20/11/14

LOS HERMANOS, TERENCIO.











LOS HERMANOS
TERENCIO





PERSONAS QUE HABLAN

MICIÓN,   viejo, hermano de Demea, padre adoptivo de Equino.

DEMEA,   viejo, hermano de Mición, padre de Esquino y de Tesifón

SANNIÓN,   mercader de esclavos.

ESQUINO,   joven, hijo de Demea, adoptado por su tío Mición.

SIRO,   esclavo de Esquino.

TESIFÓN,   joven, hijo de Demea, hermano de Esquino.

SOSTRATA,   madre de Pánfila.

CANTARA,   nodriza de Pánfila.

GETA,   esclavo de Sostrata.

HEGIÓN,   viejo, pariente de Pánfila.

DROMÓN,   esclavo de Mición.

PARMENÓN,   esclavo de Esquino.

PÁNFILA,   hija de Sostrata.


PERSONAS QUE NO HABLAN

CALIDIA,   esclava robada por Esquino.

ESTORAX,   esclavo de Mición.


PRÓLOGO
Toda vez que el poeta ha visto que gentes malévolas andan royendo sus escritos, y que sus enemigos procuran desacreditar la comedia que vamos a representar, él se denunciará a sí mismo. Vosotros juzgaréis si lo que ha hecho es digno de aplauso o de censura.
Hay una comedia de Difilo, llamada Synapashnescontes1. Tradújola Plauto y llamola Commorientes. En la griega se introduce un mancebo que a un rufián le quita por fuerza una ramera. Plauto dejó sin traducir este lugar, que nuestro poeta tomó para Los Hermanos, y tradujo palabra por palabra.
Esta comedia nueva es la que vamos a representar. Vedla y juzgad si aquí hay hurto, o si el poeta ha utilizado una escena que se omitió por descuido.
Cuanto a lo que esos maliciosos dicen, que ilustres personajes le ayudan y a la continua son sus colaboradores2, eso que a ellos les parece una gran injuria, el poeta lo tiene a mucha honra, pues agrada a aquellos que a todos vosotros y al pueblo romano supieron agradar, y que, sin arrogancia, prestaron sus servicios a quienquiera que los hubo menester en la guerra, en la administración y en los negocios. Por lo demás, no aguardéis el argumento de la comedia. Parte de él declaran los viejos que van a aparecer en la primera escena: la acción mostrará lo demás. Procurad que vuestra benevolencia dé ánimos al autor para componer otras comedias.



Acto I

MICIÓN.
 
MICIÓN.-   (A la puerta da su casa, hablando a un siervo, que está dentro.)  ¡Estorax!... ¿No volvió Esquino anoche de la cena? ¿Ni criado ninguno de los que fueron por él? Realmente que es verdad lo que dicen comúnmente: que cuando uno está de alguna parte ausente, o se detiene allá, le vale más que le acaezca lo que de él dice su mujer, o lo que de él imagina en su pensamiento muy colérica, que no lo que los padres amorosos. Tu mujer, si te detienes, o piensa que andas en amores, o en banquetes, y dándote buena vida; y que para ti sólo son los goces y ella pasa los trabajos. Pero yo, por no haber vuelto mi hijo, ¡qué de cavilaciones! ¡Qué de cosas ahora me dan congoja! Que se me haya resfriado; que haya caído en alguna sima; que se haya lisiado en su persona. ¡Bah!, ¿qué hombre habrá en el mundo que tenga en su corazón cosa más amada que cada uno es de sí mismo? Además, éste no es hijo mío, sino de mi hermano; el cual, desde su mocedad, es de condición muy diferente a la mía. Yo seguí esta vida ociosa y tranquila de la ciudad, y jamás he sido casado; cosa que por ahí se tiene a dicha. Él, por el contrario, quiso más vivir en el campo, y darse una vida de escasez y de trabajos. Casose; naciéronle dos hijos, de los cuales tomé yo por adoptivo éste mayor. Hele criado desde niño; hele tenido y querido como si fuera mío; él es todas mis delicias; sólo él es mi amor. Procuro con diligencia que él también me quiera; doyle cuanto necesita, pásole muchas cosas, pues no tengo para qué tratarle en todo con rigor. Finalmente, las cosas que otros hacen a espaldas de sus padres, que son aquellas que la mocedad trae consigo, hele vezado a mi hijo a que no me las encubra. Porque el que se acostumbrare a mentir, o se atreviere a engañar a su padre, tanto más se atreverá a todos los demás. Yo creo que es mejor que los hijos cumplan su deber enfrenados por la vergüenza y benignidad, que con rigor. Esto no le cuadra a mi hermano, ni le parece bien. Cien veces me ha venido dando voces: «¿Qué haces, Mición?, ¿por qué nos echas a perder este mozo?, ¿por qué anda en amores?, ¿por qué en banquetes?, ¿por qué le das tú para todo esto qué gastar? Llévasle muy pintado de vestidos: Eres demasiadamente simple». Y él también es demasiadamente riguroso: más de lo que pide la razón. Y a mi parecer va muy engañado el que piensa que es más firme y más seguro el señorío que se administra con rigor, que el que con amor se atrae. Mi parecer es éste, y yo así lo entiendo: que el que hace su deber, forzado por castigos, mientras teme que se sabrán sus culpas, guárdase; pero, si confía que se podrán encubrir, a su condición se vuelve. Pero el que atraéis por amor, hácelo de voluntad, procura pagaros en lo mismo; en presencia y en ausencia será el mismo. Éste es el oficio del padre: antes vezar al hijo a que haga su deber de buena voluntad, que por temor de nadie. Tal es la diferencia entre el padre y el señor; y el que no la pueda observar, confiese que no sabe criar hijos.  (Viendo a DEMEA.)  ¿Pero es por dicha éste el mismo de quien trataba? Realmente que es él. No sé de qué está triste, creo vendrá ya a reñir conmigo, como suele. -Huélgome, Demea, de verte en salud.


Escena II

 
DEMEA, MICIÓN.
 

DEMEA.-  ¡Oh, a buen tiempo! En tu misma busca vengo.
MICIÓN.-  ¿De qué estás triste?
DEMEA.-  ¿Donde Esquino está de por medio, me preguntas de qué estoy triste?
MICIÓN.-   (Aparte.) ¿No lo decía yo?...  (Alto.)  ¿Qué ha hecho Esquino?
DEMEA.-  ¿Qué ha hecho? Que ni tiene vergüenza de nada, ni temor a nadie, ni hace cuenta que ha de estar sujeto a ley ninguna. Porque, sin hablar de sus pasadas picardías, ¿qué piensas que ha hecho ahora?
MICIÓN.-  ¿Qué es ello?
DEMEA.-  Ha quebrado puertas, y ha entrado por fuerza en casa ajena, y al dueño de ella, y a toda su familia los ha maltratado, hasta dejarlos por muertos; ha quitado por fuerza una mujer de quien él está enamorado. Todos a voces dicen haber sido muy mal hecho. ¿Cuántos piensas, Mición, que me lo han dicho viniendo? No se habla de otro en toda la ciudad. Y si compararse puede, ¿no ve a su hermano cuán solícito está en su hacienda, y cómo se está en su granja reglado y moderado, y cómo no hace nada de esto? Lo que a él le digo, Mición, a ti te lo digo: que tú le dejas perderse.
MICIÓN.-  La cosa más injusta del mundo es un hombre necio, porque nada tiene por bueno, salvo lo que él hace.
DEMEA.-  ¿A qué viene eso?
MICIÓN.-  A que tú, Demea, no eres en esto buen juez. Créeme que no es maldad que un mancebillo ande entre mujeres, ni menos en banquetes, ni que quiebre las puertas. Y si tú y yo no hicimos travesuras semejantes, fue porque la pobreza no nos dio lugar de hacerlas. ¿Y tú ahora alábaste de lo que dejaste de hacer por necesidad? Esto es injusto; porque si tuviéramos con qué, también lo hiciéramos. Y tú, si fueses cuerdo, a tu hijo le dejarías ahora hacer todo esto, que a su edad es lícito, y no le darías ocasión de esperar a que estés bajo de tierra, para hacerlo entonces, cuando ya no le esté bien.
DEMEA.-  ¡Oh, soberano Júpiter! ¡Tú, hombre, vas a volverme loco! ¿Qué, no es maldad que un mozuelo haga estas cosas?
MICIÓN.-  ¡Ah!, óyete. No me rompas más sobre esto la cabeza. Tú ya me diste tu hijo por hijo adoptivo, ya él quedó por mío. Si él en algo yerra, Demea, a mi daño lo yerra, y de ello a mí me tocará la mayor parte. ¿Gasta?, ¿bebe?, ¿lleva perfumes? De mi hacienda lo hace. ¿Tiene amiga? Yo le daré para ello dinero, mientras pueda, y mando no, ya le echarán ellas de casa3. ¿Ha quebrado puertas? Se harán otras. ¿Ha rasgado ropa? La zurciremos. Gracias a los dioses, hay de qué, y hasta ahora no me da mucha pena. Finalmente, o déjame hacer, o busca cualquier árbitro, que yo te probaré que en esto mucho más lo yerras tú que yo.
DEMEA.-  ¡Ay de mí! Aprende a ser padre, de aquéllos que lo saben ser de veras.
MICIÓN.-  Por naturaleza, su verdadero padre lo eres tú; por los consejos, yo.
DEMEA.-  ¿Tú le aconsejas en nada?
MICIÓN.-  ¡Ah, si perseveras... me iré!
DEMEA.-  ¿Eso harás?
MICIÓN.-  ¡Pues qué!, ¿tengo de oír tantas veces una misma cosa?
DEMEA.-  Es que me da cuidado.
MICIÓN.-  Y a mí también me lo da; pero, Demea tengamos cada uno cuenta con su justa parte, tú con el uno y yo con el otro. Porque cuidar tú de ambos, casi casi es tornarme a pedir el hijo que me diste.
DEMEA.-  ¡Ah, Mición!
MICIÓN.-  A mí así me parece.
DEMEA.-  ¿Qué es eso? Si así lo quieres, derrame, destruya, piérdase él; que no me toca nada. ¡Si de hoy más, palabra ninguna...!
MICIÓN.-  ¿Colérico otra vez, Demea?
DEMEA.-  ¿Y aún no lo crees? ¿Pídote por ventura el que te di? Siéntolo, no soy ningún extraño; pero si estorbo, desde luego me aparto. Quieres que tenga cuenta con el uno, ya la tengo; y doy gracias a los dioses, pues él es tal, cual yo le quiero. Ése tuyo, él lo sentirá a la postre. Y no digo más.


Escena III

 
MICIÓN, solo.
 

MICIÓN.-  Aunque no hay para tanto, con todo eso no deja de ser algo lo que dice, ni deja de darme a mí alguna pesadumbre; pero no he querido mostrarme pesaroso, porque es un hombre que, con aplacarle y resistirle de veras, y espantarle con todo eso, apenas lo toma con paciencia. Pues si yo le atizase su cólera y se la acrecentase, perdería realmente el seso juntamente con él. Aunque no deja Esquino de hacernos en esto algún agravio. ¿Qué ramera hay con quien él no haya tenido sus amores o a quien no le haya dado algo? Finalmente (creo que de aburrido ya de todas) me dijo poco ha que se quería casar. Confiaba yo que ya se le había pasado el hervor de la mocedad, holgábame, ¡y heos aquí ahora de nuevo...! Pero yo quiero saber de cierto lo que pasa, y verme con él, si está en la plaza.



Acto II

Escena I

 
SANNIÓN, ESQUINO, PARMENÓN, CALIDIA. (Los dos últimos personajes no hablan)
 

SANNIÓN.-   (Corriendo tras ESQUINO y PARMENÓN, que se llevan a CALIDIA.)  ¡Suplícoos, vecinos, que favorezcáis a este infeliz, que no hace mal a nadie! ¡ Socorred a este pobre!
ESQUINO.-   (A CALIDIA.)  Párate ahí; que ahí bien segura estás. ¿Qué miras? Nada temas; que éste en mi presencia no te tocará.
SANNIÓN.-  ¡Yo a esa moza... a pesar de cuantos son...!
ESQUINO.-  Aunque es bellaco, no dará hoy ocasión para que le hayan de sentar la mano otra vez.
SANNIÓN.-  Esquino, óyeme; porque no digas después que tú no sabías mis costumbres. Hágote saber que yo soy mercader de esclavos.
ESQUINO.-  Ya lo sé.
SANNIÓN.-  Pero de tan buena fe, como otro haya habido donde quiera. No estimaré ni en esto  (Tócase con el pulgar la uña del índice.)  que tú después te me vengas con disculpas, diciendo que te pesa de que se me haya agraviado. Créemelo: Yo pediré mi justicia, y nunca tú me satisfarás con palabras el daño que me has hecho por la obra. Que yo ya conozco todas vuestras excusas: «No quisiera que tal hubiera sucedido; yo juraré que tú no merecías este agravio», después de haberme hecho tan malos tratamientos.
ESQUINO.-   (A PARMENÓN.)  Ve delante, presto, y abre aquellas puertas.  (Indicando la casa de su padre, MICIÓN.)
SANNIÓN.-  Como si callaras4.
ESQUINO.-   (A CALIDIA.)  Acaba ya de entrar.
SANNIÓN.-  Digo que no lo consentiré.
ESQUINO.-  Llégate allá, Parmenón; mucho te has alejado; ponte aquí junto de éste. ¡Así, así! Mira que no quites tus ojos de los míos, para que sin tardanza, en cuanto yo te hiciere señas, le sientes el puro en la quijada.
SANNIÓN.-  Eso quisiera yo ver.  (PARMENÓN le da una puñada.)
ESQUINO.-  ¡Ea!, guarda; suelta la moza.
SANNIÓN.-  ¡Oh, maldad!
ESQUINO.-  Cata que no secunde.  (PARMENÓN le sacude otra puñada.)
SANNIÓN.-  ¡Ay, cuitado de mí!
ESQUINO.-   (A PARMENÓN.)  No te había hecho señas; pero, en fin, más vale que lo yerres por allí. Éntrate ya.  (PARMENÓN entra en casa con la esclava.)
SANNIÓN.-  ¿Qué es esto? ¿Eres tú por dicha, Esquino, el rey de esta ciudad?
ESQUINO.-  Si lo fuera, llevaras el premio que merecen tus virtudes.
SANNIÓN.-  ¿Qué tienes tú conmigo?
ESQUINO.-  Nada.
SANNIÓN.-  Dime, ¿sabes quién soy yo?
ESQUINO.-  ¡Ni falta...!
SANNIÓN.-  ¿Hete tocado yo en lo tuyo?
ESQUINO.-  ¡Pobre de ti, si tal hicieras!
SANNIÓN.-  ¿Con qué derecho me quitas tú una moza, que a mí me costó mi dinero? Responde.
ESQUINO.-  Mira, Sannión, que no te me vengas con escándalos delante de la puerta; porque si perseveras en ser pesado, haré que te arrebaten allá dentro y que te den una de azotes hasta reventarte.
SANNIÓN.-  ¿Azotes a un hombre libre?
ESQUINO.-  Como lo oyes.
SANNIÓN.-  ¡Oh desalmado! ¿Y aquí es donde dicen que la libertad es igual para todos?
ESQUINO.-  Si estás ya harto de hacer del borracho, rufián, óyete ya si quieres.
SANNIÓN.-  ¿Yo he hecho del borracho, o tú más de veras contra mí?
ESQUINO.-  Déjate de eso, y vamos al caso.
SANNIÓN.-  ¿Al caso?, ¿a qué caso tengo de volver?
ESQUINO.-  ¿Quieres ya que te diga una cosa que te cumple?
SANNIÓN.-  Sí, con tal que ella sea justa.
ESQUINO.-  ¡Bah!... ¡El rufián no quiere que yo le hable fuera de razón!
SANNIÓN.-  Rufián soy, no lo niego; perdición de todos los mancebos, cifra del perjurio, peste de la ciudad; pero, con todo esto, a ti hasta ahora ningún agravio te he hecho.
ESQUINO.-  ¡Pues no faltaba más!
SANNIÓN.-  Torna, por favor, Esquino, a lo que comenzabas a decir.
ESQUINO.-  A ti te costó la moza veinte minas; ¡que mal provecho te haga! Eso mismo se te dará por ella.
SANNIÓN.-  ¿Y si yo no la quiero vender?, ¿me obligarás...?
ESQUINO.-  No, por cierto.
SANNIÓN.-   (Con ironía.)  Temí que sí.
ESQUINO.-  Ni me parece que es bien que se venda la que es libre, porque yo, como a mujer libre, la defenderé en el litigio5. Ahora mira cuál quieres más: si recibir en paz tu dinero o pleitear. Resuélvelo mientras vuelvo, rufián.


Escena II

 
SANNIÓN, solo.
 

SANNIÓN.-  ¡Oh, soberano Júpiter! No me maravillo de los que pierden el seso por agravios que les hacen. Hame sacado de mi casa, hame sacudido, a mi pesar se me ha llevado mi moza, y en pago de todas estas malas obras, me pide que se la dé por lo que me costó. ¡Cuitado de mí, que me ha dado más de quinientos bofetones! Pero, en fin, pues lo ha sudado bien, hágase lo que él quiere, su derecho pide. Ya yo deseo dársela, si me vuelve mi dinero. Pero yo adivino lo que será. Así que le diga que se la doy en tanto, él enseguida hará sus testigos de cómo se la he vendido. Y lo del dinero... un sueño. Luego dirá: «Vuelve mañana». Y aun esto lo podría sufrir, con tal que me lo diese. ¡Aunque es injusto...! Pero yo pienso lo que es, que pues uno ha tomado este comercio, ha de aguantar y callar el agravio que le hacen los mancebos. Pero nadie me dará nada; por demás estoy yo echando entre mí estas cuentas.


Escena III

 
SIRO, SANNIÓN.
 

SIRO.-   (Saliendo de casa y hablando desde la puerta a ESQUINO.)  Calla, que yo me veré ahora con él  (Alude a SANNIÓN.)  y haré que lo tome de buena gana, y aunque diga que los dioses le han hecho merced. -¿Qué es esto, amigo Sannión, que me dicen que has tenido no sé qué brega con mi amo?
SANNIÓN.-  En mi vida la vi más desigual que la que hoy ha habido entre nosotros. Yo a recibir y él a sacudir, hasta que los dos nos cansamos.
SIRO.-  Por tu culpa.
SANNIÓN.-  ¿Qué había de hacer yo?
SIRO.-  Debiste complacer al mancebo.
SANNIÓN.-  ¿Qué más pude, pues hasta la cara le entregué?
SIRO.-  ¡Ea!, ¿sabes lo que te digo? Que el no hacer caso del dinero en su tiempo y lugar, es algunas veces más ganancia.
SANNIÓN.-   (Con ironía.)  ¡Ya!
SIRO.-  ¿Temiste tú, necio de toda necedad, que si cedías ahora un poquillo de tu derecho, y complacías al mancebo, no te cobraras con usura?
SANNIÓN.-  Yo no compro esperanza a trueque de dinero.
SIRO.-  En tu vida ganarás hacienda. ¡Taday, Sannión, que no sabes cebar la gente!
SANNIÓN.-  Bien creo yo que debe de ser eso lo mejor; pero yo nunca fui en mi vida tan sagaz, que no quisiese más un «toma», que dos «te daré».
SIRO.-  ¡Ea! Que ya yo sé tu condición ahidalgada, y que no harás caso de veinte minas, por darle gusto a éste. Además, dicen que estás de partida para Chipre.
SANNIÓN.-   (Sobresaltado.)  ¿Eh?
SIRO.-  Y que tienes muchas cosas compradas para llevar de aquí a allá. Y nave fletada: todo esto sé. Y ahora estás como colgado del pensamiento. Pero yo confío que, cuando vuelvas, arreglarás este negocio.
SANNIÓN.-  ¡Yo a ninguna parte voy!  (Aparte.)  ¡Pobre de mí! ¡Con esta esperanza lo han ellos emprendido!
SIRO.-   (Aparte.)  Temor tiene; pena le he dado al hombre.
SANNIÓN.-  ¡Ah, pícaros! ¡Mira cómo me han cogido por las mismas coyunturas! Tengo preparado un cargamento de mujeres y otras muchas mercancías que llevo de aquí a Chipre. Si no voy allá a la feria, recibo muy gran daño. Y si ahora dejo esto, cosa perdida. Cuando de allá vuelva, todo será viento; ya el negocio se habrá enfriado. «¿Ahora te acuerdas? ¿Por qué lo has dilatado? ¿Dónde has estado?». De manera que me vale más perderlo que o detenerme ahora tanto tiempo, o pedirlo entonces.
SIRO.-  ¿Has echado bien la cuenta de lo que entiendes que ha de volver a tu poder?
SANNIÓN.-  ¿Es ésta acción de un hombre como Esquino? ¿Esto ha de hacer él?, ¿quitarme la moza por fuerza?
SIRO.-   (Aparte.)  Ya cae.  (Alto.)  Sólo tengo que decirte una cosa, Sannión. Mira si te conviene. Antes de ponerte en peligro de cobrarlo o perderlo todo, pártelo por la mitad. Diez minas él las abarrerá de acá o de allá.
SANNIÓN.-  ¡Oh, cuitado de mí! ¿Y aun mi dinero propio corre riesgo? No tiene vergüenza, ¿después de haberme crujido todos mis dientes, y además de haberme hecho toda la cabeza a golpes una levadura, y que sobro esto me defraude? No voy a ninguna parte.
SIRO.-  Como gustes. ¿Mandas algo, antes que me vaya?
SANNIÓN.-  Antes, Siro, lo que te suplico es que, como quiera que el caso haya sucedido, por no ponerme a pleitear, se me vuelva mi dinero. ¡Siquiera lo que me costó, Siro! Bien veo yo que hasta ahora tú no te has servido de mi amistad; pero tú dirás que soy hombre de memoria y agradecimiento.
SIRO.-  Yo lo haré con diligencia. -Pero a Tesifón veo, alegre viene por la amiga.
SANNIÓN.-  ¿Y lo que te suplico?
SIRO.-  Aguarda un poco.


Escena IV

 
TESIFÓN, SIRO.
 

TESIFÓN.-   (Sin ver a SIRO.)  De quienquiera se huelga el hombre de recibir un beneficio, cuando lo ha menester; pero lo más gustoso realmente es, cuando lo hace el que es justo que lo haga. ¡Oh, hermano, hermano mío! ¿Cómo alabarte yo ahora? Porque de cierto sé que nunca yo diré cosa tan ilustre que no le haga mucha ventaja tu virtud. Y así entiendo que en esto aventajo a todos los demás, en que no hay quien tenga un hermano tan principal en todas las más excelentes virtudes, como el mío.
SIRO.-   (Llamándole.)  ¡Tesifón!
TESIFÓN.-  ¡Ah, Siro! ¿Dónde está Esquino?
SIRO.-  Ahí le tienes, esperándote en casa.
TESIFÓN.-   (Muy alegre.)  ¡Oh!
SIRO.-  ¿Qué es eso?
TESIFÓN.-  ¡Qué ha de ser! ¡Que le debo la vida, Siro! ¡Bendito mancebo! Todo lo ha pospuesto en mi provecho: las injurias, la fama, mis amores y mi yerro, todo lo ha cargado sobre sí. No podía hacer más. -Pero, ¿qué es esto? La puerta ha sonado.
SIRO.-  Espera, espera: él es quien sale.


Escena V

 
ESQUIVO, SANNIÓN, TESIFÓN, SIRO.
 

ESQUINO.-  ¿Dó está aquel roba-iglesias?
SANNIÓN.-   (Aparte.)  Por mí pregunta. ¿Traerá algo? ¡Perdido soy!... ¡ Nada veo!...
ESQUINO.-   (A TESIFÓN.)  ¡Hola!... A propósito, te buscaba. ¿Qué es eso, Tesifón? Todo está ya en salvo; echa ya de ti esa tristeza.
TESIFÓN.-  Sí; realmente la echo, de veras, pues tengo un hermano como tú. ¡Oh, Esquino mío! ¡Oh, hermano mío! ¡Ah! Empacho tengo de alabarte más en tu presencia, porque no pienses que lo hago más por manera de lisonja que de agradecimiento.
ESQUINO.-  ¡Quítate allá, simple! ¡Como si ahora por primera vez nos conociésemos, Tesifón! Lo que me duele es haberlo yo sabido tan tarde, y casi haber venido a punto que, aunque todo el mundo quisiera, no te pudiera remediar.
TESIFÓN.-  Dábame vergüenza.
ESQUINO.-  ¡Ah! No es ésa vergüenza, sino necedad. ¡Por una cosa de tan poco momento, casi ausentarse de la patria! Vergüenza es decirlo. Yo suplico a los dioses que nunca tal permitan.
TESIFÓN.-  Errelo.
ESQUINO.-   (A SIRO.)  ¿Y, pues, qué dice el amigo Sannión?
SIRO.-  Ya está más manso.
ESQUINO.-  Yo me iré a la plaza, a darle a éste  (Señalando a SANNIÓN)  su dinero. Tú, Tesifón, recógete allá dentro con ella.
SANNIÓN.-  Siro, dale prisa.  (A ESQUINO, en tono irónico.)  Vamos, porque éste está de partida para Chipre.
SANNIÓN.-  No tanta tampoco; que aquí estoy despacio cuanto quieras.
SIRO.-  Se te pagará, no temas.
SANNIÓN.-  Pero que me lo pague todo.
SIRO.-  Todo te lo pagará; calla ahora, y sígueme por aquí.
SANNIÓN.-  Ya te sigo.  (ESQUINO, SANNIÓN y SIRO echan a andar en dirección a la plaza.)
TESIFÓN.-  ¡Hola, hola, Siro!
SIRO.-  ¿Eh?, ¿qué quieres?
TESIFÓN.-  Por tu vida, que despachéis cuanto antes a ese pícaro, porque si más se alborota, vendrá esto por alguna vía a oídos de mi padre, y yo quedaré entonces perdido para siempre.
SIRO.-  No sucederá tal. Ten buen ánimo. Tú, entre tanto, huélgate allá dentro con ella, y manda que se nos aparejen las mesas y que esté a punto todo lo demás. Yo, en concluyendo el negocio, me volveré a casa con la vianda.
TESIFÓN.-  Sí, te lo ruego, y pues todo nos ha salido bien, pasemos este día en contento y regocijo.



Acto III

Escena I

 
SOSTRATA, CANTARA.
 

SOSTRATA.-  Dime por tu vida, ama mía, ¿en qué parará esto?
CANTARA.-  ¿En qué parará? A fe, que confío que tendremos buen suceso.
SOSTRATA.-  ¡Ay, amiga mía, que ahora la comienzan a tomar los primeros dolores!
CANTARA.-  Ya estás con miedo, como si nunca te hubieses hallado en partos o nunca tú hubieses parido.
SOSTRATA.-  ¡Desdichada de mí, que no tengo a nadie! Estamos solas. Geta no está aquí, ni tengo a quien enviar por la partera, ni quien me vaya a llamar a Esquino.
CANTARA.-  En buena fe que él estará luego aquí, porque jamás se pasa día ninguno sin que venga.
SOSTRATA.-  Él solo es el remedio de mis trabajos.
CANTARA.-  La cosa no pudo, señora, suceder mejor de lo que sucedió. Ya que hubo deshonra, que tocase precisamente a un hombre como aquél, tan principal, de tan buena casta y condición, señor de una casa tan rica.
SOSTRATA.-  Ello es en verdad como tú lo dices. A los dioses suplico que nos le tengan de su mano.


Escena II

 
GETA, SOSTRATA, CANTARA.
 

GETA.-   (Sin ver a las mujeres.)  Éste es ahora un caso que, aunque todo el mundo se ponga a buscar remedio al mal, no podrá hallarle. El cual mal es para mí y para mi ama y para la hija de mi ama. ¡Oh, cuitado de mí! ¡Qué de cosas nos tienen a la vez cercados, sin que podamos escapar: la fuerza, la necesidad, la injusticia, el desamparo, la afrenta! ¿Ésta es vida? ¡Oh, maldades! ¡Oh, malas castas! ¡Oh, hombre desleal...!
SOSTRATA.-  ¡Cuitada de mí! ¿Qué es esto, que veo venir a Geta tan alterado y tan deprisa?
GETA.-   (Continuando.)  Al cual ni la fe, ni el juramento, ni la piedad detuvo ni dobló; ni aun el ver cuán cerca estaba el parto de la infeliz a quien él tan sin razón había deshonrado.
SOSTRATA.-   (A CANTARA.)  No oigo bien lo que dice.
CANTARA.-  Por tu vida, Sostrata, que nos lleguemos más cerca.
GETA.-  ¡Ah, pobre de mí, que casi estoy fuera de juicio, según la cólera me abrasa! No quisiera yo más, sino toparme con toda aquella casa, para descargar sobre ellos toda esta rabia, ahora que está fresca. Que por bien satisfecho me tendría, si solamente me viese yo vengado de ellos. Primeramente, le sacaría el alma al viejo, porque engendró un tan gran bellaco. Después, a Siro el promovedor. ¡Oh, de cuán diferentes maneras le despedazaría! Yo le arrebataría por medio patas arriba y daría con su cabeza contra el suelo, para que fuese sembrando los sesos por la calle. Al mozo le sacaría los ojos, y después daría con él en mi despeñadero. A todos los demás los derribaría, perseguiría, arrebataría, sacudiría, dejaría hechos una parva. Pero, ¿por qué no voy de presto a dar parte a mi ama de esta mala nueva?
SOSTRATA.-   (A CANTARA.)  Llamémosle.  (Alto.)  ¡Geta!
GETA.-   (Sin ver a SOSTRATA.)  ¡Bah!... Quienquiera que seas, déjame.
SOSTRATA.-  Soy yo: Sostrata.
GETA.-   (Mirando alrededor.)  ¿Qué es de ella? A ti misma te busco, a ti quiero; ¡oh, cuán a buen tiempo te has encontrado conmigo, señora mía!
SOSTRATA.-  ¿Qué es esto?, ¿de qué tiemblas?
GETA.-  ¡Ay de mí!
SOSTRATA.-  ¿De qué te alteras, amigo Geta? Toma aliento.
GETA.-  ¡Del todo...!
SOSTRATA.-  ¿Cómo del todo?, ¿qué es ello?
GETA.-  ¡Perdidos somos! ¡Acabose!
SOSTRATA.-  ¡Habla; dime, por tu vida, lo que es!
GETA.-  ¡Ya...!
SOSTRATA.-  ¿Qué ya, Geta?
GETA.-  Esquino...
SOSTRATA.-  ¿Qué dices de Esquino?
GETA.-  ... ¡ha perdido el amor a nuestra casa!
SOSTRATA.-  ¡Ay, desventurada de mí! ¿Por qué?
GETA.-  Ha comenzado a enamorarse de otra.
SOSTRATA.-  ¡Ay, desdichada de mí!
GETA.-  Y no lo hace muy de secreto; que él mismo se la ha quitado a un rufián, por fuerza, públicamente.
SOSTRATA.-  ¿Estás seguro?
GETA.-  Seguro. Yo mismo, Sostrata, lo vi por estos ojos.
SOSTRATA.-  ¡Ah, desventurada de mí! ¿Qué hay ya que creer?, ¿de quién fiarás? ¿Es posible que nuestro Esquino, el que era la vida de todas nosotras, de quien colgaban toda nuestra esperanza y salvación; el que hacía juramento que sin ella no podría vivir ni un solo día; el que decía que había de poner el niño en el regazo de su padre y pedirle de merced que le diese licencia para casar con ella...?
GETA.-  Señora, deja aparte ahora lágrimas, y mira lo que conviene hacer para en lo de adelante: si es bien que lo disimulemos, o que demos a alguno parte de ello.
CANTARA.-  ¡Ay, amigo!, ¿y estás en tu seso? ¿Una cosa como ésta te parece a ti que se debe descubrir a nadie?
GETA.-  A mí, cierto que no me lo parece, porque, cuanto a lo primero, por la obra se ve que él ya no nos tiene buena voluntad. Pues si ahora descubrimos esto, yo sé bien que él negará. Tu honra y la vida de tu hija andará en lenguas. Además de esto, aunque él lo confiese, pues está aficionado a otra, no es cosa que conviene darle ésta por mujer, y, por tanto, en todas maneras es menester que se calle.
SOSTRATA.-  ¡Ah!, ¡nunca!, ¡no haré tal!
GETA.-  ¿Qué intentas, pues?
SOSTRATA.-  Divulgarlo.
GETA.-  ¡Oh, señora mía, mira muy bien lo que haces!
SOSTRATA.-  Ya no puede ser más negro el cuervo que las alas. Cuanto a lo primero, ella no tiene dote. Además de esto, lo que había de ser su segunda dote, ya lo ha perdido: ya no puede cavarse por doncella. Éste es el postrer remedio que nos queda, que si negare, aquí tengo conmigo por testigo la sortija que nos dejó. Finalmente, pues mi conciencia está segura de que en esto no tengo culpa ninguna, y que no hubo de por medio dinero ni otra dádiva que a mí ni a ella nos sea afrentosa, Geta, helo de probar.
GETA.-  Corriente. Hágase lo que tú dices, puesto que ello sea lo mejor6.
SOSTRATA.-  Tú, con toda la diligencia posible, ve, y a Hegión, el tío de mi hija, dale cuenta de todo lo que pasa, porque éste fue muy grande amigo de nuestro Simulo, y siempre nos ha querido mucho.
GETA.-  Y en verdad que no hay otro que mire por nosotros.
SOSTRATA.-  Ve tú, Cantara mía, ve corriendo a llamar a la partera, para que, cuando sea necesaria, no nos haga esperar.


Escena III

 
DEMEA; después, SIRO.
 

DEMEA.-  ¡Perdido soy; que he entendido que mi hijo Tesifón se ha hallado con Esquino en el rapto de la moza! ¡Cuitado de mí! ¡No me faltaría ya más desventura sino que a éste que tiene algunas virtudes, pudiese el otro inducírmele a maldades! ¿Dónde le iría yo a buscar? Yo creo que me le habrá llevarlo a casa de alguna mala mujer. No hay duda que le habrá persuadido aquel pícaro. Pero allá veo ir a Siro. Éste me dirá dónde está. Pero éste es del rebaño; si comprende que ando en busca de mi hijo, no me lo dirá el verdugo. No le daré a entender que quiero esto.
SIRO.-   (Sin ver a DEMEA.)  Todo el caso de habernos contado ahora al viejo  (Alude a MICIÓN.) , cómo había pasado. No vi en mi vida cosa más regocijada.
DEMEA.-   (Aparte.)  ¡Oh, Júpiter, qué necedad de hombre!
SIRO.-  Alabó a su hijo, y a mí, porque le había aconsejado, me dio las gracias.
DEMEA.-   (Aparte.)  Reviento de enojo.
SIRO.-  Luego nos dio el dinero necesario y además media mina para gastar. Y a fe que ya la he empleado a mi gusto.
SIRO.-   (A los espectadores.)  Vedle. A tal como éste debéis encomendarle lo que quisiereis que se negocie bien.
SIRO.-  ¡Oh, Demea, no te había visto! ¿Qué se hace?
DEMEA.-  ¿Qué se hace, me preguntas? No sé qué me diga de vuestra manera de vivir.
SIRO.-  Realmente que es tonta, lo digo de veras, y ajena de razón.  (Vuelto de espaldas a DEMEA y dirigiéndose a los criados de la casa.)  Dromón, limpia bien todos los demás pescados, y a ese congrio mayor déjale nadar un poco en el agua. Cuando yo vuelva se abrirá, antes no.
DEMEA.-  Unas maldades como éstas se han de hacer!
SIRO.-  A mí, realmente, no me gustan, y mil veces grita contra ellas. -¡Hola, Estefanión! Haz que se remojen bien esos peces salados.
DEMEA.-  ¡Válgame la fe de los dioses! ¿Y tiénelo por ventura, por deporte, o piensa que le será, gran honra echar a perder a su hijo? ¡Oh, triste de mí! Ya me parece que estoy viendo el día en que, de pura necesidad, se ha de ir a alguna parte a servir al rey.
SIRO.-  ¡Oh, Demea! Eso es, a la fe, ser los hombres cuerdos; no solamente echar de ver lo que está delante de los pies, sino también las cosas por venir.
DEMEA.-  ¡Y qué!, ¿está ya en vuestra casa esa tañedora?
SIRO.-  Allá está.
DEMEA.-  Dime, ¿y hala de tener en casa?
SIRO.-  Creo que sí, según es su locura.
DEMEA.-  ¿Y eso hará?
SIRO.-  ¡Qué tonta mansedumbre de padre, y qué benignidad tan mala!
DEMEA.-  Cierto que me da vergüenza y pena de mi hermano.
SIRO.-  Nunca diferencia hay, Demea, de ti a él (y no lo digo porque estás delante); pero muy mucha. Tú de pies a cabeza no eres nada sino la misma sabiduría; él un zote. ¿Dejarías tú al tuyo  (Alude a TESIFÓN.)  hacer cosas como éstas?
DEMEA.-  ¡Si le dejaría...! ¿Seis meses antes que él intentase alguna picardía, no lo olería yo?
SIRIO.-  ¿A mí me cuentas tú lo que es tu diligencia?
DEMEA.-  Yo suplico a los dioses me le conserven cual él ahora es.
SIRO.-  Según que cada uno quiere que sea su hijo, así lo es.
DEMEA.-  ¿Y qué...?, ¿hasle visto hoy?
SIRO.-  ¿A tu hijo?  (Aparte.)  Echarele a éste a la granja.  (Alto.)  Rato ha, creo yo, que él debe entender en algo en la granja.
DEMEA.-  ¿Sabes de cierto que está allá?
SIRO.-  ¡Oh, como que yo mismo le acompañé!
DEMEA.-  Muy bien. Recelo tuve no se me arrimase por aquí.
SIRO.-  Y aun muy airado.
DEMEA.-  ¿Por qué?
SIRO.-  Húbolas malamente con su hermano en la plaza por esta tañedora.
DEMEA.-  ¿Díceslo de veras?
SIRO.-  ¡Oh!, no se mordió la lengua. Porque casualmente estando contando el dinero, he aquí donde viene tu hombre de improviso, y comienza a gritar: «¡Oh, Esquino! ¿Y tú has de cometer unas infamias como éstas? ¿Tú has de hacer cosas tan ajenas de nuestro linaje?».
DEMEA.-  ¡Ah, de puro placer lloro!
SIRO.-  «No destruyes tú este dinero, sino tu propia vida».
DEMEA.-  Los dioses me le guarden. Yo confío que se ha de parecer a sus mayores.
SIRO.-   (En tono ponderativo.)  ¡Oh!...
DEMEA.-  ¡Siro, de tales consejos está él embutido!
SIRO.-  ¡Bah! ¡Tal maestro se tiene él en casa de quien aprender!
DEMEA.-  Yo lo procuro sin descanso. No le paso cosa ninguna, amonéstole, y, finalmente, yo le mando que se mire en las vidas de todos como en un espejo, y que de ellos tome ejemplo para sí. «Harás esto, le digo».
SIRO.-  Muy bien.
DEMEA.-  «Te guardarás de aquello».
SIRO.-  Astutamente:
DEMEA.-  «Eso se tiene por honra».
SIRO.-  Ésa es la cosa.
DEMEA.-  «Estotro por afrenta».
SIRO.-  Bien, bien.
DEMEA.-  Además...
SIRO.-  De veras que no tengo ahora lugar para escucharte. Porque he comprado unos peces a pedir de boca y he de mirar no se me pudran. Porque esto, Demea, tan gran falta es en nosotros, como en vosotros el no hacer lo que ahora decías. Y en cuanto puedo, de la misma manera les doy lecciones a los mozos de cocina: «Esto está salado; estotro, quemado; lo otro, final lavado; aquello bien; acuérdate para otra vez». Enséñoles lo que puedo conforme a mi poquillo saber. Finalmente, Demea, yo les mando que se miren en los platos, como en un espejo, y les advierto lo que se ha de hacer. Bien entiendo yo que es necedad todo esto que aquí hacemos; pero, ¡qué remedio!... Según que cada uno es, así le habemos de llevar la condición. ¿Mandas otra cosa?
DEMEA.-  Que los dioses os den mejor seso.
SIRO.-  ¿Tú te vas desde aquí a la granja?
DEMEA.-  Derecho.
SIRO.-  Porque... tampoco... ¿qué has de hacer tú aquí donde, si das un buen consejo, nadie te obedece?
DEMEA.-  Cierto que de aquí me voy, pues aquel por quien yo había venido acá, fuese al campo. Con sólo aquél tengo cuenta: aquél me toca a mí. Pues mi hermano así lo quiere, de este otro él cuidará. ¿Pero quién es aquél que veo allá lejos? ¿Es, por dicha, Hegión, el de nuestra tribu? Si la vista no me engaña, realmente que es él. ¡Oh, qué hombre tan mi amigo desde que éramos niños! ¡Soberanos dioses, y cuán gran falta tenemos ya de ciudadanos tales como éste! Hombre de antigua virtud y crédito. Cierto que éste poco final procure a la ciudad. ¡Cómo me huelgo de ver que aún hay reliquias de aquella buena raza! ¡Oh! Aún da gusto vivir. Aguardarele, por saludarle y hablarle.


Escena IV

 
HEGIÓN, GETA, DEMEA, PÁNFILA.
 

HEGIÓN.-   (Sin ver a DEMEA, hasta que lo indica el diálogo.) ¡Oh, soberanos dioses! ¡Qué infamia, Geta! ¿Qué me dices?
GETA.-  Pasa como te he dicho.
HEGIÓN.-  ¿De una casa tan principal haber nacido un hecho tan villano? ¡Oh, Esquino, cierto que en esto no te pareces a tu padre!
DEMEA.-   (Aparte.)  Debe haber oído algo de lo de la tañedora, y con ser extraño le duele, y a este otro,  (Alude a MICIÓN.)  con ser su padre, no le da ninguna pena. ¡Oh, triste de mí! ¡Y no estuviera él aquí cerca para que oyera esto!
HEGIÓN.-   (A GETA.)  Si no hacen lo que es de razón, no se saldrán así con ello.
GETA.-  Toda nuestra esperanza, Hegión, cuelga de ti, no tenemos otro amparo. Tú eres nuestro valedor, tú nuestro padre. Aquél nuestro viejo a ti nos dejó encomendarlos al tiempo de morir. Si tú nos abandonas, perdidos somos.
HEGIÓN.-  No digas tal, que ni lo haré, ni entiendo que podría hacerlo píamente.
DEMEA.-   (Aparte.)  Hablarle quiero. -Guárdente los dioses, Hegión.
HEGIÓN.-  ¡Oh, en tu misma busca venía! Seas bien hallado, Demea.
DEMEA.-  ¿Sobre qué...?
HEGIÓN.-  Tu hijo mayor, Esquino, el que a tu hermano diste por adoptivo, ha hecho una cosa que no es, en verdad, de hombre de bien ni de hidalgo.
DEMEA.-  ¿Qué es ello?
HEGIÓN.-  ¿Acuérdaste de Símulo, aquel amigo nuestro, de nuestra misma edad?
DEMEA.-  ¿Cómo no?
HEGIÓN.-  Esquino ha desflorado a una hija de éste.
DEMEA.-  ¡Oh!
HEGIÓN.-  Espera, Demea, que aún no has oído lo peor del caso.
DEMEA.-  ¿Y aún hay algo peor?
HEGIÓN.-  Sí, peor; porque esto, en cierto modo, se pudiera sufrir; indújole la noche, el amor, el vino, los pocos años... ¡cosas de hombres! Mas cuando vio lo que había hecho, él, de su propia voluntad, vino a la madre de la doncella llorando, rogando, suplicando, y dando su palabra y jurando que se casaría con ella. Perdonósele, callose, diósele crédito. La doncella de aquella fuerza quedó en cinta; ya ha entrado en los diez meses, y el muy hombre de bien (los dioses me perdonen), hásenos habido una tañedora, para pasar la vida con ella y dejar a esta otra burlada.
DEMEA.-  ¿Y eso que me dices es cierto?
HEGIÓN.-  Ahí está la madre de la doncella, y la doncella misma, y el caso mismo y, en fin, este Geta, que, para conforme el ser de los esclavos, es buen siervo y diligente. Él las mantiene, él solo sustenta toda la casa. Cógele y aprisiónale y haz información del caso.
GETA.-  Y ábreme en canal, Demea, si ello no fue así. Finalmente, él no lo negará; hazle venir a mi presencia.
DEMEA.-   (Aparte.)  Corrido estoy. Ni sé qué me haga, ni qué respuesta le dé a éste.  (Indicando a HEGIÓN.)
  PÁNFILA.-  (Dentro.)  ¡Desdichada de mí! ¡Que me parten por medio estos dolores! ¡Juno Lucina, dame favor! ¡Sálvame, yo te lo ruego!
HEGIÓN.-  ¡Oh!... Dime, ¿está ya aquélla de parto?
GETA.-  Sí, en verdad, Hegión.
HEGIÓN.-  Mira, Demea. Aquélla ahora implora vuestra fidelidad; aquello a que la ley os obliga, otorgádselo de voluntad. Yo, pues, primeramente suplico a los dioses que esto se haga como a vosotros cumple. Pero si otra intención tenéis, yo, Demea, no puedo dejar de defender con todas mis fuerzas esta moza y la honra de aquel muerto. Él era mi deudo. Desde niños nos criamos juntos; en la guerra y en la paz siempre estuvimos juntos; juntamente padecimos gran pobreza. Por tanto, yo he de estribar, hacer y probar y, en fin, antes dejar la vida, que desampararlas. ¿Qué me respondes?
DEMEA.-  Hegión, yo me veré con mi hermano. El parecer que él en esto me diere, aquél seguiré.
HEGIÓN.-  Pues mira, Demea, que lo consideres de esta manera, que cuanto más fácilmente vosotros hacéis las cosas, y cuanto más poderosos, ricos, prósperos, ilustres sois, tanto más obligación tenéis de hacer de voluntad lo de razón, si queréis ser tenidos por buenos.
DEMEA.-  Vuélvete; que se hará todo lo que fuere de razón.
HEGIÓN.-  Esa obligación te queda. Geta, guíame allá dentro a casa de Sostrata.  (Vanse HEGIÓN y GETA.)
DEMEA.-   (Solo.)  ¡No pasan estas cosas sin haberlas anunciado yo! ¡Plega a los dioses que en esto pare! Pero aquella manera de vivir tan a rienda suelta ha de venir, a dar realmente en algún grave mal. Voy a buscar a mi hermano, para descargar sobre él esta cólera.


Escena V

 
HEGIÓN.


HEGIÓN.-   (A la puerta de la casa de SOSTRATA.)  Procura, Sostrata, tener buen corazón y dar ánimo a esa moza cuanto puedas. Yo me veré con Mición, si acaso está en la plaza, y le contaré por extenso el negocio como pasa, para que si determina hacer en esto lo que debe, lo haga; y si otro parecer tiene, me lo diga, con que yo sepa luego lo que en ello he de hacer.

ACTO IV
Escena I

 
TESIFÓN, SIRO.
 

TESIFÓN.-  ¿Dices tú que mi padre ha ido al campo?
SIRO.-  Rato ha.
TESIFÓN.-  ¿De veras?
SIRO.-  Dígote que está en la granja. Yo entiendo que él ahora debe de estar muy ocupado en alguna labor.
TESIFÓN.-  ¡Ojalá! ¡Sí! Porque como ello fuese sin peligro de su vida, yo querría que de tal modo se cansase, que en estos tres días no pudiera en ninguna manera levantarse de la cama.
SIRO.-  ¡Así sea, y aun mejor que eso, si cabe!
TESIFÓN.-  Siquiera porque realmente deseo en extremo pasar todo este día en alegría, como ya he comenzado. Y aquella granja, no por otra razón la aborrezco tanto, como porque está tan cerca. Porque si estuviera lejos, antes le tomara allá la noche, que pudiese volver acá otra vez. Pero ahora, en cuanto no me vea allí, yo sé bien que él acudirá acá al punto. Me preguntará que dónde he estado, que no le he visto hoy en todo el día. ¿Qué le diré?
SIRO.-  ¿No se te ocurre nada?
TESIFÓN.-  Nada, nada.
SIRO.-  Tanto peor. ¿Algún cliente, amigo o huésped no tenéis?
TESIFÓN.-  Sí; ¿y qué...?
SIRO.-  Di que has tenido que despachar algunos negocios por ellos.
TESIFÓN.-  ¿No habiéndolo hecho? No es posible.
SIRO.-  Lo es.
TESIFÓN.-  Eso será excusa para el día; pero si me quedo aquí esta noche, Siro, ¿cuál le daré?
SIRO.-  ¡Oh, cómo quisiera que estuviese en uso también el negociar de noche por los amigos! Tú sosiega tu corazón, que yo le entiendo muy bien el genio; cuando más quemado está, te le torno tan manso como una oveja.
TESIFÓN.-  ¿De qué manera?
SIRO.-  Gusta mucho de oír decir de ti alabanzas; yo te hago delante de él un dios; cuéntole las virtudes...
TESIFÓN.-  ¿Mías?
SIRO.-  Tuyas. Y en el mismo punto al hombre se le saltan de placer las lágrimas, como a una criatura.  (En voz baja.)  Pero, ¡hola! ¡Cata...!
TESIFÓN.-  ¿Qué es ello?
SIRO.-  El lobo en la conseja.
TESIFÓN.-  ¿Mi padre es?
SIRO.-  El mismo.
TESIFÓN.-  ¿Qué hacemos, Siro?
SIRO.-  Retírate tú ahora allá dentro; que yo lo remediaré.
TESIFÓN.-  Si te preguntare por mí, di que no me has visto; ¿hasme oído?  (Entra en casa de MICIÓN.)
SIRO.-  ¿Quieres dejarme hacer a mí?


Escena II

 
DEMEA, TESIFÓN, SIRO.
 

DEMEA.-   (Sin ver a TESIFÓN ni a SIRO.)  ¡Realmente que soy hombre desdichado! Cuanto a lo primero, no hallo a mi hermano en parte ninguna; además de esto, yendo a buscarle, veo un peón que venía de mi granja, el cual me dice que no estaba allí mi hijo. No sé qué me haga.
TESIFÓN.-   (Oculto en casa de MICIÓN.)  ¡Siro!
SIRO.-  ¿Qué dices?
TESIFÓN.-  ¿A mí me busca?
SIRO.-  Sí.
TESIFÓN.-  ¡Perdido soy!
SIRO.-  Ten buen corazón.
DEMEA.-   (Sin verlos.)  ¡Qué desgracia mía es ésta! ¿Pesar de la fortuna? No lo puedo entender, sino que creo que nací aposta para esto: para padecer trabajos. Yo soy el primero que siento nuestros males; yo el primero que lo sé todo; yo el primero que traigo las malas nuevas; yo solo soy el que, si algún mal sucede, lo padezco.
SIRO.-   (Aparte.)  Risa me da el viejo. Él dice que es el primero que lo sabe, y él solo es el que todo lo ignora.
DEMEA.-  Ahora vengo a ver si acaso ha vuelto mi hermano.
TESIFÓN.-   (Bajo.)  Siro, por tu vida, que mires no se nos entre acá de rondón.
SIRO.-  ¿No callarás? Yo le detendré.
TESIFÓN.-  A fe que no lo confíe yo hoy de ti, sino que yo me encierre con ella. (Alusión a CALIDIA.)  en algún aposento luego: esto es lo más seguro.
SIRO.-  En buen hora; pero con todo yo le apartaré de aquí.
DEMEA.-  Pero he allá el bellaco de Siro.
SIRO.-   (Gritando, y como si no hubiera visto a DEMEA.)  Realmente que no habrá quien pueda durar en esta casa, si esto se ha de sufrir. Yo quiero saber cuántos amos tengo. ¿Qué desventura es ésta?
DEMEA.-    (Aparte.)  ¿De qué se queja aquél?, ¿qué quiere?  (Alto a SIRO.)  ¿Qué dices, buen hombre?, ¿está mi hermano en casa?
SIRO.-  ¡Mala peste...! ¿Por qué me llamas buen hombre? ¿No ves como soy perdido?
DEMEA.-  ¿Qué tienes?
SIRO.-  ¿Eso me preguntas? Tesifón, a mí y a esa tañedora, a puñadas nos ha casi dejado por muertos.
DEMEA.-  ¿Eh? ¿Qué me cuentas?
SIRO.-  Mira cómo me ha rasgado la boca.
DEMEA.-  ¿Por qué?
SIRO.-  Dice que por mi persuasión se ha comprado esta moza.
DEMEA.-  ¿No me dijiste tú antes que le habías acompañado desde aquí hasta la granja?
SIRO.-  Y es verdad, pero después volvió hecho una fiera: no perdonó cosa. ¿No tuvo empacho de poner las manos en un viejo como yo, habiéndole yo traído no ha muchos años en mis brazos, siendo él pequeñito?
DEMEA.-  ¡Bien, Tesifón; a tu padre sales! ¡Adelante; veo que eres un hombre!
SIRO.-  ¿Qué te parece bien...? Pues a fe que si él es cuerdo, he aquí adelante se tenga sus manos comedidas.
DEMEA.-   (Ponderando a TESIFÓN.)  ¡Eso es valor!
SIRO.-   (Con ironía.)  ¡Mucho! ¡Porque venció a una triste mujer y a mí, pobre esclavo que no me le osaba volver! ¡Mucho valor, sí!
DEMEA.-  No lo pudo hacer mejor; de mi mismo parecer fue; que tú eres el autor de todo esto. Pero, ¿está mi hermano en casa?
SIRO.-  No.
DEMEA.-  Pensando estoy dónde le iría yo a buscar.
SIRO.-  Yo sé dónde; pero no te lo diré hoy en todo el día.
DEMEA.-   (Indignado.)  ¿Eh? ¿Qué dices?
SIRO.-  Lo que oyes.
DEMEA.-  Menudillo he de hacerte la cabeza.
SIRO.-  Pero es que no sé el nombre de aquel hombre..., aunque sé el lugar donde está.
DEMEA.-  Di, pues, el lugar.
SIRO.-  ¿Sabes esta lonja..., aquí junto a la carnicería..., a la parte de abajo?
DEMEA.-  ¿Pues no he de saber?
SIRO.-  Pasa por allí la plaza arriba derecho; cuando llegares al cabo, hay una cuesta, que tira hacia abajo; derríbate por ella; después hay a esta mano un oratorio, y junto de él un callejón estrecho.
DEMEA.-  ¿Hacia qué parte?
SIRO.-  Allí donde hay también una gran higuera silvestre.
DEMEA.-  ¡Ya...!
SIRO.-  Pues camina por allí.
DEMEA.-  Pero ese callejón no tiene salida.
SIRO.-  Realmente que dices la verdad. ¡Bah!, ¿piensas que estaba en mi juicio? Equivoqueme. Torna otra vez a la lonja: por aquí, en verdad, irás mucho más pronto y hay menos donde errar. ¿Sabes la casa de Cratino, éste que es tan rico?
DEMEA.-  Sí.
SIRO.-  -Pues en pasándola, toma, a la mano izquierda la plaza adelante por aquí. Cuando llegares al templo de Diana, tira a la derecha, y antes de llegar a la puerta de la ciudad, junto al mismo abrevadero, hay un molino y enfrente una carpintería: allí está.
DEMEA.-  ¿Y qué hace allí?
SIRO.-  Ha dado a hacer unos lechos de campo7, con los pies de roble.
DEMEA.-  Sí, para vuestras comilonas. Bien, por cierto. Pero, ¿qué hago, que no voy a buscarle?  (Vase.)
SIRO.-  ¡Anda, anda; que yo haré que te canses hoy como tú lo mereces, viejo caduco! Esquino se detiene mucho, la comida se pierde, y Tesifón está enredado en sus amores. Pues yo también miraré por mí, porque me iré ya a la cocina, y echaré mano de lo mejor, y sorbiendo a traguillos, pasaré este día poquito a poquito.


Escena III

 
MICIÓN, HEGIÓN.
 

MICIÓN.-  Yo, Hegión, no hallo razón ninguna en este caso por qué hayas de alabarme tanto. Yo hago lo que debo, enmiendo el yerro que los míos han cometido. Si acaso no me tienes por alguno de aquellos a quienes les parece que se les hace muy grande agracio con pedirles cuenta del que ellos voluntariamente han hecho, y se quejan muy de veras de ello. ¿Y porque yo no he hecho lo mismo me das las gracias?
HEGIÓN.-  ¡Oh, no, en verdad! Nunca en mi pensamiento te tuve en otra reputación de lo que eres. Pero yo te suplico, Mición, que te vengas conmigo a casa de la madre de la doncella, y le digas lo mismo que a mí me has dicho a la mujer: cómo esta sospecha contra Esquino es por causa de su hermano, y que esa tañedora no es suya.
MICIÓN.-  Si eso te parece justo, o si así cumple que se haga, vamos.
HEGIÓN.-  Bien haces, porque le aliviarás la pena a la cuitada, que está deshaciéndose de dolor y desventura, y tú te portarás como quien eres. Aunque si otra cosa te parece, yo mismo le contaré a la mujer lo que ti me has dicho.
MICIÓN.-  No, sino que yo mismo iré.
HEGIÓN.-  Muy bien haces. Porque todos los que son de corta fortuna, yo no sé por qué son más suspicaces. Todo lo toman por afrenta, y como pueden poco, piensan que todo el mundo los desprecia. Y por esto, mejor será que tú mismo cara a cara les des esa satisfacción.
MICIÓN.-  Dices muy bien y muy gran verdad.
HEGIÓN.-  Sígueme, pues, allá  (Indicando la casa de SOSTRATA.)  por aquí.
MICIÓN.-  Con mucho gusto.


Escena IV

 
ESQUINO, solo.
 

ESQUINO.-  Atormentado traigo el corazón. ¡Y que sea posible que así de súbito me haya sucedido tanto mal, que ni sepa qué haré de mí, ni qué dispondré! Todos mis miembros me están temblando de miedo; el alma se me ha pasmado de temor; en mi cabeza ningún consejo puede hacer asiento. ¡Oh!, ¿cómo me desligaría yo de un enredo tan grande? No lo sé. ¡Ahora se ha tenido de mí tanta sospecha! ¡Y no realmente sin ocasión! Sostrata piensa que yo he comprado para mí esta tañedora: esto me lo ha dicho la vieja. Porque casualmente yendo ella desde aquí a llamar a la partera, yo la vi y al punto allégomele, y pregúntole qué hacía Pánfila; si se le había presentado ya el parto; si iba por eso a llamar a la partera. Ella comienza a decirme a grandes voces: «¡Quita, quítatenos ya de aquí, Esquino! Harto tiempo nos has traído vendidas y engañadas. Basta ya la burla que tus buenas promesas nos han hecho». Yo, entonces, dígole: «¡Cómo es eso! ¿Qué dices, por tu vida? -Ve en buen hora; tente aquélla que tanto te agrada». Luego entendí la sospecha que tenían; pero detúveme, por no decirle a aquella habladora nada de mi hermano por donde se viniese a descubrir. Y ahora, ¿qué haré? ¿Les diré que esta tañedora es amiga de mi hermano? Esto en ninguna manera conviene, que en parte ninguna se diga. Pero de esto no hago cuenta. Posible es que no se descubra. La misma verdad del caso temo que no la creerán. ¡Tantas razones hay para lo contrario! Yo mismo fui el que la quité, yo el que pagué el dinero, a mi misma casa vino. Todo esto bien confieso yo que ha sido por mi culpa, y por no haberle descubierto yo a mi padre la manera como había este negocio sucedido; que él me hubiera dado licencia para casarme con Pánfila. Mucho me he dormido hasta ahora. ¡Ea, Esquino, despiértate! Porque éste es el primer encuentro, quiero ir a hablarles y darles mi disculpa. Llegareme a su puerta. ¡Oh, pobre de mí! Las carnes me tiemblan siempre que llamo aquí: ¡Hola!, ¡hola! Esquino soy. Ábrame alguien esta puerta de presto. No sé quién sale. Apartereme hacia acá.


Escena V

 
MICIÓN, ESQUINO.
 

MICIÓN.-   (Saliendo de casa de SOSTRATA.)  Hacedlo de la manera que os he dicho Sostrata; yo me veré con Esquino, para que sepa cómo se ha tratado este negocio. -Pero, ¿quién es el que ha llamado a esta puerta?
ESQUINO.-   (Aparte.)  Mi padre es realmente. ¡Perdido soy!
MICIÓN.-  Esquino.
ESQUINO.-   (Aparte.)  ¿Qué negocio tiene éste en esta casa?
MICIÓN.-  ¿Has llamado tú a esta puerta?  (Aparte.)  Calla. Bien será burlarme de él un poco, pues jamás ha querido fiar de mí estos amores.  (Alto.)  ¿No me respondes nada?
ESQUINO.-  Yo no he llamado a esa puerta, que yo sepa.
MICIÓN.-   (Con ironía.)  ¿No...? Ya me maravillaba yo que tú tuvieses que hacer aquí.  (Aparte.)  Colorado se ha puesto; buena señal es.
ESQUINO.-  Y tú, padre, por tu vida, ¿qué tienes que hacer aquí, dime?
MICIÓN.-  Yo nada en verdad. Un amigo me Ha traído acá ahora desde la plaza, para que le fuese valedor.
ESQUINO.-  ¿En qué?
ESQUINO.-  Yo te lo diré. Moran aquí unas mujeres pobres... Creo no debes tener noticia de ellas, y aun lo sé de cierto, porque ha poco que se han pasado a vivir a este barrio.
ESQUINO.-  ¿Qué más?
MICIÓN.-  Son una doncella y su madre.
ESQUINO.-  Sigue.
MICIÓN.-  Esta doncella es huérfana de padre. Este amigo mío es el pariente más cercano que ella tiene; las leyes le obligan a que se case con ella.
ESQUINO.-   (Aparte.)  ¡Perdido soy!
MICIÓN.-  ¿Qué es eso?
ESQUINO.-  No..., nada... Bien está; pasa adelante.
MICIÓN.-  Él ha venido a llevársela consigo, porque mora en Mileto.
ESQUINO.-  ¡Cómo! ¿A llevarse consigo la doncella?
MICIÓN.-  Sí.
ESQUINO.-  ¿Hasta Mileto, por tu vida?
MICIÓN.-  Sí.
ESQUINO.-   (Aparte.)  A mí me va a dar algo.  (Alto.)  Y ellas ¿qué dicen?
MICIÓN.-  ¿Qué piensas que han de decir? Haz cuenta que nada. La madre ha fingido que la doncella ha tenido un muchacho, no sé de quién, porque ella no le nombra, y que el padre del chico es primero, y que no conviene casarla con éste de Mileto.
ESQUINO.-  ¡Y pues! Después de todo, ¿no te parece que ello es muy justo?
MICIÓN.-  No.
ESQUINO.-  ¿Que no, por tu vida? ¿Acaso se la llevará de aquí, padre?
MICIÓN.-  ¿Pues por qué no la ha de llevar?
ESQUINO.-  Creo, padre, que lo habéis hecho dura y cruelmente, y aun si se ha de decir la verdad, villanamente.
MICIÓN.-  ¿Por qué?
ESQUINO.-  ¿Por qué, me preguntas? ¿Qué corazón le quedará a aquel infeliz que primero ha tenido trato y amistad con ella (¡y qué sé yo si el desdichado aún la quiere locamente!) cuando vea que de su presencia se la quitan y se la llevan de delante de sus ojos? ¡Muy mal hecho, padre!
MICIÓN.-  ¿Cómo es eso?, ¿quién se la prometió?, ¿quién se la dio?, ¿cuándo casó con él?, ¿quién fue el que lo trató?, ¿por qué tomó él mujer que no era suya?
ESQUINO.-  ¿Pues era razón que una moza de sus años se estuviese queda en su casa, aguardando que un pariente viniese desde Mileto acá por ella? Esto era justo, padre mío, que tú dijeras, y que defendieras.
MICIÓN.-  ¡Qué gracia...! ¿Contra el que me había traído por su valedor había yo de argüir? Pero, ¿qué nos va en eso a nosotros, Esquino?, ¿o qué tenemos que ver con ellos? Vámonos. ¿Qué es esto?, ¿por qué lloras?
ESQUINO.-  ¡Padre, por mi amor que me oigas!
MICIÓN.-  Esquino, todo lo he entendido ya, y lo sé porque te amo, y por esto cuido más de todo cuanto haces.
ESQUINO.-  ¡Así plega a los dioses que tú, por merecerlo yo, me ames, padre mío, mientras vivas, como a mí me pesa en el alma de haber cometido este yerro y como me avergüenzo!
MICIÓN.-  En verdad que lo creo, porque conozco tu ahidalgada condición; pero recelo que eres harto descuidado en ordenar tu vida. Porque, ¿en qué ciudad haces cuenta tú que vives? Desfloraste una doncella, la cual no fuera razón que la tocaras. Cuanto a lo primero, el delito fue grave, muy grave, pero, en fin, es de hombres. Otros tan buenos como tú lo han hecho muchas veces. Pero después de sucedido el caso, dime, ¿has, por ventura, echado de ver, o has mirado por ti qué es lo que habías de hacer, o por qué vía se había de hacer? Si tenías empacho de decírmelo tú mismo, ¿cómo lo iba a saber yo? Mientras has estado perplejo en esto, se te han pasado diez meses, te has comprometido a ti mismo, y a esa cuitada, y a tu hijo cuanto ha sido de tu parte. ¡Qué! ¿Pensabas que mientras tú dormías te habían de arreglar los dioses tus negocios, y que sin procurarlo tú se te había ella de venir a tu aposento? No quisiera que mostrases tal indiferencia en lo demás. Anímate; que te casarás con ella.
ESQUINO.-   (Muy alegre.)  ¡Cómo!
MICIÓN.-  Digo que tengas buen ánimo.
ESQUINO.-  No, padre, dime, por tu vida, ¿búrlaste de mí ahora?
MICIÓN.-  ¿Yo... de ti? ¿Por qué?
ESQUINO.-  No lo sé; sino que como deseo tanto que eso sea verdad, por eso temo más...
MICIÓN.-  Vete a casa y haz oración a los dioses, para que, mandes traer a tu mujer. ¡Camina!
ESQUINO.-  ¿Cómo? ¿Ya mujer?
MICIÓN.-  Sí, ya.
ESQUINO.-  ¿Ya?
MICIÓN.-  Ya; ve lo más presto que puedas.
ESQUINO.-  Todos los dioses me castiguen, padre mío, si yo no te quiero más ahora, que a mis ojos.
MICIÓN.-  ¿Y más que a ella?
ESQUINO.-  Tanto.
MICIÓN.-  Muy bien.
ESQUINO.-  Y el de Mileto, ¿qué se ha hecho?
MICIÓN.-  Fuese, desapareció, embarcose. Pero, ¿por qué no vas...?
ESQUINO.-  Mejor es, padre mío, que tú vayas y hagas oración a los dioses; porque yo tengo por cierto que cuanto tú eres mejor que yo, tanto ellos con mayor voluntad oirán tus ruegos.
MICIÓN.-  Yo me voy allá dentro a hacer que se apareje todo lo que es menester; tú, si cuerdo eres, haz como te he dicho.
ESQUINO.-   (Solo.)  ¿Qué negocio es éste? ¿Esto es ser padre? ¿Esto es ser hijo? Si mi hermano o mi compañero fuera, ¿qué más me pudiera complacer? ¿A un padre así no le he yo de amar y traerle metido en mis entrañas? Ah, de tal manera me ha puesto, con su benignidad, en perpetua obligación de no hacer a necias cosas que no le dé gusto; que a sabiendas yo me guardaré! Pero voyme allá dentro, por no ser yo mismo estorbo de mis bodas.


Escena VI

 
DEMEA, solo.
 

DEMEA.-  Molido vengo de andar. ¿Que el gran Júpiter os destruya, Siro, a ti y a tus indicaciones! He andado rastreando por toda la ciudad, hasta la puerta, hasta el abrevadero, ¿hasta dónde no...? Y ni allí había casa de carpintero, ni hombre que dijese que había visto a mi hermano. Ahora vengo con determinación de esperarle en casa hasta que vuelva.


Escena VII

 
MICIÓN, DEMEA.
 

MICIÓN.-   (A su hijo.)  Voy a decirles cómo por nosotros no hay demora.
DEMEA.-  Pero hele aquí.  (Alto.)  Rato ha que te busco, Mición.
MICIÓN.-  ¿Qué me quieres?
DEMEA.-  Te traigo noticia de otras grandes maldades de aquel honrado mozo.  (Alude a ESQUINO.)
MICIÓN.-  ¡Ya pareció el hombre!
DEMEA.-  Inauditas, criminales.
MICIÓN.-  Acaba ya.
DEMEA.-  ¡Ah, tú no sabes qué sujeto es!
MICIÓN.-  Lo sé.
DEMEA.-  ¡Ah, tonto! Tú debes de imaginar que yo hablo de la tañedora: Este delito es contra una doncella ciudadana.
MICIÓN.-  Ya lo sé.
DEMEA.-   (Iracundo.)  ¡Oh!, ¿lo sabes y lo sufres?
MICIÓN.-  ¿Por qué no lo he de sufrir?
DEMEA.-  Dime, ¿no clamas...?, ¿no pierdes el juicio?
MICIÓN.-  No; yo más quisiera ciertamente...
DEMEA.-  Ha nacido ya un muchacho.
MICIÓN.-  Los dioses le hagan dichoso.
DEMEA.-  La moza no tiene nada.
MICIÓN.-  Así me lo han dicho.
DEMEA.-  ¿Y sin dote se ha de casar con ella?
MICIÓN.-  Llana cosa.
DEMEA.-  Y ahora, ¿qué haremos?
MICIÓN.-  Lo que el mismo caso pide, Haremos que pase a nuestra casa la doncella.
DEMEA.-  ¡Oh, Júpiter! ¿Y eso es lo que cumple...?
MICIÓN.-  ¿Pues qué otra cosa quieres que yo haga?
DEMEA.-  ¿Qué...? Ya que en realidad de verdad esto no te apena, a lo menos es propio de hombre aparentarlo.
MICIÓN.-  Pero es que ya tengo prometida la doncella; el negocio está concertado, y se hace hoy el casamiento, y ya les he quitado todo el temor. Esto sí que es más propio de un hombre.
DEMEA.-  ¿Y, pues, parécete a ti bien el caso, Mición?
MICIÓN.-  No, si yo lo pudiera estorbar; pero, pues no puedo, tómolo con paciencia. La vida de los hombres es como juego de tablas: Que si en el lance no sale lo que era menester, lo que por azar salió se ha de enmendar con la prudencia.
DEMEA.-  ¡Gentil maestro de enmiendas! Con esa tu prudencia se han perdido las veinte minas que se dieron por la tañedora, la cual, en la hora se ha de despedir o vendida o de balde.
MICIÓN.-  Ni la despediré, ni tengo gana de venderla.
DEMEA.-  ¿Pues qué harás de ella?
MICIÓN.-  En casa quedará.
DEMEA.-  ¡Oh, fe de dioses! ¿La ramera y la mujer en una misma casa?
MICIÓN.-  ¿Por qué no?
DEMEA.-  ¿Tú entiendes que estás en tu seso?
MICIÓN.-  Yo entiendo que sí.
DEMEA.-  Así los dioses me amen, como creo, según veo tu poco juicio, que lo harás por tener con quien cantar.
MICIÓN.-  ¿Qué hay que dudar en eso?
DEMEA.-  ¿Y la recién casada ha de aprender también esa habilidad?
MICIÓN.-  Es llano.
DEMEA.-  ¿Y tú entre ellas, asido de la cuerda, bailarás?
MICIÓN.-  Sí.
DEMEA.-  ¿Sí?
MICIÓN.-  Y tú también, Demea, juntamente con nosotros, si fuere menester.
DEMEA.-  ¡Ay de mí! ¿No te avergüenzas de decir cosas semejantes?
MICIÓN.-  ¡Ea! Deja ya estar tu cólera, Demea, y muéstrate, como es razón, alegre y voluntario en las bodas de tu hijo. Yo voy a hablar con ellos un momento; luego soy aquí.  (Vase.)
DEMEA.-  ¡Oh Júpiter!, ¿y ésta es vida?, ¿y éstas son costumbres?, ¿esto es seso de gente? La mujer vendrá sin dote, la tañedora dentro, la gente de casa gastadora, el mozo regalón, el viejo loco desvariado. Aunque la misma salvación quiera salvar y conservar esta casa, no podrá de ninguna manera.



Acto V

Escena I

 
SIRO, DEMEA.
 

SIRO.-  A buena fe, Sirete, que te has dado buen verde, y has hecho tu deber muy cumplidamente: ¡Jala! Pero, pues he satisfecho bien allá dentro a mi deseo, hame parecido salirme por acá fuera ahora un poco a pasear.
DEMEA.-   (Aparte.)  ¡Mirad, si os parece, la muestra de buen gobierno de casa!
SIRO.-   (Aparte.)  Pero he aquí do viene nuestro viejo.  (Alto.) ¿En qué se entiende? ¿De qué estás triste?
DEMEA.-  ¡Ah, bellaco!
SIRO.-  ¿Ya vienes tú a derramar aquí palabras de sabiduría?
DEMEA.-  ¡Si fueras siervo mío...
SIRO.-  Fueras rico, Demea, y tuvieras bien segura tu hacienda.
DEMEA.-  ... yo haría que fueses escarmiento para todos!
SIRO.-  ¿Por qué?, ¿qué hice yo?
DEMEA.-  ¿Eso me preguntas? Entre la misma revuelta, y en un delito tan grave que apenas se ha podido reparar, ¿has comido y bebido, ladrón, como si hubiera sucedido algún gran bien?
SIRO.-   (Aparte.)  ¡Pardiez, que me pesa de haber salido acá!


Escena II

 
DROMÓN, SIRO, DEMEA.
 

DROMÓN.-   (Saliendo de casa de MICIÓN.)  ¡Hola, Siro...!, ¡que te ruega Tesifón que vuelvas!
SIRO.-  Vete de aquí.
DEMEA.-  ¿Qué dice ése de Tesifón?
SIRO.-  No, nada.
DEMEA.-   (Indignado.)  ¡Ah, verdugo! ¿Y allá dentro está Tesifón?
SIRO.-  No.
DEMEA.-  ¿Cómo, pues, le nombra ése?
SIRO.-  Es otro Tesifón, un truhancillo, chiquitín..., ¿no le conoces?
DEMEA.-  Yo sabré...
SIRO.-  ¿Qué haces?, ¿a dó vas?
DEMEA.-  Déjame.
SIRO.-  ¡No vayas, por tu vida!
DEMEA.-  ¿No apartarás la mano, azotado?, ¿o quieres que te haga pedazos la cabeza?
SIRO.-   (Solo.)  Fuese. ¡Un convidado, en buena fe no muy conveniente, en especial para Tesifón! ¿Qué tengo yo ahora de hacer, sino mientras estos enojos se apaciguan, irme entre tanto a un rincón, y allí dormir este vinillo? Harelo así.


Escena III

 
MICIÓN, DEMEA.
 

MICIÓN.-   (Saliendo de casa de SOSTRATA.)  De nuestra parte, Sostrata, todo está ya a punto; como he dicho, podéis venir cuando quisiereis. -¿Quién ha dado tan gran golpe en mi puerta?
DEMEA.-   (Desde casa de MICIÓN.)  ¡Ay de mí! ¿Qué haré?, ¿qué diré?, ¿qué gritos daré o a quién me quejaré? ¡Oh, cielo! ¡Oh, tierra! ¡Oh, mares de Neptuno!
MICIÓN.-   (A un espectador.)  Ya ha entendido todo el caso, y de eso da gritos, no hay duda; riñas tenemos; acudir allá conviene.
DEMEA.-  Hele aquí do viene la perdición de mis dos hijos.
MICIÓN.-  ¡Ea!, refrena ya tu cólera y vuelve en ti.
DEMEA.-  Ya la he refrenado, ya he vuelto; dejo aparte pesadumbres. Tratemos sólo del caso. ¿No fue concierto entre nosotros, y aun por ti mismo propuesto, que ni tú tuvieses cuenta con mi hijo ni yo tampoco con el tuyo? Responde.
MICIÓN.-  Verdad es, no lo niego.
DEMEA.-  Pues, ¿por qué ahora hace convites en tu casa?, ¿por qué le recibes?, ¿por qué me le compras amiga, Mición? ¿Qué razón hay para que yo no haya de tener el mismo derecho contra ti que tú tienes contra mí? Pues yo no cuido del tuyo, no cuides tú del mío.
MICIÓN.-  No tienes razón.
DEMEA.-  ¿Qué no?
MICIÓN.-  Porque refrán antiguo es que entre los amigos todo ha de ser común.
DEMEA.-  ¡Guapamente! ¿Ahora salimos con ésas?
MICIÓN.-  Óyeme, Demea, dos palabras, si no te es molesto. Cuanto a lo primero, si el gasto que tus hijos hacen te da pena, por mi amor que lo consideres entre ti de esta manera. Tú, al principio, a tus dos hijos los criabas conforme a la posibilidad de tu hacienda, porque creías que tus bienes para entrambos bastarían, y que yo me casaría sin duda. Echa, pues, ahora aquella misma cuenta antigua: conserva, adquiere, endura, y procura tú dejarles mucha hacienda. Esa honra téntela tú para ti. De mis bienes, que les han venido sin pensar, déjalos gozarse; del patrimonio no se te perderá una blanca. Lo que de mis bienes les quedare, haz cuenta que te lo hallas. Si todo eso, Demea, quieres considerar de veras, a mí y a ti y a ellos nos librarás de pesadumbre.
DEMEA.-  Lo de la hacienda pase; más las costumbres de los mozos...
MICIÓN.-  Tente, ya lo entiendo, a eso iba. Muchas señales, Demea, hay en el hombre por las cuales puede juzgarse fácilmente. Cuando dos hacen una misma cosa, puedes muchas veces decir: a éste se le puede sufrir el hacer esto, y a estotro no se puede. No porque la cosa sea diferente, sino porque lo son los que la hacen. Y así, yo veo en ellos señales por donde confío que serán cuales deseamos. Yo veo que tienen discreción y juicio, y vergüenza donde conviene tenerla, y que se aman. Y es de ver realmente su condición y voluntad ahidalgada. El día que tú quisieres, los volverás al buen camino. Pero acaso temas que sean muy descuidados en conservar sus haciendas. ¡Oh, hermano Demea! Los viejos para todo lo demás somos más sabios por la edad; sola ésta falta trae consigo a los hombres la vejez; que todos somos más codiciosos del dinero, de lo que conviene. Y así el tiempo les aguzará el deseo de adquirir.
DEMEA.-  ¡Plega a los dioses, Mición, que esas tus buenas razones y esa tu benignidad no dé con todo al traste!
MICIÓN.-  Calla, que no sucederá. Deja ya esos temores, huélgate hoy conmigo, alegra esa cara.
DEMEA.-  Pues el tiempo así lo requiere, habrelo de hacer; pero mañana, en amaneciendo, me iré de aquí con mi hijo a la alquería.
MICIÓN.-  Y aun antes que amanezca; solamente hoy te muestres de buen humor.
DEMEA.-  ¿Y tengo de llevar allá conmigo esa tañedora?
MICIÓN.-  Procúralo, porque con ella tendrás tu hijo allí como atado a una estaca. Pero mira que me la guardes bien.
DEMEA.-  Eso yo lo procuraré y haré que ancle allí llena de hollín, de humo y de polvo de harina, a poder de cocer y de moler, y tras todo eso, a un sol de mediodía le haré espigar; más tostada te la tornaré y más negra que el carbón.
MICIÓN.-  Muy bien. Ahora me pareces hombre cuerdo. Y aun si yo fuese que tú, le haría a mi hijo que, aunque no quisiese, se acostase con ella.
DEMEA.-  ¿Búrlaste de mí? ¡Dichoso tú, que esa alma, tienes! Yo siento...
MICIÓN.-  ¡Ah!, ¿ya vuelves...?
DEMEA.-  Ya, ya me callo.
MICIÓN.-  Pues éntrate allá. Pasemos este día alegremente en lo que ya está determinado.


Escena IV

 
DEMEA, solo.
 

DEMEA.-  Jamás ninguno echó tan bien la cuenta de su vida, que los negocios, los años y la experiencia no le enseñasen algo nuevo, y le avisasen de algo, de manera que lo que él se pensaba saber no lo supiese, y lo que tenía por mejor lo reprobase. Lo cual ahora a mí me ha acaecido, porque aquella vida áspera que yo hasta aquí he seguido, ahora que ya casi estoy al fin de la jornada, la condeno. ¿Y por qué? Porque la experiencia me ha enseñado que al hombre no hay cosa que le esté mejor que la benignidad y la clemencia. Que esto es verdad, por mí y por mi hermano lo puede entender quienquiera fácilmente. Él siempre ha pasado su vida sin cuidados y en convites; benigno, manso, sin ofender a nadie, complaciendo a todos, ha vivido a su gusto, gastado a su gusto; todos le elogian, todos le aman. Yo soy el villano, el cruel, el triste, el escaso, el terrible, el duro. Caseme: ¡Qué desdichas en el matrimonio! Naciéronme hijos: ¡Nuevos cuidados! Pues además de esto, procurando dejarles mucha hacienda, toda mi vida y mis años he gastado en adquirir. Y ahora, al cabo de ellos, el galardón de mis trabajos es ser aborrecido. Mi hermano, sin trabajo ninguno, goza de todas las ventajas de un padre con mis hijos: a él le aman, de mí huyen; a él le dan parte de sus consejos; a él le tienen afición; ambos están con él, a mí me desamparan. A él le desean larga vida; tal vez codician mi muerte. De manera, que los que yo he criado con gran trabajo, él se los ha hecho suyos a poca costa. Yo llevo a cuestas todas las fatigas, y él se goza todos los contentos. ¡Ea, pues, probemos ahora al contrario, si podré yo decir alguna palabra amorosamente o hacer algo con benignidad, pues él me obliga a ello! Que también quiero yo ser amado, y estimado de los míos. Y si esto ha de ser dándoles y complaciéndoles, no seré yo de los postreros. ¿Y si falta? ¡A mí qué...! Para mí no faltará; que ya poca vida me queda.


Escena V

 
SIRO, DEMEA.
 

SIRO.-  ¡Hola, Demea... que te ruega tu hermano que no te vayas lejos!
DEMEA.-  ¿Quién es...? -¡Oh, amigo Siro, estés en buen hora! ¿Qué se hace?, ¿cómo va?
SIRO.-  Muy bien.
DEMEA.-  Huelgo de ello.  (Aparte.)  Ya ahora he dicho tres palabras fuera de mi condición: Amigo, ¿qué se hace, cómo va?  (Alto.)  Ahidalgado siervo te muestras, y así haré por ti de buena gana.
SIRO.-  En merced te lo tengo.
DEMEA.-  Mira, Siro, que no es donaire esto, y antes de mucho lo verás por la obra.


Escena VI

 
GETA, DEMEA.
 

GETA.-   (Saliendo de casa de SOSTRATA.)  Señora, yo voy a dar aviso a éstos  (Alude a MICIÓN y a ESQUINO.)  para que vengan luego por la doncella. -Pero, ¡he aquí a Demea! ¡Estés en hora buena!
DEMEA.-  ¡Hola!, ¿cómo te llamas?
GETA.-  Geta.
DEMEA.-  Geta, yo te he tenido hoy en mi pensamiento en reputación de hombre de mucho valer; porque aquel siervo es para mí de muy buena prueba, que tiene cuenta con las cosas de su señor, según he entendido que tú lo has hecho, Geta. Y por ello, en lo que fuere menester, haré por ti de buena voluntad.  (Aparte.)  Busco medios para ser afable, y bien me sale.
GETA.-  Hombre honrado eres en pensar así.
DEMEA.-   (Aparte.)  Poco a poco voy ganando las voluntades de la gente baja primeramente.


Escena VII

 
ESQUINO, DEMEA, SIRO, GETA.
 

ESQUINO.-   (Sin ver a los demás.)  Realmente que me ponen a morir, pues quieren celebrar las bodas con tanto cumplimiento, que todo el día se les va en aparejar.
DEMEA.-  ¿Qué se hace, Esquino?
ESQUINO.-  ¡Oh, padre mío!, ¿y aquí estabas tú?
DEMEA.-  Sí, por cierto; tuyo de corazón y por naturaleza, y que te quiere más que a sus propios ojos. Pero, ¿por qué no haces traer a casa a tu mujer?
ESQUINO.-  Ya querría, sino que me hacen detener la que ha de tañer la flauta y los que han de cantar el himeneo.
DEMEA.-  ¡Quítate allá! ¿Quieres tú creer a este viejo?
ESQUINO.-  ¿En qué?
DEMEA.-  Deja estar todo eso: el himeneo, los convidados, las antorchas y las músicas; haz que derriben las tapias de esa huerta cuanto antes, y pasa a tu mujer por ahí; haz de las dos casas una sola, y tráete también acá la madre y toda la familia.
ESQUINO.-  Sí haré, padre gracioso.
DEMEA.-   (Aparte.)  ¡Ea... ya me llaman gracioso! La casa le abrirán a mi hermano, traerá mucha gente, gastará largo: mucha cosa es todo esto. Pero, ¿qué se me da a mí? Yo, ya generoso, gano las voluntades. Ahora, Mición, manda que le dé luego de contado Babilón las veinte minas8.  (Alto.)  Siro, ¿por qué no vas tú y lo haces?
SIRO.-  ¿Qué pues?
DEMEA.-  Ve y derríbalas.  (A GETA.)  Y tú, tráela.
GETA.-  Los dioses te lo paguen, Demea, pues que con tanta voluntad veo que quieres hacer bien a nuestra casa.
DEMEA.-  Entiendo que lo merecéis.  (A ESQUINO.)  Y tú, ¿qué dices?
ESQUINO.-  Que me parece lo mismo.
DEMEA.-  Más vale así, que traerla ahora acá por la calle, parida y enferma.
ESQUINO.-  No he visto mayor aviso, padre mío.
DEMEA.-  Así los gasto yo. Pero aquí sale Mición.


Escena VIII

 
MICIÓN, DEMEA, ESQUINO.
 

MICIÓN.-   (A SIRO y GETA, que están dentro.)  ¿Mi hermano lo manda? ¿Dónde está él? ¿Tú mandas esto, Demea?
DEMEA.-  Sí. Yo mando eso y todo lo demás con que litigamos toda una esta familia, y que la honremos, favorezcamos y juntemos.
ESQUINO.-  Así te lo suplico, padre.
MICIÓN.-  Lo mismo me parece a mí.
DEMEA.-  Y aún es nuestro deber. Cuanto a lo primero, aquí está la madre de la mujer de Esquino...
MICIÓN.-  ¿Y pues?
DEMEA.-  Mujer de bien y de buenas costumbres...
MICIÓN.-  Así dicen.
DEMEA.-  Ya anciana...
MICIÓN.-  Ya lo sé.
DEMEA.-  A sus años ya no puede concebir. No tiene quién mire por ella. Está sola.
MICIÓN.-   (Aparte.)  ¿Qué empresa es la de éste?
DEMEA.-  Es razón que tú te cases con ella. Y que tú  (A ESQUINO.)  procures que se haga.
MICIÓN.-  ¿Yo casarme?
DEMEA.-  Sí, tú.
MICIÓN.-  ¿Yo?
DEMEA.-  Tú, digo.
MICIÓN.-  Deliras.
DEMEA.-   (A ESQUINO.)  Si tú eres hombre, él lo hará.
ESQUINO.-  ¡Padre mío!
MICIÓN.-  ¡Cómo! ¿Y a éste escuchas tú, asno?
DEMEA.-  ¡Nada, nada; no hay escape!
MICIÓN.-  Desvarías.
ESQUINO.-  ¡Hazme esta merced, padre mío!
MICIÓN.-  ¿Estás loco? Quítate de aquí.
DEMEA.-  ¡Ea!, dale a tu hijo ese contento.
MICIÓN.-  ¿Tú tienes bueno el seso? ¡Al cabo de sesenta y cinco años he yo de ser novio, y casarme con una vieja consumida! ¿Eso me aconsejáis?
ESQUINO.-  Anda; ¡que yo se lo he prometido!
MICIÓN.-  ¿Prometido? A la fe, amigo, haz tú merced de tu persona.
DEMEA.-  ¿Pues qué dirías, si él te rogase alguna cosa de más importancia?
MICIÓN.-  ¡Como si ésta no fuese la mayor!
DEMEA.-  Accede.
ESQUINO.-  No seas pesado.
DEMEA.-  Acaba, prométeselo.
MICIÓN.-  ¿No me dejarás?
ESQUINO.-  No, hasta recabar esto de ti.
MICIÓN.-  Fuerza es ésta realmente.
DEMEA.-  Ea, Mición, hazlo cumplidamente.
MICIÓN.-  Aunque ello me parece cosa torpe y tonta, y disparate muy ajeno a mi manera de vivir, con todo eso, pues vosotros tanto lo queréis, sea.
ESQUINO.-  Bien haces. Con razón te quiero mucho.
DEMEA.-   (Aparte.)  ¿Qué diría yo ahora? ¡Todo lo que quiero se hace!
MICIÓN.-  ¿Hay más todavía?
DEMEA.-  Hegión es pariente muy cercano de éstas, deudo nuestro, pobre; justo será que le hagamos algún bien.
MICIÓN.-  ¿Qué bien?
DEMEA.-  Aquí tienes junto a la ciudad un campillo que arriendas a otro. Démoselo a éste, que lo goce y disfrute.
MICIÓN.-  ¿Poquillo es eso?
DEMEA.-  Aunque sea mucho, con todo eso se ha de hacer. Esta mujer le tiene en lugar de padre, es hombre de bien, es nuestro deudo; bien dado está. Finalmente, Mición, yo ahora hago mía aquella sentencia que tú bien y sabiamente dijiste no ha mucho: Vicio común de todos los viejos es el ser muy codiciosos de la hacienda. Esta falta debemos enmendarla. Dijiste muy gran verdad, y hase de cumplir por la obra.
MICIÓN.-  ¿Qué duda hay en eso? Se le dará, pues Demea lo quiere.
ESQUINO.-  ¡Padre mío!
DEMEA.-  Ahora eres tú de veras mi hermano, así en el alma como en el cuerpo.
MICIÓN.-  Huélgome de eso.
DEMEA.-   (Aparte.)  Con su propia espada le degüello.


Escena IX

 
SIRO, DEMEA, MICIÓN, ESQUINO.
 

SIRO.-  Ya está hecho, Demea, lo que mandaste.
DEMEA.-  Eres una alhaja. Yo soy de parecer, en verdad, que es justo que Siro hoy reciba libertad.
MICIÓN.-  ¿Éste libertad?, ¿por qué merecimientos?
DEMEA.-  Por muchos.
SIRO.-  ¡Oh, señor Demea! En verdad que eres muy bueno. Yo os he criado estos dos hijos, desde que eran niños, con mucha diligencia, y les he enseñado, amonestado y aconsejado bien todo lo que he podido.
DEMEA.-  A la vista está. Especialmente esto: Gastar, robar rameras, preparar comilonas de día. Servicios como éstos no son propios de un cualquiera.
SIRO.-  ¡Oh, qué hombre tan gracioso!
DEMEA.-  Finalmente, hoy, en la compra de esa tañedora, éste ha sido el valedor, éste lo ha tratado; justo es hacerle algún bien. ¿Dónde hallarás siervos mejores? En fin, Esquino gusta de que se haga.
MICIÓN.-  ¿Tú gustas de que se haga esto?
ESQUINO.-  Deséolo.
MICIÓN.-  Pues que tú lo quieres, sea. Siro, allégate a mí: De hoy más, sé libre.
SIRO.-  Gran merced me haces. A todos lo agradezco, pero a ti, Demea, en particular.
DEMEA.-  Huelgo de ello.
ESQUINO.-  Y yo también.
SIRO.-  Lo creo; ojalá éste se me hiciese un gozo perpetuo, y que viese yo a mi mujer Frigia libre conmigo juntamente.
DEMEA.-  Muy buena mujer en verdad.
SIRO.-  Por cierto que a tu nieto, hijo de éste, ella le ha dado hoy la primera leche.
DEMEA.-  Pues en verdad que, hablando de veras, pues ella le ha dado la primera leche, sin duda es razón que quede libre.
MICIÓN.-  ¿Por solo eso?
DEMEA.-  Por eso. Finalmente, yo te pagaré de mi dinero lo que ella vale.
SIRO.-  Los dioses, Demea, te cumplan siempre todos tus deseos.
MICIÓN.-  Bien has librado hoy, Siro.
DEMEA.-  Especialmente, Mición, si tú haces lo que debes, y le aprontas algo con que viva; que él te lo volverá luego.
MICIÓN.-  No le daré valía de este pelo.
ESQUINO.-   (Rogando.)  ¡Ea, que es hombre de bien!
SIRO.-  Por mi vida que te lo volveré: Dámelo.
ESQUINO.-  ¡Ea, padre!
MICIÓN.-  Ya veremos.
DEMEA.-  Él lo hará.
SIRO.-  ¡Oh, qué hombre tan bueno!
ESQUINO.-  ¡Oh, padre afabilísimo!
MICIÓN.-   (A DEMEA.)  ¿Qué es esto?, ¿qué negocio ha hecho tan repentinamente mudanza en tus costumbres?, ¿qué prontitud es ésta, o qué largueza tan repentina?
DEMEA.-  Yo te lo diré. Para mostrar cómo el tenerte éstos en posesión de hombre benigno y apacible, no procede de verdadera vida ni de lo que es justo y bueno, sino de ser lisonjero; del regalar y del dar, Mición. Y si mi vida, Esquino, os es aborrecible, porque no os complazco en todo, así en lo justo como en lo injusto, yo alzo mano de ello: derramad, comprad, haced lo que se os antoje. Pero si gustáis de que lo que vosotros, por ser mozos, no echáis de ver, y lo deseáis a ciegas y lo consideráis poco, esto yo os lo reprenda y corrija, y también en su lugar os complazca, aquí estoy, que por amor de vosotros lo haré.
ESQUINO.-  En tu mano, padre, lo dejamos todo. Tú sabes mejor lo que nos cumple. Pero, ¿qué harás de mi hermano?
DEMEA.-  Yo le doy licencia; que la tenga. Y haga raya en ella.
ESQUINO.-  Eso está muy bien.  (A los espectadores.)  ¡Aplaudid!




FIN DE LA COMEDIA



EL CID Pierre Corneille




EL CID
Pierre Corneille


PERSONAJES
DON FERNANDO, primer rey de Castilla.
DOÑA URRACA, infanta de Castilla.
DON DIEGO, padre de Rodrigo.
DON GÓMEZ, conde de Gormaz, padre de Jimena.
DON RODRIGO, pretendiente de Jimena.
DON SANCHO, pretendiente de Jimena.
DON ARIAS, el Conde.
DON ALONSO, gentileshombres castellanos.
JIMENA, hija de don Gómez.
LEONOR, dama de compañía de la infanta.
ELVIRA, dama de compañía de Jimena.
UN PAJE de la infanta.
La acción se desarrolla en Sevilla

Pedro Corneille El Cid

ACTO PRIMERO
ESCENA PRIMERA
Jimena, Elvira
JIMENA.-Elvira, ¿me lo has declarado todo sinceramente? ¿No me escondes nada de
cuanto te ha dicho mi padre?
ELVIRA.-Aún se hallan todos mis sentidos arrobados; aprecia a Rodrigo tanto como lo
estimáis vos, y si yo no me excedo al leer en su alma, estoy segura de que os ordenará que
consintáis en su amor.
JIMENA.-Dime, pues, te lo ruego, una vez más lo que te ha llevado a creer que aprueba mi
elección: hazme saber nuevamente qué esperanzas son las que debo concebir; tan grato
discurso nunca se escuchará con exceso, ni puedes sobrepasarte al prometer a las llamas de
nuestro amor la gozosa libertad de mostrarse a la luz del día. ¿Qué es lo que te ha
sorprendido acerca de las ocultas intrigas que han llevado a cabo en torno a ti don Sancho
y don Rodrigo? ¿No habrás hecho ver demasiado la desigualdad que existe entre estos dos
pretendientes y que hace que me incline en favor de uno de ellos?
ELVIRA.-No; he descrito vuestro corazón tan indiferente que no colma ni destruye las
esperanzas de ninguno de ellos, y que, sin mirarles con ojos demasiado favorables ni
severos, espera la orden de un padre para escoger un esposo. Tal conducta le ha encantado,
como me han dado testimonio de ello tanto su rostro como sus labios, y puesto que es
necesario referíroslo una vez más, he aquí lo que acerca de ellos y de vos me respondió al
instante: «Obra como debes; los dos son dignos de ella, de sangre noble, valerosa y fiel;
son jóvenes, mas hacen que pueda leerse fácilmente en sus ojos la esplendorosa arrogancia
de sus antepasados. Sobre todo don Rodrigo no lleva en sus facciones sino los rasgos que
configuran a un hombre de grandes alientos, y procede de una familia tan pródiga en
guerreros que nacen en ella entre laureles. El valor de su padre, sin igual en su tiempo, en
tanto se halló con fuerzas, se tuvo por maravilla; las arrugas sobre su frente han grabado
sus hazañas, y todavía nos hablan de quién fue antaño. Espero tanto del hijo como he visto
en el padre, y mi hija, en una palabra, puede amarle y complacerme.» Iba al consejo y al
hacérsele tarde ha quedado interrumpido este discurso que no hacía más que comenzar;
mas después de estas cortas frases creo que no es dudoso hacia quién se inclinan sus
preferencias respecto a esos dos pretendientes. El rey debe escoger un ayo para su hijo, y
es a él al que corresponde tan honroso cargo: la elección no es dudosa, y su insólita
bravura no da lugar a que se tema concurrencia de ninguna especie. Puesto que le hacen
inigualable sus hazañas estará sin rival en tan justa pretensión; y puesto que don Rodrigo
ha decidido a su padre, al salir del consejo, para que proponga la cuestión, abandono a
vuestro criterio el juzgar de cómo aprovechará su tiempo y de si quedarán satisfechos
todos vuestros deseos.
JIMENA.-Sin embargo, mi alma turbada parece no querer admitir esta alegría y se
encuentra llena de inquietud: un' solo instante confiere a la fortuna rostros diversos y en
medio de tanta dicha temo algún infortunio.
ELVIRA.-Felizmente habréis de ver que es injustificado ese temor.
JIMENA.-Sea como quiera, vayamos a esperar el resultado.
ESCENA SEGUNDA
La Infanta, Leonor, un Paje
LA INFANTA.-Paje, id a advertir a Jimena de mi parte que hoy se retrasa un poco por
verme y que mi afecto se queja por su pereza.
(Sale el Paje)
LEONOR.-Señora, siempre os inquieta el mismo deseo, y cada día, al entrevistaras con
ella, os veo preguntarle por su amor.
LA INFANTA.-Y no es sin motivo: casi la he obligado a recibir las flechas que la han
herido. Ella le ama; por mi mano le llevé don Rodrigo y soy yo quien le ayudó a él a
vencer sus desdenes: habiendo así forjado las cadenas de estos dos amantes, debo tomarme
interés en que concluyan sus trabajos.
LEONOR.-Señora, a pesar de todo, entre tan felices resultados, mostráis una preocupación
que llega hasta a hacerse excesiva. Este amor, que a los dos colma de alegría, ¿es el
causante de la profunda tristeza de vuestro corazón?, y el gran interés que os tomáis por ellos
¿es el que os hace desgraciada cuando ellos son felices? Mas voy demasiado lejos y resulto
indiscreta.
LA INFANTA.-Se redobla mi tristeza teniéndola oculta. Escucha, al cabo, cuánto he
combatido, es cucha qué ataques desafían aún mi fortaleza. El amor es un tirano que no
desdeña a nadie; amo a ese joven caballero, a ese amante que yo misma he cedido.
LEONOR.-¡Vos le amáis!
LA INFANTA.-Pon tu mano sobre mi corazón y mira cómo tiembla, cómo le reconoce al
nombrarle.
LEONOR.-Perdonadme, señora, si os pierdo el respeto al condenar esta pasión. ¡Olvidarse
de sí misma tan gran princesa hasta el extremo de dar entrada en su corazón a un simple
caballero! ¿Y que dirá el rey? ¿Qué dirá Castilla? ¿Recordáis aún de quién sois hija?
LA INFANTA.-Tanto lo recuerdo que verteré mi sangre antes que humillarme a desmentir
mi rango. Podría responderte que en las almas nobles solamente el mérito tiene derecho a
engendrar pasiones, y si la mía tratase de excusarse, mil cé lebres ejemplos podrían
autorizarla, mas en modo alguno quiero llegar hasta donde mi reputación se comprometa;
la sorpresa de que han sido víctimas mis sentidos no abate mi firmeza, y me repito siempre
que, siendo hija de rey, tan sólo un monarca es digno de mí. Cuando he visto que mi
corazón no podía defenderse, yo misma he sido quien ha entregado lo que no osaba tomar.
He puesto, en vez de mí, a Jimena entre sus brazos, y he atizado sus ardores para apagar
los míos. No te sorprendas más, pues, si en tortura mi alma espera con impaciencia su
himeneo: ya ves cómo de él depende hoy mi sosiego. Si vive de esperanzas el amor, con
ellas perece; es un fuego que se extingue por falta de leña, y a pesar del rigor de mi triste
destino, si Jimena tiene para siempre a Rodrigo por esposo, morirá mi esperanza y se
curará mi corazón. Entretanto, sufro increíbles tormentos: hasta ese himeneo Rodrigo
podrá ser amado por mí; trabajo por perderle y le pierdo con pesar; ésta es la causa de mi
oculto dolor. Veo con tristeza que el amor me obliga a suspirar por lo que desdeño; noto
que mi alma toma dos partidos contrarios: si es firme mi voluntad, se halla inflamado mi
corazón; ese casamiento es fatal para mí, lo temo y lo deseo: no puedo esperar sino una
alegría incompleta. Mi reputación y mi amor son tan fuertes que muero si se lleva a cabo,
tanto como si no se realiza.
LEONOR.-Señora, nada tengo que deciros tras todo esto, si no es que sufro con vuestros
pesares; antes os condenaba y ahora os compadezco; pero, puesto que en un mal tan dulce
y tan doloroso vuestro honor combate a la vez su atractivo y su fuerza, rechaza sus
embates y evita su seducción, él devolverá la calma a vuestro espíritu indeciso: esperad lo
todo de él y de la ayuda del tiempo; esperadlo todo del cielo: es tan justo que no ha de
dejar a la virtud en tan prolongado suplicio.
LA INFANTA.-Mi nuis dulce esperanza está en no tenerla.
EL PAJE.-Por vuestra orden Jimena viene a veros.
LA INFANTA.-( A Leonor.) Id a entretenerla un momento.
LEONOR.-¿Queréis permanecer en vuestros delirios
LA INFANTA.-No, quiero tan sólo, pese a mi desesperación, devolver un poco de calma a
mi semblante. En seguida os seguiré. (Sola.) Justicia del cielo, de quien aguardo el
remedio a mis cuitas, pon término, al cabo, al mal que me posee; afirma mi reposo, sostén
mi honor. En la felicidad ajena busco la mía propia. En este himeneo tres personas se
hallan interesadas; haz que se realice más pronto o que sea más fuerte mi alma. Juntar a
esos dos enamorados con los lazos conyugales es romper mis cadenas y concluir mis
tormentos. Mas, me estoy retrasando ya; vayamos al encuentro de Jimena para que se
alivie mi pesar con su entrevista.
ESCENA TERCERA
El Conde, don Diego
EL CONDE.-Sois vos quien ganáis al fin, y el favor del rey os eleva a un rango que sólo a
mí me correspondía: os hace ayo del príncipe de Castilla.
DON DIEGO.-Este timbre de honor que concede a mi familia demuestra a todos que es
justo y pone de manifiesto que sabe recompensar los servicios pasados.
EL CONDE.-Por grandes que sean los reyes, son lo mismo que nosotros: pueden
equivocarse igual que los demás, y esta elección comprueba a los cortesanos que no sabe
pagar bien los servicios presentes.
DON DIEGO.-No hablemos más de una elección que os contraría: el favor ha podido
decidirla tanto como el mérito; mas al poder absoluto se le debe el respeto de no examinar
nada de cuanto haya sido querido por un rey. Añadid otro honor al que él me ha hecho;
liguemos con un nudo sagrado mi casa y la vuestra: vos no tenéis más que una hija y yo un
hijo; su casamiento puede hacernos amigos para siempre: concedednos esta merced y
aceptadle por yerno.
EL CONDE.-A más altos partidos debe aspirar un hijo tan agraciado; y el nuevo esplendor
de vuestro cargo debe henchir su corazón con otra vanidad. Ejercedlo, señor, y gobernad al
príncipe: mostradle de qué modo es necesario regir una provincia, hacer temblar por
doquier a los pueblos bajo la ley, henchir de amor a los leales y de temor a los malvados.
Unid a sus virtudes las de un buen capitán: mostradle cómo es necesario endurecerse en los
trabajos, hacerse sin igual en el oficio de Marte, pasar enteros los días y las noches a
caballo, rechazar cualquier ejército, asaltar una fortaleza y no deber más que a sí mismo el
triunfo en la batalla. Instruídle con vuestro ejemplo y llevadle a la perfección poniendo a la
realidad como testigo de vuestras lecciones.
DON DIEGO.-Para aleccionarse con el ejemplo, a despecho de las envidias, no necesitará
más que leer en la historia de mi vida. Ahí, en un largo tejido de proezas, aprenderá cómo
es necesario domar pueblos y labrar, por medio de grandes hechos, su renombre.
EL CONDE.-Los ejemplos vivientes son de mayor valor; mal aprende en los libros un
príncipe su deber. Y, después de todo, ¿qué es lo que han hecho tantos años que no pueda
ser igualado por una de mis jornadas? Si vos fuisteis vali.ente antaño, yo lo soy hoy.
Granada y Aragón tiemblan
cuando reluce este acero; mi nombre sirve a toda Castilla de muralla: .sin mí, pronto seríais
sojuzgados por otras leyes y a vuestros propios enemigos tendríais por monarcas. Cada día,
cada instante, para realzar mi fama, añaden laureles a los laureles, victorias a las victorias.
El príncipe, junto a mí, ensayaría su bravura en los combates al amparo de mi brazo,
aprendería a vencer siguiendo mi ejemplo; y para responder rápidamente a su elevada
condición, vería...
DON DIEGO.-Lo. sé, vos servís bien al Rey: os he visto combatir y mandar bajo mis
órdenes. Cuando la edad ha venido a debilitar mis fuerzas, vuestro raro valor ha sabido
venir a reemplazarme; en fin, para dejar vanos discursos, vos sois ahora lo que antaño fui
yo. En tal concurrencia veis que, sin embargo, el rey hace alguna distinción entre nosotros.
EL CONDE.- Vos os habéis llevado lo que yo merecía.
DON DIEGO.-Bien supo merecerlo quien os lo quitó. .
EL CONDE.-Quien puede desempeñarlo mejor es el más digno.
DON DIEGO.-No es buena señal el haber sido rechazado.
EL CONDE.-Por industria lo alcanzasteis vos, pues sois viejo cortesano.
DON DIEGO.-Mi único partidario ha sido el esplendor de mis hazañas.
EL CONDE.-Digamos mejor que el rey ha hecho honor a vuestra edad.
DON DIEGO.-El rey, cuando así obra, la cuenta por el valor.
EL CONDE.-Si así fuera, ese honor sólo correspondía a mi brazo.
DON DIEGO.-Quien no ha podido obtenerlo es que no lo merecía.
EL CONDE.- ¡Que no lo merecía! ¿Quién, yo?
DON DIEGO.- Vos.
EL CONDE.-Tu desvergüenza, viejo atrevido, ha
de recibir su pago. (Lo abofetea.)
DON DIEGO.-(Echando mano a la espada.) Concluye y quítame la vida después de tal
afrenta, la primera por la que mi estirpe ha visto enrojecer su frente.
EL CONDE.-¿Qué esperas hacer tú con fuerzas tan escasas?
DON DIEGO.- ¡Oh, Dios, mis fuerzas ya gastadas me abandonan en este aprieto!
EL CONDE.-Tu espada me pertenece. (El conde blandiendo su espada hace caer la de
don Diego.) Más te envanecerías de que tan vergonzoso trofeo hubiera caído en mis
manos. Adiós: haz leer al Príncipe, a despecho de la envidia, y para su instrucción, la
historia de tu vida; este justo castigo a unas palabras insolentes no le servirá de escaso
placer.
ESCENA CUARTA
Don Diego
DON DIEGO.- ¡Oh, ira! ¡Oh, desesperación! ¡Oh, vejez enemiga! ¿No he vivido, pues,
más que para esta infamia? ¿No he encanecido en los trabajos de la guerra más que para
ver un día marchitarse mis laureles? Mi brazo, que admira toda España con respeto, mi
brazo, que tantas veces ha salvado a este reino, afirmado tantas veces el trono de su rey,
¿traiciona, pues, mi causa, y no hace nada por defenderme? ¡Oh, recuerdo cruel de mi
gloria pasada! ¡ Oh, nueva dignidad tan hostil a mi ventura! ¡Sima profunda a la que cae
mi honor! ¿Debo contemplar ¿Cómo triunfa el conde sobre mi fama y morir sin venganza,
o vivir en el oprobio? Conde, sed vos quien al presente eduquéis a mi príncipe: tan alto
cargo no consiente a un hombre sin honor. Tu celoso orgullo, por tan gran afrenta, a pesar
de la elección del rey, ha sabido hacerme indigno. Y tú, espada, glorioso instrumento de
mis brillantes acciones, pero inútil ornato de un cuerpo ya vencido; tú, antaño tan temida, y
que, en este agravio me has servido de ostentacióh y no de defensa, ¡huye, abandona para
siempre al último de los hombres, pasa, para vengarme, a otras manos mejores!
ESCENA QUINTA
Don Diego, don Rodrigo
DON DIEGO.-Rodrigo, ¿posees tú valor?
DON RODRIGO.-Cualquiera otro que no fuese mi padre ahora mismo lo comprobaría.
DON DIEGO.-¡Cólera bienhechora! ¡Altivo sentimiento tan grato a mi dolor! Reconozco
allí sangre en esa noble flia; mi juventud revive en tan irritable fogosidad. Ven, hijo mío;
ven, mi sangre, a reparar mi infamia. Ven a vengarme.
DON RODRIGO.-¿De qué?
DON DIEGO.-De una afrenta tan cruel que ha dado un golpe mortal al honor de los dos:
de una bofetada. El insolente hubiera perdido la vida; mas mi edad ha traicionado mi noble
impulso, y esta espada, que ya no puede sostener mi brazo, te la entrego a ti para la
venganza y el castigo. Ve a dar pruebas de tu valor contra el insolente: tal ultraje sólo con
sangre puede ser lavado; muere o mata. Para no engañarte, te llevo a combatir contra un
hombre temible: yo le he visto, cubierto de polvo y de sangre, infundir temor a todo un
ejército. He visto cien escuadrones aniquilados por su bravura, y para decirte más aún, más
que soldado valiente, más que gran capitán, es...
DON RODRIGO.-Concluid, por favor.
DON DIEGO.-El padre de Jimena.
DON RODRIGO.-Él...
DON DIEGO.-No me repliques, conozco tu amor; más quien pueda vivir en la deshonra es
indigno de vivir. Cuanto más querido es el ofensor, más grande resulta la infamia. Ya
conoces la afrenta, a ti te corresponde la venganza: no te digo nada más. Véngame y
véngate; muestra que eres el hijo digno de un padre como yo. Apesadumbrado por las
desdichas a que me entrega el destino, voy a llorar las: vete, corre, vuela y vénganos.
ESCENA SEXTA
Don Rodrigo
DON RODRIGO.-Herido hasta en el fondo del corazón por un ataque tan inesperado como
mortal, vengador digno de piedad en causa tan justa, y objeto desventurado de un rigor
inmerecido, permanezco inmóvil y mi alma abatida se abandona al golpe que me mata. Tan
cerca de conseguir la recompensa a mi amor, ¡oh, Dios, qué penoso deber! ¡En esta afrenta
mi padre es el ofendido y el ofensor el padre de Jimena! ¡Qué rudos combates siento
dentro de mí! Contra mi propia honra mi amor toma partido: es necesario vengar a un
padre, y perder a una mujer a la que se ama: el uno me incita y la otra detiene mi brazo.
Reducido a la triste elección de traicionar mi amor o de vivir en la infamia, por ambas
partes mi daño es infinito. Padre, mujer querida, honra, amor, penoso y noble deber, dulce
tiranía, todas mis venturas morirán o habrá de decaer mi reputación. El uno me hace
desgraciado, la otra indigno. Esperanza cruel y querida de un alma noble y, a la vez,
enamorada; digno enemigo de mi mayor ventura, hierro que engendras mi pesar, ¿me has
sido dado para vengar mi honor, me has sido dado para perder a Jimena? Más vale
decidirse a morir. Tanto debo a mi amada como a mi padre: al vengarme me hago reo a la
vez de su rencor y de su odio; atraeré su desprecio si no lo hago. El uno me hace desleal a
mi más dulce esperanza, la otra indigno de ella. Mi dolor aumenta cuando trato de aliviarlo;
todo redobla mi embarazo. Vayamos, alma mía, y puesto que es preciso morir,
muramos sin ofender a Jimena. ¡Morir sin vengarme! ¡Ir en busca de una muerte tan fatal a
mi reputación! ¡Sufrir que España impute a mi memoria el no haqer sido capaz de
mantener el honor de mi estirpe! ¡Respetar un amor del que la turbación de mi alma ve la
pérdida segura! No escuchemos más este pensamiento engañoso y que no sirve sino para
embarazarme. Vamos, salvemos mi honor, puesto que de todos modos perderé a .Jimena.
Sí, estoy decidido. Le debo todo a mi padre antes que a mi amada. Que muera en el
combate, o que muera de tristeza, dejaré mi sangre tan limpia como la recibí. Empiezo a
acusarme por demasiada negligencia: corramos a la venganza, y avergonzado por haber
dudado tanto tiempo, no debo preocuparme más porque siendo hoy mi padre el ofendido el
ofensor sea el padre de Jimena.
ACTO SEGUNDO
ESCENA PRIMERA
Don Arias, el Conde
EL CONDE.-Confieso entre nosotros que, irritado en exceso, me enardecí demasiado por
unas palabras y llegué a sobrepasarme. Mas ya está hecho y la cosa no tiene remedio.
DON ARIAS.-Esa arrogancia debe someterse a los deseos del rey: ha puesto gran interés
en este negocio, y su irritación se dirigirá contra vos con todo el peso de su autoridad.
Nada hay que os defienda: el rango del ofendido y la magnitud de la ofensa reclaman
acatas y deberes que sobrepasan a las satisfacciones habituales.
EL CONDE.-El rey puede disponer de mi vida según sus deseos.
DON ARIAS.-De excesivo arrebato ha sido consecuencia vuestra falta. El rey os estima
aún; apaciguad su cólera. Él ha dicho: «Quiero que sea así.» ¿Le desobedeceréis vos?
EL CONDE.-Señor, para conservar su estima, desobedecer un poco no es tan grave delito.
Mas, por grande que fuere, mis actuales servicios son más que suficientes para borrarlo.
DON ARIAS.-Por mucho y muy considerable que sea lo que se haga, nunca es deudor el
rey de un súbdito suyo. Os estimáis en mucho, mas debéis saber que quien sirve bien al
soberano no hace más que cumplir con su obligación. Os perdéis, señor, en vuestra
confianza.
EL CONDE.-No os daré la razón más que de acuerdo con la experiencia.
DON ARIAS.-Debéis temer a lo que puede un monarca.
EL CONDE.-Una ocasión sola no puede perder a un hombre como yo. Si toda su grandeza
se armara contra mí, todo el Estado perecería si fuera necesario que pereciese yo.
DON ARIAS.-¡Cómo!, ¿tan poco teméis al poder soberano ?...
EL CONDE.-De un cetro que caería de sus manos sin mí. A él mismo le interesa
demasiado mi conservación, pues si cayera mi cabeza perdería su corona.
DON ARIAS.-Permitíos entrar en razón. Tomad una decisión prudente.
EL CONDE.- Ya la tengo tomada.
DON ARIAS.-¿Qué le diré, pues? Debo dar cuenta al rey.
EL CONDE.-Que en modo alguno puedo consentir que se me avergüence.
DON ARIAS.-Mas tened en cuenta que los reyes desean ser absolutos.
EL CONDE.-La suerte está echada, señor; no hablemos más.
DON ARIAs.-Adiós, pues, ya que he tratado inútilmente de decidiros. A pesar de todos
vuestros laureles, temed la sentencia.
EL CONDE.-La aguardaré sin temor.
DON ARIAS.-Mas no sin que se cumpla.
EL CONDE.-Así, pues, veremos dar satisfacción a don Diego.
(El Conde, solo)
No teme amenazas quien no teme la muerte. Mi ánimo se halla a cubierto de los mayores
reveses; se me puede obligar a vivir en desgracia, pero no a que acepte vivir sin honor.
ESCENA SEGUNDA
El Conde, don Rodrigo
DON RODRIGO.-Dos palabras, conde.
EL CONDE.- Habla.
DON RODRIGO.-Sácame de una duda. ¿Conoces bien a don Diego?
EL CONDE.-Sí.
DON RODRIGO.-Hablemos más bajo. Escucha. ¿Sabes que ese anciano fue la virtud
misma, la bravura y el honor de su tiempo? ¿Lo sabes?
EL CONDE.- Tal vez.
DON RODRIGO.-¿Sabes que este brillo que llevo en mis ojos procede de su sangre? ¿Lo
sabes?
EL CONDE.-¿Y qué me importa a mí?
DON RODRIGO.-A cuatro pasos de aquí te lo haré saber.
EL CONDE.- ¡Joven presuntuoso!
DON RODRIGO.-Habla sin acalorarte. Soy joven,
ciertamente; mas en los bien nacidos el valor no aguarda a los años.
EL CONDE.- ¡Medirte conmigo! ¿Quién te ha dado tanta osadía a ti, al que nadie ha visto
aún con las armas en la mano?
DON RODRIGO.-Los míos no esperan dos ocasiones para darse a conocer, Y sus intentos
valen tanto como grandes acciones.
EL CONDE.-¿Sabes bien quién soy?
DON RODRIGO.-Sí; otro cualquiera, al eco sólo de tu nombre, podría ponerse a temblar.
Los laureles de que veo cubierta tu cabeza parecen llevar escrito mi perdición. Me enfrento
temerariamente con un brazo vencedor siempre; mas tendré fuerzas bastantes, pues que
tengo el coraje necesario. Nada es imposible para quien venga a su padre. Tu brazo es
invicto, pero no es invencible.
EL CONDE.-La bravura que se muestra en tus palabras ya la descubrieron cada día sobre
tus ojos los míos; y creyendo contemplar en ti el honor castellano, de buen grado te
entregaba mi hija. Conozco tu pasión y estoy maravillado viendo que todos tus
sentimientos ceden ante tu deber, que no han disminuido esa generosa bravura, que responde
tu nobleza a la estima que de ella hice y que, deseando para yerno a un caballero
cumplido, no me engañaba en mi elección; mas empiezo a notar que mi compasión me
pone de tu parte. Admiro tu valor y lamento que tu juventud trate de conducirte a un
intento fatal. Ahorra un combate demasiado ventajoso para mí; semejante victoria me
reportaría muy poco honor; venciendo sin peligro no se triunfa gloriosamente. Siempre se
te creería derrotado sin esfuerzo y yo sólo podría lamentar tu muerte.
DON RODRIGO.-Indigna compasión ha seguido a tu audacia. Quien se atreve a
despojarme de mi honor, ¿puede temer arrebatarme la vida?
EL CONDE.-Retírate de aquí.
DON RODRIGO.-Marchemos, pues.
EL CONDE.-¿Tan cansado estás de vivir?
DON RODRIGO.-¿Sientes temor de morir?
EL CONDE.- Ven; con tu deber cumples. Es un degenerado el hijo que sobrevive un solo
momento al deshonor del padre.
ESCENA TERCERA
La Infanta, Jimena, Leonor
LA INFANTA.-Sosiega, Jimena, sosiega tu dolor; hazte fuerte contra esa desventura.
Volverás a encontrar la calma, tras esa débil tempestad; tu dicha no se ha ensombrecido
sino por una nube ligera y no has perdido nada por verla diferida.
JIMENA.-Mi corazón, lleno de pesadumbre. no se atreve a esperar nada. Una tempestad
tan imprevista, turbando la bonanza, nos trae el anuncio de un seguro naufragio: no podría
dudarlo y yo pereceré en el puerto. Amaba, era amada, y nuestros padres estaban de
acuerdo; os refería la dichosa nueva, en el mismo desventurado instante en que nacía su
querella, cuyo fatal relato, tan pronto como os ha sido hecho, ha destruído el cumplimiento
de tan dulce esperanza. ¡Maldita ambición, locura detestable, de la que hasta los más
nobles sufren la tiranía! ¡Honra tan sin piedad para mis vehementes deseos, cuántas
lágrimas y gemidos vas a costarme!
LA INFANTA.-Nada tienes que temer en su disputa: en un instante surgió y en un instante
desaparecerá. Ha hecho demasiado ruido para que no pueda concertarse, y es ya el rey
quien los quiere reconciliar. Bien sabes que mi corazón, tan sensible a tus inquietudes, hará
lo imposible por hacerlas desaparecer.
JIMENA.-Nada puede hacer la reconciliación en tal estado de cosas; tan mortales afrentas
no pueden repararse. Inútilmente se pondrá en juego la fuerza o la prudencia: si el mal se
cura será, sólo al parecer. El rencor que los corazones esconden dentro de sí, alimenta
fuegos ocultos, pero mucho más ardientes.
LA INFANTA.-El nudo sagrado que unirá a Rodrigo y Jimena disipará los odios de los
padres enemigos, y pronto hemos de ver más fuerte a vuestro amor, disipando con un
venturoso himeneo ese desacuerdo.
JIMENA.- Tanto más lo deseo cuanto que no lo espero: don Diego es demasiado altivo y
yo conozco a mi padre. Siento correr las lágrimas que quiero contener; el pasado me
atormenta y temo al porvenir.
LA INFANTA.-¿Qué es lo que temes? ¿La impotente debilidad de un anciano?
JIMENA.-Rodrigo es valeroso.
LA INFANTA.-Pero es demasiado joven.
JIMENA.-Los hombres valerosos lo son desde el principio.
LA INFANTA.-No debes temerle mucho, sin embargo; está demasiado enamorado para
querer agraviarte. Tan sólo dos palabras de tus labios contendrán su cólera.
JIMENA.-Si él no me obedece, se colmarán mis penas. y si puede obedecerme, ¿qué se
dirá de él? ¡Sufrir tal ultraje dada su cuna! Que resista o que ceda al amor que le atrajo a
mí, mi espíritu no puede sino avergonzarse o confundirse por su falta de respeto o por su
justa negativa.
LA INFANTA.-Eres noble, Jimena, y aun tratándose de tu propio interés no puedes
soportar un vil pensamiento; mas si hasta el día en que se llegue a un acuerdo hago mi
prisionero de tan cumplido enamorado, impidiendo así las consecuencias de su bravura,
¿no abrigará ningún recelo tu amor?
JIMENA.- ¡Ah, señora!, siendo así nada puede preocuparme.
ESCENA CUARTA
La Infanta, Jimena, Leonor, el Paje
LA INFANTA.-Paje, id en busca de Rodrigo y traedle aquí.
EL PAJE.-El conde de Gormaz y él...
JIMENA.- ¡Dios mío; estoy temblando!
LA INFANTA.-Hablad.
EL PAJE.-Juntos han salido de ese palacio.
JIMENA.-¿Solos?
EL PAJE.-Solos y, al parecer, desafiándose en voz baja.
JIMENA.-Sin duda han negado a las manos; ya no hay que hablar más. Señora, perdonad
que os abandone rápidamente.
ESCENA QUINTA
La Infamta, Leonor
LA INFANTA.- ¡Ay, cuánta inquietud se adueña de mi espíritu!. Lloro sus desdichas, me
abandona el sosiego y mi pasión revive. Lo que va a separar a Rodrigo y a Jimena hace
que a un tiempo mismo renazcan mi desesperación y mi tortura; mas esa separación, que
veo a mi pesar, hace que se vea embargado mi espíritu por un secreto gozo.
LEONOR.-La gran nobleza que reina en vuestra alma, ¿tan pronto ha de rendirse a esa
pasión indigna?
LA INFANTA.-No la llames indigna, ahora que, gloriosa y triunfante, me dicta su ley:
respétala, puesto que me es tan querida. Mi honor la combate, mas, a pesar de él, espero; y
mal defendido mi corazón de tan loca esperanza, corre hacia un pretendiente que Jimena
perdió.
LEONOR.-¿Dejáis hundirse así tan alta virtud y que la razón os abandone?
LA INFANTA.- ¡Ah, cuán sin resultado se la escucha cuando el corazón está henchido de
tan dulce veneno! Y cuando el enfermo ama su enfermedad, ¡cuánto le cuesta permitir que
le sea aliviada!
LEONOR.-Vuestra esperanza os seduce, os es dulce vuestro mal; mas, con todo, ese
Rodrigo es indigno de vos.
LA INFANTA.-Demasiado lo sé, pero si cede mi entereza, mira cómo soborna el amor a
un corazón del que es dueño. Si Rodrigo saliera vencedor del encuentro, si bajo su valor se
abatiese tan gran guerrero, le puedo amar sin avergonzarme. ¿De qué no será capaz si
puede vencer al Conde? Me atrevo a imaginar que a sus menores hazañas reinos enteros
caeran bajo sus leyes, y los halagos de mi amor me persuaden ya a que he de verle sentado
en el trono de Granada, temblando al adorarle los moros subyugados; a Aragón recibir a
este nuevo conquistador, rendirse Portugal, y esas nobles hazañas llevar más allá de los
mares sus altos designios para regar sus laureles con la sangre africana: todo cuanto se
dice, en fin, de los más famosos guerreros lo aguardo de Rodrigo después de esta victoria y
hago de su amor causa de mi honra.
LEONOR.-Mas, señora, ved hasta dónde lleváis su brazo, tras un combate que tal vez no
se lleve a efecto.
LA INFANTA.-¿Qué es lo que pretendes? Estoy loca y mi espíritu se ofusca: ya ves por
ello los males a que este amor me conduce. Ven a mi habitación a consolar mis penas, y no
me abandones en la inquietud en que me hallo.
ESCENA SEXTA (1)
Don Fernando, don Arias, don Sancho
DON FERNANDO.- ¡Tan vano es, pues, el Conde y tan poco razonable! ¿Aún se atreve a
creer que se le puede perdonar su delito?
DON ARIAS.-Me entrevisté con él, por orden vuestra, largo rato; he hecho cuanto he
podido, señor, mas nada obtuve.
DON FERNANDO.- ¡Justo cielo! ¡Tan temerario puede llegar a ser un súbdito que tan
poco respeto y cuidado ponga en complacerme! ¡Ofende a don Diego y desprecia su
soberano! ¡En mi misma Corte me dicta leyes! Por más que sea bravo gue rrero y gran
capitán, sabré abatir tanta altivez. Aunque fuera el valor mismo y el dios de los combates
ha de ver lo que el faltar a la obediencia significa. Sea lo que fuere lo que mereciese tal insolencia,
quise tratarle con suavidad; mas, puesto que abusa de ella, id hoy mismo, se
resista o no, a detenerle.
(1) Las escenas sexta, séptima y octava se desarrollan en palacio.
DON SANCHO.-Tal vez decrezca su rebeldía cuando pase un poco de tiempo; se le ha
encontrado en todo el encendimiento de su querella. Señor, en la fogosidad de los primeros
instantes, con dificultad se rinde un corazón tan generoso. Él bien sabe que ha obrado mal,
pero un carácter tan altivo no se reduce tan pronto a confesar su falta.
DON FERNANDO.-Callaos, don Sancho, y tened en cuenta que incurre en delito aquel
que lo defiende.
DON SANCHO.-Obedezco y callo; mas, por favor, permitidme dos palabras aún en
defensa del Conde.
DON FERNANDO.-¿Qué podéis decir?
DON SANCHO.-Que un espíritu acostumbrado a las grandes hazañas no puede rebajarse a
humillaciones: ninguna puede concebir que se justifique sin afrenta; es a esta sola palabra a
la que se ha resistido el conde. Encuentra demasiado rigor en su obligación y os obedecería
si no fuera tanta su nobleza. Ordenad que su brazo, fortalecido en los combates, repare esta
injuria con las armas; os dará satisfacción, señor, y venga el que viniere, sabiéndolo él, he
aquí quién responderá.
(Don Sancho, al decir esto, pone la mano sobre la espada.)
DON FERNANDO.-Faltáis al respeto; mas perdono a vuestra edad y excuso el ardor de la
juvenil arrogancia. Un rey, cuya prudencia está más fundada, sabe disponer mejor de sus
súbditos: yo velo por los míos, mis cuidados les sostienen, del mismo modo que la cabeza
a los miembros que la sirven. Por ello vuestras razones no lo son para mí; vos habláis
como soldado, yo debo proceder como rey, y sea cuanto quiera lo que diga, o lo que ose
creer, por obedecerme no puede el Conde perder su honor. Por otra parte, la afrenta me alcanza
a mí también: ha ultrajado al que he hecho ayo de mi hijo; ofender al elegido por mí
es ofen- derme y atentar contra el poder supremo. No hablemos más. Cuanto me queda por
decir es que se han visto diez navíos enarbolando las banderas enemigas; han osado
aparecer en la desembocadura del río (1).
DON ARIAS.-Por la fuerza han aprendido los moros a conoceros, y, derrotados tantas
veces, han perdido el coraje de atreverse contra tan gran vencedor.
DON FERNANDO.-Nunca podrán ver con buenos ojos que, a despecho suyo, mi cetro rija
en Andalucía; esta bella región, que ellos dominaron por tan largo tiempo, es mirada
siempre con envidia. Esta es la única causa que me ha hecho trasladar, desde hace diez
años, el trono castellano a Sevilla: para verles más de cerca e inutilizar con mayor
prontitud todo cuanto intenten.
DON ARIAS.-Saben, a costa de sus más nobles cabezas, cómo se aseguran, al hallaros
presente, vuestras conquistas. Nada tenéis que temer.
(1) El Guadalquivir.
DON FERNANDO.-Y nada que descuidar. El exceso de confianza atrae el peligro, y ya
sabéis que el reflujo de la mar alta puede traerlos a poca costa hasta aquí. Sin embargo,
cometería una equivocación, siendo incierto el aviso, si indujera a que los corazones se
sobresaltasen. El efecto que produciría esta inútil alarma al sobrevenir la noche, llenaría de
gran turbación a la ciudad. Haced que se redoble la guardia en los muros y en el puerto.
Esto basta por esta noche.
ESCENA SÉPTIMA
Don Fernando, don Sancho, don Alonso
DON ALONSO.-Señor, el conde ha sido muerto; don Diego, por medio de su hijo, ha
vengado su ofensa.
DON FERNANDO.-Tan pronto como conocí la afrenta preví la venganza, y desde aquel
momento traté de evitar esta desdicha.
DON ALONSO.-Jimena viene a depositar su dolor a vuestras plantas y, deshecha en llanto,
a pediros justicia.
DON FERNANDO.-Aunque comparto su desesperación, lo hecho por el Conde ha
merecido, al parecer, un castigo adecuado a su temeridad. Por justo, sin embargo, que éste
sea, no puedo perder sin disgusto tal capitán. Tras tantos servicios como prestó al Estado,
tras haber derramado su sangre mil veces por mí, su pérdida, aunque a algún resentimiento
me obligue por su orgullo, no deja de serme lamentable y de afligirme su muerte.
ESCENA OCTAVA
Don Fernando, don Diego, Jimena, don Sancho, don Arias, don Alonso
JIMENA.- ¡Señor, señor, justicia!
DON DIEGO.- ¡Ah, señor, escuchadnos!
JIMENA.-Me echo a vuestros pies.
DON DIEGO.-Beso vuestras plantas.
JIMENA.-Pido justicia.
DON DIEGO.-Escuchad mi defensa.
JIMENA.-Castigad la insolencia de un mozo atrevido: él derribó al sostén de vuestro cetro,
ha matado a mi padre.
DON DIEGO.-No hizo sino vengar al suyo.
JIMENA.-El rey debe hacer justicia por la sangre de sus súbditos.
DON DIEGO.-No existe castigo para una venganza justa.
DON FERNANDO.-Levantaos uno y otro y hablad. Jimena, comparto vuestro infortunio,
mi alma se halla herida por vuestro mismo dolor. Vos hablaréis después, don Diego; no
interrumpáis sus quejas ahora.
JIMENA.-Señor, mi padre ha sido muerto; mis ojos vieron brotar su sangre a borbotones
de su noble costado. Esa sangre que tantas veces salvaguardó vuestras murallas; esa sangre
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Pedro Corneille El Cid
que tantas veces os ganó combates; esa sangre que, humeante aún, proclama su ira al verse
derramada por otros que por vos; con esa sangre que, en medio de todos los peligros no se
atrevió a verter la guerra, Rodrigo, en vuestra Corte, acaba de regar el suelo. Sin fuerzas y
perdido el color, acudí allí: le hallé sin vida. Excusad mi dolor, me falta el aliento, señor,
para proseguir tan penoso relato; mis lágrimas y mis gemidos os dirán el resto.
DON FERNANDO.-Ten valor, hija mía; desde hoy tu rey quiere hacerte de padre en su
lugar.
JIMENA.-Señor a mi desdicha demasiado honor ha sucedido; ya os lo dije, le encontré sin
vida; tenía abierto el costado y, para estremecerme más, su sangre escribía sobre el polvo
mi deber, o mejor, su bravura, a tal estado reducida, me hablaba por su llaga
conminándome a demandar justicia, y para hacerse escuchar por el más justo de los reyes
en esta triste boca ha tomado mi voz. No permitáis, señor, que bajo vuestro poder reine
entre nosotros semejante licencia; que los más valerosos se hallen expuestos impunemente
a los ataques de la temeridad; que un mozo osado triunfe sobre su reputación, se bañe en
su sangre y desafíe su memoria. Si no es vengado un guerrero como el que se os acaba de
arrebatar, habráde extinguirse el ardor de serviros. Ha muerto mi padre y yo pido
venganza, más por vuestro interés que por mi satisfacción. Vos perdéis con la muerte de un
hombre de su rango: vengadla con otra, sangre por sangre. Inmolad, no a mí, sino a vuestra
corona, y más a vuestra grandeza que para nadie; inmolad, digo, señor, en bien de la
nación entera, a todo el que se enorgullezca de tan grave atentado.
DON FERNANDO.-Don Diego, responded.
DON DIEGO.- ¡Cuán digno de envidiar es el.que al perder sus fuerzas pierda también la
vida! ¡Que una edad avanzada disponga a los hombres nobles, al término de su carrera, un
infausto destino !Yo, a quien los prolongados trabajos labraron tanta reputación, yo, al que
antaño siguió siempre la victoria, he de verme hoy, por haber vivido demasiado, recibir
una afrenta y quedar vencido. Lo que nunca logró ningún combate, emboscada o asalto, lo
que nunca pudieron Aragón ni Granada, ni todos vuestros enemigos, ni todos los que me
envidiaron, el conde en vuestra Corte lo ha conseguido casi ante vuestros ojos, por celos de
vuestra elección, y orgulloso de la ventaja que sobre mí le concedía la impotencia de mi
edad. Señor, de este modo estos cabellos, encanecidos bajo el peso de las armas, esta
sangre, pródiga antaño tantas veces por serviros, este brazo, que fue el terror en otro
tiempo de los ejércitos enemigos, descenderían a la tumba cargados de infamia si no hubiera
engendrado un hijo digno de mí, de su patria y de su rey. Él me ha prestado su apoyo, ha
matado al Conde, me ha devuelto el honor y ha lavado mi infamia. Si dar muestras de
valor y de entereza, si vengar una bofetada merece castigo, sólo debe recaer sobre mí:
cuando el brazo delinque, se castiga a la cabeza. Se llame delito o no a lo que motiva
nuestra querella, señor, yo soy la cabeza y él no es más que el brazo. Si Jimena se queja
porque mató a su padre, nunca lo hubiera hecho Rodrigo de poder hacerlo yo. Sacrificad,
pues, a esta cabeza que los años van a abatir y conservad para vos el brazo que puede
serviros. Satisfaced a Jimena a costa de mi sangre: no me opongo a ello y acepto mi
castigo; lejos de murmurar contra un fallo riguroso, muriendo sin deshonor, muero sin
pesar.
DON FERNANDO.-El asunto es grave, y, considerándolo bien, merece ser sometido a la
deliberación del consejo en pleno. Don Sancho, conducid a su casa a Jimena. Don Diego
tendrá mi Corte y su palabra por prisión. Que se me busque a su hijo. Yo os haré justicia.
JIMENA.-Es justo, señor, que un asesino perezca.
DON FERNANDO.-Sosiégate, hija mía, y calma tu dolor.
JIMENA.-Ordenarme sosiego es aumentar mis penas.
ACTO TERCERO
ESCENA PRIMERA
Don Rodrigo, Elvira
ELVIRA.-¿Qué es lo que has hecho, Rodrigo? ¿Adónde vienes tú, miserable? (1).
DON RODRIGO.-A seguir el triste destino de mi infausta suerte.
ELVIRA.-¡Cómo puede llevarte tu audacia y tu redoblado orgullo a comparecer en los
lugares que has cubierto de luto? ¿Cómo? ¿Hasta aquí llegas a desafiar la sombra del
Conde? ¿No le has ma tado tú?
DON RODRIGO.-Su vida era mi vergüenza: mi honor ha requerido de mi mano este
esfuerzo.
ELVIRA.- ¡Buscar tu asilo en la casa del muerto! ¿Hizo alguna vez un asesino su refugio
de ella?
DON RODRIGO.-No vengo más que a ofrecerme a mi juez. No me mires más con rostro
de terror; busco la muerte después de haberla causado. Mi juez es mi mismo amor, mi juez
es mi Jimena: merezco la muerte al merecer su odio, y no vengo más que a recibir como
bien supremo tanto la sentencia de su boca como la muerte de sus manos.
(1) La escena se desarrolla en casa de Jimena.
ELVIRA.-Más vale que huyas de su vista y de su irritación; hurta tu presencia a sus
primeros arrebatos: ve, no te expongas a los primeros impulsos que promueva el ardor de
sus resentimientos.
DON RODRIGO.-No, no; ese ser querido al que pude irritar no puede tener en mi suplicio
tanta cólera, y evito cien muertes que vengan sobre mí si para morir más pronto puedo
redoblarla.
ELVIRA.-Jimena se encuentra en palacio, en lágrimas bañada, y no regresará sino en
compañía de otras muchas personas. Rodrigo, huye, por favor: quítame este cuidado. ¿Qué
se diría si se te viera aquí? ¿Deseas que algún maledicente, para colmo de sus desdichas, la
acuse de soportar al asesino de su padre? Jimena está a punto de regresar; ya viene la veo
ya. Al menos, por su honra, Rodrigo, escóndete.
ESCENA SEGUNDA
Don Sancho, Jimena, Elvira
DON SANCHO.-Ciertamente, señora, necesitáis víctimas; vuestra cólera es justa y
justificado vuestro llanto. No trato, pues, a fuerza de palabras, ni de consolaras ni de
disminuir vuestras iras, mas si en mi mano está el serviros, utilizad mi espada para castigar
al culpable; utilizad mi amor para vengar esta muerte. Bajo vuestras órdenes será más
fuerte mi brazo.
JIMENA.- ¡Desdichada de mí!
DON SANCHO.-Por favor, aceptad mis servicios.
que lo produjo? ¿Y qué puedo esperar, sino eterno tormento, amando al criminal cuando
persigo un crimen?
ELVIRA. - ¡Os priva de vuestro padre y le amáis aún!
JIMENA.-Amarle es decir poco, Elvira: le adoro; mi pasión se opone a mi resentimiento;
dentro de mi enemigo está mi amado, y siento cómo, a despecho de toda mi ira, Rodrigo
combate aún a mi padre dentro de mi corazón: le ataca, le acorrala, cede, se defiende,
ahora firme, débil después, triunfante por último; mas en ese duro combate de amor y de
ira, destroza mi corazón sin adueñarse de mi voluntad, y aunque tenga algún poder su amor
sobre mi alma, no titubeo en seguir mi obligación; acudo sin dudarlo donde mi honor me
obliga. Amo a Rodrigo; cuanto significa para mí me aflige; mi corazón se pone de su parte,
pero a pesar de sus esfuerzos sé quién soy y que mi padre ha muerto.
ELVIRA.-¿Pensáis perseguirle?
JIMENA.- ¡Ah, pensamiento cruel y cruel persecución a la que me veo obligada! Reclamo
su cabeza y temo conseguirla. ¡ Mi muerte seguirá a la suya y quiero castigarle!
ELVIRA.-Abandonad, abandonad, señora, tan funesto designio; no os impongáis tan
tiránica ley.
JIMENA.-¿Cómo? Mi padre muerto y casi entre mis brazos, ¿clamaría venganza su sangre
y no la escucharía yo? Mi corazón, vergonzosamente seducido, ¡creer que no le debería
más que lágrimas impotentes! ¿Podría sufrir que el amor le sobornase y que ahogara mi
honor bajo un silencio vil?
JIMENA.-Ofendería al rey, que me ha prometido justicia.
DON SANCHO.-Vos sabéis que ella va con lentitud y que con frecuencia el crimen escapa
a su demora; muchas lágrimas hace perder con su retraso y su incertidumbre. Permitid que
un caballero os vengue con las armas; el camino es más seguro y más rápido para castigar.
JIMENA.-Ese es el último remedio; si es necesario llegar a él y os compadecéis entonces
de mí todavía, quedaréis en libertad para vengar mi injuria.
DON SANCHO.-A esa dicha tan sólo mi alma aspira, y pudiendo esperarla marcho
satisfecho.
ESCENA TERCERA
Jimena, Elvira
JIMENA.-Libre me encuentro, al fin, y de mi vivo dolor puedo hacerte ver, sin cuidados,
la tortura; puedo dar libre curso a mis tristes gemidos; puedo abrirte mi alma y mostrarte
todos mis pesares. Ha muerto mi padre, Elvira, y la primera espada con que se armó
Rodrigo ha sido la que ha cortado el hilo de su existencia. ¡Llorad, llorad, mis ojos, y
deshaceos en llanto! La mitad de mi vida ha llevado al sepulcro a la otra mitad, y me
obligo a vengarme, tras este golpe funesto, de la que ya no poseo con la que aún me queda.
ELVIRA.-Sosegaos, señora.
JIMENA.-¡Ah, cuán inoportunamente hablas de sosiego en tan gran infortunio! ¿Cómo
podrá calmarse nunca mi dolor si no puedo odiar a la mano
ELVIRA.-Señora, creedme, se os excusaría por que fuera menor vuestro arrebato contra un
pretendiente tan querido. Ya habéis hecho bastante, habéis visto al rey; no forcéis las
consecuencias.
JIMENA.- Va en ello mi reputación, necesito vengarme; por mucho que nos seduzca un
amoroso deseo, cualquier excusa es vergonzosa para los espíritus nobles.
ELVIRA.-Mas vos amáis a Rodrigo, él no puede contrariaras.
JIMENA.-Lo confieso.
ELVIRA.-¿Qué pensáis hacer, por tanto?
JIMENA.-Para conservar mi honra y concluir con mi desesperación, perseguirle, perderle,
y morir después que él.
ESCENA CUARTA
Don Rodrigo, Jimena, Elvira
DON RODRIGO.- ¡Pues bien, sin tomaras el trabajo de perseguirme, estad segura del
honor de quitadme la vida.
JIMENA.-Elvira, ¿dónde estamos, qué es lo que veo? ¡Rodrigo en mi casa! ¡Rodrigo en mi
presencia!
DON RODRIGO.-No regatees mi sangre: gozad, sin resistencia, el placer de mi muerte y
de vuestra venganza.
JIMENA.- ¡Ay!
DON RODRIGO.-Escúchame.
JIMENA.-Muero.
DON RODRIGO.-Un instante.
JIMENA.- Vete, déjame morir.
DON RODRIGO.-Cuatro palabras tan sólo: no me respondas después sino con esta
espada.
JIMENA.- ¡Cómo, teñida aún con sangre de mi padre!
DON RODRIGO.-Jimena mía...
JIMENA.-Ocúltame ese objeto odioso, que me reprocha tu crimen y tu vida.
DON RODRIGO.-Más vale que lo contemples, para excitar tus iras, para que tu cólera
aumente y se apresure mi castigo.
JIMENA.-Está teñida con mi sangre.
DON RODRIGO.-Húndela en la mía y haz que así se confundan las dos.
JIMENA.- ¡Ah, qué crueldad, que mata en un mismo día al padre con el hierro y a la hija
con la mirada! Aparta ese objeto de mi vista, no puedo sufrirlo. ¡Quieres que te escuche y
me obligas a morir!
DON RODRIGO.-Haré lo que deseas, pero sin dejar de querer que concluya por tu mano
mi triste vida; pues, al cabo, no esperas tú de mi afecto el arrepentimiento vil por una
buena acción. La consecuencia irreparable de un fogoso arrebato deshonró a mi padre y me
cubrió de vergüenza. Túsabes cuánto hiera una bofetada a un hombre valeroso; yo tenía
parte en la afrenta, busqué al autor: le hallé y he vengado a mi padre y a mi honor; lo haría
de nuevo si fuera preciso. No ha sido sin que por largo tiempo, contra mi padre y contra mí
mismo, mi amor combatiese por ti; juzga de su poder: en tal ofensa he podido deliberar
acerca de si cumpliría mi venganza. Reducido a perderte o a sufrir una afrenta, pensé que
mi brazo, a su vez, era demasiado impulsivo; me acusé de excesiva violencia, y tu belleza,
sin duda, hubiera hecho que se inclinase a tu favor el platillo de la balanza, a no haber
opuesto que un hombre sin honor no podía merecerte; que a pesar de cuanto significaba
para ti, quien me amaba noble, me odiaría vil; que hacer caso del amor que siento por ti,
obedecer a sus mandatos, era hacerme indigno y deshonrar tu elección. Te lo vuelvo a
repetir, y aunque lo lamente, hasta mi último instante lo repetiré: te he hecho una ofensa y
debí llevarla a cabo para borrar mi deshonra y para merecerte; mas en paz con mi honor y
en paz con mi padre, ahora es a ti a quien vengo a dar satisfacción. Para ofrecerte mi
sangre es para lo que me ves aquí. Hice lo que debí y hago lo que debo. Sé que la muerte
de un padre te arma contra mi delito; no he querido hurtarte tu víctima: inmola con valor a
la sangre derramada a aquél que se gloría por haberla vertido.
JIMENA.- ¡Ah, Rodrigo, es cierto! Aunque sea tu enemiga no puedo condenarte por haber
evitado la afrenta, y aunque el dolor me invada, no te acuso, lloro mis desdichas. Sé de qué
modo, después de tal ultraje, el honor reclamaba el generoso impulso de un corazón noble:
tú no has hecho más que cumplir con la obligación de un hombre de bien; pero también, al
hacerla, me has enseñado la mía. Tu funesto valor me alecciona con tu victoria; ella ha
vengado a tu padre y sostenido tu reputación. Lo mismo me toca a mí y, para afligirme.
¡Ay, por amarte me desespero! Si otra cualquier desdicha me hubiera arrebatado a mi
padre, en el placer de verte mi alma hubiera recibido su única alegría; contra mi dolor me
hubiera sentido dichosa cuando una mano tan querida enjugase mis lágrimas; mas debo
perderte, después de haberle perdido a él. Así lo exige mi honra de mi amor, y este terrible
deber, cuyo mandato ha de matarme, me obliga a mí misma a labrar tu ruina. No esperes
de mi afecto sentimientos cobardes por tu castigo. Por mucho que nuestro amor me ponga
de tu parte, mi nobleza debe responder a la tuya. Al ofenderme, tú te has mostrado digno
de mí; yo debo mostrarme digna de ti por tu muerte.
DON RODRIGO.-No retrases, pues, lo que el honor te ordena: él reclama mi cabeza y yo
la dejo en tus manos. Sacrifícala por esta noble causa; la muerte me será tan dulce como la
sentencia. Esperar, después de mi crimen, lenta justicia, es retrasar tu honor tanto como mi
suplicio. Dichoso moriré con tan hermosa muerte.
JIMENA.- Vete, soy tu rival y no tu verdugo. Si me ofreces tu cabeza, ¿soy yo quién debe
tomarla? Yo la tengo que atacar y tú la debes defender; de otro que no de ti es de quien
necesito obtenerla, pues debo perseguirte, pero no castigarte.
DON RODRIGO.-Por mucho que de mi parte te ponga nuestro amor, tu nobleza debe
responder a la mía, y para vengarte de un padre hacer uso de otro brazo, créeme mi
Jimena, que no es responder. Mi mano sola ha sabido vengar la ofensa del mío, sólo la tuya
tiene derecho a tomar venganza.
JIMENA.- ¡Cruel!, ¿por qué te obstinas en ello? ¡Tú te vengaste sin ayuda y quieres, en
cambio, proporcionármela a mí! Seguiré tu ejemplo. Tengo el valor suficiente para permitir
que mi reputación comparta la tuya. Mi honor y mi padre no quieren deber nada ni a los
testimonios de tu amor ni a los de tu desesperación.
DON RODRIGO.- ¡Riguroso punto de honor! ¡Ay!, haga lo que sea, ¿no podré obtener, al
fin, esta merced? En el nombre de un padre muerto, o de nuestro amor, castígame por
venganza o, al menos, por piedad. Menos penoso será para tu desventurado amante morir a
tus manos que vivir con tu odio.
JIMENA.- Vete, no te odio.
DON RODRIGO.-Debes odiadme.
JIMENA.-No puedo.
DON RODRIGO.-¿Tan poco temes el baldón y las murmuraciones? Cuando se conozca mi
crimen y que me amas aún, ¡qué no publicarán la impostura y la envidia! Fuérzalas al
silencio y, sin pensarlo más, pon a salvo tu fama haciéndome morir.
JIMENA.-Será mayor aún dejándote vivir. Quiero que la voz de la más negra envidia la
eleve hasta el cielo y lamente mis pesares, sabiendo que te adoro y que, sin embargo, te
persigo. Vete, no muestres más a mi extremado dolor lo que es forzoso que pierda, aunque
lo ame. En las sombras de la noche oculta tu salida; si se te viera, correría peligros mi
honor. La única ocasión que tendría la maledicencia sería la de saber que te he permitido
estar aquí. No le des lugar a que ataque mi reputación.
DON RODRIGO.- ¡Muero!
JIMENA.- Vete.
DON RODRIGO.-¿Qué es lo que resuelves? .
JIMENA.-A pesar de cuanto turba mi cólera haré cuanto me sea posible para dejar bien
vengado a mi padre; mas, no obstante el rigor de un deber tan penoso, mi único deseo es
no poder conseguir nada.
DON RODRIGO.- ¡Oh, milagro de amor!
JIMENA.- ¡Oh, colmo de desdichas!
DON RODRIGO.-¡Cuántos males y cuántas lágrimas nos costarán nuestros padres!
JIMENA.-¿Quién lo hubiera creído, Rodrigo?
DON RODRIGO.-¿Quién habría de decirlo, Jimena?
JIMENA.-Que tan cercana se hallase nuestra hora y que tan de pronto se malograse.
DON RODRIGO.-Y que tan próxima al puerto, contra toda apariencia, tan súbita
tempestad destruyera nuestra esperanza.
JIMENA.- ¡Ah, mortales dolores!
DON RODRIGO.-¡Ah, inútiles lamentos!
JIMENA.-Márchate, una vez más, no quiero volver a escucharte.
DON RODRIGO.-¡Adiós! Arrastraré un vivir agonizante hasta que no me vea despojado
de él por tu persecución.
JIMENA.-Si lo consigo, te doy mi promesa de no respirar ni un solo momento después que
tú. Adiós. Sal, y ten cuidado, sobre todo, de que nadie te vea.
ELVIRA.-Señora, sean cualesquiera los males que el cielo nos envíe...
JIMENA.-No me importunes más, déjame gemir; busco el silencio y la noche para llorar.
ESCENA QUINTA
Don Diego
DON DIEGO.-Nunca gozaremos de una dicha perfecta. Los acontecimientos más
venturosos están mezclados de tristezas; siempre algunas inquietudes en ellos turban la
pureza de nuestro contento. En medio de la dicha siento amenazada mi alma; nado en la
alegría y tiemblo de temor. Hevisto muerto al enemigo que me había ultrajado, pero me es
imposible encontrar la mano que me vengó. Me esfuerzo en vano, y es inútil que lo haga;
fatigado como estoy, recorro toda la ciudad. El escaso vigor que me han dejado mis
muchos
años, sin fruto se consume en buscar al vengador. En cualquier momento, por todas partes,
y en una noche tan oscura, creo poderIe abrazar y no abrazo más que a una sombra, y mi
afecto, decepcio nado al engañarse así, no hace más que forjar sos pechas que redoblan mi
temor. Ninguna señal descubro de su huida; temo a los amigos y a la escolta del muerto
conde; su número me sobrecoge y con funde mis pensamientos. O no vive Rodrigo, o
alienta en la prisión. ¡Justos cielos! ¿Me engaño aún ante una apariencia o es que veo, al
cabo, a mi única esperanza? Es él, no lo dudemos más; mis votos han sido escuchados, mi
temor ya no existe y concluyeron mis males.
ESCENA SEXTA
Don Diego, don Rodrigo
DON DIEGO.- ¡Rodrigo, el cielo permite al fin que pueda verte!
DON RODRIGO.- ¡Ay!
DON DIEGO.-No mezcles ningún lamento a mi alegría. Déjame tomar aliento para
alabarte. Mi nobleza no puede negarte en modo alguno; bien has sabido imitarla, y tu
atrevido arrojo hace que revivan en ti los héroes de mi raza. Es de ellos de quienes
desciendes, procedes de mí. El primer golpe de tu espada iguala a todos los míos, y animada
tu juventud por tan ardiente impulso, tras esta prueba alcanza ya a mi renombre.
Apoyo de mi vejez y colmo de mi ventura, toca estos blancos cabellos a los que devuelves
el honor; ven a besar esta mejilla y reconoce el lugar donde fue impresa la afrenta que tu
bravura borró.
DON RODRIGO.-Os ha sido devuelto el honor: no podía hacer menos yo, procediendo de
vuestra cuna y habiendo sido educado por vuestros desvelos. Me tengo por muy dichoso, y
estoy contento de que mi primera acción satisfaga a quien le debo la vida; mas no os sepa
mal, en medio de vuestras alegrías, si oso a mi vez satisfacerme tras vos. Permitidme que
estalle mi desesperación libremente; demasiado intentaron dulcificarIa vuestras palabras.
No me arrepiento en modo alguno de haberos servido; mas devolvedme el bien que al
hacerlo me ha sido arrebatado. Mi brazo, para vengaros, armado contra mi amor, me ha
privado del alma por ese acto tan honroso. Nada más digáis ya. Todo lo he perdido por
vos: cuanto os debía bien os lo he devuelto.
DON DIEGO.-Conduce, lleva a más alto el fruto de tu victoria: te he dado la vida y tú me
devuelves mi honor, y pues éste me es más querido que la luz del día, tanto más desde
ahora deberé devolvértelo. Mas aparta esas flaquezas de un corazón magnánimo; honra no
hay más que una, ¡mujeres hay tantas! El amor es sólo un juego, el honor es un deber.
DON RODRIGO.- ¡Ah! ¿Qué es lo que me decís?
DON DIEGO.-Lo que es necesario que sepas.
DON RODRIGO.-La ofensa a mi honor se venga sobre mí mismo, ¡y vos me incitáis a la
vileza de la inconstancia! La infamia es igual y corresponde lo mismo al soldado cobarde
que al pérfido amador. No agraviéis mi fidelidad; soportad me generoso sin hacerme
perjuro: mis ligaduras son demasiado fuertes para que se puedan romper de ese modo;
alienta aún mi fe aunque ya nada espero, y no pudiendo abandonar ni poseer a Jimena, la
muerte que deseo es mi más dulce castigo.
DON DIEGO.-No es tiempo aún de buscar la muerte: tu rey y tu patria necesitan de tu
brazo. La flota que se temía ha entrado en el Guadalquivir creyendo sorprender a la ciudad
y poder saquear la comarca. Los moros van a descender, y la marea y la oscuridad en una
hora les harán presentarse sin ruido ante nuestras murallas. Se halla agitada la Corte y el
pueblo lleno de alarma: no se escuchan más que gritos ni se ven más que lágrimas. En
medio de la turbación general mi suerte ha permitido que encontrara en mi casa a
quinientos de mis amigos que, conociendo mi afrenta, y llevados de un mismo celo, se
venían a ofrecer para vengarme. Tú te has anticipado a ellos; mas su bravura se templará
mejor en la sangre de los africanos. Marcha a su cabeza adonde el honor te reclame: es a ti
al que solicita por jefe tan noble partida. Ve a sostener el ataque de nuestros eternos
enemigos. Allí, si es que quieres morir, puedes hallar una hermosa muerte; aprovecha la
ocasión puesto que ésta se te ofrece; haz que deba tu rey su salvación a tu pérdida; mas
vuelve, mejor, coronado con los laureles de la victoria. No reduzcas tu fama a vengar una
afrenta; lleva aquélla más lejos: obliga por tu valentía a que el rey te perdone y a que
Jimena calle; si la amas, volver con el triunfo es el único medio que te queda para
reconquistar su corazón. Mas el tiempo es demasiado precioso para andar perdiéndolo en
palabras. Te detengo con mis discursos Y quiero que corras. Ven, sígueme, ve a combatir y
a demostrar al Rey que lo que ha perdido en el conde lo recobra en ti.
ACTO CUARTO
ESCENA PRIMERA
Jimena, Elvira
JIMENA.-¿No se trata de un falso rumor, lo sabes bien, Elvira?
ELVIRA.-Nunca creerías cuánto le admiran todos y cómo son elevadas hasta el cielo, en el
clamor general, sus grandes hazañas. Sólo para vergüenza suya han comparecido los
moros ante él, descendieron a tierra rápidamente, pero más rápida fue aún su huida. En tres
horas de combate han logrado nuestros soldados una victoria completa y han hecho
prisioneros a dos reyes. Ningún obstáculo encontraba el valor de su jefe.
JIMENA.-¿Todos esos milagros han sido realizados por Rodrigo?
ELVIRA.-De sus nobles esfuerzos el premio son esos dos reyes: su mano los venció y su
mano los ha hecho cautivos.
JIMENA.-¿De quién puedes saber tan extraordinarias nuevas?
ELVIRA.-Del pueblo, que por doquier hace resonar sus alabanzas, nombrándole autor y
causante de sus alegrías, su ángel tutelar y su libertador.
JIMENA.-¿Y el rey con qué ojos contempla tanta valentía?
ELVIRA.-Rodrigo no se atreve a comparecer aún en su presencia, mas don Diego, lleno de
entusiasmo, le presenta encadenados en nombre del vencedor a esos reales cautivos, y
solicita como recompensa, de ese príncipe magnánimo, que se digne recibir a quien ha
salvado la comarca.
JIMENA.-¿No ha sido herido?
ELVIRA.-No sé nada; mas, si cambiáis de color!. Sosegaos.
JIMENA.-Sí, y debo recobrar también mi cólera que se debilita. ¿Por preocuparme de él es
necesario que olvide mi deber? Se le lisonjea, se le alaba, ¡y yo lo comparto! ¡Enmudece
mi honor y se hace impotente mi deber! Cállate, amor, y deja obrar a mi ira. Si ha vencido
a dos reyes, ha matado a mi padre; esas tristes vestiduras, sobre las que leo mi desdicha,
han sido las primeras consecuencias que produjo su valor, y dígase lo que quiera de un
corazón tan arrojado, todos los objetos aquí me hablan de su crimen. Vosotros, que
devolvéis su fuerza a mis iras, velos, crespones, vestiduras, lúgubres ornamentos, pompa
que me prescribe su victoria primera, sostened bien mi honra contra mi amor, y cuando
éste cobre demasiada puj anza, hablad a mi espíritu de mi triste deber, combatid sin temor
a un brazo victorioso.
ELVIRA.-Moderad esos arrebatos, he aquí a la infanta.
ESCENA SEGUNDA
La Infanta, Jimena, Leonor, Elvira
LA INFANTA.-No vengo aquí a consolar tus dolores, sino, mejor, a mezclar mis gemidos a
tus lágrimas.
JIMENA.-Más vale que compartáis la general alegría y que disfrutéis de la ventura que nos
ha sido enviada por el cielo, señora. Nadie sino yo tiene derecho a gemir: don Rodrigo ha
sabido apartar el peligro de nosotros, y el bienestar que sus armas os devuelven sólo a mí
me consienten que llore todavía. Ha salvado a la ciudad, ha servido a su rey, y sólo para mí
es funesto su brazo.
LA INFANTA.-Mi Jimena, ciertamente ha hecho maravillas.
JIMENA.- y a ha llegado a mis oídos ese enfadoso rumor, y escucho que publican a
grandes voces a tan bravo soldado cuan infausto amador.
LA INFANTA.-¿Qué tiene de enfadoso para ti ese rumor popular? El joven Marte a quien
él ensalza bien supo complacerte antes: poseía tu alma, vivía bajo tus leyes; loar su valor,
por tanto, es honrar a quien escogiste.
JIMENA.-Cada cual podrá ensalzarle con razón, pero para mí esa alabanza es un nuevo
suplicio. Se exacerba mi dolor al ponerle tan alto. Veo así cuánto pierdo, al ver cuánto vale.
¡Ah, crueles desesperaciones para el espíritu de una enamorada! Cuanto más conozco su
mérito, más aumenta mi ardor. No obstante, sigue siendo más fuerte mi deber, y a pesar de
mi amor, perseguirá su muerte.
LA INFANTA.-Ayer ese deber hizo que se te tuviera en gran estima. El esfuerzo que para
sobreponerte a ti mismo hiciste era tan magnánimo, tan digno de un corazón noble, que
cada cual admiraba en la Corte tu entereza y se compadecía de tu amor. Pero ¿quieres
escuchar el consejo de una amistad fiel?
JIMENA.-Sería un delito en mí no obedeceros.
LA INFANTA.-Lo que entonces fue justo, hoy ya no lo es. Ahora Rodrigo es nuestro único
apoyo, la esperanza y el fervor de un pueblo que le adora, el sostén de Castilla y el terror
del moro. El rey mismo comparte esta verdad, según la cual sólo en Rodrigo resucita tu
padre, y si quieres que te lo diga en dos palabras, tú persigues, con su muerte, la ruina de
todos. ¡Ah! ¿Es qne por vengar a un padre podrá permitirse nunca que se abandone a la
patria en manos del enemigo? ¿Está justificada contra nosotros tu persecución? ¿Hemos
tomado parte en el crimen nosotros para ser castizados? No quiero decirte con esto que
debas casarte con aquel al que la muerte de tu padre te obligaba a acusar: yo misma trataría
de arrancarte la intención de hacerlo; desposéele de tu amor, pero déjanos su vida.
JIMENA.-¡Ah, no está en mí ser tan generosa!.¡El deber que me impulsa no tiene límites!
Por mucho que mi amor me incline de su parte, aunque le adore un pueblo y un rey le
colme de favores, aunque se halle rodeado de los más atrevidos guerreros, abatiré sus
laureles bajo el peso de mi luto.
LA INFANTA.-Es noble, para vengar a un padre, permitir que nuestro deber ataque a una
persona tan querida; pero existe otro de más importancia: sacrificar a los intereses de la
patria los de la sangre. No, créeme, ya basta con que dejes extinguir tu amor; estará bien
castigado con verse rechazado de tu alma. Que el bienestar de tu patria te imponga esta ley.
Por lo demás, ¿qué crees que te concederá el rey?
JIMENA.-Puede darme una negativa, pero yo no me puedo callar.
LA INFANTA.-Piensa bien, Jimena, lo que pretendes hacer. Adiós; a solas te será fácil
pensar sobre ello.
JIMENA.-Después de muerto mi padre, nada tengo que decidir.
ESCENA TERCERA
Don Fernando, don Diego, don Arias, don Rodrigo, don Sancho
DON FERNANDO.-Noble heredero de una familia ilustre que fue siempre la gloria y el
apoyo de Castilla, descendiente de tantos antepasados famosos por su valor y al que las
primeras muestras del tuyo han igualado: para recompensarte es pequeño mi poder, no
tengo tanto cuantos son tus méritos. El librar a la nación de tan rudo enemigo, afirmar el
cetro en mi mano por obra de la tuya, y deshacer a los moros antes de que en el riesgo en
que nos ponían yo pudiera dar orden para rechazar sus armas, no son hazañas qlle permitan
a tu rey la posibilidad ni la esperanza de pagarte la deuda que te debo. Mas dos reyes,
cautivos tuyos, serán tu recompensa. Los dos te han dado el nombre de su Cid en mi
presencia; puesto que Cid en su idioma vale tanto como señor, yo no te privaré de ese
nombre que te honra. Sé en adelante el Cid; que todo ceda ante ese gran nombre; que llene
de terror a Granada y a Toledo, y que indique a todos cuantos viven bajo mis leyes todo lo
que vales y todo lo que yo te debo.
DON RODRIGO.-Que Vuestra Majestad, señor, disculpe mi modestia. Concede demasiada
importancia a tan flaco servicio y me obliga a enrojecer delante de tan gran rey por
merecer tan poco el honor que recibo. Demasiado sé cuánto es lo que debo a vuestro
imperio, a la sangre que me anima y al aire que respiro, y si los pierdo por tan justa causa
no haré más que cumplir con la obligación de un súbdito.
DON FERNANDO.-Cuantos esa misma obligación impulsa a mi servicio no cumplen con
el mismo arrojo, y cuando el valor no llega hasta el exceso, no logra producir triunfos tan
extraordinarios. Acepta, pues, que se te ensalce, y refiéreme con mayor detalle el suceso de
esta victoria.
DON RODRIGO.-Señor, supisteis que en e\ riesgo apremiante que condujo a la ciudad a
tan grave temor, un grupo de amigos que se reunieron en casa de mi padre impulsó mi
ánimo, turbado todavía... Mas, señor, perdonad mi osadía si me atreví a emplearla sin
vuestra autoridad: se acercaba el peligro; su grupo estaba preparado; mostrándome en el
patio, arriesgué mi cabeza; mas si era necesario perderla, prefería hallar la muerte combatiendo
por vos.
DON FERNANDO.-Disculpo tu apresuramiento en vengar tu afrenta, y la defensa que tú
has hecho del Estado me habla en tu favor. En adelante, bien puedes creer que por mucho
que hable Jimena no la he de escuchar más que para consolaria. Mas prosigue.
DON RODRIGO.-Bajo mis órdenes, pues, se adelanta esta partida mostrándose en la
frente de todos una viril firmeza. Salimos quinientos, mas pronto recibimos refuerzos, y
éramos tres mil cuando llegamos al muelle.¡Tanto era el valor que recobraban los más
temerosos viéndonos avanzar de esta manera! Escondí las dos terceras partes tan pronto
como llegamos, en el fondo de los navíos que fueron hallados al punto; el resto, cuyo
número aumentaba a cada momento, ardiendo en impaciencia, permanece a mi alrededor,
se oculta contra el suelo y, sin hacer ningún ruido, pasó así gran parte de la noche. Por
orden mía la guardia hace lo mismo y, manteniéndose oculta, colabora con mi estratagema;
yo fingí osadamente haber recibido de vos la orden que se me veía obedecer y que yo di a
todos. La indecisa claridad que desciende de las estrellas nos permite ver, al cabo, con la
marea, treinta navíos, las olas se hinchan bajo ellos, y en un esfuerzo común los moros y el
mar suben hasta el puerto. Se les deja pasar; todo les parece tranquilo; ningún soldado en
el puerto, ninguno sobre los muros de la ciudad. Nuestro profundo silencio, engañándoles,
hace que no se atrevan a dudar de habernos sorprendido; se acercan sin temor, echan el
ancla, descienden y corren a entregarse a las manos que les esperan. Nos levantamos
entonces y todos al mismo tiempo elevamos hasta el cielo mil gritos resonantes. Los
nuestros, a esos gritos, responden desde nuestros navíos; aparecen armados, los moros se
llenan de confusión, el pánico les domina desde que se hallan descendiendo; antes de
empezar a combatir se consideran perdidos. Corrían al pillaje y encuentran las armas; les
abatimos sobre el mar, les abatimos sobre la tierra, y hacemos correr ríos de sangre, antes
de que ninguno se resista o de que pueda recuperar su puesto. Pero pronto, a pesar de
nuestros esfuerzos, sus príncipes les reúnen; renace su valor y sus terrores se olvidan; la
vergüenza de morir sin haber combatido contiene su desorden y les devuelve el coraje.
Contra nosotros, a pie firme, blanden sus cimitarras, hacen una horrible confusión entre su
sangre Y la nuestra, y la tierra, el río, su flota y el muelle son campos de batalla donde
triunfa la muerte. ¡Oh, cuántas acciones, cuán grandes hazañas han quedado sin gloria en
medio de las tinieblas, donde cada uno, testigo solamente de los grandes golpes dados por
él, no podía discernir hacia qué parte se inclinaba la suerte! Yo acudía a todas para
envalentonar a los nuestros, señalar su sitio a los que acudían, impulsarles a su vez; pero
tampoco pude saberlo hasta romper el alba. Mas, al cabo, su claridad pone de relieve
nuestra ventaja: el moro ve su derrota y pierde en seguida el valor, y viendo la llegada de
un refuerzo que acude a nuestro socorro, el entusiasmo de vencer cede ante el temor de
morir. Ganan sus navíos, cortan las amarras, lanzan gritos horribles, se retiran en tumulto,
no parando mientes en si sus reyes pueden retirarse con ellos. Su pánico es excesivo para
que les permita cumplir este deber: la marea les trajo, y la marea se los lleva, mientras que
sus reyes, que se han lanzado en medio de nosotros, y algunos más de entre los suyos,
acribillados de heridas disputan bravamente sus vidas vendiéndolas caras. Inútilmente les
invito yo mismo a rendirse: con la cimitarra en la mano no me escuchan; mas viendo caer a
sus pies a todos sus soldados, y que solos ya, en vano se defienden, preguntan por el jefe:
doy mi nombre, se rinden. Juntos os los envié a un tiempo mismo, y el combate cesó por
falta de combatientes. De esta manera fue como en vuestro servicio...
ESCENA CUARTA
Don Fernando, don Diego, don Rodrigo, don Arias, don Alonso, don Sancho
DON ALONSO.-Señor, Jimena viene a pediros justicia.
DON FERNANDO.- ¡Qué aviso enojoso y qué deber importuno! Vete, no quiero obligarla
a que te vea. Por todo agradecimiento me es preciso hacerte marchar; mas antes de que
salgas, ven, tu rey quiere abrazarte.
DON DIEGO.-Jimena le persigue, y quisiera salvarle.
DON FERNANDO.-Me han dicho que le ama y voy a probarlo. Mostrad más triste
semblante.
ESCENA QUINTA
Don Fernando, don Diego, don Arias, don Sancho, don Alonso, Jimena, Elvira
DON FERNANDO.-Quedad contenta al cabo, Jimena, los hechos responden a vuestros
deseos. Si Rodrigo venció a nuestros enemigos, ha muerto ante nuestros ojos a
consecuencia de las heridas que recibió; dad gracias al cielo, que os ha vengado. (A don
Diego.) Ved cómo cambia ya de color.
DON DIEGO.-Mas ved que se desmaya, y admirad en ello, Señor, las pruebas de un amor
perfecto. Su dolor ha traicionado lo que oculta su alma y ya no os permite dudar de ese
amor.
JIMENA.- ¡Cómo! ¿Ha muerto Rodrigo?
DON FERNANDO.-No, no, vive, y te mantiene un amor constante. Sosiega, pues, tu
dolor.
JIMENA.-Señor, un desmayo puede ser tanto de alegría como de tristeza; un exceso de
alegría nos hace tan débiles que cuando sorprende a nuestra alma nos priva de nuestros
sentidos.
DON FERNANDO.-¿Es que quieres que creamos en ti lo imposible? Jimena, tu dolor se
ha mostrado demasiado evidente.
JIMENA.-Pues bien, señor, añadid esto más a mis desdichas, haced de mi desmayo la
consecuencia de mi dolor: un justo pesar me ha llevado hasta ese extremo. Su muerte
hurtaba su vida a mi persecución; si muere por las heridas recibidas en defensa de su patria
ha fracasado mi venganza y quedan traicionados mis designios. Un fin tan hermoso es
demasiado inj usto para mí. Reclamo su muerte, pero no una muerte gloriosa, no en un
honor que tan alto le encumbte, no en el campo de batalla, sino en el patíbulo; que muera
en compensación a la muerte de mi padre, y no por la patria; que lleve una mancha su
nombre y se marchite su recuerdo. Morir por la nación no es un fin lamentable: es
inmortalizarse con una hermosa muerte. Acato su victoria, sí, y ello no es un delito; con
ella asegura al Estado y me devuelve mi víctima, ennoblecida, cubierta de fama entre todos
los guerreros; me devuelve su cabeza coronada, en vez de flores, de laureles, y para decir
en una palabra lo que pienso, digna de ser inmolada a los manes de mi padre... ¡Ay, por qué
esperanza me dejo conducir! Nada tiene que temer Rodrigo por mi parte. ¿Qué podrían
temer contra él lágrimas que se menosprecian? Para él todo vuestro reino es un asilo; en él,
bajo vuestro poder, todo se lo puede permitir; triunfa sobre mí igual que sobre los
enemigos. Ahogada la justicia en la sangre vertida por éstos, a los crímenes del vencedor
sirve de nuevo trofeo; magnificamos su esplendor y el desprecio a la ley nos hace seguir su
carro triunfal en medio de dos reyes.
DON FERNANDO.-Hija mía, demasiada violencia existe en esos arrebatos. Cuando se
hace justicia debe echarse todo en los platillos de la balanza: mató a tu padre, él era el
agresor; la equidad misma me ordena ser benigno. Antes que acusarle, consulta bien a tu
corazón: Rodrigo es su dueño, y tu amor en secreto le da gracias a tu rey porque con su
perdón le conserva para ti.
JIMENA.-¡Para mí, mi enemigo, el objeto de mis iras, el autor de mis infortunios, el
asesino de mi padre! ¡Tan poco caso se hace de mi justo proceder que se cree obligarme al
no prestarme atención! Puesto que os negáis a hacer justicia a mis lágrimas, permitidme,
señor, que a las armas recurra; con ellas me ha ultrajado y es con ellas con las que me debo
vengar. Reclamo su cabeza a todos vuestros caballeros; sí, que uno de ellos me la traiga y
yo le perteneceré; que le combatan, señor, y el lance concluido, me casaré con el vencedor,
si Rodrigo es castigado. Permitid que bajo vuestra autoridad se proclame así.
DON FERNANDO.-Esa vieja costumbre establecida en estos lugares, bajo el pretexto de
castigar un atentado injusto, privándole de sus mejores combatientes, debilita al Estado;
con frecuencia las consecuencias deplorables de tal exceso oprimen al inocente y sostienen
al reo. De tal costumbre dispenso a Rodrigo; le tengo en demasiada estima para exponerle
a los caprichos de la suerte, y sea cuanto quiera lo que haya podido cometer un corazón tan
magnánimo, los moros, al huir, se han llevado consigo su delito.
DON DIEGO.-¡Ah, señor, para él sólo abolís las leyes que tantas veces ha visto observar la
Corte entera! ¿Qué es lo que pensará vuestro pueblo y qué dirá la envidia, si defendida por
vos es ahorrada su vida y se hace de ello un pretexto para no comparecer al lugar en que
toda la gente noble busca una muerte digna? Favores semejantes debilitarían con exceso su
reputación: que goce sin enrojecer los frutos de su victoria. El conde fue osado y él supo
castigarle: se ha comportado como un valiente y debe mantener su conducta.
DON FERNANDO.-Puesto que así lo queréis, lo concedo; mas, de un soldado vencido
otros mil ocuparían el lugar, y la recompensa que Jimena ha ofrecido al vencedor, de todos
mis caballeros haría enemigos suyos. A él sólo oponerle contra todos sería demasiado
injusto: basta con que una vez entre en la liza. Escoge a quien quieras, Jimena, y escoge
bien; después de ese torneo no solicites nada más.
DON DIEGO.-No excuséis con ellos a los que temen su brazo: dejad un campo abierto, en
el que nadie ha de atreverse a entrar. Después de lo que Rodrigo ha puesto de manifiesto
hoy ¿quién tendría tan vano atrevimiento que osara desafiarle? ¿Quién se arriesgaría contra
un adversario así? ¿Quién sería ese valiente, o mejor quién tendría tanta temeridad?
DON SANCHO.-Haced abrir el campo: he aquí el contrincante. Yo soy ese temerario, o
mejor, ese valiente. Concededme esta merced, señora: vos sabéis que me la prometísteis.
DON FERNANDO.-Jimena, ¿abandonas tu causa a esas manos?
JIMENA.-Lo prometí, señor.
DON FERNANDO.-Estad preparados mañana.
DON DIEGO.-No, señor, no hace falta retrasar lo más: siempre se está preparado cuando
se posee valor.
DON FERNANDO.- ¡Salir de una batalla y combatir al instante!
DON DIEGO.-Rodrigo ha tomado aliento al referírnosla.
DON FERNANDO.-Una o dos horas, al menos, quiero que se esperen. Mas, por temor a
que esta lid sirva de ejemplo, y para testim.oniar a todos que permito a pesar mío un
proceder que no me plugo nunca, ni yo ni nadie de palacio nos hallaremos presentes.
(Dirigiéndose a don Arias.) Vos solo haréis de juez: cuidad de que los dos se conduzcan
con nobleza y cuando el combate concluya traedme al vencedor. Quienquiera que sea, su
recompensa será la misma: quiero por mí mismo llevarle a Jimena, y que reciba como
premio su amor y su fidelidad.
JIMENA.- ¡Ah, señor, imponerme tan dura ley!
DON FERNANDO.-Te quejas, mas tu amor, lejos
de aprobar que lo hagas, si Rodrigo venciese le aceptaría sin disgusto. Deja de lamentarte
contra una orden tan benigna. Cualquiera que sea de los dos, haré de él tu esposo.
ACTO QUINTO
ESCENA PRIMERA
Don Rodrigo, Jimena
JIMENA.- ¡Ah, Rodrigo, en pleno día! ¿Cómo tienes tanta audacia? Vete, me faltas al
respeto. Retírate, por favor.
DON RODRIGO.-Voy a morir, señora, y acudo aquí antes de que tal suceda, a daros (1) mi
último adiós: el amor inquebrantable que me impulsa a serviros no se atreve a aceptar mi
muerte sin antes rendiros homenaje.
JIMENA.- ¡Vas a morir!
DON RODRIGO.-Corro hacia esos venturosos instantes que entregarán mi vida a vuestros
resentimientos.
JIMENA.- ¡Vas a morir! ¿Es tan temible don Sancho que pueda infundirte temor? ¿Quién
te ha vuelto tan débil, o quién le ha hecho tan fuerte a él? ¡Va a combatir Rodrigo y se cree
muerto ya! Aquel que no ha temido a los moros, ni a mi padre, ¡va a combatir a don
Sancho y ya desespera! ¡Así, pues, se abate, ante la ocasión, tu bravura!
(1) A partir de aquí, Rodrigo deja de tutear a Jimena.
DON RODRIGO.-Acudo al suplicio y no al combate; bien sabe la lealtad de mi amor
quitarme el deseo, cuando vos buscáis mi muerte, de defender mi vida. Mi bravura es
siempre la misma, mas para nada quiero mi brazo cuando hay que conservar lo que no
queréis; ya esta noche me habría sido mortal si sólo para mí mismo hubiera combatido;
mas defendiendo al rey, a su pueblo y ami patria, buscando mi muerte les hubiera traicionado.
La nobleza de mi espíritu no me permite odiar tanto la vida que quiera
abandonarla con una deslealtad. Mas ahora que se trata solamente de mi interés, vos
reclamáis mi muerte y yo acepto la sentencia. Vuestra ira os hace elegir otra mano, pues yo
no merezco morir por la vuestra. No se me ha de ver rechazar sus golpes. Es mayor el
respeto que debo a quien por vos combate, y contento por saber que es de vos de quien
proceden, le presentaré mi pecho al descubierto, adorando en su mano a la vuestra que es
la que me pierde.
JIMENA.-Si la justificada crueldad de un triste deber, que me hace a pesar mío perseguir
tu bravura, tan dura ley prescribe a tu amor que te hace ir indefenso a quien por mí
combate, no olvides por ello que en ese lance te juegas tanto tu vida como tu fama, y que
por mucho que sea el renombre en que hayas vivido, cuando se te sepa muerto, se te creerá
derrotado. Más querida que yo es para ti tu reputación, puesto que ella hizo que tus manos
se mojaran en la sangre de mi padre, y puesto que te hace renunciar aún, a pesar de que me
ames, a la más dulce esperanza de obtener mi posesión, veo, sin embargo, que haces tan
poca cuenta de ella, que sin presentar combate quieres que te venzan. ¿Qué debilidad es la
que hace que flaquee tu arrogancia? ¿Por qué no la tienes ya, o por qué la tuviste entonces?
¿Cómo es que sólo eres noble para ultrajarme? Si no se trata de ofenderme, ¿ya carece de
entereza? ¿Tan riguroso eres para mi padre que después de haberle vencido, soportas que
otro te venza a ti? Vete, sin desear morir, déjame que te persiga, y defiende tu honor, si es
que ya no quieres vivir.
DON RODRIGO.-Después de la muerte del conde y de la derrota de los moros,
¿necesitaría de otras pruebas mi fama? Bien puede ésta desdeñar el cuidado de
defenderme: se sabe que mi bravura es capaz de emprenderlo todo, de alcanzarlo todo y
que, bajo la capa del cielo, nada me es tan precioso como mi honor. No, no, en ese
combate, sea cuanto fuere lo que queráis creer, Rodrigo puede morir sin arriesgar su fama,
sin que se le pueda acusar de falta de coraje, sin pasar por vencido y sin permitir a un
vencedor. Se dirá tan sólo:
«Adoraba a Jimena. No ha querido vivir y merecer su odio. Cedió por propio impulso ante
el rigor del destino que quiso que su amada persiguiera su muerte; ella reclamaba su
cabeza, y su magnánino corazón creería cometer un delito si se la hubiera negado. Para
vengar su honra perdió su amor, para vengar a su amada puso fin a sus días, prefiriendo,
pese a cualquier esperanza que pudiera abrigar, su honra a Jimena, y Jimena a su vida.»
Así, pues, contemplaréis mi muerte en esa lid, lejos de oscurecer mi fama, realzando su
esplendor, y ella sobrevivirá a mi voluntaria muerte, con la que otro alguno no os hubiera
conseguido satisfacer.
JIMENA.-Puesto que para impedirte correr hacia la muerte, tu fama y tu vida pueden tan
poco, si alguna vez me has amado, Rodrigo, defiéndete por ello ahora para hurtarme a don
Sancho. Combate para libertarme de una condición que me pone en manos de aquel que es
objeto de mi repulsa. ¿Te diré más aún? Ve, piensa en defenderte, para triunfar sobre mi
deber, para imponerme silencio, y si sientes todavía algún amor hacia mí, sal vencedor de
un combate del que Jimena constituye el premio. Adiós, esa vil palabra me hace enrojecer
de vergüenza.
DON RODRIGO.-¿Existe algún enemigo al que yo no pueda avasallar ahora?
Compareced, navarros, castellanos y moros, y todos cuantos valientes España ha criado;
uníos todos y formad un ejército para combatir a una mano que tal impulso recibe. Juntad
vuestros esfuerzos contra tan dulce esperanza; para llegar a buen término sois pocos vosotros.
prolongada tortura, ni extinguir al amor ni aceptar al amado! Mas ya son
demasiados escrúpulos y se maravilla mi razón de que quede postergado un objeto tan
digno: aunque por mi cuna sólo a. los reyes me deba, Rodrigo, he de vivir sin deshonra
bajo tu ley. Después de haber vencido a dos monarcas, ¿podrá faltarte corona a ti? Y ese
nombre de Cid, que ahora has conquistado, ¿ no pone bien de manifiesto que debes reinar?
Sí, es digno de mí, mas pertenece a Jimena; la entrega que hice de él me anonada. La
muerte de un padre tan poco odio ha puesto entre ellos, que muy a su pesar la voz de la
sangre clama contra él. No esperemos, pues, ningún fruto de su crimen, ni de mi pesar, ya
que ha querido mi suerte, para castigarme, que el amor perdure incluso entre dos enemigos.
ESCENA SEGUNDA
La Infanta
LA INFANTA.-¿He de escucharte aún, respeto hacia mi cuna, que haces un delito de mi
inclinación? ¿He de escucharte aún, amor, cuyo dulce poder contra ese cruel tirano hace
que se revelen mis promesas? ¡Pobre princesa! ¿A cuál de los dos quieres prestar tu
obediencia? Rodrigo, tu valor te hace digno de mí; mas aunque seas valiente, no eres hijo
de rey. ¡Suerte cruel, cuyo rigor separa mi honra de mis deseos! ¿Se hubiera dicho que el

otorgarme tan gran nobleza costara tantos pesares a mi corazón? ¡Oh, cielos; a cuántos lamentos
me conducís si no logro jamás, por tan prolongada tortura, ni extinguir al amor ni
aceptar al amado! Mas ya son demasiados escrúpulos y se maravilla mi razón de que quede
postergado un objeto tan digno: aunque por mi cuna sólo a los reyes me deba, Rodrigo, he
de vivir sin deshonra bajo tu ley. Después de haber vencido a dos monarcas, ¿podrá faltarte
corona a ti? Y ese nombre de Cid, que ahora has conquistado, ¿no pone bien de manifiesto
que debes reinar? Sí, es digno de mí, mas pertenece a Jimena; la entrega que hice de él me
anonada. La muerte de un padre tan poco odio ha puesto entre ellos, que muy a su pesar la
voz de la sangre clama contra él. No esperemos, pues, ningún fruto de su crimen, ni de mi
pesar, ya que ha querido mi suerte, para castigarme, que el amor perdure incluso entre dos
enemigos.
ESCENA TERCERA
La Infanta, Leonor
LA INFANTA.-¿De dónde vienes, Leonor?
LEONOR.-A aplaudiros, señora, en el sosiego que, al cabo, encontró vuestra alma.
LA INFANTA.-¿De dónde llegará ese sosiego al colmo de las desdichas?
LEONOR.-Si el amor vive de esperanzas, con ellas muere. Ya no puede seducir Rodrigo a
vuestro corazón. Conocéis la lid a la que Jimena le empuja: es preciso que muera o que sea
su marido. Estáis curada, pues, ya que vuestra esperanza ha muerto.
LA INFANTA.- ¡Ah, cuántas cabe tener aún!
LEONOR.-¿Qué podéis esperar?
LA INFANTA.-Di mejor, ¿qué esperanza puedes arrebatarme? Si Rodrigo combate bajo
esas condiciones, para frustrar sus consecuencias ya sé lo que hay que hacer. El amor, ese
dulce causante de mis crueles torturas, enseña a los que le obedecen sobrados artificios.
LEONOR. - ¿Qué podréis conseguir cuando la muerte de un padre no ha podido encender
la discordia entre ellos? Bien muestra Jimena con su proceder que no es hoy el odio el que
la impulsa. Logra una lid, y para que combata por ella ha aceptado al instante al primero
que se ha ofrecido: no ha recurrido a esos brazos nobles que tantas hazañas hicieron
famosos; le basta con don Sancho y merece su aceptación porque por vez primera va a
tomar las armas. Prefiere en tal duelo su falta de experiencia; como carece de renombre, no
alberga ninguna desconfianza; bien podéis ver por ello que Jimena busca un combate que
triunfe sobre su deber, que proporcione a Rodrigo una fácil victoria y la autorice, al cabo, a
mostrarse satisfecha.
LA INFANTA.-Bien me doy cuenta de ello y, sin embargo, tanto como Jimena amo al
vencedor. ¿A qué puedo resolverme yo, infortunada amante?
LEONOR.-A recordar mejor vuestra cuna. ¡El cielo os debe un rey y amáis mejor a un
súbdito!
LA INFANTA.-Cambia de objeto mi inclinación. No amo a Rodrigo, un simple hidalgo.
No, no es ése el nombre que le da mi amor: si amo, es al autor de tan grandes hazañas, al
valeroso Cid, al señor de dos reyes. Me contendré, pues, no por temor a ninguna
vergüenza, sino para no enturbiar pasión tan hermosa; y aunque se le coronase para
decidirme, no he de querer en modo alguno recuperar un bien que yo misma cedí. Puesto
que en esa lid su victoria es segura, vayamos una vez más a entregarle a Jimena. Y tú, que
conoces las señales grabadas sobre mi corazón, ven a verme concluir lo mismo que
empecé.
ESCENA CUARTA

Jimena, Elvira
JIMENA.-¡Cómo sufro, Elvira, y cuán digna soy de compasión! No sé más que esperar y
todo lo temo; no forjo ningún deseo al que me atreva a consentir; a nada aspiro, sino a un
pronto arrepentimiento. Obligo a que dos rivales tomen las armas por mí: lágrimas ha de
costarme el más feliz resultado. Sea lo que fuere lo que la suerte ordene en mi favor, o
queda sin vengar mi padre, o habrá de morir mi amado.
ELVIRA.-De una u otra manera quedaréis satisfecha: o tenéis a Rodrigo o quedáis
vengada, y ordene lo que quiera de vos el destino no hará más que mantener vuestra
reputación y daros un esposo.
JIMENA.-¿Cómo? ¡El causante de mi odio, o el de tanta desventura! ¡Al asesino de
Rodrigo, o al de mi padre! Por ambas partes se me concede un esposo teñido aún con la
sangre más querida para mí; contra las dos partes se rebela mi alma; temo más que a la
muerte al término de mi querella: id, venganza, amor, que turbáis mi espíritu, ninguna
dicha podéis otorgarme a tal precio. Y tú, oh Dios, que mueves los hilos de mi suerte
enemiga, concluye este combate dejándolo indeciso, sin hacer a ninguno de los dos ni
vencedor ni vencido.
ELVIRA.-Eso sería trataros con demasiado rigor. Es un nuevo suplicio para vuestra alma
ese combate si os ha de dejar reducida a pedir justicia, a testimoniar siempre ese violento
rencor, a perseguir constantemente la muerte del que amáis. Señora, vale más que su
inaudita bravura, coronando su frente, os reduzca al silencio; que ahogue vuestros gemidos
la ley del combate y que el rey os obligue a seguir vuestros deseos.
JIMENA.-Aunque él salga vencedor, ¿crees que habré de rendirme? Es más fuerte mi
deber y demasiado grande mi pérdida. No basta para ella la razón del combate o la
voluntad del rey. Puede vencer a don Sancho con poco esfuerzo, pero no la reputación de
Jimena; y a pesar de lo que el monarca haya prometido a su triunfo, mi honra le
proporcionará otros mil enemigos.
ELVIRA.-Tened cuidado de que para castigaros de tan gran orgullo el cielo no permita al
fin que seáis vengada. ¿Cómo, queréis rechazar todavía la ventura de poder callaros sin
mengua para vuestro honor? ¿Qué pretende esa imposición y qué es lo que espera? ¿Os
devolverá a vuestro padre la muerte de vuestro amante? ¿No tenéis bastante ya con un
infortunio? ¿Son necesarias víctima tras víctima y dolor tras dolor? Obstinándoos de ese
modo no merecéis el amante que se os otorga; hemos de ver la justiciera cólera del cielo
entregaros, con su muerte, a don Sancho por esposo.
JIMENA.-Elvira, muchas son ya mis penas; no quieras redoblarlas con ese funesto
augurio. Quiero, si ello me es posible, evitar los a los dos; si no, todos mis votos son en ese
combate por Rodrigo: no porque un loco apasionamiento me incline a su favor, mas porque
si él fuera vencido, yo sería de don Sancho. En contra de esto último nacen todos mis
deseos. Mas ¿qué veo? ¡Desgraciada de mí! Elvira, ya es un hecho.
ESCENA QUINTA
Don Sancho, Jimena, Elvira
DON SANCHO.-Obligado a depositar esta espada a vuestros pies...
JIMENA.-¿Cómo, teñida aún con la sangre de Rodrigo? Pérfido, ¿te atreves a presentarte
ante mis ojos después de haberme arrebatado a lo que más amaba? Muéstrate, mi amor, ya
nada tienes que temer: mi padre está satisfecho, cesa de contenerte. El mismo daño ha
puesto a cubierto mi honra, en desesperación mi alma y mi amor en libertad.

DON SANCHO.-Con un ánimo más tranquilo...
JIMENA.-¿Me hablas aún, execrable asesino de un héroe al que adoro? Vete, le has
vencido a traición. Un guerrero tan arrojado nunca hubiera sucumbido bajo un tal enemigo.
No esperes nada de mí, pues en modo alguno me has servido; creyendo vengarme, me has
quitado la vida.
DON SANCHO.-Extraña actitud, por la que lejos de escucharme...
JIMENA.-¿Quieres que te escuche lisonjeándote de su muerte, que oiga con gusto la
insolencia con que describirás su infortunio, mi crimen y tu bravura?
ESCENA SEXTA
Don Fernando, don Diego, don Arias, don Sancho, don Alonso, Jimena, Elvira.
JIMENA.-Señor, ya no es necesario que os oculte cuanto mis esfuerzos no os han podido
celar. Amaba, lo supisteis; mas para vengar a mi padre quise, ciertamente, perseguir a
quien me era tan querido. Vuestra majestad, señor, por sí misma pudo adivinar cómo he
hecho que cediese mi amor ante mi deber. Al fin, Rodrigo ha muerto, y su muerte me ha
transformado de implacable enemiga en afligida amante. Yo debía esta venganza al que me
dio el ser y ahora debo estas lágrimas a mi amor. Don Sancho ha causado mi ruina tomando
mi defensa, ¡y yo soy el premio al brazo que me ha perdido! Señor, si la piedad puede
conmover a un monarca, revocad, por favor, tan dura ley; yo le dejo mi bien por
recompensa a una victoria con la que pierdo lo que amo; que él me deje a mí; que pueda
llorar sin tregua, en un claustro sagrado y hasta mi último suspiro, a mi padre y a mi
amante.
DON DIEGO.-Ella ama, al cabo, señor, y no considera un delito confesar con sus propios
labios un amor legítimo.
DON FERNANDO.-Jimena, sal de tu error, tu amante no ha muerto, y don Sancho,
vencido, te ha hecho un falso relato.
DON SANCHO.-Señor, un acaloramiento excesivo la ha hecho incurrir en él a mi pesar;
regresaba del combate para referirle su resultado. El noble guerrero, que es dueño de su
corazón: «No temas nada -me dijo, al desarmarme-; antes dejaré incierta la victoria que
derramar la sangre arriesgada en defensa de Jimena; mas, puesto que mi deber me llama
junto al rey, vete a verla por mí y de parte del vencedor llévale tu espada.» Señor, he
venido, mas ella le ha hecho sufrir un error: ha creído que fui yo quien venciera viéndome
de regreso, y su cólera ha traicionado súbitamente a su amor con tal arrebato y tanta impaciencia
que no he conseguido hacerme escuchar ni un solo instante. En cuanto a mí,
aunque derrotado, me doy por contento; pese a lo mucho que contraría a mi corazón y
aunque pierdo infinitamente, prefiero mi derrota, puesto que ha permitido el feliz resultado
de tan perfecto amor.
DON FERNANDO.-Hija mía, no hay que avergonzarse de que éste sea así, ni buscar el
modo de negarlo. Es en vano que te solicite un laudable deber: tu reputación se halla libre
de su compromiso y tu honor está a salvo. Queda satisfecho tu padre, puesto que era
vengarle el hacer correr un riesgo tantas veces a Rodrigo. Habiendo hecho tanto por él, haz
algo por ti misma y no te muestres rebelde a mis mandatos que te otorgan un esposo tan
querido.
ESCENA SÉPTIMA
Don Fernando, don Diego, Don Arias, Don Rodrigo, don Alonso, don Sancho, la Infanta,
Jimena, Leonor, Elvira.
LA INFANTA.-Enjuga tus lágrimas, Jimena, y sin tristeza recibe de mis manos al
magnánimo vencedor.
DON RODRIGO.-No os ofendáis, señor, si ante vuestra presencia un amoroso respeto me
arrodi lla a SUS pies. No vengo aquí a reclamar mi conquista: vengo una vez más a traeros
mi vida, señora; mi amor no ha de hacer uso ni de las leyes del torneo ni de la voluntad del
rey. Si todo es poco aún por vuestro padre, decidme con qué medios le debéis satisfacer.
¿Es preciso combatir aún a mil y mil rivales, extender mis hazañas hasta los confines de la
tierra, hacer huir a un ejército, sobrepasar la fama de los héroes fabulosos? Si con ello
puede al fin lavarse mi crimen, yo me atrevo a emprenderlo todo y a concluirlo después;
mas si ese honor altivo, inexorable siempre, no se puede apaciguar sin la muerte del reo,
no arméis más contra mí el poder de los humanos: mi cabeza se halla a vuestras plantas,
vengaos por vos misma; son sólo vuestras manos las que tienen derecho a vencer a un
invencible; tomad una venganza que sólo vos podéis realizar. Pero que, al menos, mi
muerte sea bastante para castigarme: no me rechacéis de vuestro pensamiento, y puesto
que con ella se mantiene vuestra reputación, conservad mi recuerdo en desquite y decid
alguna vez, deplorando mi suerte: «Si no me hubiera amado no habría muerto.»
JIMENA.-Levántate, Rodrigo. Debo confesarlo, señor; demasiado he dicho ya para que
pueda desmentirme. Rodrigo posee cualidades que yo no puedo odiar y cuando un rey
ordena se le debe obedecer. Mas, a pesar de lo que me hayáis ordenado, ¿podríais soportar
ante vuestros ojos este himeneo? Aun cuando impongáis este esfuerzo a mi deber, ¿es que
vuestra justicia puede consentirlo? Si tan necesario es Rodrigo a la nación, ¿debo ser yo el
pago a cuanto hace por vos, y debo entregarme yo misma al eterno reproche de haber
mojado mis manos en la sangre paternal?
DON FERNANDO.-El tiempo con frecuencia ha vuelto legítimo lo que antes parecía un
crimen: te ha conquistado Rodrigo y debes pertenecerle. Mas, aunque su valor te haya
ganado hoy, habría de ser enemigo de tu honor si le otorgara tan pronto el precio de su
victoria. Por retrasarse vuestro casamiento no se quebranta una ley, según la cual, sin
señalar plazo alguno, le perteneces. Tómate un año, si lo deseas, para enjugar tus lágrimas.
Rodrigo, entretanto, hay que coger las armas. Después de haber vencido a los moros en
nuestras riberas, abate sus designios, rechaza sus tentativas, ve hasta sus dominios a hacer
les la guerra, a mandar a mis ejércitos y a saquear sus posesiones: al solo nombre de El
Cid temblarán de terror; por señor te designan y te querrán por rey. Mas sé fiel siempre en
el curso de todas tus hazañas; vuelve, si es posible, más digno de ellas aún, y hazte estimar
tanto por tus grandes acciones, que sea entonces un honor para ella el casarse contigo.
DON RODRIGO.-Para poseer a Jimena y en servicio vuestro, ¿qué se me puede ordenar
que no lo cumpla mi brazo? Aunque necesite alejarme de sus ojos, señor, es bastante dicha
para mí la de poder esperar.
DON FERNANDO.-Espera en tu valor, espera en mi promesa, y poseyendo ya el corazón
de tu amada, para vencer un punto de honor que contra ti combate, deja hacer al tiempo, a
tu bravura y a tu rey.