ORINOCO. EMILIO CARBALLIDO.







ORINOCO

EMILIO CARBALLIDO





A bordo del Stella Maris. En 196... o 197... o...
Mina es mayor, una mujer más allá de los 40 (que podría, tal vez, pasar de los 50). Con carnes y
volúmenes más bien abundantes, alta, morena.
Fifí es menor, va hacia los 30 o acaba de pasarlos, pero podría tener 20 y aun parecer de
menos, depende de la hora y de su estado de ánimo. Poca carne, volúmenes escasos, huesos
finos. Menuda, danta de color.
El Stella Maris es un barco fluvial muy deteriorado, carguero. Vemos un pedazo de proa. Hay
dos puertas, con sendos camarotitos, pues el barco recibe unos cuantos pasajeros. Hay un
pedazo de cubierta y, hacia popa, una escalera que sube a la cabina del piloto y cuarto de
mandos.
Empezamos en un amanecer inverosímil de trópico. Nubes, rayones de colores en el cielo,
resplandores y fogonazos de toda gama. Luego, luz fuerte. El barco, en silueta, se irá dejando
ver poco a poco, a contraluz.
Hay una luz, baja, dentro de la cabina del piloto.
En el segundo acto, Mina dice un fragmento de "Mundo Nuevo Orinoco", de Juan Liscano.
En los países donde haya racismo, Mina deberá ser mulata.

ACTO PRIMERO
(Se oyen las máquinas del barco, que van a permanecer casi toda la obra. Gritería de pájaros,
de muchas voces. Chillidos de monos. Después de un momento y con todo ese ruido, inte-
grándolo, un pequeño grupo de instrumentos toca algo descriptivo, tropical: es una obertura.
Cesa la música y:
Se abre la puerta del primer camarote. La luz está encendida y se filtra a cubierta. A contraluz,
vemos aparecer a Mina, en una bata que fue de buen ver, con el pelo lleno de tubos, muy
adormilada.)
MINA .—
(A gritos.) ¡Chica, está amaneciendo! ¡Ven a ver qué cosa!
FIFÍ .— (Dentro.) Cállate.
MINA .— ¡No te imaginas cómo está el cielo!
FIFÍ .— (Dentro.) Ni me importa. Déjame tranquila.
MINA .— Cómo vas a poder dormir con este escándalo de pajarracos. Por todos lados... Son
nubarrones, de todos colores... Allá enfrente hay unos negros, feos, grandotes... Han de ser
zamuros, comiéndose algún pobre animal muerto... ¡Mentiras, ya les dio el sol y son garzas
divinas! Ay, qué arboledas. ¡El cielo es un escándalo!
FIFÍ .— (Dentro.) Y tú otro, coño. Déjame dormir.
MINA .— No sabes qué colores: rojo de sangre, rojo de incendio y unos filos horribles color
ceniza... Bonito, pero hasta miedo da. Quién sabe qué querrá decir ese cielo. ¿De veras no quieres
verlo?
FIFÍ .— (Dentro.) Que no, que no. ¡Cállate! Pareces loro con diarrea.
MINA .— Ay, chica, es que estoy tan impresionada. Pero tienes razón. Mejor duérmete. Esto
mismo va a haberlo a diario cuantas veces se nos antoje, hasta que nos aburra.
(Pausa. Mina enciende un cigarro.)
MINA .—
(Canta.)
El calor de tu cuerpo...
llega a mí como un sol.
Amanece en mis venas,
amanece el amor.
Amanece cada día
yo las gracias te doy
y el amor que me otorgas
canta en mi corazón...
(Viene Fifí del camarote, envuelta en una colcha, medio dormida.)
FIFÍ .—
¿Dónde está el amanecer?
MINA .— ¿Para qué lo quieres? ¿No que no te importa?
FIFÍ .— Sí me importa. ¿Dónde? (Lo ve.) Ah. ¡Aaaah!
MINA .— Pero eres loca tú. ¿Dónde había de estar el amanecer? ¿En el ropero?
FIFÍ .— Bueno, ¡sh!, no me lo cuentes.
MINA .— ¿Cómo te lo voy a contar? Un amanecer no se cuenta.
FIFÍ .— Tampoco se cuenta una película y apenas nos sentamos empiezas: "ahora va a pasar tal y
tal cosa". Y: "ahora va a llegar el muchacho"... ¡y no te callas!
MINA .— (Ofendida.) Yo no cuento la película: supongo cosas. Tengo derecho a imaginarme lo
que va a pasar.
FIFÍ .— No, no tienes. Yo me imagino que va a salir el sol, pero no te lo digo.
(Ve en torno. Se suelta cantando y luego se le une la otra.)
FIFÍ .—
(Canta.)
LAS DOS .—
La ruta de mi vida
tiene en su centro al sol.
Su flama enloquecida
late en mi corazón.
Amanecer, ya mis días
tienen su resplandor
y la luz que me otorgan
canta en mi corazón
Amanecer, cada día
yo las gracias te doy,
la luz de un nuevo día
vibra en mi corazón.
FIFÍ .— ¡Aburrimos de esto! ¿Pero cómo? ¡Es único! ¡Nunca va a repetirse!
MINA .— (Alarmada.) Ni que fuéramos a morirnos. Da miedo que digas cosas así. Deja tocar
madera... Mañana y siempre, va a repetirse. (Busca madera, toca el suelo. Algo le llama la
atención.)
FIFÍ .— Otros habrá. Éste, no. Por eso salí a verlo.
MINA .— Coño, te gusta llevarme la contraria.
FIFÍ .— Rojo y naranja y amarillo, como ramos de trinitarias... Y un filito dorado en todo, en
todo... ¡Esto es un amanecer y lo demás son pendejadas! ¡Viva el amanecer! ¡Viva el Orinoco!
Mina y Fifí, las fantásticas estrellas de variedad, flotan sobre las aguas rumbo al triunfo máximo
de sus carreras.
MINA .— (Suspira.) Si Dios te oyera. Pero tiene cosas mejores en los oídos.
FIFÍ .— Ay, dame café. El chino ha de estar dormido.
MINA .— Claro. ¿No oíste anoche?
FIFÍ .— Algo oí.
MINA .— Estuvieron golpeándonos la puerta. Hubo gritos, carreras, patadas... ¡Hasta un balazo oí!
FIFÍ .— Medio me di cuenta que nos tocaban, pero pensé "han de estar calientes", y no hice caso.
MINA .— Rompieron trastos. Luego se gritaban cosas horribles, espantosas...
FIFÍ .— ¿Como cuáles?
MINA .— Cosas de esas de "hijo de puta" y "marico de mierda" y... todo eso.
FIFÍ .— ¿Qué tiene eso de horrible? En cada pleito, las gentes se gritan lo mismo. Deberían
inventar groserías nuevas, de veras espantosas. "Hijo de puta muerta y enterrada que naciste en la
fosa cuando ya estaba podrida." Cosas asi.
MINA .— Muy largo. No da tiempo cuando hay golpes. Patearon nuestra puerta varias veces. Se
iban y volvían y pateaban más. ¡No sé cómo no despertaste! Al final, uno estuvo allí tocando
quedito y llamándote por tu nombre: "Fifí, Fifi"... También se fue. Luego, ya se calmaron.
FIFÍ .— Algo oí, pero si yo hubiera hecho caso, se me va el sueño. Oye, Mina, ¿qué regaste aquí?
Está lleno de una porquería como... salsa de algo.
MINA .— Eso vi. Yo no regué nada. Hay un poco de café en el termo.
FIFÍ .— Ya sé. Dame. (Mina va al camarote.) ¿Quién era el que me llamaba?
MINA .— (Dentro.) Creo que el negro.
FIFÍ .— Ay, mi negrote lindo.
MINA .— (Dentro.) Es un negro horroroso, con ojos de fiera.
FIFÍ .— Es un negro de chocolate con ojos de uva. ¡Nunca vi nada igual! Los ojos verde pálido,
transparentes. Cosa tan rara y tan... ¡bonita! Ya ves las flores que me pescó.
MINA .— (Dentro.) Es un criminal. Yo lo vi borracho el día que llegamos. Algo espantoso.
FIFÍ .— Pobrecito... Y no lo oí tocar... Tenía yo que dormir bien, estar muy fresca para llegar en
forma. ¿Habrán puesto cartelones? No, ¿verdad?
MINA .— (Asoma la cabeza. Sarcástica.) Cartelones. (Desaparece.)
FIFÍ .— Ha de andar un carrito con altoparlantes anunciándonos a gritos... Hay que pensar con
.cuidado qué nos ponemos para desembarcar. Algo que los impacte, que nos vean y se caigan de
culo, con erecciones de esas que rompen las braguetas. Y tú y yo como reinas, indiferentes,
bajando por la pasarela. ¡Tú te podrías poner de blanco y yo de negro!
MINA .— (Dentro.) El blanco engorda.
FIFÍ .— Entonces, tú de negro y yo de blanco... O tú de rojo y yo de verde...
MINA .—
(Regresa.) ¡Como semáforos! Yo en alto y tú en siga.
FIFÍ .— ¡Carajo! Búrlate. Llega hecha una porquería, baja vestida de piltrafas, como una
pordiosera del carajo, a mi qué me importa. Yo voy a planchar mi ropa, quiero llegar como
emperatriz. ¡Esta noche es el debut!
(Mina le da café. Pone al alcance una caja de galletas.)
MINA .—
(Lóbrega.) Esta noche. Muy cierto.
FIFÍ .— ¿Y por qué no ensayamos ahora mismo? Después de la rasca que se echaron anoche, han
de estar todos dormidos. No hay quien nos vea, ni quien nos critique, ni quien nos estorbe.
MINA .— ¿Cómo? ¿Ensayar? ¿A estas horas? Tú estas trastornada.
FIFÍ .— Tengo que maquillarme mucho las piernas. Mira cómo las tengo de picadas de mosquito.
MINA .— A mi no me han hecho nada.
FIFÍ .— Claro, como estoy yo, Fificita, la de la sangre exquisita. Nomás subimos a esta cáscara
corrompida y se pasaron la voz: "Vengan, chicos, vengan, bz, bz, bz, sangre maravillosa, ya llegó
Fificita, la delicia de los vampiros." ¡Y cuanto hijo de puta mosco hay en el Orinoco, se lanzó
sobre mí! Por eso me ha de haber dicho aquel crítico de Managua: "exquisita vedette, deliciosa
intérprete".
MINA .— (Suspira.) Ay, tú siempre tienes ánimo.
FIFÍ .— Nada, a vestirse. Ensayo. Mira: ya está listo mi seguidor.
MINA .— ¿Dónde?
FIFÍ .— El sol.
(Va al camarote.)
MINA .—
FIFÍ .—
Se pueden estropear los trajecitos. ¡No vayas a ponerte los nuevos!
(Dentro.) Tonta, no soy. Ponte esto.
(Se asoma, da unos trapos a Mina.)
MINA .—
Vestirse, ensayar. Para unos borrachos medio puercos que nada más van a gritar
majaderías. Luego, los botellazos le llegan a una. Y luego, a declarar, cuando los pescan
vendiendo droga, o hay muertos.
(Vuelve Fifí, vestida de show, con plumas y lentejuelas y trapos radiantes.)
FIFÍ .—
¿Eh? Mira, mira. (Posa en varias actitudes.) Me voy a cambiar el nombre cuando
volvamos.
MINA .— (Entrando al camarote.) ¿Sí? ¿Cómo vas a llamarte?
FIFÍ .— ¡Fifí del Orinoco! Eso de Fifi de Pigalle ya se oye medio pasado. Ahora está de moda el
tercer mundo. Y tú, te habías de poner... Deja pensar.
MINA .— (Dentro.) Me encanta mi nombre. Es exótico, tiene clase.
FIFÍ .— Te voy a hallar otro mejor, verás. Fifí del Orinoco... Es un nombre de exportación.
MINA .— (Fuera.) Suena como a orinar...
FIFÍ .— ¡Coño! Contigo no se puede hablar de arte. ¡Qué vulgar eres! (Para sí.) Fifí del... (Lo dice
varias veces, quedito.) O si no... ¡Fifí Piraña! Fifí... Tal vez sí esté bien Fifí de Pigalle. La verdad,
aquí no está de moda el tercer mundo.
MINA .—
(Apareciendo.) Es que aquí es el tercer mundo.
(Lo dice muy teatral en el marco de la puerta. Se ha vestido, enjoyado y emplumado.)
MINA .—
Mina Stravinsky, la cálida voz de los hielos. Sabor, chica. Y clase, no lo niegues.
FIFÍ .— (Con desprecio.) Stravinsky es un novelista comunista.
MINA .— Nadie lo conoce.
FIFÍ .— Todo mundo vio su película.
MINA .— ¿Cuál?
FIFÍ .— La de su novela. O su vida. Era muy buena.
MINA .— ¿Pero cuál?
FIFÍ .— No sé, no la vi. Ven acá, a la escalera. Nos presentaremos por escalera.
MINA .— Tú crees que es película, y a colores, ¿verdad? ¡Escalera! Una pista será, de dos metros.
Y llena de colillas y salivazos y vidrios rotos.
FIFÍ .— Pues yo voy a pedir una escalera al fondo. Verás. (Pone su grabadora: música de show.)
Entonces, ven. Vamos a bajar las dos.
MINA .— Siempre que bajo escaleras me piso la ropa y me caigo.
FIFÍ .— Entonces, yo bajo y te presento: va el seguidor a ti. Sales entre unas cortinas rojas de
terciopelo y... unos heléchos enormes. Y te recargas así en una columna. Aquí. Y cantas mientras
yo bailo. Luego bailas tú... Van a hacer falta dos seguidores.
MINA .— Fifí: yo tengo algo muy serio que hablar contigo. Pero ya. (Fifí no le hace caso.) Bueno,
mejor esta tarde.
FIFÍ .— (Apaga la grabadora.) A tu lugar. Yo aparezco primero. Bajando. Y a mi señal, entras tú.
Oye, ¿vas a cantar o a recitar? Mejor canta, luego te tiran cosas cuando recitas.
MINA .— Cuando canto, también.
FIFÍ .— No siempre.
(Sube la escalera, pone la grabadora de nuevo. Empieza el número musical El sol está dando
sobre ella.)
FIFÍ .—
¡El sol, mi seguidor!
(Baila, baja, hace aparecer a Mina, ésta canta, ella le baila en derredor. Obviamente, no es un
número bueno, pero tampoco es deprimente. El nivel muestra que las dos pueden vivir de este
oficio... algo difícilmente. El bolero, en menor, que canta Mina, dice:)
MINA .—
(Canta.)
Llanto de estrellas en la negra noche,
desesperación.
Como un cometa que rompe las sombras
vi pasar tu amor.
Llora mi vida tu chispa perdida,
no hubo ni adiós.
Furia en mi lecho y mi almohada con sabor a sal.
Luces fugaces que caen en el río,
no queda ya más.
Llueven los astros, la noche está en llamas:
es mi corazón.
Grito que vuelvas ya.
La sombra del adiós apaga
el resplandor del sol.
Luces fugaces,
etcétera es mi corazón.
Ya no me queda más
que un cielo en tempestad,
la noche va a estallar sin ti.
(Las rutinas son más bien previsibles: mientras Fifí practica algunas contracciones, Mina se
pasea con un largo velo en la mano. Va a repetir la letra; Fifí sube la escalera.)
MINA .—
(Gran final.) Ya no me queda más que un cielo en...
(Fifí hace un falso mutis. Regresa en seguida muy alarmada y fuera de carácter.)
FIFÍ .—
¡Mina, Mina!
¡Coño, no me he equivocado, que yo sepa!
FIFÍ .— (Casi llora.) No es eso. Ay, Mina...
MINA .— ¿No querías ensayar? No sé para qué. Estoy cantando con ganas, hasta me entró el santo,
ahora sí, ¡y vienes a interrumpirme con yo no sé qué pendejadas! ¿Qué coño pasa?
FIFÍ .— Que no está nadie en el timón del barco.
MINA .— ¿Qué?
FIFÍ .— No está el piloto. El cuartito está vacío. ¡No hay nadie llevando el timón!
MINA .— ¡Chica! ¿Qué estás diciendo?
FIFÍ .— Ven a ver.
MINA .—
(Mina empieza a subir. Se detiene.)
MINA .—
Pero claro que no ha de haber nadie. Borracho y dormido en algún lugar. ¿Qué tiene eso
de raro? Después del saperoco de anoche.
FIFÍ .— ¿Y cómo va a dejar botado el timón?
MINA .— Como todo este pedazo del río es muy recto, lo traban para que el barco vaya derechito y
ya, se van a descansar.
FIFÍ .— ¿Y si viene una curva?
MINA .— Pues... pondrá el despertador. Puede calcularse, según la velocidad, cuánto dura un
tramo.
FIFÍ .— ¿Y cómo sabes tantas cosas?
MINA .— Yo he viajado en barco varias veces. Y hay marinos simpáticos, que te explican cosas.
FIFÍ .— (Desconfiada.) Mmh. (Va a ver el timón. Regresa.) Mina... Sí, está trabado...
MINA .— ¿Ya ves?
FIFÍ .— Pero hay una cosa en el suelo... Como sangre.
MINA .— ¿Sangre?
FIFÍ .— Sangre.
(Fifí baja. Mina sube corriendo a ver el timón. Fifí va al umbral de su camarote y lo observa;
está asustada. Vuelve Mina.)
MINA .—
Chica, eso que está regado allá, eso parece... (Calla.)
¿Qué?
MINA .— Sangre.
FIFÍ .— ¿Sangre?
MINA .— ¡Sangre!
FIFÍ .— Y eso embarrado en nuestra puerta... también. Voy a buscar al piloto. Creo que su
camarote está por allá. Se habrá lastimado, será que... (Sale.)
FIFÍ .—
(Mina baja la escalera con cuidado. Va a ver lo que tocó en la cubierta. Se horroriza. Ve la
puerta... Vuelve Fifí.)
FIFÍ .—
No está. En esos camarotes no hay nadie.
Andará abajo. (Sale.)
MINA .—
(Fifí va al segundo camarote que vemos y toca.)
FIFÍ .—Capitán...
Capitán... (Toca fuerte.)
(Abre, ve, medio entra, ahoga un grito. Sale y cierra. Se recarga contra la puerta. Mina regresa
corriendo.)
MINA .—
¡En el barco no hay nadie!
FIFÍ .— ¿Qué quieres decir con nadie?
MINA .— Nadie.
FIFÍ .— ¿Cómo nadie?
MINA .— Nadie. Nosotras. Nadie de nadie. ¡Está el barco vacío! Ni en las máquinas. Ni en la
bodega. Ni en los camarotes. ¡Estamos solas! ¿Estará el capitán?
FIFÍ .— (Llora.) Está mi negro allí tirado. ¡Y creo que está muerto! Le dieron tremenda cuchillada,
lo partieron en dos.
(Abre Mina la puerta, ve. Pasa al camarote.)
FIFÍ .—
El primer día de viaje, pasó cerca, flotando, un tronco inmenso. Y llevaba pegadas unas
orquídeas. Yo grité que estaban lindas, hice una bulla. Tú te acuerdas. Y mi negro se quedó en
calzoncillos y se tiró al agua. Le gritaron que se iba a ahogar, el tronco se iba alejando y el barco
seguía adelante... Yo lo miraba, como una flecha... Subió, todo mojado, brilloso, con su risa y sus
ojotes de uva verde... (Llora más.) ¡Tan divinas mis orquídeas! ¡Cómo fueron a hacerle eso! ¡Po-
brecito! ¡Qué gente más mala! ¿Qué pasa, qué haces?
(Vuelve Mina.)
MINA .—
No está muerto.
FIFÍ .— ¿No?
MINA .— Está borracho.
FIFÍ .— Yo lo vi. Con su cuchillada.
MINA .— Ahora huélelo.
FIFÍ .—
Es inmensa, en el pecho.
MINA .— Es larga, pero nada profunda. Se la limpié tantito. Se ve tan horrible porque la sangre se
le ha hecho costra por todo el cuerpo.
FIFÍ .— ¿No está muerto?
MINA .— Los muertos no gruñen ni te mandan al coño de tu madre.
FIFÍ .— ¿Y el suelo está lleno de sangre?
MINA .— Es una vomitada inmensa.
FIFÍ .— ¿De veras? ¿No me engañas para consolarme?
MINA .— Entra a ver, nunca me crees.
(Fifí va al camarote.)
MINA .—
Acabábamos de embarcarnos. Tú estabas desempacando, o en el baño. Y había un
barecito frente al muelle, que de pronto estalló. Salió un barril por la ventana y salió la gente
volando y se oyó que despedazaban mil cosas. Era ese negro, con cara de fiera, rompiendo todo y
desbaratando gente a golpes. Se subió al barco y todos le corrían, con un susto... Nomás el
capitán se atrevió a decirle que se fuera a dormir. "No estoy borracho", decía, y se me quedó
viendo, con esos ojos que tiene, de demonio... Me dio un susto...
(Vuelve Fifí, tallándose los pies con fuerza en el suelo.)
FIFÍ .—
Tenías razón. Lo del suelo no era sangre.
Te dije.
FIFÍ .— Habría que curarlo.
MINA .— Déjalo dormir. Ése sanará solo.
FIFÍ .— Yo voy a curarlo. Eres más mala... ¿Pero anoche? ¿Qué habrá pasado anoche? ¡No quedó
nadie! Nada más él. ¿Habrá venido un platillo volador?
MINA .— No seas estúpida.
FIFÍ .— Igualito sucede en el Triángulo de las Bermudas, nomás que allí no quedaríamos ni
siquiera nosotras: dejan los marcianos la pura cascarita vacía del barco. ¡Chica, cuando lleguemos
nos van a hacer un gran reportaje! "Dos artistas salvadas en el barco del misterio."
MINA .— "Dos putas abandonadas en un bote viejo con un negro borracho." Eso van a decir.
FIFÍ .— Pues yo voy a declarar que vi unas luces verdes y unos enanitos con antenas. Eso voy a
contar y tú vas a decirlo mismo. Verás cómo nuestros retratos salen por todo el mundo.
MINA .— Mira, va a ser muy poco favorecedor que los enanos verdes no nos hicieran caso y nos
dejaran botadas. Nomás se llevaron a la tripulación.
FIFÍ .— Pues es que eran enanos maricos.
MINA .— De todos modos, es un desaire.
FIFÍ .— ¡Coño, siempre has de romper todas mis ilusiones! ¡Eres como una maldición! Cada vez
que la fama se me acerca, tú la espantas.
MINA .— Ya va a llegar la fama cuando el bote choque y se hunda. "Dos estúpidas tragadas por los
caimanes." Eso va a decir el periódico.
FIFÍ .— ¡Siempre has de pensar lo peor! ¿Por qué ha de chocar y...? (Ve el rostro de Mina.) Ay, ay,
Mina. Ay, ay, Mina. ¡Vamos a despertar al negro! ¡No vaya a venir una curva! (Corre a ver el
rio.) Bueno, el rio sigue derecho, ¿pero y después? Voy a darle café al negrito, y a curarlo y a
echarle agua para que se despierte.
MINA .— El negro es cargador. Sabe tanto de manejar el barco como tú y como yo. Puede que
menos.
FIFÍ .— Pues eso sí...
MINA .— ¿Pero qué puede haber pasado? Algo horrorosísimo...
FIFÍ .— No, Mina; como estaban borrachos, se bajaron a beber más y entonces los dejó el barco.
MINA .— ¿Sí? Y se bajaron con el barco andando, o lo pararon y se echó a andar sólito, ¿no?
FIFÍ .— No, claro... ¿O habrán venido unos salvajes? Claro, vino una tribu... ¡Se los llevaron!
MINA .— ¿Para qué?
FIFÍ .— Pues, para... Si yo no soy de la tribu, ¿cómo quieres que sepa? O habrán sido piratas. En
los ríos hay piratas.
MINA .— Y no se robaron nada. Ahí está toda la carga.
FIFÍ .— Sí, ¿verdad? ¡O se pusieron tristes de tanto beber, y saltaron al agua! ¡Les entró la onda
suicida! Yo he visto gente que le pasa eso.
MINA .— Dos fogoneros, el capitán, el chino, dos marineros, otro cargador, el piloto: ¿ocho al
mismo tiempo se pusieron suicidas?
FIFÍ .— He estado en fiestas donde todos acaban llorando.
MINA .— ¿Y se suicidan?
FIFÍ .— Es que aquí el río está muy a la mano. ¿O qué crees tú que pasó? A ver, si no te parece
nada de lo que yo pienso.
MINA .— Yo creo que el negro los mató a todos.
FIFÍ .— ¡Qué estas diciendo! ¡Tú eres loca! ¿Cómo vas a pensar eso?
MINA .— Se rascaron a morir, empezó el despelote, se peleó con todos, los mató como pollos, uno
por uno, y los tiró al río. Por eso le dieron las cuchilladas. Eso pasó. Y quién sabe qué vaya a
hacernos cuando despierte.
FIFÍ .— (Aspira una inmensa exclamación.) Mejor le echamos llave a su puerta.
MINA .— ¿Para qué? Puede tirarla de un soplido y más arrecho iba a ponerse.
FIFÍ .— Pues eso sí.
MINA .— Y todavía quieres que maneje el barco.
FIFÍ .— ¿Y qué vamos a hacer?
MINA .— Gritar cuando veamos casas, o si alguien pasa cerca, prender fuego, quemar cosas...
FIFÍ .— No pasan muchos barcos, ¿has visto? Y quién sabe cuándo vuelva a haber casas por aquí...
MINA .— ¡Pues entonces, hundirnos! ¡Chica, no hay más remedio, ya nos llegó la hora! ¡Qué
desesperación! ¡Dios mío, Dios mío, qué desesperación!
FIFÍ .— ¿Cómo que no hay remedio? ¿Qué tanta vaina es manejar este bote viejo y podrido? Lo
que hacía ese pendejo del piloto puedo hacerlo yo. Así, y así... Y ya. Más difícil ha de ser
manejar un carro.
MINA .— Pero tú no sabes manejar carro.
FIFÍ .— Pues no, porque es más difícil. Pero darle al timón, ¿qué tanta dificultad puede ser? Ya
verás. Tú vas a ayudarme.
MINA .— ¿Y cuando se vea el puerto y haya que ir a la orilla, qué?
FIFÍ .— Nada más le hago así, y chic, chic, chic, nos vamos a la orilla.
MINA .— Chic, chic, chic, chic, y cuando llegue a tierra ¿cómo vas a pararlo?
FIFÍ .— ¿Cómo voy a pararlo?
MINA .— Sí, ¿cómo vas a pararlo?
FIFÍ .— Pues voy así, chic, chic, chic, chic, chic... Y ¡crash-coñazo! Chocamos y todos los
admiradores vienen a salvamos.
MINA . — ¡Crash-coñazo y a hundirnos hasta el fondo! ¿Quién va a venir en este fin del mundo?
FIFÍ .— Los admiradores.
MINA .—
Ay, Fifí, así es peor decirte todo. Mucho peor. (Empieza a llorar.)
FIFÍ .— ¿Y ahora qué te pasa? Yo soluciono todos los problemas, ¡y tú a llorar!
MINA .— Hay algo que no sabes. Ven y óyeme.
FIFÍ .— No vaya a venir una curva.
MINA .— Peores cosas hay que hundirse y chocar. Pero vigila allí, si quieres. Yo te cuento
mientras.
FIFÍ .— (La observa con sospecha.) ¿Qué me vas a contar tú?
MINA .— Hemos tenido tan mala racha... Lo de Bogotá, ya viste. Luego, el trabajo de Cúcuta no
duró nada. Y luego fuimos a dar a ese antro de Maracaibo...
FIFÍ .— (Ofendida.) Le dices antro porque yo conseguí el contrato.
MINA .— No, mi amor, no. Si no había otra cosa, qué íbamos a hacer... Y qué ibas tú a saber que
allí vendían droga... La mala suerte. Pero lo clausuraron y nos quedamos en la calle. Sin boleto,
ni nada. ¡Y ya debíamos del cuarto, y vendimos mi anillo, y tu relojito y los zarcillos...!
FIFÍ .— Ya sé, ya sé, pero nos salió este contrato tan bueno.
MINA .— Es por tres meses.
FIFÍ .— Tres meses bárbaramente bien pagados.
MINA .— No va a duramos nada el dinero. De eso me di cuenta en seguida. No va a alcanzar
porque es un campo petrolero sin nada, un campo nuevo... Y un par de huevos allí te cuesta
treinta y cuarenta bolívares...
FIFÍ .— ¡Coño! ¡Ni que fueran los de Alain Delon!
MINA .— Entonces, no hay nada en qué gastar, la comida es carísima, el cuarto es una fortuna...
Mugre y calor... Tres meses se hacen eternos y una bebe mucho y gasta en estupideces... Y pide
prestado... En vez de ahorrar se hacen deudas y hay que firmar otro contrato para pagarlas.
FIFÍ .— A mí no me va a pasar eso. Ni voy a dejar que te pase a ti. Si bebo, será con mucho
cuidado. Y siempre hay alguien que invite los tragos, o a comer...
MINA .— Los tragos, muy posible. A comer, ni lo sueñes.
FIFÍ .— Aun así, a mí no me va a pasar eso. Ni a ti.
MINA .— Bueno, te cuento para que sepas y vayas prevenida.
FIFÍ .— Tanta angustia por eso, que hasta lloras. Ni que fuera yo una niña. Y si es horrible, será
experiencia: en una carrera de artista debe haber de todo.
MINA .— Sucede otra cosa... ¿Cómo crees que será el salón en que vamos a presentarnos?
FIFÍ .— No, mira, yo si tengo idea: va a ser feo, pobre, lleno de borrachos.
MINA .— ¿Y cómo crees que serán nuestras compañeras?
FIFÍ .— Han de ser unas viejas, ya... O no, más bien unas... (Pausa. Observa a la otra.) No sé.
¿Cómo van a ser nuestras compañeras?
MINA .— (Desvía los ojos.) A Rico Daporta yo ya lo conocía de antes...
FIFÍ .— Eso vi, que era muy amigo tuyo.
MINA .— Bueno, él... Antes era muy guapo, ¿ves? Engordó mucho, ya ni sombra, pero lo hubieras
visto... Y, en fin, que ya yo lo conocía...
FIFÍ .— Y por eso nos hizo tan buen contrato.
MINA .— ¡No es tan buen contrato, es lo que estoy tratando de explicarte! Rico siempre ha
manejado... búrdeles, no cabarets. Nuestras compañeras van a ser... (Gesto explícito.)
FIFÍ .— ¡Burdeles! ¿Vamos a un burdel? Oye, chica, yo nunca he trabajado de puta y no pienso
empezar en un hoyo de mierda a la orilla del Orinoco. Para eso, me largo a Pan's y allí si como
que tendría caso, y no, París tampoco: hay mucha competencia. Pero en fin, que yo no voy a...
MINA .— Chica, no, pero no, si también en los burdeles hay variedad, ¡lee el contrato! No, yo no te
iba a llevar de puta, sin tu permiso. Digo, yo no, yo tampoco iría a eso. ¿Pues cuándo? Tú me
conoces. Eso se hace por gusto, cuando una quiere. Ya si luego te regalan cosas, o dinero, pues...
Qué, es una... fineza. Ni modo que se lo avientes a la cara al que te lo da, ni que hubiera tantos.
En fin... Quiero advertirte nada más... que el lugar es eso y que allí va a pasar de todo.
(Mina llora. Una pausa.)
FIFÍ .—
Bueno, no es para tanto. Burdel, total... Los cabarets siempre están llenos de putas. Y en el
de Panamá tenían cuartos, así que casi ni hay diferencia. Francamente, yo he estado en dos o tres
cabarets que... Mina, no es para tanto.
MINA .— Pero chica, se llamaban cabarets. Este al que vamos no disimula. Y esa palabra, burdel,
es tan fea. Cuando una es chica, allí le dicen que va a acabar.
FIFÍ .— Las cosas son lo que son y no los nombres que les pongan.
MINA .— Claro, sí, eso es muy cierto. Yo estoy de acuerdo, por eso acepté. Pero... Hay algo más. Y
no está en el contrato, pero yo dije que sí.
FIFÍ .— Mh. Dímelo de una vez.
MINA .— Se trata de bailar... en pelota.
FIFÍ .— Coño.
MINA .— Pues como tú ya... ya lo has hecho. En Bogotá lo hacías.
FIFÍ .— Y por eso me metieron a la cárcel. Tú que me sacaste lo sabes bien.
MINA .— Era un número precioso, con arte, strip-tease de calidad, fino. ¡Pero en Bogotá son lo
último! Ha de haber ido algún cura a verte y después, por hipócrita, fue a la policía con el chisme.
Yo se lo conté a Ri co y... Tú ves, por eso es mejor nuestro contrato. Le dije a Rico que yo no,
que a mi edad y con estas carnes... que están ya como un poco... pasadas...
FIFÍ .— Mina Stravinsky: si yo hago eso, y no te garantizo que lo haga, tú vas a bailar tan en pelota
como yo, ¿lo oyes?
MINA .— No, si Rico me dijo que... a algunos les provoca mucho mi tipo, así abundante... (Si Mina
fuera flaca dirá: "Estilizado. ") Y no te iba a dejar sola... ¡Nada más que nunca lo he hecho! Tú
tendrás que enseñarme. (Llora.) ¡Esto es grande! Empezar a desvestirme a estas alturas, para no
morirme de hambre.
FIFÍ .— (Deprimida.) Fifi de Pigalle en pelota, en un burdel que está en el culo del mundo, donde
se acaba el Orinoco. Un lugar que ni nombre tiene... ¿O se llama de algún modo?
MINA .— Pío XII. El campo se llama Pío XII.
FIFÍ .— ¿De veras crees que no vamos a ahorrar?
MINA .— Yo creo que sí, pero va a ser difícil y... Vamos a estar muy tristes. Esos lugares siempre
son feos y peligrosos. Si con alguno que te gusta, quieres, le dan celos a otra y te marca la cara de
un navajazo. Y si no quieres con alguno, dice que fue desprecio y te marca la cara. Y si quieres
con alguno y nadie te acuchilla ni te marca, ¡entonces te pegan una gonorrea!
FIFÍ .— Yo siempre quería ser artista de show. Ya sabía que la vida del show es más difícil que el
teatro, pero más animada. Nunca me imaginé hasta qué grado. En la escuela me hacían estudiar
papeles y hacer vivencia. ¿Tú no sabes hacer vivencia?
MINA .— Mal vivencia.
FIFÍ .— Por ejemplo: tú vas a hacer el papel de una reina que los soldados la maltratan y se la
llevan a la guillotina, a empujones. Y no sabes qué sentirá una reina que le pasa eso. Entonces, te
acuerdas de cuando te echaron de una pensión, dizque por mala conducta, y de cuando tu padre te
pegó porque llegó borracho. Combinas las dos cosas, y ya: sientes como la reina y te portas igual
que ella.
MINA .— Hoy vamos sabiendo una vivencia muy notable: desaparecen ocho que viajaban con
nosotras, vamos en este barco fantasma, con mucha prisa rumbo al carajo, viene allí un negro
que, si despierta, vas a ver qué carreras damos por todos lados, ¿y qué siento? Si me hubieran
contado que esto me iba a pasar, yo les diría: me vuelvo loca, grito, me mato, lloro... Ha de ser la
costumbre: como siempre me ha ido tan mal... Ay, lo que yo he vivido.
FIFÍ .— Les vamos a hacer un strip-tease fino. Que se jodan los que quieran ver ordinarieces.
Total, un cuerpo humano es algo bello.
MINA .— No siempre.
FIFÍ .— Siempre. Mina, lo haremos con una canción poética, inocente, preciosa. Vas a ver. (Busca
entre sus casettes.) ¿Te sabes "Lirios y rosas"?
MINA .— Sí. No la he cantado, pero...
FIFÍ .— Vas a hacer lo que yo haga.
MINA .— Ay, chica.
FIFÍ .— Vamos, una, dos y...
(Música. El número es una lección; se interrumpen, repiten, perfeccionan, culminan. Lo que
cantan es esto:)
LAS DOS .—
Entre todas las flores
la que más me alucina
es el lirio más puro
que nada en la piscina.
Entre todas las flores
la que más me provoca
es la rosa de fuego
que tienes en la boca.
Déme, déme sus flores,
déme, déme sus pétalos.
Yo quiero desflorarla,
linda muchacha, sépalo.
Por acá tengo flores
que tú no te sospechas,
violetitas, claveles,
florecitas arrechas.
Yo no te doy mis flores,
me las dejas maltrechas,
velas así, de lejos,
que si no, te aprovechas.
Déme, déme sus flores,
déme, déme sus pétalos.
Yo quiero desflorarla,
linda muchacha, sépalo.
Un rosal primoroso,
muy lleno de botones,
dijo muy sofocado:
no me desabotones.
Una mata de lirio,
de color un derroche,
me pidió muy quedito:
Yo quiero que me abroches.
Déme, déme sus flores,
déme, déme sus pétalos.
Yo quiero desflorarla,
linda muchacha, sépalo.
(Terminaron, respiran agitadas, contentas.)
MINA .—
¿No es muy ridículo que haga yo esto?
Te va a salir precioso.
MINA .— Fifí, ¡ay, Fifí! (Señala.) Viene una curva.
FIFÍ .— Coño. Vamos arriba. (Sube corriendo al timón. Lo estudia.)
MINA .— (Llorosa de terror.) A ver si de veras esa vaina del timón... es tan fácil como dices...
FIFÍ .—
TELÓN




ACTO SEGUNDO
(La luz ha cambiado: es ya tarde. No hay nadie. Entra Fifí corriendo, del fondo.)
FIFÍ .—
¡Mina, Mina!
(Viene Mina del segundo camarote.)
MINA .—
¡Chica, ya sé lo que pasó anoche!
¡Pasó una canoa, llena de indiecitos!
MINA .— ¿Anoche?
FIFÍ .— Ahora mismo. ¡Todos con fleco, con sus adornos en la nariz y sus rayas pintadas! Les grité
y les hice señas, a ver si nos ayudaban.
MINA .— ¿En qué? ¿Tú crees que saben manejar este barco? ¿O querías irte a la selva con ellos?
FIFÍ .— Para ver si nos ayudaban... así en general. Pero no me entendieron y nada más me
regalaron estos collares. Mira, están lindísimos, ¿no?
MINA .— (Irritada.) Sí, preciosos. Coño, ¿quieres o no quieres saber lo que pasó anoche?
FIFÍ .— ¡Allí viene otra curva!
FIFÍ .—
(Sube corriendo al timón. Las dos se han quitado la ropa de show y traen batas o trapos viejos
de entre casa, aunque algún destello de fantasía conserven encima. Mina va a lo alto de la
escalera y le cuenta a gritos:)
MINA .—
Anoche, los que pateaban nuestra puerta, eran el capitán y todos sus malandros. ¡Porque
querían violarnos, chica! ¡Entre todos! ¿Tú te imaginas? ¡Endereza el barco!
FIFÍ .— (Grita.) Pues no me cuentes esas cosas mientras muevo el timón.
MINA .— Qué gente más mala, ¿has visto?
FIFÍ .— ¿Y qué pasó luego?
MINA .— Mejor acaba de manejar; ya viene un tramo recto. ¡Para no creerse las cosas que pasan en
la vida!
FIFÍ .— Y más raro todavía, las cosas que no pasan.
MINA .— ¿Cómo?
FIFÍ .— Figúrate: tanto asesinato, tanto horror, violaciones, pueblos ardidos, bombas,
destripamientos, avionazos, secuestros, volcaduras y choques, todo... Y lo raro es que a algunos
nos pase menos que a otros. Es de no creerse las cosas que no le pasan a una en la vida. Ay, de la
que nos salvamos. Seguro que después nos habrían matado, para que no los denunciáramos. ¿Y
cómo se les quitaron las ganas de violarnos?
MINA .— ¡No se les quitaron! Querían romper la puerta. Y entonces vino el negro y los tiró a todos
al agua. Le dieron las puñaladas que viste.
FIFÍ .— Yo vi una.
MINA .— Fueron dos. Tiene otra en el hombro, ya le curé. Pelearon por todo el barco, de película,
chica. Pobrecito negrito bueno y santo, ay chica, acabó con todos, él solito, tan valiente y tan
precioso. Se los han de haber tragado los caimanes. Y había uno que me gustaba mucho, el catire
flaco...
FIFÍ .— Voy a curar a mi negro divino y a darle las gracias.
MINA .— Ya lo curé. Allí mismo hay un botiquín. Pero tiene calentura.
FIFÍ .— ¿De cuál?
MINA .—
De enfermedad, ¿de cuál querías?
FIFÍ .— Yo no quería, nada más pregunto. Voy a verlo. (Sale.)
(Mina va a la proa, recita como para sí. Al sentir que Fifí vuelve, cambia a su estilo
profesional.)
MINA .—
Soledades fulgentes de las noches,
estrellado croar, flautas acuáticas;
en las crestas se yerguen silbos verdes
y hay bulbos que se entreabren como trompas voraces
y hay tallos que se doblan y marchitan
hacia el fragor de una raíz lentísima,
plantas de sueño con los ojos fijos,
yerbas de brillo y sombra, parásitas de muerte.
Se escuchan retumbar caídas de agua,
desgarrarse entre rocas sedas de agua,
chapotear lenguas en el barro fofo,
fluir un lento lomo de aceites y de savias...
Corren ríos de fango y de semillas,
ríos de insectos, ríos de luceros,
ríos de grasas, pétalos y zumos,
ríos como tumultos de bestias enceladas.
El trueno vegetal de aquellas aguas
hasta las costas del Levante rueda
y allí se vuelve herida de una boca,
cuello abierto, ramaje de venas de algún delta...
(Vuelve Fifí.)
MINA .—
¿Vieras qué linda serie de recitales hice en San Salvador? En las primarias.
FIFÍ .— Se llama Salomé.
MINA .— ¡Pero ese es un nombre de mujer!
FIFÍ .— En este caso, te aseguro que no.
MINA .— Empezó a bajar el sol.
FIFÍ .— ¿A qué horas debíamos llegar a Pío XII?
MINA .— Ya de noche. Eso decían los malandros.
FIFÍ .— Mina: ¿qué vamos a decir si nos preguntan qué sucedió?
MINA .— La verdad, ¿qué otra cosa?
FIFÍ .— ¿Y qué le van a hacer a Salomé?
MINA .— Cierto, chica, cierto... Si acabó con ocho... ¿Qué le irán a hacer?
FIFÍ .— ¿Ya ves?
MINA .— Puede decir... ¡que fue en defensa propia! Y nosotras somos testigos.
FIFÍ .— Mira, Mina: vamos con un contrato para el burdel. Como que eso no suena decente. Y este
negro es un cargador. Los jueces nunca están con la gente como nosotros, ya los conoces.
MINA .— ¿Y qué vamos a hacer? Ese trabajo... ¡No tenemos otro! Ni pasajes a ningún lado, mas
que a Pío XII. ¿Qué vamos a hacer? ¿Pero ves esto? ¡Ves esto! ¡Puertas cerradas siempre! ¡Hasta
a la cárcel vamos a ir a dar, por cómplices de ese negro de mierda! ¿Para qué los tiró al rio?
¡Asesino! Te digo que es un criminal. Los hubiera amarrado por ahí, ¿no crees? En seguida, al
rio. Eso no se hace. ¡Pobrecitos, ya se han de haber ahogado!
FIFÍ .— Cállate, carajo. Todos sabían nadar. Han de estar por ahí, tirados al sol y
emborrachándose.
MINA .— ¿Nadar? Mira hasta dónde está la orilla. Ni se distingue casi. Ay, Dios Santo, qué crimen.
(Llora.) Podemos decir que estábamos dormidas y que no supimos nada.
FIFÍ .— Cuando veamos ese campo petrolero maldito, nos seguimos de largo, nos bajamos después
y llegamos muy serias, caminando por la orilla.
MINA .— Puede ser. Oye, ¿y cómo vamos a conocer cuál es Pío XII?
FIFÍ .— Pues... pues... ¿No es un campo petrolero?
MINA .— ¿Y cuántos crees que haya?
FIFÍ .— ¿Hay varios?
MINA .— Es como un piojero de campos petroleros. Tres, o cuatro o diez, no sé.
FIFÍ .— ¿Y cuál es el nuestro? ¿El primero o el cuál?
MINA .— ¡No sabemos!
(Silencio.)
FIFÍ .—
Tiene que haber mapas, tiene que haber... ¡Ya sé dónde! Con la ruta del barco. Ahorita
mismo lo encuentro.
(Entra en el camarote del capitán.)
MINA .—
Y no te pongas a buscar por el ombligo de Salomé, que allí no está ningún mapa, ¿oíste?
(Vuelve Fifi.)
FIFÍ .—
Mira lo que hallé: Diario de navegación, eso dice. Vamos a saber todo. (Lo hojea.) Tiene
fechas. Nos embarcamos... ¿Qué día nos embarcamos?
MINA .— Hace cuarenta años.
FIFÍ .— Esto es este mes. Y aquí está el día once y dice: "En Moitaco."
MINA .— ¿Dónde queda Moitaco?
FIFÍ .— No sé, pero pasamos por allá.
MINA .— ¿Cuándo?
FIFÍ .— El día 11, aquí dice.
MINA .— Ah.
FIFÍ .— "Dia 11. En Moitaco. La vida es un caballo tuerto de tres patas."
MINA .— ¿Qué?
FIFÍ .— Eso dice el día 11. Y luego: "Papas podridas. Costales de caráotas. A quién le importa
cuánto pesen. Van a estar más podridas cuando lleguen a Canaripo." Luego, el dibujo de una
mujer. Muy mal pintada, eso no lo tenemos así.
MINA .— (Se estira a ver.) No.
FIFÍ .— Luego dice: "Día 13. Hoy hace trece años que salí de West Point. Y era día 13. Nada
quiere decir nada. Entonces, ¿para qué estas coincidencias? ¿Es que además se burlan?" Luego,
aparte: "Maldita sea Rosalind, maldita."
MINA .— Yo nunca pensé que fueran asi los diarios de navegación.
FIFÍ .— Yo tampoco. Aquí habla de nosotras: "Tenemos dos putas a bordo. Una está buena." ¿A
cuál de las dos se referirá?
MINA .— Oye, pero... Sabía que somos artistas. Vio el baúl de la ropa. Coño. Todo por ir a trabajar
a... ¡Eso no quiere decir nada!
FIFÍ .— "Día 15."
MINA .— ¡Hay plumajes que cruzan el pantano y no se manchan! Eso dice un poeta. Puta su
madre.
FIFÍ .— "Día 15: río de mierda. Condenado. Acabado. Maldita Rosalind."
MINA ,— No hay derecho a que escriba que trae dos putas. Pendejo.
FIFÍ .— Y luego unos dibujos muy vulgares, como esos que pinta uno en los excusados. Luego
dice: "Un chivo rasurado. Un marrano piojoso sin cola: la vida." ¿Sabes? Con esto no vamos a
averiguar nada. Yo no creo que este diario sea normal.
MINA .— Pero está interesante, chica. Deja verlo. Ay, mira qué dibujos. Qué cosas pensaba este
hombre.
FIFÍ .— Oye, ¿cuánto dinero queda del anticipo?
MINA .— Muy poco.
FIFÍ .— ¿Cuánto?
MINA .— Es cosa de ver. Abre mi cartera y busca dentro del forro, descosiéndolo un poquito. Y
luego, en el fondo de la polvera.
(Fifí va al primer camarote. Mina sigue absorta, leyendo.)
MINA .—
Este hombre no es normal. Qué cosa. Oye esto: "Anoche soñé con Rosalind. Estábamos
en la cama de Jimmy. Luego venía Jimmy, se desnudaba y nos daba de puñaladas a los dos.
Jimmy. ¿Dónde está Jimmy?" ¿Tú ves qué cosas? ¡Y más dibujos! Luego dice: "Perros, perros,
perros." ¿Por qué pensaría tanto en animales?
(Vuelve Fifi.)
FIFI .—
Trescientos treinta bolívares. Se puede viajar en bus.
¿Adonde?
FIFÍ .— Si regresamos este barco... Se puede viajar en bus.
MINA .— ¿Adonde?
FIFÍ .— No sé, chica. Adonde alcance el dinero.
MINA .— ¿Y allí qué hacemos?
FIFÍ .— (Exasperada.) ¡Alguien tiene que darnos trabajo! Yo no quiero ir a ese lugar espantoso.
MINA .— ¡Firmamos contrato!
FIFÍ .— ¿Y qué, y qué? No me importa. Me cago en el contrato. ¡Tú no me dijiste que era un
burdel! ¿Por qué aceptaste, Mina, por qué no me dijiste?
MINA .— Porque estoy vieja, porque yo sé cuando se cierran las puertas. Porque he rodado más
años que tú, muchos más años. Cuando estás al fin de todo, un boletito al purgatorio se acepta.
Por eso acepté. Porque aquí vamos nada más a bailar, pero allá en Maracaibo, después de vender
todo, íbamos de verdad,a acabar de putas.
FIFÍ .— Pero yo no quiero un boleto al purgatorio. Yo quiero el cielo.
MINA .— Nadie se va al cielo con Rico detrás reclamando un contrato sin cumplir. Ese hombre es
lo más malo que hay y tiene amigos y socios en todas partes. No tenemos ninguna salida más que
cumplir: se acabó todo. No hay donde escoger.
FIFÍ .— Nunca se acaba todo. Va a venir algo nuevo y mejor, eso lo sé.
MINA .—
MINA .—
¿Cómo vas a saberlo?
FIFÍ .— Lo sé porque lo sé. Mira, te he contado de mi hermanito. Yo tengo un hermanito.
MINA .— ¿Cuál?
FIFÍ .— Robertico, el único. Uno de esos niños tan bellos que crecen entre mujeres y son como
angelitos. Y luego como muchachas lindas, y luego... Pues luego sabía coser y nos hacía vestidos
muy elegantes a mamá y a mí, y... entró a un taller de costura... y vive con un señor muy
agradable que nos ha ayudado bastante. Pues mi hermanito, tan bello él, siempre ha leído mucho.
Es mucho menor que yo, pero él me leía cuentos. Cuando yo me iba a dormir, yo acostada y él en
los pies de la cama. Y había uno lindísimo, de la flor de lino. Verás: "florido estaba el lino", así
empezaba.
(Pone música. El texto o veces será rítmico, percutido, puede ser cantado a veces.)
FIFÍ .—
Florido estaba el lino. Sus doce flores daban gracias al sol y a la lluvia, muy contentas con
todo. Sus doce flores eran algo lindísimo. Y unas tijeras, de repente, vinieron haciendo un ruido
horrible, cric, crac, cric, cruc, crac. Y decían: "se acabó, se acabó, se acabó". Y cortaron las doce
flores y las echaron a un costal.
MINA .— ¿Lo ves? Así es la vida. Así es la vida exactamente.
FIFÍ .— Pero decían las flores: "¿Se acabó? ¡No! Falta lo más hermoso todavía. Y las echaron a
unos... tanques, a unos... ya no me acuerdo bien qué. Y las molieron, pobrecitas, y las volvieron
fibra. ¡Y las tejieron! Y luego fueron una tela preciosa, de varios metros, que estaba al sol tendida
y la rociaban y la envolvían con mucho esmero. Y de repente, llegaron otra vez las tijeras,
cortándola en pedazos, cric, crac, cric, cruc, crac, se acabó, se acabó, se acabó.
MINA .— Claro, si la vida es así. Exactamente así.
FIFÍ .— Los pedazos decían: "No. Falta lo más hermoso todavía." Vino una aguja entonces, y los
picó. Y traía un hilo atrás, por supuesto. Picó y picó y picó. ¡Y de pronto ya estaban doce
camisas! Doce preciosas camisas de lino. Se las ponía un señor que las llevaba a fiestas, las
manchaba de vino y de cosas exquisitas. Y luego las lavaban y las tendían al sol y a la lluvia, al
sol caliente y a la lluvia fresca...
MINA .— ¿Y las tijeras qué? Porque allí cerca han de andar las tijeras.
FIFÍ .— No fueron ellas: ahora fue el uso. Ahora fue el tiempo. Se fueron gastando, se luyeron, se
rasgaron... Y en un costal se las llevó el ropavejero, y al echarlas adentro, les decía:
MINA .— Claro está: cric, crac, cric, cruc, crac, se acabó, se acabó, se acabó. Exactamente asi es la
vida.
FIFÍ .— Pero allá en el costal, ellas decían: "No. Falta lo más hermoso todavía."
MINA .— Estúpidas.
FIFÍ .— Las llevaron a un gran tinaco. Las echaron allí, con otros trapos. Y las volvieron pulpa. Y
la pulpa cayó en unos rodillos. ¡Y se volvió papel! Y allí salieron doce pliegos del más fino papel
de lino, doce pliegos que se llevó un escritor, un poeta precioso que decía todo lo que es más
bello y lo que es más cierto y lo que es más bueno, y lo decía muy bien. Allí lo dejó escrito, en
los doce pliegos de lino. Que se fueron a las imprentas y los copiaron y los leyeron en el mundo.
¡Los doce pliegos eran famosos! Volvieron a su casa, siempre llenos de tantas letras
hermosísimas, pero también de... manchas de la imprenta y de grasa... Se quedaron en un rincón.
Un rincón honorable de la biblioteca...
MINA .— Ya vendrán las tijeras, o vendrá algo...
FIFÍ .— Vinieron los ratones, y las polillas. Y dejaron el manuscrito que daba lástima. Y una noche
hubo que echarlo al fuego. Y las llamas decían...
LAS DOS .—
Cric, crac, cric, cruc, crac, se acabó, se acabó, se acabó.
MINA .— Pues eso estoy diciendo, que así es la vida. Exactamente así es la vida.
FIFÍ .— Pero allí, sobre los carbones, quedaron doce chispas. Y subieron en un impulso de aire
caliente, por el tubo tan negro y sucio de aquella chimenea, y salieron así a la noche, en
torbellino, doce chispitas rojas que dejaron atrás el humo y empezaron a confundirse con las
estrellas. Y las doce decían: ¡no se ha acabado nada! ¡Falta lo más hermoso todavía!
(Cesa la música. El ruido de las máquinas del barco ha cesado también, pero ellas aún no se
dan cuenta.)
MINA .—
(Tras un silencio reflexivo.) ¿Te acuerdas de la cárcel de Bogotá?
Sí, me acuerdo.
MINA .— ¿Te acuerdas de las otras mujeres? Habían rapado a varias. Y nadie fue por ellas. Se
quedaron allí.
FIFÍ .— Sí, me acuerdo.
MINA .— ¿Y por qué no salieron ellas? Nada más tú.
FIFÍ .— No sé. No te tenían a ti. No sé. No tenían quien las quisiera. ¿Por qué fuiste a sacarme, a
ver, por qué?
MINA .— Chica, cómo no iba yo a ir. ¿Me habrías dejado tú a mí?
FIFÍ .— ¡Claro que no! (Le toma las manos.) Entonces, si salí fue porque nos queremos. (Se
abrazan.)
MINA .— Está una tan sola en este mundo... Es tan raro encontrar una amiga... (Un silencio.) ¿Te
acuerdas de Panamá?
FIFÍ .— ¿Qué pasó en Panamá?
MINA .— Cuando aquel hombre, de entre el público, me echó un cigarro encendido en el
brassiere...
FIFÍ .— ¡Cómo lo dejé! ¡Cómo lo dejé! (Empieza a reírse.) Le arranqué los pelos, le di tres
rodillazos en los huevos, lo mandé al coño de su madre, le rompí la boca con el vaso en que
bebía, le di veinte patadas, y te pidió perdón, con todas sus letras, te pidió perdón...
MINA .— Y nos botaron a las dos.
FIFÍ .— Pero en seguida conseguimos un trabajo más bueno.
MINA .— Nada más tú me defendiste. Y ni siquiera eras mi amiga. Hubo gente que se burlaba, pero
tú...
FIFÍ .— Es que eso no se hace: fue como si me lo hicieran a mí. ¡Yo le pegaba y el público
aplaudía! Y un gordo muy hermoso nos invitó champaña. ¡Tan rica! (Suspira.) Si cuando menos
eso tuviéramos, champaña...
MINA .— Ay, Fifí. ¿Sabes tú lo que carga este barco?
FIFÍ .— ¿Qué? No te creo. Dímelo, pero no te creo.
MINA .— ¡Cajas y cajas y cajas de champaña! Yo las vi.
FIFÍ .— Lo hubieras dicho antes. Con tantos sustos, con tantas cosas que nos han pasado este día...
(Sale corriendo.)
MINA .— (Grita.) ¡No te vayas a tropezar, o a caer! ¡Hay una luz a la entrada de la bodega...!
(Quedo.) Mi Fifí... Mi hija y mi hermana... Mi loca, mi amor. Y a quién le importa si dormimos
juntas y nos besamos alguna noche, nos hacemos cariños de muchachas mañosas y nos damos
tanta ternura como ningún cabrón ha sabido damos... Defendernos de la intemperie, de la noche...
Mi Fifí, mi gatita joven, loca, ¿qué ibas a hacer sin mí? Ay, si yo me muriera, tú en este mundo
tan cerrado, tan feo. Tú que eres suavecita, loquita, peleonera, valiente. No te hago falta. ¿Para
qué? Te tiran del balcón, caes en tus dos páticas. ¡Tú me haces falta a mí! Yo ya no espero nada,
más que el gusto de estar contigo, de verte confiar en las cosas buenas, todo el tiempo. Yo ya no
espero nada, nada especial. Muy poco... Casi... nada...
(Vuelve Fifí.)
FIFÍ .—
Puse otras tres en hielo. Ahora vamos a rascarnos con champaña.
Está tibia.
FIFÍ .— La otra botella va a estar fría. Y la otra más. Salud, amiga.
MINA .— Salud, amiguita. (Beben.) La champaña tibia sabe a meados.
FIFÍ .— Dime de quién, para casarme con él. Toma, te sirvo más.
MINA .— Champaña en tazas viejas de aluminio, abolladas.
FIFÍ .— Igualito que nuestras almas. Pero champaña es champaña.
MINA .— Si bebes así, te vas a rascar muy aprisa.
FIFÍ .— Hay que acabar la tibia, para bebemos la fría. Le voy a dar a mi negro: ha de tener un ratón
horrible.
MINA .—
(Mina se queda quieta. Bebe. Va despacio a la puerta, ve hacia dentro: se queda viendo algo que
le da shock y la deprime. Se regresa, se sienta en la escalera, viendo al río. De pronto, se
sobresalta, se queda oyendo. Ve al frente, ve en torno...)
MINA .—
¡Fifí! ¡Fifí! (No hay respuesta. Va cerca de la puerta.) ¡Fifí! ¡Ya se pararon las
máquinas! El barco ya no avanza, está dando vuelta. ¡Nos está llevando la corriente!
FIFÍ .— (Viene.) ¿Qué dices tú?
MINA .— ¡Mira! ¡Y oye!
FIFÍ .— No se oye nada.
MINA .— Pues no. Y debieran oírse las máquinas.
FIFÍ .— Tienes razón. Las máquinas ya no suenan.
MINA .— Estamos de perfil. Mira la orilla. Nos lleva la corriente.
FIFÍ .— ¡Pero si han estado andando las máquinas hasta hace poco, de lo más bien!
MINA .— Pues sí, pues sí. ¿Y les echaste combustible? ¿O les hiciste algo tú, o nadie?
FIFÍ .— ¿Entonces ya se pararon?
MINA .— ¡Eso te estoy diciendo!
FIFÍ .— (Canta y baila disparatadamente.) ¡La la, lara lala-la! ¡Viva, viva!
MINA .— ¿Estás loca?
FIFÍ .— ¡Ya no vamos a esa casa de putas del demonio! ¡Ya no podemos llegar! ¡Qué felicidad tan
grande!
MINA .— Pero chica, si ya nos dieron dinero... ¡No conoces a Rico!
FIFÍ .— Me lo imagino muy bien. ¡Ha de ser un infame gángster de mil carajos! De variedad nos
iban a poner a hacer cachapas o algo peor, ya verías. ¿Quién va a respetar un contrato en esa
selva? ¿Eh? ¿Eso no se te había ocurrido, verdad?
MINA .— (Baja la cara. Quedo.) Sí se me había ocurrido.
FIFÍ .— (Canta y baila.) ¡Ya no vamos, ya no vamos, ya no vamos! ¡Voy por más champaña!
(Sale.)
MINA .— (Grita.) ¡No conoces a Rico, ni a sus amigos! ¡Ya tendremos que regresar a cumplir!
(Para sí.) Nos va a arrastrar de cualquier lado que vayamos... (Ve al río.) Estamos dando toda la
vuelta. A ver a dónde nos bota el agua...
(Vuelve Fifí.)
FIFÍ .—
Está bien fresca, tienta.
Ya vamos a regresar.
FIFÍ .— Bastante fría, ¿no? (Destapa.)
MINA .— (Deprimida.) Me decían en mi casa que iba yo a ser una perdida. Porque llegaba tarde y
con muchachos, porque unas veces me quedé a dormir fuera... Porque boté un novio muy formal
y me fui a un hotel con otro... Y lo supieron. Pero ese novio era algo horrible: contador. Coño,
quisiera que me vieran flotando sin rumbo en el rio Orinoco, en un barco vacío, bebiendo
champaña rodeada de caimanes y de caribes sin saber dónde carajos voy a ir a dar. Si me decían
perdida entonces, ¿qué me diñan ahora?
FIFÍ .— Está riquísimo, pero la otra botella va a estar todavía mejor. Hay que acabarse ésta.
MINA .—
(Beben largamente. Fifí suspira.)
MINA .—
Estabas besando a Salomé.
Es lo único que no me gusta, cómo se llama. Si cuando menos fuera ¡Salomón! ¿Tú crees
que quiera cambiarse de nombre?
MINA .— Le diste... tremendos besos...
FIFÍ .— Tan lindo, tan bueno... ¡Nos salvó! Pues le di sus besos. Pura gratitud.
MINA .— Desde que subimos al barco estás loquita con tu tonelada de carbón.
FIFÍ .— De chocolate. De petróleo. De noche con estrellitas. Ay, tan precioso.
MINA .— ¿Qué vas a hacer cuando lleguemos?
FIFÍ .— ¿Pero vamos a llegar a algún lado?
MINA .— ¡No vamos a estar flotando eternamente!
FIFÍ .— Tal vez no. ¿Pero y si vamos a dar al mar? ¿Eh? ¡Salud! (Pone música.) ¡Que cante el mar,
negra! ¡Canta conmigo! ¡Canta!
FIFÍ .—
(Cantan, beben, bailan, en desorden y haciendo payasadas. Está empezando a anochecer, con
espectacularidad.)
LAS DOS .—
(Cantan.) Nuestras vidas son los ríos,
nos está esperando el mar,
y si aquí nos divertimos,
ya será mejor allá.
¡Que cante el mar, negra,
que cante el mar!
En los ríos hay muchos peces,
cuántos más no habrá en el mar,
nuestras vidas son los ríos,
que se mueven sin cesar.
Este río es un camino,
nos movemos sin andar,
acostada o levantada,
muy bien sé que he de llegar.
¡Que cante el mar!
En el río hay poca espuma,
sólo sabe murmurar;
¡ya se van a ver las olas
y ésas si saben cantar!
¿Que cante el mar, negra,
que cante el mar!
FIFÍ .— (Abre otra botella.) Le voy a dar más champaña a Salomón.
(Va al camarote. El cielo se oscurece.)
MINA .—
¡Loca, loca, como nadie de loca! Se va a ir a vivir con el negro, ya la estoy viendo. Y ese
negro es de los que se vuelven chulos. Porque él sabe muy bien que está bonito. Cuando Fifí lo
vista con muchos trapos, y le plante camisas de seda y reloj... ¡Quién lo va a aguantar! Le va a
quitar el dinero. Ese ya nunca va a vivir de cargador. Qué bueno que ya no voy a mirar todo eso...
¡Cuántas veces la lie visto de loca y estúpida! Siquiera el negro podrá defenderla. A mí... nunca
me ha defendido nadie, más que Fifí... Rico me va a marcar la cara... (Pausa.) Agua amarilla... un
mundo de agua amarilla... (Se cuelga mucho, viendo el agua.) ¿Qué tanto dolerán las mordidas de
los caimanes?... Ni es cierto que la ayudé a llevar el barco... Sabe llevarlo ella sola. (Llora.)
(Tira lejos la taza donde bebía, la ve perderse. Se desploma llorando. Vuelve Fifí.)
FIFÍ .—
¿Y tú qué tienes?
Me maté. Me tiré al rio. Allá voy flotando rumbo a los caimanes.
FIFÍ .— Tú ya estás borracha. (La observa.) ¿Sí te querías tirar?
MINA .— Sí.
FIF !.— ¿Por qué?
MINA .— Tuve una vivencia.
FIF !.— ¿De qué?
MINA .— De mí, dentro de algunos años.
FIFÍ .— ¿Y yo qué, mi amor, yo qué? ¿Qué iba yo a hacer sin ti? ¿Cómo puedes ser tan mala que
se te ocurran esas cosas? (Se echa a llorar.)
MINA .— ¿Ya para qué me quieres? Ya te vas a vivir con ese negro de mierda.
FIFÍ .— (Llorando, la besa.) No, mi amor, no. Cómo crees. ¡Jamás!
MINA .— ¿De veras no?
FIFÍ .— ¡Claro que no!
MINA .— ¿Me prometes que no te vas con él?
FIFÍ .— ¡Te lo prometo!
MINA .— ¿De verdad?
FIFÍ .— ¡De verdad! Él se va a vivir con nosotras.
MINA .— ¡Conmigo no! ¿Qué te has creído?
FIFÍ .— Si a ti también te encanta. Si a ti también te salvó. Si tú lo curaste... ¿Verdad que está muy
lindo?
MINA .— Ay, Fifí. (Se echa otra vez a llorar.) Cuándo no has de inventar cada vez algo peor. Y ni
siquiera vamos a tener trabajo. Si nos presentamos en cualquier lado, va a venir Rico y nos va a
rajar la cara. ¡A los tres!
FIFÍ .— Eso te crees. (Le sirve champaña en la taza que queda.) Nos vamos a cambiar de nombre.
Yo voy a ser... Gigí... Chanel. ¿Eh? Ese nombre tiene clase, Gigi Chanel. Y tú... puedes
llamarte... Lina... Kiev. ¡Lina Kiev! En Kiev hay muchas estepas y es una ciudad preciosa, yo vi
fotos. Y a Narciso lo vamos a enseñar a bailar. Vamos a empezar una nueva carrera, mejor que la
anterior.
MINA .— ¿Quién es Narciso?
FIFÍ .— ¡Salomé! No le gustó llamarse Salomón, pero Narciso le gustó mucho. Narciso... ¿Qué
apellido le pondremos? Macondo, tal vez. Eso es bonito, Narciso Macondo.
MINA .— ¿Qué es eso de Macondo?
FIFÍ .— Un lugar de turismo, donde va mucha gente.
MINA .— ¿Y para qué haces planes, si este barco se va a hundir, o va a perderse en el mar?
FIFÍ .— Va a llegar a lugares lindísimos, yo sé llevar el timón.
MINA .— Y mira esas nubes tan horrorosas, va a venir una tormenta y nos va a naufragar.
FIFÍ .— Va a ser un aguacero precioso, y después va a estar la luna con tremendo arcoiris.
MINA .— Y suponiendo que lleguemos a donde sea, ¿quién nos va a dar trabajo?
FIFÍ .— Cantaremos en las calles. Con tanta ropa elegante que tenemos, nos darán más dinero que
en los cabarets. (Jala del camarote un baúl y lo abre.) Mira, mira, trapos y trapos, hermosos,
finos, importados...
(Cuelga trapos por todos lados.)
MINA .—
FIFÍ .—
Y ese negro, cuando beba, se va a volver malo. ¡Y nos va a pegar, y a matar!
Que se atreva. Lo desbarato de un coñazo.
(Fifí empieza a cambiar de ropa, se pone trapos resplandecientes de show, penachos. Hace lo
misino a Mina. Sigue sirviendo champaña.)
MINA .—
Y suponiendo, y suponiendo. Mendigas con trapos y con un negro que mantener... ¿Y
luego? ¿Al asilo? ¿Al basurero?
FIFÍ .— ¡Al cine como estrellas! ¡Y a publicar nuestras memorias!
MINA .— Mejor fuera meterse a un convento.
FIFÍ .— Esas monjas cobran carísimo por entrar.
MINA .— No es cierto. Tú te arrepientes y te reciben.
FIFÍ .— ¿Y de qué piensas arrepentirte?
MINA .— ¡De todo!
FIFÍ .— Yo de nada, de nada. Y no me voy a meter a un convento.
MINA .— Y todavía, si no chocamos ni nos hundimos, hay que dar cuenta de lo que pasó en este
barco. Nos van a culpar a los tres.
FIFÍ .— Este barco... Vamos a disfrazarlo, a pintarlo de rojo y a bautizarlo de nuevo. ¿Cómo se
llama?
MINA .— Stella Maris.
FIFÍ .— Estrella de los Mares... Así le dicen a la Virgen. Pues ahora puede ser... Estrella de los
Ríos... ¡Estrella del Orinoco! Lo pintamos y nos vamos por todos los puertecitos dando show.
¡Sería un negocio tremendo! Gigí, Lina y Narciso. ¡Ponte tus plumas! ¡Ponte esta capa! (Riega
champaña.) Ahora, bautizo a la Estrella del Orinoco.
(Sube la escalera, iza banderas de colores, muchas, prende luces y el barco queda dibujado
con foquitos de colores.)
FIFÍ .—A Narciso voy a comprarle un traje de lame plateado. Verás qué bien va a bailar.
(Ha puesto música.)
MINA .— Estás loca, estás loca. Fantasías y mentiras, nada se puede, te digo que estás loca.
FIFÍ .— ¿Y tú? ¿Estás cuerda? ¿Y sabes tú, de verdad, cómo son las cosas?
MINA .— No sé nada. Confusión y oscuridad. No sé nada. Vamos flotando a la deriva.
FIFÍ .— (En alto.) Yo sí sé. ¿Ves? Yo-sí-sé. ¡Llevamos rumbo! ¡ Y falta lo más hermoso todavía!
(Abre los brazos, recibiendo el viento. Revolotean los trapos de ambas.)

TELÓN


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