EDAD MEDIA. JACQUES LE GOFF.

EDAD MEDIA
JACQUES LE GOFF

Parte I
DEL MUNDO ANTIGUO A LA CRISTIANDAD MEDIEVALCapítulo 1
El establecimiento de los bárbaros
(Siglos V-VII)
El Occidente medieval nació de las ruinas del mundo romano. En ellas
encontró un apoyo y un obstáculo a la vez. Roma fue su alimento y su
parálisis. La historia romana, establecida por Rómulo bajo el signo
del aislamiento, no es más que la historia de una grandiosa clausura,
incluso en sus mayores éxitos. La ciudad reúne en torno a ella un
espacio dilatado por las conquistas hasta un perímetro óptimo de
defensa que ella misma se propone en el siglo I encerrar tras los
limes (limites), verdadera muralla china del mundo occidental. Dentro
de esa muralla Roma explota sin crear: ninguna innovación técnica
desde la época helenística, una economía nutrida por el pillaje donde
las guerras victoriosas proporcionan la mano de obra servil y los
metales preciosos arrancados de los bienes atesorados de Oriente.
Sobresale, eso sí, en las artes conservadoras: la guerra, siempre
defensiva pese a las apariencias de la conquista; el derecho, que se
construye sobre el andamiaje de los precedentes y previene contra
las innovaciones; el sentido del Estado que garantiza la estabilidad de
las instituciones; la arquitectura, arte por excelencia del habitat. Esta
obra maestra de permanencia, de integraciones, que fue la civiliza-
ción romana se vio atacada en la segunda mitad del siglo II por la
erosión de fuerzas de destrucción y de renovación.22
DEL MUNDO ANTIGUO A LA CRISTIANDAD MEDIEVAL
La gran crisis del siglo III socava el edificio. La unidad del mundo
romano se esfuma: el corazón, Roma e Italia, se anquilosa, ya no
riega los miembros que intentan vivir su propia vida: las provincias
se emancipan y después se convierten en conquistadoras. Españoles,
galos y orientales invaden el senado. Los emperadores Trajano y
Adriano son españoles y Antonino, de ascendencia gala; bajo la
dinastía de los Severos, los emperadores son africanos y las
emperatrices sirias. El edicto de Caracalla concede en el 212 el
derecho de ciudadanía romana a todos los habitantes del Imperio.
Tanto este ascenso provincial como el éxito de la romanización
muestran el ascenso de fuerzas centrífugas. El Occidente medieval
será el heredero de esta lucha: ¿unidad o diversidad?, ¿cristiandad o
naciones?
La fundación de Constantinopla, la nueva Roma, por Constantino
(324-330) materializa la inclinación del mundo romano hacia
Oriente. Este desacuerdo dejará su impronta en el mundo medieval:
en adelante, los esfuerzos de unión entre Occidente y Oriente no
podrán resistir una evolución divergente. El cisma se halla
enquistado en las realidades del siglo IV. Bizancio será la continuación
de Roma y, bajo las apariencias de la prosperidad y del prestigio,
continuará tras sus murallas la agonía romana hasta 1453.
Occidente, empobrecido, en manos de los «bárbaros», deberá
rehacer las etapas de un florecimiento que le abrirá, a finales de la
Edad Media, los caminos del mundo entero.
La fortaleza romana de donde partían las legiones a la captura de
prisioneros y de botín se halla ahora asediada y muy pronto
asaltada. La última gran guerra victoriosa data de los tiempos de
Trajano, y el oro de los dacios después del 107 es el último gran
alimento de la prosperidad romana. Al agotamiento exterior se añade
el estancamiento interno y, sobre todo, la crisis demográfica que hace
más aguda la penuria de la mano de obra servil. En el siglo II Marco
Aurelio contiene el asalto bárbaro sobre el Danubio donde muere
en el 180, y el siglo III es testigo de un asalto general a las fronteras
de los limes que se calma no tanto por los éxitos militares de los
emperadores ilirios a finales del siglo y de sus sucesores, como por el
apaciguamiento que supuso la aceptación como federados, aliados,
de los bárbaros, admitidos en el ejército o en los límites interiores
del Imperio: primeros esbozos de una fusión que caracterizará a la
Edad Media.
Los emperadores creen poder conjurar el destino abandonando
los dioses tutelares, que han fracasado, por el Dios nuevo de los
cristianos. La renovación constantiniana da la impresión de ratificar
todas las esperanzas: bajo la égida de Cristo parece que la
prosperidad y la paz quieren reaparecer. Pero sólo se trata de un corto
respiro. El cristianismo es un falso aliado de Roma.EL ESTABLECIMIENTO DE LOS BÁRBAROS
23
Las estructuras romanas no son para la Iglesia más que un marco
donde tomar forma, una base donde apoyarse, un instrumento para
afianzarse. El cristianismo, religión con vocación universal, duda
antes de encerrarse en los límites de una civilización determinada.
Sin lugar a dudas, él será el principal agente de la transmisión de la
cultura romana al Occidente medieval. Pero junto a esta religión
cerrada la Edad Media occidental descubrirá también una religión
abierta y el diálogo de esos dos rostros del cristianismo dominará
esta edad intermedia.
Economía cerrada o economía abierta, mundo rural o mundo
urbano, fortaleza única o mansiones diversas: el Occidente medieval
empleará diez siglos en resolver estas alternativas.
Si se puede detectar en la crisis del mundo romano del siglo III
el comienzo de la conmoción de la que nacerá el Occidente medieval,
es perfectamente válido considerar las invasiones bárbaras del siglo V
como el acontecimiento que desencadena las transformaciones, les
da un cariz catastrófico y modifica profundamente su aspecto.
Las invasiones germánicas en el siglo V no son una novedad para
el mundo romano. Sin remontarse a los cimbros y a los teutones
vencidos por Mario a comienzos del siglo II antes de Cristo, hay que
tener en cuenta que desde el reinado de Marco Aurelio (161-180) la
amenaza germánica se cierne permanentemente sobre el Imperio.
Las invasiones bárbaras son uno de los elementos esenciales de la
crisis del siglo III. Los emperadores galos e ilirios de finales del siglo
III alejaron durante un tiempo el peligro. Pero —para ceñirnos a la
parte occidental del Imperio— la gran incursión de los alamanes, de
los francos y de otros pueblos germánicos que el año 276 devastan
la Galia, España e Italia del norte, presagia la gran avalancha del
siglo V. Deja las llagas sin cicatrizar —campos devastados, ciudades
en ruina—, acelera la evolución económica —-decadencia de la
agricultura, repliegue urbano—, la regresión demográfica y las
transformaciones sociales: los labriegos se ven obligados a buscar el
amparo cada vez más pesado de los grandes propietarios que se
convierten de este modo en jefes de bandas militares y la situación
del colono se parece cada vez más a la del esclavo. Y a veces la
miseria campesina se transforma en levantamiento: circunceliones
africanos, bagaudas galos y españoles cuya revuelta se hace endémica
en los siglos IV y V.
En Oriente aparecen igualmente bárbaros que seguirán su camino
y que desempeñarán en Occidente un papel capital: los godos. En el
269 el empe-24
DEL MUNDO ANTIGUO A LA CRISTIANDAD MEDIEVAL
rador Claudio II logra detenerlos en Nisch, pero ocupan la Dacia y su
espectacular victoria de Andrinópolis contra el emperador Graciano
el 9 de agosto del 378, si no fue el acontecimiento decisivo descrito
con pánico por tantos historiadores «romanófilos» —«Podríamos
detenernos aquí, escribe Víctor Duruy, porque de Roma no queda
nada: creencias, instituciones, curias, organización militar, artes,
literatura, todo ha desaparecido»—, no deja de ser el trueno que
anuncia la tormenta que terminará por sumergir al Occidente
romano.
Poco importan las causas de las invasiones. La explosión
demográfica, la codicia hacia territorios más ricos invocadas por
Jordanes quizá no hayan tenido lugar más que como consecuencia de
un impulso inicial que bien podría haber sido un cambio de clima,
un enfriamiento que, desde Siberia a Escandinavia, habría reducido
los terrenos de cultivo y de crianza de los pueblos bárbaros y,
empujándose unos a otros, les habría puesto en marcha hacia el sur
y el oeste hasta las Finisterre occidentales: la Bretaña, que se
convertiría en Inglaterra, la Galia, que sería después Francia, España
de la que sólo el sur tomaría el nombre de los vándalos (Andalucía)
e Italia que sólo en el norte conservaría el nombre de sus invasores
tardíos (Lombardía).
Hay ciertos aspectos de esas invasiones que tienen una importancia
especial.
Ante todo, son casi siempre una huida hacia adelante. Los
invasores son fugitivos presionados por algo más fuerte o más cruel
que ellos. Su crueldad es con frecuencia la crueldad de la
desesperación, sobre todo cuando los romanos les niegan el asilo
que ellos piden con frecuencia de forma pacífica.
Es cierto que los autores de los textos siguientes son sobre todo
paganos que, herederos de la cultura grecorromana, manifiestan el
odio hacia el bárbaro que aniquila desde fuera y desde dentro esta
civilización, destruyéndola o envileciéndola. Pero muchos cristianos
para quienes el Imperio romano es la cuna providencial del
cristianismo experimentan la misma repulsa hacia los invasores.
San Ambrosio ve en los bárbaros a enemigos faltos de
humanidad y exhorta a los cristianos a defender con las armas «la
patria contra la invasión bárbara». El obispo Sinesio de Cirene llama
escitas, «símbolo de barbarie», a todos los invasores y les aplica el
verso de la Iliada donde Hornero aconseja «expulsar a esos malditos
perros que trajo el Destino».
Sin embargo hay otros textos en un tono bastante diferente. San
Agustín, incluso deplorando la desgracia de los romanos, se niega a
ver en la caída de Roma por Alarico en el 410 otra cosa que un
hecho doloroso como tantos otros que ha conocido la historia
romana y subraya que, en contra de la mayoría de los generales
romanos vencedores que se hicieron famosos por el sa-EL ESTABLECIMIENTO DE LOS BARBAROS
25
queo de las ciudades conquistadas y el exterminio de sus habitantes,
Alarico aceptó considerar las iglesias cristianas como lugares de
asilo y las respetó. «Todo lo que se ha llegado a cometer en cuestión
de devastaciones, masacres, pillajes, incendios y malos tratos en este
desastre reciente de Roma no es más que la consecuencia de las
costumbres de la guerra. Pero lo que se ha llevado a cabo de una
manera nueva, distinta, ese salvajismo bárbaro que, por un
prodigioso cambio del aspecto de las cosas, ha sucedido de forma
tan dulce hasta el punto de elegir y de designar, para llenarlas de
gente, las más amplias basílicas, donde nadie sería torturado, de
donde nadie se vería arrestado, adonde muchos, para que pudieran
librarse, serían conducidos por enemigos compasivos, de donde
nadie sería conducido a la cautividad, ni siquiera por crueles
enemigos, todo eso hay que atribuirlo al nombre de Cristo, a los
tiempos cristianos...»
Pero el texto más extraordinario procede de un simple monje que
carece de las razones de los obispos aristócratas para defender el
orden social romano. Hacia el 440 Salviano, que se dice «sacerdote de
Marsella» y que es monje en la isla de Lérins, escribe un tratado, Du
gouvernement de Dieu, que es una apología de la Providencia y un
intento de explicación de las grandes, invasiones.
La causa de la catástrofe es interior. Los pecados de los romanos
—incluidos los cristianos— son quienes han destruido el Imperio
que sus vicios han entregado a los bárbaros. «Los romanos eran para
sí mismos peores enemigos que sus enemigos externos, porque
aunque los bárbaros les habían derrotado ya, ellos se destruían más
aún por sí mismos.»
Por lo demás, ¿qué habría que reprochar a esos bárbaros? Ignoran
la religión y si pecan es inconscientemente. Su moral, su cultura son
distintas. ¿Por qué se habría de condenar lo que es diferente?
«El pueblo sajón es cruel, los francos pérfidos, los gépidos
inhumanos, los hunos impúdicos. ¿Pero son sus vicios tan culpables
como los nuestros? ¿Es la impudicia de los hunos tan criminal como
la nuestra? ¿Es la perfidia de los francos tan reprochable como la
nuestra? ¿Es una alamán borracho tan reprensible como un cristiano
borracho? ¿Es un alano rapaz tan condenable como un cristiano
rapaz? ¿Es sorprendente la trapacería en el huno o en el gépido
cuando éstos ignoran que la trapacería es una falta? ¿Es el perjurio
en el franco algo inaudito cuando éste cree que el perjurio es la forma
normal de actuar y no un crimen?»
Pero al margen de sus opiniones personales que se pueden
discutir, Salviano nos da las razones profundas del éxito de los
bárbaros.
Sin
duda
alguna
hay
una
superioridad
militar.Lasuperioridad de la caballería bárbara26
DEL MUNDO ANTIGUO A LA CRISTIANDAD MEDIEVAL
otorga todo su valor a la superioridad del armamento. El arma de las
invasiones es la espada larga, cortante y puntiaguda, arma de corte
cuya terrible eficacia es la fuente real de las exageraciones literarias
de la Edad Media: cascos partidos, cabezas y cuerpos rajados en dos
y a veces incluso el caballo. Ammien Marcellin reseña con horror un
hecho de armas de este género desconocido para los romanos. Pero
en los ejércitos romanos también había bárbaros y, superada la
sorpresa de los primeros choques, el adversario enseguida comparte
esa superioridad militar.
La verdad es que los bárbaros sacaron provecho de la complicidad
activa o pasiva de la masa de la población romana. La estructura
social del Imperio romano, en el que las capas populares se veían
cada vez más aplastadas por una minoría de ricos y de poderosos,
explica el éxito de las invasiones bárbaras. Oigamos a Salviano: «Los
pobres se ven despojados, las viudas gimen, se pisotea a los
huérfanos hasta tal punto que muchos de ellos, incluso gente de
buena cuna que ha recibido una educación superior, se refugia en el
enemigo. Para no sucumbir ante la persecución pública, van a buscar
entre los bárbaros la humanidad de los romanos, porque ya no
pueden soportar entre los romanos la inhumanidad de los bárbaros.
Son distintos de los pueblos entre quienes buscan refugio; no
comparten sus modales, ni su lengua, y me atrevo a decir que ni un
ápice del olor fétido de los cuerpos y de la indumentaria bárbara;
sin embargo prefieren doblegarse a esta ausencia de parecido antes
que sufrir entre los romanos la injusticia y la crueldad. Emigran
pues hacia los godos o los bagaudas, o hacia los demás bárbaros
que dominan por doquier y no tienen nada que reprocharse por este
exilio. Porque prefieren vivir libres bajo la apariencia de esclavos
que vivir esclavos bajo una apariencia de libertad. El nombre de
ciudadano romano, hasta hace bien poco muy estimado, pero
logrado a un alto precio, es hoy en día repudiado y evitado, ya no se
le considera sólo como de escaso valor sino que se abomina de él...
De ahí procede que incluso los que no huyen hacia los bárbaros, se
ven obligados no obstante a convertirse en bárbaros, como les
sucede hoy en día a la mayoría de los españoles, a una notable
cantidad de galos y a todos los que, en toda la amplitud del mundo
romano, la iniquidad romana empuja a dejar de ser romanos.
Hablemos, por ejemplo, de los bagaudas que, desposeídos por
jueces malos y sanguinarios, apaleados, matados, después de haber
perdido el derecho a la libertad romana, han perdido también el
honor del nombre romano. Y nosotros los llamamos rebeldes,
hombres perdidos, cuando somos nosotros quienes les hemos
obligado a convertirse en criminales».
En medio de tantas pruebas, no faltan espíritus clarividentes que
intuyen la solución futura: la fusión entre bárbaros y romanos. El
orador Temistio, a\
EL ESTABLECIMIENTO DE LOS BÁRBAROS
27
finales del siglo IV, predecía: «De momento, las heridas que los godos
nos han infligido continúan aún frescas, pero pronto serán nuestros
compañeros de mesa y de combate y participarán en las funciones
públicas».
Deseos no poco optimistas, porque si, a largo plazo, la realidad
los reunió a la mesa un poco idílica de Temistio fue con la diferencia
notable de que los bárbaros vencedores admiraban a su lado a los
romanos vencidos.
Sin embargo la aculturación entre los dos grupos se vio
favorecida desde el principio por ciertas circunstancias.
Los bárbaros que se instalaron en el siglo V en el Imperio romano
no eran esos pueblos jóvenes y salvajes, a duras penas salidos de sus
bosques o de sus estepas que nos han pintado sus detractores de la
época o sus admiradores modernos. Habían evolucionado mucho
con motivo de sus desplazamientos, a veces seculares, que les
habían proyectado finalmente hacia el mundo romano. Habían visto
muchas cosas, habían aprendido mucho y habían retenido no poco.
Sus caminos les habían conducido al contacto con culturas y con
civilizaciones de las que habían aceptado costumbres, artes y
técnicas. Directa o indirectamente, la mayoría de ellos habían
experimentado la influencia de las culturas asiáticas, del mundo
iranio e incluso del mundo grecorromano, sobre todo en su parte
oriental que, al hacerse bizantina, continuaba siendo la más rica y la
más brillante.
Poseían técnicas metalúrgicas avanzadas: damasquinado, técnicas
de orfebrería, el arte del cuero, el arte admirable de las estepas y sus
motivos animales estilizados. Con frecuencia se habían visto
seducidos por la cultura de los imperios vecinos y habían sentido
una admiración sin duda torpe y superficial hacia el saber y el lujo,
pero no exenta de respeto.
Otro hecho capital había transformado el rostro de los invasores
bárbaros. Si una parte de ellos había permanecido pagana, otra y no
de las menores se había convertido al cristianismo. Pero, por una
curiosa casualidad, que iba a estar pletórica de consecuencias, esos
bárbaros convertidos —ostrogodos, visigodos, burgundios, vándalos
y más tarde lombardos— lo habían sido al arrianismo que, según el
concilio de Nicea, se había convertido en herético. En efecto, habían
sido cristianizados por el apóstol de los godos, Ulfila, nieto de
capadocios cristianos hechos prisioneros por los godos en el 264. El
niño, «gotizado», fue enviado en su juventud a Constantinopla donde
se convirtió al arrianismo. De vuelta entre los godos como obispo
misionero, tradujo para su pueblo la Biblia al gótico, con lo que
fomentó el número de herejes. Con lo cual, lo que hubiera tenido que
ser un vínculo religioso fue, por el contrario, un elemento de
discordia que originó agrias luchas entre bárbaros arríanos y
romanos católicos.28
DEL MUNDO ANTIGUO A LA CRISTIANDAD MEDIEVAL
Queda en pie no obstante la atracción que ejercía la civilización
romana sobre los bárbaros. Los jefes bárbaros no sólo se rodearon de
romanos como consejeros, sino que intentaron adoptar con
frecuencia las costumbres romanas y dotarse de títulos romanos:
cónsules, patricios, etc. No se presentaban como enemigos, sino
como admiradores de las instituciones romanas. Se les podría tomar
todo lo más como usurpadores. No eran más que la última ge-
neración de esos extranjeros, españoles, galos, africanos, ilirios,
orientales que, poco a poco, habían llegado hasta las más altas
magistraturas y al Imperio. Más aún: ningún soberano bárbaro osó
erigirse a sí mismo en emperador. Cuando Odoacro depone en el
476 al emperador de Occidente Rómulo Augústulo, envía al
emperador Zenón en Constantinopla, las insignias imperiales
diciéndole que un solo emperador es suficiente. «Apreciamos más
los títulos conferidos por los emperadores que los nuestros», escribe
un rey bárbaro a un emperador. El más poderoso de ellos,
Teodorico, toma el nombre romano de Flavio, escribe al emperador:
ego qui sum servus vester et filius, «yo, que soy vuestro siervo y
vuestro hijo», y le declara que su única ambición es hacer de su reino
«una imitación del vuestro, una copia de vuestro imperio sin rival».
Hay que esperar al año 800 y a Carlomagno para que un jefe bárbaro
ose hacerse emperador. Después de esto sólo queda decir que ver en
las invasiones bárbaras un hecho de instalación pacífica y, como se
ha insinuado a veces en tono jocoso, un fenómeno de
«desplazamientos turísticos» está muy lejos de la realidad.
Sin duda que éstos fueron ante todo tiempos de confusión.
Confusión originada en primer lugar por la mezcla de los invasores.
A lo largo de su camino las tribus y los pueblos combaten unos
contra otros, se esclavizan mutuamente, se entremezclan. Algunos
forman confederaciones efímeras, como la de los hunos que integran
en su ejército los restos de ostrogodos, alanos y sármatas vencidos.
Roma intenta jugar la baza de enfrentar unos contra otros, se esfuerza
por romanizar precipitadamente a los primeros llegados para hacer
de ellos un instrumento contra los demás, aún más bárbaros. El
vándalo Estilicón, tutor del emperador Honorio, utiliza contra el
usurpador Eugenio y su aliado franco Arbogasto un ejército de
godos, de alanos y de caucásicos.
La confusión se acrecienta por el terror. Incluso teniendo en
cuenta las exageraciones, los relatos de masacres y de devastaciones
de las que la literatura del siglo V está repleta no dejan lugar a dudas
acerca de las atrocidades y las destrucciones que acompañaron los
«paseos» de los pueblos bárbaros.
Esa es la macabra obertura con la que comienza la historia del
Occidente medieval. Y esa obertura es la que continuará dando el
tono a lo largo deEL ESTABLECIMIENTO DE LOS BÁRBAROS
29
diez siglos. El hierro, el hambre, la epidemia, las bestias, ésos serán
los siniestros protagonistas de esta historia. Es cierto que los
bárbaros no fueron los únicos que los trajeron consigo. El mundo
antiguo ya los había conocido y pugnaron por volver con renovada
fuerza cuando los bárbaros los desencadenaron. Pero los bárbaros
dieron a este desencadenamiento de la violencia un ímpetu
desacostumbrado. El acero, la espada larga de las grandes inva-
siones, que será también la de los caballeros, extiende en adelante su
sombra asesina sobre Occidente. Antes de que prenda lentamente la
obra constructora, un frenesí de destrucción se apodera durante
largo tiempo de Occidente. Los hombres del Occidente medieval
son sin duda los hijos de aquellos bárbaros parecidos a los alanos
que nos describe Ammien Marcellin: «Ese goce que los espíritus
delicados y apacibles encuentran en un ocio útil, ellos lo sitúan en
los peligros y en la guerra. Para ellos la suprema dicha es perder la
vida en un campo de batalla; morir de viejo o en un accidente es un
oprobio y una cobardía hacia lo que no sienten más que desprecio;
matar un hombre es un heroísmo hacia el que no hallan suficientes
elogios. El más hermoso trofeo es la cabellera de un enemigo
escalpado; les sirve de decoración para la montura de su caballo de
guerra. Para ellos no existen templos ni santuarios, ni siquiera un
agujero cubierto de paja. Una espada desnuda, clavada en tierra
según el rito bárbaro, se convierte en el signo de Marte. La honran
devotamente como a la soberana de las regiones que recorren».
Pasión de la destrucción que el cronista Fredegario, en el siglo
VII, expresa por boca de la madre de un rey bárbaro que exhortaba
así a su hijo: «Si quieres tener éxito y hacerte un nombre, destruye
todo lo que los demás han construido y al pueblo que hayas vencido
pásalo íntegramente por la espada, ya que no puedes construir un
edificio superior a los que construyeron tus predecesores y no existe
mayor hazaña sobre la que puedas levantar tu nombre».
Ora al ritmo de lentas infiltraciones y de avances más o menos
pacíficos, ora al de bruscas presiones acompañadas de luchas y de
masacres, la invasión de los bárbaros modificó profundamente, entre
el comienzo del siglo V y finales del siglo VIII, el mapa político de
Occidente, bajo la autoridad nominal del emperador de Bizancio.
Desde el 407 hasta el 429 una serie de incursiones asolan Italia,
Galia y España. El episodio más espectacular es el asedio, la toma
y el saqueo de Roma por Alarico y sus visigodos en el 410.
Muchos quedan estupefactos30
DEL MUNDO ANTIGUO A LA CRISTIANDAD MEDIEVAL
ante la caída de la ciudad eterna. «Mi voz se entrecorta y los sollozos
me interrumpen mientras dicto estas palabras», gemía san Jerónimo
en Palestina. «Esta ciudad que conquistó el mundo se halla ahora
conquistada.» Los paganos acusaban a los cristianos de ser la causa
del desastre por haber arrojado de Roma a sus dioses tutelares. San
Agustín toma pie de este hecho para definir en La ciudad de Dios
las relaciones entre la sociedad terrestre y la divina. Disculpa a los
cristianos y reduce el acontecimiento a sus justas proporciones: un
hecho versátil y trágico que volverá a repetirse «ahora sin
derramamiento de sangre, sine ferro et igne» en el 455 con
Genserico y sus vándalos.
Los vándalos, los suevos y los alanos devastan la península
Ibérica. La corta instalación de los vándalos en el sur de España es
suficiente para dar su nombre a Andalucía. A partir del 429 los
vándalos, los únicos bárbaros que poseían una flota, pasan al África
del norte, es decir, Túnez y Argelia oriental.
Los visigodos, después de la muerte de Alarico, rebasan Italia
para marchar sobre la Galia el 412 y después sobre España el 414,
desde donde se repliegan en el 418 para instalarse en Aquitania. En
cada una de estas etapas se puede ver la mano de la diplomacia
romana. El emperador Honorio desvía hacia la Galia al rey visigodo
Ataúlfo en el 415, incita a los visigodos a disputar España a los
vándalos y a los suevos y después los llama a Aquitania.
La segunda mitad del siglo V es testigo de cambios decisivos.
En el norte, los bárbaros escandinavos, anglos, jutos y sajones,
después de una serie de incursiones en la Bretaña (la Gran Bretaña),
la ocupan entre los años 441 y 443. Una parte de los bretones
vencidos pasa el mar y va a instalarse en Armorique: ésta será en
adelante la Bretaña (francesa).
Con todo, el acontecimiento más importante es sin duda,
aunque efímero, la formación del Imperio de los hunos de Atila.
Porque hizo que todo se tambaleara. Primero, como hará Gengis-
Kan ocho siglos más tarde, Atíla unifica hacia el 434 las tribus
mongolas que habían pasado al Occidente, después derrota y
absorbe a otros bárbaros, mantiene durante algún tiempo con
Bizancio unas relaciones ambiguas, dejándose prender por su
civilización pero acechándola como a una presa —lo mismo que
hará Gengis-Kan con China—, para dejarse persuadir finalmente,
después de un intento sobre los Balcanes el 448, de que debía
lanzarse sobre la Galia, donde el romano Aecio, gracias sobre todo
a los contingentes visigodos, le detuvo el año 451 en los Campos
Cataláunicos. El imperio huno se deshace y las hordas se repliegan
hacia el este tras la muerte, el año 453, de quien pasará a la historia,
según la frase de un oscuro cronista del siglo IX, como «el azote de
Dios».EL ESTABLECIMIENTO DE LOS BÁRBAROS
31
En el 468, los visigodos de Eurico reanudan la conquista de
España, conquista que completan en diez años.
En ese momento aparecen Clodoveo y Teodorico.
Clodoveo es el jefe de la tribu de los salios que, a lo largo del
siglo V, se desliza en Bélgica y desde allí en el norte de la Galia.
Reúne en torno a él a la mayoría de las tribus francas, somete la
Galia del norte al derrotar al romano Siagrio en el 486 en Soissons,
que se convierte en su capital, rechaza una invasión de alamanes en
la batalla de Tolbiac y conquista finalmente la Aquitania el 507
derrotando a los visigodos, cuyo rey Alarico II muere en Vouillé. A su
muerte, en el 511, los francos son dueños de la Galia con la
excepción de la Provenza.
Los ostrogodos irrumpen finalmente en el Imperio. A las órdenes
de Teodorico, atacan Constantinopla el año 487 y se dirigen a Italia,
que conquistan en el 493. Teodorico, instalado en Rávena, reina
durante treinta años y, si los panegiristas no exageran demasiado,
hace que Italia, a la que gobierna con la colaboración de los
consejeros romanos Liberio, Casiodoro, Símaco y Boecio, conozca
una nueva edad de oro. Él mismo, que vivió desde los ocho a los
dieciocho años como rehén en Constantinopla, es el más logrado, el
más seductor de los bárbaros romanizados. Como restaurador de la
pax romana en Italia, sólo interviene el 507 contra Clodoveo a quien
prohibe anexionar Provenza a la Aquitania tomada a los visigodos.
Pero no se preocupa al ver cómo el franco se abre paso hasta el
Mediterráneo.
A comienzos del siglo VI, el reparto de Occidente entre los
anglosajones en una Gran Bretaña aislada de cualquier lazo con el
continente, los francos que se quedan con la Galia, los burgundios
confinados en Saboya, los visigodos dueños de España, los vándalos
instalados en África y los ostrogodos que dominan en Italia, parece
una cosa hecha.
En el 476 hay un hecho que pasa casi desapercibido: un romano
de Panonia, Orestes, que fue secretario de Atila, reúne tras la
muerte de su señor algunos restos de su ejército: esquiros, hérulos,
turquinos, rugios y los pone al servicio del Imperio en Italia.
Convertido en jefe de la milicia, aprovecha para deponer al
emperador Julio Nepote y proclama en su lugar, en el 475, a su
joven hijo Rómulo. Pero al año siguiente, el hijo de otro favorito de
Atila, el esquiro Odoacro, a la cabeza de otro grupo de bárbaros, se
alza contra Orestes, lo mata, depone al joven Rómulo y envía las
insignias del emperador de Occidente al emperador Zenón de
Constantinopla. Este suceso no parece haber inquietado demasiado a
los contemporáneos. Cincuenta años después, un ilirio al servicio
del emperador de Bizancio, el conde Marcelino, escribe en su
crónica: «Odoacro, rey de los godos, se hizo con el poder en Roma...
El32
DEL MUNDO ANTIGUO A LA CRISTIANDAD MEDIEVAL
Imperio romano de Occidente, al que había comenzado a gobernar
Octavio Augusto, el primero de los emperadores, en el año 709 de
Roma, acabó con el joven emperador Rómulo».
Hasta entonces, la política de los emperadores de Oriente había
intentado limitar los desperfectos: impedir que los bárbaros tomen
Constantinopla comprando su retirada a precio de oro, desviándolos
hacia la parte occidental del Imperio, contentándose con una vaga
sujeción de los reyes bárbaros a quienes se otorgaba el título de
patricios o de cónsules, intentado apartar a los invasores del
Mediterráneo. El mare nostrum no es sólo el centro del mundo romano,
sino que sigue siendo la arteria principal de su comercio y de su
avituallamiento.
La política bizantina cambia con la subida al trono de Justíniano
en el 527, un año después de la muerte de Teodorico en Rávena. La
política imperial abandona la pasividad para pasar a la ofensiva.
Justiniano quiere reconquistar, si no la parte occidental del Imperio
romano en su totalidad, al menos lo esencial de su heredad
mediterránea. En principio parece que lo consigue. Los generales
bizantinos liquidan el reino vándalo de África (533-534), la
dominación de los godos en Italia, aunque algo más difícil, del 536 al
555, y arrebatan la Bética a los visigodos de España. Pero son sucesos
efímeros que debilitan aún más a Bizancio frente a los peligros
orientales, agotan cada vez más a Occidente, tanto más cuanto que, a
partir del 543, la peste negra añade sus estragos a los de la guerra y
el hambre. La mayor parte de Italia, con la excepción del exarcado de
Rávena, de Roma y sus alrededores y del extremo sur de la península,
se pierde entre los años 568 y 572 frente a nuevos invasores, los
lombardos, empujados hacia el sur por una nueva invasión asiática,
la de los avaros. Los visigodos reconquistan la Bética a finales del si-
glo VI. Finalmente, los árabes conquistarán África del norte a partir
del 660.
El gran acontecimiento del siglo VII «incluso para Occidente» es
la aparición del islam y la conquista árabe. Más adelante veremos el
alcance de la formación del mundo musulmán para la cristiandad.
Aquí examinaremos sólo el impacto del islam sobre el mapa político
de Occidente.
La conquista árabe arrebata en primer lugar el Magreb a la
cristiandad occidental, después invade España fácilmente
conquistada a los visigodos entre el 711 y el 719, con la excepción
del noroeste donde los cristianos se mantienen independientes.
Domina por un momento la Aquitania y sobre todo la Provenza hasta
que Carlos Martel la detiene en el 732 en Poitiers y los francos la
obligan a retirarse al sur de los Pirineos, tras los cuales se atrinchera
después de la pérdida de Narbona el 759.
El siglo VIII es, efectivamente, el siglo de los francos. El
fortalecimiento de éstos en Occidente, a pesar de algunos fracasos,
frente a Teodorico por ejem-EL ESTABLECIMIENTO DE LOS BARBAROS
33
plo, es regular después de Clodoveo. El golpe genial de Clodoveo
consistió en convertirse con su pueblo no al arrianismo, como los
otros reyes bárbaros, sino al catolicismo. De este modo puede jugar
la carta religiosa y disfrutar del apoyo, si no del papado aún débil, al
menos de la poderosa jerarquía católica y del no menos poderoso
monaquismo. Desde el siglo VI los francos conquistan el reino de los
burgundios, del 523 al 534, y después la Provenza en el 536.
Los repartos y las rivalidades entre los descendientes de
Clodoveo retrasan el esfuerzo franco que parece incluso estar en
peligro a comienzos del siglo VIII con la decadencia de la dinastía
merovingia «que pasa a la leyenda con la imagen de los reyes
zánganos» y del clero franco. Los francos ya no son los únicos
ortodoxos de la cristiandad occidental. Visigodos y lombardos
abandonan el arrianismo por el catolicismo. El papa Gregorio
Magno (590-604) ha iniciado la conversión de los anglosajones,
confiándosela al monje Agustín y a sus compañeros; la primera
mitad del siglo VIII, gracias a Willibrord y a Bonifacio, ve avanzar el
catolicismo en Frisia y en Germania.
Pero los francos recuperan a la vez todas sus posibilidades. El
clero se reforma bajo la dirección de Bonifacio y la joven y
emprendedora dinastía carolingia reemplaza a la abatida dinastía
merovingia.
No cabe duda de que los mayordomos de palacio carolingios
detentaban la realidad del poder entre los francos desde hacía
décadas, pero el hijo de Carlos Martel, Pipino el Breve, da el paso
definitivo otorgando todo su alcance al liderato católico de los
francos. Concierta con el papa una alianza beneficiosa para las dos
partes. Él reconoce al pontífice romano el poder temporal sobre una
parte de Italia en torno a Roma. Basándose en un falso invento de la
cancillería pontificia entre el 756 y el 760, la pretendida «donación
de Constantino», nace el Estado pontificio o Patrimonio de san
Pedro y establece el poder temporal del papado que desempeñará
un papel tan importante en la historia política y moral del Occidente
medieval. Como contrapartida, el papa reconoce a Pipino el título
de rey en el 751 y le consagra en el 754, el mismo año en que
aparece el Estado pontificio. Se habían establecido las bases que, en
medio siglo, iban a permitir a la monarquía carolingia agrupar a la
mayor parte del Occidente cristiano bajo su dominio y después
restaurar en beneficio propio el Imperio de Occidente.
Pero durante los cuatro siglos que separan la muerte de Teodosio
(395) de la coronación de Carlomagno (800) había nacido un mundo
nuevo en Occidente, salido de la lenta fusión del mundo romano y
del mundo bárbaro. La Edad Media occidental había tomado forma.34
DEL MUNDO ANTIGUO A LA CRISTIANDAD MEDIEVAL
Ese mundo medieval es el resultado del encuentro y de la fusión
de dos mundos en evolución, de una convergencia de las estructuras
romanas y de las bárbaras en plena transformación
El mundo romano, desde el siglo III al menos, se alejaba de si
mismo En cuanto construcción unitaria, no cesaba de fragmentarse
A la gran división que separaba Oriente de Occidente había que
añadir el aislamiento cada vez mayor entre las diversas partes del
Occidente romano El comercio, que era ante todo un comercio
interior, entre provincias, estaba en plena decadencia Los productos
agrícolas o artesanales destinados a la exportación al resto del mundo
romano —aceite del Mediterráneo, vidrio renano, alfarería gala—,
restringían su área de difusión, la moneda se hacía rara y se
deterioraba, se abandonaban las superficies cultivables, los agri
deserti, los campos desiertos se multiplicaban Así se esbozaba la
fisionomía del Occidente medieval la atomización en núcleos
encerrados en si mismos entre «desiertos» bosques, landas, eriales
«En medio de las ruinas de las grandes ciudades, solo grupos
dispersos de miserables poblaciones, testigos de las calamidades
pasadas, son el testimonio de los nombres de antaño», escribe
Orosio a comienzos del siglo V Este testimonio —uno entre tantos
otros—, confirmado por la arqueología, pone de relieve un hecho
capital: el languidecimiento urbano acelerado por las destrucciones
de los invasores bárbaros 1 No cabe duda de que esto es sólo uno de
los aspectos de una consecuencia general de la violencia de los
invasores que destruyo, arruino, empobreció, aisló y redujo Tampoco
cabe duda de que las ciudades, por el cebo de sus riquezas
acumuladas y provocadoras, eran una presa excepcional Ellas
fueron las víctimas más duramente castigadas Pero si no pudieron
reponerse de su postración fue porque la evolución alejaba de ellas
la población que había quedado Y esta huida de las ciudades no era
más que una consecuencia de la huida de las mercancías que iban
dejando de alimentar el mercado urbano La población urbana es un
grupo de consumidores que se alimenta de importaciones Cuando la
huida del dinero deja a la gente de la ciudad sin poder adquisitivo,
cuando las rutas comerciales dejan de irrigar los centros urbanos, los
ciudadanos se ven obligados a refugiarse cerca de los centros de
producción La necesidad de alimentarse es la que explica ante todo
la huida del rico hacia sus tierras y el éxodo del pobre hacia el
dominio del rico También aquí las invasiones bárbaras, al
desorganizar las redes económicas, al dislocar las rutas comerciales,
aceleran la ruralización de las poblaciones, pero no son ellas quienes
la crean
1 Excavaciones arqueológicas recientes efectuadas en el norte de Italia en la Suiza
occidental y en la Francia ródano-alpina inducen a matizar este concepto
.EL ESTABLECIMIENTO DE LOS BARBAROS
35
La ruralización, un hecho económico y demográfico, es a la vez y
principalmente un hecho social que va modelando la imagen de la
sociedad del Medioevo
La desorganización de los intercambios acrecienta el hambre y el
hambre empuja a las masas hacia el campo y las somete a la
servidumbre de quienes dan pan, los grandes propietarios
Como hecho social, la ruralización no es más que el aspecto más
espectacular de una evolución que imprimirá en la sociedad del
Occidente medieval un carácter esencial que permanecerá anclado
en las mentalidades durante mas tiempo que en la realidad material
la compartimentación profesional y social La huida ante ciertos
oficios y la movilidad de la mano de obra rural habían obligado a los
emperadores del bajo Imperio a convertir en hereditarias ciertas
profesiones y a alentar a los grandes propietarios a que ataran a la
tierra a los colonos destinados a reemplazar a los esclavos cada vez
más escasos La cristiandad del Medioevo convertirá en pecado
mortal el deseo de abandonar su estado De tal padre, tal hijo, será la
ley del Medioevo occidental, herencia del bajo Imperio romano
Permanecer se opondrá a cambiar y, sobre todo, a «llegar a» Lo
ideal será una sociedad de «permanentes», de manere, quedarse o
permanecer
Sociedad
estratificada,
horizontalmente
compartimentada
Los invasores se colaron o instalaron por la fuerza sin grandes
dificultades en estos compartimientos
Los grupos barbaros, que se establecieron de grado o por fuerza
en el territorio romano, no eran —o ya no lo eran si es que alguna
vez lo habían sido— sociedades igualitarias El bárbaro buscará
frente al vencido beneficiarse de una situación de libre tanto más
atractiva para el colono cuanto que él mismo es un pequeño colono
Lo cierto es que una diferenciación social ya bastante avanzada
estableció en los invasores, ya antes de la invasión, categorías
sociales cuando no verdaderas clases Hay fuertes y débiles, ricos y
pobres que se transforman con toda facilidad en grandes y pequeños
propietarios u ocupantes en la tierra conquistada Las distinciones
jurídicas de los códigos de la alta Edad Media pueden hacer pensar
en un foso de separación entre bárbaros completamente libres por
una parte, cuyos esclavos serían un sector de los extranjeros
dominados y, por otra, descendientes de los romanos ya
jerarquizados en libres y no libres La realidad social es muy distinta y
distingue inmediatamente entre potentiores, poderosos, de origen
bárbaro o romano, y humiliores, humildes, de los dos grupos
De este modo la instalación de los bárbaros, consolidada por la
tradición de una coexistencia que, en ciertos lugares se remontaba al
siglo III, pudo ha36
DEL MUNDO ANTIGUO A LA CRISTIANDAD MEDIEVAL
llar rápidamente su continuación en una fusión más o menos
completa. Excepto en un número muy limitado de casos, sería vano
buscar la marca étnica en lo que sabemos de los tipos de explotación
rural de la alta Edad Media. Hay que pensar sobre todo que en este
ámbito, más que ningún otro el de las permanencias, el de la larga
duración, reducir las causas de la diversidad al enfrentamiento de
tradiciones romanas y de costumbres bárbaras sería absurdo. Los
motivos geográficos y la diversificación nacida de una historia que se
remonta al Neolítico son con toda probabilidad una herencia mucho
más determinante. Lo que importa y lo que se puede percibir con
toda claridad es el movimiento de ruralización y de progreso de la
gran propiedad, idéntico por doquier, que arrastra a toda la
población.
Si la necesidad de codificación y de redacción de las leyes era
grande, sobre todo entre los bárbaros, también les pareció necesaria a
varios soberanos bárbaros una nueva legislación destinada a los
romanos. Por lo general fueron adaptaciones y simplificaciones del
código de Teodosio, del 438. Así aparecieron el Breviario de Alarico
(506) entre los visigodos y la Lex romana burgundiorum, entre los
burgundios.
La diversidad jurídica no fue tan grande como se pudiera creer,
en primer lugar porque las leyes bárbaras de los diversos pueblos se
asemejaban mucho, después porque en cada reino un código tenía
tendencia a ganar por la mano a los demás y, por último, porque la
huella romana, más o menos clara desde el principio «por ejemplo
entre los visigodos» tendía a quedar de manifiesto en vista de su
superioridad. La influencia de la Iglesia, sobre todo después de la
conversión de los reyes arríanos y las tendencias unificadoras de los
carolingios a finales del siglo VIII y comienzos del siglo IX
contribuyeron a una regresión o a una desaparición de la persona-
lidad de las leyes en beneficio de su territorialidad. Desde el
reinado del visigodo Recesvinto (649-672) por ejemplo, el clero
presionó al soberano para que publicara un nuevo código aplicable
tanto a los visigodos como a los romanos.
Sin embargo, la legislación particularista de la alta Edad Media
reforzó la tendencia, a lo largo de todo el Medioevo, a la
compartimentación cuyas raíces hemos visto en la fragmentación de
la población, de la ocupación y explotación del suelo y de la
economía. La mentalidad de camarilla y el espíritu pueblerino,
propios de la Edad Media, se vieron reforzados. Incluso a veces se
apeló abiertamente al particularismo jurídico de la alta Edad Media.EL ESTABLECIMIENTO DE LOS BÁRBAROS
37
No cabe duda de que los bárbaros adoptaron tanto como les fue
posible lo que el Imperio romano tenía de superior, sobre todo en el
ámbito de la cultura, como veremos, y en el de la organización
política.
Pero tanto en uno como en otro aspecto precipitaron, agravaron
y llevaron hasta el extremo la decadencia iniciada en el bajo
Imperio. De una crisis hicieron un retroceso. Amalgamaron una
triple barbarie: la suya, la del mundo romano decrépito y la de las
viejas fuerzas primitivas anteriores al barniz romano y liberadas por
la desaparición de ese barniz bajo el rudo golpe de las invasiones.
Retroceso cualitativo ante todo. Segaron vidas humanas,
destruyeron monumentos y pertrechos económicos. Descenso de-
mográfico, pérdida de tesoros del arte, destrucción de las vías de
circulación, de los talleres, de los almacenes, de los sistemas de
riego, de los cultivos. Destrucción permanente, ya que los
monumentos antiguos sirven de cantera de donde se toman las
piedras, las columnas, la ornamentación. El mundo bárbaro,
incapaz de crear, de producir, «reutiliza». En ese mundo
empobrecido, subalimentado, debilitado, una calamidad natural
concluye lo que el bárbaro ha comenzado. A partir del 543 la peste
negra, llegada de Oriente, hace estragos en Italia, en España y en
una gran parte de la Galia durante más de medio siglo. Tras ella no
hay más que el fondo de la sima, el trágico siglo VII para el que dan
ganas de resucitar la vieja expresión de dark ages (edad oscura).
Dos siglos después aún, Pablo el Diácono, con cierto énfasis
literario, evocará el horror del azote en Italia: «Campos y ciudades
llenos hasta entonces de una multitud de hombres y mujeres,
quedaban sumergidos de la noche a la mañana en el más profundo
silencio por la huida general. Los hijos huían abandonando el
cadáver de sus padres sin sepultura, los padres abandonaban
humeantes las entrañas de sus hijos. Si por ventura alguien
quedaba para enterrar a su allegado, se exponía a quedar él mismo
sin sepultura... Los tiempos habían vuelto al silencio anterior a la
humanidad: se acabaron las voces en los campos, se acabaron los
silbidos de los pastores... Las mieses esperaban en vano a los
segadores, los racimos aún colgaban de las viñas a las puertas del
invierno. Los campos se transformaban en cementerios y las casas
de los hombres en guarida de animales salvajes».
Retroceso técnico que dejará al Occidente medieval durante
mucho tiempo desamparado. Desaparece la piedra, que ya no se
sabe extraer, transportar y trabajar, y deja paso a una vuelta a la
madera como material esencial. Desaparece el arte del vidrio en
Renania juntamente con el natrón que ya no se importa del
Mediterráneo desde el siglo VI, o se reduce a productos toscos
fabricados en cabañas cerca de Colonia.38
DEL MUNDO ANTIGUO A LA CRISTIANDAD MEDIEVAL
Retroceso del gusto, como veremos, y regresión de las costumbres.
Los penitenciales de la alta Edad Media —tarifas de castigos que se
aplicaban a cada clase de pecado— podrían figurar en los
«infiernos» 2 de las bibliotecas. No sólo sale a la superficie el viejo
fondo de las supersticiones campesinas, sino que se desatan las
mayores aberraciones sexuales, se exasperan las violencias: golpes y
heridas, glotonería y borrachera. Un libro famoso, que no añade a la
fidelidad a los documentos más que una hábil descripción literaria, los
Récits des temps mérovingiens de Augustin Thierry, extraídos de las
mejores fuentes y sobre todo de Gregorio de Tours, nos ha
familiarizado desde hace más de un siglo con la irrupción de la
violencia bárbara, tanto más salvaje cuanto que el rango superior de
sus protagonistas les garantiza una relativa impunidad. Sólo la prisión
y la muerte logran poner freno a los excesos de esos príncipes y
princesas francos cuyo gobierno ha definido Fustel de Coulanges en
una expresión célebre: «Un despotismo atemperado por el asesinato».
«Se cometieron en aquel tiempo multitud de crímenes... cada uno
veía la justicia en su propia voluntad», escribe Gregorio de Tours.
El refinamiento de los suplicios inspirará durante largo tiempo la
iconografía medieval. Lo que los romanos paganos no hicieron
soportar a los mártires cristianos, lo hicieron soportar a los suyos los
francos católicos. «Se cortan de ordinario las manos y los pies, la
punta de la nariz, se arrancan los ojos, se mutila el rostro mediante
hierros candentes, se clavan estacas puntiagudas de madera bajo las
uñas de las manos y de los pies... Cuando las llagas, tras haber
expulsado todo el pus, comienzan a cicatrizar se las abre de nuevo.
A veces se recurre a un médico para que, una vez curado, el
desventurado pueda ser torturado de nuevo con un suplicio aún
mayor.» San Léger, obispo de Autun, cae en manos de su enemigo,
el mayordomo del palacio de Neustrie Ebroi'n en el 677. Le cortan la
lengua, le acuchillan las mejillas y los labios, le obligan a caminar
descalzo por una alberca sembrada de piedras puntiagudas y
punzantes como clavos y finalmente le sacan los ojos. Ésa fue
también la muerte de Brunehaut, torturada durante tres días y
finalmente atada a la cola de un caballo resabiado previamente
fustigado para que se desbocara...
El lenguaje frío de los códigos es de lo más impresionante: «Haber
arrancado a otro una mano, un pie, un ojo, la nariz: 100 cuartos;
pero si la mano queda colgando, sólo 63; haber arrancado el pulgar:
50 cuartos, pero si quedara colgando, sólo 30; haber arrancado el
índice (el dedo que se utiliza para tirar al arco): 35 cuartos; cualquier
otro dedo: 30 cuartos; dos dedos: 35 cuartos; tres dedos: 50 cuartos».
2. En los «infiernos» de las bibliotecas se hallaban los libros prohibidos por la Iglesia; la
consulta de los cuales sólo era posible mediante un permiso especial. (N. del t.)EL ESTABLECIMIENTO DE LOS BÁRBAROS
39
Retroceso de la administración y de la majestuosidad del gobierno.
El rey franco, entronizado y puesto por las nubes, lleva por insignia,
en vez de cetro o de diadema, la lanza, y como signo distintivo, una
larga cabellera: rex crinitus. Rey-Sansón de largas crines seguido de
ciudad en ciudad por unos cuantos escribas, por domésticos esclavos
y por su guarda de «antrustiones». 3 Todo ello aderezado con títulos
rimbombantes tomados del vocabulario del bajo Imperio. El jefe de
los palafreneros es el «conde de las caballerizas», condestable; los
guardas de corps, «condes de palacio»; ese montón de soldados
borrachos y de clérigos groseros, «hombres excelentes» o «ilustres».
Al no entrar los impuestos, la riqueza del rey se reduce a cajas de
monedas de oro, de bujería de vidrio y de alhajas que las mujeres, las
concubinas, los hijos y los bastardos se disputan a la muerte del rey lo
mismo que se reparten las tierras y el reino mismo.
¿Y la Iglesia?
En el desorden de las invasiones, obispos y monjes «por ejemplo
san Severino» se convertían en jefes polivalentes de un mundo
desorganizado: a su papel religioso habían añadido un papel político,
al negociar con los bárbaros; económico, al distribuir víveres y
limosnas; social, al proteger a los pobres de los poderosos; incluso
militar, al organizar la resistencia o al luchar «con las armas
espirituales» allí donde ya no había armas materiales. Al no haber otro
remedio, habían adoptado los métodos del clericalismo, de la
confusión de poderes. Intentan, mediante la disciplina penitencial,
mediante a aplicación de las leyes canónicas (el comienzo del siglo VI
es la época de los concilios y de los sínodos paralelamente a la
codificación civil), luchar contra la violencia y suavizar las
costumbres. Los Manuales de san Martín de Braga, convertido el 579
en arzobispo de la capital del reino suevo, establecen el uno, De
correctione rusticorum, un programa de corrección de las costumbres
campesinas y el otro, la Formula vitae honestae dedicada al rey Mir,
el ideal moral del príncipe cristiano. Su éxito se mantendrá a lo largo
de toda la Edad Media. Pero los jefes eclesiásticos, barbarizados
también o incapaces de luchar contra la barbarie de los poderosos y
del pueblo, ratifican un retroceso de la espiritualidad y de la práctica
religiosa: juicios de Dios, fomento inaudito del culto a las reliquias,
revigorización de los tabúes sexuales y alimentarios donde la más
antigua tradición bíblica se mezcla con las costumbres bárbaras.
«Crudo o cocido, aléjate de lo que haya contaminado una
sanguijuela», reza un penitencial irlandés.
La Iglesia busca sobre todo su propio interés sin preocuparse de
la razón de los Estados bárbaros más de lo que lo había hecho de la
del Imperio ro-
3. El vocablo de origen inglés «antrustión» designaba en la antigua corte melodingia de
las Galias a los hombres de máxima confianza del rey. (N. del t.)40
DEL MUNDO ANTIGUO A LA CRISTIANDAD MEDIEVAL
mano. Mediante donaciones arrancadas a los reyes y a los poderosos,
incluso a los más humildes, acumula tierras, rentas, exenciones y, en
un mundo donde la acumulación de riquezas esteriliza cada vez más la
vida económica, inflige a la producción la más lacerante sangría. Sus
obispos, que pertenecen casi todos a la aristocracia de los grandes
propietarios, son omnipotentes en sus ciudades, en sus
circunscripciones episcopales e intentan serlo también en el reino.
Finalmente, al intentar servirse los unos de los otros, reyes y
obispos se neutralizan mutuamente y se paralizan: la Iglesia intenta
dirigir el Estado y los reyes gobernar la Iglesia. Los obispos se erigen
en consejeros y en censores de los soberanos en todos los ámbitos,
esforzándose en hacer que los cánones de los concilios se conviertan
en leyes civiles, mientras que los reyes, incluso convertidos al
catolicismo, nombran a los obispos y presiden esos mismos
concilios. En España las asambleas conciliares se convierten en
auténticos parlamentos del reino visigótico a comienzos del siglo VII
e imponen una legislación antisemita que incrementa las dificultades
económicas y el descontento de poblaciones que acogerán a los
musulmanes, si no con simpatía, al menos sin hostilidad. En la Galia,
el amalgamiento de los dos poderes «a pesar de los esfuerzos de los
reyes francos por confiar los cargos de su casa y de su gobierno a
laicos, a pesar de la brutalidad de un Carlos Martel que confiscará
una parte de las inmensas posesiones eclesiásticas» es tal que la
decadencia de la monarquía merovingia y del clero franco irán
siempre de la mano. San Bonifacio, antes de ir a evangelizar la
Germania, tendrá que reformar el clero franco. Ese será el comienzo
del renacimiento carolingio. El pontificado de Gregorio Magno (590-
604), el más esplendoroso del período, es también el más
significativo. Gregorio, antiguo monje, elegido papa durante una
crisis de la peste negra en Roma, piensa que las calamidades anuncian
el fin del mundo, y para él el deber de todo cristiano es hacer
penitencia, desligarse de este mundo para prepararse al que se
avecina. No piensa en extender la cristiandad, en convertir «ya se
trate de los anglosajones o de los lombardos» si no es para de-
sempeñar mejor su papel de pastor a quien el Cristo del Juicio final
pedirá constantemente cuentas de su rebaño. Los modelos que
propone en su obra de edificación espiritual son san Benito, es decir,
la renuncia monástica, y Job, es decir, la renuncia integral y la
resignación. «¿Para qué continuar recolectando cuando el que
recolecta va a desaparecer? Que cada quien eche un vistazo al curso
de su vida y verá con qué poco le basta.» Las palabras del pontífice
que tanta influencia iba a ejercer son también una apertura a la
Edad Media, tiempo de desprecio del mundo y de desvinculación de
la Tierra.
En cada renacimiento medieval el clero manifiesta, más que la
nostalgia de la vuelta a lo antiguo, el sentimiento de haberse
convertido en otro, de ha-EL ESTABLECIMIENTO DE LOS BÁRBAROS
41
ber cambiado. Por lo demás, ni siquiera les pasa seriamente por la
imaginación volver a los tiempos de Roma. Cuando sueñan con un
retorno es con el que les conduciría al seno de Abraham, al paraíso
terrestre, a la casa del Padre. Para ellos, traer de nuevo Roma a esta
tierra es simplemente restaurarla, transferirla: translatio imperii,
translatio studii. Es conveniente que el poder y la ciencia que a
comienzos de la Edad Media residían en Roma se trasladen a nuevas
sedes, como se trasladaron antaño de Babilonia a Atenas y después a
Roma. Renacer es partir de nuevo y no volver. La primera de esas
nuevas partidas se produjo en tiempos carolingios, a finales del siglo
VIII.Capítulo 2
El intento germánico de organización
(siglos VIII-X)
Esta nueva partida se sitúa en primer lugar en el espacio. La reconstruc-
ción de la unidad occidental por los carolingios se lleva a cabo en tres
direcciones: al sudeste, en Italia; al sudoeste, en España y al este, en
Germania.
Pipino el Breve, aliado del papa, inicia la política carolingia en Italia. La
primera expedición contra los lombardos es del 754, la segunda del 756.
Carlomagno captura por fin al rey Desiderio en Pavía en el 774, le arrebata
la corona de Italia que ciñe, pero debe guerrear para imponerse en el norte
de la península mientras que los ducados lombardos de Espoleto y de
Benevento escapan de hecho a su dominio.
Hacia el sudoeste, Pipino se pone en marcha y arrebata Narbona a los
musulmanes en el 759. Sin embargo, en la leyenda, es Carlomagno quien
vinculará su nombre a la reconquista de la ciudad. Más tarde, en el 801,
aprovechándose de las querellas internas de los musulmanes, Carlomagno
tomará Barcelona. Se estableció una marcha de España desde Cataluña a
Navarra, sobre todo gracias al conde Guillermo de Toulouse que iba a
convertirse en el héroe de las canciones de gesta del ciclo de Guillermo
de Orange. En la lucha contra los musulmanes y contra los pueblos
pirenaicos, a los carolingios no siempre les salieron tan bien las cosas. En
el 778 Carlo-DEL MUNDO ANTIGUO A LA CRISTIANDAD MEDIEVAL
magno tomó Pamplona, no se atrevió con Zaragoza, tomó Huesca,
Barcelona y Gerona y, renunciando a Pamplona a la que arrasó, subió
hacia el norte. Los montañeses vascos tendieron una emboscada a la
retaguardia para apoderarse de los pertrechos de los francos. El 15 de
agosto del 778 los vascos aniquilaron en el desfiladero de Roncesvalles a
las tropas mandadas por el senescal Eggihard, el conde palatino Anselmo
y el jefe de la marcha de Bretaña, Roldan. Los Anales reales carolingios no
dicen una sola palabra de esta derrota; un cronista escribe referente al año
778: «Este año el señor rey Carlos fue a España y sufrió una gran derrota».
Los vencidos se transformaron en mártires y sus nombres quedaron para la
posteridad. Su venganza fue La canción de Roldan.
Carlomagno inauguró al este una tradición de conquistas donde masacre
y conversión quedaban mezcladas, es decir, la cristianización por la fuerza
que la Edad Media había de practicar durante mucho tiempo. A lo largo del
mar del Norte fueron en primer lugar los sajones, conquistados tras muchas
penalidades entre el 772 y el 803, en una serie de campañas donde
alternaban victorias aparentes y revueltas de los pretendidos vencidos de las
que la más espectacular fue, en el 778, la encabezada por Widukind. Los
francos respondieron con una represión feroz al desastre que tuvieron
que soportar en Süntal: Carlomagno hizo decapitar a cuatro mil quinientos
amotinados en Verden.
Ayudado por los misioneros —cualquier herida hecha a uno de los suyos
o cualquier ofensa a la religión cristiana se castigarían con la muerte en
virtud de una capitular emitida para ayudar a la conquista—, y llevando
año tras año los soldados al país, los unos bautizando, los otros saqueando,
quemando, matando y deportando en masa, Carlomagno terminó
reduciendo a los sajones. Se fundaron obispados en Bremen, en Münster,
en Paderborn, en Verden y en Minden.
El horizonte germánico y especialmente el sajón habían atraído a Carlo-
magno hacia el este. Cambió el valle del Sena, donde se habían instalado
los merovingios en París y en los alrededores, por las regiones del Mosa, del
Mosela y del Rin. Como perpetuo itinerante, frecuentó preferentemente las
ciudades reales de Heristal, de Thionville, de Worms y, sobre todo, de
Nimega, Ingelheim y Aquisgrán donde hizo construir tres palacios. El de
Aquisgrán adquirió una cierta preeminencia por el carácter particular de su
arquitectura, por las veces que en él se alojó Carlomagno y por la
importancia de los acontecimientos de que fue testigo.
La conquista de Baviera fue la de un país ya cristiano y teóricamente va-
sallo de los francos desde el tiempo de los merovingios.EL INTENTO GERMÁNICO DE ORGANIZACIÓN
La nueva provincia bávara quedaba expuesta a las incursiones de los ava-
ros, de origen turco-tártaro, llegados de las estepas asiáticas como los
hunos, que comprendían un cierto número de pueblos eslavos y habían
fundado un imperio en las márgenes del Danubio medio, desde la Carintia
hasta la Panonia. Como saqueadores profesionales que eran, habían
obtenido en sus incursiones un enorme botín acumulado en su cuartel
general que conservaba la forma redonda de las tiendas mongolas: el Ring.
En el 796 Carlomagno se apoderó del Ring. El soberano franco se anexionó
la parte occidental del imperio avaro, entre el Danubio y el Drave.
El Estado carolingio apenas pudo penetrar en el mundo eslavo. Algunas
expediciones llevadas a cabo en el curso inferior del Elba y más allá
después de la conquista de la Sajonia habían hecho retirarse o habían
englobado a ciertas tribus eslavas. La victoria sobre los avaros había hecho
que entraran en el mundo franco eslovenos y croatas.
Carlomagno, finalmente, puso rumbo a Grecia. Pero este conflicto tenía
un carácter muy particular. Su significado especial procedía del hecho de
que, en el 800, un acontecimiento había otorgado una nueva dimensión a
las empresas de Carlomagno. El papa había coronado emperador en Roma
al rey franco.
El restablecimiento del Imperio en Occidente parece haber sido una
idea del pontífice y no de Carlomagno. Este tenía puesto su empeño sobre
todo en consagrar la división del antiguo Imperio romano en un Occidente
del que él sería el jefe y un Oriente que no osaría disputar al basileo 1
bizantino, pero se negaba a reconocer a éste un título imperial que evocara
la unidad perdida.
Pero en el 799 el papa León III descubrió una triple ventaja en dar la co-
rona imperial a Carlomagno. Detenido y perseguido por sus enemigos
romanos, tenía necesidad de ver restaurada su autoridad de hecho y de
derecho por alguien cuya autoridad se impusiera a todos sin réplica alguna:
un emperador. Como jefe de un Estado temporal, el Patrimonio de san
Pedro, quería que el reconocimiento de esta soberanía temporal fuese
corroborada por un rey superior a todos los demás tanto en título como en
la realidad. En fin, suspiraba con una parte del clero romano por hacer de
Carlomagno un emperador para todo el mundo cristiano, incluso para
Bizancio, para luchar contra la herejía iconoclasta y establecer la
supremacía del pontífice romano sobre toda la Iglesia. Carlomagno se dejó
convencer y coronar el 25 de diciembre del 800. Pero sólo se enfrentó con
Bizancio para que se reconociera su título y su igualdad.
1. Basileo (o basiléus): entre los griegos, nombre del rey. Los reyes sasánidas y los emperadores
bizantinos también recibieron este nombre. (N. del ed.)DEL MUNDO ANTIGUO A LA CRISTIANDAD MEDIEVAL
El acuerdo se logró en el 814, algunos meses antes de la muerte de
Carlomagno. Los francos devolvían Venecia, conservaban las tierras al norte
del Adriático y el basileus reconocía a Carlomagno su título imperial.
Carlomagno puso especial cuidado en administrar y gobernar con efica-
cia este vasto espacio. Aunque los actos gubernamentales fueran sobre todo
orales, se alentó el uso de la escritura, y uno de los principales cometidos
del renacimiento cultural del que se hablará más adelante fue el de
perfeccionar el instrumental profesional de los oficiales del rey. Carlomagno
se esforzó sobre todo en imponer su autoridad en todo el reino franco
fomentando los textos administrativos y legislativos y multiplicandos los
enviados personales, es decir, los representantes del poder central.
El instrumento escrito fueron las capitulares u ordenanzas, ya fuera para
una sola región, como las capitulares de los sajones, o bien generales,
como las capitulares de Herstal (o Heristal) sobre la reorganización del
Estado (779), la capitular De villis, sobre la administración de los dominios
reales, o la capitular De litteris colendis, sobre la reforma de la enseñanza.
El instrumento humano fueron los missi dominici, grandes personajes laicos
y eclesiásticos enviados para una misión anual de vigilancia de los
delegados del soberano —los condes, y en las fronteras los marqueses o los
duques— o para la reorganización administrativa. En la cumbre, una
asamblea general reunía cada año a finales del invierno en torno al
soberano, a los personajes más importantes de la aristocracia eclesiástica y
laica del reino. Esta especie de parlamento aristocrático —la palabra
populus que los designa no debe inducir a error— que garantizaba a
Carlomagno la obediencia de sus subditos, impondría por el contrario a sus
débiles sucesores la voluntad de los grandes.
En efecto, a comienzos del siglo IX, la grandiosa construcción carolingia
iba a desmoronarse rápidamente bajo los golpes combinados de enemigos
exteriores —nuevos invasores— y de agentes internos de disgregación.
Los invasores llegan de todas partes. Los más peligrosos llegan por mar,
desde el norte y desde el sur.
Del norte llegan los escandinavos a los que se llama simplemente hom-
bres del norte o normandos, o también vikingos. Ante todo vienen a
saquear. Hacen incursiones por las costas, remontan los ríos, se lanzan
sobre las ricas abadías y asedian a veces las ciudades. Hay que tener en
cuenta que la expansión escandinava se lleva a cabo tanto por el este como
por el oeste. Los suecos o varegos colonizan Rusia, económicamente con
toda seguridad, alEL INTENTO GERMÁNICO DE ORGANIZACIÓN
dominar el comercio que hay en ella, y quizá también políticamente, al
establecer allí las primeras formas estatales. Al oeste, los noruegos atacan
sobre todo Irlanda, los daneses las regiones bañadas por el mar del Norte y
la Mancha. Desde el 809 la travesía del canal de la Mancha es peligrosa.
Después del 834, las incursiones normandas que se ensañan sobre todo con
los puertos de Quentovic y de Duurstede, en las desembocaduras
comerciales del Escalda, del Mosa y del Rin, tienen lugar anualmente, con
lo que se esboza una fase de asentamiento. A partir del siglo IX piensan más
bien en establecerse, en formalizarse, en reemplazar las incursiones por la
cultura y el comercio.
En el 878, mediante la paz de Wedmore, hacen que Alfredo el Grande les
reconozca una parte de Inglaterra y se hacen dueños de ella a partir del 980
bajo Suenon y su hijo Canuto el Grande (1019-1035). Pero son los
normandos establecidos en el norte de la Galia, en la región a la que darán su
nombre después de que Carlos el Simple la entregara a su jefe Rollón tras
el tratado de Saint-Clair-sur-Epte en el 911, quienes se afincarán en
Occidente y dejarán en él marcas permanentes. En 1066 conquistarán
definitivamente Inglaterra, pero a partir del 1029 se instalarán en el sur de
Italia y en Sicilia donde fundarán uno de los Estados más originales del
Occidente medieval. Se les verá en el Imperio bizantino y en Tierra Santa
en tiempo de las cruzadas.
Por el sur el ataque viene de los musulmanes de Ifriqiya, cuando una di-
nastía árabe, la de los aglabitas, se independiza prácticamente del califato y
construye una flota. Los piratas de Ifriqiya aparecen en Córcega el 806,
inician la conquista de Sicilia el 827 y, en menos de un siglo, se apoderan de
ella con la excepción de algunos núcleos que quedan en poder de los
bizantinos o de los indígenas.
De este modo, mientras los carolingios establecían su dominio sobre el
continente, los mares parecían escapar de sus manos. Incluso por tierra,
una nueva invasión procedente de Asia, la de los húngaros, dio la
sensación de amenazarlos seriamente en un momento determinado.
Pero en el 955, el rey de Germania Otón logra desmembrarlos en la
batalla de Lechfeld, cerca de Augsburgo. Su impulso queda dominado y con
ellos acaba la curva de la historia de las invasiones bárbaras: renuncia a las
incursiones, sedentarización y cristianización. Hungría nace a finales del
siglo X.
La invasión húngara ayudó a nacer a un nuevo poder en Occidente: el de
la dinastía de los Otones que restaura en el 962 el poder imperial
abandonado por los carolingios, minados más por su decadencia interna
que por los asaltos externos.DEL MUNDO ANTIGUO A LA CRISTIANDAD MEDIEVAL
Los francos, a pesar de todo su empeño por hacerse con la herencia polí-
tica y administrativa de Roma, no habían logrado adquirir el sentido de
Estado. Los reyes francos consideraban el reino como algo de su propiedad,
exactamente igual que sus dominios y sus tesoros. Este reino que les
pertenece, ellos lo reparten entre sus herederos. A veces la casualidad, la
mortalidad infantil o la debilidad mental reagrupan los Estados francos en
dos reyes o incluso en uno solo. Éste es el caso de Dagoberto, que reina en
solitario desde el 629 hasta el 639, y esto explica también el que la muerte
prematura de Carlomán deje a Carlomagno como único señor del reino
franco en el 771. La restauración del Imperio no impide a Carlomagno
repartir igualmente su reino entre sus tres hijos mediante la Ordinatio de
Thionville del 806. Pero no decía nada de la corona imperial. Una vez más,
el azar hizo que en el 814, tras la desaparición de Carlomagno a quien sus
hijos Pipino y Carlos habían precedido a la tumba, quedara Luis como
único señor del reino. Bernardo, sobrino de Carlomagno, que había
recibido el reino de Italia de manos de su tío, pudo conservarlo, pero fue a
Aquisgrán a hacer un juramento de fidelidad a Luis. El 817 Luis el
Piadoso (llamado también Ludovico Pío) intenta mediante una Ordinatio
arreglar el problema de su sucesión compaginando la tradición del reparto
con la unidad imperial: divide el reino entre sus tres hijos, pero garantiza la
preeminencia imperial del primogénito Lotario. El nacimiento tardío de un
cuarto hijo, Carlos, a quien Luis quiso dar una parte de su reino, puso en
entredicho la Ordinatio del 817. Rebeliones de los hijos contra el padre,
lucha de los hijos entre ellos mismos, nuevas reparticiones, todas estas
peripecias se suceden en el reinado de Luis el Piadoso quien pierde en ellas
toda su autoridad. Después de su muerte en el 840, continúan las luchas y
los repartos. En el 843, reparto de Verdún: Lotario, el primogénito, recibe
un largo pasillo desde el mar del Norte hasta el Mediterráneo, donde entra
Aquisgrán, símbolo del Imperio franco, e Italia, es decir, la protección de
Roma; Luis recibe los territorios del este y se convierte en Luis «el Ger-
mánico»; Carlos, llamado el Calvo, los del oeste. En el 870, reparto de
Meersen: Carlos el Calvo y Luís el Germánico se reparten la Lotaringia, con
la excepción de Italia, que queda en poder de Luis II, hijo de Lotario I y
nominalmente emperador. Después del reparto de Ribemont (880) que hace
inclinar la Lotaringia hacia la Francia oriental, la unidad del Imperio parece
restablecida por un instante bajo Carlos el Gordo, tercer hijo de Luis el
Germánico, emperador y rey de Italia (881), único rey de Germania (882) y
rey de la Francia occidental (884). Pero después de su muerte (888) llega
el rápido fracaso de la unidad carolingia. El título imperial, con la
excepción del carolingio Arnulfo (896-899), ya no lo llevan más que
reyezuelos italianos yEL INTENTO GERMÁNICO DE ORGANIZACIÓN
desaparece en el 924. En la Francia occidental, la realeza, nuevamente
electiva, hace que se alternen reyes carolingios y reyes de la familia de
Eudes, conde de Francia, es decir de la Isla de Francia, héroe de la
resistencia de París en 885-886 contra los normandos. En Germania, la
dinastía carolingia se extinguió con Luis el Niño (911) y la corona real,
también otorgada por los grandes mediante elección, recae sobre el duque
Conrado de Franconia y después sobre el duque de Sajonia Enrique I el
Cazador (y también el Pajarero). Su hijo será Otón I, fundador de un
nuevo linaje imperial.
Todas estas particiones, estas luchas, esta confusión, por más que hayan
tenido un desarrollo rápido, han dejado huellas permanentes en el mapa y
en la historia.
En primer lugar, la partición hecha por ciento veinte expertos en Verdún
el año 843, que daba la impresión de burlarse de toda clase de fronteras ét-
nicas o naturales, respondía a la sola consideración de las realidades
económicas como ha demostrado admirablemente Roger Dion. Se trataba
de garantizar a cada uno de los tres hermanos un trozo de cada una de las
franjas vegetales y económicas horizontales que constituían la Europa
«desde los grandes pastos de las tierras bajas del mar del Norte hasta las
salinas y los olivares de Cataluña, de Provenza y de Istria». Como
problema de las relaciones entre el norte y el mediodía, entre Flandes e
Italia, entre la Hanse y las ciudades mediterráneas, las vías alpinas, la vía
renana, la vía del Ródano, la importancia de los ejes norte-sur se plantea ya
en una Europa en formación que no está centrada en el mediterráneo y en
la que la circulación se orienta sobre todo «perpendicularmente a las
zonas de vegetación» que se escalonan de este a oeste.
Viene después el esbozo de futuras naciones: la Francia occidental, que
será la Francia propiamente dicha y a la que empieza a pegarse por el sur
esa Aquitania tanto tiempo diferente e individualizada dentro del reino; la
Francia oriental, que será la Germania y que, al carecer de frontera,
excepto por el norte, se verá impulsada hacia el oeste más allá incluso de
la Lotaringia, durante siglos manzana de la discordia entre Francia y
Alemania, herederas de la rivalidad de los nietos de Carlomagno y hacia el
sur, donde el espejismo italiano e imperial conservará durante mucho tiempo
su seducción, Sehnsucht nach Süden alternando o combinándose con el
Drang nach Osten que se esboza incluso en las marchas hacia los eslavos; e
Italia que, en estas vicisitudes, sigue siendo un reino amenazado por las
pretensiones imperiales germánicas y las ambiciones temporales de los
papas.
También queda de manifiesto la fragilidad de formaciones políticas in-
termedias: reino de Provenza, reino de Borgoña, Lotaringia, condenadas aDEL MUNDO ANTIGUO A LA CRISTIANDAD MEDIEVAL
quedar absorbidas, a pesar de ciertos rebrotes medievales, hasta los angevi-
nos de Provenza y incluso los grandes duques de Borgoña.
Pero esas crisis políticas favorecieron sobre todo, lo mismo que las inva-
siones, una fragmentación de la autoridad y del poder imperiales más
reveladoras y, al menos de momento, más importante que la fragmentación
política de los reinos. Los grandes acaparan sobre todo el poderío
económico, la tierra y, a partir de esta base, los poderes públicos.
El concilio de Tours, al final del reinado de Carlomagno, constata: «Por
diversas razones, los bienes de los pobres, en muchos lugares, han quedado
enormemente reducidos, es decir, los bienes de quienes se conocen como
hombres libres, pero que viven bajo la autoridad de poderosos magnates».
Los nuevos amos son, cada vez más, poderosos eclesiásticos y laicos.
Pero este poderío económico abrió el camino al acaparamiento de los
poderes públicos por parte de los grandes propietarios gracias a un proceso
establecido, o al menos fomentado, por Carlomagno y sus sucesores con la
esperanza de obtener unos resultados completamente contrarios. En efecto,
para asentar el Estado franco, Carlomagno menudeó las donaciones de
tierra —o beneficios—- a las personas cuya fidelidad quería asegurarse y las
obligó a prestarle juramento y a entrar a formar parte de sus vasallos. Creía
que con estos lazos personales podría garantizar la solidez del Estado.
Para que el conjunto de la sociedad, de los que contaban realmente en
cualquier caso, quedaran vinculados al rey o al emperador mediante una
red lo más tupida posible de subordinaciones personales, alentó a los
vasallos reales a que hicieran entrar en su propio vasallaje a todos sus
subordinados. Las invasiones consolidaron esta evolución, puesto que el
peligro llevó a los más débiles a ponerse bajo la protección de los más
fuertes y porque, a cambio de los beneficios, los reyes exigieron de sus
vasallos una ayuda militar. A partir de mediados del siglo IX el término
miles —soldado, caballero— reemplaza a veces al de vassus para designar
al vasallo. Una evolución importantísima condujo a la vez a establecer el
carácter hereditario de los beneficios. La costumbre se establecía en la
práctica, pero quedó reforzada el 877 por la capitular de Quierzy-sur-Oise
por la que Carlos el Calvo, a punto de partir en expedición hacia Italia, dio
garantías a sus vasallos para salvaguardar el derecho a la herencia del
beneficio paterno de los hijos jóvenes o ausentes cuyo padre muriese. Los
vasallos, mediante el juego del carácter hereditario del beneficio, se
establecían más firmemente como clase social.
Al mismo tiempo, las necesidades económicas y militares que permitían
al gran propietario, sobre todo si era conde, duque o marqués, tomar inicia-
tivas, o incluso le obligaban a ello, comenzaban a hacer del señor una panta-EL INTENTO GERMÁNICO DE ORGANIZACIÓN
lla entre sus vasallos y el rey. En el 811 Carlomagno se lamenta de que algu-
nos se niegan al servicio militar so pretexto de que su señor no ha sido
llamado y que ellos se deben a él. Los grandes que, como los condes,
quedaban investidos de poderes que derivaban de su función pública
mostraron una tendencia a confundirlos con los derechos que tenían en
tanto que señores de sus vasallos, mientras que los demás, a imitación suya,
los usurpaban cada vez con mayor frecuencia. No cabe duda de que el
cálculo carolingio no era completamente erróneo. Si los reyes y emperadores
entre los siglos X y XIII lograron conservar ciertas prerrogativas soberanas,
lo debieron sobre todo al hecho de que los grandes, convertidos en sus
vasallos, no pudieron soslayar sus deberes contraídos mediante juramento
de fidelidad.
Pero se ve claramente lo que hay de decisivo en la época carolingia para
el mundo medieval. En adelante cada hombre o mujer va a depender cada
vez más de su señor, y este horizonte cercano, este yugo tanto más pesado
cuanto que se tiene que soportar en un círculo más reducido, va a quedar
anclado en el derecho, la base del poder será cada vez más la posesión de la
tierra y el fundamento de la moralidad será la fidelidad, la fe que
reemplazará durante mucho tiempo a las virtudes cívicas grecorromanas. El
hombre antiguo tenía que ser justo o recto; el hombre medieval tendrá que
ser fiel.
El rey de Germania Otón I es coronado emperador en San Pedro de
Roma por el papa Juan XII el 2 de febrero del 962.
Otón I, sin embargo, al igual que Carlomagno, no ve en su Imperio más
que el Imperio de los francos, circunscrito a los países que le han
reconocido como rey. Las campañas que emprende contra los bizantinos no
tienen otro objeto que obtener el reconocimiento de su título, lo que se
produce en el 972: tratado ratificado por el matrimonio de su hijo
primogénito con la princesa bizantina Teófano. Otón I respeta igualmente
la independencia del reino de la Francia occidental.
La evolución que se puede apreciar bajo sus dos sucesores no tiene otro
objeto que engrandecer el título imperial sin transformarlo en dominación
directa.
Otón II (973-983) reemplaza el título de Imperator Augustus utilizado
habitualmente por su padre por el de «emperador de los romanos», Impera-
tor romanorum. Su hijo Otón III, influido por la educación de su madre bi-
zantina, se establece en Roma en el 998 y proclama la restauración del
Imperio romano, Renovatio Imperii romanorum, en una bula donde
figuran poruna parte la cabeza de Carlomagno y por otra una mujer con la lanza y el es-
cudo, Áurea Roma. Su sueño se tiñe de universalismo. Una miniatura de la
época le muestra dominante en plena majestad y recibiendo los presentes
de Roma, de la Germania, de la Galia y de la Eslavia. Sin embargo, su
actitud con sus vecinos del este manifiesta la flexibilidad de sus
concepciones. El año mil reconoce la independencia de Polonia donde
Gniezno se convierte en arzobispado y cuyo duque Boleslao el Bravo
recibe el título de cooperador del Imperio, y la de Hungría cuyo príncipe
Esteban, una vez bautizado, recibe la corona real.
Durante un breve período de concordia, el sueño otoniano parece a pun-
to de realizarse gracias a la concordancia de miras del joven emperador y el
papa Silvestre II, el sabio Gerberto, dispuesto a esta restauración imperial
y romana. Pero el sueño se desvaneció muy pronto. El pueblo de Roma se
levanta contra Otón III. Este muere en enero del 1002 y Silvestre II en
mayo del 1003. Enrique II se contenta con volver al Regnum francorum, al
Imperio asentado sobre el reino franco, que se convertirá después en
Alemania.
Pero los Otones legarán a sus sucesores la nostalgia romana y una tradi-
ción de subordinación del papa al emperador de donde nacerá la querella
del sacerdocio y del Imperio, renuevo de la lucha entre guerreros y
sacerdotes.
Cuando se acaba el sueño romano del año mil, está a punto de producir-
se una renovación: la de todo el Occidente. Su rápida aparición hace que el
siglo XI sea el del auténtico despegue de la cristiandad occidental.
Este despegue difícilmente tendría cabida si no fuera sobre bases econó-
micas. Estas se establecen con mayor rapidez de lo que se suele creer. Nada
impide pensar que si hubo renacimiento carolingio, fue ante todo un
renacimiento económico. Hubo un renacimiento de la cultura, pero
limitado, superficial, frágil y, en mayor medida que el otro, casi destruido
por las invasiones y la piratería de normandos, húngaros y sarracenos del
siglo IX y comienzos del siglo X que retrasaron sin lugar a dudas en uno o
dos siglos el renacimiento de Occidente lo mismo que las invasiones de los
siglos IV y V habían precipitado la decadencia del mundo romano.
En los siglos VIII y IX es más fácil intuir ciertos signos de un
renacimiento del comercio: apogeo del comercio frisón y del puerto de
Duurstede, reforma monetaria de Carlomagno, exportación del paño
probablemente flamenco pero que por entonces se llama frisón, esos pallia
fresonica que Carlomagno ofrece como regalo al califa Harun al-Rachid.EL INTENTO GERMÁNICO DE ORGANIZACIÓN
Pero en esta economía esencialmente rural no pocos indicios llevan a
la conclusión de una mejora de la producción agrícola: masadas que
proceden sin lugar a dudas de roturaciones, aparición de un nuevo
sistema de enganche animal cuya primera representación conocida se
halla en un manuscrito de Tréveris del 800 aproximadamente, reforma del
calendario por Carlomagno que da a los meses nombres que evocan un
progreso en las técnicas de cultivo. Las miniaturas que representan los
trabajos de los meses cambian radicalmente, reemplazando los símbolos
de la Antigüedad por escenas concretas donde se manifiesta el dominio
técnico del hombre: «El hombre y la naturaleza son ahora dos cosas,
pero el hombre es el dueño».
Que las invasiones del siglo IX hayan sido o no responsables de un
nuevo retroceso o de un simple retraso económico, lo cierto es que el
progreso es plenamente manifiesto en el siglo X. Un congreso de
medievalistas americanos consagrado a esta época ha visto en el siglo X
un período de novedades decisivas, sobre todo en el ámbito de los
cultivos y de la alimentación donde, según Lynn White, la introducción en
masa de plantas ricas en proteínas —legumbres como las habas, lentejas,
guisantes— y por lo tanto dotadas de un valor energético elevado, habría
suministrado a la humanidad occidental la fuerza que iba a ayudarla a
levantar catedrales y roturar extensas superficies. The Xth century is full of
beans («el siglo X está lleno de judías»), concluía humorísticamente el
medievalista americano. Robert López, por su parte, se pregunta si no
habría que admitir un nuevo Renacimiento, el del siglo X, en el que el
comercio escandinavo se desarrolla, donde la economía eslava se ve
espoleada por el doble aguijón del comercio normando y del negocio
judeo-árabe a lo largo de la ruta que une Córdoba a Kiev por la Europa
central, donde países como el del Mosa o el renano inauguran su
florecimiento, y sobre todo donde la Italia del norte es ya próspera, donde
el mercado de Pavía tiene un carácter internacional, donde Milán, cuyo
crecimiento ha mostrado magistralmente Cinzio Violante, conoce un alza
de precios, «síntoma del relanzamiento de la vida económica y social».
¿A quién o a qué habría que atribuir este despertar de Occidente? A la
repercusión, según Maurice Lombard, de la formación del mundo
musulmán, mundo de metrópolis urbanas consumistas que espolean en
el Occidente bárbaro una mayor producción de materias primas para
exportar a Córdoba, a Kairouan, a Foustât-El Cairo, a Damasco, a Bagdad:
madera, hierro (las espadas francas), estaño, miel y esa mercancía
humana, los esclavos,DEL MUNDO ANTIGUO A LA CRISTIANDAD MEDIEVAL
de la que Verdún es, en la época carolingia, un gran mercado. Hipótesis
del estímulo externo que echa por tierra la teoría de Henri Pirenne,
quien atribuye a la conquista árabe el cierre del Mediterráneo y el
ocaso del comercio occidental, conquista que se convierte, por el
contrario, en el motor del despertar económico de la cristiandad
occidental. O bien, según el parecer de Lynn White, a los progresos
técnicos desarrollados en el suelo mismo de Occidente: progreso
agrícola que, con el arado de ruedas y vertedera, los progresos de la
rotación trienal de cultivos que permite sobre todo incluir las célebres
legumbres ricas en proteínas, la difusión del enganche animal mo-
derno, incrementa las superficies cultivadas y el rendimiento; progreso
militar que, con el estribo, permite dominar el caballo y da paso a una
nueva clase de guerreros, los caballeros, que se identifican además con
los grandes propietarios capaces de introducir en sus dominios el
instrumental y las nuevas técnicas. Explicación por el desarrollo interno
que, por añadidura, esclarece el desplazamiento del centro de gravedad
de Occidente hacia el norte, país de las llanuras y de los grandes
espacios donde es fácil desarrollar labores profundas y cabalgadas
hasta no poder más.
La verdad es que, sin duda alguna, el ascenso de los grandes —
terratenientes y caballeros conjuntamente— crea una clase capaz de
aprovechar las oportunidades económicas que se le ofrecen: la
explotación creciente del suelo y de los mercados aún limitados de los
que esa clase social cede a algunos especialistas —los primeros
mercaderes occidentales— una parte de los beneficios que obtiene el
mundo cristiano. Es una tentación pensar que las conquistas de
Carlomagno y sus empresas militares en Sajonia, en Baviera y a lo largo
del Danubio, en el norte de Italia y en Venecia y, finalmente, allende los
Pirineos iban al encuentro de zonas de intercambio e intentaban
englobar las rutas del comercio naciente. Y el tratado de Verdún
también habría podido ser tanto un reparto de trozos de ruta como de
bandas de cultura. Ante todo el gran dominio, continuación de la
ciudad antigua, cede el puesto a un nuevo cuadro de poder que
renueva las formas de explotación económica, los contactos entre los
hombres, la ideología: la señoría. Ésta se apoya en nuevos centros de
concentración de los hombres: el poblado, el castillo y, muy pronto, con
toda su carga de ambigüedad, la ciudad. Después del año mil esta mu-
tación se hace más veloz. La cristiandad medieval entra de lleno en
escena.Capítulo 3
La formación de la cristiandad
(siglos XI - XIII )
Este pasaje del cronista borgoñón Raoul Glaber es célebre: «Al
acercarse el tercer año siguiente al año mil se asistió en casi toda la
tierra, pero sobre todo en Italia y en la Galia, a la reedificación de las
iglesias; aunque la mayor parte, bastante bien construidas, no tuvieran
ninguna necesidad, una auténtica emulación impelía a cada comunidad
cristiana a tener una más suntuosa que la de los vecinos. Hubiérase dicho
que el mundo mismo se sacudía para despojarse de su ropaje vetusto y se
vestía por doquier con un manto blanco de iglesias. Así fue cómo casi
todas las iglesias de las sedes episcopales, las de los monasterios,
consagradas a toda suerte de santos, e incluso las más insignificantes
capillas de las aldeas fueron reconstruidas por los fieles más hermosas
que antes».
He aquí el signo exterior más manifiesto del esplendor de la
cristiandad que se afianza en torno al año mil. Este gran movimiento de
construcción ha desempeñado sin duda alguna un papel fundamental en
los progresos del Occidente medieval entre los siglos X y XIV. En primer
lugar por su función de acicate económico. La producción al por mayor
de materias primas (piedra, madera, hierro), la puesta a punto de técnicas
y la fabricación de un instrumental para la extracción, el transporte y el
tratamiento de materiales de56
DEL MUNDO ANTIGUO A LA CRISTIANDAD MEDIEVAL
tamaño y de peso considerables, el reclutamiento de la mano de obra y la
financiación de los trabajos convirtió las obras de construcción (y no sólo
el de las catedrales, sino también el de las numerosas iglesias de todas
dimensiones, edificios de uso civil y económico: puentes, granjas,
almacenes y casas de ricos construidas cada vez con más frecuencia en
piedra) en el centro de la principal y casi la única industria medieval.
Pero este afán de construcción no es más que un fenómeno primario.
Responde a unas necesidades de las que la principal es la de albergar a
una población más numerosa. No cabe duda que no siempre hay una
relación directa entre la proporción de las iglesias y el número de fieles.
También desempeñaron su papel los motivos de prestigio y de devoción
en favor de una búsqueda de lo grande.
No es fácil distinguir en este desarrollo de la cristiandad lo que fue
causa de lo que fue efecto al haberse dado la mayor parte de los aspectos
de este proceso simultáneamente. Pero aún es más difícil señalar la causa
principal y decisiva de este progreso. Sin embargo se puede negar este
papel a factores que a veces se han invocado para explicar este arranque
de Occidente. Por ejemplo, el crecimiento demográfico, que no ha sido
más que la primera y más espectacular consecuencia de este progreso. De
igual modo la paz relativa de la que se goza a finales del siglo X: final de
las invasiones, progreso de las instituciones de «paz» que reglamentan la
guerra limitando los períodos de actividad militar y situando a ciertos
sectores de la población no combatiente (clérigos, mujeres, niños, rústicos,
mercaderes y a veces incluso los animales de trabajo) bajo la protección de
garantías juradas por los guerreros (el sínodo de Charroux en el 989
instaura la primera organización destinada a hacer que se respete la paz
de Dios). Esta disminución de la inseguridad a su vez no es más que una
consecuencia del deseo de amplios sectores de la sociedad cristiana de
proteger el progreso naciente. «Todos estaban bajo los efectos del terror
hacia las calamidades de la época precedente y atenazados por el temor de
verse desposeídos en el futuro de las delicias de la abundancia», dice
acertadamente Raoul Glaber para explicar el movimiento de paz que
constata en la Francia de comienzos del siglo XI.
Pero el origen de este florecimiento hay que buscarlo en la tierra, que
en el Medioevo es la base de todo. No parece que la clase dominante —
con la excepción de ciertos señores eclesiásticos y de altos funcionarios
carolingios— se haya interesado directamente por la explotación de sus
dominios. Pero las rentas y los servicios que exigía de la masa campesina
debieron impulsar a ésta hacia una cierta mejora de sus métodos de
cultivo para satisfacerlos. Yo pienso que los progresos decisivos que iban
a constituir lo que seLA FORMACIÓN DE LA CRISTIANDAD
51
ha llamado una «revolución agrícola» entre los siglos X y XIII comenzaron
humildemente ya en los siglos VII y VIII y se desarrollaron lentamente
hasta los umbrales del año mil, cuando experimentaron una considerable
aceleración.
Por lo demás, tampoco hay que excluir que la sedentarización de los
bárbaros haya provocado por parte de los nuevos amos una verdadera
política de revalorización. La historia de los primeros duques de
Normandía y del canónigo Dudon de Saint-Quentin, en el siglo XI, nos
muestra cómo los normandos, durante el primer siglo de su instalación en
Normandía se dedican a la explotación agrícola bajo la dirección de sus
duques, que ponen los aperos de labranza hechos de hierro, y sobre todo
los arados, bajo protección ducal.
La lenta difusión de la rotación trienal de cultivos permitió aumentar
la superficie cultivada (quedaba en barbecho sólo un tercio en vez de la
mitad), variar los tipos de cultivo, luchar contra las intemperies
recurriendo a los cereales de primavera cuando los de otoño no habían
dado buenos resultados (o a la inversa). La adopción del arado asimétrico
de ruedas y vertedera y el empleo creciente del hierro en los aperos de
labranza facilitaron el trabajo de arado más profundo que se repetía con
más frecuencia. Las superficies cultivadas, el rendimiento, la variedad de
la producción y, como consecuencia, la alimentación mejoraron.
Una de las primeras consecuencias fue un aumento de la población,
que se duplico probablemente entre los siglos X y XIV. Según J.C. Russell,
la población de Europa occidental pasó de 14,7 millones hacia el 600 a
22,6 en el 950 y a 54,4 antes de la gran peste del 1348. Según M.K.
Bennett, para todo el conjunto de Europa el crecimiento iría de 27
millones hacia el 700 hasta 42 en el año mil y hasta 73 en el 1300.
Esta explosión demográfica, a su vez, fue decisiva para la expansión de
la cristiandad. Las condiciones del modo de producción feudal, que
podían fomentar un cierto progreso técnico, pero que impedían con toda
probabilidad sobrepasar un cierto nivel de mediocridad, no permitían los
suficientes avances cualitativos de la producción agrícola como para
responder a las necesidades del crecimiento demográfico. El aumento del
rendimiento y del poder nutritivo de las cosechas continuaba siendo
escaso. El modo de cultivo feudal excluía los cultivos auténticamente
intensivos. No quedaba más remedio que ampliar el espacio cultivado. El
primer aspecto de la expansión de la cristiandad entre los siglos X y XIV
fue un intenso movimiento de roturación. Es difícil establecer su
cronología porque no abundan los textos antes del siglo XII, porque la
arqueología rural está poco desarrollada, porque su práctica es difícil al
haber quedado modificado o destruido con frecuencia el paisaje me-58
DEL MUNDO ANTIGUO A LA CRISTIANDAD MEDIEVAL
dieval en épocas posteriores y porque, como consecuencia, la
interpretación de los resultados es problemática. Según Georges Duby, «la
actividad de los pioneros continúa siendo tímida durante dos siglos,
discontinua y muy dispersa, pero se hizo más intensa y coordinada en los
umbrales del 1150». En un sector fundamental, el de los cereales, el
período decisivo de la conquista agraria se sitúa entre el 1100 y el 1150
como ha demostrado la palinología: el polen de cereales acumulado en
los residuos florales se incrementa sobre todo durante esta primera mitad
del siglo XII.
De ordinario los nuevos campos no fueron más que una ampliación
de los antiguos terruños, «un paulatino ensanche del calvero» ganado a los
márgenes de los eriales y de los pastos. Las tierras desbrozadas
conseguidas mediante el fuego hacían retroceder las zonas de matorral,
pero el fuego raramente iba dirigido contra el oquedal o el monte alto,
tanto por falta de instrumental adecuado (el principal instrumento de la
roturación y el desbroce en el Medioevo era la falce más que el hacha),
como por el deseo de los señores de conservar intactas sus tierras de caza y
el de las comunidades rurales de no hacer demasiada mella en los
recursos forestales que eran esenciales para la economía medieval. La
conquista del suelo también se llevó a cabo mediante la desecación y
saneamiento de marismas y la construcción de pólders. En Flandes, muy
pronto y en gran medida afectada por la explosión demográfica, comienza
este movimiento hacia el año 1100 mediante la construcción de pequeños
diques en muchos lugares.
Sin embargo, esas roturaciones y desbroces llevan consigo a veces la
conquista de nuevas tierras que van unidas a la fundación de nuevos
poblados.
Paralelamente a esta expansión interior, la cristiandad también recurrió
a una expansión exterior. Incluso da la impresión de que en un principio
sus preferencias se hayan inclinado hacia ésta, al encontrar más fáciles las
soluciones militares que las pacíficas de creación de valor.
Así es como nació un doble movimiento de conquista que dio como
resultado la ampliación de las fronteras de la cristiandad en Europa y las
expediciones lejanas en país musulmán: las cruzadas. La extensión de la
cristiandad en Europa, que había adquirido un nuevo vigor en el siglo
VIII y que había continuado en los siglos IX y X, se había convertido casi
por completo en la panacea de los alemanes que ocupaban las fronteras
cristianas en contacto con los paganos por el norte y por el este. El
resultado fue una mezcla de motivos religiosos, demográficos,
económicos y nacionales que otorgó aLA FORMACIÓN DE LA CRISTIANDAD
59
este movimiento, a partir del siglo IX, unos caracteres muy especiales.
Finalmente, el aspecto dominante fue un enfrentamiento entre germanos y
eslavos en el que los motivos religiosos pasaron a segundo término,
puesto que los alemanes no dudaron en acometer a sus vecinos incluso
cuando éstos ya se habían convertido al cristianismo. Ya en el siglo IX el
príncipe moravo Rostislav llama a los hermanos Cirilo y Metodio a su
Estado para contrarrestar la influencia de los misioneros alemanes.
La cristianización se lleva a cabo con gran lentitud y no sin sacudidas.
San Adalberto, arzobispo de Praga a finales del siglo X, aprecia a los
checos vueltos al paganismo y entre otras cosas polígamos. Y después de
la muerte de Mesco II (1034) una violenta insurrección de las clases
populares polacas va acompañada de una vuelta al paganismo. En el
1060, el rey de Suecia Steinkel, aunque cristiano, se niega a destruir el
viejo santuario pagano de Upsala y, a finales del siglo XI, el rey Sweyn
concede su apoyo a una breve vuelta a los sacrificios cruentos, lo que le
vale el sobrenombre de Blotsweyn (el sanguinario). La Lituania, tras la
muerte de Mindaugas (1263), bautizado el 1251, volvió al culto de los
ídolos.
Pero hacia el año mil una nueva serie de Estados cristianos amplía la
cristiandad por el norte y por el este: la Polonia de Mesco el 966, el 985 la
Hungría de Vaik que se convierte en Esteban (san Esteban) y en rey en el
1001, la Dinamarca de Harald del Diente azul (950-986), la Noruega de
Olaf Triggveson (969-1000) y la Suecia de Olaf Skortkonung.
Es cierto que por la misma época Vladimiro, príncipe de Kiev, recibe
el bautismo de Bizancio (988), como lo habían recibido un siglo antes el
búlgaro Boris y los servios. El cisma de 1054 iba a separar de la
cristiandad romana toda la Europa balcánica y oriental.
Los prusianos no se convertirán hasta el siglo XIII y su conversión será
el cimiento de la formación del Estado alemán de los caballeros teutónicos
imprudentemente llamados en 1226 por el duque polaco Conrado de
Masovia y Kuiavia. Los lituanos no lo harán hasta después de la unión de
Polonia y de Lituania en 1385 y del matrimonio de Jagellon, convertido
en el rey Ladislao de Polonia y de Lituania al casarse con la polaca
Eduvigis (santa Eduvigís). Fue bautizado el 15 de febrero de 1386 en
Cracovia.
A estas anexiones a la Respublica Christiana debidas a la
evangelización de los pueblos paganos, hay que sumar importantes
migraciones al interior de la cristiandad que han modificado
profundamente el mapa de Occidente. De estas migraciones, la más
importante es, sin lugar a dudas la colonización alemana del este. Esta
colonización contribuyó al cultivo de nuevas regiones, dio cuerpo y
transformó la red urbana. Pero la expansión germánica es a la60
DEL MUNDO ANTIGUO A LA CRISTIANDAD MEDIEVAL
vez política. Los logros más espectaculares en este sentido son los de
Alberto el Oso, que se convierte en 1150 en margrave de la nueva marca
de Brandeburgo y los de los caballeros teutónicos que conquistaron
Prusia entre el 1226 y el 1283.
La expansión escandinava no es menos impresionante. Se continúa
en el siglo X hacia Islandia, Groenlandia y quizá América donde
algunos «normandos» habrían desembarcado hacia el año mil en la
región de la costa americana variablemente localizada que habrían
llamado Vinland. Esta expansión tuvo grandes éxitos en Inglaterra, por
primera vez a finales del siglo X con el rey Suenon. Después de su
muerte (1014) su hijo Canuto el Grande reina en Inglaterra, Dinamarca,
Noruega y Suecia. Pero a su muerte (1035) el anglosajón Eduardo el
Confesor arrebata Inglaterra a los daneses. Es de nuevo conquistada
partiendo de otra base escandinava, la Normandía. En el 1066,
Guillermo el Bastardo (y también el Conquistador), duque de
Normandía, conquista Inglaterra en una sola batalla, la de Hastings.
Pero otros normandos van más lejos fuera de la zona septentrional y
se instalan en el Mediterráneo. A comienzos del siglo XI aparecen
principados normandos en el sur de Italia. Roberto Guiscardo se apodera
de la Campania, derrota a las tropas pontificias y, el 1059, obliga al papa
Nicolás II a reconocerlo; toma Sicilia a los musulmanes en 1060-1061,
arroja a los bizantinos de Italia al arrebatarles sus últimas plazas, Reggio
y, por último, Bari (1071). En 1081-1083 envía incluso a su hijo
Bohemundo a saquear el Epiro y la Tesalia. Se funda el reino normando
de las dos Sícilias, una de las creaciones políticas más originales de la
Edad Media. El viajero musulmán Ibn Jobair, en la segunda mitad del
siglo XII, queda asombrado por la corte de Palermo donde se codean
normandos y sicilianos, bizantinos y musulmanes. Las tres lenguas
oficiales de la cancillería real son el latín, el griego y el árabe. El reino
normando será para la cristiandad un modelo político —donde se pone de
manifiesto una monarquía feudal pero moderna— y cultural: centro de
traducción del griego y del árabe, lugar de fusión artística del que dan
aún testimonio las magníficas iglesias de Cefalú, de Palermo y de
Monreale que combinan, en síntesis originales, las soluciones
romanogóticas cristianas con las tradiciones bizantinas y musulmanas. En
este medio se forma la más curiosa y la más seductora personalidad de
una figura medieval, el emperador Federico II.
La expansión francesa no es menos vigorosa. Su cuna es la Francia del
norte donde el crecimiento demográfico está en su mejor momento en las
llanuras donde la revolución agrícola está dando sus mejores frutos. Esta
Fran-LA FORMACIÓN DE LA CRISTIANDAD
61
cia del norte coloniza la Francia del mediodía al amparo de la cruzada
contra los albigenses acabada mediante el tratado de París (1229) que
prepara la reunión del Languedoc a la Francia de los Capetos llevada a
cabo a la muerte de Alfonso de Poitiers, hermano de san Luis (1271). Los
franceses se lanzan, tras otro hermano de san Luis, Carlos de Anjou, a la
conquista del reino de las dos Sicilias, arrebatado a los descendientes de
Federico II, a su bastardo Manfredo en Benevento el 1266 y a su nieto
Conradino en Tagliacozzo el 1268. Pero la Sicilia se le escapa de las
manos a Carlos de Anjou tras las Vísperas Sicilianas de 1282 y pasa a
Aragón.
La emigración francesa se orienta sobre todo hacia España. En efecto,
una de los grandes logros de la expansión cristiana entre los siglos X y XIV
es la conquista de casi toda España a los musulmanes llevada a cabo por
los reyes cristianos ayudados por los mercenarios y los caballeros, en su
mayoría franceses, llegados de allende el Pirineo. Entre esos auxiliares
de la reconquista los monjes cluniacenses franceses, que también
mantuvieron viva la llama de la peregrinación a Santiago de Compostela,
desempeñaron un papel de primera importancia.
La reconquista no fue una secuencia de sucesos ininterrumpidos.
Conoció también reveses —como la destrucción de la basílica de Santiago
de Compostela en el 997 por el famoso Al-Mansur, el Almanzor de las
canciones de gesta—, éxitos sin futuro, como la efímera toma de Valencia
por Fernando I en 1065, vuelta a tomar en el 1094 por Rodrigo Díaz de
Vivar, el Cid Campeador, y largos períodos de descanso. Pero las etapas
decisivas tienen lugar en el 1085 con la toma de Toledo por Alfonso VI de
Castilla y la conquista de todo el país entre el Duero y el Tajo, en el 1093,
mediante la toma de Santarem, Cintra y Lisboa, perdidas y nuevamente
reconquistadas en el 1147. La fecha más importante es la del 16 de julio
de 1212. Ese día los reyes de Castilla, de Aragón y de Navarra obtienen
frente al califa de Córdoba una sonada victoria en las Navas de Tolosa.
Sin embargo los frutos de esta victoria, que quebró la resistencia
musulmana, no se recogerán hasta más tarde. En el 1229 Jaime I de
Aragón conquista Mallorca, en el 1238 Valencia, en el 1265 Murcia. Para
aragoneses y catalanes se abre desde entonces un gran futuro marítimo,
hecho que queda confirmado por la toma de Sicilia en 1282. En el 1248
los castellanos se apoderan de Sevilla. A finales del siglo XIII los
musulmanes de España quedan confinados en el pequeño reino de
Granada que brillará con resplandor singular en el siglo XV con el
embellecimiento de la Alhambra.
La reconquista española va de la mano con una labor sistemática de
repoblación y de rehabilitación de un país devastado. La población
acompaña cada etapa de la conquista. Esta ofrece un terreno
especialmente favorable62
DEL MUNDO ANTIGUO A LA CRISTIANDAD MEDIEVAL
para la instalación a los españoles del norte, a los cristianos extranjeros y
ante todo a los franceses.
Desde mediados del siglo XI la reconquista española iba envuelta en
un ambiente de guerra religiosa desconocida hasta entonces que
preparaba el camino a las realidades militares y espirituales de la
cruzada. Más tarde, la colonización francesa del mediodía francés y del
reino de las dos Sicilias y la colonización alemana de Prusia se revisten
oficialmente con el nombre de cruzada.
Pero este fenómeno de ampliación —y de degeneración— de la
cruzada, que permite situar en el contexto de la expansión global de
Occidente desde mediados del siglo XI hasta finales del siglo XIII hechos
en apariencia aislados y diversos, no debe hacer perder de vista que la
cruzada por excelencia fue la de Tierra Santa. Si ésta terminó en definitiva
con resultados mediocres y más nefastos que felices para el Occidente, no
por eso dejó de ser, por su repercusión psicológica, la vanguardia del
movimiento de expansión de la cristiandad medieval.
Así pues, sin olvidar el papel esencial que desempeñaron en el
arranque de las cruzadas ciertas causas materiales y sobre todo
demográficas más que directamente económicas, hay que prestar una
atención especial al contexto mental y emocional de la cruzada, tal como
lo han analizado admirablemente Paul Alphandéry y Alphonse Dupront.
No cabe duda que la cruzada les pareció a los caballeros y a los
aldeanos del siglo XI —aunque este impulso no estuviera claramente
formulado ni experimentado por los cruzados— una salida al exceso de
población, y el deseo de tierras, de riquezas, de feudos más allá del mar
fue un cebo primordial. Pero las cruzadas, incluso antes de acabar en un
completo fracaso, no resolvieron la sed de tierras de los occidentales, y
éstos tuvieron que buscar rápidamente en Europa, ante todo en el
desarrollo agrícola, la solución que el espejismo ultramarino les había
negado. La Tierra Santa, frente de combates, no fue esa casa de créditos
«buenos o malos» que ciertos historiadores engañados o engañosos han
descrito de forma tan complaciente. Las cruzadas no aportaron a la
cristiandad ni el esplendor comercial nacido de relaciones anteriores con
el mundo musulmán y del desarrollo interno de la economía occidental, ni
las técnicas y los productos llegados por otros conductos, ni el
instrumental intelectual ofrecido por los centros de traducción y las
bibliotecas de Grecia, de Italia (sobre todo de Sicilia) y de España, donde
los contactos eran mucho más estrechos y fecundos que en Palestina, ni
siquiera ese gusto por el lujo y esas costumbres muelles que ciertos
moralistas sombríos de Occidente creen que son el patrimonio exclusivo
del Oriente y un regaloLA FORMACIÓN DE LA CRISTIANDAD
63
envenenado de los infieles a los cruzados ingenuos y sin defensa ante los
encantos y las encantadoras de Oriente. No cabe duda que los beneficios
obtenidos sobre todo, no del comercio, sino del alquiler de los barcos y
de los préstamos a los cruzados permitieron a ciertas ciudades italianas
—en especial Genova y Venecia— enriquecerse rápidamente; pero que
las cruzadas favorecieron el florecimiento del comercio de la cristiandad
medieval, ningún historiador serio podría negarlo. Pero que ellas, por el
contrario, hayan contribuido al empobrecimiento del Occidente, sobre
todo de la clase caballeresca, que lejos de crear la unidad moral de la
cristiandad empujaran a envenenar ciertas oposiciones nacionales
nacientes (basta, entre tantos testimonios como se podrían citar, con leer
el relato de la segunda cruzada hecho por Eudes de Deuil, monje de
Saint-Denis y capellán del capeto Luis VII, donde el odio entre
alemanes y franceses es exasperante en cada episodio), que hayan
cavado una fosa definitiva entre Oriente y Occidente (de cruzada en
cruzada se acentúa la hostilidad entre latinos y griegos que desembocará
en la cuarta cruzada y en la toma de Constantinopla por los cruzados en
el 1204), que lejos de suavizar las costumbres, la rabia de la guerra santa
haya conducido a los cruzados a los mayores excesos, desde las
depuraciones racistas perpetradas en el camino hasta las matanzas y
saqueos (el de Jerusalén por ejemplo en el 1099 y el de Constantinopla
en el 1204 cuya relación se puede leer en los relatos de los cronistas tanto
cristianos como musulmanes o bizantinos), que la financiación de la
cruzada haya sido el motivo o el pretexto para el endurecimiento de la
fiscalidad pontificia, para la práctica desconsiderada de las indulgencias,
y que finalmente las órdenes militares, impotentes para defender y
conservar la Tierra Santa, se hayan replegado hacia el Occidente para
librarse allí a toda suerte de exacciones financieras o militares, todo ello
no es más que el oneroso pasivo de esas expediciones. Apenas veo más
que el albaricoque como posible fruto traído de las cruzadas por los
cristianos.
Sólo queda decir que el efímero establecimiento de los cruzados en
Palestina fue el primer ejemplo de colonialismo europeo y que, como
precedente, está pletórico de enseñanzas para el historiador.
Cuando Urbano II en el 1095 encendió el fuego de la cruzada en
Clermont, cuando san Bernardo lo atizó en el 1146 en Vézelay, pensaban
transformar la guerra endémica de Occidente en una causa justa, la lucha
contra los infieles. Querían purgar a la humanidad del escándalo de los
combates entre correligionarios, dar al ardor belicoso del mundo feudal
una salida digna, indicar a la cristiandad el gran objetivo, el gran
proyecto capaz de forjar la unidad de pensamiento y de acción que le
faltaba. Y, por supuesto, la Igle-64
DEL MUNDO ANTIGUO A LA CRISTIANDAD MEDIEVAL
sia y el papado creían que, gracias a la cruzada de la que ellas asumían la
dirección espiritual, tenían con ello en la mano el medio de dominar en
Occidente incluso esa Respublica Christiana, conquistadora pero
turbulenta, dividida interiormente e impotente para encerrar en sus
límites su vitalidad.
Ese gran proyecto fracasó. Pero la Iglesia había sabido responder a un
deseo y logró hacer del espíritu de cruzada el aglutinante de las
inquietudes ocultas de Occidente. Un largo adoctrinamiento de la
sensibilidad y de las mentalidades había preparado los corazones
occidentales a la búsqueda de la Jerusalén celeste. La Iglesia mostró a los
cristianos que esa imagen ideal estaba encarnada en la realidad y que se
podía llegar hasta ella a través de la Jerusalén terrestre. La sed de
vagabundeo que atenazaba a esos cristianos a quienes las realidades de la
tierra no eran capaces de atar al suelo se veía de repente aplacada por una
peregrinación de la que se podía esperar de todo: aventura, riqueza, y
hasta la salvación eterna. La cruz era aún en Occidente no un símbolo de
sufrimiento, sino de triunfo. Al colgarla al pecho de los cruzados, la Iglesia
daba al fin a este emblema su verdadero significado y le devolvía la
función que había desempeñado para Constantino y para los primeros
cristianos.
Las divergencias sociales volvían a encontrarse en la cruzada, pero
para animar ardores paralelos y convergentes. El ejército de los caballeros
quedaba doblado por el ejército de los pobres. En la primera cruzada, la
cruzada de los pobres, la más inspirada, salió el primero, degolló muchos
judíos por el camino, se desbandó poco a poco y acabó bajo la embestida
del hambre, de las enfermedades y de los turcos antes de llegar a
vislumbrar el objetivo: la Ciudad Santa. Con el correr del tiempo el
espíritu de cruzada se mantuvo vivo en los medios más humildes que
experimentaban con más fuerza su espiritualidad, su mitología. A
comienzos del siglo XIII, la cruzada de los niños —de jóvenes aldeanos—
encarnó la permanencia conmovedora de este impulso.
Los sucesivos fracasos, la rápida degeneración de la mística de la
cruzada en política y muy pronto en escándalo no lograron ahogar esta
gran inquietud durante mucho tiempo. La llamada de allende el mar, del
«paso», agitó a lo largo de todo el siglo XII y más allá la imaginación y la
sensibilidad de los occidentales que no lograban encontrar en casa el
sentido de su destino colectivo e individual.
1099: se toma Jerusalén y se forma un imperio latino en Tierra Santa,
pero muy pronto se ve amenazado. Luis VII y Conrado III en el 1148 se
ven impotentes para acudir en su ayuda y en adelante el mundo cristiano
en Palestina es una piel de zapa que se encoge sin cesar. Saladino recupera
Jerusa-LA FORMACIÓN DE LA CRISTIANDAD
65
lén en el 1187. Ricardo Corazón de León multiplica las proezas en la
tercera cruzada (1189-1192) mientras que a Felipe Augusto le falta tiempo
para volver rápidamente a su reino; la cuarta cruzada se ve desviada hacia
Constantinopla por los venecianos, crea otro efímero imperio latino en
Constantinopla y en Grecia (1204-1261); Federico II, excomulgado por el
papa, obtiene mediante la negociación en el 1229 la restitución de
Jerusalén reconquistada por los musulmanes en el 1244. Sólo algunos
idealistas han conservado el espíritu de la cruzada. San Luis es uno de
ellos. En medio de la consternación de la mayoría de los miembros de su
familia —comenzando por su madre Blanca de Castilla— y de sus
consejeros, logra arrastrar a un ejército de cruzados, de los que la mayor
parte le siguen más por amor a él que por amor de Cristo, una primera
vez en el 1248 (hasta 1254), pero es para caer prisionero de los infieles en
Egipto, y una segunda vez en el 1270, pero es para morir a las puertas de
Túnez.
Hasta finales del siglo XV e incluso después aún se hablará con frecuen-
cia de partir a la cruzada. Pero no se volverá a partir.
A la vez que Jerusalén acaparaba la imaginación occidental, otras
ciudades, más reales y con mayor futuro terrestre, crecían y se
desarrollaban en el mismo Occidente.
La mayoría de esas ciudades existían antes del año mil y se
remontaban a la Antigüedad o más lejos aún. Incluso en país bárbaro,
cristianizado en tiempos tardíos, entre los escandinavos, los germanos o
los eslavos, las ciudades medievales son la continuación de ciudades
primitivas: grods eslavos, wiks nórdicos. Son raras las fundaciones
urbanas ex nihilo en la Edad Media. No obstante, incluso en esos casos,
los más frecuentes, de continuidad, ¿se puede decir que las ciudades
medievales son las mismas que las que les precedían?
En el mundo romano las ciudades eran un centro político y
administrativo, militar ante todo y después económico. Durante la alta
Edad Media, escondidas en un rincón de su antiguo recinto, ahora
demasiado ancho, habían quedado reducidas casi exclusivamente a la
función política y administrativa, incluso ella atrofiada. Las más modestas
debían su importancia relativa, por lo general menos a la presencia de un
soberano (preferentemente viajero y «lugareño») o de un alto funcionario
(no había muchos y carecían de comitivas numerosas fuera de los
«palacios» reales) que a la del obispo. El cristianismo, religión ante todo
urbana, ha mantenido en Occidente la continuidad66
DEL MUNDO ANTIGUO A LA CRISTIANDAD MEDIEVAL
de la urbe. Y si la ciudad episcopal conserva una cierta función
económica, es la que desarrollan los silos del obispo o de los monasterios
(situados en la ciudad) que almacenan los víveres llegados del campo y
que, a cambio de servicios más que de dinero, y en tiempo de penuria
gratuitamente, se distribuyen a la mayor parte del pequeño grupo de
habitantes. Lo que con mucha frecuencia hace creer erróneamente en la
continuidad del hecho urbano del primer milenio en la Edad Media es que
la ciudad medieval se instala al lado mismo del núcleo antiguo. Es una
ciudad de arrabal, podgrozie eslavo, portus occidental. Por lo demás,
incluso donde hubo continuidad, las grandes ciudades medievales fueron
por lo general las sucesoras de pequeñas ciudades de la Antigüedad o de
la alta Edad Media. Venecia, Florencia, Genova, Pisa, incluso Milán
(mediocre hasta el siglo IV y eclipsado por Pavía entre los siglos VII y XI),
París, Brujas, Gante, Londres, por no hablar de Hamburgo o de Lübeck,
son otras tantas creaciones medievales. Con la excepción de las ciudades
renanas (Colonia o Maguncia) y sobre todo de Roma (pero que en la
Edad Media apenas era más que un gran centro religioso, un Santiago de
Compostela cuya población permanente era más numerosa), las ciudades
romanas más importantes desaparecieron o pasaron a un segundo plano
en la Edad Media.
Henri Pirenne ha demostrado claramente que la ciudad medieval nace
y se desarrolla a partir de su función económica. Quizá haya exagerado el
papel de los comerciantes, minimizado el de los artesanos y beneficiado el
despertar comercial en comparación con el agrícola que le nutre,
alimentando con víveres y con hombres los centros urbanos.
Hay que resignarse a atribuir el nacimiento y el desarrollo de las
ciudades medievales a un conjunto complejo de estímulos y sobre todo a
grupos sociales diversos. « ¿Nuevos ricos o hijos de ricos?» Ése era el
problema que se planteaba, después de Pirenne, en un célebre debate
dirigido por Lucien Febvre. Es cierto que las ciudades atrajeron a
homines novi, a recién llegados que huían del terruño, a las familiae
monastichae, libres de prejuicios, dispuestos a apostar y a ganar, pero con
ellos, mezclados a ellos o respaldándolos —prestándoles ante todo el
dinero que sólo ellos poseían al inicio— miembros de las clases
dominantes: aristocracia territorial y clero desempeñaron un papel
determinante. Una categoría como la de los ministeriales, agentes
señoriales salidos de ordinario de la esclavitud o de la servidumbre, pero
escalando más o menos rápidamente a las capas superiores de la jerarquía
feudal participó de forma importante, sin duda alguna, en el desarrollo
urbano. Las regiones intensamente urbanizadas del Occidente medieval
—si se dejan de lado aquellas donde la tradición grecorromana, bizantina
o mu-LA FORMACIÓN DE LA CRISTIANDAD
67
sulmana había establecido bases más sólidas (Italia, Provenza,
Languedoc, España) —, son regiones donde desembocan grandes rutas
comerciales (Italia del norte al final de las vías alpinas y de las rutas
marítimas mediterráneas, Alemania del norte y Flandes donde llega el
comercio del este, Francia del nordeste donde se dan cita, en las ferias de
la Champaña, sobre todo en los siglos XII y XIII, mercaderes y productos
del norte y del mediodía). Además esas regiones son también las de las
llanuras más ricas, las de los avances más firmes de la rotación trienal de
cultivos, aquellas donde más extendido está el empleo del arado y del
caballo de labranza. Es cierto que incluso aquí es difícil separar lo que es
causa, en la estrecha relación campo-ciudad en la Edad Media, de lo que
es efecto. Las ciudades, para nacer, tuvieron necesidad de un medio rural
favorable pero, a medida que iban desarrollándose, ejercían sobre un
entorno territorial dilatado, a medida de sus exigencias, una atracción
cada vez mayor. La población urbana, grupo de consumidores que sólo
marginalmente participa en la producción agrícola (es cierto que no hay
campos en el interior de la ciudad medieval, pero hay jardines y huertos
de viñedos que desempeñan un papel nada despreciable en la
alimentación de los ciudadanos), necesita alimentarse. Se amplían las
roturaciones en torno a las ciudades, crece el rendimiento tanto más
cuanto que de sus arrabales rurales la ciudad no sólo recibe víveres, sino
también hombres. La emigración del campo a la ciudad entre los siglos X
y XIV es uno de los fenómenos más importantes de la cristiandad. La
ciudad hace una sociedad nueva con los diversos elementos humanos
que recibe. No cabe duda de que esta sociedad pertenece también a la
sociedad «feudal» que uno se imagina casi exclusivamente rural. Los
suburbios (banlieue) rurales de que se rodea y a quienes impone su poder
—ban— de tipo feudal siguen un camino paralelo a la evolución de la
señoría hacia lo que se ha dado en llamar señoría banal, basada
igualmente en el ejercicio estricto del ban. Están empapados de la
influencia de los «feudales» quienes, a veces —como en Italia— tienen
allí una residencia. Sus notables imitan el género de vida de los nobles, se
hacen construir casas de piedra, elevan esas torres que, si bien sirven para
la defensa y el almacenamiento de los víveres, son también y ante todo
señales de prestigio. No hay duda de que la sociedad urbana es
minoritaria en un mundo que continúa siendo ante todo rural. Pero poco
a poco esa sociedad urbana logra reemplazar sus propios impulsos por las
consignas llegadas del campo. La Iglesia no se equivoca al respecto. En el
siglo XII aún es la voz de los monjes, de un Pedro el Venerable, de Cluny,
de un san Bernardo sobre todo, del Cister, la que muestra el camino a la
cristiandad. Aún tendría que llegar san Bernardo a predicar la cruzada en
Vézelay, ciudad híbrida y ciudad nueva en torno68
DEL MUNDO ANTIGUO A LA CRISTIANDAD MEDIEVAL
a su monasterio, e intentar en vano arrancar a las seducciones urbanas a
París, al pueblo estudiantil al que quiere llevar al desierto, a la escuela del
claustro. En el siglo XIII los líderes espirituales —dominicos y
franciscanos— se instalan en las ciudades y, desde el pulpito de sus
iglesias o desde las cátedras de las universidades gobiernan las almas.
Este papel de guía, de levadura, de motor, asumido en adelante por
la ciudad se establece ante todo en el orden económico. Pero, incluso si al
principio la ciudad fue sobre todo un lugar de intercambios, un nudo
comercial, un mercado, su función esencial en este aspecto es su
actividad productiva. Es un taller. Pero lo más importante es que en ese
taller se establece la división del trabajo. En el campo, en la alta Edad
Media, el sector, incluso si contaba con una cierta especialización técnica
artesanal, había concentrado todas las funciones de la producción. Quizá
se pueda distinguir una etapa intermedia en los países eslavos —en
Polonia y en Bohemia sobre todo— donde se ve a los grandes propietarios,
entre los siglos X y XIII, distribuir a los especialistas: palafreneros,
herreros, alfareros, carreteros en aldeas particulares (cuya toponimia
conserva aún hoy en día su recuerdo: por ejemplo en Polonia Szewce
[sutores]-zapateros). Como las ha definido Aleksander Gieysztor, «se
trata de aldeas bajo la autoridad del señor del castillo ducal, habitadas
por artesanos que, incluso obteniendo de la práctica de la agricultura lo
esencial de su subsistencia, estaban obligados a prestaciones artesanales
especializadas». Con las ciudades, esta especialización se lleva hasta el lí-
mite. El artesano deja de ser también y sobre todo un labrador y el
«burgués» de ser también y sobre todo un hacendado.
Pero no hay que exagerar el dinamismo ni la autonomía de los
nuevos oficios. Los «feudales», mediante no pocas trabas económicas
(las materias primas vienen en su mayoría de sus haciendas o dominios) e
institucionales (los señores, al amparo de los derechos feudales y sobre
todo de las tasas, limitan y sangran producción e intercambios, a pesar
de las franquicias obtenidas por las ciudades), controlan la actividad
económica. Las corporaciones que constituyen el marco de los nuevos
oficios son ante todo, como muy bien los ha definido Gunnar Mickwitz,
«cárteles» que eliminan la competencia y constituyen una remora para la
producción. La especialización a ultranza (no hay más que abrir el Libro
de los Oficios de Etienne Boileau que reglamenta, a finales del reinado
de san Luis, entre 1260 y 1270, las corporaciones parisienses, para
quedar asombrados por ejemplo de la cantidad de oficios que trabajan
el hierro: veintidós, de un total de ciento treinta) es si no la causa, al
menos un indicio de la debilidad de la nueva economía. Esta economía
se limita sobre todo a la satisfacción de las nece-LA FORMACIÓN DE LA CRISTIANDAD
69
sidades locales. Son raras las ciudades que trabajan para la exportación:
sólo los textiles, en la Europa del noroeste, en Flandes sobre todo, y en
la Italia del norte alcanzan (por la producción de telas de lujo y semilujo:
paños finos, sedas) dimensiones que son casi las de una industria y
fomentan industrias anejas, por ejemplo la de plantas de tintorería entre
las que el glasto o hierba pastel, a partir del siglo XIII, adquiere un lugar
privilegiado. Queda el edificio, pero ése es un caso especial.
Las ciudades desempeñan también el papel de nudos de intercambios
comerciales. Sólo los productos de lujo (telas, hierba pastel, especias) o de
primera necesidad (sal) alimentan durante largo tiempo el comercio. Las
mercaderías pesadas (cereales, madera) entran en ellas muy lentamente.
Algunas plazas bastan para garantizar la venta de estos productos y las
prácticas rudimentarias —en particular el intercambio de monedas— que
les acompañan. Las ferias de la Champaña en los siglos XII y XIII son el
foco principal. Surgen puertos y ciudades en Italia y en el norte de
Alemania. Los italianos: venecianos, genoveses, pisanos, amalfitanos,
milaneses, sieneses, comerciantes de Asti y muy pronto florentinos
operan más o menos aisladamente en el marco de sus ciudades
respectivas, como los de Amiens o los de Arras, pero por el norte aparece
una vasta confederación comercial que adquiere rápidamente un poderío
también político y que domina los intercambios en un amplio radio de
acción: la Hansa. A finales del siglo XIII esta confederación extiende su
influencia desde Flandes e Inglaterra hasta el norte de Rusia.
Por la misma época se produce un giro en las relaciones de los dos
grupos que dominaban el gran comercio, los hanseáticos en el norte y los
italianos en el sur. En vez de encontrarse por las vías terrestres, largas,
costosas, constantemente amenazadas, que desembocaban sobre todo en
las ferias de la Champaña, establecieron un vínculo directo y regular por
mar. Las flotas de los mercaderes unieron Genova y Venecia con Londres y
Brujas y, más allá de ellas, con el espacio báltico y sus tierras del interior.
El modesto comercio medieval limitado en la alta Edad Media a las vías
fluviales, desarrollándose lentamente a lo largo de las vías terrestres entre
los siglos X y XIV y aventurándose por los mares, desde Alejandría a
Riga, por las rutas del Mediterráneo, del Atlántico, de la Mancha, del mar
del Norte y del Báltico, preparaba la expansión comercial de la Europa
moderna.
Apoyándose en las ciudades, este gran comercio naciente fomentaba
otros dos fenómenos de la máxima importancia.70
DEL MUNDO) ANTIGUO A LA CRISTIANDAD MEDIEVAL
Completaba, mediante el establecimiento de sucursales lejanas, la
expansión de la cristiandad medieval. En el Mediterráneo, la expansión
genovesa y veneciana sobrepasaban incluso el marco de una
colonización comercial. Los venecianos, que habían obtenido una serie
de privilegios cada vez más exorbitantes de los emperadores de
Constantinopla (en el 992 y en el 1082), fundan un verdadero imperio
colonial en las costas del Adriático, en Creta, en las islas jónicas y egeas
(concretamente en Negroponto, es decir en Eubea) después de la cuarta
cruzada (1204). Ese imperio englobará aún en los siglos XIV y XV las
islas de Corfú y de Chipre. Los genoveses hacen de sus establecimientos de
la costa de Asia Menor (Focea, gran productora de alumbre, esencial como
mordiente para la industria textil) y del norte del mar Negro (Kaffa)
puntos básicos para la canalización de las mercancías y de los hombres
(esclavos domésticos de ambos géneros).
Por el norte, la Hansa establece sus mercados en territorio cristiano,
en Brujas, en Londres, en Bergen, en Estocolmo (fundada en el 1251) e
incluso más al este en territorio pagano (Riga, 1201) u ortodoxo
(Novgorod). La colonización mercantil duplica la colonización urbana y
rural alemana y, unas veces pacífica y otras belicosa, se asegura privilegios
que, más allá del beneficio económico, establecen una verdadera
superioridad étnica. También la forma comercial de la colonización ha
habituado a los occidentales a un colonialismo que significará para ellos
primero los éxitos y después los sinsabores conocidos.
El gran comercio desempeñó también un papel capital en la
expansión de la economía monetaria. Las ciudades, centros de consumo y
de intercambios, tuvieron que recurrir cada vez más a la moneda para
saldar sus transacciones. El siglo XIII es el del estadio decisivo. Florencia,
Genova, Venecia, los soberanos españoles, franceses, alemanes e ingleses
se ven obligados a acuñar, para hacer frente a esas necesidades, primero
piezas de plata de alto valor: las libras, después piezas de oro (el florín
florentino es del 1252, el escudo de san Luis, del 1263-1265, el ducado
veneciano, del 1284).
El progreso de la economía monetaria, al introducirse en el campo, al
modificar la renta feudal, sería un elemento decisivo de la transformación
del Occidente medieval.
La marca urbana no es menor en los ámbitos intelectual y artístico.
No cabe la menor duda de que el marco monástico continúa siendo en el
siglo XI, y en menor medida en el siglo XII, el más favorable al desarrollo
de la cultura y del arte. La espiritualidad mística, el arte románico se
recrean en los conven-LA FORMACIÓN DE LA CRISTIANDAD
71
tos. Cluny y la gran iglesia del abad Hugo (1049-1109) simbolizan esta
preeminencia monástica en el alba de los nuevos tiempos. El Cister, sus
hijas y sus nietas, la iban a continuar, aunque con otros medios.
Pero la translatio cultural que hace que la primacía de los monasterios
pase a las ciudades se manifiesta claramente en dos ámbitos principales:
la enseñanza y la arquitectura.
En el transcurso del siglo XII las escuelas urbanas se adelantan de
forma decisiva a las escuelas monásticas. Los nuevos centros escolares,
salidos de las escuelas episcopales, se independizan de ellas en lo referente
al reclutamiento de sus maestros y de sus alumnos y en lo que atañe a sus
programas y a sus métodos. La escolástica es hija de las ciudades. Es la
reina de las nuevas instituciones: las universidades, corporaciones
intelectuales. El estudio y la enseñanza se convierten en un oficio, en una
de las numerosas actividades especializadas del taller urbano. Por lo
demás, el mismo nombre es significativo: universitas, que es lo mismo
que corporación. Las universidades no son más que las corporaciones de
maestros y de estudiantes: universitas magistrorum et scolarium, con sus
diferencias y sus matices, de Bolonia donde dominan los estudiantes, o de
París donde dominan los maestros. El libro se convierte en un
instrumento y no en un ídolo. Como todo instrumento, tiende a fabricar-
se en serie, constituye el objeto de una producción, de un comercio.
El arte románico, producto y expresión del desarrollo de la cristiandad
después del año mil, se transforma en el transcurso del siglo XII. Su
nuevo rostro, el gótico, es un arte urbano. Como arte de catedrales
brotadas del cuerpo urbano, ellas mismas lo dominan y lo subliman. La
iconografía de las catedrales es la expresión de la cultura urbana: la vida
activa y la contemplativa buscan en él un equilibrio inestable, las
corporaciones adornan la iglesia con vidrieras y en ellas se despliega todo
el saber escolástico. En torno a la ciudad, las iglesias de la campaña
reproducen con menor acierto artístico y con recursos materiales mucho
más limitados el plano de la catedral de la ciudad modelo, o uno de sus
elementos más significativos: el campanario, la torre, el tímpano. La
catedral, hecha para albergar a un pueblo nuevo, más numeroso, más
humano y más realista, no olvida de recordarle la vida rural cercana y
bienhechora. El tema de los meses, marco de los trabajos rústicos, sigue
siendo uno de los ornamentos tradicionales de la iglesia urbana.
La Iglesia participa de este progreso de la cristiandad y ocupa en él
un puesto preeminente. Y no es que ella haya desempeñado directamente
en el72
DEL MUNBO ANTIGUO A LA CRISTIANDAD MEDIEVAL
desarrollo económico el papel primordial que se le ha atribuido con
frecuencia y con mucha exageración, sobre todo siguiendo el ejmplo de
Montalembert.
Georges Duby ha subrayado que los monjes desempeñaron un papel
muy desdibujado en las roturaciones porque «los cluniacenses y los
benedictinos de la antigua observancia llevaban una vida de tipo señorial
y, por lo tanto, ociosa», porque las nuevas órdenes, en el siglo XII, «se
establecieron en los calveros ya desbrozados al menos parcialmente»,
porque se dedicaron principalmente a la cría de ganado y «por lo tanto, se
preocuparon relativamente poco de ampliar los campos»; en fin, «por el
cuidado que pusieron en proteger su "desierto" y en mantener a distancia a
los aldeanos, las abadías de nuevo estilo contribuyeron más bien a
proteger ciertos islotes forestales contra las empresas de desbroce y
roturación que, sin ellas, habrían quedado reducidos».
No obstante, incluso bajo el aspecto económico, la Iglesia tuvo un
papel positivo. En los comienzos compromete los recursos de los que sólo
ella dispone. Durante la fase de atesoramiento de la economía había
reunido más bienes que nadie. A partir del año mil, cuando el desarrollo
económico, sobre todo el desarrollo de la construcción, exige una
financiación que el juego normal de la producción no puede ofrecer, la
Iglesia «desatesora», pone en circulación los tesoros acumulados. Por
supuesto, eso se hace en un ambiente de milagros cuyo ropaje
taumatúrgico no debe ocultarnos las realidades económicas. Si un obispo
o un abad quieren ampliar o reconstruir su catedral o su monasterio, un
millagro le hace descubrir inmediatamente el tesoro oculto que le permite,
si no concluir, al menos iniciar su obra.
Durante el período —siglos XI y XII— en que los judíos ya no bastan
para desempeñar el papel de acreedores que habían asumido hasta
entonces y en el que los comerciantes cristianos no han tomado aún su
relevo, los monasterios desempeñan el papel de «entidades de crédito».
La Iglesia, a lo largo de todo el período, protege al comerciante y le
ayuda a vencer el prejuicio que le hace menospreciar a la clase señorial
ociosa. La Iglesia se encarga de rehabilitar la actividad que lleva a la
prosperidad económica y, del trabajo-castigo descrito en el Génesis —el
hombre caído, como penitencia, debe ganar el pan con el sudor de su
frente—, ella hace un valor de salvación.
Sobre todo se adapta a la evolución de la sociedad y le proporciona las
consignas espirituales que necesita. Se vio en las cruzadas. Ofrece los
ideales que son el contrapeso mecesario de las realidades difíciles. A lo
largo de todo este período en el que la prosperidad se construye
lentamente, en el que el dinero se expande, en el que la riqueza se
convierte en un señuelo cada vez másLA FORMACIÓN DE LA CRISTIANDAD
73
seductor, la Iglesia ofrece tanto a quienes triunfan y se inquietan por su
triunfo —el Evangelio expresa una duda seria sobre la posibilidad de que
un rico entre en el reino de los cielos— como a quienes continúan
abrumados, una válvula ideológica: la apología de la pobreza.
El movimiento se concibe en el siglo XI, esboza reformas, numerosos
intentos de vuelta a la simplicidad evangélica (vita vere apostolica), inspira
una reforma del clero en el sentido comunitario —el movimiento
canonical que renueva la institución de los canónigos imponiéndolos la
llamada regla de san Agustín— y se desarrolla a finales del siglo XI y
comienzos del XII. Este movimiento hizo que nacieran nuevas órdenes
que abogaban por la necesidad de ir al «desierto» a buscar de nuevo en la
soledad los verdaderos valores de los que el mundo occidental parecía
alejarse más y más, pero que, ensalzando el trabajo manual, organizando
nuevas formas de actividad económica donde se combinaran los nuevos
métodos de cultivo (barbecho trienal), el recurso más intenso a la cría de
ganado productor de lana y promotor de la industria textil, y la adopción
de las innovaciones técnicas (molinos, forjas), perpetuaron,
transformándola a la vez, la tradición benedictina y su ejemplo
económico.
El modelo llega de Italia, y probablemente, a través de los monjes
griegos de san Basilio presentes en el Lacio, en Calabria y en Sicilia,
hunde sus raíces en la gran fuente del monaquismo bizantino y oriental.
San Nilo de Grottaferrata ya en el siglo X, después san Romualdo,
fundador de los camaldulenses cerca de Rávena (1012) y san Juan
Gualberto, fundador hacia el 1020 de Vallombrosa en la Toscana, son los
inspiradores de los grandes fundadores de órdenes nuevas en torno al
1100, los creadores de los «monjes blancos» que surgen frente a los
«monjes negros» tradicionales, los benedictinos. Esteban de Muret funda
la orden de Grandmont en el 1074, san Bruno la Gran Cartuja en el 1084,
Roberto de Molesme el Cister en el 1098, Roberto de Arbrissel Fontevrault
en el 1101, san Norberto los premonstratenses en el 1120. La oposición
entre el antiguo y el nuevo monaquismo queda simbolizada en la
polémica entre el cluniacense Pedro el Venerable, abad de Cluny (1122-
1156) y el cisterciense san Bernardo, abad de Claraval (1115-1154). A los
adeptos de una espiritualidad donde lo esencial es el servicio divino, el
opus Dei, en el que la masa de los siervos permite a los monjes quedar
libres de obligaciones materiales, se oponen los que abogan por una
mística que combine la oración con el trabajo manual practicado por los
monjes juntamente con los hermanos conversos y los laicos; a los
religiosos imbuidos de una sensibilidad que se alimenta en la
magnificencia de las iglesias, en el esplendor de la liturgia, en la pompa
de los oficios, se oponen los monjes apasionados por la simpli-74
DEL MUNDO ANTIGUO A LA CRISTIANDAD MEDIEVAL
cidad, por las líneas puras sin adornos. Frente al románico barroco que se
recrea en revestimientos suntuosos y en las extravagancias de una
ornamentación tortuosa —la simplicidad románica es una creación
encantadora, pero anacrónica, del siglo XX— el Cister adopta el gótico
naciente más riguroso, más ordenado, desechando el detalle por lo
esencial.
Pero, sobre todo, aparecen personajes marginales, anarquistas de la
vida religiosa, que fomentan durante todo el período las aspiraciones de
las masas hacia lo puro. Son los eremitas, poco conocidos aún, que
surgen por toda la cristiandad, roturadores escondidos en los bosques
donde se ven asaltados por los visitantes, situados en los lugares idóneos
para ayudar a los viajeros a encontrar el camino, a atravesar un torrente o
una pasarela, modelos no corrompidos por la política del clero
organizado, directores de conciencia de ricos y de pobres, de almas en
pena y de amantes. Con su cayado, símbolo de fuerza mágica y de
transhumancia, con los pies descalzos y vestidos con pieles de animales
salvajes, invaden el arte y la literatura. Son la encarnación de las
inquietudes de una sociedad que, dentro del crecimiento económico y sus
contradicciones, busca el refugio de una soledad presente incluso en el
mundo y en sus problemas.
Pero el desarrollo y el éxito de las ciudades relegan a un segundo plano
el antiguo y el nuevo anacronismo, las comunidades monásticas y a los
solitarios vinculados a una sociedad rural y feudal. Adaptándose una vez
más, la Iglesia permite que crezcan en su seno órdenes nuevas: los
mendicantes. ¡Pero no sin dificultades, ni sin crisis! Hacia el 1170, Pedro
Valdo, comerciante de Lyon, y sus discípulos, los Pobres de Lyon a quienes
se llamará valdenses, llevan tan lejos su crítica a la Iglesia que acaban
siendo expulsados de ella. En el 1206 el hijo de un rico comerciante de
Asís, Francisco, da la impresión de aventurarse por el mismo camino. En
torno suyo un grupo, al comienzo doce «pequeños hermanos»,
«hermanitos», «hermanos menores», tienen como único propósito,
mediante la práctica de la humildad y de la pobreza absoluta acompañada
de la mendicidad, ser un fermento de pureza en un mundo corrompido.
La Iglesia se inquieta ante tanta intransigencia. Los papas y la curia
romana, los obispos, quieren imponer a Francisco y a sus compañeros
una regla, hacer de ellos una orden inserta en la gran orden que es la
Iglesia. El desgarramiento de Francisco de Asís, atrapado entre su ideal
desnaturalizado y su amor apasionado hacia la Iglesia y la ortodoxia, es
dramático. Acepta, pero se retira. En la soledad de La Verna, poco antes
de su muerte (1226), los estigmas son el desenlace, el precio y la
recompensa de su angustia. A su muerte, su orden se halla durante mucho
tiempo atenazada por la lucha entre los adeptos de la pobreza absoluta y
los partidarios de una acomo-LA FORMACIÓN DE LA CRISTIANDAD
75
dación al mundo. A la vez que la iniciativa de san Francisco daba a su
pesar nacimiento a la orden de los Hermanos Menores a quienes se
llamará franciscanos, un canónigo de la nobleza española, Domingo de
Guzmán, aceptaba de mejor grado la regla de san Agustín para el pequeño
grupo de predicadores que había reunido con el fin de volver a los
herejes al camino de la ortodoxia, mediante la palabra y también la
práctica de la pobreza. Contemporáneos, los Menores y los Predicadores
«a quienes se llamará dominicos» son la esencia de las órdenes
mendicantes que forman, en el siglo XIII, la nueva milicia de la Iglesia. Su
originalidad, su virtud, consiste en dirigirse deliberadamente al medio
urbano. Intentan dar respuesta a los problemas nuevos de esta nueva
sociedad mediante la predicación, la confesión y el ejemplo. Trasladan los
conventos del desierto a la multitud. El mapa de las casas franciscanas y
dominicanas a finales del siglo XIII es el mapa urbano de la cristiandad.
Y, no sin dificultades, han cambiado sus cátedras conventuales por
cátedras universitarias en las que se instalan y brillan con una luz
incomparable. Tomás de Aquino y Buenaventura, maestros en la
Universidad de París, son dominico el primero y franciscano el segundo.
Sin embargo, a pesar de estas adaptaciones y de estos éxitos, la
Iglesia, más bien que guiar la evolución de la cristiandad como había
hecho en la alta Edad Media, la sigue. Desde finales del siglo XIII las
nuevas órdenes —cistercienses y premonstratenses— se niegan a sí
mismas y quedan trasnochadas. Incluso los mendicantes no consiguen
una aceptación unánime: en un tiempo en que el trabajo se ha convertido
en el valor básico de la nueva sociedad, pretender que se acepte el hecho
de vivir de la mendicidad no es nada fácil. Dominicos y franciscanos, a
los ojos de una parte del pueblo, se convierten en el símbolo de la
hipocresía, y los primeros concitan odios añadidos por el modo en que se
han puesto al frente de la represión de la herejía y por el papel que
desempeñan en la Inquisición. Una revuelta popular asesina en Verona al
primer «mártir» dominico, san Pedro mártir; la propaganda de su orden
difundirá por doquier su imagen donde se le representa con el machete
clavado en el cráneo (1252).
Los sínodos de la alta Edad Media marcaban pautas a la sociedad
cristiana. Los concilios de los siglos XII y XIII siguen su evolución. El más
célebre y el más importante de ellos, el concilio de Letrán (1215), que
organiza la enseñanza y establece la comunión pascual obligatoria, es ya
un aggiornamento, la recuperación de un retraso. El siglo XIII es el siglo
de la «laicización» más que el de las catedrales y de las sumas
escolásticas. En 1277 el obispo de París, Esteban Tempier, en una lista de
errores (sílabo) donde condena doscientas diecisiete proposiciones y el
arzobispo de Canterbury, el dominico76
DEL MUNDO ANTIGUO A LA CRISTIANDAD MEDIEVAL
Roberto Kilwardby, en un documento similar, intentan poner freno a la
evolución intelectual. De forma embarullada condenan el amor cortés y la
relajación de las costumbres, el uso inmoderado de la razón en la teología y
el comienzo de una ciencia experimental y racional. Este frenazo será
eficaz en la medida en que tenía por objeto las tendencias vanguardistas
que no se apoyaban en infraestructuras intelectuales suficientemente
seguras. Pero a buen seguro, es un indicio de que la Iglesia, aunque no
todos los clérigos aprobaran tales condenas, se había convertido más que
en retrógrada, en «reaccionaria».
Es cierto que su monopolio ideológico se había visto seriamente
amenazado. Ya desde las primeras manifestaciones del desarrollo de
Occidente allá por el año mil se ponen de manifiesto tendencias que
ponen en tela de juicio el liderato eclesiástico. Se trata de herejías
limitadas. El campesino de Champaña Leutard que predica un evangelio
poco ortodoxo a los habitantes de Vertus y de los alrededores, los herejes
italianos de Monforte, los mismos de Milán, estrechamente vinculados al
movimiento urbano, agrupados en la Pataria y muchos otros, agitan sólo
durante un cierto tiempo, a una sola ciudad o en una región. De igual
modo las herejías ilustradas de un Roscelino, de un Abelardo (si es que
fue hereje), de su discípulo Arnaldo de Brescia que hace salir la herejía de
las aulas para lanzarla a las calles de Roma donde amotina al pueblo
contra el papa, no causan disturbios más que en círculos reducidos. La
Iglesia, —por lo demás frecuentemente apoyada por los príncipes que le
prestan de buena gana la ayuda de su «brazo secular»—, había actuado
pronto y con dureza. En el 1022 se encienden en Orleans las primeras
hogueras para los herejes.
Pero muy pronto se forma y se difunde un movimiento mucho más
vasto y peligroso. Inspirado en las herejías orientales, en conexión con los
bogomilos de los Balcanes, avanza a lo largo de los caminos de Italia hacia
Francia y después hacia Europa central. Se compone de coaliciones
heterogéneas de grupos sociales donde una parte de la nobleza, de nuevos
burgueses, de artesanos —sobre todo de las clases urbanas— forman
movimientos más o menos vinculados unos a otros bajo nombres diversos.
El que más éxito tuvo fue el de los cataros. Los cataros son maniqueos.
Para ellos hay dos principios igualmente poderosos: el bien y el mal. El
Dios bueno se ve impotente ante el príncipe del mal, ya sea éste para unos
un dios igual a él, o un diablo inferior, pero sublevado con éxito. El
mundo terrestre y la materia que lo compone son creaciones del dios
malo. La Iglesia católica es una Iglesia del mal. Frente al mundo, frente a
su organización que es la sociedad feudal, frente a su guía que es la
Iglesia de Roma, no puede haber más que una actitud de re-LA FORMACIÓN DE LA CRISTIANDAD
77
chazo total. El catarismo se constituye muy pronto en iglesia, con sus
obispos, con su clero, los perfectos, e impone a sus adeptos ritos
especiales. Es una anti-Iglesia, un anticatolicismo. No le falta similitud,
incluso lazos de conexión, con los demás movimientos heréticos del siglo
XIII —valdenses, espirituales— y sobre todo con el movimiento más
difuso en los confines de la ortodoxia y de la herejía que, por el nombre de
su inspirador, el monje calabrés Joaquín de Flore, se le llamó joaquinismo.
Los joaquinitas creen en tres épocas: la de la Ley o del Antiguo
Testamento, que fue reemplazada por la de la justicia y del Nuevo
Testamento, también corrompida y bajo la dirección de la Iglesia actual,
que debe desaparecer para ceder el puesto al reino del amor y al
evangelio eterno. Este milenarismo se manifiesta incluso en la espera de
una fecha que debe señalar el fin de la sociedad y de la Iglesia
corrompida y la llegada del orden nuevo: 1260. Pasa la fecha y muchos
creen que la era joaquinita ha llegado con la elevación al pontificado de
un papa que comparte sus ideas: Pedro Morone, Celestino V (1294).
¡Efímero pontificado! Celestino V tiene que abdicar al cabo de algunos
meses y se le encierra en un convento donde muere muy pronto, no sin
que a su sucesor Bonifacio VIII se le haga sospechoso de estar pringado
en su muerte. El final de aquel período que, según palabras de Dante, fue
«el gran negativo» es, después del 1277, el símbolo de un giro en la
historia de la cristiandad.
La Iglesia, a finales del siglo XIII, había quedado vencedora. Al
fracasar contra el catarismo y las herejías similares los medios habituales
y pacíficos, recurrió a la fuerza. Primero a la guerra. Fue la cruzada de los
albigenses, terminada con la victoria de la Iglesia ayudada por la nobleza
de la Francia del norte y, finalmente, tras no pocas reticencias, por el rey
de Francia mediante el tratado de París (1229). Después a la represión
organizada por una nueva institución: la Inquisición. En el plano
institucional, después de enormes dificultades, la Iglesia había ganado
prácticamente la partida a comienzos del siglo XV. En el plano moral, la
había perdido ante el juicio de la historia.
Se han definido a veces las grandes herejías de los siglos XII y XIII
como herejías «antifeudales». Si para el análisis del detalle histórico el
término es discutible, en el marco de una explicación global es
perfectamente válido.
Al poner en tela de juicio la estructura misma de la sociedad, esas
herejías atacaban a lo que la constituía en el fondo: la feudalidad.
Feudalidad y movimiento urbano son dos aspectos de una misma
evolución que organiza a la vez el espacio y la sociedad. Aceptando la
terminología78
DEL MUNDO ANTIGUO A LA CRISTIANDAD MEDIEVAL
de Daniel Thorner, la sociedad del Occidente medieval es una sociedad
campesina que, como toda sociedad campesina, tiene un cierto porcentaje
«minoritario» de ciudades que, en el caso particular de la sociedad
occidental, ha estado dominado por un sistema definido con el término
de feudalismo.
En este esbozo que no pretende más que situar la feudalidad en la
evolución del Occidente entre los siglos X y XIV, contentémonos con
resumir su implantación según Francois Ganshof, su evolución en una
región, la del Macones, según Georges Duby y sus fases según el parecer
de Marc Bloch.
La feudalidad es ante todo el conjunto de lazos personales que unen
entre sí en una jerarquía a los miembros de las capas dominantes de la
sociedad. Estos lazos se apoyan en una base «real»: el beneficio que el
señor otorga a su vasallo a cambio de un cierto número de servicios y de
un juramento de fidelidad. El feudalismo, en sentido estricto, es el
homenaje y el feudo.
El señor y su vasallo quedan unidos mediante el contrato de vasallaje.
El vasallo presta homenaje a su señor. Los textos más antiguos donde
aparece el texto se refieren al condado de Barcelona (1020), al condado
de la Cerdaña (1035), al Languedoc oriental (1033) y al Anjou (1037). Se
extiende por Francia en la segunda mitad del siglo XI y aparece por vez
primera en Alemania en el 1077. El vasallo coloca sus manos juntas en las
de su señor que las cierra sobre las de su vasallo y éste expresa su
voluntad de darse al señor según una fórmula de este tenor: «Sire, yo me
hago hombre vuestro» (Francia, siglo XIII). A continuación hace un
juramento de fidelidad, le da su fe, y puede añadir, como en Francia, el
beso que hace de él un «hombre de boca y de manos». Tras el contrato de
vasallaje, el vasallo debe a su señor el consilium, el consejo, que consiste
en general en la obligación de participar en las asambleas convocadas
por el señor, en especial la obligación de hacer justicia en nombre suyo, y
el auxilium, la ayuda, sobre todo militar y eventualmente financiera. El
vasallo debe contribuir por lo tanto a la administración, a la justicia y al
ejército señoriales. Como contrapartida el señor debe a su vasallo la
protección. El señor, en general con el parecer de su consejo, puede
dictar sanciones contra el vasallo infiel, contra el «felón», de las que la
principal es la confiscación de su feudo. A la inversa, el vasallo puede
«des-afiar», es decir, retirar su fe, no fiarse más del señor que quebranta
sus compromisos. En teoría, este «des-afío», que se establece primero en
Lotaringia a finales del siglo XI, debe ir acompañado de una proclamación
solemne y de la renuncia al feudo.
Aquí se aprecia que lo esencial gira en torno al «feudo». La palabra
aparece en el oeste de Alemania a comienzos del siglo XI y se extiende,
en su acepción técnica, a finales del mismo siglo sin que se le emplee por
doquierLA FORMACIÓN DE LA CRISTIANDAD
79
ni siempre en ese sentido preciso. Es más bien un término de juristas e histo
riadores modernos que un vocablo de la época. Lo más importante es que
en la mayoría de los casos el feudo es una tierra. Esto hace que la
feudalidad se apoye en una base rural y que sea ante todo un sistema de
posesión y de explotación de la tierra.
La concesión del feudo por parte del señor al vasallo tenía lugar en el cur-
so de una ceremonia, la investidura, que consistía en un acto simbólico, en
la entrega de un objeto (estandarte, cetro, bastón, anillo, machete, guante,
puñado de paja, etc.). Tenía lugar, en general, tras el juramento de fidelidad
y de vasallaje. Antes del siglo XIII no se consignó por escrito en un acta
más que en casos excepcionales. La feudalidad es el mundo del gesto, no
de la escritura.
Lo que garantiza el creciente dominio del vasallo sobre su feudo es, evi-
dentemente, la herencia del mismo, pieza esencial del sistema feudal.
Esta evolución se produce muy pronto en Francia, en el siglo X y
comienzos del siglo XI. Fue más tardía en Alemania y en Italia del norte,
donde quedó introducida por Conrado II en el 1037. En Inglaterra no se
generaliza hasta el siglo XII.
Lo que permite el juego político en el sistema feudal, fuera de los
casos de ruptura del contrato de vasallaje, es la diversidad de los
compromisos de un mismo vasallo. Al ser casi cada vasallo el hombre de
varios señores a la vez, esta situación que le puede poner en aprietos, le
permite también en no pocos casos guardar hacia el señor más generoso
una fidelidad de preferencia. Para prevenirse contra la anarquía que
podría resultar de este hecho, los señores más poderosos intentan, sin
lograrlo siempre, hacer que sus vasallos les presten un juramento
preferente, superior al que prestan a los demás señores, el juramento
«ligio». Éste es el que intentarán obtener de todos los vasallos de su reino
los soberanos. Pero aquí nos encontramos con otro sistema distinto del
feudal: el sistema monárquico, que veremos más adelante.
La evolución de un feudalismo regional, como el que Georges Dubvy
ha analizado en la región del Macones en los siglos XI y XII, pone de
manifíesto cómo concretamente el sistema feudal tal como acabamos de
describirlo abstracta y esquemáticamente se basa en una explotación de la
tierra por medio de la dominación de la jerarquía feudal —señores y
vasallos— sobre los campesinos y sobrepasa el ámbito del contrato de
vasallaje para garantizar a cada señor, grande o pequeño, un conjunto de
derechos inmensamente amplios sobre su señoría o su feudo. La
explotación rural, el dominio, es la base de una organización social y
política: la señoría.
Georges Duby insiste en un hecho capital y que no es exclusivo del
Macones. El centro de la organización feudal es el castillo. Uno de los
gran-80
DEL MUNDO ANTIGUO A LA CRISTIANDAD MEDIEVAL
des fenómenos de la historia occidental de los siglos X al XIII es la
aparición de castillos cuyo aspecto militar no debe ocultarnos su
significado mucho más amplio.
A finales del siglo X, la estructura social del Macones es aún,
superficialmente, la de la época carolingia. La principal frontera es la que
separa los libres de los siervos, y muchos campesinos son aún libres. Aún
parece que se respeta el poder condal, expresión del poder público. Pero
las cosas cambian rápidamente y se instala la feudalidad. Y no es que el
feudo se extienda mucho en la región. Pero el castillo se convierte en el
centro de una señoría que absorbe poco a poco todos los poderes:
económico, judicial y político. En el 971 aparece el título caballeresco y
en el 986 el primer tribunal privado, el de la abadía de Cluny; en el 988 un
señor, el conde de Chalón, recauda impuestos por vez primera a los
campesinos tanto libres como siervos. La última mención de un tribunal
vicario independiente de un señor data del 1004 y la última sentencia
dictada por un tribunal condal contra el señor de un castillo, del 1019. A
partir del 1030 se instaura el contrato de vasallaje y en el 1032 el nobilis
desaparece para dejar paso al miles. Mientras que el conjunto de los
campesinos ve con muy pocas excepciones —propietarios de un alodio,
ministriles— cómo sus condiciones tienden hacia la uniformidad en el
seno de una inmensa clase de «villanos», una jerarquía se establece en el
grupo señorial. Hacia el 1075 la caballería, «ante todo clase de fortuna y
de género de vida», se convierte en «una casta hereditaria, una verdadera
nobleza». Sin embargo consta de dos escalones según «el reparto de
poderes sobre los humildes»: el más elevado es el de los sires del castillo
(domini, castellani) que ejercen sobre un territorio de una cierta
importancia todos los poderes públicos (el antiguo ban real); el más bajo
es el de los simple caballeros «que no cuentan más que con un pequeño
número de dependientes personales». Desde su castillo el señor es el
dueño de un territorio donde él ejerce su ban o conjunto de poderes,
tanto privados como públicos: es la señoría llamada «banal» (por más
que el término bannus fuera bastante raro en esa época).
Hacia el 1160 se esbozan nuevos cambios y, entre 1230 y 1250, se
establece una nueva sociedad feudal. «La señoría del castillo deja de ser la
pieza maestra en la organización de los poderes banales.» Primero se
disuelve más o menos en una nivelación de la nobleza que permite que las
«casas fuertes» de los pequeños caballeros de pueblo se levanten en
promontorios y, a comienzos del siglo XIII, dupliquen la serie de castillos
de los siglos XI y XII. Se ve atacada por arriba y por abajo. Por abajo a
causa de una relajación progresiva del dominio de los señores sobre los
«villanos» y por arriba a causaLA FORMACIÓN DE LA CRISTIANDAD
81
del desposeimiento de una parte de los poderes de los señores del castillo
en beneficio de una pequeña minoría de nuevos poderosos: los grandes
señores, los príncipes y sobre todo el rey. En 1239 el Macones queda
anexionado al dominio real, con lo que acaba el feudalismo clásico.
Marc Bloch distingue dos clases de «edades feudales». La primera,
hasta mediados aproximadamente del siglo XI, corresponde a la
organización de un espacio rural casi estable en el que los intercambios son
escasos e irregulares, la moneda rara y el salariado casi inexistente. La
segunda es el producto de las grandes roturaciones, del relanzamiento del
comercio, de la difusión de la economía monetaria, de la superioridad
cada vez mayor del comerciante sobre el productor.
Georges Duby ha hallado en el Macones esta distinción de períodos,
pero sitúa un siglo más tarde, hacia el 1160, el punto de inflexión entre
ambos, «el momento en que la época de los feudos, de los censos y de los
principados feudales sucede al de las castellanías (señorías de castillo)
independientes».
Los historiadores describen la evolución y las fases del feudalismo
medieval mediante la referencia a la evolución económica. Georges Duby,
para quien «a partir de mediados del siglo XI, los movimientos social y
económico van en direcciones opuestas: el uno, que se ralentiza, va hacia
la compartimentación en clases, en grupos cerrados; el otro, que se
acelera, prepara una liberación, una flexibilidad de todos los marcos
sociales», en el fondo es del parecer de Marc Bloch. Yo no estoy seguro
de que los dos movimientos no vayan por más tiempo en el mismo
sentido. La señoría feudal organiza la producción y, de buena o de mala
gana, la transmite a ese grupo de ciudadanos, de comerciantes que
dependen de ella durante mucho tiempo. Es cierto que, a la larga, el
progreso de la burguesía urbana socava la feudalidad pero, a finales del
siglo XIII, está aún lejos de dominarla, ni siquiera en el plano económico.
Será menester esperar aún siglos para que la distancia creciente entre el
poder económico y la debilidad social y política de las capas superiores ur-
banas produzca las revoluciones burguesas de los siglos XVII y XVIII.
La evolución económica ayuda a una gran parte de la clase campesina
a mejorar su suerte: en las tierras recién roturadas, los «huéspedes»
campesinos consiguen franquicias y libertades que se observan sobre
todo en el aspecto urbano o semiurbano de las «villanuevas»,
«villafrancas», «bastidas», para no hablar más que de la terminología
neolatina. En el conjunto de las tierras occidentales se generaliza en el
siglo XIII un movimiento de liberalización que mejora la condición
jurídica de los campesinos, si no ya su situación material. La limitación de
las exacciones señoriales, con la sustitución del82
DEL MUNDO ANTIGUO A LA CRISTIANDAD MEDIEVAL
trabajo personal y gratuito por una redención la mayor parte de las veces
fija —el «censo», la determinación de una cantidad fija para las
principales redenciones «talla abonada»—, determinación que se efectúa
mediante «actas» —el escrito que reemplaza al gesto favorece, por lo
menos al principio, la liberación social—, son el signo y el instrumento
de una cierta promoción de las capas campesinas, sobre todo de la más
afortunada, la de los «labradores», propietarios de su yunta y de sus
aperos de labranza, frente a la masa de los «peones» o «braceros».
Pero esta evolución, sobre todo a partir del siglo XIII, no favorece a la
pequeña y mediana caballería que se endeuda con mayor rapidez de la
que se enriquece y tiene que vender una parte de sus tierras. En el
Macones, el último préstamo autorizado por caballeros data de 1206 y, a
partir de 1230, los pequeños caballeros alodiales se hacen pagar su
homenaje, transforman sus alodios en feudos y, excepto la reserva, van
vendiendo su herencia parcela tras parcela. Los beneficiarios son los
señores más poderosos quienes, si no son ricos por falta de liquidez,
pueden fácilmente pedir prestado; las iglesias, sobre todo las iglesias
urbanas que, mediante las limosnas, llevan a cabo un drenaje de la moneda
y, finalmente, los nobles enriquecidos, algunos campesinos y sobre todo
los burgueses. La crisis que comienza a afectar las rentas de los señores, la
«renta feudal», desembocará en el siglo XIV en una crisis general que
será esencialmente una crisis de la feudalidad.
A ese nivel de la evolución histórica que se llama política, los
fenómenos se muestran a veces complejos, perdidos en el detalle de los
hombres, de los acontecimientos y de los textos de los historiadores, a
menudo seducidos por esas apariencias superficiales. La historia política
del Occidente medieval es especialmente complicada porque refleja la
enorme división debida a la fragmentación de la economía y de la sociedad
y al acaparamiento de los poderes públicos por parte de los jefes de esos
grupos más o menos aislados, una de las principales características, como
se ha visto, de la feudalidad. Pero la realidad medieval del Occidente no
es sólo esta atomización de la sociedad y de su gobierno, sino también el
encastramiento horizontal y vertical de los poderes. Entre esa multitud de
señores, la Iglesia y las iglesias, las ciudades, los príncipes y los reyes, los
hombres de la Edad Media no saben exactamente de quién o de quiénes
dependen políticamente. Incluso en los ámbitos de la administración y de
la justicia, los conflictos de jurisdicción que llenan la historia medieval
ponen de manifiesto esta complejidad.LA FORMACIÓN DE LA CRISTIANDAD
83
Puesto que conocemos el final de la historia, podemos tomar como
hilo conductor para su estudio la transformación de los Estados.
Pasado el año mil, dos personajes parecen encargarse de guiar a la
cristiandad: el papa y el emperador. El conflicto entre ambos va a ocupar
la escena durante todo el período. Teatro de ilusiones tras el cual se
desarrollarán las cosas más importantes.
Tras la muerte de Silvestre II (1003), el papado no hace un papel muy
brillante. Cae bajo los golpes de los señores del Lacio, después, a partir
del 1046, bajo los de los señores alemanes, pero se repone muy pronto.
Incluso libera a toda la Iglesia de la intervención de los señores laicos. La
llamada reforma gregoriana, que toma su nombre de Gregorio VII (1073-
1085), no es más que el aspecto más externo del gran movimiento que
impulsa a la Iglesia hacia un retorno a las fuentes. Se trata de restaurar,
frente a la clase de los guerreros, la autonomía y el poder de la clase
clerical. Esta debe renovarse y delimitarse por sí misma: de ahí la lucha
contra la simonía y la lenta instauración del celibato eclesiástico. De ahí el
intento por fundamentar la independencia del papado, reservando a los
cardenales la elección del papa (decreto de Nicolás II de 1059). De ahí,
sobre todo, los esfuerzos por sustraer al clero de la influencia de la
aristocracia laica, por arrebatar al emperador y, más allá de él, a los
señores, el nombramiento y la investidura de los obispos, y por someter el
poder temporal al poder espiritual, haciendo que se humille la espada
temporal ante la espiritual o, incluso, poniendo ambas a disposición del
papa.
Gregorio VII parece haberlo logrado al humillar al emperador
Enrique IV en Canosa (1077). Pero el penitente imperial tomará muy
pronto su desquite. Urbano II, más prudente, prosigue la obra de forma
más profunda y recurre al truco de la cruzada para agrupar a toda la
cristiandad bajo su autoridad. El año 1122 se firma un compromiso en
Worms: el emperador deja en manos del papa la investidura «por el
báculo y el anillo», promete respetar la libertad de las elecciones y de las
consagraciones, pero conserva la investidura «por el cetro» respecto al
poder temporal de los obispados.
La lucha, bajo una forma u otra, se reaviva con Federico I Barbarroja
(1152-1190) y alcanza su paroxismo con Federico II en la primera mitad
del siglo XIII. Finalmente el papado parece haber salido definitivamente
victorioso. Federico II muere en el 1250 y deja el Imperio sumido en la
anarquía del Gran Interregno (1250-1273). Pero al encarnizarse contra un
ídolo con los pies de barro, contra un poder anacrónico como es el del
emperador, el papa ha olvidado «e incluso ha favorecido» la aparición de
un poder nuevo, el de los reyes.84
DEL MUNDO ANTIGUO A LA CRISTIANDAD MEDIEVAL
El conflicto entre el más poderoso de ellos, el rey de Francia Felipe el
Hermoso, y el papa Bonifacio VIII termina con la humillación del
pontífice, que incluso es abofeteado en Anagni (1303), y con el destierro,
o mejor con la «cautividad» del papado en Aviñón (1305-1376). El
enfrentamiento, en la primera mitad del siglo XIV, entre el papa Juan
XXII y el emperador Luis de Baviera, no significará más que la
supervivencia de estas luchas, que permitirá a los partidarios de Luis,
sobre todo a Marsilio de Padua en su Defensor pacis (1324), definir una
nueva cristiandad donde los poderes temporal y espiritual se hallan
claramente separados. La defensa del carácter laico de los poderes
alcanza con él la categoría de ideología política. El último gran partidario
de la mezcla de poderes, Dante, el último gran hombre de la Edad
Media, a la que resumió en su obra genial, murió con la mirada vuelta
hacia el pasado en el año 1321.
Entre las monarquías y los Estados herederos del poder político que se
construyen entre los siglos XI y XIV, ni siquiera los más fuertes pueden
considerarse asegurados dinásticamente, ni definidos desde el punto de
vista territorial. Para no aducir más que un ejemplo, todo el oeste de la
Francia de esa época está —y seguirá estando hasta el siglo XV— en
equilibrio entre Francia e Inglaterra. Pero el futuro se vislumbra ya en la
formación de conjuntos territoriales que, a través de avances y de
retrocesos, de constantes metamorfosis, se encaminan hacia la integración
de las pequeñas células medievales. Los soberanos fueron los rapsodas de
la cristiandad medieval. Hay tres logros importantes que ocupan el
primer plano Inglaterra, después de la conquista normanda (1066), es la
primera en ofrecer, bajo Enrique I (1110-1135) y, sobre todo, bajo el
Plantagenét Enrique II (1154-1189), la imagen de una monarquía
centralizada. A partir del 1085, el libro del Juicio final, el Domesday
Book, compila las posesiones y los derechos reales y ofrece una base
incomparable a la autoridad real. Sólidas instituciones financieras (por
ejemplo la Corte del Exchequer) y funcionarios estrechamente
dependientes del trono (los sheriffs) completan esta obra. Una grave crisis
estalla a comienzos del siglo XIII y se mantiene durante décadas. Juan sin
Tierra se ve obligado a aceptar que el poder real sea limitado por la Carta
Magna (1215) y, después de la revuelta de la pequeña nobleza, dirigida por
Simón de Montfort, las Provisiones de Oxford vigilan aún más estrecha-
mente a la monarquía. Pero Eduardo I (1272-1307) e incluso Eduardo II
(1307-1327) saben restaurar el poder real al aceptar un control
parlamenta-LA FORMACIÓN DE LA CRISTIANDAD
85
rio que obliga a nobles, eclesiásticos y burgueses de las ciudades a
colaborar con el gobierno. Las guerras entabladas, victoriosas sobre los
galeses, desgraciadas contra los escoceses, mostraron a los ingleses un
armamento y tácticas nuevas e hicieron participar a una parte del pueblo
tanto en la acción militar como en el gobierno local y central. A comienzos
del siglo XIV, Inglaterra es la más moderna, la más estable de las naciones
cristianas, lo que permitirá a ese pequeño Estado, que cuenta con poco
más de cuatro millones de habitantes, conseguir, al iniciarse la guerra de
los Cien Años, brillantes victorias sobre el coloso francés con sus catorce
millones de habitantes.
La Francia de comienzos del siglo XIV no carece, sin embargo, de
prestancia. Sus progresos bajo la monarquía de los capetos han sido más
lentos, pero quizá más seguros. Entre la elección de Hugo Capeto (987) y
la llegada de Luis VII (1137) los débiles monarcas capetos ven sus
fuerzas absorbidas por las luchas oscuras y siempre renovadas contra los
pequeños señores, llenos de rapacidad y atrincherados en sus torreones
de la Isla de Francia. Por otra parte, dan una triste imagen ante sus
grandes vasallos, de los que el más poderoso, el duque de Normandía,
añade a su ducado en el año 1066 el reino inglés y más tarde, a mediados
del siglo XII, los vastos dominios de los Plantagenêts. Sin embargo, desde
1124, Francia demostró su adhesión al rey y su cohesión frente a la
amenaza del emperador alemán, que se ve obligado a retroceder. Los
capetos fundamentan su creciente poder en el engrandecimiento del
dominio real, una vez purgado de sus buitres feudales. Los progresos ya
son visibles bajo Luis VII (1137-1180), fulgurantes bajo Felipe Augusto
(1180-1223) y se extienden y se consolidan bajo Luis VIII (1223-1226),
Luis IX (san Luis) (1226-1270), Felipe el Atrevido (1270-1285) y Felipe
IV el Hermoso (1285-1314). La base financiera del poderío real francés
continúa siendo débil: el rey obtiene la parte esencial de sus recursos de su
dominio, es decir, «vive de lo suyo», pero tiene en su mano la
administración y después la institución, bajo Felipe Augusto, de los
«bailios» o «senescales» y de los «prebostes» y después la ampliación y
la especialización del Consejo de la Corte del rey, en el ámbito de las
finanzas y sobre todo en el de la justicia, con el Parlamento organizado por
Felipe el Hermoso en 1303 y que atrae hacia sí un número creciente de
litigios gracias al éxito ininterrumpido de la «apelación» al rey. Lo mismo
que en Inglaterra, los Estados generales, compuestos de prelados, de
barones y de burgueses ricos de las buenas ciudades, reunidos por Felipe
el Hermoso, representan más una ayuda que una limitación de poder para
el rey y sus consejeros los «legistas», formados en las universidades e
imbuidos de derecho romano puesto al servicio del soberano «emperador
en su reino».86
DEL MUNDO ANTIGUO A LA CRISTIANDAD MEDIEVAL
En 1315, después de la muerte de Felipe el Hermoso, se produce una
reacción feudal, pero en 1328 el cambio de dinastía, la sustitución de los
Capetos por los Valois (1328), se lleva a cabo sin dificultades. A lo sumo, la
nueva dinastía parece más abierta a las influencias feudales, todavía muy
fuertes en la corte de París.
El papado es quien logra el tercer éxito de la monarquía
centralizadora. Tal éxito debe muy poco al poder temporal del papa, a la
base territorial que le ofrece el pobre Patrimonio de san Pedro. El papado,
asegurando su poder sobre los obispos, canalizando los recursos
financieros de la Iglesia «no sin provocar en Inglaterra y en Francia, por
ejemplo, vivas protestas», poniéndose a la cabeza de la codificación del
derecho canónico, se transforma, en el siglo XII y sobre todo en el XIII, en
monarquía supranacional eficaz. No sólo resistirá al destierro de Aviñón,
sino que afianzará su poder sobre la Iglesia.
Los éxitos de la unificación monárquica son menores en la península
Ibérica donde, a pesar de ciertas uniones pasajeras, los reinos se
mantienen separados. Portugal (reino desde 1140), Navarra, Castilla, que
absorbe León a partir del 1140 y Aragón —sin contar la persistencia del
dualismo Aragón-Cataluña bajo la unión política lograda en el 1137—,
parecen formaciones duraderas. Pero cada reino realiza en sus fronteras,
cambiantes al unísono con los avances de la Reconquista y las
combinaciones dinásticas, notables progresos en la centralización. En
Castilla, el reinado de Alfonso X el Sabio (1252-1284) es la época de la
redacción del gran Código de las Siete Partidas y, gracias al favor real, del
esplendor de la Universidad de Salamanca. La corona de Aragón que,
siguiendo el impulso de los catalanes, se apasiona por sus horizontes
mediterráneos, es una gran potencia bajo Jaime el Conquistador (1213-
1276) y, después de la partición del reino (1262), florece el reino de
Mallorca, con su capital Perpiñán y sus ciudades de Mallorca y de Mont-
pellier, donde los reyes residen gustosamente. Las condiciones especiales
de la Reconquista y de la repoblación de la península Ibérica son las que
han permitido al pueblo participar ampliamente en el gobierno gracias a
las asambleas locales especialmente activas.
El fracaso de la centralización monárquica es más ostensible en Italia y
en Alemania. En Italia, el poder temporal de los papas en el centro de la
península y la autoridad imperial en el norte impiden el aglutinamiento
territorial. El juego de las facciones, de los partidos, entre las ciudades o
en el interior de cada ciudad, se ordena más o menos alrededor de los mil
episodios que presenta la lucha entre güelfos y gibelinos. En el sur, el
reino de Ñapóles o de las Dos Sicilias, a pesar de los esfuerzos de los
reyes normandos, alemanes (Federico II funda en Ñapóles la primera
universidad del Estado en el 1224 yLA FORMACIÓN DE LA CRISTIANDAD
87
mantiene a raya la feudalidad mediante las constituciones de Melfi) y
angevinos, ve cómo se suceden una tras otra las dominaciones
extranjeras como para llegar a una administración sólida.
En Alemania, el espejismo italiano aleja a los emperadores de las
realidades germánicas. Federico Barbarroja parece haber impuesto a los
feudales el poder real, sobre todo cuando consigue triunfar en 1181 sobre
el más poderoso señor alemán, Enrique el León, duque de Sajonia y de
Baviera. Pero las querellas dinásticas, las guerras entre los pretendientes a
la corona y el interés creciente por una Italia que cada vez es más
rebelde conducen, con el Gran Interregno (1250-1273), al fracaso de la
centralización monárquica. Las fuerzas políticas vivas de Alemania a
finales del siglo XIII son —en las fronteras de la colonización en el norte y
en el este— las ciudades de la Hansa y las casas principescas antiguas o
nuevas. En el 1273, un pequeño príncipe alsaciano, Rodolfo de
Habsburgo, ciñe la corona imperial y aprovecha su paso por el trono para
establecer en el sudoeste, en Austria, en Estiria y en Carintia, las bases de
la futura fortuna de su dinastía. Al este y al norte, las querellas dinásticas,
la parcelación feudal y la imprecisión de las fronteras son una remora para
la autoridad del poder central, minado además por la colonización
germánica.
En Dinamarca, tras varios altibajos, la realeza parece triunfar sobre
los feudales a comienzos del siglo XIV, pero el rey es tan pobre que, en
1319, debe hipotecar su país a su acreedor, el conde de Holstein. En
Suecia, la realeza se ha hecho electiva en el siglo XIII, pero la familia de
los Folkungar logra imponerse durante un cierto tiempo con Magnus
Laduslas (1274-1290) y después, sobre todo, con Magnus Eriksen (1319-
1332). Noruega parece la más favorecida a este respecto. Haakón V el
Viejo (1217-1263) controla la aristocracia tanto laica como eclesiástica y
convierte la monarquía en hereditaria.
En Polonia, la monarquía acaba con Boleslao el Atrevido, coronado
en Gniezno el día de Navidad del 1076. La dinastía de los Piasts
continúa, no obstante, con duques, muchos de los cuales no han olvidado
el afán unificador, como Boleslao Boca Torcida (1102-1138) y Mesco el
Viejo, después de 1173. Pero también aquí las revueltas de los feudales
laicos y eclesiásticos, directa o indirectamente ayudados no sólo por los
alemanes, sino también por los checos y los húngaros, convierten Polonia
en un grupo de ducados independientes cuyo número aumenta a lo largo
del siglo XIII. En 1295, Przemysl de Gran Polonia restaura en beneficio
propio la realeza polaca, pero, después de él, dos reyes de Bohemia
toman el título de rey de Polonia y será preciso esperar la consagración,
celebrada en Cracovia esta vez (1320), de un pequeño señor de Cujavie,
Ladislao el Breve, para que se consolide la Coro-O»
DEL MUNDO ANTIGUO A LA CRISTIANDAD MEDIEVAL
na regni Poloniae. Su hijo será Casimiro el Grande (1333-1370). Pero
entre tanto, Conrado de Masovía ha llamado imprudentemente a los
caballeros teutónicos contra los prusianos, y los teutónicos, apoyados en
los nuevos obispados de Thorn (Torun), Kulm (Chelmno) y
Marienwerder, fundan un Estado alemán y, tras la conquista de Prusia,
invaden en 1309 la Pomerania de Gdansk y hacen de su castillo de
Marienburg (Malbork) una verdadera capital.
El caso de Bohemia es más complejo. A finales del siglo XII, Otakar I
(1192-1230) se hace coronar rey en 1198 y establece el carácter hereditario
de la corona en la dinastía de los Przemyslidas. Pero los reyes de
Bohemia actúan también como príncipes imperiales y desarrollan en
Alemania un juego peligroso. Otakar II (1253-1278), a quien se apoda el
«Rey de oro» por el fasto de su corte, no se contenta con su cargo de
elector del Imperio y solicita para sí la corona imperial. A sus territorios
de Bohemia y de Moravia añade, por medio de la conquista, Austria,
Estiria, Carintia y Carniola. Pero choca con Rodolfo de Habsburgo quien,
elegido en su lugar, le aplasta en la batalla de Dürnkrut en 1278. El sueño
de la gran Bohemia ha terminado, aunque no el sueño alemán, que realiza
en el siglo XIV el rey de una nueva dinastía extranjera, Carlos de
Luxemburgo, el emperador Carlos IV. Sin embargo, la realidad es la
creciente colonización de Bohemia por parte de los inmigrantes
germánicos.
En Hungría, las numerosas querellas de sucesión suscitadas durante
los siglos XI y XII habían debilitado a los Arpadios, descendientes de san
Esteban que, entre los alemanes y sobre todo los bizantinos tentados
durante un momento por la anexión de Hungría, habían logrado ampliar
su reino en Transilvania, en Eslovenia y en Croacia. Bela III (1173-1196),
casado con una hermana de Felipe Augusto, parece asentar sólidamente
la monarquía, pero la clase ascendente de los feudales impone en 1222 a
su hijo Andrés II una Bula de Oro que se ha llamado impropiamente
Carta Magna de Hungría. Ésta, más que asentar las libertades
nacionales, asegura la supremacía de los nobles, que conducen
rápidamente al país a la anarquía. La muerte del último de los Arpadios,
ocurrida en 1301, origina además una crisis que había de imponer a
Hungría soberanos extranjeros.
El primero de agosto de 1291, los hombres del valle de Uri, la libre
comunidad del valle de Schwyz y la asociación de los hombres del bajo
valle de Nidwalden se juramentan en una liga perpetua, como muchas
otras que había entre las comunidades urbanas o montañesas, contra la
amenaza de los Habsburgo. Era difícil prever que éste iba a ser el núcleo
fundador de una organización política original: la confederación
helvética. El 15 de noviembreLA FORMACIÓN DE LA CRISTIANDAD
89
de 1315, en Morgarten, la liga conseguía contra Leopoldo de Habsburgo
una victoria completa. La fortuna militar de los suizos se anunciaba al
mismo tiempo que su futuro político.
En el momento en que la cristiandad occidental alcanza su apogeo,
pero se prepara para afrontar una crisis y una profunda transformación,
podemos preguntarnos a qué formas y a qué fuerzas corresponderá tomar
el relevo de la feudalidad que, fuerte todavía desde el punto de vista
económico y social, declina ya bajo el punto de vista político. Se podría
pensar que tal privilegio corresponde a las ciudades, cuya prosperidad
crece constantemente, cuyo brillo cultural es incomparable y que, al lado
de éxitos económicos, artísticos, intelectuales y políticos, consiguen
incluso triunfos militares. En 1176, las más precoces de ellas, las
ciudades de Italia del norte, habían infligido a Federico Barbarroja, en
Légano, un desastre que dejó estupefacto al mundo feudal. Y en 1302,
en Courtrai, la infantería de las ciudades flamencas destroza a la flor de
la caballería francesa que dejó en sus manos las quinientas espuelas de
oro que bautizaron la batalla. A Genova, Florencia, Milán, Siena, Venecia,
Barcelona, Brujas, Gante, Yprés, Bremen, Hamburgo y Lübeck parece
que les pertenece el futuro. Y sin embargo, la Europa moderna no se
construirá en torno a las ciudades, sino al de los Estados. La base
económica de las ciudades no bastará ni para asentar un poderío político
de primer orden, ni siquiera para establecer una fuerza económica de
envergadura. A medida que el gran comercio deja de apoyarse con
preferencia en las mercancías de lujo para hacerlo también en materias
pesadas (cereales en primer lugar), el centro urbano va dejando de
ofrecer las dimensiones requeridas. Ya a finales del siglo XIII, las
ciudades no consiguen imponerse si no es encuadrándose en
confederaciones urbanas: ésa es la solución hanseática, o bien reuniendo
en torno a ellas unos arrabales rurales, un territorio cada vez más amplio:
es la solución flamenca (Brujas y Gante consiguen tanta fuerza de su
«franco» como de su comercio externo) y, sobre todo, la italiana: las
ciudades de Liguria, de Lombardía, de Toscana, de Venecia y de Umbría
crean un contado esencial. La más urbanizada quizá de todas ellas, Siena,
donde la banca ha dejado ya atrás sus más gloriosos momentos —en el
siglo XIII—, expresa de manera perfecta en su arte esta necesidad que la
ciudad siente del campo. Los frescos del Palacio Municipal, en los que
Ambrogio Lorenzetti representa entre 1337 y 1339 en honor de sus
ciudadanos, El bueno y el mal gobierno, no separan la ciudad, a pesar de
que se halla cerrada por murallas y erizada90
DEL MUNDO ANTIGUO A LA CRISTIANDAD MEDIEVAL
de torres y de monumentos, de su campiña, de su indispensable contado.
Venecia no se prolongará más que por su Terra ferma. Quizá fuera difícil
preverlo en el 1300. Pero el tiempo de los islotes, de los puentes, de las
pequeñas células está en vías de desaparición, al mismo tiempo que la
feudalidad. Comienza a imponerse un tipo distinto de organización del
espacio: el de los Estados territoriales. Las gentes perspicaces de la época
aprecian esa realidad en el aspecto demográfico. Pierre Dubois piensa
que el rey de Francia es el más poderoso soberano de la cristiandad
puesto que es el que cuenta con mayor cantidad de subditos, y Marsilio de
Padua hace de la población una de las fuerzais principales de los Estados
modernos. Pero ese número no se puede dar más que en una gran
superficie y el progreso comienza a reclamar la unificación de grandes
extensiones.Capítulo 4
La crisis de la cristiandad
(siglos XIV-XV)
Si la mayoría de los Estados cristianos, a comienzos del siglo XIV, se
hallan aún entre fronteras movedizas, la cristiandad en su conjunto ya se
ha estabilizado. Como ha dicho A. Lewis, es «el fin de la frontera». La
expansión medieval ha terminado. Cuando se reemprenda de nuevo, a
finales del siglo XV, se tratará ya de un fenómeno distinto. Por el
contrario, el tiempo de las grandes invasiones parece haber terminado.
Las incursiones mongolas de 1241-1243 dejaron en Polonia y en Hungría
terribles señales, sobre todo en este último país, donde la invasión de los
cumanos, empujados por los mongoles, acrecentaron la anarquía y dieron
a los húngaros un rey, Ladislao IV (1272-1290), medio cumano y medio
pagano, contra el que el papa Nicolás IV predicó una cruzada. Pero sólo
se trata de algunas incursiones, después de las cuales las heridas van
cicatrizando con rapidez. La Pequeña Polonia y la Silesia, tras el paso de
los tártaros, experimentan una nueva ola de roturaciones y de progreso
agrícola y urbano. Pero la cristiandad, en el giro del siglo XIII al XIV, no
solamente se detiene sino que retrocede. Ya no hay más roturaciones, más
conquista del suelo, e incluso las tierras marginales, ganadas para el
cultivo bajo la presión demográfica y la preocupación por la expansión,
quedan abandonadas porque su rendimiento es realmente bajo. En
algunos lu-92
DEL MUNDO ANTIGUO A LA CRISTIANDAD MEDIEVAL
gares se anuncia la deforestación. Comienza el abandono de los campos e
incluso de las aldeas y aparecen los Wüstungen (estudiados por Wilhelm
Abel y sus discípulos). La construcción de las grandes catedrales se
interrumpe antes de terminarlas. La curva demográfica comienza a bajar.
El alza de los precios se detiene y se inicia una depresión
Al lado de estos grandes fenómenos de conjunto, otros
acontecimientos, algunos de los cuales han llamado la atención de los
contemporáneos mientras que otros sólo han tenido trascendencia a los
ojos de los historiadores modernos, anuncian que la cristiandad entra en
crisis.
Una serie de huelgas, de motines urbanos, de revueltas, sobre todo en
Flandes, estallan en el último tercio del siglo XIII (en Brujas, Douai,
Tournai, Provins, Ruán, Caen, Orleans y Béziers en el año 1280; en
Toulouse, en 1288; en Reims, en 1292; en París, en 1306) que
desembocan, en 1302, en las regiones de la actual Bélgica, en un
levantamiento casi general a decir del cronista de Lieja Hocsem: «Este
año el partido popular se levantó en casi todas partes contra los grandes.
En Bravante, ese levantamiento quedó dominado, pero en Flandes y en
Lieja, las fuerzas populares dominaron durante largo tiempo».
En 1284, las bóvedas de la futura catedral de Beauvais, levantadas
hasta cuarenta y ocho metros de altura, se derrumban. El sueño gótico
ya no irá más alto. Los trabajos de muchas catedrales se detienen:
Narbona en 1286, Colonia en 1322; Siena llegará al límite de sus
posibilidades en 1366.
La devaluación de la moneda —las mutaciones monetarias— da
comienzo. La Francia de Felipe el Hermoso (1285-1314) conoce varias,
las primeras de la Edad Media. Las bancas italianas, sobre todo las
florentinas, sufren en 1343 bancarrotas clamorosas.
No cabe duda de que estos síntomas de crisis se manifiestan en los
sectores más frágiles de la economía: en las ciudades donde la economía
textil había alcanzado un desarrollo que la dejaba a merced de una pérdida
del poder adquisitivo de la clientela rica para quien producía y exportaba;
en el ramo de la construcción, donde los enormes medios que había que
poner en juego se hacían cada vez más caros, a medida que la mano de
obra, las materias primas y los capitales encontraban mejor empleo en
otros sectores más lucrativos; en el sector de la economía monetaria, donde
los errores en el manejo del bimetalismo que siguió al relanzamiento de la
acuñación en oro y las imprudencias de los banqueros presionados por los
príncipes cada vez más ávidosLA CRISIS DE LA CRISTIANDAD
93
de créditos y cada vez más endeudados, acrecentaban las dificultades
inherentes a una forma de economía con la que incluso los especialistas
estaban poco familiarizados.
La crisis se manifiesta en toda amplitud cuando alcanza el nivel
esencial de la economía rural. Durante el período de 1315-1317, una serie
de factores meteorológicos adversos dieron como resultado malas
cosechas, alza de los precios y la reaparición de la hambruna general casi
desaparecida en Occidente —de la parte occidental al menos— en el siglo
XIII. En Brujas, de treinta y cinco mil personas, dos mil murieron de
hambre.
A partir de 1348, la Gran Peste hace caer drásticamente la curva
demográfica, ya en descenso, y transforma la crisis en catástrofe.
Pero la crisis es anterior al azote, que no ha hecho más que agravarlo,
y sus causas hay que buscarlas en el fondo mismo de las estructuras
económicas y sociales de la cristiandad.
La disminución de la renta feudal y los trastornos originados por la
parte cada vez mayor que los campesinos tienen que pagar en moneda
para liquidar sus censos, ponen en entredicho las bases del poderío de los
feudales.
Esta crisis, por fundamental que sea, no entraña una depresión de toda
la economía occidental y no afecta por igual ni a todas las categorías ni a
todos los individuos.
Unos sectores geográficos o económicos se ven afectados mientras
que, a su lado, se inicia un nuevo desarrollo que reemplaza y compensa
las pérdidas vecinas. La industria de los tejidos de lujo tradicionales, la
vieille draperie, se ve seriamente afectada por la crisis, y los centros
donde ésta dominaba van hacia su ocaso pero, a su lado, surgen nuevos
centros que se consagran a la fabricación de paños menos valiosos
destinados a una clientela menos rica y menos exigente: es el triunfo de
los «nuevos paños», de los satenes y de los fustanes confeccionados con
algodón. Si una familia hace quiebra, otra cercana ocupa su lugar.
Tras un momento de confusión, la clase feudal se adapta, reemplaza
por doquier los cultivos por la ganadería, más productiva y, en
consecuencia, transforma el paisaje rural multiplicando los cercados de
ganado. Modifica los contratos de explotación campesina, la naturaleza
de los pagos y la manera de efectuarlos, inicia el manejo de las monedas
reales y, a la vez, de las monedas de cuenta, cuyo hábil uso le permite
hacer frente a las mutaciones monetarias. Pero, claro está, sólo los más
poderosos, los más há-94
DEL MUNDO ANTIGUO A LA CRISTIANDAD MEDIEVAL
biles o los más afortunados consiguen prosperar donde los demás van a
la ruina.
Y no es menos cierto que la caída demográfica, agravada por la peste,
debilita la mano de obra y la clientela, pero los salarios suben y los
supervivientes son, en general, más ricos.
Tampoco cabe duda de que la feudalidad, atacada por la crisis, recurre
a la solución a la que suelen recurrir las clases dominantes cuando se ven
amenazadas: la guerra. El ejemplo más claro es la guerra de los Cien
Años, confusamente buscada por las noblezas inglesa y francesa como
una solución para sus dificultades. Pero, como siempre, la guerra acelera
el proceso y da nacimiento a una economía y una sociedad nuevas, por
encima de los muertos y de las ruinas que, por otra parte, tampoco hay
que exagerar.
La crisis del siglo XIV se salda, pues, rápidamente con una
transformación del mapa económico y social de la cristiandad.
Esa crisis favorece y acentúa la evolución anterior hacia la
centralización del Estado. Prepara la monarquía francesa de Carlos VII y
de Luis XI, la realeza inglesa de los Tudor, la unidad española de los Reyes
Católicos y el advenimiento casi general, sobre todo en Italia, del
«príncipe». Suscita nuevas clientelas, principalmente burguesas, para
unos productos y un arte que quizá tiendan hacia la fabricación en serie —
lo que la imprenta permitirá incluso en el ámbito intelectual—, pero que
corresponden, con un grado de calidad aún bastante aceptable por lo
general, a un aumento del nivel de vida de las nuevas capas sociales y a
una mejora del bienestar y del gusto, al avance del interés científico y al
descubrimiento y esfuerzo por dominar la tierra entera.
No obstante, ese segundo aspecto de la feudalidad occidental que va
desde el Renacimiento a la revolución industrial y que, a partir de finales
del siglo XV, menospreciará la época a la que dará el nombre de Edad
Media, continuará con frecuencia, en sus luces y sus sombras, la Edad
Media propiamente dicha y no siempre logrará sus mismos éxitos.Parte II
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVALGénesis
En la historia de las civilizaciones, lo mismo que en la de los individuos,
la infancia es decisiva, y gran parte, si no todo, se juega en ella. Entre los si-
glos V y X nacen los hábitos de pensar y de sentir, los temas, las obras que for-
marán e informarán las futuras estructuras de la mentalidad y la sensibilidad
medievales.
Ante todo, está la misma disposición de esas estructuras nuevas. De so-
bra es conocido que en cada civilización existen capas diferentes de cultura
debidas, por una parte, a las categorías sociales y, por otra, a las aportaciones
históricas. Al mismo tiempo que se produce esta estratificación, nuevas com-
binaciones, reuniones y mezclas constituyen también síntesis nuevas.
Esto se ve de forma especialmente clara en la alta Edad Media occiden-
tal. Y la más evidente novedad de la cultura consiste en las relaciones que se
establecen entre la herencia pagana y la aportación cristiana, suponiendo —lo
que está lejos de ser cierto, como es sabido— que una y otra hayan formado
entonces un todo coherente. Lo que sí es cierto es que ambas, por lo menos
en las capas instruidas, habían llegado a un grado de homogeneidad sufi-
ciente como para que podamos considerarlas compañeras de juego.
¿Debemos llamarlas adversarias?98
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
El debate, el conflicto entre cultura pagana y espíritu cristiano ha llena-
do la literatura paleocristiana, después la de la Edad Media y aún más allá,
con gran número de trabajos modernos consagrados a la historia de la civili-
zación medieval. Y es cierto que los dos pensamientos y las dos sensibilida-
des se oponían entre sí como hasta hace poco se oponían la ideología marxis-
ta y la burguesa. La literatura pagana en bloque supuso un problema para la
Edad Media, pero en el siglo V la cuestión está ya resuelta de hecho. Hasta el
siglo XIV habrá extremistas de las dos tendencias opuestas: los que
proscriben el uso y hasta la lectura de los autores antiguos y los que se
aprovechan de ellos cuanto pueden de manera más o menos ingenua. La
alternativa favorecerá alternativamente a unos y a otros. Pero la actitud
fundamental la establecieron los Padres de la Iglesia y la definió
perfectamente san Agustín al decir que los cristianos debían utilizar la
cultura antigua lo mismo que los judíos habían utilizado los despojos de los
egipcios. «Si los filósofos (paganos) han emitido por azar verdades útiles a
nuestra fe, sobre todo los platónicos, no sólo no hay por qué temer a esas
verdades, sino que hay que arrebatárselas para nuestro uso a sus ilegítimos
poseedores.» Así trajeron los israelitas de Egipto vasos de oro y de plata y
objetos preciosos con los que, más tarde, habían de construir el tabernáculo.
Este programa del De doctrina christiana, que en la Edad Media será un
tópico, abre de hecho la puerta a toda una gama de utilizaciones de la
cultura grecorromana. Los hombres de la Edad Media seguirán con
frecuencia al pie de la letra el texto de san Agustín, es decir, que no utilizarán
más que materiales aislados, como las piedras de templos destruidos, pero a
veces esos materiales serán trozos enteros, columnas de templos convertidas
en pilares de catedrales, e incluso a veces el templo, como el Panteón de
Roma, transformado en iglesia a comienzos del siglo VII, se convertirá en un
edificio cristiano mediante pequeñas modificaciones y un ligero disfraz. Es
difícil apreciar en qué mediada pasó a la Edad Media el bagaje mental —
vocabulario, nociones, métodos— de la Antigüedad. El grado de
asimilación, de metamorfosis, de desnaturalización varía de un autor a otro,
y a veces un mismo autor oscila entre esos dos polos que señalan los límites
de la cultura medieval: la huida horrorizada ante la literatura pagana y la
admiración apasionada que lleva a la copia de extensos pasajes. San Jerónimo
define el mismo compromiso que san Agustín: que el autor cristiano actúe
con sus modelos paganos como los judíos del Deuteronomio con las
prisioneras de guerra a quienes afeitaban la cabeza, cortaban las uñas y
vestían con vestidos nuevos antes de desposarlas.
En la práctica, los clérigos medievales hallarían muchos medios de apro-
vechar los libros «paganos» satisfaciendo su conciencia de una forma bienGÉNESIS
99
sencilla. Así, en Cluny, el monje que consultaba en la biblioteca un
manuscrito de un autor antiguo debía rascarse la oreja con un dedo del
mismo modo que un perro se rasca con la pata, «porque, con perfecto
derecho, al infiel se le compara con este animal».
Hay que decir que si tal compromiso salvaguardó una cierta
continuidad de la tradición antigua, sin embargo la desfiguró lo
suficiente como para que la élite intelectual, con frecuencia, haya sentido
la necesidad de una verdadera vuelta a las fuentes antiguas. Ésos son los
renacimientos que dan ritmo a la Edad Media: en la época carolingia, en
el siglo XII y, finalmente, al alba del gran Renacimiento.
Pero hay que recordar sobre todo que la doble necesidad que sienten
los autores de la alta Edad Media occidental de utilizar el irreemplazable
bagaje intelectual del mundo grecolatino y de fundirlo en moldes
cristianos creó, o al menos favoreció hábitos intelectuales a veces
exasperantes: la deformación sistemática del pensamiento de los autores,
el constante anacronismo, la utilización de citas separadas de su
contexto. El pensamiento antiguo sobrevivió a la Edad Media sólo a
costa de quedar atomizado, deformado y humillado por el pensamiento
cristiano. El cristianismo, obligado a recurrir a los servicios de su
enemigo vencido, se ve también forzado a hacer que este esclavo
prisionero trabaje para él y borre de su memoria sus propias tradiciones.
Pero, por esta misma razón, se vio arrastrado a una atemporalidad del
pensamiento. Las verdades tenían que ser eternas. Santo Tomás de
Aquino, ya en el siglo XIII, dirá que lo que han querido decir los autores
carece de importancia, ya que lo esencial es que lo que han dicho se
puede utilizar como convenga. Roma ya no estaba en Roma. La
translatio, la transferencia, inauguraba la gran confusión medieval. Pero
esta confusión era la condición de un orden nuevo.
También en esto la Antigüedad decadente había facilitado el trabajo
de los clérigos cristianos de los primeros siglos del Medioevo. Lo que la
Edad Media conoció de la cultura antigua le fue legado a través del bajo
Imperio, que había mordisqueado, empobrecido y disecado la
literatura, el pensamiento y el arte grecorromanos de tal forma que la
alta Edad Media barbarizada pudo asimilarlos con facilidad.
No fue de Cicerón o de Quintiliano de quienes los clérigos de la alta
Edad Media tomaron su programa científico y educativo, sino de un
retórico de Cartago, Marciano Capella que, en los comienzos del siglo V,
definió las siete100
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
artes liberales en su poema: Las nupcias de Mercurio y de la Filología.
Tampoco fue de Plinio o de Estrabón, inferiores, de hecho, a Tolomeo, de
donde sacaron su saber geográfico, sino de un mediocre compilador del
siglo III —comienzo de la decadencia—, Cayo Julio Solino, que legará a la
Edad Meddia un mundo de prodigios y de monstruos: Las maravillas de
Oriente. La imaginación y el arte, a decir verdad, ganarán lo que perderá la
ciencia. La zoología del Medioevo será la del Phisiologus, obra alejandrina
del siglo II, traducida al latín precisamente en el siglo V, donde toda la
ciencia se esfuma en poesía fabulosa y en lección moralizadora. Los
animales quedan transformados en símbolos, pero la Edad Media sacará
de ellos sus bestiarios, y también em este punto la sensibilidad zoológica
medieval se nutrirá de la ignorancia científica. Pero lo más grave es que
esos retóricos y esos compiladores transmitirán al hombre del Medioevo
un saber en migajas. Vocabularios, versos mnemotécnicos, etimologías
(falsas), florilegios..., el bajo Imperio transmitirá a la Edad Media un
bagaje mental e intelectual apenas elemental. Es la cultura de las citas, de
los trozos escogidos, de las colecciones o «digestos».
¿No ocurrirá lo mismo con la parte cristiana de la cultura? La doctrina
christiana es ante todo y sobre todo la Sagrada Escritura. Y la sacra
pagina será la base de toda la cultura medieval. Pero entre el texto y el
lector se va a interponer una doble pantalla.
El texto se considera algo muy difícil y, sobre todo, tan rico y tan
misterioso que es menester explicarlo a diversos niveles según el sentido
que encierra. De ahí se derivan toda una serie de claves, de comentarios,
de glosas tras las cuales el original se empieza a desvanecer. El Libro
sucumbe bajo el peso de la exégesis. La Reforma del siglo XVI tendrá la
sensación de volver a descubrirlo.
Por otra parte, es muy largo y hay que ponerlo al alcance de todos e:n
extractos, ya sea mediante citas, o bien mediante paráfrasis. La Biblia se
transforma en una colección de máximas y de anécdotas.
Los mismos Padres de la Iglesia se convierten en materia prima de
donde se extrae la sustancia a trancas y barrancas. Las verdaderas fuentes
del pensamiento cristiano medieval son tratados y poemas de tercero o
cuarto orden, como la Historia contra los paganos, de Orosio, discípulo y
amigo de san Agustín, que transforma la historia en vulgar apologética, la
Psychomachia de Prudencio, que reduce la vida moral a un combate entre
vicios y virtudles, el Tratado de la vida contemplativa, de Juliano Pomerio,
que enseña el desprecio del mundo y de sus actividades.GÉNESIS
101
No basta comprobar esta regresión intelectual. Lo más importante es
ver claramente que se trata de una necesaria adaptación a las condiciones
de la época. Pasó el tiempo en que ciertos aristócratas, cristianos o paganos
—como Sidonio Apolinar—, se complacían en los juegos de una cultura
acaso refinada, pero reducida a una clase social moribunda. Los
escritores barbarizados escriben para un público nuevo. Como dice con
acierto R.R. Bolgar a propósito del sistema educativo de san Agustín, de
Marciano Capella y de Casiodoro, «la mayor virtud de las nuevas teorías
consistía quizá en ofrecer una alternativa razonada al sistema de
Quintiliano. Porque el mundo en el que el arte de la oratoria había
florecido estaba agonizando y la nueva civilización destinada a
reemplazarlo habría de ignorar las asambleas populares y los éxitos del
foro. Esos hombres de los siglos futuros, cuyas vidas tendrían como
centro la casa solariega y el monasterio, se habrían visto enormemente
perjudicados si en la educación tradicional de la que dependían se les
hubiera propuesto un ideal imposible de percibir, si Capella y Agustín no
hubieran reemplazado a Quintiliano».
Causa emoción ver a los más cultivados y a los más eminentes repre-
sentantes de la nueva élite cristiana, conscientes de su indignidad
cultural frente a los más refinados puristas, renunciar a lo que aún
poseen o podrían adquirir en el campo del refinamiento intelectual para
ponerse al alcance de sus fieles. La postura que eligieron fue la de
rebajarse para conquistar. Ese adiós a las letras antiguas, dado a veces
con pleno conocimiento de causa, no es el aspecto menos emotivo de la
abnegación de los grandes jefes cristianos de la alta Edad Media. Así se
expresa Cesáreo de Arles: «Pido humildemente que los oídos de los
letrados soporten sin lamentarse mis rústicas expresiones, con el fin de
que todo el rebaño del Señor pueda recibir el alimento celestial en un
lenguaje sencillo y sin pretensiones. Puesto que los ignorantes y los
sencillos no pueden elevarse a la altura de los letrados, que los letrados
se dignen descender hasta su ignorancia. Los hombres instruidos pueden
comprender lo que se ha dicho a los sencillos, mientras que los
sencillos no son capaces de sacar provecho de lo que se diría a los
cultos».
Mutación intelectual que, por encima de la barbarización, alcanza o
intenta alcanzar valores no menos importantes que los del mundo
grecorromano. Cuando san Agustín declara que es preferible «verse
censurado por los gramáticos a no ser comprendido por el pueblo» y que
hay que preferir las cosas, las realidades a las palabras, las res a las verba,
define un utilitarismo, casi un materialismo medieval que había de
desviar a los hombres, no sin acierto, de una especie de logomaquia
antigua. Los hombres de la Edad102
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
Media se muestran poco exigentes sobre el estado de los caminos con tal
que lleven a buen término. Así es como el camino medieval, incluso con
sus desvíos, entre el polvo y el barro, condujo a su destino.
El trabajo que había que hacer era inmenso. Cuando se leen los textos
jurídicos, los cánones de los sínodos y de los concilios, los artículos de los
penitenciales de la alta Edad Media, queda uno perplejo ante la tarea a la
que se enfrentaban los líderes de la sociedad cristiana. Precariedad de la
vida material, barbarie de las costumbres, penuria de todo bien económico
o espiritual. Esa enorme desnudez exigía almas fuertes, que desdeñasen las
sutilezas y los refinamientos, deseosas tan sólo de triunfar.
Esta época —cosa que se tiende a olvidar— fue también la de las
grandes herejías, o más bien la de las grandes dudas doctrinales, porque la
ortodoxia, que nos parece fijada sólo gracias a una ilusión retrospectiva,
estaba lejos de ser algo definido. No se trata aquí de conjeturar cuáles
hubieran sido las consecuencias del triunfo de las grandes corrientes del
arrianismo, del maniqueísmo, del pelagianismo o del priscilianismo, por
no citar más que los movimientos religiosos más conocidos que vieron la
luz en el Occidente de los siglos V y VI. Se puede decir grosso modo que
el éxito de la ortodoxia se logró gracias al éxito de una via media entre el
simplismo arriano o el maniqueo y la sutilidad pelagiana o prisciliana.
Todo parece resumirse en la actitud frente al libre albedrío y la gracia. Si
el cristianismo se hubiera inclinado hacia la estricta doctrina de la
predestinación como pretendían los maniqueos, el peso del
determinismo divino habría caído de lleno sobre un Occidente entregado
sin contrapartida a las clases dominantes a quienes hubiera faltado
tiempo para erigirse en intérpretes de esa omnipotencia divina. Si, por el
contrario, el pelagianismo triunfante hubiera instaurado la supremacía de
la elección humana e individual, la anarquía habría sumergido, sin lugar a
dudas, a un mundo tan amenazado. Pero está bien claro que el Occidente
carecía de elección. La esclavitud se agotaba, pero era menester poner a
trabajar a toda aquella gente; el instrumental técnico era insignificante,
pero perfectible. El hombre tenía que convencerse de que por muy
modesto que fuera ese instrumental, a él le sería posible ejercer una cierta
influencia sobre la naturaleza. La institución monástica, que expresa con
tanta exactitud esa época, vincula la huida del mundo con la organización
de la vida económica y espiritual. El equilibrio que se establece entre la
naturaleza y la gracia traduce los límites del poder y de la impotencia del
hombre de la alta Edad Media. Sobre todo, deja la puerta abierta a
ulteriores desarrollos.
La sociedad de la Edad Media, formada para esperar el fin del mundo,
se ha procurado, casi sin darse cuenta de ello, las estructuras necesarias
para,GÉNESIS
103
llegado el momento, recibir con los brazos abiertos el desarrollo de la
humanidad occidental.
El aspecto de la civilización no cambia drásticamente con las grandes
invasiones. Los centros tradicionales de la cultura, a pesar de los
saqueos y de las destrucciones, dejan raramente de existir y de difundir
su luz de un día a otro. Incluso la gran víctima de la nueva época, la
ciudad, sobrevive durante más o menos tiempo y con mayor o menor
fortuna.
Así es como Roma, Marsella, Arles, Narbona, Orleans continúan
siendo puertas del Oriente. Pero los centros urbanos más importantes
son los que sirven de residencia a los nuevos reyes bárbaros y, sobre
todo, los que son sedes de obispados y de peregrinaciones de renombre.
Las cortes bárbaras acaparan los talleres de lujo: construcciones en
piedra, tejidos y orfebrería sobre todo, aunque la mayoría de los tesoros
reales y episcopales se forman principalmente con objetos importados,
sobre todo bizantinos. Pero la regresión de las técnicas, de los medios
económicos, del gusto, se nota por doquier. Todo se empequeñece. Los
edificios se construyen de ordinario en madera. Los de piedra están
hechos, a menudo, con los restos de antiguos monumentos en ruina y sus
dimensiones son reducidas. Lo esencial del esfuerzo estético tiene por
objeto la decoración que sirve para enmascarar la indigencia de las
técnicas de construcción. El arte de tallar la piedra, la escultura en bulto y
la representación de la figura humana desaparecen casi por completo.
Pero los mosaicos, los marfiles, las telas y sobre todo las piezas de
orfebrería relucen y satisfacen el gusto bárbaro por el oropel. Arte con
frecuencia reunido en los tesoros de los palacios o de las iglesias, o
enterrado incluso en las sepulturas. Triunfo de las artes menores que
produce, por otra parte, obras maestras en las que se pone de manifiesto
la habilidad metalúrgica de los artesanos y de los artistas bárbaros y la
seducción del arte estilizado de las estepas. Obras maestras frágiles, de
las que la mayoría no han llegado hasta nosotros, pero de las que
poseemos muestras preciosas y admirables: fíbulas, hebillas de
cinturones, empuñaduras de espada. Las coronas de los reyes visigodos,
el frontal de cobre de Agilulfo, los sarcófagos merovingios de Jouarre,
tales son algunas de las raras joyas que se conservan aún de esos siglos.
Pero los soberanos, sobre todo los merovingios, comienzan a
solazarse cada vez más en sus casas de campo, donde están fechadas la
mayoría de sus actas. Si se ha de dar fe a las listas episcopales, muchas
ciudades quedan,104
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
como hemos visto, sin obispo durante períodos más o menos largos.
Leyendo a Gregorio de Tours, la Galia del siglo VI está aún ampliamente
urbanizada, dominada por ricas ciudades episcopales: Soissons, París,
Sens, Tours, Orleans, Poitiers, Burdeos, Toulouse, Lyon, Vienne, Arles...
En la España visigótica Sevilla, bajo los obispados de los hermanos
Leandro (579-600) e Isidoro (600-636), constituye un brillante foco de
cultura. Pero el gran centro de la civilización de la alta Edad Media es el
monasterio y, cada vez en mayor medida, el monasterio aislado, el
monasterio rural. Gracias a sus talleres se convierte en un conservatorio de
las técnicas artesanales y artísticas, mediante su scriptorium-biblioteca, en
un mantenedor de la cultura intelectual y gracias a sus dominios, sus aperos
de labranza, su mano de obra de monjes y dependientes de todo género,
en un centro de producción y en un modelo económico y, por supuesto,
en un centro de vida espiritual, con frecuencia asentado sobre las
reliquias de un santo.
Mientras se organiza la nueva sociedad cristiana urbana en torno al
obispo y, en mayor medida, alrededor de las parroquias que se forman
lentamente dentro de las diócesis (las dos palabras han sido
probablemente sinónimas durante algún tiempo), mientras la vida religiosa
se instala también en las residencias campestres de la aristocracia rural y
militar, que funda sus capillas privadas de donde nacerá la Eigenkirche
feudal, los monasterios hacen penetrar lentamente el cristianismo y los
valores que comporta en el mundo campesino, hasta entonces poco
afectado por la nueva religión, mundo de largas tradiciones y de las
permanencias, pero que se convierte en el mundo esencial de la sociedad
del Medioevo. La preeminencia del monasterio pone de manifiesto la
precariedad de la civilización del Occidente medieval: civilización de
puntos aislados, de oasis de cultura en medio de los «desiertos», de los
bosques y de los campos nuevamente baldíos o de campos apenas rozados
por la cultura monástica. La desorganización de las redes de comuni-
cación y de intercambio del mundo antiguo ha hecho volver a la mayor
parte del Occidente al mundo primitivo de las civilizaciones rurales
tradicionales, ancladas en la prehistoria, apenas tocadas por el barniz
cristiano. Reaparecen las viejas costumbres, las viejas técnicas de los
iberos, de los celtas, de los ligures. Donde los monjes creen haber
vencido al paganismo grecorromano, resulta que han favorecido la
reaparición de un trasfondo mucho más antiguo, de demonios más
taimados, sometido sólo en apariencia a la ley cristiana. El Occidente ha
vuelto al salvajismo y este salvajismo aflorará, irrumpirá de cuando en
cuando a lo largo de toda la Edad Media. Era menester señalar los límites
de la acción monástica. Ahora es esencial evocar su fuerza y su eficacia.GÉNESIS
105
Recordemos sólo algunos testimonios de entre tantos nombres como
la hagiografía y la historia han hecho célebres. En los tiempos de la
cristianización urbana, Lerins. Cuando se inicia la profundización en las
campiñas, Montecasino y la gran aventura benedictina. Para ilustrar las
rutas de la cristiandad de la alta Edad Media, la epopeya monástica
irlandesa. Y por último, en los tiempos en que el movimiento de
cristianización se dilata hasta las fronteras, el papel de los monasterios en
la evangelización en los siglos VIII y IX, continuación, por otra parte, de
la corriente irlandesa.
Lerins está íntimamente vinculado al desarrollo de ese gran centro
de cristianización que fue la Provenza de los siglos V y VI. Lerins fue
ante todo una escuela de ascética y no de formación intelectual. Los
clérigos eminentes que acudían a él para hacer estancias más o menos
prolongadas le pedían quizá una cultura bíblica, pero, sobre todo, una
«meditación espiritual de la Biblia más que una exégesis docta». Su
primer abad, Honorato, que llegó a Lerins después de una estancia en el
Oriente, forma el medio leriniano en estrecha colaboración con
Casiano, también llegado del Oriente y fundador de San Víctor de
Marsella. Entre los años 430 y 500, Lerins verá pasar por sus umbrales a
casi todos los grandes nombres de la Iglesia provenzal, Salviano,
Euquerio de Lyon, Cesáreo de Arles, Fausto de Riez, los inspiradores de
los grandes sínodos provenzales cuyos cánones han marcado tan
profundamente el cristianismo occidental.
La acción de san Benito de Nursia que, desde Montecasino, irradia a
partir del 529 aproximadamente, es más profunda aún. Se debe ante
todo a que la persona misma de Benito, gracias sobre todo a Gregorio
Magno que consagra un libro entero de sus Diálogos a los milagros del
santo por lo que tendrán durante toda la Edad Media un éxito
extraordinario, se hará familiar a la gente del Medioevo. Los humildes
milagros de la vida activa, de la vida cotidiana y de la vida espiritual que
forman la Leyenda áurea benedictina, pondrán lo sobrenatural casi al
alcance de todos. También, y sobre todo, porque san Benito, gracias a su
regla escrita probablemente por él mismo, que sin duda alguna ha
inspirado y que desde el siglo VII figura bajo su nombre, ha sido el
fundador del monaquismo occidental. Sin ignorar y mucho menos
menospreciar la tradición monástica oriental, procura dejar de lado las
exageraciones ascéticas. Su regla, los comportamientos, la espiritualidad y
la sensibilidad que ella ha contribuido a formar son milagros de
moderación y de equilibrio. San Benito reparte armoniosamente el
trabajo manual, el intelectual y la actividad más propiamente espiritual
en el empleo del tiempo monástico. De este modo enseñará al
monaquismo benedictino, que desde el siglo VI al XI experimentará un
enorme éxito en Occidente y que, más tarde,106
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
coexistirá con otras familias monásticas, la triple vía de la explotación
económica, de la actividad intelectual y artística y de la ascesis espiritual.
Después de él, los monasterios se convertirán en centros de producción,
en lugares de redacción y de iluminación de manuscritos y en centros de
irradiación religiosa. Concilia la necesaria autoridad del abad con la
dulzura y la fraternidad que facilitan la obediencia. Ordena la simplicidad,
pero sin exageración ni en el ascetismo ni en la pobreza. «Si se da el caso
—dice la regla— de que se le encomienden a un hermano cosas difíciles
o imposibles, recibirá con toda mansedumbre y obediencia la orden que se
le haya dado. Sin embargo, si cree que el peso de la carga sobrepasa por
completo la medida de sus fuerzas, expondrá al superior las razones de su
impotencia, pero lo hará con paciencia y moderación y sin mostrar
orgullo, ni resistencia, ni contradicción.» La moderación, la temperantia
antigua, adquiere con san Benito un rostro cristiano. Cuando se piensa en
toda la violencia que se desencadenará aún durante esa Edad Media
salvaje, se podría creer que la lección de san Benito apenas se escuchó,
pero hay que preguntarse a qué extremos no se hubieran dejado llevar las
gentes del Medioevo si esta grande y dulce voz no se hubiera escuchado
en el umbral de aquellos siglos.
Bien diferente es el espíritu del monaquisino irlandés. Desde que en
los primeros años del siglo V, san Patricio, llevado de muy joven de Gran
Bretaña a Irlanda por unos piratas y vendido como esclavo se convierte al
cristianismo y evangeliza al país haciendo de pastor, Irlanda se convertirá
en la isla de los santos. Los monasterios se multiplican en ella y, a
imitación del cenobismo oriental, constituyen verdaderas ciudades
monásticas, con las cabañas de los solitarios en torno a la del abad. Estos
monasterios se convertirán en viveros de misioneros. Entre los siglos V y
IX se extienden por las vecinas Inglaterra y Escocia y, más tarde, por el
continente, llevando consigo sus usos, sus ritos personales, una tonsura
especial, un calendario pascual original que el papado tendrá dificultades
para reemplazar por el cómputo romano y su pasión incansable por las
fundaciones monásticas desde donde se lanzan al asalto de los ídolos y de
las costumbres paganas y evangelizan las campiñas. (Algunos, como san
Brandan, van en busca de un desierto en el océano y los eremitas
irlandeses pueblan los islotes solitarios y los arrecifes y los siembran de
santos expuestos «al peligro del mar». La odisea legendaria de Brandan
obsesionará la imaginación de todo el Occidente medieval.)
Durante los siglos VI y VIII, Irlanda exportará ciento quince santos a
Alemania, cuarenta y cinco a Francia, cuarenta y cuatro a Inglaterra,
treinta y seis a Bélgica, veinticinco a Escocia y trece a Italia. Que la
mayoría sean legendarios y que su recuerdo esté íntimamente ligado al
folclore no es sinoGÉNESIS
107
una prueba más de la huella dejada en lo más profundo de las
mentalidades y de las sensibilidades por este monaquismo cercano a las
fuentes primitivas.
De todos esos santos, el más célebre es Columbano que, entre el 590 y
el 615, funda Luxeuil y Bobbio, mientras que su discípulo Gall da su
nombre a otro monasterio que alcanzaría un gran renombre. Columbano
da a éstas y otras fundaciones una regla original que, durante un cierto
tiempo, parece tener tanto peso como la de san Benito.
El espíritu irlandés no tiene nada de la moderación benedictina.
Favorecido en sus extremos por los rigores nórdicos, rivaliza sin
dificultad con las extravagancias del ascetismo oriental. Es cierto que la
regla de Columbano se basa en la oración, el trabajo manual y el estudio.
Pero a eso se añaden sin concesiones el ayuno y las prácticas ascéticas.
Las que mayor impacto causaron en la imaginación de las gentes de la
época fueron: la crosfigill, la oración prolongada con los brazos en cruz
(san Kevin de Glendalugh habría permanecido siete años apoyado en una
tabla en la postura de crosfigill, sin dormir ni de día ni de noche e inmóvil
de tal manera que los pájaros anidaban en sus manos); el baño en un río o
un estanque casi helado, acompañado de la recitación de los salmos; la
privación del alimento (una sola comida en la que nunca hubiera carne
era el menú de los monasterios columbanos).
La misma extravagancia, el mismo rigor atormentado vuelve a
encontrarse en los penitenciales que, según Gabriel Le Bras, «son el
testimonio del estado social y moral de un pueblo aún semipagano y para
el cual algunos monjes apóstoles soñaban un ideal ascético». Esos
penitenciales hacen revivir en todo su rigor tabúes bíblicos similares a
viejas prohibiciones célticas. Del mismo modo, antes de adulterarse, el arte
irlandés —cruces de piedra y miniaturas— se caracteriza, de acuerdo con
la definición de Francois Henry, por «un gusto prehistórico por cubrir las
superficies, la negación de todo realismo y un riguroso tratamiento
abstracto de la forma, ya sea humana o animal». El arte irlandés será una
de las fuentes del arte románico «y de sus extravagancias». Sus
entrelazados inspirarán una de las tendencias más persistentes de la
estética y del gusto medievales.
Los monjes irlandeses participarán, en fin, en el gran movimiento de
cristianización de la Germania y de sus confines en los siglos VII y VIII,
que se apoyará con frecuencia en fundaciones monásticas. Así San Gall
(fundación de Gall hacia el 610) abre el camino a San Bavon de Gante
(fundación de san Amando hacia el 630), a San Emmeran de Ratisbona
(fundación de Emerando hacia el 650), a Echternach (fundación de
Willibrordo hacia el 700), a Reichenau (fundación de Pirmin en el 724), a
Fulda (fundada por Sturm a instigación de san Bonifacio en el 744), a
Corvey —la nueva Corbie— fundada en108
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
el 822. Del siglo V al XI, los monasterios desempeñaron un papel capital en
las ciudades y en las campiñas fuera de las fronteras de la cristiandad.
También aparecerán hombres que, por su saber, serán los faros que
iluminarán durante largo tiempo, del siglo V al VIII, la noche medieval. K.
Rand los llama «fundadores de la Edad Media». El papel de casi todos
ellos consistió en salvar lo esencial de la cultura antigua, en compilarla
bajo una forma asimilable para los espíritus medievales y en revestirla del
ropaje cristiano necesario. Hay cuatro nombres que descuellan sobre los
demás: Boecio (hacia 480-524), Casiodoro (hacia 480-573), Isidoro de
Sevilla (hacia 560-636) y Beda (hacia 673-735).
La Edad Media debe a Boecio todo cuanto sabe sobre Aristóteles
antes de mediados del siglo XII, la Logica vetus, la vieja lógica y, «en dosis
asimilables, las categorías conceptuales y verbales que serán el primer
fundamento de la escolástica». Por ejemplo, la definición de la naturaleza:
natura est unam quamque rem informans specifica differentia («la
naturaleza de cada cosa es lo que la informa mediante una diferencia
específica»), y la de la persona: reperta personae est definitio: naturae
rationabilis individua substantia («la sustancia individualizada de
naturaleza racional»). Abelardo dirá de él: «Ha construido de forma
inexpugnable nuestra fe y la suya.» La Edad Media le debe asimismo el
lugar excepcional que en su cultura concede a la música, mediante el cual
enlaza con el ideal griego del μουσιχός άυηο («el hombre músico»).
Los hombres de la Edad Media deben a Casiodoro y a' sus
Institutiones divinarum et saecularium litterarum los esquemas de los
retóricos latinos introducidos en la literatura y en la pedagogía cristianas.
El fue quien fijó a los monjes del convento de Vivarium una tarea que la
Edad Media no volvería a descuidar: la de copiar los manuscritos
antiguos. Obra esencial de conservación y de tradición en la que se
inspirarán los scriptoria monásticos.
El legado de Isidoro de Sevilla, «el más ilustre pedagogo de la Edad
Media» es, sobre todo con sus Etimologías, el programa de las siete artes
liberales, el vocabulario de la ciencia, la creencia de que los nombres son
la clave de la naturaleza de las cosas, la afirmación reiterada de que la
cultura profana es necesaria para la correcta comprensión de las
Escrituras. Esa pasión enciclopédica obsesionará después a los clérigos
medievales.
Beda, en fin, es la más perfecta expresión de la multiplicidad de
sentidos que presenta la Escritura, la teoría de los cuatro sentidos que
fundamentaGÉNESIS
109
toda la exégesis bíblica medieval, tal como lo ha explicado
admirablemente Henri de Lubac, y la orientación, a través de las
necesidades de la exégesis bíblica y del cómputo eclesiástico, hacia la
astronomía y la cosmografía. Pero Beda, como la mayor parte de los
letrados anglosajones de la alta Edad Media, vuelve la espalda con mayor
resolución a la cultura clásica. Orienta a la Edad Media por un camino
independiente.
El renacimiento carolingio fue el punto de convergencia de una serie
de pequeños renacimientos que, después del 680, se manifestaron en
Corbie, en San Martín de Tours, en Saint-Gall, en Fulda, en Bobbio, en
York, en Pavía o en Roma.
Es un fenómeno brillante y superficial destinado a satisfacer las
necesidades de un pequeño grupo aristocrático según la voluntad de
Carlomagno y sus sucesores y las de la jerarquía eclesiástica: mejorar la
formación de los cuadros laicos y eclesiásticos del grandioso aunque
frágil edificio carolingio.
El renacimiento carolingio, por lo tanto, ha sido una etapa en la
confección del instrumental intelectual y artístico del Occidente
medieval.
Los manuscritos corregidos y enmendados de los autores antiguos
sirvieron después para una nueva difusión de textos de la Antigüedad.
Ciertas obras originales llegaron a constituir una nueva capa del saber,
después de la del alto Medioevo, puesta a disposición de los clérigos de
los siglos futuros.
Alcuino constituye un hito en la elaboración del programa de las artes
liberales. Rábano Mauro, hijo espiritual de Alcuino, abad de Fulda y
después obispo de Maguncia, «preceptor de la Germania», lega a la Edad
Media una enciclopedia, De universo, y un tratado de pedagogía, De
institutione clericorum (plagio del De doctrina christiana de san Agustín al
que reemplazará para muchos lectores medievales), que estarán presentes
en la biblioteca básica de los clérigos de la Edad Media, al lado de
Casiodoro y de Isidoro. El siglo XII descubrirá después al genial y oscuro
Juan Escoto Erígena, aunque el verdadero descubridor será nuestro siglo
XX.
Los autores carolingios, aureolados con el prestigio de Carlomagno,
el más popular de todos los grandes hombres de la Edad Media,
constituirán una de las series de «autoridades» intelectuales, y ciertos
monumentos de la época, de los que el más representativo es la capilla del
palacio de Aquisgrán, serán un modelo imitado con frecuencia.
Aunque la obra del renacimiento carolingio haya quedado alejada de
sus aspiraciones y de sus pretensiones, transmitirá, no obstante, a los
hombres de11 0
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
la Edad Media, saludables pasiones: el gusto por la calidad, por la
corrección textual, por la cultura humanística incluso frustrada, y la idea
de que la instrucción es uno de los deberes esenciales y una de las fuerzas
principales de los Estados y de los príncipes.
El renacimiento carolingio también produjo auténticas obras
maestras: esas miniaturas en las que aparece el realismo, la afición a lo
concreto, la libertad del dibujo, la explosión del color.
Al contemplarlas se comprende que, después de haber sido
demasiado indulgentes, tampoco hemos de ser demasiado severos con ese
renacimiento. Lo mismo que el progreso económico de los siglos VIII y
IX, el renacimiento carolingio fue sin duda un despegue fallido o
tronchado prematuramente. Pero, de hecho, es la primera manifestación
de un Renacimiento más largo y más profundo, el de los siglos X al XIV.Capítulo 1
Estructuras espaciales y temporales
(siglos X-XIII)
Cuando el joven Tristán, huido de los mercaderes piratas
noruegos, llegó a las costas de Cornualles, «subió con gran esfuerzo al
acantilado y vio que al otro lado de una landa surcada de barrancos y
desierta se extendía un bosque sin fin». De ese bosque sale una partida de
cazadores y el joven se une al grupo. «Entonces se pusieron en camino
charlando hasta que, al fin, encontraron un rico castillo. Estaba rodeado
de prados, de huertos, de aguas corrientes, de pesquerías y de campos de
labranza.»
El país del rey Marc no es una tierra de leyenda imaginada por el
trovador. Es la realidad material y simbólica del Occidente medieval. Un
enorme manto de bosques y de landas, sembrado de calveros cultivados,
más o menos fértiles, ése es el rostro de la cristiandad —similar a un
negativo del Oriente musulmán, mundo de oasis en medio de los
desiertos—. Mientras que en Oriente el bosque es escaso, en Occidente
abunda, en Oriente los árboles son la civilización, en Occidente la
barbarie. La religión nacida en Oriente al abrigo de las palmeras crece en
Occidente en detrimento de los árboles, refugio de genios paganos, que
los monjes, santos y misioneros, derriban sin piedad. Cualquier progreso
en el Occidente medieval se basa en la roturación, en la lucha y la
victoria contra la maleza, el monte bajo y, si es112
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
menester y el equipo técnico y el ánimo lo permiten, sobre el bosque, la
selva virgen, la gaste forêt de Perceval, la selva oscura de Dante. Pero la
realidad pura y simple es un conjunto de calveros más o menos dilatados,
células económicas, sociales y culturales. El Occidente medieval no será
durante mucho tiempo más que un conglomerado, una yuxtaposición de
dominios, de castillos y de ciudades surgidas en medio de extensiones
incultas y desiertas. El desierto, por lo demás, es el bosque. En él se
refugian los adeptos voluntarios o involuntarios de la fuga mundi:
ermitaños, enamorados infelices, caballeros andantes, bandoleros y
proscritos. Así lo hicieron san Bruno y sus compañeros en el «desierto» de
la gran Cartuja o san Roberto de Molesme y sus discípulos en el
«desierto» del Cister; así lo hicieron también Tristán e Isolda en el
bosque de Morois («Volvamos al bosque, que nos protege y nos guarda.
Ven, Isolda, amada mía... Entraron, pues, en las altas hierbas y los
brezales, y los árboles cerraron sobre ellos sus ramas y los hicieron
desaparecer tras las frondas»). Así lo hizo también el precursor quizá de
Robin Hood, el aventurero Eustaquio el Monje, a comienzos del siglo XIII ,
al ocultarse en el bosque del Boulonnais. El bosque, mundo de refugio,
tiene sin duda sus atractivos. Para el caballero es el mundo de la caza y
de la aventura. Perceval descubre en él «lo más bello que existe» y un
señor aconseja a Aucassin, enfermo de amor por Nicoletta: «Monta a
caballo y ve a distraerte a lo largo de este bosque, verás hierbas y flores,
oirás cantar a los pájaros. Quizá allí puedas escuchar bellas palabras con
las que te sentirás mejor». Para los labradores y todo un sencillo pueblo
laborioso es una fuente de riqueza. Allí van a pacer los rebaños, allí sobre
todo engordan en otoño los cerdos, riqueza del pobre campesino que, tras
la caída de la bellota, mata su cerdo, promesa de su subsistencia, ya que
no de comilona, para el invierno. Allí se corta la madera, indispensable
en una economía durante mucho tiempo desprovista de piedra, de hierro
y de carbón mineral. Casas, aperos, chimenea, hornos y forjas no pueden
subsistir, no pueden trabajar si no es con leña o con carbón vegetal. En el
bosque se recolectan los frutos silvestres que son para la alimentación
primitiva del rústico una alimentación suplementaria esencial y, en época
de carestía, la principal posibilidad de supervivencia. En él se recoge la
corteza de las encinas para el curtido de las pieles, las cenizas de los
matorrales que se aprovecha para la colada o para teñir y, sobre todo, los
productos resinosos necesarios para las antorchas y los cirios, y la miel de
enjambres silvestres tan buscada en un mundo falto durante tanto tiempo
de azúcar. A comienzos del siglo XII, el cronista francés anónimo —
Gallus Anonymus—, establecido en Polonia, al pregonar las ventajas de
ese país cita, inmediatamente después de la salubridad del aire y la
fertilidad del suelo, la silva me-ESTRUCTURAS ESPACIALES Y TEMPORALES 113
lliflua, es decir, la abundancia de bosques ricos en miel. De este modo
todo un pueblo de pastores, de leñadores, de carboneros (Eustaquio el
Monje, el «bandido del bosque», disfrazado de carbonero, lleva a cabo
una de sus principales fechorías), de recolectores de miel vive del bosque y
ayuda a vivir a los demás. Ese pueblo humilde actúa también, si la ocasión
se presenta, como cazador furtivo porque, en principio, el producto de la
caza está reservado a los señores. Y por si fuera poco, desde el más bajo
hasta el más alto de ellos defiende celosamente sus derechos sobre las
riquezas del bosque. Los «guardas forestales» vigilan sin cesar a los
villanos merodeadores. Los soberanos son los mayores propietarios de
bosque de su reino y se preocupan celosamente de seguir siéndolo. Pero
los barones ingleses sublevados imponen a Juan sin Tierra, a la vez que la
Carta Magna política (1215) una Carta especial del Bosque. Cuando en
1332 Felipe VI de Francia pide que se haga un inventario de los derechos
y recursos con los que quiere establecer en el Gátinais una dote de
viudedad para la reina Juana de Borgoña, hace redactar aparte una «toma de
posesión» de los bosques cuyos beneficios estarán formados por la
tercera parte de los ingresos por cualquier concepto de ese dominio.
Pero el bosque está también lleno de amenazas y de peligros
imaginarios o reales. Forma el inquietante horizonte del mundo
medieval. Lo rodea, lo aisla y lo ahoga. Constituye una frontera entre las
señorías y entre los países, un no man's land, una tierra de nadie por
excelencia. De su temible «opacidad» surgen bruscamente los lobos
hambrientos, los bandidos, los caballeros saqueadores.
En Silesia, a comienzos del siglo XIII, dos hermanos se
mantienen durante años en al bosque de Sadlno, del que salen
periódicamente para robar a los pobres campesinos de la vecindad e
impiden al duque Enrique el Barbudo establecer allí aldea alguna. El
sínodo de Santiago de Compostela tendrá que dictar en 1114 un canon
para organizar la cacería de lobos. Cada sábado, excepto las vigilias de
Pascua y de Pentecostés, sacerdotes, caballeros y campesinos que se hallen
desocupados son requeridos para la destrucción de los lobos errantes y la
colocación de trampas; se impone una multa a quienes se nieguen a
prestar este servicio.
La imaginación medieval, apoyada en un folclore inmemorial,
convierte fácilmente en monstruos a estos lobos devoradores. ¡En cuántas
hagiografías no se encuentra el milagro del lobo amansado por el santo,
como el caso de san Francisco de Asís subyugando a la cruel bestia de
Gubbio! De todos los bosques salen hombres lobo y lobos duende, en los
que la imaginación medieval confunde a la bestia con el hombre medio
salvaje. A veces el bosque oculta monstruos más sanguinarios aún,
legados a la Edad Media por el pa-114
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
ganismo, como la «tarasca» provenzal domada por santa Marta. Así, por
encima de aquellos terrores reales, los bosques se transforman en un
universo de leyendas maravillosas y terroríficas. Bosques de las Ardenas
con el jabalí monstruoso, refugio de los Cuatro Hijos de Aymon, donde
san Huberto pasó de cazador a ermitaño y san Teobaldo de Provins de
caballero a ermitaño y carbonero. Bosque de Brocelianda, teatro de las
brujerías de Merlín y de Viviana. Bosque de Oberón, donde Huón de
Burdeos sucumbe a los encantamientos del enano. Bosque de Odenwald,
donde Sigfrido termina su trágica cacería bajo los golpes de Hagen.
Bosque de Mans, donde vaga como alma en pena Berta, la del «gran pie»,
y donde el desventurado rey de Francia Carlos VI se volverá loco.
Sin embargo, aunque la mayoría de los hombres del Occidente
medieval tengan por horizonte, a veces durante toda la vida, las orillas de
un bosque, no hay que imaginarse a la sociedad medieval como un mundo
de sedentarios: la movilidad del hombre medieval fue extraordinaria,
incluso desconcertante.
El hecho tiene una explicación. La propiedad, en tanto que realidad
material o psicológica, se desconoce casi por completo en la Edad Media.
Desde el campesino hasta el señor, cada individuo, cada familia no cuenta
más que con derechos de posesión provisional, de usufructo, más o
menos extensos. No sólo cada uno tiene por encima a un señor o un
acreedor más poderoso que puede, por las buenas o por las malas,
privarle de sus tierras — tenencia campesina o feudo señorial—, sino que
el mismo derecho reconoce al señor la posibilidad legítima de despojar al
siervo o al vasallo de su tierra siempre que le conceda otra equivalente, a
veces muy alejada de la primera. Señores normandos que se trasladan a
Inglaterra, caballeros alemanes que se instalan en el este, nobles de la Isla
de Francia que conquistan un feudo, ya en el Mediodía al amparo de la
cruzada contra los albigenses, ya en España al amparo de la
Reconquista, cruzados de cualquier pelaje que se reservan un dominio
en Morea o en Tierra Santa, todos ellos se expatrian sin pesares porque,
en definitiva, apenas si tienen una patria. El campesino, cuyos campos no
son más que una concesión más o menos revocable del señor y que a
menudo los ve redistribuidos entre la comunidad aldeana de acuerdo con
la rotación de los cultivos y de los campos, no se siente ligado a la tierra
si no es por voluntad del señor de la que se libera de mil amores primero
mediante la huida y después mediante la emancipación jurídica. La
emigración campesina, individual o colectiva, constituye uno de los
grandes fenómenos deESTRUCTURAS ESPACIALES Y TEMPORALES 115
la demografía y de la sociedad medievales. En su camino, caballeros y
campesinos encuentran a los clérigos en viaje regular o en ruptura con su
convento —todo ese mundo de monjes giróvagos contra el que concilios y
sínodos legislan en vano—, a los estudiantes en marcha hacia las escuelas
o las universidades célebres — ¿no dice un poema del siglo XII que el
exilio (terra aliena) es el patrimonio obligatorio del escolar?— y a los
peregrinos y vagabundos de toda especie.
A la mayoría de ellos no sólo no los retiene ningún interés
material, sino que el mismo espíritu de la religión cristiana los empuja
hacia los caminos. El hombre no es más que un perpetuo peregrino en
esta tierra de exilio, tal como enseña la Iglesia, que apenas tiene
necesidad de repetir las palabras de Cristo: «Déjalo todo y sigúeme». Tan
numerosos son los que no tienen nada o muy poco que no tienen ninguna
dificultad en marchar. Su menguado equipaje cabe perfectamente en la
alforja de peregrino. Los menos pobres llevan unas monedas —en aquel
tiempo de escasez monetaria— en el bolsillo; los más ricos, un cofrecillo
donde encierran lo más valioso de su fortuna, un pequeño número de
objetos preciosos. Cuando los viajeros o los peregrinos comienzan a
cargarse con un nutrido equipaje —el señor de Joinville y su compañero,
el conde de Sarrebruck, parten en 1248 para la cruzada cargados de
cofres que transportan en carretas hasta Auxonne y en barcos, por el
Saona y el Ródano hasta Arles—, el espíritu de cruzada y el gusto por el
viaje desaparecen por completo, la sociedad medieval se convierte en un
pueblo sedentario y la Edad Media, época de marchas y de cabalgatas, se
halla a punto de terminar. No es que la baja Edad Media ignore la vida
errante, sino que a partir del siglo XIV, los errantes son unos vagabundos,
unos malditos —antes eran seres normales, mientras que después los
normales son los sedentarios—. Pero mientras llega ese cansancio, toda la
Edad Media itinerante pulula y se halla a cada instante en la iconografía.
El instrumento, pronto convertido en simbólico, de esos nómadas es el
bastón, el cayado en forma de tau griega, sobre el cual se apoyan al
caminar, encorvados, el ermitaño, el peregrino, el mendicante y el
enfermo. Pueblo inquieto que simbolizan aun los ciegos, como los de la
fábula: «Sucedió un día que por un camino, cerca de Compiégne,
marchaban tres ciegos sin que nadie los condujera o les mostrara el
camino. Cada uno tenía una escudilla de madera e iban los tres
pobremente vestidos. Así seguían el camino de Senlis». Pueblo inquietante
del que la Iglesia y los moralistas desconfían. La peregrinación misma,
que camufla de ordinario el simple vagabundeo, la vana curiosidad —
forma medieval de turismo—, se hace fácilmente sospechosa. Ya en el
siglo XII, Honorio de Autún (Augustodunensis) es partidario de
condenarla, de desaconsejarla. «¿Hay al-116
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
gún mérito, pregunta el discípulo del Elucidarium, en ir a Jerusalén o en
visitar otros lugares sagrados?» Y el maestro contesta: «Más vale dar a los
pobres el dinero que habrá de costar el viaje». La única peregrinación que
admite es la que tiene por casa y objeto la penitencia. Muy pronto, en
efecto, lo cual es muy significativo, la peregrinación deja de ser un acto
de deseo para convertirse en un acto de penitencia. Con ella se sanciona
todo pecado grave, es un castigo, no una recompensa. En cuanto a
quienes la afrontan «por curiosidad o vanagloria —sigue diciendo el
maestro del Elucidarium—, «el único provecho que saca de ello es haber
visto lugares agradables o bellos monumentos, o bien recoger la pequeña
gloria que buscaban». Los errantes son unos desventurados y el turismo
una vanidad.
La lastimosa realidad de la peregrinación —sin llegar al caso
trágico de los cruzados muertos de hambre en el camino o asesinados por
los infieles—-es con frecuencia la de ese pobre hombre que cuenta la
Leyenda áurea. «Hacia el año 1100 del Señor, un francés se dirigía a
Santiago de Compostela con su mujer y sus hijo, en parte por huir del
contagio de la peste que asolaba su país, en parte por ver la tumba del
santo. En la ciudad de Pamplona su mujer murió, su huésjed le dejó sin
dinero y le quitó incluso el jumento que llevaba para transportar a sus
hijos. El pobre padre puso entonces a dos de sus hijos sobre sus hombros
y llevó a los otros de la mano. Un hombre que pasaba con un asno tuvo
piedad de él y le entregó el jumento para que pudiera llevar a sus hijos
sobe la bestia. Llegado a Santiago de Compostela el francés vio al santo
que le preguntó si no lo reconocía y añadió: "Yo soy el apóstol Santiago.
Fui yo quien te dio el asno para venir aquí y te lo daré de nuevo para la
vuelta...".»
¡Pero cuántos peregrinos no tuvieron ni siquiera la ayuda de un
asno milagroso...!
No faltaban, en efecto, las pruebas, ni los obstáculos que
dificultaban estos desplazamientos. Sin duda alguna, la vía fluvial se
utiliza siempre que se puede. Pero quedan aún muchas tierras que hay
que cruzar. La excelente red de vías romanas ha desaparecido casi por
completo, arruinada por las invasiones, falta de cuidados y, por otro
lado, mal adaptada a las necesidades de la sociedad medieval. Para este
pueblo de peatones y de caballeros, cuyos transportes se hacen sobre
todo a lomo de bestias de carga o en carretas arcaicas, para ese pueblo
que no tiene prisa —que hace de buena gana un rodeo bien para evitar el
castillo de un caballero saqueador, bien para visitar un santuario—, la vía
romana, derecha, pavimentada, camino de soldados y de funcionarios,
carece de interés. Prefiere ir a lo largo de las sendas, de los caminos, de
una red de itinerarios diversos que varían entre algunos puntos fi-ESTRUCTURAS ESPACIALES Y TEMPORALES 117
jos: ciudades de feria, lugares de peregrinación, puentes, vados o
gargantas. ¡Cuántos obstáculos hay que franquear! El bosque, con sus
peligros y sus terrores —pero surcado de pistas: Nicolette, «siguiendo el
viejo sendero del espeso bosque, llega a un lugar donde se cruzan los siete
caminos que atraviesan el país»—; los bandidos, caballeros o villanos,
emboscados en un rincón del bosque o en la cima de una roca —Joinville,
al descender por el Ródano, observa «la Roca de Glun, ese castillo que el
rey había hecho destruir porque a su señor llamado Roger se le acusaba de
desvalijar a los peregrinos y a los mercaderes»—; las innumerables tasas
que gravan las mercancías, que incluso, a veces, recaen sobre los mismos
viajeros, en los puentes, en los desfiladeros, en los ríos; el mal estado de
los caminos donde se embarranca con tanta facilidad que conducir una
carreta de bueyes requiere la competencia de un experto.
La ruta medieval es desesperadamente larga y lenta. Si se sigue a
los viajeros más veloces, los mercaderes, se comprueba que las etapas
oscilan entre los 25 y los 60 kilómetros diarios según la naturaleza del
terreno. Se precisan dos semanas para ir de Bolonia a Aviñón, veintidós
días de las ferias de Champaña a Nimes, once o doce días de Florencia a
Ñapóles. Sin embargo, la sociedad medieval se agita sin cesar «en una
especie de movimiento browniano, a la vez perpetuo e inconstante», como
dijo Marc Bloch. Casi todos los hombres de la Edad Media evolucionan
contradictoriamente entre estas dos dimensiones: los horizontes cerrados
del calvero donde viven y los horizontes lejanos de la cristiandad entera
en la que cada cual puede decidir repentinamente partir hacia Inglaterra, a
Santiago de Compostela o a Toledo, como esos clérigos ingleses del siglo
XII ávidos de cultura árabe; de Aurillac a Reims, a Vic en Cataluña, a
Rávena y a Roma, como hace Gerbert a finales del siglo X; de Flandes a
San Juan de Acre, como tantos cruzados; de las orillas del Rin a las del
Oder o del Vístula, como tantos colonos alemanes. Los únicos aventureros
auténticos, a los ojos de los cristianos medievales, son los que franquean
las fronteras de la cristiandad: misioneros o mercaderes que recalan en
África, en Crimea, o que se adentran en Asia.
Más rápida es la ruta del mar. Cuando los vientos son favorables,
un navio puede hacer hasta 300 kilómetros en veinticuatro horas. Pero los
peligros aquí son aún mayores que en tierra. La rapidez ocasional puede
quedar compensada con calmas desesperantes o con vientos o corrientes
contrarios.
Embarquémonos con Joinville hacia Egipto. «En el mar nos
ocurrió una cosa maravillosa: nos hallábamos ante una montaña
completamente redonda, en las costas de Berbería. Era la hora de las
vísperas. Navegamos toda la noche y pensamos haber hecho por lo menos
cincuenta leguas cuando, al día si-118
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
guiente, nos encontramos de nuevo ante la misma montaña. Y lo mismo
nos ocurrió otras dos o tres veces.»
Esos retrasos son algo insignificante si se piensa en los piratas y en
las tempestades. Joinville descubre muy pronto la loca temeridad de los
«mercaderes aventureros»: «Pensé que es tremendamente insensato quien
osa ponerse en peligro con bienes ajenos, o bien en estado de pecado
mortal; porque uno va a dormir la noche antes sin saber si al día siguiente
no se encontrará en el fondo del mar».
Pocas imágenes han obtenido mayor éxito durante la Edad Media
que las de la nave en medio de la tempestad, imágenes de una realidad
vivamente experimentada. Ningún incidente reaparece con más
regularidad en la vida de numerosos santos que el de una travesía, real o
simbólica, representada en multitud de miniaturas y vidrieras. Ningún
milagro está más extendido que aquel en el que la intervención de un
santo calma una tempestad o resucita a un náufrago.
Pero es menester discernir ahora a través de qué resortes el
bosque, el camino y el mar conmueven la sensibilidad de los hombres de
la Edad Media. Más que por sus aspectos reales o por sus verdaderos
peligros, cautivan su interés sobre todo por el simbolismo que manifiestan.
El bosque representa las tinieblas o, como en la «canción infantil» del
Minnesänger Alejandro el Errante —der wilde Alexander—, el siglo con
sus ilusiones, el mar es el mundo y sus tentaciones, y el camino es la
búsqueda y la peregrinación.
En un plano superior, los hombres de la Edad Media entran en
contacto con la realidad física por medio de abstracciones místicas y
pseudocientíficas.
Para ellos la naturaleza son los cuatro elementos que componen
tanto el universo como el hombre, universo en miniatura, microcosmos.
Como explica el Elucidarium, el hombre corporal está formado por los
cuatro elementos, «por eso se le llama microcosmos, es decir, mundo en
pequeño. En efecto, está compuesto de tierra: la carne; de agua: la
sangre; de aire: el aliento; de fuego: el calor».
Desde los más sabios hasta los más ignorantes, todos muestran
una misma visión, aunque escalonada, del universo. En una
cristianización extraída en mayor o menor medida de viejos símbolos y
mitos paganos, se personifican las fuerzas de la naturaleza en una extraña
cosmografía: los cuatro ríos del paraíso, los cuatro vientos de las
innumerables rosas de los vientos recogidas en los manuscritos, a modo de
los cuatro elementos, interponen su ima-ESTRUCTURAS ESPACIALES Y TEMPORALES 119
gen entre las realidades naturales y la sensibilidad humana. Los hombres
de la Edad Media tendrán que recorrer un largo camino, como veremos,
para volver a hallar, más allá de la pantalla del simbolismo, la realidad
física del mundo en el que viven.
La magnitud de esos movimientos, de esas migraciones, de esas
agitaciones y de esos viajes es, en realidad, singularmente restringida. El
horizonte geográfico es un horizonte espiritual, el de la cristiandad. Lo
que más extraña, más que la imprecisión de los conocimientos de los
especialistas en cosmografía —se admite, en general, que la Tierra es
redonda, inmóvil y que es el centro del universo, y siguiendo a Aristóteles
se piensa en un sistema de esferas concéntricas o, cada vez más a partir de
comienzos del siglo XIII, en un sistema más complejo y más cercano a la
realidad del movimiento de los planetas según Tolomeo— es la fantasía de
la geografía medieval más allá de Europa y de la cuenca mediterránea. Y
más notable aún es la concepción teológica que inspira hasta el siglo XIII la
geografía y la cartografía cristianas. Por regla general, la ordenación de la
Tierra está determinada por la creencia de que el ombligo del mundo es
Jerusalén y que el Oriente, al que los mapas sitúan de ordinario arriba, en
el lugar de nuestro norte, termina en una montaña donde se halla el
paraíso terrenal y de donde fluyen los cuatro ríos paradisíacos: el Tigris,
el Eufrates, el Pisón, generalmente identificado con el Ganges, y el
Geón, que corresponde al Nilo. Los vagos conocimientos que los
cristianos poseen de esos ríos presentan algunas dificultades, que se sal-
van sin mayores dificultades. Se asegura que las fuentes conocidas del
Tigris y el Eufrates no son las fuentes originales, que se hallan en el
flanco de la montaña del Edén y cuyas aguas se pierden ampliamente en
las arenas de los desiertos antes de reaparecer. En cuanto al Nilo,
Joinville, en su narración de La séptima cruzada en Egipto, atestigua que
los musulmanes, detenidos por las cataratas, no han logrado remontarlo
hasta su fuente, maravillosa pero real.
El océano índico, que se imagina cerrado, es el receptáculo de los
sueños donde se liberan los deseos insatisfechos de la cristiandad pobre y
amordazada: sueños de riqueza ligados a las islas de los metales preciosos,
de las maderas raras, de las especias. Marco Polo ve en él a un rey desnudo
cubierto de piedras preciosas; sueños fantásticos poblados de hombres,
de animales fabulosos y de monstruos; sueños de opulencia y de
extravagancia, forjados por un mundo pobre y limitado; sueños de una
vida diferente, de la destrucción de los tabúes, de la libertad frente a la
moral estricta impuesta por la Iglesia; seducción de un mundo de
aberración alimentaria, de coprofagia, de canibalismo, de nudismo, de
poligamia, de libertad y de desórdenes sexuales. Lo más curioso es que,
cuando excepcionalmente un cristiano se arriesga y llega120
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
hasta allí, encuentra maravillas: Marco polo encuentra hombres dotados
de una cola «grande corno la de un perro» y los unicornios, que son
probablemente los rinocerontes, pero que le decepcionan: «Es una bestia
muy desagradable a la vista y asquerosa. En modo alguno es como
nosotros la imaginamos y la describimos desde aquí cuando decimos que,
con el cabestro, se deja conducir por una muchacha».
No hay duda de que la Tierra, para los hombres de la Edad
Media, que han recibido la tradición de los geógrafos de la Antigüedad,
está dividida en tres partes: Europa, África y Asia, pero cada una de ellas
tiende a identificarse con un área religiosa, y el peregrino inglés que
escribió un Itinerario de la 3 a cruzada afirma: «Así dos partes del mundo
asaltan a la tercera, y Europa, que, sin embargo, no toda ella conoce aún
el nombre de Cristo, tiene que batirse con las otras dos». Esta Europa, que
la presencia de los musulmanes en España impide identificar por
completo con la cristiandad, continúa siendo por eso para los
occidentales una noción incómoda, pedante, abstracta.
La realidad es la cristiandad. El cristiano de la Edad Media define
al resto de la humanidad, se sitúa a sí mismo con relación a los demás en
función de ella. Ante todo con relación al mundo bizantino.
El bizantino, desde el 1054, es el cismático. Pero aunque ese
agravio de separación, de secesión, es esencial, los occidentales no logran
definirlo con exactitud o, por lo menos, a designarlo correctamente. A
pesar de las divergencias teológicas —en especial la cuestión del
«Filioque», al rechazar los bizantinos la doble procedencia del Espíritu
Santo a quien ellos hacían proceder solamente del Padre pero no del Hijo
—, a pesar, sobre todo, del conflicto institucional —-el patriarca de
Constantinopla se niega a reconocer la supremacía del papa—, los
bizantinos también son cristianos. Desde mediados del siglo XII, con
ocasión de la segunda cruzada, vemos a un fanático occidental, el obispo
de Langres, que sueña con la toma de Constantinopla y que empuja a
ella al rey de Francia Luis VII, declarar que los bizantinos no son
«cristianos de hecho, sino solamente de nombre», que son culpables de
herejías, y a una buena parte del ejército de cruzados creer que «los
griegos no eran cristianos y que carecía de importancia matarlos o no».
Este antagonismo era el fruto de un alejamiento que, a partir del siglo IV,
se había convertido en verdadero foso. Unos y otros dejaron de
comprenderse, sobre todo los occidentales que, incluso los más sabios,
ignoraban el griego: graecum est, non legitur.ESTRUCTURAS ESPACIALES Y TEMPORALES 121
Esta incomprensión se fue transformando poco a poco en odio,
hijo de la ignorancia. Los latinos experimentan hacia los griegos una
mezcla de envidia y de desprecio, fruto del sentimiento más o menos
reprimido de su propia inferioridad. Los latinos achacan a los griegos el
ser amanerados, cobardes y mentirosos. Les reprochan sobre todo ser
ricos. Es el sentimiento reflejo del guerrero bárbaro y pobre ante el rico
civilizado.
Cuando el ejército occidental de la cuarta cruzada se dispone en
el 1203 a tomar Constantinopla, el pretexto oficial es que el emperador
Alexis III es un usurpador, pero los eclesiásticos eliminan los escrúpulos
religiosos de algunos laicos poniendo de relieve el carácter cismático de
los bizantinos: «Los obispos y los clérigos del ejército celebraron consejo,
escribe el cronista Roberto de Clarí, y decidieron que la batalla era
legítima y que se podía atacarlos, porque antaño obedecían la ley de
Roma y ahora habían dejado de obedecerla. Por lo tanto, dijeron los
obispos, atacarlos no era pecado sino, por el contrario, un gran acto de
piedad».
No cabe duda de que la unión de las Iglesias, es decir, la
reconciliación de Bizancio con Roma, se mantiene casi constantemente
sobre el tapete y hay continuas negociaciones en tiempos de Alexis I en
1089, de Juan II en 1141, de Alexis III en 1197 y de casi cada emperador de
mediados del siglo XIII hasta el 1453. Incluso da la impresión de que la
unión es un hecho en el concilio de Lyon de 1274, y una vez más en el de
Florencia de 1439.
Pero los ataques dirigidos contra el Imperio bizantino por los
normandos de Roberto Guiscardo en el 1081, de Bohemond en el 1185, la
toma de Constantinopla por los occidentales el 13 de abril del 1204 y el
fracaso de la unión de las Iglesias tenían su origen en una hostilidad
fundamental entre quienes se llamaban despectivamente latinos (y no
cristianos), griegos (y no romanos). Incomprensión de los rudos bárbaros
que oponen su simplicidad a la sofisticación de una civilización del
ceremonial, de una educación secular convertida en etiqueta. En el 1097,
durante la recepción concedida a los cruzados lorenos por Alexis I, uno
de aquellos, irritado por tanta etiqueta, se sienta en el trono del basileus,
porque «encuentra que no es conveniente que un solo hombre pueda
sentarse cuando tantos valientes guerreros permanecen de pie».
Las reacciones son las mismas entre los francos de la segunda
cruzada. Impaciencia de Luis VII y de sus consejeros ante las maneras de
los enviados bizantinos y del lenguaje ampuloso de sus arengas. El obispo
de Langres, «por compasión hacia el rey», y no pudiendo soportar las
largas frases del orador y del intérprete, les dice: «Hermanos, haced el
favor de no hablar con tanta frecuencia de la gloria, la majestad, la
sabiduría y la religión del rey; él se co-122
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
noce y nosotros tarmbién le conocemos; así pues, decidle rápidamente y
sin tantos rodeos lo que queréis».
Oposición incluiso en las tradiciones políticas. Los occidentales,
para quienes la primera viirtud es la fe —la buena fe del feudal—, tachan
de hipocresía los métodos bizantinos impregnados de la razón de Estado.
«Porque entre ellos, escribe aún Eudes de Deuil, el cronista francés de la
segunda cruzada, es una opínióni generalmente admitida que no hay por
qué reprochar a nadie el perjurio que alguien se permite por la causa del
Imperio sagrado.»
A este odio latinio responde el desprecio griego. Ana Comneno,
hija del emperador Alexis, que ha visto a los occidentales de la primera
cruzada, los describe como bárbaaros groseros, charlatanes, orgullosos,
versátiles. Pero lo que horroriza sobre todo a los bizantinos es la codicia
de los occidentales «dispuestos a venderr mujer e hijos por un óbolo».
La riqueza de Bizancio es, finalmente, el último reproche y la
principal codicia de los latinos. Todos los cronistas de las primeras cruzadas
que pasan por Constantinopla hacem de ella una descripción deslumbrante.
Para esos bárbaros que viven miserablermente en fortalezas primitivas o en
aldeas miserables —las «ciudades» occidentales no cuentan más que con
unos millares de habitantes y el urbanismo en ellas es algo que se desconoce
— Constantinopla, con su probable millón de habitantes, sus riquezas
monumentales y sus almacenes, representa la revelación de la ciudad.. A
Fulcher de Chartres, entre tantos otros, se le desorbitan los ojos en el 1097:
«¡Qué noble y bella ciudad es Constantinopla! ¡Cuántos monasterios y
palacios, construidos con arte admirable, se ven en ella! ¡Cuántas obras
admirables dignas de contemplación hay diseminadas por las plazas y las
calles! Sería prolijo y tediosos describir en detalle la abundancia de riquezas
de todo género, de oro, de plata, de telas de mil clases y de santas reliquias
que se encuentran en esta ciudad a la que constantemente llegan numerosos
navios transportando todo lo necesarrio para satisfacer las necesidades de
los hombres...».
La suprema atraccción era, ante todo, las reliquias. He aquí el
inventarío hecho por Roberto de Clarí de las que los cruzados del 1204
encontraron sólo en la iglesia de la Virgen del Faro: «Se encontraron en
ella dos fragmentos de la Vera Cruz,, tan gruesos como la pierna de un
hombre y tan largos como media toesa. 1 Y se encontró también el hierro
de la lanza con que le atravesaron el costaddo a Nuestro Señor y los dos
clavos con que le clavaron las manos y los pies. También se encontró en
ella, guardada en una botellita de cristal, una gran parte de su sangre y
también la túnica que llevaba y de la que le despojaron cuando le
condujeron al monte Calvario; también se en-
1. Antigua medida francesa de longitud equivalente a 1,949
metros. (N. del t.)ESTRUCTURAS ESPACIALES Y TEMPORALES
123
contró la corona bendita con que le coronaron, que era de juncos marinos
tan punzantes como leznas. Y se encontró también el vestido de Nuestra
Señora y la cabeza del señor san Juan Bautista y tantas otras preciosas
reliquias que no podría describirlas». Botín selecto para los ladrones
piadosos que conservarán su presa y para los ávidos saqueadores que la
venderán a alto precio.
Bizancio, incluso para los occidentales que no han contemplado
sus maravillas, es en la Edad Media la fuente de casi toda riqueza, porque
las más preciosas importaciones latinas vienen de allí, ya sea Bizancio el
productor o el simple distribuidor. De allí proceden las telas preciosas —
la seda sigue siendo durante largo tiempo un secreto exclusivo de
Bizancio arrancado a China en el siglo VI— de allí procede la moneda de
oro, inalterable hasta finales del siglo XI, que los occidentales llamarán
simplemente el bizantino, el «besant», el «dólar de la Edad Media».
¡Cuántas tentaciones ante estas riquezas!
En el ámbito espiritual, aún pueden contentarse con tomar cosas
prestadas, a veces con admiración y agradecimiento. Los teólogos
occidentales del siglo XII descubren, o vuelven a descubrir la teología
griega, y algunos dan la bienvenida a esta luz que llega de Oriente:
oriéntale lumen. Alain de Lille (Alano de Lila) añade incluso con
humildad: quia latinitas penuriosa est... («porque la latinidad es
indigente»).
Aún se puede intentar rivalizar con Bizancio, y una de las
actitudes más curiosas del Occidente medieval que busca liberarse de la
realidad y del mito de Bizancio es esta humillación imaginaria que
expresa la magnífica canción de gesta del Pélerinage de Charlemagne, de
la segunda mitad del siglo XI. Carlomagno, al regresar de Jerusalén con sus
doce pares, pasa por Constantinopla donde es fastuosamente recibido por
el rey Hugón. Tras un magnífico festín, el emperador y sus compañeros,
un poco ebrios, se libran en sus aposentos a relatos imaginarios en los que
cada uno se las ingenia para vanagloriarse de una proeza extraordinaria
de forma grosera, muy a tono con el humor caballeresco. En el relato de
estas proezas, como es fácil de imaginar, los francos ridiculizan al rey
Hugón y a sus griegos. Roldan se compromete a hacer sonar el cuerno con
tanta potencia que al rey Hugón se le pongan los pelos de punta. El
incidente no hubiera pasado de una broma de mal gusto sin mayores con-
secuencias si un espía bizantino oculto tras una columna no hubiera oído
las conversaciones y no le hubiera faltado tiempo para ir a contárselo todo
al rey. Éste, furioso, desafía a sus huéspedes a llevar a cabo sus
bravuconadas. La intervención divina permite que los francos puedan
cumplir su reto y el rey Hugón, vencido, se declara «el hombre», el vasallo
de Carlomagno, y ordena una gran fiesta en la que los dos emperadores
ostentan sendas coronas de oro.124
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
Pero estos desahogos poéticos no podían bastar para satisfacer
tanta codicia y tanto rencor acumulados. La envidia latina contra los
bizantinos culmina en el saqueo del 13 de abril del 1204, con matanza
atroz de hombres, mujeres y niños, saqueo en el que se sacia por fin la
envidia y el odio. «Desde la creación del mundo, jamás se había recogido
tal botín de una ciudad», dice el historiador de las cruzadas Villehardouin,
y el cronista bizantino Nicetas Choniates añade: «Hasta los sarracenos
son buenos y compasivos comparados con esa gente que lleva en el
hombro la cruz de Cristo».
La hostilidad hacia los bizantinos no dejaba de producir cierta
crisis de conciencia en los cristianos medievales que se hallaban en
contacto con ellos. Frente a los musulmanes, por el contrario, parece que
no existía problema. El musulmán es el infiel, el enemigo con quien no
puede haber pactos. Entre cristianos y musulmanes, la antítesis es total,
como lo expresó el papa Urbano II al predicar en Clermont la primera
cruzada en 1095: «¡Cuál no sería nuestra vergüenza si esa raza infiel, con
tanta razón despreciada, degenerada de la dignidad humana y vil esclava
del demonio, saliera victoriosa ante el pueblo elegido del Dios
todopoderoso...! De un lado no habrá más que miserables privados de los
verdaderos bienes, del otro hombres henchidos de las verdaderas
riquezas, de una parte combatirán los enemigos del Señor, de la otra sus
amigos». Mahoma es uno de los peores espantajos de la cristiandad
medieval. Atormenta la imaginación cristiana en una visión apocalíptica.
Su nombre no aparece más que como referencia al Anticristo. Para Pedro
el Venerable, abad de Cluny de mediados del siglo XII, Mahoma está, en
la jerarquía de los enemigos de Cristo, entre Arrío y el Anticristo. Para
Joaquín de Flore, a finales del siglo, Mahoma «prepara la llegada del
Anticristo lo mismo que Moisés preparó la de Jesús». En el margen de un
manuscrito de 1162 — una traducción del Corán— una caricatura de
Mahoma le representa bajo la figura de un monstruo.
Sin embargo, la historia de la actitud de los cristianos medievales
respecto de los musulmanes es una historia de variaciones y de matices.
Es cierto que en el siglo IX, Alvaro de Córdoba ve en Mahoma la Bestia
del Apocalipsis. Pero Pascasio Radberto, aun haciendo especial mención
del antagonismo fundamental (que percibe perfectamente en su contexto
geográfico) existente entre la cristiandad, la cual tenía que extenderse por
todo el mundo, y el islam, que le ha arrebatado una amplia región de la
tierra, distingue minuciosamente los musulmanes, que han llegado al
conocimiento de Dios, de losESTRUCTURAS ESPACIALES Y TEMPORALES
125
gentiles, que ignoran absolutamente todo de él. Hasta el siglo XI, las
peregrinaciones cristianas a la Palestina conquistada por los musulmanes
se llevan a cabo de forma pacífica y sólo en algunos teólogos se perfila una
imagen apocalíptica del islam. Todo cambia en el transcurso del siglo XI en
el que las cruzadas se preparan y se orquestan mediante una propaganda
que pone a los secuaces de Mahoma en el punto de mira de los odios
cristianos. Las canciones de gesta son los testigos de ese momento en que
se mezclan los recuerdos de una simbiosis islámico-cristiana en la frontera
de los dos mundos con la afirmación, desde ahora, de un enfrentamiento
sin tregua. Toda una mitología, que se resume en el duelo entre el
caballero cristiano y el musulmán, reina en adelante. La lucha contra el
infiel se convierte en el fin último del ideal caballeresco. Por lo demás, al
infiel se le considera ahora como un pagano, un pagano endurecido que ha
renunciado definitivamente a la verdad, a la conversión. En la bula de
convocatoria al cuarto concilio de Letrán en el 1213, Inocencio III llama
a los cristianos a la cruzada contra los sarracenos, a quienes trata de
paganos, y Joinville llama constantemente al mundo musulmán la
«paganidad» (la paiennié).
No obstante, a través de ese telón que ha caído entre musulmanes
y cristianos y que da la impresión de que no lo levantan más que para
combatirse, a través de ese frente guerrero, continúan existiendo corrientes
pacíficas e intercambios que incluso a veces se intensifican.
Ante todo intercambios comerciales. El papado no logra nada
decretando el embargo de las mercancías cristianas con destino al mundo
musulmán. El contrabando sobrepasa tales prohibiciones. Los papas
terminan por admitir derogaciones, brechas en ese bloqueo que los
cristianos padecen más aún que los musulmanes, y llegan incluso a
conceder licencias. En este juego, los venecianos son los maestros. En
1198, por ejemplo, tras convencer al papa de que, carentes de recursos
agrícolas como se hallan, no pueden vivir más que del comercio,
obtienen de Inocencio III el permiso para comerciar «con el sultán de
Alejandría» con la excepción, claro está, de productos estratégicos
incluidos por el papado en una lista negra impuesta a la cristiandad:
hierro y armas, pez, alquitrán, maderas de construcción, navios.
Después, intercambios intelectuales. En el punto culminante de
las cruzadas, la ciencia árabe rebosa sobre la cristiandad, y si esa ciencia
no suscita lo que se ha dado en llamar el Renacimiento del siglo XII, al
menos lo fomenta. A decir verdad, lo que los árabes aportan a los sabios
cristianos es, sobre todo, la ciencia griega atesorada en las bibliotecas
orientales y puesta en circulación por los sabios musulmanes que la llevan
hasta los confines del islam occidental en España, adonde los clérigos
cristianos acuden ávidamente a126
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
disfrutarla a medida que avanza la Reconquista. Toledo, reconquistada
por los cristianos en el 1085, se convierte en el polo de atracción de esos
sedientos que son, al menos al principio, sobre todo traductores. La
moda de la ciencia musulmana ha tomado tal cariz en la cristiandad que
incluso uno de ellos, Adelardo de Bath, confiesa que, con el fin de
imponer sus ideas personales, las ha hecho pasar a veces por ideas de los
árabes.
Más aún, en Tierra Santa, lugar principal de la confrontación
armada entre cristianos y musulmanes, se establecen rápidamente
relaciones de coexistencia pacífica. Un cronista musulmán, el español Ibn
Jobair, afirma con admiración no poco escandalizada, con motivo de un
viaje a Palestina en el 1184: «Los cristianos, en su territorio, obligan a los
musulmanes a pagar una tasa, que se aplica con toda buena fe. Los
mercaderes cristianos, a su vez, pagan en territorio musulmán una tasa por
sus mercancías. El buen acuerdo entre ellos es perfecto y la equidad se
observa en cualquier circunstancia. La gente de la guerra se ocupa de su
guerra; el pueblo continúa en paz... La situación de este país en este
aspecto es tan extraordinaria que sería vano querer explicarlo. ¡Que Dios
exalte la palabra del islam con su favor!».
Junto a estos «paganos» especiales que son los musulmanes y
ante los cuales la única actitud oficial cristiana era la guerra santa, otros
paganos, los que todavía adoran ídolos, se presentan de una manera
completamente distinta: como posibles cristianos. Hasta finales del siglo
XIII, cuando la cristiandad se encuentra ya casi definitivamente
constituida en Europa al oeste de Rusia, de Ucrania y de los Balcanes, un
trabajo misionero casi incesante dilata el mundo cristiano. Una vez
convertidos a la ortodoxia católica los invasores arrianos —sobre todo
visigodos y lombardos— y, más tarde, a comienzos del siglo VII, los
anglosajones paganos, ese frente de evangelización, como ya hemos visto,
se sitúa al este y al norte de Europa y tiende a confundirse con la ex-
pansión germánica. La Germania occidental, cristianizada por los
misioneros anglosajones, de los que el más ilustre fue san Bonifacio
(Winfrido), los carolingios (comenzando por Carlomagno, cuya conducta
respecto a los sajones es típica), inauguran una tradición de
cristianización belicosa y forzada. Aún subsiste entre esos soberanos una
actitud defensiva frente a los paganos hasta el 995, año de la doble victoria
de Otón I sobre los magiares y sobre los eslavos del este, a partir de la
cual comienza una prolongada política agresiva de los germanos que
proceden a la conversión de los paganos por la fuerza. A comienzos del
siglo XI, Bruno de Querfurt reprocha a Enrique II, rey deESTRUCTURAS ESPACIALES Y TEMPORALES
127
Germania no coronado aún emperador, el hacer la guerra a cristianos, los
polacos, y olvidarse de los lutecios, paganos, a los que, de acuerdo con el
Evangelio, hay que forzar por las armas a entrar en la cristiandad. En
adelante, el compelle intrare pasa a ser una consigna ante los paganos.
Por lo demás, a esos paganos se les aplica de buena gana el epíteto de
bárbaros. El cronista Gallus Anonymus, en el siglo XII, al situar
geográficamente a Polonia, escribe: «Hacia el mar septentrional tiene por
vecinas a tres feroces naciones de bárbaros, la Seleucia (país de los
lutecios), la Pomerania y la Prusia, contra las cuales el duque de Polonia
combate sin cesar, a fin de convertirlas a la fe. Pero no ha conseguido
arrancar su corazón a la perfidia mediante la espada de la predicación ni
a extirpar su raza de víboras mediante la espada de la masacre».
En efecto, frente a ese proselitismo conquistador, las resistencias
son fuertes y los rebrotes del paganismo numerosos y violentos. En el 973,
una gran insurrección eslava aniquila la organización eclesiástica entre el
Elba y el Oder, en tierras de los veletas y de los obodritas; en el 1038, hay
un levantamiento popular en Polonia en apoyo del paganismo; en el 1040,
llega para Hungría la ocasión de apostatar. La predicación cristiana fue
casi siempre un fracaso cuando se dirigió a los pueblos paganos para
persuadir a las masas. En general, no triunfó más que cuando se logró
conquistar a los jefes y a los grupos sociales dominantes. Para los
bizantinos y los musulmanes, la integración en la cristiandad romana
hubiera significado una pérdida cultural, la degradación a una cultura
inferior. Para los paganos, la entrada en la cristiandad era, por el contrario,
una promoción. Así lo comprendieron el franco Clodoveo a comienzos
del siglo VI, el normando Rollón en el 911, el polaco Mesco en el 966, el
húngaro Vaik (san Esteban) en el 985, el danés Harald del Diente Azul
(950-986) y el noruego Olaf Tryggveson (997-1000). Las revueltas paganas
van acompañadas de ordinario de insurrecciones sociales, al volver las
masas al paganismo por hostilidad hacia sus dirigentes cristianizados que,
por otra parte, suelen disponer de las suficientes fuerzas como para
reprimir rápidamente esos sobresaltos. De este modo, la «nueva
cristiandad» medieval, al contrario de la cristiandad primitiva formada
durante mucho tiempo por gentes sencillas que terminaron por imponer al
emperador y a una parte de las clases dirigentes su fe, era una cristiandad
convertida desde lo alto y por imposición. Conviene no perder de vista
este cambio del cristianismo en la Edad Media. En ese mundo de
violencia, la principal violencia fue la conversión. Para aquellos jefes
inteligentes que reconocieron el poder de promoción que significaba el
cristianismo, la única duda fue a veces la elección entre Roma y
Constantinopla. Mientras que los polacos y los húngaros, directa o
indirectamente, se128
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
decidieron por Roma, los rusos, los búlgaros y los serbios se inclinaron por
Bizancio. Una curiosa lucha de influencias se entabló en la Gran Moravia
durante el siglo IX: el episodio de Cirilo y Metodio y el original ensayo de
un cristianismo romano con una liturgia eslava. El intento fue efímero, lo
mismo que el imperio de la Gran Moravia. El catolicismo romano iba a
triunfar en Moravia y en Bohemia con el Estado feudal de los
Przemyslidas.
Una vez estabilizada al norte de la cuenca occidental del
Mediterráneo donde, si es cierto que logró rechazar a Bizancio y al islam
de España, Sicilia e Italia del sur, fracasó en el siglo XIII en lo que
respecta a Grecia y a Palestina, la cristiandad occidental se establecía
durante ese mismo siglo XIII desde Lituania a Croacia.
Entonces esa cristiandad descubrió entre los musulmanes y los
bárbaros una tercera especie de paganos: los mongoles. El mito mongol es
uno de los más curiosos de la cristiandad medieval. Mientras que los
cristianos de la Europa central, la pequeña Polonia, la Silesia y Hungría no
podían dejar de reconocer en aquellos a quienes llamaban tártaros, y que
los habían asolado por tres veces en destructoras incursiones, a paganos
puros y simples, que podían figurar entre los más crueles que las
invasiones orientales empujaran hacia el oeste, en el resto de la
cristiandad los mongoles hicieron nacer extraños sueños entre los
príncipes, los clérigos y los mercaderes. Se les imaginó no sólo dispuestos
a convertirse al cristianismo, sino ya convertidos en secreto y sin esperar
más que una ocasión para proclamarlo. El mito del preste Juan, por
ejemplo, ese misterioso soberano cristiano, situado en el siglo XIII en
Asia (antes de que se le situara posteriormente, en el siglo XV, en Etiopía)
y nacido de la imaginación occidental a partir de confusas noticias
recogidas entre los pequeños núcleos de cristianos nestorianos que
habían sobrevivido en Asia, fue a recaer en los mongoles a quienes se
creyó ganados ya para el cristianismo. Partiendo de esta ilusión, nació y
creció un gran sueño: el de una alianza entre cristianos y mongoles que, al
oprimir al islam entre su abrazo, le destruiría o le convertiría y haría reinar,
por fin, la verdadera fe en toda la tierra. De ahí las misiones enviadas a
mediados de siglo a tierra de mongoles. De ahí también las embajadas de
la gran esperanza que terminaron en enormes decepciones. Decepción de
san Luis, que nos relata Joinville: «El rey se arrepintió mucho de haber
enviado mensajeros y presentes».
El mito mongol suscitará en torno al 1300 algunas otras
expediciones. Una serie de misiones, entre las que destacan las de Juan
de Monte CorvinoESTRUCTURAS ESPACIALES Y TEMPORALES
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y la del franciscano Odorico de Pordenone tuvieron como consecuencia
incluso la formación de pequeñas y efímeras cristiandades asiáticas. La
cristiandad medieval continuaba siendo europea. Pero se había
aventurado hasta los confines del mundo.
La cristiandad del siglo XIII parecía haber querido salir de sus
fronteras, había comenzado a sustituir la idea de cruzada por la de misión,
parecía querer abrirse al mundo.
Sin embargo, continuaba siendo ese mundo cerrado de una
sociedad que es capaz de anexionarse por la fuerza nuevos miembros
(compelle intrare) pero que excluye a los demás, que se caracteriza por
un verdadero racismo religioso. La pertenencia al cristianismo es el
criterio de sus valores y de su actuación. La guerra, que es un mal entre
cristianos, es un deber contra los no cristianos. La usura, que está
prohibida entre cristianos, les está permitida a los infieles, es decir a los
judíos. Porque los otros, todo ese mundo confuso de paganos que la
cristiandad rechaza o mantiene fuera de sus fronteras, existen también en
su seno y son el objeto de exclusiones que veremos más adelante.
Aquí sólo queremos definir en sus horizontes espaciales esa
cristiandad medieval que, entre las dos direcciones del cristianismo, la de
religión cerrada, propiedad del pueblo elegido y nacida del Antiguo
Testamento, y la de religión abierta, con vocación universal, trazada por el
Evangelio, se ha cerrado en el particularismo. Vayamos de nuevo a ese
breviario del cristiano medio del siglo XII, el Elucidarium. El discípulo,
partiendo de dos textos paulinos, plantea el problema del cristianismo,
religión abierta o cerrada: «Está escrito que: "Cristo murió por los
impíos" (Rom., 5,6) y "por la gracia de Dios, sufrió la muerte por todos"
(Heb., 2,9), ¿ha sido benéfica su muerte para los impíos?». El maestro
contesta: «Cristo murió sólo por los elegidos», y acumula las citas que
excluyen que Cristo muriera «por todos».
La tendencia de la cristiandad hacia la clausura se pone de
manifiesto en su comportamiento con los paganos. Ya antes de Gregorio
Magno, los monjes irlandeses se habían negado a evangelizar a sus
detestados vecinos anglosajones, a quienes querían confinar en el infierno
y no arriesgarse a encontrárselos en el paraíso. El mundo pagano fue
durante mucho tiempo una gran reserva de esclavos para el comercio
cristiano, ya fuese ejercido por los mercaderes cristianos o por los judíos
en territorio cristiano. La conversión, que agotaba ese fructuoso mercado,
no se llevó a cabo sin vacilaciones. Anglosa-130
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
jones, sajones, eslavos —estos últimos dieron su nombre al ganado
humano de la cristiandad medieval— aprovisionaron la trata medieval
antes de quedar integrados en la cristiandad y protegidos, por lo mismo,
contra la esclavitud. Uno de los grandes reproches que hace el obispo de
Praga Adalberto a finales del siglo X a sus fieles a quienes acusa de
haberse vuelto al paganismo, es el vender cristianos a los mercaderes
judíos de esclavos. Un no cristiano no es un verdadero hombre; sólo un
cristiano, puede gozar de los derechos del hombre y, entre ellos, de la
protección contra la esclavitud. Los concilios de los siglos XII y XIII
recuerdan la prohibición a que está sujeto un cristiano de servir como
esclavo o doméstico a judíos o sarracenos. La actitud cristiana en materia
de esclavitud pone de manifiesto el particularismo cristiano, la
solidaridad primitiva del grupo y la política correlativa de apartheid con
respecto a los demás grupos.
Un catecismo del siglo XIII, fiel al concepto judaico del Dios de
la tribu (Éxodo, 20), indica como principal precepto: «Tu Dios es único,
no invocarás en vano el nombre de tu Dios». La cristiandad medieval,
celosa de su Dios, se halla muy lejos del ecumenismo.
Sin embargo, esta sociedad cerrada, opaca y hostil a los demás
fue, a pesar de sí misma, una esponja, un campo fertilizado por las
infiltraciones extranjeras. A nivel técnico quedó transformada por la
aceptación de adelantos como el del molino, de agua o de viento, llegados
de Oriente; en el plano económico se caracterizó por su prolongada
pasividad con respecto a Bizancio y al islam, recibiendo de
Constantinopla o de Alejandría, para su alimentación y su vestido, todo lo
que iba más allá de sus estrictas necesidades: telas preciosas, especias; se
despertó a la economía monetaria al impulso del oro bizantino, del
«besant», y de la moneda musulmana, el dinar de oro y el dirhem de plata.
Su arte, desde los motivos de las estepas, que inspiran toda la orfebrería
bárbara, hasta las cúpulas y los arcos apuntados, llegados de Armenia, de
Bizancio o de Córdoba y su ciencia, extraída de las fuentes griegas con la
mediación de los árabes, se nutrieron de préstamos. Si supo encontrar en
su interior los recursos que le permitieron convertirse en una fuerza
creadora, y después en modelo y guía, primero fue alumna, tributaria de
todo ese mundo que despreciaba y condenaba, el paganismo de la
Antigüedad, el paganismo de los pueblos que la nutrieron y la
instruyeron durante el largo espacio en que esa sociedad fue pobre y
bárbara y creía poder encerrarse en sus orgullosas certezas.ESTRUCTURAS ESPACIALES Y TEMPORALES 131
Ese mundo cerrado en la tierra, esa cristiandad amurallada aquí
abajo, se abría ampliamente hacia lo alto, hacia el cielo. Material y
espiritualmente no hay compartimientos estancos entre el mundo terrestre
y el más allá. No hay duda de que existen grados que son como fosos que
se han de franquear, saltos que hay que dar. Pero la cosmografía o la
ascética mística manifiestan también que hay un itinerario que conduce a
Dios por etapas, a lo largo de una ruta, de la gran ruta de la peregrinación
del alma, para emplear la palabra de san Buenaventura.
El universo es un sistema de esferas concéntricas: ésa es la
concepción general; las diversas opiniones tienen por objeto el número y
la naturaleza de esas esferas. Beda, en el siglo VIII, decía que siete cielos
rodean la Tierra —aún hablamos, en lenguaje familiar, de que alguien ha
quedado transportado al séptimo cielo—: el aire, el éter, el olimpo, el
espacio inflamado, el firmamento de los astros, el cielo de los ángeles y el
cielo de la Trinidad. La herencia griega, incluso en la terminología, está
muy clara en Beda. La cristianización de esta concepción acaba en una
simplificación de la que da testimonio cumplido en el siglo XII el
Elucidarium de Honorio de Autún, que distingue tres cielos: el cielo
corporal que vemos, el cielo espiritual en el que habitan las sustancias
espirituales, es decir, los ángeles, y el cielo intelectual donde los
bienaventurados contemplan cara a cara a la Santísima Trinidad.
Sistemas más científicos acuden al esquema de Aristóteles que hacía del
universo una disposición compleja de cincuenta y cinco esferas a la que
los escolásticos añaden una esfera suplementaria exterior, la del «primer
motor», desde donde Dios pone en movimiento todo el sistema. Algunos,
como el obispo de París Guillermo de Auvernia, en la primera mitad del
siglo XIII, imaginan por encima del primer motor una nueva esfera, un
empíreo inmóvil, residencia de los santos.
Lo esencial es que, a pesar del cuidado puesto por los teólogos y
la Iglesia en afirmar el carácter espiritual de Dios, el vocabulario permite a
los cristianos hacerse una representación concreta de Dios. La misma
preocupación existe por salvaguardar esta inmaterialidad divina por una
parte y en no chocar con las creencias ingenuas en una realidad de Dios
(llamada sustancial, lo cual es bastante equívoco para satisfacer a la vez la
ortodoxia doctrinal y los hábitos mentales de la masa). Honorio es un
buen testigo de esta ansia de conciliación, un poco delicada.
— ¿Dónde está Dios? —pregunta el discípulo.
—En todas partes en potencia; en el cielo intelectual en sustancia
—responde el maestro.
Pero el discípulo vuelve a la carga:132
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
—¿Cómo se puede afirmar que Dios está todo entero siempre y
en todas partes a la vez y también que no está en ninguna parte?
—Es que Dios —responde el maestro— es incorporal y, como tal,
no localizado, illocalis.
Con esto se contenta el discípulo que, por lo demás, sabe que
Dios está en sustancia en el cielo intelectual.
Pero para la masa, Dios existe corporalmente tal como lo
representa muy pronto la iconografía cristiana.
El cristianismo, sobre todo después del concilio de Nicea (325),
ofrecía a la adoración de los fieles un Dios uno en tres personas, la
Santísima Trinidad que, al margen de las dificultades teológicas que
provocó (en el Occidente medieval muchos teólogos cayeron en herejías
antitrinitarias y el trinitarismo fue una de las causas de la hostilidad al
cristianismo romano por parte de otras religiones muy cercanas en otros
aspectos, como la ortodoxia bizantina), planteó a la masa un enigma
similar al misterio teológico. El tema trinitario parece haber ejercido su
atracción sobre todo en los medios teológicos eruditos, ya que sólo obtuvo
un eco muy limitado entre la masa. Algo parecido ocurrió con la devoción
al Espíritu Santo, ya que da la impresión de ser cosa de doctos, al menos
antes de la baja Edad Media en la que proliferan las cofradías y los
hospitales puestos bajo la advocación del Espíritu Santo. Abelardo fundó
en el 1122 un monasterio dedicado al Espíritu Santo, al Paráclito
«consolador», lo que le acarreó virulentos ataques. «Muchos acogieron
esta apelación con extrañeza, o incluso la atacaron con virulencia, so
pretexto de que no se podía consagrar especialmente una iglesia al
Espíritu Santo como tampoco se consagraba a Dios Padre, sino que había
que dedicarla, según la antigua usanza, o bien al Hijo sólo o bien a la
Trinidad.»
Las universidades celebraban, con ocasión de la solemne apertura
de sus cursos, una misa del Espíritu Santo, inspirador de las artes
liberales, pero también esta devoción se inscribe en una piedad trinitaria
muy ortodoxa, muy equilibrada, patrimonio de un medio culto.
En la doctrina de algunos grandes místicos como Guillermo de
Saint-Thierry, la Trinidad es el centro de la vida espiritual. La ascesis es
un itinerario por el cual el hombre llega a encontrar la imagen de Dios
desfigurada por el pecado. Las tres personas de la Trinidad corresponden
a tres vías, a tres medios de ese progreso espiritual cuyo proceso es, sin
embargo, uno. El Padre preside la vía de la memoria, el Hijo, la de la
razón y el Espíritu, la del amor. De este modo el misterio trinitario se
interioriza e informa las facultades del alma a la vez que convierte en
sobrenatural el dinamismo espiritual.ESTRUCTURAS ESPACIALES Y TEMPORALES
133
Como contrapartida, la devoción al Espíritu Santo se degrada en
ciertos medios populares para convertirse en culto al santo espíritu o a la
santa paloma, avatares de la tercera persona de la Trinidad.
La devoción popular, poco familiarizada con la Trinidad o con el
Espíritu Santo que percibían mejor los teólogos o los místicos, oscilaba
entre una visión puramente monoteísta de Dios y un dualismo imaginativo
que va del Padre al Hijo.
A la sensibilidad y al arte medievales no les fue fácil triunfar del
viejo tabú judío que prohibía la representación realista —es decir
antropomorfa— de Dios. A Dios se le representó primeramente mediante
símbolos, que se prolongaron en la iconografía y probablemente en el
psiquismo después de haber triunfado las imágenes humanas de Dios.
Esas representaciones simbólicas de Dios manifiestan muy pronto
la tendencia a designar ya sea al padre ya sea al Hijo, más que a la
persona divina en su unidad.
Así, la mano que surge del cielo saliendo de una nube suele ser la
del Padre. En su origen es signo de mando, y la misma palabra hebrea iad
significa tanto mano como poder. Esta mano, que podrá convertirse en un
símbolo hablante en tal o cual ocasión o suavizarse en un gesto de
bendición, continúa siendo ante todo una materialización de amenaza
suspendida siempre sobre el hombre. La quirofanía se rodea siempre de
una atmósfera de respeto sagrado, si no de espanto. Los reyes
medievales que han heredado de ella su mano de justicia gozan del poder
intimidatorio de esta mano divina.
Cristo, en el cristianismo primitivo, aparece con más frecuencia
representado sobre todo bajo la forma del cordero llevando la cruz o el
estandarte de la resurrección. Pero esta representación abstracta ocultaba
la humanidad, carácter esencial de Cristo. El liturgista Guillermo Durand,
obispo de Mende, da cuenta en el siglo XIII de ese hecho lleno de sentido.
«Porque san Juan Bautista señala con el dedo a Cristo y dice: "He aquí el
Cordero de Dios", algunos representan a Cristo bajo la figura de un
cordero. Pero, puesto que Cristo es un hombre real, el papa Adriano
recuerda que debemos representarlo bajo la forma humana. En efecto, no
es el Cordero lo que hay que representar en la cruz; pero, una vez
representado el hombre, nada impide que se represente también el
Cordero, ya sea en la parte baja o en el reverso de la cruz.»
Insistiremos más adelante sobre esta humanidad de Cristo,
fundamento de un humanismo liberador. Fue un elemento esencial en la
evolución de Occidente.
No obstante, el antropomorfismo divino se inclinó durante
mucho tiempo hacia Dios Padre. En la lucha contra el arrianismo de los
siglos V al VII, el134
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
interés por insistir en la divinidad de Cristo llevó a confundir casi al Hijo
con el Padre. La época carolingia, más proclive a las manifestaciones de
poder que a las expresiones de humildad, dejó de lado todo lo que podía
dar la sensación de debilidad en Cristo: los episodios amables de la vida
de Cristo, su trato con los pobres y los trabajadores, los aspectos realistas
y dolorosos de su pasión, todo ello se mantuvo en silencio.
Dios, Padre o Hijo, Padre e Hijo a la vez, junger Mensch und
alter Gott, «hombre joven y viejo Dios», como dice Walter von der
Vogelweide, que se convirtió en Dios de majestad. Dios sobre el trono
como un soberano (Pantocrator) aureolado con la mandorla, que llevaba
hasta su punto culminante la herencia del ceremonial imperial que el
cristianismo triunfante del bajo Imperio le había atribuido. Dios, cuyo
poder se manifestaba en la creación (el Génesis eclipsaba en la teología,
en los comentarios religiosos y en el arte a todos los demás libros de la
Biblia), en el triunfo (el Cordero y la cruz se convertían en símbolos de
gloria y no de humildad) y en el Juicio (desde el Cristo del Apocalipsis
con la espada entre los dientes hasta el juez de los tímpanos románicos y
góticos).
Dios pasó a ser un señor feudal: Dominus. Los Libri carolini,
para dar todo su valor de referencia al estado social existente, tomaban
una frase de san Agustín: «Al Creador se le llama creador con respecto a
sus criaturas, lo mismo que al amo se le llama amo con respecto a sus
servidores».
Los poetas del siglo IX hacían de Dios el señor de la fortaleza
celeste que, curiosamente, se parecía al palacio de Aquisgrán.
Ese Dios de majestad es el Dios de las canciones de gesta,
expresión de la sociedad feudal: «Damedieu» (Dominus Deus), el Señor
Dios.
Todo el vocabulario del Cur Deus homo de san Anselmo a finales
del siglo XI es feudal. Dios aparece en él como un señor feudal que
manda a tres categorías de vasallos: los ángeles, que poseen feudos a
cambio de un servicio fijo y perpetuo; los monjes, que sirven con la
esperanza de recuperar la herencia perdida por la felonía de sus padres, y
los laicos, inmersos en una servidumbre sin esperanza. Todos ellos deben
a Dios el servitium debitum, el servicio del vasallo. Dios, en su
comportamiento respecto de sus subditos, busca la conformidad a su
honor señorial. Cristo ofrece su vida ad honorem Dei, Dios desea el
castigo del pecador ad honorem suum.
A decir verdad, Dios, más que un señor feudal, es un rey —Rex
más bien que Dominus—. Esta soberanía regia de Dios inspira a las
iglesias prerrománica y románica concebidas como un palacio real,
surgido de la rotonda real iraniana para converger en la cúpula o el
ábside, donde domina el Pantocrator. Es ella la que modela la iconografía
del Dios de majestad con sus atribu-ESTRUCTURAS ESPACIALES Y TEMPORALES 135
tos reales: el trono, el sol y la luna, el alfa y la omega, todas ellas insignias
del poder universal, la corte de los ancianos del Apocalipsis o de los
ángeles, y a veces la corona.
Esta visión real y triunfante de Dios no excluye a Cristo. El Cristo
del Juicio que conserva en su costado descubierto, pero como signo de
victoria sobre la muerte, la llaga de la crucifixión, el Cristo crucificado
pero portador de la corona, el Cristo de las monedas reales, todavía en el
siglo XIII con la significativa leyenda del escudo de san Luis de Francia:
Christus vincit, Christus regnat, Christus imperat, el Cristo vencedor, rey,
emperador. Concepción monárquica de Dios cuyo impacto más allá de un
tipo de devoción —la de sujetos más bien que vasallos— ha sido capital
sobre la sociedad política del Occidente medieval. Con la ayuda de la
Iglesia, los reyes y los emperadores terrestres, imágenes de Dios sobre la
tierra, encontrarán en ella una ayuda poderosa para triunfar precisamente
de una concepción feudal que pretendía paralizarlos. ¿Será necesario, en
fin, siguiendo a Norman Cohn, buscar tras ese Dios autoritario una
imagen psicoanalítica del padre cuyo peso, ya sea el de su tiranía o el de
su bondad, puede explicar tantos complejos colectivos de los hombres de
la Edad Media, hijos obedientes o hijos rebeldes seguidores del
Anticristo, prototipo del hijo rebelde?
De todas formas, junto a ese Dios monarca se abría lentamente el
camino en las almas un Dios-Hombre, con una humanidad humilde y
cotidiana. Ese Dios cercano al hombre no podía ser el Padre que, incluso
bajo su forma paternalista de Dios bueno, quedaba muy lejano —todo lo
más, condescendiente—. Era el Hijo. La evolución de la imagen de Cristo
en la devoción medieval no es sencilla. La misma iconografía primitiva de
Cristo era compleja. Al lado de Cristo Cordero apareció muy pronto un
Cristo antropomorfo: Cristo Pastor, Cristo Doctor, jefe de una secta que
había que guiar y enseñar en medio de las persecuciones. La cristiandad
medieval que tiende, como hemos visto, a reducir el Cordero a un
atributo del Cristo-Hombre, que ha dejado caer en desuso la imagen del
Buen Pastor y ha conservado la figura de Cristo Maestro, multiplica los
símbolos y las alegorías cristológicas: molino y prensa místicas que
significan el sacrificio fecundante de Jesús; Cristo cosmológico, heredero
del simbolismo solar, que aparece, como en una vidriera de Chartres del
siglo XII, en el centro de una rueda; símbolos de la viña y del racimo,
símbolos de animales —como el león o el águila—, signos de poder; del
unicornio, signo de pureza; del pelícano, signo de sacrificio; del fénix, sig-
no de resurrección y de inmortalidad.
La aparición de Cristo en la piedad y la sensibilidad medievales ha
seguido otros caminos esenciales. El primero es, sin lugar a dudas, el
camino de la136
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
salvación. En el momento mismo (siglos VIII y IX) en que la humanidad
de Cristo sufre un eclipse, aparece un culto del Salvador que invade la
liturgia y la arquitectura religiosas. Lo que se ha dado en llamar iglesia-
pórtico de la época carolingia y donde se ha visto justamente el punto de
partida del desarrollo de la fachada, de la cara occidental (el Westwerk) de
las iglesias románicas y góticas, responde al desarrollo del culto al
Salvador y ha sido el marco de la liturgia de la Resurrección y de otra
liturgia vinculada a ella, la del Apocalipsis. Ha sido la representación
monumental de la Jerusalén celeste, confundida con la Jerusalén terrestre
en una de esas osmosis típicas de la mentalidad y de la sensibilidad
medievales donde se funden realidades celestes y terrestres. Pero el Cristo
Salvador de la época carolingia está también vinculado a una piedad
encerrada en sí misma, y el tipo dominante de iglesia es una iglesia
cerrada, redonda, octogonal, basílica de doble ábside que, más allá del
arte carolingio, tiene su prolongación en el arte otoniano y hasta en las
grandes iglesias imperiales renanas de la época románica.
A partir del siglo XII, el Cristo Salvador abre más ampliamente sus
brazos a la humanidad. Cristo se convierte en la puerta de acceso a la
revelación y a la salvación. Suger, el constructor de Saint-Denis, dice que
Cristo es la verdadera puerta: Christus janua vera. «¡Oh!, Vos que habéis
dicho: "Yo soy la puerta, y quien entre por mí se salvará", ruega a Cristo
Guillermo de Saínt-Thierry, mostradnos con qué evidencia de qué
mansión sois la puerta, en qué momento y a quiénes la abrís. La mansión
de la que Vos sois la puerta es... el Cielo donde habita vuestro Padre.»
De este modo el templo, símbolo de la mansión celeste, acceso al
cielo, se abre de par en par. La puerta se apodera de la fachada: tímpanos
románicos, pórtico de la Gloria de Santiago de Compostela, grandes
pórticos góticos...
Ese Cristo más cercano al hombre puede acercarse aún más
tomando la forma de un niño. El éxito de Cristo-Niño, que se consolida en
el siglo XII, es paralelo al de la Virgen-Madre. Volveremos a examinar las
circunstancias en que se funda ese éxito haciéndolo a la vez irresistible.
Cristo, Hombre que restaura al hombre, se convierte en el nuevo Adán al
lado de la Virgen, nueva Eva.
Pero ante todo Cristo se convierte cada vez más en el Cristo
sufriente, el Cristo de la Pasión. La crucifixión, representada cada vez más,
y cada vez más realista, conserva sin lugar a dudas los elementos
simbólicos, pero éstos contribuyen de ordinario al nuevo significado de la
devoción al Crucificado, como por ejemplo el vínculo entre Adán y la
crucifixión, del que nos da testimonio la iconografía: calavera de Adán
representada al pie de la cruz, leyenda de la Santa Cruz hecha con la
madera del árbol plantado en la tumba de Adán. SiguiendoESTRUCTURAS ESPACIALES Y TEMPORALES
137
la evolución de la devoción a la misma cruz se podría averiguar cómo de
símbolo triunfal —-aún tiene ese significado para los cruzados de finales del
siglo XI— se convierte en símbolo de humildad y de sufrimiento.
Simbolismo que, por otra parte, no se ve libre de rechazos, a veces en los
medios populares, sobre todo entre los grupos heréticos que, bajo la
influencia directa de los orientales, de los bogomilos por ejemplo, o por el
roce fortuito con una tradición herética, se niegan a venerar a un trozo de
madera, símbolo de un suplicio degradante reservado a los esclavos,
insoportable e inconcebible humillación de todo un Dios. Por un curioso
rodeo, Marco Polo encontrará esa misma hostilidad en el Gran Kan mongol
quien, influenciado por el cristianismo nestoriano asiático, rechaza ante todo
ese sacrilegio en el catolicismo occidental. «No admite en modo alguno
que se lleve ante él la cruz, porque en ella sufrió y murió un hombre tan
grande como Cristo.» Crimen literalmente de lesa majestad que el pueblo
entiende con frecuencia como tal —amarrado a formas tradicionales de
piedad, más lento en la adopción de mentalidades y de sensibilidades
nuevas.
Está claro que la devoción al Cristo sufriente crea nuevos
símbolos, nuevos objetos de piedad. Ya desde el siglo XIII aparece —junto
a la veneración por las reliquias de la Pasión— el culto a los instrumentos
de la misma Pasión. Esos instrumentos no sólo conservan un aspecto
concreto, realista, sino que, sobre todo, ratifican la sustitución de las
insignias monárquicas tradicionales por otras nuevas. En adelante, la
realeza de Cristo será ante todo la de un Cristo coronado de espinas,
precursora del tema del Ecce Homo que invade la espiritualidad y el arte
del siglo XIV.
En fin, esta preeminencia del Cristo sufriente se halla integrada en
una evolución que destaca en primer término toda la vida humana de
Cristo. En el siglo XIII aparecen ciertos ciclos realistas que van siguiendo la
existencia terrestre del Dios hecho hombre desde la Anunciación hasta la
Ascensión que deben mucho al interés cada vez mayor por las «historias» y
a la evolución de las representaciones teatrales de los misterios. El siglo
XIV acentuará aún más esa tendencia y sabida es la importancia
iconográfica del ciclo de la vida de Cristo pintado por Giotto en la capilla
de la Arena, de Padua, entre 1304 y 1306.
Veremos más adelante el testimonio decisivo de una sensibilidad
nueva, expresión de una nueva sociedad, que aporta al siglo XIII, y sobre
todo al XIV, la aparición del retrato individual. El primer retrato de la
Edad Media fue el de Cristo. Su arquetipo parece ser el Santo Volto de
Lucas. San Lucas, retratista de Cristo antes de serlo de la Virgen, se
convertirá en el siglo XV en el patrón de los pintores.138
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
Frente a Dios, un poderoso personaje le disputa el poder en los
cielos y en la tierra: el demonio.
Satanás no tiene en la alta Edad Media un papel de primer plano,
y aún menos el papel de una personalidad acusada. Aparece con nuestra
Edad Media y se consolida en el siglo XI. Es una creación de la sociedad
feudal. Con sus satélites, los ángeles rebeldes, es exactamente el tipo del
vasallo felón, del traidor. El diablo y Dios es la pareja que domina la vida
de la cristiandad medieval y cuya lucha explica a los ojos de los hombres
de la Edad Media todo el detalle de los acontecimientos.
Claro está que, según la ortodoxia cristiana, Satanás no es el
igual de Dios, es una criatura, un ángel caído. La gran herejía de la Edad
Media, bajo formas y nombres distintos, es el maniqueísmo. La creencia
fundamental del maniqueísmo es la creencia en dos dioses, uno del bien y
otro del mal, éste creador y señor de esta tierra. El gran error del
maniqueísmo, para la ortodoxia cristiana, consiste en poner en un mismo
plano a Dios y a Satanás, a Dios y al diablo. Sin embargo, todo el
pensamiento y todo el comportamiento de los hombres de la Edad Media
están dominados por un maniqueísmo más o menos consciente, más o
menos elemental. Para ellos, por una parte está Dios y por otra el diablo.
Esta gran división domina la vida moral, la social y la política. La
humanidad se siente solicitada por esos dos poderes entre los que no
puede haber ni compromiso ni acercamiento. Si un acto es bueno,
procede de Dios; si es malo, procede del diablo. El día del Juicio final
habrá buenos que irán al paraíso y malos que se verán sepultados en el
infierno. La Edad Media conoció muy tarde, a finales del siglo XII, la
existencia del purgatorio que permite la dosificación del juicio y se vio
empujada durante mucho tiempo a la intolerancia por culpa de su
maniqueísmo. La iconografía se resiste a la penetración del purgatorio en el
siglo XIII, ignora el juicio individual después de la muerte y durante
mucho tiempo aún no representará más que la partición de la humanidad
en buenos y malos, en elegidos y condenados en el Juicio final. Esta
bipartición de la humanidad en el tímpano de las catedrales es la imagen
implacable de esta intolerancia.
Así pues, los hombres de la Edad Media se ven constantemente
divididos entre Dios y Satanás. Éste no es menos real que aquél, incluso
es menos ávido de encarnaciones y de apariciones. Es cierto que la
iconografía puede representarle bajo una forma simbólica: es la serpiente
del pecado original, se aparece entre Adán y Eva, es el pecado, el pecado
de la carne o del espíritu, separados o unidos, símbolo del apetito
intelectual o del apetito sexual. Pero se le representa sobre todo bajo
ciertos aspectos más o menos antropomórficos. En cada instante, cada
hombre de la Edad Media corre el peligro de ver-ESTRUCTURAS ESPACIALES Y TEMPORALES
139
lo manifestarse. Él es el contenido de esa terrible angustia que los
atenaza casi a cada instante: ¡la angustia de verlo aparecer! Cada cual se
ve constantemente espiado por el «viejo enemigo del género humano».
Aparece bajo dos figuras muy distintas, probable reliquia de un
doble origen. En cuanto seductor, se reviste de engañosas y atractivas
apariencias. En cuanto perseguidor, se muestra bajo su aspecto
terrorífico.
El disfraz más corriente del diablo es el de una joven de gran
belleza, pero la Leyenda áurea es prolija en relatos de peregrinos ingenuos
o desfallecidos que sucumben al diablo aparecido también bajo la figura
del apóstol Santiago.
El diablo perseguidor, por lo general, desdeña disfrazarse. Se
aparece a sus víctimas bajo un aspecto repugnante. El monje Raoul
Glaber le vio «una noche antes del oficio de maitines» en el monasterio
de Saint-Léger de Champeaux, a comienzos del siglo XI. «Vi salir del pie
de mi cama una especie de hombrecillo horrible. Era, por lo que pude ver,
de estatura mediocre, con el cuello delgado, un rostro macilento, ojos muy
negros, la frente arrugada y crispada, las narices respingonas, la boca
prominente, los labios gruesos, el mentón hundido y muy estrecho, una
barba de chivo, las orejas peludas y puntiagudas, los cabellos erizados e
hirsutos, dientes de perro, el cráneo puntiagudo, el pecho hinchado, una
joroba a la espalda, las nalgas fofas y el vestido sórdido.»
Las desventuradas víctimas femeninas y masculinas de Satanás
son a veces el objeto del desenfreno sexual de los demonios: demonios
íncubos y súcubos.
Las víctimas especiales tienen que soportar los continuos asaltos
de Satanás que utiliza toda clase de engaños, de disfraces, de tentaciones
y de torturas. La más célebre de esas heroicas víctimas del diablo es san
Antonio.
El hombre, disputado aquí abajo entre Dios y el diablo, a su
muerte se convierte en el objeto de una última y decisiva disputa. El arte
medieval representó hasta la saciedad la escena final de la existencia
terrestre en la que el alma del difunto se ve casi descuartizada entre
Satanás y san Miguel antes de verse conducida por el vencedor al paraíso
o al infierno. Advirtamos que para evitar caer nuevamente en el
maniqueísmo, el adversario del diablo no es el mismo Dios sino su
lugarteniente. Pero señalemos sobre todo que esta imagen en la que se
encierra la vida del hombre medieval pone de relieve la pasividad de su
existencia. Es la mayor y más ostensible muestra de su alienación.
Los poderes sobrenaturales de los que gozan Dios y Satanás no
son su exclusivo patrimonio. Hay hombres que también los poseen en
cierto modo.140
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
Una capa superior de la humanidad medieval está formada por
individuos dotados de poderes sobrenaturales. Lo trágico de la existencia
de la masa común es lo difícil que resulta distinguir entre buenos y
malos, ser constantemente engañado, participar en este espectáculo de
ilusiones y de equívocos que es la escena medieval. Jacobo de Vorágine
recuerda en su Leyenda áurea las palabras de Gregorio Magno: «Los
milagros no hacen al santo, sino que son sólo su señal», y precisa: «Se
pueden hacer milagros sin tener el Espíritu Santo, puesto que los mismos
malvados han podido vanagloriarse de haber hecho milagros».
De lo que no les cabe ninguna duda a los hombres de la Edad
Media es de que no sólo el diablo puede hacer milagros como Dios —con
su permiso, sin lugar a dudas, pero eso poco importa respecto del efecto
que produce en el hombre—, sino que esa facultad aparece también a
ciertos mortales para bien o para mal. Es la dualidad equívoca de la magia
negra y de la magia blanca cuyos productos no son por lo general
perceptibles por el vulgo. Es la pareja antitética de Simón el Mago y de
Salomón el Sabio. De una parte el grupo maléfico de los brujos y de otra
la multitud bienaventurada de los santos. Lo malo es que los primeros se
presentan en general como santos disfrazados, que pertenecen a la enorme
y mendaz familia de los pseudoprofetas. Es cierto que, una vez
desenmascarados, se les puede hacer huir mediante el signo de la cruz,
uno invocación oportuna o una oración adecuada. Pero, ¿cómo
desenmascararlos? Precisamente una de las tareas esenciales de los
verdaderos santos es reconocerlos y arrojar a los obradores de falsedades o
más bien de falsos milagros, los demonios y sus satélites terrestres, los
brujos. A san Martín se le tenía por un maestro en este arte. «Brillaba por
su habilidad en reconocer los demonios, dice la Leyenda áurea, y los
descubría bajo cualquiera de sus disfraces.» La humanidad medieval está
llena de posesos, desventuradas víctimas de Satanás, oculto en su cuerpo,
o de los maleficios de los brujos. Sólo los santos pueden salvarlos y
obligar a sus perseguidores a abandonarlos. El exorcismo es la función
esencial de los santos. La humanidad medieval comporta una masa de
posesos de hecho o en potencia, desgarrados entre una minoría de malos
y una élite de buenos hechiceros. Observemos una vez más que si los
buenos hechiceros se recluían esencialmente en el grupo clerical, no faltan
laicos eminentes que se pueden deslizar en él. Ése es el caso, que
volveremos a ver, de los reyes obradores de milagros, de los reyes
taumaturgos.ESTRUCTURAS ESPACIALES Y TEMPORALES 141
En esta sociedad los hombres, a decir verdad, cuentan con
protectores más vigilantes y más asiduos que los santos o los reyes
sanadores a los que no siempre tienen la fortuna de poder encontrar a
cada instante. Esos auxiliares infatigables son los ángeles. Entre el cielo
y la tierra hay un ir y venir constante. A la cohorte de los demonios, que
caen sobre los hombres cuyos pecados los atraen, se opone el coro
vigilante de los ángeles. Entre el cielo y la tierra se levanta la escala de
Jacob, por donde suben y bajan sin cesar en dos columnas las criaturas
celestes, de las cuales la que asciende simboliza la vida contemplativa y
la que desciende, la vida activa. Los hombres, con la ayuda de los
ángeles, ascienden por esa escala y su vida no es más que esta escalada
sembrada de caídas y recaídas de la que el Hortus deliciarum de Herrade
de Landsberg dice que ni siquiera los mejores son capaces de alcanzar
en esta vida el último peldaño, mito de Sísifo cristianizado que
materializa la experiencia decepcionante aunque embriagadora de los
místicos.
Cada uno tiene su ángel, y la tierra de la Edad Media está
ocupada por una doble población: los hombres y sus compañeros
celestes, o más bien por una triple población, porque a la pareja del
hombre y del ángel hay que añadir el mundo de los demonios
siempre al acecho.
Ésta es la alucinante compañía que nos presenta el
Elucidarium de Honorio de Autún:
— ¿Tienen los hombres ángeles guardianes?
— Cada alma, en el momento de ser infundida en un cuerpo,
queda confiada a un ángel que debe incitarla siempre al bien y dar cuenta
de todas sus acciones a Dios y a los ángeles en el cielo.
— ¿Están los ángeles constantemente en la tierra junto a aquellos
a quienes guardan?
—Si es preciso acuden en su ayuda, sobre todo si se les ha
invitado por medio de oraciones. Su venida es inmediata, ya que en un
instante pueden venir del cielo a la tierra y volver a él de nuevo.
— ¿Bajo qué forma se aparecen a los hombres?
— Bajo la forma de un hombre; el hombre, por ser corporal, no
puede ver a los espíritus. Así pues, adoptan un cuerpo aéreo que los
hombres pueden ver u oír.
— ¿Existen demonios que acechan a los hombres?
— En cada vicio mandan unos demonios que tienen a sus órdenes
muchísimos otros, innumerables, y que incitan constantemente a las almas
al vicio y dan cuenta de las malas acciones de los hombres a su príncipe...
De este modo, los hombres de la Edad Media viven bajo ese
doble espionaje permanente. Jamás están solos. Nadie es
independiente. Todos se hallan atrapados en una red de dependencias
terrestres y celestes.142
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
Por lo demás, la sociedad celeste de los ángeles no es sino la
imagen de la sociedad terrestre, o más bien, como piensan los hombres de
la Edad Media, ésta no es sino la imagen de aquélla.
Gerardo de Cambrai y de Arras afirmaba en el 1025: «El rey de
reyes organiza en órdenes distintos lo mismo a la sociedad celeste y
espiritual que a la sociedad terrestre y temporal. Reparte según un orden
maravilloso las funciones de los ángeles y las de los hombres. Fue Dios
quien estableció órdenes sagrados en el cielo y en la tierra».
Esta jerarquía angélica cuyo origen puede hallarse en san Pablo
fue elaborada por el pseudoDionisio Areopagita, cuyo tratado De la
jerarquía celeste, tradujo Escoto Erígena al latín en el siglo IX, pero no
caló en la teología y en la espiritualidad occidentales hasta la segunda
mitad del siglo XII. Su éxito iba a ser inmenso; se impone a los
universitarios del siglo XIII con Alberto Magno y Tomás de Aquino a la
cabeza, y hasta el mismo Dante está impregnado de ella. Su teología
mística se convierte fácilmente en una imaginería popular que le
proporciona una resonancia extraordinaria.
Esta concepción paralizante que impide al hombre atentar contra
el edificio de la sociedad terrestre sin hacer vacilar al mismo tiempo la
sociedad celeste, que aprisiona a los mortales en las mallas de la red
angélica, añade al peso de los amos sobre los hombros de los hombres la
pesada carga de la jerarquía angélica de los serafines, de los querubines y
de los tronos, de las dominaciones, de las virtudes y de las potestades, de
los principados, de los arcángeles y de los ángeles. Los hombres de la
Edad Media se debaten entre las garras de los demonios y la traba que
suponen esos millones de alas que baten tanto en la tierra como en el cielo
y hacen de la vida una pesadilla de palpitaciones aladas. Porque la
cuestión no estriba en que el mundo celeste sea tan real como el terrestre,
sino en que no constituyen más que un solo mundo, en una inextricable
mezcla que aprisiona a los hombres en las redes de un sobrenatural
viviente.
A esta confusión —o si se prefiere, a esta continuidad espacial
que confunde, que adhiere el cielo a la tierra— corresponde una análoga
continuidad temporal: el tiempo no es más que un momento de la
eternidad. Sólo pertenece a Dios, sólo puede ser vivido. Tomarlo, medirlo,
sacar partido o aprovecharse de él es un pecado. Apoderarse de un solo
momento de él es un robo.
Este tiempo divino es continuo y lineal. Es diferente del tiempo de
los filósofos y de los sabios de la antigüedad grecorromana quienes, si
no todosESTRUCTURAS ESPACIALES Y TEMPORALES
143
enseñaban el mismo tiempo, todos se hallaban más o menos tentados por
un tiempo circular, siempre recomenzando, tiempo del Eterno Retorno.
No cabe la menor duda de que ese tiempo, a la vez perpetuamente nuevo,
sin repetición posible, y por lo tanto sin poder constituir el objeto de una
ciencia —nadie puede bañarse dos veces en el mismo río— y
perpetuamente idéntico, dejó su huella en la mentalidad medieval. La
supervivencia más evidente y la más eficaz de todos los mitos circulares es
la rueda de la Fortuna. Quien hoy es grande, mañana estará por los
suelos. Quien hoy es humilde, mañana la rueda de la Fortuna le llevará a
la cumbre. Sus variantes son múltiples. Todas ellas vienen a decir, de una
forma u otra, lo que decía una miniatura italiana del siglo XIV: Sum sine
regno, regnabo, regno, regnavi («No tengo reino, reinaré, reino, he
reinado»). Esta imagen procede, sin duda, de Boecio y goza en la
iconografía medieval de un extraordinario favor. La rueda de la Fortuna es
el armazón ideológico de los rosetones góticos.
El mito descorazonador y reaccionario de la rueda de la Fortuna
ocupa un puesto privilegiado en el mundo mental del Occidente
medieval. Sin embargo no logró impedir que el pensamiento medieval se
negara a girar en redondo y que diera un sentido al tiempo, un sentido no
giratorio. La historia tiene un principio y un fin, eso es lo esencial. Ese
comienzo y ese fin son a la vez positivos y normativos, históricos y
teleológicos. Por eso toda crónica, en la Edad Media occidental, comienza
por la creación, por Adán, y si, por humildad, se detiene en la época en
que escribe el cronista, deja sobreentendida como verdadera conclusión
el Juicio final. Como ya hemos dicho, toda crónica medieval es «un
relato de la historia universal». De acuerdo con el genio del cronista,
puede hacer de ese encuadre una causalidad profunda o un tic formal de
exposición. En el primer caso se puede incluso utilizar —in-
conscientemente o no— como un instrumento pasional. Otón de Freising,
a mediados del siglo XII, utiliza esta orientación de la duración para
probar el carácter providencial, según él, del Sacro Imperio romano
germánico. En cualquier caso, los lectores modernos quedan
generalmente sorprendidos por el contraste entre la ambición de esta
referencia global y la cicatería del horizonte concreto de los cronistas e
historiadores medievales. El ejemplo de Raoul Glaber, a comienzos del
siglo XI, causó impacto, aunque se podrían citar decenas de ellos. Al
comienzo de su crónica la emprende contra Beda y Pablo Diácono por
no haber escrito más «que la historia de su propio pueblo, de su patria»,
y afirma que su intención «es relatar los acontecimientos acaecidos en las
cuatro partes del mundo». Pero en la misma página declara que
establecerá «la sucesión de los tiempos» a partir de las fechas en que co-
mienzan los reinados del sajón Enrique II y del capeto Roberto el
Piadoso.144
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
Muy pronto se pone de manifiesto que el horizonte de sus
historias queda reducido a los informes que ha podido obtener de la
Borgoña, donde ha pasado la mayor parte de su vida, y de Cluny, donde
ha escrito lo más importante de su obra. Todas las imágenes que la Edad
Media occidental nos ha dejado de sí misma están construidas según este
modelo. Grandes planes encerrados en un estrecho marco —los calveros
de que hablábamos anteriormente— que de repente se ensanchan, en
fulgurantes travellings, hasta el infinito, hasta las dimensiones del
universo y de la eternidad. Esta referencia global es uno de los aspectos
del totalitarismo medieval.
Así pues, el tiempo, para los clérigos de la Edad Media y para
aquellos a quienes se dirigen, es historia y esta historia tiene un sentido.
Pero el sentido de la historia sigue la línea descendente de un ocaso. En la
continuidad de la historia cristiana intervienen diversos factores de
periodización. Uno de los más operantes es el esquema que calca la
división del tiempo a partir de la división de la semana. Esta vieja teoría
judía, a través de san Agustín, Isidoro de Sevilla y Beda, pasa a la Edad
Media que la acepta en todos los niveles del pensamiento, tanto en la
divulgación doctrinal de Honorio de Autún como en la alta teología de
Tomás de Aquino. Las miniaturas del Líber floridus de Lamberto de Saint-
Omer, en torno al año 1120, ponen de manifiesto el éxito de esta
concepción. El macrocosmos —el universo—, lo mismo que el mi-
crocosmos, que es el hombre, pasa por seis edades a modo de los seis días
de la semana. La enumeración habitual distingue la creación de Adán, la
ley de Noé, la vocación de Abraham, la realeza de David, la cautividad de
Babilonia y la venida de Cristo. De este mismo modo existen seis edades
en el hombre: infancia, adolescencia, juventud, edad madura, vejez y
decrepitud (cuyas edades, según Honorio de Autún, quedan establecidas
en los 7, 14, 21, 50 70 y 100 años respectivamente).
La sexta edad, a la cual ha llegado el mundo, corresponde a la
decrepitud. Pesimismo fundamental que impregna todo el pensamiento y
la sensibilidad medievales. Mundo limitado, mundo moribundo.
Mundus senescit, el tiempo presente es la vejez del mundo. Esta creencia,
legada por la reflexión del cristianismo primitivo en medio de las
tribulaciones del bajo Imperio y de las grandes invasiones, permanece
aún viva en pleno siglo XII. Otón de Freising escribe en su Crónica:
«Estamos viendo cómo el mundo desfallece y exhala, por así decir, el
último suspiro de la vejez terminal».
El mismo tañido de campana surge en los medios goliardicos. El
célebre poema de los Carmina Burana: Florebat olim studium..., es un
lamento sobre el presente. E.R. Curtius lo parafrasea de este modo: «La
juventud ya no quiere aprender nada, la ciencia está en decadencia, el
mundo entero va deESTRUCTURAS ESPACIALES Y
TEMPORALES
145
cabeza, unos ciegos dirigen a otros ciegos 2 y los precipitan en los bajos fon-
dos, los pájaros quieren levantar el vuelo antes de aprender a volar, el asno
toca la lira, los bueyes bailan y los palurdos se enrolan en el ejército. En cuanto
a los Padres de la Iglesia, san Gregorio, san Jerónimo, san Agustín y san
Benito, padre del monaquismo, se pueden hallar en la taberna, ante el tribunal
o en la pescadería. A María ya no le va la vida contemplativa ni a Marta la vida
activa; Lea es estéril y Raquel tiene légañas en los ojos; Catón frecuenta los
figones y Lucrecia se convierte en una ramera. Lo que antes se había odiado,
ahora se pone por las nubes. Todo ha salido de quicio».
Del mismo modo, en el marco de una historia urbanizada y
aburguesada, Dante, el gran reaccionario en quien se resume la Edad Media,
pone en boca de su antepasado Cacciaguida la lamentación sobre la
decadencia de las ciudades y de las familias.
El mundo, al envejecer, mengua, se contrae, como «una capa que se
encoge rápidamente» y en torno al cual «el tiempo gira con sus tijeras», para
utilizar las palabras de Dante. Así les ocurre a los hombres. Al discípulo del
Elucidarium, que pregunta por los detalles del fin de los tiempos, le dice el
maestro: «El cuerpo de los hombres será más pequeño que el nuestro, lo mis-
mo que el nuestro es más pequeño que el de los antiguos». «Los hombres de
antaño eran altos y bellos, dice Guiot de Provins a comienzos del siglo XIII.
Ahora son como niños o enanos.» Los actores de la escena medieval, como en
una obra de Ionesco o de Beckett, tienen la impresión de encogerse sin cesar
hasta el extremo inminente de este «Final de partida».
No obstante, en ese proceso irreversible de decadencia, en ese
sentido único de la historia hay, si no cortes, al menos momentos
privilegiados.
El tiempo lineal está dividido en dos por un punto central: la
Encarnación. Dionisio el Menor, en el siglo VI, funda la cronología cristiana
que avanza negativa y progresivamente en torno al nacimiento de Cristo:
antes y después de Jesucristo. Cronología cargada de toda una historia de la
salvación. El destino de los hombres es muy distinto según hayan vivido a
uno u otro lado de este acontecimiento central. Antes de Cristo, no hay
ninguna esperanza para los paganos. Sólo se salvarán los justos que
esperaban en el seno
2. Es el tema del famoso cuadro de Breughel. Digamos aquí de una vez que lo
esencial de las obsesiones del hombre de la Edad Media se halla en dos grandes artistas
cronológicamente posteriores: el Bosco (hacia 1450-1516) y Breughel (hacia 1525-1569).
Sin minimizar todo lo que su pintura debe a las capas inferiores de la mentalidad y de la
sensibilidad de su época, hay que poner de relieve sobre todo que su obra es un resumen
de la mitología y del folclore medievales.146
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
de Abraham y a quienes Cristo fue a liberar cuando descendió a los
infiernos (el limbo de los patriarcas).
Al margen de la masa de los justos del Antiguo Testamento, sólo se
salvan algunos personajes aislados de la Antigüedad a quienes su
popularidad arrancó de los infiernos a través de una piadosa leyenda.
El más popular de los héroes antiguos es Alejandro Magno,
objeto de todo un ciclo novelesco, explorador —en batiscafo— del fondo
de los mares y de los cielos donde le conducen los grifos. Junto a él,
Trajano debe su salvación a un gesto misericordioso relatado en la
Leyenda áurea.
Virgilio, beneficiario de una salvación similar gracias a la cuarta
égloga, se convierte en un profeta y se halla en una miniatura alemana del
siglo XII en el árbol de Jesé.
Pero, en general, los personajes de la Antigüedad desaparecieron
en la damnatio memoriae, en la destrucción de los ídolos, en la supresión
de esa aberración histórica: la Antigüedad pagana, que la cristiandad
medieval encarnó tan completamente como le fue posible, al igual que
derribó los monumentos paganos, con la sola limitación que le imponían su
ignorancia y su pobreza técnica, las cuales obligaban a transformar para su
uso una parte de esos templos normalmente destinados a la destrucción. El
«vandalismo» de la cristiandad medieval, que se ejerció a expensas tanto
del paganismo antiguo como de las herejías medievales —de las que
destruyó despiadadamente libros y monumentos—, no es más que una
forma de ese totalitarismo histórico que le hizo arrancar todas las malas
hierbas que crecían en el campo de la historia.
Es cierto que toda una pléyade de sabios antiguos —cuyos nombres
son simbólicos: Donato (o Prisciano), Cicerón, Aristóteles, Pitágoras,
Tolomeo, Euclides a quienes hay que añadir Boecio— personifican a veces en
los pórticos de las iglesias, la de Chartres, por ejemplo, las siete artes
liberales, pero cuando Aristóteles o Virgilio —aparte la excepción señalada
anteriormente— salen de este ostracismo y se deslizan en la iconografía de
las iglesias medievales, lo hacen bajo el aspecto ridículo que les otorgan las
anécdotas inventadas a costa suya: Aristóteles sirve de montura a la joven
india Campaspe, a la que hace la corte en plan de viejo verde; Virgilio
queda colgando de la canasta donde le deja expuesto a las burlas del
público la dama romana que le había dado una cita engañosa.
De esta historia antigua suprimida queda, en definitiva, una sola
figura simbólica: la Sibila, anunciadora de Cristo, que devuelve a la
Antigüedad extraviada su sentido histórico.
Historia cristiana a la que Pedro Comestor —Pedro el Comedor-
— da su forma clásica en la Historia scholastica, en la cual se trata
deliberadamente a la Biblia como una historia.ESTRUCTURAS ESPACIALES Y TEMPORALES 147
Historia sagrada que comienza con un suceso primordial: la
Creación. Ningún libro de la Biblia ha tenido mayor éxito, ni ha originado
más comentarios que el Génesis o, más bien, el comienzo del Génesis
tratado como una historia hebdomadaria, el Hexaemeron. Historia natural
en la que aparecen el cielo y la tierra, los animales y las plantas; historia
humana sobre todo, con sus protagonistas que serán la base y los símbolos
del humanismo medieval: Adán y Eva. Historia, en fin, condicionada por
el accidente dramático del que va a derivar todo el resto: la tentación y el
pecado original.
Historia que, sin embargo se divide muy pronto en dos grandes
vertientes: la historia sagrada y la historia profana, cada cual dominada
por un tema principal. En la historia sagrada, la nota dominante es la de
un eco. El Antiguo Testamento anuncia el Nuevo, en un paralelismo
llevado hasta el absurdo. Cada episodio, cada personaje prefigura a su
correspondiente. Esta historia desemboca en la iconografía gótica,
florece en los pórticos de las catedrales, en el frontispicio de los
precursores, en las grandes figuras paralelas de los profetas y los
apóstoles. Es la encarnación temporal de esta estructura esencial de la
mentalidad medieval: estructura por analogía, por eco. A decir verdad, no
existe más que lo que recuerda a algo o a alguien, no existe más que lo que
ya existió.
En la historia profana, el tema es el de la transferencia de poder.
El mundo, en cada época, tiene un solo corazón al unísono y bajo el
impulso del cual vive el resto del universo. La sucesión de los imperios —
desde los babilonios a los medas y los persas, después a los macedonios y
tras ellos a los griegos y a los romanos—, basada en la exégesis orosiana
del sueño de Daniel, es el hilo conductor de la filosofía medieval de la
historia. Tiene lugar en dos niveles distintos: el del poder y el de la
civilización. La trasferencia del poder, translatio imperii es, ante todo, una
transferencia de saber y de cultura, translatio studii.
Pero esta tesis simplista no se contenta con deformar la historia,
sino que acentúa el aislamiento de la civilización cristiana rechazando las
civilizaciones contemporáneas, la bizantina, la musulmana y las asiáticas.
Cede ante cualquier pasión, ante cualquier propaganda.
Otón de Freising señala el Sacro Imperio romano germánico
como el coronamiento de esta translatio imperii. Chrétien de Troyes la
traslada a Francia en los célebres versos del Cligés.
La concepción de la translatio, cargada de pasión nacionalista
inspira, sobre todo a los historiadores y a los teólogos medievales, la
creencia del predominio del Occidente. Este movimiento de la historia
desplaza el centro de gravedad desde el mundo del Oriente siempre hacia
el oeste, lo que permite148
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
al normando Orderico Vital, en el siglo XII, hacer participar a sus
compatriotas normandos en la preeminencia. Otón de Freising escribe:
«Todo el poder y la sabiduría humanas nacidas en Oriente han
comenzado a rematarse en Occidente», y Hugo de san Víctor: «La divina
Providencia ha ordenado que el gobierno universal que, al principio del
mundo, se hallaba en el Oriente, se traslade hacia el Occidente, a medida
que los tiempos se acercan a su cumplimiento, para advertirnos de que se
acerca el fin del mundo, pues el curso de los acontecimientos ha llegado
ya al extremo del universo».
Concepción simplista y simplificadora que, sin embargo, tiene el
mérito de relacionar la historia y la geografía —loca simul et témpora, ubi
et quando gestae sunt, considerare oportet («hay que tener en cuenta a la
vez los lugares y los tiempos, dónde y cuándo se han producido los
hechos»), añade Hugo de San Víctor—, de dar todo su valor a la unidad
de la civilización.
A la escala más reducida de una historia nacional, los clérigos de
la Edad Media y su público elegirán los acontecimientos que hacen
progresar a su país en el sentido general de la historia, que le hacen
participar más estrechamente en la historia esencial de la salvación. Por
lo que respecta a Francia, hay tres momentos que descuellan: el bautismo
de Clodoveo, el reinado de Carlomagno y las primeras cruzadas —vistas
como una gesta francesa, Gesta Dei per francos—. En el siglo XIII, san
Luis continuará esta historia providencial francesa, pero en un contexto
mental distinto, donde el santo rey, si bien constituye un nuevo momento
de una historia discontinua que olvida los episodios menos relevantes para
poner de relieve todos los más significativos, se inserta también en una
trama histórica continua, la de las Chroniques royales de Saint-Denis.
Pero ni siquiera esta historia cristianizada y occidentalizada
provoca en la cristiandad occidental medieval una alegría optimista. La
frase citada anteriormente de Hugo de San Víctor lo dice claramente: esta
fase es un desenlace, el signo de la llegada inminente del final de la
historia.
De hecho, el esfuerzo histórico más importante de los pensadores
cristianos medievales consiste en intentar detener la historia y acabarla. La
sociedad feudal —con sus dos clases dominantes, caballería y clerecía,
como nos dice Chrétien de Troyes— se considera como el final de la
historia, lo mismo que Guizot, en el siglo XIX, verá la coronación de la
evolución histórica en el triunfo de la burguesía.
Parón de la historia que los escolásticos intentarán consolidar y
razonar sosteniendo que la historicidad es falaz, peligrosa, y que lo único
que cuenta es la eternidad intemporal. El debate entre los partidarios de
una verdad progresivamente revelada (veritas, filia temporis [«la verdad es
hija del tiempo»],ESTRUCTURAS ESPACIALES Y TEMPORALES
149
habría dicho Bernardo de Chartres) y los defensores de una verdad
inmutable se extiende a lo largo del siglo XII. Santo Tomás de Aquino dirá
aún un siglo después que la historia de las doctrinas es inútil; lo que
importa es la parte de verdad que pueden contener. Argumento polémico
en parte, sin lugar a dudas, que permite al Doctor angélico remitirse a
Aristóteles eliminando cualquier discusión sobre su inserción en un
contexto pagano. Pero también tendencia profunda de una búsqueda de la
verdad en la inmutabilidad, de un esfuerzo por evadirse de un tiempo
histórico, en movimiento.
Frente a esas dos tendencias: un historicismo decadente que
conduce al pesimismo histórico y un optimismo intemporal a quien sólo
interesan las verdades eternas, se descubren tímidos esfuerzos que tratan
de valorar tanto el presente como el futuro.
La principal de esas tendencias es la que, aceptando el esquema
de las edades del mundo y el diagnóstico de vejez que se le otorga al
presente, subraya las ventajas de esta vejez. He aquí lo que dice
Bernardo de Chartres: «Somos enanos que vamos a hombros de gigantes,
pero nuestro horizonte es más amplio que el suyo», donde la frase hace
girar hábilmente la imagen del empequeñecimiento histórico en beneficio
del presente. Y san Buenaventura, en un pensamiento que Pascal volverá a
utilizar más tarde, acepta también la imagen de las edades y de la vejez del
mundo para subrayar el incremento de los conocimientos humanos que
resulta de ahí.
¿Será acaso esto todo el sentimiento de progreso del que la Edad
Media haya sido capaz?
Cuando se examina el empleo de los términos modernus,
moderni, modernitas se tiene la sensación de que algo está a punto de
cambiar en el siglo XII en la concepción del tiempo, en la conciencia
histórica. Es cierto que todas esas palabras tienen sobre todo un sentido
neutro. No designan más que a los contemporáneos, con un valor de
presente que Walter Map sitúa en unos cien años con respecto a los
antiqui que les precedieron. Aún más, la palabra y la misma realidad que
indica son frecuentemente sospechosas, como sigue diciendo Walter Map:
«Cualquier época ha sentido desagrado por su propia modernidad y cada
edad ha preferido a quienes la precedieron». Volveremos a encontrar esta
aversión de la Edad Media por la novedad.
Sin embargo, la modernitas, los moderni del siglo XII se afianzan
cada vez más con un orgullo que se advierte cargado de desafío al pasado
y de promesas de futuro. Se acerca el tiempo en que el término será todo
un programa, una afirmación, una bandera. El cuarto concilio de Letrán
en el 1215 aprobará un aggiornamento del comportamiento y de la
sensibilidad cristianas que abrirá las puertas a una modernidad, si es
que no a un modernismo,150
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
conscientes de sí mismos. Las órdenes mendicantes serán las campeonas
de ese trastrueque de valores. He aquí lo que dicen los Anuales de
Normandie en el 1215: «Esas dos órdenes —Menores y Predicadores—
fueron acogidas por la Iglesia y el pueblo con gran alegría por la novedad
de su regla». Pero este relanzamiento de la historia, esta nueva partida
había sido posible gracias a la aparición de nuevas actitudes frente al
tiempo, nacidas de la evolución no ya del tiempo abstracto de los clérigos,
sino de los tiempos concretos cuya red encorsetaba a los hombres de la
cristiandad medieval.
Marc Bloch ha hallado una fórmula admirable para resumir la
actitud que el hombre de la Edad Media había adoptado frente al tiempo:
«Una inmensa indiferencia hacia el tiempo».
Esta indiferencia se manifiesta en el caso de los cronistas avaros de
fechas —dotados de una insensibilidad a la cifra precisa sobre la que
insistiremos— mediante expresiones vagas: «en aquel tiempo»,
«mientras tanto», «poco después»...
Y en el plano de la mentalidad colectiva, una confusión temporal
fundamental mezcla el pasado, el porvenir y el futuro. Esta confusión se
manifiesta muy en especial en la persistencia de las responsabilidades
colectivas, expresión clara de primitivismo. Todos los hombres vivos son
responsables de la caída de Adán y Eva, todos los judíos contemporáneos
son responsables de la Pasión de Cristo, todos los musulmanes son
responsables de la herejía de Mahoma. Como ya se ha observado, los
cruzados de finales del siglo XI no creían que iban a castigar a los
descendientes de los verdugos de Cristo, sino a los mismos verdugos. De
este modo, en el arte y en el teatro, el anacronismo de los vestidos —que,
como se sabe, se conservará durante mucho tiempo— muestra no sólo la
mezcla de las épocas, sino y sobre todo el sentimiento y la creencia del
hombre de la Edad Media de que todo lo que es fundamental para la
humanidad es contemporáneo. La liturgia hace revivir anualmente, a
través de los milenios, una extraordinaria condensación de historia
sagrada. Mentalidad mágica que hace del pasado el presente, porque la
trama de la historia es la eternidad.
Sin embargo, la Encarnación lleva consigo una datación
necesaria. Puesto que la vida de Cristo divide la historia en dos y puesto
que la religión cristiana se basa en ese acontecimiento, el resultado es
una tendencia, una sensibilidad esencial hacia la cronología. Pero esta
cronología no está ordenada a lo largo de un tiempo divisible en
momentos iguales, exacta-ESTRUCTURAS ESPACIALES Y TEMPORALES 151
mente mensurable, lo que llamamos un tiempo objetivo o científico. Es
una cronología significativa. La Edad Media, tan ávida de fechas como
nosotros, no fechaba según las mismas normas ni las mismas
necesidades. Lo que le importaba señalar en el tiempo era muy distinto
de lo que nos importa a nosotros. Admitida esta diferencia, esencial sin
lugar a dudas, me parece que el hombre de la Edad Media, lejos de ser
indiferente al tiempo, se mostraba singularmente sensible a él.
Sencillamente, cuando no se muestra preciso es que no siente necesidad
alguna de serlo, ya que el marco de referencia del acontecimiento que
evoca no es el de una cifra. Pero rara vez falta una referencia temporal.
Así ocurre en las canciones de gesta. En Mai-net, el joven Carlomagno,
héroe del poema, ataca a su enemigo Bradamante un día de san Juan:
Barones, un día de fiesta de san Juan
Mainet bajó a la tienda de Bradamante.
¿Alusión a la espada Alegre del joven, cuyo pomo contiene una
reliquia: un diente de san Juan? ¿Evocación más o menos consciente de
los ritos de san Juan y del papel que en ellos desempeñan los jóvenes? En
cualquier caso, el poeta se ha preocupado de fechar.
La verdad es que ni el tiempo ni la cronología están unificados.
La realidad temporal para el espíritu medieval es una multiplicidad de
tiempos.
Pero fijémonos ante todo en la necesidad cronológica, que en
ningún otro lugar es tan manifiesta como en la historia sagrada.
Todo lo que concierne a Cristo está marcado por una exigencia de
medida temporal. Así es como en el Eluadarium la cronología de la vida
terrestre de Jesús se describe con todo detalle: la gestación de María: Cur
novem menses fuit clausus in utero? («¿Por qué estuvo nueve meses
encerrado en la matriz?»); el momento de su nacimiento: Qua hora natus
est? («¿A qué hora nació?»); la duración de su vida oculta: Quare in
triginta annis nec docuit nec signumfecit? («¿Por qué durante treinta años
no enseñó ni se manifestó?»); la duración de su muerte física: Quot horas
fuit mortuus? Quadraginta (¿Cuántas horas estuvo muerto? Cuarenta»).
Igualmente, el tiempo de la creación exige una cronología
cuidada. Cronología hebdomadaria de la creación, pero también
cómputo preciso de la caída.
—¿Cuánto tiempo permanecieron (Adán y Eva) en el paraíso?
—Siete horas.
—¿Por qué no más tiempo?152
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
—Porque desde el momento en que la mujer fue creada traicionó
enseguida; a la hora de tercia, el hombre, que acababa de ser creado,
impuso nombres a los animales; a la hora de sexta, la mujer, apenas
formada, comió inmediatamente del fruto prohibido y ofreció la muerte
al hombre que, por amor a ella, también comió; muy pronto, a la hora de
nona, el Señor los expulsó del paraíso.
He aquí, sin embargo, un uso bastante extraño del tiempo, ya que
pone una fecha a la creación y calcula la duración de los hechos más o
menos simbólicos de la Biblia. Los hombres de la Edad Media, a la vez
que llevan hasta el límite la exégesis alegórica, exageran su celo a la hora
de tomar al píe de la letra las noticias de las Escrituras. En especial, todo
lo que figura en los «libros históricos» se toma como hecho real y
fechado. Las crónicas universales comienzan con esas fechas, que
manifiestan una verdadera obsesión cronológica. Por lo demás, no existe
unanimidad alguna en lo que atañe a esta cronología. Santiago de
Vorágine lo confiesa ingenuamente cuando escribe: «No hay acuerdo
respecto de la fecha del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo en la
carne. Unos dicen que tuvo lugar 5.228 años después del nacimiento de
Adán y otros que fue 5.900 años después de dicho nacimiento». Y añade
muy prudentemente: «Metodio fue el primero que fijó la fecha en los
6.000 años, pero la halló más bien por inspiración mística que por cálculo
cronológico».
Efectivamente, la cronología medieval propiamente dicha, los
medios para medir el tiempo, para saber la fecha o la hora, el instrumental
cronológico son rudimentarios. En este aspecto, la continuidad con el
mundo grecolatino es absoluta. Los instrumentos de medida del tiempo
continúan estando ligados a los caprichos de la naturaleza —como el
cuadrante solar cuyas indicaciones, por su misma naturaleza, no existen
más que con tiempo soleado— o miden períodos de tiempo sin referencia a
una continuidad —el reloj de arena, la clepsidra y todos esos sustitutos de
relojes incapaces de medir tiempos datables, tiempos que se puedan poner
en cifras pero, eso sí, adaptados a la necesidad de controlar períodos de
tiempo concretos: candelas que dividen la noche en tres períodos
(candelas) y, para los tiempos cortos, oraciones de acuerdo con las cuales
se definen el tiempo de un Miserere o de un Pater.
Instrumentos sin precisión, a merced de un incidente técnico
imprevisible: nube, grano de arena demasiado grueso, hielo, malicia de
los hombres que alargan o acortan la candela, aceleran o ralentizan la
recitación de la plegaria. Pero también, sistemas variables de contabilizar
y de medir el tiempo.
El año comienza para los distintos países en diferentes épocas,
según que su tradición religiosa haga partir la redención de la
humanidad —y por loESTRUCTURAS ESPACIALES Y TEMPORALES
153
tanto la renovación del tiempo— de la Natividad, de la Pasión, de la
Resurrección de Cristo, o incluso de la Anunciación. De este modo, una
serie de «estilos» cronológicos coexisten en el Occidente medieval, de
los cuales el más extendido es el que hace comenzar el año en Pascua. El
del futuro, como ya sabemos, pertenecía a un estilo poco extendido por
entonces, el del 1 de enero, el de la Circuncisión. El día comienza
igualmente en momentos muy variables: a la caída del sol, a media noche
o al mediodía. Las horas son desiguales; son las viejas horas romanas más
o menos cristianizadas: maitines (hacia la media noche) después, de tres
en tres horas de las nuestras aproximadamente: laudes (a las tres), prima
(a las seis), tercia (a las nueve), sexta (al mediodía), nona (a las quince),
vísperas (a las dieciocho), completas (a las veintiuna).
En la vida cotidiana, los hombres de la Edad Media se sirven de
referencias
cronológicas
tomadas
de
diferentes
universos
sociotemporales que les vienen impuestas por diversas estructuras
económicas y sociales. En efecto, nada refleja mejor la estructura de la
sociedad medieval que los fenómenos meteorológicos y los conflictos que
se fraguan en torno a ellos. Las medidas —en el tiempo y en el espacio—
son un instrumento de dominación social de una importancia
extraordinaria. Quien las domina refuerza enormemente un poder sobre la
sociedad. Y esta multiplicidad de los tiempos medievales se refleja en las
luchas sociales de la época. Lo mismo que en los campos y en las ciudades
se disputa sobre las medidas de capacidad —que determinan raciones y
niveles de vida—, para ponerse de acuerdo o contra las medidas del señor
o de la ciudad, la medida del tiempo será el objeto de luchas que la arran-
carán en mayor o menor medida a las clases dominantes: clero y
aristocracia. La medida del tiempo, lo mismo que la escritura, continúa
siendo durante una gran parte de la Edad Media el patrimonio de los
poderosos, un elemento de su poder. La masa no es dueña de su tiempo,
es incapaz incluso de determinarlo. Obedece a los tiempos impuestos por
las campanas, por las trompetas y por los olifantes.
Pero el tiempo medieval es sobre todo un tiempo agrícola. En ese
mundo donde la tierra es lo esencial, donde vive —rica o pobremente—
casi toda la sociedad, la principal referencia cronológica es una referencia
rural.
Ese tiempo rural es, en principio, el de la larga duración. El
tiempo agrícola, el tiempo campesino es un tiempo de espera y de
paciencia, de permanencia, de vuelta a empezar, de lentitud, si no ya de
inmovilismo, al menos de154
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
resistencia al cambio. Ese tiempo, sin referencia a los acontecimientos, no
tiene necesidad de fechas o, mejor dicho, sus fechas oscilan dulcemente al
ritmo de la naturaleza.
El tiempo rural es un tiempo natural. Las grandes divisiones son el
día, la noche y las estaciones. Tiempo contrastado que alienta la tendencia
medieval al maniqueísmo: oposición de la sombra y la luz, del frío y el
calor, de la actividad y el ocio, de la vida y la muerte.
La noche está cargada de amenazas y de peligros en ese mundo
donde la luz artificial es rara (las técnicas de alumbrado, incluso durante
el día, no progresarán hasta el siglo XIII, con el auge del vidrio plano),
peligrosa, fuente de incendios en ese mundo de madera, acaparada por los
poderosos: los cirios del clero y las antorchas de los señores que eclipsan
los pobres candiles del pueblo.
Las puertas se cierran contra las amenazas humanas y la ronda
vigila atentamente en iglesias, castillos y ciudades. La legislación medieval
castiga con dureza extraordinaria los delitos y los crímenes cometidos con
nocturnidad. La noche es la gran circunstancia agravante de la justicia en
la Edad Media.
La noche es, sobre todo, el tiempo de los peligros sobrenaturales.
Tiempo de tentación, de fantasmas, del diablo.
El cronista alemán Thietmar, a comienzos del siglo XI, multiplica
las historias de aparecidos y ratifica su autenticidad: «Del mismo modo
que Dios ha dado el día a los vivos, así ha dado la noche a los muertos».
La noche pertenece a los brujos y a los demonios. En cambio, para los
monjes y para los místicos es el momento privilegiado de su combate
espiritual. La vigilia y la oración nocturna son ejercicios eminentes. San
Bernardo recuerda la palabra del salmista: «Me he levantado en medio de
la noche para glorificarte, Señor».
Como tiempo de lucha y de victoria, cada noche recuerda la
noche simbólica de Navidad. Abramos de nuevo el Elucidarium por el
capítulo que se refiere a Cristo:
error.
— ¿A qué hora nació?
—A media noche...
— ¿Por qué durante la noche?
—Para llevar la luz de la verdad a aquellos que vagan por la noche del
En la poesía épica y lírica la noche es el tiempo de la angustia y
de la aventura. Con frecuencia va unida a ese otro espacio de oscuridad: el
bosque. El bosque y la noche combinados son el lugar de la angustia
medieval. Así, cuando Berta se halló extraviada:ESTRUCTURAS ESPACIALES Y TEMPORALES
155
La dama estaba en el bosque y amargamente lloraba...
Cuando la noche llegó, no se pudo contener...
¡Ah, noche, qué larga eres! Mucho se te ha de temer.
A lo cual hace eco, en un momento en que el tema se ha
convertido en algo habitual un poco edulcorado, Chrétien de Troyes en
Yvain:
Y la noche y el bosque le producen gran turbación...
En cambio, todo lo que es «claro» —una palabra clave en la
literatura y en la estética medievales— es bueno y hermoso: el sol que
resplandece sobre la armadura de los guerreros y sobre sus espadas, la
claridad de los ojos azules y de la rubia cabellera de los jóvenes
caballeros... «Hermoso como el día»: la expresión jamás se ha dejado
sentir tan profundamente como en la Edad Media. Y el deseo va tan lejos
que Lodina, impaciente por volver a ver a Yvain, exclama: «¡Que haga
de la noche día!».
Otro contraste: el de las estaciones. El Occidente medieval, a decir
verdad, sólo conoce dos estaciones: invierno y verano. Si aparece alguna
vez la palabra primavera es en la poesía erudita latina, como en la de los
Goliardos. El poema omnia sol temperat [el sol templa todas las cosas]
engrandece «el poder de la primavera», veris auctoritas, mientras que otro
opone a ambos entre sí:
Ver etatis labitur, Hiemps nostra properat.
(«Se acaba la primavera de nuestra vida nuestro invierno sigue
avanzando.»)
Pero también aquí la confrontación se establece sólo entre dos
estaciones, aunque éstas suelen ser el verano y el invierno.
La oposición verano-invierno es uno de los grandes temas del
Minnesang. La personificación del estío en el Minnesang es el mes de
mayo, mes de la renovación, lo cual viene a confirmarnos la ausencia de
la primavera o, mejor aún, su absorción por el verano:
Messire Mai, a vous le prix, Honni soit l'hiver
(«Señor mayo, para vos el premio, ¡maldito sea el invierno!»)
dice uno de los poemas del Minnesang.156
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
El «sentimiento de mayo» está tan arraigado en la sensibilidad
medieval que el Minnesang se inventa un verbo para definirlo: «es
maíet», «hace mayo», verbo de la liberación y de la alegría.
No hay nada que exprese mejor ese tiempo rural de la Edad Media
—tanto en la escultura del tímpano de las iglesias, como en la pintura de
los frescos y las miniaturas, o en la literatura, en un género poético
especial— que el tema repetido por doquier de los meses. Esos doce
meses se hallan representados por las respectivas ocupaciones rurales que
en ellos se realizan: desde la poda de los árboles a la montanera del cerdo,
su matanza a las puertas del invierno y las comilonas que esta matanza
permite junto a la chimenea. A la hora de tratar este tema pueden aparecer
variantes unidas a tradiciones iconográficas o a diferencias geográficas de
la economía rural.
Pero éste sigue siendo por doquier un ciclo de trabajos rústicos, si
bien es preciso distinguir casi siempre en este ciclo campesino, en esta
sucesión rural, una interrupción —en abril-mayo— una incursión
cortesana, señorial. Se trata de la cabalgata del señor, del joven señor por
lo general, joven como la renovación misma: es la caza feudal. De este
modo, en el tema económico se desliza un tema de clases.
Esto es debido a que junto al tiempo rural, o más bien con él, hay
otros tiempos sociales que se imponen: el tiempo señorial y el tiempo
clerical.
El tiempo señorial es, en principio, un tiempo militar. Señala en el
año el período en que se reanudan los combates, cuando se exige el
servicio del vasallo. Es el tiempo de la hueste. Es también el tiempo de
Pentecostés, de las grandes reuniones caballerescas, de las armaduras,
cristianizadas mediante la presencia del Espíritu Santo.
Pero es también el tiempo de los pagos campesinos. Los mojones
del año son las grandes fiestas. Entre ellas hay algunas que catalizan la
sensibilidad temporal de la masa campesina: los vencimientos feudales,
cuando hay que pagar las rentas o los censos, sea en especie, sea en dinero.
Esas fechas varían según las regiones y según los dominios, pero hay una
época que destaca en esta cronología de vencimientos: el final del verano,
en la que se lleva a cabo lo esencial del descuento señorial sobre las
cosechas. La gran fecha «término» es san Miguel (29 de septiembre), a
veces sustituido por el día de san Martín (11 de noviembre).ESTRUCTURAS ESPACIALES Y TEMPORALES
157
El tiempo medieval es, sobre todo, un tiempo religioso y clerical.
Tiempo religioso porque el año es, en principio, el año litúrgico.
Pero el año litúrgico —característica esencial de la mentalidad medieval
— va siguiendo el drama de la Encarnación, y la historia de Cristo, desde
el Adviento a Pentecostés, se ha visto rellenada poco a poco de momentos,
de días significativos, tomados de otro ciclo, el de los santos. Las fiestas
de los grandes santos se intercalan en el calendario cristológico y la fiesta
de Todos los Santos (1 de noviembre) se convierte, junto a Navidad,
Pascua, Ascensión y Pentecostés, en una de las más grandes fechas del año
religioso. Lo que refuerza la atención de la gente de la Edad Media con
respecto a estas fiestas, lo que las confiere definitivamente su carácter de
fecha es que, aparte de las ceremonias religiosas especiales, y con
frecuencia espectaculares, que las caracterizaban, eran los hitos de la vida
económica: fechas de los pagos agrícolas, días de fiesta para los artesanos
y los obreros.
Tiempo clerical porque el clero, por su cultura, es el dueño de la
medida del tiempo. Sólo él tiene necesidad de medir el tiempo para la
liturgia y sólo él es capaz de hacerlo, al menos de una forma aproximada.
El cómputo eclesiástico y sobre todo el cálculo de la fecha de Pascua —
sobre el que se debatió durante mucho tiempo en la alta Edad Media
entre un método irlandés y otro romano— son el origen de los primeros
progresos en la medida del tiempo. Sobre todo, el clero es el dueño de
los indicadores del tiempo. El tiempo medieval se halla regido por las
campanas. Los repiques hechos por los clérigos y por los monjes para los
oficios son los únicos puntos de referencia de la jornada. El repique de
las campanas permite conocer el único tiempo cotidiano que se puede
medir de forma aproximada: el de las horas canónicas, por el cual todos
se rigen. La masa campesina se halla sometida de tal forma a ese tiempo
clerical que el licenciado Juan de Garlande, a comienzos del siglo XIII,
da esta fantasiosa pero reveladora etimología de campana: Camparte
dicuntur a rustías qui habitant in campo, qui nesciant indicare horas nisi
per campanas («Las campanas reciben su nombre de los campesinos que
habitan el campo y no son capaces de conocer las horas si no es mediante
las campanas»).
Tiempo agrícola, tiempo señorial, tiempo clerical: lo que
caracteriza en definitiva todos estos tiempos es su estrecha dependencia
del tiempo natural.
Lo que es evidente para el tiempo agrícola lo es también, si se
observa atentamente, para los otros dos tiempos. El tiempo militar está
estrechamente unido al tiempo natural. Las operaciones guerreras
comienzan con el estío y terminan con él. Tan pronto como terminan los
tres meses del servicio obligatorio en la hueste se produce la desbandada
de los ejércitos feudales. La158
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
formación del ejército aristocrático medieval, basado en la caballería,
acentúa esta dependencia. Una capitular de Pipino el Breve (751) ratifica
esta evolución. En adelante la hueste se reunirá en mayo y no en abril para
que los caballos puedan nutrirse en los prados reverdecidos.
La poesía cortesana, que toma su vocabulario de la caballería,
llama al tiempo en que el enamorado corteja a su dama, «el servicio de
verano».
El tiempo clerical está igualmente sometido a este ritmo. La
mayoría de las grandes fiestas religiosas no sólo reemplazan a fiestas
paganas que se hallan, a su vez, en relación directa con el tiempo natural
—la Navidad, por poner el ejemplo más conocido, se fijó para que
sustituyera a una fiesta del sol en el momento del solsticio—, sino que, lo
que es más importante, todo el año litúrgico se adapta al ritmo natural de
los trabajos agrícolas. El año litúrgico abarca, desde el Adviento a
Pentecostés, el período de reposo de los campesinos. El verano y una
parte del otoño, momentos de la mayor actividad agraria, quedan libres
de grandes fiestas con la única excepción de la pausa de la Asunción de la
Virgen, el 15 de agosto que, por otra parte, se consolida muy lentamente, no
entra en la iconografía hasta el siglo XII y no parece imponerse
definitivamente hasta el siglo XIII. Santiago de Vorágine da testimonio de
un hecho significativo: el traslado de la fecha primitiva de la fiesta de
Todos los Santos para no entorpecer el calendario agrícola. A esta fiesta,
proclamada en Occidente por el papa Bonifacio IV a comienzos del siglo
VII, se le había señalado la fecha del 13 de mayo siguiendo el ejemplo
de Siria, donde la fiesta había aparecido en el marco de una cristiandad
esencialmente urbana. A finales del siglo VIII se trasladó al 1 de
noviembre porque, a juicio de la Leyenda áurea, «el papa creyó más
conveniente que la fiesta se celebrara en un momento del año en que, la
vendimia y la recolección acabadas, los peregrinos encontraran mayor
facilidad para alimentarse». Este período que abarca desde el siglo VIII al
IX, que es el mismo en que Carlomagno da a los meses nuevos nombres
que evocan en general los trabajos rurales, parece ser el momento decisivo
en que se remata, como hemos visto, la ruralización del Occidente
medieval.
El carácter fundamental de esta dependencia del tiempo natural de
las estructuras temporales de la mentalidad medieval —mentalidad de
una sociedad rural primitiva— en ninguna otra parte se manifiesta más
claramente que en los cronistas. Entre los principales acontecimientos,
aquéllos resaltan lo que les parece extraordinario con respecto al orden
natural: las grandes épocas de frío, las epidemias, las hambrunas. Esas
anotaciones tan valiosas para el historiador de la economía y de la
sociedad se derivan directamente de la concepción medieval del tiempo
como duración natural.ESTRUCTURAS ESPACIALES Y TEMPORALES
159
Esta dependencia del tiempo medieval con respecto al tiempo
natural se halla incluso en el mundo del artesanado o del comercio, más
desligado en apariencia de esta servidumbre. En el mundo de los oficios,
los contrastes día-noche, invierno-verano se reseñan en la reglamentación
corporativa. De ahí procede habitualmente la prohibición de trabajar
durante la noche. Muchos oficios tienen un ritmo de actividad distinto en
invierno y en verano; los canteros, por ejemplo, a finales del siglo XIII,
perciben salarios distintos en plena temporada que en la estación muerta.
En el mundo de la actividad comercial, la navegación mercantil, en la que
se ha querido ver uno de los motores de la economía medieval, se para
durante el invierno, al menos hasta finales del siglo XIII, hasta que se
generaliza el uso de la brújula y del timón de codaste. Los navios se paran
y permanecen amarrados, incluso en el Mediterráneo, desde comienzos de
diciembre hasta mediados de marzo; en los mares septentrionales incluso
más.
No cabe duda de que el tiempo medieval cambia —todavía
lentamente— a lo largo del siglo XIV. El éxito del movimiento urbano,
los progresos de la burguesía de comerciantes y de empresarios que
sienten la necesidad de controlar más de cerca el tiempo de trabajo y de
las operaciones comerciales —sobre todo las bancadas, con el desarrollo
de la letra de cambio—, rompen y unifican el tiempo tradicional. Ya en
el siglo XIII, el pregón o la trompa del vigilante indicaba el comienzo de
la jornada, y pronto la campana del trabajo aparece en las ciudades
comerciales, sobre todo las ciudades con industrias textiles, en Flandes,
en Italia y en Alemania. Además, el progreso técnico, fomentado por la
evolución de la ciencia que criticaba la física aristotélica y tomista, rompe
el tiempo y lo hace discontinuo permitiendo con ello la aparición de los
relojes que miden la hora en el sentido moderno, vigésimocuarta parte
del día. El reloj de Gerbert, hacia el año mil, no era más que un reloj de
agua, parecido al que describía en el siglo XIII el rey de Castilla Alfonso
X el Sabio, aunque éste más perfeccionado. Sin embargo, a finales de este
mismo siglo es cuando se lleva a cabo el progreso decisivo con el
descubrimiento del mecanismo de escape, de donde nacen los primeros
relojes mecánicos que se extienden rápidamente por Italia, Alemania,
Francia e Inglaterra y después por toda la cristiandad en los siglos XIV y
XV. El tiempo se hace laico, tiempo de los relojes de las torres o
atalayas, que se consolida frente al tiempo clerical de las campanas de las
iglesias. Mecanismos frágiles todavía que se averian con frecuencia y
que siguen siendo tributarios del tiempo natural, puesto que el comienzo
de la jornada varía de una ciudad a otra y arranca con frecuencia de ese
momento siempre variable que es la salida o la puesta del sol.160
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
No obstante, el impulso es lo suficientemente fuerte como para
que incluso Dante —laudator temporis acti— se aperciba de que está a
punto de expirar una forma de medir el tiempo, y con ella toda una
sociedad, la de nuestra Edad Media.
Cacciaguida lamenta aún este tiempo difunto:
Fiorenza, dentro della cerchia antica,
Ond'ella toglie ancora e terza e nona,
si stava in pace, sobria e púdica.
(«Florencia, dentro del círculo de sus antiguas murallas,
donde se halla aún el reloj que anunciaba tercia y nona,
vivía en paz, sobria y virtuosa.»)
Pero antes de esa gran sacudida, lo que importa a los hombres de
la Edad Media no es lo que cambia, sino lo que perdura. Como alguien
ha dicho, «para el cristiano de la Edad Media, sentirse existir significaba
sentirse ser, y sentirse ser suponía sentirse no cambiar..., sentirse
subsistir». Era, sobre todo, como sentirse dirigido hacia la eternidad. Para
él, el tiempo esencial era el tiempo de la salvación.
Entre el cielo y la tierra tan íntimamente unidos, incluso tan
inextricablemente mezclados, hay sin embargo una extraordinaria
tensión en el Occidente medieval. Ganar el cielo desde aquí abajo: este
ideal lucha en el espíritu, el corazón y el comportamiento con un deseo
no menos violento, pero contradictorio: hacer descender el cielo a la
tierra.
El primer movimiento es el de la huida del mundo: fuga mundi.
Se sabe perfectamente de cuándo data su aparición en la sociedad
cristiana: implícito en la doctrina, desde el principio; como encarnación
sociológica, desde el momento en que, ganada la partida en el mundo,
los seres exigentes ponen de manifiesto la constante protesta del
eremitismo para sí mismos y para sus hermanos ya desde el siglo IV. El
gran ejemplo es el del Oriente, de Egipto. Las Vitae Patrum, las vidas de
los Padres del desierto, gozan a través de toda la Edad Media occidental
de un éxito extraordinario. El desprecio del mundo, el contemptus
mundi, es uno de los grandes temas de la mentalidad medieval. No es el
patrimonio exclusivo de los místicos, de los teólogos —Inocencio III,
antes de ser elegido papa, escribe a finales del siglo XII un tratado, De
contemptu mundi, que viene a ser la quintaesenciaESTRUCTURAS ESPACIALES Y TEMPORALES 161
ideológica de este sentimiento—, ni de los poetas —recordemos, entre
muchos otros, los poemas de Walther von der Vogelweide, los de
Conrado von Würzburg y de otros Minnesánger sobre Frau Welt, el
mundo personificado en una mujer de engañosos atractivos, seductora
vista de espaldas, repulsiva vista de cara—, sino que está también
profundamente enraizado en la sensibilidad común.
Esta tendencia profunda que no todos logran poner en práctica
durante su vida se encarna en algunos seres excepcionales que se
presentan como ejemplos, como guías: los eremitas (o ermitaños). Ya
desde su inicio, en Egipto, el eremitismo había dado lugar a dos
corrientes: la de la soledad individual, personificada en san Antonio, y la
de la soledad en común en los monasterios, corriente cenobítica
representada por san Pacomio. El Occidente medieval conoce esas dos
corrientes, pero sólo la primera consigue una verdadera popularidad. No
hay duda de que las órdenes eremíticas, como los cartujos o los
cistercienses, gozaron durante un cierto tiempo de un prestigio espiritual
superior al de los monjes tradicionales, más vinculados al mundo, como
los benedictinos, incluso reformados en torno a Cluny. Los monjes
blancos —su hábito blanco es una auténtica bandera, símbolo de humildad
y de pureza puesto que se trata de paño crudo, no teñido— se oponen a
los monjes negros y ejercen al principio una seducción superior sobre el
pueblo. Pero en la suspicacia popular pronto quedan equiparados todos
los monjes, incluso el clero secular. El modelo es el ermitaño aislado,
verdadero realizador a los ojos de la masa laica del ideal solitario, la más
elevada manifestación del ideal cristiano.
Es cierto que se da una buena coyuntura para el eremitismo,
porque no todas las épocas son tan fértiles en ermitaños. Cuando el
mundo occidental se libera del estancamiento de la alta Edad Media y se
orienta hacia un progreso lleno de éxitos demográficos, económicos y
sociales —desde finales del siglo X hasta finales del XII—, se produce
como contrapartida, para equilibrar si no ya para protestar contra ese éxito
mundano, una amplificación de la gran corriente eremítica, procedente
sin duda de Italia en contacto, a través de Bizancio, de la gran tradición
eremítica y cenobítica oriental, con un san Nilo de Grottaferrata, un san
Romualdo fundador, a comienzos del siglo XI, de los camaldulenses,
cerca de Florencia y un san Juan Gualberto y su comunidad de
Vallombrosa.
Movimiento que culmina en las órdenes de los
premonstratenses, de Grandmont, de la Cartuja, del Cister, pero que junta
grandes éxitos con realizaciones más modestas, como la de Roberto
d'Arbrissel en Fontevrault y, sobre todo, esos innumerables solitarios —
ermitaños, reclusos y reclusas—162
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
que, menos ligados a una regla, al sistema eclesiástico y más cerca de un
cierto ideal anárquico de la vida religiosa y a quienes el pueblo tan
fácilmente confunde con hechiceros como transforma en santos, pueblan
los desiertos, es decir, los bosques de la cristiandad. El ermitaño es el
modelo, el confidente, el maestro por excelencia. Hacia él se giran las
almas en pena, los caballeros, los amantes atormentados por alguna falta.
Ermitaños que terminan por convertirse a veces en agitadores
espirituales y, a menudo, en agitadores populares, convertidos en
predicadores ambulantes, situados en ciertos lugares de paso:
encrucijadas en el bosque, puentes, y que acaban por abandonar el
desierto para cambiarlo por las plazas públicas de las ciudades —con
gran escándalo, por ejemplo, a comienzos del siglo XII, del clérigo de
Chartres Payen Bolotin, quien escribe un poema reivindicativo contra esos
«falsos ermitaños», mientras que el célebre canonista Ivo de Chartres
alaba la vida cenobítica en contra del ermitaño Rainaud, partidario de la
vida solitaria.
Pero a lo largo de toda la Edad Media, al margen de esos
momentos de fama y de popularidad del eremitismo, hay una presencia y
un atractivo constante hacia los solitarios. La iconografía los representa
tal como aparecen en la realidad, protesta viviente con una presentación
salvaje frente a un mundo que triunfa, se instala y se civiliza. Con los pies
desnudos, vestidos con pieles de animales —de cabras, sobre todo—, en la
mano el bastón en forma de tau, bastón del peregrino, del errante e
instrumento de magia y de salvación —el signo tau hecho con ese bastón
es un signo protector, a imitación del signo salvador anunciado por
Ezequiel (9,6: «Perdona a todo aquel que lleve el signo tau») y el
Apocalipsis (7,3)— seducen como lo hiciera san Antonio, el gran
vencedor de todas las tentaciones y, por encima de él, como el iniciador de
la espiritualidad del desierto, san Juan Bautista.
Pero no todos pueden hacerse ermitaños. Hay muchos que
intentan llevar a cabo, al menos de forma simbólica, este ideal que se
presenta como una garantía de salvación. La costumbre de vestir el hábito
monástico in articulo mortis, frecuente entre los grandes, pone de relieve
el deseo de imitar ese ejemplo de la perfección monástica y, más
concretamente, la eremítica. Esa retirada del caballero para hacerse
ermitaño sigue siendo un gran tema para las canciones de gesta que
reproducen con frecuencia la escena de la toma del hábito monástico por
parte del caballero moribundo. La más célebre de estas tomas de hábito es
la de Guillermo de Orange. Los grandes comerciantes siguen este
ejemplo. El dux de Venecia, Sebastiano Ziani, inmensamente rico gracias
al comercio —se solía decir: «rico como Ziani»—, se retira en 1178 al
monasterio de san Giorgio Maggiore, lo mismo que hará en 1229 su hijo
Pie-ESTRUCTURAS ESPACIALES Y TEMPORALES
163
ro Ziani, que fue también dux. El gran banquero sienes Giovanni
Tolomei funda en 1313 el monasterio de Monte Oliveto Maggiore, donde
se encierra para morir. A comienzos del siglo XI, san Anselmo escribe a la
condesa Matilde de Toscana: «Cuando sintáis la cercanía de la muerte,
entregaos enteramente a Dios antes de abandonar esta vida y, para ello,
tened siempre un velo preparado en secreto junto a vos».
A veces incluso la llamada del desierto, con la que puede ir
mezclado un cierto gusto por la aventura, o hasta por el exotismo, afecta
también a un hombre del pueblo. Así le sucedió, por ejemplo, al marino
de san Luis, cuya repentina vocación a su regreso de Tierra Santa nos
relata Joinville: «Después de aprovisionarnos de agua fresca y de otras
cosas que necesitábamos, dejamos la isla de Chipre. Llegamos a una isla
que llaman Lampedusa, donde cazamos gran cantidad de conejos; allí
encontramos un eremitorio antiguo en medio de las rocas, con un jardín
que habían acondicionado los ermitaños que habían habitado en ella:
antaño se veían en él olivos, higueras, cepas de viña y otros árboles; por
medio corría un riachuelo alimentado por una fuente. El rey y yo fuimos
hasta el fondo del jardín y vimos bajo la primera bóveda un oratorio
blanqueado con cal y una cruz de tierra roja.
»Pasamos a la segunda bóveda y encontramos dos cuerpos
humanos cuya carne estaba completamente descompuesta; las costillas
aún se mantenían juntas y los huesos de las manos estaban juntos sobre el
pecho; estaban tumbados hacia el Oriente, tal como se entierra a los
muertos en la comarca.
»A la hora de embarcar, uno de nuestros marineros faltó a la cita;
el capitán de la nave pensó que se habría quedado en la isla para ser
ermitaño y, por eso, Nicolás de Soisy, que era sargento mayor del rey, dejó
tres sacos de galleta en la orilla para que pudiera alimentarse con ella».
Por último, para quienes no son capaces de esta penitencia final,
la Iglesia prevé otros medios de asegurar su salvación. Éstos consisten,
sobre todo, en la práctica de la caridad, en obras de misericordia, en
donaciones y, para los usureros y todos aquellos cuya riqueza fue mal
adquirida, la restitución post mortem. De este modo el testamento se
convierte en el pasaporte para el cielo. Si no se tienen bien presentes la
obsesión por la salvación y el miedo del infierno que animaban al hombre
de la Edad Media, jamás se podrá comprender su mentalidad y quedará
uno atónito ante esa renuncia al esfuerzo de toda una vida codiciosa,
renuncia al poder y a la riqueza que origina una extraordinaria movilidad
de las fortunas y pone de manifiesto, aunque sólo fuere in extremis, hasta
qué extremos los más ávidos de los bienes terrestres entre los hombres de
la Edad Media terminan por despreciar siempre el mundo. Este rasgo
de esa mentalidad que se opone a la acumulación de for-164
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
tunas contribuye a alejar al hombre de la Edad Media de las condiciones
materiales y psicológicas del capitalismo.
A pesar de todo, esta huida desesperada del mundo no fue la
única aspiración del hombre de la Edad Media hacia la dicha de la
salvación, de la vida eterna. Otra corriente no menos poderosa arrastró a
muchos de ellos hacia otra esperanza, hacia otro deseo: la realización en
la tierra de la dicha eterna, la vuelta a la edad de oro, al paraíso perdido.
Esa corriente es la del milenarismo, el sueño de un millenium —de un
período de mil años, de hecho, de la eternidad—instaurado, o mejor aún,
restaurado en la tierra.
El detalle histórico de esta creencia es complejo. El milenarismo
es un aspecto de la escatología cristiana, se inserta en la tradición
apocalíptica y está estrechamente vinculado al mito del Anticristo.
Se forma y se enriquece lentamente sobre un fondo apocalíptico.
Es cierto que el Apocalipsis evoca terribles tribulaciones, pero ese clima
dramático desemboca en un mensaje de esperanza. El Apocalipsis fomenta
una creencia optimista. Es la afirmación de una renovación decisiva: Ecce
nova fació omnia («He aquí, dice Dios el día del Juicio, que hago nuevas
todas las cosas»); y sobre todo tendrá lugar la visión del autor del
apocalipsis: la Jerusalén celeste descenderá sobre la tierra. Et ostendit
mihi civitatem sanctam ]erusalem, descendentem de coelo a Deo («Y él
me enseñó la ciudad santa, Jerusalén, que bajaba del cielo, enviada por
Dios»). Esta visión va acompañada de todo el resplandor de esas
claridades cuya inmensa seducción sobre el hombre de la Edad Media ya
hemos analizado.
La Jerusalén celeste aparece habentem claritatem Dei, et lumen
ejus simile lapidi pretioso tamquam lapidi jaspidis, sicut crystallum («con
la claridad de Dios, y su luz se parece a la de una piedra preciosa, como el
jaspe, semejante al cristal»). Et civitas non eget sole, neque luna, ut
luceant in ea: nam claritas Dei illuminavit eam et lucerna ejus est Agnus
(«La ciudad no había menester de sol ni de luna que la iluminasen, porque
la gloria de Dios la iluminaba y su lumbrera era el Cordero»).
Sin embargo, en este proceso que desemboca en la victoria de
Dios y en la salvación del hombre, las tribulaciones que se desencadenan
en la tierra durante la fase preliminar acaparan muy pronto la atención del
hombre de la Edad Media. Y aquí intervienen otros textos tomados del
Evangelio: Mateo, 24; Marcos 13 y Lucas 21. Es la descripción de los
acontecimientos que precederán a la venida del Hijo del Hombre.
Tomemos de Mateo el terribleESTRUCTURAS ESPACIALES Y TEMPORALES
165
anuncio: Consurget enim gens contra gentem, et regnum in regnum, et
erunt pestilentiae, et fames, et terraemotus per loca: haec autem omnia
initia sunt dolorum («Se levantará nación contra nación y reino contra
reino, y habrá epidemias, hambres y terremotos en diversos lugares; pero
todo eso es el comienzo de los dolores», de «la abominación de la
desolación»).
Este anuncio del fin de los tiempos por las guerras, las epidemias
y el hambre les parece muy próximo a los hombres de la alta Edad Media:
las matanzas de las invasiones bárbaras, la gran peste del siglo VI, las
terribles hambrunas que se repiten de vez en cuando mantienen la
angustiosa espera: mezcla de temor y de esperanza pero, principalmente y
cada vez más, miedo, pánico, terror colectivo. El Occidente medieval, en
esa espera de la salvación, es el mundo del miedo ineludible. En esta larga
historia de un miedo elaborado poco a poco doctrinalmente y vivido
visceralmente de generación en generación, señalemos algunos ejemplos.
Al final de la gran peste del siglo VI, cuando el recrudecimiento
del azote engendra la creencia en la inminencia del Juicio final, Gregorio
Magno, elegido en el 590, en plena epidemia, sucesor de pontífices
impotentes (el populacho de Roma persiguió a uno de ellos, según el
Líber Pontificalis, mientras clamaba: ¡Pestilentia tua tecuml, ¡Fames tua
tecuml [«¡Que tu peste sea contigo!, ¡Que tu hambre caiga sobre ti!»]), lega
a la Edad Media una espiritualidad del fin del mundo, hecha de una
llamada a la gran penitencia colectiva.
Pero en ese tejido de acontecimientos terribles hay un episodio
que, poco a poco, va pasando a primer plano: el del Anticristo. El
personaje se halla en germen en el profeta Daniel, en el Apocalipsis y en
las dos epístolas de san Pablo a los tesalonicenses. San Ireneo a finales del
siglo II, Hipólito de Roma a comienzos del siglo III y finalmente
Lactancio a comienzos del siglo IV, le dieron figura e historia. A las
puertas del final de los tiempos, un personaje diabólico vendrá a
desempeñar el papel de director de las catástrofes e intentará arrastrar a
la humanidad hacia la eterna condenación. Es el Anticristo, antítesis de
Cristo, a quien se opondrá otro personaje que intentará reunir bajo su
dominio al género humano para conducirlo a la salvación —será el
Emperador del Fin del Mundo— finalmente fulminado por Cristo en su
segunda venida a la tierra.
La figura del Anticristo fue puesta de relieve en el siglo VIII por
un monje llamado Pedro, que la tomó de un opúsculo griego del siglo VII
atribuido a un tal Metodio, después, en el siglo X, por Adson para la reina
Gerberga, esposa de Luis IV de Ultramar y, después del año mil, por
Albuino, que aclimata en Occidente las predicciones de la Sibila de Tibur,
originadas en los siglos IV y V en un ambiente bizantino.166
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
El Anticristo se convierte en adelante en el héroe privilegiado de
teólogos y místicos. Asedia Cluny en tiempos del abad Odón, a comienzos
del siglo X y halla un terreno especialmente acogedor en la Alemania del
siglo XII. Santa Hildegarda de Bingen lo ve en sueños, como un doble de
Satanás: «Una bestia de cabeza monstruosa, negro como el carbón, de ojos
llameantes, con orejas de asno y cuyas mandíbulas abiertas de par en par
estaban dotadas de dientes de hierro».
Lo más importante es que el Anticristo y su adversario, el
Emperador del Fin del Mundo, se prestan a toda clase de manipulaciones
religiosas y políticas y seducen del mismo modo a las masas populares y a
los clérigos. La idea de un adversario singular de Cristo —en un mundo
donde el duelo, como veremos, es una de las principales imágenes de la
vida espiritual— y la cómoda aplicación de los episodios de la historia del
Anticristo a situaciones reales, favorecen la adopción de la creencia por
el pueblo. En fin, que muy pronto, al menos desde el siglo XII, el gran
género publicitario del Medioevo, el teatro religioso, se apodera del
personaje y lo hace familiar a todos. El Ludus de Antichristo, el «Juego
del Anticristo» del que poseemos, por lo que se refiere a Inglaterra y a
Alemania (en un manuscrito de la Abadía de Tegernsee, en Baviera, de la
segunda mitad del siglo XII) versiones particularmente interesantes, se
representó en toda la Cristiandad. Sin embargo, la pareja esencial es la
que forman el Anticristo y su enemigo, el rex justus, el «rey justo». Inte-
reses, pasiones y propaganda se apoderan de los personajes ilustres de la
escena medieval y, según las necesidades de tal o cual causa, sus
partidarios los identifican con el rey justo o con el Anticristo. Las
propagandas nacionales de Alemania hacen de Federico Barbarroja y de
Federico II el buen Emperador del Fin del Mundo, mientras que,
apoyándose en un texto de Adson, los propagandistas del rey de Francia
profetizan la unión de la cristiandad bajo un rey francés, propaganda de
la que sale beneficiado de manera especial Luis VII en tiempos de la
segunda cruzada. Por el contrario, los güelfos, partidarios del papa, hacen
de Federico II el Anticristo, mientras que Bonifacio VIII es para sus
adversarios laicos un Anticristo sobre el trono de san Pedro. Conocido es
el éxito de que gozó en los siglos XV y XVI ese instrumento publicitario
conocido como el Anticristo. El Anticristo serán Savonarola para sus
enemigos y el papa romano para los seguidores de la Reforma.
También habrá propagandas sociales que verán el salvador del
fin del mundo en diversos agitadores políticos. Así, a comienzos del siglo
XIII, Balduino de Flandes, emperador latino de Constantinopla, se
convierte en Occidente en «un personaje sobrehumano, criatura fabulosa,
medio ángel, medio demonio».ESTRUCTURAS ESPACIALES Y TEMPORALES
167
La mayoría de las leyendas forjadas en torno a un personaje
histórico proceden del mito del «emperador dormido», eco del mito oriental
del «emir oculto». Barbarroja, Balduino, Federico II, no mueren para la
masa ávida de sueños milenaristas. Duermen en una caverna o viven
disfrazados de mendigos esperando el momento de despertarse o de
revelarse y de conducir la humanidad a la dicha. Hay agitadores
revolucionarios que se adornan asimismo con esta aureola, como Tanchelm
en Zelandia y en Brabante, hacia el año 1110. Vestido de monje, comienza a
predicar en pleno campo. Se dice que las masas iban a escuchar, como a un
ángel del Señor, a este hombre de elocuencia extraordinaria. Tenía la figura
de un santo, y no es pura casualidad el que sus mortales enemigos del
capítulo de Utrecht se lamentasen de que «el diablo hubiese adoptado la
apariencia de un ángel de luz». Lo mismo ocurre con los «pastorcillos»
(cruzada de los pastorcillos) en Francia, en 1251, el jefe de cuyo
movimiento era un monje apóstata apodado Maestro de Hungría. A veces,
simples usurpadores se hacen pasar por esos mesías terrestres de quienes se
espera el despertar de su letargo. Surgen falsos emperadores. El más célebre
de ellos, a comienzos del siglo XIII en Flandes y en Hainaut, es el falso
Balduino que no es más que un ejemplo del personaje-tipo que ya
conocemos: un ermitaño mendicante que se convierte en «un príncipe y un
santo tan venerado que el pueblo besaba sus cicatrices, prueba de su largo
martirio, se peleaba por uno de sus cabellos o una hilacha de sus vestidos y
bebía el agua en que se bañaba, como se había hecho con Tanchelm
algunas generaciones atrás». En el 1225, cuando una terrible hambruna
causaba verdaderos estragos, recibió de sus fieles el título de emperador.
La Iglesia, la mayoría de las veces con muy poco éxito,
denunciaba en estos agitadores ya sea al Anticristo mismo, o a uno de los
pseudoprofetas que, a decir del mismo Evangelio y de los textos
milenaristas, debían acompañar a aquél y seducir al pueblo gracias a sus
falsos milagros.
Esta corriente milenarista es muy compleja. Ante todo polariza la
sensibilidad de la época en torno a ciertos fenómenos que se hacen
esenciales para la mentalidad medieval.
Ya en las primeras páginas de la Leyenda áurea, Santiago de
Vorágine enumera los signos que anunciarán la venida del Anticristo y de
la aproximación del fin del mundo:
«Las circunstancias que precederán al Juicio final son de tres
clases: signos terribles, la impostura del Anticristo y un incendio
inmenso.
»Los signos que precederán al Juicio final son cinco, puesto que
san Lucas dice: "Habrá signos en el sol, en la luna y en las estrellas; en la
tierra las naciones estarán consternadas, y el mar hará un ruido terrible por
la agitación168
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
de sus olas". Cosas cuyo comentario se puede hallar en el libro del
Apocalipsis. San Jerónimo, por su parte, ha hallado en los anales de los
hebreos quince signos que precederán al Juicio final: el primer día el mar
se elevará hasta cuarenta codos por encima de las montañas y se quedará
inmóvil como un muro; el segundo día descenderá tan bajo que apenas
quedará de él rastro visible; el tercer día los monstruos marinos aparecerán
sobre las olas y lanzarán rugidos que se elevarán hasta el cielo; el cuarto
día el agua del mar quemará; el quinto día los árboles y todos los demás
vegetales segregarán un rocío sangriento; el sexto día los edificios se
derrumbarán; el séptimo día las piedras se romperán en cuatro partes que
chocarán entre sí; el octavo día habrá un temblor de tierra universal que
sepultará hombres y animales; el noveno día la tierra se nivelará,
quedando reducidas a polvo montañas y colinas; el décimo día los
hombres saldrán de las cavernas y errarán como insensatos, sin poder
hablarse; el undécimo día las osamentas de los muertos saldrán de sus
tumbas; el duodécimo día caerán las estrellas; el decimotercer día
morirán todos los seres vivos para resucitar enseguida con los muertos; el
decimocuarto día el cielo y la tierra arderán; el decimoquinto día habrá
un nuevo cielo y una nueva tierra y todos resucitarán.
»En segundo lugar, el Juicio final irá precedido por la impostura
del Anticristo, que intentará engañar a los hombres de cuatro maneras:
primero, mediante una falsa exposición de las Escrituras, en la que
intentará probar que él es el Mesías prometido por la ley; segundo, por la
realización de milagros; tercero, por la distribución de presentes; cuarto,
por la aplicación de suplicios.
»En tercer lugar, el Juicio final irá precedido por un violento
incendio, provocado por Dios para renovar el mundo, para hacer sufrir a
los condenados y para sacar a la luz al tropel de los elegidos.»
Dejemos de momento los acontecimientos sociales y políticos
vinculados al Anticristo. Retengamos tan sólo el extraordinario cortejo de
prodigios geográficos y meteorológicos que acompaña en este relato
paradigmático la llegada del último día. En él se encuentran todos los
prodigios de la tradición grecorromana vinculados tanto al mundo
uraniano como al ctoniano —en la que se nutre una excepcional
sensibilidad del hombre de la Edad Media hacia estos «signos» naturales
cargados para ellos tanto de horrores como de promesas—. Cometas,
lluvias de fango, estrellas fugaces, temblores de tierra, altas marejadas,
desatan un terror colectivo, más que por el cataclismo natural, por el fin
del mundo que éste puede anunciar. Pero esos signos también
constituyen, por encima del período de pruebas y de terror, un mensaje de
es-ESTRUCTURAS ESPACIALES Y TEMPORALES
169
peranza, en la espera de la resurrección final. De este modo el tiempo
medieval se convierte en un tiempo de temor y de esperanza.
Tiempo de la esperanza, porque el mito milenarista se hace más
preciso y se carga de sueños revolucionarios. Como hemos visto, anima
movimientos populares más o menos efímeros. A comienzos del siglo
XIII, un monje calabrés, Joaquín de Flore, le da un contenido explosivo
que mantendrá en ebullición, durante todo un siglo, a una gran parte del
clero regular y de las masas de laicos. La doctrina de Joaquín se alia a una
división religiosa de la historia en auténtica competencia con la división
más ortodoxa de las seis edades. Se trata de una división en tres épocas:
ante legem, sub lege, post legem («antes de la Ley, bajo la Ley y después de
la Ley») edades del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, del Antiguo
Testamento, que se ha cumplido, del Nuevo, que está cumpliéndose, y
del «Evangelio eterno», anunciado por el Apocalipsis, que está a punto
de cumplirse. Joaquín de Flore señala incluso una fecha para el
acontecimiento — ¡esa Edad Media tan ávida de fechas!—: el 1260. Hay
algo de suma importancia: el contenido de la doctrina joaquinita es pro-
fundamente subversivo. Para Joaquín y sus discípulos, en efecto, la Iglesia
está podrida y quedará condenada con el mundo donde existe. Debe
ceder su puesto a una Iglesia nueva, a una Iglesia de los santos, que
repudiará la riqueza y hará reinar la igualdad y la pureza. Lo esencial de
todo esto es que, pasando por alto innumerables sutilezas teológicas y un
misticismo en el fondo muy retrógrado, una muchedumbre de discípulos,
clérigos y laicos, no retuvieron de la doctrina joaquinita sino esta profecía
anticlerical, antifeudal e igualitaria. La resonancia que alcanza es tal que
san Luis, siempre atento a los movimientos religiosos, a la vuelta de su
cruzada fallida, en 1254, mantiene una conversación con un franciscano
joaquinita, Hugo de Digne, que atrae a las muchedumbres a Hyéres, donde
se ha retirado. El joaquinismo, que a mediados de siglo perturba la
Universidad de París, sobrevive al año 1260 como es sabido y anima a un
grupo franciscano declarado muy pronto herético: los espirituales,
llamados después los fraticelli. Uno de ellos, Pedro-Juan Olive, escribe a
finales del siglo XIII un comentario sobre el Apocalipsis. Otro, Jacopone da
Todi, compone los Laudi, cumbre de la poesía religiosa medieval.
Así es como el milenarismo, forma cristiana de la creencia antigua
en una vuelta a la Edad de oro, no es sino la forma medieval de la creencia
en la llegada de una sociedad sin clases donde, extinguido cualquier
rastro de Estado, ya no volverá a haber ni reyes, ni príncipes, ni señores.
Hacer descender el cielo sobre la tierra, atraer aquí abajo la
Jerusalén celeste, ése fue el sueño de muchos en el Occidente medieval. Si
me he entretenido demasiado —aunque simplificando mucho— en la
evocación de ese170
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
mito, se debe a que, a pesar de permanecer oculto y verse combatido por
la Iglesia oficial, trastornó los espíritus y los corazones y nos revela hasta
en sus mayores profundidades la forma de ser de la masa popular de la
Edad Media, sus angustias económicas y fisiológicas frente a estos datos
permanentes de su existencia: la sujeción a los caprichos de la naturaleza, a
las hambrunas, a las epidemias; sus revueltas contra un orden social que
aplasta a los débiles y una Iglesia beneficiaría y garante de ese orden; sus
sueños: sueño religioso, que atrae el cielo hasta la tierra y no entrevé la
esperanza si no es al término de terrores indecibles.
El deseo lacerante que manifiesta de ir «hasta el fondo de lo
desconocido para hallar algo nuevo», ecce fecit omnia nova, no llega a
imaginar un mundo realmente nuevo. La Edad de oro de los hombres de
la Edad Media no es más que un retorno a los orígenes, si no a los del
Paraíso terrenal, al menos a los de una «Iglesia primitiva», idealizada. Su
porvenir había quedado tras ellos y por eso caminaban volviendo la
cabeza hacia atrás.Capítulo 2
La vida material
(siglos X-Xlll)
El Occidente medieval es un mundo mediocremente
equipado. Pero tampoco se puede decir de él que sea un
mundo subdesarrollado. Si el mundo bizantino, y el
musulmán, y la China le aventajaban en aquel momento por
el esplendor de la economía monetaria, de la civilización
urbana y de la producción de lujo, el nivel de sus técnicas
es igualmente mediocre. No cabe duda de que la alta Edad
Media experimentó incluso un cierto retroceso con respecto
a Imperio romano, pero, por el contrario, importantes
progresos tecnológicos surgen y se desarrollan a partir del
siglo XI. El progreso, que en sus aspectos esenciales es más
cuantitativo que cualitativo, no es en modo alguno
desdeñable. Más que de innovaciones, se trata más bien de
difusión de herramientas, de máquinas, de técnicas
conocidas desde la Antigüedad, pero que se habían
convertido más o menos en rarezas o en curiosidades; ése es
el aspecto positivo de la evolución técnica en el Occidente
medieval.
De entre los «inventos medievales», los dos más
espectaculares y revolucionarios databan de la Antigüedad,
mas para el historiador, su fecha de nacimiento, que
coincide con la de su difusión y no con la de su
descubrimiento, es plenamente medieval. El molino de
agua se conoce en Iliria desde el siglo II antes de Cristo, en
Asia Menor desde el siglo I antes de Cristo y ya172
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
existe en el mundo romano: Vitrubio lo describe y su descripción
prueba que los romanos habían hecho notables perfeccionamientos a
los primeros molinos de agua, al reemplazar las ruedas horizontales
primitivas por ruedas verticales, con un engranaje que unía el eje
horizontal de las ruedas al eje vertical de las muelas. Pero la muela
manual, que hacen girar los esclavos o los animales, continúa siendo
lo normal. En el siglo IX, el molino ya está extendido por Occidente:
en el políptico de la rica abadía de Saint-Germain-des-Prés se citan
cincuenta y nueve, pero en el siglo X, los Anales de Saint-Bertin
describen la construcción de un molino de agua cerca de Saint-Omer,
ordenada por el abad, como un «espectáculo admirable para nuestro
tiempo». La expansión del molino hidráulico se sitúa entre los siglos
XI y XIV. En un barrio de Ruán existen dos molinos en el siglo X,
aparecen cinco más en el XII, otros diez en el XIII y todavía catorce en
el siglo XIV.
De igual modo, el arado medieval procede casi con toda
seguridad del arado con ruedas descrito por Plinio el Viejo en el
siglo I. Se difunde y se perfecciona lentamente durante la alta Edad
Media. Hay estudios filológicos que dan como muy posible una
cierta difusión del arado en los países eslavos, por ejemplo en
Moravia antes de la invasión húngara de comienzos del siglo X y
quizá incluso para el conjunto de los países eslavos antes de la in-
vasión de los avaros del 568, puesto que el vocabulario que se
refiere a ese arado es común a las diferentes ramas eslavas y, por lo
tanto, anterior a su separación, como consecuencia del avance de los
avaros. Pero en el siglo IX aún es difícil determinar a qué clase de
instrumento corresponden las carrucae citadas en las capitulares y en
los polípticos carolingios. En lo que atañe a la herramienta de mano
sucede lo mismo; por ejemplo, el cepillo de carpintero, cuya
invención se atribuye de ordinario a la Edad Media, se conocía ya
desde el siglo I.
Es probable, por lo demás, que un buen número de «invenciones
medievales» que no son una herencia grecorromana procedan de
Oriente. Sin que haya nada que pueda probarlo, parece que éste
sería el caso del molino de viento, conocido en China y después en
Persia en el siglo VII, reseñado en España en el X y que no aparece en
la cristiandad hasta finales del siglo XII. No obstante, la localización
de los primeros molinos de viento señalados actualmente en una zona
limitada en torno a la Mancha (Normandía, Ponthieu, Inglaterra) y las
diferencias de tipos entre molino oriental, desprovisto de aspas pero
dotado de altas aspilleras que concentran la acción del viento sobre
grandes ruedas verticales, el molino occidental de cuatro grandes
aspas y el mediterráneo de numerosas telas triangulares tensadas
mediante un conjunto de cuerdas, como se pueden ver todavía en
Mykonos o en Portugal, no ha-LA VIDA MATERIAL 173
cen inverosímil la aparición independiente del molino de
viento en esas tres zonas geográficas.
No cabe la menor duda de que las principales
responsables de esta pobreza, de este estancamiento técnico
son las estructuras sociales y las mentalidades.
Una minoría dominante de señores laicos y eclesiásticos
es la única que puede experimentar y satisfacer
necesidades de lujo a las que provee mediante la
importación de productos extranjeros, llegados de
Bizancio o del mundo musulmán (telas preciosas,
especias), que se procura sin necesidad de preparación
artesanal o industrial (productos de la caza para la alimenta-
ción o el vestido: pieles), o pide en pequeñas cantidades a
algunos especialistas (orfebres, herreros). La masa, sin
proporcionar a los señores una mano de obra tan barata y
tan fácilmente explotable como los esclavos antiguos, aún
es lo bastante numerosa y sumisa a las exigencias
económicas como para permitir vivir bien a las clases
superiores y vivir ella misma más o menos miserablemente
utilizando un instrumental rudimentario. Y no es que la
dominación de la aristocracia laica y clerical hayan tenido
sólo aspectos negativos, inhibidores, en el campo de la
técnica, no. En algunos sectores, sus deseos o sus gustos
fomentaron un cierto progreso. La obligación impuesta al
clero, y sobre todo a los monjes, de mantener las mínimas
relaciones posibles, comprendidas las económicas, con el
exterior, y particularmente el deseo de quedar libres de las
preocupaciones materiales para dedicarse por entero al
opus Dei, a las ocupaciones propiamente espirituales
(oficios, oraciones), su vocación de caridad, que los
obligaba a atender a las necesidades económicas no
solamente de su numerosa familia, sino de los pobres y de
los mendigos foráneos, mediante la distribución de víveres,
los indujeron a desarrollar un cierto equipo técnico. Ya se
trate de los primeros molinos de agua o de viento, o bien
del progreso de las técnicas rurales, las órdenes religiosas
se hallan con frecuencia en la vanguardia. El que, durante la
Edad Media, se atribuya aquí o allá la invención del molino
al santo que lo ha introducido en la región, por ejemplo, a
Orencio de Auch que mandó construir un molino en el lago
de Isaby en el siglo IV, a Cesáreo de Arles, que levanta uno
en Saint-Gabriel, en la Durancole, en el siglo VI, no es una
pura casualidad.
La evolución del armamento y del arte militar, esenciales
para una aristocracia de guerreros, trae consigo el progreso
de la metalurgia y la balística.
La Iglesia, como hemos visto, hace progresar la técnica
de la medición del tiempo para afrontar las necesidades del
cómputo eclesiástico y la construcción de las iglesias —los
primeros grandes edificios de la Edad Media—174
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
e impulsa el progreso técnico, no sólo en cuanto a las
técnicas de la construcción, sino también en cuanto al
instrumental, a los transportes y a las artes menores, como la
de las vidrieras.
A pesar de todo, la mentalidad de las clases dominantes es
antitécnica. Durante la mayor parte de la Edad Media, hasta el
siglo XIII, e incluso más allá aunque en menor medida, la
herramienta, el instrumento, el trabajo en sus aspectos
técnicos, no aparecen en la literatura o en el arte si no es
como símbolos. Por eso debemos a las alegorías cristológicas
del molino o de la prensa mística, o al carro de Elias, las
representaciones de molino, de prensa y de carreta que nos
ofrece sobre todo el Hortus deliciarum del siglo XII. Tal
instrumental no aparece más que como atributo simbólico de
un santo. Las leznas del zapatero se representan con
frecuencia en la iconografía medieval debido a que forman
parte de los suplicios tradicionales que se infligieron a
algunos mártires, como san Benigno de Dijon, o incluso los
santos patronos de los zapateros, Crispín y Crispiniano. He
aquí un hecho significativo entre muchos otros: a Santiago el
Menor se le representaba hasta el siglo XIV con el bastón de
batanero del que se había servido uno de sus verdugos para
romperle el cráneo en Jerusalén. Al final de la Edad Media, el
bastón de batanero, instrumento de martirio, se reemplaza —
puesto que tanto la sociedad como la mentalidad han
cambiado— por una herramienta del oficio, el arquete
triangular, especie de peine para cardar.
Apenas hay un solo sector de la vida medieval donde otro
rasgo de la mentalidad, el horror a las «novedades», haya
actuado con mayor fuerza antiprogresista que en el sector
técnico. Innovar era en él, más aún que en los demás, una
monstruosidad, un pecado. Ponía en peligro el equilibrio
económico, social y mental. Y por lo demás las novedades,
como veremos, al producirse en beneficio del señor, se
estrellaban contra la resistencia, violenta o pasiva, de las
masas.
Durante mucho tiempo la Edad Media occidental no
compuso ningún tratado técnico, al no merecer tales cosas el
honor de la escritura o al formar parte de un secreto que,
como tal, no había por qué transmitir.
Cuando, a comienzos del siglo XII, el monje alemán Teófilo
escribe De diversis artibus, que pasa merecidamente por ser el
primer tratado tecnológico de la Edad Media, se preocupa menos
de instruir a los artesanos y a los artistas que de demostrar que
la habilidad del técnico es un don de Dios... Los tratados
ingleses del siglo XIII sobre agricultura, los manuales de
Housebondrie, de los que el más famoso fue el de Walter de
Henley, o la Fleta, aún no son más que obras de consejos
prácticos. Habrá que esperar el Ruralium commodorum opus del
bolones Pietro de' Crescenzi, a comienzos del siglo XIV,LA VIDA MATERIAL
175
para que se reanude la tradición de los agrónomos romanos.
Las pretendidas obras técnicas anteriores no son más que
compilaciones eruditas, con frecuencia pseudocientíficas,
sin gran valor documental para la historia de las técnicas,
como por ejemplo el diccionario de Juan de Garlande, el
De nominibus utensilium, de Alejandro Neckham, el De
vegetalibus, de Alberto Magno e incluso las Regulae ad
custodiendum térras, que Roberto Grosseteste compuso
hacia el año 1240 para la condesa de Lincoln.
La pobreza del equipo técnico medieval se pone de
manifiesto sobre todo en aspectos básicos como son el
predominio de la herramienta sobre la máquina, la escasa
eficacia del instrumental, la insuficiencia del instrumental y
de las técnicas rurales que no dan más que unos pobres
rendimientos, la mediocridad del equipo energético, de los
transportes y de las técnicas financieras y comerciales.
El maquinismo apenas logró ningún progreso cualitativo
durante la Edad Media. La mayoría de las máquinas en uso
por entonces ya habían sido descritas por los sabios de la
época helenística, sobre todo por los alejandrinos, quienes
muchas veces esbozaban también su teoría científica. En
particular, el Occidente medieval apenas innovó algo en los
sistemas de transmisión y de transformación de los
movimientos. Cinco de las «cadenas cinemáticas»: tornillo,
rueda, rueda dentada, trinquete y polea, ya se conocían en
la Antigüedad. Una sexta, la manivela, parece ser una
invención medieval. Aparece durante la alta Edad Media
formando parte de mecanismos simples, como la muela
giratoria descrita en el salterio de Utrecht a mediados del
siglo IX, pero no parece haberse extendido hasta finales de
la Edad Media. En cualquier caso, su forma más eficaz, el
sistema biela-manivela, no aparece más que a finales del
siglo XIV. Es cierto que muchos de esos mecanismos o de
esas máquinas que la Antigüedad no había conocido con
frecuencia más que como curiosidades o como juguetes —
como los autómatas alejandrinos—, se difundieron y
adquirieron su verdadera eficacia en el transcurso de la
Edad Media. La innegable habilidad empírica de los
trabajadores medievales les permitió también compensar de
algún modo su ignorancia. Así la combinación de un árbol
de levas y de un resorte que permitía accionar herramientas
de percusión, como martillos y mazos, reemplazó en cierto
modo al sistema biela-manivela, aún desconocido.
¿Se puede, si no explicar al amparo de la mentalidad
medieval este estancamiento de las técnicas de la
transformación del movimiento, al menos176
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
vincularlo a ciertas concepciones científicas y teológicas?
La mecánica aristotélica, a pesar de los trabajos de Jordanus
Nemorarius y de su escuela en el siglo XIII, no fue la
aportación científica más fecunda del filósofo, si bien es
preciso no atribuir a Aristóteles, como lo hacía la Edad
Media, el tratado De mechanica cuyo autor sigue siendo
desconocido. Incluso en el siglo XIV, los sabios que
criticaban más o menos enérgicamente la física, y más en
especial la mecánica aristotélica, como por ejemplo
Bradwardine, Ockham, Buridán, Nicolás de Oresme, los
teóricos del Ímpetus, continúan siendo, lo mismo que
Aristóteles, prisioneros de una concepción metafísica que
desvirtúa su dinámica ya en su misma base. El Ímpetus, lo
mismo que la virtus impressa, sigue siendo una «virtud»,
una «potencia motriz», noción metafísica de donde se hace
derivar el proceso del movimiento. Por otro lado, son
siempre cuestiones teológicas las que se hallan en el origen
de estas teorías del movimiento
Un ejemplo significativo de esta concepción nos lo
proporciona Francois de la Marche en 1320, quien se
pregunta «si en los sacramentos hay alguna virtud
sobrenatural que les sea formalmente inherente». Lo cual le
sugiere a su vez el problema de saber «si en un instrumento
artificial puede residir (o bien puede recibirla de un agente
exterior) una virtud inherente al mismo». Estudia así el caso
de una piedra violentamente lanzada al aire y lanza, como se
ha dicho justamente, «las bases de una física del ímpetus».
Esa desventaja teológica y metafísica va al encuentro de una
cierta indiferencia hacia el movimiento que me parece más
que la indiferencia hacia el tiempo —si bien ambos van
unidos puesto que tanto para santo Tomás de Aquino como
para Aristóteles «el tiempo es el número del
movimiento»—, característica de la mentalidad medieval.
Los hombres de la Edad Media no se interesan por lo que se
mueve, sino por lo que permanece estable. Lo que buscan
es el reposo: quies. Todo lo que, por el contrario, es
inquietud, búsqueda, les parece vano —es el sambenito que
se les cuelga a esas palabras— y también un poco diabólico.
Pero tampoco exageremos la incidencia de esas
doctrinas y de esas tendencias existenciales sobre la
paralización de las técnicas.
La debilidad de las máquinas medievales depende sobre
todo de un estado tecnológico general vinculado a una
estructura económica y social. Cuando aparecen ciertos
progresos, como los efectuados en los tornos, o bien son
tardíos, como ocurre con el sistema del torno de manivela,
el cual comienza a utilizarse hacia el 1280, dentro del
marco de la crisis que padece la industria textil de lujo (aún
se trata, a falta de pedal —que no aparecerá más que con el
sistema de biela-manivela—, de un torno accionado a mano
por la hiladora que trabaja la mayor parte de las veces de
pie), o bien su empleo que-LA VIDA MATERIAL
177
da limitado al trabajo de materias de escasa duración, lo que
explica que conservemos tan pocos objetos torneados de la
Edad Media. El torno de alfarero venía de la prehistoria, el
torno de pértiga existía en la Antigüedad clásica; todo lo
más, el torno de polea y de doble pedal que se puede ver
representado en una vidriera de Chartres del siglo XIII
podría ser un progreso o un perfeccionamiento, de corto
alcance, de la época medieval.
El empleo de aparejos de levantamiento y de fuerza se vio
estimulado por la expansión de la construcción,
especialmente de iglesias y castillos. Sin embargo, el plano
inclinado fue, sin duda alguna, el método de elevación de
materiales normalmente usado. Las máquinas elevadoras,
que apenas difieren, en cualquier caso, en lo que atañe a sus
principios básicos, de las máquinas antiguas —tornos
simples con polea de llamada, grúas de caja de ardilla-— si-
guen siendo simples curiosidades o rarezas que únicamente
los príncipes, las ciudades y las fábricas, es decir, las rentas
eclesiásticas podían utilizar, como el mal conocido ingenio
llamado vasa del que se servían en Marsella para la
botadura de los navios. A finales del siglo XII, el monje
Gervasio queda sorprendido ante el talento del arquitecto
Guillermo de Sens que hace venir desde Caen su piedra
famosa para reconstruir la catedral de Canterbury, destruida
por un incendio en 1174. «Construyó ingeniosas máquinas
para cargar y descargar los navios y para levantar las
piedras y el mortero.» Pero, ¿qué eran esas máquinas sino
meras curiosidades? Curiosidad era también la grúa en caja
de ardilla, una sola para cada lugar, que en el siglo XIV
forma parte del equipo de ciertos puertos y que pareció lo
bastante maravillosa a sus contemporáneos como para
figurar en varios cuadros, por ejemplo la que Brujas mandó
construir, una de las primeras, y de la que se pueden ver
incluso hoy ejemplares restaurados en Luneburgo o en
Gdansk. Y curiosidad sigue siendo el primer gato para
levantar pesos, conocido a través de un dibujo de Villard de
Honnecourt de la primera mitad del siglo XIII.
Antes de la invención de las armas de fuego, la artillería
no hace sino prolongar la artillería helenística, ya
perfeccionada por los romanos. El antepasado de los
trabucos y maganeles medievales, más que la balista o la
catapulta, es el escorpión u onagro, descrito por Amiano
Marcelino en el siglo IV. El trabuco lanzaba los proyectiles
por encima de las altas murallas, mientras que el maganel,
que además se podía regular mejor, enviaba sus balas a
menor altura pero a mayor distancia. Pero el principio de
todas ellas seguía siendo el de la honda.
Por lo demás, la palabra máquina (como en el Bajo
Imperio donde los mechanici eran los ingenieros militares)
apenas se aplica en el Occidente medieval más que a
ingenios de asedio, desprovistos en general de toda ingenio-178
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
sidad técnica, como el que describe Suger en su Vie de
Louis VI le Gros con motivo del ataque al castillo de
Gournay en 1107 por parte del príncipe.
«Sin un momento de descanso, se preparan los ingenios
de guerra para convertir el castillo en ruinas; se levanta una
alta máquina, que domina con sus tres niveles a los
combatientes, destinada a controlar el castillo e impedir a
los arqueros y ballesteros de la primera línea circular o
mostrarse en el interior. Con eso los asediados,
constantemente presionados día y noche por esos
ingenios, ya no podían mantenerse en sus murallas,
procuraban ponerse prudentemente al abrigo en agujeros
hechos bajo tierra y, haciendo disparar insidiosamente a
sus arqueros, se anticipaban al peligro de muerte que
corrían los que los dominaban desde la primera almena del
ingenio. A esta máquina que se elevaba en el aire se unía un
puente de madera que, alargándose lo bastante en altura,
debía, al descender un poco sobre el muro, proporcionar
una entrada fácil a los combatientes, los cuales des-
cenderían por allí...»
Queda la utilización del molino de agua para usos
artesanales, incluso industriales. Ahí es donde se halla —
con el sistema moderno de uncir las yuntas de labranza— el
gran progreso técnico de la Edad Media.
La Edad Media es el mundo de la madera. En ese
momento la madera es el material universal. Todavía se trata
con frecuencia de una madera de mala calidad o, en todo
caso, de una madera cuyas piezas son de dimensiones res-
tringidas y mediocremente trabajadas. Las grandes piezas
sin empalmes que se utilizan en la construcción de los
edificios, de los mástiles de los navios, en los armazones —
el maderamen—, difíciles de cortar y de labrar, son materia-
les caros, si no de lujo. Suger, que a mediados del siglo XII
busca árboles de diámetro bastante grande y lo
suficientemente altos para el armazón de Saint Denis,
considera una especie de milagro hallar el árbol de sus deseos
en el valle de Chevreuse.
Si muy pronto se hace difícil encontrar troncos de gran
diámetro, la madera sigue siendo, no obstante, el producto
más común del Occidente medieval. El Román de Renart
da fe de que la zorra y sus compañeros, siempre a la
búsqueda de los bienes materiales que necesitan, sólo
disponen de una fuente en abundancia: la madera.
«Encienden un gran fuego, pues los leños no faltan.» El
bosque proporciona incluso al Occidente medieval uno de
sus principales productos de exportación, buscado por el
mundo musulmán, en el que, por el contrario, como ya se
sabe, el árbol (salvo en los bosques del Lí-LA VIDA MATERIAL
179
bano y del Magreb) es raro. La madera fue el mayor viajero
de la Edad Media occidental, utilizando también, en la
medida de lo posible, por flotación o por barco, el camino
fluvial o el marítimo.
Otro producto de exportación hacia Oriente, a partir de
la época carolingia, fue el hierro o, mejor, las espadas (las
espadas francas abundan en las fuentes musulmanas de la
alta Edad Media). Pero aquí se trata ya de un producto de
lujo, un producto trabajado, fruto de la habilidad de los
herreros bárbaros expertos, como hemos visto, en técnicas
metalúrgicas llegadas, por el camino de la estepa, de Asia
central, mundo de los metales. El hierro, al contrario que la
madera, era raro en el Occidente medieval.
En pleno siglo XIII, el franciscano Bartolomé el Inglés
define el hierro en su enciclopedia De proprietatibus rerum
como una materia preciosa: «Desde numerosos puntos de
vista, el hierro es más útil al hombre que el oro, aunque los
seres llenos de concupiscencia deseen más el oro que el
hierro. Sin el hierro el pueblo no podría defenderse de sus
enemigos, ni hacer prevalecer el bien común; los inocentes
aseguran su defensa gracias al hierro y la desvergüenza de
los malvados se castiga mediante el hierro. De igual modo,
cualquier trabajo manual pide el empleo del hierro sin el
cual nadie podría cultivar la tierra o construir una casa».
Nada prueba mejor el alto valor alcanzado por el hierro
durante la Edad Media que la atención que le presta san
Benito, señor tanto de la vida material como de la vida
espiritual medievales. En su Regla consagra un capítulo
entero, el veintisiete, al cuidado que los monjes deben tener
de las ferramenta —del instrumental de hierro que el
monasterio posee—. El abad no debe confiarlas más que a
los monjes «cuya vida y cuyas manos le merecen plena
confianza». Estropear o perder esos instrumentos es una
falta grave a la regla y exige un castigo riguroso.
En su crónica de los primeros duques de Normandía,
escrita a principios del siglo XI, Dudón de Saint Quentin
señala el aprecio que esos príncipes sentían por los arados y
las duras penas que habían dictado contra el robo de esos
instrumentos. El poeta de Arras Juan Bodel en su fábula Le
vilain de Farbu, de finales del siglo XII, cuenta que un
herrero había colocado delante de su puerta un hierro
candente como trampa para cazar ingenuos. Pasa por allí un
villano y le dice a su hijo que se apodere de él, ya que un
trozo de hierro es una buena ganga. Por lo demás, la mayor
parte de la débil producción de hierro estaba destinada al
armamento, al uso militar. Lo que queda para los hierros
de los arados, las hojas de las hoces y guadañas, las partes
metálicas de las palas, azadas y otros aperos de labranza no
es más que una ínfima proporción de una producción ya de
por sí deficiente —aunque va aumen-180
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
tando progresivamente a partir del siglo IX—. Pero, para el
conjunto de la Edad Media, continúan siendo ciertas las
indicaciones de los inventarios carolingios que, tras haber
enumerado algunos aperos de hierro, mencionan en bloque
el grueso del instrumental agrícola bajo la rúbrica de
Ustensilia
lignea
ad
ministrandum
sufficienter
(«herramientas de madera en número suficiente para el
trabajo requerido»). Hay que tener en cuenta todavía que
una gran parte de las herramientas de hierro, o con
elementos de hierro, servían para el trabajo de la madera:
hachas, doladeras, podaderas, taladros... No hay que
olvidar, en fin, que entre esas herramientas dominan los
instrumentos de corte y eficacia restringidos. La herramienta
esencial, no sólo del carpintero, sino incluso del leñador
medieval, es una muy antigua y muy modesta, la azuela, el
instrumento de las grandes roturaciones medievales que se
enfrentaron a la maleza y a los arbustos más bien que a los
bosques propiamente dichos, frente a los cuales el
instrumental, la mayoría de las veces, seguía resultando im-
potente.
Nada de extraño tiene, por lo tanto, que el hierro, como
hemos visto, fuera objeto de atenciones que van hasta
hacer de él una motivo de milagros. Nada de extraño el
que el herrero, desde la alta Edad Media, sea un personaje
extraordinario, cercano al hechicero. No cabe duda de que
debe esta aureola sobre todo a su actividad de forjador de
armas, de fabricante de espadas, y a una tradición que
hace de él, juntamente con el orfebre, un ser sagrado
legado por la tradición bárbara escandinava y germánica
al Occidente medieval. Las sagas enaltecen a esos
herreros a quienes dotan de poderes superiores: Alberico y
Mimo, el mismo Sigfrido, que forja la espada Nothung, la
espada sin par, y Wieland, al que la saga de Thidrek nos
presenta en plena tarea: «El rey dijo: "La espada es
buena". Y la quiso para él. Wieland respondió: "No es aún
lo bastante buena. Es preciso que sea mejor y no me
detendré hasta lograrlo"... Wieland vuelve a su forja, toma
una lima, pulveriza la espada y mezcla harina con ella.
Deja que pájaros domesticados ayunen tres días y después
les da de comer esa mezcla. Pone en la fragua de su forja
los excrementos de los pájaros, los funde, hace salir del
hierro toda la escoria que contenía todavía y forja
enseguida una espada nueva. Esta era más pequeña que la
primera [...]. Se podía mantener perfectamente en la
mano. Las primeras espadas que Wieland había fabricado
eran más grandes que las usuales. El rey buscó de nuevo a
Wieland, contempló la espada y dijo que era la más
cortante y la mejor que había visto jamás. Volvieron al río.
Wieland tomó un copo de lana de unos tres pies de grosor y
de una longitud similar y lo arrojó al agua; él sostenía
tranquilamente la espada en el agua; la corriente llevó el
copo de lana ha-LA VIDA MATERIAL
181
cia el filo de la espada y ésta lo cortó tan finamente como
la misma corriente de agua...».
¿Habría que hallar ese sentido medieval del material en
la evolución del personaje de san José en quien la alta Edad
Media quería ver un faber ferrarius, un herrero, que se
convirtió después en la encarnación de la condición
humana en una Edad Media de madera, en un carpintero?
Quizá haya que pensar también aquí en una posible
influencia de una mentalidad ligada a un simbolismo
religioso sobre la evolución de las técnicas. En la tradición
judaica la madera es el bien, el hierro es el mal. La madera
simboliza el verbo vivificante; el hierro, la carne pesada. No
se debe emplear el hierro solo. Ha de estar siempre unido a
la madera, la cual lo libera de su nocividad y lo hace servir
para el bien. Así, el arado es un símbolo de Cristo labrador.
Por otro lado, el material que durante la Edad Media
rivaliza con la madera no es precisamente el hierro, que no
ofrece, en general, más que un escaso apoyo —hojas de las
herramientas, clavos, herraduras, tirantes y cadenas que
refuerzan los muros—, sino la piedra.
La madera y la piedra, he aquí la pareja básica de
materiales empleada en la técnica medieval. Los arquitectos
son, a la vez, carpentarii et lapidarii («carpinteros y
canteros»), a los obreros de la construcción se les califica a
menudo de operarii lignorum et lapidum («obreros en
madera y en piedra»). Sin embargo, la piedra constituye por
largo tiempo aún un lujo comparada con la madera. A partir
del siglo XI, el gran crecimiento de la construcción, fenó-
meno esencial del gran desarrollo económico medieval,
consiste con frecuencia en reemplazar una construcción de
madera por una de piedra: eso es cierto sobre todo de las
iglesias, puentes y casas. La piedra, comparada con la
madera, es un material noble. Tener una casa de piedra es
signo de riqueza y de poder —Dios y la Iglesia, y los
señores en sus castillos son los primeros en tener mansiones
de piedra—, pero pronto, como un signo de la ascensión de
los más ricos burgueses, éstos comienzan también a
construirlas.
Las
crónicas
urbanas
mencionan
cuidadosamente esta manifestación del progreso urbano y
de la clase social que domina las ciudades. Las palabras de
Suetonio, según las cuales Augusto se vanagloriaba de
haber encontrado una Roma de ladrillo y de haberla dejado
de mármol, es aprovechada por algún cronista de la Edad
Media que la aplica a los grandes abades constructores de
los siglos XI y XII, si bien el ladrillo y el mármol quedan
reemplazados por la madera y la piedra. Encontrar una
iglesia de madera y dejarla de piedra es el progreso, el
honor, el éxito de la Edad Media. Sabido es que uno de los
grandes progresos técnicos de la Edad Media consiste en
volver a descubrir la bóveda de piedra e inventar nuevos
sistemas de bóveda. En lo que respecta a ciertos182
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
grandes monumentos en ruina del siglo XI, el problema de
siempre es saber si se había pasado ya de la cubierta de
madera a la cubierta de piedra. Así, la abadía de Jumiéges
supone todavía, desde ese punto de vista, un enigma para los
historiadores de las técnicas y del arte. Incluso en los
edificios construidos con bóvedas de piedra, la intervención
de la madera en ciertos elementos, especialmente en las
armaduras de las cubiertas, sigue siendo considerable. De
ahí su vulnerabilidad frente al fuego. En 1174 un incendio
originado en la armadura fue lo que destruyó la catedral de
Canterbury. El monje Gervasio cuenta cómo el fuego, tras
haberse iniciado lentamente bajo la techumbre, se declaró de
repente: Vae, vae, ecclesia ardet («¡ Ay, ay, la iglesia se
quema»). Las placas de plomo de la techumbre se funden,
las vigas calcinadas caen en el coro y prenden fuego a la
sillería. «Las llamas, alimentadas por toda esta masa de
madera, se elevaron hasta quince codos de altura y
consumieron los muros y sobre todo las columnas de la
iglesia.»
El tiempo, que todo lo idealiza, idealiza también el
pasado material, para no dejar subsistir más que lo duradero
y para eliminar lo perecedero, que era casi todo.
La Edad Media es para nosotros una gloriosa colección
de piedras: catedrales y castillos. Pero esas piedras no son
más que una pequeña parte de lo que fue. Aún han quedado
algunos huesos de un cuerpo de madera y de materiales más
humildes todavía y más perecederos: paja, barro, argamasa.
No hay nada que pueda ilustrar mejor la creencia
fundamental de la Edad Media en la separación del alma y
del cuerpo y en la supervivencia de sólo el alma. Lo que nos
dejó —una vez su cuerpo convertido en polvo— fue su
alma encarnada en la dura piedra. Pero esta ilusión
producida por el tiempo tampoco debe engañarnos.
Donde se manifiesta de forma más patente la
mediocridad de ese equipamiento técnico es en el sector
rural. La tierra y la economía agraria son, efectivamente, la
base y la parte esencial de la vida material en la Edad
Media y de todo lo que ella condiciona: riqueza, poder
social y político. Ahora bien, la tierra medieval es avara
porque los hombres no son capaces de sacarle mayor
partido.
Ante todo, porque el instrumental es rudimentario. La
tierra está mal trabajada. Las labores son poco profundas.
El arado antiguo, adaptado además a los suelos
superficiales y a los terrenos accidentados del ámbito
mediterráneo, subsiste aún durante mucho tiempo y en
muchos lugares. Su reja simé-LA VIDA MATERIAL
183
trica, a veces revestida de hierro, pero con mucha
frecuencia de madera endurecida simplemente al fuego,
araña en todo caso la tierra en vez de ararla. El arado de reja
asimétrica y vertedera, con juego delantero móvil, provisto
de ruedas y arrastrado por una yunta más vigorosa, que se
extiende en el transcurso de la Edad Media, representa un
progreso sin duda considerable. Pero sucede que los suelos
pesados arcillosos, los más fértiles cuando se les trabaja
bien, oponen a los aperos medievales una resistencia
obstinada. La intensificación del laboreo conseguida en la
Edad Media proviene más de una repetición del trabajo que
de un perfeccionamiento del instrumental. La práctica de
efectuar tres labores se va extendiendo y, hacia el paso del
siglo XIII al XIV, se hacen incluso cuatro. Sin embargo, los
trabajos complementarios siguieron siendo necesarios,
aunque también de un alcance limitado. Después de la
primera labor, de ordinario se aplastaban los terrones a
mano, como muestra una miniatura del salterio inglés de
Luttrell a comienzos del siglo XIV. La escarda, que no se
realizaba en todas partes, empleaba para cortar cardos y
malas hierbas un instrumental rudimentario: horcas y hoces
enmangadas en un palo. El rastrillo, una de cuyas primeras
representaciones aparece en el bordado de finales del siglo
XI denominado «tapicería» de Bayeux, se extendió durante
los siglos XII y XIII. De vez en cuando era necesario
profundizar algo más con la azada. De todo ello resulta que
la tierra, mal cavada, mal removida, mal aireada, no se
reconstituía rápidamente en sustancias fertilizantes.
El enriquecimiento de los suelos mediante el estercolado
hubiera podido poner un cierto remedio a esta carencia de
instrumental adecuado, pero la debilidad de la agricultura
medieval en este sector es aún más manifiesta.
Por supuesto que los abonos químicos artificiales no
existen. Sólo hay abonos naturales, muy insuficientes. La
causa principal de esta insuficiencia radica en la escasez del
ganado, escasez debida a causas secundarias, como los
estragos causados por las epizootias, pero sobre todo al
hecho de que los prados pasan a un segundo plano tras los
campos, los cultivos, las necesidades de la alimentación
vegetal, ya que la carne la proporciona en gran parte la
caza. Por otra parte, los animales que viven bien en el
bosque y de los productos del mismo bosque son los que se
crían con mayor interés: cerdos y cabras, cuyo estiércol se
pierde casi en su totalidad. En cuanto a los otros, su abono
se recoge cuidadosamente, pero sólo en la medida en que lo
permite el nomadismo de los rebaños, que pastan la mayor
parte del tiempo al aire libre y raramente se estabulan. Los
excrementos de las palomas se aprovechan al máximo. Un
pot de fíente, una vasija de estiércol es a veces una renta
valiosa que el arrendatario debe pagar al señor. Por el
contrario, ciertos agentes se-184
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
ñoriales privilegiados, como los prebendados, que
administran ciertos dominios (Münchweier, en la Alemania
del siglo XII), reciben como salario por la tierra de sus
feudos «el estiércol de una vaca y de su ternero y las
barreduras de la casa».
Los abonos vegetales proporcionan un refuerzo notable:
tierra arcillosa, hierbas y hojas muertas, la paja que los
animales han dejado sin comer cuando llega la nueva siega,
ya que, como se puede observar en numerosas miniaturas y
esculturas de la época, la siega del trigo, efectuada con
guadañas y hoces, se hacía próxima a la espiga o, en todo
caso, al menos a media altura del tallo, con el fin de dejar la
mayor cantidad posible de paja para la alimentación del
ganado en primer lugar y también como abono. En fin, los
abonos se reservaban con mucha frecuencia para los
cultivos delicados o especulativos, es decir, para los huertos
de viñas o de hortalizas. El contraste es manifiesto en el
Occidente medieval entre las pequeñas parcelas dedicadas
a la horticultura, las cuales acaparan la parte esencial del
refinamiento rural, y las grandes superficies, libradas a las
técnicas rudimentarias.
El resultado de esta insuficiencia de instrumental y de
esta escasez de abonos era, ante todo, que el cultivo, en vez
de ser intensivo, era en gran medida extensivo. Incluso
dejando aparte el período —siglos XI al XIII— en que el
crecimiento demográfico trajo consigo un aumento de la
superficie cultivada gracias a nuevas roturaciones, la
agricultura medieval fue itinerante en buena parte. En 1116,
los habitantes de una aldea de la Isla de Francia, por
ejemplo, reciben la autorización para roturar ciertas partes
de un bosque real, pero con la condición de «que cultiven y
recojan los frutos durante dos temporadas únicamente y
después se vayan a otras partes del bosque». La artiga o
roza, que implica un cierto nomadismo agrícola, se
encuentra ampliamente extendida en los terrenos pobres.
Incluso las mismas roturaciones son a veces para cultivos
temporales, como los essarts que invaden la toponimia me-
dieval y se hallan con tanta frecuencia en la literatura
cuando se trata del campo: «La zorra se fue a un essart...».
La consecuencia es que la tierra, mal trabajada y poco
abonada, se agota pronto. Por lo tanto, hay que dejarla
descansar con frecuencia para que se reponga. Es la
práctica extendida del barbecho. No cabe duda de que es
un progreso, conseguido entre los siglos IX y XIV, el hecho
de reemplazar en muchos lugares el barbecho bienal por el
trienal. Ello determina que la tierra permanezca
improductiva un año de cada tres en vez de uno de cada
dos o, lo que viene a ser lo mismo, aprovechar dos tercios
de la superficie cultivada en vez de beneficiarse solamente
de la mitad. Ahora bien, el barbecho trienal parece haberse
extendido con mayor lentitud y menos comúnmente de loLA VIDA MATERIAL
185
que se ha dicho. En el clima mediterráneo y en suelos
pobres, el barbecho bienal persiste. El autor inglés del
tratado de agronomía la Fleta, en el siglo XIII, aconseja
prudentemente a sus lectores que prefieran una buena
cosecha cada dos años que dos mediocres cada tres. En una
región como el Lincolnshire no hay ningún ejemplo cierto
de barbecho trienal antes del siglo XIV. En el Forez, a finales
del siglo XIII, las tierras no dieron una buena cosecha más
que tres veces en treinta años.
Añadamos que otros factores, que examinaremos más
adelante, contribuyen aún a disminuir la escasa
productividad de la tierra medieval. Uno de ellos es, por
ejemplo la tendencia de los dominios medievales a la
autarquía, consecuencia de realidades económicas y, a la
vez, rasgo de mentalidad. Tener que recurrir al exterior, no
producir todo lo que se necesita, no es sólo una debilidad,
sino un deshonor. En el caso de las propiedades
monásticas, evitar cualquier contacto con el exterior dimana
directamente del ideal espiritual de soledad, al ser el
aislamiento económico la condición de la pureza espiritual.
Cuando los cistercienses introducen el molino en su
equipamiento, san Bernardo amenaza con ordenar su
destrucción porque éstos se han convertido en centros de
relaciones, de contactos, de reuniones y, lo que es peor, de
prostitución. Pero esos prejuicios morales se apoyan en
bases materiales. En un mundo donde los transportes son
caros y aleatorios y la economía monetaria, condición
indispensable de los intercambios, poco desarrollada, pro-
ducir todo aquello que se necesita resulta un buen cálculo
económico. La consecuencia es que el policultivo domina
en la economía rural medieval, lo cual viene a significar que
se violentan todo lo posible las condiciones geográficas,
edafológicas y climáticas de la producción. La viña, por
ejemplo, se explota en los climas más desfavorables, muy al
norte de su límite de cultivo actual. Aparece, por ejemplo,
en Inglaterra, la región parisiense posee un gran viñedo y a
Laón se la calificó como la «capital del vino» en la Edad Me-
dia. Se ponen en cultivo las tierras más pobres y se hace
producir tal o cual especie en suelos completamente
inadecuados para ella.
El resultado de todo esto es la escasez de los
rendimientos agrícolas. En la época carolingia tales
rendimientos parece que eran cercanos al 2 —2,7 en el
dominio real de Anappes, Francia, departamento del norte,
a comienzos del siglo IX—, para ir a veces muy poco por
encima del 1, es decir, la recuperación pura y simple de la
semilla empleada. Entre el siglo XI y el XIV se produce un
notable progreso, pero las cosechas siguen siendo malas.
Según los agrónomos ingleses del siglo XIII, las tasas
normales eran de 8 para la cebada, 7 para el centeno, 6 para
las leguminosas, 5 para el trigo y 4 para la avena. La186
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
realidad parece haber sido menos brillante. En las buenas
tierras del obispado de Winchester, las tasas son de 3,8 para
el trigo y la cebada y 2,4 para la avena. La proporción de 3
o de 4 por uno parece haber sido la regla general para el
trigo.
La variabilidad de esos rendimientos es asimismo
considerable, al menos en lo que se refiere a un terreno con
respecto a otro. En la montaña se mantiene a un nivel poco
diferente del de la época carolingia, es decir, 2 por 1. En
Provenza se eleva a 3 o a 4; en ciertas llanuras de limos, en
Artois por ejemplo, puede elevarse por encima de 10 y
llegar hasta 18, es decir, acercarse al rendimiento actual de
las tierras mediocres. De la misma manera, lo cual es más
grave todavía, las variaciones pueden ser muy considerables
de un año a otro. En Roquetoire, Artois, el trigo que sólo
produce 7,5 por 1 el año 1319, rinde 11,6 por 1 en 1321. En
fin, sobre un mismo dominio, el rendimiento difiere mucho
de un producto a otro. En una granja de la abadía de
Ramsey, el rendimiento de la cebada oscilaba entre 6 y 11,
mientras que el de la avena iba poco más allá de la
recuperación de la semilla.
Si en el ámbito de las fuentes de energía se manifiesta un
progreso notable con la difusión de los molinos —sobre
todo de los molinos de agua y de diversas aplicaciones de la
energía hidráulica: batanes, molinos para el cáñamo, de
corteza para el curtido, de cerveza, de afilar—, hay que tener
en cuenta que la cronología de la aparición y de la difusión
de esos ingenios se debe establecer con cierta prudencia. En
lo que atañe al batán, por ejemplo, en el siglo XIII
experimenta una regresión en Francia; en Inglaterra no
conoce un auténtico auge hasta finales del siglo XIII, cuando
se ve en ellos el instrumento de una verdadera «revolución
industrial»; en Italia no se extiende con tanta rapidez por
doquier. Florencia, durante los siglos XIII y XIV envía sus
paños a los batanes de Prato para que allí se encarguen de
esa labor. En Alemania, la primera mención de un batán
data del 1223, en Spira, y tal ingenio parece haber sido
excepcional durante el siglo XIII. Los molinos más
importantes para el desarrollo industrial sólo aparecen al
final de nuestro período: el molino para la forja es una
rareza antes del siglo XIII. El que se señala en 1104 en
Cardedeu, Cataluña, no es seguro, aunque la importancia de
las llamadas fargues catalanas, en la segunda mitad del
siglo XII, se encuentre acaso unida a la difusión del empleo
de los saltos de agua para esta aplicación cuya primera
mención segura es de 1197, en el monasterio de Soroé, en
Suecia. Los molinos de papel, de los que existen
testimonios desde 1238 en Játiva, España,LA VIDA MATERIAL
187
no se difunden antes de finales del siglo XIII en Italia
(Fabriano, 1268); el primer molino francés de papel es de
1338 (Troyes) y el primero alemán de 1390 (Nuremberg). La
sierra hidráulica supone todavía una curiosidad cuando Vi-
llard de Honnecourt la dibuja en su álbum hacia el 1240. El
molino de agua se sigue empleando sobre todo para la
molienda del grado. Desde finales del siglo XI, en 1086, el
Domesday Book permite señalar la existencia de 5.624
molinos hidráulicos en Inglaterra.
A pesar de todos los progresos realizados en los siglos XII
y XIII en materia de energía hidráulica y eólica, lo esencial
de la energía en el Occidente medieval procede aún del
hombre y de los animales.
Tampoco aquí se puede poner en duda la aparición de
importantes progresos. El más espectacular y el más rico en
consecuencias de todos ellos es, sin discusión, lo que se ha
denominado, siguiendo al comandante Lefebvre des
Noéttes y a M. Haudricourt, el «tiro (attelage) moderno»,
un conjunto de progresos técnicos que permitieron, hacia el
año mil, aprovechar mejor la tracción animal y aumentar el
rendimiento del trabajo de las bestias de carga. Estas
innovaciones permiten sobre todo el empleo preferente del
caballo como animal de tiro y de labor. El caballo, más
rápido que el buey, es capaz de acelerar y multiplicar los
trabajos, de arar y de arrastrar la grada.
El tiro antiguo, que apoyaba todo el peso sobre el cuello
del animal, le comprimía el pecho y dificultaba la
respiración del animal, con lo que éste se cansaba muy
pronto. La ventaja del tiro moderno consistió esencialmente
en trasladar el esfuerzo de la tracción a los hombros,
completando el collar con la herradura de clavos, que
favorecía el avance del animal y protegía sus pezuñas, y con
el tiro en fila, que le permitía arrastrar cargas pesadas,
ventaja que fue capital para la construcción de grandes
edificios religiosos y civiles.
La primera representación segura que tenemos de un
collar de hombros —elemento decisivo del tiro moderno—
se encuentra en un manuscrito de la biblioteca municipal de
Tréveris, que data aproximadamente del año 800, pero la
nueva técnica no se difunde hasta los siglos XI y XII.
Además hay que tener presente que tanto la talla como
el vigor de los animales de carga medievales eran
claramente inferiores a los de las bestias de carga actuales.
El caballo de labranza es, por lo general, de raza más pe-
queña que el caballo de batalla, el pesado destrero que
debe soportar sobre su lomo, si no un caparazón, al menos
un caballero pesadamente armado cuyo peso puede
desempeñar un papel importante en la carga de la caballe-
ría. Aquí encontramos de nuevo la primacía del elemento
militar y guerrero sobre el económico y productor. El
retroceso del buey ante el caballo no fue general. Es cierto
que las ventajas del caballo sobre el buey eran tales que, ya188
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
en el 1095, Urbano II, al proclamar en Clermont la tregua
de Dios con vistas a la primera cruzada, ponía bajo la
protección divina los caballos de labor y de gradeo: equi
arantes, equi de quibus hercant; si la superioridad del
caballo se reconocía desde el siglo XII entre los eslavos hasta
el punto de que, según la crónica del Helmond, se medía el
terreno por el trabajo que podían llevar a cabo en un día un
par de bueyes o un caballo y que, en Polonia por la misma
época un caballo de labranza tenía el mismo precio que un
par de bueyes, incluso si los agrónomos modernos han
calculado que el buey medieval, teniendo en cuenta la
inferioridad de su rendimiento, resultaba, por un día de
trabajo, un 30 % más caro que un caballo, no obstante
muchos campesinos y señores retrocedían ante dos
inconvenientes del caballo: su elevado precio nominal y las
dificultades para mantenerlo con avena. Walter de Henley,
en su Traite de Housebondrie, escrito en el siglo XIII,
recomienda elegir al buey antes que al caballo, ya que la
alimentación de aquél es menos onerosa y que, además de
su trabajo, proporciona también carne. Si en Inglaterra,
tras un neto progreso del caballo, ocurrido a finales del
siglo XII, particularmente en la zona del este y la
centrooriental, parece detenerse su avance en el siglo XIII,
probablemente a causa de un retorno al trabajo directo y a
las prestaciones en servicios de los campesinos; si bien en
Normandía la labranza mediante caballos parece ser
habitual en el siglo XIII, como lo testimonia en el 1260 en
su registro de visitas el arzobispo de Ruán, Eudes Rigaud,
que hace incautar los caballos que ve ocupados en labrar el
día de la fiesta de san Matías; si bien debía ser así en las
tierras de los señores de Audenarde, dado que únicamente
el caballo aparece en las ilustraciones del Vieil Rentier
hacia el 1275, no sólo el buey sigue siendo el amo del
terreno en el Mediodía y las regiones mediterráneas donde
la avena era difícil de cultivar, sino que también se
encuentran bueyes de labranza en Brie, Borgoña, a
mediados del siglo XIII, en 1274. Para saber lo que
representa el precio de un caballo para un campesino —
incluso en una región privilegiada como el Artois, hacia el
1200— convendría leer la fábula de Juan Bodel, Los dos
caballos, donde se oponen el caballo «bueno para el arado
y la grada» y el «flaco rocín».
No hay que olvidar que, al lado del caballo y del buey, el
Occidente medieval concede al asno, incluso fuera de la
zona mediterránea, una participación nada desdeñable en los
trabajos rurales. Así, encontramos que un documento de
Orleans, que enumera los animales de labor, especifica: «sea
buey, sea caballo, sea asno». Y un texto de la región de Brie,
fechado en 1274, dice que los campesinos dedicados a la
obligación de la labranza, deben «uncir con bueyes,
caballos y asnos». De hecho, la humilde y normal realidad
me-LA VIDA MATERIAL
189
dieval del trabajo de los animales es, como en el Pesebre,
la presencia del buey y el asno. 1
Aún más, la energía humana sigue siendo fundamental.
En el campo, en el artesanado, incluso en la navegación,
donde el uso de la vela no significa más que una pequeña
ayuda al esfuerzo del remo, es decir, del hombre, el trabajo
manual humano continúa siendo la principal fuente de
energía.
Ahora bien, la productividad de esas fuentes humanas
de energía, a las que Carlo Cipolla ha llamado los
«convertidores biológicos», era bastante reducida, puesto
que la clase de los productores, como veremos, coincidía
aproximadamente con la categoría social mal alimentada, si
no subalimentada. Los convertidores biológicos
suministraban, según K.M. Mather y C. Cipolla, por lo
menos el 80% de la energía en la sociedad medieval
preindustrial, pero la disponibilidad de energía que provenía
de ella era débil: 10.000 calorías aproximadamente por día
y por persona (100.000 en una sociedad industrial actual).
No hay por qué extrañarse de que el capital humano fuera
precioso para los señores medievales hasta el punto de que
algunos, en Inglaterra por ejemplo, imponen una tasa
especial a los jóvenes campesinos solteros. La Iglesia, a
pesar de su tradicional exaltación de la virginidad, se en-
carga de recalcar cada vez con mayor fuerza la frase
bíblica de «creced y multiplicaos», eslogan que responde
ante todo a las estructuras técnicas del mundo medieval.
En el mundo de los transportes la remora es la misma.
Tampoco aquí se puede menospreciar la importancia de la
energía humana. Sin duda las prestaciones de transporte,
reminiscencia de la antigua esclavitud, se hacen cada vez
menos numerosas y parecen desaparecer después del siglo
XII. Pero aún en el siglo XI, por ejemplo, los monjes de
Saint-Vanne exigen de sus siervos domiciliados en
Laumesfeld, Lorena, «la obligación de transportar trigo en
una distancia de seis millas sobre sus hombros» o, mejor
aún, sobre su cuello o sobre su nuca, como dice el texto
latino: cum eolio.
Los trabajos de acarreo impuestos como penitencia o
como obra piadosa para la construcción de las catedrales a
las distintas clases de la sociedad no revisten sólo un
aspecto psicológico y espiritual, sino que tienen también un
significado y económico.
El año 1145 se da en Normandía una explosión de esta
forma particular de devoción. Entre los numerosos
testimonios que poseemos de ella es famoso el
1. La tradición pone una mula, y no un asno, junto al buey en el pesebre bíblico; pero hay
que tener en cuenta que la mula no es sino un cruce entre asno y yegua o bien entre caballo y
asna. (N. del t.)190
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
de Roberto de Torigny hablando de la construcción de la
catedral de Chartres: «Este año hubo hombres —sobre todo
en Chartres— que se dedicaron a llevar sobre sus hombros
carretones cargados de piedras, de madera, de comida y de
otros productos para la obra de la iglesia, cuyas torres se
construían entonces... Pero este fenómeno no se producía allí
solamente, sino también en casi toda la Isla de Francia, en
Normandía y en muchos otros lugares...». Así pues, queda
bien claro que el acarreo seguía siendo un medio de
transporte esencial. El mal estado de los caminos, el número
limitado de carretas y de carros, la ausencia de vehículos
cómodos —la carretilla, que apareció sin duda en las obras
de construcción durante el siglo XIII, no se propagó hasta
finales del XIV y parece haber sido de una maniobrabilidad
muy restringida y de difícil manejo— y el elevado precio de
las carretas lo mantenían en primer plano. Acarreo de hom-
bres, que las miniaturas nos muestran inclinados bajo el peso
de las tablas, los capazos, las banastas. Y acarreo también de
animales: al lado de las bestias de tiro, a las que en ocasiones
vemos honradas después de sus penalidades, como los
bueyes de piedra de las torres de la catedral de Laón, las
bestias de carga desempeñaron un papel capital en los
transportes medievales. El mulo y el asno no sólo siguen
siendo irreemplazables para cruzar las montañas en país
mediterráneo, sino que el acarreo va mucho más allá de las
regiones en que las condiciones del relieve parecen
imponerlo. En los contratos estipulados en 1296 en las ferias
de la Champaña entre los mercaderes italianos compradores
de paños y de telas y los transportistas, vemos a éstos
comprometerse a «conducir (las mercancías) con sus bestias
a Nimes en un plazo de 22 días, sin carreta».
El vocabulario de la metrología nos informa asimismo
sobre la importancia del acarreo: por ejemplo, en Francia, la
sommée 2 es para la sal una medida básica.
Los transportes marítimos, a pesar de ciertos avances
técnicos nada despreciables, continúan resultando
insuficientes, ya sea porque esas mejoras no han producido
aún todo su efecto antes del siglo XIV —o más tarde—, ya
sea porque su importancia fuera bastante limitada.
En primer lugar, el tonelaje de las flotas de la
cristiandad occidental es mediocre. Mediocre por
construcción. Incluso con el aumento del tonelaje en los
siglos XII y XIII, sobre todo en el norte, donde los barcos
tienen que transportar productos bastante voluminosos:
granos y madera y donde apa-
2. Sommée es el peso que puede transportar una bestia de carga. (N. del i.)LA VIDA MATERIAL
191
rece la kogge (carabela) o casco hanseático, mientras que en
el Mediterráneo Venecia construye galeras o, mejor, galeas
—galee da mercato— de mayores dimensiones. ¿Se pueden
aventurar cifras? Una capacidad superior a las 200 toneladas
parece excepcional. Mediocre también en su conjunto. El
número de «grandes» navios es muy limitado. Los convoyes
que Venecia —la mayor potencia marítima de la época—
arma a partir del comienzo del siglo XIV, uno o dos por
año, para enviarlos hacia Inglaterra y Flandes, comprenden
dos o tres galeas. El número total de galee da mercato en
servicio en las tres principales rutas de comercio durante los
años veinte del siglo XIV es, aproximadamente, de
veinticinco. En 1328, por ejemplo, ocho de ellas tienen por
destino ultramar, es decir, Chipre y Armenia; cuatro,
Flandes; diez, la romanía, es decir el imperio Bizantino y el
mar Negro. En agosto de 1315, cuando el Gran Consejo,
alarmado por las noticias recibidas, ordena a sus navios del
Mediterráneo formarse en convoy, exceptúa de su orden a
los grandes navios, dado que su lentitud les hace poco aptos
para navegar en formación: éstos son nueve. Por otra parte,
el tamaño de estos navios viene limitado por una
ordenanza, ya que deben ser fácilmente adaptables a las
finalidades militares, para lo cual no han de verse
perjudicados por su tamaño y, como consecuencia, por su
lentitud. Federico C. Lañe ha calculado que, en 1335, los
veintiséis navios de un tonelaje medio de 150 toneladas que
constituían los convoyes venecianos representaban 3.900
toneladas. Si se aplica a esa cifra el coeficiente diez,
aproximadamente valedero para todo el siglo XIV, el con-
junto de la flota veneciana se elevaría poco más o menos a
40.000 toneladas. La introducción del timón de codaste,
que progresa en el curso del siglo XIII y hace más
manejables los navios, no ha revestido probablemente la im-
portancia que se le ha querido conceder. En cuanto al uso
de la brújula cuya consecuencia es la confección de mapas
más exactos y que permite la navegación durante el
invierno, no comienza hasta después del año 1280. En fin,
la Edad Media ignora el cuadrante y el astrolabio náutico,
instrumentos del Renacimiento.
Por último, insuficiencia en la extracción minera: la falta
de eficacia del instrumental de perforación y de lavado y la
incapacidad técnica de evacuar el agua limitan la extracción
a los yacimientos a cielo abierto o poco profundos: hierro (a
pesar de los progresos a partir del siglo XII), cobre y plomo
(respecto a los cuales estamos bien informados gracias a un
código minero de comienzos del siglo XIII referente a la
región de Massa Marittima en Italia),192
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
carbón mineral (quizá conocido en Inglaterra desde el siglo
IX, mencionado en el Forez en 1095 pero que no comienza
a explotarse realmente hasta el siglo XIII), sal (pozos
salados, minas como las de Halle o de Wielicka y Bochnia en
Polonia, cuya explotación no parece remontarse más allá del
siglo XIII), estaño (producido sobre todo en Cornualles y
sobre cuya extracción nada se sabe), minas de oro y de
plata, que se muestran muy pronto incapaces de abastecer
la demanda de una economía basada cada vez más en la
moneda y cuya insuficiencia (a pesar de la intensificación
de la explotación, en Europa central principalmente, en
Kutna Hora, Bohemia, por ejemplo) determina el hambre
monetaria que se padece a finales de la Edad Media y que
sólo terminará con el aflujo de metales americanos en el
siglo XVI, todos esos minerales se producen en una
cantidad insuficiente y, en la mayoría de los casos, se tratan
con un equipo y con técnicas rudimentarios. Los hornos
con fuelle —accionados mediante la energía hidráulica—
aparecen a finales del siglo XIII en Estiria y después, hacia el
1340, en la región de Lieja. Los altos hornos de finales de la
Edad Media no alcanzan a revolucionar inmediatamente la
metalurgia. Sabido es que será preciso esperar hasta el siglo
XVII y, para la difusión, el XVIII, para que afloren progresos
decisivos: la aplicación de la hulla al trabajo del hierro y el
empleo del vapor para el bombeo del subsuelo.
Los progresos técnicos más significativos en el ámbito
«industrial» conciernen en definitiva a sectores particulares,
o no fundamentales, y su difusión se remonta aun a finales
de la Edad Media. El más espectacular de todos ellos es sin
duda la invención de la pólvora y de las armas de fuego. Pero
su eficacia militar se afirma lentamente. Durante el siglo XIV
o hasta después, los primeros cañones siembran el terror en el
adversario más por el ruido que por su carácter destructor.
Su gran importancia estribará en el hecho de que el
desarrollo de la artillería suscita, a partir del siglo XV, un
gran progreso en la metalurgia.
La pintura al óleo, por su parte, conocida desde el siglo
XII, pero que no hace progresos decisivos si no es a finales
del siglo XIV y a comienzos del XV y cuyo empleo no se
afianza, siguiendo la tradición, hasta la llegada de los
hermanos Van Eyck y Antonello da Messina, en definitiva,
revoluciona menos la pintura que el descubrimiento de la
perspectiva.
El vidrio, conocido en la Antigüedad, no reaparece como
industria hasta el siglo XIII, sobre todo en Venecia, y no
adquiere la forma de una producción industrial en Italia
hasta el siglo XVI, lo mismo que el papel, que no triunfa
hasta la aparición de la imprenta. El vidrio, en la Edad
Media, no se emplea, en realidad, más que en la vidriería y
el tratado de Teófilo, escrito a comienzos del siglo XII, pone
de manifiesto el auge que está en camino de adquirir en la
cristiandad.LA VIDA MATERIAL
193
Por lo demás, el tratado de Teófilo, De diversis artibus,
«el primer tratado técnico de la Edad Media», pone bien de
manifiesto los límites de la técnica medieval.
Ante todo es esencialmente una técnica al servicio de
Dios. Los procedimientos descritos por Teófilo son los que
están en uso en los talleres monásticos, ordenados sobre
todo para construir y ornamentar la iglesia. El primer libro
está consagrado a la preparación de los colores, es decir, a
la iluminación y, de forma accesoria, al fresco; el segundo, a
la vidriería, el tercero, a la metalurgia, sobre todo a la
orfebrería.
Después es una técnica de productos de lujo,
exactamente como en la industria textil, donde lo esencial
de los vestidos se hace en casa y los talleres no son más que
fábricas de tejidos de lujo.
En fin, es una técnica de artistas-artesanos, que aplican
recetas a una producción de piezas individuales al amparo
de un instrumental rudimentario. Los técnicos y los
inventores de la Edad Media son, en efecto, artesanos. No
escapan tampoco a la regla aquellos en quienes se ha querido
ver una élite intelectual dueña de técnicas sutiles: los
mercaderes italianos o hanseáticos, a propósito de los cuales
se ha hablado por ejemplo de una «supremacía intelectual».
Sin embargo, hay que tener en cuenta que, durante largo
tiempo, el principal trabajo del mercader consiste en
desplazarse, lo cual no requiere una calificación especial.
El mercader no es más que uno de esos errantes de los
caminos medievales. En Inglaterra se le llama el piepowder,
el «pie polvoriento», cubierto por el polvo de los caminos.
Aparece en la literatura, por ejemplo en la fábula de Juan
Bodel Le souhait fou («El deseo loco»), de finales del siglo
XII, como un hombre que pasa meses fuera de su casa «para
buscar su mercancía» y que regresa a ella gai et joyeux,
contento y feliz, después de haber permanecido largo tiempo
fuera de su país, fors de païs. A veces este itinerante, si es lo
suficientemente rico, se las arregla para tratar la mayoría de
sus negocios en las ferias de Champaña, pero si en sus
negocios interviene un «intelectual» —aunque sólo en la
cristiandad meridional— es el notario quien redacta para él
los contratos, en general muy sencillos y cuyo principal
mérito consiste en servir de testimonio, a imitación de las
actas feudales. Ni siquiera la Iglesia, que constriñe al
mercader a servirse de una cierta complicación y de una
cierta sutilidad al condenar bajo el nombre de usura todas las
operaciones de crédito, consigue hacer progresar su técnica
de manera decisiva. Por otro lado, esos dos instrumentos
que señalan un progreso seguro en la práctica comercial, si
bien con una técnica restringida, la letra de cambio y la
contabilidad por partida doble, no se extienden hasta el siglo
XIV. Las técnicas comerciales y financieras de la Edad
Media figuran entre las más rudi-194
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
mentarías. La más importante, el cambio, se limita a un
intercambio de piezas: el cambio «manual».
Sólo un técnico se eleva quizás a un grado superior: el
arquitecto. Sin duda su dominio es el único que presenta en
la Edad Media un innegable aspecto industrial. A decir
verdad, el arte de construir no pasó a ser una ciencia ni el
arquitecto a ser considerado un sabio en toda la cristiandad
hasta la época del gótico. Este arquitecto, que por lo demás
se hace llamar «maestro», que trata incluso de hacerse
llamar maestro en piedras (magister lapidum) lo mismo que
otros son maestros en artes o en decretos (doctores en
derecho), que hace cálculos según unas reglas, se opone al
arquitecto-artesano, que aplica recetas, y al albañil. La
yuxtaposición, y a veces la oposición, de los dos tipos de
constructores se mantendrá, como ya se sabe, hasta finales
de la Edad Media, y precisamente en la construcción de la
catedral de Milán, en el paso del siglo XIV al XV, se plantea
el debate revelador que oponía al arquitecto francés para
quien no había técnica sin ciencia: Ars sine scientia nihil
est, a los albañiles lombardos para quienes la ciencia no era
más que técnica: Scientia sine arte nihil est.
¿Habrá que recordar, por lo demás, que si los artesanos
medievales dieron pruebas de habilidad, de audacia (ahí
están las catedrales para probarlo y no solamente ellas —
Joinville queda maravillado ante la lonja de Saumur,
«construida a la manera de los claustros de los monjes
blancos»—) y de genio artístico, las producciones de la
Edad Media fueron, en contra de lo que se ha creído con
excesiva frecuencia, técnicamente de mala calidad? La Edad
Media se vio obligada a reparar, reemplazar y reconstruir
constantemente. Había que refundir sin descanso las
campanas de las iglesias. El derrumbamiento de edificios,
y sobre todo de iglesias, era frecuente. El hundimiento del
coro de Beauvais en el 1284 es simbólico por partida doble.
Pone de manifiesto, todavía en mayor grado que el
estancamiento de la pujanza gótica, el destino común de
tantas construcciones medievales. Los informes sobre las
reparaciones que había que efectuar en las iglesias, sobre
todo en las catedrales, se convirtieron incluso en uno de los
principales recursos económicos para los arquitectos de
finales del siglo XIII, y la mayoría de las obras maestras que
se conservan de la arquitectura medieval deben el hecho de
estar aún de pie a las reparaciones y restauraciones que se
realizaron en los siglos posteriores.
Sin embargo la Edad Media, que inventó poco, que
incluso enriqueció muy poco la flora alimentaria —el
centeno, principal adquisición de la Edad Media, que ha
desaparecido prácticamente de Europa, no fue, de hecho más
que un enriquecimiento transitorio de la agricultura—, marca
una etapa en la conquistaLA VIDA MATERIAL
195
de la naturaleza por las técnicas humanas. Es cierto que
incluso su más importante conquista, el molino —o, mejor, lo
cual es aún más esencial, su difusión—, está unida a los
caprichos de la naturaleza: calmas en los vientos, estiaje de los
caudales de agua en el Mediodía, detención de los mismos en el
norte a causa de los hielos. Pero como muy bien ha señalado
Marc Bloch: «Molinos movidos por el agua o por el viento,
molinos harineros, de curtidos, batanes, sierras hidráulicas,
martinetes de forja, collares de caballería, herraduras de
bestias de carga, tiro en tándem, incluso el torno: ¿a qué se
deben todos estos progresos que conducen uniformemente a
una utilización más eficaz de las fuerzas naturales, inanimadas
o no, y, por lo tanto, a ahorrar el trabajo humano o, lo que
viene a ser casi lo mismo, a asegurarle un mejor rendimiento?
Quizá a que había menos hombres; pero, sin duda alguna, a
que el amo poseía menos esclavos».
Algunos en la Edad Media adquirieron conciencia de esta
vinculación entre el progreso humano y el técnico a pesar de
que aquélla no incluyese el progreso técnico entre sus
valores. Unos para deplorarlo, como es el caso, a comienzos
del siglo XIII, de Guiot de Provins, quien se lamenta de que,
en su tiempo, incluso en el dominio militar, los «artistas»
deben ceder el paso a los «técnicos», los «caballeros» a los
«ballesteros, a los mineros, a los empleados de las canteras y
a los ingenieros». Otros, por el contrario, para alegrarse de
ello. Tal es el caso de aquel monje de Claraval que, en el
siglo XIII, canta un verdadero himno al maquinismo
liberador:
«Un brazo del Aube, que atraviesa los muchos talleres de
la Abadía, suscita bendiciones por todas partes a causa de los
servicios que presta. El Aube sube allí para realizar un gran
trabajo; y si no acude todo entero, al menos no permanece
ocioso. Un lecho, cuyas curvas cortan en dos el centro del
valle, ha sido abierto no por la naturaleza sino por la industria
de los monjes. Por este conducto, el Aube transmite la mitad
de sí mismo a la abadía, como para saludar a los religiosos y
pedir perdón por no haber venido al completo, puesto que no
ha podido hallar un canal lo suficientemente amplio para
contenerlo
»Cuando a veces el río desbordado lanza fuera de sus
límites ordinarios un agua demasiado abundante, se ve
rechazado por un muro que se le opone y bajo el cual se ve
obligado a correr; entonces vuelve sobre sí mismo y la onda
que seguía su antiguo curso acoge con sus besos la onda que
vuelve a su cauce. De todas formas, admitido en la abadía
tanto como el muro que hace funciones de portero se lo
permite, el río se lanza primeramente con impetuosidad
sobre el molino, donde se mantiene muy ocupado y se da
mucho movimiento, tanto para triturar el grano bajo el peso
de sus muelas como para agitar los cedazos que separan la
harina del salvado.196
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
»Helo aquí ya en el edificio vecino. Llena la caldera y se
abandona al fuego, que lo cuece a fin de preparar con él una
bebida para los monjes, si por casualidad la viña ha dado a
la industria del viñador la mala respuesta de la esterilidad y
si, al faltar la sangre de los racimos, ha sido preciso suplirla
por la hija de la espiga [la cerveza]. Pero el río no se da aún
por cumplido. Los batanes, situados cerca del molino,
llaman a sus aguas. En el molino se ha ocupado de
preparar el alimento de los hermanos. Es razonable que
ahora se le exija pensar en su vestido. El no opone
resistencia ni se niega a nada de cuanto se le pida. Eleva o
baja alternativamente esos pesados pilones, esos mazos, si
lo preferís, o, por mejor decir, esos pies de madera (pues ese
nombre expresa más exactamente el trabajo saltarín de los
batanes), para ahorrar a los bataneros una gran fatiga. ¡Dios
mío! ¡Cuántos consuelos dais a vuestros pobres servidores
para impedir que una tristeza demasiado grande los
abrume! ¡Hasta qué punto aligeráis las penas de vuestros
hijos que hacen penitencia para evitarles la sobrecarga del
trabajo! ¡Cuántos caballos quedarían extenuados, cuántos
hombres quedarían con los brazos rendidos en los trabajos
que hace por nosotros, sin ningún esfuerzo por nuestra
parte, ese río tan gracioso, al que debemos tanto nuestro
vestido como nuestro alimento! Combina sus esfuerzos con
los nuestros y, después de haber soportado el penoso calor
del día, no espera de su trabajo más que una recompensa:
el permiso para irse libremente después de haber cumplido
con esmero todo lo que se le ha pedido. Después de haber
hecho girar en un movimiento acelerado tantas ruedas y tan
rápidas, sale lanzando espuma; diríase que se ha molido a sí
mismo y que se ha hecho más blando.
»A1 salir de allí entra al taller de curtidos donde, para
preparar las materias necesarias al calzado de los hermanos,
muestra tanta actividad como cuidado; se reparte en una
cantidad innumerable de pequeños brazos y va en su carrera
trabajadora a visitar los diferentes servicios, buscando
diligentemente por doquier a quienes tienen necesidad de su
ministerio para lo que sea, ya se trate de cocer, de tamizar, de
hacer girar, triturar, regar, lavar o moler, ofreciendo su
ayuda, no negándola jamás...»
La economía del Occidente medieval tiene por objeto la
subsistencia de los hombres. No va más allá. Si alguna vez
aparenta sobrepasar los límites de esa estricta necesidad se
debe, sin duda, a que la subsistencia es una noción so-
cioeconómica y no puramente material. El concepto de
subsistencia varía según las diversas capas sociales. La masa
se satisface con una subsistencia en elLA VIDA MATERIAL
197
sentido estricto de la palabra, es decir, con lo necesario para
vivir físicamente: alimentación en primer lugar, vestido y
alojamiento después. La economía medieval es pues
esencialmente agraria, basada en la tierra que proporciona
lo necesario. Esta exigencia es hasta tal punto la base de la
economía medieval que, cuando se asienta en la alta Edad
Media, se esfuerza por establecer cada familia campesina —
unidad socioeconómica— en una porción-tipo de tierra,
aquella que permite la vida de una familia: el manse, térra
unius familiae, como dice Beda el Venerable.
Para las clases sociales superiores, la subsistencia lleva
consigo la satisfacción de necesidades mayores y debe
permitirles mantener su rango, no perder categoría. Una
pequeña parte de su subsistencia la proporcionan las
importaciones extranjeras y el resto el trabajo de la masa.
Ese trabajo no tiene por objeto el progreso económico,
ni individual ni colectivo. Al margen de intereses religiosos
y morales —evitar la ociosidad que es la puerta abierta al
diablo, hacer penitencia trabajando, humillar el cuerpo—,
comporta asimismo ciertos fines económicos: garantizar su
subsistencia y la de aquellos pobres incapaces de procurarse
la suya. Santo Tomás de Aquino lo expresa en su Summa
teológica: «El trabajo tiene cuatro fines. Primero, y ante
todo, debe proporcionar el vivir; segundo, debe hacer desa-
parecer la ociosidad fuente de numerosos males; tercero,
debe refrenar la concupiscencia mortificando el cuerpo y
cuarto, permite hacer limosnas...».
El fin económico del Occidente medieval consiste en
satisfacer la necessitas. Esta necesidad legitima la actividad
y permite incluso la derogación de ciertas normas religiosas.
El trabajo dominical, prohibido por regla general, estará
permitido en caso de necessitas; el sacerdote, al cual le
están prohibidos numerosos oficios, podrá a veces quedar
autorizado a trabajar para asegurar su subsistencia; los
ladrones por necesidad llegarán a ser incluso «excusados»
por ciertos canonistas. Raimundo de Peñafort escribe en su
Summa, hacia el primer tercio del siglo XIII: «Si alguien
roba alimentos, bebidas o vestidos a causa del hambre, de la
sed o del frío, ¿comete realmente un robo? No comete ni
un robo, ni un pecado si la única causa de su acto es su
necesidad». Pero intentar procurarse más de lo necesario
es pecado, es la forma económica (una de las más graves)
de la superbia, del orgullo.
Todo cálculo económico que vaya más allá de la previsión
de lo necesario queda severamente condenado. No cabe
duda de que los señores territoriales, particularmente los de
carácter eclesiástico, en especial los abades, que disponen
de un personal mejor equipado desde el punto de vista
intelectual, han tratado de estudiar, de prevenir, de mejorar
la productividad de sus tierras. Desde la época carolingia,
una serie de capitulares, polípticos e inventa-198
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
ríos imperiales o eclesiásticos —uno de los más célebres es
el políptico que hizo redactar a comienzos del siglo IX el
abad de Saint-Germain-des-Prés, Irminón— ponen de
manifiesto ese interés económico. A partir de finales del
siglo XII, cuando la obra escrita por Suger sobre la gestión
de su abadía de Saint-Denis a mediados de siglo traicionaba
el carácter siempre empírico de su administración, los
especialistas se hacen cargo de la administración de los gran-
des señoríos, sobre todo los eclesiásticos, tales como las
granjas de las más importantes abadías inglesas, donde el
reeve, el villano o villicus encargado de la dirección de la
explotación, debía presentar sus cuentas a los escribanos que
venían a anotarlas el día de san Miguel, antes de someterlas
a la verificación de los auditores. Sin embargo, se trata más
bien, frente a una crisis que se vislumbra, de continuar
produciendo lo necesario, administrando y calculando mejor
y de hacer frente también al progreso de la economía
monetaria. La desconfianza hacia el cálculo continuará
reinando aún durante mucho tiempo y habrá que esperar al
siglo XIV, como sabemos, para que se observe una
verdadera atención hacia el aspecto cuantitativo de las
cuentas —por ejemplo, en las estadísticas todavía groseras
de Giovanni Villani en relación con la economía florentina
—, atención también nacida, en definitiva, más bien de la
crisis económica que amenaza a las ciudades y obliga a
contar, que de un deseo de crecimiento económico calculado.
En pleno siglo XIII, la célebre colección italiana de novelas
el Novellino constituye un testimonio de este estado de
espíritu hostil al censo, a la cifra. «David rey, siendo rey por
la gracia de Dios, que de pastor de ganados le había
convertido en señor, sintió un día la preocupación de saber,
a fin de cuentas, cuál era el número de sus subditos. Esto
fue un acto de presunción que desagradó mucho a Dios, el
cual envió su ángel, haciéndole decir estas palabras: "David,
has pecado. He aquí lo que envía a decirte tu señor:
¿prefieres permanecer tres años en el infierno, tres meses en
manos de tus enemigos o someterte a juicio en manos de tu
Señor?" David respondió: "Prefiero ponerme en manos de
mi Señor. Que haga de mí lo que le plazca". ¿Qué hizo
Dios? Lo castigó por su pecado. Por haberse enorgullecido
de poseer un gran número... un día ocurrió que, mientras
cabalgaba, David vio al ángel de Dios con una espada
desnuda en la mano entregado a la matanza... David
descabalgó inmediatamente y dijo: " ¡Señor, perdón por
Dios! No matéis a los inocentes, sino matadme más bien a
mí que soy el culpable!" Entonces, por la bondad de estas
palabras, Dios perdonó al pueblo y detuvo la matanza.»
Cuando se produjo un crecimiento económico en el
Occidente medieval —como sucedió del siglo XI al XIII—
este crecimiento fue la consecuencia de un crecimiento
demográfico. Se trataba de hacer frente a un número mayorLA VIDA MATERIAL
199
de gente que había que alimentar, vestir y albergar. Las
roturaciones y la extensión de los cultivos fueron los
primeros remedios que se buscaron a este excedente de
población. El incremento de la productividad por procedi-
mientos intensivos (barbecho trienal, abonado, mejoras en
el instrumental) no fue, en lo que respecta a la intención,
más que un aspecto secundario.
Era normal que esta indiferencia, incluso esta hostilidad
hacia el crecimiento económico se reflejaran en el sector de
la economía monetaria y opusieran fuertes resistencias al
desarrollo de un espíritu de lucro de tipo preca-pitalista.
La Edad Media, lo mismo que la Antigüedad, se sirvió
durante largo tiempo del préstamo de consumo como
principal, si no como única forma de préstamo, mientras
que el préstamo de producción era casi desconocido. El
interés impuesto sobre el préstamo de consumo estaba
prohibido entre cristianos y se consideraba pura y
simplemente como una usura, rechazada por la Iglesia. Tres
textos bíblicos (Éxodo, 22,25; Levítico, 25,35-37 y Deutero-
nomio, 23,19-20) condenan el préstamo con interés entre
judíos, como reacción contra las influencias de Asiría y de
Babilonia, donde el préstamo de cereales estaba muy
extendido. Esas prescripciones, aunque poco respetadas por
los antiguos judíos, fueron adoptadas por la Iglesia
apoyándose en las palabras de Cristo: «Prestad sin esperar
nada a cambio y vuestra recompensa será grande» (Lucas,
6,34-35). De este modo se dejaron de lado todos los pasajes
donde Cristo, que no indica en esta frase más que un ideal
propuesto a los más perfectos de sus seguidores, había
hecho alusión, sin condenarlas, a prácticas financieras
condenadas por la Iglesia medieval como usureras. La
actitud de Cristo ante Mateo, recaudador de impuestos o
banquero y, en cualquier caso, hombre de dinero,
corroboraba este aspecto indulgente del cristianismo hacia
las finanzas. Pero la Edad Media ignoró esto o guardo si-
lencio al respecto. Por el contrario, la cristiandad medieval,
tras haber condenado el préstamo de consumo entre
cristianos —otra prueba de su carácter de grupo cerrado—
y haber pasado a los judíos el papel de usureros, lo que no
impidió a las grandes abadías de la alta Edad Media
desempeñar en cierto modo el papel de «entidades de
crédito», se opuso también durante largo tiempo al
préstamo de producción y, más en general, condenó como
usura cualquier forma de crédito —estímulo, si no
condición indispensable del crecimiento económico—. Los
escolásticos, como santo Tomás de Aquino, poco
comprensivo, en contra de lo que se ha creído, respecto de
los medios mercantiles e imbuido de ideas económicas de
la pequeña nobleza terrateniente de donde procedía,
invocaron en su auxilio a Aristóteles. Resucitaron su
distinción entre la economía de tipo familiar autárquica y la
economía de200
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
tipo comercial crematística, o más bien entre crematística
natural que tiene por objeto la simple utilización de los
bienes —la subsistencia— y, en consecuencia, digna de
alabanza, y crematística monetaria, práctica contra natura-
leza y, por lo tanto, condenada. Esos escolásticos tomaron
también de Aristóteles la afirmación de que el dinero no
nace de forma natural y, por lo tanto, no debe dar a luz otro
dinero: Nummus non parit nummos. Cualquier operación de
crédito que llevara aneja la percepción de unos intereses
chocó durante mucho tiempo contra ese dogma.
De hecho, todas las categorías sociales medievales
estaban sometidas a fuertes presiones económicas y
psicológicas que tenían como resultado, si no como
finalidad, el oponerse a cualquier acumulación capaz de
originar un avance económico. La masa campesina estaba
reducida al mínimo vital a causa de las deducciones
efectuadas sobre el producto de su trabajo por los señores,
bajo la forma de la renta feudal, y por la Iglesia bajo la
forma de diezmos y de limosnas. La misma Iglesia
empleaba de forma dispendiosa una parte de sus riquezas en
sostener el lujo de una minoría de sus miembros —alto clero
de los obispos, abades y canónigos—, esterilizaba otra para
gloria de Dios en la construcción y ornamentación de las
iglesias y en la pompa litúrgica y destinaba el resto a la
subsistencia de los pobres. En cuanto a la aristocracia laica,
se veía siempre invitada a dilapidar sus excedentes en
donaciones y limosnas y en manifestaciones de
munificencia en nombre del ideal cristiano de la caridad y
del ideal caballeresco de la largueza cuya importancia
económica fue considerable. La dignidad y el honor de los
señores consistían en gastar sin medida: el consumo y el
despilfarro propios de las sociedades primitivas absorbían
casi la totalidad de sus ingresos. No le faltaba razón a Juan
de Meung en el Román de la rose al unir y condenar
conjuntamente «largueza» y «pobreza»: ambas, solidarias
entre sí, paralizan la economía medieval. Cuando alguna vez
se producía una acumulación, eso era atesoramiento.
Atesoramiento que esterilizaba los objetos preciosos y, al
margen de la función de prestigio, no tenía más que una
función económica no creadora. Vajillas preciosas, tesoros
monetarios fundidos o puestos en circulación con motivo de
una catástrofe o en caso de crisis, satisfacían, en los
momentos críticos, la sola subsistencia y no alimentaban
una actividad productiva regular y continua.
La precariedad de las técnicas de producción consolidada
por los hábitos mentales condenaba a la economía medieval
al estancamiento, a la sola satis-LA VIDA MATERIAL
201
facción de la subsistencia y a gastos de prestigio de la
minoría. Los obstáculos al crecimiento económico
procedían sobre todo del régimen feudal mismo del que
dependía, por lo demás, el bajo nivel tecnológico. El sistema
feudal se basa en la apropiación por parte de la clase
señorial —eclesiástica y laica— de todo el excedente de la
producción rural garantizado por la masa campesina. Esta
explotación se hace en condiciones que privan a los campe-
sinos de los medios de contribuir al progreso económico sin
que los mismos beneficiarios del sistema tengan
posibilidades mucho mayores de invertir de forma
productiva, por más que el régimen de la señoría «banal», a
partir del siglo XI, haya sido menos contrario al crecimiento
que el del dominio señorial anterior.
No cabe duda de que la renta feudal, es decir, el
conjunto de rentas que la clase señorial extrae del trabajo de
los campesinos, no tiene siempre la misma composición ni el
mismo valor. Según las épocas, la relación varía entre las
dos partes del señorío rural: el dominio o reserva,
directamente explotado por el señor —gracias a las
prestaciones gratuitas de una parte de los campesinos— y las
tenencias o feudos, concedidos a los villanos contra la
prestación de servicios y el pago de contribuciones.
Asimismo, la proporción varía entre las prestaciones en
forma de trabajo y las rentas, y entre las rentas en especie y
las pagadas en dinero. Las posibilidades de disponer de
excedentes naturales o monetarios varían también
considerablemente según las categorías sociales. Si la
mayoría de los señores eran «ricos», es decir, tenían lo
suficiente para su subsistencia y lo superfluo necesario para
mantener su rango, había también «caballeros pobres»
como aquel de quien nos habla Joinville, que incluso
parece incapaz de hacer frente a sus necesidades y a las de
su familia: «Entonces llegó un pobre caballero en una
barca con su mujer y los cuatro hijos que tenía. Les hice
comer en mi morada. Terminada la comida, llamé a los
gentileshombres que estaban presentes y les dije: "Hagamos
una gran caridad y descarguemos a este pobre hombre de
sus hijos; que cada uno tome el suyo y yo mismo tomaré
uno".». A la inversa, si la gran mayoría de los campesinos se
mantenía difícilmente en torno al mínimo vital, algunos
alcanzaban una mayor comodidad.
Esas variaciones en la forma de la explotación señorial
no lo fueron en sentido único. No hay duda de que los
servicios —los servicios gratuitos— tienden a retroceder e
incluso a desaparecer durante los siglos XII y XIII, pero no
ocurre así en todas partes y se sabe que al este del Elba, en
Prusia, en Polonia y más allá, en Rusia, se establece a
finales de la Edad Media una «segunda servidumbre», que
durará hasta el siglo XIX. Tampoco hay duda de que los
pagos en moneda se hacen cada vez más importantes durante
los mis-202
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
mos siglos XII y XIII, con respecto a los pagos en especie,
hasta el punto de alcanzar en 1279 el 76% de la renta feudal,
por ejemplo, en Buckinghamshire, pero Georges Duby ha
demostrado que en Cluny, por el contrario, sobre todo
después de 1150, la proporción de los productos de la tierra
aumenta en las rentas de los señoríos dependientes de la
abadía.
Pero en todas las regiones y en todas las épocas, al
menos hasta el siglo XIV, la clase señorial consume en
gastos improductivos las rentas que le asegura la masa
campesina, reducida de este modo a la satisfacción de sus
necesidades esenciales.
Ciertamente, resulta muy difícil señalar un presupuesto
tipo para el señor o para el campesino. Los documentos son
escasos e insuficientes, los niveles de fortuna varían
considerablemente, los métodos de apreciación numérica de
los diferentes elementos de ese presupuesto son difíciles de
determinar. Sin embargo, se ha podido establecer con
bastante verosimilitud el presupuesto de algunas grandes
señorías inglesas a finales del siglo XIII y a comienzos del
XIV. La balanza entre los gastos —subsistencia,
equipamiento militar, construcciones, gastos de lujo— y los
ingresos deja apenas, para los más ricos de entre ellos, unas
posibilidades de inversión que oscilarían entre el 3 y el 6%
de los ingresos. Por lo que respecta a esos ingresos, están casi
exclusivamente formados por la renta feudal, es decir, la
retención sobre el trabajo y la producción de los campesinos.
Tan sólo a finales del siglo XIII y durante el XIV la crisis de
la renta feudal lleva, como hemos visto, a los señores que
pueden, a buscar recursos no ya en la reorganización de la
explotación señorial, sino en el establecimiento de feudos
pagados en moneda: feudos de bolsa o feudos-renta, en
beneficios militares —rescates—, y más raramente, en una
comercialización más completa de los excedentes agrícolas o
en la compra de rentas.
En definitiva, cuando los señores parecen favorecer el
progreso económico, lo hacen, en cierto modo, a pesar de
ellos porque, manteniéndose en la lógica del sistema feudal,
lo hacen no con vistas a un beneficio económico, sino a una
retención fiscal, a un derecho feudal. Cuando construyen un
molino, una prensa, un horno común, lo hacen con el fin de
obligar a los campesinos de sus tierras a utilizarlo pagando o
a obtener la exención de esa obligación mediante el pago de
una tasa. Cuando fomentan la construcción de un camino o
de un puente, el establecimiento de un mercado o de una
feria, lo hacen asimismo con el fin de obtener la percepción
de derechos: alquiler de puestos, peajes, etc.
Por el contrario, la masa campesina se ve desposeída de
sus excedentes y a veces de una parte de lo necesario por las
deducciones de la renta feudal. No sólo ha de entregar al
señor una parte notable del fruto de su trabajo bajo laLA VIDA MATERIAL
203
forma de rentas en especie o en dinero, sino que, además,
su capacidad de producción queda reducida por las
exacciones del señor, que impone prestaciones de trabajo
obligatorio o derechos de exención de los servicios, se re-
serva en general las mejores tierras y la mayor parte del
muladar y se asegura incluso la pequeña parte del
presupuesto campesino consagrado al ocio, es decir, a la
visita a la taberna de la aldea que, lo mismo que el molino, la
prensa o el horno, es una taberna «banal». 3 Michel Postan ha
calculado que, en la Inglaterra de la segunda mitad del siglo
XIII, la renta feudal retenía el 50%, o quizá algo más, de los
ingresos de los campesinos y que, en lo que atañe a las
clases no libres, dicho porcentaje dejaba a cada campesino
a duras penas lo necesario para atender a las necesidades de
su subsistencia y la de su familia.
Cuando un campesino consigue aumentar su tierra no lo
hace, en general, para aumentar directamente sus recursos,
sino con el fin de poder producir lo suficiente para
alimentarse y pagar la renta feudal, para disminuir la
necesidad en que se encuentra de vender a cualquier precio
una parte de su recolección para pagar la renta al señor y
limitar al mismo tiempo su dependencia del mercado.
Incluso si, como veremos, existen categorías sociales
más acomodadas entre el campesinado, no se ha de creer
por ello que una parte de la clase rural —los llamados
alodieros, poseedores de una tierra libre, de un «alodio»,
sobre los cuales no pesan ni servicios ni derechos— escapa
al sistema económico feudal. Es cierto que esos alodieros,
poseedores de una pequeña tierra —los alodios son
generalmente de pequeña extensión—, han sido en la Edad
Media más numerosos de lo que se ha dicho con frecuencia.
En primer lugar, el número de alodios que escaparon al
proceso de feudalización es más numeroso de lo que se
creía. En segundo lugar, el alodio campesino —salvo en
Inglaterra donde los freeholders eran, por otra parte,
bastante parecidos a los alodieros— se reconstituyó
parcialmente durante los siglos XI y XII de diversas
maneras: por los contratos de «plantío» que ligaban a un
campesino y a un señor para el establecimiento de un
viñedo poseído libremente; por la ocupación subrepticia, al
amparo de la incuria de ciertos señores y de sus ad-
ministradores, de un pedazo de tierra que se llegaba a
considerar un alodio después de varios años de libre
posesión; o incluso por la habilidad de algunos campesinos
para aprovechar algunos baldíos libres al margen de las ro-
turaciones señoriales. En fin, si incluso por lo que respecta a
Francia es falso el adagio «no hay tierra sin señor»,
inventado por juristas más cercanos a las teorías que a las
realidades, aún lo es más para regiones como Italia, donde la
3. Véase el alcance de esta palabra en la página 67. (N del t.)204
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
continuidad urbana conservó en las proximidades
inmediatas de las ciudades «oasis de independencia», según
el término empleado por Gino Luzzatto, o como España,
donde las condiciones especiales de la Reconquista
mantuvieron a cierta proporción de los ocupantes de las
tierras reconquistadas fuera de la dependencia señorial, o
como ciertas zonas de Polonia o de Hungría, donde la
desorganización originada por la invasión tártara de 1240-
1243 permitió a ciertos campesinos emanciparse.
Pero la independencia de esos alodieros no debe
hacernos caer en la ilusión. Desde el punto de vista
económico, sufrían también la dominación del señor, ya que
sobre su persona recaían exacciones, ya fuesen directas, ya
indirectas, al amparo de los derechos de justicia y de ban
que poseía el señor de la comarca, y esos derechos se tenían
que abonar por deducción sobre el producto de su tierra. Su
mayor dependencia respecto del señor procede del hecho de
que éste domina el mercado local y, en mayor medida, el
conjunto de la economía de la región.
De este modo ni siquiera los alodieros escapan a la
explotación
económica
de
la
clase
señorial.
Económicamente, apenas se distinguen de la masa
campesina, de la que la gran mayoría está expuesta, a causa
de la retención de la renta feudal, a la pobreza e incluso a la
indigencia, es decir, a la carencia de los productos de primera
necesidad, en una palabra, al hambre.
*
*
*
El resultado de este mal equipamiento técnico unido a
una estructura social que paraliza el crecimiento económico
es que el Occidente medieval es un mundo que vive «al
límite», constantemente amenazado por el peligro de no
poder atender a su subsistencia, un mundo en equilibrio
inestable.
El Occidente medieval es ante todo el universo del
hambre. El miedo del hambre y, con demasiada frecuencia el
hambre misma, le atenazan. En el folclore campesino, los
mitos de la comilona gozan de una seducción particular: los
sueños del país de Jauja, que inspirará también a Breughel,
después de haber pasado a ser, desde el siglo XIII, un
importante tema literario, lo mismo en la fábula francesa
Cocaigne que en el poema inglés The Land of Cockaygne.
Los milagros de fondo alimentario en la Biblia, desde el
maná en el desierto hasta la multiplicación de los panes,
acosan a la imaginación que los halla en la leyenda de casi
cada santo, como se puede leer casi en cada pagina de la Le-
yenda áurea (de Jacobo de Vorágine).
Cuando, en el Minnesang, la inspiración cortesana cedió
su lugar, en la segunda mitad del siglo XIII, a una vena
realista, campesina, los temas culina-LA VIDA MATERIAL
205
rios se multiplican y aparece un género de «poemas de
comilona», el Fresslieder.
Esta obsesión por el hambre se halla, por contraste,
entre los ricos. El lujo alimentario, la ostentación de la
comida expresa —a ese nivel fundamental— un
comportamiento de clase. Por lo demás, los predicadores no
se equivocaban al señalar la glotonería, o como se decía
preferentemente en la Edad Media, la gula, como uno de los
pecados típicos de la clase señorial.
El Román de Renart es a este respecto un documento
extraordinario. Como epopeya del hambre llevada al teatro,
nos presenta a Renart «el zorro», a su familia, a sus
compañeros, espoleados sin cesar por la llamada de sus vien-
tres vacíos. El resorte de casi todas las «ramas» del ciclo es
el hambre omnipresente y omnipotente —único móvil de la
astucia de Renart—. Robo de los jamones, de las arenques,
de las anguilas, del queso del cuervo, cacería de las gallinas,
de los pájaros. «Era a finales de verano, cuando se acerca la
estación invernal. Renart se encontraba a la sazón en su casa.
Examinada su despensa, le fue muy doloroso constatar que
no había nada en ella...» «Renart, que se había puesto en
camino a primera hora, azuzado por el hambre...» «Los dos
se fueron por un sendero, ambos a punto de desfallecer,
pues tal era la cruel y enorme hambre que les aquejaba.
Pero, por una maravillosa casualidad, encontraron una
hermosa anguila a la orilla del camino...» «Renart se hallaba
en su casa de Malpertuis, sin provisiones ni víveres, de
manera que bostezaba de hambre y sufría mucho su
cuerpo...» «Renart se hallaba en su casa de Malpertuis, pero,
¡cuan triste y preocupado estaba su corazón, porque no tenía
el más mínimo alimento! Estaba escuálido y débil porque el
hambre atormentaba terriblemente sus tripas. Alza la vista y
ve venir a su hijo Rovel que llora de hambre y a Hermelina,
su mujer, igualmente hambrienta...»
Así pues, cuando en esta gesta en forma de parodia
Renart y sus compañeros se convierten en barones, su
primera preocupación es hacer una buena comilona; las
miniaturas han inmortalizado el banquete de los animales
convertidos en señores: «La señora Hersent los festejó con
alegría y les preparó para comer tanto como pudo: cordero
asado, capones a la olla; trajo de todo en abundancia y los
barones comieron hasta saciarse».
Los cantares de gesta ya habían dado paso a gigantes de
apetito desmesurado —próximos al folclore campesino,
antepasados de Pantagruel, hermanos de los ogros—. El
más famoso aparece en Aliscans; se trata de Renouart del
«tinel», el gigante de la glotonería fabulosa, que se come un
pavo de dos bocados.
La obsesión por la comida se halla no sólo en la
hagiografía, sino también en las genealogías fabulosas de los
reyes. Muchas dinastías medievales tienen206
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
por antepasado legendario un rey campesino, proveedor de
alimentos, en el que se resucita el mito de los reyes y héroes
nutricios de la Antigüedad, Triptolemo o Cincinnato. Así
encontramos entre los eslavos a Przemysl, antepasado de
los przemyslidas de Bohemia, el cual, según el cronista
Cosmas, fue arrancado de su arado para ser elevado a la
dignidad de rey, como lo enseña un fresco de comienzos del
siglo XII en la iglesia de Santa Catalina de Znojmo; o a
Piast, de quien nace la primera dinastía polaca y a quien
Gallus Anonymus califica de labrador, arator, de campesino,
agrícola, y también de porquero, qui etiam porcellum
nutriebat, lo que le pone en relación con los bretones de
Gran Bretaña, de quienes Leyenda áurea nos dice: «San
Germán, por orden de Dios, hizo venir al porquero y a su
mujer; y, con gran admiración de todos, proclamó rey a este
hombre que le había acogido (arator hospitalis, dice
también Gallus Anonymus de Piast). Desde entonces la
nación de los bretones está gobernada por reyes que
proceden de una raza de porqueros». Un poema del siglo IX
decía de Carlomagno:
He aquí al gran emperador
de la buena cosecha buen sembrador
y prudente agricultor (prudens agrícola).
Quizá lo más terrible en este reino del hambre radique
en que es a la vez arbitrario e ineluctable. Arbitrario porque
va unido a los caprichos de la naturaleza. La causa
inmediata de la hambruna es la mala recolección, es decir, el
desarreglo del orden natural: sequía e inundaciones. Pero no
es sólo que de tarde en tarde el rigor excepcional del clima
provoque una catástrofe alimentaria —una hambruna—,
sino que, además, con bastante regularidad en todas partes,
cada tres, cuatro o cinco años, una penuria de cereales
produce una escasez de efectos más limitados, menos
dramáticos, menos espectaculares pero, en cualquier caso,
no menos mortíferos.
En efecto, en cada ocasión adversa se inicia un ciclo
infernal. Como hemos visto, procede de una anomalía
climatológica que da como consecuencia una mala cosecha.
El consiguiente encarecimiento de los productos acrecienta
la indigencia de los pobres. Quienes no mueren de hambre
quedan expuestos a otros peligros. El consumo de alimentos
de mala calidad —hierbas o harinas no aptas para el
consumo, alimentos en malas condiciones y, a veces,
incluso tierra, sin citar la carne humana, que no hay por qué
achacar a la imaginación de algún cronista amigo de fábulas
— provoca enfermedades a veces mortales o un estado de
subalimentación propicio a las enfermedades que minan la
salud y, con frecuencia, terminan matando. La dinámica del
ci-LA VIDA MATERIAL
207
clo suele ser la siguiente: desarreglo climático, carestía, alza
de precios, epidemia o, en cualquier caso, como se dice en
la época, «mortandad», es decir, incremento del número de
defunciones.
Lo que confiere ante todo a los caprichos de la
naturaleza su resonancia catastrófica es la fragilidad de la
técnica y de la economía medievales y, sobre todo, la
impotencia de los poderes públicos. Es cierto que las
hambrunas existían en el mundo antiguo, en el mundo
romano, por ejemplo. También en él la escasez de los
rendimientos explicaba la ausencia o la mediocridad de los
excedentes que se hubieran podido almacenar para
distribuir o para vender en tiempo de penuria. Pero la
organización municipal y estatal establecían a trancas y
barrancas un sistema de almacenamiento y de distribución
de víveres. Pensemos en la importancia de los graneros, de
los silos, horrea, lo mismo en las ciudades que en las aldeas
romanas. El buen mantenimiento de una red de
comunicaciones y la unificación administrativa permitían
asimismo, en cierta medida, el transporte de las ayudas
alimentarias desde una región de abundancia o de
suficiencia hasta otra de penuria.
De todo eso apenas queda nada en el Occidente
medieval. Insuficiencia de los transportes y de las vías de
comunicación, multiplicidad de «barreras aduaneras»: tasas
y peajes percibidos por cada pequeño señor, en cada puente,
en cada punto de paso obligado, sin contar con los bandidos
o los piratas; ¡cuántos obstáculos a lo que se llamará en
Francia hasta 1789 «la libre circulación de los cereales»! Es
cierto que los grandes señores laicos y más aún los
eclesiásticos —los ricos monasterios—, los príncipes y, a
partir del siglo XII, también las ciudades se preocupan del
almacenaje de víveres y, en tiempo de carestía o de hambre,
hacen distribuciones extraordinarias de esas reservas o
intentan incluso importar víveres. Galberto de Brujas, por
ejemplo, nos relata cómo el conde de Flandes, Carlos el
Bueno, se esfuerza en el año 1125 por luchar contra el
hambre en sus Estados: «Pero el buen conde se ocupaba de
atender las necesidades de los pobres por todos los medios,
distribuyendo limosnas en las ciudades y aldeas que
dependían de él, ya fuese personalmente o por medio de sus
intendentes. Alimentaba cada día a cien pobres de Brujas,
entregándoles un gran pan a cada uno desde antes de la
cuaresma hasta la nueva cosecha. Tomó las mismas medidas
en las demás ciudades suyas. El mismo año el señor conde
decretó que en la época de la sementera, quien tuviera dos
medidas de tierra debía sembrar una de habas o de
guisantes, ya que ese género de plantas es más temprano y
produce con mayor rapidez, lo cual permitiría sustentar más
pronto a los pobres, si el hambre y la carestía no cesaban
durante el año. Del mismo modo había hecho
recomendaciones en todo su condado para remediar en el
porvenir las necesidades de los pobres208
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
en la medida de lo posible. Reprochó a las gentes de Gante
su conducta vergonzosa, ya que habían dejado a los pobres
morirse de hambre ante sus puertas en vez de darles de
comer. Prohibió la fabricación de cerveza para poder
alimentar mejor a los pobres. En efecto, ordenó hacer pan
con la avena, para que los pobres pudiesen al menos
subsistir con pan y agua. Tasó el precio del vino en seis
sueldos la cuarta, con el fin de detener la especulación de
los mercaderes que, de este modo, se verían obligados a
cambiar sus remanentes de vino por otras mercancías, lo que
permitiría subsistir más fácilmente a los pobres. Hizo que
cada día se tomase de su propia mesa con qué alimentar a
ciento trece pobres...».
Este texto, además de mostrarnos una de las pocas
tentativas medievales para ir más allá de la simple caridad
mediante una política de ayudas alimentarias, nos recuerda,
como tantos otros, dos hechos capitales. En primer lugar, el
constante temor a que se repitieran las malas cosechas. La
previsión alimentaria apenas podía ir más allá de un año. La
escasez de los rendimientos, la lenta introducción del
barbecho trienal, que permitía sembrar trigos de invierno,
y la mediocridad de las técnicas de conservación apenas
permitían garantizar la unión entre la cosecha del año
anterior y la nueva.
Nos quedan innumerables testimonios de la mala
conservación de los productos y de su vulnerabilidad ante
las destrucciones naturales o animales. Quizá no tenga
mayor importancia el hecho de que la Edad Media no sepa
conservar el vino, que se vea en la necesidad de consumir
toda la cosecha del año o que tenga que recurrir a
procedimientos que alteran su sabor. De hecho, todo es
cuestión de gustos y, además, el vino, a pesar de su gran
consumo, no es un producto esencial para la subsistencia.
Las quejas de Pedro Damián cuando cruzaba Francia en el
1063 para presidir en calidad de legado pontificio un
concilio en Limoges son quejas de gran señor eclesiástico
—por muy inclinado que se le quiera suponer al ascetismo
—. «En Francia reina por doquier la costumbre de
embadurnar con pez el interior de los toneles antes de
llenarlos de vino. Los franceses dicen que esto sirve para
darle coloración, pero a muchos extranjeros les produce
náuseas. Ese vino nos ha causado muy pronto comezones
en la boca.» Y observemos que, si bien el problema del
agua potable no alcanzó nunca la gravedad que reviste en
los países semidesérticos o en las grandes aglomeraciones
modernas, no por eso dejó de plantearse en el Occidente
medieval. El mismo Pedro Damián, asqueado del vino
francés, añade: «A veces, en este país apenas se encuentra
agua potable».
Los destrozos causados por las ratas se citan sin cesar en
las crónicas y en la leyenda. Los Anales de Basilea reseñan
en 1271: «Las ratas devastan los tri-LA VIDA MATERIAL
209
gos; gran escasez». Y la historia del Rattenfanger Hamelín,
del flautista que, en 1284, con el pretexto de librar a la
ciudad de las ratas que la infestaban, la habría despoblado
también de sus niños, mezcla temas folclóricos a la lucha
contra los nefastos roedores. Las crónicas nos informan,
sobre todo, de los daños que los insectos originan en los
campos: invasiones, aunque poco frecuentes, de langosta
que, después de las grandes nubes del año 873, extendidas
desde Alemania hasta España, no se encuentran más que en
Hungría y en Austria en el otoño del 1195, como observa el
analista de Klosterneuburg; pulular de abejorros que, en
1309-1310, devastan durante dos años, al decir de los
Anales de Melk, los viñedos y las huertas de Austria. Sin
embargo, la acción de los insectos nocivos se ejerce todavía
con mayor eficacia sobre las cosechas almacenadas.
Lo realmente catastrófico era la repetición durante dos
años seguidos, o a veces tres, de una mala cosecha.
Las víctimas habituales de esas hambrunas y de las
epidemias que con frecuencia las acompañaban eran las
capas más humildes de la población, los pobres.
Éstos, en efecto, cuyos excedentes quedan
completamente absorbidos por las exacciones de los
señores, no están en condiciones de almacenar nada.
Faltos de dinero, incluso cuando la economía monetaria se
difunde, sólo pueden comprar víveres a los precios
prohibitivos que alcanzan entonces los géneros.
Las medidas tomadas por algunas autoridades para
luchar contra los acaparadores y los especuladores son
escasas y la mayoría de las veces ineficaces, principalmente
porque la importación de cereales extranjeros, como hemos
visto, es difícil. Como ejemplo de estas medidas, recordemos
que, en el 1025, el obispo de Paderborn, Meinwerk, «en
período de gran hambre envió a comprar trigo a Colonia y
lo hizo cargar en dos navios que lo llevaron a la parte baja
del país, donde lo hizo distribuir».
Carlos el Bueno de Flandes castigó a los clérigos que
olvidaron sus deberes de distribuir limosnas de alimentos
cuando la gran escasez del 1125. «Sucedió que algunos
comerciantes del sur trajeron en un navio una gran cantidad
de cereales. Enterados de esto, Lamberto de Straet,
caballero, hermano del preboste de San Donaciano, y su
hijo Boscardo, compraron a bajo precio todos esos cereales
meridionales y, además, todos los diezmos de las colegiales
y monasterios de San Winnoc, de San Bertín, de San Pedro
el Grande y de San Bavón. Sus graneros quedaron
abarrotados de trigo y de toda clase de cereales; y, no
obstante, los vendían tan caros que los pobres no podían
comprarlos.210
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
»Las protestas de la multitud, y en particular las de los
pobres, llegaron a oídos del piadoso príncipe Carlos, el cual
convocó al preboste y a Lamberto, su hermano, y les preguntó
qué cantidad de cereales tenían en sus graneros, reprochándoles
su falta de humanidad y su dureza y, sobre todo, su crueldad
para con los pobres. El preboste juró entonces al conde que a
duras penas tenía para sustentar a sus canónigos durante siete
semanas, y Lamberto de Straet que no tendría de qué
alimentarse él y su familia durante un mes.
»Entonces, el piadoso Carlos ordenó que le entregasen todo
su grano y que él se encargaría de alimentar tanto a los
canónigos de San Donaciano, con el preboste y su "familia",
como a Lamberto con todos los suyos durante medio año.
Después el piadoso conde ordenó a Tammard, su limosnero,
que abriese todos los graneros del preboste y de Lamberto, que
vendiese el grano al pueblo a un precio digno, que lo entregase
de balde, por el amor de Dios, a los pobres y a los enfermos y,
en fin, que reservase la cantidad suficiente para la alimentación
de la colegial de dicho preboste y de su hermano Lamberto con
su familia durante un año. [...]
»Distribuido el grano, cesó la carestía. Esos cereales
bastaron a la ciudad de Brujas, a Ardenburg y a Udenburg
durante un año.»
No cabe duda de que el hambre es patrimonio del hombre.
Es el pago del pecado original como dice el Elucidarium. «El
hambre es uno de los castigos del pecado original. El hombre
había sido creado para vivir sin trabajar, si así lo deseaba. Pero,
después de la caída, no podía rescatarse más que por medio del
trabajo... Dios, por lo tanto, le impuso el hambre para que
trabajase bajo la obligación de esa necesidad y para que por ese
camino pudiese volver a las cosas eternas.»
Pero igual que la servidumbre, otra consecuencia del pecado
original, se concentra en la clase de los siervos, el hambre se
limita también, salvo raras excepciones, a la categoría de los
pobres. Esta discriminación social de las calamidades, que caen
sobre los pobres y se apartan de los ricos, es tan normal en la
Edad Media que todos se admiran cuando sobreviene un azote
que hace estragos sin distinción de clases: la peste negra.
El admirable libro de Fritz Curschmann sobre las Hambres
medievales (Hungersnóte im Mittelalter) ha reunido
centenares de textos de crónicas que, hasta la gran hambre de
1315-1317, desarrollan sin tregua el fúnebre cortejo de las
malas rachas climáticas, de las hambres y de las epidemias, con
sus episodios aterradores, comprendido el canibalismo, y su
inevitable coronación, las mortandades, y sus víctimas elegidas,
los pobres.
He aquí, a mediados del siglo XI, para los años 1032-1034, el
célebre texto de Raoul Glaber, monje de Cluny: «El hambre
comenzó a extender susLA VIDA MATERIAL
211
destrozos y se temía la desaparición de casi todo el género
humano. Las condiciones atmosféricas se hicieron tan
desfavorables que no se encontraba tiempo apropiado para
ninguna clase de siembra y, sobre todo a causa de las
inundaciones, no hubo forma de llegar a la recolección [...] Las
continuas lluvias habían empapado toda la tierra hasta el punto
de que, durante tres años, no se pudo abrir surcos capaces de
recibir la semilla. En el tiempo de la recolección, las hierbas
silvestres y la nefasta cizaña habían cubierto toda la superficie
de los campos. Un moyo 4 de semilla, cuando rendía más, daba
en la recolección un sextario, y ese mismo sextario apenas
producía más que un puñado. Si por azar se encontraba en
venta algún alimento, el vendedor podía exigir a su gusto un
precio excesivo. No obstante, cuando se acabó con las bestias
salvajes y con los pájaros, los hombres, bajo el imperio de un
hambre devoradora, comenzaron a recoger para comerlas toda
clase de carroñas y de cosas tan horribles que ni se pueden
decir. Algunos, para escapar a la muerte, recurrieron a las raíces
de los bosques y a las hierbas de los ríos. En fin, el horror se
apodera del ánimo al hacer el relato de las perversiones que
reinaron por entonces en el género humano. ¡Ay! ¡Qué pena!
Cosa raramente oída a lo largo de las edades, un hambre
rabiosa hizo que los hombres devoraran carne humana. Los
viajeros eran atacados por gentes más robustas que ellos, sus
miembros cortados, cocidos al fuego y devorados. Muchas gen-
tes que iban de un lugar a otro para huir del hambre y que
habían encontrado hospitalidad en su camino, fueron
degollados durante la noche y sirvieron de alimento a sus
huéspedes. Muchos, enseñando un fruto o un huevo a los
niños, los atraían a lugares apartados, les daban muerte y los
devoraban. Los cuerpos de los muertos fueron desenterrados en
muchos lugares y sirvieron igualmente para aplacar el hambre.
»Se llevó entonces a cabo en la región del Macones una
experiencia que no se había intentado en ninguna otra parte, que
nosotros sepamos. Muchos sacaban del suelo una tierra blanca
que parecía arcilla, la mezclaban a la harina que tenían o al
salvado y hacían con esa mezcla panes con los que contaban no
morir de hambre. Esta práctica, por lo demás, no aportaba más
que la esperanza de no morir y un alivio ilusorio. Sólo se veían
caras pálidas y demacradas; muchos tenían la piel distendida por
hinchazones; incluso la voz humana se hacía aguda, parecida a
los débiles gritos de los pájaros moribundos. Los cadáveres de
los muertos, que su enorme número obligaba a dejar aquí y allá
sin sepultura, servían de pasto a los lobos, que después
continuaban durante largo tiempo buscando su pitanza entre los
hombres. Y como no se podía, como hemos di-
4. Medida de capacidad para áridos y líquidos equivalente a 16 cántaras o 258 litros. (N del t.)212
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
cho, enterrar a cada uno individualmente a causa del gran
número de muertos, en ciertos lugares, hombres temerosos de
Dios abrieron lo que comúnmente se llaman osarios o fosas
comunes donde se arrojaban los cuerpos de los difuntos hasta
en número de quinientos o más, mientras quedase lugar,
como cayeran, semidesnudos o sin velo alguno. Las
encrucijadas, los linderos de los campos servían también de
cementerios. Si algunos oían decir que era preferible trasla-
darse a otros lugares, muchos de ellos perecían de inanición
por el camino».
Incluso en el siglo XIII, durante el cual parece que las
grandes hambrunas fueron menos frecuentes, prosigue la
siniestra letanía. 1221-1223: «Hubo lluvias torrenciales e
inundaciones durante tres meses en Polonia, cuyas conse-
cuencias fueron el hambre dos años y muchos murieron».
1233: «Hubo grandes heladas y las cosechas se
destruyeron; la consecuencia fue una enorme hambre en
Francia». Y el mismo año: «Violenta hambruna en Livonia,
hasta el punto de que los hombres se comían unos a otros y
se descolgaba a los ladrones de la horca para devorarlos».
1263: «Hubo una gran hambruna en Moravia y en Austria
y muchos murieron a causa de ella; se comieron raíces y
cortezas de los árboles». 1277: «Hubo en Austria, en Iliria y
en Carintia un hambre tal que los hombres comieron gatos,
perros, caballos y cadáveres». 1280: «Hubo una gran
escasez de todas las cosas, de cereales, de carne, de queso,
de huevos, hasta el punto de que era difícil comprar dos
huevos de gallina por un dinero, cuando antes se
compraban en Praga cincuenta huevos por un dinero. Y no
se pudo sembrar este año las semillas de invierno, salvo en
regiones muy alejadas de Praga; y allí donde se pudo
sembrar, no fue sino muy poco; también un hambre muy
fuerte se cebó sobre los pobres y muchos indigentes
murieron de hambre».
El hambre y los pobres se convirtieron en la plaga de las
ciudades, hasta el punto de que el folclore urbano imagina
depuraciones de hambrientos comparables, bajo una
apariencia más realista, a la leyenda de Hamelín.
Véase, por ejemplo, esta historia genovesa, según el
Novellino del siglo XIII: «Hubo en Genova un gran
encarecimiento causado por una penuria de víveres, y había
allí más vagabundos que en cualquier otra tierra. Se tomaron
entonces algunas galeazas y a un buen número de remeros, a
los que se pagó; después se publicó un aviso para que todos
los pobres acudiesen a la ribera para recibir pan de la
comuna. Y vinieron tantos que fue maravilla... Todos se
embarcaron. Los conductores fueron activos. Forzaron el
remo en el agua y desembarcaron a toda esa gente en
Cerdeña, donde había bastante de qué vivir. Allí los
abandonaron. Así cesó en Genova ese gran encarecimiento».LA VIDA MATERIAL
213
Tampoco olvidemos que el ganado se veía
particularmente atacado con motivo de esas calamidades.
Víctima de sus propias escaseces y de sus propias
enfermedades (epizootias repetidas sin cesar), era además
abatido por los hombres en tiempos de hambre, en primer
lugar porque éstos preferían guardar para sí mismos el
alimento que reservaban normalmente a los animales (la
avena en particular), después porque su carne
proporcionaba un alimento a los hambrientos. Por otro lado,
en esas ocasiones la Iglesia autoriza el consumo de carne
durante la cuaresma: «En aquel tiempo (hacia el año 1000),
escribe Adhémar de Chabannes, el mal de los ardientes se
encendió entre los lemosinos... El obispo Audouin, viendo
durante la cuaresma a los habitantes de Evaux víctimas de la
escasez, decidió, para evitar que muriesen de hambre,
permitirles comer carne». En 1286, el obispo de París
concedió asimismo a los pobres el permiso para comer
carne en cuaresma a causa de una gran escasez. Mundo al
borde del hambre, mundo subalimentado y mal alimentado.
De ahí procede ese cortejo del hambre, esas epidemias
originadas por la ingestión de alimentos impropios para el
consumo y, sobre todo, la más espectacular de todas ellas, el
«mal de los ardientes», causado por el cornezuelo del
centeno —aunque quizá también de otros cereales—, que
hace su aparición en Europa a finales del siglo X.
Cuenta Sigiberto de Gembloux que el 1090 «fue un año
de epidemia, sobre todo en la Lorena occidental, en el que
muchos se pudrían bajo el efecto del fuego sagrado que
consumía el interior de sus cuerpos, mientras sus
miembros quemados ennegrecían como el carbón, o bien
morían miserablemente, o bien, amputados sus pies y sus
manos atacados de putrefacción, se salvaban para vivir aún
más miserablemente...».
En 1109 muchos cronistas observan que la «epidemia
ardiente», pestilentia igniaria, «se ensaña de nuevo con la
carne humana».
En 1235, según Vicente de Beauvais, «una gran hambre
reinó en Francia, sobre todo en Aquitania, hasta el punto de
que los hombres comieron las hierbas del campo como los
animales. El precio de un sextario subió entonces hasta cien
sueldos en el Poitou. Y hubo una gran epidemia. Los
pobres fueron devorados por el "fuego sagrado" en tan gran
número que la iglesia de Saint-Maixent quedó llena de los
que eran trasladados a ella».
El mal de los ardientes dio origen a una devoción
particular que condujo a la fundación de una orden. El
movimiento eremítico del siglo XI, como hemos visto, trajo
al primer plano de la actualidad a san Antonio. Ermitaños
del Delfinado pretendieron, en el año 1070, haber recibido
de Constantinopla las reliquias del santo anacoreta. El mal
de los ardientes hacía estragos en214
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
aquel momento en la región. Las reliquias de san Antonio
adquirieron pronto la reputación de curarlo y el fuego sagrado
quedó bautizado como «fuego de san Antonio». La abadía que
conservaba los restos taumatúrgicos se llamó Saínt-Antoine-
en-Viennois y sus montes se extendieron hasta Hungría y Tierra
Santa. Los antonitas (o antonianos) acogieron en sus abadías-
hospicios a los enfermos y, en especial, a los atacados de la
enfermedad del cornezuelo; su gran hospital de Saint-Antoine-
en-Víennois se conoció como el hospital de los
«desmembrados». Su convento parisiense dio nombre al
arrabal de Saint-Antoine. Resulta curioso saber que fue, si no
fundado, al menos reformado en 1198 por Fulco de Neuilly, el
famoso predicador que comienza por tronar contra los
usureros y los acaparadores de víveres en tiempo de hambre y
acaba por predicar la cruzada, esa cruzada cuyos primeros
fanáticos a finales del siglo XI son los campesinos diezmados
por la epidemia del «fuego sagrado» del 1094 y los restantes
azotes de la época. Los pobres campesinos de la primera
cruzada de 1096 procedían en su mayor parte de las regiones
más afectadas por esa calamidad: Alemania, los países renanos,
la Francia del este.
Aparición del cornezuelo del centeno en Occidente,
hambres, «mal de los ardientes» generador de convulsiones, de
alucinaciones, acción de los antonitas, fervor de la cruzada
popular, todo esto forma un complejo donde se percibe el
mundo medieval en sus desgracias físicas, económicas y
sociales y en sus reacciones más descabelladas y más
espiritualizadas. Volveremos a encontrar, a propósito de los
regímenes alimentarios y del papel del milagro en la medicina y
en la espiritualidad medievales, esos nudos de miseria, de desa-
rreglos y de esfuerzos que son el patrimonio de la cristiandad de
la Edad Media en lo más profundo de sus capas populares.
Porque, incluso fuera de esas épocas excepcionales de
calamidad, el mundo medieval está condenado a todo un cortejo
de enfermedades que unen las desgracias físicas a las
dificultades económicas y a la descomposición de la sensibilidad
y del comportamiento.
La mala alimentación, la mediocridad de una medicina que
no halla el equilibrio entre las recetas de ama de casa y las
teorías de los pedantes, provocan horrorosas miserias físicas y
una mortandad de país subdesarrollado. La esperanza de vida
es muy corta, incluso si se intenta calcularla sin tener en cuenta
la espantosa mortalidad infantil, los numerosos abortos de
mujeres mal nutridas y obligadas a trabajar duramente. La
esperanza de vida que se cifra entre los 70 y los 75 años en las
sociedades industriales contemporáneas, apenas debía
sobrepasarlos 30 años en el Occidente medieval. Guillermo de
Saint-Pathus, al nombrar los testigos del proceso de
canonización de sanLA VIDA MATERIAL
21 5
Luis, llama a un hombre de 40 años hombre d'avisé age, de
edad prudente, y a un hombre de 50 años hombre de grand
age, de edad avanzada.
La deficiencia física —sobre todo durante la alta Edad
Media— se encontraba también entre los poderosos; los
esqueletos de los guerreros merovingios han revelado grandes
caries dentarias, consecuencia de una mala alimentación, y la
mortalidad infantil no perdona a las familias reales. Pero la
mala salud y la muerte precoz eran el patrimonio, sobre todo,
de las clases pobres a las que la explotación feudal obligaba a
vivir al borde del límite alimentario y a las que una mala
cosecha precipitaba en el abismo del hambre, tanto menos
soportada cuanto que los organismos eran mucho más vulnera-
bles. En el capítulo de los milagros hallaremos el papel de los
santos sanadores y nutridores. Aquí trazaremos simplemente el
lamentable cuadro de las grandes enfermedades medievales,
cuya relación con una alimentación insuficiente y de mala
calidad es manifiesta.
La más extendida y mortífera de las enfermedades
endémicas medievales fue, sin duda, la tuberculosis,
correspondiente probablemente a esa «languidez» a la que
tantos textos hacen referencia.
Las enfermedades de la piel ocupan asimismo un lugar
destacado, sobre todo la terrible lepra, de la que volveremos a
hablar. Pero también los abscesos, las gangrenas, la sarna, las
úlceras, los tumores, los chancros, el eczema (fuego de San
Lorenzo), la erisipela (fuego de San Silvano) se ven por
doquier en las miniaturas de los textos piadosos. Hay dos
figuras lastimosas que llenan la iconografía medieval: Job
(santificado en Venecia donde hay una iglesia de San Giobbe
y en Utrecht donde se construyó un hospital de San Job),
cubierto de úlceras, rayendo sus llagas con un cuchillo, y el
pobre Lázaro, sentado a la puerta del mal rico, cuyo perro le
lame sus pústulas, en una imagen en la que la enfermedad y la
pobreza se ven unidas con toda justicia.
Las escrófulas, úlceras con frecuencia de origen
tuberculoso, son tan representativas de las enfermedades
medievales que la tradición hace que los reyes de Francia y de
Inglaterra estén dotados del poder de curarlas.
Las enfermedades de carencia y las malformaciones no son
menos numerosas. El Occidente medieval está lleno de ciegos,
con los ojos agujereados y las pupilas vacías, de lisiados, de
jorobados, de aquejados de bocio, de cojos, de paralíticos.
Las enfermedades nerviosas forman otra impresionante
categoría: epilepsia (o mal de San Juan), el baile de San Vito,
contra la que se invoca también a san Wilibrordo que preside
en el siglo XIII una Springprozession en Echternach, una danza
procesional en los límites de la brujería, del folclore y216
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
de la religiosidad mórbida. Con el mal de los «ardientes» se
penetra todavía más en el mundo de la descomposición y de
la locura. Locuras pacíficas o furiosas de los lunáticos,
frenéticos y dementes, ante los cuales la Edad Media duda
entre una repulsa que intenta apaciguar una terapia
supersticiosa (el exorcismo de los posesos), y una tolerancia
simpática que desemboca en el mundo de las cortes (bufón
de los señores y de los reyes), del juego (fous, alfiles del
ajedrez) y del teatro (el joven campesino loco —el dervé—
del Jeu de la Feuillée, juego de la enramada que, en el siglo
XIII, anuncia las farsas de la Edad Medía agonizante). La
Fiesta de los locos prepara la desenfrenada cabalgata del
Renacimiento en la que los dementes retozan desde la Nave
de los locos hasta las comedias de Shakespeare, esperando
hundirse en la represión de la edad clásica, en «el gran
encierro» de los hospitales-prisiones, denunciados por
Michel Foucault en su Histoire de la folie.
Y en la mismísima fuente de la vida, las innumerables
enfermedades de niños que tantos santos patronos se
esfuerzan por aliviar: mundo del sufrimiento y de la
angustia infantiles; del dolor de muelas que calma san
Agapito; de las convulsiones, curadas por san Cornelio, san
Gil y muchos otros; del raquitismo, que remedian san
Albino, san Fiacro, san Fermín, san Macou; de los cólicos,
que san Agapito cura también en compañía de san Ciro o de
san Germán de Auxerre.
Hay que pensar en esta fragilidad física, en ese terreno
fisiológico capaz de mantener, en bruscas floraciones de
crisis colectivas, las enfermedades del cuerpo y del alma, las
extravagancias de la religiosidad. La Edad Media fue el
ámbito por excelencia de los grandes miedos y de las
grandes penitencias colectivas, públicas y físicas. A partir de
1150, los cortejos de los portadores de piedra a las obras de
las catedrales se paran periódicamente para las sesiones de
confesión pública y de flagelación recíproca. En 1260, una
nueva crisis hace que aparezcan flagelantes en Italia y
después en el resto de la cristiandad, hasta que la gran peste
de 1348 desencadena procesiones halucinantes que la
imaginación de un Ingmar Bergman ha sabido reproducir
en el cine contemporáneo en su película El séptimo sello
(Det Sjunde Inseglet, 1957). Incluso en el ámbito de la vida
cotidiana, los organismos subalimentados, mal alimentados,
están predispuestos a cualquier desvarío del espíritu:
sueños, alucinaciones, visiones. El diablo, los ángeles, los
santos, la Virgen, Dios mismo pueden aparecerse. Los
cuerpos están preparados para percibirlos y arrastran los
espíritus a aceptarlos.LA VIDA MATERIAL
217
El Occidente medieval vive bajo la constante amenaza de
traspasar ese límite. Las insuficiencias de la técnica y del
equipamiento crean embotellamientos tan pronto como los
hechos se apartan de las condiciones normales. En la región
de Worms, en 1259, una cosecha excepcionalmente
abundante de vino choca con la escasez de recipientes para
conservarlo, «tanto que los recipientes se vendían más caros
que el vino». En 1304, en Alsacia, una recolección
especialmente generosa de cereales y de vino provoca la
caída de los precios locales, tanto más cuanto que la
fabricación de pan se ha tenido que suspender a causa de la
sequía de los ríos y la impotencia de los molinos obligados a
la inactividad, y que el transporte del vino es imposible
porque las aguas del Rin estaban tan bajas que se podía
franquear a pie por varios lugares entre Estrasburgo y
Basilea, y que la insuficiencia y la carestía de los transportes
terrestres no permitían suplir la carencia del río.
Pero esta explotación devoradora de espacio era a la vez
destructora de riqueza. El hombre era incapaz de
reconstituir esas riquezas que destruía o, al menos, de
esperar hasta que se reconstituyesen naturalmente.
Las roturaciones, sobre todo la roza devoradora de
«tierra en reserva», agotaban el terreno y malgastaban esa
riqueza en apariencia ilimitada del mundo medieval: el
bosque.
Un texto, entre muchos otros, nos enseña hasta qué punto
la economía medieval quedó muy pronto impotente ante la
naturaleza, porque la respuesta de ésta a un progreso técnico
que, excepcionalmente, la violenta, consiste en el
agotamiento que hace retroceder ese progreso. En la comarca
de Colmars, en los bajos Alpes franceses, los cónsules de la
ciudad ordenaron, a finales del siglo XIII, el derribo de las
serrerías hidráulicas, que provocaban la desaparición de los
bosques de la región. Esta medida tuvo como consecuencia
la invasión de los bosques por una multitud de «gentes
pobres e indigentes», homines pauperes et nihil habentes,
armados de sierras de mano que hacen «estragos cien veces
mayores». Los textos y las medidas se multiplican para
proteger los bosques, cuyo retroceso y desaparición no sólo
provoca una disminución de los recursos esenciales, madera,
caza, miel silvestre, sino que, además, en ciertas regiones y en
ciertos terrenos —sobre todo en los países mediterráneos—
agrava los efectos de la erosión de forma a veces
catastrófica. En el borde meridional de los Alpes, desde la
Provenza a Eslovenia, se organiza, a partir del 1300, la
protección de los bosques. La asamblea general de los
hombres de Folgara, en el Trentino, reunida el 30 de marzo
de 1315 en la plaza pública, proclama:
«Si alguien es sorprendido cortando leña en el monte
desde la Galiléne hasta el sendero de los de Costa que
conduce al monte, y desde la cima hasta el llano, pagará
cinco sueldos por tronco.218
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
»Que nadie se atreva a cortar troncos de alerce en ese
monte, para hacer leña, bajo multa de cinco sueldos por
tronco.»
El hombre no es el único culpable en este asunto. El
ganado errante entre los campos o los prados resulta
asimismo devastador. Y se multiplican las «prohibiciones»
—los lugares vedados a la errancia y al pastoreo de los ani-
males, sobre todo de las cabras, esos grandes enemigos de
los campesinos medievales.
Los hechos que hemos descrito con el nombre de crisis
del siglo XIV, se anuncian por el abandono de las tierras
pobres, de las tierras marginales en las que había venido a
morir la ola de roturaciones nacida del crecimiento de-
mográfico. Desde finales del siglo XIII, especialmente en
Inglaterra, las tierras incapaces de reconstituirse, cuyos
débiles rendimientos vienen a ser inferiores al mínimo
económico, quedan abandonadas... Las landas y los
matorrales se apoderan nuevamente de ellas. La humanidad
medieval, ciertamente, no retrocede a su base de partida,
pero no puede ensanchar como quisiera sus tierras de
cultivo a expensas del bosque. La naturaleza le ofrece una
resistencia victoriosa y, a veces, le obliga a una retirada.
Esto es lo que sucede desde Inglaterra hasta la Pomerania,
donde los textos nos hablan, en el siglo XIV, de «masadas
recubiertas por la arena arrastrada por el viento y, por ello,
abandonadas o, en todo caso, dejadas sin cultivar».
Agotamiento de la tierra: ése es el principal peligro para
la economía medieval, esencialmente rural.
Pero cuando se comienza a vislumbrar una expansión de
la economía monetaria, también ésta, entre otras
dificultades, comienza a chocar rápidamente con una
limitación natural: el agotamiento de las minas. Aunque se
ha reanudado la acuñación del oro en el siglo XIII, el metal
importante sigue siendo la plata. Ahora bien, el final del
siglo XIII asiste a la decadencia de las minas tradicionales
en el Derbyshire y en el Devonshire, el Poitou y el Macizo
Central, Hungría y Sajonia. También aquí las dificultades
son principalmente de tipo técnico. La mayoría de las viejas
explotaciones habían alcanzado el nivel donde el peligro de
inundación era muy grande y donde el minero se veía
impotente ante el agua. Pero a veces también ocurría, pura y
simplemente, que los filones se habían agotado.
Alfonso de Poitiers, hermano de san Luis, deseoso de
amasar metal precioso con vistas a la cruzada de Túnez, se
lamenta en 1268 a su senescal de Rouergue de la «tan
escasa cantidad de plata» producida por la mina de Or-
zeals. Y ordena utilizar en ella todo el equipo técnico
posible: molinos de agua, de viento o, a falta de ellos, de
caballos y manuales, de incrementar el número de obreros.
Todo en vano...LA VIDA MATERIAL
219
Es cierto que nuevas minas tomarán el relevo en
Bohemia, en Moravia, en Transilvania, en Bosnia, en Serbia.
Pero su producción no basta para las necesidades de la
Europa cristiana a finales del siglo XV. La cristiandad sufre
«hambre monetaria». El oro y sobre todo la plata de
América vendrán a saciarla en el siglo siguiente.
Ultimo límite: el agotamiento de los hombres. La
economía occidental no padece durante mucho tiempo la
falta de mano de obra. Claro está que el amo busca sin
cesar al siervo fugitivo, y que las nuevas órdenes religiosas
del siglo XII —los cistercienses a la cabeza— intentarán
paliar la falta de siervos mediante la institución de los
conversos, de los hermanos legos. Pero no hay que ver en
ello sino la búsqueda de una mano de obra lo más barata
posible, no una verdadera penuria de brazos. El número de
mendigos y la estima en que se los tiene —franciscanos y
dominicos convierten la mendicidad en un valor espiritual
— dan testimonio de la existencia de un paro laboral
socorrido y venerado. En la segunda mitad del siglo XIII
aparecen los primeros ataques, en un Guillermo de San
Amor o un Juan de Meung, contra los mendicantes sanos.
La detención y después el retroceso demográfico hacen
menos numerosa y más cara la mano de obra campesina,
mano de obra que la emancipación de los siervos había
hecho ya más rara y había encarecido. Muchos señores
inician entonces una reconversión de sus tierras hacia la
cría de ganado, que necesita una mano de obra más
reducida. La gran peste de 1348 convierte en catastrófico
el retroceso demográfico y la crisis de mano de obra que
habían aparecido unos decenios antes. Por doquier se oyen
quejas ante la escasez de hombres, escasez que lleva
consigo el abandono de nuevas tierras de cultivo. El
campesino, subalimentado, diezmado por las epidemias,
fallaba también, a fin de cuentas, en la economía medieval.
El inconveniente demográfico representaba el último freno
para un mundo a punto de llegar al límite.
La inseguridad material explica en gran parte la
inseguridad mental en la que vivieron los hombres de la
Edad Media. Lucian Febvre ha formulado una invitación
para que se escriba una historia del sentimiento de
seguridad, aspiración fundamental de las sociedades
humanas. Aún no se ha escrito. La Edad Media occidental
tendría que figurar en ella en negativo, ya que los hombres
tuvieron que refugiarse, en definitiva, en la única seguridad
de la religión. Seguridad aquí abajo, gracias al milagro que
salva al obrero víctima de un accidente de trabajo: albañiles
caídos de los andamios que un santo sostiene
milagrosamente en su caída o resucita una vez en tierra;
molineros o campesinos atrapados por la rueda del molino a
quienes una intervención milagrosa arranca de la muerte;
leñadores, como el compañero del santo ermi-220
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
taño lemosín del siglo XI, Gaucher d'Aureil que, cuando
iba a ser aplastado por un árbol que caía, se halla sano y
salvo gracias a la milagrosa curvatura del tronco hecha por
Dios atendiendo a la plegaria del leñador. El milagro ocupa
el lugar de la seguridad social.
Pero, sobre todo, seguridad en el más allá, donde el
paraíso promete a los elegidos una vida libre al fin de
miedos, de sorpresas desagradables y de muerte. Y no
obstante, aun aquí, ¿quién puede estar seguro de salvarse?
El miedo del infierno prolonga la inseguridad terrestre. El
purgatorio, en el siglo XIII, aportará un suplemento de
posibilidades de salvación.
No cabe duda de que la vida material conoció en la Edad
Media ciertos progresos. Sin esperar a las precisiones de las
épocas moderna y contemporánea, a la vez por falta de
datos cuantitativos precisos y porque la economía feudal se
presta poco a los métodos estadísticos, elaborados para
medir la evolución de economías, si no capitalistas, al
menos monetarias, se puede esbozar una coyuntura
económica medieval y distinguir una larga fase de ex-
pansión que, en cierto modo, corresponde a una mejora del
bienestar.
Recordemos los datos de este crecimiento. Crecimiento
demográfico en primer término. La población del Occidente
se duplica entre finales del siglo X y mediados del XIV. El
crecimiento demográfico habría sido especialmente alto en
torno al 1200. Los índices de crecimiento calculados por
Slicher van Bath para períodos de 50 años dan 109,5 para
1000-1050, 104,3 para 1050-1100, 104,2 para 1100-1150,
122 para 1150-1200, 113,1 para 1200-1250 y 105,8 para
1250-1300. La población de Francia habría crecido de 12 a
21 millones entre el 1200 y el 1340, la de Alemania de 8 a
14 y la de Inglaterra de 2,2 a 4,5.
Esta misma evolución se halla en los precios y en los
salarios.
No es posible hacer una evaluación numérica de la
producción agrícola del Occidente medieval, al menos en el
estado actual de la ciencia histórica. Sólo se puede seguir en
parte un índice, fragmentario y grosso modo: el aumento de
los rendimientos, del que ya hemos hablado. Ahora bien,
¿se puede comparar, por ejemplo para el trigo, la cifra de
2,7 en Annapes en el 810 con la de 4 en 1155-1156 calculada
por Georges Duby para dos dominios de Cluny, o con la de
5, indicada por el Anonymous Husbandry inglés del siglo
XIII, o con la media de 3,7 establecida por J. Titow para las
granjas del obispado de Winchester entre 1211 y 1299? Por
otra parte, como ya hemos dicho, la extensión de las
superficies cultivadas, con toda seguridad, contri-LA VIDA MATERIAL
22 1
buyo más al crecimiento de la producción agrícola que la
intensificación de los cultivos.
Por lo que respecta a los precios, los índices son más
serios. De momento no contamos con curvas de precios
anteriores al 1200 y, para Inglaterra, al 1160. Si se toma
como índice 100 el nivel de los precios del trigo durante el
período de 1160-1179, ese índice se eleva, según los cálculos
de Slicher van Bath, basados en los datos de lord Beveridge, a
139,3 (1180-1199), 203 (1200-1219), 196,1 (1220-1239),
214,2 (1240-1259), 269,9 (1260-1279), 279,2 (1280-1299),
con una desviación máxima a 324,7 durante el período de
1300-1319, debida a la gran hambruna de 1315-1316, y una
relativa caída a 289,7 (1320-1339) (respecto al alza anormal
del período precedente). Estos datos ponen de manifiesto lo
que Michel Postan ha llamado una «auténtica revolución de
precios».
Los salarios indican un progreso similar. En Inglaterra,
los salarios reales pasan del índice 100 para el período de
1251-1300 al 105,1 en el período 1301-1350 para los
obreros agrícolas y de 100 a 109,4 para los leñadores.
Pero el alza de esos salarios sigue siendo débil y, a pesar
de un notable crecimiento del estatus de asalariado, los
asalariados apenas son una minoría en la gran masa de
trabajadores.
Esta observación, que no pone en entredicho la realidad
de un crecimiento económico entre los siglos X al XIV,
manifiesta, de todos modos, la necesidad de confrontar esta
coyuntura con la evolución de las estructuras económicas y
sociales, es decir, con lo que se denomina tradicionalmente
por una parte el paso de la economía de cambio a la
economía dinero y, por otra, la evolución de la renta feudal.
Hace ya un siglo que Bruno Hildebrand dividió la
evolución económica de las sociedades en tres fases:
Naturalwirtschaft, Geldwirtschaft y Kredit-wirtschaft —
economía de cambio (o natural), economía monetaria y
economía de crédito— y Alfons Dopsch, en su excelente
libro publicado en 1930: Économie-nature et économie-
argent dans l'histoire mondiale, impuso ese vocabulario o, al
menos, planteó el problema a los medievalistas. Se trata,
pues, de detectar el papel que desempeñaba la moneda en la
economía. Cuando ese papel es insignificante, nos hallamos
ante una economía de cambio, en la que producción,
consumo e intercambio no necesitan la intervención de la
moneda, a no ser en casos extraordinarios. Por el contrario,
cuando ésta es esencial para el funcionamiento de la vida
económica, nos hallamos ante una economía monetaria.
¿Cuál de ellas predomina en el Occidente medieval?222
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
Antes de nada, recordemos con Henri Pirenne y Marc
Bloch, algunas distinciones necesarias. En primer lugar, el
trueque desempeñó un papel bastante insignificante en los
intercambios medievales. Por economía de cambio hay que
entender en el Occidente medieval una economía donde
todos los intercambios quedaban reducidos a lo mínimo
indispensable. Por lo tanto, economía de cambio sería poco
más o menos sinónimo de economía cerrada. El señor y el
campesino pueden satisfacer sus necesidades económicas
dentro del propio dominio y, en el caso del campesino,
sobre todo en el marco doméstico: el huerto familiar junto a
la casa y la parte que le corresponde de la cosecha de su
feudo o arrendamiento, una vez hecha la entrega
correspondiente al señor y el diezmo de la Iglesia, le
proporcionan la alimentación, el vestido lo hacen las
mujeres en casa y el instrumental básico —muela de mano,
torno también de mano y telar— son familiares.
Si en los textos hay arrendamientos que vienen
indicados en dinero, eso no quiere decir que se abonasen
realmente con moneda. La evaluación monetaria no estaba
forzosamente ligada a un pago en dinero. La moneda no era
más que una referencia, «servía de medida del valor», era
una «apreciadura», una evaluación, como dice un pasaje del
Cantar de mío Cid referente a ciertos pagos en mercancías.
No hay duda de que esta supervivencia de un vocabulario
monetario no dejaba de tener su importancia. Ese resto de
la herencia antigua, lo mismo que en tantos otros dominios,
no es en resumidas cuentas más que el testigo de un
retroceso. No hay mayor razón para tomar como «dinero
contante» las menciones de moneda en los textos
medievales que para considerar las expresiones paganas
conservadas en la literatura cristiana medieval como
ajustadas a una realidad. Cuando se llama Neptuno al mar o
cuando un caballo, prometido por los monjes de Saint-Pére
de Chartres en el año 1107 a un cierto Milon de Leves, está
tasado en el acta en veinte sueldos, se trata en el primer caso
de una licencia de estilo, y en el segundo caso de una
precisión sobre el valor del caballo objeto de la transacción.
Simplemente, lo que ocurre es que al no haber combatido
la Iglesia estas evaluaciones monetarias con el mismo celo
con que combatió las expresiones que conservaban el
recuerdo del paganismo, sobrevivieron con mayor facilidad.
Marc Bloch ha señalado un notable texto de Passau donde
la palabra «precio» se emplea paradójicamente para
designar el equivalente en especie de una cantidad de
moneda.
En fin, está claro que la moneda no llegó a desaparecer
jamás por completo en el Occidente medieval. No fueron
solamente la Iglesia y los señores quienes dispusieron
siempre de un cierto remanente monetario para la satis-
facción de sus gastos de prestigio, sino que el mismo
campesino no podía vi-LA VIDA MATERIAL
223
vir sin efectuar alguna compra en moneda: la sal, por
ejemplo, que él no producía, que no recibía y que rara vez
podía adquirir mediante el trueque, debía adquirirla con
moneda. Pero en este último caso es probable que los
campesinos, y sobre todo los pobres, adquiriesen las pocas
monedas que necesitaban mediante la limosna más bien que
por la venta de sus productos. En tiempos de carestía,
cuando la falta de efectivo se hacía sentir con mayor crueldad
para los pobres, las distribuciones de dinero acompañaban
siempre a las de víveres. Eso es lo que hizo el conde de
Flandes, Carlos el Bueno, con motivo de la gran hambruna
del 1125: «En todas las ciudades y aldeas por donde pasaba,
una multitud se agolpaba cada día en torno a él y les
distribuía con sus propias manos alimentos, dinero y
vestidos». Cuando cesó el hambre y llegó el tiempo de una
nueva y buena cosecha, el obispo de Bamberg dio a los
pobres, el 25 de julio, «un dinero y una hoz, el instrumento
de trabajo y el viático».
Se ha dicho que la extensión de la economía monetaria
fue mayor de lo que parece a primera vista si se tienen en
cuenta dos fenómenos muy extendidos en el Occidente
medieval: la utilización de tesoros, de objetos de lujo, de
piezas de orfebrería, como reservas monetarias, y la
existencia de monedas no metálicas.
Es cierto. Carlomagno habría vendido una parte de sus
manuscritos de más valor para socorrer a los pobres. He
aquí un ejemplo de entre los centenares que se podrían citar:
en 1197, un monje alemán encuentra a otro caminando a
toda prisa: «Habiéndole preguntado hacia dónde corría, me
respondió: "Voy a cambiar. Antes de la recolección nos
hemos visto obligados, para alimentar a los pobres, a matar
nuestro ganado y a empeñar nuestros cálices y nuestros
libros. Pero he aquí que el Señor acaba de enviarnos un
hombre que nos ha dado una cantidad de oro que cubre
nuestras necesidades. Por eso voy a cambiarlo por dinero
para poder rescatar lo que hemos empeñado y rehacer
nuestros rebaños".»
Pero esta forma de atesoramiento que sólo cede ante la
necesidad es un testimonio de la debilidad y de la falta de
elasticidad de la circulación monetaria.
Del mismo modo, la existencia de monedas no metálicas
—bueyes o vacas, piezas de tela y, sobre todo, pimienta—
constituye un signo innegable de arcaísmo, la expresión de
una economía que difícilmente consigue pasar del estadio
natural (de trueque) al estadio monetario. Por otra parte, la
misma naturaleza de la moneda metálica sigue siendo
arcaica durante mucho tiempo. En efecto, se aprecia la
moneda en función de su valor, no como signo, sino como
mercancía. No posee el valor teórico inscrito en su anverso o
su reverso (ni siquiera lo lleva), sino el valor real del metal
precioso que contiene. Se pesa224
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
la moneda para determinar lo que vale. Como ha dicho Marc
Bloch, «una moneda que hay que poner en la balanza se parece
mucho a un lingote». A duras penas, en las postrimerías del
siglo XIII, los legistas franceses comienzan a distinguir su valor
intrínseco —su peso en oro— de su valor extrínseco, es decir,
su transformación en signo monetario, en instrumento de
intercambio.
Por lo demás, en cada fase de la historia monetaria
medieval hay fenómenos que se han interpretado con
frecuencia como signos de renacimiento y que, más bien, dan
testimonio de los límites de la economía monetaria.
En la alta Edad Media se multiplican los talleres
monetarios. Lugares hoy en día desaparecidos —es el caso, en
especial, de muchos talleres de la España visigótica— y que
apenas si eran algo más que caseríos, eran una ceca que
acuñaba moneda. Pero, como muy bien ha dicho Marc Bloch,
«la gran razón de la atomización monetaria es que la moneda
circula poco».
La reforma de Carlomagno, que instituyó el sistema
monetario de libra, sueldo y dinero (1 libra = 20 sueldos; 1
sueldo = 12 dineros) que todavía se halla en el sistema inglés
actual, respondía, de hecho, a la necesidad de adaptarse a la
regresión de la economía monetaria. El oro no se acuñaba. La
libra y el sueldo no eran monedas reales sino simples monedas
de cuenta. La única pieza que realmente se acuñaba era, hasta el
siglo XIII, el dinero de plata, es decir, una unidad muy
pequeña, la única que se necesitaba, pero que excluía también,
para los intercambios más modestos aún, la existencia de piezas
de vellón de un valor inferior. Es significativa la reacción de
los cruzados de la segunda cruzada al penetrar en 1147 en
territorio bizantino. «Fue allí, escribe Eudes de Deuil, donde
vimos por primera vez monedas de cobre y de estaño. Por una
de esas piezas dábamos tristemente, o más bien perdíamos,
cinco dineros...»
En fin, el renacimiento monetario del siglo XIII ha
deslumhrado sobre todo a los historiadores por su vuelta a la
acuñación del oro: genovés y florín en 1252, escudo de San
Luis, ducado veneciano en 1284. Pero, por muy significativo
que pudiera ser este acontecimiento, a la vista del pequeño
número de piezas en circulación a finales del siglo XIII, es
más un indicio que una realidad económica. La realidad
económica es la acuñación de grandes piezas, en Venecia en
1203, en Florencia hacia 1235, en Francia hacia 1265, en
Montpellier en 1273, en Flandes hacia 1275, en Inglaterra en
1279, en Bohemia en 1296. En este nivel medio de cambios es
donde se sitúa el progreso de la economía monetaria.
Porque ese progreso es real.
Las actitudes frente a la moneda o, más generalmente,
frente al dinero nos informan también, aunque de manera
indirecta, sobre esta evolución económica. Es cierto que en el
cristianismo existe una desconfianza tradicio-LA VIDA MATERIAL
225
nal con respecto al dinero, pero la rareza de éste a lo largo
de toda la alta Edad Media le confiere más bien un
prestigio, reforzado por el hecho de que la acuñación de
moneda es un signo de poder. En una palabra, el dinero ha
pasado a ser un símbolo de poder político y social más que
de poder económico. Los soberanos acuñan monedas de oro
que no tienen valor económico, pero que son
manifestaciones de prestigio. Las escenas de acuñación de
moneda y de acuñadores ocupan un buen lugar en la
iconografía de la época: aparecen en Saint-Martin-de-
Boscherville, en Souvigny, en Worms. Moneda y
acuñadores participan del carácter sagrado y maldito a la
vez de los herreros y, más generalmente, de los
metalúrgicos, reforzados en este caso por la atracción
superior de los metales preciosos. Roberto López ha
definido a los acuñadores como una aristocracia de la alta
Edad Media. Aristocracia mágica más que económica. La
pujanza de una economía monetaria provoca, por el
contrario, una explosión de odio contra el dinero. Es cierto
que el progreso económico incipiente se hace en beneficio
de ciertas clases y aparece, por consiguiente, a los ojos de
las restantes como una nueva opresión. San Bernardo clama
contra el dinero maldito. A la gran beneficiarla de esta
evolución en sus inicios, la Iglesia, que, gracias al
desarrollo de los honorarios, de las cuestaciones, de la
fiscalidad eclesiástica puede captar rápidamente una parte
del dinero en circulación, se la recriminará por su avaritia,
por su avidez.
Gregorio VII había declarado: «El Señor no ha dicho: mi
nombre es Costumbre». Los Goliardos, en una sátira que
lleva por título El Santo Evangelio según el Marco de Plata,
acusan a sus sucesores de hacer decir al Señor: «Mi nombre
es Dinero».
Hay una evolución que se vislumbra en la moral. La
superbia, el orgullo, pecado feudal por excelencia,
considerado hasta entonces, en general, como la madre de
todos los vicios, comienza a ceder su puesto a la avaritia, el
ansia de dinero.
También se recriminará a otro beneficiario de la
evolución económica que, para simplificar, llamaremos
burguesía, es decir, la capa superior de la nueva sociedad
urbana. Escritores y artistas al servicio de las clases dirigen-
tes tradicionales la estigmatizan: el usurero, aplastado por
el peso de su bolsa que le arrastra hasta el infierno, queda
expuesto al vilipendio y al horror de los fieles en las
esculturas de las iglesias.
El lento desplazamiento de la economía de cambio por
la economía monetaria está ya bastante avanzado a finales
del siglo XIII para que de él se deriven graves consecuencias
sociales.226
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
A pesar de la conversión en moneda de una parte de los
pagos en productos naturales, la relativa falta de elasticidad
de la renta feudal y la disminución, debida al rápido
deterioro de la moneda, de lo que produce la parte que se
ha monetarizado, empobrece a un sector de la clase
señorial, precisamente en el momento en que el aumento de
los gastos de prestigio hace más perentoria su necesidad de
dinero. Esta es la primera crisis de la feudalidad, origen de
la crisis del siglo XIV.
Frente a esta crisis del mundo señorial, el mundo
campesino se divide. Una minoría capaz de sacar provecho
de la venta de sus excedentes se enriquece, redondea sus
tierras, forma una categoría privilegiada, una clase de
kulaks. Se la halla de nuevo en los documentos referentes a
las granjas inglesas y en los textos literarios. Así, en el
Román de Kenart: «Llega el alba, se levanta el sol
iluminando los blancos caminos de nieve y he aquí que el
señor Constant Desgranges, un granjero acaudalado que
habita al borde del estanque, sale de casa seguido de sus
criados... El granjero hace sonar el cuerno y llama a sus
perros, después hace que le preparen el caballo. Al ver esto,
Renart huye hacia su guarida [...] Un día Renart había
llegado hasta el borde de una granja que estaba cerca del
bosque en la que había numerosas gallinas y gallos, ánades,
patos y ocas machos y hembras; era la propiedad del señor
Constant Desnos, un granjero que tenía una casa repleta de
vituallas de todas clases y un vergel donde crecían
numerosos árboles frutales que daban cerezas, manzanas y
otras frutas. En su casa había grandes capones, salazones, ja-
mones y manteca en abundancia. Para impedir la entrada a
su corral, lo había rodeado de fuertes puntales de encina,
matorrales y zarzas. A Renart le hubiese gustado poder
saltar a su interior...».
Por el contrario, el empobrecimiento de la masa
campesina se acentúa. El crecimiento demográfico no se
manifiesta tan sólo en una extensión de las superficies
cultivadas y en una mejora del rendimiento en ciertas
tierras. Más exactamente, determina una parcelación de las
fincas cuyo resultado es que los pequeños campesinos
tienen que ponerse al servicio de los más acomodados —
incrementando su dependencia social y su inferioridad
económica y privando a su misma propiedad de una parte
de su trabajo— o bien endeudarse. En esas sociedades
campesinas explotadas por los señores o por los más ricos,
donde la tierra es cicatera y las bocas demasiado numerosas,
el endeudamiento es el gran azote. Endeudamiento respecto
al usurero urbano —con frecuencia un judío— o al
campesino más rico, bastante hábil, en general, para evitar
la etiqueta de usurero, reservada a los prestamistas urbanos.
Disminución de la superficie de los lotes de tierra
asignados, como ocurre, por ejemplo, en la comarca del
bulonés, en Beuvrequen, en las tierrasLA VIDA MATERIAL
227
pertenecientes a la abadía de Saint-Bertin, en el 1305, donde
de 60 lotes, 26, es decir, el 43%, tienen menos de dos
hectáreas; 16, es decir, el 27%, son de 4 hectáreas; 12, es
decir, el 20%, son de 4 a 8 hectáreas, y sólo 6, es decir, el
10%, tienen más de 8 hectáreas. En Inglaterra, en Weedon
Beck, donde en 1248 sólo el 20,9% de los campesinos
disponían de menos de 6 hectáreas, la proporción había
pasado en el 1300 al 42,8%.
Endeudamiento campesino con respecto a los judíos, en
Perpiñán por ejemplo, donde los registros notariales, en
torno al 1300, ponen de manifiesto que el 65% de los
deudores de los usureros de la ciudad eran campesinos, de
los que el 40% contraía sus deudas en otoño, en la época
de los enlaces matrimoniales y del pago de las rentas
señoriales, y el 53% se comprometían a devolver los
préstamos en agosto y septiembre, después de la recolec-
ción y la vendimia. Acreedores son también, aparte de los
judíos, los mercaderes y los cambistas italianos, los
lombardos, a los cuales encontramos lo mismo en la región
de Namur, donde los documentos demuestran el endeu-
damiento de una aldea casi entera con respecto a ellos
entre 1295 y 1311, que en los Alpes donde, a comienzos del
siglo XIV, los usureros de Asti tienen casas de empeños —
casarte— en casi todas las aldeas de los Estados de la Casa
de Saboya.
Quienes parecen aprovecharse al máximo de este
desarrollo de la economía monetaria son los comerciantes.
Es cierto que el progreso urbano, del que ellos son los
principales beneficiarios, va unido al progreso de la
economía monetaria y que la «subida de la burguesía»
representa la aparición de una clase social cuyo poder
económico se apoya más en el dinero que en la tierra.
Pero, ¿cuál es la importancia numérica de esta clase antes
del 1300 o el 1350? ¿Cuántos pequeños comerciantes no
son más que trabajadores de poca monta, lo más parecidos
a esos usureros de épocas más cercanas a la nuestra y de
los que sabemos muy bien que tienen muy poco que ver
con el capitalismo? En cuanto a la minoría de los grandes
comerciantes o —lo que no es exactamente lo mismo— de
la élite urbana de la que volveremos a hablar, digamos el
patriciado, ¿cuál es la naturaleza de sus ganancias, de su
comportamiento económico, de su acción sobre las es-
tructuras económicas?
Los comerciantes sólo se inmiscuyen muy débilmente en
la producción rural. No hay duda de que los usureros
mencionados, especialmente los de la región de Namur,
ocultaban bajo un objeto empeñado una compra anticipada
de recolecciones, que vendían inmediatamente en el
mercado. Pero el porcentaje de productos comercializados
de esta forma por su mediación y en beneficio suyo,
aunque en aumento, era aún pequeño.228
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
El comerciante, al comienzo del siglo XIV, seguía siendo
esencialmente un vendedor de productos excepcionales,
raros, lujosos, exóticos, y la creciente demanda de esos
productos por las categorías superiores provocó, de hecho,
un aumento del número e importancia de los comerciantes.
Su labor era complementaria. Ellos aportaban ese pequeño
sector de lo superfluo necesario que la economía señorial
no podía producir. En la medida en que se trataba de
«epifenómenos» que no perturbaban fundamentalmente la
estructuradela economía y de la sociedad, los clérigos
comprensivos los excusaban y los justificaban. Por ejemplo
Gilíes le Muisit, abad de Saint-Martin de Tournai, en su Dit
des
Marchands:
'
Nul pays ne se peut de soi seul gouverner,
C'est pourquoi vont marchands travailler et peiner
Ce qui manque aux pays, en tous royaumes mener,
Aussi ne les doit-on jamáis sans raison malmener.
-.
Parce que marchands vont par-delá mer, par
deça mer Pour pouvoir les pays, cela les fait
aimer.
(«Ningún país puede gobernarse por sí solo, por
eso los mercaderes van a trabajar y a penar para
traer de todos los reinos lo que falta en los países,
no se les debe malquerer sin razón.
»Porque esos mercaderes van más acá y más allá del
mar, para proveer a los países, lo que hace que se les
ame.»)
A decir verdad, los comerciantes, más bien que
complementarios son marginales. Lo esencial de sus
transacciones tiene por objeto productos caros de pequeño
volumen: las especias, las telas de lujo, las sedas... Esto es
especialmente cierto en lo que se refiere a los italianos,
pioneros del comercio, cuya principal habilidad parece
haber consistido en comprender que la estabilidad de los
precios orientales les permitía calcular sus ganancias con
antelación. No cabe duda de que Ruggiero Romano tiene
razón al ver ahí la causa fundamental del «milagro»
mercantil de la Europa cristiana. Ése es también, aunque
en menor grado, el caso de los hanseáticos, pero es verosí-
mil, como ha sostenido entre otros M.P. Lesnikov, que hasta
mediados del siglo XIV el comercio de los cereales, y
asimismo el de la madera, no desempeñaran más que un
papel secundario en sus transacciones, en las que la cera y
las pieles representaban los mayores beneficios.LA VIDA MATERIAL
229
La naturaleza misma de los beneficios mercantiles, a
veces enormes, obtenidos con esos productos de lujo pone
de manifiesto que tales transacciones se llevaban a cabo al
margen de la economía esencial. Eso mismo se desprende de
la estructura de las compañías comerciales donde, al margen
de las sociedades de tipo familiar y durable, la mayor parte
de las asociaciones entre comerciantes se establecían para
un negocio, un viaje, o un período de 3, 4 o 5 años. No
existía una verdadera continuidad en sus empresas, como
tampoco se efectuaban inversiones a largo plazo, sin contar
la costumbre conservada durante largo tiempo de disipar a
la muerte del comerciante una parte considerable, a veces
lo esencial de su fortuna, en donaciones.
Lo que buscan esos comerciantes, y más aún el
patriciado urbano es, o bien la posesión de dominios que
les permitan, juntamente con su familia y sus domésticos,
mantenerse al amparo de la escasez, que les hagan participar
en la dignidad del poseedor de tierras y que, si llegara el
caso, mediante la adquisición de una señoría, les hagan
pasar al rango de señores terratenientes, o la adquisición de
tierras e inmuebles urbanos cuyos alquileres fueran pro-
vechosos, los préstamos a los señores y a los príncipes, a
veces a los humildes y, sobre todo, las rentas a perpetuidad.
Recuérdese la evolución económica y social que hemos
esbozado anteriormente. Las capas superiores se componen
de un porcentaje cada vez mayor de rentistas, ya que los
señores, por la evolución de la renta feudal, se convierten
también cada vez más en «rentistas de la tierra», según la
expresión de Marc Bloch, y cada vez menos en explotadores
directos. El efectivo que pueden obtener de esas rentas no se
invierte, sin embargo, en el progreso económico. En la
mayor parte de los países, la institución de la degradación
impide a la aristocracia terrateniente hacer negocios, y de
este modo, lo que se podría al menos invertir en la tierra y
fomentar con ello un progreso rural se esfuma en gastos de
prestigio y de lujo cada vez más caros y más devoradores.
Queda, con todo ello, que los innegables avances de la
economía monetaria tienen graves repercusiones sociales.
Comienzan por trastornar el estatus de las clases sociales
por la extensión del salariado, sobre todo en las ciudades,
pero también, y cada vez más, en el campo. Lo más
frecuente es que ahonden el foso que separa a las clases o,
mejor, a las categorías sociales dentro de las clases. Lo
hemos visto en lo que se refiere a las clases rurales: señores
y campesinos. Aún es más claro para las clases urbanas.
Una capa superior va destacándose poco a poco del pueblo
medio y bajo, de los artesanos y de los obreros.
Pero si el dinero es con mucha frecuencia la base de sus
diferencias, la jerarquía social en adelante queda definida
en función de un nuevo valor: el230
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
trabajo. Las clases urbanas, efectivamente, conquistan su
puesto mediante la nueva fuerza de su función económica.
Al ideal señorial basado en la explotación del trabajo
campesino, ellas oponen su sistema de valores basado en el
trabajo que las ha hecho poderosas. Pero, convertida a su
vez en una clase de rentistas, la capa superior de la nueva
sociedad urbana impone una nueva línea de partición de los
valores sociales, la que separa el trabajo manual de las
demás formas de actividad. Por lo demás, eso se
corresponde con una evolución de las clases campesinas,
porque una élite que, por una curiosa evolución del
vocabulario, se denomina «labradores» — campesinos
acomodados, propietarios de una yunta y de sus aperos de
labranza— se opone a la masa que no tiene más que sus
brazos para vivir: los «mano de obra» y, más precisamente,
los braceros. En las clases urbanas, la nueva división deja
aislados a los «hombres mecánicos», artesanos y obreros
aún poco numerosos. Los intelectuales, los universitarios,
tentados por un momento de definirse como trabajadores,
trabajadores intelectuales en un codo a codo con los demás
oficios en la fábrica urbana, se apresuran a unirse a la élite
de los «manos limpias». Incluso el pobre Rutebeuf exclama
con orgullo: «Yo no soy un obrero manual».Capítulo 3
La sociedad cristiana
(siglos X-XIII)
Cerca del año mil, la literatura occidental presenta a la
sociedad cristiana con un esquema nuevo que obtiene muy
pronto un gran éxito. Un «pueblo triple» compone la
sociedad: sacerdotes, guerrero y campesinos. Las tres ca-
tegorías son distintas y complementarias, y cada una tiene
necesidad de las otras. Su conjunto forma el cuerpo
armónico de la sociedad. Este esquema aparece en la
traducción libre de la obra de Boecio De Consolatione,
hecha por el rey de Inglaterra Alfredo el Grande a finales del
siglo IX. El rey ha de tener jebedmen, fyrdmen y weorcmen,
«hombres de plegaria», «hombres de caballo» y «hombres
de trabajo». Un siglo después, la estructura tripartita rea-
parece en Aelfric y en Wulfstan, y el obispo Adalberón de
Laón, en su poema al rey capeto Roberto el Piadoso, hacia
el 1030, da una versión elaborada de ella: «La sociedad de
los fieles no forma más que un cuerpo; pero el Estado tiene
tres. Porque la otra ley, la ley humana, distingue otras dos
clases: los nobles y los siervos, efectivamente, no se rigen
por el mismo estatuto... Aquéllos son los guerreros,
protectores de las iglesias; son los defensores del pueblo, lo
mismo de los grandes que de los pequeños, en fin, de todos,
y aseguran a la vez su propia seguridad. La otra clase es la
de los siervos: esta desgraciada casta no posee nada si no es
al precio de su trabajo. ¿Quién podría, abaco en232
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
mano, calcular las labores que ejecutan los siervos, sus
largas marchas, sus duros trabajos? Dinero, vestidos,
alimentos, los siervos lo proporcionan todo a todo el mundo;
ningún hombre libre podría subsistir sin los siervos. ¿Se ha
de hacer un trabajo? ¿Se quieren hacer gastos? Vemos a
reyes y prelados hacerse siervos de sus siervos; el siervo
nutre al amo, él, que pretende alimentarlo. Y el siervo no ve
nunca el fin de sus lágrimas y de sus suspiros. La casa de
Dios, que se cree ser una, está, por lo tanto, dividida en tres:
los unos ruegan, los otros combaten y los otros, en fin,
trabajan. Esas tres partes que coexisten no sufren por verse
separadas; los servicios proporcionados por la una son
condición de las obras de las otras dos; cada una, a su vez,
se encarga de aliviar el conjunto. Así, este conjunto triple no
deja de permanecer unido, y así es como la ley ha podido
triunfar y el mundo gozar de la paz».
Texto capital y, en alguna de sus frases, extraordinario.
En un solo flash, la realidad de la sociedad feudal queda
reflejada en la fórmula «el siervo nutre al amo, él, que
pretende alimentarlo». Y la existencia de las clases —y, por
consiguiente, su antagonismo—, aunque inmediatamente
enmascarada por la afirmación ortodoxa de la armonía
social, se plantea por la constatación: «La casa de Dios, que
se cree ser una, está, por lo tanto, dividida en tres». Sin em-
bargo, lo que nos importa aquí es la caracterización, que se
hará clásica, de los tres estamentos de la sociedad feudal:
los que rezan, los que combaten y los que trabajan: oratores,
bellatores, laboratores.
Sería apasionante seguir la suerte de este tema, sus
transformaciones, sus relaciones con otros temas, por
ejemplo, con la genealogía de la Biblia: los tres hijos de
Noé, o de la mitología germánica: los tres hijos de Rigr.
Pero, ¿es este tema literario una buena introducción al
estudio de la sociedad medieval? ¿Qué relación mantiene
con la realidad? ¿Expresa la verdadera estructura de las
clases sociales en el Occidente medieval?
Georges Dumézil ha mantenido con éxito la tesis de que
la triple partición de la sociedad es una característica de las
sociedades indoeuropeas, y el Occidente medieval quedaría
así vinculado sobre todo a la tradición itálica: Júpiter,
Marte, Quirino, probablemente con un intermediario celta.
Otros, entre ellos recientemente Vasilij I. Abaev, piensan
que la «triple partición funcional» es «una etapa necesaria
en la evolución de toda ideología humana» o, mejor aún,
social. Lo esencial es que ese esquema aparece o reaparece
en un momento que se puede considerar oportuno para la
evolución de la sociedad occidental. Georges Duby ha sido
el brillante historiador de esos tres órdenes.
Entre el siglo VIII y XI la aristocracia se constituye en
orden militar, como hemos visto, y al miembro por
excelencia de esta clase se le denomina milesLA SOCIEDAD CRISTIANA
233
—caballero—, denominación que parece extenderse hasta las
fronteras de la cristiandad, puesto que en una inscripción
funeraria del siglo XI, descubierta recientemente en Gniezno,
se habla de un miles. En la época carolingia, los clérigos se
transforman en casta clerical, como lo ha puesto bien de
manifiesto el canónigo Delaruelle, y la evolución de la liturgia
y de la arquitectura religiosa expresan esta transformación:
clausura de los coros y de los claustros, reservados al clero de
los capítulos, y cierre de las escuelas exteriores de los
monasterios. El sacerdote celebra en adelante la misa de
espaldas a los fieles, éstos ya no van en procesión a levar al
celebrante las «oblaciones», ya no están asociados a la
recitación del Canon que, en adelante, recita el sacerdote en
voz baja, la hostia ya no es de pan natural, sino de pan ázimo,
«como si la misa se convirtiese en algo extraño a la vida
cotidiana». En fin, la condición de los campesinos tiende a
uniformarse en el nivel más bajo: el de los siervos. Así pues,
emplearé el término de clase para designar las tres categorías
del esquema.
Basta comparar ese esquema con los de la alta Edad
Media para darse cuenta de la novedad.
Entre los siglos V y XI hay dos imágenes de la sociedad que
se entremezclan muy a menudo. Se trata, a veces, de un
esquema múltiple, diversificado, que enumera un cierto
número de categorías sociales o profesionales donde se
pueden hallar los restos de una clasificación romana que
distingue las categorías profesionales, las clases jurídicas y las
condiciones sociales. Así el obispo de Verona, Rathier, en el
siglo X, nombra diecinueve categorías: los civiles, los
militares, los artesanos, los médicos, los comerciantes, los
abogados, los jueces, los testigos, los procuradores, los
patronos, los mercenarios, los consejeros, los señores, los
esclavos (o siervos), los maestros, los alumnos, los ricos, los de
fortuna media y los mendigos. En esta lista se encuentra
mejor o peor representada la especialización de las categorías
profesionales y sociales características de la sociedad romana
y que quizá habían sobrevivido en cierto modo en la Italia del
norte.
Pero con más frecuencia la sociedad se reduce a la
confrontación de dos grupos: clérigos y laicos en una cierta
perspectiva, poderosos y débiles o grandes y pequeños, o ricos
y pobres si sólo se tiene en cuenta la sociedad laica, libres y no
libres si uno se sitúa en el plano jurídico. Este esquema
dualista corresponde a una visión simplificadora de las
categorías sociales en el Occidente de la alta Edad Media, eso
es seguro. Una minoría monopoliza las funciones de dirección:
dirección espiritual, dirección política, dirección económica; la
masa lo soporta. La triple partición funcional que aparece
alrededor del año mil expresa otra ideología. Corresponde a la
función religiosa, a la función militar y a234
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
la función económica y es característica de un cierto estadio
de evolución de las sociedades que los sabios como Georges
Dumézil han denominado indoeuropeas. Es un testimonio
del parentesco entre la imaginación social de la sociedad
medieval y la de otras sociedades más o menos arcaicas.
¿Qué quiere decir triple partición funcional? Y en primer
lugar, ¿qué relaciones mantienen entre sí las tres
funciones, o mejor, las clases que las representan? Está
claro que el esquema tripartito es un símbolo de armonía
social. Como el apólogo de Menenio Agripa, Los miembros
y el estómago, es un instrumento lleno de imágenes del cese
de la lucha de clases y de la mixtificación del pueblo. Pero,
si bien se ha visto claramente que ese esquema se orientaba
a mantener a los trabajadores —la clase económica, los
productores— en la sumisión a las otras dos clases, no se ha
puesto suficientemente de manifiesto que el esquema, que es
clerical, se orienta también a someter los guerreros a los
clérigos, a hacer de ellos los protectores de la Iglesia y de la
religión. Representa también un episodio de la antigua
rivalidad entre hechiceros y guerreros y va de la mano con la
reforma gregoriana, la lucha entre el sacerdocio y del
Imperio. Contemporáneo de los cantares de gesta, terreno
literario de la lucha entre la clase clerical y la clase militar,
como lo fue en la Iliada —tal como lo ha demostrado
brillantemente, partiendo del episodio del caballo de Troya,
Vasilij I. Abaev—, es un testimonio de la lucha entre la
fuerza chamánica y el valor guerrero. Piénsese en la
distancia que separa a Roldan de Lancelote. Lo que se ha
dado en llamar la cristianización del ideal caballeresco,
probablemente, no es más que la victoria del poder
sacerdotal sobre la fuerza guerrera. Roldan, aparte lo que
se haya podido decir, tiene una moral de clase, piensa en su
linaje, en su rey, en su patria. No tiene nada de santo, salvo
que sirve de modelo al santo de su época —siglos XI y XII
— definido como miles Christi. Todo el ciclo de Arturo, por
el contrario, termina con el triunfo de la «primera función»
sobre la «segunda». Ya en la obra de Cristian de Troyes, el
difícil equilibrio entre «clerecía» y «caballería» acaba, a
través de la evolución de Perceval, con la metamorfosis del
caballero, la búsqueda del santo Grial, la visión del Viernes
Santo. El Lancelote en prosa remata el ciclo. El epílogo de
la muerte de Arturo es un crepúsculo de los guerreros. El
instrumento simbólico de la clase militar, la espada
Excalibur, acaba siendo arrojada por el rey a un lago y
Lancelote se convierte en una especie de santo. El poder
chamánico, bajo una forma, por lo demás, muy depurada,
ha absorbido el valor guerrero.
Por otra parte, uno puede preguntarse si la tercera
categoría, la de los trabajadores, laboratores, se confunde
por completo con el conjunto de los productores, si todos
los campesinos representan la función económica.LA SOCIEDAD CRISTIANA
235
Se podrían acumular una serie de textos y demostrar
que, entre el final del siglo VIII y el XII, las derivaciones de
la palabra labor, empleadas en un sentido económico —
pero raramente, de hecho, en su estado puro, porque esos
términos se hallan casi siempre más o menos contaminados
por la idea moral de fatiga, de penalidad—, responden a un
significado preciso, el de una conquista agrícola: ya sea
mediante una extensión de la superficie cultivada, o bien
mediante la mejora de la cosecha. La capitular de los
sajones de finales del siglo VIII distingue substantia y labor,
el patrimonio, la herencia, y las adquisiciones debidas a su
explotación. Labor incluye la roturación y su resultado. La
glosa de un canon manuscrito de un sínodo noruego de
1164 precisa que labores equivale a novales, es decir, las
tierras roturadas. El laborator es aquel cuya fuerza
económica basta para producir más que los demás. Ya en el
926, un acta de Saint-Vincent del Macones nombra illi
meliores qui sunt laboratores («esa élite que son los
laboratores»). De ahí procederá, en francés, la palabra
laboureurs que, ya en el siglo X, designa la capa superior
del campesinado, la que posee al menos una yunta de
bueyes y sus correspondientes aperos de labranza. Así, el
esquema de la triple partición —incluso aunque algunos,
como Adalberón de Laón, hagan entrar en él al conjunto de
los campesinos e identifiquen a los laboratores con los
siervos— representa más bien de manera exclusiva el
conjunto de las capas superiores: la clase clerical, la militar y
la capa superior de la clase económica. En una palabra, sólo
comprende la melior pars, las élites.
Piénsese, además, en la forma en que esta sociedad
tripartita va a transformarse durante la baja Edad Media. En
Francia se convertirá en los tres estados: clero, nobleza y
tercer estado. Ahora bien, este último no se confunde con el
conjunto de los campesinos. Ni siquiera representa a toda
la burguesía. Está compuesto por las capas superiores de la
burguesía, por los notables. El equívoco que existe desde la
Edad Media sobre la naturaleza de esta tercera clase, que es
teóricamente el conjunto de todos los que no figuran en las
dos primeras y que, de hecho, se limita a la parte más rica o
la más instruida del resto, desembocará en el conflicto
planteado durante la Revolución francesa de 1789 entre los
que quieren concluir la revolución con la victoria de la élite,
del tercer estado, y quienes quieren hacer de ella el triunfo de
todo el pueblo.
De hecho, en la sociedad de lo que se ha llamado la
primera edad feudal, hasta mediados del siglo XII
aproximadamente, la masa de los trabajadores manuales —
un texto del siglo XI de Saint-Vincent del Macones opone
aún los pauperiores qui manibus laboran («los más pobres
que trabajan con sus manos») a los laboratores—
sencillamente no existe. Marc Bloch ha observado236
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
con sorpresa que los señores laicos y eclesiásticos de esta
época transformaban los metales preciosos en piezas de
orfebrería y que las hacían fundir, como hemos visto, en
caso de necesidad, considerando como nulo el valor
económico del trabajo del artista o del artesano. Pero la
tendencia a considerar que el esquema comprendía toda la
sociedad y que, por consiguiente, los laboratores
comprendían la masa de los trabajadores, también tuvo su
difusión después del siglo XI.
Acabamos de hablar de clase y de aplicar este término a
las tres categorías del esquema tripartito, mientras que,
tradicionalmente, en esa palabra se veía el concepto de
«órdenes», y a las tres funciones corresponderían en la
época medieval tres órdenes.
Ese vocabulario es ideológico, normativo, incluso si, para
ser más eficaz, tenga que ofrecer una cierta concordancia
con las «realidades» sociales. El término ordo, más
carolingio que propiamente feudal, pertenece al vocabulario
religioso y se aplica, por lo tanto, a una visión religiosa de la
sociedad, a los clérigos y a los laicos, a lo espiritual y a lo
temporal. Así pues, no puede haber en ese vocabulario más
que dos órdenes: el clero y el pueblo, clerus y populus, y los
textos, por lo demás, dicen con suma frecuencia: utraque
ordo («ambos órdenes»). Algunos juristas modernos han
querido establecer una distinción entre la clase, cuya
definición sería económica, y el orden, cuya definición sería
jurídica. De hecho, el orden es un término religioso pero,
igual que la clase, se apoya en bases socioeconómicas. La
tendencia de los autores y los utilizadores del esquema
tripartito de la Edad Media a hacer de las tres «clases» tres
«órdenes», responde a la intención de sacralizar esta
estructura social, de hacer de ella una realidad objetiva y
eterna creada y querida por Dios y de imposibilitar
cualquier género de revolución social.
Reemplazar ordo por conditio («condición»), como se
hizo a veces en el siglo XI, y hacia el 1200 por «estado»,
significa, por lo tanto, un cambio profundo. Esta laicización
de la visión de la sociedad sería ya importante por sí sola.
Pero es que, además, va acompañada de una derogación
del esquema tripartito que corresponde a una evolución
capital de la misma sociedad medieval.
Sabido es que el instante en que aparece una nueva
clase que hasta entonces no ha tenido su lugar en el
esquema tripartito de una sociedad, constituye un momento
crítico en la historia de ese esquema. Las soluciones
adoptadas por las diferentes sociedades —Georges Dumézil
las ha estudiadoLA SOCIEDAD CRISTIANA
237
en lo que atañe a las sociedades indoeuropeas— son
diversas. Tres de ellas apenas trastocan la visión
tradicional: la que consigue mantener apartada la nueva
clase, negándole un lugar en el esquema; la que la
amalgama y la funde con una de las tres preexistentes; e
incluso la más revolucionaria, la que, para hacerle un lugar,
transforma el esquema tripartito en esquema cuatripartito.
En general, esta clase aguafiestas suele ser la de los
comerciantes que señalan el paso de una economía cerrada
a una economía abierta y la aparición de una clase
económica poderosa que no se contenta con someterse a la
clase clerical y a la militar. Se ve claramente cómo la
sociedad medieval tradicional ha probado esas soluciones
inmovilistas leyendo en un sermón inglés del siglo XIV:
«Dios ha hecho los clérigos, los caballeros y los labradores;
pero el demonio ha hecho los burgueses y los usureros», o
en un poema alemán del siglo XIII que la tercera clase, la de
los usureros, Wucherer, gobierna desde entonces a las otras
tres.
El hecho capital es que, en la segunda mitad del siglo
XII y en el transcurso del XIII, el esquema tripartito de la
sociedad —incluso si se sigue encontrándolo como tema
literario e ideológico durante mucho tiempo aún— se
descompone y cede ante un esquema más complejo y más
flexible, resultado y reflejo de una transformación social.
A la sociedad tripartita sucede la sociedad de los
«estados», es decir, de las condiciones socioprofesionales.
Su número varía al gusto de los autores, pero se encuentran
en ella algunas constantes, sobre todo la mezcla de una
clasificación religiosa, basada en criterios clericales y
familiares, con una división según las funciones
profesionales y las condiciones sociales. Un sermonario
alemán del 1220 aproximadamente enumera hasta 28
estados: 1, el papa; 2, los cardenales; 3, los patriarcas; 4, los
obispos; 5, los prelados; 6, los monjes; 7, los cruzados; 8, los
conversos; 9, los monjes giróvagos; 10, los sacerdotes
seculares; 11, los juristas y los médicos; 12, los estudiantes;
13, los estudiantes errantes; 14, las monjas de clausura; 15,
el emperador; 16, los reyes; 17, los príncipes y condes; 18,
los caballeros; 19, los nobles; 20, los escuderos; 21, los
burgueses; 22, los comerciantes; 23, los vendedores al por
menor; 24, los heraldos; 25, los campesinos obedientes; 26,
los campesinos rebeldes; 27, las mujeres... y 28, ¡los
hermanos predicadores! De hecho, se trata de una doble
jerarquía paralela de clérigos y de laicos, conducidos los
primeros por el papa y los segundos por el emperador.
El nuevo esquema es todavía el de una sociedad
jerarquizada en la que se desciende de la cabeza a la cola,
salvo alguna excepción como en el Libro de Alejandro,
español, de mediados del siglo XIII, donde la enumeración
de los estados comienza por los «labradores» para terminar
por los nobles. Pero se238
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
trata de una jerarquía diferente de la de los órdenes de la
sociedad tripartita, de una jerarquía más horizontal que
vertical, más humana que divina, que no pone en entredicho
la voluntad de Dios, que no es de derecho divino y que, en
cierto modo, se puede modificar. También aquí la
iconografía pone de manifiesto un cambio ideológico y
mental. La representación de los órdenes superpuestos (que
continuará aún y se reforzará incluso en tiempos del absolu-
tismo monárquico) queda reemplazada por una figuración
de los estados en fila india. No hay duda de que los
poderosos: papa, emperador, obispos, caballeros son los
que dirigen el baile, pero, ¿hacia dónde? No hacia lo alto,
sino hacia abajo, hacia la muerte. Porque la majestuosa
sociedad de los órdenes ha cedido el puesto al cortejo de los
estados arrastrados en esa danza macabra.
Esta desacralización de la sociedad va acompañada de
una fragmentación, de una desintegración que es al mismo
tiempo el reflejo de la evolución de las estructuras sociales y
el resultado de una maniobra más o menos consciente del
clero que, viendo cómo se le escapaba la sociedad de los
órdenes, debilita a la nueva sociedad dividiéndola,
atomizándola y dirigiéndola a la muerte. ¿No viene acaso
la gran peste de 1348 a poner de manifiesto que la voluntad
de Dios es castigar a todos los «estados»? La destrucción
del esquema tripartito de la sociedad va unida al desarrollo
urbano de los siglos XI a XIII, desarrollo que es preciso
situar, como hemos visto, en el contexto de una división
creciente del trabajo. El esquema tripartito se desmorona al
mismo tiempo que el esquema de las siete artes liberales y
también a la vez que se tienden los primeros puentes entre
las artes liberales y las artes mecánicas, entre las disciplinas
intelectuales y las técnicas. El taller urbano es un crisol
donde se disuelve la sociedad tripartita y donde se elabora la
nueva imagen.
La Iglesia termina por adaptarse de grado o por fuerza.
Los teólogos más abiertos comienzan a proclamar que todo
oficio, que toda condición se puede justificar si se ordena a
la salvación. Gerhoh de Reichersberg, a mediados del siglo
XII, en el Líber de aedificio Dei, evoca «esta gran fábrica, este
gran taller que es el universo» y afirma: «Quien por el
bautismo ha renunciado al diablo, aunque no se haga
clérigo o monje, se entiende que ha renunciado al mundo
de tal manera que, ricos o pobres, nobles o siervos,
comerciantes o labradores, todos cuantos han hecho
profesión de fe cristiana deben rechazar lo que les es hostil y
seguir lo que les conviene; en efecto, cada orden (el vo-
cabulario sigue siendo el del concepto de órdenes), y más
en general cada profesión halla en la fe católica y la
doctrina apostólica una regla adaptada a su condición, y si
libra bajo ella el buen combate podrá también conquistar la
corona», es decir, la salvación. Por supuesto que este
reconocimiento vaLA SOCIEDAD CRISTIANA
239
acompañado de una vigilancia atenta. La Iglesia admite la
existencia de estados, pero les impone como etiqueta
distintiva pecados específicos, pecados de clase,
inculcándoles una moral profesional.
Al principio, esta nueva sociedad es la sociedad del
diablo. De ahí el notable éxito que tuvo en la literatura
clerical, a partir del siglo XII, el tema de «las hijas del
diablo», casadas con los estados de la sociedad. En las
guardas de un manuscrito florentino del siglo XIII, por
ejemplo, leemos:
El diablo tiene nueve hijas, a las que ha casado
a la simonía... con los clérigos seculares
a la hipocresía...con los monjes
a la rapiña...con los caballeros
al sacrilegio...con los campesinos
a la simulación...con los alguaciles
al fraude...con los comerciantes
a la usura...con los burgueses
a la pompa mundana...con las matronas
y la lujuria, a la que no ha querido casar, pero que ofrece a todos
como amante común.
Florece toda una literatura homilética que ofrece
sermones ad status, es decir, dirigidos a cada uno de los
«estados». Las órdenes mendicantes, en el siglo XIII, le
otorgan en sus predicaciones un lugar privilegiado. El
cardenal dominico Humberto de Romans, a mediados del
siglo XIII, se encarga de codificarlos.
La coronación de este reconocimiento de los «estados»
es su introducción en la confesión y en la penitencia. Los
manuales de confesores que, en el siglo XIII, definen los
pecados y los casos de conciencia acaban por catalogar los
pecados por clases sociales. A cada estado sus vicios, sus
pecados. La vida moral y espiritual se socializa según la
sociedad de los «estados».
Juan de Friburgo, a finales del siglo XIII, en su
Confessionnale, un resumen de su gran Summa confessorum
para uso de los confesores «más simples y menos expertos»,
ordena los pecados en catorce rúbricas, que son otros
tantos «estados»: 1, obispos y prelados; 2, clérigos y
beneficiados; 3, curas de parroquia, vicarios y confesores; 4,
monjes; 5, jueces; 6, abogados y procuradores; 7, médicos;
8, doctores y maestros; 9, príncipes y otros nobles; 10, es-
posos; 11, comerciantes y burgueses; 12, artesanos y obreros;
13, campesinos; 14, laboratores.
En esta sociedad rota, los jefes espirituales conservan, a
pesar de todo, la nostalgia de la unidad. La sociedad
cristiana debe formar un cuerpo, un cor-240
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
pus. Ideal preconizado por los teóricos carolingios y por el
papado de las cruzadas a partir de Urbano II.
Cuando la diversidad parece triunfar, un Juan de Salisbury,
hacia el 1160, intenta aún, en el Polycraticus, salvar la unidad de
la cristiandad, comparando la sociedad laica cristiana con un
cuerpo humano en el que las diversas categorías profesionales
constituyen los miembros y los órganos. El príncipe es la cabeza;
los consejeros, el corazón; los jueces y los administradores
provinciales, los ojos, los oídos y la lengua; los guerreros, las
manos; los funcionarios de las finanzas, el estómago y los
intestinos; los campesinos, los pies.
En ese mundo de combates dualistas que es la cristiandad
medieval, la sociedad es ante todo el teatro de una lucha entre la
unidad y la diversidad, como lo es, de forma más general, de un
duelo entre el bien y el mal. Porque durante mucho tiempo el
sistema totalitario de la cristiandad medieval identificará el bien
con la unidad y el mal con la diversidad. En el detalle cotidiano
se establecerá una dialéctica entre la teoría y la práctica, y la
afirmación de la unidad se acomodará con frecuencia a una
inevitable tolerancia.
En primer lugar, ¿quién es la cabeza de ese cuerpo que es la
cristiandad? De hecho, la cristiandad es bicéfala, tiene dos
cabezas: el papa y el emperador. Pero la historia medieval está
hecha más de desacuerdos y de luchas que de entendimiento
entre esas dos cabezas, quizá sólo conseguido de forma efímera
por Otón III y Silvestre II en torno al año mil. El resto del
tiempo, las relaciones entre las dos cabezas de la cristiandad
manifiestan la rivalidad existente entre los niveles más altos de
los dos órdenes dominantes, pero concurrentes, de la jerarquía
clerical y de la laica —de los clérigos y de los guerreros, del
poder chamánico y de la fuerza militar.
Sin embargo, el duelo entre el sacerdocio y el Imperio no
siempre aparece en estado puro. Hay otros protagonistas que
remueven las cartas.
Por parte del sacerdocio, las cosas se aclaran con bastante
rapidez. Una vez comprobada la imposibilidad de hacer que el
patriarca de Constantinopla y la cristiandad oriental admitan la
primacía romana —hecho consumado mediante el cisma del
1054—, la primacía del papa apenas es discutida por alguien en
la Iglesia de Occidente. Gregorio VII da un paso decisivo a este
respecto con el Dictatus papae del 1075, donde afirma entre
otras cosas: «Sólo el pontífice romano es llamado a justo título
universal... El es el único cuyo nombre se debe pronunciar en
todas las iglesias..., a quien no está con la Iglesia romana no se
le puede considerar católico...». En el transcurso delLA SOCIEDAD CRISTIANA
2 41
siglo XII, de «vicario de san Pedro» se transforma en «vicario
de Cristo» y, mediante el proceso de canonización, controla la
consagración de los nuevos santos. Durante los siglos XIII y
XIV, sobre todo gracias a los progresos de la fiscalidad
pontificia, hace de la Iglesia una verdadera monarquía.
A su lado o en contra suya, el emperador está muy lejos de
ser la cabeza de la sociedad laica de forma tan indiscutida. En
primer lugar, hay eclipses imperiales mucho más prolongados
que las cortas vacantes del solio pontificio, la más larga de las
cuales, relativamente excepcional, es la de los treinta y cuatro
meses que separan la muerte de Clemente IV en noviembre de
1268 y la elección de Gregorio X en septiembre de 1271
durante el gran interregno entre la muerte de Federico II
(1250) y la elección de Rodolfo de Habsburgo (1273).
Tampoco hay que olvidar que, muy a menudo, un plazo bas-
tante largo separa la elección en Alemania, que hace del
elegido un simple «rey de los romanos», de la coronación en
Roma, sólo a partir de la cual el emperador lo es de hecho.
Sobre todo, la hegemonía del emperador a la cabeza de la
cristiandad es más teórica que real. Con frecuencia combatido
en Alemania , discutida su autoridad en Italia, es, por lo
general, ignorado por los príncipes más poderosos. A partir
del período otoniano, los reyes de Francia no se sienten, en
modo alguno, sometidos al emperador. Desde comienzos del
siglo XII, los canonistas ingleses y españoles, tanto como los
franceses, niegan que sus reyes sean subditos de los
emperadores y de las leyes imperiales. El papa Inocencio III
reconoce en 1202 que, de facto, el rey de Francia no tiene
superior en lo temporal. Un canonista declara en 1208 que
«todo rey tiene en su reino los mismos poderes que el
emperador en su imperio»: unusquisque enim tantum iuris
habet in regno suo quantum imperator in imperio. Los
Etablissements de san Luis declaran: «El rey no depende de
nadie si no es de Dios y de sí mismo». En resumidas cuentas,
se consolida la teoría según la cual «el rey es emperador en su
reino». Por otra parte, desde comienzos del siglo X se asiste a
lo que Robert Folz llama el «fraccionamiento de la noción de
imperio». El título de emperador adquiere una dimensión
limitada. De forma muy significativa aparece en dos países
que se han librado de la dominación de los emperadores
carolingios: las islas Británicas y la península Ibérica, y en los
dos casos manifiesta la pretensión a la supremacía sobre una
región unificada: los reinos anglosajones, los reinos ibéricos
cristianos. El sueño imperial dura apenas un siglo en Gran
Bretaña.
En España, la quimera imperial se mantiene durante más
tiempo. El «imperio español» tiene su apogeo con Alfonso VII
que se hace coronar emperador en León en 1135. Después de
él, la monarquía castellana se divide, España se fragmenta en
los «cinco reinos» y el título de emperador de España242
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
desaparece para no hacer más que una corta aparición con
Fernando III en el 1248, tras la toma de Sevilla a los
musulmanes.
De este modo, la idea de imperio, aunque parcial y
fragmentaria, iba siempre ligada a la idea de unidad.
Paralelamente, los emperadores alemanes, a pesar de
ciertas declaraciones de su cancillería o de sus aduladores,
restringen cada vez más a Alemania y su prolongación
italiana sus pretensiones al Sacro Imperio romano germá-
nico. En primer lugar a Alemania, sobre todo a partir del
momento en que el emperador es elegido por un colegio de
príncipes alemanes. Ya Federico Barbarroja, que había
tomado el título de emperador antes de su coronación en
Roma el 18 de junio de 1155, había llamado a los príncipes
que le habían elegido «cooperadores en la gloria del
emperador y del Imperio». La idea del imperio universal
reviste una última forma, deslumbradora, bajo Federico II,
que corona sus pretensiones jurídicas a la supremacía
mundial con una visión escatológica. Mientras que sus
adversarios hacen de él el Anticristo o el precursor del
Anticristo, él se presenta como el Emperador del Fin del
Mundo, el salvador que llevará al mundo a la edad de oro, el
immutator mirabilis, nuevo Adán, nuevo Augusto y, muy
pronto, casi otro Cristo. En 1239 ensalza a su villa natal de
Iesi, en las Marcas, como a su propio Belén.
Pero de hecho, el comportamiento de los emperadores
fue siempre mucho más prudente. Se contentan cono una
preeminencia honorífica, con una autoridad moral que les
confiere una especie de patronazgo sobre los demás reinos.
De este modo, el bicefalismo de la cristiandad medieval
se refiere menos al papa y al emperador, que al papa y al rey
(rey-emperador), o como expresa aún mejor la fórmula
histórica, al sacerdocio y al Imperio, al poder espiritual y al
poder temporal, al sacerdote y al guerrero.
Es cierto que la idea imperial conservará fervientes
defensores incluso después de haber quedado obsoleta.
Dante, el gran apasionado de la cristiandad medieval, el
hambriento de unidad, suplica, conmina, injuria al em-
perador que no cumple su función, su deber de jefe
supremo y universal.
Pero el verdadero conflicto se entabla entre el sacerdos y
el rex. ¿Cómo ha intentado cada uno de ellos resolverlo a su
favor? Reuniendo los dos poderes en su persona, el papa
convirtiéndose en emperador y el rey convirtiéndose en
sacerdote. Cada uno de ellos ha procurado realizar en sí
mismo la unidad rex-sacerdos.
En Bizancio, el basileus había conseguido que se le
considerara como un personaje sagrado y ser el jefe
religioso a la vez que político, lo que en la historia se conoce
como el cesaropapismo. Parece ser que Carlomagno había
in-LA SOCIEDAD CRISTIANA
243
tentado reunir en su persona la doble dignidad imperial y
sacerdotal. La imposición de manos durante la
consagración del año 800 recuerda el gesto de la
ordenación sacerdotal, como si Carlomagno estuviese
desde entonces investido de un «sacerdocio real». Es un
nuevo David, un nuevo Salomón, un nuevo Josías. Pero
cuando se le llama rex et sacerdos, lo que se le atribuye es,
como precisa Alcuino, la función sacerdotal de predicar, no
las funciones carismáticas. Ningún texto lo describe como
un nuevo Melquisedec, el único rey-sacerdote en sentido
estricto del Antiguo Testamento.
Pero los reyes y emperadores prosiguieron a lo largo de
toda la Edad Media sus tentativas para hacerse reconocer un
carácter religioso, sagrado, casi sacerdotal.
El principal medio de su política en este sentido es la
consagración y la coronación, ceremonias religiosas que
hacen de ellos el ungido del Señor, el «rey coronado por
Dios», rex a Deo coronatus. La consagración es un sacra-
mento. Va acompañada de las aclamaciones litúrgicas, de los
laudes regiae, en las que Ernst Kantorowicz ha detectado
justamente el reconocimiento solemne por parte de la
Iglesia del nuevo soberano, añadido así a la jerarquía
celeste. Esas aclamaciones litúrgicas, entonadas después de
las letanías de los santos, manifiestan «la unión entre los
dos mundos, más aún que su simetría». Proclaman «la
armonía cósmica del Cielo, de la Iglesia y del Estado».
La consagración es una ordenación. El emperador
Enrique III argumenta en el 1046 a Wazon, obispo de Lieja:
«Yo también, que he recibido el derecho de mandar a todos,
he sido ungido con el óleo santo». Uno de los propagan-
distas de Enrique IV en su lucha contra Gregorio VII, Gui
de Osnabrück, escribe en 1084-1085: «El rey debe ser
puesto aparte de la multitud de los laicos; él, como ungido
con el óleo sagrado, participa del ministerio sacerdotal». En
el preámbulo de un documento fechado en 1143, Luis VII
de Francia recuerda: «Sabemos que, conforme a las
prescripciones del Antiguo Testamento, y en nuestros días a
la ley de la Iglesia, únicamente los reyes y los sacerdotes son
consagrados con la unción del santo crisma. Conviene,
pues, que quienes, únicos entre todos, unidos entre sí por el
crisma sacrosanto, están colocados a la cabeza del pueblo de
Dios, procuren a sus subditos tanto los bienes temporales
como los espirituales, y se los procuren también los unos a
los otros».
El ritual de esta consagración-ordenación está señalado
en los ordines como «la orden de la consagración y de la
coronación de los reyes de Francia» del manuscrito de
Chálons-sur-Marne, que data aproximadamente de 1280 y
se conserva en la Biblioteca Nacional de París (manuscrito
latino 1246). Sus preciosas miniaturas nos presentan
algunos de los episodios más244
LA CIWILIZACIÓN MEDIEVAL
significativos de esta ceremonia religiosa en la que se pone de
relieve, por una parte, al militar —entrega de las espuelas y
de la espada— y, por otra, al personaje casi sacerdotal,
mediamte la unción sobre todo, pero también por la entrega
de esos símbolos religiosos que son el anillo, el cetro y la
corona.
P.-E. Schramm ha esclareccido los símbolos religiosos
que daban todo su significado a las insignias imperiales y
reales. La corona imperial, que tenía la forma de una
diadema hecha por ocho plaquitas de oro encajadas y un
aro que circunda la cabeza y en el que se dibujan ocho
pequeños campos semicirculares, toma de la cifira ocho el
símbolo de la vida eterna. La corona imperial, lo mismo que
el octógono de la capilla palatina de Aquisgrán, es la
imagen de la Jerusalén celestial, con muros cubiertos de oro
y de joyas. «Signo de gloría», como la llama el Ordo,
anuncia el reino de Cristo mediante la cruz —símbolo del
ttriunfo—, el ópalo blanco único —el «huérfano»,
orphanus—, signo de preeminencia, y las imágenes de
Cristo, de David, de Salomón y de Ezequíais. El anillo y el
largo báculo —virga— son las réplicas de las insignias
episcopales. Al emperador también se le entrega la santa
Lanza o Lanza de san Mauricio, que se lleva hasta él y que
pasa por contener un clavo de la cruz de Cristo. Recuérdese
que los reyes de Francia y de Inglaterra ostentan el poder,
«al tocar las escrófulas», de curar a quienes están afectados
por ellas, es decir, a los escrofulosos. Que, en definitiva, el
rey prefiere el poder carismático a la fuerza militar lo dice
claramente un texto del carmelita Jeam Golein en su Traite
du sacre, «Tratado de la consagración», escrito en 1374 a
petición de Carlos V: el rey «debe prestar a Dios su
homenaje, puesto que le ha dado el reino, que le viene de él
y no solamente de la espada, como pretendían los antiguos,
sino de Dios, como lo testimonia en su moneda de oro
cuando dice: Christus vincit, Christus regnat, Christus
imperat. No dice: la espada reina y vence, sino: «Cristo ven-
ce, Cristo reina, Cristo impera».
Por parte del pontificado, tiene lugar un intento paralelo
de absorber la función imperial, sobre todo a partir del siglo
VIII y de la falsa Donación de Constantino. El emperador
declara en ella que entrega al papa la ciudad de Roma y
que se traslada por esta razón a Constantinopla. Este le
autoriza a llevar la diadema y las insigniass pontificales y
concede al clero romano los ornamentos senatoriales.
«Hemos decretado también que nuestro venerable Padre
Silvestre, pontífice supremo, lo mismo que todos sus
sucesores, deberán llevar la diadema, es decir, la corona de
oro purísimo y de piedras preciosas que le hemos
concedido, tomándola de nuestra cabeza».
Silvestre rechazó la diadema para aceptar sólo un alto
gorro blanco, el phrygium, insignia real, también de origen
oriental. El phrygium evolucionóLA SOCIEDAD CRISTIANA
245
rápidamente hacia la corona, y un ordo romano del siglo IX
la llama ya regnum. Cuando reaparece, hacia finales del
siglo XI, «ha cambiado de forma y de sentido»: se ha
convertido en la tiara. El círculo de la base se transforma
en una diadema adornada de piedras preciosas. Una corona
con florones la reemplaza en el siglo XII y una segunda se
superpone a ella en el siglo XIII. Aparece después una
tercera, probablemente con los papas de Aviñón, dando
lugar al triregnum. Ya Inocencio III, a principios del siglo
XIII, había explicado que el papa lleva la mitra in signum
pontificii, como signo del pontificado, del sacerdocio
supremo y el regnum, in signum Imperii, como signo del
Imperio. Al rex-sacerdos le corresponde un pontifex-rex.
El papa no lleva la tiara durante el ejercicio de sus
funciones sacerdotales, sino en las ceremonias en las que
aparece como un soberano. A partir de Pascual II, en 1099,
los papas son coronados al subir al solio pontificio. Después
de Gregorio VII, su «entronización» en el Laterano va
acompañada de la «investidura», el revestimiento del manto
de púrpura imperial, la cappa rúbea, cuya posesión, en caso
de disputa entre dos papas, establecía la legitimidad frente a
un antipapa sin manto. Desde Urbano II, el clero romano
recibe el nombre de Curia, nombre que evoca a la vez el
antiguo senado romano y una corte feudal.
De este modo el papado —y éste es un aspecto esencial de
la reforma gregoriana— no sólo se ha separado a sí mismo
y, con él, ha comenzado a separar a la Iglesia, de una cierta
servidumbre al orden feudal laico, sino que se ha afirmado
como cabeza de la jerarquía laica tanto como de la religiosa.
A partir de ese momento se esfuerza por manifestar y por
hacer efectiva la subordinación del poder imperial y real a
su propio poder. Bien conocidos son los infinitos litigios, la
inmensa literatura nacida en torno a la querella de las in-
vestiduras, por ejemplo, que no es más que un aspecto y un
episodio de la gran lucha del sacerdocio y del Imperio, o
mejor aún, como hemos visto, de los dos órdenes.
Recuérdese a Inocencio III multiplicando los Estados vasa-
llos de la Santa Sede. Retengamos, por ser los más
significativos, algunos símbolos en torno a los cuales el
conflicto tomó cuerpo: teorías e imágenes a la vez, como
sucede casi siempre en el Occidente medieval. Ése fue el
caso de las dos espadas y las dos luminarias. Sin embargo,
¿quién había ayudado a los reyes más que la Iglesia?
León III había hecho a Carlomagno. Los benedictinos de
Fleury (Saint-Benoit-sur-Loire) y de Saint-Denis
contribuyeron en gran medida al establecimiento de los
capetos. La Iglesia utilizaba la ambigüedad —de la que ha-
blaremos más adelante— de la realeza, cabeza de la
jerarquía feudal, pero cabeza al mismo tiempo de una
jerarquía de otro orden, la del Estado, la de2 46
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
los poderes públicos, que va más allá del orden feudal. La
Iglesia favorece el poder real contra su rival, el poder
militar, el sacerdote ayuda al rey a dar jaque al guerrero.
Por supuesto que lo hace para convertirlo en su instrumen-
to, para asignar a la realeza el papel esencial de protectora de
la Iglesia, la verdadera Iglesia del orden sacerdotal, la Iglesia
ideal de los pobres. La función que la Iglesia medieval
asigna a la realeza es la de brazo secular que ejecuta las
órdenes de la clase sacerdotal y se mancha en su lugar
utilizando la fuerza física, la violencia, derramando la
sangre de la que ella se lava las manos.
Toda una literatura clerical define esta función del rey.
Son los numerosos Espejos de príncipes que florecieron,
sobre todo, en los siglos IX y XIII, en el que san Luís se
esfuerza, tanto en el plano moral como en el espiritual, por
ser el rey modelo.
El concilio de París del 829 definirá —en términos que
repetirá y desarrollará dos años más tarde Jonás, obispo de
Orleans, en su De institutione regia, que será el modelo de
los Espejos de príncipes de toda la Edad Media, los deberes
de los reyes: «El ministerio real, declaran los obispos,
consiste especialmente en gobernar y en regir el pueblo de
Dios en la equidad y en la justicia y en procurar la paz y la
concordia. En efecto, debe ser en primer lugar el defensor
de las iglesias, de los servidores de Dios, de las viudas, de
los huérfanos y de todos los otros pobres e indigentes.
También debe mostrarse, en la medida de lo posible,
terrible y lleno de celo para que no se produzca ningún
género de injusticia; y si se produjera alguna, para no
permitir que alguien conserve la esperanza de no ser
descubierto en la audacia del mal obrar, sino que todos
sepan que nada quedará impune».
A cambio, la Iglesia sacraliza el poder real. Por lo tanto,
es preciso que todos los subditos se sometan fielmente y
con una obediencia ciega al rey, puesto que «quien se
resiste a ese poder, se resiste al orden querido por Dios».
Y en favor del emperador y del rey, más que del señor
feudal, los clérigos establecen un paralelismo entre el cielo y
la tierra y hacen del monarca la personificación de Dios
sobre la tierra. La iconografía tiende a hacer que se confunda
al Dios de majestad con el rey en su trono.
Hugo de Fleury, en el Tractatus de regia potestate et
sacerdotali dignitate, dedicado a Enrique I de Inglaterra,
llega incluso a comparar al rey con Dios Padre y al obispo
con Cristo solamente. «Uno sólo reina en el reino de los
cielos, el que lanza el rayo. Es natural que no haya más que
uno sólo después de él que reine en la tierra, uno sólo que
sea un ejemplo para todos los hombres.» Así hablaba
Alcuino, y lo que él afirma del emperador vale para el rey
desde el momento en que éste es «emperador en su reino».LA SOCIEDAD CRISTIANA
247
Pero si el rey se desvía de este programa, si deja de
someterse, la Iglesia se encarga de recordarle enseguida su
indignidad y de negarle ese carácter sacerdotal que él se
esfuerza por conseguir.
Felipe I de Francia, excomulgado a causa de su
matrimonio con Bertrada de Montfort, es castigado por
Dios, según Orderico Vital, con enfermedades
ignominiosas y pierde su poder curativo, según Gilberto de
Nogent. Gregorio VII recuerda al emperador que, al no
saber expulsar a los demonios, es bastante inferior a los
exorcistas. Honorio de Autun afirma que el rey es un laico.
«El rey, en efecto, no puede ser más que laico o clérigo. Si
no es laico, es clérigo. Pero si es clérigo, debe ser ostiario, o
lector, o exorcista, o acólito, o subdiácono, o diácono, o
presbítero. Si no tiene ninguno de esos grados, no es
clérigo. Si no es ni laico ni clérigo, tiene que ser monje. Pero
su mujer y su espada le impiden pasar por tal.»
Se palpan aquí las razones del encarnizamiento de
Gregorio VII y de sus sucesores para imponer a los clérigos
la renuncia al oficio de las armas y sobre todo el celibato.
No se trata de un interés moral. Se trata, al guardar el orden
sacerdotal libre de la mancha de la sangre y del esperma,
líquidos impuros sometidos a tabúes, de separar la clase
sacerdotal de la de los guerreros, confundidos con los
demás laicos, aislados y rebajados.
Basta que un obispo, Thomas Becket, sea asesinado por
caballeros, posiblemente por instigación de Enrique II, para
que el orden sacerdotal se desencadene contra el orden
militar. La extraordinaria propaganda hecha por la Iglesia
en toda la cristiandad a favor del mártir al que se dedican
iglesias, altares, ceremonias, estatuas y frescos, pone de
manifiesto la lucha de los dos órdenes. Juan de Salisbury,
colaborador del prelado asesinado, aprovecha la
oportunidad para llevar hasta el extremo la doctrina de la
limitación del poder real que la Iglesia, prudentemente,
había afirmado desde el mismo momento en que, a causa
de sus propias necesidades, tuvo que exaltarlo.
Al mal rey —el que no obedece a la Iglesia— se le tacha
de tirano y queda privado de su dignidad. Los obispos del
concilio de París del 829 habían definido: «Si el rey
gobierna con piedad, justicia y misericordia, merece su título
de rey. Si esas cualidades le faltan, no es un rey, sino un
tirano». Ésa es la doctrina inmutable de la Iglesia medieval,
y santo Tomás de Aquino se ocupará de apoyarla en sólidas
consideraciones teológicas. Pero la Iglesia medieval no ha
sido muy precisa, ni en la teoría ni en la práctica, a la hora
de extraer las consecuencias prácticas de la condena del
mal rey convertido en tirano. Menudean las excomuniones,
los entredichos, las deposiciones. Sólo Juan de Salisbury, o
casi, osó ir hasta el final de la doctrina y, donde no parece
posible otra solución, incluso aboga por el tiranicidio. De
este modo, el248
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
«asunto Becket» demuestra que el duelo de los dos órdenes
tenía que acabar lógicamente en un arreglo de cuentas.
Pero en teoría las armas de la Iglesia eran más
espirituales. A las pretensiones imperiales y reales, los papas
replican mediante la imagen de las dos espadas, que
simbolizan, a partir de los Padres, el poder espiritual y el
poder temporal. Alcuíno las había reivindicado para
Carlomagno. San Bernardo había elaborado una doctrina
compleja que, a pesar de todo, terminaba remitiendo las
dos espadas al papa. Pedro es el detentor de las dos espadas.
El sacerdote usa la espada espiritual, el caballero la
temporal, pero sólo en nombre de la Iglesia, a una señal
(nutu) del sacerdote, contentándose el emperador con
transmitir la orden. Los canonistas de finales del siglo XII y
del XIII no lo dudan. Al convertirse el papa en vicario de
Cristo, y al ser éste el único detentor de las dos espadas, sólo
el papa —su lugarteniente— dispone de ellas aquí en la
tierra.
Lo mismo ocurre con las dos luminarias. El emperador
romano se había identificado con el sol. Algunos
emperadores medievales intentan
reanudar
esta
asimilación. El papado corta por lo sano esta iniciativa a
partir de Gregorio VII y, sobre todo, de Inocencio III. Toma
del Génesis la imagen de las dos fuentes de luz: «Dijo
luego Dios: "Haya en el firmamento de los cielos
luminarias para separar el día de la noche, y servir de
señales a las estaciones, días y años; y luzcan en el
firmamento de los cielos, para alumbrar la tierra". Y así fue.
Hizo Dios las dos grandes luminarias, la mayor para
presidir al día, y la menor para presidir a la noche, y las
estrellas; y las puso en el firmamento de los cielos para
alumbrar la tierra y presidir al día y a la noche». Para la
Iglesia, la luz mayor, el sol, es el papa, la luz menor, la luna,
el emperador o el rey. La luna no posee luz propia, sólo
tiene un resplandor prestado que le viene del sol. El
emperador, luminaria menor, además, es el jefe del mundo
nocturno frente al mundo diurno gobernado y
simbolizado por el papa. Si se piensa en lo que
significaban el día y la noche para los hombres de la Edad
Media, se comprenderá que la jerarquía laica no fuera para
la Iglesia más que una sociedad de fuerzas sospechosas, la
mitad tenebrosa del corpus social.
Sabido es que si el papa impidió al emperador o al rey
absorber la función sacerdotal, no obstante fracasó en su
intento de hacerse con el poder temporal. Las dos espadas
quedaron en manos separadas. A punto de desaparecer el
emperador a mediados del siglo XIII, es Felipe el Hermoso
quien da jaque mate a Bonifacio VIII. Pero, casi por
doquier en la cristiandad, las manos de los príncipes
cristianos empuñaban ya con firmeza la espada temporal .LA SOCIEDAD CRISTIANA
249
Así pues, a los dos órdenes dominantes no les quedaba
otro camino que olvidar su rivalidad y pensar sólo en su
solidaridad, para llevar a buen término su tarea común de
dominar a la sociedad. «Buenas gentes, decía —en lengua
vulgar para que se le entendiera mejor— el obispo de París,
Mauricio de Sully hacia el 1170—, dad a vuestro señor
terrenal lo que le debéis. Tenéis que creer y entender que a
vuestro señor terrenal le debéis vuestros censos, talas,
compromisos, servicios, transportes y cabalgadas. Dádselo
todo, íntegramente, en el tiempo y el lugar debido».
Hay ilustres ejemplos históricos y, en la actualidad,
también ciertas excepciones —a veces dichosas, a veces
dramáticas— que demuestran que entre naciones y lenguas
no existe identidad. ¿Quién se atrevería a negar que la di-
versidad de lenguas es más un factor de separación que de
unidad? Los hombres de la cristiandad medieval tuvieron
una clara conciencia de ello.
Lamentaciones de los clérigos que hacen de la diversidad
de las lenguas una de las consecuencias del pecado original,
que asocian este mal a esa madre de todos los vicios:
Babilonia. Rangel de Lucques, a comienzos del siglo XII,
afirma: «Del mismo modo que antaño Babilonia, mediante la
multiplicación de las lenguas, añadió a los antiguos males
otros nuevos y peores, la multiplicación de los pueblos
multiplicó la cosecha de crímenes».
Triste comprobación del pueblo, como aquellos
campesinos alemanes del siglo XIII que, en la historia de
Meier Helmbrecht, no reconocen a su hijo pródigo a su
regreso al fingir éste que habla varias lenguas.
«Queridos míos, dijo en bajo alemán, que Dios os
reserve todas sus felicidades.» Su hermana corrió hacia él y
lo tomó en sus brazos. Él le dijo entonces: «Gratia vester!»
Los niños acudieron enseguida, los ancianos padres venían
detrás, y los dos le recibieron con una alegría sin límites. A
su padre le dijo: «¡Deu sol!», y a su madre, según la moda
de Bohemia: «¡Dobra ytra!» El hombre y la mujer se
miraron y la dueña de la casa dijo: «Hombre, nos
equivocamos, éste no es nuestro hijo, es un bohemio o un
wende». El padre dijo: «¡Es un welchel No es mi hijo que
Dios conserve, aunque de todas formas se le parece».
Entonces Gotelinda, la hermana, dijo: «No es vuestro hijo, a
mí me ha hablado en latín, sin duda es un clérigo». «A fe
mía, dijo el criado, que, a juzgar por sus palabras, ha nacido
en Sajonia o en Brabante. Ha hablado en bajo alemán, debe
ser un sajón.» El padre dijo sencillamente: «Si tú eres mi
hijo Helmbrecht, yo seré todo tuyo, cuando hayas
pronunciado una palabra según nuestros usos y a la manera
de nuestros abuelos, a fin de250
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
que te pueda comprender. Dices siempre "deu sol" y yo no
entiendo su sentido. Honra a tu madre y a mí, que siempre
lo hemos merecido. Di una palabra en alemán y yo mismo,
no el criado, cuidaré de tu caballo...».
La Edad Media, tan dada a visualizar sus ideas, para
representarse esa calamidad de la diversidad de lenguas,
encontró el símbolo de la torre de Babel y, a imitación de la
iconografía oriental, hizo de ella, la mayoría de las veces,
una imagen terrorífica, catastrófica.
Esta imagen angustiosa de la torre de Babel comienza a
presentarse y a multiplicarse en las imaginaciones
occidentales alrededor del año mil. Su más antigua
representación en Occidente se halla en un manuscrito
del poeta anglosajón Caedmon (siglo VII) de finales del
siglo X o de comienzos del XI.
Los clérigos han intentado exorcizar esta sombra
medieval de Babel. Su instrumento: el latín. Éste hubiera
podido conseguir la unidad de la civilización medieval y,
por encima de ella, de la civilización europea. Sabido es que
Ernst Robert Curtius ha defendido brillantemente esta
tesis. Pero, ¿qué latín? Un latín artificial del que van
desgajándose poco a poco sus verdaderos herederos, las
lenguas «vulgares», que esterilizan aún más todos los
renacimientos, comenzando por el carolingio. Latín de
cocina, dirán los humanistas. Por el contrario, diríamos
nosotros, a pesar del éxito literario de algunos grandes
escritores como san Anselmo o san Bernardo y la
impresionante construcción del latín escolástico, no pasa
de ser un latín inodoro y sin sabor, latín de casta, latín de
los clérigos, instrumento más de dominación sobre la masa
que de comunicación internacional. Ejemplo mismo de la
lengua sagrada que aisla al grupo social que tiene el
privilegio, no de comprenderla —lo que importa poco—,
sino de hablarla aunque sea a trancas y barrancas. En el año
1199 Giraud de Barré recoge una serie de «perlas» de boca
del clero inglés. Eudes Rigaud, arzobispo de Ruán desde
1248 a 1269, anota otras de boca de sacerdotes de su
diócesis. El latín de la Iglesia medieval tendía a convertirse
en la incomprensible lengua de los hermanos Arvales de la
antigua Roma.
La realidad viviente del Occidente medieval es el triunfo
progresivo de las lenguas vulgares, la multiplicación de los
intérpretes, de las traducciones, de los diccionarios.
El retroceso del latín ante las lenguas vulgares no se
produce sin la intervención del nacionalismo lingüístico. El
hecho es que una «nación» en formación se afirma
defendiendo su lengua. Jakob Swinka, arzobispo de Gniez-
no a finales del siglo XIII, se lamenta ante la Curia de que
los franciscanos alemanes no entienden el polaco y manda
pronunciar las plegarias en el idio-LA SOCIEDAD CRISTIANA
251
ma vernáculo ad conservacionem et promocionem lingue
Colonice («para la defensa y promoción de la lengua
polaca»). La Francia medieval es un buen ejemplo de que la
nación tiende a identificarse con la lengua; la unificación de
la Francia del norte con la del mediodía, la lengua de oíl
con la lengua de oc no se consiguió sin grandes
dificultades.
A partir del encuentro en Worms de Carlos el Simple
con Enrique I el Cazador (o el Pajarero) en el 920, una
batalla sangrienta opuso, según Richer, a los jóvenes
caballeros alemanes y franceses «encolerizados por el
particularismo lingüístico».
Según Hildegarda de Bingen, Adán y Eva hablaban
alemán. Otros pretenden una preeminencia del francés. En
Italia, a mediados del siglo XIII, el autor anónimo de un
poema sobre el Anticristo, escrito en francés, afirma:
...la lengua de Francia es
tal que quien la aprende
al inicio nunca podrá de
otro modo hablar ni otra
lengua aprender.
Y Brunetto Latini escribe su Trésor en francés «porque
esta manera de hablar es más deleitosa y más común a todas
las gentes».
Cuando, rota ya la unidad del Imperio romano, las
naciones bárbaras habían asentado su diversidad y la
«nacionalidad» había dejado de lado o reemplazado la
«territorialidad» de las leyes, los clérigos habían creado un
género literario en el que se atribuía a cada nación una
virtud y un vicio nacionales. Con el crecimiento de los
nacionalismos, después del siglo XI, el antagonismo parece
triunfar, ya que únicamente los vicios acompañan desde
entonces, como atributo nacional, a las diversas «naciones».
Eso se ve con toda claridad en las universidades donde
estudiantes y maestros se agrupan por «naciones» que, por
otra parte, están lejos de corresponder todavía a una sola
«nación» en el sentido territorial y político. Así, según
Jacobo de Vitry, se ven calificados «los ingleses de
borrachos con rabo [serán los "ingleses con cola" de la
Guerra de los Cien Años], los franceses de orgullosos y
afeminados, los alemanes de brutales y ladrones, los
normandos de vanos y jactanciosos, los poitevinos de
traidores y aventureros, los borgoñones de inconstantes y
estúpidos, los lombardos de avaros, viciosos y cobardes, los
romanos de sediciosos y calumniadores, los sicilianos de
tiránicos y crueles, los brabanzones de sanguinarios,
incendiarios y bandoleros, los flamencos de pródigos,
glotones, blandos como la manteca y vagos». «Después de
lo cual, concluye Jacobo de Vitry, de los insultos se pasaba
a las manos.»252
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
De este modo, los grupos lingüísticos quedaban
asimilados a los vicios lo mismo que los grupos sociales
estaban casados con las hijas del diablo.
Sin embargo, lo mismo que ciertos espíritus clarividentes
justificaban la división en grupos socioprofesionales, otros
legitimaban la diversificación lingüística y nacional.
Para ello se acogían a un excelente texto de san Agustín:
«El africano, el sirio, el griego, el hebreo y todas las demás
lenguas constituyen la variedad del vestido de esta reina, la
doctrina cristiana. Pero, lo mismo que la variedad del
vestido coincide en un mismo vestido, así todas las lenguas
coinciden en una sola fe. ¡Que haya variedad en el vestido,
pero no roturas!».
Esteban I de Hungría afirmaba hacia el 1030: «Los
huéspedes que vienen de diversos países traen lenguas,
costumbres, instrumentos, armas diversas, y toda esta
diversidad es un ornamento para el reino, una riqueza para
la corte y, para los enemigos exteriores, una causa de temor.
Porque un reino que tiene una sola lengua y una sola
costumbre es débil y frágil». Y así como Gerhoh de
Reichersberg había dicho en el siglo XII que no hay oficio
vil y que toda profesión puede conducir a la salvación,
Tomás de Aquino, en el XIII, afirma que todas las lenguas
pueden llevar a la sabiduría divina: Quaecumque sint illae
linguae seu nationes, possunt erudiri de divina sapientia et
virtute.
Se intuye aquí la sociedad totalitaria en peligro dispuesta
a llegar al pluralismo y a la tolerancia.
Si el derecho medieval aceptó la ruptura de la unidad, no
lo hizo sin previa resistencia. Durante largo tiempo, la regla
de la unanimidad se impone. Una máxima legada por el
derecho romano y transmitida al derecho canónico rige la
práctica medieval: Quod omnes tangit ab ómnibus
comprobari debet («Lo que concierne a todos, debe
aprobarlo la colectividad»). La ruptura de la unanimidad
supone un escándalo. El gran canonista Huguccio, en el
siglo XIII, afirma que el no sumarse a la mayoría es turpis,
«vergonzoso», y que «en un cuerpo, en un colegio, en una
administración, la discordia y la diversidad son
denigrantes». Está claro que esta unanimidad no tiene nada
de «democrática», ya que, cuando los gobernantes y los
juristas se ven obligados a renunciar a ella, la reemplazan
por la noción y la práctica de la mayoría cualitativa: la
maior et sanior pars («la parte principal y mejor»), donde
sénior explicita a maior y le da un sentido cualitativo y no
cuantitativo. Los teólogos y decretistas del siglo XIII, que
constatarán con tristeza que «la naturaleza hu-LA SOCIEDAD CRISTIANA
253
mana es proclive a la discordia», natura hominis prona est ad
dissentiendum, subrayarán que esa inclinación no es más que
una corrupción de la naturaleza como resultado del pecado
original. El genio medieval suscitó constantemente
comunidades, grupos, lo que se llamaba entonces universitates,
término que designaba toda clase de corporaciones, de
colegios, y no exclusivamente la corporación que nosotros
llamamos «universitaria». Obsesionada por el grupo, la
mentalidad medieval lo ve integrado por un mínimo de
personas. A partir de una definición del Digesto: «Diez
hombres forman un pueblo, diez borregos, un rebaño, pero
basta con cuatro o cinco cerdos para hacer una piara», los
canonistas de los siglos XII y XIII discuten acaloradamente para
saber si hay grupo a partir de sólo dos o tres personas. Lo
esencial es no dejar solo al individuo. Aislado, no puede sino
comportarse mal. El gran pecado consiste en singularizarse.
Si intentamos analizar la individualidad del hombre del
Occidente medieval, reconoceremos pronto que cada uno de
los individuos no sólo pertenece a diversos grupos o
comunidades, como en toda sociedad, sino que, en la Edad
Media, parece disolverse en ella más que afirmarse como
individuo.
Si el orgullo es «la madre de todos los vicios», se debe a
que no es más que «individualismo exagerado». No hay
salvación más que en el grupo, el amor propio es pecado y
perdición.
Por eso el individuo medieval se ve envuelto en una red de
obediencias, de sumisiones, de solidaridades, que acabarán
por entrecruzarse y contradecirse, hasta el punto de permitirle
liberarse de ellas y afirmar su voluntad mediante una
inevitable elección. El caso más típico es el del vasallo de
varios señores que se puede ver obligado a elegir entre ellos
en caso de conflicto. Pero en general y durante mucho tiempo
esas dependencias se concillan entre sí, se jerarquizan para
sujetar más estrechamente al individuo. De hecho, de todas
esas ataduras, la más fuerte es el vínculo feudal.
Es significativo el hecho de que, durante largo tiempo, el
individuo feudal no exista en su singularidad física. Ni en la
literatura ni en el arte aparecen los personajes descritos o
pintados con sus particularidades. Cada uno se reduce a un
tipo físico, el que corresponde a su rango, a su categoría
social.
Los nobles tienen el cabello rubio o rojo. Cabellos de oro,
cabellos de lino, con frecuencia rizados, ojos azules, ojos
veros —sin duda aportación de los guerreros nórdicos de las
invasiones al canon de la belleza medieval—. Cuando por
casualidad un gran personaje escapa a esta convención física,
como el Carlomagno de Eginhard que, efectivamente, como
ha revelado su esqueleto medido tras la apertura de su tumba
en 1861, medía los 7 pies (1,92 m) que le atribuye su
biógrafo, su personalidad moral queda ahogada254
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
bajo una serie de tópicos El cronista dota al emperador de
todas las cualidades aristotélicas y estoicas propias de su
rango Con mayor razón, la autobiografía es rara y, a
menudo, también convencional, y hay que esperar a finales
del siglo XI para que Otloh de Saint Emmeran, el
primero, escriba sobre sí mismo Se trata aún de un
Libellus de suis tentationibus, varia fortuna et scriptis, que
sólo busca ofrecer lecciones morales a través del ejemplo
del autor, como hará incluso un espíritu tan independiente
como Abelardo en la Historia calamitatum mearum
(«Historia de mis desgracias [ejemplares]») Mientras tanto,
en 1115, el De vita sua del abate Gilberto de Nogent, a
pesar de su aspecto mas libre, no es más que una imitación
de las Confesiones de san Agustín
El hombre medieval no tiene ningún sentido de la
libertad según la concepción moderna Libertad para el
significa privilegio, y la palabra se utiliza preferentemente
en plural La libertad es un estatus garantizado, es, según la
definición de G Tellenbach, «el justo puesto ante Dios y
ante los hombres», es la inserción en la sociedad No hay
libertad sin comunidad La libertad no puede residir más que
en la dependencia, puesto que el superior garantiza al
subordinado el respeto de sus derechos El hombre libre es
el que tiene un protector poderoso Cuando los clérigos, en
tiempos de la reforma gregoriana, reclamaban la «libertad
de la Iglesia», entendían con ello liberarse de la dominación
de los señores terrestres para no depender directamente sino
del mas alto señor, de Dios
El individuo, en el Occidente medieval, pertenecía en
primer lugar a una familia Familia en sentido amplio,
patriarcal o tribal Bajo la dirección de un cabeza de familia 1 ,
ésta ahoga al individuo, imponiéndole una propiedad, una
responsabilidad y una acción colectivas
Este peso del grupo familiar nos es bien conocido por lo
que se refiere a la clase señorial, donde el linaje impone al
caballero sus realidades, sus deberes y su moral El linaje es
una comunidad de sangre compuesta de «parientes» y de
«amigos carnales», es decir, de parientes por alianza,
probablemente Por lo demás, el linaje no es el resultado de
una vasta familia primitiva, sino una etapa en la
organización de un grupo familiar flexible que encontramos
ya en las sociedades germánicas de la alta Edad Media la
«Sippa» Los
1 Hay importantes investigaciones —que se apoyan en gran medida en los antropólogos—
que estudian las estructuras del parentesco en la Edad Media (nota de la edición de 1981)LA SOCIEDAD CRISTIANA
255
miembros del linaje están unidos por la solidaridad de la
estirpe, que se manifiesta sobre todo en el campo de batalla y
en terreno del honor
Roldan, en Roncesvalles, se niega durante largo tiempo a
hacer sonar el olifante para llamar en su socorro a
Carlomagno, por temor a que sus parientes se vean
deshonrados por ello
La solidaridad del linaje se manifiesta de un modo
particular en las venganzas privadas, las faides La vendetta fue
algo reconocido, practicado y alabado en el Occidente
medieval
La ayuda que se tiene derecho a esperar de un pariente lleva
a la afirmación corriente de que la gran riqueza consiste en
poseer una numerosa parentela
El linaje parece corresponder al estadio de la familia
agnaticia, cuyo fundamento y finalidad son la conservación
de un patrimonio común La originalidad de la familia
agnaticia feudal consiste en que tanto la función militar como
las relaciones personales, que no son más que un grado de
fidelidad más elevado, revisten tanta importancia para el grupo
masculino del linaje como su mismo papel económico Ese
complejo de intereses y de sentimientos suscita por otro lado
en la familia feudal tensiones de una excepcional violencia El
linaje presenta mayor tendencia todavía a los dramas que a la
fidelidad Rivalidad entre hermanos, en primer lugar, puesto
que la autoridad no corresponde ya por principio al hermano
mayor sino a aquel en quien los demás hermanos reconocen
mayor capacidad para el mando Es la lucha entre los hijos de
Guillermo el Conquistador [de Inglaterra] y entre Pedro el
Cruel y Enrique de Trastamara —por añadidura, sólo medio
hermanos— en la Castilla del siglo XIV El linaje feudal daba
nacimiento del modo más natural a los Caínes
También daba nacimiento a hijos irrespetuosos La escasa
separación de las generaciones, la brevedad de la esperanza de
vida, la necesidad para el señor, jefe militar, de demostrar su
autoridad cuando esta aún en edad de legitimar su rango en la
batalla, todo eso exaspera la impaciencia de los jóvenes
feudales De ahí la sublevación de los hijos contra los padres
Razones económicas y de prestigio se conjugan, por otra parte,
para que el joven señor, al llegar a su mayoría de edad, se aleje
de su padre, vaya —en una aventura caballeresca— en busca
de mujeres, un feudo o el simple placer de camorras, o bien se
haga caballero andante
Tensiones nacidas asimismo de los casamientos múltiples y
de la presencia de numerosos bastardos La bastardía,
vergonzosa entre los humildes, no lleva consigo ningún
oprobio entre los poderosos
En la literatura épica del momento se hallan todas estas
tensiones capaces de ofrecer a los escritores los mejores temas
para obras dramáticas Los cantares de gesta están llenas de
dramas familiares256
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
Como es normal en una familia agnaticia, un lazo
especialmente importante es el que se establece entre tío y
sobrino, más precisamente entre el hermano de la madre,
avunculus, y el hijo de ésta. También aquí, los cantares de
gesta ofrecen un gran número de parejas tío-sobrino:
Carlomagno-Roldán, Guillermo de Orange-Viviano, Raúl
de Cambrai-Gautier...
Esta familia, agnaticia más que patriarcal, se encuentra
también en la clase campesina. Pero aquí se confunde más
estrechamente con la explotación rural, con el patrimonio
económico. Agrupa a todos los que viven bajo el mismo
techo y se dedican al cultivo de la misma tierra. Esta familia
campesina, que constituye la célula económica y social
fundamental de sociedades similares a la del Occidente
medieval, sin embargo, nos es mal conocida. Aun siendo
una comunidad real, carece de expresión jurídica propia.
Se ajusta perfectamente a lo que se llamaría en la Francia
del antiguo régimen la communauté taisible, cuyo nombre
mismo —taisible significa «lo que se calla», «lo que se
oculta», casi un secreto— indica claramente que el derecho
reconocía de mala gana su existencia.
En el seno de esta entidad primordial, la familia, es
difícil percibir el lugar que la mujer y el niño han ocupado y
la evolución que su condición va experimentando.
Que a la mujer se la vea como a ser inferior, de eso no
cabe la menor duda. En esta sociedad militar y viril, con una
existencia siempre amenazada y donde, por consiguiente, la
fecundidad es más una maldición (de ahí la interpretación
sexual y procreadora del pecado original) que una
bendición, no se aprecia en absoluto a la mujer. Y da la
impresión de que el cristianismo haya hecho muy poco por
mejorar su posición material y moral. Ella es la gran
responsable en lo que atañe al pecado original. Y en las
formas de la tentación diabólica, ella es, también, la peor
encarnación del mal. Vir est caput mulieris («El hombre es
la cabeza de la mujer»), había dicho claramente san Pablo
(Ef. 5,23), y el cristianismo lo cree y lo enseña después de
él. Cuando hay en el cristianismo una promoción de la
mujer —y muchos se han complacido en reconocer en el
culto de la Virgen, triunfante durante los siglos XII y XIII,
un cambio en la espiritualidad cristiana, mediante el cual se
subraya la liberación de la mujer pecadora llevada a cabo por
María, la nueva Eva, cambio perceptible aún en el culto de
la Magdalena, que se desarrolla a partir del siglo XII, como
se ha podido probar en torno a la historia del centro religioso
de Vézelay—, esta rehabilitación no se halla al origen sino
al término de unaLA SOCIEDAD CRISTIANA
257
mejora de la situación de la mujer en la sociedad. El papel
de las mujeres en los movimientos heréticos medievales —
sobre todo el catarismo— o paraheréticos —por ejemplo las
beguinas— es la señal de su insatisfacción por el puesto que
se les reserva en la sociedad. Pero aun aquí es conveniente
matizar. En primer lugar, si bien la mujer no resulta tan útil
como el hombre en la sociedad medieval, no por ello deja
de representar —dejada aparte su función procreadora—
un papel nada desdeñable desde el punto de vista eco-
nómico. La mujer campesina es casi, por lo que se refiere al
trabajo, la equivalente, si no la igual del hombre. Cuando
Helmbrecht intenta persuadir a su hermana Gotelinda para
que huya de la casa de su padre campesino para casarse con
un truand, un picaro, que la hará vivir como una dama, para
convencerla le dice: «Si te casas con un campesino, jamás
mujer alguna habrá sido más desgraciada que tú. Tendrás
que hilar, machacar el lino, agramar el cáñamo, hacer la
colada y arrancar las remolachas». Las mujeres de la clase
superior, si bien es cierto que tienen ocupaciones más
«nobles», no por eso dejan de tener una actividad
económica importante. Ellas dirigen los gineceos donde los
oficios de lujo —tejido de telas preciosas, bordado, tapice-
ría— satisfacen una buena parte de las necesidades
vestimentarias del señor y de sus compañeros. Dicho de
forma más prosaica, son las obreras textiles del grupo
señorial. Para designar a los dos sexos, tanto el vocabulario
vulgar como el jurídico recurren a expresiones como «el
lado de la espada» y «el lado de la rueca». En la literatura,
el género poético asociado a la mujer y al que Pierre Le
Gentil denomina, por lo demás, «canción de mujer», ha
recibido el nombre tradicional de «canción de tela», cantada
en el gineceo, en el obrador donde se hila. En las capas
superiores de la sociedad, las mujeres siempre han gozado
de un cierto prestigio. Por lo menos algunas de ellas. Las
grandes damas brillaron con gran resplandor, cuyo reflejo ha
conservado, una vez más, la literatura. Diferentes por el
carácter o el destino, dulces o crueles, desgraciadas o
dichosas, Berta, Sibila, Guilburga, Kriemhilda, Brunilda for-
man una cohorte de heroínas de primera fila. Son como el
doble terrestre de esas figuras femeninas religiosas que
florecen en el arte románico y el gótico: madonas hieráticas
que se humanizan, que después se alteran y amaneran,
vírgenes sabias y vírgenes necias que intercambian largas
miradas en el diálogo del vicio y de la virtud, Evas turbadas y
turbadoras en las que el maniqueísmo medieval parece
interrogarse: «¿Ha creado el cielo este conjunto de ma-
ravillas para la morada de una serpiente?». En la literatura
cortesana, ciertamente, las damas inspiradoras y poetisas —
heroínas de carne o de ensueño: Eleonor de Aquitania,
María de Champagne, María de Francia, lo mismo que
Isolda, Genoveva o la Princesa Lejana— desempeñan un
papel258
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
superior: ellas son las inventoras del amor moderno. Pero
ésa es otra historia, sobre la que insistiremos más adelante.
Se ha pretendido con frecuencia que las cruzadas, al
dejar a las mujeres solas en Occidente, provocaron un
acrecentamiento de sus poderes y de sus derechos.
Recientemente, David Herlihy ha sostenido todavía que la
condición de las mujeres, sobre todo en la capa superior de
la sociedad señorial y en la Francia meridional e Italia,
mejoró en dos ocasiones: en la época carolingia y en tiempo
de las cruzadas y de la reconquista. La poesía de los
trovadores sería el reflejo de esta promoción de la mujer
abandonada. Pero dar crédito a un san Bernardo que evoca
una Europa de la que han desaparecido sus hombres o a un
Marcabru cuando hace suspirar a una «castellana» porque
todos sus enamorados han partido a la segunda cruzada es
tomar por realidades generales los deseos de un
propagandista fanático de la cruzada y la ficción de un poeta
imaginativo. El estudio de las actas jurídicas demuestra
que, en lo que concierne en cualquier caso a la gestión de
los bienes de la pareja, la situación de la mujer empeoró del
siglo XII al XIII.
No ocurre lo mismo con el niño. A decir verdad, ¿hay
niños en el Occidente medieval? A juzgar por las obras de
arte, no lo parece. Los ángeles, que más tarde serán
normalmente niños, que incluso se convertirán en esos pe-
queñuelos equívocos, medio ángeles, medio amorcillos, los
putti, en la Edad Media, sea cual fuere el sexo que se les
atribuya, estarán representados por adultos. Cuando ya en
la escultura la Virgen se ha convertido en una mujer real,
tan bella como dulce y femenina —evocando el modelo
concreto y, con frecuencia, sin duda, querido, que el artista
ha tratado de inmortalizar—, el niño Jesús sigue siendo un
horroroso retaco que no interesa ni al artista, ni a quienes le
encargaron la obra, ni al público. Habrá que esperar hasta el
final de la Edad Media para que se extienda un tema
iconográfico en el que se aprecia un nuevo y vivo interés
por el niño, interés, por otro lado, que, en ese tiempo de
mortalidad infantil elevada es, ante todo, inquietud: el tema
de la matanza de los niños inocentes que, en la devoción,
halla su eco en el creciente auge de la fiesta de los Santos
Inocentes. Los hospicios de niños abandonados, puestos bajo
su patrocinio, a duras penas se encuentran antes del siglo
XV. Esa Edad Media utilitaria, que no tiene tiempo para
apiadarse o maravillarse ante el niño, a duras penas alcanza
a verlo. Como hemos dicho, no hay niños en la Edad Media.
No hay más que adultos pequeños. Además, el niño no suele
contar para formarlo con ese educador habitual en las socie-
dades tradicionales: el abuelo. La esperanza de vida es
demasiado corta en la Edad Media como para que muchos
niños hayan podido conocer a su abuelo. Apenas salidos del
recinto de las mujeres, donde por su carácter de niñosLA SOCIEDAD CRISTIANA
259
no se les toma en serio, se ven lanzados a las fatigas del
trabajo rural o del aprendizaje militar. El vocabulario de los
cantares de gesta es ilustrador en este sentido. Las
mocedades del Cid pintan al joven héroe adolescente y pre-
coz como es natural en las sociedades primitivas, hecho ya
un hombre. El niño aparecerá con la familia doméstica,
ligada a la cohabitación restringida al grupo estrecho de los
ascendientes y descendientes directos, familia doméstica
que nace y se multiplica con el medio ambiente urbano y la
formación de la clase burguesa. El niño es un producto de
la ciudad y de la burguesía que, por el contrario, deprime y
ahoga a la mujer. La mujer queda avasallada por el hogar,
mientras que el niño se emancipa y, de repente, puebla la
casa, la escuela, la calle.
El individuo, excepto en la ciudad, aprisionado por la
familia, que le impone las servidumbres de la posesión y de
la vida colectivas, se ve absorbido también por otra
comunidad: la señoría en la que vive. Es cierto que entre el
vasallo noble y el campesino, sea cual fuere su condición, la
diferencia es considerable. No obstante, aunque a niveles
diversos y disfrutando de mayor o menor prestigio, los dos
pertenecen a la señoría o, mejor aún, al señor de quien
dependen. Uno y otro son el «hombre» del señor; para el
uno en un sentido noble, para el otro en un sentido
humillante. Los términos que muy a menudo acompañan a
la palabra precisan, por otro lado, la distancia que existe
entre sus condiciones. «Hombre de boca y de manos» para
el vasallo, por ejemplo, evoca una cierta intimidad, una
comunión, un contrato que le sitúa, aunque en un nivel
inferior, en la misma clase que su señor. «Hombre de
dependencia» (homo de potestate), para el campesino, le
hace depender, es decir, estar bajo el poder del señor. Ahora
bien, a cambio de la sola protección y de la contrapartida
económica de la dependencia —aquí el feudo y allí la
tenencia— ambos tienen con relación al señor una serie de
obligaciones: ayudas, servicios, pagos, y ambos están
sometidos a su poder de tal forma que en ningún otro
dominio se manifiesta con mayor claridad que en el campo
judicial.
De entre las funciones acaparadas por los señores
feudales en perjuicio del poder público, no hay otra que
sea más pesada para quienes dependen del señor que la
función judicial. Es cierto que al vasallo se le llama con más
frecuencia para que se siente en el lado bueno del tribunal
—como juez junto al señor o en su lugar— que en el malo.
Sin embargo, se halla también sometido a sus veredictos,
por los delitos en los que el señor sólo tiene jurisdic-260
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
ción inferior y por los crímenes si también posee la
jurisdicción superior. En ese caso, la prisión, la horca y la
picota, siniestras prolongaciones del tribunal señorial, son
los símbolos más bien de la opresión que de la justicia. Los
progresos de la justicia real supusieron, no obstante, antes
que una mejora de la justicia en sí misma, un apoyo para la
emancipación de los individuos que, en la comunidad más
amplia del reino, veían sus derechos mejor garantizados
que en el grupo más restringido, y sólo por ese hecho más
coactivo, si no ya opresivo de la señoría. Pero esos
progresos fueron lentos. San Luis, uno de los soberanos
más preocupados por combatir la injusticia y por afirmar a
la vez el poder real, es especialmente respetuoso de las
justicias señoriales. Guillermo de Saint-Pathus cuenta a este
propósito una anécdota significativa. El rey, rodeado de una
multitud de vasallos, escuchaba en el cementerio de la
iglesia de Vitry el sermón de un dominico, el hermano
Lamberto. Cerca de allí «un grupo de gentes» hacía tanto
ruido en una taberna que no se entendía nada de lo que el
predicador decía. «El bendito rey preguntó a quién per-
tenecía la justicia en aquel lugar y le respondieron que a él.
Ordenó entonces a algunos de sus sargentos hacer callar a
esas gentes que turbaban la palabra de Dios, y así se hizo.»
El biógrafo del soberano termina diciendo: «Se cree que el
bendito rey preguntó que a quién pertenecía la justicia en
aquel lugar por temor a usurpar —si hubiese pertenecido a
otro y no a él —la jurisdicción de otro...».
Así como el vasallo hábil puede hacer jugar en beneficio
propio la multiplicidad, incluso a veces la contradicción
entre sus deberes feudales, del mismo modo el subdito
astuto del señor puede sacar provecho del juego embrollado
de esas jurisdicciones que se entrelazan. Pero para la masa
esto da lugar, con frecuencia, a opresiones adicionales.
En definitiva, el individuo que triunfa es el
despabilado, el astuto. La opresión del múltiple
colectivismo de la Edad Media ha conferido así a la palabra
«individuo» ese sentido turbio, sospechoso, que aún
conserva. El individuo es aquel que no ha podido escapar
del grupo si no es por medio de una mala acción. Es carne,
si no de horca, al menos de policía. El individuo es siempre
sospechoso.
No hay duda de que la mayoría de las comunidades
reclaman de sus miembros una dedicación y unas cargas
que no son sino la contrapartida de una protección. Pero el
peso del precio pagado es bien claro, mientras que la
protección no siempre es real ni evidente. En principio, la
Iglesia deduce el diezmo a los miembros de esa otra
comunidad que es la parroquia, con el fin de socorrer las
necesidades de los pobres. Ahora bien, ¿no va ese diezmo,
con frecuencia, a engordar al clero, al menos al alto clero?
Que eso sea verdad oLA SOCIEDAD CRISTIANA
261
mentira, la mayoría de los parroquianos lo creen así y el
diezmo es, por lo tanto, una de las contribuciones más
odiosas del pueblo medieval.
Beneficios y sujeción parecen equilibrarse todavía más en
el seno de otras comunidades en apariencia más igualitarias:
las comunidades campesinas y las comunidades urbanas.
Las comunidades rurales oponen con frecuencia una
resistencia victoriosa a las exigencias señoriales. Su base
económica es esencial. Ellas son las encargadas de repartir,
administrar y defender esos terrenos de pasto y de ex-
plotación forestal que constituyen los bienes «comunales».
Su mantenimiento resulta vital para casi todas las familias
campesinas, que no podrían subsistir sin el apoyo decisivo
que encuentran en ellas para la alimentación de su cerdo o
de su cabra, o para su aprovisionamiento de leña. No
obstante, la comunidad aldeana no es igualitaria. Algunos
jefes de familia —de ordinario los ricos y, a veces, los
simples descendientes de familias tradicionalmente
notables— dominan y gestionan en beneficio propio los
negocios de la comunidad. En muchas aldeas inglesas del
siglo XIII había aldeanos más acomodados que
adelantaban dinero, ya fuera mediante préstamos indivi-
duales (desempeñaban entonces el papel que los judíos no
desempeñaban o habían dejado de desempeñar en las
campiñas inglesas), o abonando las numerosas sumas, a
veces elevadas, que adeudaba la comunidad: multas, gastos
judiciales, pagos comunes. Es el grupo, casi siempre
compuesto por los mismos nombres en un período
determinado, de los warrantors, de los garantes, que
aparecen en las actas de la aldea. Con frecuencia son ellos
quienes forman la guilda, la cofradía de la aldea, puesto que
la comunidad aldeana, en general, no es la heredera de una
comunidad rural primitiva, sino una formación social más o
menos reciente, contemporánea de ese mismo movimiento
que, tanto en el campo como en la ciudad, al socaire del
desarrollo de los siglos X al XII, creó instituciones
originales. En el siglo XII, en las comarcas del Ponthieu y
del Laonnais, estallan insurrecciones comunalistas,
simultáneas en las ciudades y en el campo, donde los
aldeanos se integran en comunas colectivas, basadas en una
federación de aldeas y de villorrios. En Italia el nacimiento
de las comunas rurales es simultáneo al de las comunas
urbanas. Más aún, se presiente ya el papel fundamental en
los dos casos de las solidaridades económicas y morales que
se han establecido entre grupos de «vecinos». Estas viciniae
o vicinantiae fueron el núcleo de las comunidades de la
época feudal. Fenómeno y noción fundamentales a las que
se oponen, como veré-262
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
mos, los fenómenos y las nociones relativos a los
extranjeros. El bien procede de los vecinos, el mal de los
extranjeros. Sin embargo, una vez convertidas en
comunidades estructuradas, las viciniae se estratifican y
aparece al frente de ellas un grupo de boni homines, de
hombres buenos, de «hombres prudentes» o prohombres,
de notables, de entre los cuales se reclutan los cónsules o los
oficiales, los funcionarios comunales.
Lo mismo ocurre en la ciudad, donde las corporaciones
o cofradías, que garantizan la protección económica, física
y espiritual de sus miembros, no son ni mucho menos las
instituciones igualitarias que se imagina con frecuencia. Si
mediante el control del trabajo son capaces de combatir
más o menos eficazmente el fraude, el descuido o la
falsificación, si mediante la organización de la producción y
del mercado son capaces de eliminar la competencia hasta
el punto de convertirse en cárteles proteccionistas,
permiten también —so pretexto de «justo precio» (justum
pretium) que no es más que el precio del mercado (pretium
in mercato), según ha demostrado John Baldwin al analizar
las teorías económicas de los escolásticos— que funcionen
los mecanismos «naturales» de la oferta y la demanda. El
sistema corporativo, proteccionista en el plano local, es
liberal en el contexto más amplio donde se inserta la
ciudad. De hecho favorece las desigualdades sociales,
nacidas tanto de ese «dejar hacer» en los niveles superiores,
como del proteccionismo que, al nivel local, funciona en
beneficio de una minoría. Las corporaciones están
jerarquizadas, y si el aprendiz es un patrono en potencia, el
criado es un inferior sin grandes esperanzas de promoción.
Pero sobre todo las corporaciones dejan fuera de ellas a dos
categorías cuya existencia falsea fundamentalmente la
planificación económica y social armoniosa que
teóricamente el sistema está destinado a instaurar.
Por arriba, una minoría de ricos que mantienen por regla
general su potencia económica gracias al ejercicio, directo
o por persona interpuesta, del poder político —son jurados,
regidores, cónsules— escapan a la fiscalización de las
corporaciones y actúan a su antojo. Tan pronto se agrupan
en corporaciones, como el Arte di Calimala en Florencia,
mediante las cuales dominan la vida económica y hacen
sentir su peso sobre la vida política, como ignoran pura y
simplemente las trabas impuestas por las instituciones
corporativas y sus estatutos. Esta minoría son, sobre todo,
los mercaderes de amplio radio de acción, importadores y
exportadores, los mercatores o los «que dan trabajo», que
controlan localmente una mercancía, desde la producción de
la materia prima hasta la venta del producto fabricado. Un
documento excepcionalmente notable, ofrecido en una obra
clásica por Georges Espinas, nos ha dado a conocer a uno
de estos personajes, sire Jehan Boinebroke, mercaderLA SOCIEDAD CRISTIANA
263
pañero de Douai a finales del siglo XIII. La Iglesia exigía de
los fieles, y especialmente de los comerciantes y
mercaderes, que al menos a su muerte restituyesen mediante
testamento, para asegurarse el cielo, las sumas que habían
percibido indebidamente por usura o por exacciones de
cualquier clase. La fórmula figuraba, pues, de modo
habitual entre las últimas voluntades de los difuntos, pero
raramente surtía efecto. En el caso de Jehan Boinebroke,
en cambio, sí lo surtió. Sus herederos invitaron a sus
víctimas a que acudiesen para hacer su reclamación o para
indemnizarlos. Hemos conservado el texto de algunas de
estas reclamaciones. En ellas destaca el terrible retrato de
un personaje que no debió ser un caso aislado sino el
representante de una categoría social. Procurándose a bajo
precio la lana y los productos de tintorería, paga «poco, mal
o nada», y muy a menudo en especie, según lo que se llama-
ría después el truck system, a los inferiores, campesinos,
obreros, pequeños artesanos, a los que mantiene sujetos por
el dinero —es prestamista usurero—, el trabajo y el
alojamiento, ya que, como medio de presión suplementaria,
facilita morada a sus empleados. Los aplasta, en fin,
mediante su poderío político. Regidor por lo menos nueve
veces, lo es especialmente en 1280, cuando reprime
ferozmente una huelga de tejedores de Douai. Su domina-
ción sobre sus víctimas es tal —puesto que no es sólo la
dominación de un hombre quizás excepcionalmente malo,
sino la de toda una clase— que los mismos que a su muerte
se atreven a reclamar lo hacen con timidez, aterrorizados
aún por el recuerdo de ese tirano que es el perfecto retrato
de los tiranos feudales. En el nivel más bajo de la escala
social hallamos también una clase excluida de la
corporación, una masa desprotegida de la que volveremos a
hablar.
Queda aún por decir que si las comunidades rurales y
urbanas oprimieron más que liberaron al individuo, estaban
constituidas sobre un principio que hizo temblar al mundo
feudal. «Comuna, nombre detestable», exclama a comienzos
del siglo XII el cronista eclesiástico Gilberto de Nogent en
una fórmula célebre. El elemento revolucionario en el origen
del movimiento urbano y de su prolongación en el campo
—la formación de las comunas rurales— estaba en que el
juramento que liga entre sí a los miembros de la comunidad
urbana primitiva es, a diferencia del contrato de vasallaje,
que une a un inferior con un superior, un juramento
igualitario. La jerarquía feudal vertical queda reemplazada
por una sociedad horizontal. La vicinia, el grupo de vecinos
hermanados por una proximidad fundada en primer
término sobre el terreno, se transforma en una fraternidad,
fraternitas. La palabra y la realidad que expresa tienen un
éxito especial en España donde florecen las «her-
mandades», y en Alemania donde la fraternidad jurada,
Schwurbruderschaft,264
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
recoge todo el poder emotivo de la antigua fraternidad
germánica. Lleva consigo la obligación de la fidelidad entre
los burgueses, la Treue. La fraternidad se convierte,
finalmente, en comunidad ligada por juramento: conjuratio
o communio. Es la Eidgenossenschaft germánica, la comuna
francesa o italiana.
Aunque las ciudades medievales no hubieran
representado de hecho ese desafío a la feudalidad, esa
excepción antifeudal descrita con tanta frecuencia, no por
eso es menos cierto que se presentan ante todo como un
fenómeno insólito y, para los hombres de la época del
desarrollo urbano, como realidades nuevas en el sentido
escandaloso que la Edad Media atribuye a este adjetivo.
La ciudad, para esos hombres de la tierra, del bosque y
de la landa, es a la vez un objeto de atracción y de repulsa,
una tentación —como el metal, como el dinero, como la
mujer.
La ciudad medieval, sin embargo, no parece a primera
vista un monstruo espantoso por su tamaño. A comienzos del
siglo XIV, muy pocas ciudades sobrepasan, y de poco, los
cien mil habitantes: Venecia, Milán. París, la mayor ciudad
de la cristiandad septentrional, no llegaba sin duda a los
doscientos mil habitantes que se le han atribuido a veces
con gran generosidad. Brujas, Gante, Toulouse, Londres,
Hamburgo, Lübeck y todas las demás ciudades de esta
importancia, las de primera fila, contaban de veinte mil a
cuarenta mil habitantes.
Por lo demás, como se ha observado a veces con toda
razón, la ciudad medieval continúa muy compenetrada con
el campo. Los ciudadanos llevan en ella una vida
semirrural. En su interior, sus murallas albergan viñas, huer-
tos, incluso prados y campos, ganado, estercoleros.
No obstante, el contraste ciudad-campo fue mayor en
la Edad Media que en casi todo el resto de las sociedades y
de las civilizaciones. Los muros de una ciudad son una
frontera, la más fuerte de las conocidas en esta época. Las
murallas, con sus torres y sus puertas, sirven para separar
dos mundos. Las ciudades consolidan su originalidad, su
particularidad, y reproducen de forma ostentatoria en sus
sellos esas murallas que las protegen. Trono del bien, es
decir, Jerusalén; sede del mal, es decir, Babilonia, la ciudad
en el Occidente medieval siempre es el símbolo de lo
extraordinario. Ser ciudadano o campesino, he ahí una de
las grandes líneas de separación surgidas en la sociedad
medieval.LA SOCIEDAD CRISTIANA
265
Entre los siglos X y XIII, en un impulso del que Henri
Pirenne continuará siendo el inmortal historiador, la faz de
las ciudades de Occidente cambia. Hay una función que se
hace esencial en ellas, que reanima las viejas ciudades y
crea otras nuevas: la función económica, función comercial
y también artesanal. La ciudad se convierte en el hogar de
lo que los señores feudales detestan: la vergonzosa
actividad económica. ¡Y se lanza el anatema contra las
ciudades!
En 1128 arde la pequeña ciudad de Deutz, situada
frente a Colonia, al otro lado del Rin. El abad del
monasterio de San Heriberto, el célebre Ruperto, teólogo
bastante apegado a las tradiciones, ve ahí inmediatamente
la cólera de Dios que castiga el lugar que, siguiendo el
desarrollo de Colonia, ha llegado a ser un centro de cambio,
guarida de infames mercaderes y artesanos. Y esboza, a
través de la Biblia, una historia antiurbana de la humanidad.
Caín fue el inventor de las ciudades, el constructor de la
primera de ellas, imitado luego por todos los malos, los
tiranos, los enemigos de Dios. Los patriarcas, por el
contrario, y en general los justos, los temerosos de Dios,
vivieron bajo la tienda, en el desierto. Instalarse en las
ciudades es elegir el mundo y, de hecho, el progreso urbano,
mediante la fijación al suelo, y el desarrollo de la propiedad,
fomentan una mentalidad nueva y, ante todo, la elección de
la vida activa.
Lo que favorece aún más el desarrollo de una
mentalidad urbana es el nacimiento, a corto plazo, de un
patriotismo ciudadano. No hay duda, como veremos, de
que las ciudades son el teatro de una dura lucha de clases y
que las clases dirigentes serán las instigadoras y las
primeras beneficiarías de ese espíritu urbano. Por lo
demás, incluso los grandes comerciantes, al menos en el
siglo XIII, saben exponer su dinero y su persona. En 1260,
cuando una guerra feroz enfrenta Siena a Florencia, uno de
los principales comerciantes-banqueros sienenses,
Salimbene dei Salimbeni, hace entrega a la comunidad de
118.000 florines, cierra sus establecimientos y se lanza a la
guerra.
Mientras que la señoría rural no había logrado inspirar a
la masa de los campesinos que vivían en su seno más que el
sentimiento de la opresión de la que eran víctimas, mientras
que el castillo roquero, aunque les ofreciese en ciertos
casos refugio y protección, no proyectaba sobre ellos más
que una sombra detestada, la silueta de los monumentos
urbanos, instrumento y símbolo de la dominación de los
ricos en las ciudades, inspiraba en el pueblo ciudadano
sentimientos donde la admiración y el orgullo terminaban
por triunfar. La sociedad urbana había conseguido crear
valores en cierto modo comunes a todos los habitantes:
valores estéticos, culturales, espirituales. «II266
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
bel San Giovanni» del Dante era el objeto de la veneración
y del orgullo de todos los florentinos. Orgullo urbano que
es, ante todo y sobre todo, el de las regiones más
urbanizadas: Flandes, Alemania, Italia del norte y del
centro.
Sin embargo, ¿qué representan esos islotes urbanos en
tierra de Occidente y cuál es su porvenir? Su prosperidad no
puede alimentarse, en definitiva, más que de la tierra.
Incluso las ciudades más enriquecidas por el comercio,
Gante y Brujas, Genova, Milán, Florencia, Siena y Venecia,
la cual tiene que luchar además contra el obstáculo de su
topografía marítima, se ven forzadas a asentar su actividad y
su poderío en su entorno rural, en lo que las ciudades
italianas llamaron su contado, su «campiña», de donde
procede el nombre de contadini con que se conoce a los
campesinos italianos.
Entre las ciudades y sus contornos rurales las relaciones
son bastante complejas. A primera vista, la atracción urbana
es favorable para la población de la campiña. El campesino
que emigra a ella recobra ante todo la libertad: al venir a la
ciudad, o bien se halla automáticamente libre, puesto que la
servidumbre no se conoce en suelo urbano, o bien la
ciudad, al convertirse en dueña y señora de la campiña de
los alrededores, libera inmediatamente a los siervos. De ahí
el famoso axioma alemán: Stadtlufi macht frei («el aire de la
ciudad hace libres»). Sin embargo, la ciudad es también la
explotadora de su campiña. Se comporta con ella como si
fuese el señor. La señoría urbana, que ejerce su derecho de
ban sobre su banlieue, la explota sobre todo económi-
camente: le compra a buen precio sus productos (grano,
lana, productos lácteos para su avituallamiento, su
artesanado, su comercio) y le impone sus mercancías,
incluso aquellas de las que sólo es pura intermediaria: la sal,
por ejemplo, que se convierte en un verdadero impuesto al
obligar a los campesinos a comprar en cantidades
determinadas y a precio tasado. Las milicias urbanas se
forman muy pronto con campesinos enrolados, como los
soldados de la campiña de Brujas, el «Franco de Brujas».
Las ciudades desarrollan un artesanado rural barato, que
controlan por completo. Muy pronto sienten miedo de sus
campesinos. Lo mismo que los señores del campo se
encierran en sus castillos al caer la noche, así las ciudades,
tan pronto como oscurece, levantan sus puentes levadizos,
echan las cadenas a sus puertas, arman sus muros con
centinelas que vigilan ante todo a su más próximo y más
posible enemigo: el campesino de los alrededores. Esos
productos de la ciudad: los universitarios y los juristas,
elaboran a finales de la Edad Media un derecho que aplasta
al campesino.LA SOCIEDAD CRISTIANA
267
El sueño de sociedad, si no unida, al menos armoniosa,
perseguido por la Iglesia, chocó con las ásperas realidades de
las oposiciones y de las luchas sociales. El cuasi monopolio
literario en manos de los clérigos, por lo menos hasta el siglo
XIII, disimula la intensidad de la lucha de clases en la Edad
Media y puede dar la impresión de que sólo algunos laicos
malvados —señores o campesinos— trataban de vez en
cuando de alterar el orden social alzándose contra las
personas o los bienes de la Iglesia. No obstante, los escritores
eclesiásticos han desvelado lo suficiente como para que
pudiéramos detectar la permanencia de esos antagonismos
que estallaban a veces en bruscas explosiones de violencia.
La más conocida de esas oposiciones es la que enfrenta a
burgueses y a nobles. ¡Es espectacular! El marco urbano ha
amplificado su eco y los escritos —relatos de cronistas, actas,
estatutos, paces que han sancionado a menudo sus peripecias
— han prolongado su repercusión. Los casos bastante
frecuentes —narrados con horror por los escritores
eclesiásticos— en que las revueltas urbanas se producían
contra los obispos, señores de la ciudad, nos han dejado
narraciones emotivas en las que aparece, con el progreso de
las nuevas clases, un sistema también nuevo de valores que ya
no respeta el carácter sagrado de los prelados.
He aquí los acontecimientos de Colonia en 1074 narrados
por el monje Lamberto de Hersfeld. «El arzobispo pasó el
tiempo de Pascua en Colonia con su amigo, el obispo de
Münster, al que había invitado a pasar las fiestas con él.
Cuando el obispo quiso regresar a casa, el arzobispo ordenó a
sus guardias que buscaran un barco conveniente. Tras mucho
indagar, encontraron un buen barco que pertenecía a un rico
comerciante de la ciudad y lo reclamaron para el uso del
arzobispo. Los empleados del comerciante que se cuidaban del
barco opusieron resistencia, pero los hombres del arzobispo
amenazaron
con
maltratarlos
si
no
obedecían
inmediatamente. Los empleados del mercader corrieron a
buscar a su amo, le contaron lo que había ocurrido y le
preguntaron qué debían hacer. El comerciante tenía un hijo
valiente y vigoroso. Estaba emparentado con las principales
familias de la ciudad y, por su carácter, era muy popular.
Reunió a toda prisa a sus hombres y a cuantos jóvenes de la
ciudad como le fue posible, se lanzó hacia el barco, ordenó
salir a los sargentos del arzobispo y los arrojó fuera por la
fuerza... Los amigos de ambos partidos tomaron las armas y
daba la impresión de que una gran batalla se estaba preparando
en la ciudad. Las noticias de la lucha llegaron a oídos del
arzobispo, que envió inmediatamente refuerzos para ahogar el
motín y, como había montado en cólera, amenazó a los
jóvenes sublevados con un duro castigo en la próxima sesión
de su corte [de justicia]. El arzobispo poseía todas las virtudes268
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
y había probado frecuentemente su excelencia en todos los
ámbitos, tanto estatales como eclesiásticos. Pero tenía un
defecto. Cuando montaba en cólera, no era capaz de
controlar su lengua y maldecía a cada quien sin distinción
con las más violentas expresiones. Al fin parecía que la
revuelta iba a calmarse, pero el joven, que estaba
encolerizado y envanecido por su primer éxito, no dejó de
provocar todo el disturbio que pudo. Recorrió la ciudad,
dirigiendo discursos al pueblo sobre el mal gobierno del
arzobispo, acusándole de imponer cargas injustas al pueblo,
de privar a los inocentes de sus bienes y de insultar a
honrados ciudadanos... No le resultó difícil levantar al
populacho... Por otro lado, todos pensaban que el pueblo
de Worms había obtenido un éxito expulsando a su obispo,
que los gobernaba con demasiada severidad. Y como ellos
eran más numerosos y más ricos que el pueblo de Worms y
tenían armas, no les agradaba que se pudiera pensar que no
eran tan valientes como el pueblo de Worms, y les pareció
vergonzoso estar sometidos como mujeres al poder del
arzobispo que los gobernaba de forma tiránica...»
Por el célebre relato de Gilberto de Nogent se sabe
igualmente que en Laón, en 1111, la revuelta de los
ciudadanos acabó con la muerte del obispo Gaudri y la
profanación de su cadáver, al que un amotinado cortó el
dedo para arrancarle el anillo.
Los cronistas eclesiásticos se muestran más admirados
que indignados frente a esos movimientos urbanos. Es cierto
que el carácter de tal o cual prelado explica a sus ojos, si no
la justifica, la cólera de los burgueses y del pueblo. Pero,
cuando éstos se levantan contra el orden feudal, contra la
sociedad aprobada por la Iglesia, contra un mundo que,
convertido al cristianismo, no debiera esperar otra cosa que
el paso de la ciudad terrestre a la ciudad celestial —es el
tema de Odón de Freising en su Historia de las dos ciudades
—, la historiografía eclesiástica confiesa su incomprensión.
Así es como en Mans, en el 1070, los habitantes se
levantan contra Guillermo el Bastardo ocupado en
conquistar Inglaterra, y el obispo se dirige a él en busca de
refugio. «Formaron entonces —escribe el cronista episcopal
— una asociación que llamaron comuna, se unieron mediante
juramento y obligaron a los señores de la campiña de los
alrededores a jurar fidelidad a su comuna. Enardecidos por
esta conspiración, comenzaron a cometer numerosos
crímenes, condenando a gentes indiscriminadamente y sin
motivo, cegando a unos por las razones más nimias y, cosa
que causa horror decirla, ahorcando a otros por faltas
insignificantes. Quemaron incluso los castillos de la región
durante la cuaresma y, lo que es peor, durante la Semana
Santa. Y todo lo hicieron sin razón.»LA SOCIEDAD CRISTIANA
269
Pero el principal frente de las tensiones sociales es el
campo. La lucha se hace endémica entre señores y
campesinos. A veces se desata en crisis de gran violencia.
Todo ello es debido a que, si en las ciudades de los siglos
XI al XIII, las revueltas están encabezadas por los
burgueses ansiosos por asegurarse el poder político que
garantiza el libre ejercicio de sus actividades
profesionales, y por lo tanto su fortuna, y les confiere un
prestigio proporcional a su poder económico, en el campo,
en cambio, las revueltas de los campesinos no tienen sólo
por objeto mejorar su situación, fijando, disminuyendo o
aboliendo los servicios y las prestaciones gratuitas que
cargan pesadamente sobre ellos, sino que son con
frecuencia la simple expresión de la lucha por la vida. La
mayoría de los campesinos constituyen esta masa casi al
borde del límite alimentario, del hambre y de la epidemia.
Lo que se llamará en Francia la jacquerie extrae de esa
triste realidad una singular fuerza desesperada. Si existe
también en la ciudad —acabamos de verlo en la Colonia
del 1074— el motor del odio, si las nuevas capas sociales
albergan un deseo de venganza por el desdén que les
dedican los señores eclesiásticos y laicos, esta motivación
afectiva es mucho más fuerte todavía en el campo, a la
medida del inmenso desprecio que los señores sienten por
los campesinos. A pesar de las mejoras en su suerte
conseguidas por los campesinos durante los siglos XI y
XII, muchos señores no les reconocen aún a finales del
siglo XIII —por más que haya una diferencia esencial entre
su condición y la de la esclavitud antigua— más
propiedad que la de su persona y desnuda. El abad de
Burton, en el Staffordshire, lo recuerda así a sus
campesinos cuyo monasterio había confiscado todo el
ganado (ochocientos bueyes, ovejas y cerdos), cuando ellos
obtienen del rey, después de haberlo seguido de residencia
en residencia con mujeres y niños, una orden de restitución
de sus ganados. El abad les declara que no poseen más que
su vientre, nihil praeter ventrem. Olvidaba que, por culpa
suya, ese vientre estaba a menudo vacío.
Los textos repiten a porfía que el campesino es una
bestia salvaje. Es de una fealdad repugnante, bestial, a
duras penas tiene figura humana. Según Coulton, es «el
Calibán medieval». Su destino natural es el infierno. Tiene
que estar dotado de una habilidad especial para conseguir —
como por engaño— el cielo. Ése es el tema de la fábula Du
vilain qui gagna le paradis par plaid, el villano que
consiguió el paraíso por pleito.
La misma hostilidad respecto del ser moral del
campesino. De «villano», la época feudal derivó «villanía»,
es decir, la fealdad moral.
«Los campesinos que trabajan para todos, escribe
Geoffroi de Troyes, que se fatigan en cualquier tiempo, en
cualquier estación, que se entregan a270
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
obras serviles desdeñadas por sus amos, se ven
constantemente abrumados, y eso para hallar lo necesario
para la vida, el vestido y las frivolidades de los demás... Se
les persigue mediante el incendio, la rapiña y la espada; se
les arroja a las prisiones y se les encadena y después se les
obliga a rescatarse, o bien se les mata violentamente
mediante el hambre, se les entrega a toda suerte de
suplicios...»
Con motivo de la gran revuelta de 1381, los campesinos
ingleses clamaban, según Froissart: «Somos hombres hechos
a semejanza de Cristo y se nos trata como a bestias
salvajes».
Como muy bien ha escrito Frantisek Graus, los
campesinos «no sólo se ven explotados por la sociedad
feudal, sino que, además, la literatura y el arte los
ridiculizan».
El franciscano Berthold de Regensburg señalaba en el
siglo XIII que apenas si había algún santo campesino
(mientras que, por ejemplo, en 1119, Inocencio III había
canonizado a un comerciante, Homebón de Cremona).
Nada hay de extraño en esas condiciones ya que el
fondo de la mentalidad campesina es una constante
impaciencia, un perpetuo descontento. «Los campesinos
siempre están encolerizados, dice un poema goliardico de
Bohemia, y su corazón jamás está contento.»
La iconografía, de manera más o menos abierta,
representa con frecuencia la lucha del campesino contra el
caballero: es David contra Goliat. La vestimenta con que
aparecen ambos personajes es un claro testimonio de la in-
tención.
Sin embargo, la forma habitual de la lucha de los
campesinos contra los señores es la guerrilla sorda del
merodeo por las tierras del señor, de la caza furtiva en sus
bosques, del incendio de sus cosechas. Es la resistencia
pasiva mediante el sabotaje de los trabajos obligatorios, la
negativa a entregar los pagos en especie, a pagar las tasas. A
veces se llega a la deserción, a la huida.
En 1117, el abad del monasterio de Marmoutier, en
Alsacia, suprime los trabajos obligatorios de los siervos y
los reemplaza por un pago en dinero. Toma esta decisión a
causa de «la incuria, la inutilidad, la holgazanería y la
pereza de quienes los ejecutaban».
En su tratado de Housebondrie, escrito a mediados del
siglo XIII, Walter de Henley, siempre preocupado por
acrecentar por todos los medios el rendimiento agrícola,
multiplica las recomendaciones para la vigilancia del tra-
bajo de los campesinos. La iconografía nos muestra a los
vigilantes señoriales, bastón en mano, espiando a los
trabajadores. Aun reconociendo que la fuerza del trabajo del
caballo es superior a la del buey, Walter de Henley estima
con cierto desengaño que es inútil para el señor hacer el
considerable desem-LA SOCIEDAD CRISTIANA
271
bolso que representa la compra de un caballo, ya que «la
malicia de los labradores impide que el arado arrastrado
por un caballo vaya más de prisa que uno tirado por
bueyes».
La hostilidad de los campesinos hacia el progreso técnico
es aún más llamativa. Esa hostilidad no se explica, como las
revueltas de los obreros contra la máquina a comienzos de
la revolución industrial, por el temor a un paro tecnológico,
sino porque el maquinismo medieval iba acompañado de un
monopolio de la máquina en beneficio del señor que hacía
obligatoria y onerosa su utilización en provecho suyo. Las
revueltas de los campesinos contra los molinos «banales»
señoriales serían numerosas. A la inversa, habrá señores —
sobre todo abades— que harán destruir los molinos
manuales de sus campesinos para obligarlos a llevar el
grano a su molino y pagar la correspondiente maquila. Ya
en el 1207, los monjes de Jumiéges mandan destruir las úl-
timas muelas manuales que quedaban en una de sus tierras.
En Inglaterra, una célebre lucha con motivo de los molinos
hidráulicos enfrentó a los monjes de Saint-Albans a sus
campesinos. El abad Ricardo II, triunfante al fin en 1331,
convirtió en trofeos las muelas confiscadas: las utilizó para
pavimentar su locutorio.
Entre las formas más insidiosas de la lucha de clases hay
que situar en lugar privilegiado las innumerables protestas
que se llevaron a cabo con motivo de los pesos y medidas.
La determinación y la posesión de los patrones que fijan la
cantidad de trabajo y de los pagos constituye un medio de
dominación económica fundamental. Witold Kula ha abierto
magistralmente la vía a esta historia social de los pesos y
medidas. Acaparados por los unos, protestados por los
otros, los pesos y medidas, conservados en la casa señorial,
en el castillo, en la abadía o en la casa comunal de los
burgueses en las ciudades, son el objeto de una lucha
constante. Los numerosos documentos que evocan los
castigos impuestos a campesinos o a artesanos por utilizar
falsas medidas (crimen equiparado al del desplazamiento de
los mojones del dominio) llaman nuestra atención sobre
este aspecto de la lucha de clases. Así como la
multiplicación de las jurisdicciones favorecía la
arbitrariedad de los señores, el número y la variabilidad (al
capricho del señor) de las medidas eran un instrumento de
opresión señorial. Cuando los reyes de Inglaterra tratan en
el siglo XIV de imponer un patrón real para las principales
medidas, dejan exentas de él las rentas y arrendamientos
cuya medida se deja a la discreción de los señores.
La lectura de las fábulas, de los tratados jurídicos y
morales, de las actas judiciales produce la impresión de que
la Edad Media fue el paraíso de los tramposos, la edad de
oro del fraude. La opresión de las clases dueñas de la272
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
medida lo explica Y la Iglesia, que hizo del fraude un
pecado grave, no pudo atajar esas manifestaciones de la
lucha de clases
El enfrentamiento entre las clases, fundamental en el
campo, reaparece muy pronto en las ciudades, no ya como
la lucha de los burgueses victoriosos contra los señores, sino
como la del pueblo bajo contra los ricos burgueses De
hecho, desde finales del siglo XII hasta el siglo XIV se va
dibujando una nueva línea de fractura social en las ciudades
que enfrenta a ricos y pobres, a débiles y poderosos, al
popolo minuto y al popolo grosso La formación de esta
categoría urbana dominante, a la que se ha denominado el
patriarcado, compuesto por un grupo de familias que
acumulan la propiedad inmobiliaria urbana, la riqueza, el
dominio sobre la vida económica y el control de la vida
política mediante el monopolio de los cargos municipales,
hace que se levante frente a ella la masa de los nuevos
oprimidos
A partir de finales del siglo XII se ven aparecer meliores
burgenses o maiores oppidani cuyo dominio se va
consolidando rápidamente Ya en 1165, en la población de
Soest, en Westfalia, se mencionan esos «mejores, bajo cuya
autoridad la ciudad prosperaba y en quienes residía lo
esencial del derecho y de los negocios», meliores...
quorum auctoritate pretaxata villa nunc pollebat et in
quibus summa iuris et rerum consistebat, y en Magdeburgo,
en 1188, un estatuto urbano estipula que «en la asamblea de
los burgueses se prohibió a los necios proferir palabras
contrarias al orden y oponerse en cualquier cosa que fuere a
la voluntad de los meliores» De este modo, pobres y ricos se
enfrentaban en las ciudades En las de lengua francesa, donde
hasta ahora se había hablado tradicionalmente de oficios
«fundados sobre el trabajo y sobre la mercancía», trabajo y
mercancía se disocian Los trabajadores manuales se levantan
muy pronto contra aquellos que, a su vez, les tratan de
ociosos Ya a finales del siglo XIII, las huelgas y los motines
contra los «ricos hombres» se multiplican y, en el siglo XIV,
a favor de la crisis, se suscitan violentas revueltas en la
mayoría de las ciudades
A pesar de la tendencia maniquea de la Edad Media a
simplificar todo conflicto como el enfrentamiento de dos
campos, el de los buenos y el de los malos, no hay que
pensar por ello que la lucha de clases se limitaba a esos
duelos señores-campesinos, burgueses pueblo La realidad
era más compleja, y una de las razones principales del
fracaso de los débiles frente a los ricos fue, además de su
debilidad económica y militar, las divisiones internas que
incrementaban su impotenciaLA SOCIEDAD CRISTIANA
273
Entre las capas inferiores urbanas hay que hacer al
menos una distinción entre el popolo minuto de los
artesanos y los criados y la masa de trabajadores manuales
asalariados que no se beneficiaba de ninguna protección
corporativa peones librados al azar del mercado y de la
mano de obra, rebaño reunido a diario en la plaza de
contratación (en París la plaza de la Gréve), donde los
contratistas o sus encargados venían a buscar a un
proletariado constantemente amenazado por el paro A
finales del siglo XIII éstos se convierten, para Juan de
Friburgo, en su Manual sumario de confesores, en la ca-
tegoría inferior de los laboratores Se puede observar aquí,
como muy bien ha demostrado Bronislaw Geremek respecto
al París de los siglos XIII y XIV, que el trabajo y el
trabajador se han convertido, con ellos, en una mercancía
No cabe la menor duda de que la explotación de la
mano de obra femenina ha ocupado un lugar privilegiado
en esta opresión de los «dadores de trabajo» Es famosa la
triste canción de las obreras de la seda que Crhistián de
Troyes intercala (hacia 1180) en Yvain, como «Canción de la
camisa» de la Edad Media
Siempre tejeremos telas de seda
pero no iremos por eso mejor vestidas,
siempre seremos pobres, iremos desnudas
siempre tendremos hambre y sed,
jamas podremos ganar tanto
que podamos comer mejor
Tenemos pan sin cambio alguno
poco por la mañana, por la tarde menos,
pues del fruto de nuestras manos
ninguna tendrá para vivir
mas que cuatro dineros de la libra,
y con eso nunca podremos
tener para carne y para vestir,
pues quien gana en la semana
veinte sueldos, siempre pena
Siempre estamos en la mayor miseria,
pero con nuestro salario medra
aquel para quien trabajamos,
velamos buena parte de la noche
y todo el día para poder ganar274
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
Nos amenazan con quebrantar
nuestros miembros cuando reposamos:
así que no osamos reposar.
(«Toujours draps de soie tisserons/Et n'en serons pas mieux
vétues,/Toujours serons pauvres et nues/Et toujours faim et soif
aurons;/]amais tant gagner ne saurons/Que mieux en ayons a
manger./Du pain en avons sans changer/Au matin peu et au soir
moins;/Car de l'ouvrage de nos mains/N'aura chacune pour son
vivre/Que quatre deniers de la livre,/Et de cela ne pouvons pas/Assez
avoir viande et draps;/Car qui gagne dans sa semaine/Vingt sous n'est
mié hors de peine.../Et nous somes en grand misére,/Mais s'enrichit de
nos salaires/Ce-lui pour qui nous travaillons;/Des nuits grand'partie
veillons/Et tout le jour pour y gagner. /On nous menace de rouer/Nos
membres, quand nous reposons./Aussi reposer nous n'osons.»)
Las mujeres se hallan de igual modo en el centro de una
lucha aparentemente menos dramática. Son el objeto de la
rivalidad masculina de las diferentes clases sociales. Esos
juegos divertidos entre machos y hembras son, sin embargo,
una de las más ásperas expresiones de la lucha de clases. El
desprecio de las mujeres hacia los hombres de una
determinada categoría social es una de las heridas más
dolorosas que éstos pueden recibir. Quizá parezca extraño
ver a los clérigos tomar parte en el conflicto. No obstante, el
cura, el monje, libertino y lleno de éxitos, es uno de los
personajes más habituales de los cuentos populares.
La poesía lírica canta, en fin, con frecuencia en las
pastorelas el amor de los caballeros por las pastoras. En la
realidad, tales empeños no terminan siempre felizmente. El
conde poeta Thibaud de Champagne confiesa, en verso, que
dos campesinos le hicieron poner pies en polvorosa cuando
se disponía a levantar las faldas de una pastora.
La lucha de clases en el Occidente medieval se duplica,
como es sabido, por las enconadas rivalidades en el interior
de las clases. Los conflictos entre feudales, prolongación de
las luchas de clan, las guerras procedentes de la faida
germánica, forma medieval de la vendetta señorial, llenan la
historia y la literatura. Esas enemistades violentas y
colectivas, esos «odios sempiternos», «esas viejas rencillas
perfectamente atizadas» son, por lo demás, privilegios de
clase. En las lizas de los torneos, en pleno campo, en los
asedios de los cas-LA SOCIEDAD CRISTIANA
275
tillos, las confrontaciones entre las familias feudales
pueblan la historia medieval.
A pesar de sus pretensiones, la clase señorial no tiene el
patrimonio exclusivo de tales conflictos. En el seno de la
sociedad urbana, las familias burguesas se entregan, solas o
animando partidos, a luchas sin cuartel por el liderazgo del
patriciado o por el dominio de la ciudad. No es extraño que
Italia, urbanizada más pronto, haya sido el principal teatro de
esas rivalidades ciudadanas y burguesas. En 1216, una serie
de vendettas oponen en Florencia a dos grupos de familias, a
dos consorterie, la de los Fifanti-Amidei y la de los
Buondelmonte. Por una ruptura de promesa matrimonial,
afrenta tanto más cruel para los Fifanti-Amidei cuanto que el
prometido Buondelmonte no se presenta el día en que toda la
consorteria de la prometida le espera en traje de boda en el
Ponte Vecchio, el traidor cae asesinado cuando, algún
tiempo después, se dirige a la catedral para casarse con otra.
Al insertarse este hecho en la lucha entre los dos candidatos
al imperio, Otón de Brunswick y Federico Hohenstaufen,
que degenera pronto en una lucha entre el emperador y el
papa, la rivalidad de las dos familias florentinas se convierte
en la lucha entre güelfos y gibelinos.
Quizá menos frecuente, pero bastante notable es la
actitud individual de miembros de las clases superiores
que, por interés, idealismo o, en el caso de clérigos pobres,
toma de conciencia de una solidaridad mayor con los pobres
que con los clérigos, se lleva a cabo la lucha a lado de los
revolucionarios de las categorías inferiores y, a veces, se les
dota de los jefes instruidos que ellos no tienen. Esos
«traidores» a su clase se hallan entre el clero o entre la
burguesía pero, sólo excepcionalmente, entre la nobleza. En
1327, los «diez mil» villanos y ciudadanos pobres que
marchan contra los monjes de Bury St. Edmunds van
capitaneados por dos sacerdotes que portan los estandartes
de los rebeldes. Misterioso personaje es Enrique de Dinant,
ese tribuno de Lieja de los años 1253-1255, ese patricio que
lleva al populacho al asalto del patriciado. Fernand
Vercauteren, siguiendo el ejemplo de los cronistas del siglo
XIII, ve en él a un ambicioso que se sirve del pueblo y de su
descontento para tratar de convertirse en un nuevo Catilina.
Pero sólo conocemos a esos agitadores populares a través
de sus enemigos. Jean d'Outremeuse nos dice de Enrique
de Dinant que «hacía levantar al pueblo contra su señor y
contra los clérigos y que no había dificultad para creerle...
Era un hombre de buena cuna, culto y picaro, pero fue tan
falso, traidor y ambicioso que no valía nada por la envidia
que tenía de cada uno». Desconfiemos de estos juicios que
cuelgan a quienes se rebelan la etiqueta de envidiosos.
Invidia, la envidia es, según los moralistas (clérigos), según
los manuales de confesores, el gran pecado de los
campesinos, de los pobres. Este diagnóstico hecho por los
intér-276
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
pretes de los poderosos, con frecuencia sólo sirve para
silenciar la revuelta de los oprimidos, la indignación de los
justos. A todos los grandes jefes de las grandes revoluciones
del siglo XIV, a un Jacobo y a un Felipe van Artevelde, a un
Esteban Marcel se les tachará de «envidiosos».
Al margen de estos casos individuales, cabe preguntarse si
dos potencias no han escapado —por definición— a la lucha
de clases, manteniéndose fuera de ella y buscando la manera
de apaciguarla: la Iglesia y la realeza. La Iglesia, de acuerdo
con el ideal cristiano, estaba llamada a mantener igualada la
balanza entre pobres y ricos, campesinos y señores, más aún,
a hacer de contrapeso a la debilidad de los pobres mediante
su apoyo y a hacer reinar la armonía social, a la cual, en el
esquema tripartito de la sociedad, había dado su bendición.
Es cierto que, en el ámbito de la caridad, en la lucha
contra el hambre, su acción nunca fue menospreciable; es
cierto también que su rivalidad con la clase militar la inclinó
a veces a obrar en favor los campesinos o de los ciudadanos
contra el adversario común y que animó de manera especial
los movimientos de paz beneficiosos para todas las víctimas
de la violencia feudal. Pero sus reiteradas declaraciones de
arbitraje imparcial entre débiles y fuertes apenas pueden
disimular el hecho de que, la mayoría de las veces, eligiera
concretamente tomar el partido de los opresores. Inmersa en
el siglo, integrada en un grupo social privilegiado que ella
misma había transformado en orden, es decir sacralizado,
por la gracia de Dios, se veía naturalmente inclinada a
decantarse por la parte en la que ella se hallaba de hecho.
Conviene señalar que los campesinos se mostraron
sobre todo hostiles contra los señores eclesiásticos,
probablemente porque la distancia entre el ideal que
profesaban y su comportamiento debía excitar de manera
especial su cólera y, sin duda alguna, porque al estar mejor
llevados los archivos y las cuentas monásticas, los señores
eclesiásticos obtenían con mayor seguridad, gracias al
derecho apoyado en sus actas y sus censos, las exacciones
que los señores laicos les arrancaban de ordinario por la
violencia.
Parece justo dar la razón a la autocrítica de aquel
dignatario eclesiástico anónimo —confundido por error
con san Bernardo— que exclamaba en el siglo XII: «No,
no puedo decirlo sin derramar lágrimas, nosotros los jefes
de la Iglesia somos más tímidos que los toscos discípulos
de Cristo en la época de la Iglesia naciente. Negamos y
callamos la verdad por temor a los seculares; ¡negamos a
Cristo, a la verdad misma! Cuando el raptor cae sobre el po-
bre, nos negamos a socorrerlo. Cuando un señor atormenta
al pupilo o a laLA SOCIEDAD CRISTIANA
277
viuda, no nos oponemos. ¡Cristo está en la cruz y nosotros
sólo guardamos silencio!».
La posición y la actitud de la realeza no carecen de
analogía con las de la Iglesia. Por otro lado, las dos se
prestaron con frecuencia un mutuo apoyo en la lucha
común, cuya consigna se dirigía contra las tiranías
individuales, la defensa del interés general y la protección
de débiles contra poderosos.
La realeza aprovechó hasta el máximo todas las armas
que la estructura social le proporcionaba: obligar a todos los
señores a que le prestasen el homenaje ligio o feudal;
negarse a prestar homenaje por las tierras que tenía en
feudo, con el fin de afirmar que estaba no solamente en la
cumbre, sino por encima de toda jerarquía feudal; hacerse
reconocer un derecho de protección —«reconocimiento» o
«patronazgo»— sobre numerosos establecimientos
eclesiásticos; imponerse en el mayor número posible de
contratos de «paridad», que hacían de los reyes los
copartícipes en señorías situadas fuera del dominio real y en
regiones donde su influencia era débil; cristalizar en bene-
ficio suyo el ideal de fidelidad que era la esencia de la moral
y de la sensibilidad feudales. Al mismo tiempo, buscó
siempre sustraerse al control de los señores. Haciendo
hereditaria la corona, amplió el dominio real, impuso en
todas partes a sus oficiales (funcionarios), trató de sustituir
las huestes, contribuciones y jurisdicciones feudales por un
ejército nacional, una fiscalidad de Estado y una justicia
centralizada. Es significativo que los campesinos quisieran
ponerse bajo la protección real, aunque se hallara más
alejada que la de los señores del país. También es cierto que
las capas inferiores, sobre todo campesinas, cifraron con
frecuencia sus esperanzas en la persona del rey de quien
esperaban que les librase de la tiranía señorial. San Luis
cuenta con emoción a Joinville la actitud del pueblo
respecto a él con motivo de una revuelta de barones durante
su minoría de edad: «Y el santo rey me contó que, estando
en Montlhéry, ni él ni su madre se atrevían a volver a París
hasta que los habitantes de París viniesen a buscarlos con
las armas. Y me contó que desde Montlhéry hasta París, los
caminos estaban llenos de gentes armadas y sin armas y que
todos le aclamaban, rogando a Nuestro Señor que le diese
buena y larga vida y le defendiese y guardase contra sus
enemigos». Ese mito real tendrá una larga vida. Sobrevivirá
—hasta las explosiones finales, como las de 1642-1649 en
Inglaterra y de 1792-1793 en Francia— a todas las expe-
riencias en que la realeza demostró que, al enfrentarse a un
peligro grave de subversión de la sociedad, también ella se
volvía hacia su campo natural, el de los feudales, con quienes
compartía intereses y prejuicios. Bajo Felipe Augusto, los
campesinos de la aldea de Vernon se rebelaron contra su
señor, el cabildo de Notre-Dame de París, y se negaron a
pagar el censo. Enviaron una278
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
delegación al rey, quien dio la razón a los canónigos y
espetó a los delegados de los campesinos: «¡Maldito sea el
cabildo si no os manda al estercolero!» (in unam latrinam).
Pero el rey se encuentra a veces solo frente a las clases
sociales. Lejos de dominarlas, se siente amenazado por
cada una de ellas. Exterior a la sociedad feudal, teme que
ésta le aniquile. Tal fue la pesadilla de Enrique I de
Inglaterra, según la crónica de Juan de Worcester. Cuando
el rey estaba en Normandía en 1130 tuvo una triple visión.
Vio primero cómo una multitud de campesinos asediaba su
cama con sus instrumentos de trabajo, rechinando los
dientes y acosándolo mientras le obligaban a oír sus
quejas. Después, una multitud de caballeros, vestidos con
sus corazas, protegida la cabeza con el yelmo, armados
con lanzas, dardos y flechas le amenazaban con darle
muerte. Por último, una asamblea de arzobispos, obispos,
abades, decanos y priores asediaban su lecho, con sus
báculos levantados contra él.
«He aquí, gime el cronista, lo que asustaba a un rey
vestido de púrpura, cuya palabra, según dice Salomón,
debe aterrorizar como el rugido de un león.» Ese león al
que ridiculiza precisamente Renart, en el Román, y con él a
toda la majestad monárquica. Los reyes, a pesar de su
prestigio, siempre fueron un poco extraños al mundo
medieval.
También hubo en el Occidente medieval otras
comunidades, además de las que acabamos de evocar,
comunidades que se solapaban más o menos a las clases
sociales y a las que la Iglesia favorecía especialmente, al ver
en ellas un medio de diluir la lucha de clases.
Eran las cofradías, cuyos orígenes son mal conocidos y
cuya relación con las corporaciones está bastante oscura.
Mientras éstas tienen un significado profesional, aquéllas
debieron ser casi exclusivamente religiosas.
Tales son las cofradías de las vírgenes y de las viudas, a
las que la Iglesia tiene en particular estima. Una obra de
espiritualidad muy en boga en los siglos XII y XIII el
Espejo de vírgenes (Speculum virginum), compara los frutos
de la virginidad, de la viudedad y del matrimonio. Una
miniatura célebre ilustra la comparación: las mujeres
casadas no recogen más de treinta veces la simiente (cifra
ya mítica para la Edad Media), mientras que las viudas la
recogen sesenta veces y las vírgenes cien. 2 Sin embargo,
más que formar catego-
2. Véase pág. 301 de este libro.LA SOCIEDAD CRISTIANA
279
rías intersociales, las vírgenes tienden a confundirse sobre todo
con las monjas de clausura, y las viudas con la muchedumbre
de pobres en ese tiempo en que la falta de un hombre que
ganara el pan hacía caer en la miseria a la mayoría de aquellas
que no podían o no querían volver a casarse.
Más vividas debieron ser las clases de edad, no aquellas que
los clérigos transponían en las categorías teóricas y literarias de
las edades de la vida, sino aquellas que se integraban en
tradiciones concretas, características en las civilizaciones
tradicionales, las sociedades militares y las sociedades campesi-
nas. Entre esas clases separadas por la edad, una representaba
en particular una realidad estructurada y eficaz: la clase de los
jóvenes, la misma que, en las sociedades primitivas,
corresponde a los adolescentes, que han recibido conjuntamente
la iniciación. En efecto, era un aprendizaje y una verdadera
iniciación lo que tenían que pasar los jóvenes de la Edad
Media. Pero también en este aspecto reaparecen las estructuras
sociales, encuadrando esta estratificación en otro orden. Los
jóvenes son distintos entre los guerreros y entre los
campesinos. El aprendizaje de los primeros es el de las armas,
del combate feudal, que termina por la iniciación de la
armadura, mediante la cual se entra en la clase: la caballería.
Para los campesinos es el ciclo de las fiestas folclóricas de
primavera que, entre san Jorge (23 de abril) y san Juan (24 de
junio), se revelan a los jóvenes de la aldea los ritos destinados a
asegurar la prosperidad económica de la comunidad, ritos con
frecuencia constituidos por cabalgatas o ejecutados a caballo
(se las encuentra en el ciclo iconográfico de los trabajos de los
meses en abril o en mayo) y que terminan con la prueba del
salto por encima de las hogueras de la fiesta de San Juan. La
ciudad condujo con frecuencia a la ruptura de esas tradiciones
y de las solidaridades que eran su base. No obstante, quedaron
residuos de ellas: la iniciación de los jóvenes escolares y
estudiantes —los «novatos»— , destinada a hacerles perder su
carácter salvaje, campesino (¿existe una relación entre el
«Jacques» que designa en Francia el campesino de finales de la
Edad Media y el nombre de Zak —Jak— dado en Polonia al
novato universitario?), o la de los jóvenes aprendices en el
curso del período anterior a su calificación como maestros en
el oficio y, más particularmente, de la Gran Vuelta que debían
realizar, o la que los jóvenes pasantes recibían en las curias.
Parece que, en contraposición, la clase de los viejos —los
«ancianos» de las sociedades tradicionales— no ha
desempeñado un papel importante en la cristiandad medieval,
sociedad de gentes que mueren jóvenes, de guerreros y
campesinos que valen únicamente en la época de su plena
fortaleza física, de clérigos dirigidos por obispos y por papas a
quienes, dejando aparte los escandalosos adolescentes del siglo
X —Juan XI sube al trono de San Pedro en280
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
el 931 a los veintiún años y Juan XII, en el 954, a los
dieciséis—, se elige en plena juventud (Inocencio III, en
1198, a los 35 años aproximadamente). La sociedad
medieval ignoró la gerontocracia. Todo lo más, su
sensibilidad se pudo conmover ante los imponentes
ancianos de barba blanca —como se les ve en los pórticos
de las iglesias, ancianos del Apocalipsis y profetas, ante los
que describe la literatura, como Carlomagno, el viejo
emperador «de barba blanca», o ante los ermitaños, tal
como se imaginan y representan, patriarcas medievales de
longevidad impresionante. 3
También hay que pensar en la importancia de las
relaciones que se entablaban en ciertos centros de la vida
social, en relación más o menos estrecha con la estructura de
las clases sociales y la diversidad de los géneros de vida.
El primero de esos centros está animado por el clero: es
la iglesia, centro de la vida parroquial. La iglesia, en la
Edad Media, no es sólo un hogar de vida espiritual común
—muy importante por otro lado, puesto que en él se
forman, en torno a los temas de propaganda de la Iglesia,
mentalidades y sensibilidades—, sino también un lugar de
asamblea. Se celebran en ella reuniones, sus campanas
llaman a la gente en caso de peligro, sobre todo de incendio.
En ella tienen lugar conversaciones, juegos, mercados. La
iglesia, a pesar de los esfuerzos del clero y de los concilios
por limitarla a su papel de casa de Dios, es un centro social
de múltiples funciones, comparable a la mezquita
musulmana.
Así como la sociedad parroquial es el microcosmos
organizado por la Iglesia, la sociedad castrense integra la
célula social formada por los señores en sus castillos. En ella
se agrupan jóvenes hijos de vasallos, enviados allí para servir
al señor y llevar a cabo su aprendizaje militar —
ocasionalmente para servir de rehenes—, los domésticos
señoriales y toda la parafernalia de gentes destinadas a
satisfacer las necesidades de diversión y de prestigio de los
feudales. Ambigua posición la de estos ministriles, troveros
y trovadores, obligados a cantar las alabanzas y los valores
esenciales de sus empleadores, estrechamente dependientes
de los salarios y de los favores de sus amos; con frecuencia
deseosos, lográndolo alguna vez, de convertirse a su vez en
señores —es el caso del Minnesanger que llega a caballero
y logra el derecho a usar escudo de armas (el famoso
manuscrito de Heidelberg, cuyas miniaturas
3. Rolf Sprandel está llevando a cabo en Wurzburgo una investigación sobre las actitudes
frente a la edad en el Medioevo.LA SOCIEDAD CRISTIANA
281
representan a los Minnesanger y sus blasones, dan
testimonio de esta promoción por el noble arte de la poesía
lírica)—, pero también con frecuencia lacerados por su
posición de artistas dependientes de los caprichos de un
guerrero, intelectuales animados de ideales opuestos a los
de la casa feudal, dispuestos siempre a convertirse en
acusadores de sus amos. Las producciones literarias y
artísticas del medio castrense son muy a menudo un
testimonio más o menos oculto de oposición a la sociedad
feudal.
Los medios populares cuentan con otros centros de
reunión. En el campo, el molino, al que el campesino debe
llevar su grano, hacer cola hasta que le llega su turno y
esperar después su harina, es un lugar de reunión. Es fácil
imaginar que allí se comentaban con frecuencia las
innovaciones rurales, que desde allí se difundían, y que las
revueltas campesinas también se fraguaban allí. Hay dos
hechos que nos demuestran la importancia del molino
como centro de reunión de los campesinos. En primer lugar,
los estatutos de las órdenes religiosas del siglo XII prevén
que los monjes vayan a ellos a pedir limosna. En segundo
lugar, las prostitutas pululan por sus alrededores hasta el
punto que san Bernardo, dispuesto a anteponer la moral al
interés económico, incita a los monjes a destruir esos
centros de vicio.
En la ciudad, los burgueses tienen sus mercados, sus
salas de reunión, como la de la corporación de los
Marchands de l'eau, que agrupa a los comerciantes
parisienses más importantes y que con tanta razón se ha
llamado el Parloir aux Bourgeois («Locutorio de los
burgueses»).
En la ciudad y en la aldea, el gran centro social es la
taberna. Puesto que se trata en general de una taberna
«banal», perteneciente al señor, y puesto que el vino o la
cerveza que allí se beben son, la mayoría de las veces, pro-
porcionados o tasados por él, el señor fomenta su
asistencia. El cura, por el contrario, lanza vituperios contra
ese centro de vicio en el que se da libre curso a los juegos de
azar y a la borrachera y donde se hace la competencia a las
reuniones parroquiales, a los sermones, a los oficios
religiosos. Recuérdese la taberna cuya algarabía ahogaba la
voz del dominico a quien escuchaba san Luis. 4 La taberna
no sólo reúne a los hombres de la aldea o del barrio —ése
es otro cuadro de solidaridades urbanas que adquirirá tanta
importancia a finales de la Edad Media, lo mismo que la
calle, donde se agrupan los hombres de una misma
procedencia geográfica o de un mismo oficio—, sino que
desempeña además, con frecuencia, en la persona del
tabernero, el papel de banco de préstamos y acoge a los
extranjeros dado que, la mayoría de las veces, es al mismo
tiempo un albergue. De ese modo, la taberna es un nudo4. Véase pág. 260 de este libro.282
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
esencial en la red de relaciones. Desde ella se difunden las
noticias portadoras de realidades lejanas, las leyendas, los
mitos. Las conversaciones que en ella se mantienen forjan
las mentalidades. Y como la bebida calienta los espíritus, la
taberna contribuye poderosamente a dar a la sociedad
medieval ese tono apasionado, esas embriagueces que hacen
fermentar y estallar la violencia interior.
A veces se ha dicho que la fe religiosa es la que ha
proporcionado a ciertas revueltas sociales el cemento y el
ideal que necesitaban sus reivindicaciones materiales. La
forma suprema de los movimientos revolucionarios habría
sido la herejía. No cabe duda de que las herejías
medievales fueron adoptadas más o menos conscientemente
sobre todo por categorías sociales descontentas de su suerte.
Incluso en el caso de una participación activa por parte de
la nobleza meridional en la primera fase de la cruzada de los
albigenses al lado de los herejes, se ha podido poner de
relieve la importancia de sus quejas respecto de la Iglesia
que, al aumentar los impedimentos por consanguinidad para
el matrimonio, favorecía la fragmentación de los dominios
de la aristocracia laica, que caían así más fácilmente en sus
manos. Ante todo es cierto que muchos movimientos
heréticos, al condenar a la sociedad terrestre y
especialmente a la Iglesia, contenían un fermento
revolucionario muy poderoso. Eso es lo que ocurre con el
catarismo, con la ideología más difusa del joaquinismo, con
los diversos milenarismos, cuyos aspectos subversivos ya
hemos subrayado. Sin embargo, las herejías han reunido
coaliciones sociales heterogéneas, en el interior de las cuales
las divergencias de clase han debilitado la eficacia del
movimiento. En el catarismo —en cualquier caso bajo su
forma albigense—, cabría distinguir entre una fase nobiliaria
en la que la aristocracia es la dirigente, una fase burguesa,
en la que comerciantes, notarios y notables de las ciudades
dominan el movimiento, abandonado por la nobleza
después de la cruzada y del tratado de París, a finales del siglo
XIII y, en fin, una fase formada por secuelas de aspecto más
abiertamente democrático, en la que los artesanos de los
pueblos, montañeses y pastores pirenaicos continúan casi
solos la lucha.
Además, las consignas propiamente religiosas de las
herejías hacen desvanecerse, finalmente, el contenido social
de esos movimientos. Su programa revolucionario degenera
en anarquismo milenarista que adopta utopías como
soluciones terrestres. El nihilismo, que apunta de modo
especial al trabajo, más duramente condenado por
numerosos herejes que por cualquier otroLA SOCIEDAD CRISTIANA
283
—el perfecto cátaro no debe trabajar—, paraliza la eficacia
social de las revueltas acogidas bajo el signo de la religión.
Las herejías fueron la forma más aguda de la enajenación
ideológica.
Pero esas herejías resultaban peligrosas para la Iglesia y
para el orden feudal. Por esa razón se persiguió a los herejes
y se les rechazó hacia los espacios de exclusión de la
sociedad que, durante los siglos XII y XIII, gracias al impulso
de la Iglesia, se fueron delimitando cada vez más. Bajo la
influencia de los canonistas, en el momento en que se
establece la Inquisición, la herejía queda definida como un
crimen de «lesa majestad», un atentado al «bien público de
la Iglesia», al «buen orden de la sociedad cristiana». Así lo
hace en su Summa (hacia 1188) Huguccio, el más
importante decretista de ese instante decisivo.
A la vez que a los herejes, se pone también en el índice, se
acosa y se acorrala a los judíos (el IV concilio de Letrán, en
1215, les impone la obligación de llevar una insignia
distintiva, la rueda) y a los leprosos (las leproserías se
multiplican después del III concilio de Letrán, en 1179).
Sin embargo, ese tiempo es también aquel en que se
admite en la sociedad cristiana a ciertas categorías de
parias. La alta Edad Media había multiplicado los oficios
sospechosos. La barbarización había permitido resucitar los
tabúes atávicos: tabú de la sangre, que se dirige contra los
carniceros, los verdugos, los cirujanos e incluso los
soldados; tabú de la impureza, de la suciedad, que alcanza a
los bataneros, los tintoreros, los cocineros, las lavanderas
(Juan de Garlande, a comienzos del siglo XIII, recuerda la
aversión de las mujeres hacia los obreros textiles de «uñas
azules» que desempeñaron, junto con los carniceros, un
papel de primer orden en las revueltas del siglo XIV); tabú
del dinero que, como hemos visto, se explica por la actitud
de una sociedad en la que predomina la economía natural. A
tales tabúes, los invasores germánicos añaden el desprecio
del guerrero por parte de los trabajadores, y el cristianismo
su desconfianza frente a las actividades seculares,
prohibidas en todo caso a los clérigos y, por ello, cargadas de
un peso de oprobio que recae sobre los laicos que las
ejercen.
Sin embargo, bajo la presión de la evolución económica
y social que trae consigo la división del trabajo, la
promoción de los oficios, la justificación de Marta frente a
María, de la viuda activa que, en los pórticos de las
catedrales góticas, hace honorablemente pareja con la vida
contemplativa, el número de las ocupaciones ilícitas o
despreciadas se reduce casi a nada. El franciscano284
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
Berthold de Regensburg, en el siglo XIII, incluye todos los
«estados del mundo» en la «familia de Cristo», con la sola
excepción de los judíos, juglares y vagabundos, que forman
la «familia del diablo».
Pero esta cristiandad, que se ha integrado ya a la
sociedad nueva nacida del progreso de los siglos XI-XII,
que ha llegado a su «frontera», se muestra aún más
despiadada con los que no quieren doblegarse al orden
establecido o con los que no quiere admitir en él. Su
actitud, por lo demás, sigue siendo ambigua frente a esos
parias. Parece detestarlos y a la vez los admira, los teme con
una mezcla de atracción y de terror. Los mantiene a
distancia, pero fija esa distancia de manera que quede lo
bastante próxima como para tenerlos a su alcance. Lo que
ella denomina su caridad para con ellos se parece mucho a
la actitud del gato que juega con el ratón. Así sucede con
las leproserías, que deben hallarse situadas a «un tiro de
piedra de la ciudad» para poder ejercer con los leprosos «la
caridad fraterna». La sociedad medieval necesita esos
parías, apartados porque son peligrosos, pero visibles
porque, mediante los cuidados que les dispensa, se crea una
buena conciencia y, más aún, proyecta y fija en ellos,
mágicamente, todos los males que aleja de sí. Leprosos, por
ejemplo, que tanto están en el mundo como fuera de él,
como aquellos a los que el rey Marc entregó a la culpable
Isolda, en la terrible narración de Berul, ante la cual
retrocedió el tierno y cortés Thomas:
«Pues bien, cien leprosos, deformados, con la carne roída
y blanquecina, llegados sobre sus muletas al castañeteo de
las carracas, se amontonaban ante la pira y, bajo sus
párpados hinchados, sus ojos ensangrentados gozaban del
espectáculo.
»Yvain, el más repugnante de los enfermos, llamó al rey
con voz aguda: —Señor, quieres tirar a tu mujer a ese
brasero; eso es muy justo, pero demasiado rápido. Ese gran
fuego pronto la quemará, ese fuerte viento pronto dispersará
sus cenizas. Y cuando esta llama se apague su pena habrá
terminado. ¿Quieres que te muestre un castigo peor, de tal
forma que pueda seguir viviendo, pero con gran deshonor, y
siempre deseando la muerte? Dilo, rey, ¿lo quieres?
»E1 rey contestó:
»— Sí, que viva, pero con gran deshonor y peor que la
muerte. A quien me enseñe tal suplicio lo tendré en mayor
estima.
»— Señor, te diré, pues, brevemente lo que pienso.
Ved, tengo aquí a cien compañeros. Danos a Isolda y que
nos sea común. El mal activa nuestros deseos. Dala a los
leprosos. Jamás señora habrá tenido peor fin. Mira,
nuestros harapos están pegados a nuestras llagas que
rezuman. Ella que, junto a ti, gozaba de ricas telas forradas
de cibelina, de joyas, de salas adorna-LA SOCIEDAD CRISTIANA
285
das de mármol, que disfrutaba de buenos vinos, del honor,
de la alegría, cuando vea la corte de sus leprosos, cuando
tenga que entrar en nuestros tugurios hediondos y acostarse
con nosotros, ¡entonces, Isolda la bella, la rubia,
reconocerá su pecado y se lamentará por no poder morir en
ese hermoso fuego de espinos!
»E1 rey al oírlo se levanta y permanece en pie durante un
largo rato. Al fin se precipita hacia la reina y la toma por la
mano. Ella grita: —¡Señor, por piedad, quemadme, esto no,
quemadme!
»E1 rey la levanta, Yvain la toma y los cien enfermos se
apelotonan en torno a ella. Al oírlos gritar y chillar, todos se
derriten de piedad; pero Yvain está gozoso; Isolda se va,
Yvain se la lleva. Fuera de la ciudad desciende el asqueroso
cortejo.»
Arrastrada por su nuevo ideal de trabajo, la cristiandad
expulsa incluso a los ociosos, ya sean voluntarios u
obligados. Lanza a los caminos a ese mundo de tarados, de
enfermos, de parados que van a mezclarse con la turbamulta
de los vagabundos. Frente a todos esos desgraciados, a los
que identifica con Cristo, actúa como frente a Cristo
fascinante y aterrador. Es sintomático que cuando alguien
quiere vivir verdaderamente como Cristo, por ejemplo san
Francisco de Asís, no solamente se mezcla con los parias,
sino que no quiere ser más que uno de ellos. El mismo se
presenta como un pobre, un extranjero, un juglar, el «juglar
de Dios». ¿Cómo no iba a ser esto un escándalo?
Los cristianos mantienen con los judíos, a lo largo de toda
la Edad Media, un diálogo que entrecortan con
persecuciones y matanzas. El judío usurero, es decir, el
prestamista irreemplazable, es odioso pero a la vez
necesario y útil. Judíos y cristianos discuten sobre todo en
torno a la Biblia. Las conferencias públicas y las reuniones
privadas son incesantes entre clérigos y rabinos. A finales
del siglo XI, Gilberto Crispín, abad de Westminster, relata
en una obra de mucho éxito su controversia teológica con
un judío procedente de Maguncia. A mediados del siglo
XII, Andrés de Saint-Victor, preocupado por renovar la
exégesis bíblica, consulta a los rabinos. San Luis relata a
Joinville una discusión entre clérigos y judíos en el
monasterio de Cluny aunque, por cierto, desaprueba esa
clase de reuniones. «El rey añadió: "Nadie debe, si no es
un buen clérigo, disputar con ellos; en cuanto a los laicos,
cuando oyen hablar mal de la ley cristiana, no deben
defenderla de otro modo que clavando la espada en el
vientre tanto como pueda entrar".»
Ciertos príncipes, abades, papas y, sobre todo, ciertos
emperadores alemanes protegen a los judíos. No obstante,
después del siglo XI, el antijudaísmo se exagera y, en el siglo
XIII, se transforma en antisemitismo. Con la primera cruzada
las persecuciones se incrementan. Así, en Worms y en
Maguncia: «El286
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
enemigo del género humano no tardó, relatan los Anales
sajones, en sembrar cizaña mezclada con el grano, en
suscitar pseudoprofetas, en mezclar falsos hermanos y
mujeres desvergonzadas con el ejército de Cristo. Mediante
su hipocresía, mediante sus mentiras, mediante sus
corrupciones impías turbaron el ejército del Señor... Les
pareció conveniente vengar a Cristo en la cabeza de los
paganos y de los judíos. Por eso mataron a novecientos
judíos en la ciudad de Maguncia, sin perdonar a las mujeres
ni a los niños... Causaba lástima ver grandes montones de
cadáveres que se sacaban de la ciudad de Maguncia en
carretas».
Con la segunda cruzada, en 1146, surge la primera
acusación de muerte ritual, es decir, del asesinato de un niño
cristiano, cuya sangre se tenía que incorporar al pan ázimo,
y de profanación de la hostia, crimen aún mayor a los ojos
de la Iglesia, puesto que se considerará como un deicidio.
Las falsas acusaciones no cesarán en delante de proporcionar
a los cristianos chivos expiatorios en tiempos de descontento
o de calamidad. En algunos lugares, con motivo de la gran
peste de 1348, los judíos, acusados de haber envenenado
los pozos, fueron degollados. Sin embargo, la gran causa de
la segregación de los judíos estriba en la evolución
económica y la doble formación del mundo feudal y del
mundo urbano. No se puede admitir a los judíos en los
sistemas sociales —vasallaje y comunas— a que da lugar esta
evolución. No se puede prestar homenaje a un judío, ni
intercambiar un juramento con él. De este modo los judíos se
hallan poco a poco excluidos de la posesión e incluso de la
concesión de la tierra, lo mismo que de los oficios,
comprendido el comercio. No les quedan más que las formas
marginales o ilícitas del comercio y de la usura.
Sin embargo, habrá que esperar al concilio de Trento y a
la Contrarreforma para que la Iglesia instituya y preconice
los guetos, las juderías. En la época de la gran recesión del
siglo XVII y del absolutismo monárquico se instaurará el
«gran encierro», cuya historia ha analizado Michel Foucault
en lo que atañe a los locos. Locos que la Edad Media trató
también de manera ambigua. A veces son casi unos
inspirados y, el bufón del señor, que será el loco del rey, se
convierte en un consejero. En la sociedad campesina, el
tonto del pueblo es un fetiche para la comunidad. En el
juego de la feuillée, el dervés, el joven campesino loco, saca
la moraleja del relato. Se observa incluso que se realiza un
cierto esfuerzo para distinguir diversas categorías de locos:
los «furiosos» y los «frenéticos», que son enfermos a los que
se puede pensar en curar o, más bien, en encerrarlos en
hospitales especiales [nosocomios] de los que uno de los
primeros fue el hospital de Bethléem o Bedlam, en
Londres, construido a finales del siglo XIII; los
«melancólicos» cuya extravagancia puede ser también física,
ligada a los malos humores, pero que tienen más nece-LA SOCIEDAD CRISTIANA
287
sidad del cura que del médico; y, por último, la gran masa
de los posesos a quienes sólo el exorcismo puede liberar de
su temible huésped.
Muchos de esos posesos se confunden fácilmente con
los hechiceros. Ahora bien, nuestra Edad Media no es la
gran época de la brujería, que se retrasará hasta el período
de los siglos XIV-XVIII. Entre los herejes y los posesos, los
brujos encuentran difícilmente un lugar. Se dirá que son los
herederos, cada vez más escasos, de los brujos paganos,
de los adivinadores campesinos de la suerte a quienes los
penitenciales de la alta Edad Media persiguen en el marco
de la evangelización rural. Por otra parte, en estos
penitenciales es donde se inspiran Réginon de Prüm para
su Canon (hacia el 900) y Burchard de Worms para su
Decreto (hacia el 1010). Se ven en ellos lechuzas o lamias,
monstruos fabulosos, especie de vampiros, y los lobos-
duende (que en alemán se los conoce por Werenwulf, dice
Burchard, lo cual viene a subrayar el carácter popular de
tales creencias y de los personajes vinculados a ellas).
Mundo de la campiña salvaje, sobre el que la Iglesia no
ejerce más que una influencia muy limitada y se mantiene
prudente a la hora de sus incursiones. ¿No acepta acaso
que un duende haya venido a velar sobre la cabeza del rey
anglosajón san Edmundo decapitado por los vikingos?
Sin embargo, a partir del siglo XIII, la razón de Estado,
apoyada en el renacimiento del derecho romano,
desencadena la caza de brujas. Nada tiene de extraño ver a
los soberanos más «estatistas» entregarse a ella con todo el
empeño.
Los papas, que ven en los brujos, lo mismo que en los
herejes, rebeldes de «lesa majestad», turbadores del orden
cristiano, figuran entre los primeros en perseguirlos. Ya en
1270, un manual de inquisidores, la Summa de officio In-
quisitionis, dedica un capítulo especial a los «augures e
idólatras» culpables de organizar el «culto a los demonios».
Federico II, siguiendo a Azón de Bolonia que, en su
Summa super Codicem (hacia el 1220), declara a los
malefici reos de pena capital, persigue a los brujos, y el dux
Jacopo Tiepolo dicta contra ellos un estatuto en 1232.
Pero el más encarnizado en perseguirlos, el más
acérrimo en acusar de brujería a sus enemigos fue Felipe el
Hermoso, en cuyo reinado se llevaron a cabo un cierto
número de procesos donde la razón moderna de Estado
quedó de manifiesto de la forma más monstruosa: vilipendio
de los acusados, extracción de confesiones por cualquier
medio y, sobre todo, aplicación del método de la amalgama,
con el que se acusaba a los inculpados, en desordenada
confusión, de todos los delitos posibles: rebelión contra el
príncipe, impiedad, brujería, desenfreno y, sobre todo,
sodomía.288
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
Se acaba de esbozar la historia de la sodomía medieval.
En los siglos XI y XII hay poetas que elogian a la antigua el
amor de los jóvenes mancebos, y los textos monásticos dan
a entender de vez en cuando que el medio clerical
masculino probablemente no fue insensible al amor
socrático. La alta Edad Media parece haber sido indulgente
con una auténtica gay society. Pero en el siglo XIII se asiste
a la denuncia de la sodomía —herencia de los tabúes se-
xuales judíos, en completa oposición con la ética
grecorromana— como el más abominable de todos los
crímenes y, a través de un aristotelismo curiosamente
sacado a la luz, se sitúa el pecado «contra naturaleza» en la
cumbre de la jerarquía de los vicios. No obstante, como
ocurre con los bastardos, despreciados cuando son de baja
extracción y tratados como hijos legítimos en las familias
principescas, a los homosexuales de alto rango (como los
reyes de Inglaterra Guillermo el Rojo y Eduardo II) jamás
se les molestará. Por lo demás, parece que si los juicios son
cada vez más severos, en la práctica, la represión de la
homosexualidad no fue muy rigurosa.
En cualquier caso, la sodomía fue uno de los principales
crímenes atribuidos a los templarios, víctimas del más
famoso proceso montado por Felipe el Hermoso y sus
consejeros. La lectura de las actas del proceso de los
templarios pone de manifiesto que el rey de Francia y su
círculo habían establecido, a comienzos del siglo XIV, un
sistema de represión judicial que no tiene nada que envidiar
a los más célebres procesos de nuestra época.
Se montaron procesos similares contra el obispo de
Troyes, Guichard, acusado de haber tratado de dar muerte
a la reina y a otras personas de la corte de Felipe el
Hermoso mediante maleficios sobre una estatuilla de cera,
llevados a cabo con la colaboración de un hechicero, y
también contra el papa Bonifacio VIII, sospechoso de
haberse desembarazado más discretamente de su
desdichado predecesor Celestino V.
La confinación de los leprosos se produjo también en
esta época, pero la coyuntura de la lepra, sin duda por
razones biológicas, no es la misma que la de la brujería. La
lepra, sin desaparecer por completo, retrocede de manera
considerable en Occidente a partir del siglo XIV. En
cambio, se encuentra en su apogeo en los siglos XII-XIII. Las
leproserías se multiplican entonces (la toponimia ha
conservado su recuerdo: por ejemplo, en Francia, las
leproserías, los arrabales bautizados con el nombre de La
Madeleine, los villorrios y aldeas que recuerdan el término
mésel, sinónimo de leproso, etc.). Luis VIII lega mediante
testamento, en 1227, cien sueldos a cada una de las dos mil
leproserías del reino de Francia. El tercer concilio de Letrán,
en 1179, en el que se autoriza la construcción de capillas y de
cementerios en el interior de las leproserías, contribuirá a
hacer de ellas mundos cerrados, de los cuales no pueden salir
los le-LA SOCIEDAD CRISTIANA
289
prosos más que haciendo el vacío ante ellos mediante el
ruido de una carraca que deben hacer resonar sin tregua, al
igual que los judíos, al enarbolar su rueda, hacen que los
buenos cristianos se aparten. No obstante, el ritual de la «se-
paración» de los leprosos, que se generalizará durante los
siglos XVI y XVII, y que se efectúa en el curso de una
ceremonia en la que el obispo, por medio de gestos
simbólicos, separa al leproso de la sociedad y hace de él un
muerto para el mundo (a veces incluso debe bajar a una
tumba), es aún raro en la Edad Media, incluso desde el punto
de vista jurídico, ya que el leproso conserva los derechos de
una persona sana, excepto en Normandía y en la región de
Beauvais.
A pesar de todo, un número considerable de
prohibiciones pesan sobre los leprosos y ellos constituyen
también el chivo expiatorio preferido en tiempos de
calamidad. Después de la gran hambruna de 1315-1318, los
judíos y los leprosos fueron perseguidos en toda Francia y
declarados sospechosos de haber envenenado pozos y
fuentes. Felipe V, digno hijo de Felipe el Hermoso, hizo que
se levantaran procesos contra los leprosos de Francia y, tras
arrancar sus confesiones por medio de la tortura, a muchos
de ellos se les condenó a la hoguera.
Los ladrones ilustres, lo mismo que los bastardos y los
pederastas nobles, nada tienen que temer. Pueden continuar
ejerciendo sus funciones y vivir entre la gente honrada. Así
Balduino IV, rey de Jerusalén, Raúl, conde de Vermandois y
Ricardo, aquel terrible abad de Saint-Albans que hizo
pavimentar su locutorio con las piedras de molino
arrebatadas a sus campesinos.
También los enfermos, sobre todo los lisiados, forman
parte de los excluidos. En ese mundo donde la enfermedad
y la discapacidad se consideran signos externos del pecado,
quienes se ven afectados por ellas son malditos de Dios y,
por lo tanto, de los hombres. La Iglesia los acoge de forma
provisional —el tiempo de estancia en los hospitales es, por
lo general, muy corto— y alimenta esporádicamente —los
días de fiesta— a alguno de ellos. Para los demás, su único
recurso es la mendicidad y la errancia. Pobre, enfermo y
vagabundo son casi sinónimos en la Edad Media; los
hospitales se hallan situados frecuentemente cerca de los
puentes y de los pasos de la montaña, esos lugares de
tránsito obligado para los vagabundos. Guy de Chauliac, al
describir la actitud de los cristianos con motivo de la peste
negra de 1348, dice que en ciertos lugares se acusaba del
azote a los judíos, a quienes luego se degollaba; en otros, a
los pobres y mutilados (pauperes et truncati), a quienes se
expulsaba. La Iglesia se negaba a ordenar sacerdotes a
quienes padecieran algún achaque. Aún en 1346, por
ejemplo, Juan de Hubant, fundador en París del Colegio del
Ave María, excluye de las becas a los adolescentes que
tengan «una deformidad corporal».290
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
El excluido por excelencia de la sociedad medieval es el
extranjero. La cristiandad medieval, sociedad primitiva y
cerrada, rechaza a ese intruso que no pertenece a las
comunidades conocidas, a ese portador de lo desconocido y
de la inquietud. San Luis se preocupa de ellos en sus
Établissements, en el capítulo «del hombre extranjero», y lo
define como el «hombre desconocido en las tierras». En un
estatuto de Goslar, en 1219, se meten en un mismo saco
«histriones, juglares y extranjeros». El extranjero es aquel
que no es un hombre fiel, un hombre sujeto, aquel que no ha
jurado obediencia a nadie, el que, en la sociedad feudal,
«carece de reconocimiento».
Por eso la cristiandad medieval ponía de relieve alguna de
sus lacras; ciudades y campiñas, en las cercanías de los
castillos, lejos de ocultar sus lugares y sus instrumentos de
represión, los ponían más bien de manifiesto: la horca sobre
la gran rueda a la salida de las ciudades o al pie del castillo,
la picota en el mercado, en el patio o delante de la iglesia y,
sobre todo, la cárcel, cuya presencia era el signo externo del
poder judicial supremo, de la alta justicia, del rango social
más elevado. Nada tiene de extraño el hecho de que la ico-
nografía medieval en las ilustraciones de la Biblia, en las
historias de los mártires y de los santos, representara
preferentemente las cárceles; en él se ocultaba una realidad,
una amenaza, una pesadilla siempre presente en el mundo
medieval.
A quienes la sociedad medieval no podía atar o encerrar
los abandonaba en los caminos. Enfermos y vagabundos
erraban de una parte a otra solos, en grupos, en filas,
mezclados a los peregrinos y a los mercaderes. Los más vi-
gorosos y los más desesperados engrosaban el ejército de
bandidos apostados en los bosques.Capítulo 4
Mentalidades, sensibilidades, actitudes
(siglos X-XIll)
Lo que domina la mentalidad y la sensibilidad del
hombre medieval, lo que determina lo esencial de sus
actitudes es el sentimiento de inseguridad. Inseguridad
material y moral para las que, según la Iglesia, como hemos
visto, sólo hay un remedio: apoyarse en la solidaridad del
grupo, de las comunidades de las que se forma parte, y
evitar la ruptura de esta solidaridad por ambición o por
fracaso. Inseguridad fundamental que se centra, en definiti-
va, en la vida futura, que no se le asegura a nadie, y que las
buenas obras y la buena conducta jamás garantizan por
completo. El peligro de condenación eterna, con la
colaboración del diablo, es tan grande y las posibilidades
de salvación tan escasas que el miedo prevalece
necesariamente a la esperanza. El predicador franciscano
Berthold de Regensburg, en el siglo XIII, ignorando el
nuevo purgatorio, afirma que la posibilidad de condenación
se halla en una proporción de 100.000 a 1; la imagen
habitual para calcular la proporción de los elegidos y de los
condenados es la del pequeño grupo de Noé y su familia
frente a la humanidad aniquilada en masa por el diluvio. En
efecto, las calamidades naturales constituyen para los
hombres de la Edad Media la imagen y la medida de las
realidades espirituales, y el historiador se siente inclinado a
decir que el rendimiento de la vida moral parecía a la
humanidad me-292
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
dieval tan escaso como el rendimiento de la agricultura. Así
las mentalidades, las sensibilidades y las actitudes vienen
impuestas, sobre todo, por la necesidad de asegurarse.
En primer lugar, apoyarse en el pasado, en los
predecesores. Así como el Antiguo Testamento prefigura y
fundamenta el Nuevo, los antiguos justifican a los
modernos. Ningún avance es seguro si no está garantizado
por un precedente en el pasado. Entre esas garantías hay
algunas privilegiadas: las autoridades. Es evidente que el
recurso a las autoridades halla su coronación en la teología,
ciencia suprema. Y dado que fundamenta toda la vida
espiritual e intelectual, este recurso ha de estar sometido a
una estricta reglamentación. La autoridad suprema es la
Escritura, a la cual se añaden los escritos de los Padres de
la Iglesia. Ahora bien, esta autoridad general se materializa
en citas que se convierten con la práctica en las opiniones
«auténticas» y, finalmente, en las «autoridades» mismas. Al
ser estas autoridades difíciles y oscuras con frecuencia, se
esclarecen mediante las glosas que, a su vez, deben
proceder de un «autor auténtico». Incluso muchas veces las
glosas llegan a sustituir el texto original. De todos los
florilegios que transmiten los datos de la actividad
intelectual de la Edad Media, las antologías de glosas son las
que más se consultan y las que más se saquean. El saber es
un mosaico de citas o de «flores» que en el siglo XII se
llaman «sentencias». Las sumas de sentencias son
recopilaciones de autoridades.
No cabe duda de que quienes utilizan esas autoridades
las fuerzan hasta el punto de que no puedan poner en
grandes aprietos a las opiniones personales. Alain de Lille
(Alano de Lila), en una frase que llegará a ser proverbial,
declara que «la autoridad tiene una nariz de cera que se
puede deformar en todos los sentidos». Tampoco cabe duda
de que los intelectuales de la Edad Media acogerán como
autoridades a autores inesperados: filósofos paganos y
árabes. El mismo Alain de Lille afirma que se ha de recurrir
a las autoridades de los filósofos «gentiles» para avergonzar
a los cristianos. En el siglo XII, los árabes estarán tan de
moda que Abelardo de Bath reconocerá maliciosamente que
ha atribuido a los árabes muchos pensamientos personales
con el fin de que sus lectores los admitieran más fácilmente,
lo que, subrayémoslo, nos exige ser prudentes a la hora de
juzgar la influencia de los árabes, exagerada por algunos,
sobre el pensamiento cristiano medieval. La referencia a los
árabes no ha sido con frecuencia más que una transigencia
con la moda, la máscara publicitaria de un pensamiento
original. A pesar de todo, lo cierto es queMENTALIDADES, SENSIBILIDADES, ACTITUDES
29 3
la referencia al pasado es como algo obligatorio en la Edad
Media. La innovación es un pecado. A la Iglesia misma le
falta tiempo para condenar las novitates. Ése es el caso del
progreso técnico y el del intelectual. Los inventos son
inmorales. Lo peor de todo es que el respetable
«argumento de tradición», cuyo valor es inmejorable
cuando se trata de «un consenso unánime de testimonios a
través de los siglos», ha sido en muchas ocasiones objeto de
una práctica discutible. «En este aspecto, escribe el padre
Chenu, la mayor parte de las veces se recurre a un autor y se
aporta un texto fuera de su contexto espacial y temporal sin
preocuparse lo más mínimo por el historial que hay que
tener presente.»
El peso de las autoridades antiguas no oprime
exclusivamente el ámbito intelectual, sino que se deja sentir
en todos los aspectos de la vida. Por otro lado, es la marca
de una sociedad tradicional y campesina donde la verdad
consiste en el secreto transmitido de generación en
generación, legado por un «sabio» a quien él ha juzgado
digno de ese depósito, difundido por tradición oral más bien
que por escrito. Un monje anotó en un manuscrito de
Adhémar de Chabannes esta continuidad en la que se basa
el valor de una cultura transmitida por tradición: «Teodoro
el monje y el abad Adriano enseñaron a Aldhelm el arte de
la gramática, Aldhelm instruyó a Beda, Beda (mediante
Egberto) instruyó a Alcuino, éste instruyó a Rábano
[Mauro] y a Esmaragdo. éste a Teodulfo; después del cual
vinieron Heiric, Hucbald, Remi, este último con numerosos
discípulos».
Las autoridades gobiernan también la vida moral. La
ética medieval se enseña, se predica a golpe de anécdotas
estereotipadas que ilustran una lección y a las que los
moralistas y los predicadores recurren una y otra vez sin
desfallecer. Las colecciones de exempla contienen la
monótona cadena de la literatura moral de la Edad Media.
En una primera lectura, esas anécdotas edificantes pueden
resultar incluso agradables y, al comienzo, se apoyan a veces
en un hecho real; pero halladas cien veces por doquier, nos
revelan esa técnica de la repetición que no es más que la
transposición a la vida intelectual y espiritual de aquella
voluntad de abolición del tiempo y del cambio, de aquella
inercia que parece haber absorbido una gran parte de la
energía mental de los hombres del Medioevo. He aquí un
exemplum, entre otros, cuya formación nos ha revelado
Astrik L. Gabriel: la anécdota del estudiante inconstante,
del «hijo de la inconstancia» que comete el grave pecado, el
gran error de querer cambiar de estado. El exemplum se
encuentra por vez primera en un tratado escrito entre 1230 y
1240 por un clérigo inglés, el De disciplina scolarium que,
bien entendido, comienza por atribuirlo a una autoridad de
las más incontestables, al mismísimo Boecio. Después, más
o menos ador-294
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
nada, con diversas variantes, la historia de este estudiante
que pasa por el clero, el comercio, la agricultura, la
caballería, el derecho, el matrimonio, la astronomía —
pretexto para satirizar los «estados del mundo»— se halla
por doquier. Así, de manera cómica, en ciertas traducciones
francesas llevadas a cabo en el siglo XIV del De
consolatione philosophiae de Boecio insertan los traductores
el exemplum basándose en que el autor se lo atribuye al
mismo. Lo mismo se puede hallar en los numerosos
cuentos populares consagrados a los «estados del mundo».
Y otro tanto sucede en diversos comentarios, ya sean de
Boecio, o bien del De disciplina scolarium. La palma
corresponde, en definitiva, al dominico inglés Nicolás Trivet
(muerto hacia el 1328), que reproduce la anécdota en los
comentarios que escribió de ambas obras y que, además, se
preocupa de darnos la moraleja de la historia al citar el
proverbio popular «piedra que rueda no cría musgo», non fit
hirsutus lapis per loca volutus. Con los proverbios, sobre los
que falta aún el estudio fundamental que nos permitiría
acceder al fondo mismo de la mentalidad medieval, se llega
al nivel esencial de la cultura folclórica. En esta sociedad
campesina basada en la tradición, el proverbio desempeña
un papel primordial. Ahora bien, ¿hasta qué punto se trata
de la elaboración inteligente de una cultura popular y en qué
medida es, por el contrario, el eco popular de una
propaganda de las clases dominantes?
Como es natural, el peso del pasado adquiere todo su
valor en el marco esencial de la sociedad medieval, el de
las estructuras feudales.
En efecto, la costumbre es la base del derecho y de la
práctica feudales. Los juristas la definen como «un uso
jurídico nacido de la repetición de actos públicos y pacíficos
que, durante un largo período de tiempo, nadie ha con-
tradicho». En esta definición clásica de Francois Olivier-
Martin hay una palabra sobre la que vale la pena
reflexionar: «pacíficos», puesto que la costumbre no es
más que el derecho establecido por una fuerza que ha sido
capaz de reducir al silencio durante un tiempo
suficientemente largo la contestación. Ante esto se puede
calcular el alcance revolucionario de la famosa frase de
Gregorio VII «El Señor no ha dicho: Mi nombre es
Costumbre». Pero muchos años después del papa
reformador, la costumbre continúa rigiendo la sociedad. Se
halla anclada en la inmemorialidad, identificada con lo que
se remonta lo más lejos posible en la memoria colectiva. La
prueba verdadera, en la época feudal, es la existencia
«desde toda la eternidad». Por ejemplo podemos ver en el
conflicto que enfrentó en 1252 a los siervos del cabildo de
Notre-Dame de París, en Orly, a los canónigos cómo
proceden las partes para probar su derecho. A los
campesinos que pretenden no tener obligación de pagar el
censo al cabildo, los canónigos replican procediendo aMENTALIDADES, SENSIBILIDADES, ACTITUDES
295
realizar una encuesta entre las gentes bien informadas, a las
que se interroga de fama, esto es, sobre lo que dice la
tradición. Se pregunta también a uno de los hombres más
ancianos de la región, un tal Simón, «alcalde» de Corbreu-
se, de más de setenta años de edad, «viejo y enfermo». Simón
declara que, según la fama, el cabildo puede censar a sus
hombres y que así lo ha hecho «desde una época
inmemorial», a tempore a quo non exstat memoria. Otro tes-
tigo, el arcediano Juan, antiguo canónigo, dice haber visto en
el cabildo «viejos rollos» donde constaba por escrito que
los canónigos tenían derecho a censar a los hombres de
Orly. Asimismo había oído decir a los más viejos que el uso
existía «desde la más remota antigüedad», a longe retroactis
temporibus, y que el cabildo daba fe a esos rollos «en vista
de la antigüedad de la escritura», sicut adhibetur ancientie
scripture.
A la prueba de autoridad, es decir, a la antigüedad
demostrada, se añade la prueba del milagro. En efecto, lo
que arrastra la adhesión de los espíritus medievales no es lo
que se puede observar y probar mediante una ley natural,
mediante un mecanismo regularmente repetido. Al
contrario, es lo extraordinario, lo sobrenatural o, en todo
caso, lo anormal. La ciencia misma toma por objeto con
mayor interés lo excepcional, los mirabilia, los prodigios.
Terremotos, cometas, eclipses, ésos son los temas dignos de
admiración y de estudio. El arte y la ciencia del Medioevo
acceden al hombre mediante el extraño rodeo de los
monstruos.
No hay duda de que la prueba del milagro define ante
todo a los seres de suyo extraordinarios, los santos. La
creencia popular y la doctrina de la Iglesia coinciden en este
punto. Cuando, a finales del siglo XII, el papado comienza a
reservarse la canonización de los santos, hasta entonces
designados la mayoría de las veces mediante la vox populi,
incluye los milagros en el número de las condiciones
obligatorias con que debe contar el candidato a la canoniza-
ción. Y cuando, a principios del siglo XIV, quedan
reglamentados los procesos de canonización, los expedientes
deben contener capítulos especiales dedicados a relatar los
milagros del presunto santo, los capitula miraculorum. Pero
los milagros no se limitan a los que Dios obra por
mediación de los santos.
Pueden producirse en la vida de cada uno o, más bien, en
los momentos críticos de todos aquellos que, por una razón
u otra, han merecido gozar de esas intervenciones
sobrenaturales.
Los beneficiarios privilegiados de esas manifestaciones
milagrosas son los héroes. Así es como un ángel pone fin al
duelo de Roldan y de Olivier en la296
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
gesta de Girard de Vienne. En la Canción de Roldan, Dios
detiene el sol; en el Pélerinage de Charlemagne, confiere a
los proceres la fuerza sobrehumana que les permite llevar a
cabo las proezas de las que temerariamente se han va-
nagloriado en sus gabs o juegos de imaginación. Pero
incluso los seres más sencillos pueden obtener el privilegio
de un milagro y, lo que es más, incluso los mayores
pecadores si son devotos. La fidelidad a Dios, a la Virgen o a
un santo, imitación de la del vasallo al señor, puede salvar
más fácilmente que una vida ejemplar.
Una obra célebre de comienzos del siglo XIII, Los
milagros de la Virgen, de Gautier de Coincy, nos presenta la
compasión de María hacia sus fieles. Sostiene con sus
manos durante tres días a un ladrón ahorcado por sus fe-
chorías, pero que nunca había dejado de invocarla antes de
ir a robar. Resucita a un monje que se ahoga cuando regresa
de visitar a su amante, pero que recitaba sus maitines en el
momento de caer al agua. Libera clandestinamente de su
carga a una abadesa encinta que sentía hacia ella una piedad
muy grande.
Pero la prueba suprema de la verdad mediante el milagro
es el Juicio de Dios. «Dios está del lado del derecho» es la
bella fórmula que legitima una de las más bárbaras
costumbres de la Edad Media. Claro está que, para que las
probabilidades no sean demasiado desiguales en el plano
terrestre, se autoriza a los débiles, sobre todo a las mujeres,
para que un campeón las reemplace —hay profesionales al
respecto, a quienes los moralistas condenan como los
peores mercenarios— y soporte la prueba en su lugar.
Una vez más, lo que justifica aquí la ordalía es una
noción completamente formalista del bien. Así es como, en
la gesta de Ami et Amile, los dos amigos que se parecen
tanto como si fueran gemelos, Ami toma en un duelo ju-
dicial el lugar de Amile, culpable de la falta que se le
reprocha, porque él es inocente de la falta que se reprocha a
su compañero y, de este modo, triunfa del adversario.
En Tierra Santa, según la Canción de Jerusalén, un
clérigo llamado Pedro pretendió que san Andrés le había
revelado el lugar en que se hallaba enterrada la lanza que
había traspasado el costado de Jesús en la cruz. Las excava-
ciones que se llevaron a cabo permitieron encontrar,
efectivamente, una lanza. Para saber si la lanza era
auténtica, es decir, si el clérigo había dicho la verdad, se le
sometió a la ordalía del fuego.
El clérigo murió a causa de las heridas al cabo de cinco
días. Sin embargo se estimó que había soportado
victoriosamente la prueba y que la lanza era legítima. Si se
habían quemado sus piernas era porque había dudado en un
principio de la verdad de su visión.MENTALIDADES, SENSIBILIDADES, ACTITUDES
29 7
Recuérdese igualmente la prueba de Isolda.
«Se acercó a la hoguera, pálida y vacilante. Todos
guardaron silencio: el hierro estaba al rojo. Metió entonces
el brazo desnudo en las brasas, cogió la barra de hierro y
caminó nueve pasos llevándola; después, habiéndola arro-
jado, extendió los brazos en cruz, con las palmas abiertas. Y
todos pudieren ver que su carne estaba más sana que una
manzana en el árbol. De todos los pechos subió entonces
hacia Dios un grito de alabanza.»
Basta pensar en la etimología de la palabra «símbolo»
para comprender el lugar que ocupaba el pensamiento
simbólico no sólo en la teología, la literatura y el arte del
Occidente medieval, sino también en todo su bagaje mental.
El symbolon era entre los griegos un signo de reconocimiento
representado por las dos mitades de un objeto repartidas
entre dos personas. El símbolo es un signo de contrato, es la
referencia a una unidad perdida, recuerda y tiende hacia una
realidad superior y oculta. Ahora bien, en el pensamiento
medieval, «a cada objeto material se le consideraba como la
figuración de alguna cosa que se correspondía con él en un
plano más elevado, por lo que, de este modo, se convertía
en su símbolo». El simbolismo era universal, y pensar era
un perpetuo descubrimiento de significados ocultos, una
constante «hierofanía». El mundo oculto era un mundo
sagrado y el pensamiento simbólico no era más que la
forma elaborada, filtrada, en el plano de los doctos, del
pensamiento mágico en el que estaba inmersa la mentalidad
común. No cabe duda de que los amuletos, filtros, fórmulas
mágicas, cuyo uso y comercio estaban muy extendidos, no
son más que los aspectos más vulgares de estas creencias y
de estas prácticas. Pero para la masa, las reliquias, los
sacramentos y las oraciones eran los equivalentes
autorizados. Se trataba siempre de hallar las llaves capaces
de abrir el mundo oculto, el mundo verdadero y eterno,
aquel donde uno podía salvarse. Los actos de devoción
eran actos simbólicos mediante los cuales se pretendía
hacerse reconocer por Dios y obligarle a mantener el
contrato cerrado con él. Las fórmulas de donación en las
que los donantes hacían alusión a su deseo de salvar de este
modo su alma ponían de manifiesto este mercado mágico
que hacía de Dios el obligado del donante y le obligaban a
salvarle. Del mismo modo, el pensamiento consistía en
encontrar las llaves que pudieran abrir las puertas del
mundo de las ideas.
El simbolismo medieval comenzaba en el plano de las
palabras. Nombrar una cosa era ya explicarla. Ya lo había
dicho Isidoro de Sevilla y, después de298
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
él, la etimología florece en la Edad Media como una ciencia
fundamental. Nombrar las cosas supone el conocimiento y la
toma de posesión de las mismas, de sus realidades. En
medicina, el diagnóstico es ya curación, puesto que se ha
pronunciado el nombre de la enfermedad. Cuando el obispo
o el inquisidor han podido declarar «hereje» a un
sospechoso, lo esencial ya está hecho, se ha interpelado al
enemigo, se le ha desenmascarado. Las res y las verba no se
oponen, las unas son símbolos de las otras. Si el lenguaje es
para los intelectuales de la Edad Media un velo de la
realidad, es también la llave, el instrumento adecuado de esa
realidad. «La lengua, dice Alain de Lille, es la mano fiel del
espíritu», y para Dante la palabra es un signo total que des-
cubre la razón y el sentido: rationales signum et sensuale.
Se comprende así la importancia del debate que desde el
siglo XI hasta finales de la Edad Media opone a casi todos
los pensadores en torno a la naturaleza exacta de las
relaciones entre las verba y las res, hasta el punto de que los
historiadores tradicionales del pensamiento han llegado
incluso a reducir la historia intelectual de la Edad Media a
una confrontación entre «realistas» y «nominalistas», güelfos
y gibelinos del pensamiento medieval. Es la «querella de los
universales». El estudio de las palabras y del lenguaje, el
trivium: gramática, retórica y dialéctica, primer ciclo de las
siete artes liberales, es el fundamento de toda la pedagogía
medieval. La base de toda enseñanza, hasta finales del siglo
XII por lo menos, es la gramática. A través de ella se llaga a
todas las demás ciencias, especialmente a la ética, que se
superpone a las artes liberales y las corona en cierto modo.
La gramática es una ciencia polivalente, no solamente
porque, a través del comentario de los autores, permite tratar
todos los temas, sino porque, gracias a las palabras, nos
conduce al sentido oculto del que ellas son la clave. En
Chartres, el célebre maestro Bernardo de Chartres basa
también toda su enseñanza en la gramática. Estos maestros
no hacen sino seguir o recuperar una tradición que se
remonta a la Antigüedad, legada por san Agustín y
Marciano Capella al Medioevo. En la exégesis escrituraria
de los cuatro sentidos, si algunos creen, siguiendo a san
Pablo, que la letra puede matar y que el espíritu vivifica, la
mayoría de los exégetas medievales ven en la littera una
introducción al sensus.
La naturaleza es el gran depósito de los símbolos. Los
elementos de los diferentes órdenes naturales son los árboles
de este bosque de símbolos. Minerales, vegetales y animales
son todos simbólicos, aunque la tradición se contente con
señalar tan sólo algunos. Entre los minerales, las piedras
preciosas, que despiertan la sensibilidad al color y evocan los
mitos de riqueza; entre los vegetales, las plantas y las flores
citadas en la Biblia; entre los animales, las bestias exóticas,
legendarias y monstruosas que halagan el gustoMENTALIDADES, SENSIBILIDADES, ACTITUDES
299
medieval por lo extravagante. Lapidarios, florados y
bestiarios, donde se hallan catalogados y explicados esos
símbolos, ocupan un lugar privilegiado en la biblioteca ideal
de la Edad Media.
Piedras y flores unen a su sentido simbólico sus virtudes
benéficas o nefastas. Las piedras amarillas o verdes, por la
homeopatía del color, curan la ictericia y las enfermedades
del hígado; las rojas, las hemorragias y los flujos de sangre.
El sardonio rojo simboliza a Cristo derramando su sangre
en la cruz por la humanidad; el berilo transparente
atravesado por los rayos del sol simboliza al cristiano
iluminado por Cristo. Los florarios son parecidos a los
herbarios; introducen en el pensamiento medieval el
mundo de los «simples», recetas de buena ama de casa y
secretos de las herboristerías monásticas. El racimo de uvas
es Cristo que ha dado su sangre por la humanidad en una
imagen simbolizada por la prensa mística. La Virgen está
representada por el olivo, la azucena, el lirio de los valles, la
violeta, la rosa. San Bernardo subraya que la Virgen también
está simbolizada tanto por la rosa blanca, que significa su
virginidad, como por la rosa roja, que pone de manifiesto su
caridad. La centaurea, cuyo tallo es cuadrangular, cura las
cuartanas, mientras que la manzana es el símbolo del mal y
la mandragora es afrodisíaca y demoníaca: cuando se
arranca, grita y, quien la oye, muere o se vuelve loco. En am-
bos casos la etimología resulta esclarecedora para los
hombres de la Edad Media: la manzana viene del latín
malum, que quiere decir el mal, y la mandragora es el
dragón humano (en inglés mandrake).
El mundo animal es, sobre todo, el universo del mal. El
avestruz, que pone sus huevos en la arena y se olvida de
incubarlos, es la imagen del pecador que olvida sus deberes
para con Dios; el macho cabrío es el símbolo de la lujuria; el
escorpión, que pica con su cola, es la encarnación de la
falsedad y, especialmente, del pueblo judío. El simbolismo
del perro se orienta en dos direcciones encontradas: la
tradición antigua, que hace de él una representación de la
impureza, y la tendencia de la sociedad feudal a rehabilitarlo
como animal noble, indispensable compañero del señor en la
caza, símbolo de la fidelidad, suprema virtud feudal. Pero
los animales fabulosos son todos satánicos, verdaderas
imágenes del diablo: áspid, basilisco, dragón, grifo. El león
y el unicornio son ambiguos. Son símbolos de la fuerza y
de la pureza, pero pueden serlo también de la violencia y de
la hipocresía. El unicornio, por lo demás, se idealiza a
finales de la Edad Media en que se pone de moda e in-
mortaliza la serie de tapices de La dama del unicornio.
El simbolismo medieval ha encontrado un campo de
aplicación especialmente dilatado en la riquísima liturgia
cristiana, sobre todo en la interpretación de la misma
arquitectura religiosa. Honorio de Autun nos ha explicado300
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
el sentido de los dos tipos principales de plantas de iglesia. En
los dos casos —la planta redonda y la planta en cruz— se trata
de una imagen de la perfección. Que la iglesia redonda sea la
imagen de la perfección circular es algo que se entiende sin
dificultad. Pero hay que observar que la planta en cruz no es sólo
la figuración de la crucifixión de Cristo. Es, sobre todo, la forma
ad quadratum, basada en el cuadrado que representa los cuatro
puntos cardinales y resume el universo. En ambos casos la
iglesia es un microcosmos.
Entre los aspectos más esenciales del simbolismo medieval, el
de los números desempeñó un papel capital: como estructura
del pensamiento, fue uno de los principios directores de la
arquitectura. La belleza procede de la proporción, de la armonía,
de ahí la preeminencia de la música como ciencia del número.
«Conocer la música, dice Thomas de York, es conocer el orden
de todas las cosas.» El arquitecto, según Guillermo de
Passavant, obispo de Mans desde 1145 a 1187, es un
«compositor». Salomón dijo al Señor: Omnia in mensura et
numero et pondere disposuisti (Sabiduría, 11,21) («Todo lo has
dispuesto según la medida, el número y el peso»). El número es
la medida de las cosas. Como la palabra, el número encadena a la
realidad. «Crear los números, dice Thierry de Chartres, es crear
las cosas.» Y el arte, que es la imitación de la naturaleza y de la
creación, debe tomar el número como regla. En Cluny, el
inspirador de la gran iglesia del abad Hugo, comenzada en el
1088 (Cluny III), el monje Gunzo, al que una miniatura nos
muestra viendo en sueños cómo los santos Pablo, Pedro y
Esteban le trazaban con cuerdas el plano de la futura iglesia, es
un músico reputado, psalmista praecipuus. El número simbólico
que habría resumido en Cluny todos los simbolismos numéricos
empleados en la construcción del edificio es el 153, el número de
peces de la pesca milagrosa.
Algunos tratados inéditos del siglo XII muestran que el
simbolismo de los números conoció en la época románica una
boga mayor de lo que se piensa. Victorinos y cistercienses
descuellan en este juego que se toman muy en serio. En un tratado
editado en la Patrología latina, Hugo de San Víctor, al exponer
los datos numéricos simbólicos según las Escrituras, explica el
significado de las desigualdades entre los números. Véase
partiendo de los de los siete días del Génesis (o más bien de los
seis días en que Dios actuó: Hexaemeron): 7>6 es el reposo tras
el trabajo, 8>7 es la eternidad tras la vida terrestre (se vuelve a
encontrar el 8 en el octógono de Aquisgrán, de san Vitale de
Rávena, del Santo Sepulcro, de la Jerusalén celeste); o bien a
partir de 10, que es la imagen de la perfección, 9<10 data-blogger-escaped-de="" data-blogger-escaped-es="" data-blogger-escaped-falta="" data-blogger-escaped-la="" data-blogger-escaped-ll="" data-blogger-escaped-n="" data-blogger-escaped-perfecci="" data-blogger-escaped-y="">10 la desmesura. El cisterciense Eudes de
Morímond, muerto en 1161, reanuda en sus Analytica
numerorum las especulaciones numéricas de san Jerónimo. Este,
en su libeloMENTALIDADES, SENSIBILIDADES, ACTITUDES
3 01
contra Joviniano, opúsculo en favor de la virginidad que
tendrá un gran éxito en el siglo XII, «siglo antimatrimonial»
(quizá como remedio al crecimiento demográfico), explica el
simbolismo de las cifras 30, 60 y 100 aplicadas a los estados
del matrimonio, la viudez y la virginidad. Para representar el
30, los extremos del pulgar y del índice se juntan suavemente,
es el matrimonio. Para figurar el 60, el pulgar está inclinado y
como sometido al índice que le rodea, es la imagen de la
viuda cuya continencia reprime el recuerdo de las volup-
tuosidades pasadas o que se curva bajo su velo. Finalmente,
para formar el 100, los dedos representan una corona
virginal. Sobre esta pendiente, Eudes de Morimond expone
el simbolismo de los dedos. El auricular o meñique, que
prepara los oídos para escuchar, simboliza la fe y la buena
voluntad; el anular, la penitencia; el medio o corazón, la
caridad; el índice, la razón demostrativa; el pulgar, la
divinidad. Evidentemente, todo esto sólo se comprende si se
piensa que las gentes de la Edad Media calculaban con los
dedos y que el cálculo digital era la base de esas
interpretaciones simbólicas, lo mismo que las proporciones
quedaban determinadas por medidas «naturales»: longitud
del paso o del antebrazo, el palmo, la superficie labrada en
una jornada, etc. Las más altas especulaciones quedaban
vinculadas a los gestos más humildes. A través de estos
ejemplos se aprecia que resulta difícil distinguir en el bagaje
mental del hombre medieval lo abstracto de lo concreto.
Claude Lévi-Straus ha rechazado con justicia la «pretendida
ineptitud de los "primitivos" para el pensamiento abstracto».
Por el contrario, el espíritu medieval presenta una
inclinación hacia la abstracción o, más precisamente, hacia
una visión del mundo que descansa sobre relaciones
abstractas. Así, al color rosado se le considera especialmente
bello porque es una mezcla de blanco y de rojo, colores
excelentes que simbolizan, como se ha visto, la pureza y la
caridad. A la inversa, se sienten aflorar las imágenes
concretas tras las nociones abstractas. Siguiendo a Isidoro de
Sevilla, los clérigos medievales piensan que pulcher viene de
pelle rubens, por lo cual es bueno tener la piel sonrosada, ya
que se percibe la palpitación de la sangre que fluye por
debajo, principio de nobleza, tabú líquido, principio esencial
en todo caso.
A decir verdad, esta imbricación de lo concreto y de lo
abstracto constituye el fondo mismo de la estructura de las
mentalidades y de las sensibilidades medievales. Una misma
pasión, una misma necesidad hace oscilar entre el deseo de
encontrar lo abstracto verdadero detrás de lo concreto
sensible, y el esfuerzo por hacer aparecer esta realidad
oculta bajo una forma perceptible mediante los sentidos.
Tampoco es seguro que la tendencia abstracta sea cosa
preferentemente de la capa erudita, intelectual de los clé-
rigos, mientras que la tendencia concreta se hallaría
preferentemente en los302
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
medios incultos, para caracterizar de este modo el sentido
de lo abstracto y el de lo concreto a los litterati por una
parte y a los illiterati por otra. Cabe preguntarse, por
ejemplo, si en los símbolos maléficos la masa medieval no
muestra más bien la tendencia a percibir en primer lugar un
principio malo que los clérigos después le presentan bajo
las apariencias concretas del diablo y sus encarnaciones. Se
concibe el éxito popular de una herejía como la del
catarismo, variedad del maniqueísmo, que reemplaza a
Dios y a Satán por un principio del bien y otro del mal. Lo
mismo sucede con el arte de la Edad Medía que, más allá
de las tradiciones estéticas indígenas o esteparias que lo
inspiran, manifiesta que las tendencias «no figurativas» son
más «primitivas» que las otras.
Cuando se trata del gusto por el color y el prestigio de
lo físico, tendencias fundamentales de la sensibilidad
medieval, cabe preguntarse qué es lo que más seducía a los
hombres del Medioevo, si el atractivo sensible o la noción
abstracta que se oculta tras las apariencias: la energía
luminosa y la fuerza.
El gusto de la Edad Media por los colores vivos es bien
conocido. Es un gusto «bárbaro»: cabujones insertos en las
tapas de la encuademación, orfebrerías rutilantes,
policromía de las esculturas, pinturas cubriendo las paredes
de las iglesias y de las casas de los potentados, magia
coloreada de las vidrieras. La Edad Media casi incolora que
se admira hoy en día es el producto de la destrucción del
tiempo y del gusto anacrónico de nuestros contempo-
ráneos. Pero tras esa fantasmagoría coloreada está el miedo
de la noche, la búsqueda de la luz, que es salvación.
Progreso técnico y moral parecen orientarse hacia una
domesticación creciente de la luz. El muro de las iglesias
góticas se vacía y deja entrar torrentes de luz coloreada por
las vidrieras. El vidrio plano hace su tímida aparición en las
casas a partir del siglo XIII; la ciencia del siglo XIII, con un
Grosseteste, un Witelo y otros, escruta la luz, pone la óptica
en el primer plano de sus preocupaciones y, en el campo
técnico, concede la claridad a los ojos fatigados o enfermos
inventando las lentes en las postrimerías del siglo. El arco
iris llama la atención de los sabios: es luz coloreada, análisis
natural, capricho de la naturaleza. Satisface a la vez las
tendencias tradicionales y las nuevas orientaciones del
espíritu científico medieval. Detrás de todo esto está lo que
se ha llamado la «metafísica medieval de la luz», digamos
de forma más general y más modesta la búsqueda de
seguridad luminosa. La belleza es luz,MENTALIDADES, SENSIBILIDADES, ACTITUDES
303
tranquiliza, es signo de nobleza. El santo medieval es un
ejemplo a este respecto: «El santo es un ser de luz». El
Elucidarium precisa que en el Juicio final los santos
resucitarán con cuerpos de diversos colores, según sean
mártires, confesores o vírgenes. Pensemos en el olor de
santidad, simbólico, pero real para las gentes de la Edad
Media. En Bolonia, la noche del 23 al 24 de mayo de 1233,
con motivo de la canonización de santo Domingo de
Guzmán, se abrió su tumba para la traslación del cuerpo en
presencia de un grupo de frailes predicadores y de una
delegación de nobles y de burgueses. «Ansiosos, pálidos, los
frailes oran llenos de inquietud.» Cuando se hubo
desclavado el féretro, un olor maravilloso envolvió a toda
la asistencia.
Pero es la luz el objeto de las aspiraciones más ardientes,
pues está cargada de los mayores símbolos.
«Entre todos los cuerpos, la luz física es lo mejor que
existe, lo más deleitoso, lo más bello... Lo que constituye la
perfección y la belleza de las cosas corporales es la luz»,
dice Roberto Grosseteste, y citando a san Agustín, recuerda
que cuando se comprende el «nombre de belleza», hace
percibir en el acto «la claridad primera». Esta claridad
primera no es otra que Dios, foco luminoso e incandescente.
El Paraíso de Dante es una marcha hacia la luz.
Guillermo de Auvernia une el número y el color para
definir lo bello. «La belleza visible se define, o bien por la
figura y la posición de las partes dentro de un todo, o bien
por el color, o bien por ambas cosas a la vez, ya sea super-
puestas, o bien considerando la relación de armonía de la
una a la otra.» Grosseteste, por su parte, hace derivar de la
energía fundamental de la luz tanto el color como la
proporción.
Lo bello es también riqueza. Es cierto que la función
económica de los tesoros —reserva para el caso de
necesidad— contribuye a que los pudientes acumulen
objetos preciosos. Pero no es menos cierto que el gusto
estético también interviene en esta admiración por las obras
y, sobre todo, quizá por los materiales raros. Los hombres
de la Edad Media admiraban más la calidad de la materia
prima que el trabajo del artista. Habría que estudiar desde
este punto de vista los tesoros de las iglesias, los regalos que
se intercambian los príncipes y los poderosos, las
descripciones de los monumentos y de las ciudades. Se ha
observado que el Líber pontificalis que describía los proyec-
tos artísticos de los papas de la alta Edad Media estaba
repleto de gold and glitter. Una obra anónima de mediados
del siglo XII sobre las Mirabilia Romae, las «Maravillas de
Roma» habla sobre todo de oro, de plata, de bronce, de
marfil, de piedras preciosas. Un lugar común en la
literatura, tanto histórica como de ficción, es la descripción,
o más bien la enumeración de las riquezas de
Constantinopla, la gran atracción de los cristianos de la
Edad Me-304
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
dia. En el Pélerinage de Charlemagne, lo que deslumhra
sobre todo a los occidentales son los campanarios, las
águilas, los puentes «relucientes». En los palacios, las
mesas y las sillas de oro fino, las paredes cubiertas de ricas
pinturas, la gran sala cuya bóveda se sostiene en un pilar de
plata nielada, rodeada de cien columnas de mármol
incrustado de oro.
Lo bello es lo colorido y brillante que, con frecuencia, es
también lo rico. Pero lo bello es, a la vez, lo bueno. El
prestigio de la belleza física es tal que la belleza es un
atributo obligatorio de la santidad. Dios es primordialmente
el bello Dios y los escultores góticos plasman en sus obras el
ideal de los hombres de la Edad Media. Los santos
medievales poseen no sólo los siete dones del alma
(amistad, sabiduría, concordia, honor, poder, seguridad y
alegría), sino también los siete dones del cuerpo: belleza,
agilidad, fuerza, libertad, salud, gozo y longevidad. Esto
ocurre incluso en los santos «intelectuales». El caso de
santo Tomás de Aquino es característico. Un dominico
recopilador de leyendas escribe: «Cuando santo Tomás se
paseaba por los campos, el pueblo que se hallaba ocupado
en las faenas agrícolas abandonaba su trabajo y corría a su
encuentro admirando la imponente estatura de su cuerpo y
la belleza de sus rasgos humanos; se veían impulsados hacia
él mucho más por su belleza que por su santidad». En Italia
del sur se le llamaba el Bos Siciliae, el «Buey de Sicilia».
Así, este intelectual era, en primer término, para el pueblo de
su tiempo, un «mozarrón».
El culto a la fuerza física se da, evidentemente, sobre
todo, entre los miembros de la aristocracia militar, entre los
caballeros para quienes la guerra es una pasión. El trobador
Bertrán de Born, que fue, antes de hacerse monje
cisterciense, el compañero de Ricardo Corazón de León, ese
espejo de caballeros (Joinville relata aún con admiración:
«Cuando los caballos de los sarracenos se asustaban ante
un matorral, sus amos les decían: "¿Qué crees, que es el
rey Ricardo de Inglaterra?" Y cuando los niños de los
sarracenos se peleaban, les decían: " ¡Calla, o iré a buscar al
rey Ricardo que te matará!".») ha cantado el ideal belicoso
de los hombres de guerra del Medioevo:
Bella es la joya de los escudos
de colores rojo y de azur,
de enseñas y gonfalones,
de diverso colorido;
alzar tiendas y abrigos y ricos pabellones,
romper lanzas, agujerear escudos y cortar
los yelmos bruñidos; dar golpes y recibir.
Y siento gran alegríaMENTALIDADES, SENSIBILIDADES, ACTITUDES
305
cuando veo en el campo
alineados monturas y
caballeros armados.
Os lo digo: nada tiene para mí sabor,
ni comida, ni bebida, ni el dormir,
como lo tiene escuchar: «¡Adelante!»
de ambos lados y oír relinchar
los caballos desmontados en el bosque,
y gritar: «¡Ayuda, ayuda!»
y ver cómo caen en los fosos
grandes y pequeños en el prado,
y ver los muertos con los trozos
de la lanza en su costado y sus banderolas.
(«Belle tn'est la presse des boucliers/aux couleurs de vermeil et d'azurjd'en-
seignes et de gonfanonsjde diverses couleurs tretous;/tentes, abrís, riches pavi-
llons dresser,/les lances briser, les écus trouer etfendre/les heaumes bruñís; des
coups donner et recevoir./Et j'ai grande allégresse/quand je vois en campagne
rangés/chevaliers et chevaux armes./Je vous le dis: rien n'a pour moi saveurjni
manger, boire ou dormir, ¡autant que d'entendre crier: "En avant!"/des deux co-
tes, et d'entendre hennir/les chevaux démontés, en foret,/et crier: "A l'aide! A
l'aide!"/et voir tomber dans les fossés/grands et petits dans la prairiejet voir
les morts avec, dans le cótéjtroncons de lance et leurs fanions.»)
Joinville, al comienzo de su biografía de san Luis,
distingue dos partes en la vida del rey: «La primera trata de
cómo el santo rey se condujo durante toda su vida según
Dios y según la Iglesia en provecho de su reino. La segunda
habla de sus grandes hechos de armas y de caballería». El
ideal militar es el cuerpo a cuerpo: «Sabed que fue un bello
hecho de armas, pues no se tiró con arco o con ballesta,
sino que se combatió cuerpo a cuerpo a golpes de maza y
de espada». Esto es de lo que el caballero se envanece ante
las mujeres: «El buen conde de Soissons, en este encuentro,
bromeaba conmigo y me decía: "Senescal, dejemos que esa
jauría siga aullando porque, ¡por la cofia de Dios (era su
juramento favorito), vos y yo tenemos que hablar aún de
este día en los aposentos de las damas!"».
Los «ídolos» de la gente de cualquier condición son los
autores de «proezas», esos grandes hechos deportivos.
La misma ansia de proezas existe entre los clérigos,
sobre todo entre los monjes. Los irlandeses enseñaron a los
religiosos medievales los grandes hechos ascéticos, la
embriaguez de las mortificaciones. Los santos, sucesores de306
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
los mártires de los primeros tiempos, son los «atletas de
Cristo». Sus proezas también son ante todo físicas. En fin,
el arte será también búsqueda de la proeza: minuciosidad
en el detalle de los objetos o desmesura en la construcción,
cada vez más rebuscada, cada vez más alta, cada vez mayor.
El artista gótico persigue la hazaña.
Una estructura mental que se manifiesta con frecuencia
resume muy bien a la vez la visión guerrera y el simplismo
dualista: es el pensamiento por oposición entre dos
contrarios. Para los hombres de la Edad Media, toda la vida
moral se resume en un duelo entre el bien y el mal, las
virtudes y los vicios, el alma y el cuerpo. Prudencio, en su
Psychomachia había hecho batirse a los vicios y a las
virtudes. La obra y el tema gozaron en la Edad Media de un
gran éxito: las virtudes se convierten en caballeros y los
vicios en monstruos.
Toda esta exaltación no era sino una búsqueda. Escapar
a este mundo vano, engañoso e ingrato es, desde lo más alto
a lo más humilde de la sociedad medieval, un intento
permanente. Tratar de encontrar, al otro lado de la realidad
terrestre mentirosa —los integumenta, los velos, aparecen
por doquier en la literatura y en el arte medievales y el
proceso intelectual o estético de la Edad Media consiste,
sobre todo, en levantar los velos, revelar—, la verdad oculta,
verita ascoza sotto bella menzogna («la verdad oculta bajo
una bella mentira») (Dante, Convivio, II, 1), tal es la mayor
preocupación en la Edad Media.
De ahí el recurso constante a los mediadores del olvido,
a los creadores de evasión. Afrodisíacos y excitantes, filtros
de amor, especias, brebajes de donde nacen las
alucinaciones, hay para todos los gustos y para todos los bol-
sillos. Las hechiceras de aldea las procuran a los
campesinos, los comerciantes y los boticarios, a los
caballeros y a los príncipes. Todos van en busca de visiones,
de apariciones y, a menudo, se ven favorecidos por ellas. La
Iglesia, que reprueba esos medios mágicos, recomienda
otros: según ella, hay que preparar cualquier acto
importante con ayunos prolongados (en general, de tres
días), con prácticas ascéticas, con oraciones que hacen el
vacío necesario para la venida de la inspiración, de la
gracia. La vida de los hombres de la Edad Media está
atormentada por los sueños. El cristianismo, durante largo
tiempo, ve los sueños como algo sospechoso y condena la
oniromancia. Pero, a partir del siglo XII, los sueños rompen
la barrera. Sueños premonitorios, sueños reveladores,
sueños instigadores son la trama misma y los estimulantes
de la vida mental. Los innumerables sueños de los
personajes bíblicos queMENTALIDADES, SENSIBILIDADES, ACTITUDES
307
la escultura y la pintura representan a porfía se prolongan
en cada hombre y en cada mujer de la cristiandad medieval.
«¿De dónde vienen los sueños?», pregunta el discípulo del
Elucidarium. «A veces de Dios, cuando se trata de una
revelación del futuro, como cuando José supo por las
estrellas que sería preferido a sus hermanos, o de una
advertencia necesaria, como cuando el otro José supo que
debía huir a Egipto. A veces del diablo, cuando se trata de
una visión vergonzosa o de una incitación al mal, como
leemos en la pasión de Nuestro Señor respecto de la mujer
de Pilatos. A veces del hombre mismo, cuando imagina en
sueños lo que ha visto, oído o pensado y obtiene como
consecuencia miedo si se trata de cosas tristes, o esperanza si
se trata de cosas alegres.» Todas las clases sociales sueñan.
El rey de Inglaterra Enrique I ve en sueños a los tres
«estados» de su pueblo sublevados contra él: el monje
Gunzo recibe en sueños los datos numéricos de la
reconstrucción de la iglesia de Cluny; el padre de
Helmbrecht percibe en sueños las etapas de la trágica suerte
de su hijo. Sueños sospechosos también, inspirados por el
diablo. En la Vie de Marie d'Oignies, escrita por Jacobo de
Vitry, el diablo se aparece a la santa y le declara: «Mi
nombre es sueño. Me aparezco, en efecto, a muchos en
sueños y, sobre todo, a los monjes y a los religiosos, como
Lucifer; me obedecen y, bajo el efecto de mis consuelos, se
dejan llevar a la exaltación y hasta llegan a creerse dignos de
mantener conversaciones con los ángeles y las potencias
divinas». El sueño es conocimiento. «La tercera noche
Isolda soñó que sostenía en su regazo la cabeza de un
jabalí, que manchaba su ropa de sangre, y conoció por ello
que no volvería a ver vivo a su amigo.»
Al lado de esta mentalidad y de esta sensibilidad mágicas,
surgen y se desarrollan otras estructuras, principalmente en
las ciudades, donde la evolución es más rápida. Estas
transformaciones, visibles ya en el siglo XII, parecen haber
ganado la partida en el siglo XIII.
La primera novedad en este ámbito en el siglo XII, como
ya hemos visto, es la creación de un nuevo bagaje mental por
hombres a su vez «nuevos», los maestros de las escuelas
urbanas, convertidos en universitarios. Este bagaje mental se
forma a partir de un instrumento material, el libro. Porque no
hay que llamarse a engaño. El libro universitario es
completamente distinto al libro monástico. No se trata de
negar que éste haya sido un instrumento de cultura. La
magnífica historia de la cultura monástica basta para
confirmar el papel del libro en ese sistema cultural. Pero el
libro monástico, incluida su función espiritual e intelectual,
es ante todo un tesoro. El libro universitario es antes que308
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
nada un instrumento. A pesar de los esfuerzos de la técnica:
escritura cursiva, menos cuidada y más rápida, multiplicación
de los ejemplares por el método de la pecia, ausencia de
miniaturas o ilustraciones hechas en serie, el libro sigue
siendo caro, hasta que llegue la imprenta. Recuérdese el
milagro de san Benito, en el siglo VI, salvando de hundirse en
las aguas el hierro de una pala. A este milagro responde —
tiempos nuevos, instrumentos nuevos— el de santo Domin-
go en el siglo XIII: «Un día que santo Domingo cruzaba un
río, en las cercanías de Toulouse, sus libros cayeron al agua.
Pero tres días después un pescador, habiendo echado su caña
en ese lugar, creyó haber capturado un pesado pez y sacó
del agua los libros del santo, tan bien conservados como si
hubieran estado cuidadosamente guardados en un armario».
No se trata, por otra parte, de que santo Domingo hubiese
sucumbido a un nuevo fetichismo del libro, lo que no
supieron evitar todos los universitarios. La Leyenda áurea
[Jacobo de Vorágine] da testimonio de ello una vez más:
«Como se le preguntase cuál era el libro en que había
estudiado más, contestó: "¡En el libro de la caridad!"».
Por lo demás, resulta sintomático ver incluso a las
órdenes mendicantes adaptarse a este nuevo papel del libro.
San Francisco se siente muy receloso ante la cultura
intelectual puesto que sigue considerándola un tesoro y
porque el valor económico del libro le parece estar en
contradicción con la práctica de la pobreza que desea para
sus hermanos. Un gran personaje de la orden de los frailes
predicadores [dominicos] en el siglo XIII, el cardenal
Humberto de Romans, se indigna de que el libro, que ya es
por entonces un objeto utilitario, no sea objeto de mayores
cuidados: «Del mismo modo que los huesos que son
reliquias de los santos se conservan con tanta reverencia
que se envuelven en seda y se guardan entre oro y plata, es
condenable que los libros, que contienen tanta santidad, se
conserven con tan poco cuidado».
A decir verdad, la transformación de la función del libro
no es más que un caso particular de una evolución más
general, la que difunde el uso del escrito y, sobre todo, le
reconoce un nuevo valor: el de prueba. La ordalía, prohibida
por el cuarto concilio de Letrán en 1215, queda reemplazada
poco a poco por pruebas escritas, lo que conmociona a la
justicia. En las Coutumes de Beauvaisis, de finales del siglo
XIII, Felipe de Beaumanoir, enumerando las categorías de las
pruebas, pone en segundo lugar (después del conocimiento
directo de la causa por el juez) la prueba «por letras», antes
aun de la prueba «por prendas de batalla», es decir, el duelo
judicial, sobre el que declara: «De todas las clases de
pruebas, es la más peligrosa». Más aún, subraya que se ha
de conceder, en el caso de la prueba por letras, la menor
importancia posible —al contrario de lo que se hacía en el
pasado— a los testimonios, que son mortales, «por lo cual
conviene que las letras valgan por sí mismas y es de hecho el
caso».MENTALIDADES, SENSIBILIDADES, ACTITUDES
309
Éste es el momento en que se generaliza la redacción de
las costumbres, en que se multiplican las actas, en que el
derecho feudal, lo mismo que el derecho romano y el
canónico, se encarna en tratados. La sociedad tradicional
del oí decir, de la tradición oral, se habitúa lentamente a
manejar, si no a leer lo escrito, de la misma manera que
aprende a utilizar el dinero en la vida económica. Las
herramientas se renuevan en todos los ámbitos. Lo mismo
que las innovaciones técnicas desde el punto de vista
económico, las novedades en el campo cultural no avanzan
sin resistencias porque, aparte las reticencias de los medios
tradicionales, se da también la oposición de las clases
inferiores a la apropiación por las clases dominantes de las
técnicas nuevas que, en ocasiones, refuerzan la explotación
señorial. Algunas veces, el acta garantiza más los derechos
del señor que los de los campesinos y se la detestará tanto
como al horno o el molino «banal». Uno de los cometidos
esenciales de las revueltas de los campesinos consistirá más
tarde en destruir los libros de actas y de censos.
La desacralización del libro va acompañada de una
«racionalización» de los métodos intelectuales y de los
mecanismos mentales. No se trata de poner en tela de juicio
el objeto del examen y de la investigación. Las críticas, por
ejemplo, cada vez más numerosas en torno a las reliquias —
como el célebre opúsculo, de comienzos del siglo XII, de
Gilberto de Nogent, poco «progresista» a pesar de todo—,
no niegan en absoluto la eficacia de las reliquias. Tienden
tan sólo a excluir las falsas reliquias, que se multiplican con
las cruzadas y el desarrollo de las necesidades financieras de
las iglesias. Más profundamente, el método escolástico
tampoco pone en tela de juicio la veracidad de la fe. Por el
contrario, nace del deseo de esclarecer, circunscribir y
comprender mejor esa fe. Es el desarrollo de la célebre
fórmula de san Anselmo: Vides quaerens intellectum, la fe
en busca de una comprensión de sí misma. No obstante, los
métodos usados para este fin representan una verdadera
revolución de las actitudes mentales. En un nivel superior de
la teología, el padre Chenu ha mostrado con claridad lo que
significaba para ésta el hecho de transformarse en ciencia,
como lo hizo en los siglos XII-XIII.
Sería presuntuoso intentar definir en pocas líneas el
método escolástico. La evolución primordial que sufrió fue
la que condujo de la lectio a la questio y de ésta a la
disputatio. El método escolástico no es, en principio, sino la
generalización del viejo proceder, empleado de modo
especial en lo que se refiere a la Biblia, de las questiones y
responsiones, de preguntas y respuestas.310
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
Ahora bien, el plantear problemas, el someter a los autores
«a cuestiones», en plural, lleva a ponerlos «en cuestión», en
singular, a ponerlos en tela de juicio. La escolástica es, en
su primera época, el establecimiento de una problemática.
Pero pronto se convierte en un debate, la «disputa». La
evolución consiste en que, frente al puro argumento de
autoridad, toma una importancia creciente el recurso al
razonamiento. Por último, la disputa termina en una
conclusio, dada por el maestro. Es cierto que esta
conclusión puede ser víctima de las limitaciones personales
de quien la emite y, dado que los maestros universitarios
tienen tendencia a erigirse a sí mismos en autoridades,
puede incluso ser fuente de una tiranía intelectual. Pero, más
que este abuso, lo que importa es que obliga al intelectual a
pronunciarse. No puede contentarse con poner en tela de
juicio, tiene que comprometerse. En la cúspide del método
escolástico está la afirmación del individuo en su
responsabilidad intelectual.
Es difícil saber hasta qué punto han ido algunos más allá
de ese uso moderado de la escolástica. Las condenas de
1270 y de 1272 parecen hacer alusión no sólo a esos
«averroístas» que, bajo la influencia de maestros como
Siger de Brabante, profesaban una doctrina de la «doble
verdad», que separaba peligrosamente la fe de la razón,
sino también a verdaderos agnósticos. Es difícil conocer
sus auténticas opiniones, su número y el crédito de que
gozaban. La censura eclesiástica parece haber borrado por
completo su rastro, pero se puede decir que probablemente
quedaba limitada a círculos universitarios bastante
restringidos. La literatura del siglo XIII pone también en
escena a personajes a quienes presenta como totalmente
descreídos o incrédulos, sobre todo en las capas superiores
de la sociedad. Parece igualmente que los «espíritus
fuertes» no hayan pasado de ser algunos hombres aislados.
El perfeccionamiento del bagaje intelectual logrado por
la escolástica se puede medir al amparo de tres fenómenos.
El primero es el uso más aquilatado de las autoridades,
tal como demuestra el célebre Sic et non de Abelardo,
verdadero Discurso del método de la Edad Media. Se trata
ante todo de eliminar las divergencias aparentes entre las
autoridades detectando para ello si ese desacuerdo no
procede, según el resumen del padre Chenu, del empleo de
las palabras en un sentido desusado o dándoles diversos
significados, de la inautenticidad de las obras o del estado
adulterado de los textos, de pasajes en los que el autor es
simple transmisor de las opiniones de otro o en los que se
acomoda a las ideas corrientes, de frases en las que habla no
de manera dogmática, sino bajo un forma de exhortación, de
consejo o de dispensa, de la variedad del sentido de las
palabrasMENTALIDADES, SENSIBILIDADES, ACTITUDES
3 11
según los diversos autores. Por último, si el desacuerdo
parece irreductible, hay que seguir la autoridad más
cualificada.
La disputatio ayudó a que los espíritus se habituaran a la
coexistencia de opiniones diferentes, a reconocer la
legitimidad de la diversidad. No cabe duda de que se sigue
manteniendo el ideal de la unidad, de la concordia, de la
armonía. En su Decreto, Graciano proclama que busca la
concordia discordantium canonum, el acuerdo entre los
cánones discordes. Es un sinfonista. Pero esta sinfonía
procede de la polifonía. «Si miras, dice Guillermo de Au-
vernia, la belleza y la magnificencia del universo,
descubrirás que el universo es como un hermosísimo cántico
y que las criaturas, por su variedad, que suena al unísono,
forman un acorde de suprema belleza.»
En fin, la modernidad causa cada vez menos temor. Ya en
los comienzos del siglo XII, en su De música, Juan Cotton
afirma que los músicos modernos «son más sutiles y
sagaces porque, según palabras de Prisciano, se es más
perspicaz cuanto más joven». En su mediocre Summa
sententiarum, Pedro Lombardo inserta, a pesar de todo, lo
que sus contemporáneos llamaron las «novedades
profanas», profanae novitates, y Guillermo de Tocco,
biógrafo de santo Tomás de Aquino, le alaba por sus
innovaciones: «Fray Tomás planteaba en su curso problemas
nuevos, descubría nuevos métodos, empleaba nuevas redes
de pruebas».
Los escolásticos —por lo menos algunos de ellos— en
su búsqueda de pruebas nuevas, introdujeron el recurso a la
observación y a la experimentación. El nombre que se
citaba con más frecuencia era el de Roger Bacon, que parece
haber empleado por vez primera el término de scientia
experimentalis y que desdeña a los maestros parisienses por
su exagerado dogmatismo —con la excepción de Pedro de
Maricourt, autor de un Tratado del imán, a quien llama «el
maestro de los experimentos»— y les opone los maestros
de Oxford, instruidos en las ciencias de la naturaleza. La
verdad es que los oxonienses son y serán sobre todo
matemáticos, y es aquí donde se manifiestan las dificultades
de los intelectuales medievales para establecer relaciones
orgánicas entre la teoría y la práctica. Las razones que
motivaron esta dificultad son múltiples, pero no cabe duda
de que la evolución social de las universidades influyó
pesadamente en el semifracaso de esas tentativas. La
naciente escolástica había tratado de establecer un lazo entre
las artes liberales y las artes mecánicas, entre las ciencias y
las técnicas. Los universitarios, que figuraban entre las
categorías sociales que se avergonzaban del trabajo manual,
hicieron abortar el intento. En ciertos ámbitos, el divorcio
cosechó graves consecuencias. Los físicos prefirieron
Aristóteles a los experimentos; los médicos y los cirujanos
juzgaron más oportuno seguir a Galeno que practicar di-312
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
secciones. Más que las reticencias de la Iglesia, los
prejuicios de los doctores retrasarán la práctica de la
disección y los progresos de la anatomía que, en Bolonia y
en Montpellier, en torno al año 1300, habían conocido, no
obstante, principios prometedores. Los humanistas, a su
vez, vivirán también estas contradicciones internas.
Los hombres de los siglos XII y XIII, sin embargo, a
medida que afirmaban su imperio sobre la naturaleza y
conseguían una seguridad cada vez mayor ante el mundo,
iban cavando nuevas simas en ellos mismos. La vida
espiritual se interioriza, un frente de exploración se abre en
las conciencias, y las preguntas de la escolástica se
prolongan en una casuística. Es tradicional atribuir a
Abelardo el mérito de ese gran cambio de la psicología y de
la sensibilidad. En realidad, ese cambio fue obra de las
mutaciones profundas de lo que Alphonse Dupront llama la
«mentalidad colectiva». El hombre buscaba fuera de él la
medida y la sanción de sus faltas y de sus méritos. Los
penitenciales le infligían castigos que venían a ser como
multas. Cuando había pagado, ya quedaba reconciliado con
Dios, con la Iglesia, con la sociedad y consigo mismo. En
adelante se le reclama, y él lo desea, el arrepentimiento (los
escrupulosos irán hasta los remordimientos), la contrición.
Esta es la que absuelve. En la narración popular del
Caballero del barril, el mal caballero acepta la penitencia
material, que consiste en llenar un pequeño barril
metiéndolo en el agua pero, mientras su corazón ignore la
contrición, el barril permanecerá vacío. El día en que,
arrepentido, derrame un lágrima, ella sola bastará para
llenar el barril. La Edad Media ha llorado mucho, pero los
héroes de las canciones lloran por el dolor o por la tristeza
que les causa el mundo, no por la que se inspiran a sí
mismos. Gregorio Magno, a finales del siglo VI,
recomienda las lágrimas como signo de recompensa de la
compunción. Esto, los hombres de la Edad Media no lo
comprendieron hasta seis siglos más tarde.
Veamos un testimonio de este refinamiento de la
sensibilidad, más atenta ya a la intención que al acto, más
desinteresada, en una vieja de Acre allá por los tiempos de
la cruzada de san Luis. «Mientras se dirigían a su hospe-
daje, la posada del Sudán, el hermano Ivo encontró en la
calle a una vieja que llevaba en la mano derecha una
escudilla con fuego y en la izquierda un frasco de agua. El
hermano Ivo le preguntó: "¿Qué quieres hacer con eso?"
Ella le respondió que con el fuego quería quemar el paraíso
y con el agua apagar el fuego del infierno, de tal manera
que uno y otro dejaran de existir. Pero él insistió: "¿Y para
qué?" "Porque no quiero que se haga el bien para ganar elMENTALIDADES, SENSIBILIDADES, ACTITUDES
313
paraíso o por temor del infierno, sino solamente por el
amor de Dios, que vale más que todo y que es para
nosotros el bien supremo".»
Lo mismo que los penitentes cambian, los santos también
se transforman. Además de los signos externos
tradicionales de santidad se exige de ellos, cada vez con
mayor insistencia, la pobreza y la caridad. La influencia
moral, el apostolado tienen ya más valor que las proezas
taumatúrgicas o ascéticas. Los santos del siglo XII habían
enterrado su ideal en la vida mística. Étienne Gilson ha
podido hablar del «socratismo cristiano» de san Bernardo.
Ahora bien, según André Vauchez: «El santo tradicional del
siglo XII es una persona que se abstiene, que rehusa, y cuya
santidad presenta un aspecto un poco "rechinante". El santo
del siglo XIII no es menos exigente consigo mismo que su
predecesor, pero se nos aparece menos hierático, más
sonriente, en una palabra, más abierto y más positivo en sus
virtudes. La pobreza de Francisco de Asís no es solamente
la negativa a poseer y a adquirir. Es una actitud nueva frente
al mundo...».
El santo ya no tiene necesidad de belleza física. «Un día,
cuentan las Florecillas, en que habían llegado hambrientos a
una aldea, fueron, según la regla, a mendigar pan por el
amor de Dios; san Francisco se dirigió a un barrio y el
hermano Masseo a otro. Pero, como san Francisco era
hombre de aspecto demasiado despreciable y de pequeña
estatura, por lo que pasaba por un vil pobrecillo ante
quienes no lo conocían, no recogió más que algunos boca-
dos y restos de pan seco; pero al hermano Masseo, por ser
un hombre alto y de bella prestancia, le dieron muchos
trozos, grandes y hermosos, y panes enteros.»
El siglo XII románico, pesimista, se había complacido en
el bestiario; el siglo XIII, gótico, que se encamina ya a la
felicidad, se vuelve hacia las flores y hacia los hombres. Es
más alegórico que simbólico. Las abstracciones del Román
de la Rose, buenas o malas (avaricia, vejez, amabilidad,
peligro, razón, falso semblante, naturaleza), se representan
con figura humana. El gótico es todavía fantástico. Pero se
entrega más a lo extraordinario que a lo monstruoso.
Pero, sobre todo, se convierte en moralizador. La
iconografía pasa a ser una lección. Vida activa y vida
contemplativa, virtudes y vicios con cara humana,
colocados en buen orden, son el ornamento de los pórticos
de las catedrales, con objeto de proporcionar a los
predicadores una ilustración para sus enseñanzas morales.
Es cierto que los clérigos siempre habían asignado al arte
una función moralizadora. «La pintura, dice Honorio de
Autún, tiene tres fines» de los que el primero es un fin
catequético, porque la pintura es «la literatura de los
laicos», mientras que los otros dos son el fin estético y el314
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
histórico. El concilio de Arras de 1025 afirmaba ya: «Los
iletrados contemplan en la pintura lo que no son capaces de
ver en la escritura». Pero ahora, la primera intención es
impresionar, incluso causar miedo. En adelante todo se
«moraliza»: biblias y salterios y herbarios «moralizados»
convierten la Escritura y la enseñanza religiosa en anécdotas
morales. Florecen los exempla. No obstante, tal evolución
no presenta sólo ventajas. La sensibilidad se debilita y con
frecuencia la religión se infantiliza. En el plano de los
vulgarizadores, de un Vicente de Beauvais por ejemplo, el
arte gótico aparece como falto de vigor. Y no por
almibarada, la tiranía moralizadora se acepta mejor que las
otras. Las ordenanzas de san Luis sobre la blasfemia y los
juegos de azar, al final de su reinado, provocan entre sus
mismos consejeros una reprobación teñida de tristeza.
De todas formas, en esta época existe un sentimiento
cuya transformación se nos muestra como resueltamente
«moderna». El amor. El refinamiento de los sentimientos
entre dos seres parecía confinado, en la sociedad viril y
guerrera de la edad propiamente feudal, a la amistad entre
hombres. Incluso en el plano de la erudición, el origen del
amor cortés permanece oscuro. ¿Cuánto debe a la poesía y a
la civilización musulmanas? ¿Qué lazos ha mantenido con el
catarismo? ¿Fue realmente esa «herejía» que Alexander
Denommy ha querido ver en él, confundiéndolo quizá con
demasiada facilidad con ese tratado De l'Amour escrito
hacia 1185 por André Chapelain y del cual Esteban
Tempier, con su simplicismo habitual extrajo en 1277
ciertas proposiciones chocantes para condenarlas, sin
discriminación, con el tomismo, el averroísmo y algunas
otras doctrinas entre las más avanzadas de la época con las
que él no comulgaba? En el plano de la interpretación, la
discusión no está cerrada todavía. Mientras que muchos
insistían en el carácter «feudal» de ese concepto de amor
inspirado aparentemente en las relaciones entre señor y
vasallo (el señor es en este caso la dama, como desquite del
bello sexo), otros veían en él una forma de rebelión contra
la moral sexual de ese mismo mundo feudal. En cuanto a
la mujer, ¿ha encontrado en él una promoción o, por el
contrario, su transformación en objeto?
Es evidente que el amor cortés era antímatrimonial y que
el matrimonio ha sido, sin duda, el campo privilegiado para
un combate que tendía a revolucionar no solamente las
costumbres, sino también la sensibilidad. Reclamar la
autonomía del sentimiento, pretender que podían existir
otras relaciones entre los sexos, aparte las del instinto, de la
fuerza, del interés y del confor-MENTALIDADES, SENSIBILIDADES, ACTITUDES
315
mismo, resultaba verdaderamente nuevo. ¿Por qué
extrañarse de que la nobleza meridional haya sido el
terreno donde se libró esta batalla? Nobleza ambigua en
todas sus posiciones y cuyas contradicciones se ponen de
manifiesto en su actitud frente al catarismo al que, a pesar
de todo, se adhirió por otros motivos. Nobleza más
cultivada, con la sensibilidad más refinada que los bárbaros
feudales del norte, pero en decadencia frente a un mundo
en que todas las novedades técnicas nacen y se extienden
en el norte y que por eso mismo inquieta. Pero, ¿es el amor
cortés realmente el amor provenzal? ¿No fue acaso el más
hermoso amor cortés el de Tristán e Isolda, que pertenece al
«ciclo de Bretaña»?
De lo que no cabe duda es de que, por encima de esta
protesta y de esta rebeldía, el amor cortés ha sabido
encontrar el milagroso equilibrio entre el alma y el cuerpo,
entre el corazón y el espíritu, entre el sexo y el sentimiento.
Más allá de los oropeles de vocabulario y de rito que hacen
de él un fenómeno coyuntural de la época, más allá del
manierismo y de los abusos de la escolástica cortés y, por
supuesto, más allá de las memeces de los trovadores
modernos, sigue siendo el don imperecedero que, entre
todas las formas mortales que puede crear una civilización,
está la de ser un legado para la sensibilidad humana. Sería
ridículo citar, hay que leer:
Señores, ¿os gustaría oír un bello romance de amor y de muerte?
y también:
En la alegría tengo mi
esperanza corazón
enamorado y amor firme...
Quizás la más importante de las mutaciones que nos
revela el arte medieval sea la que hace aparecer —con ese
nuevo sistema de representaciones llamado realismo o
naturalismo— una nueva forma de mirar el mundo, un nue-
vo sistema de valores. Esa mirada se detiene, a partir de
entonces, sobre las apariencias y, en lugar de ser un simple
símbolo de la realidad oculta, el mundo sensible cobra valor
en sí mismo, es objeto de delectación inmediata. En el arte
gótico, las flores son flores reales, los rasgos humanos,
rasgos individuales, las proporciones son las de las medidas
materiales y no las de significados simbólicos. Es cierto que
esta desacralización del universo tiene un aspecto de
empobrecimiento, pero también es liberación. Ya desde la
época316
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
románica, los artistas estaban más preocupados por la
estética que por los imperativos ideológicos. No hay que
exagerar la interpretación simbólica del arte medieval.
Muy a menudo, el sentido de las bellas formas constituía la
única guía de los creadores y las exigencias técnicas eran su
primera preocupación. Los patrones eclesiásticos imponían
un tema, pero los realizadores encontraban su libertad en el
interior de ese cuadro trazado. El simbolismo medieval no
existe a veces más que en el espíritu de los exégetas
modernos, pseudosabios ofuscados por su concepto, mítico
en parte, de la Edad Media. Y es probable que, a despecho
de la presión ejercida por la propaganda eclesiástica,
muchos consiguieran escapar de la asfixiante atmósfera
mágica que les rodeaba. Es significativo que muchas obras
de arte medievales se basten por sí mismas, sin que
poseamos las claves de su significado simbólico. A la
mayoría de las obras de arte —¿habría que especificar que
las más bellas?— de la Edad Media les basta su forma para
emocionarnos. ¡Hermosas sirenas de las que preferimos
olvidar que representaban el mal! La sensibilidad, en la
época gótica, surge lentamente de esa selva de símbolos en
que la alta Edad Media la había sumergido. Si se observan
las miniaturas —las copias, desgraciadamente; de los
originales destruidos en 1870— que adornan el Hortus
deliciarum de Herrade de Landsberg, de mediados del siglo
XII, nos damos cuenta de que nos hallamos ante un
segador, un labrador, un titiritero. Se ve claramente que el
pintor se ha dedicado a representar escenas, gentes,
instrumentos por sí mismos. Sólo en algún detalle —un
ángel muy pequeño, relegado a un rincón de la miniatura—
nos recuerda que se trata de la parábola evangélica del buen
sembrador y de la cizaña, del hombre condenado al trabajo
después de la caída, de Salomón absorto en la
contemplación del universo como un teatro de fantoches y
exclamando: «¡Vanidad de vanidades, todo es vanidad!».
Todo en la obra de arte nos dice, por el contrario, que el
artista se toma en serio el mundo sensible, aún más, que se
deleita en él. La decadencia del simbolismo, el olvido de
ese simbolismo ante la realidad sensible al menos,
manifiesta una mutación profunda de la sensibilidad. El
hombre, tranquilizado, contempla el mundo, como Dios
después de la creación, y también lo encuentra bello y
bueno. El arte gótico es confianza.
Antes de llegar a esto, los hombres de la Edad Media
tuvieron que luchar —y el combate aún no había terminado
en el siglo XIII— con la impresión generalizada de
inseguridad. Su gran confusión procede de que los seres y
las cosas no son realmente lo que parecen. La Edad Media
detesta sobre todo laMENTALIDADES, SENSIBILIDADES, ACTITUDES
31 7
mentira. El epíteto de la naturaleza divina es «el que no
miente jamás». Los malos son los mentirosos. «¡Sois un
mentiroso, Fernando de Carrión!», lanza Pero Bermúdez a
la cara del infante. Y el otro compañero del Cid, Martín
Antolínez, vitupera al segundo infante: «¡Cerrad vuestra
boca, mentiroso, boca mendaz!». Toda la sociedad está
integrada por mentirosos. Los vasallos son traidores, felones
que reniegan de su señor, émulos de Ganelón y, por encima
de él, del gran traidor prototipo de todos: Judas. Los
comerciantes son defraudadores que no piensan más que en
engañar y robar. Los monjes son hipócritas, como el
franciscano del Román de la Rose: Cara falsa. El vocabula-
rio medieval posee una gran riqueza para designar los
innumerables géneros de mentiras y las infinitas especies de
mentirosos. Incluso los profetas pueden ser pseudoprofetas,
los milagros pueden ser falsos milagros, obras del diablo. El
poder del hombre medieval sobre la realidad es tan débil
que debe utilizar artimañas para salir airoso. Cabría
imaginarse que esta sociedad belicosa lo cifra todo en el
ataque. ¡Gran error! Las técnicas son tan mediocres que la
resistencia triunfa casi siempre de la ofensiva. Incluso en el
campo militar, los castillos roqueros y las murallas son casi
inconquistables. Cuando el asaltante logra forzarlas es casi
siempre mediante el engaño. El conjunto de bienes puestos
a disposición de la humanidad medieval es insuficiente, tan
insuficiente que, para vivir, hay que despabilarse. Quien
carece de fuerza o de astucia está condenado, casi con
seguridad, a perecer. ¿Quién está seguro y qué es lo seguro?
De la obra inmensa de san Agustín, la Edad Media ha
elegido preferentemente un tratado: De mendacio («De la
mentira»).
Pero ante estas realidades que se ocultan, ¿qué otra cosa
se puede hacer si no es aferrarse a las apariencias? Por más
que la Iglesia se esfuerza inútilmente en incitar a los
hombres de la Edad Media a despreocuparse de ellas, a
despreciarlas para ir en pos de las verdaderas riquezas que
están ocultas, la sociedad medieval, tanto en su
comportamiento como en su actitud, sigue siendo una
sociedad de la apariencia.
La primera apariencia es el cuerpo. Hay que bajarlo de
su pedestal. Gregorio Magno lo llamó «este abominable
vestido del alma». «Cuando el hombre muere, queda sano
de la lepra del cuerpo», dice san Luis a Joinville. Los
monjes, modelo de la humanidad medieval, no cesan de
humillar el cuerpo mediante la práctica del ascetismo. Las
reglas monásticas limitan al mínimo los baños y los
cuidados de aseo, que son lujo y molicie. Para los
ermitaños, la suciedad es una virtud. El bautismo, tanto en
sentido propio como figura-318
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
do, debe lavar al cristiano una vez para siempre. La
desnudez, lo mismo que el trabajo, es el castigo del pecado.
Adán y Eva tras la caída y Noé tras la embriaguez muestran
su desnudez impúdica y pecadora. Por lo demás, el nu-
dismo es signo de herejía y de impiedad, y en todo hereje
hay más o menos manifiesto un adamita. Es curioso
constatar que san Francisco de Asís, que rozaba con
frecuencias la herejía, tiene tendencia, en contra de la
corriente general, a hacer de la desnudez una virtud. La
pobreza es desnudez. Y de ahí pasa, de forma simbólica
pero concreta, a los actos. Un extraño episodio de las
Florecillas nos muestra a san Francisco y a fray Rufino,
completamente desnudos, predicando desde el pulpito, en
Asís.
Sin embargo, el ideal guerrero exaltaba el cuerpo tanto
cuanto el ideal cristiano lo rebajaba. Los jóvenes héroes de
los cantares de gesta tienen la piel blanca y el cabello rubio
y ondulado. Son unos atletas:
Tenía un tórax ancho y el cuerpo en proporción
amplios hombros y amplio pecho, fuerte
constitución, grandes y potentes brazos y unas
muñecas enormes, el cuello estirado y gracioso.
(«II avait un coffre large et le corps a proportion/ des épaules larges
et une poitrine ample, il était fortement báti, /Les bras gros et puissants
et les poignets enormes,/le cou long et gracieux.»)
Toda la vida del caballero es exaltación física: la caza,
la guerra y los torneos son sus pasiones. Carlomagno se
complace en bañarse desnudo con sus compañeros en la
piscina del palacio de Aquisgrán. Incluso muerto, el
cuerpo es objeto de atentos cuidados. Se venera el de los
santos y su traslación es la ratificación de la canonización.
Santa Clara de Montefalco, muerta en 1308, se aparece a
una monja y le dice: «Mi cuerpo debe ser canonizado».
Los hombres de la Edad Media, cuya vista, sentido
intelectual, no se desarrollará hasta más tarde —
recuérdese que las lentes no se inventan hasta finales del
siglo XIII—, ejercen de modo primordial el más material
de todos los sentidos: el tacto. Todos son como Tomás
apóstol. Para conservar el cuerpo de los grandes
personajes difuntos, se le instilaba mercurio por la nariz y
después se obturaban los orificios naturales mediante
tapones empapados en sustancias olorosas consideradas
como anticorruptibles y luego se le embalsamaba el
rostro. Cuando había que transportar el cuerpo a gran
distancia se le vaciaban las visceras, que se enterraban
aparte, y se llenaba el cadáver de mirra, de aloe y de otras
sustancias aro-MENTALIDADES, SENSIBILIDADES, ACTITUDES
319
máticas antes de volver a coserlo. La religión prometía la
resurrección de la carne.
A juzgar por la literatura penitencial, el número de
bastardos, la resistencia del clero a la obligación del celibato
y las alusiones o las precisiones de los romances y cuentos
populares, a la vida sexual de los hombres de la Edad
Media no le preocupaban demasiado las exhortaciones de
la Iglesia. La higiene, al fin, progresaba y las ciudades
debieron desempeñar también en este caso un papel pionero.
En 1292 existen en París al menos veintiséis estable-
cimientos de baño. Los baños son, por otra parte, lugares de
placer e incluso de desenfreno. He aquí la descripción de los
baños de Erfurt en el siglo XIII: «Los baños de esta ciudad
os resultarán muy agradables. Si tenéis necesidad de lavaros
y sois amante de las comodidades, podéis entrar en ellos con
confianza. Se os recibirá amablemente. Una hermosa joven
de suaves manos os hará masajes en salva sea la parte. Un
barbero experto os rasurará sin dejaros caer sobre la cara la
más mínima gota de sudor. Fatigado tras el baño, hallaréis
un lecho para descansar. Después, una bella mujer, que en
modo alguno os desagradará, con el aire de doncella, os
arreglará el cabello con un peinado magistral. ¿Quién no le
arrancará unos besos si le apetecen, puesto que ella no
ofrecerá resistencia? Cuando se os pida el pago, un simple
dinero os bastará...».
La literatura monástica, además, no deja de aportar su
contribución a los cuidados del cuerpo. Un precioso
manuscrito alsaciano de 1154 contiene un manual de
dietética escrito por una monja de Schwarzenthann e
ilustrado por Sintram, canónigo regular de Murbach. Se
trata de un calendario que indica el régimen que hay que
seguir en cada mes. A comienzos del siglo XIII, una Guía
de la salud escrita en Salerno alcanzará una gran difusión.
La alimentación constituye, como hemos visto, una
obsesión para la sociedad medieval. La masa campesina
debe contentarse con poca cosa. La base de su alimentación
son las gachas. Los productos de la cosecha son, con
frecuencia, su principal guarnición. Sin embargo, en los
siglos XII-XIII, el companagium, el acompañamiento de
pan, se extiende a todas las categorías sociales y entonces es
cuando el pan adquiere realmente en Occidente el signi-
ficado casi mítico ratificado incluso por la religión. Pero la
clase campesina disfruta de una fiesta alimentaria: la
matanza, en diciembre, del cerdo cuyos productos nutren los
festines de fin de año y las comidas del largo invierno. Las
representaciones de los trabajos de los meses la introducen
en la iconografía.
La alimentación es la primera oportunidad para las capas
dominantes de la sociedad de manifestar su superioridad en
ese ámbito esencial del presti-320
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
gio. El lujo alimentario es el principal lujo. Incluye los
productos reservados: la caza de los bosques señoriales, los
ingredientes preciosos adquiridos a precios elevados, es
decir, las especias y los manjares raros preparados por los
cocineros. Las escenas de festín tienen un lugar importante
en los cantares de gesta. De este modo, al lujo eclesiástico
que consiste en tesoros litúrgicos, responde el lujo
caballeresco que es un lujo alimentario. Y no es que los
señores eclesiásticos se queden atrás en su participación en
ese género de munificencia. Roger Dion ha señalado el
papel capital que desempeñaban las abadías y los obispos en
la constitución del viñedo medieval. «La mayoría de
nuestros obispos, se indigna el filósofo Guillermo de
Conques en el siglo XII, remueven cielo y tierra para
encontrar cortadores o cocineros capaces de preparar sabias
salsas... Pero huyen de quienes se entregan a la sabiduría
como si fueran leprosos...» La mesa señorial proporciona
también ocasión para manifestar y fijar la etiqueta. En la
iconografía de los vicios, la gula es el distintivo de los
señores. Sin embargo, la gastronomía se desarrollará
verdaderamente con la burguesía urbana. Los primeros
manuales de cocina aparecen a mediados del siglo XIII en
Dinamarca y en los siglos XIV y XV se multiplican en
Francia, en Italia y más tarde en Alemania.
Por último, el cuerpo proporciona a la sociedad medieval
sus principales medios de expresión. Ya hemos visto lo
referente al cálculo digital. La civilización medieval es una
civilización del gesto. Todos los contratos y los juramentos
esenciales de la sociedad de la Edad Media van
acompañados de gestos, se manifiestan por medio de ellos.
El vasallo pone sus manos en las del señor, las pone sobre la
Biblia, rompe una paja o arroja un guante en señal de
desafío. El gesto tiene un significado y compromete. En la
vida litúrgica es aún más importante. Gestos de fe: signos
de la cruz. Gestos de oración: manos juntas, manos
alzadas, manos en cruz, manos veladas. Gestos de
penitencia: golpes de pecho. Gestos de bendición:
imposición de las manos y signos de la cruz. Gestos de
exorcismo: sahumerios de incienso. La administración de
los sacramentos culmina en algunos gestos. La celebración
de la misa es una serie de gestos. El género literario feudal
por excelencia es el cantar de gesta. Gesta y gestus
pertenecen a la misma familia.
Esta importancia del gesto es capital para el arte
medieval. Lo anima, lo hace expresivo, le da el sentido de la
línea y del movimiento. Las iglesias son gestos de piedra. Y
la mano de Dios sale de las nubes para dirigir a la sociedad
medieval.MENTALIDADES, SENSIBILIDADES, ACTITUDES
32 1
El significado social del vestido es aún mayor. Designa a
cada categoría social, es un verdadero uniforme. Llevar el
vestido de una condición que no sea la suya equivale a
cometer el mayor pecado de ambición o de decadencia. Al
pannosus, al pordiosero vestido de harapos se le desprecia.
Es la palabra que lanzan con desdén a san Ivo, a comienzos
del siglo XIV, quienes desprecian al santo varón. El
leitmotiv de Meier Helmbrecht, historia de un ambicioso
venido a menos, es el gorro bordado a la moda de los
señores, que lleva por vanidad. Las reglas monásticas fijan
cuidadosamente el vestido, más por respeto a la orden que
por interés en prevenir el lujo. Habrá que esperar la llegada
de las órdenes eremíticas de los siglos XI y XII, sobre todo
los cistercienses, para vestir, en señal de reforma, los hábitos
blancos sin teñir; y los monjes blancos se oponen a los
monjes negros, los benedictinos. Las órdenes mendicantes
irán más lejos y se vestirán de sayal, tejido en crudo. Serán
los monjes grises. Cada nueva categoría social se apresura a
adoptar un vestido. Así lo hacen las corporaciones y, en
primer lugar, la corporación universitaria. Se concede una
gran atención a los accesorios que determinan de forma
especial el rango: sombreros y guantes. Los doctores llevan
largos guantes de gamuza y birretes. Los caballeros se
reservan las espuelas. Lo curioso para nosotros es que el
armamento medieval es demasiado funcional para constituir
un verdadero uniforme. Pero los caballeros, al yelmo, a la
cota de malla, al escudo, a la espada, añaden el escudo de
armas. Ha nacido el blasón.
El lujo en el vestuario se despliega entre los ricos. Se
manifiesta por la calidad y la cantidad del tejido: telas
pesadas, amplias y finas, sedas bordadas de oro; por los
ornamentos: los colores que cambian con la moda, el
escarlata unido a los colorantes rojos (vegetales como la
rubia [granza] o animales como la cochinilla), retrocede en
el siglo XIII ante el azul verdoso, mantenida la gama de los
azules y de los verdes por el desarrollo del cultivo de la
gueda o pastel (los comerciantes de rubia, en Alemania, para
luchar contra la competencia, mandan pintar los diablos en
azul con el fin de desacreditar la nueva moda); las pieles que
la Hansa va a buscar hasta Novgorod y los genoveses a
Crimea; y, para las mujeres, las joyas.
A finales del siglo XIII aparecen leyes suntuarias en
Italia y en Francia principalmente. Sin duda van unidas a la
crisis económica que hace su aparición por entonces, pero
más probablemente se deben a las transformaciones
sociales de donde surgen los nuevos ricos, que quieren
eclipsar a las antiguas familias mediante su lujo descarado.
Tales leyes ayudan a mantener el orden social mediante la
diferenciación en el vestido.
Mientras que el vestido femenino se alarga o se acorta
al ritmo de la prosperidad o de la crisis económica (se
alarga a mediados del siglo XII con322
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
gran indignación de los moralistas que hallan esta moda
desvergonzada e inconveniente y se acorta a mediados del
siglo XIV), la ropa interior adquiere mayor importancia
durante los siglos XIII y XIV, en proporción al progreso de
la higiene y del cultivo del lino. La camisa se generaliza.
Aparece el calzoncillo. Pero, lo mismo que en la
gastronomía, el triunfo de la ropa interior irá unido al de la
burguesía.
La casa es la última manifestación de la diferenciación
social. La casa campesina es de adobe, de tapial o de
madera; cuando se utiliza la piedra, no pasa de los
cimientos. Se reduce a una sola pieza y no tiene más
chimenea que un agujero en el techo. Pobremente
amueblada y adornada, no retiene al campesino. Por el
contrario, su pobreza contribuye a la movilidad del cam-
pesino medieval.
Las ciudades siguen siendo sobre todo de madera;
fácilmente son pasto de las llamas. El fuego es un gran
azote medieval. Ruán arde seis veces entre 1200 y 1225. La
Iglesia no halla dificultades a la hora de persuadir a los hom-
bres de la Edad Media de que son peregrinos en la tierra.
Incluso los hombres de trabajo sedentario rara vez tienen
tiempo de apegarse a su casa.
A los ricos no les ocurre lo mismo. El castillo es signo de
seguridad, de poder, de prestigio. En el siglo XI se erizan
las torres y lo que prima es el interés por la protección.
Después se concretan los accesorios para las estancias.
Bien defendidos, los castillos conceden mayor atención al
espacio habitable y crean viviendas en el interior de sus
muros. Pero la vida continúa concentrándose en el gran
salón. El mobiliario es reducido. Las mesas, en general,
son desmontables y, cuando se ha comido, se retiran. El
mueble normal es el cofre o baúl, en el que se guardan los
vestidos o la vajilla. Esta constituye el mayor lujo, ya que
brilla y supone también una reserva económica. Puesto
que la vida de los señores sigue siendo itinerante, es
preciso que su equipaje se pueda transportar con las
mínimas dificultades. Joinville, en la cruzada, apenas se
preocupa más que por las joyas y por las reliquias. Los
tapices, otro lujo, también son utilitarios: levantados,
sirven de mamparas y delimitan las estancias. Se llevan de
castillo en castillo y, a este pueblo de guerreros, le
recuerdan la habitación por excelencia: la tienda.
Pero quizá sean las grandes damas —mecenazgo de las
mujeres— las que favorecen con ahinco la ornamentación
interior. Según Baudri de Bourgueil, el dormitorio de Adela
de Blois, hija de Guillermo el Conquistador, tiene lasMENTALIDADES, SENSIBILIDADES, ACTITUDES
323
paredes cubiertas de tapices que representan el Antiguo
Testamento y las Metamorfosis de Ovidio, y colgaduras
con bordados que representan la conquista de Inglaterra.
El techo está cubierto de pinturas que representan el cielo
con la Vía Láctea, las constelaciones, el zodiaco, el sol, la
luna y los planetas. El pavimento es un mosaico que
representa un mapamundi con monstruos y animales. El
lecho, con baldaquino, está sostenido por ocho estatuas: la
Filosofía y las Artes liberales.
Pero el signo del prestigio y de la riqueza es la piedra y
las torres que coronan el castillo. Así es como los ricos
burgueses construirán sus casas, por imitación, en la ciudad:
«Casa fuerte y hermosa, como se suele decir. Sin embargo, el
burgués sentirá apego por su casa y la amueblará. También
en este aspecto pondrá su sello sobre la evolución del gusto
e inventará el confort, la comodidad.
El castillo, como símbolo del poder de un individuo o
de una familia, queda arrasado con frecuencia cuando su
dueño cae derrotado. Del mismo modo, en la ciudad, el
rico desterrado ve su casa destruida o quemada: es el
abattis o el arsis de casa.
Satisfechas las necesidades esenciales de la subsistencia
y, para los poderosos, la satisfacción no menos perentoria
del prestigio, poco le queda ya al hombre de la Edad Media.
Despreocupados por lo que respecta al bienestar, todo lo
sacrifican, cuando está en su mano, a la apariencia, a la
exhibición. Sus únicos placeres profundos y desinteresados
son la fiesta y el juego, aunque entre los grandes la fiesta
sea también ostentación y reclamo.
El castillo, la iglesia y la ciudad son los decorados del
teatro. Es sintomático que la Edad Media ignore un lugar
especializado para el teatro. Dondequiera que hay un centro
de vida social se improvisan las escenas y las repre-
sentaciones. En la iglesia, las ceremonias religiosas son
fiestas, y del drama litúrgico sale el teatro a secas. En el
castillo se suceden banquetes, torneos, espectáculos de
trovadores, juglares, danzantes y domadores de osos. En la
ciudad, los tablados se levantan en las plazas para los «juegos
de la hoja». Todas las clases de la sociedad convierten las
fiestas familiares en ceremonias ruinosas: las bodas dejan
arruinados a los campesinos para años y a los señores para
meses. Los juegos ejercen una seducción particular sobre
esta sociedad enajenada. Esclava de la naturaleza, se entrega
sin reparo al azar: los dados ruedan en todas las mesas.
Prisionera de estructuras sociales rígidas, convierte en
juego la misma estructura social: el ajedrez, que el Oriente
le324
LA CIVILIZACIÓN MEDIEVAL
lega en el siglo XI como un juego real, y que ella feudaliza
rebajandlo el poder del rey, y que transforma en espejo social
cuando el dominico Jacolbo de Cessoles, en el siglo XIII, le
enseña a «moralizarlo». Proyecta y sublima sus preo-
cupaciones profesionales en juegos simbólicos y mágicos: los
torneos y los deportes militares ponen de manifiesto la
esencia de la vida caballeresca, las fiestas folclóricas
expresan el ser de las comunidades campesinas. La Iglesia
tiene que aceptar que se la disfrace en la Fiesta de los
Locos. Sobre todo la música, el canto y el baile arrastran a
todas las clases sociales. Cánticos de iglesia, bailes cultos
de los castillos, danzas populares de los campesinos. Toda
la sociedad medieval se representa a sí misma. Monjes y
clérigos se entregan a las vocalizaciones del canto
gregoriano, los señores a las modulaciones profanas —
Klangspielereien de los juglares y de los Minnesanger—, los
campesinos a las onomatopeyas de la cencerrada. San
Agustín da una definición de esta alegría medieval: es el
júbilo, «gritos de alegría sin palalbras». Así pues, por encima
de las calamidades, las violencias y los peligros, los hombres
de la Edad Media hallan el olvido, la seguridad y el
abandono en esta música que envuelve su cultura. Están
jubilosos.





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