MÁS ALLÁ DEL HORIZONTE. EUGENE O’NEILL.










MÁS ALLÁ DEL HORIZONTE

EUGENE O’NEILL


PERSONAJES



JAMES MAYO, agricultor

KATE MAYO, su esposa
CAPITÁN DICK SCOTT, del barco “Sunda", hermano de Kate

HIJOS de JAMES MAYO:

ANDREW MAYO
ROBERT MAYO

RUTH ATKINS


SRA. ATKINS, madre de Ruth, viuda


MARY


BEN, peón de chacra


DOCTOR FAWCETT




ESCENARIOS



ACTO PRIMERO


Escena I: El camino. Crepúsculo de un día de primavera.

Escena II: La casa de la chacra. Esa misma noche.


ACTO SEGUNDO


Escena: La casa de la chacra. Un mediodía de verano.

Escena: Una loma próxima a la chacra, que mira al mar.
Al día siguiente.


ACTO TERCERO


(Cinco años después)


Escena I: La casa de la chacra. Amanecer de un día de fines de otoño.

Escena II: El camino. Al salir el sol.




Acto PRIMERO


ESCENA I



Tramo de una carretera rural. El camino se extiende en diagonal desde la izquierda primer término hasta la derecha de foro, y se lo ve perderse a lo lejos viboreando hacia el horizonte, como una descolorida cinta, entre las lomas bajas y ondulantes, con sus campos recién arados netamente separados el uno del otro, como las casillas de un tablero de ajedrez, por las líneas de muros de pie­dra y rústicas cercas.

El triángulo aislado en primer término por el camino es un término de cuya oscura tierra brotan las miríadas de briznas de un verde claro del centeno sembrado en otoño. Una línea de rocas apiladas y dispersas, demasiado baja para que se la pueda calificar de pared, separa este campo del camino.
A foro del camino hay una zanja, de terraplén empi­nado y herboso en el otro extremo. En el centro de éste, un viejo y nudoso manzano, cuyo follaje acaba de retoñar, tiende sus retorcidas ramas hacia el cielo, que destaca su negrura sobre la palidez de la lejanía. Una cerca flanquea lo alto del terraplén de izquierda a derecha, pasando debajo del manzano.
Se inicia un apacible crepúsculo de mayo. Las lomas del horizonte están orladas todavía por una tenue línea de llamas, y el cielo, en lo alto, brilla encendido por el rubor carmesí del sol que se pone. Esta tonalidad se desvanece gradualmente a medida que avanza la acción.
Al levantarse el telón, Robert Mayo aparece sentado sobre la cerca. Es un joven alto y esbelto, de veintitrés años. Hay en él algo de poeta; lo evidencia su frente alta y ancha y sus ojos oscuros. Sus facciones son de refinada delicadeza, tendiendo a la debilidad en la boca y el men­tón. Viste pantalones de pana gris metidos en altas botas y una camisa de franela azul con una corbata clara. Está leyendo un libro a la luz cada vez más escasa del crepúscu­lo. Lo cierra, dejando un dedo entre las páginas para se­ñalar el pasaje donde se ha detenido y vuelve la cabeza hacia el horizonte, mirando más allá de los campos y las lomas. Sus labios se mueven, como si recitara algo.
Su hermano Andrew llega por el camino desde la dere­cha, volviendo de su labor en los campos. Tiene veinti­siete años de edad y su tipo es opuesto al de Robert. Es fornido, bronceado por el sol, guapo por sus facciones grandes y varoniles; un hijo de la tierra, inteligente o más bien astuto, pero sin, nada de intelectual. Viste overol, botas, una camisa gris de franela abierta en el cuello y un sombrero blando y manchado de barro, que se ha echado atrás. Se detiene hablarle a Robert, apoyán­dose sobre la azada que lleva.


ANDREW (viendo que Robert no ha notado su presen­cia, grita).-¡Eh! (Robert se vuelve, sobresaltado. Al ver quién lo llama, sonríe.) ¡Diablos, merecerías un premio por soñar despierto! Y ya veo que te has traído uno de tus viejos libros. (Cruza la zanja y se sienta sobre la cerca, junto a su hermano.) ¿Qué lees esta vez? Apostaría a que son versos. (Tiende la mano hacia el libro.) Muéstrame.

ROBERT (tendiéndole el libro, con gesto algo reacio.) -Ten cuidado de que no se llene de polvo.
ANDREW (mirándose las manos).-Esto no es pol­vo. . . Es buena tierra limpia. (Hojea el libro. Lee algo y lanza una exclamación de disgusto.) ¡Bah! (Mirando a su hermano con una sonrisa provocativa, lee en voz alta, con voz quejumbrosa y cantarina:) "He amado el viento y la luz y el brillante mar. ¡Pero nada amé tanto. como te amé a ti, sagrada noche!" (Le devuelve el libro a Ro­bert.) ¡Toma! Y entiérralo. Supongo que fue el año pasado en la Universidad el_ que te aficionó a estas cosas. Me alegro muchísimo de no haber pasado del colegio secun­dario; en caso contrario, habría perdido el juicio también. (Sonríe y le da una afectuosa palmada a Robert.) Ima­gíname leyendo versos y arando, al mismo tiempo. Apuesto a que se me escaparía la yunta.
ROBERT (riendo).-O imagíname arando a mí.
ANDREW. -Debiste volver a la Universidad en el otoño pasado. Ya sé que lo deseabas. Estás bien dotado para estas cosas, y yo, no.
ROBERT.- Ya sabes por qué no volví, Andy. A papá eso no le gustaba, aunque no lo dijera: y sé que nece­sitaba el dinero para hacer mejoras en la chacra. Además, no me interesan los estudios, aunque me veas leyen­do libros sin cesar. Lo que quiero es estar siempre en mo­vimiento, sin arraigar en ninguna parte.
ANDREW.-Bueno... Pues el viaje que emprenderás mañana te obligará a moverte bastante. (Ante esta alu­sión, ambos guardan silencio. Pausa. Finalmente, Andrew prosigue, torpemente, afectando negligencia:) Tío dice que tu ausencia durará tres años.
ROBERT. -Poco más o menos, según sus cálculos.
ANDREW (caviloso).-Eso, es mucho tiempo.
ROBERT.-No tanto, si bien se piensa. Ya sabes que el "Sunda" irá primero a Yokohama dando la vuelta al Cabo de Hornos, y eso es una larga travesía para un ve­lero; y si vamos a cualquiera de los demás lugares a que se refiere tío Dick -la India o Australia o el África del Sur o la América del Sur-, esos serán viajes largos, también.
ANDREW.-Lo que es por mí, puedes quedarte con todos esos países extranjeros. (Después de una pausa.) Mamá te echará mucho de menos, Rob.
ROBERT .-Sí. . . Y yo a ella.
ANDREW.-Y a papá no lo alegra mucho tu partida. . . aunque trata de disimularlo.
ROBERT. -Adivino sus sentimientos.
ANDREW. -Y puedes apostar a que tampoco me ale­gra a mí. (Pone una mano sobre la cerca, junto a Robert.)
ROBERT (poniendo una de las suyas sobre la de An­drew, con gesto casi tímido).-También sé eso, Andy.
ANDREW.-Creo que te echaré de menos tanto como cualquier otro. Te diré. . . Nosotros no somos como la mayoría de los hermanos. . . que siempre están riñendo y viven separados. Nosotros siempre hemos estado jun­tos. . . juntos y solos. Nuestro caso es distinto. Por eso duele tanto la separación, supongo.
ROBERT (con emoción).-A mí me cuesta tanto como a ti, Andy.. . ¡Créeme! Sufro al abandonarte a ti y a los viejos, pero. . . tengo que irme. Hay algo que se llama. . . (Señala el horizonte.) Oh, no puedo explicártelo, Andy.
ANDREW. -Ni hace falta, Rob. (Irritado contra sí mismo.) ¡Qué diablos! Necesitas ir... y eso es todo; y yo no querría que perdieras esta oportunidad por nada del mundo.
ROBERT.-Eres muy bueno al pensar así, Andy.
ANDREW.-¡Bah! Sería un canalla si no lo pensara... ¿verdad? Cuando recuerdo lo mucho que necesitas ese viaje por mar para convertirte en un hombre nuevo
-físicamente, es claro- y recuperar toda tu salud...
ROBERT (algo impaciente).-Todos ustedes se preocu­pan a cada momento de mi salud. Se habituaron tanto a verme tendido en algún rincón de la casa en otros tiempos, que para ustedes seguiré siendo siempre un invá­lido crónico. No advierten la reacción de estos últimos años. Si no tuviera más pretexto para embarcarme con tío Dick que mi salud, me quedaría aquí y empezaría a cultivar la tierra.
ANDREW.-Imposible. No has nacido para hacerlo. La diferencia que hay entre nosotros, se nota en nuestros sentimientos por la chacra. . . Tú. . . Bueno, supongo que esto te gusta como hogar: pero lo detestas como sitio para trabajar y cultivar cosas. ¿No es eso?
ROBERT. -Sí, supongo que sí. En cambio, tú eres distinto. Eres un Mayo hecho y derecho. Estás ligado a la tierra. Eres un producto de la tierra, como una espiga de maíz o un árbol. Y lo mismo papá. Esta chacra es su labor de toda la vida y le alegra saber que otro Mayo, inspirado por el mismo amor, proseguirá este trabajo cuando él lo abandone. Comprendo tu actitud y la de papá, y me parece maravillosa y sincera. Pero yo... Bueno; yo no soy así.
ANDREW.-No, no lo eres: pero en cuanto a com­prensión, creo que tienes tu manera propia de ver las cosas.
ROBERT (caviloso).- Me pregunto si lo comprendes, realmente.
ANDREW (con convicción).-Claro que sí. Has visto un poco d mundo, lo suficiente para que la chacra te parezca pequeña, y sientes comezón de verlo todo.
ROBERT. -Es algo más que eso, Andy.
ANDREW.-Oh, claro. Sé que aprenderás náutica y todo lo relativo a un barco, para poder ser oficial. Eso es natural, por lo demás. Recibirás una buena paga, si se piensa que siempre has tenido solamente casa y comida; y si te propones viajar, podrás ir adonde se te antoje sin pagar pasaje.
ROBERT (can sonrisa un poco triste).-Es algo más que eso, Andy.
ANDREW.-Claro que sí. Existe siempre la posibilidad de que se te presente algo bueno en uno de los puertos extranjeros. He oído decir que hay grandes oportunida­des para un joven despierto, en esos países nuevos. (Jo­vialmente.) ¡Apuesto a que has estado pensando en eso bajo tu aire apacible! (Palmea en la espalda a su hermano, riendo.) Bueno... Si te conviertes en millonario de la noche a la mañana, ven sin demora y te pasaré el plato. Aquí, en la chacra, podríamos usar muchísimo dinero sin que nadie saliera perdiendo.
ROBERT (que se ve obligado a reír).-Nunca pensé en ese aspecto práctico del asunto, Andy.
ANDREW.-Bueno, pues debieras hacerlo.
ROBERT. -No, no debo. (Señalando el horizonte, con aire soñador).-¿Y si te dijera que sólo me atrae la Belleza, la belleza de lo lejano y lo desconocido, el mis­terio y el hechizo del Oriente que me seduce en los libros que he leído, la necesidad de sentirme libre en los grandes y anchos espacios, el placer de vagabundear constante­mente. . . en busca del secreto oculto allí, más allá del horizonte? ¿Y si te dijera que esa es la única razón de mi partida?
ANDREW.- Diría que estás chiflado.
ROBERT (frunciendo el ceño).-No pienses eso, Andy. Hablo en serio.
ANDREW.-Entonces, más vale que te quedes, por­ que aquí, en esta chacra, tenemos todo lo que estás bus­ cando. Sabe Dios que sobra espacio, y que para tener todo el mar que quieras te basta con caminar un kilómetro hasta la playa; y hay mucho horizonte que mirar Y belleza suficiente para cualquiera, salvo en invierno. (Sonríe.) En cuanto al misterio y el hechizo, no los he encontrado aún, pero es probable que estén aquí en alguna parte. Debes comprender que esta es una chacra de primera, con todos los accesorios. (Ríe.)
ROBERT (riéndose a su vez, sin poderlo remediar). ¡Es inútil razonar contigo, tonto!
ANDREW. -Más vale que no le hables de hechizos y cosas parecidas al tío Dick cuando estés a bordo. Proba­blemente te arrojaría al agua. (Baja de un salto de la cerca.) Más vale que me vaya pronto. Tengo que lavarme un poco porque vendrá a cenar la madre de Ruth.
ROBERT (intencionadamente, casi con amargura).-Y Ruth.
ANDREW (confuso, mirando a todas partes salvo a Ro­bert y tratando de mostrar despreocupación).-Sí, tam­bién vendrá Ruth. Bueno, más vale que me apure, me parece... (Franquea de un salto la zanja y sale al camino mientras habla.)
ROBERT (que parece luchar con una fuerte emoción íntima, impulsivamente).- ¡Espera un momento, Andy! (Baja de un salto de la cerca.) Hay algo que quiero... (Se interrumpe bruscamente, mordiéndose los labios y sonrojándose.)
ANDREW (enfrentándolo, casi desafiante).- ¿Qué?
ROBERT (confuso).-No ... No te preocupes ... No tiene importancia, no es nada.
ANDREW (después de una pausa, durante la cual contempla fijamente el rostro de Robert, quien rehúye su mirada).-Quizá yo adivine... lo que ibas a decir... pero creo que haces bien al no hablar de eso. (Ambos hermanos permanecen inmóviles y mirándose en los ojos durante unos instantes.) No podemos remediar esas co­sas, Rob. (Se vuelve, soltando repentinamente la mano de Robert.) Vendrán pronto... ¿no es así?
ROBERT (con aire sombrío).-Sí.
ANDREW.-Entonces, será hasta luego. (Se va por el camino, hacia izquierda. Robert lo sigue con la mirada durante unos instantes; luego trepa nuevamente la cerca y mira las lomas con profunda pena. A los pocos instantes Ruth entra presurosamente por izquierda. Es una muchacha sana, rubia y habituada a vivir al aire libre, de veinte años, de figura esbelta y plena de gracia. Su rostro, aunque propenso a la redondez, es innegablemente bello, y sus grandes ojos, de tonalidad azul oscura, con­trastan de un modo sorprendente con su tez bronceada por el sol. Sus facciones pequeñas y regulares son subra­yadas por cierta energía, por una tenacidad terca y subya­cente en la seducción franca y hechicera de su fresca juventud. Viste un sencillo vestido blanco y no usa sombrero.)
RUTH (al ver a Robert).-¡Hola, Rob!
ROBERT (sobresaltado).-¡Hola, Ruth!
RUTH (salva de un salto la zanja y se encarama sobre la cerca, a su lado).-Te estaba buscando.
ROBERT (con intención).-Andy acaba de irse.
RUTH.-Lo sé. Nos encontramos en el camino hace un momento. Me dijo que estabas aquí. (Tiernamente traviesa.) Yo no buscaba a Andy, inteligentón, si es eso lo que quieres decir. Te buscaba a ti.
ROBERT.-¿Porque me voy mañana?
RUTH.-Porque tu madre está ansiosa de que vuelvas a casa y me rogó que te buscara. Acabo de llevar a mamá en su sillón de ruedas a tu casa.
ROBERT (por mera fórmula).-¿Cómo está tu madre?
RUTH (sobre cuyo rostro se cierne una sombra).­
Poco más o menos igual. No parece mejorar ni empeorar. Oh, Rob. . . Ojalá, mamá tratara de ponerle a mal tiem­po buena cara, ya que eso no tiene remedio.
ROBERT.-¿Te ha estado hostigando de nuevo?
RUTH (asiente y luego tiene un ataque de rebeldía). - Nunca deja de hostigarme. Todo lo que hago por ella le parece defectuoso. Si papá estuviese vivo aún. . . (Se interrumpe, como avergonzada de su arranque.) Supongo que no debiera quejarme así. (Suspira.) Pobre mamá, por cierto que su vida es dura. Supongo que el mal humor se explica cuando una no puede dar un paso. Oh, me gustaría irme a alguna parte... ¡como tú!
ROBERT. -Cuesta quedarse. . . y, a veces, también cuesta irse.
RUTH.-¡Vamos! ¡Qué tonta soy! Juré que no hablaría de ese viaje hasta que te marcharas. . . ¡y lo pri­mero que hago es referirme a él!
ROBERT.- ¿Por qué no querías hablar de mi viaje?
RUTH.-Para no estropear la última noche que pases aquí. Oh, Rob, voy a. . . vamos a echarte de menos mu­chísimo. A juzgar por la cara de tu madre, se echará a llorar de un momento a otro. Te imaginarás mis senti­mientos. Andy y yo. . . ¡Si se diría que nos hemos pasado toda la vida juntos!
ROBERT (con una penosa tentativa de sonrisa).-Tú te seguirás viendo con Andy. El que lo pasará peor seré yo, que me quedaré solo.
RUTH. - Pero verás cosas nuevas y gente nueva, que te distraerán; mientras que nosotros seguiremos aquí, en estos lugares viejos y familiares, que no podremos olvidar ni por un momento. Es una lástima que te vayas...y precisamente ahora, en primavera, cuando todo está cada vez más hermoso. (Con un suspiro.) Yo no debiera hablar así. Sé que lo mejor que puedes hacer es irte. Tu padre dice que encontrarás muchas oportunidades de pro­gresar.
ROBERT (enardecido).- ¡Todo eso me importa un bledo! Yo no cruzaría el camino, siquiera, por la mejor oportunidad del mundo, por una de esas en que piensa papá. (Su propia irritación lo hace sonreír.) Discúlpame este arranque, Ruth, pero Andy me dio una dosis exce­siva de consideraciones prácticas.
RUTH (lentamente, perpleja).-Pero si no se trata... (Con repentina vehemencia.) Oh, Rob ... ¿Por qué quie­res irte?
ROBERT (volviéndose rápidamente hacia ella, le pre­gunta sorprendido, con lentitud).-¿Por qué me lo pre­guntas, Ruth?
RUTH (bajando los ojos, ante su mirada indagadora). -Porque ... (Con un hilo de voz.) Es una lástima.
ROBERT (con insistencia).-¿Por qué?
RUTH. -Oh, porque. . . Por todo.
ROBERT. -Ahora, difícilmente podría dar marcha atrás, aunque quisiera hacerlo. Y ustedes me olvidarán en un abrir y cerrar de ojos.
RUTH (indignada).-¡No! Yo nunca olvidaré. . . (Se interrumpe y le vuelve la espalda para disimular su tur­bación.)
ROBERT (con dulzura).-¿Me lo prometes?
RUTH (evasiva).-Claro. Haces muy mal en creer que cualquiera de nosotros podría olvidarte tan fácilmente.
ROBERT (decepcionado).- ¡Ah!
RUTH (tratando de adoptar un tono frívolo).-Pero, aún no me has dicho por qué te vas.
ROBERT (pensativamente).-Dudo de que lo comprendas. Cuesta explicarlo, aun a mí mismo. Es una de esas cosas que se sienten o no se sienten. Recuerdo que yo la sentí por primera vez cuando chiquillo. . . No ha­brás olvidado lo enfermizo que era entonces. . . ¿verdad?
RUTH (estremeciéndose).-No recordemos aquellos tiempos.
ROBERT.-Tienes que recordarlos para comprender. Bueno. . . Entonces, cuando mamá preparaba la comida, solía deshacerse de mí, para que no la molestara, arrimando mi silla a la ventana que da al Oeste y diciéndome que mirara por allí y me quedara callado. Eso no me costaba trabajo. Creo que siempre lo estaba.
RUTH (compasivamente).-Sí, siempre lo estabas... ¡y , sufrías tanto, además!
ROBERT.-De modo que yo acostumbraba contemplar esas lomas. . . (Señala el horizonte) y a ve­ces, al cabo de un rato, olvidaba cualquier pena y em­pezaba a soñar. Sabía que del otro lado estaba el mar... así me lo habían dicho. . . y solía preguntarme cómo era y trataba de imaginármelo. (Con una sonrisa.) Aquel mar lejano contenía para mí todo el misterio del mun­do ... ¡y lo sigue conteniendo! (Tras breve pausa.) Y en otras ocasiones, mis ojos seguían la línea del camino que se esfumaba viboreando a lo lejos, hacia las lomas, como si también él buscara el mar. Y yo me prometía que, cuando fuera grande y fuerte, me marcharía por él, y el camino y yo, los dos juntos, encontraríamos el mar. (Con una sonrisa.) Ya lo ves... Al hacer este viaje, me limito a cumplir aquella promesa.
RUTH (hechizada por la voz grave y musical de Robert que le cuenta los sueños de su infancia).- Sí, ya lo veo.
ROBERT.-Aquellos fueron entonces los únicos mo­mentos felices de mi vida. . . cuando soñaba junto a la ventana. Me gustaba estar solo. . . en esas ocasiones. Llegué a conocerme de memoria todos los tipos de cre­púsculos. Y surgían ahí... (señala) más allá del hori­zonte. De modo que acabé por creer que todas las cosas maravillosas del mundo sucedían del otro lado de esas lomas. Allí estaba la casa de las hadas buenas, que hadan hermosos milagros. Yo creía en las hadas, entonces. (Con una sonrisa.) Quizá siga creyendo en ellas. De todos modos, en esos tiempos eran bastante reales y a veces yo oía verdaderamente que me llamaban a jugar con ellas, a bailar con ellas en el camino al anochecer mientras jugá­bamos al escondite, para averiguar dónde se ocultaba el sol. Me cantaban sus canciones, aquellas canciones que hablaban de todas las cosas maravillosas que tenían en su hogar, del otro lado de las lomas, y prometían mostrár­melas, con tal de que yo fuera . . . ¡de que yo fuera! Pero yo no podía ir y solía llorar, y mamá creía que me dolía algo. (Se interrumpe repentinamente, riendo.) Por eso me voy ahora, supongo. Porque me parece aún que me llaman. Pero el horizonte está lejos y sigue siendo tan seductor como siempre. (Se vuelve hacia Ruth y le dice con dulzura:) ¿Comprendes ahora, Ruth?
RUTH (hechizada, en voz baja).-Sí.
ROBERT .-¿De modo que lo sientes?
RUTH.-¡Sí, sí, lo siento! (Inconscientemente, se acu­rruca contra el costado de Robert. El brazo de este la rodea furtivamente, como si el joven no tuviera concien­cia de su acto.) ¡Oh, Rob! ¿Cómo podría yo dejar de sen­tirlo? ¡Dices las cosas de una manera tan linda!
ROBERT (advirtiendo repentinamente que la ciñe y que la cabeza de Ruth reposa sobre su hombro, retira Sutilmente el brazo. Ruth, que acaba de volver en sí, se siente muy turbada).-De modo que ya sabes por qué me voy. Es por esa razón. . . y también por otra.
RUTH.-¿Tienes otra? Entonces, debes decírmela, también.
ROBERT (escudriñándola. Ruth baja los ojos ante su mi­ rada).-¡Me pregunto si debo hacerlo! ¿Me prometes no enojarte. . . sea cual fuere esa razón?
RUTH (en voz baja, rehuyendo sus ojos).-Sí, te lo prometo.
ROBERT (con sencillez).-Te quiero. Esa es la otra razón.
RUTH (ocultando su rostro entre sus manos).-¡Oh, Rob!
ROBERT. -No pensaba decírtelo, pero siento que debo hacerlo. No me importa ya ahora que me voy tan lejos y por tanto tiempo. . . quizá para siempre. Hace años que te amo, pero sólo lo comprendí cuando convine en marcharme con el tío Dick. Entonces pensé en que te dejaría y el dolor que me causó ese pensamiento me reve­ló en un relámpago de lucidez. . . que te quería, que te había querido siempre. (Aparta con dulzura una de las manos de Ruth de su rostro.) No debes guardarme rencor por lo que te digo, Ruth. Advierto cuán imposible es todo eso… y lo comprendo: porque la revelación de mi propio amor pareció abrirme los ojos para el amor de los demás. Vi el amor de Andy por ti. . . y com­prendí que debías amarlo.
RUTH (interrumpiéndolo, con vehemencia).-¡No! No amo a Andy!. ¡No lo amo! (Robert la contempla con tontada asombro. Ruth llora histéricamente.) ¿Quién ... te ha metido esa idea tan estúpida . . . en la cabeza? (Re­pentinamente, la joven le echa los brazos al cuello y oculta la cabeza contra su hombro.) ¡Oh, Rob! ¡No te vayas! ¡Por favor! ¡Ahora, no debes irte! ¡No puedes irte! ¡No te dejaré! ¡Eso me destrozaría el corazón!
ROBERT (cuyo aire de atontada perplejiad es sustituido por una expresión de abrumadora alegría, la oprime contra sí, lenta y tiernamente).-¿Quiere decir... que me amas?
RUTH (sollozando).-Sí, sí. .. claro... ¿Y qué te habías creído? (Alza la cabeza y lo mira en los ojos, con trémula sonrisa.) ¡Tonto! (Él la besa.) Te he amado siempre.
ROBERT (intrigado).-¡Pero tú y Andy estaban siempre juntos!
RUTH.-Porque al parecer tú no querías ir a ninguna parte conmigo. Siempre leías algún libraco y no me pres­tabas atención. Mi amor propio me impedía insinuarte que aquello me importaba, porque creía que el año pasado en la Universidad te habías vuelto engreído y que te creías demasiado culto para perder el tiempo conmigo.
ROBERT (besándola).-Y yo que pensaba... (Rien­do.) ¡Qué tontos hemos sido ambos!
RUTH (agobiada un repentino temor).-No te irás de viaje. . . ¿verdad, Rob? Les dirás que no te pue­des ir por mí. . . ¿no es así? ¡No puedes irte, ahora!
¡No puedes irte!
ROBERT (perplejo).-Quizá. . . también tú puedas venir.
RUTH.-¡Oh, Rob! No seas tontito. Bien sabes que no puedo. ¿Quién cuidaría a mamá? ¿No comprendes que no puedo irme... por ella? (Se aferra a él, implorante.) No te vayas, por favor... Ahora, no. Diles que has decidido quedarte. No les importará. Sé que tus pa­dres se alegrarán. Todos se alegrarán. No quieren que te vayas tan lejos y los abandones. ¡Por favor, Rob! Seremos tan felices aquí, donde estamos a nuestras anchas y lo conocemos todo... ¡Por favor, dime que no te irás!
ROBERT (enfrentado con una decisión final y definitiva, deja entrever la lucha que se produce en su alma).­
Pero. . . Ruth. . . Yo. . . El tío Dick ...
RUTH. -No le importará cuando sepa que te quedas para ser feliz. ¿Cómo podría oponerse? (Al ver que Ro­bert guarda silencio, la joven vuelve a prorrumpir en sollozos.) ¡Oh, Rob! ¡Y decías que me amabas!
ROBERT (vencido por esta exhortación, con tono de irrevocable decisión).-No me iré, Ruth. Te lo prometo.
¡Vamos! ¡No llores! (La oprime contra sí, acariciándole tiernamente el cabello. Después de una pausa, habla con aire feliz y esperanzado.) Después de todo, quizás Andy tenga razón, más razón de la que supone, al decir que yo podría encontrar aquí, en casa, en la chacra, todas las cosas que busco. Seguramente, el amor era el secreto. . . el secreto que me llamaba desde el otro extremo del mundo. . . el que acecha más allá del horizonte. Y como yo no iba hacia el amor, el amor vino a mí. (Oprime a Ruth contra él con frenesí.) ¡Oh, Ruth! ¡Nuestro amor es más dulce que ningún sueño lejano! (La besa apasionadamente y salta al suelo, luego alza a Ruth en sus brazos y la lleva hasta el camino, donde la deja en tierra.)
RUTH (con risa feliz).-¡Oh! ¡Qué fuerte eres!
ROBERT .-¡Ven! Les diremos ahora mismo lo ocu­rrido.
RuTH (asustada).-Oh, no, Rob. Espera a que me vaya. Todos están allí. ¡Qué escena se produciría!
ROBERT (besándola, alegremente).-Como quieras... ¡señorita Sentido Común!
RUTH. -Vamos, pues. (Lo toma de la mano y se dirigen hacia la izquierda. Repentinamente, Robert se detiene y se vuelve, como para mirar por última vez las lomas y el agonizante arrebol del crepúsculo.)
ROBERT (mirando hacia arriba y señalando).-¡Mira! La primera estrella. (Se inclina y la besa tiernamente.) ¡Nuestra estrella!
RUTH (en voz baja, suavemente).-Sí. Nuestra estre­lla privada. (Se quedan un momento mirando la estrella, abrazados. Luego, Ruth vuelve a tomarlo del brazo y reanuda la marcha, llevándoselo.) Ven, Rob. Vamos. (Los ojos de Robert están fijos nuevamente en el horizonte cuando se vuelve a medias para seguirla. Ruth lo apremia.)
Llegaremos tarde para la cena, Rob.
ROBERT (menea la cabeza con impaciencia, como si desechara un pensamiento perturbador y dice riendo).­ Perfectamente. Entonces, correremos. ¡Ven! (Se van co­rriendo, mientras cae el telón.)




ESCENA II


La salita de la chacra de los Mayo, a las nueve de la misma noche, aproximadamente. A la izquierda, dos ven­tanas que dan a los campos. Junto a la pared, entre las ventanas, un anticuado escritorio de nogal. En el rincón izquierdo, foro, un aparador con su espejo. En la pared de foro, a la derecha del aparador, una ventana que mira al camino. Cerca de la ventana, una puerta que lleva al patio. Más a la derecha, un sofá negro de crin y otra puerta que da a un dormitorio. En el rincón, una silla de respaldo recto. En la pared de la derecha, cerca del centro, una puerta abierta que lleva a la cocina. Más allá, un hornillo con dos mecheros y una abertura para poner el carbón, etc. En el centro del piso, cubierto con una al­fombra nueva, una mesa de comedor de roble con una carpeta roja. En el centro de la mesa, una gran lámpara a kerosene, para leer. Cuatro sillas, tres mecedoras con fundas de crochet en el respaldo, y otra de respaldo recto, todas en torno de la mesa. Los muros están revestidos de un empapelado rojo oscuro, con un dibujo que forma volutas.

Todo lo que hay en la habitación es limpio y cuidado y está en su sitio, pero no hay indicios de una escrupu­losidad exagerada en el conjunto. La atmósfera revela más bien el ordenado confort de una prosperidad sencilla y penosamente ganada, que la familia disfruta y conserva trabajando como una sola unidad.
En escena James Mayo, su esposa, su hermano el capi­tán Dick Scott, y Andrew. James Mayo es la imagen misma de su hijo Andrew, en cuanto al cuerpo y a la cara, un Andrew de sesenta y cinco años, de barba breve, cuadrada, blanca. La señora Mayo es una mujer débil, de rostro redondo, algo remilgada, de cincuenta y cinco años de edad, que ha sido maestra de escuela. Las tareas pro­pias de la esposa de un chacarero la han encorvado, pero no quebrantado, y conserva en sus movimientos y en su aire cierto refinamiento ajeno a la rama de los Mayo. Si Robert se parece un poco a alguno de sus progenitores, es a ella. El hermano de la señora Mayo, capitán Dick Scott, es bajo y rechoncho, de rostro jovial, curtido a los vientos y provisto de un bigote blanco: un lobo de mar típico, gritón y propenso a gesticular. Tiene cincuenta y ocho años.
James Mayo está sentado delante de la mesa. Usa an­teojos y tiene sobre sus rodillas un periódico de agricultura que ha estado leyendo. El capitán está inclinado hacia adelante en su silla, más atrás, con las manos sobre la mesa. Andrew, por su parte, se halla ladeado en su silla de respaldo recto de la izquierda, con el mentón caído sobre el pecho, y mira fijamente la carpeta, preocupado y ceñudo.
Al levantarse el telón, el capitán termina de narrar un episodio del mar. Los demás fingen un interés que es desmentido por el aire ausente de sus rostros.

EL CAPITÁN (con una risita).-Y la misionera me saludó en el muelle cuando yo bajaba a tierra, y me dijo... con el estúpido rostro contraído y serio como el Día del Juicio Final: "Capitán... ¿Tendría la bondad de decir­me dónde duermen de noche las gaviotas?" ¡Que me condenen si no fueron esas sus palabras exactas! (Golpea la mesa con las palmas de las manos y ríe sonoramente. Los demás le responden con sonrisas forzadas.) ¿Verdad que la pregunta es propia de una estúpida mujer? Y la miré con toda la seriedad posible y le dije: "Señora, yo no le podría contestar con exactitud Nunca vi todavía a una gaviota en la cama. La próxima vez que la oiga roncar --dije-, anotaré dónde se ha instalado y le escribiré a usted." Y entonces me llamó idiota con verdadera malevolencia y se fue rápidamente. (Vuelve a reír, de. una manera ruidosa.) De modo que me libré de ella así. (Los demás ríen, pero retornan inmediatamente a su aire sombrío.)



SRA. MAYO (distraídamente, comprendiendo que debe decir algo).-Pero... ya que hablamos de eso, Dick ... ¿dónde duermen las gaviotas?

Scott (descargando otra palmada sobre la mesa).­ ¡Ja, ja! Escúchala, James. ¡Y va otra! Bueno, si esto no es divertido, qué diablos. . . ¡Perdóname la blasfe­mia, Kate!
MAYO (con un fulgor en los ojos).-Las gaviotas abren las alas, Kate, y las extienden sobre una ola a guisa de cama.
SCOTT .-Y luego, les dicen a los peces que las des­pierten con un silbido cuando sea la hora. ¡Ja, ja!
SRA. MAYO (con forzada sonrisa).-Ustedes los hombres son muy inteligentes.. . ¿verdad? (Retoma su teji­do. Mayo finge leer su periódico. Andrew mira el piso.) SCOTT (los contempla sucesivamente, con aire perple­jo. Por fin, no puede seguir soportando el pesado silencio y exclama).-Se diría que ustedes están velando un cadáver. (Con exagerada preocupación.) ¡Dios Todopode­roso! ¿Supongo que no habrá muerto alguien?
MAYO (con aspereza).-¡No hagas el tonto, Dick! Sabes tan bien como nosotros que no nos sobran motivos para estar alegres.
SCOTT (tratando de mostrarse convincente).-Y tampoco hay motivo para usar luto, que yo sepa.
SRA. MAYO (indignada).-¿Cómo puedes hablar así, Dick Scott, cuando te llevas a Robbie, en plena noche por así decirlo, sólo para alcanzar ese viejo barco tuyo? Creo que bien podrías esperar hasta la mañana. . . ¡a que Robbie se desayunara!
SCOTT (dirigiéndose a los demás, con aire de impo­tencia).-¿Verdad que esta forma de ver las cosas es muy propia de una mujer? Por Dios, Kate... Yo no le puedo ordenar a la marea que esté alta cuando me convenga. No me divierte quedarme sin dormir y zarpar a las seis de la mañana. (Con tono de protesta.) Y el "Sunda" no es un barco viejo -al menos, no muy vie­jo- y está tan bueno como siempre.
SRA. MAYO (los labios trémulos).-Ojalá Robbie no se marchara.
MAYO (mirándola por encima de sus anteojos, con tono consolador).-¡Vamos, Kate!
SRA. MAYO (con tono rebelde).-¡Pues yo quiero que no se vaya!
SCOTT.-No debieras tomarlo tan a pecho, me pa­rece. Este viaje lo convertirá en un hombre. Cuidaré de que aprenda el arte de la navegación y de que estudie para obtener el diploma de piloto. . . y eso le dará un oficio para el resto de su vida, si quiere viajar.
SRA. MAYO.-Pero yo no quiero que Robbie se pase la vida viajando. Quiero que vuelva a casa cuando ter­mine esa travesía. Entonces, estará muy bien y querrá... casarse. . . (Andrew se inclina en su silla, con repentino movimiento.) Y establecerse aquí. (Mira fijamente el tejido que tiene sobre el regazo y prosigue, después de una pausa.) Nunca preví que yo sufriría tanto cuando se marchara Robbie. . . o no hubiera pensado en eso ni por un momento.
SCOTT . -Es inútil que te pongas así, Kate, ahora que todo está resuelto.
SRA. MAYO (al borde de las lágrimas).-A ti, no te cuesta nada hablar. Nunca has tenido hijos. No sabes qué significa separarse de ellos... y Robbie es el menor, además. ( Andrew frunce el ceño y se mueve nerviosa­ mente en su silla.)
ANDREW (volviéndose repentinamente hacia ellos).- Ninguno de ustedes parece tomar en consideración una cosa ... y es que Rob quiere ir. Está completamente re­ suelto a marcharse. Ha estado soñando con ese viaje desde que lo mencionaron por primera vez. No sería justo im­pedírselo. (Un repentino malestar parece apoderase de él.) Al menos, si sigue pensando como esta tarde, cuando hablamos del asunto.
SRA. MAYO (con cierto tono de reproche).-¿Por qué no llevaste esta noche a casa a la señora Atkins, Andy? Habitualmente, lo haces cuando Ruth vuelve.
ANDREW (rehuyendo su mirada).-Pensé que quizá quisiera hacerlo Robert, esta vez. Se ofreció cuando ellas se marchaban.
SRA. MAYO.-Sólo quería ser cortés.
ANDREW (poniéndose de pie).-Bueno, supongo que regresará de un momento a otro. (Se vuelve hacia su padre.) Creo que iré a ver a esa vaca negra, papá... para averiguar si está mejor.
MAYO.-Sí. .. Más vale que vayas, hijo. (Andrew entra a la cocina, a la derecha.)
SCOTT (cuando Andrew sale, dice en voz baja).-Este muchacho sí que sería un buen marino, un marino fuer­te. . . si quisiera.
MAYO (con aspereza).-No le metas esas ideas dis­paratadas en la cabeza a Andy, Dick. . . o me enojaré contigo. (Sonríe.) Pero, de todos modos, no podrías tentarlo. Andy es un Mayo hasta la médula y un agricultor nato, y buen agricultor, por añadidura. Vivirá y morirá en la chacra, así lo espero. (Con orgullosa confianza.) ¡Y hará de la nuestra una de las más hermosas y productivas del Estado, además!
SCOTT . -Pues me parece que ya es bastante hermosa ahora.
MAYO (meneando la cabeza).-Es demasiado peque­ña. Necesitamos más tierra para valorizarla y no tenemos el capital necesario para la compra. (Andrew vuelve de la cocina. Se ha puesto el sombrero y trae una linterna encendida. Va hacia la puerta de foro que da afuera.)
ANDREW (abre la puerta y se detiene).-¿Hay que hacer alguna otra cosa, papá?
MAYO. -No, nada que yo sepa. (Andrew sale, cerrando la puerta.)
SRA. MAYO (después de una pausa).-¿Qué le pasará a Andy esta noche, digo yo? Obra de una manera tan extraña... .
MAYO. -Parece algo sombrío y descontento. Supon­go que eso se deberá a la partida de Robert. (A Scott.) No te imaginas, Dick, cómo se quieren mis muchachos. No son como la mayoría de los hermanos. Han sido íntimos amigos durante toda su vida, y nunca han reñido, que yo recuerde.
SCOTT .-Está de más que me lo digas. Ya veo el afecto que se tienen.
SRA. MAYO (cavilando sobre lo mismo).-¿Notaste qué raros estaban todos durante la cena? Robert parecía nervioso por no sé qué y Ruth estaba agitada y reía entre dientes a cada momento, y Andy, sentado con aire estú­pido, parecía haber perdido a su mejor amigo; y todos ellos apenas si mordisquearon su comida.
MAYO. -Creo que pensaban en el día de mañana, como nosotros.
SRA. MAYO (meneando la cabeza).-No. Temo que haya sucedido algo. . . otra cosa.
MAYO.-¿Quieres decir. . . con Ruth?
SRA. MAYO. -Sí.
MAYO (después de una pausa, frunciendo el ceño).- Confío en que ella y Andy no habrán tenido alguna riña de importancia. Siempre tuve la esperanza de que se en­tenderían, tarde o temprano. ¿Qué dices de eso, Dick? ¿Verdad que forman una buena pareja?
SCOTT (meneando la cabeza, con aire de aprobación). -Serían una pareja sana y encantadora.
MAYO.-Eso le convendría a Andrew en diversos sentidos. Por lo general, no soy lo que se llama un hom­bre calculador y creo que conviene dejar que los jóvenes solucionen sus asuntos por su cuenta: pero ese matri­monio les ofrece a ambos ventajas que no se pueden pasar por alto razonablemente. La chacra de los Atkins está contigua a la nuestra. Si se unieran, formarían una propiedad espléndida, con mucha tierra cultivable. Y como la señora Atkins es viuda, tiene una sola hija y es inválida por añadidura, no puede aprovecharla bien. Necesita a un hombre, a un agricultor de primera para que se encargue de todo; y ese hombre es Andy, preci­samente.
SRA. MAYO (con brusquedad).-No creo que Ruth ame a Andy.
MAYO.-¿No lo crees? Bueno, puede ser que los ojos de una mujer sean más sagaces en esas cosas, pero... siempre están juntos. Y si ella no lo ama ahora, es pro­bable que lo ame con el tiempo. (Al ver que la señora Mayo menea la cabeza.) Pareces obstinarte en tu opi­nión, Kate. ¿Cómo lo sabes?
SRA. MAYO.-Es. . . simplemente un presentimiento.
MAYO (que vislumbra de pronto algo).-¿No que­rrás decir que...? (La señora Mayo asiente. Mayo ríe, desdeñosamente.) ¡Bah! Le estoy perdiendo el respeto a tu perspicacia, Katey. Pero... ¡si Robert no tiene tiempo para Ruth, salvo como amigo!
SRA. MAYO (con aire de advertencia).-¡Ssssht! (La puerta del patio se abre y entra Robert. Sonríe con aire feliz y canturrea una canción, pero al entrar se manifiesta en él un vago y nervioso malestar.)
MAYO.-¡De modo que ya estás aquí, por fin! (Ro­bert se adelanta y se sienta en la silla de Andrew. Mayo le sonríe a su mujer, con aire taimado.) ¿Qué has estado haciendo hasta ahora? ¿Contando las estrellas, para ver si han aparecido en el cielo todas debidamente?
ROBERT. -Ahora, sólo buscaré a una de ellas, papá.
MAYO (con tono de reproche).-Más te valía no per­der tiempo buscándola. . . tu última noche.
SRA. MAYO (como si le hablara a un niño).-Debiste ponerte el abrigo una noche fría como ésta, Robbie.
SCOTT (disgustado).-¡Santo Dios, Kate! ¡Le hablas a Robert como si tuviera un año de edad!
SRA. MAYO (advirtiendo el malestar de Robert).-Pa­reces turbado, Robbie. ¿Qué te pasa?
ROBERT (después de tragar saliva, mira sucesivamente a ambos y comienza, con tono resuelto).-Sí, hay algo... algo que debo decirles ... a todos ustedes. (Cuando em­pieza a hablar, Andrew entra silenciosamente por foro, cerrando la puerta en pos de sí y dejando en el suelo la linterna encendida. Se detiene junto a la puerta con los brazos cruzados, escuchando a Robert con una expresión contenida de dolor en el rostro. Robert está tan concentrado en lo que va a decir, que no advierte su presencia.) Algo que acabo de descubrir esta noche. . . algo muy bello y maravilloso. . . algo que no tenía en cuenta antes porque no me atrevía a esperar tanta felicidad. (Supli­cante.) Todos ustedes deben recordar ese hecho... ¿No lo olvidarán?
MAYO (frunciendo el ceño).-Vamos al grano, hijo.
ROBERT (con un dejo de desafío).-Bueno, el grano es esto, papá. No me voy. . . Quiero decir. . . que no puedo irme mañana con el tío Dick. . . ni mañana ni nunca.
SRA. MAYO (con hondo suspiro de alegre alivio).­ Oh, Robbie.. . ¡Qué contenta estoy!
MAYO (asombrado).-Supongo que no hablas en serio, Robert ... (Severamente.) ¡Me parece que es demasiado tarde para que trastornes todos tus planes tan bruscamente!
ROBERT.-No olvides que sólo esta noche me descubrí a mí mismo. Ya te lo dije. Nunca me habría atrevido a soñar con...
MAYO (con irritación).-¿De qué estupidez estás ha­blando?
ROBERT (sonrojándose).-Ruth me dijo esta noche... que me quería. . . cuando yo le confesé que la quería a ella. Le dije que sólo había descubierto mis sentimientos después de concertado el viaje y al comprender qué signi­ficaría para mí. . . abandonarla. Y era la verdad. Yo no la conocía hasta ese momento. (Como si se justificara ante los demás.) No me proponía decirle nada a Ruth, pero... repentinamente ... sentí que debía hacerlo. No creí que eso tuviera importancia, ya que me iba. Y creí que ella amaba a otro...(Lentamente,con losojos brillantes.)­ y entonces, ella lloró y dijo que me había querido siem­pre a mí, pero que yo no me había dado cuenta.
SRA. MAYO (corre hacia él y le echa los brazos al cue­llo).- ¡Ya lo sabía! Precisamente, se lo estaba diciendo a tu padre cuando entraste. . . y. . . ¡oh, Robbie! ¡Me siento tan feliz de que no te vayas!
ROBERT (besándola):-Ya me imaginaba yo que te alegrarías, mamá.
MAYO (perplejo).-¡Que me condenen! ¡Quién te entiende, Robert! ¡Y a Ruth también! Pero si yo creía ...
SRA. MAYO (precipitadamente, con tono de adverten­cia).-Tanto da lo que creías, James. Sería inútil con­tarnos eso ahora. (Con aire significativo.) Y después de todo, tus proyectos se realizan lo mismo, poco más o me­nos. . . ¿no es así?
MAYO .- Sí. Supongo que tienes razón, Kate. (Rascándose la cabeza, perplejo.) Pero. . . ¡cómo se han presentado las cosas! Eso supera todo lo que yo haya oído nunca. Mamá f yo nos alegramos de que no te vayas, porque no cabe duda de que te habríamos echado mucho de menos, y nos satisface que hayas encontrado la felicidad. Ruth es una excelente muchacha y será una buena esposa para ti.
ROBERT (muy conmovido).-Gracias, papá. (Aferra la mano de su padre y se la oprime.)
ANDREW (el rostro tenso y contraído, se adelanta hacia él y le tiende la mano, diciendo con forzada sonrisa).­ Creo que ahora me toca a mí desearte felicidades... ¿verdad?
ROBERT (con una exclamación de sobresalto, al apa­recer repentinamente su hermano ante él).- ¡Andy!
(Confuso.) Pero, si. .. yo no te había visto. ¿Estabas aquí cuando...?
ANDREW.-He oído todo lo que has dicho, y os deseo todo género de felicidades a ti y a Ruth. Los dos se me recen lo mejor de lo mejor.
ROBERT (tomándole la mano).-Gracias, Andy. Eres muy amable al ... (Su voz se apaga al leer dolor en los ojos de Andrew.)
ANDREW (oprimiéndole por última vez la mano).- ¡Buena suerte para los dos! (Le vuelve la espalda a Robert y se va a foro, donde se inclina sobre la linterna, ocupán­dose de ella para disimular su emoción.)
SRA. MAYO (al capitán, a quien la decisión de Robert ha dejado harto atónito para decir una sola palabra).­
¿Qué te pasa, Dick? ¿No vas a felicitar a Robbie?
SCOTT (turbado).-¡Claro que sí! (Se pone de pie y le estrecha la mano a Robert, murmurando vagamente:) Que tengas mucha suerte, muchacho. (Se queda parado junto a Robert como si quisiera decir algo más, pero no sabe cómo abordarlo.)
ROBERT.-Gracias, tío Dick.
SCOTT.- ¿De modo que no vienes en el "Sunda" con­migo? (Su voz revela incredulidad.)
ROBERT .-No puedo, tío. . . Ahora, no. En otras cir­cunstancias, no me lo perdería por nada del mundo. (Sus­pira involuntariamente.) Pero, ya lo ves. He encontrado ... un sueño más grande. (Con alegres bríos.) Quiero que todos comprendan una cosa: que ya no seguiré siendo un holgazán que vivirá a costa de ustedes. Esto significa en todo sentido el comienzo de una nueva vida para mí. Me voy a establecer aquí mismo y a interesarme realmente por la chacra y a hacer mi parte del trabajo. Te probaré, papá, que soy un Mayo tan bueno como tú. . . o Andy, cuando quiero serlo.
MAYO (bondadosamente, pero con escepticismo).- Así se habla, Robert. Ninguno de nosotros duda de tu buena voluntad, pero nunca aprendiste...
ROBERT.-Pues empezaré a aprender ahora y tú me enseñaras. . . ¿verdad?.
MAYO (conciliador).-Claro que sí, hijo, y me alegrará hacerlo, pero te convendrá empezar despacio.
SCOTT (que ha escuchado esta conversación con una mezcla de consternación y asombro).-No querrás decir que le permitirás quedarse ... ¿verdad, James?
MAYO.-Hombre. . . Siendo así las cosas, Robert está en libertad de hacer lo que quiere.
SRA. MAYO. - ¡Que si lo dejará! ¡Vaya con la ocu­rrencia!
SCOTT (cada vez más irritado).-Entonces, todo lo que puedo decir es que eres un flojo y un hombre sin voluntad si permites que un jovencito. . . y las mujeres también, te señalen el camino que se les antoja.
MAYO ( con aire ladino y divertido).-Me pasa lo mismo que a ti, Dick. No puedes ordenarles a las olas que se porten a tu paladar y tampoco yo puedo tener pretensiones
de reglamentar el amor de los jóvenes.
SCOTT (desdeñosamente).-¡El amor! ¡Son demasiado
pichones para reconocer el amor cuando lo ven! ¡El amor! Me avergüenzas, Robert. . . ¿Cómo puedes permitir que unos cuantos abrazos y besos en la oscuridad estropeen tus perspectivas de hacerte hombre? Eso no es tener sentido común ... No, señor, no lo es... ¡Ni por pienso! (Golpea con ambos puños la mesa, con exasperación.)
SRA. MAYO (riéndose de su hermano, con aire provocativo).-Bueno estás para hablar del amor, Dick. . . ¡Un viejo solterón maniático como tú! ¡Por amor de Dios!
SCOTT (exasperado por las bromas de los Mayo).­
Nunca fui un estúpido como tantos otros, si es eso lo que quieres decir.
SRA. MAYO (insultante).-Las uvas están verdes ... ¿eh, Dick? (Ríe. Robert y su padre le hacen eco con una risita y Scott gruñe con fastidio.) ¡Dios mío, Dick! Obras estúpidamente al irritarte por una bagatela.
SCOTT (con indignación).-¡Una bagatela! Hablas como si yo no tuviera arte ni parte en este asunto. Me parece que tengo derecho a hablar. ¿Acaso no he hecho un convenio a ese fin con los armadores y no he almacenado comida especial, todo para Robert?
ROBERT.-Has sido muy bueno, tío Dick y te lo agra­dezco. Palabra.
MAYO.-Claro. Todos te lo agradecemos, Dick.
SCOTT (sin dejarse apaciguar).-Yo contaba con la compañía de Robert en este viaje ... Pensaba charlar con él y mostrarle cosas y enseñarle, por así decirlo, y me había habituado tanto a la idea de llevarlo conmigo que me sentiré doblemente solitario esta vez. ( Golpea la mesa, tratando de disimular esta confesión de debilidad.) Malditos sean esos tontos amoríos, a fin de cuentas. (Con irritación.) Pero toda esta charla no me dice qué haré con la cabina que he preparado. Está pintada de blanco, con un colchón flamante en la litera y sábanas y frazadas nuevas y otras cosas. Y Chips hizo una biblioteca para que Robert pudiera llevarse sus libros . . . con un travesaño corredizo, fíjense bien, para que no pudieran caerse por más que se balan­ceara el barco. (Con excitada consternación.) ¿Qué pen­sarán mis oficiales cuando nadie suba a bordo para ocupar esa cabina? ¿Y qué opinarán los hombres que trabajaron en ella? (Agittel dedo con indignación.) ¡Podrán sospe­char que yo me proponía traer a bordo a una mujer y que a último momento ella me dio el portante! (Se seca la sudorosa frente afligido, al pensarlo.) ¡Dios Todopoderoso! Están esperando el momento de burlarse de mí con un motivo como ése. ¡Son capaces de creer cualquier cosa!
MAYO (con un guiño).-Entonces, lo único que puedes hacer es buscarte ahora mismo una esposa para esa cabina flamante. Y tendrá que ser linda para estar a tono. ( Mira su reloj, con exagerada preocupación.) No tienes mucho tiem­po para encontrarla, Dick.
SCOTT (al. ver reír a los demás, con aire malhumo­rado).-¡Puedes irte al infierno, Jim Mayo!
ANDREW (que ha estado parado junto a la puerta, foro, cavilando, se adelanta ahora. Su rostro revela una ceñuda decisión).-No tienes por qué preocuparte por esa cabina vacía, tío Dick, si quieres llevarme en vez de Robert.
ROBERT (volviéndose rápidamente hacia, él).-¡Andy! (Lee de inmediato una obstinada decisión en los ojos de su hermano y adivina el motivo,- de modo que dice, consternado:)
¡Andy, no debes ir!
ANDRÉW.-Tú has tomado tu decisión, Rob, y ahora yo he tomado la mía. Recuerda que ya no tienes nada que ver con esto.
ROBERT (herido por el tono de su hermano).-Pero, Andy ...
ANDREW. -No te entrometas, Rob. . . Es todo lo que te pido. (Volviéndose hacia su tío.) No has contestado a mi pregunta, tío Dick.
Scott ( carraspea, observando de soslayo con inquietud a James Mayo, que mira fijamente a su hijo mayor como si lo creyera enloquecido de improviso).- Naturalmente,
Andy, me alegrará mucho llevarte.
ANDREW. -Asunto arreglado, entonces. Puedo empacar lo poco que necesito en unos minutos.
SRA. MAYO.-No seas tonto, Dick. Andy habla en broma.
Scott. -Cuesta saber quién bromea y quien no bromea en esta casa.
ANDREW (con firmeza).-No bromeo, tío Dick. (Al ver que Scott lo mira con aire indeciso.) No temas que deje de cumplir mi palabra.
ROBERT (herido por la insinuación que advierte en el tono de Andrew ). - ¡Andy! ¡Eso no es justo!
MAYO (frunciendo el ceño).-Me parece que el asunto no se presta para bromas. . . al menos para Andy.
ANDREW (enfrentándose con su padre).- Convengo en eso, papá, y vuelvo a decirte, de una vez por todas, que estoy resuelto a irme.
MAYO (atónito, no puede dudar ya ante la decisión que advierte en la voz de Andrew y dice, con aire impotente).- Pero. . . ¿por que, hijo? ¿Por que?)
ANDREW (evasivo).- Siempre he querido hacerlo. ·
ROBERT.- ¡Andy! ANDREW (algo enojado).-¡Tú te callas, Rob! (Volviéndose hacia su padre.) Nunca lo mencioné porque, si Rob se marchaba, era inútil; pero ahora que él se queda, no hay ninguna razón para que yo no me vaya.
MAYO (jadeante).- ¿Ninguna razón? ¿Y puedes decirme eso con tanta tranquilidad, Andrew?
SRA. MAYO (precipitadamente, al ver que se avecina la tormenta).-No lo dice en serio, James.
MAYO (imponiéndole silencio con un gesto). -Déjame hablar, Kate. (Con tono más bondadoso.) ¿Qué ocurrencia tan repentina es ésa, Andy? Sabes, tan bien como yo, que
sería injusto que nos abandonaras ahora que hay tanto trabajo y estamos con la soga al cuello.
ANDREW (rehuyendo su mirada).-Rob hará lo -suyo apenas aprenda.
MAYO.-Robert nunca sirvió para agricultor y tú lo sabes.
ANDREW.-Puedes conseguir fácilmente a un jornalero para que haga mi trabajo.
MAYO (dominando su ira con un esfuerzo).-Me extraña oírte decir semejantes disparates, Andy, a ti que siempre parecías tener sentido común. (Desdeñosamente.)
¡Conseguir a un jornalero para que haga tu trabajo! No has estado trabajando aquí por un sueldo, Andy, para poder abandonarme así, sin previo aviso. La chacra es tan tuya como mía. Siempre has trabajado en ella con esa idea; y lo que te propones hacer significa, simplemente, eludir responsabilidad.
ANDREW (los ojos fijos en el suelo, con sencillez).­ Lo lamento, papá. (Después de una breve pausa.) Es inútil que volvamos a hablar de eso.
SRA. MAYO (con alivio).-¡Eso es! ¡Ya sabía yo que Andy recobraría su sentido común!
ANDREW.-No me interpretes mal, mamá. No doy marcha atrás.
MAYO.-¿Quieres decir que te irás. . . a pesar de ... todo?
ANDREW.-Sí. Me voy. Tengo que irme. (Mira a su padre con aire desafiante.) Siento que no debo perderme esta oportunidad de ir por el mundo y ver cosas y ... quiero ir.
MAYo (con amargo desdén).-¿De modo que ... quie­res ir por el mundo y ver cosas? (Alzando la voz, trémulo de ira.) ¡Nunca me imaginé que algún día uno de mis hijos me miraría cara a cara y me mentiría con tanto des­parpajo! (Desahogándose.) ¡Eres un embustero_, Andy Mayo, y un vil embustero, además!
SRA. MAYO.-¡James!
.ROBERT.-¡Papá!
Scorr.-¡Vamos, vamos, Jim!
MAYo (desechando sus protestas con un gesto).-Lo es y lo sabe.
ANDREW (el rostro carmesí).-No discutiré contigo, papá. Puedes pensar de mí todo lo malo que quieras.
MAYO (amenazándolo con el dedo, con fría cólera).­
Sabes que estoy diciendo la verdad. ¡Por eso tienes miedo de discutir! ¡Mientes al decir que quieres irte. . . y ver cosas! Nada te atrae en el mundo para irte. Te he visto crecer y conozco tus gustos, que son los míos. Estás contra­riando tu propio temperamento y si lo haces lo lamentarás muchísimo. ¡Como si yo no supiera la verdadera razón que te impulsa a huir! Y huir, es la única palabra que cuadra aquí. Te escapas porque te contraría y enfurece que tu propio hermano haya obtenido a Ruth en vez de ti y ...
ANDREW (el rostro carmesí, con voz tensa).-¡Basta, papá! ¡No toleraré esas palabrás ... ni siquiera en tus labios!
SRA. MAYO (abalanzándose hacia Andrew y rodeándolo con los brazos de manera protectora).-No le hagas caso, mi querido Andy. ¡No dice en serio ni una sola de ellas!
( Robert está inmóvil, rígido, con los puños cerrados, el rostro contraído por el dolor, y Scott sigue sentado atónito y boquiabierto. Andrew calma a su madre, que está al borde de las lágrimas.)
MAYO (con aire de triunfo).-¡Esa es la verdad, Andy Mayo! ¡Y debieras avergonzarte de pensar en eso!
ROBERT (con tono de protesta).-¡Papá!
SRA. MAYO (dejando a Andrew para acercarse a su espo­so, le pone las manos sobre los hombros a Mayo como para hacerlo volver a la silla de la cual se ha levantado).-¿No te callarás, James? ¿No me harás el favor de callarte?
MAYO (mirando a Andrew, por sobre el hombro de su mujer, obstinadamente ).-Es la verdad. . . ¡Por Dios que es la verdad!
SRA. MAYo.-¡Sssht! (Trata de ponerle un dedo sobre los labios, pero él aparta la cabeza.)
ANDREW (que se ha dominado).-Te equivocas, papá. (Con desafiante aplomo.) No amo a Ruth. Nunca la he amado y nunca se me ocurrió pensar en semejante cosa.
MAYO (con irritado bufido de incredulidad).-¡Bah!
Estás acumulando una mentira sobre otra.
ANDREW (perdiendo la serenidad, con amargura).­
Supongo que te cuesta explicarte que.alguien pueda querer abandonar esta bendita chacra sin una razón como ésta. Pero yo estoy cansado de esto -ya sea que quieras creerme o no- y por eso me alegra una oportunidad de irme.
ROBERT.-¡Andy! Sólo estás empeorando las cosas.
ANDREW (malhumorado).-No me importa. Ya he hecho aquí la parte de trabajo que me correspondía.
Me he ganado el derecho de irme cuando quiera. (Avasallado
repentinamente por la ira y el dolor, con creciente vehe­mencia.) Estoy harto de todo este maldito trabajo, detesto la chacra y hasta el último palmo de su tierra. Estoy can­sado de cavar en ella y de sudar al sol como un esclavo sin oír una palabra de gratitud. (A sus ojos asoman lágri­mas de ira, y sigue con voz ronca:) Esto se acabó para mí, se acabó para siempre; y si el tío Dick no me lleva en su barco, encontraré otro. Me iré a alguna parte, de algún modo.
SRA. MAYO (con voz asustada).-No le contestes, James. No sabe lo que dice. No le digas una sola palabra hasta que recobre el sentido común. Por favor, James, no...
MAYO (con violencia. Su rostro está contraído y pálido a causa de la violencia de su furia y mira a Andrew como si lo odiaría).-¿Te atreves a ... te atreves a ha­blarme así? ¿Hablas así de esta chacra. . . de la chacra de los Mayo. . .
donde naciste. . . tú. . . tú ...? (Alza el puño hacia Andrew con aire amenazador.)
¡Mal­dito cachorro!
SRA. MAYO (con un alarido).-¡James! (Se cubre el rostro con las manos. Andrew permanece inmóvil, pálido y resuelto.)
SCOTT (levantándose y tendiendo los brazos por sobre
la mesa hacia Mayo).-¡Vamos, Jim! ¡Cálmate!
RoBERT (interponiéndose entre su padre y su hermano).
-¡Basta! ¿Están locos?
MAYo .(aferra a Robert del brazo y lo aparta con vio­
lencia. Luego se detiene jadeante frente a Andrew y le señala la puerta, con un dedo
trémulo).-Sí. . . ¡Véte ...!
¡Véte! Tú no eres mi hijo... ¡No eres mi hijo.! ¡Puedes irte al infierno, si quieres! Que no te vea aquí. . . por ahí mañana ... o... ¡te echare!
ROBERT.-¡Papá! ¡Por amor de Dios! (La señora Mayo
prorrumpe en sollozos )
MAYo (traga saliva convulsivamente y mira a An­drew ).-Véte. . . mañana por la mañana ... y por Dios... no vuelvas. . . no te atrevas a volver. . . por Dios, no vuelvas mientras yo viva ... o yo... yo... (Se domina, mascullando una amenaza y se encamina hacia la puerta. de foro derecha)
SRA. MAYo (levantándose y echándole los brazos al cue­llo, exclama histéricamente).-¡James!
¡James! ¿Adónde vas?
MAYo (con incoherencia).-Me voy. . . a la cama,
Katey. Es tarde, Katey ... es tarde. (Sale.)
SRA. MAYO (siguiéndolo y histéricamente ).-
¡James! Retira las palabras que le dijiste a Andy. ¡James! (Sale en pos de él. Robert y el capitán los siguen fijamente con la mirada, horrorizados. Andrew se queda rígido, la mirada absorta, los
puños pegados a los costados.)
Scott (que es el primero en recobrar el habla, dice con explosivo suspiro).-¡Bueno! ¡Jim es el propio diablo cuando se enfurece! No debiste hablar así de esa maldita chacra, Andy, sabiendo cuán
susceptible es cuando se trata de ella. (Con otro suspiro.) Bueno, no debe importarte lo que ha dicho. en un arranque de ira. Lo lamentará cuando se haya calmado un poco.
ANDREW (con voz agobtada).-No lo conoces. (Desafiante.) Lo dicho, dicho está y no puede borrarse; y yo, he elegido.
ROBERT (con vehemente protesta).-¡Andy! ¡No pue­des irte! Todo esto es tan estúpido. . . ¡y tan terrible!
ANDREW (con frialdad).-Hablaré contigo dentro de un momento, Rob. (Abrumado por la actitud de su her­mano, Robert se desploma en una silla, ocultando su cabeza entre las manos.)
Scott (se acerca a Andrew y lo palmea en la espalda).­
Me alegro muchísimo de que te embarques, Andy. Me gusta tu coraje y el modo como le hablaste.
(Bajando su voz hasta un contenido susurro.) El mar es el lugar más indicado para un joven como tú, un joven lleno de vida. (Le da una palmada fmal de aprobación.) Tú y yo nos entenderemos como unos mellizos, ya lo verás. Me voy arriba a descansar. No te olvides de preparar tu equipaje. Y duerme un poco, si puedes. Nos convendrá escabullirnos muy temprano, antes de que ellos se levanten. Eso ahorrará nuevas discusiones. Robert podrá llevarnos en el birlocho al pueblo y volver con la yunta. (Va hacia la puerta de foro, izquierda.) Buenas noches.
ANDREW.-Buenas noches. (Scott sale. Ambos her­manos guardan silencio durante unos instantes. Luego, Andrew se acerca a su hermano y le pone una mano sobre la espalda. Habla en voz baja, con vehemencia).-Animo, Robert. Es inútil llorar sobre la leche derramada; y con­fiemos en que todo será para bien. Lo que ha pasado no tiene remedio.
ROBERT (con frenesí).-¡Pero es mentira, Andy ... es mentira!
ANDREW.-Claro que lo es. Tú y yo lo sabemos ... pero nadie más debe saberlo.
ROBERT.-Papá no te perdonará nunca. Oh, todo esto es tan absurdo. . . y trágico. ¿Por qué se te ocurrió mar­charte?
ANDREW.-Demasiado lo sabes. (Con vehemencia.) Puedo desearos a Ruth y a ti todo el bien del mundo, y lo deseo, y muy sinceramente; pero no puedes pretender que me quede aquí y os vea juntos, día tras día. . . mientras yo vivo solo. No podría soportarlo... después de todos los planes que me había hecho aquí, creyendo. . . (su voz desfallece) creyendo que ella me quería.
ROBERT (poniendo la mano sobre el brazo de su her­mano).-¡Dios mío! ¡Esto es terrible! Me siento tan culpable. . . ¡Pensar que te he causado este sufrimiento, después de haber sido tan camaradas durante toda la vida! Si hubiese previsto lo que pasaría, te juro que no le habría dicho una sola palabra a Ruth. ¡Te lo juro, Andy!
ANDREW.-lo sé; y eso habría sido peor, porque entonces hubiera sufrido Ruth. (Palmea a su hermano en el hombro.) Más vale así. Tenía que suceder y yo debo aguantarme ese dolor, eso es todo. Papá comprenderá mis sentimientos. . . más adelante. (Al ver que Robert menea la cabeza.) Y si no los comprende. . . Bueno, la cosa no tiene remedio.
ROBERT.-Pero...· ¡piensa en mamá, Andy! ¡Dios mío! ¡Tú no puedes irte!
ANDREW (con vehemencia).-Tengo que irme ... ¡ten­go que marcharme de aquí! Te digo que sí. Aquí, enlo­quecería al recordar a todas horas del día que fui un tonto. Tengo que irme y tratar de
olvidar, si puedo. Y aborrecería la chacra si me quedara, la aborrecería por recordarme el pasado.
No podría interesarme ya el trabajo, un trabajo sin ningún objetivo a la vista. ¿No comprendes qué infierno sería eso? Tú también la amas, Rob. Ponte en mi lugar y recuerda que la quiero y que la seguiría queriendo si tuviera que quedarme. ¿Sería justo eso contigo y con ella? Ponte en mi lugar. (Zamarrea con violencia a su hermano, asiéndolo del hombro.) ¿Qué harías, entonces?
¡Díme la verdad! Tú la amas. ¿Qué harías?
ROBERT (con voz estrangulada).-Me... ¡me iría, Andy! (Oculta el rostro entre sus manos, estremeciéndose.)
¡Dios mío!
ANDREW (todo su cuerpo parece relajarse y dice con voz grave, firme).-Entonces, ya comprendes por qué tengo que irme: y no hay más que decir.
RoBERT (en un arranque de furiosa rebelión).-¿Por qué tenía que pasarnos esto? ¡Es horrible! (Mira a su alrededor con aire desatinado, como si su venganza buscara al destino culpable.)
ANDREW (con tono tranquilizador, volviendo a ponerle las manos sobre el hombro).-Es inútil agitarse ya, Rob. Asunto resuelto. (Con sonrisa forzada.) Creo que Ruth tiene derecho a elegir al que quiera. Ha elegido bien. . . ¡y que Dios la bendiga!
ROBERT.-¡Andy! ¡Ojalá pudiera yo decirte la mitad de lo que siento! ¡Qué bueno eres!
ANDREW (interrumpiéndolo, rápidamente).-¡Cállate! Vámonos a dormir. Tengo que madrugar. Y tú también, si quieres llevarnos en el birlocho.
ROBERT.-Sí. Sí.
ANDREW (bajando la mecha de la lámpara).-Y yo tengo que empacar todavía. (Bosteza, con
lasitud.) Estoy tan cansado como si hubiese estado arando veinticuatro horas consecutivas.
Me siento ... muerto. (Robert se cubre nuevamente la cabeza con las manos.

Andrew menea la cabeza como para zafarse de sus pensa­mientos y sigue haciendo lo posible por aparentar una alegre vivacidad.) Voy a apagar la luz. Ven. (Le da una palmada en la espalda. Robert no se mueve. Andrew se inclina y apaga la lámpara de un soplo. Se oye su voz en las tinieblas.) No te quedes sentado ahí afligiéndote, Robert. Las cosas se arreglarán.

Ven a dormir un poco. Todo eso pasará. (Se oye que Robert se pone en marcha, tropezando, y se ve las oscuras figuras de ambos hermanos que avanzan a tientas hacia la puerta de foro, mientras cae el telón.)

Acto SEGUNDO

ESCENA 1
El mismo escenario del Primer Acto, Escena Segunda. La sala de la chacra, tres años después, en el mediodía de una jornada bochornosa, de sol calcinante, en pleno verano. Todas las ventanas están abiertas, pero ni un soplo de brisa agita los sucios visillos blancos. A foro, una puerta con alambre tejido llena de remiendos. A través de ella puede verse el patio, cuya pequeña franja de césped está dividida en dos por el caminito de tierra que lleva a la verja de la cerca de estacas blancas que flanquea la carretera.
La habitación ha cambiado, no tanto en su apariencia como en su atmósfera general. Algunos detalles significativos revelan negligencia, incapacidad, una empresa en ruinas. Las sillas tienen un aspecto misero por falta de pintura, la carpeta de la mesa está manchada y torcida, en los visillos hay agujeros, bajo la mesa yace una muñeca a la cual le falta un brazo.
Por la puerta abierta que da a la cocina, llega el tintineo de los platos que lavan y que interrumpe a ratos la irritada voz de una mujer y el descontento lloriqueo de una criatura.
Al levantarse el telón, aparecen la señora Mayo y la señora Atkins, sentadas la una frente a la otra, la primera a foro y la segunda a la derecha de la mesa. El semblante de la señora Mayo ha.perdido toda personalidad, se ha des­ integrado, convirtiéndose en una débil máscara, con· la expresión impotente y lastimera de quien está sin cesar al borde de unen lágrimas sin consuelo. Habla con voz insegttra, sin un acento categórico, como si toda su fuerza de voluntad la hubiese abandonado. La señora Atkins está en su sillón de ruedas. Es una mujer delgada, pálida, de aspecto poco inteligente, de unos cuarenta y ocho años, y de ojos duros y brillantes. Como está ·afectada por una parálisis parcial desde hace muchos años y condenada a verse empujada durante toda su vida en un sillón de ruedas, tiene ya el temperamento egoísta e irritable del inválido crómco. Ambas mujeres visten de negro. Laseñora Atkins teje nerviosamente mientras habla. Una madeja de hilo no usada aún y en la cual hay clavadas agujas de tejer, yace sobre la mesa delante de la señora Mayo.


SRA. ATKINS (con una mirada de desaprobación al cu­bierto reservado).- Robert llegará tarde a almorzar, como de costumbre. No sé por qué se lo tolera Ruth y ya se lo he dicho. Muchas veces le he sugerido: "Es hora ya de que pongas término a esos absurdos. ¿Creerá Robert que tienes un hotel. . . donde no te ayuda nadie a hacer las cosas?" Pero Ruth no ·me hace caso. Es casi tan mala como él. . . se cree más sabia que una vieja enferma como yo.

SRA. MAYo (con indiferencia).-Robbie llega tarde siempre. No puede remediarlo, Sarah.
SRA. ATKINS (con un bufido).- ¡No puede reme­diarlo! ¿Cómo se explica que sigas encontrándole excusas, Kate? Todos pueden remediar cualquier cosa que se les ocurra. . . mientras tengan salud y no sean unos impotentes como yo ... (y agrega, después de un pensamiento piadoso:) por la voluntad de Dios.
SRA. MAYo.-Robbie no puede.
SRA. ATKINS.-¡No puede! Me enloquece, Kate Mayo, ver cómo la gente a quien Dios ha dado el libre uso de sus miembros vagabundea por ahí y pierde el tiempo ha­ciéndolo todo al revés . . . y sentirme impotente para ayu­darles y estar a merced suya, por así decirlo. Y no porque yo no les haya señalado el buen camino. He hablado con Robert miles de veces y le he indicado cómo debían
hacerse las cosas. Tú lo sabes, Kate Mayo... Pero ... ¿crees que Robert le da alguna importancia a lo que le digo? Ni él ni Ruth, mi propia hija. No: ambos me creen una vieja chiflada y maniática, a medias muerta ya, y cuanto antes esté en la tumba y me aparte de su camino, mejor para ellos.
SRA. MAYO.-No debes hablar así, Sarah. No son tan malos. Y a ti te quedan aún muchos años de vida.
SRA. ATKINS.-Hablas como los demás. No sabes lo poco que me falta para morirme. Bueno, por lo menos podré irme al eterno reposo con la conciencia tranquila. He hecho todo lo posible por
salvar de la ruina esta casa.
¡Que caiga la culpa sobre sus cabezas!
SRA. MAYO (con una indiferencia sin esperanzas).­ Las cosas podrían ser peores. Robert nunca tuvo la menor experiencia en materia de agricultura. No podías esperar que aprendiera en un
día.
SRA. ATKINS (con brusquedad).-Ha tenido tres años para hacer su aprendizaje y empeora en vez de mejorar. No sólo tu casa sino también la mía está empezando a des­mejorarse y a arruinarse y no
puedo hacer nada para im­pedirlo.
SRA. MAYo (con fugaz voluntad de afirmación).-No podrás negar que Robbie trabaja de firme, Sarah.
SRA. ATKINS.-¿De qué sirve trabajar de firme si no consigue nada, quisiera saber yo?
SRA. MAYO.-Lo persigue la mala suerte.
SRA. ATKINS.-Dí lo que quieras, Kate, pero el mo­vimiento se demuestra andando: y no me negarás
que las cosas han ido de mal en peor desde que murió tu marido, hace dos años.
SRA. MAYo (enjugándose las lágrimas con el pañuelo).­
Dios quiso llevárselo.
SRA. ATKINS (triunfalmente).-¡Dios castigó a James Mayo por haber blasfemado y negado a Dios durante toda su pecadora vida! (La señora Mayo comienza a llorar silen­ciosamente.) Vamos, vamos, Kate. Ya sé que no debí recor­dártelo. El pobre descansa en paz y ha sido perdonado; esperémoslo.
SRA. MAYo (secándose los ojos, con sencillez).-James
era un hombre bueno.
SRA. ATKINS (pasando por alto su observación).-Lo que yo decía era que desde que Robert se hizo cargo de todo las cosas han ido barranca abajo. No sabes hasta qué punto se han agravado.
Robe nunca te reveló todo lo que pasaba y tú nunca lo notabas hasta cuando ocurría bajo tus propias narices. Pero, a Dios gracias, Ruth suele pedirme aún consejo cuando la inquietan mucho los des­atinos de Robert. ¿Sabes qué me dijo anoche? Pero olvi­daba que me recomendó no decírtelo. . . Aunque creo que tienes derecho a saberlo y mi deber es no permitir que esas cosas sucedan a espaldas tuyas.
SRA. MAYO (con lasitud).-Puedes decírmelo, si quieres.
SRA. ATKINS (inclinándose hacia ella, en voz baja).­ Poco faltó para que eso enloqueciera a Ruth.
Robett le dijo que se vería obligado a hipotecar la chacra. . . que no lograría llegar hasta la cosecha sin ese recurso y que no podía conseguir dinero de otro modo. (Se yergue, intrigada.) Y bien ... ¿Qué opinas de tu Robert?
SRA. MAYo (resignada).-Si no hay más remedio ...
SRA. ATKINS.-¿No querrás decir que vas a enajenar tu propia chacra, Kate Mayo. . . después de mi advertencia?
SRA. MAYO.-Haré lo que Robbie crea necesario.
SRA. ATKINS (alzando las manos).-¡Vamos! ¡Qué enormidad! Bueno, la chacra es tuya y no mía, y no tengo más que decir.
SRA. MAYO. -Quizá Robbie pueda salir del paso hasta que vuelva Andy y se ocupe de nuestros asuntos. Andy no puede tardar.
SRA. ATKINS (con gran interés).-Ruth dice que debe volver de un momento a otro. ¿Cuándo supone Robert que llegará?
SRA. MAYo.-Dice que no puede calcularlo con exac­titud porque el "Sunda" es un velero. La última carta que recibió provenía de Inglaterra y fué enviada el día que em­prendieron el regreso. Eso ocurrió hace un mes y Robbie cree que están con atraso.
SRA. ATKINS.-Loado sea Dios, entonces, porque llega en el momento oportuno. Debe estar cansado de viajar y ansioso de llegar a casa y trabajar de nuevo.
SRA. MAYo.-Andy ha estado trabajando. Es oficial primero del barco de Dick, se lo ha escrito a Robbie. Tú lo sabes.
SRA. ATKINS.-Ese tonto juego de los buques está bien durante algún tiempo, pero Andy debe estar cansado ya de él.
SRA. MAYo (meditativa).-Me pregunto si habrá cam­biado mucho. Era tan hermoso y fuerte ... (Con un sus­piro.) ¡Tres años! Se diría que han pasado trescientos. (Sus ojos se llenan de lágrimas y dice, con voz lastimera:)
¡Oh, si James hubiese vivido hasta su regreso ... y lo hubiera perdonado!
SRA. ATKINS.-¡Nunca lo habría perdonado! ¡No se podía esperar eso de James Mayo! ¿Acaso no se mostró duro e inexorable con él hasta sus últimos momentos, pese a todo lo que hicisteis tú y Robert para ablandarle el corazón?
SRA. MAYo (con débil arranque de ira).-¡No te atre­vas a decir eso! (Con voz desgarrada.) Oh, yo sé que en lo más hondo de su corazón perdonó a Andy, aunque era demasiado terco para confesarlo. Fué eso lo que le causó la muerte: le desgarró el corazón su obstinado orgullo. (Se seca los ojos con el pañuelo y solloza.)
SRA. ATKINS (piadosamente).-Fué la voluntad de Dios. (Llega de la cocina el lloriqueo de la niña. La señora Atkins frunce el ceño, irritada.) ¡Maldita chiquilla! Se diría que siempre llora deliberadamente para crisparle a una los nervios.
SRA. MAYO (secándose los ojos).-La fastidia el calor.
¡La pobrecita no se siente muy bien en estos días!
SRA. ATKINS.-Lo ha heredado de su padre. . . Se pasa la vida enferma. (Suspira penosamente.) Ruth y Robert cometieron un error al casarse. . . una locura. Yo me opuse, pero Ruth estaba tan hechizada por las descabelladas ideas poéticas de Robert que no quiso atender a razones, Andy era el marido ideal para ella.
SRA. MAYO.-A menudo he pensado que eso habría sido preferible. Pero Ruth y Robbie han sido bastante felices.
SRA. ATKINS.-De todos modos, fué la obra de Dios ...
y hágase Su voluntad. (Ambas mujeres se quedan sentadas
en silencio durante unos instantes. Ruth sale de la cocina, trayendo en brazos a su hijita de dos años de edad, una criatura linda pero enfermiza y de aspecto anémico, cuyo rostro está bañado en lágrimas. Ruth ha envejecido visiblemente. Su rostro ha perdido la juventud y la
frescura y tiene un dejo duro y malévolo. Se sienta en la mecedora, delante de la mesa, y suspira, cansada. Luce un vestido tejido y se ha ceñido a la cintura un delantal sucio.)
RUTH.-¡Qué día sofocante! Esta cocina parece un horno. (Aparta de la frente su húmedo cabello.)
SRA. MAYo.-¿Por qué no me llamaste para que te ayudara a lavar los platos?
RUTH (lacónicamente).-No. El calor de la cocina te habría matado.
MARY (al ver la muñeca debo de la mesa, forcejeando
sobre el regazo de su madre).-¡La muñequita, mamá!
¡La muñequita!
RUTH (conteniéndola).-Es hora de que hagas tu siesta.
No puedes jugar con la muñequita ahora, Mary.
MARY (comenzando a lloriquear).-¡La muñequita!
SRA. ATKINS (con irritación).-¿No puedes hacer callar a esa criatura? Su alboroto es capaz de romperle los oídos a cualquiera. Bájala de la falda y déjala jugar con la muñeca si eso la hace callar.
RUTH (bajando a la niña al suelo).-¡Bueno, sí! Espero
que esto te conformará y te callarás. ( Mary se sienta en el suelo delante de la mesa y juega con la muñeca en silencio. Ruth mira el cubierto puesto sobre la mesa.) Es raro que
Robert no procure llegar a tiempo para el almuerzo, de vez en cuando.
SRA. MAYO (con voz apagada).-Algo debe marchar mal de nuevo.
RUTH (con lasitud).-Supongo que sí. Algo ha mar­chado siempre mal en estos días, según parece.
SRA. ATKINS (con brusquedad).-Eso no pasaría si tuvieras un poco de bríos. Pensar que le permites venir a comer a cualquier hora. . . ¡y que cargas con todo el trabajo! Nunca vi
semejante cosa. Eres demasiado des­preocupada, eso es lo que hay.
RUTH.-¡Déjate de fastidiarme, mamá! Estoy cansada de oírte. Haré lo que se me antoje y te agradeceré que no te entrometas. (Se seca la frente húmeda y dice, cansada:)
¡Oh! Hace demasiado calor para discutir. Hablemos de algo más agradable. (Con curiosidad.) Me parece que les oí hablar de Andy, hace un rato.
SRA. MAYo.-Nos preguntábamos cuándo volvería. 
RuTH (cuyo semblante se ilumina).-Rob dice que
puede llegar de un momento a otro y darnos una sor­presa. . . él y el capitán. Por cierto que nos resultará natural verlo en la chacra de nuevo.
SRA. ATKINS.-Confiemos en que la chacra tenga un aspecto más natural, también, cuando Andy haya inter­venido en esto. ¡Las cosas van tan mal!
RUTH (con irritación).-¿Dejarás de insistir en lo mismo, mamá? Todos sabemos que las cosas no son como podrían ser. ¿De qué sirve quejarse sin cesar?
SRA. ATKINS.-¡Ya lo ves, Kate Mayo! ¿No te lo decía yo? Ni siquiera puedo darle un consejo a mi propia hija, tan terca y voluntariosa es.
RUTH (tapándose los oídos, exasperada).-¡Por amor de Dios, mamá!
SRA. MAYO (con voz apagada).-No te preocupes. Andy lo arreglará todo cuando vuelva.
RUTH (con aire esperanzado).-Oh, sí, yo sé que lo arreglará. Siempre supo qué debía hacerse en cada caso. (Con cansado enojo.) Es una vergüenza que venga a casa y tenga que empezar con todo tan revuelto.
SRA. MAYO (suspirando).-Supongo que Robert no tuvo la culpa si las cosas tomaron tan mal cariz.
SRA. ATKINS (desdeñosamente).-¡Bah! (Se abanica nerviosamente ).-¡Qué horno es éste, Dios mío! Salga­mos. Bajo los árboles del fondo se respira aire fresco. Ven, Kate. (La señora Mayo se levanta obedientemente y empuja la silla rodante de la inválida hacia la puerta de alambre tejido.) Más vale que vengas tú también, Ruth. Te hará bien. Dale una lección a Rob y deja que él mismo se sirva el almuerzo. No seas tonta.
RUTH (abriéndoles la puerta de alambre tejido, apáticamente).-No le importará. No come gran cosa. Pero no puedo ir, de todos modos. Tengo que acostar a la nena.
SRA. ATKINS. -Vamos, Kate. Aquí me ahogo. (La señora Mayo empuja la silla afuera y desaparecen por izquierda. Ruth vuelve y se sienta en su silla.)
RuTH (mecánicamente).-Ven y déjame que te quite los zapatos y las medias, Mary. Pórtate bien. Ahora, tienes que hacer tu siesta. (La nena continúa jugando como si no la httbiese oído, concentrada en su muñeca. En el fatigado rostro de Ruth aparece una expresión de ansiedad. Mira furtivamente la puerta: luego, se levanta y va hacia el escritorio. Sus movimientos revelan un culpable temor de ser sorprendida. Saca una carta de un casillero y vuelve rápidamente a su silla con ella. Abre el sobre y lee la carta con gran interés. La excitación sonroja sus mejillas.
Robert llega por-el caminito, abre silenciosamente puerta de alambre tejido y entra en la habitación. También él ha envejecido. Su espalda se ha encorvado, como bajo una carga demasiado pesada. Sus ojos están apáticos y faltos de vida y su rostro tostado por el sol,- hace días que no se afeita. Arroyuelos de sudor han manchado la capa de polvo de sus mejillas. Sus labios, contraídos en las comisuras, le dan un aire resignado, sin esperanzas. Los tres años han acento la debilidad de su boca y. su mentón. Viste overol, botas y una camisa de franela abierta en el cuello.)
ROBERT (arrojando su sombrero sobre el sofá, con un gran suspiro de agotamiento).-¡Caramba!
¡Cómo que­ma hoy el sol! ( Ruth se sobresalta. Al principio, hace un movimiento instintivo para ocultar la carta contra el pecho. Inmediatamente lo piensa mejor y se sienta con ella en las manos, mirándolo con aire desafiante. Robert se inclina y la besa.)
RUTH (sintiendo en ·las mejillas la aspereza de la piel
de Robert).-¿Por qué no te afeitas? Tienes muy mal aspecto.
ROBERT (con indiferencia).-Se me olvidó... y da demasiado trabajo con este tiempo.
MARY (tirando su muñeca, corre hacia él con un grito
de dicha).-¡Papito! ¡Papito!
ROBERT (levantándola por sobre su cabeza, cariñosamente).-¿Y cómo está mi nena con este calor?
MARY (chillando, feliz).-¡Papito! ¡Papito!
RuTH (fastidiada).-¡No le hagas eso! Ya sabes que es la hora de su siesta y la despabilarás; y luego tendré que quedarme a su lado hasta que se duerma.
RoBERT (sentándose· a la izquierda de la mesa y mi­
mando a Mary sobre sus rodillas).-No te preocupes. Yo
me encargaré de acostarla.
RutH (lacónicamente).-Supongo que tendrás que volver a tu trabajo.
RoBERT (con un suspiro).-Sí, lo olvidaba. (Mira la
carta abierta sobre el regazo de Ruth).-¿Estás releyendo la carta de Andy? Creo que ya te la sabes de me­moria.
RUTH (sonrojándose como si la hubieran acusado de algo, dice con tono desafiante).-¿Acaso no tengo dere­cho a leerla? Andy dice que la carta es para todos nosotros.
RoBERT (con un dejo de irritación).-¿Derecho? No
seas tonta. No se trata de derecho. Yo sólo decía que te la debes saber de memoria después de haberla leído tantas veces.
RuTH. -Pues no me la sé. (Pone la carta sobre la mesa
Y se levanta con desgano.) Supongo que ahora querrás
tu almuerzo.
RoBERT (con indiferencia).-Tanto da. No tengo apetito.
RuTH.- ¡Y yo, que te he estado calentando el almuerzo
para que no se te enfriara!
ROBERT (con irritación).-Bueno. Tráela entonces y
trataré de comerla.
RuTH. -Primero tengo que acostar a la nena. (Va ha­cia Mary 'y la retira de las rodillas de su padre.) Ven, que­rida. Es tarde y se te cierran los ojos.
MAR.Y (llorando).-¡No, no! (Apelando a su padre.)
¡Papito! ¡No!
RuTH (acusadora, a Robert).-¡Ya lo ves! ¿Te das cuenta de lo que has hecho? Te dije que no...
RoBERT (perentorio).- Pues déjala en paz. Está bien
donde está. Se quedará dormida sobre mis rodillas dentro de un momento si dejas de fastidiarla.
RuTH (con vehemencia).-¡No hará semejante cosa!
¡Tiene que aprender a obedecerme! (Amenazando con el dedo a Mary.) ¡Nena mala! ¿Vendrás con mamá cuando ella te lo dice por tu propio bien?
MARY (aferrándose a su padre).-¡No, papito!
RUTH (perdiendo la calma).-¡Lo que necesitas, joven­ cita, es una buena paliza! Y la recibirás de mí si no te portas mejor ... ¿me oyes? (Mary rompe a llorar, asustada.)
ROBERT (con repentina ira).-¡Déjala en paz! ¿Cuán­tas veces te he dicho que no la amenaces con pegarle? No quiero que lo hagas. (Calmando a la lloriqueante niña.) ¡Vamos, vamos, nenita! La nena no debe llorar. Papito no te querrá si lloras. Papito te tendrá sobre sus rodillas y debes prometerle que dormirás como una buena nenita. ¿Lo harás si papito te lo pide?
MARY (abrazándose a él).-Sí, papito.
RuTH (mirándolos, el pálido rostro resuelto y contraído).-¡Bueno eres tú para enseñarle a la gente a hacer las cosas! (Se muerde los labios. Marido 'Y mujer se miran en los ojos con algo que parece odio,- luego, Ruth le vuelve la espalda a Robert, encogiéndose de hombros con fingida indiferencia.) Bueno, cuídala entonces, si eso te parece tan fácil. (Entra en la cocina.)
ROBERT (alisándole con ternura el cabello  Mary).­
Le demostraremos a mamá que eres una nena buena ...
¿verdad?
MARY ( canturret:mdo, soñolienta).-Papito, papito.
ROBERT.-Veamos ... ¿Te quita tu madre los zapa­tos y las medias antes de tu siesta?
MAR.Y (asintiendo, con los ojos semicerrados ).-Sí,
papito.
ROBERT (quitándole los zapatos y las medias).-Le mostraremos a mamá que sabemos hacer esas cosas ...
¿verdad? Un zapatito que se va. . . y ahora el otro zapatito... y ahí va una media. . . y ahora, la otra. Y ya estamos, frescos y cómodos. (Se inclina y la besa.) Y ahora. . . ¿me prometes dormirte inmediatamente sí papito te lleva a la cama? (Mary asiente, soñolienta.) Eso sí que es ser una buena nena. (La toma cuidadosamente en sus brazos y la lleva al dormitorio. Su voz se oye apenas cuando arrulla a la criatura para adormecerla. Ruth sale de la cocina y toma el plato de la mesa. Oye la voz de Robert en la habitación contigua y se acerca en puntas de pie a la puerta para atisbar..Luego, va a dirigirse a la cocina pero se detiene pensativamente unos instantes, con expresión de mal disimulados celos. Al oír un rumor en el dormitorio, entra
presurosamente en la cocina. Un momento después, aparece Robert. Se adelanta y toma los zapatos y las medias, que tira negligentemente debato de la mesa. Luego, al no ver a nadie allí, va hacia el ar­mario y elige un libro. Volviendo a su silla, se sienta y se concentra inmediatamente en su lectura. Ruth vuelve de la cocina, trayendo el plato de Robert lleno de comida y una taza de té. Pone ambas cosas ante el y se sienta en su lugar de antes. Robert sigue leyendo, sin notar la comida que está sobre la mesa.)
RUTH (después de contemplarlo con irritación durante unos instantes).-¡Deja ese libraco, por amor de Dios!
¿No ves que se te enfría el almuerzo?
ROBERT ( cerrando su libro).-Perdóname, Ruth. No me había dado cuenta. (Toma su cuchillo y su tenedor y comienza a comer cuidadosamente, sin apetito.). . ,
RuTH. -Creí que tendrías un poco de consideración
conmigo, Robert, y que no llegarías siempre tarde. a comer. Si crees que me divierte asfixiarme en esta cocina que es un horno para tenerte caliente la comida, te equi­vocas.
RoBERT.-Lo siento, Ruth. Palabra que lo siento. Todos los días sucede algo que me demora. Me propongo llegar a tiempo.
RUTH (con un suspiro).-Las buenas intenciones no cuentan.
ROBERT (con sonrisa conciliadora).-Entonces, castí­game, Ruth. Deja que la comida se enfríe y no te preocu­pes de mí.
RUTH.-Tendría que esperar lo mismo para lavar los platos.
ROBERT. - Pero si yo puedo lavarlos... 
RUTH.-¡Buen enredo harías!
ROBERT (con una tentativa de frivolidad).-Es una suerte que la comida se pueda comer fría, con este tiempo. (Como Ruth no contesta ni sonríe, Robert abre el libro y reanuda la lectura, forzándose a tomar un bocado de vez en cuanto. Ruth lo contempla, fastidiada.)
RUTH.-Y además, tienes que hacer tu trabajo. ROBERT (distraidamente, sin apartar los ojos del libro).
-Sí, claro.
RUTH (con malevolencia).-Nunca lo harás si te pa­sas el día leyendo.
ROBERT (cerrando el libro ruidosamente).-¿Por qué insistes en perseguirme porque encuentro placer en la lectura? ¿Será quizá porque... ? (Se interrumpe, bruscamente.)
RUTH (sonrojándose).-Porque soy demasiado estú­pida para comprender tus libros, habrás querido decir seguramente.
ROBERT (avergonzado).-No... No.. . (Con exas­peración.) ¿Por qué e impulsas a decir cosas contra mi voluntad? ¿Acaso no me sobran preocupaciones ya con esta maldita chacra sin que me las aumentes? Bien sabes ·cómo he tratado de llevarla adelante a pesar de la mala suerte ...
RUTH (desdeñosamente).-¡La mala suerte!
RoBERT.-Y mi aparente ineptitud para ese trabajo, añadiría yo; pero no me negarás que también he tenido mala suerte. ¿Por qué no tomas en consideración todas esas cosas? ¿Por qué no logramos entendernos? Antes, nos entendíamos. Sé que también a ti te resulta dura esta vida. Entonces. . . ¿por qué no podemos ayudarnos mu­tuamente en vez de causarnos dificultades?
RuTH ( hoscamente ).-Hago todo lo que puedo.
ROBERT (se levanta y le pone la mano sobre el hom­bro ).-Ya lo sé. Pero tratemos de hacerlo mejor. Ambos podemos mejorar. Di una palabra de aliento, de tarde en tarde, cuando las cosas van mal, aunque sea por culpa mía. Ya sabes los obstáculos con que he estado luchando desde la muerte de
papá. No soy agricultor. Nunca me jacté de serlo. Pero no tengo más .remedio dadas las  circunstancias y debo salir del paso lo mejor posible. Con tu ayuda, puedo hacerlo. Si estás contra mí. .. (Se encoge de hombros. Pausa. Luego, Robert se inclina, le besa el cabello a Ruth y agrega, procurando mostrarse jovial:) De modo que prométemelo. Y yo, te prometo que estaré aquí puntualmente a la hora de comer. . . y siempre que me lo digas. ¿Trato hecho?
RuTH (apáticamente ).-Supongo que sí. (Los inte­rrumpe un fuerte golpe en la puerta de la cocina.) Al­ guien llama a la puerta de la cocina.
(Ruth sale precipi­tadamente. Al cabo de un momento, reaparece.) Es Ben.
ROBERT (frunciendo el ceño).-¿Qué habrá pasadoahora, digo yo? (En voz alta.) Entra, Ben. (Ben sale en­ corvándose de la cocina. Es un joven pesado, torpe, de rostro tosco y estúpido y ojos huidizos y ladinos. Viste overol, botas, etcétera, y un sombrero aludo de paja rús­tica, echado hacia atrás.) Bueno, Ben. . . ¿Qué pasa?
BEN (arrastrando las palabras).-Se ha descompuesto la segadora.
ROBERT.-¡No puede ser! La repararon la semana pasada, sin ir más lejos.
BEN.-Pues ya lo ve. Se ha descompuesto. 
ROBERT.-¿Y no puedes repararla?
BEN.-No. No sé qué le pasa a esa endiablada má­quina. No quiere funcionar.
ROBERT (levantándose y yendo por su sombrero).­
En seguida iré a examinarla. No debe ser gran cosa.
BEN (con insolencia).-A mí, tanto me da. Me voy. 
ROBERT (con inquietud).-¿No querrás decir que de­jas tu trabajo aquí?
BEN.-¡Eso es lo que digo! Hoy vence mi mes y quiero lo que se me debe.
ROBERT. -Pero. . . ¿por qué te vas ahora, Ben, sa­biendo que hay tanto trabajo por hacer? Me costará mu­cho encontrar a otro hombre si te vas de repente.
BEN.-Eso es cosa suya. Me voy.
ROBERT.-Pero. . . ¿por qué? ¿Tienes alguna queja por la forma como te he tratado?
BEN.-No. No es eso. (Apuntando el dedo hacia él,
con aire amenazador).-Mire, estoy cansado de que se
burlen de mí, eso es lo que hay. Y he conseguido tra­bajo en casa de Timms y me voy.
ROBERT.-¿Que se burlan de ti, dices? No te entien­do. ¿Quién se burla de ti?
BEN.-Todos. Cuando voy al pueblo en el birlocho con la leche por la mañana, todos se ríen de
mí y bro­mean a costa mía: ese muchacho de Harris y el nuevo peón de Slocum y Bill Evans y todos los demás.
RoBERT:-Extraña razón para dejarme plantado. ¿No se reirán de ti también si trabajas en casa de Timms?
BEN. -No se atreverían. Timms tiene la mejor chacra de estos lugares. Se ríen de mí porque trabajo para usted.
¡Eso es lo que hay! "¿Cómo marchan las cosas en la cha­ cra de los Mayo?", me gritan todas las mañanas. "¿Qué hace Robert, ahora? ¿Apacenta a las vacas en el maizal?
¿Está madurando su heno con la lluvia este año como
el pasado? ¿O inventando alguna ordeñadora eléctrica
para engañar a sus vacas secas y hacerles dar sidra?" (Muy irritado.) Así es como hablan; y no estoy dispuesto a seguirlo soportando. Todos me han considerado siempre aquí un peón de primera, y no quiero que se formen una idea distinta. De modo que me voy. Y quiero lo que se me debe.
ROBERT (con frialdad).-Ah ... Si es eso, puedes irte al infierno. Recibirás tu dinero mañana, cuando yo vuelva del pueblo. . . ¡no antes!
BEN (dirigiéndose hacia la puerta de la cocina).-De acuerdo. (Al salir, dice sin volver la cabeza:) Y no deje de pagarme, porque si no tendrá dificultades. (Se va y se oye un portazo
al salir.)
RoBERT (mientras Ruth abandona el sitio donde ha estado parada en el umbral y se sienta abatida en la misma silla de antes).-¡Maldito estúpido! ¿Y cómo hago ahora para segar el heno? Ya ves las dificultades con que me encuentro. Nadie podrá decir que yo tengo la culpa.
RuTH.-¡Ben no se atrevería así con otro! (Con malevolencia, después de una rápida mirada a la carta de Andrew que está sobre la mesa.) Es una suerte que Andy vuelva.
ROBERT (sin resentimiento).-Sí, Andy sabrá qué debe hacerse en un abrir y cerrar de ojos. (Con afectuosa son-
risa.) ;Habrá cambiado mucho ese tonto? A juzgar por sus cartas, no lo parece. (Meneando la cabeza.) Pero, de todos· modos, dudo de que quiera consagrarse a la vida monótona de una chacra, después de todas las que ha pasado.
RUTH (con resentimiento).-Andy no es como tú. Le gusta la chacra.
ROBERT (ensimismado en sus pensamientos, con 
entus­iasmo).-¡Dios mío, cuántas cosas ha visto y experi­mentado Andrew! ¡Imagínate todos los sitios que ha visitado! ¡Todos los lugares lejanos y maravillosos co que yo solía soñar!
¡Dios mío, cómo le envidio! ¡Qué viaje! (Se levanta de un salto y va instintivamente hacia la ventana y contempla el horizonte.)
RUTH (con amargura).-¿Supongo que, ahora, lamen­tarás no haberte ido?
 RoBERT (harto concentrado en sus pensamientos para
oírla, dice con tono vengativo).-¡Oh, esas malditas lo­mas, en cuyas promesas yo creía antaño!
¡Cómo las odio, ahora! ¡Parecen los muros del angosto patio de una cárcel, que me aíslan de toda la libertad y todas las maravillas de la vida! (Vuelve al interior del aposento con aire de repulsión.) A veces, creo que si no fuera por ti, Ruth, y (su voz se torna más dulce) por la pequeña Mary, yo lo
abandonaría todo y me iría por la carretera, con un solo deseo en el corazón. . . ¡el de interponer el linde del mundo entre esas lomas y yo y poder respirar libremente de nuevo! (Se desploma sobre su silla y sonríe con amargo desdén por sí mismo.) Ya estoy soñando de nuevo... mis viejos y estúpidos sueños.
RuTH (en voz baja y contenida, con los ojos fulguran­tes).-¡No eres el único!
ROBERT (ensimismado en sus pensamientos, con amar-
gura).-Y Andy, que ha tenido esa oportunidad. . . ¿qué partido le ha sacado? Sus cartas parecen el diario de ...
¡de un agricultor! "Ahora, estamos en Singapur. Es un
sucio agujero y el calor es infernal. Dos de los tripulantes están postrados por la fiebre y nos falta gente para el trabajo. ¡Me alegraré muchísimo cuando reanudemos el viaje, aunque navegar por esos mares achicharrantes es también bastante desagradable!" (Con desdén.) Fué
así, poco más o menos, cómo resumió Andy sus impresiones del Oriente.
RUTH (su contenida voz trémula).-No tienes por qué burlarte de Andy.
ROBERT.-Cuando pienso ... Pero... ¿para qué? Bien sabes que no me reía del propio Andy, pero que su modo de encarar las cosas es ...
RUTH (los ojos centelleantes, en un arranque inconte­nible de ira).-¡También te burlabas de él! ¡Y yo no lo permitiré! ¡Debiera darte vergüenza!
(Robert la mira absorto y asombrado. Ruth prosigue, furiosamente.) ¡Bue­no eres tú para hablar de otro. . .
después de la manera como lo has arruinado todo con tu holgazanear. . . y de tu modo estúpido dehacerlo todo!
ROBERT (enojado).-¡No hables así! ¿Me oyes? 
RUTH.-Le encuentras defectos.. . ¡a tu propio her­mano, que es diez veces más hombre de lo que nunca fuiste ni serás! ¡Le envidias, eso es todo! Le envidias porque se ha convertido en un hombre, mientras que tú sólo eres ... sólo
eres ... (Balbucea algo incoherentemente, sofocándose de ira.)
ROBERT.-¡Ruth! ¡Ruth! Lamentarás haberme habla­do así.
RuTH.-¡No! ¡No lo lamentaré nunca! Sólo digo lo que he estado pensando durante años.
ROBERT (espantado).-¡Ruth! ¡No es posible que es­tés hablando en serio!
RUTH. -¿Y qué? ¡Pensar que he tenido que vivir con un ser como tú, sufriendo sin cesar porque nunca fuiste lo bastante hombre para trabajar y hacer cosas, como todos los demás! Pero ... ¡no! Tú nunca lo confe­sarías. Te crees muy superior a los demás con tu educa­ción universitaria, donde nunca aprendiste ni pizca, tú, que te lo pasas leyendo esos estúpidos libros en vez de trabajar. Supongo que, a tu
entender, yo debiera enorgu­llecerme de ser tu esposa. . . ¡una pobre ignorante como yo!
(Con violencia.) Pero no me enorgullezco. ¡Odio todo eso! ¡Te odio a ti! ¡Oh, si yo hubiese sabido! ¡Si no hubiera cometido la tontería de escuchar la barata y estúpida charla
poética que aprendiste en los libros! ¡De haber podido adivinar cómo eras realmente. . . cómo eres
ahora. . . me habría suicidado antes que casarme contigo! Lo lamenté apenas pasamos un mes juntos.
Descubrí qué eras, en realidad. . . demasiado tarde.
ROBERT (alzando la voz).-Y ahora ... descubro qué eres tú, realmente. . . con qué . . . ser he estado viviendo. (Con ronca risa.) ¡Dios mío! Yo había adivinado ya cuán perversa y mezquina eres .. . pero me decía sin cesar que debía estar equivocado. . . ¡que era un tonto, un pobre tonto!
Rurn.-Dijiste que si no fuera por mí tomarías por esa carretera. ¡Pues bien, puedes irte, y cuanto antes, me­jor! ¡No me importa! ¡Me alegraría liberarme de ti! Y la chacra saldrá ganando, también. Parece maldita desde que la tomaste a tu
cargo. ¡De modo que véte! Véte a vagabundear, como ansiaste hacerlo siempre. Sólo sirves para eso. Podré salir del paso sin ti, no te preocupes. (Con vehemente júbilo.) ¡Andy vuelve, no lo olvides!

Se encargará de que todo marche como es debido. ¡Mostrará lo que puede hacer un hombre! No te necesito.
¡Andy viene, ya! (Ruth y Robert están de pie.)
RoBERT (aferrándola de los hombros y mirándola 
 fu­riosamente en los ojos).-¿Qué quieres decir?(La zama­rrea con violencia.) ¿En qué estás pensando? ¿Qué malos pensamientos te rondan, qué ...?
(Su voz termina en un grito ronco.)
RUTH (en desafiante alarido).-¡Sí, hablo en serio!
¡Lo diría aunque me mataras! Amo a Andy. ¡Sí! ¡Sí! Siempre lo amé. (Con júbilo.) ¡Y él, me ama! ¡Me ama! Sé que me ama. ¡Siempre me amó! ¡Y tú lo sabías, tam­ bién! ¡De modo que véte!
¡Véte si quieres irte!
ROBERT (la aparta violentamente de él. Ruth retroce­de tambaleándose hacia la mesa y él dice, con voz som­bría).-¡Mujerzuela! (La mira furiosamente cuando ella se echa atrás, apoyándose sobre la mesa, jadeante. Desde el dormitorio llega el asustado lloriqueo de la niña.
Mien­tras prosigue, el hombre y la mujer se quedan mirándose con horror y comprenden repentinamente todo el alcance de su terrible riña. Pausa. En la carretera, frente a la casa, se oye el estrépito de un caballo y un coche. Ambos, con el mismo presentimiento repentino, escuchan el ruido conteniendo la respiración, como si lo oyeran en sueños. El ruido cesa. Se oye la voz de Andy, que llega de la carretera
y saluda con prolongada exclamación: ¡Ah del barco!")
RUTH (con estrangulado grito de alegría).-¡Andy!
¡Andy! (Se precipita y aferra el picaporte de la puerta de alambre tejido, disponiéndose a abrirla de par en par.)
RoBERT (con un tono imperativo que obliga a la obe­diencia).-¡Quieta! (Va hacia la puerta y
aparta con dul­zura de ella a la trémula Ruth. El lloriqueo de la niña sube de tono.) Yo saldré a recibir a Andy. Más vale que atiendas a Mary, Ruth. (Ella lo mira por un momento con aire desafiante, pero en los ojos de Robert ve algo que la obliga a volverle la espalda y a entrar lentamente en el dormitorio.)
LA VOZ DE ANDY (más fuerte).-¡Ah del barco, Rob! RoBERT (en grito de respuesta, con forzada jovialidad).
-¡Hola, Andy! (Abre la puerta y sale, mientras cae el
telón.)

ESCENA II

Sobre una loma de la chacra. Aproximadamente, son las once de la mañana siguiente. El día es caluroso y sin nubes. A lo lejos se divisa el mar.
Desde lo alto de la loma, la pendiente desciende suave­mente hacia la izquierda. En el centro, hacia foro, un gran canto rodado. Más a la derecha, un gran roble. Por entre la hierba calcinada y chamuscada por el sol, pueden advertirse los rastros de un sendero que sube hacia la loma desde primer término, izquierda.
Robert está sentado sobre el canto rodado, con el men­tón apoyado sobre las manos, contemplando el horizonte del lado del mar. Su semblante está pálido y ojeroso, revelando el más absoluto desaliento. Mary se halla sen­ tada sobre el césped cerca de él, en la sombra, jugando con su muñeca y canturreando contenta. Poco después, mira con curiosidad a su padre y dejando apoyada a su muñeca contra el árbol, se acerca y trepa sobre la roca, sentándose a su lado.)
MARY (tirándole de la mano, solícita).-¿Papito en­fermo
ROBERT (mirándola, con forzada sonrisa).-No, que­rida. ¿Por qué?
MARY. -Juega con Mary.
ROBERT (con dulzura).-No, querida. Hoy, no. Hoy papá no está con ganas de jugar.
MAR.Y (con tono de protesta).-¡Sí, papito! 
ROBERT.-No, querida. Papito se siente enfermo...
un poco enfermo. Le duele la cabeza.
MARY.- Mary ver. (Él inclina la cabeza y ella le acaricia cabello.) Cabeza mala.
ROBERT (besándola, con una sonrisa).-¡Eso es! Aho­ra, ya me siento mejor, querida. Gracias. (La niña se acu­rruca contra él. Una pausa, durante la cual ambos miran hacia el mar. Finalmente, Robert se vuelve hacia ella, con ternura.) ¿Te gustaría que papito se marchara. . . lejos ... muy lejos?
MAR.Y (llorosa).-¡No! ¡No! ¡No, papito! ¡No! 
ROBERT.-¿No te gusta tío Andy. . . el hombre
que vino ayer. . . no el del bigote blanco. . . el otro?
MARY.-Mary quiere a papito.
ROBERT (con vehemente decisión).-Papito no se irá, chiquita. Sólo lo decía en broma. No podría
abandonar a su pequeña Mary. (Oprime a la niña en sus brazos.)
MARY (exclamando, dolorida).-¡Oh! ¡Me duele! 
ROBERT.-Perdóname, nena. (La deja nuevamente so­bre el césped).-Vé a jugar con Dolly, sé buenita; y
ten cuidado de quedarte en la sombra. (La niña se separa de él contra su voluntad y toma nuevamente su muñeca. Al cabo de un momento, señala la loma de la izquierda.)
MARY.-Hombres, papito.
ROBERT (mirando).-Es tu tío Andy. (Al cabo de un momento, entra por izquierda Andy, silbando alegremente. Ha cambiado poco Por fuera, salvo la circunstancia de que
su rostro ha sido bronceado intensamente por los años pasados en los trópicos; pero en sus modales se ha operado un franco cambio. Su despreocupada jovialidad de antaño parece haberse diluido en parte en una animada vivacidad de hombre de negocios en la voz y en el gesto.
Habla con acento autoritario, como si estuviese habituado a dar órdenes y a que las obedezcan como cosa natural. Viste el sencillo uniforme azul y la gorra del oficial de la marina mercante.)
ANDREW. -Conque estabas aquí. . . ¿eh? 
ROBERT.-Buenas, Andy.
ANDREW (yendo hacia Mary).-¿Y quién es esta se­ñorita con la cual te encuentro a solas?
¿Eh? ¿Quién es esta linda señorita? (Le hace cosquillas a la  sonriente Mary, que se retuerce, y luego la alza sobre su cabeza.)
¡Upa, damita! (Vuelve a dejarla en tierra.) ¡Y ya estás
abajo! (Se va a sentar sobre el canto rodado junto a Ro­bert, que se aparta para dejarle sitio.)
Ruth me dijo que te encontraría probablemente aquí. Pero yo lo habría adi­vinado, de todos modos.
(Le da un codazo a su hermano en la cadera, afectuosamente.) ¡Sigues con tus costum­bres
de siempre, viejo! Recuerdo cómo solías venir aquí a dormitar y a soñar, en otros tiempos.
ROBERT (con una sonrisa).-Ahora, vengo porque este es el sitio más fresco de la chacra. He renunciado a los sueños.
ANDREW (sonriendo).-No lo creo. No has cambia­do tanto. (Después de una pausa, con infantil entusiasmo.) Oye, cuando estoy aquí arriba charlando contigo a solas recuerdo aquellos tiempos. ¡Qué bueno es estar en casa!
ROBERT.-Todos nos alegramos mucho de tenerte aquí.
ANDREW (después de una pausa, significativamente).-
He estado re orriendo la chacra con Ruth. Las cosas no parecen estar ...
ROBERT (se sonroja e interrumpe con brusquedad a su
hermano).-¡Olvida a esta maldita chacra! Hablemos de algo interesante. Es la primera oportunidad que se me presenta de echar un párrafo a solas contigo. Háblame de tu viaje.
ANDREW.-Creí habértelo dicho todo en mis cartas.
ROBERT (sonriendo).-Tus cartas eran ... algo muy fragmentario, por no decir más.
ANDREW.-Oh, ya sé que no soy un escritor. No te­mas herir mis sentimientos. Preferiría aguantar otro tifón a escribir una carta.
ROBERT (con ansioso interés).-¿De modo que te
tocó en suerte un tifón?
ANDREW. -Sí. . . En el Mar de la China. Tuve que huir de él con el barco casi desmantelado durante dos días. A decir verdad, creí que acabaríamos en el fondo del océano. No había soñado siquiera que las olas pudie­ran ser tan grandes ni el viento soplar con tanta violencia. De no haber sido porque el tío Dick es un excelente ca­pitán, nos hubieran devorado los tiburones, a todos, hasta el último. Sólo perdimos el mastelero mayor y tuvimos que volver a
Hong-Kong para reparar las averías. Pero debo haberte escrito todo esto. 
ROBERT.-Nunca lo mencionaste.
ANDREW.-Tuvimos tanto trabajo para volver a poner al barco en condiciones de navegabilidad que debió olvi­ dárseme.
ROBERT (mirando a Andrew, con asombro).-¿Olvidar un tifón? (Con un dejo de desdén.) En ti, Andy, hay una extraña combinación. ¿Y me has contado todo lo que recuerdas sobre la tempestad?
ANDREW.-Oh, podría dar un montón de detalles si quisiera descargarte una andanada: Fué un infieno de pro­porciones, te lo aseguro. ¡Lo hubieras visto . . . . me acuerdo que, en pleno tifón, me acordaba de ti y me decía: esto curaría a Rob de sus ideas sobre el bello mar, si pudiera verlo."
¡Y te habría curado, ya lo creo! (Asiente enfá­ticamente.)
ROBERT (con tono seco).-El mar no parece haberte
causado una impresión muy favorable.
ANDREW.-¡Ya lo creo que no! ¡No volveré a pisar un barco si puedo evitarlo! Salvo para ir a algún lugar al cual no pueda llegar en tren.
RoBERT.-¡Pero estudiaste para ser oficial!
ANDREW. -Tenía que hacer algo o me habría enlo­quecido. Los días parecían años. (Ríe.) Y en cuanto al Oriente con el cual solías desvariar . . . ¡lo hubieras visto y olido! Después de un paseo por una de sus sucias y angostas calles, recalentadas por el sol del trópico, todo el "asombro y misterio" con que solías soñar te habría dado náuseas.
RoBERT (apartándose de su hermano, con una mirada
de aversión).-¿De modo que en el Oriente sólo encon­traste un hedor?
ANDREW.-¿Un hedor? ¡Diez mil hedores!
RoBERT. -Pero algunos lugares te gustaron, a juzgar por tus cartas. . . Sidney, Buenos Aires . . . .
ANDREW. -Sí, Sidney es una hermosa ciudad. (Con
entusiasmo.) Pero, Buenos Aires. . . Esa ciudad sí que te hubiera interesado de veras. . . La Argentina es un país donde a uno se le presentan oportunidades de hacer fortuna. Me gusta, tienes razón al suponerlo. Y te dire una cosa, Rob. Es a Buenos Aires adonde iré apenas
haya pasado algún tiempo con ustedes y cuando encuentre un barco. Puedo conseguir un nombramiento de oficial se­gundo y bajar a tierra apenas llegue allí.
Necesitaré hasta el último centavo de los sueldos que me pagó tío para iniciar alguna empresa en Buenos Aires. 
RoBERT (mirando absorto a su hermano, dice lenta­
mente).-¿De modo que no te quedarás en la chacra?
ANDREW.-¡Claro que no! Eso no tendría sentido. Basta con uno de nosotros para explotarla.
ROBERT. -Supongo que ahora te parecerá pequeña. ANDREW (sin advertir el sarcasmo latente en el tono
de Robert ).-No te imaginas qué espléndido país es la Ar-·
gentina, Rob. Recibí una carta de un agente de seguros
marítimos a quien conocí en Hong-Kong, y que se la escribió a su hermano, un cerealista de Buenos Aires. Ese
hombre me tomó simpatía, y lo que es más importante, me ofreció un empleo si yo volvía allí. Yo lo hubiera acep­tado inmediatamente, pero no quise dejar en la estacada al tío Dick y además les había prometido una visita a ustedes. ¡Pero no dudes de que me iré allí, y ya me verás progresar!
(Palmea a Robert en la espalda.) Pero... ¿no te parece una gran oportunidad, Rob?
ROBERT.-Es hermosa. . . para ti, Andy.
ANDREW.-A esto, lo llamamos chacra. . . pero de­bieras oírlos cuando hablan de las chacras allí. . . Por cada acre nuestro, tienen veinte kilómetros cuadrados. Es un país nuevo donde están apareciendo grandes co­sas. . . y quiero intervenir en algo grande antes de mo­rirme. No
soy un estúpido cuando se trata de cultivar la tierra y entiendo algo de cereales. Además, he
estado leyendo mucho sobre eso, últimamente. (Advierte el aire distraído de Robert y ríe.)
¡Despierta, vieja polilla de los libros de versos! Adivino que cuando hablo de negocios sientes deseos de estrangularme. . . ¿verdad?

ROBERT (con turbada sonrisa ).-No, Andy. Y... yo sólo pensaba en otra cosa. (Frunciendo el ceño.)
última­mente, en muchísimas ocasiones, habría querido tener tu don para los negocios.
ANDREW (con aire grave).-Hay algo que quiero de­cirte, Rob. . . con respecto a la chacra. No tienes incon­veniente. . ¿verdad?
ROBERT.-No.
ANDREW. -Esta mañana, la recorrí con Ruth. . . y
me habló de diversas cosas ... (Con tono evasivo.) Noté que la chacra ha decaído; pero la culpa no la tienes tú.
Cuando la suerte está contra uno...
RoBERT.-¡No digas eso, Andy! La culpa es mía. Lo sabes tan bien como yo. Lo más que pude conseguir, fué salvar los gastos.
ANDREW (después de una pausa).-Tengo ahorrados
más de un millar de dólares y puedo dártelos.
RoBERT (con firmeza).-No. Los necesitas para em­pezar en Buenos Aires.
ANDREW. -No los necesito. Puedo...
RoBERT (con decisión).-¡No, Andy! ¡Decididamente,
no! ¡No quiero oír hablar de eso!
ANDREW (con tono de protesta).-¡Terco endiablado!
RoBERT.-Oh, todo se solucionará después de la co­secha. No te preocupes.
ANDREW (con aire de duda).-Puede ser. (Después de
una pausa.) Es una lástima que papá no haya vivido lo suficiente para poner a flote la chacra.
(Con vehemencia.) Me dolió muchísimo... la noticia de su muerte. ¿Nun­ca. . . se mostró más. . .menos duro en cuanto a mí?
RoBERT. -Nunca comprendió, para decirlo con más suavidad.
ANDREW (después de una pausa).-Has olvidado todo
lo que. . . me obligó a marcharme. . . ¿verdad, Rob? (Robert asiente, pero rehuye su mirada.) Yo era más ca­beza loca que tú en aquella época. Pero mi partida fué obra
de la divina Providencia. Me abrió los ojos y com­prendí cómo me había estado engañando a mí mismo. Ya había olvidado todo. . . todo eso. . . antes de haber pasado seis meses en el mar.
RoBERT (se vuelve y lo mira con aire inquisitivo en
les ojos).-¿Te refieres a ... Ruth?
ANDREW (confuso).-Sí. No quiero que te formes ideas equivocadas. En caso contrario, no te diría nada. (Mirando a Robert en los ojos.) Te digo la verdad al afirmarte que lo he
olvidado desde hace muchísimo tiem­po. Te parecerá extraño que yo pueda olvidar con tanta facilidad, pero creo que eso nunca fué más que una pasión de mozalbete. Ahora, estoy
seguro de que nunca estuve enamorado. . . de que sólo me divertía creer que lo estaba ... y ser un héroe ante mis
propios ojos. (Deja esca­par un gran suspiro de alivio.) ¡Ya está! ¡Dios mío, me he sacado eso del pecho! Sentía cierto malestar desde el día mismo en que volví a casa, pensando en lo que podían creer ustedes. (Con un dejo de súplica en la voz.) Tú ya lo habrás olvidado todo ahora. . . ¿verdad, Rob?
ROBERT (en voz baja).-Sí, Andy.
ANDREW.-Y se lo diré a Ruth, también, si tengo suficiente valor para hacerlo. Debe parecerle extraño te­nerme tan cerca. . . después de lo que fuimos en otros tiempos. . . ya que ignora mis verdaderos sentimientos.
RoBERT (con lentitud).- Quizás. . . en bien de Ruth. . . sería mejor que no se lo dijeras.
ANDREW.-¿Por su bien? Ah... ¿Querrás decir que no le gustaría que le recordaran mi estupidez? Con todo, creo que sería peor aun si ...
RoBERT (en un arranque, con voz atormentada).­ Haz lo que quieras, Andy, pero. . . ¡por amor de Dios, no hablemos de eso! (Pausa. Andrew mira a Robert con dolorido asombro. Robert prosigue, después de un mo­mento, con una voz en la cual trata inútilmente de man­tener la calma.) Discúlpame, Andy. Este maldito dolor de cabeza me ha destrozado los nervios.
ANDREW (en voz baja).-Está bien, Rob, está bien ...siempre que no estés resentido conmigo.
RoBERT.-¿Adónde se fué este domingo tío Dick? ANDREW.-Al puerto, a ver cómo marchaban las
co­sas a bordo del "Sunda". Dijo que no sabía con exactitud cuándo volvería. Tendré que ir al barco cuando él vuelva. Es por eso que me he engalanado así.
MARY (señalando la loma de la izquierda).-¡Mira!
¡Mamá! ¡Mamá! (Se levanta, con no poco esfuerzo. Ruth aparece por izquierda. Viste de blanco, se advierte que ha cuidado de su tocado. Está linda, sonrojada y llena de vida.)
(corriendo hacia ella).-¡Mamá!
RUTH (besándola).-¡Hola, tesoro! (Va hacia la roca y le dice a Robert, con frialdad:) Jake quiere preguntarte no sé qué. Acaba de terminar su trabajo y te espera en la carretera.
ROBERT (levantándose, cansado).-Iré ahora mismo. (Al mirar a Ruth y al notar el cambio operado en su as­pecto, su rostro se ensombrece de dolor.)
RUTH. -Y haz el favor de llevarte a Mary. (A Mary.)
Vé con papito, sé buena. La abuela te espera con el almuerzo.
ROBERT (lacónico).-¡Ven, Mary!
MARY (tomándolo de la mano y bailando de felicidad a su lado).-¡Papito! ¡Papiro! (Bajan de
la loma hacia izquierda. Ruth los sigue con la mirada durante unos instantes, frunciendo el ceño y luego se vuelve hacia Andy, con una sonrisa.)
RuTH.-Voy a sentarme. Ven, Andy. Estaremos como
en otros tiempos. (Salta ágilmente sobre la roca y se sienta.)
Esto es tan agradable y tan fresco después del calor de
la casa ...
ANDREW (sentado a medias en el costado de la roca).
-Sí. Aquí se está muy bien.
RUTH.-Me he tomado unas vacaciones para festejar
tu regreso. (Riendo, con excitación.) Me siento tan libre que quisiera tener alas y volar sobre el mar. Tú, eres un hombre. No puedes imaginarte cuán horrible y estúpido es. . . pasarse el tiempo cocinando y lavando los platos.
ANDREW (con una sonrisa).-Me lo imagino.
RuTH.-Además, tu madre insistió en preparar personalmente tu primer almuerzo en casa, tan feliz se siente
de que hayas vuelto. A juzgar por su manera de expul­sarme de la cocina, se diría que me he propuesto enve­nenarte.
ANDREW.-¡Eso es muy de ella, Dios la bendiga!
RUTH.-Te ha echado de menos muchísimo. Como todos nosotros. Y no me negarás que también la chacra
te ha echado de menos, después de lo que te mostré y te dije cuando la recorríamos esta mañana.
ANDREW (frunciendo el ceño).-¡No hay duda de
que esto ha decaído! Es lamentable y triste para el po­bre Rob.
RUTH (desdeñosamente ).-La culpa es suya. Nunca se interesa por las cosas.
ANDREW (con tono de reproche).-No puedes culpar­lo. No nació para esto: pero sé que hizo todo lo posible por ti, por las viejas y por la nena.
RUTH (con indiferencia).-Sí, supongo que sí. (Ale-
gremente.) Pero, a Dios gracias, todos esos días han pasado ya. la "mala suerte" a la que ha culpado siempre Rob pasará cuando tú te hagas cargo de la chacra, Andy. lo que necesitaba la chacra, era simplemente a alguien con el don de prever el futuro y de prepararse para lo que sucedería.
ANDREW.-Sí, a Rob le falta eso. Tiene la franqueza de reconocerlo. Voy a contratarle a un bue hombre -un agricultor experto--, para explotar la chacra a sueldo y porcentaje. Eso liberará a Rob de la chacra y no tendrá ya por qué inquietarse tanto. Parece agotado, Ruth. De­biera
cuidarse.
RUTH (distraídamente).-Sí, supongo que sí. (las palabras de Andrew le inspiran ciertos presentimientos.)
¿Por qué quieres contratar a un hombre para que super­vise los trabajos? Me parece que, ahora que has vuelto, eso está de más.
ANDREW.-Oh, claro que me ocuparé de todo mien­tras esté aquí. Hablo de cuando me haya ido.
RUTH (como si no pudiera dar crédito a sus oídos).-
¡Cuando te hayas ido!
ANDREW.-Sí. Cuando vuelva a la Argentina. 
RUTH.-¡Te vas al mar!
ANDREW.-No. Al mar, no. El mar como oficio, se acabó para mí. Me voy a Buenos Aires, para dedicarme al negocio de los cereales.
RUTH. -Pero. . . Eso queda lejos. . . ¿verdad? 
ANDREW (con desenvoltura).-A nueve mil kilómetros o más. Todo un viaje. (Con entusiasmo.) Allí, se me presenta una magnífica oportunidad, Ruth.
Pregúntale a Rob si no es as[. Acabo de explicárselo todo.
RUTH (que se sonroja de ira).-¿Y no trató Rob de evitar que te marcharas?
ANDREW (sorprendido).-No, claro que no. ¿Por qué? 
RuTH (lenta y vengativamente).-Eso es muy propio de él. .
ANDREW (con resentimiento).-Rob es demasiado
buen muchacho para detenerme cuando me he decidido a algo. Y comprendió, apenas se lo dije, qué buena 
opor­tunidad era aquélla.
RUTH (aturdida).-¿Y estás resuelto a ir?
ANDREW.-Claro. Oh, no me propongo irme inme­diatamente. Lo más probable es que tenga que esperar bastante la partida de un barco que vaya a Buenos Aires. De todos modos, quiero quedarme en casa y pasar bas­tante tiempo con ustedes antes de marcharme.
RuTH (humildemente).-Supongo que sí. (Con repentina angustia.) ¡Oh, Andy! ¡no puedes irte. No puedes. Si todos creíamos. . . confiábamos, y lo pedíamos en nuestras plegarias, que volvieras para quedarte, para establecerte en la chacra y cuidar de todo. ¡No debes irte! Piensa en la
pena de tu madre cuando te vayas· ·· y en la ruina de la chacra si la dejas en manos de Robert. Debes comprenderlo con bastante claridad.
ANDREW (frunciendo el ceño).-Rob no se ha desempeñado tan mal. Cuando yo consiga a un hombre para que maneje todo esto, la chacra estará a salvo.
RuTH (con insistencia).-Pero. . . piensa en tu madre.
ANDREW.-Está acostumbrada a mi ausencia. No hará objeciones cuando comprenda que lo mejor, para ella Y para todos nosotros, es que me vaya. Pregúntale a Rob. En un par de años haré dinero allí, ya lo verás; y luego volveré y me estableceré y convertiré esta chacra en la propiedad más hermosa del Estado mientras tanto les podré ayudar a ustedes desde allí.
(Seriamente.) ¡Te digo, Ruth, que voy a progresar desde que llegue a Buenos Aires, si basta para ello con trabajar de firme y estar re­suelto a progresar! ¡Y sé que eso será posible! (Con excitación y tono bastante jactancioso.) Estoy maduro, créeme, para cosas de más aliento que establecerme aquí. Fué el viaje el que me transformó. Me enseñó que el mundo es algo más vasto de lo que yo suponía en otros tiempos. No me sentiría ya satisfecho si me quedara atas­cado aquí, como una mosca en la melaza. Todo esto parece una bagatela, en cierto modo. Supongo que com prenderás qué quiero decir.
RUTH (con voz apagada).-Sí. . . Supongo que sí. (Después de una pausa y mientras una repentina sospecha surge en su espíritu.) ¿Qué te dijo Rob... de mí?
ANDREW.-¿Qué me dijo? ¿De ti? Nada.
RUTH (mirándolo fijamente, con vehemencia).-¿Me
estás diciendo la verdad, Andy Mayo? ¿No te dijo ... que yo... ? (Se interrumpe, confusa.)
ANDREW (sorprendido).-No, no te mencionó, que yo sepa. ¿Por qué? ¿Por qué supones que lo hizo?
RUTH (retorciéndose las manos).-¡Oh! ¡Ojalá pudie­ra yo adivinar si mientes o no!
ANDREW (con indignación).-¿Qué estás diciendo?
¿Acaso yo solía mentirte? ¿Y por qué habría de men­tirte, por Dios?
RuTH (no convencida aún).-¿Estás seguro... me jurarías . . . que no es esa la razón .... ?
(Baja los ojos y le vuelve la espalda a medias.) ¿La misma razón que te obligó a marcharte la vez pasada? Porque si se trata de eso. . . yo iba a decirte que. . . no debes irte.
. . por eso. (Su voz desciende hasta un murmullo trémulo 'Y tierno al concluir.)
ANDREW (turbado, con forzada risa).-Ah ... ¿Era eso
lo que querías decir? Bueno, ya no tienes por qué preocu-
parte ... (Con aire grave.) Me explico que mi presencia te moleste, Ruth, después de la manera como hice el tonto la vez pasada, al marcharme.
RUTH (su esperanza destruida) ¡Oh, Andy!
ANDREW (interpretándola mal).-Sé que no debiera hablarte de esas tonterías. Pero es preferible que te lo diga, para que los tres volvamos a ser los mismos y no nos inquietemos pensando que uno de nosotros podría tener una idea errónea sobre el asunto.
RUTH.-¡Andy! ¡Por favor! ¡No digas eso! 
ANDREW.-Dé jame terminar, ya que he empezado.
Eso ayudará a aclararlo todo. No quiero que creas que el que ha sido tonto una vez lo es siempre y que te sientas incómoda durante mi permanencia aquí por culpa de mi estupidez. Quiero hacerte comprender que todas esas ton­ terías están olvidadas desde hace mucho tiempo... y ahora,
me parece. . . bueno. . . como si siempre hubieras sido mi hermana, Ruth ...
RUTH (histéricamente).-Por amor de Dios,
Andy ... ¡No sigas hablando, por favor! (Vuelve a ocultar el rostro entre las manos y sus agobiados
hombros tiemblan.)
ANDREW (lastimeramente ).-Se diría que hoy piso un hormiguero cada vez que abro la boca. Rob me
hizo callar casi con las mismas palabras cuando quise hablar de eso.
RUTH (con vehemencia).-¿Le dijiste... lo mismo que a mí?
ANDREW (asombrado).-¡Claro! ¿Por qué no? 
RUTH (estremeciéndose).-¡Oh, Dios mío!
ANDREW (alarmado).-¿Por qué? ¿No debí hacerlo? 
RUTH (histéricamente).-¡Oh, no me importa lo
que puedas hacer! ¡No me importa! ¡Déjame en paz! (Andrew se levanta y baja por la loma hacia izquierda, turbado, herido y muy intrigado por la conducta
de Ruth.)
ANDREW (después de una pausa, señalando el pie de la loma).-¡Hola! Ahí vuelven. . . y el capitán
con ellos.
¿Cómo habrá hecho para volver tan pronto? Eso significa que debo ir al puerto de prisa y quedarme a bordo. Rob tiene a la niña consigo. (Se acerca a la roca. Ruth aparta la mirada de él.) ¡Dios mío, nunca vi a un padre tan ape­gado a una criatura como Rob! No se pierde un solo mo­vimiento
de Mary. Y no lo culpo. Ustedes tienen derecho a enorgullecerse de ella. Es encantadora, ya lo
creo que lo es. (Mira rápidamente a Ruth) En Mary se advierte inmediatamente una gran semejanza con Rob. . .
¿verdad? Pero tampoco puede negarse que es tuya. En sus ojos hay algo...
RUTH (lastimera).-¡Oh, Andy, me duele la cabeza!
¡No quiero hablar! ¡Déjame en paz, por favor!
ANDREW (la mira  durante unos instantes y luego se aleja, diciendo con tono herido).-Todos parecen estar nerviosos hoy. Comienzo a creer que estoy de más. (Se queda parado cerca del caminito, a la izquierda, golpeando el césped con el zapato. Al cabo de un instante entra el capi­tán Dick, seguido por Robert, que trae a Mary. El capitán parece ser el mismo hombre jovial y de voz tonante de tres años antes.Viste un uniforme análogo al de Andrew. Reso­pla y se ha quedado sin aliento después de haber subido la cuesta y se seca con frenesí el rostro sudoroso. Robert
mira de soslayo a Andrew, advirtiendo su aire perplejo, y luego mira a Ruth que, al acercarse ellos, les ha vuelto la espalda: su mentón descansa sobre sus manos mientras mira hacia el mar.)
MARY.- ¡Mamá! ¡Mamá! (Robert la deja en el suelo
y la niña corre hacia su madre. Ruth se vuelve y la aferra en sus brazos, en un arranque de salvaje ternura, volvién­doles de nuevo la espalda a los demás. Durante la escena siguiente, retiene a Mary en sus brazos.)
Scott (resoplando).-¡Caramba!
Tengo grandes noticias para ti, Andy. Déjame tomar aliento, primero. ¡Oh! ¡Por Dios! Trepar a esta maldita loma es peor que subir a los cielos. Tendré que descansar un rato. (Se sienta en el césped, secándose el rostro.)
ANDREW.-No te esperaba tan pronto, tío.
Scorr.-Tampoco yo lo esperaba; pero en la Casa del Marino supe algo que me indujo a abandonar el barco y a venir por ti.
ANDREW (ansiosamente).-¿De qué se trata, tío? 
Scott.-Al pasar por la Casa, se me ocurrió entrar para decirles que necesitaría un piloto en mi próximo viaje,
ya que no me acompañas. El hombre a cargo de los em­
barques me preguntó por ti con especial interés y dijo: "¿Cree que le interesaría un empleo de segundo en un vapor, capitán?" Me disponía a contestar que no, cuando recordé que querías volver al Sur, al Plata; de modo que le respondí: "¿Qué barco es ése y adónde va?" Y me con­ testó: "Es un tramp flamante y va a Buenos Aires."
ANDREW (sus ojos se iluminan,'Y dice con excitación).­
¡Dios mío, qué suerte! ¿Cuándo parte? 
Scott.-Mañana por la mañana. Yo no sabía si que­rrías irte tan pronto, de modo que se lo expliqué. "Dígale que le reservaré el empleo hasta las últimas horas de esta tarde", manifestó. De modo que ya lo sabes, y puedes elegir.
ANDREW.-Me gustaría tomarlo. Quizá pasen meses
antes de que salga otro barco para Buenos Aires con una vacante. (Su mirada se detiene sucesivamente sobre Rob y Ruth y vuelve a Rob, y luego dice, con aire inde­ciso:) Con
todo... ¡Maldita sea ...! Mañana por la ma­ñana es muy temprano. Ojalá ese barco tardara una semana en partir. Eso me daría una oportunidad. . . Me resulta penoso marcharme cuando acabo de volver a casa. Y, sin embargo, es una posibilidad entre mil. .. (A Robert:)
¿Qué te parece, Rob? ¿Qué harías tú? ·
ROBERT (con sonrisa forzada).-Al que vacila. . . se lo lleva el diablo, ya sabes. (Frunciendo el ceño.) Es una
ganga que se te ofrece y ... creo que debes aprovecharla. Pero no me pidas que lo decida por ti.
RUTH (volviéndose para mirar a Andrew, con salvaje resentimiento).-¡Sí, vé, Andy! (Le vuelve la espalda rápidamente. Hay una pausa llena de malestar.)
ANDREW (pensativamente).-Sí, creo que me iré. A fin
de cuentas, será lo mejor para todos nosotros . . . ¿no te parece, Rob? (Robert asiente, pero guarda silencio.)
Scott (poniéndose de pie).-Bueno, asunto arreglado. ANDREW (ahora que ha tomado definitivamente una decisión, en su voz se perciben una esperanzada fuerza 'Y energía).-Sí, aceptaré el empleo. Cuanto antes me vaya, antes volveré, no hay duda: y esta vez no lo haré con las
manos vacías. ¡Estén seguros!
Scott.-No te sobra tiempo, Andy. Para asegurarte, más vale que te vayas lo antes posible. Tengo que volver a bordo ahora mismo. Será mejor que vengas conmigo.
ANDREW.-Iré a casa y volveré a aprontar mi maleta.
ROBERT (sosegadamente).-Ustedes volverán a almorzar ... ¿verdad?
ANDREW (inquieto).-No lo sé. ¿Habrá tiempo? ¿Qué
hora es?
RUTH ( precipitándose hacia él y sosteniéndolo).-Por favor, vete a la cama, Rob. No querrás estar agotado cuan­do venga el especialista. . . ¿verdad?
ROBERT (rápidamente).-No. Tienes razón. No debe
creerme más enfermo de lo que estoy. Y creo que ahora podré dormir. . . (jovialmente) con un sueño bueno, profundo, reparador.
RUTH (ayudándolo a llegar a la puerta del dormito­rio).-Eso es lo que más necesitas. (Entran.
Al cabo de un momento ella reaparece sola, diciendo:) Cerraré esta puerta para que tengas silencio. (Cierra y va rápi amente hacia su madre y la zamarrea del hombro.) ¡Mama! ¡Mamá! ¡Despierta! .
SRA. ATKINS (despertando, con un sobresalto).- ¡Dios
mío! ¿Qué te pasa?
RUTH.-Rob acaba de hablar conmigo, aquí. Lo volví a acostar. (Ahora que está segura de que su madre está
despierta, su temor se desvanece y vuele a sumirse en una sombría indiferencia. Se sienta en su silla y contempla la estufa, con aire apático.) Su modo de obrar ... era extraño; y sus ojos parecían. . . tan dementes. . . ·
SRA. ATKINS (ásperamente).-¿Y por eso me desper­taste de un profundo sueño y poco faltó para que me enloqueciera el susto?
RUTH.-Tenía miedo. Rob decía cosas tan descabe­lladas. . . No pude calmarlo. No quería quedarme a solas con él en ese estado. Sabe Dios qué podría hacer Rob.
SRA. ATKINS (desdeñosamente).-¡Hum! ¡Linda ayuda
te prestaría yo, que no estoy en condiciones de dar un solo paso! ¿Por qué no fuiste en busca de Jake?
RUTH (sombría).-Jake no está aquí. Se fué anoche. Se le debían tres meses de sueldo.
SRA. ATKINS (indignada).-No puedo culparlo. ¿Qué
persona decente aceptaría trabajar en un lugar como éste? (Con repentina exasperación.) ¡Oh, ojalá no te hubieras casado con ese hombre!
RUTH (con lasitud).-No debieras hablar de él, ahora que está enfermo y en cama.
SRA. ATKINS (con creciente ira).-Sabes perfectamente, Ruth Mayo, que si yo no te hubiese ayudado a
escondidas con mis ahorros, ustedes estarían ya en el hospicio..."'Y todo a causa de ese terco orgullo de Rob, por no querer escribirle a Andy revelándole el verdadero estado de cosas.
¡Es muy hermoso eso de que yo haya tenido que mante­nerlo con lo ahorrado para mis últimos días . . . yo, una inválida que no tiene quien la cuide! 
RUTH.-Andy te devolverá ese dinero, mamá. Puedo decírselo de tal modo que Rob no se entere nunca.
SRA. ATKINS (con un bufido).-¿De qué habrá creído
Rob que vivían ustedes? Me gustaría saberlo.
RUTH (apáticamente).-Supongo que no pensó en eso. (Después de una breve pausa.) Dijo que había resuelto pedirle ayuda a Andy cuando volviera. (El reloj de la co­cina da las seis.) Las seis. Andy debe llegar de un momento a otro.
SRA. ATKINS.-¿Crees que ese especialista podrá me­jorar a Rob?
RUTH (sin esperanzas).-No lo sé. (Ambas mujeres guardan. silencio durante algún tiempo, contemplando con aire ábatido la estufa.)
SRA. ATKINS (estremeciéndose, irritada ).- ¡Por amor de Dios, pon un poco de leña en esa estufa! ¡Me estoy helando! 
RUTH (señalando la puerta de foro).-No hables tan fuerte. Deja que Rob duerma, si puede.(Se levanta lángui­damente de la silla y pone unos cuantos leños en la estufa.)
RoBERT (con tono de rep-roche).-Mamá te está pre­parando el almuerzo especialmente, Andy.
ANDREW (sonrojándose, avergonzado).-¡Al diablo!
¡Y yo que lo olvidaba! Claro que me quedaré a almorzar, aunque pierda todos los barcos del mundo.
(Se vuelve hacia el capitán y dice, con vivacidad:) Vamos, tío. Ven a casa y podrás contarme algo más sobre ese empleo, por el camino. Tengo que empacar antes del almuerzo. (Él y el capitán empiezan a bajar por izquierda. Andrew dice, sin volver la cabeza:) Vendrás pronto... ¿verdad, Rob?
ROBERT.-Sí. Dentro de un momento. ( Andrew y el capitán desaparecen. Ruth deja en el suelo a Mary y se cubre
el rostro con las manos. Sus hombros se estremecen como si llorara. Robert la contempla fijamente, con aire ceñudo, sombrío. Mary va hacia Robert, con los inquisidores ojos fijos en su madre.) 
MARY (con voz algo asustada).- Papito. Mamita llora, papito.
ROBERT (inclinándose y acariciándole el cabello, con voz
de la cual trata de eliminar la aspereza).-No, no llora, nena. Es el sol que le ha lastimado los ojos, nada más. ¿No tienes un poco de hambre ya, Mary?
MARY (con tono categórico).-Sí, papito.
RoBERT (significativamente).-Ya debe ser hora de que almuerces.
RuTH (con voz ahogada ).-Voy, Mary. (Se seca rápi­damente los ojos y sin mirar a Robert se acerca, toma de la mano a la niña y le dice, con voz apagada:) Ven y te daré de almorzar. (Sale por izquierda, con los ojos fijos en el suelo y con la saltarina Mary a remolque. Robert espera un momento que se le adelanten y luego las sigue lentam­ente, mientras cae el telón.)


Acto TERCERO


ESCENA I
Escenario: El mismo escenario del Segundo Acto, Escena Primera. La sala de la chacra a las seis de la mañana, un día de fines de octubre, cinco años después. No ha amanecido aún, pero, a medida que avanza la acción, las tinieblas, del otro lado de las ventanas, se atenúan gradualmente hasta
cobrar una tonalidad gris.
El aposento, a la luz de la lámpara a petróleo, sin pantalla y de ahumado tubo, que está sobre la mesa, causa una impresión de decadencia, de desintegración. Los visillos de
las ventanas están rotos y sucios y uno de ellos falta. El escritorio, cerrado, está gris a causa del polvo acumulado, como si no lo hubieran usado durante años. Manchas de
humedad desfiguran el empapelado. En lajada alfombra
se advierten rudos surcos que llevan a la cocina y a las puertas principales. La tapa de la mesa, sin carpeta, está manchada por las huellas de los platos calientes y la comida caída. El travesaño de una mecedora ha sido reparado toscamente  con un pedazo de madera lisa. Una capa
de herrumbre cubre la estufa deslustrada. Contra 1a pared, junto a la estufa, está apilado negligentemente un montón
de leña.
Toda la atmósfera de la habitación, contrastando con la de los años anteriores, revela una pobreza habitual  irremediablemente resignada para avergonzarse ya o aun para tener conciencia de sí misma.
.Al levantarse el telón, Ruth está sentada junto a la estufa con las manos tendidas hacia su calor, como si el aire de la habitación fuese húmedo y frío. Rodea sus hombros un grueso chal, que oculta a medias su vestido de luto riguroso. Ha envejecido muchísimo. Su rostro pálido y cubierto
de profundas arrugas ostenta la expresión impasible propia de aquel a quien ya no puede sucederle nada, cuya capa­cidad de emoción ha sido agotada. Cuando habla, su voz carece de timbre, es grave y monótona. El negligente des­ aliño de su indumentaria, el descuido de su cabello, veteado ahora de gris, sus zapatos embarrados y de tacos gastados, revelan acabadamente la apatía en que vive.
Su madre duerme en su silla de ruedas junto a la estufa, a foro, arre­bujada en una manta.
A foro, por la puerta abierta del dormitorio, se oye que alguien baja de la cama. Ruth se vuelve en esa dirección, con aire de sombrío fastidio. Al cabo de un instante, Robert aparece en el umbral, reclinándose débilmente contra el marco de la puerta en procura de apoyo. Su cabello está
crecido y desgreñado, en su rostro y su cuerpo se nota que ha enflaquecido. Sobre sus pómulos hay brillantes manchas carmesíes y sus ojos arden de fiebre. Viste pantalones de pana y una camisa de franela, y unas gastadas pantuflas cubren sus pies desnudos.

RUTH (apáticamente).-¡Ssssht! Mamá duerme.

ROBERT (hablando con esfuerzo).-No la despertaré.
(Va débilmente hacia una mecedora que está junto a la esa y se deja caer en ella, agotado.) 
RUTH (mirando fijamente la estufa).-Más vale que te acerques al fuego, ahí no hace tanto frío.
RoBERT. -No. Estoy ardiendo ya.
RUTH.-Es la fiebre. Ya sabes que el médico te dijo que no te levantaras ni te movieras.
RoBERT (con irritación).-¡Ese viejo fósil! No sabe nada. Vaya a la cama y quédese ahí: esa es su única receta.
RUTH (con indiferencia).-¿Cómo te sientes ahora?
RoBERT (con alegre exaltación).-¡Mejor! ¡Desde hace mucho tiempo no me sentía así! Estoy muy bien.
. . aun­que algo débil. Debe ser la crisis. Desde ahora me repondré con tanta rapidez que te sentirás sorprendida ... y, por cierto, no se deberá a ese viejo tonto, a ese medicucho rural.
RUTH.-Nos ha atendido siempre.
ROBERT.-¡Nos ha ayudado a morir siempre, querrás decir! ..Atendió" a papá y a mamá y ... (su voz desfallece) y a ... Mary.
RuTH (tristemente).-Supongo que habrá hecho todo lo posible. (Después de una pausa.) Bueno. Andy traerá a un especialista cuando venga. Eso te ayudará.
RoBERT.-¿Es por eso que te has pasado la noche esperando?
RUTH.-Sí. ROBERT.-¿A Andy?
RUTH (sin el menor vestigio de emoción).-Alguien
tenía que hacerlo. Es justo que se le dé la bienvenida después de cinco años de ausencia.
ROBERT (con ambigua burla).-¡Cinco años! Es mucho
tiempo.
RUTH.-Sí.
RoBERT (significativamente).-¡Para esperar! 
RuTH (con indiferencia).-Eso ha pasado, ahora.
RoBERT.-Sí, ha pasado. (Después de una pausa.)
¿Tienes sus dos telegramas? (Ruth asiente.) Muéstrame los. . . ¿quieres? Yo estaba tan afiebrado cuando llegaron
que no los entendí. (Precipitadamente.) Pero ya me siento bien. Déjame releerlos. (Ruth los saca de la pechera de su vestido y se los tiende.)
RUTH.-Aquí están. El primero es el de arriba. 
ROBERT (abriéndolo).-Nueva York. "Acabo bajar 
vapor. Tengo negocio importante solucionar aquí. Iré casa apenas terminado negocio." (Sonríe, con amargura.) Pri­mero los negocios: ese fue siempre el lema de Andy. (Lee:) "Confío todos ustedes estarán bien. Andy." (Repite, iróni­camente:) "¡Confío todos ustedes estarán bien!"
RuTH (con voz apagada).-No podía saber que te habías enfermado hasta que le contesté y se lo dije.
ROBERT (con aire contrito).-Claro que no. Soy un
tonto. Últimamente, me muestro susceptible con cualquier motivo. ¿Qué le contestaste?
RUTH (con cierta falta de lógica).-): Tuve que mandarlo a cobrar en el lugar de destino.
ROBERT (con i"itación).-¿Qué le dijiste de mí? RUTH.-Que estabas enfermo de los pulmones.
ROBERT (en un arranque de ira).-¡Eres una estúpida!
¿Cuántas veces te he explicado que tengo una pleuresía?
¡Por lo visto no logras comprender que la pleura está fuera de los pulmones, no en ellos!
Rurn (con aire insensible).-Sólo escribí lo que me dijo el doctor Smith.
ROBERT (enojado).-¡Smith es un perfecto ignorante! 
RUTH (con aire sombrío).-Tanto da. Yo tenía que decirle algo a Andy... ¿no te parece?
ROBERT (después de una pausa, abriendo el otro telegrama).-Me envió éste anoche. (Lee:) "Vuelvo a casa
tren medianoche. Acabo recibir tu telegrama. Traigo especialista ver Rob. Iré auto chacra desde puerto." (Calcula:)
¿Qué hora es?
RUTH.-Deben ser las seis, poco más o menos. 
ROBERT.-Andy no tardará en llegar, sin duda. Me alegro de que traiga a un médico que sepa algo. Un espe­cialista te dirá inmediatamente que mis pulmones están en perfectas condiciones.
RUTH (impasible).-Has estado tosiendo tanto, en estos
últimos tiempos...
ROBERT (con irritación).-¡Qué estupidez! ¡Por amor
de Dios! ¿No has tenido alguna vez un resfrío rebelde? (Ruth contempla fijamente la estufa, en silencio. Robert se mueve nerviosamente en su silla. Pausa. Por fin, los ojos de Robert se posan sobre la dormida señora Atkins.)
¡Qué suerte la de tu madre de poder dormir tan profundamente!
RUTH.-Mamá está cansada. Se ha pasado desvelada
conmigo la mayor parte de la noche.
RoBERT (burlón).-¿También ella esperaba a Andy?
(Pausa. Suspira.) No pude dormirme a ningún precio. Por
lo menos, conté un millón de ovejas. ¡Todo fue inútil! Finalmente renuncié a mis tentativas y me quedé tendido, en la oscuridad, pensando. (Pausa. Luego prosigue con tierna solidaridad:)
Pensaba en ti, Ruth ... · en lo duros que han sido estos últimos años para ti. (Con tono suplicante.) Perdóname, Ruth.
RUTH (con voz apagada).-No sé. Ya han pasado.
Fueron muy duros para todos nosotros.
ROBERT.-Sí: para todos nosotros, menos para Andy. (En un arranque de enfermizos celos.) Andy ha obtenido un gran éxito... del tipo que quería. (Burlón.) Y ahora, vuelve a casa para permitirnos admirar su grandeza. (Frun­ciendo el ceño,con aire irritable.) ¿De qué te estoy ha­blando? Mi
cerebro debe estar enfermo, también. (Después de una pausa.) Sí, estos años debieron ser terribles para
nosotros dos. (Su voz baja hasta un trémulo murmullo.) Sobre todo, estos últimos ocho meses desde que Mary ... murió. (Reprime un sollozo, estremeciéndose convulsivamente, y exclama, con vehemente dolor:) ¡Nuestra última esperanza de dicha! Yo maldeciría a Dios desde lo más hondo de mi alma ... ¡si Dios existiera! (Lo sacude un violento acceso de tos y se lleva precipitadamente el pañuelo a los labios.).
RUTH (sin mirarlo).-Mary está mejor así ... muerta.
RoBERT (melancólicamente).-Todos lo estaríamos, por lo demás. (Con repentina exasperación.) Díle a tu madre que no repita más que la muerte de Mary se debió a una débil constitución física heredada de mí. (Al borde de las lágrimas a causa de la debilidad.) ¡Eso tiene que terminar, te digo!
RuTH (ásperamente).-¡Ssssht! La despertarás. Y en­tonces, me fastidiará a mí, no a ti.
RoBERT (tose y se echa atrás en la silla débilmente. Hay una pausa).-Todo se debe a que tu madre está enojada conmigo por no haberle pedido a Andy que me ayudara.
RuTH (con resentimiento).-Pudiste hacerlo. Tiene mu­cho dinero.
ROBERT.-¿Cómo puedes pensar tú, precisamente tú, en aceptar dinero de él?
RUTH (con aire sombrío).-No veo nada de malo en eso. Es tu hermano.
RoBERT (encogiéndose de hombros).-¿De qué sirve
hablar contigo? Pues yo no podría. (Orgullosamente.) Y he logrado seguir adelante con la chacra, a Dios gracias. No puedes negarme que, sin duda, he logrado ... (Se in­terrumpe con amarga risa.) ¡Dios mío! ¿De qué me estoy jactando? ¡Deudas por aquí y por allá, impuestos, intereses impagos! ¡Soy un estúpido! (Se echa atrás en la silla, cerrando los ojos por unos instantes y luego habla en voz baja:) Te seré franco, Ruth. He fracasado por completo y te he arrastrado
conmigo. En realidad no podría cul­parte. . . por odiarme.
RUTH (sin emoción).-No te odio. Supongo que la culpa ha sido también mía.
RoBERT.-No. No podrías dejar de amar. . . a Andy.
RuTH (con tono indiferente).-No amo a nadie. 
RoBERT (desechando su respuesta con un gesto).-No necesitas negarlo. Tanto da. (Después de una pausa, con tierna sonrisa.) ¿Sabes qué he estado soñando en las tinie­blas, Ruth? (Con una risita.) Estuve planeando nuestro futuro, para cuando me sienta bien. (La mira con ojos suplicantes, como temiendo que Ruth se burle de él. La
expresión de Ruth no cambia. Mira fijamente la estufa. En la voz de Robert se insinúa un acento de ansiedad.) Después de todo. . . ¿por qué no habríamos de tener un porvenir? Somos jóvenes aún. ¡Si pudiéramos desembara­zarnos de esta maldita chacra! ¡Es ella la que nos ha estro­peado
la vida! Y ahora que Andy vuelve. . . ¡voy a olvidar mi estúpido amor propio, Ruth! le pediré prestado el dinero que necesitamos para empezar bien en la ciudad. Iremos adonde la gente vive, en vez de estancarse, y empezaremos de nuevo. (Con confianza en si mismo.) Allí no seré el mismo fracasado que aquí, Ruth. No tendrás por qué aver­gonzarte de mí. Te probaré que mis lecturas pueden ser­virme de algo. (Con tono indeciso.) Escribiré, o algo así. Siempre quise
escribir. (Suplicante.) Querrás hacer eso ... ¿verdad, Ruth?
RUTH (con voz apagada).-Está mamá. 
ROBERT.-Puede irse con nosotros.
RUTH.-No iría.
RoBERT (irritado).-¡De modo que es esa tu respuesta! (Tiembla, estremecido por una violenta ira. Su voz es tan extraña que Ruth se vuelve a mirarlo, alarmada.) ¡Mientes, Ruth! Tu madre es simplemente una excusa. Quieres que­darte aquí. Crees que, por el hecho de que Andy vuelve ... (Se le estrangula la voz y tiene un acceso de tos.)
RUTH (levantándose, con voz asustada).-¿Qué pasa?
(Va hacia él.) Iré contigo, Rob. ¡Déjate de toser, por amor de Dios! Eso te hace mucho daño. (Lo calma, con tristeza.) Iré contigo a la ciudad ... apenas te hayas repuesto. ¡Pa­labra que iré, Rob!·¡Te lo prometo! (Robert se echa atrás y cierra los ojos.. Ella se queda. parada, mirándolo ansiosamente.) ¿Te sientes mejor ahora?
ROBERT.-Sí. (Ruth vuelve a su silla. Después de una pausa, él abre los ojos y se sienta en su silla.
Su rostro está sonrojado y satisfecho.) ¿De modo que irás, Ruth? 
RuTH.- Sí.
ROBERT (con excitación).- Empezaremos de nuevo, Ruth. . tú y yo, solos. La vida nos debe un poco de feli­cidad después de todo lo que hemos sufrido. (Con vehe­mencia.) ¡Tiene que ser así!
En caso contrario, nuestro sufrimiento no tendría sentido. . . y eso es inconcebible.
RUTH (inquieta al ver su excitación).-Sí, sí, desde luego, Rob; pero no debes...
ROBERT.-Oh, no temas. Me siento muy bien, de veras ... ahora que puedo tener esperanzas de nuevo. ¡Oh, si supieras qué espléndido es poder tener una esperanza!
¿No sientes también tú esa emoción ... la visión de una nueva vida que se ofrece después de todos estos años tre­mendos?
RUTH.-Sí, sí, pero cuida de ...
ROBERT.-¡Tonterías! No tendré cuidado. Estoy reco­brando todas mis fuerzas. (Se pone de pie, ágilmente.)
¡Mira! Me siento liviano como una pluma. (Va hacia la silla de Ruth y se inclina para besarla, con una sonrisa.) Un beso... -el primero desde hace años... ¿verdad?­ para saludar juntos el amanecer de una nueva vida.
RUTH (abandonándose a su beso, inquieta).-¡Siéntate,
Rob, por amor de Dios!
RoBERT (con tierna obstinación, acariciándole el ca­bello).- No quiero sentarme. Eres una tonta al inquietarte. (Deja reposar una mano sobre el respaldo de la silla de Ruth.) Escúchame. Todo nuestro sufrimiento ha sido una prueba por la cual debíamos pasar para probarnos ser dignos de una realización más bella. (Con júbilo.) ¡Y pasamos por ella! ¡No nos venció! ¡Y ahora, el sueño se ha con­vertido en una realidad! ¿No lo comprendes?
RuTH (mirándolo con temor, como si lo creyera enlo­quecido).-Sí, Rob, lo comprendo. Pero. . .
¿no quieres volver a la cama, ahora, a descansar?
RoBERT.-No. Iré a ver salir el sol. Es un augurio de buena suerte. (Va rápidamente hacia la ventana de foro izquierda y después de apartar los visillos se queda mirando afuera. Ruth se levanta de un salto y se acerca rápidamente a la mesa, izquierda, donde se detiene a observar a
Robert en actitud tensa y expectante. Mientras él atisba, su cuerpo  parece doblegarse gradualmente, se torna inerte y cansado. Cuando habla, por fin, su voz es triste.) Todavía no ha salido el sol. No es hora aún. Sólo veo el borde negro de esas malditas tomas, perfiladas sobre el gris del alba que se insinúa. (Gira sobre sí mismo, dejando caer los visillos, y tiende una mano hacia la pared en procura de apoyo. Sus falsas fuerzas de momentos antes han desaparecido, dejándole el rostro contraído y los ojos hundidos. Hace una lastimera tentativa de sonreír.) El augurio no es muy feliz ...
¿verdad? Pero el sol saldrá ... pronto. (Se tambalea, débil.)

Esta es toda la leña que queda. No sé quién hachará más,
ahora que Jake se ha ido. (Suspira y va hacia la ventana
de foro, izquierda, aparta los visillos y mira.) Fuera, está
apareciendo el gris del amanecer. (Vuelve a la estufa.)
Parece que el día será hermoso. (Tiende las manos hacia
la estufa para calentárselas.) Anoche debió haber una fuerte
helada. Estamos pagando el breve período caluroso que
tuvimos. (A lo lejos, se oye el vibrante gemido de un
automóvil.)
SRA. ATKINS (con voz imperiosa).- ¡Sssssht! ¡Escucha!
¿No es un automóvil lo que oigo? 
RUTH (apática).-· Sí. Debe ser Andy.
SRA. ATKINS (con nerviosa irritación).-No te quedes sentada ahí como una estúpida. ¡Mira cómo está la habitación! ¿Qué pensará de nosotros ese médico forastero?
¡Mira el tubo de la lámpara, completamente ahumado!
¡Dios mío, Ruth ... !
RUTH (con indiferencia).-Tengo una lámpara limpia en la cocina.
SRA. ATKINS (con tono perentorio).-Llévame adentro
inmediatamente. No quiero que me vea hecha un adefesio.
Me acostaré en el cuarto contiguo. Ahora no me necesitas
y me muero de sueño. (Ruth empuja la silla de ruedas de
su madre y salen por derecha. El ruido del automóvil crece
y finalmente cesa cuando el vehículo se detiene en la carretera, delante de la chacra. Ruth vuelve de la cocina con
una lámpara encendida en la mano y la pone sobre la mesa
junto a la otra. Se oye ruido de pasos en el sendero y luego
un fuerte golpe en la puerta. Ruth va a abrir. Entra Andrew,
seguido por el doctor Fawcett, que lleva un maletín
negro. Andrew ha cambiado mucho. Su rostro parece más
sensibilizado y templado por el aplomo que aparece cuando
se está sin cesar bajo una tensión en que las decisiones
tomadas bajo el estímulo del momento deben ser forzosamente exactas. Sus ojos son más penetrantes y despiertos. Hasta fulgura en ellos un dejo de despiadada astucia. Pero en este momento su expresión revela una tensa ansiedad.
El doctor Fawcett es un hombre bajito, moreno, de mediana
edad y barbita. Usa anteojos.)
RUTH.- ¡Buenos días, Andy! Te esperaba ...
ANDREW (besándola presurosamente). -Vine áquí con
toda la rapidez posible. (Se quita la gorra y el pesado abrigo
y los arroja sobre la mesa, presentándole a Ruth al doctor
mientras lo hace. Viste un costoso traje serio propio de un
hombre de negocios y parece haber engordado.) Mi cuñada,
la señora Mayo. . . el doctor Fawcett. (Ruth y Fawcett se
inclinan en silencio. Andrew pasea por la habitación una
rápida mirada.) ¿Dónde está Rob?
RUTH (señalando).-Ahí dentro.
ANDREW.- Permítame su abrigo y su sombrero, doctor.
(Mientras recibe esas prendas:) ¿Se siente muy mal, Ruth?
RUTH (tristemente). -Cada vez más débil.
ANDREW.- ¡Maldita sea! Por aquí, doctor. Trae la lámpara, Ruth. (Entra en el dormitorio, seguido por el médico y por Ruth, que lleva la lámpara. Ruth reaparece casi inmediatamente y cierra la puerta en pos de sí, luego
va lentamente hacia la puerta principal, que abre, y se queda
parada en el umbral mirando afuera. Del dormitorio llegan
las voces de Andrew y Robert. Al cabo de un instante Andrew vuelve a entrar, cerrando suavemente la puerta. Se
adelanta y se deja caer en la mecedora que está a la derecha de la mesa, dejando descansar su cabeza sobre la mano. Su rostro está contraído por un profundo dolor. Suspira penosamente, con la mirada absorta y triste. Ruth se vuelve y se queda mirándolo. Luego cierra la puerta y vuelve a su silla que está junto a la estufa, colocándola de frente a Andrew.)
ANDREW (mirándola rápidamente, con ronca voz).-
¿Desde cuándo está así Rob?
RUTH.- ¿Quieres decir ... desde cuándo está enfermo?
ANDREW (perentoriamente).- ¡Claro! ¿Y qué, si no?
RUTH.- El primer acceso grave lo tuvo en el verano pasado, pero está enfermo desde que murió Mary. . . hace ocho meses.
ANDREW (con voz ronca).- ¿Por qué no me avisaste... ? ¿Por qué no me enviaste un cablegrama? ¿Querían
todos ustedes que Rob muriera? ¡Que me condenen si
no lo parece! (Su voz desfallece.) ¡Pobre muchacho!
¡Estar enfermo en este agujero dejado de la mano de Dios,
librado a los cuidados de un medicucho de campaña! ¡Qué
vergüenza!
RUTH (con voz apagada).-En cierta oportunidad quise
avisarte, pero Rob se enloqueció cuando se lo dije. Era demasiado orgulloso para pedir algo, me replicó.
ANDREW.- ¿Orgulloso? ¿Para pedírmelo a mí? (Se
levanta de un salto y se pasea nerviosamente por la habitación.)
No puedo comprender la forma de obrar de ustedes.
¿No vieron cómo empeoraba Rob? ¿No pudieron comprender... ? ¡Rob me ha causado una impresión terrible!
Su aspecto es ... (se estremece) ¡espantoso! (Con salvaje
desprecio.) Supongo que ustedes están tan habituados a que su salud sea delicada que la enfermedad de Rob les pareció algo natural. ¡Dios mío, si yo lo hubiese sabido!
RUTH (sin emoción).-Una carta tarda bastante en llegar al lugar donde estabas. . . y no podíamos permitirnos
el lujo de enviar un telegrama. Ya estábamos endeudados
con todo el mundo y yo no podía pedirle el dinero a mamá. Ha estado dándome sus ahorros y ya no le queda gran cosa. No se lo digas a Rob. Nunca le dije nada. Se enojaría conmigo si lo supiera. Pero tuve que aceptarlo, porque. . . ¡sabe Dios dónde estaríamos si no lo hubiera aceptado!
ANDREW.- ¿Quiere decir que ... ? (Sus ojos parecen
notar por primera vez la pobreza evidente en la habitación.)
Enviaste ese telegrama a cobrar. ¿Era ... porque ... ? (Ruth
asiente en silencio. Andrew descarga un puñetazo sobre la
mesa.) ¡Santo Dios! Y mientras tanto, yo he estado ... ¡lo
he tenido todo! (Se sienta y acerca impulsivamente su silla
a Ruth.) Pero ... no consigo comprenderlo. ¿Por· qué?
¿Por qué? ¿Qué ha pasado? ¿Cómo sucedió? ¡Dímelo!
RUTH (apáticamente).-No hay mucho que decir. Las
cosas fueron empeorando sin cesar, eso es todo. . . y a· Rob, al parecer, eso no le importaba. Dejó de interesarse por la chacra hace muchísimo tiempo, cuando mamá murió. Desde entonces, puso la chacra en manos de otros hombres y casi todos lo engañaron -él no lo advertía- y se marcharon
uno tras otro. Luego, cuando murió Mary, Rob ya no le
prestó atención a nada ... Se limitó a quedarse en la casa
y a leer libros, de nuevo. De modo que debí pedirle ayuda
a mamá.
ANDREW (sorprendido e impresionado).-Pero ... ¡si esto es horrible! Rob debió estar loco para no avisarme.
¡Demasiado orgulloso para pedirme ayuda! ¡A mí! ¿Qué
le pasa a Rob, por Dios? (Una repentina 'Y horrible sospecha
asalta su espíritu.) ¡Ruth! Díme la verdad. ¿No habrá. . . perdido el juicio?
RUTH (apáticamente).-No lo sé. La muerte de Mary lo impresionó de un modo terrible. . . pero supongo que ya debe estar resignado.
ANDREW (mirándola con extrañeza).- ¿Quieres decir
que tú estás resignada?
RUTH (con voz monótona).- Llega un momento ... en que a una ya no le importa. . . nada.
ANDREW (la mira fijamente durante un instante y dice, con gran piedad).-Perdóname, Ruth. . . si creíste que yo te culpaba. No comprendía ... Ver a Rob ahí, tendido en cama, tan quebrantado... me enfureció contra todos. Perdóname, Ruth.
RUTH.-No hay nada que perdonar. No importa. 
ANDREW (levantándose nuevamente de un salto y paseándose).-Gracias a Dios que he vuelto antes de que fuese demasiado tarde. Este médico sabrá qué debe hacer.
Eso es lo primero en que hay que pensar. Cuando Rob esté repuesto, podremos explotar nuevamente la chacra sobre una base sólida. Ya cuidaré yo de eso. . . antes de irme.
RUTH.-¿Vuelves a irte?
ANDREW.-Tengo que hacerlo.
RUTH.-Le escribiste a Rob que esta vez volvías para quedarte.
ANDREW.-Pensaba hacerlo. . . hasta que llegué a
Nueva York. Allí me enteré de ciertos hechos que me
obligan a volver. (Con una risita.) Para serte franco, Ruth, no soy el hombre rico que te habrán hecho creer probable-
mente mis cartas ... Ahora no lo soy. Gané mucho dinero mientras me dediqué al comercio legítimo; pero no me contenté con eso. Quise ganarlo con más facilidad; de modo que, como tantos otros imbéciles, intenté la especulación.
¡Oh, gané dinero, ciertamente! Varias veces fui casi millo­nario -en el papel- y luego volví a caer violentamente. Por fin, la tensión resultó excesiva. Me sentí asqueado de mí mismo y decidí abandonar aquello y volver a casa y olvidarlo y empezar a vivir realmente de nuevo. (Con ronca risa.) Y, ahora, viene lo divertido. En vísperas de la partida, vi lo que me pareció una probabilidad de ser millonario nuevamente. (Hace chasquear los dedos.) ¡Era fácil, tan fácil como hacer esto! Y me zambullí. Luego, antes del colapso, partí. . . tan confiado estaba en que no podía equi­vocarme. Pero al llegar a Nueva York. . . te telegrafié que debía rematar unos negocios ... ¿verdad? ¡Pues bien, fueron los negocios los que me remataron a mí! (Sonríe sombríamente, paseándose, con las manos en los bolsillos.) 
RuTH (con apatía).-¿Te enteraste ... de que lo habías
perdido todo? 
ANDREW (volviendo a sentarse).-·Prácticamente, todo.
(Saca un cigarro del bolsillo, le arranca una punta mordiéndolo, y lo enciende.) Oh, eso no significa que esté sin un centavo. He salvado diez mil dólares del naufragio, quizá veinte. Pero eso es bien poco para cinco años de duro tra­bajo. Por eso debo volver. (Confiadamente.) Puedo
recu­perar lo perdido en un año o más de permanencia allí .... y me bastará con una bicoca para empezar. (En su rostro aparece una expresión cansada y suspira penosamente.) Ojalá no tuviera que hacerlo. Estoy cansado de todo eso.
RUTH. - Lástima. . . Todo parece andar tan mal... 
ANDREW (reaccionando contra su estado de ánimo deprimido dice con vivacidad).-Podrían andar mucho- peor. Me ha quedado lo suficiente para dejar en condiciones la chacra antes de irme. No me iré hasta que Rob no esté repuesto. Mientras tanto, lo pondré todo en marcha aquí. (Con satisfacción.) Necesito un descanso y el descanso que me hace falta es un duro trabajo al aire libre. . . como antaño. (Interrumpiéndose de pronto y bajando cautelosa­mente la voz.) ¡Ni una palabra a Rob sobre mis pérdidas de dinero! ¡Recuérdalo, Ruth! Ya comprenderás por qué. Si está tan susceptible, no aceptaría un solo centavo si me supiera en apuros. . . ¿comprendes?
RUTH.-Sí, Andy. (Después de una pausa, durante la
cual Andrew aspira abstraído el humo de su cigarro, pre­ocupado evidentemente por sus planes para el futuro, se
abre la puerta del dormitorio y sale el doctor Fawcett con un maletín. Cierra silenciosamente la puerta en pos de sí y se adelanta, con aire grave.  Andrew se levanta de un salto.)
FAWCETT (mirando rapidamente su reloj).-Tengo que
alcanzar el tren de las nueve para volver a la ciudad.
Es forzoso. Sólo me restan unos instantes. (Sentándose y carraspeando, con tono impersonal y de mera fórmula.) El caso de su hermano, señor Mayo, es ... (Se interrumpe Y mira a, Ruth y le dice significativamente a Andrew:) Quiza sería  mejor si usted y yo...
RUTH (con obstinado resentimiento). - Comprendo doctor. (Sombríaente.) No tema que yo no pueda soportarlo. Estoy habtuada a esa preocupación y adivino qué ha descubierto. (Vacila un momento y prosigue, con voz mo­nótona:) Rob se va a morir.
ANDREW (irritado).-¡Ruth!
FAWCETT (alzando la mano, como para imponer si­lencio).-Temo que mi diagnóstico del estado de su her­mano me obligue a la misma conclusión de la señora Mayo.
ANDREW (con un gemido).-Pero, doctor ... Segura­mente...
FAWCETT (con serenidad).-A su hermano le queda poca vida. ·. Quizás unos días más, posiblemente sólo unas pocas horas. Me asombra que esté vivo aún. Mi examen me ha revelado que ambos pulmones están terriblemente
afectados.
ANDREW (con voz desgarrada).-¡Dios mío! (Ruth tiene fijos los ojos en su regazo, como en estado de trance.)
FAWCETT.-Lamento tener que decirles eso. Si se pu­diera hacer algo...
ANDREW.-¿No queda ningún recurso?
FAW TT (meneando la cabeza).-Es demasiado tarde hace seis meses, se habría podido...
ANDREW (con angustia).-Pero si lo lleváramos a las montañas . . o a Arizona. . . o ...
FAWCETT.-Eso habría podido prolongarle la vida hace seis meses. (Andrew gime.) Pero ahora ... (Se encoge de hombros, con aire significativo.)
ANDREW (abrumado por un pensamiento repentino). Santo Dios. . . Usted no se lo habrá dicho... ¿verdad doctor?
FAWCETT.-No. Le mentí. Dije que un cambio de clima ... (Vuelve a mirar su reloj, nerviosamente.) Tengo que irme. (Se levanta.)
ANDREW (poniéndose de pie, con insistencia).-Pero debe de haber aún alguna posibilidad ...
FAWCETT (como si calmara a un niño).-Siempre existe esa última posibilidad ... el milagro. (Se pone e sombrero y el saco, y le dice a Ruth, inclinándose:) Adiós, señora Mayo.
RUTH (sin levantar los ojos, con voz apagada).-Adiós ANDREW (mecánicamente).-Lo acompañaré hasta el automóvil, doctor. (Salen. Ruth se queda sentada, inmóvil.
Se oye cómo se pone en marcha el automóvil y el ruido se esfuma gradualmente a lo lejos. Reaparece
Andrew y se sienta, con la cabeza entre las manos.) ¡Ruth! (Ella alza los ojos y lo mira.) ¿No sería preferible que, entráramos a verlo? ¡Dios mío! Temo que lo lea en mis ojos. (Se abre silenciosamente la puerta y en el umbral aparece Robert. Sus mejillas arden de fiebre y sus ojos aparecen insólita mente grandes y brillantes. Andrew prosigue, con un ge­mido.) Eso no puede ser, Ruth. No puede ser tan irre­mediable como lo ha dicho el médico. Siempre hay una posibilidad de luchar.
Llevaremos a Rob a Arizona. Tendrá que reponerse. ¡Debe de haber una posibilidad!
ROBERT (con dulzura).-¿Por qué ha de haberla, Andy? (Ruth se vuelve y lo contempla fijamente, con ojos llenos de terror.)
ANDREW (volviéndose impetuosamente).-¡Rob! (Con tono de reproche.) ¿Qué estás haciendo levantado?
(Se pone de pie y va hacia él.) ¡Vuélvete ahora mismo a la cama y obedece al médico, o te doy una zurra!
ROBERT (haciendo caso omiso de sus palabras).-Ayú­dame a llegar hasta la silla, Andrew. Por favor.
ANDREW.-¡Ni por asomo! ¡Te vuelves inmediata­mente a la cama y te quedas ahí! ¡Eso es lo que debes hacer! (Lo toma del brazo.)
ROBERT (burlón).-Que me quede ahí hasta morir­me ... ¿eh, Andy? (Con frialdad.) No seas criatura. Estoy cansado de la cama. Descansaré más sentado. (Al ver que Andrew vacila, le dice con vehemencia:) Juro que bajaré de la cama todas las veces que me acuestes. Tendrás que sentarte sobre mi pecho y eso distará de beneficiar mi salud. Vamos, Andy. No hagas el tonto. Quiero hablar contigo y lo haré. (Con sombría sonrisa.) Un moribundo tiene sus derechos. . . ¿verdad?
ANDREW (con un escalofrío).-¡No hables así, por amor de Dios! Sólo te dejaré sentarte si me lo prometes. Recuérdalo. (Le ayuda a Robert a sentarse en la silla que está entre la de Ruth y la de él.) ¡Despacio! ¡Eso es! Espera, te pondré una almohada. (Entra en el dormitorio. Robert mira a Ruth, que se aparta de él con terror, y, al notarlo, sonríe con amargura. Andrew vuelve con la almohada, que le pone detrás de la espalda.) ¿Qué tal? ¿Estás bien así?
ROBERT (con afectuosa sonrisa).-¡Muy bien! ¡Gracias! (Cuando Andrew se sienta.) Escúchame, Andy.
Me pediste que no hablara . . . y no lo haré cuando haya aclarado mi situación. (Lentamente.) En primer lugar, sé que me estoy muriendo. (Ruth inclina la cabeza y se cubre el rostro con las manos. Se queda así durante toda la escena entre ambos hermanos.)
ANDREW.-¡Rob! ¡Eso no es cierto!
ROBERT (cansado).-¡Es cierto! No me mientas. Cuan­do Ruth me acostó antes de que llegaras, lo comprendí claramente por primera vez. (Con amargura.) Había estado haciendo planes para nuestro futuro -el de Ruth y el mío-, de modo que el descubrimiento me resultó doloroso. Luego, cuando el médico me examinó, lo adiviné ... cuando trató de mentirme. Y después, para convencerme, escuché junto a la puerta lo que les dijo. De modo que no te burles de mí con cuentos de hadas sobre Arizona u otras paparru­chas semejantes. El hecho de que me muera no te obliga a tratarme como a un imbécil o un cobarde. Ahora que sé qué pasa, puedo decir "Es el Destino", con toda mi alma. Sólo la estúpida incertidumbre me dolía. (Pausa. Andrew mira en torno con angustia, sin saber qué decir. Robert lo contempla con afectuosa sonrisa.)
ANDREW (decidiéndose, finalmente).-Eso no es una tontería. Tienes una posibilidad. Si oíste todo lo que dijo el médico, eso debiera probártelo.
RoBERT.-¡Ah! ¿Te refieres al milagro a que aludió?
(Secamente.) No creo en los milagros. . . en mi caso. Además, sé más de lo que podría saber ningún médico ... porque siento que el fin se acerca. (Descartando el tema.) Pero habíamos convenido en no hablar de eso. Háblame de ti, Andy. Eso es lo que me interesa. Tus cartas eran demasiado breves y espaciadas para ser reveladoras.
ANDREW.-Me proponía escribir más a menudo.
ROBERT (con leve dejo de ironía).-A juzgar por ellas, parece que has logrado todo lo que te habías propuesto hace cinco años... ¿No es así?
ANDREW.-Eso, no es mucho decir.
ROBERT.-¿Has llegado honradamente a esa conclusión?
ANDREW.-Eso no significa mucho, ahora.
ROBERT.-Pero eres rico. . . ¿verdad?
ANDREW (con una mirada fugaz a Ruth).-Sí. Supongo
que sí.
ROBERT.-Me alegro. Podrás darle a la chacra todo lo que yo le he quitado. Pero. . . ¿qué hiciste allí? Dímelo.
¿Te dedicaste al comercio de los cereales con ese amigo tuyo?
ANDREW.-Sí. Después de dos años, tuve una parti­cipación en el asunto. La vendí el año pasado.
(Responde a las preguntas de Robert de un modo muy reacio.)
ROBERT.-¿Y luego?
ANDREW.-Trabajé por mi cuenta. 
ROBERT.-¿Siempre con los cereales? 
ANDREW.-Sí.
ROBERT.-¿Qué pasa? A juzgar por tu aspecto, se diría que te estoy acusando de algo.
ANDREW. -Me siento bastante orgulloso de los pri­ meros cuatro años. De lo que no me enorgullezco
es de lo que hubo después. Me dediqué a especular.
ROBERT. -¿En trigo?
ANDREW.-Sí.
ROBERT.-¿Y ganaste dinero... jugando? 
ANDREW.-Sí.
RoBERT (pensativo).-Me estaba preguntando a qué se debía el gran cambio operado en ti. (Después
de una pausa.) ¡Pensar que tú... un agricultor. . . has estado
jugando con el trigo, valiéndote de trocitos de papel! Ese cuadro tiene su sentido espiritual, Andy. (Sonríe con amar­gura.) Soy un fracasado y Ruth también lo es ... pero podemos simplemente culpar de nuestros errores a Dios.
En cambio, tú eres el más fracasado de los tres. Te has pasado ocho años huyendo de ti mismo. ¿Comprendes qué quiero decir? Eras un creador cuando amabas la cha­cra. Tú y la vida estaban en armoniosa camaradería. Y ahora ... (Se interrumpe, como buscando inútilmente las palabras.) En mi cerebro reina la confusión. Pero, en parte, quiero decir que el hecho de que hayas jugado con lo mismo que creabas con tanto amor, prueba hasta qué punto te extraviaste. . . De modo que te verás castigado. Tendrás que sufrir para
recobrar ... (Su voz se debilita y suspira, fatigado.) Es inútil. No puedo decirlo. (Se echa atrás y cierra los ojos, respirando penosamente.)
ANDREW (lentamente).-Creo adivinar adónde quie­res ir a parar, Rob ... y me parece que es cierto.
(Robert sonríe con gratitud y le tiende la mano, que Andrew toma en la de él.)
ROBERT.-Quiero que me prometas una cosa, Andy, para cuando yo. . . .
ANDREW.-¡Te prometo lo que quieras, que Dios sea testigo!
ROBERT. -Recuerda, Andy, que Ruth ha sufrido el doble de lo que debió. (La debilidad hace desfallecer su voz.) Sólo el contacto con el sufrimiento, Andy, te... despertará. Escúchame. Debes casarte con Ruth. . . luego.
RUTH (con un grito).-¡Rob! (Robert se "echa atrás,
con los ojos cerrados, tratando de tomar aliento con la respiración entrecortada.)
ANDREW (haciéndole señas a Ruth de que no contraríe
a Robert, le dice a éste con dulzura).-Rob, estás ago­tado. Más vale que te acuestes y descanses un poco...
¿no te parece? Podemos hablar más tarde.
ROBERT (con sonrisa burlona).-¡Más tarde! ¡Siem­pre fuiste un optimista, Andy! (Suspira, exhausto.) Sí, iré
a descansar un poco. (Cuando Andrew se acerca para ayudarle:) Pronto se pondrá el sol. . . ¿verdad?
ANDREW. -Son las seis pasadas.
ROBERT (cuando Andrew lo hace entrar en el dormi­torio).-Cierra la puerta, Andy. Quiero estar solo. (An­drew reaparece y cierra la puerta, silenciosamente. Vuelve
a sentarse, sosteniéndose la cabeza con las manos. Su rostro es contraído por la intensidad de su angustia sin lágrimas.) 
RUTH (mirándolo de soslayo, temerosamente).-Rob
ha perdido el juicio. . ¿verdad?
ANDREW.-Debe estar delirando un poco. La fiebre causa ese efecto.. (Con impotente ira.) ¡Qué vergüenza,. Dios mío! Y sólo podemos quedarnos sentados... ¡y es­perar! (Se levanta de un salto y va hacia la estufa.)
RUTH (apática).-Decía ... desatinos ... como otras veces . . . pero en esta oportunidad sus palabras pare­cían. . . poco naturales. . . ¿verdad?
ANDREW.-No lo sé. Las cosas que me dijo conte­nían un poco de verdad. . . aunque las expresara de un modo algo vago, como las ve siempre. Sin embargo... (Mira con ojos penetrantes a Ruth.) ¿Por qué crees que quiso hacernos prometer que ... ? (Turbado.) Ya sabes qué dijo.
Ruth (sombríamente).-Supongo que su espíritu vagabundeaba.
ANDREW (con convicción).-No. . . había algo detrás de eso.
RUTH.-Quería asegurarse de que yo lo pasaría bien . . . cuando él muriera, seguramente.
ANDREW. -No, no era eso. Rob sabe perfectamente
que yo cuidaría de ti de todos modos sin . . . sin eso.
RUTH.-Quizá Rob pensara en. . . algo que sucedió hace cinco años, cuando volviste del viaje.
ANDREW.-¿Qué sucedió? ¿Qué es lo que quieres decir? RUTH (tristemente).-Reñimos.
ANDREW.-¿Riñeron? ¿Qué ·tiene que ver conmigo eso?
RUTH. -Reñimos por ti. . . en cierto modo. 
ANDREW (sorprendido).-¿Por mi?
RUTH.-Sí, más que nada. Te explicaré. . . Descubrí que me había equivocado con Rob, poco después de
ha­bernos casado. . . cuando era demasiado tarde.
ANDREW.-¿Que te habías equivocado? (Lentamente.)
¿Quieres decir ... que descubriste que no amabas a Rob?
RUTH.-Sí. .
ANDREW.-¡Santo Dios!
RUTH. -Y luego creí que cuando naciera Mary las cosas cambiarían y lo amaría: pero no fue así. Y yo no podía soportar sus torpezas y su afición a los libros.. y llegué a odiarlo, casi.
ANDREW.-¡Ruth!
RUTH.-No podía remediarlo. Ninguna mujer habría podido remediarlo. (Suspira, cansada.) Ya te lo puedo decir ahora. . cuando todo ha pasado. . . y muerto. Tú eras el hombre a quien yo amaba realmente. . . Sólo que lo supe demasiado tarde.
ANDREW (abrumado).-¡Ruth! ¿Qué estás diciendo? 
RUTH. -Era la verdad ... entonces. (Con repentina vehemencia.) ¿Cómo podía yo haberlo evitado? Ni yo, ni ninguna otra mujer.
ANDREW.-¿De modo que. . . me querías. . . cuando volví?
RUTH (obstinadamente).-Yo sabía el verdadero motivo que te indujo a marcharte -todos lo sabían-, y durante tres años pensé ...
ANDREW.-¿Que yo te quería?
RUTH. - Sí Aquel día, sobre la loma, te reíste de la estupidez que habías cometido al quererme en otros tiem­pos . . . y comprendí que todo había terminado..
ANDREW.-¡Dios mío! Nunca creí. . . (Se interrumpe, estremeciéndose al recordar.) ¿Y Rob... ? 
RUTH. -Eso era lo que iba a decirte. Reñimos, precisamente, en vísperas de tu regreso; perdí la serenidad ...
y le dije lo que acabas de oír. .
ANDREW (mirándola, enmudecido, durante unos instantes).-¿Le dijiste a Rob... que me querías?
RUTH.-Sí.
ANDREW (apartándose de ella, con horror).-¡Loca... Estabas loca! ¿Cómo pudiste hacer semejante cosa?
RUTH. -No.... logré evitarlo. Ya no podía seguir soportándolo todo en silencio.
ANDREW.-¡Entonces, Rob debió saberlo en todo mo­mento mientras yo estaba aquí! Y, sin embargo, nunca me dijo ni me reveló... ¡Dios mío, cómo debió sufrir! ¿No sabías cómo te amaba?
RUTH (apáticamente).-Sí. Sabía que yo le gustaba.
ANDREW. - ¡Que le gustabas! ¿Qué clase de mujer eres? No pudiste callar? ¿Tenías que atormentarlo? ¡No
me extraña que se esté muriendo! ¿Y Robert y tu, habéis
convivido cinco años con esto entre ambos?
RUTH.-Hemos vivido en la misma casa.
ANDREW.-¿Y piensa Rob, aún ... ?
RUTH.-No lo sé. Nunca hemos hablado una sola palabra sobre eso desde aquel día. Quizás, a juzgar por su modo de obrar desde entonces, supone que te quiero aun.
ANDREW.-Pero no hay tal. Es algo ultrajante. ¡Algo estúpido! ¡Tú no me amas!
RUTH (lentamente).-Yo no sabría cómo sentir amor
ya, aunque lo intentara.
ANDREW (brutalmente).-¡Y yo no te amo, eso es indudable! (Se desploma sobre la silla, con la cabeza entre las manos.) Es censurable que exista semejante cosa entre Rob y yo. Pero. . . ¡si quiero a Rob más que a nadie! Y siempre lo he querido. Habría hecho cualquier cosa evitarle una pena. Y tenía que ser precisamente yo . quien. . . ¡Oh, es vergonzoso! ¿Cómo podré mirarlo a la cara? ¿Qué puedo decirle ahora? (Gime, con angustiada ira. Pausa.) Me pidió que le prometiera ... ¿Qué he de hacer?
RUTH.-Puedes prometérselo... Así, sentirá alivio... aunque no te propongas cumplir.
ANDREW.-¡Cómo! ¿Mentirle? Mentirle ahora ...
cuando se está muriendo? (Decidido.) ¡No! Eres tú quien habrá de mentirle, ya que es inevitable. Ahora tienes la
oportunidad de resarcirlo en parte del dolor que le has causado. ¡Vé a hablarle! Díle que nunca me amaste ... que todo fue un error. Dile que sólo le confesaste aquello porque estabas enloquecida y no sabías lo que decías.
¡Díle algo, cualquier cosa que le dé paz!
RUTH (con voz apagada).-No me creería.
ANDREW (furiosamente).-Debes conseguir que te crea... ¿me oyes? Debes hacerlo ... ahora ... Apúra­te. . . Nunca se sabe cuándo puede ser demasiado tarde. (Al ver que ella vacila, suplicante.) ¡Por amor de Dios, Ruth! ¿No comprendes que le debemos eso? Nunca te lo perdonarás si no lo haces.
RUTH (con voz apagada).-Iré. (Se levanta, con aire agotado y va lentamente al dormitorio.) Pero no servirá de nada. (Los ojos de Andrew están fijos en ella, ansiosa­mente. Ruth abre la puerta y entra en la habitación. Se detiene allí un momento. Luego llama con voz asustada:)
¡Rob! ¿Dónde estás? (Vuelve precipitadamente, temblan­do de pánico.) ¡Andy! ¡Andy! ¡Se ha ido!
ANDRÉW (interpretándola mal, el rostro demudado).­
¿No se habrá ...? 
RuTH (interrumpiéndolo, histéricamente).-¡Se ha ido!
La cama está vacía. La ventana, abierta de par en par.
¡Debe haber salido al patio, arrastrándose!
ANDREW (levantándose de un salto, se precipita al dormitorio y vuelve inmediatamente, con alarmado asombro).
-¡Ven! ¡No puede haber ido lejos! (Tomando su som­brero, aferra del brazo a Ruth y la empuja   hacia la puerta.) ¡Ven! (Abriendo la puerta.) Confiemos en que Dios ... (La puerta se cierra  detrás de ellos, interrumpiendo las palabras de Andrew. mientras cae el telón.)

ESCENA II
El mismo escenario del primer acto, escena primera. Sección de una carretera rural. Al Este, el cielo está en­ cendido ya de vivos colores y una fina y trémula línea de llamaradas se
propaga lentamente a lo largo del horizonte, donde están las oscuras lomas. Sin embargo, la carretera está sumergida aún en el gris del alba, sombrío y vago. El campo de primer término tiene un aspecto salvaje y no cultivado, como si lo hubiesen dejado en barbecho durante el verano anterior. Algunas partes del cerco de esta­cas de foro están rotas. El manzano no tiene hojas y pa­rece marchito.
Robert entra por izquierda, tambaleándose débilmente.
Tropieza con la zanja y cae en ella, quedándose tendido allí durante unos instantes: luego, trepa con gran esfuerzo
al remate del terraplén, desde donde podrá ver salir el sot y se desploma, agotado. Ruth y Andrew llegan preci­pitadamente por la carretera, desde la izquierda.
ANDREW (deteniéndose y mirando a su alrededor).­
¡Ahí está! ¡Lo sabía! ¡Sabía que lo encontraríamos aquí!
ROBERT (intentando incorporarse y sentarse mientras ellos acuden presurosamente a su lado, dice con descolo­rida sonrisa).-Creí que los había despistado.
ANDREW (con bondadosa intimidación).-Pues no lo conseguiste, viejo bribón, y te llevaremos inmediatamente al sitio donde debes estar. . . La cama. (Hace. gesto de levantar a Robert.)
ROBERT.-No, Andy. ¡No, te digo!
ANDREW.-¿Te duele? 
ROBERT (con sencillez).-No. Me estoy muriendo. (Cae hacia atrás, débilmente. Ruth se desploma a su lado con un sollozo y hace reposar la cabeza de Robert sobre su regazo. Andrew se queda inmóvil, contemplándolo con aire impotente. Robert mueve la cabeza, inquieto, sobre el regazo de Ruth.) Yo no podía seguir allí, en la habi­tación. Parecía como si toda mi vida. . . hubiese estado enjaulado, y quise tratar de morir como pude haber muer­to. . . si hubiese tenido el valor de hacerlo. . . solo... en una zanja junto a la carretera. . . mirando salir el sol.
ANDREW.-¡Rob! No hables. Estás derrochando tus
fuerzas. Descansa un poco y te llevaremos ...
ROBERT.-¿Aún tienes esperanzas, Andy? No las ten­gas. Yo sé. (Durante una pausa, respira angustiosamente, tratando de ver qué hay en el horizonte.) El sol sale tan lentamente ... (Con sonrisa irónica.) El médico me dijo que fuera a lugares lejanos. . . y que me curaría. Tenía razón. Eso habría sido siempre una cura ideal para mí.
Es demasiado tarde. . . en esta vida. . . pero. . . (Un ac­ceso de tos le convulsiona todo el cuerpo.)
ANDREW (con ronco sollozo).-¡Rob! (Cierra los pu­ños, en un acceso de impotente ira contra el destino.)
¡Dios mío! ¡Dios mío! (Ruth solloza espasmódicamente y le limpia los labios a Robert con su pañuelo.)
ROBERT (con voz en que se oye repentinamente la dicha de la esperanza).-No deben compadecerme. ¿No comprenden que soy feliz por fin. . . ¡libre!. . . ¡libre!... libre de la chacra . . libre para vagabundear . . . eter­namente? (Se incorpora acodándose en tierra, el rostro. radiante, y señala el horizonte.) ¡Miren! ¿Verdad que es hermoso lo que se ve más allá de las lomas? Oigo las voces de antaño que me llaman ... (Con júbilo.) ¡Y esta vez, voy! Este no es el fin. Es un comienzo libre. . . ¡el comienzo de mi viaje! Me he ganado mi viaje. . . el dere­cho de irme. . . ¡más allá del horizonte! ¡Oh! Ustedes debieran alegrarse. . . alegrarse. . . ¡por mí! (Desfallece.).
¡Andy! (Andrew se inclina hacia él.) Recuerda a Ruth ...
ANDREW.-¡Cuidaré de ella, Rob! ¡Te lo juro! 
ROBERT.-Ruth ha sufrido ... Recuérdalo, Andy. Sólo
mediante el sacrificio. . . el secreto que está más allá ...
(Repentinamente, se incorpora con las últimas fuerzas que le restan y señala el horizonte, donde se eleva el filo del disco del sol sobre el borde de las lomas.) ¡El sol! (Perma­nece inmóvil, con los ojos fijos en el sol durante unos instantes. De su garganta brota un estertor. Murmura:)
¡Recuérdalo! (Y se deja caer atrás y queda inmóvil. Ruth profiere un grito de horror y se levanta de un salto, estre­meciéndose, tapándose los ojos. Andrew se inclina hincado sobre una rodilla junto al cadáver, poniendo una de sus manos sobre el corazón de Robert.. y luego besa con veneración a su hermano en la frente y se pone de pie.)
ANDREW (enfrentando a Ruth, con el cadáver entre ambos, con voz desfallecida).-Está muerto.
(En súbito arranque de furia.) ¡Maldita seas! ¡No se lo dijiste!
Ruth (lastimera).-Era tan feliz sin que yo le min­tiera ...
ANDREW (señalando el cadáver, trémulo por la violen­cia de su ira).-¡Esto es culpa tuya, maldita, cobarde, asesina!
RUTH (sollozando).-¡No digas eso, Andy! No pude evitarlo... y él sabía cómo había sufrido yo, además. Te dijo... que lo recordaras.
ANDREW (la mira absorto durante unos instantes, su ira refluye, y la piedad ilumina gradualmente su semblan­te. Luego mira a su hermano y dice en frases entrecor­tadas, con compasiva voz).-Perdóname, Ruth. . . por él. . . y recordaré ...· (Ruth deja caer las manos y lo mira, sin comprender. Él alza sus ojos hacia los de ella y dice con esfuerzo, con voz balbuciente:) Yo... tú...
¡Qué estúpidamente nos hemos portado!... Debemos tra­tar de ayudarnos . . . y. . . con el tiempo. . . descubrire­remos la solución. . . (Desesperado.) Y, quizá podamos ...
(Pero si Ruth oye sus palabras, no lo revela. Guarda silencio, contemplándolo tristemente con la dolorida humi­llación del agotamiento y su espíritu se sume ya en la exhausta calma que no turba esperanza alguna.)

TELÓN

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