tumulto).
VARIAS VOCES DE TEJEDORES — ¿ Quién pretende eso ?
BAECKER — Dreissiger lo ha dicho.
UN TEJEDOR JOVEN-—¡Ese carcamal!, se le tomará la de¬lantera.
JAEGER — Escucha una cosa, Wittig. Tú siempre estás ha¬blando de la Revolución Francesa, se te llena la boca con ello. Pues bien, tal vez se presentará pronto una buena ocasión para demostrar lo que se puede hacer, si es que uno no es más que un charlatán o un hombre que tiene redaños.
WITTIG — Cállate. Tú, mocoso, ¿ has oído alguna vez silbar las balas? ¿ Has estado de descubierta en un país enemigo ?
JAEGER — No te incomodes. Somos compañeros. No quería he¬rirte.
WITTIG — Me río de tu compañerismo. Tú no eres nadie, un fanfarrón. (Entra el gendarme Kutsche).
VARIAS VOCES — ¡ Psch, psch, la policía! (Se cuchichea largo rato. Por fin hay silencio completo).
KUTSCHE— (Va a colocarse cerca de la columna de en medio). Déme una copa. (Nuevo silencio).
WITTIG — Llegas muy a tiempo, Kutsche.
KUTSCHE— (Sin escuchar a Witting). Buenas, Wiegaud.
WIEGAUD — (Que no se ha movido de su rincón delante del mostrador). Felices, Kutsche.
KUTSCHE — ¿Marchan los negocios ?
WIEGAUD — No van mal, gracias.
BAECKER — En cuanto a nosotros, el patrón tiene miedo de que nos echemos a perder el estómago con tanto dinero como se gana. (Risas).
KUTSCHE — Aunque tuvierais champagne y buen asado, toda¬vía no estaríais contentos. Yo no bebo champagne, y no me encuentro mal.
BAECKER— (Señalando a la nariz de Kutsche). Se riega la na¬riz con cerveza y aguardiente. Por eso madura como un tomate. (Bisas).
WITTIG — ¡Tiene tanto que trabajar un gendarme! Hay que llevar a la sombra a los pobres diablos que se mueren de hambre y después, a veces, hay que hacer la corte a las hijas bonitas de los tejedores, a menos que no esté ocupa¬do en dar una paliza a la mujer que se escapa a casa de los vecinos; y luego hay que hacer rondas a caballo y dor¬mir toda la mañana bien caliente en la cama. ¡ Todo eso es poco cómodo!
KUTSCHE — Sigue hablando, hombre, no tengas miedo, ya te volverán a echar el guante. Ya hace mucho tiempo que te acechan; el gobernador está enterado de todas tus pero¬ratas. Y yo conozco alguien que, a fuerza de borracheras y de desorden, está en camino de llevar a su mujer y a sus hijos al hospicio, y marchar después él a la cárcel. Sí, amigo, no tengas cuidado, tú caerás.
WITTIG— (Riendo con amargura). ¡Quién sabe todavía a don¬de iré! Pudiera ser también que fuera a donde tú di¬ces. (Con cólera). Pero si sucede eso alguna vez, yo sabré a quien se lo debo; quién es el que va con soplos a los fa¬bricantes y a las autoridades, y el que impide que me den trabajo. Yo sé también quién es el que ha puesto en contra mía a los aldeanos y a los molineros, que no me traen ya los caballos a herrar ni las ruedas para compo¬nerlas. Conozco a ése. Es un animal inmundo, al que tiré una vez de su caballo, cuando le pesqué a punto de dar latigazos a un pobre muchacho que había tomado unas pe¬ras verdes caídas de un árbol. Pues bien; puedo decirle una cosa: ya me conoces, si alguna vez vienes a buscarme para llevarme a la cárcel, puedes hacer antes el testamen¬to. En cuanto yo oiga decir una palabra agarro la primer cosa que tenga a la mano, una herradura o un martillo, un cántaro o una llanta, y aun cuando tuviera que ir a buscarte a tu cama y arrancarte del lado de tu perdida, iría a romperte la crisma, tan cierto como me llamo Wittig. (Se lanza y quiere arrojarse sobre Kutsche).
VARIOS TEJEDORES— (Conteniéndole). ¡Vamos, vamos, Wittig, nada de tonterías!
KUTSCHE— (Se ha levantado involuntariamente. Está muy pálido. Diciendo lo que sigue se retira. A medida que se acerca a la puerta su valor aumenta. Pronuncia las últi¬mas palabras en el umbral de la puerta y desaparece en seguida). ¿Qué te he hecho yo? No hablo contigo. Hablo a los demás que están ahí. Yo no te he hecho nada; me im-portas un bledo. Pero a vosotros tengo que deciros que el comisario ha prohibido que se vuelva a cantar la can¬ción ... ; ya sabéis lo que quiero decir. Y si se vuelve a oir cantar en las calles, se verá el medio de poneros a cu¬bierto, y entonces la cantaréis cuando queráis. (Sale).
WITTIG—(Le grita). Tú no tienes nada que prohibirnos, y sí se nos antoja cantar hasta que se caigan los cristales y que nos oigan hasta en Reichenbach, y si queremos cantar tan fuerte que las casas de los fabricantes se derrumben y les caigan sobre sus cabezas y hagan una tortilla con to¬dos los empleados, eso es cosa nuestra, nadie tiene nada que ver en ello.
BAECKER — (Se ha levantado mientras hablaba Wittig; ha he¬cho una señal a todos para que se callen, después entona el canto que todos cantan con él).
Nosotros, a quienes llaman la canalla, hemos llegado de nuestro penar al límite; nuestras fuerzas se agotaron; vale más que de una vez con la vida concluyamos. Con las hijas y los hijos tejemos nuestro sudario.
(El posadero trata de hacer silencio, pero no le escuchan. Wiegaud se tapa los oídos y huye. Los tejedores se levan¬tan y siguen, cantando la estrofa siguiente, a Wittig y Baecker, que han dado por gestos la señal de marcha),

¡Abajo el amo y la patria que nos mantienen esclavos!
Son ellos nuestros verdugos con todos sus empleados.
Terminen los sufrimientos, no más lamentos oigamos,
con las hijas y los hijos, les tejemos su sudario.
(Se oye a los tejedores cantar la siguiente estrofa en la calle. Algunos aprendices jóvenes se han quedado entre¬tenidos en pagar lo que han tomado. Cuando ha terminado esta estrofa, no quedan en la sala de la posada más que Welzel, su mujer, su hija, Eornig y el abuelo Baumert).
Nuestra casa es el presidio, Dreissiger el carcelero, pero también un sudario sin tardanza tejeremos para ti, ¡oh, vieja Alemania! en telares que son nuestros. Con las hijas y los hijos tu sudario aquí tejemos.
WELZEL—(Recogiendo tranquilamente los vasos vacíos). Es¬tán hoy un poco excitados. (El abuelo Baumert se levanta para salir).
HORNIG— Di, Baumert, ¿qué van a hacer?
EL ABUELO BAUMERT — Quieren ir a casa de Dreissiger a pe¬dir aumento de jornal.
WELZEL — ¿ Tú también comulgas con todas esas tonterías ?
EL ABUELO BAUMERT — Ya ves, Welzel, no sé. Los jóvenes van adelante. Los viejos tienen que seguirlos. (Se retira algo confieso).
HORNIG—(Se levanta). No me extrañaría que sucediese una desgracia.
WELZEL—¡Hasta los viejos se mezclan!
HORNIG — ¡ Todo el mundo tiene algún deseo en la cabeza!
TELÓN









































CUARTO ACTO

Gabinete particular del fabricante Dreissiger, en Petterivaldan, lujosamente amueblado con el frío estilo de la primera mitad del siglo XIX.
Las maderas, la chimenea, la puerta, son blancas; alfombra de flores menudas, de rayas rectas, de un tono frío, color de pizarra. Divanes y butacas ele caoba, ricamente esculpidos y forrados de rojo. Muebles y sillas diversos, y dispuestos de esta manera: a la derecha, entre dos ventanas con cortinones ada¬mascados de color de cereza, está la mesa de escritorio cubierta por un tapete que se cierra por una cerradura. En frente, al otro lado, el sofá, y cerca de él la caja de caudales. Delante del sofá, una mesa con sillas y taburetes. En la pared del fondo una panoplia. Las paredes están en parte cubiertas por cua¬dros malos con marcos dorados. Encima del sofá un espejo de marco antiguo con brillante dorado. Una sencilla puerta a la izquierda conduce al vestíbulo; en el fondo, una puerta de dos hojas une el gabinete al salón, tan magnífica y ridículamente sobrecargado de muebles de mal gusto. Se hallan en el salón dos mujeres, la SEÑORA DE DREISSIGER y la DE KITTELHAUS, en¬tretenidas en mirar cuadros; más lejos, el PASTOR KITTELHAUS, en conversación con el teólogo y preceptor WEINKOLD.
KITTELHAUS—(Un hombrecillo amable, entra en escena ha¬blando bonachonamente con Weinkold. Ambos fuman. Se detiene, mira en rededor, y viendo que no hay nadie, me¬nea la cabeza con extrañeza). Eso no tiene nada de extra¬ordinario, mi querido señor, usted es joven. Nosotros los viejos, cuando éramos de su edad, teníamos, no diré las mismas opiniones que usted ahora, pero muy parecidas. ¡ Oh! sí, muy parecidas. Y a fe que es buena cosa que se tengan ilusiones hermosas, cuando se es joven. ¡ Desgra¬ciadamente no duran más que instante! ¡Un almuerzo de sol, amigo! Espere usted a tener mi edad. Cuando se ha predicado durante treinta años, cincuenta y dos veces al año, sin contar los días de fiesta, se acaba por quedarse uno más tranquilo. Recuerde usted lo que le digo, mi que¬rido amigo, si siente usted tentaciones de dejar ir las cosas demasiado lejos.
WEINKOLD—(Diez y nueve años, pálido, delgado, muy alto, de largos cabellos rubios muy lisos. Tiene movimientos agi¬tados y nerviosos). Permítame usted que le haga observar, señor pastor.. . Yo no sé, pero. .. hay, sin embargo, natu¬ralezas muy diferentes.
KITTELHAUS—Sí, sí, mi buen amigo; usted puede ser un es¬píritu un poco exaltado (con tono de censura), y lo es usted. Y hasta puede mostrarse violento frente a las cir¬cunstancias actuales. Pero todo concluirá por calmarse, ya lo veréis. Ya sé que tenemos compañeros que, hasta en una edad bastante avanzada, tienen todavía ideas de jó¬venes. Hay quienes practican contra el alcoholismo, y fun¬dan sociedades de templanza; otros escriben libros que son muy interesantes de leer. ¿Pero a qué conduce todo esto? Todo eso no puede hacer más que perturbar la so-ciedad. No; mire usted, que cada cual se inmiscuya en lo que le concierne. Contentémonos con predicar la palabra de Dios, y en cuanto a lo demás dejemos hacer a Aquél que se cuida de alimentar a los pajarillos y de tejer su vestidura a los lirios de los campos. Pero quisiera saber a dónde ha podido ir vuestro querido huésped.
LA SEÑORA DE DREISSIGER — (Entra, seguida de la mujer del pastor. Es una mujer de treinta años, bonita y de consti¬tución robusta. Se puede observar cierto desacuerdo entre su manera de hablar o de accionar y la elegancia con que viste). Tiene usted razón, señor pastor. Son cosas de Gui¬llermo. En cuanto se le pasa algo por la cabeza, se larga y me deja plantada. Se lo he dicho muchas veces, pero aunque se le diga lo que quiera, no hace caso.
KITTELHAUS — Querida señora, cuando se vive como él entre negocios...
WEINKOLD — Si no me engaño, debe suceder algo abajo.
DREISSIGER—(Entra, pareciendo muy excitado). Y bien, Ro¬sa, ¿está servido el café?
LA SEÑORA DE DREISSIGER — (Haciendo un mohín). ¿ Por qué te vas siempre ?
DREISSIGER—(Sin insistir). ¡Ah!, si tú supieras.
KITTELHAUS — Perdone usted, señor Dreissiger, ¿ ha tenido usted algún disgusto?
DREISSIGER—Los tengo todos los días de Dios, señor pastor. Estoy habituado... Rosa, ¿ quieres ir a ver ?... (La se¬ñora de Dreissiger se aleja de mal humor y se dirige a tirar varias veces violentamente del grueso cordón borda¬do de la campanilla. Dreissiger da algunos pasos, después se dirige a Weinkold). Quisiera que hubiese usted estado allí, hubiera visto algo... Pero en fin, vamos a empezar nuestro whist.
KITTELHAUS — Sí, sí. Sacuda usted todos sus disgustos, y en¬treguémonos por completo al placer de estar juntos.
DREISSIGER — (Se acerca a la ventana, separa una cortina y mira hacia fuera involuntariamente). ¡Otra banda! Ven a ver, Rosa. (Esta se acerca). Dime: ese grandote de ca¬bellos rojos...
KITTELHAUS — Ese es el hombre a quien llaman Baecker el Rojo.
DREISSIGER — ¿No es ese el que te insultó hace dos días?... Recuerda lo que me contaste: cuando te ayudaba Juan a subir al coche.
LA SEÑORA DE DREISSIGER— (Con un gesto). No sé.
DREISSIGER — Trata de acordarte. Necesito saberlo. Ya estoy cansado de todas esas insolencias. Si es ese, quiero que sea castigado. (Se oye cantar el canto de los tejedores). Escuchen, escúchenles.
KITTELHAUS — (Alterándose). ¡Ah! Verdaderamente. ¡Pero no va a concluir esto! Me veo obligado a convenir en que es preciso que intervenga la policía. Permítame que vea. (Se acerca a la ventana). Mire usted, señor Weinkold, no solamente hay jóvenes, hay también muchos hombres ma¬duros, hombres a los que por mucho tiempo he tenido por hombres serios y dignos y temerosos de Dios. Forman par¬te de la banda, se mezclan a todo desorden, hollan con los pies las leyes divinas. ¿Va usted también a tomar el par¬tido de esas gentes?
WEINKOLD — Ciertamente no, señor pastor. Es decir, señor pastor... cum grano salis. Son pobres hambrientos, igno¬rantes. Demuestran su descontento como pueden. No hay que esperar de esas pobres gentes...
LA SEÑORA DE KITTELHAUS — (Pequeña, flaca, ajada, parecién¬dose más a una solterona que a una mujer casada). Señor Weinkold, le ruego...
DREISSIGER — Señor teólogo, tengo el sentimiento de decirle... que no le tomé en mi casa para que me diera usted confe¬rencias humanitarias. Le ruego que se atenga a la educa¬ción de mis hijos y deje que me ocupe yo solo en lo que a mí sólo me concierne. ¿Me comprende usted?
WEINKOL — (Muy pálido, permanece un instante inmóvil, des¬pués se inclina con sonrisa forzada, y dice con dulzura): Ciertamente, señor Dreissiger. Ciertamente que lo he comprendido a usted; bien preveía lo que iba a suce¬der. Y por lo demás, esto se encuentra conforme con mi deseo. (Vase).
DREISSIGER—(Brutalmente). Déjenos usted lo más pronto posible, señor mío. Tendremos necesidad de su cuarto.
LA SEÑORA DE DREISSIGER — ¡Vamos, Guillermo!
DREISSIGER — ¿Vas a perder el juicio? ¿Vas a ponerte a defen¬der a un hombre que trata de excusar abominaciones y horrores como esa innoble canción?
LA SEÑORA DE DREISSIGER — ¡ Pero si realmente no la ha ex¬cusado !
DREISSIGER — Vamos, señor pastor; ¿ ha tomado, sí o no, la de¬fensa de esos brutos?
KITTELHAUS — Señor Dreissiger, hay que perdonarle a causa ele su juventud.
DREISSIGER — No lo comprendo. Ese muchacho es, sin embargo, ele una familia buena y decente. Su padre ha sido emplea¬do durante cuarenta años, y nunca ha habido nada que decir de él. Su madre estaba muy contenta de que hubiese encontrado su hijo un buen empleo en nuestra casa. Y aho¬ra.. . ¡ni siquiera sabe aprovecharse de ello!
PFEIFER — (Abriendo bruscamente la puerta que da a la ante¬cámara, y gritando): Señor Dreissiger, han detenido a uno. Habrá que ver. ..
DREISSIGER — ¿Han ido a prevenir a la policía?
PFEIFER — El señor comisario sube ya la escalera.
DREISSIGER — (En la puerta). Servidor de usted, señor comi¬sario; me alegro de que haya venido. (Kittelhaus hace comprender a las señoras, con ademanes, que es mejor re-tirarse. El, su mujer y la señora de Dreissiger desapare¬cen en el salón). Señor comisario, al fin he hecho detener a uno de los principales agitadores, por mis obreros tinto-reros. Yo no podía soportar más tiempo tantas insolencias. Son de una audacia que traspasa los límites. Es irritante. Tengo invitados, y esos hombres aumentan su impruden¬cia.. . En cuanto sale mi mujer, es insultada. . . Hasta la vida de mis hijos no está segura. Y me arriesgo a ver mal¬tratar a mis huéspedes. Le aseguro que si en una sociedad civilizada pudieran quedar impunes semejantes hechos; si personas como mi familia y yo tuvieran que permanecer expuestas a las injurias y a las acometidas de esos perdi¬dos ... verdaderamente... verdaderamente, sería cosa de desesperar de todo.
EL COMISARIO DE POLICÍA—(Un hombre ele unos cincuenta años, de estatura, media, corpulento, sanguíneo. Lleva un uniforme de caballería, con un gran sable que arrastra y espuelas). Ciertamente que no, señor Dreissiger; cierta¬mente que no. Y tranquilícese usted; estoy en absoluto a su disposición. Confíe usted en mí. .. Es natural... Y me entero con gusto de que usted ha hecho ya detener a uno de esos bergantes. Hay que concluir, en efecto. Y hay por aquí algunos tunantes a los que acecho desde hace mucho tiempo.
DREISSIGER— Son unos pillos que se asustan del trabajo, que no quieren hacer nada, viciosos, que se pasan la vida en la taberna, bebiendo hasta el último pfennig. Pero estoy resuelto a acabar con toda esa mala hierba. Y esto redun¬da tanto en interés de todo el mundo como en mi propio interés.
EL COMISARIO DE POLICÍA— Evidentemente, señor Dreissiger, evidentemente. A nadie le puede parecer mal. Y en cuan¬to de mí dependa...
DREISSIGER — Se debería llevar todo esto a bayonetazos.
EL COMISARIO DE POLICÍA — Perfectamente. Se hará un escar¬miento.
EL GENDERME KUTSCHE — (Entra y adopta una postura mi¬litar. La puerta de la antecámara se ha quedado abierta, y se oyen pisadas fuertes en la escalera). Señor comisario, con su permiso, hemos detenido a un hombre.
DREISSIGER — ¿Quiere usted ver a ese hombre, señor comisario ?
EL COMISARIO DE POLICÍA — Ciertamente, ciertamente. Vamos a interrogarle, a acosarle. Únicamente le pediré a usted, señor Dreissiger... No se inquiete usted. Le daré a usted satisfacción, a fe de Heide
DREISSIGER — Lo que me dice no puede bastarme; es preciso que ese hombre pase a manos del juez.
JAEGER — (Sujeto por cinco tintoreros, que tienen las manos y el rostro manchados de colores, porque vienen de su tra¬bajo. El prisionero trae la gorra puesta; demuestra una alegría insolente, llevada al último grado por las nume¬rosas libaciones que ha debido hacer). ¡Bandidos!... ¡Y os llamáis obreros! Pretendéis ser compañeros. Antes que traicionar así a compañeros, me hubiera dejado cortar la mano. (A una señal del comisario, Kutsche separa al pri¬sionero de manos de sus compañeros. Jaeger queda libre. Conserva la misma actitud insolente. Las puertas quedan guardadas en derredor de él).
EL COMISARIO DE POLICÍA—(Enérgicamente a Jaeger). ¡Quí¬tate la gorra, bergante! (Jaeger se quita la gorra, pero lentamente, y sin dejar de burlarse). ¿Cómo te llamas?
JAEGER — Di, ¿hemos guardado cerdos juntos? (Movimiento de los presentes).
DREISSIGER—¡Ah!, eso es demasiado.
EL COMISARIO DE POLICÍA — (Cambia de color, va a estallar su cólera, pero se contiene). Ya lo pagará... ¡ Te he pregun¬tado tu nombre! (Jaeger no responde. El comisario con rabia). Habla, desgraciado, o te haré moler a palos.
JAEGER — (Siempre burlón, y sin parecer que ni siquiera ha oído al comisario, ve por encima de las cabezas a una cria¬da bonita que acaba de entrar, trayendo el café, y que per¬manece allí confusa). ¡ Eh, di tu, bella Emilia, ¿tienes gente ? ¿ Estás de recepción? ¡ Buen provecho te haga! Pe¬ro el viento puede cambiar, hermosa, basta una hora para que todo cambie. (La joven mira fijamente a Jaeger, y cuando comprende que se dirige a ella, se pone encamada de vergüenza, se tapa los ojos con las manos, y escapa, de¬jando allí la bandeja con el café. Nuevo movimiento de los presentes).
EL COMISARIO DE POLICÍA—(Casi fuera de sí, a Dreissiger). ¡Oh! semejante desvergüenza... (Jaeger escupe).
DREISSIGER — Grosero, no estás aquí en ninguna caballeriza,
¿entiendes?
EL COMISARIO DE POLICÍA — ¡ Ah!, ya he perdido la paciencia, ¡por última vez, tu nombre!
KITTELHAUS — (Que durante la última escena ha mirado y es¬cuchado lo que pasaba, detrás de la puerta entreabierta del salón, entra en este momento, interesado hasta el úl¬timo punto de lo que, ha visto y oído, y temblando de emo¬ción, se decide a intervenir). Se llama Jaeger, señor co¬misario. ¿No es verdad, Mauricio?. .. Sí, Mauricio Jaeger. (A Jaeger). ¿No me conoces ya?
JAEGER — (Muy gravemente). Usted es el señor pastor Kit¬telhaus.
KITTELHAUS— Sí, tu pastor, Jaeger, tu padre espiritual, el que te recibió en la comunidad de los fieles, cuando eras un niño, aquél de cuyas manos recibiste por primera vez el cuerpo del Señor, vamos, todavía lo recuerdas. Y yo me dediqué a enseñarte la palabra divina. ¿Es este tu agradecimiento ?
JAEGER—(En tono de colegial que baja la cabeza ante el re¬gaño). Le pagué a usted, le di dinero, un thaler.
KITTELHAUS — ¡ Dinero, dinero!.. . Crees tú que ese miserable dinero. .. Podías guardarte tu dinero, que no se hable más de esto... ¡Vaya una tontería!... Ea, sé un hombre honrado, un buen cristiano. Piensa en los juramentos que has hecho. Observa los divinos mandamientos. Sé bueno y piadoso... ¡Dinero, dinero!
JAEGER — Me he hecho cuáquero, señor pastor; ya no creo en nada.
KITTELHAUS — ¿Qué quieres decir tú! ¡Cuáquero! Cállate, corrígete y no digas palabras que no comprendes. Por de pronto, esas son gentes piadosas y no paganos como tú. ¡Cuáquero!
EL COMISARIO DE POLICÍA — Con su permiso, señor pastor. (Se coloca entre él y Jaeger). Kutsche, átale las manos.
MUCHAS VOCES—(Fuera, lanzan gritos salvajes). ¡Jaeger, Jaeger, que nos lo devuelvan!
DREISSIGER — (Un poco asustado, así como los demás presentes, se acerca maquinalmente a la ventana). ¿Qué significa eso?
EL COMISARIO DE POLICÍA — ¡Oh!, comprendo; quieren que les devuelva al preso. Pero no les daré ese gusto. ¿Enten¬dido, Kutsche? A la cárcel.
KUTSCHE—(Con la cuerda en la mano, vacilando). Salvo su respeto, señor comisario, la cosa no será fácil. Está ahí toda la maldita banda de verdaderos demonios sueltos, señor comisario. Está Baecker, está el herrero.
KITTELHAUS — Permítame, señor comisario, para no empeorar las cosas, ¿no sería mejor probar la persuasión? Tal vez Jaeger consintiera por sí mismo en seguirle, o quizás...
EL COMISARIO DE POLICÍA — ¡Cree usted! ¿Y mi responsabili¬dad? Es imposible que haga lo que usted dice. Vamos, Kutsche, y rápido.
JAEGER — (Juntando las manos y tendiéndolas riendo a Kutsche). Aprieta amigo, aprieta bien, más fuerte todavía, más, anda. No será por mucho tiempo. (Kutsche. le ata las ma¬nos, ayudado por los obreros presentes).
EL COMISARIO DE POLICÍA — Ahora en marcha. (A Dreissiger). Si teme usted, haga que nos acompañen seis de sus tintore¬ros. Lo llevarán en el medio. Yo iré delante, Kutsche detrás. Y si alguno muestra intención de cerrarnos el paso, se le dará de sablazos. (Abajo, nuevos gritos de todas clases).
EL COMISARIO DE POLICÍA — (Haciendo un gesto de amenaza hacia la ventana). Canallas, voy a haceros gritar yo; espe¬rad. En marcha. (Sale él primero con el sable desenvaina¬do. Los otros siguen con Jaeger).
JAEGER — (Grita al marcharse). La señora de Dreissiger, por mucho que se pavonee y se dé tono, no es más que nosotros. Mi padre le ha servido harto a menudo tres pfennig de aguardiente. Compañía, por el flanco izquierdo, marchen. (Sale burlándose).
DREISSIGER— (Después de un silencio y pareciendo tranquilo). ¿Qué piensa usted de esto, señor pastor? ¿Vamos a jugar nuestro whist? Se me figura que ya no hay obstáculo. (Deja oír algunas risitas nerviosas, mientras enciende un cigarro; una vez encendido, añade). Ahora empiezo a en¬contrar cómica la aventura. ¡ Ese individuo! (En un ac¬ceso de risa nerviosa). Es, sin embargo, completamente ridículo. La 'discusión en la mesa con el teólogo. Y cinco minutos después presenta su dimisión. Y he aquí que ya se ha marchado a todos los diablos. Después, la escena de ahora. ¡En fin! Vamos a jugar nuestro whist.
KITTELHAUS — Sí, pero. .. (Rugidos abajo) pero.. . usted oye a esas gentes, hacen un ruido espantoso.
DREISSIGER — Pasemos a la otra habitación, nada nos turbará allí.
KITTELHAUS— (Meneando la cabeza). ¡Si siquiera supiesen lo que desean! Lo que decía Weinkold... hasta ahora era también mi parecer, esos tejedores constituían una raza de trabajadores pacientes, muy humildes y fáciles de di¬rigir. ¿No lo pensaba usted así también, señor Dreissiger?
DREISSIGER — Sí, eran pacientes y dóciles, eran gentes honra¬das y de buenas '.costumbres, hasta el día en que se mez¬claron los predicadores de humanitarismo. Se pusieron a persuadirlos de que estaban en la mayor miseria. Piense usted, ¡ todos esos centros, todas esas asociaciones, para re¬mediar la miseria de los tejedores! Han concluido por creerlo, se han dejado atrapar en el lazo, y ahora, ¡vaya usted a sacarlos de él! No cesan de quejarse. No hay para ellos nada bastante bueno ni bastante agradable. (Oyese de repente fuera un liurra formidable que va en alimento).
KITTELHAUS—Sí; con todas sus ideas humanitarias no han conseguido más que hacer lobos rabiosos de esas gentes, que eran dulces como corderos.
DREISSIGER —- En fin, pensándolo bien, señor pastor, todo esto puede tener un lado favorable. No es posible que aconte¬cimientos de este género pasen inadvertidos en los círculos dirigentes. Y entonces se darán cuenta de que no puede durar, de que es preciso intervenir si no se quiere arrui¬nar sin remedio nuestra industria local.
KITTELHAUS — Sí; pero ¿ sabe usted a qué puede obedecer este retroceso ?
DREISSIGER — Las naciones extranjeras se han parapetado con¬tra nosotros con tarifas de aduana que son mayores de lo justo. Se nos han cerrado todos los mejores mercados y la. concurrencia en el interior nos arruina. Estamos sacrifi-cados, completamente sacrificados.
PFEIFER — (Entrando muy pálido, con la respiración entrecor¬tada y vacilando). ¡Señor Dreissiger, señor Dreissiger!
DREISSIGER — (Ya en la puerta del salón, a donde iba a entrar.. se vuelve disgustado). ¿Qué ocurre ahora? ¿Qué hay?
PFEIFER —- ¡ Ah!, no, no.. . no se puede creer.
DREISSIGER — Pero, ¿qué pasa?
KITTELHAUS — ¡Nos asusta usted! Hable, pues.
PFEIFER-—(Que no acaba de serenarse). ¡Ah!, no... no... no se puede creer. . . ¡Ver eso. . . ver eso!.. . Las autori¬dades ... ¡ Ah I ¡ Tales cosas!...
DEEISSIGER — Pero, ¡caramba! ¿Qué tiene usted? ¿Hay algún muerto ?
PFEIFER— (Llorando y gritando de miedo). Han libertado... a Mauricio Jaeger... Han arrollado al comisario y le han hecho huir, y al gendarme también, arrollado y echado, sin casco, su sable roto... ¡ Ah! No, no...
DREISSIGER — Usted ha perdido el juicio.
KITTELHAUS— ¡ Eso sería una revolución!
PFEIFER — (Cayendo en una silla, temblando con todo su cuer¬po, y gimiendo). ¡Ah, señor Dreissiger, la cosa está mal, se pone seria.
DREISSIGER — Pues bien, hay que poner en pie a toda la policía.
PFEIFER— La cosa se pone seria.
DREISSIGER — ¡ Diablo!, déjeme en paz.
LA .SEÑORA DE DREISSIGER— (Viniendo del salón con la mujer del pastor). Esto es atroz, Guillermo, nos han aguado nues¬tra reunión. Aquí tienes a la señora de Kittelhaus, que quiere volver a su casa.
KITTELHAUS — Tal vez, señora de Dreissiger, sería lo mejor que se pudiera hacer en estos momentos.
LA SEÑORA DE DREISSIGER — Guillermo, quizá bastaría con que fueras tú a decirle seriamente...
DREISSIGER—'¡Pues anda, vete tú, vete, anda!... (Detenién¬dose ante el pastor, y preguntándole bruscamente). Vea¬mos, ¿soy yo un tirano? ¿Soy un traga hombres?
EL COCHERO JUAN— (Entrando). Señora, acabo de enganchar. El señor teólogo ha hecho ya subir al coche a Jaercecito y a Carlitos. Si esto sigue, habrá que escapar.
LA SEÑORA DE DREISSIGER— ¿Si sigue, qué?
EL COCHERO JUAN — No sé. .. decía que... Cada vez hay más gente que se amontona ahí gritando. Acaban de arrollar al comisario de policía con el gendarme.
PFEIFER — ¡ Ah! La cosa se pone seria, señor Dreissiger, la cosa se pone seria.
LA SEÑORA DE DREISSIGER — (Cuyo miedo aumenta). ¿Qué? ¿ Qué es lo que hay? ¿ Qué quieren esas gentes ? No pueden llegar hasta nosotros, ¿verdad Juan?
EL COCHERO JUAN — Señora, ya ve usted, hay abajo feroces perros rabiosos.
PFEIFER — ¡ Ah!, sí, esto se pone serio, endiabladamente serio.
DREISSIGER — Cállate, imbécil. ¿Has atrancado las puertas?
KITTELHAUS — Hágame usted el favor... se lo ruego, hágame usted el favor... he tomado una resolución. (A Juan). ¿ Qué es lo que quieren en concreto esas gentes?
EL COCHERO JUAN—(Perplejo). Quieren un aumento de sa¬lario, los imbéciles.
KITTELHAUS — Bien, bien, voy a salir y a cumplir con mi de¬ber, a hablarles seriamente.
EL COCHERO JUAN — ¡ Oh!, no, señor pastor, no haga usted eso; todo lo que se pueda decir ahora.. .
KITTELHAUS — Señor Dreissiger, ni una palabra más, se lo ruego, ponga usted gente detrás de la puerta y que cierren en cuanto yo salga.
LA SEÑORA DE KITTELHAUS — No, José, ¿ qué pretendes ?
KITTELHAUS — Sí, lo quiero, lo quiero. Yo sé lo que hago. No te inquietes por mí, el Señor me tomará bajo su protección. (La señora de Kittelhaus le estrecha la mano, después se aparta enjugándose las lágrimas. Se oye fuera el ruido sordo de una gran masa de gente que se agita, habla y grita). Yo haré... sí, haré como si me volviera tranqui-lamente a casa.. . veré si mi carácter de sacerdote... si esas gentes me respetan todavía... veré... (Toma su bastón y su sombrero). Vamos... que Dios me proteja. (Sale, seguido de Dreissiger, de Pfeifer y de Juan).
LA SEÑORA DE KITTELHAUS — Querida señora. (Estalla en so¬llozos y la estrecha contra su pecho). ¡Con tal de que no le ocurra una desgracia!
LA SEÑORA DE DREISSIGER — (Gomo si divagara). No sé, seño¬ra, no comprendo. . . no sé dónde estoy.. . Pero no es po¬sible ... Entonces. .. entonces, es como si fuera un crimen el ser ricos. ¡Ah!, si alguien me hubiera dicho eso, no sé, pero me parece.. . que hubiese preferido quedarme pobre como era.
LA SEÑORA DE KITTELHAUS — Querida amiga, en todas las con¬diciones se tienen penas y decepciones.
LA SEÑORA DE DREISSIGER — Eso es lo que yo pensaba... Y por¬que uno posea un poco más que las otras gentes... Señor, ¡ pero no ha sido robado!.. . Ha sido ganado sueldo a sueldo, honradamente. Entonces no es posible que se pon¬gan así contra nosotros. ¿ Qué culpa tiene mi marido de que sus negocios marchen bien ? (El ruido continúa au¬mentando fuera. Mientras las dos mujeres, demudadas, se miran con espanto, Dreissiger vuelve precipitadamente).
DREISSIGER — Rosa, toma un abrigo y corre al coche, te sigo (Se dirige a la caja de caudales, la abre, y toma los ob¬jetos de valor).
EL COCHERO JUAN— (Entrando). Todo está dispuesto. Pero hay que marcharse antes de que la puerta de atrás esté bloqueada.
LA SEÑORA DE DREISSIGER — (Estrechando contra ella a Juan, en su turbación). Juan, mi querido Juan, hay que salir de aquí; mi querido Juan, salva a mis pequeños. ¡Dios mío, Dios mío!
DREISSIGER — ¡Ah!, sé razonable y deja a Juan.
EL COCHERO JUAN — Señora, puede usted estar tranquila. Los caballos están en buen estado, y no habrá medio de de¬tenerlos. Y a los que quisieran intentarlo los atropellaría¬mos. (Sale).
LA SEÑORA DE KITTELHAUS—(Con angustia indecible). Pero, ¿y mi marido?... ¿y mi marido?... Señor Dreissiger... ¿y mi marido?
DREISSIGER— Esté usted tranquila, señora, no tiene ningún daño, esté usted tranquila.
LA SEÑORA DE KITTELHAUS— ¡Oh!, sí, le ha ocurrido algo, pe¬ro usted no quiere decírmelo, ¡ no quiere usted decírmelo!
DREISSIGER — ¡Ah!, esté usted tranquila, lo pagarán caro. He visto muy bien a los que han sido. Y le prometo a usted que no quedará eso sin venganza. ¡Maltratar así a sus pas¬tores! Son bestias feroces, ni más ni menos, fieras a las que hay que tratar como merecen. (A su mujer que per¬manece allí como atontada). Pero anda, márchate. (Se oyen fuertes golpes contra la puerta de la casa). Oyes, han perdido la cabeza. (Se oye ruido de cristales rotos en el pi¬so bajo). No queda ya nada que hacer sino huir, y a escape.
VOCES ABAJO— (Gritando a un tiempo). ¡Pfeifer! ¡Que nos den a Pfeifer!
PFEIFER — Señor Dreissiger, hay ya gente en la puerta de atrás. Y la puerta de entrada no resistirá tres minutos. Wittig, el herrero, golpea con un hierro como un con¬denado. (Oyense más claros los gritos de los tejedores).
NUMEROSAS VOCES— (Fuera). ¡Pfeifer, Pfeifer! ¡Que nos den a Pfeifer! (La señora de Dreissiger huye como si fuera perseguida. La señora de Kittelhaus la sigue).
PFEIFER — (Escucha, palidece, comprende los gritos de los te¬jedores, y en su angustia permanece un momento como privado de sentido. Las palabras que siguen las pronuncia llorando, gimiendo, con súplicas y lamentos, confundiendo las palabras. Abruma al mismo tiempo a Dreissiger concaricias infantiles, tocándole las mejillas y los brazos, be¬sándole las manos, y, por último, agarrándose a él como un ahogado e impidiéndole así hacer ningún movimiento). ¡Ah!, mi querido señor Dreissiger, mi pobre señor, mi buen señor, no me deje usted aquí. Yo le he servido a usted siempre con fidelidad; tampoco a esos les he tratado realmente mal. No podía, sin embargo, darles más que el salario convenido. No me abandone usted, quieren matar¬me. Si me encuentran, seguramente que concluyen conmi¬go. ¡Ah, Dios mío, Dios mío, mi mujer, mis hijos!
DREISSIGER — (Alejándose, mientras hace esfuerzos vanos para desembarazarse de Pfeifer). ¡Pero déjeme usted, hombre! ¡Suélteme, imbécil! Todo se arreglará; suélteme. (Desapa¬recen ambos. La escena queda sola algunos instantes. Las ventanas del salón se rompen. Se oye un ruido formida¬ble seguido de un prolongado hurra. En seguida un si¬lencio. Pasados unos segundos, se percibe el ruido de pasos tÍ7nidos que suben desde el piso bajo al primero. Y des¬pués llamamientos, vacilantes).
DIVERSAS VOCES — A la izquierda. —Arriba, Pscht. —No tan de prisa, no tan de prisa. Ayudad todos. —Aquí hay algo. —Vamos de fiesta. — ¿Vienes tú?, etc. (Asoman por el um¬bral de la puerta que conduce a la antecámara varios te¬jedores y tejedoras jóvenes. No se atreven a entrar y cada cual empuja al que está a su lado hacia adelante. Pero pronto desaparece su timidez, y aquella comparsa de pobres seres miserables, macilentos, enfermizos, cubiertos de ha¬rapos y de jirones bien o mal atados, se desparrama por el gabinete y el salón de Dreissiger, mirando con aspecto temeroso, pero con curiosidad. Algunas muchachas se sientan en los divanes, para ver cómo se está sentado; se forman grupos que contemplan con asombro su imagen en los espejos. Algunos tejedores más atrevidos se suben en las sillas para mirar los cuadros y descolgarlos. Cons¬tantemente se presentan nuevas figuras).
EL PRIMER TEJEDOR VIEJO— (Entrando). No, no; dejadme en paz. Abajo empiezan a destrozarlo todo. Es una locura. No hay sentido al hacer eso. Y ya veréis cómo al fin acaba mal. Los que tenían todavía aquí un poco de juicio no se mezclarán en eso. (Jaeger, Baecker, Wittig, Baumert y un gran número de tejedores jóvenes y viejos, entran, como si persiguiesen a alguien, gritando iodos a un tiempo con voces enronquecidas).
JAEGER — ¿Por dónde ha pasado?
BAECKER — Sí, ¿en dónde está el chupador de sangre?
EL ABUELO BAUMERT — ¡Ah!, nos hacías comer hierba; nos otros te haremos comer virutas.
WITTIG — Si se le agarra, hay que colgarle.
UN TEJEDOR JOVEN — Hay que agarrarlo por el trasero y echar¬le por la ventana para que se rompa la crisma en la calle.
OTRO TEJEDOR JOVEN— (Que entra). Sí, pero se ha escapado, ya está lejos ahora.
TODOS — ¿Quién?
EL TEJEDOR JOVEN — Dreissiger.
BAECKER—¿Y también Pfeifer?
MUCHAS VOCES — Busquemos a Pfeifer.
EL ABUELO BAUMERT — Harto tiempo hace que nos desuella, hay que arreglarle las cuentas. (Todos se precipitan a la puerta del salón, en donde van a saquearlo iodo).
BAECKER—(Se pone a la cabeza del grupo, se vuelve y los detiene un instante). Alto, escuchad un momento. En cuan¬to se acabe aquí, no será más que el principio. De aquí hay que subir a Bielan, a casa de Dietrich, el de los te¬lares mecánicos. Toda la miseria viene de esas máquinas.
EL ABUELO ANSORGE — (Viniendo de la antecámara. Después de haber dado algunos pasos, se detiene, mira en rededor como si no diera crédito a sus ojos, menea la cabeza, se pega en la frente, y dice): ¿Soy yo? ¿El tejedor Antonio Ansorge? ¿Me he vuelto loco? En verdad, todo me da vueltas. ¿Qué hacen aquí? ¡Ah! ¡Es cosa de reir, amigo Ansorge! Sí, sí, se burlaban de nosotros; pero ahora ten¬drán que andar con tiento. Abajo las patas, abajo las ma¬nos; y al que me quite mi casita, le quito la suya. Así es como es. Vamos allá. (Corre hacia la puerta del salón gri¬tando. Todos le siguen lanzando también gritos de alegría).

TELÓN




































QUINTO ACTO
Modesta habitación-taller del abuelo HILSE, en Laugen-Bidan.
A la izquierda una pequeña ventana, y ante ella un telar. A la derecha, una cama, y una mesa a su lado. En el ángulo, a la derecha, el hogar, con un banco. Alrededor de la mesa, sentados en taburetes, y en el borde de la cama, el abuelo HILSE, y su mujer, muy vieja también, ciega y casi sorda, su hijo GOTTLIELB y su mujer LUISA. Se recogen para la oración de la mañana. En¬tre la mesa y el telar hay un torno con devanadera. De las vigas ennegrecidas del techo penden diversos objetos de tejedores, así como, largas madejas. Varios utensilios viejos dispersos por la habitación. El cuarto, estrecho jy bajo, tiene una puerta en la pared del fondo que da a la principal pieza de la casa. Al otro lado, enfrente, otra puerta, abierta, deja ver otra habita¬ción de tejedor, semejante a la primera. La casa está empe¬drada; todo parece deteriorado y fuera de uso, hay una esca¬lera de madera medio podrida, que conduce a un desván. Se ve a medias una cubeta sobre un escabel, y colgadas aquí y allí ropas hechas jirones. Hay también toda suerte de objetos antiguos de casa, medio rotos y sucios. Las tres piezas reciben la luz por el lado izquierdo.


EL ABUELO HILSE — (Un viejo de luenga barba que ha tenido una gran estatura, pero que ya está encorvado y abatido por la edad, el trabajo, la enfermedad y las privaciones. Es un antiguo soldado que no tiene más que un brazo. Tie¬ne la nariz larga y puntiaguda, el rostro de un tinte gris sucio; sus miembros tiemblan. Se diría que no tiene más que huesos y pellejo. Tiene los ojos hundidos y enfermos como todos los tejedores. Después de haberse levantado, así como su hijo y su nuera, ora). Señor Dios mío, nunca te daremos bastantes gracias por la que nos has hecho al concedernos este día más, y al habernos tenido bajo tu santa guardia durante la noche que acaba de terminar. Se-ñor: tu bondad no tiene límites, y nosotros somos pobres pecadores, ni siquiera dignos de besar tus rodillas, pobres miserables pecadores. Pero tú, Padre Celestial, te dignas tener piedad de nosotros, y bajar tus ojos hacia nosotros, por los méritos de nuestro divino Salvador. La sangre y los méritos de Jesús son nuestra fuerza y nuestra gloria. Pero si alguna vez nos doblegamos bajo la adversidad, si no respondemos a todas las mercedes que nos haces, dígnate, Señor, perdonarnos nuestro pecado. Dadnos pacien¬cia, ¡oh, Padre Celestial!, para que después de esta vida de sufrimiento tengamos parte en la bienaventuranza eterna. Amén.
LA ABUELA HILSE — (Que ha escuchado con todas sus fuerzas, inclinada hacia su marido, dice llorando). ¡Ah, mi pobre viejo!, ¡qué hermosas oraciones rezas siempre! (Luisa se dirige a donde está la cubeta. Gottlielh al cuarto que está en el otro lado).
EL ABUELO HILSE — ¿Dónde está la pequeña?
LUISA — En Petterwaldan, en casa de Dreissiger. Ha prepara¬do algunas canillas ayer noche.
EL ABUELO HILSE— (Hablando muy alto). Ahora, mujer, voy
a traerte el torno.
LA ABUELA HILSE — Sí, marido, tráelo.
EL ABUELO HILSE— (Colocando el torno ante ella). ¡Ah!, qui¬siera que no tuvieses necesidad de trabajar en esto.
LA ABUELA HILSE — ¡Bah!, me aburriría de no hacer nada.
EL ABUELO HILSE—-Voy a limpiarte un poco los dedos, para que no engrasen el hilo. ¿ Entiendes ? (Le limpia las manos con un trapo mojado).
LUISA—(Cerca de la cubeta). ¡Como si hubiéramos comido algo de grasa!
EL ABUELO HILSE — Cuando no hay carne, se come pan seco; y si no hay pan... patatas. Y si no hay patatas... trébol seco.
LUISA — Y cuando ni siquiera hay harina negra, hay que hacer lo que los vecinos Wengler, ir a ver en dónde se ha ente¬rrado a un caballo muerto, para desenterrarlo y vivir algunas semanas con esa podredumbre. ¿No se ha de hacer así?
GOTTLIELB — (Desde la pieza del fondo). ¡Ah!, ya estás dicien¬do tonterías.
EL ABUELO HILSE — Hay que tener cuidado, hija mía, de no decir palabras impías. (Se acerca a su telar y llama). Got¬tlielb, tendrás que ayudarme; hay que pasar algunos hilos.
LUISA — Gottlielb, ven a ayudar a tu padre. (Gottlielb acude y ambos se dedican a la difícil tarea de pasar los hilos al peine. Apenas han comenzado, cuando entra Hornig en la casa).
HORNIG — (Desde la puerta de entrada). Buena suerte en vuestro trabajo.
EL ABUELO HILSE Y SU HIJO — Muchas gracias.
EL ABUELO HILSE — Pero di, Hornig, ¿tú no duermes nunca? Por el día a tu negocio, y por la noche de centinela.
HORNIG — La verdad es que no duermo.
LUISA—Buenos días, Hornig.
EL ABUELO HILSE — Y ¿qué dices de bueno?
HORNIG — ¡ Ah! Grandes noticias; los de Petterwaldan han hecho por fin una barrabasada, y han hechado a Dreissiger y a toda su compañía.
LUISA— (Manifestando alguna excitación). Vaya, Hornig, con¬tando mentiras.
HORNIG — De ninguna manera; digo la verdad. Tengo pre¬ciosos delantales en mi coche. Sí, no digo más que la ver¬dad. Sí, los han echado bien. Ayer noche se escapó hasta Reichenbach. ¡Sí, sí! No le quisieron en ninguna parte, por miedo a los tejedores, y ha tenido que largarse hacia Schwémitz.
EL ABUELO HILSE — (Colocando con gran cuidado los hilos en los ojos del peine, mientras que Gottlielb los toma del otro lado con unas pinzas para estirarlos). Bueno, basta de bro-mas, ¿no te parece?
HORNIG — Que me ahorquen si miento. No tienes sino que pre¬guntar al primer rapaz que pase.
EL ABUELO HILSE — ¿Quién de los dos pierde la cabeza ?
HORNIG — Te juro que todo esto es cierto como amén en la iglesia; no hubiera afirmado nada si no hubiera estado allí en persona; pero lo he visto, he visto todo yo mismo, con mis propios ojos, como veo ahí a Gottlielb. Han demo¬lido su casa al fabricante, desde la cueva al granero, y lo han roto todo, lo han destrozado; los muebles, los cuadros, los espejos, las butacas, todo lo han tirado por la ventana, y roto, y mandado al diablo. ¡Y también han arrojado gé¬nero! Ya no corre el agua del arroyo, ni palabra, se ha puesto toda azul, de todo el índigo que han vertido. Había también nubes de polvo azul que no acababan. Y después han prendido fuego a todo. No queda nada en los grane¬ros, en la tintorería, en ninguna parte. Peor que en tiem¬po de guerra.
EL ABUELO HILSE — ¿Y habían de hacer eso los tejedores de aquí? (Menea lentamente la cabeza con incredulidad. En la puerta se han reunido algunos otros habitantes de la casa, impulsados por la curiosidad).
HORNIG — ¿Pues quién habían de ser ? Puedo nombrártelos a todos por sus nombres. Yo he llevado al gobernador a la casa. Y he hablado con muchos. Estaban tan cariñosos co¬mo siempre. Hacían sus tareas sin aspavientos, pero a fondo. El gobernador ha hablado con ellos; respondían con mucho respeto, pero esto no les contenía. Y todo ha terminado; los muebles más hermosos han sido partidos a hachazos como si los hubieran pagado para eso.
En ABUELO HILSE— ¿Tú has llevado al gobernador a la casa?
HORNIG — ¿Por qué no? Yo no tengo que temer nada de nadie. Yo soy .conocido como inofensivo. Jamás he tenido yo cues¬tiones; yo estoy bien con todo el mundo; y allí he estado tan cierto como me llamo Hornig. Y podéis creerme, sentía compasión. Y también el gobernador, yo lo veía, porque no estaba lejos. Es porque, ya veis, no se oía una palabra; todo se hacía en silencio; era casi solemne el ver a todas aquellas pobres gentes muertas de hambre, y que se ven¬gaban así, sin decir nada.
LUISA — (No pudiendo contener su emoción, temblando y enjugándose los ojos con su delantal). Es harto justo, era preciso que concluyera así.
VOCES DE LOS OTROS HABITANTES DE LA CASA — Sí, hay muchos desolladores de los pobres. —Aquí todavía hay uno. —Tiene cuatro ¡caballos y seis coches en su cuadra, y por eso sus obreros se mueren de hambre.
EL ABUELO HILSE — (Todavía incrédulo). ¿Pero cómo puede haber sucedido todo eso?
HORNIG — ¡Quién puede saberlo! Unos dicen una cosa, otros dicen otra.
EL ABUELO HILSE — ¿Pero qué es lo que se dice?
HOENIG — Pues parece que Dreissiger había dicho que los tejedores pueden comer hierba, si no se quieren morir de hambre. No sé más. (Movimiento entre los que están en el fondo, que se repiten esas palabras con muestras de in¬dignación)
EL ABUELO HILSE — Pues bien; escucha, Hornig; tú me cono¬ces. Tú puedes decirme: "Abuelo Hilse, hay que morir mañana". Y yo diría: "Bueno, ¿por qué no?" Tú puedes decirme: "Abuelo Hilse, mañana recibirás la visita del rey ele Prusia...” Pero que tejedores hombres como yo y mi hijo hayan hecho cosas semejantes, no es verdad, no es verdad, jamás lo creeré.
MILIENA — (Bonita niña de siete años, con larga cabellera col¬gante y un cestillo al brazo; llega saltando. Entrega tina cuchara ele plata a su madre). Mamita, mira lo que ten¬go. ¿Me comprarás un traje con esto!
LUISA — ¿Qué es lo que dices! (Con emoción siempre creciente). ¿Qué traes?¿Adonde has ido? ¿Y cómo no has entregado las canillas? ¿Qué quiere decir todo esto?
EL ABUELO HILSE — Dime, hijita. ¿ Cómo tienes esa cuchara?
LUISA — La habrá encontrado.
HOENIG — Bien vale sus dos o tres thalers.
EL ABUELO HILSE— (Fuera de sí). ¡Lárgate, chiquilla, y lár¬gate pronto! Y más pronto si no quieres que tome un palo. ¡Y llévate la cuchara adonde la hayas tomado! ¿Quieres hacer de nosotros unos ladrones? ¡Ah!, yo te enseñaré, espera. (Busca una vara para pegarle).
MILIENA— (Llorando, y agarrándose a las faldas de su madre). Abuelo, no hay que pegarme... te aseguro... que es ver¬dad ... la he encontrado. Todos los niños que llevan cani¬llas las tienen iguales.
LUISA— (Entre temerosa y exaltada). Ya ve usted que la ha encontrado... ¿Dónde la has encontrado?
MILIENA—(Sollozando). En... Petterwaldan las recogían. Delante de la casa ele Dreissiger.
EL ABUELO HILSE — ¡Qué aventura, qué aventura! Pero anda, si no quieres que te enseñe a correr.
LA ABUELA HILSE — Pero, ¿qué pasa ?
HORNIG — Voy a decirte una cosa, abuelo Hilse. Lo que de¬bería hacerse que Gottlielb se ponga su chaqueta, tome la cuchara y vaya a llevarla a la comisaría.
EL ABUELO HILSE — Es verdad; ponte la chaqueta, Gottlielb.
GOTTLIELB—(Que se pone la chaqueta). Sí, sí, eso es; voy a ver al comisario y le diré que no tiene que ver nada malo en esto; que una chiquilla como ésta no podía saber lo que hacía. Y devolveré la cuchara. Vamos, no llores más, chiquita. (La niña, anegada en llanto, se va con su madre a ¡a habitación inmediata. Luisa cierra la puerta y vuelve).
HOBNIG — Sí, vale bien sus tres thalers.
GOTTLIELB — Dame también un trapo, Luisa, que' no se pierda. ¡Pensar que una cosa tan pequeña cuesta tan cara! (Tiene lágrimas en los ojos mientras envuelve la cuchara).
LUISA — Si fuera nuestra, podríamos vivir varias semanas.
EL ABUELO HILSE — Te aconsejo que no digas eso. ¡No falta¬ría más!¡Que desaparezca esa cuchara del diablo! ¡Que no la vea yo más! (Gottlielb sale llevándose la cuchara).
HORNIG— ¡Ah! También yo tengo que pensar en marcharme. (Permanece unos instantes hablando en la casa y después se va).
EL CIRUJANO SCHMIDT— (Una bola que se mueve como si tu¬viera azogue en las venas; tiene un Unte amoratado de borracho. Se le ve antes de entrar en la casa). Buenos días, muchacho. ¿Y qué? ¡Buenas historias, eh! (Amenazando con la mano). Sí, sí, fingid que no sabéis nada. (Se acer¬ca a la puerta de la habitación). Buenos días, abuelo Hil¬se. (No entra todavía y se vuelve hacia una mujer de la casa). ¿Qué tal, comadre? ¿Cómo va? Mejor, ¿no es ver¬dad? ¡Ya lo ve usted. ¿Y usted abuelo Hilse? Tengo que ver cómo va en su casa. ¿Cómo va la abuela?
LUISA — Señor doctor, sus ojos se lian secado, ya no ve nada.
EL CIRUJANO SCHMIDT — Sí, la culpa es del polvo y del traba¬jo de noche. ¿Pero sabe usted lo que ocurre? Todo Petterwaldan está en pie y se dirige hacia aquí. ¡Figúrese usted que esta mañana, subo a mi coche, sin pensar en nada, me voy tranquilamente a hacer mis visitas, y he aquí que me entero de cosas sorprendentes! ¿Qué diablos les habrá pasado por la cabeza, Hilse? Están rabiosos como lobos, se han revolucionado, van a saquearlo todo... ¿Pe¬ro, y Miliena? ¿Dónde está Miliena? (La niña, con los ojos todavía enrojecidos de haber llorado, entra con su madre). Hola, Miliena; registra mis bolsillos. (La niña mete la mano en el bolsillo del gabán de Schmidt). Para ti todas esas nueces... pero no todas de una vez. ¡Qué chiquilla I ahora tienes que cantarme algo, ¿ no ? Un cuervo sobre un árbol. . . Vamos; un cuervo sobre un árbol. .. Vaya, di lo que tenía el cuervo... (Se oye sonar a lo lejos el toque de rebato). Escuchad: tocan a rebato en Reichenbach. Esto es el fin del mundo. ¡Qué abominación!
EL ABUELO HILSE — ¿Vienen verdaderamente sobre Bielan?
EL CIRUJANO SCHMIDT — Sí, yo he pasado entre ellos. A través de toda la banda. Pero daban compasión, y yo me hubiera bajado gustoso del coche para dar medicinas a todos, has¬ta tal punto tenían aspecto de un ejército de miserables. Esto no les impedía cantar cosas que hacían estremecer. Repugnaban. Mi cochero Federico temblaba como una vie¬ja. Ha habido necesidad de beber un buen trago de aguar¬diente para reponernos. ¡ Ah!, no quisiera ser yo fabrican¬te aunque me produjera millones. (Se oye cantar a lo le¬jos). Escuche, se creería que se oye chocar huesos de muer¬to en una marmita. Antes de cinco minutos estarán aquí; me marcho. Y no hagan ustedes tonterías, porque no se tardará mucho en enviar tropas contra ellos. Conserve usted su sangre fría. Los de Petterwaldan han perdido el juicio. (Se oye mucho más cercano el toque a rebato). ¡Dios!, también nuestras campanas suenan; se necesita que se hayan vuelto completamente locos. (Sube al piso superior).
GOTTIELB — (Llega sin aliento. Se detiene un instante en la
habitación del fondo). ¡Los he visto, los he visto! (A una de las mujeres que escuchan). Ahí están. (En el umbral de la puerta). Están ahí, padre, están ahí. Traen palos, y picas, y hachas; ya están en «asa de Dietrich; creo que se hacen dar todo el dinero. ¡Señor! ¿Qué va a suceder? No me atrevo a pensarlo. Son muchos, muchísimos.
EL ABUELO HILSE — ¿ Por qué has corrido así ? Acabarás por retomar a tu antiguo mal, que te tendrá sin poder hacer nada y sufriendo.
GOTTIELB — (Un poco exaltado y casi alegre). Tenía que co¬rrer, sin lo cual me hubieran retenido. Me llamaban, que¬rían que les ayudase. Mi padrino Baumert estaba con ellos. Me gritaban que fuéramos junto a la caza de los thalers; que hace ya mucho tiempo que se muere uno de hambre. Me decían también. . . que era preciso que mi padre fuese, que había que hacer pagar a los fabricantes todos sus crímenes. (Con pasión). Sí, van a venir otros tiempos, me dijo, y la cosa marchará de una manera dis¬tinta para los tejedores. Hay que unirse todos y ayudar al cambio general. A partir de hoy, tengamos nuestra me¬dia libra de carne, y todos los días de fiesta salchicha y coles; ven, que todo va a cambiar, me dijo.
EL ABUELO HILSE — (Conteniendo su cólera). ¡Dice eso tu padrino! ¡Y quiere hacer cosas malditas como esa! No te dejes arrastrar, Gottlielb. Anda el demonio en todo eso.
LUISA—(Violentamente, dominada por una exaltación apa¬sionada). Sí, sí, Gottlielb, caliéntate las pantorrillas junto al fuego; toma una cuchara y una escudilla de leche y dé¬jate poner un babero, y murmura Oremus, así te quiere tu padre... ¡Y eso se llama un hombre, eso. (Risas de las gentes que están en la otra habitación).
EL ABUELO HILSE — (Temblando, pero conteniendo su rabia). ¡Y tú pretender ser una mujer como debes ser! Pues bien; voy a decirte algo: no se puede ser buena, cuando se dicen horrores como los que tú dices. ¿Cómo vas a amo¬nestar a tu hija, después de haber excitado a tu hombre a cometer abominaciones?
LUISA— (Fuera de sí). Con todos sus beatos discursos. .. eso es lo que me ha impedido criar a mis hijos. Los cuatro han perecido de miseria. Ni siquiera tenía para cubrirlos; y como soy una buena madre, entiende usted, por eso de¬seo a los fabricantes la peste y todas las desgracias. Aho¬ra es cuando soy una buena madre, .cuando vuelvo a serlo. No hay un segundo de mi vida en el que no haya sufrido el martirio, desde el día en que di a luz los pobres pequeñuelos para que se consumieran sufriendo, hasta que la muerte tuvo piedad de ellos. Vosotros ibais con los gazmo¬ños a recitar oraciones y entonar cánticos, mientras yo me ensangrentaba los pies por correr a mendigar una mala taza de leche. Yo he pasado noches devanándome los sesos para encontrar el medio de no dejar morir a mis peque¬ños. ¿Qué mal habían hecho para estar así condenados! Mientras tanto, allá arriba, en casa de Dietrich, lavan a los chicos .con vino y leche... No, le digo que si la danza comienza aquí, no podrán detenerme ni seis caballos; en ella estaré. Si asaltan la casa de Dietrich, iré yo a 1a cabeza, y desgraciado el que quiera detenerme. ¡Porque ya estoy harta, ya estoy harta!
EL ABUELO HILSE — Estás completamente corrompida, no tie¬nes remedio.
LUISA— (Rabiosa). Para ustedes sí que no' hay remedio. Us¬tedes son maulas, embelecos, pero no hombres; ustedes echan bendiciones a quienes les escupe a la cara, y clan tres veces gracias al que les-llena de golpes. Les hacen a ustedes orinarse de miedo en los pantalones, con cuentos que hacen dormir de pie. Ustedes no tienen sangre en las venas, no sirven para nada, me dan asco, me dan asco. (Sale corriendo. Silencio embarazoso).
LA ABUELA HILSE — ¿Qué pasa con Luisa?
EL ABUELO HILSE — Nada absolutamente; ¿qué quieres que pase?
LA ABUELA HILSE — Dime, ¿son ilusiones mías o suenan las campanas?
EL ABUELO HILSE — Debe ser un entierro.
LA ABUELA HILSE — ¡Ah!, ¿por qué no ha llegado mi hora? ¿Por qué no acabo yo de morir? (Pausa).
EL ABUELO HILSE — (Deja su trabajo, se levanta y dice con so¬lemnidad). ¡Gottlielb! tu mujer nos ha dicho horrores. Es¬cucha. (Se descubre el pecho). Aquí hay una bala más grue¬sa que un dado. Y dónde he perdido el brazo, el rey po¬dría decírtelo. No me lo comieron los ratones. (Ya y vie¬ne). Tu mujer no tenía nadie todavía que pensara en ella cuando yo había derramado ya mi sangre por la patria. Ya comprendes entonces que ella puede decir todo lo que quiera; son palabras que se lleva el viento, no tienen im¬portancia. ¡Tener miedo yo, tener miedo! ¿Y de qué? ¿De algunos soldados que van a enviar contra los rebeldes? ¡Se necesitaría algo más que eso! Si no estoy ágil, como en mis tiempos, por lo menos tengo los huesos sólidos, y, ade¬más nada hay que pueda asustarme. Todavía podría es¬perar la bayoneta a pie firme. Y tampoco me da miedo la muerte. No rogaría por eso. ¡Mejor hoy que mañana! ¡Por lo que se pierde al morir! ¡Y quien habría de llorar mi pobre pellejo! ¡Ah!, seguramente que no me costaría sen¬timiento alguno dejar toda la miseria que se llama vida. Pero después, Gottlielb, después hay algo, y no hay que reírse de lo que viene después, porque es lo único serio.
GOTTLIELB— ¡Quién sabe lo que hay después! Nadie ha ido a verlo.
EL ABUELO HILSE — No, Gottlielb, no hay que dudar de la úni¬ca cosa que nos sostiene a nosotros los pobres. ¿De qué hubiera servido que yo haya permanecido ahí abrumado de trabajo, matándome casi, más de cuarenta años, y de que haya mirado tranquilamente y con resignación al rico que vive en la opulencia y en el desenfreno, y que hace oro con mi hambre y mi miseria?... Sí, ¿de qué hubiera servido esto si no tuviese fe y esperanza? (Con la mano extendida hacia la ventana). Tú, rico, has, tenido tu pa¬trimonio aquí abajo, yo lo tendré en el otro mundo. Pue-den hacerme pedazos, no me arrebatarán la fe. El Evangelio dice : Hay una justicia suprema, pero no somos nosotros los jueces; y únicamente el Señor, nuestro Dios, puede extender su brazo vengador.
UNA VOZ — (Por la ventana) ¡Todo el mundo fuera!
EL ABUELO HILSE — No, muchachos; danzad lo que queráis. (Vuelve a su telar). Yo me quedo tranquilo aquí.
GOTTLIELB—(Tras una breve lucha consigo mismo). También yo voy a trabajar. Suceda lo que suceda. (Sale. Se oye el coro ele los tejedores, cantado no lejos de la casa por va¬rios cientos de voces; resuena como una prolongada queja monótona).
VOCES DE LOS HABITANTES DE LA CASA — (En la habitación del fondo). ¡Ah! ¡Miseria, miseria ya hay, ya hay! ¡Llegan como hormigas! —¿De dónde pueden ser todos esos tejedo¬res? —Déjame, déjame, también yo quiero ver. —Mira la pica que lleva ese que marcha adelante. —¡ Ya son, ya son! ¡Es como un campo de espigas!
HORNIG — (Entrando y hablando con los de la habitación del fondo). ¿Eh? Es un verdadero espectáculo. No se ve esto todos los días. Deberíais ir también a casa de Dietrich. ¡La han hecho buena allí! Ya no hay casa, ni fábrica, ni almacén, ni nada. Se regalan con todas las botellas; ni si¬quiera se toman el trabajo de quitar los tapones, ¡paf!, rompen los cuellos y beben en la botella, sin tener cuidado siquiera de no cortarse los labios. Los hay que sangran como cerdos. Ahora van a arreglar las cuentas al otro Dietrich. (El canto ha cesado poco a poco).
VOCES DE LOS HABITANTES DE LA CASA — Sin embargo, no tienen mal aspecto.
HORNIG — Esperad un poco, vais a ver. Mirad cómo dan vuel¬tas alrededor del edificio. ¿Veis a aquel pequeño y gordo que lleva un hierro? Es un herrero de Petterwaldan, uno que no tiene miedo. Derriba las puertas más sólidas, como aplastaría una mota de tierra; y desgraciado del que caiga bajo su mano.
VOCES DE LOS HABITANTES DE LA CASA — Sí, ya empieza. Tiran piedras a las ventanas. —El viejo Dietricli debe temblar de miedo. —Les tiende un anuncio. — ¿Qué dice? ¿Puedes leerlo? — ¡Ya lo creo que se puede leer! —Pues léelo. (Lee...trabajosamente). "Accedo a todo lo que pedís".
HORNIG — ¡A buena hora!, ¡servirá de mucho! ¡Necesitan la fábrica!, y demoler todos los telares mecánicos, que han sido la causa de la ruina de tantos obreros, esto todo el mundo puede decirlo. Y además, ahora están desbocados, nada les puede contener, ni gobernador, ni comisario, ni los anuncios en que se hacen hermosas promesas. Cuando se les ha visto en la tarea, se sabe lo que pueden hacer.
VOCES DE LOS HABITANTES DE LA CASA— ¡ Cuántos hay! —¿Qué quieren aquéllos? —Pasan el puente. (Con ansiedad). Vie¬nen hacia este lado. (Cada vez más animosos). Sí, vienen hacia nosotros. —Quieren hacer salir a todos los tejedores de sus casas. (Todos huyen; la casa queda vacía. Varios revoltosos, sucios, cubiertos de polvo, con el rostro infla¬mado por las libaciones, de aspecto medio salvaje, pero un poco extenuados por la noche que acaban de pasar, se pre¬cipitan en la casa, gritando): ¡ Todo el mundo fuera! (Se reparten en los diferentes cuartos. En el cuarto de Hilse entran Baecker y algunos tejedores jóvenes, armados de palos y picas. A la vista del anciano Hilse vacilan, su exal¬tación se enfría algo).
BAECKER — Abuelo Hilse, se ha acabado de trabajar. Hace ya mucho tiempo que usted penaba en el telar, hay que dejar eso ahora para los que le guste. Ya no tiene usted necesidad de atormentarse. Se cuidará de usted.
UN TEJEDOR JOVEN — Ya no irá usted ni una sola vez a acos¬tarse con el vientre vacío.
OTRO TEJEDOR JOVEN — A partir de hoy, es preciso que los tejedores tengan una casa para dormir y trajes para cu¬brir sus cuerpos.
EL ABUELO HILSE — ¿De dónde diablos venís con todos esos palos y esas hachas?
BAECKER — Son para romper la cabeza a todos los Dietrich.
EL SEGUNDO TEJEDOR JOVEN — Estas picas se pondrán rojas al fuego y se las meteremos por el gaznate a los fabricantes, para enseñarles cómo quema el hambre.
UN TERCER TEJEDOR — Venga usted con nosotros, abuelo Hilse. No daremos cuartel.
EL SEGUNDO TEJEDOR — Nadie tuvo piedad de nosotros, ni Dios ni el diablo; vamos a hacernos justicia nosotros mismos.
EL ABUELO BAUMERT — (Entra, vacilante; lleva un gallo muer¬to en la 'mano. Extiende- los brazos). Hermanos. . . Ahora todos somos hermanos. Venid a que os estreche contra mi corazón. (Bisas).
EL ABUELO HILSE — ¡ En buen estado estás, Guillermo !
EL ABUELO BAUMERT — ¡Hola! ¿Eres tú, Gustavo? (Enterne¬cido). Gustavo, mi pobre y desgraciado amigo, ven que te estreche contra mi corazón.
EL ABUELO HILSE — Déjame en paz.
EL ABUELO BAUMERT — Vamos, vamos, Gustavo, es preciso que el hombre sea feliz. ¡Vamos, Gustavo, mírame! ¿Qué aspecto tengo? Es preciso que el hombre sea feliz. ¿No tengo el aire ele un príncipe? (Golpeándose el vientre). Adivina lo que tengo en el vientre; pues bien, amigo, en esta badana tengo el alimento de un príncipe. .. Es pre¬ciso que el hombre sea feliz, que coma liebre y beba champagne…Voy a decirte una cosa; hay que atrapar todo lo que se pueda.
TODOS A UNA — ¡ Bravo, bravo, hay que atrapar todo lo que se pueda.
EL ABUELO BAUMERT — Y cuando se ha comenzado a atracar¬se de buenas cosas, se siente en seguida, ¡Dios!, se pone uno fuerte como un caballo; ya no hay nada que le contenga a uno, se puede pegar en todas partes, y, ¡Dios!, gusta el pegar.
JAEGER— (En el umbral de la puerta, armado de un sable an¬tiguo de caballería). ¡Ah!, hemos dado algunos buenos golpes.
BAECKER — Sí, empezamos a entender el oficio. En dos tiempos y tres movimientos estamos en las .casas; y allí arde todo. Da gusto ver como chisporrotea aquello y cómo arde, co¬mo fuegos artificiales.
EL PRIMER TEJEDOR JOVEN — Habría que encender otro.
EL SEGUNDO TEJEDOR JOVEN—Sí, vamos a Keichenbaeh; hay todavía bastantes casas de ricos en las que hacer fuego…
JAEGER — Sí; eso les hará cobrar gruesas sumas de las compa¬ñías aseguradoras. (Risas).
BAECKER — Desde allí iremos a Freiburg, a casa de Tromtra.
JAEGER — También habría que dar una lección a los funciona¬rios, a los burócratas; he leído en los periódicos que ellos tienen la culpa de todo.
EL SEGUNDO TEJEDOR JOVEN — Después iremos a Breslau. Encontraremos refuerzos en el camino.
EL ABUELO BAUMERT—(A Hilse). Vamos, bebe, Gustavo.
EL ABUELO HILSE—No bebo nunca aguardiente.
EL ABUELO BAUMERT — Eso estaba bien en otro tiempo; pero hoy vivimos en un mundo nuevo.
EL PRIMER TEJEDOR JOVEN — No es fiesta todos los días. (Risas).
EL ABUELO HILSE— (Con impaciencia). ¿Qué caramba venís a hacer aquí, enviados del diablo?
EL ABUELO BAUMERT — (Un poco desconcertado, y con mu¬cha amabilidad). Hombre, ya ves, venía a traerte un ga¬llo, para hacer sopa a la abuela.
EL ABUELO HILSE— (Próximo a dejarse conmover). Pues bien, díselo a ella.
LA ABUELA HILSE — (Haciéndose con la mano puesta detrás de la oreja un conducto acústico, trata de comprender lo que pasa, y rechaza a Baumert con ambas manos). De-jadme en paz, no me gusta el caldo de ave.
EL ABUELO HILSE — Tiene razón la abuela, a mí tampoco me gusta. Y ten entendido, Baumert, que tengo algo que de¬cirte. Cuando los viejos se ponen a divagar como los jó¬venes, dan alegría al diablo. Y he de deciros a todos los presentes, podéis creerme, que estáis en mi casa contra mi voluntad. Vosotros y yo, no tenemos nada común, y no tenéis nada que hacer aquí.
VARIAS VOCES — El que no está con nosotros, está contra "nos¬otros.
JAEGER— (Brutalmente, amenazador). Parece que estás de malas, viejo. Pero, sabes, nosotros no somos ladrones.
VARIAS VOCES — Tenemos hambre, nada más.
EL PRIMER TEJEDOR JOVEN — Queremos vivir; eso es todo. Por eso hemos cortado la cuerda con que nos querían ahorcar.
JAEGER — ¿Y quién se atreve a decir que no tenemos razón? (Mostrando el puño al abuelo Hilse). Y si dices una pa¬labra más te rompo el bautismo.
BAECKER — Vaya, vaya; deja al viejo. Ya ve usted, abuelo Hil¬se; preferimos morir a volver a vivir como vivíamos.
EL ABUELO HILSE — ¡Yo lie vivido así más de sesenta años!
BAECKER — Eso no importa; es necesario que cambie esto.
EL ABUELO HILSE — Cambiará la semana de los cuatro jueves.
BAECKER— Lo que no nos den de buen grado lo tomaremos por la fuerza.
EL ABUELO HILSE— ¿Por la fuerza? (Se ríe). Pues bien, po¬déis hacer testamento. Ya os enseñarán lo que es la fuer¬za. Aguardad un poco.
JAEGER — ¿A causa de los soldados? También nosotros hemos sido soldados, y no concluirán con nosotros algunos ba¬tallones.
EL ABUELO HILSE — Todo eso no es otra cosa que palabras al viento, os digo. Si rechazáis dos batallones, vendrán diez.
VOCES— (Por la ventana). Ahí están los soldados, tened cui¬dado. (Súbitamente, un gran silencio. Se oyen un instante con claridad los tambores y los silbos. En medio del si-lencio uno exclama involuntariamente). Yo me largo a escape. (Hilaridad general).
BAECKER— ¿Quién habla de largarse? ¿Quién ha dicho eso?
JAEGER — Sí, ¿quién tiene miedo de un golpe y de los cascos? Yo os mandaré... yo he sido soldado, conozco la cosa.
EL ABUELO HILSE — ¿Y con qué vais a tirar? ¿Con vuestros palos?
EL PRIMER TEJEDOR JOVEN — Este es un viejo chocho. Déjale en paz. Hay una araña en el techo.
EL SEGUNDO TEJEDOR JOVEN — Sí, está un poco reblandecido.
GOTTLIELB — (Que acaba de entrar sin que le hayan visto, aga¬rra por la garganta al que acaba de hablar). ¡Te atreves a insultar a un viejo!
EL SEGUNDO TEJEDOR JOVEN — Déjame en paz, no he hecho nada malo.
EL ABUELO HILSE— (Interponiéndose). Ea, déjale, Gottlielb. No le hagas nada aunque diga lo que quiera. Bien pron¬to verá quién tiene razón, si él o yo.
BAECKER — ¿Vienes con nosotros, Gottlielb?
EL ABUELO HILSE —Me parece que no irá.
LUISA— (Entrando, grita desde la habitación del fondo). No perdáis el tiempo en querer dar ánimos a semejantes lie¬bres, a quienes no hacen otra cosa que comerse a Dios. Ve¬nid a la plaza, a la plaza en seguida. El comandante habla a las gentes, desde lo alto de su caballo. Les dice que es preciso que se vuelvan a sus casas. Si no venís en seguida, todo está perdido.
JAEGER— (Marchándose). ¡Valiente hombre tienes!
LUISA — ¡Un hombre! ¿En dónde ves tú un hombre? Yo no
tengo hombre.
ALGUNAS VOCES — (En la habitación del fondo, cantan)
Hubo una vez un hombrecillo, un hombrecillo, ohé, ohé, que quería una gran mujer, la gran mujer, ohé, ohé.
WITTIG — (Baja del piso superior y se dispone a salir. Se de¬tiene un instante en la habitación del fondo). ¡Adelante! ¡Que todos los que no sean unos cobardes nos sigan! ¡Hurra! (Se precipita afuera. Un grupo en el que está Luisa y Jaeger le sigue, gritando: ¡Hurra!).
BAECKER — Que siga usted bien, abuelo; ya nos volveremos a ver. (Se dispone a salir).
EL ABUELO HILSE — Creo que no nos volveremos a ver, por¬que yo no viviré ya cinco años. Y tú tienes la seguridad de ocuparla, por lo menos, por cinco años.
BAECKER— (Se para asombrado). ¿Ocupar qué?
EL ABUELO HILSE — Pues la cárcel.
BAECKER— (Mofándose). ¡Pues bien; mejor! A lo menos, me alimentarán durante ese tiempo. (Sale).
EL ABUELO BAUMERT — (Que se había sentado en una silla y estaba hablando solo, se levanta). Es verdad, Gustavo; me he achispado un poco. Pero, sin embargo, todavía veo cla¬ro, no he perdido la cabeza. Tú tienes tu opinión y yo la mía. Y digo que Baecker tiene razón, aunque esto concluya en la cárcel; mejor se está allí que aquí; le cuidan a uno, no carece uno de nada. Y, además, ya ves; por lo menos hay que respirar una vez en la vida, ¡darse una vez un har¬tazgo, sin ocuparse siquiera de lo que sucederá después. (Se dirige lentamente hacia la puerta). Adiós, Gustavo; si me sucede algo, rezarás un poco por mí. Adiós. (Sale. Todos los amotinados han abandonado la casa. La habita¬ción del fondo se llena poco a poco con los otros habitan¬tes de la casa, impulsados por la curiosidad. El abuelo Hil¬se comienza de nuevo a anudar hilos. Gottlielb ha ido a buscar un hacha detrás del hogar, y examina maquinalmente el filo. Ambos, el viejo y Gottlielb, están muy con¬movidos, pero se callan. De fuera llega el ruido de la multitud).
LA ABUELA HILSE— Pero di, Gustavo, el piso está retemblan¬do, ¿qué pasa? ¿Qué es lo que ocurre? (Pausa).
EL ABUELO HILSE — ¡Gottlielb!
GOTTLIELB — ¿Qué?
EL ABUELO HILSE — Deja el hacha en su sitio. .
GOTTLIELB — Quería hacer astillas. (Vuelve a colocar el hacha cerca del hogar. Pausa).
LA ABUELA HILSE — Gottlielb, oye lo que dice tu padre.
VOCES— (Cantan debajo de la ventana).
El hombrecillo se quedó en su casa, se quedó en su casa, ohé, ohé; fregando los platos y las cacerolas, y las cacerolas, ohé, ohé.
GOTTLIELB— (Se estremece y dirige un gesto amenazador hacia la ventana). \ Canallas!, no me impulséis a la cólera. (Se oye una descarga de fusilería).
LA ABUELA HILSE— (Asustada). ¡Jesús! ¿Es el trueno?
EL ABUELO HILSE—(Junta involuntariamente las manos). ¡Dios mío!, protege a los pobres tejedores, protege a mis pobres hermanos. (Un corto silencio. El abuelo Hilse se queda temblando). Ahora la sangre corre.
GOTTLIELB— (Se ha estremecido al escuchar la descarga; aprie¬ta convulsivamente el hacha, cambia de color, y pudiéndo¬se apenas contener, exclama con profunda angustia). ¡Se baten de veras!
UNA MUCHACHA TEJEDORA—(Que está en la habitación del fondo, grita al abuelo Hilse). Abuelo, abuelo; no esté us¬ted en la ventana. Aquí acaba de aplastarse una bala. (Desaparece).
MILIENA — (Mostrando su infantil cabeza en la ventana). Abue¬lo, abuelo; tiran tiros. Han caído dos. Hay uno que da vueltas, que da vueltas como un trompo, y hay luego otro que se menea como un gorrión al que han cortado las alas. ¡Y la sangre corre, corre! (Desaparece).
UNA TEJEDORA — Han matado a dos.
UN TEJEDOR VIEJO—(En la habitación del fondo). Mirad; ahora atacan ellos a los soldados.
OTRO TEJEDOR — Mirad, mirad a las mujeres; les acometen, les escupen a la cara.
UNA TEJEDORA— (Gritando desde la casa). ¡Gottlielb, mira a tu mujer; es más valiente que tú; ha saltado hasta poner¬se delante de las bayonetas, como si fueran violines para hacer bailar. (Cuatro hombres traen un herido a la habi¬tación del fondo. Pausa). Es el tejedor Ulbrich. (Nuevo silencio). No tiene para mucho tiempo; tiene una bala en la oreja. (Se oyen los pasos de los hombres que suben por la escalera).
NUMEROSAS VOCES FUERA — ¡Hurra, hurra!
VOCES EN LA CASA — ¿De dónde pueden haber sacado todas esas piedras? —flan desempedrado. —Llueven piedras. —Hay soldados heridos. (Gritos de angustia fuera y hasta en la puerta de la casa. Los moradores de la casa cierran por fin la puerta dando gritos de espanto). —Vuelven a cargar los fusiles. Van a tirar otra vez. —Abuelo Hilse, retírese usted de la ventana.
GOTTLIELB— (Agarrando de nuevo el .hacha). ¿Pero qué es esto? ¿Están rabiosos? ¿Nos dan a comer pólvora y balas en vez de pan? (Vacila un instante, sin dejar el hacha de la mano y se dirige a su padre). ¿Dejarles matar a mi mujer1? Jamás. (Se lanza afuera). Cuidado, compañeros, allá voy. (Sale).
EL ABUELO HILSE — ¡Gottlielb, Gottlielb!
LA ABUELA HILSE — ¿Dónde está Gottlielb ?
EL ABUELO HILSE —Está loco.
VOCES— (En la casa). Retírese usted de la ventana, abuelo Hilse.
EL ABUELO HILSE — ¡Jamás, aunque os empeñarais todos! (A la abuela Hilse, con tono ya extático). Aquí es donde ha puesto mi sitio el Padre Celestial, y aquí debo permanecer y cumplir con mi deber, suceda lo que suceda, y aun cuan¬do la nieve se pusiera a arder. (Vuelve a su trabajo. En el mismo instante estalla una nueva descarga. Herido mortalmente, el abuelo Hilse se yergue primero con brusco movimiento y cae en seguida con la cabeza sobre el telar. Al mismo tiempo repercuten fuera nuevos hurras. Todas las personas que se habían quedado en el vestíbulo se pre¬cipitan entonces al exterior, lanzando también Mirras a su vez).
LA ABUELA HILSE — Gustavo, Gustavo; ¿qué es lo que pasa, dime, qué es lo que pasa? (El rumor de los hurras va alejándose. De repente Miliena entra corriendo en la ha-bitación .
MILIENA — Abuelo; han echado del pueblo a los soldados, han tomado la «asa de Dietrich, han hecho lo que en la casa de Dreissiger. ¡Abuelo! (La niña, asustada, mira más atenta¬mente, y con un dedo en los labios, se acerca lentamente al muerto). ¡Abuelo!
LA ABUELA HILSE — Pero habla, Gustavo, di algo; ¡ acabaré por tener miedo!
TELÓN

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