Largo viaje de un día hacia la Noche. EUGENE O’NEILL.



Largo viaje de un día hacia la Noche
EUGENE O’NEILL


PERSONAJES
James Tyrone,
Mary Cavan Tyrone, , su esposa
James Tyrone, Jr., su hijo mayor
Edmund Tyrone, su hijo menor
Cathleen, una doncella
ESCENAS
Primer acto
Sala de estar de la residencia de verano de los Tyrone 8,30 de la mañana de un día de agosto de 1912
Segundo acto
Escena   I. La misma, hacia las 12,45
Escena II. La misma, media hora más tarde
Tercer acto
La misma, hacia las 6,30 de la tarde
Cuarto acto
La misma, alrededor de la medianoche





PRIMER ACTO

Escena
Sala de estar de la residencia de verano de James Tyrone. Una mañana de agosto de 1912. Al fondo hay dos puertas de doble hoja con cortinas. La de la derecha conduce al salón principal, que tiene aspecto de ser utilizado en contadas ocasiones. La otra conduce a un saloncito interior situado entre el comedor y la sala de estar. Entre las dos puertas, apoyada en la pared, hay una pequeña librería sobre la que descansa un retrato de Shakespeare. Contiene novelas de Balzac, Zolay Stendhal, obras filosóficas y sociológicas de Schopenhauer, Nietzschey Marx, Engels, Krópotklny Max Stirner, teatro de Ibsen, Shaw y Striná-berg, poemas de Swinburne, Rosetti, Wilde, Ernest Dowson, Kipling, etc.
En la pared derecha, al fondo, una puerta corredera conduce al porche que rodea toda la casa. Más acá hay tres ventanales que dan al jardín desde los que se divisa el puerto y el paseo que corre paralelo a la orilla del mar. Entre las ventanas hay dos mesitas, una de bambú y otra de roble, apoyadas contra la pared.
En la pared opuesta unas ventanas simétricas dan a la parte trasera del jardín. Bajo éstas un sofá de mimbre con el respaldo contra la pared. Más hacia el fondo hay una gran librería con puertas de cristal que contiene obras de Dumas, Victor Hugo, Charles Lever, una enciclopedia de Literatura Universal encuadernada en cincuenta tomos, tres colecciones de Shakespeare, la Historia de Inglaterra de Hume, la Historia del Consulado y del Imperio de Thiers, la Historia de Inglaterra de Smolíett, El Imperio Romano de Gibbon y varias obras de teatro clásico y de poesía, así como diversas Historias de Irlanda. Todos estos libros tienen aspecto de haber sido leídos una y otra vez.
El suelo, de madera, está cubierto por una alfombra de color y diseño indeterminados. En el centro de la habitación hay una mesa redonda sobre la que reposa una lámpara con una pantalla verde. Esta lámpara está enchufada directamente a uno de los cuatro casquillos de otra que pende sobre la mesa. Dentro del área iluminada por la pantalla hay tres sillones de mimbre y una mecedora de roble tapizada en cuero, situada a la derecha de la mesa.
Aproximadamente son las ocho y media de la mañana. El sol entra por las ventanas de la derecha.
Al levantarse el telón, la familia acaba de terminar de desayunar. Mary Tyrone, su marido entran por el saloncito del fondo procedentes del comedor. Mary tiene cincuenta y cuatro años. De estatura media, todavía posee una figura joven y graciosa, quizá un poquito gruesa, aunque, a pesar de no ir encorsetada, sus caderas y su cintura no han perdido su apariencia juvenil. Su rostro es indiscutiblemente irlandés. En tiempos hubo de ser extremadamente hermoso y todavía es llamativo. En contraste con su aspecto saludable, el rostro parece pálido y demacrado. Tiene los pómulos prominentes, la nariz larga y recta, la boca grande y los labios gruesos y sensuales. No lleva maquillaje alguno. Su amplia frente está enmarcada por abundantes cabellos
blancos. Los ojos, de color castaño oscuro, parecen negros al verse acentuados por la palidez de su rostro y los blancos cabellos. Son de un tamaño poco corriente y muy hermosos. Las cejas las tiene oscuras y rizadas las largas pestañas.
Inmediatamente llama la atención su gran nerviosismo. Sus manos jamás permanecen en reposo. Una vez fueron hermosas. Los dedos, largos y delgados, aparecen ahora retorcidos a causa de una artritis que les ha conferido un aspecto más bien desagradable. Como es consciente de ello, así como de no controlar los movimientos nerviosos de sus dedos, la gente evita mirarlos.
Va sencillamente vestida, pero las ropas que lleva le sientan bien. El pelo parece cuidadosamente arreglado hasta el menor detalle. Su voz es suave y agradable y cuando está de buen humor se percibe en ella un cantarín acento irlandés.
Su cualidad más agradable es un sencillo encanto, propio de la colegiala joven y tímida que aún no ha muerto en su interior, su innata inocencia de espíritu.
James Tyrone  tiene sesenta y cinco años, pero parece diez años más joven. Aunque sólo mide un metro y setenta y cinco centímetros, el aire marcial de su porte y sus anchos hombros, le hacen parecer mucho más alto. El paso del tiempo ha empezado a ser perceptible en su rostro, que es notablemente hermoso: la cabeza grande y bien formada, noble perfil y profundos ojos castaños. El cabello, canoso, es escaso, sobre todo en la coronilla, donde parece tener una especie de tonsura frailuna causada por la calvicie. Lleva grabado el sello de su profesión. No es que muestre la afectación propia de un actor de teatro ya que tanto por naturaleza como por inclinación es una persona sencilla y nada pretenciosa cuyos gustos no se hallan muy lejos del origen humilde de sus antepasados irlandeses. Aún así se percibe al actor en su forma de hablar, en sus gestos y movimientos que, aunque inconscientes, parecen responder a una técnica aprendida. Su voz, potente y bien modulada, es notablemente hermosa, de lo que se siente orgulloso.
Ciertamente sus ropas no pertenecerían jamás a un personaje del teatro romántico. Lleva un gastado traje gris, unos zapatos negros sin brillo, una camisa sin cuello, y un pañuelo blanco anudado alrededor de la garganta. No hay nada estudiado en su desaliñado aspecto. En su opinión, la ropa ha de usarse mientras dure. En este momento se dispone a arreglar el jardín y le importa un rábano el aspecto que pueda tener.
Nunca ha estado seriamente enfermo. De temperamento tranquilo, posee una impasibilidad propia de las gentes del campo, de vez en cuando se deja arrastrar por la melancolía y parece estar dotado de un instintivo sentido común.
Cuando entran procedentes del saloncito, Tyrone lleva a su esposa cogida por la cintura. Al entrar en la sala de estar la atrae hada sí con cariño.
Tyrone.—Ahora da gusto abrazarte, Mary. Has engordado casi diez kilos.
Mary.—(Sonriendo con cariño.) Me he puesto demasiado gorda ¿verdad querido? Creo que debería adelgazar un poco.
Tyrone.—¡Nada de eso, señora mía! Estás perfecta. Ni hablar de adelgazar. ¿No será por eso por lo que casi no has desayunado, eh?
Mary.—¿Que casi no he desayunado? ¡Pero si he comido muchísimo!
Tyrone.—Pues a mí me parece que no. Por lo menos, no todo lo que a mí me gustaría.
Mary.—(Bromeando.) ¡Claro! A ti te gustaría que todos comiésemos tanto como tú. ¡Vaya indigestión! (Se adelanta y permanece en pie a la derecha de la mesa.)
Tyrone.—(Siguiéndola.) Yo creo que no soy tan tragón como dices. (Satisfecho.) Gracias a Dios, a mis sesenta y cinco años sigo teniendo el apetito y el estómago de un muchacho de veinte.
Mary.—De eso puedes estar bien seguro. No se puede negar.
(Riendo, se sienta en el sillón de mimbre de la derecha. El pasa por detrás para coger un puro de una caja que está sobre la mesa. Le corta la punta. Se oyen las voces de Jamie Edmund en el comedor. Mary vuelve la cabeza hacia ellos.)
Cathleen estará esperando para quitar la mesa.
Tyrone.—(En tono festivo, pero con cierto resentimiento.) Supongo que estarán tramando algo a espaldas mías. Algo especial dedicado al Viejo.
(Ella permanece silenciosa, con el rostro vuelto hacia el lugar de donde proceden las voces. Sus manos, inquietas, descansan sobre la mesa. El enciende el puro y se sienta en la mecedora que hay a la derecha de la mesa, su lugar acostumbrado, mientras fuma satisfecho.)
Nada como un buen puro después del desayuno. Estos tienen un sabor perfecto. Han resultado una ganga. Me salieron casi gratis. McGuire me puso sobre la pista.
Mary.—(Con cierta acritud.) Espero que no haya vuelto a aconsejarte que compres más terrenos. Porque sus gangas inmobiliarias no resultan serlo tanto.
Tyrone.—(A la defensiva.) Bueno, Mary, yo no diría eso. Después de todo, gracias a sus consejos, compré aquella casa de Chesnut Street y, cuando la vendí, me llevé un buen pellizco.
Mary.—(Ahora sonríe con cariño, pero también irónica.) Ya, ya. El famoso golpe de suerte... Seguro que a McGuire nunca se le pudo ocurrir que... (Le da unos golpecitos en la mano.) Es igual, James. Ya sé que es inútil intentar convencerte de que no tienes ojo para los negocios.
Tyrone.—(Molesto.) Jamás he creído tal cosa. Pero los terrenos son mucho más seguros que los valores y los bonos que venden esos estafadores de Wall Street. (Contemporizador.) No querrás discutir de negocios tan temprano ¿verdad?
(Pausa. Las voces de sus hijos se vuelven a oír. Uno de ellos sufre un ataque de tos. Mary escucha preocupada. Sus dedos tamborilean inquietos sobre la mesa.)
Mary.—James, creo que es a Edmund a quien deberías reñir por no comer bastante. Prácticamente sólo ha tomado café. Necesita comer o se quedará muy débil. Yo no hago más que repetírselo, pero dice que no tiene hambre. Claro, que no hay nada peor que un catarro en verano para perder el apetito.
Tyrone.—Sí, claro, es lógico. Pero no te preocupes por...
Mary.—(Con presteza.) Si no me preocupo. En cuanto se cuide se pondrá bien. (Como intentando olvidarse de ello, pero sin lograrlo.) Aunque es una lástima que se sienta tan mal precisamente ahora.
Tyrone.—¡Sí! ¡Qué mala suerte! (La mira preocupado.) Pero no te preocupes por eso, Mary. No olvides que tú también tienes que cuidarte.
Mary.—(Con presteza.) No, si no me preocupo. ¿Por qué iba a hacerlo? ¿Qué te hace pensar eso?
Tyrone.—Nada. Sólo que estos días pareces un poco distraída.
Mary.—(Forzando una sonrisa.) ¿Sí? No digas tonterías, querido. Imaginaciones tuyas. (Repentinamente se pone tensa.) No tienes por qué pasarte todo el día observándome, James. Me siento incómoda.
Tyrone.—(Le cubre las manos con la suya.) Bueno, bueno, Mary, no empieces a pensar mal. Si te miro tanto es para admirar lo guapa que te has puesto tan rellenita. (Su voz se tiñe de profundo afecto.) No sabes lo feliz que me siento de verte así, querida. Desde que has regresado vuelves a ser la misma de siempre, la que yo tanto quiero.
(Se inclina y la besa impulsivamente en la mejilla. Luego se da la vuelta y añade como a la fuerza.)
Así que espero que te sigas portando bien, Mary.
Mary.—(Volviendo el rostro.) Así lo haré, querido. (Se levanta inquieta y se dirige hacia las ventanas de la derecha.) Menos mal que se ha levantado niebla. (Se vuelve.) No me encuentro bien esta mañana. Casi no he podido dormir con la dichosa sirena del faro sonando toda la noche.
Tyrone.—Sí. Parecía que teníamos en el jardín una ballena agonizante. Yo tampoco he podido dormir.
Mary.—(Burlona.) ¿No? Pues no se notaba mucho. Roncabas de tal manera que casi no se te distinguía de la sirena. (Se acerca a él riendo y le da unos cariñosos golpecitos en la mejilla.) No te despertarían ni diez sirenas a la vez. Es imposible.
Tyrone.—(Un poco picado.) Bobadas. Siempre exageras mis ronquidos.
Mary.—¿Que exagero? Si te pudieras oír... (Se oyen carcajadas procedentes del comedor. Mary sonriente vuelve la cabeza.) ¿De qué se reirán?
Tyrone.—(Picado.) De mí. Me apuesto lo que quieras. Siempre que se ríen es del Viejo.
Mary.—(Burlona.) Sí. Todos te tomamos el pelo muchísimo... Yo que tú no lo permitiría... (Ríe. Luego adopta un aire más tranquilo.) Bueno, se rían de lo que se rían, es un alivio oír a Edmund. Ha estado tan decaído últimamente...
Tyrone.—(Ignora esto último. Resentido.) Seguro que es de algún chiste de Jamie. Ése siempre se está burlando de alguien.
Mary.—Bueno, no empieces a meterte con el pobre Jamie, querido. (Con escasa convicción.) Ya verás como acaba por salir adelante.
Tyrone.—Pues más le valdría decidirse pronto. Ya tiene casi treinta y cuatro años.
Mary.—(Lo ignora.) Pero ¿es que piensan pasarse todo el día metidos en el comedor? (Se aproxima a la puerta del comedor y les llama.) ¡Jamie! ¡Edmund! Venid al salón para que Cathleen pueda quitar la mesa. (Edmund contesta «Ya vamos, mamá». Ella regresa a la mesa.)
Tyrone.—(Gruñón.) Siempre encontrarás razones para justificar lo que hace.
Mary.—(Se sienta a su lado y le da unos golpcitos cariñosos en la mano.) Anda, calla.
Sus hijos, James Jr., y Edmund, entran juntos por la puerta del saloncito. Ambos vienen riendo y, al aproximarse a su padre, su risa se hace más evidente.
Jamie, el mayor, tiene treinta y tres años y la constitución de su padre —anchos hombros y cuerpo esbelto. Aunque es algo más alto y menos robusto, parece más bajo y corpulento porque carece del porte distinguido de Tyrone. Tampoco posee la vitalidad de su padre. En él se advierten síntomas de haber llevado una vida disipada. Su rostro es todavía atractivo, a pesar de las secuelas causadas por este tipo de vida, aunque ha sido tan guapo como Tyrone, con quien tiene un evidente parecido físico. Tienes unos bonitos ojos castaños, a medio camino, entre los de su padre y su madre, que los tiene más oscuros. Se le ha empezado a caer el pelo y da la impresión de que acabará por tener, como Tyrone, una pequeña calva. Su nariz, pronunciadamente aquilina, no es como la de ningún miembro de la familia y, junto con su habitual expresión cínica, le confiere un cierto aspecto mefistofélico, aunque en las raras ocasiones en que sonríe sin segundas inten-
dones, su personalidad muestra el irresistible encanto romántico y lleno de sentido del humor que caracteriza a los irlandeses: un descarado holgazán, con un toque de poeta sentimental que le hace atractivo para las mujeres y popular con los hombres.
Lleva un traje viejo —no tan gastado como el de Tyrone— y corbata. Tiene la piel tostada por el sol y llena de pecas.
Edmund es diez años más joven que su hermano, un poco más alto, delgado y enjuto. Si Jamie recuerda a su padre, Edmund se parece más a su madre, aunque en él se advierten también rasgos de Tyrone. Su rostro irlandés, largo y afilado, está dominado por unos grandes ojos oscuros. La hipersensibilidad de la boca de Mary está presente en la de su hijo, al igual que la amplia frente, más acentuada en Edmund. El pelo, castaño oscuro, ha sido ligeramente aclarado por el sol y lo lleva peinado hacia atrás. La nariz es como la de su madre, pero su perfil recuerda al de Tyrone. Sus manos tienen los mismos dedos largos que las de Mary. El nerviosismo es el rasgo que ambos comparten en mayor grado.
Evidentemente, no goza de buena salud. Está mucho más delgado de lo normal, tiene en los ojos un brillo febril y las mejillas hundidas. A pesar de estar tostado por el sol, su aspecto es enfermizo- Lleva una camisa con corbata, pantalones viejos de franela y unas playeras marrones.
Mary.—(Volviéndose sonriente hacia ellos.) Estaba tomando el pelo a vuestro padre por la forma de roncar que tiene. (A Tyrone.) Que lo digan los chicos, James. Tienen que haberte oído. No, Jamie, ya se que tú no. He oído que roncabas tanto como tu padre. Igual que él. En cuanto pones la cabeza sobre la almohada, te quedas dormido y no te despertarían ni diez sirenas.
(Se detiene bruscamente al percibir la mirada inquisitiva de Jamie. Su sonrisa se borra e intenta disimular.)
¿Qué miras, Jamie? (Se arregla el pelo con las manos.) ¿Estoy despeinada? Me resulta muy difícil peinarme bien. Cada vez veo peor y nunca sé dónde dejo las gafas.
Jamie.—(Desvía la mirada.) Estás muy bien, mamá. Estaba pensando que tienes muy buen aspecto.
Tyrone.—(Con sinceridad.) Eso es lo que precisamente le estaba diciendo. Se ha puesto tan rellenita que dentro de poco no voy a poder abarcarla con los brazos.
Edmund.—Sí. La verdad es que tienes muy buen aspecto, mamá. (Ella se siente más segura y le sonríe con cariño. Edmund le guiña un ojo.) Tienes toda la razón sobre los ronquidos de papá. ¡Qué horror!
Jamie.—Yo también le he oído. (Imitando a un actor, empieza a recitar.) «El Moro, conozco sus trompetas...». (Su madre y su hermano ríen.)
Tyrone.—(Picado.) Si tengo que ponerme a roncar para que recuerdes a Shakespeare, no tendré más remedio que seguir haciéndolo.
Mary.—Bueno, bueno, James, no seas picajoso.
(Jamie se encoje de hombros y se sienta en la silla de la derecha.)
Edmund.—(Enfadado.) Sí, papá, por amor de Dios. Nada más acabamos de desayunar y ya empiezas.
(Se sienta en la silla de la izquierda, al lado de su hermano. Su padre le ignora.)
Mary.—(En tono de reproche.) Tu padre no estaba hablando contigo, Edmund. No tienes por qué ponerte siempre de parte de Jamie. ¡Ni que tú fueras el hermano mayor!
Jamie.—(Hastiado.) ¿A qué viene todo esto? Olvidémoslo.
Tyrone.—(Con desprecio.) Claro, vamos a olvidarlo. Hay que olvidar todo y no enfrentarse con los hechos. Desde luego, es una filosofía la mar de práctica cuando se carece de ambición.
Mary.—Cállate, James. (Le pasa un brazo por los hombros. En tono festivo.) Parece que esta mañana te has levantado con el pie
izquierdo. (A sus hijos. Cambiando de tema.) ¿De qué os veníais riendo?
Tyrone.—(Haciendo un esfuerzo para seguir la broma.) Sí, contádnoslo, muchachos. Le decía a vuestra madre que seguramente os estabais riendo de mí. Es igual. Ya estoy acostumbrado.
Jamie.—(Secamente.) ¿Me dices a mí? Pregúntaselo al chico.
Edmund.—(Sonríe.) Pensaba decírtelo anoche, papá, pero se me olvidó. Ayer cuando salí a dar una vuelta, entré en la taberna...
Mary.—(Preocupada.) Edmund, ya sabes que no debes beber.
Edmund.—(Ignorándola.) ...¿y a que no sabéis con quién me encontré? Pues con Shaughnessy, tu arrendatario. Y llevaba una buena curda encima.
Mary.—(Sonriendo.) Ese hombre es un horror. Pero tiene su gracia.
Tyrone.—(Gruñón.) Cuando se es su casero, deja de tenerla. Es un irlandés muy astuto. Capaz de engañar al mismísimo diablo. ¿Y de qué se queja ahora, Edmund? Porque seguro que de algo se irá quejando por ahí... Supongo que querrá que le rebaje la renta. Le dejo la casa casi gratis sólo por no tenerla vacía y nunca me paga el alquiler hasta que le amenazo con desahuciarlo.
Edmund.—Pues no parecía estar a disgusto. Estaba tan satisfecho con su vida que, lo nunca visto, hasta pagó una ronda. Había tenido una bronca con tu amigo Harker, ese millonario de la Standard Oil, y, al parecer, obtuvo una victoria aplastante.
Mary.—(Divertida.) ¡Dios mío! Me parece que vas a tener que tomar cartas en el asunto, James.
Tyrone.—Ese Shaughnessy se va a meter en un lío.
Jamie.—(Malicioso.) Me apuesto lo que quieras que la próxima vez que te encuentres con Harker en el Club y le saludes con reverencia, hará como que no te ha visto.
Edmund.—Claro. Harker pensará que no es de caballeros tener de arrendatario a un patán como Shaughnessy que no se arredra ante un rey del petróleo.
Tyrone.—Esas paparruchas socialistas no vienen a cuento. No pienso aguantar que...
Mary.—(Conciliadora.) Sigue con la historia, Edmund.
Edmund.—(Hace a su padre un gesto provocador.) Bueno, pues como sabéis, el estanque de la finca de Harker linda con la granja de Shaughnessy, que se dedica a la cría de cerdos. Como la cerca está rota, los cerdos se han estado bañando en el estanque, y el capataz de Harker dice que seguramente Shaughnessy la habría roto con el propósito de que sus cerdos se pudieran bañar.
Mary.—(Asombradaj divertida.) ¡Santo Cielo!
Tyrone.—(Enfadado, pero sin ocultar cierta admiración.) Seguro que sí. El muy canalla... Sería muy propio por su parte.
Edmund.—Entonces el propio Harker en persona fue a armarle la bronca. (Chasquea la lengua.) ¡Una decisión muy inteligente! Si hiciesen falta pruebas de que los oligarcas de este país —y muy especialmente los que han heredado la pasta— tienen menos seso que un mosquito, este sería el dato definitivo.
Tyrone.—(Admirativo sin darse cuenta de lo que ha dicho.) Sí. Desde luego no es rival para Shaughnessy. (Cae en la cuenta) ¡Guárdate tus comentarios anarquistas! No quiero oírlos en mi casa. (Pero no puede ocultar la curiosidad que siente.) ¿Qué pasó?
Edmund.—Harker tenía tantas posibilidades de ganar como si yo me enfrentase a Jack Johnson. Shaughnessy, que llevaba
unas copas encima, le estaba esperando en la cerca. Según él, ni le dejó abrir la boca. Empezó a decirle que no era un esclavo de la Standard Oil y que le traía sin cuidado, que descendía de un rey de Irlanda y que los magnates como Harker eran todos de la misma calaña porque se habían forrado a costa de robar el dinero a los pobres.
Mary.—¡Dios mío! (Nopuede evitar reír.)
Edmund.—Luego le dijo que su capataz había roto la cerca, porque el propio Harker se lo había mandado para que los cerdos se ahogaran en el estanque. Sus pobres cerdos, según Shaughnessy, se habían muerto de pulmonía y los pocos que quedaban vivos habían pillado el cólera por haber bebido agua estancada. Advirtió a Harker que iba a ir a ver a un abogado para que le demandase por daños y perjuicios. Y, para terminar, le dijo que ya tenía bastantes preocupaciones con los escarabajos de la patata, las malas hierbas, los gorgojos, las culebras y las mofetas que había en su granja, y que era un hombre honrado que no tenía por qué aguantar que un ladrón de la Standard Oil se colara en su granja. Así que más le valdría sacar sus sucios pies de sus propiedades antes de que le echara los perros. ¡Y Harker se marchó! (El y Jamie  ríen.)
Mary.—(Asomada, pero sin poder controlar la risa.) ¡Qué lengua tiene ese hombre!
Tyrone.—(Vuelve a dejarse llevar por la admiración.) ¡Maldito rufián! ¡No se puede con él! (Ríe. Luego se detiene bruscamente y protesta.) ¡Sucio traidor! Acabarás metiéndome en líos. Supongo que le dirías que me iba a poner furioso...
Edmund.—Le dije que estarías encantado de conocer los detalles de la última gran victoria irlandesa. Y es verdad, papá. Deja de disimular.
Tyrone.—No me hace ninguna gracia.
Mary.—(Bromeando.) Vamos, James, claro que lo estás.
Tyrone.—Mira, Mary, como broma, pase, pero...
Edmund.—Le dije a Shaughnessy que debería haber añadido que un millonario de la Standard Oil debería estarle agradecido de que, gracias a sus cerdos, su estanque hubiera adquirido el perfume adecuado.
Tyrone.—¡No te atreverías! (Frunce el entrecejo.) ¡No mezcles mis asuntos con tus opiniones socialistas y anarquistas!
Edmund.—Shaugnessy casi se echa a llorar por no habérsele ocurrido, pero me aseguró que lo iba a incluir, junto con otras lindezas por el estilo, en una carta que le está escribiendo. (El y Jamie ríen.)
Tyrone.—¿De qué os reís? No le veo la gracia. ¡Ten hijos para esto! Me vas a meter en pleitos por culpa de ese traidor.
Mary.—Vamos, James, no pierdas la calma.
Tyrone.—(Se vuelve haría Jamie.) Y tú, apoyándole, eres todavía peor que él. Seguro que lamentas no haber estado allí para poder sugerir a Shaughnessy otros cuantos insultos. Para eso sí que sirves.
Mary.—¡James! No tienes por qué meterte con Jamie. (Jamie hace ademán de ir a contestar a su padre, pero termina por encogerse de hombros.)
Edmund.—(Nerviosoy exasperado.) ¡Por amor de Dios, papá! Si empiezas otra vez, me largo. (Se levanta bruscamente.) Además, me he dejado el libro arriba. (Enojado, se dirige haría el salón.) Yo creía, papá, que acabarías cansándote de oírte a ti mismo. (Sale. Tyrone se queda mirándole enfadado.)
Mary.—No le hagas caso, James. Ya sabes que no se encuentra bien. (Se oye toser a Edmund mientras sube las escaleras. Mary añade nerviosa.) Los catarros en verano ponen a cualquiera de mal humor.
Jamie.—(Sinceramente preocupado.) No es un simple catarro. El chico está fatal. (Su padre intenta advertirle con la mirada, pero Jamie no lo nota.)
Mary.—(Resentida, se vuelve haría Jamie.) ¿Por qué dices eso? Es un simple catarro. ¿Qué iba a ser si no? ¡Siempre te imaginas lo peor!
Tyrone.—(Advirtiendo de nuevo a Jamie con la mirada. Suavemente.) Lo que Jamie quiere decir es que a lo mejor se le ha complicado el catarro con otra cosa y por eso se siente tan mal.
Jamie.—Claro, mamá. Eso quería decir.
Tyrone.—El doctor Hardy cree que podría tener algo de
malaria, como cuando estuvo en los trópicos. Si es así, se le pasará con un poco de quinina.
Mary.—(Le mira con cierta repentina hostilidad.) ¡El doctor Hardy! No creeré nada de lo que diga aunque lo jure sobre un montón de biblias. Conozco bien a los médicos. Todos son iguales. Dirán lo que quieras escuchar con tal de tenerte como paciente el mayor tiempo posible.
(De repente se calla, como si temiera haberse puesto en evidencia, al notar los ojos de su hijo y de su marido fijos en ella. Se lleva nerviosa las manos al pelo. Sonríe fornidamente.)
¿Qué pasa? ¿Qué miráis? ¿Es que el pelo se me ha...?
Tyrone.—(Con aire un poco culpable, le pasa el brazo por ¿os hombros y la abraza suavemente.) A tu pelo no le pasa nada. Cuanto más guapa y más gordita estás, más vanidosa te vuelves. Dentro de nada vas a pasarte el día mirándote al espejo.
Mary.—(Algo más tranquila.) La verdad es que debería hacerme unas gafas nuevas. Tengo los ojos fatal.
Tyrone.—(Galante.) Tienes unos ojos preciosos y lo sabes muy bien.
(La besa. El rostro de Mary se ilumina reflejando al mismo tiempo una cierta timidez. Repentina y sorprendentemente, su rostro parece regresar a la juventud, pero no como si fuera una sombra del pasado, sino mostrando algo que todavía está vivo en ella.)
Mary.—No seas bobo, James. ¡Delante de Jamie!
Tyrone.—¡Como si Jamie no supiera que todas estas cosas que dices del pelo y los ojos no son para que te digan piropos! ¿Eh, Jamie?
Jamie.—(Su rostro parace haberse relajado. Cuando sonríe a su madre con cariño, muestra cierto encanto juvenil.) Claro, mamá. No creas que vas a engañarnos.
Mary.—(Sonríe. Su voz se tiñe de un cantarín acento irlandés.) ¡Qué cosas decís vosotros dos! (Luego, con seriedad infantil.) Antes sí que tenía un pelo precioso, ¿verdad, James?
Tyrone.—¡El más bonito del mundo!
Mary.—Tenía unos tonos rojizos muy extraños y lo llevaba tan largo que me llegaba por debajo de la rodilla. Tú también te tienes que acordar, Jamie. Hasta que nació Edmund no tuve una sola cana. Empezaron a salirme entonces. (Desaparece el tono infantil.)
Tyrone.—(Rápidamente.) Y se te puso más hermoso que nunca...
Mary.—(Otra vez avergonzada, pero satisfecha.) ¿Oyes lo que dice tu padre, Jamie? ¡Después de treinta y cinco años de matrimonio! Por algo es un gran actor ¿verdad? ¿Qué te pasa, James? ¿Es que quieres tomarme el pelo porque me he estado riendo de cómo roncabas anoche? Bueno, pues, en ese caso, lo retiro: lo que anoche oí era la sirena del faro. (Se echa a reír y ellos también ríen. Repentinamente adopta el aire de un ama de casa muy ocupada.) No puedo quedarme aquí escuchando vuestros cumplidos. Tengo que hablar de la comida con la cocinera y ver si hay que comprar algo. (Se levanta y, de buen humor, suspira resignada.) ¡Esa Bridget es tan perezosa! ¡Y tan lenta! Empieza a contarme cosas de su familia sin parar y no me deja abrir la boca para regañarla. Bueno, manos a la obra. (Se dirige hacia la puerta del salón y allí se vuelve preocupada.) James, no olvides que Edmund no puede ayudarte en el jardín ¿eh? (En su rostro vuelve apercibirse una mirada de obstinación.) No es que esté débil, claro, pero a lo mejor suda y luego coge frío. (Sale por el saloncito. Tyrone se vuelve hacia Jamie con la desaprobación pintada en el rostro.)
Tyrone.—¡Eres un cabeza de chorlito! ¿Es que no tienes sentido común? Lo único que tenemos que evitar es decir cosas que puedan preocuparla respecto a Edmund.
Jamie.—(Encogiéndose de hombros.) Bueno. Allá tú. Pero creo que hacemos mal en dejar que mamá siga engañándose. Será peor cuando se entere de la verdad. Además, está claro que todas esas tonterías del catarro del chico las dice para disimular. Ella sospecha la verdad.
Tyrone.—¿Y qué es lo que sospecha? Todavía no hay nada seguro.
Jamie.—Pues yo sí lo estoy. El lunes pasado fui con Ed-mund a ver al doctor Hardy y estaba hecho un lío. Ya no opina ¡o mismo que antes. Y eso lo sabes tú tan bien como yo. Ayer estuviste hablando con él cuando subiste al pueblo, ¿verdad?
Tyrone.—Sí, pero todavía no podía asegurarme nada. Me va a llamar hoy antes de que Edmund vaya a verle.
Jamie.—Pero cree que es tuberculosis, ¿no, papá?
Tyrone.—(De mala gana.) Dijo que podría ser algo así.
Jamie.—(Afectado.) ¡Pobre chico! ¡Maldita sea! (Se vuelve hacia su padre con gesto acusador.) Si le hubiera visto un médico cuando empezó a sentirse mal, esto se podría haber evitado.
Tyrone.—¿Qué tiene Hardy de malo? Siempre que estamos aquí, vamos a su consulta.
Jamie.—¡Todo lo que hace Hardy está mal! ¡Incluso en este agujero se le considera un matasanos!
Tyrone.—¡Eso es! ¡Métete con él! ¡Con todos! ¡Tú siempre crees que todo ei mundo es un farsante.
Jamie.—(Despectivo.) ¡Tu única razón para decir que Hardy es un buen médico es que sólo cobra un dólar por la consulta!
Tyrone.—(Picado.) ¡Ya está bien! Ahora que estás sereno no te tolero que... (Intenta controlarse. A la defensiva.) Si lo que sugieres es que le lleve a uno de esos médicos de la alta sociedad que se dedican a desplumar a los veraneantes...
Jamie.—¿Es que acaso no puedes? Eres uno de los mayores terratenientes de aquí24.
Tyrone.—Eso no quiere decir que sea rico. Todo lo tengo hipotecado.
Jamie.—Porque, en lugar de pagar las hipotecas, te dedicas a seguir comprando fincas. Si Edmund fuese un acre de tierra, no habría límite para lo que te gastarías en él.
Tyrone.—¡Mientes! ¡Y también mientes respecto a Hardy! Ni se da aires de grandeza ni anda por ahí en coches de lujo ni tiene la consulta en un sitio de moda. ¡Eso es lo que te cobran esos tipos! No sus conocimientos médicos. ¡Cinco dólares por tomarte la tensión!
Jamie.—(Se encoge de hombros.) Vale, vale. ¡Seré idiota! No sé para que discuto contigo. No se puede hacer cambiar a la gente.
Tyrone.—(Cada vez más enfadado.) No. No se puede. Demasiado bien lo sé gracias a ti25. Ya he perdido la esperanza de que tu vayas a hacerlo. ¿Cómo te atreves a decirme lo que debo hacer con mi dinero? Nunca has sido consciente de lo que cuesta ganarlo y nunca lo serás. Jamás has logrado ahorrar un solo dólar. Al acabar la temporada siempre estás sin un céntimo. ¡Todo te lo gastas en putas y en whisky!
Jamie.—¡Cielo santo! Si con lo que gano...
Tyrone.—Más de lo que mereces y gracias a mí. Si no fueras mi hijo ni un solo empresario te daría un papel con esa fama que tienes. Así que tengo que tragarme mi orgullo y ponerme a mendigar trabajo para ti diciendo que has hecho borrón y cuenta nueva, aunque bien sé que no es cierto.
Jamie.—Nunca he querido ser actor. Tú me has obligado a dedicarme al teatro.
Tyrone.—¡Embustero! ¿Qué te interesaba, eh? Tú me dijiste que te buscara un trabajo y el teatro es el único mundo que conozco. Lo único que sabías hacer era andar por ahí, de bar en bar. Lo que te habría gustado es vivir a mi costa toda tu vida. ¡Después de todo lo que me he gastado en darte estudios, lo único que has hecho es conseguir que te expulsaran de todas partes!.
Jamie.—¡Por amor de Dios! No saques a relucir esa historia de tiempos de maricastaña.
Tyrone.—Pues que tengas que venir a vivir durante los veranos a mis costa no es una historia demasiado antigua...
Jamie.—Me pago la comida y la cama con mi trabajo en la huerta. Y de paso te ahorras tener que contratar a alguien.
Tyrone.—¡Vaya cosa! Si hasta tengo que obligarte a que lo hagas... (Su ira se transforma en queja.) Todo esto me importaría menos si, por lo menos, te viera agradecido. Pero lo único que obtengo en pago es que me llames tacaño, que te metas con mi profesión y que te burles de todo el mundo. Excepto de ti mismo, claro.
Jamie.—(Secamente,) Eso último no es verdad, papá. Lo que pasa es que las cosas que me digo a mí mismo, no las oyes.
Tyrone.—(Le mira perplejo y luego cita mecánicamente.) «La ingratitud, la peor de las plagas».
Jamie.—Me lo veía venir. ¡Dios mío, cuántos millones de veces...! (Calla, hastiado de discutir, j se encoge de hombros.) Vale, papá, soy un inútil. Lo que tú digas, con tal de que te calles.
Tyrone.—(Indignado, pero en tono de súplica.) ¡Si tuvieras algo de ambición y no dijeses tantas majaderías...! Todavía podrías conseguir algo. Tenías talento para llegar a ser un buen actor. Todavía lo tienes. Eres mi hijo...
Jamie.—(Harto.) ¡Déjalo! Ese tema no me interesa. Y a ti, tampoco. (Tyrone calla.) ¿Por qué empezamos a discutir? ¡Ah, sí! Por culpa del doctor Hardy. ¿Cuándo dices que te va a llamar por lo de Edmund?
Tyrone.—A la hora de comer. (Hace una pausa. A la defensiva.) No hay mejor médico para tratar a Edmund. Hardy le ha estado viendo cada vez que se ha puesto malo desde que era pequeño. Conoce su constitución mejor que cualquier otro médico. No es que, como crees, yo sea un tacaño. (Amargamente.) Además, ¿qué podría hacer el mejor especialista del país por Edmund después de que se ha dedicado a destrozar su salud con la vida que ha llevado desde que le expulsaron de la Universidad?. Incluso antes, cuando iba al colegio, llevaba una
vida disipada, haciéndose el gallito, imitando la vida que tú hacías en Broadway, a pesar de no tener tu constitución física. Tu eres tan fuerte como yo —por lo menos lo eras cuando tenías su edad—, pero Edmund siempre ha sido un manojo de nervios, como su madre. Se lo he repetido año tras año, pero nunca me ha hecho caso. Y ahora ya es demasiado tarde.
Jamie.—(Vehementemente.) ¿Cómo que es demasiado tarde? Lo dices como si pensaras que...
Tyrone.—(Culpable.) ¡No seas idiota! Lo único que quiero decir es que todo el mundo sabe que ha arruinado su salud y que tendrá que pasar bastante tiempo hasta que se recupere.
Jamie.—(Mira fijamente a su padre sin hacer caso de su explicación.) Ya sé lo que los campesinos irlandeses piensan de la tuberculosis: que no tiene remedio. Y probablemente es verdad cuando se vive en una pocilga. Pero aquí, con los métodos modernos...
Tyrone.—¿Es que acaso crees que no lo sé? ¿Qué insinúas? ¡Y no vuelvas a comparar a Irlanda con una pocilga! (En tono acusador.) ¡Más te valdría no hablar de la enfermedad de Edmund! ¡Tú tienes la culpa de todo lo que le pasa!
Jamie.—¿Que yo...? No es cierto. ¡Eso no te lo aguanto, papá!
Tyrone.—¡Es verdad! Tu influencia sobre él ha sido nefasta. Desde niño te ha considerado una especie de héroe. ¡Menudo ejemplo! Que yo sepa, siempre le has dado unos consejos infames. Le tratabas como si ya fuera un hombre, llenándole la cabeza de ideas absurdas, cuando no era más que un niño, incapaz de advertir hasta qué punto estabas tú influido por tu propio fracaso. Gracias a ti, llegó a creer que todos los hombres tenemos un precio y que las únicas mujeres que no se prostituyen son unas estúpidas.
Jamie.—(Intentando mostrarse indiferente, pero justificándose.) Bueno, que le he dado consejos, es cierto, pero sólo desde que empezó a meterse en líos. Se hubiera reído de mí si yo hubiera pretendido hacer el papel del buen hermano mayor. Lo único
que hice fue hablarle con franqueza, de igual a igual, para que no cometiese los mismos errores que yo he cometido. (Cínicamente se encoge de hombros.) Bueno, si no sabes cómo salir adelante, por lo menos, has de ir con cuidado.
(Su padre le mira con desprecio. De repente Jamie parece verdaderamente afectado.)
Eso que has dicho es una sucia mentira, papá. Sabes muy bien cuánto quiero al chico y lo unidos que hemos estado siempre. Mucho más que otros hermanos. Haría cualquier cosa por él.
Tyrone.—(Impresionado j en tono conciliador.) Me imagino que tú creerías hacerlo por su bien, Jamie. Nunca he pensado que lo hicieras a propósito.
Jamie.—¡Además, sería falso! Me gustaría ver si alguien puede influir en Edmund. Todos creen que pueden hacer con él lo que quieran, porque parece una persona tranquila, pero ¡es un cabezota de mil demonios, siempre se sale con la suya y los demás pueden irse a hacer puñetas! ¿Qué tengo que ver yo con todas las locuras que ha hecho durante todos estos años? ¡Enrolarse en un barco para ver mundo...!30. Bien que le dije que no estaba de acuerdo con sus planes. ¿Es que tú me ves a mí, deambulando por las playas de América del Sur, viviendo en sitios cochambrosos y bebiendo veneno? ¡No, gracias! Prefiero Broadway, una habitación con baño y un bar donde sirvan un whisky decente.
Tyrone.—¡Broadway! ¡Allí te has convertido en lo que eres! (Con orgullo.) Edmund, haya lo que haya hecho, por lo menos ha tenido el valor de apañárselas él solo, sin recurrir a mí en cuanto se quedaba sin dinero.
Jamie.—(Picado.) Pero siempre ha terminado volviendo a casa sin blanca, ¿no? Y, además, ¿qué ha sacado con tanto andar por ahí? Piénsalo bien. (Se calla avergonzado.) ¡Dios mío! ¡Qué cosas me haces decir! No era mi intención...
Tyrone.—(Ignorándolo.) En el periódico le han ido bastante bien las cosas31. Yo esperaba que, por fin, diera con algo que le gustase.
Jamie.—(Otra vez molesto.) ¡Es un periodicucho de mala muerte! Te digan lo que te digan, yo sé que, como periodista, es una mierda. Si no fuera porque es hijo tuyo... (Avergonzado, calla de nuevo.) ¡Tampoco es verdad! Todos están encantados de tenerlo con ellos, pero lo mejor que escribe, no lo hace para el periódico. Ha escrito algunas parodias y unos poemas que son estupendos32. (De mala gana.) Aunque para lo que le van a servir... (Precipitadamente.) Pero ha empezado bien...
Tyrone.—Sí, no lo ha hecho mal. Tú siempre decías que te habría gustado dedicarte al periodismo, pero no estabas dispuesto a empezar desde abajo. Esperabas que..
Jamie.—¡Por amor de Dios, papá! ¿Es que no puedes dejarme en pa2?
Tyrone.—(Le mira fijamente, luego retira la mirada. Pausa.) ¡Es una lástima que haya ido a ponerse malo precisamente ahora! No podría haber encontrado peor momento. (Incapaz de ocultar su desasosiego, añade.) Ni para tu madre. Es una pena que todo esto la intranquilice tanto precisamente en un momento en que necesita no tener preocupaciones. Ha estado tan bien durante estos dos últimos meses. Desde que volvió. (Se le quiebra la voz.) Yo me sentía en el paraíso. Esta casa había vuelto a ser un hogar. Pero no hace falta que te lo diga, Jamie.
(Por vez primera, su hijo le mira con simpatía, como si, repentinamente, se vieran unidos por un lazo que anulara su antagonismo.)
Jamie.—(Casi suavemente.) A mí me pasaba igual, papá.
Tyrone.—Sí. Esta vez da la impresión de que se encuentra fuerte y segura de sí misma. Parece otra persona. Tiene control sobre sus nervios —por lo menos lo ten/a hasta que Edmund cayó enfermo. Ahora se nota que está preocupada y tensa. Ojalá pudiéramos ocultarle la verdad, pero, si hay que enviar a Edmund a un sanatorio, va a ser imposible. Lo peor de todo es que su padre murió de tuberculosis33. Ella le adoraba y nunca ha podido olvidarlo. Sí. Le va a resultar difícil. ¡Pero lo conseguirá! ¡Ahora tiene fuerza de voluntad! Tenemos que ayudarla, Jamie. Todo lo que podamos.
Jamie.—(Afectado.) Claro que sí, papá. (Dubitativo.) Aunque está algo nerviosa, esta mañana parece que tiene muy buen aspecto.
Tyrone.—(Seguro de lo que dice.) Nunca ha estado mejor. Está de muy buen humor. (De repente frunce el ceño y mira a Jamie asaltado por la duda.) ¿Por qué dices que «parece» que tiene buen aspecto? ¿Por qué razón no iba a tenerlo? ¿Qué demonios estás insinuando?
Jamie.—No te pongas nervioso. ¡Por Dios, papá, deberíamos poder hablar de esto sin pelearnos!
Tyrone.—Lo siento, Jamie. (Tenso.) Pero, dime...
Jamie.—No hay nada que decir. A lo mejor no tengo razón, pero es que anoche... Bueno, ya sabes lo que pasa, no puedo olvidarme  del pasado, no puedo evitar ciertas sospechas. A ti te pasa lo mismo. (Con amargura.) Eso es lo malo. Y mamá lo pasa mal porque se da cuenta de que no le quitamos la vista de encima.
Tyrone.—(Con tristeza.) Ya lo sé. (Tenso.) Bueno, ¿qué me ibas a decir? ¿Te has quedado mudo?
Jamie.—Nada. Ya te digo que a lo mejor son tonterías mías. Me desperté a eso de las tres y la oí que estaba en el cuarto de huéspedes. Luego fue al cuarto de baño. Me hice el dormido. Al llegar al descansillo se quedó quieta, como si quisiera asegurarse de que todos dormíamos.
Tyrone.—(Forzando una sonrisa.) ¡Por amor de Dios! ¿Eso es todo? Me ha dicho que la sirena del faro no la dejó dormir en toda la noche. Además, desde que Edmund se puso enfermo, se pasa las noches levantándose cada dos por tres para ver cómo se encuentra.
Jamie.—(Con presteza.) Sí, es verdad. Se quedó escuchando en la puerta de su cuarto. (De nuevo le asalta la duda.) Lo que me preocupa es que estuviera en el cuarto de los huéspedes. No pude evitar pensar que pasa allí las noches cuando...
Tyrone.—¡Pero no es el caso ahora! Tenía sus razones. ¿Dónde iba a ir para no oírme roncar? (Se deja llevar por la ira y el rencor.) ¡Dios mío! ¿Cómo puedes vivir con una mente tan sucia? No lo entiendo.
Jamie.—(Ofendido.) ¡No empieces otra vez! Acabo de decirte que seguramente estaba equivocado. ¿Es que no te das cuenta de que me alegraría tanto como tú de no tener razón?
Tyrone.—(Conciliador.) Ya sé que es así, Jamie.
(Pausa. Su expresión se torna sombría. Habla lentamente, expresando un supersticioso temor.)
Sería como una maldición que no pudiera sobreponerse a las preocupaciones que le causa Edmund. Durante la larga enfermedad que padeció cuando lo trajo al mundo empezó a...
Jamie.—¡No empezó por su gusto!
Tyrone.—No la culpo, Jamie.
Jamie.—(Mordaz,) ¿A quién culpas, entonces? ¿A Edmund por haber nacido?
Tyrone.—¡Imbécil! Nadie tuvo la culpa.
Jamie.—¿Cómo que no? La culpa fue de aquel hijo de puta del médico34. Según mamá, era otro matasanos como Hardy. Claro, ¿cómo ibas tú a llamar a un buen...?
Tyrone.—¡Mientes! (Furioso.) ¡Así que yo tengo la culpa! Eso es lo que quieres decir ¿no? ¡Mal hijo! ¡Inútil!
Jamie.—(Le indica con un gesto que su madre se aproxima al salón.) ¡Shhh!
(Tyrone se levanta rápidamente y se dirige hacia la ventana de la derecha. Jamie continúa hablando en un tono totalmente distinto.)
Bueno, si hay que podar el seto de la entrada, más vale que empecemos.
(Mary entra por la puerta del saloncito. Mira a ambos rápidamente, como si sospechara algo, con aire nervioso.)
Tyrone.—(Se vuelve simulando cordialidad.) Sí, vamos. Hace una mañana demasiado hermosa para desperdiciarla discutiendo aquí dentro. Mira, Mary, ya no hay niebla en el puerto. Se ha levantado.
Mary.—(Aproximándose a él.) Eso espero, querido. (A Jamie, forzando una sonrisa.) ¿Te he oído decir que vais a podar el seto de la entrada, Jamie? ¡No lo puedo creer! ¡Debes necesitar dinero con mucha urgencia!
Jamie.—(En broma.) ¿Y cuándo no? (Le guiña un ojo mientras dirige a su padre una mirada burlona.) ¡Espero cobrar el sábado un buen jornal para poder irme de juerga!
Mary.—(No le sigue la broma. Se arregla nerviosa el vestido.) ¿Por qué estabais discutiendo?
Jamie.—(Se encoge de hombros.) Por lo mismo de siempre.
Mary.—Me ha parecido escuchar algo de un médico y que tu padre te acusaba de tener una mente sucia.
Jamie.—(Con presteza.) ¡Ah, eso! Pues estaba diciendo que el doctor Hardy no es lo que yo consideraría el mejor médico del mundo.
Mary.—(Sabe que miente. Vagamente.) Oh, no. Yo tampoco lo diría. (Cambia de tema y fuerza una sonrisa.) ¡Esa Bridget!. Creí que nunca iba a dejarme en paz. Me ha estado contando la vida y milagros de un primo segundo suyo, ese que es policía en San Luis. (Nerviosa e irritada.) Bueno, si ibais a podar el
seto, ¿por qué no os vais? (Rápidamente.) Quiero decir que deberíais aprovechar que ahora hace sol, porque luego volverá a caer la niebla. (Para sí.) Seguro que caerá la niebla. (De repente se da cuenta de que ambos la están mirando fijamente y se mira las manos.) Me duelen tanto las manos que con toda seguridad sé que esta tarde volverá a caer la niebla. El reuma predice el tiempo mucho mejor que tú, James. (Se contempla las manos con una mezcla de asco y fascinación.) ¡Uf! ¡Son horribles! Nadie creería lo hermosas que eran antes. (Ambos la miran con creciente temor.)
Tyrone.—(Le toma las manos y las aparta de su vista.) Vamos, vamos, Mary. Deja de decir tonterías. Son las manos más bellas del mundo.
(Ella sonríe con el rostro alegre y le besa agradecida. Tyrone se vuelve hacia su hijo.)
Vamos, Jamie. Tu madre tiene razón en reñirnos. Hay que ponerse a trabajar. Además, con este sol, podrás quitarte parte de los kilos que te has echado encima con tanto beber.
(Abre la puerta y sale al porche desapareciendo escaleras abajo. Jamie se levanta, se quita la chaqueta y se dirige hacia la puerta. Una vez allí, se vuelve intentando evitar la mirada de su madre, pero ella tampoco le mira.)
Jamie.—(Con extraña ternura.) Todos estamos orgullosos de ti, mamá. Estamos muy contentos. (Ella se queda rígida y le mira asustada y a la defensiva.) Pero todavía has te tener cuidado. No debes preocuparte tanto por Edmund. Ya verás como se pone bien.
Mary.—(Le mira resentida.) ¡Claro que se pondrá bien! No sé de que tengo que tener cuidado.
Jamie.—(Desairadoy dolido, se encoge de hombros.) Vale, mamá. Siento haberlo dicho.
(Sale al porche. Ella espera, rígida, hasta que desaparece por la escalera. Entonces se deja caer en la silla que él había ocupa-
do. Su rostro evidencia una sorda desesperarían, mientras que sus manos juguetean nerviosamente con los objetos que hay sobre la mesa. Edmund baja por la escalera que conduce a la entrada principal. Al llegar al final sufre un ataque de tos. Ella se pone rápidamente en pie, como si quisiera escapar de lo que acaba de oír, y se dirige con presteza a la ventana de la derecha. Cuando Edmund entra, ella está mirando por la ventana, aparentemente serena. Trae un libro en la mano. Mary se vuelve hacia él; en sus labios se dibuja una sonrisa maternal.)
Mary.—Vaya, estás aquí. Iba a buscarte.
Edmund.—Estaba esperando a que se marcharan. No tengo ganas de discutir. Me encuentro fatal.
Mary.—(Casi de mal humor.) Bueno, no estarás tan mal como dices. Eres como un niño. Te gusta tenernos a todos pendientes de ti. (Con presteza.) Es una broma, cariño. Ya supongo lo incómodo que debes estar. Pero hoy te sientes mejor, ¿verdad? (Preocupada le toma del brazo.) De cualquier forma, te estás quedando muy delgado. Tienes que hacer reposo. Siéntate y te pondré cómodo. (Se sienta en la mecedora y ella le pone un cojín en la espalda.) Así. ¿Qué tal?
Edmund.—Estupendo. Gracias, mamá.
Mary.—(Le besa dulcemente.) Lo que necesitas es que te cuide tu madre. A pesar de lo grande que eres, ya sabes que todavía sigues siendo mi bebé.
Edmund.—(La toma de la mano. Serio.) No te preocupes por mí. Tienes que cuidarte. Eso es lo que importa.
Mary.—(Evitando mirarle a los ojos.) Pero si ya me cuido, cariño. (Fuerza una sonrisa.) ¿Es que no ves lo gorda que me he puesto? Voy a tener que sacarme todos los vestidos.
(Se da la vuelta y se dirige hacia la ventana de la derecha. Intenta hablar en tono ligero y divertido.)
Ya han empezado a podar el seto. ¡Pobre Jamie! Lo poco que le gusta trabajar en la parte delantera del jardín porque le ve la gente que pasa por la carretera... Ahí van los Chatfield en su Mercedes nuevo. Es bonito ¿verdad? No como nuestro
Packard de segunda mano. ¡Pobre Jamie! Se ha agachado detrás del seto para que no le vean. Han saludado a tu padre y él les ha devuelto el saludo como si estuviera en un escenario. ¡Con ese traje viejo y asqueroso que tantas veces he intentado tirar a la basura! (Se percibe en su voz cierta amargura.) La verdad es que si tuviera un poco más de amor propio, no se pondría en ridículo.
Edmund.—Yo creo que hace bien al no dar importancia a lo que diga la gente. Jamie es idiota por avergonzarse ante los Chatfield. ¡Si nadie los conoce fuera de este poblacho!
Mary.—(Satisfecha.) Es verdad, Edmund. Tienes razón. No son nadie fuera de aquí. Jamie es bobo. (Hace una pausa y continúa mirando por la ventana. Nostálgica.) De todas formas, los Chatfield y la gente de su clase significan algo. Tienen casas bonitas y bien puestas. No tienen que avergonzarse de ellas ante los demás. Reciben a sus amigos, quienes, a su vez, los invitan a ellos. No viven aislados de los demás. (Se vuelve.) No es que quiera formar parte de esa gente. Ya sabes que nunca me han gustado ni este pueblo ni sus habitantes. Para empezar, nunca he querido vivir aquí, pero a tu padre le gustaba este sitio y se empeñó en hacerse una casa. Así que, desde entonces, he tenido que volver todos los veranos.
Edmund.—Bueno. Esto es mejor que pasarse el verano metido en un hotel de Nueva York ¿no? Y el pueblo no está tan mal. A mí me gusta. Supongo que porque es el único hogar que he tenido.
Mary.—Yo nunca lo he considerado mi hogar. Desde el principio todo estuvo mal. Tu padre no quería gastarse el dinero necesario para que las cosas quedaran bien, así que nada es de buena calidad. Por eso no tenemos amigos aquí41. Me daría vergüenza que entraran por esa puerta. Pero tu padre tampoco ha querido hacer amigos. No le gusta hacer visitas ni recibir, sino irse al Club o a charlar en un bar. Como hacéis Jamie y tú, pero la culpa no es vuestra. No habéis tenido ocasión de conocer a personas presentables42. Si hubierais podido salir con chicas decentes en lugar de... no habríais llevado esa vida que os ha hecho caer en desgracia. Ahora ninguna familia respetable os permitiría salir con sus hijas.
Edmund.—(Irritado.) ¡Oh, mamá, olvídalo! ¿Qué más da? Jamie y yo nos moriríamos de aburrimiento con una chica de esas. Y para qué vamos a hablar del Viejo. No se le puede cambiar.
Mary.—(Mecánicamente.) No llames así a tu padre. Deberías ser más respetuoso. (Con desgana.) Ya sé que hablar no sirve de nada. Pero algunas veces me siento tan sola... (Le tiemblan los labios y vuelve la mirada.)
Edmund.—Tienes que ser justa, mamá. A lo mejor la culpa fue suya al principio, pero ya sabes que luego, aunque hubiese querido él, no habrías podido recibir visitas... (Culpable, intenta arreglarlo.) Vaya, que no te habría apetecido.
Mary.—(Al borde del llanto.) Cállate. No hace falta que me lo recuerdes.
Edmund.—Por favor, no lo tomes así, mamá. Estoy intentando ayudarte. No está bien olvidar todo, hay que recordar ciertas cosas. Así siempre estarás alerta. Ya sabes lo que te ha ocurrido otras veces. (Angustiado.) ¡Por Dios, mamá! Tú sabes que no me gusta recordártelo. Si lo hago ahora es porque ha sido tan maravilloso tenerte otra vez en casa, que te encuentres tan bien... Sería terrible que...
Mary.—(Conmovida.) Por favor, cariño, ya sé que lo haces con la mejor intención, pero... (Su voz se llena de inquietud.) No veo por qué has de decir esas cosas. ¿Qué te pasa esta mañana?
Edmund.—(Evasivo.) Nada. Supongo que al no encontrarme bien, estoy un poco triste.
Mary.—No me mientas. ¿Por qué estás tan suspicaz de repente?
Edmund.—¿Yo?
Mary.—Sí, tú. Y tu padre. Y Jamie también. Especialmente Jamie.
Edmund.—Bueno, mamá, no empieces a imaginarte cosas.
Mary.—(Agitando las manos.) Vivir en este ambiente lleno de constantes sospechas, me hace las cosas mucho más difíciles. Todos estáis al acecho y ninguno os fiáis de mí. No tenéis confianza.
Edmund.—No digas tonterías. ¡Claro que tenemos confianza en ti!
Mary.—Si pudiera ir a pasar el día a algún sitio... Aunque sólo fuera una tarde... Si, por lo menos, tuviera alguna amiga con quien charlar, aunque fuera de cosas sin importancia, de nada serio... Poder olvidar por unas horas... Poder hablar con alguien que no sean las criadas... No con esa idiota de Cathleen.
Edmund.—(Preocupado, se pone en pie y la rodea con un brazo.) Basta ya, mamá. Te estás angustiando sin razón.
Mary.—Tu padre se marcha por ahí con sus amigos. Al club o un bar. Y Jamie y tú también os vais. Tenéis vuestros amigos. Pero yo me quedo sola. Siempre he estado sola.
Edmund.—(Intentando consolarla.) Vamos, vamos. Sabes que no es así. Siempre nos quedamos alguno para hacerte compañía o salimos contigo a dar una vuelta en el coche.
Mary.—(Con amargura.) ¡Porque no os atrevéis a dejarme sola! (Se vuelve hada él.) Insisto en que me digas por qué estás tan raro esta mañana. ¿Por qué me has tenido que recordar que...?
Edmund.—(Tras vacilar un instante, dice con aire culpable.) A lo mejor es una tontería, pero anoche cuando entraste en mi habitación no estaba dormido. No volviste a tu cuarto con papá. Te fuiste a la habitación de los huéspedes y pasaste allí toda la noche.
Mary.—¡Porque los ronquidos de tu padre me estaban volviendo loca! ¡Por amor de Dios! ¿Acaso es la primera vez que me voy a dormir al cuarto de los huéspedes? (Con amargura.) Ya veo lo que has creído... Eso era cuando...
Edmund.—(Excesivamente vehemente.) ¡No he creído nada!
Mary.—¡Así que te hiciste el dormido para espiarme!
Edmund.—No. Me hice el dormido porque sabía que, si te dabas cuenta de que tenía fiebre y no podía dormir, te ibas a preocupar.
Mary.—Seguro que Jamie también se hizo el dormido. Y tu padre...
Edmund.—¡Ya está bien, mamá!
Mary.—¡Oh, Edmund, no puedo soportar que hasta tú...!
(Empieza a atusarse el pelo con las manos de la forma nerviosa j distraída que suele adoptar. De repente parece que quisiera vengarse.)
¡Os estaría bien empleado que fuera verdad!
Edmund.—¡No digas eso, mamá! Es lo que dices cuando...
Mary.—¡Deja ya de sospechar de mi! ¡Cariño, por favor! ¡Me haces daño! Si no podía dormir, era porque no dejaba de pensar en ti. ¡Por eso! Estoy muy preocupada por ti desde que caíste enfermo. (Le abraza con ternura. Asustada.)
Edmund.—(Tranquilizador.) Eso son bobadas. Sabes que sólo tengo un catarro.
Mary.—Sí. Claro.
Edmund.—Pero, escucha, mamá. Quiero que me prometas que no vas a preocuparte aunque tenga algo más grave. Antes o después acabaré por ponerme bien. Y que vas a seguir cuidándote.
Mary.—(Asustada.) No me gusta que digas tonterías. ¿Cómo ibas a tener algo más grave? ¡Y claro que te lo prometo! Palabra de honor. (Amargamente.) Vas a decir que he dado tantas veces mi palabra y luego...
Edmund.—¡No!
Mary.—(Su amargura se convierte en impotencia.) No te culpo de nada cariño. ¿Cómo ibas a poder evitarlo? No podemos olvidar que...
Edmund.—(La toma por los hombros.) ¡Mamá! ¡Ya está bien!
Mary.—(Con una sonrisa forzada.) Bueno, cariño, no quería ponerme tan triste. No me hagas caso. A ver, vamos a ver si tienes fiebre. No. Tienes la frente fría. Desde luego, ahora no tienes.
Edmund.—¿Olvidar? Eres tú quien...
Mary.—Pero si yo me encuentro muy bien, cariño. (Le mira calculadora, casi con astucia, deforma extraña.) Un poco cansada y nerviosa después de pasar tan mala noche. La verdad es que me vendría bien echarme un rato hasta la hora de comer.
(Edmund la mira instintivamente como si sospechara algo. Luego aparta la mirada avergonzado. Ella continúa apresuradamente.)
¿Que vas a hacer tú? ¿Leer? Te sentaría bien tomar el aire. Pero, si sales, no te acalores. Llévate un sombrero para el sol.
(Se detiene y le mira fijamente. El evita su mirada. Hay una pausa tensa. Luego ella dice burlona.)
¿O es que no te atreves a dejarme sola?
Edmund.—(Atormentado.) ¡No! ¿Quieres hacer el favor de no decir esas cosas? Creo que deberías acostarte un rato. (Se encamina hada la puerta. Forzando un tono de broma.) Voy a echar una mano a Jamie. Me encanta estar tumbado a la sombra viéndole trabajar.
(Suelta una carcajada fornida y ella le imita. Luego sale al porche y desaparece escaleras abajo. Mary muestra una primera reacción de alivio y parece relajarse. Se deja caer en uno de los sillones de mimbre, echa la cabeza hacia atrás y cierra los ojos. Pero, súbitamente, vuelve a ponerse en tensión. Abre los ojos y mira a su alrededor dominada por el pánico y los nervios. Comienza una desesperada batalla consigo misma. Sus largos dedos, retorcidos por el reúma, tamborilean sobre los brazos del sillón, como si estuvieran dotados de movimiento, independientes de su voluntad.)




SEGUNDO ACTO


PRIMERA ESCENA
Escena
La misma. Son alrededor de la una menos cuarto. El sol ja no entra en la habitación por las ventanas de la derecha. En el exterior el día es todavía bueno, pero bochornoso, mientras que una ligera neblina suaviza los rayos del sol. Edmund está sentado en el sillón situado a la izquierda de la mesa leyendo un libro. Más bien está intentando concentrarse en la lectura, pero no lo consigue. Da la impresión de estar escuchando algún ruido procedente del piso superior. Parece más nervioso y tiene peor aspecto que en el acto anterior.
Cathleen entra procedente del saloncito. Lleva una bandeja con una botella de whisky, varios vasos altos y una jarra de agua con hielo. Es una rolliza campesina irlandesa de unos veinte años de rostro sonrosado y agradable, pelo negro y ojos azules (simpática, ignorante, desmañada y estúpida). Coloca la bandeja sobre la mesa. Edmund finge estar totalmente absorbido en la lectura y no le presta atención, pero ella lo ignora.
Cathleen.—(Con familiaridad y desparpajo.) Aquí está el whisky. Ya es casi la hora de comer. ¿Llamo a su padre y al señorito Jamie o les llama usted?
Edmund.—(Sin apartar la vista del libro.) Llámalos tú.
Cathleen.—Ya podría su padre mirar de vez en cuando el reloj. Siempre se las apaña para que comamos tarde, y entonces Bridget me pone verde, como si yo tuviera la culpa. Pero
es un hombre muy guapo aunque ya sea viejo. Usted nunca será tan guapo, ni tampoco el señorito Jamie. (Suelta una risita.) ¡Pero lo que es al señorito Jamie, no se le pasaría la hora de tomarse un trago si tuviera reloj!
Edmund.—(Deja de intentar ignorarla y le hace una mueca.) ¡Mira qué lista!
Cathleen.—¿Es que se cree usted que soy tonta? Pues mire, lo que usted quiere es que vaya a avisarles para poder tomarse un trago por su cuenta antes de que vengan.
Edmund.—Mira, pues no se me había ocurrido...
Cathleen.—¡Claro, cómo se le iba a ocurrir a usted una cosa así!
Edmund.—Pero ahora que lo dices...
Cathleen.—(Repentinamente adopta un aire virtuoso.) Jamás sugeriría a ningún hombre ni a ninguna mujer que probasen una sola gota de alcohol, señorito Edmund. De eso se murió un tío mío en Irlanda. (Echa marcha atrás.) Claro, que una gota de vez en cuando, no hace mal a nadie. Sobre todo cuando estás triste o tienes un catarro.
Edmund.—Gracias por la excusa. (Con forzada indiferencia.) Más vale que también llames a mi madre.
Cathleen.—¿Por qué? Siempre es puntual. No hace falta avisarla. Que Dios la bendiga por lo bien que se porta con los criados.
Edmund.—Está dormida.
Cathleen.—Pues cuando terminé de arreglar el piso de arriba no lo estaba. Estaba echada en la cama del cuarto de los huéspedes con los ojos bien abiertos. Me dijo que le dolía mucho la cabeza.
Edmund.—(Su indiferencia es todavía más forzada.) Bueno, pues entonces avisa a mi padre.
Cathleen.—(Se dirige hacia la puerta, refunfuñando, pero sin perder su buen humor.) No es de extrañar que por las noches una acabe con los pies hechos polvo. No pienso salir con este sol. A ver si me da una insolación. Les llamaré desde el porche.
(Sale al porche dejando que la puerta se cierre de golpe tras ella. Un momento después se la oye gritar.)
¡Señor Tyrone! ¡Señorito Jamie! ¡Ya es la hora!
(Edmund que ha permanecido con la mirada fija y atemorizada, se olvida del libro j se pone en pie de un salto.)
Edmund.—¡Dios mío!
(Toma la botella y se sirve un whisky, le añade agua y bebe. Al hacerlo oye que alguien se aproxima por la puerta principal. Apresuradamente deja el vaso en la bandeja y vuelve a sentarse, abriendo el libro. Jamie entra por el salón, con la chaqueta al brazo. Se ha quitado el cuello de la camisa y la corbata y los lleva en la mano. Con un pañuelo se limpia el sudor de la frente. Edmund le mira como si acabase de interrumpir su lectura y sonríe con cinismo.)
Jamie.—¿Con que aprovechándote, eh? No disimules, chico. Eres peor actor que yo.
Edmund.—(Hace una mueca.) Sí, me he tomado un trago.
Jamie.—(Afectuosamente le pone una mano en el hombro.) Así está mejor. ¿Por qué querías engañarme? Somos amigos, ¿no?
Edmund.—No sabía si eras tú quien venía.
Jamie.—Obligué al viejo a mirar el reloj. Cuando yo estaba a mitad de camino, Cathleen empezó a dar voces. ¡Nuestra alondra irlandesa! ¡Debería ser pregonera!
Edmund.—Por eso me puse una copa. ¿Por qué no haces lo mismo ahora que puedes?
Jamie.—Eso mismo estaba pensando. (Se dirige con rapidez a la ventana de la derecha.) El viejo estaba charlando con el capitán Turner44. Todavía sigue. (Regresay se toma una copa.) Ahora hay que ocultárselo a Ojo de Águila. Cada vez que se toma una copa se fija en el nivel del whisky que queda en la botella.
(Llena el vaso con tanta agua como whisky han bebido, la echa dentro de la botella y la agita.)
Ya está.
(Llena el vaso de agua y lo coloca sobre la mesa al lado de Edmund.)
Y aquí está tu agua.
Edmund.—¡Estupendo! Pero no pensarás que vas a engañarle.
Jamie.—A lo mejor no le engaño, pero no tendrá pruebas. (Se pone el cuello de la camisa y la corbata.) Esperemos que no se le olvide que es la hora de comer con tanto escucharse a sí mismo. Estoy muerto de hambre. (Se sienta al otro lado de la mesa frente a Edmund.) Eso es lo que me fastidia de trabajar en la parte de la carretera. Cada vez que pasa alguno de esos imbéciles hace un numerito.
Edmund.—(Con tristeza.) Tienes suerte al tener hambre. Tal como me siento, me importa un rábano no volver a comer en mi vida.
Jamie.—(Le mira preocupado.) Mira, chico, ya me conoces. Nunca te he echado sermones, pero el doctor Hardy tenía razón cuando te advirtió que dejaras de beber.
Edmund.—Lo voy a dejar en cuanto me dé esta tarde las malas noticias. Que me tome ahora un par de copas va a dar igual.
Jamie.—(Dubitativo.) Me alegro de que estés preparado para oír malas noticias. No lo pasarás tan mal. (Se da cuenta de que Edmund le está mirando fijamente.) Bueno, lo que quiero decir es que, bueno, que no estás bien y que con engañarte a ti mismo no ibas a conseguir nada.
Edmund.—(Incómodo.) No me engaño. Demasiado bien sé que lo mal que me siento y la fiebre y los escalofríos que tengo por la noche no son ninguna broma. Creo que lo último que me diagnosticó el doctor Hardy era cierto. Debe ser otra vez la dichosa malaria.
Jamie.—A lo mejor. Pero no estés tan seguro.
Edmund.—¿Por qué? ¿Tú crees que puede ser?
Jamie.—¿Cómo cono lo voy a saber? Yo no soy médico. (Bruscamente.) ¿Dónde está mamá?
Edmund.—Arriba.
Jamie.—(Le mira inquisitivamente.) ¿Cuándo subió?
Edmund.—Cuando yo me acerqué al seto, más o menos. Dijo que iba a echarse un rato.
Jamie.—No me dijiste que...
Edmund.—(A la defensiva.)  ¿Por qué tenía que hacerlo?
¿Qué pasa? Estaba cansada. Anoche casi no durmió.
Jamie.—Ya lo sé. (Pausa. Los hermanos evitan mirarse.)
Edmund.—Esa maldita sirena del faro tampoco me dejó dormir a mí. (Otra pausa.)
Jamie.—O sea que ha estado arriba toda la mañana ella sola. ¿Has subido a verla?
Edmund.—No. He estado leyendo. Quería dejarla dormir.
Jamie.—¿Va a bajar a comer?
Edmund.—Claro.
Jamie—(Secamente.) No lo veo tan claro. A lo mejor no le apetece comer. Ya sabes que algunas veces ha empezado a comer sola en el piso de arriba y...
Edmund.—(Asustado y resentido.) ¡Vale ya, Jamie! ¿Es que no se te ocurren más que...? (Intentando convencerle.) No tienes por qué sospechar nada. Cathleen acaba de verla. Mamá no le dijo que no pensase bajar a comer.
Jamie.—¿Entonces no estaba dormida?
Edmund.—En aquel momento no, pero estaba echada, según Cathleen.
Jamie.—¿En el cuarto de los huéspedes?
Edmund.—Sí. ¿Y qué?
Jamie.—(Estalla.) ¡Imbécil! ¿Cómo la has dejado sola tanto tiempo? ¿Por qué no has subido a ver qué hacía?
Edmund.—Porque me ha acusado —y a ti y a papá— de estar espiándola y de no fiarnos de ella. Me hizo sentirme avergonzado. ¿Te imaginas cómo se debe sentir? Me dio su palabra de honor de que...
Jamie.—(Hastiado.) Deberías saber que eso da igual.
Edmund.—¡Esta vez no!
Jamie.—Eso es lo que hemos creído otras veces.
(Se inclina y a través de la mesa aprieta con afecto el brazo de su hermano.)
Mira, chico, ya sé que crees que soy un hijo de puta y un cínico, pero no olvides que he visto más cosas que tú. Hasta que empezaste el bachillerato no te enteraste de lo que pasaba.
Papá y yo hicimos todo lo posible para que no lo supieras. Pero diez años antes de que te lo dijéramos yo ya lo sabía. La conozco muy bien y llevo toda la mañana pensando en lo que anoche hizo cuando creyó que estábamos dormidos. No me lo he podido quitar de la cabeza. Y ahora me dices tú que se las ha arreglado para que la dejases sola toda la mañana.
Edmund.—¡No me dijo nada! ¡Estás loco!
Jamie.—(Contemporizador.) ¡Vale, chico! No te enfades conmigo. Espero que, como tú dices, sean locuras mías. Estaba tan contento pensando que esta vez... (Se detiene. A través del salón dirige la mirada haría el vestíbulo. Baja la voz apresuradamente.) Está bajando. Has ganado. Supongo que soy un desconfiado de mierda.
(Los dos están tensos y a la expectativa. Jamie dice entre dientes.)
¡Vaya! ¡Debería haberme tomado otra copa!
Edmund.—Yo también.
(Carraspea nervioso, lo que le provoca un verdadero ataque de tos. Jamie le mira preocupado. Mary entra al salón principal. Al principio no se le nota nada extraño, excepto que quizá está menos nerviosa, más o menos igual que antes del desayuno, pero luego se percibe que tiene los ojos más brillantes y que tanto en su voz como en sus movimientos hay un extraño despego, como si sus propias palabras y actos no le perteneciesen.)

Mary.—(Se dirige preocupada haría Edmund le pasa un brazo por les hombros.) No debes toser. Es malo para la garganta. No querrás que, además del catarro, se te irrite.
(Le besa. El deja de toser y la mira con aprensión, pero a pesar de sus sospechas, su ternura le hace olvidarlas y sólo cree lo que quiere creer en este momento. Por otro lado, Jamie se da cuenta, tras una escrutadora mirada, de que sus sospechas son aertas. Se pone a mirar al suelo y su rostro muestra una expresión de agrio cinismo. Mary continúa, sentada en el brazo del sofá donde está Edmund, con el brazo sobre sus hombros, de tal modo que su rostro se encuentra por encima del suyo y él no puede verla.)
Parece que la he tomado contigo con tanto decirte no hagas esto ni aquello. Perdona, cariño. Es que quiero cuidarte.
Edmund.—Ya lo sé, mamá. ¿Y tú? ¿Has descansado?
Mary.—Sí. Estoy mucho mejor. He estado echada desde que saliste. Es lo que, de verdad, me hacía falta después de haber pasado semejante noche. Ya no estoy nerviosa.
Edmund.—Estupendo.
(Ella le da unos golpecitos con la mano en el hombro, Jamie le mira deforma extraña, casi con desprecio, preguntándose si su hermano realmente siente lo que dice. Edmund no lo nota, pero su madre sí.)
Mary.—(En un forzado tono de broma.) ¡Dios mío, Jamie! Pareces preocupadísimo. ¿Qué te pasa ahora?
Jamie.—(Sin mirarla.) Nada.
Mary.—¡Huy! Se me había olvidado que has estado podando el seto de la carretera. Eso es lo que te ha puesto de mal humor ¿eh?
Jamie.—Si tú lo dices, mamá...
Mary.—(En el mismo tono.) Bueno, siempre te pasa igual, ¿no? ¡Eres un crío! ¿Verdad, Edmund?
Edmund.—Es idiota por preocuparse de lo que diga la gente.
Mary.—(De forma extraña.) Sí. Lo que hay que hacer es olvidarse de ellos.
(Se da cuenta de que Jamie la está mirando con amargura y cambia de tema.)
¿Dónde está vuestro padre? He oído a Cathleen que le llamaba.
Edmund.—Según Jamie, de charla con el capitán Turner; como siempre, llegará tarde.
(Jamie se levanta y se acerca a la ventana de la derecha, aliviado por poder darles la espalda.)
Mary.—Le he dicho mil veces a Cathleen que vaya a buscarlo donde esté y que se lo diga allí. ¡Mira que ponerse a dar voces como si esto fuera una taberna!
Jamie.—(Mirando por la ventana.) Allí está. (Burlón.) ¡Debería ser más respetuosa y no interrumpir a la famosísima Voz!.
Mary.—(Con presteza y dejándose llevar por el resentimiento.) ¡Tú sí que deberías tener más respeto! ¡Deja de burlarte de tu padre! ¡No lo permitiré! ¡Deberías estar orgulloso de ser su hijo! Como todo el mundo, tiene sus defectos. ¡Pero gracias a su propio trabajo ha logrado salir de la miseria y de la ignorancia y llegar a la cima dentro de su profesión! Todos le admiran y tú deberías ser el último en burlarse de él. ¡Tú, que, gracias a tu padre, nunca has tenido que matarte a trabajar!
(Jamie, molesto, se ha vuelto a mirarla acusador y lleno de animadversión. Ella pestañea sintiéndose culpable y continúa en tono más suave.)
Recuerda que tu padre se está haciendo viejo, Jamie. Deberías tener más consideración.
Jamie.—¿Yo?
Edmund.—(Intranquilo.) ¡Déjalo Jamie! (Jamie se pone a mirar otra vez por la ventana.) Mamá, por amor de Dios, ¿por qué te metes con Jamie?
ary.—(Enfadada.) Porque siempre tiene que estar burlándose de alguien, siempre tiene que sacar a relucir los defectos de los demás. (Abruptamente cambia de tono hablando de forma impersonal con despego.) Aunque supongo que la vida le ha hecho así y que no puede evitarlo. Nadie puede pasar por alto lo que le hace la vida. Las cosas suceden sin que te des cuenta y luego se interponen entre lo que eres y lo que te gustaría ser hasta que acabas por no ser tú mismo.
(Edmund siente cierta aprensión ante las palabras de su madre. Intenta mirarla a los ojos, pero ella aparta la mirada. Jamie se vuelve hacia ella y rápidamente vuelve a mirar por la ventana.)
Jamíe.—(Fríamente.) Tengo hambre. ¡A ver si el viejo se decide a venir! No hay derecho a que nos haga esperar antes de las comidas y luego se queje de que todo está frío.
Mary.—(Con resentimiento, de manera automática y superficial.) Sí, Jamie, es desesperante. No te imaginas hasta qué punto. No te imaginas lo que es intentar llevar una casa con unos criados que saben que su empleo no es permanente. Los buenos criados se van con las familias que tienen una casa durante todo el año, no sólo en verano. Y tu padre ni siquiera quiere pagar los sueldos que piden para el verano. Así que cada temporada tengo que apañármelas con una serie de palurdos idiotas. Pero ya me has oído quejarme mil veces. El también. Pero le entra por un oído y le sale por el otro. Dice que gastarse dinero en una casa es desperdiciarlo. Ha vivido en hoteles demasiado tiempo. Nunca en los mejores, por supuesto. De segunda categoría. No sabe lo que significa tener un hogar. Pero lo quiere tener. Hasta está orgulloso de esta casa. Le encanta venir aquí. (Se ríe, un poco triste, pero con cierto humor.) La verdad es que, si lo piensas, incluso tiene gracia. Es una persona rara.
Edmund.—(Intentando de nuevo mirarla a los ojos.) ¿A qué viene eso, mamá?
Mary.—(Con presteza j sin darle importancia. Le da un cachetito en la mejilla.) Por nada en especial, cariño. Bobadas. (Mientras está hablando, Cathleen entra por el saloncito.)
Cathleen.—(Con ligereza.) La comida está servida, señora. Fui a avisar al señor Tyrone, como usted me ordenó, pero ha seguido hablando con ese señor, contándole lo que pasó cuando...
Mary.—(Indiferente.) Bien, Cathleen. Dile a Bridget que lo siento, pero que tendrá que esperar hasta que el señor Tyrone llegue.
(Cathleen murmura «Sí, señora» y sale por el saloncito, hablando entre dientes.)
Jamie.—¡Mierda! ¿Por qué no empezamos sin él? Nos lo ha dicho otras veces.
Mary.—(Sonriendo indiferente.) Lo dice por decir. ¿Es que todavía no conoces a tu padre? Le molestaría muchísimo.
Edmund.—(Se pone en pie, como si hubiese encontrado una excusa para marcharse.) Voy a decirle que venga. (Sale por el porche. Un momento más tarde se le oye gritar con exasperación.) ¡Papá! ¡Ven! ¡Que nos vamos a pasar el día esperándote!
(Mary se ha levantado del brazo del sillón en que estaba sentada. Sus manos tamborilean nerviosas sobre la mesa. Sin mirar a Jamie, nota su cínica mirada dirigida a su rostro y a sus manos.)
Mary.—(Tensa.) ¿Qué miras?
Jamie.—Ya lo sabes (Se vuelve hacia la ventana.)
Mary.—No lo sé.
Jamie.—¡Vamos, mamá! ¿Es que crees que me vas a engañar? No estoy ciego.
Mary.—(Le mira directamente, con expresión tozuda.) No sé de que me hablas.
Jamie.—¿No? Pues mírate en el espejo.
Edmund.—(Entra por el porche delantero.) Ya viene papá. Estará aquí dentro de un minuto. (Mira a los dos. Su madre le evita. Intranquilo.) ¿Qué ha pasado? ¿Qué pasa mamá?
Mary.—(Aliviada por su llegada, se deja llevar por los nervios.) Tu hermano debería avergonzarse de sí mismo. No sé que ha estado insinuando.
Edmund.—(Se vuelve hacia Jamie.) ¡Imbécil!
(Amenazador, da un paso en dirección a él. Jamie le da la espalda y se encoge de hombros.)
Mary.—(Todavía más alterada, toma a Edmund por el brazo-Excitada.) ¡Estáte quieto ahora mismo! ¿Me oyes? ¡Cómo te atreves a usar ese lenguaje en mi presencia! (Bruscamente, tanto su tono como su actitud se tiñen de la extraña indiferenáa anterior.) No tienes razón al echar la culpa a tu hermano. No puede evitar ser como es. Como le pasa a tu padre. Y a mí. Y a ti.
Edmund.—(Asustado, intenta mantener la esperanza.) ¡Miente! ¿Verdad, mamá?
Mary.—(Desviando la mirada.) ¿En qué miente? Parece que estás jugando con Jamie a los acertijos. (Sus ojos se encuentran con su mirada acusadora y asustada. Balbucea.) ¡Edmund! ¡No!
(Aparta la mirada e instantáneamente vuelve a mostrar un extraño despecho. Con calma.)
Tu padre está subiendo las escalera. Voy a avisar a Bridget.
(Sale por el saloncito. Edmund se aproxima lentamente a su silla. Tiene aspecto enfermizo y angustiado.)
Jamie.—(Desde la ventana sin moverse.) Bueno, ¿qué te parece?
Edmund.—(Se niega a aceptar nada delante de su hermano, mostrando una débil resistencia.) ¿Que qué me parece qué? Eres un mentiroso.
(Jamie vuelve a encogerse de hombros. Se oye cerrarse la puerta del porche. Edmund habla con frialdad.)
Aquí está papá. Espero que se relaje un poco con ayuda de la botella. (Tyrone entra desde el salón. Se pone la chaqueta.)
Tyrone.—Siento haberme retrasado. El capitán Turner se puso a hablar y cuando empieza no hay quien le haga callar.
Jamie.—(Secamente, sin volverse.) Querrás decir que se ha puesto a escuchar.
(Su padre le mira con desaprobación. Se acerca a la mesa y comprueba la cantidad de whisky que hay en la botella. Jamie lo nota sin volverse.)
No te preocupes. No ha disminuido.
Tyrone.—No estaba midiéndolo. (Cáusticamente.) Como si eso significara algo cuando tú estás cerca. Conozco muy bien los trucos que empleas.
Edmund.—(Hastiado.) ¿No has dicho que íbamos a tomar un trago?
Tyrone.—(Frunce el entrecejo.) Me parece bien que Jamie se tome un trago después de haberse pasado la mañana trabajando, pero tú no. El doctor Hardy...
Edmund.—¡Que se vaya al infierno el doctor Hardy! No me voy a morir por tomarme un trago. Lo necesito, papá.
Tyrone.—(Le mira preocupado y simula cordialidad.) Pues venga. Siempre he dicho que un trago de buen whisky con moderación y antes de las comidas, es lo mejor para abrir el apetito.
(Edmund se pone en pie cuando su padre le pasa la botella. Se sirve una generosa cantidad. Tyrone frunce el ceño.)
He dicho con moderación. (Se sirve y le pasa la botella a Jamie.) La moderación no va contigo ¿verdad?
(Jamie le ignora y se sirve con generosidad. Su padre gruñe entre dientes y, dándose por venado, adopta su aire cordial y le levanta su vaso.)
Bueno, ¡salud y felicidad! (Edmund sonríe amargamente.)
Edmund.—¿Estás de broma?
Tyrone.—¿Por qué?
Edmund.—Por nada. (Beben.)
Tyrone.—(Percibe el ambiente enrarecido.) ¿Qué ha pasado aquí? El ambiente está tan tenso que se podría cortar con un cuchillo. (Se vuelve a Jamie con resentimiento.) Si ya te has tomado tu trago ¿a que viene ese aire tan tenebroso?
Jamie.—(Se encoge de hombros.) Ya lo verás dentro de un rato.
Edmund.—Cállate, Jamie
Tyrone.—(Intranquilo, cambia de tema.) Creí que la comida estaba servida. ¿Dónde está vuestra madre?
Mary.—(Regresa desde el salonáto. Les llama.) Aquí estoy.
(Entra. Aparece excitada j nerviosa. Cuando habla mira a todos lados excepto a ellos.)
He tenido que tranquilizar a Bridget. Estaba furiosa porque otra vez llegaste tarde y no le falta razón. Dice que allá tú si la comida se pasa por haber tenido que meterla en el horno. (Cada vez más nerviosa.) ¡Estoy hasta la coronilla de intentar vivir como si esto fuera de verdad un hogar! ¡No me ayudáis lo más mínimo! ¡No hacéis nada! ¡No sabes cómo comportarte en una casa! ¡Porque no quieres tenerla! ¡Nunca has querido, ni cuando nos casamos! ¡Deberías haberte quedado soltero viviendo en hoteluchos de mala muerte y yéndote de borrachera con tus amigos!. (Como si hablase consigo misma, dice deforma extraña.) Y así no habría pasado nada.
(Se quedan mirándola. Tyrone se da cuenta de lo que sucede. Repentinamente parece un anciano cansado j amargado. Edmund le mira y percibe que se ha dado cuenta, pero, aún así, no puede evitar advertir a su madre.)
Edmund.—¡Mamá!, deja de hablar y vamos a comer.
Mary.—(Inmediatamente adquiere el aire despegado. Incluso sonríe para sus adentros con ironía.) Sí. No está bien que saque a relucir el pasado cuando Jamie y tu padre tienen hambre.
(Le pasa el brazo a Edmund por los hombros. Solícitamente, pero sin abandonar su tono remoto.)
Espero que tengas apetito, cariño. Tienes que comer más.
(Se queda mirando el vaso de whisky que hay sobre la mesa a su lado. Con presteza.)
¿Qué hace ese vaso ahí? ¿Has estado bebiendo? ¿Cómo puedes estar tan loco? ¿Es que no sabes que es lo peor que puedes hacer? (Se vuelve a Tyrone.) Tú tienes la culpa, James. ¿Por
qué se lo has permitido? ¿Es que quieres matarle? ¿No te acuerdas de mi padre? No paraba hasta que ya no podía más. Decía que los médicos son idiotas. Creía que el whisky es bueno para abrir el apetito, como tú. (Sus ojos adquieren una expresión aterrada. Balbucea.) Pero, claro, no hay punto de comparación. No sé por qué he... Perdóname por haberte dicho esas cosas, James. Un poquito de whisky no le sentará mal a Edmund. Si se le abre el apetito, hasta puede irle bien.
(Da un cachetito en la mejilla a Edmund, hablando con el mismo despego. El aparta la cabeza. Ella no parece notarlo, pero instintivamente se separa de él.)
Jamie.—(Bruscamente. Intenta ocultar su nerviosismo.) ¡Por amor de Dios! ¡Vamos a comer! He estado toda la mañana trabajando. Creo que me lo he ganado. (Por detrás de su padre se acerca a Edmund y le toma por los hombros sin mirar a su madre.) Vamos a llenarnos la barriga, chico.
(Edmund se levanta, sin mirar a su madre. Pasan a su lado y se dirigen hacia el saloncito.)
Tyrone.—(Hastiado.) Sí, muchachos. Acompañad a vuestra madre. Yo voy ahora mismo.
(Pero ellos no la esperan. Ella les mira dolida y, cuando entran al saloncito, les sigue. Tyrone tiene los ojos fijos en ella, triste y acusador. Mary lo nota y se vuelve con presteza, pero sin atreverse a mirarle.)
Mary.—¿Por qué me miras de esa manera? (Se lleva las manos al pelo.) ¿Estoy despeinada? Estaba tan cansada por la mala noche que he pasado que me he echado un rato. Me dormí un poquito y me ha sentado muy bien. Pero estoy segura de haberme arreglado el pelo antes de bajar. (Forzando una risita.) Aunque, como es natural, no encontraba las gafas. (Bruscamente.) ¡Deja de mirarme, por favor! Parece que me acusas de... (En tono pacificador.) ¡James, no comprendes que...!
Tyrone.—(Hastiado y con ira.) ¡Lo que comprendo es que me he comportado como un idiota al confiar en ti! (Se aparta de ella y se sirve una generosa ración de whisky.)
Mary.—(Con gesto desafiante.) No sé qué quieres decir con
eso de «confiar en mí». Sólo he sentido desconfianza y sospechas por tu parte. (Acusadoramente.) ¿Por qué sigues bebiendo? Creía que antes de comer solamente te tomabas uno. (Amargamente.) Ya. sé lo que va a pasar. Esta noche estarás borracho. Bueno, tampoco será la primera vez ¿verdad? Ni la milésima. (De nuevo adopta un tono suplicante.) ¡Por favor, James! ¿Es que no comprendes? Estoy tan preocupada por Edmund! Tengo miedo de que...
Tyrone.—No te justifiques, Mary. Me da igual.
Mary.—(Dolida.) ¿Quién se justifica? ¿Qué quieres decir? ¿No irás a pensar que...? ¡No, James, por favor! (Adopta de nuevo el aire despegado, sin dar importancia a lo que dice.) ¿Es que no vamos a comer, querido? Yo no tengo hambre, pero tú sí.
(Tyrone lentamente se aproxima hasta el lugar donde ella se encuentra, en el umbral. Camina como un anciano. Cuando llega a su lado, ella le dice suplicante.)
¡James! ¡He hecho tantos esfuerzos! ¡Tantos! ¡Por favor, créeme!
Tyrone.—(Conmovido a su pesar. Con tristeza.) Supongo que sí, Mary. (Lleno de pena.)
Mary.—(Nuevamente su rostro adopta una expresión tozuda.) No sé que quieres decir. ¿Qué es lo que tenía que haber seguido haciendo?
Tyrone.—(Sin esperanza.) No importa. Ya es igual.
(Echa a andar y ella se mantiene a su lado hasta que desaparecen por elsaloncito.)
Telón


SEGUNDA ESCENA
Escena
La misma, una media hora más tarde. La bandeja con la botella de whisky ha sido retirada de la mesa. Al levantarse el telón, la familia regresa del comedor. Mary entra la primera, procedente del saloncito. La sigue su marido. No se comporta con ella como lo hacia al principio del primer acto. Evita mirarla o roerla. Su rostro expresa una mezfla de desaprobación, cansancio y resignación. Jamie y Edmund siguen a su padre. El rostro de Jamie refleja cinismo y Edmund trata de imitar este gesto defensivo de su hermano pero no lo consigue. Se advierte claramente que está afligido y que se encuentra mal físicamente.
Mary de nuevo está terriblemente nerviosa, como si la tensión sufrida durante el almuerzo hubiera sido demasiado para ella. Pero, sin embargo, su rostro continúa expresando la extraña indiferencia que parece alejarla de la angustia provocada por su nerviosismo.
Al entrar, va diciendo un flujo de palabras que pronuncia casi mecánicamente, una rutinaria conversación familiar. No parece darse cuenta de que su familia presta tan poca atención a lo que dice como ella misma. Al hablar, se acerca a la izquierda de la mesa y permanece en pie mirando hacia el frente, mientras que con una mano se arregla mecánica e inconscientemente el vestido y con la otra tamborilea sobre la mesa. Tyrone enciende un puro y se dirige a la puerta corrediza, donde permanece mirando al jardín. Jamie llena una pipa que ha tomado de un tarro que hay sobre la librería del fondo. Edmund se sienta en una silla junto a la mesa, dando la espalda a su madre para no tener que mirarla.
Mary.—No sirve para nada discutir con Bridget. No te escucha. No puedo ponerme seria con ella, porque siempre me amenaza con marcharse. Hay veces que realmente hace lo que puede. Lo malo es que, precisamente en esas ocasiones, decides llegar tarde, James. Bueno, siempre queda el consuelo de pensar que, tal como guisa, nunca se sabe si hace lo que puede o si todo le da igual. (Se ríe divertida, pero distante, con indiferencia.) No importa. El verano está a punto de acabar, gracias a
Dios. Cuando empiece la temporada podremos volver a tus hoteluchos y a los viajes en tren. Los aborrezco, pero, al menos, no tienen por qué parecer un hogar, ni tengo que ocuparme de llevar la casa. ¿Cómo íbamos a esperar que Bridget y Cathleen se comportasen como si esto fuera una casa normal? Saben que no lo es. Nunca lo ha sido y nunca lo será.
Tyrone.—(Ásperamente, sin volverse.) No. Ya no lo podrá ser. Pero sí lo ha sido, antes de que tú...
Mary.—(Su rostro adopta una expresión obcecada.) ¿Antes de que yo qué?
(Se produce un silencio embarazoso. Ella vuelve a adoptar su aire distante.)
No, no. Digas lo que digas, no es cierto, querido. Nunca fue un hogar. Siempre has preferido irte al club o a un bar. Y, por lo que a mí se refiere, siempre he estado tan sola como en una habitación de hotel de segunda categoría. Recuerda que sé muy bien lo que es un hogar. Abandoné el mío para casarme contigo: la casa de mi padre.
(Inmediatamente, por asociación de ideas, se vuelve hacia Edmund. Demuestra ternura y amabilidad, pero sin abandonar su distanciamiento.)
Me preocupas, Edmund. Casi no has probado la comida. Esa no es forma de cuidarte. Es lógico que yo no tenga apetito. Me he puesto demasiado gorda. Pero tú tienes que comer. (Con aire maternal.) Prométeme que vas a comer, cariño. Que lo harás por mí.
Edmund.—(Hastiado.) Sí, mamá.
Mary.—(Le da unos golpecitos en la mejilla y él evita apartarse.) Eso está muy bien.
(Se produce otra pausa tensa. De repente suena el teléfono en el vestíbulo y todos se quedan envarados.)
Tyrone.—Yo contestaré. McGuire dijo que me iba a llamar. (Sale por el salón principal.)
Mary.—(Con indiferencia.) McGuire. Seguro que tiene por ahí algún terreno que nadie, excepto vuestro padre, quiere comprar. Ya no tiene importancia, pero nunca he comprendido cómo puede seguir comprando tierras y luego dice que no me puede comprar una casa.
(Se detiene a escuchar al oír la voz de Tyrone procedente del salón principal.)
Tyrone.—Dígame. (Con falsa cordialidad.) ¿Cómo está, doctor?
(Jamie deja de mirar por la ventana. Los dedos de Mary tamborilean más fuerte sobre la mesa. La voz de Tyrone trata de ocultar las malas noticias que le están dando.)
Ya veo... (Apresuradamente.) Bueno, ya se lo explicará cuando le vea esta tarde. Sí, seguro que irá. A las cuatro. Yo me pasaré por ahí para charlar con usted un poco antes. Tengo que ir a la ciudad a resolver unos asuntos. Adiós, doctor.
Edmund.—(Hastiado.) No parecen buenas noticias.
(Jamie le mira con lástima. El rostro de Mary está lleno de terror y sus manos demuestran su agitación. Tyrone entra, evidenciando su inquietud a pesar de la indiferencia con que se dirige a Edmund.)
Era el doctor Hardy. Quería asegurarse de que irías a verle a las cuatro.
Edmund.—(Hastiado.) ¿Qué te ha dicho? La verdad es que ya me importa un rábano.
Mary.—(Irrumpe excitada.) No creeré nada de lo que diga aunque lo jure sobre la Biblia. No le hagas caso, Edmund.
Tyrone.—(Brusco.) ¡Mary!
Mary.—(Todavía más excitada.) ¡Todos sabemos por qué confías en él, James! ¡Porque sus honorarios no son altos. No digas nada. Conozco muy bien al doctor Hardy. A la fuerza, tengo que conocerle, después de tantos años. ¡Es un ignorante! Debería haber una ley que prohibiese que ese tipo de gente ejerciese la medicina. ¡No tiene ni idea...! ¡Cuando estás hecha polvo y te has vuelto medio loca, se sienta, te coge la mano y te suelta un sermón sobre la fuerza de voluntad!
(Su rostro muestra una expresión de intenso dolor causado por los recuerdos. Pierde el control momentáneamente. Expresa odio.)
¡Te humilla a propósito! ¡Te obliga a rogar y a suplicar! ¡Te trata como si fueras un criminal! ¡No comprende nada! Y sin embargo, fue un tipo como él quien te dio la medicina por vez primera, pero cuanto te diste cuenta de lo que era ya fue demasiado tarde. (Apasionadamente.) ¡Odio a los médicos! Hacen lo que sea, lo que sea, con tal de que sigas yendo a su consulta. ¡Hasta venderían su alma! ¡Y, lo que es peor, son capaces de vender la tuya sin que te enteres, y cuando te das cuenta ya es demasiado tarde para salir del infierno!
Edmund.—¡Mamá, por amor de Dios, deja de hablar!
Tyrone.—(Angustiado.) Sí, Mary, no es momento...
Mary.—(Repentinamente se siente culpable j confundida. Balbucea.) Yo... Perdóname, querido. Tienes razón. Ya de nada vale enfadarse. (Se ha serenado y su voz tiene un tono distante.) Si no os importa, voy a subir un momento. Tengo que arreglarme el pelo. (Sonriendo.) Si consigo encontrar las gafas, claro. Enseguida bajo.
Tyrone.—(Cuando ella se dirige hacia la puerta, en tono de súplica y reproche.) ¡Mary!
Mary.—(Se vuelve hacia él.) Sí, querido. ¿Qué quieres?
Tyrone.—(Desarmado.) Nada.
Mary.—(Con una extraña sonrisa burlona.) Puedes subir a ver lo que hago si no te fías de mí.
Tyrone.—¡Como si fuera a servir de algo! Lo dejarías para más tarde. Además, no soy tu guardián. Esto no es una cárcel.
Mary.—No. Ya sé que tú sigues creyendo que es un hogar. (Añade rápidamente, arrepentida pero con despego.) Lo siento, querido. No quería ser desagradable. No tienes la culpa.
(Se vuelve y desaparece por el saloncito. Los tres permanecen en silencio. Parecen esperar que termine de subir antes de empezar a hablar.)
Jamie.—(Con brutal cinismo.) ¡A pincharse otra vez!
Edmund.—(Enfadado) ¡No hables así!
Tyrone.—¡Sí! ¡Sí! ¡Cierra la boca y no uses ese asqueroso lenguaje de Broadway! ¿Es qué no sientes lástima? ¿No te da vergüenza? (Pierde el control.) ¡Debería echarte a la calle a patadas! Pero sabes muy bien quién lloraría por ti, quién te justificaría y quién suplicaría hasta que yo te permitiese volver.
Jamie.—(Con el dolor reflejado en el rostro.) ¿Es qué crees que no lo sé? ¿Que no siento lástima? Siento por ella toda la pena del mundo. Sé muy bien con qué tiene que enfrentarse, que ya es comprenderla más que tú. Mis palabras no quieren decir que yo carezca de sentimientos. Simplemente he dicho algo que todos sabemos y que ahora hemos de aceptar. (Amargamente.) El tratamiento no vale para nada. Sólo momentáneamente. La verdad es que hemos sido idiotas al creer que tiene solución... (Cínicamente.) ¡Nunca acaban de dejarlo!
Edmund.—(Con desprecio, parodia el cinismo de su hermano.) ¡Nunca lo dejan! ¡No tienen salida! ¡Se quedan colgados! ¡No podemos salir adelante porque somos unos perdidos, unos deshechos humanos! (Con desdén.) ¡Dios! Si yo llegase a decir esas cosas...
Jamie.—(Por un momento se siente herido, pero se encoge secamente de hombros.) Bueno, pues tus poemas tampoco son muy optimistas. Ni esos libros que lees y que tanto admiras. (Señala la pequeña librería del fondo.) Ese del nombre que no hay quien pronuncie, por ejemplo.
Edmund.—Nietzsche. No sabes lo que dices. No lo has leído.
Jamie.—Lo suficiente para saber que no es más que un idiota.
Tyrone.—¡Callaros los dos! No hay ninguna diferencia entre las teorías que tú has aprendido en Broadway y las que Edmund ha sacado de los libros. Todas apestan por igual. Los dos habéis abandonado la fe en que nacisteis y fuisteis educados: la verdadera fe de la Iglesia católica. ¡Al haber renegado
de ella vais por el camino de la autodestrucción! (Los dos le miran con aire de suficiencia. Se olvidan de su disputa y se unen contra él.)
Edmund.—¡Eso si que son tonterías, papá!
Jamie.—Por lo menos no somos unos hipócritas. (Cáusticamente.) Además, últimamente tú no has gastado muchos pantalones por arrodillarte en Misa.
Tyrone.—¡En la práctica puede que yo sea un mal católico, pero Dios me perdonará, porque tengo fe! (Furioso.) ¡No mientas! A lo mejor no voy a Misa, pero no ha pasado un solo día de mi vida sin que haya caído de rodillas.
Edmund.—(Mordaz) ¿Para rezar por mamá?
Tyrone.—Sí. Me he pasado estos años rezando por ella.
Edmund.—Entonces Nietzsche tiene razón. (Cita de «Así hablaba Zaratustra».) «Dios ha muerto: su piedad por los hombres le causó la muerte».
Tyrone.—(Le ignora.) Si vuestra madre también hubiera rezado... No es que haya renegado de su fe, pero la ha olvidado, y por eso no tiene fuerza de espíritu para luchar contra su maldición. (Resignado.) ¿De qué nos sirve hablar? Ya hemos pasado por ello antes y volveremos a pasar otra vez. No tiene remedio. (Amargamente.) ¡Pero ojalá no me hubiera hecho ilusiones esta vez! ¡Nunca más volveré a tener confianza!
Edmund.—¿Cómo puedes decir eso papá? (Desafiante.) ¡Yo no he perdido las esperanzas! Todavía no tiene dependencia. Puede dejarlo. Voy a hablar con ella.
Jamie.—(Se encoge de hombros.) No podrás. Te oirá sin escucharte. Parecerá que está contigo, pero no lo estará. Ya sabes cómo se pone.
Tyrone.—Sí. El veneno siempre le afecta de la misma manera. De ahora en adelante seguirá alejándose de nosotros hasta que al terminar la noche...
Edmund.—(Angustiado.) ¡Déjalo papá! (Bruscamente se levanta
de la silla.) Voy a vestirme. (Con amargura al salir.) Voy a hacer tanto ruido que no podrá sospechar que he subido a espiarla.
(Desaparece por el salón. Se le oye subir las escaleras pisando con fuerza.)
Jamie.—(Tras una pausa.) ¿Qué te ha dicho el doctor Hardy del chico?
Tyrone.—(Con frialdad.) Lo que tú creías. Tiene tuberculosis.
Jamie.—¡Maldita sea!
Tyrone.—No le queda ninguna duda.
Jamie.—Tendrá que ir a un sanatorio.
Tyrone.—Sí, y cuanto antes mejor, según dice Hardy. Para él y para los demás. Cree que Edmund, si le obedece, tardará en curarse entre seis meses y un año. (Suspira apesadumbrado y resentido.) Nunca creía que un hijo mío... Esto no viene de mi familia. Todos nosotros hemos sido fuertes como toros.
Jamie.—¡A quién le importa de dónde venga! ¿Dónde quiere mandarle Hardy?
Tyrone.—Para eso tengo que ir a verle.
Jamie.—Bueno, pues elige un buen sitio; que no sea un cuchitril.
Tyrone.—(Dolido.) ¡Le mandaré donde Hardy crea que debe ir!
Jamie.—Pues no le largues a Hardy esas historias de que estás a punto de que te lleven a un asilo porque los impuestos y las hipotecas te han arruinado.
Tyrone.—¡Tampoco puedo ir tirando el dinero como si fuera millonario! ¿Por qué razón no he de decir a Hardy la verdad?
Jamie.—¡Porque creerá que quieres que te recomiende cualquier cuchitril, y además se dará cuanta de que no es cierto, sobre todo si luego se entera de que has ido a ver a McGuire para que ese bocazas de mercachifle te estafe con otra finca que no valga para nada!
Tyrone.—(Furioso.) No te metas en mis asuntos.
Jamie.—No son tus asuntos, sino los de Edmund. Lo que me preocupa es que con esas ideas que tienes de campesino irlandés sobre que la tuberculosis no tiene remedio, eres capaz de creer que no merece la pena gastarte más dinero que el estrictamente necesario.
Tyrone.—¡Mentira!
Jamie.—Vale. Soy un mentiroso. Pruébamelo. Quiero que me lo pruebes. Por eso he sacado a relucir el tema.
Tyrone.—(Todavía furioso.) ¡Espero de corazón que Edmund se cure! Y no menciones a Irlanda. La llevas en la cara, así que más vale que te calles!
Jamie.—Pues me la tendré que lavar bien lavada.
(Antes de que su padre pueda reaccionar ante su insulto a la verde Erín, añade secamente, mientras se encoge de hombros.)
Bueno, ya he dicho todo lo que tenía que decir. Ahora te toca a ti. (Bruscamente.) Y como te vas a la ciudad, dime qué quieres que haga esta tarde. Hasta que' no sigas podando el seto, no tengo nada que hacer, porque supongo que no querrás que siga yo solo. Ya sé que eso es privilegio tuyo.
Tyrone.—No. Lo estropearías. Como todo lo que haces.
Jamie.—Entonces iré con Edmund. Si se entera de lo que le ha pasado a mamá, se puede llevar un disgusto serio.
Tyrone.—(Olvidando la discusión.) Sí. Vete con Edmund, Jamie. Anímalo si puedes. (Cáusticamente añade.) ¡Si es que puedes hacerlo sin emborracharte!
Jamie.—¿Con qué dinero? Que yo sepa el whisky lo venden, no lo regalan. (Se dirige hacia la puerta del salón.) Voy a vestirme.
(Se detiene en la puerta al ver a su madre aproximarse desde la entrada, haciéndose a un lado para dejarla pasar. Ella tiene los ojos más brillantes y cierto aire distante. Este cambio se hace más perceptible a medida que la escena progresa.)
Mary.—(Vagamente.) No veo mis gafas por ningún sitio. ¿Las has visto tú, Jamie?
(No le mira. Jamie dirige ¡a vista hacia otro sitio, ignorando su pregunta aunque ella no espera una respuesta. Ella continúa aproximándose y se dirige a su marido sin mirarle.)
Tú tampoco las habrás visto, ¿verdad James? (Jamie desaparece detrás de ella por el salón.)
Tyrone.—(Se pone a mirar hacia el exterior por la puerta corrediza.) No, Mary.
Mary.—¿Qué le pasa a Jamie? ¿Te has vuelto a meter con él? No deberías tratarle siempre con tanto desprecio. No tiene la culpa. Si hubiera crecido en un verdadero hogar, seguramente sería distinto. (Se acerca a las ventanas de la derecha. Con tono superficial.) No eres muy bueno prediciendo el tiempo, querido. Fíjate en la neblina que hay. Casi no se ve la otra orilla.
Tyrone.—(Intentando hablar con naturalidad.) Sí, creo que me he precipitado. Me temo que vamos a tener otra noche de niebla.
Mary.—Bueno, esta noche no me va a importar.
Tyrone.—No, ya me imagino que no, Mary.
Mary.—(Se vuelve a mirarle rápidamente. Tras una pausa.) ¿Dónde ha ido Jamie? No está en el jardín
Tyrone.—Va con Edmund al médico. Estará cambiándose. (Aliviado de encontrar una excusa para alejarse de ella.) Más vale que yo haga lo mismo o llegaré tarde al Club.
(Empieza a andar hada la puerta del salón, pero instintivamente ella le toma del brazo.)
Mary.—(En tono suplicante.) No te vayas todavía. No quiero quedarme sola. (Precipitadamente.) Quiero decir, que todavía es pronto. Ya sabes que te gusta presumir de que tardas en vestirte la décima parte del tiempo que tardan los chicos. (Vagamente.) Hay algo que quiero decirte. ¿Qué era? Se me ha olvidado... Me alegro de que Jamie vaya al pueblo. Espero que no le hayas dado dinero...
Tyrone.—No.
Mary.—Se lo gastaría en la taberna y ya sabes qué lengua tan sucia tiene cuando está borracho. No es que me importe lo que pueda decir esta noche, pero siempre acaba por ponerte furioso, sobre todo si tú también estás borracho, como supongo que lo vas a estar.
Tyrone.—(Con resentimiento.) No lo voy a estar. Yo nunca me emborracho.
Mary.—(Bromeando, indiferente.) Bueno, ya sé que no se te notará. Nunca se te nota. Quien no te conozca no se da cuenta, pero después de treinta y cinco años de matrimonio...
Tyrone.—¡Jamás he tenido que suspender una representación! ¡Esa es la mejor prueba de ello! (Con amargura.) Y si me emborracho, tú no eres quien debería reprochármelo. Nadie tiene mejores razones que yo para hacerlo.
Mary.—¿Razones? ¿Qué razones? Siempre bebes demasiado cuando vas al club, ¿no? Especialmente cuando te encuentras con McGuire. Ya se ocupa él de que sea así. No creas que te estoy riñendo, querido. Puedes hacer lo que quieras. No me importa.
Tyrone.—Ya sé que no. (Se vuelve hada el salón, deseoso de escapar.) Tengo que vestirme.
Mary.—(De nuevo le coge del brazo, suplicante.) No, por favor, espera un ratito, cariño. Por lo menos hasta que baje uno de los chicos. Siempre os vais.
Tyrone.—(Con amarga tristeza.) Eres tú quien se va, Mary.
Mary.—¿Yo? ¡Qué tontería, James! ¿Cómo iba a dejaros? ¿Dónde iba a ir? ¿A quién iría a ver? No tengo amigos.
Tyrone.—Tú tienes la culpa... (Se calla, suspira desesperanzado. Persuasivamente.) Desde luego hay algo que podrías hacer esta tarde que te sentaría bien. Vete a dar un paseo en coche. Sal de casa. Toma un poco de aire y de sol. (Herido.) He comprado el coche por ti. Tú sabes que no me gustan esos trastos. Prefiero andar o coger el tranvía. (Con creciente resentimiento.) Aquí lo tenías cuando volviste del sanatorio. Yo esperaba que te distraería y te alegrarías. Antes solías ir de paseo todos los días, pero últimamente casi no lo has usado. Me costó un dinero que, en realidad, no me sobraba, y además tengo que mantener y alimentar al chófer y pagarle su sueldo tanto si lo usas como si no. (Con amargura.) ¡Un despilfarro! ¡Un despilfarro que terminará llevándome al asilo cuando sea viejo! ¿Y de qué ha servido? Lo mismo podría haber tirado el dinero por la ventana!
Mary.—(Distantey tranquila.) Sí, James, fue un despilfarro. No tenías que haber comprado un coche usado. Como siempre, te tomaron el pelo. Siempre te empeñas en comprar «gangas» de segunda mano.
Tyrone.—¡Es de una de las mejores marcas! Todo el mundo dice que es mucho mejor que los que fabrican ahora.
Mary.—(Ignorándole.) Igual que lo de contratar a Smythe. No era más que un aprendiz de mecánico. Jamás había sido chófer. Ya sé que cobra menos que un profesional, pero bien lo compensa con lo que se lleva de comisión en el taller. Siempre hay algo estropeado. Y me temo que Smythe se ocupa de que sea así.
Tyrone.—¡No te creo! No será un chófer de millonarios, pero estoy seguro de que es honrado. ¡Cuando te pones a sospechar de la gente eres peor que Jamie!
Mary.—No te enfades, cariño. Yo no me ofendí cuando me regalaste el coche. Sabía que no lo hacías para humillarme. Es tu forma de hacer las cosas. Te lo agradecí y me conmovió. Sabía que no te había resultado fácil habérmelo comprado. Lo consideré una prueba de cuánto me querías. A tu modo. Sobre todo cuando estabas convencido de que no me iba a servir de nada.
Tyrone.—¡Mary! (Súbitamente la abraza- Deshecho.) ¡Querida Mary! Te lo pido por amor de Dios, por mí y por los chicos. ¡Déjalo ahora!
Mary.—(Confundida por un segundo y sintiéndose culpable, tartamudea.) Yo... ¡James! ¡Por favor! (Inmediatamente se vuelve a poner a la defensiva.) ¿Qué tengo que dejar? ¿A qué te refieres?
(Tyrone deja caer los brazos deshecho. Impulsivamente ella le rodea con un brazo.)
¡James! Siempre nos hemos querido y siempre nos querremos. Mas vale que lo recordemos. No intentemos entender lo que no podemos comprender. No es posible impedir lo que no podemos evitar... La vida nos ha hecho cosas que no podemos justificar ni explicar.
Tyróne.—(Como si no la hubiera oído. Con amargura.) ¿Ni siquiera lo vas a intentar?
Mary.—(Deja caer los brazos sin esperanza j se vuelve fríamente.) ¿Ir a dar una vuelta esta tarde? Claro que sí, si eso es lo que quieres, aunque me sentiría menos sola si me quedase aquí. No tengo a nadie a quien invitar a venir conmigo y nunca sé dónde decir a Smythe que vaya. Si por lo menos tuviera amigas... Iría a verlas, charlaríamos y nos reiríamos un rato. Pero, claro, no tengo ninguna. Nunca las he tenido. (Su comportamiento se hace cada vez más distante.) En el colegio, tenía tantas amigas... Sus familias vivían en unas casas preciosas. Yo iba a pasar temporadas con ellas y ellas venían a casa de papá. Pero, claro, como me casé con un actor —y ya sabes la fama que entonces tenían los actores—, muchas empezaron a mirarme por encima del hombro. Y, luego, nada más casarnos, vino el escándalo de aquella amante tuya que te quería demandar. A partir de entonces, todas mis amigas me ignoraron o me compadecieron. Yo odiaba a las que me ignoraban mucho más que a las que me tenían lástima.
Tyrone.—(Se muestra resentido y culpable.) ¡Por amor de Dios, no empieces a sacar cosas que ya están enterradas! Si empiezas a recordar un pasado tan lejano cuando sólo acaba de empezar la tarde, no sé qué va a pasar esta noche.
Mary.—(Le mira desafiante.) Ahora que lo pienso, tengo que ir a la ciudad. Necesito ir a la farmacia.
Tyrone.—(Amargamente; burlón.) Bueno, espero que seas capaz de guardarte un poco de reserva y que te queden suficientes recetas. No vaya a ser que nos des otra noche como aquella que te pasaste gritando porque no tenias y saliste corriendo de la casa en camisón. Te pusiste como loca y casi te tiras al mar.
Mary.—(Intenta ignorarlo.) Tengo que comprar pasta de dientes, jabón y crema para la cara. (Se derrumba.) ¡James! No me hagas recordar... No me humilles...
Tyrone.—(Avergonzado.) Lo siento, Mary. Perdóname.
Mary.—(De nuevo fríamente j a la defensiva.) No importa. Eso que dices no ha pasado nunca. Debes haberlo soñado.
(La mira fijamente, ya sin esperanza. La voz de ella parece alejarse más y más.)
Era tan fuerte antes de que naciera Edmund... ¿Te acuerdas, James? Jamás me ponía nerviosa. A pesar de que viajábamos temporada tras temporada, en trenes sin coches cama, pasando cada noche en un hotel distinto, de tercera categoría, comiendo mal y dando a luz en aquellas sórdidas habitaciones sucias, nunca me ponía enferma. Pero la gota de agua que colmó el vaso fue el nacimiento de Edmund. Me puse tan mala... Y aquel medicucho del hotel... Lo único que sabía era que tenía muchos dolores. Le resultó muy fácil quitármelos...
Tyrone.—¡Por amor de Dios, Mary! Olvídate del pasado.
Mary.—(Extrañamente calmada y tranquila.) ¿Por qué? ¿Cómo
voy a olvidarlo? El pasado es el presente, ¿no? También es el futuro. Todos nos queremos engañar, pero la vida no nos lo permite. (Continúa.) Sólo yo tengo la culpa. Juré que no volvería a tener más hijos cuando Eugene murió. Yo fui la única culpable de su muerte. Si no le hubiera dejado con mi madre para irme contigo de gira... Me escribiste diciendo que te sentías solo y me echabas de menos... Nunca debieron dejar entrar a Jamie, que tenía sarampión, en la habitación del niño-(Se endurece su rostro.) Creo que Jamie lo hizo a propósito. Le tenía envidia. Le odiaba. (Tyrone empieza a protestar.) Aunque Jamie sólo tenía siete años, no era tonto. Le habían dicho que el niño podría morirse. Lo sabía. Nunca se lo he podido perdonar.
Tyrone.—(Con amargura y tristeza.) ¿Has regresado con Eugene? ¿Es que no puedes dejar que nuestro hijo descanse en paz?
Mary.—(Como si no le hubiera oído.) Yo tuve la culpa. Debería haberme quedado con Eugene en lugar de ceder y marcharme contigo sólo porque te quería. Sobre todo no debería haberme dejado convencer para tener otro hijo que me hiciese olvidar su muerte. Yo ya sabía que los niños necesitan crecer en un hogar, si se espera que sean unos niños normales, y que las mujeres necesitan un verdadero hogar para ser buenas madres. Desde que me quedé embarazada de Edmund estuve asustada. Sabía que iba a pasarme algo horrible porque, después de lo que había ocurrido con Eugene, yo había demostrado ser una mala madre y no merecía tener otro hijo. Dios me castigaría. Nunca debí haber tenido a Edmund.
Tyrone.—(Incómodo, mira hada el salón.) ¡Mary! Ten mucho
cuidado con lo que dices. Como Edmund te oiga decir que nunca has querido tenerlo... Ya está bastante preocupado como para que...
Mary.—(Violentamente.) ¡Mentira! ¿Quién ha dicho que yo no quería? Más que nada en el mundo... ¡No entiendes nada! Lo decía por él... Nunca ha sido feliz. Ni lo será. Y su salud... Desde que nació ha sido un niño nervioso y demasiado sensible. Por mi culpa. Y ahora, desde que está tan enfermo, no hago más que recordar a Eugene y a mi padre... Estoy asustada y me siento responsable de que... (Entonces se detiene y vuelve a desdecirse obstinadamente.) ¡Qué tontería estoy diciendo! No sé por qué me imagino unas cosas tan horribles sin motivo... Un catarro es lo más normal del mundo.
(Tyrone la mira fijamente y suspira resignado. Se dirige hada el salón y ve que Edmund baja por la escalera que conduce a la entrada.)
Tyrone.—(En voz baja, avisando a Mary.) ¡Aquí viene Edmund! ¡Por amor de Dios, compórtate! Por lo menos hasta que se marche. Hazlo por él.
(Tyrone, a la expectativa, fuerza en su rostro una sonrisa paternal. Mary, asustada y dominada por los nervios, no puede evitar que sus manos recorran la pechera del vestido, el cuello y finalmente el pelo, a causa de la inquietud y el desasosiego que la invaden. Cuando Edmund se aproxima a la puerta, no puede volverse para mirarle. Lentamente se dirige a las ventanas de la izquierda y permanece de espaldas al salón. Entra Edmund. Se ha puesto un traje de sarga azul, cuello duro y corbata y zapatos negros.)
(Con forzada naturalidad.) ¡Vaya, tienes buen aspecto! Yo también voy a cambiarme. (Pasa a su lado.)
Edmund.—(Secamente.) Un momento, papá. Ya sabes que no me gusta tocar temas desagradables, pero no tengo dinero ni para el tranvía.
Tyrone.—(Como si recitase una conferencia mil veces repetida.) No se tendrá dinero nunca hasta que no se aprende lo que vale...
(Con aire culpable, se detiene mirando el rostro de su hijo con piedad y preocupación.)
Por experiencia sabes lo que quiero decir. Trabajaste duro antes de caer enfermo. Estoy orgulloso de tu magnífico comportamiento.
(Saca un rollo de billetes del bolsillo del pantalón y cuidadosamente elige uno. Edmund lo coge, lo mira y se queda asombrado. De nuevo su padre reacciona como siempre lo hace.)
Gracias, hijo mío. (Citando de memoria.) «Mucho más doloroso que la mordedura de la serpiente...».
Edmund.—«Es la ingratitud de un hijo». Ya lo sé. Papá, me dejas de piedra. ¡Un billete de diez pavos!
Tyrone.—(Avergonzado.) Guárdatelo. A lo mejor te encuentras con tus amigos en el pueblo y te apetece pasar un rato con ellos. No puedes ir con los bolsillos vacíos.
Edmund.—¿De verdad? Bueno, gracias, papá.
(Se siente por un momento verdaderamente encantado y agradecido. Luego se queda mirando a su padre como si sospechara algo.)
Pero, ¿por qué razón, de repente...? (Cínicamente.) ¿Es que el doctor Hardy te ha dicho que voy a morirme? (Se da cuenta de que su padre se ha molestado.) Perdona. Es un golpe bajo. Era una broma, papá. (Le pasa un brazo por los hombros y le abraza con cariño.) Te lo agradezco mucho, de verdad, papá.
Tyrone.—(Conmovido, le devuelve el abrazo.) De nada, muchacho.
Mary.—(Se vuelve súbitamente hada ellos asustada y enfadada.) ¡No lo toleraré! (Da una patada contra el suelo.) ¿Me oyes, Edmund? No seas siniestro. ¡Mira que decir que te vas a morir! ¡La culpa la tienen esos librotes que lees, que sólo tratan de muerte y de angustias! Tu padre no debería dejarte leerlos. Y los poemas que escribes son todavía peores. ¡Es como si estuvieras cansado de vivir! ¡A tu edad! ¡Y con la vida por delante! Esa actitud la has aprendido en los libros ¡Tú no estás enfermo!
Tyrone.—¡Mary, cállate!
Mary.—(Adoptando inmediatamente un tono distante.) Pero, James, es absurdo que Edmund se ponga tan macabro y organice este jaleo sin motivos...
(Se vuelve a Edmund, evitando mirarle a los ojos. En broma y con cariño.)
No importa cariño. Soy una pesada. (Se acerca a él.) Lo que quieres es que te mime como si todavía fueras un niño pequeñito, ¿a que si?
(Le pasa un brazo por la cintura y le estrecha. Edmund permanece rígido. La voz de Mary empieza a temblar.)
Bueno, no te lo tomes así, cariño, por favor. No digas esas cosas tan horribles. Ya sé que no debería tomarte en serio, pero no puedo evitarlo. Me has asustado tanto...
(Se derrumba y empieza a sollozar sobre su hombro. Edmund, a pesar suyo, se conmueve y le da unos golpecitos en la espalda con ternura y algo confundido.)
Edmund.—Mamá, no llores. (Sus ojos se encuentran con los de su padre.)
Tyrone.—(Seco, intentando aferrarse a algo pero sin muchas esperanzas.) A lo mejor si le dices a tu madre lo que ibas a... (Mirando el reloj.) ¡Dios mío, se me ha hecho tardísimo! Voy a tener que darme prisa.
(Sale apresuradamente por el salón. Mary levanta la cabeza. Vuelve a adoptar un aire maternal y solicito, aunque distante. Parece olvidar que todavía tiene los ojos llenos de lágrimas.)
Mary.—¿Cómo te encuentras, cariño? (Le pone una mano en la frente.) Estás algo caliente, pero debe ser porque has estado al sol. Tienes mucho mejor aspecto que esta mañana. (Le coge de la mano.) Ven. Siéntate. No debes estar tanto rato de pie. Tienes que aprender a administrar tus fuerzas.
(Le hace sentarse y ella lo hace sobre el brazo del sillón. Le pasa un brazo por ¿os hombros, pero evitando mirarle a los ojos.)
Edmund.—(Empezando a darse cuenta de que el comportamiento de su madre tiene sentido.) Oye, mamá...
Mary.—(Le interrumpe rápidamente.) Bueno, bueno... No hables. Reposa un poquito. (En tono convincente.) ¿Sabes una cosa? Creo que lo mejor sería que te quedaras en casa y me dejaras ocuparme de ti. Si vas al pueblo en ese tranvía tan lento y con este calor, acabarás agotado. Estarías mucho mejor aquí conmigo.
Edmund.—(Impotente.) No te olvides de que tengo una cita con Hardy. (Intenta mostrarse cariñoso con ella.) Oye, mamá...
Mary.—(Rápidamente.) Le puedes llamar y le dices que no te encuentras bien. (Excitada.) Es perder el tiempo y el dinero. Sólo va a contarte mentiras. Por la cuenta que le trae, te dirá que tienes algo grave. (Se ríe entre dientes.) ¡Eres una boba...! Lo único que sabe recetar es fuerza de voluntad. ¡Eso sí! Se pondrá todo solemne...
Edmund.—(Intenta mirarle a los ojos.) ¡Mamá, por favor, escucha! Quiero pedirte una cosa. Sólo acabas de... de... empezar. Todavía puedes dejarlo. Si lo intentas lo conseguirás. Todos te ayudaremos. Haré lo que quieras. Por favor, mamá...
Mary.—(Suplicante.) ¡Por favor, no hables de lo que no sabes!
Edmund.—(Desanimado.) Bueno. Me callo. Ya sabía que no iba a servir de nada.
Mary.—(Obstinada.) Además, no sé qué quieres decir. Eres la persona menos indicada para decir nada. Nada más volver yo del sanatorio, te pusiste enfermo. El médico me dijo que no debía angustiarme por nada, y desde que llegué no he hecho otra cosa que preocuparme por tu culpa. (Distraídamente.) ¡Aunque no me estoy justificando, claro! Sólo estaba intentando explicarte que... ¡No me estoy justificando! (Le estrecha contra sí. Suplicante.) Prométeme, cariño, que no crees que me estoy justificando.
Edmund.—(Amargamente.) ¿Y qué más tengo que creer?
Mary.—(Retira el brazo lentamente, de nuevo con aire remoto y frío.) Supongo que es inevitable que sospeches.
Edmund.—(Avergonzado, pero todavía amargamente.) ¿Qué esperabas?
Mary.—Nada. No tienes la culpa. ¿Cómo ibas a creerme cuando ni yo misma me fío de mí? Me he convertido en una embustera. Hubo un tiempo en que jamás mentía. Ahora tengo que hacerlo, especialmente a mí misma. Pero no puedo esperar que me comprendas porque incluso yo no me entiendo. Nunca he entendido nada, excepto, una vez, hace mucho tiempo, cuando descubrí que mi alma ya no me pertenecía. (Hace una pausa y baja la voz hasta lograr un tono confidencial.) Pero algún día, cariño, volveré a encontrarla. Un día cuando todos estéis bien y vea que tú te encuentras fuerte y feliz y contento y yo ya no tenga que sentirme culpable... algún día... cuando la Santísima Virgen María me perdone y me devuelva la fe en su amor y en su misericordia que yo tenía en mis días de colegio. Cuando pueda volver a rezarle. Cuando ya nadie me crea. Ella sí me creerá y con su ayuda será fácil. Me oiré a mí misma llorar de angustia, pero a la vez, reiré de gozo porque habré recuperado la confianza en mí misma. (Al ver que Edmund permanece silencioso, añade con tristeza.) Naturalmente, esto tampoco te lo crees.
(Se levanta del brazo del sillón y se dirige a las ventanas de la derecha, dándole la espalda. Indiferente.)
Ahora que me acuerdo, podríamos ir al pueblo. Se me olvidaba que tengo que ir a la farmacia. Pero no querrás entrar conmigo. Te daría vergüenza.
Edmund.—(Abatido.) Por favor, mamá, no vayas.
Mary.—Supongo que te repartirás con Jamie los diez dólares que te ha dado tu padre. Siempre compartís todo, ¿verdad?
Buenos chicos. Ya me imagino lo que va a hacer con su parte. Se irá a emborrachar por ahí, con esas mujeres que tanto le gustan. (Se vuelve haría él suplicante y asustada.) ¡Edmund! Prométeme que no vas a beber. ¡Es muy peligroso! Acuérdate de lo que te dijo el doctor Hardy...
Edmund.—(Amargamente.) Yo creía que era un imbécil.
Mary.—(Compadecida.) ¡Edmund!
(Se oye la voz de Jamie en el salón. « Vamos, chico, larguémonos.» Mary vuelve a adoptar un aire distante.)
Vete, Edmund, Jamie te está esperando. (Se dirige hacia la puerta del salón.) Ahí baja también tu padre.
(Voz de Tyrone. « Vamos, Edmund.» Mary le besa fríamente.)
Adiós, cariño. Si vais a venir a cenar, no tardéis. Díselo a tu padre. Ya sabes cómo se pone Bridget.
(El se vuelve y sale apresuradamente. Tyrone dice desde la entrada «Adiós, Mary»,j luego Jamie «Adiós, mamá». Ella contesta.)
Adiós.
(Se oye cómo la puerta principal se cierra tras ellos. Se aproxima a la mesa y permanece en pie con una mano tamborileando sobre ella y arreglándose el pelo con la otra. Mira a su alrededor asustada y murmura para si.)
¡Qué solitario está esto! (Entonces se endurece su rostro y dice con desprecio.) Ya estás mintiéndote otra vez. Querías librarte de ellos. Su desprecio y su disgusto no son buena compañía. Estás contenta de que se hayan ido. (Ríe entre dientes con desprecio.) Entonces, ¿por qué me siento tan sola, Dios mío?
Telón






TERCER ACTO

Escena
La misma. Son más o menos las seis y media de la tarde. La oscuridad ha empezado a invadir la habitación. Una oscuridad temprana debido a la niebla que se ha levantado en la bahía y que produce el efecto de unas cortinas blancas corridas al otro lado de las ventanas.
Se oye con regularidad la sirena de un faro situado en la bocana del puerto que gime como una ballena herida. Del puerto, asimismo, procede el tañir de las campanas de los yates anclados.
Sobre la mesa se encuentra la bandeja que contiene la botella de whisky, los vasos y la jarra, tal como estaban en la escena previa al almuerzo del acto anterior.
Maryy la doncella, Cathleen, están en escena. Esta última se encuentra a la izquierda de la mesa. Tiene en la mano un vaso de whisky vacío, dando la impresión de que lo ha olvidado. Muestra los efectos de la bebida. En su rostro, simple y simpático, se aprecia una expresión complacida y satisfecha.
Mary está más pálida que antes y sus ojos tienen un brillo artificial. Su aire de distanciamiento es más intenso. Se ha sumergido más en sí misma, encontrando refugio y alivio en su sueño donde la realidad del presente no es sino una apariencia que se puede aceptar o desechar impunemente —incluso cínicamente— o ser totalmente ignorada. A veces adopta un aire alegre y jovial, como si, en espíritu, pudiera convertirse de nuevo, sencilla y tranquilamente, en la parlanchina colegiala, alegre y confiada, de sus días escolares. Lleva el vestido que se puso para ir al pueblo, una prenda sencilla y bastante cara, que le sentaría muy
bien si no fuera por la forma descuidada, casi desaliñada, en que lo lleva. Ya no tiene el pelo cuidadosamente peinado, sino desgreñado, j el moño ligeramente torcido. Trata a Cathleen con gran familiaridad, como si la doncella fuera una vieja amiga. Al levantarse el telón, se encuentra en pie junto a la puerta corrediza mirando el exterior. Se escucha el lamento del faro.
Mary.—(Divertida, en tono infantil.) ¡El faro! ¿No te parece horrible, Cathleen?
Cathleen.—(En un tono más familiar que el habitual, aunque sin parecer descarada, porque ciertamente siente cariño por su señora.) Claro que sí. Parece un alma en pena.
Mary.—(Continúa como si no la hubiera oído. Durante casi toda la escena Mary da la impresión de no prestar atención a la muchacha, a quien tiene consigo casi como una excusa para poder hablar con alguien.) Esta noche no me molesta. Pero anoche casi me vuelvo loca. Estuve despierta toda la noche.
Cathleen.—Dichoso faro. ¿Sabe que he pasado mucho miedo cuando volvíamos de la ciudad? Creía que ese idiota de Smythe nos iba a estrellar contra un árbol o que nos caeríamos a una zanja. No se veía uno sus propias narices. Le agradezco mucho que me dejara ir con usted en el asiento de atrás. Si llego a ir delante... Ese imbécil... No sabe tener las manos quietas. Como te descuides, empieza a pellizcarte el trasero o, bueno, ya sabe... con perdón, señora, pero es verdad.
Mary.—(Soñadora.) No es la niebla lo que me angustia, Cathleen. La verdad es que me encanta.
Cathleen.—Dicen que es muy buena para el cutis.
Mary.—Oculta el mundo. Lo esconde. Me hace sentir que todo es diferente, que nada es lo que parece. Nadie puede encontrarte. Eres inalcanzable.
Cathleen.—No me importaría si Smythe fuera un chófer guapo y elegante como algunos que yo he visto; bueno si no se propasase, que yo soy una chica decente. Pero ¡ese cerdo de Smythe...! Ya le he dicho que no se crea que voy a hacer caso a un tipo como él. Se lo he advertido: un día voy a darle un tortazo que lo va a dejar atontado durante una semana. ¡Y vaya si se lo doy!
Mary.—Lo que no me gusta es la sirena. No puedes olvidarte de ella. Te hace recordar, te avisa para que retornes. (Sonríe extrañamente.) Pero no podrá hacerlo esta noche. Es un sonido espantoso. Como ningún otro. (Ríe infantilmente.) Bueno, quizás se parezca a los ronquidos del señor. Siempre le he tomado el pelo por cómo ronca. No ha dejado de hacerlo desde que le conozco, sobre todo cuando bebe mucho. Pero es como un niño, no quiere aceptarlo. (Ríe mientras se acerca a la mesa.) Bueno, supongo que yo también roncaré a veces y tampoco me gustaría admitirlo. Así que no tengo ningún derecho a reírme de él. (Se sienta en la mecedora, a la derecha de la mesa.)
Cathleen.—Claro, todas las personas sanas roncan. Dicen que es señal de buena salud. (Preocupada.) ¿Qué hora es, señora? Tengo que volver a la cocina. Bridget se queja de que la humedad la pone peor del reuma y está que echa chispas. Me va a matar. (Deja el vaso sobre la mesaj se dirige hacia la puerta del saloncito.)
Mary.—(Atemorizada.) No. No te vayas, Cathleen. No quiero quedarme sola todavía.
Cathleen.—Están al volver. El señor y los señoritos llegarán enseguida.
Mary.—No creo que vengan a cenar. Tienen una excusa estupenda para quedarse en un bar del pueblo en lugar de venir a casa.
(Cathleen la mira asombrada con expresión estúpida. Mary continúa sonriendo.)
No te preocupes de Bridget. Le diré que te he retenido. Cuando te vayas, le llevas un poco de whisky. Ya verás como entonces no le importa.
Cathleen.—(Hace una mueca. Vuelve a encontrarse a sus anchas.) No, señora. Eso es lo único que la pone de buen humor. Le encanta.
Mary.—(Soñadora.) ¿Sabes, Cathleen? No siempre he estado enferma. Hace ya mucho tiempo, tenía muy buena salud.
Cathleen.—(Otra vez preocupada.) El señor se va a dar cuenta de que... para estas cosas tiene un ojo...
Mary.—(Divertida.) Bueno, pues haremos lo mismo que hace Jamie. Le echaremos un poco de agua.
Cathleen.—(Hace lo que le dice Mary mientras ríe entre dientes.) ¡Que Dios nos ayude! Casi es agua. Lo va a notar en cuanto lo pruebe.
Marx—(Indiferente.) Cuando vuelva estará tan borracho que no se dará cuenta de nada. Ahora sí que tiene una buena excusa para ahogar sus penas en alcohol, como dice él.
Cathleen.—(Filosóficamente.) No es tan malo que un hombre beba. Los que no beben son muy aburridos. (Asombrada, con aspecto estúpido.) ¿Una buena excusa, dice usted? ¿Por lo del señorito Edmund? Ya me he dado cuenta de que el señor está muy preocupado por él.
Mary.—(A la defensiva, casi como si lo hiciera mecánicamente, sin sentir emoción alguna.) No seas tonta, Cathleen. ¿Por qué iba a preocuparse? Una gripe no tiene importancia. Además, el señor jamás se preocupa. A no ser por el dinero, o por sus fincas o porque vaya a acabar en la miseria... Porque como lo demás no lo entiende, no tiene de qué preocuparse. (Ríe divertida pero distante.) Mi marido es un hombre muy particular, Cathleen.
Cathleen.—Pero es un caballero fino, guapo y amable, señora. Lo demás no importa.
Mary.—Bueno, es igual. Le he querido entrañablemente durante treinta y seis años. Eso demuestra que yo sé que tiene un corazón de oro y que no puede evitar ser como es.
Cathleen.—(Tranquilizada.) Claro, señora, ¿cómo no va a quererle si todo el mundo sabe que va besando por donde usted pisa?
(Intenta sobreponerse al sopor causado por el último whisky para dar la impresión de que puede mantener la conversación.)
¿Y usted nunca ha pensado dedicarse al teatro, señora?
Mary.—(Ofendida.) ¿Cómo se te ha ocurrido semejante tontería? Pertenezco a una familia respetable y me eduqué en uno de los mejores internados del Medio Oeste. Antes de conocer al señor Tyrone ni siquiera sabía que existía el teatro. Era muy religiosa. Incluso soñaba con meterme monja. Jamás he tenido el menor deseo de ser actriz.
Cathleen.—(Con descaro.) Pues yo no la veo de monja, señora.
Mary.—(Ignorándola.) Nunca me he sentido a gusto en el teatro. A pesar de que el señor siempre me llevaba con él de gira, nunca he tenido relación con las personas de su compañía ni con gentes de teatro69. Siempre han sido amables conmigo y yo con ellos. Pero no me sentía cómoda. No es el tipo de vida que me gusta. Siempre se ha interpuesto entre mí y... (Se levanta bruscamente). No hablemos de cosas pasadas que ya no se pueden cambiar. (Se dirige al porche y mira hada el exterior.) ¡Qué espesa es la niebla! No se ve la carretera. Podría pasar cualquiera por ahí y no lo veríamos. ¡Ojalá siempre fuera igual! Está oscureciendo. Enseguida se hará de noche, gracias a Dios. (Se vuelve. Vagamente.) Has sido muy amable haciéndome compañía esta tarde, Cathleen. Si no hubieras venido conmigo a la ciudad, me habría sentido muy sola.
Cathleen.—¿Es que acaso no es mejor pasear en un buen coche que quedarse aquí escuchando las mentiras que cuenta Bridget sobre su familia? Para mí ha sido como una fiesta, señora. (Hace una pausa. Luego continúa con aire estúpido.) Sólo hay una cosa que no me ha gustado.
Mary.—(Ausente.) ¿Qué cosa Cathleen?
Cathleen.—El comportamiento del farmacéutico cuando le di la receta. (Indignada.) ¡Qué grosero!
Mary.—(Obstinada, en actitud ausente.) ¿A qué te refieres? ¿Qué farmacia? ¿Cuál receta? (Con presteza, mientras Cathleen la mira asombrada.) ¡Ah! La receta de las medicinas para la artritis de las manos. Se me había olvidado. ¿Qué te dijo? (Aparentando indiferencia.) Aunque no importa porque, de todas formas, te dio la medicina...
Cathleen.—Pues a mí sí que me importó. No me gusta que me traten como a una ladrona. Se puso a mirarme y me dijo en plan ofensivo «¿De dónde has sacado esto?», y yo le digo «De donde a usted no le importa, pero si le interesa saberlo, es para mi señora, la señora Tyrone, que me está esperando en el coche». Eso le cerró el pico. Miró hacia la calle y dijo «Ah» y se fue a buscar la medicina.
Mary.—(Indiferente.) Sí. Me conoce.
(Se sienta en el sillón de la derecha de la mesa. Añade en voz suave j distante.)
Tengo que tomarla, porque si no, no se me quitan los dolores. Todos los dolores... De las manos, quiero decir. (Levanta las manos y las mira con lástima. Ahora no tiemblan.) ¡Mis pobres manos! No lo vas a creer, pero hubo un tiempo cuando, junto con los ojos y el pelo, eran mi mayor atractivo. También tenía muy buen tipo. (El tono de su voz se va haciendo cada vez más soñador.) Eran manos de músico. Me encantaba el piano. Era lo que más me gustaba estudiar cuando estaba en el Colegio. Amaba la música profundamente. La Madre Isabel y mi profesora de música decían que era la estudiante mejor dotada que hablan tenido. Mi padre quería que tomara clases particulares. Me mimaba tanto que hacía todo lo que yo le pedía. Me ha-

bría mandado a estudiar a Europa después de que saliera del colegio... y yo habría ido, de no haberme enamorado del señor. O a lo mejor me habría metido monja. Yo tenía dos sueños. Ser monja era el más bonito de los dos. El otro era ser concertista de piano.
(Se detiene mirándose las manos fijamente. Cathleen pestañea para combatir la somnolencia y el mareo que siente.)
¡Hace tanto tiempo que no toco el piano! Aunque quisiera, no podría con estas manos. Después de casarme seguí con la música. Pero no tenía sentido. Una noche en cada sitio, trenes sucios, hoteles baratos, sin los niños, sin un hogar... (Continúa mirándose las manos con una mezcla de asco y fascinación.) Fíjate qué feas son, Cathleen. Completamente estropeadas... Parece que he tenido un accidente. (Se ríe con aire extraño.) Bueno, pensándolo bien, ha sido así... (Repentinamente se pone las manos detrás de la espalda.) No quiero verlas. Me recuerdan todavía más que la sirena que... (Desafiantey segura de sí.) Pero tampoco pueden tocarme ya. (Vuelve a mirarse las manos con deliberación.) Se han ido. Ya no siento dolor.
Cathleen.—(Sin comprender.) ¿Es que se ha tomado la medicina? Pues la hace decir cosas muy raras, señora. Si no la conociera, creería que ha estado empinando el codo.
Mary.—(Soñadora.) Te quita el dolor. Te lleva hasta donde no te pueden alcanzar. Sólo es real la felicidad pasada.
(Hace una pausa. Luego, como si sus palabras hubiesen conjurado el pasado feliz, cambia completamente de comportamiento y de expresión. Parece más joven. Como si fuera una inocente colegiala. Sonríe tímidamente.)
Si el señor te parece guapo ahora, tendrías que haberlo visto cuando le conocí. Tenía fama de ser uno de los hombres más
guapos del país. Las chicas del colegio que le habían visto actuar o en fotografía estaban locas por él. Era un gran ídolo, ¿sabes? Las mujeres le esperaban en la puerta del teatro para verlo de cerca. Así que te puedes imaginar cómo me emocioné cuando mi padre me escribió diciéndome que James Tyrone y él se habían hecho amigos y que yo le iba a conocer cuando regresase a casa para las vacaciones de Semana Santa. Enseñé la carta a todas las chicas y se morían de envidia. Mi padre me llevó al teatro a verle. Era una obra sobre la revolución francesa y el papel principal era el de un noble. Yo no podía dejar de mirarle. Cuando le metían en la cárcel me eché a llorar. Pero luego me dio mucha rabia porque tenía los ojos y la nariz rojos y no se me pasaba. Mi padre me llevó a su camerino para saludarle cuando acabó la representación. (Ríe excitada pero tímidamente.) Estaba tan avergonzada que sólo sabía tartamudear y me puse colorada como una idiota. Pero él no parecía pensar que fuera tonta. Sé muy bien que se fijó en mí desde el momento en que nos conocimos. (Coqueta.) Me imagino que ya no tendría la nariz y los ojos rojos. La verdad es que entonces yo era muy guapa, Cathleen. Y él era como un sueño, con el maquillaje y aquel traje de noble que le sentaba tan bien. Era distinto de los hombres normales, como si perteneciera a otro mundo. Pero no por eso dejaba de ser sencillo, amable y poco pretencioso, no era nada engreído. Me enamoré en aquel mismo momento. Luego me dijo que él también. Se me olvidó todo aquello de ser monja o pianista. Sólo quería convertirme en su esposa. (Hace una pausa, mirando hacia adelante con los ojos brillantes y soñadores y una sonrisa juvenil tierna y extasiada.) ¡Hace ya treinta y seis años, pero todavía puedo verlo como si fuera ahora mismo! Desde entonces no hemos dejado de querernos. Y ni un escándalo en los treinta y seis años. Ninguna mujer.
Bueno, quiero decir, desde que me conoció. Me ha hecho muy feliz, Cathleen. Me ha hecho olvidar tantas otras cosas...
Cathleen.—(Intentando sobreponerse al sopor. Sentimental.) Es todo un caballero y usted una mujer con suerte. (Agitada.) ¿Puedo llevar el whisky a Bridget, señora? Ya casi debe ser la hora de cenar y debería irme a la cocina para ayudarla. Si no la damos algo que la calme, me va a tirar un cuchillo cuando me vea aparecer.
Mary.—(Algo exasperada porque se ve obligada a abandonar su ensueño.) Bueno, bueno, márchate. Ya no me haces falta.
Cathleen.—(Aliviada.) Gracias, señora.
(Echa en un vaso una buena cantidad de whisky y se dirige al saloncito.)
No tardarán en llegar. El señor y los señoritos...
Mary.—(Impaciente.) No van a venir. Dile a Bridget que no los esperaré. Puedes servir la cena a las seis y media. Aunque no tengo hambre, me sentaré a la mesa y se acabó.
Cathleen.—Debería comer algo, señora. ¡Vaya medicina tan rara que la deja sin apetito!
Mary.—(Que ha vuelto a regresar a sus sueños, reacciona con melancolía.) ¿Qué medicina? No sé qué quieres decir. (Despidiéndola.) Llévale eso a Bridget.
Cathleen.—Sí, señora.
(Desaparece por el saloncito. Mary espera hasta que oye cerrarse la puerta de la cocina tras ella. Luego regresa a sus sueños, relajada, mirando fijamente al vacío. Sus brazos descansan sobre los del sillón. Las manos, con los dedos largos, retorcidos, y los nudillos inflamados, permanecen en completa calma. Las sombras van invadiendo la habitarían. Desde el mundo exterior llega el gemido melancólico de la sirena acompañado por un coro de campanas, apagadas por la niebla, procedentes de los barcos anclados en el puerto. El rostro de Mary no demuestra oírlo,
pero sus manos se agitan y los dedos revolotean por un momento en el vacío. Frunce ti ceño y mecánicamente sacude la cabeza como para espantar algo que la abruma. Repentinamente, pierde el aspecto juvenil y vuelve a ser una mujer madura, amargada, cínica y triste.)
Mary.—(Con amargura.) Eres una estúpida sentimental. ¿Qué hay de romántico en aquel primer encuentro? ¡Un ídolo del teatro y una boba colegiala romántica! Eras mucho más feliz antes de saber que él existía. En el colegio. Cuando rezabas a la Santísima Virgen. (Con añoranza.) ¡Si pudiera recuperar la fe perdida y poder volver a rezar! (Hace una pausa, luego comienza a recitar el Ave María, desanimada.) «Dios te salve, María, llena eres de gracia. El señor es contigo. Bendita tú eres entre todas las mujeres.» (Burlona.) ¡Y esperas que la Santísima Virgen crea las palabras de una drogadicta embustera... ¡A ella no puedes ocultarle nada...
(Se pone en pie de un salto. Con las manos comienza a arreglarse el pelo distraídamente.)
Tengo que subir. No es suficiente. Cuando se vuelve a empezar no se tiene la medida exacta de lo que necesitas.
(Se dirige haría el salón, pero se detiene en la puerta al oír voces procedentes del jardín. Adopta un aire de culpabilidad.)
Deben ser ellos...
(Vuelve a sentarse apresuradamente. Su rostro aparece obstinado y a la defensiva.)
¿Por qué habrán tenido que volver? ¡Si no quieren! Y yo preferiría estar sola.
(Repentinamente cambia de actitud. Parece sentirse aliviada y anhelante.)
¡Cómo me alegro de que hayan vuelto! ¡Me sentía tan sola!
(Se oye la puerta al cerrarse y Tyrone grita intranquilo desde el vestíbulo.)
¿Estás ahí, Mary?
(Se enciende la luz de la entrada que, atravesando el salón, ilumina a Mary.)
Mary.—(Se levanta del sillón, con el rostro iluminado, prestamente.) Estoy aquí, querido. En el cuarto de estar. Te estaba esperando.
(Tyrone entra procedente del salón. Edmund viene tras él. Tyrone ha bebido mucho, pero apenas si se le nota, a no ser por la mirada un poco vidriosa y porque, de vez en cuando, se le traba la lengua. También Edmund ha tomado unas cuantas copas, pero no muestra sentir sus efectos, aparte de que sus hundidas mejillas están sofocadas y le brillan febriles los ojos. Se detienen en el umbral y la contemplan. Lo que ven supera lo esperado. Pero Mary, por ahora, no se da cuenta de sus miradas reprobadoras. Primero besa a su marido y luego a Edmund. Se comporta de forma demasiado efusiva. Ellos, lo aceptan agobiados. Mary, excitada.)
Me alegro tanto de que hayáis vuelto. Ya había perdido la esperanza. Creía que no ibais a volver. ¡Qué noche tan lúgubre con esta niebla! Los bares deben estar mucho más animados, llenos de gente divertida. No, no digáis que no. Sé muy bien cómo debéis sentiros. No me quejo. Todavía os tengo que estar más agradecida por haber venido. Estaba aquí sola, tan triste... Venid y sentaros.
(Se sienta en el extremo izquierda de la mesa, Edmund a su derecha y Tyrone en la mecedora de la derecha.)
La cena estará enseguida. La verdad es que habéis venido un poco pronto. Toma el whisky, cariño. ¿Te pongo una copa? (Lo hace sin esperar la respuesta.) ¿Y a ti, Edmund? No quiero obligarte, pero antes de cenar abre el apetito. Te sentará bien.
(Le pone una copa. No cogen los vasos. Ella parece no darse cuenta de su mutismo.)
¿Dónde está Jamie? Bueno, ya sé que mientras le quede dinero para una copa no volverá. (Se inclina y coge a su marido de la mano. Con tristeza.) Me temo que ya hace mucho tiempo que hemos perdido a Jamie, cariño. (Su rostro se endurece.) Pero no debemos permitirle que arrastre consigo a Edmund. Es lo que le gustaría. Le tiene envidia porque es el pequeño. Como le pasaba con Eugene. No estará satisfecho hasta que convierta a Edmund en un fracasado como él.
Edmund.—(Dolorido.) Cállate, mamá.
Tyrone.—(Hastiado.) Sí, Mary, cuanto menos digas... (A Edmund, un poco ebrio.) De todas formas, no creas que tu madre no deja de tener razón en lo que dice. Ya puedes cuidarte de tu hermano o acabará empozoñando tu vida con esa maldita lengua de víbora que tiene...
Edmund.—(En el mismo tono.) Vamos, papá...
Mary.—(Continúa como si nada.) Es difícil creer, al verle ahora, cómo era Jamie de niño. ¿Te acuerdas de lo sano y feliz que era de pequeño, James? Ni aquellos trenes sucios, ni los hoteles tan malos, ni el ir de acá para allá, comiendo aquellas porquerías, pudieron con él. Siempre estaba de buen humor. Casi nunca lloraba. Igual que Eugene antes de que, por mi culpa, se muriese.
Tyrone.—¡Por amor de Dios! ¡Soy un imbécil! ¡Por qué habré vuelto a casa!
Emund.—¡Cállate, papá!
Mary.—(Sonríe a Edmund con ternura, pero distante.) Edmund sí que era un problema cuando era pequeño, siempre enfurruñado y asustado por cualquier cosa. (Le da unosgolpecitos en la mano, en tono de broma.) Todo el mundo decía que eras un llorón.
Edmund.—(Sin poder controlarse más.) A lo mejor es que me di cuenta de que había buenas razones para llorar.
Tyrone.—(En tono de reproche, pero con compasión.) Vamos, vamos, chico. No hagas caso a...
Mary.—(Como si no les hubiera oído. Con tristes.) ¡Quién iba a pensar que Jamie se convertiría en nuestra desgracia! James, ¿te acuerdas de que cuando lo mandamos interno al colegio traía unas notas estupendas año tras año? Todos le querían. Sus profesores siempre decían que tenía una inteligencia brillantísima y que aprendía sin ningún esfuerzo. Incluso después de que empezase a beber y le expulsaran, nos decían que lo habían sentido muchísimo por lo buen chico y lo buen estudiante que era. Todos le aseguraban un futuro maravilloso si se tomaba las cosas en serio. (Hace una pausa. Luego, distante y tristemente, añade.) ¡Qué pena! ¡Pobre Jamie! Es difícil comprender...
(Repentinamente sufre un cambio. Su rostro se endurece y se queda mirando fijamente a su marido, acusadora y hostil.)
No. No lo es. Tú le convertiste en un borracho. Desde que nació no te ha visto una sola vez sin un vaso en la mano. Siempre tenías la botella en la mesa de cada una de aquellos asquerosos hoteles. Y, cuando le dolía la tripa o tenía pesadillas, tú siempre lo arreglabas dándole una cucharadita de whisky para que se tranquilizara.
Tyrone.—(Dolido.) ¿Así que yo tengo la culpa de que ese vago se haya convertido en un borracho? ¿Para tener que oír esto he venido a casa? ¡Me lo debía haber imaginado! En cuanto te tomas ese veneno te dedicas a echar la culpa a todos menos a ti misma!
Edmund.—Papá, ¿no me habías dicho que no hiciera caso? (Resentido.) Además, es verdad. Hacías lo mismo conmigo. Me acuerdo muy bien de tus cucharaditas cada vez que tenía una pesadilla.
Mary.—(En tono distante. Recordando.) Sí. De pequeño siempre tenías pesadillas. Naciste asustado. Yo tenía tanto miedo de traerte al mundo... (Hace una pausa. Después continúa con la misma frialdad.) ¡Edmund, por favor, no pienses que yo culpo a tu padre! No se le ocurría nada mejor. Cuando tenía diez años tuvo que dejar de ir a la escuela. Sus padres eran unos irlandeses de lo más pobre e inculto. Estoy convencida de que creían que el whisky es el mejor remedio cuando un niño está enfermo o asustado.
(Tyrone está a punto de saltar en defensa de su familia, pero interviene Edmund.,)
Edmund.—(Cortante.) ¡Papá! (Cambiando de tema.) ¿Vamos a echar un trago o no?
Tyrone.—(Intentando controlarse. Derrotado.) Tienes razón. No debería hacerle caso como un idiota. (Coge su vaso.) A tu salud, muchacho.
(Edmund bebe, pero Tyrone permanece inmóvil mirando el vaso que tiene en la mano. Inmediatamente Edmund percibe lo aguado que está el whisky. Frunce el ceño, mira a la botella después a su madre. Va a decir algo, pero se detiene.)
Mary.—(En otro tono. Pesarosa.) James, siento haberte dado la impresión de estar de mal humor. No lo estoy. Todo está ya tan lejano. Pero me dolió que dijeras que no deberías haber vuelto a casa. Cuando regresasteis, me sentí tan aliviada y tan contenta, tan agradecida... Cuando empieza a caer la niebla y se está solo, uno se siente tan abrumado...
Tyrone.—(Conmovido.) Si te vas a comportar como realmente eres, me alegro de haber vuelto, Mary.
Mary.—Me sentía tan sola que hice venir a Cathleen para tener alguien con quien hablar. (Vuelve a comportarse como una tímida colegiala.) ¿Sabes lo que le estaba contando, cariño? Lo de aquella noche cuando mi padre me llevó a tu camerino y me enamoré de ti. ¿Te acuerdas?
Tyrone.—(Profundamente conmovido. Con voz ronca.) ¿Es que crees que puedo olvidarlo, Mary? (Edmund aparta la vista de ellos, triste y confundido.)
Mary.—(Con ternura.) No. Ya sé que todavía me quieres, a pesar de todo.
Tyrone.—(Intenta disimular las lágrimas. Pestañea. Apasionadamente.) ¡Sí! ¡Pongo a Dios por testigo de que siempre será así! Mary.—Yo también te quiero, cariño, a pesar de todo.
(Pausa. Edmund parece muy confuso. Mary vuelve a comportarse fríamente, como si hablara de alguien que contemplase a distancia.)
Pero tengo que confesarte, James, que, aunque no pudiera evitar amarte, jamás me habría casado contigo de haber sabido que bebías tanto. No olvidaré aquella primera noche cuando tus amigotes tuvieron que traerte desde el bar al hotel. Llamaron a la puerta de nuestra habitación y salieron corriendo antes de que yo tuviera tiempo de abrir. Todavía estábamos en nuestra luna de miel, ¿te acuerdas?
Tyrone.—(Vehemente, pero demostrando sentirse culpable.) ¡No me acuerdo! ¡No estábamos de luna de miel! ¡Jamás han tenido que meterme en la cama ni que suspender una sola representación! .
Mary.—(Como si él no hubiera dicho nada.) Te había estado esperando horas y horas en aquella espantosa habitación. Me inventaba excusas. Me decía a mí misma que tenía que ser a causa de algún asunto relacionado con el teatro. No sabía nada de tu mundo. Luego empecé a asustarme. No hacía más que pensar en toda clase de accidentes horribles. Me puse de rodillas y recé para que no te hubiese pasado nada. Entonces te trajeron y te dejaron en la puerta. (Suspira brevemente, con tristes.) No sabía que aquello sucedería con frecuencia a partir de entonces, que tendría que esperarte muchas veces en aquellas horribles habitaciones... Al final, casi me acostumbré.
Edmund.—(Interrumpe con una fría mirada de odio para su padre.) ¡Dios! No me extraña que... (Se controla. Malhumorado.) ¿Cuándo vamos a cenar, mamá? Ya está bien.
Tyrone.—(Abrumado por la vergüenza, intenta disimular jugueteando con su reloj.) Sí, ya va siendo hora. Veamos... (Se queda mirando al reloj como si no lo viera. Implorante.) ¡Mary! ¿Es que no puedes olvidar?
Mary.—(Con fría piedad.) No, cariño. Pero perdono. Siempre te perdono. No te sientas culpable. Siento haber pensado en voz alta. No quiero ponerme triste ni que te pongas triste tú. Sólo quiero recordar el pasado feliz. (Vuelve a adoptar el aire tímido de sus días juveniles.) ¿Te acuerdas de nuestra boda, cariño? Seguro que has olvidado cómo era mi traje de novia. Los hombres no os fijáis en esas cosas. No les dais importancia. ¡Pero te aseguro que sí era importante para mí! No sabes cómo me preocupaba. Estaba tan emocionada y me sentía tan feliz... Mi padre me dijo que podía comprarme lo que quisiera, costara lo que costara. Decía que no habría nada suficientemente bueno para mí. Creo que me mimaba demasiado. Mi madre no. Era muy religiosa y muy estricta. Yo creo que me tenía algo de envidia. No le parecía bien que me casara, sobre todo con un actor. Ella hubiera preferido que me metiese monja. Reñía a mi padre «Nunca dices que no te importa lo que cuestan las cosas cuando soy yo quien las compra. La mimas tanto que compadezco a su marido el día que esa niña se case. Va a esperar que le regale la luna. Nunca será una esposa como Dios manda». (Ríe con cariño.) ¡Pobre mamá! (Sonríe a Tyrone con una coquetería extraña y fuera de lugar.) ¿Verdad que no tenía razón, James? No he sido tan mala esposa ¿eh?
Tyrone.—(Malhumorado, intenta sonreír.) No me quejo, Mary.
Mary.—(Su rostro muestra una sobra de culpa.) Por lo menos te he querido con todo mi corazón y he hecho lo que he podido. Dadas las circunstancias... (Vuelve a adoptar su expresión tímida.) ¡Aquel traje de novia casi termina con la modista y conmigo...! (Ríe.) Yo me puse muy pesada. Nunca me parecía del todo bien. Al final la modista me dijo que si volvía a tocarlo, acabaría por estropearlo definitivamente, así que la hice marcharse para poder mirarme bien en el espejo. Estaba maravillosa. Era muy presumida. Me decía a mí misma «Aunque tengas la nariz, la boca y las orejas un poquitín grandes, tus ojos, tu tipo y tus manos lo compensan. Eres tan guapa como cualquier actriz que él haya conocido y eso que tú no usas maquillaje». (Hace una pausa y frunce la frente tratando de recordar.) Me pregunto donde habré puesto mi traje de novia. Solía tenerlo envuelto en papel de seda dentro de mi baúl. Esperaba haber tenido una hija y que, cuando se casara... No podría haber encontrado un traje más bonito; además, ya sabía que tú, James, ibas a tener muy presente lo que te costaría. Le dirías que se lo comprase en las rebajas. Era de seda suave y brillante, ribeteado con un maravilloso encaje, con volantitos en el cuello y en los puños y con incrustaciones bordadas en los pliegues que daban caída a la cola. El cuerpo era muy entallado, tanto que tuve que contener el aliento cuando me lo ajustaron para que me hiciera la cintura muy fina. Mi padre me dejó poner encajes hasta en los zapatos, que eran también de seda. En el velo llevaba pequeñas flores de azahar. ¡Ay, cómo me gustaba aquel vestido! ¡Era tan bonito! ¿Dónde estará? De vez en cuando lo sacaba, cuando estaba triste, pero siempre terminaba llorando, así que, por fin, un día, hace mucho... (Frunce de nuevo ¡afrente.) ¿Dónde lo habré metido? Seguramente estará en uno de los viejos baúles del desván. Ya lo buscaré.
(Se detiene, mirando hacia delante. Tyrone suspira, sacudiendo la cabeza resignado mientras intenta buscar los ojos de su hijo, pero Edmund está mirando fijamente baria el suelo.)
Tyrone.—(Forzando un tono distendido.) ¿No es ya hora de cenar, cariño? (Intenta hacer una broma.) Siempre me riñes por llegar tarde, pero, para una vez que soy puntual, resulta que no está la cena. (Ella no parece oírle. Añade amable.) Bueno, pues si no podemos cenar, podemos beber. Se me había olvidado esto.
(Bebe mientras Edmund le observa. Tyrone tuerce el gesto y mira a su esposa lleno de sospecha. Brusco.)
¿Quién ha tocado mi whisky? ¡La mitad es agua! Jamie no ha estado en casa y, además, no es tan tonto. Cualquiera se daría cuenta de que... ¡Mary, contéstame! (Enfadado.) ¡Espero que no te haya dado por beber además de...!
Edmund.—¡Cállate, papá! (A su madre, sin mirarla.) Has invitado a Cathleen y a Bridget, ¿verdad mamá?
Mary.—(Indiferente y sin inmutarse.) Sí, claro. Trabajan mucho y se les paga poco. Y, como soy yo quien lleva la casa, tengo que hacer lo posible para que no se vayan. Además, quería agradecer a Cathleen que me haya acompañado al pueblo y que fuera a recoger mi receta a la farmacia.
Edmund.—¡Mamá, por amor de Dios! Pero ¿cómo te fías de ella? ¿Es que quieres que todo el mundo lo sepa?
Mary.—(Se endurece su rostro.) ¿Qué van a saber? ¿Que tengo reúma en las manos y que debo tomar medicinas para que se me pase el dolor? ¿Por qué iba a avergonzarme de eso? (Se vuelve hacia Edmund, acusadora, casi vengativa.) ¡No sabía lo que era el reúma hasta que naciste tu! ¡Pregúntaselo a tu padre! (Edmund, aparta la mirada, estremecido.)
Tyrone.—No le hagas caso, muchacho. No le des ninguna importancia. Cuando empieza a ver en sus manos la justificación de lo que hace, es que ya se encuentra demasiado lejos de nosotros.
Mary.—(Se vuelve hacia él con una ofensiva sonrisa de triunfo.) Me alegro de que te hayas dado cuenta, James. A lo mejor así dejáis de hacerme recordar. ¡Tú y Edmund! (Bruscamente, en tono enérgico.) ¿Por qué no enciendes la luz, James? Se está haciendo de noche. Ya sé que no te gusta, pero Edmund te ha demostrado que una bombilla casi no gasta electricidad. No tiene sentido que te comportes como un tacaño por miedo a terminar en un asilo.
Tyrone.—(Reacciona mecánicamente.) ¡Nunca he dicho que vaya a arruinarme por tener una bombilla encendida! ¡Es una y otra y otra lo que da dinero a la Compañía Eléctrica! (Se levanta j enciende la pantalla de la mesa. Brusco.) Pero es absurdo intentar hacerte entrar en razón. (A Edmund.) Voy a por otra botella de whisky, muchacho. A ver si podemos echar un buen trago. (Sale por el saloncito trasero.)
Mary.—(Distante pero divertida.) Va a bajar al sótano por la puerta del jardín para que no le vean las criadas. Le da vergüenza tener el whisky guardado en el sótano. Tu padre es extraño, Edmund. A mí me ha costado mucho tiempo llegar a entenderle. Tú también tienes que intentarlo. No le debes despreciar por ser tan roñoso. Su padre abandonó a su esposa y a sus seis hijos un año después de llegar a América. Les dijo que tenía la premonición de que iba a morir pronto y que quería regresar a Irlanda para morir allí. Así que se marchó y allí murió. También debió ser un tipo muy raro. Tu padre tuvo que ponerse a trabajar en un taller de cerrajería cuando solamente tenía diez años.
Edmund.—Vamos, mamá. Esa historia del taller ya se la he oído a papá cincuenta mil veces.
Mary.—Sí, hijo, ya lo sé. Pero no creo que hayas intentado comprender...
Edmund.—(Lo ignora. Apenado.) ¡Escucha, mamá! No creo que hayas ido tan lejos como para olvidarte de todo. No me has preguntado qué me han dicho esta tarde. ¿O es que no te importa?
Mary.—(Agitada.) ¡No digas esas cosas! ¡Me haces daño!
Edmund.—Lo que tengo es grave, mamá. Ahora el doctor Hardy está seguro.
Mary.—(A la defensiva, burlona.) ¡Ese viejo mentiroso! Ya te advertí que se inventaría...
Edmund.—(Obstinadamente.) Ha llamado a un especialista para que me vea, y poder confirmarlo.
Mary.—(Lo ignora.) ¡No me hables de Hardy! Si hubieras visto lo que dijo el médico que tuve en el sanatorio, y ése sí que sabe lo que dice, del tratamiento que me puso Hardy... ¡Nos dijo que debería estar en la cárcel! ¡Que era increíble que no me hubiera vuelto loca! Yo le contesté que una vez llegué a enloquecer, aquella noche que salí corriendo en camisón y quería tirarme al mar. Te acuerdas, ¿verdad? ¿Y quieres que todavía me fíe de lo que diga el doctor Hardy? ¡Oh, no!
Edmund.—(Con amargura.) Me acuerdo perfectamente. Fue cuando papá y Jamie decidieron que ya no me lo podían ocultar más. Jamie me lo contó. Le llamé embustero. Intenté pegarle. Pero yo sabía que no me estaba mintiendo. (Le tiembla la voz, se le llenan los ojos de lágrimas.) ¡Toda mi vida se convirtió en un infierno!
Mary.—(Apenada.) ¡Oh, no! ¡Hijo mío! ¡Me haces tanto daño!
Edmund.—(Frío.) Lo siento, mamá. Has sido tú quien empezó. (Persiste con tozudez) Escucha, mamá. Te lo voy a decir tanto si quieres oírlo como si no. Tengo que ir a un sanatorio.
Mary.—(Asombrada, como si nunca hubiera pensado en esta posibilidad.) ¿Que tienes que irte? (Violentamente.) ¡No! ¡No lo consentiré! ¿Cómo se atreve Hardy a decir semejante cosa sin consultarme antes? ¿Por qué lo ha consentido tu padre? ¿Con qué derecho? ¡Tú eres mi hijo! ¡Que él se ocupe de Jamie! (Cada vez más excitada y virulenta.) Sé muy bien por qué quiere mandarte a un sanatorio. ¡Para separarte de mí! Nunca ha dejado de intentarlo. ¡Siempre ha estado celoso de todos y de cada uno de mis hijos! ¡Siempre maquinando para que yo los abandonara! Por eso murió Eugene. Pero, sobre todo, tiene celos de ti. Sabe que eres mi preferido porque...
Edmund.—(Destrozado.) ¡Deja de decir locuras, mamá! ¡Deja de echarle la culpa! ¿Por qué ahora no quieres que me vaya? Me he pasado la vida por ahí y nunca he visto que se te rompiera el corazón.
Mary.—(Con amargura.) Me temo que, a pesar de todo, no eres muy sensible. (Triste.) Podías haberte figurado, cariño, que desde que supe que tú sabías... lo mío... me alegraba que estuvieras donde no pudieras verme.
Edmund.—(Angustiado.) ¡Mamá! ¡No! (Ciegamente la toma de la mano, pero inmediatamente vuelve a soltarla, sumido en la tristeza.) Todas estas historias de lo mucho que me quieres cuando ni siquiera estás dispuesta a escuchar lo que intento decirte sobre lo mal...
Mary.—(Bruscamente se transforma en una madre protectora y absorbente.) Vamos, vamos. Ya está bien. No te quiero escuchar porque sé que no tiene la menor importancia. Son mentiras de Hardy. (Edmund se estremece. Ella mantiene el tono jocoso, pero deja traslucir cierto resentimiento.) Eres igual que tu padre, cariño. Te encanta hacer escenas trágicas para llamar la atención. (Una risita.) Si te diera pie, empezarías a decirme que te estás muriendo.
Edmund.—Hay quien se muere. Tu propio padre...
Mary.—(Cortante.) ¿Por qué lo tienes que mencionar? No hay punto de comparación. Mi padre tenía tuberculosis. (Furiosa.) No me gusta que te pongas macabro. ¡Te prohíbo que me hables de la muerte de mi padre! ¿Has oído?
Edmund.—(Se endurece su rostro. Torvo.) Sí, mamá, te he oído muy bien. ¡Ojalá estuviera sordo! (Se levanta de la silla y se le queda mirando acusadoramente.) ¡A veces es muy difícil tener que aceptar que tu propia madre es una drogadicta!
(Mary retrocede. Su rostro parece carente de vida, como si fuera una máscara de escayola. Edmund se arrepiente inmediatamente de lo que ha dicho. Tartamudea apenado.)
Mary.—(Se dirige lentamente haría las ventanas de la derecha, como un autómata. Mira haría el exterior. Su voz suena lejana e impersonal.) ¡Escucha esa horrible sirena! Y las campanas. ¿Por qué será que la niebla hace que todo parezca tan lúgubre y tan perdido?
Edmund.—(Agobiado.) No... No me puedo quedar aquí. No quiero cenar.
(Sale huyendo por el salón. Ella permanece mirando por la ventana hasta que oye cerrarse la puerta principal. Luego regresa al sillón j se sienta con la mirada perdida.)
Mary.—Tengo que subir. No es suficiente. (Hace una pausa. Con añoranza.) Espero que, algún día, por casualidad, me inyecte una sobredosis. Nunca podría hacerlo a propósito. La Santísima Virgen no me perdonaría.
(Oye que regresa Tyrone y se da la vuelta cuando él entra por el salonríto con una botella de whisky que acaba de abrir. Está furioso.)
Tyrone.—(Iracundo.) El cerrojo está arañado. Ese borracho ha intentado abrirlo con un alambre, como ha hecho otras veces.
(Satisfecho, como si hubiera ganado una batalla en su perpetua guerra con su hijo.)
Pero esta vez le he vencido. Este cerrojo no lo abre cualquier ladronzuelo.
(Deja la botella en la bandeja y repentinamente percibe la ausencia de Edmund.)
¿Dónde está Edmund?
Mary.—(En tono ausente.) Ha salido. A lo mejor ha ido a buscar a Jamie. Supongo que todavía le quedará dinero y no parará hasta gastárselo. Me ha dicho que no quiere cenar. Estos días no tiene mucho apetito. (Tozudamente.) Aunque sólo tiene un catarro.
(Tyrone la mira fijamente, sacude la cabeza descorazonado, se sirve una buena cantidad de whisky y se la bebe. Repentinamente parece como si Mary no pudiera resistir más, se echa a llorar y solloza.)
¡Oh, James, estoy tan asustada!
(Ella se levanta, le echa los brazos al cuello y oculta el rostro en su hombro. Solloza.)
¡Sé que va a morir!
Tyrone.—¡No digas eso! ¡No es cierto! Me han prometido que dentro de seis meses estará curado.
Mary.—¡No me mientas! Sé muy bien cuando estás actuando. ¡Y será por mi culpa! Nunca debí volver a quedarme embarazada. Habría sido mejor para él. Así no habría sufrido por mi culpa. ¡No habría tenido que saber que su madre es una drogadicta! ¡No la habría odiado!
Tyrone.—(Le tiembla la voz) ¡Calla, Mary, por amor de Dios! Él te quiere. Sabe que es una maldición que cayó sobre ti inesperadamente, sin que te dieras cuenta. Está orgulloso de que tú seas su madre. (Bruscamente, al oír abrirse la puerta de la cocina.) ¡Shh! ¡Que viene Cathleen! No querrás que te vea llorar.
(Mary se vuelve rápidamente hacia las ventanas de la izquierda mientras se seca los ojos apresuradamente. Un momento después entra Cathleen por la puerta del saloncito. Sus pasos son inseguros y parece un poco ebria.)
Cathleen.—(Al ver a Tyrone se sobresalta. Con dignidad.) La cena está servida, señor. (Sube el tono de voz innecesariamente.) La cena está servida, señora. (Abandona el tono digno y se dirige a Tyrone con familiaridad y buen humor.) Así que ya ha vuelto, ¿eh? Vaya, vaya... ¡Cómo se va a poner Bridget! La he dicho que la señora me dijo que no vendría usted. (Al percibir una mirada acusadora en sus ojos.) ¡No me mire así! Me he tomado un trago, pero no lo he robado. Me han invitado. (Se da la vuelta con aire digno y desaparece por el saloncito.)
Tyrone.—(Suspira. Luego adopta un aire teatralmente campechano.) Vamos, cariño. Cenemos. Tengo un hambre de lobo.
Mary.—(Se aproxima a él. De nuevo su rostro parece una máscara y su tono de voz es remoto.) Me temo que vas a tener que excusarme, James. No podría comer nada. Las manos me duelen muchísimo. Creo que lo mejor que puedo hacer es subir a acostarme y descansar. Buenas noches, cariño. (Le besa mecánicamente y se vuelve bada el salón.)
Tyrone.—(Con aspereza.) ¿Conque subes a por más de ese maldito veneno, eh? Antes de que acabe la noche vas a parecer el espectro de un loco.
Mary.—(Empieza a alejarse, impersonal.) No sé de qué estás hablando, James. Cuando bebes dices unas cosas tan espantosas... Como Edmund y Jamie.
(Sale por el salón. Tyrone permanece un instante sin saber qué hacer. Es un anciano triste, aturdido y destrozado. Se dirije por el saloncito hacia el comedor con paso cansado.)
Telón






















































CUARTO ACTO


Escena
La misma. Es alrededor de media noche. La lámpara del vestíbulo está apagada, así que ahora ya no entra luz a través del salón. En el cuarto de estar sólo está encendida la pantalla que hay sobre la mesa. La muralla de niebla, más densa que nunca, se percibe al otro lado de los ventanales. Cuando se levante el telón, se oye la sirena y a continuación las campanas de los barcos anclados en el puerto.
Tyrone está sentado a la mesa. Lleva puestas unas antiparras y está haciendo solitarios. Se ha quitado la chaqueta y ahora viste una gastada bata marrón. En la botella que hay sobre la bandeja sólo queda un tercio de whisky. De reserva se ha traído otra botella del sótano. Está borracho, lo que demuestra por el modo en que mira cada carta, dubitativamente, cerciorándose de su valor, aunque luego las distribuye sobre la mesa como si no estuviera seguro de lo que está haciendo. Tiene la mirada vidriosa, los ojos abotargados y el labio inferior caído. Pero, a pesar de todo el alcohol que lleva dentro, no ha logrado olvidar, y tiene el mismo aspecto del final del tercer acto: un anciano entristecido y derrotado sumido en una resignada desilusión.
Al levantarse el telón, termina un solitario y recoge las cartas. Las baraja con negligencia y un par de ellas caen al suelo. Las recoge dificultosamente y, cuando comienza a barajar de nuevo, oye que alguien entra por la puerta principal. Mira por encima de las antiparras hacia el salón.
Tyrone.—(Con la voz pastosa.) ¿Quién es? ¿Eres tú, Edmund?
(La voz de Edmund contesta secamente «Sí». Luego, evidentemente, chota con algo que hay en el vestíbulo porque se le oye maldecir. Un momento después se enciende una lámpara. Tyrone frunce el ceño y grita.)
¡Apaga esa luz antes de irte!
(Pero Edmund no lo hace. Entra desde el salón. Está también borracho, pero al igual que su padre, lo lleva bastante bien, apenas si muestra señales físicas de ello, excepto en los ojos y en una leve agresividad en la manera de comportarse. Tyrone, al principio, le habla cariñosamente. Aliviado.)
Tyrone.—Me alegro de que estés de vuelta, muchacho. Me he sentido muy solo. (Con resentimiento). La hiciste buena escapándote y dejándome aquí solo toda la noche. Ya sabías que... (Repentinamente irritado.) ¡Te he dicho que apagues esa luz! No estamos en un baile. No hay ninguna razón para tener todas las luces encendidas a estas horas de la noche. ¡El dinero no es para quemarlo!
Edmund.—(De mal humor.) ¡Todas las luces encendidas! ¡Una bombilla! ¡Todo et mundo deja encendida la luz del vestíbulo hasta que se acuestan! (Se frota la rodilla.) Casi me parto la pierna contra el perchero.
Tyrone.—Esta luz llega hasta la entrada. Si estuvieras sereno verías muy bien por donde andas.
Edmund.—¡Si jo estuviera sereno! ¡No me hagas reír!
Tyrone.—¡Me importa un pito lo que hacen los otros! Si quieren tirar el dinero por la ventana para presumir, allá ellos.
Edmund.—¡Por una bombilla! ¡Mira que eres roñoso! Ya te he demostrado con pelos y señales que, aunque la dejases encendida toda la noche, no te iba a costar más que un vaso de whisky.
Tyrone.—¡Al cuerno tus demostraciones! La prueba está en los recibos que tengo que pagar.
Edmund.—(Se sienta frente a su padre. Con desdén.) Claro, los hechos no importan. La única verdad es lo que te conviene creer a ti. (Burlón.) Por ejemplo: Shakespeare era irlandés y católico.
Tyrone.—(Obcecado.) Y lo era. La prueba está en sus obras.
Edmund.—Pues no lo era. Y no hay ninguna prueba. Tú eres el único que lo dice. (Burlón.) El Duque de Wellington. ¡Otro buen católico irlandés!
Tyrone.—Yo nunca he dicho que fuera un buen católico. Renegó de su fe, pero no por eso dejó de serlo.
Edmund.—Pues no lo era. Lo que pasa es que tú necesitas creer que, para poder derrotar a Napoleón, un general tenía que ser irlandés y católico.
Tyrone.—No pienso discutir contigo. Sólo te he dicho que apagues la luz de la entrada.
Edmund.—Ya te he oído, pero por mí, se puede quedar encendida.
Tyrone.—¡No te pongas insolente. ¿Vas a obedecerme o no?
Edmund.—¡No! Apágala tú, so tacaño.
Tyrone.—(Furioso y amenazador.) ¡Escúchame! Te he aguantado muchas cosas porque, a veces, he creído que tantas locuras sólo se pueden hacer si se está mal de la cabeza. Te las he excusado y jamás te he levantado la mano. Pero siempre hay una gota que colma el vaso. O me obedeces y apagas la luz o, a pesar de los años que tienes, te doy una bofetada que...
(Repentinamente recuerda la enfermedad de Edmund y de inmediato aparece arrepentido y avergonzado.)
¡Perdóname, muchacho! Había olvidado que... No deberías hacerme perder la paciencia.
Edmund.—(También avergonzado.) Olvídalo, papá. Yo también lo siento. No tengo derecho a portarme así. Es que estoy un poco trompa. Voy a apagar la luz.
Tyrone.—No. Déjalo.
(Bruscamente se pone en pie —un poco torpemente— y empieza a encender las bombillas de la lámpara con aire de autocompasión, infantilmente teatral.)
¡Encendamos todas! ¡Que brillen! ¡Que se vayan al cuerno! ¡Si voy a acabar en un asilo, cuanto antes mejor! (Acaba de encender las luces.)
Edmund.—(Le ha estado observando sonriente y ahora le hace un gesto que denota buen humor. En broma.) ¡Estupendo final, papá! (Ríe.) Eres maravilloso.
Tyrone.—(Se sienta, algo avergonzado, y gruñe lastimeramente.) ¡Eso! Ríete de un viejo loco ¡El pobre idiota! De todas formas, mi telón caerá en un asilo, y no estoy de broma! (Al ver que Edmund todavía sonríe, cambia de tema.) Bueno, bueno. No discutamos. Tú, que tienes cerebro, aunque haces todo lo posible para demostrar lo contrario, antes o después aprenderás lo que vale un dólar. No como ese condenado vagabundo que tienes por hermano. Ya me he dado por vencido. Nunca tendrá sentido común. Por cierto, ¿dónde está?
Edmund.—¡Y yo qué sé!
Tyrone.—Creía que habías vuelto a buscarle.
Edmund.—No. Me fui a dar un paseo por la playa. No le he visto desde esta tarde.
Tyrone.—Claro, si te repartiste con él, como un idiota, el dinero que te di...
Edmund.—Por supuesto que me lo repartí. Siempre que él ha tenido algo, lo ha compartido conmigo.
Tyrone.—Entonces no hace falta ser adivino para saber que está en el burdel.
Edmund.—¿Y qué? ¿Por qué no iba a ir?
Tyrone.—(Con desdén.) Claro, ¿por qué, no? Allí es donde mejor está. Porque si alguna vez piensa en otra cosa que no sea en whisky y putas, yo me iba a llevar una sorpresa.
Edmund.—¡Vamos, papá! Si empiezas con eso, me largo. (Empieza aponerse en pie.)
Tyrone.—(Conáliador.) Bueno, bueno, me callaré. Bien sabe Dios que a mí tampoco me gusta hablar del tema. ¿Nos tomamos un trago?
Edmund.—Eso es otra cosa.
Tyrone.—(Le pasa la botella, mecánicamente.) No debería dejarte. Ya has bebido bastante.
Edmund.—(Se sirve bastante. Un poco ebrio.) Bastante no es suficiente. (Le devuelve la botella.)
Tyrone.—Es suficiente en tu estado.
Edmund.—¡Olvídate de mi estado! (Levanta su vaso.) ¡A tu salud!
Tyrone.—¡A la tuya! (Beben.) Si has estado paseando por la playa debes estar helado con tanta humedad.
Edmund.—Bueno, me dejé caer por la taberna a la ida y a la vuelta.
Tyrone.—No hace noche para salir a pasear.
Edmund.—Me encanta la niebla, justo lo que me apetecía. (Parece estar más achispado.)
Tyrone.—Deberías tener sentido común y no arriesgarte a...
Edmund.—¡Al cuerno el sentido común! Todos estamos locos. ¿Qué falta hace el sentido común? (Con sorna, cita a Dowson.)
El llanto y la risa no perduran
el amor, el odio y el deseo,
pienso yo, nos abandonan
al traspasar el umbral.
Los días de vino y rosas no perduran.
En un brumoso sueño
fugazmente percibimos un difuso sendero
que se pierde dentro de un sueño.
(Con la mirada perdida ante sí.) La niebla estaba tal y como yo
esperaba. Desde la mitad del jardín ya no se veía la casa. No parecía estar aquí. Ni las otras casas de la carretera. Sólo se distinguían unos metros de camino. No había ni un alma. Todo parecía irreal. Nada era como es. Eso es lo que yo quería..., encontrarme solo conmigo mismo en otro mundo donde la verdad es incierta y la vida retrocede ante sí. Más allá del puerto, cuando la carretera se desliza paralela a la playa, incluso dejé de sentir que estaba en tierra firme. La niebla y el agua se entremezclaban de tal manera que me parecía caminar por el fondo del mar. Como si me hubiera ahogado. Como si fuera un espectro en el interior de otro espectro inmerso en una gloriosa paz.
(Observa que su padre le mira fijamente con una mezcla de preocuparían, irritación y disgusto. Hace una mueca burlona.)
No me mires como si me hubiera vuelto loco. Lo que digo tiene sentido. ¿Por qué tengo que ver la vida tal como es si puedo evitarlo? Es lo que sucede con las Gorgonas: si las miras de frente te conviertes en piedra. O como con Pan: su visión te produce la muerte y te conviertes en un espectro para el resto de tu vida.
Tyrone.—(Impresionado, pero sin dejar de sentir nuevamente cierta repulsión.) Tendrás alma de poeta, pero un alma bien macabra. (Fuerza una sonrisa.) ¡Al infierno tu pesimismo! Ya estoy bastante deprimido. (Suspira.) ¿Por qué no recuerdas a Shakespeare y te olvidas de esos poetastros? Él te enseñaría a expresar tus sentimientos, porque dijo todo lo que merece la pena saber. (Cita, utilizando su hermosa voz) «Estamos hechos de sueños y un sueño circunda nuestras vidas».
Edmund.—(Irónico.) ¡Estupendo! ¡Precioso! Pero eso no es lo que yo quería decir. Estamos hechos de estiércol, así que bebamos para olvidar. Eso es lo que yo creo.
Tyrone.—(Asqueado.) ¡Ag! Guárdate esas ideas. No debería haberte invitado a un trago.
Edmund.—¡Buena la he cogido! ¡Y tú tampoco lo haces mal! (Le guiña un ojo con cariño.) ¡Aunque no hayas tenido que suspender ni una sola función! (Agresivo.) ¿Qué hay de malo en emborracharse? ¿No es lo que queríamos? No disimulemos, papá. Esta noche, no... Sabemos muy bien lo que estamos intentando olvidar. (Apresuradamente.) Pero más vale no hablar de ello. Ya no sirve para nada.
Tyrone.—(Resignado.) No, Lo único que podemos hacer es volver a resignarnos.
Edmund.—O emborracharnos para olvidar. (Recita —-y lo hace bien— irónico, pero apasionadamente a Baudelaire.) «Siempre has de estar embriagado. Lo demás carece de importancia: esto es lo único importante. Si no deseas sentir el horrible peso del tiempo sobre tus hombros, aplastándote contra la tierra, no dejes de estar ebrio. ¿Qué beber? Vino, poesía, virtud... Según lo desees. Pero embriágate. Y si alguna vez despiertas en las escaleras de un palacio, en la verde ladera de un camino o en la angustiosa soledad de tu habitación y te sientes abandonado por la embriaguez, pregunta al viento, a las olas, a las estrellas, a los pájaros, al reloj, a cualquier cosa que levante el vuelo, suspire, se mezcla, cante o hable, pregunta qué hora es. Y viento, ola, estrella, pájaro o reloj te contestará: "¡Es hora de embriagarse!" ¡Embriágate si no quieres ser un mártir esclavizado por el tiempo! ¡No dejes de estar ebrio! A tu placer, de vino, de poesía, o de virtud». (Provoca a su padre con un gesto.)
Tyrone.—(Con socarronería.) Yo que tú no me preocuparía de la virtud. (Asqueado.) ¡Puaf! ¡No son más que bobadas morbosas! Lo poco de verdad que has dicho ya lo escribió Shakespeare; claro que con mucha más grandeza. (Elogioso.) Pero recitar lo haces bien. ¿Quién ha escrito eso?
Edmund.—Baudelaire.
Tyrone.—¿Y ese quién es?
Edmund.—También tiene un poema sobre Jamie y la Gran Esperanza Blanca.
Tyrone.—¿Sobre ese borracho? ¡Quiera Dios que pierda el último tranvía y tenga que quedarse en el pueblo!
Edmund.—(Le ignora y continúa.) Aunque fuera francés, jamás estuviese en Broadway y muriese antes de que naciera Jamie, le conocía muy bien. A él y a su Nueva York. (Recita el Epilogo de Baudeíaire.)
Con el corazón en paz ascendí al presidio
desde cuya torre la ciudad se vislumbra:
hospitales, burdeles, prisiones e infiernos
en los que el mal germina cual flor.
Tú sabes, Satán, señor de mi angustia,
que no por vanas lágrimas ascendí a esa hora,
sino que, libertino decrépito y triste,
por libar el placer de la enorme ramera
cuya infernal belleza me hace rejuvenecer.
¡Ya si duermes de pesados vapores saciada,
saturada del día o, hermosa, te ocultas
tras el dorado encaje del velado atardecer,
te amo, infame ciudad. Las rameras y
los condenados disfrutan placeres
que los seres vulgares nunca comprenderán.
Tyrone.—(Disgustado y molesto.) ¡Porquerías macabras! ¿De dónde has sacado esos gustos literarios? ¡Porquerías, despecho y pesimismo! Supongo que ése será otro ateo. Cuando niegas a Dios, niegas la esperanza. Ese es tu problema. Si te pusieras de rodillas...
Edmund.—(Como si no le hubiera oído. Con sorna.) ¿No te parece una buena semblanza de Jamie? Acosado por sí mismo y por el whisky, escondido en un hotel de Broadway con alguna puta gorda —porque le gustan gordas— mientras le recita «Cynara» de Dowson... (Recita burlón, pero emocionado.)
Su cálido corazón sobre el mío toda la noche sentí latir. Toda una noche de amor durmió entre mis brazos. Ciertamente eran dulces los besos de su boca comprada. Mas yo, desolado y enfermo de una antigua pasión, desperté a la realidad de un gris amanecer: A mi manera, Cynara, te he sido fiel....
(Con sorna.) ¡Y la pobre y gorda reina del cabaret sin entender ni una palabra, pero sospechando que la están insultando! ¡Jamie, incapaz de ser fiel a una sola mujer en toda su vida y sin haber conocido jamás a una Cynara, allí tumbado sintiéndose superior, mientras disfruta de placeres «que los vulgares nunca comprenderán». (Ríe.) ¡Está como una cabra! ¡Como una verdadera cabra!
Tyrone.—(Desconcertado. Con voz aguardentosa.) ¡Sí, qué locura! Si rezarais... Cuando se niega a Dios, se rechaza la cordura.
Edmund.—(Ignorándolo.) Pero ¿quién soy yo para sentirme superior? Yo he hecho lo mismo. No estoy más loco que Dowson, en medio de su resaca de absenta, inspirado por una tabernera estúpida que creía que se trataba de un pobre loco y que le mandó a paseo para casarse con un camarero. ¡Cynara! (Ríe. Luego, sereno, con verdadera compasión.) ¡Pobre Dowson! El alcohol y la tuberculosis acabaron con él.
(Se estremece, y durante un segundo parece asustado y angustiado. Luego utiliza la ironía como autodefensa.)
Quizás sería mejor cambiar de tema.
Tyrone.—(Embotado.) ¡Vaya gustos que tienes para elegir escritores! ¡Esa dichosa biblioteca que tienes! (Señala la pequeña librería del fondo.) Voltaire, Rousseau, Schopenhauer, Nietzsche, Ibsen... ¡Ateos, locos, idiotas! ¿Y los poetas? Ese Dowson y ese Baudelaire... Swinburne, Osear Wilde, Whitman, Poe... ¡Putañeros y degenerados! ¡Puaf! ¡Cuando pienso en las tres colecciones de Shakespeare que tengo ahí (señala con la cabeza a la librería grande) y que puedes leer...!
Edmund.—(Provocador.) Pues dicen que ése también empinaba el codo...
Tyrone.—¡Mienten! ¡Claro que le gustaría echar un trago de vez en cuando! Como a todo el mundo. Pero no bebía tanto como para que se le embotase el cerebro y ponerse a escribir porquerías y cosas macabras. No le compares con esos que tienes ahí. (Señala haría la librería pequeña.) ¡Ese asqueroso de Zola!. ¡Y el drogadicto de Dante Gabriel Rossetti!... (Se estremece y parece preocupado.)
Edmund.—(Secamente y a la defensiva.) Mejor será que cambiemos de tema. (Pausa.) Además, no puedes acusarme de no haber leído a Shakespeare. ¿No te acuerdas de que una vez apostaste cinco dólares a que no me aprendía un papel en una semana, igual que tú hacías en los buenos tiempos? Pues me aprendí Macbeth al pie de la letra. Tú me dabas las entradas.
Tyrone.—(Con aprobación.) Es verdad. (Sonríe afectuosamente y suspira.) Aquello fue terrible, ver cómo asesinabas el texto. No hacía más que pensar que debía haberte pagado con tal de que no me lo recitaras.
(Chasquea la lengua y Edmund le hace un gesto. De repente se sobresalta al oír un ruido en el piso superior. Con temor.)
¿Has oído? Está por ahí. Yo creía que se habría ido a ¡a cama.
Edmund.—¡Olvídalo! ¿Qué te parece otro trago?

(Extiende la mano y coge la botella, se sirve una copa y se la pasa a su padre. Mientras, Tyrone se sirve, simulando despreocuparían.)
¿Cuándo subió mamá a acostarse?
Tyrone.—Nada más irte tú. No quiso cenar. ¿Por qué saliste huyendo?
Edmund.—Por nada. (Bruscamente levanta su vaso.) Bueno, a tu salud.
Tyrone.—(Mecánicamente.) A la tuya, muchacho. (Beben. Tyrone escucha atentamente los ruidos procedentes del piso de arriba. Con temor.) ¡No hace más que moverse! ¡Espero que no se le ocurra bajar!
Edmund.—(Pensativo.) ¡Ojalá no! Ya sólo será un espectro perdido en su propio pasado... (Hace una pausa, angustiado.) ...Antes de que yo naciera...
Tyrone.—Pero, ¿no ves que a mí me hace lo mismo? Parece que la única época feliz que haya conocido fuera en casa de su padre. O rezando o tocando el piano en su colegio. Desde luego, antes de conocerme a mí. (Su amargura, se mezcla con los celos y el resentimiento.) Ya te he dicho que no hay que fiarse de sus recuerdos. Su casa tan maravillosa era de lo más corriente. Su padre no era el gran caballero irlandés, noble y generoso, que ella dice. Era una persona agradable y un buen conversador. A mí me gustaba y yo le gustaba a él. Vivía bien gracias a su negocio de ultramarinos. Pero tenía sus debilidades. Ella se mete conmigo porque bebo, pero olvida que él también lo hacía. Cierto que no probó una gota hasta que tuvo cuarenta años, pero a partir de entonces bien se desquitó. Se convirtió en un asiduo bebedor de champán. Lo peor. Pero eso era parte de su «posse». Sólo bebía champán. Bueno, pues bien pronto acabó con él. El champán y la tuberculosis... (Se detiene sintiéndose culpable ante su hijo.)
Edmund.—(Mordaz.) No hay forma de evitar los temas desagradables ¿verdad?
Tyrone.—(Suspira resignado.) No. (Intenta mostrarse campechano.) ¿Qué tal si echamos un par de manitas a las cartas, muchacho?
Edmund.—Bueno.
Tyrone.—(Barajando sin mucha soltura.) No podemos cerrar el quiosco hasta que llegue Jamie. El último tranvía... Pero espero que lo pierda... Además, no quiero subir hasta que ella se duerma.
Edmund.—Ni yo tampoco.
Tyrone.—(Continúa barajando distraídamente.) Como te iba diciendo, no puedes tomar lo que dice al pie de la letra. Corno eso del piano y de ser concertista. Se lo metieron las monjas en la cabeza. Era su favorita porque era muy religiosa. Esas santas mujeres son unas ingenuas, la verdad. No se dan cuenta de que entre todas las que, más o menos, tocan bien, ni una sola llega a dar conciertos. No es que tu madre tocara mal. Lo hacía bien para su edad, pero no por eso hay que dar por sentado que iba a...
Edmund.—(Cortante.) ¿Por qué no repartes si vamos a jugar?
Tyrone.—¿Qué? Ah sí, ya voy... (Reparte sin pensar en lo que hace.) Y eso de que iba a meterse monja... Es lo peor de todo. Tu madre era una de las chicas más guapas que he visto. Y ella también lo sabía. A pesar de su timidez y de tanto sonrojarse, era una presumida y una coqueta, que Dios la bendiga. No estaba hecha para renunciar al mundo, sino llena de salud, de buen humor y de ganas de enamorarse.
Edmund.—¡Papá, por amor de Dios! ¡Haz el favor de coger tus cartas!
Tyrone.—(Las levanta, desanimado.) A ver que tenemos aquí...
(Ambos miran sus cartas sin prestarles atención. Se sobresaltan. Tyrone susurra.)
¡Escucha!
Edmund.—¡Está bajando la escalera!
Tyrone.—(Apresuradamente.) Vamos a jugar. Haz como que no te has dado cuenta y volverá a subir.
Edmund.—(Mirando haría el salón. Aliviado.) No la veo. Debe haber vuelto a subir.
Tyrone.—¡Gracias a Dios!
Edmund.—La verdad es que habría sido terrible tener que verla tal y como debe estar ahora. (Con amargo dolor.) Lo peor es tener que aceptar que se aisle detrás de un muro. Es como si se ocultara dentro de una muralla de niebla para perderse tras ella. ¡Y deliberadamente, eso es lo malo! ¡Hay algo en ella que la impulsa a huir de nosotros, a librarse de nuestra presencia, a olvidar que existimos! ¡Es como si, a pesar de amarnos, también nos odiara!
Tyrone.—(Le reprocha dulcemente.) Vamos, vamos, muchacho... Ella no tiene la culpa. Es ese maldito veneno.
Edmund.—(Con amargura.) Sí, pero lo usa con ese fin... Por lo menos, esta vez ha sido con ese fin. (Bruscamente.) Me toca a mí, ¿no? (Echa una carta.)
Tyrone.—(fugando mecánicamente. Le reprocha con dulzura.) Tu enfermedad la ha hecho preocuparse demasiado, diga lo que diga. No seas tan duro con ella. Recuerda que no es responsable. Cuando ese maldito veneno se apodera de uno...
Edmund.—(Su rostro se endurece y se queda mirando a su padre acusadoramente.) ¿Y por qué empezó a tomarlo? ¡Sé muy bien que ella no tiene la culpa! ¡Sé quién la tiene! ¡Tú! ¡Tu maldita tacañería! Si te hubieras gastado el dinero en un buen médico cuando se puso tan enferma al nacer yo, no se habría enterado de que existe la morfina! Pero, claro, llamaste a un medicucho de hotel que, para que no te dieras cuenta de su ignorancia, tiró por el camino de en medio sin importarle lo que sucedería después! ¡Pero, claro, sus honorarios no eran altos! Otra de tus gangas...
Tyrone.—(Dolido y enfadado.) ¡Cállate! ¿Cómo te atreves a hablar de lo que no sabes? (Intenta controlarse.) Tienes que ponerte en mi lugar, muchacho. ¿Cómo iba a saber yo que se trataba de esa clase de médico? Tenía buena fama y...
Edmund.—¡Entre los borrachos que vivían en el hotel, supongo!
Tyrone.—¡Mentira! Le pedí al propietario del hotel que me recomendase el mejor...
Edmund.—¡Sí, claro! Mientras le hablabas del asilo y de que te convendría uno que no cobrase mucho. ¡Conozco tus trucos! ¡Vaya si los conozco después de lo que he visto esta tarde!
Tyrone.—(Culpable y a la defensiva.) ¿Qué ha pasado esta tarde?
Edmund.—Ya no tiene importancia. ¡Estamos hablando de mamá! Y te estoy diciendo, que a pesar de lo que digas, tu tacañería tuvo la culpa.
Tyrone.—¡Y yo te digo que es mentira! Cierra la boca ahora mismo o...
Edmund.—(Ignorándole.) ¿Por qué no la enviaste a un sanatorio para que la tratasen cuando te diste cuenta de que era una adicta a la morfina, eh? Pues te lo voy a decir; porque eso habría significado gastarte más dinero. Me juego lo que quieras a que dijiste que el mejor remedio era la fuerza de voluntad. Y eso es lo que sigues creyendo en el fondo de tu corazón, a pesar de lo que han dicho los médicos, que son los que verdaderamente saben de qué va la cosa.
Tyrone.—¡Más mentiras! Ahora lo comprendo muy bien. Pero ¿qué podía haber hecho yo entonces? ¡Ni sabía lo que era la morfina! Pasaron muchos años hasta que me di cuenta de que algo iba mal. Creía que nunca iba a ponerse bien. ¿Que por qué no la envié a que la pusieran en tratamiento, dices? (Amargamente.) ¿Es que acaso no la he enviado ya? Me he gastado miles de dólares en hospitales. Una pérdida de dinero, porque ¿para qué le han servido? Siempre vuelve a empezar.
Edmund.—¡Porque tú nunca le has dado motivos para desear mantenerse alejada de ello! Ni siquiera le has dado un hogar, aparte de este caserón destartalado en un pueblo que odia y que te has negado a adecentar para hacerlo habitable. Pero, eso sí, ¡tú sigues comprando fincas y creyendo en esas historias que te cuenta cualquier golfo que dice tener una mina de oro, o de plata o de cualquier cosa que te suene a dinero rápido! ¡Tú que la has arrastrado de acá para allá, una noche aquí y otra allí, temporada tras temporada, sin que pudiera hablar con nadie, esperándote noche tras noche en hoteluchos sucios hasta que llegabas con una buena trompa después de que hubieran cerrado todos los bares! ¡Cono, no es de extrañar que no quisiera curarse! ¡Cuando lo pienso, odio hasta el aire que respiras!
Tyrone.—(Dolido.) ¡Edmund! (Furioso.) ¿Cómo te atreves a hablar así a tu padre, insolente? ¡Después de todo lo que he hecho por ti!
Edmund.—¡Ya hablaremos después de lo que has hecho por mí!
Tyrone.—(De nuevo con aspecto culpable, le ignora.) ¿Quieres dejar de repetir esas absurdas acusaciones que tu madre sólo hace cuando el veneno se ha apoderado de ella? Nunca la he arrastrado, como tu dices, en contra de su voluntad. Es natural que quisiera que ella viniera conmigo. La amaba. Y ella me acompañaba porque también me amaba y quería estar conmigo. Esa es la única verdad, diga lo que diga cuando se encuentra fuera de sí. Además no tenía por qué haberse sentido sola. Siempre podría haber hablado con los miembros de mi compañía. Además tenía a sus hijos. Yo insistía en que lleváramos una niñera, a pesar del dinero que me costaba.
Edmund.—(Con amargura.) Ya. Tu único rasgo de generosidad. Pero la verdad es que tenias celos de nosotros porque nos prestaba mucha atención y querías que nos quitaran de en medio. ¡Otro error! Si me hubiera cuidado ella, se habría distraído y a lo mejor habría podido dejar de...
Tyrone.—(Dominado por el rencor.) Si quieres insistir en juzgar las cosas por lo que ella dice, reconocerás que si no hubieras nacido... (Se detiene avergonzado.)
Edmund.—(Repentinamente agotado y con aspecto lamentable.) Claro. Ya sé que eso es lo que ella cree, papá.
Tyrone.—(Intentando hacer las paces.) ¡No, no lo cree! Te quiere todo lo que una madre puede querer a un hijo. Te lo he recordado porque me has puesto de tan mal humor con tu manía de sacar a relucir el pasado y diciendo que me odias...
Edmund.—(Resignado.) Lo siento, papá. No era mi intención. (De repente sonríe, bromeando, palpablemente borracho.) Me pasa como a mamá. No puedo evitar que me gustes a pesar de todo.
Tyrone.—(Le hace un gesto.) Yo podría decir lo mismo de ti. No eres como para estar orgulloso, pero, al fin y al cabo, eres mi hijo. (Los dos sonríen un poco borrachos, pero mostrándose verdadero afecto. Tyrone cambia de tema.) ¿Qué pasa con las cartas? ¿A quién le toca?
Edmund.—Creo que a mí. (Tyrone echa una carta. Edmund la recoge y vuelven a olvidarse del juego.)
Tyrone.—No debes permitir que las malas noticias que te han dado hoy te depriman. Los dos médicos me han asegurado que, si haces lo que te dicen en ese sitio donde vas a ir, dentro de seis meses o, como mucho, un año, estarás curado.
Edmund.—(El rostro de nuevo endurecido.) No me hagas reír. No te lo crees ni tú.
Tyrone.—(Con demasiada vehemencia.) ¡Claro que me lo creo! ¿Por que no iba a creerlo si Hardy y el especialista me han...?
Edmund.—Lo que crees es que me voy a morir.
Tyrone.—¡Eso no es cierto! ¡Estás loco!
Edmund.—(Todavía más amargamente.) Así que ¿para qué gastar dinero? Por eso me vas a mandar a un sanatorio de beneficencia.
Tyrone.—(Culpable y confuso.) ¡Qué beneficencia ni qué ocho cuartos! Que yo sepa, vas a ir al Sanatorio de Hilltown, y los dos médicos han dicho que es el que más te conviene.
Edmund.—(Hundido.) El que más te conviene a ti. Prácticamente no te va a costar nada. O casi nada. ¡No me mientas, papá! Tú sabes muy bien que el Sanatorio de Hilltown es una institución de caridad. Jamie sospechaba que ibas a irle a Hardy con el cuento del asilo y le sacó la verdad.
Tyrone.—(Furioso.) ¡Ese borracho! Se ha dedicado a hablarte mal de mí desde que eras así de pequeño.
Edmund.—¡Así que es verdad!
Tyrone.—No es como tú crees. ¿Qué hay de malo en que sea una institución pública? El estado tiene los medios necesarios para hacer sanatorios mucho mejores que cualquier institución privada. ¿Por qué no iba a aprovecharme de ello? Estoy en mi derecho. Y tú en el tuyo. Somos residentes en este estado ¿no? Como terrateniente, pago mis buenos impuestos y ayudo a su mantenimiento.
Edmund.—(Con amarga ironía.) Tus propiedades valen medio millón de dólares...
Tyrone.—¡Mentira! Todo está hipotecado.
Edmund.—Pues tanto Hardy como el especialista sabían bien lo que valen. Me gustaría saber lo que pensarán de ti después de haberte visto allí, lamentándote de que vas a acabar en el asilo, insinuando que lo que querías es que me llevasen a una institución de caridad.
Tyrone.—¡Falso! Lo único que les dije fue que no puedo permitirme enviarte a un sanatorio para millonarios porque no tengo dinero. ¡Esa es la verdad!
Edmund.—Por eso te fuiste luego a ver a McGuire para que te estafase con otra finca. (Tyrone empieza a negarlo.) ¡No me mientas! Nos lo encontramos en el bar del hotel después
de que estuvo contigo. Jamie empezó a tomarle el pelo con que te timaba y bien que se reía McGuire.
Tyrone.—(Débilmente, miente) Si dijo que... es un embustero...
Edmund.—¡No mientas! (Con intensidad.) ¡Por Dios, papá, que desde que me embarqué y me vi solo y comprendí lo que es trabajar como una muía por un jornal indecente, y estar sin blanca y morirte de hambre y tener que dormir en el banco de un parque porque no tienes a dónde ir, he estado intentando respetarte porque me di cuenta de lo que habías pasado de niño! He intentado pasar muchas cosas por alto. ¡Dios, en esta casa, o pasas las cosas por alto o te vuelves loco! He intentado justificarme ante mí mismo las guarradas que os he hecho. He intentado comprender por qué mamá dice que, cuando hay dinero por medio, no puedes evitar comportarte como lo haces. ¡Pero, por Dios, que esto es demasiado! Me dan ganas de vomitar. No por la forma asquerosa en que me estás tratando. ¡Me importa un carajo! Yo te he tratado igual más de una vez. ¡Pero que, a costa de la tuberculosis de tu hijo, toda la ciudad se entere de que eres un viejo roñoso y no te importe!... ¿Es que no te das cuenta de que Hardy va a ir contándolo por ahí y se va a enterar todo el mundo? Papá, cono, ¿es que no te queda orgullo ni amor propio? (Dominado por la ira.) ¡Pero no creas que te voy a dejar salirte con la tuya! No pienso ir a ese sanatorio estatal para que te ahorres unos cuantos dólares y luego los inviertas en más tierras de mierda! ¡Asqueroso tacaño! (Se atraganta, la voz le tiembla de rabia yluego sufre un ataque de tos.)
Tyrone.—(Hundido en la silla al verse atacado. Tartamudea con más arrepentimiento que ira.) ¡Tranquilízate! ¡No digas esas cosas! ¡Estás borracho! No te lo tendré en cuenta. Vamos, muchacho, no tosas. ¡Hay que ver cómo te has puesto por nada! ¿Quién ha dicho que tengas que ir a Hilltown? Puedes ir donde te apetezca. Me importa un rábano lo que cueste. Lo único que me importa es que te pongas bien. Y no me llames roñoso sólo porque no quiera que los médicos me desplumen creyendo que soy millonario.
(Edmund ha dejado de toser. Parece enfermo y debilitado. Su padre le mira asustado.)
Pareces encontrarte débil, muchacho. Más vale que tomes algo.
Edmund.—(Toma la botella y llena su vaso. Débilmente.) Gracias. (Vacía el vaso de un trago.)
Tyrone.—(Se llena el vaso y acaba la botella. Bebe. Inclina la cabeza y mira torpemente las cartas que hay sobre la mesa. Indiferente.) ¿A quién le toca? (Continúa en el mismo tono, sin mostrar resentimiento.) ¡Que soy un viejo roñoso! Bueno, quizás tengas razón. A lo mejor no puedo evitarlo a pesar de que, desde que tuve algo, me he pasado la vida tirando el dinero en los bares para invitar a la gente o prestándoselo a unos gorrones que sabía muy bien no me lo iban a devolver. (Con el labio caído hace un gesto de desprecio.) ¡Claro, que eso era cuando yo estaba lleno de whisky en un bar! No me pasa lo mismo cuando estoy sereno y en mi casa. En mi casa fue donde aprendí el valor de un dólar y cogí miedo a ir al asilo. Desde entonces he tenido una suerte increíble. Aunque siempre he estado temiendo que las cosas cambiasen y me quedara sin nada. Pero, cuanto más tierras tienes, más seguro te sientes. A lo mejor no es lógico, pero así es. Si quiebra un banco, te quedas sin dinero, pero la tierra siempre está bajo tus pies. (Repentinamente adopta un aire de superioridad.) ¿Dices que has comprendido lo que yo pasé de pequeño, eh? ¡Una mierda! ¿Cómo ibas a darte cuenta? Tú has tenido todo, niñeras, colegios, universidad... aunque ahí duraste poco. Has tenido ropa, comida... Bueno, ya sé que pasaste una mala temporada teniendo que mancharte las manos para ganarte la vida, lejos de casa y sin blanca en un país extraño. Y te respeto por ello. Pero para ti sólo era una experiencia romántica. Un juego.
Edmund.—(Sarcástico.) Sí, sobre todo cuando intenté suicidarme en el bar de Jimmie el Cura.
Tyrone.—Estabas loco. Ningún hijo mío podría... Estabas borracho.
Edmund.—Estaba perfectamente sereno. Ese es el problema. Que pensé demasiado.
Tyrone.—(Con brusquedad agudizada por el alcohol.) ¡No empieces a decir otra vez esas cosas macabras y ateas! No pienso escucharte. Lo que quería es dejarte bien claro que... (Con desprecio.) ¡Tú qué vas a saber lo que cuesta ganar un dólar! Cuando yo tenía diez años, mi padre abandonó a mi madre y se marchó a morir a Irlanda. Lo que le sucedió pronto, bien que se lo merecía, y espero que se esté asando en el infierno. Confundió con azúcar el veneno para las ratas. O con harina o no sé qué... La gente decía que no fue por error, pero es mentira. En mi familia nadie...
Edmund.—Pues yo no diría que fue por error.
Tyrone.—¡Y dale con ponerse macabro! Eso te lo habrá metido tu hermano en la cabeza. Siempre tiene que creer lo peor. Pero no importa. Mi madre se quedó sola, una extranjera en tierra extraña, con cuatro niños pequeños: yo, una hermana un poco mayor y dos más pequeños. Mis dos hermanos mayores se habían marchado a otro sitio. No podían hacer nada para ayudarnos. Ya tenían bastante con intentar sobrevivir. Nuestra pobreza no tenía un carajo de romántica. Nos echaron dos veces de aquella casucha que llamábamos nuestro hogar y tiraron a la calle las pocas cosas que tenía mi madre, mientras mis hermanas y mi madre lloraban. Yo también lloraba, aunque intentaba no hacerlo porque era el hombre de la familia. ¡A los diez años! Se acabó la escuela. Me puse a trabajar doce horas al día en un taller de cerrajería para aprender a hacer limas. Un establo asqueroso era aquel sitio. La lluvia entraba por el tejado, en verano te achicharrabas y en invierno no había estufa, así que, con el frío, no se sentían las manos. La poca luz que había entraba por dos ventanucos tan sucios que, cuando estaba nublado, casi tenía que doblarme en dos para poder ver las malditas limas. ¡Y tú vienes a hablarme de trabajar! ¿Cuánto dirás que me pagaban? Cincuenta centavos por semana. ¡Es cierto! ¡Cincuenta centavos por semana! Mi pobre madre se pasaba el día lavando y fregando en las casas de los yanquis, mi hermana mayor era costurera y las dos pequeñas llevaban la casa. Nunca íbamos suficientemente abrigados ni comíamos lo necesario. Recuerdo que una vez, sería el día de Acción de Gracias o en Navidad, uno de aquellos yanquis le dio a mi madre una propina de un dólar y se lo gastó todo en comida para nosotros. No olvidaré que mientras nos abrazaba y nos besaba decía con el rostro anegado en lágrimas «¡Loado sea Dios porque ha permitido que, por una vez, ninguno tengamos que quedarnos con hambre!». (Se seca los ojos.) Era una mujer valiente, dulce y admirable. ¡La más valiente y admirable de todas!
Edmund.—(Conmovido.) Sí, debió serlo.
Tyrone.—Su único temor era ponerse enferma y acabar su vida en un asilo. (Hace una pausa. Luego añade sarcástico.) Fue entonces cuando me convertí en un tacaño. Un dólar entonces valía mucho. Y cuando se recibe una lección así, es difícil olvidarla. Tienes que ir buscando gangas. Perdóname si es eso lo que he hecho con esto del sanatorio estatal. Los médicos me dijeron que era un buen sitio. Créeme, Edmund. Te juro que no pensaba obligarte a ir allí si no querías. (Vehemente.) ¡Escoge el que más te guste! ¡Sin importar lo que cueste! Siempre y cuando no sea demasiado para mi bolsillo, claro.
(Al oír esta puntualizarían, los labios de Edmund hacen una mueca. Ya no muestra resentimiento. Su padre continúa en tono indiferente.)
El especialista también me recomendó otro sanatorio. Uno de los mejores del país. Lo ha construido un grupo de millonarios para beneficio de los trabajadores de sus empresas. Tú tendrás derecho a ir como residente en este Estado. Como contribuyen con mucho dinero, no resulta demasiado caro. Sólo son siete dólares semanales, pero, de hecho, el tratamiento vale diez veces más. (Con premura.) Pero que quede claro que no quiero obligarte a nada. Sencillamente, estoy repitiéndote lo que me han dicho.
Edmund.—(Ocultando una sonrisa, como de pasada.) Ya lo sé. Me parece bien. Allí iré. Arreglado. (Repentinamente vuelve aparecer desasosegado. Con resignación.) Además, ya me importa un bledo. ¡Olvidémoslo! (Cambiando de tema.) ¿Y nuestra partida? ¿Quién juega?
Tyrone.—(Mecánicamente.) No sé. Creo que yo. No, tú.
(Edmund tira una carta. Su padre la coge. Cuando va a tirar vuelve a olvidarse del juego.)
Sí, es posible que la vida haya sido demasiado dura conmigo para enseñarme lo que vale un dólar. Porque, como consecuencia, arruiné mi carrera de actor. (Tristemente.) Nunca he querido admitirlo, muchacho, pero esta noche me siento tan hundido que ya nada me importa, así que para qué seguir fingiendo. Aquella maldita obra cuyos derechos compré por casi nada y que luego fue éxito tan grande —y de taquilla también— acabó con mi carrera al proporcionarme una fortuna de una forma tan sencilla. No quería hacer ninguna otra obra, así que cuando quise darme cuenta, el papel me había tiranizado. Entonces intenté hacer otras, pero era demasiado tarde. Me habían identificado con el papel y el público no me quería ver en ningún otro. No les faltaba razón. Después de tantos años repitiéndolo, sin molestarme en aprender otro, sin trabajar en serio, perdí el talento que tenía al principio. ¡Cada temporada me caían entre treinta y cinco y cuarenta mil dólares con sólo poner la mano! Era una tentación demasiado grande. Pero antes de comprar los derechos de esa obra yo era considerado una de las mayores promesas del teatro americano. Claro que había trabajado como un burro. Dejé mi empleo en el taller y empecé a hacer papelitos sin importancia sólo porque me encantaba el teatro. Estaba lleno de ambición. Leía todas las obras que se escribían. Estudié a Shakespeare como si fuera la Biblia. A base de estudio, conseguí perder aquel acento irlandés tan fuerte que tenía. Me encantaba Shakespeare. Habría participado en cualquiera de sus obras sólo por el placer de sentirme inmerso en su poesía. Y lo hacía bien. Me inspiraba. De no haberlo dejado, me habría convertido en un gran actor clásico. Seguro. Una noche, cuando en 1874 Edwin Booth vino a Chicago para hacer el papel de Bruto con la compañía en la que yo estaba, yo hice Casio. Y a la noche siguiente él hizo Casio y yo Bruto. Luego hice Otelo, cuando él hizo Yago... La primera noche que yo hice Otelo, Booth le dijo a nuestro representante «Ese joven hace Otelo mejor que yo». (Con orgullo.) ¡Lo decía Booth, el mejor actor de todos los tiempos! ¡Y era verdad! Yo sólo tenía veintisiete años. Cuando lo pienso ahora, me doy cuenta de que aquella noche fue el punto culminante de mi carrera. ¡Había logrado lo que quería! Durante unos años continué ascendiendo, lleno de ambición. Me casé con tu madre. Pregúntale cómo era yo en aquella época. Su amor fue un incentivo más para continuar luchando. Pero unos años después mi buena mala suerte me hizo tropezar con lo que se convertiría en mi fortuna. Al principio sólo pensé que se trataba de un estupendo papel romántico que me vendría como anillo al dedo. Pero, desde el principio, fue tal éxito de taquilla que... Ahora era la vida quien me ganaba la partida. ¡Treinta y cinco o cuarenta mil de beneficio neto por temporada! Una fortuna en aquella época... Incluso ahora. (Con amargura.) No sé qué cono querría comprar que mereciese el haber... Bueno, no importa. Ya es demasiado tarde para lamentarse. (Mira sus cartas distraído.) Me toca a mí, ¿no?
Edmund.—(Conmovido, mira comprensivo a su padre. Lentamente.) Me alegro de que me lo hayas contado, papá. Ahora te conozco mucho mejor.
Tyrone.—(Sonriendo vagamente.) Creo que habría sido mejor que no te hubiera contado nada. A lo mejor sólo he conseguido que todavía me desprecies más. No es la mejor manera de demostrarte el valor del dinero.
(Como si esta frase hubiera dado lugar a su habitual asociarían de ideas, mira la lámpara con desaprobación.)
Toda esta luz me hace daño a la vista. No te importa que la apague ¿verdad? No hacen falta tantas bombillas encendidas, así que para qué vamos a regalar dinero a la compañía eléctrica.
Edmund.—(Controlando las ganas de reírse. De buen humor.) Claro que no. Apágalas.
Tyrone.—(Se levanta pesadamente e inseguro se pone en pie. Sus pensamientos vuelven hacia el tema anterior.) No. No sé que era lo que esperaba conseguir. (Afloja una bombilla.) Te juro solemnemente, Edmund, que no me importaría no tener ni un acre de tierra a mi nombre, ni un penique en el Banco... (Afloja otra bombilla.) ...Y que acabaría feliz mis días en un asilo si ahora pudiera decir que fui el gran actor que todos esperaban.
(Afloja la tercera bombilla dejando sólo encendida la pantalla que hay sobre la mesa y vuelve a sentarse pesadamente. Edmund no puede contener una carcajada irónica. Tyrone se siente dolido.)
¿De qué coño te ríes?
Edmund.—De ti no, papá. De la vida. Es una locura.
Tyrone.—(Gruñe entre dientes.) ¡Ya empezamos con tus cosas siniestras! No hay nada malo en la vida. Somos nosotros quienes... (Cita.) «El problema, querido Bruto, no está en las estrellas, sino en nosotros, sus esclavos.» (Hace una pausa. Tristemente). ¡Las alabanzas que Booth hizo de mi Otelo! Obligué al representante a que me escribiera sus palabras exactas. Las llevé durante muchos años en mi cartera. Solía leerlas de vez en cuando hasta que ya no pude soportar lo mal que me hacían sentir. ¿Dónde estarán ahora? Por aquí. Recuerdo que las guardé con mucho cuidado...
Edmund.—(Sarcástico.) A lo mejor están en un baúl del desván con el traje de novia de mamá. (Al ver que su padre le mira fijamente, añade rápidamente.) Bueno, ¿vamos a jugar de una vez o no?
(Toma la carta que había echado su padre y empieza. Juegan durante unos momentos, como si jugasen mecánicamente al ajedrez, Tyrone se detiene a oír un ruido en el piso superior.)
Tyrone.—Todavía está por ahí. Sabe Dios cuando se acostará.
Edmund.—¡Caray, papá, déjala en paz!
(Extiende la mano y se sirve un trago. Tyrone empieza a protestar, pero acaba por callarse. Edmund bebe. Deja el vaso sobre la mesa. Cambia de expresión. Cuando empieza a hablar, lo hace como si pretendiera escudarse deliberadamente en la embriaguez J la sensiblería.)
Sí. Está sobre nosotros. Más allá de nosotros. Un espectro amenazando con un pasado, que nosotros intentamos olvidar mientras agudizamos los oídos en busca del más leve sonido y la niebla gotea desde el tejado como el compás de un viejo y delirante reloj... Como las lágrimas de una ramera tendida sobre una mesa anegada de cerveza en cualquier antro de mala muerte. (Ríe sentimental.) No está mal, ¿eh? Es mío, no de Baudelaire. ¡En serio! (Hablador por el alcohol.) Me has contado tus recuerdos más imborrables. ¿Quieres que te cuente los míos? Todos están relacionados con el mar. Escucha. Estaba en-
rolado en la tripulación del Squarehead, rumbo a Buenos Aires, había luna llena y soplaban los alisios. Aquel cascarón haría unos catorce nudos. Yo estaba tumbado en la cofa mirando hacia proa, mientras el agua se deshacía en espuma bajo mi cuerpo. Los mástiles, arbolados de velas blancas que resplandecían bajo la luz de la luna, se elevaban sobre mí. Me emborraché con su belleza y su melodioso ritmo y, por un instante, me sentí perdido..., se me escapaba la vida. ¡Me encontraba libre! ¡Me disolví en el mar, pasé a formar parte de las blancas velas y de la espuma ondulante, me convertí en luz de luna, en barco, en cielo estrellado! Carecía de pasado y de futuro. Era parte integrante de aquella paz, de aquella unidad... Y, rebosante de salvaje alegría, me sentía más allá de mi propia vida, de la vida en la tierra, ¡me encontraba en la Vida!... Era parte del propio Dios, si quieres. Otra vez sucedió cuando trabajaba en la American Line. Estaba en la cofa, haciendo la guardia del amanecer. Esta vez el mar se encontraba en calma. Sólo se percibía un suave balanceo. Los pasajeros dormían y no había nadie de la tripulación a la vista. Las chimeneas despedían un humo negro. Dejé de prestar atención a la guardia y empecé a soñar, perdido en mi soledad, libre y distante, mientras observaba cómo la aurora ascendía sobre el mar y el cielo, que dormían enlazados, cubriéndolos como un sueño de color. Entonces llegó el instante de éxtasis y libertad. ¡Era la paz, el final de la búsqueda, el último puerto, la alegría de ver superadas las mezquinas ambiciones, los tristes deseos y los dolorosos sueños humanos! Luego, ha vuelto a sucederme otras veces: nadando en una playa solitaria, lejos de la orilla, tumbado sobre la arena... he vuelto a tener la misma sensación. Yo constituía parte del sol, de la arena cálida, flotaba como un alga mecida entre las rocas... Los éxtasis de los santos han debido ser algo así. Como si una mano invisible levantara el velo que cubre las cosas. Las ves durante un segundo y, una vez descubierto su secreto, pasas a formar parte de ese mismo secreto. ¡Todo tiene sentido durante un segundo! Luego vuelve a descender el velo y te quedas solo, de nuevo perdido entre la niebla, errante, sin rumbo... (Hace una mueca.) ¡Qué gran error haber nacido hombre cuando podría haber sido una gaviota o un pez! ¡Siempre seré un extraño sin hogar, sin esperanza y sin amor, siempre un vagabundo, un poco enamorado de la muerte!
Tyrone.—(Le mira impresionado.) Desde luego, tienes madera de poeta. (Protesta desasosegado.) ¡Pero eso de que no tienes hogar y de que amas la muerte no son más que tus habituales estupideces macabras!
Edmund.—(Con sorna.) ¡Madera de poeta! No. Me temo que más bien soy como esos tipos que fuman sin tragarse el humo. Sería incapaz de escribir lo que acabo de contarte. Me ha salido a trompicones, tartamudeando. Y eso es lo único, lo que seguiré haciendo, balbucear. Si sigo vivo, claro... Bueno, por lo menos, será poesía realista. Nosotros, los hijos de la niebla, sólo sabemos balbucear.
(Pausa. Ambos se sobresaltan al escuchar un ruido en el exterior, como si alguien hubiera tropezado en los escalones y hubiera caído en el suelo. Edmund hace un gesto.)
Vaya, el hermano ausente. Debe haberla cogido buena.
Tyrone.—(Endureciendo el gesto.) ¡Ese borracho! ¡Mala suerte, ha cogido el último tranvía! (Se pone en pie.) Mételo en la cama, Edmund. Voy a salir al porche. Cuando está borracho tiene una lengua de víbora y no quiero perder los estribos.
(Sale por la puerta que da al porche lateral mientras la puerta principal se cierra de golpe detrás de Jamie. Edmund observa divertido a Jamie, que aparece haciendo eses. Entra Jamie. Está muy borracho y casi no puede tenerse en pie. Tiene la mirada vidriosa, la cara abotargada y la boca entreabierta con una sonrisa burlona. Se le traba la lengua.)
Jamie.—(Apoyado en el quicio de la puerta para no caerse. En alta voz.) ¡Ah de la casa!
Edmund.—(Rápidamente.) ¡No grites!
Jamie.—(La guiña un ojo.) ¡Ah! ¡Hola, chico! (Con gran seriedad.) Estoy como una cuba.
Edmund.—(Secamente.) Gracias por contarme tu gran secreto.
Jamie.—(Burlón.) Es verdad. ¡Vaya una noticia!, ¿no? (Se inclina para sacudirse los pantalones.) He tenido un grave tropiezo. Los escalones han querido atacarme. Se han querido aprovechar de la niebla para tenderme una trampa. Deberíamos poner un faro en el jardín. Tampoco es que aquí haya mucha luz. (De mal humor.) Pero, bueno, ¿es que estamos en la funeraria? Vamos a encender un poquito la luz. (Se acerca a la mesa recitando a Kipling.)
¡Vado del río Kabul,
vado del río Kabul en la noche!
Sigue las estacas que guían tus pasos
para cruzar el vado del río Kabul en la noche.
(Dificultosamente consigue encender las tres bombillas de la lámpara.)
Así está mejor. ¡Que el viejo Gaspar se vaya al carajo! ¿Dónde está ese viejo tacaño?
Edmund.—En el porche.
Jamie.—¡No querrá que vivamos en las tinieblas del infierno! (Se fija en la botella llena de whisky.) ¡Vaya! ¿Es que tengo delirium tremens? (Se inclina torpemente y la coge.) Pues no. Es de verdad. ¿Qué le pasa al viejo esta noche? Debe estar medio lelo para dejarse esto aquí. No dejes escapar la ocasión. Esa es la clave de mi éxito. (Se sirve una buena cantidad.)
Edmund.—Tal como estás, te vas a caer redondo.
Jamie.—Habló la voz de la experiencia. Corta el rollo, chico. Todavía estás en pañales. (Se sienta en una silla mientras sostiene el vaso con cuidado.)
Edmund.—Bueno, por mí, puedes seguir... Como si acabas KO.
Jamie.—Eso es lo malo. No puedo. Llevo dentro suficiente alcohol como para dormirla durante unos cuantos días, pero no me hace efecto. Bueno, quién sabe. (Bebe.)
Edmund.—Pásame la botella. Yo también necesito un trago.
Jamie.—(Con repentina preocupación fraternal, sujetando la botella.) Ni hablar. Delante de mí no. Acuérdate de lo que te ha dicho el médico. A lo mejor, a nadie le importa que te mueras, pero a mí sí. Mi hermanito. Con lo que yo te quiero, chico. Lo demás me da igual. Sólo me quedas tú. (Acerca la botella haría sí.) Nada de alcohol. Tendrás que pasar sobre mi cadáver.
(Se percibe una verdadera sinceridad bajo la actitud sentimental que le provoca el alcohol.)
Edmund.—(Irritable.) Corta el rollo.
Jamie.—(Se siente dolido y se le endurece el rostro.) ¿Con que no te importa lo que te diga, eh? Sólo son tonterías de borracho. (Le pasa la botella.) Bueno, si quieres matarte, por mí...
Edmund.—(Se da cuenta de que le ha molestado. Afectuoso.) Claro que sé que te preocupas por mí, Jamie. Voy a dejar de beber. Pero mañana. Hoy han pasado demasiadas cosas. (Se sirve un trago.) Salud.
Jamie.—(Por un instante parece estar sobrio. Le mira compasivo.) Ya lo sé, chico. ¡Vaya día que has tenido! (Cínico.) Seguro que el viejo Gaspar te ha dejado beber. ¿No te ha regalado una caja de whisky para que te la lleves a ese sanatorio para deshauciados que te ha buscado? Cuanto antes la palmes, menos le cuesta. (Con odio y desprecio.) ¡Tenemos un padre que es un canalla! Hay que verlo para creerlo.
Edmund.—(A la defensiva.) Bueno, papá no es tan malo si te pones a pensarlo... ¡Y métete tus gracias donde te quepan!
Jamie.—(Cínico.) ¿Te ha hecho el numerito de las lágrimas, eh? Pues te ha tomado el pelo. Pero a mí no me engaña. Ya
no. (Lentamente.) Aunque hay una cosa que a veces me da pena. Pero se lo merece. Sólo él tiene la culpa. (Apresuradamente.) ¡A hacer puñetas!
(Coge la botella y se sirve otra copa, dando la impresión de estar otra vez borracho.)
Parece que la estoy cogiendo. Ésta me tumba. ¿Le has dicho al viejo Gaspar que le saqué a Hardy que ese sanatorio es una institución benéfica?
Edmund.—(Pesaroso.) Sí. Le he dicho que no pensaba ir. Pero ya está todo arreglado. Dice que podré ir donde se me antoje. (Sin resentimiento, añade sonriendo.) Dentro de un limite, claro.
Jamie.—(Imitando a su padre.) Claro, muchacho. Dentro de un límite. (Burlón.) O sea, a otro sitio igual de cochambroso. Si ya te digo que el papel que mejor le va es el de Gaspar, el viejo usurero de Las Campanas.
Edmund.—(Irritado.) ¡Cállate, cono! Te he oído esa historia de Gaspar más de un millón de veces.
Jamie.—(Se encoge de hombros. Con voz pastosa.) Bueno, bueno, como quieras... Allá tú. Es tu vida. Y nunca mejor dicho.
Edmund.—(Cambia de tema.) ¿Qué has estado haciendo en el pueblo? ¿Has estado en casa de Mamie Bums?.
Jamie.—(Muy borracho, asiente con la cabeza.) Claro. ¿Dónde si no iba a encontrar la adecuada compañía femenina? Y amor. No te olvides del amor. ¿Que serían los hombres sin el amor de una mujer? Pájaros sin alas.
Edmund.—(Chasquea la lengua, dejándose llevar por el alcohol.) Estás como una cabra.
Jamie.—(Cita «El Burdel» de Oscar Wilde.)
Entonces, volviéndome hacia mi amada, dije: «Los muertos bailan con los muertos,
el polvo danza entre el polvo.»
Pero ella... ella oyó el violín
y, abandonándome, entró:
el amor entró en casa de la lujuria.
Entonces repentinamente la melodía se quebró
los bailarines cesaron en su vals....
(Se detiene, con la voz pastosa.) No es del todo apropiado. Si ha llegado el amor, yo no me he dado cuenta. A lo mejor se trata de un amor fantasma. (Pausa.) ¿A que no sabes a cuál de las vampiresas de Mamie elegí para que me bendijera con su amor? Pues a Violeta la Gorda.
Edmund.—(Ríe embriagado.) ¡No me digas! ¡Vaya gusto! ¡Pero si pesa una tonelada! ¿Por qué? ¿Para reírte?
Jamie.—Nada de bromas. Iba muy en serio. Cuando llegué al antro de Mamie, sentía mucha pena de mí mismo y de todos los inútiles de este puñetero mundo. Me hacía falta echar una buena llorada en un pecho maternal. Ya sabes cómo se siente uno cuando la coges triste. Nada más abrirme la puerta, Mamie empezó a contarme sus penas. Que si las cosas le iban fatal y que si iba a tener que poner a Violeta la Gorda en la puta calle. No les gusta a los clientes. Lo único que sabe hacer es tocar el piano. Pero a Vi le ha dado ahora por emborracharse y ya ni siquiera toca, así que no gana ni para comer, y aunque sea una buena chica y a Mamie le da mucha pena porque no sabe cómo cono va a ganarse la vida, los negocios son los negocios y no puede dejar que su casa se convierta en un asilo para putas gordas. Bueno, pues me dio lástima de Violeta la Gorda y le solté dos pavos para que me permitiera el placer de acompañarla arriba. Sin malas intenciones, ojo. Una cosa es que me gusten gordas, pero no tanto. Sólo quería hablar un poco de las infinitas miserias de este mundo.
Edmund.—(Ríe entre dientes.) ¡Pobre Vi! Seguro que empezaste a recitarle a Kipling, a Swinburne y a Dowson y le dedicaste eso de «Siempre, Cynara, te he sido fiel a mi manera...»
Jamie.—(Hace un gesto.) ¡Claro! ¡Con la curda llorona que llevaba! Ella se lo tomó bien un rato. Pero luego se cabreó. Creía que yo estaba cachondeándome y empezó a chillarme. Que si ella valía más que un borracho que le daba por la poesía y tal. Y se puso a llorar. Así que no tuve más remedio que decirle que la quería porque las gordas son mi tipo y tuve que demostrárselo. Se quedó convencida y, cuando me fui, me dio un beso y me dijo que estaba loca por mí. Lloramos un poco más al despedirnos y todo quedó muy bien. Sólo que Mamie Burns debe creer que he perdido un tornillo.
Edmund.—(Cita burlón.)
Las rameras y los condenados
disfrutan placeres que
los seres vulgares nunca comprenderán.
Jamie.—(Asiente con la cabeza. Se le traba la lengua al hablar.) ¡Exactamente! Me lo he pasado de miedo. Deberías haber venido conmigo, chico. Mamie Burns me preguntó por ti. Siente que estés enfermo. De verdad. (Hace una pausa. Como si estuviese en un escenario.) ¡Esta noche he abierto los ojos hacia la gran, carrera que me aguarda! ¡Dejaré libres los escenarios para que sean ocupados por las focas malabaristas, o sea, la encarnación del más puro arte! Utilizaré mi talento natural allí donde mejor se aprecie y lograré llegar a la cima del éxito! ¡Me convertiré en el amante de la mujer gorda del circo Barnum!. (Edmund ríe. Jamie muestra un arrogante desdén.) ¡Uf! ¿Te imaginas aplastado por una gorda de esas en una casa de putas de pueblo? ¡Yo! ¡Que he tenido rendidas a mis pies a las más hermosas mujeres de Broadway! (Cita a Kliping, «Sestina de Tramp Rojal».)
En general, he probado todo,
los felices caminos que dominan la tierra...
(Melancólico.) No sirve. Los caminos felices son una mierda. Los buenos son los difíciles. Y así estoy yo, en ningún sitio. Igual que todos, aunque esos mamones no quieran admitirlo.
Edmund.—(Burlón.) ¡Como no cortes, acabas llorando...!
Jamie.—(Se sobresalta y se queda mirando a su hermano con hostilidad. Con voz pastosa.) ¡No te pases! (Con brusquedad.) Tienes razón. ¡Al cuerno los lloros! Violeta la Gorda es una buena chica. Me alegro de haberme quedado con ella. Caridad cristiana. Le he curado su tristeza. Deberías haberte venido, chico. Para olvidar tus problemas. ¡Mira que volver a casa para pensar en lo que ya no tiene remedio! ¡Se acabó! Ya no hay solución... (Se detiene dando cabezadas, con los ojos medio cerrados. De repente levanta la mirada, se le endurece el rostro y  cita burlón.)
Si me colgasen en la más alta colina,
madre querida, madre querida,
sé que tu amor me acompañaría...
Edmund.—(Violentamente.) ¡Cállate!
Jamie.—(Cruel, con la voz impregnada de odio, pero en tono burlón.) ¿Dónde está la loca? ¿Durmiendo?
(Edmund se estremece como si le hubieran abofeteado. Su rostro parece enfermo y dolorido. Lleno de rabia se pone en pie de un salto.)
Edmund.—¡Hijo de puta!
(Le da a su hermano un puñetazo en el rostro. Durante un segundo, Jamie parece que va a devolvérselo, pero de repente se da cuenta con asombro de lo que ha dicho y vuelve a sentarse desmadejado.)
Jamie.—(Apenado.) Gracias, chico. Me lo tenía merecido. No sé qué me ha pasado... El whisky. Ya sabes como soy.
Edmund.—(Calmado.) No dirías lo que has dicho a no ser que... ¡Joder, Jamie, aunque estés como una cuba no tienes ningún derecho! (Hace una pausa. Apenado.) Siento haberte atizado. Tú y yo no... (Se hunde en el sillón.)
Jamie.—(Secamente.) Vale. Me lo he merecido. Es que tengo una lengua... Me la debería cortar. (Oculta el rostro entre las manos. Con resignación.) Creo que todo es porque estoy muy jodido. Creía que mamá esta vez iba a... Creía que ya lo había dejado. Ella dice que siempre tengo que pensar lo peor, pero esta vez no era así. Todo lo contrario. (Le tiembla la voz) Será que no la puedo perdonar... todavía. Significaba mucho para mí. Me decía a mí mismo «Si ella lo puede dejar, yo también podré». (Empieza a sollozar y lo peor es que su llanto parece sincero, no lágrimas de borracho.)
Edmund.— (A punto de llorar también.) ¿Es que crees que no sé cómo te sientes, Jamie? ¡Cállate!
Jamie.—(Intentando controlarse.) Yo sabía lo de mamá desde mucho antes que tú. Nunca olvidaré el día en que me di cuenta. La pesqué con la jeringuilla en la mano. Hasta entonces creía que solamente se pinchaban las putas. (Hace una pausa.) Y luego lo de tu tuberculosis. Me ha hecho polvo. Tú eres mucho más que un hermano para mí. Eres el único amigo que tengo. Te quiero tanto que haría cualquier cosa por ti.
Edmund.—(Se inclina y le da unos golpecitos de consuelo en el hombro.) Ya lo sé, Jamie.
Jamie.—(Ha dejado de llorar y deja caer las manos del rostro. Con una extraña amargura.) Pero con todo lo que habrás oído decir a mamá y al viejo Gaspar de mi mala leche, no me extrañaría que pensases que, como papá ya está viejo y no puede durar mucho y tú te vas a morir y mamá y yo heredaríamos todo, yo estoy esperando que...
Edmund.—(Indignado.) ¡Cállate, imbécil! ¿Cómo se te ha metido en la cabeza que...? (Se queda mirando a su hermano acusadoramente.) ¡Eso es lo que quiero saber! ¿Cómo se te ha metido eso en la cabeza?
Jamie.—(Confuso, parece estar otra vez borracho.) ¡No seas imbécil! Pues eso. Como siempre pienso lo peor... (Parece resentido.) ¿Pero es que vas a acusarme a mí? ¡No te pases de listo! Sé de la vida mucho más que tú. No creas que porque hayas leído tantos libros vas a engañarme. ¡No eres más que un niño grande! ¡El nene de mamá y de papá! ¡La gran esperanza de la familia! ¡Vaya humos que te has estado dando estos días! ¿Y a cuento de qué? ¡Por un par de poemas y por trabajar en un periodicucho de pueblo! Era mucho mejor lo que yo escribía en la revista de la Universidad!. ¡Despierta, que no eres nadie! No te dejes engañar por lo que estos paletos digan sobre tu futuro.
(Repentinamente cambia de tono j parece contrito. Edmund ha vuelto el rostro intentando ignorar la andanada.)
Caramba, chico, perdona. No me hagas caso. Ya sabes que no lo siento así. Estoy muy orgulloso de lo que escribes. (Insistentemente.) ¿Cómo no iba a estar orgulloso? Joder, aunque sólo fuera por egoísmo. Me echas buena fama. Además, yo he sido quien te ha criado. ¿Quién te ha enseñado todo lo que hay que saber de las mujeres para no acabar metiendo la pata y en un buen lío? ¿Y quién fue el primero que te dijo que leyeras poesía? ¿Quién te recomendó a Swinburne? ¡Yo! Y, como yo quería ser escritor, pues te metí en la cabeza que tú ibas a ser escritor. ¡Cono, claro que eres más que un hermano para mí! ¡Si te he hecho yo! ¡Eres mi Frankestein!.
(Ahora parece arrogantemente divertido. Edmund está disfrutando con ello.)
Edmund.—Vale. Soy tu Frankestein. Celebrémoslo. (Ríe.) ¡Estás como una cabra!
Jamie.—(Con voz pastosa.) Yo me voy a tomar una copa, pero tú ni hablar. Tengo que cuidarte.
(Se inclina haría adelante y afectuosamente toma la mano de su hermano.)
No te preocupes del asunto del sanatorio. ¡Joder, si podrás salir enseguida! En seis meses estarás en la calle. Y, a lo mejor, ni siquiera tienes tuberculosis. Los médicos son una panda de farsantes. A mí me dijeron hace unos años que si no dejaba de beber la iba a palmar y aquí me tienes. Son unos criminales. Con tal de llevarse la pasta... Estoy convencido de que en eso del sanatorio estatal hay algún chanchullo político. Seguro que los médicos se llevan una pasta por cada paciente que mandan allí.
Edmund.—(Divertido, a su pesar.) ¡Eres el colmo! ¡El Día del Juicio Final andarás por ahí diciendo que todo estaba amañado!
Jamie.—Pues no iba a dejar de tener razón. Si untas al Juez, te absuelven, pero si no tienes pasta, a la puta mierda.
(Hace una mueca después de decir esta blasfemia y Edmund no puede contener la risa. Jamie continúa.)
«Por lo tanto, llénate bien la bolsa». Es lo mejor que puedes hacer. (Burlón.) ¡La clave del éxito! ¡Mírame a mí!
(Suelta la mano de Edmund para servirse un trago y se lo bebe. Mira a su hermano con verdadero afecto, vuelve a cogerle la
marwj reanuda el diálogo con voz pastosa, pero llena de convincente sinceridad.)
Mira, chico, te vas a marchar y a lo mejor no tenemos ocasión de hablar. O a lo mejor luego no estoy tan borracho como para decírtelo. Así que tiene que ser ahora. Es algo que tenía que haberte dicho hace ya tiempo... Por tu bien.
(Se detiene luchando consigo mismo. Edmund le mira fijamente, impresionado e intranquilo. Jamie rompe a hablar.)
No son chorradas de borracho. «In vino veritas», dicen. Yo que tú me lo tomaría en serio. Tengo que prevenirte contra... mí. Mamá y papá tienen razón. Soy un mal ejemplo. Y lo peor es que lo hago a propósito.
Edmund.—(Incómodo.) ¡Cállate, no quiero oírte decir que...!
Jamie.—¡Cállate, chico! ¡Deliberadamente he hecho todo lo que he podido para que fueras un inútil! Por lo menos, han sido una de cal y otra de arena. Hay algo en mí que odia la vida. Quería ser tu maestro, que aprendieses de mis errores. Por lo menos eso creía yo a veces. Pero no es así. Hacía que mis errores no parecieran tan graves. Hacía que pareciera romántico emborracharse. Hacía que las putas parecieran fascinantes vampiresas en vez de pobres mujerzuelas enfermas y estúpidas, que es lo que son. Me burlaba del trabajo. No quería que las cosas te fueran bien porque entonces yo todavía parecería peor a tu lado. Quería que fueras un fracasado. Siempre te he tenido envidia. ¡El niñito de mamá, el preferido de papá! (Mira a Edmund con creciente animadversión.) Además, mamá empezó a drogarse cuando naciste tú. Ya sé que no tienes la culpa, pero es igual, ¡vete a hacer puñetas, te odio...!
Edmund.—(Casi asustado.) ¡Jamie! ¡Cállate! ¡Estás loco!
Jamie.—Pero no creas. Te quiero mucho más de lo que te odio. El haberte dicho esto es buena prueba de ello. Porque a lo mejor acabas odiándome y eres lo único que tengo. Pero no quería soltarte todo esto, no quería haber ido tan lejos. No sé que me ha pasado. Lo que quería decirte es que espero que todo te salga bien. Pero con cuidado, porque voy a intentar que fracases. No puedo evitarlo. Me odio a mí mismo. Tengo que vengarme. De todos. Especialmente de ti. Oscar Wilde en La Prisión de Reading no sabía lo que decía. Aquel tipo ya estaba muerto y tenía, por tanto, que dar muerte a lo que más amaba. Como debe ser. Por eso, lo que ha muerto en mí desea que no te pongas bien. ¡Incluso a lo mejor me alegro de que mamá haya vuelto a recaer! ¡Necesito compañía para no ser el único cadáver de la casa! (Suelta una risita angustiosa.)
Edmund.—¡Jamie, joder, estás volviéndome loco!
Jamie.—Si te paras a pensar, verás que tengo razón. Piénsalo cuando estés en el sanatorio. Hazte a la idea de que tienes que olvidarme, que no existo, que me he muerto. Dile a la gente «Yo tenía un hermano, pero murió». Y cuando vuelvas, búscame. Te recibiré con los brazos abiertos y, en cuanto te descuides, ¡zas!, puñalada por la espalda.
Edmund.—¡Cállate. No pienso seguir escuchándote!
Jamie.—(Como si no le hubiera oído.) Pero no me olvides. Recuerda que te lo he advertido... por tu bien. Créeme. No hay mayor amor que el de quien salva a su propio hermano de sí mismo. (Muy ebrio, dando cabezadas.) Ya está. Me siento mucho mejor ahora. Me he confesado. Pero tú me absolverás. ¿No, chico? Eres un tipo estupendo. Claro que lo eres. Como que te he hecho yo. Tienes que ponerte bien. No te irás a morir, ¿eh? Eres lo único que me queda. Que Dios te bendiga, chico. (Los ojos se le cierran. En un susurro.) La última copa me ha dejado KO.
(Aunque parece estar completamente dormido, no es asi. Edmund angustiado oculta el rostro entre las manos. Tyrone entra desde el porche por la puerta corredera sin hacer ruido, con el batín húmedo a causa de la niebla y el cuello levantado para protegerse la garganta. Hay en su rostro una expresión mezcla de disgusto y lástima. Edmund no advierte que ha entrado.)
Tyrone.—(En voz baja.) Gracias a Dios que se ha dormido. (Edmund levanta la mirada sobresaltado.) Creía que nunca iba a dejar de hablar. (Se baja el cuello de la bata.) Más vale que le dejemos dormirla.
(Edmund permanece silencioso. Tyrone le observa y luego continúa.)
He oído lo último que ha dicho. Ya te lo había advertido. Espero que, ahora que lo has oído de sus propios labios, te des por enterado.
(Edmund parece no haberle oído. Tyrone, conmiseratívo, añade.)
Tampoco vayas a tomártelo muy a pecho, muchacho. Le encanta hacerse el malo cuando está borracho. Te aprecia. Es lo único que le queda de bueno.
(Inclina la cabeza para mirar a  Jamie con amarga tristeza.)
¡Vaya espectáculo que he tenido que presenciar! ¡Mi primogénito, quien yo esperaba llevara mi nombre con honor y dignidad, quien tenía un futuro tan brillante!
Edmund.—(Apenado.) ¿Quieres callarte, papá?
Tyrone.—(Se sirve un trago.) ¡Un inútil! ¡Un alcohólico que no sirve para nada!
(Bebe. Jamie, inquieto al notar la presencia de su padre, intenta salir de su torpor. Abre los ojos e intenta mirar a su padre. Tyrone da un paso hacia atrás a la defensiva, mientras se le endurece el rostro.)
Jamie.—(Le señala con el dedo y recita con énfasis dramático.)
Ha llegado Clarence, el falso, huidizo y perjuro Clarence, que me apuñaló en los campos de Tewksbury. Apoderaos de él, Furias, y llevadlo al tormento.
(Resentido.) ¿Qué cono miras? (Con sorna cita a Rosseti.)
Mira mi rostro. Me llamo Podría-haber-sido.
También me llamo No-más, Demasiado Tarde, Adiós.
Tyrone.—Lo sé muy bien y sabe Dios que no quiero oírte.
Edmund.—¡Papá! ¡Déjalo!
Jamie.—(Burlón.) Se me ha ocurrido una gran idea, papá. ¿Por qué no repones Las Campanas esta temporada? Hay un papel que podrías hacer hasta sin maquillarte. El del viejo Gaspar, el usurero. (Tyrone se da la vuelta intentando controlarse.)
Edmund.—¡Cállate, Jamie!
Jamie.—(Burlón.) Afirmo que Edwin Booth no tuvo ocasión de dar una representación la mitad de buena que la que hace una foca amaestrada en un circo. Las focas son inteligentes y honradas. No se dedican a dar lecciones sobre Arte Dramático. Saben que son unas pobres desgraciadas y sólo quieren ganarse su sardina diaria.
Tyrone.—(Herido, se vuelve furioso.) ¡Borracho!
Edmund.—¡Papá! ¿Es que quieres que, por vuestras peleas, baje mamá? ¡Duérmete, Jamie! ¡Ya has dicho suficientes burradas! (Tyrone se vuelve.)
Jamie.—(Con voz pastosa.) Bueno, chico. No quiero peleas. Tengo un sueño del carajo.
(Cierra los ojos dando cabezadas. Tyrone se acerca a la mesa y se sienta después de volver la silla para no ver a Jamie. Inmediatamente parece somnoliento.)
Tyrone.—(Fatigado.) ¡Ojalá se acueste para que yo también pueda irme a la cama! ¡Estoy molido! Ya no me puedo quedar toda la noche en pie como hacía antes. Estoy viejo... viejo y acabado (Da un enorme bostezo.) Se me cierran los ojos. Creo que voy a echar una cabezadita ¿Y tú, Edmund? A ver si mientras tanto...
(Se calla. Se le cierran los ojos, entreabre la boca y comienza a respirar pesadamente. Edmund se sienta en tensión. Se sobresalta al oír un ruido y dirige la mirada hada el salón. Luego se sienta a la espera, con los ojos muy abiertos y aferrado a los brazos del sillón. Repentinamente se encienden las luces del salón y un momento más tarde alguien empieza a tocar el piano al comienzo de uno de los valses más sencillos de Chopin, torpemente, como una colegiala que lo tocara por vez primera. Tyrone parece despertarse completamente con el temor dibujado en su rostro, mientras que jamie se sobresalta y abre los ojos. Por un momento escuchan paralizados. La música cesa tan súbitamente
como empezó y Mary aparece en la puerta. Sobre el camisón lleva una bata de color azul celeste, y en los pies unas delicadas chinelas con pompones. En su rostro, más pálido que nunca, los ojos negros parecen enormes. Brillan como el azabache. Extrañamente, su rostro parece muy joven, como si se le hubieran borrado las marcas de la experiencia. Es como una máscara de mármol que representase ¡a inocencia juvenil. Sus labios esbozan una tímida sonrisa. Lleva recogidos los blancos cabellos en dos trenzas que caen sobre su pecho. Sobre un brazo lleva colgando descuidadamente un vestido de novia antiguo, de satén y encaje, que arrastra por el suelo, como si hubiese olvidado que lo lleva. Al llegar al umbral, parece dudar y permanece mirando hada la habitación con el ceño fruncido como si fuera a buscar algo y hubiera olvidado de qué se trataba. Ellos la miran fijamente, pero no les presta más atención que a los objetos que hay en la habitación, muebles, ventanas, cosas que le resultan familiares y que acepta automáticamente como si estuviesen en su sitio normal, pero sin prestarles demasiada atención.)
Jamie.—(Rompe el silencio, con amargura y burlón, a la defensiva.) La escena de la locura. ¡Entra Ofelia!.
(Tanto su padre como su hermano se vuelven furiosos. Edmund, más rápido, le abofetea en la boca con el envés de la mano.)
Tyrone.—(Le tiembla la voz a causa de la ira reprimida.) ¡Bien hecho, Edmund! ¡Traidor! ¡A su propia madre!
Jamie.—(Balbucea sintiéndose culpable, sin resentimiento.) ¡Está bien, chico! Me lo merecía. Pero ya te he dicho como esperaba... (Se cubre el rostro con las manos y empieza a sollozar.)
Tyrone.—¡Mañana te echo a la calle a patadas!
(Pero los sollozos de Jamie le desarman, se vuelve y le toma por el hombro, sacudiéndole suavemente.)
¡Jamie, por amor de Dios, cállate!
(Entonces habla Mary, lo que vuelve a dejarlos paralizados mientras la miran fijamente. No ha prestado ninguna atención al incidente, como si fuera parte del ambiente familiar de la habitación, un telón de fondo que no le preocupa. Cuando habla, lo hace como para sí misma, no para los demás.)
Mary.—¡Qué mal toco ahora! Me falta práctica. La Hermana Teresa se va a enfadar muchísimo. Me va a decir que no es justo que mi padre se gaste tanto dinero en clases particulares. Tiene razón, porque es tan bueno, tan generoso y está tan orgulloso de mí... De ahora en adelante voy a ensayar todos los días. Pero a mis manos les ha debido ocurrir algo espantoso. Tengo los dedos tan rígidos... (Levanta las manos y las mira incrédula y asustada.) Tengo los nudillos hinchados. ¡Qué feas! Voy a ir a la enfermería a ver qué me dice la Hermana Marta. (Dulcemente sonríe mostrando confianza y afecto.) Ya es vieja y está un poco chiflada, pero no por eso la quiero menos. Además, tiene unas medicinas en su armarito que curan todo. Me dará algo para que me ponga en las manos y dirá que en cuanto rece a la Santísima Virgen se me pondrán bien.
(Se olvida de las manos y entra en la habitación arrastrando el traje de novia. Mira a su alrededor distraídamente, mientras vuelve a fruncir la frente.)
Vamos a ver. ¿Qué estaba buscando? Es terrible lo despistada que me he vuelto. Siempre estoy soñando y, claro, se me olvida todo.
Tyrone.—(En voz baja.) ¿Qué es eso que lleva, Edmund?
Edmund.—(Resignado.) Supongo que su vestido de novia.
Tyrone.—¡Dios mío! (Se pone en pie interponiéndose en su camino. Angustiado.) ¡Mary! ¿Es que no tienes bastante con...? (Se controla. En tono persuasivo.) Ven, dámelo. ¿No ves que, si lo pisas, se va a romper y además se ensuciará si lo arrastras por el suelo? Luego te daría pena.
(Ella le deja cogerlo, mirándole como si no le reconociera, sin mostrar ni afecto ni animosidad.)
Mary.—(Con la tímida corrección de una muchachita bien educada
para con un caballero anciano que le presta ayuda.) Gracias. Es usted muy amable.
(Mira su traje de novia con una mezcla de asombro e interés.)
Es un vestido de novia. Es precioso ¿verdad?
(Una sombra cruza por su rostro y parece ligeramente intranquila.)
¡Ah, ya me acuerdo! Lo he encontrado en un baúl del desván. Pero no sé para qué lo quería buscar. Voy a ser monja, bueno, si encuentro lo que...
(Mira alrededor de la habitación con el ceño fruncido.)
¿Qué estaré buscando? Sé que es algo que he perdido.
(Se separa de Tyrone, como si simplemente fuera un obstáculo en su camino.)
Tyrone.—(Desesperanzado.) ¡Mary!
(Pero no consigue llegar hasta ella, que parece no oírle. Se da por vencido, encerrándose en sí mismo, sereno y sobrio, sin poder protegerse ya con el alcohol. Se hunde en su sillón, abrazado al traje de novia, dulcemente protector.)
Jamie.—(Se descubre el rostro, con los ojos a la altura de la mesa. Repentinamente también parece sobrio. Con resignación.) No sirve de nada, papá.
(Recita «La despedida» de Swinburne, correctamente, con un tono de amarga tristeza.)
Despidámonos. Ella no lo notará
vayamos hacia el mar, como los vientos,
henchidos de arena y espuma. ¿Qué podemos hacer?
Nada podemos, pues así son las cosas,
y el mundo amargo como una lágrima.
Y estas cosas, aunque las intentes mostrar,
ella no las conocerá.
Mary.-—(Mirando a su alrededor.) Algo que echo mucho de menos. No puede haberse perdido. (Empieza a moverse detrás de la silla de Jamie)
Jamie.—(Se vuelve y la mira a los ojos sin poder evitar exclamar.) ¡Mamá! (Ella no parece haberlo oído. Jamie retira la mirada.) ¡Mierda! ¡No sirve de nada! (Continúa recitando con creciente amargura.)
Marchemos, canciones, mías. Ella no nos escuchará.
Marchemos juntos sin temor.
Quedamos ya en silencio, ya no es tiempo de cantar
ya no queda nada de los viejos tiempos queridos.
Ni a ti ni a mí nos ama como la amamos.
No; aunque, como ángeles cantemos a su oído,
ella no nos escuchará.
Mary.—(Mirando a su alrededor.) ¡Es algo que necesito! Recuerdo que, cuando todavía no lo había perdido, no tenía miedo ni me sentía sola. No puede haberse perdido para siempre. Me moriría. Porque ya no tendría esperanzas de...
(Parece una sonámbula. Sale por detrás de la silla a«Jamie y se dirige hacia adelante, a la izquierda, pasando por detrás de Edmund.)
Edmund.—(Impulsivamente se vuelve y la coge del brazo. Suplicante, parece un niño herido.) ¡Mamá! ¡No es un catarro de verano!, ¡Tengo tuberculosis!
Mary.—(Por un momento parece afectada. Tiembla y su expresión muestra terror. Exclama distraída, como para sí.) ¡No! (E instantáneamente vuelve a alejarse. Murmura suave, pero fríamente.) ¡No debes tocarme! No debes abrazarme. No está bien. Voy a ser monja.
(Jamie suelta el brazo de su madre que se dirige hacia la izquierda, hacia el extremo del sofá que se encuentra bajo las ventanas se sienta, mirando hacia delante, con las manos cruzadas en su regazo, en la actitud de una colegiala.)
Jamie.—(Mira a Edmund con una mezcla de piedad y envidia.) ¡Imbécil! ¡No sirve para nada! (Continúa recitando a Swinburne.)
Marchemos, marchemos, no nos verá. Cantemos juntos una vez más. Seguramente también ella recordando días y canciones que fueron, se volverá hacia nosotros suspirando. Mas nosotros de aquí marcharemos, como si nunca hubiéramos estado. No. Y aunque al verme todos me compadezcan, ella no me verá.
Tyrone.—(Intentando salir de su estupefacción sin esperanza.) ¡Somos idiotas! No deberíamos hacerle ningún caso. Es ese veneno. Aunque nunca la había visto tan hundida como hoy. (Malhumorado.) Pásame la botella, Jamie. ¡Y deja de recitar esos malditos poemas! ¡En mi casa no los pienso tolerar!
(Jamie le pasa la botella. Se sirve un trago sin soltar el vestido de novia que descansa sobre sus rodillas y lo sujeta cuidadosamente con el otro brazo. Luego le devuelve la botella. Jamie se sirve y se la pasa a Edmund, quien también lo hace. Tyrone levanta su vaso y sus hijos le imitan mecánicamente, pero, antes de que puedan beber, Mary rompe a hablar y dejan los vasos sobre la mesa, como si se hubieran olvidado de ellos.)
Mary.—(Con la mirada perdida soñadoramente, su rostro parece extraordinariamente joven e inocente. Sus labios muestran una tímida sonrisa mientras, en voz alta, habla consigo misma.) He estado hablando con la Madre Isabel. Es tan simpática y tan buena. Una santa. La quiero muchísimo. A lo mejor es pecado, pero la quiero más que a mi propia madre. Es tan comprensiva. A veces no hace falta ni hablar. Esos ojos tan azules que tiene te llegan directamente al corazón. No puedes tener secretos con ella. No se la puede engañar aunque se quiera. (Yergue la cabeza con un gesto rebelde.) Bueno, pero esta vez no ha sido tan comprensiva. Le he dicho que quería meterme monja, que estaba muy segura de mi vocación, que le había pedido a la Virgen María que me iluminase y me hiciera merecedora de ello. Le he dicho a la Madre que, cuando estaba rezando en la capilla de la Virgen de Lourdes que hay en la islita del lago, tuve una visión. Le he dicho que estaba completamente segura de que la Virgen Santísima me había sonreído y me había dado su bendición. Pero la Madre Isabel me ha dicho que no era suficiente, que tenía que demostrarle que aquello no era producto de mi imaginación. Dice que, si estoy tan segura, no me importará someterme a una prueba. Cuando salga del colegio me iré a mi casa y llevaré la vida de una chica normal, yendo a fiestas y a bailes y divirtiéndome. Y si, después de dos o tres años, sigo estando igual de segura, podré volver a verla y hablaremos. (Indignada.) ¡Nunca creí que la santa Madre me daría semejantes consejos! La verdad es que me quedé de piedra. Le dije que haría lo que me dijese, aunque sabía que era una pérdida de tiempo. Después de haber hablado con ella, me sentí muy confundida, así que me fui a la capilla y le recé a la Virgen para que me diera paz, porque sabía que Ella iba a escuchar mis oraciones y siempre me amará y me preservará de los peligros que me acechen mientras yo tenga fe en Ella.
(Hace una pausa y su rostro se cubre de inquietud. Se pasa una mano por la frente como si quisiera aclarar sus pensamientos. Vagamente.)
Todo esto pasó durante el invierno del último año en el colegio. Luego, en primavera, me pasó algo. Ah, sí, ya me acuerdo... Me enamoré de James Tyrone y fui feliz durante algún
tiempo... (Se queda mirando al varío como en un triste sueño. Tyrone se remueve en su sillón. Edmundj ]amie permanecen inmóviles.)
Telón

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