LA HIJA DEL AIRE: PRIMERA Y SEGUNDA PARTES. Pedro Calderón de la Barca.




LA HIJA DEL AIRE
Parte Primera

Pedro Calderón de la Barca

Personas que hablan en ella:
  • MENÓN
  • LISÍAS
  • TIRESIAS, viejo
  • NINO, rey
  • ARSIDAS
  • FLORO
  • CHATO
  • SEMÍRAMIS
  • IRENE
  • SILVIA
  • SIRENE
  • LIBIO
  • MÚSICOS
  • SOLDADOS
  • Acompañamiento

JORNADA PRIMERA


Dice MENÓN dentro los versos siguientes
MENÓN: Haced alto en esta parte, y en uno y otro escuadrón divididos, saludad con salva al Rey mi señor.
Tocan cajas, y dice LISÍAS a la otra parte
LISÍAS: Cantad aquí, mientras llega el rey a estos montes hoy; y a aquellas salvas de Marte sucedan las del Amor. MÚSICOS: "Coronado de laureles, lleno de fama y de honor, vuelva el valeroso Nino a los montes de Ascalón."
Ha de haber una puerta de una gruta al lado izquierdo, y dentro den golpes, y dice SEMÍRAMIS dentro
SEMÍRAMIS: Tiresias, abre esta puerta, o a manos de mi furor, muerte me dará el verdugo de mi desesperación.
Sale TIRESIAS, viejo, vestido de pieles largas, como sacerdote antiguo, y dice los versos siguientes con admiración
TIRESIAS: Allí trompetas y cajas, de Marte bélico horror; allí voces y instrumentos, dulces lisonjas de Amor, escucho; y cuando informado de tan desconforme unión de músicas, a admirarme en las causas de ella voy, estos golpes que a esta puerta se dan, y en mi corazón, a un tiempo me han detenido. ¡Confuso y medroso estoy!
Dentro MENÓN. Suenan cajas
MENÓN: Haced salva, que ya el Rey desde aquí se descubrió.
Dentro LISÍAS
LISÍAS: Vuelva la música a dar al aire su dulce voz.
Dentro MÚSICOS
MÚSICOS: "A tanta admiración suspenso queda en su carrera el sol."
En la gruta SEMÍRAMIS, suenan golpes
SEMÍRAMIS: Tiresias, si hoy no dispensas las leyes de esta prisión, donde sepultada vivo, la muerte me daré hoy. TIRESIAS: Del acero de mi vida ya tres los imanes son; éste llama con más fuerza, a responder a éste voy. ¿Qué das voces?
Se abre la puerta, y sale SEMÍRAMIS, vestida de pieles
SEMÍRAMIS: Dos acentos, que a un tiempo el aire veloz pronuncia, dando a mi oído ambos de equivocación, por no haberlos escuchado jamás, que jamás llegó a mi noticia el ruidoso aparato de su voz, la cárcel romper intentan donde aprisionada estoy desde que nací; ¿porqué confusamente los dos me elevan y me arrebatan? Éste que dulce sonó, con dulces halagos, hijos de su misma suspensión; éste que horrible, con fieros impulsos, tras quien me voy, sin saber dónde; que iguales me arrancan el corazón blandura y fiereza, agrado y ira, lisonja y horror; cuándo, un estruendo a esta parte, cuándo a ésta una admiración; ésta adormece al sentido, ésta despierta el valor, repitiéndome los ecos del bronce y de la canción.
Todo junto música y cajas
MÚSICOS: "A tanta admiración suspenso queda en su carrera el sol." TIRESIAS: No en vano yo me recelo que fuese despertador del letargo de tu vida ese confuso reloj de los vientos, que hoy ha hecho desacertado el rumor. Hablarte quise, porque esas novedades dos temí siempre que engendrasen en tu altiva condición nuevos deseos de ver a quien las ocasionó; y así, quiero prevenirte de lo que es, para que no te desespere tu vida, y el influjo superior, que a voluntad de los dioses te tiene en esta prisión, le facilite, sin que baste a embarazarse yo. Sabrás, pues, que Nino, Rey de Siria, ya vencedor de las bárbaras naciones del Oriente, vuelve hoy a Nínive, corte suya; por aquí pasa, y al son de sus cajas y trompetas, lenguas del sangriento dios, los rústicos moradores de los montes de Ascalón le aclaman; y pues que ya sabes toda la ocasión del militar aparato y la dulce elevación, sosiegate, y vuelve, vuelve a la estancia que te dio por cuna y sepulcro el Cielo; que me está dando temor pensar que el sol te ve, y que sabe enamorarse el sol. SEMÍRAMIS: En vano, Tíresias, quieres que ya te obedezca, que hoy la margen de tus preceptos ha de romper mi ambición; yo no he de volver a él, si tu sañudo furor me hiciese dos mil pedazos. TIRESIAS: Mira. SEMÍRAMIS: Suelta. TIRESIAS: ¿Ya olvidó tu memoria cuán infausto fue tu nacimiento? SEMÍRAMIS: No; bien lo sé de ti, que fuiste segundo padre, a quien yo debí la vida. TIRESIAS: ¿Pues cómo no me obedece tu amor? SEMÍRAMIS: Como mi obediencia ya la última línea tocó del sufrimiento, alentado del discurso y la razón. TIRESIAS: ¿Te acordarás qué, te dije? SEMÍRAMIS: Sí; que Venus te anunció, atenta al provecho mio, que había de ser horror del mundo, y que por mí habría, en cuanto ilumina el sol, tragedias, muertes, insultos, ira, llanto y confusión. TIRESIAS: ¿No te dije más? SEMÍRAMIS: Que a un rey glorioso le haría mi amor tirano, y que al fin vendría a darle la muerte yo. TIRESIAS: Pues si eso sabes de ti, y el fin que el hado antevió a tu vida, ¿porqué quieres buscarle? SEMÍRAMIS: Porque es error temerle; dudarle basta. ¿Qué importa que mi ambición digan que ha de despeñarme del lugar más superior, si para vencerla a ella tengo entendimiento yo? Y si ya me mata el verme de esta suerte, ¿no es mejor que me mate la verdad, que no la imaginación? Sí; que es dos veces cobarde el que por vivir murió; pues no pudiera hacer más el contrario más atroz, que matarle; y eso mismo hizo su mismo temor. Y así, yo no he de volver a esa lóbrega mansión; que quiero morir del rayo, y de sólo el trueno no. TIRESIAS: Pues antes que te resuelvas a tan temeraria acción como darte a conocer, sabré embarazarlo yo.
Cajas y música juntos
SEMÍRAMIS: ¿De qué suerte, si ya vuelven a alentar mi presunción esas voces? TIRESIAS: De esta suerte. ¡Guardas del monte!
Salen SOLDADOS
UNO: Señor. TIRESIAS: Pues vosotros sois a quien este prodigio fió, mi confïanza, sin que el rostro viese a los dos, esa fiera racional reducid a su prisión SEMÍRAMIS: Tened, no lleguéis, villanos; que no quiere mi valor darse a partido.
A TIRESIAS
Y así para que no quedes hoy vano de haberme vencido, tengo de vencerme yo. Mira, Tiresias, a cuánto se extiende mi presunción; pues porque nadie me fuerce, voluntariamente voy a sepultarme yo misma en esta oscura estación de mi vida, de mi muerte tumba dijera mejor.
Vase SEMÍRAMIS
TIRESIAS: Cerraré la puerta. Grande Júpiter, dame, favor para que embarace tanto asombro como antevió Venus, prevenido en este raro prodigio de amor.
Suenas las cajas y salen SOLDADOS por una puerta, NINO, rey, y MENÓN, general, e IRENE con espada y plumas; y por otra puerta MÚSICOS vestidos de villanos, LISÍAS, CHATO y SIRENE
LISÍAS: Vuelvas felicemente, de laureles ceñida la alta frente, a ver, de tan extraños horizontes, hoy, gran señor, aquestos patrios montes que ausente te han tenido edades tantas. CHATO: Y a todos su merced nos dé las plantas, pues de creer es que para tales fines todos los reyes traigan escarpines; y déselas también aquí a Sirene mi mojer, que a besárselas hoy viene, y se las besará con alegría, por besar una cosa que no es mía. SIRENE: ¿Que luego hobiese, Chato, de ver el Rey que sois un mentecato? NINO: Alzad todos del suelo. Yo, Lisías, os estimo el noble celo con que Ascalón recibe mi persona. LISÍAS: Vuestra grandeza mi humildad abona; que aunque es verdad que yo le he gobernado, este amor no se debe a mi cuidado, sino a su gran lealtad; y vos, señora, de tanto humano sol divina aurora, a todos dad la mano. CHATO: Sino a Sirene, mi mojer, que es llano que si llega en sus labios a ponella, de asco en un mes no comeréis con ella. SIRENE: Para ésta, picarote, que los huéspedes idos, haya escote. NINO: Puesto que ya mi gente las fértiles provincias del oriente discurrió numerosa, con tan grandes conquistas vitoriosa, pues a sus armas yace la Fenicia, y víctima la Siria, la Cilicia, la Propóntida, Lidia, Egipto, y Caria, donde apenas quedó nación contraria que no me obedeciese desde el Tanais al Nilo, cese, cese el militar acento de estremecer al sol, herir al viento, turbar el mar y fatigar la tierra, y hoy a la blanda paz ceda la guerra. Desde hoy vivir en ella determino, en la ciudad de mí nombre, Nino, Nínive se ha llamado, a quien yo por grandeza he edificado. Tú, Menón, que valiente los sagrados laureles de mi frente tanto has facilitado, que a ti el mirarme de ellos coronado confesaré que debo, si bien, bien a pagártelos me atrevo, hoy con la gente en Ascalón te queda, donde a tu orden disponerse pueda ese despojo todo; y en su distribución dispón el modo de suerte, que el más mísero soldado no vuelva sin que vuelva coronado con trofeos marciales, a pisar de su casa los umbrales; y porque a dar hoy enseñado vivas, quiero que antes recibas; porque no sabe cuánto es lisonjero el dar, el que primero no supo cuánto fue, Menón, penoso que liberal no fuera un poderoso; quiero que en este punto el dar y el recibir lo aprendas junto. Esa provincia bella, con cuanto en sí contiene, hinche, y es de ella, es tuya. De Ascalón eres ya dueño, aunque triunfo pequeño a tus grandes servicios. Pero éstos no son premios, son indicios de mi amor; no te ofrezcas a mis pies, ni esto poco me agradezcas. Toma la posesión, paga la gente, y todo esto sea brevemente; porque tu aviso creo que te le está notando mi deseo; que yo con la divina y soberana beldad de Irene, mi gallarda hermana, a quien, la Palas siendo de este Marte, mis aplausos debieron tanta parte, ir a Nínive quiero; en ella, pues, te espero, para partir contigo mi cetro y mi corona. El sol testigo será de una privanza a quien nunca se siga la mudanza. MENÓN: Invictísimo joven, cuya frente no sólo de los rayos del Oriente inmortal se corona, pero de zona trascendiendo en zona, de hemisferio pasando en hemisferio, hasta el ocaso extenderá su imperio, yo estoy de ti premïado sólo con ver, señor, que hayas llegado a dejarte pagar de mis deseos; que nadie es acreedor de tus trofeos, sino tu aliento sólo, Marte en la guerra y en la paz Apolo. NINO: Dame, Menón, tus brazos, y cree que aquestos lazos nudo serán tan fuerte que sólo le desate... MENÓN: ¿Quién? NINO: La muerte.
Vase NINO
IRENE: De mil contentos llena, no a dar, a recibir la enorabuena me ofrezco yo, Menón, porque a ninguna persona toca más vuestra fortuna. MENÓN: En eso no hacéis nada, que sois en ella muy interesada; pues cuanto yo valiere, no es más que un corto don que darme quiere el Cielo, porque tenga un sacrificio más que se prevenga llegar con mudo ejemplo al no piadoso umbral de vuestro templo. Dadme a besar la mano, si merezco favor tan soberano en esta despedida. IRENE: La mano no, los brazos y aun la vida os doy, Menón, en ellos. MENÓN: ¡Oh, si como adorallos, merecerlos hoy mi humildad pudiera! IRENE: Haced breve esta ausencia.
Vase IRENE
MENÓN: Feliz fuera amante que a adorar un sol se atreve, si él a la ausencia hacer pudiera breve. LISÍAS: (Aunque el ver he sentido Aparte que mi patria hoy a ser haya venido vasalla del vasallo, callaré, pues no puedo remediallo.) La merced que os ha hecho el Rey, Menón invicto, ya mi pecho por propria reconoce; largas edades vuestra edad la goce. MENÓN: No dudo yo, Lisías, tendréis por vuestras las venturas mías; mas lo que a vos y a todos juntos digo es que en mí, no señor, tendréis amigo que a todos os estime, y sólo a honraros el poder me anime. CHATO: Pues si hoy amigo y no señor tenemos, justo es que como amigos nos tratemos. ¿Cómo estáis? Y pues es cosa asentada que a un amigo no se ha de callar nada, y más cosas de pena y de cuidado, sabed que con Sirene estoy casado. Llegad acá, verá mi amigo agora con qué cara amanezco cada aurora. SIRENE: ¿Es la vuesa mejor? CHATO: No, mas la mía no es mi mujer. MENÓN: Dejad para otro día el gusto de escucharos. Lisías, hoy fïaros de mi cuidado espero la parte principal; venid, que quiero que me advirtáis en todo el estilo y el modo de alojar, mientras pago aquesta gente; y quiero juntamente que noticias me deis de aquesta tierra, y qué es lo que en sus términos encierra. LISÍAS: En todo he de serviros. MENÓN: Viento, llévale a Irene estos suspiros; y tú, diosa Fortuna, condicional imagen de la luna, estáte un punto queda; diviértela tú, Amor, para su rueda, para que sean testigos los cielos, que una vez han sido amigos.
Vanse y se quedan CHATO y SIRENE
SIRENE: Bien veis cuán desvergonzado, sin Dios, sin justicia y ley, delante del proprio rey hoy conmigo habéis andado, diciendo males de mí. CHATO: No os cause aqueso inquietud, que pensé que era virtud. SIRENE: ¿Cómo? CHATO: A un sacerdote oí del dios Baco el otro día, que sus sacerdotes son con quien tengo devoción, que hace mal el que decía de sus propias cosas bien; y como sos propria cosa vos, puesto que sos mi esposa, dije mal para hacer bien. SIRENE: Pues ¿cómo dicen de mi, cuantos de fuera me ven, siempre muchísimo bien? CHATO: Como os ven de fuera; oí: sale al templo una mujer, y como no ha de reñir con los dioses, viéndola ir tan devota, al parecer, dice la gente, "Una santa es fulana;" y es porque dentro en su casa no ve la condición con que espanta. Sale luego a una visita, y como allá no ha de dar en casa ajena pesar, ` dicen de ella, "Una angelita es por cierto." Mentecato, vive con ella ocho días, verás esas angelías demonios a cada rato. Venla en la reja tocada, y dicen que es muy hermosa. Tonto, ese jazmín y rosa es retama detocada. Sale a la calle prendida, y dicen que limpia es. Bruto, ¿no ves que no ves la pata que está escondida? Si la vieras descalzado, sin medias y sin zapatos, dedos con más garabatos que una letra procesada, nunca que es limpia dijeras; pues que habiendo de asistir al desnudar y vestir, y más si tal vez la vieras, por los hombros un manteo, en chapines ir, andando con los pies de águila, cuando es necesario el deseo, llegarás a conocer que tú mirándola estás como una mujer no más, y yo como mi mojer. SIRENE: Todo aqueso no es disculpa; y bien que llegamos ya a casa, y que sabré allá absolveros de esa culpa con la tranca de la puerta.
Sale FLORO
FLORO: Una, dos, tres, aquí es. CHATO: ¿Qué es aquí una, dos, y tres? FLORO: La casa en que se concierta mi alojamiento. CHATO: ¿Pues qué? FLORO: ¿Sois vos a quien llaman Chato? CHATO: Yo, no. SIRENE: Sí es tal. FLORO: Mentecato. ¿porqué lo negáis? CHATO: Porque me da a mí tanto pesar soldado huésped tener, como a mi mojer pracer; y así quisiera negar quién soy y la casa mía. FLORO: Leed esta boleta. CHATO: No leo bien veletas yo, mi mojer sí. SIRENE: ¡Qué porfía! ¿Aquí hay más, señor, que vos? ¿Por huésped nos heis caído? Pues seáis muy bien venido, donde os sirvamos los dos. FLORO; Cese ya vuestra porfía, que dar yo pesar no intento jamás con mi alojamiento. CHATO: Pues ésta es mi alojería. SIRENE: Sos villano malicioso. Entrad presto a prevenir vos adonde ha de asistir. CHATO: Ya vo.
Vase CHATO
FLORO: Mil veces dichoso he sido en haber venido a conocer la piedad vuestra y la gran voluntad con que me habéis recibido. SIRENE: En viendo un soldado yo, se me quitan los enojos; tras él se me van los ojos. FLORO: Ya con aqueso me dio vuestra hermosura licencia para un abrazo que os pido. SIRENE: A ningún recién venido fuera el negarlo decencia; pero esto es en cortesía. FLORO: ¿Quién vio tan villano agrado?
Sale CHATO
CHATO: ¡Válame Dios, sor soldado! ¿Pues tanta priesa corría, que no esperarais a entrar en casa? Venid, por Dios, no deis qué decir de vos en la calle. SIRENE: Maliciar... CHATO: ¿Yo malicio? FLORO: Es muy mal vicio. En cortesía me dio este abrazo; y así, no, no malicies. CHATO: ¿Yo malicio? Ya sé yo que es muy cortés Sirene, y esto advertí, que está muy seguro en mí. No os enojéis; entrad, pues, en hora buena, señor. FLORO: Pues que es más vuestra que mía, venid acá en cortesía.
Llévala de la mano
CHATO: Ya estamos solos, honor. ¿Qué hemos de hacer? ¿Qué sé yo? Si el mundo bajo me hizo de barro tan quebradizo, y de bronce o mármol no, ¿qué hay que esperar, si me ven quebrar al primero tri? ¿Eso dices, honor? Sí; juro a Dios que dices bien. ¿Qué pie o brazo me ha quebrado su abrazo? ¿De qué me asusto? Fuera que sentir el gusto del primero es gran pecado; y entre éstas y esotras, yo, por estarme discurriendo, aun estorbar no pretendo. ¿Quién igual venganza vio?
Salen LIBIO y ARSIDAS y detienen a CHATO
LIBIO: Ah villano, deteneos! CHATO: Tengo un poco que estorbar, y por ahora no hay lugar. ARSIDAS: esponded a mis deseos. Decidme, ¿el Rey Nino, cuándo a esta provincia llegó? CHATO: Hoy llegó, y hoy se ausentó. ARSIDAS: ¿Y hacia dónde va marchando? CHATO: Hacia Nínive. ARSIDAS: Y decid, ¿qué tanto Nínive está de Ascalón? CHATO: Pienso que habrá cien millas. ARSIDAS: ¿Por dónde? Oíd. CHATO: Todo eso es cosa perdida; si es que a mi huésped buscáis, y por agora me estáis dando con la entretenida, no hay para qué; entrad los dos, y en amor, compaña, acá habraremos. ARSIDAS: Idos ya, que no os quiero más; adiós.
Vase CHATO
LIBIO: Di, ¿qué pretendes hacer? Que buscar al que venció tu reino, y te despojó, da que dudar y temer. ARSIDAS: Lidoro, rey de Lidia desdichado soy; pues sin ver jamás victoria alguna, siempre, Libio, ojeriza fui del hado, siempre cólera fui de la Fortuna. Nino de Siria, el más afortunado rey que vio el sol debajo de la luna, de mi Estado y mi patria me destierra, que éstos son los estragos de la guerra. Con el último encuentro expiró el día, y en un bruto, veloz Belerofonte, me salí huyendo de la hueste mía a las piedades rústicas del monte; ni más destino ni elección tenía, que las líneas tocar de otro horizonte, y así dejé el caballo a su albedrío, si el suyo era mejor que lo era el mío. Después de haber gran rato caminado, cuando lejos del campo estar juzgaba, viendo el bruto del pecho fatigado... mas ¿qué mucho si a todo me llevaba? De una áspera montaña en lo intrincado me apeo, y en un tronco que allí estaba le arriendo, pues al ver su furia inmensa, no es poco don el ocio en recompensa. Arrójome en el suelo, y suspirando, que es el mejor idioma de la queja, cerca de mí, la estancia examinando, oigo una voz que mísera se queja por entre la espesura caminando. Voy, por si acaso descubrirse deja, y un bulto veo agonizando en una maleza, a los cambiantes de la luna. Acércome con ánimo piadoso, casi ya en mis desdichas consolado; que un desdichado juzgo que es dichoso en hallando otro que es más desdichado. Ella, con un suspiro lastimoso, al verme, dijo, "Pues llegáis, soldado, a socorrerme con piedad humana, sabed que Irene soy, de Nino hermana. En este último encuentro mi caballo perdí, y como la noche oscura y fría cerró, sola y herida y a pie me hallo, sin gente, sin favor, sin compañía." En mis hombros la puse al escuchallo, sin acordarme de la pena mía, y piadoso con ella, cruel conmigo, en el cuartel me entré de mi enemigo. A este tiempo, que ser antes no pudo, ya su gente la había echado menos, y con trémula voz y dolor mudo ya se miraban de esperanza ajenos; yo, que poblados de esplendor no dudo de la noche los páramos amenos, doy voces; llegan, y ella, agradecida, con este anillo me pagó la vida. Vila a la luz, y vi de su hermosura el milagro mayor, y en un instante su beldad adoré; mas ¡qué locura! El día que fui pobre ser amante! Pero como la vi en la noche oscura, jurisdicción de estrellas, no te espante que a amarla me obligase y, a querella, pues a todo presente está mi estrella. Lleváronla a la tienda sus soldados, y yo, por no ser de ellos conocido, me quedé, viendo ya de mis cuidados, con amor, todo el número¡ cumplido; el infeliz influjo de mis hados a Batria me llevó, donde admitido de Estorbato, viví en confusa llama, que en fin descansa mal el que bien ama.
Vanse ARSIDAS y LIBIO. Salen MENÓN y LISÍAS
MENÓN: De todas cuantas grandezas de esta provincia me has dicho, ésta que buscando vengo solamente es la que admiro. Y así, mientras que llegamos a tocar el primer friso de aquese rústico templo, tarde de los hombres visto, vuelve otra vez a contarlo, que quiero otra vez oírlo, porque se informe mejor mi ardimiento de tu aviso. LISÍAS: Yace, señor, en la falda de aquel eminente risco, una laguna, pedazo del Leteo oscurecido de Aqueronte, pues sus ondas, en siempre lóbregos giros, infunden a quien las bebe sueño, pereza y olvido. En una isleta que hay en medio de su distrito, hay una ninfa de mármol, sin que hasta hoy se haya sabido, de tres lustros a esta parte, ni quién ni por quién se hizo. De estotra parte del lago hay un rústico edificio, templo donde Venus vio hacerla sus sacrificios bien poco ha; pero cesaron, porque Tiresias nos dijo, su sacerdote, que nadie pisase en todo este sitio, ni examinase ni viese lo que en él está escondido; que es cada tronco un horror, cada peñasco un castigo, un asombro cada piedra y cada planta un peligro. Con esto, y con añadirse a esto que algunos vecinos de estos montes, que tal vez se hallaron en él perdidos, han escuchado en el templo mil veces roncos gemidos, lamentos desesperados y lastimosos suspiros, ha crecido en todos tanto el pavor, que nadie ha habido que se atreva a examinar la causa; y así, te pido te vuelvas, señor, sin que profanes los vaticinios. MENÓN: Dar un corazón, Lisías, a admiraciones, rendido a los hechos de los dioses, más tiene de sacrificio que de irreverencia; ven talando lo entretejido de estas peñas y estos ramos; no temas, pues vas conmigo. LISÍAS: No temo yo, mas recelo, y uno de otro es muy distinto; y aun no recelo tampoco los riesgos a que me animo, tanto como a esta maleza no saber bien el camino; y así, de aquesos villanos, para eso sólo venidos, permite, señor, que llame alguno. MENÓN: Que llames, digo, al más experto en el monte. LISÍAS: Éste dicen que lo ha sido, por haberse en él crïado. Llega, Chato.
Sale CHATO
CHATO: ¿Qué hay, amigo? Un soldado me envïasteis a mi casa, el más bonito; tan hallado en ella está, que parece nuestro hijo. MENÓN: Dime, ¿sabes bien el monte? CHATO: Sabíale, mas imagino que no le sabré después que hay encantos y hay hechizos. MENÓN: Guíame al templo de Venus. CHATO: ¡Ay, señor! Un desatino tamaño como este puño su merced agora dijo. ¿Al templo de Venus yo, habiendo Tijeras dicho que allá no vamos, porque hay potrentos y proligios? MENÓN: Sí, villano, guía presto. CHATO: Si ha de ser, venid conmigo, que por aquí es. MENÓN: Nunca vi tan confuso laberinto de bien marañadas ramas y de mal compuestos riscos.
Dentro SEMÍRAMIS
SEMÍRAMIS: ¡Ay infelice de mí! CHATO: ¡Ay de mí! MENÓN: ¿No habéis oído una voz? CHATO: ¡Plubiera a Baco! LISÍAS: ¡Qué temeroso suspiro! MENÓN: Oigamos por si otra vez se oye el eco más distinto. SEMÍRAMIS: ¡Oh monstruo de la Fortuna! ¿Dónde vas sin luz ni aviso? Si el fin es morir, ¿porqué andas rodeando el camino? LISÍAS: Mujer es la que lamenta de la Fortuna. CHATO: Un hechizo tiene que se entra en ellalma. MENÓN: ¿Con quién hablará? SEMÍRAMIS: Contigo, contigo, Fortuna, hablo. MENÓN: Ya me equivocó el aviso. SEMÍRAMIS: Pero no me has de vencer; que yo, con valiente brío, sabré quebrarte los ojos. MENÓN: Sin luz quedaron los míos al oírlo; rayo fue otra voz, que mis sentidos frías cenizas ha hecho acá dentro de mí mismo. ¡Qué frenesí! ¡Qué locura! ¡Qué letargo! ¡Qué delirio! LISÍAS: Vuélvete. MENÓN: ¿Volverme yo sin haberlo todo visto? Entra en lo más intrincado. CHATO: No puedo, porque me intrinco yo también.
Sale TIRESIAS
TIRESIAS: Detén el paso, oh ignorante peregrino, que de este sagrado coto osas penetrar el sitio. CHATO: Éste es Tijeras. MENÓN: Llamado de mi valor he venido, aquí, Tiresias, no a hacer sacrílegos desperdicios de las leyes de los dioses, sino como su ministro yo también, pues soy señor de esta provincia, a cumplirlos. Y así vengo a que me des parte de aqueste prodigio que guardas, para saber si la causa que has tenido para alterar esta tierra es religión o delito. TIRESIAS: En vano lo has intentado, porque yo no he de decirlo. MENÓN: ¿Qué mujer es la que llora de la Fortuna castigos? TIRESIAS: No sé de ninguna yo, ni la he hablado ni la he visto.
Dentro SEMÍRAMIS
SEMÍRAMIS: ¡Ay infelice de mí! MENÓN: Aquí dentro es el gemido; negarlo todo, ya es de tu grave culpa indicio; abre esa puerta. TIRESIAS: Primero que las llaves, que conmigo están, a hombre humano entregue, cumpliendo los vaticinios de mi diosa, me daré la muerte; y así, atrevido, ese lago a mi cadáver dará sepulcro de vidrio.
Vase TIRESIAS
LISÍAS: En el lago se arrojó. CHATO: La última necedad hizo. MENÓN Nada me causa pavor; a romper me determino las puertas. Horrible monstruo, que aquí encerrado has vivido, sal a ver el sol.
Sale SEMÍRAMIS
SEMÍRAMIS: ¿Quién llama? MENÓN: Mejor dijera divino monstruo, pues truecas las señas de lo rústico en lo lindo, de lo bárbaro en lo hermoso, de lo inculto en lo pulido, lo silvestre en lo labrado, lo miserable en lo rico. SEMÍRAMIS: No menos me admira a mí confundir, cuando te admiro, las equivocadas señas de lo piadoso y lo altivo, de lo gallardo y lo fuerte, de lo amable y de lo esquivo. CHATO: Si todos los monstruos son como aqueste monstruocico, yo pienso llevarme uno, dos o tres, o cuatro o cinco. MENÓN: ¿Quién eres? Cómo o porqué aquí encerrada has vivido, me cuenta. SEMÍRAMIS: Lo que de mí sé, por lo que otro me dijo, escucha, bizarro joven, a quien con vergüenza miro, porque el segundo hombre eres que hasta hoy cara a cara he visto; Arceta, una ninfa bella que en estos campos floridos fue consagrado a Dïana en todos sus ejercicios, festejada de un amante, fue pagando con desvíos las finezas; que lo ingrato sólo en la mujer no es vicio. El, a este templo de Venus una y muchas veces vino, como era madre de amor, a rendirle sacrificios. Venus, del culto obligada, ya que quererle no hizo, hizo que hallarla pudiese en el despoblado sitio de este monte, donde necio hizo el mérito delito. Bajo género de amor debe de ser en los ritos suyos, que yo hasta agora ignoro, la violencia, si imagino que no quiso como noble quien como tirano quiso; pues no es victoria del alma aquella que yo consigo sin la voluntad de quien no me la dé por mí mismo. De esta especie de bastardo amor, de amor mal nacido, fui concepto. ¿Cuál será mi fin, si éste es mi principio? Mañosamente quejosa, Arceta se satisfizo de sus disculpas, bien como la serpiente que con silbos halaga para morder; y fue así, pues divertido le aseguró con blanduras, hasta que rosas y lirios que se hizo tálamo torpe, torpe túmulo ella hizo. Dióle muerte con su acero, y pasando los precisos términos que estableció Naturaleza consigo, llegó severo el infausto, el infeliz, el impío día de su parto, en tal horóscopo, según dijo Tiresias, que estaba todo ese globo cristalino, por un comunero eclipse, que al sol desposeerle quiso del imperio de los días, parcial, turbado y diviso, tanto, que entre sí lidiaron sobre campañas de vidrio las tropas de las estrellas, las escuadras de los signos, acometiéndose a rayos, y ensangrentándose a visos. En civil guerra los dioses vieron ese azul zafiro, en sus ejes titubeando, desplomado de sus quicios. Arceta, temiendo más su opinión que su peligro, sola al monte se salió, y en el más hondo retiro llamó a Lucina, que al parto vino tarde, o nunca vino; pues víbora humana yo, rompí aquel seno nativo, costándole al cielo ya mi vida dos homicidios. Aquí fue donde Tiresias me contó, mas indeciso, de la suerte que me halló. ¡Quién supiera repetirlo! A los últimos alientos de Arceta y a mis gemidos acudieron cuantas fieras contiene el monte en su asilo, y cuantas aves el viento; pero con fines distintos, porque las fieras quisieron despedazarnos y herirnos, y las aves defenderlo, estorbarle y resistirlo. En esta lid nos halló Tiresias, que había salido a hacer del mortal eclipse no sé qué astrólogo juicio; y viendo de fieras y aves, en dos bandos divididos, un duelo tan desusado, un tan nuevo desafío, llegó al lugar, vióme en él, y llevándome consigo, vio que le seguían las aves, llevando en garras y en picos de las rústicas majadas hurtados los lactidinios, que ser pudiesen entonces primero alimento mío. A tanto portento absorto, fue a consultar el divino oráculo de su Venus, que de esta suerte le dijo, "Esa infanta, alumna es mía, y como siempre vivimos opuestas Diana y yo, la ofende ella, y yo la libro. Corrida de ver violada una ninfa suya, quiso que las fieras la ocultasen hoy en los sepulcros vivos de sus vientres; pero yo, que a defenderla me animo, porque fui primera causa que alma y vida la dedico, las aves, como, en efecto, diosa del aire, la envío a que la defiendan; ellas, a ley de preceptos míos, serán desde hoy sus neutrices, trayéndola a aqueste sitio cada día su alimento, bien que a costa del aviso que no sepan nunca de ella los hombres; porque he temido que Dïana ha de vengarse de mí en ella, y con prodigios ha de alterar todo el orbe, haciendo que sea el peligro más general su hermosura, que es el don que tiene mío. Excusa, pues, los insultos los escándalos, los vicios, los alborotos, las ruinas las muertes y los delitos que han de suceder por ella, hasta que al rey más invicto haga tirano, hasta que muera en fatal precipicio." Dijo la diosa, añadiendo que al yerto cadáver frío de Arceta le colocase, ya en un mármol convertido, en medio de esa laguna. Todo Tiresias lo hizo y y así, en aquesta prisión tantos años me ha tenido sin que sepa más que aquello sólo que enseñarme quiso; y como en la lengua siria, quien dijo pájaro, dijo Semíramis, este nombre me puso, por haber sido hija del aire y las aves que son los tutores míos. Pues que tú, gallardo joven, hoy la cárcel has rompido que fue mi centro, te ruego que allá me lleves contigo, donde, yo, pues advertida voy ya de los hados míos, sabré vencerlos; pues sé, aunque sé poco, que impío el cielo no avasalló la elección de nuestro juicio. Esto postrada te ruego, esto humillada te pido, como mujer te lo mando, como esclava lo suplico; porque si hoy la ocasión pierdo de verme libre, mi brío desesperado sabrá darse la muerte a sí mismo, donde la misma razón de excusar mi precipicio será la que le apresure; pues nada se vio cumplido más presto que lo que el hombre que no fuese presto quiso. MENÓN: Alza, Semíramis bella, el suelo, porque es indigno que esté en el suelo postrado todo el cielo que en ti he visto. Prodigiosamente hermosa eres, y aunque en ti previno el hado tantos sucesos, ya tú doctamente has dicho que puede el juicio enmendarlos; ¡dichoso el que llega a oírlos! Y así, Semíramis, hoy he de llevarte conmigo, donde tu hermosura sea, aun más que escándalo, alivio de los mortales. SEMÍRAMIS: Adiós, tenebroso centro mío, que voy a ser racional, ya que hasta aquí bruto he sido. MENÓN: Ea, vuelve tú a guïarnos. CHATO: Yo era un tonto, y lo que he visto me ha hecho dos tontos; no sé si he de acertar el camino. LISÍAS: ¿Contigo la llevas? MENÓN: Sí. LISÍAS: ¡Plegue a Júpiter... MENÓN: ¿Qué? Dilo. LISÍAS: ...que, gusano humano, no labres tu muerte tú mismo!

FIN DE LA PRIMERA JORNADA

JORNADA SEGUNDA


Salen MENÓN y SEMÍRAMIS, de villana
MENÓN: En esta apacible quinta, adonde el mayo gentil los países que el abril dejó bosquejados, pinta, aunque es esfera sucinta para el sol de tu hermosura, cuya luz ardiente y pura, vence al rosicler del día, bella Semíramis mía, es donde estarás segura, en tanto, ¡ay de mí!, que yo vuelvo a la corte a asistir. SEMÍRAMIS: ¿Luego no tengo de ir contigo a la corte? MENÓN: No. Mi amor tus hados temió, y así, aquí a vivir disponte, pues este florido monte, verde emulación de Atlante, no está dos millas distante de Níníve, su horizonte. Y así, sin que los divida más que esa punta elevada, que está de nubes tocada y de flores guarnecida, en ese traje vestida por sus campos te divierte, que yo, mi bien, vendré a verte cada noche. SEMÍRAMIS: Bien, Menón, muestras así cuántos son los acasos de mi suerte, vasallos de tu albedrío; pues el mío en este día, sólo hacerme compañía es lo que tiene de mío. MENÓN Bien de tus finezas fío todo aquese rendimiento, y bien de mi pensamiento fío que te le merece, pues sólo a vivir se ofrece a tanta hermosura atento, Tú a mi amparo agradecida, y con mi amor enojada, mi amparo te halló obligada y mi amor te halló ofendida. Dijísteme que tu vida hija de un delito era de amor, y que así no [fu]era posible tener amor a quien primero tu honor, que su gusto, no quisiera. Palabra de ser tu esposo te ofrecí; con que no alcanza mi fe más que la esperanza de que seré tan dichoso; si en este estado amoroso hoy a la Corte me voy, y dejo tu beldad hoy aquí, bien me ha disculpado el ver cuán amenazado de tus influjos estoy. Yo no, me puedo casar, que esto es obediencia y ley, sin dar cuenta de ello al rey; mientras lo voy a tratar y lo vuelvo a efectuar, que en esta quinta te estés, prevención, no prisión es; aunque todo lo es, señora, que no he de negarte agora lo que has de saber después. Pues si ocultarte pudiera, tanto mi amor te ocultara, que ni el sol viera tu cara ni el aire de tí supiera; si hacerla pudiera, hiciera una torre de diamante; y para que más constante fuese, Semíramis bella, a todas las llaves de ella quebrara luego al instante. Pero esto es encarecer mis afectos, y no más, que dueño, mi bien, serás, llegando mi esposa a ser, de alma, vida, honor y ser; que mal hoy de tu lealtad, para mi seguridad, yo, Semíramis, pretendo tener las llaves, teniendo tú las de mi libertad. SEMÍRAMIS: Tan sagrado es el preceto tuyo, que humilde y postrada, vivir del sol ignorada, y aún de mí misma prometo. Yo de mí misma, a este efeto, no sabré; porque si a mí yo me pregunto quién fui, yo a mí me responderé que yo no lo sé, e iré a preguntártelo a ti. MENÓN: Los villanos que vinieron de Ascalón para servirte, aquí podrán divertirte, pues tanto gusto te dieron. SEMÍRAMIS: Es verdad, porque ellos fueron en quien lisonja hallé alguna, cuantas veces importuna atormenta mis cuidados la tormenta de mis hados y el rigor de mi fortuna.
Sale LISÍAS
LISÍAS: Ya, señor, la, gente espera que contigo ha de partir. MENÓN: ¡Oh, quién se pudiera ir de suerte que no se fuera! Adiós, dueño mío, y espera que presto a verte vendrá quien sin ti y sin alma va, aunque siempre será tarde. SEMÍRAMIS: Júpiter tu vida guarde. MENÓN: Y la tuya aumente.
Vanse MENÓN y LISÍAS
SEMÍRAMIS: Ya, grande pensamiento mío, que estamos solos los dos, hablemos claro yo y vos, pues sólo de vos confío. Mi albedrío, ¿es albedrío libre o esclavo? ¿Qué acción, o qué dominio, elección tiene sobre mi fortuna, que sólo me saca de una para darme otra prisión? Confieso que agradecida a Menón mi voluntad está; pero ¿qué piedad debe a su valor mi vida, de un monte a otro reducida? Aunque si bien lo sospecho, la causa es, que de mi pecho tan grande es el corazón, que teme, no sin razón, que el mundo le viene estrecho, y huye de mí. En fin, ¿jamás más que un bruto no he de ser? Cielos, ¿no tengo de ver, sino imaginar no más, cómo es el vivir?
Dentro CHATO [y SIRENE]
CHATO: Sí harás. SEMÍRAMIS: ¿Quién me ha respondido? SIRENE: Dios, que en eso el mundo a los dos oirá. CHATO: Sí oirá, que ya sé.. SEMÍRAMIS: Si hablas conmigo, di, ¿qué? CHATO: Que todo el mundo con vos no se podrá averiguar, porque sois una atrevida; pero costaráos la vida. SEMÍRAMIS: Ya me deja ese pesar que temer y que dudar. SIRENE: El mesmo rey sabrá presto quién sois. SEMÍRAMIS: En dudas me ha puesto una cosa. CHATO: Claro está; pero a alguna pesará más que a mí. SIRENE: ¡Ay de mí!
Sale SIRENE huyendo, y CHATO tras ella
SEMÍRAMIS: ¿Qué es esto? CHATO: Un poco es. SEMÍRAMIS: Mirad que yo estoy aquí. CHATO: Y aun por eso, si la verdad os confieso, quijera que agora no os vais, cuando a agarrar llego el garrote. SEMÍRAMIS: ¿No os tenéis? CHATO: Dejadla pegar; veréis [la gracia con] que la pego. SIRENE: Tenle, señora. SEMÍRAMIS: Mirad. CHATO: Éste ya está levantado y ha de caer hacia algún lado; porque no os coja, apartad, que así quedarme no es bien toda mi vida, señora. SEMÍRAMIS: Pues ¿porqué reñís agora? SIRENE: Yo lo diré. CHATO: Yo también. SIRENE: No lo habéis vos de decir porque sos un embustero. CHATO: No me quedo a vos zaguero en materia de embustir. SIRENE: Yo habraré. CHATO: No, sino yo. SIRENE: No conviene. CHATO: Sí conviene. SEMÍRAMIS: Decid vos; callad, Sirene. CHATO: Oíd si tengo causa o no. Finalmente quiso Dios, como digo de mi cuento, si no lo habéis por enojo, que al vivir en nueso puebro, cuando allí estuvo el Rey Nino, le dieron alojamiento en nuesa casa a un soldado, cariñoso por extremo; pues desde el primer instante que entró, nos vino diciendo que abrazaba en cortesía si en ella se abraza recio. He aquí que Menón se estuvo, algunos días, primero que despachase la gente. He aquí que el soldado nueso también se estuvo; llegó de la despedida el tiempo; fuéronse todos, y a él solo le pareció que era presto; estúvose un poco más que los otros, que, en efeto, quien no hace más que otro, más no vale, dice un proverbio. Mostrábale mala cara yo--bastaba la que yo tengo--, y buena Sirene, si es que la suya puede serlo. Él que no estaba muy ducho en entender bien a gestos, el de Sirene entendía, y no el mío; con aquesto comía como un descosido, que es poco como un hambriento. Harto ya, o por no hacer falta en la guerra, trató luego de partirse, mas mandó que le vengamos sirviendo. Bien pensé yo, y pensé mal, que fuera la ausencia medio para que el señor soldado mos dejara; pues fue yerro; que entrando a comer agora, me le hallé en casa, diciendo, "¿Era hora de venir? Amigo, un siglo ha que espero." No habré palabra, que diz que el reñir no es buen acuerdo a las horas del comer; comimos, y él muy contento se fue, hasta hora de cenar, a pasear por esos cerros. Yo, en viéndome solo, dije, "Ah, Sirene, ¿cómo es esto? ¿Fuera de las cinco leguas tiene aqueste alojamiento jurisdicción?" Ella entonces me dijo que, si la aprieto, se ha de huir de mí. "Sí harás," la dije un poco más recio, y aquí comenzó el amago. Vióle y dijo. "Sobre eso el mundo nos ha de oír." "Sí oirá," dije, "porque es cierto que no se ha de averiguar con vos todo el mundo entero, porque sos una atrevida." "El rey," dijo, "ha de saberlo." "Sí sabrá," la respondí, "pero pesarále de ello más a otro." Y cayó el amago, dio gritos, vino corriendo, llegasteis vos, y quedóse por hoy remitido el pleito hasta que el señor soldado venga y diga qué hay en esto. SEMÍRAMIS: (¡Cuánto, si agora estuvieran Aparte con gusto mis pensamientos, de aquesta simplicidad me riera! Mas no puedo; que fuera hacer de la risa desaire a mis sentimientos.)
Vase SEMÍRAMIS
CHATO: Fuése sin hablar palabra. ¿Si es el soldado su deudo? SIRENE: ¿Qué había de hablar a un hombre que tiene tan mal pergeño, que de su mujer legítima aún es malo lo que es bueno? CHATO: ¿Pues es bueno que otro coma, y yo calle? SIRENE: Deteneos. Si éste es un pobre soldado, ¿no ha de buscar su remedio? CHATO: ¿Digo yo que no le busque? Más búsquele en el infierno. SIRENE: ¿Porqué no le decís vos que se vaya? CHATO: No me atrevo. SIRENE: Pues si vos no os atrevéis, ¿qué puedo hacer yo? CHATO: Atreveros, y decirle que se vaya; que por vos lo hará más presto. SIRENE: ¿Yo decirle tal? ¡Mal año!
Vase SIRENE
CHATO: Será por tenerlo bueno. ¿Qué haré yo de este soldado? Vulcano, a ti me encomiendo; dímelo tú, pues que tú eres dios que entiendes de esto.
Vase CHATO, y sale MENÓN y NINO por otra puerta, y gente
MENÓN: Hasta llegar a tus plantas, que son mi centro y mi esfera, violento diré que estuve. NINO: Con bien, noble Menón, vengas; alza del suelo; a mis brazos, que son centro tuyo, llega. ¡Oh, cuántas veces mi amor te ha culpado tanta ausencia! MENÓN: ¿Cómo en Nínive te hallas? NINO Muy mal hallado se muestra mi corazón en el blando monstruo que en la paz se engendra. Por ser imagen la caza, de la guerra salgo a ella; y así, para aquesta tarde los monteros se prevengan. ¿Cómo la gente partió? MENÓN: Rica, señor, y contenta. NINO: Y dime, ¿Ascalón no es una provincia muy bella? MENÓN: Es dádiva de tu mano; no hay más con que la encarezca. Fuera de que, cuando no fuese fértil y opulenta de cuantos dones reparte pródiga Naturaleza, todo lo fuera, señor, por un tesoro que en ella he descubierto, que a ti traición negártelo fuera. NINO: ¿Qué tesoro? MENÓN: Una mujer prodigiosa. NINO: ¿Y hay quien tenga una mujer por tesoro? MENÓN: Sí, señor. NINO: Por más que sea bella y sabía, que son partes que hacerla pueden perfecta, ¿será más de una mujer? MENÓN: Más será. NINO: ¿De qué manera? MENÓN: Siendo un asombro, un prodigio; y así, me has de dar licencia para pintártela, siendo hoy el lienzo tus orejas, mis palabras los matices, y los pinceles mi lengua. Estaba de toscas pieles...
Dentro
VOCES: ¡Plaza, plaza! NINO: Tente, espera no prosigas la pintura hasta que quién causa sepas ese rumor que he sentido. MENÓN: Mi señora la princesa de su cuarto pasa al tuyo, y ya en esta sala entra.
Salen IRENE y SILVIA
IRENE: A daros la bienvenida, o recibimos pudiera... MENÓN Guárdeos el Cielo, aunque ya tarde lo uno y lo otro sea. IRENE: Dame, gran señor, tu mano. NINO: ¡Oh, Irene divina y bella! Bien este favor merece mi amor. IRENE: No me lo agradezcas, que una pretensión me trae. NINO: ¿Qué habrá que negarte pueda? Sin saberla, la concedo; di agora, pues. IRENE: Ya te acuerdas que en la batalla de Lidia quedé en el campo por muerta; que me dio vida un soldado y me llevó hasta mi tienda. Pues este soldado agora, por no volverse a su tierra sin que el socorro le pague, me ha hecho contigo tercera de su pretensión. NINO: ¿Qué ha sido? IRENE: Servirte, señor, intenta en la Corte. NINO: Tú, después, infórmate de quién sea, y, conforme a su persona, oficio en mi casa tenga. IRENE: Silvia! SILVIA: Señora. IRENE: A un crïado di que le dé la respuesta. Con esto, señor, si estás divertido en tus diversas obligaciones, no es justo que estorbe; dame licencia. NINO: Nunca tú, Irene, has podido estorbar, Y más en esta ocasión, donde no son los despachos la materia que se trata; antes, agora estimo que a tiempo vengas en que, escuchando a Menón, algún rato te diviertas; porque pintándome está una divina belleza, no perturbemos agora al gusto con que lo cuenta. Prosigue de esa hermosura muy por extenso las señas. IRENE: Sí, Menón. Y yo también me holgaré ya de saberlas. MENÓN: Ya no podré yo decirlas, que retórica muy necia será, habiendo vos llegado, que otra hermosura encarezca. NINO: La que es deidad no es mujer, ni hace número con ellas. Irene es deidad, Menón; di lo que dices, y piensa que será ofenderla más la atención de no ofenderla. IRENE: Si no os riñera mi hermano, yo de otra suerte os riñera. Decid; que yo ser no puedo para nada consecuencia. MENÓN: Sí haré. (¿Qué temo, si ya Aparte poco importa que se ofenda?) Digo, señor, que en el centro hallé de una oscura cueva bruto el más bello diamante, bastarda la mejor perla, tibio el más ardiente rayo, y la más viva luz, muerta. Estaba de toscas pieles vestida, para que hicieran lo inculto y florido a un tiempo armonía más perfecta; bien como un bello jardín en una rústica selva, más bello está cuando está de la oposición más cerca. Suelto el cabello tenía, que en dos bien partidas crenchas, golfo de rayos al cuello inundaba; y de manera con la libertad vivía tanta república de hebras ufana, que inobediente a la mano que las peina, daba a entender que el precepto a la hermosura no aumenta, pues todo aquel pueblo estaba hermoso sin obediencia. Ni bien rubio, ni bien negro su variado color era, sino un medio entre los dos; como en la estación primera del día luces y sombras confusamente se mezclan, que ni bien sombras ni luces se distinguen; así, hecha del azabache y del oro una mal distinta mezcla, crepúsculo era el cabello, siendo sus neutrales trenzas para ser negras, muy rubias, para ser rubias, muy negras. No de espaciosa te alabo la frente, que antes en esta parte sólo anduvo avara la siempre liberal maestra; y fue sin duda porque queriendo, señor, hacerla de una nieve que hubo acaso, la hubo de dejar pequeña, porque no le fue posible que entre la más pura y tersa se hallase ya un poco más de una nieve como aquélla. Una punta del cabello suplía la falta, y era que a las cejas acechaba, como diciendo, "Estas cejas hijas son de mi color, y quiero bajar por ellas porque el amor no se alabe de que las llevó por muestra." Los ojos negros tenía. ¿Quién pensara, quién creyera que reinasen en los alpes los etíopes? Pues piensa que allí se vio, pues se vieron de tanta nevada esfera reyes dos negros bozales, y tan bozales, que apenas política conocían. Su barbaridad se muestra en que mataban no más que por matar, sin que fuera por rencor, sino por uso de sus disparadas flechas. Para que no se abrasasen los dos en civiles guerras, su jurisdicción partía, proporcionada y bien hecha, una valla de cristal, sin que zozobrase en ella la perfección, siendo así que la nariz más perfecta, es el mar de las facciones, escollo es, donde las velas del bajel de la hermosura corren la mayor tormenta. De sus mejillas la tez era otra unión de diversas colores. ¿Viste la rosa más encendida y sangrienta en la púrpura de Venus? ¿La azucena viste en ella con el candor de la aurora? Pues tú allá te considera esa azucena, esa rosa, ajadas entre sí mesmas, y sus mejillas verás al mismo instante que vea; a la rosa desteñida, o teñida la azucena. La boca, corte del alma, donde la hermosura reina, ya severamente grave, ya dulcemente risueña, era, no digo una joya de corales y de perlas, que esta alabanza común ya es particular ofensa, sino un archivo de todo cuanto la Naturaleza pudo asegurar; y así grande hubo de ser por fuerza. El cuello, blanca coluna que este edificio sustenta, era de marfil al torno; de cuya hermosa materia sobró para hacer las manos, a emulación de sí mesma. Este, pues, monstruo divino, Venus mandó que estuviera oculto, porque Dïana le amenazó con tragedias. Nació de una ninfa suya, y entregándola a las fieras, la defendieron las aves, de quien el nombre conserva, pues Semíramis se llama, que quiere en la siria lengua decir la hija del aire. Éste es su nombre y sus señas. NINO: Tú la has pintado de suerte, y de suerte encarecerla has sabido, que ya al más dormido afecto despiertas para que verla desee; y en mí es esto de manera, Menón, que deseo tanto el verla, que no he de verla; porque quiero hacer por ti una tan grande fineza, como el excusar, Menón, que tan bien no me parezca. El primor de la pintura quiero pagártele a renta. Veinte talentos te doy, que a ella en mi nombre le ofrezcas. Pero quiérote advertir que en tu vida no encarezcas hermosura a poderoso, si enamorado estás de ella; porque quizá no hallarás otro que vencerse sepa; y alabar lo que se ama puede ser que sea fineza; pero no puede dejar de ser fineza muy necia.
Vase NINO
IRENE: ¿Qué retórico orador, qué enamorado poeta os dio para esa pintura tantas rosas y azucenas, tanto oro, tanto marfil, tanta nieve, tantas perlas? MENÓN: Todo esto fue desvelar, llegando vos, la sospecha del Rey. IRENE: Y antes que llegase, ¿porqué fue el encarecerla tanto, que ya la atención a oír estaba dispuesta? MENÓN: Porque el modo del hallarla, que no oisteis, le hizo fuerza para que se la pintara. IRENE: ¡Buena disculpa! MENÓN: ¿No es buena? IRENE: Sí debe de serlo; pero aunque yo quiera creerla, no puedo. MENÓN: ¿Porqué? IRENE: Porque acción, semblante, ni lengua no os disculpa como a quien tiene gana que le crean, sino como a quien no importa; y para mí mejor fuera no disculparos que no disculparos con tibiezas. MENÓN: ¿Vos desconfïanza? IRENE: ¿Quién os dijo que yo la tenga? MENÓN: Los celos que... IRENE: ¿Qué son celos? Callad; que es segunda ofensa. Una llave que tenéis de mis jardines, ¿qué es de ella? MENÓN: Yo os la volveré; y estimo de miraros tan exenta de los celos, pues con eso podré... IRENE: No podréis. La lengua tened, porque habrá sin mí quien castigue esa soberbia. MENÓN: ¿Sin vos? IRENE: Sí. MENÓN: ¿Pues puede haber quien sin vos a mí me ofenda?
Sale ARSIDAS
ARSIDAS: Yo, Menón, vengo buscándoos, por ser vos a quien apelan mis fortunas del piadoso tribunal de Irene bella. MENÓN: En mala ocasión venís; después podréis dar la vuelta. IRENE: Haced lo que el Rey os manda, que no viene sino en buena. MENÓN: Yo lo haré. Venid conmigo IRENE: Ved que es mía esta encomienda. MENÓN: (¡Cuánto hay en una hermosura Aparte de quererla o no quererla!)
Vase MENÓN
IRENE: (¡Ah vil! ¡Ah traidor! ¡Qué mal Aparte me pagas lo que me cuestas!)
Vase IRENE
ARSIDAS: ¿Qué es esto, cielos? Mas no es tiempo de que me atreva ni aun a pensarlo; porque el que se toma licencia para quejarse sin tiempo pierde el respeto a la queja, y es el tenerla desdicha, sin mérito de tenerla.
Vase ARSIDAS, y salen FLORO y SIRENE
FLORO ¿Eso pasó mientras yo al monte salí un momento? SIRENE: Sí, Floro del alma mía; y así, buscándote vengo para decirte que, aunque él, con enojo o con ruego, que te vayas diga, no te vayas. FLORO: Ya te obedezco. SIRENE: Por eso te doy los brazos.
Sale CHATO
CHATO: ¡Que siempre llego a mal tiempo! FLORO: Tropezó, y llegué a tenerla. CHATO: Claro está que en el tropiezo suyo había de estar. SIRENE: Yo... CHATO: No os disculpéis; yo me huelgo que os abrace; porque si cuando vino hizo lo mesmo, en señal de que se va. Dadle otro abrazo en el precio. FLORO: Antes, llegué a preguntarla qué para cenar tenemos. CHATO: ¿Quién os mete en pescudallo, si vos no habéis de traerlo? Y ya que en aquesto habramos, decidme, así os guarde el cielo; ¿es la boleta perpetua, o al quitar, la que allá os dieron? FLORO: Aquí está, y ella no dice hasta cuándo. CHATO: Soy un necio. Pensé que sí. FLORO: No os merece mi trato esa duda. Cierto que sois desagradecido, pues cuando un hombre está haciendo por vos todo lo que puede, le tratáis con tal despego. CHATO: Pues vos, ¿qué hacéis por mí? FLORO: Honraros en vuestra casa teniendo un soldado que en la Batria, la Siria, el Peleponeso, la Propóntida y la Licia, tantas hazaiías ha hecho. Venid, Sirene; no hagáis caso de este majadero.
Vase FLORO
CHATO: Ella os obedecerá, o la mataré sobre eso. Id, no hagáis caso de mí, pues el señor hazañero lo manda, habiendo hecho hazañas en la Sucia, Pieldequeso, Prepolente y Sïelicia. SIRENE: Si vos no tenéis esfuerzo para decir que se vaya, ¿tengo yo culpa? CHATO: No, cierto; yo la tengo, claro está.
Sale SEMÍRAMIS
SEMÍRAMIS: ¿Siempre habéis de estar riñendo? CHATO: No hay otra cosa que hacer. TODOS: ¡Qué desdicha! Dentro SEMÍRAMIS: ¿Qué es aquello? MENÓN: En lo intricado del monte Dentro se ha metido. NINO: ¡Piedad, cielos! Dentro CHATO: Yo no lo sé; pero allí entre la maleza veo venir corriendo un caballo. SEMÍRAMIS: Volando es, que no corriendo. MENÓN: ¡Corred todos! Dentro TODOS: ¡Qué tragedia! Dentro OTROS: ¡Qué desdicha! Dentro IRENE: ¡Acudid presto! Dentro SEMÍRAMIS: Nadie le alcanza; ¿qué mucho si se deja atrás el viento? ¿Cómo pudiera el valor, que está brotando en mi pecho, dar vida al gallardo joven que se despeña! Mas esto no quiere pensarse; suelta este bastón.
Quítale el bastón a CHATO y vase SEMÍRAMIS
CHATO: Ya le suelto. SIRENE: ¿Qué intentará? CHATO: ¿Qué sé yo? Pero sí sé, pues que veo que al encuentro le ha salido veloz, y enredando luego entre los pies del caballo mi garrote, darle ha hecho de ojos; con que finalmente o ya el choque o ya el despeño se ha trocado a una caída. SIRENE: ¿Ay, tal marimacha? CHATO: Luego que de pellejos cargada la vi en el lance primero, dije, "Aquesta tiene cara de echar caballos al suelo." NINO: ¡Válgame júpiter santo! Dentro SIRENE: El rey es. CHATO: Pues a escondernos; que haberle visto caer quizá será sacrilegio. SIRENE: Vamos de aquí huyendo. CHATO: Vamos.
Vanse CHATO y SIRENE. Salen NINO y SEMÍRAMIS
NINO: ¿Quién eres, prodigio bello, de amor divino milagro? Mas en dudarlo te ofendo; no me lo digas, que ya tu beldad me está diciendo que eres deidad de estos montes. Cuál de ellas dudo. Di presto. SEMÍRAMIS: Ni sé quién soy, ni es posible decírtelo, porque tengo aprisionada la voz en la cárcel del silencio. Basta saber que soy una mujer tan feliz, que puedo haberte dado la vida, oh generoso mancebo, cuyo semblante, no sé por qué secreto misterio, a amor y a veneración me está provocando a un tiempo. NINO: Espera, pues. SEMÍRAMIS Aventuro mucho si aquí me detengo. NINO: ¿Pues, en qué? SEMÍRAMIS En que me conozcan... MENÓN: Hacia esta parte fue. Dentro IRENE: Presto Dentro lleguemos donde se oculta, por si peligra. SEMÍRAMIS: ...y en que esos que os siguen me vean. NINO: ¿Porqué? SEMÍRAMIS: Porque licencia no tengo de dejarme ver. NINO: ¿Quién puso a la hermosura preceptos, siendo así que la hermosura siempre es libre y sin imperio? SEMÍRAMIS: Nada os puedo responder. (Huiré al monte; que no quiero Aparte que piense Menón jamás de mí que no le obedezco.)
Vase SEMÍRAMIS
NINO: Espera, detente, aguarda, prodigioso monstruo bello; que tras ti...
Salen MENÓN, LISÍAS, ARSIDAS, IRENE y SILVIA
ARSIDAS: ¿Señor? LISÍAS: ¿Señor? MENÓN: Perdona nuestros deseos. ¡Haber tan tarde llegado donde nunca fuera presto! IRENE: En albricias de tu vida, mi vida y alma te ofrezco. ¿Cómo te sientes? NINO: No sé, ¡ay de mí!, lo que [me] siento. No el golpe de la caída me aflige; otro más violento es el que siento en el alma; porque es un ardiente fuego, es tan abrasado rayo, que, sin tocar en el cuerpo, ha convertido en cenizas el corazón acá dentro. No os admire de que pase de un despeño a otro despeño tan aprisa. Amor es dios, y en dios nunca se da tiempo. Discurrid de aqueste monte los enmarañados senos; que al que una deidad humana en él hallare primero y la traiga a mi presencia, grandes mercedes le ofrezco. Porque no dudéis las señas villano es el traje, pero tan noblemente villano, que su rey le rinde el pecho. ¿Pero para qué, ¡ay de mí!, en pintarla me detengo, Si, en viéndola, diréis todos, ¿Éste es el hermoso incendio que abrasó al rey?" Mas ¿qué mucho? ¿Si es de estas selvas la Venus, la Dïana de estos bosques, la Amaltea de estos puertos, la Aretusa de estas fuentes, y la ella de todos ellos, que hasta que dije lo más, todo lo demás es menos? Busquémosla divididos, que yo he de ser el primero que estas ásperas montañas examine fresno a fresno, hoja a hoja y piedra a piedra. Mas mirad lo que os advierto; que, aunque sintáis abrasaros al mirarla, mis deseos licencia os dan de morir, mas no de morir contentos.
Vase NINO
IRENE: Yo la segunda seré que de esta montaña el centro discurra en alcance suyo
Vase IRENE
SILVIA: Todas haremos lo mesmo.
Vase SILVIA
UNOS: Al monte. Dentro OTROS: Al valle. Dentro OTROS: Al llano. Dentro ARSIDAS: ¡Oh, si quisiesen los cielos, pues ya besé al Rey la mano, honrado en un noble puesto, que hoy empezase obligando, pues hoy empecé sirviendo!
Vase ARSIDAS
UNOS: Al valle. Dentro OTROS: A la selva. Dentro OTROS: Al llano. Dentro OTROS: ¡Por acá! ¡Por acá! Dentro MENÓN: (Cielos, Aparte ¿qué efecto haréis sucedidos si pensados matáis, celos?) ¿Quién dijera si fuera ella? LISÍAS: Yo te lo diré bien presto.
Vase LISÍAS
MENÓN: ¡Ay de mí!, que de pensarlo a dar un paso no acierto.
Sale CHATO
CHATO: Consejo muda el prudente, oí decir a un discreto; y pues ya prudente soy, quiero mudar de consejo, y no huir del rey; mas antes pedirle he que me dé premio, pues era mío el garrote con que a su jamestad dieron la vida. Amigo... MENÓN: Hacia aquí ruido entre estas hojas siento. ¡Chato! CHATO: Señor! MENÓN: ¿Sabes dónde Semíramis está? CHATO: Pienso... seis maravedís, no sé donde fue. MENÓN: ¡Ay de mí! CHATO: Empero bien, señor, me podréis dar albricias de lo que ha hecho, si la queréis bien; porque ella y yo somos, sí por cierto, los que al rey la vida dimos, yo mi garrote poñendo y ella su manofitura. MENÓN: Calla, calla, que me has muerto. CHATO: ¿Yo os he muerto o vos a mí? ¿No sabéis que parece esto cuando uno pisa un pie a otro, y se queja él el primero? MENÓN: Ya a mí el buscarla me toca más que a todos, que si llego a hallarla antes, yo sabré ocultársela al deseo del Rey. ¡Ay corazón!, pues de ti mil sabios dijeron que sabes astrología y adivinar, yo te dejo la elección de mis acciones. Llévame tú donde, ¡ah cielos!, mi bien está; que los pasos tú los das, y yo me muevo.
Vase MENÓN
CHATO: ¡Cielos! ¿Qué habrá en este monte, que todos andan revueltos?
Sale SEMÍRAMIS
SEMÍRAMIS: Ocultarme por aquí de tanta gente quisiera, para que nunca pudiera quejarse Menón de mí. ¡Chato! CHATO: ¡Señora! SEMÍRAMIS: ¿Sabrás si la gente se ausentó que andaba en el monte? CHATO: No; antes pienso que agora hay más. SEMÍRAMIS: No digas que por aquí me viste, a nadie, pasar.
Sale MENÓN
MENÓN: Por aquí la he de buscar, si la hallase, ¡ay de mí! Pero, ¡cielos!, ¿no es aquélla? Aseguróme mis celos.
Sale ARSIDAS
ARSIDAS: ¿Pero no es aquélla, ¡cielos!, si advierto en las señas de ella? SEMÍRAMIS: Advierte... CHATO: Sí. SEMÍRAMIS: Ahora mi suerte me esconde en aquesta parte. CHATO: Ya es imposible ocultarte porque ya han legado a verte. MENÓN: ¡Arsidas! ARSIDAS: ¡Menón! MENÓN: ¡Oh impío cielo! CHATO: (¿De qué este soldado Aparte tanto a Menón ha turbado? Debe de ser como el mío.) MENÓN: ¿Adónde vais por aquí? ARSIDAS: Buscando una deidad vengo. CHATO: (¿No lo digo yo?) Aparte ARSIDAS: Pues tengo las señas que en ella vi. MENÓN: Yo, supuesto que aquí habemos llegado a un tiempo los dos, se la llevaré. Id con Dios. ARSIDAS: Los que servimos tenemos, y más con obligación, obligación de buscar ocasiones de agradar. Yo he de llevarla, Menón. CHATO: (Llévesela!) Aparte MENÓN: Si he llegado yo, ¿no son vanos desvelos? SEMÍRAMIS: ¿Qué soldado es éste, cielos? CHATO: (Otro como mi soldado.) Aparte MENÓN: ¿Pues a competir conmigo vuestra arrogancia se atreve? CHATO: Déjala que se la lleve, pues no va a comer contigo. ARSIDAS: El rey el justo poder me dio; y pues la pude hallar, conmigo la he de llevar. MENÓN: Y yo la he de defender. SEMÍRAMIS: Mi bien, mi señor, mi dueño, ¿qué es esto? ARSIDAS: De tu intención ya aquestos cariños son otro indicio no pequeño. MENÓN: Y yo la muerte os daré, porque ya que lo escucháis, nunca decirlo podáis. SEMÍRAMIS: ¡Ay de mí infeliz! ARSIDAS: Sabré también defenderme yo. MENÓN: Huye, Semíramis bella, SEMÍRAMIS: ¿Que es hüir mi altiva estrella. CHATO: ¿Quién mayor necedad vio? NINO: A aquel ruido acudid presto. Dentro IRENE: Hacia allí las voces son. MENÓN: ¡Qué horror!
Sale NINO, IRENE, SILVIA y criados
NINO: ¿Qué es esto, Menón? ARSIDAS: ¡Qué dicha! IRENE: Arsidas, ¿qué es esto? ARSIDAS: Esta divina hermosura... MENÓN: Esta divina belleza... ARSIDAS: Hallé yo en esta aspereza. MENÓN: Vi al pie de esta peña dura. ARSIDAS: Para lograr mi ventura... MENÓN: Para estorbar tu apetito... ARSIDAS: Llevártela solicito, donde mi lealtad me mueve. MENÓN: Y yo, que no te la lleve, ni consiento ni permito. NINO: Tres cosas estoy mirando, tres acciones estoy viendo, que cuánto más las entiendo, aun más las estoy dudando. Tú, Menón, con quien el mando de mi laurel he partido; ¿tú confiesas atrevido que el mayor triunfo me quitas? ¿Tú, Arsidas, lo solicitas, de hoy a mi casa venido? Y tú, crüel, que entre fieras dudas das de amor indicio, cuando haces un beneficio, como si un agravio hicieras. Rescatad de tan severas confusiones mi sentido. A los tres, ¿qué os ha movido para estar, ¡suerte penosa!, tú turbado, tú medrosa y tú desagradecido? ARSIDAS: Mi turbación, bien, señor, fácil está de entender, llegándote yo a deber tanto. SEMÍRAMIS: Eso en mí no es temor, que fuera decirlo horror. MENÓN: Mi ingratitud, ¡ay de mí!, es lealtad. NINO: ¿Pues cómo así, oponiéndote a mi gusto MENÓN: Como tu gusto no es justo. NINO: ¿De qué suerte? MENÓN: Escucha. NINO: Di. MENÓN: Aquella hermosa pintura, que hoy has visto imaginada, es ésta que miras viva, puesta conmigo a tus plantas. Semíramis es, señor, y si pretendí guardarla de ti, fue porque tú mismo advertiste a mi ignorancia que aun pintada no llevase a un poderoso a mi dama, porque era necia fineza. Ser consejo tuyo basta para ser disculpa mía; pues mal hiciera en llevarla viva al mismo que afeó el llevársela pintada. Bien pudiera ahora decir que, porque nadie llegara a ganar con tu deseo de haberla hallado las gracias, defendí que la trujese otro; bien pudiera darla otro nombre ahora, y después con industrias y con trazas entreteniendo tu amor, asegurar mi esperanza. No, señor; cansado está el mundo de ver en farsas la competencia de un rey, de un valido y de una dama. Saquemos hoy del antiguo estilo aquesta ignorancia, y en el empeño primero a luz los afectos salgan. El fin de esto siempre ha sido, después de enredos, marañas, sospechas, amores, celos, gustos, glorias, quejas, ansias, generosamente noble vencerse el que hace el monarca. Pues si esto ha de ser después, mejor es agora no haga pasos tantas veces vistos; dame tú esa mano. NINO: Aguarda; que para lo que yo tengo de hacer agora, me falta informarme del estado en que con ella te hallas. IRENE: (Mucho harán mis sentimientos, Aparte ¡cielos!, si hoy no se declaran. SEMÍRAMIS: Eso he de decirlo yo; que a mi decoro, a mi fama, a mi altivez, mi soberbia, mi ambición y mi arrogancia conviene que sepan todos que antes de ver que me llama Menón su esposa, no tuvo de mí más que confïanza de que, en siéndolo, sería suya; pues aunque me saca su valor de una prisión de esas rústicas montañas; aunque en su poder me tuvo, él sabe de mi constancia que no me debió jamás sino sola la esperanza, hasta que ya como esposa la mano le doy. NINO: Aguarda tú también; que, eso sabido, no es buen día en que se casan dama a quien debo la vida y amante que es mi privanza, ser en un monte y acaso. A ti, Menón, debo cuantas victorias hoy me coronan de la siempre verde rama de laurel; a ti, divino pasmo de aquestas montañas, la vida debo. Y así, con demostraciones varias honrar a los dos pretendo, a cuyo efecto la fama quiero que convide a cuantos príncipes contiene el Asia a estas bodas, y que en ellas públicas fiestas se hagan, que mis grandezas publiquen... (Y que dilaten mis ansias). Aparte MENÓN: Señor, aunque generoso a tus hechuras ensalzas, para un amante no hay fiestas como que fiestas no hagan. SEMÍRAMIS: ¿Por qué? Si el rey quiere honrarnos, Menón, con mercedes tantas, no a mi presunción le quites la vanidad de lograrlas. IRENE: Dice Semíramis bien. (¡Oh, si pudiesen mis ansias Aparte dar término, cielo, entre mi deseo y mi venganza!) NINO: Pues tú, bellísima Irene, a Semíramis gallarda contigo a Nínive lleva, por sus calles y sus plazas en tu real carro, vestida de plumas, joyas y galas. Triunfe, y como a mí se humillen; que a su beldad soberana su rey le debe la vida y solicita pagarla. IRENE: Ven, Semíramis, conmigo; que yo haré lo que el rey manda. (Y aun lo que el rey no mandare; Aparte pues haré que tu esperanza en el horror de mis celos tropiece, ya que no caiga.) NINO: Acompañad a las dos todos. SEMÍRAMIS: (Altiva arrogancia Aparte ambicioso pensamiento de mi espíritu, descansa de la imaginación; pues realmente a ver alcanzas lo que imaginaste; pues aun todo aquesto no basta; que para llenar mi idea mayores triunfos me faltan.
Vanse las damas
CHATO: ¡Ha visto y qué tiesa va! Apenas volvió la cara. ¡Ay tontilla, que no en vano hija del viento te llamas!
Vase CHATO
NINO: ¡Menón! MENÓN: ¿Señor? NINO: No las sigas tú, detente. MENÓN: ¿Qué me mandas? NINO: ¿Estamos solos? MENÓN: Testigos son los troncos y las ramas. NINO: Mi amigo eres. MENÓN: Tú mi rey. NINO: ¿Qué me debes? MENÓN: Honras altas. NINO: ¿Puedo hacer por ti más? MENÓN: No. NINO: ¿Tienes qué pedirme? MENÓN: Nada. NINO: ¿Qué harás tú por mí? MENÓN: Mi vida pondré, señor, a tus plantas. NINO: Menos quiero, pues porque no diga jamás la fama que Nino quitó a Menón su esposa, quiero que haga la amistad, y no el poder, una conveniencia extraña; y es que, esto asentado, agora volvamos a la pasada metáfora. ¿No dijiste que ésta verdadera farsa, tenía una novedad que era fácil desatarla? Pues yo quiero que sean dos, y que en el fin también haya nuevo estilo. Esto ha de ser. Ya que introducidos se hallan aquí rey, dama y valido, véncete tú, porque salga de andar en duelos de amor la majestad; desatada una, otra es desde hoy amarla yo y tú olvidarla. MENÓN: Señor, vencerse a sí mismo un hombre es tan grande hazaña, que sólo el que es grande puede atreverse a ejecutarla. Tú eres rey, vasallo soy. NINO: Pues ¿qué mayor alabanza que hacer tú una acción que fuese grande para mí? MENÓN: No se halla con tanto valor mi pecho. NINO: Pues tú me has de dar palabra de olvidarla. MENÓN: No podré; de morir, sí; en esa instancia te la doy; que ello está en mí, y no está en mí el olvidarla. NINO: Pues sí olvidarla no puedes, puede darlo a entender traza que ella entienda que la olvidas, y que mi amor no lo manda. MENÓN: Ni aqueso puedo tampoco; que fuera acción muy villana dar yo a partido mis celos. Tercero de mis desgracias, daré a entender que la olvido, y lo haré desde mañana; mas dando a entender también que eres tú quien me lo manda. NINO: ¿No te la puedo quitar? MENÓN: Ya sí, señor, mas repara que ésa es violencia forzosa, y ésta es ruindad voluntaria. En quitármela tú, harás una tiranía; en dejarla yo, una infamia; y al contrario, tú una grandeza en no amarla, yo una fineza en quererla. Mira agora las distancias que hay de tiranía a grandeza, y que hay de fineza a infamia. NINO: Pues ¿qué te vengo a deber yo en aquesta parte? MENÓN: Nada, sino el consejo de que me la quites; que si aguardas hallar conveniencia en mí, en mí, señor, no has de hallarla, ni es posible. NINO: ¿Cómo? MENÓN: Escucha. En nuestro cuerpo está el alma, sin tener determinado lugar; si muevo la planta, alma hay allí, alma también hay en la mano al mandarla. Sucede, pues, que me corte la planta o la mano, ¿falta con la porción de aquel cuerpo aquella porción que estaba del alma allí? No. ¿Qué se hace? A su estado, a incorporarla se reduce. Alma es en mí mi amor; lugar no se halla donde no esté; y así, aunque hoy a pedazos le deshaga, cortándome las acciones de verla, oírla y hablarla, en la razón que me queda, a la imitación del alma, siempre se ha de hallar mi amor tan cabal como se estaba. NINO: ¡Qué cansados argumentos! ¿Ser mi gusto no bastaba? MENÓN: No, señor. NINO: ¡Calla, villano! ¡Desagradecido, calla! ¡Calla, ingrato! Mas yo tuve la culpa de darte tantas alas, para que al sol mismo te opongas. Pero la saña del sol, que te las crió, sabrá quitarte las alas. MENÓN: ¡Señor! NINO: ¡No más! MENÓN: No de un soplo así tu hechura deshagas. NINO: No me deshaga mi hechura un rayo a mí siendo ingrata. MENÓN: Yo no puedo... NINO: Yo tampoco. MENÓN: ...ofrecer más de que... NINO: Basta. MENÓN: ¿Que soy tu privanza olvidas? NINO: Donde hay celos no hay privanza. Y puesto que esto ha de ser, yo he de decir que se haga la boda, y tú has de decir que a tu disgusto te casas, sin que a mirarla te atrevas desde este instante. Repara que te quebraré los ojos si te atreves a mirarla.
Vase NINO
MENÓN: ¡Ay Semíramis divina! ¡Ay hermosa! ¡Ay soberana hija del aire! ¡Llevóse tu nombre mis esperanzas.

FIN DE LA SEGUNDA JORNADA

JORNADA TERCERA


Suenan chirimías, y salen NINO, ARSIDAS, gente, y CHATO
UNO: ¡Viva Semíramis bella! Dentro OTROS: ¡Viva del Asia el asombro! Dentro TODOS: ¡Viva la que dio la vida Dentro a nuestro Rey generoso! ARSIDAS: Ya Semíramis e Irene vuelven a palacio. NINO: Loco de contento estoy al ver su nombre aplaudido. CHATO: Todos estamos acá, pardiez. UNO: ¡Tonto! ¿Cómo de ese modo... CHATO: Pues para entrar donde quiera, ¿qué más hay que hacerse tonto? Crïado de Semíramis so, y sabiendo que vos proprio acá mi ama os traéis, vengo, voy, ¿qué hago? Tomo y véngome acá también, o por esto o por estotro. NINO: Éste es un simple villano que desde Ascalón conozco; pues que Semíramis dél gusta, mandarás, Andronio, que le vistan de otra suerte; no ande aquí en traje tan tosco. CHATO: Vestida tengas el alma a penas de purgatorio. Entra, Mandroño, a vestir el soldado. UNO: De aquí a poco. TODOS: ¡Viva la que dio la vida Dentro a nuestro rey generoso! ARSIDAS: Ya la música otra vez suena, y ya se apean.
Vuelven a tocar, y salen SEMÍRAMIS e IRENE con muchas galas y damas
NINO: Dichoso yo, que merecí adorar dos beldades en un solio, dos soles en una esfera y dos diosas en un trono. SEMÍRAMIS: Más dichosa es quien de vos tuvo aplausos tan heroicos. CHATO: (¿Quién no dirá que mi ama Aparte siempre trajo aquel adorno? Pues yo me acuerdo de cuando eran pellejos de un lobo. Pero ¡cómo esas pellejas vemos hoy cubiertas de oro!) NINO: ¿Qué te ha parecido, hermosa Semíramis, bello monstruo de Asia, a cuyos rayos son tibios los rayos de Apolo, de la famosa ciudad de Nínive, del adorno de sus muros y sus calles, y comercio populoso? SEMÍRAMIS: Sí he visto, señor, y tengo de decir la verdad; todo cuanto hasta ahora he visto en ella... NINO: ¿Qué? SEMÍRAMIS: ...me ha parecido poco; mas no me espanto, porque objeto es más anchuroso el de la imaginación que el objeto de los ojos. Imaginaba yo que eran los muros más suntüosos, los edificios más grandes, los palacios más heroicos, los templos más eminentes y todo, en fin, más famoso. CHATO: (Tan loco nos venga el año Aparte cuando siembre mis rastrojos.) IRENE: En las entrañas nacida de un monte, en el seno bronco de unos peñascos crïada, ¿ánimo tan generoso y espíritu tan altivo engendraste? SEMÍRAMIS: Sí; que como pude allí discurrir mucho, no me contenté con poco. IRENE: Entra, pues, en mis jardines a ver si, ufanos y hermosos, te agradan. (Mas ¡qué cansada Aparte voy, no de mis celos solos, sino de haber oído tantos desvanecimientos locos!)
Vanse IRENE y las damas
SEMÍRAMIS: (¿Cómo en tan célebre día Aparte Menón falta de mis ojos? Mas ¿para qué le echo menos, si tantos aplausos logro sin él? Como éstos no falten, lo demás importa poco.)
Vase SEMÍRAMIS
NINO: Recatad, afectos míos, la dulce llama que escondo; que aun no es tiempo que sopladas sus cenizas del favonio, de amor el fuego descubran que arde ocultamente sordo. CHATO: Señor Mandroño, ¿es ya hora de que nos vamos nosotros? UNO: ¿Vos, sabéis qué es? CHATO: ¿Qué? Priesa de haber de vestirse un roto.
Vanse y sale MENÓN
MENÓN: De Siria el gobernador ésta envía con un proprio. ARSIDAS: (¡Ay, perdida prenda mía! Aparte NINO: Está bien... MENÓN: (¡Ay dueño hermoso!) Aparte NINO: ...que antes que para otra cosa sepa, el olvido que os propongo, quiero saber en qué estado está. MENÓN: En el que estaba proprio. NINO: ¿Qué es? MENÓN: Que haré cuanto pudiere; mas juzgo que puedo poco. NINO: Pues habéis de poder mucho. Dad la carta a Arsidas; todos los despachos por su mano lleguen a mí; que ya él solo me acierta a servir. ARSIDAS: Tus plantas me da a besar. MENÓN: No lo ignoro; pero mandadle a él lo fácil, y a mí lo dificultoso. NINO: Venid conmigo a saber si lo es o no cuidadoso. Vos leedla; y vedme, agora cualquier despacho estorbo.
Vase NINO
MENÓN: Tomad; y si acaso puede un desdichado a un dichoso dar algo, sea un consejo; y es que, atento, cuerdo y pronto sirváis, sin enamoraros, porque lo perderéis todo.
Vase MENÓN
ARSIDAS: Bueno es el consejo; pero ya es muy tarde cuando le oigo, pues yo solamente sirvo porque otra hermosura adoro. ¡Con qué temores que dudo! ¡Oh pliego, tu nema rompo!
Lee
"Gran señor: Estorbato, Rey de Batria, viendo que a los umbrales de su patria victorioso llegaste, y que aquella conquista perdonaste, soberbio y presumido que sea temor lo que omisión ha sido. Con esto, y con que a él se pasó huyendo Lidoro, Rey de Lidia, pretendiendo el uno de su imperio apoderarse segunda vez, y el otro en Siria entrarse, ejércitos previenen, y como en tal confianza se mantienen todos los naturales, divisos y parciales, a su rey esperando, sospechosos están, y yo aguardando la invasión. Pocas son las fuerzas mías si tú, señor, socorro no me envías." ¿Quién se habrá visto jamás tan confuso y tan dudoso, pues vengo a ser hoy conmigo secretario de mí proprio? Como a la Batria pasase deshecho, vencido y roto, habrá corrido esta voz que con Estorbato torno. ¿Qué haré? ¿Diré al rey quién soy? No; que de mí sospechoso, querrá asegurar conmigo aqueste nuevo alboroto. Callaré oculto hasta que la ocasión descubra el modo, que mejor me esté. ¡Oh, Irene, por ti en qué empeños me pongo!
Vase, y salen IRENE, SEMÍRAMIS y damas
IRENE: ¿En fin, que nada te agrada de un sitio tan deleitoso? SEMÍRAMIS: Es el desvanecimiento tal que en estas cosas pongo, que pienso hacerlas mayores en siendo Menón mi esposo. IRENE: ¿Estás muy enamorada de él, Semíramis? SEMÍRAMIS: Conozco que debo a Menón, señora, todas las dichas que gozo; y como de agradecida hay un término tan corto a enamorada, decir que lo estoy será forzoso; si bien es mi presunción tal, que... IRENE: Dilo. SEMÍRAMIS: Que me corro de que haya de ser mi dueño quien es vasallo de otro. IRENE: Salíos todas allá fuera.
Vanse las damas
IRENE: Ya, Semíramis, que toco esta plática, no puedo dilatar más mis enojos; y así, antes que me preguntes porqué a este empeño me arrojo ni qué me obliga, te mando que desde este instante proprio estés persuadida a que no ha de ser Menón tu esposo; porque, aunque vasallo, tiene dueño, si no tan hermoso, menos ingrato y más noble, menos vano y más heroico. Si el rey casarte mandare, con desdén ceremonioso has de fingir que no tienes gusto en este desposorio; y a él le has de dar a entender que le aborreces, de modo que, viéndose aborrecido, aborrezca; pues no ignoro que sabe una ingratitud pasarse de amor a odio. Y pues el rey hoy por este jardín ha venido, torno, Semíramis, a decirte que en esa puerta me pongo, sólo a mirar de la suerte que tus labios y tus ojos empiezan a introducir los desdenes rigurosos de tu fingida mudanza. Y así, por ahora sólo te advierto que desde aquí todas las acciones noto.
Escóndese IRENE, y salen NINO y MENÓN
NINO: Esto ha de ser porque está Semíramis ya aquí, y logro tan buena ocasión. Detrás de aquestas murtas me escondo. Llega, dándole a entender cuánto es tu afecto muy otro; advirtiendo, que me quedo donde cuanto digas oigo.
Escóndese el rey
SEMÍRAMIS: (¿Habrá rigor más violento?) Aparte MENÓN: (¿Trance habrá más riguroso?) Aparte SEMÍRAMIS: (¿Que aya de dar a entender Aparte yo que ingrata correspondo?) MENÓN: (¿Que haya de decir por fuerza Aparte yo, que lo que estimo enojo?) SEMÍRAMIS: (Sí, pues así le aseguro.) Aparte MENÓN: (Sí, pues así la reporto.) Aparte SEMÍRAMIS: (Aunque, si a la ira advierto...) Aparte MENÓN: (Aunque, si atiendo a mi enojo...) Aparte SEMÍRAMIS: (...que de la envidia de Irene Aparte dentro de mi pecho formo...) MENÓN: (...que de los celos del rey Aparte dentro de mi alma lloro...) SEMÍRAMIS: (...en fingir que le aborrezco...) Aparte MÉNÓN: (...en decir que no la adoro...) Aparte SEMÍRAMIS: (...sospecho que no haré mucho.) Aparte MENÓN: (...presumo que haré muy poco.) Aparte IRENE: (Ya se han visto. ¡Celos, tenga Aparte piedad mi industria en vosotros!) NINO: (Ya se hablan. ¡Consiga, celos, Aparte mi pena algún desahogo! SEMÍRAMIS: En mucho estimo, Menón, hoy a los cielos piadosos esta ocasión que me han dado de hablaros en mis enojos; que a dilatarse un instante, presumo que escandalosos reventaran el volcán de mi pecho, dando asombros al cielo, hasta que llegase o lo ardiente o lo ruidoso de mis quejas a deciros que, ofendida de vos, torno por consejo a aconsejaros no tratéis de ser mi esposo. IRENE: (No entra mal en el despecho Aparte Semíramis.) MENÓN: (¡Rigurosos Aparte cielos! Si ella no ha sabido que el rey está oyendo, ¿cómo me habla con tanto rigor? NINO: (¿Semíramis, ¡estoy loco!, Aparte sale al paso a su mudanza?) MENÓN: (¡Que sea, ¡ay de mí!, forzoso, Aparte siendo sus enojos falsos, hacer ciertos sus enojos!) Semíramis, aunque tengas quejas de mí, y aunque ignoro la ocasión, no te he de dar (¡quién vio más terrible ahogo!) Aparte satisfacciones, porque no puedo. (Atiende a mis ojos, Aparte hermoso imposible mío.) Esto a las quejas respondo; y en cuanto a que ser no quieras mi esposa, yo te perdono el desaire... (No hago tal.) Aparte de decírmelo en mi rostro; pues con eso has excusado que yo te diga lo proprio. SEMÍRAMIS: ¿Que tú lo dijeras? MENÓN: Sí. IRENE: (¡Él la desprecia! ¡Qué oigo!) Aparte NINO: (No empieza a fingirlo mal.) Aparte SEMÍRAMIS: (Si él, ¡Cielo!, está tan remoto Aparte de que Irene me está oyendo, ¿cómo me habla deste modo?) Pues si vos tan consolado estáis, que de mis enojos aun no preguntáis la causa, no añadamos unos a otros. Id con Dios. MENÓN: Quedad con Dios.
Hacen que se van
SEMÍRAMIS: (¡Qué sin afecto amoroso Aparte me llega a hablar y se vuelve!) MENÓN: (¡Con qué seco desahogo Aparte me deja ir y no me llama!) SEMÍRAMIS: (Pero el callar es forzoso.) Aparte MENÓN: (Pero el sufrir es preciso.) Aparte SEMÍRAMIS: (¡No hubiera un estilo como Aparte hablar callando!) MENÓN: (¡No hubiera Aparte de callar hablando un modo!)
A IRENE
SEMÍRAMIS: Para la primera vez que a servirte me dispongo, bien entablado he dejado el temor. IRENE: Ya lo conozco; pero quisiera que fuese más declarado el oprobrio. SEMÍRAMIS: ¿Más? IRENE: Sí.
A NINO
MENÓN: Para la primera lección que de olvido tomo, ¿no la he repetido bien? NINO: Sí, pero la has dicho poco. MENÓN: Pues yo creí que era mucho, y aun de lo mucho me asombro.
A SEMÍRAMIS
IRENE: Vuélvele a llamar, y asienta que no se trate en ser tu esposo.
A MENÓN
NINO: Vuélvela a hablar; dila que no has de hacer el desposorio. SEMÍRAMIS: Sí haré. (Hablen mis sentidos Aparte aquí, cumpliendo con otros.) MENÓN: Sí haré. (Mi dolor conmigo Aparte cumpla aquí, hablando en mí propio.) SEMÍRAMIS: Menón. MENÓN: Semíramis. SEMÍRAMIS: Pues ¿a qué tornáis aquí? MENÓN: Torno, yo no sé a qué. Decid vos, ¿porqué me nombráis? SEMÍRAMIS: Os nombro porque... Pero ¿qué sé yo? Cuando andáis tan cauteloso para deciros que os llamo... por deciros que me corro de haberos dado esperanza de que seréis tan dichoso que jamás me merezcáis. MENÓN: Pues yo volvía a eso proprio. SEMÍRAMIS: Sí; mas quiero yo decirlo; vos no lo digáis. MENÓN: En todo opuestos parece; que hoy, ingrato imposible, somos; pues yo no decirlo quiero, y que vos lo digáis tomo por partido. SEMÍRAMIS: ¿Qué os obliga? MENÓN: No sé. ¿Y vos? SEMÍRAMIS: También lo ignoro. MENÓN: Decidlo vos; que quizá tenéis... SEMÍRAMIS: ¿Qué? MENÓN: ...menos estorbo. SEMÍRAMIS: Quizá mayor. MENÓN No es posible. SEMÍRAMIS: No os entiendo. MENÓN: Yo tampoco; mas si vierais lo que paso... SEMÍRAMIS: Si supierais lo que escondo ... MENÓN: ...vierais... SEMÍRAMIS: ...supierais... MENÓN: ...que yo... SEMÍRAMIS: ...que yo... MENÓN: ...siento... SEMÍRAMIS: ...sufro... IRENE y NINO: (¿Qué oigo!) Aparte SEMÍRAMIS: ...porque... MENÓN: Decid. SEMÍRAMIS: Estoy muda; hablad vos. MENÓN: Estoy dudoso. SEMÍRAMIS: Pues adiós. MENÓN: Adiós, pues. Idos. (Pero así el silencio rompo.) Aparte Vos por esta parte. SEMÍRAMIS: Idos por estotra. IRENE: ¡Necia! NINO: ¡Loco!
Truécanse, y al entrar, MENÓN halla a IRENE y SEMÍRAMIS al rey
IRENE: ¿Qué has dicho? NINO: ¿Qué has hecho? SEMÍRAMIS: Yo, nada he dicho. MENÓN: Yo tampoco. IRENE: ¡Señor! NINO: ¡Irene!, ¿tú aquí? SEMÍRAMIS: ¡Muerta estoy! MENÓN: ¡Estoy absorto! IRENE: Sí, señor, (Disculpad, cielos, Aparte esta sospecha en mi abono.) porque a Semíramis dije que, aunque haya de ser su esposo Menón, estando conmigo no se atreva a hablar de modo que el respeto de mi sombra peligrar pueda en un solo átomo; y así escuchaba ofendido mi decoro. NINO: Yo no escuchaba por eso; que, habiendo tan alevoso descubiértome Menón, responderé de otro modo; pues él, Semíramis, quiere, que vos sepáis que os adoro. SEMÍRAMIS: (¿Qué es esto, cielos? ¡De mí Aparte enamorado el rey! ¿Qué oigo?) NINO: Semíramis, yo he querido salvar la voluntad mía de especie de tiranía. A este fin he prevenido facilitar el olvido de Menón, por merecer, sin ser yo tirano, ser dueño de mi voluntad, fïando de su amistad aún más que de mi poder. El lance de hoy es testigo del estado de los dos. Por andar fino con vos, traidor ha andado conmigo. No que os quiera le castigo, que fuera culpar mi amor dar el suyo por error; que me ofenda, sí, y es justo; pues quien es traidor al gusto a todo será traidor. ¡Hola!
Sale ARSIDAS
ARSIDAS: Señor. NINO: A esa fiera desconocida e ingrata, que a quien la alimenta mata, las armas quitad, y muera en la prisión más severa de Nínive; su castigo, que será escarmiento, digo, de toda Siria, pues hallo ser malo para vasallo quien no es bueno para amigo. MENÓN: Esta, señor, es mi espada; que no puedo en trance igual, darte mejor memorial que ella de sangre bañada. Mira ya a tus pies postrada la que fue rayo de Oriente; sólo pido que, prudente, adviertas que rayo ha sido, y que, así, no habrá ofendido a Júpiter eminente. Todo mi delito es que Amor hiciese delito. Tu perdón no solicito; antes, te pido me des una y muchas muertes; pues tan firme me considero en el afecto primero, que estimo el rigor; que ya lo que padezca será testigo de lo que quiero. El rey, Semíramis bella, porque te adoro, se ofende. ¿Qué prende en mí, si no prende también conmigo a mi estrella? ¿Ella no me influye? ¿Ella no es astro del cielo? Sí. Pues ¿qué importará que aquí prisión den a mi pasión, si también en mi prisión sabrá mi estrella de mí? Y ¿qué es estar preso? Muerto tengo de estarte adorando; que si las estrellas, cuando luz recibieron, es cierto crïan su influjo, hoy advierto que, antes de llegar yo a ellas, si quisieron las estrellas mi amor, que en ellas está, después y antes durará todo lo que duren ellas. NINO: Llevadle de aquí. Mas no; dejadle. Cobra tu acero; que otra experiencia hacer quiero yo de cuanto valgo yo. ¡Semíramis! SEMÍRAMIS: (¿Quién se vio Aparte en tal duda?) NINO: Aunque pudiera conseguir de otra manera de tu hermosura el favor, quiero deber a mi amor lo que a mi poder debiera. En tu libertad estás; que yo no he de ser tirano. Si a Menón le das la mano, a un infeliz se la das, en cuyo estrago verás las mudanzas de la luna; que si mi suerte importuna su amor no puede quitarle, podrá, a lo menos, negarle los bienes de la Fortuna. De mi gracia despedido, de mi Corte desterrado, de mis imperios echado, de mi gente aborrecido, mísero, triste, abatido, ha de vivir, sin honor, sin amparo y sin favor. Si con esto quieres ser su mujer, sé su mujer; que yo moriré de amor. MENÓN: Semíramis, si es que aquí quieres ser agradecida, acuérdate que la vida y el segundo ser te di. NINO: Que tú me la diste a mí, y que a pagarla me atrevo, te acuerda también. MENÓN: Yo llevo ventaja. NINO: Si a esto te mueves... MENÓN: Págame lo que me debes. NINO: Cobra lo que yo te debo. MENÓN: ¿Qué blasón más celebrado tendrá tu famoso nombre, que poder hacer a un hombre dichoso de desdichado? NINO: Porque sea infeliz tu hado, no te haga infeliz a ti. IRENE: Tiempo de pensarlo aquí la dad. SEMÍRAMIS: No le he menester a lo que he de responder, NINO y MENÓN: Luego ¿ya lo sabes? SEMÍRAMIS: Sí. Menón, aunque agradecida a tus finezas me siento, ningún agradecimiento obliga a dejar perdida toda la edad de una vida; que el que da al que pobre está, y con rigor cobra, ya no piedad, crueldad le sobra; pues aflige cuando cobra más que alivia cuando da. Si ya tu suerte importuna, si ya tu severo hado pródigos han disfrutado lo mejor de tu fortuna, la mía, que hoy de la cuna sale a ver la luz del día, la luz quiere; que sería error que una a otra destruya; y si acabaste la tuya, déjame empezar la mía. Si de un vicio la inquietud, de una virtud el indicio, vuelve la virtud en vicio antes que el vicio en virtud, más con la solicitud de mi vida vencer oso tu desdicha; que es forzoso que, una de otra acompañada, tú me hagas desdichada y yo no te haga dichoso. La vida que te debí, con tomarla la pagué; por ti lo hiciste, pues fue antes de saber de mí. La que yo a Nino le di la misma duda ha tenido; mas si él honrarme ha querido, ¿no será, Menón, error por seguir a un acreedor, dejar a un agradecido? Del rey en desgracia estás, sin privanza y sin estado; fugitivo y desterrado, de su vista huyendo vas. No puedo hacer por ti más hoy que el no ser tu esposa; que hermosa mujer, no hay cosa que tanto a un hombre le sobre, porque es sátira del pobre el tener mujer hermosa.
Vase SEMÍRAMIS
NINO: Pues de tu esperanza estás, Menón, tan desengañado, para siempre desterrado hoy de Nínive saldrás, sin que ya esperes jamás ver a Semíramis bella; que pues que te deja ella sin saberme tú obligar, no te quiero yo dejar ni aun el consuelo de vella.
Vanse, y queda solo MENÓN
MENÓN: ¿Vivo o muero? Cierto es que si viviera, este dolor, sin duda, me matara; y si muriera, es consecuencia clara que este dolor, sin duda, no sintiera. Luego vivo a sentir mi pena fiera y muero a no sentirla. ¡Oh, quién se hallara tan afecto a los dioses, que alcanzara el querer y olvidar cuando él quisiera! Privanza, honor, estado, rey y dama perdí, y sólo ha llegado a consolarme que aun ha dejado qué perder mi estrella. ¿Alma no tengo? Sí; pues hoy la fama condenado de amor podrá llamarme, porque aun el alma he de perder por ella.
Vase, y sale CHATO, vestido de soldado ridículo, con espada y plumas
CHATO: ¡Señor! ¡Ah señor! ¡Señor! Fuése, yendo paso a paso, sin hacer de mí más caso que de un enfermo un doctor; que ésta es la cosa de que menos se le da, a fe mía, pues viéndole cada día, parece que no le ve. Saber quije si es así una voz que ahora corrió de que a Semíramis no se le da un maravedí de todo su amor, porque la quiere el rey; y yo hallo que haría mal en pescudallo, supuesto que yo lo sé; que claro está que una dama más del rey lo querrá ser, que de otro propia mujer; porque aquello de la fama es fama, y póstuma ya, que ha mil días que murió; o si no, dígalo yo, o mi mujer lo dirá. ¿Qué importa a los que me ven ser de ella expulso marido, si yo ando en traje lucido, como bien y bebo bien?
Sale SIRENE
SIRENE: (Hasta que encuentre con él, Aparte toda Nínive he de andar, y aun en palacio he de entrar. Pescudarle quiero a aquél que allí está, si le vio acaso.) Soldado, decidme vos... CHATO: (¡Mi mujer es, vive Dios!) Aparte SIRENE: ...si habéis visto... CHATO: (¡Lindo paso!) Aparte SIRENE: ...a uno que se llama Chato. Tras Semíramis ha un mes que vino, por señas que es grandísimo mentecato. CHATO: ¡No le conozco, par Dios! Que un chato es, que aquí ha venido, narigón tan entendido, que no se acuerda de vos. SIRENE: ¡Ay Chato del alma mía! ¿Esto es lo que yo en ti tengo, cuando sola a verte vengo? CHATO: ¿Sola? SIRENE: Sin más compañía que mis lágrimas no más. CHATO: ¡Qué amor! Esto sí es tener un hombre honrada mujer. SIRENE: ¡Qué bravo soldado estás! No te había conocido. CHATO: Por eso me habrás buscado; que más un bravo soldado vale, que un manso marido. SIRENE: Ya la malicia es en balde; que ya Floro se ausentó. CHATO: ¿Y a falta de buenos, yo so buscado para alcalde? Pues por adonde venís, Sirene, os podéis tornar, que acá hay mucho que pensar, y aguarda Semíramis. SIRENE: Tras ti he de ir. CHATO: Y yo enojado más de una hora pienso estar; que esto es saber castigar.
Vase CHATO
SIRENE: Pues, para ésta, menguado...
Vase SIRENE. Salen NINO y ARSIDAS
NINO: ¿Eso contiene la carta? ARSIDAS: Esto la carta contiene. NINO: No me da cuidado el ver que Estorbato guerra intente contra mí, cuanto pensar que Lidoro con él vuelve. Por mi general te nombro, y así, a partirte resuelve a toda priesa. ARSIDAS: Tus plantas beso humilde; que bien puedes creer, mientras yo te sirvo, que Lidoro no te ofende. NINO: Después trataremos de esos despachos, y agora vete; que pues ya la oscura noche las alas nocturnas tiende, coronado de esperanzas mi amor, hasta que desprecie Semíramis a Menón, hablarla a solas pretende, porque el favor no embarace la asistencia de más gente; y así, mientras yo a su cuarto voy, tú desde aquí te vuelve.
Vanse ARSIDAS y NINO. Sale MENÓN
MENÓN: Pisando las negras sombras, imágenes de mi muerte, con la llave que tenía de los jardines de Irene, a Semíramis veré; que aun el metal muchas veces, siendo inanimado, ignora a qué nace; dígalo éste, labrado para favores, logrado para desdenes. Hablarla pienso; porque antes que de ella me ausente. El tropel de mis desdichas me aconseja que me queje de su ingratitud; que al fin un ofendido no tiene ni más favor que le ampare, ni más duelo que la vengue.
Sale NINO
NINO: Noche, aunque siempre hayas sido tercera de hurtos aleves, sélo esta vez de hurtos nobles tercera también. No siempre tu horror induzca a los males; guía un día hacia los bienes. MENÓN: Entraré en su cuarto, pues informado de que es éste estoy ya; y el corazón lo dijera sin saberle. NINO: Éste es su cuarto; mejor dijera la esfera breve, adonde en golfo de flores el sol más hermoso duerme. MENÓN: ¡Oh centro de mi esperanza! NINO: ¡Oh patria de mis placeres! MENÓN: ¡Qué triste piso tu umbral! NINO: Tu friso toco, ¡Oh, qué alegre! MENÓN: Pasos siento. NINO: Un bulto miro. MENÓN: Ya me es forzoso volverme. NINO: Ya me es forzoso seguirle. Aunque recatado intentes huír, aborto de las sombras, tengo de saber quién eres! MENÓN: La voz es del rey. Aquí no hay resistencia más fuerte que el hüir. ¡Quieran los dioses que ya con la puerta acierte!
Vanse, y vuelve NINO con la espada desnuda
NINO: Sin darme respuesta alguna, cobarde la espalda vuelve. Sabré quién es. ¿Quién al culto sagrado de estas paredes, licenciosamente osado, a tales horas se atreve?
Vuelve a salir MENÓN
MENÓN: Perdí el tino. ¡Hojas y ramas, pues sois de Amor delincuentes, toda la vida abrazadas, en vuestro centro escondedme! NINO: No podrán; que a mucha luz te sigue mi fuego ardiente. MENÓN: Yo no he de sacar la espada. Por esta puerta es bien que entre, a ver si encuentro por dónde me arroje, aunque me despeñe sobre las ondas del Tigris. NINO: Mal el hüir te defiende; que aunque huyas como cobarde, te sigo como valiente. SEMÍRAMIS: Pasos oigo y voces. Dadme una luz. Salir intente. ¿Quién aquí? ¿Menón, qué es esto? MENÓN: Venir yo a buscar mi muerte; y haberla hallado, que es harto, siendo infelice. NINO: ¿Tú eres, traidor? Mas ¿quién sino tú fuera traidor tantas veces? MENÓN: Sí; pero traición de amor, traición que honra más que ofende. NINO: ¿No te mandé que salieras de Nínive? MENÓN: Obedecerte quise. Salí; mas no hallé otro refugio sino éste. NINO: ¿Por dónde entraste? MENÓN: No sé. NINO: Aunque es tu honor, darte muerte yo, traidor, muere a mis manos. SEMÍRAMIS: No le mates, señor, tente. MENÓN: Suspende la ira, si es que celos del ruego no tienes. NINO: No; que son mis celos nobles, y rogados se suspenden; que si el vengarme interés es mío, cuando eso fuere, es interés del respeto de Semíramis el verse obedecida; y así, entre los dos intereses, quiero ser rebelde al mío por ser al suyo obediente. La vida te doy; levanta, pues Semíramis lo quiere. SEMÍRAMIS: Yo lo estimo, por pagarle, señor, y porque me deje, viéndose ya en paz conmigo; que si una vida le debe mi ser, dándole otra vida, ya ningún derecho tiene contra mí; y así, Menón, pues en paz estamos, vete, y déjame que yo logre de mi destino la suerte. NINO: Eso no; que es una cosa que a darle la vida llegue, y otra que no llegue a darle castigo; y así se medie; que viva, pues tú lo mandas, pero en prisión, pues me ofende. La escuadra que está de guarda en este cuarto de Irene, di, Silvia, que mando yo que hasta estos jardines entre.
SILVIA pone la luz en un lado y se va
MENÓN: Si me prendes, no me das vida, sino civil muerte. SEMÍRAMIS: Tenga, señor, libertad, siquiera por intereses de la vida que me dio. NINO: Ya está libre. ¿Qué más quieres? Y aun más he de hacer por ti. Si otra vez volviere a verte en su vida, le perdono, para que nunca te quede que pedirme más por él.
Salen los SOLDADOS con hachas
SOLDADO: ¿Qué me mandas? SEMÍRAMIS: Piadoso eres. NINO: Ya, que saquéis a Menón de palacio solamente, y con vida y libertad le dejad donde él quisiere. Pero mirad; de vos fío...
Habla aparte el rey NINO con el SOLDADO
MENÓN: ¡Oh fiera, lo que me debes! SEMÍRAMIS: ¿Te ha dejado libre? MENÓN: Sí. SEMÍRAMIS: (¡Cuánto un acreedor ofende!) Aparte NINO: ¿Habéisme entendido ya? SOLDADO: Y se hará de aquesa suerte. Vamos. MENÓN: Mucho temo, aunque libertad y vida lleve, Semíramis, que en mi vida yo no he de volver a verte.
Vanse MENÓN y los SOLDADOS
NINO: Semíramis. SEMÍRAMIS: Gran señor. NINO: ¿Hay más en que obedecerte? SEMÍRAMIS: Mejor dirás en que honrarme. NINO: Pues estás servida, llegue agradecido mi pecho a dar una y muchas veces los brazos por la elección que hoy en quedarte... SEMÍRAMIS Detente, señor, que si agradecida a tus honras y mercedes me mostré, de mi fortuna logrados los accidentes, que favorables conmigo se mostraron, cuando pienses que son favores de amor, más que me ilustran, me ofenden. NINO: Semíramis, un afecto persuadido fácilmente a una dicha, mal de aquel concepto se desvanece. Yo creí que eran favores hechos a mi amor haberte quedado en palacio, y ya más creeré que son desdenes. En mi poder estás hoy; yo te adoro neciamente; dejaré a tu rendimiento mi ventura. SEMÍRAMIS: No lo intentes; que primero que de mí triunfe Amor, me daré muerte. NINO: Detendréte yo las manos. SEMÍRAMIS: Soltarélas yo. NINO: Mal puedes; que las prisiones de amor no se rompen fácilmente. SEMÍRAMIS: Sí hacen, sí, cuando la lima del honor sus hierros muerde. NINO: Yo te adoro. SEMÍRAMIS: Tú me agravias. NINO: Yo te estimo. SEMÍRAMIS: Tú me ofendes. NINO: Venceráte mí porfía. SEMÍRAMIS: Sabrá mi honor defenderme. NINO: Si entre mis brazos estás, ¿de qué suerte?
Sácale la daga SEMÍRAMIS
SEMÍRAMIS: De esta suerte. Dándome muerte tu acero. NINO: Prodigiosa mujer, tente; que ya en mi sangre bañado estoy, viendo, osada y fuerte, esgrimir contra mi vida iras y rayos crüeles. ¡Mi mismo cadáver, cielos, miro en el aire aparente! Pálido horror, ¿qué me sigues? Sombra infausta, ¿qué me quieres? ¡No me mates, no me mates! SEMÍRAMIS: ¿Qué te acobarda? ¿Qué temes, señor, si este acero sólo contra mí sus filos vuelve? Contra mi pecho le esgrimo, no contra ti. No receles, pues a mi lealtad noble y a él juntos a tus pies nos tienes. NINO: ¿Qué ilusión, qué fantasía, formada en el aire leve, de mi muerte imagen triste, ya en sombras se desvanece? Sin duda, alguna deidad, mujer, en tu amparo tienes, que con agüeros te guarda, con anuncios te defiende, No quiero favor violento de tus brazos; vuelve, vuelve ese acero a mi poder, --¡con qué temor llego a verle!-- que mi palabra te doy que tu hermosura respete. Mas si tampoco es posible que sin ella viva y reine, haya un medio que se oponga entre gozarte y perderte. SEMÍRAMIS: ¿Qué medio, si es imposible? Que el Cielo mi honor defiende. NINO: El perderte como amante, pues que los dioses lo quieren, y gozarte como esposo. SEMÍRAMIS: ¿Qué dices? NINO: Lo que ha de verse. SEMÍRAMIS: El ser tu esclava serán mis rayos y mis laureles. NINO: Verá el mundo en tus aplausos cuánto a los dioses les debes. SEMÍRAMIS: Hija soy de Venus, y ella mis fortunas favorece. (Yo haré, si llego a reinar, Aparte que el mundo a mi nombre tiemble.)
Vanse, y sacan los SOLDADOS a Menón, sacados los ojos
MENÓN ¡Ay infelice de mí! Decidme, ¡ay, hado inclemente! ¿Dónde me lleváis, después que tiranos y crüeles me habéis sacado los ojos? SOLDADO: Mandato del rey es éste. Él nos dijo que en la parte que tú, Menón, escogieses, te dejáramos con vida y libertad de esta suerte. Tú a las puertas del palacio dices que quedarte quieres; en ellas estás, y en ellas libertad y vida tienes. El rey cumplió su palabra; de nosotros no te quejes.
Vanse los SOLDADOS
MENÓN Su palabra, es la verdad, cumplió el rey; mas con traición, pero, ¡oh tirana impiedad! ¿Qué muerte hay ni qué prisión como aquesta oscuridad? Mortales, si ya de aquí huyó la tiniebla fría de ese celestial rubí, y es para todos de día, aun de noche es para mí. Llorad, llorad la importuna suerte que en mi fe contemplo; sentid con piedad alguna; venid a ver un ejemplo del honor y la Fortuna. El que envidia daba ayer, mayor lástima os dé hoy; muévaos a piedad el ver que ciego y que pobre voy pidiendo para comer. En tragedia tan esquiva, sólo el consuelo reciba de lastimaros con ella. VOCES: La gran Semíramis bella, Dentro Reina del Oriente, ¡viva! MENÓN: ¿Qué dulces ecos despojos son del aire repetidos? Ya son menos mis enojos, pues me dejó mis oídos, ya que me quitó los ojos. "Semíramis" entender pude, y "reina." ¡Qué placer! Mas, ¡ay de mí!, ¡qué pesar! Que hasta no verla reinar no fue pérdida el no ver. ¿Quién me dirá qué es aquello?
Sale CHATO
CHATO: (No hay cosa como ser loco, Aparte si es que da en buen tema ello; es fácil, que poco a poco se va saliendo con ello. Semíramis dio en que había de reinar, y ya este día la van siguiendo su humor.) MENÓN: Oh tú que pasas, si horror no te da la suerte mía... CHATO: Perdone, hermano. MENÓN: No soy mendigo; repara en mí. CHATO: No tengo qué dar, y voy de priesa. MENÓN: ¿Eres Chato? CHATO: Sí. ¿Qué es esto que viendo estoy? ¿Tú de esta suerte, señor? MENÓN: Sí, amigo; que esto ha podido de mi Fortuna el rigor. Dime, ¿qué la causa ha sido de este festivo rumor? CHATO: No sé si hablarte podré; pero al fin la causa fue que hoy el rey a la persona de Semíramis corona por esposa y reina. MENÓN: ¿Qué te daré en albricias yo? Solamente me dejó por acaso mi desdicha este diamante. CHATO: Fue dicha grandísima; pero no hizo bien la suerte esquiva en que no sea esta centella tan grande como una criba. VOCES: La gran Semíramis bella, Dentro Reina del Oriente, ¡viva! MENÓN: Segunda vez he escuchado la voz. CHATO: ¿Qué mucho, si está en trono tan levantado, cerca de aquí? MENÓN: Tu cuidado, Chato, me lleve hacia allá; que si a verla no, si llego a oírla, consuelo tendré. CHATO: (Ya del diamante reniego, Aparte pues que ya por él seré desde hoy mozo de ciego.) Mas ya desde aquí la altiva fábrica del trono, y ella y el rey se ven.
Suenan chirimías
MENÓN: ¡Suerte esquiva! VOCES: La gran Semíramis bella, Dentro Reina del Oriente, ¡viva!
Descúbrese un trono, y en él sentados NINO, SEMÍRAMIS, e IRENE, ARSIDAS y gente
NINO: ¡Viva! Y de aqueste eminente laurel ciña su arrebol, dividido de mi frente; y pues es reina del sol, reina será del oriente. IRENE: Del tiempo dulces engaños cuente tu posteridad con felices desengaños, de una en otra edad, por siglos, y no por años. SEMÍRAMIS: El rendimiento y amor con que tu luz reverencio, por uno y otro favor agradézcale el silencio, que es el que sabe mejor. MENÓN: (Puesto que su voz oí, Aparte también ella me oirá a mí. El parabién la he de dar; todo es perder el hablar al modo que el ver perdí.) Gran Semíramis de Siria, cuyos aplausos ilustres, a par del mayor lucero, edades eternas duren, Menón fuí. Mi nombre digo, porque, al ver quién es, no dudes la que me dejó las voces, aunque me quitó las luces. NINO: ¡Qué atrevimiento! SEMIRAMIS: ¡Qué espanto! IRENE: ¿Quién sin llanto el verle sufre! ARSIDAS: ¡Qué lástima! SILVIA: ¡Qué desdicha! MENÓN: Ufano de que te juren hoy los imperios de Siria, que a otro norte se divulguen, llego a darte el parabién. Que fuí el primero que tuve parte en tus aplausos, sea el primero que pronuncie tus grandezas; que el querer, gran deidad, aunque me injuries, que triunfes, vivas y reines... pero aquí mi voz se mude, no a mi arbitrio, sino al nuevo espíritu que se infunde en mi pecho; pues me obliga no sé quién a que articule las forzadas voces, que no vivas, reines ni triunfes. Soberbiamente ambiciosa, al que agora te constituye reina, tú misma des muerte, y en olvido le sepultes, siendo aqueste infausto día universal pesadumbre de los vivientes; y en muestra de que presagios le anuncien, de cielos, astros y signos la gran monarquía deslustren.
Dentro ruido de tempestad y truenos
NINO: Calla, calla, que parece que hay deidades que te escuchen; pues obedientes se alteran, con mortales inquietudes, cielos, montes y elementos, que a tus voces se confunden, respondiéndote uno solo en idioma de las nubes. SEMÍRAMIS: La fábrica de los cielos sobre nosotros se hunde, a cuyo estallido todos los ejes del polo crujen. IRENE: Los montes contra los aires volcanes de fuego escupen, y ellos pájaros de fuego crían, que sus golfos surquen. El gran Tigris encrespado, opuesto al azul volumen, a dar asalto a los dioses, gigante de espuma sube.
Otra vez la tempestad
ARSIDAS: ¿Qué se nos ha hecho el sol, que de nuestra vista huye? CHATO: La artillería del cielo juega y pierde; pues ¡qué gruñe. SEMÍRAMIS: De Venus y de Dïana las competencias comunes se vengan, pues cuanto ayuda Venus, Dïana destruye. NINO: Pues no podrá; porque a mí no hay agüeros que me turben. Semíramis, a pesar de los portentos que influye tu vida, tu esposo soy. SEMÍRAMIS: Yo tu esposa, aunque procure Dïana con estos asombros quitar a mi fama el lustre. CHATO: Entre todo este alboroto, vuesas mercedes escuchen. Ya ven que esta loca queda hecha reina; a sus ilustres hechos, a sus vanidades y su muerte no se dude; que con la segunda parte os convida, Corte ilustre, quien más serviros desea, si aquestas faltas se suplen.

FIN DE LA PRIMERA PARTE DE LA COMEDIA

LA HIJA DEL AIRE
Parte Segunda

Pedro Calderón de la Barca


Personas que hablan en ella:
  • SEMÍRAMIS, reina
  • ASTREA, dama
  • LIBIA, dama
  • FLORA, dama
  • LICAS, general de tierra
  • FRISO, general de mar
  • LIDORO, rey de Lidia
  • CHATO, soldado gracioso
  • NINIAS, Príncipe
  • LISÍAS, viejo
  • IRÁN, hijo de Lidoro
  • ANTEO, viejo
  • MÚSICOS
  • SOLDADOS

JORNADA PRIMERA


Salen MÚSICOS y SOLDADOS. Suenan cajas y trompetas y salen ASTREA con un espejo, LIBIA con una fuente, y en ella una espada; FLORA con otra y en ella un sombrero; todos los músicos descubiertos; detrás de todos, SEMÍRAMIS, vestida de luto, suelto el cabello, como vis- tiéndose, y todas las mujeres sirviéndola
SEMÍRAMIS: En tanto que Lidoro, Rey de Lidia, áspid humano de mortal envidia, viendo que yo, por muerte de Nino, el reino rijo, osado y fuerte, opuesto a mis hazañas, de Babilonia infesta las campañas; Babilonia eminente, ciudad que en las cervices del Oriente yo fundé, a competencia de Nínive imperial, cuya eminencia tanto a los cielos sube, que fábrica empezando, acaba nube; en tanto, pues, que ufano, altivo y loco mi valor y sus muros tiene en poco, porque vea su ejército supremo que su venida bárbara no temo, cantad vosotros, y a las roncas voces de cajas y trompetas que veloces embarazan los vientos, repetidos respondan los acentos; que aquéllos quellorosamente graves, y lísonjeramente éstos süaves, que me hablen es justo; aquéllos al valor, y éstos al gusto. Las almohadas llegad, idme quitando estas trenzas, irélas yo peinando.
Siéntase a tocar, sirviéndola todas con la mayor ostentación que se pueda
MÚSICOS: "La gran Semíramis bella, que es, por valiente y hermosa, el prodigio de los tiempos y el monstruo de las historias. en tanto que el Rey de Lidia sitio pone a Babilonia, a sus trompetas y cajas quiere que voces respondan; y confusas las unas y las otras, éstas suaves, cuando aquéllas roncas, varias cláusulas hacen la cítara de amor, clarín de Marte."
Toca un clarín y sale Friso por una parte y por otra LICAS
LICAS: Esta trompeta que animada suena, en golfos de aire militar sirena... FRISO: Este clarín que canta lisonjero, en jardines de pluma acude acero... LICAS: De paz haciendo salva, solicita que hoy a un embajador se le permita de Lidoro llegar a tu presencia. FRISO: Y para prevenir esta licencia, cubierto el rostro, viene. No sé el embozo qué misterio tiene. SEMÍRAMIS: Decid que entre al instante; que aunque me esté tocando, mi arrogante condición no da espera a que me aguarde quien hablarme quiera; y más siendo enemigo. Paréntesis haced vosotras, digo, la acción un breve rato; que no es ceremonioso mi recato.
Entra LIDORO con banda en el rostro, y quítasela al hacer reverencia
LIDORO: Hasta llegar a verte, cubierto tuve el rostro de esta suerte, por no desmerecer en tanto abismo, oh gran reina de Siria, por mí mismo, lo que a merecer llego como mi embajador. SEMÍRAMIS: Y no lo niego; pues si supiera que eras tú de ti embajador, de mí no fueras dentro de mis palacios admitido; pero ya que has venido, tratarte en todo intento como a tu embajador. Dadle un asiento en taburete raso y apartado, sin que toque en la alfombra de mi estrado. Di agora lo que intenta, embajador, el rey. LIDORO: Escucha atenta. Ya te acuerdas, reina invicta del Oriente, a cuyos hechos, para haberlos de escribir, coronista tuyo el tiempo, da pocas plumas la fama, poca tinta los sangrientos raudales de tus victorias, y poco papel el viento, ya te acuerdas de que yo, disfrazado y encubierto, por la hermosura de Irene, beldad que hoy muerta venero, deidad que ausente idolatro, y uno y otro reverencio, serví a Nino, esposo tuyo, que hoy, de la prisión del cuerpo su espíritu desatado, reina en más ilustre imperio. Y ya te acuerdas, en fin, de que a esta ocasión vinieron nuevas del reino de Lidia, mi feliz patria, diciendo que Estorbato, rey de Batria, tomando por mí el pretexto de la guerra, pretendía restituirme a mi reino y que yo le acompañaba; porque para dar por cierto el vulgo lo que imagina, basta pensarlo, sin verlo. Nino, embarazado entonces en otros divertimientos, hallándose bien servido de mí en la paz, y queriendo servirse de mí en la guerra, de general me dio el puesto, para el socorro de Lidia. ¿Quién creerá que a un mismo tiempo Arsidas contra Lidoro se viese nombrado, y siendo Lidoro y Arsidas yo, en dos contrarios opuestos, allí rey y aquí vasallo, marchase contra mí mesmo? A otro día, pues, que Nino reina te juró --no quiero acordarte de aquel día los admirables portentos, pues el cielo que los hizo sólo sabrá inferir de ellos si fueron de tu reinado o vaticinios o agüeros; y aun Menón también pudiera decirlo, siendo el primero que examinó tus rigores; pues vivió abatido y ciego, hasta que desesperado, o con rabia o con despecho, al Eufrates le pidió su rápido monumento. A otro día, pues, que Nino reina te juró --aquí vuelvo--, salí de Nínive yo, marchando a los palmirenos campos, que, cuna del sol, me alojaron en su centro. Aquí, cuando los de Lidia tremolar al aire vieron de Nino los estandartes, cobraron ánimo nuevo, como temor los de Batria; pero después que supieron que era yo quien los regía, se trocaron los afectos, creyendo todos que fuera, la parcialidad siguiendo, traidor a la confïanza que Nino de mi había hecho. Yo, pues, más que a mi interés, a mi obligación atento, de lo neutral de la duda me desempeñé bien presto; porque llegando Estorbato a verse conmigo en medio de los dos campos, así le dije, "De parte vengo de Nino; esta gente es suya; la confïanza que ha hecho de mí, engañado de mí, satisfacérsela tengo; que yo soy antes que yo, y no monta estado y reino más que mi honor." Quiso entonces convencerme con pretextos de que cobrar yo mi patria no era traición; y, en efecto, desavenidos los dos, él osado y yo resuelto, la batalla prevenimos, en cuyos duros encuentros llevé lo mejor; que como jugaba entonces mi aliento por otro, gané; que, en fin, tahur desdichado, es cierto que los restos gana cuando no gana en los restos. Volvióse a Batria Estorbato, desbaratado y deshecho, y yo, en el nombre de Nino, a Lidia aseguré, haciendo que solamente se oyese, "¡Viva Nino, que es rey nuestro!" Llegaron entrambas nuevas a sus oídos, y viendo de confïanza y valor en mí dos vivos ejemplos, admirado y obligado de mi lealtad y mi afecto, uno y otro me pagó con Irene, conociendo que tantas nobles finezas no se premiaran con menos. Dióme con Irene a Lidia, mi misma patria, advirtiendo que había de reconocerle feudatario de su imperio. En esta tranquilidad gozoso viví y contento, hasta que se subió a ser astro añadido del cielo, dejando en prendas de humana a Irán, hijo suyo bello, retrato de Amor, con quien sus soledades divierto. En este intermedio quiso el gran Júpiter supremo que súbitamente Nino también muriese. No puedo excusar aquí el seguir --perdóname si te ofendo-- la voz común, que en su muerte cómplice te hace, diciendo que al verte con sucesión que asegurase el derecho de sus estados, pues Ninias joven, hijo del rey muerto, afianzaba la corona en tus sienes, tu soberbio espíritu levantó máquinas sobre los vientos, hasta verte reina sola; fácil es de ti el creerlo. Esta opinión asegura el ver que hiciste, primero que él muriese, que te diese por seis días el gobierno de sus reinos, en los cuales, a los alcaides que fueron de Nino hechuras, quitaste las plazas fuertes, poniendo hechuras tuyas; y así en todos los demás puestos. Siguióse a esto hallar a Nino una mañana en su lecho, sin que antes le precediese crítico accidente, muerto. Y aun no falta alguien que diga que, en lo cárdeno del pecho lo hinchado del corazón, son indicios verdaderos de que del difunto rey fuese homicida un veneno, tan traidoramente osado, tan osadamente fiero, que, imagen ya de la muerte, hizo dos veces al sueño. También de tu tiranía es no menor argumento el ver que, teniendo un hijo de esta corona heredero, y tan digno por sus partes de ser amado --que el cielo le dio lo mejor de ti, pues te parece en extremo, sin nada de lo que es alma, en todo de lo que es cuerpo; pues, según dicen, la docta Naturaleza un bosquejo hizo tuyo, en rostro, en voz, talle y acciones--, y siendo hijo tuyo y tu retrato, le crías con tal despego, que de Nínive en la fuerza, sin el decoro y respeto debido a quien es, le tienes, donde de corona y cetro tiranamente le usurpas la majestad y el gobierno. De todos aquestos cargos, como hermano del rey muerto, pues fui de su hermana esposo, de quien hoy sucesión tengo, que a aquesta corona aspire, a residenciarse vengo; porque si es así que tú diste muerte, y yo lo pruebo, a Nino, tú, ni tu sangre, habéis de heredarle, y entro, como pariente mayor yo, en el perdido derecho de los dos; y como, en fin, de los reyes en los pleitos es tribunal la campaña, jurisconsulto el acero y la fortuna el jüez, con armas, hüestes vengo de ejércitos numerosos, que, inundando los amenos campos hoy de Babilonia, pongan a sus muros cerco. Porque no ignores la causa que para esta guerra tengo, como mi embajador quise hacerte este manifiesto; y así, en tanto que estos cargos se te articulan y de ellos no te absuelves, te has de dar a prisión, o yo cumpliendo, con haberlos intimado, podré, sin calumnia o riesgo de tirano, publicar el asalto a sangre y fuego, para que el cielo y la tierra vean cuánto soy tu opuesto; pues tú, como fiera ingrata, quitas la vida a tu dueño; y yo, como can leal, le sirvo después de muerto. SEMÍRAMIS: No sé cómo mi valor ha tenido sufrimiento hoy para haberte escuchado tan locos delirios necios, sin que su cólera ardiente haya abortado el incendio que en derramadas cenizas te esparciese por el viento. Pero ya que esta vez sola templada me he visto, quiero ir, no por ti, mas por mí, a esos cargos respondiendo. Dices que ignoras si fue aquel eclipse sangriento del día que me juraron o favorable o adverso; y bien la causa pudieras inferir por los efectos; pues no agüero, vaticinio sería el que dio sucesos tan favorables a Siria desde que yo en ella reino. Díganlo tantas victorias como he ganado en el tiempo que esposa de Nino he sido, sus ejércitos rigiendo, Belona suya, pues cuando la Siria se alteró, vieron los castigados rebeldes en mi espada su escarmiento. Sobre los muros de Icaria, cuando estaba puesto a cerco, ¿quién fue la primera que la plaza escaló, poniendo el estandarte de Siria en su homenaje soberbio, sino yo? ¿Quién esguazó el Nilo, ese monstruo horrendo que es, con siete bocas, hidra de cristal, en seguimiento de la rota que le di al gitano Tolomeo? En la paz, ¿quién las dio más esplendor, lustre y aumento a las políticas doctas con leyes y con preceptos? Pues cuando Marte dormía en el regazo de Venus, velaba yo en cómo hacer más dilatado mi imperio. Babilonia, esa ciudad que desde el primer cimiento fabriqué, lo diga; hablen sus muros, de quien pendiendo jardines están, a quien llaman pensiles por eso. Sus altas torres, que son columnas del firmamento, también lo digan, en tanto número, que el sol saliendo, por no rasgarse la luz, va de sus puntas huyendo. Pero ¿para qué me canso cuando mis obras refiero, si ellas mismas de sí mismas son las corónicas? Luego recibirme a mí con salva, al jurarme, todo el cielo, padecer de asombro el sol y de horror los elementos, pues siguieron favorables a esta causa los efectos, bien claro está que serían vaticinios y no agüeros. Decir que Menón lo diga es otro blasón, si advierto que ninguno pudo ser mayor; pues ¿qué más trofeo que morir desesperado de mi amor y de sus celos? En cuanto a que di a mi esposo muerte, ¿no es vano argumento decir que, porque me dio antes de morir el reino por seis días, le maté? ¿No alega en mi favor eso más que en mi daño? Sí; pues si vivía tan sujeto, tan amante y tan rendido Nino a mi amor, ¿a qué efecto había de reinar matando, si ya reinaba viviendo? Y cuánto le adoré vivo, como a Rey, esposo y dueño, ¿no lo dice un mausoleo que hice a sus cenizas, muerto? Decir que a Ninias, mi hijo, de mí retirado tengo, y que, siendo mi retrato, parece que le aborrezco, es verdad lo uno y lo otro; que como has dicho tú mesmo, no me parece en el alma, y me parece en el cuerpo. Y aunque tú que en lo mejor me parece has dicho, es cierto que en lo peor me parece, pues sería más perfecto si hubiera de mí imitado lo animoso que lo bello. Es Ninias, según me dicen, temeroso por extremo, cobarde y afeminado; porque no hizo sólo un yerro Naturaleza en los dos, si es que lo es el parecernos, sino dos yerros: el uno trocarse con su concepto, y el otro habernos trocado tan totalmente el afecto, que, yo mujer y él varón, yo con valor y él con miedo, yo animosa y él cobarde, yo con brío, él sin esfuerzo, vienen a estar en los dos violentados ambos sexos. Ésta es la causa por que de mí apartado le tengo, y por que del reino suyo no le doy corona y cetro, hasta que disciplinado en el militar manejo de las armas y en las leyes políticas del gobierno, capaz esté de reinar. Mas ya que murmuran eso, parte, Licio, y di a Lísias, ayo suyo, que al momento Ninias venga a Babilonia. Verán su ignorancia, viendo que es próvido en esta parte, y no tirano mi intento. Y agora, a la conclusión de tus discursos volviendo, ¿de qué vienes de estos cargos, Lidoro, a ponerme pleito? Ya que no me dé a prisión, sólo responderte quiero que ya echas de ver que aquí has entrado a hablarme a tiempo que estaba entre mis mujeres, consultando con ese espejo mi hermosura, lisonjeada de voces y de instrumentos; y así, en esta misma acción has de dejarme, volviendo las espaldas; pues aqueste peine, que en la mano tengo, no ha de acabar de regir el vulgo de mi cabello, antes que en esa campaña o quedes rendido o muerto. Laurel de aquesta victoria ha de ser; porque no quiero que corone mi cabeza hoy más acerado yelmo que este dentado penacho, que es femenil instrumento; y así, me le dejo en ella entretanto que te venzo. Y aunque pudiera esperar, fïada en aquesos inmensos muros, el asalto, no me consiente el ardimiento de mi cólera que apele a lo prolijo del cerco. A la campaña saldré a buscarte; pues es cierto que cuando no hubiera tanto número de gentes dentro de Babilonia, ni en ella, por Atlante de su peso, estuviesen Friso y Licas, hermanos en el aliento como en la sangre, y los dos generales por sus hechos de mar y tierra, yo sola hoy con mis mujeres pienso que te diera la batalla, porque un instante, un momento sitiada no me tuvieras. Y así, vete, vete presto a formar tus escuadrones; que si te detienes, temo que la ley de embajador su inmunidad pierda, haciendo que vuelvas por ese muro, tan breves pedazos hecho, que seas materia ociosa de los átomos del viento. LIDORO: Pues si a la batalla intentas salir, en ella te espero. LICAS: Y en ella verás que tiene vasallos cuyos esfuerzos sus laureles aseguran. LIDORO: En el campo lo veremos. FRISO: Sí verás, tan a tu costa, que llores, Lidoro, el verlo. LIDORO: Quien menos habla, obra más. LICAS: Pues a obrar más. FRISO: A hablar menos. LIDORO: Toca al arma. LICAS Al arma toca.
Vase LIDORO
SEMÍRAMIS: Dadme ese bruñido acero; seguidme todos, y tú, Licas, ostenta hoy tu esfuerzo; mira que anda por hacerte dichoso un atrevimiento. LICAS: No entiendo a qué fin persuades a mi valor, conociendo ya mi valor. SEMÍRAMIS: No te admires; que yo tampoco lo entiendo. Tocad al arma, y en tanto, vosotras tenedme puesto, mientras salgo a la campaña, el tocador y el espejo, porque en dando la batalla, al punto a tocarme vuelvo.
Vase SEMÍRAMIS. Suenan cajas, trompetas y ruido de armas y dicen dentro
VOCES: ¡Armas, armas! OTROS: ¡Guerra, guerra! OTROS: ¡Viva Semíramis! TODOS: ¡Viva! OTROS: ¡Viva Lidoro, y reciba la posesión de esta tierra!
Salen LIDORO y SOLDADOS
SOLDADO: Ya de los muros salieron diversas tropas, y ya tu gente dispuesta está. LIDORO: ¿Adónde, cielos, cupieron tantas gentes? ¿Qué ciudad tener pudo, sin espanto, en sus entrañas a tanto número capacidad? Cuerpos tomaron sutiles, sin duda, a tantos combates las arenas del Eufrates, las hojas de los pensiles. Del sol el nuevo arrebol las luces mira deshechas; que las nubes de sus flechas son noche alada del sol. VOCES: ¡Guerra, guerra! Dentro LIDORO: Ya hacia allí trabada la lid se ve. A morir matando iré.
Éntranse, y dase la batalla
LICAS: ¿Dónde estás, Lidoro? Dentro LIDORO: Aquí me hallarás; que nunca yo, aunque me siga la suerte, la espalda volví a la muerte. SOLDADO: El rey en la lid entró; seguidle, no le dejéis.
Vuelve a salir LIDORO herido, cayendo y tras él LICAS y FRISO, y por otra parte sale SEMÍRAMIS
FRISO: Mía será esta victoria. LICAS: Mía ha de ser esta gloria. SEMÍRAMIS: Esperad, no le matéis. FRISO: ¿Tú le defiendes? SEMÍRAMIS: Sí, que hoy, más que verle muerto quiero de mis armas prisionero. LIDORO: Rendido a tus pies estoy, ya que mis desdichas son tales, y ya que ninguna vez se puso la Fortuna de parte de la razón. SEMÍRAMIS: Haced que de la batalla el alcance no se siga. FRISO: Apenas de la enemiga hueste en el campo se halla más que la ruina; que en sumas tragedias, ya del Eufrates las arenas son granates y corales las espumas; y huyendo por los desiertos, de tus rigores esquivos, los que han escapado vivos van tropezando en los muertos. SEMÍRAMIS: Que yo me diese a prisión fue tu intento; y siendo así, será prenderte yo a ti debida satisfacción. Fiera ingrata me llamaste hoy, cuando a ti can leal; luego si con nombre tal me ofendiste y te ilustraste, tiranías no serán que yo en esta parte quiera, procediendo como fiera, tratarte a ti como can. De mi palacio al umbral atado te he de tener; allí has de estar; que he de ver si me le guardas leal y vigilante desde hoy; que si del can es empeño el ser leal con su dueño, desde aquí tu dueño soy. LIDORO: Es verdad; pero aunque eres tú mi dueño, y yo can sea, no es justo que en mí se vea esa lealtad que hallar quieres, maltratado; pues si agravia el dueño a su can, le pierde el cariño, y al fin muerde a su dueño con la rabia. A tus pies estoy rendido; no con tan grande rigor me trates. LICAS: El vencedor siempre honra al que ha vencido. Esto por merced, señora, de haberlo rendido yo, te pido humilde. FRISO: Yo no, que también le rendí agora, sino que su singular error castigues, porque nadie se te atreva en fe de que le has de perdonar. LICAS: Vence dos veces, piadosa. FRISO: El castigo es el vencer. SEMÍRAMIS: Dices bien, y eso ha de ser. LIDORO: Reina invencible y hermosa, dame muerte, y no con tanto oprobio quieras que viva. SEMÍRAMIS: Poco mi soberbia altiva se enternece de tu llanto. A un villano haced llamar, que desde Ascalón tras mí vino a Nínive, a quien di el oficio de cuidar de los perros de mi caza.
Sale CHATO, de vejete
CHATO: Aquí está Chato, señora; que para seguirte agora el temor no le embaraza de la guerra, porque ya sabía que habías de ser la que había de vencer, según declarada está en tu dicha la Fortuna. Y ¿qué razones más llanas que, estando lleno de canas yo, no tener tú ninguna, siendo los dos de una edad, cuarenta años más o menos, y con sucesos tan buenos yo como tú? SEMÍRAMIS: Levantad. ¿Qué sucesos? CHATO: ¿Pueden ser más iguales que enviudar los dos a un tiempo, y quedar sin marido y sin mujer? Pero ya que me he casado, sea para darme agora algún oficio, señora, que me saque de aperreado. ¿Qué me mandas? SEMÍRAMIS: Que del modo que alimentar, Chato, sueles mis sabuesos y lebreles, trates a ese hombre; y todo su manjar ha de comer; en mi zaguán han de verlo cuantos pasaren, y al cuello traílla le has de poner; y tú como él, si no le guardas, has de vivir. CHATO: Pues si él se me quiere ir, ¿qué le tengo de hacer yo? SEMÍRAMIS: Con aquesto, a la ciudad volvamos. Ven tú conmigo; que tienes de ser testigo mayor de mi vanidad. Al estribo te han de ver de mi caballo. LIDORO: ¿Ya estás vengada? LICAS: Reina... SEMÍRAMIS: No más. FRISO: Bien haces. SEMÍRAMIS: Esto ha de ser; que si de can blasonabas, quejoso no es bien te ofrezcas, pues te hago que parezcas lo mismo de que te alabas. FRISO: Con nueva salva reciba Babilonia victoriosa a su heroica reina hermosa. TODOS: ¡Viva Semíramis, viva! CHATO: ¡En buen cuidado esta vez la fortunilla me ha puesto! Sólo me faltaba esto al cabo de mi vejez. Si mi riesgo no remedia el desvelo y el cuidado, peor está que el soldado de la primera comedia. ¿Guardar yo, siendo esto así que en mi vida guardé un cuarto? ¡Guárdele otro! ¿No hace harto un hombre en guardarse a sí?
Suena la música de chirimías
¡Con qué grande majestad vuelve a la ciudad triunfante esta altiva, esta arrogante hija de su vanidad! Ya en su palacio la espera toda la gente; yo quiero ir allá, pues de perrero me he convertido en perrera.
SEMÍRAMIS habla dentro a LIDORO
SEMÍRAMIS: A este umbral has de quedarte, racional bruto, y de aquí ninguno pase.
Sale SEMÍRAMIS
ASTREA: Hoy en ti a Venus se rinde Marte, LIBIA: Dicha ha sido singular. SEMÍRAMIS: Astrea, toma este acero; Libia, el espejo; que quiero acabarme de tocar. El tono que se cantaba cuando aquel clarín sonó, prosiga agora; que yo me acuerdo bien de que estaba en oírle divertida; y una batalla, no es justo decir que me quitó el gusto que me tuvo entretenida. Vuelva, pues, donde cesó; y este bajel vuelva el bello golfo a surcar del cabello, donde varado quedó. MÚSICOS: "La gran Semíramis bella, reina del Tigris al Nilo..."
Tocan cajas y dicen dentro
VOCES: ¡Viva Ninias, nuestro rey! ¡Viva el sucesor de Nino! SEMÍRAMIS: Oíd. ¿Qué confusas voces son éstas? ¿Qué ha sucedido? Licas, ¿qué es esto?
Sale LICAS
LICAS: No sé, porque solamente miro, desde aquestos corredores, todo el vulgo dividido ocupar calles y plazas, ya en tropas y ya en corrillos; y sin saber más, mi afecto me trujo a hablarme contigo. SEMÍRAMIS: (Bien ese afecto me debes. Aparte Pero yo miento. ¿Qué digo?)
Dentro voces
VOCES: Viva nuestro invicto rey! OTRO: No dejemos ya regirnos de una mujer, pues tenemos príncipe tan grande. SEMÍRAMIS: Friso, ¿qué es eso?
Sale FRISO
FRISO: No sé, señora, porque solamente el ruido a tu presencia me trae. SEMÍRAMIS: Ya saberlo solicito.
Sale LISÍAS
LISÍAS: Aguarda, detente, espera; que pues que yo me anticipo, señora, a besar tu mano antes que Ninias tu hijo, sólo ha sido a darte cuenta de la novedad que ha habido. SEMÍRAMIS: Dilo, aunque para saberlo no me importa ya el oírlo. LISÍAS: Que viniese a Babilonia Ninias, de tu parte Licio me mandó, y a tu obediencia pronto se puso en camino. A Babilonia llegamos, donde el puente levadizo, viendo tu mismo retrato, nos dio paso sobre el río. A palacio caminaba el príncipe, agradecido a la dicha de llegar a tus pies en tan propicio día, que tú victoriosa triunfabas de tu enemigo. Su hermosura ganó en todos un afecto tan benigno, que, no diciéndolo nadie, todos dijeron a gritos... UNO: No una mujer nos gobierne, Dentro porque aunque el cielo la hizo varonil, no es de la sangre de nuestros reyes antiguos. VOCES: ¡Viva Ninias, nuestro Rey! Aparte ¡Viva el sucesor de Nino! SEMÍRAMIS: Calla, calla, no lo digas, pues ya esa voz me lo ha dicho, y es hoy sentirlo dos veces llegar dos veces a oírlo. Desagradecido monstruo, que eres compuesto vestigio de cabezas diferentes, cada una con su jüicio, pues cuando acabo de darte la victoria que has tenido, ¿de que soy mujer te acuerdas, y te olvidas de mi brío? VOCES: Sí, que Rey varón queremos. Dentro OTRO: Habiéndole en edad visto Dentro capaz de reinar, no es justo que reines tú, que no has sido sangre ilustre y generosa de nuestros Reyes invictos. SEMÍRAMIS: Es verdad; pero de dioses desciende mi origen limpio. Licas, de este atrevimiento venganza a tu valor pido. LICAS: Bien sabes de mí la fe y lealtad con que te sirvo; mas si el príncipe es, señora, de mi rey natural hijo, y tiene razón, y es pueblo, ¿quién bastará a reducirlo? FRISO: Yo bastaré, y de tu nombre la voz tomaré; que estimo más el ser vasallo tuyo. SEMÍRAMIS: Yo te lo agradezco, Friso; y Licas verá algún día cuánto en mi gracia ha perdido. (Estoy por decirlo; pero Aparte vame mucho en no decirlo. Mas detente; que ya es justo, en empeño tan preciso, mudar de consejo y dar a este vulgo más castigo del que de mí habrá esperado, si no del que ha merecido.) Formado cuerpo de tantos, que parciales y divisos os alimentáis de solas las novedades del siglo, bien sabéis de mi valor que pudiera reduciros al yugo de mi obediencia y de esta espada a los filos; pero quiero de vosotros tomar, con mejor estilo, mejor venganza. Esta sea, pues no me habéis merecido, que me perdáis desde aquí. Ya del gobierno desisto, de vuestro cargo me aparto, de vuestro amparo me privo. La viudez que no he guardado hasta aquí por asistiros, guardaré desde hoy; y así, el más oculto retiro de este palacio será desde hoy sepulcro mío, adonde la luz del sol no entrará por un resquicio. Ningún hombre me verá el rostro, siendo mi hijo, por serlo, de aquesta ley el primer comprehendido; y así, entrar no le dejéis a él, ni a nadie, a hablar conmigo. En sus manos, le decid, que el cetro y laurel altivo dejo; que dé a sus vasallos ese gusto de regirlos, hasta que a mí me echen menos; pues ya sólo el valor mío siente que se me parezca, porque no podrá el olvido borrarme de sus memorias. FRISO: ¡Señora! SEMÍRAMIS: Déjame, Friso. LICAS: Advierte... SEMÍRAMIS: Vos no me habléis. LISÍAS: Mira que... SEMÍRAMIS: Ya nada miro. Quédate, pueblo, sin mí. Todos me dejad. Conmigo nadie venga. Rey tenéis; seguidle a él. Un basilisco tengo en los ojos, un áspid en el corazón asido. ¿Yo sin mandar? De ira rabio. ¿Yo sin reinar? Pierdo el juicio. Etna soy, llamas aborto; volcán soy, rayos respiro. LICAS: ¡Qué ambicioso sentimiento! FRISO: ¡Qué sentimiento tan digno! LISÍAS: ¡Qué resolución tan ciega y sin tiempo! LICAS: Lisís, dinos: ¿Dónde el príncipe quedó, viniéndote tú? LISÍAS: No quiso acabarme de escuchar Semíramis. FRISO: Ahora dilo. LISÍAS: Viniendo a palacio ya, ese eminente obelisco, regular Atlante nuevo, nuevo fabricado Olimpo, mauseolo consagrado a las cenizas de Nino, preguntó qué templo era; y habiendo entonces oído que era el sepulcro eminente de su padre, así le dijo, "Salve, depósito fiel del mejor rey que ha tenido el mundo, si amor no hubiera borrado su nombre altivo. Salve, y de mí no se diga que la primer vez que miro de tu urna las cenizas, no doy de mi amor indicios. No he de llegar de palacio a ver los umbrales ricos, sin que primero vea el mundo que, a mi ser agradecido, es aquéste en Babilonia el primer umbral que piso, reverenciando postrado hoy en su fin mi principio." Y echándose del caballo, dentro entró, y al mármol liso que muerto le deposita y le representa vivo, besó la mano, pidiendo de su culto a los ministros le sacrifiquen; y él queda asistiendo al sacrificio, cuya acción piadosa más pudo alterar los motivos del pueblo. A buscarle vuelvo, y a decir cuánto ha sentido Semíramis sus aplausos, porque venga prevenido a desenojarla. ¡Dioses, doleos de su peligro! ASTREA: Padre y señor, ¿de esa suerte te vas, y habiéndome visto para besarte la mano, lugar no me has permitido? LISÍAS: ¡Ay hija! No a mi amor culpes, que esta novedad que admiro ha embargado los afectos hoy de todos mis sentidos.
Vase LISÍAS
LICAS: Aunque Babilonia hoy en confusiones y gritos alterada, hermosa Libia, cumpla con su nombre mismo, porque no excepta lugares, tiempos ni personas, dijo un sabio que amor y muerte eran los más parecidos; y así, pues las novedades que a todos han suspendido, a mí me han dado ocasión de hablaros, ose deciros, ¿cuándo seré tan dichoso que merezca el amor mío la suma gloria que espero y el grande amor a que aspiro? LIBIA: Ya vos sabéis cuánto, Licas, a vuestra fe agradecido, mi pecho os estima; pero esa ocasión que habéis dicho, no he de darla yo. La reina es dueño de mi albedrío. Pedidme a la reina vos. LICAS: Con esa esperanza vivo. FRISO: Yo, hermosa, divina Astrea, ya que ninguna he tenido, no os digo, ¿cuándo seré felice? Que sólo os digo ¿cuándo no seré infelice? Pues favor no solicito para ser amado; basta el no ser aborrecido. ASTREA: Tarde, Friso, porque en mí esos desdenes esquivos son naturaleza, y mal podéis nunca reducirlos. FRISO: Tan hallado estoy con ellos y por vuestros los estimo, que con ellos no echo menos el bien a que no me animo.
Tocan chirimías y dicen dentro
VOCES: ¡Viva Ninias, nuestro rey! ¡Viva el sucesor de Nino! LIBIA: Ya de más cerca se escuchan las voces que dan indicio de que ya el príncipe llega; y así, de esta cuadra idos los dos. LICAS: Aquí, a mi pesar, de vuestra luz me despido. FRISO: Yo no, Astrea, de la vuestra, porque sé que en esto os sirvo. ASTREA: No se va quien deja tantos pesares de haberle visto. FRISO: También vivo feliz yo, pues padezco. ASTREA: Si imagino que mi desprecio estimáis, ni aun desprecios tendréis míos. LIBIA: Adiós, Licas. LICAS: El os guarde. Vamos, porque es justo, Friso, que al príncipe le besemos los dos la mano. FRISO: Yo sigo a Semíramis en todo; y así, hasta que haya sabido si en esto pude enojarla, no le veré. LICAS: Esto es preciso, que es nuestro príncipe. FRISO: Ella nuestra reina, a quien yo sirvo. LICAS: Pues yo voy a verle. FRISO: Y yo de su vista me retiro.
Vanse los dos
LIBIA: ¿Hasta cuándo, hermosa Astrea, ingrato tu pecho altivo ha de negarle al Amor tributo? ASTREA: Aunque ves que a Friso aborrezco, no a mi pecho acuses con desvaríos de incapaz Amor. Bien sé qué es querer; y si te digo la verdad, mis pensamientos son más osados y altivos. LIBIA: ¿Cómo? ASTREA: Hija soy de Lisías; con Ninias, príncipe invicto, me he crïado. LIBIA: Ya te entiendo. Fuera de que ha interrumpido tu voz la música. ASTREA: (Aquí Aparte esperarán mis sentidos, locos de amor, a su dueño.)
Vanse. Tocan chirimías y sale todo el acompañamiento y detrás NINIAS en traje de camino, y a la puerta por donde sale está LIDORO atado con cadena y CHATO junto a él
VOCES: ¡Viva el sucesor de Nino! NINIAS: De todos vuestros aplausos hago a los cielos testigos, que, a disgusto de mi madre, ni los escucho ni admito. UNO: Tú eres nuestro rey, y tú solamente has de regirnos. NINIAS: Y ya que una obligación de hijo en el templo he cumplido, dejad que acuda a las otras, a mi madre agradecido. CHATO: (Cuando niño no era Ninias, Aparte a su madre parecido tanto, aquel rostro y aquéste, ¿quién no dirá que es el mismo?) NINIAS: Tened, no paséis de aquí. ¿Qué lástima es la que miro, cuando del real palacio la primera losa piso? CHATO: (Ella es, vestida de hombre Aparte o yo he de perder el juicio.) NINIAS: Hombre, ¿quién eres? LIDORO: Señor, de la Fortuna un delirio, un frenesí de la suerte, de los hados un prodigio, y del humano poder el escarmiento más vivo. CHATO: (Lo de un huevo a otro no es nada, Aparte que hay huevos no parecidos; que unos se dan a dos cuartos, y otros se pagan a cinco.) NINIAS: ¿Qué delito así te ha puesto? LIDORO: Haber infeliz nacido. NINIAS: ¿Delito es ser infeliz? LIDORO: Y no pequeño delito. NINIAS: Dime, ¿quién eres? LIDORO: Lidoro, rey de Lidia; y este aviso, pues te coge a los umbrales de reinar, príncipe invicto, sírvate de algo, observando cuerdo, atento y advertido, que pasar de extremo a extremo es de la Fortuna oficio. NINIAS: ¿Tú eres el que a Babilonia intentaste poner sitio? LIDORO: Sí, señor, y tú y tu padre alentasteis mis motivos. NINIAS: Eso no entiendo ni quiero entenderlo. Enternecido me han dejado tus fortunas, y aun me ha parecido indigno que así al vencido se trate; y si agora no te libro, es porque no sé si tienes más culpa que ser vencido. Y aunque la tengas, Lidoro, palabra doy al impíreo coro de los dioses que hoy no pida, a los pies rendido de Semíramis mi madre, en premio de que no admito un reino, sino que tengas la libertad que has tenido. LIDORO: Como can estoy atado, y así, como can me humillo, halagándote los pies humilde y agradecido.
Vase LIDORO
CHATO: No hará un bien sólo en librarle, sino dos, porque no vivo, ni como, ni bebo, ni duermo, ni hago otro ejercicio, guardándole. NINIAS: Pues, ¿quién eres? CHATO: Chato, aquél que cuando niño solía jugar con él. NINIAS: No te había conocido. CHATO: Yo tampoco, porque está a su madre parecido más que antes; todo su rostro cortado es aqueste mismo. NINIAS: Dime, ¿cómo estás tan viejo y tan pobre? CHATO: Como sirvo. NINIAS: Yo me acordaré de ti. CHATO: Y yo diré, Si me miro medrado, que como hay un diablo a otro parecido, un ángel a otro también.
Salen LICAS y FRISO
FRISO: ¿Que salir no haya podido de palacio, sin que todos vean que de él me retiro pesaroso de este aplauso? LICAS: En tanto, príncipe invicto, que al cuarto vas de la reina, mi señora, te suplico permitas besar tu mano. LISÍAS: Licas, gran señor, ha sido el vasallo que dio a Siria más victorias. NINIAS: Ya he oído vuestro nombre, y conocemos por vuestra persona estimo. LICAS: Conoceréis el vasallo que más desea serviros. NINIAS: Alzad del suelo. ¿Un hermano no tenéis? LICAS: Sí, señor; Friso. NINIAS: Pues ¿cómo, tan retirado, no llegas a hablarme? FRISO: Rendido a vuestras plantas estoy. NINIAS: Muy tarde y de espacio ha sido; y quizá algún día veréis que, aunque no caigo advertido en todo, lo entiendo todo, y uno entiendo y otro estimo. LICAS: ¿Porqué...? NINIAS: No hablo con vos, Licas. FRISO: Yo quise... NINIAS: Bien está, Friso. ¿Cuál es de mi madre el cuarto?
Salen ASTREA y LIBIA
ASTREA: Aqueste, príncipe invicto, a cuyos umbrales yo a besaros me anticipo la mano. NINIAS: Del suelo alzad; que en mis brazos os recibo, por deciros que el ausencia en mí nunca engendra olvido, porque vengo muy gustoso a veros amante y fino. ASTREA: Todo a mi fe lo debéis, mas callar ahora es preciso. NINIAS: Entraré a ver a mi madre. LIBIA: Ella, gran señor, nos dijo que nadie entrar se permita dentro aunque fueseis vos mismo. NINIAS: Si quien no fuera una dama aqueso me hubiera dicho, respondiera de otra suerte; pero a vos basta deciros que esos preceptos se entienden con todos y no conmigo. LISÍAS: ¡Qué prudencia! LICAS: ¡Qué cordura! LIBIA: ¡Qué severidad! ASTREA: ¡Qué brío!
Vanse, y quedan FRISO y LICAS
LICAS: ¡Que hayas, Friso, procurado el ser hoy del rey mal visto! FRISO: No es el rey, porque hasta agora reina Semíramis. LICAS: Digo que en todo mi opuesto eres. FRISO: Si tú no lo fueras mío, no lo fuera yo; demás de que si hacerme he querido mal visto de Ninias, tú de Semíramis. LICAS: Yo sigo la parte de la justicia, que Ninias es del rey hijo. FRISO: Pues yo la de la Fortuna, que Semíramis ha sido quien se ha sabido hacer reina. LICAS: Pues vamos por dos caminos, tú verás en el fin de ellos... FRISO: ¿Qué? LICAS: Que es mejor el mío. pues que lleva la razón de su parte. FRISO: Ése es delirio. Ten tú razón, yo fortuna, y verás que no te envidio.

FIN DE LA PRIMERA JORNADA

JORNADA SEGUNDA


Suenan chirimías y atabalillos y sale en lo alto del teatro LICAS con un estandarte, y por lo bajo salen FRISO, FABIO y gente
LICAS: Oíd, oíd, oíd, vasallos. Ninias vive, Ninias reina. Decid todos ¡viva! TODOS: ¡Viva siglos y edades eternas!
Enarbola el estandarte, vuelven a tocar, y vase LICAS y el acompañamiento, y quédanse FRISO y FABIO
FRISO: Viva porque muera yo. FLAVIO: Señor, pues ¿de esta manera, en día tan celebrado de la plebe y la nobleza, tú sólo al concurso faltas y de la jura te ausentas? FRISO: Sí, Flavio; que aquestas voces, que ufanas y lisonjeras publican que Ninias viva, publican que Friso muera; porque siendo para todos de alegría, gusto y fiesta, son para mí solamente de pena, llanto y tristeza. FLAVIO: Pues ¿qué novedad, señor, hay para que tú lo sientas? FRISO: Si no sabes, escucha lo que ha pasado en tu ausencia. Vino a Babilonia Ninias, y ganando su belleza un común afecto en todos, o fuese natural deuda, o heredero vasallaje, o confusa o novelera ceremonia de la plebe, que ésa es la opinión más cierta, su nombre vio repetido y aclamado de las lenguas del vulgo, cuyos acentos llegaron a las orejas de Semíramis, que, airada de ver que reinando ella tan victoriosa aplaudiesen ni aun a su hijo en su ofensa, y más, día en que acababa de darles la más sangrienta victoria que vio el Eufrates sobre sus, ondas soberbias, por vengarse así de todos, irritada de la queja, ofendida del agravio, y de la cólera ciega, del gobierno desistió, diciendo a voces que ella el cetro y laurel dejaba en su hijo. ¡Oh, cuánto yerra quien grandes resoluciones toma aprisa! Pues es fuerza que quien presto se resuelve, presto también se arrepienta. Yo, pues, juzgando que aquello más efecto no tuviera que una cosa dicha acaso, con cólera y sin prudencia, quise llevar adelante las empezadas finezas de su servicio, creyendo que su ambición y soberbia no había de querer jamás darse la partido, y que puesta en castigar el motín, se había de salir resuelta con todo, quedando yo en su gracia, viendo que era el que solo no había dado a su hijo la obediencia. Entrambos discursos, Flavio, me salieron mal, porque ella llevar también adelante quiso el rencor, de manera que, de la última cuadra de aquesa fábrica inmensa, para estancia suya, hizo clavar ventanas y puertas, guardando desde aquel día una viudez tan severa, que el sol apenas la ve, y si el sol la ve, es a penas. De todas las damas suyas una sola sale y entra a servirla, sin que otra ninguna el rostro la vea; tanto, que, entrando su hijo a rendirla la obediencia, le habló, cubierta la cara de un negro cendal; y en muestra de que gustaba que él gobernase, la diadema y el cetro de oro, que fue de Nino su esposo herencia, le dio, y para coronarse con tantas públicas muestras como hoy hace Babilonia, su permisión y licencia. Si la habrá pesado ya, no sé; pero bien se deja conocer cuánto burlada halla un hombre su soberbia el día que, por vengarse de otro, en sí mismo se venga. Yo, pues, que por ella estaba declarado, y que con guerras civiles pensaba ver a Babilonia revuelta, no besé a Ninias la mano, o se la besé por fuerza. Cuando vino a Babilonia, informado de mi queja, se mostró airado conmigo; de suerte que a verse llega hoy tan neutral mi fortuna, que, por servir a la reina, no serví al rey, siendo así que a la que obligué se ausenta y al que ofendí se corona; y siendo de esta manera, hoy que la nobleza y plebe le jura y su mano besa, y que mi hermano levanta, del mauseolo a las puertas, el estandarte por él, yo huyo de su presencia; porque esas festivas voces son de mi fortuna exequias, cuando repetidas dicen en tantas confusas lenguas... VOCES: ¡Viva Ninias! Dentro
Suenan chirimías dentro
TODOS: ¡Ninia viva Dentro siglos y edades eternas! FLAVIO: Ya todas las ceremonias se acabaron. FRISO: Bien lo muestra el grande acompañamiento con que da a palacio vuelta. FLAVIO: Señor, si de aconsejarte merezco alguna licencia, no te extrañes con el rey. Llega con todos, y deja que obre su enojo; no tú te anticipes. Considera que quizá el verte tan fino antes de ahora con la reina le obligará a que presuma que con él lo serás. FRISO: Esa razón en un pecho, Flavio, de sustancia y de prudencia militada es, pero no en el suyo; porque piensa que, afeminado, de todo se recata y se recela. Pero tu consejo es bien seguir; y puesto que llega con tanto acompañamiento, en él quiero que me vea entre todos.
Sale todo el acompañamiento, LISÍAS, LICAS y NIMIAS, y vuelve la música
TODOS: ¡Ninias viva siglos y edades eternas! NINIAS: Vasallos, deudos y amigos, leal plebe, ilustre nobleza, a cuyos grandes aplausos, a cuyas raras finezas siempre agradecida el alma vivirá ufana y atenta. Ya que Semíramis quiso, mi señora y vuestra reina, que yo os gobierne y que ciña el laurel, por su obediencia aún más que por mi deseo, a todos hacer quisiera merced y pagar a todos, reconociendo la deuda en que os estoy; y así, en tanto que la ocasión se me ofrezca de honraros a todos, quiero empezar a que se vea en mis mercedes el gusto que he de tener en hacerlas. Una palabra que di hoy ha de ser la primera que cumpla; que a mi palabra acudir antes es fuerza. A Lidoro desatad de aquella injusta cadena en que está, y decid que al punto venga libre a mi presencia. LISÍAS: Señor, que con él piadoso andes, en noble clemencia; mas no le des libertad absolutamente. Piensa que es poderoso contrario, y que antes que la tenga es justo asentar con él que te ha de dar la obediencia y feudo que dio a tu padre. NINIAS: Tú, Lisías, me aconsejas siempre lo mejor, y yo seguir lo mejor quisiera; y así, por ese consejo, por tus canas y experiencia, juez mayor te hago de Siria y gobernador en ella. LISÍAS: Los pies te beso por tantas honras y mercedes. NINIAS: Deja vanos agradecimientos; más le debo a tu prudencia, en el mar de mi fortuna, piloto has de ser de aquesta nave, pues será contigo serenidad la tormenta. Licas. LICAS: Señor. NINIAS: General eres ya de mar y tierra. LICAS: Tus invictas plantas beso por tantas, por tan inmensas mercedes; pero, señor, de no aceptarlas licencia me has de dar. NINIAS: ¿No es ser ingrato? LICAS: No, gran señor, como adviertas que del mar es general Friso mi hermano, y no fuera justo que aceptara cargo que has de quitarle a él por fuerza. NINIAS: A Friso le hará merced Semíramis, y con ella no habrá menester más cargos quien tiene los de la reina. FRISO: Señor, verme a mí tan fino con su majestad debiera advertirte que lo soy con quien sirvo, y la experiencia más es mérito que culpa. NINIAS: Está bien. El cargo acepta, que no es bien por complacer a Friso, que a mí me ofendas. LICAS: Yo le acepto, gran señor, porque mi hermano le tenga teniéndolo yo, pues sólo depósito es mientras cesa tu enojo. FRISO: (¡Qué presto, cielos, Aparte de mí su rigor se venga!) SOLDADO: Señor, yo soy el soldado que, al advertir tu presencia, el primero te aclamó rey, y a quien le debes esta majestad, que eterna goces. NINIAS: Medio talento en las rentas y tributos de Ascalón, que por la muerte violenta de Menón se confiscaron, quiero que de sueldo tengas. SOLDADO: Beso tus plantas. FRISO: A mí de ellos Semíramis bella merced me hizo. NINIAS: A este soldado la hago yo, y es acción cuerda premïar yo a quien me sirve si a quien tú sirves te premia. LISÍAS: Señor, a hombre sedicioso, aunque en tu favor lo sea, no le honres; que es hacer al delito consecuencia. NINIAS: Advirtiéraismelo antes, que esta merced ya está hecha. LISÍAS: Con todo, de reformarla me has de dar, señor, licencia.
Salen LIDORO y CHATO
LIDORO: Vivas, ¡oh Príncipe, augusto!, en la verde primavera de tu juventud lozada, sin que el invierno se atreva de los años a borrar la flor más inútil de ella, la edad del sol, ese hermoso lucero que, en blanda hoguera, fénix del cielo, renace entre sus cenizas mesmas. NINIAS: Alza, Lidoro, del suelo. Levanta, a mis brazos llega; que quiero desagraviar de mi madre las ofensas con mis favores. LIDORO: Bastantes son los de tu gran clemencia para que ya la pasada fortuna al cielo agradezca. NINIAS: La libertad te ofrecí; pero antes que la tengas, tengo que tratar contigo; y así, de no hacer ausencia sin mi gusto, la palabra me has de dar, aunque te veas libre de aquella prisión. LIDORO: ¿Qué importa estarlo de aquélla, si con más seguridades me prendes, señor, en ésta? No la cadena le quita al noble quien la cadena le quita; antes se la pone más fuerte, pues cosa es cierta que la de la obligación ni se lima ni se mella. NINIAS: De paso ayer me dijiste que el pretexto de la guerra que a Semíramis hacías, por mí y por mi padre era, y quiero tener mejor entendida esa materia. LIDORO: Yo, señor, te la diré. NINIAS: No ha de ser, Lidoro, en esta ocasión; con más espacio y menos gente saberla quiero. Mañana os dará Lisías, Lidoro, audiencia; y agora, porque acusarme la murmuración no pueda de que un breve instante tuve la corona en mi cabeza, sin que como cosa mía a mi madre se la ofrezca, a su cuarto pasar quiero; que cuando ella no consienta que la vea, habré cumplido con llegar hasta sus puertas. CHATO: Licencia estas luengas canas, por ser canas y ser luengas, para hablarte una palabra antes que te ausentes, tengan. NINIAS: Di, ¿qué quieres? Ya te escucho. CHATO: Señor, tu madre y mi reina me mandó que con Lidoro tuviese muy grande cuenta, porque el día que faltase de la trailla o cadena, me había de poner a mí por viejo perrazo de ella. Tú me mandas que le suelte, y así un recibo quisiera tener tuyo. NINIAS: Pues si yo te lo mando, ¿qué recelas? CHATO: Que se le antoje reinar otra vez, que todo es que a ella sin razón o con razón se la ponga en la cabeza, y me diga, "Dacá el preso." Si agora tú me le llevas, no se le podré dacar, con que del Tazón la pena, que es la del tanto por tanto, no dudo que me eche a cuestas y me mande atar a mí. NINIAS: ¡Qué simplicidad tan necia! CHATO: Señor, el viejo más simple es compuesto de experiencias. Mejor que tú la conozco; pues tú puedes conocerla como a quien parió, mas yo como si yo la pariera. Mandamiento de soltura quiero. NINIAS: El mandamiento sea que te hagan una libranza de cien escudos de renta. CHATO: Mil siglos estés de un lado en la gloria sempiterna; y hasta entonces, oh famoso monarca! vivas dos suegras, una sobre otra, que es inmortal supervivencia. Señor Lisías, ¿quién hace estas libranzas de rentas? LISÍAS: Acudid a los oficios.
Vase LISÍAS
CHATO: ¿Sabéis vos adónde sean, señor Lidoro? LIDORO: ¿De qué queréis vos que yo lo sepa? CHATO: ¿Sabéis vos hacer libranzas, señor Frisón? FRISO: Quita, bestia. CHATO: ¿Y vos, señor Licas? LICAS: Loco, aparta. CHATO: ¿Hay cosa como ésta? Mas, ¿qué me admiro, si son las mercedes palaciegas jubileo, y no se ganan sin hacer las diligencias? LICAS: Ya, Friso, que los dos solos hemos quedado, tus penas hoy con mis felicidades alivio y reparo tengan, bien así como dos plantas, que los naturales cuentan que son cada una un veneno, y estando juntas se templan de suerte que son entonces la medicina más cierta. Si tú estás triste, yo alegre; si de pérdida estás, piensa que estoy de ganancia yo. Partamos la diferencia entre los dos, porque así tristeza ni alegría puedan descomponernos, mezclando mi alegría y tu tristeza. Tu cargo me han dado; nunca más tuyo ha sido, pues... FRISO: Deja de consolarme; porque es decir, quien a otro consuela, que siente; y yo en esta parte no hay sentimiento que tenga. Ni que tú seas dichoso, ni que desdichado sea yo, podrán hacer jamás que, postrada mi soberbia, ni con el semblante diga que eso estime ni esto sienta. Hijo de la guerra soy, y sabrá darme la guerra ocasiones en que Ninias conozca que esta sangrienta cuchilla es rayo tan fuerte, que ningún laurel respeta, y podrá ser que amenace tal vez el de su cabeza. LICAS: Calla, calla. No pronuncies, Friso, razón tan ajena a tu obligación, tu sangre, tu valor y tu nobleza. Ninias es Rey natural de Siria, y a su obediencia has de estar más fino cuanto más quejoso. FRISO: Eso se cuenta de muchas maneras, Licas. LICAS: La pasión, Friso, te ciega; y no quiero que te arrojes, irritada la paciencia con la oposición, a que a decirlo otra vez vuelvas. Tu hermano soy y tu amigo. Alma, honor, vida y hacienda, todo es tuyo; mientras yo felice soy, no te tengas por infelice, pues tú aún más que yo en mí gobiernas. Esto ha de entenderse en cuanto como quien naces procedas; que si tropiezan tus pies donde desbarre tu lengua, ni tu hermano ni tu amígo seré; porque considera que también es esta espada rayo que nada reserva, y podrá ser que se manche tal vez en tu sangre mesma.
Vase LICAS
FRISO: Quien no teme a la Fortuna sus iras, ¿quieres que tema tus amenazas? Pues yo, aunque ruinas me prevengas, he de buscar ocasiones en que toda Siria vea que sé vengar mis agravios y sé sentir mis ofensas. Batria, ¿rebelada siempre no está? Pasaréme a ella, y como ladrón de casa haré a Babilonia guerra, que hoy no hay defensa, pues hoy Semíramis no gobierna. Por ella y por mí las armas he de tomar, porque vea un joven rey que vasallos como yo no se desprecian. La fama a voces dirá, llena de plumas y lenguas, cuando la pregunte el viento, quién quitó de la cabeza el laurel a Ninias.
FLORA se asoma en lo alto
FLORA: Friso. FRISO: ¿Qué escucho? ¿Tan presto empieza ya la fama a publicarle, que aun no aguarda a que suceda? FLORA: Friso. FRISO: Mi nombre otra vez escuché. ¿Si de mi idea fue ilusión? Nadie se mira. FLORA: Hacia aquesta parte llega. FRISO: De aquel cuarto de las damas una ventana entreabierta está, y de allí me han llamado. Oh tú, quienquiera que seas, ¿qué me mandas? FLORA: ¿Estáis solo? FRISO: Sí, que nadie hay que hacer quiera compañía a un desvalido.
Échale un papel
FLORA: Pues tomad, y la respuesta sea hacer lo que se os manda, sin que ninguno lo entienda; que os va el honor y la vida.
Vase FLORA
FRISO: ¿Quién vio enigma como ésta? Una mano solamente vi, que rompió de la reja la clausura para darme este papel. Cúyo sea no sé, porque es en amor tan desdichada mi estrella como en las demás fortunas; o si no, dígalo Astrea, a quien, tan aborrecido, he adorado. Fácil nema, a quien dio tantos secretos nuestra confïanza necia, pues se fía de unas guardas tan fáciles de romperlas, di, ¿cúyo eres? No trae firma, y dice de esta manera:
Lee
"Una mujer afligida, que poco a su estrella debe, de vos a fïar se atreve fama, ser, honor y vida. Y pues se fía de vos, venid a verla; que abierta del jardín tendréis la puerta esta noche. Guárdeos Dios." ¿Qué he de hacer en el empeño de una confusión tan nueva? Mas ¿qué pregunto? La duda, ¿no es de mi valor ofensa? ¿Cómo me puedo excusar de la obligación y deuda en que una mujer me pone, diciendo que a mi nobleza ser, honor y vida fía? Y así, esta noche iré a verla; que, aunque no sepa quién es, que es mujer basta que sepa, y que se ampara de mí, para que arriesgue por ella también ser, honor y vida, ya que la Naturaleza les dio tales privilegios sobre las acciones nuestras; que aun primero que al amarlas, nos obliga a obedecerlas.
Vase FRISO. Salen por una parte LIBIA y ASTREA y por otra NINIAS, solo
ASTREA: Ya que la reina, ¡ay de mí!, dejarse ver no ha querido del rey, y que él despedido vuelve a pasar por aquí, aquí, Libia, has de quedarte, mientras yo a su majestad llego a hablar. LIBIA: De mi amistad sabes que puedes fïarte. ASTREA: Avisa si alguien viniere; que no quiero que me vea nadie con él. NINIAS: Bella Astrea. ASTREA: Más felicidad no espere quien ha merecido aquí llegar tu mano a besar. NINIAS: Libia escucha. ¿Podré hablar delante de Libia? ASTREA: Sí. NINIAS: Pues antes, divina Astrea, que yo entrase aquí, sabía que Semíramis no había de permitir que la vea; pero quise con aquella ocasión entrar aquí por verte, mi bien, a ti, más que por hablarla a ella. Pero ¿qué es esto? En el día que a ser más dichoso empieza, ¿son muestras de tu tristeza parabién de mi alegría? ¿Tú lágrimas al mirar mis felicidades? ASTREA: Sí; que haber lágrimas oí de placer y de pesar; y en mí lo he llegado a ver todo, pues cuando te adoro como rey y amante, lloro de pesar y de placer. De placer, señor, por verte dueño del mayor trofeo; de pesar, porque me veo indigna de merecerte. Y así, entre gustos y enojos, doy a lisonjas y agravios el parabién con los labios y el pésame con los ojos. NINIAS: ¿Pudiste nunca ignorar que era príncipe heredero de Siria? ASTREA: No, y a eso quiero que responda un ejemplar. Ninguno ignora, señor, que su amigo o que su hermano es mortal: aquesto es llano; pero ninguno el rigor de serlo llega a sentir tan anticipadamente, que dé a entender que lo siente, hasta que le ve morir; porque, en fin, hasta aquel día no le pierde. Así, aunque no ignoré, gran señor, yo que mi Rey eras, no hacía tan anticipado acuerdo como el que ahora haciendo estoy; que si hoy llega el caso, hoy es el día que te pierdo. NINIAS: Aunque es verdad que en la calma del morir se ve perdida la acción de aquello que es vida, no el ser de aquello que es alma. Alma en mí ha sido mi amor. Luego no la habrá mudado el haberse hoy elevado a esfera más superior. Y así, pues hoy llego a verme tan rendido, no llegó de llorarme el día, pues no llegó el día de perderme. No llores, mi bien, mi cielo. Mira qué pesar me das. ASTREA: ¡Qué tarde, señor, podrás mejorar mi desconsuelo, no siendo tan necia yo, que no conozca, ¡ay de mí! que este día te perdí! NINIAS: ¿Porqué, Astrea? ASTREA: Porque no pueden dos desigualdades tales tener proporción. NINIAS: Amor es dios, y no son distintas dificultades la de una ilustre vasalla y de un rey enamorado. Y cree de mi cuidado que, si cobarde se halla en declararse, es porque no airada mi voluntad novedad a novedad; yo, mi bien, me casaré. Déjame entablar primero en el reino; que no ignoro de la fe con que te adoro, la verdad con que te quiero, Astrea; y cuán tuyo soy, sepa después tu amoroso pecho, pues de ser tu esposo mano y palabra te doy. ASTREA: Y yo a tus plantas rendida, por amor y por respeto, una y mil veces la aceto con el alma y con la vida.
Arrodillase ATREA y él la alza
NINIAS: ¿Qué haces? ASTREA: Este lugar tienen por centro las glorias mías. LIBIA: Licas, señor, y Lisías entrando a esta sala vienen. ASTREA: Pues que yo me ausente es bien, por desvelar su sospecha. NINIAS: Vete, que yo la deshecha haré con Libia también, dando a entender que ella fue con quien hablaba yo aquí.
Vase ASTREA
LIBIA: Pues ¿no basta que de mí te sirvas, señor, en que te avise, sino querer que padezca agora yo malicias de lo que no he llegado a merecer? NINIAS: Esto importa, y no te has de ir. LIBIA Suéltame, señor, la mano. Advierte... NINIAS: Porfías en vano.
Salen LICAS y LISÍAS
LICAS: (¿Esto es mirar o morir?) Aparte LISÍAS: Señor. LICAS: (¡Qué extraños recelos!) Aparte NINIAS: ¿Qué queréis? LISÍAS: Licas y yo venimos... LICAS: (¿Quién jamás vio Aparte tan cara a cara sus celos?) LISÍAS: ...buscándote, porque ha habido una grande novedad. NINIAS: El ingenio y la beldad de Libia aquí divertido me tenía ahora en contarme la tristeza con que está Semíramis, tal que ya aun a mí no quiere hablarme. Decidme vos, ¿cuál ha sido esa novedad? LISÍAS: Señor, Licas la dirá mejor, que es quien la carta ha tenido. LICAS: De Lidia un propio ha llegado, e Irán, señor, me previene, de Lidoro hijo, que viene con grande ejército armado a ponerle en libertad, cuya multitud extraña la más desierta campaña vuelve poblada ciudad. NINIAS: ¿Qué haremos para que haya medio en tan grandes extremos? ¿No será bien que le demos libertad, y que se vaya? LISÍAS: En ningún tiempo, señor, te importa tenerle preso más que agora. A tanto exceso la seguridad mayor la vida suya ha de ser. NINIAS: Dices bien, mas yo quisiera que guerra en Siria no hubiera. LISÍAS: Pues no lo des a entender; que aunque el natural temor en todos obra igualmente, no mostrarle es ser valiente, y esto es lo que hace el valor. NINIAS: Venid conmigo los dos; que los dos habéis de ser los que habéis de disponer el suceso. Libia, adiós.
Vanse NINIAS y LISÍAS
LICAS: Aunque el rey me espere, hablar tengo; que celos que nacen bastardos hijos del mar, son tan vanos que se hacen en cualquier parte lugar. LIBIA Pues antes que me hables, deja que responda a la intención con que tu labio se queja, porque la satisfacción salga al camino a la queja. LICAS: ¿Qué satisfacción, si ha sido la queja de calidad tal, que no la ha permitido? Supuesto que divertido de tu ingenio y tu beldad el rey estaba, y yo vi que tu hermosa mano aquí fue tiranamente aleve, para él áspid de nieve y de fuego para mí. LIBIA: La razón de tus enojos no te la puedo negar; mas los celos traen anteojos de aumento con que engañar a la ambición de los ojos. LICAS: ¿Puede ser que engaño sea lo que vi? LIBIA: ¿No puede ser? LICAS: No, ni que yo te lo crea. LIBIA: Pues si no lo has de creer, no te diré... LICAS: ¿Qué? LIBIA: ...que Astrea es a la que el Rey amó, que hablaba con él aquí; que como a su padre vio venir, se retiró, y yo deshecha de su amor fui. Viendo, pues, que tú venías también, señor, con Lisías, quise irme; pero en vano, porque fue del rey la mano rémora a las plantas mías. Ésta es la verdad; si en nada satisface mi beldad, eso mismo te persuada... LICAS: ¿A qué, Libia? LIBIA: ...a que es verdad, supuesto que es desdichada. LICAS: Libia, ni verdad la creo, ni desdichada la dudo; mas sólo saber deseo si lo que escuché, ser pudo más cierto que lo que veo. Aquello vi, esto escuché: luego licencia tendré de apelar a la experiencia. LIBIA: Yo te doy esa licencia. LICAS: No, no, yo la tomaré. Lince ya de mis pasiones, las palabras, las acciones del Rey es bien que yo vea, y en sabiendo que es Astrea dueño de sus atenciones, cesará aquesta vioencia. A ellos es razón que acuda; que una celosa violencia tarde de costumbres muda, y sufrirá la evidencia. LIBIA: Yo me holgaré de que sea crisol el amor de Astrea, que examine esta verdad. LICAS: ¡Con cuánta facilidad hará que yo se lo crea! LIBIA: ¿Por qué? LICAS: Porque estriba en ella mi vida; porque se halla mi felicidad en vella; y porque voy a buscalla con ánimo de creerla.
Vanse. Salen FLORA y FRISO
FLORA: Pisa con silencio. FRISO: Apenas darán, entre sombras tantas, mudas serías de mis plantas las flores ni las arenas de aquellos jardines; pues bandos distantes se han hecho, todo el valor en el pecho, todo el temor en los pies. FLORA: No me pierdas, ven tras mí. FRISO: Desde que al jardín llegué, desde que en su esfera entré, y desde que te seguí, grande espacio hemos andado, y no sufre el corazón padecer la dilación de tan penoso cuidado un instante más; porque ya es un siglo cada instante. No, pues, dos veces amante quieras, señora, que esté. Dime si eres quien mandó que a verte viniese aquí, y el papel me arrojó. FLORA: Sí. FRISO: ¿Y eres quién me llama? FLORA: No. FRISO: Pues no me dilates más el declararme quién fue. FLORA: Quédate aquí solo; que presto, Friso, lo verás.
Vase FLORA
FRISO: Confusa, pálida sombra, del pasmo, el susto, el pavor, madre infeliz, cuyo horror atemoriza y asombra, dime, ¿dónde me ha traído mi loca temeridad? Y a tu atezada deidad, diosa del sueño y olvido, un templo fabricaré, de triste ciprés compuesto de negro jaspe funesto, el altar, y en él pondré de negro azabache una imagen tuya, tan bella, que trémulamente de ella sea lámpara la luna, en cuyas aras presumo que arda, por más pompa y fausto, sin llamas el holocausto, por no dejar de hacer humo. Dime, pues, dándome indicio de que piadosa te ofreces, y de que el voto agradeces, mientras llega el sacrificio, ¿dónde estoy? ¿Quién me llamó? ¿Y quién esta mujer fue?
Sale Semíramis vestida de luto, con un velo en el rostro, y trae una luz
SEMÍRAMIS: Yo, Friso, te lo diré. FRISO: Pues decidme, ¿quién fue? SEMÍRAMIS: Yo. FRISO: Ya es otra la duda mía, viendo que en aqueste punto a la noche lo pregunto y me lo responde el día. ¿Vos sois la que me llamáis? SEMÍRAMIS: Yo os escribí aquel papel. FRISO: Pues ¿cómo decís en él que honor, vida y ser fiáis, señora, de mi valor, como mujer afligida? SEMÍRAMIS: Porque mi honor, ser y vida, ni es ser, ni vida, ni honor, y de vos fïarlo intento, porque sé que me servís sólo vos. FRISO: Bien lo advertís. ¿Qué mandáis? SEMÍRAMIS: Estadme atento. Yo...mas primero que aquí mi pecho os descubra osado, dedidme vos si restado tendréis valor para... FRISO: Sí. SEMÍRAMIS: Pues ¿cómo de aqueste modo, antes de oír para qué, me respondéis? FRISO: Porqué sé que le tengo para todo. SEMÍRAMIS: ¿Y daisme palabra hoy? FRISO: Sí, señora. SEMÍRAMIS: ¿Antes de oír de qué? FRISO: Sí, que esto es decir que para todo os la doy. Y porque confuso lucho, cuanto imaginéis ofrezco hacer; y si oírlo merezco, decid. SEMÍRAMIS: Escuchad. FRISO: Ya escucho. SEMÍRAMIS: Yo, de Nino mujer, y de él viuda, reino en Siria. FRISO: Mi pecho no lo duda. SEMÍRAMIS: Corrió voz que alevosa muerte le di. FRISO: La envidia es maliciosa. SEMÍRAMIS: Con esta acción Lidoro a Babilonia vino. FRISO: No lo ignoro. SEMÍRAMIS: Díjome que crüel tiranizaba a mi hijo el laurel. FRISO: Presente estaba. SEMÍRAMIS: Por él envié al instante. FRISO: Sé que vino también; pasa adelante. SEMÍRAMIS: Vencí a Lidoro en singular batalla. FRISO: Tu peine lo dirá, no hay que acordalla. SEMÍRAMIS: Volviendo vitoriosa, hallé... FRISO: Nobleza y plebe sospechosa. SEMÍRAMIS: De Ninias esparcido el nombre al viento... FRISO: Aun agora parece que lo siento. SEMÍRAMIS: Del aplauso ofendida... FRISO: Ya lo sé, que el dolor nunca se olvida. Hasta aquí sé de tus desdichas graves. SEMÍRAMIS: Pues oye desde aquí lo que no sabes. Si al corazón que late en este pecho todo el orbe cabal le vino estrecho, ¿qué le vendrá un retrete tan esquivo que tumba es breve a mi cadáver vivo? Yo, Friso, arrepentida de verme, tan a costa de mi vida, en mí misma vengada, vivo, si esto es vivir, desesperada. Esta quietud me ofende, matarme aquesta soledad pretende, angústiame esta sombra, este pavor me asombra, esta calma me asusta, esta paz me disgusta, y este silencio, en fin, tanto me oprime que a un fatal precipicio me comprime. Yo, pues, no quepo en mí, y con nuevo cisma solicito explayarme de mí misma; si con fiera arrogancia me declaro, es faltar a la constancia que prometí, del reino haciendo ausencia, y es poner el laurel en contingencia cuando con señas de mi esfuerzo viles agora mueva yo guerras civiles. Y así, Friso, procuro en la industria hallar medio más seguro; pero antes que la industria te declare, dile a tu admiración que no se pare; que volando en ajenas alas venga, cuando las suyas desplumadas tenga; porque es preciso hallar en esta parte juntos el hablar yo y el admirarte. Ninias es mi retrato; pues con sus mismas señas robar trato la majestad; que, sin piedad alguna ladrona me he de hacer de mi fortuna. A este efecto ya tengo prevenidos adornos a los suyos parecidos, porque aun las circunstancias más pequeñas no puedan desmentirnos en las señas. A este efecto, en aqueste vil retiro, donde un suspiro alcanza otro suspiro, del femenil adorno haciendo ultraje, me he ensayado en el traje varonil, porque en nada me halle la novedad embarazada. Este luto funesto pudiera asegurártelo bien presto, pues hipócrita es, que triste encubre la vanidad que de modestias cubre. A este efecto también me he retirado con tanta autoridad, tanto cuidado, por tener hecha ya la consecuencia de que ninguno llegue a mi presencia. La industria dije ya; pues oye el modo, para que de una vez lo sepas todo. Ya he dicho que ladrona he de ser de su cetro y su corona. Para robo tan grave, el paso me asegura aquesta llave. No hay en todo palacio tan retirado espacio que no registre y más el cuarto suyo; pues por un caracol secreto, arguyo que, ya vencido el miedo con haberío pensado, llegar puedo del rey al cuarto. Cuando las sombras de la noche sepultando su vida estén en el silencio mudo de su sueño, no dudo que, tapando su boca con los fáciles nudos de la toca, podré ciego traerle donde el sol otra vez no llegue a verle, en su lugar quedando yo con mentido sexo, gobernando. Una dificultad hay solamente, y es que dé voces. Ésta ácilmente la he de salvar con que un retrete tengo que para prisión suya le prevengo, donde, aunque a voces con sus penas luche, no es posible que nadie las escuche. Para tan grande empeño me he de valer de ti, después del sueño; porque sola no fuera posible que yo a tanto me atreviera; que aunque es verdad que Licas me ha debido más afectos que tú, (Pierdo el sentido Aparte cuando de ellos me acuerdo, y aun el jüicio es poco que no pierdo.) Viéndote a ti más fino conmigo en la opresión de mi destino, de ti quise fïarme, de ti, Friso, valerme y ampararme. Mujer soy afligida, pues muero sin reinar, no tengo vida. Mi ser era mi reino; sin ser estoy supuesto que no reino. Mi honor mí imperio era; sin él honor no tengo; de manera que, a tus plantas rendida, fío de ti mi honor, mi ser, mi vida. FRISO: Si desde el mismo instante que conocí tu espíritu arrogante no me ofrecí a servirte, fue, señora, por no dejar de oírte, sacando en tan extraño caso de cada voz un desengaño. Tuyo soy, tuyo he sido, de mi elección estoy desvanecido; y sólo te respondo cuando a quien soy osado correspondo; que pues la noche ya caduca baja, empañada en su lóbrega mortaja, declinando en bostezos y temblores la primera lección de sus horrores, hasta el cuarto pasemos del rey, no porque nada efectuemos, sino porque veamos en qué disposición su gente hallamos, para ir previniendo el dónde, el cómo y cuándo. SEMÍRAMIS: Ya te entiendo, y la respuesta sea apagar esta llama. Así se vea cuánto desalumbradas mis locuras aborrecen la luz y obran a escuras. Ven agora conmigo, que yo te he de ayudar. FRISO: Tus pasos sigo. (Cumplióse mi esperanza; Aparte trujo el cielo a mis manos la venganza.) SEMÍRAMIS: Ven, no temas, que cuando no consiga el intento, me basta que se diga que lo emprendí. El concepto de mi idea escándalo de todo el mundo sea.
Vanse. Salen LISÍAS y CHATO con luz
LISÍAS: Cómo vos estáis aquí a esta hora? CHATO: Mi oficio es éste. LISÍAS: Vuestro oficio ¿allá en la caza el ejercicio no tiene? CHATO: Concedo. LISÍAS: Pues ¿cómo lo es el entrar en el retrete del rey a esta hora? CHATO: Escuchadme. Responderé en forma, y breve. Alimentar es mi oficio los perros. LISÍAS: Pues bien, ¿qué tiene que ver eso con entrar aquí? CHATO: Agora lo veredes. Mandóme el rey cien escudos; ninguno escribirme quiere la libranza; siendo así que ha sido, señor, aquéste un puesto que el rey me ha dado, ¿buscarle aquí no conviene, para darle cuenta de él siempre que me le pidiere? LISÍAS: ¡Qué necedades! Por vida del rey...
Sale LICAS
LICAS: ¿Qué rumor es éste? LISÍAS: Ese loco, ese villano, que aquí se ha entrado. LICAS: ¿Qué quieres, Chato, aquí? CHATO: Lo dicho, dicho; no he de decirlo dos veces; que es contra el arte, y habrá un crítico que lo enmiende. LICAS: Vete de aquí. CHATO: Yo me iré. En palacio, finalmente, toda es gente honrada, pero mi libranza no parece.
Vase CHATO
LISÍAS: ¿Qué hace el Rey? LICAS: Medio desnudo, quiso ver unos papeles, y dormido se ha quedado sobre ellos y en el bufete; que ésta es la señal que sólo dan de mortales los reyes. Yo, aunque conozco que ya es hora de recogerse, no me atrevo a despertarle, por el gusto con que duerme. LISÍAS: Bien has hecho. La cortina le corre hasta que despierte y llame. LICAS: Confuso estoy, Lisías. LISÍAS: ¿De qué? LICAS: De verle de un ánimo tan cobarde. No sé cómo se lo enmiende. En esto habemos de hablar. LISÍAS: Salgámonos del retrete; conferiremos los dos cómo corregirse puede este defecto, que en él ha sido natural siempre. LICAS: Dices bien, porque entre sueños algunas veces se entiende lo que se habla. LISÍAS: El llamará, si despertare. LICAS: ¡Qué fuerte pasión es la de los celos! ¿Si el Rey ama a Libia? LISÍAS: Tente. Dejémosle reposar. ¡Oh, quiera el cielo que llegue tiempo en que me desengañe de dudas tan inclementes!
Vanse, y salen SEMÍRAMIS y FRISO
FRISO: Rumor ninguno se oye en todo el cuarto. SEMÍRAMIS: Ya debe de estar recogido. FRISO: No hace; que allí vestido se ofrece, en una silla dormido. SEMÍRAMIS: Mucho extraño que le dejen tan solo. FRISO: Pues por si acaso ha sido descuido éste, y no sucede otra vez, logrémosle hoy que sucede. SEMÍRAMIS: En un pensamiento estamos. FRISO: Las grandes acciones suelen hacerse acaso mejor que cuando se piensan. ¿Quieres que boca y rostro le tape, porque así ni conocerme pueda, ni pueda dar voces, y a tu cuarto me le lleve? SEMÍRAMIS: Sí; toma aqueste cendal, y mientras que tú lo prendes, cerraré esta puerta yo, porque nadie a tiempo llegue que nos estorbe; que luego disculparé fácilmente haberla cerrado, como una vez la acción se acierte. FRISO: Pues a cerrar tú la puerta, y yo, señora, a prenderle. SEMÍRAMIS: Fortuna, si a los osados se dice que favoreces, yo lo soy. FRISO: Infeliz joven, tu desdicha te condene a esta prisión de mortal, puesto que eres rey y duermes.
SEMÍRAMIS cierra la puerta, FRISO entra dentro, suena ruido y cae el bufete
NINIAS: ¡Ay de mí! ¿Qué es esto? Dentro FRISO: Es Dentro un traidor leal, que ofende a su rey con la disculpa de que a su reino obedece. NINIAS: ¡Licas! ¡Lisías! Dentro SEMIRAMIS: En vano con él aquí te detienes. Llévale presto a mi cuarto.
Sale FRISO con NIMIAS en brazos, tapado el rostro y con vestido parecido al de Semíramis
FRISO: ¡Qué mal de mí te defiendes! LICAS: Pasos y ruidos escucho. Dentro LISÍAS: Dentro entremos. Dentro SEMÍRAMIS: Gente viene. LISÍAS: Cerrada la puerta está. Dentro LICAS: ¿Quién hay dentro que la cierre? Dentro SEMÍRAMIS: Perdí la ocasión mejor, puesto que no puede hacerse tan sin ruido, que allá fuera no lo sientan. LISÍAS: ¿Qué pretendes? Dentro LICAS: Abrir la puerta y entrar Dentro a ver qué rumor es éste. SEMÍRAMIS: ¡Ay de mí! ¿Qué puedo hacer? Aunque abran, es fuerza que entren, pues ya la puerta derriban. LICAS: ¿Cómo a mi fuerza rebelde Dentro tanto estás, porfiado cedro? SEMÍRAMIS: Si me voy, y cuando lleguen no hallan a nadie, es hacer que algo en mi daño sospechen. Si llegan a verme aquí y a Ninias no, inconveniente es mayor. Todo, el valor y el ingenio lo remedie.
Desnúdase y queda en jubón
Adiós, femenil modestia; que de esta vez has de verte desnuda de tus adornos, aunque en los ajenos quedes. Esconderé aquestas ropas; depositadas se queden debajo de aqueste lecho.
Esconde los vestidos y salen LICAS y LISÍAS
LICAS: A ser el muro más fuerte, te rindieras a mis golpes. LISÍAS: Señor, ¿qué rumor es éste? SEMÍRAMIS: Ninguno: al sueño rendido estaba, y él, entre leves fantasías, me obligó a que alterado despierte; y así, con aquel furor tropecé y cayó el bufete. LICAS: Luego, ¿aquí ninguno andaba? SEMÍRAMIS: No. LISÍAS: Pues dime: ¿cómo tienes por adentro aquesta puerta cerrada? SEMÍRAMIS: Como yo, al verme con el pavor de aquel sueño, cerré temerosamente, propio afecto de un temor, obrar lo que antes ofrece. LICAS: ¿Que no pueda hacer contigo que no digas que le tienes? LISÍAS: Aunque a tu voz dar es fuerza crédito, a mí me parece que jurara que había oído pasos y habla de más gente. SEMÍRAMIS: Yo sólo estaba.
Sale FRISO
FRISO: Ya queda... (Mas ¡ay de mí!, ¡qué imprudente Aparte volví.) LICAS: Un hombre allí llegó, y al vernos la espalda vuelve. SEMÍRAMIS: ¿Hombre aquí? No, no es posible. LICAS: Ya es fuerza verlo. SEMÍRAMIS: ¿Quién eres? FRISO: Yo soy, Licas. LICAS: Pues ¿tú aquí? LISÍAS: (¡Grave mal!) Aparte SEMÍRAMIS: (¡Empeño fuerte!) Aparte LICAS: (¡Traidor hermano!) Aparte SEMÍRAMIS: Pues Friso, ¿vos sois? Matadle, prendedle.
SEMÍRAMIS habla aparte a FRISO
(No temas; que hacer agora esta deshecha conviene.) LICAS: Yo sacaré de mi sangre el escrúpulo... FRISO: Detente; que en sabiendo el rey a qué y por dónde entré, me tiene que agradecer, no culpar. LICAS: Dilo, pues. FRISO: A él solamente he de decirlo. SEMÍRAMIS: Apartaos todos, porque solo llegue.
SEMÍRAMIS habla aparte con FRISO
Friso, ¿dónde queda Ninias? FRISO: Encerrado en el retrete prevenido para él. SEMÍRAMIS: ¿Vióle alguien? FRISO: Solamente Flora, de quien te has fïado. ¿Qué ha habido acá? SEMÍRAMIS: Mil crueles sospechas; pero ya todas mi ingenio las desvanece, porque ya ninguna toca en lo principal, pues creen que soy Ninias. FRISO: Y di, ¿agora tengo de dejar prenderme? SEMÍRAMIS: No, yo lo remediaré. FRISO: ¿De qué suerte? SEMÍRAMIS: De esta suerte.
Haba alto
¡Oh Friso!, dame tus brazos, pues hoy la vida me vuelves. LISÍAS: ¿Qué es aquello? LICAS: El rey le abraza. SEMÍRAMIS: ¿Qué os admira? ¿Qué os suspende? Todo el enojo con Friso en agrado se convierte. Semíramis, que en fin es madre, y como así me quiere, me envía con él un aviso, en que me dice y me advierte de quién me debo guardar y de quién fïarme. A este fin por su cuarto a esta hora quiso que secretamente bajase; y así, desde hoy más atentos y prudentes vivid todos, porque sé quién me sirve y quién me ofende. LICAS: Señor, ¿pues quién? SEMÍRAMIS: Esto basta que os digo por ahora, y cesen sospechas; que aunque con todos hablo, sólo uno me entiende. Tomad esa luz, entrad a acostarme. (El mundo tiemble Aparte de Semíramis, pues hoy otra vez a reinar vuelve.)
Vase SEMÍRAMIS
LICAS: ¿Qué le habrá dicho? LISÍAS: No sé. LICAS: Mas si la reina le advierte algo, será de los dos. LISÍAS: Temblando quedé de verle airado. LICAS: ¡Extraña mudanza! Friso, ¿qué secreto es este que al rey has dicho? FRISO: Bien grande. LICAS: Pues ¿no podré yo saberle? FRISO: ¿No basta que sepas, Licas, que si cual noble procedes, tendrás hermano y amigo en mí? Pero si no, atiende que soy quien soy, y este acero sabrá a un hermano dar muerte.

FIN DE LA SEGUNDA JORNADA

JORNADA TERCERA


Salen por un lado FRISO y por otro LICAS
FRISO: Bien va sucediendo todo. No hay en la corte quien haya entrado en malicia alguna de entender que Ninias falta. No en vano Naturaleza dejó una vez de ser varia para gran fin; que, en fin, es aun en los errores sabia. LICAS: Extrañóse el rey anoche conmigo, porque tirana Semíramis le avisó de no sé qué que no alcanza mi discurso, siendo Friso tercero de mi desgracia. Lo que le dijo no sé, porque aun de mí lo recata. ¿Qué será? FRISO: Oh Licas! LICAS: ¡Oh Friso! Quejoso estoy de que haya en ti para mí secreto, y más de tanta importancia. ¿Qué dijiste al rey anoche cuando entraste por la cuadra de Semíramis? Que temo que, de mí quejosa, traza descomponerme con él, según dijo su mudanza. FRISO: Los secretos de los reyes, Licas, tienen fuerza tanta, que el silencio los ignora, con ser él el que los guarda. Un secreto me fió Semíramis que llevara. Ya se me olvidó cuál era. Lo más que la confïanza puede permitir que diga, es decir que una palabra sola de ti no la dije, y esto que te digo basta. LICAS: Que se lo digas o no, poco, Friso, me acobarda, porque como yo obre bien, lo demás no importa nada. FRISO: Muchos obran bien, y son sus fortunas desdichadas. LICAS: La desgracia nunca es culpa. FRISO: Sí, pero siempre es desgracia. VOCES: ¡Plaza, plaza! Dentro LICAS: Ya el rey sale dando audiencia. VOCES: ¡Plaza, plaza! Dentro
Salen con memoriales un SOLDADO, CHATO, y otros, y luego SEMÍRAMIS, y detrás LISÍAS, y llegan hincando la rodilla
SEMÍRAMIS: (Mil gracias te doy, oh bella Aparte deidad, protectora mía, al ver cuánto en este día has mejorado mi estrella. Una y mil veces por ella mi vida a tu culto ofrezco; que pues que por ti merezco ver que aplauso tan altivo segunda vez le recibo, segunda vez le agradezco. Los que contra mí siguieron ayer el bando, son hoy los mismos de quien estoy idolatrada. Pues fueron tales mis dichas, que vieron estos aplausos, mudar con industria singular todos los puestos espero; que si no hago lo que quiero, ¿de qué me sirve reinar? UNO: Señor, un pobre soldado... SEMÍRAMIS: El memorial. Esto basta. OTRO: Crïado fui, señor, de Nino, a quien serví edades largas. SEMÍRAMIS: Está bien. OTRO: Ante vos pido justicia de quien me agravia. SEMÍRAMIS: Yo lo haré ver. (¡Cuánto, cielos, Aparte esta vanidad me agrada! ¡Oh, qué gran gusto es mirar tantas gentes a mis plantas! ) SOLDADO: Señor, vuestra majestad me hizo merced que gozara en tributos de Ascalón un sueldo por mis hazañas; Lisías, que está presente, en el despacho repara. SEMÍRAMIS: ¿Por qué, Lisías? LISÍAS: Señor. ¿ya no te dije la causa? SEMÍRAMIS: Sí; mas no me acuerdo bien, como acudo a cosas tantas. SOLDADO: Yo, señor, la diré. El día que por Babilonia entrabas, tu nombre aclamé el primero, repitiendo en voces altas: "¡Viva Ninias, nuestro rey!," y tomé por ti las armas. Por eso merced me hiciste. LISÍAS: Y yo, que no se la hagas estorbo a hombre sedicioso, y que pudo allí ser causa de perderse toda Siria, a no haber con tal constancia tomado tan grande acuerdo, como vivir retirada Semíramis. SEMÍRAMIS: ¿Tú, en fin, fuiste el primero que me aclama? SOLDADO: Sí, señor, y yo libré de la injusta, la tirana sujeción en que tenía Semíramis nuestra patria. SEMÍRAMIS: ¿Todo esto te debo? SOLDADO: Y diera por ti la vida. SEMÍRAMIS: ¡Qué rara lealtad! ¡Hola! TODOS: ¿Señor? SOLDADO: (Hoy Aparte grandes venturas me aguardan.) SEMÍRAMIS: Ese soldado llevad, y de la almena más alta le colgad, para escarmiento de cuantos en Siria hagan sediciones y alborotos. SOLDADO: Pues ayer, ¿no me premiabas? SEMÍRAMIS: Ayer premié, y hoy castigo; que si ayer una ignorancia hice, hoy no la he de hacer, diciendo una acción tan rara, que de lo que errare hoy, sabré enmendarme mañana. Llevadle. LISÍAS: Señor, advierte que de un extremo a otro pasas. SEMÍRAMIS: ¿Cómo he de obrar si a ti el premio ni el castigo no te agrada? LISÍAS: Con el medio. SEMÍRAMIS: Nunca fue capaz de medio esta instancia. 0 obró mal o bien; si obró bien ¿por qué el premio embarazas? Y si mal, ¿por qué el castigo? Y, en fin, atiende y repara que las públicas acciones del vulgo debe premiarlas o castigarlas el Rey; que en sólo ellas no hay templanza. LISÍAS: No conozco tus discursos. SEMÍRAMIS: Neciamente los extrañas; que ya no soy el que fuí; que el reinar da nueva alma. Y así, si piensas que soy quien piensas, Lisías, te engañas; porque ya no soy quien piensas, sino otra deidad más alta. LISÍAS: En todo te desconozco. FRISO: Bien claro ha dicho la causa. CHATO: (Muy bien despachado va; Aparte no le arriendo la ganancia. A mi libranza me atengo, merecida por mis canas.) Y mis canas a barrer me da, gran señor, tus plantas, puesto que barre y no besa quien tiene escoba por barba. SEMÍRAMIS: Chato, pues ¿cómo has dejado de ser de Lidoro guarda? CHATO: ¡Bueno es eso! Si tú mismo de la cadena le sacas, ¿cómo por él me preguntas? SEMÍRAMIS: Dices bien, no me acordaba. (En todo cuanto dejé Aparte yo dispuesto, hallo mudanza.) ¿Qué quieres? CHATO: Que me confirmes y firmes esta libranza. SEMÍRAMIS: ¿Qué libranza es ésta? CHATO: ¿Todo se te olvida? SEMÍRAMIS: ¿Qué te espanta? Tengo mucho que cuidar. CHATO: Pues yo te traeré mañana un poco de anacardina. Y ahora, ésta es la que mandas que cien escudos de renta se me sitúen, a causa del tiempo que como un perro a la reina serví en tantas fortunas; pues la serví siendo monstruo en las montañas, siendo dama en Ascalón, siendo en las selvas villana, siendo en palacio señora, y reina en Nínive. ¡Ah, cuánta mala condición sufrí en todas estas andanzas! SEMÍRAMIS: ¿No es mala? CHATO: Mucho. SEMÍRAMIS: Ya sé que esto te ofrecí. CHATO: A Dios gracias. SEMÍRAMIS: Pero de aquesta manera la firmo. CHATO: ¿Por qué la rasgas? SEMÍRAMIS: Por que estas mercedes son de los soldados que hayan servido en la guerra, no de los juglares que andan en los palacios medrando, hecho caudal la ignorancia. Toma.
Dale con los papeles
CHATO: ¿Así, cielos, se ofende a la nieve de estas canas? Para ver estos oprobios, caduca vejez cansada, ¿duraste tanto? Llorad, ojos, regando las blancas hebras que de lienzo sirven en los ojos, de mortaja en el pecho. ¡Oh rey lampiño! Como no entiendes de barbas, no las honras. A mis días no llegarás. SEMÍRAMIS: Calla, calla, villano, y esa malicia no se irá sin castigarla. Llevadle de aquí, y atadle a él, como Lidoro estaba. CHATO: Oigan. Pues ¿qué más hiciera Semíramis, si reinara? ¿Por qué me han de atar? SEMÍRAMIS: Por loco. CHATO: Pues si tú mismo me mandas que le suelte... SEMÍRAMIS: No hice tal. CHATO: Testigos hay en la sala de que miente vuestra alteza, aunque no me dé libranza.
Llévanle los soldados
LISÍAS: Todo eres rigores hoy. SEMÍRAMIS: No te admires, que aún te falta mucho que ver. Friso, ¿cómo en llegar a hablarme tardas? FRISO: Como ocupado, señor, en los despachos estabas. SEMÍRAMIS: Para ti, ¿qué ocupación puede haber? FRISO: ¿Cómo te hallas?
SEMÍRAMIS y FRISO hablan aparte
SEMÍRAMIS: Muy bien: que en efeto estoy servida y idolatrada de los mismos que quisieron verse sin mí. Sólo falta a mis grandezas el gusto de hacerte merced. FRISO: Tus plantas beso mil veces. SEMÍRAMIS: ¿Qué quieres? Pide. FRISO: Si de ti llegara a merecer una dicha, ella sola fuera paga de mis deseos. SEMÍRAMIS: ¿Qué es? Dilo. ¿De qué te acobardas? FRISO: Astrea, hija de Lísias, es la deidad que idolatra mi pecho. SEMÍRAMIS: Ya te he entendido, y presto verás con cuántas veras trato con Lisías que el desposorio se haga, y a ella misma la diré que es mi gusto. FRISO: Edades largas vivas.
LICAS y LISÍAS hablan aparte
LICAS: De aquestos secretos nacen mis desconfïanzas. LISÍAS: Y las mías; que no sé qué áspid entre los dos anda. SEMÍRAMIS: ¿Hablaba Licas contigo? FRISO: Sí, señora. SEMÍRAMIS: ¿De qué hablabais? FRISO: De temores y recelos, que el ver tu ceño le causa. SEMÍRAMIS: Hace muy bien en temer; que ninguno mi venganza primero examinará, supuesto que su ignorancia jamás entenderme supo. (¡Oh injusta, oh vana, oh tirana Aparte oh tirana pasión! Todavía estás en lo secreto del alma; pero yo te venceré con silencio.) LICAS: (Entre sí habla, Aparte mirándome, el rey.) SEMÍRAMIS: (Memoria, Aparte nada me acuerdes.) LICAS: (¡Mal haya Aparte quien quiere vivir atento al semblante de otra cara, veleta del corazón, sujeta a cualquier mudanza!) FRISO: ¿Diviértente otros empeños? SEMÍRAMIS: (De cuanto hoy he visto, nada Aparte mayor cuidado me ha dado que ver que Lidoro salga de su prisión. ¿Cómo, cielos, en esto hablaré, sin que haga novedad para informarme? Mas ¿qué me turba ni espanta? Las generales preguntas ni se advierten ni reparan.) Lisías, ¿qué hay de Lidoro? LISÍAS: Que como tú, señor, mandas, está en palacio, debajo del homenaje y palabra que te dio. SEMÍRAMIS: Ya yo sé eso; lo que pregunto es ¿qué trata? LISÍAS: Ha sabido cómo Irán, su hijo, a Babilonia marcha a ponerle en libertad, y al fin para hablarte aguarda la audiencia que le ofreciste. SEMÍRAMIS: Pues al instante le llama; que quiero saber qué intenta. LISÍAS: Sí haré, mas antes que vaya, una advertencia, señor, quisiera que me escucharas; que esta licencia me dan hoy mi edad y tu crïanza. SEMÍRAMIS: Di. LICAS: (¡Que no hable el rey conmigo Aparte ni una tan sola palabra!) LISÍAS: Señor, Lidoro está preso, y en Babilonia que haya es fuerza algún confidente que avisos le lleve y traiga. No sienta flaqueza en ti, sino con valor le habla, para que entre temoroso el ejército que aguarda. SEMÍRAMIS: Yo te agradezco el aviso, y verás, Lísias, con cuánta diferencia le hablo. Ve por él. LISÍAS: Aquí fuera estaba.
Vase LISÍAS
SEMÍRAMIS: ¿Hay cosa como decirme de Lisías la ignorancia a mí que muestre valor, Friso? FRISO: Ignora con quién habla. LICAS: (Pues por más que el Rey esté Aparte conmigo airado, la extraña aprensión de su temor hará que las paces haga, pues necesita de mí en esta guerra que aguarda.)
Salen LISÍAS y LIDORO
LIDORO: Dame, gran señor, tu mano. SEMÍRAMIS: Alza del suelo, levanta. LIDORO: Ayer, señor, me dijiste que te dijese la causa que me obligó a hacer la guerra; y aunque ésta sola bastaba para venir hoy a hablarte, otra novedad extraña, que ahora he sabido, me trae con más afecto a tus plantas. Que por tu padre y por ti aquella acción intentaba contra Semíramis, dije, y fue porque su tirana condición a un mismo tiempo a ti y tu padre quitaba el imperio. SEMÍRAMIS: Espera, espera. No digas más, calla, calla; que ya sé lo que me quieres decir, y es mucha arrogancia, muy sobrado atrevimiento el decirme cara a cara indignas malicias que el vulgo a su honor levanta. Semíramis es mi reina, mi señora y madre, y cuantas sospechas de ella se fingen, lo mismo a mí que a ella agravian; porque soy tan hijo yo de su deidad soberana, que somos los dos un mismo compuesto de cuerpo y alma. Tu ambición te hizo buscar proposiciones tan falsas. ¡Loco, bárbaro, atrevido, ahora sí que te trataba dignamente como a bruto, y aun era poca venganza! LIDORO: Señor, yo, si tú... SEMÍRAMIS: No más. A esotro discurso pasa, y éste a perpetuo silencio se condene. Di, y repara... LIDORO: ¿Qué? SEMÍRAMIS: ...que habla mal de mí quien mal de Semíramis habla. Di. LIDORO: Deja que cobre aliento; que airado, señor, espantas, más que aficionas afable. LISÍAS: (Bien el fingimiento entabla Aparte del valor que le advertí.)
FRISO habla aparte a LICAS
FRISO: ¡Qué prudencia! LICAS: ¡Y qué mudanza! LIDORO: Yo he sabido que mi hijo hacia Babilonia marcha. Si me das, señor, licencia de que al camino le salga, sus ejércitos haré que no toquen en la playa de Siria; que de volver a tu prisión la palabra doy, porque sólo pretendo pagarte la confïanza que has hecho de mi valor. SEMÍRAMIS: Con eso otra vez me agravias. ¡Bueno fuera que dijera, después, de Ninias la fama que se valió de tus medios para que no le llegara un rapaz a poner sito, o presentar la batalla! No sólo quiero valerme de conveniencias y trazas, pero porque no se diga que esta libertad que alcanzas es, por temor, complacerte, a otra prisión más extraña te he de reducir; y luego en esas almenas altas he de poner tu cabeza, porque vea la arrogancia de tu gente que la irrito y no respeto. Y el alba mañana apenas saldrá por troneras de oro y nácar, cuando en busca suya marche yo, y cuando tu hijo traiga animados los peñascos de Lidia, y en las campañas errantes ciudades sean sus tropas y sus escuadras, verás asustarse todos a un crujido de mis armas. LISÍAS: (¡Qué bien fingido valor!) Aparte LICAS: (¡Cielos! ¿Quién en Ninias habla?) Aparte FRISO: (¡Qué confusos están todos!) Aparte LIDORO: (¿Cobarde a este joven llaman? Aparte Temblando de verle estoy.) SEMÍRAMIS: ¿Lisías? LISÍAS: Señor, ¿qué mandas? SEMÍRAMIS: Que a Lidoro llevéis preso a la más escura estancia de esa torre de palacio. LIDORO: Mira, señor, cuánto agravias tu valor, pues no hay acción tan indigna, torpe y baja como dar para quitar. Libertad me diste. SEMÍRAMIS: En causas que sobrevienen de nuevo no hay contrato. LIDORO: Pues repara que si tú prisión me pones, del homenaje y palabra libre estoy, pues ya no estoy preso sobre confïanza. SEMÍRAMIS: Es verdad, pero ¿qué importa si te aseguran las guardas?
Llévanle a LIDORO
LISÍAS: Dame mil veces los brazos, que con la vida y el alma te agradezco los esfuerzos con que aquí a Lidoro hablas. SEMÍRAMIS: ¿He disimulado bien el temor que me acompaña? LISÍAS: Así no fuera fingido. SEMÍRAMIS: No te afliga esa ignorancia; que tan verdadero es como lo dirán mañana los militares estruendos de trompetas y de cajas. Ve tú a ver de su prisión la torre, y a asegurarla;
Vase LISÍAS
y tú, Friso, a enarbolar a las puertas del alcázar mi real estandarte, como general ya de mis armas. FRISO: Tu mano beso mil veces; ¿mas mi hermano? SEMÍRAMIS: ¿Qué reparas, si por complacerle a él, soy yo, Friso, a quien agravias? FRISO: Yo acepto el cargo; mas es mientras tus enojos pasan. SEMÍRAMIS: Pues ve a publicar el bando al punto.
FRISO habla aparte a LICAS
FRISO: No sientas nada estar de pérdida, Licas, pues estoy yo de ganancia.
Vase FRISO
LICAS: Hasta aquí, señor, callé, sin saber por qué me tratan tan severos tus rigores; mas oyendo lo que mandas, puesta la boca en tu mano, puesto el bastón a tus plantas, acosado el sufrimiento, es fuerza que al labio salga. ¿En qué, señor, te ofendí? El laurel de tu corona, ¿debe a ninguna persona más tu majestad que a mí? ¿El primer noble no fuí, señor, que hasta coronarte se declaró de tu parte, ayudando la razón? Luego, en tu coronación, ¿no levanté el estandarte? ¿Yo tu nombre no aclamé, no siguiendo ni ayudando de Semíramis el bando, cuya lealtad quizá fue retiro suyo, al ver que yo su parte no seguía? ¿No me honraste? Pues un día ¿qué desengaños te da? SEMÍRAMIS: De esos servicios quizá nace la indignación mía. LICAS: Enigmas son cuanto habláis. SEMÍRAMIS: Pues no discurráis en ellas, que es tarde para entendellas; sino idos; que me dais enojo cuanto aquí estáis. LICAS: Ya yo os obedezco; y pues tanta mi desdicha es, que os enoja mi presencia, en albricias de mi ausencia, me dejad besar los pies. De soldado os serviré en la guerra que esperáis sin que mi rostro veáis; y si vivo --que sí haré, que soy infeliz--, me iré donde no os dé más recelos. Sólo os suplicaré...(¡Cielos!, Aparte apure mi confusión si aquestas enigmas son por tener de Libia celos), ...que ya que me enviáis quejoso, me enviéis siquiera honrado. Quédese lo desdichado con algo de lo dichoso. Libia ha sido el dueño hermoso que he idolatrado rendido; Libia el rayo que ha podido, arpón de fuego, abrasarme; y así, para desposarme con ella, licencia os pido. SEMÍRAMIS: (¡Quién vio más nuevo rigor! Aparte ¿Qué es esto que escucho, cielos? No avives, cierzo de celos, cenizas de un muerto amor.) LICAS: (Sentido lo ha; mi temor. Aparte no fue en vano.) SEMÍRAMIS: (Ira crüel. ¿Tengo de ver que fïel a otra ame el que mereció un afecto mío, aunque no mereciese saber de él?) LICAS: Sólo este alivio prevengo el influjo de mi estrella. SEMÍRAMIS: (Equivocaré con ella los celos hoy que de él tengo, pues de esta manera vengo mis sentimientos.) LICAS: Señor, ¿qué me respondes? SEMÍRAMIS: Que error es que ese premio esperéis; que soy yo a quien ofendéis en tener a Libia amor. Decir que era vuestra culpa, Licas, no haberme entendido, amor fue, y celos han sido después de oída la disculpa; y pues uno y otro os culpa,, no tratéis de darme enojos, si no queréis ser despojos de mis iras, mis recelos; que hijo soy de quien, por celos, le sacó a Menón los ojos. LICAS: (¿Qué es esto, piadosos celos? No en vano, ¡ay de mí!, no en vano discurrí, al oir que no eran de Semíramis engaños los que con el rey pudieron facilitar mis agravios, que celos de Libia eran. Mas era argumento claro, que, pues son envidia, fuesen de la Fortuna contrarios.
Vase. Sale FRISO, y quédase al paño, a tiempo que salen por otra parte ASTREA y LIBIA
FRISO: Ya que el bando publiqué, vuelvo: pero Amor, oygamos, pues la reyna con Astrea habla, hasta donde mis hados llegan. SEMÍRAMIS: Friso me ha pedido, bella Astrea, que tu mano le conceda, premio digno con que sus meritos pago. ASTREA: ¿Cómo tan presto te olvidas, gran señor, de que te he dado mi voluntad, alma, y vida? Pero de nada me espanto, que no hay cosa mas mudable que amor con el nuevo estado. SEMÍRAMIS: (Sin duda, el Principe á Astrea, Aparte como juntos se crïaron, la festeja.) Ya advertido estoy de cuan resignado tu pecho está á mi obediencia: y así, con razon aguardo, que en esto me darás gusto. ASTREA: Otra vez, señor, extraño este precepto; y así, no porque te aya mudado de la corona el ascenso, de la majestad el fausto, quieras que viva muriendo, que es preciso, si me caso con Friso, un hombre á quien yo siempre he aborrecido tanto. SEMÍRAMIS: Sabiendo que éste es mi gusto, como podrás escusarlo? Mas, ¿qué es esto?
Tocan cajas. Sale LISÍAS
LISÍAS: Ya, señor, se descubren de los altos homenajes de esas torres los ejércitos formados de Lidia, que numerosos vienen compitiendo a rayos con las estrellas del cielo y con las flores del campo.
Abrázale
SEMÍRAMIS: Toma, en albricias, Lisías, por el gusto que me has dado con esa nueva, que está el corazón anhelando, hidrópico de victorias. A recebirlos salgamos; y si Semíramis hizo paréntesis el tocado de una victoria, hoy lo sea la plática que tratando estamos. Astrea y Libia, en vendiendo vuelvo a hablaros. Toca el arma, gima el bronce, suene el parche, los peñascos se estremezcan, el sol tiemble luz a luz y rayo a rayo.
Vase SEMÍRAMIS
LISÍAS: ¿Qué nuevo espíritu ha sido del que Ninias se ha informado?
Vase LISÍAS, quedan ASTREA y LIBIA, y por distintos lados salen FRISO y LICAS
LICAS: En decir que el Rey te quiere, A LIBIA di agora que yo te engaño. FRISO: Cuanto has respondido al rey A ASTREA escuché, dueño tirano. LIBIA: Pues, señor, mi bien, mi dueño, ¿qué culpa tienen mis hados? ASTREA: Yo lo estimo. Así, otra vez me escusas de confesarlo. LICAS: ¿Luego con esta disculpa bien de tus ojos me aparto? FRISO: Tú verás la estimación que hago de ese desengaño. LIBIA: Yo sabré morir sintiendo. LICAS: Vivir sabré yo olvidando. FRISO: Yo aborreciendo vivir. ASTREA: Y yo padecer amando. FRISO: ¿Licas? LICAS: ¿Friso? FRISO: ¿Amor es esto? A matar muriendo vamos. ASTREA: ¿Libia? LIBIA: ¿Astrea? ASTREA: ¿Esto es amor? Vamos a morir llorando.
Vanse todos. Tocan a marchar, y salen toda la gente que pudiere; después IRÁN, niño, con bastón de general, y ANTEO, viejo, con bastón
IRÁN: Babilonia, república eminente, que al orbe empinas de zafir la frente, siendo iónica y dórica coluna del cóncavo palacio de la luna, adonde colocados tus pensiles, al cielo se han llevado los abriles, y con sus flores bellas a rayos equivocan las estrellas, que venga a ser tu invicto rey no dudo; y así, haciéndote salva, te saludo como ya corte mía. ¡Salve, pues, oh confusa monarquía, herencia justa de mi muerta madre, y injusta cárcel de mi vivo padre! Que hoy, prevenido a bélicos combates, sobre el rápido curso del Eufrates, libertad le he de dar, y desengaños de que hay mucho valor en pocos años. ANTEO: Señor, esa admirable ciudad que ves, de gente innumerable capaz ha sido, o ya propria o ya extraña, y si dejas cubrirse la campaña de la gran hueste suya, es fuerza que tu ejército destruya. Si por asalto quieres intentarla, es razón que consideres cuánto estarán seguros en la grande eminencia de sus muros; y así, el mejor acuerdo, el mejor medio, sitiándola, es tomarla por asedio. Pues una vez cercados, el número de gentes y soldados más presto facilita sus castigos, pues ellos mismos son sus enemigos, cuando con tales modos, sin pelear ninguno, comen todos. IRÁN: En todo, ilustre Anteo, tu voto he de seguir. Pero ¿qué veo? ANTEO: Un hombre, desde aquella torre, por una claraboya de ella, escala haciendo, a lo que ya sospecho, las fáciles alhajas de su lecho, al campo se descuelga. IRÁN: El lino ya, que de la reja cuelga, al hombre va faltando, y se viene a la tierra despeñando. ANTEO: ¡Precipitado anhelo de desesperación! LIDORO: ¡Válgame el Cielo! ANTEO: Ya puesto en pie camina, haciendo desperdicio de la ruina. IRÁN: Hacia nosotros viene.
Sale LIDORO cayendo
ANTEO: Sin duda que rendido nos previene avisos, a pesar de alguna envidia. LIDORO: Decidme, moradores de la Lidia, ¿dónde, entre tropas tantas, vuestro príncipe está? IRÁN: Puesto a tus plantas, señor y padre mío, sin alma, sin acción, sin albedrío, porque absorto, confuso y elevado el verte de esta suerte me ha dejado. LIDORO: Una y mil veces sea felice, hijo, el día que te vea la Fortuna en mis brazos, lazos de amor. IRÁN: Di nudos, y no lazos, pues que la muerte, al verlos, no podrá desatarlos sin romperlos. ANTEO: A todos da tu mano. LIDORO: ¡Oh noble Anteo! ¡Oh amigos! IRÁN: ¿Es posible que te veo? LIDORO: En esta torre estaba preso. La gente vi que se acercaba al muro, y lima sorda de la reja fue, no sé si mi mano o si mi queja. Por ella me he arrojado, del homenaje ya desobligado, sólo para avisarte que, pues eres Adonis, no seas Marte. Libre estoy, que es el fin que has pretendido; no el ejército marche, que has traído, un paso más; que aunque ahora Ninias reina, temo que su prisión rompa la reina a esta ocasión, y es su belleza una deidad, que tiene imperio en la Fortuna.
Dale el bastón
IRÁN: Habiendo tú llegado, tú eres el general, yo tu soldado. Da la órdenes tú; que yo, al saberlas, sólo trataré ya de obedecerlas. LIDORO: Pues marche en buen concierto la vaga población de este desierto la vuelta de aquel muelle que allí cierra el paso con el río.
Dentro tocan cajas, y se da voces
VOCES: ¡Guerra, guerra! ANTEO Ya no es posible, porque ya ha salido de la ciudad la gente. LIDORO: Prevenido mi ejército le espere; mas no la embista, si embestir no quiere el suyo, pues que de la ofensiva guerra la acción se trueca en defensiva, al amparo esperando de esa sierra. UNOS: ¡Viva Ninias! Dentro OTROS: ¡Lidoro viva! Dentro TODOS: ¡Guerra!
Suenan cajas y clarines. Salen SEMÍRAMIS, LISÍAS, FRISO, LICAS y algunos SOLDADOS
SEMÍRAMIS: Príncipe joven, que a enterrarte vienes donde el sepulcro de tu padre tienes, ¿cómo, si darle intentas la libertad, sin dársela te ausentas? IRÁN: Como ya se la he dado, que para eso bastó el haber llegado; y como he conseguido el fin, ya que a tu patria me ha traído, volverme pretendía, porque desprecio del vencerte hacía. SEMÍRAMIS: ¿Cómo, si en esa torre en infelices prisiones yace, osadamente dices que libertad le has dado? Es barbarismo. IRÁN: ¿Quieres ver cómo? SEMÍRAMIS: Sí. IRÁN: Dígalo él mismo. LIDORO: Libre estoy, porque habiendo faltado el homenaje, bien entiendo que pudieron gloriosos mis blasones quebrantar de la torre las prisiones. SEMÍRAMIS: Yo me alegro de verte libre, para prenderte segunda vez, y para que mi brío tenga más que vencer, que, en fin, es mío. IRÁN: Pues si esto te provoca, embiste. SEMÍRAMIS: Toca al arma. LIDORO: Al arma toca. LICAS: Hoy verás el valor que desconfías. FRISO: Hoy verás el valor de quien te fías. SEMÍRAMIS: Yo haré que el tiempo esta vitoria escriba. VOCES: ¡Guerra! Dentro
éntranse todos, sacando la espada
UNOS: ¡Viva Lidoro! OTROS: ¡Nínias viva!
Dase la batalla con mucho estruendo, y sale CHATO
CHATO: A perro viejo no hay tus tus, dice allá un proverbio, y yo acá también lo digo, puesto que soy perro viejo. Sin ser pescador, apenas vi que andaba el río revuelto, cuando dije, "La ganancia es mía." ¿Qué hago? Tomo y vengo y rompo aquesta cadena, y de madre y hijo huyendo, que es tan malo uno como otro, pasarme a otra tierra quiero.
Suenan cajas
Trabada está la batalla, y en tanto que los encuentros se barajan, quiero yo echar a esta suerte el resto. Escondido entre estas peñas he de esperar el suceso. ¡Cuerpo de Apolo conmigo, y cuál anda allí el estruendo! Y aun aquí; que derramados los dos ejércitos veo no dejar parte ninguna que no ocupen. Pues no tengo dónde esconderme, la santa mortecina hacer intento; tiéndome de largo a largo. SEMÍRAMIS: ¡Ay de mí! Dentro CHATO: Ya no me tiendo, porque por aqueste monte bajar despeñado veo un hombre, y no es bien quitarle que él haga el papel del muerto. Cada uno a lo que toca acuda.
Sale SEMÍRAMIS, sangriento el rostro, y con flechas en el cuerpo, como cayendo
SEMÍRAMIS ¡Valedme, cielos! CHATO: Y así, acuda yo a esconderme, y él a morirse. SEMÍRAMIS: ¡Ah! ¡Qué presto has acabado, Fortuna, con mi vida y con mis hechos! CHATO: (La voz quiero conocer, Aparte aunque es verdad que no quiero. SEMÍRAMIS: En fin, Dïana, has podido más que la deidad de Venus, pues sólo me diste vida hasta cumplir los severos hados que me amenazaron con prodigios, con portentos, a ser tirana, crüel, homicida, y de soberbio espíritu, hasta morir despeñada de alto puesto. CHATO: (Tanto miedo tengo que aun Aparte para huir valor no tengo.
Tocan cajas y dicen dentro
TODOS: ¡Viva Lidia! LIDORO: La vitoria seguid, que hoy es el día nuestro. SEMÍRAMIS: ¿Qué es vivir? Aunque no es mucho que ella viva, si yo muero. Mas lo poco que me queda de vida, lograrlo pienso; que a costa de muchas muertes morir bien vengada intento. CHATO: (No tropiece con la mía.) Aparte
Suena la cadena de CHATO
SEMÍRAMIS: ¿Qué triste, ronco y funesto son de prisiones se mezcla con los marciales estruendos? CHATO: (Es la cadena de un galgo, Aparte que anda por aquesos cerros a caza de liebres, y es el galgo y la liebre a un tiempo. SEMÍRAMIS: ¿Qué quieres, Menón, de mí, de sangre el rostro cubierto? ¿Qué quieres, Nino, el semblante tan pálido y macilento? ¿Qué quieres, Ninias, que vienes a afligirme triste y preso? CHATO: Sin duda que ve fantasmas éste que se está muriendo. SEMÍRAMIS: Yo no te saqué los ojos. Yo no te di aquel veneno. Y si el reino te quité, ya te restituyo el reino. Dejadme, no me aflijáis. Vengados estáis, pues muero, pedazos del corazón arrancándome del pecho. Hija fui del aire, ya en él hoy me desvanezco.
Muere SEMÍRAMIS
VOCES: ¡Viva Lidoro! Dentro LIDORO: El alcance Dentro seguid, pues que van huyendo.
Salen FRISO, LICAS, LISÍAS, y SOLDADOS
LICAS: Hoy es para Babilonia infausto el día. FRISO: Los cielos conjurados se declaran contra nosotros, LISÍAS: No menos que juzgamos es la ruina, si en aquel pavés advierto. LICAS: ¡Qué desdicha! LISÍAS: ¡Qué tragedia! FRISO: Mayor es la que vemos, que este cadáver... (Mas ¡ay Aparte infeliz! No el sentimiento me haga decir que yo supe antes de ahora este secreto, pues sólo puede salvarme el sagrado del silencio.) LISÍAS: ¡Ay joven rey, cuánto fue trágico tu nacimiento!
Tocan y dice dentro LIDORO
LIDORO: Pues en la ciudad se entran, no paréis hasta entrar dentro. LICAS: Tan gran desdicha, Lisías, no tiene ya otro remedio sino que en el mauseolo a Ninias depositemos, y de su oculto retiro a Semíramis saquemos, pues sólo puede salvar, o su fortuna o su esfuerzo, nuestra patria de estas iras. LISÍAS: En los hombros le llevemos.
Llevan LICAS y LISÍAS en los brazos a SEMÍRAMIS
FRISO: Llevadle los dos, que yo ánimo y valor no tengo; pues aunque le pierden todos, soy yo sólo el que le pierdo.
Vase FRISO y salen ASTREA y LIBIA
ASTREA: Huyendo la gente vuelve a la ciudad. LIBIA: En no siendo Semíramis quien la anima, siempre esperé mal suceso.
Sale CHATO
CHATO: Tal es lo que pasa allá, que aquí a la prisión me vuelvo. ASTREA: Chato, ¿qué es esto? CHATO: ¿Queréis que lo diga todo, y presto? Pues es que todos, señoras, han lo que yo hiciera hecho. ASTREA: ¿Qué es? CHATO: Huir, y que en el campo queda... LIBIA: Dilo. CHATO: ...Ninias muerto. ASTREA: ¡Ay infelice de mí! Máteme mi sentimiento.
Dentro voces
UNOS: Grande Semíramis bella. OTROS: Sal de aquese oculto encierro a dar la vida a tu patria. OTROS: Felice reina, tus hechos nos rescaten de tan graves ruinas como padecemos.
Salen LISÍAS, LICAS, FRISO y SOLDADOS
LISÍAS: Entrad, y romped las puertas de su cuarto. LICAS: Vuelva el cetro a las manos de quien tuvo en ellas todo el imperio de la Fortuna. FRISO: (¡Ay de mí! Aparte Que ella ha sido la que ha muerto.) LISÍAS: Abrid la puerta.
Abren una puerta como a golpes y sale NINIAS
NINIAS: Tiranos, ¿no basta tenerme preso, sino también venir hoy a darme muerte? TODOS: ¿Qué es esto? NINIAS: Vuestro rey soy. Pues ¿por qué me quitáis la vida? ¿El reino no basta? ASTREA: ¡Cielos! ¿Qué oigo? Rendida tus plantas beso. LISÍAS: Vasallos, bien claro está de entender tan gran suceso, y que fue, pues Ninias vive, Semíramis la que ha muerto. LICAS: Su soberbia hizo, sin duda, la traición de aqueste trueco. LIDORO: (De Semíramis es éste Dentro el gran palacio. Entrad dentro, que en ella agora me falta de vengar aquel desprecio.
Salen LIDORO, IRÁN, ANTEO y los SOLDADOS
LISÍAS: No podrás en ella ya, poderoso Rey, supuesto que ella murió y Ninias vive. LIDORO: Pues sí vive a quien yo debo la libertad que me dio, y no fue quien me dio luego el la segunda prisión, vean que aquel favor le agradezco, y esta vitoria no sigo, pues que las armas suspendo. IRÁN: Yo también le reconozco los favores que te ha hecho. NINIAS: Yo, agradecido a los dos, pago a Astrea lo que debo, y perdono a quien estuvo culpado en tenerme preso, porque de la hija del aire la historia acabe con esto.

FIN DE LA COMEDIA


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