“LO QUE VIO EL MAYORDOMO” JOE ORTON






“LO QUE VIO EL MAYORDOMO”

JOE ORTON

Dr. PRENTICE
GERALDINE BARCLAY
Sra. PRENTICE
NICHOLAS BECKETT
Dr. RANCE
Sargento MATCH

ACTO I

Una habitación en una clínica privada, por la mañana.
Puertas que dan al dispensario, a los pabellones y al hall. 
Ventanas francesas por donde se ven los jardines. 
Un lavatorio. Escritorio. Camilla con cortinas.

El Dr. PRENTICE entra enérgicamente. Geraldine Barclay lo sigue. Lleva una pequeña caja de cartón en sus manos.

Dr. PRENTICE (sentado al escritorio). Tome asiento. ¿Éste es su primer trabajo?

GERALDINE (sentándose) Sí doctor.

El Dr. PRENTICE se coloca un par de anteojos, la mira. Abre un cajón del escritorio, saca un anotador.

PRENTICE (tomando un lápiz). Le voy a hacer unas pocas preguntas. (Le alcanza un anotador y un lápiz) Escríbalas. En español, por favor. (Vuelve a su escritorio, se sienta, sonríe) ¿Quien fue su padre? Ponga eso en la parte superior de la hoja.

Geraldine pone la caja a un lado, cruza las piernas, apoya el anotador en su rodilla y toma nota.

Ponga la respuesta en el renglón siguiente para tener una referencia rápida.

GERALDINE. No tengo idea de quien fue mi padre.

El Dr. Prentice está perturbado por la respuesta pero no da la menor evidencia de lo que le sucede. En cambio le brinda una sonrisa amistosa.

PRENTICE. Le voy a ser franco, Srta. Barclay. No puedo darle el empleo si usted es de algún modo milagrosa. Iría contra las prácticas usuales. ¿Usted tuvo un padre?

GERALDINE. Por supuesto que sí. Mi madre era desbordada en sus hábitos, pero ordenada en temas como ese.

PRENTICE. Si tuvo un padre ¿Porqué no lo puede decir?

GERALDINE. Él dejo a mi madre hace muchos años. Ella fue victima de un ataque desagradable.

PRENTICE (astutamente) ¿Ella era una monja?

GERALDINE. No, era camarera en el Hotel de la Estación.

El Dr. Prentice frunce el entrecejo, se saca los anteojos y se pellizca el puente de la nariz.

PRENTICE. Páseme ese volumen, ese grueso con tapa de cuero, por favor. Tengo que chequear lo que me está diciendo. Es para salvaguardar mis intereses. ¿Me comprende, verdad?

Geraldine saca el volumen de la biblioteca y se lo entrega al Dr. Prentice.

PRENTICE (consulta el índice) ¿El Hotel de la Estación?

GERALDINE. Sí.

PRENTICE. (Abriendo el volumen, moviendo su dedo sobre la hoja) ¡Ah, acá está! Es un edificio de escaso mérito arquitectónico, construido para alguna cuestión que se desconoce, a fines del siglo pasado, para luego ser transformado en hotel. (Asiente con la cabeza) Estuve ahí una vez cuando era joven. Tiene una reputación de lujoso que dejaría perplejo al pasajero menos demandante. (Cierra el volumen bruscamente y lo deja a un lado.) Su historia pareciera ser, a grandes rasgos, correcta. Este maravilloso volumen por supuesto que omite la mayoría de los detalles. Pero eso es lo que uno espera de publicaciones orientadas hacia el uso general. (Se coloca los anteojos) Simplemente escriba algo a los efectos de recordar que su padre está desaparecido. No ponga nada sobre las circunstancias. Podría influir en mi decisión final.

Geraldine hace unas rápidas anotaciones en el anotador. El Dr. Prentice coloca el volumen en la biblioteca.   

PRENTICE. ¿Su madre está viva? ¿O también desapareció misteriosamente? Tenga cuidado porque esta es una pregunta capciosa. Podía hacerle perder puntos en el recuento final.

Vuelve al escritorio y se sirve un whisky.

GERALDINE. Hace muchos años que no la veo. Fuí criada por una Sra. Barclay. Murió hace poco.

PRENTICE. ¿Cómo murió?

GERALDINE. Una explosión a causa de una pérdida de gas voló el techo de la casa y la mató en el acto.

PRENTICE. ¿Inició alguna demanda?

GERALDINE. Solo por el techo.

PRENTICE. ¿Hubo alguna otra victima en semejante desastre?

GERALDINE. Sí. Una estatua de Sir Winston Churchill que acababan de levantar sufrió graves daños. Hubo partes de este gran hombre que fueron encontradas incrustadas dentro de mi madrastra.

PRENTICE. ¿Qué partes?

GERALDINE. Lamento no poder ayudarlo en eso. Estaba demasiado alterada como para supervisar los arreglos del funeral o para reconocer el cuerpo.

PRENTICE. Seguramente la familia Churchill se habrá encargado de eso.

GERALDINE. Si, ellos fueron muy amables.

PRENTICE. Usted ha tenido una experiencia única. No cualquiera tiene la madrastra asesinada por la compañía de gas.

Sacude su cabeza, acompañando el lamento de la pobre chica. 

¿Quiere que le dé una aspirina?

GERALDINE. No, muchas gracias señor, pero prefiero no empezar a tomar drogas.

PRENTICE. Su prudencia habla muy bien de usted, mi querida. (Le sonríe amistosamente) 
(Pausa) ¿A qué velocidad escribe a mano alzada?

GERALDINE. Puedo tranquilamente escribir veinte palabras por minuto.

PRENTICE. ¿Y a máquina?

GERALDINE. No logré la especialización con el teclado. Me quedé sin plata, sabrá comprender.

El Dr. Prentice le saca el anotador y lo pone a un costado

PRENTICE. Tal vez usted tenga otras cualidades que no se reconozcan a simple vista. Acuéstese en la camilla.

GERALDINE. ¿Para qué doctor?

PRENTICE. Nunca haga preguntas. Esa es la primera lección que debe aprender una secretaria. (Corre las cortinas delante de la camilla) Y por favor sáquese las medias. Quiero ver el efecto causado en sus piernas por la muerte de su madrastra.
GERALDINE. Perdón doctor pero ¿esto no es un poco raro?

PRENTICE. No tenga miedo Srta. Barclay. Lo que yo veo en la camilla no es una apetitosa y hermosa señorita. Veo una mente enferma que necesita tratamiento psiquiátrico. Para una persona de mi prestigio, el cuerpo no tiene ningún interés. Una vez una mujer se me entregó, literalmente. No hace falta decirle que esto se lo digo en total confianza. Estaba totalmente desnuda. Quería que me comportara de una forma inadecuada. ¿Y puede creerme que en lo único que estaba absorto era que tenía el ombligo deformado? Ese es el nivel de atención que le presto al cuerpo de una mujer.

GERALDINE. Por favor, discúlpeme doctor. De ninguna manera se me ocurriría sugerir que sus intenciones eran de alguna manera inapropiadas.

Ella se saca los zapatos y las medias y se acuesta en la camilla. El Dr. Prentice le pasa una mano por las piernas y asiente, sabiamente.

PRENTICE. Es como pensaba. Sus pantorrillas están en un estado lamentable. Sería inteligente de su parte hacerse un chequeo. (Se endereza y se saca los anteojos) Desvístase.

Va hacia el escritorio y se saca el saco. Geraldine se sienta, alarmada.

GERALDINE. Nunca me desvestí delante de un hombre.

PRENTICE. Tomaré nota de su inexperiencia en estos asuntos.

Se pone los anteojos y se arremanga.

GERALDINE. No podría permitir que un hombre me tocara estando desvestida.

PRENTICE. Voy a usar guantes de goma

Geraldine está preocupada y no hace nada para disimularlo.

GERALDINE. ¿Cuánto tiempo voy a tener que estar desvestida?

PRENTICE. Si sus reacciones son normales va a estar parada en menos que lo que dura un suspiro.
GERALDINE. Mi directora no hizo mención de nada de esto en su folleto “Consejos para la Recién Egresada”.

PRENTICE. Habrán omitido del texto el capítulo referido a los exámenes médicos.

GERALDINE. ¡Pero eso sería ridículo en un trabajo para ser usado exclusivamente en escuelas!

PRENTICE. Srta. Barclay, usted tiene toda la razón. Nuestro sistema educativo necesita ser revisado en profundidad. Hable con su directora en el próximo encuentro de egresadas.

Él va hacia el lavatorio y se enjuaga las manos.

GERALDINE. Me gustaría que otra mujer estuviera presente. ¿Su esposa, tal vez?

PRENTICE. La Sra. Prentice está ocupada en una reunión más larga de lo usual. No va a volver hasta la tarde. 

GERALDINE. Puedo esperar.

PRENTICE. Mi querida, yo no tengo tanta paciencia. Tengo una tendencia natural a apurar las cosas. No la voy a preocupar con los problemas de mi vida privada hasta que esté vestida.

Toma una toalla y se seca las manos.

PRENTICE. Ponga su ropa en la silla.

Geraldine baja el cierre de su vestido y se lo saca. El Dr. Prentice la mira. Pausa. Deja la toalla y se pone los anteojos.

Le tengo que pedir que no mencione este examen a mi esposa. Es que, sabe, no estoy haciéndolo dentro del Esquema del Ministerio de Salud. Ella tendría que informarlo y eso generaría todo tipo de malentendidos.

GERALDINE. ¿Cómo es la Sra. Prentice? Escuche tantas historias sobre ella.

Ella pone el vestido a un lado y se para en bombacha y corpiño.

PRENTICE. Mi esposa es una ninfómana. Consecuentemente, como el Sagrado Grial, busca ardientemente muchachos jóvenes. Yo me casé con ella por su dinero y después de descubrir que no tenía un centavo, intenté estrangularla. Logró escapar de mi furia asesina y desde entonces tengo que convivir con su maldad.

GERALDINE. (Suspirando) Pobre. Que difícil debe ser para usted. (Se sienta en la camilla) Me encantaría poder hacer algo para levantarle el ánimo.

Ella cierra las cortinas de la camilla. El Dr. Prentice se pone un delantal.

PRENTICE. Bueno querida, si quiere sentirse bien podría probar mi nuevo sistema anticonceptivo.

Geraldine mira sobre la cortina y le sonría dulcemente. 

GERALDINE. (Arrojando la bombacha y el corpiño en la silla) Me encantaría ayudarlo de cualquier manera, doctor.

PRENTICE (con una sonrisa con aires de superioridad) Acuéstese en la camilla con las manos atrás de la cabeza y piense en los capítulos finales de su novela favorita. El resto dejemelo a mí.

Geraldine desaparece tras el cortinado. El Dr. Prentice va hacia el cajón de su escritorio. La Sra Prentice entra desde el hall. Lleva un costoso tapado de piel.

Sra. PRENTICE. ¿Con quien hablabas?

El Dr. Prentice está sorprendido y enojado por la aparición repentina de su esposa.

PRENTICE. (Se sonroja, culpable) Debo recordarte que no entres en mi consultorio sin golpear primero. Estás interrumpiendo mis estudios.

La Sra Prentice recorre la habitación con la mirada.

Sra. PRENTICE. Acá no hay nadie. ¿Estabas hablando solo?

PRENTICE. Le estaba dictando un mensaje a Matron. Esta preocupada por el poco control que tiene sobre su vejiga.

Sra. PRENTICE. ¿La orina puede ser controlada pensando en Tess de D’Urbevilles?

PRENTICE. Mi teoría esta todavía en una etapa preliminar. Prefiero no discutir sobre eso.

La Sra. Prentice va hasta el escritorio y se sirve un whisky.

PRENTICE. ¿Porqué volviste? Sabés que no soporto el tormento de tu compañía.

Sra. PRENTICE. Cuando llegué a mi reunión había un tumulto en el hall. Helen Duncanon reconoció que estaba enamorada de un hombre y como ya sabés el Club es fundamentalmente para lesbianas. Yo misma soy una excepción a la regla porque vos contás como una mujer. Expulsamos a Hellen y pasé la noche en el Hotel de la Estación. (Toma todo su trago)

Entra Nicholas Beckett. Es el botones de un hotel. Viste uniforme de botones.

NICK (a la Sra. Prentice) Señora, si no le molesta querría que revisara su equipaje. Me gustaría volver a mis actividades.

Sra. PRENTICE (al Dr. Prentice) ¿Podés chequear mi equipaje, por favor? El personal del hotel ya me robó la mitad. (Va hacia la mesa y se sirve otro trago) Es tan difícil ser una mujer.

PRENTICE. Bueno, estoy seguro que sos el mejor juez para tal afirmación.

Él va hacia el hall con un evidente disgusto. La Sra. Prentice pone hielo en su trago y mira a Nick con una expresión fría en su rostro.

Sra. PRENTICE. No le pido que me devuelva ni mi bolso ni la plata que me robaron, pero si no aparecen mi vestido y mi peluca voy a presentar una queja formal en la gerencia. Tiene tiempo hasta el mediodía.
NICK. Ya vendí el vestido por una fortuna. Puedo conseguirlo pero le va a costar. También encontré a uno interesado en las fotos.

La Sra. Prentice lo mira fijamente.

Sra. PRENTICE. ¿Qué fotos?

NICK. Tenía una cámara preparada en el cuarto.

Sra PRENTICE. (Con la boca abierta) Cuando firmamos el contrato no incluía derechos cinematográficos.

NICK. Quiero cien por los negativos. Tiene hasta el mediodía.

Sra. PRENTICE. Voy a tener que quejarme con el gerente.

NICK. Eso no va a cambiar nada. Él tomó las fotos.

Sra. PRENTICE. ¡Pero esto es un escándalo!¡Yo soy una mujer casada!

NICK. La otra noche no se portó como una mujer casada.

Sra. PRENTICE. Estaba enojada. Una amiga lesbiana justo anunció que se casaba con un miembro del Parlamento.

NICK. Tendría que ser más cuidadosa con los amigos que elige. Me gustaría dejar el tema de las estafas con fotos indecentes. Me pone los nervios de punta. ¿No me podría buscar un trabajo que valga la pena? Tuve una infancia difícil.

Sra. PRENTICE. ¿Que tipo de trabajo le gustaría?
NICK. Escribo muy bien a máquina. Me enseñó una persona que tenía una imprenta.

Sra. PRENTICE. (Firme) Yo le voy a pagar por las fotografías pero me es imposible recomendarlo como mecanógrafo.

NICK. Quiero los cien y el puesto de secretario de su marido.

Sra. PRENTICE. Me pone en una posición muy difícil.

NICK. Ninguna posición es imposible cuando se es joven y saludable.

La Sra. Prentice va hacia el escritorio. Se sirve un trago. Su mano tiembla. El Dr. Prentice vuelve desde el hall. Trae una pequeña valija. La Sra. Prentice esconde la botella de whisky vacía y pone hielo en su vaso. 

PRENTICE. (A Nick) Dentro de un rato va a quedar inundada. (Pone la valija en el piso)

NICK. ¿Señor, usted tiene familia?
PRENTICE. Mi mujer decía que si daba el pecho se le iba a arruinar la figura. Sin embargo, por lo que recuerdo, tal vez habría mejorado con algunos mordiscos. 

La Sra. Prentice sacude nerviosamente la cabeza y toma whisky.

PRENTICE. Ella es un ejemplo de anti-crianza. Una falla en la evolución que combinado con su pasión por el alcohol y por las relaciones carnales hacen que no sea muy recomendable para ella la maternidad.

Sra. PRENTICE. (Tranquila) Casi nunca tengo relaciones.

PRENTICE. Naciste con las piernas separadas. Te van a mandar a la tumba en un cajón con forma de Y.

Sra. PRENTICE. (Con una frágil sonrisa) ¡Mi problema viene de tu inutilidad como amante! ¡Es vergonzoso! Debés haber aprendido tus técnicas viendo fuegos artificiales. (Hace una mueca de desprecio) Las pastillas rejuvenecedoras no te hacen ningún efecto.

PRENTICE (cargado) Nunca tomo pastillas.

Sra. PRENTICE. Las tomaste todo el tiempo mientras tuvimos relaciones. El ruido ensordecedor que hacías al masticar es la razón por la cual nunca pude tener un orgasmo.

PRENTICE. ¡Pero como te atrevés a decir algo así! Tu libro sobre los orgasmos en la mujer es fundamentalmente autobiográfico (Pausa. La mira) ¿O acaso te estuviste haciendo pasar por una mujer sexualmente responsable?

Sra. PRENTICE. ¡Mis contracciones uterinas han sido falsas durante un tiempo!

Agarra su trago y sale hacia los pabellones con la valija.

PRENTICE. (Mirando hacia ella) ¡Mirá que descubrimiento! Casado con una maestra del falso orgasmo. (Se sirve un trago)

NICK. (Después de una pausa) Mis padres eran divorciados, señor. Nunca tuve el calor de una familia feliz.

PRENTICE. Como psiquiatra hago todo lo que puedo para que parejas alejadas vuelvan a estar juntos. (Le pone a Nick algo de dinero en la mano) No dudes en llamarme si te sentís mentalmente desquiciado. 

Nick agarra el dinero y se va al hall. El Dr. Prentice, con el vaso en la mano, corre la cortina de la camilla y mira.

No tiene sentido que se quede ahí acostada Srta. Barclay.  Mi esposa volvió. 

Geraldine mira sobre la cortina.

GERALDINE. ¡Qué bueno! Va a poder ayudar con su examen.

PRENTICE. El examen queda suspendido hasta nuevo aviso. (Agarra la ropa interior de la silla) ¡Vístase!

La Sra. Prentice entra desde los pabellones. Tiene un vaso vacío en la mano.

Sra PRENTICE.  (Va hacia el escritorio) ¿Ya llegó tu secretaria nueva?

El Dr. PRENTICE esconde la ropa interior en su espalda. Geraldine queda oculta por la cortina.

PRENTICE. Sí. Tengo sus datos por ahí.

Al no poder seguir ocultando la ropa interior, la arroja en el tacho de basura. La Sra. Prentice abre una nueva botella de whisky.

Sra. PRENTICE. ¿Nunca se te ocurrió la idea de tener un secretario?

PRENTICE. Un hombre nunca se acostumbraría a este trabajo.

Sra. PRENTICE. Mi papá tenía un secretario y mi mamá decía que era mucho mejor que una mujer.

PRENTICE. No podría pedirle a un jovencito que se quedara a hacer horas extras y después convencerlo con un lápiz de labios o con una botella de licor. Serían trajes de seda y Alfa Romeos.

Sra. PRENTICE. Probá con un muchacho. Sos un hombre rico que se puede dar lujos en la vida.

PRENTICE. ¿Y qué hago con la Sta. Barclay? Ya tuvo su entrevista preliminar.

Sra. PRENTICE. Tendrás que explicarle que las cosas cambiaron.

Geraldine mira por sobre las cortinas. El Dr. Prentice le ordena que se esconda. Ella desaparece. El toma el anotador, escribe algo y lo pasa sobre la cortina. La Sra. Prentice se sirve otro trago. El Dr. Prentice ve el vestido de Geraldine sobre la silla y lo levanta. Justo cuando lo va a tirar al tacho de basura, la Sra Prentice se da vuelta, vaso en mano. El Dr. Prentice intenta ocultar el vestido tras su espalda pero cuelga tras de él.

Sra. PRENTICE. (Sorprendida) ¿Qué haces con ese vestido?

PRENTICE (pausa) Es uno de tus vestidos viejos. 

Sra. PRENTICE. ¿Ahora te da por el travestismo? No sabía que nuestro matrimonio se balanceaba por los bordes de la moda.

PRENTICE. Nuestro matrimonio es como el reino de Dios. Está más allá de toda racionalidad.

La Sra. Prentice termina su trago y le extiende el brazo.

Sra. PRENTICE. Dame mi vestido. Me lo voy a poner.

PRENTICE. (De mala gana) ¿Me podrías dar el tuyo a cambio?

Sra. PRENTICE. (Dejando el vaso) No tengo puesto nada.

Se saca el tapado. Solo tiene puesta una bombacha. El Dr. Prentice no puede con su sorpresa.

PRENTICE. ¿Se puede saber porqué no tenes puesto un vestido? ¿Es acaso una nueva moda extrema?

Sra. PRENTICE. (Poniéndose el vestido de Geraldine) Te voy a decir algo con total franqueza. Por favor mime bien y reservate los comentarios para mas tarde. (Se sube el cierre del vestido) La habitación del hotel era chica, sin aire y absolutamente incómoda. Mientras me vestía para ir a cenar, noté que las sábanas estaban literalmente sucias. Pensando en hablar con alguien responsable, me fuí al cuarto de la ropa blanca que sabía que estaba en el segundo piso. Ahí me encontré con un botones que me forzó dentro de ese cuarto y me hizo una propuesta indecente. Cuando lo rechacé me quiso violar. Me defendí como pude pero no pude impedir que me robara el bolso de mano y gran parte de mi ropa.

PRENTICE. Esa no pareciera ser el tipo de conducta que uno espera en un hotel cuatro estrellas.

Sra. PRENTICE. El chico prometió devolverme el vestido. Se lo vendió a un amigo que seguramente quiere usarlo en alguna orgía.

PRENTICE. (Va hacia la mesa junto a ella) ¿Vos te das cuenta de lo que pasaría si se supiera de tus aventuras? Sería mi ruina. Las puertas de la sociedad londinense se cerrarían en mis narices. (Se sirve un whisky) ¿Hiciste alguna denuncia por este escándalo?

Sra. PRENTICE. No

PRENTICE. ¿Por qué no?

Sra PRENTICE. Porque vi en este joven los resabios de una bondad natural, destruida por las presiones de esta sociedad. Prometí que le conseguiría un trabajo.

PRENTICE. ¿Qué otras virtudes tiene?

Sra. PRENTICE. Escribe a máquina.

PRENTICE. No hay muchos trabajos para hombres que escriban a máquina.
Sra. PRENTICE. No. Estuvo deprimido por su incapacidad para conseguir un empleo. Es por eso que se dedicó a violar.

PRENTICE. ¿Y como esperás darle trabajo?

Sra. PRENTICE. Como tu secretario. Va a volver en una hora. Podés chequear sus antecedentes cuando te venga bien. ¿Dónde está la Srta. Barclay?

PRENTICE. Arriba.

Sra. PRENTICE. Le voy a informar que el puesto ya no está mas vacante.

El Dr. Prentice toma un trago y baja el vaso.

PRENTICE. ¿Querida, me podrías prestar uno de tus vestidos por un rato?

Sra. PRENTICE. Esta repentina ansiedad por la ropa femenina me resulta por demás desagradable.

Ella deja el vaso en la mesa y se va hacia el hall. El Dr. Prentice se pasa la mano por la frente.

PRENTICE. (Va hacia la camilla, corre la cortina y mira) Srta. Barclay, la situación se está volviendo peligrosa. Mi mujer está convencida que su vestido es de ella.

Geraldine mira por sobre la cortina.

GERALDINE. Tenemos que explicarle, con el mayor tacto posible, que ella cometió un erros. 

PRENTICE. Lo siento pero eso es imposible. Va a tener que tener un poquito mas de paciencia. 

GERALDINE. Doctor, ¡estoy desnuda! ¿Se da cuenta, no?

PRENTICE. Por supuesto, Srta. Barclay. No me cabe duda que esto la debe poner muy incómoda. Me voy a ocupar de conseguirle una ropa apropiada. 

Va hacia el tacho de basura y cuando está a punto de sacar la ropa interior entra el Dr. Rance desde el jardín. El Dr. Prentice vuelve a poner la ropa interior en el tacho y deja este en el piso.

RANCE. (Con una sonrisa cortés) Buen día. ¿Usted es el Dr. Prentice?

PRENTICE. Sí. ¿Usted tiene una cita?

RANCE. No, nunca hago citas. (Deja su maletín y le da la mano) Me gustaría que me diera detalles de su clínica. Según tengo entendido, está dirigida con todos los permisos y el conocimiento de las autoridades sanitarias locales. ¿Se especializan en todo tipo de crisis nerviosas y sus derivados?

PRENTICE. Si, Pero eso es altamente confidencial. Nunca muestro mis documentos a extraños.

RANCE. Estando conmigo puede hablar con total libertad. Vengo en representación del Gobierno de Su Majestad. Gerárquicamente una locura superior. Yo soy un comisionado. 

PRENTICE (preocupado se saca los anteojos) ¿De qué rama?

RANCE. Salud mental. Espero que este sea el comienzo de una relación agradable. ¿Este es su consultorio?

PRENTICE. (Tomando un trago) Sí.

RANCE. ¿Por qué hay tantas puertas? ¿Esta casa fué diseñada por un desequilibrado?
PRENTICE. Sí. (Se sirve otro whisky) Cada tanto lo tenemos como paciente.

RANCE. (Mirando hacia el cielorraso) ¿También tiene un lucernario? ¿Es práctico?

PRENTICE. No. Es absolutamente inútil para todo, excepto para dejar entrar la luz.

El Dr. Rance asiente, serio. Se pasea por el cuarto, examinandolo todo, bajo la mirada del Dr. Prentice.

RANCE. (Al lado de la camilla) ¿Esta camilla está aprobada? Parece de dos plazas.

PRENTICE. (Con una sonrisa maliciosa) Hago consultas dobles. Ocurre que muchas veces los pequeños se sientes aterrorizados por el doctor por lo que decidí examinarlos junto con sus madres.

RANCE. ¿Ha dado a conocer esta teoría?

PRENTICE. Estoy en desacuerdo con los científicos que dan a conocer sus teorías. 

RANCE. Debo reconocerle que estoy de acuerdo con usted. Desearía que más científicos guardaran sus teorías para ellos mismos.

Un pedazo de papel se mueve por debajo de la cortina.

RANCE. (Levanta el papel) Por casualidad ¿esto es suyo?

PRENTICE. Es una prescripción. 

RANCE (leyendo) ¿“Mantenga su cabeza agachada y no haga ningún ruido”? (Pausa) ¿Sus pacientes reaccionan favorablemente con este tratamiento?

PRENTICE. Podría decir que me ha ido bastante bien.

RANCE (seco) Pienso que sus ideas son un tanto avanzadas para la época. 

Abre las cortinas y las cierra rápidamente. Se vuelve hacia el Dr. Prentice, estupefacto.

RANCE. Ahí atrás hay una mujer desnuda.

PRENTICE. Es una paciente. Cuando usted llegó, había logrado calmarla.

RANCE. ¿Fue atacado por una mujer desnuda? 

PRENTICE. Sí

RANCE. Mire Prentice, no sé si aplaudir su atrevimiento o envidiar su suerte. Echémosle un vistazo. 

El Dr. Prentice va hacia las cortinas.

PRENTICE. Srta, Barclay, un caballero quiere hablarle. 

GERALDINE (mirando por sobre las cortinas) Doctor, no puedo ver a nadie sin mi ropa.

PRENTICE (fríamente al Dr. Rance) Fíjese como se aferra obstinadamente a su educación suburbana.

RANCE. ¿Probó con un tratamiento de shock?

PRENTICE. No

RANCE. ¿Hace cuanto que es su paciente?

PRENTICE. Todavía no se firmó la ficha de ingreso.

RANCE. Tráigala que yo la firmo.

El Dr. Prentice va a su escritorio. El Dr. Rance se dirige hacia Geraldine y le habla de manera muy brusca.

RANCE. ¿Porqué se sacó la ropa? ¿No se le ocurrió pensar que su psiquiatra podría avergonzase con su conducta?

GERALDINE. Yo no soy una paciente. Soy de la agencia de empleo “Caras Amistosas”. 


RANCE (sobre su hombro, al Dr Prentice) ¿Cuando empezaron a manifestarse este tipo de ilusiones?

PRENTICE (volviendo con un documento) Estoy al tanto de todo esto desde hace algún tiempo.

RANCE. (A Geraldine) ¿Usted se imagina que algún hombre de negocios podría tolerar una secretaria desnuda en su oficina?

Geraldine sonríe y de alguna manera trata de explicar.

GERALDINE. El Dr. Prentice me pidió que me desvistiera para ver si realmente iba a ser apta para las tareas que me encomendara. No hubo ninguna sugerencia acerca de trabajar permanentemente sin ropa.

RANCE (al Dr. Prentice) Me voy a hacer cargo de este caso. Pareciera tener esa cualidad bizarra necesaria para hacer una tesis extraordinaria. (Firma el documento) Llene los registros que sean necesarios y de cuenta al dispensario de todas mis necesidades. 

El Dr. Prentice va hacia el dispensario con el documento. El Dr. Rance se dirige a Geraldine.

RANCE. ¿Hay algún caso de enfermedad mental en su familia?

GERALDINE. Creo que sus preguntas no tienen sentido. Me niego a contestar. 

RANCE. Acabo de certificar que usted está loca. Lo sabe ¿verdad?

GERALDINE. ¿Qué derecho tiene usted para hacer semejante cosa?

RANCE. Todo el derecho. Usted tuvo una crisis nerviosa.

GERALDINE. ¡Estoy perfectamente bien!

RANCE. Tranquilícese. ¿Estaría acá si estuviera sana? 

El Dr. Prentice viene del dispensario con un carro hospitalario. Trae un colchón de goma, una almohada y una sábana. En su brazo trae un camisón blanco. El Dr. Rance lo toma y se lo pasa a Geraldine por sobre la cortina.

RANCE. ¡Póngaselo! 

GERALDINE. (Al Dr. Rance) Muchas gracias. Es una tranquilidad estar vestida de nuevo. 

El Dr. Rance lleva al Dr. Prentice a un lado. Geraldine se pone el camisón.

RANCE. ¿Cuales son los antecedentes de este caso?¿Tiene familia?

PRENTICE. No señor. Su madrastra murió hace poco después de verse involucrada íntimamente con Sir Winston Churchill.

RANCE. ¿Qué hay del padre?

PRENTICE. Pareciera que fué una persona desagradable. Dejó a su madre embarazada en el lugar donde trabajaba.

RANCE. ¿Se sabe por qué?

PRENTICE. La paciente es reticente a hablar de este punto.

RANCE. Eso es extraño. Y muy revelador (abre las cortinas. A Geraldine) Acuéstese en la camilla. (Al Dr. Prentice) Vaya y prepare un sedante. 

El Dr Prentice va a al dispensario. El Dr. Rance la ayuda a Geraldine en la camilla.

GERALDINE. Por favor, hagame el favor de llamar un taxi. Me gustaría volver a casa. Yo no tengo las habilidades suficientes como para este trabajo.

RANCE (la sube a la camilla y la cubre con la sábana) Tranquila que pronto va a estar mejor Srta Barclay. 

El Dr. Prentice viene del dispensario con un recipiente con forma de hígado y una jeringa hipodérmica. El Dr. Rance le sostiene el brazo a Geraldine y lo frota con una gasa. 

GERALDINE (suplicándole al Dr. Prentice) ¡Dígale la verdad, doctor! ¡Tengo las mejores calificaciones!

El Dr. Rance le da la inyección. Ella solloza y se quiebra, llorando.

GERALDINE. ¡Esto es intolerable! ¡Son una desgracia para la profesión!¡Después del almuerzo los voy a denunciar a la Asociación Médica.

RANCE. Acepte su condición sin llorar y sin abusar de aquellos que tenemos autoridad. (Guarda la hipodérmica y se va a enjuagar las manos)

Entra la Sra. Prentice desde el hall.

Sra. PRENTICE. (Ansiosa) No puedo encontrar a la Sta. Barclay por ningún lado.

RANCE. Está bajo los efectos de un poderoso sedante y no debe ser molestada por ningún motivo.

El Dr. PRENTICE, nervioso, le brinda al Dr. Rance una sonrisa aprobatoria.

PRENTICE. Mi esposa está hablando de mi secretaria. Hace rato que no sabemos dónde está.

GERALDINE. Yo soy Geraldine Barclay. Busco un trabajo part-time como secretaria. Acá certificaron que estoy loca.

RANCE (a la Sra. Prentice) Olvídese de estos desvaríos. En el estado en el que está la paciente son absolutamente normales. (Al Dr. Prentice) ¿Tiene el mismo nombre que su secretaria?

PRENTICE. Tomó el nombre de mi secretaria como su nombre artístico. Si bien es moralmente condenable, lamentablemente es poco lo que podemos hacer legalmente.

Sra. PRENTICE. Voy a llamar a la agencia de empleo. La Srta. Barclay no se puede haber evaporado en el aire. 

Se va hacia el hall. El Dr. Prentice se sirve un trago.

PRENTICE. Mi mujer no está al tanto de los hábitos de las jovencitas. Conocí unas cuantas que podían desaparecer misteriosamente. Y otras a las que les encantaba hacerlo.

El Dr. Rance se coloca un saco blanco.

RANCE. En mi experiencia, las jovencitas desaparecen a medianoche y después de una cena pesada. (Se abrocha el saco) ¿La relación con su secretaria era normal?

PRENTICE. Sí.

RANCE. Mire Prentice, su vida privada es asunto suyo. De todas formas no deja de parecerme chocante. ¿Sabía la paciente de su relación con la Srta. Barclay?

PRENTICE.  Posiblemente.

RANCE. Ya veo. Un patrón muy preciso se empieza a ver con claridad.

Va hacia el carrito y se queda parado mirando a Geraldine.

Srta. Barclay, usted está bajo los efectos de la droga que yo mismo le he dado y está relajada y sin miedo. Le voy a hacer algunas preguntas que me gustaría que contestara en lenguaje cotidiano. (Al Dr. Prentice) Va a tomar eso como una invitación a usar malas palabras. (A Geraldine) ¿Quien fue el primer hombre en su vida?

GERALDINE. Mi papá.

RANCE. ¿Él la atacó?

GERALDINE. ¡No!

RANCE (al Dr. Prentice) Puede estar diciendo “si” cuando dice “no”. Es pura psicología femenina. (A Geraldine) ¿Estaba al tanto su madrastra del amor que sentía por su padre?

GERALDINE. Yo vivía en una familia normal. No tenía ningún amor por mi padre.  

RANCE. (Al Dr. Prentice) Apostaría que fue víctima de un ataque incestuoso. Claramente asocia el acto sexual con violencia. Su intención de provocarlo, estando desnuda, para que tuviera una respuesta erótica, podría tener un profundo significado. (A Geraldine) ¿Su padre tenía creencias religiosas?


GERALDINE. Estoy segura que sí.



RANCE (al Dr. Prentice) Y todavía insiste en haber vivido en una familia normal. La gravedad de su estado podría medirse a partir de tal aseveración. (A Geraldine) ¿La iglesia de su padre condenaba la violación? ¿Hubo acaso algún servicio religioso antes de ser atacada?
GERALDINE. Señor, no puedo responder esas preguntas. Me parecen desagradables y sin sentido.

RANCE. Srta. Barclay, estoy interesado en la violación, no en la estética de un exámen cruzado. ¡Contésteme, por favor! ¿Fue abusaba por su padre?

GERALDINE. (Con un grito de horror) ¡No, no, no!

El Dr. Rance se pone de pie y mira al Dr. Prentice.

¡Es un caso de libro! Un hombre mas allá de la inocencia, una chica desesperada por experiencia. La belleza, la confusión y la urgencia llevándolos hacia una loca pasión. Se embarcan en una imprudente relación amorosa. A él se le hace difícil su secreto culposo con sus convicciones espirituales. Queda preso de su mente. La actividad sexual termina. Ella, que gozaba de ese amor, siente ansiedad por la pérdida. Busca consejo en su sacerdote. La Iglesia, basándose en sus tradiciones ancestrales, recomienda castidad. El resultado, la locura.
Pone las vendas y la hipodérmica en el recipiente.

PRENTICE. Es una teoría fascinante y muy inteligentemente construida. ¿Pero concuerda con los hechos?

El Dr. Rance levanta el recipiente.

RANCE. Eso no debería causarnos una excesiva ansiedad. Civilizaciones enteras se han fundado y sostenido bajo teorías ajenas a toda razón. Hasta donde yo entiendo, esta pequeña ha sido abusada por su propio padre. Basaré mi accionar futuro con esta certeza.

Va hacia el dispensario llevando el recipiente, las gasas y la hipodérmica.

GERALDINE. ¿Estoy loca, doctor?

PRENTICE. No.

GERALDINE. ¿Usted está loco?

PRENTICE. No. Quédese tranquila. Hay una explicación perfectamente racional para todo lo que está pasando. Todo va a estar bien.

Vuelve el Dr. Rance.

RANCE. Hay algo que también resulta evidente, aun para el más insignificante de los principiantes, y es que la paciente ve en usted a su padre. Por eso se desvistió. Cuando yo entré en escena, ella estaba a punto de revivir aquel episodio inicial. La fastidiosa pregunta del motivo está ahora clara. Ella era consciente de la relación que existía entre usted y su secretaria. Usted representa a su padre. La identificación de ella con la Srta. Barclay completa el cuadro.

PRENTICE. Tal vez exista una explicación más sencilla para la aparente complejidad del caso.

RANCE. Las explicaciones sencillas son para mentes sencillas y yo no encajo en ninguna de las dos. (Se lleva el carro hacia la puerta de los pabellones) Abra la puerta. Voy a supervisar como le cortan el pelo a la paciente.

El Dr. Prentice abre la puerta. El Dr. Rance se lleva a Geraldine en una silla de ruedas? Hacia los pabellones. El Dr. Prentice se sirve un trago y se lo toma de golpe. Su mirada va hacia el tacho de basura. Sacude la ropa interior, mira el zapato y las medias y las levanta. La Sra. Prentice entra desde el hall. El Dr. Prentice le da la espalda mientras se va caminando encorvado haciendo un esfuerzo para ocultar la ropa. 

Sra. PRENTICE. (Alarmada por esta extraña conducta) ¿Qué te pasa?¿Te duele algo?

PRENTICE. Sí. Traeme un vaso de agua.

La Sra. Prentice corre hacia el dispensario. El Dr. Prentice mira alrededor con desesperación. Ve un florero, alto y con rosas. Saca las rosas y mete la ropa interior y un zapato en el florero. El otro zapato no entra. Hace una pausa, perplejo. Cuando se dispone a poner nuevamente las rosas en el florero, entra la Sra. Prentice con un vaso de agua. El Dr. Prentice esconde el zapato dentro de su saco. La Sra. Prentice mira atónita. El tiene el ramo de rosas. Sonríe automáticamente y le ofrece el ramo con un ademán elegante. La Sra. Prentice está sorprendida y enojada. 

Sra. PRENTICE. ¡Por favor, dejá eso donde estaba!

El zapato se le resbala y en un esfuerzo por retenerlo se dobla en dos.

¿Llamo a un médico?

PRENTICE. No, voy a estar bien.

Sra. PRENTICE. (Le ofrece el vaso) A ver. Tomá esto.

El Dr. Prentice retrocede, sosteniendo el ramo y el zapato.

PRENTICE. ¿Me podrías traer otro vaso? Ese no tiene la forma apropiada. 

Sra. PRENTICE. (Atónita) ¿La forma apropiada?

PRENTICE. Sí.

La Sra. Prentice lo mira y se va al dispensario. El Dr. Prentice intenta poner las rosas en el florero. No entran. Toma unas tijeras de su escritorio y corta los tallos a cinco centímetros de las flores. Pone las rosas en el florero, envuelve los tallos con su pañuelo y los coloca en un bolsillo. Busca donde poner el otro zapato. Se pone de rodillas y coloca el zapato en un espacio sobre los libros del estante inferior de la biblioteca. Entra la Sra. Prentice con otro vaso. Para y mira.

Sra. PRENTICE. ¿Qué estás haciendo ahora?

PRENTICE. (Levantando las manos) Rezando.

Sra. PRENTICE. Esta conducta infantil me hace dudar de tu gran prestigio académico. (Pone el vaso en el escritorio mientras sacude su cabeza) Acaba de llegar el jovencito que quiero que contrates como tu secretario.

PRENTICE. (Tomando agua) Quizás debería volver en un rato. No me siento muy bien.

Sra. PRENTICE. Voy a ver que opina. Es un muchacho impaciente.

PRENTICE. ¿Será por eso que se volvió violador?

Sra. PRENTICE. Seguramente. Es incapaz de esperar.

Sale hacia el hall. El Dr. Prentice se seca la frente.

PRENTICE. ¡Dos décadas desperdiciadas luchando contra ella y contra la caída del pelo! Ya tengo suficiente de los dos.

Entra el Dr. Rance desde los pabellones.

RANCE. No va tener ningún inconveniente para reconocer a la paciente. Acabo de raparla dejandole tres centímetros de pelo.

PRENTICE. (Sorprendido) ¿Le parece que esa fue una medida acertada? ¿Le parece que está de acuerdo con el acercamiento que se busca con aquellos mentalmente enfermos?

RANCE. Perfectamente de acuerdo. Publiqué una monografía sobre este tema. La escribí en la universidad. Fue supervisada por un docente realmente admirable. Como no pudo resolver su propia locura entregó su vida a la docencia para enseñarla a otros.

PRENTICE. ¿Y usted era su alumno favorito?

RANCE. Había algunos más capacitados.

PRENTICE. ¿Qué es de la vida de ellos? 

RANCE. Están en neuropsiquiátricos.

PRENTICE. ¿Dirigiéndolos?

RANCE. La mayoría.

La Sra. Prentice entra desde el hall.

Sra. PRENTICE. (Al Dr. Prentice) Insiste con la puntualidad. Te da cinco minutos.

PRENTICE. (Al Dr. Rance) Un posible candidato. Sería inútil no reconocer que el socialismo no ha dejado su marca.
RANCE (a la Sra. PRENTICE) ¿Sabe algo de la Srta. Barclay?

Sra. PRENTICE. Nada. Ya llamé a la agencia de empleo y sus clientes tienen estrictas instrucciones de llamar después de cada entrevista y la Srta. Barclay no lo hizo. 

RANCE. Tenemos que organizar una búsqueda. (Al Dr. Prentice) ¿Qué tiene en materia de perros?

PRENTICE. Un Spaniel y un Poodle enano.

RANCE. ¡Hay que soltarlos! Geraldine Barclay debe ser encontrada, de lo contrario habrá que informar a las autoridades. 

Sra. PRENTICE. Hay que dar aviso al guarda. El está a cargo de la puerta y sabrá si dejo el edificio. (Da media vuelta como para irse)

PRENTICE. No, no hagas eso. La Srta. Barclay está perfectamente bien. Está abajo. Me acabo de acordar.

RANCE. (Sorprendido) ¿Porqué no lo dijo antes?

PRENTICE. Se me olvidó.

RANCE. ¿Usted ya ha tenido estas lagunas mentales?

PRENTICE. No recuerdo.

RANCE. Puede haberlo olvidado. Usted admite que su memoria no es confiable.

PRENTICE. Señor, lo único que puedo afirmar es lo que sé. No se puede esperar que recuerde cosas que he olvidado.

Sra. PRENTICE. ¿Qué es lo que está haciendo abajo la Srta. Barclay?

PRENTICE. Está haciendo muñecas de trapo blancas para vender en grupos con prejuicios raciales.

El Dr. Rance y la Sra. Prentice intercambian miradas asombradas.

RANCE. ¿Dr. Prentice, usted asegura haber olvidado que su secretaria estaba haciendo semejante cosa?

PRENTICE. Sí.

RANCE. No puedo creer lo que está diciendo. ¿Y cual era el objeto de crear estos objetos monstruosos?

PRENTICE. Mi intención era promover la harmonía racial.

RANCE. Mire, le ordeno que destruya esas criaturas endemoniadas antes de que su nefasta influencia pueda hacerse sentir.

PRENTICE. (Cansado) Le voy a decir a la Srta. Barclay que haga lo que usted ordena.

Sale por la puerta de los pabellones. El Dr. Rance gira hacia la Sra. Prentice mientras se agarra la frente.

RANCE. Este hombre es un segundo Frankenstein.

La Sra. Prentice va hasta el escritorio y se sirve un whisky.

Sra. PRENTICE. (Con una media sonrisa) Mi esposo es una persona rara. ¿Es un genio o un perfecto idiota?

RANCE. Me gustaría conocerlo mejor antes de aventurar una opinión. ¿Pasó algo mas aparte de este escándalo con las muñecas de trapo?

Sra. PRENTICE. (Tomando whisky) Escribe cientos de cartas a los diarios.

Lleva su whisky a la biblioteca. Levanta un volumen con tapa de cuero. Abre el libro y se lo muestra al Dr. Rance. 

Escribió su primera carta a los doce años quejándose de la información poco precisa que le dió un chico alemán mientras jugaban al “papá y la mamá”. Desde entonces especula en la natura y el alcance de la propaganda nazi. 

El Dr. Rance mira el libro con atención. La Sra. Prentice da vuelta las hojas.

Hasta su más reciente carta, publicada hace un mes, en donde afirma que los baños públicos de caballeros son “la última fortaleza de los privilegios masculinos”. 

El Dr. Rance lee y devuelve el libro.

RANCE. La conducta de su marido me genera una gran intranquilidad. ¿Está usted convencida que los métodos de su marido pueden aliviar la tensión entre los sanos y los insanos?

Sra. PRENTICE. La finalidad de la clínica de mi marido no es curar sino hacer que la locura se libere y sacar provecho de eso.

RANCE. Por lo que se ve, lo hace muy bien. (La mira amistosamente) Nunca en mi vida he visto manejarse los asuntos de la forma en que lo hacen en este lugar.
Saca un papel de su bolsillo y se lo entrega a ella.
Lea esto.

Sra. PRENTICE. (Leyendo) “Mantenga la cabeza baja y no haga ningún ruido”. (Se lo devuelve) ¿Qué quiere decir?

RANCE. Su marido está usando métodos peligrosos y poco ortodoxos en el tratamiento de la locura. (Guarda el papel en su maletín) Como psiquiatra, su marido no solo es ineficiente sino también resulta desagradable.

La Sra. Prentice lleva el volumen a la biblioteca e intenta guardarlo. No puede. Mira. Descubre el zapato de Geraldine y lo mira asombrada. 

Sra. PRENTICE. ¡Mire lo que encuentro en la biblioteca!

RANCE. ¿Es suyo?

Sra. PRENTICE. No.

RANCE. Déjeme ver.

Le entrega el zapato. El lo gira en su mano.

RANCE. (Mira hacia arriba. Pausa) Sra. Prentice, tengo que pedirle que sea honesta conmigo. ¿En alguna oportunidad dudó sobre la salud mental del Dr. Prentice?

Sra. PRENTICE. El es una personalidad respetada en su profesión. Su trabajo en varios campos ha sido destacado por numerosos colegas.

RANCE. Los lunáticos suelen tener pensamientos radicales. 

Sra. PRENTICE. (Pausa) Usted tiene razón. Hace rato que sé que las cosas no están del todo bien. Traté de convencerme de que mis temores eran infundados. Todo el tiempo sabía que me estaba engañando. 

El Dr. Rance la lleva hacia la silla. Ella se sienta, en estado de shock.

RANCE. (Tranquilo) ¿Qué fue lo primero que la hizo sospechar?

Sra. PRENTICE. Bueno, tal vez la forma grosera en que trataba a mi madre. Acostumbraba llamarla para sugerirle como suicidarse de las formas más horribles. Rendida ante la insistencia, siguió sus consejos.

RANCE. ¿Y algo más reciente, digamos esta mañana?¿Ha notado alguna desmejora en su condición?

Sra. PRENTICE. Sí, claro. Definitivamente. No mostró la menor preocupación cuando le conté que un botones del Hotel de la Estación me había atacado.

RANCE. ¿Cuál fue el motivo de ese ataque?
Sra. PRENTICE. El joven quería violarme.

RANCE. ¿Lo logró?

Sra. PRENTICE. No.

RANCE (moviendo la cabeza) El servicio en estos hoteles es lamentable.

Sra. PRENTICE. Poco después de volver, mi marido empezó a tener las ideas más increíbles que yo hubiese querido perdonar si no hubiesen traspasado los límites del buen gusto.

RANCE. Deme un ejemplo.

Sra. PRENTICE. Ha desarrollado una ansiedad por la ropa femenina.

RANCE (levantando el zapato) Esto confirma su historia.

Sra. PRENTICE. Me negué a darle mi ropa y se fue a buscar a la Srta Barclay. Al rato, y en mi presencia, tuvo un especie de ataque y me pidió que le trajera algo de tomar. Al regresar me recibió con un ramo de flores.

RANCE. Querría felicitarla por haber vuelto sana y salva.

Sra. PRENTICE. Solo había ido hasta el dispensario. Las flores las sacó del florero. (Señala el florero) Yo estaba enojada y, le aseguro, con algo de miedo. Así estaban las cosas cuando de repente un espasmo de agonía le recorrió el rostro. Le ofrecí el vaso con agua y reaccionó violentamente. Me dijo que el vaso no tenía la forma correcta. 

RANCE. ¡Que frase reveladora!

Sra. PRENTICE. Volví al dispensario. Al regresar lo encuentro rezando de rodillas.

RANCE. ¡Que impresionante! Lo anormal de su condición lo ha llevado a buscar refugio en la religión. El último dique de contención del hombre cuando está al borde del abismo. (Le palmea el hombro a la Sra. Prentice.) No tengo dudas que lo que me acaba de contar es de gran importancia. También debemos considerar que ha admitido tener lagunas en su memoria y el hecho de intentar crear formas alienígenas de vida. (Guarda el zapato en su maletín) No vaya a decir nada de nuestras sospechas. Las fantasías crecen como la maleza en la insalubre tierra de un cerebro enfermo.

Sra. PRENTICE. (Retocándose los ojos con un pañuelo) Ay doctor, no sabe el alivio que siento al poder hablar con alguien como usted.

RANCE. ¿Porqué no lo hizo antes?

Sra. PRENTICE. A una mujer no le gusta enfrentarse con la realidad de que el hombre que ama está loco. La hace sentir a una como una idiota.

Guarda el pañuelo, se sirve un trago y pone hielo en el vaso. El Dr. Prentice entra desde los pabellones.
RANCE. (Girando hacia él) ¿Siguió mis instrucciones?

PRENTICE. Sí.

RANCE. (Saca del maletín el zapato de Geraldine) ¿Esto es de su secretaria?

PRENTICE. No. (Pausa) Es mío.

El Dr. Rance y la Sra. Prentice intercambian miradas. El Dr. Rance levanta una ceja.

RANCE. (Con gravedad e ironía) ¿Acaso tiene el hábito de usar zapatos de mujer?

PRENTICE. (Rápido, desesperado) Mi vida privada, es mía. La sociedad no debería ser tan escabrosa en sus juicios.

El Dr. Rance pone el zapato a un lado.

RANCE. ¿Dónde está su secretaria? Tengo una serie de preguntas que me gustaría hacerle.

PRENTICE. No puedo permitir que sea molestada. Tiene trabajo que hacer. 

El Dr. Rance sonríe socarronamente.

RANCE. Prentice, me parece que usted no termina de entender su posición. La autoridad que me fue concedida por los comisionados, me da pleno derecho a entrevistar a cualquier miembro de su plantel cuando yo lo decida. ¿Dónde esta Geraldine Barclay?

PRENTICE. Está en el jardín.

RANCE. Dígale que venga para acá.

PRENTICE. Está haciendo una pira funeraria con los muñecos. No estaría bien molestarla en este momento.

RANCE. Muy bien. (Los labios apretados) Voy a ir a buscarla yo mismo. Pero de por hecho, doctor, que su conducta va a ser informada. 

Sale hacia el jardín. El Dr. Prentice mira furioso a su mujer.

PRENTICE. ¿Qué le dijiste?

Sra. PRENTICE. Nada mas que la verdad.

PRENTICE. (Sirviéndose un trago) ¿Anduviste desparramando que soy un travesti, no?

Sra. PRENTICE. Había un zapato de mujer escondido en la biblioteca. ¿Que hacía ahí?

PRENTICE. ¿Qué hacías hurgado entre mis libros? 

Sra. PRENTICE. Buscaba el álbum de recortes. Se lo mostré al Dr. Rance.
PRENTICE. No tenías ningún derecho.

Sra. PRENTICE. ¿Te avergüenza el hecho de escribirle a gente extraña?

PRENTICE. No hay nada de furtivo en mi relación con el editor del diario.

La Sra. Prentice se sirve otro trago.

Sra. PRENTICE. El Dr. Rance y yo estamos intentando ayudarte. Tu estado nos intranquiliza.
PRENTICE. A mí también. Esto es insoportable y vos sos la culpable. Tendría que haber terminado con esta infamia hace años. 

La Sra. Prentice pone la botella vacía a un lado y mira al Dr. Prentice con resentimiento.


Sra. PRENTICE. ¿De quién es la culpa si nuestro matrimonio se toma con hielo? Sos desconsiderado y egoísta. No me busques porque podría acostarme con otro.

PRENTICE. ¿Quien?

Sra. PRENTICE. Algún estudiante Indio.

PRENTICE. No conocés ninguno.

Sra. PRENTICE. Nueva Delhi está lleno.

PRENTICE. ¡No podés tener amantes en Asia! El precio de los pasajes sería devastador.

La Sra. Prentice pone hielo en su vaso ignorando al Dr. Prentice. Este se para al lado de ella y le grita al oído.

Tu comportamiento irresponsable me genera una insoportable ansiedad. 

Sra. PRENTICE. Vos no tenés capacidad psicológica para entender las dificultades que tengo que afrontar. (Toma whisky)

PRENTICE. (Tomándola del brazo, blanco de ira) A menos que tengas mucho cuidado, un día vas a descubrir que estás adentro de una caja esperando que pase el basurero. 

La Sra. Prentice sonríe, cortante. 

Sra. PRENTICE. Estas amenazas encubiertas no hacen más que confirmar mis dudas sobre tu salud mental.

Ella se toma el whisky y se aleja del Dr. Prentice. Nick entra desde el hall. Trae un pequeño fichero con un cartelito del “Hotel de la Estación” impreso. 

NICK. (A la Sra. Prentice) Me gustaría que me diera la plata de una buena vez así le doy las fotos. De todas formas necesitaría alguna garantía con respecto a mi futuro trabajo antes de desprenderme de los negativos.
El Dr. Prentice, atónito, mira a la Sra. Prentice.

PRENTICE. ¿De qué está hablando?

Sra. PRENTICE. El tiene en su poder una cantidad de fotos pornográficas mías. La sacó anoche sin mi conocimiento.

El Dr. Prentice se aleja, cansado, al borde de las lágrimas.
Nick le entrega la caja a la Sra. Prentice.

NICK. Tengo que entregar esto. Es de nuestro servicio de limpieza express.

La Sra. Prentice abre la caja. 

Sra. PRENTICE. ¡La peluca y el vestido!

El Dr. Prentice entrecierra los ojosy da una breve explicación. 

PRENTICE. ¿Un vestido? Me voy a hacer cargo de eso. (Le saca la caja a ella)

Sra. PRENTICE. Le voy a tener que informar al Dr. Rance que me robaste uno de mis vestidos. 

PRENTICE. Bajá la voz y calladita retirate a tu cuarto. 

La Sra. Prentice agarra una botella de whisky llena del escritorio y se marcha por el hall.

NICK. Quiero disculparme si es que mi comportamiento de anoche la puso ansiosa a su esposa pero yo tengo un ardiente deseo de acostarme con todas las mujeres con las que estoy.

PRENTICE. Ese es un hábito desagradable y, en mi opinión, perjudicial para la salud.

NICK. En eso estoy de acurdo, señor. Mi salud nunca fue la misma desde que dejé de coleccionar estampillas. 

El Dr. Prentice pone la caja en el escritorio y se sirve un trago.

PRENTICE. En esta clínica tenemos una política moral de la cual ni yo mismo estoy exento. Mientras esté con nosotros, esperaré que no muestre interés en ningún órgano sexual que no sea el suyo.

NICK. Eso no suena muy divertido.

PRENTICE. Ese es el objetivo del ejercicio.

El Dr. Rance entra desde el jardín.

RANCE. No hay pistas de su secretaria. Debo decirle, Prentice, que mi paciencia se agota.

PRENTICE. Puede llegar a estar en el dispensario. 
RANCE. A menos que descubra su paradero en pocos minutos, usted se verá en serios problemas.

Se va al dispensario. La Sra. Prentice entra desde el hall.

Sra. PRENTICE. Hay un policía en la puerta. Quiere hablar con alguien responsable.

PRENTICE. Decile que pase.

La Sra. Prentice se va al hall. Nick se para y le suplica al Dr Prentice.

NICK. ¡Señor, vinieron a arrestarme!

PRENTICE. No entiendo el porqué de esta paranoia. 

NICK. ¡Me van a dar cinco años si me agarran!

PRENTICE. ¿Por qué tiene miedo que lo arresten? Puede ser franco conmigo.

NICK. Mire, señor, como su esposa le contó, anoche intente sobrepasarme con ella, pero no tuve éxito. Si que nada pudiera detenerme, fuí hasta el tercer piso del hotel donde se alojaba un grupo de chicas de una escuela. ¡Ay, señor, si hubiese visto lo solas y desesperanzadas que estaban! 

PRENTICE. ¿No había nadie a cargo?

NICK. Una señorita, alojada en una habitación cruzando el pasillo.

PRENTICE. ¿Tuvo algo con ella?

NICK. No y nunca me va a perdonar por no haberlo hecho. Ella que la que dio aviso a la policía. ¡Por favor, señor, no me entregue!

El Dr. Rance entra desde el dispensario.

RANCE. Le prevengo, Prentice, que a menos que esté dispuesto a cooperar en encontrar a la Srta. Barclay, lo haré responsable directo de su desaparición. Si es incapaz de hacerlo la policía debería ser notificada. 

Se va hacia los jardines.

NICK. ¿Pensó en el aprieto en que me encuentro?

PRENTICE. No. Estoy obsesionado con el mío. En este momento deberíamos estar compartiendo la misma celda.

Le brilla la mirada mientras mira el fichero. Mira a Nick imaginando algo.

(Abruptamente) Sáquese la ropa.

NICK. ¿Señor, piensa hacerme alguna chanchada?

PRENTICE. ¡Qué está diciendo! ¿Eso es lo que pasa habitualmente cuando un hombre le pide que se saque la ropa?

NICK. Si. Me pagan.

PRENTICE. Por Dios, desvístase de una vez.

Nick se saca la ropa velozmente y con gran agilidad. El Dr. Prentice mira con admiración.

PRENTICE. Admirable. Mi última secretaria no lo haría mejor. Y ella era descendiente de Houdini.

Nick le alcanza la ropa al Dr. Prentice. Queda desnudo con los calzoncillos puestos. Cuando se los está por sacar el Dr. Prentice lo para. 

PRENTICE. No se saque los calzoncillos. Gracias a mi experiencia médica estoy familiarizado con los que hay debajo.

La Sra. Prentice entra desde el hall. Mira horrorizada.

Sra. PRENTICE. ¿Se puede saber en que porquería estás ocupado ahora?

PRENTICE. Estoy haciendo un examen médico.

Sra. PRENTICE. Vos no sos médico. ¿Para qué necesitas al chico desnudo?

PRENTICE. (Sonriendo, con una paciencia enorme) Mis investigaciones con su cuerpo vestido serían estrictamente no-científicas e inevitablemente superficiales. A fin de asegurarme que me será de alguna utilidad, debo examinarlo exhaustivamente. 

Sra. PRENTICE. ¡Degenerado! En mi vida escuché algo tan pobre y estúpido. Este jovencito va a hacer que te echen a patadas de la matrícula. (Levantando el uniforme de Nick) Venga conmigo, querido. No puede quedarse con este hombre. 

Se lleva el uniforme al hall

NICK. ¿Qué hacemos ahora? 

 El Dr. Prentice saca una peluca y un vestido tipo leopardo de la caja.

PRENTICE. Tengo una idea. Quiero que se haga pasar por mi secretaria. Su nombre es Geraldine Barclay. Si acepta mi propuesta se van a resolver todos nuestros problemas. 

Le da a Nick la peluca y el vestido.

Es de vital importancia que convenza al Dr. Rance que usted es una mujer. No debería tener mayores problemas. Imagino que no ha visto una en mucho tiempo. 

Lleva a Nick a la puerta del dispensario.   

Después de encontrarlo, diga que está enferma y váyase. Cuando todo el operativo haya terminado, le voy a dar una suma de dinero y un pasaje de avión al destino que usted elija. (Empujandolo dentro del dispensario) Si se llegara a meter en problemas, voy a negar que lo conozco. Vístase ahí adentro.

Cierra la puerta del dispensario, va hacia el hall y llama en tono amistoso.

¿Quiere pasar por acá, oficial? Disculpe la demora.

Va hacia el escritorio y abre una botella de whisky. Nick abre la puerta del dispensario y mira.

NICK. ¡Señor, los zapatos!

El Dr. Prentice gira, alarmado.

PRENTICE. ¡Los zapatos! (Baja la botella) ¡Un momento!

Saca el zapato del maletín del Dr. Rance y se lo tira a Nick. Va hasta el florero, levanta las rosas y mete la mano buscando el otro zapato. Entra el Sargento Match. Nick se mete rápidamente en el dispensario. El Dr. Prentice esconde las rosas en su espalda. 

(Fríamente) ¿Le molestaría no entrar en mi consultorio sin autorización?

MATCH. Señor, usted me dijo que pasara.

PRENTICE. No creo haberlo hecho. Espere afuera.

El Sargento Match se va. El Dr. Prentice toma el zapato del florero y lo sacude. Corre hasta el dispensario, arroja el zapato adentro y vuelve corriendo al florero. Cuando está punto de poner las flores nuevamente, entra la Sra. Prentice desde el hall. Ve al Dr. Prentice con el ramo de flores y se queda estupefacta. El Dr. Prentice le ofrece el ramo. Ella empalidece. Está enojada y ligeramente asustada. 

Sra. PRENTICE. ¿Por qué insistís en darme flores?

PRENTICE. Es porque estoy muy orgulloso de vos.

Sra. PRENTICE. Minuto a minuto te vas poniendo cada vez más raro. ¿Porqué fuiste grosero con el policía?

PRENTICE. Entró como si tal cosa.

Sra. PRENTICE. Si vos le dijiste que entrara. ¿Ya te olvidaste?

PRENTICE. Sí. Mi memoria ya no es lo que solía ser. Decile que pase.

La Sra. Prentice va hacia el hall. El Dr. Prentice repone las flores, va al escritorio y se llena el vaso de whisky. Geraldine entra desde el jardín. Tiene la cabeza rapada. Viste un camisón de hospital. El Dr. Prentice se alarma con su presencia en el cuarto. 

¡Srta Barclay! ¿Qué hace acá? 

GERALDINE. Doctor, no hay nada que pueda hacer para que permanezca un minuto más en su staff. Quería avisarle.

El Sargento Match entra desde el hall. No la llega a ver a Geraldine quien queda oculta.

MATCH. Disculpe el malentendido.

PRENTICE. (Girando, abruptamente) Por favor espere afuera. Me parece que fuí claro.

MATCH. ¿No quiere verme?
PRENTICE. No.

El Sargento Match, un tanto perplejo por la situación, se va hacia el hall. El Dr. Prentice la toma a Geraldine del brazo.

Sus apariciones podrían arruinarme. Deme una oportunidad para terminar con este desorden.

GERALDINE. Usted debe endrezar este asunto diciendo la verdad.

PRENTICE. (Abriendo las cortinas de la camilla) Escóndase acá. No le va a pasar nada desagradable. Tiene mi palabra de caballero. 

GERALDINE. ¡Tenemos que decir la verdad!

PRENTICE. Esa es una actitud completamente derrotista (la empuja detrás de la cortina)

GERALDINE. (Mirando por sobre la cortina) Por lo menos devuélvame mi ropa. Me siento desnuda.

El Dr. Prentice saca las rosas del florero, agarra la ropa interior y las medias de Geraldine y se las arroja. La Sra. Prentice y el Sargento Match entran desde el hall. Geraldine se esconde detrás de la cortina. El Dr. Prentice tiene las rosas en la mano. La Sra. Prentice se aferra del brazo del Sargento Match.

Sra. PRENTICE. Si me llega a dar las rosas, me desmayo.

Miran en silencio mientras el Dr. Prentice pone nuevamente las rosas en el florero. Con el florero vacío, las rosas caen dentro del florero. La Sra. Prentice no puede creer lo que ve.

Sra. PRENTICE. ¡Les cortó los tallos! Su locura va mas allá de lo imaginable.

El Dr. PRENTICE agarra su vaso y gira, como si nada pasara, hacia el Sargento Match.

PRENTICE. Sargento, disculpe la histeria de mi mujer. Anoche, una persona intentó abusar de ella y todavía no se recuperó por completo. 

MATCH. Tengo entendido que la Sra. Prentice le presentó al muchacho. ¿Es así?

PRENTICE. Si y preferiríamos no presentar cargos en su contra.

MATCH. Entiendo que para su mujer sería poco prudente andar repitiendo sus experiencias ante un jurado. De todas maneras, como ya sabrán, ese caso no me incumbe. Lo que sí me interesa son los movimientos del joven entre la medianoche y las siete de la mañana. Durante ese período cabe suponer que se ha comportado en forma impropia en una fiesta escolar.

Sra. PRENTICE. (Sirviéndose un trago) ¡Qué vil y deplorable!

MATCH. Después de examinar a las chicas, nuestra doctora se puso furiosa. No ve el momento de enfrentarse cara a cara con este tipo.

PRENTICE. Muy bien sargento, como no está por acá, le avisaremos cuando lo veamos.

Sra. PRENTICE. (Aturdida) ¡Cómo te atrevés a darle información falsa a la policía! (Al Sargento Match) El estaba acá. Tengo su ropa afuera. 

MATCH. Fue muy inteligente de su parte confiscarle la ropa. Si más mujeres hicieran lo mismo, se reducirían a la mitad los casos de violación.

PRENTICE. Quizás se duplicarían.

Sra. PRENTICE. No haga caso a nada de lo que diga mi marido. Voy a buscar la ropa.

Se va hacia el hall con su trago. El Sargento Match se dirige al Dr. Prentice.

MATCH. También estoy interesado en establecer el paradero de una joven de llamada Barclay. ¿Podría ayudarme en mi investigación?

PRENTICE. (Un espasmo de ansiedad le recorre el rostro) ¿Por qué quiere ver a la Srta. Barclay?

MATCH. Es un asunto de gran importancia para la nación. La madrastra de la Srta. Barclay, una mujer impoluta, murió recientemente. Poco después de su muerte, su nombre fue relacionado de la forma más desagradable con el de Sir Winston Churchill. La vinculación entre la Sra. Barclay y este gran hombre, causó una gran ofensa en ciertos círculos. Así y todo, el municipio decidió, considerando su historial de guerra, pasar por alto el lapsus moral de Sir Winston. Bajo una mirada experta debía ser reintegrado a la sociedad. Una vez logrado el objetivo, se hizo evidente que el hombre estaba incompleto. Cuando se supo la verdad los ultra conservadores hicieron un escándalo. La historia llegó a la prensa y la bola de nieve se volvió imparable. Finalmente, y con todo el apoyo de los partidos políticos, el municipio decidió demandar a los herederos de la Sra. Barclay por aquellas partes faltantes del Sir Winston. Los abogados municipales lograron una orden de exhumación. Esta mañana el cajón fue abierto pero todos los esfuerzos fueron en vano. La Sra. Barclay no se había llevado nada a la tumba con ella. Esta tarde, todo este asunto llamó la atención de la policía. 
PRENTICE. (Sirviéndose un whisky) ¿Usted sospecha que mi secretaria robó ciertas partes de Sir Winston Churchill?

Entra la Sra. Prentice con el uniforme de Nick.

Sra. PRENTICE. Acá está la prueba de que el joven estuvo en esta habitación.

MATCH. No va a ir muy lejos sin su ropa.

PRENTICE. Es envidiable todo lo que logro hacer sin ropa la otra noche.

MATCH. (Al Dr. Prentice) ¿Sigue afirmando, señor, que no tiene idea del paradero del joven?

PRENTICE. Sí. 

MATCH. ¿Y qué se hizo de la Srta. Barclay?

PRENTICE. No tengo la menor idea.

Sra. PRENTICE. Le dijiste al Dr. Rance que estaba quemando las muñecas.

El Sargento Match los mira azorado.

¿Eso era una mentira?

PRENTICE. Pudo haber sido. No lo recuerdo.

Sra. PRENTICE. Sargento, le recomiendo que hable con el Dr. Rance. Tal vez el sea capaz de explicarle el comportamiento inusual de mi esposo.

MATCH. ¿Dónde lo encuentro al doctor?

Sra. PRENTICE. En el jardín. Por favor dígale que necesitamos urgentemente de sus conocimientos especializados.

El Sargento Match se va hacia el jardín. La Sra. Prentice gira hacia su esposo y le habla en un extraño tono de quietud y simpatía.

Mirá, querido, está claro que perdiste la capacidad de recordar información fresca, de resolver problemas nuevos y de permanecer orientado. No dejes que esto te aflija. Voy a estar a tu lado mientra dure tu enfermedad. Más aún, voy a tomar nota de los progresos en tu colapso nervioso así nada se desperdicia. Tratá de recordar, porqué dañaste las flores del florero. Podría tener una relación directa en el caso.

Le da una sonrisa encantadora, agarra su vaso y se va hacia el hall. Geraldine asoma la cabeza sobre las cortinas.

GERALDINE. Señor, diga la verdad. Todos sus problemas provienen de su falta de honestidad.

PRENTICE. Mis problemas brotan por un equivocado intento de seducirla. 

GERALDINE. Nunca me dijo que me estaba seduciendo. Dijo que estaba interesado en mi mente.

PRENTICE. Eso es como decir “ábrete Sésamo”, una fórmula para abrir puertas.

El Sargento Match aparece por las ventanas francesas. Geraldine se esconde tras las cortinas.

MATCH. ¿Está seguro que el Dr. Rance anda por acá?

PRENTICE. Sí.

MATCH. ¿Entonces donde puede estar?

PRENTICE. Busque en los matorrales.

MATCH. Señor, me gustaría que me acompañe.

El Dr. Prentice se encoge de hombros y sigue al Sargento Match hacia el jardín. Geraldine baja de la camilla. Esta vestida con la bombacha y el corpiño. En su mano lleva el camisón. Agarra el uniforme de Nick, deja el camisón en la silla y se va al dispensario. Se hecha para atrás repentinamente.

GERALDINE. ¡Una desconocida!

Corre hasta la puerta de los pabellones, mira y la cierra aterrorizada.

¡El Dr. Rance! ¡Qué voy a hacer!

Corre hasta el hall, mira como está vestida y vuelve corriendo hasta la camilla. Se sube y cierra la cortina. Entra la Sra. Prentice con las rosas en un florero mas chico. Nick entra desde el dispensario. Está vestido con ropa de mujer y con una peluca rubia. La Sra. Prentice mira asombrada y pone el florero sobre la mesa.

Sra. PRENTICE. ¿Usted es Geraldine Barclay? 

NICK. Sí. (Habla en un tono bajo y culto)

Sra. PRENTICE. ¿Dónde estaba?

NICK. Estaba ocupada atendiendo las mil y una actividades que tiene una secretaria promedio durante su jornada laboral.

Sra. PRENTICE. Estoy segura que hacerse las uñas no le llevará toda la mañana ¿no?

NICK. Me tiré un rato. No me sentía bien.

Sra. PRENTICE. ¡Usted no estará embarazada!
NICK. No puedo hablar sobre mi trabajo con usted.

Sra. PRENTICE. ¿Cuál fue su último trabajo?

NICK. Atendía en el Club 1-2-3

Sra. PRENTICE. Es evidente que usted no está capacitada para este trabajo. Voy a desaprobar su contratación. 

El Dr. Prentice y el Sargento Match entran desde el jardín. 

(Al sargento Match) Sargento, esta es la secretaria de mi esposo. Va e a estar encantada en ayudarlo con su investigación.

MATCH (a Nick) Srta. Barclay, debo pedirle que entregue o haga que sean entregadas, las parte faltantes de Sir Winston Churchill. 

NICK. ¿Y cómo son?

MATCH. ¿Declara acaso desconocer la forma y estructura de los objetos buscados?

NICK. Estoy en la oscuridad.

MATCH. Ante la falta de evidencias voy a tener que pedir colaboración medida para medir sus dichos. Usted debe ser analizada exhaustivamente. 

PRENTICE. Yo soy un doctor calificado. 

MATCH. Los sospechosos del sexo femenino deben ser revisados exclusivamente por mujeres.

PRENTICE. ¿Eso no genera descontento en la fuerza?

MATCH. Entre los solteros hay un evidente resentimiento. 

Sra. PRENTICE. Yo voy a examinarla. Eso va a solucionar el problema.

MATCH. Gracias, señora. Acepto su generosa oferta. Lleve a la joven al dispensario y prepárela para el chequeo médico. 

La Sra. Prentice lleva aNick al dispensario. El Dr. Rance entra desde los pabellones. Su rostro es una máscara del horror.

RANCE. ¡Prentice! La paciente se escapó. Haga sonar la alarma.

MATCH. ¿Hace cuanto que sucedió esto, señor?

RANCE. Unos pocos minutos.

MATCH. Haga todo lo que imagine necesario para recuperar su paciente.
El Dr. Rance cruza, pulsa el botón de la sirena y sale rápidamente hacia el hall.

Tiene que haber pasado por este cuarto. Usted y yo estábamos en el jardín. La Sra. Prentice estaba en el hall. Es imposible escapar. Todavía tiene que estar en este cuarto. (Lo mira al Dr. Prentice con aire de triunfo) Hay un solo lugar donde esconderse.

Corre las cortinas de la camilla. Aparece Geraldine. Está vestida con el uniforme, sombrero y zapatos de Nick. Tiene puestos los anteojos del Dr. Prentice.

MATCH. ¿Usted es del Hotel de la Estación?

Geraldine contesta con la voz temblorosa.

GERALDINE. Sí.

MATCH. Mi querido, me gustaría tener unas palabras con usted. (Saca su anotador)

Suena una sirena

Telón
ACTO II




Un minuto después. La sirena para.
El Dr. Prentice abre otra botella de whisky. Geraldine baja de la camilla aliviada.

GERALDINE. (Al sargento Match) No se imagina lo contenta que estoy de ser arrestada.

MATCH. ¿Por qué?

GERALDINE. Estoy en grave peligro.

MATCH. ¿Por parte de quien?
GERALDINE. El doctor Prentice. Su conducta es escandalosa. Lléveme a la estación de policía. Prefiero ser acusada de algo.

MATCH. (Al Dr. Prentice) ¿Usted no tiene nada que decir?

PRENTICE. Sí. Lo que esta joven afirma no es mas que una fina red de mentiras. 

El Sargento Match se rasca la cabeza.

MATCH (pausa) Señor, este es un joven, no una joven. Si usted se encuentra desorientado con semejante diferencia va a ser prudente tratarlos a ambos con precaución. (A Geraldine) Quiero escuchar de sus labios lo que tenga para decir.

GERALDINE. Vine acá por un trabajo. Con pretextos, el doctor me indujo a que me quitara la ropa. Después se comportó de una manera extraña. 
MATCH. ¿Qué hizo?

GERALDINE. Me pidió que me acostara en esa camilla?

El sargento match mira al Dr. Prentice desaprobando. El Dr. Prentice bebe whisky. Match se dirige a Geraldine.

MATCH. (Tranquilo) ¿El intento el algún momento inmiscuirse con usted?

PRENTICE. Se va a decepcionar si imagina que ese muchacho ha perdido la virginidad.

MATCH. Espero, señor, que sea considerablemente más experimentado antes de perder eso. ¿Qué razón tenía para sacarle la ropa?

PRENTICE. Quería asegurarme de su incuestionable obediencia. 

MATCH. ¿Ha tenido este tipo de problemas, antes?

PRENTICE. No estoy en problemas.

MATCH. Supongo que será consciente que este joven está haciendo una seria acusación en su contra.

PRENTICE. Sí. Y es ridículo. Soy un hombre casado.

MATCH. El matrimonio no excusa a nadie de ser un bicho raro.

PRENTICE. Soy un miembro respetado en mi profesión. Su acusación es absurda.

MATCH. No está en mí hacer acusaciones en asuntos que no comprendo cabalmente.

PRENTICE. El muchacho tiene una reputación repulsiva. Lo ocurrido anoche necesita ser explicado antes que lo de esta mañana. 

GERALDINE. Yo no tuve nada que ver con hechos desgraciados ocurridos en el Hotel de la Estación.

MATCH. ¿Niega haberse comportado en forma obscena con un grupo de señoritas del Priory Road School, en la noche del último Jueves?

GERALDINE. Sí.

MATCH. Mire, Nicholas Beckett. Le prevengo que todo lo que diga será registrado y podría ser usado como evidencia en su contra.

GERALDINE. Mi nombre no es Nicholas Beckett. 

MATCH. (Pausa, con el seño fruncido) ¿Entonces por qué imagina que quiero arrestarlo?

GERALDINE. ¿Para poner a salvo mis intereses?
El Dr. Prentice, sentado al escritorio, se sirve whisky.

PRENTICE. ¿Usted imagina que va a estar a salvo de actos indecentes en una estación de policía?

GERALDINE. Por supuesto.

PRENTICE. Me encantaría compartir su opinión.

El Dr. Rance entra desde el hall.

RANCE. Se están llevando a cabo preparativos de máxima seguridad. Nadie puede dejar la clínica sin una orden escrita. Prentice, haga que su secretaría prepare autorizaciones para cada miembro del staff. 

PRENTICE. Lo voy a hacer en cuanto esté preparada para retomar sus actividades.

MATCH (al Dr. Rance) ¿Podría ayudarnos a aclarar un asunto, doctor? Es un tema urgente. La otra noche este joven agredió a unas jovencitas. Esta mañana, él mismo fue agredido. 

RANCE. ¿Qué puedo decir? Es un caso extremo de “ojo por ojo”

MATCH. El muchacho ha hecho una seria acusación contra el Dr. Prentice. Dice que fue forzado a desvestirse y a acostarse en la camilla.

RANCE. (Al Dr. Prentice) Una lista completa de sus indiscreciones haría un best-seller.

PRENTICE. Todo esto es una horrible confusión.

RANCE. Escuche Prentice, en este momento hay una sola cosa que le podría aconsejar. Sea absolutamente franco. ¿Se ha portado de manera indecorosa?

PRENTICE. ¡No

El Dr. Prentice se pasa la mano por la frente. Tiene una expresión de ansiedad desesperada.

Lamento que mi declaración haya confundido al sargento. Tengo los nervios de punta.

RANCE. Debería consultar con un psiquiatra calificado.

PRENTICE. Yo soy un psiquiatra calificado. 

RANCE. Usted es un idiota. Lo que no es precisamente la misma cosa. Aunque en su caso, las dos podrían tener mucho en común. (Al sargento Match) ¿Usted ya sabía de este chico?

MATCH. No por un caso como este. Es por eso que debemos ser cuidadosos. Como bien dice el doctor, tiene una reputación repulsiva. Puede ser también que esté cargado de rencor hacia el Dr. Prentice.  

RANCE. (Al Dr. Prentice) Tal vez esta acusación provenga de una desilusión. Hubiese sido más inteligente no rechazar los halagos del joven

PRENTICE. Los vicios antinaturales pueden arruinar a un hombre.

RANCE. La ruina viene con la acusación, no con el vicio. Si no hubiese hecho lo que hizo, no estaría ahora acusado de nada. .

PRENTICE. Jamás podría haberlo hecho. Soy heterosexual.

RANCE. Preferiría que no usara esas palabras poéticas. No hacen mas que confundir. (Al sargento Match) ¿Cómo imagina que podemos llegar al fondo de este asunto?

MATCH. Alguien respetable tiene que examinar al joven.

GERALDINE. ¡Me niego a que me examinen!

MATCH. No se puede negar. Usted está bajo arresto. 

GERALDINE. Yo no soy Nicholas Beckett. Quiero que me lleven a prisión. 

MATCH. Si no es Nicholas Beckett, no puede ir a prisión. Y no está bajo arresto.

GERALDINE (mordiéndose el labio) Soy Nicholas Beckett.

MATCH. Entonce está bajo arresto. Deberá someterse a un examen médico. 

RANCE. Yo lo voy a supervisar. La mente de las víctimas en estos casos de agresión debe ser considerada tanto como el cuerpo. 

GERALDINE. A mí no me agredieron.

RANCE. ¿Entonces por qué hizo una acusación tan sucia?

GERALDINE. Yo no acusé a nadie. El sargento hizo la acusación.

RANCE (al sargento Match) ¿Usted fue también agredido por el Dr. Prentice? (al Dr. Prentice) ¿A usted le interesan los jovencitos o los policías? A su edad ya va siendo hora que tome una decisión. (Al sargento Match) Espere afuera. Voy a revisar al muchacho y a preparar un informe. Después lo reviso a usted.

MATCH (impactado) ¿A mí?

RANCE. Sí. Debemos ser extremadamente cuidadosos.

MATCH. Señor, me parece un tanto inusual.

RANCE. (Con una sonrisa socarrona) Usted está en un loquero. Las conductas inusuales son moneda corriente.

MATCH. Entre los pacientes.

RANCE. Aca no tenemos privilegios de clase. 

El Sargento Match se va hacia el hall, perplejo. El Dr. Rance va hacia el lavatorio, se arremanga y se lava las manos.

(Sobre su hombro) Querido, sacate la ropa. Acostate en la camilla. (Se sigue lavando)
Geraldine toma al Dr. Prentice del brazo.

GERALDINE. (Con un suspiro desesperado) ¿Qué vamos a hacer ahora? No me puedo desvestir. Se va a dar cuenta de todo.

PRENTICE. ¡Quédese tranquila! La situación, aunque sea desesperante, no está de ninguna manera perdida. 

El Dr. Rance toma una toalla y se seca las manos. 

GERALDINE. No tendría que haberme portado como lo hice. 

RANCE. ¿Disfrutó la experiencia? (Deja la toalla y se pone unos guantes de goma) ¿Piensa que disfrutaría de una relación normal?

GERALDINE. No. Podría quedar embarazada. (Se da cuenta de su error e intenta arreglarlo) o ser la causa del embarazo de otros.

El Dr. Rance se da cuenta rápidamente del error y se vuelve hacia el Dr. Prentice.

RANCE. Acaba de darnos una información clave. (Va hacia Geraldine) ¿Usted se ve como una chica?

GERALDINE. No.

RANCE. ¿Por qué, no?

GERALDINE. Porque soy un chico.

RANCE (amablemente) ¿Está usted segura de lo que dice?

GERALDINE. Tengo que ser un chico. Me gustan las chicas.

El Dr. Rance para, se rasca la frente, desconcertado.

RANCE. (A un lado, al Dr. Prentice) Me cuesta seguirle el razonamiento. 

PRENTICE. Muchos hombres imaginan que la preferencia por la mujer es ipso facto, una prueba de virilidad.

RANCE (asintiendo sabiamente) Alguien debería escribir un libro sobre esos mitos folclóricos. (A Geraldine) Sáquese los pantalones. Yo le voy a decir a cual sexo pertenece.
GERALDINE. (Apartándose) ¡Prefiero no saber!

RANCE. ¿Prefiere permanecer en la ignorancia?

GERALDINE. Sí. 

RANCE. No la puedo motivar si tiene una actitud tan cómodo y egoísta. Tiene que enfrentar las cosas como todos nosotros.

Fuerza a Geraldine para que se acueste en la camilla.

PRENTICE. Señor, está forzando al chico a que reviva una repetición de una experiencia traumática. Podría volverse loco.

RANCE. Este es un loquero. No podría haber elegido un lugar más apropiado. (A Geraldine) Desvístase. Mi tiempo vale oro.

Geraldine, incapaz de acatar la orden, llora angustiada al Dr. Prentice.

GERALDINE. ¡Doctor, no aguanto más! Tengo que decir la verdad. (Al Dr. Rance) ¡No soy un chico!¡Soy una chica!

RANCE (Al Dr. Prentice) Excelente. Por fin una confesión. Ella desea creer que es una chica para así poder minimizar los sentimientos de culpa derivados de una relación homosexual.

GERALDINE. (Los ojos muy abiertos, desesperada) Yo fingí ser un chico. Lo hice para ayudar al Dr. Prentice.

RANCE. ¿Y como se ayuda a un hombre si una mujer pretende ser un varón?

GERALDINE. Las esposas se ponen furiosas si descubren que sus maridos han desvestido y seducido a una chica.

RANCE. ¿Siendo muchachos el juego es mas justo? Tengo mis serias dudas sobre lo cuestionable que resulta su tan personal visión de la sociedad. 

Presionada mas allá de su capacidad, Geraldine se arroja a los brazos del Dr. Rance y llora histéricamente.

GERALDINE. ¡Entonces desvístame! Haga lo que quiera, pero pruebe que soy una mujer.

El Dr. Rance la aleja y gira, con frialdad, hacia el Dr. Prentice.

RANCE. Si él piensa seguir comportándose de esta manera, vamos a tener que atarlo. 

La Sra. Prentice entra desde el dispensario.

Sra. PRENTICE. (Al Dr. Rance) ¿Doctor, podría darle una mirada a la Srta. Barclay? Se niega a desvestirse delante de una mujer. 

RANCE. ¿Y delante de un hombre?

Sra. PRENTICE. No le pregunté. 

RANCE. Me pregunto si podría tentarla. (Se muerde un labio) Voy a probar. Tal vez sea una ninfómana. (Al Dr. Prentice) Si este muchacho empieza a decir improperios, manténgalo en estado de ebullición hasta que yo vuelva.

Se va hacia el dispensario seguido por la Sra. Prentice. GERALDINE, segura de sí misma.

GERALDINE. Doctor, me voy a ir por el jardín y me voy a tomar un taxi hasta mi casa.

PRENTICE. Eso es imposible. Se están tomando estrictas medidas de seguridad hasta que el paciente sea recapturado.

GERALDINE. ¿Cuándo sea recapturado me puedo ir?

PRENTICE. No. 

GERALDINE. ¿Por qué no?

PRENTICE. Usted es el paciente.

Geraldine gime angustiada. El Dr. Rance vuelve del dispensario sacándose los guantes de goma.

RANCE. Su secretaria está parada arriba de una mesada, luchando contra todo intento de ser desvestida. Pareciera que es incapaz de comportarse de manera civilizada.

PRENTICE. Yo no tengo quejas.

RANCE. Porque usted espera que una secretaria se comporte de esta manera. Es una condición para ser contratada. (Lo mira al Dr. Prentice con franqueza) ¿Usted se da cuenta que la mujer usa una afeitadora?

PRENTICE. No veo nada extraordinario en lo que me dice. La Sra. Prentice también tiene que sacarse ocasionalmente algún pelo indeseable.

RANCE. ¿Del mentón? Mire, hay dos sexos. Debemos enfrentarnos con la indigerible realidad. 

La Sra. Prentice entra desde el dispensario trayendo de la mano a un tranquilo Nick.

Sra. PRENTICE. Doctor, la Srta. Barclay está más calmada. Le dí un sedante.

RANCE. (Hacia Nick, moviendo la cabeza) Qué imagen cautivante de una mente en decadencia.

PRENTICE. La Srta. Barclay no está más enferma que lo que estoy yo.

RANCE. Su estado es peor que el de ella.

PRENTICE. No se lo puedo aceptar.

RANCE. Ningún loco acepta su propia locura. Solo los cuerdos hacen eso. (A Nick, bruscamente)  ¿Por qué no se dejaba desvestir por la Sra. Prentice?

Sra. PRENTICE. Sus objeciones parecen ser por motivos religiosos. Dice estar conectada con Dios.

RANCE. (A Nick) ¿Cuando fue la primera vez que se dio cuenta de esta relación especial con el todo poderoso?

NICK. Cuando me dieron una copia de la Biblia encuadernada en cuero.

RANCE. ¿Era una copia autografiada?

NICK. No creo que Dios la haya firmado.

RANCE. Bueno, supongo que esas cosas a uno se le escapan de la memoria. ¿Tenía alguna inscripción?

NICK. Sí.

RANCE. ¿Y qué decía?

NICK. H.W.Smith & Sons. 

RANCE. Ah, los considera como Dios. Claramente, usted ha tenido una verdadera experiencia religiosa. (Asiente, a Geraldine) ¿Usted estaba presente cuando el Dr. Prentice usó a este muchacho en forma inusual?

NICK. ¿Qué quiere decir con inusual?

RANCE. (A la Sra. Prentice) Que perturbadoras que pueden ser las preguntas de los locos. (A Nick) Suponga que le hago una propuesta indecente. Si usted acepta, algo podría ocurrir que, en general, podría ser tomado como algo natural. Si por el contrario, abordara a este pequeño (le sonríe a Geraldine) mi accionar solo podría ser entendido como una grosera violación del orden de las cosas.

Sra. PRENTICE. (Señalando a Geraldine con la cabeza) ¿Mi marido se comportó mal con ese chico?

RANCE. Eso es algo imposible de decir con algún grado de precisión. Se niega a cooperar con el examen médico.

Sra. PRENTICE. (Al Dr. Prentice) ¿Qué paso con el otro chico?

PRENTICE. ¿Qué chico?

Sra. PRENTICE. El que le sacaste la ropa.

RANCE. Este es el chico que desvistió.

Sra. PRENTICE. No. Él desvistió al chico que me fastidió a mí.

RANCE (pausa) ¿No es el mismo?

Sra. PRENTICE. No.

RANCE. (Mirando, perplejo) ¿Hay otro chico?
Sra. PRENTICE. Él estaba siendo entrevistado para un puesto de secretaria. Mi marido hizo que se desvistiera.

RANCE. (Fríamente al Dr. Prentice) ¿Hace mucho que es un pervertido?

PRENTICE. ¡No soy un pervertido!

RANCE. ¿Cómo describiría usted a una persona que maltrata jovencitos, molesta a la policía e intima con una mujer que se afeita dos veces al día.?

PRENTICE. Diría que ese hombre es un pervertido. 

RANCE. Me alegra que empiece a enfrentar los hechos tal cual son. (A Geraldine) ¿Si no es Nicholas Beckett, quién es usted?

Geraldine mira al Dr. Prentice y se muerde los labios)

PRENTICE. Su nombre es Gerald Barclay. 

RANCE. (Señalando a Nick) ¿Es el hermano de la señorita?

PRENTICE. No. 

RANCE. ¿Entonces qué paso con Nicholas Beckett?

PRENTICE. Se retiró hace una hora para continuar con sus obligaciones en el Hotel de la Estación.

Sra. PRENTICE. ¡No pudo hacer eso! Yo le saqué el uniforme. Estaría desnudo.

PRENTICE. Por lo que uno escucha del Hotel de la Estación, el uniforme pareciera ser opcional.

RANCE. (Moviendo la cabeza, preocupado) Espero que no hayamos perdido a otro. (A la Sra. PRENTICE) Averigüe si el muchacho volvió al hotel.

La Sra. PRENTICE va hacia el hall. El Dr. Rance gira hacia el Dr. Prentice.

Voy a declarar dementes a estos dos. Prepare los papeles que sean necesarios.

Nick y Geraldine lloran alarmados.

NICK. ¿No puede hacer nada con él? ¡Perdió la cabeza

RANCE. Yo soy un representante del orden y usted del caos. Si no es consciente de esto, no puedo tener esperanza de curarlo. (Al Dr. Prentice) Prepare las órdenes de internación así las firmo. 

PRENTICE. (Molesto y furioso) De ninguna manera voy a aceptar una acción tan drástica. No tenemos la menor evidencia de insanía. 

RANCE. Queda usted relevado en sus funciones como director general de esta clínica. De ahora en más hará lo que yo le diga.

PRENTICE. Señor, me desagrada la forma en que manejó todo este asunto. Le voy a hacer llegar mi punto de vista a los comisionados. 

RANCE. Tengo mis serias dudas que el punto de vista de un loco tenga mucho peso entre los comisionados.   

PRENTICE. No estoy loco. Solo parezco. Si hay alguien que está cerca del chaleco de fuerza, ese es usted.

RANCE. Considerando su anormalidad esa es una reacción normal. Los sanos parecen tan extraños a los locos como los locos a los extraños. Quédese donde está. Le voy a dar una pastilla.

Va hacia el dispensario con prisa.

GERALDINE. (Sollozando) ¡Declarada loca dos veces en un solo día! Y me decían que iba a trabajar para un grupo maravilloso. (Se suena la nariz)
NICK. ¿El porqué se puso mi uniforme?

PRENTICE. No es un chico. Es una chica.

GERALDINE. ¿Porqué ella tiene puestos mis zapatos?

PRENTICE. No es una chica. Es un chico. (Se sirve un whisky) Ay, si llegara a vivir hasta los noventa no volvería a intentar tener una relación sexual.

NICK. Señor, si nos cambiamos de ropa podríamos volver las cosas a la normalidad.

PRENTICE. Entonces tendríamos que explicar la desaparición de mi secretaria y del botones.

GERALDINE. ¡Pero si no existen!

PRENTICE. Cuando desaparece gente que no existe los motivos de su partida deben ser convincentes.

NICK. (Pausa) ¿Podremos corromper al sargento?

PRENTICE. No. 

NICK. Necesito su uniforme.

PRENTICE. ¿Para qué?

NICK. Así me arresto.

El Dr. Prentice se pasa una mano por la frente, confundido.

PRENTICE. Estuve demasiado tiempo entre locos como para saber lo que es la cordura.

NICK. Una vez que me arreste podemos hacer la orden de salida.

GERALDINE. Estás multiplicando los problemas y necesitamos dividirlos.

NICK. (Al Dr. Prentice) Podemos ingeniar algún pretexto para que desaparezca. Después nos podemos cambiar la ropa.

PRENTICE. Los riesgos de la cura pueden superar los de la enfermedad.

Entra el Dr. Rance desde el dispensario. Le entrega al Dr. Prentice una cajita con píldoras rojas.

RANCE. Tómese dos.

PRENTICE. (Mirando la cajita) ¿Qué son?

RANCE. Drogas peligrosas que se supone van a aliviar su estado patologicamente inestable. Tenga cuidado en no excederse con la dosis. (A Nick) No de mas vueltas, señorita, y entregue de una vez esos objetos que busca la policía de cinco estados. (Toma a Geraldine del brazo) Voy a encerrar a este jovencito en el cuarto acolchado. Debemos cuidarnos de un repentino hermafroditismo.

GERALDINE. Ah, me alegro que mis padres estén muertos. Esto los hubiera matado.

El Dr. Rance se la lleva hacia los pabellones.

PRENTICE. (A Nick) Voy a hacer que el sargento se desvista. Ya que estoy sospechado de haberlo hecho, puedo tranquilamente hacerlo.

NICK. ¿No puede inyectarlo o algo así? 

PRENTICE. Un tranquilizante promedio no le va a hacer mal, creo. Fíjese en mi escritorio que debe haber una caja de antidepresivos.

Nick va al escritorio y saca una caja cuadrada y blanca del cajón. El Dr. Prentice abre la puerta del hall.

(Llamando, amistosamente) ¿Podría venir, sargento?

Nick le alcanza la caja con las pastillas al Dr. Prentice y se va al dispensario. El Sargento Match entra desde el hall.

MATCH. ¿Quiere hablar conmigo, doctor?

PRENTICE. Sí. Quiero que se desvista y se acueste en esa camilla. 

MATCH. (Pausa) Todavía nadie se entrometió conmigo.

PRENTICE. No se preocupe por eso. Sáquese todo menos los calzoncillos.

MATCH. (Se sienta en la camilla y se desanuda los cordones de las botas) Doctor, si llega a hacer algún intento por incitarme, voy a pedir ayuda.

PRENTICE. Es fácil ver por qué nadie quiere involucrarse con usted. Pone demasiadas piedras en el camino. 

El Sargento Match se saca las botas. Nick aparece en la puerta del dispensario. El Dr. Prentice le alcanza las botas. Nick se las lleva al dispensario. El Sargento Match se saca la túnica y se la da al Dr. Prentice. Nick, sin zapatos ni peluca, aparece en la puerta del dispensario.  El Dr. Prentice le da la túnica del sargento. Nick se da vuelta y el Dr. Prentice le baja el cierre del vestido. Nick se lleva la túnica al dispensario. El Sargento Match se saca la camisa y la corbata. Nick, en calzoncillos aparece en la puerta del dispensario. El Dr. Prentice le da la camisa y la corbata del sargento. Nick se va al dispensario. El Sargento Match se saca los pantalones. La Sra. Prentice entra desde el hall. Al ver al Sargento sin sus pantalones, grita. Sorprendido y avergonzado, el Sargento Match se sube los pantalones. 

Sra. PRENTICE. (Fría) Oficial, ¿Qué hacía con los pantalones abajo?

MATCH. El doctor me va a examinar.

Sra. PRENTICE. ¿Por qué?

MATCH. Hay razones para suponer que hace algún tiempo yo tuve una experiencia desagradable.

Sra. PRENTICE. Que clase de experiencia.

PRENTICE. Fue toqueteado.

Sra. PRENTICE. ¿Por quién?

PRENTICE. Por mí.

Sra. PRENTICE. ¿Y para qué lo estás revisando?

PRENTICE. Para ver si su historia es verdadera.

Sra. PRENTICE. ¿Y no lo sabés?

PRENTICE. No, yo no sentí nada.

Sra. PRENTICE. ¿Dónde está el Dr. Rance?

PRENTICE. Acaba de meter al botones en la celda acolchada.

Sra. PRENTICE. Tengo que hablar con él. Las cosas se están yendo de las manos.

Se marcha apurada hacia los pabellones. El Dr. Prentice gira hacia el Sargento Match.

PRENTICE. Sáquese los pantalones, sargento. Vamos a continuar.

El Sargento Match se saca los pantalones y se los da al Dr. Prentice. Solo tiene puestos los calzoncillos y las medias. Con un ademán, el Dr. Prentice saca las pastillas de su bolsillo y se las da al sargento.

(Sonriendo) Me gustaría que se tome esto. Agarre todas las que quiera. Son inofensivas.
El sargento agarra la caja.

Ahora lo que quiero es que se acueste en la camilla y piense en los capítulos finales de su novela favorita.

El Sargento Match se acuesta en la camilla. El Dr. Prentice cierra la cortina y corre hacia el dispensario con los pantalones. Se encuentra con Nick en la puerta. Lleva puesto el uniforme del Sargento. El Dr. Prentice le da los pantalones.

(A Nick) En el jardín hay una cabaña pequeña. Ahí no lo van a molestar.

Nick se va hacia el jardín con la ropa. El Dr. Prentice va hacia el escritorio y se sirve un whisky. Se lo toma de un trago. Nick aparece, sin el uniforme, por la ventana.

NICK. ¡El casco!

El Dr. Prentice va rápidamente hasta la camilla.

PRENTICE. ¡Sargento, el casco!

MATCH. (Detrás de las cortinas) En el hall, señor.

PRENTICE. (A Nick) ¿Dónde está la ropa de la Srta. Barclay?

NICK. En el dispensario.

Nick corre hacia el hall. El Dr. Prentice va rápidamente hacia el dispensario. La Sra. Prentice entra desde los pabellones. Nick vuelve desde el hall en calzoncillos y con el casco. Al verlo, la Sra Prentice da un alarido y se queda dura. Nick corre hacia el jardín.

Sra. PRENTICE. (En el escritorio, débil) ¡Este lugar es como un loquero!

El Dr. Rance entra desde los pabellones. La Sra. Prentice lo mira, salvaje.

Me tiene que ayudar, doctor. Sigo viendo gente desnuda.

RANCE (pausa) ¿Cuando empezaron estos desvaríos?

Sra. PRENTICE. No son desvaríos. Es la realidad.

RANCE. (Sonriendo) Todos los que sufren alucinaciones creen que son reales. ¿Cuándo fue la ultima vez que vio a un hombre desnudo?

Sra. PRENTICE. Recién. Estaba desnudo y llevaba un casco de policía. 

RANCE. (Seco) No es difícil imaginar mi querida, lo que hay en su mente. ¿Está teniendo problemas en su matrimonio?

Sra. PRENTICE. Bueno, en realidad sufro de neuritis. Mi marido se niega a prescribirme algo.
RANCE. Un hombre no debería drogar a su mujer para tener una relación feliz.

Sra. PRENTICE. Yo no quiero drogas. Quiero que se ocupen de mi apetito sexual.
Va hacia el escritorio y se sirve un whisky. El Dr. Rance le habla con firmeza.

RANCE. Su depravación podría haber contribuido en el colapso nervioso de su marido. ¿Dónde está el Dr. Prentice?

Sra. PRENTICE. (Poniendo hielo en el vaso) No sé. Cuando volví de llamar al Hotel de la Estación, estaba desvistiendo al sargento.

RANCE. ¿Cómo describiría su vínculo con el Sargento?

Sra. PRENTICE. Raro y en muchas maneras, desconcertante. Lo he visto llamarlo en varias ocasiones para luego despedirlo abruptamente.

RANCE. ¿Haciéndose el coqueto, eh? Bueno, de alguna manera le agrega pimienta a una relación amorosa. ¿Qué novedades hay del paciente? 

Sra. PRENTICE. Ninguna. Excepto que esto se parece al camisón que ella usaba. (Levanta el camisón de Geraldine)

RANCE. Entonces debe estar desnuda.

Sra. PRENTICE. Sí.

RANCE. ¿Y qué le dijeron en el hotel?

Sra. PRENTICE. Aseguran que en sus registros no figura ningún botones llamado Gerald Barclay. El joven es un impostor.

RANCE. ¿Y qué hay de Nicholas Beckett, el auténtico botones?

Sra. PRENTICE. No volvió al hotel. Recuerde, yo tenía su uniforme cuando desapareció.

RANCE. (Muy preocupado) Dos personas, una loca y la otra sexualmente inestable, los dos desnudos, deambulan por esta casa. 

Sra. PRENTICE. ¡Ah, doctor! ¿Hay algo de esto que tenga sentido para usted?

RANCE. Claro que sí. Una historia sobre los intereses humanos. Un respetable miembro de la comunidad médica está casado con una mujer deslumbrantemente hermosa. Desesperadamente enamorada pero con una mutua desconfianza, aun sin admitirlo, poco es lo que pueden hacer para prevenir que lo que alguna vez fue una preciosa relación, se vuelva amarga. El Doctor tiene una paciente mentalmente inestable pero encantadora. Ella es la llave de este misterio. A temprana edad fue victima de un ataque sexual. ¡Y el abusador fue su propio padre! Un acto de transferencia, cosa corriente en la experiencia de cualquier psiquiatra, le permite a ella reconocer en el doctor a su padre. Las exigencias de una esposa y una paciente ninfómanas, junto con aquellas de su ardiente secretaria, fueron demasiado para su equilibrio mental. Angustiado cambia, y se le da por arremeter contra jovencitos. Manteniendo, sin embargo, vestigios de normalidad, persuade a los menores a vestirse con ropa de mujer. Esto explica su deseo por las prendas femeninas. A medida que madure su neurosis, sabremos si quería que el chico representara a su esposa, a la paciente o a la secretaria.

Sra. PRENTICE. ¿Y por qué el policía?

RANCE. Locura. No hay otra explicación.

Sra. PRENTICE. ¿Hace cuanto imagina que mi marido está loco?

RANCE. El origen de su enfermedad puede ser rastreado tan lejos como aquella carta que escribió al diario. Desde las asombrosas ideas del Dr. Goebbles sobre el funcionamiento del órgano sexual masculino uno cae lógicamente en los Golliwogs blancos. Un intento, de hecho, de cambiar el orden de la creación -la homosexualidad acá mete una cuña- interesándose superficialmente en el arte de los negros. El robo de las partes privadas de una figura pública muy reconocida, se conecta con esta teoría. ¡O yo soy alemán o tenemos delante de nuestras narices un caso de adoración fálica! (Con una media sonrisa) Voy a hacer una fortuna cuando esto sea publicado. Mi novela rosa “tipo documental” va a batir récords de reimpresión. Voy a poder dejar este trabajo para poder gozar de aquellos que, como yo, no encuentren indecente que les saque el dinero de la billetera.

Sra. PRENTICE. (Tomando whisky con un escalofrío) Qué historia espantosa. La desaprobaría tajantemente si fuera ficción.

RANCE. Ahora no le voy a poder pedir al Dr. Prentice que inaugure la Exposición de Salud Mental. (Presionando los labios) Tendremos que buscar alguien sano entre los miembros del gabinete.

La Sra. Prentice levanta una caja de pastillas del piso, cerca de la camilla. El Dr. Rance lo advierte rápidamente.

¿Qué es eso?

Sra. PRENTICE. Una caja de pastillas. Está vacía.

El Dr. Rance la agarra y la mira con un lento y creciente horror.
RANCE. ¡Se tomó una sobredosis! Acá tenemos una terrible evidencia del conflicto. Su mente atormentada, buscando liberación, lo llevó a intentar destruirse.

La Sra. Prentice se queda boquiabierta en estado de shock.

Sra. PRENTICE. ¿Suicidio? Esto es tan inesperado. 

RANCE. Justo cuando uno menos lo espera, lo inesperado sucede. Tenemos que encontrarlo antes que sea demasiado tarde.

Salen velozmente en direcciones opuestas. La Sra. Prentice va hacia el hall y el Dr. Rance hacia los pabellones. El Dr. Prentice y Nick entran simultaneamente desde el dispensario y el jardín. El Dr. Prentice trae la peluca y los zapatos envueltos en el vestido. Nick viste el uniforme del Sargento. 

NICK. (Urgido) ¡Doctor, la Srta Barclay está colgando de la ventana de la celda acolchada!   

PRENTICE. (Mirando alrededor de la habitación) ¿Dónde puede uno esconder un vestido de mujer en un consultorio?

Levanta el florero. Es demasiado pequeño para que entre un vestido. Mira alrededor, rápido y desesperado. Las cortinas se separan y el Sargento Match cae al piso, insensiblemente drogado. El Dr. Prentice y Nick  reaccionan al ver en qué condición está en Sargento Match. El Dr. Prentice se palpa el bolsillo, saca la caja de pastillas blancas. Sus ojos se abren. Traga saliva.

(Con un sollozo ahogado) ¡Por dios! ¡Lo envenené!

Nick corre al lavatorio, moja una toalla y le da golpecitos en la cara al Sargento. El Dr. Prentice deja el vestido en el piso en intenta que el Sargento Match se pare. El Sargento refunfuña, mira alrededor en estado de estupor y tiembla incontrolablemente.

NICK (Tomándole el pulso) ¡Está helado!

PRENTICE. Es el efecto de la droga. Notamos el mismo proceso trabajando con cadáveres.

NICK. Póngale algo arriba y tirémoslo afuera. Dejemos que duerma un rato.

Levanta el vestido.

PRENTICE. (Retorciéndose las manos) ¿Cómo voy a explicar la presencia del cuerpo drogado de un sargento de policía en mi jardín?

NICK (poniéndole el vestido al Sargento Match) Usted es culpable. No tiene nada que explicar. Solo los inocentes hacen eso.

Sube el cierre del vestido. El Dr. Prentice hace que el Sargento se pare.

PRENTICE. (Suspirando) Si esto se llega a saber me voy a convertir en un vendedor de fósforos.

Llevan al Sargento Match en estado semiconsciente al jardín. La Sra. Prentice entra desde el hall y el Dr. Rance desde los pabellones.

Sra. PRENTICE. Alguien se robó el casco del Sargento de la mesa del hall. ¿Usted cree que puede haber sido mi esposo?

RANCE. Es posible. Su comportamiento es tan ridículo que uno hasta podría sospechar que está sano.
La Sra. Prentice al mirar por la ventana repentinamente grita alarmada.

¿Qué pasa querida? Me parece que te emocionas más de la cuenta con la simple mención de un casco de policía.

Sra. PRENTICE. Acabo de ver a mi marido llevando una mujer hacia los arbustos. 

RANCE. ¿Ella forcejeaba?

Sra. PRENTICE. No.

RANCE. Entonces se nos abre una nueva y aterradora posibilidad. Las drogas de la caja (Levanta la caja) pueden haber sido usadas no para suicidarse sino para matar. ¡Su marido se acaba de deshacer de su secretaria!

La Sra. Prentice se sirve un whisky. Ríe nerviosa.

Sra. PRENTICE. ¿Doctor, no es eso un poco melodramático?

RANCE. Los lunáticos son melodramáticos. La desagradable sombra del anticristo acecha esta casa. Habiendo descubierto a su Padre/Amante en la figura del Dr. Prentice, la paciente lo reemplaza, haciendo una reorganización psicológica, por la arquetípica figura-Padre -el Diablo. Ahora todo está claro. Los capítulos finales de mi libro se van cosiendo unos con otros: incesto, sodomía, mujeres ultrajantes y extraños cultos amorosos. Todas las joyas de moda. Una chica, hermosa pero neurótica, convence al doctor para que sacrifique una virgen blanca para dar vuelo a los oscuros dioses de la sinrazón. “Cuando entraron en el antro maloliente encontraron su pobre cuerpo sangrando detrás del obsceno y semi-erecto falo”. (A la Sra. Prentice) Mi historia imparcial del caso del infame asesino-sexual Prentice sin dudas agregará mucho para el conocimiento de semejantes criaturas. La sociedad debe ser advertida sobre la creciente amenaza de la pornografía. ¡Toda esa alevosa onda moderna va a quedar expuesta por lo que es -un instrumento para incitar a ciudadanos decentes a cometer crímenes bizarros contra la humanidad y el estado! (Hace una pausa, un poco abrumado se toca la frente) Querida, usted tiene bajo su techo a uno de los lunáticos más increíbles de todos los tiempos. Tenemos que organizar una búsqueda del cadáver. Como asesino bisexual, travesti y fetichista, el Dr. Prentice despliega una superposición de desviaciones. Tal vez, también tengamos necrofilia. Una suerte de bonus.

El Dr. Prentice entra desde el jardín.

(Girando y mirando despectivamente) ¿Prentice, podría confirmarme que su esposa lo vio llevando un cuerpo hacia los arbustos?

PRENTICE. Sí. Tengo como explicar lo sucedido.

RANCE. No me interesan sus explicaciones. Me basta con las mías. ¿Dónde está su secretaria?

PRENTICE. La despedí.

RANCE. (A un lado a la Sra. Prentice) Está claro que la mató.

PRENTICE. ¡Yo no maté a nadie!

RANCE. Su respuesta es acorde con la compleja estructura de su neurosis. 

PRENTICE. La persona que vio mi esposa no estaba muerta. Estaba dormida.

RANCE (a la Sra. Prentice) El espera la resurrección. Tenemos acá un lazo con la religión primitiva. (Al Dr. Prentice) ¿Por qué le dio la espalda a Dios?

PRENTICE. Soy un racionalista.

RANCE. No se puede ser racionalista en un mundo irracional. No es racional. (Levantando la peluca y los zapatos) ¿Tenía intención de usar esto para auto exitarse?

PRENTICE. No, soy una persona perfectamente normal.

RANCE (a la Sra. Prentice) Su noción de normalidad es bastante anormal. (Al Dr. Prentice) ¿Mató a la chica antes o después de sacarle la ropa?

PRENTICE. No era una chica. Era un hombre. 

Sra. PRENTICE. Usaba un vestido.

PRENTICE. Por todo eso era un hombre.

RANCE. Las mujeres usan vestidos, Prentice, no los hombres. ¿Usted se cambió de ropa con la víctima antes de que muriera?

PRENTICE. ¡Nadie murió! La persona que vieron conmigo era un policía que había tomado una sobredosis de narcóticos.

Sra. PRENTICE. ¿Por qué estaba vestido de mujer?

PRENTICE. Cuando lo encontré estaba desnudo y el vestido estaba a mano.

Sra. PRENTICE. ¿Dónde estaba su ropa?

PRENTICE. Un muchacho se la había robado.

El Dr. Rance lleva a la Sra. Prentice a un lado, su rostro una máscara de desaprobación.

RANCE. Es momento de ponerle un punto a esta alucinación greco-romana. ¿Hay algún chaleco de fuera en este lugar?

Sra. PRENTICE. Los métodos modernos de tratamiento han vuelto obsoleto al chaleco de fuerza.

RANCE. Estoy bien al tanto de eso. Sin embargo los seguimos usando. ¿Por casualidad tiene alguno?

Sra. PRENTICE. El portero tiene unos pocos.

RANCE. No nos podemos arriesgar con su marido en las condiciones actuales.

Se va hacia el hall. El Dr. Prentice, en el escritorio, se sirve un whisky, escupe palabras envenenadas a su esposa.

PRENTICE. Decime, harpía traidora ¿Es esta otra de tus maquinaciones para socavar mi reputación?

La Sra. Prentice no hace ningún esfuerzo en contestar. Sonríe y pone su mano en el hombro del Dr. Prentice.

Sra. PRENTICE. (Amablemente) Querido, sos el culpable de la muerte de una pobre chica. Tendrías que aceptar que te espera un período de reclusión.
PRENTICE. (Tragando el whisky) ¡La Srta. Barclay no está muerta!

Sra. PRENTICE. Hacé que aparezca y van a desaparecer todos tus problemas. 

PRENTICE. No puedo.

Sra. PRENTICE. ¿Por qué no?

PRENTICE. Tenés puesto su vestido. (Resignado) Esta mañana me sorprendiste durante un desafortunado intento por seducirla.

Sra. PRENTICE. (Sonríe incrédula) Querido, si vamos a intentar salvar nuestro matrimonio, vas a tener que admitir que preferís los chicos a las mujeres. El Dr. Rance ya explicó las razones que explican tu aberración. Vas a descubrir en mí a alguien bastante tolerante. De hecho, conozco un grupo de muchachitos encantadores. Podría pasarte algunos de los más jóvenes. Mejoraría el tono de nuestro matrimonio considerablemente.

El Dr. Prentice queda estupefacto con las sugerencias. Gira alrededor de ella, furioso.

PRENTICE. No pienso soportarte haciendo alegatos escandalosos en un asunto del que no entendés nada. 

Sra. PRENTICE. El botones del hotel te acusó de comportarte de manera indecente.

PRENTICE. Ese no era un chico. Era una chica.

Sra. PRENTICE. Admití que preferís tu sexo al mío. Yo no tengo ningún problema en hacerlo.

PRENTICE. ¡Sos un sucia degenerada! ¡Sacate la ropa!

La Sra. Prentice baja el cierre de su vestido.

Sra. PRENTICE. (Ansiosa) ¿Me vas a golpear? Hacelo si es lo que querés. Tus experiencias psicóticas son de gran valor y vos deberías arrojarte en ves de quedarte frustrado y reprimido. 

El Dr. Prentice la agarra, le da una cachetada y le arranca el vestido. Ella lucha.

Sra. PRENTICE. (Exclamando) ¡Hay, querido! Esta es la forma en que se endereza en sexo en el matrimonio.

El Dr. Prentice la arroja de su lado. Choca contra el florero que cae al piso. El Dr. Rance entra desde el hall con dos chalecos de fuerza. El Dr. Prentice corre hacia el jardín con el vestido de la esposa. La Sra. Prentice se sienta entre las flores del piso, el pelo revuelto, vestida solo con su ropa interior.

Sra. PRENTICE. (Se levanta y va hacia el escritorio) Ah, doctor, durante su ausencia mi marido se puso violento y me golpeó. (Se sirve un whisky) 

Dr. RANCE. ¿Le gustó?

Sra. PRENTICE. Solo al principio. Pero los placeres sensoriales enseguida aburren.
Se toma el whisky. El Dr. Rance se agacha y recoge el florero y las flores marchitas.
RANCE. ¿Intentó destruir estas flores?
Sra. PRENTICE. Se cayeron durante la pelea.

RANCE. ¿Usted se da cuenta de la alegoría de la planta? La rosa es un código muy común para significar mujer. No quiso lastimarla. 

Sra. PRENTICE. Seguro. Me pegó hasta dejarme casi inconsciente. 

RANCE. Ah. Eso fue un simple acto físico, irrelevante en su significancia psicológica. No podemos perder tiempo en ponerle un freno al Dr. Prentice. Vamos a necesitar ayuda. ¿Por casualidad no conoce algún muchacho musculoso, de esos que llamaría cuando está estresada?

Sra. PRENTICE. ¡Doctor, soy una mujer casada! Sus sugerencias son de pésimo gusto.

Nick entra desde el jardín vestido con el uniforme del sargento.

 NICK. Doctor, me gustaría hablar con usted. Es sobre mi hermano, Nicholas Beckett. Acabo de arrestarlo.   

RANCE. Semejante demostración de amor de amor fraterno está a tono con el espíritu de nuestros tiempos. ¿Por qué lo arrestó?

NICK. Infringió la ley.

RANCE. ¿Y por eso va a ser tratado como un criminal? ¿Dónde quedo ese espíritu británico del amor por el juego limpio? ¿Dónde está su hermano ahora?

NICK. En la cárcel.

RANCE (a la Sra. Prentice) Mi querida, esta noche va a dormir tranquila.

Sra. PRENTICE. La vida está llena de desilusiones.

RANCE (a Nick) ¿Dónde está el Sargento Match?

NICK. Está custodiando a mi hermano. 

RANCE. ¿Lo encontraron culpable?

NICK. El no cometió ningún crimen.

RANCE. (A la Sra. Prentice) Cuando el castigo por ser inocente o culpable es el mismo, se vuelve lógico cometer un crimen. (A Nick) ¿Lo vio al Dr. Prentice en el jardín?

NICK. No.

RANCE. Tal vez no lo reconoció. Iba vestido como una mujer.
Sra. PRENTICE. Mató a su secretaria.

NICK. (Horrorizado) No pudo haberlo hecho. Es un Caballero del Imperio Británico. 

RANCE. Mire, esos rangos cabalísticos son tan eficientes para ahuyentar al demonio como las lunas y las estrellas en el sombrero de un hechicero. Vamos a necesitar su ayuda para dar con el paradero del insensato asesino de la Srta. Barclay.

Nick mira al Dr. Rance.

NICK. Doctor, estoy obsesionado por sentimientos de culpa. Tengo que confesarle algo. 

RANCE. Tiene que llamar por teléfono y pedir un turno. 

NICK. Yo soy Nicholas Beckett. No tengo derecho de llevar este uniforme. (Se saca el casco) Lo hice porque me lo pidió el doctor pero nunca imaginé que estaba involuntariamente ayudando a un psicópata.

RANCE. ¿No tiene hermano?¿Y el Sargento no está custodiándolo?

NICK. No. Yo soy un botones que trabaja en el Hotel de la Estación. Conocí al Dr. Prentice de casualidad. Se ve que le caí bien. Después de una breve charla en la que hablamos de cuestiones sexuales de manera libre y desinhibida, me preguntó si me molestaría vestirme de mujer. Yo acepté su sugerencia ya que había oído que el travestismo no es un vicio que se vuelva peligroso. El doctor me presentó frente a sus colegas como la “Srta. Barclay”. Me iba a pagar una suma de dinero. (A la Sra. Prentice) Por eso no dejé que me desnudaran. Me hubiese sentido abochornado.

Sra. PRENTICE (al Dr. Rance) ¿Entiende lo que esto significa, doctor?
RANCE. Sí. La Srta. Barclay está desaparecida desde esta mañana. (A Nick) ¿Cuando el Dr. Prentice le pidió que posara como una mujer, le explicó para qué?

NICK. No.

Sra. PRENTICE. ¿No consideró que era raro lo que le pedían?

NICK. No.

RANCE. (A Nick) Me atrevo a decir que usted debe haber pasado gran parte de su vida entre los más brutales e irresponsables miembros de la sociedad. Mas vale que me ayude a enderezar los desastres que hizo.

NICK. ¿Qué quiere que haga, señor? Después de mis experiencias recientes, entienda que desconfíe.

RANCE. (Agarra un chaleco de fuerza) Este es un chaleco de fuerza. Lo que necesito de usted, es que consiga que el Dr. Prentice se lo ponga. Puede haber violencia. Su cuerpo tiene vida propia. (A la Sra. Prentice) ¿Tiene una pistola?

La Sra. Prentice abre un cajón del escritorio y saca dos pistolas.

Sra. PRENTICE. (Dándole una al Dr. Rance) ¿Se va a asegurar antes de disparar que mi marido no esté mostrando una rama de olivo?

RANCE. Una rama de olivo puede ser usada como un arma de ataque. Si hay problemas lo voy a hacer volar por el aire. (Va hacia la ventana del jardín, sacudiendo la cabeza) Soy reacio a certificar como demente a un colega psiquiatra. Causa sentimientos encontrados dentro de la profesión.

Se va hacia el jardín.

Sra. PRENTICE. (A Nick) No se arriesgue. En cuanto vea al Dr. Prentice pida ayuda. (Se va hacia el hall moviendo el arma) Trate de no romperle los brazos o las piernas. Después se vuelve muy complicado ponerle el chaleco de fuerza.

Se va hacia el hall. Nick abre el chaleco. El Dr. Prentice entra desde los pabellones con el vestido que le sacó a la Sra. Prentice. Se lo ve preocupado.

PRENTICE. La Srta. Barclay se cayó por la ventana de la celda acolchada. Cuando le pedí que se desvistiera se puso histérica.

Nick asiente, comprendiendo. Camina hacia el Dr. Prentice y lo agarra firmemente del hombro.
NICK. Vamos, doctor, quiero que se ponga esto. (Levanta el chaleco)

PRENTICE. (Sin escucharlo) Quiero que usted me ayude a que las cosas vuelvan a la normalidad en este lugar.

NICK. (Tranquilizándolo) Puede confiar en mi, señor.

PRENTICE. Me ayudaría mucho si se saca la ropa.

NICK (pausa) Señor, si yo hago eso, ¿usted se pondría esto? (Levanta el chaleco)

PRENTICE. (Enojado y perdiendo la paciencia) ¿Me está cargando? Eso es un chaleco de fuerza. Yo no voy a ser parte de sus jueguitos retorcidos. Usted ya ha el tiempo suficiente en el hotel, como para entender cómo se comporta la gente decente. ¡Ahora haga lo que le digo y desvístase!

El Sargento Match, vestido con el vestido de leopardo, entra por el ventanal.

MATCH. (Tambaleándose, inestable) Doctor, puede revisarme cuando quiera.

Se bambolea por el cuarto hasta el dispensario, agarrándose de los muebles. Está pálido y con la mirada perdida. Geraldine, vestida con el uniforme de Nick, entra atolondradamente desde el jardín. La cara magullada y embarrada. Está pálida y en estado de shock.

GERALDINE. ¡Están rastrillando el parque buscándonos! Tienen armas. ¿Qué hacemos?

PRENTICE. No tiene que tardar más de un segundo en desvestirse. (La agarra e intenta desabrocharle el vestido)

GERALDINE. (A punto de llorar, golpeándolo) ¡Usted se está portando como un maniático!

NICK. Es un maniático. Mató a una mujer y escondió el cuerpo.

PRENTICE. ¿De dónde sacó esa historia vil?

NICK. El Dr. Rance va a declararlo insano. (Moviendo el chaleco) ¡Tengo que meterlo adentro de esto!

Salta sobre el Dr. Prentice e intenta ponerle el chaleco de fuerza. El Dr. Prentice le baja los pantalones a Geraldine. Ella lo golpea, sollozando. Se sube los pantalones. El Dr. Prentice se saca de encima a Nick y trata de evitar que Geraldine se suba los pantalones. Entra el Sargento Match desde el dispensario, cruza el cuarto a los tumbos, golpeando y moviendo los muebles.

MATCH. Cuando quiera, doctor.

Se va hacia los pabellones. El Dr. Prentice se sacude a Nick de encima, furioso.

PRENTICE. (A Geraldine) Dele a este joven la ropa que tiene puesta. (Levanta el vestido) Póngase esto. (A Nick) Devuélvale el uniforme al Sargento. Cuando pase de nuevo le sacamos el vestido de mi esposa y terminamos con todos los problemas. 

Nick se saca el uniforme. Geraldine se baja los pantalones. Se oye un disparo desde los pabellones. Entra el Sargento Match con una pierna sangrando. 

MATCH. Doctor, estaba en el baño cuando entró un hombre y me disparó. Me interesaría su opinión acerca de la gravedad de la herida.

Se va hacia el dispensario. Se oye un estruendo. Nick esta es calzoncillos. La Sra. Prentice entra desde el hall. Nick se esconde atrás del escritorio, Geraldine atrás de las cortinas. La Sra. Prentice avanza hacia el Dr. Prentice.

Sra. PRENTICE. (Moviendo el arma) ¡Vení para acá y acostate!

PRENTICE. Esta mujer es insaciable.

Sra. PRENTICE. Si no me hacés el amor, te mato.

PRENTICE. No se puede esperar que un marido de lo mejor de sí mientras lo apuntan con una pistola. (Se aleja)

La Sra. Prentice dispara. El Dr. Prentice se agacha y luego sale corriendo hacia el jardín. La Sra. Prentice lo sigue y dispara de nuevo. El sargento Match sale del dispensario, horrorizado. Al verlo, la Sra. Prentice da un alarido. El Sargento Match grita aterrorizado y se va hacia el hall. Nick sale de abajo del escritorio y corre hacia el hall. La Sra. Prentice chilla sorprendida. Geraldine corre hacia el dispensario con la chaqueta y sin los pantalones. La Sra. Prentice corre hacia los pabellones. Cuando llega a la puerta se oye un disparo y Nick vuelve a entrar quejándose y agarrándose el hombro. Aterrorizada, la Sra. Prentice le dispara salvajemente a Nick quien con un agudo grito de dolor, se va hacia el jardín. El Dr. Rance entra desde los pabellones con la pistola humeante. La Sra. Prentice se le acerca.

Sra. PRENTICE. ¡Doctor! El mundo está lleno de gente desnuda corriendo en todas las direcciones.

El Dr. Rance la toma del brazo.

RANCE. ¿Dónde guarda los tranquilizantes?

La Sra. Prentice va hacia el dispensario con prisa. Se oye un llanto y algo que golpea y Geraldine sale corriendo. Se saco todo el uniforme y solo viste con la bombacha y el corpiño.

RANCE. (Triunfante) ¡Por fin agarramos al paciente!

Apunta su arma a Geraldine. La Sra. Prentice sale del dispensario con un chaleco de fuerza y se lo entrega a Geraldine.

GERALDINE. Yo no soy un paciente. Estoy diciendo la verdad.

RANCE. Ya es tarde para verdades.

Llevan a la chica, que no para de llorar, hasta la camilla y le ponen el chaleco. 

RANCE. (Mirando mientras la Sra. Prentice ata a Geraldine) Estas desagradables escenas finales van a ser profusamente ilustradas con gráficos mostrando el efecto de su decadencia en su pobre y torturada mente. Mientras tanto, en su templo del amor, el depravado Dr. Prentice y su acólito deben andar rezando a sus falsos dioses sin saber que las fuerzas de la razón los tiene en la mira.

La Sra. Prentice da un paso atrás.

Traiga una jeringa.

La Sra. Prentice va hacia el dispensario. 

GERALDINE. (Atada e imposibilitada de moverse) ¿Qué hice yo para merecer esto? Si siempre tuve una vida tan correcta.

RANCE. Su mente se liberó. Ya se va a dar cuenta de la experiencia invalorable que ha tenido a fin de amoldarse a la forma de vida del siglo veinte. ¿Por qué persuadió a su padre para que matara a Geraldine Barclay?

GERALDINE. Yo soy Geraldine Barclay.

RANCE. Usted imagina que es una secretaria. En realidad usted es el jugador fundamental en una de las historias más increíbles y siniestras de la historia reciente. Hasta dónde usted influyó en su empleador y contribuyó en su caída ya va a ser determinado.

GERALDINE. (Sollozando) Esto es terrorífico. Terrorífico.

RANCE. Me alegra que adopte una actitud más responsable. Es una actitud valiente. ¿Dónde está el cuerpo?

GERALDINE. No sé.

RANCE. ¿Está bajo secreto de confesión?¿En qué ritos oscuros fue iniciada por este desagradable sacerdote de lo desconocido?

Geraldine sigue sollozando, no puede hablar. El Dr. Rance se arroja abruptamente sobre ella y la toma de los brazos.

¡Déjeme curar su neurosis! Es lo único que quiero que desaparezca de la vida.

La Sra. Prentice entra desde el dispensario con una hipodérmica y un recipiente.

Sra. PRENTICE. ¿Qué significa esta exhibición?

RANCE. (Alejándose de Geraldine) Es una nueva y, hasta hoy nunca probada tipo de terapia. Creo que dadas las circunstancias puede funcionar.

Sra. PRENTICE. Su tratamiento parece diseñado más para hundir a los pacientes en la demencia que para intentar una cura definitiva.

El Dr. Rance camina alrededor de ella con un frío orgullo.

RANCE. Alguien cuyo inconsciente es tan raro como el suyo difícilmente podría comprender mis métodos.
Sra. PRENTICE. ¿Qué me está queriendo decir? 

RANCE. Me refiero a esas demostraciones repentinas de penes con los que usted vive topándose.

Sra. PRENTICE. Usted también los vio. 

RANCE. ¿Y eso qué prueba? Simplemente que me ha contagiado su deplorable enfermedad. (Le saca la hipodérmica)

Sra. PRENTICE. ¿Le desinfecto el brazo a la paciente?

RANCE. ¿No se imaginará que voy a desperdiciar esta droga en ella, no? (Se arremanga) Con el precio que tiene sería criminal. (Se da la inyección) Vaya y llame a la policía.

La Sra. Prentice se va hacia el hall. El Dr. Rance deja la hipodérmica. Vuelve la Sra. Prentice, los ojos desencajados, sus manos manchadas de sangre.

Sra. PRENTICE. Hay un policía afuera. Desnudo y cubierto de sangre.
RANCE. En esta casa los límites de la decencia han sido largamente extralimitados. (La cachetea) No se pueden alentar las trampas de su subconsciente.

Sra. PRENTICE. (Desesperada, mostrando sus manos) ¿Es verdadera esta sangre?

RANCE. No.

Sra. PRENTICE. ¿La puede ver?

RANCE. Sí.

Sra. PRENTICE. ¿Entonces qué tiene para decir?

RANCE. Soy un científico. Me baso en hechos y no se espera de mí que de explicaciones. Rechazo todo fenómeno para normal. Es la única forma de mantenerse cuerdo.

Sra. PRENTICE. Es verdad.

RANCE. ¿Quién es usted para decir qué es lo verdadero? Quédese donde está. Voy a llamar a la policía. 

Se va hacia el hall. La Sra. Prentice se sirve un whisky. Nick aparece por el ventanal, pálido y bamboleándose de forma inestable y sangrando por la herida del hombro. La sangre se le escurre entre los dedos.

NICK. (Angustiado y desfalleciente) Estoy muy dolorido. Me dieron. Llamen un doctor.

Sra. PRENTICE. (Deja caer el vaso y esconde su rostro entre las manos) ¿Estoy perdiendo la razón!

La Sra. Prentice solloza. Geraldine llama a Nick.

GERALDINE. ¡Ayudame! Siento una angustia terrible. Desatame.

NICK. ¿Por qué estás atada?

GERALDINE. Me ató el Dr. Rance. Dice que estoy loca.

NICK. Él es psiquiatra, debe saber lo que hace. No te hubiese puesto un chaleco de fuerza si estuvieses bien. Tendría que estar loco. 

GERALDINE. ¡Está loco!

NICK se sostiene con el escritorio y mira a la sollozante Sra. Prentice.
NICK. ¿Ella está loca?

GERALDINE. Ella piensa que sí. Imagina que sos un invento de su imaginación.

NICK. (A la Sra. Prentice, cabeceando hacia Geraldine) Ella puede verme. ¿Eso no es una prueba de que soy real?

Sra. PRENTICE. No. Ella está loca.

NICK. Si usted piensa que yo soy un fantasma de su inconsciente, entonces debe estar loca.

Sra. PRENTICE. (Gritando histéricamente) ¡Estoy loca!

Geraldine estalla en lágrimas. Nick está tirado sobre el escritorio sangrando por la herida. El Dr. Prentice entra desde el jardín.

PRENTICE. Mi mujer me disparó. ¡Piensa que estoy loco!

NICK. ¡Está loco! Me dijeron que le pusiera un chaleco de fuerza.

Agarra el arma de la Sra. Prentice del escritorio, toma el chaleco y avanza hacia el Dr. Prentice. La Sra. Prentice se cubre el rostro con las manos. El Dr. Rance entra desde el hall con el otro chaleco de fuerza. Se lo arroja a la Sra. Prentice. Nick y el Dr. Prentice caen al piso forcejeando a los gritos. 

PRENTICE. (A Nick) ¡Baje esa pistola! (Al Dr. Rance) Deberían permitir que un marido le ponga un chaleco de fuerza a la mujer. Es uno de los pocos placeres que quedan en el matrimonio moderno. 

Logra moverse. Nick sostiene el chaleco en una mano y revolea la pistola con la otra.

Debería hacerse ver esa herida. ¿Tiene un pañuelo?

NICK. No.

PRENTICE. Le presto el mío.

Saca el pañuelo de su bolsillo. Tiene envuelto los tallos de las rosas. Se los arroja en la cara. Lo agarra a Nick desprevenido y luego se arroja encima de él. Se suman a la pelea el Dr. Rance y la Sra. Prentice. Gritan y luchan mientras Geraldine los mira sollozante desde la camilla. El Dr. Prentice logra sacarle el arma a Nick y se para. Nick se aparta arrastrándose y gimiendo, con la herida sangrando, su rostro pálido y enfermo. El Dr. Prentice le pone el chaleco de fuerza a su mujer y se para.

PRENTICE. (Revoleando la pistola) ¡Quédese donde está, doctor! Su conducta hoy fué un modelo de irresponsabilidad oficial y de mentalidad sanguinaria. Voy a declarar que está demente.

RANCE. (Calmo, con dignidad) No, yo lo voy a declarar demente a usted.

PRENTICE. Yo tengo el arma. Usted tiene la opción. ¿Qué es lo que prefiere? ¿La locura o la muerte?

RANCE. Ninguna de sus alternativas me permitiría seguir trabajando para el Gobierno de Su Majestad.

PRENTICE. ¡Cállese y presione el botón de la alarma!

El Dr. Rance va hacia la pared y presiona la alarma. Suena una sirena. Caen unas rejas metálicas sobre las puertas. Se apagan las luces. La sirena se va apagando. El cuarto queda iluminado por el reflejo de un atardecer rojizo, que brilla tras los árboles del jardín.

¡Una sobrecarga del circuito! Estamos atrapados.

RANCE. (Seco) Espero que las medidas de seguridad en los pabellones sean tan eficientes como en su consultorio. Podríamos morirnos de hambre. 

PRENTICE. Un justo tributo a la efectividad de nuestro viejo sistema de alarma.

RANCE. Ya que no podemos escapar su elemento disuasivo carece de sentido. Bájela.

El Dr. Prentice deja el arma en el escritorio. El Dr. Rance saca la suya y apunta al Dr. Prentice que mira atónito. 

RANCE. (Manteniendo quieto al Dr. Prentice con el arma y agarrando la que estaba en el escritorio) En una hora lo voy a tener adentro de un chaleco. ¡Es una tripleta!

PRENTICE. ¿Este es su nuevo record?

RANCE. (Pone el arma del Dr. Prentice en el bolsillo) No, para nada. Una vez metí a una familia entera en un chaleco de fuerza comunitario.

PRENTICE. Qué orgullosa debe haber estado su madre.

RANCE. Lamentablemente, no. Era mi propia familia, sabe. En casa tengo una foto de ese momento. Mi pie apoyado perfectamente sobre la cabeza de mi padre. Se la mandé a Sigmund Freud y me contestó con una postal encantadora.

Nick va arrastrándose casi desfalleciente hasta una silla.

NICK. ¿Señor, qué va a pasar conmigo? Yo no estoy loco.

RANCE. (Sonriendo) Usted no es humano.

NICK. No puedo ser una alucinación. (Se señala el hombro sangrando) Mire esta herida. Es real.

RANCE. Es lo que parece.

NICK. Si el dolor es real, tiene que ser real.

RANCE. Preferiría no verme involucrado en especulaciones metafísicas.

PRENTICE. Este joven es el botones del Hotel de la Estación. Se comportó mal con mi esposa. No fue una alucinación cuando hizo eso.

RANCE. Su mujer está afectada por una tipo de desorden mental que la lleva a imaginar que es acosada por figuras masculinas desnudas. Este joven es una de ellas. Si él es quien la agredió se comprende que el atraco fué una construcción de su mente enferma.

PRENTICE. Pero el Sargento Match quiere arrestar al muchacho.

RANCE. El Sargento también puede no existir. De acuerdo a su mujer, él también se le apareció desnudo. Por lo que sabemos, podria ser un espíritu demoníaco contratado por Scotland Yard. Él admitió que su hermano era un invento de su imaginación confirmando una ley mía que dice que los parientes de los espectros son también espectros. (Con voz firme) ¿Qué hizo con Geraldine Barclay?

GERALDINE. (Débilmente) Acá estoy.

El Dr. Prentice va al escritorio y se sirve un gran vaso de whisky. 

PRENTICE. (Al Dr. Rance) La historia que está por escuchar solo puede interesarle desde el corazón. La mente y sus misterios no se podrían haber alejado más de mis pensamientos cuando, temprano esta mañana, persuadí a esa joven que se quitara la ropa. (Se toma el whisky)

GERALDINE. (Al Dr. Rance) La Sra. Prentice confundió mi vestido con uno suyo y, por una equivocación, me confundió con una paciente. El Dr. Prentice me pidió que ne quedara quieta para preservar su buen nombre. ¿Qué podía hacer? Estaba aterrada de quedar expuesta.

RANCE. ¿En ese momento ya estaba desnuda?
GERALDINE. Sí. Bajo presión acepté ayudar al doctor y no termino de reprochármelo. Me pasé el día luchando para preservar mi autoestima.

El Dr. Rance se muerde el labio y gira abruptamente hacia el Dr. Prentice. 

RANCE. Suéltela. A su esposa también. (Mientras el Dr. Prentice lo hace, mira confundido) Hubiese apostado mi reputación profesional a que esta chica había sido víctima de un ataque incestuoso. No voy a dar marcha atrás con mi diagnóstico. Mis editores me demandarían por pérdidas en los beneficios.

GERALDINE. (Bajando de la camilla) Estoy segura que mi velocidad en el teclado fue afectada por todo lo que tuve que sufrir hoy. (Lagrimeando, al Dr. Prentice) Y quiero informar la pérdida de un amuleto, un elefante de la suerte. 

El Dr. Rance saca un broche de su bolsillo.

RANCE. ¿Está hablando de este broche, tal vez?

GERALDINE. Sí. Tiene un gran valor sentimental para mí.

El Dr. Rance se la entrega. Nick levanta los pantalones de su uniforme.

NICK. Yo tengo un broche como ese. (Le muestra a Geraldine un broche) ¡Miren, hacen un par!

La Sra. Prentice, ya sin el chaleco de fuerza, llora sorprendida.

Sra. PRENTICE. Déjenme ver eso. (Le muestran los broches) Se puede hacer un solo broche con estas dos partes. (Junta los dos fragmentos) ¡Ah, mi corazón golpea en forma salvaje!

El Dr. Rance examina el broche.

RANCE. Dos elefantes que llevan una silla ricamente ornamentada, en donde está sentada una joven y hermosa mujer, tal vez una princesa. Un magnífico ejemplo de arte oriental. (A la Sra. Prentice) ¿Cómo sabía que era una sola pieza?

Sra. PRENTICE. Era mía. Hace muchos años, cuando yo era una jovencita, fui violada adentro de armario de ropa blanca en el segundo piso del Hotel de la Estación. Antes de irse, el hombre me dejó ese broche como parte de pago.

RANCE. ¿Cómo llegaron las dos mitades a manos de esos chicos?

Sra. PRENTICE. Pague por mi mala conducta engendrando mellizos. Para mí era imposible tenerlos -estaba comprometida con un joven y promisorio psiquiatra. Decidí abandonarlos a su suerte. Rompí el broche por la mitad  y colgué una parte en cada uno de los bebés. Después los abandoné en el pueblo donde vivía, bien alejados uno de otro. Alguna alma caritativa los habrá criado como propios. (Nick y Geraldine sollozan abrazados) ¡Ah, mis hijos!¡Soy su madre! ¿Me podrán perdonar alguna vez por lo que hice?

NICK. ¿Cómo pudo ser madre al quedarse sola en el Hotel de la Estación?

Sra. PRENTICE. Me contrataron como mucama. Lo hice como un chiste poco después de la guerra. Tendrían que ver los efectos que causó el Partido Laborista en la clase media para creerlos. 

GERALDINE. ¿Nuestro padre también trabajaba en el hotel?

Sra. PRENTICE. Nunca vi a tu padre. El incidente ocurrió durante un corte de luz. Quedé embarazada mientras esperaba que se normalizara el servicio.

El Dr. Prentice, pálido por el shock, avanza.

PRENTICE. (Débilmente, al Dr. Rance) Atrás del broche van a ver una inscripción.

El Dr. Rance da vuelta el broche.

PRENTICE. “A Lillian de Avis. Navidad de 1939". Yo encontré ese broche hace mucho tiempo. Estaba en el piso a la salida de una gran tienda.

RANCE. ¿Quiénes eran Lillian y Avis?

PRENTICE. No tengo idea. Se cayó del collar de un pequinés. Lillian y Avis deben haber sido los dueños de la criatura. (Mira el broche avergonzado) No lo había visto desde que lo dejé en las manos de una mucama a quien corrompí moralmente poco antes de casarme.

Sra. PRENTICE. (Llorando al comprender) ¡Ahora entiendo por qué querías pasar nuestra noche de bodas adentro de un armario de ropa blanca!

PRENTICE. Quería recrear un momento muy valioso para mí. Si te hubieses entregado a mí, nuestro matrimonio nunca habría fracasado.

Sra. PRENTICE. De ahora en adelante, no vamos a hacer el amor en otro lugar que no sea un armario de ropa blanca. Es lo menos que puedo hacer después de haberte hecho sufrir tantos años. 

Él la abraza y lo hace también con Nick y Geraldine.

RANCE. (A Prentice, emocionado) Si usted es el padre de estos chicos, mi libro puede ser escrito de buena fe. ¡Ella es la víctima de un ataque incestuoso!

Sra. PRENTICE. ¡Y yo también, doctor! Mi hijo tiene una colección de fotografías indecentes que prueban sin posibilidad de error, que hizo lo que quiso conmigo en el mismo hotel e incluso en el mismo armario donde él mismo fué concebido.

RANCE. ¡Ah, no sabe el placer que me causa este descubrimiento! (Abraza a la Sra. Prentice, a Nick y a Geraldine) Hay más posibilidades de tener un best-seller con un doble incesto que con un crimen. Y así es como debe ser ya que el amor debe darnos mas placer que la violencia.  

Todos se abrazan unos con otros. Se abre el lucernario, cae una escalera de sogas y baja el Sargento Match con el vestido de leopardo ropo en uno se los hombros y totalmente ensangrentado. 

Vamos llegando a lo que nuestros más lúcidos escritores llaman el “clímax”.

El Sargento llega al piso estupefacto.

MATCH. ¿Será posible que alguien entregue o haga que sean entregadas las partes que faltan de Sir Winston Churchill?

RANCE. No sabemos de lo que habla.

MATCH. Debo pedirles su cooperación en un asunto que es de vital importancia para la nación. (Se bambolea, agarrado de la escalera de sogas) ¿Quién fue el último en ver muerta a la Srta. Barclay?

GERALDINE. El sepulturero. 

MATCH. ¿No tuvo él palabras de condolencia hacia usted, siendo que es la única descendiente de una mujer violada por el héroe de 1940?

GERALDINE. Me dió una caja.

MATCH. ¿Qué había adentro?
GERALDINE. Yo supuse que tenía la ropa que mi madrastra uso el día de su muerte. La iba a mandar a alguien que estuviera necesitado.

MATCH. ¿Dónde está la caja?

Geraldine levanta la caja que traía al llegar al consultorio. Siempre estuvo sobre el escritorio. El Sargento Match abre la caja, mira adentro y suspira.

El gran hombre va a recuperar su lugar como un ejemplo para todos nosotros de cual fue el espíritu que ganó la Batalla de Inglaterra.

El Sargento Match saca de la caja y muestra un pedazo de una estatua de bronce de una escala mayor al tamaño original. Todos aspiran profundamente.

RANCE. (Con admiración) Cuanto más inspirador hubiese sido si, en esos días oscuros, hubiésemos visto lo que estamos viendo. En vez, nos teníamos que satisfacer con un cigarro,  un símbolo mucho más corto, como todos sabíamos, que el objeto en sí mismo.

El crepúsculo desde el jardín y la luz desde arriba le dan al Sargento Match un brillo dorado mientras sostiene en alto la herencia de la nación.

PRENTICE. Bueno, sargento, hoy hemos contribuido a ocultar una serie de increíbles pecaditos. No me caben dudas que usted va a cooperar en mantenerlos alejados de la prensa ¿verdad?

MATCH. Así será, señor.

RANCE. Me alegra que no desprecie la tradición. Pongámonos la ropa y enfrentemos el mundo. 

Se ponen la ropa y cansados, sangrando, drogados y borrachos suben por la escalera de sogas hacia la resplandeciente luz.


Telón



OPCIÓN PARA EL FINAL

MATCH. ¿Dónde está la caja?

Geraldine levanta la caja que traía al llegar al consultorio. Siempre estuvo sobre el escritorio. El Sargento Match abre la caja, mira adentro y suspira.

El gran hombre va a recuperar su lugar como un ejemplo para todos nosotros de cual fue el espíritu que ganó la Batalla de Inglaterra.

RANCE mira adentro de la caja
RANCE. (Con admiración) Cuanto más inspirador hubiese sido si, en esos días oscuros, hubiésemos visto lo que estamos viendo. En vez, nos teníamos que satisfacer con un cigarro,  un símbolo mucho más corto, como todos sabíamos, que el objeto en sí mismo.

Geraldine mira adentro de la caja

GERALDINE. ¡Pero si es un cigarro!

RANCE. ¡Ah, la incredulidad de la juventud!

El Sargento Match cierra ruidosamente la tapa de la caja y se la mete abajo del brazo.

PRENTICE. Bueno, sargento, hoy hemos contribuido a ocultar una serie de increíbles pecaditos. No me caben dudas que usted va a cooperar en mantenerlos alejados de la prensa ¿verdad?

MATCH. Así será, señor.

RANCE. Me alegro que no desprecie la tradición. Pongámonos la ropa y enfrentemos el mundo. 

Se ponen la ropa y cansados, sangrando, drogados y borrachos suben por la escalera de sogas hacia la resplandeciente luz.

Telón




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